Numen Montaraz Guillermo Saraví -1928

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A mis amigos de Villaguay consagro este libro

Numen Montaraz I

Solar de los matreros
que tienes en el alma un andrajo de poncho y una astilla de lanza: la cuchilla y el monte todavía resguardan viejas cosas que quieren marcharse de la tierra yo no sé por qué rutas ignoradas. Para los que llevamos en la sangre los huraños motivos de la raza, el pasado está vivo como nunca y el agrio numen de los bosques habla. Para las gentes nuevas tal vez no diga nada la musa que se ajusta los cabellos con vincha colorada y que en vez de una túnica de seda viste un ropaje tosco de zaraza. Tierra que se amansó trágicamente y rindió sus tacuaras que la bravía tradición lavaron sirviendo de picanas… Mientras la selva se abre, el cielo azul de las llanuras baja con los linos que vistos desde lejos fingen lagunas de dormidas aguas; pero el zorzal nativo permanece fiel al recuerdo de la edad pasada y a modo de un alivio quejumbroso en la agonía de la selva canta.

II

Como hay ceniza de héroes
en los terrones de las sendas ásperas, brotan a veces sobre la llanura pequeñas margaritas encarnadas. Y cuando el fuerte ventarrón se azota contra los algarrobos y los talas, la soledad se llena de conmoción extraña, y por el campo azul de las visiones pasa Jordán con las falanges blancas. Arde el rojo crepúsculo siniestro como una quemazón a la distancia. Todas las tardes la leyenda vuelve como si en ese resplandor hallara algo de los fogones legendarios que extinguieron sus brasas. Y aunque los hombres mueren y aunque las cosas cambian, y nuevas inquietudes nos absorben y nuevos ideales nos arrastran, la patria chica guardará por siempre en el fondo de su alma la tela burda del antiguo poncho y el guayacán quebrado de la lanza.

III

Arbol nativo: préstanos tu sombra,
dános la fortaleza de tu savia para que el tiempo nuevo nos encuentre dignos de otra patriada. Hoy viene a sollozar sobre tu copa que al cielo tiende las floridas ramas en una gran aspiración de cielo, el dolor de las últimas calandrias. Nos abrazamos a tu tronco erguido como el orgullo de la estirpe brava que ayer fué un heroísmo en la pelea y hoy es un heroísmo que trabaja. Y contra el viento de ultramar que llega de las distantes urbes afiebradas, desatarás tu viento formidable cuyas tremendas rachas les dirán como rugen tus jaguares y de qué modo tus jilgueros cantan. Arbol nativo: préstanos tu sombra, dános la fortaleza de tu savia!

IV

Tierra donde mi cuna se meciera
a la sombra del seibo florecido y en la que vuelvo a reconstruir el nido feliz y tibio de la edad primera: curado ya de su inquietud viajera en tí mi corazón ha revivido y aunque sin tregua el sinsabor le ha herido canta y se alegra en tu dichosa vera. Vuelven de sus románticas andanzas todos mis sueños y mis esperanzas que destrozar la adversidad no pudo. Y el alma viene, en oblación suprema, a deshojar la flor de su poema sobre el metal sin mancha de tu escudo.

Heráldica nativa

Me obsede la presencia de los antepasados
animada al conjuro de la reencarnación. Para mi marcha eterna con rumbos ensoñados llevo un cacique nómade dentro del corazón. Mis toldos en la tierra solar están clavados. Un gavilán oscuro campea en mi blasón. Al través de mis versos rendidos o erizados se asoma muchas veces la punta del rejón. Magüer lo que sugieren mis pulcros ademanes, mi sangre está mezclada con sangre de minuanes y hay algo de charrúa fundido en mi metal. Y en mi alma, lo mismo que en el denso boscaje, su guarida de sombra tiene el jaguar salvaje a la vera del árbol donde anida el zorzal.

La Vincha

Vincha mugrienta, vincha desteñida
bajo los soles fuertes y las aguas, que fuiste en otros tiempos de leyenda como un retazo de bandera patria -símbolo de coraje romancescosobre las sienes de la estirpe gaucha… Altiva hermana de la banderola que cimbró su entusiasmo con la lanza en el estruendo de los entreveros… Con tu diadema bárbara la reyerta civil ciñó a sus héroes y los lanzó después a la patriada. Ajustaste en el drama doloroso cabezas torvas y pelambres lacias hechas como a propósito, sin duda, para la horrenda intensidad del drama. Vincha mugrienta, vincha desteñida bajo los soles fuertes y las aguas: ¡tú eres la única venda que podría cerrar la boca trágica con que hablan a la Historia las heridas abiertas en el alma de la Raza!

El Degüello

Ya dio el áspero clarín
su mandato sanguinario y en el oscuro escenario la lucha toca a su fin. Se estremece el paladín al oír el toque fiero y desnudando el acero o enarbolando la lanza, pregusta ya la matanza como un tigre carnicero. El arma gaucha describe un círculo de locura que rubrica la bravura de los lanceros de Oribe. El vencido que percibe su fatídico destello, cree sentir en el cuello la hoja de los facones en que abdican los rejones cuando se toca a degüello. Un recio bote le alcanza y por la espalda le cruza con la frialdad de su chuza ensangrentada una lanza. Un federal se abalanza sobre el cuerpo del caído y entre el salvaje alarido que suelta al viento el montón, busca el mellado facón la garganta del vencido. Enarbolada como una siniestra y roja presea, la testa trunca chorrea clavada en la media luna. La torva expresión hombruna infunde cruel desconcierto, hay en el ojo entreabierto fantasmagórico brillo y espanta el tono amarillo que cubre la faz del muerto.

Cual protesta humanitaria el cielo al naciente queda casi azul como la seda de una golilla unitaria; mas la visión sanguinaria, inexorable y brutal surge en el ocaso tal como si en el bárbaro arresto la tarde se hubiera puesto un gran moño federal. Como un vasto matadero queda el campo ensangrentado. El degüello ha epilogado ferozmente al entrevero. Va llevando el montonero su abominable presea, el despojo que gotea sangre negra en la moharra… Si parece que la garra de la muerte lo pasea.

