México, 2011

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Contenido
Agradecimientos 7 Parte I Consideraciones teóricas metodológicas Capítulo 1 Introducción: estudiando la comida y la cultura mesoamericana frente a la modernidad Catharine Good Eshelman y Laura Elena Corona de la Peña 11 Capítulo 2 Perspectivas antropológicas sobre la comida y la vida ceremonial en el México moderno Catharine Good Eshelman 39 Capítulo 3 La vida ceremonial como patrimonio vivo en Iztapalapa, pueblo originario de la Ciudad de México Rosa Ma. Garza Marcué 57 Capítulo 4 Decidir, consumir y comer Laura Elena Corona de la Peña 75

Parte II Ritual y comida en las culturas mesoamericanas Capítulo 5 Comida ritual del día de muertos en Culhuacán e Iztapalapa, pueblos originarios de la Ciudad de México Rosa Ma. Garza Marcué 93 Capítulo 6
Ritual y prácticas funerarias en Mixquic y Zapotitlán, Distrito Federal Ma. Miriam Manrique Domínguez

113 Capítulo 7 La historia y la cultura de la comida lacustre entre los pueblos originarios de la cuenca de México Ana Ma. Luisa Velasco L. 129 Capítulo 8
Ofrenda para las ánimas. Un estudio de caso en un pueblo purépecha Aída Castilleja

151 Capítulo 9 Las ofrendas alimentarias en el ritual de “levantamiento” entre los totonacos de Coahuitlán, Veracruz Elizabeth Peralta González 167 Capítulo 10
Del altar al mercado: los rituales del píibil en la Península de Yucatán Ella F. Quintal y Teresa Quiñones Vega

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Parte III Comida, historia y modernidad Capítulo 11 Comida, chocolate y otros brebajes: africanas y afrodescendientes en el México virreinal María Elisa Velázquez Gutiérrez 207 Capítulo 12
Comida y significado entre los nahuas de la Sierra Norte de Puebla Yuribia Velázquez Galindo

225 Capítulo 13 Significados en la comida en una comunidad de la Mixteca poblana y sus migrantes al Distrito Federal Jaime Mondragón Melo 251 Capítulo 14 Sabor casero y buen sazón. Las cocinas económicas en la Ciudad de México Susana Torres Ortiz 269 Capítulo 15
Las tortas vs. las hamburguesas, ¿fast food a la mexicana? Rubén Eduardo López Mendiola y Yuribia Velázquez Galindo

283 Capítulo 16
Los matices del café Moisés Ventura Sánchez del Valle y Ma. Miriam Manrique Domínguez

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Capítulo 17
Reflexiones sobre cultura alimentaria en alumnos de la Escuela Nacional de Antropología e Historia Laura Elena Corona de la Peña

311 Capítulo 18
Consideraciones finales Catharine Good Eshelman

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9. Las ofrendas alimentarias en el ritual de “levantamiento” entre los totonacos de Coahuitlán, Veracruz

Elizabeth Peralta González*

Me voy a casar al fin Y a mi convite vendrá la bola Las cocineras vendrán aquí Con sus metates y cacerolas, Con sus totolas y jabalíes… Fragmento de “Las cocineras” [Chuchumbé, 1999]

Sidney Mintz, en su excelente trabajo Sabor a comida, sabor a libertad, afirma que los alimentos tienen significados simbólicos y que estas ideas reflejan valores vinculados tanto a lo culturalmente bueno o sabroso para comer, como a experiencias históricas de un grupo. Cito:
Los alimentos que se consumen tienen historias asociadas con el pasado de quienes los comen; las técnicas empleadas para encontrar­ , procesar, preparar, servir y consumir esos alimentos varían culturalmente y tienen sus propias historias [2003:28].
* Centro inah Veracruz. Doctorado en Historia y Etnohistoria, enah.

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Desde esta perspectiva ningún acto culinario se desprende de un contexto cultural específico. Considerando lo anterior, observo entre los totonacos de Coahuitlán1 que la comida debe tener diversos significados y cualidades específicas para que puedan ofrendarse, intercambiarse y consumirse en los rituales. Por otra parte, alrededor de la elaboración de la comida existen diversas ideas que revelan valores arraigados; por ejemplo, cuando una mujer joven está comprometida para casarse, los padres de la novia tienen el deber de invitar a comer al novio como muestra de aceptación del futuro yerno, mientras­ que la novia tiene la obligación de prepararle tortillas pequeñas como símbolo de su futura unión. Además de ser parte de la iniciación de la mujer para otorgar comida y fuerza al invitado —ya que las tortillas se preparan al momento de comer— la ocasión permite el acercamiento entre los dos jóvenes, porque es cuando comienzan a hablar cara a cara, ya que en otro contexto no es permitida la plática entre un hombre y una mujer solteros.

