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Título de la edición original:
über Christa T.
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LO V .....:.
{>-.::::,(, 111 t, =r
Traducción de:
il:f arfa N olla
Primer[( edición, 1972

FILO S C:· o:.-r, ... ,
Y_
1
1
© de le edición original: MITTELDEUTSCHE:R
VERLAG- Halle, 1968 / Con licencia de la autora
© de los derechos en lengua castellana y de la traducción
española:
BARRAL EDITORES, S. A. - Barcelona, 1971
Depós1to Legal: P. .l ·:'
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Was ist das:
Dieses Zu-sich-selber-Kommen des Menschen?
Johannes R. Bccher
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Christa T. ·es una figura literaria. Ciertas citas de diarios,
·bos-quejos y. cartas son auténticos. ·
No me he visto obligada a ser fiel en los detalles. Los per-
sonajes secundarios y las situaciones son imaginarios. Cualquier·
similitud con personas y hechos es pura coincidencia.
c. w.
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Refi.exionar, volver a pensar en ella. Intentar ser uno mis-
mo. Así está escrito en los diarios que conservamos de e1la
1
en
las páginr..s sueltas de los manuscritos encontrados, en las en-
trelíneas de 1as cartas que conoZco. Las que me han enseñado
a olvidar su recuerdo; el Christa T. El sabor de este re-
cuerdo provoca errores.
Entonces, ¿tenemos que darla por perdida?
Pues siento que se desvanece. Yace en el cementerio de
su pueblo, debajo de los dos ramos de flores, r.ouerta junto a
los muertos. ¿Qué se le ha perdido alli? Un metro cie tierra
sobre ella, después, el cielo de MecklellQ..wgo, el clamor de las
alondras en primavera, las torrríeñt'a'-.s de- verano, los temporales
de otoño, la nieve. Se desvanece. Ningún oido para escuchar
lamenlos, ningún ojo para ver lágrimas, ninguna boca para ha-
cer reproches. Inútilmente quedan atrás lamentos, lágrimas, re-
proches y nosotros, definitiv::!!:1ente buscarnc:::
suelo en el olvido, llamado memoria.
No obstante, afirmamos solemnemente que no se la debe-
ría rescatar del olvidü. Aquí C')mienzan lo> subterfugios: ten-
dríalnüs que olvidarla. Pues ella, naturalmente, se olvida a se
ha olvidado de sí misma, de nosotros, la tierra, de la lluvia
y de la nieve. Yo, sin embargo, aún la veo. Aún peor: dispon-
go de ella. Puedo evocda con toda facilidad, casi mejor que
a un vivo. Se muevr cuando quiero. Corre ante mí sin esfuer-
zo; sí, ésos son sus largos pasos; sf, éste su bamboleante modo
de andar, y ahí está también, prueba suficiente, su gum pe-lota
t0}a y bianca, y v11 corrienclo eP pm; de pe:· :.t J"
\_1ue no es ninguna voz faittasmal: no hay ducb, es cJlal
9
Christa T. Conjurando, venciendo mi recelo, digo incluso su
'i!, nombre, y estoy completamente segura que es ella. Pero
-' lo sé: un filme de sombras se proyecta con la verdadera luz de
las ciudades, los paisajes, las Sospechoso, sospe- f
choso, ¿qué es lo que me produce este miedo?
1
__ Es un miedo nuevo. Como si ella fuera a morir otra vez,
o como si yo fuera a perder algo importante. Por primera
vez me doy cuenta de que la imagen que tengo de ella no ha
variado desde hace mucho tiempo y que tai vez ya no haya
que· esperar ningún cambio. Ninguna cosa en este mundo la
hará encanecer 2l contrario de lo que a mi me pasa. No apare-
cerán nuevas arrugas en sus ojos. Ella, la más vieja, ahora tan
jOven:
··- Ahüralo sé:-esto es la despedida. Aún da vueltas, ronronea
servicial, pero ya no hay nada que proyectar, y de un tirón
salta hacia el final del filme, da algunas vueltas, otra vez, hacia
el aparato, cuelga, se mueve ligeramente con el suave viento
continuo. Sí, el miedo .
. Casi muere realmente. Pero debe quedarse. Éste es el mo·
n¡.ento de seguir pensando en ella, de dejar!• vivir y envejecer,
como todo el mundo. Un dolor indolente y un recuerdo inexac-
to, y conocimientos aproxime.¿os han hecho que desapareciera;
e:; natural.
Abandonarse, apenas ida, ésa era su costumbre. En el úl-
tim0 instante, uno advierte que debe dirigir su trabajo ha·
cia ella.
Naturalmente, en esto hay cierta coacci6n. Obligar, ¿a
quién?, ¿a ¿a qué?, ¿a quedarse? Pero dijimos que
auandonar!amos los rodeos.
No: que se dé· a conocer.
Y desde luego sin pretender que lo hacemos por ella. De
una vez por todas· no nos necesita. Entonces, insistamos en
que lo hacemos por nosotros, pues parece que la necesitamos.
Eu mi última carta -sabía que era la última y no había
aprendido a escribir últimas carta::- no se IJ1e ocurrió otra
cCJsa que echarle en cara QUP quísierr f) tuviern que irse. S{.-
gurame¡,te bu"cab.-;. un cvntra st: :::ltjamíento. Le hic-.:
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algún reproche sobre aquel momento que yo siempre O.."ú"<ideré
el principio de nuestra relación. Cómo :Primer
trd. No sé si ella supo notar ese momento, ni .:;::-:aan-
do entré en su vida. Nunca hemos hablado de eso.

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Fue el día en que la vi tocar la trompeta. Sin embargo, ya
hacía meses que estaba en nuestra d2se. Conocía de memoria
sus largas piernas y su modo de andar y su cola de caballo,
corta y y su voz oscura y un poco áspera y su Jiger:::,
susurro.
No puedo expresar de otra forma todo lo visto y oído p·o!
primera vez la mañana en que apareció entre nosotros. Estab¡::¡
sentada en la última fila y no mostraba ningún entusias1no
por conocernos. Nunca mostró entusiasmo. Estaba en su banco
y miraba a la profesora del mismo modo, desapasionadamente,
sin calor, si es que uno puede imaginarse algo parecido. Su
mirada no era rebelde. Aunque podía dar esa impresión en
medio de todas esas miradas DEVOTAS a las que nuestra maes-
tra nos l.1abía acostumbrado. Hoy pienso que nuestra devocién
era su razón de ser.
Al fin fue bienvenida a nuestra comunidad. ¿C6mo se llar. a
la nueva? No se levantó. Con voz áspera, ligeramente susurmn-
te, dijo su nombre: Christa T. ¿Era posible?, ¿había fruncido
el ceño cuando nuestra profesora la rute6? En menos ele 1m
minuto la enviaría a su armado. ¿De dónde venía, pues, k
nueva? ¡A].:, ¿ni de la zona bombardeada del Ruhr, ni del
destruido Berlín? Eichholz -¡Dios mío!-. En Friedeburgo,
Zechow, Zantoch, Zanzin, Friedeburgo, nosotras -treinta na-
turales de estos lugares, recorrimos mentalmente la ruta deJ
tranvía eléctrico. Indjgnadas, se entíende. Sale de una escucl8
a tan sólo cincuenta ldlómetros de aquí, y encima eu
mirada. Sí se tienen de sí un par de docen;.ls ele chinE::-
n.::+--:
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;um, r1 i:' ,_:;tchi,ln , l<ra.

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íürstcndamm ... Pero no, pinos y retamas y brezos, el mismo
olor a verano que todas nosotras conocíamos de sobra, y esa
en la nariz para toda nuestra vida, mandíbulas an-
y piel oscura, ¿y encima ese comportamiento? i
¿Qué podíamos pensar de todo esto? ·
Nada, nada, yo no pensaba absolutamente nada, sino que
miraba aburrida a través de la ventana, a fin de que me VIERA
todc que quisiera saber algo de mí. Miraba cómo la pro-
fesora de gimnasia marcaba con las banderitas su eterno campo
de «balón prisionero». Eso me gustaba más que observar cómo
la nueva eludfa a nuestra profesora; cómo divagaba; cómo con-
vertía el interrogatorio en una conversación y cómo, además,
determinaba lo que se debía decir. No podía dar crédito a mis
oídas: el bosque. Allá abajo el juego se interrumpió, entonces
volví la cabeza y miré tímidamente a la nueva que se negaba
a nombrar una asignatura favorita. Lo que sin duUa prefería
era ir al bosque. Entonces se oyó la voz de la profesora clau·
dicando, aún flo damos esa asignatura.
Un sentimiento de traición. Pero, ¿quién traicionaba, quién
era traicionado?
Naturalmente, la clase como de costumbre acogería amis-
, tosamente a la nueva, a Christa T., la romántica del bosque.
Estiré el ángulo de los labios: no, nada de amistad. Nada
de aceptarla. No hacerle caso.
Me es dífícil decir por qué aún así escuchaba a la nueve.
Bueno, ¿y qué?. decía yo después de cada frase, pero primero
escuchaba la frase. Que era un año mayor que nosotras, pues
venía de una escuela de segunda enseñanza y había tenido que
rept:'tir el curso. Que vivía en la ciudad «en pensión>t y que
iba a su casa a pasar el fin de semana. Bueno, ¿y
qué? Que en su casa la llamaban Krischan. ¿ Krischan? Le pega
muchísimo: Krischan.
Luego la he llamado así casi siempre.
Dicho sea de paso, no pretendía ser INTRODUCIDA. Ni acep-
tada. Ni tener una amistad. No aspiraba :1 naJa. No le..: interc-
s;íbamc-

la ].-.l_,í:_ ':L,Jt "::li·
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tre nosotras. No es «excesivamente)> nmableJ ¿eh? Yo rnirab<O.
al cielo y. decía, ¿y qué?
Condeh<.,do orgullo el de la nueva. Está loca.
Ésta e!'a la verdad: no nos necesitaba. y
qué más godía decirse de ella.
Enton¿es lo supe. Y si no todo, por lG menos lo su:Jden-
te, como más tarde se comprobó.
Las alarmas aéreas eran cada vez más frecuentes, las Tiame.-
clas más lúgubres y débiles; nosotras no notábamos nada, y
entre una cosa y otra entramos en noviembre. Un mes b
más mínima sabiduría, t8illf)QCO nosotras RECIBÍAMOS Jada_
la alarma nos había pillado de sorpresa
1
demasiado tarde pa1a
volver -al cclegio, demasiado pronto para llegar a casa. Eada
tiempo que Jos deberes ni se tenían en cuenta, tampocv salia
el sol; ¿qué se nos babia perdido entre todos los soldados y
las viudas de guerra y los auxiliares de aviación? Y lueg-o el
parque, donde la pradera de los ciervos seguía cercada, coG:lo
siempre, pero sin ciervos, y sin poder patinar alii.
¿Quién había dicho eso? Nadíe. ¿Y qué estábamos mi-
rando? No tiene importancia. Qu1é:--:. no duerme nunca a gusto,
o ve fantasmas o los oye.
La pelicu1a dt Ia tarde, <.:La ciudad dorada», no es
para menores como de costumbre. Entonces hay que rogarle a
Sybille que se arregle el peío y se ponga los zapatos de tacón
de su madre; C:.'!le se pintP aún más rojos :::us rojos labios, pru-a
que en de necesidad parezca que tiene -:lieciocho añcs y
todas nosotras podamo; pasar detrás de ella y la acomodado-
ra. Lr. ll'Jeva quería c:r pabbras de elogio, se las dijimos., la
lisonjeamos) y Chrísta T. estaba con nosotras! per0 podría no
haber estado y nadie se hubiera pe-1·catado.
Entonces comenzó a soplar, o a gritar, no hay palabra ca-
paz de d :ccribirlo. Se lo he recordado, he querido recordárselo
en mi última carta, pero no leyó ninguna otra carta, mu1Jó.
Siempre fue alta y delgada) incluso en Jos últimos años) des-
pués de lns nitlos. Y así rJcl:111!1 nuestro por la calle.
r:d'' ·,·:1 ;¡]riv:' "rí]-..; :nvnir ,, .-fr'Jr1r,·o
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su trompeta, y -los sargentos y los subo:Gciales del disajto
Jitar que en ese. momento precisamente estaban fuera de ser-
vicio, se volvieron para mirarla, y movieran la cabeza. Pues
sí, mira aquélla, la gente está loca. Y alguien me dijo, ves
lo que es capaz de hacer. ·
Y entonces la vi. Sonreí como -::odas, aunque sabia que no
quería sonreír. Al contrario de las :iemás, yo ya había vivido
esta escena. Traté de recordar si alguna vez ella se había com-
portado de esa DHmera delante mío y supe que no. Simple-
mente lo sabía. No es que yo hubiera contado con la trompeta,
mentiría si lo dijera. Pero lo que no se sabe, no se puede ver,
lo sabe todo el mundo, y yo lo había visto. La veo boy, hoy
con más razón. Puedo apreciar el tiem,t>v que ·se necesita y lo
que cuesta desprenderse totalmente de esa tonta sonrisa, son-
do por mi impaciencia de entonces. Nunca, más quise
estar al borde de un parque, ni ante una pradera de ciervos
con vallados, en un día sin sol, y otra persona soltó el grito
que borró todo y que por una décima de segundo se alzó hasta
el cielo. Sentí cómo caía sobre mis espaldas.
¿Cómo lograr que ella se fijose en mí? Éste es el prohlema-
Ftiedeburgo .
Me interesé por la región de Friedeburgo. Por un pueblo
llamado Ecbholz. Por una casa de maestros rurales con un
tejado muy inclinado cubierto de musgo ... Todo ello sigo co-
nociéndolo tan mal como entonces. Cuando hacíamos excursio-
nes, a eatas íbamos más allá de o Altensorge
1
y un
!"'! de veces, el viaje de dos horas a Berlín, al Jardín Zooló-
. gico. Ahí seguía estando el palacio; después dejamos de ir tan
( lejos. ,:\d,g¡ás, ganas, en medio de la
1 Dicl,o.sea de paso, Chtista T., a peoar dé todo, sefi!,e,
una amiga de la que estaba celosa
y que interpretó a Beethoven delante de ella a la noche en el
enarto de música de su casa abandonada de Berlín, a la luz
de la vela, hasta que sonó la alarma. Entonces apagaton la
luz y se acercaron a la ventana. No, no puede aprobcusc esta
manera de llevar cosas al ---xtremn; :d extremo ele un:1 des-
gracia, de l,."!a murrt..:, de 1__:::..a

1 G
J

¡:

·aquel entonces ya no pedía verse, quizás las ruinas, el vc:1de
tejado de ccbre. ror supuesto yo no recuerdo otra cosa.
No es que pretenda acordarme de lo que ella pudiera ha·
berme contado entonces. Sólo que los bosques en la zona de
. Friedeburgo tenían que ser más oscEtos que en cualquier otro
sitio y que"'había más pájaros, por lo visto. O que salen r.Jás
si se los llama con distintos nombres, qué sé yo. Pero este
seda todo.
He olvidado lo que me permitió saber, después de haberle
preguntado expresamente. Pero en realided, sólo después de
su muerte me ha respondido. Sus papeles, contra toda prevc-
sión, me han ilustrado profundamente sobre las certidumbres
y las dudas de su infancia. También me revelaron que no es
malo darse cuenta de las cosas una vez por todas, cuando se
es niño. De modo que cuando uno se va de este país a los
diecisiete años, por ejemplo, ya se ha visto mucho, y para siem·
pre. Y se debe tomar en cuenta si se han de vivir otra
vez todos estos años.
¡Nada parecido me dijo entonces!
De todos modos me permitió saber ciertas cosas. Propor·
donaba informes, cualquiera hubiera podido saber quién hacfa
las preguntas y quién daba las respuestas. Despertában;os en-
vidia, éramos consideradas y sin embargo aún no nos
habíamos dicho ni una sola palabra íntima, Yo había roto 1i-
pida y descuidadamente todo< las otras ataduras y sentí po:r
primera vez, con miedo, que no es bueno ahogar prematma-
mente todos los gritos interiores; ya no podía perder más tiem-
po. Quería participar de una vida que producía esos gritos,
hooohaaahoo, y darme a conocer. La veía ir con otras, habtar
con ellas amistosamente, del mismo modo que venía y habla&.
conmigo. Sentía correr las costosas semanas por los dedos, cre-
cer mi impotencia, algo tenía que lograr y todo lo hacía mal.
Le pregunté -hoy comprendo reabcnte mi falta de habili·
dad-: ¿Le puedes imaginar, pregunté! quién ha colocado
Jlores sobre el pupitre de la Salchicha, la profesota de mate-
No, mintio ,-:::-01110 ;}y• <i ..
!?11C0 cn1_re ucci<.ildu_, ],¡ era
1'
:,',.¡.,,.J
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realmente ésa era la palabra. ¿No tenía ni idea de quién habla
puesto esas flores sobre el pupitre? Hoy sé que fue ella, Chris-
ta T., y que mintió porque no vio ningún motivo confe-
Pues la Salchicha, escribirla años más tarde en su cija-
río había sido la única que no la estorbaba ni la hacía desgfa-
ciada. ¡Qué disparatado todo esto después de tanto tiempo!
Les di una sorpre:::a a las calumniadoras. ¿Por qué no se
daban cuenta de que llegaban demasiado tarde con ses habla-
durías? No me avergonzaba mirarla para ver si ella también
se había dado cuenta. Había comprendido, contestó con una
oscura mirada irónica, que no veía ningún motivo para salirse
' de sus casillas. Se apoyó en la balaustrada de la galería, donde
!: nos desvestíamos, y miró abajo al gimnasio, al lema de la pared
:¿e enfrente -Frisch-Fromm-Frei-Froh
1
-. Se puso su blusa
/blanca, se ató el pañuelo negro y se subió el nudo de cuero
l
. corno todas nosotras, pues se había cometido un atentado con-
tra el Führer, y como signo de nuestra fidelidad ciega hada él,
llevábamos el uniforme. Creía conocerla ya, incluso la llamé, y
ella me contestó indiferente, pero no supe lo que acababa de
pensar o de ver. Me quemaba mi incapacidad de explicarle
• por qué tenía que saberlo a cualquier precio.
Empecé a hacer méritos. Una vez la profesora· pasó de-
lante fllJestro, saludándonos con su voz graveJ a la vez que
nos examinaba de pies a cabez::.
1
de manera tal que una siempre
se preguntaba qué podía haber de incorrecto en su persona, en-
tonces me atreví a preguntarla: ¿No la aguantas? Ahora ya
era claro quién traicionaba aquí, a quién y por qué razón.
Christa T. se volvió a mirar a fmestra profesora, yo también.
Su paso ya no era a saltos, sinO estirado, y las medias zurci-
das en las pantorrillas eran simples y horribles medias zur-
cidas, y no el glorioso sacrificio de una mujer alemana en el
quinto año de guerra en un país con una industria textil em-
pobrecida. Miré asustada a Christa T., como si le tocara a
ella pronunciar el veredicto. Es calculadora, dijo como si cons-
tatara Ún hecho. Me hubiera gustado no haberla escuchado,
Umpi;1-rlevotr.. lihr 1, úJ..¡ nnYi.
¡:--.:
pero sentía que ella veía las cosas como en realidad eraJ;. 't ._
razón. Venía de Dios sabe dónde, pues Eichholz puedl:
paseaba por el patio de nuestro colegio, y
se diferenciaba de las nuestras eri algo extrañamente
bajaba nuestras pocas calles, que terminaban todas en l.p ... r-: _-
se sentaba erff el borde de la fuente que llevaba el ll()Ji_l;; .. ...
nuestra profesora, pues procedía de una de las famiJif:;, -
11
¡
influyentes de la ciudad, metía la mano en el agua y u: .,.... -:.,., ·
/71'-E
con su profunda mirada. y entonces yo no podía ffit-J/,...;, s •. ""
pensar que esta agua quizás no fuera el agL::'. de la yj¿., ...
Marienkirche la obra más grandiosa, ni nuestra ciudad;:,..;·;::
/'-
ciudad del mundo.
Ella no era consciente, lo sé, de estos efectos. Mt..:
la he visto en otras ciudades, con el mismo modo d(: ?:,/_.,Á"'-
con la misma mirada sorprendida. Parecía como si 5t ;J:J';
/pt.;;;_,¡;.
propuesto sentirse ec cualquier parte como en su pxvy;¿:;
y en cualquier parte como una extraña; extraña y amb.t?rr-=
a un mismo tiempo.
Sin embargo, daba pruebas de que no se opotJ4
mente a depender de algo, siempre que fuera ella h <;_.; ,;,
giera. Despreocupada y llena de ironía, me hablaba, con:,:,
de su confianza, del joven profesor que, gravemellte Í#;rj; ""'l
librado del servicio 1uilitar, ayudaba a su padre. Cómv '";,;;
órgano, decía, y yo tenía que imaginar cémo se sent-af4 ..;:e _,-;
bado por la tarde en la nave de la iglesia y cómo él ·f'/::f?:-
para ella; pues no era p!obabL.:: que ella tuera por él eJ ·V/.4 _
go a misa. Me observaba y sonreía aún más
cuando a mí no se me ocurría ninguna 1espuesta,
con puras tonterias como estaba; también «t.n esto»
tajaba y tenía que considerarme forzosamente irúantí
tomar las precauciones necesarias, pude hablar
si entendiese un mínimo de los asuntos que estaban V.:;.'*
ella. Nos apoyamos en la pared del colegio, y la scntifu·, 'f-'1
nuestras espaldas, las carteras a un costado, y con h_ /, -;::,-;-:
de los pies dibujábamos circulas en el pavimento. L
dije sin mirarla., me escribirás, ¿eh, Yrischan?
cf,.

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,: l\1r L]Ué no? Ya \'eremos, Quizás.
Empu6 n cner la nicre E.na y frf:.t. PermJnecimos G:J..: tÍClti:
po nllí, como si tuviéramos que decirnos algo y si yo
supiua pintar1 trasladaría a un lienzo aquella larga pared, en
nosotras dos, muy pequeñas, apoyadas en ella, y detrás el co-
legio Hermann-GOring, grande, nuevo y cuadrado) ligeramente
cubicno por b nieve que iba cayendo poco a poco. :-:o tendría
necesidad de describir la fría luz. Y la ansiedad que sentía se
Jesprcmlcría del cuadto, Pues todo el mundo
poJrin ver el ciclo sobre nosotras sin bri!lo, vacío_. y esto no
quedar sin consecuencias, quisiéramos reconocerlo o no,
Tombién podrfa adivinarse que uno puede perderse fácilr::::entc
baJo semejante cielo, y con esa luz. Y que era inminente el
perdernos: unos a otros y cada uno a sí mismo. De forma que
nno, insensible, dice «yQ)> a un extraño, hasta un momento
en el que este extraño <\Ym> vuelve a mí y se fusiona de
nuevo conmigo. Nos quedaremos sorprendidos, se puede !"re-
decir. Quizás hrcya obligación de repetir ese momento. Quizás
tenga sentido que ella, T., Krischan, esté otra vez _p_·p_
"" sente,
Nevó aún más fuerte, se levantó viento. separamos. Le:
t:scribí, pues su 2ccimoséptimo cumpleaños caía en esas vaca-
ciones. Le brindé sin reservas mi amistad. No esperaba otrJ
cnsa que no fuera su contestación: rr.:cwtras que ''."!.i ciudad,
quL tenía que mantenerse iirrne si ._
1
uería permanecer como era,
era levantada por oJas de refugiados y de uniformados que
también huían, como un barco es 1._-vaf'tac!o por la mtlrca y va
a la fatalrucnte. Yo contemplaba todo este movimiento
y no sabía lo que estaba viendo. Esperaba una ...:arta. LJ""¿;Ó
después del Año Nuevo, con el úlcitno correo del Este, y la
llevé mucho tiempo conmigo, mu .... kilómetros, hasta qt1e;
naturalmente, tambjén la perd!. Al menos poseía esta
aunque la L<ü·t:J, e:1 rca.1id,;d, no contenía ninguna pron:t·: nrn-
gunn ns·c:'i-'Cl ··· :1:1 .céln un Pilr d,· p:tbbn1s íntinl·J·.
dcc::n· i ·· ·. ,,.". : ..

