Proyecto “Conservación de la biodiversidad y manejo comunal de recursos naturales en la cuenca del río Nanay” IIAP- BANCO MUNDIAL/GEF

CUIDANDO NUESTRA SELVA
Cartillas para trabajo escolar

II. LA FAUNA AMAZÓNICA

José Álvarez Alonso Dibujos: Jaime Choclote Martínez Julio 2004

II.- FAUNA SILVESTRE AMAZÓNICA
ALGUNAS HISTORIAS PARA REFLEXIONAR

1.- El Chullachaqui y los cuatro amigos (*)
Hace muchos años, cuatro amigos Loretanos, Alfonso (conocido por sus amigos como “Machín”), Rafael (“Rafico”), Marcial (“Mashico”) y Gerardo (“Gerucho”), estaban trabajando madera en la cabecera remota de una quebrada, el Tacsha Baratillo, en el alto Pucacuro, donde había buenos manchales de cedro. El lugar era tan apartado que necesitaban remar quince días en canoa desde su comunidad para llegar allí. El peque peque del patrón les llevaba víveres y pertrechos cada tres o cuatro meses (fariña, sal, azúcar, arroz, manteca, cartuchos, etc.) Como era un lugar muy apartado, había muchos animales, y tenían carne en abundancia para comer. Sin embargo, como la carne ahumada no aguantaba más que una o dos semanas, no servía cazar animales para negocio, para llevar a vender en el pueblo o en la ciudad, adonde bajaban una vez al año. El único producto de cierto valor, aparte de la madera, que podían “cosechar” en esos lugares lejanos y conservarlo para vender en el pueblo o en la ciudad eran los motelos. En aquella zona había todavía bastantes. Cada vez que encontraban un motelo en el monte, lo amarraban con itininga y sus dos palitos, uno trabando las patas delanteras y otro las traseras, se lo echaban al hombro y lo llevaban al campamento. Cada uno de los cuatro amigos había hecho un corralito de forma circular al lado del campamento, con palos duros clavados en el suelo, donde iba juntando sus motelos. Estos animales se acostumbran rápidamente a vivir en cautividad, así que era fácil alimentarlos con chonta de shapaja, shebón o huicungo, hasta que venía el bote del patrón o bajaban con la balsa de trozas de cedro a vender a la ciudad. El motelo se convirtió en muchos campamentos de madereros de hace años en una especie de “moneda” local, pues con él compraban al patrón en el lugar lujos tales como trago, o algún enlatado, e incluso se dice que algunas “visitadoras” que trabajaban en campamentos madereros cobraban por sus servicios en motelos. Un buen día, Machín, que era el más joven y el mejor mitayero del grupo, mató una huangana. Como tenían harta carne de mono en la tuchpa, a Gerucho se le ocurrió una idea y les dijo a sus amigos: “Cumpitas, podríamos hacer trampa para cazar motelo y poner de empate la huangana, ¿Qué les parece?” “Me parece bien”, dijo el Machín. Pero sólo tenemos una huangana, 2

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y somos cuatro, cho. Además, yo no sé hacer trampa para motelo”. “No seas chuncho”, le dice el Rafico. La huangana se puede partir en cuatro cuartos, uno para cada uno.” “Y la trampa de motelo es lo más fácil que hay, shameco”, le dice el Mashico, el más viejo del grupo. Mira ve, te explico rapidito: buscas un lugar bueno para el motelo (un sogal, o un sacha aguajal en el monte, por ejemplo), y haces un hueco en el suelo con el machete que tenga una boca suficiente para que pase el motelo más grande, y con el fondo más ancho, para que el motelo no pueda trepar. Luego amarras el cuarto de huangana a una altura de medio metro o así del suelo, de modo que cuelgue sobre el hueco. Cuando la huangana comienza a pudrirse y a gotear, vas a ver que todos los motelos de la zona lo huelen y como el hambre les gana, por alcanzar el cuarto de carne “huañu huañu” caen al hueco como si nada. Yo he llegado a coger así hace años hasta 10 ó 12 motelos de todo tamaño en una trampa en la que puse una pierna de sachavaca. “Está bueno, yo voy a poner mi cuarto de huangana en un aguajal al fondo donde vi bastantes pisadas de motelo”, dijo alegre el Machín.

Y así, los cuatro amigos se repartieron la huanganita, y en la tarde, después de la chamba de librar las viales para revolcar las trozas hasta la quebrada, cada llevó su cuarto y construyó su trampa de motelo en un lugar apartado del monte.

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Al día siguiente en la tarde, Machín estaba pishtando pescado en el puerto, en la popa de su canoa, cuando vio que bajaba boyando por la quebrada algo. Con el remo lo jaló hacia la orilla, y por la soga que había amarrada en un extremo lo levantó. Se llevó tal susto que casi se cae al agua desde la canoa: ¡Era el cuarto de huangana que él había colgado encima de su trampa de motelo! Pálido del susto, subió corriendo al campamento y les dijo a sus amigos: “Cumpitas, no saben lo que me ha pasado. He encontrado bajando por la quebrada el cuarto de 3

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huangana que ayer puse en mi trampa de motelo.” “No seas shegue”, le dijo el Gerucho. “Seguro que es un pedazo de huangana que dejó el tigre a la orilla de la quebrada por allá arriba”. “No, cho. Tiene todavía la soga amarrada a la pata. Además lo conozco bien, porque me acuerdo que le puse doble soga para que no lo pueda jalar el tigrillo”. Puedes revisar si quieres, ahí está apestando en el puerto.”

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“Pucha, eso me huele a mal agüero”, dijo viejo Mashico, que también comenzaba a preocuparse. Hay que fumar unos mapachitos para espantar al maligno de por acá. En esta soledad, esos diablos no dejan nunca de fregar al mitayero, lo sé yo por experiencia”.

Y con la punta del remo empujaron el pedazo de huangana para que siguiera bajando por la quebrada. Esa noche, los cuatro amigos fumaron nerviosos los últimos mapachos que les quedaban y se acostaron a dormir en su tambito. Machín pasó muy inquieto esa noche, y a la mañana siguiente, aún antes que amaneciera, despertó a sus amigos y se apresuró a contarles un extraño sueño que había tenido: “Cumpitas, no saben lo que me ha hecho soñar la madre del monte. Les cuento. Iba yo por el monte con mi retrocarga, y de repente escuché como un ruido de huangana en un palo grande hueco. Me paré para ver qué era, y del hueco asomó un hombrecito así medio negro, que creo que era el Chullachaqui, y me dijo:

Los cuatro amigos bajaron al puerto y analizaron el pedazo de huangana que estaba ya hinchado, pues comenzaba a pudrirse. Aunque ya las motas y caneros le estaban comenzando a comer por la parte donde colgaba la carne, no tenía marcas de que le hubiese comido algún pedazo el tigre, y se notaba aún el limpio corte de machete. Sin duda que era el pedazo de “su” huangana”. Además, en esa quebrada no había más gente trabajando madera. “¿No lo habrá arrastrado a la quebrada el lluvión de anoche, Machín?”, le preguntó preocupado el Gerucho, buscando todavía una explicación racional al misterioso hecho. “No, cumpa. Yo lo puse en el aguajalito ese que hay al fondo de la trocha del huicungal, que queda como a una hora al centro. Hay no hay quebradas ni qué vainas”.

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“Mira, hombre. Yo soy el dueño de todos los animales del monte. No te mezquino que mates animales para comer, pero lo que no puedo permitir es que mates para hacer pudrir, que desperdicies mis animales. El mitayero bizarro es el que busca
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el animal en el monte y caza sólo lo que necesita. No seas avaricioso. Es mi primer y último aviso. La próxima vez que hagas algo así, no te avisaré. Que tengas un buen día de caza”.
Machín continúo contando su sueño a sus amigos, que habían sacado sus cabezas del mosquitero y escuchaban impresionados: “Cuando entraba de nuevo en el hueco, me fijé bien en su pie y vi que uno era más pequeño que otro, cumpas, acabó Machín. Pucha, hoy si no voy a poner más trampa de motelo.” “Ni yo tampoco”, contestó Gerucho. “Ni loco para molestar al Shapishico o Mayantu ése. Ya me hizo una vez errar en el monte, creo que fue porque le quebré sin querer una rama del caimitillo que tenía en esa chacra del Shapishico que hay en la trocha a la Huarapal”. “Yo sé de un amigo mío, que se le ocurrió hacerle pendejada al Shapishico, haciendo una vial le tumbó casi media chacra. Ese pata se volvió afasi, cho, de lo que era buen mitayero nunca más pudo cazar harto, paraba escapando a los animales cuando disparaba”, contó también el Rafico. “Yo también conozco a un pata que agarró manchari por una pendejada que le hizo al diablo

del monte y casi se muere. Tuvieron que llevarle a un brujo poderoso y recién se curó luego de más de un mes de icaradas y sopladas, cho”, comentó Gerucho.