Las cocineras como especialistas rituales
Esta lógica simbólica-cultural de los alimentos permea otras esferas, entre ellas quién prepara y elabora la comida y para quién, como el ejemplo del matrimonio. También la observamos en el sur de Veracruz, en la canción “Las cocineras”,2 citada al principio de este artículo, donde se alude a la importancia en el matrimonio de la comida ritual —la barbacoa— , que elaboran mujeres cocineras provenientes de varios lugares. Esto implica, ya sea entre los totonacos o entre los campesinos del sur de Veracruz, que la comida es central en los diversos momentos del ciclo de vida. Aquí haré hincapié en la comida ofrendada en diversas festividades totonacas, vinculada con varios rituales, tanto petitorios como propiciatorios.
1. El municipio de Coahuitlán, Veracruz, se localiza al pie de la Sierra Madre Oriental, entre los límites estatales en la región del Totonacapan, dentro del estado de Veracruz. Coahuitlán colinda al norte y noroeste con Zihuateutla, Puebla; al norte y al este, con Coyutla; al sur, con Filomeno Mata; al oeste y suroeste, con Jopala, Puebla, y al sureste, con Mecatlán. Según el censo del 2000, la población del municipio corresponde a 6876 habitantes y más de 50% de la población mayor de cinco años habla totonaco. 2. Otro fragmento de la canción, además del señalado al inicio del texto, es el siguiente: “Vienen con su griterío, las cocineras en la canoa, vienen destazando el río, pa´ guisar la barbacoa, pues me caso amigo mío. Que vengan las cocineras, que vengan para guisar, que vengan las cocineras, y también para bailar” [Chuchumbé, 1999:2].

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En estos rituales quienes se encargan de la preparación de los principales platillos son las mujeres de edad avanzada, pues se cree que estas abuelitas no están manchadas por las relaciones maritales, debido a su viudez o abstinen­ cia sexual. Esto conlleva la idea de estar limpias, no en términos de pecado como en el cristianismo católico romano, sino en términos de poseer fuerza y energía vital; ésta es una cualidad central en las cocineras para que puedan transmitir mayor fuerza a la comida ofrendada. Todo lo anterior es de gran importancia para la multiplicación de los alimentos y de los dones que otorgan las entidades no humanas. El caso contrario significaría estar sucias por el acto sexual, lo que implica una contaminación en todo aquello que la mujer toca, incluyendo la comida ritual; además de que el ritual perdería su eficacia por la falta de fuerza (limaqatliweke´) de la cocinera. Es curioso que la idea de limpio se asemeje a la de pureza, claramente relacionada con la energía vital y la comida; sin embargo, los totonacos no son los únicos que establecen estas relaciones. Mintz afirma que:
Todo sistema religioso, en el proceso de definirse a sí mismo, tiene que manejar de una u otra forma los problemas planteados por la cuestión de la pureza. Ningún código religioso ha logrado resolver todos esos problemas. Y como la comida y el comer se involucran con tanta frecuencia en las especificaciones de pureza —no sólo sobre qué es puro, sino también, y en relación con los alimentos, quién lo es—, resulta muy fácil construir un rompecabezas en los que se mezclan la pureza, la comida y la creencia religiosa [Mintz, 2003:120-121].

Por ello, cuando se pregunta sobre las características de las mujeres cocineras y su papel en la elaboración de la comida ritual, saltan a la vista diversas ideas vinculadas tanto a la experiencia como a la limpieza en términos­de pureza. Su cualidad de abuelitas o nanitas las hace acreedoras de su experiencia­ culinaria, es decir, las técnicas —trillar, moler, cernir, lavar, pelar, tostar, colar, etc.— mediante las cuales se obtienen platillos exquisitos para todos los comensales, por ejemplo: tamales de mole, de tomate, de frijol, o guisos como el mole, sancochados de gallinas, frijoles guisados, mole verde, atoles, café, cho­ colate, etcétera. Por otro lado, su característica de limpieza o pureza recuerda su papel de especialista ritual, pues ellas son las que brindan parte de su fuerza o energía

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vital a la comida que preparan, lo que contribuye a la eficacia del ritual y de la ofrenda otorgada a las entidades no humanas. Las cocineras, a lo largo del ritual, ayudan a las parteras en la colocación de la comida en diferentes espacios usados para dicho fin; además, mantienen las brasas para el incensario, así como diversos objetos, como ollas pequeñas, jícaras, guajes, cucharas de madera, cantidades específicas de comida que se usan en el ritual (Figura 9.1). Son varias las formas en que los totonacos señalan estas características, un ejemplo lo brinda un curandero cuando colocó su ofrenda ritual por vez primera; en la entrevista señala lo siguiente:
epg: lgj:

—¿Qué abuelitas, porqué fueron abuelitas especiales, qué características —Porque ellas ya están puras, ya no tienen esposo como yo, son viudas, ya

tienen?­ no tienen relaciones, ellas ya son limpias, son puras viejitas que se buscaron las que mo­ lieron el chile ancho, las que molieron el frijol, las que hicieron los tama-

Figura 9.1
Partera y cocinera acomodando la comida ritual para enterrar, ritual de cabo de año o novena. Coahuitlán, Ver. (Foto: E. Peralta, marzo de 2008)

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les, hicieron el chocolate y el café; partieron el pan, sacaron 24 pedazos de pan chiquitos, hicieron las tortillas…[LGJ, entrevista personal, septiembre de 2002].

Además de este curandero, existen otras personas que afirman algo similar y reiteradamente me refieren que cuando hacen un ritual de levantamiento, de cabo de año, de festejo de un santo de la iglesia, etc., las abuelitas son especiales. Ante estas razones, pareciera que una de las características de los rituales es lograr que la comida ritual provea de fuerza a los diferentes comensales (humanos y no humanos), con el propósito de brindar energía vital con fines muy específicos. Good comenta, por ejemplo, un aspecto que no se desvincula de la comida ritual entre los nahuas del Alto Balsas:
[…] la finalidad de toda la acción ritual nahua es estimular la circulación de la “fuerza” como energía vital entre la comunidad viva y otras entidades como la tierra, las plantas, los lugares sagrados en el paisaje natural, los santos o las almas de los muertos [2004:317].

Los significados de la comida ritual
Los significados que los totonacos le confieren a la comida ofrendada se refleja tanto en el tipo de comida y bebida, como en las flores y hojas que utilizan en los rituales. Por lo general, se colocan platillos como tamales, tortillas y animales criados con maíz, en especial, carnes de guajolotes, gallinas y pollas, así como de cerdo. En bebidas, lo más usual es el aguardiente, el café, la cerveza y el refresco de diferentes marcas. Del mismo modo, se ofrenda —sólo para el difunto—, frutas de temporada, pues se piensa que es necesario darle de comer aquello que le gustaba en vida, y por ello se entierra comida en el frente de la casa del difunto en cada ritual de cabo de año (Figura 9.2). Estas comidas ofrendadas se vinculan estrechamente con la fuerza, debido a que se cree que pueden nutrir y alimentar tanto a las entidades no humanas como a los humanos. Un curandero señala que las “comidas antiguas” son las que se le entierran a un difunto; la mayoría consiste en productos recolectados en la milpa o cultivados en el campo; en la entrevista refiere que:
la comida natural antigua son los quelites, hierba mora, quintoniles, espinositos, calabacitas tiernas, frijolitos; todo lo que comía: salsa, gorditas fritas de manteca,

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Figura 9.2 Comida para enterrar a la entrada de la casa, ritual mortuorio o última novena. Coahuitlán, Ver. (Foto: E. Peralta, mayo de 2006)

frijoles, enchiladas, enmoladas, ahora ya son enmoladas de carne, todo eso lo ponemos en una olla y le ponen chayotes, camotes, yuca de todos los camotes, se hace una maleta y se le va a enterrar, se le deja ahí, él [el difunto] se lo come, está todo lo que comía, para que ya no te moleste y no pida de comer…[LGJ, entrevista personal, septiembre de 2002].

La comida que se ofrenda en ocasiones se relaciona con el sexo de la entidad no humana a la cual se le otorga, pues se cree que el animal tiene ciertas cualidades similares o parecidas a las de la entidad no humana, por ejemplo: una polla de plumas blancas puede ofrendarse a una virgen, ya que lo blanco de sus plumas y la virginidad del animal son vínculos estrechamente relacionados con lo puro y con la castidad de la virgen; el gallo se ofrenda