:.:\
1
1
entre nosotras, ahora dudo que haya f'Xistirlo. Per0 ""-r aquellos
momentos me hizo ilusión que me hablara de él.
Durante todo el mes de enero, y mientras nos íbamos f..c.mi-
liarizando cada vez más con loa nombrea de las localida¿2s
los refugiadas nos glitabon desde la calle, la esperanza fue h•-
ciéndose más real en la medida que siempre eran los mismos
rostros de las personas que pasaban, Hasta que un día
voz cansacia gritó desde el tren: ..::<Friedeburgo». Y la espenma
se desvaneció. Yo pertenecía a ese grupo de gente, Probé :u
aún teníamos cinco díns. Luego uno, despuéS
gún día más. Entonces me convertí en uno de ellos, y en p:,cc s
segundos olvidé que desde casa sólida puede mirnse 2. los
que pasan con espanto y compasión.
Christa T. no me olvidó. Me dolía por ella, como ducce
una promesa irreversible e incumplida. Por eso le di, de un
solo tirón doloroso, todo lo que había quedado atrás. No ie
vuelvas) no te vuelvas, que quien se vuelve y sonríe.,.
Pero nosotras no sonreíamos, ni por asomo. Nos ar:o_::í-
bamos a primera zanja y llorábamos, lo cual ya era algo.
La historia de nuestra sonrisa perdida y vuelta a encontrar
más tarde es otra historia.
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• __
,r;
II
O tal vez no. Es curioso cómo todas las historias de GqL· ("-
!la época se relacionan con ella, con Christa T., ¿quién lo lw ..
biera pensado mientras vivía? ¿O es ·que hace falta insistir C":
que su vida continúa hasta el momento actmll para guard::H
relación con todo lo que se convierte en historia, con todo },·,
que permanece informe?
Ella tenía lo que tan sólo podía sospecharse,. una máRic:t.¡
aversión hacia lo informe. Ésta es la prueba, si es que existe
alguna. Cuando realmente se trataba de escapar con un eqn:.
paje bien ligero, retuvo un librito que ahora yo tengo en mis
manos, hojas sueltas ya, encuadernado en seda azul con flore::.
tas, y que decía en la tapa con letra infantil: Me gustaría hac'-J
poesía y también me gustan las historias.
A los diez ai':os, con tono st::guro. Cerrar, la ler-
gua ayuda. ¿Y qué hay que cerrar y contra qué? ¿Tuvo re:1-
mente necesldad de ello en medio de sus certidumbres? ¿E
su s6hda casa en ei pueblo, donde los muchachos hacían eh
vueltas a un planeador J sobre el que habían escrito con
letras negras su nombre? En los bosques oscuros) de pino!l
además, altos como en toda nuestra región. El cie1o más deJ.-
pejado, con nubes verano más blancas que en ningún 1
lugar: también inclujmos esto tácitamente entre las certidu:n
bres. Y naturalmente también Erwin, el hijo del herrero,
anillo fundido descansa en una sección secreta del diario, ::k
Jo cual él no tiene por qué enterarse. Del mismo modo q!J(
uno no puede suponer el abuelo, que hahb t:mto de C<"H:t
rí:1s ele leones, 1w hayn estado mmca en Afric.1: :1
, , nl ,,.( , •·t.. .,,,,., 1 , · ,J,r -i, .; n'" /1 ·. "··
, : ¡1¡ ;1 r
.¿;
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J

«Un canadiense que no conocía la civilización refinada de
los europeos», éste era su verso favorito, y de aquí puede
advertirse qué tipo de hombre era él. En oposici6n a su pa-
dre, el maestro rural T., qüe pinta cu'adros ai óleo y qf:(eJogró
averiguar la verdadera historia del pueblo mediante viejos re-
gistros parroquiales, para descontento, en definitiva, del caPi-
a quien la finca y el cual no veía con tranqui-
lidad que su familia quedase mal en las notas tomadas por
el profesor, ese hombre enfermizo, que no sirve para el ser-
vicio militar, pero que envía a su hija menor, esa especie de
golfillo con nombre de chico, con la chiC[uillería del pueblo
al bosque propiedad de la finca a coger setas, permiso, se
entiende, y al jardín de la finca a los manzanos, de modo que
el alguacil tiene que castigar a la pandilla a «contar pied,.as»
en los campos del señor capitán.
Nacida con estrella - no hija de señor. ¿Quién pudo ha-
bérselo dicho? Más tarde lo escribi6, lo incluy6 sin comen-
tario entre las certidumbres, ella sabía: era verdad; pero hu.
biese resultado inoportuno hablar de ello.
El miedo anle el alguacil es terminante, está tácitamente
reconocido: no hija de señor. Estar en la oscuridad cuando
se prenden fuegos. Arden banderas de color rojo, negro y do-
rado, entonces se tienen .5 años, y la hermana un poco mayor,
llega con la cara pálida de miedo y la arrastra a casa, una la
sigue y espera lo peor, pero únicamente están rotas las venta-
nas en el cuarto de estar, hay corriente, y nadie ha encendido
la luz, esto puede llegar a ser peligroso. Entonces a uno k
gustarfa más que nada aclarar :: los mayores que naturalmente
todo el mundo escapa tan rápido como le es posible cuando
ha tenido el valor suficiente para romper las ventanas de un
sitio cualquiera. Pero se oye que ha sido el ordeñador de la
finca, un adulto, y quo habla gritado <<esclavo social», y que
no había huido, pues se sentía valiente con su nuevo uni-
forme,
Asf es como se recuerdan las llameantes banderas, no por
las llamas, pues en el pueblo se queman ]as cosas con facilidad,
sinr· por b.s caras. Y se esd, los otra vez entre
!.J
j,.
los otros, entonces en la puerta del parque, y los fuegos 5cn
ahora antorchas, y de entre su trémula luz salen del portal los
habitantes de la finca elegantemente vestidas, y el recién
. trenado portador de la venera en medio de ellos. Y una se ale-
gra de estar en la segunda·· fila, oScura en 1a oscuridad, y d. e-
que el joven señor teniente no pueda reconocer a nadie a un-
que quisiera. Pero, ¿cómo iba a querer? ¿Cómo se iba a voh:er:
hacia Krischan, Krischan en sus pantalones cortos y anorakJ
Krischan como única niña en la banda de chicc3, Krischan h3.-
ciendo frente, a las otras de pelo largo: chlcas
no juegan?
1
Kr:::chan en los saltos mortales desde el alero
del tejado ai tonel. Krischan vestido de viejo turco en la :fies:a
de disfraces. Krischan, que también va a !a batida; que ruedJ
con su «mona>> en medio del pueblo en la película fue su
vida>> y rueda) pues no puede frenar. Sitio en ucPna,
que el Raddatz tiene que coger para Hansi Knoteck una ma:l-
zana del árbol con un tiro certero) y al chico que está sentado
en la copa del árbol con un gorro lleno de manzanas, a él no
le ve nadie; pero era Jochan, el joven señor el ca-
ballero Jochan, y se cayó de risa del árbol.
Nacida con estrella. Lo cual no significa: tener fortuna oi
ser mimada por la fortuna. Pues no todas las estrellas hxilJar:
claras y perpetuamente. Se oye hablar de estrellas difíciles, de
luz intermitente, dt.sapareciendo, regresar-:lo, no siempre vhl-
bles. Pero no se trata de esto. ¿Y de qué se trataría?
Con los últimos vehículos, en la estrecha cabina del cor_-
ductor, se fue en enero del cuar::ata y cinco hacia el Oeste. !:..o
peor de todo era que nada, ni siquiera el ptc!='io miedo, podía
ya sorprender a nadie. Bajo este sol envejecido, tan sólo el fir.,
mientras ¿ure. Y encima, !:1 tcrteza: así tenia que ser. Esta
situación debería tener un hotel cuando la humanidad se con·
jura para desembocar en él, movida por un miedc ignoran1e,
Mujeres pálidas} niños agotados, y soldados en su coti<liana
tarea de huir. Uno no advlerte lo más esencial, ni siquiera el
crmsllnCÍO, que no proviene únicamente de seis noches en vela,
r:,. ! .lkCii>



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Uno se acurruca en el suelo; feliz quien tiene un trozo de
pared donde apoyarse. Christa T., para ahuyentar la desespe-
ración, se coldt:a una niña sobre d regazo. Entoncttá-comir:nza
a retumbar la radio sobre su cabeza: otra vez, en e}
infierno,· esr. voz fanática, en falsete, fidelidad, fidelidad aÍ
Fübrer basta la muerte. Pero ella, Cbrista T., aún antes de ha-
berlo comprendido, siente helarse su cuerpo, que como de
tumbre, ha reaccionado antes que la cabeza, a la que 9l1ora in-
dudablemente le queda le difícil tarea de recapacitar, de re-
construir el pavor que en los miembros: así pues, esto
ha pasado, y así ha tenido que concluir. Los aquí sentados es-
tán malditos, y yo con ellos. Sólo que y() no me levanto cuan-
do suena la música: me quedo sentada. Aprieto la niña co1•tra
mi. ¿Cómo te llamas? Anneliese, un bonito nombre. über alles
in der Welt ...
1
Ya no levanto el brazo. Tengo a la niña,
pequeña, de cálido aliento. Ya no canto como cantan las mu-
chachas que antes estaban sentadas en el mostrador, como can-
tan los soldados que estaban apoyados en las paredes, fnmando
y maldiciendo, de nuevo castigados, firmes ante la canción, ay,
vuestras firmes espaldas, ¿cómo vamos a restablecernos?
.lt' Preparados, gritó el chófer, tenía su coche otra vez a pun-
to. Chrísta T. se subió y se acurrucó junto a él, entonces la
noche comenzó verdaderamente, también la de nieve.
Antes del segundo pueblo se quedan hundidos, no servia de
na¿1. una pala: había que buscar ayuda; usted, señorita, lo me-
jor es que se quede aquí sentada. Ella dijo nada, todo lo
que le estaba pasando se ajustaba demasiado a h pesadilla.
Seguramente habla entrado ya para siempre en el otro mundo,
el oscuro, que nur.:a le había sido J.esconociC'J -si no, ¿de
dónde su afición a cerrar, a obturar el mundo bello, claro,
licio, que debía ser parte suya? Las manos, apretar ambas
nos sobre las grietas por las que fluve continuamente) frfo y
oscuro ...
¡Qné digna de lástima soy) pobre) pobre ser) me hallo de-
trás de sólidos úmros, :v afuera sopla el viento ... /
lllllt.
Diez años de edad. Excluida de la sociedad por imperrl-
nente, ahí está el librito .... encuadernado en seda con ílur¡;;:citas.
Ahí se descubre el coniuclo: cri-1ns líneas escritas. El asOOL·
bro ya no se olvida, tampoco el
Por la n0c9e- 8.-:: despie!ta, ahí siguen estando el inquilino
y su mujer, ahOra han bebido, y suena el gramófono) Ich tanze
mit di rin den Himmel hinebc ... (Bailo contigo hasta el cie-
lo ... ). Ellos tombién bailan, detrás de la puerta de cristal óe
muevctt sus sombra::;, se parnn de golpe. Chillido. La rnujer
del inquilino ha pisado a nuestro gato, a nnestro buen gato
negrv, afable y viejo, que ahora gruñe a la señora, dla grita,
luego silencio. Llena de presentimientos salta a la vent:ma, Ja
luna brilla, entonces sale el inquilino con el gatLJ, le ha cog;jdo:o
blasfema a la vez que lo estrella contra el muro de la cuadra.
Ahora ya sabe cómo suenan los huesos al crujir, algo que
hasta hací8 un momento estaba vivo, cae insensible al suelo.
Y finalmente, para colmo de desgracias, }Jues el inquilii!o es
un hombre colérico, y además concienzudo: un ladrillo encima
del gato. Entonces retrocede:, impide que su hermana se acer-
que a la ventana, no se extrafía de que la mayor obedezca
por prímera vez, casi como sí se espantara. Tampoco supo
nunca qué fue del gato. Cuanto mejor si le hubiera destro-
zado un perro rabioso y no un hombre enfurecido, cuanto
mejor hubieru sido que reventara solo que ante los ojos del
padre.
Esto pasa cuando no estarnos presentes.
Y entonces se adquiere una clf:sr:onfianza contra el día cla-
ro y los rostros suaves. Pero por la noche el gato le salta •
una sobre el pecho, el animal uegro y grande, de modo qt:e
una se ve obligada a levantarse y a pasearse de un lado a otro,
y a buscar la cama de la niña Annemarie, para exigir un sitio,
a lo que ella, temblando de miedo, accede realmente. Peto
cuando a la mañann sig...._,icnte nos despert:'lmos en otra cam:1:o
olvidad:1 )'<l b noche, esto en lo m;Ís inquict8n1e
todo.
]\í¡, (, ..
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'!!i•' '· . \ 1 ! ' ...
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mirn absorta el espejo, a estar ausente, desesperada y extra-
ña, de modo que vuelven a la memoria todas aquellas incerti-
dumbres que también tuvieron que ser afrontadss en la
cía. En realidad, desde la noche en gue a una dejan de lla-
marla como siempre: Krischan -vuelve a intentarlo 20 añÓs
después en las notas que he encontrado: Krischan vino, Kris-
chan fue ...
La niña por la noche ni va ni vie.t.ie ... Tiene que estar sola
con un dolor que hay que soportar, que por vez no
se puede ahuyentar. No se sabe por qué, pero es asf. Hasta
ayer se hubiera ido corriendo a la cocina, donde la hermana y
la madre preparan la cena; hoy, en lugar de esto, hay que ir
a Ia puerta, agarrarse con las manos a las tablas, mirar cómo
los gitanos abandonan el pueblo y cómo Antón, trabajador de
la finca, con su mujer y sus cuatro niños, se une a ellos. De
nuevo no puede hacerse lo que ayer se hubiese podido hacer,
«mujer>>, gritan y saludan con la mano. Mantener en alto el
pedernal gue él me babia dado hacía tan sólo una semana
como regalo de despedida. Pero el niño gitano es el único que
ve a la niña: ¿}lace muecas a los que quedan atrás? Él es
libre de hacer lo gue quiera. Hoy por la mañana le apeteció
bajarse los pantalones en plena calle del pueblo, hacer caca de-
lante de la casa del alcalde, y ahora quiere menospreciar todo
lo gue queda e.trás, también a mi. El dolor puede ser aún
mayor. YO, piensa la niña. YO soy distinta. Ya se ha perdi-
do el coche verde en la oscuridad, no queda sino la carretilla
de mano, volcada. Nostalgia, un poco de miedo, dolor y algo
que se asemeja a un parto. Suficientemente duradero como para
rememorarlo y escribirlo después de treinta años. ¿De qué otra
manera yo lo hubiera sabido?
Hemos tenido suerte, señorita. Así de banal transcurría la
vida, el leal dhófer, con la nieve que le habla frotado la cara
aún en la mano. Él ya había presentido que se iría a dormir,
;_cómo esa noche enconttar tlll tractor en menos
J¡r·· horas? Ella (¡uiere reir, Cbrista T., no quiere tomarlo
1·r¡ • '· .:Dónde k1bía estado hasta bace un rnomn::.to, caliente
0!c> -:·'1" t In -.·n, T'( ¡:•<..·c·,r T\_-¡-í. -.1 ;_, ,;·
rande:-: duramente y saltando, le ordena que mlre afuera. Alum-
bra con su linterna un pequeño ovillo cubierto eJe nieve junto
nl ca-:: he. Se agncha y le quita un poco C.e nieve con sus- gran-
des entonces aparece un rostro, uu niño. El chófer
cubre otra vez eJ pequeño rostro y dice a Christa T.: EN FIN.
Ella vive, y él quizás ha muerto mientras ella dormía. Ahora
también tiene que llevárselo. ¿ Quié11 iba a pregunt:1r si el
equipaje se tornaba demasiadn pesado con el tiempo? Es cu-
rioso como de nuevo aparece él aquí después de rato; a]
mirar una máscara de gas en un bosque tranquilo, en un ca-
mino que debía ponerla otra vez en contacto con el oscuro
mundo, del que ella siempre quiso escapar ...
Sobre esto se informará en su momento. Con
dentro de lo posible, pues es evidente gne los :muertos son vul-
ner2bles. Las cosns que un vivo puede en la medida en
que vive, pueden llegar a acabar definitiv<Jmente con un muer-
to. ¿Desconsideración? Por eso, desgraciadamente, uno no pue-
de agarrarse a hechos gue con tanta frecuencia confunden y
dicen tan poco. Pero todavía resulta más dificil distinguir: Jo
que se sabe con seguridad y desde cuándo; lo que ella misma
reveló
1
lo que otros revelaron; lo q11e añade su legado, lo que
oculta: lo que hay que crear por amor a la verdad: esa ima-
gen que se me presenta de vez en cuando y <1 h. que me acerco
con cautela.
Entunces se los caminos recor::idos
con los r:) recorridos. Oigo palabras que nunca ptonunciam()s.
Ya la veo: Christa T., cuanr1o estaba sin testigos. ¿Sería posi-
bje? Los años, que ahora regresan, ya no !o::: mismus. Caen
luces y sombras sobre nuestro rostro
1
y sin embargo permanece
sereno. ¿Cómo no asomb"arnos?
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III
Habíamos perdido nuestra capac;dad de asombro. Confiá-
bamos, por el contrario, en la ayuda de las casualidades. ¿Quién
se hubiera atrevido entre tanta confusión a decir «así y no de
otla manera:>>? A veces, en una zona harto conocida, pod.la-
mos levantar aún la cabeza, mirar repentinamente a nuestr:.
alrededor: aquí he llegado a parar pues ...
En la pizarra del aula había un verso escrito, ordenado
métricamente: hJi der wínter geschádet überáh. Ningún
indicio, ni el menor signo; tampoco a mí me decía nada. Es-
cuché al orador, pelirrojo y con pecas que llevaba puesta una
camisa azul, y que estaba entusiasmado con el parque infantil
que nuestra facultad debía construir. No, no me estremecí, no
me asusté, tampoco dudé. Vi: delante de mí estaba sentada
Christa T. Hubiese podido ponerle la mano sobre el hombro,
pero no lo hice. No era ella, me persuadí) pero era su mano
la que yo veía escribir. Cuando salió me quedé sentada, no ]a
llamé. Me dije: si es ella, ahora la veré todos los días. Era
para asombrarse, pero no me asombré y la exciüKión que es-
peraba no se produjo.
Si era ella -¡Dios mio, era ella!-, entonces quise que
me reconociese primero. Estaba convencida de que en siete
años pueden si se quiere muchos rostros y nombres,
Por aquel entonces 'éramOS' rigurosos con nuestros recuerdos.
De improviso nos encontramos cara a cara en el estrecbo
pasillo de un Inmediatamente, cnsi nl unísono, nos
reconocimos. ella, y tnmbién era yo. Si, ella ad-
mit'i;) h(lbermc n·,.·rmocido en •·1 '1Uclit'•!-!r' (>·r· !Y' nns ,-,ff'!.',l_ln-
c.Jr:l:l¡, rnul:l;l!l'•. •
'-'t.·.
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entonces, fue el primer signo de nuestra antigua o ya nueva
desconfianza.
Salimos del almacén y camirimr.1os hacia la esta·
ción por las calles de la ciudad de Leipzig, aún desconociflas
para mf. ····
Resurrección de los muertos. Si existían los milagros, éste
era uno, y sin embargo habíamos olvidado cómo acogerlo. Ape.
nas si intuíamos lo que se puede hacer frente a un milagro, y
nuestra actitud fue ambigua, de miradas burlonas. En aquellos
parajes desérticos, por donde paseábamos, silbaba ese viento
que en las ciudades de postguerra todavía se levanta diaria-
mente de los campos en ruinas. Una gran polvareda en las ca-
lles; por todos hdos corrientes; no era muy agradable, nos
subimos como de costUmbre los cuellos y hundimos las manos
en los bolsillos. Y nos servimos de aquellas medias palabras
y de aquellas miradas expectantes que tanto cuadraban con
tales ciudades.
Christa T. caminaba ligeramente inclinada hacia delante,
como si ante sus ojos hubiese un obstáculo suave pero conti·
nuo, al que uno se acostumbra. Lo atribuí a su altura. ¿No
..., había andado siempre así? Me miró, sonrió.
Ahora yo sabía también por qué me había prohibido abor-
darla inmediatamente. Incluso se me ocurrió entonces la pre·
gunta justa. Pero no la empleé -ni en ese momento, ni más
tarde, y solamente en la última carta, 4.ue nunca pudo leer, la
aludí.
Mientras tanto rellenábamos los vacíos de nuestra conver-
sación real con una auténtica encuesta. Qué habia sido de ella,
qué de mí. Como sí nos asombráramos, meneábamos la cabeza
pensando en los singulares caminos de los últimos siete años,
caminos que e!l muchas ocasiones casi se habfan rQzado. Pero
<<Casi» no es -«realmente», esto ya lo habíamos aprendido. En
ciertas ocasiones toda una vida puede significar tanto como un
solo minuto. Y no obstante .íJ.os mostrábamos asombradas ante
aquella distancia, ante aqLtel kilómetro que faltó prtra encon.
trarnos. Pretendíac.os mostrar joterés ..:n saber lo que había
de tu.-los ü0S"t'·m. 0i d:tt ;:,L:l:G m.Kia i" muu-
}2
te de nuestra profesora, ahora se enteraba. Ay, dijo Christa T,
Nos miramos fugazmente. Una muerte lejana.
Asi nos fuímos acerca de nuestras experien-
cias, como si se pudieran sacar conclusiones. Notábamos sin
embargo que empleábamos y evitábamos las mismas palabras.
Habíamos estad5 sentadas hacía poco en el mismo curso; tenía-
mos que haber leído ambas los mismos libros. En aquellos
tiempos no existían muchos caminos para nosotras, ni siquiera
un bagaje grande de pensamientos, esperanzas o dudas.
Tan sólo una cosa quería saber: ¿era ella aún la que en
cualquier momento, ahora mismo
1
en rr..edio de la calle, entre
las gentes presurosas y mal podía proferir su grito:
Hooohaahoo ... ? ¿O la había reencontrado inútilmente? Du-
rante todo este tiempo he conocido personas capaces de hacer
infinidad de cosas, pero eso únicamente podía hacerlo ella.
¿Había echado de menos la alegría? ¿La sorpresa? :Ue golpe
llegó la alegría. E incluso se presentó la sorpresa, tardía como
de costumbre. ¡Un milagro! Si existían los milagros, éste era
uno. ¿Y quién dice que no estábamos preparadas para ello y
que lo acogíamos con ineptitud, con frases ambignas? Nos en-
contrábamos m la parada del tranvía y nos echamos a reír. ¡De
repente, ante nosotras, todos los días! Nos mirábamos y reía-
HJ.Os como se ríe después de una ttavesura, después de una
broma que :se ha gastado a alguien, tal vez a uno mismo. Rien-
do nos separamos. Riendo quedó ella, y me hizo señas con la
mano cuando partí.
La risa podría quedar. Pero hemos de recorrer de nuevo el
camino desde el almacén a la estación, decirnos otras en-
contrar por fin el valor necesario }Jata hacer de las medias fra-
ses, frases enteras, para destruir la vaguedad de nuestra con-
versGdón. ¡Qué lástima de tiempot Deberíamos reflexionar
bre otras cosas, y contemplar otras cosas. Tan sólo la risa debe
quedar: pues ante nosotras se levantan todos los días. El tiem-
po hará desaparecer tanta confusión, lo queramos o no. En-
tonces lo mejor es desearlo.
¿Vaguedad? l9c palabra puede extrañar. A estos años, sobre
le:: (:•:t.
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para mí.
Resurrección de los muertos. Si existían los milagros,. t:ste
era uno, y sin embargo habíamos olvidado cómo acogerlo.
• si intufamos lo que se puede hacer frente a un milagro, y
Ducstra actitud fue ambigua, de miradas burlonas. En aqcellos
pa rJjes desérticos, por donde paseábamos, silbaba ese viento
qt...e en las ciudades de postguerra todavir: se levanta
mente de los campos en ruinas. Una gran polvareda en las
lies; por todos lados corrientes; no era muy agradable, nos
s>Jbimos como de costumbre los cuellos y hundirnos las manos
en los bolsillos. Y nos servimos de aquellas medias palabras
y de aquellas miradas expectantes que tanto cuadraban con
tales ciudades.
Christa T. caminaba ligeramente inclinada hacia delante,
;;:amo si ante sus ojos hubiese un obstáculo suave pero conti-
nuo, al qne uno se acostumbra. Lo atribuí a su altura. ¿No
había andado siempre así? Me miró, sonrió.
Ahora yo sabía también por qué me había prohibido abor-
darla inmediatamente. Incluso se me ocurrió entonces la pre-
justa. Pero no la empleé -ni en ese momento, ni
tarde. y sulamente en la última carta, que nunca pudo leer
1
la
aludi.
Mientras tanto rellenábamos los vacíos de nuestra conver-
sación real con una auténtica encue::;ta. Qué había sido dc.ella
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qué de mf. Como sí nos asombráramos, mene&bamc$ la cabeza
pensando en los singulares caminos e-le los últimos siete años,
caminos que en muchas ocasiones casi se habían rozado. Pero
<(casi» no es <<realmente», esto ya lo hablamos aprewiido. En
ciertas ocasiones toda una vida puede significar tanto como un
solo ITinuto. Y no obstante nos mostrábamns <1Sombrad:\s :1nt•·
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Nos miramos fugazmente. Una muerte lejana.
Así nos fuimos interrogando acerca de nnestras expc:rl...;-. __ ,
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embargo que emPleábamos y evitábamos las mismas palabr::-;_,
Habíamos estado sentadas hacía poco en el mismo curso;
mos que baber leído ambas los mismos libros. En aquelk,_
tiempos no existían muchos caminos para nosotras, ni siqui,.>.: . .,_
un bagaje grande de pensamientos, esperanzas o dudas.
Tan sólo una cesa quería saber: ¿era ella aún la que ,-,·
cualquier momento, mismo, en medio de la calle, en::'...\..'
las gentes presurosas y mal vestidas, podía proferir su grü\ .....
Hooohaahoo ... ? ¿O la había reencontrado inútilmente? L'\;
rante todo este tiempo he conocido personas capaces de ha'-\""
infinidad de cosas, pero eso únicamente podía hacerlo ella.
¿Había echado de menos la alegría? ¿La sorpresa? De goh,,
llegó la alegría. E incluso se presentó la sorpresa, tardía
de costumbre. ¡Un milae;ro! Si existían los milagros, éste e-1A
uno. ¿Y quién dice que no estábamos preparadas para ello ,.
que lo 2cogíamos con jneptitud, con frases· ambiguas? Nos
centrábamos en la parada del tranvía y nos echamos a reír. ¡l
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mano cuando partí.
La risa podría quedar. Pero hemos de recorr-er de nuevo e 1
camino desde el. almacén a Ja e;:;tación, decirnos otras cosas, e11
centrar por fin el valor necesario para hacer de las medias fru-
ses, frases enteras, para destruir la vaguedad de nuestra con-
versación. ¡Qué lástima de tiempo! Deberíamos reilexionar SIJ
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y contemplar otras cosas. Tan sólo la risa dtll!:
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La ruptura entre <mosotros:.> y «los otros>>; definitivamente:
ésta era la salvación. Y saber en secreto: No ha faltado mucho,
y ninguna ruptura, ningún corte hubiese podido separar <do
otro» de nosotrof:: de haber sido distintos. Pero, ¿cómo se ,Se-
para uno de si mismo? Sobre este terna no hablamos. Pero ella
lo sabí&, Christa T., anJando a mi lr.do por los lugares vento-
sos, o bien no teniendo nada que decirnos. Aquella rápida mí-
rada al hablar sobre la muerte de la profesora -una muerte
difícil, lejana- me demostró que ella lo sabia.
Aquí, en n1Jestro repetido camino, en nuestro encuentro,
ha de resurgir Horst Binder, el hijo de nuestro vechw, el hijo
de un ferroviario. Ella, Christa T., también lo conocfa, se lo
había mostrado en una ocasión, me perseguía obstinadamente,
fuera a donde fuera. Yo estaba furiosa, no se saca nada en
limpio de una conquista sernejante
1
era inquíetante, una no
podía vanagloriarse de él. Le arranqué de su mano la cartera
que se empeñaba en llevarme, odiaba su pelo sucio cayéndole
sobre la frente, y sobre todo esa mirada trascendental, ardien-
te. Hubiera querido reír!!le de él con Christa T., pero ella no
se reía) me pareció en cambio que sentía pena.
Hasta que un día formamos un enorme cuadrado, blusas
blancas y camisas marrones. El jefe de la sección, mánco, gritó
un nombre en la gron plaza: Horst Binder. Presentí lo que
iba a suceder a continuación. Era mi vecino, y hada días que
en nuestra calle se pronunciaba su nombre, pero yo ya no podía
nombrarlo y no hablé más de él, ni <iquiera a Christa T. Eludí
su mirada inquisitoria y deseé lo qUt: no debía: no estar aquí,
. f en esta fila, ni que el jefe de sección lo felicitara a él-a Horst
Binder- por &cusar a su padtf'¡ un ferroviario, de haber escu-
,--- : chado emisoras enemigas.
Nunca supe si comprendió realmente el porqué no pudimos
mirarnos a los ojos al romper filas. Ahora, mientras vamos de
nuevo del almacén a la estación, podría decirle que al final,
antes que entrara el Ejército Rojo, Horst Binder disparó contra
su madre y contra s.í mismo, Y podrí:1mos preguntarnos por
qué hnbÍ,JD10S siclo fCSTX.'L1l1():;, rn .. ncnntecimientos 110
r'- •.
'J'l'···•i' ·r':
ninguno? ¿Y qué sabíamos de nosotros mismos s1 m slqt:.:. ..:
sabíamos eso?
Nunca olvidnrcmos la terrible gratitud ante flquella
de oportunidJdes. Y esa desconfianza :ontra el Jduiw en :>-
Proceder él) por con toda energía. Denigrarl-:, , ,
nunciade, cori\rencerle. No tolerar ninguna contradicción.
eh azar con desdén la defensa: dictar la sentencia: perp-<: v ·
AceptarlJ. Cumplirla uno mismo.
Perpetua. Ninguna palabra hueca.
Es suficiente una media frase, en un camino, siet-e ,¡
más tarde, para ponerse de acüetdo al respecto.
Aquel día ella desfalleció. No fue debido "l trabajo, a u"< ,
pueda hnber sido duro cortar piezas de uniforme en esa ·.
de Niecldenburgo, en una mesa desvencijada, mientras qnc
pesar de todo el verano retornaba.
A veces entraba __ __sovié.tic.o, y se
en el marco de la puerta, la contemplaba, la' miraba,
sabía lo que el otro pensaba. Una vez él le dio la mano ""''.
de partir: ¿triste guízás? Entonces ella corrió a casa, se
a la cama, mordió la almohada y finalmente no pudo imp · ·
el grito. ¡Dios mío!, señor profesor, ¡esta sensibilidad
Y siempre sin motivo.
El jinete, detrás del cual inesperadgmente no babia si11"
un lago helado, cayó muerto del caballo cuando supo lo \_11
tenía a sus Ella simplemente g!:itó, no es 1,,
Q-.:;emó sus antiguos diarios, ento1,ces los juramentos quedtu,1,
1
reducidos a cenizas, lo mismo que los entusiasmc;o de los LT¡,,
les uno se avergonzaba, las opiüicrtes, las cáncirmes. El t:\:11;,
curso de una vina no es suficiente para habiar de ello, d 111c
nos, el transcurso de su vida. Para este asunto serían nec1
snrias hasta el final las medias froses ...
Ese mismo verano, y a menos de 50 kilómetros de dist.uJ
cia, estuvimos trabajando en muy similares. Tuvo (:11•
notar CJ l'C también nqui se podía respirar, que también ]l<iJ
este m:c. ,,-o tlirc cstahm hechos ]os pulmones. As: pues, \11 ·.
J, .. ,::\· .J'' :·;.rsc <J,. stv1nr, ;"1._ .-:;:__ ·.-¡,_.
.:(.·.._. t!!l

de -,, lt:'
1
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J
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J
pinms negras, este que en el hori-
Wntl'!, entre c1e1o y trerra, vwlento, 1gualmente 1ntenso en el
bosque. Vencer la impresión de incorrección cuando el suelo .
se torna desnudo, pelado y liso, sin la medic:.ción de los árbo-)
les alzados hacia el cielo. Elevar la mirada. Pero sin llegar
ha;ta el sol, que me abrasa. El sol derretirá el azul, lo vol-
l verá metálico y fluido; no nos permite el azul esta insoporta-
L ble nostalgia por el verdadero azul, pero yo voy a buscarlo,
/•.·'· ahora, un segundo más ... sí.
.. _
La coloczron en un coche, se la llevaron del campo. Ya lo
ves, no lo soporta. Parece fuerte, pero por dentro es delica-
da. Debe aceptar lo 'lue el alcalde le ha propuesto. Verdadera·
mente no le puede hacer ningún mal un cursillo de enseñanza.
¿Es que no ve lo que pasa aquí con los niños? Bien, dice ella,
¿por ctoJé no profesora? lvle miró de soslayo, ¿entendía yo que
le hubiera descorazonado echar mano a lo primero bueno que
le llegaba? Y encima profesora, que como ella sabia, no se
puede hacer a medias. ¿Profesora?, dije, ¡todavia tuviste suerte!
Tengo su fotografía de esa época.

