Vir fidelis multum laudabitur
(Proverbios 28,20)

Índice
 
Presentación
 
Premisa
 
Primera parte. Infancia y juventud (1914 - 1939)
 
Segunda parte. Junto a san Josemaría (1939 - 1975)
 
Tercera parte. Padre y pastor (1975 - 1994)
 
Epílogo
 
Cronología de Mons. Álvaro del Portillo
 
Álbum fotográfico
 
Apéndice Documental
 
Bibliografía sobre Álvaro del Portillo
 
Créditos

Presentación
 
Vir fidelis multum laudabitur[1]: “el varón fiel será muy alabado”. Esta frase del libro de los Proverbios refleja la trayectoria terrena del Venerable Álvaro del Portillo. Mons. Echevarría, actual Prelado del Opus Dei, afirmó en una ocasión que «cuando se escriba su biografía, entre otros aspectos relevantes de su personalidad sobrenatural y humana, este habrá de ocupar un lugar destacado: el primer sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer en el gobierno del Opus Dei fue —ante todo y sobre todo— un cristiano leal, un hijo fidelísimo de la Iglesia y del Fundador, un pastor completamente entregado a todas las almas y de modo particular a su pusillus grex, a la porción del pueblo de Dios que el Señor había confiado a sus cuidados pastorales, en estrecha comunión con el Romano Pontífice y con todos sus hermanos en el episcopado. Lo hizo con olvido absoluto de sí, con entrega gustosa y alegre, con caridad pastoral siempre encendida y vigilante»[2].
Mons. Álvaro del Portillo estuvo dotado de una inteligencia sobresaliente —basta recordar su curriculum: Ayudante de Obras Públicas, Doctor Ingeniero de Caminos, Doctor en Filosofía y Letras (sección de Historia), Doctor en Derecho Canónico—; gozó de una fuerza de voluntad admirable; de gran capacidad de trabajo, de un carácter firme y afable, de una facilidad para hacer amigos fuera de lo común...
Pero si queremos encontrar la raíz que vivificó su existencia, no hemos de acudir a sus indudables cualidades humanas, sino fijarnos en sus virtudes teologales: la fe llevada hasta sus últimas consecuencias y ejercitada en las circunstancias grandes y menudas; la esperanza, que le movió a confiar siempre en el auxilio divino; y una caridad con Dios y con el prójimo que no admitía límites. Y todo edificado sobre una humildad sin frunces que, como explica el clásico castellano, es «la base y fundamento de todas las virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea»[3].
La fidelidad —que tiene su origen en la fe, como su mismo nombre indica— es la nota más característica de la vida de Mons. del Portillo. Fidelidad a Dios, fidelidad a la Iglesia y al Papa, fidelidad al Opus Dei y a su Fundador. Sin temor a equivocarnos o a exagerar, podemos asegurar que, desde que descubrió su llamada divina el 7 de julio de 1935, se entregó por completo —en todos los momentos de su existencia y con todas las fuerzas de su ser— al cumplimiento de la Voluntad divina: primero, junto a san Josemaría, para quien fue siempre apoyo inquebrantable, como una roca; y después del tránsito al cielo del Fundador, como su primer sucesor al frente del Opus Dei.
Durante los diecinueve años que fue el “pastor” del Opus Dei, Mons. del Portillo desarrolló su ministerio en estrechísima unión de mente —de alma, querríamos escribir— con san Josemaría, subrayando continuamente a los fieles de la Obra que, cerrado el periodo fundacional, hasta el final de los tiempos les correspondía vivir la «etapa de la continuidad y de la fidelidad»[4]; es decir, la más plena lealtad al espíritu que el Fundador había dejado no sólo escrito, sino esculpido, como le gustaba repetir[5].
En ese tiempo, se marcó como misión fundamental llevar a término el camino jurídico del Opus Dei; es decir, su configuración como Prelatura personal de ámbito universal, de acuerdo con lo que san Josemaría había dispuesto. Durante su mandato tuvo lugar también la beatificación del Fundador, que supuso como un nuevo resello al espíritu de la Obra por parte de la autoridad suprema de la Iglesia, porque de ese modo sancionó una vez más que se trata de un camino de santidad para los cristianos llamados por Dios a desarrollar su existencia en el cumplimiento enamorado de los deberes ordinarios.
Entre los servicios que el Opus Dei prestó a la Iglesia con la guía y el impulso de Mons. del Portillo, habría que mencionar además —aparte del apostolado personal de cada uno de sus fieles, que es tan variado como la vida misma— el comienzo de la labor apostólica en nuevos países; la ordenación de unos ochocientos sacerdotes salidos de entre los miembros de la Obra; iniciativas como la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, y tantas otras de solidaridad social que van desde clínicas en países de África, Europa y América, a escuelas y universidades en los diversos continentes.
Al tener noticia del fallecimiento de Mons. del Portillo, Juan Pablo II envió un telegrama de pésame a Mons. Echevarría y a todos los fieles del Opus Dei, en el que recordaba «con agradecimiento al Señor la vida llena de celo sacerdotal y episcopal del difunto, el ejemplo de fortaleza y de confianza en la Providencia divina que ha ofrecido constantemente, así como su fidelidad a la Sede de Pedro y el generoso servicio eclesial como íntimo colaborador y benemérito sucesor del beato Josemaría Escrivá»[6].
El 28 de junio de 2012, tras el exhaustivo estudio de carácter histórico y teológico previsto para estos casos, el Santo Padre Benedicto XVI declaró oficialmente que a la Iglesia le consta que el Siervo de Dios Álvaro del Portillo ha vivido de modo heroico las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad, con Dios y con el prójimo—, así como las virtudes cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— y las otras anejas. Por este motivo, se le ha conferido el título de “Venerable” y puede ser propuesto a la devoción y a la imitación de los fieles católicos.
En las páginas siguientes, el lector podrá comprobar la exactitud de las palabras del beato Juan Pablo II y por qué Benedicto XVI ha declarado Venerable a Álvaro del Portillo, como paso hacia su futura Beatificación y Canonización.
 
 

[1] Prov 28,20.

[2] Echevarría, J., Homilía en la Misa de funeral por el alma de Mons. Álvaro del Portillo, Roma, 25-III-1994 (AGP, Biblioteca, P01, 1994, 264); el texto original italiano puede verse en Romana, 18 (1994), p. 28.

[3] Cervantes, M. de, El coloquio de los perros, en Novelas Ejemplares, vol. 2, Ed. Cátedra, Madrid, 1995, p. 312.

[4] Del Portillo, Á., Carta 30-IX-1975, n. 9 (AGP, Biblioteca, P17, vol. 2, n. 36).

[5] Muchas veces, de palabra y por escrito, usó esta expresión san Josemaría, para referirse al espíritu del Opus Dei; por ej., en sus Cartas del 14-IX-1951, n. 7; del 29-IX-1957, n. 3; del 25-I-1961, n. 54, etc.

[6] Juan Pablo II, Telegrama a Mons. Javier Echevarría, AGP, APD T-17395.

Premisa
 
La bibliografía sobre Álvaro del Portillo es bastante copiosa[1]. Hasta la fecha, se han publicado dos perfiles biográficos amplios, que ofrecen un resumen adecuado de su vida[2]; en 1996 y 2001, profesores de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, de Roma, prepararon dos volúmenes, con estudios sobre aspectos parciales de su pensamiento y de su trayectoria eclesial[3], que se suman a los publicados en vida de Mons. del Portillo; son más de sesenta los artículos sobre su figura aparecidos en revistas de carácter teológico o canónico y en diccionarios, sin contar los incluidos en la prensa diaria o gráfica de todo el mundo.
Además de este material —ya de por sí muy valioso—, al fallecer el Venerable Siervo de Dios, centenares de personas[4], conscientes de su talla espiritual y humana, se sintieron movidas a poner por escrito los recuerdos o impresiones que conservaban de don Álvaro. En total, estos testimonios ocupan unos cuantos millares de folios, y contienen una gran riqueza documental. Entre todos, destaca el redactado por Mons. Javier Echevarría, actual Prelado del Opus Dei, que vivió junto a Mons. del Portillo desde 1950 a 1994[5]: se trata, pues, de un testigo excepcional, que participó muy de cerca en la mayor parte de los sucesos que evoca en su narración.
Este libro se ha construido en torno a ese material, hasta el punto de que quizá debería llevar como subtítulo: “Testimonios sobre Álvaro del Portillo”, o “Álvaro del Portillo visto por quienes le trataron”. Y aquí radica su principal novedad respecto a las semblanzas ya existentes. Al exponer los diversos episodios, no he pretendido ofrecer un “enfoque personal” del biografiado o de los diversos hitos de su existencia, sino transmitir la imagen, la visión y el recuerdo de quienes le conocieron —“en carne y hueso”, podríamos decir—, en las diferentes etapas de su existencia: desde la infancia hasta su muerte.
Algunas de estas personas fueron llamadas más tarde a declarar como testigos en los procesos sobre la vida y virtudes de don Álvaro que, a partir de 2004, la diócesis de Roma y la Prelatura del Opus Dei instruyeron en vistas a su posible beatificación y canonización, de acuerdo con lo prescrito por las normas canónicas. En la redacción de este libro no he tenido en cuenta esas declaraciones procesales —que hasta la fecha no son públicas—, sino únicamente los testimonios anteriores.
Otro criterio que he procurado seguir, en la medida de lo posible, ha sido dejar hablar a Mons. del Portillo. Para esto, he utilizado fuentes escritas —su epistolario y otros documentos— y orales. En algunas ocasiones, en reuniones de carácter familiar o en la celebración de algún aniversario personal, don Álvaro hizo memoria de sucesos de su vida. Esto ocurrió pocas veces, porque no solía hablar de sí mismo. Pero en el archivo de la Prelatura del Opus Dei se conservan transcripciones de algunas de esas confidencias, que constituyen una fuente autobiográfica muy importante.
Por lo que se refiere al modo de citar las fuentes no publicadas del Fundador del Opus Dei, de Mons. del Portillo o de Mons. Echevarría:
—“AGP” significa Archivo General de la Prelatura del Opus Dei.
—“APD” es la sigla correspondiente a la sección provisional que contiene los documentos referentes a Mons. Álvaro del Portillo, que son principalmente de tres tipos: a) testimonios, que se numeran con la letra “T”, seguida del número correspondiente; b) documentos: “D”, más número; y c) las cartas del epistolario de don Álvaro (“C” seguida de la fecha: por ejemplo, C-350823 significa carta de 23 de agosto de 1935).
—“Biblioteca, P01” (o P02, P03, etc.) indica la sección del archivo donde se encuentran las transcripciones de textos tomados de la predicación oral o de reuniones de carácter familiar, etc.
—A partir de 1984, Mons. del Portillo comenzó a enviar cada mes una carta pastoral a los fieles de la Prelatura del Opus Dei, en la que trataba de cuestiones ascéticas y espirituales. Esos escritos se recogieron en tres volúmenes que llevan el título de Cartas de familia. Estos textos se citan: Cartas..., seguido del número del tomo y del número del párrafo (por ej.: Cartas..., vol. 1, n. 107).
El devenir terreno de Mons. del Portillo coincidió, y a veces se entrelazó, con acontecimientos, instituciones y personas de alcance universal. Las dos guerras mundiales, el desarrollo apostólico del Opus Dei, el Concilio Vaticano II, la vida santa de Josemaría Escrivá de Balaguer, el pontificado de varios papas que han marcado el rumbo de la humanidad, etc. Para dedicar a estos eventos y personajes un tratamiento medianamente satisfactorio, serían necesarios millares de páginas. Por eso, salvo contadas excepciones, me he limitado solo a “mencionarlos” a medida que aparecen en la vida de don Álvaro, dando por supuesto que el lector dispone del background necesario para su adecuada comprensión.
Para la realización de este trabajo, he encontrado la ayuda inestimable de muchas personas. En primer lugar, debo mencionar a quienes han escrito los testimonios sobre Mons. del Portillo, consignando esos recuerdos personales al Archivo General de la Prelatura del Opus Dei. Mons. Flavio Capucci, postulador de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Álvaro del Portillo y Diez de Sollano, me ha guiado tantas veces con sus consejos y observaciones. Los profesores Federico Requena, Francesc Castells y Luis Cano, expertos en la historia del Opus Dei, me han señalado siempre derroteros fundamentales para el desarrollo de este trabajo. Para la utilización de los documentos de carácter familiar, académico, eclesiástico, etc., relativos a don Álvaro, han prestado una generosa colaboración, en tiempo y en conocimientos, los doctores José Velaz, Ramón Pereira, David Lázaro y Agustín Silberberg. También estoy en deuda con los doctores José Manuel Martín, Guillaume Derville y Carlo Pioppi, que tuvieron la paciencia de leer el manuscrito y la bondad de sugerirme mejoras concretas; Marc Carroggio, periodista, y Santiago Herraiz, de Ediciones Rialp, han contribuido a la redacción del texto. Quede constancia de mi profunda gratitud a todos ellos.
 
 

[1] Al final de estas páginas se ofrece un listado de escritos sobre Mons. Álvaro del Portillo.

[2] Me refiero, sobre todo, a los libros de Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, Madrid, Rialp, 1996, pp. 296 (traducido a las principales lenguas), y de Hugo de Azevedo, Missão cumprida: biografia de Álvaro del Portillo, Lisboa, Diel, 2008, pp. 343 (existe traducción italiana, publicada por Ares, Milán, 2009, y española, de Ediciones Palabra, Madrid, 2012).

[3] Pontificia Università della Santa Croce, Atto accademico in memoria di S.E.R. Mons. Álvaro del Portillo, Roma, 1996, pp. 692, y Bosch, V. (ed.), Servo buono e fedele: scritti sulla figura di Mons. Álvaro del Portillo, Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2001, pp. 161.

[4] Se trata desde los parientes más cercanos —hermanos, sobrinos, etc.—, hasta protagonistas de la sociedad eclesiástica y civil, pasando por personas de muy diferentes edades y condiciones, que habían tratado más o menos intensamente a don Álvaro en algún momento de su vida.

[5] Quizá interesa hacer una pequeña aclaración, para mostrar mejor lo que se quiere decir en este caso con la expresión “vivió junto a Mons. del Portillo”. El Derecho particular del Opus Dei prevé que dos personas residan más cerca del que hace cabeza en la Obra, para ayudarle en sus necesidades espirituales y materiales. Mons. del Portillo y Mons. Echevarría ejercieron este encargo con san Josemaría. Después, en 1975, al ser elegido don Álvaro para suceder al Fundador, recibieron este cometido Mons. Echevarría y Mons. Alonso: de ahí el particular valor de sus testimonios.

 
Primera parte
Infancia y juventud (1914-1939)

Capítulo 1 Un hogar cristiano
 
Álvaro del Portillo y Diez de Sollano nació en Madrid, el miércoles 11 de marzo de 1914, en el hogar familiar, situado en el primer piso de la calle Alcalá nº 75[1]. Seis días después, fue bautizado en la cercana parroquia de San José, y recibió los nombres de Álvaro, José María y Eulogio. Este último, en honor a uno de los santos que se celebraba en esa fecha[2].
Sus padres, Ramón del Portillo y Pardo y Clementina Diez de Sollano, habían contraído matrimonio en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Cuernavaca, México, el 11 de enero de 1908[3]. Procedían de dos familias unidas por parentesco y que, además, tenían mucho trato entre sí[4]. En enero de 1910, les nació el primero de sus hijos, Ramón; y después llegaron Francisco (1911), Álvaro (1914), Pilar (1916), José María (1918), Ángel (1920), María Teresa (1926) y Carlos (1927) [5].
Como mínima referencia histórica, recordemos que cuando Álvaro contaba poco más de tres meses de vida, el 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un terrorista serbio asesinó al heredero del imperio austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando, y a su esposa Sofía. Aquel magnicidio constituyó el detonante para el comienzo de la Primera Guerra mundial, que ocasionaría ocho millones de muertos y seis millones de inválidos, además de profundísimas heridas sociales y económicas en el tejido vital de los países del continente europeo.
El 20 de agosto de aquel año falleció san Pío X, con el inmenso dolor de ver el mundo asolado por el conflicto bélico. El 3 de septiembre, el Cardenal Giacomo Gianbattista della Chiesa fue elegido para ocupar la Sede de Pedro. Tomó el nombre de Benedicto XV, y guió la Iglesia durante poco más de siete años, hasta el 22 de enero de 1922.
España —que tan maltrecha había llegado al siglo XX— se mantuvo neutral en la Gran Guerra y esa política produjo beneficios económicos. De todos modos, la situación social era precaria en muchos aspectos y había un latente malestar en amplios estratos de la población, alimentado también por exponentes de ideologías anticristianas. Un ejemplo del inestable equilibrio que atravesaba el país se puede ver en el tiempo que duraron en el cargo los presidentes de gobierno en aquellos años: entre 1900 y 1920 la media fue de unos ocho meses. En 1921, la derrota del ejército español en Marruecos (el “desastre de Annual”) socavó aún más los cimientos de la monarquía de Alfonso XIII.
 
 
1. Ramón del Portillo y Pardo
 
Ramón del Portillo y Pardo vio la luz en Madrid, el 28 de enero de 1879. Sus padres fueron Francisco Portillo y Gómez, natural de la misma capital, y Concepción Pardo de Santayana Gómez de las Bárcenas, nacida en Santander [6]. Posteriormente, le llegaron a este matrimonio dos hijas más: María del Carmen[7] y María del Pilar [8], que, como se verá más adelante, jugaron un papel importante durante la infancia y juventud de Álvaro del Portillo.
Después de estudiar Derecho en la Universidad Central, Ramón del Portillo trabajó como abogado en una de las principales entidades aseguradoras del país: la compañía Plus Ultra, cuya sede central se encontraba en la Plaza de las Cortes, nº 8.
Don Ramón era delgado de constitución, y los médicos le habían prescrito que tomara insulina en una cantidad moderada, pero casi diaria, para fomentarle el apetito y así hacerle ganar unos kilos. Recordaban sus hijos que por este motivo, en los momentos más inesperados padecía verdaderos ataques de hambre y, si se encontraba en la calle, debía entrar en la primera confitería o cafetería que encontrara a su paso para calmar esa sensación, que le resultaba casi intolerable[9].
Su hija Pilar le ha retratado como «un hombre pulcro y correcto en todo, muy educado y elegante. (...) Era muy bueno y tenía una gran preocupación por la educación de sus hijos; en la que se manifestaba, como en todo, su amor por el orden. Iba anotando en una agenda, día a día, todos los gastos que realizaba: periódico, tanto; tabaco, tanto; limosna, tanto. Porque daba siempre algo de limosna. Y anotaba también lo que iba entregando semanalmente a cada uno de sus hijos»[10].
Efectivamente, don Ramón tenía una pasión por la puntualidad y el orden que, en algunos aspectos, lindaba casi con la manía[11]. Por ejemplo, todos los días, a las dos y media en punto, volvía a casa: ni un minuto antes ni un minuto después. Otro detalle: le gustaba anotar, a mano, la evolución en el peso de sus hijos. Así, sabemos que el 12 de marzo, al día siguiente de nacer, Álvaro pesaba 3 kilos 240 gramos, y fue engordando cada semana hasta que cumplió seis meses y un día[12]. También anotó la altura: cuando cumplió 3 años, medía 93 centímetros[13].
Carlos, el hijo menor, lo recordaba como un padre muy afectuoso. «Le veo, serio, sereno, con sus finas gafas elípticas de montura metálica, trabajando en la mesa de su despacho. Me acerco tímidamente; me sonríe; abre un cajoncito y me enseña su interior. Se abre un mundo maravilloso para mí: allí están, perfectamente ordenados y alineados, los lápices, las plumas, las gomas de borrar y el resto de los útiles de escritura»[14].
Era aficionado a la lectura y a los toros. Cuando podía, acudía a la madrileña plaza de las Ventas; en caso contrario, se conformaba con seguir las corridas a través de la radio de válvulas (marca “Nora”), que tenían en casa[15]. De él, Álvaro tomó gusto a la “fiesta nacional” y, siendo muy niño, le acompañaba a la calle Victoria, junto a la Puerta del Sol, para comprar las entradas o abonos. Conocía bien a los toreros de la época y el lenguaje taurino. Incluso, durante la adolescencia y primera juventud, llegó a lidiar becerros[16].
Además, Ramón con cierta frecuencia acudía a ver partidos de pelota vasca y, en esas ocasiones, solía apostar pequeñas cantidades de dinero. Pero con una peculiaridad: apostaba por los dos contendientes. Después —con cierta ingenuidad, y para regocijo de la familia—, manifestaba que no sabía cómo se las arreglaba, porque nunca conseguía ganar ni una peseta; más aún, siempre salía con una pequeña pérdida. En cualquier caso, su sobriedad de vida era patente, sin dejar de actuar con naturalidad y de atenerse a las obligaciones propias de su estado social y profesional[17].
Sus hijos coinciden en señalar que era hombre “serio pero no severo”, «muy hogareño y los fines de semana los pasaba en casa, donde seguía costumbres inalterables. Los domingos, tras la Misa, sacaba a Tere y a Carlos, los pequeños, a pasear por el parque del Retiro (...). Naturalmente, antes de salir, los revisaba de pies a cabeza: si iban bien peinados, si tenían las manos limpias, si llevaban la ropa bien puesta... Y tras pasar revista y darles el visto bueno, se los llevaba, contento y feliz...»[18].
Álvaro disfrutó con su padre de una absoluta confianza filial, que se podría describir como amistad llena de intimidad[19].
 
 
2. Clementina Diez de Sollano
 
El abuelo materno de Álvaro del Portillo se llamaba Ramón Diez de Sollano (1855-1929). El apellido es “Diez”, y no “Díez”. Y se debe a que, «al parecer, había allí [en Sollano], en tiempos remotos, diez hermanos, señores del lugar, que “tanto montaban los unos como los otros”, como rezaba la firma que usaban: “uno de los diez de Sollano”. Y eso dio origen al apellido»[20]. Ramón era oriundo de Llodio (Álava), aunque sus raíces familiares se ubicaban en Zalla (Álava), a cuyo ayuntamiento pertenece Sollano[21]. Había sido educado en Francia y a los veintiún años se trasladó a México, siguiendo lo que era, más o menos, una tradición familiar. Allí, el 24 de abril de 1884, contrajo matrimonio con María de los Ángeles del Portillo, perteneciente a una familia de terratenientes del Estado de Morelos[22].
Su hija Clementina, madre de Álvaro, nació el 16 de abril de 1885, en Cuernavaca[23], y transcurrió buena parte de su infancia y juventud en dos haciendas de la familia, que llevaban el nombre de Buenavista y de San Antonio del Puente. Buenavista se encontraba a setecientos metros sobre el nivel del mar, y distaba unos cinco kilómetros de Cuernavaca y unos setenta de México capital. Producía guayaba, mango, plátanos, naranjas, café y una gran variedad de flores. San Antonio del Puente, por su parte, era un ingenio azucarero situado a veinte kilómetros de Cuernavaca[24].
Dolores, una de las hermanas de Clementina —era doce años más joven—, ha dejado unos recuerdos que retratan, con perspicacia, el estilo de la familia, en el que destacaban las virtudes de la reciedumbre, una sincera y profunda piedad religiosa y la generosidad en el servicio a los demás. Dolores dice que su vida era «algo salvaje y sin embargo metodizada y vigilada de cerca por nuestra madre que, con su fino tacto, hacía para nosotros invisible esa vigilancia»[25]. Y, como botón de muestra, relata que Clementina la levantaba todos los días a las seis de la mañana y la lavaba en una tinaja de agua fría[26]. Cuando creció un poco, el barreño fue sustituido por unas lagunas, conocidas como “Los Ojitos”, a las que acudían las dos cabalgando por la mañana temprano.
También añade que «Clemen —como llamaban en familia a la madre de Álvaro— era una gran amazona y montaba los caballos más bravos, que sabía sujetar y mandar admirablemente»[27]. En Buenavista se recordaba una ocasión en que la joven Clementina, ante la expectación de los peones y sus familias, se atrevió a decir que deseaba dar un paseo sobre “el Prieto”, un pura sangre negro que ninguna mujer había tratado de cabalgar hasta el momento, a causa de su fogosidad y brío. Ella lo consiguió[28].
Como era frecuente en aquellas propiedades, la hacienda de los Diez de Sollano tenía una iglesia, que destacaba entre los numerosos edificios. Allí se celebraba Misa los domingos y fiestas de guardar; durante el mes de octubre se rezaba el rosario todas las tardes y, con frecuencia, se oficiaba la bendición con el Santísimo Sacramento. La Semana Santa preveía, cada año, solemnes ceremonias litúrgicas y procesiones. Estas expresiones de vida cristiana reunían a la totalidad de los moradores, incluidos los campesinos con sus familias[29].
La madre de Clementina, doña María de los Ángeles se ocupaba personalmente de llevar a cabo tareas asistenciales, en las que hacía participar a sus hijas. «Tenía un verdadero orfanato, que era a la vez asilo de ancianos, en donde estos y los niños recibían cuidados maternales»[30]. También acudían a los hogares de los peones, para sostener a las familias espiritual y materialmente; y, cuando era el caso, para cuidar a los enfermos, asistir a las parturientas, ayudar a bien morir a los agonizantes y socorrer a las viudas[31].
La educación de Clementina se completó con unos años de estudio, en el colegio que las Esclavas del Sagrado Corazón dirigían en Londres. Alcanzó una buena preparación cultural. «Conocía el inglés y el francés, disfrutaba con la historia y la literatura —en particular, las biografías—, y seguía con interés las noticias de actualidad a través de los periódicos»[32]. Su formación doctrinal religiosa estaba por encima de lo habitual; su libro de cabecera era La imitación de Cristo, y le gustaba leer textos de espiritualidad[33].
Durante el periodo que transcurrió en Europa por motivos de estudio, sus padres se trasladaban durante el verano a España, y allí se reunía toda la familia en la casa que los del Portillo tenían en La Granja de San Ildefonso (Segovia). En esta localidad se conocieron Ramón del Portillo y Clementina Diez de Sollano.
Cuando se casó, en 1908, Clementina tenía veintitrés años. Desde entonces, fijó su residencia en Madrid. De todos modos, sus hijos testimonian que «se sintió siempre muy mexicana; conservaba, al hablar, el acento de su tierra natal; y eso le daba una especial dulzura y una suavidad casi musical al tono de su voz»[34].
Era muy piadosa: acudía a Misa todos los días[35]. Sus hijos la recordarán siempre como una mujer serena, plácida, de una gran bondad; pero, cuando era necesario, sabía actuar con decisión y energía[36]. Les inculcó «una gran rectitud moral, sin sentimentalismos ni beaterías; era muy recta en todo y, al mismo tiempo, nada rígida: nos educó siempre con una gran sentido común y sobrenatural»[37]. «No la oí criticar a nadie jamás. (...) Nos repetía que no debíamos hablar nunca mal de nadie, y hacía hincapié en que desecháramos los juicios temerarios»[38].
También destacaba en ella un recio espíritu de mortificación. Su hijo Carlos no olvidó que «se daba unos baños de agua fría, de madrugada, cuando creía que nadie la escuchaba. Sin embargo, era inevitable que se le escapasen algunas exclamaciones por el frío y que percibiéramos, a esas horas de la noche, el ruido del agua, por muy discretamente que quisiera hacerlo. Al día siguiente, cuando le preguntábamos, salía siempre con alguna evasiva, o procuraba cambiar de conversación, como si fueran imaginaciones nuestras»[39].
Su sobrina Isabel Carles resume el modo de ser de su tía Clementina, asegurando que era «la viva imagen de una madre santa que se sacrifica por entero por sus hijos»[40].
En noviembre de 1910 se produjo el comienzo de la revolución mexicana, en la que personajes como José Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Francisco (Pancho) Villa o Emiliano Zapata saltarían a la fama internacional por motivos diversos. Se habían convocado elecciones políticas y uno de los candidatos a la presidencia, Francisco Ignacio Madero, llamó al levantamiento armado contra el dictador Porfirio Díaz, por considerar que se había falsificado el resultado de las urnas. Pronto, el conflicto se convirtió en una guerra civil que se prolongó por muchos años, y produjo muchísimas víctimas directa o indirectamente (algunos autores hablan de un millón de muertos; otros, llegan a calcular hasta dos millones).
Como sucedió a muchos otros terratenientes a consecuencia de las revueltas, los Diez de Sollano perdieron sus propiedades y el padre de Clementina salvó la vida de milagro. Ante tal situación, don Ramón decidió emigrar a España[41] y, según relata Pilar del Portillo, «fueron los propios revolucionarios los que le facilitaron la salida del país porque sabían que era un hombre honrado y que se había preocupado siempre por elevar el nivel de vida de los campesinos y obreros de sus fincas»[42].
La fama de honestidad del abuelo de Álvaro perduró a lo largo de los años, y en 1951, el diario mexicano Excelsior-El Periódico de la Vida Nacional publicó un artículo titulado Haciendo Justicia a los Hacendados de Morelos, en el que se reconocía que «hubo algunos hacendados que ni siquiera cometieron el error de los demás, y entre ellos son dignos de mencionarse los Sres. D. Ramón Diez de Sollano y su digna esposa Dña. María Portillo de Diez de Sollano, copropietarios de las Haciendas de San Antonio de El Puente y de Buenavista», en las que «nunca se despojó de tierras a los humildes campesinos y siempre se cumplieron los deberes impuestos por la justicia social, la solidaridad humana y la caridad cristiana, conformes a la Encíclica Rerum Novarum del inmortal Pontífice León XIII, difundida en el estado de Morelos con singular celo apostólico por el segundo Obispo de Cuernavaca, Señor Doctor D. Francisco Plancarte y Navarrete, de grata y gloriosa recordación para nosotros los morelanos»[43].
Con estos antecedentes, se comprende que Álvaro heredase un gran cariño por la nación mexicana. Siendo ya de edad avanzada, recordaba que cuando era niño, la abuela María de los Ángeles —que tenía muy mal oído musical—, le mecía en brazos para que se durmiera, mientras le cantaba a modo de nana el himno nacional de su país, aunque la letra quizá no fuera la más adecuada para atraer el sueño a un bebé: Mexicanos, al grito de guerra, el acero aprestar y el bridón, y retiemble en sus centros la tierra al sonoro crujir del cañón...
 
 
3. Una familia profundamente unida
 
Aunque los Diez de Sollano perdieron sus posesiones más importantes hacia 1910, aún habrían de transcurrir dos décadas para que las dificultades pecuniarias afectaran también al matrimonio formado por Ramón del Portillo y Clementina Diez de Sollano y, consiguientemente, a sus hijos. Por el momento, su condición económica era desahogada ya que, junto a los ingresos profesionales, Ramón contaba con el patrimonio familiar heredado: una finca en Leganés y varias casas en Madrid[44].
Al nacer Álvaro, el 11 de marzo de 1914, la familia vivía en una de las mejores zonas residenciales de la capital. La neutralidad española durante la Guerra Mundial estaba convirtiendo a Madrid en una encrucijada de intereses políticos y mercantiles, que se manifestaban también en una intensa actividad arquitectónica y urbana. La ciudad comenzó a transformarse en una gran metrópoli europea, que alcanzaría el millón de habitantes a finales de los años veinte[45].
Los del Portillo y Diez de Sollano también continuaban creciendo. En septiembre de 1916 vino al mundo la primera hija, Pilar; y, en mayo de 1918, José María[46]. Ambos nacieron en Burgos, donde entonces residían los abuelos maternos[47].
Formaban una familia «profundamente unida»[48], con hondas raíces católicas. En un artículo póstumo, Mons. del Portillo dejó escritas unas palabras sobre la familia en las que quizá aletea el eco de recuerdos biográficos: «Es justamente la familia —comunión de personas entre las que reina el amor gratuito, desinteresado y generoso— el lugar, el ámbito en el que, más que en cualquier otro, se aprende a amar. Es la familia una auténtica escuela de amor»[49].
A los dos años y nueve meses de nacer, el 28 de diciembre de 1916, Álvaro recibió el sacramento de la Confirmación de manos de Mons. Eustaquio Nieto y Martín, Obispo de Sigüenza, en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, en Madrid[50]. Era entonces legítima costumbre en España que los niños fuesen confirmados a esas edades. El templo, de estilo neogótico sobre una planta longitudinal de tres naves y con una torre de cuarenta y cuatro metros de altura, había sido terminado dos años antes.
A medida que fue creciendo en edad aprendió de sus padres a vivir algunas costumbres cristianas, como cuidar las oraciones de la mañana y de la noche, bendecir la mesa, rezar el Rosario[51] y otras invocaciones marianas que repitió piadosamente hasta su muerte. Por ejemplo, una que dice: «Dulce Madre, no te alejes / tu vista de mí no apartes / ven conmigo a todas partes / y solo nunca me dejes. / Ya que me proteges tanto / como verdadera Madre / haz que me bendiga el Padre, / el Hijo y el Espíritu Santo»[52].
Ramón y Clementina también enseñaron a sus hijos a cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia. No forzaban a ninguno, pero sabían ayudarles prudentemente para que frecuentasen los sacramentos[53]. Los domingos acudía toda la familia junta a Misa. Después, recuerda Teresa, «nos dábamos un paseo por el Retiro con mis padres, que se llevaban muy bien entre sí»[54]; y don Ramón «les invitaba a patatas fritas y gaseosa»[55].
Cuando cumplió los 75 años, Mons. del Portillo evocó en una homilía el clima cristiano que reinaba en aquel hogar: «Eché una mirada rápida a mi vida, y me vinieron a la memoria y al corazón tantos beneficios del Señor: una familia cristiana, unos padres que me enseñaron a ser piadoso, una madre que me inculcó una devoción especial al Sagrado Corazón y al Espíritu Santo, y una particular veneración a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, y... ¡tantos otros bienes!» [56].
Las prácticas de piedad iban unidas al sentido del trabajo y del aprovechamiento del tiempo. Por ejemplo, la madre reunía a los pequeños para confeccionar alfombras de nudos en el comedor, que es una tarea útil y, al mismo tiempo, divertida. Doña Clementina llevaba una tela de arpillera, coloreada, y cada hijo iba metiendo la lana del color del dibujo que le correspondiese. Después, con ayuda de un ganchillo, se iban haciendo los nudos[57].
Y todo eso con el cuidado de la buena educación y de los modales. Pilar del Portillo asegura que eran unos niños «bastante formalitos», que sabían saludar a las visitas cumpliendo las normas de «la etiqueta y la compostura»[58].
Pero, sobre todo, Ramón y Clementina ofrecieron a sus hijos, como ha quedado reflejado en las páginas precedentes, un elevado ejemplo de amor, lealtad, fortaleza, laboriosidad, orden, puntualidad, generosidad y servicio a los demás.
 
 
4. Un niño como los demás, aunque algo travieso
 
Álvaro creció con normalidad. Gracias a los apuntes que tomaba su padre, sabemos que su desarrollo físico fue superior a la media de la época. A los tres años se aproximaba al metro de altura[59].
Los que le conocieron durante la infancia lo describen como un niño alegre. Según su hermana Pilar, era «feliz, gracioso, algo gordito, con cara de bueno, con el gesto simpático y risueño. Un niño como todos los niños: deportista, juguetón, divertido y algo travieso»[60]. Su prima Isabel Carles añade que tenía «una gran capacidad de entusiasmo»[61], aunque quizá sería más exacto decir que manifestaba una clara tendencia a ser revoltoso.
Mons. Echevarría recuerda una trastada, que escuchó de labios del protagonista. «En una fiesta fueron varias visitas a casa de sus padres; entre esas personas, había un señor que utilizaba —era corriente entonces— bigotes a lo Kaiser. Contaba que le había llamado la atención ese rostro, y se acercó a su padre para decirle que le venía el deseo de restregar con un poco de chile picante la boca de aquel amigo de la familia. Naturalmente su padre le comentó que no se le ocurriera hacer tal travesura. Pero el niño no resistió y actuó de esa forma poco correcta.
»Aquel hombre no solamente se molestó de modo manifiesto, como era lógico, sino que, al ver la sonrisa involuntaria de don Ramón, porque la situación era un poco cómica, aumentó su enfado y citó en duelo al padre de Álvaro. Don Ramón, hombre de criterio cristiano, aparte de pedir perdón, quitó hierro al asunto y manifestó de modo claro y terminante que no era ni procedente, ni de acuerdo con la fe llegar a esos términos del duelo, situación que jamás aceptaría, precisamente porque conocía que un cristiano no puede actuar así. El asunto terminó sin más consecuencias que el enfriamiento por parte de ese hombre de su amistad con la familia»[62].
Otras manifestaciones de su fogosidad de carácter estuvieron ligadas al aprendizaje de lenguas extranjeras. Don Ramón y doña Clementina deseaban que sus hijos aprendiesen francés e inglés y, desde muy pequeños, les pusieron profesoras particulares. Las dos maestras —Mademoiselle Anne y Miss Hoches— eran personas exigentes en su labor y Álvaro, que en aquel momento no compartía el interés por los idiomas, «en algunas ocasiones se enfadaba, se echaba al suelo, e intentaba morderles en las piernas»[63]. Naturalmente, este comportamiento recibía siempre las correcciones oportunas por parte de don Ramón o de doña Clementina.
El pequeño Álvaro quería mucho a sus padres y a sus hermanos. Sin embargo, cuando perdió la condición de “benjamín de la casa” al nacer su hermana Pilar, parece que tuvo un poco de celos ante los mimos que todos dirigían hacia la hermanita. Sus padres le decían que “la envidia pone la cara amarilla”. Y un día le sorprendieron delante del espejo de un armario, comentando en voz alta: «Dicen que los niños que tienen envidia, se ponen amarillos; yo tengo una envidia grandísima y estoy bien blanco»[64].
En mayo de 1919, el rey Alfonso XIII consagró España al Sagrado Corazón de Jesús. Pero el anticlericalismo —si bien amortiguado en la agenda política— siguió extendiéndose entre intelectuales y obreros. Don Prudencio Melo y Alcalde, Obispo de Madrid, sintetizaba la situación espiritual de su diócesis en aquellos momentos con estas palabras: «Los buenos se hacen cada día mejores, como lo demuestra el aumento de la frecuencia de sacramentos y de las organizaciones parroquiales; los malos: una parte se vuelve peor, debido a la presencia del socialismo, del liberalismo y de la prensa impía e indiferente, y otra parte se hace mejor, a causa de las actividades apostólicas»[65].
En febrero de 1920 nació Ángel, el sexto vástago de la familia[66]. Un mes más tarde, Álvaro cumplió seis años y, en octubre, empezó su vida escolar en el Colegio de Nuestra Señora del Pilar. Como es lógico, en aquellos momentos no podía valorar o percibir los cambios que experimentaba la sociedad española, pero las aguas se agitaban cada vez más y en la segunda década del siglo iba creciendo la inestabilidad política y social. Una serie de gobiernos débiles y de corta duración no fueron capaces de ofrecer soluciones eficaces al recrudecimiento de la guerra en Marruecos, ni a las tensiones internas —unas de matriz sindical y otras nacionalistas—, que iban en aumento. De hecho, en las ciudades más importantes, como Madrid o Barcelona, crecía el número de muertes provocadas por el “pistolerismo”, es decir los homicidios de carácter político a manos de asesinos a sueldo: se calcula que fueron más de 200 en aquellos años[67].
 
 

[1] Cfr. Partida de nacimiento de Álvaro del Portillo, AGP, APD D-6007.

[2] El sacerdote don Rafael López García le administró el sacramento, mientras que los padrinos fueron su tío materno Jorge Diez de Sollano y Portillo, representado durante la ceremonia por el abuelo paterno, y la tía paterna María del Carmen Portillo Pardo: cfr. Partida de Bautismo (Madrid, 21-IV-1958), AGP, APD D-6005.

[3] Cfr. Partida de matrimonio de Clementina Diez de Sollano y Ramón Portillo y Pardo (Cuernavaca, 24-V-2001), AGP, APD D-18861.

[4] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 4.

[5] Cfr. Árbol genealógico, AGP, APD D-6021.

[6] Cfr. Certificado de nacimiento de Ramón del Portillo Pardo, AGP, APD D-6129.

[7] Nacida en Madrid el 6-X-1882 (cfr. Documento nacional de identidad, AGP, APD D-6098).

[8] Nacida en Madrid el 23-X-1883 (cfr. Documento nacional de identidad, AGP, APD D-6099).

[9] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 4.

[10] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 5-6.

[11] Cfr. ibid.

[12] Anotaba el peso y la edad exacta. Por ejemplo: “Día 13 de julio (4 meses y 2 días) 6 kilos 450 gramos” (ibid.).

[13] Cfr. ibid.

[14] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 1.

[15] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 6.

[16] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 44. «Buen conocedor de estas aficiones y, sobre todo, de la brega diaria de don Álvaro, Mons. Escrivá estampó esta dedicatoria en un ejemplar de Camino, allá por 1949: “Para mi hijo Álvaro, que, por servir a Dios, ha tenido que torear tantos toros”» (ibid., p. 45).

[17] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 7.

[18] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 6.

[19] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 4.

[20] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 3.

[21] Esto haría que, a lo largo de su vida, Álvaro manifestase un cariño particular al País Vasco. Recordando a sus antepasados, empleaba a veces algunas palabras en euskera: concretamente, sabía contar hasta diez en esta lengua y, a veces, usaba el término “ganorabako”, que había oído a una abuela suya, para significar personas sin fuste (cfr. Testimonio de Ignacio-Javier Celaya Urrutia, AGP, APD T-19254, p. 70).

[22] «Algunos Portillo y algunos Diez de Sollano se fueron trasladando a México durante los siglos XVII y XVIII, donde hicieron fortuna. Los Diez de Sollano, en concreto, se convirtieron, con el paso del tiempo, en unos grandes hacendados del Estado de Morelos» (Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 3).

[23] Cfr. Partida de nacimiento de Clementina Diez de Sollano Portillo, AGP, APD D-17118.

[24] Cfr. Relato de Dolores Diez de Sollano y Portillo, tía de Álvaro, sobre los antecedentes familiares, AGP, APD D-6022, p. 72.

[25] Ibid., p. 71.

[26] Cfr. ibid., p. 75.

[27] Ibid., p. 78.

[28] Cfr. ibid.

[29] Cfr. ibid., p. 66.

[30] Ibid.

[31] Cfr. ibid.

[32] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, pp. 1-2.

[33] Cfr. ibid. Como es sabido, La imitación de Cristo —obra generalmente atribuida a T. de Kempis, aunque su autoría es dudosa—, ha sido uno de los textos de espiritualidad más populares en la Iglesia desde el siglo XV, hasta tal punto que llegó a decirse que era el libro católico más editado después de la Biblia.

[34] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 6.

[35] Cfr. ibid.

[36] Cfr. ibid.

[37] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 6-7.

[38] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 1.

[39] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 4.

[40] Testimonio de Isabel Carles Pardo, AGP, APD T-0137, p. 1.

[41] En el certificado de nacimiento de Ramón del Portillo Diez de Sollano se atestigua que sus dos abuelos maternos, Ramón Diez de Sollano y María del Portillo, en 1910 estaban domiciliados en Madrid (cfr. AGP, APD D-6133).

[42] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 4.

[43] «Haciendo Justicia a los Hacendados de Morelos», en Excelsior-El Periódico de la Vida Nacional, 5 junio 1951, reproducido en el Relato de Dolores Diez de Sollano y Portillo, AGP, APD D-6022, p. 62.

[44] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 7.

[45] Sobre la historia de la ciudad se puede consultar Fernández, A. (Ed.), Historia de Madrid, Editorial Complutense, Madrid, 1994, pp. 515-548.

[46] Cfr. Árbol genealógico, AGP, APD D-6021.

[47] Cfr. Certificado de nacimiento de Pilar del Portillo Diez de Sollano, AGP, APD D-6144.

[48] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 7.

[49] Del Portillo, Á., “Una familia muy numerosa”, en Mundo Cristiano, n. 385, 1994, p. 26.

[50] Los padrinos fueron José María Palacio y Abarzuza, Conde de las Almenas, y Carmen Angoloti, Duquesa de la Victoria. Cfr. Partida de confirmación (Madrid, 22-III-1944), AGP, APD D-6006.

[51] Cfr. Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 2.

[52] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 13-14.

[53] Cfr. ibid., p. 7.

[54] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 2.

[55] Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 27.

[56] Del Portillo, A., Homilía con ocasión de su 75º cumpleaños, 11-III-1989: AGP, Biblioteca, P02, 1989, p. 286.

[57] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 7.

[58] Ibid., p. 9.

[59] Cfr. Anotaciones de Ramón del Portillo sobre el peso de su hijo Álvaro hasta los 6 meses y 19 días; y sobre la altura a los 3 años (AGP, APD-6015).

[60] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 8.

[61] Testimonio de Isabel Carles Pardo, AGP, APD T-0137, p. 1.

[62] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 5.

[63] Ibid.

[64] Esta frase la recordaba Mons. Echevarría el 11 de abril de 2003, durante una reunión familiar: AGP, Biblioteca, P01, 2003, 423.

[65] Relación diocesana de Mons. Melo y Alcalde, 1922, cit. en Requena, F., Vida religiosa y espiritual en la España de principios del siglo XX, en Anuario de Historia de la Iglesia, 11 [2002], p. 39. El Papa León XIII, en la Encíclica Rerum Novarum, promulgada el 15-V-1891 (Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892, pp. 97-144), había tomado posición sobre las cuestiones sociales, fundando la moderna doctrina social de la Iglesia. En ese documento, se denunciaban los errores del socialismo y del liberalismo. «Los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes (...). Esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras (...). Pero, lo que todavía es más grave, proponen un remedio en pugna abierta contra la justicia, en cuanto que el poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza. (...) Es mal capital, en la cuestión que estamos tratando, suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en un perpetuo duelo» (nn. 2, 4 y 14). A la vez, señalaba los deberes de los patronos: «No considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, (...) lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro (...). Entre los primordiales deberes de los patronos se destaca el de dar a cada uno lo que sea justo» (n. 15).

[66] Cfr. Árbol genealógico (AGP, APD-6021).

[67] Cfr. Tusell, J., Historia de España en el siglo XX: del 98 a la proclamación de la República, Madrid, Taurus, 1998, 581 pp. y Ben-Ami, S., La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930, Barcelona, Planeta, 1983, 326 pp.

Capítulo 2 Ocho años en el Colegio del Pilar
 
En octubre de 1920, Álvaro comenzó sus estudios en el Colegio del Pilar. En aquel año, la familia se había trasladado al último piso de la calle Conde de Aranda, nº 16, muy cerca de su anterior domicilio y de la parroquia de San Manuel y San Benito, que destaca por su característica cúpula neo-bizantina.
En el mismo inmueble, unas plantas más abajo, vivían las tías paternas Pilar y Carmen, que era la madrina de Álvaro. Pilar del Portillo las recordaba como «dos señoras mayores[68], solteras, alegres, cariñosas, simpáticas, que se dedicaban a hacer obras de caridad y nos querían con locura. Eran muy piadosas. Acudían todos los días a la iglesia de San Manuel y San Benito a la reserva del Santísimo y a la Santa Misa; participaban en muchos actos de piedad y tenían en su casa un Oratorio privado»[69]. Con frecuencia, Álvaro y sus hermanos bajaban a la casa de las tías Pilar y Carmen, donde se encontraban “a sus anchas”[70].
Estas dos mujeres, movidas por su celo cristiano, colaboraban con el Patronato de Enfermos, una obra asistencial que las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón desarrollaban en la calle de Santa Engracia, n. 13, y desde la que atendían, material y espiritualmente, a millares de pobres y enfermos de los suburbios de Madrid[71]. Allí tendrían ocasión de conocer, años después, a don Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, que ayudaba con su ministerio pastoral en aquella iniciativa.
 
 
1. La Enseñanza Elemental
 
El 4 de octubre de 1920 fue para Álvaro —que ya había cumplido los seis años— su primer día como alumno del Colegio de Nuestra Señora del Pilar[72]. En aquel momento, la Primera Enseñanza en España comprendía cuatro cursos: Parvulitos, Párvulos, Elemental e Ingreso.
El Colegio Nuestra Señora del Pilar, dirigido por los religiosos Marianistas, llevaba funcionando trece años en Madrid y gozaba de prestigio[73]. Los miembros de la Compañía de María, con sus características levitas negras, que usaban en lugar del común hábito religioso —por lo que se les conocía con el apelativo de “los levitas”—, formaban ya parte del paisaje urbano del barrio de Salamanca. Al comenzar el curso académico 1920-1921 el colegio contaba con ochocientos setenta alumnos, y más de cien muchachos habían visto rechazada su solicitud de inscripción por falta de espacio[74].
El estilo pedagógico de los Marianistas se caracterizaba por el respeto al alumno, al que se procuraba inculcar una disciplina “ligera e interiorizada”. Las palabras evangélicas “la verdad os hará libres”, constituían el lema que los chicos encontraban escrito en grandes caracteres, cada día, al acceder a las aulas. Uno de los anuncios, que se publicaron en los periódicos para atraer a los primeros estudiantes, rezaba así: «El espíritu distintivo del Colegio es el que reina en toda familia cristiana». Y, con frecuencia, se explicaba a los padres que los docentes se proponían colaborar con la familia, pero no sustituirla[75].
El centro educativo se enorgullecía de ofrecer una educación “moderna”, que buscaba potenciar la “armonía entre el cuerpo y el alma”. En este contexto, los deportes, las excursiones y los viajes formaban parte relevante de su programa formativo. Igualmente, se ofrecían a los alumnos conferencias dictadas por personajes de renombre en el ámbito cultural, así como actividades de teatro y de periodismo. También se inculcaba el aprendizaje de lenguas extranjeras, especialmente el francés, que los chicos debían practicar en los recreos. El horario, de acuerdo con los usos de la época, se prolongaba de lunes a sábado. Las clases comenzaban a las nueve de la mañana y duraban hasta la una del mediodía, interrumpidas por un rato de recreo de once a once y media. Por la tarde, las lecciones empezaban a las tres y concluían a las cinco y media.
La formación religiosa era esmerada. Ruiz de Azua la sintetiza así: «Educación religiosa: se atendió a ella con cuidado. Capillas atrayentes. Misa con plática entre semana. Rezos en las clases. Rosario los sábados. La práctica de los primeros viernes bien atendida. Curso de religión bien cuidado. La lectura espiritual y el examen de conciencia en clase, al terminar el día (...). La Congregación. La preparación esmerada de las primeras comuniones. La misa voluntaria antes de las clases del día»[76]. También se fomentaban la confesión y la comunión semanales[77].
La “práctica de los primeros viernes”, que acabamos de mencionar, se refiere a la costumbre de comulgar los primeros viernes de mes, que se introdujo en la Iglesia gracias a santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), la gran propagandista de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El Señor había indicado a esta santa religiosa que quien acudiera a la Comunión ese día con las disposiciones adecuadas, durante nueve meses seguidos, tendría una precisa ayuda de Dios en el momento de la muerte. Álvaro comenzó en el colegio a vivir esta devoción y también procuró extenderla entre sus conocidos y compañeros[78].
Otra manifestación de fervor que se difundía entre los alumnos del Pilar era el Via Crucis. Muchos años más tarde, Mons. del Portillo recordaba que en el texto que se seguía en el colegio, «en la última estación, la Sepultura del Señor, repetíamos unos versos muy malos, pero que ayudaban a remover el alma; a mí me siguen removiendo. Dice esa letra: Al rey de las virtudes, / pesada losa encierra; / pero feliz la tierra / ya canta salvación. Así es. Dios muere, para que nosotros vivamos; es sepultado, para que nosotros podamos llegar a todas partes. Por eso la tierra canta feliz la salvación»[79].
De modo muy especial se fomentaba el amor a la Virgen María. Las Congregaciones, consideradas por los Marianistas como el motor y la fuerza del Colegio, tenían una presencia muy visible. Se organizaban por secciones, más o menos según las edades de los alumnos, y cada una tenía un presidente y un secretario[80]. Cada año, se celebraba con gran solemnidad la fiesta de la Virgen del Pilar. Ese día, el Provincial de los Marianistas predicaba un sermón sobre las glorias de Nuestra Señora y las autoridades de las Congregaciones renovaban su consagración a la Virgen.
La preparación esmerada de las Primeras Comuniones era otro rasgo distintivo del Colegio y, de hecho, su celebración constituía uno de los momentos más solemnes del curso académico. Álvaro hizo su Primera Comunión el 12 de mayo de 1921[81]. Muchos años después, rememoraba que antes de recibir a Jesús Sacramentado fue a confesarse gustosamente, porque Dios le iba a perdonar sus faltas, y salió del confesonario con una paz y alegría muy grandes. También añadía que en aquel momento se había sentido “importante” al ver el cariño con que le había tratado el sacerdote, en nombre de Jesucristo[82]. Desde entonces, buscó y acudió periódicamente a este sacramento.
Recibió la Primera Comunión en la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, como venía siendo costumbre en el Colegio[83], formando parte de un grupo de más de cien alumnos, de los cuales solo doce eran Parvulitos. Los demás eran algo mayores y, entre ellos, se encontraba José María Hernández Garnica[84], que estudiaba un curso por delante y que en 1943 recibiría junto a Álvaro la ordenación sacerdotal[85].
Como estampa recordatorio de la ceremonia, los padres de Álvaro escogieron un modelo francés que se usaba en el Pilar, y que representaba a un niño de una familia de primeros cristianos comulgando en lo que parece ser una domus ecclesiæ[86]. No faltó tampoco, para inmortalizar el momento, la foto de Álvaro vestido con el entonces típico traje de marinero[87].
Mons. del Portillo mantuvo muy vivo hasta su muerte el recuerdo de la primera vez que recibió a Jesús Sacramentado. Son numerosos los testimonios que refieren cómo, pasados los años, evocaba con cariño ese aniversario. Así, por ejemplo, en 1983, confiaba a un pequeño grupo de personas: «62 ó 63 años que llevo comulgando a diario y es como una caricia de Dios»[88].
Desde aquel día, Álvaro comenzó a recibir la Santísima Eucaristía asiduamente, observando el ayuno previsto por las normas litúrgicas, que entonces se extendía desde la medianoche anterior[89]. «Eso suponía —comentaba su hermana Pilar— marcharse al colegio todas las mañanas sin probar bocado. Es duro para un chico joven empezar el día sin desayunar. Sin embargo, él lo hacía todos los días sin darle importancia: se iba sin tomar nada, sonriente, solo con un pedazo de pan que guardaba, envuelto, en el bolsillo. —Álvaro, ¿no desayunas?, le preguntábamos. —No, no, me basta con esto —nos decía, señalando el panecillo. Y así, un día y otro, desde muy pequeño»[90].
Y glosaba Pilar: «Ahora, desde la distancia que dan los años, me doy cuenta de que, ya desde muy pequeño, el amor de Dios se fue apoderando del alma de mi hermano Álvaro con una fuerza singular. Y todo con naturalidad, sin estridencias. Era un niño piadoso, con una piedad que se manifestaba en cosas muy sencillas que, al principio, no llamaban la atención en el ambiente de nuestra familia. Muchas de estas manifestaciones de piedad se dan en los niños buenos de las familias católicas; sin embargo, lo sorprendente es que Álvaro no cambió nunca: y sin caer en infantilismos, o en ingenuidades, (...) siguió guardando, en el fondo de su alma, aquella inocencia, aquella sencillez, aquella búsqueda sincera de Dios que tenía cuando era muy pequeño. Yo le recuerdo, con el paso de los años, siempre igual»[91].
Tras la celebración de las primeras comuniones, el año académico se aprestaba a recorrer sus últimas etapas y los exámenes resultaban cada vez más cercanos. Ciertamente, los alumnos eran sometidos a evaluaciones periódicas desde el mes de octubre, pues el sistema pedagógico del Colegio se basaba, en gran parte, en la motivación mediante la emulación y el liderazgo. Las calificaciones eran semanales y cada materia se puntuaba sobre cien. Había tres grados de notas y los que a lo largo del mes no habían sacado ningún tercer grado figuraban en el Cuadro de Honor. Todos los días, además, se hacía mención de los dos mejores alumnos en el Orden del día y al final del curso aparecían, en el Libro de Oro, aquellos que solo habían sacado primeros grados durante todo el año[92].
No se han conservado las evaluaciones de Álvaro durante sus cuatro cursos de Primera Enseñanza. No obstante, las revistas del Colegio permiten conocer que durante su año de Parvulitos apareció en el Libro de Oro, lo que implicaba —como se ha dicho— haber obtenido la calificación de primer grado todo el año[93]. También apareció citado en algún Orden del día, lo que conllevaba haber sido el primero o el segundo de la clase en el total de notas semanales[94].
Terminado el curso académico, la familia del Portillo se trasladó a La Granja de San Ildefonso, en la provincia de Segovia, para pasar los meses de verano lejos del calor de Madrid[95].
Por lo que se refiere a la salud de Álvaro durante esta etapa, solo cabría apuntar la aparición de una escarlatina, que no tuvo particular trascendencia.
El 3 octubre de 1921, emprendió su segundo año escolar como Párvulo. Los alumnos se encontraron algunas novedades al regreso de sus vacaciones. Sin duda, la más evidente fue el estreno de la nueva sede del Colegio, en la calle Castelló: una imponente construcción de estilo neogótico, patrocinada por la Duquesa de Sevillano, con el fin de ser un internado para muchachas de la aristocracia. Al morir la promotora, el proyecto no siguió adelante, y los Marianistas adquirieron el edificio.
Otro cambio en la vida colegial fue la supresión de la sesión cinematográfica que en años anteriores solían tener en el Royalty. El dinero que comportaba sacar adelante esta actividad —alquiler de las películas, etc.— se destinó a las familias de los soldados que luchaban en Marruecos, entre los que se encontraban antiguos alumnos del Pilar.
Como ya se ha apuntado, el año 1922 comenzó con el fallecimiento de Benedicto XV. El 6 de febrero fue elegido para sucederle, el Cardenal Arzobispo de Milán, que tomó el nombre de Pío XI, e inauguró solemnemente su pontificado tres días después en la Plaza de San Pedro: se trató de la primera coronación pública de un Papa desde 1870.
Entre los acontecimientos de aquel periodo académico, quizá quedaría grabada en la memoria de los alumnos del Pilar la visita que les hizo, en mayo de ese año, el Nuncio Federico Tedeschini. El representante papal, según sus propias palabras, estuvo «admirando con emoción gratísima el estado floreciente de la vida religiosa y de la vida intelectual y civil de los numerosos alumnos»[96].
Nuevamente llegó el mes de junio con el final de curso. Tras las habituales vacaciones en La Granja, Álvaro acometió su tercer año escolar. En octubre de 1922, pasó a Elemental. Un compañero de aula, Javier García Leániz, que se incorporó ese curso al colegio, ha dejado escrito un vivaz testimonio sobre el carácter y la personalidad de Álvaro a los ocho años:
 
«Soy médico pediatra y he tratado, a lo largo de mis cuarenta años de ejercicio profesional, a miles de niños y adolescentes. Recuerdo a muchos de ellos y podría contar numerosas anécdotas. Pero hay un niño, un adolescente, que no he podido olvidar a lo largo de mi vida. Era mi compañero de pupitre. (...) Me destinaron a la clase de Elemental, que era la anterior a la de Ingreso, y me senté tímidamente en la fila de pupitres que había más cerca de la ventana, creo que en la penúltima fila. A mi izquierda estaba un niño de ocho años, como yo, algo gordito, sonriente, de aspecto bondadoso y simpático. Se llamaba Álvaro del Portillo. (...) Álvaro me cayó especialmente simpático, desde el primer momento, por su bondad, por su sencillez y por su alegría. Era profundamente bueno.
»Recuerdo que un día amaneció especialmente soleado, y don Vicente, el profesor, nos dijo de repente: —Como hace tan buen día, en vez de dar clase, vamos a dar un paseo por el Retiro. —¡Vivaaaa!, grité yo, todo contento, levantándome de un brinco y dándole varios abrazos a Álvaro. A mis ocho años, me seducía aquel cambio de las aulas y los libros por los árboles y el estanque con barcas del Retiro.
»Pero al profesor no le gustaron nada mis súbitos entusiasmos y mis gritos estentóreos y consideró que aquel júbilo y aquellos abrazos constituían una falta de disciplina y de educación intolerables. Y castigó a toda la clase sin paseo.
»Mi gozo en un pozo. Me quedé perplejo ante la reacción del profesor y un poco asustado por la opinión de mis compañeros. Entonces, para asombro mío, Álvaro, en vez de decirme que era un tonto y que, por mi culpa, nos habíamos quedado todos sin excursión al Retiro, me disculpó con aquella sonrisa y aquella simpatía tan suya»[97].
 
Durante aquel curso, Álvaro continuó con su buen aprovechamiento académico, y fue incluido de nuevo en el Libro de Oro[98]. Algunos de los textos escolares que se empleaban en Elemental quedaron presentes en su recuerdo, como los manuales de caligrafía de don Eduardo Cotelo, muy difundidos en las escuelas de toda España durante el primer tercio del siglo XX: andando los años, le dio alegría saber que también el Fundador del Opus Dei había utilizado en su colegio cuadernos de este autor[99].
Junto a las actividades estrictamente curriculares, los alumnos de Elemental hicieron algunas visitas al Asilo de las Hermanitas de los Pobres, para llevar un poco de alegría a los ancianos y necesitados allí acogidos. Se trataba de una costumbre que se vivía en El Pilar desde sus inicios. A lo largo de los meses, tampoco faltaron las rifas, las exposiciones de diversos tipos o las conferencias en torno a las misiones, especialmente de Japón, donde los Marianistas dirigían varios colegios. Una novedad de aquel año fue que, por primera vez, los alumnos hicieron ejercicios espirituales[100].
El final del curso académico se vio sobresaltado por el asesinato del Cardenal Juan Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, acribillado a balazos por unos anarquistas en la tarde del 4 de junio de 1923. La situación social en España había degenerado enormemente y eran casi unánimes las voces que pedían un cambio político, que llegó el 13 de septiembre de 1923, bajo forma de golpe de estado. En esa fecha, el general Miguel Primo de Rivera —con la aquiescencia del rey Alfonso XIII— instauró una dictadura que se prolongaría hasta 1930.
Pero el nuevo régimen no fue capaz de solucionar los graves problemas sociales que aquejaban a España —salvo la cuestión de Marruecos—, aunque supuso un tiempo de estabilidad política y de desarrollo económico: el sector industrial creció notablemente; se dio un impulso a la alfabetización de los habitantes; mejoró el sistema de comunicaciones; aumentó la población urbana, sobre todo en Madrid. A la vez, se desarrollaron movimientos políticos (en 1921 se había fundado el Partido Comunista español), sindicales e intelectuales antirreligiosos, que iban sembrando el odio a la Iglesia católica en amplios estratos de la población.
En octubre, Álvaro empezó el curso previo al bachillerato, conocido como “Ingreso”, en el que tuvo ocasión de seguir las lecciones de don Pedro Martínez de Saralegui, autor de una recopilación de lecturas sobre la historia de la conquista de América, que llevaba por título La leyenda blanca[101]. El 6 de junio de 1924, aprobó el examen de ingreso, en el Instituto General y Técnico “Cardenal Cisneros”: la prueba consistió en un dictado tomado del Quijote y una división de dos cifras[102].
Empezaba una nueva etapa. No obstante, antes de abordarla interesa hacer una breve referencia a su salud. En la instancia que había presentado en abril para solicitar examinarse en junio, después de exponer que había efectuado los estudios que se exigen para la prueba de ingreso en la segunda enseñanza, añadía que debería «ausentarse de Madrid durante los meses de verano para atender a su salud...»[103].
¿Cuál era el motivo de esa aclaración? Los datos médicos que se conservan indican que, desde 1924 —es decir, cuando tenía diez años—, empezó a sufrir un reumatismo poliarticular agudo, que fue tratado con salicilatos hasta 1926[104].
 
 
2. Un carácter que comenzaba a esculpirse
 
La semblanza de Álvaro en los momentos finales de su infancia se forja, precisamente, en su actitud ante las dificultades de salud. «Padecía un tipo de reuma que en ocasiones le impedía —solo en las fases agudas de la enfermedad— el comportamiento vivaz propio de un niño. En esas ocasiones debía asumir fuertes dosis de salicilatos y someterse a una dieta rígida, que seguía de acuerdo con las prescripciones del médico y las indicaciones de sus padres, que le controlaban con cariño y exigencia. Soportaba esta carga con buen humor, porque —así lo comentó en diversas ocasiones— mientras los demás hermanos tomaban un buen desayuno, al estilo mexicano, a él le correspondía solamente la medicación porque era incompatible con los otros alimentos. Entonces, hablando con sus hermanos, con tono y modos de decir mexicanos, hacía este comentario: “qué suertasa tienen ustedes, pueden tomar huevo frito con frijoles, y a mí solamente me dan salisilatos”»[105].
Efectivamente, doña Clementina preparaba a su marido y a sus hijos muchos platos típicos de la gastronomía de su tierra patria. Álvaro conservó siempre, porque estaba acostumbrado desde pequeño, un gusto por los chiles mexicanos y, en general, por la condimentación picante de las comidas. Además, en la familia, todos eran muy aficionados al azúcar, hasta el punto de que, según refería, en la casa se consumía un kilo diario de ese producto. También era muy partidario de los plátanos, que —por deformación en su lenguaje infantil— llamaba palátanos.
Su buen humor ante las dificultades refleja dos notas de su carácter, continuamente subrayadas por los que le trataron en aquella época: un modo de ser enérgico, unido a una gran afabilidad. Su temple era cosa conocida en la familia, y fue pronto detectado también por sus profesores. En uno de los informes pedagógicos enviado a los padres, se indicaba que el carácter de Álvaro “se dibuja algo brusco”. Don Ramón, al leerlo, comentó: “¿Cómo que se dibuja? ¡Se esculpe!”[106].
Esa determinación, que era compatible con una cierta timidez, o al menos con un escaso interés por el protagonismo, estuvo acompañada de una gran bondad. Su prima Isabel Carles recalca que «era bueno, muy bueno: alegre, generoso y simpático. Ya desde pequeño tenía esa fortaleza y esa dulzura que le caracterizó siempre. Y tenía, además, un candor extraordinario y una gran humanidad»[107].
Otra faceta de su personalidad era la generosidad con los demás. Uno de sus compañeros de clase señalará: «No tengo detalles concretos de los pequeños servicios que nos hacía. Pero esa era la consecuencia que saqué de todo ese año en el que estuvimos de compañeros de pupitres: Álvaro, siendo un niño normalísimo, era distinto en eso: ayudaba constantemente a los demás»[108].
Lo mismo recuerda su hermana Pilar, que añade, como otras notas características, que se trataba de un chico estudioso, noble y disciplinado; educado, recio y sincero[109]. A sus hermanos y primos les «admiraba lo obediente que era a sus padres»[110].
Por otra parte, el calificativo de travieso que, como vimos, le acompañó desde pequeño, lejos de atenuarse, parece que se confirmó en aquella época. Su hermana Pilar cuenta que «un día, encontró un palito, yo no sé dónde, y disfrutaba pegándonos al resto de los hermanos en las piernas. Y no debió ser cosa de un día ni de dos; debió tomarle afición al juego, porque yo —que era un poco menor que él— lo recuerdo persiguiéndome por los pasillos de la casa atizándome con el dichoso palito... Pero en fin, no eran más que las travesuras normales de todos los niños. Jugábamos como todos los hermanos; pero pelearnos, lo que se dice pelearnos entre nosotros, no recuerdo que lo hiciéramos nunca»[111].
Por último, era un chico piadoso. Sor María Luz del Sagrario Pérez, O.S.C., recordaba que en verano toda la familia se trasladaba a La Granja de San Ildefonso (Segovia), y Álvaro acudía con frecuencia a Misa a la iglesia de las Clarisas, en compañía de otros amigos de su edad[112].
 
 
3. Estudiante de Bachillerato
 
En octubre de 1924, Álvaro inició el Bachillerato. La primera novedad de este año fue el cambio de director en el colegio. Don Luis Heintz, que había sido el fundador del Pilar, cedió el puesto a don Domingo Lázaro, hasta ese momento Provincial de la Compañía de María. Por su parte, don Antonio Martínez asumió el mando de la Segunda Enseñanza. Estas sustituciones eran expresión de la madurez que los Marianistas habían alcanzado en España: una generación de religiosos españoles tomaba el relevo a los pioneros, llegados desde Francia.
También hubo modificaciones de índole académica. Se abandonó el uso obligatorio del francés durante los recreos y se introdujo un nuevo sistema de calificaciones. Las notas pasaron a ser sobre cincuenta y venían escritas en hojas orladas en colores distintos: dorado (muy bien), para los dos o tres primeros de la clase; rojas (también muy bien), para los diez siguientes; azules (bien), verdes (regular), moradas (mal) y negras (muy mal)[113].
En cualquier caso, el centro continuó con su alto nivel académico y pedagógico. Al repasar los ejemplares de las revistas Recuerdos y El Pilar, impresiona el detalle con que se iba informando periódicamente de las numerosas adquisiciones de material para laboratorios, museos y aulas[114]. La misma calidad se apreciaba en las actividades culturales. Durante los años en los que Álvaro cursó el Bachillerato se impartieron conferencias sobre temas tan variados como los que reflejan los siguientes títulos: “Monumentos de Madrid”, “Comunicaciones”, “Bellas Artes”, “Educación del pueblo”, “Microbios”, “Gases de combate y protección contra ellos”, “Educación ciudadana”, “Periodismo”, “La Canalización del Guadalquivir hasta Córdoba”, “Centros de enseñanza en Estados Unidos”, “Altamira y otras cuevas”.
Entre los ponentes, cabría destacar a Juan de la Cierva, antiguo alumno e inventor del autogiro; Severino Aznar, sociólogo; Hugo Obermaier, antropólogo, y Víctor Pradera, orador tradicionalista. Por lo que se refiere a excursiones culturales fuera de Madrid, los alumnos de bachillerato tuvieron ocasión de visitar algunas localidades ricas en arte e historia como Ávila, Segovia, Toledo o Alcalá de Henares.
También era alta, para la época, la oferta deportiva. De modo habitual se practicaba fútbol, gimnasia sueca y con aparatos, esgrima, hockey, alpinismo y tenis[115]. Álvaro cultivó estos deportes con afición aunque quizá, por lo que se deduce de algunos testimonios, con más fuerza que destreza. «Jugando al fútbol y también al hockey, había tenido experiencia de que sus entradas y sus choques podían producir lesiones en los adversarios; concretamente recordaba que abandonó el hockey porque en la primera intervención, mientras sujetaba el palo en una jugada, sin querer golpeó con el stick la cabeza del contrario»[116].
Además, fue muy aficionado, sobre todo en los veranos, a la natación, la equitación y el ciclismo, demostrando una notable resistencia física[117]. Estas actividades las desarrolló a partir de 1926, cuando mejoró del reumatismo que había empezado a sufrir a los diez años.
En el primer curso de bachillerato, a juzgar por las calificaciones, se produjo un bajón en su rendimiento escolar, que contrasta con los brillantes resultados obtenidos en la etapa anterior[118]. Incluso, como recuerda uno de sus compañeros, «uno de los profesores puso, al lado de sus notas escolares, esta anotación: “payaso”. El calificativo nacería, sin duda, de alguna pequeña broma infantil que a algún severo profesor del Colegio no le habría hecho demasiada gracia (...). Eso me confirma mi recuerdo de Álvaro: un niño alegre, cariñoso y simpático; y algo travieso y “payaso”, como todos los niños. No era un “santito”; no había nada en él de beatería. Pero en aquella bondad, en aquella sencillez, en aquel deseo de ayudar a todos, se advertía ya el dedo de Dios»[119].
Ciertamente, ese año el éxito escolar fue menor, pero también parece cierto que las valoraciones de sus profesores pecaron de pesimistas, como demuestran las calificaciones que obtuvo en los exámenes finales realizados en el Instituto: dos sobresalientes —en Aritmética y Geometría y en Religión—; y tres notables: Lengua, Geografía y Caligrafía[120].
En el curso siguiente, segundo del bachillerato, desaparecieron las apreciaciones negativas de los profesores sobre la conducta de Álvaro en clase, y las calificaciones permanecieron en puestos intermedios-altos[121]. Las notas finales en el Instituto se concretaron en dos sobresalientes —Lengua Latina y Religión—; notable en Aritmética y Geografía, y aprobado en Gimnasia[122].
En octubre de 1926, acometió el tercero y último año del bachillerato elemental, con resultados similares a los cursos anteriores[123]. Esta vez, en el Instituto obtuvo dos sobresalientes (Física y Química e Historia de España) y dos aprobados: Historia Natural y Deberes Éticos y Derecho[124].
En junio de 1927, los profesores informaron a los alumnos del plan de enseñanza que estaba ultimando el ministro de Instrucción Pública, Eduardo Callejo, y que entraría en vigor durante el año siguiente[125]. La llamada “reforma Callejo” iba a crear dos tipos de bachillerato: el elemental, de tres años, para los alumnos que no seguirían estudios universitarios; y el universitario, para quienes optaran por acceder a la universidad. Este último, compuesto a su vez por tres cursos académicos, se dividiría en dos secciones, Letras y Ciencias, siendo el primer curso común a las dos secciones[126].
A consecuencia de la entrada en vigor del nuevo plan, una docena de compañeros de clase abandonaron el colegio para comenzar a preparar el ingreso en las llamadas escuelas especiales, entre las que se contaban las academias militares y las de ingenieros. En aquel momento, esas carreras no tenían rango universitario propiamente dicho y quienes aspiraban a ser militares o ingenieros solo necesitaban el título de bachiller elemental y aprobar un examen de ingreso, muy difícil, en la escuela correspondiente. Álvaro, sin embargo, decidió comenzar el bachillerato universitario: este hecho parece poner de manifiesto que, a los trece años, aún no había madurado su decisión de estudiar ingeniería.
En la familia del Portillo, aquel verano estuvo marcado por el nacimiento de Carlos, el último hijo del matrimonio[127]. En abril de 1926, había venido al mundo María Teresa[128]. De este modo, sumaban ocho hermanos y el mayor de todos, Ramón, tenía diecisiete años.
Podemos suponer que los del Portillo seguían con interés los acontecimientos que se desarrollaban en México —donde la guerra de los cristeros había estallado en enero— y que, como todos los españoles, también se alegraron del final de la guerra en África.
 
 
4. La elección de carrera
 
En octubre de 1927, Álvaro emprendió el curso común del nuevo bachillerato universitario. En diciembre se publicó una fotografía de los hermanos del Portillo en la revista del Pilar, dentro de la sección “Galería de hermanos”[129]. En la instantánea aparecen Álvaro, Francisco, José María y Ángel. Ramón no está presente, pues había terminado el colegio dos años antes.
Durante este periodo las notas semanales tendieron a la estabilidad, y el “notable” se convirtió en la calificación más frecuente[130]. En el Instituto Cardenal Cisneros, donde continuó examinándose, los resultados académicos se concretaron en dos sobresalientes —Francés I y II— y tres aprobados: Matemáticas, Historia y Geografía[131].
En estos meses maduró definitivamente su vocación profesional[132]. Así lo contaba el interesado, en 1983: «Tenía que escoger la facultad universitaria. Mi padre era abogado y yo pensaba: podría ser abogado como mi padre; pero los abogados tienen que hablar mucho en público y yo no sirvo para eso porque soy tímido. Mejor un trabajo en el que tenga que estar a solas. Así me decidí por la ingeniería»[133]. Aparte de este motivo, puede suponerse que la posibilidad de estudiar ingeniería, y concretamente ingeniería de caminos, se le hubiera pasado más de una vez por la mente durante sus años de bachillerato, porque esa salida profesional tuvo una notable presencia en el Colegio del Pilar [134].
La selección para ingresar en la Escuela de Ingenieros —en aquella época solo había una escuela para toda España— era muy fuerte. De hecho, cada año se admitía a poco más de veinte alumnos, que representaban, aproximadamente, el cinco por ciento de los que se presentaban al examen de ingreso. Álvaro no era un joven precipitado o atolondrado: conocía las dificultades a las que debería enfrentarse. «Además de prudente, era decidido. Porque le preguntaban sobre algo, y solía decir: “bueno, me lo pensaré”. Pero no es como algunos, que dicen eso y luego no hacen nada, con la excusa de pensárselo. Álvaro reflexionaba y luego actuaba. Era reflexivo, pero no era indeciso, ni pesado. Y eso le llevaba a actuar con una gran paz y una gran serenidad»[135].
Al mismo tiempo, la decisión de ser ingeniero indica que confiaba en sus posibilidades para afrontar el desafío: no era apocado. Además, al acometer aquellos estudios «demostró lo que ya adivinábamos en él desde pequeño: su grandísima capacidad intelectual»[136]. Álvaro estaba dotado de muy buena memoria, y eso había facilitado que su formación intelectual fuese muy completa. En el colegio, aprendió bastante literatura castellana, y su gusto por las bellas letras se mantuvo constante a lo largo de su vida. Así, pasados los años, le podremos oír citar, de memoria, muchos pasajes de poesías aprendidas durante el bachillerato. Por ejemplo, en 1986, durante una charla de formación ascética, sacaba punta espiritual —refiriéndolos a la limpieza de corazón con que hay que acercarse a recibir la Comunión— a unos versos del Duque de Rivas: «Esas puertas se defiendan / que no ha de entrar, ¡vive Dios! / por ellas, quien no estuviere más limpio que lo está el sol. (...) Así atronaba la calle / una ya cascada voz / que de un palacio salía / cuya puerta se cerró»[137]. En otra ocasión, se servía de un poeta de corte, desconocido para muchos: «¡Muy alta está la cumbre! / ¡La Cruz muy alta! / ¡Para llegar al Cielo, / cuán poco falta!»[138]. Por supuesto, no faltaba el recurso a los clásicos de la mística castellana, como san Juan de la Cruz, santa Teresa, etc.
El gusto por la literatura se completaba con la afición por los dichos populares, que, adecuadamente utilizados en la conversación, sazonan con gracia la lengua. Así, a veces, le oiremos frases como: «Quien a los suyos parece, honra merece»; o «Voy por atún y a ver al duque»; «A lo que estamos, tuerta»; «Ladran, luego cabalgamos»; «Se les antojan los dedos huéspedes», y muchas otras por el estilo.
Por el momento, lo que saltaba a la vista en aquel muchacho era su alegría, su temple resuelto y afable, su preocupación por los demás, su piedad sin ostentaciones, su mirada limpia, el amor a su familia y la confianza en su padre, que años después, expresó con estas palabras: «Dios Nuestro Señor quiso que fuera amigo de mi padre, y esto, evidentemente, evitó que tuviese malas amistades»[139]. Recordaba siempre con alegría y agradecimiento las conversaciones que había podido mantener con don Ramón, en las que exponía sencillamente sus dudas, sus intereses, sus aficiones[140].
También despuntaba la ilusión por emprender una nueva etapa en su vida: la preparación del futuro profesional que había elegido. Era el verano de 1928.
 
 

[68] En 1920, tenían respectivamente 38 y 39 años.

[69] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 8.

[70] Cfr. ibid.

[71] Cfr. Martín Hernández, F., Luz Casanova. Una vida consagrada a los pobres, Madrid, 1991 (editado por la Congregación de Damas Apostólicas). También tenían amistad con el jesuita José María Rubio (1864-1929), conocido como el “apóstol de Madrid”, que llevó a cabo una amplia labor espiritual y social, durante los años veinte, entre personas de las más variadas condiciones sociales (cfr. Staehlin, C. M., El Padre Rubio. Vida del Apóstol de Madrid, Madrid, Egda, 1974, 406 pp.). Fue canonizado por Juan Pablo II, el 4 de mayo de 2003, en Madrid.

[72] Sobre la historia del colegio, vid. El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, Madrid, 2007, 407 pp.; Ruiz de Azua, P., Datos sobre el Colegio del Pilar (1907-1946), Edición y notas de Enrique Torres Rojas, Publicaciones del centenario del Colegio, Madrid, 2007, 93 pp. y las publicaciones periódicas del colegio correspondientes a los años en que estudió: Recuerdos de Nuestra Señora del Pilar, hasta 1923 y a partir de este año: El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar.

[73] Cfr. Recuerdos de Nuestra Señora del Pilar. Curso 1920-1921, Madrid, Imp. de Hijos de Benigno Ayora, 1921, p. 123.

[74] Cfr. ibid., p. 15. Durante ese mismo curso se despidió el infante don Carlos de Borbón, que hasta entonces había estudiado allí. Su abuelo, el rey Alfonso XII, fue alumno de los Marianistas en el colegio Stanislas de París y, desde entonces, las relaciones entre la Casa Real y la Compañía de María eran afectuosas. Durante los años veinte, las Infantas acudieron a las más importantes veladas culturales que se celebraron en el colegio.

[75] Cfr. El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, op. cit., p. 29.

[76] Ruiz de Azua, P., Datos sobre el Colegio del Pilar (1907-1946), op. cit., p. 12.

[77] Cfr. Recuerdos de Nuestra Señora del Pilar. Curso 1920-1921, op. cit., p. 75.

[78] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 478-479.

[79] Del Portillo, Á., cit. en Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., pp. 32-33.

[80] Cfr. El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, op. cit., p. 360. Todos los años, la incorporación de nuevos miembros, la recepción de los aspirantes y la toma de posesión de las juntas directivas estaban rodeadas de gran pompa y solemnidad: sables, estandartes y banderas envolvían unas emotivas ceremonias que hacían las delicias de muchos jóvenes. Álvaro, sin embargo, nunca se sintió particularmente atraído hacia estas manifestaciones y no formó parte de ninguna, a diferencia de su hermano mayor, Ramón, que estudiaba cuatro cursos por delante (cfr. El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, 1923, 1924 y 1925).

[81] Cfr. Recuerdos de Nuestra Señora del Pilar. Curso 1920-1921, op. cit., pp. 111-112, estampa recordatorio, AGP, APD D-17112.

[82] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 478.

[83] Cfr. Ruiz de Azua, P., Datos sobre el Colegio del Pilar (1907-1946), op. cit., p. 54.

[84] Cfr. Recuerdos de Nuestra Señora del Pilar. Curso 1920-1921, op. cit., p. 112.

[85] Actualmente, está en curso el proceso de Canonización de José María Hernández Garnica. Para una semblanza de su vida, pueden consultarse Martín de la Hoz, J.C., Abriendo horizontes, Igl. de Santa María de Montalegre, Barcelona, 2010; id., Por los caminos de Europa, Palabra, Madrid 2004.

[86] Cfr. Estampa recordatorio, AGP, APD D-17112.

[87] Vid. Álbum fotográfico.

[88] Diario de la estancia de don Álvaro en México, 1983, AGP, APD D-19186.

[89] Cfr. Código de Derecho Canónico, 1917, c. 858 § 1.

[90] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 11.

[91] Ibid.

[92] Cfr. El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, op. cit., p. 29.

[93] Cfr. Recuerdos de Nuestra Señora del Pilar. Curso 1920-1921, op. cit., p. 123.

[94] Cfr. ibid., p. 113.

[95] «Durante los veranos, nos trasladábamos a La Granja de San Ildefonso: vivíamos en una casa de la calle de la Reina, en el número 11. Recuerdo perfectamente alguna de esas estancias, junto al viejo Palacio de los Borbones» (Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 7). En las fotografías tomadas durante esas fechas, es frecuente encontrar a la abuela Concha y a las tías Carmen y Pilar.

[96] Tedeschini, F., Palabras de Aliento, en El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, 1923, s.n. Los primeros fascículos de la nueva revista se publicaron sin numeración de páginas.

[97] Testimonio de Javier García Leániz, AGP, APD T-0139, p. 2.

[98] Cfr. El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, 1923, s.n.

[99] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 28.

[100] Cfr. González Calleja, E., La España de Primo de Rivera. La modernización autoritaria (1923-1930), Alianza, Madrid 2005, p. 98.

[101] Muchos años más tarde, Álvaro del Portillo defendería su tesis doctoral en Historia sobre un tema de historia de América. Quizá las lecciones del profesor Saralegui reforzaron de algún modo el interés por el continente americano, que ya tenía por sus raíces familiares.

[102] Cfr. Ejercicios del examen de ingreso (Madrid, 16-VI-1924), AGP, APD D-6003-3 y papeleta del examen de ingreso en la Segunda Enseñanza (Madrid, 16-VI-1924), AGP, APD D-6004-1. La legislación educativa del momento establecía que solo los centros estatales estaban autorizados a expedir el título de Bachillerato. Por tanto, todos aquellos que estudiaban en establecimientos privados estaban obligados a examinarse en el instituto público que cada colegio tenía indicado.

[103] Cfr. Instancia de examen de ingreso (Madrid, 17-IV-1924), copia en AGP, APD D-6003-2.

[104] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 14-15.

[105] Ibid. Otras limitaciones, como el hecho de verse obligado a llevar gafas desde temprana edad, o un pequeño temblor en la mano debido a la presión arterial alta, las llevaba también con alegría, naturalidad y sentido sobrenatural (cfr. ibid., p. 762).

[106] Cfr. Ibid., p. 6.

[107] Testimonio de Isabel Carles Pardo, AGP, APD T-0137, p. 1.

[108] Testimonio de Javier García Leániz, AGP, APD T-0139, p. 3.

[109] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 8.

[110] Testimonio de Isabel Carles Pardo, AGP, APD T-0137, p. 1.

[111] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 8.

[112] Cfr. Carta de Sor María Luz del Sagrario Pérez, O.S.C., a Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-15097.

[113] Cfr. El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, op. cit., p. 393.

[114] Como explicaba el cronista del Colegio: «Era D. Luis un enamorado de la enseñanza intuitiva, y en sus viajes al extranjero tomaba nota del material, mobiliario o procedimientos que llamaban la atención. Directamente pedía el material a las casas productoras de Barcelona, París, Berlín, Viena y en su colegio se podían admirar variadísimas colecciones de láminas, de geografía, de razas, de paisajes, de producciones, de anatomía, de higiene, de zoología, botánica, geología, con verdadero derroche. Tanto que las Casas de material científico que más tarde se fundaron en Madrid, como Sogeresa y Voluntad, iniciaron sus estudios en el Colegio. Sus museos de Historia Natural, Física, Química, Psicología experimental, tenían cada año consignaciones respetables, que les permitían estar dotados de todo lo necesario para cursar ampliamente los estudios de 2ª enseñanza y de extenderse a la Universitaria. La Biblioteca estaba atendida con mimo» (Ruiz de Azua, P., Datos sobre el Colegio del Pilar [1907-1946], op. cit., p. 15).

[115] Cfr. El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, op. cit., pp. 42 y 351 y Ruiz de Azua, P., Datos sobre el Colegio del Pilar (1907-1946), op. cit., p. 66.

[116] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 15.

[117] Cfr. ibid.

[118] Cfr. Datos del curso 1924/1925 (1º de bachillerato), AGP, APD D-6105.

[119] Testimonio de Javier García Leániz, AGP, APD T-0139, p. 3.

[120] Cfr. Examen de Nociones y Ejercicios de Aritmética y Geometría (Madrid, 10-VI-1925), AGP, APD D-6004-4; Examen de Religión, primer curso (Madrid, 10-VI-1925), AGP, APD D-6004-5; Examen de Lengua Castellana (Madrid, 11-VI-1925), AGP, APD D-6004-6; Examen de Geografía General y de Europa (Madrid, 10-VI-1925), AGP, APD D-6004-3; Examen de Caligrafía (Madrid, 6-VI-1925), AGP, APD D-6004-2.

[121] Cfr. Datos del curso 1925/1926 (2º de bachillerato), AGP, APD D-6106.

[122] Cfr. Examen de Latín, primer curso (Madrid, 16-VI-1926), AGP, APD D-6004-10; Examen de Religión, segundo curso (Madrid, 10-VI-1926), AGP, APD D-6004-9; Examen de Aritmética (Madrid, 9-VI-1926), AGP, APD D-6004-7; Examen de Geografía Especial de España (Madrid, 17-VI-1926), AGP, APD D-6004-11; Examen de Gimnasia, primer curso (Madrid, 10-VI-1926), AGP, APD D-6004-8.

[123] Cfr. Datos del curso 1926/1927 (3º de bachillerato), AGP, APD D-6107.

[124] Cfr. Examen de Nociones de Física y Química (Madrid, 13-VI-1927), AGP, APD D-6004-13; Examen de Historia de España (Madrid, 12-VI-1927), AGP, APD D-6004-12; Examen de Historia Natural (Madrid, 23-VI-1927), AGP, APD D-6004-15; Examen de Deberes éticos y cívicos y rudimentos de Derecho (Madrid, 16-VI-1927), AGP, APD D-6004-14.

[125] Cfr. El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, 1926, p. 73, y El Pilar: cien años de historia, 1907-2007, op. cit., p. 387. Sobre la “reforma Callejo”, se pueden consultar los siguientes documentos: Real decreto estableciendo un nuevo plan de estudios de bachillerato, Santander 25-VIII-1926 (publicado en la Gaceta de Madrid el 28-VIII-1926, pp. 1234-1237). Real orden que establece el régimen transitorio del antiguo (1903) al nuevo plan de estudios de segunda enseñanza, Madrid 28-VIII-1926 (publicada en la Gaceta de Madrid el 31-VIII-1926, pp. 1268-1269). Real orden que desarrolla y concreta la aplicación del nuevo plan de estudios de segunda enseñanza, Madrid 3-IX-1926 (publicada en la Gaceta de Madrid el 5-IX-1926, pp. 1468-1469). Real orden aclaratoria de dudas y consultas sobre la aplicación del nuevo plan de estudios de segunda enseñanza, Madrid 11-IX-1926 (publicada en la Gaceta de Madrid el 12-IX-1926, pp. 1585-1586). Otra Real orden aclaratoria de dudas y consultas sobre la aplicación del nuevo plan de estudios de segunda enseñanza, Madrid 9-X-1926 (publicada en la Gaceta de Madrid el 10-X-1926, pp. 196-197).

[126] De hecho, este plan encontró bastante oposición desde sus comienzos, y solo estuvo vigente durante cuatro años, sobreviviendo pocos meses a la caída de Primo de Rivera.

[127] Nació el 5 de septiembre de 1927. Cfr. Árbol genealógico, AGP, APD-6021.

[128] Nació el 8 de abril de 1926. Cfr. Árbol genealógico, AGP, APD-6021.

[129] Cfr. El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, diciembre, 1927, p. 280.

[130] Cfr. Datos del curso 1927/1928 (4º de bachillerato), AGP, APD D-6108.

[131] Cfr. Examen de Francés, primer curso (Madrid, 6-VI-1928); Examen de Francés, segundo curso (Madrid, 16-VI-1928); Examen de Nociones de Álgebra y Trigonometría (Madrid, 5-VII-1928); Examen de Geografía política y económica, y de Historia de la civilización española en sus relaciones con la Universal (Madrid, 5-VII-1928): AGP, APD D-6004-16, 17, 18, 19 y 20. No se conserva la papeleta de la asignatura de Historia, pero se puede ver su calificación en el Certificado de estudios de todo el Bachillerato (Madrid 21-VII-1933).

[132] En octubre de 1927, solicitó el título de Bachillerato Elemental, que se le entregó en diciembre. Cfr. Solicitud del Título de Bachiller Elemental (Madrid 1-X-1927: entregado el 5-XII-1927), AGP, APD D-6003-10.

[133] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 4-V-1983: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-830504.

[134] Desde 1921 hasta 1927 hubo, en el mismo colegio, una academia de preparación para ingenieros de caminos, y la revista del Pilar daba noticias de los antiguos alumnos que iban ingresando en la escuela y ofrecía orientación sobre esos estudios. Concretamente, cuando Álvaro cursaba primero de bachillerato, apareció un artículo en el que se explicaban las condiciones para ser un buen ingeniero de caminos: «facilidad para los estudios matemáticos, habilidad para dibujar o croquizar [sic], afición al campo o a la naturaleza, espíritu de observación, golpe de vista, espíritu de disciplina y sobre todo voluntad» (Mendoza, J. L., Ingenieros de Caminos, en El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, 1925, p. 126). Y en el curso siguiente se publicó un largo reportaje sobre la Escuela de Ingenieros de Caminos, con fotografías, en el que se podía leer: «El gran prestigio de que este centro de enseñanza goza actualmente, es debido a su moderna orientación pedagógica y a su selecto profesorado» (Belda, M., La Escuela de Ingenieros de Caminos, en El Pilar: órgano de los alumnos y antiguos alumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, 1926, pp. 177-179.).

[135] Testimonio de Isabel Carles Pardo, AGP, APD T-0137, p. 1.

[136] Ibid.

[137] De Saavedra, Á., Un castellano leal, Romance I.

[138] Fernández Grilo, A., Las Ermitas de Córdoba.

[139] Del Portillo, Á., Homilía con ocasión de su 75º cumpleaños, 11-III-1989, cit., p. 287.

[140] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 7.

Capítulo 3 Adolescencia y primera juventud
 
El 23 de septiembre de 1928 tuvo lugar un episodio que pudo haber afectado de modo dramático a la familia del Portillo. El hijo mayor, Ramón, deseaba invitar a Álvaro al teatro Novedades, donde estaba en cartel un sainete de un popular autor en ese género. Finalmente, por motivos que desconocemos, no pudieron asistir[141].
Por desgracia, durante aquella función se produjo un terrible incendio. Parece ser que comenzó en uno de los decorados. El fuego se propagó con rapidez, y los bomberos fueron incapaces de dominarlo: solo pudieron evitar que se extendiera a los edificios contiguos. Las llamas se divisaban desde pueblos como Vallecas o Getafe. El local, con sus novecientas plazas, estaba completamente lleno, y los espectadores —según narra la prensa de aquellos días[142]— buscaron la salvación en la huida. Se produjo una gran avalancha hacia las puertas de salida; los que ocupaban palcos se deslizaron por las columnas hasta el suelo, o simplemente se dejaron caer sobre la muchedumbre del patio de butacas. Hubo sesenta y siete muertos y más de doscientos heridos y contusionados: muchos de ellos aplastados o pisoteados. Fue una gran tragedia[143].
 
1. La oración del Fundador del Opus Dei
 
Pocos días después de este suceso, el 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, nació el Opus Dei[144]. El joven sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer se encontraba haciendo un curso de retiro espiritual. En aquella fecha, después de celebrar la Santa Misa, mientras leía unas notas personales concernientes a su vida interior le sobrevino una gracia extraordinaria por la que “vio” que Dios le confiaba una misión de carácter sobrenatural; esto es, hacer realidad tangible el designio de la llamada universal a la santidad.
El Opus Dei debía ser, en el seno de la Iglesia, una movilización de cristianos corrientes que buscan santificarse y hacer apostolado en medio del mundo a través del trabajo profesional y de las demás circunstancias de la vida ordinaria. Así lo explicaba el Fundador en una carta fechada el 9 de enero de 1932: «Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle»[145].
Inmediatamente, san Josemaría se puso con empeño a realizar la misión recibida. «Desde el primer momento hubo una intensa actividad espiritual, y empecé a buscar vocaciones»[146], escribiría años después. El primer medio de apostolado que empleó fue la oración. Rezó e hizo rezar mucho. Así, en sus apuntes espirituales, correspondientes a los primeros años del Opus Dei, leemos: «Tengo una verdadera monomanía de pedir oraciones: a religiosas y sacerdotes, a seglares piadosos, a mis enfermos, a todos ruego una limosna de oración, por mis intenciones, que son, naturalmente, la Obra de Dios y vocaciones para ella»[147].
En el verano de 1927, don Josemaría había conocido a Carmen y a Pilar del Portillo, con motivo de su trabajo como capellán en el Patronato de Enfermos de las Damas Apostólicas. Años después, hacia 1930, una de ellas le hablaría de su sobrino Álvaro, elogiando sus virtudes y su inteligencia, y también añadiendo algunas anécdotas de su adolescencia y de su niñez: como, por ejemplo, que de pequeño le gustaban mucho los plátanos; pero que no lograba pronunciar bien esa palabra y los llamaba palátanos[148].
Desde entonces, san Josemaría incluyó en sus plegarias a aquel joven estudiante, al que no conocería personalmente hasta 1935. En 1971, confiaría: «Recé por Álvaro durante años. Me había hablado de él una tía suya. Era una señora ya mayor, que colaboraba en algunas actividades apostólicas en las que trabajaba yo, en Madrid. Alguna vez me habló con orgullo del sobrino Álvaro, que estudiaba dos carreras. Las estaba empezando o, más bien, si no recuerdo mal, no las había siquiera comenzado. Pero ella me hablaba con afecto y con pasión de las dos carreras de su sobrino (...). Entonces comencé a rezar por Álvaro»[149].
La eficacia de esta oración se comprobaría en julio de 1935, cuando Álvaro se incorporó al Opus Dei. Por el momento, continuemos en el otoño de 1928, cuando nuestro biografiado se disponía a iniciar la preparación para ingresar en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.
 
 
2. En camino hacia la Ingeniería
 
En aquella época, para ingresar en la Escuela de Ingenieros de Caminos era preciso superar unos exámenes previos, altamente selectivos. La Escuela seguía el criterio de que para que la profesión de ingeniero gozara de un alto nivel y prestigio, lo primero que había que hacer era una criba intensa de los candidatos, en beneficio de los más capaces.
En Madrid existían tres academias especializadas en la preparación adecuada para superar esas pruebas. Concretamente, eran la “Toral-Cos”, que atraía el mayor número de aspirantes y, por esa razón, la que conseguía el mayor número de ingresos; la “Krahe”, que era la menos numerosa en plazas de ingreso, y la “Misol”, de carácter muy técnico. Según algunos ingenieros, esta última era la que proporcionaba una instrucción más equilibrada[150]. Estaba dirigida por un prestigioso ingeniero de Caminos y matemático, Félix Alonso Misol, que impartía las clases de matemáticas a grupos de veinte alumnos[151]. Este establecimiento contaba, además, con un internado para estudiantes procedentes de otras ciudades de la península.
Álvaro se decantó por la Academia Misol y debió de frecuentar sus aulas desde septiembre de 1928 hasta junio de 1933, mes en que superó la prueba de ingreso: cinco años en los que se produjeron bruscos cambios en la situación sociopolítica del país, acontecimientos que afectaron a la vida familiar; y suaves, pero importantes, transformaciones interiores en el mismo Álvaro: «Ya comenzaba el Señor, por aquel entonces, a meterse en mi alma»[152], recordaría más tarde.
En septiembre de 1929 falleció el abuelo materno, Ramón[153]. Un mes más tarde se produjo el llamado “jueves negro” en la bolsa de Nueva York, y la gran crisis financiera no tardó en sentirse en España, que perdió gran parte de la mejora económica que había experimentado en años anteriores: baste señalar, como ejemplo, que el cambio de la peseta en relación con la libra esterlina casi se triplicó. La economía de la familia del Portillo también se vio afectada por estos vaivenes bancarios.
El año 1930 comenzó con una sacudida nacional, de signo político. El 27 de enero el general Primo de Rivera presentó su dimisión como jefe del gobierno. La dictadura había perdido buena parte de los apoyos con los que contó en sus primeros pasos. Las clases medias, los pequeños comerciantes y los grandes empresarios se fueron distanciando por la falta de estabilidad económica; se multiplicaron las protestas estudiantiles; y el ejército, profundamente dividido, se abstuvo de apoyar al dictador, lo que facilitó su caída[154].
Le sucedieron el general Berenguer y, a continuación, el almirante Aznar, abriéndose un periodo de fuerte inestabilidad social que llevó a la proclamación de la República, el 14 de abril de 1931, tras unas elecciones municipales en las que vencieron candidatos opositores a la monarquía en cuarenta y una de las cincuenta capitales de provincia.
La Segunda República trajo consigo profundas implicaciones socio-religiosas[155]. El proceso secularizador, que se manifestaba desde hacía años sobre todo entre los intelectuales y entre los obreros azuzados por algunos partidos políticos, se tradujo en episodios de violento anticlericalismo. El rey Alfonso XIII tuvo que abandonar el territorio nacional el mismo día de la proclamación de la república, renunciando a la jefatura del estado, aunque sin una abdicación formal. Moriría en el exilio, en Roma, el 28 de febrero de 1941.
El papa Pío XI reconoció inmediatamente el nuevo régimen, y lo mismo los representantes de la jerarquía eclesiástica española. No obstante, el gobierno —en el que seis de sus miembros eran conocidos afiliados a la masonería— comenzó a establecer medidas anticristianas, como la supresión de la enseñanza de la religión en los colegios.
Entre los días 10 y 12 de mayo, se produjo la quema de conventos en Madrid, ante la pasividad de las autoridades. El 22, el gobierno emanó el decreto de libertad de conciencia y de culto, como medio para acabar con la confesionalidad del estado. Al mes siguiente, el Cardenal Segura, Arzobispo de Toledo, y Mons. Mateo Múgica, Obispo de Vitoria, se vieron obligados a abandonar España por orden gobernativa. En septiembre se aprobaron los artículos de la Constitución que decretaban la expulsión de la Compañía de Jesús y la sujeción de las demás órdenes y congregaciones religiosas a una ley especial de asociaciones, con prohibición de ejercer la enseñanza. En octubre, el presidente del gobierno, Manuel Azaña, se permitió afirmar que España había dejado de ser católica. La violencia antirreligiosa iba en aumento.
El cambio de régimen político comportó también consecuencias en el ámbito académico. El nuevo gobierno impuso el regreso a los planes de estudio anteriores a la reforma del ministro Callejo y, concretamente, para presentarse al ingreso en las escuelas de ingenieros, volvía a ser necesario el bachillerato de seis años. Álvaro había cursado cuatro años de bachillerato y, por tanto, aún le quedaban dos. Para completarlos, siguió una de las posibilidades que ofrecían las nuevas disposiciones legislativas: revalidar los dos años del bachillerato universitario de la Sección de Ciencias mediante un examen único de conjunto. Se presentó en septiembre de 1931 en el Instituto “Cardenal Cisneros”, y lo aprobó[156]. Tenía 17 años y comenzaba su cuarto año de preparación en la Academia Misol.
En esa época, la familia del Portillo transcurría las vacaciones de verano en La Granja de San Ildefonso (Segovia), en Santander o en algunas pequeñas localidades de Asturias. En aquellos paisajes de grandiosa belleza, Álvaro descubría la huella de Dios. Pasados los años, contaría cómo la contemplación del Cantábrico o la navegación mar adentro en una barca, le ayudaban a hacer oración. También le gustaba nadar[157]. En Asturias trabó amistad con la familia de José María González Barredo, que solicitó la admisión en el Opus Dei hacia 1932. Más adelante, durante la guerra civil española, veremos aparecer al padre de José María, que se llamaba Álvaro, en un episodio de la vida de san Josemaría y de Álvaro[158].
Precisamente en La Isla, una población de la costa asturiana, ocurrió un episodio providencial. Álvaro y un hermano suyo habían quedado para salir con unos amigos de excursión. Pensaban hacer una travesía en motora hasta Villaviciosa o Ribadesella. Inmediatamente antes de zarpar, cuando ya estaban embarcados, su hermano le dijo que se quedaba en tierra, porque no se encontraba bien. Entonces, Álvaro decidió acompañarle y no unirse al paseo por mar.
A las pocas horas, sin previo aviso, se desencadenó una tremenda galerna en esa zona costera y la lancha naufragó. Se ahogaron todos los tripulantes de la pequeña embarcación, excepto uno, el más joven, que logró arribar a la orilla, a pesar de la marejada. Mientras luchaba contra las olas, prometió que, si no moría, entregaría su vida al Señor. Alcanzó unas rocas y se salvó. Se le había quedado el pelo completamente blanco. Al poco, ingresó en el Convento de Valdediós[159]. Más adelante, Álvaro afirmaría que este suceso le había hecho pensar que el Señor lo había dejado con vida porque tenía pensado algo para él[160].
La providencia divina continuó esculpiendo su alma, sirviéndose de circunstancias difíciles. Al revés económico sufrido por la familia materna como consecuencia de la revolución mexicana, se unió la pérdida de otros bienes por línea paterna, a causa de la crisis financiera. El padre de Álvaro perdió bastante dinero y buena parte de su patrimonio, como la finca de Leganés y algunas propiedades en el Madrid antiguo[161].
Álvaro afrontó los apuros familiares con serenidad y sin amarguras. Uno de sus compañeros en la Academia Misol le recuerda en esta época como una «persona de gran bondad (...). Inspiraba gran confianza a quien le trataba, siempre sonreía al hablar mostrando una gran afabilidad, cordialidad y amabilidad»[162].
A la vez, se sintió espoleado en el deber de ayudar económicamente a sus padres. Con este fin, decidió presentarse cuanto antes al examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros de Caminos, probando también en la de Ingeniería de Minas. Simultáneamente, resolvió comenzar la carrera de Ayudante de Obras Públicas —que era de grado inferior, y por eso más breve—, porque le permitiría ganar un sueldo en poco más de dos años y, de este modo, pagarse los estudios de Ingeniería y aportar algo de dinero para subvenir a las necesidades familiares[163].
Efectivamente, en marzo de 1932 presentó la correspondiente instancia para realizar los exámenes de ingreso en la Escuela de Ingenieros de Minas[164]; y en abril, tramitó la solicitud en la de Caminos[165]. Las pruebas de acceso eran muy duras: había que aprobar dos grupos de exámenes consecutivamente. El primero preveía tres eliminatorias, cada una de tres días de duración. Cada jornada constaba de dos ejercicios, de cinco horas cada uno, sobre temas de matemáticas y dibujo. El segundo grupo se componía de dos eliminatorias, de tres días cada una, con más pruebas de matemática superior, y traducciones de francés, inglés y alemán y conversación en francés.
Álvaro no consiguió ingresar en Caminos al primer intento, ni tampoco en la Escuela de Minas, aunque en este caso superó casi todos los ejercicios[166].
La oposición para la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas era también bastante difícil. Constaba de tres eliminatorias —duraban en total nueve días, con dos ejercicios diarios— de matemáticas y de dibujo. Aprobaban los veinte opositores que conseguían mejor puntuación. En octubre de 1932, se presentó y fue admitido[167]. Tenía 18 años.
 
 
3. Estudios de Ayudante de Obras Públicas e ingreso en Caminos
 
La Escuela de Ayudantes de Obras Públicas dependía del Ministerio del mismo nombre y estaba situada en el edificio de la Escuela de Ingenieros de Caminos. También compartían el claustro de profesores y, de hecho, Director y Secretario de ambas Escuelas coincidían en las mismas personas. Las clases de Ingenieros se impartían por la mañana y las de Ayudantes por las tardes.
Al final de cada curso académico, los estudiantes de obras públicas debían presentar un proyecto: el primer año, de carreteras; el segundo, de ferrocarriles. Las lecciones del último curso terminaban en mayo, pero el título no se otorgaba hasta diciembre, para dar tiempo a la presentación y aprobación del proyecto final. Una vez obtenido el grado, se tomaba posesión de una plaza en el Ministerio de Obras Públicas, ganada por concurso[168].
El final de la adolescencia y la primera juventud pueden constituir un periodo problemático en la vida de las personas. Es una época de maduración física y psicológica, en la que se presentan los primeros desafíos profesionales, junto con ímpetus de independencia, que en algunas personas derivan hacia una aparente frialdad ante los afectos familiares. En el caso de Álvaro no fue así: a los dieciocho y diecinueve años se nos muestra como un joven con claro sentido de responsabilidad y deseos de ayudar a sus padres y hermanos, en particular a los más pequeños de la familia[169].
María Teresa recuerda que Álvaro «me quería mucho y me atendía»[170]. Y Carlos, el más joven, señala que «nos ayudaba a componer los rompecabezas y nos divertía con su habilidad para la carpintería. Le gustaba mucho la fotografía, y recuerdo que, hacia 1933, me dijo que iba a hacerme una fotografía muy interesante, pero que tenía que estar muy quieto. Tomó una antigua Kodak y me dijo que me pusiera primero de un lado, después del otro. Y comencé a posar, inmóvil como una estatua, con mi primer traje gris, (...) con chaqueta y pantalones cortos. Yo estaba intrigado: aquello parecía requerir mucha pericia: midió muy bien las distancias, con precisión de ingeniero, y me indicó el gesto y la expresión que tenía que poner. A los pocos días me enseñó el resultado: ¡Era yo, dándome la mano a mí mismo! No me lo podía creer. Aquella fotografía me hizo una particular ilusión. Luego, supongo que Álvaro ya no encontró nunca tiempo para practicar esta afición juvenil»[171].
Pero, sobre todo, aquel fue un periodo de trabajo intenso, pues junto a los estudios de Ayudante de Obras Públicas, continuó con la preparación para el ingreso en Caminos. En junio de 1933 aprobó el primer curso de Ayudante con la calificación de “Bueno”[172]; y ese mismo mes se presentó al examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros, superando con éxito la selección[173]. Con él fueron admitidos 23 candidatos, de los 549 que lo intentaron[174].
Mientras tanto, el clima social del país resultaba cada vez más encapotado. En enero de 1933 habían tenido lugar unas revueltas protagonizadas por anarquistas en Casas Viejas (Cádiz), que las autoridades republicanas reprimieron duramente. En mayo se aprobó una ley de confesiones y congregaciones religiosas, de corte marcadamente anticatólico. En junio, el papa Pío XI promulgó su Encíclica Dilectissima nobis, en la que comparaba la situación de la Iglesia en España con las persecuciones que padecían, durante aquellos años, los cristianos en México y en la Rusia bolchevique. En septiembre, dimitiría el primer gobierno de Azaña.
 
 
4. Espíritu de solidaridad con los más desfavorecidos
 
Al comenzar el curso académico 1933-1934, Álvaro tenía intención de simultanear su primer año de Ingenieros de Caminos con el segundo de Ayudantes de Obras Públicas. No obstante, al poco tiempo de haber empezado las clases, el director —que, como ya se dijo, era el mismo para las dos Escuelas— le comunicó que debía elegir una de las dos posibilidades.
Por este motivo, solicitó la interrupción de los estudios de Caminos, para acabar lo antes posible la carrera de Obras Públicas[175]. A propósito de esta indicación, en 1985, comentaba el interesado: «Acepté el consejo del director de la Escuela de Caminos —que se preocupó por un posible quebranto de mi salud, al hacer simultáneamente los estudios en las dos Escuelas— y decidí aplazar por un año la continuación de los estudios en la Escuela de Ingeniería de Caminos»[176].
 
 
Las “Conferencias de San Vicente de Paúl”
 
Al mismo tiempo, el Señor continuaba metiéndose en su alma, impulsándole a darse a los más necesitados. En esos meses conoció a Manuel Pérez Sánchez, que estudiaba quinto curso en la Escuela de Ingenieros y participaba en las Conferencias de San Vicente de Paúl[177]. Concretamente, colaboraba, desde hacía cuatro años, en la parroquia de San Ramón, situada en el barrio del Puente de Vallecas, que era una zona socialmente deprimida y conflictiva, fruto de las recientes transformaciones urbanas de la capital.
En el primer tercio del siglo, Madrid había crecido a ojos vista. Al comienzo de los años 30 contaba un millón de habitantes, de los que únicamente el treinta y siete por ciento eran nacidos en la capital. La mayor parte de esa nueva población —compuesta en gran medida por jornaleros y trabajadores no cualificados— ocupaba el extrarradio, en condiciones precarias: vivían en chabolas, sin alcantarillado ni electricidad, sin escuelas suficientes. En esos barrios, el anarcosindicalismo y el comunismo encontraban un caldo de cultivo propicio[178].
Las elecciones generales de noviembre de 1933 dieron la victoria a una coalición de partidos de derechas. Ese hecho impulsó a la izquierda radical a fomentar aún más la inestabilidad social. En un mitin de ese mes, el socialista Largo Caballero, que era ministro del trabajo y después sería presidente del gobierno, declaró sin medias tintas: «Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil (...). Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. (...) Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista»[179].
Siguieron meses de huelgas, algaradas, insurrecciones, motines y ataques a personas e instituciones católicas. Hacía falta tener un gran valor y mucho espíritu de caridad para meterse en barrios como el de Vallecas con el fin de promover una labor social de carácter cristiano[180]. Álvaro pidió colaborar en las actividades que llevaban a cabo las Conferencias de San Vicente, y Manuel Pérez señala que «comenzó a asistir a las reuniones que teníamos los sábados por la tarde en la Casa Central de las Conferencias en la calle de la Verónica. En esas reuniones hacíamos un rato de lectura espiritual y, a continuación, exponíamos los resultados y necesidades de las que habíamos sido testigos la semana anterior, y proponíamos las ayudas que teníamos que llevar la semana siguiente»[181].
La agrupación estaba formada por unos diez o doce jóvenes, en su mayoría estudiantes de Ingeniería, que eran parientes o amigos entre sí. Entre ellos se encontraba Ángel Vegas, hermano del sacerdote José María Vegas[182]; Pedro Arrupe, estudiante de medicina y futuro Prepósito General de la Compañía de Jesús; y los hermanos Guillermo y Jesús Gesta de Piquer. Este último murió mártir tres años después, y fue beatificado por Juan Pablo II[183].
Varios de los integrantes de este grupo, pasados muchos años, conservaban una vívida memoria de Álvaro del Portillo. Manuel Pérez lo describía con estas palabras: «era alto, elegante, de mirada comprensiva y serena, y rostro sonriente. Muy sencillo y, al mismo tiempo, muy trabajador e inteligente»[184]. Guillermo Gesta de Piquer lo recordaba como un hombre piadoso, con afán apostólico y deseo de ayudar a los más necesitados, de un carácter extremadamente sencillo, sereno y prudente[185]. Por su parte, Ángel Vegas escribió: «Me llamaba poderosamente la atención. Estudiaba ingeniería de Caminos y tenía mucho prestigio humano e intelectual. Era verdaderamente ejemplar en aquella tarea que realizábamos con las gentes necesitadas. Digo que me sorprendía porque era uno de los alumnos más brillantes de la Escuela y, al mismo tiempo, una persona muy tratable y sencilla; muy inteligente, alegre, culto, simpático, amable, y sobre todo —esto es lo que me llamaba la atención— profundamente humilde, de una humildad extraordinaria, que dejaba huella. (...) No he dicho esta frase al azar. Álvaro dejaba huella. Han pasado muchos años y, aunque no le he visto desde entonces, no he podido olvidar nunca su figura, y he advertido esa huella de Álvaro en la de tantas vidas. Una huella de cariño, de bondad, de Amor de Dios»[186].
Aquellos estudiantes recorrían los suburbios desolados y agitados, distribuyendo limosnas, bonos de comida canjeables en colmados o tiendas de ultramarinos, medicinas, etc. Los domingos enseñaban el catecismo en la parroquia de San Ramón.
No limitaban su labor a los niños; también procuraban llegar a los adultos. «Estábamos preocupados por elevar el nivel de formación espiritual de aquellas gentes —narra Manuel Pérez— y organizamos algo que ahora puede parecer sorprendente, pero que entonces no lo era: unos ejercicios espirituales. Entonces la práctica de los ejercicios estaba profusamente difundida entre las señoras y caballeros de casi todas las parroquias de Madrid. Y pensamos que debíamos organizar en Cuaresma unos ejercicios para los pobres que atendíamos, en el mismo local en que dábamos la catequesis. En realidad, en vez de Ejercicios, fueron unas catequesis para adultos, que dimos por turno los miembros de la Conferencia. Recuerdo particularmente a Álvaro dando una de aquellas charlas: con esa sencillez y esa dulzura que siempre le caracterizó, sabía tratar a aquellas personas con gran cariño y comprensión. Asistieron alrededor de unos 20 hombres»[187].
El retiro, continúa el relato, terminó con un almuerzo «en el comedor de la parroquia, gracias al párroco, que nos proporcionó los alimentos. Cabían unos cien comensales. Unas Hermanas de la Caridad que había enfrente, en un asilo de ciegos, nos hacían la comida —unos platos muy suculentos y apetitosos— y nosotros la servíamos. A los hombres se les daba vino y una cajetilla de tabaco. Álvaro, al igual que los demás, participó activamente en la organización de la comida y se puso a servir personalmente a aquellas gentes»[188].
Manuel Pérez menciona otro episodio de esta época, que tuvo lugar junto al Arroyo del Abroñigal. Álvaro y él habían acudido para visitar a varias personas que vivían en chabolas, y se encontraron «con que una de aquellas familias había tenido un altercado. La policía había detenido a los padres y los había encarcelado, dejando a sus cuatro hijos pequeños solos, abandonados en la chabola. Los pobres chicos —uno tenía solo un año— estaban sin saber qué hacer: no tenían comida y tiritaban de frío»[189].
Llevaron los niños a la comisaría de policía, pero estaba cerrada; entonces dieron dinero a un vecino para que se ocupase de ellos hasta el día siguiente, en que volverían para dirigirse de nuevo a la comisaría. Pero los guardias no tenían intención de ocuparse del asunto, de modo que tuvieron que acudir a una institución benéfica: el asilo de Santa Cristina, que estaba en la ciudad universitaria. Algunos de los niños eran tan pequeños que no sabían andar todavía. Manuel Pérez escribió: «Tengo grabada en la memoria la imagen de Álvaro, con uno de aquellos pobres niños entre los brazos, por las calles de Madrid, dirigiéndose al Asilo»[190].
Álvaro del Portillo llevaba a cabo estas tareas con espíritu cristiano, como reflejan las palabras con las que, años después, rememoraba esta labor: «Siempre aprendía de ellos: personas que no tenían para comer y yo no veía más que alegría. Para mí eran una lección tremenda»[191].
Más aún, estaba convencido de que esas actividades prepararon su alma para responder afirmativamente a la llamada de Dios al Opus Dei: «Algunos compañeros de la Escuela de Ingenieros me llevaron a visitar a pobres, durante unos meses. El contacto con la pobreza, con el abandono, produce un choque espiritual enorme. Nos hace ver que muchas veces nos preocupamos de tonterías que no son más que egoísmos nuestros, pequeñeces. Vemos la gente que sufre con motivos graves —pobreza, abandono, soledad, enfermedad—, y que están contentos, porque tienen la gracia de Dios. Eso produce un choque, que es lo que me preparó para cuando me presentaron a nuestro Padre»[192].
 