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a imágenes­ masculinas —san Miguel arcángel y san José— como signo de virilidad, mientras que se coloca el pollo frente a imágenes de niños, como el de Atocha. Por otro lado, los guajolotes están reservados a entidades no humanas asociadas con tradiciones que se consideran nativas, por ejemplo: el guajolote pueden enterrarlo en el sitio donde colocan el palo de volador, con la finalidad de que sea resistente y no se caigan los danzantes. De igual manera se ofrendan guajolotes a imágenes femeninas asociadas con tradiciones nativas, como san Juanita de los Lagos, que es la madre del costumbre, haciendo referencia a las nanas y pelwames, es decir, a las 12 madres y los 12 padres originarios de la vida, o a la virgen de la Natividad, que es la patrona del pueblo de Coahuitlán. Tomando en cuenta estos hechos, se puede considerar que los totonacos otorgan a la comida ritual y a las entidades no humanas diversas cualidades que son intrínsecas y relacionales. Por otra parte, en la comida ritual la mayor parte de las ofrendas son contadas3 y el número de éstas depende de varios factores, aunque el más importante es a quién va dirigida la ofrenda; por ejemplo, en el ritual de “levantamiento” se ofrenda a las 12 madres y a los 12 padres, por ello los collares de jonote utilizados pueden ser 6, 12, o 24, cada uno con 6, 12 o 24 flores, respectivamente; lo mismo se aplica al número de botellas de aguardiente, tamales, tortillas, pedazos de pan, pedazos de chayotes, entre otros artículos que se ofrendan. Asimismo, el nueve es muy usual en los novenarios de los santos o para los difuntos; se elaboran collares de jonote con nueve flores cada uno y se ofrenda el aguardiente en nueve botellas. Otra cifra muy recurrente es el siete, asociado a sepelios, novenarios y cabos de años de difunto o “novenas”; por lo general, es el número de la ofrenda dedicada a los difuntos y a la comida depositada en su ataúd el día del sepelio. Aunado a la comida ritual se encuentra el brasero, es decir, el lugar donde se enciende el fuego para el cocimiento de la comida. Este elemento tiene un lugar central dentro de la casa, además del altar doméstico; es el sitio donde se encuentran las tres piedras que rodean el fuego, donde está el maaxaqat, el dueño del fuego, a esta entidad no humana hay que ofrendarle, “darle de comer” para mantenerlo contento, darle fuerza o energía vital; de igual forma
3. Le nombro “ofrenda contada” porque las personas sólo usan determinado número de comida para colocar dentro de la ofrenda ritual.

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hay que renovarlo, en general, después del fallecimiento de una mujer anciana, porque si no se hace puede ocasionar enfermedades al grupo de personas que comen de los alimentos de ese fogón o brasero [Ichón,1990].

La comida como vehículo de intercambio
Todas estas creencias son tan importantes que se manifiestan en los rituales co­ mo el levantamiento, la boda, el sepelio, y los cabos de año o novena­ rios, co­ mo le nombran los totonacos; o en las fiestas dedicadas a un santo católico o a la iniciación de un curandero, entre otros. La comida que se prepara es un elemento central, además del ritual mismo; en éste, la comida se convierte en ofrenda, en regalo, como los totonacos le llaman. Ellos otorgan comida tanto a las deidades —entes no humanos o sobrenaturales: santos católicos, dueños, madres, etc.— como a los comensales, mejor aún, estas entidades no humanas son comensales en el momento en el que se colocan los alimentos en el altar o encima de la tierra. Las formas en que tales entidades consumen los alimentos —mayormente cocidos— pueden ser: 1) enterrada, lo que implica dar de comer directamente a la tierra y demás entidades no humanas que allí viven, incluyendo el aire de un difunto; 2) Ofrendándola en los altares domésticos o de la iglesia, comiéndose el sabor y el olor de la comida; así adquieren la fuerza de los alimentos y de los humanos que prepararon la comida, ya que en el platillo se refleja la fuerza y la energía vital de las personas que lo elaboraron. Las entidades, a su vez, usan esa fuerza para producir más alimento —maíz, frijol, chile, calabaza, quelites, etc., comprado o cosechado— que obtendrán los humanos para su propio consumo, de ahí la importancia de las ofrendas. Considerando esta lógica, las ofrendas alimentarias de platillos como mole, tamales —de frijol, de pipián, de mole, de verduras, dulces, etc.—, guajolotes, gallinas o gallos hervidos, carne de puerco frita, frijoles, así como diversas frutas, verduras cocidas, y tortillas, responden a una lógica de inter­ cambio recíproco (Figura 9.3). Por un lado, la comida es un medio por el cual se establece una relación de intercambio con las diversas entidades no humanas, generalmente relacionadas con la naturaleza y concebidas no tanto como personas o animales, sino como fuerzas que viven en distintos espacios —ríos, cuevas, montañas, monte, manantiales, aires, fuego, etc.—, o en el interior de éstos, donde las personas creen que pueden percibirse por medio del aire, de los sonidos, de sombras o de seres diferentes a los de la tierra;

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Figura 9.3 Elaboración de tamales de mole. Coahuitlán, Ver. (Foto: E. Peralta, marzo de 2008)

por ejemplo, perros o toros con ojos rojos, ancianos con vestimenta rota y que caminan por barrancas tan abruptas donde ningún humano podría transitar, hombres pequeñitos que viven en los manantiales y hacen travesuras­ , etcétera.