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“Por eso yo siempre que paso por una chacra de Shapishico le dejo siquiera un mapachito en una rama del caimitillo, con eso se contenta y me ayuda a encontrar los animales en el monte”, acabó el viejo Mashico.

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Todos los cuatro amigos estuvieron de acuerdo en que había que respetar las reglas del Shapishico, y nunca más hicieron pudrir animales para cazar motelos, o tigres o tigrillos. A los pocos meses cayó una tremenda lluvia que cargó de agua la quebradita en la que habían amontonado las preciosas trozas de cedro, y que ya estaba librada de troncos caídos para poder arrear la 5

madera. Pudieron sacarla sin problema a la quebrada grande, donde armaron su balsa, y a las dos semanas estaban en Iquitos con el patrón cobrando su platita por tantos meses de trabajo. La historia del Shapishico quedó atrás, pero nunca más violaron la promesa hecha esa madrugada de respetar las leyes de la selva, de no desperdiciar los recursos del monte.

d) ¿Conoces de alguna costumbre, creencia o tradición en tu pueblo que prohíba el desperdicio de recursos del bosque? ¿Alguna prohibición o norma que establezca reglas para aprovechar los recursos del bosque, sean los animales o los árboles? Respuesta: e) ¿Qué deberíamos hacer para evitar que los animales se sigan acabando? Da alguna idea para solucionar el problema de la gente que hace desperdicio o mal uso de los recursos del monte, especialmente de los animales de caza... Respuesta:

(*7) Historia real narrada por el Sr. Alfonso Isampa, Comunidad 28 de Julio, Río Tigre

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Qué piensas de lo que hizo soñar el Shapishico a Alfonso? Crees que tiene razón el diablito del monte? Razona por qué. Respuesta: b) ¿Conoces algún otro caso en que la gente abusa y desperdicia los recursos del bosque? Descríbelos 1.- Ej., matar animales con cría (monos, etc.) 2.3.4.5.c) ¿Crees que ahora hay más animales, igual o menos que los que había antes en el monte? Investiga con tu papá o tu abuelo, y averigua por qué creen ellos que ha habido cambios en la cantidad de animales del bosque en los últimos años Respuesta:

f) ¿Conoces algún animal que se haya acabado en tu comunidad por culpa de la caza excesiva? (Investiga con tus padres o abuelos, y haz una lista) 1.- Ejemplo, la maquisapa 2.3.4.5.g) ¿Hay animales silvestres en el monte de tu comunidad que se están acabando por la caza excesiva? (Es decir, que cada vez hay menos y son muy raros ahora) 1.- Ejemplo, la sachavaca 2.3.4.h) ¿Crees que debemos hacer algo para cambiar esto? Sugiere algunas ideas que se podría poner en práctica

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en tu comunidad para evitar que los recursos se acaben. 1.- Ejemplo, prohibir que se siga cazando animales que son ya muy escasos

2.3.4.-

------------------------------------------2.- El bosque vacío (*)
La primera vez que caminé por un monte alto (bosque primario) en la selva peruana fue en Intuto, en el curso medio del río Tigre, en 1984. Me acompañaba como guía Don Enrique Maynas, “Majo” para los amigos, un indígena Jíbaro – Achuar de amplísima experiencia en la selva, que hoy descansa con sus padres, cazando sajinos seguramente en las amplias selvas del paraíso. Para mí todo era novedad en ese bosque, y preguntaba constantemente sobre lo que observaba que me llamaba la atención. Enrique tenía una paciencia infinita para contestar mis aburridas preguntas. En cierto momento, pasábamos por debajo de un enorme shimbillo y observé que había una gran cantidad de frutos caídos pudriéndose en el suelo. Curioso del fenómeno, le pregunté a mi guía: - “Majo, ¿por qué se están pudriendo así estos huayos, ah?” - “Porque no hay monos que lo coman, pues ñaño”, me contestó. - “¿Y por qué no hay monos, ah?”, insistí ignorante. - “Porque nos les hemos comido toditos, pues”, me constó con una sonrisa casi culpable. “Por este monte yo solito he baleado cantidad de monos estos años de atrás, y aquí no vengo yo sólo a cazar”. - “¿Ya no quedan monos, entonces?”, pregunté incrédulo. - “Sí, pero más al centro”, me contestó paciente Majo. “Antes yo salía a cazar tempranito, y a medio día ya estaba de vuelta en casa con un sajino o un par de machines, o dos o tres pucacungas. Ahorita tienes que caminar todo el día, y concentrarte tres o cuatro horas, para poder hallar mono, y los sajinos son bien mañosos, y cada vez hay menos también.” Efectivamente, no sólo los huayos del shimbillo: debajo de cualquier árbol frutal que nos encontrábamos en nuestro camino pude observar que tenía buena cantidad de frutos pudriéndose en el suelo. Sin embargo, después de dos o tres horas de camino, a medida que nos adentrábamos más y más en la selva, pude observar que también se incrementaban las huellas de animales y cada vez se veían menos frutas 7

pudriéndose y se observaba las señales de los dientes del mono, del majás o del venado en las frutas a medio comer. Era obvio que la abundancia de fauna se incrementaba a medida que nos alejábamos del pueblo. Este mismo patrón lo he observado en cada comunidad loretana que he tenido la oportunidad de visitar en los años siguientes.

- “Igualito pasa en el monte, Majo”, le contesté yo. “Imagínate la cantidad de animales que podían estar engordando con todos esos huayos de shimbillo, ungurahui, huasaí, caimitillo, chimicua, sacha zapote, y cuántos más que hemos visto que se están pudriendo en el monte. ¿No crees?”. - “Tienes razón”, me contestó Majo. Si no hubiésemos acabado con todos esos animales, ahorita podríamos haber vuelto con uno o dos sajinos. Pero fíjate, hemos caminado cinco horas y no hemos visto más que pichico y puquiador, qué bruto. Ni siquiera una pucacunguita para canga de mis hijos hemos podido balear. - “Así es Majo”, le completé yo. “El bosque es como un inmenso pastizal, donde en vez de torurco hay árboles frutales, y en vez de vacas, sachavacas, venados y otros animales. Si la gente fuese más consciente, no abusaría de la caza y los animales abundarían cerca de sus comunidades. Cualquier morador podría cazar muchos más animales en menos tiempo y sus hijos no pasarían hambre. Es como si tuvieses en tu huerta dos o tres gallinas. Si no te privas de comer huevos y gallina por unos meses, no pueden aumentar, pero si las dejas que aumenten hasta siquiera tres o cuatro docenas, puedes comer gallina y huevo cada pocos días. Eso se llama “inversión” o “ahorro”, cho. ¿Qué me dices?” - “Tienes razón, ñaño. Hay que hablar a la gente para que no mate animales por acá cerca, para ver si aumentan. La vaina es que la gente no piensa más que 8

De vuelta a la comunidad, la trocha pasaba al lado de un hermoso pasto de varias hectáreas, donde el torurco crecía a su antojo. En un extremo, dos vaquitas pastaban plácidamente. - “Mira ve el güevón del dueño de este pasto”, me comentó Majo. “Tiene el mejor pasto de todo el río, y sólo tiene dos reses, cuando con este torurco bien podría engordar a más de una docena. Vaya desperdicio”.