Matrero A Daniel Elías Zorzal de mi monte, pájaro sin nido, voy como atraído por el horizonte. Viajo sin destino y a veces me amargo pensando que es largo, muy largo el camino. Acaso mi huella se apaga o rutila… Llevo la pupila fija en una estrella. No sé de mi vida sino lo que cuenta la hora sangrienta de una vieja herida. Para mi cabeza pesada y sombría no hay sabiduría como mi tristeza. Cuando el desconsuelo me da su quebranto, suspiro y levanto los ojos al cielo. Si de una campana me llega el repique, mi alma de cacique se siente cristiana. Me ofrecen los talas la sombra del nido y el pájaro herido descansa sus alas… Y así, dolorido, voy dando mi canto,

con algo de santo y algo de bandido. ¡Oh, mi linda selva, mi selva querida, cúrame esta herida mortal cuando vuelva! Dura pesadilla del rodar en vano… ¡Cuánta maravilla lejos de mi mano! Mi patria cuchilla, mi monte entrerriano!

La lanza de tacuara

Recia lanza de tacuara que aprendió a cortarse sola
entre el humo del combate, con su roja banderola, no bien daba sus agudas estridencias el clarín, cuando al viento huracanado que barría la cuchilla desataban en la carga su romántica golilla el soldado de Guarumba y el matrero de Crispín… Recia lanza de tacuara que los indios de mi tierra empuñaban al conjuro de las músicas de guerra que los vientos arrastraban por los toldos de Montiel; voces ásperas que el alma de la raza huraña y fuerte recibió como un llamado de la vida o de la muerte para alzar una divisa y alistarse en un tropel… Esa lanza es la Edad Media de estos pagos; esa lanza que nos habla de entrevero, de degüello y de matanza, -como el bárbaro trofeo de una época brutal,tiene el timbre de Romance, tiene lustre de Epopeya y en su trapo de combate se abrigó la clara estrella que rutila los cuarteles del escudo federal. Entre una agria voz de mando y un aullido de corneta, con las crines desatadas y los ponchos de bayeta, afirmando en el estribo de algún tape el regatón, inició una tarde ardiente su cruzada aventurera y cumpliéndose el anhelo de la hirsuta montonera un andrajo del poniente se colgó de su rejón. Y fué andando por mi tierra, como loca, desde entonces. La tacuara cimbradora se estrelló contra los bronces, los aceros no lograron deshacer su fibra audaz, y en los días implacables del desastre y la conjoga se tiñó de sangre mártir y salió mucha más roja a esconder entre la selva su despecho montaraz. Los selváticos misterios exaltaron su coraje y volvió de la espesura con su ímpetu salvaje a imponer en el desquite su fantástico valor; pero al fin, en un arranque prodigioso se hizo astillas, y quebrada, sin historia, se perdió por las cuchillas, para entrar en la leyenda como un signo de terror.

Recia lanza de tacuara que por fiera y primitiva tienes mucho del arresto de la pléyade nativa hecho astillas contra el tempo, para siempre, como tú: es preciso que tu sombra, por lo menos, se levante a imponer en el recuerdo, como emblema fulgurante, el escudo de Ramírez con la pluma de ñandú!

Al Río Paraná I

A pesar del bautismo católico romano
todavía conservar el nombre guaraní. Con tu agua me impusieron el sello del cristiano y el indio que tú guardas también palpita en mí. De tarde en tarde encrespas el lomo sobrehumano como si pretendieras recordarnos así que siempre te debemos trato de soberano y que rendidamente hay que llegar a ti. ¡Oh, Padre Río, arteria de América que trazas el rumbo del futuro magnífico a las razas que a tu arrullo se funden en el nuevo crisol!... Hoy tu numen soberbio quiere hablar en mi acento y mi musa desgreña sus crines en tu viento y un destello del bronce le anticipa tu sol. II Sauce que en ti desploma la undosa cabellera y aferra las raigambres en tu playa feraz, mi alma es como un árbol hijo de tu ribera, lira salvaje y triste del Numen Montaraz. Por eso, Padre Río, pido que cuando muera me traigan a tu vera para dormir en paz. Que en la muerte me acune tu corriente viajera, que me aduerma tu canto para siempre jamás. Rendiré mis despojos a la tierra que besas y me cabrá el destino de revivir en esas frondas que se extasían con tu voz familiar. Transmigrado a tus verdes ramajes musicales, te enviaré el harmonioso trino de los zorzales y desde la otra vida te volveré a cantar!

III Eres como un remedo gigante de la raza plasmada en tu bravío molde de inmensidad; tienes su mismo aspecto, tienes su misma traza, su invencible tristeza, su agresiva hosquedad. Rendida mansedumbre tus ímpetus disfraza con una espesa sombra de taciturnidad, pero hay en tu aparente quietud una amenaza y un selvático instinto duerme en tu majestad. Que el viento no concite tu cólera dormida, porque bajo ts golpes, con una sacudida brutal, u rebeldía se va a poner de pié, y en ese arranque sordo, feroz y repentino, desatarás tu furia siniestra de felino y rugirás al viento como un yaguareté! IV Más bien que agite apenas sobre los renovales un viento bonancible sus alas al pasar, y sigan mansamente rodando tus caudales con suave monorritmo camino hacia la mar… Que lentas lunas blancas rielen en tus cristales y estrellas milagrosas te vengan a hechizar; que bajen a tus árboles calandrias y zorzales y que tus arboledas se pongan a vibrar… No agites, Padre Río, la bárbara melena de olas y bramidos… Sabemos cómo suena tu voz áspera y ronca, cuando la tempestad. Y mientras en la vasta quietud te reverencio, yo siento que te agrandas de tarde y de silencio, mil veces más enorme con la inmovilidad.