Sí, puede que haya buscado protecci6n en los niños. Su
respiración ligera y en peligro, sus pequeñas rnnnos en las
suyas. Y naturalmente que con ellos sólo las cosas importantes
siguen siendo realmente importantes. El amor, por ejemplo, no
puede Jejar de opinar sohre elio. Cuando sobrevenian las du·
das ¿y qué es eso, amor? ¿Puede moverse con ello
un átomo siquiera? A '.Teces pensaba en la pequeña esCPela, en
los bancos altos y bamboleantes, en los treinta nifios mal ves-
tidos, hambrientos, y
1
Dios mío!, en sus zapatos. ofrecer
protección con el propio desamparo ...
Tres años. La buhardilla con las paredes inclinadas, el
montón de blocs mal encuadernados, el papel gris y rústico,
los nuevos nombres en las tapas dr- los libros: Gorki, Maka-
rencko; los nuevos folletos que, tzm importnntes como la diaria
alimentación, recibín en sus manos todo aque1 que no
b'l

:¡]¡'llll<lS cn<;:1S le fi)'"lll":lll
LJ u e :: ¡ · __!ulil'. 11\J te ;;pn l;,_k ,!cspllt,
de esto, después de esta razonable claridad, ha sido posible
la más mínima irracionalidad. Da un salto, sí, ;¡si ::ed.
eS el camino hacia nosotros.,..mismos. De este modo, esta nos--
tf11gia no sería ridicula ni absurda sino útil y eficaz.
Ni palabra sobre este asunto en nuestro primer paseo. Dos,
tres títulos a 1d sumo, tímidos conceptos filosófJ.cos y econó·
micos: ¿estaria yo enterr.da? ¿Conocía el dolor de la auto·
expansión? ¿Y la ilusión ya inolvidable que luego compara-
mos a todas las ilusiones futuras? Pero Christa T. se sube el
cuello, antes de que pueda acercarme demasiado a elb. Ya se
sabe. i3icn. ¿Qué más?
Ya en su buhardilla, entonces, lev<lntando la vista de las
severas, esclarecedoras frases de los folletos, se dirigió hacia
la ventana. La mirada en los 17 ábmos. Al más alto se encara-
ma hoy el hijo del pastor, alumno de mi clase, y trae el nido
de urracas entre los gritos alentadores de la pandilla al pie del
árbol. A los huevos, casi incubados, los arroja uno por uno
c.:mtra el enorme pedernal, el mismo en el cual semanas antes
yo les babia explicado las capas geológicas de su tierra. Y yo
estoy ahi, he leído mis folletos, contemplo todo esto y deseo
llorar. -Así de fina es la capa sobre la que caminamos, tan
próximo el peligro de caer en este pantano. Arrojar al gato
contra la pared del corral, abandonar al muchacho en la nieve,
lanzar los hueves de pájaro contra la piedra. Encontrará todo
esto cuantas veces ocurra.
¡La fotografía! El rosi'O de la profesora, Chris:" T., da
s5Porita», medio de treinta y dos semblantes
inf",;n!fks, ctela.mé"de·¡¡¡ pared de ladrillo de la escuela. En este
momento los niños que entonces diez años pueden en-
contrarse alli de nuevo, y fotografiarse, y la profesora tendrá
veintiún años, pero su aspecto es distinto. Deseo ir con h an-
tigua fotografía por el puebío y encontrarme entre aquellos
que ahora casi tienen treinta años. ¿La conocéis aún? ¿Sabéis
al menos su nombre? ¿Recordáis -quizás c:-,Lo sí- cómo os
suplicó no ahogarais a los gMitos en el río, no persiguierais a
pu1r:Hbs :1 \!ls Jlr·nos cicgt;•: no :11"1\li,n:lÍ;, lns ¡w1hl·.·ll)S _nnlt:l
1:t j':t. Jj 1:- :--i f'(l · ·il',
se adivinaban en la fotografía, ¿no habéis pensado en ella, al
menos una vez, cuando teníais a vuestros hijos en brazos?
Los rostros infantiles. Risueñ0s, sr:tdsfechos
1
, un9s.
sos, otros agreSivos, ·algunos sonibríos, sin puedo. des-
cubrir algún secreto. Otra cosa es la profesora, arriba a la iz-
quierda, última fila. Tiene algo que ocuhar, podría pensarse
en una herida que se cura trabajosamente. Es reservada, deci-
dida. Cuando uno dirigía a ella, encontraba amparo. Cuan-
do se le rogaba, sonreía. Con los ojos, naturalment€.
¿Es éste su lugar en el tiempo? Durante tres año:: antes
de las vacaciones de verano posa con sus alumnos, el fotógrafo
aprieta d botón, revela la placa, no ve diferencia alguna, envía
las fotografías, cobra sus honorarios. La profesora, Christa T.,
entra en su buhardilla y coloca las tres fotografías, una junto
a la otra, las contempla largamente, no se percibe ningún cam-
bio en ella. Hasta que por úhimn se sienta a la mesa, delante
de las fotografías, y rellena su solicitud de ingreso en la uni-
versidad.
De este modo ha llegado al aula, delante de la misma pi-
zarra que yo, delante del mismo joven profesar pecoso que
quiere construir con nosotros a todo trance un jafdín para
los niños, Se llama Günther, dice Chri,ta T. -casi hemos lle-
gado a la estación-, lo conozco, no hay quien lo detenga.
Éste es el momento en que empezamos a reír, después seguire-
mos riendo hasta que liegue mi tranvía. ¡Tenemos toda la vida
por delante!
38
"'
IV
Christa T. era asustadiza.
Ante la sola idea de que puedo!. ocurrir lo es norma]
que ocurra: desaparecer si.11 dejar huella. Estaba 3.
dejar- hueibs, brusca }) descuídadnmente. Y qae b mano dere-
cha no sepa lo que hace la izquierda, que en mo-
mento puede desmentirlo todo, incluso a uno mjsmo. Nzdje
puede ser forzado a encontrarme) salvo que me l:·...:sgue e.x_ple-
samente; pero, ¿a quién pueder. interesarle es:1s imágenes 1an
débiles, que ella iba dejando como un miedo oculto ... ? ¿ Quiérr
hubiese esperado un.a narración tan precisa? ¿Por qué no es-
cribes, Krischan? Sf, sí, dijo .. no lo negó, ni tampoco Jo admi-
tió. Esperé. Durante mucho tiempo no supe lo qwe
ahora estoy segura. Ha tenjdo que conoLet prematu:amente e¡;a
inc..4pacidad nuestia para decir las cosas tal y como .::on. Me
pregunto si realmente podemos apercibirnc:.; de es ro preco2-
mente, si es posible desmoralizarse para siempre, sL es posble
ver daro desde el principio, si puede perderse la ilusEór; der.::t-
siacf0 p.ronto. De modo que uno renuncia y deja que las cosa.;
su curc:o. Entonces descubres que para estos a su:: tc,s no
hay salida: ni siquiera la de la inexactitud, la mentiJa .. , Y ha-
ces lo que se puede) de la mejor o la pe.:Jr manera. O de Ec-r-
ma intermedia, que es a la más ineficaz. Y errtonC"e:;
es cuando te sientes amenazado y no puedes nada.
¡Que únicamente pueda profundizar las co.rcrr esc;ibin!-
do! ¿Se la ha reprochado realmente? ¿Aclara esta sec:e1a "" to-
censP!a el estado de su legado? De los diados, no1as)
histm_ias, listas de títu1;.lS, dE' los • V
'i'a1 ... ca ntg1igellCJLJ. ya no o
J9


1
1
como descuido. Se castiga esa débil actitud con la que se en-
frentó siempre a las cosas. Se reprocha, al cabo, el haber es-
crito, el haber tenido que llegar a las cosas escribiendo. Y, efec-
tivamen!e, llegó a las cosas. N;_ úqrdera ella supo tanto sobre
sf mism<:l. 1
Y ahora se me ocurre que nunca pudimos
¿qué quieres ser? Tal como se pregunta a cualquier persona
sin temer por ello tocar un tabú. encontramos en el piso
de arriba de <:luestro café (Christa T. había cambiado de uni-
versidad, también de asignflt11ta, estudiaba tercero o cuarto
curso cua:do volví a verla), hojeaba apuntes. A menudo se la
puede ver en el rincón, en esa L1esa redonda de rr:1rmot con
diferentes personas que tienen ar ..üstad, pero nunca entre sí,
sólo con ella. A veces se sienta sob, al parecer tiene cosas que
hacer. Se prepara -¿p<tra qtié? Con los últimos céntimos que
le qt:edan de la beca paga ese horrible pastel barato, hace lo
que todos hacen, ¿por qué entonces no se le puede hacer
guntas?, setía ridículo: ¿qué quieres ser, Kríschan? Bntonces
deja caer el borrador, con un gesto que desearíamos no haber
visto jamás; ha olvidadu lo que la preocupaba, y se queda
mirando durante largo rato hacia la calleja de enfrente, a la
.!f' gente que pasea sola o en grupos, que se separan, que se
ludan o siguen adelante: nada en el mulldo podría ser más
cotidiano. ¿Qué miraba pues?
¿Y bien? - Esa mirada suya, lígeramente irónica, CúúlO
de reproche. ¿Yo? Profesora, ¿no?, podía preguntar, y había
que Jc.;lstir, uno :aliaba, se habL!Ja de otro B.Sunto, había que
dejar de insistir en perseguirla. Estal::a demasiado claro: real-
mente no lo podía saber. Hacía lo posible por encajar, pero se
y nu por simple arrogancia. Se esforzaba, lo inten-
taba denodadamente creyendo que era suya la culpa, y ·deseaba
contestar alegtelJiente y dispararse como una ametralladora:
profesora, maestra, lectora ...
Pero, ay, no confiaba en estos títulos. Ni siquiera en si
misma. Dudaba, entre tanta borr:1chera de denominaciones,
daba de la veracidad de bs palabras que ella misma pronun-
ciaba: intuía que la denominación :1nenas si da buen resultado
,,o

y que a fin de cuentas sólo coincide un ci>"rtO tiempo ccn su
objeto. Rehusaba un nombre, un s:o.::J.benito de con qJé
y a y_ül LStablo se ha de ir. ¡Virf,-. experimenta.r- u:ur
vjda libre.' -¡Oh, ma?avilloso go"ro de vh'ir . .':O me abandone
mmcal Ser sin;plemente una persona ...
¿Qué quieres ser, Krischan? ¿U:::a Ya
Se iba. Admitió que había que en uno ruismo.
Desaparecié por algunos días. Se decía que efectivamen1e
trabajando y nosotros hicimos como si lo creyéramos. Lu::go
volvió, poco antes de Jos exámenes. Ya habbmos repasado teda
la e intercambiado apuntes, y ::>8GJdo resúmenes:> y
preparado fichas; habíamos formado grupos de estudio y ?Dt
lo tanto contraído ciertas obligaciones: ninguna nota po1
bajo -de «suficiente». Entonces reapareció y se informó
mente sobte los temas. Disimulamos nuestm desesperación. :=:n
lugar de preguntarle durante una clase) por amor de
de habfa estado, le ofrecimos ayuda. Günther, nuestro p::ccso
secretario, le mostró las listas: haría bajar bs notas prooe::Lo
del grupo si obtenía caliEcadones bajas. Si eso era realmen:e
lo que deseaba. A ningún precia, dijo Christa T., ¡vosotros
sois todos tan estudiosos! Se fue con una amiga, Gertrud Eor.1..,
e hizo que la ayudara cou el poema de los Zaubersprüche cie
Merseburg; luego declamó obediente: Ik gihorta drJt seggen,., se
hacía tarde, teníamos que acompañaria a su casa. Resultó q'..1e
había estado leyc::do a Dcstoyevsky, por lo tanto deseaba re-
flexionar sobre la afirmación de que lo más débil puede ven:er
a lo más fuerte. Quería sacar una conclusión acerca de ,-..-.
}idez de esta frase.
Al llegar a la puerta de su cosa decidié tornar con G< -.
trud, y entonces comenzó a meditar en alta voz, cual si
morara instantes de la vida, su historial completo, y si éste ere
realmente el objetivo ... Pero y si no lo fuese, ¿cuál lo
entonces? Luego hicieron el camino de La ciudad
taba d....sierta y silenciosa. Cansadas se apoyaron en un mL:-J
cubierto de carteles. En algunas ven.tan:as había luz. ¿PDr qué
estú dcspiertJ. b tCllncle entre t·ilos 12 intranmdlica:
1
::>
'1
¿Se P
1
'•)•'M por todos lados? Y, ;cómo infundir ánimos? Nos-
lalr.r,JI fdtjllffJ de sueñ;; tc;t li,¿ero ...
hablaba de amor. No nos pareció raro que per.:
Un día en que se quedó con nuestto niño, me
preoc
11
!
1
1; ensimismamiento, y le pregunté con toda fran-
h;;, Jijo, difícil de explicar. Aunque esta vez, sabes,
estoy • Creo yo, añadió.
¿Y l1l, sobes de lo que hablas?
Son¡j,j, Ñln embargo, ninguna de las dos estábamos pensan-
jo en u
1
_!'11-//a escena sobre la pared de la escuela, ya se había
esvnner Id,¡ superioridad, ahora era yo la que hacía las pre-
Uu II:Jdo caso, si comparaba mi vida con la suya, podía
consule¡· 111 d h · b' 'd
' nt: con e-rec o a preguntar si sa 1a en resum1 as
cuentas ¡f., ¡, • que hablaba.
dijo. Ya conocía esto y aquello.
t¡e
11
!1 Hombre.

• ""• dijo Antes. Un amor de verano. Y todo lo que
estotgn¡¡¡, ol, Pero, añadió entonces, es dificil de explicar. Hace
mluc.
1
10
1
'""'1•o de esto. Volvió a coger el libro y se sumió en
e Sl t'llCJ¡¡,
1 d
Difki/ .¡,, explicar. Empero todavía más inexplicable bajo
e esco¡¡¡·· d . . d 1 h h h h
f }" Ot lll1petat1VO e OS ec OS, ec OS que noso-
tros e
1
Zil\Hite no conocemos. Así que a lo mejor ocurrió du-
illi/tno verano en el pueblo. Una noche a finales de
l
¡uruo. •s¡,,¡,,,, para ser precisos, aliado de la cerca debajo de
os ¡ · • , ¡ · · ¡ -
d 1
•' \>11 e patio .iE.t co eg10, JUnto a pequeno estanque
e os ¡,-
bían

al que ella la espalda. ranas no
d i .-· .,, "'•Ido a croar. Él ba¡aba por el calnlno, ella lo v1o
le
1
.1\iiMs pensó: Así que viene, precisamente hoy. O no
0
penm, >ÍI\u que lo sintió. Entonces le ofreció un par de
'' 1 h\Ves de la cerca, justo en el momento en que él
reT en SI\\\ y saltó. Esto por el viaje, dijo, y se imaginó allf
en dtmdo cerezas a un hombre, y t11vo que refr.
- eJ·o ;'\ 1. d ] - Q '- b .
• ·- \\\) Iúi repara o en as cerezas. uena sa er pn-
mero st et·,¡ \ l d
''l\ a .
--seq \ 1 d d" 11 · 1 f d · O '
?
\'\\a , lJO e a, Sl e en a a a tls1eo tanto. ,J ue
-
42

, __ _
-Que nos abandona uste:é
-Si prefiere usted llamarle· --6:--0 Christa T.-, es la
verdaJ.
¿Por qué?, preguntaría é:, i:-:mc5 ofendido?
Ha debido reÍf. entonces. :::·,mdo d insistió en su por
qué, ¿cómo conteStarle sino es otm pregunta? ¿Le inte-
resa realmente? Ella sabe que :-.:: :-uce y quiere también
hacerlo así, hubiera querido, su =::-.hb ea L1 suya, haber cami-
nado a lo largo de Ia cerca hs:::.o p11 erta, en el pens;1miento
empujar d cerrojo y permancc;:_::- ;;monees a su lado, junto
camino que al pueblo.
¿Y usted?, dice Chdsta T., :-.:rJ continuar la conversnd0n,
¿no quiere irse lejos? ¿Por lo durnnte las vncnciones?
¿YO? ¿Lejos de aqui? Claro que no.
Ella suspira. Éste es alguien que snbe lo que quiere. Do-
blan hacia el atajo. Retamas ya m;nchitns, a la izquierda Y nla
derecha, setos de jazm:ín sobre Jos que aún, un poco penosa-
mente, o seduddo por la caída, se mantiene el
Podría pintarse un bello cuadro, piensa Christa T., pero di-
simula su tono sarcástico, ya que él es tan serio. ¿Así que se
ha arraigado usted?
Totalmente, contesta, Para siempre. creo yo. ¿Por qué se
ríe? Existen motivos.
No lo dudo.
Ahora se está burlando de mi.
Éste, querida, ha sido el único momento en el que no me
he burlado, pero tú no lo has notado. Oye ahora cómo él le
clice «para siempre», un golpe menor, ya ha pasado. De esto
nuestro no saldrá nada, no ha de salir nada.
Ya sabe usted, dice él. La escuela. Susceptible de evolu-
ción, desde luego. Pero totalmente sobre mis espaldas, hastf
su jardín, lo crea o no.
Lo creo) dice Christa T. fijamente. El nuevo-)'
joven director de escuela de! .... vecino.
El a%ul le sienta bien, a_gr .. :::2:·z. - Así se muy
Jr dice uoa voz en sn -:..:::o 2-hora . voz.
·,.¿u], grf:.c latulmente desepe::.:.:-_ ·;itJ2 -.... l lO
" -
,)
-:
'.
; (i
.•
biese sabido, lli(_· hubiese vestido de un modo to taln1ente di-
ferente.
es su palabra favorita?, pregunta Cbrista T.
Scmcj;trJ(:·. ,·-oS<"rS sólo tste"d las pr-cgD.üta, dice él, fríamen-
te irritado. Lr, lw no le guste1 que algo sea tot<Jl-·
mente incorrn to o esté totalmente concluido.
Se equiv(J( :1, dijo ella con seriedad. No sabe cuánto 1nc
gustaría cnc<Hdl":lt·me algo semejante en algún sitio. Pero,
¿cómo se h;l d:1do cuenta?
Ay, excl:tl"''> desalentado. Frecuentemente. Cu3.ndo habla
el inspector de por ejemplo. Usted nunca se ríe. Pero
yo lo veo: drr1b.
No sien1pH·, dit:c elb. Por más atentamente que usted hr..ya
mirado: yo ("(lttip:;ro. Comparo las palabr2s del inspector con
la realidad qu(' el colegio.
Ve ustctl, dicv él vehemente. Yo en cambio sus
palabras con :;ueños :1cerca del colegio.
Es extr-:1fio, l'Prttesta ella. Me gusta eso en usted. Ella se
escucha en :-:u illln1or: ¿-ninguna voz? No! nada.
Ahoro.l el c:1c sobre los setos. Sólo falta que corran a
través de wu pr;ldera y que el heno perfume el ambiente.
Pues bien, cnrn·n, y el heno perfuma el ambiente=- todo esto
lo teneruos en L1 mano. Ahora ella debe preguntar le por los
álamos: &.i. h:1 11 vp:;do alguna vez a un áiamo. - Oh, sf, en
su casa ... 1\k iw expresado mal. ¿Nunca ha robado J.os huevos
de un nido de un.tcas? ¿Nunca ha arrcjado pajari -ros
dos contra ill p:l rvtl del establo?
Sinceramt'!ll(". contesta confundido, nunca he p<:>dido. En
estas cosas extraño) ¿sabe?
¿Y personlls ,J
¿Qué quin,· n:-:ted decir?, ¿supongo será consciente de lo
que tal pregu!1l:l Después de tres años __de ___ guerra se
debe saber t.·xnrLunente lo que se quiete tales pre-
guntas. Usted ! 1 ¡¡· replicará ella.
Tuve sunk. ,b-::. Después de un inst<Jnte añade: Siempre
he pensack., tpw .1knnn vez una chica me haría esta pregunta.
Ahora est<H · :_,'. ,:-; en b pradera, y Christa T., ::."": h<t per-
+f
dido su capaddad de asombro, la recupera: así que no em más
que esto, todo previsto paso por paso, pieza po1· piez:1; con-
fieso que es tranquilizador que la primera vez no pase nada
imprevisible.
Ahora ha sucedido) le recuerda ella: una dllca te ha pre-
guntado.
..rr
Es verdad, dice, casi triste. Y por poco no la he reco-
nocido.
¿A ¿A la chica o a la pregunta?
A ambas J contesta.
Pero ella piensa: así puede ser) desconocido pero previs-
to. No se puede desear algo mejor.
Enséñame tus manos, le pide
Él Jo hace. Vamos, dice él, ¿has debido pasarlo muy mal,
o todo lo contrario?
Muy mal, dice ella. Todo
Eres muy extraña, dice éL
vas. No te puedo detener.
No, no puedes !:lacerlo.
lo contrario.
Y sé: que pase lo
'-
g_ue pase, te ;>"\
¿Tengo que pasar por tres pruebas?, pregunta -'1 aún.
Bien, tres pruebas.
El sol aún se ve a un palmo del horizonte Mucho tiempo
por delantP..
La primera: ¿Qué acabo de pensar?
Piensas dia y noche que te irás a cualquier precio y que
n8die podrá _._e;tenerte.
La segun&<: ¿Qué será de mí t
Esto es lo que pretendes averiguar, dice él con dureza.
J\dem;s has preguntado mal. Qué debe ser de mí, tendrías
<jue haber preguntado. Pues de otro modo, lo 'abrías.
Tercera; dice Cluista T. ¿qué e-: lo que necesita un hom-
Ilre?
Una tarea) responde convencido.
La culpa es tuya) semejantes prueb<Js nunca terminan de
l...._jna forma '_mívoca, y e-sto lo has sabido tú también. El sol
hr. pucs .. u,

es seguro. Tenlu en cncJH:l.
·15

Lo s,dJ!a, di, e el hombre a su lado. Ella le oye levantar-
se; quédatc1

quédate.
Pero ti/VI; (JUc ser (:lb la que decidiera, aquí y siempre.
Prometer, dln, desde luego no puedo prometer nDda.
A:::..L o t¡lf;J manera. E11 este año o en el año siguiente.
Éste u otro, Át11or de verano, me dirá más tarde. El verano
no h3brfa 11id11 ,,¡ corto ni largo, ni el amor pesado o hgerc.,
ni el pueblo Vt't ; 1101 ni nada, demasiado cerca o demasiado le-
jos. El camino ¡¡/¡-cdcdor del pw:dJo todavía familiar extra-
rlo. Y ella •• 1,¡ w·¡-: conocida y dolorosamente,desconocida h:::tsta
Lt s::cjedad.

para sí misma.
Tiene qut· h11Lcrlo yo así io quiero. Ha tenido que
Jq que debh saber, e irse luego. Difícil de ex-
plicar.
a J¡¡ dttdnd y estÚvo sola durante mucho tiempo.
n!t'lllc!ltc veo que es preciso aclarar ambas cosos,
pv::: muy que en aquel entonces 11le paredera tamo
una C•Dsu In t.Hra. Su hermana, que era un afí.o mayor
Y que ia qn(·t 1nucho, la habría prevenido, conociéndola,
pTeocupad,t plll'llllt' ln más joven pudiera a¿;;otarse, lo cual po-
dr,W suceder f¡idltut'nte. El padre, casi sin palabras, nombró otro
sucesor, ella lu¡h]l'l-lc sido la sucesora bienvenida en el :olegio.
La madre, l:lnltldn estaban a sc!as, convirtió en palabras lo
que el padre 11111 ·'<">lo sugería: ¿Iba a quedarse sola? ¿Y
sería de la vH,•Ildn oficial que habitaban?
Chd:->t ¡ 1 T. se fue. Más tarde ha re_t)etido con fre-
cue:J.da este 1'1\'\\'dcr.':.e -alejarse-; hay algo oculto detds
de estas hnid(l:\ el principio: dejar atrás lo que se co-
r.oc·:- h1rn, lo que ya no significa provocación algu-
na. 'l'ener Clll'h'$.hhh..l por otras experiencias, u, en últín1 1 ins-
tancia, por &Í n\iSI\\n frente .:;, nuevas circunstancias, Amar más
la búsqueda finalidad. Las desventajas de semejante na-
son para los que la rodean.
En 1\;,;'1\\pos, por otra parte, llamaba poco Jn
ción: todo e] estaba obligado a mantener vivo su nLín
d b ' d . ' .
e usque :1, i.'\ \;,·q•po corri::¡ muy d,.:prisa. se rdiL'xlon.:-
ba mucbo, " '·" ··,.:pr:!e:·u;-s l¡:_:;; ,, _1
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guntáramos sobre podría yenirle bien. Si vivhs era su-
ficiente:, ...:i.ls exteriores permaneóan, por supues-
to; en lli"Ja grotescJ. Christa en 1:1 nueva _ _ciu-
dad, miró cuartos, ?Z::onas. Comprendió gue no debía buscar
diecisiete álamos, Ce nodo que mej0r no acercarse a la venta-
na. Adelantó cogió el c1..1arto. La calle llevaba
el nombre de un :6Jós0fo alemón. A veces, por b noche, un
niño lavaba cuidadosamente las piedras que adornc1ban el jar-
dín de] fl'ente, sin árboles ni plantas. Por la temprano,
ejércitos de amas de c1sa sacudían sus alfombras en los patios
de alrededor. Y en la puerta aparecía la una carta
entre sus aúlados dedos o, debajo del brazo, unn frase que
Christa T. ac1baba de descolgar del cuarto para colocarla en
el suelo del pasillo: «Cuando se rompa el último eslabón de
la esperanza, no desespereSJ>. ¿Sería posible? - ¿Tampoco
éste le gustaba? ¿Cómo va a vivir usted sin ningún buen
consejo La señora Schmidt) contradictoria, dueña
de casa por un la.do, sujeta por el otro a las tentaciones de
!a filantropía. No se la reconoce cuando sale de la habitación.
Ahora coge la cita o el proverbio, ¿cómo se ha dejado conven-
cer? Rápidamente va en busca de un martillo y martilla un
clavo en uno de los pocos espacios libres de la larga pared del
corredor. Lo cuelga de manera visible entre otros
cuándo o a qué bora han de llegar los huéspedes, solos, sin
acompañante, s:e entiende; l..:uándo se ha de apagar la luz;
cuántas veces pücde utilizar . .;;e el water y cuánta agua puede
emplearse y con qué finalidad. Ciudadanos, proteged vuestras
instalaciones, dice Christa T., y se ríe en las narices de la
ñora Schmidt. En vano, naturalmente. Pues a la larga nadie
puede vivir en el mundo, tal y como es, sin saber exar:ta-
mente lo que está prohibido y lo que no. Por lo tanto, hago 1
un bien a mis huéspedes y les quito la duda. Christa T. ha
vivido en casa -de. la señora Schmidt tres años.
47