en comer hoy, no le importa lo que pasará mañana, con todo y sus crías los acaban, no respetan nada”. Ahí acabó nuestra conversación, porque llegábamos ya al pueblo. Nuestros deseos de ver a los animales recuperarse no se hicieron, lamentablemente, realidad. La falta de reglas claras para aprovechar los recursos del bosque amazónico no favorecían en esa época la aplicación de cuotas de caza, vedas u otras medidas de manejo de fauna.
(*8) Hechos reales basados en el testimonio de José Álvarez

c) ¿Crees que vale la pena “invertir” dejando de cazar en algunas zonas ciertos animales escasos, para permitir que aumenten y así poder cazar en el futuro muchos más animales? Respuesta: d) Hay animales que siempre abundan, por más que les cacen, y animales que rapidito se acaban. Los últimos son los que deberían tener normas de control de caza en las comunidades para evitar que se acaben. Enumera cinco animales de cada grupo: Respuesta: ♦ Animales abundantes, que soportan bien la caza: 1.- Ej., añuje 2.3.4.♦ Animales muy raros, cuya caza debería estar regulada para que no se acaben: 1.- Ej., el choro 2.3.4.-

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Pasa lo mismo en tu comunidad que en el pueblo de Intuto, que los frutos se pudren en el suelo del bosque por falta de animales que los coman? Descríbelo Respuesta: b) ¿Qué crees que se debería hacer para evitar ese desperdicio? Respuesta:

------------------------------------------3.- Historias de los viejos antiguos
La abundancia de animales de caza en tiempos pasados De acuerdo a los testimonios de exploradores y misioneros, la abundancia de alimentos de que

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disponían los indígenas amazónicos en siglos pasados era extraordinaria. Cuenta Fray Gaspar de Carvajal (*), cronista de la expedición de Orellana de 1540, la primera vez que europeos viajaron por el Amazonas, que en un solo 9

pueblo del “País de Omagua” (en el Loreto actual, en algún lugar del bajo Napo), “había muy gran cantidad de comida, ansí de tortugas, en corrales y albergues de agua, y mucha carne y pescado y bizcocho, y esto tanto en abundancia, que había para comer un real de mill (= mil) hombres un año” (p. 71). Dice Carvajal que en todos los pueblos en que desembarcaban podían encontrar comida suficiente para su gente, léase maíz, pescado y carne de monte. Algunas veces los mismos indígenas les ofrecían la comida y otras ellos la tomaban a la fuerza. Por ejemplo: “Saltó el señor a tierra (...) y mandó sacar de sus canoas mucha cantidad de comida, ansí de tortugas, como manatís y otros pescados y perdices y gatos monos asados” (p. 59) “Hallamos en este pueblo muy gran cantidad de bizcocho y muy bueno, que los indios hacían de maíz y de yuca, y mucha fruta de todos géneros”. (p. 80)

“Y a hora de vísperas (= en la tarde) llegamos a un pueblo que estaba sobre la barranca y por nos parecer pequeño, mandó el capitán que lo tomásemos (...), donde hallamos muy gran cantidad de comida, de la cual nos proveímos. En este pueblo estaba una casa de placer, dentro de la cual había mucha loza de diversas hechuras, ansí tinajas como cántaros muy grandes, de más de 29 arrobas, y otras vasijas más pequeñas, como platos y escodillas y candeleros”. (p. 81) “El capitán mandó tomar puerto en una población pequeña que estaba sobre el dicho río, y así se tomó sin alguna resistencia, donde hallamos mucha cantidad de comida, en especial pescado, que de esto se halló tanto en abundancia, que pudiésemos bien cargar nuestros bergantines, y esto tenían los indios para llevar la tierra adentro y vender” (p. 88). “Fuimos a tomar un pueblo donde los indios no se defendieron: aquí se halló mucho maíz, y ansí mesmo se halló mucha avena como la nuestra, de que los indios hacen pan, y muy buen vino, a manera de cerveza, y ésta hay en mucha abundancia. Hallóse en este pueblo una bodega de vino, de que no se holgaron poco nuestros compañeros, y hallóse muy buena ropa de algodón” (p. 94)
(*) De Carvajal, Gaspar de. 1543. Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande de las Amazonas. Edición de J. Hernández Millares, Ed. Fondo de cultura económica. México, 1955.

Un siglo más tarde, el P. Cristóbal de Acuña descendió por el Amazonas hasta la desembocadura acompañando al capitán portugués Pedro Texeira y a sus hombres. 10

Luego de hablar de la abundancia de la pesca, y de su modo de pescar más habitual, con flechas, con lo que conseguían toda clase de pescado que deseaban, el P. Cristóbal habla de “la caza del monte y aves de que se sustentan”:

“Pudiera ser que hastiados estos habitantes de comer sólo pescado, aunque tan bueno, apetecieran, siquiera de cuando en cuando, alguna carne, y así les previno la naturaleza a sus antojos, poblándoles la tierra firme con muchos géneros de caza, como son: Antas (=sachavacas), que son del tamaño de una mula de un año y muy parecidas a ella en el color y disposición, y el gusto de la carne no se diferencia del de la vaca, aunque toca algo en dulce. Hay también puercos montaraces (=sajinos y huanganas), no jabalíes, uno y otro género, que tiene el ombligo en el lomo (por la glándula o ashnay), de que están pobladas casi todas las Indias; es muy buena carne y muy sana, como también lo es la de otra especies de estos mismos animales, que se hallan en muchas partes, muy semejantes a los chanchos caseros nuestros. Hay venados, pacas (=majás), cotias (=añujes), iguanas, yagutis (=achuni, posiblemente), y otros animales, propios de las Indias, de buenas carnes y de buen gusto, que poco echan de menos las más regaladas de Europa. Hay perdices en los campos y crían en sus casas algunas gallinas de las nuestras, cuya semilla bajó del Perú, y de unos a otros se ha ido extendiendo por todo el río. En muchos lagos se

sustentan infinidad de patos y otras aves de agua, para cuando ellos quieran aprovecharse de ellas. Y lo que más admira es el poco trabajo que cuestan todas estas cosas, como se puede colegir de lo que cada día experimentábamos en nuestro Real (=campamento), de donde, después de llegar a dormir, y después de ocupados los indios amigos que nos acompañaban, en hacer barracas (=tambos) suficientes para todo el alojamiento, en que se consumía mucho tiempo, se repartían unos por tierra con perros en busca de caza, y otros por agua, con solos sus arcos y flechas, y en pocas horas veíamos venir a éstos cargados de pescado, y a aquéllos con caza suficiente para que todos quedásemos satisfechos. Lo cual no era un día u otro, sino cuantos duró nuestro viaje, que fue tan cumplido como dije. Maravilla digna de admiración, y que sólo se puede atribuir a la paternal providencia de aquel Señor, que con solos cinco panes y pocos peces sustentó cinco mil hombres, quedándole el brazo sano y las manos llenas para mayores liberalidades”.
(*) Cristóbal de Acuña. 1642. En Informes
de Jesuitas en el Amazonas, 1660 – 1684. Monumenta Amazónica, Ed. CETA-IIAP, 1986. Pp. 52-54, Iquitos.

En 1835, doscientos años después de lo narrado por el P. Acuña, una expedición británica liderada por los tenientes W. Smyth y F. Lowe descendió por el Ucayali y el Amazonas, y describió también la enorme abundancia de alimentos de que disponían los indígenas. 11

La abundancia de animales del monte también es reflejada en este párrafo: “Nuestros indios se abastecían ellos mismos de carne; y, en cualquier oportunidad en que hacíamos una parada lo suficientemente temprano en el día para permitirlo, un grupo de ellos iban al monte con sus arcos y flechas y cerbatanas (=pucunas), y nunca fallaban de cazar algo, como monos, sajinos, y aves”. (*) (*) Smyth, W. And F. Lowe. 1836.

b) ¿Conserva la gente en sus casas tanta comida para tiempos de escasez como cuentan que hacían los indígenas en el pasado? De acuerdo a lo que describen los viajeros, ¿crees que comían mejor los indígenas de antes, o la gente de hoy día en las comunidades ribereñas? ¿Por qué? Respuesta: c) ¿Abundan los animales en el monte y en el río igual que hace 360 años? ¿Los cazadores encuentran con tanta facilidad animales como en tiempos del P. Acuña? Pregunta a los cazadores de tu pueblo y describe la situación actual Respuesta: d) ¿Qué crees que ha pasado en nuestra tierra para que ahora haya tanta escasez de animales en los bosques y en los ríos? Respuesta: e) ¿Qué crees que se podría hacer para remediar esta situación? ¿Crees que se puede volver a la abundancia de tiempos pasados? ¿Qué debemos hacer para que los animales vuelvan a aumentar? Respuesta:

Narrative of a Journey from Lima to Para, the Andes and Down the Amazon. Longwood Press, pp. 243-246: p. 259 London.