Cinta Colorada

Te pasearon los tropeles

de Don Justo por las pampas y los gauchos de Ramírez te anudaron a sus lanzas. De Vences y Arroyo Grande las épicas resonancias a tu visita se despiertan, a tu sombre se levantan. ¡Cinta roja, la más linda! ¡Cinta roja, la más santa! Yo no sé de qué manera te adueñaste de mi alma, que unas veces, por tu culpa, aquí dentro llevo lanzas y siniestras medias lunas y banderas coloradas! ¡Cinta roja, cinta roja! Con tu seda legendaria la romántica Delfina se ajustó las crenchas lacias. Fuiste vinchas de los héroes en las ásperas jornadas; himnos roncos te cantaron los clarines con voz agria y los toques a degüello tu victoria presagiaban. Por tu símbolo glorioso se batió la tropa gaucha y afiláronse los corvos de las huestes entrerrianas.

Fuiste la única divisa que lucieron las solapas; fuiste flor sobre los senos de la china bien plantada y a manera de madroño te colgaste en las guitarras. Tú nos dices de otro tiempo las grandezas olvidadas, cinta ilustre que el abuelo con Mansilla levantaba en la Vuelta de Obligado contra Albión y contra Francia. Tú nos dices del Supremo de Entre Ríos la arrogancia, y en su nombre nos obligas a tener la sangre cálida, siempre listos a verterla por los fueros de la dama… ¡Cinta roja!... Cuando el ave vagabunda y solitaria pueda hacer un nuevo nido de Montiel entre los talas; cuando el lírico matrero pueda alzar en sus comarcas algún rancho donde quepan sus venturas o desgracias, y una moza de Entre Ríos, fiel y linda, noble y guapa, como todas las mujeres que han nacido en estas playas, se me acerque sin recelos para darme vida y alma, no querremos lazos de oro ni tampoco cintas blancas, y el cariño que nos ate frente a Dios, sin una mancha, será el nudo eterno y fuerte de la cinta colorada.

Con Tabaré

¿No ves que tengo sangre aborigen?
¿No ves que está el americano origen hablando en mí, de una manera extraña en la esquivez huraña que de excesiva palidez me viste? Esta mirada triste que con frecuencia de dolor se empaña y a mi propia sonrisa contradice: ¿con elocuencia fiel no te lo dice? En este amor celoso que entre versos y lágrimas te entrego, arde el intenso fuego pasional de un cacique doloroso, y magüer las porfías de la inquietud neurótica y moderna, la sombra torva de las tolderías está en mi ser como una cosa eterna. Vestigios de mi río y mi barranca imborrable atavismo perpetúa en el amor del corazón charrúa hacia la virgen delicada y blanca.

Alma Fiel

Se abrieron en la noche de mi vida,
como selvas profundas anhelantes de estrellas, nostálgicas de luna, mis pobres sueños, mis quimeras rotas, mis afanes de altura. Tus astros irradiaron en mis cielos a manera de lámparas absurdas ¡ oh pálida hermanita en toda idealidad celeste y pura ! Cuando llegaste, mi alma de cisterna taciturna llena de inmensa soledad y noche, no reflejaba ni una débil fulguración y se dormía con el pesado sueño de sus aguas y de su piedras húmedas. Al asomarse a ella tu astral blancura, tu aureola de milagro, tu luminosa túnica, subió por su silencio una plegaria muda: -Te seguiré en la sombra del camino, mi hermanita menor; te seguirá en silencio adonde vayas mi corazón. Si abre una flor en el camino tuyo. si abre una flor, piensa sin miedo a equivocarte nunca que he sido yo… Si miras una luz a la distancia, una luz, piensa que mis nostalgias alimentan su llama azul.

Si en el árbol que es caja de harmonías oyes cantar un ave triste, piensa que te canta mi zorzal. Yo quedaré en las selvas de Entre Ríos quizás, y sólo porque tú llegaste a ellas las querré más. En el grato solar de mis mayores no tuve hogar. Viví como los pájaros del bosque, solo con mi tristeza montaraz… Cuando te vayas, no me olvides nunca porque se hará más amarga, mil veces más amarga mi soledad. Si vuelves a mi pueblo, yo estaré aquí para hacer más alegres tus veladas y para hacer tu vida más feliz. Y si lejos te encuentro alguna tarde, te volveré a decir: Mi amiga en Arte, mi hermanita buena, lirio, estrellita, en fin… Para quererte, de niñez muy blanca mi trabajado corazón vestí. Y el día que mis párpados se cierren para no abrirse más, guardadita en el fondo de mis ojos siempre estarás!

Reza

Reza
conmigo por esa sombra buena del amigo que muere abandonado en su tristeza… Levanta con la mía tu corazón, por el alma blanca y pía del hermano que canta, que canta y sueña todavía. Ora conmigo, por el mendigo que en el ruidoso bulevar implora pan y abrigo. Reza ¡oh, mi santa! por el que llora, por el que canta, por el que sueña, por el que se ilusiona y desvaría y en una obra de ideal se empeña sobre la tierra fría para la multitud mucho más yerma y más indiferente todavía… Reza por tu hermana enferma que sobre un florilegio perfumado se está las horas y las horas… Ella vela el sueño de un cisne ensangrentado y el neurótico insomnio de una estrella. Hermana mía, no abandones nunca tu oración alta y bella. No dejes nunca tu plegaria trunca, que tus ardientes súplicas no mueran porque en el fondo de la noche vasta todos los tristes tu oración esperan. Abre como una flor de tu alma casta en la profunda noche solitaria el lirio azul de tu plegaria.

En la callada soledad escucho la rítmica ascensión de tu querella… Por el descanso de mi muerta estrella, reza, mi santa hermana, ¡reza mucho!

Inmaterial

Los ojos entornados;
a flor de labio una sonrisa leve que más que un movimiento imperceptible simule una luz tenue; tan ligero el andar que no te sienta cuando a mi lado llegues; que la voz del espíritu me diga: como Ligeia, vaporosa, viene! Manos que el deshojar una caricia sobre mi frente, lo hagan en sueños, con un roce de seda, dulcemente… Vibre tu voz en mis oídos como con el temor de que al llamado rueden esos lindos alcázares de humo que hacen los arquitectos de la fiebre. Así, con el silencio y con la tarde, conmigo para siempre, inmaterial y hermosa como nunca, déjame que te sueñe.