El ritual de levantamiento
Para ejemplificar mejor la relación del ritual con la comida y la importancia de ésta, refiero en forma específica a la fiesta de “levantamiento”. El levantamiento es un rito que los totonacos realizan después del nacimiento de un hijo, el cual puede celebrarse a los seis o quince días, un mes después del parto o cuando tengan dinero suficiente para pagar una parte del ritual, ya que lo faltante puede completarse con el endeudamiento hacia familiares y amistades, elemento común entre los habitantes del pueblo de Coahuitlán.

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Esta fiesta es importante porque convierte al infante en persona mediante los padrinos, ya que éstos lo levantan de la tierra —lugar donde se crea todo ser vivo— y lo vuelven persona social al vestirlo y sahumarlo con cada uno de sus familiares. Por otra parte, los padrinos, tanto de bautizo como de le­ van­ tamiento, otorgan parte de su fuerza al niño para que crezca bien y saludable, esto es, le proveen de limaqatliweke´ porque el recién nacido tiene tiyet liw, es decir, su cuerpo o el cuerpo tierra —de los términos tiyet, tierra y liiwa, carne—, pero no posee la fuerza, ahí radica la importancia de los padrinos. En el ámbito social se obliga al niño a mantener a largo plazo, en cierta­ forma, relaciones sociales de intercambio y reciprocidad con sus padrinos y su(s) partera(s) como agradecimiento por el don otorgado. Además, este acontecimiento permite entablar una red de relaciones de reciprocidad y de lazos, tanto de parentesco como de compadrazgo, entre las personas que acuden al ritual de levantamiento. Al mismo tiempo, se entabla y mantiene una relación de intercambio recíproco entre las fuerzas o entidades no humanas por medio de las comidas otorgadas en el transcurso del ritual. Las mujeres del pueblo de Coahuitlán comienzan a ir con la partera a los seis meses de embarazo para los cuidados previos al parto. Algunas acuden a la clínica del pueblo al mismo tiempo que con la partera, aunque en ocasiones sólo visitan a ésta. Cuando empiezan los dolores, la partera, su ayudante y la parturienta se quedan en una habitación, mientras los demás familiares permanecen afuera, incluyendo al esposo. La partera es quien se encarga de enterrar en el patio de la casa la placenta, el cordón umbilical y los trapos con los que se limpió al recién nacido. Después del parto, durante seis días la nueva madre permanece en cama; cuando se realiza el levantamiento se cambia de cama. Asimismo, la partera o su ayudante trabajan durante un mes lavando la ropa de la mamá y del bebé, lapso en el que la madre y el bebé se bañan en el temascal para acelerar la recuperación de ambos. Por otra parte, las comadronas acuden a la iglesia para ofrendar velas a las imágenes del altar, con la fi­ nalidad de pedir por el bienestar del niño y la parturienta; dichas peticiones se realizan antes y después del parto. Durante estos días las vecinas o familiares les envían tortillas y, en ocasiones, un poco de comida. Esto se hace principalmente entre la madre y la hija, la suegra y la nuera, entre las hermanas o entre las cuñadas; en reciprocidad,

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la parturienta tendrá que enviarles tortillas y comida cuando se recupere; aquí la comida enviada es central en la recuperación de la parturienta, ya que le otorga fuerza y energía vital. Para este ritual es necesario tener dos parejas de padrinos, una para el levantamiento y otra para el bautismo; es decir, consideran a una pareja como los padrinos del levantamiento y a la otra, como los padrinos del bautizo que se realizará después; estas personas deben estar casadas o reconocidas socialmente como un matrimonio. La madrina del levantamiento tiene la obligación de entregar ropa al recién­nacido, así como aguardiente, velas, incienso y un popoxjarro o incen­ sario que utilizarán en el ritual. Los padres del bebé compran todo lo relacionado con la comida —chile para el mole, pan, café, refresco, carne de puerco o de pollo— y las bebidas con que se acompañará; de igual modo, buscan a una cocinera para elaborar la comida que se servirá el día del ritual. La partera y su ayudante serán quienes realicen los rituales pertinentes en el levantamiento. En el cuarto donde se hizo el trabajo de parto se coloca la ofrenda y se lleva a cabo la ceremonia de levantamiento. Los totonacos creen que no puede pisarse la tierra donde nació el niño ni colocar construcción alguna encima, porque ésta es la herencia o su vigilancia del nuevo ser, que en totonaco nombran ix makg takakgna´h, que significa “la tierra que cuida al recién nacido”. El siguiente ejemplo ilustra muy bien estas ideas. Una señora, hija de una partera, me explicó que en una ocasión colocaron encima de la tierra de su hija, sin saberlo, un polín que sostenía una cadena; cuando se hizo el colado, se incrementó mucho el peso. Entonces la hija comenzó a enfermarse con mucha calentura; la llevaron al médico en el pueblo de Coyutla y le dieron sus medicamentos; sin embargo, su hija no mejoraba y siempre estaba cansada, “haz de cuenta que mi hija cargaba el colado”, señaló la señora. Entonces acudieron con la partera, quien le dijo cuál era la causa de la enfermedad; le dijo que se curaría sólo cuando la tierra se cambiara de lugar; así que tuvieron que hacer un ritual parecido al levantamiento en el cual ofrecieron pan y mole a la tierra, repartiéndose entre los familiares, aunque una parte era para ofrendarlo al dueño de la casa y otra, a la tierra. El ritual que la partera ejecutó consistió en sacar la tierra en donde había nacido la niña y cambiarla a otro lugar, mientras tiraba aguardiente en la tierra, con