Preguntas para el diálogo
a) ¿Existe la misma abundancia de alimentos en nuestras comunidades amazónicas hoy como en los tiempos que describen los padres Carvajal y Acuña, y otros exploradores de siglos pasados? ¿Qué crees que está pasando? Razona tu respuesta Respuesta:

---------------------------------------------------------------4.- El último paujil (*)
A sus quince años, Armando era ya un experto cazador. Desde jovencito había acompañado a su padre muchas veces en sus cacerías por los montes y quebradas de San Antonio de Pintuyacu. No le escapaba al majás en la noche, y era trome escuchando al añuje en las purmas y buscando al sajino en los huicungales de las quebradas. Sin embargo, la fauna silvestre que había en estos tiempos en el territorio de la Comunidad Nativa de San Antonio no era en ese tiempo (y hablamos de los años 70) lo que había sido en tiempos de sus abuelos: ya no había maquisapa ni paujil ni pava (los animales del monte que primero se acaban con la caza), y otros como la sachavaca, el choro y el coto ya eran escasos; en las cochas hacía tiempo que habían desaparecido las charapas, las vacamarinas y los lobos de río. 12

Su bisabuelo Elías Guimack había sido fundador del entonces puesto de San Antonio en los tiempos del caucho, y le había contado muchas historias de la abundancia de animales de otros tiempos. Para encontrar mitayo seguro ahora había que internarse muchas horas monte adentro, o surcar el Pintuyacu varios días hacia su cabecera. Un buen día, la mamá de Armando le pidió que buscase algo de carne de monte para su minga. Agarró la vieja escopeta de su padre y se internó temprano en el monte al otro lado del pueblo, donde sabía que tenía más probabilidades de encontrar siquiera una manada de mono blanco o de achunis; con suerte, podría toparse con algún venado colorado para la sopa minguera. Caminó varias horas por una trocha vieja que conocía en una restinga, sin hallar más que frailes y algún que otro bocholocho. -“Si no hallo nada”, pensó, “de vuelta baleo tres o cuatro frailes, para no volver sin nada”. De pronto, entre los situllis de un bajialito se escuchó un aleteo ruidoso. Se quedó parado mirando, pensando que quizás era algún rinahui que estaba comiendo pescado podrido. Vio entonces levantarse con fuertes aleteos a un ave grande y negruzca, que se posó en una rama alta de una cumala al otro lado del bajial. De lejos parecía ciertamente un rinahui, con algo rojo en su cabeza, y plumaje bastante negro. Pero le llamó la atención el movimiento nervioso de su cola. También le pareció que tenía algo

de blanco o en la barriga o en la cola, aunque el color claro de la rama gruesa donde estaba posado le hacía dudar de esto. -“Chucha, eso no parece un rinahui”, pensó Armando. “De repente es un paujil, de los que mi abuelo me decía había antiguamente harto por acá”.

Como llevaba varias horas caminando sin hallar nada, se animó a dispararle. Apuntó cuidadosamente al pecho y disparó. El ave, sorprendida por el estruendo, intentó levantar el vuelo, y dio unos pesados aleteos hacia un costado, pero se desplomó pesadamente. Armando bordeó el bajial, se dirigió a la cumala donde había estado el ave, y buscó en el suelo con su corazón palpitando con la emoción. Pronto encontró entre los situllis al enorme pájaro, de barriga en el barro. Por encima parecía completamente 13

negro, como un gallinazo, pero al darle la vuelta vio que tenía blanco en su barriga y su cola. También observó con curiosidad el pico rojo. -“Pucha, qué suerte. Sí parece que es paujil. ¡Un paujil en San Antonio! Cómo se va a admirar la gente, voy a ser la envidia de los cazadores más viejos. Arrancó entonces una itininga, le amarró el cuello debajo de la cabeza y se echó al ave en bandolera. Ya era casi medio día, y su madre estaría impacientándose esperando el mitayo para la sopa, así que enfiló su trocha y caminó deprisa hacia el río, pensando en pasearse muy ufano por el medio del pueblo con su trofeo. Se imaginaba con gusto las miradas de las chibolas, y las preguntas que le harían sobre cómo y donde había encontrado ese pájaro tan raro. Se acordaba que su padre le había contado que en tiempos de la madereada, las enamoradas hacían pedidos de sus antojos a sus galanes para la vuelta del monte: unas pedían que les trajesen un motelo hembra grande con huevos, pero las más pedían paujil, quizás el ave más apreciada de toda la selva, por su carne blanca, suave y abundante. Se acordó riendo de la expresión que los antiguos empleaban para estos antojos: “calzón-pascana”. A decir de los viejos mañosos, con ese regalo la hembrita le esperaría al marido o enamorado con su calzón abajo. -“¡Qué tiempos aquéllos”, pensó con cierta envida el Armando. “Parece que los antojos de las huambras han acabado con estos pobres animales”. En

cierto modo lamentaba tener que meter en una olla minguera esa hermosa presa. “Lindo hubiese sido regalarle a la Chabuca”, pensó... Subió a su canoa y remó aprisa hacia el pueblo. De repente, una duda terrible le comenzó a comezonar como si le hubiese cundido el pucacuro: -“Chucha, ¿y si este pajarraco no es paujil? ¿Y si es rinahui, o alguna clase de cóndor de la selva que yo no conozco?” Finalmente, era la primera vez que veía un paujil en su vida. De hecho, mirando bien al ave tendida en el tabladillo, no se diferenciaba mucho del atatao, un gavilán grande que varias veces había baleado de muchacho para canga. De hecho, tampoco había visto nunca un rinahui muerto (nadie balea esos hediondos carroñeros). No pudo dejar de pensar con pavor en las risas y burlas que despertaría en el pueblo si se presentase con un rinahui colgado diciendo que era paujil. Adiós la Chabuca y las demás huambras. Ya se imaginaba los chistes que harían los hombres, se contaría su historia en toda minga en San Antonio por muchos años: “¿Se acuerdan de cuando el Armandillo trajo un rinahui pensando que era un paujil?... Ja, ja, ja...” No, eso no podía pasar de ninguna forma. No podía arriesgarse a ser el hazmerreír del pueblo. Armando decidió entonces asegurarse. No quería pasar a la historia de su pueblo por una güevada así. Decidió entonces esconder debajo del tabladillo de la canoa al bicho, y

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preguntar disimuladamente a alguien en el pueblo a ver cómo era el paujil. Visitó varias casas, y preguntó a varios vecinos, sin resultados. Nadie había visto jamás un paujil, no podían ayudarle. Ya estaba por desistir, pensando botar el bicho al agua sin más, antes de arriesgarse a pasar vergüenza, pero se acordó de una abuelita Iquito que vivía en la punta del pueblo. Hacia allá se fue. La buena señora había acompañado a su marido a la madereada y había vivido de joven en las cabeceras, así que conocía bien el paujil, ave que había tenido que desplumar y cocinar muchas veces cuando era joven. Armando le preguntó cómo era, y ella le describió su pico rojo y prominente, su barriga blanca, sus plumas del pecho y cuello negras y tornasoladas, que los antiguos Iquito usaban para sus adornos, y su cola larga y con borde blanco, que se usaba en el pasado para hacer aventadores para la tuchpa. A Armando se le iluminó la cara, y la vida: ¡sí era un paujil lo que él había matado! -“¡Gracias, abuelita, no sabes qué alegría me has dado. Ya te traigo cualquier rato unos suris para su huira, ¿ya?”, le dijo el Armando muy contento. Fue corriendo entonces a la canoa, se colgó el ave en bandolera, y con su escopeta y su remo recorrió ufano el pueblo. Como había imaginado, toda le gente miraba y le preguntaba por la misteriosa ave. En la minga, la sopa de paujil preparada por su mamá fue todo un éxito y los mingueros no dejaron de

preguntarle detalles de la cacería. El paujil fue y su cazador fueron esa tarde el tema de conversación entre los mingueros, entre pate y pate de masato.