Soneto consagratorio

A qué divina lumbre te equipara
mi corazón en tu piedad volcado, desde que en él tu imagen ha grabado su beatitud como la luz más clara. No hallan mis ojos en la senda avara nada más puro que tu amor soñado y a tus pies en silencio se han postrado mi vida huraña y mi tristeza rara. ¡Oh ansiedad de llevar hasta la muerte esta dicha angustiosa de quererte como nadie en la tierra te ha querido, y pedir al Señor en rezo diario la infinita clemencia del osario antes que la amargura de tu olvido!

Impromptu

Que hasta dónde te quiero, me preguntas,
y sin decirte nada y con las manos como en rezo juntas elevo hacia los astros la mirada. Y como sé que para tal anhelo está escrita en el cielo la respuesta, por mis labios que callan habla el cielo y el infinito espacio te contesta.

Vidalita1

Alma de Entre Ríos,
vidalita, lírica y bizarra, vibra con el canto, vidalita, de ésta mi guitarra. Vienen desde el fondo, vidalita, de las tradiciones, lanzas de tacuara, vidalita, y ásperos rejones. Y por las cuchillas, vidalita, pasan los matreros. Vinchas y golillas, vidalita, van por los esteros. Montaraz al beso, vidalita, de la luna plena, bajo los chañares, vidalita, sueña con Malena. Pagos entrerrianos, vidalita, que mimó la Historia, y en los que Ramírez, vidalita, se cubrió de gloria! Tierra de mis padres, vidalita, que a mi amor hechiza; tierra que protege, vidalita, la visión de Urquiza.
1

En el original que transcribo, se encuentra anotado en lápiz sobre el título: Música de Andrés Longo. (Nota de transcripción)

¡Sombra legendaria, vidalita, que en el horizonte, brilla como un sueño, vidalita, del nativo monte!... A sus piés mi verso, vidalita, lento se deshoja, como flor de seibo, vidalita, como estrella roja!

El viento

El viento es un fantasma que a silbidos
arrea sus tropillas invisibles al través de los campos aturdidos. Lleva suelto en girones imposibles un poncho enorme que al pasar se enreda en la oscura arboleda llena de absurdas voces y gemidos. A veces, en un ímpetu violento, desboca su corcel por la cuchilla y un nubarrón le sirve de golilla y de vincha un relámpago sangriento. Con su arreador fantástico golpea sobre la selva que al sentirlo exhala gritos de rendición o de pelea. O bien sobre el ramaje sosegado, con inquietud ligera pliega el ala como si fuera un pájaro cansado. El viento libre de la tierra nuestra para el que no hay linderos ni confines, suele exhumar la música siniestra de los viejos clarines, y al cruzar las profundas hondonadas o estrellarse con furia en los barrancos, sueña que bate vinchas coloradas o alarga el pliegue de los ponchos blancos. Por eso es que el simbólico tropero deja en los campos verdes, cuando pasa, un vaho de matanza y entrevero que en otros tiempos conoció la raza. Cuando esconde sus garras y lo domina extraña mansedumbre, se le cuelga del poncho la quejumbre con que lloran las últimas guitarras. Pero al toque de fuerzas imposibles vuelve a cruzar los campos aturdidos y en pos de sus tropillas invisibles va rayando la noche de silbidos.

Fanfarra

Se oye un toque lúgubre y un ruido de aceros.
Suena la fanfarra su extraña canción y la tarde vuelca sus oros postreros sobre el bloque en marcha del torvo escuadrón. Rígidos y mudos pasan los guerreros en un aguafuerte de alucinación, mientras la fanfarra prosigue con fieros preludios vibrando su trágico son. Música de muerte, música de gloria… De vanguardia pasa la misma Victoria. Marcial es el paso con rumbo al confín. La fanfarra suena lacerante y rara. Todo está sangriento. Parece que hablara de antiguos degüellos la voz del clarín.

A un hermano

Yo no sé por qué mágico encanto
en tu absurdo perfil se han unido la piadosa dulzura del santo y el heroico desdén del bandido. A tu modo, bohemio y poeta, con su fardo de penas antiguas, su excelencia tu vida concreta entre todas las vidas ambiguas. Y aunque un fiero destino te embosque y una oscura desgracia te envuelva, serás siempre zorzal de tu bosque, soberano jaguar de tu selva…! Camarada: por eso te digo mi adhesión en el verso algo rudo, y lo talla mi mano de amigo como un lema de gloria en tu escudo.

Momento

Bajo el destello sangriento
de la tarde que decrece, mi espíritu se estremece de patrio alucinamiento. Canta en los talas el viento una sonata guerrera, y hasta parece que fuera -cuando el clarín la convoque,a desfilar con un toque de carga la montonera.

A Luis Doello Jurado

Tienes alma de sauce sobre el río inclinado
o alma de seibo que hecha su raíz en la orilla. El río te saluda con su canto pausado al golpear de tu barca la explorada quilla. Estas con los paisajes como consubstanciado. Ellos te han develado su oculta maravilla. Y cuando el sol te abrasa con su fuego dorado, la Dama de la Fronda te cede su sombrilla. Siempre serás por ella colmado de mercedes. La turquesa del río guarda para tus redes las estrellas caídas de la noche anterior. Y tu alma se inclina sobre el cauce dormido como si en él buscaras el diamante perdido que habitualmente falta del joyel interior.

A Joaquín Castellanos

Aunque ya el bronce quiere perpetuar su silueta
- más erguido en su recia calidad de varón, es capaz todavía de arrojar la muleta y jugarse la vida defendiendo el blasón. En su lírico acento que unas veces concreta harmonías sutiles de una honda emoción, suele en otras mezclarse con la voz del profeta restallando amenazas el rugido del león. Es de hierro este viejo. Cabe el ara divina donde yergue su efigie la grandeza argentina se arrodilla al influjo del amor ancestral. Y atenuando el empuje de la estirpe que viene junto al claro evangelio de su fe se mantiene como quien estuviera sobre algún pedestal.