 
Una agresión en Vallecas
 
Por otro lado, no faltaron episodios que demostraron el riesgo que se asumían los jóvenes universitarios que llevaban a cabo las obras de misericordia. Uno de esos lances tuvo lugar el domingo 4 de febrero de 1934. Álvaro estaba dando una clase de Catecismo en la parroquia de San Ramón, en Vallecas, como hacía habitualmente. Cuando terminó, le dijeron que unos cuantos agitadores de la zona se habían organizado para propinar «una paliza fenomenal a cuatro o cinco que íbamos a dar la catequesis»[193].
El ataque fue extremadamente violento: iban con propósitos homicidas. «Me dieron con una llave inglesa en la cabeza. Me salvé de consecuencias aún mayores porque la agresión fue cerca de una boca de Metro y tuve la posibilidad de escapar y de entrar en la estación en el mismo momento en que llegaba un tren, en el que me pude meter —con el abrigo ensangrentado— perseguido por los que me atacaron, que llegaron justo detrás de mí, cuando la puerta automática del Metro se había cerrado: por eso, quizá, no me mataron»[194].
Cuando llegó a casa, sus padres estaban fuera. Para no alarmar a sus hermanos, no les explicó lo sucedido: comentó que se había caído en la calle. La empleada doméstica, Mercedes Santamaría, al ver la gravedad de la situación, le acompañó a una Casa de Socorro, donde le atendieron deficientemente[195]. Como consecuencia, «se le infectó la herida, y tuvo unos dolores y unas curas de enorme sufrimiento y todo lo llevó con santa resignación»[196]. El médico que se ocupó de él, en las semanas siguientes, comentó varias veces a doña Clementina: «¡Vaya hijo más valiente tiene Vd.! ¡No se queja nunca!»[197].
Antonio Conde, compañero de estudios en la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, señalaba a este propósito: «Pudimos conocer con certeza sus convicciones religiosas porque, en cierta ocasión, se presentó en la Escuela de Ingenieros con la cabeza vendada (...). De esta manera nos enteramos de que prestaba auxilios en barrios humildes de las clases más necesitadas y que, al mismo tiempo, impartía doctrina cristiana a niños de estos barrios. Este fue el motivo por el que apareció en clase con la venda ya que había sido agredido por un grupo de extremistas»[198].
Un mes después del asalto en Vallecas, es decir, a principios de marzo, Manuel Pérez conoció a san Josemaría. Tras asistir a un retiro espiritual predicado por el Fundador del Opus Dei, le pidió dirección espiritual y empezó a frecuentar los medios de formación cristiana que impartía a universitarios en un pequeño piso de la calle de Luchana, en el que se encontraba instalada la Academia DYA[199].
Hacía algo más de un año, san Josemaría había comenzado una actividad apostólica para estudiantes universitarios, que denominaba Círculos (o Clases) de San Rafael. Se trataba de unas reuniones de carácter familiar, en las que exponía a los participantes temas ascéticos y doctrinales, ayudándoles a formular propósitos de mejora en su vida cristiana. En los primeros meses, había efectuado esa labor en la casa de su madre, en la calle Martínez Campos; pero pronto comprendió que para impulsar el desarrollo del Opus Dei era necesario disponer de medios más adecuados y, en diciembre de 1933, había promovido la puesta en marcha de una Academia-Residencia de estudiantes a la que puso el nombre DYA, tomando el nombre de las clases de derecho y arquitectura que allí se impartían[200].
Manuel Pérez quedó muy impresionado por la figura y la predicación de san Josemaría, especialmente por el mensaje de búsqueda de la santidad en medio del mundo a través del trabajo y de las ocupaciones corrientes. Pasado el tiempo, aún mantenía vivos los recuerdos de aquel retiro espiritual: «Habló acerca de la perfección cristiana, que podía vivirse sin abandonar el mundo, realizando la vida ordinaria cada uno en su estado y utilizando como medio principal el trabajo profesional. Para mí el tema era nuevo en la espiritualidad: me produjo un fuerte impacto y me sorprendió gratamente. Esta doctrina contrastaba con la idea ordinaria, que nos habían inculcado, de la necesidad de apartarse del mundo para vivir la perfección»[201].
A pesar de ese entusiasmo, tendría que pasar todavía un año —hasta marzo de 1935— para que Manuel Pérez propusiera a su amigo conocer a san Josemaría. Por el momento, Álvaro acababa de cumplir veinte años. Tres meses después, terminó su segundo curso en la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, con la calificación de “Bueno”[202].
 
 
5. El primer encuentro con san Josemaría
 
A finales de 1933, la victoria electoral de la CEDA (Coalición española de derechas autónomas), liderada por José María Gil Robles, había incrementado las esperanzas y los esfuerzos de algunos católicos para intentar reconducir el régimen republicano a caminos de mayor tolerancia y entendimiento con la Iglesia. Sin embargo, los hechos iban a demostrar que cada vez quedaba menos espacio para el diálogo: y no por culpa de los católicos, ciertamente. En octubre de 1934, las fuerzas más proclives al comunismo marxista llevaron a cabo un intento subversivo que, si bien fracasó en Madrid y Cataluña, triunfó en Asturias, donde se vivió una sangrienta revuelta —la llamada “Revolución de Asturias”—, que duró quince días, hasta ser aplastada por el ejército.
Fue un verdadero intento de golpe de estado, encabezado por el Partido Socialista Obrero Español, que levantó un “Ejército Rojo” formado por 30.000 voluntarios. Se calcula que en los enfrentamientos se produjeron entre 1.500 y 2.000 muertos. La ciudad de Oviedo quedó muy dañada y se destruyeron edificios de gran interés histórico o artístico. Treinta y cinco sacerdotes y religiosos fueron asesinados, y cincuenta y ocho iglesias devastadas[203]. Reprimido el levantamiento, la tensión política y social se incrementó notablemente y se aceleró el desgarramiento en toda la nación[204].
Mientras tanto, Álvaro del Portillo comenzó, esta vez sí, el primer año de Ingeniero de Caminos[205]. En aquel momento solo le faltaba el proyecto final para terminar la carrera de Ayudante de Obras Públicas. Lo presentó y aprobó, en enero de 1935[206]. Tres meses más tarde, el Ministerio le nombró Ayudante eventual, con empleo en la Confederación Hidrográfica del Tajo[207]. Según la costumbre, se le permitió seguir los estudios de Ingeniería de Caminos y fue destinado, en comisión, a la Jefatura de Puentes y Cimentaciones, lo que le permitía trabajar en Madrid en un horario compatible con las clases[208]. El puesto en el Ministerio le ocupaba las tardes, mientras que por las mañanas frecuentaba las aulas de la Escuela de Ingenieros. Su retribución anual era de 5.000 pesetas[209]. Por estas fechas obtuvo el permiso de conducir[210].
En 1994, uno de sus compañeros de promoción en la Escuela de ingenieros dejó por escrito la impresión que Álvaro le produjo en aquella época, cuando le conoció. Afirma que era «un chico educado, amable, de buena presencia, con los ojos muy azules, pacífico y sereno, de una gran bondad natural, que hablaba con un balbuceo característico. Era muy inteligente y, al mismo tiempo, muy humilde. Pero lo que a mí me llamó siempre poderosamente la atención fue su buena fe y la sencillez con la que abordaba todo, la ausencia de malicia de ningún tipo. (...) Muy maduro para su edad. Pero tenía la profunda inocencia del que actúa siempre con rectitud, cara a Dios; la inocencia del cristiano que no ha perdido el alma de niño; la inocencia del hombre de bien, que no conoce las sombras de la complicación, de las envidias y rencores, de las segundas intenciones, de los recovecos interiores que provoca en el alma la soberbia. Parecen cosas contradictorias, pero en él no lo eran: Álvaro era muy inteligente y, al mismo tiempo, muy sencillo; era inocente y candoroso, pero sin ingenuidades; serio y responsable y, al mismo tiempo, cordial, amable. En definitiva, un hombre profundamente bueno»[211].
Sus nuevas obligaciones académicas y laborales no impidieron que continuase las actividades de catequesis y asistencia iniciadas el año anterior. De hecho, fue en este contexto donde surgió la posibilidad de conocer al fundador del Opus Dei. Un día de marzo de 1935, mientras se dirigía con Manuel Pérez y otros amigos a visitar a una familia pobre de los barrios de la periferia madrileña, la conversación recayó sobre don Josemaría y el apostolado que desarrollaba en Madrid.
Los jóvenes hablaban de aquel sacerdote con entusiasmo. Manuel Pérez había colaborado en septiembre del año anterior en el traslado de la Academia DYA a la calle Ferraz, 50, convertida en Academia-Residencia[212], e invitó a Álvaro a conocer al sacerdote. La respuesta fue inmediata: «Ah, pues voy, me dijo»[213]. «Efectivamente —prosigue Manuel—, a los pocos días quedamos en la calle Urquijo y nos fuimos a la Residencia DYA, en la calle Ferraz, donde le presenté al Padre»[214]. En aquella ocasión, el Fundador y Álvaro conversaron solo algunos minutos.
En 1975, Mons. del Portillo recordaba esa entrevista con las siguientes palabras: «Vi que era un sacerdote muy alegre. Me preguntó enseguida: ¿Cómo te llamas? ¿Tú eres sobrino de Carmen del Portillo? Era mi madrina, hermana de mi padre, que murió muy viejecita y había ayudado mucho al Padre visitando enfermos por los barrios más pobres de Madrid. Y como era mi madrina, además de mi tía, le había dicho al Padre que tenía un sobrino muy listo. Por esto el Padre se acordaba de mí, y de un detalle que mi madrina contaba. Decía que, de pequeño, me gustaban mucho los plátanos, pero por lo visto no sabía pronunciar bien esa palabra y decía palátanos. Por eso el Padre añadió: ¿entonces tú eres aquel al que le gustan mucho los palátanos?
»Me quedé asombrado, y le contesté: sí, me gustan mucho. Entonces el Padre sacó la agenda y, como si no tuviese nada más que atenderme a mí —tenía muchas cosas que hacer, me dedicó sólo unos minutos—, me propuso con gran cordialidad: tenemos que hablar despacio y largo. Y me citó para cuatro o cinco días después. Yo lo anoté también»[215].
Acordaron la entrevista, pero un inconveniente impidió que se vieran en la fecha establecida, sin que san Josemaría pudiera advertirle. «Cuando fui, el Padre no estaba: me dio plantón. Se ve que le habían llamado para atender a algún moribundo, y no me pudo avisar, porque no le había dejado mi teléfono»[216]. En aquellos años, el Fundador desarrollaba una intensísima labor pastoral en las barriadas más pobres y en los hospitales de Madrid, y era frecuente que recibiera peticiones urgentes para asistir espiritualmente a alguna persona.
Además, san Josemaría estaba pasando por un momento muy delicado desde el punto de vista económico. Fiándolo todo a la providencia divina, se había lanzado a la aventura de abrir la Academia-Residencia DYA por motivos apostólicos, con el consiguiente desembolso económico, logrado a base de créditos. Pero la Revolución de Asturias había provocado un retraso en la apertura del curso académico y una disminución de las matrículas en la Universidad de Madrid. La consecuencia para los promotores de DYA fue que no llegaron todos los estudiantes que esperaban, con la consiguiente pérdida de ingresos. En febrero se vieron obligados a prescindir de uno de los pisos que tenían alquilados para la residencia.
Ciertamente, no todo eran dificultades; también el Señor mandaba grandes alegrías. Marzo de 1935 pasaría a la historia del Opus Dei porque, el día 19, festividad de san José, hicieron su incorporación definitiva los primeros miembros. Además, el último día de ese mismo mes se celebró por primera vez la Santa Misa en la residencia de Ferraz, y quedó reservado el Santísimo[217].
El caso es que después de aquel fallido intento de marzo, Álvaro se dedicó a sus múltiples quehaceres y no volvió a buscar a san Josemaría hasta tres meses más tarde, una vez finalizado su primer curso de Ingeniero de Caminos[218]. A principios de julio se disponía a salir de Madrid para pasar las vacaciones con su familia, cuando se acordó de aquel sacerdote con quien solo había hablado unos minutos en marzo, y decidió ir a la Residencia DYA para despedirse hasta después del verano. Aquel encuentro fue decisivo.
Álvaro tenía veintiún años y estaba preparado para escuchar la llamada de Dios. La formación cristiana recibida en el hogar y en el colegio; su sencilla, pero intensa vida de piedad; su afán de trabajo y de servicio a los más necesitados, acompañado por la oración y el sacrificio de san Josemaría habían preparado su alma como tierra fértil para acoger la semilla divina.
 
 

[141] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 35.

[142] Cfr. la crónica del suceso en el diario ABC, de Madrid, nº 8032, del 25-IX-1928, p. 4.

[143] Cfr. ibid., pp. 35-36.

[144] Sobre la fundación del Opus Dei y los primeros pasos del Fundador, cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid, 1997, pp. 251-324.

[145] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Carta 9-I-1932, n. 92 (cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., p. 304).

[146] San Josemaría, Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 90 (cit. en ibid., p. 315).

[147] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 302, 30-IX-1931 (cit. en ibid., p. 312, nota 156).

[148] Cfr. testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 15.

[149] San Josemaría, Palabras pronunciadas durante una reunión familiar, 19-IX-1971: AGP, Biblioteca, P01, 1985, 825-826.

[150] Cfr. Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 3.

[151] Cfr. ibid., p. 2.

[152] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 24-VIII-1977: AGP, Biblioteca, P01, 1997, 1006.

[153] Cfr. Árbol genealógico, AGP, APD D-6021.

[154] Cfr. Ben-Ami, S., La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930, op. cit., pp. 208-231.

[155] Sobre la cuestión religiosa durante la Segunda República española se pueden consultar, entre otros, Redondo, G., Historia de la Iglesia en España, 1931-1939, Rialp, Madrid, 1993, vol. I; Cárcel Ortí, V. (ed.), Historia de la Iglesia en España, BAC, Madrid, 1979, pp. 331-394; Id., La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), Rialp, Madrid, 1990.

[156] Cfr. Solicitud de matrícula en las asignaturas de los dos cursos de Ciencias del bachillerato universitario (8 asignaturas) y de examen final conjunto de todas ellas (Madrid 28-VIII-1931), AGP, APD D-6003-16; Solicitud de realizar el examen final en la Universidad Central y petición de envío a la misma del certificado de estudios (Madrid 28-VIII-1931), AGP, APD D-6003-17; Ejercicio escrito del examen final (Madrid s/f), AGP, APD D-6003-18 y Calificaciones de los Exámenes de reválida del Bachillerato Universitario (Madrid, 29/30-IX-1931), AGP, APD D-6004-20.

[157] Cfr. Testimonio de Antonio Trueba Gómez, AGP, APD T-0015, p. 18.

[158] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 34.

[159] Cfr. ibid., pp. 34-35.

[160] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 17.

[161] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 13.

[162] Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 5.

[163] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 7. «Entonces era relativamente normal inscribirse en la Escuela de Ayudantes cuando se hubieran preparado todas las materias para la admisión: era una precaución, que no comportaba el abandono del estudio debido al siempre problemático ingreso en Ingeniería de Caminos» (Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 5).

[164] Cfr. Solicitud al Director de la Escuela de Minas, para ser admitido a exámenes (Madrid, 2-IV-1932), AGP, APD D-6012-2.

[165] Cfr. Solicitud al Director de la Escuela de Caminos, para poder ser admitido en los exámenes de ingreso (Madrid, IV-1932), AGP, APD D-6009-1.

[166] Cfr. Inscripción de matrícula en el Ingreso de Caminos (Madrid, 20-IV-1932) y resultado del examen (Desaprobado), AGP, APD D-6009-2, y Expediente en la Escuela Especial de Ingenieros de Minas, original en Archivo de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas; fotocopias compulsadas en AGP, APD D-6012-1 a 4, D-6013 y D-6014-1 a 4.

[167] Cfr. Expediente de la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, original en la Escuela Universitaria de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas de la Universidad Politécnica de Madrid; fotocopias compulsadas en AGP, APD D-6008-1 a 4 y D-6120.

[168] Cfr. Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 4.

[169] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 11.

[170] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 2.

[171] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 8.

[172] Cfr. Expediente de la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, AGP, APD D-6120. Había tres calificaciones: “Muy bueno”, “Bueno” y “Suspenso”, que se otorgaban al conjunto del curso. Para pasar de un año a otro, era preciso aprobar todas las asignaturas entre las convocatorias de junio y septiembre: si el alumno era suspendido en una sola, debía repetir el curso completo y volver a examinarse al año siguiente de todas las materias.

[173] Cfr. Solicitud al Director de la Escuela, para poder ser admitido en los exámenes de ingreso (Madrid, 18-IV-1933), AGP, APD D-6009-3 e Inscripción de matrícula en el Ingreso (Madrid, 30-IV-1933) y resultado del examen (Admitido), AGP, APD D-6009-4.

[174] Cfr. Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 3.

[175] Cfr. Inscripción de matrícula para el 1º año (Madrid, 30-IX-1933) y “calificación y clasificación de fin de curso” (suspensión estudios), AGP, APD D-6009-10 a 12.

[176] Del Portillo, Á., Carta a Antonio Trueba Gómez, AGP, APD C-851126. Su compañero Andrés Aterido apunta que, quizá, los profesores temían también que el ejemplo de Álvaro pudiera inducir a otros estudiantes a minusvalorar las dificultades con que se iban a encontrar (cfr. Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 4).

[177] Cfr. Testimonio de Manuel Pérez Sánchez, AGP, APD T-0431, p. 6. Las Conferencias de San Vicente de Paúl habían sido fundadas en Francia, en la tercera década del siglo diecinueve, por Antoine-Fréderic Ozanam (1813-1853), célebre profesor universitario, seglar, escritor y apologista francés. Sus componentes se proponían ofrecer un testimonio de fe, creíble a los ojos de una sociedad cada vez más secularizada, mediante la atención a los más pobres y necesitados. Rápidamente, las Conferencias conocieron una notable expansión por todo el mundo y, concretamente, en España tuvieron una amplísima difusión. Durante aquellos años, las Conferencias de San Vicente de Paúl contaban con una dirección propia, independiente de las parroquias a las que se asignaba cada Conferencia.

[178] Cfr. Fernández, A. (Ed.), Historia de Madrid, op. cit., pp. 515-548.

[179] Discurso publicado en El Socialista, 10-XI-1933.

[180] Sobre el clima antirreligioso imperante en la capital, cfr. Cárcel Ortí, V., La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), op. cit.

[181] Testimonio de Manuel Pérez Sánchez, AGP, APD T-0431, p. 6.

[182] Don José María Vegas Pérez (1902-1936) fue nombrado Rector del santuario del Cerro de los Ángeles en 1935. Tenía amistad con san Josemaría y asistía a los medios de formación ascética que el Fundador del Opus Dei impartía a algunos sacerdotes. Murió mártir.

[183] Cfr. Testimonio de Ángel Vegas Pérez, AGP, APD T-0142, p. 2.

[184] Testimonio de Manuel Pérez Sánchez, AGP, APD T-0431, p. 6.

[185] Cfr. Testimonio de Guillermo Gesta de Piquer, AGP, APD T-0143, p. 1.

[186] Testimonio de Ángel Vegas Pérez, AGP, APD T-0142, p. 2.

[187] Testimonio de Manuel Pérez Sánchez, AGP, APD T-0431, pp. 8-9.

[188] Ibid., p. 9.

[189] Ibid., p. 8.

[190] Ibid.

[191] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 8-V-1983: AGP, Biblioteca, P01, 1983, 105.

[192] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 4-III-1988: AGP, Biblioteca, P01, 1988, 304. Con la expresión “nuestro Padre”, se refiere a san Josemaría Escrivá de Balaguer.

[193] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 16-VI-1976: AGP, Biblioteca, P01, 1976, 925.

[194] Del Portillo, Á., Nota 851 a los Apuntes íntimos de san Josemaría Escrivá de Balaguer n. 1131, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 515.

[195] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 14.

[196] La frase entrecomillada procede del Diario de Luchana/Ferraz, p. 33 (AGP, APD D-17087), que fue el primer centro del Opus Dei. Por disposición del Fundador, desde los comienzos de la Obra, en todos los centros se lleva un “diario” en el que se anotan los sucesos apostólicos y familiares de más relieve. En las páginas siguientes de esta biografía nos remitiremos a los diarios de otros centros, porque son fuentes importantes de información. En el momento de la agresión, Álvaro aún no frecuentaba la Residencia. Es posible que Manuel Pérez, que conoció a san Josemaría un mes después de aquel suceso, lo contara en alguna tertulia, impresionado por la fortaleza de su amigo Álvaro, y quedó consignado en el diario del centro.

[197] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 7.

[198] Testimonio de Antonio Conde Mestre, AGP, APD T-0582, p. 1.

[199] Cfr. Testimonio de Manuel Pérez Sánchez sobre san Josemaría, 1976, AGP, sec A, leg 100-45, carp 1.

[200] Sobre la labor apostólica de san Josemaría con estudiantes universitarios en aquellos años, cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., pp. 474-484.

[201] Cfr. Testimonio de Manuel Pérez Sánchez sobre san Josemaría, 1976, AGP, sec A, leg 100-45, carp 1.

[202] Cfr. Expediente de la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, AGP, APD D-6008-4 y D-6120.

[203] Cfr. Redondo, G., Historia de la Iglesia..., op. cit., vol. I, p. 412; Cárcel Ortí, V., La gran persecución: España, 1931-1939, Planeta, Barcelona 2000, pp. 99-102.

[204] Cfr. Bolloten, B., La Guerra Civil española: Revolución y contrarrevolución, Alianza, Madrid, 1989, pp. 73-89.

[205] Cfr. Solicitud para matricularse en el 1º año (Madrid, 29-IX-1934) e inscripción de matrícula para el 1º año (Madrid, 30-IX-1934), AGP, APD D-6009-13 y D-6009-14.

[206] Cfr. Expediente de la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, AGP, APD D-6120.

[207] Cfr. Expediente personal en el Cuerpo de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, original en el Archivo de la Subsecretaría del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, Madrid: Legajo 37604; fotocopias compulsadas en AGP, APD D-6148.

[208] Cfr. Solicitud de plaza de Ayudante de Obras Públicas en Madrid (Madrid, 28-XII-1934), AGP, APD D-6148-3; Oficio para que preste sus servicios en comisión en la Jefatura de Puentes y Cimentaciones (Madrid, 16-III-1935), AGP, APD D-6148-5.

[209] Cfr. Nombramiento de Ayudante eventual, con destino a la Delegación de los Servicios Hidráulicos del Tajo (Madrid, 16-III-1935), AGP, APD D-6148-4.

[210] Cfr. Carné de conducir, AGP, APD D-18812.

[211] Testimonio de Ricardo Castelo Biedma, AGP, APD T-0140, pp. 1-2.

[212] Cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid, 2002, comentario al punto 481, p. 618. Durante ese mismo mes, san Josemaría había publicado Consideraciones Espirituales y Santo Rosario y, tres meses después, en diciembre, había sido nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel, donde instaló su domicilio (Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., pp. 519-532).

[213] Testimonio de Manuel Pérez Sánchez, AGP, APD T-0431, p. 11.

[214] Ibid.

[215] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 2-X-1975: AGP, Biblioteca, P01, 1975, 1637.

[216] Ibid.

[217] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., pp. 533-549.

[218] Obtuvo la calificación de “Bueno”: cfr. Inscripción de matrícula para el 1º año (Madrid, 30-IX-1934) y “calificación y clasificación de fin de curso” (Bueno), AGP, APD D-6009-14.

Capítulo 4 “La razón de mi vida”
 
«Con el comienzo del Opus Dei en 1928 —explicaba san Josemaría—, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas»[219]. «Toda la ascética de la Obra se apoya, como en su quicio, en el trabajo profesional, el que sea. Cualquier tarea humana noble es santificable. No hay labor que no podamos convertir en instrumento de santidad, porque el trabajo humano es cumplimiento de un mandato de Dios: todo se puede sublimar»[220].
«Yo no me atrevo a decir —enseñaba gráficamente el Fundador— qué es más agradable a Dios, si el trabajo de un catedrático de La Sorbona, o el de un peluquero de pueblo. No sé qué es más grato al Señor: dependerá de la rectitud de intención, de la entrega —que es decir a Dios que sí con libertad—, del espíritu de sacrificio con que se lleve a cabo, espíritu de sacrificio que impulsa a poner la última piedra en la tarea, a terminar hasta el último detalle por amor»[221].
No cabe duda de que, aparte de la fe católica, el encuentro con el Opus Dei fue el acontecimiento más importante en la historia de Álvaro del Portillo. Esa llamada a servir a Dios en medio del mundo, en celibato apostólico, a través del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano —espirituales, familiares, profesionales, sociales—, marca de modo indeleble toda la existencia de nuestro biografiado: en su vida, claramente, se ha de distinguir entre un antes y un después del 7 de julio de 1935.
 
 
1. La llamada de Dios
 
Aunque desde el mes de marzo no se habían vuelto a ver, el 6 de julio de 1935 Álvaro acudió a la Residencia DYA para saludar al Fundador del Opus Dei antes de partir hacia La Granja con sus padres y hermanos. Se trataba de un impulso de la Providencia divina. «Aquel sacerdote se me había quedado grabado: era, evidentemente, cosa de Dios. Y cuando estaba a punto de salir de Madrid, antes del verano, se me ocurrió: voy a despedirme de aquel sacerdote que era tan simpático. Fui, aunque no le había visto más que cuatro o cinco minutos. Me recibió y charlamos con calma de muchas cosas. Después me dijo: mañana tenemos un día de retiro espiritual —era sábado—, ¿por qué no te quedas a hacerlo antes de ir de veraneo?»[222].
Al día siguiente, domingo 7 de julio, asistió al retiro. Según sus propios recuerdos, san Josemaría predicó «sobre el amor a Dios y el amor a la Virgen»[223], y le conmovió profundamente: «Yo no había oído nunca hablar de Dios con tanta fuerza, con tanto amor a Dios, con tanta fe»[224]. Después, a lo largo de los años, en varias ocasiones contó con expresión castiza cómo, tras escuchar esas meditaciones, se había quedado hecho fosfatina[225].
No se conservan más testimonios de la conversación del día 6 ni del retiro del 7; pero podemos suponer que de un modo u otro el Fundador le explicaría el núcleo del mensaje que Dios a través del Opus Dei quería transmitir a los hombres: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: (...) todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo»[226]. «Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas»[227].
Desde aquel momento, Álvaro se sintió identificado con este espíritu, que lleva a recordar a los hombres y a las mujeres de toda clase y condición que deben buscar la perfección cristiana a través de la vida corriente, santificando el trabajo y las circunstancias ordinarias de cada uno, para contribuir a la difusión y extensión del reino de Cristo. En la predicación y escritos posteriores de Mons. del Portillo encontraremos un eco fiel de aquellas enseñanzas del Fundador. Escribía en un artículo en 1966: «Los que viven entregados al duro trabajo, conviene que a través de ese mismo trabajo humano, busquen su perfección, ayuden a sus compañeros, traten de mejorar la sociedad entera y la creación, pero traten también de imitar, con su caridad laboriosa, a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en un trabajo, y que continúa trabajando por la salvación de todos en unión con el Padre... Todos los fieles, por tanto, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancia, y precisamente por medio de todo ello, se pueden santificar de día en día siempre que todo eso se reciba con fe de la mano del Padre celestial»[228].
Sin dilaciones, ese mismo día pidió a san Josemaría la admisión en el Opus Dei[229]. Su alma estaba bien dispuesta para recibir la gracia de Dios. Así describía, tiempo después, lo que sucedió aquella mañana del 7 de julio de 1935: «El Espíritu Santo me abrió los ojos: se sirvió de un retiro espiritual predicado por nuestro Fundador para meter en mi corazón una inquietud nueva, que me llevó a comenzar mi verdadera vida»[230].
Álvaro siempre estuvo convencido del carácter sobrenatural de su decisión: «Se trató evidentemente de una llamada divina porque no se me había pasado ni lejanamente por la cabeza la idea de una vocación de esa clase: yo pensaba solamente que me doctoraría en ingeniería y crearía una familia»[231]. Según sus palabras, Dios le envió una gracia “tumbativa”: «Cuando tenía veintiún años, conocí a nuestro Padre. Fue entonces cuando me hablaron de la Obra, y recibí aquella gracia tumbativa que me empujó a responder: Señor, aquí estoy, yo quiero ser de la Obra»[232].
Comprendidos los rasgos esenciales del carisma específico del Opus Dei, sintió poderosamente la llamada divina a seguir aquel mensaje de radical compromiso en la búsqueda de la santidad en medio del mundo, en el propio estado. En esa respuesta generosa e inmediata no hubo nada de precipitación: aparte de que por su edad —21 años— era persona madura, siempre había destacado por ser particularmente ponderado y prudente a la hora de tomar decisiones importantes.
El interesado resumía el proceso como «la historia de la oración confiada y perseverante de nuestro Fundador, que durante unos cuatro años —sin conocerme siquiera, sólo porque una de mis tías le había hablado de mí— rezó para que el Señor me concediera esta gracia tan grande, el mayor regalo —después de la fe— que Dios podía haberme hecho»[233].
San Josemaría aceptó la petición inmediatamente, manifestando plena confianza en la madurez humana y cristiana de aquel estudiante, por el que llevaba rezando y mortificándose tanto tiempo: más de cuatro años[234].
La asimilación del espíritu del Opus Dei no fue solamente un proceso conceptual, sino que, desde aquel 7 de julio, Álvaro trató de realizar con total empeño este afán de santificar las situaciones y circunstancias de la vida cotidiana[235]. Trabajó con denuedo, buscando realizar sus tareas con perfección, y ejercitándose en las virtudes humanas, por amor a Dios y por el bien del prójimo.
En ese momento, también nació en Álvaro un intenso sentimiento filial hacia el Fundador del Opus Dei, que se prolongó durante toda su vida, sin el que no sería posible entender su posterior biografía como ingeniero, como sacerdote y como obispo. Con la llamada a hacer el Opus Dei en la tierra, Álvaro recibió un particular carisma: la conciencia precisa de que esa misión que Dios le pedía, solo podía llevarla a cabo si vivía en completa unión de mente y de corazón con el Fundador. Estaba convencido de que su camino de identificación con Jesucristo pasaba por seguir fielmente a san Josemaría: ese era el “conducto reglamentario”.
En 1992, el periodista italiano Cesare Cavalleri le preguntaba en una entrevista por este vínculo de filiación. Su respuesta puede resumir el espesor sobrenatural de la relación que le unió con san Josemaría: «Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra. Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida»[236].
 
 
2. Los primeros pasos en el Opus Dei
 
El 7 de julio de 1935, Álvaro del Portillo decidió retrasar sus proyectadas vacaciones de verano, para comenzar la formación espiritual junto a san Josemaría, en Madrid. El Fundador del Opus Dei se ocupó personalmente de los primeros pasos de aquel nuevo hijo suyo, que por su parte comprendió de inmediato la categoría sobrenatural del sacerdote: «Ya en 1935, cuando acababa de conocerlo, vi claramente que sólo pensaba en el Señor y en cómo servirle. Ponía los cinco sentidos en todo lo que hacía; pero, al mismo tiempo, estaba completamente metido en Dios. Vivía lo que solía aconsejar: tener los pies en la tierra, y la cabeza en el cielo; es decir, poner en juego todas nuestras facultades para cumplir los deberes de cada día, en el trabajo profesional, en el ministerio sacerdotal, pero siempre con el pensamiento en el Señor»[237].
Particular impacto le produjo el amor de san Josemaría a la Eucaristía: «Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la Madre Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer»[238].
También entrevió pronto que el Fundador practicaba una constante y heroica penitencia, como manifestación de su amor a Dios y medio para sacar adelante la misión divina que le había sido confiada: «Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando»[239].
San Josemaría comenzó a impartirle unas charlas personales sobre los principales rasgos teológicos, ascéticos y apostólicos del Opus Dei: «Aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas»[240]. «Me explicó el espíritu de la Obra; y me aconsejó concretamente que rezara muchas jaculatorias, comuniones espirituales..., y ofreciese abundantes mortificaciones pequeñas a lo largo del día»[241].
Sus recomendaciones, fruto de la propia vida interior y de una gran prudencia sobrenatural, alcanzaban hasta detalles aparentemente menudos: «Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: “Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Ángel Custodio”»[242].
En la tarea de formación de sus hijos espirituales, el Fundador se servía también de la lectura y comentario de algunos escritos suyos de carácter fundacional. Concretamente, en aquellos meses les comentaba la Instrucción sobre el espíritu sobrenatural de la Obra [243]. Ese documento, datado en 1934, hacía considerar que el designio apostólico que estaban realizando no era una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, divina en su origen y naturaleza, no imaginada por un hombre para un determinado momento histórico o para ayudar a resolver determinados problemas de carácter coyuntural, como la precaria situación en la que se encontraba la Iglesia en España desde 1931[244]. Por querer de Dios, el Opus Dei debía durar mientras hubiera hombres sobre la tierra.
El propósito de san Josemaría al escribir ese texto era grabar a fuego en el alma de sus hijos estas tres consideraciones: «1) La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios; por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice. 2) Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes. 3) Esa convicción sobrenatural de la divinidad de la empresa acabará por daros un entusiasmo y amor tan intenso por la Obra, que os sentiréis dichosísimos sacrificándoos para que se realice»[245].
Pasados los años, Mons. del Portillo recordaría el impacto que la fe y las palabras del Fundador produjeron en su alma, ya desde aquellos primeros momentos, cuando prácticamente todo estaba por hacer: «Hablaba del Opus Dei proyectado en los siglos, a pesar de que éramos cuatro gatos. Nuestro Fundador lo contemplaba como lo estamos viendo ahora, y con el desarrollo completo de todas las potencialidades que aún tiene»[246].
Por su parte, se esforzó por cumplir con amor las prácticas espirituales que forman parte del plan de vida ascético de los miembros de la Obra: Santa Misa y Comunión, media hora de oración por la mañana y por la tarde, santo rosario, etc.; y se empeñó en hacer participar a las personas que tenía a su alrededor del don que había recibido de Dios. Así sucedió, concretamente durante aquel mismo mes de julio, con el también antiguo alumno del Colegio del Pilar, José María Hernández Garnica[247].
José María ya frecuentaba la Residencia DYA, y algunos miembros del Opus Dei le habían planteado su posible vocación, sin obtener una respuesta afirmativa. También Álvaro trató del tema con él, y Hernández Garnica, que usaba un lenguaje escueto y, a veces, rotundo, parece que llegó a emitir un comentario de este tenor: «Ahora, hasta el pelma de del Portillo, que antes no abría la boca, no hace más que insistirme para que me decida a ser de la Obra»[248]. La verdad es que José María se “resistió” pocos días porque, con fecha 29 de julio, escribió al Fundador pidiendo la admisión.
 
 
3. Unas semanas en La Granja
 
El 30 de julio de 1935 Álvaro renovó formalmente su compromiso con el Opus Dei[249], y veinte días más tarde se trasladó a La Granja de San Ildefonso para pasar unas semanas con sus padres y hermanos. Nada más llegar a esta localidad comenzó a cartearse con el Fundador. De este modo, disponemos de unos documentos que constituyen un testimonio elocuente del sentido de responsabilidad con que vivía las obligaciones espirituales inherentes a su vocación; de su afán de almas; del profundo sentido de filiación a san Josemaría y de fraternidad con los demás fieles del Opus Dei.
En la primera misiva, escrita al día siguiente de su arribo a La Granja, se lee: «Querido Padre; llego a ésta cuando van a empezar las fiestas de San Luis, con su gran concurso hípico, cucañas, etc. Por cierto, que como mi familia no sabía a qué hora llegaba, no me esperaban y yo me fui a buscarles a una Iglesia donde se estaba celebrando una función; en ella me encontré a Enrique Alonso-Martínez, con el que estuve antes que con mi familia. ¿Será esto un indicio de que llegará a ser hermano nuestro? He hablado mucho con él ayer y hoy; el hombre está entusiasmado con la Obra (...). Como Usted me aconsejó, procuro acordarme y estar el mayor tiempo posible acompañando al Santísimo. Ni que decir tiene que aunque no pueda ir a la casa de Ferraz mi cariño hacia su espíritu, que es el mío, no disminuye, sino, más bien, aumenta. Le ruego a Usted que pida para que siga mi entusiasmo creciendo y mi perseverancia no flaquee. Todas las noches tenemos Exposición mayor, Bendición y Rosario a los que viene casi todo el pueblo»[250].
Once días después volvía a tomar la pluma. En esta ocasión, manifestaba con sencillez unas luchas espirituales, que evidencian la delicadeza de su alma y su deseo de crecer en humildad: «Querido Padre; le escribo ya con ganas de ir a ésa, para estar en la compañía de Usted y de todos mis hermanos: mucho quisiera poder asistir a las reuniones de los martes y a todo lo de nuestra Casa. (...) Le ruego a Usted y a todos mis hermanos que me encomienden mucho, porque verdaderamente Dios no nos abandona si no le abandonamos a Él; pero el muy bandido del demonio se da una maña terrible para presentar la tentación, de soberbia, sobre todo, ¡hasta en el momento en que vuelvo de comulgar! Me dice que los conocidos que me ven dar gracias durante más o menos tiempo y con más o menos fervor, pensarán bien de mí, y una serie de tonterías..., le suplico que me aconseje lo antes posible»[251].
El Fundador del Opus Dei le ayudaba con sus consejos, al tiempo que, ya desde estos primeros momentos, se apoyaba en Álvaro para espolear la entrega y la generosidad de los demás de la Obra y de los jóvenes que frecuentaban la labor apostólica. Así lo pone de manifiesto un breve inciso que se lee en el número de septiembre de Noticias, un modesto boletín impreso en ciclostil que se enviaba a los residentes y universitarios que frecuentaban la Residencia DYA. San Josemaría informa de que Álvaro del Portillo «se dedicó con éxito en La Granja, a la famosa pesca de que habla San Marcos en el capítulo I de su Evangelio»[252].
También sus padres y hermanos fueron objeto de su afán apostólico. Su hermana menor, Teresa, recuerda que «nos leía a Carlos y a mí la Historia de un Alma (de Santa Teresa del Niño Jesús) y luego rezábamos un misterio del Rosario. En La Granja me llevaba hasta el último pino, cogidita de la mano, y me contaba cosas de Santa Teresita... Me acercaba a Dios de un modo que fuera asequible para mí, una niña pequeña»[253].
Como Dios le había llamado al celibato, dejó de frecuentar el trato asiduo con chicas. No rechazaba el intercambio de conversaciones con las conocidas, cuando coincidía con ellas por diversos motivos; pero evitaba la relación frecuente, o charlar con alguna a solas, y en general todo aquello que pudiera poner en peligro su decisión de vivir el celibato apostólico. Desde el primer momento fue tajante en esta materia, también cuando algunas mujeres —en las relaciones familiares, en el ambiente en que se desenvolvía— mostraban un comportamiento quizá demasiado afectivo. Era amable y educado, pero sin dejarse llevar por la sensiblería. Sin rarezas, sabía ser sobrio en las palabras y en los saludos[254].
La vida cristiana requiere lucha espiritual y perseverancia, también cuando no se experimentan afectos sensibles que muevan a continuar en el afán de amar a Dios. Durante aquellas semanas, Álvaro pasó un momento de dificultad de este tipo que, con la debida prudencia y discreción, san Josemaría dejó reflejado en Camino. El punto 994 dice así: «“Se me ha pasado el entusiasmo”, me has escrito. —Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación»[255].
Años más tarde, Mons. del Portillo explicó quién era el autor de esas letras: «Vamos ahora al punto de Camino...: recoge la carta de un hombre un poco inconsciente que, al pedir la admisión en el Opus Dei, se llenó de entusiasmo. No tenía mérito en seguir ese camino, porque Dios Nuestro Señor le daba tanta gracia. Después, cuando estuvo un poco más formado, su Padre Dios le quitó el entusiasmo, y le decía: basta que actúes con la cabeza y con el amor al Señor que ya tienes. Y se quedó un poco apesadumbrado aquel hombre: ¡qué pena! —se decía—, ahora tengo que ir un poco a contrapelo. Y lo confió al Padre. —El que escribió esa frase un poco tonta, fui yo...»[256].
En 1994, recordó otra vez el suceso, añadiendo nuevos matices: «Una vez escribí al Padre que se me había pasado el entusiasmo sensible, cuando me parecía que veía a Dios en todos los acontecimientos. Después ya era una cosa más reflexiva, de otro estilo, más seria: porque era el mismo amor, pero de otro modo, con mayor madurez y seguridad. Esto no quiere decir que el entusiasmo del principio no fuese sereno, sino que quizá en los comienzos el Señor quiso ayudarme concediéndome una especial alegría»[257].
San Josemaría redactó ese pensamiento de Camino a finales de 1938[258], durante su estancia en Burgos. Naturalmente, no había modo de identificar al protagonista de la anécdota. El mismo Álvaro —a pesar de que lo habría leído varias veces— no cayó en la cuenta de que la carta mencionada era suya, hasta que el Fundador se lo explicó[259]. Después, cuando se conocieron estos detalles, el Fundador aclaró que aquel comentario de Álvaro no significaba que estuviese atravesando una crisis interior, y que lo recogió porque pensó que podía servir a otras almas[260]. En cualquier caso, la sensación de “pérdida de entusiasmo” duró poco tiempo, y fue una situación de la que se sirvió Dios para purificar y hacer más sobrenaturalmente madura su entrega.
A finales de septiembre, Álvaro estaba de nuevo en Madrid para continuar su trabajo en el Ministerio de Obras Públicas, comenzar el segundo curso de Ingeniero de Caminos, y profundizar junto al Fundador en esa “verdadera vida” que había emprendido hacía algo más de dos meses. Faltaban solo diez meses, para que los españoles se enfrentaran en una sangrienta guerra civil.
 
 
4. Crecimiento espiritual
 
En octubre de 1935 el Opus Dei concluía su séptimo año de existencia. La Residencia DYA, superada la crisis del curso académico precedente, atravesaba un momento de expansión. Se había escrito a muchos colegios de segunda enseñanza de provincias e insertado anuncios en la prensa nacional. El resultado fue que las solicitudes de plaza superaron las camas disponibles en el inmueble de la calle Ferraz, nº 50 y, no pudiendo realquilar el piso dejado el año anterior, se habilitó un anexo en Ferraz, nº 48, la casa colindante[261].
Álvaro siguió residiendo en casa de sus padres, pero frecuentó mucho la Residencia DYA. El 23 de octubre renovó de nuevo la incorporación al Opus Dei hasta el siguiente 19 de marzo[262]. Se esforzaba en practicar las enseñanzas del Fundador sobre la santificación del trabajo —«una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración»[263]—, con un notable aprovechamiento del tiempo. Por las mañanas cursaba el segundo año de Ingeniería de Caminos y por las tardes ejercía su empleo como Ayudante de Obras Públicas[264].
A esta actividad se añadía la ayuda que prestaba al Fundador en la buena marcha de la Residencia. Colaboración que abarcaba todos los campos: también, cuando era necesario, el cuidado de la casa. En 1974, durante uno de sus viajes de catequesis por América del Sur, san Josemaría recordaba ante un grupo de hijas suyas que en la Residencia DYA «don Álvaro y yo nos poníamos a lavar los platos y, ahora lo podemos decir, rompíamos alguno..., sin querer. Lo peor eran los suelos: ¡nos desriñonábamos!; entonces no había máquinas»[265].
Continuó con las obras de misericordia materiales y espirituales, como atestigua una nota suya del domingo 3 de noviembre de 1935: «Fuimos unos cuantos a la catequesis del Asilo de San Rafael»[266]. También participó con regularidad en las clases formativas que daba san Josemaría a grupos de estudiantes universitarios. Del 26 al 31 de diciembre asistió a un curso de retiro espiritual predicado por el Fundador[267].
En la vida cristiana, juega un papel insustituible el espíritu de penitencia, como medio de purificación, de crecimiento espiritual y de fecundidad apostólica. Álvaro, que lo estaba aprendiendo de san Josemaría, emprendió decididamente ese camino. Así, un día, doña Clementina se quedó muy impresionada porque entró en su cuarto y se lo encontró durmiendo en el suelo, por mortificación[268].
Su crecimiento en las virtudes teologales y morales se hacía patente, en el día a día, a los ojos de los que le trataban. José María Hernández Garnica confiesa la admiración que le provocó comprobar el progreso espiritual alcanzado por Álvaro en aquellos primeros meses de entrega: «Son los frutos de los dones del Espíritu Santo, sobre todo el de Piedad y Amor de Dios. Esa impresión puede resumirse en una idea: en una palabra, llegar a las últimas consecuencias»[269].
Por su parte, José Ramón Herrero Fontana, también testigo de aquellos momentos, recordaba «la disponibilidad de Álvaro para lo que deseara el Fundador de la Obra, o para hacer algún pequeño servicio a los demás. Su cercanía era sencilla, natural, te hacía favores sin darte cuenta. Era más bien callado, solía intervenir cuando había que decir una palabra templada, o en las bromas si terciaba a favor de alguno. Nunca le oí hablar mal de nadie»[270].
Manuel Pérez, que conocía bien a Álvaro desde que iban juntos a atender a los feligreses de la parroquia de San Ramón, en Vallecas, señalaba que «a partir del año 1935, su comportamiento fue más afable, de trato más sencillo (...). Obraba con porte digno y afabilidad con todos, procurando tratar a muchos amigos. Nunca daba su opinión si no se la pedían. En resumen: que destacaba por su llana humildad, nada afectada, procurando no llamar la atención innecesariamente y ayudando a todos sus amigos en lo que estaba de su mano»[271].
Se conserva un manuscrito, redactado con toda probabilidad a lo largo de 1935 o en los primeros meses de 1936, que, dentro de su sencillez, muestra cómo crecía en espíritu apostólico. Comienza formulándose una pregunta: «¿Qué clase de apostolado se puede hacer con los compañeros de estudio?»[272]. A continuación, y a lo largo de tres caras de cuartilla, expone la necesidad de comenzar formándose uno mismo en el terreno espiritual y profesional, para poder instruir a otros pocos, que a su vez se convertirán en apóstoles y, de este modo, llegar a muchas almas[273]. En definitiva, demostraba que había asumido en profundidad los modos apostólicos recibidos del Fundador, y se había preguntado —con sentido de responsabilidad personal— sobre el mejor modo de llevarlos a la práctica[274].
También su familia experimentó el empeño de Álvaro por vivir las virtudes cristianas; en particular, la caridad. Su hermano pequeño, Carlos, conservaba un recuerdo preciso. Un día se puso a jugar con unos dibujos de ingeniería en los que Álvaro había trabajado durante un año entero, y los estropeó por completo. «Mi madre, al ver aquel desaguisado, se llevó un gran disgusto y me dijo algo así como: —“Ya verás, cuando llegue tu hermano Álvaro y vea lo que le has hecho, echándole por tierra tanto tiempo de trabajo”. Yo aguardé su llegada con el natural temor. Esperaba que me riñera o me gritara; o incluso que, como fruto de la irritación, llegara a darme algunos cachetes... Pero no sucedió nada de eso. Llegó a casa; contempló lo que le había hecho; me llamó; me acerqué temblando; me sentó sobre sus rodillas y, entonces, con aquella serenidad que le caracterizaba, comenzó a explicarme el tiempo que había empleado en realizar aquel trabajo, y cómo yo, por haber jugado donde no debía, lo había echado a perder. Yo me quedé asombrado: en vez de pegarme, lo que hizo fue enseñarme la importancia de aquel trabajo, ¡para que yo aprendiera a ser más cuidadoso en el futuro! Puede parecer una anécdota sin importancia. Pero nunca la he podido olvidar»[275].
Tampoco faltaron, durante estos meses, algunos problemas de salud. Su hermana Pilar recuerda que padeció un ataque de reuma y le fue a visitar el doctor Gregorio Marañón, que era una autoridad científica en España. El “medicamento” que recetó pareció realmente curioso a toda la familia: ajos picados, remojados en unas gotas de alcohol[276].
 
 
5. Los primeros seis meses de 1936
 
La situación social en España era cada vez más grave. El 7 de enero de 1936, el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, había disuelto las Cortes y convocado elecciones generales para febrero. El clima preelectoral fue tan tenso que san Josemaría tuvo que abandonar su vivienda en el Patronato de Santa Isabel, porque se había convertido en un lugar peligroso para un sacerdote, y se trasladó a la Residencia DYA, mientras que su madre y hermanos se instalaron en una pensión de la Calle Mayor[277].
El 16 de febrero, las urnas decretaron la victoria del Frente Popular, y tres días más tarde Manuel Azaña encabezó el nuevo gobierno. La situación se radicalizó aún más, y comenzó un nuevo periodo de gran violencia, especialmente antirreligiosa. La propaganda contra la Iglesia era furibunda. Se provocaron incendios en varios centenares de iglesias, se multiplicaron los robos sacrílegos, las profanaciones y las acciones violentas contra el clero.
La tensión era tal que el Fundador consideró seriamente el riesgo de ser asesinado por su condición de sacerdote. Casi cuarenta años después, Álvaro recordaba que «un día, el Padre me estaba esperando en el comedor de la Residencia de la calle Ferraz; cuando entré, me dijo: Tú ves cómo están las cosas; a mí me pueden matar en cualquier momento, porque soy sacerdote. ¿Tú te comprometerías libremente a sacar adelante la Obra si me matan? —Sí, Padre, sin duda —respondí»[278].
La respuesta afirmativa era plenamente consciente de lo que llevaba consigo. Lo prueba, por ejemplo, una conversación que mantuvieron Álvaro y Juan Jiménez Vargas[279] en el mes de julio de aquel año, a los pocos días de estallar la guerra civil española. Comentaban entre sí los sucesos de aquellas jornadas, preguntándose cómo terminaría todo aquello. «Si triunfa la revolución comunista —se decían—, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero»[280]. Ambos tenían muy presente el compromiso de hacer el Opus Dei.
El 19 de marzo de 1936, Álvaro renovó su incorporación a la Obra de manera definitiva[281]. Era un breve acto, sencillo y solemne a la vez, en el que san Josemaría tenía entonces la costumbre de besar los pies a sus hijos espirituales, mientras pronunciaba las palabras de la Sagrada Escritura: «quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona»[282] (¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian el bien!).
Durante toda su vida Álvaro conservó indeleble el recuerdo de aquel momento, y la escena le vino a la mente con fuerza el 27 de junio de 1975, cuando se encontraba rezando ante el cadáver del Fundador. Antes de proceder a la sepultura, se arrodilló y le besó los pies. Más tarde, explicó el porqué de ese gesto: «me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¿Cómo podría olvidarme? No fue sólo un gesto. No fue sólo una expresión de fidelidad y de unión. Mucho más: fue entregarme a mí mismo de nuevo»[283].
El curso académico avanzaba y, a finales de marzo, Álvaro emprendió uno de los viajes que formaban parte del plan de estudios en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Desde los primeros años de la carrera los alumnos, acompañados de los profesores correspondientes, realizaban excursiones para visitar obras de envergadura en construcción, o instalaciones de talleres. En esa ocasión, se dirigieron hacia las provincias del Norte de España.
A lo largo de aquellas jornadas, escribió a san Josemaría en varias ocasiones, y sus cartas ponen de relieve —igual que las escritas en La Granja el verano anterior— un empeño sacrificado por ser fiel al plan de vida espiritual, en circunstancias que se salían del ritmo ordinario, y un vibrante afán apostólico. «A mí me va bien, salvo la visita [al Santísimo], que me arreglo muy mal para hacerla y la oración de la tarde, que tampoco la hago. No puedo dormir mucho, porque hay que madrugar; el otro día me acosté a la 1 para levantarme a las 6. Esto, unido, a lo que hay que andar y al cambio del plan de vida, hace que esté bastante cansado. Es posible que mañana vaya a Begoña a oír la Misa, si tengo tiempo, pues a las 9 estamos citados aquí en Bilbao para ir a Sestao. Si no se me arregla muy bien prefiero desde luego no ir, para hacer la oración y oír la Misa aquí; probablemente si voy a Begoña no tenga tiempo de hacer la oración»[284].
Al regreso del viaje, a comienzos de abril, se encontró con nuevas responsabilidades. Durante los meses anteriores, había crecido el número de miembros del Opus Dei y el de las personas que participaban en la labor apostólica. Al mismo tiempo, el Fundador sentía con fuerza la necesidad de iniciar la expansión fuera de Madrid. En febrero había anunciado la intención de comenzar en Valencia y París; en abril viajó a la capital del Turia, con la intención de abrir una Residencia para universitarios[285].
A finales de junio, parecía que esos deseos pronto serían realidad. Dentro de Madrid, se disponían a trasladar la Residencia de estudiantes a otra sede, en la calle de Ferraz, nº 16, dotada de mejores condiciones. Por su parte, Álvaro terminó su segundo año de Ingeniería de Caminos con la calificación de “Bueno”[286]. En la primera semana de julio, comenzó la mudanza de DYA[287]; pero el día 13 un suceso conmocionó Madrid y toda España: José Calvo Sotelo, uno de los líderes monárquicos de la oposición parlamentaria, fue asesinado por miembros de las fuerzas del orden público. Quizá fue la gota que hizo desbordar el vaso: el 18 de julio, la profunda fractura político-social que era una realidad en el país desde muchos meses atrás, se exteriorizó mediante el llamado “Alzamiento nacional”.
Cuando llegó la noticia de que las tropas de África se habían sublevado contra el Gobierno, Álvaro se encontraba trabajando en el acondicionamiento de la nueva sede de la Residencia[288]. Las calles de la capital fueron tomadas por milicianos que, puño en alto, amenazaban con sus armas a los viandantes. A partir de entonces, la persecución religiosa fue aún más abierta y cruenta. Comenzaba para Álvaro un largo periodo —más de dos años—, en el que daría muestras de heroísmo en muchas ocasiones.
 
 

[219] San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1996, 18ª ed., n. 26.

[220] San Josemaría, Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 19-III-1964: AGP, Biblioteca, P01, 1986, 29.

[221] Ibid.

[222] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 25-IX-1975: AGP, Biblioteca, P01, 1975, 1637.

[223] Ibid., 1638.

[224] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 7-VII-1985: AGP, Biblioteca, P01, 1985, 871.

[225] Cfr. Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 2-X-1975: AGP, Biblioteca, P01, 1975, 1638.

[226] San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 1, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., p. 201.

[227] San Josemaría, Conversaciones ..., op. cit., n. 55.

[228] Del Portillo, Á., El laico en la Iglesia y en el mundo, en Nuestro Tiempo, n. 148 [X-1966], pp. 3-22.

[229] Cfr. Carta de petición de incorporación al Opus Dei (Madrid, 7-VII-1935), AGP, APD C-350707-01.

[230] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 1, n. 107.

[231] Del Portillo, Á., cit. en Perfil cronológico-espiritual del Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, Obispo y Prelado del Opus Dei (1914-1994), Roma 2002, pp. 37-38 (AGP, Biblioteca).

[232] Del Portillo, Á., Homilía con ocasión de su 75º cumpleaños, 11-III-1989, cit., p. 287.

[233] Cit. en Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 14.

[234] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 24.

[235] Cfr. ibid., p. 897.

[236] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei. (Entrevista realizada por Cesare Cavalleri), Madrid, Rialp, 2001, 9ª ed., p. 106.

[237] Ibid., p. 133.

[238] Ibid., p. 142.

[239] Ibid., p. 201.

[240] Ibid., pp. 102-103.

[241] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 14-II-1976: AGP, Biblioteca, P01, 441.

[242] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., pp. 162-163.

[243] Cfr. Testimonio de Ricardo Fernández Vallespín sobre san Josemaría Escrivá de Balaguer, 1975, T-00162, AGP, serie A.5, Leg. 210, Carp. 2, Exp 6.

[244] Cfr. San Josemaría Escrivá de Balaguer, Instrucción, 19-III-1934, nn. 1 y 6, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, op. cit., vol. I, p. 576.

[245] Ibid.

[246] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 2-X-1988, AGP, serie B.1.4 T-881002.

[247] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 1-VIII-1935: AGP, APD D-17044.

[248] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 26.

[249] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 1-VIII-1935: AGP, APD D-17044.

[250] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría (AGP, APD C-350823).

[251] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-350903. Añado otros párrafos de esa misma carta, que muestran sus afanes en esos días: «Aquí hago una vida demasiado reposada, pues me estoy en casa, salvo la hora de la Misa, hasta las 12 y pico, en que salgo, generalmente a sentarme con un libro en un sitio donde no haya nadie, o a darme un paseo con Enrique hasta eso de las dos. Por la tarde, de 3 a 4 en punto estoy echado; después hago la meditación, utilizando el Avancini, que me ha dejado mi tía, ya que el Villacastín se lo dejé a Enrique. Enseguida me doy una vuelta también “solo”, hasta las 7 ½, hora en que hay Rosario y Exposición. A la salida de ésta, hasta las 9 ½ o poco menos paseamos juntos Enrique y yo» (ibid.).

[252] Esta frase de san Josemaría se encuentra en AGP, Biblioteca, P01.

[253] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 3.

[254] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 846.

[255] San Josemaría, Camino, n. 994, op. cit.

[256] Del Portillo, Á., Notas de un coloquio, 4-IV-1982, cit. en ibid., p. 1012.

[257] Del Portillo, Á., Notas de un coloquio, 4-IV-1982, cit. en ibid., AGP, P03, 1994, p. 134.

[258] Cfr. San Josemaría, Camino, op. cit., comentario al punto 994, pp. 1011-1014.

[259] Cfr. Del Portillo, Á., Notas de un coloquio, 28-VIII-1991, cit. en ibid., p. 1012.

[260] Cfr. Del Portillo, Á., Notas de un coloquio, 19-II-1976, cit. en ibid., p. 1012.

[261] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., p. 557.

[262] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 23-X-1935: AGP, APD D-17044.

[263] San Josemaría, Consideraciones Espirituales, Cuenca 1934, 34.5; más tarde recogido en Camino, n. 335.

[264] Cfr. Solicitud para matricularse en el 2º año (Madrid, 30-IX-1935) e inscripción de matrícula para el 2º año (Madrid, 30-IX-1935), copia en AGP, APD D-6009-15 y D-6009-16.

[265] San Josemaría, Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 29-VII-1974. AGP, Biblioteca, P05, vol. 2, 251.

[266] Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 3-XI-1935: AGP, APD D-17120.

[267] Cfr. ibid., anotación del 26-XII-1935.

[268] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 16-17.

[269] Hernández Garnica, J.M., cit. en Perfil cronológico-espiritual del Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo, Obispo y Prelado del Opus Dei (1914-1994), op. cit., p. 41.

[270] Testimonio de José Ramón Herrero Fontana, AGP, APD T-1252, p. 1.

[271] Las palabras de Manuel Pérez nos han llegado a través de Luis Prieto Bulló, que se las escuchó personalmente, y las anotó: cfr. AGP, APD T-0993, p. 3.

[272] Del Portillo, Á., Nota sobre el apostolado, AGP, APD D-19435, p. 1.

[273] Cfr. ibid., pp. 1-3.

[274] Cfr. Testimonio de José Ramón Herrero Fontana, AGP, APD T-1252, p. 1.

[275] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 9.

[276] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 16-17.

[277] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., p. 578.

[278] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar: AGP, Biblioteca, P01, 1975, 1638. También en 1975, escribía en una carta: «a principios del año 1936, el Padre me preguntó un día: si yo me muero, ¿continuarás con la Obra? Muy sorprendido, le contesté que sí. Luego he sabido que esa pregunta se la había dirigido a otros hijos suyos. Eran momentos difíciles en España, y no faltaban motivos al Padre para temer por su vida, por el solo hecho de ser sacerdote. Pero lo único que le preocupaba era que se hiciese la Obra, que se cumpliese la voluntad de Dios, abriendo a los hombres este camino divino» (Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 61).

[279] Juan Jiménez Vargas, entonces estudiante de medicina, fue uno de los primeros en pedir la admisión en el Opus Dei.

[280] Testimonio de Juan Jiménez Vargas, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 24.

[281] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 19-III-1935: AGP, APD D-17120.

[282] Rom 10,15 (Vulg).

[283] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 25-XII-1979: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-791224.

[284] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-360401.

[285] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., pp. 579-580.

[286] Cfr. Inscripción de matrícula para el 2º año (Madrid, 30-IX-1935) y calificación y clasificación de fin de curso (Bueno), copia en AGP, APD D-6009-16.

[287] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotaciones del 1, 2 y 6-VII-1936: AGP, APD D-17120.

[288] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 18-VII-1936: AGP, APD D-17120.

Capítulo 5 La guerra civil
 
En las jornadas sucesivas a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, muchos pensaron que el conflicto se resolvería en poco tiempo. Sin embargo, fue el comienzo de una guerra que duró casi tres años y —según las estadísticas comúnmente aceptadas— dejó un balance de 500.000 bajas; de las cuales, 120.000 en retaguardia[289]. Tremendas pérdidas humanas a las que se agregaron ingentes daños económicos y, por desgracia, heridas morales que, aun en la actualidad, se resisten a desaparecer en la sociedad española[290].
En pocas semanas, España quedó dividida en dos zonas: la llamada “republicana”, en la que la sublevación militar no se produjo o fracasó, y la denominada “nacional”, en la que triunfó desde el primer momento. La zona republicana, en la que se encontraba Madrid, fue escenario de la persecución religiosa, especialmente en los primeros meses del conflicto[291]. El acoso contra los católicos —sacerdotes, religiosos y seglares— era continuo. Hay estudiosos que consideran que esa persecución fue la mayor jamás vista en la Europa occidental, después de los primeros siglos del cristianismo, incluso considerando los momentos más duros de la Revolución francesa[292]. Como muestra, se puede recordar que, durante los últimos días del mes de julio de 1936, el número de víctimas pertenecientes al clero ascendió a 861, y solo el 25 de julio, día de Santiago, patrón de España, fueron martirizados 95 sacerdotes seculares. En agosto se alcanzó la cifra más elevada, con un total de 2.077 asesinatos, a una media de 70 al día, entre los cuales hay que incluir a diez obispos. En el primer año del conflicto murieron 6.500 eclesiásticos, como consecuencia del odio a la fe[293].
Por lo que se refiere a la población no eclesiástica —ha escrito Cárcel Ortí—, «no es posible ofrecer ni siquiera cifras aproximadas del número de seglares católicos asesinados por motivos religiosos, porque no existen estadísticas fiables, pero fueron probablemente varios millares»[294]. Por eso, desde los primeros días de la guerra, para escapar de las ejecuciones sumarias, cada vez más generalizadas, numerosos habitantes de Madrid, conocidos por su fe, huyeron de la ciudad o se procuraron documentos más o menos precarios que garantizasen una cierta seguridad. Muchos buscaron refugio en sedes diplomáticas.
En esas circunstancias, el Fundador del Opus Dei desarrolló una amplia labor sacerdotal, con riesgo de su vida. Después de una verdadera odisea, encontró refugio con cuatro hijos suyos —entre ellos, Álvaro— en una sede diplomática madrileña: la Legación de Honduras.
En cuanto a la vida de Álvaro del Portillo, podemos distinguir dos etapas durante la guerra civil. La primera, y más amplia, transcurrió en Madrid, y se prolonga hasta octubre de 1938, en que consiguió pasar a la “zona nacional”. La segunda está constituida desde el momento de su incorporación al ejército de Franco hasta el final de la contienda. En ambos periodos tuvo la oportunidad de convivir con san Josemaría, aunque en circunstancias muy diversas. Años después, evocaba los sufrimientos padecidos durante el conflicto asegurando que «para mí supusieron un avance en vida interior, porque fueron ocasión de convivir en intimidad con nuestro Fundador»[295].
Los más de dos años que transcurrió escondido en la capital de España se pueden dividir a su vez en tres fases. Una primera, que abarca los ocho primeros meses de guerra, durante la cual vivió en siete refugios diversos y pasó un tiempo en prisión; la siguiente corresponde al casi año y medio en que estuvo asilado en la Legación de Honduras; y la tercera y última etapa, mucho más breve que las anteriores, comprende los meses transcurridos desde que abandonó la sede diplomática hondureña hasta que pasó a la zona nacional por el frente de guerra. En el presente capítulo se abordan estos tres periodos.
 
 
1. Perseguido en Madrid
 
El 19 de julio por la tarde, un día después del alzamiento militar, Álvaro acudió a la Residencia DYA. San Josemaría, que se encontraba allí con varios miembros de la Obra, le animó a regresar temprano a su casa pues la situación en la calle se hacía más peligrosa de hora en hora[296].
Mientras volvía al hogar paterno fue detenido por una patrulla de milicianos, que le cachearon y descubrieron que llevaba en el bolsillo un pequeño crucifijo. En aquellos momentos, ese simple hecho constituía motivo suficiente para ser enviado a la cárcel o ser asesinado. Sin embargo, no le causaron ninguna molestia, y pudo seguir su camino[297].
La Residencia DYA se encontraba en la calle Ferraz, enfrente del Cuartel de la Montaña, un establecimiento militar que hasta ese momento había resistido a las pretensiones de las milicias populares para que les entregaran las armas. Durante la mañana del 20, los milicianos asaltaron el cuartel. El combate fue muy duro. Muchas balas de los defensores impactaron la fachada y los balcones de la residencia. San Josemaría y sus acompañantes tuvieron que abandonar el edificio, porque sus vidas corrían serio peligro. Cinco días más tarde, ante la presencia impotente de Juan Jiménez Vargas, la residencia fue incautada por el sindicato anarquista CNT[298].
Durante las primeras semanas de guerra Álvaro continuó viviendo con sus padres, y hasta el 26 de julio logró asistir a la Santa Misa y recibir la comunión a diario. «Hoy —se lee en el diario de Ferraz— es el primer día que se ha quedado sin comulgar Álvaro que era el único que se las había podido arreglar para comulgar todos los días»[299]. Conforme pasaban las jornadas, la práctica totalidad de las iglesias se cerraban o se destinaban a usos no litúrgicos.
En la mañana del 13 de agosto de 1936, algunos miembros de las milicias populares irrumpieron en el edificio donde habitaba la familia del Portillo. Su objetivo era arrestar al capitán del ejército Cristino Bermúdez de Castro, que residía en el mismo inmueble y era hijo de un conocido general, fallecido el año anterior. En ese momento no se encontraba allí. Su esposa se refugió en el piso de los del Portillo. Los asaltantes la siguieron y entraron en la casa a punta de pistola. Con doña Clementina estaban sus hijos Álvaro, Ángel, Pilar, Teresa y Carlos. Ramón, Francisco y José María, habían dejado días antes el domicilio familiar, para esconderse en lugares más seguros[300].
Los milicianos amenazaron con sus armas a los presentes. «Luego, entraron en una habitación en la que estaba Álvaro que, al verlos, se metió algo en la boca y comenzó a mascar. Quizá fuera una lista de amigos suyos con los que mantenía trato apostólico. “—¿Y tú, qué estás mascando?”, le gritaron. “—Un papel”. Lo dijo con tanto aplomo, con tanta serenidad, como si no le importase, que no le hicieron caso»[301].
A continuación, comenzaron a romper las imágenes religiosas que encontraban a su paso y a registrar los muebles. Álvaro se mantuvo sereno y contribuyó a la tranquilidad de la familia. La reclusión se prolongó durante toda la mañana pues los milicianos decidieron esperar el regreso del capitán Bermúdez. Lo apresaron al mediodía, y con él detuvieron también a don Ramón del Portillo cuando volvió a su casa[302]. El militar fue ejecutado la misma tarde de su arresto, condenado por un “tribunal popular”. De don Ramón no hubo noticias por el momento[303].
Obligada por las circunstancias, doña Clementina aprovechó la nacionalidad mexicana para pedir asilo en la Embajada de su país, donde fue acogida con sus hijos pequeños. Pocos días después fueron trasladados, con otras familias, al último piso de una casa que se encontraba bajo protección diplomática, en la calle Velázquez[304].
Álvaro, sin embargo, no pudo ser acogido junto a su madre y hermanos, porque se encontraba en edad militar. Por otra parte, él ya había resuelto que no podía colaborar con quienes perseguían a la Iglesia y pisoteaban los derechos humanos más elementales. Por eso no se alistó en el ejército, y dejó de acudir a su trabajo en la Jefatura de Puentes y Cimentaciones[305]. Estas decisiones, cuya motivación fundamental era de carácter religioso, le obligaron a peregrinar de refugio en refugio, hasta terminar detenido e internado en una de las cárceles populares que proliferaban en Madrid por esas fechas.
 
 
Fugitivo durante tres meses y medio
 
Detenido don Ramón, el domicilio familiar no ofrecía ya seguridad. Álvaro se trasladó a un hotelito de la calle Serrano, perteneciente a unos conocidos que estaban ausentes y que, para evitar los registros, habían colocado en el exterior una bandera argentina, como si gozara de protección diplomática. Allí se encontraba ya refugiado su hermano Pepe y también encontró cobijo Juan Jiménez Vargas[306].
Cuando llevaba tres o cuatro semanas escondido allí, se le ocurrió ir a las oficinas de la Confederación Hidrográfica del Tajo para preguntar si aún seguía en nómina en el Ministerio de Obras Públicas. La respuesta fue afirmativa y, además, le hicieron entrega de los sueldos atrasados.
Terminada esta gestión, se detuvo a tomar un refresco en La Mezquita, un bar muy conocido de aquel barrio. Era un gesto absurdo, porque cualquier patrulla de milicianos podía pedirle la documentación y detenerlo en plena calle. Más tarde, Álvaro atribuyó esa ocurrencia a los Ángeles Custodios. «El caso es que mientras estaba allí, se encontró con don Álvaro González Valdés, el padre de José María González Barredo[307], que le dijo: —¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza y, si se ha dado cuenta, estamos todos en peligro. —Pues que se venga conmigo, dijo Álvaro. Y así es como se fue el Padre al chalet de Serrano, junto con Álvaro y Pepe»[308]. En ese escondite pasaron el resto del mes de septiembre[309].
En aquel alojamiento Álvaro pudo asistir a lo que el Fundador del Opus Dei llamaba “misas secas”, que se grabaron en su alma hondamente. San Josemaría «seguía todas las ceremonias de la Misa encima de una pianola, poniendo el rosario porque no había cruces ni nada. Los símbolos religiosos habían desaparecido de todas partes por miedo a los registros, porque el tener una estampa era motivo para ser fusilado. (...) No era verdadera Misa, porque no tenía pan y vino para consagrar; lo hacía solamente por devoción. Llegado el momento de la Consagración, la omitía por respeto; y al llegar la Comunión, decía una comunión espiritual. Las oraciones que rezaba eran la oración de petición de vocaciones, la que se reza en la víspera de San José, que repetía tres veces. El Evangelio era el de la llamada de los Apóstoles, que se sabía de memoria. Así decía la Misa seca»[310].
Durante las semanas de encierro en el chalet, el Fundador del Opus Dei supo encontrar también un método para que aquellos chicos jóvenes aprovecharan el tiempo, se distrajeran de las tensiones de aquellos días y se formasen a la vez en virtudes humanas. Lo contaba don Álvaro en 1976: «El Padre dirigía la meditación y nos ayudaba a tener el día muy ocupado. Como no podíamos leer o estudiar, pues carecíamos de libros, inventaba cosas para distraernos y ocupar el tiempo en los ratos libres, que eran muy pocos. Por ejemplo, nos enseñó a jugar al tresillo[311]. Fue muy aleccionador. Ni mi hermano, ni Juan, ni yo conocíamos las reglas. El Padre lo había aprendido del Abuelo[312]. Nos enseñó ese juego, pero nos hacía trampas descaradas. Obraba así por dos motivos: para distraernos un poco, y para que nos diésemos cuenta de que incluso en el juego —lo habréis comprobado vosotros en el fútbol, y en tantos otros deportes— puede meterse el amor propio. Con esas trampas, aprendíamos que da lo mismo ganar o perder»[313].
A finales de septiembre, Ramón del Portillo les comunicó que los milicianos estaban llevando a cabo minuciosos registros en los domicilios de los propietarios de aquel inmueble, y en los de sus parientes y conocidos. El escondite, por tanto, ya no resultaba seguro, y debían abandonarlo cuanto antes.
En ese estado de ánimo, el 1 de octubre tuvo lugar otro suceso que también impresionó hondamente a Álvaro. Nos lo ha consignado él mismo. «El Padre le dijo entonces a Juan Jiménez Vargas que buscase otro refugio. A mi hermano Pepe y a mí, que no sabíamos qué hacer, nos aconsejó que nos quedásemos un día más, hasta ver los resultados de las gestiones. Entretanto, después de varias llamadas telefónicas, consiguió hablar con José María González Barredo, quien le aseguró que podría dar con otro escondite»[314].
San Josemaría dejó la vivienda de la calle Serrano para informarse de cómo era el refugio que le ofrecía González Barredo. Al volver, traía la cara demudada. «Me saludó y rompió a llorar. “Padre, ¿por qué llora?”, le pregunté. (...) “Me he enterado de que han asesinado a don Lino”, dijo, y me contó que en aquellas horas en que había deambulado por las calles de Madrid se había enterado del asesinato de un sacerdote amigo, don Lino Vea-Murguía, y de nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda [315], el Fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo»[316].
Pero el motivo por el que había regresado era otro. Efectivamente, se había encontrado con José María González Barredo en el lugar convenido, en el Paseo de la Castellana. «José María, después de saludarle con cariño filial y gran alegría, sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave y le dio una dirección, mientras decía: “—Vaya usted a tal casa, entre y quédese allí. Pertenece a una familia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza”. “—Pero, ¿cómo voy a estar en un lugar ajeno? ¿Si vienen o llaman otras personas, qué digo?”, respondió el Padre.
»Aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, respondió: “—No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite”. “—¿Qué edad tiene esa mujer?” “—Pues, veintidós o veintitrés años”. Entonces, nuestro Fundador pensó: No puedo, ni quiero, quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Y acercándose al sumidero de una alcantarilla, tiró la llave dentro»[317].
El 2 de octubre dejaron el hotelito[318], y durante varios días deambularon de casa en casa: primero, acudieron a la de Juan Jiménez Vargas; después, a la de Herrero Fontana, hasta recalar en la de un viejo amigo del Fundador, el profesor Eugenio Sellés. Erraban por las calles de Madrid como perseguidos, sin un paradero seguro ni medios para subsistir. Su único equipaje era un pijama —que llevaban enrollado alrededor de la cintura, debajo de la camisa—, y un cepillo de dientes[319].
El 6 de octubre, san Josemaría ingresó como “paciente” en la clínica del Dr. Ángel Suils[320] y Álvaro regresó al domicilio familiar. En casa de sus padres recibió en varias ocasiones la visita de Isidoro Zorzano —ingeniero industrial, uno de los primeros miembros del Opus Dei—, que era de nacionalidad argentina y disponía de cierta libertad de movimientos[321]. También fue a verle Juan Jiménez Vargas[322].
Poco tiempo después, se trasladó a la Embajada de Finlandia, situada en la calle Velázquez, a tres manzanas de su antiguo colegio del Pilar[323]. Este refugio duró un poco más que los anteriores, aunque no llegó a dos meses.
En noviembre de 1936, el ejército de los sublevados había alcanzado los arrabales de Madrid y el gobierno republicano se trasladó a Valencia. En la capital, partidos y sindicatos insistían en que los refugiados en las representaciones diplomáticas constituían un potencial peligro para la República —una “quinta columna”[324]— y violaron algunas sedes[325].
Concretamente, los días 3 y 4 de diciembre, los Guardias de Asalto asediaron la Embajada de Finlandia, y el 5 entraron en dos edificios anejos[326], arrestaron a todos los refugiados y los encerraron en la cárcel de San Antón. Entre ellos, se encontraba Álvaro del Portillo[327].
 
 
Prisionero en San Antón
 
La cárcel de San Antón, o “Prisión Provincial de hombres número 2”, estaba situada en el antiguo Colegio de San Antón —hasta entonces regentado por los Escolapios—, que había sido confiscado por las autoridades. Allí se hacinaban cientos de reclusos en condiciones inhumanas, muchos de los cuales fueron asesinados en Paracuellos del Jarama durante los meses de noviembre y diciembre de aquel año: son los episodios conocidos como las “matanzas de Paracuellos”.
Álvaro del Portillo casi nunca mencionó los sufrimientos padecidos en la guerra civil. Una de las raras veces en que lo hizo fue en 1987, durante un viaje pastoral al Extremo Oriente. Se encontraba impartiendo una charla a sacerdotes, y la pregunta de uno de los asistentes le llevó a detenerse sobre el deber cristiano de perdonar las ofensas. Entonces, describió la situación de aquella cárcel: «Había una capilla en la que estaban encerrados cuatrocientos presos. Una vez, un miliciano comunista se subió al altar pateándolo y puso una colilla [un cigarrillo] en los labios de un santo; entonces, uno de los que estaban conmigo se subió al altar y le quitó la colilla. Lo mataron inmediatamente por haber hecho eso. Era un odio increíble a la religión».
Y añadió: «Yo no había intervenido en ninguna actividad política (...) y me metieron en la cárcel sólo por ser de familia católica. Entonces llevaba gafas, y alguna vez se me acercó uno de los guardas —le llamaban Petrof—, me ponía una pistola en la sien y decía: “—Tú eres cura, porque llevas gafas”. Podía haberme matado en cualquier momento»[328].
Durante la estancia en San Antón padeció hambre, malos tratos, torturas psíquicas y físicas, humillaciones de todo tipo. Le hicieron comer —según contaba poco después san Josemaría a sus hijos de Valencia— «¡pobre hijo de mi alma!, de todo»[329], incluso excrementos humanos. Su madre y su hermana Pilar trataban de aliviar su situación, pero era inútil: «Le llevábamos comida, cosa que en aquellas circunstancias terribles nos resultaba muy difícil de conseguir: mi madre tenía que hacer cola durante varias horas para comprarla. Y luego, allí, en la cárcel actuaban con la arbitrariedad más absoluta: por ejemplo, un día le llevamos una tortilla y, al dársela a un miliciano para que se la entregara, se la comió delante de nosotros. Cuando acabó la guerra, nos contó que nunca le entregaron lo que le llevábamos»[330].
Las veces que acudían a visitarle casi no podían hablar, «por el alboroto que había en la cárcel y por lo separados que nos ponían a unos de otros. Álvaro nos decía que nos paseásemos por la calle Fuencarral, porque las ventanas de su celda daban allí. Se conformaba con vernos, aunque nos advirtió que no mirásemos a su ventana. Y nos repetía que no nos preocupásemos por él. Vivía aquella situación con una gran serenidad, con aquel sosiego interior que le caracterizaba»[331].
Buena prueba de esa paz es una carta —la única que se conserva— enviada desde la cárcel a su madre, en la que escribía: «Querida mamá; estoy en S. Antón muy bien. Tienen muchas atenciones con nosotros. (...) La comida es muy abundante; me suelo tomar dos o tres raciones de rancho»[332].
También han quedado testimonios de cómo, en aquellas circunstancias difíciles, vivió preocupado por los demás y olvidado de sí mismo. Un episodio en este sentido tuvo como protagonista a un profesor suyo de la Escuela de Ingenieros, llamado Domingo Mendizábal Fernández. Fue llevado a San Antón y una de las primeras personas que encontró al llegar fue a su discípulo Álvaro del Portillo. Narra la nieta del Profesor Mendizábal que Álvaro le preguntó si había llevado su colchón, «ante la sorpresa de mi abuelo que no esperaba semejante pregunta. Entonces, le explicó que “si no llevas el colchón, tienes que dormir en el suelo”. Con total naturalidad y sencillez, desde ese momento le cedió don Álvaro a mi abuelo el colchón para que lo utilizara durante su estancia en la cárcel»[333].
El 28 de enero de 1937 fue juzgado y —sin que mediara explicación alguna, como sucedió cuando le arrestaron— fue puesto en libertad al día siguiente. Habían transcurrido dos meses de encarcelamiento injustificado: nunca hubo acusación, ni verdadero proceso, ni sentencia[334].
 
 
Bajo bandera mexicana
 
Al salir de la prisión, se dirigió a las dependencias de la Embajada de México, en la calle Velázquez, nº 98, donde se encontraban alojados su madre y sus hermanos. Transcurrió allí poco más de un mes. Su hermana Pilar recuerda que aprovechó aquellos días para darles unas clases a los más pequeños[335]. Y su hermano Carlos añade que «aquello contribuyó a disciplinarnos un poco»[336].
Fue entonces cuando supieron que don Ramón del Portillo estaba preso en la cárcel de San Antón. Habían coincidido padre e hijo durante bastante tiempo, sin llegar a verse. Inmediatamente, doña Clementina comenzó gestiones con los representantes diplomáticos de su país para intentar liberar a su marido[337]. Pero antes de que lo lograran, Álvaro fue obligado por el embajador a abandonar aquella casa. Su condición de ciudadano español, en edad militar, hacía ilegal su permanencia allí[338].
El 6 de marzo se trasladó a una pequeña pensión, y desde allí buscó otros posibles refugios. Isidoro Zorzano anota en su diario que para Álvaro «es el octavo alojamiento que tiene en la temporada»[339]. En la tarde del 13 de marzo, por mediación de un amigo de José María González Barredo, fue acogido en la Legación de Honduras, situada en el nº 51 del Paseo de la Castellana[340]. Dos días antes, había cumplido 23 años.
 
 
2. La “Legación de Honduras”
 
La “Legación de Honduras” no era, propiamente hablando, sede de una misión diplomática, sino tan solo una oficina consular. Se trataba, concretamente, del domicilio de don Pedro Jaime de Matheu, diplomático salvadoreño que ejercía de Cónsul General Honorario de la República de Honduras. Ofrecía, por tanto, un amparo diplomático de “segunda clase”[341].
Al día siguiente de su llegada, Álvaro tuvo la inmensa alegría de abrazar a san Josemaría[342], que también había encontrado amparo en aquel edificio, junto con algunos miembros del Opus Dei —Juan Jiménez Vargas, José María González Barredo y Eduardo Alastrué— y su hermano Santiago. Se habían acogido a esta protección con la esperanza de ser evacuados de la capital en un tiempo breve[343].
Se estima que en Madrid eran más de 13.000 las personas refugiadas en las representaciones diplomáticas y en sus anexos o dependencias[344]. De hecho, dos semanas después de la llegada de Álvaro a la Legación de Honduras, el gobierno republicano dictó unas condiciones generales para la evacuación de los asilados, bajo el compromiso de no admitir en lo sucesivo, cualesquiera fueren las circunstancias, nuevos huéspedes. Los jefes de las distintas representaciones, según lo convenido, habían de solicitar los pases correspondientes mediante listas cerradas y detalladas, con fotografías de los interesados[345].
Sin embargo, en el caso de san Josemaría, de Álvaro y de sus otros acompañantes, todas las gestiones que emprendieron en este sentido fracasaron sistemáticamente. De ahí que la estancia en la Legación se prolongó hasta que estuvieron en condiciones de circular por Madrid con unas mínimas garantías. El Fundador del Opus Dei transcurrió encerrado cinco meses y medio, mientras que para Álvaro la reclusión se prolongó durante un año y cuatro meses.
 
 
Cinco meses y medio con san Josemaría
 
Con ocasión de su 75º cumpleaños, Mons. del Portillo evocó la primera parte de su periodo transcurrido en la Legación de Honduras, con estas palabras: «Durante varios meses, (...) estuvimos alojados con nuestro Padre en un cuarto pequeño, y allí permanecíamos todo el día, jornada tras jornada. En esa temporada, se veía a nuestro Padre metido en Dios, sereno, rebosante de paz, lleno de confianza, porque sabía que el Señor no pierde batallas. Al mismo tiempo, había puesto su vida en las manos de Dios. Y le vi sufrir y le vi gozar»[346].
Dolor y gozo se trenzaron también en su vida, durante aquel periodo. Sufrimiento, porque las condiciones en las que se encontraba eran objetivamente duras. El apartamento del Paseo de la Castellana, si bien se podía considerar amplio para una sola familia, era a todas luces insuficiente para albergar al casi un centenar de clandestinos que lo ocupaba[347]. Hombres, mujeres y niños se veían obligados a convivir en pocos metros cuadrados. No había camas: usaban colchones que se extendían sobre el pavimento. Como disponían de un solo cuarto de baño, para el aseo se seguía un estricto turno a primera hora de la mañana[348].
Hasta mediados de mayo, el Fundador del Opus Dei y sus cinco acompañantes no dispusieron de habitación propia. Se les destinó entonces un cuarto al final del corredor, junto a la puerta de la escalera de servicio. Probablemente, había servido en otros tiempos de carbonera. Era angosto y con suelo de baldosas. Por la noche dormían sobre unas colchonetas, que cubrían todo el pavimento. Durante el día, convenientemente arrolladas y arrimadas a la pared, esas mismas colchonetas servían de asiento. Una estrecha ventana daba a un patio interior, tan sombrío que durante la jornada era menester dejar encendida la bombilla, que colgaba del techo, débil, desnuda y solitaria[349].
Se conservan unos dibujos a lápiz, hechos por Álvaro en junio de 1937, que muestran la disposición de aquel cuarto, durante el día y por la noche. En el primero, se ven las cuatro colchonetas que, dobladas y colocadas junto a las paredes, servían como asientos[350]. El segundo boceto indica cómo se acomodaban para dormir. Había otra colchoneta que no se empleaba porque no era posible extenderla en el poco espacio de suelo que dejaban las otras. Por eso, en el dibujo se anota en broma que esa colchoneta no era tan pequeña como está representada[351].
La escasez de alimento resultaba aún más agobiante que la falta de espacio. Las dos únicas raciones que les facilitaban —al mediodía y a la noche— eran paupérrimas, debido a las dificultades de abastecimiento. En muchas ocasiones, se hallaban por debajo del nivel de subsistencia. En 1979, en una conversación familiar, don Álvaro explicó que «la comida era a base de algarrobas —un alimento que suele darse a los animales—; además estaban pasadas y con proteínas —bromeábamos— pues tenían bichitos de todos los colores: rubios, morenos...»[352]. Basta decir que, en aquellos meses, el Fundador del Opus Dei perdió tanto peso que su madre, la primera vez que fue a visitarle, no le reconoció más que por la voz[353].
A esta precariedad material, había que sumar las dificultades de convivencia que inevitablemente se generaban al ser tan densa la población en el inmueble. Uno de los biógrafos de san Josemaría ha trazado un perspicaz retrato de esas circunstancias: «La vida del refugiado carecía de alicientes si no era la esperanza de algo que no terminaba de llegar: la evacuación o el fin de la guerra. En consecuencia, el desaliento iba destemplando los nervios del asilado, hasta sumirle en una profunda apatía. En aquella atmósfera faltaba incluso el vigor necesario para matar el tiempo, que transcurría con inexorable lentitud, dejando en los espíritus la huella duradera del tedio y del vacío. (...) Las relaciones sociales en aquella forzosa convivencia tampoco eran gratas ni tranquilas. Las desavenencias se producían de continuo, como también la explosión en lamentos o las recriminaciones»[354].
Sin embargo, para las personas que acompañaban al Fundador del Opus Dei, esa situación fue escenario de unos meses de especial intensidad. San Josemaría imprimió «heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro, que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia»[355]. Pilar del Portillo ha escrito a este respecto: «A pesar de la situación, vivían en un clima de serenidad, de sentido sobrenatural y de alegría. Recuerdo que, a veces, le pedían a mi hermana Tere que les cantara unas canciones mexicanas que estaban de moda y, con frecuencia, el Padre se ponía a cantar junto con todos»[356].
Y es que Teresa y Carlos, los hermanos pequeños, acudieron con frecuencia a la Legación de Honduras. Isidoro Zorzano, que proveía en lo posible a las necesidades más elementales de los miembros del Opus Dei encerrados en el Consulado y de sus familias, estaba en contacto con los del Portillo. Como le habían obligado a espaciar sus visitas, para mantener trato regular con san Josemaría organizó a los hermanos más pequeños de Álvaro para que los martes y los sábados acudieran con algún mensaje para el Fundador escondido en los zapatos. La Legación de Honduras se encontraba a seiscientos metros de las dependencias de la Embajada de México, donde los pequeños estaban refugiados con su madre. Su poca edad, once y nueve años respectivamente, les permitía entrar en el Consulado sin despertar sospechas y, por tanto, sin ningún riesgo para ellos[357].
Teresa señala que «aquellas visitas a la Legación eran muy agradables y divertidas. El Padre hacía todo lo posible para que nos divirtiéramos y organizaba, por ejemplo, carreras con las cucarachas que subían por las tuberías. —¡Vamos a hacer carreras!, nos decía. —¡A ver quién sube antes, la rubia o la negra! También nos animaba a cantar. Yo cantaba unas canciones mexicanas que le divertían mucho. Carlos recuerda que había uno que cantaba canciones asturianas»[358].
La presencia de san Josemaría, su fe y optimismo sobrenaturales, su buen humor, habían convertido aquel infierno en un remanso de paz y de serenidad. Su ejemplo y su palabra constituyeron una ayuda incomparable para que Álvaro profundizase en la vida de oración y en la práctica del espíritu del Opus Dei[359]. El Fundador les impulsaba a llevar un intenso plan de piedad y de estudio. Por la mañana temprano, cuando todavía no se habían levantado los demás refugiados, les predicaba una meditación. Como el encerramiento les hacía imposible desarrollar su trabajo habitual, les exhortaba a “crecer para adentro”[360]: «Quizá asalte nuestra mente la idea de que negociar con los talentos que hemos recibido de Dios supone actividad, movimiento. ¡Y mi vida es ahora tan monótona! ¿Cómo conseguiré que fructifiquen los dones de Dios en este forzoso descanso, en esta oscuridad en la que me encuentro? No olvides que puedes ser como los volcanes cubiertos de nieve, que hacen contrastar con el hielo de fuera el fuego que devora sus entrañas. Por fuera, sí, te podrá cubrir el hielo de la monotonía, de la oscuridad; parecerás exteriormente como atado. Pero, por dentro, no cesará de abrasarte el fuego, ni te cansarás de compensar la carencia de acción externa, con una actividad interior muy intensa. Pensando en mí y en todos nuestros hermanos, ¡qué fecunda se tornará la inactividad nuestra! De nuestra labor en apariencia tan pobre surgirá, a través de los siglos, un edificio maravilloso»[361].
San Josemaría les comentaba el Evangelio, les hablaba de la persona y vida de Cristo. «Sus palabras —recuerda uno de los oyentes—, unas veces serenas, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían posarse en nuestra alma»[362].
Al terminar la predicación el Fundador del Opus Dei celebraba la Santa Misa. Colgaba de la pared un Crucifijo y extendía los corporales sobre una maleta. Álvaro dibujó también cómo era aquel improvisado “altar”[363]. Después, las Sagradas Formas no consumidas se conservaban en una cartera, que cada día guardaba uno, por turno, para que pudieran comulgar otras personas, o entregárselas a Isidoro Zorzano para que repartiese la Comunión a los miembros de la Obra que estaban fuera del Consulado[364].
Álvaro quedó profundamente edificado por el espíritu de penitencia del Fundador, que se manifestaba en incontables actos de servicio y de preocupación por los demás y en la práctica de mortificaciones corporales. «En esas circunstancias, cualquier persona —incluso muy generosa en el servicio de Dios— habría pensado que era ya suficiente penitencia ofrecer al Señor el peligro constante de la muerte, las incomodidades, el hambre... (...) Para cualquier persona aun muy mortificada todo eso hubiera bastado, pero el amor de nuestro Padre era más exigente; necesitaba desagraviar, reparar»[365]. Nunca olvidó el día en que, encontrándose él con fiebre y echado sobre una colchoneta, san Josemaría le pidió que se cubriera la cara con la manta porque deseaba usar las disciplinas. Comenzaron a oírse los golpes, recios y acompasados. Al escucharlos, fue contándolos y, años después, comentaba: «Fui curioso, y conté los golpes que se dio; no se me olvidará nunca el número: fueron mil golpes fortísimos. Quedó el suelo lleno de sangre, pero lo limpió bien antes de que entraran los demás»[366].
Se entiende que, durante aquellos meses, incrementó aún más su sentido de filiación al Fundador, que entendía como parte fundamental de su vocación. Pasados muchos años, y siendo ya Prelado del Opus Dei, confió a algunos hijos suyos que en aquellas circunstancias, en las que dormían apiñados en esa pequeña habitación, si se despertaba durante la noche, besaba espontáneamente los pies de san Josemaría, que estaba dormido, como signo de obediencia y humildad[367]. La santidad que veía en el Padre le llevaba a este gesto.
Por su parte, Álvaro demostró gran equilibrio y espíritu sobrenatural en aquellas circunstancias, prodigándose, entre otras cosas, en actos de servicio y de atención a los demás y de olvido de sí mismo. Afrontó el hambre y el frío con verdadera elegancia y sincera alegría. Se conformaba con lo poco de que disponían, sin quejarse ante la escasez[368].
También se ofreció al cónsul para ayudarle a llevar la contabilidad de la Legación[369]. El aprecio de la familia Matheu hacia Álvaro fue muy grande y, cuando el Fundador del Opus Dei se fue al Cielo, le regalaron una copa de oro que en algunas ocasiones había servido de cáliz a san Josemaría durante los meses que permaneció escondido en aquel lugar[370].
En aquel encerramiento obligado, se esforzaban por aprovechar el tiempo al máximo, como si se encontraran en circunstancias normales. Siguiendo un consejo del Fundador, Álvaro trató de aprender japonés[371], porque acariciaba el sueño de llevar un día la luz del Evangelio y del espíritu del Opus Dei al país del sol naciente. También estudió alemán, y llegó a aprenderse de memoria todos los vocablos de un diccionario alemán-español[372]: «Yo leía el alemán con la misma velocidad que el castellano. Cuando había una palabra que no sabía, era inútil que la fuese a buscar en el diccionario, porque allí no estaba. En aquel diccionario había más de 30.000 palabras. O sea, que yo sabía más de 30.000 palabras. Y esto, porque me impulsó nuestro Padre. Si no, no lo hubiese hecho»[373].
Aquel empeño por aprender idiomas era un acto de fe sin fundamento aparente, si se considera que les resultaba imposible incluso moverse con libertad en la propia ciudad.
Se conservan quince cartas escritas por Álvaro en estos meses, rebosantes de buen humor, que son también un indudable testimonio de su crecimiento interior. Así, a finales de mayo, dirigiéndose a las personas del Opus Dei que se encontraban en Valencia, comenta la necesidad de mantenerse muy unidos entre ellos y al Fundador para cumplir eficazmente la voluntad de Dios[374].
En junio, envía a Isidoro Zorzano unas líneas llenas de sentido sobrenatural, de rectitud de intención y de abandono en la providencia divina ante la posibilidad de abandonar la Legación[375]. También en junio, escribe una larga carta, nuevamente a los de Valencia, en la que resalta su afán de ayudar a todos a ser fieles, la necesidad de vivir la comunión de los santos y de cuidar las cosas pequeñas. La carta deja ver, además, un gran afán de almas[376].
En julio, vuelve a dirigirse a los de Valencia, trasmitiendo como siempre los desvelos del Fundador en un lenguaje enmascarado para eludir la censura de guerra: «Por las noches, cuando los demás están aún levantados, el abuelo [san Josemaría] y yo, tumbados en los colchones extendidos, charlamos sobre todas estas cosas de familia [el Opus Dei]. Verdaderamente que las circunstancias dificultan el desarrollo del negocio [del apostolado]. Todo serán inconvenientes. La cuestión económica, la falta de personal: todo. Sin embargo, y a pesar de sus años, el abuelo no se deja llevar nunca del pesimismo. La falta de pesetas le tiene —nos tiene a todos— sin cuidado. Todo está en que se trabaje con mucho cariño; esto y la mucha fe en el éxito todo lo vence. Esto dice el pobre viejo. Pero lo que siente mucho —sentimiento compatible con la esperanza que le anima— es la falta de personal. Contando con todos los de la familia, hay muy pocos, ¡qué no será, por lo tanto, si aun de esos pocos, alguno muere o queda inútil para el negocio! Esto en realidad se puede muy bien considerar, en lo que a lo que interesa se refiere, como muerte, también»[377].
A mediados de junio de 1937, el Cónsul de Honduras comunicó a san Josemaría que no podrían ser evacuados por vía diplomática. Las gestiones habían fracasado y no cabía hacer nada más[378]. Fue un duro revés para todos, porque la reclusión resultaba cada vez más dura de sostener.
En las semanas siguientes, las tropas nacionales fueron ocupando la cornisa cantábrica y, una vez conquistado Santander, expulsaron de Asturias a las fuerzas republicanas, incorporando a su zona toda la franja norte de la península. El gobierno del socialista Negrín, que en mayo había sustituido al de Largo Caballero, perdía así la superioridad en efectivos bélicos, por lo que, igualadas las fuerzas, la guerra prometía ser larga: las batallas del Jarama (febrero), Guadalajara (marzo) y Brunete (julio), no habían decantado de modo apreciable la balanza hacia uno de los contendientes. El 11 de julio, los obispos españoles dirigieron una Carta colectiva a los obispos de todo el mundo, en la que explicaban qué había sucedido en el país desde la instauración de la república: «La irrupción contra los templos fue súbita, casi simultánea en todas las regiones, y coincidió con la matanza de sacerdotes. Los templos ardieron porque eran casas de Dios, y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios»[379].
Ante este panorama, y movido por su afán de ayudar a quien pudiera con su ministerio sacerdotal, san Josemaría consiguió una documentación que le acreditaba como intendente de la Legación de Honduras, y el 31 de agosto abandonó el refugio[380]. A mediados del mes anterior lo había hecho su hermano Santiago[381]. Pocos días después de san Josemaría, marchó también Juan Jiménez Vargas[382]; y, por último, a finales de octubre, Eduardo Alastrué[383]. Álvaro y José María González Barredo, en cambio, tuvieron que permanecer en la Legación.
 
 
Fallecimiento de su padre
 
Cuando Ramón del Portillo salió de la cárcel de San Antón, gracias a las gestiones de doña Clementina ante la Embajada de México, sus condiciones físicas eran preocupantes. «Estaba muy mal de salud, demacrado, delgadísimo, a consecuencia de las penalidades que había pasado en la cárcel. Debió de sufrir lo indecible. (...) Muy posiblemente lo habían soltado porque lo vieron muy enfermo»[384].
Se trataba de una tuberculosis laríngea, que empeoraba día a día, y ante la que no había tratamiento posible en aquellos momentos[385]. Doña Clementina envió a sus hijas Pilar y Tere a la Legación de Honduras, para comunicar a Álvaro que su padre podía morirse de un momento a otro[386].
El Fundador del Opus Dei, por su parte, en cuanto tuvo noticia de la gravedad del enfermo, comenzó a acudir periódicamente a la casa de la calle Velázquez para asistir espiritualmente a don Ramón[387]. Cuando la situación se hizo crítica, le administró la Unción de los Enfermos. La persecución antirreligiosa estaba aún en pleno auge, de modo que, para poder atenderle, se había presentado al portero del inmueble haciéndose pasar por ayudante sanitario. Recuerda Pilar del Portillo «que llevaba puesto una especie de mandilón de tendero y traía los Santos Óleos metidos en un jeringa de inyecciones. Confesó a mi padre, le administró la Extremaunción y le dio la Sagrada Comunión con una piedad y con una unción que nos impresionó, tanto por el modo como por la situación: era realmente heroico hacer aquello en aquellas circunstancias. Mi padre se quedó muy confortado»[388].
Álvaro quiso visitar a su padre, pero san Josemaría le aconsejó que no acudiera, porque se pondría en una situación arriesgadísima, y «bastaba con que uno de los dos se hubiera expuesto. Esto debió de ser muy duro para Álvaro; pero lo que el Padre le dijo —comenta Pilar— era la pura realidad: cualquiera nos podía delatar: por ejemplo, la cocinera que nos atendía en la Legación de México era una mujer extremista y radicalizada desde el punto de vista político. Tenía una hija que se llamaba Mantequilla, y decíamos siempre a los pequeños que no le dijeran nada a esa niña de nuestras conversaciones cuando jugaran con ella, porque corríamos el peligro de que se lo contara a su madre y nos denunciara»[389].
Pocas semanas después, el 8 de octubre, doblegándose a las insistentes presiones de sus hijos espirituales, el Fundador salió de Madrid hacia Barcelona, desde donde intentaría pasar clandestinamente a Francia a través de la frontera de Andorra, para establecerse después en Burgos. Allí podría reanudar la actividad apostólica con libertad[390]. Isidoro Zorzano decidió seguir en la capital para atender a los otros miembros del Opus Dei y a sus familias.
Ramón del Portillo falleció el 14 de octubre[391]. Isidoro le acompañó en sus últimos momentos. Leemos en su diario: «Asistí a los últimos momentos de vida de su padre. No haber estado junto a su madre será un dolor más para Álvaro, que se suma a todos los otros, pero no es prudente que salga del Consulado»[392]. Poco después, escribió a Álvaro: «Ya sabrás por tu madre que asistí a los últimos momentos de tu padre; fue providencial. Siquiera le serví de compañía en esos instantes. Te cabe la tranquilidad de que murió santamente»[393].
Una semana después de la defunción de su marido, doña Clementina abandonó Madrid con sus hijos más pequeños[394]. Algunas semanas antes, lo habían hecho los mayores —Ramón, Pilar, José María y Ángel—, así como las tías Carmen y Pilar[395]. Antes de que terminara 1937, se reunieron todos en Burgos. En un primer momento, se instalaron en casa de la tía materna Lola[396].
 
 
La etapa más dura
 
Desde octubre de 1937, Álvaro del Portillo y José María González Barredo quedaron solos en el refugio diplomático. No es fácil imaginar la prueba que debió de suponer permanecer en la Legación de Honduras con la muerte del padre tan reciente, alejado de san Josemaría y de su madre y hermanos. El encierro se prolongó aún nueve meses más, en los que Álvaro tuvo ocasión de acrisolar su fe, su esperanza y su adhesión a la voluntad de Dios, sobre todo a través del ejercicio de la virtud de la obediencia.
A finales de ese mes, el gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona. Quizá en Madrid, el hecho fue visto como decisivo para las suertes de la guerra; en cualquier caso, constituía una señal clara de que la balanza se inclinaba a favor del ejército “nacional”. Álvaro pidió a Isidoro Zorzano su visto bueno para abandonar la Legación, alistarse en el ejército republicano e intentar el paso a la otra zona de España, por el frente de guerra.
La respuesta de Isidoro fue un no rotundo. Consideraba más prudente esperar. Los motivos eran claros: en primer lugar, porque era sabido que algunos jóvenes habían muerto recientemente en tentativas similares[397]; además, tras la conquista de Bilbao, Santander y Gijón, se rumoreaba que las tropas de Franco iban a lanzar el ataque definitivo a Madrid, hacia mediados de diciembre. Parecía cercano el final del conflicto.
A pesar de la impaciencia por salir de su reclusión, Álvaro aceptó dócilmente el consejo de Isidoro, aunque —como pone de manifiesto la correspondencia de estas semanas entre los dos— se le hacía muy difícil su situación de aislamiento y la separación física de los demás miembros de la Obra: «Querido Isidoro: haz el favor de mandar alguna carta de verdad, con calor familiar que de vez en cuando hace mucha falta. Cuenta detalles de todos, si no puedes ahora, otro día»[398].
A principios de diciembre, Isidoro recibió una postal de san Josemaría, enviada desde Andorra. La marcha a Francia, a través de los Pirineos, se había resuelto con éxito. El Fundador, tras un breve periodo en Pamplona, establecería su domicilio en Burgos y reanudaría su intenso trabajo apostólico[399]. Podemos suponer que esas noticias, además de producir alegría, hicieron también crecer la impaciencia de Álvaro por salir de Madrid y contribuir con su apostolado personal a la expansión del Opus Dei.
Aquellas Navidades fueron especialmente duras, y no solo por el frío, que en algunos lugares de la geografía española llegó a alcanzar los 20º bajo cero. El 15 de diciembre, el gobierno republicano intentó rectificar el rumbo de la guerra, con una gran ofensiva en Teruel —empleó unos 90.000 hombres, con fuerte apoyo aéreo—, que terminaría en derrota el 22 de febrero de 1938. Hubo muchas bajas, y también fueron numerosas las víctimas entre los civiles. Se calcula que más de 14.000 soldados fueron hechos prisioneros.
Álvaro seguía estos acontecimientos desde la Legación, y a veces sentía la tentación de pensar que su forzada inactividad era, más bien, abandono por su parte: se repetía que debía hacer más, para contribuir personalmente a la expansión del Opus Dei y al bien de los demás. Adivinamos esta sensación en una carta suya de principios de febrero, en la que respondía a otra que san Josemaría le había escrito desde Burgos: «Mi padre [Dios nuestro Señor], lejos de ofenderse, como lo habría hecho cualquier otro, por mi inexplicable abandono y dejadez, me anima y con su ayuda vuelvo a las pequeñas luchas que hacen que la rutina y la monotonía desaparezcan del género de vida que aquí llevo. A ver si es verdad, comuniquen Vd. y sus hijos, por favor, con mi padre y así, con su influencia, pasará todo como lo espero. Pero no hay derecho, en lo que llevo escrito no hago sino tratar de mí»[400].
Así, retomó de nuevo las gestiones para dejar la Legación por la vía diplomática, a través de las embajadas francesa e inglesa[401]. Tampoco esta vez tuvo éxito. El espíritu con que afrontaba los reveses y perseveraba en sus intentos queda bien reflejado en una nota a Isidoro: «nuestro asunto es muy difícil, pero haciendo todo lo que podamos, aunque no se consiga nada, no se podrá decir que hemos perdido el tiempo. Damos mucho la lata a los A.A. [Ángeles custodios] de todo el mundo y a D. Pedro P. [san Pedro Poveda]. Veremos a ver qué tal se portan. Desde luego, como todo se hace por ayudar al P. [san Josemaría], con el solo hecho de las gestiones para irse, se consigue el fin, ayudar. Así es que, resulte lo que resulte, nosotros estamos encantados»[402].
Marzo de 1938 trajo dos acontecimientos para nuestro biografiado. El primero fue el regreso de Eduardo Alastrué a la Legación. Además de una gran alegría, el reencuentro supuso para Álvaro un nuevo acicate para exigirse más en la vida de oración y en el aprovechamiento del tiempo[403]. Así lo explicaba en carta a Isidoro: «El impulso que supone recibir el refresco de su compañía, en medio de la monotonía que casi, casi, iba consiguiendo el ambiente introducir en nuestra vida, que, por ser de lucha constante, aunque sean pequeñas las escaramuzas, nunca debía ser monótona. Hemos reorganizado nuestra vida, ampliando las horas de estudio. Desde el primer día, siguiendo el ejemplo vuestro, empezamos a leer la historia de Mateo [Evangelio de san Mateo], charlando los tres sobre lo que leemos y teniéndoos muy presentes a todos. (...) ¡Cuánto hay que hacer; y seremos capaces de quejarnos de nuestra gozosa inactividad! Qué bien claro veo ahora eso de que más hace el que quiere que el que puede. Aun cuando parece que toda acción es imposible, al que quiere se le presenta una actividad inmensa a realizar. Todo está en querer. Claro que vosotros no estáis en el mismo caso, pero habéis de entender perfectamente el nuestro y, por eso, os pido que mucho se lo recomendéis a D. Manuel [al Señor]»[404].
El segundo evento del mes fue un enésimo fracaso de las gestiones emprendidas para la evacuación[405]. Pero, con su habitual confianza en Dios, Álvaro no perdió la serenidad, y siguió buscando nuevas vías para salir cuanto antes del refugio. Conjugaba un deseo ardiente de abandonar Madrid con el convencimiento de que desde su obligado encierro podía ayudar al Fundador del Opus Dei, si cumplía con fidelidad sus deberes ordinarios. Por eso, continuó con el exigente plan de vida espiritual que se había trazado para esa época, con el estudio de idiomas, con la oración por todas las personas de la Obra.
En el escrito De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara[406], resumió su actitud durante aquellos meses: «Bien es verdad que se procuraba aprovecharlos, estudiando intensivamente alemán; sabíamos que las horas que permanecíamos inclinados sobre los libros, servían de ayuda para la labor (...) [que] desarrollasen en zona nacional. Pero comprendíamos también que no bastaba. Era menester que hiciésemos cuanto en nuestra mano estuviese para que, a la ayuda que se deriva de la doctrina de la Comunión de los Santos, se uniese la directa de nuestra participación, de nuestra colaboración personal en los asuntos que el Padre quisiese encomendarnos»[407].
Por tanto, no llama la atención que en abril y mayo volviera a la carga en sus intentos por fugarse de Madrid. Excusándose por la insistencia, confió una vez más a Isidoro que le gustaría alistarse en el ejército republicano, para intentar el paso a la zona nacional por el frente de guerra. La petición de abril terminaba con estas palabras: «Naturalmente, si a D. Manuel [Jesucristo] le gustara que me quedase aquí, yo lo haría encantado pero yo le pido que me deje salir»[408]. Y la de mayo: «No nos falta sino largarnos de aquí, si es que conviene y si no, que llevemos aquí exactamente la vida que debemos llevar»[409].
También Zorzano deseaba su salida, y por su parte no escatimaba esfuerzos para que pudiera llevarse a cabo, pero —después de considerarlo detenidamente en la presencia de Dios— volvió a responder negativamente en estas dos ocasiones. En su diario anotó: «Les he hecho desistir de su empresa por las mismas razones que la otra vez, que se han agravado más si cabe»[410].
Tozudamente, en el mes de junio, Álvaro emprendió nuevas gestiones por la vía diplomática. Fue otro fracaso[411]. Y, una vez más, planteaba a Isidoro el plan de escaparse por el frente de guerra. En esta ocasión aducía que otro huésped del consulado, llamado Manuel Marín, lo había conseguido recientemente[412]. Su comentario sobre la fuga de esta persona muestra que los intereses que le movían eran espirituales y apostólicos: «Sus ideales —leemos en la relación De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara— eran indudablemente muy fuertes, pero de un modo exclusivamente patrióticos. Era ya demasiado: no podíamos nosotros, con obligaciones deducidas de ideales más elevados, permanecer escondidos, esperando soluciones fantásticas que viniesen como flotando por los aires, sin poner lo más mínimo para ir en busca de ellas. Resultaría muy bonito, pero también muy cómodo»[413].
Por fin, obtuvo el beneplácito. En su diario, Isidoro consignó el motivo que le había movido a dar su asentimiento: «En la Legación ha habido novedades en esta semana; por segunda vez, ha insistido Álvaro en su deseo de ir a ver al P. [a san Josemaría] —vía Ricardo [pasarse por el frente de guerra]—; ahora las circunstancias son más propicias que anteriormente, y las pruebas se pueden realizar con más seguridad, como lo comprueban casos concretos; además, la solución diplomática no se endereza; yo creo que los interesados no quieren hacerlo, so pena de invertir mucho dinero, y sin ver todavía una solución pronta al problema general; por ello, y contando con D. Manuel [el Señor], le he indicado que puede realizar sus proyectos»[414].
En esta anotación, destaca la frase “contando con D. Manuel”. Más tarde se supo que, en esas fechas, por una especial gracia divina, Isidoro Zorzano tuvo la certeza de que Álvaro conseguiría atravesar el frente el día 12 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Pilar. «Muchas veces habíamos pedido permiso a Isidoro para que nos permitiera salir de la Legación, pero siempre nos respondió negativamente. Hasta que un día, haciendo la oración en su despacho, supo que nos pasaríamos al otro lado del frente en una fecha precisa: el 12 de octubre de 1938. Fue una luz de Dios, algo sobrenatural y extraordinario, que no le dejó lugar a ninguna duda. Por el mismo procedimiento, lo supo nuestro Padre —que ya residía en Burgos—, y se lo comunicó enseguida a mi madre, que también se encontraba en aquella ciudad: su hijo Álvaro —le aseguró— se pasará a mediados de octubre»[415].
Así que, tras dos semanas de preparativos para intentar alistarse en el ejército, con unas mínimas garantías de no ser inmediatamente arrestado, el 2 de julio de 1938, entonces fiesta de la Visitación de Nuestra Señora, después de un año y cuatro meses de reclusión forzada, Álvaro abandonó la Legación de Honduras[416].
 