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la finalidad de que nadie la pisara. Colocaron el mole en platos desechables y lo tiraron en el monte, como ofrenda al dueño de la casa, y una parte del pan se ofrendó a la tierra. Algunas personas me señalaron que donde una mujer pare no se puede barrer, sino hasta después del levantamiento, por ser el lugar donde se entierra una parte de la ofrenda: comida preparada para dicho ritual; la comida es, por un lado, el pago por el don recibido —el neonato— y por la mancha realizada al parir, y por otro, el alimento dedicado a las nanas y pelwames. Para realizar el ritual los padres del bebé buscan ayuda recíproca de varias señoras que acuden a su casa para moler el maíz en el metate y hacer las tortillas. Algunas de ellas llevan la masa para las tortillas y el azúcar para el café (Figura 9.4). Asimismo, los padres invitan a sus familiares, tanto de la línea materna como de la paterna, quienes ofrecen como presente alguna ropa para el niño o la niña, o dos metros y medio de tela para un vestido si es una niña. Estos familiares, además, llevan un jabón de pasta y medio metro de tela para usarla en el lavado de manos al finalizar el ritual. De igual manera, los familiares

Figura 9.4 Mujeres echando tortillas en el festejo de una comunión. Coahuitlán, Ver. (Foto: Rouy Valderrama, abril de 2009)

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pueden llevar cajas de cerveza o de refresco. Todos estos bienes se regresan posteriormente, cuando se realiza un ritual que los requiere en la casa de los invitados. En unas tablas previamente acomodadas encima de unos ladrillos, la cocinera coloca pan y café como ofrenda en el lugar donde ocurrió el parto. Asimismo, las parteras ponen las velas, riegan aguardiente enfrente de la ofrenda y colocan, con ayuda de la cocinera, el incensario. Los familiares que llegan dan los regalos a las parteras, éstas acomodan los jabones y las telas sobre la tabla y guardan la ropa y la tela para los vestidos en una bolsa que también colocan dentro de la ofrenda. Las mujeres se acomodan en el cuarto donde se realizará el levantamiento y los hombres en un cuarto adjunto, por lo general una estancia grande. La ofrenda (Figura 9.5) consiste en carne cruda de pollo o puerco que acomodan en cubetas; tortillas dentro de una jícara tapada con hojas de plátano, encima colocan cajetillas de cigarros y siete collares de jonote, cada uno con siete flores pequeñas de cempasúchil insertadas a lo largo, así como dos rollos de siete hojas verdes cada uno, con tres flores de muerto y colocados en los extremos de las hojas de plátano. En el piso, frente a la ofrenda del levantamiento, colocan las velas y 12 botellas llenas de aguardiente y 12 botellas de refrescos, que las parteras usan para regar poco a poco en la tierra; cada botella está adornada con pequeños collares de flores. Después de colocar la ofrenda se reparte refresco, cerveza y café entre los comensales. Los asistentes, antes de tomar el primer trago de café, refresco o cerveza, tiran un poquito al suelo como una forma de compartir con los difuntos parte de la comida. Luego de esta primera ingesta de alimentos, tanto de los humanos como de los no humanos, viene una parte importante del ritual: la acción de levantar. Esta acción la realizan tanto los padrinos del ritual como las parteras y dan 12 vueltas alrededor de la niña o el niño, en sentido contrario a las manecillas del reloj. Para dicha acción la niña o niño está colocado en el suelo sobre la ropa y la tela que le han llevado los asistentes. Después las parteras, por lo general dos, sahúman tanto a la criatura como a su madrina y realizan las oraciones pertinentes; al finalizar entregan el neonato a su madre. Acto seguido, la cocinera entrega a las parteras los siete collares de jonote, cada uno con siete flores de muerto, y comienza una limpia o barrida nueva-