Calandria I

El ámbito infinito fué toldo de tu tienda.
Llevabas, vagabundo, la ley en el acero. Se ha plasmado en el bronce torvo de la leyenda tu inquietante y altivo perfil de bandolero. De no haber agotado en la inquietud tremenda de una existencia mala tu temple aventurero, en tiempos de clarín, de audacia y de contienda, te hubiese agregado a un tropel montonero. Pero, no fué posible. Siempre por rutas malas, el alma se te puso más dura que los talas, enhiestos centinelas del monte y la cuchilla. Hoy el labio entrerriano con angustia te nombra. No eres más que un espectro. No eres más que una sombra. Un potro. Y un trabuco. Y una errante golilla…

II Pero, con todo, quiero cantarte. Parecía que en ti desesperaba la estirpe en agonía y que iba su alma deshecha de amargura sollozando en un vértigo de sangre y de locura. Ya el tiempo te consagra digno de la novela. Ya tu figura puede vivir sobre la tela, y debe, antes que nada, tu tristeza sin cura clavar en mi pegaso su resonante espuela. Tu solo nombre dice cosas tan de mi selva, que yo dejo que toda su poesía me envuelva, olvidando que fuiste montaraz, pendenciero… Al fin, en esta tierra que tanto hemos querido, hasta el zorzal glorioso, perseguido y sin nido, tiene que ser huraño y aprende a ser matrero.

III Calandria: tú tenías la virtud del arresto. Calandria: tú eras malo, pero así contra todo y muy a tu manera, sabías ser enhiesto y alzarte como un héroe a pesar de tu lodo. Tu alarido debiera vibrar en mi garganta como el mejor elogio de la raza caída. Te canto porque fuiste, más que puñal, herida… Y en el peor de los casos: porque nadie te canta! Cuando miro la vida frente a frente, quisiera que tu sombra salvaje y errabunda volviera, pues entonces mi pobre corazón te diría: -Antes que la canalla para siempre nos venda, sin más arma en el cinto que esta pena bravía, hagamos de la selva nuestra última tienda!

Versos a la sombra de Crispín Velázquez Señor de Palmas Altas, padre de los matreros, cuya sombra vigila los predios montieleros, donde a veces resuenan las voces del pasado si entre los espinillos el viento huracanado se arrastra desgarrando su manta polvorienta, o si el ocaso habla por su boca sangrienta de cosas que hoy repiten sólo las tradiciones; gavilán agresivo cuyos hoscos montones cayeron para siempre, dejando su osamenta de la nativa tierra mezclada a los terrones; gaucho que con el bote de la chuza implacable quebraste la estrategia del manco formidable; tronco de aquella raza más fuerte que la nuestra, que desde el claroscuro del pasado, te alzas, largo y flaco lo mismo que tu lanza siniestra: tercias el viejo poncho, la nazarena calzas, quiebras el ala negra de tu chambergo y vienes con la vincha de siempre ajustada a las sienes. Yo te estaba esperando sombra huraña; quería por las regiones nuestras ir en tu compañía y mostrarte las cosas que el progreso ha traído echando cien gloriosos recuerdos al olvido. Mas, ya veo tu gesto de asombro y desagrado. No son las gentes tuyas, éstas que ves. Helado quedarías, si oyeras el burdo comentario que hacen de tu bravío reinado legendario. (Esa música que oyes, sensual y peregrina, tu espíritu rebela, tu corazón desgarra. En ella se ha quebrado la excelencia argentina y borró su leyenda más criolla la guitarra.) Hablan mal de tu sombra estas gentes extrañas. Calumnian tu divisa y amontonando sañas, le han robado al sentido imparcial de la Historia un girón de grandeza y una franja de gloria. Y una chuza cobarde se ha quedado en acecho con el odio que guardan los hombres en el pecho. Y el entrevero que antes, a sol y campo abierto, desataba pasiones de hombres en el desierto,

hoy desata egoísmos y desata rencores y a traición va imponiendo sus aciagos horrores. Por un puñado de oro se pelea esta frente que pasa por tu lado, vulgar e irreverente, sin pensar que en tus tiempos, que fueron los de Urquiza, en el peor de los casos se alzaba una divisa y se daba la vida combatiendo por ella. (¡Pobres de los que andamos en pos de la fortuna, con el bronce del verso defendiendo una estrella y peleando en la sombra por un rayo de luna!) Mi general: ya veo, por tus pupilas tristes, que el cuadro no te asombra y que no lo resistes. Esto es, para tu férrea contextura, más fuerte que salir al encuentro del espanto y la muerte, entre chuzas, aceros, medias lunas y potros… ¡Vuélvete, sombra huraña!... Déjanos a nosotros combatir sin desmayo contra tanta mentira aunque a veces los ojos se nos nublen de llanto. ¡Hoy el numen del monte se abrazó de mi lira y es la voz de la tierra la que suena en mi canto!

En el Palacio San José

Flota sobre estos corredores
un vaho de misterio. Se diría que el pasado está vivo y que desde los altos miradores avista la borrosa lejanía donde el monte nativo sus marañas enreda todavía. Cabe el portal vetusto que se abre a la espacio galería parece que han de levantar de pronto los manes encarnados de Don Justo y ayuda con sus magias el tramonto a hacer casi real la fantasía. Con esos altos e inmortales manes que a su fuerte conjuro nuestra alucinación llama y despierta, las siluetas de Blanes se animan de repente sobre el muro, para que en medio al sepulcral letargo de la mansión desierta se ilumine el tropel de Pago Largo y fulguren las lanzas de India Muerta. Y vemos en la sombra el centinela, un centinela trágico y callado que en el silencio de los patios vela con su gorro de manga colorado, y con el corvo al hombro. De la espuela se oye cantar sobre el embaldosado el vibrante metal… Y en una clara sombra que un lampo sideral alumbra, creemos que en la fúlgida penumbra el general Urquiza se acercara. Nos cuadramos ante él y silenciosos vemos pasar su sombra que viene de los limbos misteriosos, con un mensaje de dolor oscuro más pesado y más grande que su gloria,