 
3. Atravesar el frente de guerra
 
Después de la derrota en Teruel, el gobierno republicano hizo un gran esfuerzo para reorganizar sus tropas: reclutó más soldados y adquirió grandes cantidades de material bélico. En julio, había logrado que sus efectivos fueran superiores a los de sus oponentes, tanto en hombres como en material[417]. Con estos pertrechos, a finales de mes lanzó una nueva ofensiva, la llamada Batalla del Ebro, que duraría hasta mediados de noviembre y concluiría en una ulterior derrota. Fue un episodio durísimo para ambos bandos: quizá la fase más sangrienta de la guerra civil. A partir de ese momento, el camino hacia Cataluña quedó despejado para las tropas del General Franco.
Al dejar la Legación de Honduras, Álvaro se alojó en un piso del nº 6 de la calle Goya, donde se había trasladado también su compañero de refugio José María González Barredo[418]. Inmediatamente, comenzó los trámites para alistarse en el ejército. Para lograr evadirse a través del frente de batalla, era absolutamente necesario que le destinasen a una unidad de la primera línea de fuego y con las condiciones adecuadas.
Como en abril habían llamado a filas a los jóvenes de dieciocho años, Álvaro debía lograr un documento que certificase su pertenencia a esa quinta. Pero tenía 24 años y el aspecto físico le delataba: resultaba evidente que le hubiera correspondido incorporarse antes al ejército. De todos modos, consiguió el carné de un sindicato anarquista, a nombre de su hermano Pepe. Con los consiguientes retoques caligráficos, se presentó a pedir destino, fiado en la ayuda de Dios. Hasta en tres ocasiones, acudió a la caja de reclutas, para lograr un empleo militar que resultase adecuado para la fuga. La primera vez simuló tener 18 años; las otras, 31 y 30[419].
Fueron semanas de arriesgadas gestiones, que acometió buscando fortaleza en la oración, y muy unido a los otros cuatro miembros de la Obra que residían en Madrid en aquellos momentos: «Por las tardes nos reunimos en casa de Eduardo o en la nuestra y hacemos la oración, generalmente sobre apuntes sacados de meditaciones del Padre. Los leemos despacio y vamos comentándolos a nuestro sabor. De esta manera, se unifican los espíritus de todos en el de la Obra. Resulta un cambio de impresiones que creemos nos hace mucho bien. Después, a cenar, también juntos, al cuartel»[420].
Es llamativa su confianza en la ayuda de los Ángeles Custodios, heredada de san Josemaría. Los apuntes en los que relata su segunda incorporación a filas son reveladores: «Como tengo un carnet de identidad a mi nombre[421], lo que hago es cambiarlo un poco, modificando la inicial del apellido. Paso a llamarme Álvaro Rostillo. No utilizo ahora a nadie para valedor en la presentación. Mejor dicho; encargo a los Ángeles Custodios que se las arreglen de modo que no me reconozcan. En efecto; todo sale a pedir de boca»[422].
Ante el fracaso de las dos primeras tentativas para obtener el destino deseado, decidieron abandonarse por completo en la providencia divina: «En vista de que todos los medios que nosotros ponemos fallan, llegamos a la conclusión de que el Señor quiere que nos pongamos por completo en sus manos (...). Como no podemos ni poner ni ver más medios humanos, no queda sino esperar a que Él, que sabe más, ponga los suyos y nos lleve, como de la mano, ya que nosotros estamos ciegos, por donde le plazca. Así lo hacemos»[423].
Con esta firme decisión, el 18 de agosto se presentó por tercera vez para enrolarse —ahora con el nombre de Juan Álvaro Cortillo[424]—, e inmediatamente fue asignado a una compañía de instrucción que saldría para el frente seis días más tarde. El 24, después de asistir clandestinamente a Misa y comulgar en la casa de una familia cubana, partió desde el Cuartel de María Cristina hacia un lugar desconocido por los reclutas. La víspera supo que, de modo providencial, Vicente Rodríguez Casado había sido destinado a su misma unidad.
Sus disposiciones interiores al dejar Madrid eran muy claras: «Hacemos el propósito concreto de conseguir, por medio de la presencia de Dios, que este acto exterior de pasarnos no sea sino una consecuencia inmediata y lógica de nuestra vida interior. Así ha de ser siempre, en la Obra, y es menester que nos vayamos entrenando»[425].
Álvaro y los otros fieles del Opus Dei no eran hombres “milagreros”; habían asumido plenamente que su intento comportaba un riesgo muy alto, y eran conscientes de que otros habían muerto en circunstancias como las que iban a afrontar. Así, escribirá: «Supimos que Arquelao (...) cayó asesinado por los rojos entre las dos líneas, en el momento en el que intentaba el salto. Eran más los que caían en la empresa que los que triunfaban en ella»[426].
Pero, hay que repetirlo, tenían una fe absoluta en la Providencia divina. Por eso, razonaban del modo siguiente: «A lo largo del camino, la gente hace mil cábalas sobre cuál será el punto de destino de la expedición. ¿Levante, Extremadura, Guadalajara? Nosotros apenas intervenimos en la conversación. Nos tiene perfectamente sin cuidado, pues sabemos que, dondequiera que nos lleven, ése precisamente será el mejor punto que haya, a lo largo de todo el frente, para que nos pasemos»[427].
El 29 de agosto la Brigada fue trasladada a Chiloeches, un pueblo situado al sur de Guadalajara, donde Álvaro fue cambiado de unidad y destinado a la 4ª Compañía de Fusileros. Allí volvió a coincidir con Vicente Rodríguez Casado[428]. En estas “casualidades” seguían viendo la mano de Dios sobre los dos.
Desde Chiloeches viajaron a Fontanar, a pie. Así lo describió: «Es la primera marcha que hacemos con el fusil al hombro, pero no lo es ni será la última que hacemos con el estómago vacío. Muchos creen que, por fin, vamos al frente; salimos casi de noche y con muchas precauciones, aunque estamos muy lejos de las líneas de combate. Estos temores son magníficos, pues hacen que vayan los hombres bastante separados unos de otros, formando una fila india a cada lado de la carretera, lo que permite que podamos rezar el rosario completo, las preces y hacer la oración. Así se nos pasa una buena parte del camino»[429].
En Fontanar empezaron un periodo de instrucción que se prolongó durante mes y medio. El 19 de septiembre, y nuevamente de modo providencial, se les unió Eduardo Alastrué, compañero de refugio en la Legación de Honduras, con el que también habían planeado la fuga.
La coincidencia de los tres en Fontanar no tiene fácil explicación humana. En un ejército compuesto por muchos miles de hombres, con abundantes posibilidades de destinos distintos, los tres habían coincidido fortuitamente en el mismo pelotón de la 4ª Compañía, del 81º Batallón, de la 21ª Brigada. Era evidente que Dios llevaba la dirección de los acontecimientos, porque «lo lógico —contaría Álvaro, años después— hubiera sido que cada uno fuésemos a parar a un sitio diverso; pues nos mandaron al mismo regimiento, al mismo batallón, a la misma compañía y al mismo pelotón: ¡es increíble!»[430].
El ambiente reinante en la unidad militar era netamente anticristiano. Álvaro reparaba generosamente por las blasfemias que acompañaban las órdenes de mando y los movimientos de la tropa. También evitó con delicadeza las ocasiones contra la virtud de la castidad. Su conducta revelaba una profunda aversión al pecado venial deliberado, y una lucha decidida para cuidar el trato con Dios en esas circunstancias[431]. Las cuatro cartas que escribió desde Fontanar son también un buen testimonio de su finura espiritual[432].
El 2 de octubre de 1938, décimo aniversario de la fundación del Opus Dei, Álvaro pidió permiso a la autoridad militar para viajar a Madrid, por motivos personales. En realidad, quería ir a la capital para recibir la Sagrada Comunión y para que Isidoro Zorzano le entregase algunas Formas consagradas, de manera que pudieran seguir comulgando hasta el día en que atravesaran el frente. Isidoro le informó de que el Señor le había hecho entender que el día del Pilar (12 de octubre) los tres estarían libres[433].
La presencia del Santísimo Sacramento marcó un nuevo ritmo en la vida militar de los tres compañeros, que se turnaban para llevarlo consigo y custodiarlo. «Lo llevamos en mi cartera y, como de costumbre, por turno. Como durante el día, entre instrucción de una u otra clase, apenas podemos hablar unos con otros, no hay miedo a faltas de respeto. En cuanto tocan marcha, nosotros nos reunimos y apartamos de los demás, procurando que no se note demasiado nuestra amistad. Por la noche, mientras los otros tres de la pandilla hacen la cena, nosotros hacemos la Visita en forma de paseo. Vivimos con intensidad la fortaleza y la verdad de la narración evangélica de los discípulos de Emaús: “¿No sentíamos arder nuestro corazón, mientras caminábamos con Él?” Después, a la “cama”. Pero como estos momentos podían ser de peligro, por ser los de expansión de la gente, el que lleva a D. Manuel [al Señor] queda paseando hasta que todo el mundo duerme; hasta que no haya miedo a groserías ni blasfemias»[434].
El 9 de octubre la compañía inició la marcha hacia Campillo de Ranas, donde parecía haberse estabilizado el frente. Fue una dura caminata de más de cuarenta kilómetros, pasando por Razbona y Tamajón, en ocasiones bajo el fuego enemigo: «Subidas y bajadas; vueltas a un lado y otro; cañones, arroyos, puertecillos, sendas que enseguida se pierden, matorrales que ocultan a la gente, gritos, viento, blasfemias, ruidos nocturnos, las alpargatas que se niegan a seguir albergando los pies. ¿Un puente romano? Más. Y más. Paradas, soldados que se pierden, muchachos que juran no poder continuar... Y D. Manuel [el Señor] con nosotros; afectos, confianza, agradecimiento, cambios de palabras de entusiasmo... ¡Qué larga la caminata para los demás! ¡Y qué corta para nosotros!»[435].
El día 10 llegaron a la primera línea de combate. En aquel momento, Álvaro, Vicente y Eduardo ya se habían ganado la confianza de los mandos, y recibieron la misión de realizar unas compras en un pueblo cercano. Era la ocasión que estaban esperando. Con el pretexto de efectuar ese encargo, abandonaron la unidad militar el 11, a las 7.30 de la mañana, y dieron comienzo a la fuga. Después de superar la cresta del monte Ocejón y seguido el curso del río Sonsaz hasta el vado del Sorbe, pasaron la noche en una cueva[436].
El 12 de octubre entraron en Cantalojas, un pueblecito de la zona nacional, precisamente cuando sonaban las campanas de la iglesia parroquial que llamaba a la Misa de las nueve: era la fiesta de Nuestra Señora del Pilar. Habían transcurrido menos de dos días en primera línea, y no llegaron a efectuar ni un solo disparo[437]. La previsión anunciada por Isidoro se cumplió en todos sus detalles.
Se ha conservado el testimonio de unos vecinos de esta localidad, a propósito del paso de nuestros tres fugitivos. Algunas personas recuerdan haber oído contar a título anecdótico a familiares suyos ya fallecidos que, en dicha madrugada, por aquella zona fronteriza entre los dos ejércitos, dos hombres se encontraban pastoreando sus ganados y vigilando a la vez el paso de personas desconocidas. Estos vigilantes, que iban armados, vieron que unos jóvenes atravesaban la zona de nadie. Tenían órdenes tajantes de disparar contra cualquier desconocido que procediese de la parte enemiga, pero no lo hicieron. Sí que comentaron después cómo ambos sintieron un “algo” en su interior que les instó a dejarles continuar su camino[438].
En cuanto doña Clementina supo que Álvaro había cruzado el frente[439] se puso inmediatamente en camino para ver a su hijo. Gracias a su cuñado Luis, que había sido alcalde de Burgos, y al padre de Vicente Rodríguez Casado, que era coronel del ejército nacional, se agilizaron los trámites de control y aval de los tres soldados llegados a Cantalojas, y el 14 de octubre Álvaro pudo abrazar a los suyos en Burgos[440]. Pilar del Portillo ha relatado el encuentro con estas palabras: «El día 14, a media tarde, llamaron desde el cuartel general de Soria al marido de mi tía Lola, para preguntarle si avalaba a un miliciano que decía ser su sobrino y llamarse Álvaro del Portillo. Al enterarnos, nos fuimos inmediatamente para allá, mi madre, mi tío Luis y mi tía Lola y yo. En el camino, nos debimos cruzar con Álvaro porque, al llegar a Soria, nos dijeron que ya había salido hacia Burgos. Volvimos y esa noche, por fin, pudimos abrazarle. Estaba muy delgado y con la ropa tremendamente sucia: tanto, que mamá se la quitó y la quemó. Esa noche, para celebrarlo, fuimos todos al hotel Sabadell[441]; se juntaron dos mesas y estuvimos cenando con el Padre; vinieron también los padres de Vicentón [Vicente Rodríguez Casado] y su hermana Amparito»[442].
 
 

[289] Las cifras son debatidas; hay quienes calcularon entre 500.000 y un millón de fallecidos, aunque los historiadores han ido disminuyendo estas cifras, hasta fijarlas en torno al medio millón de víctimas: cfr. Thomas, H., The Spanish Civil War (2001), pp. 899-901.

[290] La bibliografía sobre la guerra civil española es muy amplia. Una exposición del desarrollo de la contienda se puede encontrar en Salas Larrazábal, R. y J. M., Historia general de la guerra de España, Madrid, Rialp, 1986, 435 pp. Para la situación de la Iglesia en ese periodo, vid. Redondo, G., Historia de la Iglesia en España. 1931-1939. Tomo II. La Guerra Civil (1936-1939), Madrid 1993; Cárcel Ortí, V., La Gran Persecución. España, 1931-1939, op. cit., pp. 126-146. Montero, A., Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939), ed. BAC, Madrid 2004, p. 263. Alfaya, J.L., Como un río de fuego, ed. Eiunsa, Barcelona 1998, pp. 59-77.

[291] En estas páginas solo nos referimos a la persecución religiosa, porque es el aspecto de la guerra civil más importante para la vida de Álvaro del Portillo. No abordamos, en cambio, las implicaciones sociales y políticas, nacionales e internacionales, del conflicto.

[292] Antonio Montero Moreno, en su obra Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939, BAC, 2ª edición, Madrid, pp. 762, considera que en la historia de la Iglesia, incluyendo la época de las persecuciones romanas, nunca ha habido un periodo en el que, en poco más de un semestre, hayan sido asesinados doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos. Cfr. también Payne, S. G., El catolicismo español, Barcelona, 1984, p. 214 y De Meer, F., Algunos aspectos de la cuestión religiosa en la Guerra Civil (1936-1939), en Anales de Historia Contemporánea, n. 7 [1988-1989], pp. 111-125.

[293] Cfr. Cárcel Ortí, V., Mártires españoles del siglo XX, op. cit., p. 74. El primer obispo víctima de la persecución religiosa fue Mons. Eustaquio Nieto Martín, fusilado el 27 de julio de 1936, que había conferido el sacramento de la Confirmación a Álvaro: cfr. Montero, A., Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939, op. cit., pp. 364-368.

[294] Cárcel Ortí, V., Mártires..., op. cit., p. 74.

[295] Del Portillo, Á., Homilía con ocasión de su 75º cumpleaños, 11-III-1989, cit., p. 287.

[296] Cfr. Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 19-VII-1936: AGP, APD D-17121.

[297] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 386.

[298] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, Rialp, Madrid, 2002, pp. 18-23.

[299] Diario del centro de la calle de Ferraz, anotación del 27-VII-1936: AGP, APD D-17121.

[300] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, pp. 9-10.

[301] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 17.

[302] Cfr. ibid., pp. 18-19.

[303] Cfr. ibid.

[304] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, pp. 11-12.

[305] Cfr. Oficio de la Subsecretaría del Ministerio de Obras Públicas separando del servicio a Álvaro (Barcelona, 1-VII-1938), copia en AGP, APD D-6148-8, y Oficio del Ingeniero Jefe en Burgos al Subsecretario del Ministerio de Obras Públicas, comunicando la presentación administrativa (para su reingreso en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas) de Álvaro en la Jefatura de Obras Públicas de Burgos, y acompañando declaración jurada (Burgos, 4-XI-1938), copia en AGP, APD D-6148-9.

[306] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 19.

[307] Como sabemos, se habían conocido en los veranos transcurridos en Asturias.

[308] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 19.

[309] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 36.

[310] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 13-VI-1976, AGP, serie B.1.4 T-760613.

[311] Juego de naipes en el que participan tres personas, cada una de las cuales recibe nueve cartas.

[312] Se refiere a José Escrivá y Corzán (1867-1924), padre de san Josemaría.

[313] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-760613.

[314] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., pp. 115-116.

[315] San Pedro Poveda fue gran amigo del Fundador del Opus Dei, y había sido asesinado en la madrugada del 28 de julio de 1936: cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 38, nota 68.

[316] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., pp. 115-116.

[317] Ibid.

[318] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 37.

[319] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 747.

[320] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 40. El Dr. Suils era amigo del Fundador desde los tiempos de su infancia en Logroño. Su padre, Ángel Suils Otto, también médico, había asistido a la madre de san Josemaría en el parto de su último hijo.

[321] Para una biografía detallada de Isidoro, vid. Pero-Sanz Elorz, J. M., Isidoro Zorzano Ledesma. Ingeniero Industrial (Buenos Aires 1902 - Madrid 1943), Palabra, 5ª ed., Madrid, 2009.

[322] Cfr. Diario de Juan Jiménez Vargas (6-15 de octubre de 1936), AGP, RHF, D-15347.

[323] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 19-20.

[324] Cfr. La expresión “quinta columna”, que ya forma parte del lenguaje común, se atribuye al general Emilio Mola, del ejército nacional. En 1936, durante una emisión radiofónica, afirmó que se dirigía hacia Madrid con cuatro columnas de soldados, pero que, además, había una quinta columna dentro de la capital, formada por personas que ansiaban la victoria franquista y que en su momento se levantarían también contra el gobierno republicano.

[325] Cfr. Salas Larrazábal, R. y J. M., Historia general de la guerra, op. cit., p. 162.

[326] Cfr. ibid. y Rubio, J., Asilos y canjes durante la guerra civil española, Barcelona 1979, pp. 79-82. En el Archivo de la Prelatura se conserva una invitación de la “Comisión de ex-refugiados en la Legación de Finlandia en Madrid” a tomar parte en la ceremonia de conmemoración del X aniversario del acontecimiento (cfr. AGP, APD D-18809).

[327] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 19-20.

[328] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 28-I-1987, AGP, serie B.1.4 T-870128.

[329] San Josemaría, Carta 6-IV-1937, AGP, serie A.3.4, leg. 253, carp. 5, carta 370406-01.

[330] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 20.

[331] Ibid.

[332] Del Portillo, Á., Carta a Clementina Diez de Sollano, AGP, APD C-361210.

[333] Testimonio de Paloma Bertrán Mendizábal, AGP, APD T-1278, p. 1.

[334] Cfr. Petición de la sentencia por la que fue puesto en libertad de la Prisión de San Antón (Madrid, 11-III-1937), original en Archivo Histórico Nacional, Audiencia Territorial de Madrid, Serie: criminal, Legajo 752/2; transcripción en AGP, APD D-6119.

[335] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 21.

[336] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 12.

[337] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 22.

[338] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 3-III-1937: AGP, IZL D-1122. “AGP, IZL” es la sigla correspondiente a la sección provisional del Archivo General de la Prelatura del Opus Dei que contiene los documentos referentes al Siervo de Dios Isidoro Zorzano Ledesma.

[339] Ibid., anotación del 14-III-1937.

[340] Cfr. ibid.

[341] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 62-63.

[342] Hacía más de cinco meses que no lo había visto.

[343] Cfr. ibid., p. 77.

[344] Sobre este tema, vid. Cervera, J., Madrid en guerra. La ciudad clandestina, 1936-1939, Madrid, 1998, pp. 339-374.

[345] Cfr. Rubio, J., Asilos y canjes durante la Guerra Civil española. Aspectos humanitarios de una contienda fratricida, op. cit., p. 476.

[346] Del Portillo, Á., Homilía con ocasión de su 75º cumpleaños, 11-III-1989, cit., p. 288. Sobre los meses de san Josemaría en la Legación de Honduras: cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 96-106.

[347] Cfr. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 79.

[348] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, P12, 1997, p. 14.

[349] Cfr. ibid., pp. 77-78.

[350] Vid. Apéndice Documental, Documento 6, a).

[351] Vid. Apéndice Documental, Documento 6, b).

[352] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 11-III-1979: AGP, Biblioteca, P02, 1979, 268.

[353] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 64.

[354] Ibid., p. 79.

[355] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 114.

[356] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 21-22.

[357] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 13 y Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, pp. 6-7.

[358] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 7.

[359] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 307.

[360] Fue un tema ascético en el que el Fundador insistió muchas veces, de diversas maneras, durante aquellos meses de encerramiento, y que después desembocó en el punto n. 249, de Camino: «No se veían las plantas cubiertas por la nieve. Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro”. Pensé en ti: en tu forzosa inactividad...—Dime: ¿creces también para adentro?».

[361] San Josemaría, Meditación del 6-VII-1937, recogida en Crecer para adentro, p. 189 (AGP, Biblioteca, P12). Este libro contiene transcripciones de algunas de las meditaciones que san Josemaría predicó durante los meses de internamiento en la Legación de Honduras.

[362] Testimonio de Eduardo Alastrué Castillo sobre san Josemaría, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 80.

[363] Vid. Apéndice Documental, Documento 6, c).

[364] Cfr. Mons. Javier Echevarría Rodríguez, Crecer para adentro, p. 14 (AGP, Biblioteca, P12). Usando de una concesión de la Santa Sede para aquellos tiempos de guerra, Isidoro Zorzano custodiaba el Santísimo Sacramento en un lugar seguro de su propia casa, y facilitaba la Comunión a personas de confianza.

[365] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 11-III-1979: AGP, Biblioteca, P02, 1979, 268.

[366] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, ibid. También anotó que san Josemaría «entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar», que tanto le había impresionado cuando le conoció, en 1935 (Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 201).

[367] Cfr. Testimonio de Carlos María González Saracho, AGP, APD T-19284, p. 6.

[368] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez (AGP, APD T-19544, pp. 886-887), que lo oyó de labios de san Josemaría y de los miembros del Opus Dei que transcurrieron aquel periodo en la Legación de Honduras.

[369] Este dato lo sabemos por una carta de san Josemaría a los fieles del Opus Dei que estaban en Valencia en aquellos momentos: cfr. San Josemaría, Carta 28-VIII-1937, AGP, serie A.3.4, leg. 254, carp. 3, carta 3708025-01.

[370] «Presencié —ha escrito Mons. Echevarría— la llegada de tan entrañable objeto, que llenó de gozo y agradecimiento a don Álvaro, que —además de hacerlo ver a las personas con las que vivía— dispuso que se guardara entre las reliquias eucarísticas que había utilizado san Josemaría durante el período de la guerra civil española» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 50).

[371] «¡Si os dijera que, en medio de la tiranía marxista, en Madrid mismo, hay un amigo vuestro que repasa japonés, con ánimo de meter en nuestro camino a los universitarios de Tokio!» (San Josemaría Escrivá de Balaguer, “Noticias”, Burgos, marzo de 1938: AGP, Biblioteca, P01).

[372] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 12 y Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, p. 7.

[373] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 1-XI-1993: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-931101.

[374] «Es el único procedimiento de poder hacer algo, estar muy unidos entre nosotros y todos al abuelo [san Josemaría] y a los buenos amigos que éste tiene: D. Manuel [el Señor], su Madre [la Virgen]...» (Del Portillo, Á., Carta a algunos fieles del Opus Dei que se encontraban en Valencia, AGP, APD C-370530).

[375] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-370607.

[376] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a algunos fieles del Opus Dei que se encontraban en Valencia, AGP, APD C-370624.

[377] Del Portillo, Á., Carta a algunos fieles del Opus Dei que se encontraban en Valencia, AGP, APD C-370707-01. Junto a estas consideraciones espirituales, las cartas están llenas, además, de informaciones y detalles sobre gestiones para ayudar a amigos y conocidos, que se encontraban dispersos por la guerra.

[378] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 75.

[379] Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España, en la Enciclopedia Espasa-Calpe, suplemento 1936-1939, pp. 1553-1555. «La Carta Colectiva de 1937 es considerada por algunos como un documento gravísimo que sancionó la colaboración entre la jerarquía y los nacionales, pero se niega que dicha carta fue muy eficaz para acabar con la persecución, porque denunció a todo el mundo las atrocidades cometidas por los republicanos en su territorio en apenas un año y desenmascaró la falsedad de la propaganda republicana, que había conseguido dar una imagen falsa de lo que sucedía en España» (Cárcel Ortí, V., Historia de la Iglesia en la España Contemporánea, ed. Palabra, Madrid 2002, p. 179).

[380] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 123.

[381] Gracias a las gestiones de Isidoro, consiguió un carné del sindicato CNT que le permitió abandonar la Legación de Honduras y trasladarse a la casa de la calle Caracas, con su madre y hermana: cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 17-VII-1937: AGP, IZL D-1122.

[382] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 127.

[383] Había conseguido un salvoconducto de la Legación de Austria. Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 1-X-1937: AGP, IZL D-1122.

[384] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 23.

[385] Cfr. ibid.

[386] Cfr. ibid.

[387] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 8-X-1937: AGP, IZL D-1122.

[388] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 23.

[389] Ibid.

[390] El 19 de noviembre inició la travesía de los Pirineos y, después de una marcha arriesgada y extenuante, el 2 de diciembre llegaron al Principado de Andorra. Tras un breve descanso en Lourdes, para agradecer a Nuestra Señora el feliz éxito de aquella aventura, y en Pamplona —donde aprovechó para hacer un curso de retiro—, fijó provisionalmente su residencia en Burgos, que hacía las veces de capital de la zona libre de la persecución religiosa (cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 158-227).

[391] Cfr. Recordatorio del fallecimiento de Ramón del Portillo y Pardo, padre de Álvaro (Madrid, 14-X-1937), AGP, APD D-6032.

[392] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 14-X-1937: AGP, IZL D-1122.

[393] Cit. en Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 15.

[394] Como ciudadana mexicana, no tuvo dificultad para obtener los permisos necesarios. Se fue a Valencia, donde se embarcó para Marsella y de allí se trasladó a Burgos, donde vivían sus otros hijos Ramón, José María, Ángel y Pilar (cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 25).

[395] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 16.

[396] Cfr. ibid.

[397] Cfr. Zorzano, I., Carta a Álvaro del Portillo, AGP, IZL C-371102.

[398] Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-371120.

[399] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 7-XII-1937: AGP, IZL D-1122.

[400] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-380201.

[401] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotaciones del 2 y 23-I-1938: AGP, IZL D-1122.

[402] Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-380331.

[403] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotaciones del 6-III y 3-IV-1938: AGP, IZL D-1122.

[404] Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-380300.

[405] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 27-III-1938: AGP, IZL D-1122.

[406] En las páginas siguientes veremos cómo Álvaro pudo dejar Madrid y pasar a la zona nacional por el frente de Guadalajara. Adelantamos ahora que, al llegar a Burgos, por indicación de san Josemaría, recogió los acontecimientos vividos desde la salida de la Legación de Honduras hasta su llegada a esa ciudad castellana, en un escrito titulado: De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, que se empleó para la formación de los miembros jóvenes de la Obra en los años posteriores a la guerra. Así, por ejemplo, reseñaba el profesor Ponz el impacto que le produjo su lectura: «La redacción sobria y sencilla de esa narración dejaba traslucir las virtudes sobrenaturales y humanas de que dieron muestra Álvaro y sus dos compañeros de escapada, ciertamente heroicas. El relato revelaba una gran fe en Dios, obediencia rendida a las indicaciones de Isidoro Zorzano que había quedado haciendo cabeza en Madrid, una valentía de raíces sobrenaturales fuera de lo común que les llevó a realizar con naturalidad acciones que implicaban muy grave riesgo de la vida; una segura esperanza en que aquello que emprendían abandonados en las manos de Dios siguiendo indicaciones del que entonces hacía cabeza, tendría un buen término (...). La lectura de aquel texto ponía de manifiesto que inmersos en una situación sumamente peligrosa, Álvaro y sus compañeros cuidaban con todo esmero la unión con Dios, el cumplimiento del plan de vida espiritual, la fraternidad, lo hacían todo llenos de confianza en el Señor y en su Santísima Madre, acudiendo a la ayuda de los Santos Ángeles Custodios. Vivían las virtudes cristianas con sencillez, sin alardes humanos, como algo que la gracia divina había convertido en connatural» (Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, pp. 6-7).

[407] Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, Burgos I-1939, AGP, APD D-19114, p. 2.

[408] Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-380416.

[409] Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-380503.

[410] Diario de Isidoro Zorzano, anotaciones del 8-V-1938 y del 17-IV-1938: AGP, IZL D-1122.

[411] Cfr. ibid., anotación del 12-VI-1938, AGP, IZL D-1122.

[412] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-380613.

[413] Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, AGP, APD D-19114, pp. 2-3.

[414] Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 19-VI-1938: AGP, IZL D-1122.

[415] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 31-X-1976: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-761031.

[416] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas a Isidoro Zorzano Ledesma, AGP, APD C-380614, C-380621 y C-380624.

[417] Cfr. Salas Larrazábal, R. y J. M., Historia general de la guerra, op. cit., p. 342.

[418] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 2-VII-1938: AGP, IZL D-1122. Tras alistarse, José María encontró un buen destino en Madrid gracias a un hermano suyo, y no intentó el pase a la otra zona (cfr. Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, Burgos I-1939, AGP, APD D-19114, pp. 6-7).

[419] Cfr. Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, AGP, APD D-19114, pp. 4-12.

[420] Ibid., p. 7.

[421] Se trata de un documento distinto al del sindicato anarquista, mencionado poco antes. La primera documentación obtenida la pasó a Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra, que había estado refugiado en la Embajada de Noruega, y así pudo unirse a la audaz fuga (cfr. ibid., pp. 8-9).

[422] Ibid., p. 7.

[423] Ibid., pp. 11-12.

[424] Cfr. ibid., p. 12.

[425] Ibid.

[426] Ibid., p. 3. Arquelao era un estudiante de Filosofía, con el que habían coincidido en el Consulado de Honduras.

[427] Ibid., p. 14.

[428] Cfr. ibid., pp. 18-19.

[429] Ibid., pp. 19-20.

[430] Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 59.

[431] Cfr. Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, AGP, APD D-19114, p. 20.

[432] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas a José María González Barredo, AGP, APD C-380907-01, y a Isidoro Zorzano (tres), AGP, APD C-380913-01, AGP, APD C-380919-01 y AGP, APD C-380928-01.

[433] Cfr. Diario de Isidoro Zorzano, anotación del 2-X-1938: AGP, IZL D-1122.

[434] Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, AGP, APD D-19114, p. 27.

[435] Ibid., p. 30.

[436] Cfr. ibid., pp. 33-41.

[437] Cfr. Oficio del Ingeniero Jefe en Burgos al Subsecretario del Ministerio de Obras Públicas, comunicando la presentación administrativa (para su reingreso en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas) de Álvaro del Portillo en la Jefatura de Obras Públicas de Burgos, y acompañando declaración jurada (Burgos, 4-XI-1938): copia en AGP, APD D-6148-9.

[438] Cfr. Testimonio de José Serrano Belinchón, AGP, APD T-19519, p. 1. «Aquellos pastores vigilantes eran vecinos de Cantalojas. Sus nombres eran Rafael Molinero Cerezo, de 36 o 38 años por aquel entonces, y Juan José Molinero Redondo, de 18 años» (ibid.).

[439] San Josemaría se lo había anunciado a principios de mes: «El día doce se pasa tu hijo», le había dicho (Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 26).

[440] Cfr. Del Portillo, Á., De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara, AGP, APD D-19114, p. 45.

[441] Allí se alojaba el Fundador del Opus Dei.

[442] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, pp. 26-27.

Capítulo 6 Militar en el Arma de Ingenieros
 
San Josemaría se encontraba en Burgos desde enero de 1938. La ciudad castellana era sede del gobierno presidido por el general Franco y, hasta el final de la guerra, fue sitio de paso obligado para los militares que estaban en los distintos frentes y destinos. Por estos motivos, era la plataforma más adecuada para la actividad apostólica que el Fundador del Opus Dei desarrollaba en aquellos momentos. El punto focal de todo ese trabajo fue, desde el mes de marzo de ese año, una habitación del Hotel Sabadell: un hospedaje modesto, pero digno, en la calle Merced nº 32, frente al río Arlanzón. Allí residió, junto con algunos miembros de la Obra, hasta el final de la guerra[443].
Cerca del Hotel Sabadell, en el nº 1 de la Plaza de Santa María, residían la madre y algunos de los hermanos de Álvaro[444]. Pilar del Portillo, que en aquellos meses trabajaba como enfermera con los heridos de guerra[445], anota que san Josemaría les visitaba con frecuencia y se preocupaba por la familia: «No se me olvida el cuidado y el cariño que ponía el Padre con nosotros, especialmente con mamá, durante una temporada en la que estuvo enferma. Había sufrido, anteriormente, una hemiplejia de la que, gracias a Dios, se había recuperado muy bien. La trataba siempre con un especial cariño y deferencia»[446].
Doña Clementina, «de alguna manera, por lo que han referido tanto la interesada como su hijo Álvaro, seguía una dirección espiritual con el Fundador del Opus Dei, que la atendía con total disponibilidad, orientándola prudentemente también en sus problemas económicos, para que pudiera resolver todas las dificultades. (...) Con otras señoras, alentadas por san Josemaría, colaboraba en la preparación de algunos objetos litúrgicos —concretamente los lienzos para la Santa Misa—, con el fin de que pudiesen disponer de ese material cuando se recomenzase la labor apostólica en Madrid, ya que el final de la guerra civil no parecía muy lejano»[447].
 
 
1. Una temporada en Burgos y sus alrededores
 
Como se ha señalado, el motivo principal que empujó a Álvaro a dejar la Legación de Honduras y afrontar las peripecias de los últimos meses, era el deseo de ayudar a san Josemaría en la expansión del Opus Dei: estaba convencido de que ese era el fin para el que Dios le había traído al mundo. A la vez, también sentía el deber de servir a la patria como militar, en aquellos momentos. No es de extrañar, por tanto, que al llegar a Burgos, quisiera conseguir un destino que le permitiera residir en aquella ciudad, junto al Fundador, y compaginar así esas dos aspiraciones[448]. De momento, pudo permanecer hasta los primeros días de noviembre, en que tuvo que incorporarse a la Academia de alféreces provisionales, situada a diez kilómetros de la capital burgalesa, en la localidad de Fuentes Blancas.
El diario que llevaban los que vivían en el Hotel Sabadell pone de manifiesto que Álvaro transcurrió aquellas semanas con el Fundador y con los demás miembros de la Obra. Por la noche marchaba a dormir a casa de su madre[449]. A modo de ejemplo, se podrían citar estas frases suyas, escritas en el diario: «Por la tarde merendamos el Padre, Juan, Vicente y yo, rodeando la cama del Padre, que sigue mal. Todo ello acompañado de una charla del Padre verdaderamente sabrosa. Hicimos la oración juntos y después, a casa, cada cual»[450]. Y, más adelante: «El Padre y yo hacemos la oración paseando por el Espoloncillo; son estupendos estos paseos. Se queda uno fortificadísimo»[451].
Durante esas jornadas, recibió de labios de san Josemaría charlas de formación ascética y meditaciones, y asistió a un retiro espiritual[452]. También mantuvo largas conversaciones personales, que enriquecieron su trato con Dios de manera muy intensa. En 1985, por ejemplo, narraba algunas de las confidencias espirituales que le hacía el Fundador: «Recuerdo que hace muchos años —en 1938— estuve paseando con nuestro Padre por las orillas del río Arlanzón. Me dijo que llevaba muchos días metido en la Llaga de la mano derecha del Señor. Se metía allí y notaba el flujo de la Sangre, y notaba cómo el Señor iba purificándole, iba cambiándole, atrayéndole hacia la Llaga del Costado. A mí me impresionó mucho»[453].
Durante su estancia en Burgos, san Josemaría dedicó tiempo a la elaboración de su tesis doctoral en Derecho, que consistía en un estudio histórico canónico sobre la jurisdicción eclesiástica nullius diœcesis de la Abadesa de Las Huelgas de Burgos[454], y para su labor de investigación acudía con cierta frecuencia a ese conocido Monasterio, fundado en 1187 por el rey Alfonso VIII de Castilla y su esposa doña Leonor de Plantagenet. Álvaro le acompañó en algunas ocasiones, y su presencia no pasó inadvertida entre las religiosas, como refleja el siguiente testimonio de la Dra. Sastre: «En 2002, Centenario del nacimiento del Fundador, pusimos en el contador bajo del Monasterio de las Huelgas de Burgos una placa conmemorativa (...). Las dos religiosas supervivientes de aquella época [1938], me contaron que ellas le bajaban los documentos y que san Josemaría por delicadeza no quiso ir solo nunca. Le acompañaba don Álvaro. Y yo ignoro lo que verían en él, que entonces tendría unos 24 años, que una de ellas nos comentó: “Aquél sí que era un santo”. A mí esto me dejó asombrada»[455].
Álvaro aprovechó sus ratos libres para redactar el relato de su paso por el frente de guerra (De Madrid a Burgos pasando por Guadalajara). También ayudó en la preparación de los boletines informativos que, con noticias de unos y de otros, se hacían llegar a los miembros de la Obra y a los amigos, repartidos por la geografía española, para acompañarles en aquellos momentos, duros para todos. Igualmente, envió cartas personales a muchos de ellos, en las que subrayaba la alegría de encontrarse nuevamente en familia y poder ayudar directamente en la labor apostólica del Opus Dei[456].
Otra ocupación fue la puesta en marcha de una campaña de petición de libros para la futura residencia universitaria de Madrid[457]. Y, por lo que se refiere a su trabajo profesional, solicitó su reingreso en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas, del que había sido separado por el gobierno de la República unos meses antes[458].
Al llegar el 10 de noviembre, se incorporó a la Academia de alféreces provisionales del Arma de Ingenieros, situada en Fuentes Blancas[459]. Entre los nuevos alumnos se encontraba Eduardo Alastrué, uno de sus compañeros de escapada.
 
 
2. Alférez provisional
 
El ejército del bando nacional tenía urgente necesidad de oficiales jóvenes. Para proveerse, se impartían unos cursillos de dos meses de duración a voluntarios, generalmente estudiantes universitarios, que habilitaban para el empleo de Alférez provisional. La escasez de tiempo a disposición exigía un ritmo de trabajo intenso, que no dejaba lugar a muchos ratos libres[460].
En esas circunstancias, Álvaro supo cuidar su vida de piedad y ayudar a sus compañeros en el terreno espiritual y humano. Al poco de llegar a Fuentes Blancas, escribió: «Todos los días, podemos comulgar en la Cartuja y cumplir bien con todas las normas de vida que acostumbrábamos»[461]. No se trataba de un asunto sencillo, al menos en lo que se refiere a la Santa Misa y a la Comunión, porque la Cartuja estaba situada a varios kilómetros de distancia y la única posibilidad para acudir era hacerlo antes del toque de diana. Era preciso, por tanto, madrugar considerablemente, y afrontar durante el camino el frío propio del invierno burgalés. Por si fuera poco, existía el riesgo de encontrarse con perros rabiosos o asilvestrados: por eso, en esos trayectos llevaba pistola[462].
Propuso a muchos aspirantes a alféreces que acudieran también a aquella Misa tempranera, y sus esfuerzos dieron fruto: «Hoy —se lee en otra de sus cartas— hemos tenido que aguantar, en el camino, un buen aguacero y un ventarrón terrible; además, como salimos cuando aún es de noche y yo soy bastante patoso, me he caído una serie de veces y he vuelto lleno de agua y barro. Se nos va uniendo gente y hoy hemos ido, a pesar de lo malo del día, cinco»[463]. Al finalizar el cursillo, le acompañaban a Misa unos treinta compañeros [464].
Uno de los colegas con los que aparentemente no tuvo éxito fue Rafael Termes, estudiante de Ingeniería, catalán, que después ha atestiguado cómo le admiraba ver que Álvaro y sus compañeros se levantaban antes del toque de diana para asistir a la Santa Misa y lograban regresar en el momento de la formación[465]. Incluso, un primer viernes de mes, Rafael le pidió que lo despertara pues quería unirse a ellos. Pero la experiencia le pareció demasiado dura y no volvió a repetirla. Rafael solicitaría la admisión en el Opus Dei pocos meses después de terminar la guerra.
Félix Peig Plans, otro de sus conmilitones en la Academia, futuro ingeniero textil, recuerda también esa invitación y las charlas que mantuvo con Álvaro: «A los pocos días, entre clase y clase, (...) me llamó para invitarme [a asistir], junto con un grupo, a una Misa que se celebraba entre semana, a primera hora de la mañana, en el cercano Monasterio de las Huelgas. La asistencia a la Santa Misa en el Monasterio me dejó con una gran paz y con un vago presentimiento en el alma, por un conductor —don Álvaro— que me impresionó por su fortaleza. Continuó la conversación sobre mis estudios y quedé un tanto sorprendido por el desconocimiento que tenía sobre la especialidad Textil de Ingeniería, que procuré aclarar. Don Álvaro me hizo varias preguntas y al final, con sencillez y sin aire de superioridad, me explicó la importancia de los ingenieros en el futuro próximo. Él, como Ingeniero de Caminos, y los demás —cada uno en su especialidad—, eran necesarios para que con un trabajo de calidad y honesto mejoraran lo que la guerra destruía. (...) Comprendí que me hallaba frente a una persona de gran talla intelectual y técnica»[466].
Otro de los aspirantes a alférez, Basilio Rada Martínez, ha señalado cómo Álvaro le ayudó a preparar los exámenes iniciales que daban acceso al curso de oficiales: «le pedí que me diese algunas breves lecciones que me permitieran superar le prueba. Yo tenía un compañero que había venido conmigo del frente y estaba en situación análoga a la mía. Álvaro, con extrema amabilidad, accedió a mi petición y nos dio unas clases abreviadas, pero magistrales, con lo cual logramos los dos superar la prueba»[467]. El suspenso habría implicado el destino inmediato a las trincheras como soldados rasos.
Es fácil intuir que gozaba de prestigio profesional entre los demás universitarios: «Además de las clases y de la instrucción —contaba Félix—, nos entregaron a cada grupo un proyecto de operación militar que había de decidirse en corto plazo con todos los apartados prácticos para hacer viable la operación, con lo que hubo que buscarse horas extras. Pronto pudo observarse que el proyecto que desarrollaba el grupo de Álvaro avanzaba con celeridad y detalle. Era evidente que iban a llevarse el primer puesto en la promoción»[468].
En Fuentes Blancas también supo encontrar tiempo para escribir animantes mensajes, todavía con un estilo literario de corte “ingenieril”, a las personas de la Obra y a sus amigos. En todos expresaba el deseo de recomenzar la labor del Opus Dei en condiciones de paz: «A ver si Dios quiere que por fin nos podamos reunir y trabajar en paz juntos. Y después, a ampliar el negocio [la expansión apostólica]. ¿Dónde iremos cada uno de nosotros a parar? Por más que no nos importa, pues ya sabemos, cualquiera que sea el camino, cuál es nuestro fin donde iremos todos»[469].
Uno de esos destinatarios ha testimoniado: «Recuerdo una carta que me escribió en 1938 durante la guerra civil, en momentos difíciles de mi vida, eran palabras fuertes y alentadoras, que traslucían humildad, pues aunque yo era más joven que él, había conocido y vivido el espíritu de la Obra antes que él, así me hacía ver que yo era mayor que él»[470].
En esas misivas nunca dejaba de incluir una petición de oraciones y sacrificios por el Fundador: «Acuérdate, en especial del Padre que tan inmensa labor tiene que desarrollar. Los que, por cualquier concepto estamos a su lado, tenemos la obligación de ayudarle por todos los medios que podamos. Y el primero es ése; pedir y fastidiarse, como mejor que yo sabes»[471].
La proximidad espiritual a san Josemaría se manifestó también en su empeño por acudir a Burgos, todas las veces que fue posible. Lógicamente, en esas ocasiones no dejaba de visitar a su madre y hermanos, como recuerda su hermana Pilar[472]. Los desplazamientos implicaban robar horas al descanso, pues la noche quedaba como único momento disponible para el estudio y para realizar los trabajos que les imponía el cursillo de alféreces. Así, por ejemplo, se puede leer en el diario antes mencionado: «Han pasado la tarde con el Padre, Álvaro y Eduardo. Álvaro, que llegó rendido, después de una noche en vela, pasada con la cabeza pegada al tablero que sostiene el proyecto, se acuesta en la cama del Padre y se duerme»[473].
A lo largo del mes de diciembre las visitas fueron muy frecuentes[474]. Como sucedía a menudo, uno de esos días san Josemaría le propuso dar un paseo por la orilla del río Arlanzón, para charlar con calma. «Mientras caminábamos —contó años después Mons. del Portillo—, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares. Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen [su madre y su hermana, respectivamente] que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor»[475].
El 1 de enero de 1939 recibió el nombramiento de Alférez provisional[476]. Veinticuatro horas después fue destinado a un Regimiento del Arma de Ingenieros que se estaba creando en Valladolid, al que debía incorporarse en un plazo de diez días[477]. Durante las jornadas previas, hizo compañía a san Josemaría en Burgos y también viajó a Salamanca para hacer efectiva su readmisión en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas[478]. Después continuó viaje hacia Alhama, Calatayud y Zaragoza para visitar a otros miembros de la Obra que se encontraban aislados en esas localidades[479]. Refiriéndose a ese periplo, comentaba en carta a Juan Jiménez Vargas: «Cuando pongo esta palabra [viaje], se me pasan por la imaginación tantas cosas... París, Londres, Tokio. La caraba. Es bonito, sin duda, esto de ver mundo. Pero hace falta ir reuniendo medios y equipaje»[480].
 
 
3. Últimos compases de la guerra
 
La guerra estaba en su última fase. El 23 de diciembre había comenzado la ofensiva de Cataluña y, entre finales de enero y principios de febrero, el ejército de Franco entró en Barcelona y Gerona. Cuando se incorporó a su destino como Alférez de Ingenieros en Valladolid, el final de la contienda se veía ya muy próximo, y Álvaro alimentaba el deseo y la esperanza de permanecer destinado en esa ciudad, para instalar allí un centro de la Obra[481]. Ciertamente, como explicaba en carta al mismo Jiménez Vargas, también era consciente de que podía recalar en «algún pueblo de la provincia»[482].
De hecho, esto fue lo que sucedió[483]. Comenzó un periodo, de casi siete meses, en que los mandos militares le enviaron a puestos distintos. La destrucción de puentes y de otras infraestructuras había sido muy grande en toda España, y se estaban creando regimientos para proceder a una primera reconstrucción. Así, de enero a marzo estuvo destinado en Cigales, población cercana a Valladolid, y a partir de abril en Olot (Gerona). Solo a finales de julio de 1939, consiguió ser trasladado a Madrid, donde transcurrió su último periodo como oficial del ejército.
El 12 de enero —día siguiente de su llegada a Valladolid—, la autoridad militar comunicó al alférez del Portillo que debía dirigirse inmediatamente a Cigales, distante diez kilómetros, donde se encontraba acantonada su compañía. Uno de los miembros del Opus Dei, que residía en Burgos con el Fundador, escribió: «Hoy hemos recibido carta de Álvaro. No dice nada nuevo: ha terminado en un sitio no muy agradable, aunque él diría que es formidable»[484].
Evidentemente, ese puesto truncaba las esperanzas de abrir un centro del Opus Dei en la ciudad que vio nacer a Felipe II y fue capital por unos pocos años del imperio español. Volvía a quedarse solo, en circunstancias que le impedían una colaboración directa con el Fundador y con los demás de la Obra. Pero en su carácter no había sitio para el desánimo y, desde el primer momento, se organizó para hacer compatibles sus obligaciones castrenses —estaba al mando de una compañía— con sus prácticas de piedad. Enseguida comprobó que había una Misa a la que podía asistir sin problemas[485]. El tiempo libre de que disponía lo dedicaba al estudio de idiomas y de algunas materias de ingeniería[486].
No llevaba aún cuarenta y ocho horas en aquel pueblo, cuando recibió la visita de san Josemaría, que había viajado a Valladolid para resolver unos asuntos relacionados con el Patronato de Santa Isabel de Madrid, del que era Rector [487].
El Fundador del Opus Dei se esforzaba por escribir a sus hijos espirituales con mucha frecuencia. Así, pocos días más tarde, le escribía la siguiente carta: «Mi muy querido Álvaro: Casi no puedo coger la pluma, porque tengo las manos heladas. Pero me he propuesto escribirte y lo hago. Está en pie mi promesa: el primero que llegue irá a verte y te llevará los diccionarios. No sé qué decirte por carta: en cambio, cuando te vea, te diré muchas cosas que te gustarán. ¡Hay tantas cosas grandes por hacer! No es posible poner obstáculos, con puerilidades, impropias de hombres hechos y derechos. Te aseguro que de ti y de mí espera Jesús muchos y buenos servicios. Se los haremos, sin dudar. En estos días pido de veras al Señor que vuelva el entusiasmo por el negocio de Casa, a aquéllos de la familia que acaso ahora no lo sientan. Ayúdame tú a pedir y lograr eso. Conviene que no te olvides de escribir aquí. Lo mismo a tus hermanos. Vale la pena. ¿Has recibido unas revistas alemanas y otra inglesa? Te bendice y te abraza tu Padre, Mariano»[488].
Álvaro contestó a vuelta de correo. Se quejaba de sí mismo, porque en los primeros días en Cigales no había cuidado bien sus normas de piedad: «Todo lo he hecho a destiempo y mal»[489]. Pero, a continuación, aseguraba: «Ahora me he trazado un plan de vida que creo me vendrá bien. Se lo voy a copiar: 6-7 oración, 7 y cuarto a 7 y tres cuartos Comunión[490]; vuelvo a casa y leo durante 20 minutos el Evangelio y hago una parte del Rosario. A las 8,25 paso revista a la Compañía y los locales, siguiendo con la instrucción en el campo hasta las 9,30, hora en que vuelvo a desayunar. Otra vez instrucción hasta las 12. De 12 a 1, un paseo a caballo, que es un ejercicio grandísimo. Termino hecho polvo. A la 1, la comida a la tropa. Como y a la instrucción, hasta las 5. De 5 a 6 la oración de la tarde. De 6 a 8, inglés y alemán; de vez en cuando, escribir cartas o cualquier cosa así. A las 8, cena a la tropa. De 8 a 9, la 2ª y 3ª parte del Rosario. Cena, hora de lectura y de 11 a 11.30, lo más tarde, me acuesto»[491].
San Josemaría le había encargado que escribiera a los otros miembros de la Obra con el fin de darles ánimo y de fortalecer sus disposiciones interiores. Así, Álvaro confiaba a uno de ellos: «En fin, estoy optimista, aunque no lo parezca, y estoy deseando emprender una de esas ofensivas fantásticas que me reasegure y fortalezca a todos. Y esta frase, que se me ha escapado, no creo que sea soberbia: cualquier cosa que se haga, por pequeña que sea, repercute en beneficio —o daño— de todos los demás. Esto es lo que quiero grabar bien en mi alma; así evitaré muchas tonterías y contribuiré a la marcha del negocio»[492]. Y a otro: «Con esto y con que por fin me dé la gana de hacer a cada instante lo que D. Manuel [el Señor] quiera, voy que chuto. En un pueblo como éste, no se puede aspirar a más. Y ya es bastante. Más que bastante, es todo; si me acostumbrara, al fin, a no hacer nunca más que lo que D. Manuel quiera, habría logrado todo; y esto se puede conseguir aquí y en Chinchón y en todas partes»[493].
El recuerdo que dejó entre sus compañeros de Cigales pone de manifiesto que efectivamente fue así. El capellán del Regimiento, don Román Sacristán Virseda, subraya que, durante su estancia, Álvaro se condujo con «una conducta ejemplar. Asistía todos los días a la Santa Misa y frecuentemente acudía a recibir el Sacramento de la Penitencia. Se le veía un interés constante por las prácticas de piedad y también aprovechaba las ocasiones para tratar con gran delicadeza y caridad a sus compañeros oficiales. Durante los tiempos libres de trabajo los aprovechaba haciendo visitas a hospitales con otros amigos. Recuerdo que le gustaba montar a caballo y nos marchábamos unos cuantos a dar paseos. Su conversación era muy amena, interesante y atractiva; daba mucha confianza. Mostraba en el trato con los demás una profunda humildad y preclara inteligencia»[494].
Los que le conocían apreciaban sus cualidades de buen cristiano y sus virtudes humanas. Por ejemplo, cuando iban a bañarse en el río o en las pozas, se lanzaba al agua desde una altura considerable, y esto despertaba entre los demás una admiración que les movía a seguir los consejos que les daba para comportarse como cristianos cabales.
En esa localidad se sitúa una anécdota divertida, e ilustrativa a la vez, de lo que estamos afirmando. El alcalde de Cigales tenía la costumbre de pronunciar un discurso a la población desde el balcón del ayuntamiento cada vez que el ejército de Franco conquistaba una ciudad. Cuando los nacionales entraron en Barcelona no se encontraba presente, ni tampoco ninguna otra autoridad local. Entonces, el pueblo pidió que hablara Álvaro del Portillo[495], que era conocido por su servicio incondicional a todos. Álvaro dirigió unas palabras, y fue tal el éxito que alcanzó con su sencillez y simpatía que, al terminar, se lo llevaron a hombros, entre el clamor unánime de los asistentes[496].
Mientras tanto, por lo que se refiere a los frentes de guerra, la campaña de Cataluña estaba muy avanzada al terminar enero: las tropas nacionales había entrado en Tarragona y el gobierno republicano se había trasladado a Gerona[497].
El mes de febrero trajo otras novedades gratificantes para Álvaro. Vicente Rodríguez Casado, otro de sus compañeros de fuga, llegó también destinado a Cigales[498]. Muy pronto, recibieron una nueva visita de san Josemaría[499]. Se conserva la cuartilla manuscrita con el guión de la meditación que les predicó en esa ocasión. El primer punto era este: «Tu es Petrus,... saxum —eres piedra,... ¡roca! Y lo eres, porque quiere Dios. A pesar de los enemigos que nos cercan,... a pesar de ti... y de mí... y de todo el mundo que se opusiera. Roca, fundamento, apoyo, fortaleza,... ¡paternidad!»[500].
Precisamente en esas fechas empieza a aparecer en las cartas del Fundador el apelativo saxum, referido a Álvaro: «Saxum!: confío en la fortaleza de mi roca», le escribía el 13 de febrero[501]. Y al mes siguiente: «Jesús te me guarde, Saxum. Y sé que lo eres. Veo que el Señor te presta fortaleza, y hace operativa mi palabra: saxum! Agradéceselo y sele fiel»[502]. La elección de este apelativo —saxum, roca— revela que san Josemaría en aquellas fechas veía ya que ese hijo suyo sería un fuerte apoyo, que le ayudaría a consolidar y desarrollar el Opus Dei[503].
De ese tiempo debe de ser también una nota de Álvaro, redactada por indicación de san Josemaría, que muestra cómo concebía el trato con Dios. En dos cuartillas escritas por ambas caras lleva a cabo una reflexión ascética, trasladando la instrucción militar al plano sobrenatural; trata también sobre la unidad y obediencia con el que hace cabeza, la acción del Espíritu Santo en el alma, la Comunión de los santos y la perseverancia ante los obstáculos. Merece la pena reproducir algunos párrafos, porque ponen de manifiesto la profundidad de su vida espiritual:
 
«Las dos bases fundamentales del Ejército son la disciplina y el enlace. Es evidente que si la primera no se lleva de un modo rígido, riguroso, el Ejército se derrumba, perdiendo toda su eficacia. Pero, aun en medio de la mayor disciplina, es muchas veces necesario que, en pleno combate, tengan que tomar determinaciones jefes u oficiales sin contar para nada con el mando superior. La urgencia de la acción, junto con el aislamiento fortuito, empujan a la resolución desconectada de la cabeza directora de la batalla. Lógicamente, el ideal es que esta resolución sea siempre, precisamente, la deseada por el Estado Mayor. A esto se llama conseguir el enlace[504], que, según el vocabulario militar, es el que hace que individuos diferentes, colocados en situaciones análogas, tomen determinaciones parecidas. (...)
»¿Y qué pasa con la Obra? (...) Si realmente cumplimos las normas [el plan de vida espiritual y ascético], si leemos el Evangelio procurando vivirlo con intensidad, transformándonos en actores de sus escenas, si rezamos el Rosario de igual modo, si logramos a costa de toda la lucha que sea precisa una habitual presencia de Dios, entonces nosotros, que formamos un solo cuerpo con Cristo, nos vamos asemejando más y más a Él, poseídos a cada instante con mayor intensidad de sus divinos sentimientos. La infusión del Espíritu Santo, conforme más nos despojamos de nosotros mismos, por la oración y la mortificación constante en las cosas pequeñas, realiza la transformación magnífica, la divinización de sus hijos de la Obra. Le recibimos no sólo como vivificador, lo que ya, con la unidad de vida que supone, lleva consigo garantía suficiente de enlace, sino como Señor con pleno derecho a dominarnos, dirigirnos y gobernarnos. Esto es, nos asegura que en todo momento resolveremos los problemas que se nos presentan con material imposibilidad de consultar sobre su solución a los que hagan cabeza, con arreglo exactamente a lo que éstos hubieran ordenado. Pero para esto es menester que nos acostumbremos a no dejar nunca al Divino Espíritu dar voces en vano, alargar la mano en petición de un pequeño obsequio sin que le demos lo que nos pida. Nos han de mover, pues, a esta fidelidad a las normas y a la nunca interrumpida mortificación en las cosas ordinarias en primer lugar, naturalmente, exigencias de amor. Pero cuando estemos en una de esas etapas de desgana y frialdad, hemos de poner en juego razones de táctica para que nuestra constancia en esa práctica no se corte. Consideraremos que, aparte de la ayuda efectiva y actual que nuestra mortificación y fidelidad a las llamadas del Espíritu de Amor suponen para la marcha de la Obra, en general y de cada uno de nuestros hermanos en especial, garantizan por otra parte nuestro personal buen rendimiento futuro dentro de la Obra»[505].
 
A mediados de febrero concluyó la campaña de Cataluña. El presidente de la República, Manuel Azaña, y la mayor parte de su gobierno, habían abandonado España poco antes, y comenzaron los tanteos oficiales para la rendición del ejército republicano[506]. El 27, Francia y Gran Bretaña reconocieron el gobierno del General Franco. El final de la guerra era cuestión de pocas semanas.
En este periodo, Álvaro pudo acudir siete veces a Burgos[507]. En aquellos momentos de trato intenso se consolidó aún más su profunda filiación con el Fundador. «Le llamaba poderosamente la atención la confianza sobrenatural y humana con que san Josemaría trataba a todos, también a él. (...) Le instaba a que fuera muy fiel al Señor, cuidando la ascética de las cosas pequeñas —en la vida espiritual y también en el trabajo profesional—, con el convencimiento de que quien cuida lo pequeño, como dice el Señor, es fiel en lo grande»[508].
Probablemente durante aquel mes tuvo lugar otra anécdota que Mons. del Portillo contaría tras la marcha al Cielo de san Josemaría, y de la que también extrajo enseñanzas para su vida espiritual. No es superfluo recordar que eran tiempos de gran penuria: escaseaba la comida y los alimentos no eran de buena calidad.
El hecho es que el barbero de Cigales, con quien Álvaro había trabado amistad, invitó a san Josemaría a una merienda. Este hombre en su tarjeta de visita declaraba que su profesión era la de “barbero y cirujano menor”, para referirse a su oficio de sacamuelas, que realizaba en la misma peluquería. Se las daba de persona culta, y trataba de imitar el lenguaje de los oficiales del ejército que vivían en el pueblo, sin darse cuenta de que a veces decía frases sin sentido.
Cuando llegó el Fundador del Opus Dei, se encontró con que la merienda que, con la mejor voluntad, le había preparado el barbero era a base de productos cárnicos, y precisamente aquella jornada era día de abstinencia. Aclaró que no probaría bocado. Los demás comensales le objetaron que la ley eclesiástica no le obligaba en aquel momento. San Josemaría no se dejó convencer, y explicó a los demás que ellos, de acuerdo con las normas fijadas por la Santa Sede, estaban dispensados de la abstinencia y que podían comer lo que quisieran, pero que él era sacerdote y no se sentía incluido en la excepción. Insistieron de nuevo, pero fue inútil. «Entonces —contaba Mons. del Portillo, en 1991—, este señor [el barbero], queriendo ser muy fino, nos dijo la siguiente barbaridad: “no insistan ustedes, porque yo estoy acostumbrado a tratar con gente de esta ralea y cuando dicen que no, es que no”»[509].
Al margen de la historieta, queda claro cómo Álvaro tomaba nota de todas las enseñanzas prácticas de tan ejemplar sacerdote, y procuraba integrarlas en su conducta diaria, en la que cultivaba un espíritu perseverante de penitencia, asumido con alegría, porque estaba convencido de que la oración del alma se completa con la oración del cuerpo.
El 28 de marzo, el alférez del Portillo fue trasladado a Madrid, abandonando definitivamente Cigales. El 29 por la mañana visitó con San Josemaría, Isidoro Zorzano, José María González Barredo y Ricardo Fernández Vallespín las ruinas de lo que había sido la Residencia DYA[510]. Por la tarde, su uniforme de oficial del ejército facilitó la tarea de desalojar a un soldado que había ocupado ilegalmente la casa rectoral del Patronato de Santa Isabel, donde había vivido san Josemaría hasta el comienzo de la guerra civil, y pretendía quedarse allí. Dedicaron las jornadas siguientes a la habilitación de aquel domicilio, para que pudieran alojarse el Fundador, con su madre y sus hermanos[511].
Pero poco iba a durar esta vuelta al hogar, pues el 9 de abril —que aquel año era Domingo de Resurrección— tuvo que dejar la capital para incorporarse a su nuevo destino militar[512].
 
 
4. Unos meses en Cataluña
 
El 1 de abril de 1939 había concluido oficialmente la guerra civil, pero eso no significó la desmovilización total de las tropas. Concretamente, el regimiento de Álvaro fue trasladado a Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia, con la misión de reparar carreteras y puentes, pues solo en Cataluña habían sido volados más de mil durante la guerra[513]. Nuevamente compartió destino con sus compañeros de fuga, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué.
Desde su llegada, Álvaro puso los medios a su alcance para acelerar su licenciamiento del ejército o, al menos, conseguir que le trasladaran a Madrid: le urgía reunirse con el Fundador para prestar su colaboración directa en el trabajo apostólico del Opus Dei. Sin embargo, aún tendrían que pasar cuatro meses hasta que pudiera escribir a un amigo: «Hoy llego a casa procedente de Olot. Vengo ¡por fin! destinado a Madrid. Y puedes figurarte lo que para mí supone este regreso al medio familiar, es como la liquidación definitiva de la guerra. Hasta ahora, no había terminado aún para mí»[514].
Efectivamente, no exagera: los meses transcurridos en la localidad catalana fueron de “guerra”. Pistas sobre algunas de las batallas que tuvo que librar en aquel periodo aparecen de forma velada en la primera carta que se conserva de esta época: «hay aquí muchas Dolores»[515], señaló. Aludía a la letra de una canción popular[516], de moda en aquellos momentos, para indicar que entre la población había mujeres que, en su afán por encontrar marido, se mostraban provocadoras e insidiosas.
En este contexto tuvo lugar un episodio, que él mismo relató en más de una ocasión —velando la identidad del protagonista—, para dar testimonio de los dones sobrenaturales que Dios concedió al Fundador del Opus Dei; concretamente, de su capacidad para percibir situaciones que estaban ocurriendo en sitios lejanos.
Como era costumbre entre los mandos militares en aquellas circunstancias, Álvaro se alojaba en la casa de una familia. La dueña del hogar consideraba que aquel oficial —apuesto, futuro ingeniero de caminos— constituía un “buen partido” para su hija, y quiso fomentar el trato entre los dos. Así que, al final de la jornada, cuando Álvaro llegaba, cansado, a la casa, le esperaban madre e hija, con unas tazas de chocolate preparadas, dispuestas a ofrecerle conversación[517]. En cuanto se dio cuenta de lo que estaban tramando decidió abandonar aquel alojamiento; pero, antes de que pudiera llevar a cabo su propósito la dueña intentó acelerar los acontecimientos y le organizó una encerrona, para tratar de que se quedara a solas con su hija[518].
Al mismo tiempo, en Madrid, sin duda de modo sobrenatural, san Josemaría advirtió el peligro moral en que se encontraba ese hijo suyo, y pidió a los que le acompañaban en aquel instante que rezaran con él la oración Memorare de san Bernardo, por una persona que en ese momento lo necesitaba[519]. Inmediatamente, Álvaro salió de aquella casa, frustrando los planes de madre e hija.
Después, el Fundador del Opus Dei dejó reflejado este lance, sin mencionar al protagonista, en sus libros Camino y Surco: «Hijo: ¡qué bien viviste la Comunión de los Santos, cuando me escribías: “ayer ‘sentí’ que pedía usted por mí”!»[520];; «Comunión de los Santos: bien la experimentó aquel joven ingeniero cuando afirmaba: “Padre, tal día, a tal hora, estaba usted pidiendo por mí”»[521]. Más tarde, Álvaro entendió que aquel Memorare le había ayudado a superar la arriesgada situación en que se encontraba, no buscada por su parte.
Desde entonces, ha quedado como costumbre en el Opus Dei rezar diariamente esta plegaria a la Virgen por aquel fiel de la Obra que más lo necesite[522]. No deja de ser significativo el hecho de que san Josemaría se refiriera a esa plegaria como “la oración saxum”. Muchos años después de aquel suceso, el 1 de julio de 1987, Mons. del Portillo escribió una carta pastoral a los fieles del Opus Dei sobre esta plegaria, en la que se lee que la ayuda fraterna que hemos de prestarnos los cristianos, «sobre todo, se ha de manifestar por medio de la oración. Y esto se verifica especialmente mientras rezamos la oración Memorare, que nuestro Padre llamaba saxum, roca, porque nos presta la fortaleza de la piedra más dura, en la tarea de nuestra santificación personal y en el trabajo apostólico»[523].
En medio de aquella forzosa separación, en una carta del 18 de mayo, el Fundador le recordaba en tono casi profético la misión que le esperaba: «Saxum!: ¡qué blanco veo el camino —largo— que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! Saxum!»[524].
Por su parte, Álvaro no dejaba pasar ninguna oportunidad de estar junto a san Josemaría para mantener la debida continuidad en su formación espiritual, aunque eso le supusiera embarcarse en viajes, no precisamente cómodos. Concretamente, en la segunda semana de junio obtuvo un permiso militar y se trasladó a Burjasot (Valencia), donde el Fundador estaba predicando un curso de retiro para estudiantes universitarios.
Lo rememoraba años después: «Pude conseguir un permiso y marché a Valencia, donde estaba nuestro Padre. No había facilidades de comunicación; estaban los puentes destrozados por la guerra; lo mismo los ferrocarriles. Para ir desde donde estaba yo —en Olot, provincia de Gerona— a Valencia, empleé cuarenta y ocho horas. Utilicé el método del auto-stop: conseguía que se parase un camión que me llevaba hasta un sitio donde la carretera se interrumpía; después, seguía andando hasta llegar de nuevo a otra carretera y allí cogía otro medio de locomoción... Total que tardé cuarenta y ocho horas, en las cuales no dormí. Llegué muy cansado, y el Padre al verme me dijo: tú, lo que has de hacer es acostarte. Yo le dije: Padre, si está usted predicando un curso de retiro; déjeme asistir porque desde hace muchos meses no lo hago. El Padre me contestó: bueno, haz lo que quieras. Y entré en una meditación. Yo iba aún vestido con uniforme militar. En cuanto apagaron la luz y empezó nuestro Padre a hablar, comencé a roncar de una manera tremenda con gran indignación de todos los que escuchaban a nuestro Fundador, que decían: ¿quién será este militar que viene a molestarnos? Mis ronquidos no molestaban a nuestro Padre»[525].
Mons. Echevarría completa el episodio señalando que «san Josemaría recordaba siempre aquel suceso, sin omitir la insistencia de Álvaro para asistir a la meditación. Añadía con gracia que, mientras los demás se sorprendían por el sueño manifiesto de Álvaro, de su alma y corazón de padre y de madre salía un gran agradecimiento a Dios por la rectitud de aquel hombre que deseaba formarse más; y añadía que no dudaba de que esa media hora de sueño de Álvaro en el oratorio había subido al cielo como oración»[526]. En la mañana del día 13 de junio volvió de nuevo hacia Olot[527].
Entre el 8 y el 11 de julio obtuvo otro permiso militar, que aprovechó para ir a Vitoria, donde san Josemaría había predicado otro curso de retiro, y acompañar al Fundador de la Obra en unas gestiones que debía realizar en Navarra[528]. Al regresar a Olot, le envió la siguiente carta: «Creo que siempre irá todo muy bien. Y más, con lo que Vd. me dijo de la obligación que había de empujar ahora muy especialmente. Eso queremos los dos[529] y yo aspiro a que, a pesar de todo, pueda Vd. tener confianza en el que, más que roca, es barro sin consistencia alguna. Pero ¡es tan bueno el Señor!»[530].
A lo largo de estas semanas escribió casi diariamente a san Josemaría, a otros miembros del Opus Dei y a diferentes amigos. Como en ocasiones anteriores, sus cartas estaban llenas de optimismo sobrenatural y de simpatía, y traslucían el deseo de cuidar con fidelidad su vida cristiana y de mejorar la situación moral de su entorno[531].
El afán apostólico no se quedaba en los deseos. Siendo oficial con mando de tropa, se preocupó de que los soldados que tenían familia a su cargo tuvieran permisos para ir a sus casas con la mayor frecuencia posible, con el fin de facilitarles la unidad con su mujer e hijos[532]. Además, como había hecho en sus anteriores destinos militares, consiguió que varios compañeros intensificaran su vida cristiana. Uno de ellos fue el teniente Fernando Delapuente, ingeniero industrial y pintor, que en 1940 decidió entregarse al servicio de Dios en el Opus Dei[533].
Por cierto que Delapuente, estando allí en Olot, fue objeto de un hecho de carácter extraordinario, protagonizado por san Josemaría. Lo contó en 1992 Mons. del Portillo: «Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre»[534].
Álvaro se empeñó con valentía y fortaleza para ayudar a sus camaradas y subordinados a comportarse de acuerdo con las normas morales. Por desgracia, «no era raro que, en el ambiente castrense, algunos llevasen una vida desordenada, acudiendo a “casas de citas”, a veces con planes premeditados, programados entre varios. El alférez del Portillo cortaba siempre, con amabilidad y firmeza, las conversaciones que pudieran ofender al Señor e intentaba disuadir a los interesados, cuando manifestaban el propósito de cometer acciones deshonestas. No se retraía en ningún momento de hablar con los colegas, instándoles a que se apartasen de la ocasión o a que no cayeran en conversaciones de burdel»[535].
Y no se quedaba solo en palabras. «En algunas ocasiones, cuando comprobaba que seguían adelante en sus malas intenciones, no dudó en apostarse en una esquina del trayecto, y cuando se acercaba el grupo o el interesado, disparaba al aire varios tiros de pistola; ante esa situación de alarma, pensando que algo grave ocurría, aquellos hombres regresaban al cuartel o al lugar donde vivían»[536].
También en Olot alcanzó prestigio entre los demás oficiales y los subordinados, por su hombría de bien. Un elocuente testimonio de la huella que dejó en la unidad militar fue la pintada que una mano desconocida dejó en la pared de uno de los barracones de la tropa, cuando se conoció la noticia de su traslado a Madrid: “Soldados, no lloréis la marcha del alférez del Portillo. ¡Qué buen padre hemos perdido!”[537].
El 18 de julio de 1939, los Servicios Hidrográficos del Tajo reclamaron la presencia en Madrid del Ayudante de Obras Públicas del Portillo, y la transferencia se efectuó el día 28[538]. La alegría de Álvaro quedó reflejada en la carta que citábamos al comienzo del epígrafe: «Hoy llego a Casa procedente de Olot. Vengo ¡por fin! destinado a Madrid»[539]. Al mismo tiempo, no dejaba de pensar en Eduardo —que había quedado en Olot a la espera de un cambio de destino inminente— y en los demás que seguían movilizados, a quienes continuaba escribiendo con frecuencia, transmitiéndoles ánimos[540].
El traslado a la capital constituyó un cambio importante. Aún permanecía en régimen militar, vestía el uniforme y era abundante su trabajo para el ejército: «La mayor parte de los días tengo que ir a unos 30 kms de Madrid, pues me han nombrado para una Comisión, junto con un Comandante, para proyectar y construir los campamentos y campos de maniobras de la 1ª Región. Ahora empiezo un proyecto de abastecimiento de agua desde Madrid hasta cerca de Valdemoro»[541]. Pero, a la vez, podía colaborar directamente con san Josemaría en la expansión del Opus Dei y, concretamente, en la instalación de una residencia de estudiantes, que abriría sus puertas al comienzo del curso académico[542]. El inmueble se encontraba en la calle de Jenner, y Álvaro fue a vivir allí.
El 3 de septiembre pudo afirmar de modo definitivo: «Yo me he licenciado, por fin, de modo que ya visto el traje de paisano»[543]. Comenzaba una nueva etapa. Álvaro del Portillo había madurado interiormente durante la guerra: habían sido años de sufrimiento y, sobre todo, de oración, de entrega a los demás y de fidelidad al Fundador en difíciles circunstancias. Ahora llegaba el momento —tan esperado desde 1935— de emplear todas sus energías al servicio de Dios y del prójimo, sin trabas externas, en medio de las ocupaciones ordinarias.
Pero los deseos de expansión apostólica del Opus Dei a los cinco continentes se verían de nuevo frenados por la violencia de los hombres, porque el 1 de septiembre de 1939, después de haber firmado el llamado “Pacto de Acero” con Italia y el de no agresión con la Unión Soviética, Hitler invadió Polonia. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial.
No nos corresponde ofrecer un estudio de las causas y circunstancias que provocaron el conflicto. Mucho menos, detenernos en su desarrollo. Únicamente recordaremos que los frentes de batalla se extendieron por numerosos países de Europa, África y Asia, que los alistados procedían de los cinco continentes, y que el número de víctimas mortales que produjo en todo el mundo, entre militares y civiles, se calcula superior a los 61 millones de personas. Además, habría que considerar los millones de heridos, las deportaciones a campos de concentración, las masacres y violencias sin cuento producidas por los ejércitos invasores en los diferentes países, el empleo de armas de destrucción masiva que hasta el momento eran inimaginables y que arrasaron ciudades enteras —la bomba atómica, explosivos a base de fósforo blanco, etc.—, la destrucción de las infraestructuras sociales en Europa y en amplias áreas de Asia, etc. No cabe duda de que ha sido la mayor tragedia de la historia de la humanidad.
Desde el punto de vista político-filosófico, aquella hecatombe tuvo mucho que ver con dos ideologías que durante el siglo pasado hollaron de manera inaudita la dignidad y la libertad del hombre: el nazismo —con su pariente menor, el fascismo— y el comunismo, en sus diversas manifestaciones. Los sistemas puestos en pie por Hitler y Mussolini terminaron sus días en 1945. El marxismo-leninismo, en cambio, se expandió por muchos países de la geografía mundial, y en amplios círculos intelectuales, hasta casi el final del siglo XX. En los dos casos se puede decir que nunca el Estado había perseguido de modo tan sistemático y atroz a los ciudadanos.
 
 

[443] Para este periodo de la vida de san Josemaría, vid. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., cap. XI, “La época de Burgos” (1938-1939)”.

[444] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 25.

[445] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 17.

[446] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 25.

[447] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 9 y 10.

[448] «Eduardo, Vicente y yo [escribe Álvaro] fuimos por la mañana, con el Coronel Rodríguez, a Soria, para tratar de resolver definitivamente el asunto de nuestra permanencia en Burgos» (Diario de Burgos, anotación del 17-X-1938: AGP, APD D-17123).

[449] Cfr. ibid., anotaciones del 14, 26 y 29-X-1938. Álvaro escribió el diario del 15 al 19 de octubre y del 26 de octubre al 3 de noviembre.

[450] Ibid., anotación del 26-X-1938.

[451] Ibid., anotación del 3-XI-1938.

[452] Cfr. ibid., anotaciones del 15-X a 9-XI-1938.

[453] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 7-IV-1985; AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-850407.

[454] Cfr. Rodríguez, P., El doctorado de san Josemaría en la Universidad de Madrid, Studia et Documenta, 2 (2008), pp. 78-79.

[455] Testimonio de Ana María Sastre Gallego, autora de Tiempo de caminar. Semblanza de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer (ed. Rialp, Madrid 1991).

[456] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas, AGP, APD C-380115 y C-380118.

[457] Cfr. Diario de Burgos, anotación del 31-X-1938: AGP, APD D-17123.

[458] Cfr. Oficio de la Subsecretaría del Ministerio de Obras Públicas separando del servicio a Álvaro del Portillo (Barcelona, 1-VII-1938), copia en AGP, APD D-6148-8, y Oficio del Ingeniero Jefe en Burgos al Subsecretario del Ministerio de Obras Públicas, comunicando la presentación administrativa (para su reingreso en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas) de Álvaro del Portillo en la Jefatura de Obras Públicas de Burgos, y acompañando declaración jurada (Burgos, 4-XI-1938): copia en AGP, APD D-6148-9.

[459] Cfr. Boletín Oficial del Estado, n. 119, 27-X-1938, copia en AGP, APD D-6025.

[460] Cfr. Testimonio de Félix Peig Plans, AGP, APD T-0403, p. 1.

[461] Del Portillo, Á., Carta a José Ramón Herrero Fontana, AGP, APD C-381121.

[462] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 61.

[463] Del Portillo, Á., Carta a José Ramón Herrero Fontana, AGP, APD C-381121.

[464] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 61.

[465] Cfr. Testimonio de Rafael Termes Carreró, AGP, APD T-1051, p. 1.

[466] Testimonio de Félix Peig Plans, AGP, APD T-0403, pp. 1 y 2.

[467] Testimonio de Basilio Rada Martínez, AGP, APD T-1219, p. 1.

[468] Testimonio de Félix Peig Plans, AGP, APD T-0403, p. 2.

[469] Del Portillo, Á., Carta a José Ramón Herrero Fontana, AGP, APD C-381121.

[470] Testimonio de José Ramón Herrero Fontana, AGP, APD T-1252, p. 1.

[471] Del Portillo, Á., Carta a Manuel Pérez Sánchez, AGP, APD C-381210.

[472] Cfr. Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 27.

[473] Ibid., anotación del 17-XII-1938.

[474] Cfr. Diario de Burgos, anotaciones del 14-XI al 31-XII-1938: AGP, APD D-17123.

[475] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 91.

[476] Cfr. Nombramiento de Alférez provisional (Burgos, 1-I-1939), AGP, APD D-6023.

[477] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Juan Jiménez Vargas, AGP, APD C-390105.

[478] Cfr. Oficio de la Delegación de Servicios Hidráulicos del Tajo, al Subsecretario de Obras Públicas, comunicando la presentación de Álvaro (Salamanca, 4-I-1939), copia en AGP, APD D-6148-22.

[479] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Juan Jiménez Vargas, AGP, APD C-390105.

[480] Ibid.

[481] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas a Juan Jiménez Vargas y a Ricardo Fernández Vallespín, AGP, APD C-390102.

[482] Del Portillo, Á., Carta a Juan Jiménez Vargas, AGP, APD C-390105.

[483] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Francisco Botella Raduán, AGP, APD C-390112.

[484] Diario de Burgos, anotación del 25-I-1939: AGP, APD D-17123.

[485] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Francisco Botella Raduán, AGP, APD C-390112.

[486] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390122.

[487] Cfr. Diario de Burgos, anotación del 14-I-1939: AGP, APD D-17123.

[488] San Josemaría, Carta a Álvaro del Portillo, Burgos 19-I-1939, AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 2, carta 390119-01. Es sabido que, en su correspondencia familiar, san Josemaría solía firmar con el nombre “Mariano”, que también le había sido impuesto en el Bautismo.

[489] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390122.

[490] Parece que se refiere a la Santa Misa, más que a la Comunión propiamente dicha.

[491] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390122.

[492] Del Portillo, Á., Carta a Miguel Fisac Serna, AGP, APD C-390129.

[493] Del Portillo, Á., Carta a Pedro Casciaro Ramírez, AGP, APD C-390129.

[494] Testimonio de Román Sacristán Virseda, AGP, APD T-0025, p. 1.

[495] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Francisco Botella Raduán, AGP, APD C-390126.

[496] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 57. Mons. Echevarría señala que él no conoció este hecho hasta muchos años después, «lo que revela cómo Álvaro no daba importancia a los éxitos que había alcanzado, aunque se tratara de sucesos como el que acabo de referir» (ibid.).

[497] Cfr. Salas Larrazábal, R. y J. M., Historia general de la guerra, op. cit., pp. 373-388.

[498] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Eduardo Alastrué Castillo, AGP, APD C-390218.

[499] Cfr. Diario de Burgos, anotación del 9-II-1939: AGP, APD D-17123.

[500] Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 67.

[501] San Josemaría, Carta a Álvaro del Portillo, Burgos, 13-II-1939, AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 2, carta 390213-04.

[502] Ibid., AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 2, carta 390323-05.

[503] Cfr. Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 10.

[504] “Enlace”: persona que actúa de intermediario entre otras. En aquella época, en el lenguaje militar se empleaba para designar a quien decide según la mente de los mandos, cuando no se pueden recibir las órdenes directamente.

[505] Del Portillo, Á., Nota sobre la eficacia apostólica de la Obra (probablemente, de 1939), AGP, APD D-10154, pp. 2-3.

[506] Cfr. Salas Larrazábal, R. y J. M., Historia general de la guerra, op. cit., pp. 389-395.

[507] Cfr. Diario de Burgos, anotaciones del 15-II, 27-II, 1-III, 5-III, 11-III, 18-III y 25-III-1939: AGP, APD D-17124.

[508] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 58-59.

[509] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 8-IX-1991, AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-910908.

[510] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 350.

[511] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 63.

[512] Cfr. Diario de Burgos, anotación del 9-IV-1939: AGP, APD D-17123.

[513] El dato lo proporciona Fernando Delapuente Rodríguez (AGP, APD T-0050, p. 1), ingeniero, que estaba destinado también en aquel regimiento como teniente.

[514] Del Portillo, Á., Carta a Miguel Sotomayor y Muro, AGP, APD C-390728.

[515] Del Portillo, Á., Carta a Pedro Casciaro Ramírez, AGP, APD C-390519.

[516] La copla formaba parte de la zarzuela de T. de Bretón, La Dolores, y comenzaba diciendo: “Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores...”

[517] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., pp. 64-65.

[518] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 66-67 y p. 841.

[519] La oración dice así: «Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis humildes súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén».

[520] San Josemaría, Camino, op. cit., n. 546.

[521] San Josemaría, Surco, Rialp, Madrid 1986, n. 472.

[522] «Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento» (Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 220).

[523] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 1, n. 308; para más detalles puede verse la continuación de esa misma carta: cfr. ibid., n. 309.

[524] San Josemaría, Carta a Álvaro del Portillo, Madrid, 18-V-1939, AGP, serie A.3.4, leg. 256, carp. 3, carta 390518-05.

[525] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 13-V-1979: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-790513.

[526] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 66.

[527] Cfr. Diario de Burgos, anotación del 13-VI-1939: AGP, APD D-17123.

[528] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390712.

[529] En este caso, la expresión “los dos” se refiere al Señor y al mismo Álvaro: quiere decir que cuenta con la gracia divina, y que su voluntad desea firmemente cumplir la Voluntad de Dios.

[530] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390712.

[531] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390714.

[532] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 57.

[533] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-390719.

[534] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 220.

[535] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 56-57.

[536] Ibid.

[537] Testimonio de Fernando Valenciano Polack, AGP, APD T-18489, p. 17. Lo oyó de labios de Fernando Delapuente.

[538] Cfr. Oficio del Ministerio de Obras Públicas, al Ministerio de Defensa Nacional, solicitando que Álvaro pueda incorporarse a su destino en la Delegación de Servicios Hidráulicos del Tajo (Madrid, 12-VII-1939), copia en AGP, APD D-6148-24.

[539] Del Portillo, Á., Carta a Miguel Sotomayor y Muro, AGP, APD C-390728.

[540] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas, AGP, APD C-390727, C-390728, C-390729, C-390800, C-390807, C-390818 y C-390821.

[541] Del Portillo, Á., Carta a Eduardo Alastrué Castillo, AGP, APD C-390821.

[542] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 402.

[543] Del Portillo, Á., Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 3-VIII-1939: AGP, APD D-17130.

 
Segunda parte
Junto a san Josemaría (1939 - 1975)

Capítulo 7 Secundando a san Josemaría
 
Terminada la guerra civil española, san Josemaría acometió, con un marcado sentido de urgencia, la tarea de extender el mensaje cristiano que Dios le había confiado. A principios de 1939 escribió a los suyos una carta en la que señalaba que el Opus Dei, empresa sobrenatural, a causa del conflicto, había sufrido una inevitable interrupción en su desarrollo apostólico, pero que se trataba de una paralización solo en apariencia porque, contemplando las cosas con visión de fe, en aquellos tres años la Obra había “crecido para adentro”[1].
«Quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento —continuaba—, después de bien considerar las cosas en la presencia del Señor. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo»[2].
Con la paz, se hallaban en condiciones de “recuperar” el tiempo y el ritmo en las actividades ordinarias de apostolado. El vocablo “recuperación” era muy conocido en la España de la posguerra: había un “servicio de recuperación” del estado, que tenía por objeto devolver a sus legítimos propietarios muebles o enseres incautados durante la guerra. San Josemaría imprimió a esa expresión un significado nuevo: el deseo de aprovechar el tiempo lo mejor posible, para alcanzar los frutos apostólicos aparentemente perdidos en los años precedentes[3].
Los medios infalibles e imprescindibles para lograr ese objetivo también eran señalados por el Fundador: «¿Medios? Vida interior: Él y nosotros». Y este camino exigía auténtica generosidad personal: «Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento»[4].
Afán de santidad. En el fondo, san Josemaría se limitaba a recordar la indicación del Señor a sus discípulos de todos los tiempos: porro unum est necessarium[5]; “solo una cosa es necesaria”. Para extender el cristianismo, hoy como ayer, el seguidor de Cristo tiene un único sendero: la búsqueda del cumplimiento de la Voluntad de Dios, a través de la entrega de sí mismo.
La biografía de Álvaro del Portillo es un ejemplo de este espíritu de donación. Durante los dos años siguientes, concluirá los estudios de Ingeniería de Caminos y desplegará al mismo tiempo una amplísima actividad apostólica, ayudando a san Josemaría en el gobierno y en la expansión del Opus Dei por la geografía española. Todo esto, atendiendo también a las necesidades de su madre y de sus hermanos pequeños.
La siguiente anécdota ofrece un buen resumen de cómo vivió aquel periodo. En 1967, el Estado Español concedió a don Álvaro la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, en reconocimiento a los trabajos jurídicos realizados, especialmente al servicio de la Santa Sede. Sus compañeros de promoción de Ingenieros de Caminos aprovecharon un viaje del interesado a Madrid para regalarle la condecoración, en un homenaje sencillo y sincero.
Fue una reunión de amigos, con cierto protocolo. El decano de aquella hornada, Antonio Inglés, tomó la palabra y, después de manifestar asombro porque un ingeniero hubiera recibido un reconocimiento de carácter jurídico de esa categoría, pasó a recordar sus tiempos de estudiante. En un momento de su intervención, comentó: «Tú, Álvaro, en aquellos años, estudiabas Ingeniería de Caminos, hacías viajes los fines de semana a las distintas ciudades de España, para extender la labor de la Obra —y, por eso, algunos lunes, cuando llegabas a clase, agotado del viaje, te dormías—, y además, ayudabas al Padre en el gobierno de la Obra»[6].
El agasajado agradeció esas palabras cariñosas; pero en la réplica puntualizó: «Has dicho algunas exageraciones y una gran verdad, porque yo, en aquellos años, ayudaba al Padre en el gobierno de la Obra, hacía viajes para extender la labor del Opus Dei, y además, estudiaba Ingeniería de Caminos»[7]. Con gran habilidad, modificó el orden de prioridad de las tareas que el decano de la promoción le había atribuido, para aclarar cuál era en realidad el canon de precedencias al que se atuvo.
No obstante, por motivos de claridad expositiva, iniciaremos con la conclusión de los estudios de Ingeniería; continuaremos con sus viajes apostólicos por la península ibérica y, en tercer lugar, abordaremos su asistencia a san Josemaría en el gobierno de la Obra. Un cuarto apartado completará este panorama, ilustrando otro ámbito muy importante en los desvelos de Álvaro: el cumplimiento de los deberes familiares. En realidad, los cuatro aspectos son como cabos que se trenzan para formar una sola maroma.
 
 
1. Un estudiante bastante atareado
 
Los desastres causados por la guerra civil eran muy hondos. Las pérdidas mayores —e irreparables— fueron las humanas. En la memoria de todo español estaban presentes los millares de muertos en el frente y de asesinados en las ciudades y pueblos. Y eso sin contar presos y exiliados. Las heridas originadas en el tejido social tardarían en cicatrizar, y en algunos sectores de la población quedó flotando una nube de rencor con un exacerbado afán de represalia.
En este ambiente —de acuerdo con la doctrina cristiana y, más en concreto, con las llamadas a la reconciliación que repitió el Papa Pío XII[8]—, Álvaro siguió el ejemplo ofrecido por san Josemaría: perdonar y olvidar, rezar por los de un bando y los del otro, contribuir al bien común con su trabajo personal. Y si durante su vida de perseguido en el Madrid revolucionario desagraviaba por todos, evitando dividir a la gente entre buenos y malos, ahora se empeñaba generosamente en ayudar a quienes, de un modo u otro, giraban a su alrededor, con el fin de acercarlos más a Dios y, si era el caso, rectificar los sentimientos de venganza.
Más fáciles de reparar eran los quebrantos materiales, pero aun así se necesitarían muchos años para conseguirlo. España estaba muy deteriorada: puentes y carreteras, viviendas y fábricas, agricultura e industria aparecían en ruinas. Había escasez de todo: también de los alimentos básicos. Las cartillas de racionamiento estaban a la orden del día. Era preciso reconstruir cuanto antes las infraestructuras vitales. Entre las medidas que el Gobierno dictaminó para alcanzar este objetivo, se encontraba un programa especial que permitía a los jóvenes concluir los estudios universitarios en un tiempo más breve del normal, y subsanar así los tres años de inactividad académica que la guerra había supuesto para el país.
Acogiéndose a esas pautas, en septiembre de 1939, Álvaro emprendió su tercer año de Ingenieros, que finalizó a mediados del mes de marzo de 1940[9]. No se piense que, ante aquellas circunstancias, se habían limado las exigencias características de esta carrera. Se redujo la duración del curso, pero no el número de asignaturas, que eran cuatro: “Cálculo de estructuras y Hormigón armado”, “Hidráulica e hidrología”, “Termotécnica” y “Electricidad”[10].
En el caso de Álvaro, además, las dificultades se acrecentaban porque durante los años siguientes acudió muchos fines de semana a capitales de provincia españolas, para desarrollar el apostolado con estudiantes universitarios. Salía de viaje los sábados después de las clases, y el domingo por la noche regresaba en tren a Madrid, utilizando las tarifas más económicas. Con frecuencia, llegaba a altas horas de la noche, y los lunes iba a la Escuela habiendo dormido muy poco: en ocasiones le resultaba imposible no caer vencido por el sueño durante algunas lecciones[11].
A veces, por si fuera poco, esos desplazamientos le impedían asistir a clases, lo que le ocasionó problemas, porque había asignaturas en las que bastaba que el alumno faltase a unas pocas lecciones, sin una clara justificación, para que ese hecho le impidiese presentarse a examen: era suspendido directamente[12]. Sus compañeros recuerdan la serenidad con que Álvaro afrontaba estas circunstancias[13]. Era tal su fama de seriedad ante los profesores, que siempre le permitieron examinarse, a pesar de sus ausencias. En buena medida preparó los ejercicios aprovechando viajes y noches[14], y aquel curso obtuvo la calificación de “Bueno”[15].
El plan estatal de estudios intensivos implicaba también la drástica reducción de las vacaciones escolares, de manera que, a los pocos días de haber terminado tercero, Álvaro comenzó el cuarto año de Ingeniería de Caminos, que se prolongó desde abril hasta septiembre de 1940[16].
Por aquellas fechas, manifestó a san Josemaría su disponibilidad para ordenarse sacerdote, si lo consideraba oportuno. El Fundador —que ya antes de la guerra había llegado al convencimiento de que los sacerdotes incardinados en el Opus Dei debían proceder de sus fieles laicos— aceptó el ofrecimiento de aquel hijo suyo, y el 1 de junio de 1940 anotó en sus Apuntes íntimos: «¡Dios mío: enciende el corazón de Álvaro, para que sea un sacerdote santo!»[17].
El verano no fue tiempo de descanso. Al contrario. Una carta suya, escrita en el tórrido agosto madrileño, ofrece una fugaz referencia a su trabajo de esos meses: «Ando, efectivamente, bastante atareado con exámenes, proyectos, etc.»[18]. Y resulta llamativo que, en medio de ese apretado plan, fuera capaz de encontrar tiempo para ayudar a otros en sus deberes académicos. En un apunte recogido en el diario de la Residencia de Jenner, correspondiente al mes de julio de ese año, se lee: «Álvaro sigue trabajando muchísimo en la tesis de Vicente»[19].
En octubre, superó con la calificación de “Bueno”[20] las seis asignaturas de que constaba el cuarto curso: “Hidráulica aplicada”; “Cimientos y puentes de fábrica. Construcción”; “Caminos I”; “Arquitectura”; “Economía Política I” y “Aerodinámica y Aerotecnia”[21]. Ya solo le faltaba un año para lograr su aspiración juvenil de obtener el título de Ingeniero de Caminos. Pero, en aquel momento, no dudó en declarar al Fundador que estaba dispuesto a abandonar la carrera sin terminarla, si convenía para dedicarse más plenamente a las tareas de la Obra y a la preparación para las órdenes sagradas. San Josemaría, sin embargo, le animó a concluirla, a pesar de los sacrificios que comportaría[22].
Así lo hizo. En noviembre de 1940, escribía a san Josemaría, que se encontraba fuera de Madrid: «Ya empecé las clases»[23]. Se refería al quinto curso[24]. Ocho asignaturas y un proyecto de fin de carrera le separaban de la obtención del título[25]. En este último tramo académico tuvo que efectuar, además, un viaje de prácticas con sus compañeros de promoción a Valencia y Alicante, que aprovechó también para ayudar a las personas de la Obra que vivían en la ciudad del Turia. Realizó allí un amplio apostolado entre sus colegas[26].
Para completar el panorama que hemos perfilado, interesa hacer una breve mención a su trabajo como Ayudante de Obras Públicas. En septiembre de 1939 había sido reclamado por la División Hidrográfica del Tajo. En febrero de 1940 recibió el nombramiento de Ayudante primero en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas, con un sueldo anual de 6.000 pesetas. Dos meses después, se incorporó a la Jefatura de Puentes y Estructuras, cesando en su anterior cometido[27]. Al año siguiente fue destinado, en comisión de servicios, a la Jefatura de Cálculo de Puentes de Altura Estricta[28]. Su horario de trabajo no solo era compatible con la asistencia a clases —así estaba previsto por las normas del Estado—, sino que el Ministerio de Obras Públicas había advertido expresamente a las autoridades académicas que el hecho de estar trabajando a su servicio no eximía de cumplir las obligaciones escolares a los Ayudantes que estudiaban para Ingenieros[29]. No se admitían excepciones.
Por otra parte, Álvaro debía mantener su “pluriempleo” también por razones pecuniarias, porque en aquellos momentos eran pocos los fieles del Opus Dei que podían contribuir al sostenimiento económico de las labores apostólicas. La mayoría eran estudiantes y aún no estaban situados profesionalmente.
En julio de 1941 aprobó los últimos exámenes y entregó el proyecto de fin de carrera. Obtuvo la calificación de “Bueno” y el número 16 de la promoción[30]. El 15 de ese mes recibió el nombramiento de Ingeniero tercero del Cuerpo de Caminos, Canales y Puertos; y una semana más tarde fue destinado a la Dirección del Ministerio de Obras Públicas para la cuenca del río Segura[31]. En agosto viajó a Murcia para tomar posesión de su destino[32] e, inmediatamente, solicitó el paso a la condición de supernumerario, que le fue concedida[33]: renunciaba a su plaza para dedicar todo el tiempo posible a la preparación para el sacerdocio y a colaborar con san Josemaría en el gobierno del Opus Dei. A partir de entonces no tendrá muchas ocasiones de ejercer la ingeniería[34], pero el resto de su vida conservó la mentalidad profesional y los hábitos de orden, método, rigor y precisión en el trabajo que había madurado durante sus estudios[35].
 
 
2. Dilatación del Opus Dei por España
 
El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán invadió Polonia. Comenzaba así la Segunda Guerra Mundial. El conflicto, que tantos males traería al mundo, supuso para el Opus Dei un nuevo freno a la ansiada propagación apostólica por los cinco continentes. La conflagración civil española había impedido el inicio de la labor en Francia. Ahora, la posibilidad de llevar la semilla a otros países desaparecía aún más del horizonte inmediato. Pero esa circunstancia no hizo disminuir en Álvaro el afán por cultivar las lenguas extranjeras: concretamente, intentó continuar con el estudio del japonés[36].
De momento, la expansión de la Obra debería limitarse a las fronteras de la maltrecha España. Con este fin, durante los fines de semana, el Fundador empezó a hacer viajes a capitales de provincia que tenían universidad, para sembrar en esos lugares el espíritu que Dios le había confiado[37].
El fervor de los católicos españoles, que habían sufrido dolores y privaciones en una persecución al estilo de los primeros cristianos, era grande. Apenas terminada la guerra, con ayuda del Estado, empezaron a reconstruirse las iglesias y conventos. Volvieron a llenarse los seminarios. Creció la práctica religiosa. Al igual que el ensañamiento anticatólico fue signo distintivo del régimen republicano, la protección a la Iglesia fue uno de los aspectos característicos del gobierno de Franco. A la vez, hay que señalar que, para muchos, en aquellos momentos no era fácil distinguir los valores verdaderamente religiosos de los políticos.
San Josemaría se mantuvo siempre al margen de todo partidismo, defendiendo la libertad de los fieles cristianos en las materias políticas, sociales, científicas o patrióticas que la Iglesia deja a la libre elección de los hombres. Su predicación y la formación que impartía eran de carácter exclusivamente espiritual, y las puertas de las labores apostólicas del Opus Dei estaban abiertas a todas las personas[38]. Más adelante lo explicaría innumerables veces. «No me he cansado de repetir desde 1928, que la diversidad de opiniones y de actuaciones en lo temporal y en lo teológico opinable, no es para la Obra ningún problema: la diversidad que existe y existirá siempre entre los miembros del Opus Dei es, por el contrario, una manifestación de buen espíritu, de vida limpia, de respeto a la opción legítima de cada uno»[39].
El Fundador realizó muchos de sus viajes apostólicos acompañado por Álvaro, y pronto comprobó que aquel hijo suyo, por su inteligencia, sus virtudes morales y su buen espíritu, estaba en condiciones de acudir en su nombre a las diversas ciudades. De ese modo, podían repartirse entre los dos la ingente tarea que debían llevar a cabo. Así, en febrero de 1940, le encargó que fuera a Zaragoza, donde visitó al Vicario de la diócesis[40], y a Valencia[41]; en junio, a Barcelona[42]; y en diciembre, a Valladolid[43]. En total, entre los meses de septiembre de 1939 y de 1941, Álvaro acudió al menos cinco veces a Barcelona, dos a Murcia, cinco a Valencia, cuatro a Valladolid, una a Vitoria y diez a Zaragoza[44]. Sumando todos los desplazamientos, a lo largo de estos dos años más de doscientos días fueron ocupados por viajes. Solo si recordamos el exigente plan de estudios y de trabajo que le ocupaba en Madrid durante ese periodo, podremos valorar el sacrificio que comportaron.
El ritmo era extenuante. En el caso más breve, los viajes incluían la noche del sábado y la del domingo, porque los lunes había que asistir a clase por la mañana. Los trenes eran lentos e incómodos —ya hemos dicho que el presupuesto solo les alcanzaba para los billetes más económicos—, y la red ferroviaria se encontraba en pésimo estado.
José Luis Múzquiz recuerda que «en todos estos viajes nos daba ejemplo don Álvaro de olvido de sí mismo, de vibración apostólica y de fidelidad a las indicaciones de nuestro Padre»[45]. Y Amadeo de Fuenmayor señala que «en aquel entonces, el ayuno para poder comulgar era total, ni siquiera se podía beber agua, desde las 12 de la noche. Por eso, si el viaje llegaba a destino a una hora en que ya no había misas, había que ingeniárselas para poder recibir la Sagrada Comunión. En algunas ocasiones, aprovechábamos alguna parada intermedia —en aquel entonces, solían durar varios minutos—, y nos acercábamos a la iglesia del pueblo y pedíamos al sacerdote que nos diera la comunión. Nunca dejé de comulgar en los viajes que hice con don Álvaro. Otras veces, se llegaba al destino a tiempo, pero mantener el ayuno también tenía su mérito, pues era difícil dormir en aquellos trenes, había siempre alguna actividad, y especialmente en épocas calurosas la sed apretaba»[46].
El amor a la penitencia, según el espíritu cristiano, comporta sobrellevar las contrariedades y privaciones por amor a Dios, y con elegancia humana, sin malas caras y sin que repercuta en los demás. Francisco Ponz, después de subrayar que «aquellos viajes suponían una fuerte mortificación por las condiciones materiales y la extrema pobreza con que habían de hacerse», añade que cuando Álvaro regresaba «se le veía siempre sonriente, muy contento de la labor que había podido realizar, sin ningún comentario quejumbroso o negativo. Además solía aprovechar las muchas horas de tren, a pesar de la mala iluminación, para estudiar. Y reanudaba sin más descanso sus ocupaciones habituales»[47].
Álvaro conoció a bastantes estudiantes —en las relaciones que escribía sobre esos periplos aparece con frecuencia la expresión “mucha gente”[48]—, a los que habló del trato con Cristo en la oración, en el estudio y en el trabajo; de la vocación universal a la santidad y de la obligación de difundir el mensaje cristiano en el propio ambiente. Se reunían en cualquier sitio: en la habitación de un hotel o de una pensión, en un café o en un parque público. Para muchos, aquellos encuentros supusieron «un impulso definitivo para cambiar de vida»[49].
Teodoro Ruiz conoció a Álvaro en Valladolid, en enero de 1940[50]. Cincuenta y cinco años después, en 1995, escribió: «Recuerdo perfectamente aquella primera impresión de nuestro encuentro, pues fue un contacto que duró casi seis horas, prácticamente toda la tarde de aquel día. Fue una impresión gratísima, de un joven inteligente, simpático y amable, con quien valía la pena tener amistad. (...) Resultaba verdaderamente sorprendente oír a un estudiante de Ingeniería de Caminos hablando con aquella soltura y naturalidad, y a la vez con tanto acierto y precisión, de temas como la oración y los sacramentos. Insistía especialmente en que la piedad no puede consistir en simples gestos, ni en superficialidades o beaterías, sino que la verdadera piedad tenía que ser algo sólido y profundo, radicado en una verdadera unión con Dios afectiva y efectiva. (...) Se veía que era hombre de fe práctica y firme, que se alimentaba con una piedad recia, a base de mucha oración y sacramentos y de una tierna devoción a la Santísima Virgen»[51].
Florencio Sánchez-Bella también se incorporó al Opus Dei en esas fechas[52]. Su primer encuentro con Álvaro se produjo en Valencia, el 19 de julio de 1940. Así lo evocaba: «Dimos un paseo y, como hacía mucho calor, me invitó a tomar un helado en el café de la Paz. Había bastante gente, algunos jugando al dominó, en las mesas de mármol blanco. En medio del ruido de las piezas del dominó, de los rumores y exclamaciones, Álvaro me comentó el espíritu del Opus Dei, que él había aprendido directamente del Fundador con el cual convivía a diario. Recuerdo sus comentarios expuestos con claridad, pacientemente, para que los asimilara bien. Ante mis ojos aparecía, gracias a Álvaro, un horizonte de entrega que ni siquiera sospechaba que existiese»[53].
Los relatos de este tenor se podrían multiplicar: Alberto Taboada del Río[54], Juan Bautista Torelló[55], Rafael Termes[56], etc.
Como resultado de esa intensa labor apostólica, el Opus Dei se extendió rápidamente por gran parte de España. En septiembre de 1939 se erigió un centro en Valencia; en abril de 1940, otro en Valladolid; y en julio de 1940, en Barcelona[57]. Además, pidieron la admisión en la Obra universitarios de Zaragoza, de Granada, de Bilbao y de otras ciudades de la península ibérica.
Mientras viajaba en aquellos destartalados ferrocarriles, Álvaro soñaba también en la difusión por todos los continentes. En julio de 1940, volviendo a Madrid, coincidió en el compartimento del tren con el Arzobispo de Verápolis (India), que le dio los nombres de algunos universitarios de su país. Al reseñar este encuentro en su relato del viaje, añadió: «¡Cuándo llegará la expansión en todo el mundo!»[58].
 
 
3. Secretario General del Opus Dei
 
Estudio, trabajo y viajes apostólicos llenaban las jornadas de Álvaro; pero, como ya se anticipó, su principal actividad fue ayudar a san Josemaría en el gobierno de la Obra. En octubre de 1939, cuando tenía 25 años, el Fundador le nombró Secretario General del Opus Dei[59]. Comenzaba así una colaboración aún más estrecha, que se prolongaría hasta el final de la vida de san Josemaría. En alguna ocasión comentó el Fundador: «a otros hermanos vuestros los he buscado yo, pero a don Álvaro me lo ha puesto Dios»[60]. Fueron más de 35 años, en los que llevó al extremo la veneración, el respeto y la identificación espiritual con el Fundador, mostrando siempre la máxima disponibilidad. Puso sus cualidades al servicio de la misión recibida. Su fortaleza, su prudencia, su prontitud en obedecer fueron un punto de apoyo que nunca menguó.
Su misión como Secretario General conllevaba, entre otras tareas, hacer cabeza entre los fieles de la Obra en Madrid cuando el Fundador se encontrara fuera de la capital. Para valorar esto de manera adecuada conviene tener presente que, al terminar la guerra, muchos obispos españoles pidieron a san Josemaría que predicase cursos de retiro espiritual a sacerdotes y seminaristas de sus diócesis. Este servicio al clero comportaba tener que desplazarse a otras ciudades con mucha frecuencia[61]. De hecho, durante el curso académico 1939-1940, san Josemaría estuvo más de cien días fuera de Madrid, y la cifra ascendió a ciento cuarenta el curso siguiente[62]. Además, desde junio de 1940, multiplicó sus visitas a los obispos españoles con el fin de darles a conocer la Obra.
Estos rápidos apuntes permiten intuir el amplio apoyo que Álvaro debió de prestar al Fundador en el gobierno diario de la Obra. Llevó a cabo esa tarea con una exquisita humildad. «A pesar de ser Secretario General y de esa confianza que tenía nuestro Padre en él —escribe José Luis Múzquiz—, no se tomaba nunca atribuciones para decidir asuntos. Y con gran sencillez, cuando le consultábamos alguna cosa, nos decía: ya te contestaré; voy a preguntárselo al Padre»[63]. No era indecisión o timidez; era humildad: conciencia de que san Josemaría poseía las gracias especiales propias del fundador. Esta virtud la vivió en todas las dimensiones de su colaboración: en el trabajo de gobierno, en su labor de ayuda espiritual a los miembros del Opus Dei y en su relación con las autoridades eclesiásticas.
Además de los quehaceres propios del Secretario General, san Josemaría le pidió que se encargara también de tareas de administración económica[64]. Concretamente, siguió muy de cerca la instalación de nuevas casas que a lo largo de estos años se abrieron en Madrid y en otras ciudades de España[65]. Un dato que puede ayudar a valorar lo que supuso este trabajo es que en septiembre de 1941, a los dos años de haber concluido Álvaro su periodo militar, se habían abierto cinco centros en la capital y tres en otras ciudades[66].
La puesta en marcha de estos instrumentos materiales se llevó a cabo en medio de una gran escasez económica. Las siguientes líneas de una de las cartas de Álvaro al Fundador ilustran la situación que atravesaban: «La casa está quedando muy bien pero los gastos son brutales. Se ha agotado ya la cuenta corriente, lo cual quiere decir que no hay dinero. El uno (a primeros, por lo menos) hay que pagar 7.100 pesetas de alquiler y fianza a Donadío [propietario del edificio], más los gastos corrientes de alquiler y demás. A Ricardo le pagarán lo de Chamartín (7.500) y de sueldos reuniremos unas 4.000 más de las que ya se han cobrado. Con Trueba habrá que liquidar unas 6 ó 7.000 pesetas; pero dentro de unos meses. De este apuro momentáneo saldremos, pero la cosa está muy dura»[67].
Como consecuencia de esa falta de dinero, durante el invierno de 1940 a 1941, los estudiantes que vivían en la residencia de la calle Lagasca pasaron bastante frío, porque no pudieron arreglar la instalación de la calefacción. Por el mismo motivo, se fue amueblando poco a poco. Aunque había otros que colaboraban en la decoración, Álvaro —que había añadido a sus otras ocupaciones la de ser director de ese centro[68]— acompañaba con frecuencia a san Josemaría en sus visitas al mercadillo del Rastro madrileño y a tiendas de ocasión para encontrar a bajo precio piezas que, convenientemente restauradas, pudieran quedar dignas y favorecer el ambiente de hogar. De este modo, aprendió del Fundador cómo resolver en la práctica la instalación de los inmuebles con espíritu de pobreza y buen gusto; así como a poner mucho amor de Dios y esmero en el cuidado de los aspectos materiales, en la buena conservación de puertas, ventanas, pavimentos y paredes, visillos, etc.[69] 
Evidentemente, para lograr desempeñar simultáneamente todas las tareas que tenía encomendadas, no le bastaba estar dotado de una particular capacidad para hacer rendir el tiempo —a base de orden, intensidad, etc.—, sino que necesitaba espíritu de sacrificio, que se manifestaba, por ejemplo, en la disminución de horas dedicadas al descanso nocturno. Refiriéndose a Álvaro, el 5 de octubre de 1939, san Josemaría escribía: «Se pasa temporadas durmiendo sólo un par de horas. Y no puede ser»[70]. El Fundador le pidió repetidas veces que cuidase más el descanso; y el interesado trató de seguir sus indicaciones, aunque no siempre le fue posible. Un ejemplo de su esfuerzo por obedecer, lo encontramos en la siguiente anotación de octubre de 1941: «Hoy ya tendré que dormir hora y media menos de lo debido, por lo que convendrá que pida perdón al Padre. Cierro, pues, el diario»[71].
A este volumen de obligaciones se sumaron muy pronto problemas de salud, que en ocasiones quedan consignados en los diarios de los centros donde vivió[72]. Así, en diciembre de 1939 leemos: «Álvaro ha estado en el dentista para una pequeña intervención en una encía. Hacía un mes que supuraba, pero él no había hecho caso»[73]. En febrero de 1940: «(...) Álvaro que no se pudo levantar a la hora porque se mareó al ponerse de pie»[74]. En enero de 1941: «Después de comer va Álvaro con Pepe O. a que le vea el médico, Salamanca, decano de Medicina, para averiguar la causa de los dolores de riñones que desde hace unos meses son particularmente intensos»[75]; y dos meses más tarde: «[Álvaro] está fastidiado estos días con la boca y aunque como de costumbre no lo dice debe tener bastantes dolores»[76].
También se vio afectado por una inflamación en la cara. El médico aconsejó que le aplicaran compresas de agua hirviendo. Las preparó Carmen Escrivá de Balaguer. Teodoro Ruiz recuerda su admiración al ver cómo se ponía aquellos paños húmedos abrasantes sin quejarse[77].
Francisco Ponz ha dejado un recuerdo personal, que muestra la imagen que los más jóvenes en la Obra tenían de Álvaro. «El 10 de febrero de 1940, pedí la admisión en el Opus Dei y con ese motivo tuve una larga conversación con el Fundador. (...) Al final de esa conversación, me invitó a que charlara con frecuencia con Álvaro del Portillo, para que me fuera enseñando con más detenimiento el plan de vida espiritual, el modo de vivir el espíritu de la Obra y los diversos aspectos de la entrega, así como para que pudiera ayudarme confiada y fraternalmente en las dificultades de cualquier tipo que surgieran en mi camino. (...) La diferencia de edad —5 o 6 años en términos absolutos, aunque bastante apreciable para mí— y la de estudios —él muy adelante en su carrera y yo casi en los comienzos— no fueron en absoluto obstáculo para que nuestras charlas adquirieran enseguida un carácter ciertamente amistoso y fraternal, sencillo y sincero, que constituía de hecho una auténtica dirección espiritual (...).
»Álvaro aparecía ya entonces ante mí como una persona física, humana y sobrenaturalmente madura, a la que era fácil tener respeto y consideración, a la vez que confianza. De cuerpo bien proporcionado, pelo algo rubio, con un bigote discreto, con gafas; era pulcro y cuidadoso en el vestir, pero sin nada llamativo. Poseía una inteligencia privilegiada que le daba una gran capacidad para profundizar en los asuntos, centrar situaciones y problemas, percibir las dificultades personales de los demás. Al propio tiempo, tenía un gran corazón, nos atendía y quería a todos muy de veras, se interesaba mucho por todas nuestras cosas»[78].
Otro de sus rasgos característicos era la serenidad. «Con tantas y tan variadas ocupaciones y responsabilidades a sus espaldas, jamás vi en Álvaro el menor signo de nerviosismo o de ansiedad, ni un gesto o actuación que revelara precipitación o andar acelerado por la vida. Sabía poner orden e intensidad en el trabajo, concentrarse con toda atención en lo que estaba haciendo, pasar de una a otra actividad sin pérdidas de tiempo, con sencilla naturalidad, sin que los demás pudieran advertir la cantidad de asuntos de que debía ocuparse. Cuando acudíamos a él para cualquier consulta, nos atendía como si no tuviera ninguna otra cosa que hacer, en actitud amable, acogedora, infundiéndonos confianza, seguridad, paz. No se debía todo esto a una mera condición humana, sino que era consecuencia de su profunda vida interior y sentido sobrenatural, de su fe extraordinaria en Dios, en la Obra, en san Josemaría, que le daban firmeza, serenidad y paz en medio de las contrariedades o de sucesos que a otros podían resultar desconcertantes y provocarles inquietud»[79].
También José María Casciaro, que con los años llegaría a ser un renombrado estudioso de la Sagrada Escritura, recuerda que «no faltaba nunca esa sonrisa de Álvaro, franca, llena de cariño, que efectivamente comunicaba gozo y paz»[80].
El motor de esa ingente actividad, en un clima de serenidad y alegría, muchas veces marcado por la enfermedad, no era la inteligencia o la memoria, ni su juventud o su optimismo natural, sino su fe y su amor al Señor, su vida de oración, que le movían a trabajar buscando la gloria de Dios y el servicio a los demás.
Las breves anotaciones, en las que resumió los propósitos de un retiro espiritual de 1940, ilustran lo que acabamos de exponer: «No llevar encima más que la cartera ordenada y una tarjeta donde ponga los recados, etc. que diariamente pasaré a limpio. / Levantarme cuando Isidoro, ducharme, y ½ hora de rodillas, oración (6 ¼ a 6 ¾) y después 10 ‘ evangelio. / Misa con misal, siempre. / Lectura: 1 ½ a 2 (...) / Orac. tarde: 5 ½ a 6. (...) Plan inmediato de trabajo: / Profesional, el puente y copiar Chufas[81]. Estudiar por la mañana al volver de la Escuela. / De la Obra, ordenar todos los papeles que quedan (todos). (...) Por las noches cuentas. / De cuentas, hasta el último céntimo / Pedir y dar recibo como todos. / Apuntar desde hoy todos los gastos. / ¡Exámenes! Escribiendo y leyendo al día siguiente. / Siempre hoy y ahora. (...) Repartir responsabilidades y exigir. / No pensar en mí. / Leer estas hojas con frecuencia y pedir a Dios ayuda (...)»[82].
Se intuye aún más la calidad de su vida espiritual, si se tiene en cuenta que el Fundador le abría su alma con una confianza absoluta, y le exponía con total sinceridad hasta las más duras pruebas espirituales que atravesaba. Tenemos un ejemplo elocuente en el suceso ocurrido el 25 de septiembre de 1941.
A petición de sus hijos, que lo veían físicamente agotado, a causa de su ingente labor sacerdotal —y, en parte, quizá también por la campaña de calumnias desatada contra su persona—, san Josemaría se trasladó unos días a La Granja de San Ildefonso (Segovia) para descansar un poco. Estando allí, experimentó lo que denominó “una prueba cruel”: le vino a la mente el pensamiento de que el Opus Dei era un invento humano, cosa suya, no de Dios.
Ya en 1933 había pasado por un momento semejante, que superó con un acto de total aceptación de la Voluntad divina: —“Señor, si la Obra no es tuya, destrúyela; si es, confírmame”. E inmediatamente vino la paz[83]. Ahora, reaccionó de manera semejante. A continuación, escribió una carta a su hijo Álvaro, abriéndole por completo el corazón: «Ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia”. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios. Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? (...) Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido»[84].
 