Armando fue esa semana el héroe del pueblo, y por mucho tiempo tuvo que repetir en veladas y mingas la historia de cómo había cazado el último paujil de la Comunidad de San Antonio de Pintuyacu.
(*) Historia real narrada por Armando Guimack, de la Comunidad Nativa Iquito de San Antonio de Pintuyacu, cuenca del Nanay.

Preguntas para el diálogo
1.- ¿Conoces tú el paujil? ¿Has visto alguno vivo alguna vez en el monte? ¿Por qué crees que se ha acabado? Respuesta: 2.¿Qué otros animales han desaparecido ya de los montes de tu pueblo (investiga con los más ancianos y con los mitayeros o madereros) 15

Respuesta: 3.- La extinción de algunos animales del monte por caza excesiva es una gran pérdida, no sólo para la gente que ya no los encuentra más para comer, sino para la misma selva. ¿Sabes por qué son los animales importantes en la selva?

Respuesta: 4.- ¿Qué deberíamos hacer para evitar que los animales se acaben? ¿Y qué deberíamos hacer para que vuelva a haber otra vez paujiles, maquisapas y otros animales en nuestros montes? Respuesta:

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5.- La boa negra y la huangana: La unión hace la fuerza (*)
Los dos amigos mitayeros habían encontrado el rastro fresco de la huangana que había chimbado la quebrada. La huangana es un animal impredecible, y es siempre una gran suerte tropezarse con una manada. Para los cazadores indígenas ésta es una oportunidad que no desaprovechan, y suelen cazar dos, tres o más animales, dependiendo de la habilidad del cazador para “correr” la huangana, y su fortaleza para cargar luego los animales hasta el puerto o el campamento. Alfonso, el más experimentado de la pareja, bajó de la canoa a revisar las pisadas y le dijo a su compañero Armando: -“Deben ser más de 200 huanganas, cho. Y el rastro es fresquito. No hace ni tres horas que pasó por aquí la manada.” -“Todavía es temprano, si le seguimos, podemos alcanzarla antes de medio día y balear unas cuantas”, contestó el Armando. “Con eso completamos nuestra carga y volvemos al pueblo”.

- “Seguro que están comiendo en ese ponal que hay tres vueltas arriba de la quebrada”, dijo Alfonso. “Varias veces he muerto yo huangana en esa restinga, hace años”. -“Si la manada está en el ponal, nos ahorraremos una buena cargada de vuelta al puerto, entonces. Vamos, no hay que perder tiempo”, acotó Armando.

Los dos amigos agarraron de la canoa sus retrocargas, media docena de cartuchos cada uno y su machete, y lanzaron tras la pista de las huanganas. El rastro de estos animales es bastante 16

fácil de seguir en la selva, sobre todo cuando la manada es muy grande y caminan por bajiales o tierra fangosa. Son animales muy gregarios, y se ha encontrado manadas de más de 500 animales, aunque normalmente su número habitual es más pequeño. Dependiendo del ancho de la trocha que abren, los cazadores suelen calcular el tamaño de las manadas, y viendo las raíces y brotes comidos, y los excrementos, pueden calcular con bastante exactitud la hora de su paso por el lugar. Luego de apenas 20 minutos de camino tras el rastro de la manada, los dos amigos encontraron en una hondonada, al lado de una poza de agua de lluvia, una huangana muerta. Armando se agachó a examinarla. - “Está recién muerta. Y no parece que haya sido el tigre, no tiene ni una herida. ¿Qué le habrá pasado, ah?” Alfonso, más experimentado, la examinó con más cuidado. Del hocico de la huangana manaba un hilillo de sangre. Le volteó la cabeza para examinar el otro lado, y dio su veredicto de viejo mitayero: -“La boa negra ha sido. Mira ve la marca de sus dientes en su trompa. Lo que me admira es por qué no se la ha comido. Tiene que haber sido una fiera bien grande, compadre, para poder sujetar una huangana como ésta. De repente fue la Yacumama. ¿Te imaginas cómo habrá pataleado la huangana cuando le agarró?”.

-“Pero la fuerza de la boa es tremenda, cholo, en un segundo ya se le ha enroscado al cuerpo y le ha apretado, le quiebra las costillas y no puede respirar”, comentó Armando. -“Sea lo que sea, se podrá comer, digo yo. Hay que taparla para que no la halle el tigre, y seguir a las otras, que para eso hemos venido”, contestó Alfonso. Armando estuvo de acuerdo, y con unas ramas y hojas secas hicieron un escondrijo improvisado para el cadáver del animal. Por la trocha adelante les esperaba una nueva sorpresa. Observaron unas manchas de sangre entre el barro removido por las pezuñas de las huanganas, y el rastro inconfundible del cuerpo de una boa. Un poco más adelante les esperaba algo más fuerte: Una enorme boa negra, de más de seis metros y del grueso del muslo de un hombre, se movía lentamente por el piso del bosque. Curiosos, los dos mitayeros se acercaron por su atrás y observaron un espectáculo que nunca olvidarían. El enorme animal aparecía cubierto completamente de enormes tajaduras, por las que manaba todavía abundante sangre. Solamente estaba libre de cortes la parte de la cabeza y el cuello. La maltratada fiera se desplazaba lentamente, como adolorida de sus heridas, sin hacer caso a lo que se movía a su alrededor. -“La huangana le ha hecho eso, cumpa”, comentó Alfonso. “Eso son cachetadas de dientes de huangana. Segurito que la 17

boa le caceó a la que vimos muerta, sin darse cuenta que estaba cerca el resto de la manada, y cuando el pobre animal se puso a gritar, las demás vinieron corriendo a defenderla. No le han podido salvar ya la vida, pero le han dado una lección a la boa que no va a olvidar...” -“Yo he oído a mi padre contar de un tigre al que la huangana le mató porque le había cazado a una; también le rodearon y le hicieron pedazos. Diz que no quedó más que su cabeza y los huesos grandes, todito le comieron”. Mientras conversaban y observaban impresionados el triste espectáculo, los dos amigos caminaron un trecho siguiendo a la boa herida. En ese punto el rastro de las huanganas se había acercado de nuevo a la quebrada. La boa se dirigió hacia las negras aguas, y lentamente se sumergió en ellas, dejando una mancha de sangre oscura que tardó en disolverse en el agua. Estuvieron un rato esperando, pero no la vieron salir de nuevo. -“Seguro que se ha metido al agua a morir. Ni el más fuerte animal se puede salvar luego de esa paliza, compadre”, comentó Armando. -“Ni se sabe”, contestó Alfonso. “Estos animales son diablos de la selva, tiene su madre y seguro que se ha ido al agua a buscarla”.

Luego del incidente, los dos mitayeros ya no tuvieron ánimos para seguir a la manda de huanganas. Volvieron a recoger la que la boa herida había abandonado, y con ella retornaron pensativos al campamento para pishtarla.

(*) Historia real narrada por Alfonso Isampa, de la Comunidad Nativa “28 de Julio”, río Tigre.