a irradiar desde el mármol del futuro su luz providencial sobre la Historia. Nos cuadramos ante él. Vemos que pasa. Sus pardos ojos no nos miran. Piensa. Destello espiritual su sien abrasa. Tiene quién sabe qué grandeza inmensa que nos hace tender hacia él los brazos y al verlo tan enorme nos parece que va a saltar el bronce hecho pedazos. Ansias tenemos de gritar como antes gritaban a su paso las épicas legiones resonantes que siguieron su espléndida carrera: -Firme está el corazón y listo el brazo, oh paladín del Continente, para enarbolar de nuevo tu bandera y hacer cimbrar la bélica tacuara!Y aún cuando esperamos la contienda y soñamos de nuevo en la patriada, el bronce de leyenda no da su clarinada, ni al huracán del suelo nuestro enloquecido de clarines vuelan en su montón siniestro las banderolas y las crines… Vasto silencio reina por doquiera. La sombre cierra misteriosamente y en casa sitio oscurecido parece que surgiera la máscara sombría del olvido. Hay un clamor doliente… Gimen las piedras. La reliquia pide su cristal y su raso de vitrina. Cada tarde un recuerdo se despide y se siente un dolor vago y horrible como que en torno se adivina esa desolación inconfundible que es un presagio de inminente ruina. Alma que vas de paso por estos grávidos de historia: si llegas a la hora del ocaso

a pronunciar la voz conjuratoria, cuando un ángel magnifico sus alas abre allá en los rosados miradores… Si entras en estas viejas salas, si cruzas estos corredores, en esa hora de sutil tristeza en que van despertando las visiones y en que el Recuerdo arrodillado reza sus más hondas y dulces oraciones, ¡ persígante, que en torno, lentamente, alucinando la mansión desierta, una visión de eternidad despierta y el Héroe vuelve a levantar la frente ! Entonces, arrodíllate conmigo, conmigo y el Recuerdo, y en la honda quietud crepuscular que presta abrigo al quejumbroso sueño de la fronda, mientras cae la noche silenciosa envolviendo en sus sombras al palacio, eleva en el espacio tu oración fervorosa: Por el que fué camino de la Gloria. Por el que hizo más grande nuestra Historia. Por el que con su luz alcanza vasta y astral inmensidad. Por el que nos protege con su lanza y su sombra desde la Eternidad. Por el que organizó nuestra República. Por el que derrocó la tiranía e hizo acrecer nuestra grandeza pública desterrando por siempre a la anarquía… Señor: haz que se abra el horizonte en un soberbio parto luminoso, a la visión del tiempo prodigioso, que se aumente el venero de grandes sueños y pujantes bríos, y que en pos de su homérico guerrero se levante la tierra de Entre Ríos !

Pedro E. Martínez

De Sócrates nos viene su espíritu. Trabaja
influído por un hondo fervor de la verdad. Burila con su propio corazón una alhaja, Sortija de milagro para la eternidad. La túnica de Atenas en su alma no se aja. Mora en una serena torre de integridad. Su vida es una cátedra de la que nunca baja o un gran balcón abierto a toda inmensidad. Bebiera la cicuta lo mismo que el maestro; dijera su harmoniosa lección ante el siniestro presagio del Enigma que nunca le turbó…. Ninguno tan de acuerdo como él, con su conciencia. Dialoga con el mármol… Y estando en su presencia Parece que volviera la sombra de Rodó!

¡Salve, Envidia! Y al fin, la envidia, no es más que la admiración enferma… Joaquín Dicenta.

¡Oh, Envidia!... Me anunciaron tu próxima llegada,
las sombras, el camino, la torva encrucijada…. Estabas concentrando hacia el astro lejano la repulsión del fango y el odio del pantano. Herida por el brillo de su gema esplendente retorcías tu cuerpo de lívida serpiente. Te encelaron mis buenos ensueños de muchacho, el armiño del manto, la estrella del penacho y el símbolo preclaro que engarzo en el airón: altivez de protesta y ritmo de canción. Tenías que saltarme de pronto… Comprendías que te necesitaban sueños y rebeldías, para que te adhirieses, Envidia, bien o mal, cual pátina al naciente mármol del pedestal. Tú me sigues, oh Envidia! como una mala sombra, pero tendrás por fuerza que servirme de alfombra. Camino de la altura vas conmigo, lo mismo que un girón de tiniebla o un andrajo de abismo, moviendo con tu influjo de sórdidos rencores el alma de los viles y de los detractores, luego de haber pasado, con espantosa mengua, por mis plantas la esponja malsana de tu lengua. Mi orgullo te reclama, te invoca mi locura. Serás como una espuela de honor para el Pegaso en que desmelenada de ensueño y aventura, mi juventud encara los monstruos del fracaso. No tiembles. Ven conmigo. Yo enjugaré tu llanto. Te daré como abrigo los pliegos de mi manto, y a mi vera, por sobre las tristes muchedumbres, te azotarán las rachas que vienen de las cumbres. Has querido truncar mi romántica siembra de ritmos e ideales oh, taciturna hembra! y hundiendo entre los surcos tus manos amarillas creíste que podrías dispersar mis semillas…

Y por eso, te digo: ¡Salve! ¡Salve! Tu afrenta en cierto modo explica mi marcha dura y cruenta; tu sombra por absurdo contraste me ilumina, y como yo camino, ella también camina, y como no se aparta y me admira y comprende, jadea pero sube, blasfema pero asciende! ¡Salve, porque me anuncias la hora siempre cierta de la justicia! ¡Salve, pues llamando a mi puerta, aunque vengas con odio te declaras mi amiga y debo perdonarte, por triste, por mendiga! ¡Salve, porque tus dientes se llevan un girón de mi túnica!... ¡Salve, porque tu admiración me sigue por doquiera, invertida, indigente, sumisa, pordiosera! Y más aún, Envidia: mil veces te bendigo ya que no me abandonas y vas siempre conmigo. Pero antes quiero hablarte. Tienes que oir… Ya es hora de liquidar tu cuenta, macilenta señora! Una noche… ¡Recuerda!... del vaso cristalino donde mató cien lirios azules mi destino, brotó una dulce música, suave, que parecía haber volcado en rasos y sedas su harmonía… Tú estabas a la espera del ritmo milagroso, y al brotar el sonido, enroscóse a las piedras tu cuerpo tenebroso y avanzaste buscando sorprender mi descuido. Aún la densa sombra disimula y arropa tu acechanza, lo mismo que esa noche sombría en que puso el azar tu veneno en mi copa para que se apagara la extraña sinfonía… Odiaba la belleza del canto, con el odio que probaste en aquel deleznable episodio. Buscaste, para herirme, el oculto motivo de la inquietud en que ardo y la pena en que vivio, olvidando que siempre, sobre la propia vida y a pesar de la sangre que brota de la herida y magüer el esquife de ilusión que zozobra, mi espíritu además de un ritmo, es una obra. Era sólo por odio a la Eterna Belleza, a la Santa Utopía y a la Blanca Tristeza que tu hermana de siglos puso sobre una cruz con el divino cuerpo sangriento de Jesús!