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Poco sabemos sobre estos años, pues realmente 1w J'\
1
"'¡,.
lo que aún no se ha manifestado. Es mi propi:1 i n::.l'·
guridad la que me dicta que todavía nc ha llegado elmtl1lK'
11
h
1
de informar clara y fluidamente sobre todos aquellos ·,JC(llliC\·i·
mientas de los cuales fuimos testigos o pudimos lwberlo
Entonces, ¿por qué? ¿No será mejor callar, que inhibir:.;<.:?
En :fin - si se tratase de una plección. Pero es eJI:l, Cln·is-
ta T., la que me arrastra. El hecho de que haya vívido rcnl-
mente y de que haya muerto realmente, hecho por otra p:1 rlc
ampliamente desconocido, es todo menos un invento. Ahor:l,
cuando .a]zo la vista, puedo verla pasar ante mf, sin darse vttcl-
ta, y soy yo quien tiene que seguirla, hacía abajo, hacin nt d:-o.
Incluso cuando comienzo a intuir la finalidad de todo esto Y
lo que se propone hacer conmigo. Cuando de entre todos los
ejemplos -.l2_ues qué es ()frecer se iiJl-
ponía precisa;:;;elite-er quien no le uJ:l-
dra ninguna de las palabras elogiosas que tieJJlpo, iJJ-
clu.idos nosotros, hemos proferido. Aunque quizás le cuadren
algunas, si bien es cierto que en otro sentido muy ciif("rr·ntc
usual. Ay, si yo tuviera la posibilidad de inventar el pcr•¡o-
naje. Ella no es un ejemplo ni un modelo a seguir. Crc(J
no sería diferente con cualquier persona realmente vi'.'a; Y JJH!
declaro partidaria de la libertad y del derecho a inventar.
Solamente una vez, esta única vez, deseo Y
poder explicar cómo ha sucedido todo, sin necesidad de
demostraciones.
Dur:1.ntc m1.1chos años Christa T. tuvo que engañar·.r: >J d
wlsma :- hG p¡lgndo ello; corno cualrruier ¡--·tS(In;, r':% ·:r;
1
"
., .-.,,,·' ¡,_, ..•
----I
sufrió desilusiones de toda clase, la más amarga sobre ella
misma. Yo no me di cuenta, encontré natural que quisiera
sc:r- cotnó todos. Más tarde, me h:ln asustado sus diarios. Po-
dría preguntarme por qué no he advertido casi nada. ¿No nos
habíamos vuelto a encontrar? ¿No nos habíamos dicho al fi-
no] de este encuentro las palabras adecuadas? ¿No habíamos
sabido hallar, en c1.::alquíer caso, la risa correcta? ¿Sorpresa,
alegría? ¿Familiaridad? Sólo hasta cierto punto. Yo vivo y
ella no, de modo CJUC puedo detetminar acerca de lo que se
va a decir o no. bsta es la tremenda desconsideración de los
vivos con respecto a los muertos. Lo que denominamos nues-
tro derecho, el derecho de na.querer-saber-nada o de no
nada-quecdecir. Un buen derecho.
Quizás, tal y como están las cosrs, no debería cargar yo
sola con toda la responsabilidad. Po<lria buscar testigos, que,
como corresponde a los compañeros de una persona prematu-
ramellte muerta, aún están vivos. Podría ir a la ciudad donde
estudiamos juntas. Caminar por la plaza de la universidad. Si
no me equivoco, ahora pueden verse allí quioscos de flores,
pero ninguna de aquellas florés nuestras, toscamente plantadas
e:rfel jardín, donde Günter, el pecoso Günter, sacaba
damente tomates y habas. Tendré que reír. El polvo ha de
llamar la atención, ese polvo que entonces volaba sobre h
pbza y nos obligaba a caminar siempre deprisa, se ha posa-
do. Esto era lo úlrimo que podía esperar, y sin embargo los
quioscos también lo explican. Por otra parte, en el interior
del edificio tampoco encontraría muchas cosas cambiadas, me-
nos de las que se desearía. El patio interior igualmente inex-
plorado por la nueva protegido aún por un letrt-
ro: ¡Atención!, ¡peligro de desprendimientos! Era poco pro-
bable que aquel tejado dañado por la guerra se desprendiera
después de casi veinte años. Los estudiantes de hoy, como en-
tonces nosotros, pasaban indiferentes delante del letrero y tam-
bién de mí, la desconocida, tendría que hacer un esfuerzo y
explicarme a mí misma el motivo de que no pudieran reco.
nocerme como su contemporánea, a pes:ll de lo mucho :..tlH.
e.,l8':: ;;ea, u.:: ilH!.,.::r:.·, tall f'JCú

50

• ..
te. En la escalera --con los mismos
gastada, con la misma corriente de sir e que :-:e .. :·· -\,naves
del- tejsdo· -8ún ·sin reparar-· me cl.irlgiría- a ,.;.,:· le
pref;untaría pm la doctora Dülllng. Él r:n tituh_· .... · ,"·'. con-
testación como dpdé yo al pregun-<:-:.rle, pues :1:·.:,-"
tengo que echar a un lado lü imag'"':1 de la Y pahda
Gertrud a fin de poder pronunciar sin su
nuevo nombre y su nuevo título. 1'\aturalmemc
el mismo lugar en que hace diez u once años 1:\. P?dl8-
mos encontrar a los profesores. Gertrud Bom :,·\.:\luna
· , Q ¡ , f ' . 1 o artt-
vrsta y me reconocena. ue su a egna uem y, • ··
ficial deddiría muchas cosas.
Supongamos que la alegrfa fuera \'crdadera. trans-
curddos algunos minutos, le extrañaría que,
Christa T.) fuese quien me interesaba. La docton1 J\illmg co-
medida como de costumbre no se entrometerá . .i\111\IJI
1
é -¿por
qué sí no me iba a dirigir a ella? Ella, Gcrtrud lh
1
1
1
1J sabría
seguramente qué aspect0 se ha de tener para 11 ,l.n altura
de «las circunstancias» así se expresaría sin dtHl:L

se ¡..a·
' '
diera levantar, si saliera de.l despacho, ?.bandon:Hultl su rorta·
leza -un par de pasos por la habitación hast:: el grupo de
sillones q_,¡c están al lado de la ventana serían :;t1li( kntes para
familhrizarse de nuevo con elln. La que va por ¡¡) ,j es la
tora Dülling, una mujer bien arregbda y vestjdn. í:o .que le
ha rlPbido costar de la pálida,
Gertrud Born, disimular su timidez. apr .... nder a f!/!d?r como
ahora sabe ha .... .:rlo, esto sólo elln lo sabe, y nu
1
j
1
JJere que
ningÚn OtJ.O lo sera. Y yo pensaba respetarlo mirJJlfaS estu·
viera sent<.1da frente a ella.
Así, pues, rbrista T .. Gertrud Dolling adopto:< una p<>s-
!ura defensiva, y yo no sabré por qué
1
pero haber

Ella eraJ dirá, distinta a los demás. Pero t?.tr, y:a lo sabes
tú. No v::üoraba mucho el orden. Nunca trab;;:;< ·•
te -no podín. y tú, c .. siempre disc:>: . :.·' has S-O-
pr:¡rt:Hk\ Ctrn·· '::!. q····;· t·tc Dlll1l':l,
ral:\
1
Uiría l.. ... rtrL•.,, , ¡;:1Uinp.. yute: ..
mÜ;Jr]¡j
"'

,,
.,<'
,.;:.
.•,

que pronunciara la palabra exacta: yo diría
•;'le -·q¡ J;Clígro.
tp¡ .. tt; desvanezca esa palabraJ no tiene cabida en
t"-Ll !
1
;dJJ.Ia
1
11,¡¡ y desaparece dpidamente.
, '\
0
do/;¡ has tenido la cost"Jmbre de decir «yo
';"u·>, le,.., ll•tdo a Gertrud Dolling. Elia rie y junta la punta
\:'-' lo$ • ya lo hacía Gertrud Born cuando estaba
ccsconccrt !,
1
,
;n lh:h¡\f;l¡ (por qué?
·da d(,l/ di! 1 )i)]ling estaba acostumbrada a con
r.tpl ez Y lilrrd y a exponer con clarid:1.d el resultado de
sus 11 1' ,r,, Ahora p:.rece dudar.
Deb1<l"
1
, ¡ . . . ¡· , . ,
1
1
·di _uerza 1magmat1va, e tra qmzas entonces, no
tota mcnl<' ' 11 ¡· h , . E d b d N
· _' r-e a consigo mtsma. ra: es or ante.
u recono,, · 1 ¡· · · d ¡ ¿ , S d' ¡
. • _ '' qr¡ ltnltacwnes e os emas. e per ta en cua -
qlllet cos11 .,
1
A · ¡ di ¡
.
1
'" veces,mcusopo e
tmporta "' l1 1· d 1 f 11' d lib b b
. . ' lll'l'cra, y to o aque o on -e ' ros; usca a
alo-o chstH\1 1 \' b . f .
o j\----¡r::-
1
• esto, sa es, era c:<st o enstvo.
me llo\i 1 1 1 , 1 , ' ] el
•.... l .' 1 (lit amente. Este sera e mornento en que yo
os supongo, pues no es concebible que pueda
mr ttam¡111LI·1·
1
· · · d i!
· •P \le mt propw sentir expresa o por e· a.
Gertr".j \1 b · b f ·¡·¿ d
1
••'1'11 que se ru orLa a con extrema ac11 a 1 se
evantn y
1
, -· b ¿ h
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'1'\'cn a .1a ventana. :::>m em argo, compren o a o-
ra e
1
P
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1'"\ <jlh• Christa T. ha jugado en su vida; ella puso
en te a .le• ¡
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¡ • r 'd · " ·¡ 'l'd ' ·¿ G d
B 1
\'hl .ta v1 a mtsma. 1- a pa 1 um1 a ertru
orn 111 1•'111 \ 1 d - , dich
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1
'' soportar o urante tres anos, meJor o,
o a 1111<'11\' 1 Ll d 1 d ·¿
· · ,, ' egR_ o c. este punto 1e e tener const era-
crorc cun di · N ¡ h ¡ d d
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., l ·· •\tura mente que, en onor a a ver a , taro-
len ten, l\' \l
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' ' 1\ sa ta osts e auto tmltacwn, e a mtsma se
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• ''-\ 1\ menudo.
Absm,k, , , . b . Ch . T
'li · l..¡_'wmre, ya se cmp1eza a encu tlt a tlsta ., a
sacn K;\ r ,
¿·f .· _ \- " ·
1
mn.::::ta en favrw de los vivos, que no pueden
1 ern .L • • 1 , l h .
rad·- ';\1 ¡,__;1 ,.p,·o_ao. - Pcn, Le nuc.:o me e equtvo-
cr-
,., ,oJ a 1Jorn.
Solamente tuvo 1111 las personas.
"\)
Quizás equ:voc0 St, G,t.zera. Literatura: ¿qué "''
11
eso? Aunque, ¿qué- carrera le hublese convenido?
¿Contra todo lo previsible será posible habbr :..:..----st:.ts
cosas con Gertrud Born?
Además, dirá luego sin inmutarse: excepto a mí. ·"'-1ltt>
lla época no ha tenido a nadie.
No, no desmcntiré
1
pero tampoco cambiaré de tcm:L h<\."'-t]a,
diré. No olvides a Kostja.
Entonces, natmalmente, moverá la cabeza. L1 n'¡;-:<:J\id:1
que siempre tuvo se ha convenido en tozudez.
Nadie, dirá excepto a mí. ¡Kostja! ¿Puede tomnrsc en
ese andar de aquí para allá?
Yo) en posesión de los diarios de Christa T., me :;.utnhf
en el silencio. Realmente no ha tenido a nadie
1
por

mi
necesidad de justificarme -¿por qué si no hubiese yü n.
ver a Gcrtrud Dülling?- ha fracasado. _¿Por qué ibn :\
la escuchando?
Tú piensas como ella, dirá Gertrud Dolling: todo ,kptnde
del modo cómo se enfoque un asunto; su relación con Ko::>tja)
por ejemplo. Pero
1
precisamente, no se trata de eso en
to. Éste era también un rasgo característico suyo: no rrpnrer
en los hechos objetivos. Y después esa gran modorr11 ...
¿Modorra?, preguntaré cautelosamente.
Más de una vez. ¡Ese mar de lágrimas! Sólo porque la
gente no podL ser como imaginaba que era.
¿O no sería quizás porque ella no pt¡.cdía ser tal y rutnn no-
sotros hubiéramos querido que fuera? Gertrud Dolling ho en·
tendido muy bien. sin embargo no le importan esW!l objecio-
nes. ¿Como queríamos?, replicará vehernentt:.
nosotras queríamos? ¿Acaso nos estaba permitido? es_tá-
bamos obligadas a hacer siempre lo miÍs indicado, lnn hlen
como fuera posjble, y a exigirlo) una y otra vez? ,:No ba re-
sultado de eÍlo algo sorprendente? ¿Opodrin irno., h"Y mejor
de lo que nos va?
"Pero <'-st·' no l:ra la pregunt<l. A dó, . .:k v11mo.s t: ír parar,
pt?"ns:..ré. ',' ·' <1 '!')"l\,::g, l .. r "¡)' ck-
biJa ¿qué le rcpiuch:ls;'
j 3
r'
;••'
)'

¿A quién?, dirá confusa. Ah, ya. A ella. De hes hahérme
entendido mal. ¿Reprochar? No olvides que éramos amigas';
amigas de verdad. Siempre ha podido contar conmigo.
Y así es. Cuando Christa T. se inquietaba, cuando
zaba a dispersarse, cuac.do desaparecía y volvía a apsrecer,
extraña, como si hubiese estado lejos durante algún tiempo
-siempre podía tener la certidumbre de que Gertrud Born
estaría en su lugar esperándola, constante en su amor y
lidad, sin extraños planteas o exigencias. Con la seguridad de
que sería comprendida sin necesidad de aclaraciones.
¿Qué podü hacer yo sino levantarme y alejarme en silen-
cio? ¿Que qué le reprocho?, dice entonces Gertrud Dolling
, desde la ventana, con la voz transformada. Que haya muerto
1
1
de verdad. Siempre hizo todo como en broma, a título de en-
sayo. Sierr.pre podía interrumpir cualquier cosa y comenzar
otra totalmente diferente, ¿quién es capaz de hacer algo se-
mejante? Y luego va y se acuesta y muere totalmente en bCrio
esto sf que no hay forma de cambiarlo. - ¿O tü crees que
ha muerto de esa enfermedad?
No.
No iré a verla, no visitaré a Gertrud Düllíng. La conver-
sación no tendrá lugar, ahorraremos estas emociones. Y la
pregunta: ¿de qué ha muerto Christa T.? la plantearé yo mis-
ma, a su debido tiemp_g.J_inJ:>oner en duda que fue de aquella
horrible
-----·---'
Me quedaré en ca-sa. ¿Por qué entristecer a Gertrud Dül-
ling? Ella es como puede ser. Y ciertas preguntas que quería
hacerle me las puedo hacer a mí misma, incluso aún mejor.
El rodeo era superfluo. Además, con el tiempo todas las pre-
guntas pierden su fuerza, y casi siempre aparece en lugar del
YO -el idioma permite esta salida- f'l Nosotros, nunca l.:Ull
más razón de ser que con relación a aquella época. De modo
que no hay por qué exigirle a una personn que cargue con las
LLllpas de un extraño, al menos en determin:1rb.s rirrunsl:'nrin.;:_
·¡u creia :;;eguir ::;ieuJo Con :::i
reaparición, como hoy lo sé, ella no sintió ningun; cspcr<lnza
. ' M' d '
espeCial. as tar e empezo a contar conmigo, al menos du-
54
rante ciertos espacios cuales podía :3
desaparecer. He eneal:::-::.:.·: _; ' .. 15 que Se lo teproc:lr_,:
que sea la última vez. cC:'.::"--"- • por última vez. Le::·
. . -
go una lánguida carta _:_sc1l·
1
•.1: cuando por fin s2e'J
fuerzas de flaqueza 0 .;.:-_c.· ••
La verdad es que- _:_-.<nt:ls ocupaciones. Nosot:r);
estábamos totalmente

h:Kernos inviolables, C'1
J
• . - . ' •r
que a gmen puede co::-.::;;:ndc:· que esto sJgmnc? . -· ')
sólo no aJmitir nada
2
;.::-.:lo :
1
:· .• • -i? cuántas cosas ...
clarábamos ajenas!- si::o tc'krar nada extraño, 'I d
surgía -una duda, unJ sospc.:·:-_.1, •
entonces evitar que se Jv·ícnos por miedo, aunqty·
éramos muchos los· por inseguridad. Una
guridad que desaparece con dificultad que cualquier o1r::1
cosa que yo conozca.
Salvo la seguridad, su rcwrso. Pero, ¿cómo explicarlo?
Pues el nuevo mundo, el que inviolable, ad
fuera empotrándonos como un bclrillo en su fundamento -cr,r:
mundo existía verdaderamente. Fxistc, y no sólo en nues.tn•o:;
cabezas, y ya en aquelln época lo comenzábamos a ver. Y lr'
que le sucedió o le sucede en (d futuro es, y sigue sien"b,
asunto nuestro. Entre las ofcrtns de cnmb-io, no ni
sola que valga la pena volver };¡ ·AJeza ...
Ella, ahora hablo de Christn e· , nunca ha deseado nw!:.
an 1erv1entemente como nuestro rnun o, y tuvo prectsamcnl<·
t
[ ' d .
el tipo de fantasía que se nen::-oita parn capwrlo i,t1 cua] •
-pues, se diga lo que se diga, un mur.do ,J,.
personas sin fantasía. De positivistas. De
«hop-hop», coma los Ham<:Sa. Y sentido -en sus
tristes- muy inferior a ellos. h:1 intentado pareccrf-!-1"·
a ellos, ha aspirado a una :-?""of(:'_:r: que la condujera a la o)Jl
nión pública. Ella mism::. :.-:: }-_,:--.::: sorp-rendido y engafíi_¡¡j·
con este objetivo.)-_,. se -·;;::t(1P por cnttilt en ra'i/•r'
l--T:-thb puesto un lí:>e =·nihlc tcnd"
1
Kin a
ob.,dvar, dejm suce.:=:e::: ·
1
• 1, t\,,i,_:·:·or:l :-,ar
· l'1Í1l;\clo tndos los cor¡r.,
·r¡(!J'J('f't"ir en alzuna trzr:dif,
entre pensamiento -:o::::::
cion1mientos. :-;o··

1
'
. ..1
para a vit•tr de una Íorma que la _pena. Hay
que estar dispuestas a asumir una cierta--r:esponsabilidad.
dentemente -esto lo añade inmediatamente- hay que pod.kr
abrazarla cou toda .franqueza y cumplirla totalmente sin
gencias de ninguna e! ase ... >">
Ha tomado parte en nuestras conversaciones, en aquellas
maravillosas y desbordantes conversaciones nocturnas sobre la
naturalt:-za del pataíso, a cuyo umbral nos encontrábamos, L.
mayoría ele las veces h8mbrientos y con los pies desnudos. La
idea de la nos había dominado, había pe1 .. etrado
en nosotros a través de libros y folletos; y desde los estrados
de las aulas se repetía con impaciencia: jEn verdad os digo
que en el día de hoy estaréis conmigo en el Paraíso! ¡Oh!,
teníamos el presentimiento de ello, era innegable e insustitui-
ble. Discutiendo nos convencíamos de su existencia: ¿Tendría
calefacción de energía atómica nuestro paraíso? ¿O gas?
¿Y tendría ..-:los grados anteriores o más? ¿Y cómo lo
noceríamos, cuando por fin se presentara? ¿Pero quién, quién
"'sería digno de habitarlo? Tan sólo los más puros, esto pare-
cía estar claro. Así que nos sometimos de nuevo a los ejer-
cidos.
H0y sonreímos cuando nos recordamos unos a otros todo
ello. De nuevo, por unos minutos, nos volvemos a parecer,
del mismo modo que durante años nos asemejábam'J-s por me-
dio de esta fe. Aún l1oy podemos reconccernos por una pala-
bra, en U!l lema. Nos guiñamos los ojos. El Paraíso
se deja ver, es su modo de comportarse. Que se ría quien
quiera. Una vez en la vida, en el momento oportuno, hay que
haber creído en algo imposible.
56
VI
¿Qué necf'sita el mundo para su perfección?
Ésta y no otra era la pregmüa que se hacía a sí mi.SJ.1l,,_,
Y aún era más Importante la profunda esperanza que mm.u,.__
nía en ser ella, Christa T., tal y como suena, un
necesario para que el mundo llegase a ser perfecto. No ha
cesitado para vivir nada más insignificante, aunque desde
la pretensión es osada y el peligro ue agotarse en el E0\1,'.'<), \
es grande. No er: vano su hermana, que ha permaneckk' '-''-..\
el pueblo, fiel a su colef,iO, le aconsejó casarse pero con
prudencia. Christr, '!'., en las cart[',S que le escribe, fluctúa \'-\\
tre una admiración llena de envidi:'l la __ sí
es l1ábil, acepta la vida tal y como es, Iio- se __ en ·
1
-Iezas inútiles- y el reproChe ra lletriúiriá se da dcrn.\
siado pronto por satisfecha, se resigna, no saca de sí
todo lo qne tiene. ¡Pero ';,lJé hago!, termina una de qH
tas. Pero no todas son enviadas.
Ella iba a las clases, ocupaba su sitio en la 1'.
1
\
seaba rniuda por los lomos de los libros y repentinllmtn 1
pensó que aquí podría hallar la respuesta a sus pregunttls, H1
1

tonces div un brinco, recorrió en tranvía el largo camino
vuelta a la ciudad, de nuevo hanía niebla, tenía frío.
escribe a la hermana, volví a casa por la ciudad vie;a·, llr:
pronto me sentí muy relajada, acabé en un húmedo garfio, /,¡J
mujeres y los hombres me miraban con los ojos desorbitadr;
4
Un prop«tario de fi.:cas de Magdeburgo que estaba de /)("'•
.rJ· .>etJará
1
.• ri .·Jc".'1?,_,.,.1iiante 'V .'ie Jr'.'?.1r5 r 111.; ! ·--'0. LP hrrt,,.
l(t fJIJIIhio p:.'.1,1r tii!tl noche divertzdif en la hr,dega Je Attn
bacb COilJi,;::n_ f(,,,r.._;(:mos dr.: políli,..·a, no preá:amente fJrh,Jiir
"¡!
.1
:' 1 í

ti lo quisiera, be_bimos y fumamos en abundancia, a su costa,
f
. 1 7 d . ' l • ' .
1
d
por supuesto, tna ment::. vO e;e p an!aao y ?rte Tut VOoan O.
Fumo demasiado, ; menudo me siento destrozada y, por tan-
/01 triste ...
Un primer indicio, aislado, incomprensible que ha pasado
desapercibido para ella misma. ¡A partir de Trümoh, se dice
a si misma, tira las :zapatillas! Después volvió a estar conten-
ta, pues, por muy absurdo que suene, había encontrado a su
indio:· Klingsor -no podía llamarse de otra forma-, con su
ardiente r ..lirada, el turbante blanco como la ni::v"' y :os calce-
tines desgraciadamente rotos, ¡esto no la iba a impresionar!
Nadie va a oCLiparse de él, se dijo a sí misma, y se quedó muy
cerca de él, en la Feria del Libro, mientras estuvo abierta, sin
llamar la atención. Y después también, ¿por qué no? Ét na-
turalmente, ya ha reparado en ella, se ha detenido, ha tantea-
do la situación. Y, no vas a creérmelo, me hi?:o una señal con
la cabeza al separarnos.
Después, por la noche, soñé con él. Soñé que lo veía de
nuevo en la Feria de la Técnica, donde nunca había eocado
anl;,s, me ha cogido la mano y me ha llevado al lugar donde
reposan las máquinas y herramientas: Ven, niña mfn, también
un poeta debe interesarse por otras disciplinas ... Naturalmen-
te, al día siguiente he ido a la Feria de la Técnica. Y l0 he
encontrado, junto a las máquinas. Ni é1 ni yo mostramos asom-
bro alguno, y me ha hecho una verdadeti'l i'everencia kling-
soriana.
No, no !!le asombré. Sentimiento y sueño eran una sola
co.,a.
Ella no ha notado o no ha querido admitir el sentido del
sueño. Y es únicamente con este adorno !omántico tan sutil,
como podía salir a relucir la palabra: alguien la ha llamado
poeta, y ella no le ha dado importancia. Pero lo que ha oído,
oído está.
No tiene ning1ín sentido enoj<1rse con ella porque haya es-
tado jugando al 2scondite .:on todo:.> nosotrcs: ni siquiera
::..; cmr.pollt..1LJ .1e louna ._iiíe:·et,: ¡C<:n'"' com-
prendo ahora todos sus pretextos! ¡Cómo yo aho-
58
ra de evasión! Definitivamente se ha esca:;--...:.2-:-.
És.ta fue --la enfermecbd,-la Gertrud.
Extraño o no, en aquellos a escribir. ¿Y :'-'':
qué extraño? Cunlguier momentu, bueno o malo, sería
si de encontrarser a si misma se tratat8. Y, a mi modc:
esto era lo que ella intentaba. Hoy va a ser difícil disc-e:-:::::-
lo que pueda haber de extraño en todo eso.
Christa T., aún pareciendo indolente, ha trabajado du:·.:-. y
esto debe quedar claro, aunque aquí el propósito no se2. 20
fenderla: no se está realizando ningún juicio, no se ha de ;-:--._"-
nunciar ninguna sentencia, ni sobre ella ni sobre nadie,
aún sobre ';:'SO que denominamos da época», término ce=
cual se dice tan poco. Cuando oía su nombre: «Christa T.')",
se levantaba y hacía lo que de ella podía esperarse, pero-. U·
quién se le puede declr que permanezca atento a uJ.a lla.c..>.,:L
tanto tiempo? ¿Se refieren verdaderamente a ::J.f?
¿O simplemente se está utilizando mi mismo nombre? ·y y0,
¿podría estar igualmente ausente sin que nadie lo TJnl-
bién ella se dio cuenta que la gente empezaba a
pero ella no pudo hacerlo.
Y quizás también ha perdido la G1pacidad de vivir de un
modo delirante. L:1s palabras vehementes, las bandeas
tes, las ruidosas canciones, las manos que aplauden rítmica.
mente sobre nue::.m1s cabezas. Ahora, ella ha descubierto q11e
las palabras cunbian de significado según quien Ias pronuncie.
Y son totalmente distintas si vienen de gentes de fe,
inexpertas o exaltadas, que si vienen de personas calculador;ts,
astutas o acomodaticias. ¿Y nuestros pnlabras? Ni siquiera
falsas -¡qué fácil sería en ese caso!- salvo que el qt:;: la:.
pronuncia es otra persona. ¿Esto lo cJmbia todo?
Christa T., si hoy se recapacita, empezó a preguntarse el
significado de esto: cambio. ¿Las palabras nuevas? ¿L,-,_ nueva
casa? ¿Máqujnas, campos mayores? El bombre nt1evo. oyó
decir, y se miró n s[ misma.
Realmente no I.'S fácil distinguir n ;,¡ gente esns enor·
mes • :· ::1s qJ¡,_ e;; :e;: a
brar. De ahi que entonces a contm ellns.
59
(
¿Quién hoy reconocerlas de haber sido eliminadas como
nos propusimos? . .·
Y al cabo nadie desconfiaba de nosotros, ni ellos ni los
resplandeckntes héroes de lm peliculas y libros,
1
sino nosotros de nosotros mismos: sín q:1erer habíamos admi-
tido el escalafón y comenzamos - -ant,!llstiados, asustados- a
compararnos can aquéllas. Estaba previsto que el resultado de
la comparación terminaría a nuestro favor. De esta forma se
fue creando a nuestro alrededor, o incluso en nosotros mis-
mos, lo que víene a ser igual, un hermético que elabo-
raba sus propias leyes, y cuyas estrellas y soles giraban apa-
:Lentemente sin esfuerzo alrededor de un centro que no
sometido a ninguna ley ni a ningún cambio, y mucho menos,
a la duda. El mecanismo por el que se movía todo esto -pero,
¿se movía realmente?-, las ruedas dentadas, cuerdas y barras
se hablan sumergido en la oscuridad, uno se alegraba de la
absoluta perfección y de la utilidad del aparato, y no parecía
que ningún sacrificio fuera demasiado grande para mantenerlo