 
4. Encargos de formación espiritual
 
Otro aspecto de la colaboración que Álvaro comenzó a prestar a san Josemaría concernía la dirección espiritual de los fieles de la Obra, que hasta ese momento había recaído casi exclusivamente en el Fundador. Fue el primero del Opus Dei que recibió este delicado encargo[85]. Álvaro era consciente de la responsabilidad que comportaba y, «precisamente para cumplir mejor esta tarea, en cada una de esas charlas procuraba aconsejar a quien conversaba con él que se esforzase siempre más en su espíritu de unión con el Fundador: era un punto que no dejaba de tocar jamás. Tenía plena conciencia de que en esos momentos estaba haciendo los oficios del Padre, que tan delicadamente había llevado a todos, a cada uno, por caminos de una mayor entrega, con una fidelidad radical al espíritu que el Señor le había inspirado. Todos los miembros del Opus Dei que recibieron esa ayuda de don Álvaro recordaban que no les costaba ningún esfuerzo ver a san Josemaría detrás de cada una de sus palabras, por el afecto y la delicadeza con que les seguía puntualmente»[86].
José María Casciaro, a quien ya se ha mencionado, fue una de las personas que se benefició de su dirección espiritual. «Me inspiró muy amplia confianza y le abrí mi alma. Recuerdo bien aquellos instantes. Me dio orientaciones prácticas sobre aspectos de la entrega en la Obra (...). Me llenó de alegría y satisfacción el modo con que Álvaro trataba conmigo: sencillo, amable, práctico, lleno de bondad y comprensión y tomándome muy en serio, no obstante mi temprana edad»[87].
José Luis Múzquiz —que era más de un año mayor que Álvaro— se fija en cómo le aconsejaba en sus lecturas espirituales: «Además del “Decenario al Espíritu Santo”[88], me recomendó que leyera “El alma de todo Apostolado” de Chautard[89], (...) la “Historia de un Alma” de santa Teresita del Niño Jesús[90], “La Misa y la vida interior” de Vasconcelos[91] y, en general, los libros clásicos de los místicos españoles: santa Teresa, san Pedro de Alcántara, etc.»[92].
Junto a esta labor de acompañamiento espiritual personal, impartió muchas clases de formación ascética y doctrinal a estudiantes que participaban en los apostolados del Opus Dei[93]. Uno de los que asistió indica que «era un hombre muy sobrenatural, estaba muy enamorado de Dios y de su vocación; y por otra parte resultaba siempre positivo, alentador, cordial. Daba la doctrina clara, con fortaleza, y mostraba el espíritu de la Obra con los altos niveles de exigencia con que lo hacía nuestro Fundador, sin rebajar lo más mínimo los objetivos de la lucha por la santidad»[94].
También se prodigaba en sus visitas a los centros de la Obra, que empezaban a multiplicarse y que eran muy apreciadas, como se evidencia en este apunte de los de Valladolid: «Inesperadamente llegó Álvaro, que viene de Vitoria. Tan pronto como fue posible nos reunimos todos en casa y nos dio el Círculo (...). Pensaba marchar a Madrid en las primeras horas de la tarde, pero al fin conseguimos que se quedara aquí hasta la madrugada. Hemos pasado, pues, el día en casa y muy contentos por su visita que nos trae tantas noticias de la Obra»[95].
Cuando la distancia impedía una relación directa, alentaba a los demás con cartas, que escribía sacando tiempo de donde fuera posible. Así se lo había propuesto en noviembre de 1939: «De hoy en adelante, lo primero que haré cuando, de vuelta de la Escuela, llegue a casa, será escribir a alguno de los de fuera [de Madrid]»[96]. «Estas letras están escritas en la Escuela, entre clase y clase; así de deslavazadas salen»[97], afirma, por ejemplo, en una de sus misivas. Las 53 cartas que se han conservado del curso académico 1939-1940, sumadas a las 42 del siguiente, hablan por sí solas de su dedicación a esta tarea[98].
Algunos fragmentos del epistolario de esos años muestran la vibración con que espoleaba los deseos de santidad entre los miembros del Opus Dei. En septiembre de 1939 escribía a José Orlandis, que se encontraba en Mallorca: «Cada uno de nosotros tiene la obligación tajante de llegar hasta arriba (...). Es preciso que seamos como debemos; que nos acostumbremos a decir que no; a ser fieles hasta en los más pequeños detalles (...). En fin, tienes que empujar. Desde aquella plácida Mallorca se puede hacer muchísimo: ¿lo harás?»[99].
Y en otra misiva, del 29 de ese mismo mes, decía a Alberto Sols: «Mucho me alegra que compruebes personalmente que el yugo del Señor es, no sólo ligero, sino que, saltándose a la torera las leyes de la gravedad, hace que aquel sobre quien actúa ande más velozmente, y se desprenda de la tierra, para vivir la dicha de la vida sobrenatural, y, borracho de celestial borrachera, sólo piense en Aquél que le escogió, para uncirle con su yugo. Pero es necesario que sea efectivamente de Él. Por lo tanto, esas tristezas; ese sentir soledad; ese quejarse de lo que parece adverso; ese “acusar” las enfermedades; tanto y tanto detalle, no tienen razón de ser, y hay que desecharlos. ¿Es que, acaso, no nos ama Jesús? Entonces... Todo es bueno, porque lo es nuestro Dios. Por lo tanto, ¡alegría, siempre! Alegría que no es preciso que sea sensación física, sino paz interna que siempre ha de reflejarse en el exterior, por caridad con Dios y por caridad con los que nos rodean»[100].
En diciembre de 1939, se dirigía nuevamente a José Orlandis: «Se hace preciso incrementar mucho el trabajo entre los jóvenes para sacar de ellos hombres decididos a todo; hombres que hagan frente a lo que se nos viene encima. España, es mucho, pero, ¡es tan poco! Hemos de ver, nosotros, cómo se propaga el fuego por las selvas vírgenes del mundo entero. La India, América, la pobre supercivilizada Europa, China, Japón, África. ¡Cuántas almas! (...) Qué fuente de meditación y de rectificación, impulso para el bien obrar, para la presencia de Dios y aprovechamiento intensivo (...) del tiempo. Ni un minuto perdido, ni una ocasión de agradar a Dios y de fastidiarse uno, desperdiciada»[101].
Las palabras siguientes forman parte de una carta a los que vivían en Barcelona, del 12 de marzo de 1941: «Queridos catalanes; hace muchísimo que no escribo. Pero que conste que no se os olvida. Sigo con atención todos vuestros pasos; leo vuestras cartas; me preocupo de todo lo vuestro. Y si esto lo digo de mí, ¡fijaos lo que será el Padre! No hay alegría o preocupación en ninguno de vosotros que deje de repercutir en él. Es que esto forma la esencia de la Obra, y en la unidad indestructible se basa el apostolado; la fraternidad bien vivida ha de ser el fundamento de toda nuestra labor, la base del proselitismo, del desarrollo. ¡Que todos sean uno, como nosotros somos uno!»[102].
 
 
5. La “contradicción de los buenos”
 
Ya inmediatamente después de la fundación, en los primeros pasos del Opus Dei, entre los años 1930 y 1936, san Josemaría experimentó incomprensiones por parte de ambientes eclesiales. ¿De dónde procedían? ¿Cuáles fueron sus orígenes? Podemos indicar dos.
En primer lugar, hay que considerar «la raíz teológica del problema». Como explicaría más tarde Mons. del Portillo, «en aquellos años, lo que el Fundador del Opus Dei veía en su alma con tanta claridad, gracias a una precisa iluminación divina —la llamada universal a la santidad—, aparecía como algo increíblemente audaz. Se lo he oído explicar muchas veces; en una ocasión, a finales de los años sesenta, con estas palabras: “Cuando hace cuarenta y pico años, más o menos, un pobre sacerdote que tenía veintiséis, comenzó a decir que la santidad no era sólo cosa de frailes, de monjas y de curas, sino que era para todos los cristianos, porque Jesucristo Señor Nuestro dijo a todos sed santos como mi Padre celestial es santo... —lo mismo si es un soltero, que si está casado, que si es viudo: todos podemos ser santos—, decían que ese sacerdote era un hereje”»[103].
Por desgracia, la otra causa tiene un nombre poco digno: celotipia. Al final de la guerra civil, surgieron envidias ante los frutos apostólicos que el Señor hacía brotar en el Opus Dei. En algunos sectores eclesiásticos comenzaron a propalarse comentarios calumniosos sobre las enseñanzas y el apostolado de san Josemaría, para tratar de entorpecer su labor. Al principio fueron murmuraciones, más o menos solapadas; pero después, a partir de septiembre de 1940, la contradicción se hizo más intensa y llegó a ser un verdadero acoso.
La persecución alcanzó tales dimensiones que, en ocasiones, el Fundador se preguntaba: «Álvaro ¿desde dónde nos insultarán mañana?»[104]. Calumnias contra la doctrina predicada por san Josemaría, difamaciones contra personas de la Obra, textos anónimos amenazadores, visitas de religiosos a padres de miembros del Opus Dei para “alertarles” de que sus hijos estaban siendo engañados, y corrían peligro de excomunión y hasta de condenación eterna si continuaban por ese camino[105]. «La Obra era acusada de herejía, de conspirar clandestinamente para encaramarse en el vértice del poder, de masonería, de antipatriotismo, etc. No se trataba de hechos aislados, sino de una auténtica campaña; quienes promovían estas calumnias no dudaron en acudir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiástica, para sembrar desconfianza y sospecha respecto de la Obra y el Padre»[106]. El Fundador llamó a esta situación: “la contradicción de los buenos”[107].
Álvaro experimentó los ataques también en la propia familia. Su madre recibió mensajes de ese tipo. Incluso un religioso fue a su casa para insistirle en el riesgo que se cernía sobre su hijo, manifestándole que no entendía cómo un joven de tan buenas prendas se hubiera dejado embaucar por aquella gente[108]. Doña Clementina contestó que conocía muy bien al Fundador del Opus Dei y a su propio hijo; y lo despidió.
La dureza del momento puso una vez más de relieve algunos rasgos de Álvaro, como su amor a la verdad, la lealtad hacia el Fundador, el valor y la fortaleza ante las adversidades, la serenidad y la paz interior, la prudencia, la capacidad de perdonar[109]. Movido por tales sentimientos pidió a varios eclesiásticos, que habían asistido a ejercicios espirituales predicados por san Josemaría (obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, seminaristas y novicios de diversas órdenes), que escribieran un testimonio sobre el Fundador del Opus Dei y sobre el fruto que habían obtenido de aquellos retiros[110].
Por su parte, el Obispo de Madrid-Alcalá, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que había bendecido y animado al Fundador desde sus primeros pasos, decidió realizar un gesto formal para significar públicamente el apoyo de la jerarquía al Opus Dei, y así defenderlo de las agresiones. El 19 de marzo de 1941[111] le concedió la aprobación in scriptis como Pía Unión, según lo establecido en el Código de Derecho Canónico entonces vigente[112].
Francisco Ponz recuerda que san Josemaría les comunicó esa noticia en el oratorio de la residencia de la calle Lagasca, ante el Santísimo expuesto. Y añade un detalle interesante: «Estaba también Álvaro, que había ayudado al Padre a preparar la documentación para presentarla a su tiempo en la Curia Diocesana, pero se encontraba allí como uno más. (...) Al terminar la Exposición, con la Bendición con el Santísimo Sacramento, salimos del oratorio y Álvaro no quiso hacer ningún comentario o aclaración, siguió inadvertido, sin el menor intento de aparecer ante nosotros como persona enterada»[113].
Fue una lección de la humildad y de la natural reserva que se debe guardar en los asuntos de gobierno. Desde mediados de 1940, había ayudado al Fundador en la preparación material de los documentos necesarios para la aprobación diocesana del Opus Dei[114]. Después, se ocupó de transcribir los Reglamentos de la Obra, redactados por san Josemaría y aprobados por el Obispo[115]. La noche en que falleció la madre de san Josemaría, en abril de 1941, estaba realizando este trabajo mecanográfico.
La aprobación diocesana, sin embargo, no puso punto final a las persecuciones y a las campañas calumniosas. Más aún, en los meses siguientes se agravaron, porque se añadieron denuncias ante las autoridades civiles[116] que, por el carácter autoritario del régimen político vigente, habrían podido tener graves consecuencias. De hecho, en julio de 1941, san Josemaría fue acusado ante el tribunal creado para la represión de la masonería y del comunismo[117].
En este contexto, también Mons. Eijo y Garay fue testigo, en primera persona, de las cualidades del joven Secretario General del Opus Dei. La ocasión se produjo un día en que el Fundador se encontraba fuera de Madrid, y tuvo lugar un ataque contra la Obra. Álvaro le llamó por teléfono para informarle del hecho, y san Josemaría le indicó que hablase personalmente con don Leopoldo y se atuviera a lo que le indicase.
Durante la entrevista, el obispo expresó su preocupación de que algunos miembros del Opus Dei, los más jóvenes, pudieran reaccionar ante la persecución con rencores o con enfados poco sobrenaturales. Pero se quedó completamente tranquilo al escuchar la siguiente respuesta: «No se preocupe, Sr. Obispo. Nosotros vemos que esto es algo que permite Dios para que, con el sacrificio que nos manda, seamos mejores; y estamos contentos, porque cuando un buen cirujano quiere hacer una buena operación, escoge un buen instrumento; y el Señor ha querido utilizar un bisturí de platino para esta contradicción»[118]. Pocos años después, don Leopoldo comentó que había quedado muy edificado con esta contestación, y añadía: «de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado»[119].
Mons. Eijo y Garay mostraba una deferencia por Álvaro que, en su caso, se ha de calificar de poco común, porque era hombre de carácter un tanto adusto y poco propenso a los elogios. Además, él era una autoridad de gran prestigio, y mucho mayor en edad que el Secretario General del Opus Dei[120].
El obispo de Madrid no fue el único miembro de la jerarquía eclesiástica que apreció su valía. Se podrían citar también a Mons. Santos Moro, Obispo de Ávila[121]; Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona[122]; al Venerable José María García Lahiguera, entonces director espiritual del seminario de Madrid-Alcalá, y confesor de san Josemaría entre 1940 y 1944[123]; al Abad de Montserrat, Aurelio María Escarré Jané, O.S.B. [124], etc.
Revistió particular importancia la entrevista que mantuvo con el Nuncio en España, Mons. Gaetano Cicognani, el 28 de julio de 1941[125]. Hasta ese momento, este eclesiástico había manifestado reservas ante la aprobación dada al Opus Dei por el Obispo de Madrid. Después de aquella conversación, emprendió un camino de progresiva comprensión y aprecio que culminaría en una relación de confianza y amistad con san Josemaría y con Álvaro del Portillo.
José Luis Múzquiz recuerda que, en una ocasión, el Fundador del Opus Dei invitó a la Residencia de Jenner a don Casimiro Morcillo, entonces Obispo auxiliar y luego Arzobispo de Madrid, y pidió a Álvaro que diera una charla en su presencia explicando la Obra. «A don Álvaro naturalmente le costaría hacerlo —era entonces todavía un estudiante de ingeniería—, pues además era tímido y se ponía un poco colorado algunas veces (...) [pero] lo superaba todo a base de gran audacia sobrenatural. Y, con esta misma audacia, explicaba la Obra a personalidades eclesiásticas y civiles, diciendo las cosas con claridad y defendiendo la naturaleza y el espíritu de la Obra, que entonces era muy poco conocida y, a veces, mal entendida»[126].
Un día, alguien preguntó a Álvaro: “¿cómo te arreglas para decir con esa claridad las cosas a esas autoridades?; ¿no te impone?” Y Álvaro le respondió con sencillez: “me acuerdo de la pesca milagrosa y procuro hacer lo que hizo San Pedro: in nomine tuo laxabo rete. Recuerdo lo que me ha dicho el Padre y me acuerdo de esa escena evangélica”[127].
 
 
6. Atención a su madre y hermanos
 
En septiembre de 1939, cuando Álvaro regresó a Madrid libre ya de obligaciones militares, decidió trasladarse a la Residencia universitaria de la calle Jenner. Por aquellos días, su madre —viuda relativamente joven— debía rehacer su vida. Por lo que se refiere a sus hijos, el mayor, Ramón, se había independizado; Paco y Pilar iban a casarse enseguida; Ángel y Pepe, estaban fuera de la capital, en destinos militares; Tere y Carlos eran aún menores de edad.
Álvaro tenía un gran amor a su madre y a sus hermanos, y podemos suponer que le costó tomar esa decisión; pero estaba convencido de que era lo que Dios le pedía. En cualquier caso, procuraba acudir con frecuencia a verlos y les ayudaba a resolver los problemas familiares[128]. A doña Clementina le preocupaba el hijo pequeño, Carlos, porque no estaba centrado en el colegio: había perdido el hábito de estudio durante la guerra y no conseguían que lo recuperase. En el año 1941 cursaba quinto curso de bachillerato y —lo ha dejado escrito el interesado[129]— suspendió cuatro asignaturas. En el colegio del Pilar dijeron que de ese modo no podía continuar. Así que Álvaro tomó cartas en el asunto y planteó a su hermano, de acuerdo con su madre, ingresar en un internado que tenían los Capuchinos en Lecároz, al norte de Navarra, con fama de arreglar casos difíciles. Carlos aceptó y, también con los consejos de Álvaro que lo seguía de cerca, allí se rehizo por completo[130].
A pesar de esta proximidad y de la ayuda ante las dificultades ordinarias de la vida, doña Clementina, que era una mujer muy buena y valoraba la entrega a Dios de su hijo, no podía evitar a veces el deseo de que Álvaro viviera con ella: también porque, entre los hijos, era su preferido.
Lo que le llevó a resolver definitivamente sus desazones fue la decisión de su hijo de emprender el camino hacia el sacerdocio. Así lo cuenta su hija Tere: «No sé exactamente cuándo Álvaro comunicó a mi madre que se iba a ordenar sacerdote. Yo me enteré al cumplir los diecisiete años. (...) Mamá estaba contentísima. Y más cuando le dijo Álvaro: —Me gustaría que me hicierais un alba. Yo os voy a mandar el dibujo»[131]. Pilar recuerda que, en cuanto le llegó el diseño, doña Clementina dedicó todas sus energías a la confección del ornamento sagrado. «De pronto —por lo que me contaron Carlos y Tere, porque yo ya no vivía con ellos— se puso a bordar, cosa que no hacía desde muchísimos años atrás. —¿Por qué te pones a bordar ahora, mamá?, le preguntaba Carlos, extrañado. —Es que... ¡estoy recordando viejas costumbres mexicanas! —Qué raro... Pero no había quien la sacara de ahí. Más tarde, nos enteramos de lo que estaba haciendo: bordaba un alba para la ordenación sacerdotal de Álvaro. Mi hermano se lo había dicho, varios meses antes, a ella sola. A nosotros no nos había comentado nada, porque, precisamente durante aquel periodo, se estaba buscando la fórmula jurídica apropiada para la ordenación sacerdotal de los miembros de la Obra, y no se sabía cómo ni cuándo se podría hacer realidad aquel sueño del Padre»[132].
La noticia llenó a doña Clementina de una inmensa alegría, como afirma Pilar del Portillo: «Fue, desde luego, uno de los grandes gozos —yo pienso que el mayor— de su vida: ¡un hijo sacerdote!»[133].
 
 

[1] Como se ha indicado en la p. 125, este pensamiento quedó reflejado en el n. 249 de Camino.

[2] San Josemaría, Carta circular a los fieles del Opus Dei, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 337.

[3] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 354.

[4] San Josemaría, Carta circular a los fieles del Opus Dei, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 338-339.

[5] Lc 10,42.

[6] Testimonio de Amadeo de Fuenmayor Champín (AGP, APD S-2024).

[7] Ibid.

[8] Cfr. Pío XII, Radiomensaje a los fieles de España, 16 de abril de 1939: AAS 31 (1939) 151-154; Discursos a los miembros del Sacro Colegio y de la Curia Romana con motivo de la Navidad, en los años 1939 y 1940, en L’Osservatore Romano, 24-XII-1939 y 24-XII-1940.

[9] Cfr. Solicitud para matricularse en el 3º año (Madrid, 29-IX-1939) e Inscripción de matrícula para el 3º año (Madrid, 30-IX-1939): AGP, APD D-6009-17 y 18.

[10] Cfr. Certificado de estudios en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, AGP, APD D-17025.

[11] Cfr. Testimonio de Eduardo de Caso Ridaura, AGP, APD T-0361, p. 2.

[12] «Por entonces, era profesor de la Escuela de Caminos un señor muy exigente: a un alumno que durante el curso hubiera faltado tres veces a clase sin justificación, no le examinaba, le suspendía directamente. Don Álvaro había faltado a clase no tres veces, sino muchísimas más; pero fue a hablar con el profesor y le convenció de que le examinara: aprobó, porque sabía la asignatura. He oído contar esta anécdota solo una o dos veces a don Álvaro, que añadía: “esto no quiere decir que no haya que ir a clase; yo no iba, porque no podía”. Este comentario, en su sencillez, ratifica la entrega completa de Mons. del Portillo a lo que Dios le pedía: no hacía lo que le hubiera gustado, sino lo que debía hacer» (Testimonio de Fernando Valenciano Polack, AGP, APD T-18489, p. 3).

[13] Cfr. Testimonio de Ricardo Castelo Biedma, AGP, APD T-0140, p. 2.

[14] A lo largo de estos meses encontramos en los diarios referencias a las fechas de comienzos de clases y exámenes, que en ocasiones había que comunicar a Álvaro pues se encontraba fuera de Madrid. Por ejemplo: «Hemos telefoneado a Valencia después de cenar porque Álvaro tiene examen el 7» (Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 4-I-1940: AGP, APD D-17130).

[15] Cfr. Calificación y clasificación de fin de curso: AGP, APD D-6009-18.

[16] Cfr. Resguardo de la solicitud de matrícula para el 4º año (Madrid, 10-IV-1940) e inscripción de matrícula para el 4º año (Madrid, 10-IV-1940): cfr. AGP, APD D-16010.

[17] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 1616, 1-VI-1940, en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 600. Y en una carta del mismo Álvaro, fechada el primero de mayo de 1940, se puede leer: «Ya sabes que, entre nosotros, el sacerdocio vendrá como fruto sazonado, para los que Dios quiera llamar por ese camino; algunos, muy pronto podrán tener al Señor entre sus manos» (Del Portillo, Á., Carta a Jesús Larralde Berrio, AGP, APD C-400501). Para el tema de los sacerdotes en el Opus Dei en aquellos momentos, cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 593-611.

[18] Del Portillo, Á., Carta a Alfonso Balcells Gorina, AGP, APD C-400924.

[19] Diario de Jenner, anotación del 15-VII-1940: AGP, APD D-17131.

[20] Cfr. Calificación y clasificación de fin de curso: AGP, APD D-6009-20.

[21] Cfr. Certificado de estudios en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, AGP, APD D-17025.

[22] «Un día me contó algo nuestro Padre, haciéndome entender la entrega tan grande de don Álvaro, y me impresionó pues yo había terminado mi carrera y tenía ese “orgullo tonto” que tenían entonces los ingenieros de caminos: “Álvaro me ha dicho varias veces que quiere dejar los estudios, aunque yo sé que le hace mucha ilusión terminarlos, para dedicarse exclusivamente a la Obra. Pero yo le he dicho que no, que conviene que termine para tener prestigio profesional”» (Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 20).

[23] Del Portillo, Á., Carta a San Josemaría, AGP, APD C-401105.

[24] Cfr. Solicitud para matricularse en el 5º año (Madrid, 8-XI-1940), AGP, APD D-6009-22 y resguardo de la solicitud de matrícula para el 5º año (Madrid, 4-XI-1940), AGP, APD D-19004.

[25] Las asignaturas del 5º curso fueron: “Ingeniería sanitaria”, “Urbanización”, “Estructuras metálicas”, “Puertos, Aeropuertos y señales marítimas”, “Caminos II”, “Economía Política II”, “Proyectos” y “Alemán”: cfr. Certificado de estudios en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos: AGP, APD D-17025.

[26] «Hoy llega Álvaro de Madrid con todos los de su promoción que hacen un viaje de prácticas por Valencia y Alicante. Durante su estancia en ésta residirá en casa. Hoy no come en casa pues ha salido con los compañeros. Por la tarde lo podemos abrazar ya» (Diario de Samaniego, anotación del 5-XII-1940: AGP, APD D-17144).

[27] Cfr. Solicitud al Subsecretario de Obras Públicas, para ser admitido en el escalafón oficial del Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas (Madrid, 8-I-1940: AGP, APD D-6148-25) y nombramiento como Ayudante primero de Obras Públicas, Oficial de Administración de 1ª clase (Madrid, 24-II-1940: AGP, APD D-6148-26).

[28] Cfr. Oficio del Ministerio de Obras Públicas al Director General de Caminos, sobre el destino, en Comisión, a la Jefatura de Cálculo de Puentes de Altura Estricta (Madrid, 21-IV-1941): AGP, APD D-6148-35.

[29] Cfr. Oficio del Director de la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, sobre la compatibilidad de los estudios con el servicio como Ayudante de Obras Públicas (Madrid, 20-IX-1940): AGP, APD D-6009-21.

[30] Cfr. Ficha de estudios (1933-1941): AGP, APD D-6009-25.

[31] Cfr. Nombramiento de Ingeniero 3º del Cuerpo de Caminos, Canales y Puertos (Madrid, 15-VII-1941: AGP, APD D-16011); oficio del Ministerio de Obras Públicas del destino a la Comisaría en la Cuenca del Río Segura (Madrid, 22-VII-1941: AGP, APD D-6147-8); carnet del Ministerio de Obras Públicas (Madrid, 30-VII-1941: AGP, APD D-16012). Tomar posesión del destino como Ingeniero, comportaba pasar a la condición de supernumerario en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas: cfr. Resolución del Ministerio de Obras Públicas, por la que Álvaro pasa a la situación de supernumerario en el Cuerpo de Ayudantes de Obras Públicas (Madrid, 19-VIII-1941: AGP, APD D-6148-38).

[32] Cfr. Oficio del Comisario del Ministerio de Obras Públicas en la Cuenca del Río Segura, comunicando la presentación de Álvaro del Portillo en dicha Comisaría y la toma de posesión del cargo de Ingeniero tercero (Murcia, 9-VIII-1941: AGP, APD D-6147-9); certificación de que ha tomado posesión del cargo en la Comisaría del Ministerio de Obras Públicas en la Cuenca del Río Segura (Murcia, 9-VIII-1941: AGP, APD D-6147-10).

[33] Cfr. Solicitud al Subsecretario del Ministerio de Obras Públicas, de pase a la situación de supernumerario en el servicio del Estado (Murcia, 9-VIII-1941: AGP, APD D-6147-11) y concesión de pase a la situación de supernumerario (Madrid, 20-VIII-1941: AGP, APD D-6147-14). Desde 1967, la condición de supernumerario pasó a llamarse de excedencia voluntaria (cfr. Nota s/f, sobre el BOE del 26-III-1965 y la Sentencia T.S. del 2-VI-1967, AGP, APD D-6147-23). En la condición de supernumerario o de excedencia voluntaria, el funcionario no ocupaba plaza en organismo estatal, pero seguía ascendiendo en el escalafón, sin cobrar nada del Estado; además, se contaba el tiempo, a efectos de pensión de jubilación; en cualquier momento podía reingresar al servicio del Estado, si había plaza.

[34] De todos modos, Álvaro no se desligó completamente de la ingeniería. El motivo que adujo en su petición de excedencia decía así: «estar trabajando en la actualidad en la redacción de proyectos particulares de construcción en Madrid» (Solicitud, al Subsecretario del Ministerio de Obras Públicas, de pase a la situación de supernumerario en el servicio del Estado; Murcia, 9-VIII-1941: AGP, APD D-6147-11). Entre 1941 y 1946, en el ámbito de una Oficina Técnica de Ingeniería que organizó con el ingeniero José Luis Múzquiz, Álvaro llevó a cabo algunos proyectos. Cfr. Solicitud del Título de Doctor Ingeniero (Roma, 24-III-1965) y curriculum vitæ que se adjunta: AGP, APD D-6151-2. Además, a mediados de los años 60, consiguió el título de doctor Ingeniero de Caminos, mediante la presentación de un proyecto realizado anteriormente (Cfr. Expediente para la obtención del título de Doctor Ingeniero, original en el Archivo General de la Universidad Politécnica de Madrid; fotocopias compulsadas en AGP, APD D-6151) y el de Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos (Madrid, 22-IV-1965: AGP, APD D-17024). Tras su designación como Presidente General del Opus Dei, recibió el nombramiento de miembro de Honor de la Asociación de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos: cfr. AGP, APD D-16035.

[35] Cfr. Testimonio de Eduardo de Caso Ridaura, AGP, APD T-0361, p. 2.

[36] «El P. Lasaga indicó al Padre un procedimiento para que yo estudie, no alemán, sino japonés, dándonos las señas de un compañero suyo, misionero en el Japón, el P. Escusell» (Anotación suya en el Diario de Santa Isabel/Jenner, del 3-XII-1939: AGP, APD D-17130).

[37] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 543. Una exposición de esta expansión apostólica se encuentra en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 417-427.

[38] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 387-390.

[39] San Josemaría, Conversaciones..., op. cit., n. 38.

[40] Cfr. Relación del viaje del 18 al 21-II-1940, AGP, APD D-17133.

[41] Cfr. Diario del centro del Cubil, anotación del 19-VII-1940: Valencia, AGP, APD D-17142.

[42] Cfr. Relación del viaje del 28-VI al 1-VII-1940, AGP, APD D-17140.

[43] Cfr. Diario del centro del Rincón, anotación del 23-XII-1940: Valladolid, AGP, APD D-17143.

[44] Cfr. Relación del viaje del 30-XII-1939, AGP, APD D-19115; Viaje del 31-III al 2-IV-1940, AGP, APD D-15204/11 y AGP, APD T-16858; Relación del viaje del 12 al 13-V-1940, AGP, APD D-15204/15; Relación del viaje del 28-VI al 1-VII-1940, AGP, APD D-17140 y Relación del viaje del 27 al 29-VI-1941, AGP, APD D-17141. Relación del viaje del 20 al 21-VII-1940, AGP, APD D-17140 y Oficio del Comisario del Ministerio de Obras Públicas en la Cuenca del Río Segura, comunicando la presentación de Álvaro en dicha Comisaría y la toma de posesión del cargo de Ingeniero tercero (Murcia, 9-VIII-1941), AGP, APD D-6147-9. Viaje del 5 al 19-IX-1939: cfr. Diario del centro del Cubil, Valencia, anotaciones del 5-IX-1939 y 20-IX-1939: AGP, APD D-17129; Viaje del 31-XII-1939 al 5-I-1940, Diario del centro del Cubil, Valencia, anotación del 31-XII-1939: AGP, APD D-17129 y Diario del centro de Santa Isabel/Jenner, anotación del 5-I-1940: AGP, APD D-17130; Relación del viaje del 2 al 7-IV-1940, AGP, RHF D-15204/1 y Diario del centro del Cubil, Valencia, anotación del 7-IV-1940: AGP, APD D-17129; Viaje del 18 al 20-VII-1940, Diario del centro del Cubil, Valencia, anotación del 19-VII-1940: AGP, APD D-17142 y viaje del 5 al 9-XII-1940, Diario de Samaniego, Valencia, anotaciones del 5 y 9-XII-1940: AGP, APD D-17144. Relación del viaje del 27 al 29-I-1940, AGP, RHF D-15204/5; Viaje del 1 al 2-IV-1940, AGP, RHF D-15204/13; Relación del viaje del 8 al 9-VI-1940, AGP, RHF D-15204/18; Viaje del 23-XII-1940, Diario del centro del Rincón, Valladolid, anotación del 23-XII-1940: AGP, APD D-17143. Relación del viaje del 25-II-1940, AGP, APD D-17134. Relación del viaje del 28 al 29-XII-1939, AGP, APD D-19115; Relación del viaje del 18 al 21-II-1940, AGP, APD D-17133; Relación del viaje del 25 al 26-II-1940, AGP, APD D-17134; Relación del viaje del 3-III-1940, AGP, APD D-17135; Relación del viaje del 29 al 30-III-1940, AGP, APD D-15204/10; Relación del viaje del 27 al 29-IV-1940, APD D-17137; Relación del viaje del 11-V-1940, AGP, RHF D-15204/14; Relación del viaje del 14 al 15-V-1940, AGP, RHF D-15204/16 y Diario del centro de Zaragoza, AGP, APD D-17138; Relación del viaje del 29-VIII al 2-IX-1940, Diario de Jenner, AGP, APD D-17131 y Relación del viaje del 20 al 30-VI-1941, AGP, APD D-17141.

[45] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 14.

[46] Testimonio de Amadeo de Fuenmayor Champín (AGP, APD S-2024).

[47] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 10.

[48] Cfr. Relación del viaje del 8 al 9-VI-1940, AGP, RHF D-15204/18.

[49] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 10.

[50] Años después, él mismo comenzaría la labor del Opus Dei en Colombia.

[51] Testimonio de Teodoro Ruiz Jusué, AGP, APD T-0433, p. 2.

[52] Pasados los años, sería Vicario regional de España.

[53] Testimonio de Florencio Sánchez-Bella, AGP, APD T-15512, p. 3.

[54] Cfr. Testimonio de Alberto Taboada del Río, AGP, APD T-15743, p. 2.

[55] Cfr. Testimonio de Juan Bautista Torelló, AGP, APD T-16269, p. 2.

[56] Cfr. Testimonio de Rafael Termes Carreró, AGP, APD T-1051, p. 1.

[57] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 417-427.

[58] Del Portillo, Á., Relación del viaje del 28-VI al 1-VII-1940, AGP, APD D-17140 y Diario de Jenner, anotación del 1-VII-40: AGP, APD D-17131.

[59] «El Padre ha señalado a cada uno su labor (...), y yo [me ocuparé] de la Secretaría General de la Obra y de la Administración» (Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 10-X-1939: AGP, APD D-17130). Sobre la situación jurídica del Opus Dei en aquellos años: cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., capítulo 3.

[60] Testimonio de Andrés Aterido Cañadilla, AGP, APD T-0678, p. 11. Por su parte, José Luis Múzquiz ha dejado por escrito: «Debía ser todavía en el año 1940, (...) cuando nuestro Padre me dijo, en su cuarto de la residencia de Jenner 16 (...): “Antes había pensado en otro (me dijo el nombre), pero ahora veo claramente que el que el Señor quiere que me ayude es Álvaro”» (Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, pp. 21-22).

[61] Por ejemplo, en abril de 1940, san Josemaría escribió: «Me piden ejercicios para el clero de Valencia, Ávila, León y Pamplona. Si pudiera, me negaría. ¡Hago falta en casa!» (Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 596).

[62] Cfr. ibid., pp. 723-732.

[63] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 23.

[64] Cfr. Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 10-X-1939: AGP, APD D-17130.

[65] «El Padre, con J. Manuel, Álvaro y Rafael ven algunas casas para la futura residencia [de Valencia]» (Diario del centro del Cubil, Valencia, anotación del 4-I-1940: AGP, APD D-17129). «Hemos visto una casa en Martínez Campos (...). Hemos ido a verla Chiqui, Álvaro y yo» (Diario de Jenner, anotación del 24-IV-1940 AGP, APD D-17131). «Después de comer fuimos Miguel y yo [Pedro Casciaro] con Álvaro a la Casa de Estudios para ver las obras. Concretamos el color de las pinturas de varias habitaciones y lo de las duchas, cuartos de baño y lavabos» (Diario del centro de Martínez Campos, anotación del 7-VIII-1940 AGP, APD D-17146).

[66] Los centros en Madrid eran: Jenner, Martínez Campos, Lagasca, Marqués de Urquijo y Villanueva. Estos dos últimos se instalaron respectivamente en junio y septiembre de 1941 (cfr. Diario de Marqués de Urquijo, AGP, APD D-17154 y Diario de Villanueva, AGP, APD D-17153).

[67] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-401029.

[68] A esta casa también se mudaron la madre y los hermanos del Fundador, que continuó viviendo en Martínez Campos aunque, con frecuencia, acudía a Lagasca para despachar con Álvaro: «A última hora de la mañana vino el Padre un momento a casa para hablar con Álvaro» (Diario de Lagasca, anotación del 14-XI-1940: AGP, APD D-17132).

[69] Cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 11.

[70] Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 5-X-1939: AGP, APD D-17130.

[71] Diario de Marqués de Urquijo, anotación del 5-X-1941: AGP, APD D-17154.

[72] Cfr. Diario de Santa Isabel/Jenner, anotaciones del 17 y 18-XI-1939: AGP, APD D-17130.

[73] Ibid., anotación del 11-XII-1939.

[74] Ibid., anotación del 10-II-1940.

[75] Diario de Lagasca, anotación del 22-I-1941: AGP, APD D-17132.

[76] Ibid., anotación del 5-III-1941.

[77] Cfr. Testimonio de Teodoro Ruiz Jusué, AGP, APD T-0433, p. 4.

[78] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, pp. 1-2.

[79] Ibid., p. 14.

[80] Testimonio de José María Casciaro Ramírez, AGP, APD T-0961, p. 3.

[81] Apelativo cariñoso con el que entre los alumnos de la Escuela de Ingenieros se conocía a uno de sus profesores.

[82] Del Portillo, Á., Libreta de notas, 1940/1941, AGP, APD D-17062.

[83] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., p. 500, donde se narra el episodio con detalle.

[84] San Josemaría, Carta de 25-IX-1941, citada en Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., pp. 190-191.

[85] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 29-30.

[86] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 29-30.

[87] Testimonio de José María Casciaro Ramírez, AGP, APD T-0961, p. 2.

[88] Se refiere al libro de la Sierva de Dios Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, escrito en forma de devocionario, con una consideración, una oración y un propósito para cada día, en los diez que transcurren desde la Ascensión a Pentecostés. Ayuda a conocer y a tratar al Espíritu Santo. Es una obra sencilla y a la vez profunda y piadosa.

[89] Chautard, J. B., L’Àme de tout apostolat. El autor, religioso trapense, hace ver la necesidad de la vida interior para la eficacia de la actividad apostólica.

[90] Santa Teresita del Niño Jesús (o De Lisieux), Histoire d’une âme. La conocidísima autobiografía de esta Doctora de la Iglesia consta de dos partes: en la primera, se narran sobre todo hechos externos; en la segunda refiere más directamente su experiencia interior. Enseña la “vida de infancia espiritual” y ayuda a simplificar la lucha espiritual y advertir el valor de los detalles pequeños.

[91] Vasconcelos, B. De, La Misa y la vida interior; es un breve tratado, que ayuda a ver la importancia del Santo Sacrificio en la vida cristiana.

[92] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, pp. 9bis y tris.

[93] «Álvaro ha dado la clase de S. Rafael» (Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 30-XI-1939: AGP, APD D-17130). «Álvaro ha tenido el círculo breve con los nuevos» (ibid., anotación del 25-I-1940). Apuntes que se suceden, semanalmente, en el Diario de Jenner, AGP, APD D-17131 y también en el Diario de Martínez Campos, AGP, APD D-17146 y en el Diario de Lagasca, AGP, APD D-17132.

[94] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 5.

[95] Diario del Rincón, Valladolid, anotación del 23-XII-1940: AGP, APD D-17143.

[96] Del Portillo, Á., Carta a Salvador Senent, AGP, APD C-391102.

[97] Del Portillo, Á., Carta a algunos fieles del Opus Dei que residían en Barcelona, AGP, APD C-400422.

[98] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas correspondientes al curso académico 1939-40, en AGP, APD C-39-40.

[99] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis Rovira, AGP, APD C-390927.

[100] Del Portillo, Á., Carta a Alberto Sols García, AGP, APD C-390929.

[101] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis Rovira, AGP, APD C-391215.

[102] Del Portillo, Á., Carta a algunos fieles del Opus Dei que residían en Barcelona, AGP, APD C-410312.

[103] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., pp. 117-118.

[104] Postulación de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus Dei, Artículos del Postulador, Roma, 1979, n. 127.

[105] «Casi siempre, en el origen de estos problemas, aparecían algunos religiosos que no vacilaban en difundir sospechas y desconfianzas: lo hacían desde el confesonario o yendo a visitar a las familias para ponerlas sobre aviso. Más de una vez el Padre tuvo que intervenir personalmente para poner remedio a las falsedades que divulgaban en aquellos hogares: “Al principio de la Obra, hace treinta y tantos años, venían a mí [a san Josemaría] algunos padres... indignados: porque había una campaña de calumnias dirigidas por unos determinados religiosos, que yo quiero mucho, y esas pobres familias estaban influidas. Era yo entonces un sacerdote joven —no tenía aún los cuarenta años— y les dejaba hablar. Cuando habían terminado, les decía: con la información que vosotros tenéis, yo pensaría como vosotros. De modo que estamos de acuerdo. Os diré más: seríamos tres los que estaríamos de acuerdo: ¡el diablo, vosotros y yo! Luego procuraba aclararles las cosas y quedábamos siempre muy buenos amigos”» (Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., pp. 119-120).

[106] Ibid.

[107] Cfr. Testimonio de Rafael Termes Carreró, AGP, APD T-1051, p. 2. Una exposición más detallada de estos sucesos, en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 538-553.

[108] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 76.

[109] Algunas de las gestiones que llevó a cabo para defender al Opus Dei y a su Fundador, y en las que se pueden apreciar estos rasgos, quedaron recogidas de su puño y letra (cfr. “Relación de una visita a Juan José Pradera, del tribunal de la masonería”, en AGP, APD D-19151; “Relación de una visita al Colegio del Pilar”, en AGP, APD D-19161).

[110] Cfr. Testimonio de Eliodoro Gil Ribera, AGP, APD T-1004, p. 2. Entre los testimonios recogidos cabría destacar los del Cardenal Ángel Suquía, entonces seminarista (26-II-1942); de Mons. Santos Moro, Obispo de Ávila, que participó en los ejercicios en la primera semana de julio de 1940; del Rev. Guillermo Marañón (26-II-1942); de Mons. Antonio Rodilla, Vicario General de la diócesis de Valencia (21-XI-1941); del Rev. Baldomero Jiménez Duque (14-XI-1941); del Rev. Antonio Pérez, director espiritual del Seminario de Ávila (25-I-1942); del Rev. Gumersindo Fernández García, de León, que participó en los ejercicios del 1 al 9 de agosto de 1940; del Rev. Joaquín Mestre Palacio, que asistió a los ejercicios para los alumnos del Seminario mayor de Valencia del 2 al 8 de noviembre de 1940 (cfr. Josemaría Escrivá de Balaguer. Anexo n. 1 a los Articoli del Postulatore. Fama di santità in vita, Roma 1979, pp. 363-377).

[111] El documento de aprobación llevaba fecha del 19 de marzo, fiesta de san José, como detalle de cariño de don Leopoldo hacia san Josemaría, pero la noticia se dio el 24, entonces fiesta del Arcángel san Gabriel.

[112] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op.cit., cap. 3.

[113] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 16.

[114] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 434.

[115] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 769-770.

[116] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 509-522. «En una ocasión, fray José López Ortiz, agustino, que más tarde sería Obispo de Tuy-Vigo, y Arzobispo castrense de España, y que era entonces el confesor ordinario de nuestra residencia de Diego de León en Madrid, le entregó al Padre una copia de un “dossier reservado” sobre la Obra y su Fundador: los servicios de información de la Falange lo había hecho llegar a las autoridades locales, y a López Ortiz se lo facilitó una persona de su confianza. Aquel documento rebosaba calumnias atroces y significaba el comienzo de otra campaña difamatoria contra el Fundador. Recogía todas las maledicencias divulgadas con anterioridad. Yo asistí a aquella entrevista y confirmo lo que testimonia fray José: “Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y, en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el ministerio de la Falange, de donde los había cogido: ten, me dijo, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él”» (Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., p. 118-119).

[117] La denuncia no prosperó, por motivos obvios, pero no dejó de suponer un riesgo: cfr. ibid., p. 512.

[118] Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 81.

[119] Ibid.

[120] Una buena muestra de esa deferencia podemos apreciarla en la Relación de una conversación con S.E.R. Mons. Leopoldo Eijo y Garay, en AGP, APD D-19166.

[121] Cfr. Diario de Santa Isabel/Jenner, anotación del 17-X-1939: AGP, APD D-17130.

[122] Cfr. Relación de una conversación con S.E.R. Mons. Marcelino Olaechea, en AGP, APD D-18758.

[123] En 1950 José María García Lahiguera fue Obispo Auxiliar de Madrid; desde 1964 a 1969, Obispo de Huelva, y desde 1969 a 1978 Arzobispo de Valencia. Actualmente está en curso su Causa de Canonización.

[124] Le visitó por primera vez en 1941: cfr. Relación del viaje a Barcelona y Zaragoza, 15 al 30-VI-1941, AGP, APD D-17141.

[125] Cfr. Relación de una visita a S.E.R. Mons. Gaetano Cicognani, en AGP, APD D-18745/1.

[126] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 16.

[127] Cfr. ibid.

[128] Cfr. Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, pp. 9-10.

[129] Cfr. Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, pp. 21-22.

[130] Cfr. ibid.

[131] Testimonio de María Teresa del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-1000, pp. 8-9.

[132] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 29.

[133] Ibid.

Capítulo 8 Preparación para el sacerdocio
 
En 1941 el Opus Dei estaba asentado en Valencia, Valladolid y Barcelona, y empezaba a despuntar con vigor en Zaragoza, Granada, Bilbao, Sevilla y Santiago. También las manifestaciones de aprecio de obispos y otras personalidades eclesiásticas eran cada vez más abundantes[134]. La Obra caminaba, en expresión del Fundador, “al paso de Dios”[135]. El crecimiento del número de fieles y de la labor de almas exigía la presencia de sacerdotes formados en su espíritu. Ya en la década de 1930, san Josemaría había escrito que esos presbíteros saldrían de los miembros laicos de la Obra; pero aún no había conseguido encontrar el título de ordenación sacerdotal adecuado, entre las opciones jurídicas previstas por el Código de Derecho Canónico entonces vigente[136].
El Fundador estudió muchas posibilidades, sin hallar ninguna satisfactoria. Mucho rezó e hizo rezar, ofreciendo también generosas mortificaciones por esta intención. Mientras tanto, seguro de que el Señor le proporcionaría las luces necesarias para resolver el problema, dispuso que algunos de sus hijos comenzasen a realizar los estudios eclesiásticos necesarios para una futura ordenación sacerdotal[137]. Concretamente, los primeros en emprenderlos fueron Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz; los tres, ingenieros.
 
 
1. Los estudios eclesiásticos
 
Mons. Eijo y Garay, obispo de Madrid, acogió con gozo la noticia de la posible futura ordenación. En una ocasión contó que cuando Álvaro fue a comunicarle su determinación, amparándose en la confianza mutua que tenían, le preguntó: —Álvaro, ¿te das cuenta de que vas a perder personalidad? Ahora eres un ingeniero prestigioso, y después vas a ser un cura más. Y quedó conmovido ante la respuesta que oyó: —Señor Obispo, la personalidad hace muchos años que se la he regalado a Jesucristo[138].
Para san Josemaría, la necesidad urgente de sacerdotes no podía conllevar un detrimento en la seriedad y profundidad de los estudios filosóficos y teológicos previos a la ordenación[139]. Deberían acometer las asignaturas del curriculum eclesiástico con el mismo empeño, o incluso mayor, que el puesto en la carrera civil. En 1976, Mons. del Portillo explicaba: «¡Cómo nos preparó nuestro Fundador, paternalmente, a los tres primeros hijos suyos que íbamos a ser sacerdotes!»[140]. «Trabajamos mucho, como habíamos visto hacer a nuestro Padre. Aparte de la tarea profesional, con la que nos ganábamos la vida y ayudábamos a las actividades apostólicas, y de esos viajes semanales por media España, buscando vocaciones, don José María, don José Luis y yo íbamos estudiando, preparando exámenes. Con privilegio concedido por el Obispo de Madrid, nos examinábamos en el Seminario, pero estudiando fuera, sin ser seminaristas. Así hicimos los cinco años de latín de una sentada —los tres ya sabíamos latín—, luego los dos cursos de filosofía, y seguimos con la teología. Pero, como estaba diciendo, teníamos que trabajar mucho profesionalmente, íbamos de una parte a otra, y ayudábamos al Padre en el gobierno de la Obra. Por eso, a veces, decía que nos escondiésemos para pasar diez o quince días estudiando intensamente»[141].
El mismo san Josemaría enumeraba cinco razones por las que sus hijos sacerdotes debían recibir una esmerada formación específica para el ministerio. Decía así:
«Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.
»Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.
»Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.
»Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran —todos éstos también— la seriedad y la solidez de nuestra labor.
»Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios»[142].
Pasarían casi tres años hasta llegar a la ordenación sacerdotal. No está de más recordar que Álvaro, durante los cursos académicos 1939-1940 y 1940-1941, gracias a sus cualidades intelectuales, a su capacidad de trabajo y a su espíritu de sacrificio para lograr el máximo aprovechamiento del tiempo, había conseguido terminar tres años de Ingeniería de Caminos —que era la carrera más exigente del momento[143]—, haciéndolos compatibles con otras ocupaciones muy absorbentes.
Sin embargo, para completar el curriculum eclesiástico, empleó un año más que los dedicados a los tres últimos cursos de Caminos, y muchas más horas de estudio. En este sentido, resulta reveladora la aseveración del sacerdote y catedrático Amadeo de Fuenmayor: «puedo decir que yo apenas le vi dedicar tiempo a las materias de ingeniería. Lo cual no quiere decir que no las estudiara. Su expediente es elocuente en este sentido. Lo que yo concluyo de este no verle, es que el tiempo para estudiar su carrera civil lo sacaba de donde no había, procurando que no quitara nada de tiempo a su trabajo de ayudar a san Josemaría en el gobierno de la Obra ni al apostolado. (...) Así como he dicho que no tengo en la memoria haberle visto estudiar materias de su carrera de ingenieros, también tengo que decir que sí he sido testigo de su estudio y dedicación a las asignaturas teológicas en los años previos a la ordenación»[144].
Otra manifestación del empeño que pusieron los tres primeros fieles del Opus Dei que serían ordenados sacerdotes, fue que a partir de octubre de 1941 comenzaron a “encerrarse” en localidades cercanas a Madrid, como El Escorial o Torrelodones, dedicados únicamente al estudio: sacaban entre ocho y nueve horas diarias, durante semanas enteras[145].
El plan de estudios del Seminario de Madrid estaba dividido en tres partes: Curso de Humanidades o Curso Clásico; Curso Filosófico y Curso Teológico. Las dos primeras —el Curso de Humanidades y el Filosófico— equivalían a los estudios de enseñanza media del sistema escolar civil y, de hecho, las normas vigentes sobre estudios eclesiásticos preveían que «el Curso Medio Completo debe estar organizado de forma que los alumnos puedan fácilmente conseguir el título de Bachiller en los Institutos del Estado»[146].
La enseñanza eclesiástica privilegiaba el latín y la filosofía, pero Álvaro, que había hecho el bachillerato en El Pilar, y revalidado el título en el Instituto Cardenal Cisneros, gozando además de una formación universitaria de primer rango, podría completar en menos de un año esas materias. En aquella época no era infrecuente en el seminario de Madrid la figura del “revalidista”, es decir, de la persona que accedía a los estudios sacerdotales en la madurez y debía “revalidar” sus conocimientos civiles con una prueba de latín[147].
A comienzos de 1942, el plan de formación previo a las órdenes sagradas que tenía en mente san Josemaría, terminó de encarrilarse con la autorización y el impulso del Obispo de Madrid. Don Leopoldo dispuso que se examinaran en el Seminario, dispensándoles de la asistencia a las clases[148], y designó a don José María Bueno Monreal, futuro Arzobispo de Sevilla y Cardenal, como director del claustro de profesores encargado de impartirles las clases[149]. Por aquel entonces, Bueno Monreal explicaba Teología Moral en el Seminario, desempeñaba el cargo de fiscal en el Tribunal eclesiástico de Madrid y era docente en la Escuela de Periodismo de la Universidad Complutense. Tenía una gran amistad con san Josemaría.
Completaban el equipo encargado de impartir la filosofía otros dos sacerdotes del seminario madrileño, don Joaquín Blázquez Hernández y don Abundio García Román[150]. Cabría citar también a don Máximo Yurramendi, que formaba parte de los tribunales examinadores del Seminario y posteriormente sería nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo[151].
Don Joaquín Blázquez era además secretario del “Instituto Francisco Suárez”, de teología, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Por su parte, don Abundio García, actualmente en proceso de canonización, desarrollaba, junto a su magisterio en el seminario, una intensa actividad de dirección de almas, predicación de ejercicios espirituales y colaboración en las actividades de una renovada y pujante Acción Católica. Años después fundaría las Hermandades del Trabajo, que se extendieron por España y Latinoamérica, buscando dignificar la condición de obreros y artesanos[152].
De acuerdo con lo indicado por Mons. Eijo y Garay, Álvaro afrontó, en primer lugar, la lengua latina. Cuando cursó esta materia en el bachillerato, había obtenido la calificación de sobresaliente. Ahora, repitió las notas: en junio de 1942, superó los cuatro primeros exámenes con cuatro sobresalientes[153]. Adquirió una competencia notable en esta lengua, y lo pondría de manifiesto más adelante, durante sus años de trabajo en la Curia Romana[154].
Superadas las Humanidades, le llegaba el turno a la Filosofía. Los tres futuros sacerdotes abordaron esas materias con interés y sin limitarse a estudiar los apuntes que tomaban en las clases; por el contrario, animados por san Josemaría, se preocuparon de conseguir y asimilar la bibliografía recomendada. En una carta de esos meses, Álvaro escribió: «acabo de pedir yo, por teléfono, unos libros de filosofía... en latín»[155]. Y en otra, también dirigida al Obispo de Madrid, anotaba: «Gracias a Dios, hemos podido trabajar de firme, los profesores están contentos y nosotros como unas castañuelas, porque el estudio es el camino para el Fin»[156].
Del 3 al 19 de junio, Álvaro, José María y José Luis se retiraron a El Escorial para ultimar la preparación de las primeras asignaturas filosóficas[157]. En una carta a san Josemaría, escrita en aquellas fechas, Álvaro dejó constancia del plan de trabajo que seguían: «Para aprovechar bien el tiempo, tenemos un horario muy rígido: nos levantamos tarde, a las 7: vamos a misa de 8, al monasterio, y en cuanto volvemos —las 8 3/4— nos ponemos a estudiar. Alberto[158] va a Misa más tarde y cuando vuelve —a las 10— nos traen el desayuno a los tres al cuarto de Chiqui [159] y mío: no había cuartos individuales ya. Así, desayunando juntos, podemos charlar un rato. En cuanto terminamos el desayuno seguimos estudiando, hasta las dos en punto, hora en que viene Alberto y vamos al comedor. De 2 3/4, poco más o menos, hasta las 3 hacemos la lectura y la 1ª parte del Rosario, Chiqui y yo, mientras Alberto hace reposo. De 3 a 6 estudiamos y a esta hora nos recoge Alberto para dar una vuelta: la Visita, la oración los tres juntos en el campo y una parte del rosario al volver. A las 8 estamos otra vez estudiando, hasta las 9; cenamos, 3ª parte del Rosario, comentario y preces, y a eso de las 11 nos acostamos. En total vienen a ser cerca de 9 horas de estudio»[160].
El 20 de junio, tuvieron lugar los exámenes de Filosofía, en los que Álvaro obtuvo la calificación de “Notable”[161]: los nervios le habían traicionado un poco[162].
Durante el periodo 1941-1943, Álvaro padeció también algunos problemas de salud[163]. En los diarios de los centros, con una cierta frecuencia, vuelven a aparecer referencias como las siguientes: «Hoy Álvaro se levanta más tarde porque la hipoglucemia no le deja. No le aguantan las piernas. Así muchos días»[164]. «Álvaro se ha levantado hoy tarde porque ha tenido un ataque de hipoglucemia»[165]. «Sigue Álvaro con fiebre y en cama. Se abren la puertas del oratorio y de su habitación durante la Misa»[166]. «Álvaro está tomando sulfamidas, y le desaparece la fiebre. Le han hecho un recuento de la sangre»[167]. «Álvaro, aun llevando vida normal, está bastante fastidiado»[168].
Ciertamente, las dolencias no le impedían desarrollar sus trabajos, pero le demandaban más espíritu de sacrificio y visión sobrenatural. El estilo con que encaraba las dificultades queda reflejado en la carta que dirigió a un enfermo en noviembre de 1941: «Eres un hombre con suerte. Con esas molestias físicas que la enfermedad te produce, tienes quizá más que otros para ofrecer al Señor. Y como con su gracia y con tu esfuerzo no perderás nunca el punto de vista sobrenatural, el dolor es una fuente continua de bienes para tu alma y para la Obra»[169].
De hecho, su ritmo de vida era muy intenso. El sucesor de don Álvaro al frente del Opus Dei ha señalado que «dedicaba todo el tiempo necesario para cursar bien los estudios eclesiásticos, aprovechando a fondo las horas y también los retazos de tiempo que le quedaban entre una ocupación y otra. (...) Los tres tenían conciencia muy clara de lo que el Fundador del Opus Dei les repetía con insistencia, opportune et importune: que debían realizar esa preparación a fondo, pensando no solo en que la necesitaban para dar alimento doctrinal a la vida interior, sino también para ejercitar adecuadamente el ministerio sacerdotal, sin olvidar que muchas personas tenían los ojos puestos en ellos»[170].
En febrero de 1943, los tres candidatos al sacerdocio se encerraron de nuevo para dar el empujón final a la preparación de los últimos exámenes de filosofía y al primero de teología moral. Una vez más, disponemos de una carta de Álvaro a san Josemaría, contándole de aquellas jornadas: «Queridísimo Padre: son las seis de la tarde y llevamos ya ocho horas trabajando. Tenemos que descansar un poco, lo que nos proporciona una ocasión formidable para escribirle unas líneas (...). Puede suponer lo que nos acordamos de Vd. y con qué alegría ofrecemos el estudio y todo por Vd. y por toda la Obra. Es estupendo esto de estar tan unidos a los demás, a la Obra y a la Iglesia. Ya el estudio está prácticamente terminado: mañana por la noche estará dada la primera vuelta y después, si le parece, podríamos dar un repaso de unos cuatro o cinco días»[171].
Esta vez, los exámenes tuvieron lugar durante los meses de marzo y mayo de 1943, y arrojaron para Álvaro un balance de tres sobresalientes y dos notables[172]. Mons. García Lahiguera recordaba la primera fase de estudios con estas palabras: «Consiguieron unos resultados extraordinarios; los profesores estaban admirados de su capacidad y de su aprovechamiento, y a mí eso no me causaba extrañeza, considerando el nivel intelectual de las carreras civiles que tenían, y su dedicación al estudio, sostenida con el celo incansable del Padre»[173].
 
 
2. El primer viaje a Roma
 
Mientras tanto, el 14 de febrero de 1943, durante la celebración de la Santa Misa, san Josemaría había recibido por fin una luz con la ansiada solución jurídica, que permitiría la ordenación sacerdotal de miembros laicos del Opus Dei: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz[174]. En síntesis, podemos decir que se trataba de constituir en Sociedad de vida común sin votos y según lo previsto en el Código de Derecho Canónico de 1917, a una pequeña parte del Opus Dei, que comprendería a los sacerdotes y a algunos laicos en preparación para el sacerdocio. Los sacerdotes serían ordenados ad titulum Societatis, para atender pastoralmente las labores apostólicas de la Obra.
El Fundador sabía que esa fórmula no sería la definitiva, pero en aquellos momentos era la menos inadecuada y, sobre todo, la única viable[175]. Al menos dos problemas presentaba aquella configuración jurídica. En primer lugar, la relación que se establecía entre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y el Opus Dei no reflejaba la realidad del fenómeno pastoral, ya que el Opus Dei podía parecer —como escribió el mismo san Josemaría— «una parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, cuando la realidad es que la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es sólo una pequeña parte de la Obra»[176]. Además, aunque en los textos jurídicos correspondientes el Fundador tendría buen cuidado de subrayar que los miembros del Opus Dei no eran religiosos, «la figura de las Sociedades de vida común era considerada por buena parte de la doctrina como cercana a las religiones, y, por tanto, el recurso a esa fórmula se podía prestar a confusión. Consciente del problema, el Fundador tomó todas las medidas posibles para marcar las diferencias»[177].
El 15 de febrero, san Josemaría se desplazó a El Escorial y mantuvo una larga conversación con Álvaro, para transmitirle la solución que acababa de ver. José Luis Múzquiz recuerda al respecto que «entró en la habitación de José María Hernández Garnica y mía, donde estábamos los tres estudiando, y dijo con toda seguridad: “se va a llamar Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz”; y añadió: “Álvaro tiene que venirse conmigo a Madrid para trabajar en unas cosas. Vosotros dos seguid estudiando y, cuando Álvaro regrese, lo ponéis al corriente”»[178].
Convenía presentar cuanto antes la propuesta correspondiente al Obispo de Madrid, quien, a su vez, decidió pedir inmediatamente el nihil obstat a la Santa Sede para la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Álvaro del Portillo, como Secretario General del Opus Dei, iría a Roma para presentar la instancia a la Curia Romana[179].
Eran tiempos de guerra en Europa. A principios de febrero los alemanes se habían rendido en Stalingrado. A mediados de mes, las fuerzas del Eje lanzaron una contraofensiva en el norte de África que se convirtió en otra derrota y la rendición de 275.000 soldados alemanes en Túnez: el Afrika Korps estaba destruido. El 9 de julio, los Aliados desembarcaron en Sicilia; el 25 de ese mes, Mussolini fue depuesto por el Gran Consejo Fascista; el 3 de septiembre, Italia capituló. Los bombardeos de la aviación británica sobre objetivos militares y vías de comunicación del continente eran cada vez más abundantes. La tensión era altísima. Con este escenario, se entiende que un viaje en avión a Italia comportase riesgos, porque los cielos europeos no eran seguros.
Álvaro viajó en avión a la Ciudad Eterna el 25 de mayo de 1943[180]. José Orlandis, que en aquellos momentos se encontraba en Roma por motivos profesionales, ha escrito que el vuelo «no estuvo exento de emoción y peligro. El avión de línea —italiano y por tanto “beligerante”— se vio envuelto a la altura de Cerdeña en un combate aéreo-naval entre unas escuadrillas de bombarderos ingleses y una flotilla de navíos del Eje, que navegaban por aquel mar. El piloto del avión civil logró zafarse hábilmente del encuentro y aterrizó en Roma sin novedad, aunque no pudo evitar el miedo que sufrió buena parte del pasaje»[181].
El directo interesado refirió más de una vez que durante el incidente no perdió la paz, porque se hizo a sí mismo un razonamiento sencillo, pero empapado de fe: “Voy a cumplir una misión que Dios quiere y, por lo tanto, no puede ocurrir nada”[182]. Pero el resto de los pasajeros no compartía esa seguridad, y pasaron un miedo más que notable. En la cabina del avión se encontraba «una compañía de comedia italiana, que había dado representaciones en España. (...) Toda aquella compañía empezó a gritar: mamma mia c’è molto pericolo!, affoghiamo tutti! (¡Madre mía; estamos en peligro; nos ahogaremos todos!)»[183].
Al aterrizar en el aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeroporto Littorio, Álvaro tuvo que someterse a una revisión médica, pues en Madrid había una epidemia de tifus exantemático, y las autoridades italianas querían asegurarse de que ningún pasajero introdujera el contagio.
Inmediatamente, emprendió su cometido. El 4 de junio, fue recibido en audiencia privada por el Papa Pío XII, al que explicó ampliamente la naturaleza del Opus Dei y sus apostolados[184]. Álvaro conservó toda la vida el recuerdo del primer encuentro con el Romano Pontífice, porque colmó uno de sus más grandes deseos: videre Petrum[185].
En las memorias apenas citadas, José Orlandis refiere varias anécdotas sobre esa entrevista con Pío XII[186]. Habían pensado acudir al Vaticano en una carrozzella, típico coche de caballos romano, pero cuando salieron de casa no encontraron ninguna y tuvieron que tomar un tranvía para no llegar tarde. Álvaro iba vestido con su uniforme de Ingeniero de Caminos[187], y en la plataforma se oyó decir a un señor: “Parece mentira; tan joven y ya almirante”. El traje azul marino, con las hombreras y las condecoraciones civiles que ornaban la chaqueta, motivaron esa confusión.
Una conclusión parecida debieron de sacar los reclutas de la Guardia Suiza que estaban de servicio en el Portón de Bronce, porque al verle llegar formaron un piquete de recibimiento y el cabo se adelantó para dar la novedad. Álvaro, quizá recordando su periodo de oficial durante la guerra civil española, respondió al saludo sin azorarse, pasó revista a la tropa y siguió su camino con la mayor naturalidad.
La audiencia fue muy cordial. Pío XII le acogió con mucho cariño, y escuchó con interés sus explicaciones sobre el Opus Dei y sobre la necesidad de encontrar ya una solución canónica para la incardinación de sacerdotes. También le habló de su ordenación sacerdotal y le entregó una limosna de 50.000 liras, que en aquel momento constituía un donativo generoso, teniendo en cuenta la suma escasez en que vivían los fieles de la Obra. Orlandis señala que el Romano Pontífice quedó impresionado por la personalidad de aquel ingeniero de caminos: «lo supimos más tarde por distintos conductos —escribía Orlandis—, a través de dos Prelados a los que el Papa habló de aquella entrevista: el Cardenal Tedeschini y Mons. Montini»[188].
También fue recibido por el Cardenal Luigi Maglione, que era el Secretario de Estado. De esa conversación, se conserva un testimonio escrito por el propio Álvaro: «Yo solía emplear, en la explicación que di al Cardenal Maglione sobre la Obra, palabras y frases textuales de nuestras Constituciones. Esto lo hacía para ser más conciso y por respeto a nuestro Padre. Y, una vez me interrumpió el Señor Cardenal para decirme: “eso es de sus Constituciones”. Después, me hizo en varias ocasiones la misma observación. Y entonces exclamé: “¡Eminencia, sabe nuestras Constituciones mejor que yo!” Y el Cardenal Secretario respondió: “Como decían que Ustedes querían destruir la Iglesia, las hemos estudiado personalmente el Santo Padre y yo”»[189].
Además, conoció a otras personalidades eclesiásticas, con las que más tarde trabaría amistad: Mons. Giovanni Battista Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado, y futuro Pablo VI; Mons. Alfredo Ottaviani, Asesor de la Congregación del Santo Oficio; los Cardenales Vincenzo Lapuma, Prefecto de la Congregación de Religiosos; Giuseppe Pizzardo, Prefecto de la Congregación de Seminarios y Universidades; Federico Tedeschini, antiguo Nuncio en España; y Mons. Ernesto Ruffini, Secretario de la Congregación de Seminarios y Universidades[190].
El mismo Orlandis comentaba al respecto: «Aquellos hombres de la Curia Romana, curtidos por una larga vida de servicio eclesial, escuchaban a Álvaro del Portillo con respeto y profundo interés, precisamente porque su larga experiencia les permitía captar en toda su hondura, tanto la dimensión humana y sobrenatural de su interlocutor, como la trascendencia que la “novedad” que les exponía habría de tener para el futuro de la Iglesia y del mundo»[191].
El ritmo que Álvaro impuso a su trabajo durante aquellas jornadas en Roma queda reflejado en una carta que escribió a san Josemaría, el 13 de junio, a los veinte días de haber llegado: «Muy querido Padre: le voy a hacer un resumen de nuestra vida aquí desde que se fue Paco[192], el martes pasado. Hasta este día no pude dedicarme a ver un poco Roma: sólo había estado unos ratos junto al sepulcro de San Pedro, pero no he ido aún a San Pablo ni a San Juan, ni a las catacumbas. Por la mañana del martes fui con Salvador al Coliseo, que produce verdadera impresión»[193].
La actividad se desarrolló en medio de los habituales problemas de salud, que se presentaron, puntuales, desde su misma llegada a la Ciudad Eterna. En la página del diario, correspondiente al 26 de mayo, cuando apenas llevaba veinticuatro horas en suelo italiano, leemos: «Álvaro se encuentra desde primera hora mareado y la cosa le va aumentando siempre más (...); no cena»[194]. El 6 de junio, dos días después de la audiencia con el Papa: «Álvaro que con los pies llenos de llagas casi no puede andar y tiene además un catarro muy fuerte, se acuesta. (...) Álvaro, desde la cama, dicta algunas notas que deberá llevarse Paco»[195]. Y al día siguiente: «Álvaro, que está ya bien del catarro, tiene que tumbarse pues le molestan mucho unos dolores neurálgicos bastante fuertes»[196].
En aquellas semanas se ocupó también de que Salvador Canals y José Orlandis consiguieran un alojamiento adecuado, para los meses que ellos seguirían viviendo en la capital italiana: «Salvador Canals y yo habíamos expuesto a Álvaro del Portillo el deseo de prolongar un año más nuestra estancia en Roma. (...) Parecióle bien a Álvaro nuestro proyecto y dio su anuencia, pero con una condición: se avecinaban tiempos difíciles, en que la guerra podría llegar a Roma; en tales circunstancias, era mejor disponer de vivienda propia. (...) A los pocos días firmábamos el contrato de arrendamiento de un piso amueblado»[197].
Regresó a España el 21 de junio, habiendo alcanzado todos los objetivos fijados para el viaje[198]. Al día siguiente, el Obispo de Madrid, previa petición formal de san Josemaría, se dirigió al Cardenal Lapuma, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, solicitando el Nihil obstat para la erección de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz[199]. Una vez cumplidos los trámites en los dicasterios competentes, llegó la respuesta afirmativa con fecha 11 de octubre de 1943, y Mons. Eijo y Garay la erigió el 8 de diciembre de ese año[200]. De este modo quedó resuelta la incardinación de los fieles del Opus Dei llamados al sacerdocio.
 
 
3. Conclusión de la Teología y Doctorado en Historia
 
Los lineamenta del Opus Dei, que la Santa Sede había examinado para otorgar el Nihil obstat, exponían en su n. 8: «Los sacerdotes provienen de los laicos de la Sociedad y dentro de esta reciben su formación previa»[201]. A partir de ese momento, los miembros de la Obra, candidatos al sacerdocio, debían realizar los estudios requeridos para la ordenación presbiteral dentro del Opus Dei. Por consiguiente, la última fase de la preparación académica de Álvaro, José María y José Luis ya no estuvo ligada al Seminario de Madrid, aunque profesores de esa institución continuaron impartiéndoles las clases y efectuaron los exámenes correspondientes.
Don José María Bueno Monreal siguió ocupándose de la Teología Moral. Además, san Josemaría amplió el claustro docente con figuras de gran talla, gracias a que vivían en Madrid algunos profesores españoles de los Ateneos Pontificios de Roma, a los que la guerra mundial había impedido retornar a sus universidades[202]. Concretamente, los padres dominicos Francisco Pérez Muñiz y Severino Álvarez Menéndez, del Angelicum, desarrollaron respectivamente los programas de Teología Dogmática y de Derecho Canónico. José Luis Múzquiz ha dejado por escrito los recuerdos de estos dos maestros. Del primero anotaba: «Nos explicaba la Teología Dogmática directamente con la Summa Theologica, con los apuntes y comentarios suyos que utilizaba en el Angelicum»[203]; y sobre el padre Álvarez: «Nos explicaba esta asignatura a base del Código con sus comentarios claros y sustanciosos»[204].
El padre Benito Celada Abad, O.P., del Instituto Bíblico de Jerusalén, les impartió las materias de Sagrada Escritura y de Griego bíblico. Fray José López Ortiz, O.S.A., por aquel entonces catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid, y posteriormente Obispo de Tuy-Vigo y ordinario castrense, fue el profesor de Historia de la Iglesia. El benedictino fray Justo Pérez de Urbel, uno de los mejores liturgistas en la España del momento, daba las lecciones de Liturgia. Por último, habría que recordar al padre Silvestre Sancho, O.P., antiguo rector de la Universidad de Santo Tomás de Manila, que había comenzado con las clases de Dogmática, de las que posteriormente se encargó el padre Muñiz.
San Josemaría, por su parte, se reservó la Teología Pastoral[205] y lo referente al modo de celebrar la Santa Misa, transmitiéndoles detalles de reverencia y delicadezas en el trato con el Señor Sacramentado, en los que su alma enamorada había profundizado de modo muy particular. José Luis Múzquiz recordaba años después que «nuestro Padre quiso que ensayásemos las rúbricas para la Santa Misa un rato todos los días. De vez en cuando venía a enseñarnos o corregirnos alguna cosa, por ejemplo dándonos un golpe suave sobre las manos cuando no las colocábamos perfectamente extendidas sobre el altar. También recuerdo que nuestro Padre, cuando nos enseñaba las rúbricas de la Consagración, cogía la patena, en vez de la hostia. Era una delicadeza suya con el Señor»[206].
Las lecciones tenían lugar en el centro de estudios de la madrileña calle de Lagasca (actualmente, la entrada es por Diego de León, n. 14) y, como recuerda José Luis Múzquiz, Álvaro «tuvo siempre tiempo para asistir con puntualidad a las clases y para dedicarse a los estudios con toda intensidad»[207]. «Estudiábamos muchas horas al día —evocaba don Álvaro, en 1976—, hasta el punto de que nos parecían poco los libros de texto de las Facultades de Teología, y nos llevábamos otras obras para ampliar»[208].
El ritmo fue aún más intenso durante el mes de julio de 1943, pues tras el viaje a Roma —y junto a las gestiones relacionadas con la concesión del Nihil obstat—, hubo de colaborar en la puesta en marcha de una nueva Residencia universitaria —el actual Colegio Mayor Moncloa—, que iba a sustituir a la de Jenner. San Josemaría puso grandes esperanzas en esta iniciativa, también porque la administración doméstica correría, por primera vez, a cargo de algunas mujeres del Opus Dei: al encomendarles esta tarea, les había explicado que ese centro sería “el escaparate” de la Obra ante muchas personas. La nueva residencia abrió sus puertas, con noventa estudiantes, en octubre de aquel mismo año[209].
En septiembre, Álvaro tuvo que tomarse unas jornadas de descanso, del 14 al 22, que aprovechó para acompañar a su madre y hermanos en La Granja. Esos días pudo también visitar e impulsar la labor apostólica de algunos miembros de la Obra que estaban cumpliendo su servicio militar en las cercanías de aquella localidad[210].
Durante la segunda etapa de los estudios eclesiásticos, los tres futuros sacerdotes mantuvieron la costumbre de aislarse en Torrelodones o en El Escorial, en varias ocasiones[211]. En aquellos periodos recibían la visita de san Josemaría, que solía acudir con algunos miembros jóvenes de la Obra. José Ramón Madurga, que fue uno de esos acompañantes, ha dejado escrito: «Me percaté de que el Padre les venía urgiendo que hicieran el esfuerzo necesario para aprenderse de memoria y retener todas las expresiones latinas y citas de la Sagrada Escritura que salen en los manuales de teología al explicar y demostrar las sucesivas tesis»[212]. Esa petición respondía a una recomendación precisa del Reglamento disciplinar, plan de estudios y reglamento escolar de los seminarios: «No pueden omitirse los ejercicios prácticos: repeticiones, concertaciones, disertaciones, en latín»[213].
Pero José Ramón Madurga aclara a continuación que «tampoco esto representó demasiado problema, pues los tres poseían memorias excepcionales»[214]. Valga como ejemplo la siguiente anécdota: «Cuando el Fundador del Opus Dei dispuso que los fieles de la Obra, como una demostración de piedad, recitaran los martes el Salmo II, leyó el texto latino en primer lugar José Luis Múzquiz, inmediatamente lo repitió de memoria José María Hernández Garnica, y a continuación lo hizo Álvaro comenzando desde el último versículo hasta el primero»[215].
Aunque las clases y el estudio se reemprendieron en cuanto Álvaro regresó de Roma, los exámenes tuvieron que retrasarse hasta la erección formal de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. En diciembre, se examinaron del quinto curso de Latín[216]; en enero de 1944, de “Teología Fundamental”[217]; y en febrero, de “Dogmática de Sacramentos I y II” y de “Teología Moral II”[218]. En todas esas materias, Álvaro obtuvo las máximas calificaciones[219].
La obtención del marco jurídico que permitía la ordenación sacerdotal de sus hijos, hizo que san Josemaría cuidase aún más su preparación académica. En marzo de 1944, Álvaro escribía a José Orlandis y a Salvador Canals, que seguían en Roma: «El asunto de las ordenaciones nuestras va un poco más despacio de lo que pensabais, porque ya con el rescripto en nuestro poder prefiere el Padre que completemos un poco más nuestros estudios, ya que tenemos la ocasión magnífica de poder repasar todo con el padre Muñiz»[220].
Esta preocupación tenía una intención pastoral. Al Fundador se le notaba muy gozoso por las calificaciones que obtenían aquellos candidatos al sacerdocio, pero quería que su formación doctrinal y espiritual fuese lo más esmerada posible. Hacía ver a sus hijas e hijos del Opus Dei la gran ayuda que los sacerdotes iban a reportar para la atención y el desarrollo de las labores apostólicas. Les hablaba de planes de expansión que serían posibles con ellos, de las correrías que habrían de hacer por toda España y, en cuanto terminara la guerra mundial, por todo el orbe. San Josemaría rezaba mucho por los tres y pedía al Señor que fueran siempre muy santos y doctos, con espíritu joven y deportivo, y que acercaran muchas almas a Dios.
Finalmente, en mayo y junio del año 1944, tuvieron lugar los últimos exámenes de Teología, que Álvaro superó con las máximas calificaciones, excepto en la materia de “Canto litúrgico” que se saldó con un Benemeritus[221].
La ordenación sacerdotal quedó fijada para el 25 de junio. Eso no significaba que en esa fecha concluyeran las actividades académicas, porque en el horizonte del Fundador estaba el deseo de que todos sus hijos sacerdotes obtuvieran el rango de doctor, tal como se refleja en las siguientes líneas que Álvaro escribió a finales de mayo: «El 25 de junio, sacerdotes: pero continuaremos dando clases hasta que las prosigamos, Dios mediante, en Roma o en Friburgo —este es el plan del Padre— el curso próximo»[222]. Finalmente, sería en Roma donde alcanzaría el grado académico de doctor, y algunos años más tarde. Por el momento, con fecha 15 de junio de 1944, terminó los estudios necesarios para la ordenación sacerdotal[223].
Para concluir este epígrafe, hay que señalar que, en abril de 1943, Álvaro había obtenido la Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia, y al año siguiente, el 12 de mayo de 1944, alcanzó el título de Doctor en Filosofía y Letras en la Universidad Central, con una tesis sobre las primeras expediciones españolas en el territorio de California, que le valió el premio extraordinario[224].
El motivo de estos nuevos grados académicos fue una petición de san Josemaría. Estaba previsto que los sacerdotes del Opus Dei tuvieran un doctorado civil, además del eclesiástico, y en aquel momento el título de ingeniero —a pesar de su prestigio— no tenía en España rango de “doctor”. Por ese motivo, el Fundador sugirió a los tres primeros que iban a recibir la ordenación sacerdotal que obtuvieran, además, un doctorado universitario.
Anota Mons. Echevarría que «este hecho denota la capacidad de aprovechamiento del tiempo, el tesón, la docilidad —socialmente hablando era mucho más estimado el título de Ingeniero de Caminos que el de Doctor en Historia—, y el sentido de responsabilidad de Álvaro, en el modo de abordar los estudios en la Facultad de Filosofía y la rapidez con que llevó a término la búsqueda de datos y la redacción de la tesis. Por las muchas obligaciones que recaían sobre sus espaldas, no le sobraba tiempo, pero aprovechaba hasta el último minuto para leer la bibliografía necesaria, tomar las notas oportunas y bosquejar las ideas que serían útiles para redactar la tesis. Por ejemplo, las veces que pasó por Sevilla siempre que le fue posible acudió al Archivo de Indias para recoger documentación»[225].
 
 
4. Un surco de fidelidad cada vez más profundo
 
La dedicación a los estudios eclesiásticos durante este periodo no disminuyó su colaboración con san Josemaría en el trabajo de gobierno o en la atención a los miembros del Opus Dei. El viaje a Roma, en mayo y junio de 1943, es un elocuente testimonio de la confianza que el Fundador depositaba en Álvaro y de la eficacia creciente de su ayuda, favorecida también por su profundización en las disciplinas teológicas y canónicas.
A lo largo del camino jurídico, seguido por el Opus Dei desde 1941 hasta que alcanzó la forma definitiva de Prelatura Personal en 1982, Álvaro desempeñó un papel muy relevante. Como es lógico, los problemas recaían en san Josemaría, como portador del carisma fundacional y responsable ante Dios, ante la Iglesia y ante los fieles del Opus Dei de que en los sucesivos pasos que se daban no se desvirtuase ese carisma, que era del Señor. Pero san Josemaría encontró siempre en este hijo suyo un firme apoyo y un instrumento excelente, por su fidelidad delicada, por su preparación teológica y canónica, por sus virtudes sobrenaturales y humanas —entre otras, su capacidad de hacer amistades—, y por su fortaleza sobrenatural para no ceder en lo que no se debía.
La sintonía con el Fundador era total, y trascendía las categorías de una admiración o una amistad humanas, para convertirse en expresión de fidelidad a Dios. En una carta a san Josemaría —escrita en enero de 1944, con ocasión de una de sus salidas de Madrid por motivos de estudio—, se ve cómo valoraba el vivir tan cerca de aquel santo sacerdote: «Como siempre, muy contento: pero, también como de costumbre, con cierta tristeza que se une a mi alegría cuando me separo del Padre. Por eso me cuesta tanto trabajo arrancar de Madrid. Ya comprendo que esto es una tontería, pero ¡es la vida! Padre: que tengo muchísimas ganas de ser buena persona y de trabajar de verdad dentro de la Obra, por la Iglesia. ¡Qué pena, que tan a menudo haga el idiota y deje de portarme como debo! Encomiéndeme, Padre, para que llegue, alguna vez, a ser instrumento bueno, por dócil, en sus manos. Yo siempre que estoy lejos de Usted pido con más fuerza que nunca, con toda mi alma, por mi Padre. Y así aumenta mi presencia de Dios, acordándome del Padre y ofreciendo cosas por él»[226].
Además, trasmitía esa unión a todos los miembros de la Obra. El 2 de octubre de 1941, por ejemplo, escribía a Alberto Ullastres, que continuaba convaleciente en un sanatorio, reponiéndose de sus problemas de salud: «Muy querido Alberto: ¡Si vieses qué alegría da ver a la familia reunida! Hoy hemos estado muchos oyendo lo que el Padre nos decía, y haciendo muchos propósitos que el Señor permitirá que nunca se desvirtúen. (...) La labor es mucha; ayudemos al Padre a llevar todo adelante. En este día de acción de gracias, y de mucha alegría se ha pedido por ti; a ver si haces lo mismo con todos y especialmente con el Padre»[227].
Y a otro que acaba de solicitar la admisión en el Opus Dei: «Muy querido Alfonso[228]: puedes suponer la alegría que nos dieron tus letras de entrega y sumisión a la Voluntad de Dios; y de deseo eficaz de abrazar la Cruz y llevarla alegremente, virilmente, a pulso. Porque el camino de entrega es camino de Cruz: no nos podemos llamar a engaño. Y es la proximidad de la Cruz la que nos dará la garantía de que estaremos cerca de Cristo. Procura estar muy unido con todos y, de modo especial, con el Padre y con los que lo representen en Barcelona: y así estarás unido con la Iglesia entera, de la que te sentirás muy hijo»[229].
El modo en que Álvaro cuidó a Isidoro Zorzano durante la enfermedad que le llevó a la muerte (un linfoma, diagnosticado en julio de 1941), constituye otro ejemplo de su caridad fraterna. Los médicos habían pronosticado que Isidoro no viviría más de dos años[230]. En 1943 fue ingresado en una clínica. Siempre le acompañaba algún miembro del Opus Dei; Álvaro le visitaba con frecuencia, le ayudaba en su vida espiritual, le tenía al corriente de las intenciones del Fundador y de la marcha de las labores apostólicas, y le atendía con gran cariño[231]. A mediados de abril, pareció que se acercaba el desenlace. Álvaro acudió inmediatamente a la cabecera del enfermo y le preguntó si quería recibir la Extremaunción. De acuerdo con los deseos de Isidoro, san Josemaría le administró el sacramento. Aquella crisis pasó, y el enfermo bromeaba después con Álvaro, sobre su cercana ordenación: —Ya ves, Álvaro, tú tanto estudiar y a mí en un momento acaban de ungirme[232].
En las conversaciones que mantenía con Isidoro, Álvaro le pedía que ofreciese sus padecimientos por diversas intenciones; entre otras, el viaje que iba a realizar a Roma en el mes de mayo: estaba persuadido de que para el buen éxito de esas gestiones lo más importante era poner los medios sobrenaturales, y consideraba la oración de los enfermos como uno de los más valiosos[233]. «A su vuelta de Roma, Álvaro pudo darle buenas noticias de sus visitas, y le siguió pidiendo que ofreciera su enfermedad por el Padre y por la Obra, y por lo que se había solicitado de la Santa Sede»[234].
Isidoro falleció en la tarde del 15 de julio, víspera de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, y Álvaro fue uno de los primeros que llegó, justo después de san Josemaría, a velar el cadáver en el sanatorio de San Francisco de Asís donde estaba ingresado.
Un amigo de Isidoro ha narrado que durante el sepelio «no pude contener las lágrimas. Tengo muy presente que Álvaro me tomó del brazo y dio algunos cortos paseos conmigo, en los que expresó las grandes virtudes de Isidoro; me sugirió que considerase que estaba ya en el cielo y que podía y debía encomendarme a él mediante la oración, en la seguridad de su certera intervención. Por cierto que en la despedida del duelo, junto a los familiares de Isidoro, estuvo nuestro Padre y a su lado, en la presidencia, Álvaro, recibiendo el pésame de los que asistían al entierro»[235].
Según pasaba el tiempo, aumentaba el papel de Álvaro dentro de la Obra; y, en esa misma medida, se empeñaba cada vez más en no darse importancia por sus servicios, y en imitar al Fundador en aquel “ocultarse y desaparecer”, indispensable para que cualquier tarea sobrenatural produzca frutos verdaderos en el servicio de Dios. Antes de su ordenación sacerdotal, aun siendo Secretario General del Opus Dei, se comportaba en los centros como uno más. Se tuteaba con todos, porque la diferencia de edad no era grande. No marcaba diferencias. Tampoco se dejaba servir en cosas personales. En las Navidades de 1943, tuvo que ser el Fundador —que presidía la mesa— el que le hiciera sentar a su derecha[236].
Aunque en estos tres años Álvaro redujo sus viajes para concentrarse en la preparación eclesiástica, no dejó de acompañar a san Josemaría —que, desde los primeros meses de 1944, también había disminuido su actividad de predicación a sacerdotes[237]—, en sus gestiones con la jerarquía eclesiástica de las distintas diócesis españolas[238]. «Como consecuencia de esas visitas, muchas autoridades eclesiásticas y civiles tomaron un afecto singular a Álvaro. Les sorprendía gratamente que (...) se desenvolviera con tanta madurez, cortesía, respeto sin adulación, y con una sólida preparación intelectual, también en el campo del espíritu. Por eso, en múltiples ocasiones —especialmente cuando se trataba de no ocasionar algún disgusto a san Josemaría, ante las calumnias y las injustas incomprensiones— llamaban a este joven ingeniero, que tan acertadamente se manejaba en las conversaciones, en las visitas, dando siempre un ambiente de sincera naturalidad, de buena educación y de oportunidad con la mesura de sus comentarios y de sus respuestas»[239].
Entre los eclesiásticos que trató más en este periodo, y que apreciaban la personalidad humana y sobrenatural del Secretario General del Opus Dei, se encuentran, por ejemplo, don Ángel Sagarmínaga y don Sebastián Cirac; el Obispo de Segovia, don Daniel Llorente; el Obispo de Barbastro, más tarde de Huelva y finalmente Arzobispo de Zaragoza, don Pedro Cantero; el Obispo de Vitoria, trasladado después a Oviedo como Arzobispo, don Javier Lauzurica; don José María Lahiguera, que —como se dijo— sería más tarde Obispo auxiliar de esa diócesis, Obispo de Huelva y Arzobispo de Valencia[240], etc.
Una enumeración análoga se podría hacer con personas relevantes de la vida civil. Por ejemplo, Federico Castro, Catedrático de Derecho civil en la Universidad de Madrid; Luño Peña, Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Barcelona; Jesús Fontán, que fue Almirante de la Marina española; José Ibáñez Martín, más tarde Ministro de Educación; Manuel Aznar, conocido historiador y director de un importante periódico en los tiempos de la República en España; Alfredo López, que desempeñó cargos de relieve en la Acción Católica, etc.[241].
 
 

[134] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 115.

[135] Así se titula, precisamente, una de sus primeras biografías: Gondrand, F., Au pas de Dieu. Josémaria Escrivá de Balaguer, fondateur de l’Opus Dei, Paris, France-Empire, 1982, 1ª, 347 pp.

[136] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 607-609 y de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 115-119.

[137] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 607.

[138] Cfr. Testimonio de Encarnación Ortega, AGP, APD T-00136, p. 10.

[139] Cfr. Testimonio de Eliodoro Gil Ribera, AGP, APD T-1004, p. 2.

[140] Del Portillo, Á., Homilía pronunciada el 11-III-1989, cit., p. 288.

[141] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 14-II-1976: AGP, Biblioteca, P01, 1976, 186.

[142] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 102.

[143] Y algo semejante habría que hacer notar en el caso de José María Hernández Garnica (Ingeniero de Minas) y de José Luis Múzquiz (Ingeniero de Caminos).

[144] Testimonio de Amadeo de Fuenmayor Champín (AGP, APD S-2024s.).

[145] Transcurrió en estos “encierros” más de cincuenta días: cfr. Testimonio de José Luis Múzquiz de Miguel, AGP, APD T-17519, p. 31.

[146] Comisión episcopal de seminarios, Reglamento disciplinar, plan de estudios y reglamento escolar, Imprenta Castellana, Valladolid, 1942, p. 189.

[147] Cfr. Muñoz Iglesias, S., José María García Lahiguera. Un carisma. Una vida, Realigraf, Madrid, 1991, p. 64.

[148] Para valorar adecuadamente esta dispensa del Obispo de Madrid, conviene tener presente que se caracterizó, a lo largo de todo su gobierno pastoral en la capital, por conceder una enorme importancia a la formación de los futuros sacerdotes. Según sus propias palabras, el seminario era la “niña de sus ojos” y sus seminaristas ocupaban «el setenta y cinco por ciento de su labor episcopal»: cfr. Iglesias Muñoz, S., “Cuarenta años para un obispo: don Leopoldo Eijo y Garay”, en Centenario de la Diócesis de Madrid Alcalá (ed.), Cuadernos de Historia y Arte, Madrid, 1986, p. 85.

[149] Cfr. Testimonio de José María Bueno Monreal sobre san Josemaría en Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Un hombre de Dios. Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, Palabra, Madrid, 2001, 2ª ed., p. 17; y Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 602 y 605.

[150] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 18.

[151] Cfr. Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 30.

[152] Cfr. Carvajal Blanco, J. C., Abundio Garcia Román: un sacerdote para el mundo del trabajo, Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2007.

[153] Cfr. Calificación de los exámenes de Lengua Latina (Madrid, 3-VI-1942), AGP, APD D-18968/1.

[154] Cfr. Testimonio de José Luis Gutiérrez, AGP, APD T-15211, p. 6.

[155] Del Portillo, Á., Carta a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, AGP, APD C-420301.

[156] Del Portillo, Á., AGP, APD C-420527.

[157] Cfr. Diario de Villanueva, anotaciones del 4-VI-1942 y 19-VI-1942: AGP, APD D-17153.

[158] Se trata de Alberto Ullastres, otro miembro de la Obra, que se encontraba con ellos reponiéndose de una enfermedad.

[159] Apelativo familiar de José María Hernández Garnica.

[160] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-420608.

[161] No se ha conservado la documentación académica de este examen, que sin embargo está bien atestiguado tanto en el fragmento del Diario que se cita en la nota siguiente, como en la carta de san Josemaría al Obispo de Madrid, en la que le informa de los resultados del examen que superaron los tres en el Seminario: «Álvaro y José Mª H. G. hicieron exámenes muy brillantes (...). Me decían que están muy contentos “también por el Señor Obispo”» (Perfil cronológico espiritual de Monseñor Álvaro del Portillo..., op. cit., p. 76).

[162] «Estuvo a comer el Padre con Chiqui, Álvaro y todos nosotros para celebrar los éxitos de estos dos. Se examinaron de Filosofía y estuvieron bien. A Chiqui le dieron sobresaliente; a Álvaro, notable. Dice Álvaro que estaban muy nerviosos» (Diario de Villanueva, anotación del 20-VI-1942: AGP, APD D-17153).

[163] A finales de julio de 1941 se había sometido a la prueba de la insulina y se le había efectuado una exploración del sistema neurovegetativo: cfr. Historia clínica (1941-1944), AGP, APD D-16060.

[164] Diario de Villanueva, anotación del 30-X-1942: AGP, APD D-17153.

[165] Ibid., anotación del 7-XII-1942.

[166] Diario de Lagasca, anotación del 3-I-1943: AGP, APD D-17145.

[167] Ibid., anotación del 7-I-1943.

[168] Ibid., anotación del 21-I-1943.

[169] Del Portillo, Á., Carta a Alberto Ullastres Calvo, AGP, APD C-411110.

[170] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 91-92.

[171] Concretamente desde el 7 al 24 de febrero: cfr. Diario de Villanueva, anotaciones del 7-II-1943 y 24-II-1943: AGP, APD D-17153.

[172] Las materias superadas en marzo fueron: Ética y Teodicea, Historia de la Filosofía y Teología Moral 1º (Madrid, 13-III-1943): vid. AGP, APD D-18968/2. Y en mayo: Lógica y Psicología y Crítica, Ontología y Cosmología (Madrid, 14-V-1943): AGP, APD D-18968/3.

[173] Testimonio del Siervo de Dios José María García Lahiguera sobre san Josemaría, en Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: un hombre de Dios..., op. cit., p. 162.

[174] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 609-610.

[175] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 139.

[176] San Josemaría, Carta de 29-XII-1947/14-II-1966, n. 160 (cit. en de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 139).

[177] De Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 139.

[178] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 33.

[179] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 102-103 y 255. «El Nuncio Apostólico en España (Mons. Gaetano Cicognani), que estimaba mucho al Siervo de Dios, fue personalmente a su casa, para entregarle varias cartas de presentación ante personalidades de la Curia Romana y correo diplomático para entregar en la Secretaría de Estado» (Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 15).

[180] Cfr. Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., pp. 81-82.

[181] Orlandis, J., Memorias de Roma en guerra (1942-1945), Rialp, Madrid 1992, p. 66.

[182] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 751.

[183] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 14-II-1976: AGP, Biblioteca, P01, 1976,187.

[184] En meses anteriores, el Pontífice había recibido en audiencia privada a otros fieles del Opus Dei: José María Albareda, José Orlandis, Salvador Canals y Francisco Botella (vid. Saranyana, J.I., Ante Pío XII y Mons. Montini. Audiencias a miembros del Opus Dei en los diarios de José Orlandis (1942-1945), en Studia et Documenta 5 (2011) pp. 311-343).

[185] «Siempre guardó Álvaro en la memoria aquellos momentos: además de haber cumplido el servicio a la Obra que san Josemaría le había confiado, su alma rebosó de una gran alegría sobrenatural y humana por haber tenido la oportunidad de estar en la Ciudad Eterna videre Petrum, para ver al sucesor de san Pedro y por haber podido hablarle» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 96).

[186] Cfr. Orlandis, J., Memorias..., op. cit., pp. 67-68.

[187] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 757.

[188] Testimonio de José Orlandis Rovira, AGP, APD T-0262, p. 4.

[189] Del Portillo, Á., Anotación de una relación sobre una entrevista con el Cardenal Luigi Maglione, Roma, 20-VI-1943, AGP, APD D-17052.

[190] Cfr. Testimonio de José Orlandis Rovira, AGP, APD T-0262, p. 3. Mons. Alonso añade algunos nombres a los mencionados por J. Orlandis: los Cardenales Marchetti Selvaggiani, y Vidal y Barraquer, los PP. Larraona y Goyeneche CMF: los dominicos PP. Montoto y Canal; los benedictinos PP. Albareda y Suñol; los Monseñores Calleri, Fernández Conde, etc. (cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 16).

[191] Orlandis, J., Memorias..., op. cit., p. 67.

[192] Francisco Botella Raduán. Era catedrático de Matemáticas y se encontraba en Roma por motivos profesionales.

[193] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-430613.

[194] Diario de Roma, anotación del 26-V-1943: AGP, APD D-16015.

[195] Ibid., anotación del 6-VI-1943.

[196] Ibid., anotación del 7-VI-1943.

[197] Orlandis, J., Memorias..., op. cit., p. 68.

[198] Cfr. Diario de Roma, anotación del 21-VI-1943: AGP, APD D-16015.

[199] «Aunque las Sociedades de vida común sin votos no eran religiones, dependían de la Sagrada Congregación de Religiosos y, según los cánones 674 y 492 del CIC de 1917 y los nn. 3-5 de las Normæ de la Sagrada Congregación de Religiosos del 6-III-1921 (AAS, 13, 1921, pp. 312-319), se exigía, para la erección diocesana, la previa licencia de la Santa Sede» (de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 122).

[200] Cfr. ibid., pp. 520-527.

[201] Ibid., p. 132. El texto completo de los Lineamenta, en su original en latín, se puede consultar en los Apéndices de esa monografía.

[202] Cfr. Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 42 bis.

[203] Era la praxis recomendada en el momento: «La Teología Dogmática hay que enseñarla con método tradicional, escolástico y tomístico» (Comisión episcopal de seminarios, Reglamento disciplinar, plan de estudios y reglamento escolar, op. cit., p. 243.).

[204] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 42bis.

[205] Cfr. ibid.

[206] Ibid., pp. 44-45.

[207] Ibid., p. 31.

[208] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 14-II-1976: AGP, Biblioteca, P02, 1976, 176.

[209] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 585.

[210] Cfr. Diario de Lagasca, anotación del 15-IX-1943: AGP, APD D-17147, y Diario de Moncloa, anotación del 23-IX-1943: AGP, APD D-17169.

[211] Cfr. Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 31. Concretamente, estuvieron en Torrelodones del 22 al 28 de diciembre de 1943, menos el día de Navidad que lo pasaron en Madrid. En El Escorial hubo tres estancias: del 16 al 19 de enero de 1944; del 30 de enero al 1 de febrero de 1944 y del 18 al 24 de febrero de 1944: cfr. Diario de Lagasca, AGP, APD D-17145 y Diario de Villanueva AGP, APD D-17153.

[212] Testimonio de José Ramón Madurga, AGP, APD T-15292, p. 8.

[213] Comisión episcopal de seminarios, Reglamento disciplinar, plan de estudios y reglamento escolar, op. cit., p. 246. Álvaro «recordaba con buen humor una corrección que san Josemaría hizo a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, cuando les vio seriamente empeñados en aprenderse de memoria textos de Padres de la Iglesia, para utilizarlos en su futura labor sacerdotal. Cuando fue a visitarles en 1944, a un lugar donde estaban preparándose más intensamente para la ordenación, les preguntó qué habían hecho el día anterior; ellos respondieron con espontaneidad que habían estudiado “párrafos” de los Padres de la Iglesia. San Josemaría, con buen humor, les dijo que debían ser más exactos en el modo de expresarse, también para no perder autoridad, y les puntualizó: “No son párrafos, sino textos”» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 645).

[214] Testimonio de José Ramón Madurga, AGP, APD T-15292, p. 8.

[215] Ibid., p. 92.

[216] Cfr. Lengua Latina (quinto curso) (Madrid, 15-XII-1943), AGP, APD D-18968/4.

[217] Cfr. Teología Fundamental (Madrid, 23-I-1944), AGP, APD D-18968/5.

[218] Cfr. Dogma de Sacramentis (curso 1º) (Madrid, 27-II-1944), AGP, APD D-18968/6; Teología Moral 2º (Madrid, 27-II-1944), AGP, APD D-18968/7; Dogma de Sacramentis (curso 2º) (Madrid, 27-II-1944), AGP, APD D-18968/8.

[219] Cfr. los documentos citados en las tres notas anteriores.

[220] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis y a Salvador Canals, AGP, APD C-440327.

[221] En mayo: Canto litúrgico (Madrid, 2-V-1944), AGP, APD D-18968/9; Griego Bíblico (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/10; Hebreo (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/11; Introducción General a la Sagrada Escritura (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/12; Introducción Especial y Exégesis del Antiguo Testamento, (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/13; Introducción Especial y Exégesis del Nuevo Testamento, (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/14; Historia de la Iglesia (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/15; Teología Ascética y Mística (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/16; Patrología (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/17 y Derecho Canónico (Instituciones) (Madrid, 5-V-1944), AGP, APD D-18968/18. Y en junio: Theologia Dogmatica De Deo Uno et Trino (Madrid, 12-VI-1944), AGP, APD D-18968/21 y Theologia Dogmatica De Gratia Christi et de Deo Creatore (Madrid, 12-VI-1944), AGP, APD D-18968/22.

[222] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis y a Salvador Canals, AGP, APD C-440531.

[223] Cfr. Certificado de haber terminado los estudios eclesiásticos necesarios para recibir la ordenación sacerdotal (Madrid 15-VI-1944), AGP, APD D-16016/10. En realidad aún faltaba un examen que se completaría en unos meses más tarde: cfr. Theologia Dogmatica De Verbo Incarnato (Madrid, 2-X-1944), AGP, APD D-18968/23.

[224] La tesis fue publicada en 1947, Descubrimientos en California, Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, C.S.I.C, Monografías n. 7, Madrid 1947. “Nihil obstat” eclesiástico para la publicación de Descubrimientos de California (Madrid, 8-II-1947), AGP, APD D-10241. En 1982 fue reeditada con el título ligeramente modificado: Descubrimientos y exploraciones en las costas de California, Madrid 1982.

[225] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 98-99.

[226] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-440116.

[227] Del Portillo, Á., Carta a Alberto Ullastres Calvo, AGP, APD C-411002.

[228] Se trata del Dr. Alfonso Balcells que, en 1941, sin ser de la Obra, había ayudado al comienzo de la labor apostólica del Opus Dei en Barcelona, en momentos de fuerte contradicción: cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 474-479. Los demás fieles de la Obra que había en aquella ciudad eran estudiantes, y Alfonso, que ya había terminado la carrera universitaria, se prestó a que se alquilase a su nombre el piso que servía para las actividades apostólicas. Esto le produjo complicaciones en el ámbito civil, profesional y religioso. En 1943, después de realizar estudios de postgrado fuera de España, solicitó la admisión en el Opus Dei: cfr. ibid., pp. 485-486 y Balcells, A., Memoria ingenua, Rialp, Madrid, 2009, pp. 121-183.

[229] Del Portillo, Á., Carta a Alfonso Balcells Gorina, AGP, APD C-421023.

[230] Cfr. Pero-Sanz, J.M., Isidoro Zorzano, op. cit., p. 302.

[231] Cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 23.

[232] Cfr. Pero-Sanz, J.M., Isidoro..., op. cit., pp. 337-339 y Ponz F., Mi encuentro con el Fundador del Opus Dei, Eunsa, Pamplona 2000, p. 140.

[233] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 393.

[234] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 23.

[235] Testimonio de Ángel Santos Ruiz, AGP, APD T-1205, p. 1.

[236] Cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 4.

[237] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 645.

[238] Del 1 al 8 de abril de 1942 estuvieron en Valladolid y León. Del 27 al 31 de junio de 1942, en Bilbao, San Sebastián, Pamplona y Zaragoza. Del 12 al 24 de septiembre de 1942 viajaron a Pamplona, Vitoria y San Sebastián. Del 30 de noviembre al 4 de diciembre de 1942, a Vitoria y Burgos. Del 28 de abril al 5 de mayo de 1943, estuvieron en Zaragoza. Del 10 al 18 de agosto de 1943, en Zamora y Pamplona. Y del 15 al 18 de diciembre de 1943, en Sevilla: cfr. Diario de Lagasca, AGP, APD D-17145; Diario de Villanueva, AGP, APD D-17153; Diario de El Rincón, AGP, APD D-17172; Diario de San Sebastián, AGP, APD D-17173; Diario de Baltasar Gracián, Zaragoza, AGP, APD D-17180 y Diario de Casa Seras, Sevilla, AGP, APD D-17181.

[239] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 80.

[240] Cfr. ibid., p. 90.

[241] Cfr. ibid., p. 91.

Capítulo 9 Un sacerdote que vive para el ministerio
 
A principios de junio de 1944 tuvo lugar el desembarco del ejército aliado en Normandía, y la Segunda Guerra Mundial entró en una nueva y definitiva fase que llevaría, casi un año después, al fin de las hostilidades. La paz continental permitiría, por fin, llevar la semilla del Opus Dei fuera de España. Este desarrollo apostólico exigiría que la Obra contase, como adecuado marco canónico, con un estatuto de derecho pontificio.
En febrero de 1944, el Fundador escribía: «Estamos ya establecidos en gran número de diócesis, y hemos de llegar con nuestra labor a todos los lugares de la tierra, porque es exigencia de la entraña universal que Dios ha dado a su Obra. Por eso resultaba insuficiente el cauce de que disponíamos con la anterior aprobación canónica. Una Pía Unión no podía tener de iure un régimen interdiocesano. Lo teníamos de facto, por el afecto que sienten por el Opus Dei los Rvdmos. Ordinarios de todas las diócesis donde trabajamos»[242]. Era necesario, por tanto, obtener un régimen pontificio «para que —continuaba san Josemaría— nuestra jerarquía interna sea universal, y se facilite así, en servicio de la Iglesia y en toda su extensión, el cumplimiento del programa divino que se nos ha señalado, porque no somos una empresa nacida para remediar las necesidades espirituales de un solo país o de un tiempo determinado: pienso que no es presunción decir que habrá Opus Dei mientras haya hombres sobre la tierra»[243].
El Fundador contaría con la ayuda de Álvaro para esta nueva aprobación, como había hecho en 1943. Mientras tanto, ultimaba su preparación para recibir el sacramento del orden, con la idea clara de que «el sacerdocio no es una carrera, sino un servicio, un apostolado. Es una entrega generosa, plena, sin cálculos ni limitaciones, para ser sembradores de paz y de alegría en el mundo, y para abrir las puertas del Cielo a quienes se beneficien de ese servicio y ministerio»[244].
 
 
1. Recepción de las Órdenes sagradas
 
En cuanto los tres candidatos terminaron los estudios eclesiásticos, se determinó el calendario para la recepción de las órdenes menores y mayores[245]. El 12 de mayo, san Josemaría elevó la instancia correspondiente al Obispo de Madrid, exponiendo que «Álvaro del Portillo y Diez de Sollano, Doctor en Filosofía y Letras e Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos; José María Hernández de Garnica, Doctor en Ciencias Naturales e Ingeniero de Minas y José Luis Múzquiz de Miguel, Doctor en Filosofía y Letras e Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos; el primero de treinta años de edad e hijo de Ramón y Clementina; el segundo de treinta años, hijo de José y de Adela y el último de treinta y un años, e hijo de Miguel y de María, se sienten con vocación sacerdotal. Y reuniendo a mi juicio todas las condiciones requeridas por el Derecho, a Vuestra Excelencia suplica se sirva concederles la Prima Clerical Tonsura y las demás Órdenes Sagradas»[246].
Ese mismo día, don Leopoldo le llamó para decirle: «que entren mañana los Ordenandos en ejercicios de ocho días, porque el sábado día 20 les daré la Primera Tonsura y, con breve intervalo, las demás órdenes hasta el Sacerdocio»[247]. Al día siguiente, el mismo san Josemaría comenzó a predicarles en El Escorial el curso de retiro previo a la ordenación[248]. Les dirigió todas las meditaciones, subrayándoles la grandeza del sacerdocio, el sentido de responsabilidad y el espíritu de servicio con que debían asumir la nueva misión que les iba a confiar la Iglesia. Insistió también en que «los sacerdotes no son los mejores, los más doctos, etc., en la Obra, sino aquellos que Dios ha querido que sean sacerdotes»[249]. También les sugirió la conveniencia de hacer confesión general antes de la ordenación[250].
Recibieron la Tonsura en la fecha indicada, a las ocho de la tarde, en ceremonia oficiada por Mons. Eijo y Garay[251] en su capilla privada[252]. A partir de ese momento, los tres vistieron el traje clerical[253]. Al día siguiente, 21 de mayo, a las doce de la mañana y también en la capilla del Obispo, recibieron las órdenes menores de Ostiariado y Lectorado[254]; y el 23 de mayo, en el mismo lugar, el Exorcistado y el Acolitado[255].
A continuación, san Josemaría les predicó otro curso de retiro espiritual —más breve que el anterior— y el 28 de mayo, tras superar los exámenes correspondientes[256], Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, les confirió el Subdiaconado en el oratorio del centro del Opus Dei de la calle Diego de León[257]. El 3 de junio recibieron el Diaconado de manos de Mons. Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de Madrid, en la capilla del Seminario[258].
La Ordenación Sacerdotal tuvo lugar, como estaba previsto, el domingo 25 de junio. Lógicamente, el acontecimiento se vivió con especialísima intensidad, oración y gozo entre los miembros del Opus Dei. El rito fue oficiado en la capilla del Palacio Episcopal. Los asistentes no cabían en el recinto sagrado y ocuparon también los espacios anejos. A las diez en punto, Mons. Eijo y Garay comenzó la solemne Misa de colación del orden presbiteral[259].
San Josemaría no estuvo presente en la ceremonia litúrgica: ofreció al Señor esa renuncia, como mortificación por sus hijos, y para seguir su norma de conducta habitual: “Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca”. Mientras el Obispo de Madrid confería el orden sacerdotal a Álvaro, José María y José Luis, el Fundador del Opus Dei celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Diego de León, ayudado por José María Albareda, y pedía con todo fervor a la Trinidad Beatísima por la santidad de aquellos nuevos sacerdotes[260].
En 1989, Mons. del Portillo explicó este gesto de san Josemaría en los siguientes términos: «Para nuestro Fundador, humana y sobrenaturalmente, aquel era un día de triunfo: después de tantos años de rezar y trabajar para extender la Obra, después de tanta contradicción, después de haber oído decir a muchas personas que no había solución canónica para esta ordenación de sacerdotes, llegaba el momento en que tres hijos suyos iban a ser ordenados presbíteros. Nuestro Padre pudo haber ido, lógica y lícitamente, a la capilla del Obispo de Madrid, donde don Leopoldo nos ordenó, pero prefirió no encontrarse entre la multitud que acudió a la ceremonia. Pensó que, si iba, todo el mundo le querría felicitar, y sería el centro de las miradas. —Yo escondido, a ocultarme y desaparecer, que eso es lo mío —concluyó—; que solamente Jesús se luzca. (...) Su triunfo fue ofrecer al Señor la humildad de desaparecer y de aceptar las críticas de algunas personas que comentaron: —¿Qué hace?, ¿cómo es que no ha venido?, ¿es que no quiere a sus hijos?»[261].
Acabada la celebración litúrgica, los parientes y amigos se abalanzaron a besar las manos recién consagradas de los nuevos sacerdotes. Entre los asistentes también se encontraban algunos miembros de la Nunciatura y del Palacio episcopal, clérigos de Madrid y de provincias, representantes de órdenes y congregaciones religiosas: Jerónimos, Dominicos, Escolapios, Agustinos, Marianistas, Paúles...[262].
Joan Masià recuerda cómo fue el encuentro entre san Josemaría y don Álvaro en la Residencia de Lagasca, al volver de la ceremonia de ordenación. «El primero en entrar por la puerta lateral del jardín fue don Álvaro y le siguieron don José María y don José Luis. Nuestro Padre, que estaba sentado en un banco del jardín, apenas los vio, se levantó como movido por un resorte y fue a besar las palmas de las manos de don Álvaro que, a su vez, cogió la mano de nuestro Padre para besársela primero. Nuestro Fundador no cedió y entonces se produjo un emocionante y afectuoso forcejeo, difícil de olvidar. Como era de esperar, nuestro Padre acabó besándole las palmas de las manos a don Álvaro y, a continuación, las de los otros dos»[263].
Encarnación Ortega, por su parte, rememora que, inmediatamente, don Álvaro tuvo un detalle de delicadeza con las mujeres de la Obra, que se encontraban en el centro anejo a la Residencia: pasó un momento «para vernos a nosotras y decirnos con gran emoción: “Ya soy sacerdote”. Hasta en ese momento trascendental, sabía estar pendiente de todos»[264].
Don Leopoldo almorzó en Diego de León con san Josemaría, los nuevos sacerdotes y otros invitados. A continuación hubo una tertulia muy concurrida, pues habían acudido a Madrid, para la ordenación, algunos fieles del Opus Dei procedentes de otras ciudades, como Bilbao o Barcelona. La alegría era enorme. También eran continuas las llamadas telefónicas, de personas que deseaban felicitar a los nuevos sacerdotes o dar la enhorabuena al Fundador. Aprovechando unos momentos en que este tuvo que salir de la sala, el señor Obispo tomó la palabra, para expresar los sentimientos que llevaba en el corazón, que le parecía importante transmitir a aquellos hombres. «Les habló del enorme gozo que le había dado ordenar a esa primera promoción de sacerdotes. Recordó las persecuciones sufridas por la Obra en los últimos años, permitidas por el Señor para sacar de todo ello mucho bien, y les confesó que experimentaba una gran alegría y tranquilidad al saber que, a pesar de lo sufrido, no guardaban ningún resentimiento ni se había menoscabado su afecto a quienes fueron instrumento de esa campaña. “¡Cuántas lágrimas han costado a tantas madres esas calumnias con que se os tildaba de herejes y masones!”, les decía. Se refirió luego al Padre, a la misión específica recibida de Dios para dirigir la Obra y para formarlos. Él es quien tiene las gracias conducentes a ese fin: “Cuiden ustedes mucho al Padre, que lo necesita y nos hace mucha falta”»[265].
No se olvidó de añadir una referencia al papel jugado por don Álvaro en aquellas circunstancias. Contó que, cuando más arreciaba la campaña contra la Obra, él había manifestado a Álvaro su temor de que los más jóvenes pudieran reaccionar con rencor ante los ataques injustos. Y la respuesta que escuchó fue que podía estar tranquilo, porque todos sabían que se trataba de una prueba permitida por Dios para que ellos se convirtieran en mejores instrumentos, y que el Señor se estaba sirviendo para esa operación de un bisturí de platino. «Cuando terminó el relato don Leopoldo, Álvaro, que estaba sentado allí cerca le dijo: “Pero, Señor Obispo, yo eso se lo dije porque era lo que le había oído comentar al Padre”. Y don Leopoldo remató: “De tal palo, tal astilla”»[266].
Como es lógico, la madre y los hermanos de don Álvaro participaron con inmensa alegría de la ordenación sacerdotal. Carlos del Portillo recuerda que doña Clementina «estaba totalmente transformada. Decir que estaba feliz, contenta, es poco: estaba radiante, exultante, felicísima»[267].
La alegría familiar tuvo otro ápice el 28 de junio de 1944, con la primera Misa solemne del nuevo sacerdote en la capilla de su antiguo Colegio del Pilar[268]. Para su hermana «fue una ceremonia muy bonita. Le asistieron el padre Florentino Fernández S.M. [el director del colegio] y un dominico, José Manuel de Aguilar. Fuimos Tomás y yo con los tres niños: José Ramón, Tomasín y Luis Fernando. Vinieron muchos conocidos y amigos suyos de la escuela de ingenieros[269]. En la Comunión estaba previsto que mamá comulgase la primera, pero se adelantó mi tía Carmen, y fue ella la primera que comulgó»[270]. Este detalle, de por sí extraño, coincide con un suceso semejante en la vida del Fundador del Opus Dei. También san Josemaría —cuando recibió la ordenación sacerdotal— tenía la ilusión filial de que su madre fuese la primera persona que recibiera de sus manos la Eucaristía, y se vio privado de ese legítimo deseo porque una señora se interpuso en su lugar[271].
José Luis Múzquiz recuerda una manifestación pequeña, pero elocuente, del espíritu de intensa oración y recogimiento con que el misacantano vivió la celebración litúrgica: «Me impresionó un comentario que me hizo don Álvaro después de celebrar su Primera Misa. Era la costumbre entonces en España que el sacerdote se sentara en un sillón y pasaran todos los asistentes a saludarle y besarle las manos. Don Álvaro me dijo que había estado durante el “besamanos” con los ojos cerrados para no distraerse, pues había querido vivir esos momentos después de su Primera Misa con especial recogimiento»[272].
Al poco de la ordenación, san Josemaría hizo una indicación práctica a don Álvaro sobre comportamiento externo que, aun siendo cosa pequeña, es muestra de la prudencia del Fundador y de la fina obediencia de aquel hijo suyo. Recojo el relato del directo interesado: «Cuando recibimos la ordenación, ninguno de nosotros tres fumaba: tampoco el Padre, pues al entrar en el seminario regaló todas sus pipas y el tabaco al portero. Entonces el Padre me dijo: yo no fumo; vosotros tres, tampoco; Álvaro, convendría que tú fumaras porque, si no, alguno podría pensar que no está permitido el tabaco»[273].
Con la llegada de los nuevos presbíteros, «la labor apostólica del Opus Dei en ciudades con universidad o escuelas técnicas de ingeniería creció a ojos vistas. No se había cumplido aún el primer aniversario de la ordenación de los primeros sacerdotes, cuando era ya patente la solidez de los fundamentos y el rápido desarrollo de la labor en España»[274]. El reparto del trabajo pastoral fue muy sencillo: uno se ocupaba, fundamentalmente, de atender las ciudades del norte del país; otro, de las del centro; y el tercero, de las del sur. La mayoría de los obispos españoles les habían concedido facultades ministeriales, incluso para confesar a monjas y perdonar los pecados reservados, cosa poco usual cuando se trataba de sacerdotes recién ordenados[275].
Don Álvaro —que continuaba desempeñando las tareas de Secretario General—, se encargó sobre todo de Madrid, aunque también realizó frecuentes viajes a ciudades del centro y norte de la península ibérica[276]. Según datos contenidos en su correspondencia y en los diarios de los centros, en los veinte meses transcurridos desde la ordenación hasta su segundo traslado a Roma, realizó veinte viajes a diferentes ciudades de España y de Portugal por motivos pastorales. Estos traslados suman unas ciento cincuenta jornadas fuera de Madrid.
 