Pero al fin, necesito de tu tiniebla, para que la estrella del alto penacho sea más clara, para que me ilumines por absurdo contraste, para que me denigres como me denigraste, para que sobre el mármol difícil de mi gloria se escriba con la mía tu lápida mortuoria y para que tus manos que salen del montón destrocen a su antojo mi enorme corazón!

Canto a Paraná I

Soy la sombra del bardo gibelino

que sobre el pedestal de un alto monte detiene su camino, para volver la vista fatigada al lejano horizonte donde levanta la ciudad amada sus torres y sus muros, pretendiendo grabar en la mirada con rasgos indelebles y seguros, el dichoso espejismo que nutrirá sus pobres esperanzas en el agrio dolor del ostracismo. Mas, no como él, mi amargado exilio en las duras y estériles andanzas, puedo aguardar por adorable guía la inmaterial presencia de Virgilio aclarando las sombras de la vía, ni para compensar esta secreta mezcla interior de lágrimas y hieles, luciré del altísimo poeta la diadema de olímpicos laureles. Arde mi corazón como votiva lámpara en los altares del Recuerdo, y el dulce amor que en la oración aviva la llama de una fé que nunca pierdo, tiembla en la perla nítida del llanto, y por la idealidad que no se alcanza echa al espacio, convertida en canto, la paloma inmortal de su esperanza!

II Viento de la llanura que vas con rumbo a la ciudad distante cuyo recuerdo engarza en mi amargura su nívea claridad, como un diamante: llévala el salmo de mi amor y díla de qué manera, en medio de la ausencia, una lágrima toda transparencia me lava el corazón y la pupila que ahora tengo clara, clara como si en ella su querida visión se reflejara. Y tú divina estrella, hermana estrella, a cuyas inmanencias siderales quemé, con el carbón de mi querella, el incienso de tantos madrigales; tú, la primera que abrirá los ojos y me verá, como al ensimismado creyente en oración, caer de hinojos sobre el camino aún ensangrentado por las cárdenos fuegos del poniente: haz que mi alma suplicante ascienda cuando tu resplandor bese mi frente que se inclinó hasta el polvo de la senda; haz que mi alma crezca en el infinito de su ansiedad tremenda, para que iluminada de visiones lance en la yerma soledad el grito de sus lamentaciones.

III Viajero: vé en las nubes de la tarde cómo una mano taumaturga o bruja, para tu corazón cobarde el panorama del solar dibuja. Cegado por el largo desvarío que a esa celeste realidad te arranca ¿no ves cómo se extiende el caserío sobre el verde tapiz de la barranca? ¿No divisas la torre delineada sobre el lienzo infinito, como un rígido monje de granito o una enorme oración petrificada? ¿No oyes en el silencio un poco triste de la hora, como una sobrehumana conminación, la voz de la campana que desde niño en tu ciudad oíste? ¿No apresura tu pecho sus latidos con emoción intraducible y rara, como si el gran mutismo se llenara con la voz de los seres conocidos? Hoy tendrán una pausa tus pesares; hoy debe en tu alma despertar el niño con las reminiscencias familiares que viven de nostalgia en tu cariño. Hoy dejarás, sellando a la protesta tus labios de harmonioso peregrino, que vaya tu ilusión por el camino de la ciudad amanecida en fiesta. Soñarás que tus pasos solitarios bajo las arboledas habituales, van por las viejas calles casi iguales despertando los ecos centenarios… Y pedirás –magüer esas quimeras hijas de tu presente desconsuelo, -

un húmedo pedazo de su suelo donde echar tus despojos cuando mueras. Doquiera marches, pálido viajero, y aunque tú lo desdeñes o lo olvides, como sombra que va por tu sendero y a quien en vano que se aparte pides, por más que sufras y por más que llores y por más que camines y camines, algo de la heredad de tus mayores te seguirá hacia todos los confines.

IV Calles un tanto silenciosas. Plazas donde jugara mi niñez. Lugares llenos de sugestiones familiares. Arboles conocidos. Viejas casas que abrigan del extinto patriciado las sombras señoriales y a cuya piedra se aferró el pasado, como si no quisiera trasponer los umbrales ni abandonar su majestuosa vera… El parque…. El monumento… La avenida que en las siestas soleadas del invierno se llena de bullicio y cobra vida…. El reloj de la casa de gobierno con su voz indistinta da la hora, y el alma, que hace tanto la ha escuchado, se reconcentra en su nostalgia y llora cual si oyese el acento del pasado… Allá, la catedral que sobrecoge con su mole de ensueño y fantasía, y en cuyas torres la ciudad recoge los resplandores últimos del día. Yergue el solemne santo de la entrada su figura de piedra consagrada…. Y el silencio que vela en los contornos de la antigua escuela, parece meditar en los lejanos tiempos en que el clarín daba su alerta, cuando iban por allí los veteranos soldados de Caseros o India Muerta; en los heroicos tiempos legendarios de los gorros de manga y la divisa, y del inevitable ¡Viva Urquiza! y ¡Mueran los salvajes unitarios! El vetusto edificio de la escuela, cuando el bullicio con la noche amaina, oye sonar el hierro de una espuela golpeando en el latón de alguna vaina….