funcionamiento, ni siquiera esto: extinguirse. Ser una
cá. Y ahora es precisamente cuando nos asombramos: así es
de arduo el camino de los sentimientos.
¡Qué idea! ¡Ella, Christa T., había opuesto a este meca·
nismo su en la noche»! No puede uno ni imaginarse al
tfecto y a la tan íntimamente unidos. En ninguno de
sus trabajos puso h fecha. Peru todo, el estilo de los manus-
critos, la textura y vejez del papel indican que lo dedicado a
su infancia proviene realmente de esa época. Es dificil saber
si ella se tomaba esto en serio, o si fingía esa seriedad. Pero
lo que es absolutamente seguro es que no ha sabido el porqué
tenía que: jugar precisamente en ese momento su papel de niña.
Y es que del mismo modo que nnte un escrito, con el que
uno se ha comprometido, pueden observarse diferentes formas
de autoafi!'madón y automanifestnción, y de igual manera que
las personas no sólo nadan en sufrimientos sino que también
ruentan con los estfnmlos que le' son cMacterísticos, ella a
. . '
la nc:::nc ....ü sr cna.::tc. sin .1 ha senti.1o la
satisfacción de ver cómo se levnntnbn de nuevv l<l niñ:1 ...
60
rante la noche: con miedo. agarrada a la puerta del jardín.
servando la marcha de una familia de gitanos. Sentir deh•
1
nostalgia, algo así---como utrsegundo nacimiento. Y al final ,l\
cir «YÜ»: Yo soy .
Algunas personas que la conocieron entonces, la han tnd,,
1
do de poco práctica. La verdad es que no sabía administt.\
1
su dinero. Fumaba, se compraba un jabón carísimo y po,¡ t.¡
perfectamente sentarse en uno de los nuevos restaurantes l H )
y .. comer por diez marcos patatas fritas y fiambres con geLtt 1
na, mientras suspiraba satisfecha. Y, cuando enloquccú:. tut,d
mente, incluso bebfa vino. En lo que se refiere a sus com¡1,
1
ñías -cuando buscaba compañía-, no era ciertamente est·! ll
pulosa. Interrogaba a toda la gente y les cortaba la palal,¡,,
cuando divagaban: Nada de comer.tarios, querido, la
desnuda, la vida real. Se sentaba en los seminarios sediet 11,
1
de verdad, y no se hartaba de ;-;er y escuchar teorías sol,¡ 1.
los libros, veía cómo los poetas desaparecían en la fosa ptle:-
to que no le bastaban, a nosotros tampoco. Les
mos fríamente en su imperfección. Pero Christa T., vulneraLh
por amor y veneración, cuando se quedaba por la noche s,¡j .¡
en el seminario, volvía a sacarlos de sus estanterías. Las
interiores, que durante el día ya no luchaban -pues el i;,
tenso conflicto de los años anteriores se había convertido

armonía- surgían de nuevo en ella a la noche. La fuerza ...
los hechos en los que creíamos .. Pero, ¿qué es fuerza? ¿QJ
son hechos? ¿Y no crea la tamLién hechos? El pil/
1
toJ escribió en el margen de su cuaderno, que ha tirado la bov
1
ha de HiroshimaJ ha ingresado en el manicomio.
Se encaminó hacia su casa. Delante cie una flnristeria en e
·centro de la ciudad había una docena de personas que espeJ.,.;::
ban en silencio a que a media noche una orquídea poco -<:<.,.
mún, de color claro, abriera por unos pocos segundos sus pt!.<:
los. En silencio Christa T. se unió al grupo. Luego se marco/
a casa reconfortada pero en desconcierto.
Luego no podía recordar cómo había llegado a su cua• .
y a la cama. Cuando despertó ::11 mediodía siguiente, había }-''-
JlJ') 1.;11 :::;:J;n<::r.. Se .:ce1-crí a l.i ,, V!O t
1
uc scbJIK.

\
J
,:1
••

quedaban unas pequeñas islas de nieve en el jardín. Pronto,
pensó, felizmente sin motivot llegará el tiempo de lavar esas
piedras de ado.mo. Rió y cantó, fue a la cocina y
a la señora Schmidt de que tenía que tomar un baño a- nJ.edia
semana. La señora Schmidt se resignó -¡pero no deje
el agua!-, Christa T. aún reía y dejó que el agua subiera has-
ta el borde. Luego se cambió de wpa y compró con su último
dinero ese libro de pájaros tan caro que deseaba desde hacía
mucho tiempo. Se sentó en la vieja silla de cuero y lo ojeó
con tranquilidad. Mañana pensarfa todo tipo de disculpas, pero
no le asustaba el no disponer en· el momento oportuno de dis-
culpas convincentes.
62
.<
VII
La gretJ cíu.dad me infunde una dicha
cuando desde la azotea contemplo a mis pies el inmenso puebío
y un mar de casas ::urge en las primeras luces
y desde Oriente saludo las torres esbeltas.
Líneas quebradas dibu;an aún las golondrinas, arcos
en el verde) cielo nocturno purísimo.
Haces de luz centellean sobre los edificios
y el pavimento se ennegrece con la multitud.
En pie, como estoy) quisiera cantar quedamente.
El viento nocturno acarrea dulces aromas de tilos.
Sería hermoso permanecer aquí esta noche. -
Descenderé sin embargo hacia mi oscura tumba.
Doce, trece años tiene todavía por delante. ¿Sería desea-
ble que hubiera encontrado antes una solución? ¿Que hu'oie!e
sabido a qué acenerse? ¿Que hubiese cerudo ou tensión inte-
rior? ¿Que las oscilaciones "' hubiesen reducicéo entre las fe-
lices y fáciles elevaóones y las terribles caidas? No sé ...
Ella opinaba que deben conocerse todas las opinione!. Yo,
sin embargo, expuesta a la tentación de encontrar bello y bue-
no todo lo que a ella le sucediere. o que ella huhiera hecho,
cojo su poema cuando tengo ganas de enojarme. Una ho[a
suelta, que se ha conservado, podría pensarse, en cont:u. de
su destino. Las hojas perdidas no se conocen, no tienen tam-
poco par qué conocerse. ésta la ha visto nadie mlen-
tras ella vivía. No es difícil de adiyluar el pc·qué. Su gusto era
63
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firme. Se ha reído de las rimns, ha rechazado rotundamente
el <•rnar de casa», los «rayos de luz», ha criticadv los «dulces
nrnm:1s de tilo». De todos modos, tampocp.. ella_ se habfa ma-
nifestado cürítra la sirriplicidad del conjunto, caD.tra ese tonp
de :1bsoluta sinceridad. Nada podría ser t::m enternecedor como
el punto al final de cada estrofa. Cuatro puntos en la última
estrofa, y entre la tercera y la cuarta línea un guión: entre el
deseo y su derrota, entre la nostalgia y el rechazo de la nas-
tn!gia. Sería hermoso pasar aquí la noche - Desciendo a la
oscur.1 se['!dtura de mi habitación.
¿Casualidad? ¿Una promesa? ¿No había sido estimulada
por esto una y otra vez, aunque torpemente? Doce líneas, tin-
ta descolorida, sobre una hoja suelta, destinada a perderse y no
perdida.
Se ha dejado llevar. Trece años aún. Cuatro lugares de
resiclencia. Dos profesiones. Un marido, tres hijos. Un viaje.
Enfermedades, paisajes. Algunas personas se quedan, otras se
rñaden. Para esto el tiempo fue suficiente. Lo que le faltaba
era tiempo. Pero, ¿cómo saberlo con certeza?
Fcli:.dnente la misma vida configura las acciones novelescas,
ind ...;dablemente a causa de la singular inconsecuencia de nues-
""tro espíritu. Un motivo romántico de sus días de estudiante:
Kostja, asi le llamaba elb. Kostja o la belleza.
¿Qué añadirle al mundo para su definitiva perfección? En
pdmer lugar y po-r algún tiempo esto: el amor perfecto. Y aun-
que únicamente fuera para nuestro recuerdo, y aunque, al me-
nos en principio, solamente fuera fingido. ¿Quién habló de
mnor? El amor se oculta, el amor desgraciado se lo guarda
uno mismo como una enfermedad grave, pero estos dos, hay
que sonreír cuando ee!án juntos. Se puede uno alejar y de-
jarles hablar, no se cansan jamás. No importa. Captar la mira-
da indecisa de Kostja, vaya, es incapaz de hacer frente a la
situación, debe estudiar cómo salir del paso. Realmente) su
belleza es excesiva.
Al principio únicamente eran los ojos los que la tenian
ensimismada. ¡Cómo le gustaban! Cuando estab;ln sentados,
dla no le permitía volver la c<1bez:1, porque ve:
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su perfil. Se mantenía quieto y los dos sabían: todo esto es
un malentendido, del mismo modo que es un malentendido
eso de est"r hechos para la felicidad. Mantenían este tipo de
conversaciones impertinentes) pues lo suyo no debía llegar a
nada serio. No nos dejamos avasallar, eso es lo convenido, y
mucho metÍas por nosotros mismos. Si yo te quiero, te
importa a ti. Tú estáte quieto, siéntate simplemente a mi Jado,
déjate mhar, no vuelvas la cabeza, si noJ gruñiré. No quiero
forzarte. Caminemos juntos, simplemente.
No es que él fuera totalmente ingenuo, pero lo aceptó. Un
bello juego, un ejercicio poro pasar el tiempo, al margen de
la realidad, Poner el aire en movimiento) evitar el contacto
verdadero. Reprimir el afecto. Pero, ¿y si no existiese en todo
esto ningún afecto? Pero, ¡ay!, ellaJ siempre- sonriendo, ya
hada mucho tiempo que estaba cautiva. Los sentidos desp·cr-
taron a través de los ojos, y así tuvo lugar la aventura, el más
extraño de sus amores, el más incorpóreo. Pero el motivo fun-
damental es traslúcido: la entrega que siempre resulta de esto.
Falta de precauci6n y de reserva. Si ha de ser un juego, en-
tonces hay que apostar fuerte.
He adivÜJado tus intenciones, dice él un dla, ¡qué come-
dia me estás representando! Ella sabe entonces que él teme
encontrarse a sí mismo, descubrir la comedia de su vanidad,
vanidad que ella tanto ama -ésta es la palabra: ama-, y oo
quiere perder. Entonces ella ríe: Si yo juego, ¿qué te importa
a ti? Y le hace recobrar su irresponsable frivolidad, la <onlir-
mación de .:.:u propia pureza, tan necesitada. Su moral coDo
arma, su inocencia como tanque, pues el mundo le amena2a
con un estallido de innumerables colores y formas y olores
qu<': él no soporta. Ella, sin embargo, desarmada; se mantiene
firm::::, sonriendo, jugando, herida de amor.
Bettinas, dice él, y Anas ya no existen) ¿no ibas a sa-
berlo?
¿Qué quieres decir?, le pregunta.
Que estás pasada de moda.
Sí, dice ella, :;;uede ser. Entonces no viviré mucho tieJ1lj•o.
P,r(' t::, ;n; quc:-:::10 v:viní.s muci1o, y no ureter.Je
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ser un reproche. Ríete. Yo también me río. Una vez le hic.-=
a un hombre tres preguntas. Contestó una correctamente:-.
otra no la contestó y la tercera la contestó r;·-¡oJ, no se pued;:
pedir- más. «Totalmente», decía siempre, y yr) no salía de. rr,:
asombro.
Se van al pantano, y él se recuesta a su JaJo en el ·Suelo,
ella habla con él como si no existiese, habla Jc sí misma. Na-
dan y reman, se tumban, cierran los ojos, no st puede aguantar
el azul del cielo, y la comedia se acaba. :Ú.stc es el día, no
puede pensarse en un error, y él lo tiene que saber. Se calla.
Observa cómo el silencio llega a ser inaguantable. Entonces
él se apoya en los codos, y dice: <<Un dí" bajo la bella luna
de septiembre"""" La historia completa de una tal Marie A., a
media voz, con uns. sonrisa intencionada, que se disculpa y
exige al mismo tiempo comprensión, pues no puede hace-rlo
de otra forma.
Pero tú, cuando ya no te acuerdes de mi cara, sabrá:: que
esta poesía se la he recitado a ella, aquí y allí, en nn día azul
de septiembre. Y el poeta que se te ocurrió, Ila dormido hace
muchos años por ti con todas tus chicas, también conmigo,
ay, Kostja ... Todo, todo ya lo has vivido en tus libros, la
tealidad solamente podría ensuciarte. Yo, por d contrario, no
sé nada hasta que no lo pruebo.
Su cara cerca de la scya, ella le dice: ¡Ay, Kostja! Ma-
rie A., si te la encontraras alg-,.ma otra vez, no seria más que
Una mujer despreciable y tú la evitadas. Pero existe, sí, siem-
pre existe en la realidad antes de aparecer en e] verso y enton-
ces tú puedes admirada tranquilamente ... Solterón, dice ella,
pues ahora también quiere herirlo. Pero él es consciente de su
culpa y genei'Oso y siempre le contecta: Ya lo sé.
Aquella, dice ella, aquella para la única tú te reser-
vas, ya no existe. Hay que hacérsela uno mlsmo. No compren-
des las cosas más sencillas ...
Lo sé, dice arrepentido, y ella lo mira n los ojos de ma-
nera ml que a él se le ocurren cíen versos, 1100 por cada una
de sus frases. De forma que no puede dejar c'scuch8rlas y
compararlas a sus frnses re8lcs pc-:.ro incompkus. Un día, ve
66
"'

ella, acabará confundiendo lo uno con lo e<:-,'·: aho-
ra convertidos en realidad, y el hombre c:m
éL Igual que la misma vida, pensará Y ::'.tn:decho.
Diez Jños desPués, ·él le escribir8 un:1 l'.;.f::·r. Y.,· en-
ferma; ya la habrá invadido la idea de b .. -- toda-
vía una esperanza, aunque de ...·r:::,
día en el' pantano está muy lejos. Elb leed 1, como
51
se tratase de una vieja. hístori;:¡ casi olvid:1lb. \' su
carta junto con sus rest.:mtes papeles. Que t:l nw 1"-:rdcne, :a
he leído. Lo volvería a hacer, con y sÜl

Y s:n.
derecho a ello. No sln cierto sentimiento <k' (nlp:lH!id:td,
00
sin deseo de pagar por mi intrClmisión. Con im¡,:\t\'i.dichd, en
la medida de jo posible.
Pero la joven que aparece como su rspt1S:l .:'\\
existió, una pc.::ueña hermana rubia ansios:1 de 1' rotecc:nn.
Protección ante todo, ante tod; de eÚa, 'L J·:sto tam-
bién ella lo adivinó desde un principio. Ingc se que lla-
la rubia Inge, un nombre lleno de alusiones.
De esta forma se la con una sonrbn
y ella comprendió que en el futuro serían tres. Nt1 1,
1
ocu
cernada. Ella le amaba, él la tenía en sus mnnos, J•,rJ me¡()t
dar el salto de una buena vez, que andar <1 muchos J ,a sos. cor-
tos y dolorosos, «HermaLJ. pequeña;.>, dijo cHa Cll V()'i,

Y
por primera vez vio en los ojos de él algo así como
La razón por Ja que más tarde esto llegaría n
para ella puede ;;uponerse con un alto grndo de prof,¡J._,tlí a '
de manera que yo no dud0 ell reproducirlo comu V(.:n:laJero Y
real. La carta de Ko<:.tja se refiere, con cierta }()s
o come y su ..
su d1arro. Pero los acontecumentos deJaron • d
en cada. uno, las secretas manipulaciones y Jos e
la memoria se manifiestan de diferente manera, d H
ligroso y rápido del olvido se realiza en caJa tJIJ{' tLe mo
0
d. d f d d d 1 . ' ¡/J S" <on-
tverso, e arma que epen e e testtgo fu yuc u 1- -
f . ' h ll ¿ . ,.,d v- É>1as
ta parn que las ue as an o l
, 1 d 1 . . " ' v/ •Jm ,._
sennn, por o que pne o :'" OLHCCJn:-.!c-, :.{U..: ,
61
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ccrsc a mi procedimiento y contra las cuales no tendría senti-
do defenderse. Pues sea .... Siempre hay un sea:-:>. _
No sucedió de forma que pueda relatarse. Pues cuan'do se
puede contar cómo suc<:.::dió, o es que no se estuvo presenfe
o bien que la historia ocurrió hace ya mucho tiempo: y en-
tonces le resulta a uno fácil ser imparcial. Sólo el hecho de
tener que separar y ordenar, hacer posible la narración,
todo aquello que en la realidad está mezclado hasta el límite
de lo ino;e.parable ... Éste fue: según entienda, su caso, el de
Christa T. Nunca pudo distinguir que no debe ir unido el
hombre y la causa que defiende, los sueños nocturnos ilimita-
dos y las acciones limitadas a la luz del día, pensamientos y
sentimientos. La calificaron de ingenua, eso es paco. La se-
ñora Mrasow se lo dijo, la directora del colegio donde noso-
tros :realizábamos nuestros ejercicios prácticos. Estaban al lado
de la ventana, en el cuarto de profesores; Kostja también es-
taba allí, pero se mantenía en un segundo plallo.
Además se trataba del pecoso Günter. un asunto tonto,
por lo menos as! lo calificó Kostja diez años después en su
• carta a Christa T. La señora Mrosow salía a) galope en oer-
tas ocasiones, como un viejo caballo de circo que oyese tocar
la trompeta; esto no lo podía remediar nadie. Pero ahora hay
que oaber -y Christa T. naturalmente lo sabía- que Kostja
y Günter eran viejos amigos de la escuela, de la infanda co-
mÚil en la zona de Ch.::rúnitz.
Pero desde este ángulo, no abordamos la historia. Y a qt:o
fue :2::Ümente una historia verclaciera y corta, según me doy
cuenta ahora, con introdt:(.'ckm, j?arte prindpal, momento cul-
minante, reacción y rápido descenso, con intriga y amor; sólo
que nosotros, al estar involucrado;:;, no la vimos. Ahora que
es posible narrarla, nos parece muy lejana.
En resumf'n: d e.mor hizo caer a Günter. Cuando vimos
a Kostja con b rubia Inge, pensamos, naturalmente, que entre
ella y Günter no podía haber habido nada serio, con lo cual
nos tranquilizamos rápidamente, pues el amor, estábamos con-
vencido,.., ib:. mntra f'-1 !1>"th.:u_·aleza. Y v 110 sé cc<mo es esto dd
amor en general -él per1.1wneció solterv hasta ahora-, peru,
68
de todas formas, la rubia Inge no parecía ir c,lntr:l su n:ltur:t-
leza. Entonces llegó Kc-stja y c::e }R 1levó p:lS:tr. U'-H'h) ter-
cera persona en una pareja ya constituida,_ .Por que
parezca. Todo esto según los patrones cláSicos.; D:ll:" qué
eiemplos se le ucurrian a Kostja a este ::::0h.' qn<..'
Günter aqueflo lo afectó profundamente, aunque no se k
tase nada, salvo que se volvió llgeramente m;Ís Y <.'-:o-
gente.
Al mismo tiempo debió estar perdiendo el juicio :l
poco; pero esto lo negó Kostja delante de h ptoptn
ta T., junto a la ventana en el cuarto de Y rn
sencia de la señora Mrosow. «Ha perdido ln c1bc"" -L1IJC>
Christa T.- y creo que tú sabes por qué». A lo gnc .Kcsl¡:t
no contestó y la señora Mrosow, que seguín atent:ltncnte
acción y movimiento de Kostja, pronunció aquclh fn1sc:
ted es una ingenua y eso es lo menos que se puech lkcin·>. •
Pues ella habla unidn en el caso de Güntcr, todos los K·
' l >
gredientes hasta formar un affaire y, no Sfl ;J!I.
lo que podría impedirla revolver estos ingred.icntcs y .llevarlos
a la Direcci6n del Grupo, ya aderezados, de mnncr:1 rnl qL'e
s6lo hubiese que tragar la masa. Y así sucedió. A Giintcr se
le destituy6 de su cargo. Delante de la Junta dijo que sí: <JUC
había cometido faltas graves, que sí, que la crfticn c1:a. Jl.ISt:
pero que al principio no la había querido aceprnr. l ra.tatJ[.
de buscar en sí mismo las razono..;:> profun::las de su
Aquella tarde, por primera vez, ::e interesó Christa T. por Gen-
ter; hasta entonces se había tratado de Kostja, únicarr.ente
de él.
Todos nc.::otros habíamos estado presentes, tambjén
la rubia Inge y Christa T., ya que Günter dio el examen ante
el gran auditorio. Nosotros envidiamos a veces a los antiguos.
por sus grandes oportunidades, los discursos en el }'oro _ .. ,:peto
Bruto es un hombre honorable»-, todo lo que entonces per-
tenecía al mundo, los duelos principalmente r.o
pretendo el agrBdecimientm>- y la abnndonó antes de h horn ·
A no"0tros nos ofrecen las graLJes 1;:;-:
1 ' · •- r•--• .....
mos liCJ«iPJ5 pu,· :tLlDGt ''C ,, ··:;nr,, ·- '-' -

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____ ,___ -"-. '"-··-- ._ ............. _
ellas. Tampoco Günter se creyó capaz de ello, se comprende.
¿Qué sería un examen en comparación con el discurso de Mar-
co Antonio _en el Foro? ¿Qué sería l{ostja, comparad,o con
Bruto, la clase de 6.' del colegio Pestalozzi y los compañeros
de Günter comparados con los ciudadanos reunidos de :!toma?
Günter habia planeado el transcurso de su hora de aCl.'erdo
exactamente con las notas que le habfa dado la señora Niro-
sow. Y tambiél."! los alumOos parecían coiJ.acer estas anotacio-
nes. En cualquier caso, aceptaron sin resistencias y de buena
gana el juego de preguntas-respuestas que tenía que llevar, sin
falta, a la culminación de esa obra. Pero la meta era: desarro-
llo, basándose en la obra de Schiller «<ntriga y amor», de la
primada de los motivos sociales frente a Jos personales en
el comportamiento de Fernando. Günter no lo consiguió.
Después, nosotros ya no nos acordábamos con exactitud
del comienzo. Quizá lo amargó de inmediato aquella bella mu-
chacha de ojos castaños que; sin pestañear, encontró a Luise
Millerin un poco exagerado, en una pahbra, burguesa. El
amor desgraciado no era en la nueva sociedad ningún motivo
para suicidarse. Todos estaban de acuerdo: hasta allí habíamos
llegado. Sí, éste fue el punto de transición, a partir del cual
todo se fue rápidamente cuesta abajo. Günter tuvo su gran
oportunidad y la agarró. Todos nosotros le vimos caer y él
mismo, al tiempo que defendía la tragedia en el amor moder-
no, al tiempo que confundía a sus estudiantes hasta la illk:re·
dulidad y enfadaba a la señora Mrosow basta hacerla temblar,
él mismo vio cómo estaba cayendo y no intenLÚ dar la vuel
ta. Sabía lo que hacia y no esperó a recibir la calificación;
cuando sonó la campanilla, juntó sus libros y se marchó.
Entonces llegé Christa T. al cuarto de profesores donde
estaban la señora Mrosow y Kostja, que había llegado antes
que ella. Y cuando Christa T. entró ambos se separaron rápi-
damente. La señora Mrosow estaba besando a Kostja: todos
lo sabían y los mejores chistes sobre ello los hada el p;:-8pÍo
Kostja, hasta que ya nadie encontró divertido reírse de una
mujer solitaria, que había pasado lo que ninguno de noso-
tros podia jmaginarse. f!_ue habla pruebas qo"'
70
nos paredan legendarias. También nos teníamos. ...:-t:, .
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cuando decía: es una ingenua, eso es lo :::x'"'-"'-'"·' ·
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puede decirse». '
Pero Günter no súía enju:kiádo como tal, cc.c._-,-- "
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sino como ejemplo de adonde llega un hombre qc:,· ·,¡ "' l
en el swbjetivismo. Y así pasó realmente: el hom'b_:.:--:;_" ·_,,
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y el caso del subjetivismo se separaron uno de , ';.l .
ñorR Mrosow fue la primera que, después de la
pués de haberse levantado todas las manos :.t. ,,,
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también la e Chrísta T., la de Kostja y la de la rnl---:., .. - '
se dirigió hacia Günter, le dio la mano y hasta k · .. \" .. --<.._, ,
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los hombros. Günter se mantuvo rígido, pero se ·
Hasta ac¡uí la acción para ss.tisfacer los hechos. ...
•-·:.,
no es la realidad. Ahora ya se puede decir .
1
en verdad, lo escribió Kostja en aquella carta a 1'
que yo leí: «A veces -escribió- todo está

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uno y no hay defensa posible; sin embargo, no st: 1.'\
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ble. Por lo menos, no de la forma en que creen "·,
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ello no se refería a Günter sino a sí mismo. Ahom, ,· .
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de diez años, Christa T. le ha dado la razón sin htSlll' <1 ,¡
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das. Cuando se discutía sobre Günter, Kostja ya no era q
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ble. Pues en aquella clase en que Günter armó un ][;__, u \·,,
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de su amor, Kostja verdaderamente ;:;. <lil1tll'
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rubia Inge y! por eso, no pudo abrir la boca para •

