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Ballesol y El Mar. Grupo Ballesol

Ballesol y El Mar. Grupo Ballesol

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Ballesol es una residencia de ancianos y, a la vez, una pesadilla brutal, un negocio, un ejercicio de crueldad, un disparate...
En Ballesol los residentes no pueden abrir las ventanas porque uno de ellos se suicidó lanzándose al vacío.

Ballesol es hacer negocio con la tercera edad. Pero con la tercera edad no se juega. ¿DÓNDE ESTÁN LOS INSPECTORES, LOS QUE DEBEN REGULAR ESTAS INSTITUCIONES HORRENDAS?
Ballesol es una residencia de ancianos y, a la vez, una pesadilla brutal, un negocio, un ejercicio de crueldad, un disparate...
En Ballesol los residentes no pueden abrir las ventanas porque uno de ellos se suicidó lanzándose al vacío.

Ballesol es hacer negocio con la tercera edad. Pero con la tercera edad no se juega. ¿DÓNDE ESTÁN LOS INSPECTORES, LOS QUE DEBEN REGULAR ESTAS INSTITUCIONES HORRENDAS?

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Pallesol y el mar No se pueden abrir las ventanas en Pallesol: Un residente se arrojó por una de ellas.

Desde entonces, las auxiliares llevan en el bolsillo el picaporte Y así el mar, aunque cerca, parece muy lejano. Pallesol es, sobre todo, el edificio y su contenido. El elegante diseño, marron oscuro y beige, guarda el secreto del olor a orines de los sofás, que no son de plástico lavable, de los gemidos de los dementes mal medicados, de la pierna morada del mutilado que no lleva el reloj en hora desde no se sabe cuándo, de la locura silenciosa del que parece un marine y siempre se escapa por la puerta de cristal. El mar, aunque cerca, está muy lejano. Porque los pañales se cambian poco, las palabras se atienden poco y en los tristes habitantes de Pallesol se gasta poco dinero, el mínimo. Lo que fue un sueño de felicidad y aire marino es una realidad oscura, reconcentrada y ciega. Mar, mar, dónde te escondes. Pallesol es el lugar de residencia de personas que pueden pagar casi dos mil quinientos euros al mes. Entra alguien por la puerta; saluda al residente; el residente pregunta: “¿vienes de París o de New York?” Pero él vive en Pallesol, un lugar de muerte en vida en el que no hay verdadero respeto hacia absolutamente nada. Las olas se quedan mudas y paralíticas en las puertas de Pallesol. Así, en Pallesol el ser chic se convierte en ser pobre, muy pobre. No hay bastantes familias, no hay bastante flexibilidad, no hay bastante dinero
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Porque la directora, rica desde hace mucho, está haciendo dinero con la salud de los TOC, de los cojos, de los dementes, de los locos, del retrasado mental que se pasa el día sobándose la colita, qué indiscreción. Y también con el sudor de las auxiliares, con el pluriempleo y el estrés de las recepcionistas, con la deshumanización de las supervisoras. La directora hace dinero para sus hijitos, porque le preocupan las dificultades leves de uno de ellos, pobrecito, pobrecito; La directora, qué directora; la que se sacó con dificultad su título de graduado, que colgó sin más y que la legitima para dirigir el cotarro en el que nunca entra el mar. No se debe profundizar mucho: es Pallesol. Las auxiliares, como lindas abejas laboriosas, bonitas y activas, hacen como que lavan los genitales de las viejas: pero sólo lo hacen por fuera. Los labios mayores y menores quedan tumefactos y malolientes No hay una mano caritativa que peine la calva en la coronilla de las ancianas y tampoco un ademán amigable que coloque el pie en el escalón de la silla de ruedas. Las piernas se llenan de morados. No hay una palabra al pasar cerca del señor mayor adormilado. No hay casi nada. Es muy pobre, Pallesol. No hay ni mar. Ni mar. Las recepcionistas, las supervisoras, todas las trabajadoras de Pallesol hacen de todo: ponen la mesa, sirven, hacen el inventario, recogen, suben y bajan carritos. Trabajan a un ritmo frenéticos, maquinal, sin saber para quién, siguiendo procedimientos, sólo para sí mismas, para sobrevivir en la verdadera máquina, en Pallesol. Pallesol no perdona. La ropa siempre tiene un toque a orines. La mujer del andador se ha atascado, y el fisio y la auxiliar que la adelantan a derecha e izquierda no se paran a ayudarla. Van deprisa. Suena la puerta, hay que abrir; volver corriendo al comedor, servir; subir a la ciento veinte una botella de agua que
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acaba de pedir, anotarla para facturación; la ciento dos está llamando, que se espere. Las supervisoras son la mano de la ley de Pallesol. Qué orgullosas de pertenecer a Pallesol… sus brillantes suelos… sus terminados cromados… sus manteles blancos… sus plantas con autorriego en el salón. Y ese mostrador que las separa de los residentes a los que no conocen ni entienden en absoluto porque no se les exige formación. No supervisan que se haga lo idóneo con las personas, no: supervisan que se cumplan las normas de Pallesol. El protocolo es vigilar a quien se va, para que no se lleve nada de la habitación. El protocolo es cambiar el segundo plato sólo si se advierte por la mañana; si no, no hay nada que hacer, nada. El protocolo es no avisar de un accidente hasta que no esté diagnosticada de forma fidedigna la consecuencia que ha tenido. El sufrimiento es indiferente. Pero si hay que vivir para siempre en Pallesol, más vale tener un accidenteEl mar, el mar… ¿dónde estaba el mar? Si ocurre algo, la reacción es la del delincuente o la del niño malcriado: “Yo no he sido”. La juventud y la inexperiencia, en actuaciones tan delicadas, puede ser letal. Una sesión de gimnasia puede ser paralizante, si el residente tiene demasiada buena voluntad La ignorancia del doctor, la prepotencia del enfermero, la negligencia de la cocinera… “Yo no he sido”. Además, todo hay que decirlo, el Grupo Pallesol respalda a “los que no han sido” con toda la fuerza de todos los grupos de presión. La impotencia, la ira de los residentes es acallada enseguida. No suena la voz humana, ni el mar, en Pallesol.
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No hay tiempo para el diálogo. No hay tiempo para sentir. Sólo un torbellino de ascensores, de bandejas, de carritos… Y cuerpos, cuerpos desgraciados, cerebros que crean dolor. Pero nadie los mira. No hay ocasión para el encuentro, ni para la comunicación. Sólo hay muerte, y profecías de muerte en Pallesol. La niñez es un negocio. La vejez es un negocio que va a ser un filón. Pero el que negocie con la vejez, con la discapacidad, con la enfermedad mental es mil veces viejo, mil veces discapacitado, mil veces enfermo mental, mil veces inhumano, monstruo, vil. Pude encontrar una mirada que significaba algo en los residentes, pero no encontré nada en los ojos de la directora ni en los de las supervisoras: sólo ese vacío que dicen que se encuentra en los ojos de los nazis o los psicópatas. Que trabajen en Pallesol todos aquellos cuya humanidad ha muerto. La muerte de la propia humanidad es el más grande, el más enorme déficit, en comparación con el cual la pérdida de todo lo demás no es nada. La muerte de la propia humanidad es vivir sin habernos acercado nunca al mar.

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