Preguntas para el diálogo:
a) ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de esta historia? ¿Crees que si las huanganas anduviesen por el monte solas sufrirían más o menos ataques de las boas y tigres? Respuesta: b) ¿Por qué crees que las huanganas andan en manadas tan grandes? Respuesta: c) ¿Conoces alguna historia de personas en que la unión de un gran número de personas haya ayudado a solucionar algún problema? Cuéntala. Respuesta: d) Cuando oímos decir “la unión hace la fuerza” o “el pueblo unido jamás será vencido”, ¿a qué se refiere la gente? Respuesta:

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6.- La venganza de la selva (*)
Don Segundo Tafur Torres no era un infractor o extractor ilegal cualquiera en la Reserva Nacional Pacaya – Samiria. Según los guardaparques, era el más bravo que conocieron en muchos años. Él no entraba, como ciertamente muchos hacen hasta hoy día, para hacer su mitayito para que coma su familia en casa y para habilitar a sus hijos para el colegio. Él pescaba y cazaba para negocio, para emborracharse y malgastar el dinero fruto de la venta de su producto. Sacaba cualquier cosa: paiche, tanto seco como sus alevinos, carne de monte, alevinos de arahuana, huevo de charapa, motelos, lo que fuese. No respetaba nada ni a nadie, hasta con sus vecinos y parientes se peleaba por juntar más recursos para la venta. Era uno de los infractores más recalcitrantes y prepotentes, bien conocido para la gente de la Reserva por su carácter violento y agresivo, por su malcriadez y su irrespeto hacia las leyes y a los guardaparques, con los que se enfrentaba y amenazaba frecuentemente, por el simple hecho de realizar su labor.

El era infaltable en la temporada del huevo de charapa, y sacaba a millares, a pesar de que en su comunidad, Obrero, varias veces habían ido los extensionistas de la Reserva a explicar a la gente que la charapa se estaba acabando, que sólo quedaban unos cuantos cientos de ejemplares en el Perú, justamente reducidos en la Reserva Pacaya - Samiria, y que si estos se acababan, se extinguiría para siempre esa especie tan emblemática para los loretanos. Le importaba un pepino. Él no sólo se iba a sacar huevo, también sacaba charapas adultas cuando las sorprendía en plena postura en las playas, para vender por 30 o cuarenta míseros soles a los lancheros, y luego pegarse una borrachera con sus amigos para celebrar la hazaña. Agustín y otros guardaparques encontraron varias veces en las playas charapas pudriéndose, a las que les habían 19

abierto (estando vivas) el casco a machetazos para sacarle sus huevos para vender. Algo horroroso, si se piensa que estas pobres charapas que quedaban en ese momento en la Reserva eran las últimas hembras centenarias, capaces de salvar la especie, nacidas quizás en la época del caucho. Hacía muchos años que ni un solo nido de charapa se salvaba en la Reserva, todos eran saqueados por los infractores como el Segundo, y además, cada año o robaban o mataban entre 40 y 50 de la forma antes dicha. En 1990 Pekka Soini calculó que apenas quedaban en Pacaya Samiria 400 hembras reproductoras de charapa, la última población reproductiva del Perú. En cierta ocasión, Agustín Sánchez y otros guardaparques lo sorprendieron al Segundo liderando a un grupo de infractores que estaban tratando de llevarse a un grupo de charapas que sorprendieron desovando en una playa cerca del puesto de Santa Cruz, en el Pacaya. Habían volteado a los pobres animales, y estaban arrastrándolos hacia el bosque en la parte de atrás de la playa. Una enorme charapa, posiblemente centenaria, se resbaló por la pendiente y le apretó la mano a uno de los infractores contra el casco de otra charapa, chancándole los dedos de una forma horrible. Los guardaparques tuvieron que auxiliarle en el puesto de vigilancia, pues en esa soledad, el peligro de infección y de gangrena era muy grande. Segundo acostumbraba a alardear de la cantidad de paiches que había fisgado en su larga vida de infractor. No los

perdonaba ni cuando estaban con cría, en plena veda. Más bien era cuando más pescaba, porque los paiches en esta época son más mansos por proteger a su cría, y se pueden picar fácilmente. “Puta, la cantidad de alevinos de paiche que yo habré dejado sin madre”, alardeaba en sus borracheras Don Segundo.

Cuando el Naturalista Pekka Soini, que vivía en los años 80 en la estación biológica de Cahuana, en el medio Pacaya, comenzó a recolectar huevos de las pocas charapas que quedaban en este río para incubarlos en playas artificiales, el Segundo lo declaró su enemigo, y se propuso saquear su playa de incubación, que tanto trabajo le había costado preparar a Pekka y que cuidaba con esmero día y noche. Estuvo observándole varios días esperando una oportunidad para atacar. Ésta surgió cuando el ayudante de Pekka tuvo que viajar a por víveres a Bretaña, y tuvo que quedarse sólo. Pekka dormía en una carpa al lado de sus preciados huevos, y el Segundo aprovechó una noche de torrencial lluvia para saquear uno por uno los nidos de charapa. Pekka me contó luego que llevaba varios días con un terrible dolor de muelas, y casi no podía descansar, por lo que con la lluvia se durmió. El pendejo del Segundo tuvo la precaución de volver a poner en sus nidos los palitos con que Pekka marcaba su ubicación en la playa, calculando que iba a pasar un buen tiempo hasta que se diera cuenta del robo. Sin embargo, 20

Pekka monitoreaba la maduración de los huevos, y se dio cuenta al día siguiente del saqueo. Pasó la voz a los guardaparques de Yarina, que hicieron un operativo y capturaron al inescrupuloso ladrón. Recuperaron los huevos, pero lamentablemente la mayoría estaban ya incubados y no pudieron ser recuperados, las charapitas o charitos son tan delicadas que cualquier movimiento del huevo en esta etapa las mata. Irónicamente, al Segundo no le hubiesen servido para nada dichos huevos. Y, dado lo permisivo de las leyes peruanas, se salió ileso de su aventura, pues aparte de quitarle los huevos, no sufrió ningún castigo. Un día le avisaron a Agustín Sánchez, guardaparque en ese tiempo en el Pacaya, que el Segundo estaba en su casa muy grave, en San José de Samiria, adonde se había mudado. Le visitó en su casa, y le encontró hecho un esqueleto, delgadísimo y con el vientre hinchado. La gente del pueblo se amontonaba en la casa del enfermo, por curiosidad. Era un suceso en el pueblo por lo extraño de su enfermedad. Le preguntó qué había pasado. “Me han hecho daño, cho”, dijo con voz débil. “El médico dice que esto es brujería”. “¿Y sabes quién te ha brujeado”?, le preguntó Agustín “Un día soñé que un tigre enorme me mordía en mi costado. Me estaba tratando con vegetales, y un médico me sopló con mapacho la parte de la mordida. Entonces aparecieron unas marcas moreteadas, como de mordida de un tigre”, le contó el enfermo.

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Agustín no olvidaba sus fechorías y amenazas de antaño, y le comentó: “Ésa es la maldición de la naturaleza, compadre. Debe ser la madre del monte que te está

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cobrando todo el daño que has hecho en tu vida a la Reserva”. “De verdad me pesa todo lo he hecho, me pesa todo lo que he peleado con mi gente por sacar más producto de la Reserva, lo que he desperdiciado los recursos, lo que he malgastado la plata mal habida del paiche y de los huevos de charapa... Aunque ahora es ya tarde para hacer nada”, le contestó afligido el enfermo.

Nada más llegar el pueblo, se fue a festejar a la bodega de su hermano, y tomó dos botellas de champán. Cuando salió para dirigirse a su casa, se cayó en el río y se ahogó. Todo el mundo comentó que era increíble que ese hombre, que sabía nadar tan bien, se ahogase en una parte poco profunda, bien encima, del río, y lo atribuyeron a la venganza de la madre de la cocha de donde había sacado el paiche. Cuando Don Agustín me contó estas historias, me hizo acordar de un suceso ocurrido hace más de 10 años en el río Tigre. Estaba yo por entonces viviendo en Intuto, alto Tigre, y un habilitador de Iquitos, apellidado Ibáñez, visitaba frecuentemente la zona del Pucacuro para sacar carne de monte. El río Pucacuro, aunque estaba deshabitado, era la despensa de la gente de Intuto y pueblos aledaños, y este habilitador se aprovechaba de la necesidad de la gente para “habilitarles” con cartucho, sal, pilas y trago para que se fuesen con él a cazar animales para vender en Iquitos, algo totalmente prohibido (la ley sólo permite la caza para consumo en la localidad). En cada viaje se bajaba hasta una tonelada de carne seca, una auténtica masacre de animales, entre los que estaban maquisapas, choros y otros monos en peligro de extinción. Lo más grave del asunto es que la gente que iba con él, después de 20 días de duro trabajo, apenas sacaban de saldo para tirarse una huasca en el pueblo y quedaban endeudados para el siguiente viaje. Nunca salían de sus deudas, y los animales se iban acabando. 22

Y, ciertamente, Agustín recuerda cómo se adueñaba a veces de una cocha en plena reserva, y mezquinaba que otra gente de su misma comunidad o de las vecinas entrase a pescar, para ser él solo el que sacaba el paiche. Todavía Agustín le volvió a visitar unos días después, cuando estaba ya prácticamente agonizando. “Agucho, hoy me arrepiento de todo lo que he hecho en mi vida, me doy cuenta de que he hecho mal”, le volvió a repetir con su último aliento.