«Sí, se la he quitado sólo por bromear y él ha perdid(, L
1

beza en consecuencia». Sino que aquí no tenía que

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11
juego la broma, la diversión, sino el destino y Gün tet· 110 p
111
testó por el hecho de que Kostja se callase. Allí estaba ,',1 ,,"
11
,
un l.Obarde y todos nosotro<> no pensábamos otra C( 1
1111
y,'
hoy todavía pensaría de ese modo de no haber le1Jo

v esta frase: «Inge, mi mujer, ha estado muchos año.>J t: llf'L..J
ma, Por eso no me ha ido todo como debiera». Pero dr<! ¡¡
1111
J
de la carta se observa que no lo siente nada.
Lo que vio Christa T. en aquella hora de examen, nj
1
sé. Yo sé cómo se despidió aquel día de Kostja, ba¡·tJ
1
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que había delante del colegio. Volvió a presumir de '-lhi."
«Despjr1ámuncs c;,te n"-rhnl, PI. é'ullnJ· Í;.¡c :.m bcllr, ., ,,
,_
'
Escribe esto -dijo aún-, escríbelo todo. ¿Lo harás, verdad?,
Se separaron cada uno por su lado y tampoco faltó la música
de despedida. De una ventana llegaba una canción: «Ahora
llega el verano al campo, vete allí con su errónea meptali-
dad ... » Tú no lo quisiste. A la canción que era tan repu'gnan-
temente oportuna le siguió ciertamente un nuevo amor.
Está usted muy pálida -dijo la señora Schmidt a Chris-
ta T. cuando volvió a casa por la noche después de la re-
unión-·, no se me pondrá usted mala, ¿verdad? A la señora
Schmidt le gustan mucho las películas sentimentales, pero los
dolores del alma en la realidad la horrorizan. ¿Qué hacer en-
tonces cuando su huésped está en el cuarto y no come
ni bebe?
Pero antes, esa misma noche, Christa T. escribió una carta
a su hern1ana.
,<:
vru
¿Cüándo, si no ahora?
Así comienza la carta gue gustosamente hubiese tr-,,::c,,\, ,
ocultar, ya gue nunca fue enviada, y a excepción '''' ,-:;
1
".•
de mí, nadie la conoce. Es decir, ahora solamente )'ü. ,1,;
1
¡
1
,
1
siguiente comencó lo gue la señora Schmidt respetuc-c<..L¡\;,
11
,.,'
1
denominó «su ePfermedad», esa ociosidad y ese no-n"-'Yq ·•"'
tan sólo para engullir un pedazo de pan, que duró "'" ,¡
1
,
1
:,
hasta gue llegó el joven, no, no el joven y bello señor- , 1 :
' 11 '1 ' ,, gante aspecto smo el otro, el pecoso; e a so o puuo
chearle rápidamente en el vestíbulo un par de ,,
1
,
1 muy educado, incluso con una mujer modesta, y lueg•o q¡¡
111 en el cuarto, durante mucho tiempo se le oyó hablar- 1\ní, ,
1 mente a él Hasta que la señorita empezó a llorar, qui' <llh ;
11
,
¿no es verdad? Al día siguiente él la llevó a la estacié>.n,
La carta quedó en su diario hasia hoy.
Y o no había notado su repentina desaparición, b<lst.'l
11
,.
antes de las vaca:Lnes, y ta;o,poco ella dio noticia plá'lll:¡
Pero en la c"rta dice que querí• morir y que no g>lil11¡
1
de ninguna otra cosa. ¿Cómo imaginar que una person¡¡ ¡,
1 que se ve casi a d-i1r!o esté pensando en la muerte?
Desgraciadamente tengo que dar a conocer esta carta)
nunca se piensa que cartas puedan "N ,
1
invento, pero me permito acotar, sintetizar lo que en el!,l
disperso.
Querido hermana, escribió Christa T. a principios del
rano del cincuenta y tres. ¿Cuándo - sino ahora?
Tú sabes bien de qué se trata: el tiernpo pase rápido,
1
,(·J,,
por delante nuestr". F .. o e::::a Je ., . .,1 ..
rar _tJroi:ur.::-lamente. Como si los pulmones no nos

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·•'
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¡1
funcionado jamás. ¿Y se puede vivir cuando éstos no
donan?
Qué atrevimiento: pensar que uno podrfa salirse de la
naga tirando de la propia trenza. Créeme, una sigue siendo
lo "que fue: incapaz de subsistir. Inteligente, desde luego. Ex-
1
cesivamente sensible, inútilmente meditabunda, una pequ"'ña
burguesa llena de escrúpulos ...
Seguro que recuerdas nuestro lema cuando una de las dos
andaba cabizl:aja: ¿Cuándo - sino ahora? ¿Cuándo se ha de
vivir, sino en el tiempo que ha tocado? Preguntándonos
salíamos de nuevo a flote. Ahora - ay, si pudiera
telo. Me parece estar rodeada por un muro. Palpo las piedras,
ninguna salida. Para qué engañarme por más tiempo: no
go salida. La culpa es mía. Es a mí a quien le falta la conse-
cuencia lógica. ¿Cómo me ha podido parecer todo, cuando lo
leí por primera vez en los libros, tan fácil y tan natural?
No sé para qué estoy aquf, ¿puedes entender lo que esto
significa? Reconozco todo lo que en mí hay de censurable, pero
mi yo sigue existiendo, ¡no me lo puedo arran-:ar1 Y sin
bargo ... Conozco u..r1 camino para librarme de una vez por
-das de esta decepción. No puedo dejar de pe:osor en eiio ...
Una indiferencia ante las cosas. Viene ya de muy lejos, y
lo llena todo. Hay que huir de eíia, antes de tocar fondo. Lue-
go ya nc se siente. ¿Entiendes a lo que me refiero?
Personas, sí. No soy ningún anacoreta. Tú me conoces.
Pero sin presiones de tipo, sentir que
sito. Y luego he de poder estar sola de nuevo, de otra manera,
sufro. Q--uiero trabajar -lo sabes- con otros, para otros.
Pero mis pcsibilidades de ::tcción soü, a ;,ni parecer, de natu-
raleza escrita, indirecta. Necesito enfrentarme a las cosas en
silencio, observando ... Todo esto no modifica en nada mi
funda conformidad con esta época, contradicción irresoluble.
Pero el siguiePte golpe -¡si supieras lo poco que se
sita para que algv se presente ante mí como un siguiente
golpe!- puede atascarme definitivamente. Por mis propias
fuerzas no encuentro el c8mino de regreso. No con
a;:¡ue!lo.::; C}_UC t'1;,tl·,1én hrc :::;irl-:; arrolac!;;,., d h esto es
74
lo único de que estoy convencida. Sigue siendo m.is
más sincero, el otro camino. Pero también más durC'.
No ser una carga para los qt:e seguircln
que tie'nen razón porque sct más fuertes, que no
rar hacia atrás porque no tienen tiempo.
Si tuviese un-.rhijo, aún puedo escribir.
Aquí se interrumpe la carta.
Y ahora nadie me preguntará por qué la 0-'-LULlr.
Me preguntaré a mí misma:
¿ÚEicamente porque-no iban a querer leerla? q11r:!
por otra parte, entenderla perfectamente. Indudablemente t:11ll-·
bién uno puede callarse por simple valentía. Pero dca-
trices que sólo duelen cuando uno se ve obligado a creen.
¿Debe uno guardar silencio por m'edo a ese dolor?
¿Por qué no la habré echado de menos en aquel entonces?
¿En qué podíamos haber estado tan ocupados para no darnnr;
cuenta de su ausencia?
Sí, ella sabía muy bien b que era la tentación. Así c¡ue
entonces, cayó en la tentación de irse. Puesto que no po<lí;J
dudar del mundo, tan sólo le quedaba la duda de sí mism".
El temor de que, de una vez para siempre, este mundo podría
no ser suyo. Y entonces se dedicó a los signos, a una qut:í:J
casi sin palabras: Un hijo. Vivir más tarde. Ah, ser capaz.
Agarrarse. Mantenerse :firme ...
Me hubiese gustado suprimir la carta, o al menos sua ·;!
zarla, pero, ¿de qué me hubiese servido, si yo ya la conoc1ú
De esta fc!ma ha ocupado el luga. que le co>·responde. Mí
resistencia no ha desaparecido, pero ha quedado a un bdt;_
Éste es, pues, cuando menos esperaba, el momento de
mirse.
Siempre se puede hablar de enfermedad. Del de seo ¿,
morir como enÍermedad. Neurosis como incapacidad de acorr.t':...--
dación a las circunstancias dadas. Y el médico que redactó >;{
certi-ficado para las autoridades de la Universidad: Lo mér·')!.
señorita, es que venga a mi terapia. Tendrá que
dónde reside el trauma. Con su inteligencia ... AprenderÉ ,
o::daptarse ...
Christa T. envió el certificado al decanato y no volvió a
ver al médico. Regresó al pueblo. Colocó el paquete de libros
en ls. part.:: ízquierd-<J. de ]a mess, comprqbó si d- panorama
era el mismo, diecisiete álamos, un palmo más altos que ha¡:::e
cu<1tro años. (:;olgó en la pared a la altura de los ojos un
del día, sus días debían tener una armadura que los sostu-
vieran.
Por la noche sueña. Se desliza en del mismo modo
q'Je se baja en un ascensor hacia las profundidades, sólo que
el agua no se vuelve cada vez más oscura, sino más clara. :Jl
final de todo, diMann C':"ffiO el día, como aire líquido. Y eE,
tonces salta y vuela: demasiado bello para ser un sueño. Ella
decide
1
durmiendo: no duermo. No es extraño volar cuando
se l:a deseado durante tanto tiempo. Lo que está sucediendo
debe ser válido. ahí está. Nos sentimos tan impulsa-
dos el uno hacia el otro, observa, que no muevo un dedo. Tal
y como siem;;re lo habí811JOS deseado. Ahora me tienes que
mirar, seguro que sabes que esto forma parte del asunto. En
seguida lo vas a hacer. Pero, ¿:::. dónde miras?
ella vio a la n:'..lchacha. Pequeña hermana, pensó
tiernamente. Qué rubia es, qué desamparada. Oh, cuán peli-
grosa en su desamparo, él siempre tiene que mirarla. Y yo he
df'_ apartarme, echarme a un lado. ¿Es que se puede llorar
en un sueño? Estoy durmiendo, no puedo, no puedo desM
pertar, aunque he olvidado lo más importante -¿qué era?
Cert.tr c0!! cerrc,]o la puerta, eso era. Entonces no entraría el
dolor. Peco llega, todo este aire líquido es en realidad dolor.
Duermo, y lo que está sucediendo debe tener valor.
Pero su naturaleza no se rendía fácilmente, si bien había
en ella cierta ::1dinación a la derrota. Foseia una fuerza tenaz
pnra volver a lev:--,atarse. Ganar terreno, r:entímetro centí-
meu·o. Lo primero, asegurar las fuerzr.:; han quedado a pe-
Sil!' de todo. Los álamos, tms los cuales todos los días se oculta
rl r:ol, lo vea o no lo ven, me alegre o me moleste. Ahi <>stán
IJIIt:VO las cerc·z:ts, ahí el estanque. l)or la noche las rnnns.
V1:q: 1r kilómetros L'n bicicleta por la región. T>8rarsc en las
._,1
1
,, h,.,l--.1.1¡ ',,, i."· !'en t..::;. i:-bc::· ,
1
},:;0. e" 1M·
1'·
,-._,,
manos, que pueda verlo: arreglar el banco que sigue estando
ah[, y donde mis hijos habrán de sentarse. Remover el jar-
din, sacar la mala hierba de las filas de fresas. Sentidos, queri-
. dos sentidos.
Apenas d,; señaks de vida. Toda correspondencia me es
tan penosa. Animal ocular, se dice a d misma. ¿Por qué tazón
no puede ver, oler, oír, gustar, palpa!'? ¿Por qué este
ronarse en dos mitades? Si tuviese un oficio en el que poder
palpar lo que se ha hecho. ¡Debe ser bonito trabajar con ma-
dera! También con agua ...
En sus bor>ts más audaces, llega incluso a dejar de conde-
narse. Aii pensamiento es oscuro_ mezclado singtdarmente con
sentimientos. ¿Tiene que ser por ello incorrecto? Luego otra
vez, ante el menor fracaso, la t::rrible recaída: ¡Qué fina es
aún la capa por la que ando! ¿Cuánto tiempo aún?
No solicita ayuda de nadie, lucba contra s[ misma, no hay
ningún otro enemigo. Puede que no haya estado tan equivo-
cada. Ella sabe: puede haber sido hasta ahora una introduc-
ción, ahora va a convertirse en algo serio. Este sentimiento
nos alcanza a empujones, d primer golpe pareció derribarla,
las apariencias nos engañaron.
¡Aprender a adaptarse! ¿Y si no fuera ella la que tuviese
que adaptarse? - Pero a tanto no llegaba.
Un vt>rano corriente aunque sin desperdicio. No dispone ya
de tantos veranos, no tenemos ningún derecho a quitarle éste.
Blla misma, podemos estar seguros, no lo hubiese regalado.
Por aquel entonces no veía ninguna rc.zón p8_ra llamar la aten-
ción sobre su persona, ni tampoco ninguna posibilidad, creo
suponer. Nos habrlamos acostumbrsdo a fijarnos en los gran-
des gestos. Se tenía que grita!_ Ci morir o disparar. Hoy, sin
embargo, vemos con más facilidad una pena reflejada únlca-
mente en los ojos, o una alegría ---<::amo se siente cada uno.
CÓmo corre ella, Christa T., detrás del enorme bal6n tojo y
blanco, :1l que el viento etupuja a lo largo de la playa
1
cómo
se le adelanta, ríe en voz alta, lo coge, se lo lleva a su hjJa
pequeña, ante nuestrns mirndas, bs cunles elb percibe y a las
']lle con 1_m:1 mir;1(b de scsbyo, su marido, se
?7

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!'·
¡1
,.
le acerca, le coge del pelo, empuja su cabeza h'lcia atrAs, ,eh.
Kri>chan. Ella ríe y se desprende. Y ,en la playa todo el m¡m-
do ouede observar cómo juega con la pequeña .A...na, y aderríás,
y .:::sbelta) con todo el mar que se encrespa ligeramente
utilizando el pá!ido cielo como Íondo. Eh, grita ella.
Eh, Krischan.
Sí, nos dice. Vivir junto al mar.
rU final, dice Justus, ha debido pensar a menudo en ese
maldito sabelotOdo con el que una vez se topó. Según se cuen-
ta, le 6.jo: Usttd va a morir joven. Esto quedó grabado, no
podía hacerse nada.
Pero tal vez yo pudiera encontrar a}go sobre este asunto
en los papeles que él me trajo. Según él, dijo, aún era dema-
siado pronto para verlos.
También para mí era demasiado pronto, tuve que admi-
tirlo. Comencé a leerlos ayer cuando Justus se hubo ido, no
paré en todo el dia y volví a comenzar desde el principio cuan-
do terminé. Cuaderno por cuaderr.o, hoja por hoja, manuscrito
por manuscrito, guardando el orden en que habían sido escri-
"'tos. Y confrontaba cada frase con mis propios recuerdos.
salentada al máximo, quise retroceder en mi intento como
era natural, llevar luto.
Sólo que ya no podía, ya hemos hablado de ello. Tal vez
sea une. suerte toparse con el legado inédito de un figura hace
tiempo Uesvanecida, alejada, sustraída de nuestro pensamiento.
Cargar con el legado de un vivo me pareció entonces un caso
de especial mala suerte, que no clarificaba precisamente el do-
ble <entido de la palabra «liberarse>>: Yo me libero de ella,
la aparto, se adentra fatalmente en eí nombre que ya le he
dado: Christa T., mientras que yo tengo que arreglármelas con
la amargura de saber que una cosa es la vida y otra el papel
escrito.
Quitémonos, pues, este luto, cojámosla, cologuémosla ante
nuestros ojos, a la difunta, esa :figura de tiempos lejanos.
témosle, el viejo let;-ado: Lo que ei tiem
1
Ju nn ·11a r•JdiJ,_..,
J-..-,r<;'r. 2'hora J,-, p:.1-:-dc:,

J:-lues es en
nuestra mente donde la estamos viendo desde hJce tiempo
18
¡_
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deambuhr de un lado a otro, hacia un objetivo que la <st.í
quemando, _pero que aún puede resistir. Nosotros, sin ernb<lr-
go, nos enfurruñamos al averjguar lo que se pro-
pone y lo hará con toda certeza) puesto que este tipo de
proyectos insensatos siempre se preparan, pero no pregunLs)
no preguntes mediante qué subterfugios: Así pues, creemos
que su plan es arriesgado. Se h<bla ya de <(plan», u1 los pul>
bias sin embargo es aún un rumor: En Niegendorf se ha est:l-
blecido uno que predice. 1\.lejor no hacer ni c11so, sólo que e1
hecho de que este rumor llegue precisamente a mjs
oídos/ es fastidioso. ¿Y eso por qué? Acaso quieres._.
No podía hablarse de querer. Sólo que en estas semanas
estaba -bueno, ¿cómo se dice?- débil, algo predispuesta
cia lo sobrenaturaL Recaída, eSto es lo que nota. Reqtíd¡t
-bueno, ¿y qué? : ..
Entonces oyó -pues se oye lo que se busca- que se
reúne un grupito. Grupo de peregrinación, dice a la señora
KrOgcr, pero ella no entiende: La muerte repentina de una
mujer, a la que el «Generool» de Niegendorf ha presagiado
una desgnKia, ha acrecentado su prestigio: Ha llegado et iT;O-
mento en que Christa T. se pnne en camino hacia ét camíno
penoso y agobiante.
¿Hay ptegu:-:.ta seguramente como si :m le impor-
tara mucho. De haber, va también ida. Una cosa así
haber sucedido. Habría un buen pretexto.
Un vagón cerrado muy de El _¿aCÍfe

que
tiene un mal incurable. La Krüger, que quizás oiga olgo sobre
su marido desaparecido. La escuálida señorita Feenscn, a la
que solamente el brujo puede ya proporcionar mediante bru-
jerías lll1 marido. Un par de personas r;::;ás de este tipo. Un
poco extrañas, no demasiDdo. ¿Qué llevHba a la profesor::l al
Generool? ¿Amor fatal? ¿O la enfermedad de su padre? Díe
a dia se vucive m<Ís poq1.Út;1 cosa, y ella depende de él.
señora Krüget suspira. tr·,)n rt·LLi··:
1
o

_s, uu;.-;

p· O''_-"- '-
La c:rpítrl] de LJMtido. Quien ::1ún quil'm apej;J.5f::--'f;,"ésre ....
el morfJCJlln. Esw dicbu por mí, conozco ;ll
t ,_._ ' •1 r
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79
r.
;1

parece desagradarle que me haga ia sorda. Parece como si to-
dos quisieran que me quedase. _
Luego v3n apareciendo pueblos--descónoddos: GOreil, Ko-
serow. Y también el bosque donde se encuentra la de
gas, podrida, ya hemos hablado de ello; en ese entonces este
instante estaba aún muy lejano, ahora se ha aproximado. Ella
piensa, mejor dicho, ve como si arrancase una cortina de de-
lante de un cuadro hace tiempo evitado, pero esta vez desde
algún lugar fuera de a furgón de municiones en
medio de la tormenta de 1úeve, a sí misma sentada en el in-
terior y dos metros más allá una pequt:ña ptüi.tÚnencia, debajo
un ovillo, un poco de nrne, huesos, algo de tela, que poco
a poco se cubre de nieve.
¿No busca pretextos, señorita? La Krüger, Siempre expre-
sa todo tan claramente. Pero quién va a ... Por otra parte, se
dice <.iUC él siempre dice la verdad. -
80
'"
IX
Wat de Generool seggt hett.'
¿Y si simplemente lo hubiese inventado? Es evidente gue
de no existir, lo hubiera inventado, pues lo necesitaba. Y a
pesar de todo, no te.túa el valor suficiente para inventar, m2s
adelante hablaremos de esto. Así que pues existió, apareció
realmente, pero se oculta con precaución y se retira i"?as un
iróuico Wat de Generool seggf hett.
Si q11isiera acercarse un poco, señorita.
Aquí no se trata de simple curiosidad, ni de fe en lo•
mllagros, ni de una cierta clisposición a reverenciar las dotes.
sobrenaturales de otro -el hombre, un austríaco, capitán ge·
general a.D., por una mujer joven, asustadiza, en traje
tirolés-, el hombre lo sospecha inmediatamente.
Le ofrece un :1siento, junto a la luz, como se debe hacer.
Y él, contra la ventana, tan sólo una silueta. Así comió.JL.an
las prestidigitaciones: las confesiones y los
torios.
¿Nombre? Estudiante, si no me equivoco. Ve usted. Aun-
que eso no hace al caso. Y, ¿c6mo 'lejada de los estudios en
esta época del año? ¿O es que dan ahora las vacaciones an-
te') - Bl ríe. En fin. Toda persona necesita alguna vez ce
un descanso extraordinario.
Ella aún no ha vista del todo la habitación, no ha c.leletre:t-
do las sentencias de la pared, todos referentes a la futilLCad ce
las fuerzas humanas, aún no ha pasado revista a los vasos Ce
l, L · qul d;;co. (l-_n .,J,.;.,,,:,i.;
81
No'lici.ls '<':'re ('j,; j,¡ .i
'\
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c,--!,:·l: en b estanterÍ3, y él sin embargo ya sabe todo lo que
que saber.
·;'.[ de que también tenga que darle l-a mano; lo en-
ccc;Hra o.bsurdo, ¿y si se fuera? El General se ha dado cuenta,
· ·" hd'd ·h 1
1
V w <tgnac10n se a eJa o sentir asta en a e
w:-:_.c, dice, no va a hacer falta nada más. jncluso a
los elementos tradicionales de su arte: ningún poso
c-Jé, ninguna carta ... Pero él utiliza normalmente posos
de como también cm u1s, y ella lo sabe, y él, buscando su
hace un pequefio movimiento con los hombros: el
señorita, q1.ú"re ser engañado. Pero usted. Cuaudo
se t::<::nen esas líneas de la mano tan pronunciadas ... Te puedes
Ir, dice::: friamente a su mujer.
Su ¡xtdre, señorita, trabaja con el intelecto, si no me enga-
ño. Un buen padre. Inteligente, habilidoso. ¿Vivia aún? Sí.
Almq:J•:.', como usted seguramente nunca olvidará, la vida hu-
mo.ncl tiene un límite .. Dos hermanos, veo. ¿Sólo la her-
man::t? l\lu:r Jmada, sí, eso está muy claro. En lo que respecta
::ll segundo hermano -le ruegv no olvide que no sólo los her-
manos que se mantienen con vida, los que han nacido, eXisten
en el munc.io al que yo me tengo que referir.
Entonces ella pie"sa: el aborto. Los padres han querido
oculdrnoslo, siempre lo he intuido.
El General está satísfe·:ho.
Por cierto, señorlta, ¿sabe usted que el ritmo lunar es
para usted? ¿Que de él deriva su
atraccÍÓü por la línea sur-este? Bueno, en sP vida aún
no tiene que aparecer tan claramente. Más tarde, cuando se
establezca en una ciudad como, dig¡:¡mos: Dresden, pensará
en mí, preslJffiO.
De las estrellas ... Sí: Venus y Saturno están muy cerca.
Venus, el amor, también la ternura, siempre está ahí. Por lo
demás consuélese: veo otra constelación a su alrededor· 1v1u-
chas cosas diversas se esconden en ella, proyectos ambiciosos,
los intereses ml'is dispares.
,.·¡ __ ,órno 0]y·r1.-..:· é'_:'O:: \ 1:: le::,ulta:::
8?
sa? Llegado este momento, desearía intercalar, pues me tiene
intranquila, que ella en cierta medida ba inventado a su gene-
.ral. Al día siguiente -a su <<séancet> con él, so1a en su
tación, la miracla en los diecisiete áhmos, el diario sobre la
mesr.: Jo inventó con la sana intención de ser exacta, de ser
objetiva, de ti·anscribir la conversación del General con l::1s
palabras exactas, y se avergüenza: ¿podría ser aún más justa?
Eila es justa como cualquier otr,-, persona: extrae lo que im-
porta. lo sustancial, pero lo otro, lo obtuso, lo erróneo, 1o
tonto hasta la majadería, apenas se menciona.
Ivie p:::rmíw corregirla e invento mi propio General. Soy
justa, repito, como cualquier otra persona.
Tendrá un examen, dice el General. Y no estará especial-
mente brillante en él, no le estoy diciendo nada nuevo. Dd
montón, podria decirse, si no se supiese que tanto su inte1L, ..
gencia como su memoria, por el momento aún Hmitade.s, Se
desarrollarán. Usted debe saber que la mujer alcanza su pleni-
tud a los veintimuchos años. En su caso) señorita) podría s€r
más tarde.
Tenga usted cuidado, dice el GeneraL Los próximos seis
meses no le van a ser muy fáciles. Sus nervios están afectados.
Se le avecinan diversas enfermedades. Lo qut: en este mo-
mento está usted padecíer1Jo, yo lo denominaría u!la debilidac:
viral pasajera.
En este momento mi General la mira rápidamente a la cara,
para cerciorarse de que puede seguir hablando, y prosigue.
Las dificultades aumentarán siempre que usted tengn que
enfrentar cualquier tipo de decisión.
Christa T.) ay, Krischan, está ahi sentada y piensa: Tklle
razón. Y lB luz, junto a la que ha sido colocada, le hace
él descubrir lo que ella piensa, el General se arrellane. <:Ómod'-
mente en el asiento, no aprieta ya con tanta fuerza su manQ,
y finalmente rellena su vacío en el horóscopo que tiene entre
manos.
En un tlcmpo no demasiado lejano, cUce el General, ser2
usted <l un entietro. Parece que "'5 una da suya de
JlTV'' set·_'"''tct Lt .. ¡ue
83

Entonces Christa vuelve a escaparse. No hay más remedio,
General, tiene usted que esforzarse.
Usted se quiebra demasiado la cabeza, dice el General, y
_da a su tono incluso un cierto __ apremio.:, Si me permite
darle un consejo: trate de liberarse de esa costumbre tap ago-
tadora. Créame: dentro de tres o cuatro años -y no mé equi-
voco Jl pensar que tengo ante mí a una muchacha de veinti-
cuatro añcs. ¿Ve usted?, todo será distinto para usted. Su
·constelación me dice claramente: se distinguirá entre sus con-
temporáneos. Esto se verificará más tarde. ¡Si usted pudiera
-sentir confianza en sí misma: ser tenaz, pero sin abusar de
sus fuerzas, evitando los esfuerzos; saber vivir, mi querida
seLorita, también a usted le vendría bien ...
Ahora es cuando ella recoge velas, yo también. Si él hu-
biese sido un pescador de almas, si le hubiese ofrecido algo,
una palabra al menos, algo para aliviarla ...
En cuanto al amor -¿intuyo con razón que también quiere
saber algo al respecto?
Ahora ella no asiente, no mueve la cabeza, enrojece sim-
plemente, trata de apartar la mano, y el General, que desearía
no haber notado nada, deja que se le vaya la mano.
A usted le gusta amar, dice el General, su General, ¿o quién
dice realmente esto? Usted ama tierna e íntimamente, pero su
amor se asemeja a la amistad: de ahí que tenga buer:cs amigos,
agradables y simpáticos. Hasta que llega ese descontento, ya
sabe a lo que me refiero. Entonces se vuelve usted veieidosa,
y llega a rechazar a los fntimosJ incluso a los que ama, ya sabe
usted por qué. Y estos, querida señorita, son 1Gs momentos de
enorme frialdad que siguen a todo gran enamoramiento ...
¿Quién le ha hablado? Sabe a qué he venido. Pero, ¿cómo
ha podido averiguarlo?
No, nuestro General no se pierde en divagaciones, con igual
desenvoltura puede concretar o vaticinar, y así debe ser pues
es su profesión. Parece que existe un hombre que desea lle-
varla al matrimonio. Este matrimonio, aconseja nuestro Ge-
neral, mejor abandonarlo, traería con seguridad problemas:
envidia, interrupción de su evolución profesional. ..