 
2. Siempre y en todo, solo sacerdote
 
San Josemaría sintetizaba con estas palabras lo que esperaba de sus hijos recién ordenados: «Sed, en primer lugar, sacerdotes. Después, sacerdotes. Y siempre y en todo, sólo sacerdotes. —Hablad solo de Dios. —Cuando seáis llamados por un penitente, dejadlo todo para atenderle»[277].
Y lo que significaba para el Fundador “ser sacerdote”, es algo patente en su predicación y en sus escritos: «Todos debéis serviros, hijos míos, unos a otros como pide vuestra fraternidad bien vivida, pero los sacerdotes no deben tolerar que sus hermanos laicos les presten servicios innecesarios. Los sacerdotes somos en la Obra los esclavos de los demás y, siguiendo el ejemplo del Señor —que no vino a ser servido sino a servir: non veni ministrari, sed ministrare—, hemos de saber poner nuestros corazones en el suelo, para que los demás pisen blando. Por eso, dejaros servir sin necesidad por vuestros hermanos seglares, es algo que va contra la esencia del espíritu del Opus Dei»[278].
Al recorrer la vida de don Álvaro, desde el 25 de junio de 1944 hasta su fallecimiento, se tiene la impresión de asistir a la fiel encarnación de ese modelo sacerdotal. Para reconstruir, someramente, los primeros meses de su ministerio pastoral, articularemos nuestro relato en torno a cuatro grandes temas: la Eucaristía, el sacramento de la Penitencia y la dirección espiritual, la predicación y, por último, su ayuda al Fundador desde su nueva condición.
 
 
Amor a la Eucaristía
 
En los días inmediatamente posteriores a la ordenación, los parientes y amigos que tuvieron ocasión de participar en las Misas celebradas por don Álvaro, quedaron muy edificados por la unción que ponía el nuevo sacerdote en los ritos litúrgicos. A Pilar del Portillo le «impresionó mucho»[279]. Y aclaraba que no solo se debía a «la emoción de ver a un hermano tuyo consagrando el Cuerpo y la Sangre del Señor. No; era mucho más... Álvaro celebraba la Santa Misa sin hacer cosas raras, pero con muchísima piedad. (...) ¡Con qué respeto, con qué amor alzaba el Santísimo Sacramento!»[280].
Carlos del Portillo, por su parte, cuenta que en alguna ocasión, don Álvaro dijo la Santa Misa en el oratorio privado de sus tías Pilar y Carmen, y la portera de la casa, Elvira, tuvo oportunidad de asistir. Un día, esta buena mujer les confió: «“Es que el señorito Álvaro... ¡dice la Misa tan perfeccionada!” A mí —comentaba Carlos— esta expresión me hizo mucha gracia. Y me reí. Pero luego he pensado muchas veces en ella. Era verdad: Álvaro celebraba siempre la Santa Misa con una especial piedad: sin cosas raras, pero con mucho recogimiento, con mucha unción. Transmitía su presencia de Dios. Y guardaba con cariño todos los detalles, todas las rúbricas de la Misa. Hasta en las cosas más nimias; perdón, aparentemente más nimias, porque eran manifestaciones de delicadeza y amor por Jesús Sacramentado»[281].
Deseaba rodear de amor y serenidad la celebración litúrgica; pero ese afán le llevó, sin darse cuenta, a emplear más tiempo del aconsejado. Como esa lentitud podía ocasionar inconvenientes en los fieles que asistían a su Misa, el Fundador del Opus Dei «le indicó que el Santo Sacrificio exigía esa piedad y delicadeza, pero que por atención a los que participaban, que tenían mucho trabajo y a hora fija, no debía durar más de media hora. Esa indicación la siguió, día a día, a rajatabla; más tarde supo aconsejar a los nuevos sacerdotes que se iban ordenando esa misma idea de preocupación fraternal»[282].
 
 
Sacramento de la Penitencia y dirección espiritual
 
Desde que lo conoció, don Álvaro había descubierto el gran amor de san Josemaría al sacramento de la Penitencia. El Fundador del Opus Dei, durante sus años de sacerdote joven en Madrid, había dedicado muchas horas a administrar el perdón de Dios a niños y enfermos de las barriadas más pobres, además de atender su confesonario en la iglesia de Santa Isabel. Después, cuando llegó el momento, «exhortó a sus sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: “matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios”»[283]. Con este humus ascético y teológico se comprende que, como ya venía practicando desde su incorporación al Opus Dei, el nuevo sacerdote, en primer lugar, continuase acercándose cada semana a recibir el sacramento de la Penitencia[284]; y, a partir de ahora, se prodigara sin tasa en la administración de este sacramento.
El Fundador comentó varias veces en público que fue el primer penitente en acudir a don Álvaro, y que lo hizo al día siguiente de la ordenación[285]. Estaban ambos en el centro de la calle Villanueva, y san Josemaría le preguntó si había escuchado en confesión ya a alguien. Al responderle que no, exclamó: “Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo”[286]. Quizá a causa de la emoción del momento, en cuanto el Fundador dejó de hablar, don Álvaro empezó inmediatamente a recitar las palabras de la absolución. Entonces, san Josemaría le interrumpió: —Comprendo, hijo mío, que no quieras darme ningún consejo, pero por lo menos me tienes que imponer la penitencia. Don Álvaro se puso más nervioso y, tras imponer la penitencia, cuando quiso retomar la fórmula de la absolución sacramental, se le había olvidado por completo. Tuvo que ir diciéndosela el Fundador[287]. Como es lógico, don Álvaro nunca habló de este tema. La anécdota se conoce solo por lo que contó san Josemaría. Desde entonces, exactamente durante treinta y un años —hasta su fallecimiento, el 26 de junio de 1975—, se confesó habitualmente con ese hijo suyo.
A esta primera confesión, inmediatamente se sucedieron muchas otras[288]. Conservamos algunos testimonios de personas que acudieron a don Álvaro. José María Casciaro señala que «escuchaba con atención, retenía todo cuanto le había dicho y, con referimiento exacto a lo que le había manifestado, me movía al arrepentimiento, me hacía ver las causas próximas de los fallos y me indicaba los medios muy concretos para superarlos y enmendarlos. Todo ello envuelto en comprensión amable y exigencia a la vez. Eran consejos sabios y prácticos, de modo que cada confesión, además de las gracias del Sacramento, era de una utilidad clarísima en el aspecto de dirección espiritual»[289]. Ignacio Sallent, por su parte, anota que le causaba profunda impresión confesarse con don Álvaro, por la vibración interior y apostólica que vivía y trasmitía[290].
Junto a la administración del sacramento de la reconciliación con Dios, dedicó generosamente su tiempo y energías a la dirección espiritual de las almas. En una carta suya de octubre de 1944, se puede leer: «vamos todos los días a la residencia de la Moncloa, a recibir gente y confesar»[291]. Ya antes de su ordenación sacerdotal había dado muestras de prudencia, humanidad, bondad y simpatía, que lo hacían particularmente idóneo para esta tarea. Sabía despertar confianza en las personas, era comprensivo y, al mismo tiempo, exigente con amabilidad: mezclaba las razones teóricas, alentadoras, con la concreción en los posibles propósitos para mejorar.
Desde octubre de 1944, las mujeres de la Obra dispusieron del centro de formación Los Rosales, en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid. San Josemaría le designó enseguida confesor para ellas[292]. María Consolación Pérez recordaba su prudencia humana y sobrenatural: «Todas valorábamos la opinión de don Álvaro como si fuese la del Padre, tanto en lo espiritual, como en cualquier otro campo: no nos cabía ninguna duda en lo que él dijera»[293].
De Los Rosales salieron las mujeres que poco después irían a comenzar la labor del Opus Dei en muchos países: Encarnación Ortega, a Roma; Carmen Gutiérrez Ríos a Inglaterra; Narcisa González a Estados Unidos y luego a Canadá; Guadalupe Ortiz de Landázuri a México; Victoria López Amo a Guatemala; Josefina de Miguel a Colombia; María Jesús Arellano a Venezuela; Dorita Calvo a Chile; Sabina Alandés a Argentina, etc.[294] 
 
 
La predicación de la palabra de Dios
 
Entre las maledicencias que debió soportar el Fundador del Opus Dei, no faltaron algunas referidas a los nuevos sacerdotes. Así, «alguien, antes de la ordenación, había comentado: “ahora los ordena, y después los matará a trabajo”. Al poco tiempo el dicho cobró cuerpo y nació la leyenda de que, efectivamente, los “mataba” a trabajar. Y algo tenía de fundamento, porque el Padre, tan pronto se ordenaron y les vio en condiciones de predicar y ejercer su ministerio, los lanzó a viajar apostólicamente de aquí para allá»[295].
A los diez meses de recibir la ordenación sacerdotal, don Álvaro escribía: «Aparte de las muchas horas semanales que resultan de dirección espiritual y de confesiones, llevamos entre los tres en los diez meses de sacerdocio, en los que no hemos dejado el estudio, treinta tandas de ejercicios espirituales y cerca de 90 días de retiro para intelectuales»[296]. Además de las homilías y meditaciones, ha quedado constancia de que, en aquellos primeros meses, predicó al menos diez cursos de retiro espiritual a hombres y mujeres de toda edad y condición —estudiantes, profesionales, religiosas—, en Madrid, Salamanca, Vigo, Valladolid y Bilbao[297].
El Fundador, siempre padre con sus hijos, para facilitarles la tarea de la predicación, había puesto a disposición de los nuevos sacerdotes todas sus fichas y notas de carácter ascético[298]. Y bien debieron de aprovechar su generosidad, pues san Josemaría se vio obligado a recomenzar otro fichero enteramente nuevo[299].
Por carácter, don Álvaro era sencillo y directo, extraño a cualquier forma de artificio en el trato. Su modo de predicar reflejaba su forma de ser. Buscaba mover a las almas hacia el amor de Dios, y para lograrlo confiaba más en la acción de la gracia que en la propia elocuencia. Años más tarde, en una reunión en la que un elevado número de personas había acudido para escucharle, aclararía nada más comenzar a hablar: «Lo importante no es lo que diga yo; lo importante es lo que el Espíritu Santo sugiere en el alma de cada uno, en la mía también»[300].
Y como lo que debía transmitir era la doctrina cristiana y el espíritu del Opus Dei, en la predicación tenía siempre como guía próxima la mente del Fundador. Así lo refleja en la siguiente carta a san Josemaría: «El domingo dejé al Señor en el oratorio, que ya estaba terminado. Lo hice temprano, asistiendo solamente la Administración. Hubo el correspondiente fervorín, en el que dije lo que imaginaba que Usted diría: “...el Padre, seguramente, os diría...”»[301].
La palabra y, sobre todo, la categoría espiritual de don Álvaro movían a los oyentes a amar más a Dios. Recogemos algunos testimonios que remiten a un curso de retiro que dirigió en marzo de 1945 en Vigo (España). Ramona Sanjurjo Aranaz, una de las asistentes, recordaba que: «los dio en una capilla que daba a la calle y que hoy ya no existe. En el boletín de la diócesis, el obispo se mostraba muy contento de que viniera. Los Ejercicios estaban organizados por la Acción Católica (...). Me llamó la atención el modo de tratar los temas de las meditaciones: era una manera nueva, era algo nuevo, distinto... que me conmovió profundamente porque aunque había hecho habitualmente Ejercicios Espirituales, nunca había oído hablar así del Amor de Dios. Fue para mí un gran descubrimiento, un encuentro con Dios como Padre, como Amigo, que me produjo un gran impacto. El segundo día fui a hablar con él y me explicó lo que era el Opus Dei. No recuerdo exactamente sus palabras, pero me quedó claro que se trataba de un camino de santidad en medio del mundo. Eso era precisamente lo que yo estaba buscando. El día siguiente en una meditación nos dijo: “Si has dejado por Dios las cosas ilícitas, ¿por qué no dejas también las lícitas?”. Estas palabras arrancaron mi decisión de entregar la vida a Dios. Recuerdo a don Álvaro como un sacerdote joven, lleno de amor de Dios, con una gran sencillez y naturalidad»[302].
Y su hermana Milagros escribió: «Lo que más me llamó la atención, y que conservo todavía grabado en el corazón, fue la devoción con que rezaba el Confiteor en la Santa Misa. Me pareció un sacerdote santo. Me impresionó; se le notaba algo especial y desde entonces siempre le he tenido devoción»[303].
Por su parte, Sor Teresa Margarita, carmelita descalza, que entonces era una joven estudiante y también asistió a aquel curso, ha dejado consignado: «Le conocí en unos ejercicios espirituales que dio para jóvenes en el Colegio de las Carmelitas de la Caridad, en Vigo, en 1945. Desde el primer momento me impresionó su porte distinguido y su recogimiento y su profunda humildad que se destacaba mucho, y su sencillez; era a la vez muy amable y acogedor; atendía con bondad»[304].
En su modo de predicar, también había espacio para la anécdota que, además de servir como distensión, ayudaba a ilustrar de modo gráfico la enseñanza que se quería transmitir. Encarnita Ortega, una de las primeras mujeres del Opus Dei, recordaba una meditación de don Álvaro al poco de la ordenación sacerdotal. Cincuenta años más tarde todavía tenía ella presente la «anécdota del lego que llevaba el rebaño a pastar y al regreso, después de haber pasado la jornada bajo un sol abrasador, encontraba un riachuelo de agua fresca, y limpísima, y sentía un gran deseo de calmar allí su sed; pero no lo hacía para ofrecer a Dios ese sacrificio. A continuación miraba el firmamento y veía un gran lucero, como premio a ese sacrificio que había realizado. Pasaron los años y, al envejecer, se pensó en que lo sustituyera un lego joven y que el primer día fuese con él para enseñarle los mejores lugares de los pastos. Al regresar, después de un día pasado bajo los rayos del sol, llegaron al arroyuelo y tuvo una duda: si no bebo, mi compañero tampoco lo hará y está sediento; pero si bebo no podré ver el lucero... Venció la caridad —la fraternidad— y bebieron ansiosamente. Casi no se atrevía a levantar al cielo la mirada, pero lo hizo y encontró dos grandes luceros en lugar de uno. Don Álvaro nos decía que así premia Dios la caridad, que es la primera de las virtudes»[305].
Don Álvaro predicaba a personas de todo tipo, manifestando siempre una total disponibilidad. En este mismo viaje a Vigo, antes de comenzar el curso de retiro, el obispo le propuso un plan no previsto de antemano: acudir a inaugurar una escuela de ingenieros en Pontevedra. Aceptó inmediatamente, y «enseguida de comer salimos con el Sr. Obispo y don Eliodoro[306], un ingeniero de Montes y yo, en el coche del Director General de Montes, a Pontevedra, para la inauguración de una sucursal de la Escuela de Montes»[307]. Al llegar al lugar de destino, el Obispo pidió a don Álvaro que dirigiera unas palabras a los ingenieros presentes en el acto. Mucho tiempo después, cuando don Eliodoro tenía más de 90 años, aún conservaba vivo el recuerdo de aquellos momentos: «les hizo una impresión muy grande el que tratase los problemas de tipo profesional desde un punto de vista apostólico, lo cual les sirvió más que unos ejercicios espirituales. Veían, además, la alegría y la gran importancia que daba don Álvaro a ser sacerdote: mucho más que a ser ingeniero. (...) Les hizo muchísimo bien. También le sirvió al señor obispo, al poder contar con todas estas personas bien formadas cristianamente. Porque todo lo que hizo don Álvaro entonces fue acercar a la formación cristiana a todos aquellos buenos señores»[308].
Como probablemente ha sucedido a todo predicador, también tuvo algún incidente, menos habitual. En una ocasión, durante un retiro en el Colegio de Lourdes de Valladolid, «uno de los chicos que asistía se levantó de su asiento en medio de una meditación, se dirigió al presbiterio y, con gran asombro de todos, empezó a hacer una confesión pública. Don Álvaro cortó inmediatamente la escena, diciéndole con gran energía: ¡eso no se hace!»[309].
 
 
Un modo nuevo de cooperar con el Fundador
 
Desde que comenzó a confesar a san Josemaría, don Álvaro se convirtió en un apoyo aún más firme para el Fundador del Opus Dei. Los carismas sobrenaturales que Dios otorgaba a este santo sacerdote exigían a su lado —por expresarlo así— un confesor de profunda vida interior, inteligente y humilde, que pudiera acompañarle con verdadera sintonía espiritual. La unidad de mente era estrechísima desde que don Álvaro había solicitado la admisión en la Obra, y se reforzaba cada día. Prueba de eso es, por ejemplo, la ayuda que le prestó en la redacción algunos documentos destinados a la formación espiritual de sus hijos. Muchos años después, don José Luis Múzquiz conservaba en su memoria la imagen de los dos, en la casa de retiros de Molinoviejo, muy cerca de Segovia, «paseando bajo los pinos pensando y cambiando impresiones —de vez en cuando nos llamaban para contarnos alguna cosa o enseñarnos algún papel— y también trabajando utilizando una pequeña mesa metálica pintada de verde»[310].
Se acrecentaba, por tanto, su identificación espiritual con el Fundador. Identidad que era advertida por todos los fieles del Opus Dei, incluso por los más jóvenes, y que constituía un estímulo para su vida ascética. Sirva de ejemplo el testimonio de Luis Prieto: «La inicial impresión que me produjo, rememorando ahora la primera vez que le vi en El Palau en 1945, siendo yo un estudiante de veinte años, fue la de que se trataba de un inteligente sacerdote de sencilla simpatía y que, a pesar de tener una fuerte personalidad, se hacía accesible, con una natural llaneza y afabilidad a todos nosotros que entonces éramos recientes en la Obra y mucho más jóvenes que él. Tuve la sensación de que “usaba” su talento al servicio del Fundador, con tal naturalidad y discreción que apenas se notaban sus intervenciones. (...) Entre los dos se transparentaba la existencia de una sintonía que, para comprenderse, a don Álvaro le bastaban unas pocas palabras o una mirada del Fundador para, discretamente, interpretar su querer y acudir rápidamente a realizar el mandato o apuntar en su agenda alguna nota sobre la realización de encargos»[311].
Tal era la unidad de voluntades que, a veces, podía quedar la duda de a quién atribuir la iniciativa de cada intervención. Sin embargo, don Álvaro siempre dejaba claro que respondía a indicaciones de san Josemaría, quitándose todo protagonismo. Si alguna vez el Fundador dirigía el agradecimiento de los presentes hacia don Álvaro, este —con discreción, elegancia y un poco de azoramiento— procuraba insinuar con una sonrisa que se excedía en su aprecio[312].
Además, desde octubre de 1944, debió ocuparse también —y lo hizo con gran solicitud— de la salud del Fundador, que se vio aquejado de una grave forma de diabetes. «Recuerdo —escribe José Luis Múzquiz— cómo don Álvaro le ponía, con gran dedicación y cariño, inyecciones intramusculares de insulina varias veces al día»[313].
Su cuidado iba mucho más allá de lo relativo a los aspectos médicos. El cariño que sentía por el Padre era tal que, espontáneamente, decidió seguir el mismo régimen de alimentación de san Josemaría, que era bastante duro, aunque en aquella época no lo necesitaba personalmente. Y justificaba su actitud asegurando —lo cuenta Encarnación Ortega— que «no podía permitirse —más que por expreso mandato— tomar algo agradable, apetitoso, que agudizase todavía más el apetito que lleva consigo la diabetes, cuando nuestro Fundador tan solo podía tomar alimentos tan poco gratos»[314].
Tampoco le faltaron, durante aquellos meses, sus ya habituales problemas de salud[315]. Enfermedades que llevaba con visión sobrenatural y alegría y que no constituyeron obstáculo para desarrollar una intensa actividad pastoral y apostólica.
 
 
3. Hacia la aprobación pontificia del Opus Dei
 
En cuanto cesó el impedimento de la Segunda Guerra Mundial, la catolicidad, característica esencial del espíritu del Opus Dei, pudo convertirse en una realidad fáctica, y la expansión apostólica superó las fronteras españolas. La presencia en Roma, desde 1942, de personas de la Obra que acudían allí por razones profesionales, había posibilitado que comenzase a ser conocida en sectores de la sociedad civil italiana y en algunos ambientes de la Curia Vaticana. En 1945 san Josemaría viajó a Portugal, acompañado por don Álvaro, para poner las bases del primer centro en el país vecino, que comenzó sus actividades en 1946[316]. Durante los años 1946 y 1947 se trasladaron los primeros miembros de la Obra a Gran Bretaña, Irlanda y Francia. En 1948, el Fundador encargó a tres hijos suyos que hicieran un largo viaje exploratorio en el continente americano, en vistas a comenzar la labor apostólica en aquellos países lo antes posible[317]. Bastan estos simples datos para entender la necesidad que tenía el Opus Dei de obtener de la Santa Sede un estatuto jurídico que permitiese su universalidad apostólica.
Cuatro meses después de la ordenación sacerdotal, y aprovechando que en aquel momento no estaba presente el interesado, san Josemaría contó a un grupo de hijos suyos cómo don Álvaro «muchas veces sacó las castañas del fuego y recibió muchos palos por que no los recibiera él ni la Obra y cómo se marchó él solo a hablar a cardenales y grandes personajes para conseguir la aprobación»[318]. Se refería al estatuto obtenido en 1943 que, desde el primer momento, san Josemaría había considerado transitorio, por ser inadecuado al carisma fundacional y a la realidad pastoral del Opus Dei.
Desde 1939, don Álvaro había ayudado a san Josemaría en las relaciones con las autoridades eclesiásticas españolas, pero una vez recibido el presbiterado intensificó aún más, si cabe, su dedicación a esta tarea: en los meses inmediatamente posteriores a junio de 1944, se encontró con el Nuncio en más de diez ocasiones, y, además, tuvo conversaciones con los obispos de Toledo, Málaga, Pamplona, Granada, Tuy, Valladolid, Oviedo, Palencia, Barcelona, Orihuela, Leiría, Burgos, Vitoria, Valencia, Coimbra, Santander, Bilbao, Salamanca, Orense, Jaca y Ciudad Rodrigo.
En una carta suya de abril de 1945, dirigida a los dos miembros de la Obra que residían en Roma por motivos profesionales, se atisba esa actividad: «El Sr. Nuncio y todos los Obispos, viejos y jóvenes, antiguos y nuevos, en el mismo plan de cariño que ya conocéis. Varios Sres. Obispos se hospedan en casa siempre que vienen a Madrid; gracias a Dios, hay unanimidad perfecta, como siempre, respecto a la Obra, en el episcopado. Además de ser una gracia de Dios, humanamente es natural, pues sólo ven los Sres. Obispos en nosotros lo único que pueden ver, pues es lo único que tenemos: el deseo de servir en ellos a la Santa Iglesia y de realizar esa misión específicamente nuestra entre los intelectuales. Los religiosos, en general, y los sacerdotes seculares, “volcados” en el cariño de siempre, también»[319].
Durante el verano y el otoño de 1945, ayudado por don Álvaro, san Josemaría preparó los documentos necesarios para obtener la aprobación pontificia. Esta dedicación alcanzó su ápice a comienzos de 1946, cuando se vio la conveniencia de solicitar cartas comendaticias a miembros de la jerarquía para avalar la petición que deseaba dirigir al Santo Padre[320]. Realizaron, separadamente, muchas visitas a obispos con este fin. Por lo que se refiere a don Álvaro, el 31 de enero se encontraba en Valladolid; el 1 de febrero, en Palencia y Bilbao; el 8, en San Sebastián e Irún; el 9, en Pamplona; el 10, en Vitoria; el 11 en Valladolid y Salamanca; el 12, en Segovia y Madrid[321]. Las gestiones fueron fructíferas: «Las cartas están a punto: tenemos varias y otras nos las enviarán (...). Las cartas serán de Sevilla, Granada, Murcia, Valencia, Barcelona, Vitoria, Santiago, Valladolid, Madrid, y quizá Zaragoza y Coimbra, además de Pamplona, Ávila, Palencia y Salamanca[322]».
San Josemaría pidió a José Orlandis que acompañase a don Álvaro para presentar la documentación en la Santa Sede, porque conocía la capital italiana y la lengua[323]. A comienzos de febrero, don Álvaro le proponía: «Creo que tú y yo podremos salir a fines de éste o primeros del que viene»[324]. La instancia al Romano Pontífice, redactada por san Josemaría de acuerdo con el Sr. Obispo de Madrid-Alcalá y fechada el 25 de enero de 1946, comenzaba del siguiente modo: «Beatísimo Padre: El sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, humildemente postrado a los pies de Vuestra Santidad, encarecidamente suplica de Su benevolencia se digne conceder el Decretum Laudis (Decreto de Alabanza) y la aprobación de las Constituciones de dicha Sociedad»[325].
Tras hacer mención, en media docena de líneas, de los hitos jurídicos del Opus Dei (fundación en 1928; aprobación como Pía Unión en 1941; erección canónica de la Sociedad en 1943, en la diócesis de Madrid), continuaba: «Gracias a la ayuda divina, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha ido creciendo hasta el punto de que, tanto por el número y selecta calidad de sus socios como por la naturaleza y desarrollo de sus actividades —que llevan a cabo con fruto no solamente en buen número de diócesis sino también en diversas naciones de Europa y América— dicha Sociedad requiere una aprobación que le dé mayor estabilidad y alcance que la que corresponde tan sólo al derecho diocesano»[326].
El 21 de febrero de 1946 don Álvaro marchó a Barcelona para embarcar rumbo a Génova. En el diario de uno de los centros del Opus Dei en Madrid se puede leer la siguiente anotación de aquel mismo día: «El Padre nos ha dicho que Álvaro iba a Roma para cosas muy buenas e importantes, que él nunca hubiera soñado que se pudiesen realizar tan pronto. Debemos encomendarle y ayudarle mucho desde aquí»[327].
Convenía llegar a la Ciudad Eterna cuanto antes, porque el día 12 de febrero Pío XII había celebrado un Consistorio público en el que creó treinta y dos nuevos Cardenales: los primeros desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La imposición de la birreta estaba prevista para el día 23 y, con ese motivo, se encontraban allí muchos purpurados. La ocasión era inmejorable para dar a conocer la realidad del Opus Dei y conseguir cartas comendaticias de algunos prelados de países europeos.
Francisco Ponz, que entonces residía en Barcelona, ha dejado un detallado relato del paso de don Álvaro por la ciudad condal, camino de Italia: «Iban a tomar un barco de la Compañía Transmediterránea, el J.J. Sister, que les dejaría en Génova en el primer viaje en servicio regular de pasajeros de la postguerra. Ese barco regresó el domingo 24 de Roma, a donde había llevado a una peregrinación de la diócesis de Madrid presidida por su Obispo, don Leopoldo Eijo y Garay (...). Don Álvaro le fue a recibir al puerto y de este modo, coincidieron en Barcelona y pasaron unas horas juntos en nuestro centro de la calle de Muntaner. (...) Don Álvaro nos pidió que encomendáramos el trabajo que por encargo del Padre debía realizar en Roma, al que se refirió en términos muy genéricos. Su actitud durante su paso por Barcelona era de gran normalidad, sin que su rostro reflejara preocupaciones, ni menos agobio, ante la responsabilidad de aquel nuevo viaje a Roma, de tanta significación para la Obra. Mostraba la misma serenidad y paz de siempre, el mismo sosiego sobrenatural. Como le sucedía a nuestro Fundador, se hallaba firmemente persuadido de que el Opus Dei era cosa de Dios, estaba en sus manos; el Señor estaba empeñado en que se realizase y por tanto Él lo sacaría adelante como fuese. El 25 de febrero acompañamos al puerto a don Álvaro y a José Orlandis»[328].
Don Álvaro, que estaba a punto de cumplir los 32 años, iniciaba el segundo periodo romano de su vida. Una etapa que se convirtió en definitiva, pues en la Ciudad Eterna estableció su residencia permanente y allí vivió cuarenta y ocho años, hasta su fallecimiento.
 
 

[242] San Josemaría, Carta, 14-II-1944, n. 13, cit. en de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 146.

[243] Ibid.

[244] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 3, n. 438.

[245] En aquel momento, los candidatos al sacerdocio, antes de recibir las tres “órdenes mayores” (subdiaconado, diaconado y presbiterado), debían recibir la tonsura clerical y las cuatro “órdenes menores”: ostiariado, lectorado, exorcistado y acolitado (cfr. CIC, 1917, c. 949).

[246] Solicitud de san Josemaría Escrivá de Balaguer al Obispo de Madrid para la concesión de la tonsura clerical y las demás Órdenes sagradas: original en el Arzobispado de Madrid; copia en AGP, APD D-10262.

[247] San Josemaría, Carta al Abad coadjutor de Montserrat, dom Aurelio María Escarré Jané, O.S.B, El Escorial, 15-V-1944, AGP, EF-440515-1.

[248] Cfr. Certificado de haber hecho los ejercicios espirituales necesarios para la recepción de las Órdenes Sagradas (Madrid, 24-VI-1944), AGP, APD D-16016/12 y Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 632.

[249] Testimonio de José Luis Múzquiz (AGP, APD T-17519, p. 44).

[250] Cfr. ibid.

[251] Cfr. Certificado de recepción de la Primera Tonsura Clerical (Madrid, 20-V-1944), AGP, APD D-16016/2. De acuerdo con la legislación canónica entonces vigente, se había concedido dispensa de intersticios; es decir, se confirieron las Órdenes en un plazo más breve de lo previsto.

[252] Cfr. Testimonio de Francisco Martí Gilabert, AGP, APD T-0083, p. 4. El certificado de los exámenes previos a la Tonsura y órdenes menores lleva fecha de 19-V-1944. Cfr. Exámenes para Tonsura y órdenes menores (Madrid, 19-V-1944), AGP, APD D-18968/19. Ver también Lista de los que han de recibir la primera Tonsura clerical (Madrid, 20-V-1944), en AGP, APD D-10256.

[253] Cfr. Diario de Españoleto, anotación del 2-V-1944: AGP, APD D-17162.

[254] Cfr. Certificado de recepción del Ostiariado y del Lectorado (Madrid 21-V-1944), AGP, APD D-16016/3. Ver también Lista de los que han de recibir el Ostiariado y el Lectorado (Madrid, 21-V-1944), en AGP, APD D-10260.

[255] Cfr. Testimonio de Francisco Martí Gilabert, AGP, APD T-0083, p. 3. Ver también Certificado de recepción del Exorcistado y del Acolitado (Madrid, 23-V-1944), AGP, APD D-16016/4 y Lista de los que han de recibir el Exorcistado y el Acolitado (Madrid, 23-V-1944), en AGP, APD D-10257.

[256] Cfr. Exámenes para Órdenes Sagradas de Subdiaconado, Diaconado y Presbiterado (Madrid, 26-V-1944), en AGP, APD D-18968/20; declaración autógrafa previa a la ordenación como Subdiácono (Madrid, 27-V-1944), en AGP, APD D-16016/5 y Profesión de fe católica y fórmula de juramento prescrita por san Pío X (Madrid, 27-V-1944), en AGP, APD D-16016/6.

[257] Cfr. Certificado de recepción del Subdiaconado (Madrid, 28-V-1944), en AGP, APD D-16016/7.

[258] Cfr. Certificado de haber ejercido el Subdiaconado (Madrid, 2-VI-1944), en AGP, APD D-16016/8; certificado de recepción del Diaconado (Madrid, 3-VI-1944), en AGP, APD D-16016/9 y lista de los que han de recibir distintas órdenes (Madrid, 3-VI-1944): AGP, APD D-10258.

[259] Certificado de recepción del Presbiterado (Madrid, 25-VI-1944): AGP, APD D-16016/13; y lista de los que han de recibir el Presbiterado (Madrid, 25-VI-1944): AGP, APD D-10261.

[260] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 636.

[261] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 25-VI-1989: AGP, Biblioteca, P02, 1989, 711.

[262] Cfr. Testimonio de Teodoro Ruiz Jusué, AGP, APD T-19471, pp. 19-22.

[263] Testimonio de Joan Masià Mas-Bagà, AGP, APD T-0503, p. 2.

[264] Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, APD T-0136, p. 11. También recuerda que, precisamente el 26 de junio de 1944, les dijo estas palabras durante una predicación: «Es Dios la luz que resplandece en el apostolado. Los medios: oración, mortificación, formación. Si queremos que reine, debemos ser coherentes: primero darle el corazón... Esta unidad de vida —oración, trabajo, formación— hará que Cristo reine en nuestra alma» (ibid.).

[265] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 636-637.

[266] Ibid., p. 636, nota 187.

[267] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 23.

[268] Cfr. Recordatorios de la Primera Misa Solemne (Madrid, 28-VI-1944), originales en AGP, APD D-6031.

[269] Sobre la asistencia de sus compañeros Ingenieros y Ayudantes de Obras Públicas, cfr. Testimonio de Eduardo Caso Ridaura, AGP, APD T-0361, p. 1.

[270] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 33. También por humildad, el Fundador no quiso acudir a la Primera Misa de don Álvaro (cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 640).

[271] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. I, op. cit., p. 196.

[272] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 53.

[273] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 10-IX-1975: AGP, Biblioteca, P01.

[274] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 686.

[275] Por ejemplo, los Obispos de Valencia, Zaragoza, Barcelona, Cartagena, Granada, Huesca, Tuy, Málaga, etc.: cfr. Facultades ministeriales de las diócesis españolas en AGP, APD D-18978 a D-18985 y D-18988 a D-18996.

[276] «El Padre nos ha dicho que durante este curso, Álvaro recorrerá una vez al mes las Universidades y poblaciones importantes del Norte de España» (Diario de Lagasca, anotación del 29-IX-1944: AGP, APD D-17150).

[277] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 648.

[278] Ibid., p. 647.

[279] Testimonio de Pilar del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0138, p. 33.

[280] Ibid.

[281] Testimonio de Carlos del Portillo y Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 23.

[282] Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, APD T-0136, p. 11.

[283] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 144.

[284] En su testimonio, Mons. Echevarría señala que Mons. del Portillo «no tenía ningún inconveniente en que se supiera que acudía cada semana a la Confesión, y con frecuencia lo decía y arrastraba a otros para que se aprovecharan de tan gran tesoro. Su modo de hablar, invitando a que se adquiriera esta costumbre, era sincero y persuasivo, de forma que muchas personas que le habían oído emprendían ese camino. Era persuasivo y sincero porque se veía claramente que aconsejaba lo que vivía» (AGP, APD T-19544, p. 338).

[285] Cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 29.

[286] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 641.

[287] Cfr. ibid., y Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 88.

[288] Así se lee en el diario de Moncloa: «Alguien ha aprovechado la coyuntura para confesarse con Álvaro, pues hace ya varios días que los tres tienen licencias» (Anotación del 5-VII-1944: AGP, APD D-17170). Mons. Eijo y Garay el día de la ordenación le había otorgado oretenus licencias perpetuas para su diócesis: cfr. Concesión de licencias ministeriales en la diócesis de Madrid-Alcalá, 14-X-1944, AGP, APD D-18988.

[289] Testimonio de José María Casciaro Ramírez, AGP, APD T-0961, p. 4.

[290] Cfr. Testimonio de Ignacio Sallent Casas, AGP, APD T-0617, p. 1.

[291] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis y Salvador Canals, AGP, APD C-441002. Concretamente a Álvaro le correspondían los jueves: cfr. Diario de Moncloa, anotación del 26-IX-1944: AGP. APD D-17171.

[292] «Cuando se ordenaron los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, san Josemaría designó a don Álvaro como nuestro confesor ordinario, dejándonos plena libertad —como siempre— para acudir a cualquier otro confesor siempre que quisiéramos» (Testimonio de Dolores Fisac Serna, AGP, APD T-1048, p. 2).

[293] Testimonio de María Consolación Pérez González, AGP, APD T-15393, p. 3.

[294] Cfr. Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 62.

[295] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., p. 643.

[296] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis y Salvador Canals, AGP, APD C-450422.

[297] Del 23 al 28 de agosto y del 16 al 21 de diciembre de 1944 predicó dos cursos de retiro para universitarios en el Colegio Mayor de La Moncloa: cfr. Anuncio de ejercicios espirituales para estudiantes universitarios y de Escuelas Especiales (Madrid, XII-1944), AGP, APD D-10148. Del 2 al 7 de marzo de 1945 predicó en Salamanca a un grupo de estudiantes universitarias (cfr. AGP, APD D-6115). Del 15 al 18 de marzo, a los alumnos del Colegio del Pilar de Madrid (cfr. Noticia de ejercicios espirituales a alumnos del Colegio del Pilar). Del 25 al 29 de marzo, en Vigo, a las alumnas internas de la Escuela de María Inmaculada, dirigida por las Carmelitas de la Caridad (cfr. Anuncio de ejercicios espirituales en Vigo —para chicas—, 24 a 29-III-1945, AGP, APD D-10151). Del 31 de marzo al 7 de abril probablemente predicó ejercicios espirituales para jóvenes en el Servicio Doméstico (cfr. Anuncio de ejercicios espirituales para jóvenes en el servicio doméstico —probablemente en Madrid, del 31-III al 7-IV-1945—, AGP, APD D-10152). Del 24 de abril al 2 de mayo dio en Valladolid dos cursos de retiro a los estudiantes de la Escuela de Nuestra Señora de Lourdes de los Hermanos de la Doctrina Cristiana (cfr. Documentos relativos a los ejercicios espirituales que predicó a alumnos del Colegio de Nuestra Señora de Lourdes —de los Hermanos de las Escuelas Cristianas—, Valladolid, 24-IV a 2-V-1945). Del 2 al 8 de septiembre, en Begoña, cerca de Bilbao, a los jóvenes de Acción Católica (cfr. Diario de Correo, anotaciones 2 al 8-IX-1945: AGP, APD D-17186). Del 1 al 6 de febrero de 1946, en la Residencia Universitaria Abando de Bilbao (cfr. Diario de Abando, anotaciones del 1 al 6-II-1946: AGP, APD D-17189).

[298] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 643-644.

[299] Cfr. ibid., p. 644.

[300] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 27-VII-1983: AGP, Biblioteca, P01.

[301] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-451204.

[302] Testimonio de Ramona Sanjurjo Aranaz, AGP, APD T-0338, p. 1.

[303] Testimonio de Milagros Sanjurjo Aranaz, AGP, APD T-0461, p. 1.

[304] Carta a Mons. Javier Echevarría Rodríguez, Sabaris, 20-VI-1997, AGP, APD T-5220.

[305] Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, APD T-0136, p. 6.

[306] Se trata del sacerdote Eliodoro Gil Ribera, que había conocido a san Josemaría en los años 30, en Madrid.

[307] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-450325-01.

[308] Testimonio de Eliodoro Gil Ribera, AGP, APD T-1004, p. 4.

[309] Testimonio de Fernando Valenciano Polack, AGP, APD T-18489, p. 6.

[310] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 60.

[311] Testimonio de Lluís Prieto Bulló, AGP, APD T-0993, pp. 1-2.

[312] Cfr. ibid.

[313] Testimonio de José Luis Múzquiz, AGP, APD T-17519, p. 68.

[314] Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, APD T-0136, p. 19.

[315] «Come con nosotros Álvaro que luego trabaja con José Luis, marchándose algo mareado. En la comida estaba bien, o por lo menos así lo aparenta, con su excelente humor de siempre» (Diario de Españoleto, anotación del 17-I-1954: AGP, APD D-17164). El Dr. Pardo Urdapilleta le hizo una revisión médica el 11 de febrero de 1944. En su informe, habla de sinusitis maxilar con 2 ó 3 agudizaciones y mareos posturales con frecuencia. Digestiones difíciles algunas veces, con crisis de estreñimiento de hasta siete días. El peso era de 80 kg. y la presión arterial de 160/90.

[316] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 696-698; Azevedo, Hugo de, Primeiras viagens de S. Josemaria a Portugal (1945), Studia et Documenta 1 (2007), pp. 15-39.

[317] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 145-146; Cano, Víctor, Los primeros pasos del Opus Dei en México (1948-1949), Studia et Documenta 1 (2007), pp. 44-47.

[318] Diario de Lagasca, anotación del 22-X-1944: AGP, APD D-17150.

[319] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis y Salvador Canals, AGP, APD C-450422. Ciertamente no habían cesado del todo las incomprensiones por parte de algunos religiosos, pero al menos habían disminuido.

[320] De especial interés para conocer estas gestiones son las siguientes misivas: Del Portillo, Á., Carta a Salvador Canals, AGP, APD C-460209 y del Portillo, Á., Carta a José Orlandis Rovira, AGP, APD C-460210.

[321] Cfr. Del Portillo, Á., Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-7. Además de estas gestiones, en esas fechas don Álvaro estuvo dirigiendo un curso de retiro espiritual en Abando, Bilbao, del 1 al 6 de febrero, en el que predicó 5 meditaciones diarias (cfr. Diario de Abando, AGP, serie M.2.2, D 068-19).

[322] Del Portillo, Á., Carta a Salvador Canals, AGP, APD C-460209. Salvador Canals, que había residido en Roma entre 1942 y 1945, regresó a la Ciudad Eterna en enero de 1946, para ayudar a don Álvaro en las gestiones ante la Santa Sede.

[323] José Orlandis era catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Zaragoza. Sus clases terminaban en febrero, y no debía reanudarlas hasta octubre, por lo que podía ausentarse (cfr. Orlandis, J., Mis recuerdos. Primeros tiempos del Opus Dei en Roma, Rialp, Madrid, 1955, p. 32).

[324] Del Portillo, Á., Carta a José Orlandis Rovira, AGP, APD C-460203.

[325] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. II, op. cit., pp. 650-651.

[326] Ibid.

[327] Diario de Villanueva, anotación del 21-II-1946: AGP, APD D-17165.

[328] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, pp. 32-33. Ver también Orlandis, J., Mis recuerdos, op. cit., p. 32. El J.J. Sister era un buque a motor, construido en 1896, de 86 metros de eslora. Con este viaje se inauguraba la ruta Barcelona-Génova, que cubrió durante algunos meses. De hecho, fue el mismo barco que utilizó san Josemaría cuando marchó a Roma, cuatro meses más tarde.

Capítulo 10 Traslado definitivo a Roma
 
El amor a la Iglesia es un rasgo capital en la fisonomía espiritual de san Josemaría Escrivá de Balaguer, de quien don Álvaro del Portillo había aprendido a vivirlo y a cultivarlo. Los miembros de la Obra se sabían parte de la Iglesia, hijos suyos, y únicamente buscaban servirla “como la Iglesia quiere ser servida” [329]. En Carta de fecha 9 de enero de 1932, el Fundador les señalaba: «Hijos de mi alma: os encontráis aquí, en la Obra, porque el Señor ha puesto en vuestro corazón el deseo limpio y generoso de servir; un celo verdadero, que hace que estéis dispuestos a todo sacrificio, trabajando silenciosamente por la Iglesia sin buscar ninguna recompensa humana. Llenaos de esas nobles ambiciones; reforzad en vuestro corazón esta disposición santa, porque el trabajo es inmenso»[330].
Igualmente, la devoción al Romano Pontífice estaba profundísimamente anclada en sus almas. «Cristo. María. El Papa. ¿No acabamos de indicar, en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica?»[331], escribió san Josemaría en 1934 y repitió después, incansablemente, a lo largo de toda su vida. «Gracias, Dios mío —exclamaba también—, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón»[332]. Ese amor nacía de su fe teologal; es decir, del convencimiento pleno de que el Papa es el Vice-Cristo, con todas las consecuencias que esto lleva consigo. Por ese motivo, nada pudo hacer mermar su completa lealtad y fidelidad al Romano Pontífice.
“Ustedes han llegado con un siglo de anticipación”[333], comentaron a don Álvaro, al poco de arribar a Roma para iniciar el camino jurídico; y la misma advertencia escucharía el Fundador, cuando llegó en 1946: ¡tan nuevo era el mensaje del Opus Dei, y tan cerrada aparecía la senda que san Josemaría estaba abriendo, con la gracia de Dios y con sus oraciones, sus sacrificios y su trabajo! Tuvieron que transcurrir casi cuarenta años para que la Iglesia sancionase, con la autoridad del Romano Pontífice, la solución que el Fundador había entrevisto ya desde los años 30.
Hombres de una fe gigante, jamás dudaron de que la autoridad eclesiástica concedería la configuración canónica adecuada a la realidad teológica y ascética del Opus Dei. Por eso, los dos fueron ejemplares no solo en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia, sino en el acatamiento a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: nunca salió de sus labios una crítica ante la incomprensión que tantas veces encontraron en exponentes de la Curia Romana. Fue la suya una auténtica epopeya de fe, de obediencia, de fortaleza y de fidelidad a Dios y a la Iglesia.
 
 
1. La petición del Decretum laudis
 
Primeras gestiones
 
El navío “J.J. Sister” realizó su travesía hasta Génova, sin novedades dignas de relieve. Unos días más tarde, el 2 de marzo, don Álvaro escribía una larga carta a san Josemaría, contándole las peripecias del viaje hasta Roma: «Muy querido Padre: ahí va la primera carta de esta segunda etapa romana. (...) El viaje de barco, estupendo: salimos a mediodía del 25, con todo el equipaje, y llegamos a Génova el 26 a las 3 de la tarde. Nos esperaban el cónsul y Salvador [Canals]. A pesar de las protestas del cónsul salimos en un Fiat que iba conducido por su propietario, un conde amigo de Salvador, camino de Roma, a eso de las 6 de la tarde»[334].
El final de la guerra era reciente, y las autoridades italianas luchaban por mantener el orden cívico en el país. Todavía circulaban grupos de bandidos y ladrones sin control, y atravesar los Apeninos de noche suponía correr un notable riesgo de ser asaltados, como se desprende de su relato: «Pasamos el Bracco sin esperar a la escolta de los carabinieri, para ganar tiempo, provisto el conde de una rivoltella (un revólver: poco podíamos hacer), y no hubo novedad [335]. Cenamos en La Spezia y aunque nos volvieron a decir que era muy peligroso, continuamos, pensando hacer el camino de noche y llegar a tiempo para ver a los Cardenales españoles, que iban a salir de Roma el día 1 a primera hora.
»Pero empezaron a venir reventones en las cubiertas, se rompieron los dos gatos y por fin, a 8 km de Pisa, hubo otro reventón. Como era de noche, no paraba ningún coche para dejarnos el gato, ni para nada, y cerramos bien para dormir dentro del coche y ver si de día alguno nos daba auxilio: no sabíamos que estábamos tan cerca de Pisa. Y tampoco supimos, hasta el día siguiente, que a un km de nosotros los bandoleros desvalijaron un camión, mientras nosotros dormíamos, y se fueron con él dejando atados a unos árboles a los que lo conducían. De madrugada nos ayudaron por fin, celebré en Pisa —la primera misa en Italia— y seguimos después de habernos arreglado las ruedas. Pero nada: reventones y más reventones y, en vez de llegar el 27 de madrugada a Roma, llegamos el 28, sin poder cenar»[336].
Poco antes de su llegada, Salvador Canals había conseguido alojarse en un apartamento, propiedad de la “Obra Pía Española”[337], pequeño pero bien situado, con entrada por el Corso Rinascimento y con vistas a la Plaza Navona. Su inquilino habitual se encontraba fuera de la ciudad, y el administrador lo había cedido gratuitamente hasta que volviera, en el mes de junio[338].
A la mañana siguiente, tras celebrar la Santa Misa en la iglesia más cercana —que entonces se llamaba San Giacomo degli Spagnoli, y actualmente está dedicada a la Virgen del Rosario—, don Álvaro empezó a visitar Cardenales. Así lo narraba: «Nos plantamos Salvador y yo en el Colegio Español. Me dijeron que como los Cardenales salían al día siguiente y tenían no sé cuantas recepciones aún no les podríamos ver. Pero a fuerza de insistir me dijo el Secretario del Primado[339] (...) que pasase “unos segundos”. Leyó las comendaticias que llevaba y dijo que podíamos hacerle una, que él la firmaría: dijo lo que se había de decir. Mientras tanto, Salvador habló con el de Tarragona[340] y al oír que iba de parte del P. Goyeneche[341], preguntó: “¿dónde firmo?” Después le hablé yo. (...) Antes de comer habíamos visto al Cardenal de Lisboa[342], también. En cuanto le dije que había traído las comendaticias dijo: “¡yo también tengo que darla!”»[343].
En esta relación se ve la intensidad del ritmo que mantuvo en Roma. En una sola mañana, efectuó visitas al Cardenal de Toledo, al de Tarragona, al Patriarca de Lisboa, al Abad Escarré[344], al P. Gusi[345] y al Abad Suñol[346]. Por la tarde —e incluso durante la noche— siguieron las entrevistas y gestiones: «Por la tarde llevé las cartas, para que las firmaran, al Cardenal de Toledo y al de Tarragona. Con éste estuve hablando un buen rato. Con el de Toledo, que leyó despacísimo la carta, pasó algo terrible: empezó a poner una H, así de temblorosa, de Henricus y como tenía poca tinta cargó la pluma y ¡pum! —como diría Ignacio C.[347]— un borrón fenomenal en la Comendaticia. Al día siguiente, a primera hora, había de salir. Hubo que rehacerla, por la noche, y a las 9 1/2 (a las 10 salían) se la llevé y me la firmó»[348].
A lo largo de esos primeros días su actividad se centró en conocer a cuantos más Cardenales fuera posible, para darles noticia del Opus Dei. En varios casos, las explicaciones y la personalidad de don Álvaro fueron suficientes para que purpurados, que no habían oído hablar antes de la Obra, redactaran una Carta comendaticia. Así, podía escribir: «Es posible que den Comendaticias, pues, los Cardenales de Berlín, Colonia, Westminster, Palermo y quizá Milán y N. York, que con los de Toledo, Tarragona, Granada, Sevilla (¡que no ha llegado aún hoy!) y Lisboa son 11 de los 69 de todo el mundo: no está nada mal, aunque nos den calabazas unos cuantos de ellos. (...) El Cardenal Faulhaber ha estado en Roma, pero se fue hace ya varios días: es una pena»[349].
El 3 de marzo fue a visitar al Cardenal Josef Frings, Arzobispo de Colonia, que se hospedaba en el llamado “Campo Santo Teutónico”. Tras explicarle el Opus Dei —en latín, porque era la única lengua común—, le pidió la carta comendaticia, que firmó el día 6[350]. Unas fechas antes, animados por el Cardenal Cerejeira, de Lisboa, la habían solicitado al Cardenal Gouveia, de Mozambique, que la envió a mediados de marzo. En definitiva, gracias al tesón de don Álvaro, la petición del Decretum laudis para el Opus Dei iría acompañada de comendaticias de obispos de bastantes países, y de tres continentes.
 
 
Aparecen las dificultades
 
A los pocos días de llegar, obtenida la respuesta positiva de tantos prelados, las gestiones para la aprobación del Opus Dei como institución de derecho pontificio parecían bien encarriladas: la documentación que había que presentar en la Santa Sede estaba preparada, y el padre Goyeneche, consultor de la Sagrada Congregación para los Religiosos, tenía prácticamente redactado su voto para la reunión plenaria del dicasterio, «a falta de citar en un par de páginas algunas frases de las cartas. Después hay que imprimirlo: después, en abril (hasta pasada Pascua no hay), la reunión plenaria. Y después el decreto»[351].
El 16 de marzo presentaron la solicitud para obtener el Decretum laudis, junto con la colección de cartas comendaticias, debidamente encuadernadas. Sin embargo, a partir de ese momento, el ritmo de los trámites comenzó a flaquear. Don Álvaro escribía días después: «va muy bien, pero lento». Y añadía: «Creo que hasta Pascua, por lo menos, es indispensable la estancia aquí. Desde luego, la cosa sale maravillosamente, pero es preciso que salga rápida y sin modificar nada, y aquí está la cuestión»[352].
Efectivamente, la obtención del Decretum laudis resultó menos sencilla de lo que se podía imaginar tres años antes, cuando la Santa Sede otorgó el Nihil obstat para la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El plan inicial, que era sencillamente la elevación de la Obra del régimen diocesano al universal, sin cambiar su configuración jurídica, encontraba dificultades técnicas. Como anotaba don Álvaro, la clave radicaba en “no modificar nada” de lo que pedía el Fundador.
El hecho es que, desde varios años atrás, la Santa Sede estudiaba la regulación en el Derecho común de la Iglesia de las llamadas “formas nuevas” de apostolado. Se trataba de encuadrar jurídicamente algunas instituciones eclesiales de reciente creación, entre las que se incluiría el Opus Dei, que no encajaban —por un motivo u otro— en el concepto de estado de vida de perfección propio de los institutos religiosos. Entre los expertos de la Congregación, a quienes correspondía afrontar la materia, se sostenían dos opiniones contrarias: unos —como el padre Goyeneche— pensaban que con la legislación vigente se podía otorgar el Decretum laudis a una institución con las características del Opus Dei; otros, en cambio, mantenían que para hacerlo era necesaria una nueva normativa. Esta última era la postura defendida por el padre Arcadio Larraona, Subsecretario de la Congregación de Religiosos[353], que había recibido del Papa Pío XII el encargo de preparar la legislación sobre esas “formas nuevas”.
El padre Larraona defendía que no se debía proceder a la aprobación del Opus Dei hasta que se promulgara un nuevo marco jurídico. Además, sostenía —sin ningún fundamento— que si el Fundador «hubiera estado al corriente del mecanismo canónico de las llamadas “formas nuevas”, que sólo conoce él (...), algunos puntos los habría tocado de otra manera»[354]. En esta frase se adivinan ya las contradicciones que encontraría san Josemaría: una persona que no conocía el carisma del Opus Dei pretendía entenderlo mejor, en “algunos puntos”, que el mismo Fundador.
En este contexto se entiende el alcance de una afirmación que el padre Larraona hizo a don Álvaro: “es urgente esperar”[355]; y también la apreciación, completamente contraria, del Secretario General del Opus Dei: «es preciso que salga rápida y sin modificar nada», porque entendía que la mens de san Josemaría era completamente distinta al concepto que el padre Larraona quería expresar en su proyecto de legislación, y no podía aceptar que se establecieran normas contrarias a esa mente. Debieron de ser momentos de tensión para don Álvaro, y quizá esto explica por qué después insistió tan perentoriamente a san Josemaría en que era necesaria su presencia en Roma: porque el padre Larraona no parecía dispuesto a cambiar de opinión.
El 3 de abril don Álvaro fue recibido por el Papa Pío XII, gracias a la solicitud de Mons. Montini, a quien veía con frecuencia esos días[356]. Conocemos algunos detalles de la entrevista por la carta que escribió a san Josemaría dos días después: «A las 12.20 empezó la audiencia. Estuvo formidablemente cariñoso. (...) Tenía preparadas unas palabras en italiano para decirle que, si le era igual, le hablaría en español. Pero en cuanto le vi se me fue el santo al cielo, y se lo dije en castellano. Me respondió el Santo Padre, con acento muy americano: ¡Sí, cómo no! Le dije que había tenido la alegría de visitarle, en nombre de la Obra, hacía tres años. Respondió que sí, que se acordaba perfectamente. Dije que ahora había venido a Roma, enviado por Usted, con los documentos para solicitar el Decretum Laudis: entre ellos, unas cuarenta Cartas Comendaticias. Preguntó si para la Sagrada Congregación de Religiosos. Después le fui hablando de la situación de la Obra. (...) Alguna vez me interrumpía para decir: ¡Qué belleza! ¡Qué alegría! y cosas así. Le recordé que la vez anterior me salté las rúbricas y que le había pedido no sólo la Bendición para el Padre, y para toda la Obra, sino que le había rogado que se acordase en sus oraciones de nuestro Padre: Él sonrió y dijo: “¿qué quiere Usted, que siga pidiendo?” Respondí que desde luego y me contestó que “no lo olvidaba y que pedirá todos los días, como lo viene haciendo: y que, además, lo hace con mucha alegría”. Tuvo gracia que una de las veces que me interrumpió, fue para decir, de nuevo: “ahora le recuerdo perfectamente, como si le estuviese viendo de uniforme”. —“Con condecoraciones, y todo”. — “Sí, sí: me acuerdo muy bien” (...). Naturalmente, al hablar del Padre y de Camino, le dije cómo Usted nos había enseñado a ser buenos hijos del Santo Padre. Le llevé dos crucifijos buenos y le dije que uno era para Usted y el otro, en principio, para mí, para que los bendijera, como hizo. (...) Total, que volvimos muy contentos a casa Pepe [Orlandis] y yo (Pepe había quedado en San Pedro encomendando el asunto)»[357].
La preocupación que tenía don Álvaro por el lento proceder de los pasos de la Curia romana, hizo que, durante la audiencia, cometiera, según sus palabras, una “frescura inaudita”[358]. En un arranque de confianza filial, comentó al Papa que era una pena que no hubiera salido todavía el Decreto sobre las “formas nuevas” de apostolado, que estaba preparado por lo que sabía desde hacía ya dos años[359]. El Romano Pontífice no respondió nada en aquel momento, pero es posible que de algo sirviera esa “frescura inaudita”, porque menos de una semana después indicó al Cardenal Luigi Lavitrano, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, que se aprobara lo antes posible el Decreto sobre las “formas nuevas”. Pero, a pesar de todo, los tiempos se dilataban.
Don Álvaro gastará su estancia poniendo todos los medios a su alcance para agilizar los pasos previos a la obtención del Decretum laudis. Dedicó muchas horas a trabajar con el Subsecretario de la Congregación de Religiosos y con el padre Goyeneche; visitó al Cardenal Lavitrano, a Mons. Luca Ermenegildo Pasetto, Secretario de la Congregación de Religiosos, a Mons. Montini y a Mons. Domenico Tardini, Sustitutos de la Secretaría de Estado, al Cardenal Tedeschini...[360]; con la ayuda de José Orlandis y Salvador Canals, preparó siete ejemplares de las cartas comendaticias, encuadernadas en forma de libro, para los Consultores de la Congregación[361]; se ofreció para ayudar en la redacción de los documentos, en la preparación de las reuniones de la Comisión Plenaria y del Congreso con todos los miembros de la Congregación, que constituía el paso final del proceso.
De hecho, logró que, de unos plazos indefinidos, se pasara a metas más concretas y breves: «La transición es esta: 1º, es imposible que la Comisión sea antes del curso próximo; 2º, quizá pueda ser la Comisión este curso y la plenaria el siguiente; 3º, la Comisión inmediatamente “post Agnos”: y si el Congreso es este curso, ya pueden estar satisfechos; 4º, y último, por ahora: el Congreso no podría ser antes de junio. Yo le contesté que no transigimos con que sea después del 3 de mayo, mes de la Virgen y día de la Santa Cruz»[362].
Empujaba a unos y a otros, pero las etapas se sucedían, para su gusto, demasiado lentamente. Por su parte, continuó brindando su colaboración al padre Larraona para pasar a máquina los documentos que se iban terminando, preparar las copias para los miembros de la Congregación, etc. Por fin, la reunión de la Comisión que iba a estudiar la posición quedó fijada para el día 8 de junio: en principio, iba a ser el sábado 1, pero como en Italia se había convocado el referendum sobre la aceptación o no de la monarquía para el domingo 2, se retrasó una semana, para que pudieran hacerlo quienes debían cumplir su deber electoral fuera de Roma[363].
Por fin, el 8 de junio por la mañana, los Consultores de la Congregación emitieron voto favorable a la concesión del Decretum laudis del Opus Dei como institución de derecho pontificio. Parecía que el horizonte estaba despejado, y así lo señaló inmediatamente don Álvaro a san Josemaría: «Todos entusiasmados con la Obra, hasta el punto de que propusieron, como hace el Papa en ocasiones solemnes, que hubiera otra sesión en la que videntibus omnibus los Consultores se aprobara por la Comisión la Obra. Han estudiado punto por punto todo y sólo han hecho pequeñas variaciones»[364].
De todos modos, la realidad es que solo se había conseguido un “voto favorable” en la Congregación. Para llegar a la aprobación del Opus Dei, habría que esperar todavía a que se aprobara una normativa ad hoc sobre las “formas nuevas de vida cristiana”. Y el camino para lograrlo no parecía fácil ni breve, porque para algunos esa regulación «supondría necesariamente una modificación del Codex de 1917, que (...) se consideraba prematura»[365]; y para otros «no era aceptable esa nueva normativa, por el peligro de que el estado de perfección, con una raigambre de siglos, se desnaturalizara e, incluso, pudiera vaciarse de contenido»[366]. Don Álvaro era consciente de esta situación y por eso, dos días después, escribió a san Josemaría para pedirle que viajara a Roma.
 
 
2. La vida cotidiana en Roma
 
La preparación de los documentos para solicitar el Decretum laudis, que era el motivo del viaje, fue la prioridad de don Álvaro durante su segunda estancia en la Ciudad Eterna. Pero no fue ciertamente su única tarea. Se ocupó de cuidar la vida espiritual de los dos fieles del Opus Dei que vivían en Roma y de impulsar la labor apostólica, ampliando el círculo de amigos y conocidos. A la vez, empezó a trabajar en la Positio sobre la fama de santidad y la heroicidad de las virtudes de Isidoro Zorzano[367], de cuya Causa de Canonización sería nombrado Postulador el año siguiente[368].
Para conocer de modo sintético los afanes que anidaban en su alma en aquellas fechas, puede servir la lectura del párrafo con que empezó un nuevo cuaderno del diario que llevaban en Roma, el 17 de mayo: «Empezaré el diario con las palabras que suele emplear el Padre: “Fiat, adimpleatur, laudetur et in æternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen” [Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén]. Si siempre hemos de vivir impregnados de este pensamiento, en estos días y aquí, en Roma, hemos de paladear de modo especial cada una de esas palabras con las que el Padre encabeza los diarios. Dios quiera que pronto podamos escribir en estas páginas cosas muy grandes, aunque grandes han de ser, ante Dios, si nosotros queremos, hasta las más insignificantes minucias que consignemos de nuestra vida de familia»[369].
Una de las primeras gestiones fue obtener permiso para celebrar la Santa Misa en el piso donde residían. Obtuvieron una concesión de “altar portátil” para don Álvaro, como Secretario General de la Obra, y el 2 de marzo anunciaba a san Josemaría: «Mañana o pasado empezaremos a tener Misa en casa»[370]. Escribían frecuentemente a España, muy unidos espiritualmente al Fundador y a todos los demás miembros de la Obra. También eran abundantes las cartas que recibían. Siempre constituían una ocasión para reforzar los lazos de filiación y de fraternidad: «Pasamos un rato estupendo con su carta larguísima, que leímos y re-re-re, etc. leímos, y con las magníficas caricaturas —estaban todos muy favorecidos— y con las numerosas cartas»[371].
Gracias a estas misivas conocemos algunos detalles de su vida en Roma: el horario, cómo comían o descansaban, personas a las que iban conociendo, etc. «El día de San José no pudimos ir a las catacumbas a celebrar. La noche del 18 al 19 la pasé con un lumbago maravilloso (hay una epidemia aquí) y gracias a que, con mucho trabajo y mucho tiempo, pude celebrar en casa, que creí que no iba a poder. Por lo demás, estoy formidablemente. Y Pepe y Salvador, gracias a Dios, lo mismo, por dentro y por fuera. Yo no estoy demasiado descontento, en esta temporada, de mi vida interior, aunque naturalmente, debiera pitar [372] infinitamente mejor: pero todo esto, de todos modos, obliga a apretar»[373].
Y días más tarde: «Ya sabe cómo y cuánto le recordamos, y sentimos de veras la ayuda de ahí. Gracias a Dios, pita bien todo lo interior, se llevan bien los horarios, días de guardia[374], etc.»[375].
Su unión a san Josemaría se manifiesta en la frecuencia y extensión de las cartas, en la detallada reseña que hace de sus cometidos y en los cariñosos y confiados modos de dirigirse filialmente al Fundador, como se ve por ejemplo en el final de la carta del 5 de mayo, donde, con deje castizo, reseña discretamente su oración por tantas intenciones y necesidades de la Obra entera: «¿Qué tal sigue José Mª por América? ¿Los enfermos? Les encomendamos mucho. ¿Los Rosales? Idem de lienzo. ¿Los nuevos sacerdotes? Supongo que por pronto que volvamos les encontraremos, por lo menos, de subdiáconos»[376].
Consciente de que san Josemaría profesaba gran devoción a las reliquias de los mártires, y que tenía interés en lograr algunas para oratorios de centros del Opus Dei, había iniciado varias gestiones en este sentido[377].
También comenzó la búsqueda de una casa adecuada para instalarse establemente, puesto que el piso del Corso Rinascimento tendrían que dejarlo en cuanto regresara su inquilino habitual. Durante varias semanas recorrerán la ciudad, viendo villas y apartamentos en venta: «Estamos ahora viendo casas. Nos damos caminatas enormes»[378], escribía a finales de marzo. Eran los primeros meses después de la guerra, y el precio de los inmuebles había bajado mucho. El problema era la falta de dinero. Por eso expresa el deseo imposible de que alguien «nos prestase, con el interés normal, si hacía falta, millón y medio de pesetas. (...) Ya sé que... no puede ser. Pero, ¡si se encontrase una solución!»[379].
La presencia de don Álvaro supuso también un impulso para la labor apostólica que Salvador Canals y José Orlandis venían realizando desde los años anteriores en Roma. Conocían ya un buen número de universitarios. De ellos, alguno daba esperanzas de recibir la llamada de Dios al Opus Dei. El primero fue Vladimiro Vince, un joven croata estudiante de Derecho, refugiado en Roma[380], quien escribirá después: «Cuando Salvador me habló de la Obra, experimenté una profunda impresión. Ya las primeras palabras suscitaron en mí un fuerte atractivo. Aquel día, antes de dejarle, la decisión estaba tomada»[381].
Vladimiro pidió la admisión en el Opus Dei el 26 de abril de 1946. El papel que desempeñó don Álvaro en su vida espiritual fue muy grande. Él mismo lo describía, en una carta a san Josemaría, con palabras llenas de admiración: «don Álvaro representa para mí una ayuda preciosa: me resuelve todas las dificultades y, si en alguna ocasión no acierto a explicarle todo aquello que me sucede, él lo adivina y me comprende»[382].
Con su gran corazón, don Álvaro tenía una facilidad natural para hacerse amigos. Ya hemos visto cómo, en 1943, conoció a Mons. Giovanni Battista Montini. A partir de 1946, siguió frecuentando ese trato, por motivos de trabajo. «Desde el primer momento, entre los dos se creó un ambiente de amistad y de simpatía cordial, hasta el punto de que Mons. Montini, ya siendo Papa, conservaba un recuerdo lleno de afecto (...), que manifestó en diversas ocasiones»[383]. Por su parte, don Álvaro tenía un altísimo concepto del Sustituto de la Secretaría de Estado. En abril de ese año, en una carta al Fundador escribió: «Pepe [José Orlandis] le habla de nuestra visita a Mons. Montini, que realmente hace la impresión de ser un santo»[384].
Mons. Montini trató todo lo relativo al Opus Dei con gran interés y cariño. Más adelante, en repetidas ocasiones, san Josemaría recordaría, agradecido, que «la primera mano amiga que yo encontré aquí, en Roma, fue la de Monseñor Montini; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma, la dijo él»[385]. Y don Álvaro señalaba también que «fue la primera persona que dio un abrazo de bienvenida a nuestro Fundador en Roma. Y le dijo: cuanto antes conviene que pongan ustedes una casa en Roma, porque aunque fuera de Roma hagan milagros, si no se ven aquí esos milagros, no valen»[386].
Era un verdadero amigo. Por eso, meses más tarde, a través de él solicitó don Álvaro el nombramiento de Prelado doméstico de Su Santidad para el Fundador del Opus Dei, movido por su afecto filial, y además porque ese título honorífico servía para mostrar de modo más patente la secularidad de los sacerdotes del Opus Dei. En 1992, Mons. del Portillo explicaría que «como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. (...) El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento»[387].
También trató mucho al otro Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Tardini. Entre los dos surgió una honda amistad, a pesar de la distancia que les separaba, por la edad y por el cargo. En sus cartas a san Josemaría, con alguna frecuencia aparecen referencias a las invitaciones que Mons. Tardini le hacía para que acudiera y celebrara la Santa Misa en Villa Nazareth[388], un orfelinato que el prelado había fundado en Roma en 1946. Grande era la familiaridad entre ellos, como se aprecia en esta carta: «Tardini hizo que los pequeños le enseñaran la casa [se refiere a un embajador que había acudido de visita a Villa Nazareth], y mientras tanto él y yo —¡asómbrese!— nos quedamos jugando al balón con los otros pequeños»[389]. Y una semana más tarde se repetía la escena: «Con Mons. Tardini, muy bien: el otro día —no sé si lo dije, porque hicimos lo mismo en la semana pasada—, anteayer, estuvimos ¡jugando al foot-ball! él, su hermano y yo: Roba da chiodi!»[390].
Había conocido también al entonces secretario de Mons. Montini, Mons. Travia, a quien produjeron honda impresión la amabilidad, las dotes intelectuales y el espíritu sobrenatural de aquel joven sacerdote. Vio que tenía una personalidad atractiva: sereno, positivo en sus juicios, leal, equilibrado, ajeno a la crítica o a la polémica. Su comportamiento y sus palabras trasparentaban un amor desinteresado a la Iglesia y el sincero deseo de servirla con todas sus fuerzas[391]. También le llamó la atención la precisión y el cuidado que ponía en los aspectos materiales relativos a la encuadernación de los documentos: en esas cualidades vio la ejemplificación práctica de un aspecto sin duda no secundario de las implicaciones, también materiales, contenidas en el mensaje de san Josemaría sobre la santificación del trabajo[392].
Fueron bastantes las personalidades de la Curia Romana con quienes alcanzó un trato de verdadero afecto, ya en esos primeros años. El Cardenal Pizzardo le recibía apenas le llamaba por teléfono, le retenía mucho tiempo, y hablaba del Secretario General del Opus Dei con admiración y agradecimiento. Lo mismo hay que decir de otros eclesiásticos que conoció entonces, que alababan su sentido sobrenatural y cuyo cariño perduró durante toda su vida: el Cardenal Vicario de Roma, Marchetti Selvaggiani; los cardenales (de ellos, algunos, entonces, aún no eran obispos) Agagianian, Ciriaci, Siri, Ottaviani, Palazzini, König, Marty, Samorè...[393].
Su espíritu de fraternidad cristiana se manifestaba de manera particular en la solicitud por los enfermos. Por ejemplo, Mons. Echevarría cuenta que, «en los años de 1950, hizo visitas a un Purpurado que había sufrido una intervención quirúrgica y que, por la imperfección de la técnica quirúrgica propia de aquel tiempo, despedía un olor nauseabundo (...). Don Álvaro permanecía con ese paciente todo el tiempo necesario, aunque luego, al volver a casa, se encontrara muy molesto, pues tenía un olfato muy sensible»[394].
Su círculo de relaciones no se limitó al ámbito eclesiástico. En Roma conoció a muchas personas, con las que estableció una amistad sincera que se prolongaría a lo largo de los años: el ingeniero Castelli —que volverá a salir en este relato más adelante—, el alcalde de Roma, Salvatore Rebechini, el embajador de Irlanda, Joseph Walshe, que fue el primer representante diplomático de su país ante la Santa Sede, etc.
 
 
3. Con san Josemaría en la Ciudad Eterna
 
Dos días después de la reunión de la Comisión de Consultores antes mencionada, don Álvaro se vió obligado a escribir al Fundador: «el caso es que [Larraona] deja este trabajo por otros, y yo me he desgastado casi en absoluto y ni con bromas, ni con cosas sentimentales, ni con razones objetivas le remuevo de su paso de carreta ni le hago anteponer esto a lo demás»[395].
El Subsecretario de la Congregación seguía manteniendo su idea de que era necesario emanar un marco general legislativo para las “formas nuevas”, antes de proceder al Decretum laudis del Opus Dei; y el ritmo con que preparaba la documentación para presentarla a la Plenaria de la Congregación, que era el paso sucesivo, era muy lento: no tenía prisa. Ante esta situación, para obtener cuanto antes la aprobación pontificia, don Álvaro no veía otra alternativa que solicitar a san Josemaría que viajara a Roma: «el único modo de salvar la cosa sería un viaje de Mariano por quince días»[396].
No debió de resultarle fácil la propuesta, porque sabía que, en aquel momento, la salud del Fundador era muy delicada, a causa de la grave forma de diabetes que padecía. Era objetivamente arriesgado obligarle a emprender un viaje largo e incómodo, para después residir en Roma en condiciones materiales poco favorables. De hecho, cuando san Josemaría lo planteó, los médicos lo desaconsejaron vivamente, asegurando que no se hacían responsables de lo que pudiera suceder. Sin embargo, don Álvaro no dudó en proponerlo, consciente de lo que estaba en juego: «así lo veo después de pensarlo mucho»[397], escribió. Y dos días después remachaba: «sigo pensando lo mismo que anteayer. Es evidente que yo estoy desgastado»[398].
La estancia de san Josemaría en Roma aparecía de importancia vital para el futuro del Opus Dei. Y no solo para culminar los asuntos jurídicos, aunque esto era lo prioritario en aquellos momentos. También pensaba don Álvaro que si las personas de la Curia pudieran oír directamente al Fundador, su comprensión sobre la Obra crecería de modo exponencial. De hecho, considera ya lo interesante que sería una entrevista con Mons. Montini, e incluso con el Papa: «Lo ideal sería que comiera [Mons. Montini] en casa estando Usted. Incluso por medio de él podría tener Usted una larga audiencia con el Santo Padre»[399].
Cuando san Josemaría confirmó su viaje, la alegría de don Álvaro fue enorme. Escribió en el diario: «Con la noticia que el Padre nos da de que tiene los pasaportes preparados, estamos Salvador y yo más contentos que unas pascuas, pues damos como seguro que viene. ¡Son cuatro meses ya lejos, materialmente, del Padre! Recorremos el Lungotevere entusiasmados, haciéndosenos la boca agua al pensar en las charlas con el Padre que se avecinan»[400].
Inmediatamente lo comunicó a Mons. Montini[401], y comenzó a preparar el nuevo apartamento que habían alquilado a través de unos conocidos, situado en el ático de un edificio de la plaza de la Città Leonina, junto a la Ciudad del Vaticano. Era propiedad de Luciana Frassati —hermana de Pier Giorgio Frassati, que años después sería beatificado por Juan Pablo II—, que estaba casada con el diplomático polaco Jan Gawronski. Se mudaron entre el 13 y el 15 de junio.
El piso constaba de un vestíbulo, que daba entrada a la pieza central, que servía de comedor y de sala de estar; una habitación que destinaron a oratorio —que era la mejor de la casa—, y otro cuarto que prepararon para el Fundador, el único que tenía cama durante el día[402]. Un pasillo y una terraza cubierta, con vistas a San Pedro y al Palacio Apostólico, completaban la superficie. En la zona de servicio, que estaba en la misma planta pero separada del apartamento, había otro dormitorio. José Orlandis relata que el piso estaba decorado a base de grabados de Sobieski, de Poniatowski, de reyes de Polonia y de señores de Cracovia[403].
Quizá la pieza más apreciada de aquella casa fuera la terraza. Y eso porque, desde allí, en línea recta, uno de los vecinos más próximos era el Papa. Al atardecer, se podían adivinar los movimientos del Romano Pontífice, fijándose en las luces que se encendían y apagaban en el apartamento pontificio.
El día 21, don Álvaro se desplazó con Salvador Canals a Génova, haciendo noche en Viareggio, para recibir a san Josemaría. Venía acompañado por José Orlandis. Hacían el viaje en el J.J. Sister, y durante la travesía se vieron envueltos en una tremenda galerna, en el Golfo de Lyon. Atracaron en el puerto genovés cuando eran casi las once de la noche del 22 de junio.
En el muelle les esperaban don Álvaro y Salvador. Barrían con la mirada el puente del barco, en busca del Fundador. «Y, por fin, ¡el Padre! Él nos ve enseguida. Dice muy contento: ¡los dos: qué alegría que hayáis venido los dos! Después hace bocina con las manos y me grita: ¡tozudo!»[404]. En cuanto desembarcó, se dirigió a don Álvaro: «Aquí me tienes, ladrón: ¡ya te has salido con la tuya!»[405].
Acudieron al Hotel Columbia para pasar la noche. No les sirvieron de cenar, porque el comedor ya estaba cerrado. Como se acercaba también el límite del ayuno eclesiástico para la celebración de la Santa Misa, el Fundador solo pudo tomar un pequeño trozo de queso que le ofreció don Álvaro. Era el postre de su comida del mediodía y lo conservó pensando en san Josemaría, pues en España no era muy conocido: «De postre me ofrecieron un queso que no había tomado nunca, que se llamaba Parmigiano, muy bueno. Me gustó tanto que tomé un poquito y pensé: éste, para nuestro Padre. Cuando llegamos al hotel, se lo di»[406].
Amaneció el domingo 23 de junio de 1946. San Josemaría y don Álvaro celebraron la Santa Misa a las siete y media en una iglesia cercana, e inmediatamente partieron por carretera hacia Roma. Relata José Orlandis: «El coche lo habían alquilado para salir a buscar al Padre, y se portó, desde luego, como un hombre, pues no tuvo en todo el trayecto la más ligera avería. La lluvia no nos dejó un momento en toda la mañana; más que Italia, aquello parecía Escocia. A la 1½ estábamos en Viareggio; paramos a comer, y seguimos adelante; en Livorno ocurrió la única incidencia de la jornada: por no llevar la derecha, la Policía Militar Americana detuvo el coche[407], nos llevó a un cuartel, puso una multa al chófer y ahí acabó todo. Por fin, a las 9½ de la noche apareció la cúpula de San Pedro, y minutos después el coche se detenía ante nuestra casa: el Padre estaba en Roma»[408].
En 1986, Mons. del Portillo recordaba, en una carta a los fieles del Opus Dei, la entrada del Padre en la Ciudad Eterna: «Se han cumplido cuarenta años desde que nuestro queridísimo Fundador llegó a Roma, al caer la tarde del 23 de junio de 1946. Aquel viaje, que no dudó en realizar en circunstancias durísimas, se demostraría providencial para el futuro de la Obra. ¡Con qué emoción rezó un Credo por el Santo Padre nada más divisar la cúpula de la Basílica de San Pedro desde un recodo de la carretera! Se cumplía un ardiente afán de su alma, pues nuestro Padre siempre había deseado viajar a Roma videre Petrum, para ver a Pedro»[409].
Nada más llegar, san Josemaría descubrió que la pequeña terraza del piso de Città Leonina, en línea recta —como se ha dicho—, quedaba muy próxima de las habitaciones pontificias. Le produjo una gran conmoción, y —contaría años después Mons. del Portillo— «se quedó muy emocionado. Llegaba rendido por el viaje, que fue tremendamente duro, porque estaban todas las carreteras machacadas, los puentes no existían (...). Llegó a esa terraza, vio que el vecino más próximo era el Papa, y se pasó la noche haciendo oración, allí, por el Papa. Yo tuve la ingenuidad de contarlo a un amigo mío de la Secretaría de Estado. Y al cabo de tres o cuatro días, en la Curia, todo el mundo se reía de nuestro Fundador. Decían: —Estos españoles son unos fanáticos. No era por ser español, y además aquello no era fanatismo. Era amor del hijo al Padre»[410].
 
 
Una nueva marcha
 
En aquellos años, san Josemaría solía anotar sucintamente algunas de las incidencias de cada jornada en la epacta litúrgica que usaba. Esa costumbre nos permite reconstruir parte de la intensa actividad de sus primeras semanas romanas. A este propósito, hay que señalar otra circunstancia que muestra la profunda unión de don Álvaro con san Josemaría, hasta en detalles muy pequeños. Cada uno utilizaba su propio cuaderno litúrgico, y ambos seguían la costumbre de consignar las citas o visitas de cada fecha en esa agenda. Pues bien, el 27 de junio, a los dos días de llegar el Fundador a Roma, don Álvaro escribe en la suya: «Copio de la Epacta del Padre». A partir de ese momento, y hasta que regresen a España a finales de agosto, las anotaciones de los dos libros resultan absolutamente coincidentes; hasta el detalle más pequeño: una coma, un punto, una abreviatura; incluso el modo de partir las palabras.
Este modo de proceder, que refleja la unión de don Álvaro al Fundador, crea sin embargo una dificultad al biógrafo: a partir de ese momento, a través de las epactas se puede seguir el rastro de las actividades de san Josemaría, pero ya no las de don Álvaro; aunque es cierto que, de ordinario —y así aparece muchas veces escrito—, acuden juntos a las mismas entrevistas, reuniones, etc.
La llegada del Fundador a Roma inauguró una nueva etapa en el itinerario jurídico del Opus Dei y en su expansión apostólica. Como había sucedido desde los comienzos, fue acompañado también de serias estrecheces económicas y físicas. En el pequeño piso de Città Leonina se acomodaron pronto seis inquilinos. Para que todos encontrasen cobijo, de noche era preciso extender colchones y catres en el pequeño vestíbulo de entrada y en el comedor. Don Álvaro vivía en un ensanchamiento del pasillo, donde habían puesto una cama plegable y una silla, ocultas por una cortina[411]. Había mucha pobreza y mucha alegría.
Inmediatamente, comenzó un constante ir y venir de personas que deseaban conocer al Fundador, y de reuniones de trabajo con miembros de dicasterios vaticanos[412]. En la fiesta de san Pedro, san Josemaría recibió una manifestación de afecto de Pío XII. Se trataba de una fotografía del Papa, acompañada de la siguiente dedicatoria autógrafa: «A nuestro amado hijo José María Escrivá de Balaguer, Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, con una bendición especial. Pius Papa XII. Roma, 28 de junio de 1946». Era una muestra del cariño del Papa, y de don Álvaro que había gestionado personalmente ante Mons. Montini ese detalle en previsión de la llegada a Roma del Fundador de la Obra[413]. Como era de esperar, le produjo gran gozo: «ya os podéis imaginar la alegría enorme del Padre», escribirá José Orlandis[414].
La actividad fue incesante. En la página de la epacta correspondiente al último día del mes está escrito: «Mucho jaleo, ¡Mucho!»[415], como subrayando la intensidad del trabajo emprendido. Pero el jaleo no cesó. El 1 de julio se lee: «Hay infinitas cosas, que no anoto»[416] ; y poco más adelante: «todos los días visitas que no se anotan, idas y venidas, etc. etc.»[417]. En todo caso, queda de manifiesto cómo procuraban dar a conocer la naturaleza del Opus Dei en la Curia Romana, aprovechando todos los minutos del día para hablar con cardenales, obispos y oficiales de dicasterios. Y no se trataba de simples entrevistas de cortesía, sino de trabajo: «No se dejan de poner los medios para el decretum».
Había que desbloquear el proceso de promulgación de la Constitución Apostólica sobre las nuevas formas de apostolado, como paso previo a la aprobación pontificia de la Obra. San Josemaría y don Álvaro ayudaron en la redacción de esos documentos, para que no trastocaran el espíritu y la naturaleza del Opus Dei[418]. Tuvieron frecuentes sesiones con el padre Larraona, en la sede del dicasterio vaticano o en el piso de Città Leonina. Corrigieron, retocaron y prepararon para su estudio en la Congregación un proyecto de borrador del documento, siempre con limitaciones, porque el padre Larraona afrontaba las cuestiones desde el punto de vista del estado de perfección, sin entender la secularidad. Para acelerar los tiempos, del 13 al 15 de julio acudieron con el Subsecretario a Fiuggi —un pueblo cercano a Roma—, en un intento de aislarse para trabajar más intensamente. A fin de mes, ambos anotaban en sus epactas: «Estamos empapelados de doctrina canónica»[419].
El 16 de julio, Pío XII recibió en audiencia a san Josemaría. El Fundador se preparó para su primera entrevista con un Papa rezando mucho y pidiendo oraciones a sus hijos. Su emoción fue muy intensa: la misma que sentiría en años sucesivos, antes de cada encuentro con el Vicario de Cristo. La Radio Vaticana se hizo eco del suceso durante su emisión en lengua castellana. El texto del comunicado lo solicitó a don Álvaro el responsable de la emisión, el P. Pérez S.J., quién añadió a la breve reseña un elogioso párrafo sobre el desarrollo de la labor apostólica de la Obra[420].
El Breve apostólico Cum Societatis y la Carta Brevis sane
 
Los esfuerzos produjeron fruto, aunque no fuera todo el deseado. El 23 de julio se reunió la Comisión para el estudio de las “formas nuevas”. El 25, hubo una segunda sesión. El 29, san Josemaría y don Álvaro se trasladaron de nuevo a Fiuggi con el Subsecretario, para trabajar allí hasta el 2 de agosto. El día siguiente escribe san Josemaría en su epacta: «Come en casa el padre Larraona. El Cardenal [Lavitrano] pone pegas. Mañana irá a verle Álvaro con el padre Larraona»[421]. La visita debió de dar buen resultado, porque el 4 anotará: «Por la tarde, Álvaro con el padre Larraona visitan al Cardenal Lavitrano. Parece que todo se arregla»[422].
Sin embargo, el 8 de agosto encontramos una anotación lapidaria: «Por fin, post aquas!» [“después del verano”]. A pesar de tanta dedicación y trabajo, no consiguieron que la Comisión terminara el estudio del decreto sobre los Institutos seculares antes de la pausa estival. Pero esto no les desanimó. En efecto, siguieron ayudando al Subsecretario para que terminara el borrador cuanto antes, y ya el día 9 consignan: «Come en casa el padre Larraona y se queda, como otras veces, a trabajar el decreto de formas nuevas». Acudió en más ocasiones —por lo menos, según consta en la epacta, los días 10, 13, 17 y 21 de agosto—, hasta que el Subsecretario de la Congregación para los Religiosos emprendió viaje a España, el día 24.
Mientras tanto, en el terreno jurídico, algo se había conseguido. El 28 de junio, con el Breve apostólico Cum Societatis[423], Pío XII concedió una serie de indulgencias a los fieles del Opus Dei, al tiempo que alababa los frutos apostólicos alcanzados desde su fundación en 1928: se trataba de un expreso asentimiento pontificio a la labor realizada por la Obra. Además, el 13 de agosto, cuando ya se había decidido que el Decretum laudis se retrasaba hasta después del verano, la Congregación quiso otorgar un documento —la Carta Brevis sane[424]— alabando los fines de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei. El significado de este documento era muy claro: como aún no se podía conceder el Decretum laudis, la Santa Sede declaraba que la institución era digna de estima y que sus fines merecían la aprobación de la Iglesia. Además, la alentaba a continuar su actividad y su desarrollo[425].
Era un modo también de defender a la Obra contra los injustos ataques que padecía. Refiriéndose a la Carta Brevis sane, escribiría después el Fundador: «El Señor hizo que el año pasado obtuviera de la Santa Sede (...) un documento que ya no se acostumbraba a dar desde hace más de un siglo: la Carta o Decreto de alabanza del fin. Sin duda, vieron la necesidad de que poseyéramos enseguida alguna cosa escrita, para defendernos: porque el motivo principal de conseguir alguna aprobación de Roma, aunque de momento no fuera como deseábamos, no ha sido otro más que la realidad de vernos tan duramente perseguidos. Y así, sentirnos amparados para propugnar la verdad objetiva»[426].
Ciertamente, la cuestión jurídica era el gran tema de esas primeras semanas romanas del Fundador. Pero, simultáneamente, imprimió una velocidad mayor a la búsqueda de un inmueble para la futura sede central del Opus Dei (que aparecerá en 1947). El 5 de julio, a los diez días de su llegada, escribe: «Vemos tres villas». Y José Orlandis, en la carta ya citada, describe sus recorridos por Roma para conseguir «muebles, lámparas, radio, etc., más que para esta, para la casa futura, que tiene que ser muy pronto. Se encuentran muchísimas cosas en los anticuarios de por aquí, que resultan muy baratas»[427].
Por otra parte, sabedor de la devoción del Fundador por los primeros cristianos, y también para proporcionarle algún descanso, don Álvaro procuró mostrarle los principales lugares de Roma que hablan de su historia y de su catolicidad. La epacta recoge algunos datos, suficientes para hacernos una idea: el 3 de julio dan un paseo en automóvil por Roma; al día siguiente, celebran la Misa en las catacumbas de san Calixto y acuden a las de san Sebastián, en la Via Appia; el 28, visitan la radio y los jardines vaticanos; el 3 de agosto, celebran ambos en la celda de san José de Calasanz; y el día 11, en las habitaciones de san Ignacio de Loyola.
El padre Larraona era la figura clave en los trabajos para la promulgación de lo que será la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, y para la subsiguiente aprobación pontificia del Opus Dei; por eso, cuando marchó de vacaciones, se produjo un parón inevitable en las gestiones. Ante esa situación, san Josemaría decidió regresar a España con don Álvaro, para ocuparse de los cursos de formación espiritual, teológica y ascética de los fieles del Opus Dei —hombres y mujeres—, que se estaban desarrollando durante los meses de julio y agosto en Molinoviejo y en Los Rosales. Viajaron en avión a Madrid el 31 de agosto. Además, estaban ultimando su preparación presbiteral seis fieles del Opus Dei que iban a ser ordenados sacerdotes a finales del mes siguiente.
Del 1 al 30 de septiembre ambos se moverán entre Madrid, Molinoviejo y Los Rosales, realizando una amplia labor sacerdotal y de gobierno: atención de los fieles de la Obra, visitas a obispos, organización de los apostolados en España para el curso académico siguiente, etc. El 29 de septiembre se celebraron las ordenaciones sacerdotales, en Madrid: era la segunda promoción de presbíteros de la Obra[428].
 
 
4. El Opus Dei, institución de derecho pontificio
 
Finalizado el verano, había que retomar las gestiones jurídicas en la Curia Romana. El 4 de octubre, en carta a los de Roma, don Álvaro resumía el mes transcurrido en España y anunciaba su próxima llegada a la Ciudad Eterna: «Muy queridos Salvador e Ignacio: escribo poco, porque no hay tiempo y porque creo que llegaré en el avión del próximo 19. ¡Seis sacerdotes más! Ha habido tanto trabajo en estos días, que no están aún a punto fotografías para enviaros»[429]. No era solo un mensaje para anunciar el regreso. Don Álvaro quería transmitir la cercanía de toda la Obra a los dos que se habían quedado en Italia durante el verano, y avivar en ellos ese mismo sentir. Quizá por eso añadía: «Procurad apretar, con vuestros estudios y plan de vida, cumplimiento de normas..., a todo lo que lleva el Padre entre manos»[430].
No se conformó con esa carta. A los pocos días enviaba otra, con un primer párrafo en un italiano macarrónico, con el fin de hacer reír a los dos romanos: «Carissimi fratelli romani: fra otto giorni sarò, se Iddio vuole, in Roma, in mezzo a voi. Si capisce che andrò per via aerea, cioè, che sarò fra voi il 19 mattina. Questo è veramente scrivere benissimo italiano: quattro o cinque errori ogni riga, non fanno mica male. Malgrado tutto credo di farmi capire. E poi a poco a poco, man mano, questo italiano diventerà addirittura manzoniano. Ma perché ridi, Salvatore?»[431].
El 19 de octubre don Álvaro estaba de nuevo en Roma. El Fundador llegó el 8 de noviembre. Hasta ese momento —de nuevo, la agenda litúrgica nos ofrece información precisa— realizó abundantes visitas a personas de la Santa Sede.
La nueva estancia en Roma de san Josemaría transcurrió de modo similar a la anterior: visitas, gestiones, trabajos... En la relación de actividades que reporta la epacta, cabe subrayar una anotación que tendrá mucha resonancia en los años siguientes. El 24 de noviembre, escribe el Fundador: «Vemos la “Villa Tevere”»[432]. Y es que, en medio del ajetreo canónico, no habían cejado en sus búsquedas de una casa adecuada, grande. No se trata, sin embargo, del inmueble situado en Viale Bruno Buozzi, que descubrirán en febrero de 1947, sino de alguna vivienda, que luego descartarían. Esas visitas a edificios y fincas de Roma seguían siendo infructuosas, pero al menos habían dado ya con el nombre que tendría la futura sede central del Opus Dei.
El mes de diciembre trajo dos acontecimientos jubilosos. El día 8, san Josemaría fue recibido de nuevo en audiencia por el Papa. Y el 27, arribaron a Roma cinco mujeres del Opus Dei. El Fundador y don Álvaro fueron a recogerlas al aeropuerto de Ciampino en dos automóviles.
Un episodio sucedido en el aeródromo, narrado por una de las protagonistas, pone de manifiesto, una vez más, la unión y respeto de don Álvaro por el Fundador. «Íbamos cargadísimas de paquetes y de equipaje de mano, para evitar los gastos de sobrepeso. Los descargamos en el primer espacio libre que encontramos en la aduana. Eso sí, cargadas hasta las cejas, con vestido sobre vestido (...). Ya en la salida vimos dos coches: delante de uno estaba don Álvaro con nuestras cinco maletas y cerca otro coche vacío. El Padre dijo: —Las que queráis os vais con don Álvaro y las otras conmigo. Y las cinco nos lanzamos detrás del Padre en el asiento posterior (...). Tengo clavado el gesto de aprobación de don Álvaro viendo que le dejábamos solo con las maletas. Incluso hizo una señal de aplauso, y su cara de alegría viendo que habíamos elegido irnos con el Padre»[433].
Tres de las recién llegadas se instalaron en una parte del pequeño piso de Città Leonina, separada de la que ocupaban los varones; y las otras dos, primero en casa de unos conocidos y, al poco, en una residencia cercana. Entre todas, empezaron a ocuparse de la administración doméstica de la casa, y a colaborar en lo que podían con el Fundador.
Aumentaron las dificultades monetarias —eran cinco personas más— y también, si cabe, el movimiento en el apartamento, puesto que san Josemaría aprovechó las habilidades culinarias de sus hijas para invitar a almorzar —y a charlar— a muchos eclesiásticos de Roma, que no se percataban de los pocos medios materiales. La estrechez económica quedaba oculta por la limpieza y el buen gusto con que estaba puesto todo, desde el mobiliario hasta la comida[434].
En aquel invierno, que sería recordado en los anales europeos por sus temperaturas polares y sus malas cosechas, san Josemaría y sus hijas e hijos del Opus Dei que vivían en Roma pasaron hambre y frío. Recordemos que solo en junio del año siguiente los Estados Unidos pusieron en marcha el Plan Marshall, que contribuyó a recomponer la desolada economía de algunos países del viejo continente.
Llegó el 2 de febrero de 1947. Con esa fecha, el Papa Pío XII promulgó la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, que creaba la figura de los Institutos seculares y regulaba su normativa[435]. Pocos días más tarde, el 13, el pleno del Congreso de la Sagrada Congregación de Religiosos emitió parecer favorable a la Aprobación Pontificia del Opus Dei. El 24 del mismo mes, el Papa confirmó la decisión de la Congregación, y otorgó el Decretum laudis, por el que erigía la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei como Instituto secular de derecho pontificio[436].
Aquel día, según narra el diario de Città Leonina, «después de la tertulia salimos con el Padre y don Álvaro en el coche. Fuimos al Parioli a casa del Cardenal Lavitrano. Don Álvaro subió a verle», y el Prefecto le comunicó la firma del Decretum laudis. «Una vez en marcha el Padre recitó el “Te Deum”, que nosotros seguíamos en silencio. Desde allí fuimos a San Silvestre [plaza donde se encontraba la sede central de Telégrafos] para poner un telegrama a Madrid»[437]. Concluían así aquellos meses de intenso trabajo, aunque se trataba solo de un eslabón en el largo iter canónico que aún debería recorrer el Opus Dei hasta llegar a su solución jurídica definitiva en 1982, cuando fue erigido en Prelatura Personal por el Beato Juan Pablo II.
Es difícil vislumbrar en la documentación existente cómo se prodigó don Álvaro para allanar el camino al Fundador; en este caso, la tramitación de cuestiones jurídicas con la Curia Romana. La epacta, como hemos visto, da noticia de parte de las visitas y gestiones, pero no es capaz de recoger las horas de trabajo dedicadas a estudiar las posibilidades, o la fidelidad a la mens del Fundador hasta en los modos de decir. Algo se lee en las cartas que escribe a san Josemaría —más de veinte en los meses que vivieron separados en este periodo—, reseñando las diversas gestiones. Las relaciones testimoniales de quienes convivieron con él aluden a ese ambiente, pero los propios interesados reconocen que se daban poca cuenta de las dificultades.
San Josemaría sí era consciente de esa lealtad y, aquí y allá, dejó que se entreviera. Por ejemplo, en una carta de mediados de diciembre a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, se lee: «Álvaro, hecho un héroe por esta Curia romana: todo el mundo le conoce y le quiere»[438].
Años después, en 1956, durante una meditación a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, al mencionar el Derecho particular del Opus Dei, el Fundador hizo el siguiente inciso: «Y aquí dedicaré un parrafito a don Álvaro. ¡Si hubieseis visto con qué respeto y con qué sentido sobrenatural me ayudó!, aquí y en otros puntos, proponiendo una palabra más clara, una expresión más acertada, dándome luz... Aunque esté delante lo digo, y aunque él no quiere que lo diga, que se humille. Esto conviene que lo sepáis»[439].
San Josemaría quiso que quedase constancia de esta realidad en más sitios. En el borrador de un texto dirigido a los fieles del Opus Dei en enero de 1957, anotó de su puño y letra, para que lo tuviera en cuenta el redactor: «Es preciso hablar de la colaboración —llena de delicadeza— de don Álvaro, que yo he querido hacer constar siempre, aun en algún documento enviado por mí a la Santa Sede, aunque don Álvaro pretendía convencerme para que no constase». Y, para no dejar espacio a dudas, escribió al margen de esa hoja: «Deseo que se archiven estas dos cuartillas»[440].
 
 
5. Servicios a la Curia Romana
 
Tras la promulgación de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, el 2 de febrero de 1947 se instituyó una comisión en la Sagrada Congregación de Religiosos, con el fin de redactar las normas de aplicación y para tramitar la aprobación de los futuros Institutos seculares.
La pericia y capacidad de trabajo mostradas por don Álvaro a lo largo de los meses precedentes no habían pasado inadvertidas en la Curia Romana. De modo que, a la hora de buscar Secretario para el nuevo organismo, se pensó en él. El nombramiento se realizó el 25 de marzo de ese año, apenas un mes y medio después de la creación de los Institutos seculares, y la comisión quedó compuesta además por los padres M. Suárez O.P., J. Grendel S.V.D., A. de Langasco O.F.M., J. Creusen S.J. y S. Goyeneche C.M.F.[441]. A partir de entonces, dedicó las mañanas al trabajo en la Congregación, en el Palacio de San Calixto en el Trastevere.
El nuevo cargo le exigió muchas energías[442], por varios motivos. En primer lugar, porque «su horario era sumamente apretado, lo que no le impedía atender adecuadamente los diversos frentes de trabajo, siempre informados por su vida de piedad. Comenzaba a trabajar en San Calixto a las 8,30. Antes dedicaba media hora a la meditación, seguida de la Santa Misa»[443].
Además, en aquellos momentos fueron numerosas las instituciones que solicitaron su aprobación a la Santa Sede. Pero, quizá de modo especial, la mayor fatiga provenía de que en el seno de la Congregación no se alcanzaba a entender una de las características fundamentales de las “nuevas formas”: la secularidad. Don Álvaro tuvo que empeñarse a fondo para explicarla, difundirla y defenderla.
Bajo sugerencia suya[444], se realizó un estudio que culminó en el Motu proprio Primo Feliciter[445]. A este propósito, es interesante recoger la precisión que ha señalado Mons. Echevarría en su testimonio: «Ya desde entonces, con su clara inteligencia y con la prudencia del buen gobernante, (...) entendió lo que desde hacía tiempo había repetido san Josemaría: que la vestidura jurídica que entonces tenía el Opus Dei no era la oportuna: el Fundador se había visto obligado a “conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar” cuando se presentase el momento adecuado. Entre los esfuerzos que hizo (...) para colaborar a que no se enturbiara la figura de los Institutos seculares, está el hecho de que habló muchas veces con el padre Arcadio Larraona, entonces Subsecretario de la Congregación de Religiosos, instándole a que no se aprobasen como Institutos seculares instituciones que eran auténticas Congregaciones religiosas»[446]. A pesar de eso, con el pasar del tiempo se fueron erigiendo como Institutos seculares realidades que eran más propias de la vida consagrada[447].
Mons. Echevarría también se ha referido al espíritu con que desempeñó aquel servicio. «Nunca hablaba de sus trabajos en servicio de la Santa Sede. La prudencia la llevaba al extremo de no referirse ni siquiera genéricamente a las cuestiones que había estudiado. No quería lucirse, le interesaba exclusivamente servir a la Iglesia. Tampoco le he oído quejarse o hablar desairadamente de las otras personas que trabajaban en los mismos asuntos, o de quienes podían manifestar una opinión diferente de la suya. Su prudencia le llevaba a tener presente que es preciso recoger todas las luces, escuchar los más variados pareceres, para decidir con responsabilidad. He conocido a posteriori (...) que ayudó a muchos eclesiásticos y a muchas instituciones cuando, por distintas circunstancias, tropezaban con dificultades»[448] .
Se conserva fotocopia de una carta del 2 de septiembre de 1949 dirigida a Mons. Roberto Ronca, Obispo de Pompeya, y a don Claudio Righini, a propósito de la aprobación de un instituto de esa diócesis, que refleja la actitud con la que don Álvaro estudiaba los estatutos y reglamentos sometidos a su dictamen. Después de ofrecerles su ayuda en el ámbito jurídico, subraya que no entrará para nada en lo que se refiera al espíritu y a la organización interna, porque «para mí son campo prohibido, ya que en esto el Espíritu Santo ilumina directa y únicamente al Fundador de cada Instituto»[449].
A través de la comisión para los Institutos Seculares, don Álvaro conoció a personalidades de relieve en la vida de la Iglesia de aquellos años. Así, trató al padre Agostino Gemelli, que, con Armida Barelli, tramitaba el instituto Missionariæ Regalitatis Domini Nostri Iesu Christi. En la correspondencia existente entre ellos y don Álvaro, se ve el aprecio que le guardaron por sus atenciones[450]. Trató también al padre Perrin y a la señora Solange[451], quienes acudieron a consultarle con frecuencia en esos años; a Mons. Hervás, Obispo de Mallorca y de Ciudad Real, promotor de los Cursillos de Cristiandad, etc.
En abril de 1949, fue nombrado Miembro de la Comisión de los Congresos del Comité Central para el Año Santo de 1950[452]; y en noviembre, Vocal de la Comisión Ejecutiva para la Recepción de Peregrinos Españoles[453]. Precisamente con ocasión de esa efemérides, acudieron a Roma su madre y algunos de sus hermanos, a quienes atendió con todo cariño, y consiguió que fueran recibidos en audiencia privada por el Papa. Su hermano Carlos recordaba que, en aquella ocasión, Pío XII, «tras saludar a Álvaro con un cariñoso: ¡hola, ingeniero!», les comentó que «a nosotros nos debía suceder como las cerezas, porque Álvaro iría tirando de uno tras otro para el Cielo»[454].
Llegó un momento, en agosto de 1949, en que ya le resultaba imposible compatibilizar este trabajo con sus deberes como Procurador General del Opus Dei[455], y solicitó al Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos que se le reemplazara en cuanto fuera factible. De acuerdo con san Josemaría, sugirió como sustituto a don Salvador Canals[456], que había recibido la ordenación sacerdotal en noviembre de 1948, era doctor en Derecho civil y en Derecho canónico, y estaba muy versado en la legislación sobre los Institutos seculares. A la vez que pedía ser sustituido, don Álvaro no dejó de manifestar su disponibilidad para prestar asesoramiento cuando se viera oportuno, como sucedió con frecuencia.
Su competencia y abnegación motivaron que recibiese otros encargos. En diciembre de 1950, volveremos a verle en la Congregación de Religiosos ocupado en la preparación de diversos documentos[457]. Y unos años más tarde, el 16 de febrero de 1955, sería nombrado Consultor de ese dicasterio[458].
 
 

[329] Cfr. San Josemaría, Carta 31-V-1943, n. 1 (AGP, serie A-3, leg. 92).

[330] San Josemaría, Carta 9-I-1931, n. 85 (AGP, serie A-3, leg. 91).

[331] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 31 (AGP, serie A-3, leg. 89, carp. 1, exp. 1).

[332] San Josemaría, Camino, n. 573.

[333] Cfr. San Josemaría, Carta 7-X-1950, n. 18, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei..., op. cit., vol. III, p. 23.

[334] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460302.

[335] En esos primeros meses después de la guerra había mucha inseguridad. Atravesar el paso del Bracco de noche era muy arriesgado (cfr. Orlandis, J., Mis recuerdos, op. cit., pp. 41-50).

[336] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460302. José Orlandis, en el libro Mis recuerdos, p. 50, precisa que eran las 12 de la noche del 27, y que mientras cruzaban el portal de la casa, sonaban las horas en el reloj del “Palacio Madama”, una de las sedes del parlamento italiano.

[337] La Obra Pía Española, entidad eclesiástica surgida en el siglo XIV, tiene como objeto atender a peregrinos que acuden a Roma, prestar ayuda a sacerdotes que estudian en las universidades pontificias de la Urbe, ofrecer limosnas al Papa, rezar por los difuntos y otras obras de caridad. Cuenta con un importante patrimonio inmobiliario y también alquila viviendas a particulares.

[338] Cfr. Orlandis, J., Mis recuerdos, op. cit., p. 28.

[339] Cardenal Enrique Pla y Deniel, Arzobispo de Toledo.

[340] Cardenal Manuel Arce Ochotorena, Arzobispo de Tarragona.

[341] El P. Siervo Goyeneche, claretiano, trabajaba en la Sagrada Congregación de Religiosos. Conocía a don Álvaro desde su viaje a Roma en 1943.

[342] Cardenal Manuel Gonçalvez Cerejeira, Patriarca de Lisboa.

[343] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460302.

[344] Dom Aureli Maria Escarré Jané, O.S.B., Abad coadjutor de Montserrat.

[345] Dom Celestino Gusi, O.S.B., monje benedictino de Montserrat. Años más tarde fue Abad en Filipinas.

[346] Dom Gregorio Suñol, O.S.B., Director del Instituto de Música Sacra de Roma.

[347] No he podido averiguar quien es ese Ignacio C., aunque por el contexto, debe de tratarse de alguien que participaba en los medios de formación de la Obra, bien conocido por san Josemaría.

[348] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460302. Como se ve en este párrafo, y en otros que seguirán, Álvaro escribe en un tono familiar, coloquial, sin usar frases excesivamente formales, y empleando, a veces, apelativos cariñosos para designar a las personas que menciona.

[349] Ibid.

[350] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 114.

[351] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460302.

[352] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460327.

[353] Cfr. Testimonio de José Orlandis Rovira, AGP, APD T-0262, p. 3.

[354] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460327.

[355] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460403.

[356] Cfr. Diario de Piazza Navona, anotación del 28-III-1946: AGP, serie L.1.1, 4-2-1.

[357] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460405.

[358] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460403.

[359] Cfr. ibid.

[360] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 397.

[361] Escribía a san Josemaría, en carta redactada entre el 3, 5 y 10 de abril: «Ayer [9 de abril] fue Salvador a entregarle 7 copias para los Consultores de la Comisión, en plan de folleto, de todas las Comendaticias que tenemos aquí, y que gustaron muchísimo al P. Larraona. Como se las hemos hecho en un día, se ha quedado encantado: “¡Son Vds. unos bravos!”» (Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460403).

[362] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460419.

[363] Se trata del referendum que llevaría a la instauración de la República en Italia (cfr. Vázquez de Prada, Á., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 26).

[364] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460608.

[365] De Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 155.

[366] Ibid.

[367] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460327.

[368] Cfr. Nombramiento de Postulador General del Opus Dei (Madrid, 15-XI-1947), AGP, APD D-18636. Como se dijo en la p. 237, el Siervo de Dios Isidoro Zorzano Ledesma, Ingeniero industrial y miembro del Opus Dei, había fallecido en julio de 1943 en Madrid. En 1948 se abriría en Madrid el Proceso informativo para su Causa de Canonización.

[369] Diario de Roma, anotación del 17-V-1946: AGP, serie L.1.1, 4-2-2.

[370] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460302.

[371] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460327.

[372] La expresión “pitar” se empleaba frecuentemente en aquellos años con el significado de “dar el rendimiento esperado” (cfr. Diccionario de la Real Academia de la Lengua), hacer bien las cosas.

[373] Ibid. Sobre la afección lumbar de don Álvaro, cfr. Testimonio de José Orlandis Rovira, AGP, APD T-0262, p. 6.

[374] Cfr. San Josemaría, Surco, op. cit., n. 960: «Custos, quid de nocte! —¡Centinela, alerta! Ojalá tú también te acostumbraras a tener, durante la semana, tu día de guardia: para entregarte más, para vivir con más amorosa vigilancia cada detalle, para hacer un poco más de oración y de mortificación. Mira que la Iglesia Santa es como un gran ejército en orden de batalla. Y tú, dentro de ese ejército, defiendes un “frente”, donde hay ataques y luchas y contraataques. ¿Comprendes? Esa disposición, al acercarte más a Dios, te empujará a convertir tus jornadas, una tras otra, en días de guardia».

[375] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460419.

[376] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460405. Las referencias son a José María González Barredo, que se había trasladado a Estados Unidos por motivos de trabajo; a Los Rosales, que ya hemos mencionado anteriormente; y a los seis fieles del Opus Dei que se estaban preparando para recibir la ordenación sacerdotal a finales de verano.

[377] Cfr. Testimonio de Rosalía López, AGP, APD T-18545, p. 1.

[378] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460327.

[379] Ibid.

[380] Vivía refugiado en Roma, y era compañero de estudios de José Orlandis y Salvador Canals en la Universidad del Laterano. No podía regresar a su país, pues estaba integrado en la nueva Yugoslavia de Tito. Se ordenó sacerdote en 1958 y falleció en accidente aéreo en 1968. Para más información, vid. José Orlandis Rovira, Mis recuerdos, op. cit., pp. 77-96.

[381] Orlandis, J., Mis recuerdos, op. cit., p. 90.

[382] Ibid., p. 92.

[383] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 96.

[384] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460405. Se refiere a José Orlandis Rovira.

[385] San Josemaría, Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 21-VI-1963: AGP, Biblioteca, P01.

[386] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 29-VIII-1988: AGP, serie B.1.4 T-880829.

[387] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., pp. 17-18.

[388] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 23.

[389] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-481216. Acudió acompañado de Joaquín Ruiz-Jiménez, Embajador de España ante la Santa Sede.

[390] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-481223. La expresión italiana “Roba da chiodi!”, podría traducirse por: “¡de locos!”, o “¡qué locura!”.

[391] Cfr. Testimonio de Antonio Maria Travia, AGP, APD T-15853, p. 1 (Traduzco del original italiano: «Mis primeras impresiones confirmaban la opinión que había suscitado en quienes le habían conocido antes que yo, o inmediatamente después: don Álvaro del Portillo tenía cualidades humanas —intelectuales y morales— de relieve, que configuraban una personalidad atractiva: sereno, positivo en los juicios, leal, equilibrado, ajeno a toda crítica o polémica. Sus modales y sus palabras trasparentaban un amor desinteresado a la Iglesia y el deseo sincero de servirla totalmente. Era fácil deducir que estas eran las características que el Fundador quería que informasen las actividades del Opus Dei. Álvaro era un ejemplo elocuente»).