Agustín cuenta que un montón de gente, infractores que él ha conocido en sus largos años en la Reserva Pacaya – Samiria, han muerto de mala manera. Él lo atribuye también a la venganza de la madre de la selva. Por ejemplo, recuerda de un tal Domínguez, de la misma comunidad de San José de Samiria, que volvió con un cargamento de unos 500 kg. de paiche seco que había extraído ilegalmente del Samiria.

Yo le llamé la atención al ilegal, y como no hiciese caso, le pedí al jefe del puesto policial que le avisase que no podía seguir con su ilegal actividad. Ante eso, no le quedó más remedio que dedicarse a otra actividad, pero juró en público vengarse de mi, hacerme matar con algún brujo. A los tres meses me enteré de que había muerto en el alto Tigre de una muerte repentina e inexplicable, ya que aparentemente gozaba de buena salud. La noticia corrió como pólvora por toda la zona, y la gente quedó convencida de que, de nuevo, la madre del monte se había tomado su venganza del abuso que, con afán de lucro, había cometido el habilitador en el Pucacuro. (*) Historia real contada por Agustín Sánchez Oliveira, guardaparque de la Reserva Nacional Pacaya – Samiria.

a) ¿Qué piensas de la vida de don Segundo Tafur? ¿Te gustaría llevar una vida como él? ¿Por qué? Razona tu respuesta. Respuesta: b) ¿Crees que la madre del bosque o de la cocha cuida sus recursos? ¿Cuándo crees que se venga? Respuesta: c) ¿Qué sería usar bien los recursos para ti, y usarlos mal? Haz una lista de lo que crees que está justificado (por ejemplo, pescar para dar de comer a la familia), y lo que no lo está (por ejemplo, echar barbasco para pescar) Respuesta: ¿Qué recomendarías a la gente que se va al monte o a la cocha al mitayo, para que no les ocurra nada malo? Respuesta:

Preguntas para el diálogo

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LECTURA
Los indígenas amazónicos y su respeto a la naturaleza Los grupos indígenas que habitaron la Amazonía por miles de años practicaban un uso de los recursos naturales que hoy llamaríamos “sostenible”; esto es, no sacaban más que lo que la naturaleza producía, y aprovechaban lo necesario para subsistir, de modo que año tras año el bosque y las cochas seguían produciendo los recursos que necesitaban. Muchos grupos indígenas tenían normas o rituales bastante estrictos para aprovechar recursos comunes del bosque. Por ejemplo, antes de talar un árbol para hacer canoa o para hacer chacra, pedían permiso con una ceremonia especial a la madre del monte explicando cuál era el motivo de la muerte del árbol. Lo mismo con los animales, cuando iban a cazar pedían permiso a la madre del monte y explicaban que mataban sólo por necesidad, para alimentar a su familia. Debido a que solamente cazaban, pescaban o talaban árboles para satisfacer sus necesidades, y porque también había poca gente, los recursos abundaban y nadie pasaba necesidad. Los europeos y el saqueo amazónico Con la llegada de los europeos, la situación cambió dramáticamente. Con ellos llegaron la avaricia y las ansias de acumulación, y comenzaron a explotarse masivamente recursos para abastecer mercados nacionales e internacionales. Los europeos trajeron consigo hábitos y costumbres de fuera, y herramientas nuevas, como machetes, hachas de hierro, escopetas y, en el último siglo, motosierras y motores. Con esos instrumentos resultó mucho más fácil talar árboles y cazar animales, y con los motores se pudo llegar a los lugares más remotos a extraer y transportar recursos a la ciudad. También los europeos comenzaron a explotar recursos para exportar al exterior. Antes de su llegada, los indígenas eran autosuficientes, todo lo que necesitaban para su vida lo encontraban en el bosque y en el río. Pero con los años fueron adquiriendo progresivamente hábitos de consumo de fuera, por lo que necesitaron vender más y más productos para comprar muchas cosas que ya no se producían en la chacra: ropas, herramientas (machetes, hachas, escopetas, cartuchos), fósforos, sal, aguardiente, querosene, mosquiteros, azúcar y conservas, y muchas cosas más. También muchos indígenas fueron obligados a extraer recursos a la fuerza para los europeos, sobre todo en la época del caucho. Como consecuencia de la creciente demanda de los mercados, que al principio eran exteriores, pero luego también de las ciudades que se fueron formando en la selva, como Iquitos, Yurimaguas, Nauta, Contamana y otras, los recursos que antes eran abundantes y abastecían suficientemente a la población indígena comenzaron a escasear. La charapa, por ejemplo, era una fuente de alimento importantísima para los indígenas a la llegada de los europeos. Tan es así, que se dice que cada casa indígena 24

ubicada en las orillas de los ríos grandes, como el Amazonas, el Napo o el Marañón, tenía en su patio trasero un estanque con cerco de caña brava lleno de charapas. Éstas eran recogidas en la época de desove en las playas, y alimentadas con huama, gramalote y otras hierbas acuáticas durante todo el año. Cada vez que tenían hambre cocinaban una, y así nunca les faltaba qué comer. En el siglo XIX fueron explotados de forma industrial los huevos de charapa: eran recogidos por millones en las playas en la temporada de desove (en una sola playa del Amazonas podían poner hasta 50,000 charapas), eran reventados en canoas, y el aceite que rebalsaba era recogido, envasado en barriles y exportado a Europa para alumbrar las casas. En pocos años, los millones de charapas que poblaban los ríos de la Amazonía fueron reducidos a algunos cientos, y hoy la especie está en grave peligro de extinción. Apenas quedan algunas poblaciones en ríos remotos y en la Reserva Nacional Pacaya - Samiria. Otro tanto pasó con la vaca marina o manatí, que era una de las fuentes de carne más importantes para los indígenas. Como era muy manso, fue cazado hasta el exterminio para hacer conserva con su carne, frita en su propia manteca (este chicharrón era llamado “michira”). Este producto era exportado de Loreto hacia San Martín y Amazonas, o vendido a los barcos de los comerciantes por los ríos Marañón, Ucayali y Amazonas. Hoy sólo quedan unos cientos de ejemplares en algunos ríos remotos, y en la R. N. Pacaya – Samiria. El paiche también ha sido explotado intensivamente, antiguamente para exportarlo salado a San Martín, principalmente, y últimamente para abastecer a las ciudades selváticas. Aunque no está en peligro de extinción, debido a que su capacidad reproductiva es mucho más alta que la del manatí o la de la charapa, y algunos individuos se pueden librar de los pescadores refugiándose en cochas internas o cerradas, las poblaciones del paiche han disminuido tanto que ya no es un recurso importante ni en la dieta de la población rural ni en la economía regional. Las olas extractivas o “fiebres de la selva” A fines del siglo XIX y todo a lo largo del siglo XX, una serie de “fiebres” u “olas extractivas” asolaron a nuestra Amazonía. Primero fue el caucho, pero pronto le siguieron otras resinas valiosas, como la balata y el leche caspi, el palo de rosa, luego fueron las pieles y cueros de animales, y los animales vivos para mascotas, y luego las maderas nobles. Millones de árboles de caucho, balata, leche caspi, copaíba, y palo de rosa fueron talados hasta los últimos rincones de nuestra selva, para exportar su precioso látex o su aceite. Cientos de miles de animales, especialmente lagartos, jaguares (“tigres”), tigrillos, sajinos y huanganas, fueron exterminados solamente para aprovechar su cuero. Toneladas y toneladas de carne de sajinos, huanganas y lagartos se pudrieron en el monte y en las cochas por la avaricia del ser humano. Miles de monos, sobre todo maquisapas, choros y cotos, fueron cazados con el único fin de servir de cebo o “empate” para atraer a los tigres y tigrillos. La mayoría de ellos se pudrieron en el monte, hoy vacío de estos y otros animales así sacrificados. 25