Ha llegado el momento de volver a coger su (:Y
preveemos profesionalmente para usted?
Planteada esta pregunta¡- ·nuestro Gener<d, --vuelve 2
concienzudo su mano. ¿Algllña ac'iiVidad en llll:l gra':.
ción? Podría ser. Algo así como una me parece ..
Al principio inhibiciones, ya sabe usted: esto no
tan pronto. Pero luego, se irá imponiendo. Si no me eq_r;_
vaco, señorita, usted será famosa. No tema b p:1labra: f:"mos2
Según veo, todo está hacia a]go crc:HÍ\70, ¿Una
obra? ¿Música? No. Lite:atura. En fin, aquí termina ;ni
petencia. Pero, ¿por qué reprimir el dcse-v de :::onvcrtirse 2:gtna
vez en una gran dama? no dchcría habe1 :-_in-
guna pega.
¿Cómo se ve de pronto? ¿Un vestido largo, flores, a:!:nÍla-
dores? ¿Qué será de mí? ¿Tiene que seguir flfll,]ando?
Hable usted, General, puesto que está en vena.
Seguramente un doctor, dice su Genera], sed eL
marido. ¿Un profesor? De aquí a siete años scúa In edad·
para casarse. El amor será la base de este matrjmonJo -er: Eh,
esto se da por sentado. Y el marido, siete, ocho años rr: ayor.
Veo dos niños, buenos. Ningún contratiempo importante.
Siga, General, siga.
Se conocerán seruramente a través de una

¿En
ópera? ¿En una Compréndame: no son posibles aHr.
maciones más precisas. Sólo esto: una viviench fuera ce
ciudacl, una villa quizás
1
que puede hallarse incluso en un
parque, la vida discurre en línea recta y hermosD. ccd:::s
]as posibilidades abiertas para agotM sus numcrr1<.:ns apti
esa extraña mezcla rle talento románti.._o-poéticc y pcdagógl:o-
práctico ...
Adelante, General, no se olvide de nada, ¡tenemos sed de
lujo! ¿Tendremos coche? ¿De qué morca?
Quizás no debiera haber hecho notar que él la h"hia -oue::o
a perder. Pues ahora él toma por última };¡ mano. Aúr:.
queda algo, referente a la muerte.
Entonces, una ve escrito todo esto, ha ccn;:rlrj d
jJf'
1
'0 .-.! '''')fll(;'n¡.o in ;J<, 'Vll•"'ltO <1 al-, i•·: l-l<H"' 1:
' )
:, )

nterior: fuese un pretexto para poder escribir esta frase.
'.uaJrimo'nio, escribe, según dice el General, será separado
171
uerte. La de la mujer o la del hombte. Pero los niños
ya estarían fuerJ de la edad esColar.
Vúelve a releer todo. También la última frase. Luego
entre paréntesi;;, dos palabras y dos signos de interroga-
¿tan pronto?
Y cierra definitivamente el cuaderno.
Ick glü\V doar nich an. Pero eso si que es extraño.
Fin de la escena.
No ha vuelto a leer nuncn estas páginas, y cOn el tiempo el
recuerdo de lo que realmente pasó se fue pareciendo Lada vez
menos a lo que escribió en el cuaderna. No llegó nunca el
premio ar_.unciado en la rifa, ni tampoco el desca11so del año
siguie;J.te. También se hizo esperar el entierro de la anciana
tía. Nada de esto le quedó grabado. Pero le han predicho un
final próximo, eso sí queda. Lo único que el General se ha
guardado de decir, ella lo recordará siempre: moriré pronto.
Y tendrá que creer en ello.
Ninguna otra palabra de muerte del General.

8()
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X
Una recaída, diríamos sacudiendo la cabeza, y habrÍ8mos
tenido razón. Puede ser que esta historia haya sido
a algunos, a maner:, de prueba. Y pudo ver cómo en
los rostros, sin excepción, aparecía esa sonrisa incrédula-com-
pasiva. Puedo responder de esto, pues aúr. quedan huellas en
mi propio rastro.
Así que guardó silencio.
No será muy importante lo que se tiene que contar.
Lo n1lsmo da, pues, escribirlo. Suavizar esta incurable di-
ción, cediendo simplemente, sin darle importancia. Si la
sale bien, una está a salvo, al menos por ahora. ¿Qué me viene
a la cabeza cuando cieno los ojos? Nada importante, como
he dicho antes, se siente venir por sí solo, no existe en ello
coacción alguna, ninguna interpretación de las cosas, y por
supuesto ningún significado. Repentinamente arranca una pá-
gina de un cuaderno cualquiera, de nuevu dejará a un lado su
plan de no hará ningún progreso tn la gramática. Se
ensayan un par de posibles títulos, pequeñas bio::.
torias, quizá algúil día se escriban. ¿Cuáodo, sino ahora?
«Lista de títulos>>, aparece dcrito arriba, en la parte supe-
rior de la página, entre comillas, tal y como yo lo
duzco. Si al menos las comillas encerraran un irónico dist:ln-
ciamientl)_ A lo largo de los años se han ido aña'-liendo a l<1
lista más de dos docenas de thuloc, unos debajo del otro,
algunos los he ido recopilando de otras p6ginas. Compren¿o
algunos, otros no. No puedo descifrar todos los gJ.raba to5,
ella mismo tampoco hubiese podido. Pero, ¿habría querido?
La pr-::gunta se ha dejado caer, no a este:
S7

--- _________ ..,..._ _ _._ _________ _
momento. ¿Prematuramente planteada? Por otra parte esta es
la pregunta más dificil que me ha surgido desde que refle-
xiono sobre Christa T. Y cuando se me pregunte -y se me
preguntará, ¡cóm{J" no tendré riada que-_ ded.r': '-¿por qué
razón nos la pones delante? -se me ha de preguntar. PLJb es
eso precisamente Jo que hago, esto es indiscutible'. Taw_bi¿n
me preguntarán por sus
Así es que me veré obligada a hablar de éxitos. ¿Dónde
voy a ir a potrar? ¿En qué puedo apoyarme?
Me acuerdo de Clinther, el pecoso Glin.ther, antes de su
gr:::n salida a escena, antes que el amor causara su perdición
y el dolor -sí, el dolor- le hiciera ckriviciente. Siempre de-
fendió a Chrü;ta T. y siempre se mostró colérico frente a ella.
Ha debido ser Ja única persona que ya entonces la admirara,
hay ciertas pruebas, aunque no lograse entenderla. Él creía, no
sin cierta excesiva firmeza, que todo lo existente tenía su razón
de ser, su utilidad, le atormentaba el tener que investigar la
personalidad de Christa T. para llegar a saberla realmente útil,
y desde luego intuía que era una persona magníficamente dota-
da. Mira, dijo él, cuando había terminado la primera parte de
un examen final y ella no había escrito todavía ni una sola
línea, mira, la sociedad te ha dejado estudiar. Ahora quiere
saber lo que has aprovechado, es justo y resulta barato, ¿o
no? Sí, rlijo Chtista T., que solía conversar mucho con Gün-
rher, escuchaba sus argumentaciones y reflexionaba profunda-
mente: si, es justo. Pero no barato, ¿sabes? Yo incluso diría:
caro.- ¿Qué quieres decir?, pieguFtÓ Günther, bromeas.
Pero no ::!staba bromeando. Simplemente se resistía a tener
que pagar lo que se le babia dado. No creia que aquello que
ella tenía que dar a cambio tuviese el más mínimo valor. ¿Por
qué, realmente, concederle algún valor?
¿En qué apoya;me pues? En q::e el tiempo es un valor en
sf mismo. Pero tiempo era precisamente lo único que no tenía.
¿No se le habia comunicado esto con suficiente antelación?
Al llegar a este punto me he enfurecido. He vuelto a leer
la lista de titulas. Con el guardabosque. Noche de verano. Rick
Broders. J-'n¡ ·v Chri::tine. Día el m .. T. PtJ la.r .,,..flrl"t'aJ JÜllr
- . '
88
significa todo esto? Y a puedo esforzarme todo lo que guie1"a,
que no descubriré lo que se esconde detrás de estos t1iuJos.
Califiqué mi ira, que es por ,cicerto de naturale.za _cQmplicada.)
como la sana ira de un lector burlado. y aunque yo fuera
única persona que quisiera saber lo que esto significa: Teniente
Baer era d.istinto - ¿no debía haber tenido, por lo rretlos
conmigo, cierta consideración? ¿Quizás no compense recapa-
citar sobre la ira de la que es víctima una sola persoll<J, pero
yo pensaba: de la mía debería haberse ocupado. O romper k
cuartilla, da igual. ¿Cómo v.; a justificarse? Ella, ahí abajo,
ella. sepultada, sobre cnya cabezq reclinada -¿no es así cómo se
habla de los muertos?- crecen flores.
No se debe decir sobre los muertos nada que no sea fa oo-
rable.
Dejé todo tal cual estaba y me fui. Me dije: Esto no lo
hago> esto no se puede exigir. Qué feliz estaba tan llena de
ira. Me detuve ante unos anuncios, los leí una docena
veces. Y me sentí presa de una idea, una idea que poco á
poco hacía desaparecer mi ira. Pensaba: al fi" y al cabo, ella
lo había hecho.
Así que tnve que desistir. No puede uno enojarse con los
muertos. Y sin embargo, yo e:;taba herida, y aún sjgo están-
dolo. Nc es cierto el dicho que únicamente lo; vivos puedon
herir a una persona. Pero si :fuese verdad, ¿qué significaría
esto?
He querido hablac del éxito. Pero éste, siempre que tiene
lugar, implica una historial al igual que el fracaso, pero :1:!:.)
hablamos de este último. El éxito puede ser auténtico o fa-
bricado, merecido o regalado, obligado o ganado ... Pero ante
todo, puede consistir en esto o en aquello: en fama: por eJ em.
plo, o en la certeza tardía de que se debe hacer esto y no
otra cosa.
Así pues, para ver todo claro tendría que contar la historia
del éxito de Christa T. Y est¡,¡ idea me sorprende a mí misma.
De mi ira guardo una cierta amargura) que también
parecerá, espero. Entonces quizás la vea: tal y como ella que1í t
ser :· lo t:mto P:.:ro :::G¡J rtl t!empc: "l.ü'-

l

gar este informe, me pa.Lece que está decidido que el momento
de verla tendrá lugar después ddfinaL .
Christa T., hizo un gran descubrilniento aquél.veianÓ,
1
pero
ignoró su importancia real. De pronta descubrt algo así -tomo
un puente entre esa vida que conddera mediocre y algunos
momentos de noble y hermos<l libertad. Ha empezado a intuir
que uno ha de formarse a sí mismo y que ella ha tenido loco:
medios para lograrlo. Porque ha empezado a estudiar su nos-
talgia, y ha visto, cuando se fijaba tranquilamente y con
suficiente atención, que ésta coincidía con las cosas reales.
No sé a quién pudo contarle la siguiente historia, pero
desde luego fue a alguien a quien llamó:
Malina, la frambuesa.
A los trece años pude hacer por primera vez un viaje largo.
Desde hacia un año llegaban las cartas del tío 1Vilhelm, es
decir, una de las tres copias escritas a máquina, dirigidas a la
familia. Tío 1Vilhelm, hasta hacia poco tiempo inspector en las
prisiones de Brandenburgo, había aprovechado la oportunidad
que el Führer ofreció a los funcionarios: hacer una carrera
que superara sus posibilidades paralizadas desde hacia mu-
chos años. El este pedía funci01tari(ls administrativos inteli-
gentes, y el inspector Krause se convirtió inmediatame
1
1te des-
pués de su llegada en inspector superior con sueldo de al-
calde.
Todo esto en Kalisch/W 2rthegau, Litzmanmtiidter Strasse,
2, en el año 1940.
Dos semanas antes estaba yo sentada en el jardín debajo
del tilo, zurcía y cosía mis braguitas y calcetines . .Ñ!e ilusionaba
el viaje y estaba convencida que para pasar unas semanas·, ha-
bía necesariamente que llevarse todo lo que se poseía.
Del viaje en sí apenas guardo impresiones. Calor en los
campos verdes y amarillos, tranquilidad abúlica en los compar-
timentos medio vacíos. En Kreuz ¡¡;z rápido control de pasa-
portes, lo suficiente para mantener en pie la ilusión obstinada-
mente combatida por la madre, de que viajaba al extranjero.
Yo saf.!c: .nor mi Brod:ha:::;) a:-:a 1SC9 -mi ..zhfl. !u In
,)ah!ü de¡ado en herencia y íormaba parte esencial dl m; bi-
90
blioteca- que Kalisch era un gobierno en la parte occid t¿
de Polonia rusa: <(El país; terreno_ llm10 que se i_nclina
occide11te con escasas elevaciones. Clima uniforfne y sano. U
población se compone de un 80 % de polacos (la
católicos rómanos), un 10 o/o de alemanes (la mayoría evmr·
gélicos), tm 9 % de judíos) el resto en su ma-yoría rusos. Sud-:;
arenoso. Es de gran importancia la cría de ovejas !' ganscs,
pues ambos se exportan a Alemania. El gobierno se Jividc er;
8 condados: Kalisch, Y(!jelun, Kolo, Konin .. . » etcéte··;J_
Todo esto lo recité a mi mad1e. ¡Qué extranjero SG.r1llbc
todo/ Pero ella se negaba a reconocer tales cosas como •
feras. Todo esto es ahora alemán) y se acabó. A lo más admitió
que «Kalisch, en polaco Kalisz, estaba situado entre tres hú!z;cs
del Prosna e1z un bello vallo> y que tenía «seis ferias anu;?les>t
Así que no está tan despoblac.'o, opinó satisfecha.
A media noche llegamos a Kalisch.
Ahora habría que saber) por qué no siguió escribiend::;. L<'.
impo1·tancia de la frambuesa poloca -Malina- para la que
ha construido todo este encanto, el Brockhaus del año 18 89, e_
viaje al extt<lnjero, que al cabo no lo fue, la madre J' elk
misma en conversación y réplica ... Me preguntáis qué t,_:ngo
que decir de todo esto. Pue.-; bien: el tono de estas pigi=-:zs,
por ejemplo. Ella escribe de forma tal que es coma si sE k
estuviese oyendo hablar. Nada más.
En ese momer:to debieron avismle. 1-iabía visita. Vis:
¿para mí?
Era el director del colegio del pueblo vecino, dla lo ccn.s>
deró un gesto muy amable. Aunqne no sflbía c&no in1<:r·
pretar su mirada al margen de la posible amabilidad del geoto
Uf'.a especie de señal que espera contestación. Fero la cor-lt<:.s·
tación no llega.
La madre los a.comodó en el cenador de jazmines y
zumo de manzana, m6s tarde también sale la luna. Al
plo h8bía cierta violencia en la conversación, ella no se
el .• Él ha qu:. enferma 0 algo p:il<:c . .Jo
:tn ;'\'('\ 1:::: }¡(._¡_iT.Qf'JS
nones, piensa elL.1, umbién le Jgradece esn manera de :"G

desenfadada y alegre, ¿d6nde lo he visto antes? Una inteli-
gencia clara, un juicio seguro, una postura simpática ante la
vida. Con él debe dar gusto. ir a l-<.1 escod_a, I1imediatamente
él confirma sus pensamientos y empieza a hablar de sus plum-
nos, ella aún conoce a algunos, presta atención, pregunta, acla-
ra, responde, se asombra. Si, dice él en una ocasión, con ese
tono bajo tan significativo, todos somos ahora 4 años más
viejos.
Ella ríe en señal de afirmaci6n. No es precisamente lo más
ingenioso, pero tampoco es falso.
Luego se añade el padre, después de mucho tiempo, ha
pasado un día soportable, sin esos dolores, casi sin ahogos, se
atreve a sentarse con ellos arrebujado en una manta. Excitado
por las historias del colegio, rememora sus años de escolar, sus
años en el seminario de profesores, sus intentos de ruptura y
cómo finalmente aprendió a ¡Qué diferente!, piensa
Christa T., y al mismo tiempo: ¡Qué paralelismo! El padre ya
no ha de hablar asl muchas más veces, ella lo sabe, y él tam-
bién. Se entienden muy bien, el padre con su joven colega,
comienzan a hablar de asuntos profesionales, y de pronto Chris-
ta T. oye decir al joven: ¡En esto estoy totalmente de acuer-
do con usted!
(totalmente! Esto le hace sentir lo que desde u!l principio
debió haber sentido, también eSto aclara sus miradas y el
doble sentido de sus contestaciones. Ahora descubre que él
sigue llevando la misma chaqueta gris de cremallera. Ésta sí
que es buena, y duradera como un pequeño sentimiento.
Y sin embargo: ¡Dios mío!, (CÓmo puede olvidarse una
cosa semejante?
Le gusta y a la vez le disgusta.
Cuando por la noche quiere reflexionar sobre ello -todo
lo que sucede, todo lo que puede olvidarse, lo amado y lo
no amado- desaparecen de súbito la tristeza y desesperad6n
de los últimos tiempos. ¡Bueno! piensa sorprendida, ¡bueno!
Por primera vez duerme a gusto, se despierta tarde y
mente despejada, y también recuerda todo lo que h:: soñado.
Se pncoPtraba al !8dc: df' una co""!Jc "'ll e1ütm:es,
92
él llevaba la chaqueta gris y ella le llenó todos los bolsil:,•,, ,
1
,
cerezas, aunque aún estaban verdes, pero no parcda

tarles. ya no era él; ·sinó-·: Kostja, a él fue a.
le dio l:s cerezas a manos llenas, más tarde el ).
1
noche, la luna er_ el cielo. Entonces el hombre Ja miró, '1>,.,
ya no era Kostja, sino un y dijo amistos<tmenre: '.-,.
siempre sucede así.
Esta !!:ase la estuvo repitiendo durante todo cJ Jía y se \,.1,,
cada vez. Siempre wcede asf, siempre E'.Jcede así -¿qu¿ h.L,
en ello tan reconfortante? '
Al mediodía vino la hermana bici, y pensó: Las \,
1
caciones de verano habían emnezado. Se fueron juntas a 1.
1
,
prr..deras juntc al dique, se echaron en el céspcJ y hab.Lq,
111
sobre todo lo que se puede hablar. Lo otro, Malinn, la framlHh
sa -también la había empezado, en secreto. ¡Cu::íntas
discutido y dudado todavía!
No lleg6 tampoco al final.
1
·1
¡¡¡,
1
1
1
'
-,.,.¡
XI
Tan sólo puedo decir: se lo ha llevado
Pues su carnina no estaba exento de .i. _
ahi que fuera tan penoso, al igual que "',,;\>S Gln::.:.:.::_.:
de nuestra generación. Pero al fin y al cabo \'>: '·\\ :
seguir, ya se ha anunciado lo que se avecina, l
11
so se ::_:::_
sus características; y suy\' ttgob:c:::
fattga, ya se ve en su prop1a mtranqmhdad, ''"'-'-ll,, se lee ::_;
tensión en el oscilar del indicador.
Por tanto, ahora debe afirmarse en sí el
aún no ha finalizado. Sólo que ya no puede <::_
orden ni concierto, ahora no se conforma con l,, 'lile le
entre manos, de nuevo es ella la que escoge. El ·'<(/,
1
19.
el punto de vista literario me es muy digno dt:" ·\·\.t'f'to.
Raabe, Keller, Storm, le interesa únicamente lo

io,. lo :::-.:-=-
tero, consciente de lo que hace desciende al

mun::
Su que a.convertirse v!cio: L1 '•llnpLejid:¿
la amb1guedad, el refmam1ento, los sent1m1entos ult¡
11105
• r: ....
mas Manr, Lodo esto queda ahora relegado a un
mino. Lo que ella escribe personalmente: histod;b q
1
e "'t .,_'"
1
hecho contar, vidas, hechos transmitidos y contruLii
1
Jcs, cc=.-o
si desconfiara de la fantasía, la imaginación, W11111 en
radicara la posibilidad del desvarío. Contornos rL11,¡q
que no se diluyen en sentimientos, en juego intt·!r,·¡
11
;ü. E:;/
bir con dureza) se exige a sí misma, humor seco, m¡,,
1
rfa a'JJt:.':z
disJinguir entre sentimiento verdadero y sentim!.n/,¡fl:mo .. "'f:.;-;
de tipo de fantasía, ¡Exactitud.' En CÍel'lil 1" nsión
cubro al margen de un manuscrito interrumpid11 ,-r ;
0
u¡,.,-
Kcller/ Hav que leer historias liJU ntra 1'CZ. •
d...;D.LJ ._.,_: •.;

,.-
Y entonces uno se pregmHa sí na será mejor seguir eng&.d
ñándose algGn ti.::mJ?O. Al hasta el momento
en que el desequilibrio' eÍltré las preteÍlsiones que uno tiene
de sí mismo, y ]as fuerzas reales no sea ya tan
duar poco a poco el desengaño, para no caer al suelo derribado
por la ptimera embestida violenta de aquello que denominamos
inteligencia.
Este es el momento en que quiere descubrir con qué va a
encontrarse realmente; es por esto que se retira al iniciarse el
nuevo curso escolar y vuelve a la ciudad -¡qué lejos los fra-
casos que la han hecho desaparecer, qué extraña y desmedida
la cuidadosa y comprensiva actitud de la señora Schmidtl-, se
aJelanta a los como si se le fuera a arrebatar algo, se
dirige a su profesor y concreta un tema para el trabajo final:
Theodor Storm, narrador.
Accediendo a mi ruego, el Instituto me envió el trabajo,
indicando cortésmente que no había prisa por devolverlo. Y o
ya lo sé: el número de registro de la vieja carpeta. -la parte
de atrás en cuero verde-- es el 954/423, y estaba en Gna
hilera con otros cientos de exámenes que toda una generación
ha padecido en este lugar. Y nadie, excepto el polvo de estos
institutos, se preocupa por ellos. Da lo mismo si el profesor
de turno escribió un «muy bien», como en el caso de Christa
T., o si lo dejó pasar raspando; el polvo los hace rápidamente
iguales. Y todos -pues esta es la norma- han escrito a.l
concluir sus esfuerzcs la siguieP_te frase: Prometo que el traba-
io ha sido realizado independientemente y que no he empleado
nmguna ayuda, excepto las declaradas. Christa T. 22 de mayo
de 1954. Aún dispone de ocho años y nueve meses. Se le ha
dado cuerda al reloj, no hay cuidado, sigue funcionando. De
ahora en adelante nos acompañará su tick-tack. No nos ha en·
señado a ninguno de nosotros su trabajo; tampoco le hemos
preguntado por él. Seguramente le ha costado un gran esfuerzo
entregarlo ei1 la secretaría del Instituto. Al final Günther le
llamaba la atención diariamente. Christa T. ha recibido la
excelente nota con luego no volvería <1 releer lo es-
Emre. st::: no .-:....: !Jt.tllé ttal:.ajv.
96
\

Así pues lo leo por primera vez, espcr:.il':--..< <- -:1_-,
ditado, las frases prefabricadas con las qt:c: :--;-_ 1'
1
' "·
f
'b- 1\1' ' '1\(.,¡'
nos en renta amos a nuestrO!f·temas. 1...;1 ·.:- .-, , '
. ' . d .. ··; ' :-\\¡1¡¡
para nmgun tipo e comprens10n, para _ -:-::... '\'l •
f 1 f
' - .\¡.¡,,·
uese a que uese, y menos aun para un e:::;:::.._-::-...:.-- ...
1
. . ' <fd 1 ' 1 • . ' -- "'"'
1
" •
para a 1ttupc1on' e a prob ematlca perscc:-¿__ -.:- ....:· :--\ J
d
. v,: ,jt,j, jJ 1·.
estu 10. · -
Es muy importante plantear las pregu_r: ..::-:- .:;:.;-,
ll Ch
. T h ·¿ · --·· '\\"'''· "·
oport-....mo, y e a, nsta ., a tent o .- ..... .,_,_ · -
- ..._ '_, :--. 111\i¡
planteada: ¿Cómo puede una pers ..ona .. -....::...: ,.
1
, ..
1
--
y en caso de que pueda, ¿en que med1Gc>.?' ·• -"- -
Sucede que la oigo hablar mientms :,"--'· \ '··' 1
1
'>v.,'\ ,\ < •
aventuras espirituales de su poeta. ¿Por ... ---- ...,-, ... , l
- "·'- :...1• 1\
samente a este Storm? Ella lo dice;

.· 1
11
.
el mundo es Y ..._, ...,,'f..,_,_ •
'- '-. • :-l 11 j
naturaleza, en un tiempo que se car::-.:::ten:u . ..._, .. -..,.,, .
1
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" ::..: ,:-, 1 )ti 1
dencias decadentes, precisa de esfuerzos
1
1
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-.,_ --- "- ,. 1 )"¡ '
su obra a la luz, a pesar de todo. Se trJt·J., "'-'
1
'•J' ..
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fuerzas. No es que ella sobrevalore la obr,\, l''''-' ,-,,¡,>r j'
a pesar de las contras se haya llevado a \';Ü'-'· '\:'<' {':i L
fienda al hombre idílico, ni al lugar que é.l
1
, · , /lit '.__,
• • ' ""' l • ¡
en un gran remo poetlco; pero lo que J
¡y bajo qué condiciom:::.! ';
Veo_ caminar a su la oigc'l h;\H,\t ¡¡ :.:)¡,
1
tolera oertas la senstbtltdad de .. los fh'r,·i.\\'\ Jllin:¡
11
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esto no va en detnmento de lo ¡
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1
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nes; c¡ertas cosas suyas con 1esa amar as: 11 I'Jd1t .Jd
11
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1
¡ ·'·.-
se concibe como humanidad total Le subt'nyn ckrta:;
la salvación de la poesía ante la amenazault>

l
·¿ d h Ch · T 1 ·
11
1
,, 1
persona z a umana. r1sta . no puet t t'Ugl\linr , · ?-
1 . ; ' h ·¿ 1 ' . ,¡ !!.,/';.
que sepa 1eer, y qmzas esta aya s1 o a UtlltH Vt'l',
querido una camuflold11 t I'IIS
ros y prectsos. No surge rungun YO, nnLuJ'HIIHt'llk (l•..
Aún no. Un <·mosotros», una forma impttr:rn111l: Fl

de un hombre inquebrantable, con un amor r.JjNI.\)oua.J1
11
''
"d l "d'd · j"• 'i"oi
vt a, ante a necest aa e mortr, ante a lJtJIJ)m•nft: f'.'Jdr¡ ( l{
¡;;·ende :{e !!:.l cc¡;tinun.\ '
1
'
1
-_
i;
Nutidot> ·:c,b:'<· T., 7

Ella, la escritora -¡que únicamente pueda llegar a las cosas
escribiendo!- se sabe tentada y amenazada por una predis-
posición hacia h.s periferias:- hada la figura simple, compren-
sible. Apartarse de lo deforme -ay, Jo entiende demasiado
bien. Producir hasta en la resignación suficiente valor
1
hctivi-
dad, e intentar traspasarlos al lector. En este sentido «se>> le
sigue con seguridad; uno también se deja arrastrar al mundo
ilimitado de sus personajesl adorables, ricos en sentimientos!
pero se observa cómo sus personalidades se ven coartadas a la
postre por el cerco obstinado del amor, la familia: Con seme-
{antes relaciones humanas tan estrechas, !a llama se apaga
pronto ...
Uno ha de apartar de esto, se ha de repeler, uno ba
de esforza:rse al máximo, aunque actúe contra sí mismo: Es
verdad. Los conflictos alcanzan al hombre en su totalidad, lo
obligan a arrodillarse y anulan su dignidad personal. Pero a la
vez r.o se llevan bien entre siJ y sus rNedios son escasos para
defenderse. En esto •·adica por supuesto su debilidad vital.
Ese traidor <<por supuesto». Así se contestan las objeciones,
as{ s-: habla con contemporáneos, con personas a las que uno
puede dejar de enfrentar en un momento dado. ¡Quién pudiera
obligarla a alzar la vista, a escuchar lo que se desearía objetarle;
objetar al fin, pero, ¿por qué precisamente ahora? Ella, sin
embargo, continúa narrando sus experiencias, su voz ya no
se eleva, ella misma se llama al orden, se censura: El conflicto
entre el Querer y el No· poder le arrastra ...
Da muestras incluso de comprender las bases de lo trágico
-que ella exige a su poeta en lugar de su desgraciada concien-
cia personal. La contradicción en que vivió tendría que haberlo
destrozado. Pero él, que elude la t'iltima consecuencia mental,
demanda aquello que daña su naturaleza afectiva, antes de que
los conflictos alcancen su punto álgido.
Todo esto con el tono del aludido. ¿A quién sermonea aguí?
No se para en nimiedades cuando se pone severa. La obliga-
ción de terminar trágicamente o de plantearse un rendimiento
vital total. Es decir, de ser feliz. Todo lo que es mediastintas
es debilidad.
98
Y luego, cuando ya nadie lo espera, aparece ella, sin nin-
gún disfraz) su <<.yo». Uno cree no haber oído bien: ¿qué la h01
podido Uevar a comparar su propia infancia con la del
¿Necesidad -de autoafirmación, de tanta qutocrítica? Se trata
de la reacción del lector normal -!-.1 raía propia- 'ante una
novela del poet.a Stmm
1
del poeta para quien los lugares sil.:n-
ciosos, que impresionan profundamente a los muchachos, se bCJn
convertido en paisaje soFíado. Reviven experiencias
de la infancia. Cacería de venados con el guardabosques en ei
monte dto. Regreso al huerto del abuelo. AJ final, rodeada
de espesos matorrales, la colmena con las zumbantes cestas
la parte soleada) las herrm;:ientas en. la pared de mc:dera1 en el
banco el abuelo que 1;arra cuentus) el óello y amoroso .!rostro
de la abuela en la confusiÓ1J de hojas) revive parte de la inol-
vidable felicidad infantil en el pueblo. Verde-dorados son jos
colores del recuerdo.
Ahí está de nuevo, el lenguaje de sus bosquejos, ahí e;1á
de nuevo su voz. Alguna vez tendrá que dejar de hablar. el
momento en que falle su voz está cercano y nadie puede
detenerlo. Ciertas cosas, a la espera del final, pasan ante .-d.
Ahora, sin interrumpirse, aún escribe esta última frase:
Algunos poemas y novelas de este poeta no morirán
Pero los futuros y más felices hombres los entenderán de ,'or·
ma diferente. De ellos emanar/: menos tristeza. Más bien se
hallará en ellos una elevada disposición de ánimo, una melanco-
lí": de la felicidad en las horas solitarias que en todos los tiem-
pos necesita inc11HO d hombre más alegre. Los poemas má5
bellos de Storm se leerán y ama:·án durante mucho tiempo
como imagen soiiada de la helleza humana.
Eso era lo que se buscr.Sa en el informe) encontrarla y pe::--
Jerla de nuevo. Saber ambas cosas, aceptarlas. Ir, escrib:r
primera frase. Reflexionar, reflexionar s:::;l)te ella. Luego
tras hase. DurilrJ.te meses ní un solo dia sin ella, hasta que
tan só1o resw volverla a alejar, eludir de nuevo su apoyJ.
O bien estar definitivamente segura de él.
Ya se ha hecho la mayor pDrte.
;' '!