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Figura 9.5 Comida ofrendada en el levantamiento. Coahuitlán, Ver. (Foto: E. Peralta, septiembre de 2003)

mente a la madrina y al bebé, luego pasan, uno por uno, todos los familiares de la recién nacida, es decir, todos los asistentes. Después de que se ha sahumado y limpiado al recién nacido, los asistentes celebran compartiendo la comida; para ello la cocinera comienza a repartirla calculando según el número de asistentes, mientras que las mujeres que llegaron con masa y ropa para el bebé, preparan las tortillas en conjunto para el resto de los invitados. Cuando terminan de comer, todas las señoras que estuvieron presentes se lavan las manos con jabón y después con aguardiente para limpiarse literalmente de los restos de comida, aunque en forma metafórica se limpian del contacto con los muertos al compartir los alimentos con ellos. Para finalizar, retiran las cosas ofrendadas, no sin antes suplicar por medio de oraciones y el sahumerio a las nanas, pelwames y parientes difuntos que cuiden al nuevo miembro y que consideren la ofrenda entregada como un agradecimiento del don recibido. La comida ofrendada, es decir, la carne cruda de puerco, de pollo o guajolote, es repartida entre los principales asistentes como los padrinos, los abue-

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los, los tíos, etc. Los platillos cocidos, en este caso el mole, se entierran en el lugar donde nació la niña o el niño, con la idea de que a la tierra hay que darle de comer, y también como un pago porque permitió la creación de un nuevo ser. Tanto a la cocinera como a las parteras se les paga con dinero. A las parteras además se les otorga tela para su ropa, pan, jabón y mole con algún guajolote. Estas cosas se llevan a la casa de la partera cuando la parturienta ya está recuperada del alumbramiento. Después del levantamiento, como ya se dijo, la partera trabaja en la casa de la parturienta durante un mes, lavando la ropa de ella y del recién nacido, a quien también baña. A su vez, la mujer parturienta se baña en el temascal.

Interpretación
La importancia del levantamiento radica, en primera instancia, en hacer que el niño, proveniente de la madre tierra, sea vuelto persona social, al ser vestido tanto por sus padrinos como por los demás asistentes al ritual. Los padrinos son quienes le otorgan la fuerza, es decir, limaqatliwekeh —una de las partes que conforman a la persona en Coahuitlán—; ésta radica en la palma de las manos y tal vez el hecho de lavarse las manos a lo largo del ritual se relacione con el otorgamiento de fuerza que le dan todos los parientes al nuevo niño. Los padrinos son tan importantes que cuando un niño se enferma, es necesario llamarlos para la realización del ritual de curación, pero si éste no se cura después de que la partera realiza los ritos pertinentes, entonces es necesario cambiar a los padrinos para que el niño se cure y pueda recuperar su fuerza, esto no se entiende como desechar a los padrinos, sino como acumular más fuerza para el bien de una persona, en este caso del niño. Al vestir al niño los padrinos hacen de él una persona social porque entra en una red de relaciones de intercambio recíproco, tanto con las propias en­ tidades o fuerzas, como con los padrinos y demás integrantes del grupo doméstico­ . En la primera etapa de su vida, el niño dependerá de sus padres no sólo por la alimentación y protección otorgada, sino que los padres mantendrán las relaciones de intercambio con sus compadres y demás personas del grupo doméstico, de tal forma que cuando el niño pueda, él también entrará en esta red de relaciones sociales y acudirá con sus padrinos y demás personas del grupo doméstico para ayudar e intercambiar su fuerza, entendida como trabajo.