[392] Cfr. ibid. («En aquel tiempo yo trabajaba como secretario de Mons. Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado. En pocos meses, las relaciones con don Álvaro se hicieron bastante frecuentes, porque vino varias veces a mi oficina para traerme el proyecto de texto de la Const. Provida Mater Ecclesia, preparado por la S. C. de Religiosos, que debía revisar el Sustituto y pasarla después, impresa, al Santo Padre. Recuerdo, de modo particular, la precisión y el cuidado de las cosas materiales que inspiraban sus sugerencias en vistas a la futura encuadernación del documento. En estas cualidades yo vi la ejemplificación práctica de un aspecto sin duda no secundario de las implicaciones, también materiales, contenidas en el mensaje del Fundador del Opus Dei sobre la santificación del trabajo»).

[393] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 554.

[394] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 559.

[395] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría AGP, APD C-460610.

[396] Ibid. Mariano era el cuarto nombre de bautismo de san Josemaría, quien lo usaba frecuentemente como firma para expresar su devoción a la Virgen.

[397] Ibid.

[398] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460612.

[399] Ibid.

[400] Diario de Città Leonina, anotación del 16-VI-1946: AGP, serie L.1.1, 4-2-2.

[401] Del Portillo, Á., Carta a Mons. Giovanni Battista Montini, AGP, APD C-460620.

[402] Cfr. “Relación de Alberto Martínez Fausset de la estancia del Fundador del Opus Dei en el apartamento de Piazza della Città Leonina (1947) y plano del apartamento”, en AGP, D-15442; y Carta de san Josemaría a sus hijas de la Asesoría Central, desde Roma, en EF-470117-1.

[403] Cfr. Carta de José Orlandis a Pedro Casciaro, 26-VI-1946, AGP, serie A.2, 49-1-1. Esta carta fue escrita en varios días, y aunque lleva la fecha del 26 de junio, no fue enviada hasta el 30.

[404] Diario de Città Leonina, anotación del 22-VI-1946: AGP, serie L.1.1, 4-2-2.

[405] Ibid. “Ladrón” era una expresión cariñosa que usaba san Josemaría con frecuencia al dirigirse a sus hijos espirituales, porque, decía, le “robaban” el corazón.

[406] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 10-IV-1979, AGP, serie B.1.4 T-790410.

[407] Recuérdese que Italia permanecía aún bajo régimen de ocupación militar aliada.

[408] Carta de José Orlandis a Pedro Casciaro, 26-VI-1946, AGP, serie A.2, 49-1-1.

[409] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 1, n. 242.

[410] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 29-II-1988, AGP, serie B.1.4 T-880229.

[411] Relato de Alberto Martínez Fausset, AGP, serie A.2, 23-1-7.

[412] Cfr. Testimonio de Ignacio Sallent, AGP, APD T-0617, p. 4.

[413] Cfr. del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-460612).

[414] Carta de José Orlandis a Pedro Casciaro, del 26-VI-1946, AGP, serie A.2, 49-1-1.

[415] San Josemaría, Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-8.

[416] Del Portillo, Á., Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-7.

[417] Ibid.

[418] Cfr. Testimonio de Ignacio Sallent, AGP, APD T-0617, p. 4.

[419] Del Portillo, Á., Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-7.

[420] Cfr. AGP, serie A.2, 49-1-1.

[421] Del Portillo, Á., Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-7. El Cardenal mencionado es Lavitrano, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos.

[422] San Josemaría, Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-8.

[423] Cfr. el Breve Apostólico Cum Societatis (28-VI-1946), en de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., Apéndice 19, pp. 529-531.

[424] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., Apéndice 21, p. 532.

[425] Cfr. ibid., p. 162.

[426] San Josemaría, Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n. 167, cit. en de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 162.

[427] Carta de José Orlandis a Pedro Casciaro, 26-VI-1946, AGP, serie A.2, 49-1-1.

[428] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 21.

[429] Del Portillo, Á., Carta a Salvador Canals e Ignacio Sallent, AGP, APD C-461004.

[430] Ibid.

[431] “Queridos romanos: dentro de ocho días estaré, si Dios quiere, en Roma, con vosotros. Se entiende que iré en avión; es decir, que llegaré el 19 por la mañana. Como veis escribo muy bien italiano: cuatro o cinco errores en cada línea, no se notan. A pesar de todo, espero que me entendáis. Y más adelante, poco a poco, mi italiano llegará a ser incluso manzoniano. ¿Por qué te ríes, Salvador? ” (Del Portillo, Á., Carta a Salvador Canals e Ignacio Sallent, AGP, APD C-461011).

[432] San Josemaría, Epacta, 1946, AGP, serie A.3, 180-8.

[433] Testimonio de Dorotea Calvo Serrador, AGP, APD T-0147, pp. 2-3.

[434] Cfr. Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, serie A.5, 232-1-2.

[435] Constitución Ap. Provida Mater Ecclesia, sobre los Estados Canónicos e Institutos Seculares para adquirir la perfección cristiana (AAS 39 (1947), pp. 114-124).

[436] Decreto Primum Institutum, 24-II-1947, en de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., Apéndice 22, pp. 532-535.

[437] Diario de Città Leonina, anotación del 24-II-1947: AGP, serie M.2.2, D 426-20.

[438] Carta de san Josemaría a Mons. Leopoldo Eijo y Garay, 16-XII-1946, AGP, serie A.3.4, 259-01.

[439] San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 29-III-1956, AGP, serie A.4, m560329.

[440] San Josemaría, AGP, serie A.3, 232-3-30.

[441] Cfr. Decreto para la creación de la Comisión especial para los Institutos Seculares (AAS 39, 1947, pp. 131-132).

[442] A finales de 1947, concretamente el 15 de diciembre, para aligerar algo la mole de trabajo, don Álvaro pidió que otro miembro del Opus Dei, el abogado Alberto Taboada, comenzara a trabajar con él en la Congregación.

[443] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 186.

[444] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 682.

[445] Cfr. AAS 40 (1948), pp. 283-286.

[446] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 682.

[447] Cfr. ibid.

[448] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 683.

[449] Traduzco del italiano el párrafo central de la carta: «Su Excelencia y Usted saben que estoy siempre a su disposición, para ayudar en lo que me sea posible, en el ámbito jurídico, recordando siempre que el espíritu y la organización interna para mí son campo prohibido, ya que en esto el Espíritu Santo ilumina directa y únicamente al Fundador de cada Instituto, que debe dar la propia y específica fisonomía espiritual a su obra: la fisonomía genérica, en cambio, se encuentra en las leyes propias emanadas por la Iglesia para todos los Institutos, y en esto ayudaré, con mucho gusto, si su Excelencia lo considera oportuno» (Del Portillo, Á., Carta a Mons. Ronca, AGP, APD C-490902-03).

[450] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas a Agostino Gemelli, AGP, APD C-480108 y AGP, APD C-480127, y Carta a Armida Barelli, AGP, APD C-490902.

[451] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 121.

[452] Cfr. Nombramiento de Miembro de la Comisión de los Congresos del Comité Central para el Año Santo de 1950, Ciudad del Vaticano, 4-IV-1949, AGP, APD D-18995.

[453] Cfr. Nombramiento de Vocal de la Comisión Ejecutiva para la Recepción de Peregrinos Españoles en el Año Santo de 1950 (Roma, 5-XI-1949), AGP, APD D-18996. Al término del Año Santo, el “Comitato Accoglienza Spagnolo” del Año Santo le otorgó un diploma de honor en agradecimiento por sus servicios.

[454] Testimonio de Carlos del Portillo Diez de Sollano, AGP, APD T-0609, p. 35.

[455] Como se verá, por entonces habían comenzado las obras de remodelación de la Sede Central del Opus Dei en Roma, y don Álvaro había sido ya nombrado Rector del Colegio Romano y Consiliario de Italia.

[456] Cfr. Apuntes de Salvador Canals, 08-VIII-1949, AGP, APD-10332. Como sabemos, era uno de los primeros miembros del Opus Dei que se trasladó a vivir en Roma.

[457] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-501222.

[458] Cfr. Nombramiento de Consultor de la Sagrada Congregación de Religiosos, Ciudad del Vaticano, 16-II-1955, AGP, APD D-17007.

Capítulo 11 Villa Tevere
 
El Fundador consideraba que el Opus Dei debía ser “romano” también geográficamente, y Mons. Montini y Mons. Tardini, por su parte, le habían confirmado en su determinación de disponer cuanto antes de una casa amplia, que pudiera ser la sede central. El propio don Álvaro había emprendido la búsqueda de un inmueble en el mes de marzo de 1946, y cuando san Josemaría llegó a la Ciudad Eterna, en junio, dio un nuevo impulso a las gestiones: era «imprescindible adquirir casa»[459], aunque no tuvieran los medios económicos para lograrlo. Por eso, pedía a los de España que rezasen para que se hiciese, «con la gracia de Dios, un milagro muy grande»[460].
Con esa perspectiva, en octubre de ese año el Fundador nombró a don Álvaro Procurador General, con la idea de que el cargo le facilitara los trámites correspondientes ante el Vaticano y ante las autoridades civiles. Como sabemos, el nombre para la futura casa ya estaba decidido: se llamaría Villa Tevere[461].
 
 
1. Una sede central para el Opus Dei
 
Las pesquisas para encontrar la sede se intensificaron en las primeras semanas de 1947: fueron muchas las conversaciones con diferentes personas y las caminatas por la ciudad de Roma a la búsqueda de edificio[462]. El 31 de enero, san Josemaría escribía a sus hijas de Madrid: «Continuamos, por aquí, en espera de que se resuelva el problemita de la casa»[463].
La dificultad fundamental para llegar a puerto era de orden económico. A la escasez monetaria de los futuros compradores había que añadir «la cadena de intermediarios. Si el dueño recibía como diez, el comprador tenía que pagar como mil (...), y no teníamos dinero»[464]. En estas gestiones, resultaron providenciales las amistades que don Álvaro había forjado en Roma. A través del embajador de España ante el Quirinal conocieron a la duquesa Virginia Sforza-Cesarini, quien a su vez les puso en contacto con el conde Gori Mazzoleni, propietario de una villa en el barrio del Parioli, en la calle Bruno Buozzi.
San Josemaría y don Álvaro fueron a ver el inmueble el 8 y el 9 de febrero, e inmediatamente se convencieron de que era lo que necesitaban. Se trataba de una finca suficientemente amplia, con una casa de principios de siglo, de estilo florentino, y con terreno alrededor para edificar. Disponía además de cierta historia, porque —hasta poco antes— había sido sede de la Embajada de Hungría ante la Santa Sede, y el Cardenal Eugenio Pacelli, después Pío XII, la había visitado siendo Secretario de Estado, con motivo de una recepción ofrecida por el regente Horthy[465]. Comentaron el hallazgo con Mons. Montini, y este les «recomendó tomarla cuanto antes. Además, añadió, el Santo Padre —era Pío XII— se pondrá muy contento, porque ha estado allí varias veces. Le dará alegría que se encuentre en sus manos»[466].
Tras sopesar los pros y los contras, a principios de marzo comenzaron las negociaciones, que se prolongaron durante un mes: no era demasiado tiempo, si se tiene en cuenta que carecían de dinero. Lo que faltaban no eran los deseos, sino las liras. En las conversaciones con el dueño, contaba don Álvaro años después, «logramos reducir mucho la cantidad que había fijado, hasta tal punto que parecía un regalo: dos o tres años más tarde hubiera valido treinta o cuarenta veces más. Pero ni siquiera disponíamos de esa pequeña cantidad»[467].
Aparte de pedir ayuda a amigos y conocidos, pensaron en hipotecar la casa con el fin de obtener fondos. Pero, para eso, necesitaban tener el título de propiedad; este, a su vez, no se podía conseguir sin pagar al menos una parte del precio. Entonces, san Josemaría encargó a don Álvaro una gestión aparentemente imposible: convencer al propietario de que les vendiese la casa sin cobrar, entregándole solamente como fianza unas monedas de oro, que guardaban para confeccionar dos vasos sagrados y que, por tal motivo, el Fundador no quería perder. «Por eso se estipuló en el contrato que, cuando pagásemos, tenía que devolvérnoslas. Total, que se adquirió la casa, comprometiéndonos a pagarla en dos meses. El dueño sólo señaló una condición: —Tienen que pagarme en francos suizos. Se lo comenté al Padre y, con buen humor, me respondió: —No importa nada, porque nosotros no tenemos ni liras ni francos, y al Señor le es igual una moneda que otra»[468].
En estos párrafos, de carácter autobiográfico aun sin pretenderlo, don Álvaro no logra ocultar su papel protagonista en esos trámites: se encargó de negociar la adquisición de la villa, de rebajar el precio inicial hasta una cantidad mínima, y de convencer al propietario para que aceptara como garantía el adelanto de unas pocas monedas de oro.
El componente humano de esta operación —aparte de las muchas oraciones— fue la confianza que infundía don Álvaro en las personas que conocía y trataba. Probablemente, si no hubiera sido por él, no se hubiera cerrado tan pronto la compraventa, porque solo la certeza del vendedor en la honradez del comprador, podía avalar una transacción en la que se proponía pagar con el importe de una futura hipoteca, que aún se debía negociar con un Banco, sobre una casa ¡que no era suya![469].
Con la adquisición de Villa Tevere comenzó una larga temporada —años— en la que don Álvaro se ocupó en primera persona de conseguir los recursos económicos para pagar el inmueble y acometer las necesarias obras de ampliación, adaptándolo a sus nuevas funciones. En esto, como en tantas otras cosas, san Josemaría se apoyó en este hijo suyo, que aceptó con generosidad y alegría ese peso, sin concederse ninguna importancia. Quienes convivían con él no solían percatarse de la grave responsabilidad que recaía sobre sus espaldas.
Lo llevó todo con una fe grande en la Providencia divina, aunque su salud física volvió a resentirse, como había sucedido años antes en Madrid. En el diario de Città Leonina y luego en el de Villa Tevere, empiezan a aparecer frecuentes menciones de sus dolencias, como las que se citan a continuación. Corresponden al mes de enero de 1947: «Don Álvaro ha estado hoy algo molesto del hígado y con dolor de cabeza»[470]. «No nos pudo decir la Misa pues ha pasado muy mala noche»[471]. «Tuvo que levantarse para tomar [una] aspirina pues un dolor de muelas muy fuerte no le dejaba dormir»[472]. «Ha pasado muy mala noche y ha tenido que tomar varias aspirinas para calmar el dolor de muelas»[473]. «No se pudo levantar hasta más tarde»[474].
A finales de ese mes san Josemaría escribía a Pedro Casciaro, uno de los más antiguos en la Obra: «Álvaro está mal de salud. Por fin le impuse la obligación de que le viera Faelli, y ya está en sus manos»[475]. Pero el médico no consiguió hacer desaparecer las dolencias, que continuaron durante ese año y los sucesivos. Siempre las sufrió con alegría, porque las consideraba un modo de unirse a la Cruz de Cristo. Nunca disminuyeron su ritmo de trabajo.
En abril tuvo que realizar un viaje a España, en búsqueda de donativos para el pago de Villa Tevere y para los proyectos de expansión apostólica en otros países. El día anterior a su partida, el Fundador transmitió indicaciones precisas a los directores del Opus Dei en España: «Por favor: Álvaro está enfermo y procurará ocultarlo, para que no pongáis obstáculo a sus andanzas; y yo quiero que no le pongáis obstáculo, pero que siga el plan que el profesor Faelli le ha señalado y que no deje inyecciones y medicinas. De otra parte, para todos los viajes que haya que hacer, conviene que le mande Pedro por favor que lleve el coche y el chófer. Cuando vuelva a Roma, tiene trabajo de sobra, y convendría que se repusiera un poco ahí»[476].
Durante el mes que permaneció en la península ibérica realizó entrevistas con obispos, señaló directrices concretas sobre asuntos de gobierno de la Obra según las pautas señaladas por el Fundador, visitó a amigos y conocidos, a los que procuró involucrar en la resolución de las dificultades económicas que se avecinaban. Pero lo recogido con más detalle en los diarios de los centros son las tertulias, en las que les transmitía noticias sobre la vida en Roma, el Padre, la aprobación pontificia, la nueva situación jurídica, etc.
A pesar de las precauciones mencionadas, don Álvaro volvió a caer enfermo con fiebre alta, y tuvo que guardar cama a partir del 6 de mayo. Uno de esos días, el 9, le visitó largo rato el Obispo de Madrid. Ya sabemos que Mons. Leopoldo Eijo y Garay se había formado un alto concepto de aquel joven sacerdote; pero en aquella ocasión, al despedirse, tuvo un gesto bastante significativo: se empeñó en besarle las manos, a pesar de sus protestas[477]. Por fin, don Álvaro se pudo levantar el 16 de mayo[478], y regresó a Roma el 18.
 
 
2. Año y medio en il Pensionato
 
En Villa Tevere habían surgido dificultades inesperadas. Como se ha dicho, durante un tiempo fue embajada de Hungría ante la Santa Sede. Pero, al terminar la guerra mundial, con la instauración de un régimen comunista, el gobierno húngaro había roto sus relaciones con el Vaticano y, en consecuencia, estaba suprimida la sede diplomática. Sin embargo, sus antiguos residentes todavía ocupaban la casa, de modo abusivo, y no querían desalojarla[479]. Comenzó entonces un largo forcejeo, que se prolongaría hasta 1949.
En cuanto fue posible, san Josemaría y sus hijos del Opus Dei ocuparon la que había sido vivienda del portero de la finca. Le dieron el nombre de il Pensionato (“la Residencia”), aunque no era más que una casita, situada en la esquina del solar, separada de la villa por el jardín. Se trasladaron el 22 de julio, abandonando así, después de más de un año, el apartamento de Città Leonina.
Con el cambio, ganaron algo en espacio, pero las condiciones materiales siguieron siendo muy precarias. Según la descripción de Alberto Taboada, que vivió aquellos momentos, la zona que ocupaban disponía de «una pequeña sala de estar, de un pequeñísimo oratorio, de una habitación pobre y húmeda en la que habitaba nuestro Padre, otra habitación y un cuarto de aseo»[480]. Por la noche, «alguno dormía en el pasillo, con cama plegable y los demás nos alojábamos en una pequeña habitación, (...) en [la] que podíamos dormir cinco personas, colocando por la noche camas plegables apretujadas»[481].
En este contexto, resulta relevante la apostilla que añade, a continuación, el mismo Alberto Taboada: «Pero quizás el que estaba peor era precisamente don Álvaro, que no tenía habitación propia. Se le ponía una camita plegable por la noche en la salita de recibir [que] tenía que desalojar a primera hora de la mañana, porque la puerta de la salita daba a la zona de entrada de la casa, donde llegaban los abastecedores mañaneros de pan, leche, etc.»[482].
Las jornadas que siguieron al traslado fueron de mucho trajín: limpiar a fondo la casa, disponer los muebles que habían traído del piso anterior, preparar la habitación que se convertiría en oratorio... El 25 de julio, con gran alegría, el Santísimo quedó reservado en el sagrario. Ese mismo día san Josemaría partió hacia España para asumir las tareas de formación de los fieles de la Obra, pues en verano —eran casi todos estudiantes o profesionales jóvenes— cobraban mayor intensidad. Don Álvaro quedó al frente de los trabajos en Roma.
El primer objetivo era ocupar la casa grande, todavía habitada por los húngaros. Dispuestos a poner los medios que fueran necesarios, comenzaron una serie de pasos de carácter administrativo ante las autoridades italianas, a través de un abogado, acompañados de gestiones de signo diplomático con los embajadores de España ante el Quirinal y ante la Santa Sede, y con la ayuda de Mons. Montini y de Mons. Tardini.
La ofensiva se prolongó durante los meses estivales. Y el diario del Pensionato va recogiendo, a lo largo de sus páginas, algunos momentos más determinantes. Basta reproducir un texto, entre muchos, que corresponde al 13 de agosto: «Esta misma mañana se ha logrado el mayor éxito de esta temporada de gestiones en pro de la casa: monseñor Tardini ha recibido a Álvaro y le ha dado una carta autógrafa para el Jefe de Protocolo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia, en la que declara que no existe Legación húngara ante la Santa Sede y que, por lo tanto, ruega que se procure que los del Opus Dei puedan tomar posesión de su casa enseguida. Todo el mundo: el abogado Merlini, los funcionarios del Ministerio italiano de Asuntos Exteriores (y nosotros mismos), ha quedado asombrado, pues realmente nadie esperaba que la Secretaría de Estado de Su Santidad hiciese una declaración tan categórica. Álvaro ha encargado varias fotocopias del documento para llevárselas a los diversos señores que han de intervenir en el asunto»[483].
A pesar de todo, las negociaciones no terminaron hasta casi dos años más tarde: el 5 de febrero de 1949.
No eran estos los únicos afanes de don Álvaro en aquel verano de 1947. Además del trabajo en la Sagrada Congregación de Religiosos, tras la marcha del Fundador había quedado a su cargo la atención sacerdotal de los varones y mujeres del Opus Dei que residían en Roma. Por otra parte, su celo apostólico le llevaba a tratar a muchas personas, a las que iba conociendo por razón de sus trabajos, en el Vaticano, como Procurador del Opus Dei, o porque se las presentaban otros amigos.
Finalmente, el 22 de agosto viajó en avión a Madrid, para ayudar a san Josemaría en las tareas de formación y de gobierno que estaba llevando a cabo.
El 9 de octubre regresó a Roma e inmediatamente retomó sus tareas habituales, hasta el punto de que se lee en el diario, en días sucesivos: «Acaba de llegar Álvaro y no para casi nada en casa. Y lo que para... trabajando ¡de qué manera!»[484]. «Álvaro no paró en toda la tarde de charlar con gente y trabajar en la Procura. Fue “sesión continua” de 3½ a 8. Y a esta hora, “para descansar”, salió a hacer una gestión, de la que regresó a la hora de cenar»[485].
Se trataba de las mismas ocupaciones que llevaba antes del verano: la colaboración en la Congregación vaticana, los tramites para desalojar a los húngaros, los encargos propios de su cargo como Procurador del Opus Dei, la atención sacerdotal de muchas personas, los estudios de derecho canónico... Y, en medio de ese ajetreo, vuelven a aparecer las referencias a sus indisposiciones: noches sin dormir, fiebre, problemas de hígado.
Pero su amor a las almas podía más que la falta de salud. Así, el 27 de octubre, se lee en el diario: «Telefoneó Franco Recchi para concretar la hora en que mañana será la Misa (pues tiene proyecto, desde hace días, de traer a Misa a casa a Checco, Renato, Carlo, etc.). Tratamos de convencer a Álvaro de que se le dijese a Franco que lo dejase para otro día, dado el estado de salud de Álvaro, pero este se negó. Nos quedamos todos muy admirados, pues realmente no se comprende cómo pueda levantarse mañana a las 6 y celebrar dos Misas[486]: hoy está con mareos terribles: el menor golpe dado en la madera de la cama le hace marearse»[487]. Anotemos que don Álvaro celebró esas Misas, aunque el día siguiente volvía a pasarlo en cama[488]. Gracias a ese espíritu de sacrificio, a los pocos días, uno de los asistentes pedía la admisión en el Opus Dei. Otros le seguirían más adelante.
El Fundador del Opus Dei conocía perfectamente el celo apostólico de aquel hijo suyo, y quiso asegurarse de que no se agotara en exceso; informado por los que vivían en Roma, le transmitió indicaciones precisas desde España. Leemos en el diario: «Álvaro está muy “enfadado” con nosotros, pues dice que si el Padre le ha dicho que solo celebre una Misa, será porque nosotros le habremos escrito contándole “cuentos” (Álvaro llama “cuentos” a nuestras noticias acerca de su estado de debilidad física y mala situación de salud)»[489].
A pesar de los cuidados de san Josemaría, por carta primero y en persona a partir de su regreso a Roma el 20 de noviembre, las enfermedades no remitían: «Álvaro está bastante fastidiado: el hígado, la garganta... (siempre tiene alguna cosa, pero lo que mejor explica todo es esto: exceso de trabajo y de preocupación por todo y por todos y poco cuidado de sí mismo)»[490]. Dentro de esa “preocupación por todo y por todos”, ocupaba un lugar importante la precaria situación material que padecían. Durante ese año largo, fueron creciendo las estrecheces en el Pensionato. A finales de 1947, comentaban: «¡Estamos todos tan apretados que no hay ni un sitio donde recibir a las visitas con un poco de independencia! Ahora, además de dormir uno (Álvaro) en el hall, otro en el pasillo, otro en la “portería” (que casi no cabe la cama), cinco en la “cabina”, etc., duerme otro en el vestíbulo (Ángel), junto a la puerta de la calle»[491].
Tan mal estaban de dinero, que no tenían ni para la calefacción. Aquel invierno pasaron mucho frío. A principios de marzo, el Fundador padeció una parálisis facial a frigore, y don Álvaro unas fuertes anginas[492]. Lo escribía san Josemaría en una carta: «Álvaro nos cayó enfermo ayer, con unas anginas al parecer tremendas. Con ese motivo, le hice quedarse en la única cama que tenemos, y yo duermo en la que ponen por la noche en la salita. Da mucha alegría vivir esta efectiva pobreza (...): siempre, como san Alejo, debajo de la escalera. —Hoy, con la medicación del profesor Faelli, está el enfermo prácticamente bien, pero no le dejo levantar, aunque él insiste... más de lo que debiera»[493].
En esa situación, unas pocas liras pasaban a ser una contribución importante en la economía doméstica. Los sueldos de don Álvaro y Alberto Taboada en la Santa Sede eran exiguos, aunque a veces iban acompañados de pagas “extra”, que eran recibidas con alegría. Era una praxis que se seguía en la Santa Sede: compensar la escasa retribución de sus empleados con la entrega mensual de unos “paquetes” —pacco, en italiano—, con algunos alimentos y otros productos difíciles de encontrar en el mercado italiano, que llegaban al Estado Pontificio desde diversos países.
Por este motivo, durante el año 1948, en el diario de Villa Tevere se encuentran anotaciones del siguiente tenor: «Tomamos con alborozo unos trozos de chocolate. El alborozo se debía a que el chocolate, aunque materialmente era una cantidad insignificante, representa el primer suministro de víveres “ganado con el sudor de la frente” de Álvaro y Alberto, pues es del suministro que reciben los funcionarios de la Congregación»[494]. «Hoy recibió Álvaro su primer “pacco” mensual de alimentos del Vaticano, como funcionario que es de la Congregación. También le dieron por primera vez tabaco y, con este motivo, nos dio una cajetilla a cada uno»[495]. Y, unos días antes de la Navidad de 1948, el mismo don Álvaro escribía a san Josemaría: «Hemos tenido un “pacco” doble —Alberto y yo— muy bueno y gratis, natalicio»[496]. Esos complementos al salario tenían valor simbólico, porque poco podían hacer para aliviar la difícil economía de Villa Tevere, que se prolongó durante bastantes años.
 
 
3. Las obras de Villa Tevere
 
El 5 de febrero de 1949 los inquilinos húngaros desocuparon la Villa. Era el final de una etapa y el comienzo de otra, que resultaría más complicada aún, por el gasto y trabajo que habría que acometer para la remodelación de los edificios. Las obras comenzaron el 9 de julio siguiente, y duraron más de diez años[497].
Como no se disponía de dinero para contratar una constructora, las reformas se acometieron en régimen de administración directa; es decir, gestionando en primera persona —sin la mediación de una empresa— la adquisición de los materiales, el sueldo de los obreros, etc. Esto obligaba a disponer constantemente de cantidades en efectivo para pagar cada sábado a albañiles y proveedores[498]. «Era un agobio tremendo —confesará años más tarde don Álvaro—, porque a los obreros no se les podía dejar sin sueldo una semana: era dejar sin pan a una familia entera»[499]. San Josemaría y don Álvaro pusieron todos los medios para no retrasar nunca esas retribuciones, a pesar de que no era tarea fácil[500].
Como narra Vázquez de Prada, a las seis semanas de comenzar los trabajos ya se había agotado la reserva de fondos con que habían partido[501]. Era preciso conseguir financiación para las obras y para el sostenimiento de los que vivían en la casa, que eran pocos en aquel momento, pero aumentarían hasta casi trescientas personas antes de que se colocara la última piedra en Villa Tevere. A lo largo de 1949 don Álvaro hizo tres viajes a España —en julio, agosto y noviembre—, fundamentalmente para buscar donativos[502]. Pero las cantidades que se conseguían eran insuficientes, como se adivina en esta carta suya a José Luis Múzquiz, del 1 de septiembre de ese año: «La casa va viento en popa, aunque la preocupación económica es muy grande: preocupación, en el sentido en que nosotros podemos tenerla: es decir, que no es preocupación, sino ocupación que nos lleva a poner los medios humanos y a importunar cuanto nos es posible al Señor. La hemos empezado como todas, sin dinero; y cada ocho o diez días hemos de pagar varios millones de liras: encomendadlo para que el Señor siga dando lo necesario»[503]. Y lo mismo, en esta otra del mismo mes, dirigida a José Ramón Madurga, que se encontraba entonces en Irlanda: «Acordaos de pedir al Señor que nos envíe “money”»[504].
Aunque el cambio del valor adquisitivo de la moneda impide hacerse cargo del exacto significado de las cifras, señalemos, con palabras de don Álvaro, que «cada semana había que pagar unos tres millones de liras a los obreros, y nunca disponíamos de esa cantidad. No es que tuviésemos dos, o uno, o medio: es que no había absolutamente nada. Era un problema tremendo. Ahora, tres millones de liras parecen relativamente poca cosa; pero entonces era una cifra respetable»[505]. En 1945, el sueldo medio de un obrero en Italia era de 11.000 liras mensuales; en 1950, 32.000 liras. La inflación era bastante fuerte: el precio del billete de tranvía en esos años pasó de 4 a 20 liras; el kilo de carne, de 400 a 1.000; el litro de leche, de 30 a 70.
En enero de 1950, san Josemaría describía la situación en estos términos: «Muy apurados de dinero. Días de no saber cómo pagar —ni un resquicio humano se ve—, para poder continuar estas obras»[506]. Y en septiembre: «Este año vienen [a Villa Tevere] trece o catorce más, que con los que hay serán veintiséis o veintisiete, para hacer su doctorado en facultades eclesiásticas. (...) ¡Un gran paso, para la formación de todos y para facilitar la elección de gente que vaya al sacerdocio! ¿Entiendes ahora mi preocupación? Pídele al Señor y a Nuestra Madre de Guadalupe dinero, para esta casa y para sostener a los estudiantes. Vale la pena»[507].
Don Álvaro administraba de modo prudente los efectivos, también porque era consciente de que procedían de aportaciones, tantas veces hechas con notable sacrificio por muchas personas. Pero era necesario solicitar préstamos, que en realidad solo retrasaban el momento de hacer los pagos[508]. Años más tarde, recordando los agobios monetarios, don Álvaro comentará: «El Señor hizo que pudiéramos ir arreglándonos a base de letras y de equilibrios. Era desnudar a un santo para vestir a otro: una locura, una fuente de sufrimientos. ¿Y cómo pagamos? Es un milagro. No se sabe cómo, pero pagábamos siempre»[509].
En la ingrata tarea de pedir, le ayudaron —con su aval— algunas de las amistades que había forjado «en el ambiente de la nobleza romana, también de la vaticana, y (...) muchos buenos profesionales. Consecuencia de ese trato, fueron las posibilidades de emprender por su parte muchas gestiones dirigidas a obtener créditos»[510]. Por su parte, don Álvaro demostró no poca pericia para manejarse en el mundo económico, y, sobre todo, la certeza sobrenatural de que Dios no dejaría de ayudarles.
En esta línea, alguna vez, san Josemaría le comentó «que les iban a meter en la cárcel, pensando en los créditos que solicitaba y en los planes que debía organizar, con un uso correcto y legal, muy numeroso, de letras de cambio. Y la respuesta era: “No se preocupe, Padre, porque ante esas cantidades que hay que manejar, cuantas más deudas tenemos, más créditos nos conceden”»[511]. En otra ocasión, san Josemaría preguntaba a sus hijas si comían, y si dormían, porque si no —les decía—, le mataban. Y don Álvaro, inmediatamente, apostilló: “Padre, y si comen, ¡me matan a mí!”[512], provocando una carcajada general. Los apuros no le hacían perder el buen humor.
 
 
4. Un heroísmo sonriente
 
En 1977, superando su natural reluctancia a hablar de sucesos que lo señalaban como protagonista, don Álvaro recordaba los sufrimientos y apuros de aquellos años: «Se reunían todas las dificultades. De una parte, las de orden material que, aunque no nos hacían perder la paz, nos quitaban mucho tiempo. La Obra se encontraba en plena expansión y necesitaba disponer de adecuados instrumentos apostólicos. En Roma, se estaban construyendo los edificios de la sede central, no teníamos dinero, y los apuros económicos eran constantes. (...) Yo era el encargado de buscar el dinero necesario; perdonad que os hable de mí, pero nuestro Padre lo ha contado muchas veces. El Señor permitió que, precisamente en aquella época, estuviese enfermo del hígado, con frecuentes cólicos que me obligaban a levantarme más tarde... Todo fue adelante. Aunque nuestro Padre no solía referirse a estas dificultades económicas, también las metía en su petición a Dios»[513].
No le hacían perder la paz, pero su salud se resintió y, con frecuencia, sufría cólicos muy fuertes que le producían náuseas y vómitos, obligándole a guardar cama[514]. Pero, a veces, incluso con fiebre alta, no le quedaba más remedio que levantarse y salir a la calle, porque de sus gestiones dependían los pagos de los obreros o la adquisición de los alimentos para que pudieran comer las personas que vivían en Villa Tevere.
En las cartas de san Josemaría a sus hijos se puede seguir el rastro de esos males. Escribía a José Luis Múzquiz, en octubre de 1952: «Álvaro está con un gran ataque de hígado. No sé cómo puede sacar adelante tanta labor y tantas preocupaciones. Sí lo sé y tú también, porque conoces cómo es de grande su fe, y cuántas condiciones de talento y de capacidad de trabajo y de serenidad le ha concedido el Señor. Esta vez pienso que no son ajenos, a su enfermedad, los apuros económicos brutales de los meses últimos y de este momento»[515]. Y dos años más tarde, a los miembros del Consejo General de la Obra[516]: «Álvaro —que siempre os dice, de palabra y por escrito, que está bien— se encuentra en cama de nuevo: la realidad es que trabaja con exceso y su salud es mediana. Demasiadas preocupaciones, aunque las oculte con su cara de Pascuas y las supere con su fe y con su labor sin descanso»[517].
El sacerdote Alfonso Par Balcells, que vivió en Roma entre 1951 y 1954, escribió un recuerdo —lo sitúa en el curso académico 1953-54— que permanecía indeleble en su memoria cuarenta años más tarde. Una vez que don Álvaro estaba enfermo, «después del desayuno, me llamó nuestro Padre y me dijo: “—Sito, ya sé que don Álvaro tiene calentura y se ha quedado en la cama, pero sube a su habitación y dile de mi parte que, sintiéndolo muchísimo, tengo que pedirle que se levante, ya que tiene que hacer una gestión que él ya sabe. Luego le llevas donde él te dirá. Le esperas en el coche hasta que haya hecho la visita y luego le vuelves a traer a casa”. Así lo hice. Subí a la habitación y le dije: “—Don Álvaro, el Padre dice que sintiéndolo muchísimo tiene que decirle que se levante para hacer la gestión que usted ya sabe. Le espero en el garaje”. Él se sonrió, no noté en su rostro la más pequeña señal de molestia o de desagrado. Con toda naturalidad, como si no le costara nada, dijo: “—Sí, ahora me levanto, espérame en el garaje, enseguida bajo”. A los pocos minutos apareció en el garaje. Le llevé. Se hizo todo como había dicho nuestro Padre, y durante los dos trayectos no hizo el menor comentario sobre el esfuerzo que le suponía hacer aquella gestión estando con fiebre. Su sonrisa habitual y paz llena de sencillez. Todo como si fuera lo más natural del mundo. Recordé lo que tantas veces nos repetía nuestro Padre, que el ascetismo, según nuestro espíritu, tiene que ser sonriente. Que nadie note que nos mortificamos»[518].
Alfonso Par completa el suceso con una apostilla: «Lo que quiero recalcar (...) es que el semblante de don Álvaro, en esta ocasión y en todas las semejantes, era como de agradecimiento. Agradecía a nuestro Padre, que le brindara ocasiones de hacer sacrificios heroicos, crecía el cariño filial. Otro se hubiera molestado. Se notaba la firmeza de una lealtad inquebrantable»[519].
En otro momento, una de las mujeres del Opus Dei que residían en Roma, «conocedora de que don Álvaro había estado con fiebre el día anterior, al enterarse de que estaba realizando gestiones fuera de casa comentó al Fundador: “—Ayer, estaba con mucha fiebre”. A lo que paternalmente comentó san Josemaría: “—A ti, no te hubiera dejado ir; a él, sí”»[520].
La escena se repitió varias veces, hasta el punto que san Josemaría, en ocasiones, «comentaba “que aquellas enfermedades de Álvaro se curarían poniendo en su bolsillo un buen puñado de dólares”; otras veces hablaba de “unas buenas cataplasmas de dólares”»[521].
Vale la pena transcribir un último testimonio. Es de María Rivero que, después de vivir unos años en Inglaterra, se trasladó a Roma en 1956. Lo sitúa hacia 1958 ó 1959. «Un día, nuestro Padre le pidió a Encarnita [Ortega] que fuera a la capilla llamada de reliquias, y tuve yo la suerte de acompañarle. Don Álvaro estaba enfermo y nuestro Padre acudió solo. Eran, si no recuerdo mal, las once de la mañana. Nos dijo que nos sentáramos. Se le veía muy preocupado. No nos miraba, estaba más bien ensimismado en sus pensamientos. Durante unos segundos se quedó callado, y después empezó a decir: “—¡Este hijo mío se está matando!” Nosotras no sabíamos de quién hablaba, aunque nos figurábamos que era de don Álvaro.
»El Padre se dirigía a nosotras, sin esperar que le contestáramos nada, era un desahogo de su corazón de padre. Siguió diciendo: “—Había que hacer una gestión en un Banco, y no la podía hacer nadie más que este hijo mío, que estaba con treinta y nueve de fiebre, y se ha tenido que levantar de la cama para hacerla”. (...) Nuestro Padre se calló. Había hablado con voz muy pausada, baja, nosotras no decíamos nada. En seguida volvió a decir: “—En la Obra todos mis hijos son muy santos, pero de la santidad del más santo a la de don Álvaro hay mucha distancia”»[522].
Hay que añadir que su aportación a las obras de Villa Tevere no se limitó —y ya sería mucho— a conseguir recursos económicos. Secundó siempre las indicaciones del Fundador para que, a pesar de la falta de medios, los edificios se construyeran con magnanimidad, con visión de futuro, y evitando dejar a los que vinieran después cosas mal construidas, aunque eso supusiera afrontar gastos mayores en aquel momento[523].
Tampoco faltaron contradicciones de otro tipo. Por ejemplo, unas personas presentaron una denuncia injusta y falsa, que provocó un retraso considerable en las obras de Villa Tevere. Don Álvaro dialogó con los demandantes, sin perder la paz, convencido de que todo sería para bien: Omnia in bonum! Al final, la autoridad correspondiente no solo desestimó la acusación, sino que autorizó a que se construyera más volumen de obra de lo que se había previsto al principio.
Como era un experto latinista, ayudó a san Josemaría en la redacción de textos latinos para algunas lápidas conmemorativas que se colocaron en los edificios, siguiendo la antigua costumbre romana. Incluso, resultó, ante la sorpresa de todos, que tenía dotes de zahorí, y localizó una falda de agua para excavar un pozo, dentro del solar, que fue muy útil.
Estas breves pinceladas —¡muchos más sucesos cabría añadir!— muestran la justeza de un comentario que hizo san Josemaría a un grupo de fieles del Opus Dei, años más tarde, refiriéndose a don Álvaro, en un momento en que no estaba presente: «Tiene la fidelidad que debéis tener vosotros a toda hora, y ha sabido sacrificar con una sonrisa todo lo suyo personal (...). Y si me preguntáis: ¿ha sido heroico alguna vez?, os responderé: sí, muchas veces ha sido heroico, muchas; con un heroísmo que parece cosa ordinaria»[524].
 
 
5. El Colegio Romano de la Santa Cruz
 
El 29 de junio de 1948 san Josemaría erigió en Roma el Colegio Romano de la Santa Cruz. Sería un centro internacional de formación por el que habrían de pasar muchos fieles del Opus Dei para profundizar en su formación filosófica, teológica, canónica, ascética y apostólica, y asistir a las clases de las universidades eclesiásticas de Roma. Bastantes de ellos serían después ordenados sacerdotes[525].
Para desempeñar el cargo de Rector, pensó en don Álvaro[526], que asumió la nueva tarea con su habitual espíritu de sacrificio. En medio de sus abundantes ocupaciones, supo sacar tiempo para la atención esmerada de los alumnos: siete el primer año, catorce el segundo, veinte el siguiente..., hasta los 123 que había cuando dejó el puesto en 1954. El cargo de Rector llevaba consigo organizar el plan de los estudios de filosofía y de teología, previendo también los cursos de repaso y de actualización. Mons. Echevarría ha dado fe[527], como testigo presencial, del empeño que puso en el cumplimiento de ese cometido, consciente de la trascendencia de ese centro de formación, y del importante papel que estaba llamado a jugar en la vida espiritual de los fieles del Opus Dei de los cinco continentes[528].
El sacerdote José María Casciaro, entonces alumno del Colegio Romano, recordaba las dotes de formador que reunía don Álvaro: «Continuaba siempre con su sonrisa, al cruzarse con cualquiera de nosotros. No cabe duda de que era una manifestación externa, indisimulable, de su profundo afecto fraternal. Pero esa virtud estaba asentada en la reciedumbre y la fortaleza. A mí me ha reprendido varias veces a lo largo de los años con claridad y caridad, siempre motivadas por las exigencias de nuestra entrega. Corregía siempre que era necesario, sin dejar pasar el defecto y sin perder nunca el tono sobrenatural y cariñoso: uno quedaba, a la vez, bien apercibido pero contento y agradecido»[529].
Con la magnanimidad que le caracterizaba, no se conformó con atender a los aspectos exclusivamente espirituales de las personas que le habían sido confiadas. Sabía bien, porque lo había aprendido del Fundador, que se necesita un mínimo de bienestar material para facilitar el ejercicio de la vida cristiana, y le preocupaban las precarias condiciones materiales en que vivían los alumnos: una casa en obras, en la que la necesidad de ahorrar se hacía sentir, y mucho, en la vida cotidiana.
Todo esto le llevó, en medio de la difícil situación económica, a buscar una solución que permitiera a aquellos jóvenes estudiantes gozar del oportuno descanso en los periodos no lectivos, de un modo adecuado a su edad y situación. Necesitaban aire libre y espacio para expansionarse. El remedio lo encontró a través de un amigo suyo, Giovanni Bisleti, que deseaba vender unas tierras que poseía a medio camino entre Roma y Nápoles. Se trataba de una vasta finca agrícola, situada en Salto di Fondi, entre Terracina y Sperlonga, en la que trabajaban unos trescientos campesinos.
Don Álvaro intuyó que esa hacienda podía servir, no solo para el descanso de los alumnos del Colegio Romano, sino también como fuente alimenticia para quienes vivían en Villa Tevere. Concibió un audaz proyecto, que propuso a san Josemaría: «comprar con créditos la posesión, dividir las casi mil ciento cincuenta hectáreas del terreno en pequeñas parcelas, para venderlas luego a los campesinos en condiciones económicas muy favorables para ellos: de trabajadores al servicio de otro, como eran, se convertirían así en propietarios. Nosotros conservaríamos una pequeña parte de la posesión, que nos serviría como granja y, al mismo tiempo, como lugar de reposo veraniego para los alumnos del Colegio Romano»[530].
Con la aprobación gozosa del Fundador[531], se puso manos a la obra. Aprovechando sus conocimientos como ingeniero, pensó un plan de división de las tierras. Se ofrecería adquirir las parcelas a los campesinos arrendatarios, de manera que —con un sistema de cómodos créditos— terminaran en unos años siendo dueños de los campos que cultivaban. La casa antigua se conservaría para el Colegio Romano. El marqués Bisleti aceptó la venta en esas condiciones.
En cuanto fue posible, se trasladaron a vivir a Salto di Fondi algunos fieles del Opus Dei de profesiones relacionadas con la agricultura —un ingeniero, un veterinario, algunos agricultores—, para colaborar en la puesta en marcha del traspaso de la tierra a los lugareños, y para hacer rendir, desde el punto de vista agropecuario —producción de hortalizas, leche, carne—, la parte de la finca que se quedaría para el Colegio Romano. Supuso una buena ayuda para la maltrecha economía de Villa Tevere, durante varios años.
El plan preveía también que se comenzaran actividades de formación humana, profesional y cristiana para los lugareños, muchos de los cuales «conservaron un grato recuerdo de don Álvaro, al que consideraban como un benefactor. También se ocupó de que las familias pudiesen contar con la debida atención espiritual, de forma que se les facilitara el cumplimiento del precepto dominical y la catequesis que necesitaban»[532]. En 1955, la operación mereció un elogio de L’Osservatore Romano que la calificó de «vasto programa de actividades sociales y apostólicas (...), una reforma agraria hecha con espíritu católico»[533].
El contrato de compra se firmó el 2 de octubre de 1951, y los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz pudieron utilizar la nueva casa desde el verano de 1952. Las condiciones materiales eran muy elementales, pero la finca llegaba hasta pocos metros del mar —entonces no había aún turismo en esas playas— y eso suplía las otras carencias. El Cardenal Julián Herranz, que llegó a Roma en octubre de 1953, recuerda de manera muy particular las ocasiones en que san Josemaría, acompañado de don Álvaro, fue a verles a Salto di Fondi: «Eran unas tertulias extraordinariamente íntimas y divertidas. El Padre se interesaba por la marcha de los cursos, bromeaba y nos contaba noticias de la vida de la Obra en todas las regiones donde se estaba trabajando. Era un venir de Roma y volver a Roma el mismo día, en unas condiciones tampoco nada cómodas: calor húmedo, propio en esas fechas en las costas del Tirreno, un coche sin aire acondicionado, etc., pero con un constante buen humor y con una delicada capacidad por parte de don Álvaro de hacer que el Padre pudiera descansar y distraerse algunas horas, ya que ellos seguían trabajando en el calor del verano romano»[534].
Resuelto el descanso de los alumnos[535], persistían sin embargo las dificultades económicas para la construcción de la sede central. El 26 de octubre 1952, san Josemaría consagró el Opus Dei al Sagrado Corazón de Jesús, pidiéndole «también la paz económica, porque entonces andábamos metidos en las obras, y no contábamos con nada»[536]. El 6 y 7 de julio de 1954, en pleno estío, san Josemaría y don Álvaro emprendieron un viaje a Bari para encomendar a san Nicolás la solución de los problemas monetarios.
Sus oraciones fueron escuchadas y, a partir de 1955, los apuros se hicieron menos acuciantes. El Señor respondió a aquellas súplicas confiadas enviando una “paz económica”, personificada de algún modo también en Leonardo Castelli.
Leonardo Castelli era hijo de Leone Castelli, un constructor que, en tiempos de Pío XI, había edificado en el Vaticano muchos de los proyectos del arquitecto piamontés Giuseppe Momo, como el “Palazzo del Governatorato”, o la famosa escalera helicoidal, con doble espiral, del ingreso a los Museos Vaticanos, inaugurada en 1932. Don Álvaro le conoció de forma accidental. A través de la guía telefónica[537], se puso en contacto con él, y le habló de las obras que estaban llevando a cabo en Villa Tevere. Le explicó que ya habían levantado una parte de los edificios —aunque aún faltaba mucho por construir—, y el espíritu de santificación del trabajo del Opus Dei, que lleva a busca la perfección también humana al realizarlo, poniendo el máximo cuidado en los detalles, por amor a Dios y a los hombres. Aquellas casas deberían durar siglos y, para eso, se procuraba utilizar los materiales más adecuados.
A Castelli le agradó mucho lo que le expuso aquel sacerdote y, sobre todo, quedó conquistado por su atractiva personalidad. De manera inmediata, decidió ayudar en la construcción de Villa Tevere y, el 20 de abril de 1955, su empresa asumió la continuación de las obras, al mismo tiempo que ofrecía facilidades de crédito: se le harían los pagos correspondientes cada sesenta o noventa días[538].
La relación profesional enseguida dio paso a una gran amistad, y Leonardo Castelli «se convirtió en un cooperador generosísimo. No tenía inconveniente en retrasar los cobros, y de cuando en cuando, sin bajar los costes fijados, contribuía con aportaciones que aliviaban la carga económica que había que afrontar»[539]. «Para él, don Álvaro no era solamente un cliente... Era el amigo, el consejero, la persona a quien buscaba para que le acercase a Dios»[540].
Muy pronto, toda la familia Castelli sentía por don Álvaro una confianza absoluta. Le llamaban para que participara en las reuniones familiares y le pedían su consejo espiritual y humano. En 1982, asistió espiritualmente a su amigo Leonardo, ya en punto de muerte por un infarto cardiaco.
Desde 1955, con la nueva situación, aunque evidentemente seguía haciendo falta el dinero, desaparecía la tensión que conllevaba el pago semanal de los obreros. La construcción de Villa Tevere estaba así bien encarrilada, aunque aún deberían transcurrir varios años hasta acabar las obras, con la bendición de la última piedra, el 9 de enero de 1960. Pero, a partir de entonces, don Álvaro pudo disponer de más tiempo y de más tranquilidad, para ayudar a San Josemaría en el impulso de la expansión apostólica del Opus Dei por muchos países.
 
 
6. Doctorado en el Angelicum
 
Además de los trabajos ya comentados, desde sus primeros años romanos don Álvaro fue completando sus estudios eclesiásticos con el Doctorado, de acuerdo con lo que san Josemaría había dispuesto para los sacerdotes incardinados en el Opus Dei. Por este motivo, durante el curso académico 1946-1947 se matriculó en la facultad de Derecho Canónico del Pontificio Ateneo Lateranense[541]; y en el curso 1947-48, trasladó su expediente al Pontificio Ateneo Angelicum[542].
No le fue fácil compaginar los libros con las demás ocupaciones. De hecho, en febrero de 1948, al iniciar el segundo semestre, en carta dirigida al Cardenal Lavitrano, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, pidió que se le eximiera de la obligación de asistir a las clases[543]. El Cardenal, a la vista de las razones aducidas, que él conocía bien, gestionó la dispensa ante las autoridades del Angelicum, que la concedieron el 2 de marzo[544]. Realizó los exámenes de licencia en Derecho Canónico el 27 y el 30 de mayo de 1948, y obtuvo la calificación de Magna cum laude[545].
Un año más tarde, llegó el doctorado[546]: el 13 de junio de 1949 presentó el examen previo; y el 18, leyó la tesis doctoral, que llevaba por título: Un nuevo estado jurídico de perfección: los Institutos Seculares. Era una autoridad en la materia, y la calificación fue Summa cum laude[547].
El camino hasta alcanzar el grado académico fue arduo, porque tuvo que sacar tiempo de donde no lo había, con una fuerte dosis de espíritu de sacrificio. Son frecuentes, en los diarios y cartas de esos años, comentarios de este tenor: «Álvaro estuvo trabajando de la mañana a la noche como de costumbre. Con Chiqui[548] fue un momento a San Pedro, pero fuera de eso no tuvo un rato de reposo. Nosotros ya estamos acostumbrados a ese plan de trabajo de Álvaro, pero al que viene por primera vez a Roma (...) le impresiona ver cómo trabaja y se mueve a pesar de andar tan flojo de salud»[549].
Su modo de trabajar no solo impresionaba en Villa Tevere; también en el Angelicum dejó huella su paso por las aulas. A los cinco años de haber obtenido el título, seguía siendo recordado entre los profesores. Se lee en el diario de Villa Tevere, el 19 de febrero de 1954, día de su santo: «En el Ateneo Angélico, donde don Álvaro se doctoró en derecho canónico, el Decano de esta facultad [P. Severino Álvarez, O.P.], antiguo profesor suyo, interrumpió la clase para decir que, teniendo en cuenta la festividad del día: onomástico del Procurador General del Opus Dei, “el alumno mejor de todos cuantos he tenido”, se terminaba la clase con media hora de vacación»[550] .
Cuando, años más tarde, siguiendo una antigua tradición universitaria, un muro de Villa Tevere se decoró con los vítores de algunos fieles de la Obra de distintas nacionalidades que habían obtenido el doctorado eclesiástico en Roma, y el Fundador quiso que el nombre de don Álvaro figurase en lugar destacado de esa pared.
 
 

[459] San Josemaría, Carta a los miembros del Consejo General, 30-VI-1946, AGP, serie A.3.4, carta 460630-2.

[460] San Josemaría, Carta a los miembros del Consejo General, 16-XII-1946, AGP, serie A.3.4, carta 461216-2.

[461] Cfr. Diario de Città Leonina, anotación del 24-XI-1946, AGP, serie M.2.2, D 426-19.

[462] Debían hacer las gestiones personalmente, porque no disponían de dinero para acudir a intermediarios: cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 122-123.

[463] San Josemaría, Carta a sus hijas de la Asesoría Central, 31-I-1947, AGP, serie A.3.4, carta 470131-1.

[464] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 29-VIII-1988, AGP, serie B.1.4 T-880829.

[465] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 124-125.

[466] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 21-IX-1985, AGP, serie B.1.4 T-850921.

[467] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 6-VI-1976: AGP, Biblioteca, P01, 1976, 464.

[468] Ibid.

[469] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 124.

[470] Diario de Città Leonina, anotación del 7-I-1947, AGP, serie M.2.2, D 426-20.

[471] Ibid., anotación del 14-I-1947.

[472] Ibid., anotación del 18-I-1947. Y puntualiza el Diario: «A don Álvaro le ha seguido dando la lata su muela y como dice el Padre, cuando se queja es porque lo pasa muy mal».

[473] Ibid., anotación del 23-I-1947.

[474] Ibid., anotación del 29-I-1947; lo mismo se lee el día siguiente.

[475] San Josemaría, Carta a Pedro Casciaro, 31-I-1947, AGP, serie A.3.4, carta 470131-2. El Prof. Faelli era el médico que trataba en Roma la diabetes de san Josemaría.

[476] San Josemaría, Carta a Pedro Casciaro, 17-IV-1947, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 80.

[477] Cfr. Diario del Colegio Romano de la Santa Cruz, anotación del 27-V-1956, AGP, serie M.2.2, D 428-6.

[478] Ese mismo día volvió a visitarle Mons. Eijo y Garay, acompañado del Nuncio, Mons. Gaetano Cicognani.

[479] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 125.

[480] Testimonio de Alberto Taboada, AGP, APD T-15743, pp. 5-6.

[481] Ibid.

[482] Ibid.

[483] Diario de Villa Tevere, anotación del 13-VIII-1947, AGP, serie M.2.2, D 436-09.

[484] Ibid., anotación del 10-X-1947.

[485] Ibid., anotación del 13-X-1947.

[486] Tenía la facultad, concedida por la Santa Sede, de celebrar habitualmente dos Misas. Solía decir una en el centro de las mujeres y otra en el de los varones.

[487] Diario de Villa Tevere, anotación del 27-X-1947, AGP, serie M.2.2, D 436-10.

[488] Ibid., anotación del 28-X-1947.

[489] Ibid., anotación del 31-X-1947.

[490] Ibid., anotación del 17-III-1948.

[491] Ibid., anotación del 25-XII-1947.

[492] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 887-888.

[493] San Josemaría, Carta 11-III-1948: AGP, EF 480311-2.

[494] Diario de Villa Tevere, anotación del 20-II-1948, AGP, serie M.2.2, D 436-11.

[495] Ibid., anotación del 3-IV-1948, AGP, serie M.2.2, D 436-12.

[496] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-481216.

[497] «El proyecto arquitectónico de las edificaciones lo encargó san Josemaría a arquitectos e ingenieros que eran miembros del Opus Dei; otros se ocupaban de la contabilidad, y otros —graduados en Bellas Artes— preparaban cuadros y esculturas que se utilizarían en la decoración de esas casas. Sorprendía a todos el buen gusto y la visión de futuro con que el Fundador del Opus Dei, también en esto ayudado por don Álvaro, recorría almacenes o puestos de chamarileros, adquiriendo a bajo precio objetos religiosos y profanos que se utilizaron para ese proyecto. Como se pretendía que el conjunto quedase muy romano, en una de esas negociaciones, don Álvaro adquirió con poca cantidad de dinero muchos restos de columnas, arquitrabes, capiteles, etc., que servirían en diversas partes de esos edificios» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 129).

[498] Cfr. Testimonio de Francisco Monzó Romualdo, AGP, APD T-0512, p. 8.

[499] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 21-XI-1982, AGP, serie B.1.4 T-821121. El trato de don Álvaro con los obreros fue siempre cordial, como recordaba uno de ellos, Orazio Vittori, a las personas de la Obra que conocía: cfr. Testimonio de Ignacio Celaya Urrutia, AGP, APD T-19254, p. 4. Entre tantos sucedidos, en alguna ocasión narró la siguiente anécdota: «Durante las obras en esta casa, había un guarda. Una vez le pregunté por su hijo con cariño, y me contestó que estaba muy contento, que había encontrado un oficio que le daba muchas satisfacciones. Le pregunté qué era, y me contestó que se ocupaba de nettezza urbana: era basurero municipal, y eso era lo que le proporcionaba tantos motivos de contento». E, inmediatamente, don Álvaro sacaba la punta sobrenatural: «pensad que todo se puede santificar, en todo se puede encontrar a Dios»; «veis que es todo relativo. El caso es hacer lo que sea con amor de Dios, con deseo de ofrecerlo al Señor» (Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 1-I-1976, AGP, serie B.1.4 T-760101, y 22-III-1989, AGP, serie B.1.4 T-890322).

[500] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 156.

[501] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 118.

[502] «Álvaro se fue a España hace casi un mes, para ver si podemos resolver un poco las preocupaciones económicas que tenemos en Italia. No sé hasta qué punto encontrará solución, porque allí gracias a Dios están también con el agua al cuello» (San Josemaría, Carta 29-VIII-1949, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 119). Y don Álvaro escribía a Mons. José López Ortiz, Obispo de Tuy: «Ya sabe cómo le recordamos en Roma, de donde salí ya hace unos veinte días, que vengo rodando por el norte de España buscando cuartos» (Del Portillo, Á., Carta a Mons. José López Ortiz, AGP, APD C-490824).

[503] Del Portillo, Á., Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, AGP, APD C-490901.

[504] Del Portillo, Á., Carta a José Ramón Madurga Lacalle, AGP, APD C-490923.

[505] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 20-XI-1977, AGP, serie B.1.4 T-771120.

[506] San Josemaría, Carta a sus hijos del Consejo General, 14-I-1950, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 227

[507] San Josemaría, Carta a Pedro Casciaro, 23-IX-1950, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 227.

[508] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 128.

[509] Palabras citadas en Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., p. 103.

[510] Ibid.

[511] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 128. Y Francisco Monzó, uno de sus colaboradores de esos años, añade: «Estaba a sus órdenes directas en toda la economía de las obras y los problemas que supone llevarlas a cabo sin dinero ni esperanza humana de tenerlo algún día, nos acuciaban de tal modo que me resulta muy difícil exponer cómo conseguía créditos de bancos —que agotábamos de inmediato—, cómo era su fe en Dios y en nuestro Fundador para comprometerse en tantas deudas... Un día en que le dije que íbamos a ir a la cárcel en cualquier momento, me contestó: “Pues si esto sucede, traedme a la cárcel una máquina de escribir, y muchos folios”» (Testimonio de Francisco Monzó Romualdo, AGP, APD T-0512, p. 5).

[512] Testimonio de Conchita Areta, AGP, APD T-0344, p. 9.

[513] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 20-XI-1977, AGP, serie B.1.4 T-771120.

[514] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 171. También en esta época —1950— debió someterse a una operación de apendicitis, como se narrará más adelante.

[515] San Josemaría, Carta a José Luis Múzquiz de Miguel, 16-X-1952, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 223.

[516] La Santa Sede había autorizado que san Josemaría se trasladase a Roma, mientras el resto del Consejo General permanecía aún en Madrid.

[517] San Josemaría, Carta a los miembros del Consejo General, 21-IV-1954, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 224.

[518] Testimonio de Alfonso Par Balcells, AGP, APD T-17695, p. 16.

[519] Ibid., p. 17.

[520] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 128.

[521] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 27.

[522] Testimonio de María Rivero Marín, AGP, APD T-0933, pp. 1-2.

[523] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 127-128.

[524] San Josemaría, Apuntes tomados de su predicación oral, 11-III-1973: AGP, Biblioteca, P01, 1973, 49.

[525] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 133.

[526] Don Álvaro fue Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz hasta el 8-II-1954.

[527] El actual Prelado del Opus Dei, Mons. Echevarría, recuerda la conversación que mantuvo con don Álvaro antes de incorporarse al Colegio Romano de la Santa Cruz, y la ayuda recibida durante sus primeros meses en Roma (cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp.140-141).

[528] Cfr. Ibid., p. 138.

[529] Testimonio de José María Casciaro Ramírez, AGP, APD T-0961, p. 3.

[530] Testimonio de don Álvaro del Portillo, en Romana et Matriten., Beatificationis et Canonizationis Servi Dei Iosephmariæ Escrivá de Balaguer, Positio super vita et virtutibus, Biographia documentata, p. 897.

[531] «Nuestro Padre gozoso y visiblemente satisfecho, nos dijo: “D. Álvaro ya ha encontrado algo que puede servir. Una finca al lado del mar, en Terracina: Salto di Fondi. Es de un amigo suyo (...), es una finca de bastantes hectáreas que nos la ofrece, y en la que se podría hacer una obra social parcelando la propiedad y ofreciendo las parcelas a los campesinos que podrían llegar a ser propietarios de sus parcelas, pagando después por anualidades, etc. Se podría iniciar la financiación con créditos bancarios, que los campesinos amortizarían con pagos en el futuro”» (Testimonio de Alfonso Par Balcells, AGP, APD T-17695, p. 13).

[532] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 144-145.

[533] L’Osservatore Romano, 22-XII-1955, p. 4.

[534] Testimonio del Cardenal Julián Herranz Casado, AGP, APD T-19522, p. 7.

[535] La finca de Salto di Fondi se utilizó hasta 1966. Con el desarrollo turístico, aquello dejó de ser lugar tranquilo para el estudio y el descanso, y la sede de verano del Colegio Romano de la Santa Cruz se trasladó a un pueblo de montaña, en los Abruzos, muy cerca de L’Aquila. La nueva sede se llamó Tor d’Aveia.

[536] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 21-XI-1982, AGP, serie B.1.4 T-821121.

[537] Cfr. Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, APD T-0136, p. 3.

[538] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 130.

[539] Ibid., pp. 130-131.

[540] Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, AGP, APD T-0136, p. 3.

[541] Cfr. Tessera Adscriptionis en el “Pontificium Institutum Utriusque Iuris”, de la Universidad Lateranense, como oyente ordinario (Roma, 30-X-1946): AGP, APD D-19429.

[542] Cfr. Adscriptio in Angelicum (Roma, 10-XI-1947): AGP, APD D-10248.

[543] Cfr. Del Portillo, Á., Carta al Cardenal Luigi Lavitrano, AGP, APD C-480209.

[544] Cfr. Carta del Prefecto de la Congregación de Religiosos, pidiendo dispensa de escolaridad y contestación del Rector del Angelicum (AGP, APD D-18976). Por esas mismas fechas obtuvo el carnet de conducir internacional (AGP, APD D-17051), pensando que le sería útil para desplazarse con más facilidad de Villa Tevere al palacio de las Congregaciones y al Angelicum.

[545] Cfr. Certificado de estudios de Licenciatura (curso académico 1947/1948) en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino “Angelicum”, Roma, 20-I-2003: AGP, APD D-18663.

[546] «Estudió con fe y preparó la tesis doctoral con el convencimiento de que así cumplía la voluntad de Dios. Ciertamente tenía una gran inteligencia, pero no descuidó la obligación de estudiar y de redactar la tesis con la mayor perfección posible; por eso, y lo veo como un resultado de su fe, obtuvo la máxima calificación en el examen del Doctorado» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 406-407).

[547] Cfr. Certificado de estudios de Doctorado (curso académico 1948/1949) en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino “Angelicum”, Roma, 20-I-2003: AGP, APD D-18662.

[548] Se refiere al Siervo de Dios José María Hernández Garnica.

[549] Diario de Villa Tevere, anotación del 22-X-1948, AGP, serie M.2.2, D 436-14,.

[550] Diario del Colegio Romano de la Santa Cruz, anotación del 19-II-1954, AGP, serie M.2.2, D 427-21.

Capítulo 12 Años de expansión apostólica
 
Desde el momento de su nacimiento, en 1928, el Opus Dei tenía entraña universal, católica. En 1936, san Josemaría estaba preparando la expansión apostólica a algunas ciudades de España y a París, pero la Guerra civil española impidió esos proyectos. Después, la segunda Guerra mundial supuso un nuevo obstáculo.
En cuanto se silenciaron los cañones, comenzó la propagación de la labor apostólica en Europa y América. El primer fiel del Opus Dei que cruzó los confines de la península ibérica para vivir durante un periodo de tiempo en otro país fue José Orlandis, que se trasladó a Roma en 1942 por motivos profesionales. En 1946 ya vivían otros en Portugal, de modo estable; y en las Navidades de ese mismo año llegó el primero a Inglaterra. En octubre de 1947 fueron algunos a estudiar a Dublín y París. En 1949 se comenzó en México y Estados Unidos. En 1950, Chile y Argentina. En 1951, Venezuela y Colombia. En 1952, Alemania; 1953, Guatemala y Perú; Ecuador en 1954; Suiza y Uruguay en 1956; Austria, Brasil y Canadá, en 1957; El Salvador, Kenia y Japón, en 1958; Costa Rica, en 1959. Y, en el siguiente decenio, Holanda (1960), Paraguay (1962), Australia (1963), Filipinas (1964), Nigeria y Bélgica (1965), y Puerto Rico (1969).
En frase del Fundador, esta expansión se realizó al paso de Dios. En 1951 algunos comentaban: ¡Cómo corre el Opus Dei! Y san Josemaría, a la vez que daba gracias al Señor por cómo sus hijos difundían por el mundo el buen olor de Cristo, escribía: «No saben que yo me he esforzado todo lo posible porque no corriera; hemos tirado de las riendas a este caballo joven, para que no se pudiera encabritar»[551].
 
 
1. Primeros frutos apostólicos en Roma
 
Desde que comenzó a residir establemente en la Urbe, don Álvaro procuró desarrollar una intensa actividad pastoral, en la medida que se lo permitían sus otras obligaciones. Al principio, se prodigó con los amigos de Salvador Canals y José Orlandis, que llevaban ya una temporada en Roma. Fruto de aquella labor, como ya se ha dicho, fue la incorporación al Opus Dei de Vladimiro Vince y —más tarde— de Anton Wurster, ambos de nacionalidad croata. Pronto llegaron también los primeros italianos.
El primogénito de Italia fue Francesco Angelicchio, que pidió la admisión el 9 de noviembre de 1947; el 26 de enero siguiente se incorporaba Renato Mariani; el 22 de febrero, Luigi Tirelli; el 29, Mario Lantini[552]. En poco tiempo creció considerablemente el número de estudiantes universitarios que acudían al Pensionato para recibir dirección espiritual, o asistir a las meditaciones y retiros que predicaba don Álvaro.
En enero de 1948, san Josemaría, acompañado por don Álvaro, efectuó un rápido viaje a Loreto —sería el primero de una serie, con el correr de los años—, para encomendar a Nuestra Señora la expansión de la Obra por Italia. Llegaron la tarde del día 3, y enseguida hicieron un rato de oración en la Santa Casa. En aquella breve visita se manifestó, una vez más, la profundísima unión de afectos e intenciones de don Álvaro con el Fundador. Al salir de la basílica, san Josemaría le preguntó: “Álvaro, ¿qué has pedido a la Virgen?” “¿Quiere que se lo diga? ”, contestó don Álvaro. Ante el gesto afirmativo del Fundador, comentó: «Pues le he repetido lo de siempre, pero como si fuera la primera vez. Le he dicho: te pido lo que te pida el Padre»[553].
Inmediatamente, comenzaron a poner las bases para impulsar el desarrollo apostólico. Una semana más tarde, el 11 de enero, partían rumbo a Milán para saludar al Cardenal Ildefonso Schuster (que sería beatificado por Juan Pablo II el 12 de mayo de 1996) y estudiar las posibilidades de comenzar el trabajo en aquella ciudad[554]. El día 11 estaban en Pisa y el 12 pasaron la noche en Génova. El 13 hicieron el trayecto Serravalle-Pavía-Milán[555]; en la capital lombarda se entrevistaron con el Beato Schuster y también con el padre Gemelli. El 14 fueron a Piacenza; el 15 pasaron por Rímini y, por fin, el 16 estaban de vuelta en Roma.
El 18 de junio emprendían otro periplo, más fatigoso, hacia Calabria y Sicilia, también con el objeto de preparar la futura labor de la Obra en esas regiones. Tras pasar por Nápoles, hicieron noche en Scalea, una localidad de la Calabria. El día siguiente llegaron a Regio de Calabria, donde visitaron al Arzobispo, Mons. Antonio Lanza. El 20 atravesaron el estrecho de Mesina, para dormir en Catania. El 21, don Ricceri, el párroco de Nostra Signora della Mercede, que les había atendido cariñosamente en la ciudad, quiso llevarles a ver el volcán Etna. Después, iniciaron el regreso: entraron en la península y esa noche durmieron en Palmi (Calabria); el 22 llegaron hasta Salerno, en la Campania; y el 23, a Roma. Fue un viaje agotador, de más de mil kilómetros, y cinco personas apretadas en un pequeño automóvil[556].
A lo largo de 1948, don Álvaro se ocupó en primera persona de impartir la formación ascética y apostólica a los fieles italianos de la Obra[557]. Una frase del diario de Villa Tevere, muestra cómo era su celo sacerdotal: «Álvaro está todo el día muy fastidiado y a pesar de todo no ha parado de charlar con gente, dar meditaciones y trabajar»[558]. Efectivamente, procuraba transmitir el amor a Dios y al prójimo, pasando por encima de las muchas ocupaciones, de su mala salud, o de las limitaciones materiales de la pequeña casa en que vivían. Esta generosidad la premiaba el Señor derramando abundantes gracias sobre quienes se acogían a su dirección espiritual, escuchaban su predicación o asistían a su Misa[559].
Lo podemos comprobar, por ejemplo, en los efectos que produjo el curso de retiro que predicó del 26 al 30 de diciembre, a pesar de padecer un fuerte dolor de muelas durante esas fechas[560]. Mons. Mario Lantini ha consignado este testimonio: «La predicación de don Álvaro en aquellos días fue definitivamente eficaz para mi alma. Lo he recordado siempre: el 31 de diciembre, una vez vuelto a Roma, repetía yo, con gran intensidad espiritual, frases y palabras del Evangelio que había meditado en los días precedentes al hilo de la predicación de don Álvaro. Palabras de empeño apostólico usadas por san Pablo, como aquel “omnia possum in Eo qui me confortat”»[561].
Y, a propósito de la devoción con que celebraba la Eucaristía, ha anotado también Mons. Lantini: «A distancia de tantos años, veo aún a don Álvaro del Portillo que accede al altar para celebrar la Santa Misa. Preparación atenta, prolongada, en oración, meditada, seria y al mismo tiempo evidente en su “festosidad” de relación filial con Jesucristo. (...) Rezaba con voz clara y normal; leía el misal sin énfasis superfluos; tocaba la Hostia consagrada con un profundo recogimiento y, en la elevación, parecía que no se conformaba solo con mostrarla físicamente, sino que quería alzarla sobre la realidad del mundo entero»[562].
 
 
2. Consiliario del Opus Dei en Italia
 
El 27 de octubre de 1948, san Josemaría Escrivá erigió la región de Italia, como circunscripción del Opus Dei, y nombró Consiliario[563] a don Álvaro, que asumió este nuevo encargo con su generosidad y buen hacer habituales[564]. A partir de enero de 1949 promovió una serie de viajes apostólicos de miembros del Opus Dei a diversas capitales italianas, aprovechando los fines de semana, para que no perdieran clases en la universidad[565]. Nada más llegar a la ciudad de destino, avisaban a sus amigos, o simplemente conocidos, y les impartían medios de formación cristiana, les daban a conocer el espíritu del Opus Dei y les animaban a hacer apostolado con otras personas.
Impresiona el elenco de los desplazamientos realizados en un solo año, casi siempre en tren —horas y horas, sirviéndose de un sistema ferroviario que aún mostraba claramente las consecuencias de la guerra—, a Bari, Nápoles, Palermo, Catania, Génova, Pisa, Bolonia, Milán, Turín... También es llamativo el número de universitarios que pidieron la admisión en la Obra en aquel tiempo. Lo recordaría años más tarde el mismo don Álvaro: «Verdaderamente, el Señor bendijo copiosamente esos viajes. Todas las semanas partíamos, siempre de dos en dos, como los discípulos del Señor, siguiendo lo que el Padre nos indicaba»[566].
No se conformaba con impulsar a los jóvenes de la Obra en esa expansión apostólica, sino que acudió personalmente a las ciudades, también para visitar a los obispos correspondientes[567]. Así, entre el 18 y 21 de febrero le vemos en Milán y Turín; y una semana más tarde, del 28 de febrero al 2 de marzo, en Palermo y Catania. En la capital de Sicilia ocurrió una anécdota significativa. El Cardenal Ernesto Ruffini, al saber que don Álvaro iba a la ciudad, indicó a las asociaciones de jóvenes católicos de la diócesis que fueran a escucharle, para que —así lo afirmó; indudablemente, sin mucho tacto— “les enseñara cómo debían hacer su labor apostólica”. Se necesitó toda la prudencia y simpatía de don Álvaro para, sin contradecir al cardenal, explicar a los oyentes que no había ido a enseñarles nada, sino a aprender de ellos y a darles a conocer el mensaje del Opus Dei[568]. En diciembre de 1949 se trasladaron a vivir unos pocos miembros de la Obra a Milán y a Palermo[569].
El crecimiento en Roma hacía muy conveniente disponer de una sede con condiciones para celebrar cursos de retiro, convivencias de formación doctrinal, conferencias, etc. En marzo de 1948 don Álvaro había conocido a una señora mayor, la condesa Campello, que disponía de una casa en Castelgandolfo en la que, durante la segunda Guerra Mundial, había atendido a un cierto número de refugiados de países europeos —sobre todo rumanos—, huidos del dominio comunista. El inmueble era grande, aunque se encontraba en muy mal estado. Allí, en el mes de mayo, predicó un retiro a universitarios, y comprobó que —con los necesarios arreglos— reuniría condiciones para actividades apostólicas. En realidad, la aristócrata solo era propietaria de los edificios, porque el terreno pertenecía a la Santa Sede.
En esa época, los médicos habían indicado a san Josemaría que debía hacer más ejercicio físico, porque la diabetes que padecía era muy fuerte. Como en Roma no resultaba fácil cumplir la prescripción facultativa, en ocasiones, después de una jornada intensa de trabajo, se acercaba con don Álvaro a Castelgandolfo para dar un paseo en los aledaños del lago Albano, muy cerca de la Villa ocupada por el Papa durante algunos periodos del verano. En esas salidas, se convencieron de que, efectivamente, la casa de la condesa Campello podría ser muy útil para las actividades apostólicas.
San Josemaría recordaba que, antes de trasladarse a Roma, don Leopoldo Eijo y Garay le había hablado precisamente de esta condesa —que tocaba el arpa, y que promovía muchas actividades apostólicas—, y rezaba para que se cumpliera esa intención. «Con toda verdad aseguraba nuestro Padre que estos edificios son fruto de sus oraciones. Venía a Castelgandolfo y (...) rezaba un Avemaría tras otra para que se hiciese realidad este instrumento de apostolado. Yo me unía a su petición con toda el alma»[570].
La oración produjo los frutos deseados. Al año siguiente, la condesa ofreció la casa y, a continuación, don Álvaro emprendió las gestiones pertinentes con las autoridades del Vaticano. En julio de 1949, el Papa Pío XII cedió el uso de la finca[571]. Apenas un mes más tarde empezó en Villa delle Rose —ese fue el nombre que se dio al centro— un curso de formación teológica para miembros del Opus Dei de Italia y de otros países, que duraría casi todo el mes de septiembre. San Josemaría y don Álvaro acudieron todos los días desde Roma, por la mañana o por la tarde, para colaborar en la preparación ascética y doctrinal de los participantes.
Al comenzar el verano de 1950, san Josemaría manifestó el deseo de que la región de Italia tuviera cuanto antes un centro en Roma, distinto de Villa Tevere. Indicó a sus hijos italianos que lo buscasen, advirtiéndoles que como no lo encontrasen “se irían a vivir debajo de un puente del Tíber”. Esto lo comentaba en broma, pero también para empujarles pues, aunque sabía que no les resultaría fácil conseguir un inmueble adecuado, era necesario para el desarrollo de la labor apostólica. Al poco, dieron con un “villino” —una pequeña casa independiente—, en la calle Pompeo Magno, n. 9, esquina a Virginio Orsini; pero el precio era demasiado alto para sus posibilidades: unos cuantos millones de liras, que no tenían. De todos modos, concertaron una cita con el propietario.
El día anterior a la entrevista, solo disponían de algunos centenares de miles de liras para la deseada adquisición. Esa tarde, los encargados de las gestiones fueron a ver a don Álvaro para exponerle la situación. Su respuesta fue: «Habéis hecho lo posible; el resto lo hará el Señor. Id a rezar». Al día siguiente, un benefactor que quiso mantener el anonimato hizo llegar al Fundador la cantidad que necesitaban[572]. El centro de Pompeo Magno perdura hasta hoy.
 
 
3. Por los caminos de Europa
 
Durante su estancia en Burgos, entre 1938 y 1939, en ocasiones san Josemaría dio algún paseo por las afueras de la ciudad, junto al río Arlanzón. Allí, mientras contemplaba el horizonte que se extendía a sus ojos, su pensamiento corría a los confines del mundo, hasta donde debía llevar el mensaje que Dios le hacía ver con tanta claridad. Como un reflejo de estas ansias, escribió en Camino: «¿Te acuerdas? Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo. —Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles»[573] .
No habían pasado diez años desde que escribió esas líneas, cuando comenzó a cumplirse el propósito. No le detuvieron las objetivas y graves dificultades existentes: Europa estaba aún muy destruida por el conflicto bélico; los problemas económicos eran inmensos; el camino jurídico avanzaba sorteando todo tipo de obstáculos..., y su salud dejaba mucho que desear. Su fe y su generosidad movían montañas: por eso, “en Roma y desde Roma”, como le gustaba repetir, comenzó la siembra de la semilla del Opus Dei por todo el mundo.
El Fundador, acompañado por don Álvaro, se ocupó de hacer personalmente la “prehistoria” de los comienzos en casi todas las naciones del Viejo continente. Como explicó Mons. del Portillo, «la prehistoria consistía en que, mucho antes de que se estableciera el primer centro de la Obra en las distintas naciones, nuestro Padre, con muchísima anticipación —yo he sido testigo—, había fertilizado aquel terreno con rezos y mortificaciones; había cruzado ciudades, rogado en iglesias, tratado a la Jerarquía, visitado tantos sagrarios y santuarios marianos, para que, al cabo del tiempo, sus hijas e hijos encontraran roturado el terreno en aquel nuevo país. Roturado y sembrado, porque, como solía decir, había lanzado a manos llenas por tantas y tantas carreteras y caminos de esa nación la semilla de sus avemarías, de sus cantos de amor humano que convertía en oración, de sus jaculatorias, de su penitencia alegre y confiada»[574].
Recorrió bastantes millares de kilómetros, por carreteras maltrechas, y en automóviles incómodos. Aquellos trayectos eran marianos y penitentes. «Durante todos esos viajes —explica Mons. Echevarría, que les acompañaría habitualmente en años sucesivos—, no faltaban las visitas a algunos santuarios marianos, para poner a los pies de la Virgen las oraciones por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes, por el pueblo fiel, por los apostolados del Opus Dei. Sin perder el tiempo, se desviaban del viaje lo necesario para incluir esas etapas marianas, ofreciendo gustosamente el sacrificio que comportaba, pues no era nada grato recorrer kilómetros y kilómetros por carreteras en muy mal estado. Concretamente hicieron visitas a los santuarios de Loreto, Fátima, Lourdes, Mariazell, etc.»[575].
El primer desplazamiento más allá de las fronteras de Italia fue a finales de 1949. San Josemaría y don Álvaro partieron el 22 de noviembre hacia Génova, Milán, Como, Turín y Bolzano. El 29, cruzaron la frontera con Austria, y se detuvieron en Insbruck, donde saludaron al rector y a algunos profesores de la Universidad Católica de esa ciudad. El 30 entraron en Alemania, y se acercaron a Munich, donde el Cardenal Faulhaber acogió con grandísimo cariño al Fundador y le pidió que comenzase el trabajo de la Obra en Baviera lo antes posible. El 1 de diciembre emprendieron el regreso por Innsbruck, Trento, Venecia y Bolonia. Llegaron a Roma el día 4 de diciembre[576].
Después, a lo largo de los años, repitieron muchas veces recorridos semejantes: eran viajes rápidos, como incursiones apostólicas, en los que no había espacio para el turismo. Para dar una idea del ritmo de trabajo que se imponían y del impulso que imprimían al apostolado en los países respectivos, basta un somero repaso de la actividad que desarrollaron durante su primer traslado a Inglaterra, en el verano de 1958[577].
El 23 de julio, el Fundador del Opus Dei, don Álvaro y don Javier Echevarría salieron de Roma, en automóvil, con dirección a Milán, Lucerna, París y Londres, donde llegaron el 4 de agosto[578]. Hacía algo más de diez años desde el comienzo de la labor apostólica en Gran Bretaña.
Durante su estancia en la capital de Inglaterra, san Josemaría tuvo una suceso íntimo, que comentaría después, en Roma, durante una meditación predicada a sus hijos: «Me encontraba hace poco más de un mes en una nación a la que quiero mucho. Allí pululan las sectas y las herejías, y reina una gran indiferencia ante las cosas de Dios. Al considerar ese panorama me desconcerté y me sentí incapaz, impotente: “Josemaría, aquí no puedes hacer nada”. Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Toda la pobre ineficacia mía estaba tan patente, que casi me puse triste; y eso es malo. ¿Que se entristezca un hijo de Dios? Puede estar cansado, porque tira del carro como un borrico fiel; pero triste, no. ¡Es mala cosa la tristeza! De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad, al camino del Señor, a la salvación! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»[579].
Entendió que Dios le hacía un reproche cariñoso. Como si le dijera: trabaja más; pon más medios humanos, porque cuentas con toda la ayuda de la gracia, que es siempre eficaz. El Fundador del Opus Dei respondió a la moción divina con una actividad apostólica impresionante. En poco más de un mes, impulsó la nueva instalación de la Comisión regional en Inglaterra, inició los trámites para una residencia de estudiantes en Oxford, que se conseguiría el año siguiente; comenzó a buscar una iglesia en Londres que pudiera confiarse a los sacerdotes del Opus Dei.
Para esas gestiones se apoyó de modo muy especial en don Álvaro. Por lo que se refiere a la iglesia, consideraron dos posibilidades. «[En] una, que estaba cerca de la Universidad de Londres, (...) todos los ministros (...) dicen que son obispos y que cuando se muera el último, se terminará el mundo; ¡nada menos! Quisimos verla, con intención de conseguir hacernos cargo de ella, aunque no tuviésemos dinero. No nos dejaron visitarla por ser católicos. La segunda estaba cerca de Oxford Street, en Hannover Square. Yo hice muchas gestiones para obtener el dinero necesario, porque me lo mandó el Padre. Pero no salió adelante»[580]. El proyecto no cuajó entonces, pero sí cuarenta y siete años después, cuando la diócesis de Londres confió a los sacerdotes de la Prelatura la atención pastoral de la iglesia de santo Tomás Moro.
Durante ese periodo en Inglaterra, don Álvaro tuvo otra iniciativa de cariño filial, que tendría repercusión en millares de almas, con el paso del tiempo. Lo contó en julio de 1980, durante una breve estancia en Londres: «Íbamos nuestro Padre y yo paseando por New Bond Street y vimos un estudio fotográfico. Le dije: —Padre, no tenemos ninguna buena fotografía suya; ¿por qué no se hace una? —Sí, me respondió; pero te la haces tú también. Subimos sin tener cita ni nada. El estudio estaba en el primer piso y el fotógrafo era un viejecito... Nos pusimos de acuerdo, y volvimos otro día vestidos de sotana. Nos hizo las fotografías, que son muy buenas. (...) El Padre estaba muy serio. Siempre que se ponía ante la cámara, tendía a poner cara de foto: una cara como oficial, seria. Y aquel viejo fotógrafo debió de pensar que estábamos locos, porque yo hacía gestos divertidos, hasta que el Padre sonrió un poco. El fotógrafo aprovechó ese momento para impresionar la placa»[581]. A partir de 1975, esa fotografía se ha empleado en muchas ediciones de la estampa para la devoción a san Josemaría.
Mons. Echevarría recuerda que también hicieron visitas a Westminster Abbey, para pedir por la unidad de los cristianos, y a Canterbury, para rezar ante la reliquia de la cabeza de santo Tomás Moro, que se encuentra en la iglesia anglicana de san Dunstan[582].
El 16 de septiembre emprendieron el regreso a Roma, en un viaje que les llevó a Bruselas, La Haya, Colonia y Zurich, para alentar el entonces incipiente trabajo apostólico en esas ciudades. El 30 de septiembre se encontraban de nuevo en Villa Tevere[583].
El surco del Opus Dei fue abriéndose en los nuevos países, abonado por la oración y la penitencia de san Josemaría, con espíritu evangélico. No podía ofrecer medios económicos a los que se trasladaban para comenzar el trabajo, por la sencilla razón de que no los tenía. Cuando llegaba el momento de partir, les decía: «Hijos míos, siento no poder daros ayuda material, pero os doy lo mejor que tengo, una Cruz, una imagen de la Santísima Virgen y mi bendición de padre»[584]. Después, desde Roma, proponía las medidas de gobierno oportunas, para encauzar del mejor modo el esfuerzo de quienes estaban en la primera línea de los frentes apostólicos. Pero, además, les escribía muchísimas cartas[585], redactadas en un tono familiar, que mostraban la oración del Padre por sus hijos, su deseo de acompañarles en la vida cotidiana y ayudarles a crecer en la fe, animándoles a superar las dificultades lógicas de comenzar en lugares muy diferentes a sus países de procedencia. Con frecuencia, comenzaba las cartas el Fundador y don Álvaro añadía unas letras, impulsando a la unidad de todos con san Josemaría[586].
 
 
4. La Aprobación definitiva del Opus Dei
 
El beneplácito de la Santa Sede y el régimen universal otorgado por el Decretum laudis de 1947, facilitaron el desarrollo apostólico por otros países, pero, paradójicamente, no terminó con la “contradicción de los buenos”: más aún, esta volvió a manifestarse de manera virulenta. En carta a sus hijos, fechada el 8 de diciembre de 1949, escribía el Fundador: «Desde fines del 1947 —¡cuando ya pensábamos que callarían!—, se han levantado más calumnias graves, constantes, organizadas»[587]. Esta vez la tempestad tuvo su foco en Italia, donde algunos eclesiásticos propagaron el infundio de que la sanción canónica recibida por el Opus Dei era solo provisional, y que la aprobación definitiva le sería denegada[588].
Ante estas habladurías, que ponían en entredicho lo logrado hasta entonces, san Josemaría consideró con detenimiento si convenía solicitar esa aprobación definitiva de la Santa Sede o si, por el contrario, era más prudente no emprender de momento nuevas gestiones, porque le constaba que algunos miembros de la Congregación de Religiosos tenían una visión de los Institutos seculares muy distinta a la suya, y existía la posibilidad de que intentaran desvirtuar el espíritu que Dios quería para el Opus Dei.
Pero las insidias se multiplicaban. Por eso, después de meditarlo en la presencia de Dios, decidió pedir una nueva aprobación, con el fin de obtener una «mayor estabilidad al derecho propio, integrando en un cuerpo unitario las declaraciones y rescriptos de la Santa Sede obtenidos con posterioridad al Decretum laudis, y (...) una definitiva sanción pontificia de la bondad de la institución, con el reconocimiento pleno por parte de la Iglesia de que el Opus Dei era un verdadero camino de santidad»[589].
En la carta ya citada, del 8 de diciembre de 1949, escribía el Fundador: «La aprobación definitiva, hijas e hijos míos, nos dará nueva estabilidad, un arma de defensa, más facilidad para el trabajo apostólico; y asentará de nuevo los principios fundamentales de la Obra: la secularidad, la santificación del trabajo, el hecho de que somos ciudadanos corrientes y, sobre todo, especialmente en la parte espiritual, nuestra convicción de que somos hijos de Dios»[590]. De estas palabras se deduce, sin lugar a dudas, que el quid de la cuestión era el reconocimiento del carácter secular de los miembros y de los modos apostólicos de la Obra.
Como en las ocasiones anteriores, san Josemaría solicitó la colaboración de don Álvaro en la redacción del Codex del Opus Dei y en los trámites relacionados con los dicasterios de la Santa Sede[591]. Ayuda que prestó con su habitual humildad, con la firme convicción de que su papel consistía únicamente en secundar a san Josemaría, que era el depositario del carisma fundacional. El mismo Fundador contó que, mientras escribía los estatutos, pedía a don Álvaro que los fuera leyendo y le dijera, con libertad, si le parecía que todo estaba bien expresado. Siempre que le hacía una sugerencia sobre cualquier asunto —por ejemplo, el cambio de una palabra—, aunque no afectase al contenido, don Álvaro apostillaba con respeto: “Padre, no me haga caso si no le parece bien, porque usted es quien tiene la luz de Dios”[592].
La aprobación definitiva de la Santa Sede llegó con el Decreto Primum inter, emanado el 16 de junio de 1950[593], que incluyó dos novedades de gran importancia para el Opus Dei: la posibilidad de que personas casadas se incorporaran a la Obra, y que los sacerdotes diocesanos pudieran asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin alterar en lo más mínimo su incardinación en la propia diócesis y la dependencia de su Ordinario[594].
 
 

[551] San Josemaría, Carta 14-IX-1951, n. 2., cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 317.

[552] Cfr. Diario de Villa Tevere, AGP, serie M.2.2, D 436-10, 436-11 y 436-12, anotaciones de esos meses.

[553] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas el 3-I-1948: AGP, Biblioteca, P01, 1977, 41.

[554] El Cardenal Schuster pidió con insistencia que el Opus Dei comenzase cuanto antes su actividad apostólica en la Archidiócesis lombarda: cfr. Capucci, A., San Josemaría e il beato Ildefonso Schuster (1948-1954), Studia et Documenta 4 (2010) pp. 215-254.

[555] Ese día, el Fundador encontró el modo para que, dentro de los márgenes que dejaba la Const. Ap. Provida Mater Ecclesia, pudieran ser miembros del Opus Dei también personas casadas. Los puentes sobre el Po estaban aún destruidos, y tuvieron que cruzar el río sobre un puente hecho a base de barcazas. Era una jornada de espesa niebla, y los pasajeros solo sabían que estaban atravesándolo por el ruido y el traqueteo del automóvil, pues la visibilidad era nula. «Era un día oscuro y de mucha niebla... Y a la altura de Pavía, más o menos, nuestro Padre exclamó: ¡caben! El Señor le iluminó: había encontrado la solución canónica, el camino para los supernumerarios. Y vino la aprobación de la Santa Sede» (Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 11-X-1980: AGP, serie B.1.4 T-801011).

[556] Cfr. Scorpiniti, A., La Calabria di Escrivà. Viaggio sulle tracce del fondatore dell’Opus Dei, Progetto 2000, Cosenza 2007, pp. 50-63 y 73-78.

[557] Mons. Luigi Tirelli apunta que: «Prácticamente, durante 1948, fue el único sacerdote de la Obra que había en Roma, y los primeros italianos hablábamos con él» (Testimonio de Luigi Tirelli, AGP, APD T-15526, p. 5. El texto original está en italiano).

[558] Diario de Villa Tevere, anotación 11-V-1948, AGP, serie M.2.2, D 436-12.

[559] Cfr. Testimonio de Mario Lantini, AGP, APD T-17237, p. 1 (el texto original está en italiano).

[560] «Durante todos los ejercicios atormentó a Álvaro constantemente el dolor de muelas que viene padeciendo desde hace tiempo; esto hizo necesario que en varias ocasiones fuese sustituido por Juan Bautista» (Diario de Villa Tevere, AGP, serie M.2.2, D 436-14). Se refiere al sacerdote Juan Bautista Torelló, que se acababa de trasladar a Roma.

[561] Testimonio de Mario Lantini, AGP, APD T-17237, p. 5.

[562] Ibid., p. 3.

[563] Vid. AGP, APD D-18.964. El Consiliario —actualmente se llama Vicario regional— es quien hace cabeza en las circunscripciones territoriales en que se estructura el Opus Dei, que suelen coincidir con los países. Don Álvaro fue Consiliario de Italia hasta el 6 de mayo de 1951.

[564] «Desde el comienzo, se esforzó por aprender con profundidad la lengua italiana, que manejaba con muy buen conocimiento, también en la escritura. Esa misma pasión por la lengua, le ayudaba a conseguir más amigos o conocidos, pues apreciaban el empeño con que quería hacerse italiano con los italianos» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 131-132).

[565] Así lo narra Mons. Mario Lantini, entonces joven estudiante de ingeniería en Roma: «Organizó detalladamente para cada uno de nosotros las tareas que debíamos desarrollar: recogida de direcciones de familias, de estudiantes universitarios, etc.» (Testimonio de Mario Lantini, AGP, APD T-17237, p. 7).

[566] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar: AGP, Biblioteca, P02, 1994, 147.

[567] Cfr. Testimonio de Mario Lantini, AGP, APD T-17237, p. 7.

[568] Cfr. Testimonio de Luigi Tirelli, AGP, APD T-15526, p. 11.

[569] Cfr. Testimonio de Mario Lantini, AGP, APD T-17237, p. 7.

[570] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 12-XII-1977: AGP, Biblioteca, P02, 1977, 1328.

[571] «21 de julio —Castelgandolfo. Laus Deo!» escribirá san Josemaría en su agenda (cfr. San Josemaría, Agenda, anotación del 21-VII-1949, D-18859). Pío XII cedió el terreno en usufructo; después, en 1959, Juan XXIII concedió la propiedad.

[572] Cfr.Testimonio de Alberto Taboada del Río, AGP, APD T-15743, p. 8, y Testimonio de Francesco Angelicchio, RHF, T-299, 1.

[573] San Josemaría, Camino, op. cit., n. 811.

[574] Del Portillo, Á., Instrumento de Dios: en Del Portillo y Diez de Sollano, Á., Ponz Piedrafita, F. y Herranz Rodríguez, G., En memoria de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Eunsa, Pamplona 1976, p. 36.

[575] Echevarría Rodríguez, J., en ibid., p. 159.

[576] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 152.

[577] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 340-349.

[578] Cfr. Agenda con datos cronológicos de san Josemaría Escrivá de Balaguer (D-18859).

[579] San Josemaría, Meditación del 2-XI-1958: AGP, Biblioteca P01, 1981, 350-351.

[580] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 19-VII-1980, AGP, serie B.1.4 T-800719.

[581] Ibid.

[582] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 161.

[583] Cfr. Diario de Villa Tevere, anotación del 30-IX-1958, AGP, APD D-18016.

[584] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., nota 34 de p. 324.

[585] Un ejemplo entre muchos es la correspondencia con Juan Larrea Holguín (1927-2006), primer fiel ecuatoriano del Opus Dei, que pasó dos años siendo el único miembro de la Obra en su país (cfr. Larrea J., Dos años en Ecuador (1952-1954): recuerdos en torno a unas cartas de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Studia et Documenta 1 (2007), pp. 113-125). Mons. Larrea fue arzobispo de Guayaquil y profesor de derecho en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Por su abundante producción científica, fue miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, así como académico correspondiente de la Real Academia de la Lengua de España (cfr. Vázquez, A., Juan Larrea: un rayo de luz sobre fondo gris, Palabra, Madrid 2009, pp. 270).

[586] El doctor Diego Martínez Caro residió en París desde octubre de 1954 a 1956. El 7 de marzo de 1955 comenzó a vivir en un centro del Opus Dei, situado en el boulevard St. Germain. Recuerda que «me escribía con don Álvaro periódicamente. San Josemaría ponía siempre algunas líneas en esas cartas que nos daban ánimo y nos empujaban a hacer un apostolado intenso en la Sorbona y en la facultad de medicina» (Testimonio de Diego Martínez Caro, AGP, APD T-1279, p. 4).

[587] San Josemaría, Carta 8-XII-1941, n. 4: cit. en De Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 221.

[588] A la aprobación ad experimentum debía seguir la aprobación definitiva del Instituto Secular y de sus Constituciones, según establecía el Art. VII, párrafo 3, de la Lex peculiaris, o parte normativa de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia: cfr. AAS 39 (1947), pp. 114-124.

[589] De Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 221.

[590] San Josemaría, Carta 8-XII-1949, n. 19, cit. en ibid.

[591] Cfr. Testimonio de Fernando Valenciano Polack, AGP, APD T-18489, p. 7.

[592] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 639.

[593] Para este tema, cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 235-237; el Decreto se encuentra en ibid., Apéndice 31, pp. 544-553.

[594] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 121.

Capítulo 13 Dolores y gozos
 
Refiriéndose a la unidad, sobrenatural y humana, de afectos e intenciones que existía entre san Josemaría y don Álvaro, el Cardenal Andrzej Maria Deskur afirmó que «aun siendo de caracteres distintos, Álvaro era como una reduplicación del Fundador. No una copia inerte, sino un retrato vivo y fiel. Llevaba esculpidas en la mente sus enseñanzas y, lo que es más importante, su alma había asimilado su ejemplo hasta tal punto, que no podías distinguir lo que era suyo de lo que surgía de su contacto con el Padre. Hasta que entendías que no se podía realizar esa distinción: todo lo que Álvaro aprendió de san Josemaría lo hizo profundamente suyo, parte de sí mismo, era su vida. Él fue el mejor ejemplo de la virtud de la fidelidad»[595].
Y Mons. Antonio Maria Travia, que conoció a don Álvaro desde sus primeros tiempos en Roma, usaba una imagen semejante: «era como una “fotocopia” del Fundador, en el sentido de que era una reproducción fiel de los rasgos más característicos de su carisma»[596].
 
 
1. Una peligrosa apendicitis
 
En febrero de 1950, don Álvaro sufrió una apendicitis. Al principio, la afección no parecía muy grave, pero preocupó a san Josemaría, como se lee en estas líneas dirigidas a sus hijos de Madrid: «Álvaro está en cama con un ataque de apendicitis, aunque no fuerte, muy molesto: hoy le han hecho radiografías, y parece que los médicos se inclinan a aconsejar la operación. La cosa viene de lejos, como sabéis, pero en estos días se ha hecho aguda; y él, por no dejar el trabajo, se ha callado hasta que no ha podido más. Ya lo conocéis. Encomendadlo, porque, aunque sólo sea una operación corriente, para nosotros es un gran lío: no tengo quienes le puedan sustituir, en el montón de asuntos de la Obra, que él lleva»[597].
Tras varios días de fuertes dolores, el Fundador quiso que le viera el profesor Faelli, quien dictaminó que era preciso operar urgentemente. El 22 de febrero fue ingresado en una clínica. Don Álvaro recordaba muchos años después que, en aquellos días, «el Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores»[598].
La operación se realizó el 26 de febrero, y resultó mucho más complicada de lo previsto. El cirujano se encontró ante un cuadro clínico difícil. Se trataba de una apendicitis retrocecal, con muchas adherencias, tanto que decidió cerrar sin hacer nada, porque le parecía un caso imposible de resolver. Entonces el Dr. Faelli, que estaba en el quirófano, dijo a su colega: “Este hombre es mi hermano, y por lo tanto tienes que sacarlo adelante como sea”. Gracias a Dios, el cirujano cambió de parecer y se resolvió todo favorablemente[599].
Como la intervención se alargó más de lo previsto, se hizo necesario aumentar la dosis de anestesia; y, por ese motivo, el despertar postoperatorio fue más lento de lo habitual. Y aquí ocurrió una anécdota, narrada por Encarnación Ortega, que tiene un claro significado espiritual. «Después de llevarlo del quirófano a su habitación, el cirujano, acercándose a la cabecera de la cama, empezó a llamarlo para despertarle: —¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro! Pero él permanecía sin dar señal de haber oído. Entonces el Padre, desde los pies de la cama, dijo a media voz: —¡Álvaro, hijo mío! Y don Álvaro abrió los ojos. Al contárnoslo, decía el Padre con orgullo: —Don Álvaro hasta anestesiado obedece»[600].
El suceso se completa con el episodio que nos ha dejado escrito Joan Masià. «Algún día después de la intervención quirúrgica, nuestro Padre me pidió que le acompañara a visitar al enfermo. En la habitación estábamos los tres solos y don Álvaro estaba delirando todavía (...). No hacía más que repetir esta frase: “Yo quiero trabajar junto al Padre, con todas mis fuerzas, hasta el fin de mi vida”. Como solo decía estas palabras, una y otra vez, nuestro Padre y yo, muy emocionados, casi con lágrimas en los ojos, tuvimos que abandonar la habitación»[601].
 
 
2. La más grave insidia contra la Obra
 
Tras la aprobación definitiva del Opus Dei por parte de la máxima autoridad de la Iglesia, era lógico pensar que por fin cesarían las contradicciones ocasionadas por algunos eclesiásticos. Sin embargo, a los pocos meses, el demonio volvió a desatar otro ataque: quizá mucho más peligroso aún que todos los sufridos en años anteriores, porque iba dirigido directamente contra la cabeza: gentes ajenas al Opus Dei iniciaron una trama con el fin de que la Autoridad Suprema expulsara de la Obra a su Fundador. No corresponde hacer aquí un análisis de los hechos[602], basta con exponer un brevísimo resumen.
En abril de 1951, cinco padres de familia italianos —instigados por un religioso— hicieron llegar al Papa una denuncia en la que afirmaban que sus hijos, desde que estaban en contacto con el Opus Dei, “habían perdido los valores morales sobre los que ellos habían construido su educación”. Apelaban al Romano Pontífice para que pusiera remedio. Al tener noticia de este hecho, siguiendo su pauta de conducta habitual —rezar, perdonar, callar y reparar—, san Josemaría decidió recurrir sobre todo a los medios sobrenaturales. El 14 de mayo, hizo la consagración de las familias de los fieles de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret, pidiendo el gaudium cum pace, la alegría y de la paz, para los parientes de los miembros del Opus Dei. Inmediatamente se comprobaron los frutos de la consagración, porque a los dos días uno de los denunciantes retiró su firma del documento que había suscrito; también los demás se dieron cuenta, muy pronto, de que sus preocupaciones carecían de fundamento, y dejaron de poner obstáculos a la vocación cristiana de sus hijos. Así se superó la tormenta.
Poco después, unos influyentes eclesiásticos de la Curia romana, que no aceptaban el espíritu del Opus Dei ni la secularidad de sus miembros, pretendieron dividir la Obra en dos entidades, una de mujeres y otra de varones, y decapitarlo, expulsando al Fundador y Presidente General[603]. Los manejos se llevaron en secreto. San Josemaría empezó a experimentar una gran desazón interior. Percibía síntomas, pero no datos, de que algo se tramaba contra la Obra. No sabía qué estaba sucediendo, aunque notaba señales de que el demonio se movía: «No sé qué pasa, pero algo pasa; estoy como un león rugiente (...), en vela, para que el diablo no nos muerda», escribió[604]. Entre esos síntomas se puede mencionar el hecho de que algunos Arzobispos —por ejemplo, el Cardenal Ruffini de Palermo, o el Cardenal Segura, de Sevilla— que hasta entonces se habían mostrado contentísimos de que el Opus Dei trabajase apostólicamente en sus diócesis, empezaron a mostrar una abierta antipatía. Alguien, desde Roma, les había encizañado.
Durante el verano de 1951, como el precedente, san Josemaría permaneció en la capital de Italia. En medio del desasosiego interior, no teniendo a quien recurrir en la tierra, acudió a la Madre del Cielo[605]. En primer lugar, pidió a todos sus hijos que repitieran muchas veces la jaculatoria Cor Mariæ dulcissimum, iter para tutum![606] (“Corazón Dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro!”). Después, el 9 de agosto, les envió una carta en la que les comunicaba que, en la fiesta de la Asunción de la Virgen, iría al Santuario de Loreto para consagrar el Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María, y les rogaba que se unieran espiritualmente a ese acto. Salió de Roma con don Álvaro, en automóvil, el 14 por la mañana; hicieron noche en Ancona, y el 15, a las 9.00, dijo la Misa en la Santa Casa[607]. Don Álvaro celebró a continuación y, mientras tanto, el Fundador logró quedarse de rodillas en el estrecho corredor que hay detrás del altar y allí hizo la consagración.
Regresó a Roma lleno de paz. No obstante, continuó en su súplica a la Madre de Dios. El 21 de ese mismo mes, siempre acompañado por don Álvaro, acudió al santuario mariano de Pompeya; el 22, al Divino Amore, de Roma. Y en octubre, el 6 y el 7 a Lourdes; el 9, al Pilar; y el 19, a Fátima.
Mientras tanto, en septiembre, el Cardenal Schuster, de Milán, quiso hablar con algunos de los fieles del Opus Dei que vivían en su ciudad. Les preguntó: —¿Cómo está el Padre? Le respondieron que, gracias a Dios, se encontraba muy bien. No entendieron que el santo cardenal quería trasmitirles un mensaje de alerta.
Transcurrieron varios meses más hasta que, el 5 de enero de 1952, llegó a don Álvaro del Portillo, Procurador General del Opus Dei, un escrito oficial del Secretario de la Sagrada Congregación de Religiosos, Mons. Larraona, en el que pedía «copia de las Constituciones del Opus Dei y del Reglamento interno de la Administración, con una relación escrita —doctrinal y práctica— del régimen del Instituto en sus dos Secciones, así como el modo concreto de llevar a cabo la singular colaboración sancionada por las Constituciones»[608].
Don Álvaro contestó al día siguiente, 6 de enero, adjuntándole copia de los Estatutos del Opus Dei y del Reglamento interno de la administración doméstica, además de un estudio de diez páginas en el que explicaba, de modo exhaustivo, la separación existente entre los hombres y las mujeres en la Obra, su régimen y relaciones.
Al relatar este suceso, en su biografía sobre el Fundador del Opus Dei, el historiador Vázquez de Prada se pregunta: «¿A qué pedir una copia del Derecho particular del Opus Dei? (...) ¿No había sido escrupulosa y detenidamente examinado, estudiado, aprobado y sancionado ese Derecho particular del Opus Dei? Porque es evidente que los Estatutos obtuvieron el nihil obstat del Santo Oficio en octubre de 1943, y que fueron sometidos más tarde a riguroso y exhaustivo examen por la Sagrada Congregación de Religiosos con ocasión de la erección diocesana en 1943; y otra vez al conceder el decretum laudis en 1947; y de nuevo en 1950 al solicitar la aprobación definitiva del Opus Dei[609]. Y, ese servicio doméstico que llevan las mujeres en las Administraciones de las casas del Opus Dei, ¿no ha sido acaso expresamente alabado y enriquecido con indulgencias por Pío XII en el Breve pontificio Mirifice de Ecclesia, de 1947?»[610]. Evidentemente, se estaba urdiendo alguna trama contra la Obra.
El día 15 de enero, el Cardenal Schuster volvió a insistir a los de Milán: «¿Tiene alguna cruz el Fundador?», sin añadir ninguna explicación. El 18 de febrero, no pudo esperar más y les advirtió de nuevo, pero ahora de modo suficientemente claro: «¿Pero no tiene en estos momentos una gran cruz encima? Decidle de mi parte que se acuerde de su paisano, san José de Calasanz, y que se mueva»[611]. El Cardenal se refería al conocido suceso de la vida de este Santo: en edad muy anciana, a causa de unas calumnias, fue juzgado por un tribunal eclesiástico y expulsado de la congregación religiosa que él mismo había fundado.
Al recibir ese aviso, san Josemaría entendió perfectamente la insidia que estaban maquinando: decapitar la Obra y dividir en dos instituciones distintas a los hombres y a las mujeres. Con esa información, preparó una carta para el Papa, fechada el 12 de marzo, y la entregó al Cardenal Tedeschini —de acuerdo con él—, que detentaba el cargo de Protector del Opus Dei[612], para que la leyera a Pío XII una semana más tarde. En ese documento, el Fundador explicaba el espíritu del Opus Dei y sus modos apostólicos, al tiempo que denunciaba —con caridad, pero sin rodeos— las intrigas que algunos habían puesto en marcha, a espaldas del Romano Pontífice.
Sin duda, fue un paso audaz, pero —como anota Vázquez de Prada— «era necesario que el mensaje le llegara al Papa claro y directo, porque eran muchas las razones para sospechar que, quienes movían los hilos de aquel tenebroso asunto, tenían acceso directo al despacho del Pontífice»[613]. Don Álvaro insistió en estampar su firma junto a la del Fundador: era un nuevo acto de lealtad humana y sobrenatural, y de fe en la divinidad de la Obra[614]. También era un modo de afirmar que todo el Opus Dei estaba unido al Fundador.
Cuando Pío XII escuchó la carta, leída por el Cardenal Tedeschini, exclamó: «Ma chi mai ha pensato a prendere nessun provvedimento?» [615] (“Pero, ¿quién ha pensado en tomar alguna medida?”). El Papa nunca había considerado la posibilidad de emprender alguna acción contra el Opus Dei o contra su Fundador, e inmediatamente se desvaneció aquella grave asechanza. San Josemaría había llegado a tiempo de paralizar la maniobra.
Pero tampoco esta vez cesó la persecución, que el Fundador seguía llamando “contradicción de los buenos”. Más aún, humanamente hablando, a mediados de 1952, la situación parecía más difícil que nunca, porque a la incomprensión teológica había que añadir el ahogo económico: las deudas originadas por la reestructuración de Villa Tevere resultaban insostenibles. Así lo explicaba don Álvaro, años después, durante una reunión familiar: «Existían obstáculos —mucho más graves que los materiales— de orden intelectual y espiritual. Eran momentos en los que el Opus Dei se abría fatigosamente camino, y algunos no entendían este fenómeno espiritual y jurídico que el Señor había suscitado en medio del mundo. El diablo estaba empeñado en hacernos la guerra, moviendo lo que nuestro Padre —con superabundancia de caridad— denominaba la contradicción de los buenos, que es como un resello de las obras de Dios. Determinadas personas, putantes obsequium se præstare Deo (cfr. Ioann. XVI, 2), calumniaban tremendamente a la Obra y al Padre. A nuestro Fundador no le importaban esos ataques a su persona; le dolía la ofensa a Dios que podían llevar consigo, y también la circunstancia de que —sin darse cuenta— unos hombres estuvieran colaborando en el juego del demonio. Propalaban mentiras que, aunque no nos arrebatasen la serenidad, nos robaban un tiempo precioso, ya que parte del esfuerzo que podíamos dedicar al apostolado, debíamos emplearlo en disolver esa cortina de humo que impedía a otros la visión clara y diáfana de nuestro espíritu. Por eso, nuestro Padre pidió a todos sus hijos que repitieran la jaculatoria: Cor Iesu Sacratissimum, dona nobis pacem!»[616].
Como en las ocasiones anteriores, san Josemaría se dirigió al Cielo en demanda de ayuda. El 26 de octubre —día en que ese año se celebraba la fiesta de Cristo Rey—, realizó la consagración del Opus Dei al Corazón Sacratísimo de Jesús. Fue una ceremonia muy sencilla, oficiada en un oratorio de Villa Tevere, que aún estaba en construcción, a la que asistieron únicamente dos personas: don Álvaro y Francisco Vives.
También fuera de Roma surgieron problemas locales, ante los que se pusieron de manifiesto, una vez más, la pericia y buen hacer de don Álvaro. Ese mismo año de 1952 tuvo que viajar a Irlanda porque el Arzobispo de Dublín, Mons. John Charles Mc Quaid, no quería conceder la venia para erigir un centro del Opus Dei en su diócesis. Para tratar de obtener el permiso del Sr. Arzobispo, san Josemaría envió primero a José Ramón Madurga, que había residido en ese país tres años, de 1947 a 1950, antes de ser ordenado sacerdote; después a don Pedro Casciaro y, por último, a don José María Hernández Garnica. Incluso el Nuncio en Irlanda había apoyado la demanda. Pero todo era inútil: Mons. Mc Quaid se mostraba inamovible.
Así las cosas, en agosto, el Fundador pidió a don Álvaro que acudiera a la isla de san Patricio para exponer de nuevo al Arzobispo la naturaleza de la Obra y de sus apostolados. No era fácil la misión. «Mons. Mc Quaid le recibió dispuesto a escuchar, aunque conservaba las ideas que habían provocado la falta de entendimiento. Oyó con mucho interés la explicación que le ofreció don Álvaro, y tan satisfecho quedó por la sencillez del huésped, por la claridad de las explicaciones, por el cariño y veneración que le mostraba, que manifestó que desde ese momento empezaba una nueva etapa en la que sostendría y agradecería todo el bien que los fieles de la Obra aportaban a la Archidiócesis»[617].
Cuenta José Ramón Madurga que «don Álvaro se lo ganó en un dos por tres: fue invitado a almorzar en su casa —cosa rara—; se hicieron amigos; se arregló todo (...). Este hecho fue tan sorprendente que su recuerdo ha perdurado. Tengo ante la vista —al escribir— un artículo aparecido en un diario de Dublín, The Irish Times (que solía ser protestante), de fecha 4 de mayo de 1994. Es sobre don Álvaro del Portillo. Reproduzco al pie de la letra un par de párrafos: “As one of the hands that rocked Álvaro del Portillo’s cradle was that of his Irish nanny, it came as no surprise to see how much he felt at home in Ireland when I met him in 1952. He had come to see Archbishop McQuaid about the setting up of Opus Dei centres in the city. They got on so well that the Archbishop invited him home for dinner”[618]. No deja de ser curioso que haya quedado memoria todavía cuarenta y dos años más tarde»[619].
El efecto de ese encuentro de don Álvaro con Mons. Mc Quaid fue la concesión de la venia del Arzobispo para abrir no uno sino dos centros en Dublín: uno para las mujeres y otro para los varones[620].
En aquellos días en Dublín, un sacerdote irlandés, que tuvo noticia de su viaje a la Isla, manifestó interés en hablar con don Álvaro. No se conocían, pero había sabido que era doctor en derecho canónico, y quería plantearle una cuestión. Le contó que había participado en la guerra, y «cuando llegó la orden de cesar los combates, él, que era capellán, continuó la lucha. Debía ser hacia 1916 o 1917. El pobre anciano estaba con la preocupación de si se encontraba excomulgado o no, y vino a consultarme. Yo le tranquilicé. Por si acaso hablé con el obispo, que me dijo: no tiene ninguna pena»[621].
Algo similar ocurrió cuatro años más tarde en Portugal. El Cardenal Cerejeira, Patriarca de Lisboa, conocía el Opus Dei y había dado la venia para erigir dos centros de la Obra en 1951 y 1952. De repente, a principios de 1955, mal informado por algunas personas, indicó que retiraba la autorización para que continuara la labor apostólica en su diócesis. Tras varios intentos fallidos de aclararle la situación, san Josemaría envió a don Álvaro a Lisboa para que hablara con el Cardenal. Se entrevistaron largamente el 16 y el 17 de mayo, y otra vez el 30 de julio. El resultado de esos encuentros fue la concesión de la venia para que se erigiera un tercer centro del Opus Dei en la ciudad[622].
 