Todavía algunos viejos se acuerdan de ésta y otras olas extractivas del siglo pasado, nombradas por gente del mundo rural de acuerdo a la especie explotada: “shiringueada”, “tigrillada”, “lagarteada”, “loreada”, “lechecaspeada”, “balateada”... Hoy algunos se lamentan del desperdicio de la carne de tantos animales que se pudrió en el monte, soñando con que algún día volverán los tiempos de abundancia. Lo más triste de esto es que todo ese saqueo, esa matanza, solamente enriqueció a unos pocos patrones y comerciantes. Los pobladores rurales de la Amazonía recibieron miserias por cazar hasta la extinción a los animales de “sus” bosques, y muchas comunidades hoy no sólo no tienen ya casi nada que vender, salvo algunas maderas cada vez más escasas y menos valiosas, sino que ni siquiera encuentran animales en el monte para cazar y alimentar a sus hijos. ¿Quién siembra los árboles en el monte? Es frecuente escuchar a los madereros decir a los comuneros que quieren impedirles cortar árboles en su territorio: ¿Por qué mezquinas, ah? ¿Acaso tú lo has sembrado? Algo parecido dicen a veces los pescadores comerciales de botes congeladores respecto al pescado, para argumentar que tienen derecho a pescar donde, como y cuanto les dé la real gana, porque el pescado no ha sido criado por el hombre. Como vemos que la naturaleza se vale por sí misma, y se ha mantenido así por miles y miles de años, no nos paramos a pensar qué hay detrás de ella. Vemos que el monte se regenera, que aunque cortamos árboles otros vuelven a crecer, y no pensamos que esto se puede acabar. La mayoría de los árboles amazónicos dependen de animales tanto para la polinización (= fertilización) de sus flores, como para la dispersión de sus semillas. Los frutos que hay en el bosque no están por gusto: son parte de un mecanismo sabio de la naturaleza, en el cual todos salen beneficiados, animales y plantas. Los animales obtienen su alimento de la parte carnosa de las frutas, y dispersan las semillas del árbol para que la especie no se acabe y nazcan nuevos árboles en otros lugares. En el caso de las flores, picaflores, murciélagos e insectos se alimentan del néctar y polen de las flores, y a cambio éstas son fecundadas con polen proveniente de las flores de otra planta de la misma especie, permitiendo así su perpetuación. Sin esta colaboración, no podría mantenerse esa maravillosa trama o red de vida, tan compleja y rica, integrada por millones de plantas y animales, que es la selva amazónica. Esta selva ha se ha regenerado así por millones de años, sin muchos cambios, hasta hace pocos cientos de años. Muchos de los animales más vulnerables, que generalmente son los mayores dispersores de las semillas de árboles y arbustos, como los grandes monos, los paujiles y pavas, y los grandes animales acuáticos, como la charapa, la taricaya y la gamitana, hoy han desaparecido de grandes extensiones de nuestra selva. Hoy millones de hectáreas de bosques están realmente “enfermos”, sin animales que dispersen las semillas de muchos de sus árboles, que se pudren en los 26

árboles o en el suelo. Si esto sigue así, muchos árboles antes abundantes comenzarán a escasear y pueden hasta llegar a desaparecer localmente, en las zonas más explotadas. La desaparición local o disminución drástica de poblaciones de algunas plantas puede, a su vez, provocar la desaparición, en cadena, de otros animales que dependen de ellos para sobrevivir. El huayruro y su amigo el trompetero Un ejemplo nos ilustra este drama: Por millones de años, el árbol del hermoso huayruro (Ormosia spp.) ha confiado en el trompetero y sus colegas el paujil, el montete, la pava y la pucacunga para que siembren sus semillas en el bosque. Efectivamente, los vivos colores del huayruro siempre habían intrigado a los científicos, ya que normalmente los colores vivos son utilizados por las plantas en sus frutos para atraer a los animales silvestres con el fin de que dispersen las semillas que llevan dentro; pero en el caso del huayruro, se trata de una simple semilla coloreada y venenosa, por lo que evidentemente no sirve para alimentar a los animales. Recientemente se ha desentrañado el misterio: en la selva baja, donde no existen piedras, las grandes aves que se alimentan de frutos y semillas caídas en el suelo, como las citadas más arriba, utilizan el huayruro para ayudar a moler la comida en su molleja, al estilo que la gallina hace con piedritas y pedazos de vidrio. Suele escucharse historias de algunos cazadores que encontraron gruesas pepitas de oro en el "ruro" o molleja de paujiles cazados en zonas remotas, en cabeceras de quebradas, que presuntamente habían sido tragadas con ese mismo fin. Ahora bien, la naturaleza no echa puntada sin hilo: el huayruro sólo puede germinar en la selva si es tragado por una de estas aves, si pasa por el tubo digestivo y su dura cáscara es ablandada por los jugos gástricos, de forma que el embrión pueda germinar. Los ingenieros forestales saben muy bien eso, y cuando reforestan con huayruro suelen dar a las semillas tratamientos con agua caliente y ácido, o simplemente le levantan con una cuchilla la tapa al embrión de cada semilla. Pero eso obviamente no lo pueden hacer los ingenieros con los millones de semillas que anualmente deben ser sembradas por toda la selva para garantizar la supervivencia de esta especie. Los animales dispersores de semillas son indispensables para esto. De hecho, la mayoría de las 40,000 especies de plantas que hay en la selva amazónica, donde la densidad de los árboles y el clima tropical no facilita la dispersión de semillas por el viento, confían en los animales la importante tarea de transportar a otros lugares las preciosas semillas y asegurar así la siguiente generación. Pero hoy, gracias a la avaricia y miopía del ser humano, estos animales son cada vez más escasos. Millones de hectáreas de bosques cercanos a las ciudades y caseríos más poblados de la Amazonía están hoy vacíos de animales grandes, y especialmente aves vulnerables a la caza como el trompetero, el paujil, el montete y la pava, y grandes monos, como la maquisapa, el choro y el coto. 27

Cuando uno camina por esos bosques, frecuentemente encuentra frutos maduros caídos en el suelo y pudriéndose por falta de animales que los coman y dispersen sus semillas. Esto significa no sólo un gran desperdicio de recursos valiosos, una gran pérdida económica para la población amazónica, que cada vez está más desnutrida por la escasez de animales silvestres. También es una catástrofe ecológica: Esos bosques están enfermos, ya que sin dispersores de semillas, la cadena de la vida está rota. ¿Quién sabe qué otras especies de plantas, como el huayruro, estarán hoy en problemas para dispersar sus semillas? No lo sabemos bien, la ciencia apenas está comenzando a conocer apenas algunos detalles de la compleja trama de la vida en la selva amazónica. Pero con seguridad son muchas. Los árboles son muy longevos y podrían pasar decenas o cientos de años hasta que nos percatemos de que algunas especies no están regenerándose, quizás cuando ya es demasiado tarde. Hay, por otro lado, estudios que demuestran que en los bosques donde los animales grandes han sido muy cazados, también tienen problemas para regenerarse las especies forestales con semillas pequeñas (justamente las más valiosas para la industria regional, como el cedro, la caoba y la lupuna, tienen semillas pequeñas). Aunque no sean dispersadas por animales, las plántulas de las especies de semillas pequeñas no pueden competir en el suelo del bosque con las plántulas de especies con frutos y semillas grandes, que crecen mucho más rápido y cubren el suelo del bosque en regiones donde no hay ya grandes animales frugívoros que se alimenten de ellas, como sachavaca, sajino, huangana, majás, y grandes loros. Es urgente que las poblaciones locales amazónicas comiencen a manejar la fauna silvestre en sus territorios, no sólo para recuperar las poblaciones de especies sobre explotadas, de modo que puedan hacer un uso sostenible de esta importante fuente de proteína, sino para garantizar la salud de sus bosques y, por tanto, el aprovechamiento sostenible también de la madera.

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