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Algunas personas me señalaban que la ofrenda se hace a los pil huames, los cuales he registrado también como pel huames, aunque el curandero del pueblo me dijo que la ofrenda era tanto a las nanas como a los pel huames, quienes habitan debajo de la tierra. Estas entidades son las que propician la vida y están vinculadas con la tierra, concebida como la “madre tierra”; por ello, en la ofrenda se otorgan 12 botellas con aguardiente. La ofrenda también alude a los difuntos, pero en este caso son los parientes que el grupo doméstico tiene; a ellos se les está agradeciendo y pidiendo que cuiden al nuevo miembro de las diversas enfermedades; si no se les otorga comida y se les agradece a las entidades o fuerzas y a los difuntos, éstos pueden enojarse y enviarle al neonato enfermedades que pueden provocarle la muerte.Por ejemplo, una persona me narró que si uno de los padres le pega al niño por caerse en el agua, estas entidades se enojan y le pueden causar diferentes enfermedades, como temperatura elevada, entre otras. Cuando esto sucede es necesario hacer una comida para ofrendar a los pel huames, en la que los padres prometen cuidar a su hijo y no pegarle. De igual manera, es necesario ofrendarle a los santos, ya que ellos también brindan protección a los recién nacidos, por eso se levanta en la iglesia; cuando no se hace, se recurre a las imágenes del altar doméstico, donde las parteras colocan las ofrendas. Otra de las características del ritual de levantamiento es que éste tiene que llevarse a efecto en forma armoniosa, pues deben acudir todos los familiares tanto de la madre como del padre, porque en caso de que haya pleitos o disgustos familiares, los pel huames y las nanas podrían enojarse y provocar enfermedades a los niños, lo que implica realizar de nuevo el ritual y lavar las manos de la partera con aguardiente, antes de dar inicio al levantamiento. El aguardiente posee muchas cualidades, puede purificar, limpiar, curar enfermedades, es desinfectante de heridas y otorga fuerza o vitalidad. Por ello es muy recurrido tanto para ingerirse dentro del ritual, como para emplearse en distintas enfermedades. Además, la comida, la bebida, los aromas del sahumerio y del tabaco, las hojas usadas, las flores y las velas son muy importantes en el intercambio tanto entre los mismos humanos como con las entidades no humanas; su falta podría ocasionar la pérdida de la eficacia del ritual.

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Conclusiones
Por otra parte, en el ritual se aprecia la importancia de varias personas: la madrina, el neonato, los padres anfitriones, las parteras, las cocineras, las ayudantes de la preparación de las tortillas y demás personas que acuden. Sin embargo, las especialistas necesarias en cualquier ritual totonaco en Coahuitlán son las parteras y las cocineras; las primeras son expertas en la atención al neonato y su madre, y también en la realización de complejos rituales; en tanto que las segundas son especialistas en la comida, elemento primordial en los rituales. Como ya se mencionó, estas mujeres tienen un prestigio y poder social por su papel en la dirección del ritual y el manejo de la parafernalia, que a su vez determina la eficacia del rito, de manera que los coahuitecos valoran ampliamente su actuación. A lo largo del ritual de levantamiento se observa que la comida es una ofrenda central, además de los vegetales utilizados para las limpias. La comida del levantamiento se ofrenda sobre todo a las 12 madres, a los 12 padres y a los difuntos, esto se observa en el conteo de las cosas que se colocan en la ofrenda, usando números como cuatro, seis, doce y siete. Además, se entierra la comida cocida y guisada en el sitio donde nació el niño para “pagarle” a la tierra y alimentar con comida especial tanto a los originadores de la vida —nanas y pelwames— como a los difuntos del grupo doméstico del recién nacido. La comida guisada se reparte durante la fiesta y la comida cruda se comparte con los padrinos de levantamiento y los familiares al finalizar el ritual, como muestra de agradecimiento por haberle otorgado fuerza al bebé. También es un compromiso recíproco a largo plazo, ya que otorgar comida es signo de retribución e intercambio permanente entre las personas. Entonces, enterrar comida cocida, repartir la comida guisada entre los asis­ tentes y distribuir comida cruda al finalizar el ritual son acciones que im­ plican nutrir, alimentar y dar fuerza tanto a los vivos como a los muertos. Por lo general, los vegetales —bejucos, hojas y flores—, la comida y las bebidas, en especial el aguardiente, tienen características culturales asociadas a la abundancia, la fuerza y la vida; por ello son tan recurrentes en los rituales totonacos. Por último, es necesario señalar que la forma en que los humanos se comunican y mantienen una relación con las entidades o fuerzas es mediante la comida y las ofrendas presentes a lo largo del ritual. Además, para los toto-

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nacos todo es ofrenda —la ropa, las telas, y el jabón, así como el aguardiente que los invitados llevan—, pero también es ofrenda todo lo que se coloca en el lugar donde nació el bebé: las velas, las flores, las hojas, los cigarros, la cerveza, el café y la comida que se reparte entre los presentes, así como las plegarias y oraciones que realizan las parteras. Otro punto central es la organización social alrededor de los rituales. En este texto se observa que en el rito de levantamiento hay un intercambio recíproco en todo el grupo doméstico, además de una serie de ayudantes de cocina­ , que sólo llegan a elaborar las tortillas. Es una tarea importante porque sin estas mujeres la anfitriona, que por lo general es la suegra de la parturienta, no podría moler tanto maíz ni elaborar las tortillas para los comensales. En ese sentido, las personas son interdependientes. Todo esto implica un gran esfuerzo del grupo doméstico; Good señala que “el propósito de la vida ritual, que incluye eventos del ciclo vital, como el matrimonio o la muerte, tienen la finalidad de reproducir el grupo social y cultural y asegurar su sobrevivencia histórica” [2003:184], aspecto que se observa entre los totonacos de Coahuitlán.

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