 
3. Nel mezzo del cammin di nostra vita...[623]
 
La vida en Roma seguía su ritmo habitual: despacho de asuntos de gobierno de la Obra, gestiones económicas relacionadas con la construcción de Villa Tevere, atención a los alumnos del Colegio Romano, labor pastoral... A lo largo de 1952 y 1953 fueron frecuentes las visitas a Salto di Fondi, en la que se encontraba Carmen Escrivá de Balaguer, hermana de san Josemaría, atendiendo las labores domésticas de la casa: don Álvaro procuraba organizar esas salidas con el Fundador, con el deseo de procurarle un poco de descanso.
Pasaron el verano de 1953 en Roma y, entre otros trabajos, muchas tardes acudieron a Castelgandolfo para impartir medios de formación a los fieles de la Obra que participaban en un curso de teología en Villa delle Rose. El 24 de septiembre salieron en automóvil hacia España e hicieron una parada en Lourdes. El 2 de octubre se cumplían las bodas de plata de la fundación del Opus Dei, y san Josemaría quería celebrar ese aniversario junto a un grupo de hijos suyos mayores, en la casa de retiros de Molinoviejo. Fueron días de agradecimiento a Dios y a su Madre Santísima por tantas gracias recibidas en aquellos 25 años de trabajo. También pudo cambiar impresiones con todos sobre la marcha de los apostolados en los diferentes países. Como recuerdo de aquellas jornadas, se colocó una lápida con la siguiente inscripción: «Aquí, en Molinoviejo, y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo, el Fundador del Opus Dei, con su Consejo General y representantes de las diversas Regiones, que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las bodas de plata de la Obra, el día 2 de octubre de 1953 se renovó la consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María, que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951» .
El 8 de octubre partieron hacia Coimbra, Oporto y Lisboa. El 14, regresaron a Molinoviejo y, por fin, el 21 de ese mismo mes emprendieron la vuelta a Roma, pasando por Bilbao, París, Milán, Lugano-Locarno y Varese, donde se detuvieron varios días. En Milán y en Suiza realizaron algunas visitas para solicitar ayuda económica. El 7 de noviembre se encontraban de nuevo en la capital italiana.
El 11 de marzo de 1954 don Álvaro cumplió 40 años. Era un aniversario que invitaba a hacer balance. Quizá se adivina algo de esto en la carta que escribió días después a su madre: «Yo tengo bastante trabajo, gracias a Dios, y estoy perfectamente de salud: cada vez me acuerdo menos de que tengo hígado[624]. Pero, al mismo tiempo, cada vez noto más que estoy muy gordo, pues en cuanto ando un poco más de la cuenta los kilos me pesan: sin embargo, a pesar de haber pasado hace un mes el pequeño Rubicón de los 40 años, estoy cada vez más joven y más contento. ¡Pero me voy haciendo viejo, mamá! Supongo —mejor dicho; lo sé— que el 11 de marzo te acordarías de pedir especialmente por mí, como yo lo hice por ti.
»Quisiera contarte detalles de mi vida, pero hay poco que decir. Por las mañanas, me dedico sobre todo al trabajo en la Curia Romana: asuntos de la Santa Sede; informes sobre asuntos que me encomiendan las Sagradas Congregaciones, para que los estudie; entrevistas con Cardenales y Prelados de la Curia, etc. (...) De esta manera tengo la alegría de poner mi granito de arena en cosas que interesan a la Iglesia universal, desde su centro, que es la Santa Sede. Por las tardes, me dedico exclusivamente, por regla general, al trabajo de la Obra. Preocupaciones, como es lógico, no faltan: pero son preocupaciones que no llegan a preocupar, porque sé que cuento con muchísima ayuda. Concretamente, con tus oraciones por la Obra y por mí»[625].
El 27 de abril de ese año sucedió un episodio singular[626], relacionado con la aguda diabetes padecida por san Josemaría desde más de diez años atrás, que narró Mons. del Portillo. «El médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.
»El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Álvaro, ¡la absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La absolución!, Ego te absolvo... y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido»[627].
Se trataba de un shock anafiláctico muy grave. En esas circunstancias, verdaderamente difíciles, don Álvaro no perdió la paz. Lo primero que hizo fue atender espiritualmente a san Josemaría, impartiéndole la absolución. Después, al tiempo que indicaba que se llamara urgentemente a un médico, introdujo azúcar en la boca del enfermo, pues pensó que se trataba de una hipoglucemia aguda provocada por la insulina. Inexplicablemente, después de diez minutos, el Fundador recuperó el uso de los sentidos, salvo una ceguera que permaneció durante varias horas. De ese episodio salió sanado de la diabetes gravísima que padecía[628].
En las semanas siguientes, de modo inexplicable, desaparecieron paulatinamente todos los síntomas de la enfermedad. Era un suceso inesperado, que don Álvaro no dejó de anotar. En muchas de las cartas de los meses sucesivos, escritas a algunos de los más antiguos en la Obra, y que sabían de la enfermedad del Fundador, va dando noticia del mejoramiento de su estado de salud, hasta que, finalmente, afirma que se ha producido la curación de la diabetes[629].
Terminaron así tantos años de enfermedad, en los que don Álvaro había puesto todo su esfuerzo para atender a san Josemaría y aliviarle en lo posible las molestias inevitables: había aprendido a poner inyecciones, a regular las dosis de insulina, a conocer los diversos tipos de medicinas necesarios, la dieta alimenticia... Todo con una gran naturalidad y, al mismo tiempo, con profesionalidad[630].
El año 1955 trajo una gran pena a don Álvaro. El jueves 10 de marzo su madre falleció repentinamente en Madrid a causa de un derrame cerebral. Nada hacía presagiar ese desenlace, porque doña Clementina gozaba de buena salud. La noticia llegó por la noche a Roma. «El 10 de marzo de 1955 —así lo explicaba don Álvaro— llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. Nuestro Padre lo leyó y, como era de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiera dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses y, por tanto, he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena»[631].
Al dolor natural de todo hijo en esas circunstancias, se añadió la imposibilidad de desplazarse a Madrid para llegar a tiempo al funeral. Unos días después escribió una larga carta a sus hermanos, que les sirvió de mucho consuelo:
 
«Queridísimos hermanos: podéis suponer, por vuestro dolor, cuál es el mío, por la muerte de mamá. Ya sabemos que la vida lleva consigo esta ley inexorable de la muerte, pero ¡ha sido tan inesperado! Y, aunque lo hubiéramos esperado, el vacío que deja la falta de la madre es tremendo. Yo siempre había sabido que los sacerdotes, que deben prescindir de tantos afectos humanos, lícitos para los demás, ponen su corazón, con toda su necesidad de cariño, en la madre: y me había dado cuenta, por experiencia personal, de cuánto es cierta esta afirmación. Así podéis imaginar el dolor que me ha producido la triste noticia. La supe cuando iba a empezar la misa, a las siete y cuarto, de modo que pude celebrar por ella, casi enseguida del fallecimiento. Jamás he rezado con mayor devoción, y nunca me han dado más paz las palabras de la liturgia: vita mutatur non tollitur. Para los que creen en Dios y procuran amoldar su conducta a su creencia, la muerte no supone perder la vida, sino comenzar la Vida.
»Y mamá fue, durante todos los años que el Señor la quiso conservar en la tierra, para nosotros, una verdadera santa: conozco detalles verdaderamente heroicos, vividos con naturalidad, con profunda humildad, sin que nadie se diera cuenta. Todos sabemos de su voluntad de hacer bien todo, de su resignación ante los muchos padecimientos que hubo de sufrir, de su entrega a los deberes familiares —que, para ella, era entregarse a Dios, era cumplir con su vocación de santa madre de familia—. Por esto, podemos estar bien ciertos de que ha recibido su premio: el Señor me da una seguridad que es casi más física que moral, de que mamá está ya en el cielo. Y esta seguridad lleva consigo una paz profunda, en medio del dolor. Si no fueran palabras raras diría que da alegría, en medio de la tristeza. Pero la tristeza es bien grande: no por mamá, sino por mí, por todo lo que no hice, de bueno, y por todo lo que haya hecho de malo. Por todo esto pido perdón a Dios, a mamá y a vosotros por mis faltas de relación con mamá.
»Desde luego hubiera querido salir enseguida para Madrid, como me indicó el Padre. Pero no podía llegar allí hasta el domingo por la noche, y hube de ofrecer a Dios la pena de no poder dar un último beso a nuestra Madre, y a vosotros un abrazo»[632].
 
Parece como si el Señor quisiera pedirle el sacrificio de la separación física de su familia, en trances de particular sufrimiento. Así había sido en el momento de la muerte de su padre, durante la guerra civil española; y en enero de 1948, cuando falleció su hermano Pepe, tras una larga enfermedad. Lo mismo sucederá en febrero de 1956, al morir otro hermano suyo, Paco.
En todos los casos, don Álvaro hizo abundantes sufragios por sus parientes difuntos, supo consolar a los demás y ofrecer también a Dios, con su propio dolor, la separación de los seres queridos. Y seguir trabajando. En 1948, cuando falleció Pepe del Portillo, lo había comentado san Josemaría a los miembros de la Obra que estaban en Roma. En el diario de Villa Tevere se lee: «Álvaro estuvo por la mañana de broma y hablando con los más jóvenes. Luego estuvo cinco o seis horas atendiendo y dando conversación a monseñor Fernández. Y el resto del día estuvo trabajando intensamente con el Padre. No le hubiéramos notado nada si el Padre no nos hubiera dicho después que Pepe era un hermano a quien Álvaro quería mucho y con el cual desde pequeño había estado unidísimo siempre. Nos dijo el Padre que “la procesión iba por dentro” y que a fuerza de vencimiento propio había pasado Álvaro el día con igual alegría que siempre»[633]: actitud que no mermaba la profunda pena por aquella noticia.
Vivía con intensidad los gozos y penas familiares. En cuanto pudo viajar a Madrid, aprovechó para estar con sus hermanos y bautizar a un sobrino que acababa de nacer[634]. En mayo pasó de nuevo varios días en la capital española, y volvió a saludar a los parientes. También a partir de estos años empiezan a ser más frecuentes sus cartas a hermanos, cuñados y sobrinos, como si, tras la muerte de doña Clementina, asumiera en la distancia la capitalidad familiar.
Por su parte, empujado por su corazón de padre y de madre, san Josemaría buscó el modo de que su hijo Álvaro tomara un poco de respiro. Pensó que un viaje breve para ver a los del Opus Dei de Milán podría servirle como descanso. Así lo escribió en carta a los de Madrid: «Hoy le he obligado [a Álvaro] a que mañana vayamos hacia Milán, para ir a celebrar la Santa Misa en Loreto a la vuelta —total cuatro o seis días»[635].
El viaje se prolongó más de lo inicialmente previsto. Probablemente, porque el Fundador comprobó que, además de resultar un descanso para don Álvaro, les permitía encontrarse con muchas personas de la Obra. Salieron hacia Milán el día 22; el 24 pasaron a Suiza, a rezar a la Virgen en el santuario de Einsiedeln; después, Zurich, Basilea, Lucerna, Ginebra..., y el día 30 llegaron a Alemania. En realidad, habían planeado cruzar de Suiza a Austria, pero en el último momento cambiaron el itinerario. Alfonso Par narra lo que sucedió: «El 2 de mayo de 1955 nuestro Padre, acompañado de don Álvaro y Giorgio, que conducía el coche, se presentaron en Bonn, sin previo aviso. Fue una sorpresa. (...) No pensaban venir a Alemania, querían ir de Suiza a Austria. Y así lo hicieron, pero pasando por Bonn, donde estuvieron del 2 al 4 de mayo. El corazón de don Álvaro convenció a nuestro Padre a dar este rodeo, ¡más de mil kilómetros de carretera! Nos trajo a nuestro Padre, para que nos alentara y nos confirmara en la fe y nos diera nuevos impulsos para la labor. Fue estupendo. La primera visita de nuestro Padre a sus hijos de Alemania, la tenemos que agradecer al corazón del entonces nuestro hermano mayor, don Álvaro»[636].
En Alemania, pasaron también por Colonia, Maguncia y Munich. El 7 de mayo llegaron a Viena, donde permanecieron hasta el 10. La ciudad estaba aún dividida en cuatro zonas —francesa, inglesa, rusa y americana—, a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. En sus calles se encontraron con soldados del ejército soviético, que les traerían a la memoria los sufrimientos padecidos en España durante el conflicto civil. En el Graben, una plaza vecina a la catedral, descubrieron un monumento en honor de la Santísima Trinidad que les dio mucha devoción.
En la capital austriaca les sucedió una anécdota de sabor costumbrista. Después de unas gestiones, querían regresar al hotel donde se alojaban, situado en la zona americana, y se perdieron. «Yo sabía —contaba don Álvaro en 1980— que si llegábamos a una calle, desde allí me orientaría, y pregunté —ya era de noche— al primer hombre que encontramos. Había empezado a hablarle, cuando nuestro Padre advirtió: a ése no, que parece borracho. Me lo dijo en castellano, pero mi interlocutor, que estaba completamente ebrio, debió de entender algo, a pesar del mucho vino; y me comentó, en alemán: —Yo soy vienés, y por lo tanto católico; y todos nosotros somos muy amables con los extranjeros, de modo que no solamente les diré dónde queda esa calle, sino que les acompaño, con la condición de que ese señor —se refería a nuestro Padre— se calle. Le traduje a nuestro Fundador, que le hizo mucha gracia, y aquel hombre nos llevó»[637]. El día 12, tras otra parada mariana en Loreto, llegaban a Roma.
El 7 de julio se cumplían 20 años de su petición de admisión en la Obra. Para don Álvaro era un motivo de acción de gracias y de renovada decisión por alcanzar la santidad. Algo de esto aparece en unas breves líneas que escribió ese día: «Hoy hace 20 añazos desde que pedí la Admisión: pide al Señor que los sucesivos —los que sean— estén un poco mejor empleados»[638].
Su salud, aunque andaba mejor que en los primeros tiempos romanos, seguía ocasionando problemas de vez en cuando[639]. El médico llevaba tiempo recomendando a san Josemaría y a don Álvaro que pasaran una temporada en Montecatini, cerca de Florencia, para seguir una terapia de aguas termales. Por fin, en septiembre de ese año, pudieron cumplir la prescripción del galeno, y acudieron al balneario del 2 al 17 de septiembre. Fue, por lo menos, un cambio de aires, y unas jornadas de descanso para ambos, aunque el tratamiento propiamente dicho no parece que les entusiasmara: «Yo no había visto jamás un espectáculo parecido, (...) aún me sigo divirtiendo todas las mañanas, ante el panorama de centenares y centenares de personas, todas paseando con un vaso de purga en la mano, que van bebiendo a pequeños sorbos. Dicen que se queda uno como nuevo: falta nos hacía»[640].
La Navidad de 1955 se celebró en Villa Tevere con un sabor agridulce. La alegría propia de esas fiestas se vio empañada por la repentina defunción de Ignacio Salord, un alumno español del Colegio Romano de la Santa Cruz, que no superó una operación urgente de úlcera de estómago. Falleció el 23 de diciembre. San Josemaría estuvo acompañándole muchos ratos en el hospital, junto con don Álvaro, quien escribía el 24 a los miembros del Consejo General, que residían en España: «Esta mañana es el entierro de Ignacio Salord, que indudablemente pasará ya esta Nochebuena en el cielo, porque fue —como pide el Padre para todos nosotros— bueno y fiel, hasta el momento de su muerte. Media hora después de morir, se empezaron las misas gregorianas: y el Padre y yo hemos aplicado por él la facultad del altar privilegiado[641]. Aun estando convencidos de que ahora trabajará por la Obra en el Cielo, se sufre de veras. Gracias a Dios, en nuestra familia de la Obra hay corazón»[642].
 
 
4. Baculum et solacium vitæ nostræ
 
Esta frase (“báculo y solaz de nuestra vida”), que la versión Vulgata de la Biblia pone en labios de la madre de Tobías refiriéndose a su hijo, bien podría dirigirla san Josemaría a don Álvaro, porque le hacía partícipe de sus penas y sus alegrías, con la certeza de poder confiar siempre en su fidelidad. Constituía un apoyo y un descanso inapreciables, por la plena identificación con su espíritu y por la generosidad con que sabía encargarse de las gestiones menos agradables o incluso molestas[643]. Más aún, el Fundador estaba convencido de que Dios le hablaba a través de ese hijo suyo: así se lo escuchó José Ramón Madurga, en Molinoviejo, hacia 1948: «En el curso de una reunión (...), nuestro Fundador deseaba concretar algunos extremos, para ir dejando praxis escritas y notas de experiencia; y, para esto, contar con los puntos de vista que pudiéramos ofrecerle. Se me quedó muy grabado que, a una sugerencia que hizo don Álvaro, le respondió a media voz, pero que oímos todos: “Hijo mío, lo que tú me dices, viene de Dios”»[644].
El 22 de agosto de 1956 comenzó en Einsiedeln (Suiza), junto al Santuario de la Virgen, el segundo Congreso General del Opus Dei[645]. Entre las decisiones de aquella asamblea estaba la del traslado del Consejo General de Madrid a Roma[646], y el nombramiento de don Álvaro como Secretario General[647] y Custos de san Josemaría. Con el nombre de Custos se designa en los Estatutos del Opus Dei a las dos personas encargadas de vivir junto al Prelado para ayudarle en sus necesidades espirituales y materiales. Don Álvaro era el Custos del Fundador para todo lo referente a la vida espiritual. En esa ocasión, san Josemaría comentó —sin que estuviera delante el interesado— que, si alguno en el Opus Dei podía considerarse colaborador en las tareas del Fundador, ese era precisamente don Álvaro del Portillo[648].
En realidad, se puede afirmar que, desde 1939, aunque no hubiera nombramiento formal, desempeñaba esa misión, con atención y cariño. Pero no se piense que la llevaba a cabo de un modo “dulzón”, o como quien cumple simplemente un expediente. Su ayuda al Fundador estaba llena de respeto y de amor filial, pero también de fortaleza, como muestra este episodio narrado por Pilar Urbano: «Durante la construcción de los edificios de Villa Tevere, va un día charlando [san Josemaría] con varias hijas suyas mientras les muestra los avances de las obras. Les acompaña Álvaro del Portillo. En un determinado momento, el Padre se detiene y, apoyado en la baranda de un andamio, les hace esta confidencia: —Hoy don Álvaro me ha hecho una corrección. Y me ha costado aceptarla. Tanto, que me he ido un momento al oratorio y, una vez allí: “Señor, tiene razón Álvaro y no yo”. Pero, enseguida: “No, Señor, esta vez tengo razón yo... Álvaro no me pasa una... y eso no parece cariño, sino crueldad”. Y después: “Gracias, Señor, por ponerme cerca a mi hijo Álvaro, que me quiere tanto que... ¡no me pasa una!”. Se vuelve hacia Del Portillo que, rezagado, ha escuchado en silencio. Le sonríe y le dice: “¡Dios te bendiga, Álvaro, hijo mío!”»[649].
Hacía años que los fieles del Opus Dei eran conscientes del papel especial que don Álvaro realizaba junto al Fundador, y también de que san Josemaría lo estaba preparando para que fuera su sucesor[650]. Más aún, en circunstancias particulares, que no es el caso detallar aquí, en 1948 el Fundador quiso dejar un testimonio gráfico de que ese era su deseo. Nos lo narra también Pilar Urbano: «El Padre hace un raro encargo a un hijo suyo aficionado a la fotografía. Quiere que saque una foto muy especial y muy “moderna” para la época. Se ve que lo tiene todo bien pensado. No aparecerá ningún rostro: un primer plano de las manos de Álvaro del Portillo, con las palmas extendidas, recibiendo de las manos del Padre unos borriquitos de madera... El borrico, dócil, humilde y trabajador, es desde siempre un animal querido con simpatía por todos en la Obra. El Padre se considera a sí mismo como un borrico, ut iumentum»[651]. El significado del gesto es evidente, no necesita explicaciones.
En 1957 se presentó una ocasión particularmente dolorosa de manifestar su apoyo al Fundador. En marzo de ese año se le diagnosticó un cáncer avanzado a Carmen, la hermana de san Josemaría, que había colaborado muy generosamente en los apostolados del Opus Dei. Los médicos pronosticaron dos meses de vida[652], y don Álvaro se encargó de transmitirlo a la enferma, que recibió la noticia con visión sobrenatural: «Álvaro me ha comunicado la sentencia», comentaba después con buen humor [653].
A lo largo de las semanas que duró la enfermedad, don Álvaro supo estar una vez más al lado del Fundador, acompañándole en su sufrimiento y en su oración, y facilitándole las cosas para que su hermana estuviera bien atendida hasta el último momento, también desde el punto de vista espiritual. «Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche»[654].
A mediados de mayo, acompañado de don Álvaro y de don Javier Echevarría, san Josemaría partió hacia Florencia con la idea de hacer allí su curso de retiro y luego proseguir el viaje hacia Francia, donde le llamaban asuntos relativos al trabajo apostólico. Aprovechando la circunstancia decidió acercarse a Lourdes, para pedir al Señor, a través de la intercesión de la Santísima Virgen, la curación de su hermana. Pero la enfermedad siguió su curso, y el 18 de junio Carmen recibió la Unción de enfermos. San Josemaría quiso administrársela personalmente, y comenzó a rezar las oraciones del Ritual; a las pocas frases, le venció la emoción y no pudo seguir. Don Álvaro —a petición del Fundador— se encargó de continuar el sacramento. Después, el Fundador se dirigió a las mujeres de la Obra que habían estado presentes en esos momentos, para pedirles perdón por haberles dado mal ejemplo —decía— con sus lágrimas. Inmediatamente, don Álvaro, con palabras de espíritu filial, le dijo: «Padre, Usted nos ha enseñado que hemos de tener corazón, y en esta ocasión nos ha demostrado que lo tiene: también esto ha sido ejemplo»[655].
Carmen Escrivá de Balaguer falleció en la madrugada del 20 de junio. San Josemaría estaba junto a ella en ese momento: era la segunda noche que pasaba en vela. Don Álvaro, que le había acompañado la noche precedente, se había retirado a descansar, y acudió en seguida cuando le avisaron que se acercaba el final[656]. Inmediatamente, se encargó de las gestiones para que pudiera ser sepultada en la Sottocripta del oratorio de Santa María de la Paz (hoy Iglesia prelaticia del Opus Dei), en Villa Tevere.
El 7 de abril de 1958, en Zaragoza, se iba a celebrar la boda de Santiago Escrivá de Balaguer con Gloria García-Herrero. San Josemaría, siguiendo su norma habitual de ocultarse y desaparecer, quiso ofrecer a Dios el sacrificio de no acudir al casamiento de su hermano, y pidió a don Álvaro que asistiera al matrimonio[657]. La homilía que pronunció en la Misa removió a los participantes, como escribía dos días después al Fundador una de las presentes: «La madre de Yoya vino ayer a Miraflores a traer flores para el oratorio, y dos cajas de bombones (...). Nos contó lo mucho que les habían impresionado, a toda la familia, las palabras de don Álvaro»[658].
 
 
5. Un deseo de Pío XII: Caballero de la Orden de Malta
 
Una de las personas con las que don Álvaro trabó amistad al poco de llegar a Roma fue el Príncipe Carlo Pacelli, sobrino de Pío XII: él y su esposa —Marcella— le invitaban a su casa con cierta frecuencia, a actos familiares y sociales[659]. En 1957, Pacelli le comunicó que el Papa deseaba que se le nombrara Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. La reacción instintiva de don Álvaro fue no aceptar esa sugerencia del Príncipe: «A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: “Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer”»[660].
Unos meses después, Carlo Pacelli insistió, rogándole que recogiera la documentación familiar necesaria para proceder al nombramiento. Le dio a entender, además, que Pío XII quería que colaborase en la atención espiritual de la antigua orden militar. Ante tal insistencia, san Josemaría señaló a don Álvaro que esa indicación seguramente provenía del Romano Pontífice y que, por tanto, no podía desatenderla[661].
Así las cosas, el 25 de mayo de 1958 realizó un viaje a España, acompañado de don Javier Echevarría, para recopilar los datos que se precisaban. Tuvieron que hacer pesquisas «por el norte de España, yendo a pueblos pequeños de Asturias, Santander, Álava y Vizcaya, para recoger las partidas de bautismo y de matrimonio de muchos de sus antepasados, que se requerían en esos trámites»[662].
Durante aquel viaje, don Álvaro aprovechó para tratar a los párrocos de los lugares a los que acudía en búsqueda de documentación: «charlaba con ellos de hermano a hermano, interesándose por su actividad pastoral, por sus condiciones de vivienda, por sus familias, por su trato con otros sacerdotes de los pueblos vecinos, etc.»[663].
También se relacionó con los alcaldes de esas localidades, y tuvo ocasión de conocer a algunos parientes lejanos, con los que entabló una amistad que perduró luego a lo largo de los años[664]. No faltaron sucesos imprevistos, como el que les sucedió en Zaya. Iban a quedarse trabajando hasta tarde, en la investigación de papeles y anotación de datos, y el custodio de aquel archivo, viendo que eran personas de confianza, les dejó la llave de la habitación para que ellos cerrasen al terminar y la entregasen al día siguiente. «Don Álvaro, siendo hombre de extraordinaria delicadeza, tenía poca habilidad manual. La llave que nos habían entregado era grande y rústica, correspondiente a un tipo de cerradura más bien antigua. Quiso don Álvaro tomarse el trabajo de cerrar, y con su fuerza física partió la llave en dos. Fuimos a entregar los restos y el alcalde quitó sinceramente importancia a lo sucedido, muy divertido por la potencia de mano del huésped, y precisando que tenían otras llaves de repuesto»[665].
Era un trabajo monótono, pero que también les proporcionó momentos divertidos, como cuando copiaron unas actas, que después debían autentificar. Don Álvaro dictaba y Mons. Echevarría, con su buena caligrafía, copiaba. El lenguaje de esos papeles, con frecuencia, caía en la típica retórica burocrática. Así, uno de los documentos, correspondiente a uno de los antepasados, precisaba que la persona en cuestión había nacido “exactamente a la medianoche en punto, a las 12 más o menos”[666].
Don Álvaro imprimió a las gestiones el ritmo que le era habitual. Lo vemos en una de las cartas que escribió a san Josemaría, durante aquella estancia en España: «Hemos pasado unos días de un ajetreo enorme, saliendo a las 8 de la mañana para hacer búsqueda de documentos por parroquias y archivos históricos, y volviendo a cenar a las once de la noche. Era una tarea que no podría hacerse más que por el interesado. (...) El sábado tendré todo dispuesto, con unos 60 documentos, y la petición firmada por cuatro que me presentan, los dibujos, etc., y el índice de documentos hecho: de modo que, en cuanto lleguen esos dos que faltan, los intercalan en su sitio, y lo presentan todo»[667].
El 8 de junio, tras enviar el legajo a la Orden de Malta en España[668], regresaron a Roma. Cuando aún estaban estudiando la documentación en Madrid, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, falleció Pío XII (9 de octubre)[669]. Podemos suponer el dolor que experimentaría don Álvaro porque, desde 1943, cuando se trasladó a Roma para las primeras gestiones relativas al camino jurídico del Opus Dei, había tenido ocasión de experimentar de modo muy vivo el cariño y la comprensión del Papa Pacelli. A su cabeza debieron de acudir tantos recuerdos de las ocasiones en que le había recibido en audiencia privada, de sus atenciones con el Opus Dei, de su fecundo ministerio al servicio de la Iglesia y de la humanidad entera.
Don Álvaro se planteó la conveniencia de retirar la petición de ser nombrado Caballero de Malta, pero el Fundador de la Obra le indicó que no debía hacerlo, para respetar el deseo de Pío XII. De modo que, a los pocos meses, el 20 de marzo de 1959, recibió el nombramiento como Caballero de Honor y de Devoción de la Lengua de España de la Orden de Malta[670]. Distinción que se quedó durmiendo “el sueño de los justos”; es decir, no la utilizó jamás. Pero lo importante era obedecer a una indicación del Papa, hasta el final[671].
Para terminar de narrar el sucedido, anotemos que don Álvaro no se olvidó de agradecer su colaboración a los que le ayudaron en los trámites. Un ejemplo: «Te agradezco todo el afectuoso interés que te has tomado, para la rápida solución de mi Expediente. Y, de un modo muy especial, la dispensa, que me haces, de la Toma del Manto: porque te aseguro que, dadas mis circunstancias personales, de sacerdote y de residir en el extranjero, esa venerable Ceremonia no dejaba de ser una causa de preocupaciones para mí»[672].
 
 
6. Una nueva enfermedad
 
El 25 de octubre de 1958 comenzó el cónclave para designar al sucesor de Pío XII en la sede de Pedro. El día 28 fue elegido el Cardenal Angelo Roncalli, Patriarca de Venecia, que tomó el nombre de Juan XXIII. Como todos los católicos, don Álvaro se llenó de alegría con la elección[673]. Muy pronto tuvo ocasión de presenciar algunas de las visitas que el nuevo Papa hizo a los Dicasterios de la Curia romana, que le ayudaron también a renovar su devoción a la cabeza visible de la Iglesia. Los que convivían con él recuerdan que transmitía un afecto ardoroso hacia el nuevo Papa, a la vez que pedía oraciones por su salud, a causa de la avanzada edad del Pontífice —le faltaba un mes para cumplir 77 años—. En alguno de esos encuentros pudo hablar brevemente con él sobre las labores del Opus Dei[674].
A finales de diciembre, don Álvaro empezó a sufrir otra vez dolores agudos, acompañados de fiebre alta[675]. El problema era grave, y el 3 de enero de 1959 tuvo que ser ingresado en la Clínica Sanatrix, de Roma, para ser operado de un absceso prostático[676]. La intervención quirúrgica se realizó al día siguiente. San Josemaría llegó a preocuparse seriamente por esta nueva enfermedad. Leone Maria Castelli recordaba que fue con sus padres y hermanos a ver a don Álvaro, y en la habitación de la clínica se encontraba el Fundador del Opus Dei, que, en un aparte, comentó a su padre: “Leonardo, estoy muy preocupado por Álvaro. No lo puedo perder. Álvaro no debe morir. Sé que no puede morirse ahora”[677].
La estancia en la clínica duró varias semanas, hasta el 10 de febrero, y el paciente tuvo que llevar dos y aun tres sondas. Por indicación de san Josemaría, durante ese periodo se turnaron para acompañarle dos sacerdotes del Opus Dei que eran médicos, don José Luis Soria y don Julián Herranz (luego cardenal). Por su parte, el Fundador acudía todos los días a visitarle. El Cardenal Herranz señala que don Álvaro padeció muchos dolores, «aunque nada decía ni se quejaba ni se lamentaba»[678]. A esto se añadió que, para tratar una infección postoperatoria, le habían colocado un extractor que funcionaba haciendo sonar una campanilla, tanto de día como de noche. Los que le atendían salían un poco aturdidos por ese tintineo. El enfermo, en cambio, no perdió la paz ni se impacientó en ningún momento.
Después de volver a casa, don Álvaro siguió delicado durante bastantes días. En una carta suya del 20 de ese mes, dirigida al Consiliario del Opus Dei en España, leemos: «Dos letras para agradecerte —y, contigo, a todos— las oraciones, las cartas, las llamadas telefónicas, con motivo de mi enfermedad. Gracias a Dios, ya estoy en casa: aunque sigo en plan de convalecencia, estando muchas horas en cama, con fiebre alta algunos días, etc. ¡Si hubiera empleado bien todo esto! Desde luego, he procurado hacerlo, y la labor de España y todos vosotros, contigo a la cabeza, habéis estado muy presentes en la clínica»[679].
En el diario del Colegio Romano de la Santa Cruz hay una anotación, correspondiente al día 18 de febrero, que muestra una vez más cómo el Fundador deseaba que sus hijos más jóvenes valorasen la figura de don Álvaro, y lo que representaba para el Opus Dei. Reza así: «Hemos tenido la suerte de ver al Padre a la hora de la tertulia. Mañana es el santo de don Álvaro y nos ha dicho que todos nuestros hermanos mayores han cogido muy bien el espíritu de la Obra, que han sido y son extraordinarios con una vida ordinaria, pero de todos ellos don Álvaro es el que mejor ha cogido el espíritu del Opus Dei»[680].
Poco a poco, don Álvaro se fue recuperando. El 23 de marzo, ya bastante restablecido, pidió audiencia al Papa por indicación de san Josemaría, con el fin de ofrecer al Santo Padre el “homenaje del Opus Dei”[681]. El 28 de abril fue recibido por Juan XXIII.
 
 

[595] Testimonio del Cardenal A. Deskur, AGP, APD T-17532, p. 1 (el original está en italiano).

[596] Testimonio de Mons. Antonio Maria Travia, AGP, APD T-15853, p. 1 (original en italiano).

[597] San Josemaría, Carta 15-II-1950, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 217.

[598] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., pp. 106-107.

[599] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 173.

[600] Testimonio de Encarnación Ortega Pardo, RHF, T-05074, p. 49.

[601] Testimonio de Joan Masià Mas-Bagà, AGP, APD T-0503, p. 3.

[602] La descripción de esas dificultades puede verse en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 179-210.

[603] Para este episodio, cfr. ibid., pp. 205 y ss.

[604] Palabras de san Josemaría, cit. en ibid., p. 199.

[605] Palabras de san Josemaría, cit. en Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 356.

[606] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 147-148.

[607] Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1985, n. 12.

[608] “Documentación relativa a la contradicción que dio lugar a la Consagración del Opus Dei al Corazón de María, del 15-VIII-1951”, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 208.

[609] Ibidem.

[610] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 209

[611] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 147-148.

[612] Ese cargo ha desaparecido hace muchos años. El Cardenal Tedeschini había comenzado a desempeñarlo pocos días antes de estos hechos: concretamente, el 24 de febrero de 1952.

[613] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 209.

[614] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 149.

[615] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 209.

[616] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 20-XI-1977, AGP, serie B.1.4 T-771120.

[617] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 153-154.

[618] «Como una de las manos que mecieron la cuna de Álvaro del Portillo fue la de su niñera irlandesa, no me sorprendió que se sintiera en casa en Irlanda, cuando le conocí en 1952. Había venido a ver a Mons. McQuaid para tratar de la erección de centros del Opus Dei en la ciudad. Ambos se entendieron tan bien que el Arzobispo le invitó a cenar a su casa».

[619] Testimonio de José Ramón Madurga, AGP, APD T-15292, pp. 8-9.

[620] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 153-154.

[621] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 2-I-1980: AGP, Biblioteca, serie B.1.4 T-800102.

[622] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 359-365.

[623] Alighieri, D., Divina Comedia, Canto I,1 (“A mitad del camino de la vida”) .

[624] Referencia a las frecuentes recaídas de sus males hepáticos.

[625] Del Portillo, Á., Carta a su madre, AGP, APD C-540414.

[626] Por ejemplo, y por ser la más extensa, Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 244-246.

[627] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., p. 243-244.

[628] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 487. «Las personas que presenciaron el suceso —Miguel Ángel Madurga, médico; José Luis Massot, Rector del Colegio Romano de la Santa Cruz, y Rosalía López, que servía la mesa—, afirmaban que les había sorprendido la paz con que había procedido don Álvaro» (ibid.).

[629] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas a Xavier Ayala (19-X-1954), Joaquín Madoz y Teodoro Ruiz (5-XII-1954), Adolfo Rodríguez Vidal (6-XII-1954), Ricardo Fernández Vallespín y Fernando Maycas (7-II-1955) y Odón Moles (18-III-1955).

[630] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 32.

[631] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., p. 107.

[632] Del Portillo, Á., Carta a sus hermanos, AGP, APD C-560315.

[633] Diario de Villa Tevere, anotación del 1-II-1948, AGP, serie M.2.2, 436-11.

[634] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-560227.

[635] San Josemaría, Carta 21-IV-1955, AGP, serie A.3.4, 267-02.

[636] Testimonio de Alfonso Par Balcells, AGP, APD T-17695, pp. 24-25.

[637] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 26-III-1980: AGP, Biblioteca, P02, 1980, 404-405.

[638] Del Portillo, Á., Carta a Amadeo de Fuenmayor, AGP, APD C-550707.

[639] Cfr. San Josemaría, Cartas del 1-VI-1954 y del 13-VI-1955, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 224.

[640] Del Portillo, Á., Carta a los miembros del Consejo General en Madrid, AGP, APD C-550909.

[641] Se refiere a una antigua concesión de indulgencia plenaria a los difuntos, que algunos sacerdotes podían aplicar —por privilegio de la Santa Sede— cuando celebraban la Misa en determinados altares.

[642] Del Portillo, Á., Carta a los miembros del Consejo General en Madrid, AGP, APD C-551224.

[643] Cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 13.

[644] Testimonio de José Ramón Madurga, AGP, APD T-15292, p. 6.

[645] El primero había tenido lugar en mayo de 1951, en Molinoviejo.

[646] Las obras de Villa Tevere estaban ya avanzadas, de modo que se pudo disponer del espacio necesario para el trabajo de las personas que constituían el Consejo General. La Asesoría Central, que ayuda al Prelado en el gobierno de las mujeres, estaba ya en Roma desde hacía varios años.

[647] Cfr. San Josemaría, Carta al Card. Valeri, 10-IX-1956, AGP, serie A.3.4, 268-05.

[648] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 163.

[649] Urbano, P., El hombre de Villa Tevere, Plaza & Janés, Barcelona 1995, pp. 349-350.

[650] «No cabe duda de que fue el mejor hijo de nuestro Santo Fundador; el que mejor encarnó el espíritu del Opus Dei; aquel en quien, sin desmerecer la fidelidad y la lealtad de otros muy antiguos, pudo apoyarse más; y aún cabría añadir, que, al ser como su “obra maestra” —por haberlo formado con tanta dedicación e inmediatez—, fue quien estaba en mejores condiciones de tomar el relevo y guiar a la Obra como si el Fundador mismo viviera entre nosotros, ocupando su puesto habitual. Podía Mons. Escrivá irse “tranquilo” al Cielo sabiendo que don Álvaro, como nadie dudaba, sería su sucesor. He oído referir que un alto dignatario de la Iglesia comentó, a propósito de la elección de don Álvaro para presidir la Obra: “será un buen Padre porque ha sido un buen hijo”, y qué razón tuvo» (Testimonio de Julio Eugui, AGP, APD T-0213, p. 4). «Me parece que todos los fieles del Opus Dei teníamos una idea clara: debería tomar el relevo la persona que, a lo largo de tantos años, había sabido secundar, servir y mantener el espíritu que san Josemaría había recibido» (Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 200).

[651] Urbano, P., El hombre de Villa Tevere, op. cit., pp. 83-84.

[652] Cfr. Testimonio de María Rivero Marín, AGP, APD T-18545, p. 4.

[653] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 183.

[654] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., p. 94.

[655] Del Portillo, Á., cit. en Testimonio de María Rivero Marín, AGP, APD T-0933, p. 8.

[656] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 183-184.

[657] «En 1958, en su calidad de cabeza de familia, [San Josemaría] acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos» (Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 98).

[658] Carta de Encarnación Ortega a san Josemaría, 9-IV-1958. Yoya era el apelativo familiar de Gloria García-Herrero.

[659] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 170.

[660] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 199.

[661] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 803. Don Álvaro lo explicó al Card. Nicola Canali, Penitenciario Mayor, el 12 de junio de 1958: «Le conté cómo habían pedido Mons. Palazzini y el príncipe Carlo Pacelli que me hiciera yo Caballero de Malta, para poder hacer después labor espiritual. Dijo que si hacía falta alguna dispensa, para ser admitido, él haría que se concediera. Contesté que no era preciso dispensar de ninguna de las pruebas» (Relación de una visita al Card. Nicola Canali, AGP, APD D-10255).

[662] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 602-603.

[663] Ibid., p. 603.

[664] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Ramón Plaza Diez de Sollano, AGP, APD C-580606.

[665] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 169-170.

[666] Cfr. Ibid., p. 170.

[667] Del Portillo, Á., Carta a san Josemaría, AGP, APD C-580603.

[668] Cfr. Solicitud de Admisión en la Soberana Orden Militar de Malta, Madrid, 7-VI-1958, en AGP, APD D-17041.

[669] Precisamente el 9 de octubre de 1958 don Álvaro tuvo que desplazarse a España, y en el avión coincidió con Mons. Ildebrando Antoniutti, Nuncio de la Santa Sede en Madrid. Al llegar a Barajas, recibieron la noticia de la muerte del Papa Pío XII.

[670] Cfr. Admisión en la Soberana Orden Militar de Malta, Diploma de admisión (Roma, 20-III-1959) y certificado (Roma, 24-III-1959): originales en AGP, APD D-17042.

[671] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 170.

[672] Del Portillo, Á., Carta a Pablo Merry del Val, AGP, APD C-590405.

[673] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 190.

[674] Cfr. ibid.

[675] «Hay ratos en los que se encuentra bastante mal, pero está siempre muy contento», comentó san Josemaría el último día del año: Diario del Colegio Romano de la Santa Cruz, anotación del 31-XII-1958, AGP, serie M.2.2, D 428-11.

[676] «Ya don Álvaro, en enero de 1959, había tenido que ser internado en una clínica romana, para ser operado de próstata por el Prof. Valdoni. Fue larga la enfermedad, ingresó en la clínica el 3 de enero, le operaron el 4 y estuvo hospitalizado hasta el 10 de febrero. Fueron días duros, para él. Fui a verle varias veces. Siempre estaba sereno y sonriente. (...) Estaba con bastantes molestias, pero no se quejaba de nada. Fue un ejemplo para los médicos y para el personal que le atendía en la clínica» (Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 33).

[677] Testimonio de Leone Maria Castelli, AGP, APD T-140505 (original en italiano).

[678] Testimonio del Card. Julián Herranz Casado, AGP, APD T-19522, p. 4. Inmediatamente antes de este párrafo, el Cardenal señala que «con admirable espíritu de mortificación, de penitencia, lo he visto resistir el dolor. Recuerdo por ejemplo que, en enero de 1959, tuvo necesidad de sufrir una operación prostática con las técnicas radicales que entonces se utilizaban, que eran mucho más dolorosas y molestas que las actuales» (ibid.).

[679] Del Portillo, Á., Carta al Consiliario del Opus Dei en España, AGP, APD C-590220.

[680] Diario del Colegio Romano de la Santa Cruz, anotación del 18-II-1959, AGP, serie M.2.2, D 428-11.

[681] La carta, en italiano, iba dirigida a Mons. Mario Nasalli Rocca, Maestro de Cámara de Su Santidad: «Excelencia Reverendísima: Deseando vivamente ser recibido en Audiencia privada por el Santo Padre, para presentar a Su Santidad el homenaje del Opus Dei, me es grato dirigirme a vuestra Excelencia para rogarle que, con su buen hacer, realice los trámites oportunos para que se me conceda dicha Audiencia, cuando sea posible» (Del Portillo, Á., Carta a Mons. Mario Nasalli Rocca di Corneliano, AGP, APD C-590323). En AGP se conserva un tarjetón con el membrete de la Antecámara Pontificia, con fecha 27-IV-1959, que comunica que la audiencia tendría lugar al día siguiente, a las 10.15 horas (cfr. AGP, APD D-10309).

Capítulo 14 El Concilio Vaticano II
 
El pontificado de Juan XXIII, aunque breve, dejó en la historia de la Iglesia una huella relevante. El nombre de este Papa va unido a dos grandes encíclicas sociales, la Mater et Magistra y la Pacem in terris, y sobre todo está ligado a la decisión de convocar el Concilio Ecuménico Vaticano II[682].
El 25 de enero de 1959, fiesta de la Conversión del Apóstol de los gentiles, Juan XXIII proclamaba en la basílica de San Pablo extra muros su decisión de convocar un Sínodo Diocesano para Roma y un Concilio Ecuménico para la Iglesia Universal, que deberían conducir también a la deseada y esperada actualización del Código de Derecho Canónico[683]. El anuncio causó gran sorpresa. El Papa añadió que trasmitiría la noticia a los Cardenales y Obispos de todo el mundo, pidiéndoles sugerencias para la magna asamblea[684].
Don Álvaro acogió la noticia con gran alegría y fervor de espíritu. En la decisión del Sumo Pontífice veía una inspiración del Espíritu Santo, que anima y renueva continuamente a la Iglesia. Además, podemos considerar que, con san Josemaría, abrigaría la esperanza de que el Paráclito se serviría de la solemne asamblea para que los obispos de todo el orbe, en unión con el Romano Pontífice, propusieran con su autoridad a todos los fieles el mensaje de la llamada universal a la santidad, predicada por el Fundador de la Obra desde 1928.
 
 
1. Primeros preparativos
 
El 17 de mayo el Santo Padre constituyó la Pontificia comisión antepreparatoria del Concilio[685], presidida por el Cardenal Tardini, y compuesta por los asesores y secretarios de los dicasterios de la Curia Romana. Un mes más tarde, el 18 de junio, el Cardenal Tardini propuso a todos los arzobispos, obispos, abades y superiores generales de las órdenes y congregaciones religiosas que mandasen sugerencias sobre posibles argumentos para tratar en el concilio. La invitación se transmitió también a las universidades católicas, facultades de teología y congregaciones vaticanas[686]. Respondió casi el 80% de los interpelados.
Antes de dar estos pasos, la Santa Sede ya había comenzado a elegir colaboradores especiales para el futuro concilio. Don Álvaro se encontraba entre ellos. El 2 de mayo de 1959 fue nombrado consultor de la Sagrada Congregación del Concilio, actualmente denominada Congregación para el Clero[687]. Era el preludio de una nueva etapa de trabajo en los dicasterios de la Santa Sede y en el Concilio Vaticano II.
Llegó el verano de ese año 1959. A mediados de julio, acompañó de nuevo a san Josemaría a Londres, para ayudar en la formación de los fieles del Opus Dei e impulsar las labores apostólicas. Estando allí, el diario The Times manifestó su interés en que se publicase un perfil biográfico del Fundador de la Obra, para la sección People to watch. Se encargó al periodista Tom Burns. El artículo tuvo gran difusión[688].
El 10 de agosto don Álvaro fue nombrado presidente de la 7ª comisión preparatoria, en el seno de la Sagrada Congregación del Concilio, cuya temática de estudio era el laicado católico[689]. Unos días después, el 12, fue designado también miembro de la 3ª Comisión, encargada de los medios modernos de apostolado[690]. Los años de trabajo en la Congregación de Religiosos y el trato mantenido con muchos eclesiásticos le habían conferido un reconocido prestigio en la Santa Sede, y por eso no resulta extraño que se pensara en él para esos encargos. A partir de ese momento, su dedicación a la Curia Romana fue en aumento, a medida que se acercaba el inicio del Concilio Vaticano II: reuniones, sesiones de trabajo, estudio y redacción de votos, propuesta de textos...
Durante ese largo periodo —que se prolonga hasta el final del Concilio—, mantuvo su cargo de Secretario General del Opus Dei y siguió siendo Custos de san Josemaría. Una vez más, logró llegar a todo a base de espíritu de sacrificio y de hacer rendir al máximo su tiempo. Mons Echevarría recuerda que don Álvaro «estuvo muy ocupado en los trabajos de las diversas Comisiones preparatorias del Concilio, de las que formaba parte, dedicándoles todo el tiempo que fuera oportuno, sin abandonar el trabajo de gobierno en el Opus Dei. Más ardua, en cuanto a exigencia de tiempo, se hizo su colaboración desde 1962 a 1965, en los períodos de Asamblea conciliar, porque debía participar todas las mañanas y no pocas tardes en las sesiones del Concilio, como perito. Y a eso se añadían las reuniones de las Comisiones que tenían lugar antes o después de las sesiones»[691].
Por eso, no es en absoluto exagerado lo que el interesado escribía, en noviembre de este año, a su cuñada Pilar: «perdóname el retraso con que contesto a tu cariñosa carta última. Además del trabajo de siempre, aumentado por mi larga ausencia de Roma, que ha hecho encontrarme muchas cosas acumuladas, la Santa Sede me ha confiado un nuevo encargo, que me quita hasta el último minuto libre, que pudiera emplear para mis cosas particulares[692]».
Durante esta temporada, volvió a repetirse algo que ya señalamos al referirnos a los años 40: quienes convivieron con él coinciden en subrayar que la intensidad del ritmo a que estaba sometido nunca le llevó a mostrarse nervioso o impaciente, ni tampoco a considerarse especial o heroico. Asumió los nuevos encargos con la actitud que pide el Señor en el Evangelio a quienes desean servirle: «Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos obligación de hacer» (Lc 17,18). Consideraba “natural” entregarse con todas sus fuerzas al cumplimiento de lo que Dios le pedía: en este caso, a través de la Santa Sede. Es significativa una breve frase, escrita casi como de pasada, en una carta a un antiguo compañero suyo de la Escuela superior de Ingenieros de Caminos: «Dices que trabajo mucho: es verdad. Tengo que recortar cada vez más tiempo de dormir: pero lo hago con gusto, para cumplir con las exigencias de mi vocación»[693].
Las sesiones de las dos Comisiones de las que formó parte se prolongaron desde octubre de 1959 a marzo de 1960. Durante ese periodo, los que convivían con él se daban cuenta de que debía hacer horas extraordinarias para alcanzar a todo, y le escuchaban pedir oraciones por los asuntos que llevaba entre manos, pero nunca le oyeron hablar sobre el contenido de esos trabajos. Se comportaba con naturalidad y con la discreción debida al silencio de oficio[694].
Por fin, el 9 de enero de 1960 se colocó la última piedra de los edificios de Villa Tevere. Llevaba una inscripción expresiva y aleccionadora, escogida por el Fundador: “Melior est finis quam principium”. Más que comenzar, lo importante es terminar. San Josemaría y don Álvaro habían transcurrido casi trece años de grandes apuros económicos, entre andamios, ladrillos y cemento[695].
Pero el descanso duró poco porque, casi sin solución de continuidad, hubo que emprender nuevas obras: concretamente, la adaptación de Villa delle Rose —la casa de retiros de Castelgandolfo, cedida poco antes de forma definitiva por el Papa Juan XXIII[696]— como sede del Colegio Romano de Santa María: un centro internacional de formación para mujeres, análogo al Colegio Romano de la Santa Cruz. Estos trabajos no terminaron hasta 1964.
 
 
2. Un traje jurídico cada vez más inadecuado
 
En el campo jurídico canónico, durante los diez primeros años transcurridos desde la promulgación en 1947 de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, habían sido aprobados 49 Institutos Seculares, y otras 197 instituciones —Pías uniones, Terceras órdenes, Confraternidades, etc.— habían solicitado ser convertidas en Institutos[697]. La mayor parte de esas entidades revestían características propias de congregaciones religiosas y, de hecho, en muchos ambientes, también curiales, eran percibidas así. Por ejemplo, en el índice de las Constituciones Sinodales del Sínodo de la diócesis de Roma, que tuvo lugar antes del Concilio, los Institutos Seculares fueron incluidos, junto a las Sociedades de vida común sin votos, en el título III de la parte segunda: De Religiosis; mientras que los laicos se encontraban en la parte tercera; y las Asociaciones de fieles, en la cuarta[698]. De hecho, los Institutos seculares habían perdido la secularidad.
Esto suponía para san Josemaría un motivo de grave preocupación. En 1960 se había dirigido al Cardenal Tardini, de manera oficiosa o particular, preguntándole si sería posible dar algún paso ante la Santa Sede para modificar la configuración jurídica del Opus Dei, puesto que el estatuto de instituto secular resultaba inadecuado a su realidad teológica. No se pudo hacer nada. “Siamo ancora molto lontani” (“estamos todavía muy lejos”), fue la respuesta del Cardenal Tardini al Fundador[699]. Como se dijo antes, ya en 1943 había escuchado a un alto eclesiástico que “l’Opus Dei era giunto a Roma con un secolo di anticipo”, que habían llegado con un siglo de anticipación. Volvía a comprobar que los caminos seguían cerrados[700].
Más adelante, en enero de 1962 y a las puertas del Concilio Vaticano II, ante la insistencia del Cardenal Pietro Ciriaci, san Josemaría propuso de nuevo la transformación del Opus Dei en Prelatura nullius, aunque temía que la respuesta volviera a ser negativa. Tampoco esta vez fueron entendidas sus razones. Su reacción fue, como siempre, de acatamiento a la decisión de la autoridad eclesiástica, al tiempo que comunicaba su voluntad de seguir procurando una solución jurídica que, en conciencia, juzgaba necesaria[701]. Habrían de pasar aún más de veinte años hasta que se alcanzara la configuración canónica adecuada al carisma fundacional del Opus Dei: solución que el Fundador no vería en esta tierra.
Durante estos intentos fallidos, don Álvaro estuvo fielmente al flanco del Fundador, secundándole en todo. En el tiempo que trabajó en la Santa Sede se había esforzado por defender la genuina esencia de los Institutos seculares[702], pero no pudo evitar que la jurisprudencia de la Congregación de Religiosos diera lugar a una figura muy distinta, en la sustancia, a la trazada por la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia[703]. En los ambientes de la Congregación se repetía que, “después de aprobar el Opus Dei, se había roto el molde” [704]. Don Álvaro explicó una y otra vez que el Opus Dei, «en la actualidad, no tiene nada en común con lo que actualmente se entiende por Instituto Secular»; y que, por ese motivo, «tanto para que pueda servir mejor a la Iglesia, como por un elemental sentido de justicia (...), y también para evitar que pueda perder su genuino espíritu que lo hace siempre actual, no debería incluirse entre las asociaciones que son llamadas Institutos Seculares, ni debería depender del mismo Dicasterio del que los Institutos Seculares dependen»[705].
Mientras tanto, en octubre de 1961 se había celebrado en Roma el tercer Congreso General Ordinario del Opus Dei, en el que don Álvaro fue elegido de nuevo para el cargo de Secretario General y para Custos de san Josemaría[706].
 
3. La fase previa inmediata al Concilio
 
El 30 de mayo de 1960, Juan XXIII emanó el Motu proprio Superno Dei nutu, que establecía los fundamentos para la nueva fase de preparación del Concilio: constitución de diez Comisiones[707] y de tres Secretariados: administrativo, para los medios modernos de difusión del pensamiento, y para alcanzar la unión de los cristianos. Algunos meses más tarde se añadió una Comisión más, la del Ceremonial. Dirigía estas entidades una Comisión central, constituida por 74 miembros, que el Papa presidió en algunas ocasiones. El comienzo oficial de los trabajos tuvo lugar con la audiencia concedida por el Pontífice a los componentes el 14 de septiembre de 1960[708].
En agosto, don Álvaro había sido designado miembro de la Comisión de Religiosos para la preparación del Concilio Vaticano II[709], organismo que —entre el 1 de febrero y el 30 de junio de 1961— redactó un proyecto de Constitución sobre la vida religiosa, reelaborado después, entre noviembre de 1961 y abril de 1962, para su discusión en el Aula conciliar. Y apenas dos meses más tarde, el 26 de octubre de 1960, fue nombrado Calificador de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio[710].
Como he anotado ya, la compaginación del trabajo en la Santa Sede con sus deberes como Secretario General del Opus Dei implicaba un esfuerzo notable. Hasta el punto que, en diciembre de 1961, un día que no había podido levantarse por enfermedad, se lee en el diario de Villa Tevere: «Don Álvaro está mejor, pero sigue en cama. Casi, casi nos alegramos, porque así —a la fuerza— puede estar separado del trabajo agobiante que tiene esta temporada»[711]. Días antes, en el mismo diario se lee: «Don Álvaro no para estos días, con el trabajo que tiene en las comisiones para el Concilio Ecuménico. Hoy ha tenido que ir, por ejemplo, mañana y tarde»[712].
También me he referido anteriormente al sentido de amistad y fraternidad, de espíritu de servicio, que distinguía el trato de don Álvaro con los eclesiásticos que trataba en la Curia. En estas fechas, encontramos una nueva manifestación en la persona de Mons. Antonio Piolanti. En 1959, el Papa Juan XXIII había elevado el Pontificio Ateneo Lateranense al rango de Universidad[713], y en 1961 las autoridades académicas decidieron ampliar las instalaciones, situadas junto a la basílica de San Juan de Letrán. Como el Rector, Mons. Piolanti, sabía que don Álvaro era ingeniero de caminos, le solicitó a título de amistad un peritaje sobre el proyecto que habían encargado. Recibió el parecer el 23 de enero de 1962[714].
El 2 de febrero de 1962, con el Motu Proprio Consilium, Juan XXIII designó como fecha de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II el 11 de octubre de ese mismo año[715], aniversario del Concilio de Éfeso.
En aquellos primeros meses del año, don Álvaro volvió a encontrarse más delicado de salud: fueron bastantes los días en que padeció fiebre y malestar. Lo hizo notar san Josemaría en alguna ocasión, como la que se lee en el diario de Villa Tevere, el 21 de abril: «Don Álvaro no se encuentra bien estos días. El Padre comentaba en la tertulia que es un “bárbaro”, para todo lo que se refiere a él mismo. Cuando todo el mundo estaría en la cama, enfermo, don Álvaro sigue en pie, trabajando, y además, sin que se note por fuera»[716].
El 29 de abril, el médico le diagnosticó un rebrote de la dolencia prostática de la que había sido operado tres años antes, y el día siguiente fue ingresado en la Clínica Villa Margherita. Gracias a Dios, no hubo que intervenir de nuevo[717], y se le dio de alta a primeros de mayo. En esta ocasión, el constructor Leonardo Castelli quiso manifestar su amistad con el enfermo corriendo con todos los gastos[718].
El 12 de junio, la Comisión central preparatoria del Concilio Vaticano II celebró su séptima y última reunión. Unos días más tarde, el 20, el Papa presidió la sesión de clausura. Algunos de los esquemas aprobados fueron enviados a los obispos, para que pudieran examinarlos y proponer las sugerencias que estimasen oportunas.
 
 
4. Años conciliares
 
La primera sesión del Concilio Vaticano II
 
Tras el verano, en parte transcurrido en Londres, junto a san Josemaría —sería el último en esa ciudad—, el horizonte fue ocupado casi por completo por los trabajos previos al Concilio Vaticano II, ya inminente. El 4 de octubre, mediante carta firmada por el Cardenal Amleto Cicognani, le fue notificado el nombramiento como Perito conciliar[719].
El 11 de octubre tuvo lugar la solemne ceremonia de inauguración del Concilio, en la basílica de San Pedro. En presencia del Papa, el Cardenal Eugène Tisserant celebró la Misa, pidiendo la asistencia del Espíritu Santo para los dos mil padres conciliares.
Don Álvaro fue adscrito como perito a las Comisiones conciliares “De disciplina cleri et populi christiani”[720], “De episcopis et diœcesium regimine”[721] y “De religiosis”[722]. Y el 8 de noviembre fue designado Secretario de la primera de las comisiones citadas, que estaba presidida por el Cardenal Ciriaci[723]. El Cardenal Herranz, entonces joven sacerdote, que colaboró también en esa Comisión, recuerda que san Josemaría les «comunicó su satisfacción por la gran estima que la Santa Sede demostraba así a don Álvaro. Agregó que él le había aconsejado a su tiempo que aceptase la onerosa responsabilidad y la carga de trabajo que el nombramiento comportaba, con la fundada esperanza de que podría seguir realizando, a la vez, sin duda con mayor esfuerzo y sacrificio, su tarea de Secretario General del Opus Dei. Así fue»[724].
Mostró una vez más su capacidad de trabajo y su prudencia de gobierno. Las sesiones plenarias y los trabajos de las distintas comisiones ocupaban las mañanas, y con frecuencia también las tardes. En los momentos que le quedaban libres, le esperaba el despacho de los asuntos de la Obra, que le correspondían como Secretario General. Como testimonio, anota el Cardenal Herranz, «en el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei se conservan numerosos documentos del gobierno del Opus Dei correspondientes a este período conciliar, con anotaciones del Padre de este tipo: “que lo vea don Álvaro”, “preguntad a don Álvaro”»[725].
Juan XXIII había afirmado que el primer objetivo del Concilio Vaticano II debía ser «custodiar y enseñar el sagrado depósito de la doctrina de manera más eficaz»[726], y este fue el norte que guió la colaboración de don Álvaro en la tarea que le había sido asignada. Años después, Mons. Justo Mullor, que fue Nuncio Apostólico en varios países, afirmará que: «jamás se manifestó en aquel complejo contexto como hombre de parte —ni conservador ni progresista— sino como hombre de fe y de Iglesia, admirado por unos y por otros. Siempre me viene a la mente el recuerdo del querido y admirado Mons. Angelo Dell’Acqua, quien lo estimaba sinceramente y auspiciaba que “hubiera muchos don Álvaros”»[727].
El trabajo fue intenso y voluminoso. Roger Aubert explica que la primera tarea de los peritos consistía en redactar nuevos esquemas que sustituyeran a los elaborados en el periodo preparatorio, que habían sido considerados por la Asamblea como poco satisfactorios, o por la Comisión coordinadora como demasiado extensos. En definitiva: hubo que volver a escribir la mayoría de los anteproyectos. Después de que se discutieran en el Aula, los peritos debían introducir las enmiendas (“modi”) propuestas por los padres conciliares. Además, a menudo, recibían el encargo de preparar las intervenciones de cardenales, arzobispos y obispos participantes. Por último, algunos peritos ejercían una tercera actividad, que en ocasiones influyó bastante en el mismo desarrollo del Concilio: impartir conferencias a grupos de padres conciliares sobre las cuestiones en discusión[728].
Don Álvaro siempre supo crear a su alrededor un clima amable, en el que imperaban la caridad y el espíritu de colaboración. El Cardenal Herranz pudo apreciar cómo los demás miembros y los peritos manifestaban una gran confianza hacia don Álvaro y le trataban con particular afecto: «tenía una gran capacidad para ganarse la simpatía, la estima y la amistad de quienes trataba. Yo lo he visto personalmente en tantas ocasiones, especialmente por su trabajo en la curia, tanto en la Congregación del clero, como después en la Comisión conciliar para la disciplina del clero, y luego en la Comisión pontificia para la revisión del Código de Derecho Canónico. Son muchos los amigos, amigos comunes, a los que he oído comentar con frecuencia, cuando él no estaba, las virtudes de don Álvaro, sobre todo su humildad y su delicada caridad»[729].
Mons. Vives aporta un dato de singular interés, que se repitió con frecuencia durante el Concilio Vaticano II, según dijeron los interesados: «había algunos padres conciliares que se acercaban a él para confesarse. Algo análogo ocurría cuando ya era Prelado del Opus Dei con ocasión de los Sínodos de obispos, pues, como ellos mismos han referido, algunos padres sinodales le pedían confesar»[730]. Don Álvaro jamás hizo referencia a esas peticiones.
Su humildad y sencillez le facilitaron estrechar lazos de amistad con muchos eclesiásticos, e invitó a un buen número de ellos a conocer al Fundador del Opus Dei, de modo que al terminar las sesiones conciliares, con bastante frecuencia acompañaba a uno o varios prelados a comer con san Josemaría en Villa Tevere [731].
Aunque el peso que llevaba entre manos era muy considerable[732], en su orden de prioridades siempre ocupó el primer lugar el trato con el Señor: la celebración de la Santa Misa, los ratos de oración, el rezo del Oficio divino, las demás prácticas de piedad. Seguramente, ese esfuerzo habitual por estar muy metido en Dios hizo posible no solo su despliegue de trabajo, sino que lo realizara con un desprendimiento de todo lo que pudiera ser amor propio o búsqueda de intereses personales.
La primera sesión del Vaticano II concluyó el 8 de diciembre de 1962. Esa clausura no significó, sin embargo, que terminase la dedicación de don Álvaro a las comisiones conciliares. En los primeros meses de asamblea no se aprobó ningún documento, aunque se había trabajado mucho, y se establecieron las líneas para la segunda sesión, que se celebraría un año después.
En febrero de 1963, en su calidad de Secretario de la Comisión conciliar para el clero, tuvo que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. San Josemaría quiso acompañarle, y el día 4 salieron de Roma en automóvil. Al día siguiente comprobaron que había hielo en algunos tramos de la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, a pesar de que llevaban una velocidad moderada —aproximadamente unos 40 km/h— el coche patinó y dio varios giros sobre la calzada, pero no volcó, sino que salió hacia atrás, fuera de control, en dirección a una escarpada. Se detuvo al borde del desnivel, gracias a que chocó contra un mojón de piedra. Precisamente era el lado en el que iba el Fundador. La puerta quedó destrozada, y salieron a duras penas del vehículo, que quedó suspendido sobre el talud[733]. No se mataron de milagro. En 1981 don Álvaro lo contaba en una reunión, y describía así la reacción de san Josemaría, y la suya propia: «¿Qué hizo nuestro Padre durante esos instantes tremendos? Comenzó enseguida a hacer actos de amor, de arrepentimiento, tranquilo, con el alma y el corazón metidos en Dios. Yo traté de imitarle»[734].
Años después, recordaría también una pequeña anécdota sucedida en Venecia en otro momento, que muestra cómo sacaba partido sobrenatural hasta de los sucesos más nimios. «Muy cerca de la puerta del hotel donde nos alojábamos, había un tenderete de pañuelos... Y el vendedor —que no sabía más que una palabra inglesa: very— ponía todo su arte en vender la mercancía a unos turistas americanos. Tomó una prenda de aquellas, se la puso a la señora y decía: very, very... Y con esa vanidad que tenemos todos, ella entendía que estaba very, very guapa... Y lo compró. Todo por una palabra»[735]. La conclusión era que los cristianos debíamos comportarnos con el mismo desparpajo de aquel comerciante, a la hora de hablar de Dios a los compañeros y conocidos.
 
 
Elección de Pablo VI
 
La marcha del Concilio se vio ensombrecida por las malas noticias acerca de la salud de Juan XXIII, que se hicieron más preocupantes a partir de marzo de 1963. El Papa falleció el día 3 de junio. La Iglesia volvía a clamar al Espíritu Santo para recibir un nuevo Vicario de Cristo, y el 21 fue elegido el Cardenal Montini para ocupar la cátedra de san Pedro. Apenas llegó la noticia a san Josemaría y a don Álvaro, celebraron la Santa Misa para ofrecerla por la persona e intenciones de Pablo VI. En Villa Tevere, el encargado de escribir el diario anotó que «seguramente (...) habrán sido las primeras en el mundo en las que se ha incluido en el canon el nombre del Sumo Pontífice recién elegido»[736]. Naturalmente, no hay certeza de que fuera así; pero sí está claro que el amor al Papa les llevaba a experimentar estas urgencias de oración y mortificación por su persona e intenciones.
Como sabemos, don Álvaro apreciaba en gran medida, desde su primer viaje a Roma, las dotes espirituales y humanas de Mons. Montini. Por eso, está claro que no hacía una frase de circunstancias cuando, poco después de la elección, escribía a su tía Carmen del Portillo: «Muy contento con el nuevo Santo Padre: le trato desde hace muchos años, cuando él tenía la edad que yo tengo ahora, 49 añazos. Siempre ha estado muy cariñoso con el Padre —que os recuerda y os bendice—, conmigo y con la Obra»[737].
Con la muerte de Juan XXIII, el Concilio había quedado cerrado, de acuerdo con lo indicado por el derecho canónico[738]. La incertidumbre acerca de cuál sería el futuro del Concilio, alimentada en algunos ambientes después de la muerte de Juan XXIII, desapareció completamente al anunciar Pablo VI el comienzo de la segunda sesión para el 29 de septiembre[739].
El 24 de enero de 1964, el Papa recibió en audiencia al Fundador del Opus Dei. Al terminar la conversación, pasó a saludarle don Álvaro. El propio san Josemaría describió la escena, en una carta de unos días después: «Al final, le dije que me había acompañado Álvaro, y lo hizo pasar, para recordar con vuestro hermano el mucho trato que tuvieron desde el 46. Le dijo el Papa a Álvaro: “Sono diventato vecchio” [me he hecho viejo]. Y vuestro hermano le contestó, haciendo emocionar de nuevo al Santo Padre: “Santità, è diventato Pietro” [Santidad, se ha convertido en Pedro]. Antes de despedirnos, con una bendición larga y afectuosa (...), quiso hacerse con nosotros dos fotografías, mientras murmuraba por lo bajo a Álvaro: “don Alváro, don Alváro...”»[740].
A las tareas del Concilio y de la Congregación del Santo Oficio se sumó, a partir de abril de ese año, el encargo de Consultor de la Pontificia Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico[741].
Pocas semanas después, llegaron nuevas recaídas de salud, que leemos en el diario de Villa Tevere. El autor de esas líneas parece que tenía claro el origen de esa situación: «da la impresión de que mientras no pueda descansar un poco, no se restablecerá totalmente. Y esto del descanso, ante el volumen del trabajo, se queda por desgracia en un deseo bastante utópico»[742].
Don Álvaro era un paciente dócil a las indicaciones de los médicos, pero sus múltiples ocupaciones no le facilitaban las cosas, por lo que se refiere al reposo. Él mismo lo escribe al doctor que le atendía: «Subjetivamente me encuentro bien. Los dolores de cabeza han disminuido mucho: ahora, no los tengo casi nunca. Solo en los diez o quince últimos días, pero nunca han sido sino dolores ligeros. (...) Por desgracia, no encuentro el tiempo para pasear: desde que llegué a Roma, lo he hecho cinco veces, nada más. El régimen de comidas lo llevo bien (...), pero tiendo a engordar. Envío una nota sobre la marcha de la presión. Y nada más: perdona la lata. No he tenido ningún ataque fuerte de alergia»[743].
De mediados de julio a finales de agosto, estuvo con san Josemaría cerca de Pamplona, ayudándole, entre otras cosas, en la redacción y revisión de documentos de formación espiritual para los fieles del Opus Dei[744]. Durante esa estancia, se sometió a una revisión médica completa en la Clínica de la Universidad de Navarra. Le fue diagnosticada una hipertensión neurógena que le acompañará a lo largo de toda su vida[745].
 
 
El decreto Presbyterorum Ordinis
 
Don Álvaro fue nombrado Secretario de la Comisión De disciplina cleri et populi christiani, el 8 de noviembre de 1962. Desde el principio, el ritmo de trabajo fue intenso, porque los temas relativos a la vida y al ministerio de los sacerdotes eran amplios y variados, y los plazos breves. Antes de fin de año estaban redactados tres esquemas para proponerlos a los Padres conciliares[746]; pero la Comisión coordinadora, instituida por Juan XXIII para preparar la segunda sesión del Concilio, indicó, en enero de 1963, que debían resumirse en un solo decreto[747]. Así lo hicieron. Meses después, en noviembre, dicha comisión decidió que había que comprimir aún más ese texto, de manera que quedase reducido a diez concisas tesis[748]. Como se puede imaginar, la decepción de los componentes de la Comisión sobre el clero debió de ser grande, al ver en qué quedaban sus esfuerzos.
Los dos primeros meses de 1964 don Álvaro los dedicó a resumir en diez breves puntos la doctrina sobre el sacerdocio: se trataba de un empeño verdaderamente difícil desde el punto de vista teológico y, humanamente hablando, no exento de sinsabores. El Cardenal Herranz recuerda que en la Comisión tuvieron «reuniones difíciles, agitadas, porque se pensaba —como después demostraron los hechos— que la propia teología de comunión, en que se fundamentaban los trabajos conciliares, exigía profundizar en la teología del sacerdocio y, concretamente, del presbiterado. Además, en las obras de algunos autores, y aun en la realidad pastoral de determinados ambientes, se estaban ya insinuando ideas e iniciativas que amenazaban poner en crisis la identidad misma del sacerdocio católico. (...) Todas estas circunstancias parecían aconsejar que el Concilio dedicase a los presbíteros un amplio decreto, con hondura teológica y disciplinar. Eso era justamente lo que don Álvaro y todos nosotros deseábamos. Sin embargo, nuestra Comisión siguió fielmente las directrices de la Comisión de coordinación del Concilio, y se realizó la síntesis en diez brevísimas proposiciones»[749].
El 16 de marzo de 1964 se enviaba el nuevo esquema (De sacerdotibus) a la Comisión coordinadora. El esfuerzo para lograr esa síntesis había sido grande, y muy intensa la dedicación de don Álvaro[750].
La tercera sesión del Concilio Vaticano II se abrió el 14 de septiembre de 1964. El 7 de octubre se distribuyó a los padres conciliares el esquema De sacerdotibus. La sorpresa fue grande ante lo menguado del documento. Un asunto de categoría tan capital para la Iglesia no podía ser tratado de una forma tan escueta[751]. Los días 13, 14 y 15 de octubre se discutió el proyecto en el Aula, y «sucedió lo previsible: la asamblea conciliar decidió que un tema tan importante como el ministerio y la vida de los sacerdotes, no podía ser ventilado en un escrito tan breve e insuficiente, y lo rechazó»[752].
Don Álvaro recibió la noticia con serenidad; más aún, podemos asegurar que con íntima alegría, por su amor a los sacerdotes. Su opinión personal coincidía plenamente con la de los padres. Inmediatamente, recuerda el Cardenal Herranz, «sugirió a Mons. Marty, Arzobispo de Reims y relator del esquema, que escribiera una carta a los moderadores del Concilio para solicitar que nuestra Comisión pudiera elaborar un decreto amplio y completo, en la forma deseada. Mons. Marty se alegró mucho cuando le llevé el boceto de la carta, que aceptó íntegramente. Siete días después se recibió una respuesta afirmativa. Don Álvaro convocó y puso a trabajar inmediatamente a los miembros de la Comisión y a los peritos de las subcomisiones»[753].
Se sucedieron entonces unas jornadas muy llenas: había que redactar un documento que abarcara adecuadamente todos los aspectos de la vida y ministerio de los sacerdotes, y entregarlo a los padres conciliares antes del final de la tercera sesión para que pudieran estudiarlo durante el último periodo entre las sesiones. «Acabaron la tarea en un plazo cortísimo: en los días 29 de octubre y 5, 9 y 12 de noviembre, antes de que se terminara esa tercera sesión del Concilio, el esquema de decreto estaba listo»[754].
La sucesión de fechas muestra ya el esfuerzo que debió de suponer, para los miembros de la Comisión. En sus recuerdos, el Cardenal Herranz menciona las carreras de aquellos días para recoger las sugerencias de los padres conciliares, estudiarlas y proponer nuevas versiones de los textos, todo en un lapso de tiempo muy reducido, puesto que no iba a haber más sesiones del concilio. «Hubo días —no pocos—, en que la jornada laboral de don Álvaro y, con él, la de sus más estrechos colaboradores en la comisión, acababa bastante después de medianoche. A aquellas horas intempestivas, cerradas todas las oficinas de los dicasterios de la Santa Sede, nos teníamos que reunir en una de las residencias de los padres y peritos conciliares (Residencia Santo Tomás de Villanueva, en Viale Rumania, no lejos de Villa Tevere), para ultimar la preparación de los textos del decreto, o bien preparar las responsiones a los modi, las respuestas a las enmiendas propuestas por los Padres, que había que presentar al día siguiente a los miembros de la comisión conciliar o bien —en la fase final— enviar a la Tipografía Políglota Vaticana, para que fueran después propuestas en el aula conciliar de la Basílica de San Pedro»[755].
Y mientras tanto, Dios permitía que siguieran presentes los achaques de salud. En las páginas correspondientes a aquellas fechas, se lee en el diario de Villa Tevere que «don Álvaro lleva unos días con molestias: primero, una conjuntivitis, y luego sinusitis. Por si fuera poco, tiene encima todo el trabajo de la Obra y de la Comisión Conciliar. Desde luego, el Señor ya sabe bien dónde aprieta, y quién puede aguantar todo lo que sea»[756].
¿Con qué espíritu afrontó don Álvaro todas estas vicisitudes y vaivenes? En 1995, al conmemorar el 30° aniversario del Decreto Presbyterorum Ordinis, el Cardenal Herranz aplicaba a Mons. del Portillo la inscripción latina que descubrió en la base de un reloj de sol, sobre el campanario de una iglesia románica del Trentino. Decía así: horas non numero, nisi serenas (señalo solamente las horas serenas). «Evidentemente, el autor de la frase quiso jugar con el doble significado semántico —climático y espiritual— del adjetivo serenus: tiempo sereno (con sol en el cielo) y ánimo sereno (con paz en el alma). (...) En los momentos más tensos del trabajo conciliar —prosigue Herranz—, yo veía con frecuencia que, por la gracia divina, las bellas y significativas palabras de ese reloj de sol del Trentino se aplicaban a la lúcida inteligencia de Mons. del Portillo y a su corazón siempre manso y tranquilo. Muchas fueron, efectivamente, las ocasiones en que la serenidad de espíritu de don Álvaro y su continua visión sobrenatural, reforzadas por su larga convivencia con Mons. Escrivá, garantizaron a los miembros y peritos de nuestra Comisión la posibilidad de trabajar con paz y gran eficacia, en medio de bruscos cambios metodológicos y de notables contraposiciones doctrinales»[757].
En la Comisión para la disciplina del clero trabajaban dos cardenales, 15 arzobispos, 13 obispos, y 40 peritos, teólogos y canonistas, de 17 nacionalidades[758]. A don Álvaro, entonces solo presbítero, correspondía dirigir las reuniones de estudio y las discusiones, en ausencia del Cardenal Ciriaci, que estaba impedido por enfermedad. Conseguir llevar a buen puerto a un grupo así de numeroso, tan variado, y con personalidades de relieve en el mundo eclesiástico y teológico, no era tarea fácil. Don Álvaro supo escuchar las diversas propuestas, valorar los aspectos positivos de cada una, confrontar las posturas contrarias hasta encontrar puntos de convergencia. En definitiva, conducir prudentemente las sesiones para finalmente llegar a unas propuestas comunes y positivas[759].
De esta forma humilde y delicada de realizar su trabajo eran testigos, en primer lugar, el relator de la comisión, Mons. Marty, Arzobispo de Reims y después Arzobispo de París, Cardenal y Presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, y también los peritos que más directamente colaboraban en el aspecto canónico y disciplinar (por ej., Mons. Willy Onclin, decano de la facultad de derecho canónico de la Universidad de Lovaina), o en el aspecto teológico, como el padre Lecuyer, de los Misioneros del Espíritu Santo[760]. De don Álvaro, al Cardenal Agustin Mayer le llamaba especialmente la atención su «mente sinceramente abierta a las nuevas fronteras que se abren constantemente al desarrollo del conocimiento, pero completamente apartada del ingenuo “espíritu de aventura” de algunos teólogos, que gozaban de mucha popularidad en los medios de comunicación, como si estuvieran investidos del viento del Espíritu Santo. Como todo verdadero teólogo y pastor, veía en las palabras de san Vicente de Lerins sobre el progreso dogmático —in suo dumtaxat genere, in scilicet eodem dogmate, eodem sensu, eademque sententia (Comm. XXIII, PL 50667) (“permaneciendo siempre en su género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma significación”)— un criterio discriminante de la verdad»[761].
Solo hubo un pequeño incidente, molesto, con uno de los peritos conciliares: Hans Küng[762]. Ese autor había criticado al Opus Dei en el transcurso de una reunión con padres y peritos conciliares, repitiendo algunas calumnias difundidas por un determinado sector de la prensa, muy ideologizado. Testigo de la conversación había sido Mons. Willy Onclin, que conocía bien el espíritu y la realidad de la Obra, e intervino en la conversación rectificando aquellas injustas apreciaciones, con caridad y delicadeza, pero también con claridad. Después, Mons. Onclin refirió lo sucedido a don Álvaro.
Al final de una de las reuniones de trabajo en la residencia Santo Tomás de Villanueva, don Álvaro y Mons. Onclin se encontraron con Hans Küng, que iba caminando por el mismo pasillo, en sentido contrario. Mons. Onclin hizo las presentaciones de rigor. Don Álvaro le sonrió y no se limitó a estrecharle la mano, sino que le dio un fuerte abrazo, ante la cara de sorpresa, o quizá más bien de contrariedad, del profesor alemán. Don Álvaro, afectuosamente, le habló en estos o parecidos términos: «Mire, le doy un abrazo como a hermano sacerdote. Como cristianos y como sacerdotes, tenemos que querernos mutuamente, rezar uno por otro, más aún porque estamos los dos intentando ayudar al Vicario de Cristo en los trabajos del Concilio Vaticano II». Después, añadió: «Por cierto, estoy a su disposición, si alguna vez Usted quiere conocer qué es el Opus Dei. Soy el Secretario General y puedo también presentarle, si lo desea, al Fundador. Podrá conocer directamente, con todo detalle, cualquier aspecto que le interese del espíritu y de la labor apostólica que el Opus Dei realiza»[763]. Hans Küng no recogió la invitación.
El 21 de noviembre, veinticuatro horas después de entregar el proyecto de Decreto sobre los sacerdotes (De ministerio et vita presbyterorum), terminaba la tercera sesión del Concilio. Sin dejar transcurrir ni un solo día, san Josemaría quiso emprender un viaje de dos semanas en coche, que les llevó hasta Pamplona y Segovia, pasando por Turín y Lourdes. Era un viaje de trabajo: entre otros, les esperaban en la Universidad de Navarra para conferir unos doctorados honoris causa, y celebrar una asamblea de la Asociación de Amigos de aquella Universidad; pero, sobre todo, el Fundador quería hacer cambiar de aires a aquel hijo suyo, que estaba muy cansado.
Así lo reseñaba, un mes después, el propio don Álvaro en una carta a su amigo Giovanni Bisleti: «En cuanto terminó la 3ª Sesión del Concilio, salí de Roma, porque estaba agotado. He estado en Lourdes, donde he rezado especialmente por toda la queridísima familia de Nino. Desde hace diez días estoy de nuevo en Roma, pero todavía no he podido despachar los asuntos atrasados, e ir a veros. Pero mi pensamiento vuela tantas veces a la calle Valadier y, con el pensamiento, mi oración por todos vosotros»[764].
 
 
Última sesión del Concilio
 
El año 1965 se estrenó en Roma con una gran nevada. San Josemaría y don Álvaro hicieron su curso de retiro anual durante el mes de febrero, en Castelgandolfo. El 7 de marzo entraron en vigor las nuevas rúbricas de la Santa Misa, como un adelanto del Misal que promulgaría Pablo VI cuatro años más tarde. Don Álvaro, relatan los testigos, puso empeño en incorporar las novedades del rito desde el primer momento, como haría después con todos aquellos documentos emanados por la Santa Sede para concretar la reforma litúrgica propuesta por el Concilio[765].
En estos primeros meses del año continuaron las sesiones de las diversas comisiones conciliares de las que don Álvaro era perito, y muchas mañanas las dedicaba a esos quehaceres[766]. Se sumó, además, el comienzo de los trabajos para la revisión del Código de Derecho Canónico[767].
Por si fuera poco, a estas ocupaciones añadió el doctorado de Ingeniero de Caminos. Unos años antes, en 1957, la legislación universitaria española había introducido el grado de doctor también en las carreras técnicas, que previamente no existía[768]. No era posible, por tanto, haber hecho el doctorado en 1941, por la sencilla razón de que no se contemplaba esa posibilidad.
Como san Josemaría deseaba que sus hijos sacerdotes del Opus Dei alcanzaran el doble doctorado, civil y eclesiástico, don Álvaro —que ya era doctor en Historia, como sabemos— el 24 de marzo de 1965 presentó un estudio titulado “Proyecto de modernización de un puente metálico antiguo”[769]. El 22 de abril, el tribunal correspondiente le concedió el grado de Doctor-Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, señalando que la memoria está «magníficamente desarrollada (...), la descripción de la obra es completa, perfecta, clara y concisa. Los cálculos más exigentes son aplicados a todos y cada uno de los elementos que integran la construcción, y se presta igual cuidado al estudio de la estabilidad del puente antiguo y del nuevo, durante la construcción de este, toda vez que no puede interrumpirse la circulación del ferrocarril»[770].
El 14 de septiembre se inauguró la última sesión conciliar, que sería muy densa en documentos aprobados. También en este momento surgieron fuertes tensiones doctrinales. Concretamente, por lo que se refiere al trabajo de don Álvaro, hay que señalar el ataque que se perpetró contra el celibato sacerdotal, cuya múltiple conveniencia teológica y pastoral se había expuesto en el esquema del Decreto Presbyterorum Ordinis, y los Padres conciliares habían apoyado repetidas veces por escrito. «Sin embargo, pocos días antes de iniciarse la discusión oral en el aula, don Álvaro y yo —cuenta el Cardenal Herranz— nos enteramos de que algunos medios de comunicación habían sido advertidos de que uno o dos padres iban a intervenir en contra del celibato sacerdotal»[771].
Ante ese anuncio, don Álvaro consideró su deber informar al Secretario general del Concilio, Mons. Pericle Felici, para que lo refiriese al Romano Pontífice. Al recibir la noticia, «Pablo VI escribió al Consejo de presidencia para que no se debatiera esa delicada cuestión, que exigía tanta prudencia. Y añadió que no solo deseaba conservar en la Iglesia latina esta antiquísima tradición, sino también reforzar la idea de que los sacerdotes se consagran a Cristo, su único amor, y se dedican plenamente al servicio de la Iglesia y de las almas. La carta se leyó en el Aula conciliar el 11 de octubre de 1965 y fue acogida con un fortísimo aplauso por la inmensa mayoría de los padres»[772].
La intervención de Pablo VI fue objeto de crítica en algunos ambientes eclesiales[773]. Por eso, dos años después, don Álvaro se sintió obligado a explicar —como persona especialmente sabedora de lo ocurrido— que esa carta «fue equivocadamente interpretada por algunos como una imposición mediante la cual este tema quedaba excluido del Concilio Vaticano II (...). Los hechos, sin embargo, desmintieron esta interpretación: la carta del Papa evitó ciertamente que, sobre tema tan delicado, trascendiesen al dominio público discusiones que, expuestas quizá sin la necesaria prudencia en algunos medios de comunicación social —con insistencia sobre los aspectos más llamativos y sensacionalistas—, hubieran creado confusión en muchos sectores de la opinión pública. Se trató, pues, de una medida encaminada a evitar posibles inconvenientes —que, por otra parte, no habrían aportado ninguna clarificación al estudio sereno de esta materia—, pero de ninguna manera supuso un límite a la libertad de los Padres Conciliares, que siguieron presentando por escrito sus observaciones al texto sobre el celibato contenido en el Decreto Presbyterorum Ordinis, como ya lo habían hecho anteriormente, en repetidas ocasiones. (...) Nunca hasta ahora un Concilio Ecuménico ha afrontado el tema del celibato sacerdotal de modo tan directo, en una asamblea tan numerosa y representativa y con tanta abundancia y variedad de datos»[774].
El 12 de noviembre empezó en el Aula el estudio del decreto sobre los sacerdotes. Nueve días después tuvo lugar un acontecimiento que llenó de gozo los corazones de san Josemaría y de don Álvaro[775]: Pablo VI inauguró el Centro ELIS, una obra social educativa para la juventud obrera, situada en el barrio Tiburtino de Roma, que Juan XXIII había encomendado al Opus Dei. El centro estaba compuesto de una residencia para estudiantes obreros, una escuela de enseñanza técnica profesional, una biblioteca, una escuela deportiva y una escuela para la formación de la mujer en el ramo de la hospitalidad. En el terreno colindante se había edificado, además, la iglesia de San Giovanni Battista al Collatino, una parroquia confiada a sacerdotes del Opus Dei[776]. Pablo VI había querido que la inauguración del ELIS se llevase a cabo durante una de las sesiones del Concilio Vaticano II, para que los padres conciliares, si lo deseaban, pudieran asistir: de hecho, acudieron bastantes cardenales y obispos[777].
La visita del Papa fue más larga de lo esperado, porque no se ciñó al programa previsto, que era celebrar la Santa Misa y bendecir la imagen de Santa María Madre del Amor Hermoso —una escultura de mármol, realizada por el escultor italiano Sciancalepore y destinada a la Universidad de Navarra—, sino que quiso visitar con calma las aulas y dependencias del centro y saludar personalmente a profesores y alumnos.
El Romano Pontífice agradeció a quienes habían hecho realidad el proyecto, señalando que constituía «una verdadera prueba de amor a la Iglesia». Por su parte, al responder a las palabras del Papa, el Fundador trazó una breve historia del nacimiento del centro, describiendo a grandes rasgos su función de servicio a la juventud, que aprenderá «cómo el trabajo santificado y santificante es parte esencial de la vocación del cristiano»[778]. Pablo VI estaba hondamente conmovido y, antes de dejar el Centro ELIS, exclamó, mientras abrazaba a san Josemaría: «Qui tutto è Opus Dei»[779] (“Aquí todo es Opus Dei”).
Pero volvamos al Decreto Presbyterorum Ordinis. Los esfuerzos de don Álvaro y de los demás miembros de la Comisión alcanzaron feliz término el 7 de diciembre, última sesión plenaria, cuando el texto fue aprobado con 2.390 votos favorables, sobre un total de 2.394[780]. Veinticuatro horas más tarde, solemnidad de la Inmaculada Concepción, Pablo VI clausuró el Concilio Vaticano II, que había promulgado cuatro constituciones, ocho decretos y cuatro declaraciones. Se abría una etapa para la Iglesia, llena de expectativas e ilusiones.
El 14 de diciembre, el Cardenal Ciriaci, Presidente de la Comisión conciliar sobre el clero, escribía una sentida carta a don Álvaro para agradecerle sus esfuerzos en el seno de la Comisión. Vale la pena transcribir algunos párrafos: «Reverendísimo y querido D. Álvaro, con la aprobación definitiva del pasado 7 de diciembre se ha concluido felizmente, gracias a Dios, el gran trabajo de nuestra Comisión, que ha podido de este modo conducir a puerto su decreto, que no es el último en importancia entre los decretos y constituciones conciliares. Basta considerar que la votación plebiscitaria del texto, tan atacado por motivos que son conocidos, pasará a la historia como una reconfirmación conciliar —con una casi unanimidad de sufragios— del celibato eclesiástico y de la alta misión del sacerdocio.
»Sé bien cuánta parte ha tenido en todo esto su trabajo sabio, tenaz y amable, que, respetando siempre la libertad de opinión de los demás, ha mantenido una línea de fidelidad a los grandes principios orientadores de la espiritualidad sacerdotal. Cuando informe al Santo Padre no dejaré de señalar todo esto. Mientras tanto, deseo que le llegue, con un cálido aplauso, mi agradecimiento más sincero»[781].
La respuesta de don Álvaro, a vuelta de correo, resulta igualmente interesante. Traduzco algunas frases del original italiano: «He recibido su venerada y cortés carta, fechada el pasado día 14, y me apresuro para agradecerle de todo corazón las palabras llenas de afecto hacia los miembros de la Comisión “De disciplina cleri et populi christiani”, y especialmente hacia don Julián Herranz y hacia mi persona: palabras que nos han resultado muy gratas y que nos han confortado, aunque somos conscientes de no merecerlas, porque no hemos hecho más que cumplir nuestro deber al servicio de la Iglesia, en la medida en que, con la gracia de Dios, lo han permitido nuestras pobres fuerzas.
»Convencido de que los resultados alcanzados producirán muchos beneficios en las almas, porque han recibido la solemne aprobación del Concilio que asegura su plena conformidad con los deseos del Señor, me resulta particularmente grato añadir, junto a los sentimientos de alegría por haber terminado felizmente el trabajo confiado a la Comisión de la que he tenido el honor de ser Secretario, mi agradecimiento más sincero a Vuestra Eminencia por el espíritu de amplia libertad con que ha sabido dirigir los trabajos y por las facilidades que ha concedido, para que cada uno de los miembros de la Comisión, en un clima de cristiana y responsable colaboración, pudiese aportar su propia contribución al cumplimiento del encargo que se nos había confiado.
»A la vez que aseguro a Vuestra Eminencia que transmitiré cuanto antes a todos los miembros de la Comisión las venerables palabras que nos ha dirigido, le renuevo mi incondicionada disponibilidad para concluir el trabajo que aún queda por realizar»[782].
Los méritos de don Álvaro eran innegables: así lo afirmaron todos los que, de un modo u otro, trabajaron a su lado. Pero no buscó ningún reconocimiento público o privado, porque no pensaba en su prestigio o en su carrera eclesiástica. Su único norte, lo acabamos de leer, era servir a la Iglesia y a las almas. Por eso, cuando terminó el Concilio Ecuménico, mientras la mayor parte de secretarios de Comisiones Conciliares fueron destinados a ocupar puestos de relieve en dicasterios vaticanos, don Álvaro no se preocupó mínimamente de pretender nada en esa dirección. En algún momento alguien le comentó que iba a quedar vacante un cargo importante en la Congregación del Clero, y que quizá podía recomendarlo o proponer su nombre para ocuparlo. La respuesta negativa fue inmediata: estaba plenamente convencido de que su misión, la que Dios le había encomendado, consistía en permanecer activamente junto a san Josemaría[783].
Terminado el Concilio, don Álvaro regresó a la vida corriente de trabajo junto al Fundador del Opus Dei, ocupación que no había abandonado durante los años precedentes, pero que ahora pudo retomar con más tranquilidad y similar empeño.
 
 

[682] Son muy abundantes los estudios sobre la convocatoria, preparación y celebración del Concilio Vaticano II. Mons. Francisco Gil Hellín ha publicado una sinopsis de los principales documentos conciliares, en varios volúmenes, en la Ed. Eunsa y en la Lib. Ed. Vaticana, entre los años 1982 y 2008; para esta biografía tiene particular interés el tomo 3: Gil Hellín, F., Concilii Vaticani II Synopsis, Decretum de Presbyterum Ministerio et Vita Presbyterorum Ordinis, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1996, pp. XXVI+808. Señalamos también otras obras que pueden servir como marco muy amplio para encuadrar este capítulo. Fliche, A. - Martin, V. et al. (dir.), Storia della Chiesa. XXV/1 - La Chiesa del Vaticano II, San Paolo, Milano 1994; Martina, G., Storia della Chiesa, da Lutero ai nostri giorni, IV-L’età contemporanea, Morcelliana, Brescia 1995; Caprile, G., Il Concilio Vaticano II: Cronache del Concilio Vaticano II, La Civiltà Cattolica, Roma 1966; Jedin, H. - Repgen, K., Manual de Historia de la Iglesia. IX: La Iglesia mundial del siglo XX, Herder, Barcelona 1984; Pesch, O., Il Concilio Vaticano Secondo. Preistoria, svolgimento, risultati, storia post-conciliare, Queriniana, Brescia 2005; Quaglioni, D. - Aubert, R. - Fedalto, G., Storia dei concili. I concili a dimensione mondiale, San Paolo, Cinisello Balsamo 1995.

[683] «¡Venerables Hermanos y Amados Hijos nuestros! Pronunciamos ante vosotros, ciertamente con no poca emoción, pero a la vez con humilde resolución de propósito, el nombre y la propuesta de una doble celebración eclesial: un Sínodo diocesano para Roma y un Concilio Ecuménico para la Iglesia Universal. Vosotros, Venerables Hermanos y Amados Hijos nuestros, no necesitáis excesivas explicaciones sobre la importancia histórica y jurídica de estas dos propuestas. Nos llevarán felizmente a la deseada y esperada actualización del Código de Derecho Canónico, que coronará estas dos manifestaciones de aplicación práctica de disciplina eclesiástica, que el Espíritu del Señor nos irá sugiriendo a medida que se vayan desarrollando. La próxima promulgación del Código de Derecho Oriental es ya un preanuncio de estos acontecimientos venideros». El discurso completo, en italiano, se puede consultar en: AAS 51 (1959), pp. 65-69.

[684] El Cardenal Tardini, Secretario de Estado, informó a los Cardenales ausentes con una carta fechada el 29 de enero.

[685] Cfr. Juan XXIII, Homilía en la Solemnidad de Pentecostés, 17-V-1959, AAS 51 (1959), pp. 419-422.

[686] Juan XXIII, en el Motu proprio Superno Dei, se hizo eco de la respuesta a esta iniciativa: habían llegado al Vaticano más de dos mil propuestas que habían sido clasificadas: cfr. AAS 52 (1960), pp. 433-437.

[687] Cfr. Nombramiento de Consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (Ciudad del Vaticano, 2-V-1959), AGP, APD D-16096. Pocos días después escribió dos cartas, agradeciendo el nombramiento: cfr. Del Portillo, Á., Cartas al Card. Pietro Ciriaci y al Card. Domenico Tardini, AGP, APD C-590521 y C-590615, respectivamente.

[688] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 162. El artículo de Tom Burns fue publicado en The Times, con el título Spanish founder of Opus Dei, el 20-VIII-1959.

[689] Cfr. Nombramiento de Presidente de la Comisión VIIª (laicado católico) de la Sagrada Congregación del Concilio, para la preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II (Roma, 10-VIII-1959), AGP, APD D-10276.

[690] Cfr. Nombramiento de Miembro de la Comisión IIIª (medios modernos de apostolado) de la Sagrada Congregación del Concilio, para la preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II (Roma, 12-VIII-1959), AGP, APD D-18961.

[691] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 190. Como botón de muestra, Mons. Gutiérrez, que en esta época ayudó a don Álvaro como secretario, ha escrito: «Desde que comenzó la fase antepreparatoria del Concilio Vaticano II, colaboré con don Álvaro pasando a máquina los muchos escritos que él hubo de redactar. Por ej., en fecha 5-III-1960, como Presidente de la Comisión “De laicis”, redactó una relación de 69 páginas a máquina, a espacio simple, publicada en “Acta et Documenta Concilio Œcumenico Vaticano Secundo Apparando”, series I, vol. III (proposita et monita SS. Congregationum Curiæ Romanæ), Typis Polyglottis Vaticanis 1960, Cap. VII, pp. 157-214» (Testimonio de José Luis Gutíerrez, AGP, APD T-15211, p. 6).

[692] Del Portillo, Á., Carta a María del Pilar Gandarillas, AGP, APD C-591122.

[693] Del Portillo, Á., Carta a Francisco José de Quevedo López, AGP, APD C-610128.

[694] Mons. Gil Hellín recuerda: «Años atrás, mientras hacía mi Tesis doctoral en Roma le había visto en la Sede Central del Opus Dei, pero entonces desaparecía para que toda la atención se centrara en el Fundador de la Obra. Me parece que estos recuerdos hablan por sí solos de la humildad de don Álvaro. Precisamente mi trabajo de investigación se centraba en el Concilio Vaticano II. Pude encontrar muchos textos que evidenciaban su importante trabajo en el Concilio. En cambio, él no se daba importancia» (Testimonio de Mons. Francisco Gil Hellín, AGP, APD T-1269, p. 1).

[695] Cfr. Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 38.

[696] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 283.

[697] Así lo explicaba el mismo don Álvaro en un artículo publicado en la revista italiana “Studi Cattolici”, en enero de 1958: «Los Institutos Seculares actualmente existentes en la Iglesia son 49. De estos, 12 son de derecho pontificio y 37 de derecho diocesano. (...) 13 son masculinos (de los cuales 7 sacerdotales y 6 laicales) y los 36 restantes femeninos. Las peticiones de Asociaciones de hecho o de Asociaciones jurídicas (Pías Uniones, Sociedades, Confraternidades, Terceras Órdenes), que han llegado a la Sagrada Congregación de Religiosos, que aspiran a llegar a ser Institutos Seculares suman 197. Estas cifras de 197 peticiones recibidas en la Santa Sede y de 49 Institutos aprobados se refieren a un lapso de tiempo de unos 11 años, que se extiende precisamente desde el 2 de febrero de 1947, fecha de la Promulgación de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, hasta finales de 1957» (Del Portillo, Á., Lo statuto attuale degli Istituti secolari, en Studi Cattolici, 4 (I-1958), pp. 48-54).

[698] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 323 y ss.

[699] Ibid., p. 456.

[700] Cfr. ibid., p. 149.

[701] Sobre esta nueva solicitud se puede consultar: ibid., pp. 332 y ss.

[702] Así lo explicaba en 1965 al Cardenal Antoniutti, al poco de ser este nombrado Prefecto de la Congregación, para que conociera su punto de vista sobre la materia: «He defendido siempre lo que retenía que era la figura genuina de los Institutos seculares (...) pero cuando me he dado cuenta de que eran inútiles todos mis esfuerzos en defensa de esa naturaleza, he preferido callar, especialmente después de haber escuchado personalmente a S.E. el Card. Larraona que era inútil mi insistencia, porque el Opus Dei constituía un fenómeno diverso de las otras Asociaciones que habían sido aprobadas después como Institutos seculares, y que presentaban características propias de Congregaciones religiosas o de simples Asociaciones de fieles» (Del Portillo, Á., Carta al Card. Ildebrando Antoniutti, AGP, APD C-650607: original en italiano).

[703] «La jurisprudencia de la Sagrada Congregación de Religiosos ha dado origen a una figura de Instituto secular muy distinta, en la sustancia, a la trazada por la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, que se había redactado teniendo præ oculis el Opus Dei» (Del Portillo, Á., Carta al Card. Ildebrando Antoniutti, AGP, APD C-650607).

[704] Cfr. ibid.

[705] Del Portillo, Á., Carta al Card. Ildebrando Antoniutti, AGP, APD C-650607.

[706] Cfr. Nombramientos en el Opus Dei (1943-1991), AGP, APD D-10336.

[707] Según el texto latino de ese documento, las comisiones eran las siguientes: «a) Commissio theologica, cuius erit quæstiones ad Scripturam Sanctam, Sacram Traditionem, fidem moresque spectantes perpendere et pervestigare; b) Commissio de Episcopis et de diœceseon regimine; c) Commissio de disciplina cleri et populi christiani; d) Commissio de Religiosis; e) Commissio de disciplina Sacramentorum; f) Commissio de Sacra Liturgia; g) Commissio de Studiis et Seminariis; h) Commissio de Ecclesiis orientalibus; i) Commissio de Missionibus; l) Commissio de apostolatu laicorum in omnibus quæ ad actionem catholicam, religiosam atque socialem, spectant» (Motu Proprio Superno Dei nutu, AAS 52 (1960), pp. 433-437).

[708] Entre 1960 y 1962, las Comisiones y Secretariados elaboraron 75 esquemas o guiones, que constituirían el punto de partida para los trabajos del Concilio. Como muchos de estos proyectos necesitaban correcciones, el Papa creó dos Subcomisiones para este fin: de Enmiendas y de Materias mixtas. El día 20 de junio de 1962, Juan XXIII dirigió la sesión de clausura de esta fase previa al Concilio. En el mes de julio, algunos esquemas fueron enviados a los obispos, para que los examinaran y enviaran observaciones.

[709] Cfr. Nombramiento de Miembro de la Pontificia Comisión de los Religiosos para la preparación del Concilio Vaticano II (Ciudad del Vaticano, 13-VIII-1960), AGP, APD D-17011.

[710] Cfr. Nombramiento de Calificador de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio (Ciudad del Vaticano, 26-X-1960), AGP, APD D-16097. El día 8 de noviembre envió dos cartas a los Cardenales Ottaviani —Pro-Secretario de la S. Congregación del Santo Oficio— y Tardini —Secretario de Estado— agradeciendo este nuevo nombramiento: cfr. Del Portillo, Á., Cartas, AGP, APD C-601108-01 y C-601108-02, respectivamente.

[711] Diario del centro del Consejo General, anotación del 18-XII-1961, AGP, serie M.2.2, D 430-09.

[712] Ibid., anotación del 15-XII-1961.

[713] Cfr. Motu proprio Cum inde, 17-V 1959. Cfr. Pontificia Università Lateranense, Profilo della sua storia, dei suoi maestri e dei suoi discepoli, Libreria Editrice della Pontificia Università Lateranense, Roma, 1963.

[714] Cfr. Del Portillo, Á., Carta a Mons. Antonio Piolanti, AGP, APD C-620123.

[715] Juan XXIII, Motu Proprio Consilium, 2-II-1962: AAS 54 (1962), pp. 65-66.

[716] Diario del centro del Consejo General, anotación del 21-IV-1962, AGP, serie M.2.2, D 430-09.

[717] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 33.

[718] Cfr. Diario del centro del Consejo General, anotación del 3-V-1962, AGP, serie M.2.2, D 430-09.

[719] Cfr. Nombramiento de Perito del Concilio Ecuménico Vaticano II (Ciudad del Vaticano, 4-X-1962), AGP, APD D-17012.

[720] Cfr. Nombramiento de Perito Conciliar de la Comisión sobre la disciplina del clero y del pueblo cristiano (Roma, 4-XI-1962), AGP, APD D-17015.

[721] Cfr. Nombramiento de Perito Conciliar de la Comisión sobre los Obispos y el régimen de las Diócesis (Roma, 15-XI-1962), AGP, APD D-17016.

[722] Cfr. Nombramiento de Perito Conciliar de la Comisión sobre los religiosos (Roma, 10-XII-1962), AGP, APD D-17017.

[723] Cfr. Nombramiento de Secretario de la Comisión Conciliar sobre la disciplina del clero y del pueblo cristiano (Roma, 8-XI-1962), AGP, APD D-17014.

[724] Herranz, J., En las afueras de Jericó, Rialp, Madrid 2007, p. 83.

[725] Ibid.

[726] El Discurso del Papa se encuentra en: AAS 54 (1962), pp. 785-795.

[727] Testimonio de Mons. Justo Mullor, AGP, APD T-19282, p. 4.

[728] El párrafo está tomado de Fliche, A. - Martin, V., Storia della Chiesa. XXV/1, op. cit., pp. 180-181.

[729] Testimonio del Card. Julián Herranz, AGP, APD T-19522, p. 6.

[730] Testimonio de Francisco Vives Unzué.

[731] Cfr. Pioppi, C., Alcuni incontri di san Josemaría Escrivá con personalità ecclesiastiche durante gli anni del Concilio Vaticano II, Studia et Documenta 5 (2011), pp. 165-228.

[732] Mons. Cosme do Amaral, que le conoció durante la III sesión, ha escrito que «la laboriosidad de don Álvaro durante el Concilio era impresionante. No se limitaba a cumplir primorosamente los numerosos encargos de responsabilidad confiados por la autoridad superior, sino que, además, desarrolló una eficaz actividad apostólica en el Aula Conciliar. Nunca lo encontré solo. Estableció contactos, forjó amistades, dio aclaraciones» (Testimonio de Mons. Cosme do Amaral, AGP, APD T-15609, p. 2). El mismo testigo declara que, a la vez, don Álvaro sabía estar en los detalles: «Muy pronto descubrí cómo valoraba las “cosas pequeñas”. (...) Una vez me dijo: —Alberto, tu roquete está un poco roto (...). La verdad es que tuve dificultad para encontrar los agujeros, porque la parte inferior estaba hecha de encaje muy fino. Nunca me había dado cuenta de que el roquete estaba roto» (ibid., p. 1).

[733] El episodio lo cuenta él mismo, en Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., pp. 230-231.

[734] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, Castello di Urio, 21-I-1981: AGP, Biblioteca, P02, 1981, 208-210.

[735] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 17-XI-1985: AGP, Biblioteca, P01, 1986, 38.

[736] Diario del centro del Consejo General, anotación del 21-VI-1963, AGP, serie M.2.2, D 430-11.

[737] Del Portillo, Á., Carta a Carmen del Portillo Pardo, AGP, APD C-630714.

[738] Cfr. CIC (1917), can. 229, y Const. Vacantis Apostolicæ Sedis, 8-XII-1945, art. 33, AAS 38 (1946), pp. 75-76. Al morir Juan XXIII, todas las comisiones conciliares cesaron sus actividades. La continuación del Concilio estaba en manos del futuro Papa.

[739] Carta Horum temporum signa, 15-IX-1963. Con la Carta Quod apostolici muneris, 12-IX-1963, enviada al Card. Tisserant, el Papa Pablo VI indicaba algunas modificaciones al Reglamento del Concilio.

[740] San Josemaría, Carta a Ignacio de Orbegozo, 5-II-1964, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 487-488.

[741] Cfr. Nombramiento de Consultor de la Comisión Pontificia para la revisión del Código de Derecho Canónico (Ciudad del Vaticano, 17-IV-1964), AGP, APD D-17006. Con una carta dirigida al Card. Cicognani, don Álvaro manifiesta su agradecimiento por esta nueva muestra de confianza: «Al mismo tiempo, me permito rogar a V.E. que haga presente a su Santidad, junto con mi agradecimiento más filial y devoto, la manifestación de mi más vivo deseo de servir fielmente, y con todas mis capacidades personales, a la Santa Sede, en el encargo de estudio que ha querido confiarme la benignidad del Romano Pontífice» (Del Portillo, Á., Carta al Card. Amleto Giovanni Cicognani, AGP, APD C-640427).

[742] Diario del centro del Consejo General, anotación del 2-IV-1964, AGP, serie M.2.2, D 430-12.

[743] Del Portillo, Á., Carta a Eduardo Ortiz de Landázuri, AGP, APD C-640120.

[744] Cfr. Illanes, J. L., Obra escrita y predicación oral de san Josemaría Escrivá de Balaguer, en Studia et Documenta, 3 (2009), pp. 246-257.

[745] Cfr. Historia clínica redactada por los Dres. Diego Martínez Caro y Jesús Prieto Valtueña, AGP, APD D-10291, p. 3.

[746] Cfr. De distributione cleri; De clericorum vita et sanctitate; De officiis et beneficiis ecclesiasticis deque bonorum ecclesiasticorum, Acta Synodalia, Schema decreti de clericis, vol. I, pars I, p. 92.

[747] Cfr. Acta Synodalia, vol. III, pars IV, pp. 852-881 y Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., p. 84.

[748] Cfr. Gil Hellín, F., Concilii Vaticani II Synopsis, Decretum de Presbyterum Ministerio et Vita Presbyterorum Ordinis, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1996, p. X.

[749] Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., pp. 84-85.

[750] Para un estudio exhaustivo de las distintas redacciones por las que pasó el decreto sobre los sacerdotes hasta su aprobación definitiva, cfr. Gil Hellín, F., Concilii Vaticani II Synopsis, op. cit.

[751] Así lo manifestaron, entre otros muchos, el Cardenal Albert Gregory Meyer, Arzobispo de Chicago, que solicitó un decreto extenso, y Mons. Pierre-Marie Théas, obispo de Tarbes-Lourdes, que repetía, a modo de explicación, “nihil sine presbyteris!” (cfr. Kloppenburg, B., O.F.M., Concílio Vaticano II, Ed. Vozes, Petrópolis 1966).

[752] Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., p. 84.

[753] Ibid., p. 85. La carta de Mons. Gabriel Auguste François Marty tiene fecha del 20 de octubre. La contestación de la Comisión está fechada el 27 del mismo mes, cfr. Herranz, J., Mons. Álvaro del Portillo, protagonista del Concilio, en AA.VV., a cura di Bosch, V., Servo buono e fedele. Scritti sulla figura di Mons. Álvaro del Portillo, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2001, p. 76.

[754] Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., p. 85. También manifestó en otro escrito que el Card. Pericle Felici «quasi gridava al “miracolo”» (Herranz, J., Mons. Álvaro del Portillo, protagonista del Concilio, op. cit., p. 77).

[755] Testimonio del Card. Julián Herranz Casado, AGP, APD T-19522, p. 11.

[756] Diario del centro del Consejo General, anotación del 26-XI-1965, AGP, serie M.2.2, D 430-13.

[757] Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., pp. 86-87.

[758] Cfr. ibid., p. 84.

[759] Cfr. ibid.

[760] Testimonio del Card. Julián Herranz Casado, AGP, APD T-19522, p. 13.

[761] Testimonio del Card. Paul Augustin Mayer, O.S.B., AGP, APD T-18695, p. 1.

[762] Lo relata el Cardenal Herranz en su testimonio: cfr. AGP, APD T-19522, pp. 11-12.

[763] Cfr. ibid.

[764] Del Portillo, Á., Carta a Giovanni Bisleti, AGP, APD C-641223 (el texto original está en italiano).

[765] «Secundó fielmente todas las indicaciones de la Santa Sede sobre los Sacramentos, la Liturgia, dando orientaciones a todos los centros del Opus Dei en los distintos países para que se viviesen con toda fidelidad, piedad y solemnidad en los actos litúrgicos, procesiones del Corpus, etc.» (Testimonio de Carmen Ramos, AGP, APD T-18498, p. 24).

[766] En el mes de abril, Commissio examinar denuo textum schematis iuxta animadversiones Parum in scriptis factas. El 12 de junio se envió el esquema del Decreto De ministerio et vita presbyterorum, Gil Hellín, F., Concilii Vaticani II Synopsis, op. cit., p. XXVI.

[767] Cfr. Testimonio de José Luis Gutiérrez, AGP, APD T-15211, p. 7. En una carta del 26 de abril, don Álvaro contesta al Padre Bidagor, Secretario de la Comisión Pontificia para la revisión del Código, exponiendo las materias de las que preferiría ocuparse: «He apreciado vivamente la pregunta que Vuestra Paternidad Ilma. y Revma. me ha gentilmente dirigido con su Escrito N. 162/659, del 9 de este mes. Para responder, señalo que las materias del Codex a las que preferiría dedicarme de manera particular son las siguientes: a) Libro II, Parte III (De laicis); b) Libro II, Parte I (De clericis), Sec. I, Tít. I, II, III; Sec. II, Tít. VII (Cap. IV, VII, IX y X) y Tít. VIII (Cap. I, V y VI). De las Asociaciones de fieles, en particular, me he ocupado desde la fase preparatoria del Concilio Ecuménico, en la que presidí la comisión correspondiente en seno a la Congregación del Concilio. Después, cuando en marzo de 1962 la Comisión Coordinadora decidió reducir el esquema “De fidelium associationibus” (de carácter fundamentalmente jurídico) a una breve mención dentro del esquema “De apostolatu laicorum”, tomé parte en los trabajos de la comisión mixta creada con este fin entre las dos Comisiones conciliares “De disciplina cleri et populi christiani” y “De apostolatu laicorum”. Respecto al “De clericis” creo que se deba limitar mi modesta contribución únicamente a las cuestiones que he mencionado antes» (Del Portillo, Á., Carta a Raimondo Bidagor, AGP, APD C-650426).

[768] Ley de Ordenación de Enseñanzas Técnicas, 20-VII-1957, publicada en el Boletín Oficial del Estado el 22-VII-1957.

[769] La memoria presentada para la solicitud del título de doctor-ingeniero describe el proyecto como «de un puente recto para F.C. de ancho normal y vía doble sobre el río Lor, con rasante de carriles en rampa de 0,0165. Consta de un arco principal de 43.00 ms. de luz y 22 ms. de flecha, arco que salva el cauce principal del río y que va empotrado en las dos pilas existentes» (Expediente para la obtención del Título de Doctor Ingeniero, Ponencia, Madrid, 22-IV-1965, copia en AGP, APD D-6151-03).

[770] Cfr. ibid. Algunos días después escribió a Vicente Mortes, también ingeniero de caminos, para agradecerle las gestiones que había realizado para tramitar el título: «me acaban de llegar tus cariñosas letras, con las que me comunicabas que la Junta Calificadora para la obtención del título de Doctor Ingeniero ha aprobado mi solicitud: y veo que lo ha hecho con grandísima solicitud. Detrás de todo veo tu mano, y te lo agradezco muy de veras (...). Puedes estar seguro de que, para mí, es motivo de honor: y que la primitiva profesión de Ingeniero de Caminos la tengo muy dentro del alma. Te ruego que hagas presente a Don Luis Martín de Vidales mi agradecimiento» (Del Portillo, Á., Carta a Vicente Mortes Alfonso, AGP, APD C-650429).

[771] Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., p. 79.