Más de una vez la sombra prodigiosa del capitán de Vences ha tornado a la ciudad moderna y bulliciosa que presintió su numen esforzado, y desde los balcones que su escudo han guardado -como algo suyo que en el hierro queda, vió de nuevo pasar los escuadrones que en Pavón o Cepeda, como timbre glorioso de su bravía intrepidez guerrera, fueron en busca de un lugar honroso tras su lanza, su poncho y su galera. Y el otro paladín también ha vuelto, al viento el poncho colorado suelto, y erguida con selvática fiereza la cabeza leonina, la espléndida cabeza que se jugó peleando por Delfina… Han vuelto, sí, los recios paladines de noble espada o montonera reja, como si resonara en los clarines el ronco bronce de la Patria Vieja; y han vuelto los ilustres congresales de la Organización, tallas altivas que se alzarán por siempre redivivas sobre los venideros pedestales!

V Y en la ciudad aquella, donde el ciprés alarga hacia la estrella que mira con lloroso parpadeo, su vertical silueta evaporada como una exhalación de mausoleo, y donde el alma sacudir quisiera el yugo del humano cautiverio, para asomarse a la abismal esfera donde oculta sus signos el misterio, también han despertado silenciosas y pálidas visiones, al golpear de fuertes aldabones en las puertas del mundo clausurado. Allí nuestro dolor un templo tiene, puesto que ante ese mundo solitario el alma se persigna y se detiene como si fuese a entrar en un santuario. El pasado nos mira desde el fondo de su silencio impenetrable y hondo. Un labio en él nos nombra, otra alma en él por nuestras almas clama, y el resplandor de una perpetua llama nos ilumina desde tanta sombra! Oigamos el llamado que sube hasta nosotros desde el yerto y nebuloso limbo impenetrado. Llega una voz del páramo desierto que nos manda y conmina. Para avanzar en el futuro incierto necesitamos esa voz divina, necesitamos esa luz!... Primero caeremos sobre el polvo del sendero, por donde, con sus cruces y sus palmas, los de ayer enfrentaron al destino, para echarnos después por el camino santificado de las grandes almas!

VI Ciudad de Paraná, tierra querida: tiendo hacia tí mis brazos como para pedirte los pedazos que guardas de mi vida. Por más que lejos de tus playas ande y me arranque de tí la mala estrella, siempre mi amor te sabe la más bella y mi orgullo te quiere la más grande, porque tu escudo que besó el augurio hace temblar a la legión proterva y antepones el casco de Minerva a las alas talares de Mercurio; porque tus hijos nobles y bravíos honran la estirpe fuerte, llevando sin negar hasta la muerte la indómita arrogancia de Entre Ríos; porque son tus mujeres, animados prodigios de estatuaria, ante quienes su lírica plegaria rezarán los poetas posternados, y ante cuyos encantos ideales dignos de todo amor y toda ofrenda, revivirá la singular leyenda de las galanterías medioevales; porque busco tu cielo, en mi amargura, con doloroso anhelo, para ver en la comba de tu cielo todas las claridades de la altura; porque al Señor le pido de rodillas consolar mis angustias postrimeras, besado por el sol de tus riberas frente al rojo seibal de tus orillas, escuchando la voz de aquellas aves que en las siestas inmóviles oía cuando de niño, ya mi fantasía se iba llenando de presagios graves.

Tierra natal, ciudad querida, Meca soñada de iluso peregrino: sobre el polvo feliz de tu camino mi sueño va a rodar como hoja seca. Pero ¿qué importa que el ensueño ruede y al polvo vaya como cosa muerta, mientras en polvo tuyo se convierta y en tu regazo con mi vida quede? Ciudad natal: yo sé que cuando vuelva tendré cabello gris sobre la frente y sin embargo el corazón sufriente se alegrará en tu selva, como el pájaro herido que alcanza la ventura milagrosa de morir en su nido. Y el postrer canto, -la postrer ansiosa exhalación de voz en mi garganta, ritmará con angustia incontenida una sola palabra sacrosanta: ¡tu eterno nombre, mi ciudad querida! En el Centenario de Paraná, 1926

El Zorzal

Tengo un zorzal adentro. Me lo dio el horizonte.
Hizo nido en mi alma porque era como el monte y algo huraña le daba su propia libertad. Por él, adentro llevo predio, río y aurora. Canta en su venturosa prisión y a veces llora cuando por mis pupilas se asoma a la ciudad. Suele sufrir nostalgias de sol y cielo abierto. No cambiara de jaula por más que fuese bella. Siempre sus cantos dice: -Antes que preso, muerto! (Y voluntariamente canta en las manos de ella…) Indigente de alma, millonarios de oro, villanos vestidos y con mucho metal… Aunque me diesen todo su sonante tesoro no les diera una sola pluma de mi zorzal. ¿Que les regale el canto?... Así el astro regala su luz, sencillamente, desde que en él está. No es lo mismo hacer música que enajenar el ala, algo que mi divino zorzal jamás hará. Decís que tengo un pájaro dentro de la cabeza, mientras medís el lienzo con metro irregular… Tengo lo que vosotros no tenéis: la riqueza que el alma pura y noble dilapida en cantar. Llenaría de versos vuestro papel de estraza como poniendo música nueva a vuestra ilusión. Trabajad para el vientre copioso de la raza. Yo seguiré cantando para su corazón. Vosotros podéis mucho. Tenéis oro de sobra. En cambio a mí la vida suele tratarme mal. A veces me dominan la angustia y la zozobra por culpa del metal. Como el mejor regalo para la compañera que parte con la mía su vida sideral, bajo de siete llaves yo tengo una quimera que es casi luminosa, celeste y musical…

Un sueño grande y triste que hace que más la quiera, un ritmo a flor de labio y un canto de zorzal.

Esta transcripción fue hecha siguiendo el original: Numen Montaraz (1928) Imprenta López. 1ª edición. Buenos Aires. En él se detallan, bajo el título “Obras de Guillermo Saraví”: Hierro, Seda y cristal – (Agotada). El Poema de la Virgen. Jeremías. Numen Montaraz. Y debajo, bajo el título “Próximamente” El Ciprés y la Estrella. La leyenda de Pancho Ramírez. – (Poema histórico) Poemas. Hierro, Seda y Cristal – (Segunda edición)

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