[772] Ibid., pp. 73-74. La carta que escribió el Santo Padre Pablo VI al Consejo de Presidencia, se puede ver en: Sacrosanctum Œcumenicum Concilium Vaticanum II, Constitutiones, Decreta, Declarationes, vol. II, Ed. typica 1967, pp. 919-920.

[773] El Papa Pablo VI trató del celibato sacerdotal año y medio después, en su Encíclica Sacerdotalis cælibatus, de 24 de junio de 1967. En el documento se encuentra un eco de la oposición manifestada en esos ambientes: vid. nn. 1 y 2 (AAS 59 (1967), p. 657).

[774] Del Portillo, Á., Escritos sobre el sacerdocio, Palabra, 6ª ed., Madrid 1991, p. 70. El texto citado pertenece a un artículo escrito para la Revista Seminarium en 1967, publicado también en el núm. 32 (abril 1968) de la Revista Palabra.

[775] «Recuerdo la gran alegría de don Álvaro cuando, en el mes de octubre de 1965, el Cardenal Dell’Acqua informó a san Josemaría que el Santo Padre Pablo VI deseaba dedicar la Parroquia de San Giovanni Battista al Collatino (...) y presenciar la inauguración del anejo centro de formación profesional ELIS dirigido por fieles de la Obra. Efectivamente, el 21 de noviembre el Papa Pablo VI celebró la Santa Misa allí, dedicó la iglesia parroquial e inauguró el ELIS. Estuve presente en la Misa y en esos actos. El Fundador y don Álvaro estaban contentísimos teniendo allí al Santo Padre, a un buen número de cardenales y obispos que participaban en el Concilio, y al Prior de la Comunidad de Taizé» (Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, pp. 26-27).

[776] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 495, nota 96.

[777] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, pp. 26-27.

[778] L’Osservatore Romano, 22/23-XI-1965.

[779] Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 496.

[780] Gil Hellín, F., Concilii Vaticani II Synopsis, op. cit., p. IX.

[781] Carta del Cardenal Ciriaci, Presidente de la Comisión Conciliar sobre la disciplina del clero y del pueblo cristiano, a don Álvaro del Portillo, Roma, 14-XII-1965: AGP, APD D-17105 (original en italiano).

[782] Del Portillo, Á., Carta al Card. Pietro Ciriaci, AGP, APD C-651217.

[783] Cfr. Testimonio del Card. Julián Herranz Casado, AGP, APD T-19522, p. 13.

Capítulo 15 Último periodo junto al Fundador del Opus Dei
 
Escribía don Álvaro, refiriéndose al periodo postconciliar: «¡Cuánto sufrió nuestro Padre! Si toda su existencia estuvo marcada por la Cruz, el último periodo fue quizá el más doloroso, por su inmenso amor al Cuerpo Místico de Cristo, tan maltratado: en su doctrina, en sus sacramentos, en su disciplina...»[784]. El motivo de esa congoja se debió a «las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, [que] desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”» [785].
Fue un dolor muy grande, atenuado únicamente por la esperanza sobrenatural, la conciencia cierta de que “Dios no pierde batallas” pero que, al mismo tiempo, para vencerlas cuenta con la contribución generosa de sus hijos fieles. Por eso, en aquel periodo, san Josemaría intensificó aún más su oración, su penitencia y su celo por las almas.
En este contexto, se entienden la multitud de peregrinaciones marianas que realizó durante aquellos años —en particular, su visita a la Virgen de Guadalupe, en México, en 1970—, para pedir a Nuestra Señora que terminase “el periodo de crisis” que atravesaba la Iglesia; y otros largos viajes de catequesis, en 1972 y 1974, para confirmar en la fe a sus hijas e hijos, y a tantos otros millares de personas, de Europa y América. Don Álvaro, como siempre, sufrió, esperó y rezó con el Fundador, y le acompañó en todos sus traslados.
 
 
1. El “postconcilio” y la “crisis del 68”
 
Terminado el Concilio, en la Iglesia se respiraba un aire cargado de optimismo. Don Álvaro acogió con inmensa alegría las enseñanzas conciliares, no solo por el impulso vivificante que significarían para los fieles, sino también porque el Vaticano II «había recogido y promulgado como doctrina común para todos los cristianos las líneas sustanciales del carisma del Opus Dei»[786].
Particular satisfacción provocó en su ánimo la Constitución Dogmática Lumen Gentium y su enseñanza sobre la llamada universal a la santidad[787], tan profundamente enraizada en el espíritu del Opus Dei, que —según Pablo VI— «puede ser considerada el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último»[788]. Resonancias igualmente hondas le sugerían otros documentos, como la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, o los Decretos Presbyterorum Ordinis y Apostolicam actuositatem. Este último texto, entre otras cosas, remacha un mensaje que había informado la vida de don Álvaro desde su primer encuentro con san Josemaría, en 1935: la naturaleza apostólica de la vocación cristiana[789].
Si quisiéramos sintetizar, de algún modo, otros aspectos —sin agotarlos— de las enseñanzas del Fundador del Opus Dei, confirmadas por los Padres Conciliares, podríamos señalar los siguientes: el desarrollo de la teología sobre el sacerdocio común de los fieles; la afirmación de la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior; la secularidad como característica específica del apostolado y de la participación de los fieles laicos en la misión de la Iglesia; el reconocimiento del valor de la libertad personal del cristiano en las cuestiones temporales; la importancia de una sólida unidad de vida (armonía entre la llamada divina y la existencia ordinaria del cristiano); el trabajo profesional como medio de santificación personal y ocasión de apostolado; la configuración de las diócesis peculiares o de las prelaturas personales para la realización de particulares actividades pastorales y apostólicas, que abría el camino jurídico buscado por san Josemaría desde hacía muchos años para el Opus Dei.
Desde el primer momento, don Álvaro llevó a la práctica las indicaciones conciliares. Por ejemplo, Salvador Bernal afirma que «le encantaba la variedad prevista para las ceremonias en los libros litúrgicos, la flexibilidad introducida en la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Simultáneamente, a la hora de elegir, recordaba a los sacerdotes un gran criterio práctico: “conocer y vivir la sagrada liturgia de la Iglesia con un amor a Dios y al bien de las almas, que crezca de día en día”. En eso sí debía haber unanimidad, coincidencia plena: en el deseo de ser muy piadosos y de atender al bien de los fieles»[790].
Sin embargo, como es sabido, en bastantes ámbitos eclesiales pronto se empezó a manifestar un llamado “espíritu del Concilio” que, con excesiva frecuencia, se traducía en abierta separación —cuando no directa contradicción— de lo que enseñaban los textos del Vaticano II. Pablo VI se lamentó en público, repetidas veces, de la «falsa y abusiva interpretación del Concilio» que llevaban a cabo quienes propugnaban «una ruptura con la tradición, también doctrinal, que llegaba a repudiar la Iglesia preconciliar, y afirmaban la licencia de concebir una Iglesia “nueva”, casi “reinventada” desde dentro, en la constitución, en el dogma, en las costumbres, en el derecho»[791].
Un hecho clamoroso fue la actitud con que algunos acogieran la publicación de la encíclica Humanæ vitæ, el 25 de julio de 1968. A los seis días, es decir, el 31 de ese mismo mes, el New York Times publicó una declaración titulada “Contra la Encíclica del Papa Pablo” (Against Pope Paul’s Encyclical), suscrita por unos 200 teólogos, que incitaba a los católicos a rebelarse contra las enseñanzas de ese texto pontificio. Era algo inaudito en la historia de la Iglesia. Los firmantes —algunos de ellos ocupaban cátedras en universidades católicas, y no estaban dispuestos a abandonarlas— se erigían a sí mismos como autoridad “paralela” a la del Papa, y además se asignaban un papel “profético”: aseguraban que ellos, por su visión, anticipaban lo que después aceptaría el Magisterio; por tanto, invitaban a los fieles a seguirlos sin ninguna preocupación, porque simplemente se limitarían a anticipar los tiempos. Han pasado más de 50 años, y también los hechos han demostrado —no podía ser de otro modo— que, como diría Jeremías, eran profetas que profetizaban mentiras[792].
El Papa no dejó de elevar su voz a favor de los fieles. Pocos meses más tarde explicaba: «La Iglesia atraviesa, hoy, un momento de inquietud. Algunos practican la autocrítica, más aún, la demolición. Se trata de una especie de revuelta interior, aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. Se pensaba en un florecimiento, en una expansión serena de los conceptos madurados en la gran reunión conciliar. Efectivamente, hay un florecimiento en la Iglesia. Pero como “bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”[793], se nota más el aspecto doloroso. La Iglesia es atacada incluso por quienes forman parte de ella»[794], concluía Pablo VI.
Desde el punto de vista social, el año 1968 se caracterizó por un clima de protesta general, promovido por el marxismo soviético, con la difusión paralela de un relativismo intelectual, que llevaba a la proclamación del permisivismo en el campo moral. Por desgracia, en amplios sectores del clero se había producido una especie de seducción ante esa ideología, sin comprender que estaba cargada de incitaciones anticristianas, tales como el ateísmo, el materialismo, el odio y la lucha de clases. Es lo que en América latina se llamó “teología de la liberación” o, incluso, “teología de la revolución”.
La adopción del marxismo llevaba consigo una animadversión a la Iglesia “institucional”, con fuertes manifestaciones de agresividad, de crítica negativa, de incitación a la violencia social y a la práctica de una moral relajada. También denunció estas tendencias Pablo VI: «No se puede dejar de ver que esta situación produce efectos muy penosos y, por desgracia, peligrosos para la Iglesia: confusión y sufrimiento en las conciencias, empobrecimiento religioso, defecciones dolorosas en el campo de la vida consagrada y de la fidelidad e indisolubilidad del matrimonio, debilitamiento del ecumenismo, insuficiencia de barreras morales contra el hedonismo que irrumpe»[795].
Con el pasar de los años, a medida que el desorden dentro de la Iglesia iba alcanzando proporciones mayores, el Papa explicitó aún más su dolor y su perplejidad: «¡Basta con el disenso interior en la Iglesia; basta con una disgregadora interpretación del pluralismo; basta con la autolesión de los católicos a su indispensable cohesión; basta con la desobediencia calificada como libertad! Es necesario, hoy más que nunca, construir, y no demoler la Iglesia, una y católica»[796].
En 2005, con ocasión del 40º aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, Benedicto XVI hacía balance de los frutos de la asamblea ecuménica. El Papa, que —no lo olvidemos— tuvo una importante participación como teólogo en los trabajos conciliares y en los años sucesivos, se preguntaba: «¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer? Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil»[797]. Y, para señalar las causas de las dificultades, añadía: «Todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos»[798].
En la misma línea de Pablo VI, Benedicto XVI explicaba que esas dos “hermeneúticas” contrarias fueron: una, que proclamaba la “discontinuidad y ruptura”, y leía las enseñanzas del Vaticano II apartándolas de la tradición anterior; y otra, la correcta, de “reforma”, es decir, de renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia[799]. Por desgracia, durante mucho tiempo, la “hermeneútica de la ruptura” dominó en amplios sectores del panorama teológico y cultural cristiano. Más aún, con frecuencia, los que procuraban ser fieles al Magisterio eran tachados de retrógrados o de no “caminar al paso de los tiempos”.
En aquel clima, la fidelidad de don Álvaro a las enseñanzas del Magisterio fue total, siguiendo el ejemplo —que, sin exageración, en este caso sí que se debe calificar de profético— de san Josemaría. Además, sin ignorar los abusos o la difícil situación de determinados ambientes eclesiásticos y civiles, se propuso actuar —siempre confiando en la ayuda omnipotente de la gracia— en todo lo que le fuera posible, para ayudar a superar aquella situación[800]. Defendía la libertad personal —religiosa, cultural, económica, política, educativa, de expresión, etc.— pero, al mismo tiempo, sostenía que no se puede separar de un auténtico sentido de responsabilidad hacia la verdad y el bien, que evita caer en el relativismo. Por este motivo, no dejaba de mostrar su desacuerdo con los que pretendían limitar o coartar la legítima libertad de otros.
Dirigió este empeño no solo en su labor dentro del Opus Dei, sino también con otras personas; por ejemplo, con su sobrino Luis Fernando, que estaba en el Seminario de Madrid: «No sabía nada de lo que me cuentas del seminario de Madrid: pero no te choque, porque no me queda un minuto libre para leer la prensa española. Tú procura aprovechar todos esos hechos dolorosos para unirte a Dios, a través de tu Prelado: aunque te cueste entenderlo. Te aseguro que es una buena preparación para el sacerdocio, hacer lo que te digo. Así profundizarás en tu vida interior, y eso vale más que nada»[801].
A otro sobrino, Miguel Ángel, religioso comboniano, le ofrecía un consejo muy concreto, para salvaguardar su rectitud doctrinal: «Recuérdate de que siempre —y concretamente en las Misiones— el apostolado del ejemplo es fundamental. Que te vean todos muy piadoso, muy enamorado de la Santísima Virgen, muy rezador: Dios lo espera de ti. Acuérdate de lo que te he dicho otras veces: que seas fiel a la doctrina de siempre de la Iglesia (...). No dejes tu oración, la lectura y la meditación del Santo Evangelio, las pequeñas mortificaciones de cada día, ofrecidas a Dios y a la Santísima Virgen, nuestra Madre, con fervor y con perseverancia»[802]. Y dos años más tarde: «En la catequesis enseña las verdades de siempre —lo que aprendiste de tus padres, que son tan buenos—, que no puede cambiarse el depósito de la fe que Jesucristo nos ha confiado; y, como me dices, no enseñes esas cosas que algunos llaman modernas y no son más que viejas herejías que hacen mucho daño a las almas»[803].
A otro sobrino sacerdote, José Ramón, le animaba en su apostolado personal con sus colegas de Madrid: «Veo que trabajas ahora entre los sacerdotes diocesanos de Madrid. Es una labor estupenda, porque —como suele decir el Padre— por cada sacerdote que se salva se salvan mil personas: y los momentos por que atraviesa la Iglesia en todo el mundo son muy difíciles, y hemos de multiplicar nuestros esfuerzos no solo por salvar a los sacerdotes, sino para que sean santos. Y esto requiere que nosotros luchemos por serlo»[804].
Al mismo tiempo, recordaba a todos la importancia de recurrir a los medios sobrenaturales, y en concreto a la oración, para superar aquellos malos momentos para la vida de los fieles: «Reza tú también por la pobre Madre Iglesia, para que el Señor se digne acortar el tiempo de la prueba»[805].
Procuró difundir en todos los ambientes las enseñanzas del Concilio, avaloradas por su experiencia personal. En algunos casos, animando a aquellos que se mantenían fieles al Magisterio[806], o a los que procuraban aclarar rectamente algunos de los temas debatidos[807], o exponiendo personalmente la doctrina.
Como era grande su prestigio, algunas publicaciones teológicas solicitaron sus artículos. Así sucedió con la revista “Concilium”, que en marzo de 1968 le propuso ser uno de sus colaboradores, y en diciembre le mandaron el borrador de un “manifiesto sobre la libertad de los teólogos” pidiéndole su firma. Don Álvaro no accedió a suscribirlo, porque le pareció que el escrito no reseñaba del modo debido la función del Magisterio: a partir de ese momento, la revista interrumpió la correspondencia sin más explicaciones[808].
En ese afán por difundir la doctrina de la Iglesia y de secundar las enseñanzas del Concilio y del Papa, se enmarca la publicación de artículos de carácter teológico-canónico[809], y de los libros Fieles y laicos en la Iglesia y Escritos sobre el sacerdocio[810], que son fruto de su dedicación a la Comisión Conciliar para los sacerdotes y a la Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Ambas obras han visto numerosas reediciones y traducciones a muchas lenguas. En la primera, se hace una profunda lectura de algunos textos del Vaticano II, centrándose de modo particular en la significación teológica y jurídica del fiel; sus derechos; la noción jurídica de laico y su misión propia en la Iglesia y en el mundo; los derechos de que gozan y los deberes que deben observar; el papel de la mujer en la Iglesia; el deber e importancia de la formación religiosa para llevar a efecto la nueva evangelización. El texto supuso un hito en los estudios teológicos y canónicos sobre el laicado.
El segundo ensayo recoge artículos publicados en diversas revistas entre 1955 y 1972, y constituye una muestra del profundo amor de Mons. del Portillo por el sacerdocio ministerial y por los sacerdotes. Trata sobre la figura humana del presbítero, su misión, el celibato, el cristocentrismo y la espiritualidad sacerdotales. Destacan en este libro la lucidez del pensamiento y la percepción de los ejes fundamentales —consagración y misión— que, de acuerdo con la doctrina conciliar, encuadran el estudio de la naturaleza del orden ministerial. Son notables la esencialidad y la linealidad del pensamiento, capaz de situar con escuetos trazos las líneas maestras de cada aspecto.
Siempre atento a desviar de su persona la atención, tampoco se dio importancia por esas publicaciones. Así escribía en 1972, como de pasada, a uno de sus sobrinos sacerdotes: «Te felicito también por tu doctorado en derecho canónico, y me alegro de que ese libro mío (en el que no hacía sino desarrollar las ideas que todos recibimos del Padre) te haya sido útil»[811].
 
 
2. Otros encargos de la Santa Sede
 
No había transcurrido un mes de la solemne clausura del Vaticano II, cuando san Josemaría reunió en Villa Tevere a los consiliarios del Opus Dei de todo el mundo, para estudiar con ellos el modo de aplicar las directrices conciliares y seguir impulsando los apostolados de la Obra, en servicio de la Iglesia. Fueron más de dos semanas de trabajo y, al mismo tiempo, de intensos ratos de vida en familia, más aún al coincidir personas que se conocían desde hacía muchos años. En aquella ocasión, el 6 de enero, de acuerdo con lo previsto en la Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 57, el Fundador quiso concelebrar la Santa Misa con don Álvaro y algunos de los participantes en la actividad, en el oratorio de Santa María de la Paz, el de mayor capacidad de Villa Tevere[812].
Poco después, entre el 26 de febrero y el 4 de marzo, emprendió un viaje a Grecia, acompañado por don Álvaro, don Javier Echevarría y el arquitecto Javier Cotelo, para estudiar sobre el terreno si existían posibilidades de comenzar la labor apostólica en ese país[813]. No se podía, por falta de libertad religiosa. En aquellos días, pidieron mucho por el Papa[814]; y después, en el trayecto de regreso, se detuvieron en Bari, donde rezaron ante los restos de san Nicolás, encomendándole las necesidades económicas del Opus Dei.
Nada más volver, de la Santa Sede solicitaron a don Álvaro que participara en la elaboración del que sería Motu proprio Ecclesiæ Sanctæ[815], destinado a regular algunas disposiciones conciliares, entre estas las contenidas en los decretos Christus Dominus y Presbyterorum Ordinis. También se le invitó a formar parte de la Comisión post-conciliar sobre los obispos[816]. Al poco tiempo, el 15 de noviembre, fue nombrado Juez del Tribunal para las causas de competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe[817]; y, el 29 del mismo mes, Consultor de ese dicasterio[818], cargo que implicaba, además de otras incumbencias, acudir a las reuniones de la congregación las mañanas de los lunes.
Otra labor que en los años posteriores le requirió una notable dedicación de tiempo y de energías fue la nueva edición del Código de Derecho Canónico, auspiciada por Juan XXIII. Como ya he señalado, en abril de 1964 había sido nombrado consultor de la Comisión encargada de esta tarea[819]. Antes de la clausura del Concilio Vaticano II se celebró alguna reunión de trabajo[820], pero la dedicación fue más intensa a partir de 1966: tres o cuatro veces al año se convocaban sesiones que ocupaban una semana entera. Antes, había que estudiar y redactar propuestas, votos, informes... Don Álvaro participó como consultor en tres grupos de trabajo[821]: el “Cœtus coordinationis”, que redactó los “Principia quæ Codicis Iuris Canonici recognitionem dirigant” y el proyecto de “Lex Ecclesiæ Fundamentalis”[822]; el “Cœtus de laicis deque associationibus fidelium”, del que era Relator[823]; y el “Cœtus de Clericis” (denominado, después, “De sacra Hierarchia”)[824].
También hay que considerar que, desde 1955, era consultor de la Congregación de Religiosos[825]; y desde 1959, de la del Concilio, denominada después del Clero[826]. Esos cargos le suponían también un esfuerzo importante. Son numerosos los votos —casi uno por mes, durante algunos años— que redactó sobre temas muy variados: documentos-base para reuniones internacionales de obispos, directorios de catequesis, dictámenes sobre catecismos, regulación de los consejos parroquiales y pastorales, etc.
En esta dedicación, resultaba evidente su afán de servir a la Iglesia, manifestado en tantas ocasiones desde muchos años atrás. Los errores doctrinales y morales que se difundían ampliamente, la crisis disciplinar y la desorientación que se estaba causando en tantos fieles le movían a trabajar sin pausa. La delicada situación que atravesaba la Iglesia ocupaba un lugar central en su cabeza y en su oración, y así lo manifiestan las cartas de esos años, en las que con frecuencia anima a sus interlocutores a rezar para que termine lo que llamaba, usando palabras de san Josemaría, el “tiempo de la prueba”. Escribía, por ejemplo, a una de sus sobrinas: «No dejéis de rezar mucho por las intenciones de la Misa del Padre, que (...) son desde hace años: la Iglesia, esta pobre Madre nuestra que tanto sufre ahora, y por la que vale la pena entregarse de verdad; el Papa, y el que vendrá después; y las necesidades de la Obra. Naturalmente, el Padre añade después otras intenciones, que podrán variar: pero las tres primeras son fijas y, repito, desde que comenzó esta crisis en nuestra Iglesia. Tremenda crisis de fe, con todo lo que esto lleva consigo. De todo saldremos, con la gracia de Dios, que no faltará: pero hay que pedir al Señor que tenga misericordia de la Iglesia, y que acorte el tiempo de la prueba»[827].
Y en otra carta de esos días, dirigida a su hermana Teresa y su marido, les dice: «Yo, aquí, con más trabajo del que puedo hacer, porque la Santa Sede “me fríe”, convocándome a reuniones, pidiendo pareceres sobre asuntos gravísimos, etc.: ¡rezad por mí! Y, sobre todo, rezad por la Iglesia, que tanto sufre en estos momentos de caótica confusión, y por el Padre, que lo pasa muy mal al ver tantas cosas increíbles: pedid al Señor que acorte la prueba»[828].
Para don Álvaro resultaba claro que la buena formación del clero era el remedio para muchos de los problemas que estaban aflorando. Por eso, para llevar a cabo las indicaciones de san Josemaría, puso gran empeñó en realizar las gestiones para la creación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra —son muchas y extensas las cartas que dirigió a la Congregación para la Educación Católica, a las autoridades de la Universidad, al Obispo de Pamplona y a la Conferencia Episcopal Española[829]—, consciente de que sería, con el pasar de los años, un gran instrumento para la preparación doctrinal y pastoral de muchos sacerdotes de todo el mundo. La nueva facultad fue erigida por la Congregación para la Educación Católica en noviembre de 1969[830].
 
 
3. El Congreso General de 1969
 
Los años que van de 1965 a 1968, en la historia del Opus Dei fueron de intenso crecimiento. El impulso de los apostolados, como en años anteriores, llevó a san Josemaría a largos recorridos por Europa, acompañado de don Álvaro. Así, del 19 de agosto al 12 de octubre de 1966 viajaron a Milán, Ginebra, París, Pamplona, Segovia, Barcelona y Turín[831]. Unos meses más tarde, entre el 19 de abril y el 29 de mayo de 1967, se acercaron a Tolouse, Pamplona, Lisboa y Zaragoza[832]. Y en septiembre, un largo recorrido de nuevo por Milán, Pamplona y Madrid, antes de regresar a Roma cruzando el sur de Francia[833]. Casi repitieron las mismas etapas en un viaje del 16 de abril al 10 de mayo de 1968 y, otra vez, entre el 22 de abril y el 8 de mayo del año 1969 [834].
Estos periplos siguen también, indefectiblemente, el mapa de los principales santuarios dedicados a la Virgen de los respectivos países: Einsiedeln, Lourdes, Fátima, El Pilar, Loreto... Ante la situación que padecía la Iglesia, el Fundador del Opus Dei acudía una y otra vez a Santa María para pedirle que «se digne acortar este tiempo de oscuridad, y vuelvan la luz y la paz a las almas y a la Iglesia»[835]. Años más tarde, veremos cómo Mons. del Portillo —siempre atento a seguir fielmente las huellas del Fundador— repetirá estas peregrinaciones marianas, en demanda de auxilio ante las necesidades de la Iglesia y de la Obra.
En enero de 1967, el gobierno español otorgó a don Álvaro la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, en reconocimiento a sus méritos como jurista[836]. El interesado agradeció sinceramente el galardón aunque, como escribía a quienes le felicitaron por ese motivo, las “cruces” que en realidad más le interesaban eran otras: «Estoy seguro de que comprenderéis que me interesan, mucho más que esa Gran Cruz, las pequeñas cruces de cada día: pedid al Señor que las sepa llevar con garbo»[837].
Sus alegrías más profundas venían de otras fuentes: la extensión del Opus Dei por nuevos países —en aquellos años, se empezó a trabajar en Paraguay, Australia, Filipinas, Bélgica, Nigeria...—, el gran número de personas que solicitaban la admisión, las promociones de sacerdotes incardinados en la Obra que se iban sucediendo... Una parte de su acción de gracias procedía también de la buena salud espiritual que mostraban las personas de su familia: hermanos, cuñados, sobrinos. En agosto de 1968, con ocasión de la ordenación sacerdotal de dos sobrinos, escribía a los padres: «Os envío, otra vez, mi enhorabuena llena de cariño. Realmente, habéis recibido una gran caricia de Dios. Pero pensad que no habéis terminado con vuestra labor de padres, respecto a los dos nuevos curicas: tenéis que seguir rezando mucho por ellos, para que sean —como serán— santos sacerdotes. He visto las fotografías de las ordenaciones, y lo he pasado muy bien. Decid a los dos que les beso las manos consagradas, y que no dejen de bendecirme»[838].
Otro motivo de gozo y agradecimiento a Dios fue la celebración de las bodas de plata sacerdotales, con don José María Hernández Garnica y don José Luis Múzquiz, el 25 de junio de 1969. Movido por su cariño paterno, san Josemaría quiso que los tres pasaran esa fecha juntos, en Roma[839]. El Papa Pablo VI, con especialísima muestra de afecto, les envió un telegrama de felicitación y una medalla conmemorativa de su pontificado[840]. Unas letras escritas el día antes al primer miembro italiano del Opus Dei, don Francesco Angelicchio, ponen de manifiesto los sentimientos que llenaban en esas fechas el corazón de don Álvaro: «No dejes de encomendarnos —a don José María, a don José Luis y a mí— especialmente en la Santa Misa, el próximo día 25. Pide al Señor que nos mande su gracia, para que sepamos continuar trabajando en servicio de nuestros hermanos, de la Obra y de la Iglesia: con el amor, el desinterés y el espíritu de filiación divina que el Padre nos ha enseñado a sus hijos, y del que constantemente nos da ejemplo»[841].
Pero en aquellos momentos de celebración y de júbilo, densos nubarrones volvían a cernirse sobre el camino jurídico de la Obra. Años antes, el 10 de octubre de 1964, Pablo VI había confirmado al Fundador del Opus Dei en una audiencia privada «que aún no era posible encontrar, en base al derecho común entonces vigente, la deseada solución jurídica, pero dio a entender que los Decretos del Concilio Vaticano II —ya en pleno desarrollo— podrían quizá proporcionar, en el futuro, elementos válidos para resolver el problema institucional del Opus Dei. Así fue efectivamente. Gracias a Dios, (...) en el Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis, en el Motu proprio Ecclesiæ Sanctæ y en la Constitución Apostólica Regimini Ecclesiæ universæ, promulgados respectivamente en los años 1965, 1966 y 1967, fueron apareciendo todas las normas de derecho general, necesarias para establecer las líneas fundamentales de la nueva figura jurídica de las Prelaturas personales y, por tanto, de la solución jurídica definitiva tan deseada por nuestro Fundador»[842].
De todos modos, aunque los documentos conciliares y su desarrollo posterior habían abierto las puertas a la solución jurídica definitiva para el Opus Dei, san Josemaría decidió dejar pasar un tiempo, antes de solicitar de nuevo un estatuto canónico que fuera conforme al carisma teológico del Opus Dei. Así lo manifestó personalmente a Mons. Giovanni Benelli —Sustituto de la Secretaría de Estado vaticana— el 28 de enero de 1969: «Esperaremos —rezando y trabajando, trabajando y rezando— el momento adecuado»[843].
Cuatro meses después, el 20 de mayo, san Josemaría dirigió una carta al Cardenal Antoniutti, Prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos e Institutos Seculares, en la que «invocando el principio señalado en el número 2 del Decreto Perfectæ caritatis —es decir, que “es un bien para la Iglesia que los institutos tengan cada uno su peculiar fisonomía y función”—, manifestaba el deseo “de proceder ahora a la renovación y adaptación de nuestro actual Derecho peculiar”. Y proseguía: “En tal sentido, aun no siendo religiosos, querríamos seguir, congrua congruis referendo, el procedimiento indicado en el antedicho Motu proprio Ecclesiæ Sanctæ”[844]; a continuación, solicitaba que el período de tiempo para la revisión se computase a partir de la fecha de la petición»[845].
La respuesta afirmativa a dicha petición llevaba fecha del 11 de junio. Dos semanas más tarde (el 25 de junio), san Josemaría convocó un Congreso General especial del Opus Dei para el 1 de septiembre de 1969, del que nombró Secretario general a don Álvaro. Participaron 192 miembros —87 varones y 105 mujeres—, procedentes de todos los países en los que la Obra estaba presente entonces[846].
En la sesión del 2 de septiembre, antes de que comenzaran los trabajos propiamente dichos, don Álvaro solicitó la palabra para presentar una moción preliminar —refrendada unánimemente por los participantes—, que era una declaración de plena fidelidad al Fundador. Se expresó así: «El Padre tiene concedida por la Santa Sede la facultad ad vitam de proponer a la Santa Sede los cambios a nuestro Derecho Peculiar que juzgue oportunos (...) [además] puede hacer toda la revisión del Ius peculiare, sin contar con nosotros: y él es el juez para determinar si las tradiciones de estos 41 años del Opus Dei son legítimas o no». En consecuencia, añadió, «si el Padre nos quiere convocar a este Congreso General especial, nosotros prestaremos nuestra colaboración con toda alegría y empeño», con idea —finalizaba— de «que el Padre libremente acepte o no acepte lo que le parezca oportuno de lo que nosotros propongamos»[847].
San Josemaría agradeció esta sincera manifestación de cariño filial, pero añadió que cada congresista, como siempre se había hecho en el Opus Dei, debía opinar sobre los asuntos en estudio con plena libertad y responsabilidad. Las sesiones duraron dos semanas[848]. Al concluir, don Álvaro, en su calidad de Secretario General del Opus Dei, informó al Cardenal Antoniutti sobre los resultados del Congreso y la preparación de su segunda parte.
En aquel momento había miembros de la Obra de 73 nacionalidades diferentes, de las más variadas profesiones y oficios, y muchos desearían enviar sus comunicaciones. Por eso, se esperaba que el trabajo de aggiornamento del Ius Peculiare terminaría en el plazo de un año aproximadamente[849]. Con el fin de estudiar esas sugerencias, en los meses sucesivos tuvieron lugar unas semanas de trabajo en los distintos países, cuyos resultados se enviaron luego a Roma para ser estudiados en el congreso[850].
Llegó el año 1970. San Josemaría, siempre acompañado de don Álvaro, volvió a buscar la protección de la Virgen para la Iglesia y para el Opus Dei, acudiendo como romero a rezar ante diversas advocaciones marianas. Comenzó viajando a Torreciudad, en Barbastro, a comienzos de abril, donde se estaba construyendo un santuario en honor de la Virgen gracias a la ayuda económica de muchas personas. El 14 de ese mismo mes fueron a Fátima[851].
Un mes más tarde, el 14 de mayo, salieron hacia México, para hacer una novena a la Virgen de Guadalupe, con el mismo fin de pedir a la Madre de Dios por la Iglesia, por el Papa y por la Obra. Transcurrieron en México seis semanas, que el Fundador aprovechó también para reunirse con fieles del Opus Dei, cooperadores y otras muchas personas que participaban en los medios de formación cristiana de la Obra[852]. Era el primero de los grandes viajes de catequesis que realizó en los últimos años de su vida en la tierra.
Para don Álvaro, ese desplazamiento constituyó también una oportunidad de conocer la patria de su madre y de saludar a algunos parientes mexicanos. Pero, como siempre, su principal ocupación fue secundar a san Josemaría. Así lo anotaron en el diario del centro donde residieron en la capital mexicana: «Don Álvaro también nos ha impresionado a todos. Siempre al lado del Padre, con una fidelidad y una delicadeza para con el Padre que son el mejor ejemplo que podemos tener a este respecto. El Padre ha dado testimonio de don Álvaro aquí —cuando se encontraba ausente— en más de una ocasión, pero aunque no lo hiciera, es para todos evidente el apoyo y el cariño que brinda al Padre: ¡qué manera de pasar oculto y ser eficaz! Para todos nosotros ha tenido don Álvaro detalles de cariño, bromas simpáticas, preguntas oportunas; nos ha dado la pauta de cómo tratar al Padre»[853].
Después del verano del hemisferio norte, entre el 30 de agosto y el 14 de septiembre, tuvo lugar en Roma la segunda parte del Congreso General especial. Se habían recibido 54.781 comunicaciones escritas por fieles del Opus Dei, que fueron estudiadas en las comisiones correspondientes[854]. Además, se planteó la revisión del Derecho particular de la Obra, de acuerdo con la autoridad eclesiástica y la normativa del Concilio Vaticano II.
Al concluir estas sesiones se constituyó una comisión técnica, de la que don Álvaro fue nombrado Presidente, con el fin de elaborar los futuros nuevos Estatutos del Opus Dei y presentarlos para aprobación a la Santa Sede en el momento oportuno[855]. Los trabajos se prolongaron a lo largo de cuatro años. El 1 de octubre de 1974, el Fundador aprobó el proyecto de Código de Derecho Particular del Opus Dei, que preparaba ya su transformación en Prelatura Personal, cuando el Papa lo decidiera[856].
 
 
4. Las últimas catequesis de san Josemaría
 
Terminadas las sesiones del Congreso General especial, hubo que acometer nuevos proyectos apostólicos. El de más envergadura fue la construcción en Roma de la sede definitiva del Colegio Romano de la Santa Cruz. Hasta entonces ese centro de formación ocupaba provisionalmente parte de Villa Tevere, la sede central del Opus Dei. Pero la situación resultaba ya insostenible, tanto porque el número de alumnos —bastante más de un centenar— resultaba excesivo para la capacidad de los edificios como porque, para realizar las tareas de gobierno de la Obra, era necesario contar con un espacio mayor.
Ciertamente, la situación no era igual que en las décadas de los años 1940 o 1950, porque había muchos más fieles de la Obra en todo el mundo que podían ayudar, pero encontrar un terreno adecuado y acometer semejante construcción exigía un esfuerzo económico considerable. Las obras comenzaron en marzo de 1971, y los primeros alumnos pudieron trasladarse en 1974, aunque la última piedra del centro no llegó a colocarse hasta 1976.
El 30 de mayo de 1971 san Josemaría realizó por primera vez la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo, que en lo sucesivo se renovaría cada año en todos los centros, en la solemnidad de Pentecostés. El Fundador había preparado un texto para la ceremonia, no excesivamente largo aunque sí de hondo contenido teológico, y lo pasó a los miembros del Consejo general por si deseaban plantear alguna sugerencia. Le propusieron que se añadieran estas palabras: “Haz que seamos siempre fieles al espíritu que has confiado a nuestro Fundador, y que sepamos conservarlo y transmitirlo en toda su divina integridad”. San Josemaría lo aceptó, pero indicó que, cuando se hiciera la consagración en el oratorio de Pentecostés, leyera la fórmula don Álvaro[857]. Esa frase, pidiendo la fidelidad de todos al espíritu del Fundador, era sin duda un reflejo de los sentimientos y afanes que llevaba en el alma desde 1935; y era también un anticipo del mensaje que don Álvaro transmitirá a los demás fieles del Opus Dei tras el fallecimiento de san Josemaría, hasta el final de su vida.
El 1 de abril de 1972 murió en Madrid Ramón del Portillo, tras una repentina enfermedad. Junto a la pena por la separación, fue grande la alegría de don Álvaro porque su hermano, alejado de la fe durante muchos años, quiso reconciliarse con Dios en los últimos momentos y recibir los sacramentos. Así lo escribía en una carta a su cuñada, Pilar Gandarillas: «Te confieso que, cuando recibí la noticia[858] por teléfono, predominó en mí la alegría, porque el Señor había tocado su alma, y se había confesado: ya ves que para Dios no hay imposibles»[859]. Y confiaba a un compañero suyo de la escuela de ingenieros: «Había muerto unos días antes mi hermano mayor, médico, que llevaba quizás 30 años separado de la Iglesia, y se profesaba ateo, y el Señor ha sido tan bueno que desde que se le manifestó la enfermedad (trombosis cerebral) hasta que perdió el conocimiento, le concedió la hora necesaria para que se confesara y recibiera con fe y con unción los santos sacramentos. ¡Gracias a Dios!»[860].
Durante el verano de ese año, san Josemaría y don Álvaro pasaron una temporada en Civenna, cerca de Como, en el norte de Italia[861]. A la vuelta, movido por su celo apostólico ante la persistente situación de confusión doctrinal y moral en tantos ambientes de la Iglesia, san Josemaría sintió la necesidad de realizar en primera persona una extensa catequesis. Para entender mejor el motivo de esa decisión, conviene señalar un suceso ocurrido a san Josemaría dos años antes. Dejemos que sea don Álvaro quien nos lo explique. «El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no solo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Esa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas»[862].
Aquel viaje de “catequesis” efectuó etapas en numerosas ciudades de España y Portugal. Con su don de lenguas, san Josemaría predicaba la doctrina de la Iglesia de manera cautivadora, en reuniones con frecuencia muy numerosas, en las que reinaba un clima de tertulia familiar íntima: respondía a las preguntas y deseos que le iban formulando los participantes, abriendo horizontes de vida cristiana[863]. Don Álvaro, según atestiguan personas que se encontraron presentes, asistía a esas sesiones con toda atención, «siempre con los ojos fijos en san Josemaría»[864], «como si oyese lo que el Fundador decía por primera vez»[865]; «pendiente de él y pasando oculto (...), bebiéndose las palabras que salían de sus labios»[866].
La siguiente anécdota, aunque nimia, resulta ilustrativa. Estaba san Josemaría hablando a una multitud, cuando una mujer joven le dirigió la palabra: «Padre, le quiero contar una cosa. Mire: el otro día estuve también en una tertulia con usted, y me acompañaba una amiga. Entonces, al salir, me dijo: ¿te has fijado en esos sacerdotes que estaban con el Padre? [867] Seguro que le han oído miles de veces decir las mismas cosas... —¡Claro! [interrumpió el Fundador] —Y, sin embargo, con qué cariño le miraban... —¡Claro! [volvió a comentar] —¡Cómo se quiere la gente del Opus Dei!, terminó diciendo. —¡Pues sí! ¡Nos queremos!, prosiguió san Josemaría. —Sí, señor. ¡Nos queremos! Y es el mejor piropo que nos pueden decir. Porque de los primeros fieles afirmaban los paganos: “mirad cómo se aman”»[868].
Los primeros meses del año 1973 trascurrieron sin sobresaltos. El 1 de marzo la Santa Sede renovó a don Álvaro los nombramientos, por otro quinquenio, como Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, de la Congregación para el Clero y de la Pontificia Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico[869].
En julio de 1973, acompañó a san Josemaría de nuevo a Civenna, con intención de trabajar en esa localidad durante los meses de verano[870]. Estando allí, se reavivó su antigua dolencia prostática. Un día, después de pasar muy mala noche, se levantó de la cama con fiebre. Con su garbo habitual, al principio no comentó nada; más aún, salió a dar un paseo con san Josemaría, para no entorpecer el plan previsto. Al volver a casa, comentó que no se encontraba bien. Fue el comienzo de unas fiebres altísimas. El médico de cabecera que solía atenderle en Roma se encontraba en las cercanías y acudió enseguida. Se llegó a la conclusión de que era necesaria una nueva intervención quirúrgica. Se trasladaron a Barcelona, para que le operara el doctor Gil-Vernet, amigo del doctor Alfonso Balcells (entonces catedrático de Patología General en la Universidad de Barcelona, y uno de los primeros en pedir la admisión al Opus Dei allí)[871].
Alfonso Balcells estuvo presente en el quirófano, y visitó a don Álvaro durante el periodo postoperatorio. Sobre la actitud del enfermo, ha dejado escrito: «Me impresionó la tranquilidad y el sosiego, sin la menor ansiedad y sin siquiera nerviosismo durante aquellos días. No se quejó de molestia alguna»[872].
Permanecieron en Cataluña hasta el 29 de septiembre, que regresaron a Roma. Poco después don Álvaro escribió a don Florencio Sánchez-Bella, Consiliario del Opus Dei en España: «Muy querido Florencio: aunque con retraso porque he encontrado aquí mucho trabajo, te pongo estas líneas para agradeceros de todo corazón cuanto habéis hecho por mí en Barcelona. Lo pago, rezando por vosotros aún más. Me encuentro estupendamente, desde el primer momento»[873].
Los frutos sobrenaturales de la catequesis del Fundador del Opus Dei por la península ibérica, en 1972, habían sido extraordinariamente abundantes: suscitó muchísimas conversiones y deseos de acercarse más a Dios. Después, en 1974 y en 1975, entendió que convenía repetir la experiencia por los países de América del Sur, donde millares de hijos suyos le pedían que acudiese a esas tierras.
Gracias a la previsión de don Álvaro, se filmaron gran parte de las tertulias durante los viajes de catequesis de 1972, 1974 y 1975[874]. San Josemaría no quería, pero don Álvaro le hizo un razonamiento que venció su resistencia. «Le dije: Padre, si ahora que hay tantos medios para conservar la imagen del fundador, no los utilizamos, los que vengan después dirán o que no le queríamos o que éramos tontos. Tontos lo seremos más o menos, pero gracias a Dios quererle, le queremos mucho. O sea que nos tiene que dar el permiso para hacer las películas. Y, entonces, dijo: bueno, haced lo que queráis. Yo inmediatamente indiqué que se llamase a Madrid, donde estaba ya el equipillo de cine preparado, para que saliese hacia Argentina. El Padre vio algunas de estas películas, solamente una o dos. Como su misión era la de ocultarse y desaparecer, y en esas películas aparecía ante miles de personas hablando, no le gustaron»[875].
La iniciativa de don Álvaro ha permitido que la voz y la figura de san Josemaría permanezcan a lo largo de los tiempos, y que un número incontable de personas pueda beneficiarse, en estos años y en el futuro, de la catequesis de uno de los primeros santos de la Iglesia del que se conservan imágenes filmadas.
El segundo viaje a América comenzó en mayo, y tuvo como etapas Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela. Pero el empuje del alma de san Josemaría superaba la resistencia de su cuerpo, que flaqueó. Tras su intenso trabajo en Brasil y Argentina, padeció una faringitis en Chile que fue complicándose al llegar a Perú debido a problemas en el sistema renal y respiratorio; a esto se sumó luego el mal de altura en Ecuador. Su salud se resintió notablemente. Recuerda Mons. Javier Echevarría que tuvieron que «ir retrasando el viaje, con respecto a los planes iniciales, porque unas veces por las condiciones atmosféricas, otras veces porque la salud de san Josemaría estaba quebrantada, no había posibilidad de atender las reuniones multitudinarias previstas. En todos los casos, fue ejemplar el comportamiento de don Álvaro, animando, sosteniendo, sabiendo guardar silencios cuando san Josemaría no podía con su cuerpo, y tenía que someterse a tratamientos médicos que le dejaban agotado (...). Si siempre había sido un hijo fiel del Fundador, en esos meses de auténtico calvario físico para san Josemaría, estuvo siempre a su lado con una atención que demostraba su fidelidad a Dios, a través de su servicio leal a quien el Señor había escogido para iniciar el camino del Opus Dei»[876].
Regresaron a Roma el 30 de septiembre. Pocos meses después, y aunque no repuesto del todo, San Josemaría quiso reanudar el 29 de enero de 1975 la catequesis por tierras de Venezuela y Guatemala, que se prolongó a lo largo del mes de febrero. En la capital guatemalteca se produjo otro pequeño suceso, cargado de significado. El 19 de febrero era el santo de don Álvaro, y, durante una tertulia en la que participaban un buen grupo de fieles del Opus Dei, alguien preguntó al Padre: —¿Cómo hacer para ser fieles como don Álvaro? Inmediatamente, todos los presentes rompieron en un fuerte aplauso, al que se unió san Josemaría con gran contento[877].
Pero el organismo del Fundador se encontraba muy fatigado. Esa noche se le declaró un principio de bronquitis, con afonía y fiebre, que obligó a suspender la reunión prevista para el día siguiente. Los médicos dijeron que era más que dudoso que pudiera reponerse. Convenía regresar a Europa, y así lo hicieron[878].
 
 
5. Fallecimiento del Fundador
 
En mayo de 1975, acompañado como siempre por don Álvaro, visitó las obras del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad cerca de Barbastro, su ciudad natal, y consagró el altar mayor, el día 24. Al día siguiente, el Ayuntamiento le confirió la Medalla de Oro de la localidad. Había indicado que en la cripta del santuario se dispusieran numerosas sedes para la administración del sacramento de la penitencia, y esa misma tarde «preguntó el Padre por un confesonario en condiciones, y allí mismo se confesó con don Álvaro; y, después, este con el Padre, dando así por inaugurados los confesonarios de Torreciudad»[879].
La salud del Fundador se había ido deteriorando en los últimos meses, con problemas cardiovasculares[880], aunque nada hacía presagiar un desenlace próximo. Sin embargo, los planes de Dios eran otros. El 26 de junio de 1975, a mediodía, el Señor le llamó a su presencia, para concederle el premio prometido a sus servidores buenos y fieles[881]. Conocemos abundantes detalles de su tránsito, gracias a una larga carta que don Álvaro escribió tres días más tarde a todos los fieles de la Obra[882]. El texto comienza con estas palabras: «¡Qué duro se me hace escribir esta carta! Pero siento el deber de no retrasarla ni siquiera otro día, porque todas las hijas y los hijos del Padre tienen derecho a saber algo más que la escueta noticia que acaba de causarnos a cada uno este dolor tan inmenso. Comprenderéis que me es muy difícil hilvanar estas líneas, porque cuesta mucho razonar cuando se está sumergido en la pena»[883].
La sucesión de los hechos había sido la siguiente. El 26 de junio, san Josemaría había celebrado la Santa Misa —votiva de la Virgen— poco antes de las 8 de la mañana, porque deseaba acudir a Castelgandolfo para estar con sus hijas del Colegio Romano de Santa María. Hacia las 9.35 salieron de casa, en automóvil, e inmediatamente comenzaron a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario[884]. En Castelgandolfo, se sintió indispuesto y pidió volver a casa. Se encontraba «indudablemente cansado, pero sereno y contento. (...) Al entrar en Bruno Buozzi, pocos minutos antes de las 12, saludó nuestro Padre al Señor, en el Oratorio del Padre, con una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor, como solía hacer. A continuación subimos al cuarto donde habitualmente trabajaba —todos sabéis que era mi despacho— y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Javier[885] se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y el Padre repitió con más fuerza: ¡Javi!, y después, en voz más débil: no me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo»[886].
Don Álvaro se encontraba en esos momentos a pocos pasos del Fundador y, mientras le aplicaban los procedimientos de reanimación[887], le impartió la absolución sacramental varias veces y le administró la Unción de los Enfermos[888]. Pusieron todos los medios disponibles para tratar de que superase la crisis. «Fue una hora y media de lucha, de esperanzas: oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. (...) No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor»[889]. También indicó a la Secretaria Central que pidiera a las mujeres que viven y trabajan en la sede central del Opus Dei que «rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente»[890]. Pero a la una y media resultaba ya patente que los esfuerzos por reanimarle eran inútiles. «Todos nos arrodillamos al lado del cuerpo de nuestro Padre, y le besamos las manos y la frente. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas»[891].
Su pena fue muy profunda, tanta como el amor que profesaba a san Josemaría[892]. Seguramente, fue el hijo que más sintió la pérdida del Padre, pero ese día no tuvo tiempo ni de llorar. En aquellas difíciles circunstancias se dedicó a servir a todos, sosteniéndolos con una fortaleza y una paz extraordinarias. Comprendía que los demás manifestasen con lágrimas su dolor, y él se mantuvo fuerte para sostenerlos. La serenidad y visión sobrenatural, la paz que irradiaba en esos momentos, así como su prudencia y su delicado afecto por quienes compartían ese sufrimiento, confortó a los presentes[893].
Apenas fue posible, quiso celebrar la primera Misa de corpore insepulto. Lo hizo «entre sollozos»[894]. Los sentimientos que albergaba en su corazón, y que le acompañarían siempre, se podrían resumir en una frase que pronunció antes de dar la Comunión a los participantes: «Que seamos santos, que seamos fieles»[895].
A la vez, desde el primer instante tuvo la profunda convicción de que el Fundador se encontraba ya gozando de la visión de Dios, y de que podían contar con su intercesión en el cielo. Así lo señaló en el Responso, después de una Misa de corpore insepulto: «Hace un momento cantabais el Dies iræ y, cuando decíais esas palabras: quem patronum rogaturus cum vix iustus sit securus...?, ¿a qué patrono podré acudir, cuando el justo apenas llega a estar seguro?..., a mí me ha salido de dentro del alma: ¿a qué patrono?, ¡a nuestro Padre![896]».
Después, durante otra Misa en sufragio por el Fundador, pidió a los fieles que le escuchaban: «Rezad también un poquito por mí, porque llevo —llevaba— cuarenta años al lado del Padre, salvo pocas temporadas en que he estado físicamente separado de él; espiritualmente he estado siempre muy unido. Para todos y para todas el dolor será enorme; pero, para mí, quizá lo sea un poquito más. Rezad por mí»[897].
Mientras se sucedían las Misas de corpore insepulto, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración. Acudieron también cardenales, obispos y sacerdotes, miembros del cuerpo diplomático, personas conocidas públicamente y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de san Josemaría.
En aquellos momentos, consoló mucho a don Álvaro «recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo»[898].
El 27 de junio se había recibido un telegrama del Secretario de Estado de la Santa Sede, en nombre del Papa, en el que comunicaba que el Romano Pontífice ofrecía sufragios por el alma del Fundador y enviaba su bendición a todos los miembros del Opus Dei. El día 30, don Álvaro escribió a Pablo VI[899] para agradecer su consuelo y oraciones en esa dolorosa circunstancia, y narrarle cómo habían transcurrido las últimas horas de san Josemaría en la tierra[900]; le aseguró que el Señor estaba concediendo a todos los fieles del Opus Dei la gracia de vivir aquellos momentos con gran serenidad. Añadía que, con la ayuda de Dios, continuarían sirviendo a la Iglesia, cor unum et anima una, formando un solo corazón y una sola alma, en firme adhesión al Magisterio, y siguiendo fielmente el espíritu del Fundador. Conscientes de la debilidad personal, se amparaban en la intercesión omnipotente de Santa María, Virgen fiel, Esperanza nuestra, y en la paternal bendición del Romano Pontífice[901].
En espera de que se celebrara el Congreso General Electivo para la designación del sucesor del Fundador, a don Álvaro, como Secretario General, le correspondió hacer cabeza en la Obra. El espíritu con que deseaba afrontar ese periodo era el mismo que había animado toda su vida, desde el día en que pidió la admisión en el Opus Dei: fidelidad a las enseñanzas de san Josemaría.
Y eso era también lo que pedía a sus hermanos: «Si el Padre nos pudiese hablar, ¿qué nos pediría? Pienso que ya nos lo ha dicho a todos: ¡que tenemos que ser fieles! Que me seáis fieles, era como el estribillo del Padre: ¡que me seáis fieles! Me permito insistiros, hermanas y hermanos míos, que nos ha llegado la hora: este es el momento de serle más fieles que nunca. Es el tiempo de una decidida conversión de nuestra vida a una fidelidad más plena, más delicada, más sincera, más enamorada, más generosa, a toda la herencia espiritual que el Padre nos ha transmitido, entregando por nosotros su misma vida: porque no podemos dudar de que ha muerto bajo el peso de este quehacer de servicio a Dios, a la Iglesia y al Papa»[902].
El 19 de julio, don Álvaro viajó con don Javier Echevarría a Asturias (España), para dedicar unos días al descanso y también al trabajo. Durante su estancia en aquellas tierras, fue recibiendo millares de cartas procedentes de todos los puntos cardinales, en las que fieles de la Obra mostraban sus deseos de santidad y de fidelidad a Dios, y también de unión con el Romano Pontífice y con quien hacía cabeza en esos momentos en la Obra.
Con ese fundamento, y bajo la intercesión del Fundador en el Cielo, el Opus Dei podía afrontar con confianza la nueva etapa de su caminar terreno.
 
 

[784] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 3, n. 160.

[785] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 158.

[786] Testimonio de don Álvaro del Portillo recogido en Romana et Matriten., Beatificationis et Canonizationis Servi Dei Iosephmariæ Escrivá de Balaguer, Positio super vita et virtutibus, Summarium, n. 964. Lo expresaba también san Josemaría en una entrevista concedida en 1968 al semanario L’Osservatore della Domenica, de la Ciudad del Vaticano: «Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que —por la gracia de Dios— veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario» (San Josemaría, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, op. cit., 72,3).

[787] «Es plenamente evidente que todos los fieles, cualquiera que sea su estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen Gentium, n. 40). «Por tanto, todos los fieles se santificarán más cada día dentro de su propia condición de vida, oficio y circunstancias» (ibid., n. 41). «Todos los fieles están invitados y obligados a buscar la santidad y la perfección dentro de su propio estado» (ibid., n. 42).

[788] En el Motu proprio Sanctitas clarior del 19-III-1969, que marcó el inicio de la reforma del procedimiento para la Causa de los Santos, el Papa Pablo VI afirmó que la proclamación de la vocación universal a la santidad constituye el núcleo del entero mensaje conciliar: «[El Concilio Ecuménico Vaticano II] ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles de cualquier condición o grado a conseguir la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último» (AAS 59 (1969), pp. 149-153). A su vez, Juan Pablo II escribió: «El Concilio Vaticano II ha empleado palabras muy luminosas acerca de la llamada universal a la santidad. Bien se puede afirmar que es precisamente esta la consigna primaria entregada por un Concilio convocado para promover la renovación evangélica de la vida cristiana a todos los hijos e hijas de la Iglesia» (Exh. ap. postsinodal Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 16).

[789] Cfr. Conc. Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem, n. 3 y Decr. Ad gentes, n. 15.

[790] Bernal, S., Recuerdo de Álvaro del Portillo, op. cit., pp. 126-127.

[791] Pablo VI, Discurso al Sacro Colegio de Cardenales, 23-VI-1972, en Insegnamenti di Paolo VI, X (1972), pp. 672-673.

[792] “Los profetas profetizan mentira en mi Nombre. Ni los envié, ni les di órdenes, ni les hablé. Falsas visiones, sortilegios, fantasías y engaños de su propia cosecha es lo que os profetizan” (Jr 14,14).

[793] Este viejo aforismo moral, citado por el Papa, indica que para que una acción sea virtuosa, es preciso que todos los elementos que concurren en su realización sean buenos; basta cualquier defecto para que el resultado se malogre.

[794] Pablo VI, Discurso en el Pontificio Seminario Lombardo de Roma, 7-XII-1968, en Insegnamenti di Paolo VI, VI (1968), p. 1188.

[795] Pablo VI, Discurso al Sacro Colegio de Cardenales, 23-VI-1972, en Insegnamenti di Paolo VI, X (1972), p. 673.

[796] Pablo VI, Audiencia general, 16-VII-1975, en Insegnamenti di Paolo VI, XIII (1975), p. 773.

[797] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII-2005, en Insegnamenti di Benedetto XVI, I (2009), pp. 1023-1024.

[798] Ibid.

[799] Cfr. ibid.

[800] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 462.

[801] Del Portillo, Á., Carta a Luis Fernando Niño del Portillo, AGP, APD C-671229.

[802] Del Portillo, Á., Carta al P. Miguel Ángel Niño del Portillo, AGP, APD C-721007.

[803] Del Portillo, Á., Carta al P. Miguel Ángel Niño del Portillo, AGP, APD C-740225.

[804] Del Portillo, Á., Carta a José Ramón Niño del Portillo, AGP, APD C-700310.

[805] Del Portillo, Á., Carta a María del Pilar Gandarillas, AGP, APD C-720324. La expresión “tiempo de la prueba” la tomaba de san Josemaría, que la empleó muy a menudo para referirse a la situación de aquellos momentos.

[806] Por ejemplo, con el profesor Fabro: «Le agradezco de todo corazón y le transmito mis mejores deseos para que sus escritos alcancen cada vez mayor difusión: estoy seguro de que Usted está haciendo un óptimo servicio a la Iglesia, nuestra Madre, poniendo en claro las raíces diabólicas de los males que nos aquejan, con tanto daño para innumerables almas. ¡Dios le bendiga!» (Del Portillo, Á., Carta al padre Cornelio Fabro, AGP, APD C-740215: original en italiano).

[807] Se puede ver, entre otros, la correspondencia con el padre Philippe de la Trinité, O.C.D.: «Le felicito por la claridad de la exposición, por la ardiente defensa de nuestra Santa Fe, por la agudeza de sus razonamientos, así como por la caridad: veritatem fecisti in caritate!, al salvar también algo que resulta difícil de entender: la buena fe del pobre Teilhard, en algunos momentos de su vida o de su obra» (Del Portillo, Á., Carta al padre Philippe de la Trinité, AGP, APD C-680320: original en italiano). Unos meses más tarde volvió a escribirle: «He recibido con agradecimiento el ejemplar de Vision cosmique et christique, que ha tenido la cortesía de regalarme. Lo estoy leyendo con verdadero gusto, y me es muy grato manifestarle mi más sentida enhorabuena por este trabajo suyo que indudablemente constituye una aportación importante para el estudio crítitco de Teilhard de Chardin —estudio realizado con gran claridad de ideas y rigor doctrinal—, y un verdadero y gran servicio a la Santa Iglesia y a las almas» (Del Portillo, Á., Carta al padre Philippe de la Trinité, AGP, APD C-680601: original en italiano).

[808] Cfr. Testimonio de José Luis Gutiérrez, AGP, APD T-15211, p. 8.

[809] Del Portillo, Á., “El laico en la Iglesia y en el mundo”, Nuestro Tiempo, 148 [X-1966], pp. 3-22; “Morale e diritto”, Seminarium, 11 [VII/IX-1971], pp. 732-741; “Cœlibatus sacerdotalis in Decreto conciliari ‘Presbyterorum Ordinis’”, Seminarium, 4 [1967], pp. 711-728; “L’immagine del sacerdote”, Studi cattolici, n. 16 [1972], pp. 194-199; “Le laïc dans l’Église et dans le monde”, La Table Ronde, n. 219 [1966]; “Ius associationis et associationes fidelium iuxta Concilii Vaticani II doctrinam”, Ius Canonicum 8 [1968]; “Dinamicità e funzionalità delle strutture pastorali”, en Fagiolo, V. - Concetti. G., La Collegialità episcopale per il futuro della Chiesa, Firenze 1969, (pp. 161-177); “Los derechos de los fieles”, Ius Canonicum, 11 [1971], (pp. 68-93).

[810] Del Portillo, Á., Fieles y laicos en la Iglesia, Eunsa, Pamplona 1969, y Escritos sobre el sacerdocio, Palabra, Madrid 1970. Sobre el origen de estos libros, Mons. Gutiérrez recuerda: «Julián Herranz y yo habíamos comentado bastantes veces, entre nosotros, cómo don Álvaro, habiendo escrito tanto para la Santa Sede, contaba en su curriculum con pocas publicaciones, por no disponer de tiempo. Pasado algún tiempo desde la entrega del voto sobre los laicos, Julián y yo sugerimos a don Álvaro que ese texto, en castellano, podía editarse como libro: Mons. Álvaro del Portillo nos contestó que hiciésemos lo que nos pareciera: preparamos la traducción y, con pocas adiciones y retoques de estilo que sugirió, se publicó con el título “Fieles y laicos en la Iglesia”» (Testimonio de José Luis Gutiérrez, AGP, APD T-15211, p. 8).

[811] Del Portillo, Á., Carta a José Ramón Niño del Portillo, AGP, APD C-720324.

[812] Diario del centro del Consejo General, anotación del 6-I-1966, AGP, serie M.2.2, D 430-14.

[813] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 497-498.

[814] Así lo escribía el Fundador a Mons. Dell’Acqua, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado Vaticana: «Durante mi reciente viaje a Grecia, no he hecho prácticamente otra cosa que rezar por el Vicario de Cristo» (Carta de San Josemaría a Mons. Angelo Dell’Acqua, 21-IV-1966, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 498).

[815] Pablo VI, Motu proprio Ecclesiæ Sanctæ, 6-VIII-1966, en AAS 58 (1966), pp. 757-787.

[816] Cfr. Rodríguez, P., La figura ecclesiale di Mons. Álvaro del Portillo, in Servo buono e fedele (a cura di Bosch, V.), Lib. Ed. Vaticana, Città del Vaticano 2001, p. 54.

[817] Cfr. Nombramiento de Juez del Tribunal para las causas de competencia de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (Roma, 15-XI-1966), AGP, APD D-17003.

[818] Cfr. Nombramiento de Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (Ciudad del Vaticano, 29-XI-1966), AGP, APD D-16098.

[819] Cfr. Nombramiento de Consultor de la Comisión Pontificia para la revisión del Código de Derecho Canónico (Ciudad del Vaticano, 17-IV-1964) y sucesivas renovaciones (22-III-1968, 1-III-1973 y 15-IV-1978), AGP, APD D-17006, 19401, 17010 y 19037.

[820] Cfr. Testimonio de José Luis Gutiérrez, AGP, APD D-17929, p. 4.

[821] Cfr. ibid., pp. 4-5.

[822] «Para la “Lex Ecclesiæ Fundamentalis”, don Álvaro entregó por escrito (todos los pareceres que mencionaré en adelante están redactados en latín): unas Observaciones del 26-27-VII-1966 (3 pp.); Observaciones del 13-IV-1967 (46 pp.); Parecer del 13-IV-1972 (21 pp.); Propuesta del 13-V-1973 (3 pp.); Observaciones para la sesión del 17 al 22-XII-1973 (1 p.)» (ibid.).

[823] «Antes de la primera reunión de este Grupo, con fecha 2-X-1966, don Álvaro entregó su parecer, con el título «Introducenda in Iure Canonico de laicorum notione deque eorum iuribus et officiis in Ecclesia» (153 pp.). Con fecha 30-VIII-1967 añadió una «Relatio circa statutum iuridicum generale omnium christifidelium» (36 pp.). Su relación sobre las sesiones del Grupo “De laicis” fue publicada en Communicationes 2 (1970), pp. 89-98. El parecer “Introducenda in Iure Canonico...” planteaba por primera vez en la ciencia canónica la condición común de fieles de todos los bautizados (con su correspondiente estatuto jurídico) y, presupuesta esta unidad fundamental, la distinción entre clérigos, laicos y religiosos» (ibid.).

[824] «Antes de la primera reunión de los Consultores, que tuvo lugar del 24 al 29-X-1966, presentó dos votos, con fecha 20-VI-1966: 1. “Quæstiones recognoscendæ circa clericorum iura, privilegia atque obligationes” (90 pp.); 2. “Quæstiones recognoscendæ circa clericorum adscriptionem alicui diœcesi” (93 pp.). (...) Después presentó otros cinco votos: 1. “Recognitio legislationis de Episcopis”, del 30-X-1967 (25 pp.); 2. “De Vicario generali, de Vicariis episcopalibus ac de Episcopis coadiutoribus et auxiliaribus”, de noviembre 1968 (29 pp.); 3. “De curia diœcesana”, del 25-III-1969 (18 pp.); 4. “De generali ordinatione curiæ diœcesanæ deque aliis institutis”, del 23-I-1970 (14 pp.); 5. “De vicariis foraneis, de parochis ac de ecclesiarum rectoribus”, del 10-VII-1970 (15 pp.)» (ibid.).

[825] Mantendrá ese cargo hasta 1967: cfr. Annuario Pontificio 1967, p. 958, último año en que aparece.

[826] Nombramiento renovado sucesivamente el 19-IV-1968, 1-III-1973, 27-XI-1978, 26-II-1985 y 24-IV-1990, originales en AGP, APD.

[827] Del Portillo, Á., Carta a Pilar del Portillo Gandarillas, AGP, APD C-711009.

[828] Del Portillo, Á., Carta a Santiago de Liniers Urbina, AGP, APD C-711012.

[829] Cfr., por ejemplo, Del Portillo, Á., Carta a Mons. Gabriel Marie Garrone, AGP, APD C-670331; Carta a Mons. Francesco Carpino, AGP, APD C-670409 y Carta a Mons. Gabriel Marie Garrone, AGP, APD C-670826, por citar solo algunas de las escritas por don Álvaro. Sobre este tema, cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 498-501 y 516-518.

[830] La Facultad de Teología de la Universidad de Navarra inició sus actividades como Centro Teológico en 1964. Posteriormente fue elevada al rango de Instituto en 1967 y erigida por la Santa Sede como Facultad en 1969. El decreto de erección de la Sagrada Congregación para la Educación Católica lleva fecha de 1-XI-1969: vid. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 517-518.

[831] Cfr. Relatos de viajes (1962-1975), de Javier Cotelo Villarreal (AGP, D-19192).

[832] Cfr. ibid.

[833] Cfr. ibid.

[834] Cfr. ibid.

[835] San Josemaría, Carta a Carmen Ramos García, 5-XII-1974, cit. en Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 734.

[836] Cfr. Concesión de la Gran Cruz de san Raimundo de Peñafort: Oficio de comunicación (Madrid, 23-I-1967) y Título (Madrid, 2-II-1967), AGP, APD D-16027.

[837] Del Portillo, Á., Carta a Ricardo Castelo Biedma, AGP, APD C-670214.

[838] Del Portillo, Á., Carta a Tomás Niño Molinos, AGP, APD C-680914.

[839] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 816.

[840] Cfr. Telegrama del Card. Villot de 28-VI-1969, transmitiendo la bendición del Santo Padre por las Bodas de Plata sacerdotales de don Álvaro (AGP, APD D-10311).

[841] Del Portillo, Á., Carta a Francesco Angelicchio, AGP, APD C-690624. Ideas similares aparecen en otras cartas de estos días: a Antonio Trueba, AGP, APD C-690626; a Luis Ponte Manera, AGP, APD C-690626; a Eduardo de Caso Ridaura, AGP, APD C-690627 y a Carolina Mac-Mahon Jacquet, AGP, APD C-690628.

[842] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 346. Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 365-371.

[843] Herranz, J., En las afueras de Jericó, op. cit., p. 189.

[844] San Josemaría, Carta al Cardenal Antoniutti, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, sobre la convocatoria de un Congreso General Especial del Opus Dei, 20-V-1969, en de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 811-812.

[845] De Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., p. 373.

[846] Sobre el desarrollo del Congreso: cfr. ibid., pp. 371-387.

[847] Del Portillo, A., Palabras pronunciadas el día 2-IX-1969, recogidas en el Acta del Congreso general especial del Opus Dei: vid. ibid., p. 376.

[848] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 576.

[849] «Ahora, continuará el estudio de algunos puntos tratados en los Congresos y de otros que, de momento, aún no se han podido afrontar: esto dará lugar a ulteriores peticiones de comunicaciones, provenientes de una base amplísima de socios y asociadas del Opus Dei de 73 nacionalidades, de los más variados oficios y profesiones, y que serán elaboradas en la segunda parte de los Congresos. De este modo, pensamos que, con la ayuda de Dios, podremos concluir el trabajo de actualización del Ius Peculiare dentro del año próximo» (Del Portillo, Á., Carta al Card. Ildebrando Antoniutti, AGP, APD C-690918: original en italiano).

[850] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 576.

[851] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 118.

[852] Cfr. ibid., p. 28.

[853] Diario de Augusto Rodín (México DF), anotación del 16-V-1970, AGP, serie M.2.2, D 352-06.

[854] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 577 y 582..

[855] Cfr. de Fuenmayor, A., Gómez-Iglesias, V., Illanes, J.L., El itinerario jurídico del Opus Dei, op. cit., pp. 381-387.

[856] Cfr. ibid., pp. 387-417.

[857] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, pp. 28-29.

[858] La “noticia” a que se refiere es el ictus que padeció Ramón, no la muerte. Su hermano falleció siete días después de que don Álvaro escribiera esta carta.

[859] Del Portillo, Á., Carta a María del Pilar Gandarillas, AGP, APD C-720324.

[860] Del Portillo, Á., Carta a Antonio Martínez Cattáneo, AGP, APD C-720619.

[861] Cfr. Diario del centro del Consejo General, anotaciones del 30-VI al 7-IX-1972, AGP, serie M.2.2, D 431-01 y D 431-02.

[862] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, op. cit., p. 219.

[863] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., pp. 646-660.

[864] Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 29.

[865] Testimonio de Francisco Ponz Piedrafita, AGP, APD T-0755, p. 27.

[866] Testimonio de Federico Riera-Marsá Bonmatí AGP, APD T-17577, p. 2.

[867] Se refería a don Álvaro y al actual Prelado del Opus Dei, Mons. Echevarría.

[868] Este diálogo está recogido en AGP, Biblioteca, P04, vol. II, pp. 633-634.

[869] Cfr. Nombramientos: originales en AGP, APD D-17010, D-16099 y D-18735.

[870] Cfr. Relatos de viajes (1962-1975), de Javier Cotelo Villarreal (AGP, D-19192).

[871] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 196-197.

[872] Testimonio de Alfonso Balcells Gorina, AGP, APD T-0406, p. 1.

[873] Del Portillo, Á., Carta a Florencio Sánchez-Bella, AGP, APD C-731018.

[874] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 661.

[875] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 9-I-1976, AGP, serie B.1.4 T-760109.

[876] Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, pp. 197-198.

[877] Cfr. Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, vol. III, op. cit., p. 751.

[878] Cfr. ibid.

[879] Ibid., p. 763.

[880] Cfr. ibid., pp. 759 y 763.

[881] Cfr. ibid., pp. 756 y ss.

[882] La carta lleva por título “Nuestro Padre en el Cielo”, y está fechada el 29 de junio. En treinta y seis páginas cuenta las últimas horas de san Josemaría sobre la tierra y exhorta a los miembros de la Obra a seguir el ejemplo del Fundador con renovada fidelidad, insistiendo especialmente en las virtudes de la caridad y de la humildad (Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, nn. 1-27).

[883] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 1.

[884] Cfr. Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 3.

[885] Se refiere a Mons. Javier Echevarría, actual Prelado del Opus Dei.

[886] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 4.

[887] Cfr. Testimonio de Mons. Javier Echevarría Rodríguez, AGP, APD T-19544, p. 345.

[888] Cfr. Testimonio de José Luis Soria, AGP, APD T-18570, p. 6.

[889] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 4.

[890] Ibid.

[891] Ibid.

[892] Testimonio de José Luis Soria, AGP, APD T-18570, p. 7. Durante una reunión con la Asesoría Central, el 14 de julio de ese año, don Álvaro confió que había llorado mucho (cfr. Testimonio de Carmen Ramos García, AGP, APD T-18498, p. 5).

[893] Cfr. Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco, AGP, APD T-19548, p. 34.

[894] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 7.

[895] Del Portillo, Á., Palabras recogidas en AGP, Biblioteca, P02, 1975, 618-619.

[896] Del Portillo, Á., Palabras recogidas en AGP, Biblioteca, P01, 1976, 227.

[897] Del Portillo, Á., Homilía pronunciada el 27-VI-1975: AGP, Biblioteca, P02, 1975, 638.

[898] Del Portillo, Á., Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei..., op. cit., pp. 245-246.

[899] Del Portillo, Á., Carta a S.S Pablo VI, AGP, APD C-750630.

[900] Entre otras cosas, le cuenta que, desde hacía muchos años, san Josemaría ofrecía su Misa todos los días por la Iglesia y por el Papa, y que el mismo 26 de junio repitió que, con la gracia de Dios, estaba dispuesto a dar su vida por el Romano Pontífice: «Esa mañana, hacia las 9.30, (...) tuvo noticia de que un conocido profesional romano, muy próximo a Vuestra Santidad, había pedido insistentemente que quería verlo. Como no podía recibirlo, también porque tenía previsto viajar al extranjero dos días después, nuestro Fundador encargó a dos miembros del Consejo General que hicieran llegar a esa querida persona el siguiente mensaje: “Decidle que estoy para salir de viaje, pero que me acuerdo constantemente de él y que rezo por él. Hacedle saber que todos los días, desde hace muchos años, ofrezco —al igual que todos mis hijos y mis hijas y tantas otras personas que colaboran con la Obra— la Santa Misa por el Papa. También hoy lo he hecho. Podéis añadirle, además, porque me lo habéis escuchado muchas veces, que, si Dios quiere, estoy dispuesto, con su gracia, a dar mi vida por el Papa”» (Del Portillo, Á., Carta a S.S. Pablo VI, AGP, APD C-750630: original en italiano).

[901] «Santidad: además de agradecer Vuestra afectuosa participación en nuestro profundo dolor y narrarle cómo han transcurrido las últimas horas de la vida terrena de nuestro Fundador, deseo asegurarle —porque sé que Vuestro corazón paterno estará preocupado por nosotros— que el Señor misericordiosísimo, en su infinita bondad, a todos los miembros del Opus Dei nos está concediendo la gracia de mantener, también en estos momentos, un gran paz y serenidad. (...) Ahora, “consummati in unum”, sólidamente unidos en su queridísimo recuerdo y profundamente seguros de nuestro camino —gracias a la claridad y amplitud de sus enseñanzas—, con la ayuda del Señor continuaremos trabajando al servicio de la Iglesia, con una total adhesión a su Magisterio y siguiendo fielmente el espíritu de nuestro Fundador, “cor unum et anima una”. Para perseverar en estos firmísimos propósitos, a pesar de nuestras pobres fuerzas, estamos ciertos de poder contar con la omnipotente intercesión de nuestra Santísima Madre, Virgo Fidelis, Spes Nostra, y también con la Paterna Bendición Apostólica de Su Santidad» (Del Portillo, Á., Carta a S.S. Pablo VI, AGP, APD C-750630).

[902] Del Portillo, Á., Cartas..., vol. 2, n. 18.

 
Tercera parte
Padre y pastor (1975 - 1994)

Capítulo 16 Primeros años al frente del Opus Dei
 
El 26 de junio de 1975, con el tránsito al Cielo del Fundador, se cerró la etapa fundacional del Opus Dei. En ese preciso instante comenzó lo que don Álvaro denominaría “etapa de la continuidad en la fidelidad”. Durante los diecinueve años que estuvo al frente de la Obra —hasta su fallecimiento en 1994—, desarrolló su tarea de pastor en estrechísima unión espiritual con san Josemaría.
A don Álvaro le correspondió cumplir un legado importantísimo del Fundador: llevar a término el camino jurídico del Opus Dei, hasta alcanzar su configuración como prelatura personal de ámbito universal. Además, bajo su mandato, la autoridad suprema de la Iglesia declaró beato a san Josemaría: con ese solemne acto, ponía el Papa como un nuevo resello al espíritu del Opus Dei, porque quedaba de manifiesto que era un camino de santidad, para cristianos llamados por Dios a desarrollar su existencia en el cumplimiento de sus deberes ordinarios en medio del mundo.
Muchas otras tareas llevó a cabo Mons. del Portillo hasta el final de su vida, para extender la labor apostólica a nuevas naciones y promover proyectos educativos y asistenciales —clinicas, escuelas para promocionar las tareas del hogar y de la hospitalidad, institutos de formación profesional, colegios, universidades—, con el fin de contribuir al bien común tanto en países industrializados como en emergentes.
 
 
1. La elección a cabeza de la Obra
 
En la carta que dirigió a Pablo VI el 30 de junio de 1975 con el fin de agradecer sus oraciones y consuelos, don Álvaro decía: «Ante la tumba de nuestro queridísimo Fundador, todos nosotros, Santo Padre, renovamos el firme propósito de ser fidelísimos a su espíritu y ofrecemos también nuestras vidas por la Iglesia y por el Papa»[1]. Estas palabras sintetizan el horizonte de su existencia y de su ministerio pastoral, mantenido hasta el final de sus días.
Como Secretario General, le correspondía convocar el Congreso para elegir al sucesor de san Josemaría. La fecha quedó fijada para el 14 de septiembre de 1975, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz[2]. Al día siguiente, memoria de Nuestra Señora de los Dolores, don Álvaro abrió oficialmente el Congreso, con la Misa del Espíritu Santo. En la homilía, volvió a insistir en la necesidad de formular propósitos firmes de fidelidad al espíritu del Fundador[3].
Entre los congresistas, y entre todos los demás fieles del Opus Dei, reinaba la convicción de que saldría elegido Álvaro del Portillo[4], porque sabían que ese era el deseo del Fundador. Así lo ha dejado escrito uno de los participantes en aquella sesión: «San Josemaría nos repetía, una y otra vez, que don Álvaro era la persona que con más fidelidad y generosidad se había entregado al Señor ayudándole a sacar adelante la Obra que Dios le pedía. Y nos contaba con qué fortaleza le apoyaba en momentos difíciles, con qué humildad servía, (...) con qué fidelidad se entregaba al servicio de la Iglesia»[5]. Precisamente dos días antes de su fallecimiento, había confiado a Mons. Alonso, en voz baja, señalando a don Álvaro: «Hijo mío, si no sois tontos, cuando yo muera seguiréis a este hermano vuestro»[6].
El directo interesado era consciente de esta posibilidad; pero, no obstante, «lleno de humildad, conservó la calma y el buen hacer de quien se encuentra en las manos de Dios, aceptando lo que Él disponga»[7].
Fue elegido por unanimidad, en la primera votación[8]. Sus palabras de aceptación fueron sencillas y sobrenaturales, depositando su confianza en la ayuda de Dios: «Habéis querido (...) poner el peso de la Obra sobre los hombros de este pobre hombre: sé bien que no valgo nada, que no puedo nada, que no soy nada. Lo habéis hecho porque conocíais que llevaba más tiempo que nadie al lado de nuestro Padre y buscabais la continuidad. No habéis votado a Álvaro del Portillo, sino que habéis elegido a nuestro Padre»[9].
Enseguida, se dirigió a rezar ante la tumba del Fundador. Cuando llegó, todos los que se encontraban allí se pusieron en pie. Pero don Álvaro les indicó que no se incomodaran y, señalando la sepultura, aclaró: «“Donde hay patrón, no manda marinero”, y el patrón está ahí». Se arrodilló, besó la losa y dijo a los presentes: «Pedidle que sea él quien dirija la Obra desde el Cielo, y que sus sucesores seamos solamente instrumentos suyos, y nada más»[10]. Y concluyó: «Si el Padre, siendo santo, pedía que rezáramos por él, figuraos la cantidad de oraciones que necesito yo, que de santo no tengo nada. Estáis más obligados, si cabe, a rezar por mí. Me son absolutamente necesarias las oraciones de todos»[11].
Comunicó inmediatamente la elección a Pablo VI[12], reiterándole su firme propósito de servir con la máxima entrega y amor a la Santa Iglesia, en filial adhesión y obediencia al Romano Pontífice y a los obispos en comunión con el Papa[13]. Además, pidió audiencia para expresarle de palabra esos sentimientos[14]. También solicitó hora para hablar con muchos eclesiásticos de la Curia romana: «Enseguida de mi nombramiento —escribía al Cardenal Casariego—, visité uno a uno a todos los cardenales y secretarios de las Sagradas Congregaciones, en Roma: ¡qué enorme cariño al Opus Dei y a nuestro Fundador he encontrado en todos!»[15].
La audiencia con Pablo VI se concretó para el 5 de marzo de 1976. El encuentro se prolongó por más de una hora, en un tono cordialísimo[16]. Las afirmaciones del Papa sobre san Josemaría impresionaron y confortaron a don Álvaro, que obtuvo el permiso para referirlas a los fieles del Opus Dei[17]. Por ejemplo, «afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”»[18]. También «me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”»[19].
Don Álvaro mencionó al Romano Pontífice algo que había repetido a los fieles del Opus Dei desde el primer momento de su elección: que debían rezar mucho por el nuevo Padre, porque debía suceder al frente de la Obra a un santo, y se sentía “un pobre hombre”. Pablo VI le respondió: «Ma adesso il santo è in Paradiso, e ci pensa lui» (Ahora el santo está en el Cielo, e intercede desde allí)[20]. Y cuando le habló de los últimos viajes de catequesis de san Josemaría, «el Papa se emocionaba muchísimo, y a cada momento me interrumpía para decirme: —¿Está escrito esto?, Y yo: —Sí, Santo Padre, está escrito todo. Y el Papa aseguraba: —Esto es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»[21].
Por último, contó que Pablo VI le aconsejó ser muy fiel al espíritu del Fundador: «Me decía: —Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador servirán a la Iglesia —como la han servido hasta ahora— con eficacia, con profundidad, con extensión»[22].
Es fácil imaginar la alegría de don Álvaro al ver confirmado en aquel momento, de labios del sucesor de Pedro, el criterio de actuación que guiaba su vida desde hacía tanto tiempo. Al referir a sus hijas e hijos esta audiencia, salían de su boca palabras de agradecimiento al Papa y deseos de mayor servicio a la Iglesia[23].
 
 
2. La etapa de la fidelidad
 
Por tanto, cuando don Álvaro hablaba de la etapa de la continuidad en la fidelidad, para referirse a la nueva fase abierta en la historia del Opus Dei, se mostraba como siempre en plena sintonía con lo indicado por el Romano Pontífice. Carmen Ramos recuerda que durante la primera sesión con el pleno de la Asesoría Central, el 30 de septiembre de 1975, el nuevo Presidente General, el nuevo Padre —como se le denomina en el Opus Dei— se sentía indigno de ocupar el asiento que durante tantos años había correspondido a san Josemaría. Entonces, Mons. Echevarría le comentó que debía hacerlo, porque —como estaba repitiendo en aquellos días— “estamos en la etapa de la continuidad”; y Mons. del Portillo añadió: “sí; pero me gusta aún más decir: la etapa de la fidelidad”[24].
Reuniendo estos dos conceptos, acuñó la expresión «etapa de la fidelidad y de la continuidad»[25] al espíritu del Fundador, que podríamos considerar su leit motiv como Padre y Pastor del Opus Dei. La primera carta que escribió a sus hijos espirituales, al poco de la elección, desarrollaba precisamente ese tema. Explicaba que, con la muerte del Fundador, «el espíritu queda ya inalterable, de tal manera que nadie puede aumentarlo o disminuirlo»[26]; mientras que al sucesor le correspondía «el deber de conservar, en todos sus hijos e hijas, el buen espíritu del Opus Dei. Se trata de una obligación gravísima de una gran responsabilidad ante el Señor y su Iglesia, que me ha de tener en continuada y amorosa vigilia»[27].
Lo había manifestado ya a los fieles de la Obra durante los días anteriores: querría que Josemaría Escrivá de Balaguer, no Álvaro del Portillo, siguiera guiando la institución. Por eso le llenó de alegría escuchar, de una hija suya, que quien parecía haber muerto era don Álvaro y no el Fundador, porque la continuidad era perfecta[28].
No se trataba, sin embargo, de una continuidad “estática”, de un simple inmovilismo. Mons. del Portillo se propuso, para sí y para todos los fieles de la Obra, una “continuidad dinámica”, en expresión de Mons. Herranz[29]. De acuerdo con la parábola evangélica, puso todos los medios a su disposición para hacer rendir los talentos recibidos de Dios: no enterrarlos o inmovilizarlos, con la equivocada ilusión de conservarlos sin peligro de ese modo. «Después de que se marchó al Cielo nuestro Padre —escribió en su primera carta pastoral—, y de haber heredado el tesoro de su espíritu, la primera consecuencia es no imitar a aquel hombre loco que enterró el talento recibido; al contrario, hemos de proponernos, con todas nuestras fuerzas, que fructifique; y, para eso, hemos de vivir el espíritu del Opus Dei en toda su pureza e integridad»[30].
Tanto su magisterio espiritual como su actividad de gobierno demuestran el dinamismo de su fidelidad al espíritu fundacional; su capacidad de resolver nuevos desafíos apostólicos, acudiendo siempre como punto de referencia a la “mente” del Fundador, o de llevar a cabo proyectos diseñados por san Josemaría y todavía no desarrollados.
Un ejemplo de esto que acabo de señalar fue la publicación de Romana, el boletín oficial del Opus Dei, que comenzó en 1985, para cumplir un antiguo deseo de san Josemaría[31].
Al mismo tiempo que recibió la misión pastoral, le fue conferido un carisma particular —espiritual a la vez que humano— que acompaña a la máxima autoridad del Opus Dei: el sentido de la paternidad. A medida que se acostumbraba a ser llamado “Padre”, desplegaba una solicitud por sus hijos e hijas verdaderamente paterna: «No hay pena vuestra, hijos de mi alma, que no sea mía», decía en 1976[32]. Mons. Echevarría lo ha expresado con una frase gráfica: tuvo «corazón de madre y brazo de padre»[33].
Entre tantos ejemplos que iremos encontrando a lo largo de los años sucesivos, pueden mencionarse algunos de esos primeros meses. Tras conocer la noticia del grave terremoto que asoló las tierras de Guatemala, el 4 de febrero de 1976, quiso hablar con sus hijas e hijos de aquel país, pero la interrupción de las comunicaciones no se lo permitía. «Me hubiera gustado decirles enseguida una palabra de aliento y de cariño —escribió al Consiliario del Opus Dei en España—. Se lo ofrezco a Dios por ellos. Les puse enseguida un telegrama, pero quién sabe cuándo les llegará. Paciencia»[34].
Lo que sí pudo hacer inmediatamente fue rezar por aquel país. «En cuanto nos llegó la noticia —les escribía dos días después del seísmo—, hemos estado muy unidos a vosotros, y seguimos todos —en todo el mundo: los hijos y las hijas que me ha dejado nuestro Padre, esparcidos por todos los cinco Continentes— muy pegados a los guatemaltecos. La oración habrá sido, y sigue siendo, constante. Nunca habréis recibido tantos refuerzos espirituales, como ahora. Esta familia maravillosa, que constituimos, ha cerrado filas alrededor de vosotros, para sosteneros con la oración, con los sacrificios, con el cariño sentidísimo»[35].
Desde el primer momento el Señor le bendijo con la cruz: concretamente, al mes de su elección, sufrió una grave intoxicación. El primer médico que le examinó creyó haber detectado un cáncer de hígado muy desarrollado. Con la lógica consternación, se acudió a otros especialistas que, tras un detenido examen, corrigieron el diagnóstico de su colega. Se trataba de una reacción grave e inesperada a un fármaco[36].
Para no alarmarle, no le habían dicho nada del dictamen inicial. Cuando, una vez restablecido, se lo comentaron, contestó que se había dado cuenta de todo y que, aceptando la Voluntad de Dios, había estado pensando cómo dejar arreglados los asuntos de gobierno de modo que su muerte no alterase la marcha del Opus Dei. No estaba apegado a la vida, pero rezaba porque, si se producía un fallecimiento tan prematuro, quizá podrían sufrir un desconcierto sus hijas e hijos del Opus Dei[37].
Al cumplirse el primer aniversario de su elección, el 15 de septiembre de 1976, pensaba que solo tenía motivos para pedir perdón a Dios. Comenzó el día con un profundo acto de contrición, por el año transcurrido: «“Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam, et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam” (...). Eso ha sido el resumen de este primer año. No lo he dicho con humildad de garabato; lo siento profundamente dentro de mi corazón: podía y debía haber hecho más, vivir más pendiente de todo, más entregado. Os pido perdón, del mismo modo que también he implorado misericordia a Nuestro Señor»[38].
En esas mismas fechas, en una carta al Consiliario de Argentina, rogaba oraciones porque se veía necesitado de la ayuda de Dios: «¡Un año! A esa edad, hay que llevar a los niños de la mano, para que no se caigan, y yo debo mantenerme, con vuestra ayuda, bien derecho, porque necesito ser para todas mis hijas y para todos mis hijos luz, fuerza, pastor: apuntaladme, por lo tanto, por piedad filial, con la oración y con la mortificación, con vuestra labor apostólica constante y alegre»[39]. La víspera del segundo aniversario escribía una reflexión similar: «Y que recéis mucho por mí: mañana cumplo dos años, y necesito de las oraciones de todos mis hijos, para no caer como un pequeñuelo de esa edad: tengo la obligación de estar bien derecho: ¿me ayudaréis un poquito más?»[40].
 
 
3. Las tertulias de catequesis
 
Uno de los medios para impartir formación ascética y doctrinal empleados por san Josemaría fue lo que él denominaba “tertulias”. Según el Diccionario de la Lengua Española, el primer significado de este vocablo es «reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o recrearse»: y esto es lo que hacía el Fundador. Se trataba de coloquios en tono familiar, espontáneo, sobre cuestiones relativas a la Persona de Cristo, a la doctrina y a la moral cristiana, al espíritu o a la historia del Opus Dei, donde respondía a las preguntas espontáneas formuladas por los asistentes. Durante los últimos años de su vida se sirvió aún más de esta manera de comunicar, aparentemente sencilla, para transmitir los principales aspectos de la doctrina católica ante multitudes de personas de toda clase y condición, durante sus viajes de catequesis por la península ibérica y por los países de América.
Cuando don Álvaro fue elegido como su sucesor, los miembros del Consejo General le sugirieron la oportunidad de mantener esa tradición, concretamente con los varios millares de estudiantes que cada año llegaban a Roma durante la Semana Santa, para formarse cristianamente y vivir esos días junto al Papa. En un primer momento dudó. No se sentía con condiciones, su carácter era menos expansivo que el de san Josemaría, y carecía de sus extraordinarias cualidades oratorias. Pero enseguida recapacitó, y señaló: “non recuso laborem”. Como las tertulias se realizaban con un fin apostólico, el Espíritu Santo proveería; de hecho eso fue lo que sucedió, y de esas reuniones se siguieron abundantes frutos espirituales[41].
Mons. Echevarría explica que don Álvaro «aseguraba que estaba dotado de poca facilidad de palabra, pero que desde que asumió la carga de dirigir la Obra se encontraba con la necesidad de tener que hablar a muchas personas. Y añadía: “La labor no la haré yo, será el Espíritu Santo quien trabaje en las almas”»[42]. Lo recalcó a menudo: «Vamos a tener un rato de conversación. Lo importante no es lo que os pueda yo decir, sino lo que el Espíritu Santo haga oír a cada uno en el secreto del corazón. Porque el Santificador actúa, si le dejamos, y con su acción transforma nuestras almas. (...) Nos estimula a ser cristianos más auténticos y, como cristianos auténticos, a que amemos más a Cristo, a María y al Papa»[43].
En una de esas ocasiones, tras reunirse con mucha gente, Mons. Javier Echevarría le escuchó comentar en voz baja: “Yo no sé hacer las cosas, yo no sé hablar. Dios suplirá”[44]. Y, ciertamente, era así: después de esos encuentros con grupos numerosos, a veces verdaderas multitudes, las personas se sentían impulsadas a mejorar su vida, a luchar más, porque les transmitía paz y aliento. Como había sucedido con el Fundador, el Señor se servía de esas charlas para suscitar conversiones, llamadas a una mayor fidelidad, decisiones de mejora en la vida cristiana. Al cabo de los años, se contarían por muchos miles los hombres y mujeres que le escucharon hablar de Dios de ese modo tan familiar.
Sus primeras reuniones multitudinarias fuera de Roma tuvieron lugar durante un viaje a España, del 11 al 20 de junio de 1976. Empezó por Pamplona, donde rindió homenaje a la figura del Fundador del Opus Dei en un solemne acto académico, en la Universidad de Navarra. Luego se trasladó a Madrid, para encontrarse con gentes procedentes de toda España[45]. Además de tratar cuestiones de carácter doctrinal y ascético, rememoró numerosos episodios de la vida de san Josemaría, algunos de ellos desconocidos por buena parte de los asistentes[46].
 
 
4. El primer Año mariano
 
En 1970, durante su novena de oración por la Iglesia, por el Papa y por el Opus Dei ante la Virgen de Guadalupe, en México DF, san Josemaría había prometido colocar un mosaico de la milagrosa imagen mexicana en el Santuario de Torreciudad, y acudir personalmente para besarlo en cuanto estuviese terminado. En la “Villa” Guadalupana el Fundador precisó que, si moría antes de poder inaugurarlo, lo besaría en su lugar el más antiguo en la Obra entre los que fueron testigos de esa promesa[47]. Por eso, el 28 de junio de 1977, una vez ultimado el mosaico en una de las capillas de Torreciudad, correspondió a don Álvaro bendecir y besar la imagen, siguiendo su ejemplo también en el amor a Nuestra Señora[48].
El 9 de enero de 1978 escribió otra larga carta pastoral a los fieles del Opus Dei, estimulándoles a prepararse para el 50º aniversario de la fundación de la Obra, que se cumpliría el 2 de octubre de ese año. Para disponerse del mejor modo posible, pensó en acudir con mayor devoción a la Virgen cada día; y propuso a sus hijas e hijos que vivieran esos meses como un Año mariano: «No haremos nada raro ni clamoroso: vamos sencillamente, como buenos hijos, a meter más a la Virgen en todo y para todo. Pondremos los ojos —la mente y el corazón— en María Santísima, para aprender a vivir, como nos decía nuestro Padre, “según la Sabiduría celestial”; y así nos convertiremos en almas capaces de agradecer y capaces de reparar»[49].
Un año de acción de gracias —a través de la Virgen— y de compunción, en el que esperaba un gran impulso para la vida espiritual y la labor apostólica en el mundo entero[50]. Como modo concreto de manifestar su amor y confianza en la Madre de Dios, se propuso realizar numerosas visitas y peregrinaciones a iglesias y santuarios marianos de Europa.
En los meses sucesivos, acudió a rezar el rosario completo a distintas basílicas e iglesias de la Urbe. Solo en el primer trimestre de 1978 visitó más de veinticinco. Además, aquel año viajó a bastantes santuarios italianos: Loreto, Pompeya, el Divino Amore, la Mentorella, la Madonna del Buon Consiglio de Genazzano, etc.[51], y a los principales focos de devoción mariana de España, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Holanda, Bélgica...
En el mes de mayo, por ejemplo, se desplazó a Suiza —donde fue tres veces al Santuario de Einsiedeln— y a Portugal, para postrarse ante la Virgen de Fátima; pasó después a España, y rezó en La Almudena (Madrid), Sonsoles (Ávila) y los Desamparados (Valencia). Durante el verano estuvo en Torreciudad y Lourdes. Del 30 de octubre al 17 de noviembre, efectuó un largo periplo en automóvil, y honró a la Virgen en varios lugares de Europa a la vez que estimulaba a la santidad y al apostolado a millares de personas. Ante la Madre de Dios pedía por la Iglesia y por el Papa, así como por el Opus Dei. La lista de esos santuarios es larga[52], pues a veces visitaba dos en el mismo día —uno por la mañana y otro por la tarde—, rezando cada vez el rosario con sus acompañantes[53].
 
 
5. Solidaridad con Pablo VI
 
Durante el último periodo de pontificado, Pablo VI se vio particularmente afligido por el “caso Lefèbvre”, el obispo francés fundador de la “Fraternidad sacerdotal San Pío X”, suspendido a divinis el 22 de julio de 1976, por conferir la ordenación sacerdotal a un grupo de jóvenes en Ecône (Suiza), en abierta desobediencia a cuanto le había sido indicado por la Santa Sede.
Aquel suceso, como todo lo que suponía una herida para la Esposa de Cristo, hizo sufrir mucho a don Álvaro. En aquel momento, se encontraba en España. Salvador Bernal, que estaba a su lado cuando recibió la noticia a través de la televisión, ha escrito que «se llevó un buen disgusto, y nos insistió en rezar mucho por la Iglesia. Aquella noche se le veía francamente preocupado»[54]. A la mañana siguiente, puso un telegrama al Secretario de Estado, Cardenal Villot, pidiéndole que manifestara al Papa la unión de la Obra con su augusta persona y le ofreciera la oración de todos, en aquellos momentos tan difíciles.
A los pocos días, escribió una carta a Pablo VI, en la que reiteraba «nuestra firmísima unión, en la doctrina y en la obediencia, a la Cátedra de Pedro, y nuestra afectuosa y leal solidaridad a Vuestra amadísima Persona». Añadía que había rogado a todos los fieles del Opus Dei «que ofrezcan al Señor, en estas circunstancias tan amargas, muchas oraciones y sacrificios por la Persona y por las intenciones del Romano Pontífice, además de las oraciones, que son al menos tres cada día, prescritas por nuestro Fundador; y les he recordado —aunque no había necesidad, pero para empujarles aún más a ser generosos— que la unión con Nuestro Señor Jesucristo pasa siempre y de modo necesario, aquí en la tierra, a través de Aquel que, por Él escogido y Eius vicem gerens, es para todos el ostium ovium y el Bonus pastor»[55].
Buscaba modos tangibles, filiales, para que Pablo VI sintiera el afecto y el apoyo de sus hijas e hijos del Opus Dei. Cuando el Papa cumplió los ochenta años (el 26 de septiembre de 1977), le mandó un ejemplar de la edición príncipe de Camino, acompañado de una afectuosa carta[56]. En la misiva, don Álvaro volvía a expresarle los sentimientos de unidad con la Sede Apostólica, ya manifestados durante el affaire Lefèbvre.
El día 20 de marzo de 1978, Lunes Santo, don Álvaro recibió en Roma a varios miles de estudiantes de todo el mundo, venidos a la Ciudad Eterna para la Semana Santa y para participar en un encuentro organizado por el Istituto per la Cooperazione Universitaria. El Santo Padre estaba enfermo y, por ese motivo, no podría tener la acostumbrada Audiencia de los miércoles, aunque la sala de prensa Vaticana había anunciado que impartiría la bendición desde la ventana de su apartamento a los fieles que acudieran ese día a la Plaza de San Pedro. En aquella tertulia, don Álvaro indicó a los universitarios: «Yo os pido, por amor de Dios, que no faltéis. Como participan en el congreso unas cuatro mil quinientas personas, se notará toda esa juventud vuestra, y el Santo Padre se llevará una alegría»[57]. Y tres días después, el Jueves Santo, comentó: «Ayer recibí una gran alegría. Vi por televisión al Papa, cuando se asomó a la ventana, y escuché las palabras que os dirigió y vuestro aplauso lleno de cariño filial. Seguid rezando por el Padre común de los cristianos»[58].
El 19 de junio de 1978, Pablo VI volvió a conceder una audiencia a don Álvaro. Así la describió después a unos miembros de la Obra. «Fue un encuentro muy amable. El Santo Padre tuvo la delicadeza de fijar la audiencia para una fecha en que sólo recibía a dos personas, y yo fui el segundo, para poder disponer de más tiempo. Efectivamente, permanecí con el Papa cerca de una hora. Ya sabéis que es costumbre no contar nada de estas conversaciones con el Romano Pontífice, pero algo sí os puedo comentar, porque le pedí permiso expresamente. Por ejemplo, al recordarle que, en la audiencia anterior, había afirmado que nuestro Padre era una de las personas que más carismas había recibido en toda la historia de la Iglesia, el Papa me contestó que durante años había hecho la oración con Camino y con otros escritos de nuestro Fundador, y que le ayudaron mucho. También me contó que, al conocer a nuestro Padre —por el año cuarenta y seis—, enseguida se dio cuenta —repito la palabra italiana que empleó el Papa— de la straordinarietà de la figura de Monseñor Escrivá de Balaguer; es decir, que se trataba de una persona extraordinaria, y que, además, la Obra era para él una muestra evidente de la santidad de nuestro Fundador. Todo dicho con mucho cariño. Me insistió en que nos mantuviéramos muy fieles al espíritu de nuestro Padre, porque así seremos fieles a la Iglesia»[59].
Don Álvaro volvió muy contento de esa audiencia, pero también conmovido, al ver el deteriorado estado de salud de Pablo VI. Volvió a insistir en que había que rezar mucho por él, para que el Señor le diera la fortaleza que necesitaba para guiar la Iglesia en esos momentos[60]. El Romano Pontífice le había rogado que, al volver a Villa Tevere, fuera en su nombre a rezar ante la tumba de san Josemaría, para pedir por la Iglesia y por el Papa[61]. Como don Álvaro le respondió con prontitud que lo haría nada más llegar, Pablo VI le replicó con cariño: —Ma no: dovrà prima pranzare, lo faccia in giornata (No; antes debe almorzar; hágalo en otro momento del día). Don Álvaro cumplió el encargo esa tarde.
A finales de mes, salió de Roma para descansar “cambiando de ocupación”. Acudió a una casa de retiros en Asturias (España), con la intención de dedicar muchas horas a la preparación del futuro proceso de beatificación del Fundador de la Obra[62]. El 6 de agosto recibió la noticia de la muerte de Pablo VI. Enseguida, rezó un responso y llamó a Roma para informarse mejor e indicar que recordasen cuanto antes a todos que ofrecieran sufragios. Decidió regresar a la Ciudad Eterna el día 10, pero antes peregrinó al santuario mariano de Covadonga para rezar por el Papa y por el sucesor[63]. El 11 fue a rezar a la basílica de San Pedro, ante los restos mortales de Pablo VI[64]. Desde el primer momento, y durante todo el periodo de sede vacante, suplicó intensamente a Dios por el futuro sucesor, fuera quien fuera.
Pocos días antes del cónclave, en una charla de formación a los que vivían en el centro del Consejo General, habló de la situación de la Iglesia y de la necesidad de rezar incansablemente por la persona a quien el Espíritu Santo elegiría para ser su Cabeza. En el cónclave —les decía— intervienen los hombres, pero “lo termina el Espíritu Santo”. Proseguía invitándoles a pedir a Dios que concediera a su Iglesia un Romano Pontífice a la medida del Corazón de Cristo, y que le asistieran unos colaboradores que le tuvieran siempre bien informado, para que pudiese tomar las oportunas medidas de gobierno. El demonio “se revolverá” contra la Iglesia y contra el Papa; y si el Romano Pontífice quiere cumplir su misión con entera fidelidad, “habrá de ser mártir desde el primer momento”, como señaló tantas veces san Josemaría. Había que pedir al Señor, concluía don Álvaro, “un Papa que esté atado a la Cruz, que no tenga miedo a nada ni a nadie”[65].
Durante las jornadas previas al cónclave, se entrevistó con cardenales de diversos países, que deseaban hablar con él. Con un tono sobrenatural, trató con ellos de la situación de la Iglesia y de la necesidad de pedir al Espíritu Santo que iluminara a los electores[66]. Entre otros, estuvo almorzando, en días distintos, con los cardenales Albino Luciani y Karol Wojtyla[67].
El Cardenal Wojtyla había visitado Villa Tevere por primera vez el 5 de noviembre de 1977, y en aquella ocasión estuvo unos momentos rezando ante la tumba de san Josemaría. Don Álvaro quedó impresionado entonces por la personalidad del Arzobispo de Cracovia, que le había sido presentado durante el Concilio Vaticano II por Mons. Deskur, amigo de ambos[68]. El 16 de agosto de 1978 acudió de nuevo a la sede central del Opus Dei. Mientras realizaban una Visita al Santísimo Sacramento en el oratorio de la Santísima Trinidad, ocurrió un pequeño sucedido que edificó a los presentes. El Cardenal Wojtyla se arrodilló en el reclinatorio que le indicaron, y don Álvaro le explicó que se trataba de una reliquia, pues lo habían utilizado Pío VII y san Pío X, además de san Josemaría. Entonces, el Cardenal lo besó y, «por humildad, porque dijo que era para los Papas»[69], se arrodilló sobre el suelo para continuar rezando[70].
 
 
6. Juan Pablo I
 
Al día siguiente, el invitado a comer en Villa Tevere fue el Patriarca de Venecia, Cardenal Albino Luciani. Semanas antes, había publicado un artículo profundo sobre el Fundador del Opus Dei en Il Gazzettino, un diario de Venecia[71]. Era la segunda vez que don Álvaro lo invitaba. Recuerda Rosalía López que, en la anterior ocasión —el 9 de octubre de 1977—, don Álvaro les dijo a Blanca Fontán y a ella: “Hijas mías, rezad mucho por este cardenal, que es muy bueno. ¡Qué buen Papa sería!”[72].
Mons. Echevarría señala que, en esta segunda ocasión, el Cardenal Luciani causó a los presentes una profunda impresión, tanto por su agudeza, como por su humildad y espíritu sacerdotal. La conversación discurrió llena de sentido sobrenatural, de buen humor y cordialidad por parte del cardenal, a pesar de que sufría un fuerte dolor de muelas, que disimuló con elegancia —es decir, con fortaleza y caridad— para no preocupar a sus anfitriones. Cuando don Álvaro lo supo, quedó removido[73].
También el Patriarca de Venecia hizo una Visita al Santísimo Sacramento en el oratorio de la Santísima Trinidad, y usó el reclinatorio que había pertenecido a su santo predecesor, el Cardenal Giuseppe Sarto. Don Álvaro contó después lo que sucedió en aquellos momentos: «Le invité a arrodillarse en el reclinatorio de Pío VII —elegido Papa en Venecia— y que luego adquirió San Pío X, antecesor suyo [del Cardenal Luciani] en aquella sede patriarcal. Mientras se arrodillaba, añadí: “che questo sia un augurio”. Estuvo arrodillado bastante rato, y al final besó con devoción el reclinatorio, varias veces»[74]. Debió de sonreír el interesado, que —según había comentado durante el almuerzo— se hallaba tranquilo, porque “estaba seguro de que no resultaría elegido Papa”[75]. Después, estuvo rezando durante un buen tiempo ante la tumba de san Josemaría.
El mismo día que comenzó el cónclave, don Álvaro acudió a un santuario mariano en los Castelli Romani, para rogar por el próximo Papa[76]. A la mañana siguiente, sábado 26, le propusieron salir de nuevo, pero prefirió quedarse en casa, porque pensaba que esa tarde saldría elegido el nuevo Pontífice[77]. En efecto, desde la terraza más alta de Villa Tevere, pudo divisar el humo que salía por la chimenea de la Capilla Sixtina[78]. En cuanto se comprobó que se trataba de la fumata blanca, antes de conocer quién había sido escogido y qué nombre llevaría, se postró de rodillas para repetir con fe y con filial cariño la oración: “Oremus pro beatissimo Papa nostro”, que repitió tres veces[79]. Luego reiteró esta plegaria con sus hijas y, más tarde. con sus hijos[80].
Al día siguiente, envió un telegrama de felicitación a Juan Pablo I, asegurándole la filial y ferviente adhesión y las oraciones de todos los hombres y mujeres del Opus Dei[81]. Repitió las mismas ideas en una carta que le envió pocos días después[82].
Don Álvaro estaba muy contento. Confió a un grupo de hijas suyas «que todos los cardenales con los que había hablado en las semanas anteriores al cónclave, le habían dicho que a la Iglesia le hacía mucha falta que el Papa fuese muy espiritual»[83]. Y añadió que, ciertamente, así era el Cardenal Luciani: «muy bueno, muy humilde, y además, muy buen teólogo; por otra parte, había sido durante muchos años catequista; por eso explicaba muy bien las cosas y con ejemplos»[84]. Concluyó animándolas a pedir al Señor el don de fortaleza para el Papa; aunque, sin duda, ya lo tenía, porque en Venecia así lo había demostrado[85].
La elección le llenó de esperanza. Así lo manifestaba a don Antonio Rodilla, un sacerdote que había sido amigo fraterno de san Josemaría, y al que el mismo don Álvaro trataba con absoluta confianza: «Mucho recé e hice rezar por el nuevo Papa, poniendo como intercesor a nuestro Padre que, desde hace años, le encomendaba ya con tanta intensidad. Ahora sigo pidiendo por la enorme labor que el Señor le ha confiado; y por sus colaboradores, para que todos sean leales a la Santa Iglesia. Y, por qué no decírselo, estoy lleno de esperanza mientras ruego a Dios, por mediación de la Santísima Virgen, que ponga fin —¡cuánto antes!— a estos años de dura prueba»[86].
También era motivo de gozo, añadía en la carta a Mons. Rodilla, el hecho de que el nuevo Papa, además de aprecio por el Opus Dei, mostraba que había calado profundamente en su espiritualidad: «Le dará alegría saber que Juan Pablo I siente un gran afecto por la Obra y que, aunque no trató personalmente a nuestro Padre, le ha conocido muy bien a través de sus escritos»[87].
Lo repetirá en varias ocasiones en los meses sucesivos, asegurando que Juan Pablo I «tenía tanto cariño a la Obra»[88], que «había entendido muy bien el espíritu del Opus Dei y sentía una gran veneración por nuestro Fundador»[89]. Ya a los pocos días de ser elegido, el Pontífice le había hecho saber que deseaba recibirle y manifestar públicamente su afecto por la Obra[90], con ocasión de las próximas bodas de oro[91].
Pero, cuando aún no había transcurrido siquiera un mes desde la elección, el 29 de septiembre falleció Juan Pablo I. Era la fiesta de los Arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Don Álvaro recibió la noticia mientras estaba predicando una meditación a sus hijos del Consejo General, antes de comenzar a celebrar la Misa. Fue un golpe duro. Inmediatamente, con un dolor hondo, manifiesto en la voz y en el semblante, cambió el sesgo de sus palabras, invitando a quienes le escuchaban a rezar, con toda la Iglesia, por el Papa difunto y a pedir con fe por su Sucesor. Aceptando rendidamente la Voluntad divina, aunque humanamente costase entenderla[92]. Mons. Paulino Busca recuerda unos momentos que pasó con don Álvaro aquel día, porque fue, para él, «una de las poquísimas ocasiones en que he visto los ojos del Padre enrojecidos: prueba patente de que había llorado. En pie, nos dijo, entre otras cosas: “He celebrado la Misa por el alma del Papa. Rezad por él, aunque se habrá ido derecho al Cielo, porque era un santo”»[93].
Ese mismo día, envió al Cardenal Camarlengo un telegrama de pésame[94], y acudió a la Sala Clementina para rezar ante los restos de Juan Pablo I[95]. Enseguida, redactó una carta dirigida a los fieles del Opus Dei en la que, después de pedir sufragios por el Pontífice difunto, les instaba a rezar mucho por el que había de sucederle y por la Iglesia[96]. Entre otras cosas, escribía: «Los designios de Dios son inescrutables. Acabábamos de experimentar la acción viva del Espíritu Santo en su Iglesia, con ocasión del reciente cónclave. Recibimos, admirados y agradecidos, la elección del nuevo Papa, como un gran don de Dios para la Iglesia. Luego hemos visto cómo en pocas semanas el Santo Padre, Juan Pablo I, ha conquistado la simpatía del mundo entero, con su espontánea sonrisa y con su mirada limpia y humilde; cómo ha provocado una gran sacudida espiritual por toda la tierra, con su palabra llena de doctrina y de amor de Dios»[97]. Tras invitarles a tener visión sobrenatural, y a entender con la lógica de la Cruz el dolor que atravesaba la Iglesia, inexplicable para la inteligencia humana, les pedía que rezasen «para que el Espíritu Santo nos dé el Papa según el Corazón de Jesucristo, que sea el instrumento mejor en las Manos de Dios para que el Señor ponga el punto final a la prueba durísima que atraviesa la Iglesia»[98].
La celebración de los cincuenta años del Opus Dei, el 2 de octubre de 1978, con tanta ilusión preparada durante el Año mariano, estuvo empañada por este luto. La acción de gracias se mezclaba con la pena por la muerte del Papa, y con la oración intensa por la Iglesia[99]. Como escribía al Nuncio en España, agradeciéndole su telegrama con ocasión de las Bodas de oro, don Álvaro vivió el aniversario «dando gracias al Señor —y a nuestro Fundador, que ha sido un instrumento fidelísimo en sus manos— por los innumerables beneficios recibidos de su misericordia en estos primeros cincuenta años de vida del Opus Dei (...); con un profundo dolor por la repentina desaparición del Santo Padre, y orando por el alma de Juan Pablo I, y por su sucesor a quien puedo decir que amo ya con todas mis fuerzas»[100].
 
 
7. Elección y primeros meses de pontificado de Juan Pablo II
 
Se convocó el nuevo cónclave para el 14 de octubre. Una vez más, solicitó oraciones a sus hijos: si habían rezado mucho por el anterior, tenían que hacerlo aún más con el próximo. Se lo escribía también al Cardenal Franz König, Arzobispo de Viena: «Estoy muy unido a sus oraciones, en estos difíciles e importantísimos momentos de la vida de la Iglesia: ¡cuánto rezo y hago rezar por el Sagrado Colegio [de Cardenales], para que elija un Papa lleno de vida interior, de prudencia y de fortaleza sobrenaturales, que hacen tanta falta ahora!»[101].
Acudía a la intercesión del Papa Luciani, convencido de que Dios lo tenía en su gloria[102], e hizo varias peregrinaciones a santuarios marianos para rezar por el futuro Papa[103]. Entre otros, acudió a la Madonna del Buon Consiglio, en Genazzano, cerca de Roma. Días más tarde, hizo llegar al Cardenal Wojtyla una estampa de esa advocación, tan adecuada para las circunstancias en que se encontraban. El futuro Papa la miró, la besó y se la metió en el bolsillo[104].
Cuando, el 16 de octubre por la tarde, apareció la fumata blanca en la chimenea de la Capilla Sixtina, don Álvaro volvió a arrodillarse y a repetir por tres veces la oración Oremus pro beatissimo Papa nostro..., sin conocer todavía el nombre del nuevo pontífice[105]. A través de la televisión, recibió con inmensa alegría la primera bendición de Juan Pablo II, y fue enseguida a estar con sus hijas para rezar con ellas y compartir su gozo. Se le veía visiblemente contento y conmovido, y las invitó a dar gracias a Dios. Añadió que el nuevo Pontífice amaba mucho a la Virgen y quería mucho a la Obra; les insistió en que rezasen mucho por el Papa, y por los que tenían que ayudarle en el gobierno de la Iglesia: que no le dejaran solo[106].
Como he señalado, Karol Wojtyla y Álvaro del Portillo habían tenido pocas oportunidades de tratarse hasta ese momento. Pero se había establecido una estima recíproca. La común amistad con Mons. Deskur iba a ofrecer una ocasión de estrechar esos lazos, transformados ahora, por parte de don Álvaro, en veneración filial por el Papa.
Al día siguiente de la elección de Juan Pablo II, don Álvaro fue al Policlínico Gemelli para visitar a Mons. Deskur, que se encontraba grave a consecuencia de un ictus cerebral. Cuál no sería su sorpresa cuando, al dejar la habitación del enfermo, supo que estaba a punto de llegar el Papa y, por tanto, nadie podía entrar o salir del hospital. Por indicación de los encargados de la seguridad, tuvo que permanecer en un rincón de la planta, junto a Mons. Echevarría y Mons. Alonso, que le acompañaban. Su asombro fue mayor cuando Juan Pablo II, al abandonar el cuarto de Mons. Deskur, lo vio y se dirigió hacia él para darle un abrazo[107]. Don Álvaro no cabía en sí de gozo, por esa manifestación de afecto del Papa[108].
El 19 de octubre, quiso pagar con oración el cariño del Pontífice y acudió en peregrinació