L-
XII
Celebramos la N addad en nuestra casa de Berlín, situada
entre la estación, la Kohlenplatz y la Central Eléctica, en donde
ella, Christa T., hacía escala como si se tramra de un puerto,
pues comparada con su vida, la Central estaba fija. Cenó con
nosotros, jugando con el niño dijo: alguna vez tendré 5 niños, y
yo preiunté: ¿pero de quién? Entonces se encogió de hom-
bros. Se puso en cuclillas y se puso a escuchar los nuevos discos->
luego le preparamos su cama en el mirador. Pero no durmió.
¿Qué te pasa?, pregunté, ¿te molestan los trenes?
Ni mucho menos. Los cuento. Hace un momento en la
Central Eléctrica han lanzado fuego al cielo. No obstante, en
vuestto )ard.ín hay un ruiseñor.
Estás tromando algo, dije. Pues yo aún creia que había
que cuidar de ella, «Cogerla de la manm>, como se dice. O al
menos protegerla.
Es curioso, dijo, cómo todos nosotros nos bemos convertido
en algo.
Bueno, hoy hay que aclarar este sentimiento. Pero po!
ahora dejo que se explique. Pues aún dice o pregunta: Reca-
pacita. ¿Vives realmente hoy, en este momento? ¿Por com-
pleto?
¡Jesús!, dije, ¿a dónde quieres ir a parar?
Hoy me gustaría poder devolverte la pregunta. Pues sb
duda, si hoy reflexiono sobre el asunto, ha tenido razón. Nada
tan Jejas de nosotros como la idea de que un día llegaríamos
,i. :'1g1i11 y S'=' S..:t y Estábamos en
c:1min'-"'; y siempre soplaba algo :!e viento, a veces llegaba ....
:-ttrás
1
otras, de {rente. No somos aún, pero seremos, no tene-
lOL

mas nada aún, pero lo tendremoS, esta '=-,.a !1:.-:e.:;tra consigna .
.:El futuro? _Es lo >'<otro>?. Todo ·cU-_su ti·;:mpo. ·--:El- la
belieza y la perfección nos las reservamos para mi.s tarde, lo
recompensa de algún día, por infatigable aplicación. Entonces
seremos algo, tendremos ajgo.
Pero puesto que el fututo siempre estaba ahf, delante
nuestro puesto que ye1. que no era sino la prolonga-
ción del tiempo que se desvanece con nosotros, y nunca puede
alcanzarse -algún dia tenía que producirse la pregunta: ¿Cómo
seremos? ¿Qué tendremos?
Aunque el tiempo no pueda retenerse, llegará un momento
en el que no haya más tiempo, si ahora no se retiene. ¿Vives
ahora, realmente? ¿En este momento, totalmente?
¿Cuándo, sino ahora?
Christa T. va por la mañana al colegio, de esto hablaremos
más adelante. En cuanto enfrenta nuevamente a su oscuro cuar-
tucho, a su desaseada patrona, Luego vuelve a salir.
Todas las tardes pasea por la ciudad.
Notas fugaces en el librito marrón. Las mujeres jóvenes se
han vuelto asombrosamente bellas . .l\1iradas furtivas, se saludan
dos en la estación, hoy. Oh, están en la plenitud, estas jóvenes
mujf'res, que rápidamente corretean por los almacenes después
de su jornada de trabajo, cómo sacan a sus lJijos de la cuna;
se las reconoce por las manos; incluso serúm capau:s de
ner a los hombres de ser necesario. Eila, Christ: T., igual cJtte
iguales. Su sonrisa, s:.: forma de andar, el gesto con gue a6ende
a un niño caído en la calle. !.,;. iton.ía con la que llama la
atención a un alumno pesado. La insistencia en un trabajo lim-
pio, honrado. Es evidente, queridos míos, que no nos podemos
abandonar.
¿Y por qué no? Porque los grandes proyectos no son gran.
des por sí solos, sino por el refuerzo que nosotros les propor-
cionamos. El hombre un ser noble. el libro, un:1 mu-
chacha en la última fila se alisa dicimuladamcnte el célbello.
Debemos tener una alta opinión de nosotros mismos, t0rlo
es inútil. ¿Lo dice la -11c .le ( ':;·enliecJw Lie
r!ict: . .l_)0r mí pGJéls peinare..-:. al mismo tiempo) ngu¡tr-
102
1
1
dar junto a la ventana a vuestro amige.--. Pero pensad ·.:::::.e,
al ménos las frases como si .;¡esotros misme:s. . . , .
en esto os. diferencíals. Era unl:! opinión un tanto ,
Chico, escucha luego }o que dice un muchacho en el
A veces creo morirme de risa con la Nueva. ¡Pues no C.,:,_ .• _
hoy que tomar en cerio las poesías del libro de lectura: ' '
otro alzó simplemente los hombros. Yo ya me las s¿ C.<: ""'"'
moría, dijo, no hay cuidado. Sacó un detector del bo!.s".".,'. ·-
he encontrado, dijo, en un maravilloso campo de ruir::...L..;.
,,
por explotar. ¿Crees que aún puede hacerse algo con él? - ,
amigo adquirió una expresión que Christa T. en to--2.-2.=:.. ,, _
horas de clase aún no había visto en él. Ese día se ('' .... , ::..;
en casa, tenía que corregir redacciones. Por la noche r..'.-..· .. :'"
Hevó a casa.- Lee, dijo. La clase modelo del colegio.
Puedo recordar exactamente las redacciones, incluso el
Se trataba de uno de los temas obligatorios en aquellos
¿Soy demasiado joven para participar activamente en el
rrollo de la sociedad socialista? Leí las composiciones, las Vt' ;_, 'l,
cuatro. Sí, elije cada diez años comienza realm, .•
una nueva generación.
¿Qué :!ebo hacer?, preguntó Christa T. Tendría que
penderlos a todos. Pero se trata de un concurso, nuestro ,.\ \1,.
gio obtendría una pésima puntuación. Creerían sin lug<H \
1
dudas que estoy loca.
¿Qué pasa?, pregunté, ¿por qué te excitas?
Christa T. no queda que su clase mintiera. Habló con ._,
11
,,
alumnos, a uno, a quien llamaban Hammu.::abi, le j¡,-,
especialmente. Usted, dijo ella, narra con un apasionado et./
1
,
rido lo que podría hacer por la sociedad como miembro .¡,_
la Asociación Juvenil. Pero, si no me equivoco, usted no J¡J.
1
tenece a ella.
Hammurabi no Jejó que sus ojos traslucieran nada.
No pertenezco, dijo secamente. Pero podría pertene:)
¿no? Casi sin palabras) los :1lumnos la ilustran sobre cit1- ·
rLgl>l:, ;urf--'.0 b::y :JllP LJh•:1:V'll ::n !::-. ·.·iúr.. l..:J. l:'i.uriJ,.
ele la úl tir.::.;-, fJa se niega induJo a interrumpir su cosnJé:",
para comunicar a la profesora que nadie iba a suspenC.
por una tontería. Y además, en caso de que la profesora real-
mente se atreviera, desde luego no iba a consentir una sus-
pensión. . . . . . . . . . . . . · ...... · . .. . .·. ·.· . . . .
- Por otrit :pafté; la- Cb:st -y eSto era iO más teirible de todo
el asunto -dejaba bien claro que entendía la ira de la prdfe-
sora, pero que la aceptaba como ira de una inexperta, un sen-
timiento mucho tiempo superado.
El direCtor era un hombre mayor, ya no vive. Una vez que
hubo escuchado a Christa T. hizo que su secretaria preparara
café. Dispone de algún tiempo, ¿verdad?
Sobre las redacciones, si no recuerdo mal, ni si(_!uiera dijo
u11a palabra. Este hombre, de quien ella me bbló -pero yo no
le conozco, aquí tendrá que ser inventado. No habló de sí mis-
mo, o únicamente de sí mismo, como se prefiera. Pues no esta-
blece ninguna diferencia entre sí y el tiempo. Se trata de un
superviviente del pequeño grupito, y sus dias están contados,
todq esto también él lo sabe. Además es un historicista, un
materialista convencido, quizás a causa de los años de presidio,
esto lo dice sonriendo, y asimismo un profesor apasionado.
La mucl::acha ante él -pues de otro modo él no podría
verla- está excitada. Para él, la escena no significa nada
cuántos deben haberse sentado así delante suyo, sabe muy
bien cómo va a desarrollarse la entrevista, conoce a las per-
sonas. Piensa aUemás, durante una milésima de segundo, que ya
ha presenciado demasiadas escenas como ésta, que ya sabe qué
va a suceder -y siempre tiene y piensa además que
cada vez menos cosas le resultan realmente nuevas, tiene bien
claro lo que significa esta sensación. Desde luego no es hastio,
es algo asf como sabiduría, sonríe. Sabiduría, sería el final de
la canción.
¿Sobre qué h"n hablado, precisamente ellos dos, en ese
momento? La conversación y la réplica se interrumpe fácil-
mente cuando el uno sabe muy poco
1
y el otro demasiado -si
no lo sabia, al menos lo intuía. Muchas veces él se ha pre-
guntado si no sería mejor estar en la piel de estos jóvenes,
frente llana, gran excitación por -ay, Dios mío- cualquier
pequeñez. Mejor no perdernos 11¡ una soia pc1labm snhrP la."
104

redacciones. Aprender ese poco de segun¿l intención)
que la vida sea más fácil -¿iba a ser t;;n difícil par 2 :::
La con testación se la da él mismo: tan difícil como ::- ,:.:_-·_
. . . . - .
sotros. '*"-'
Pero entonces cesan bs cm"!'..pat<.1ciones. S.í) es algo o:;'.:.
tiene que suerte no puede repetirse) 2J c:enc:::.
estos jóvenes) se.lo hayan ganado o no. Nunca nos _
totalmente, es un hecho. Ln hecho que umbién alsb.
saben éstos?
¿Qué es lu que yo sé?, piensa Cbrista T.
a él le parezco rara. Quizás tenga razón. Lo que él h3
nunca lo haremos nosotros.
No llegaremos a ningún acuerdo, piensa el hombre1 y
que ella ya fuera de su dcance. Asi que le lleva Yec'.'.
Por otra parte, observa o. la muchacha con cierto prej .:<
lo mismo que ella a él: cada uno tiene una imagen del on-,,
cada uno que el otro tiene esa imagen de sí. Puedo
tar cambiarla o adaptarme a ella. Sólo él sabe lo difícil ']\t-· .
-cambiar una imagen. Y renuncia a ese cambio, cada vez con ti·,_,
frecuencia. Ella también aprenderá. Algo así como comp:bi.-,,,.,
mezclada con envidia. En un tiempo también él •
los espíritus fácilmente excitables. De ello solamente hn -..-.1,,
servado esto: no son los peores. hay que reducirlos. \
lo anahzó a fondo hace ya m1.1Cho tiempo y de una vez i•···
todas, con ejemplos que se le han olvidado, pero la ensefi.iL1.
ha s.ueda¿.J. A éstos no han costarles tan caras sus doct r
como a nosotros, es un..;, sensación pasajera. Pero la iJe<l l
no p11cde cada nuevo caso desde -::1 principio y a fm1,¡,,
El dejo de rutina qc:o él emplea no escapa e Christil 1
pero, ¿cómo discutir lo correcto o incorrecto de sus paloiiH.,
por muy -::argadas de rutina que estén? Así pues ella cs1 <i , 1.
acuerdo en que en momento se debe distinguir e JJJ,.
lo esencial y lo superflu:., aunque resulte diiíciL Él lec e¡¡ , ,
frente: ¡Cuántas se me ha dicho ya esto!, pues tll) L
olviJado su capacidad de leer en }as miradas de las per:--•;JJ ..
esto 1c snlvó una vez la vida, y flÚn amando esa
e:,'.,, q''C" c:xpC'rimr1l\'il cuanrlo vf' ., trevés su L-ontrarír;
Y si tú supieras, piensa él, cuántas veces se me ha dicho
lo mismo. Entonces tiene que sonreír cuando se da cuenta
que desde hace _-algún tiene_ necesidad .-de
selo: él se lo dice a sí mismo. Con frecuencia. ,
Pero de esta manera no llegamos a ninguna parte. ¿Pefo
quiero llegar a alguna parte? El hombre se desconcierta. No
!1e pasado una buena noche, ¿y a quién le preocupa? A mí no!
sería lo último. Se domina de nuevo.
Vosotros queré!s tener todo de golpe
1
dice, reflexionando.
Poder y autoridad y no sé qué más.
En esto tiene razón, piensa ella sorprendida. No habfJ.
recapacitado nunca sobre que no pudiera desearse esto. Repen-
tinamente comprende: Este es su caso. Se ha educado en la
idea de querer tan sólo lo que se puede alcanzar, con toda:; sus
fuerzas. Sino, ya no viviría) o nc estada sentada aquí. Sobre
este particular no hay quien opine. Pero estas frases tan reitera-
tivas y machaconas: «Se debe actuar tal y como se piensa»,
«ningún compromiso: la verdad y nada más (]_ue Li verdad»,
todo esto lo había superado.
Es curioso, interrumpe él sus pensamientos, que la vida
.... siga adelante, ninguna frase creo que pudiera parecerle a. usted
más banal. Pero el hecho de que esto pueda llegar a ser a
veces lo más _.
Aquí, en medio de la conversadón, se han encontrado sus
pensamientos, y con esto vamos a dejarlo ya. Él sabe
siado, aunque no lo suficiente, p..:üJ tiene sus presentimiento:.;.
Que naturalmente serán superados por la realidad. Ya no puede
confiar en que noches resulten más ligeras gracias a nuevas
certezas. Y no sabe si espera la o tiÍ la teme_
En cualquier caso tiene que callar. Esos chicos, ay, con sus
composiciones.
Cuando sale, Christa T., no sabe qué pensar: ¿Qué es lo que
en definitiva me ha clich0? En realidad, nada en absoluto. Pero
sí, algo si, una frase sin;;ular al final. Una cosa es segura, ha
dicho, no la olvide usted nunca: aquello que nosotros trae-
mos al mundo, nunca más puede sacarse de él.
El!j olvid6_rá e:::ta L<Jo::e, a.::1.'?l.:nre ::t !"6tueir_,
lOó
1
'
"
?
su momento. Ahora, cuando vuelve a casa, la invade un nueyo
sentimiento. De pronto está contenta de tener deseos trascen-
dentes. Deseos que _supera.al tiempo que v·uy a v:·Jir, se dice
a, sf ffiism'a poi- primera eS:e hombre de ahf, fv su dh:ec Lor,
le está Dgradecida, de forma diferente a cómo estaba agrade-
cida a la c:'.le se hizo de éL
Así es como., pudo haber sucedido, pero no me aferro a est:.1
posibilidad. Nos hacemo:; bs más diversas conjetutas, alg1..1nos
y prevalecen sobre las demás. Quiz3s el hombre, SLl
director, no fuera así, pero pudo haberlo sido. No se le puede
preguntar. Está muerto. Pero, aún si estuviera vivo, ¿cómo ple-
guntarle? ¿Cómo saber qué imagen tenía de sí mismo y si est:l-
ría dispuesto a revelarla diez af.os más tarde? No le interes:Jt!:l
volver al pozo. Pero tendría que seguir \'iviendo con la fuen,1
que le quedase.
Es curioso que ella, Christa T., no fuera imprescindible en
·esta escena. Se la podía sustituir por una gran cantidad de
personas de su edad. Por una gran c:::ntidad, mas no por tod8s.
El momento de diferenciarse se acercaba paulatinamente1 pe:"O
nosotros no lo sospechábamos. Y al cabo nos atropelló.
Lo que nhora sigue, sin embargo, únicamente pudo haber-
le pasado a ella.
La historia del sapo. Yo no sabía que la hubiese excito2o
tanto. Realmente había hablado poco sobre este asunto, un pllt
de frases. Imagínate, hace peco iJn chico de mi clase, de u 11
mordisco le ha cortado en mi presencia la cabeza a m1 sapo.
-Ag, qué asco, !:;abré dicho yo--) ah, ahOLJ.. recuerdo: bt·omed·
bamos imaginando una carta a nuestro viejo profesor de
gogía, que culminaba con la siguiente pregunta: ¿Qué debe
hacer una joven profeso;:a, señor profesor, cuando en su pre-
sencia a uno de sus alumnos, casi adultos, se le antoja mo:rde:::-·
le la cabeza a un sapo?
Ahora cuento la historia completa, pues se ha conserV<-ldD
en doce hojas, y no importa nada si realmente ha sucedido
asi o no. Empecemos, como ella, con la última noche ante:::
de que se marcharan sus alumnos del pueblo. Y a las p>tatas
e::.tá:: FmpPcPmos por la taber11a. Christa T. ht::
J C!J
permitido a sus alumnos celebrarlo un poco, sus cabezas
gen a veces entre el humo que flota sobre las mesas; Wolfgar.g,
, qne juega. aL ajedrez_; Jürg) gu(: i nt_enta _u:ia-sonftta.- de Bcethbven
en el piano desafinado; Irene, que discute con los chicos/ del
pueblo sobre com:.-:s. Chrísta T., la profesora, está ser1tada con
los 1.2ampesincs a la cabecera de la mesa de honor y es
da con cervez"!. Me parece que al principio he menospreciada
algo mi profesión y la capacidad intelectual de mis alumnos ...
Tomemos el día siguiente. Eí fclo de ]a madrugada, las pata-
tas mojadas, los dedos rígidos. El último campo. Hay que aca-
. bario antes del mediodía, si Hammurabi quiere. Christa T.
mide con la vista la longitud de] campo, Juego observa a Ham-
murabi, mueve dt:..dosa la cabeza -pura
r.;.bi no ha vi<:>to nada, no necesita ninguna invitación, cambia
una mirada con \V"olfgang, silba, y luego empiezan, el cesto
entre ellos. Christa T. está tranquila: en la pausa del desayuno
estos dos habrán llegado al otro límite de] campo. Ella misma
se queda un poco rezagada con las chicas, a veces es convenien-
te dejar vencer a ]o; hombres. Las chices piden que diga algún
proverbio en bajo alemán: \Venn't Bart man swart is, seggt de
Kéister. dann hadd hei taun Griiwnis ne rod West antreckt.
. .
más, por favor. -Sf, Geld up de Sparkass is schOn,
seggt de Deern, aber Kaufen is doch noch'n baten schüner!
-Sick de Arbeit bequem maken, ic kein Fulheit, eggt de
Knecht taun Burn. -Los chicos sienten cierta envidia por las
risas que oyf'.n a sus espaldas y tiran terrones de tierra.
Entre tanto ha sa!ido el sol. El desayuno. Christa T. ende-
reza su columna, observa satisfecha el car::J.po recolectado en
sus ¿os terceras partes. Acerca con Irene la cafetera. La tierra
de las manos empieza a secarse y se resquebraja, una señal
inequívoca de que se acerce el fin del descanso. Ent0nces Brodo
trae el sapo.
Acurrucado en la mano, el animal mira espantado con sus
ojos saltones. A nadie le extraña que de nuevo se hable de
una apuesta, pero tampoco nadie torna a Erado en serio,
me dais sí le muerdo a este sapo la cabeza? ¿C ué me
cJ;:¡s uí? -Treinta cént:rr.:Jé: --;_Y n:? -Ur. ;il<llu' ¿Túr
108
de aquí, cerdo. Se uata naturalmente de una e:xttavc:.-
gancia, no es sino presunción, no lo llegará a hacer, pero ]os
wsttos de los muestran.inquie•cos_. I1ene se levanta: d:t
un empujón a Brodo: ¡Llévate a ese bicho! vueke
lle.vJr al ::;apo a las hojas oscuras y marrones.
Hammufabi va tras éL ¿Pe! qué le llamarán asi, y d6r:de
ha estado realmente hasta este momento? -¡Trae aqul -ese
sapo! Bue:10: ¿qué me dais si le muerdo la cabeza? ¿Tú? ¿Tú?
¿Tú? El asunto se torna excitante, las respuestas vuelan m[s
rapidas, el precio también parece haber subido: cincuenta
pfennig3 -nada -tienes miedo marco -una moneda Ce
diez pfennígs -si te atreves: un marco con cincuenta. H-ammu-
rabi, dice Christa T., demasiado bajo, ella misma lo nota.
Wilhelm, ¡no lo harás! Se acerca a él, él se aparta indolente-
-Cinco marcos con ochenta, dice. Es mezquino, pero d hom-
bre se alegra.
Entonces en el campo se hace un silencio. Se escucba la
piración asustada del sapo, se ve cómo palpita su blanco pecho.
No lo hará, no lo hará ... El sapo tiene las patas estiradas
hacía abajo, coge bruscamente su cabeza con la mano y muerde.
Christa T., la profesora, ve cerrarse una y otw vez sus
sanos, relucientes. La piel del sapo queda fija al tronco.
Entonces vuelve a estrelbrse el gato negro c.:ontra la ps:ed
del establo. Entonces vuelven a estallar los huevos de un;;ca
contLl Ja piedra. De nuevo se aparta la nieve de un dimim.:to-
rostro helado. nuevo se aprietan los dientes.
Esto no tiene fin.
Christa T. siente subir un escalofrío por ]a espalda, b"'t::
lo cabeza. Se da la vuelta, se aleja. No es asco -dolor. Máo
tarde las lagrimas por su ,_-ara, se acurruca en le ca-
mino del sembrado y llora. Después Jt mucho tiempo Irene
a buscarla. Trabajan en silencio hasta el mediodía.
Días más tarde, cuando ya se ha divulgado su extraño co:r:-
portamiento, le dice el profesor de biología en el pasillo: :Me
tiene usted asombrado. Siempre he creído que usted provenlll
del campo. ¿Y n___: obstante llora por un simple
J\ 1--_._ur:• ,,¡ L'j'"\T _.__, :L:1Llv '!tl'.l
1
r.vja '--lllt' j'""ttc'
f9
había pasado por alto. Pertenece al manuscrito del sapo. «Final
posible» pone arriba. Demuestra que no quería resignarse a la
desnuda. Deja que aparezca en escena la cocinera del
pueblo. A.ntes del almuerzo le dice, a Christa T. ¿Qué es--lo
que ha pasado? El largo, el de pelo encrespado, ese del ex1f:año
nor.:brc, está echado sobre la paja y llora. Llegó corriendo
con una cara totalmente y como un loco se ha
estado limpiando los dientes y lavando la boca en el barreño.
Luego se arrojó a la paja, ahora llora como un niño peqaeño.
Este final -¡cómo lo ha debido desear! Cómo coinci2imos
en lo más profundo con todos aquellos que tanto más anhelan
estos finales cuanto menos suceden. En realidad sucedló lo
que era de esperar: su director la hizo llamar. Tista vez no le
ofreció café. Los padres del alumno al que llaman Hammurabi
se han quejado de usted: violación de su deber durante el
trabajo en el sembrado. ¿Y no tenían razón? No es que yo
quiera reprenderla, dijo el director. Usted todavía es una prin-
cipiante. ¿No dijo usted misma que el afán de trabajo de ese
Hamm ... bueno, de \Xlilhelrn Gebrach, era sin duda imponente?
¿No era acnso uno de los más trabaj(ldores? ¡Entonces! En com-
paración, creo yo, esa absurda historia del sapo palidece. De
todos modos, puesto que los alumnos no comen bichos) al
menos en nuestra presencia, tendremos que cargar con la res-
ponsabilidad, ¿no es verdad?
Es trabajador y poco delicado, me dijo ella. Simplemente
tiene su:::: te de vivir aquí. En cualquier otro lugar sería ... cual-
quier cosa. Su tipo, además, está de moda. ¡Si al menos no
nos engañáramos acerca de su capacidad! Pues ... ¿a dónde cnn-
duciría esto?
No podíamos contestar; sabíamos demasiado poco sobre la
acción conciliadora del tiempo.
Cambio de escena, salto de siete añvs, la cronología estor-
ba. De nuevo está sentada frente a uno de sus alumnos en los
montes Rila, en el restaurante del convento, ha venido hasta
aquí con Justus, su marido; es su último viaje y el único
largo. El hombre joven que se le.s acerca es estudiante de medi-
cína, en el último cu:·so; se presenta: ¿no me reconoc.._?
llü
Se ha dirigido a Christa T. por su nombre de soltera. -Yo
era el que siempre escribía apostar con «h», basta que usted
me curó con aquella comparación de «aportar». Asi que caCa
vez que e5cribc pienso en usted. ¿lvle ....
Se sienta con su mujer. La mujer no podía ser más beLa
ni mBs elegante, tan:bién ella será médico. Christa T. es:á
asombrada, §su antiguo alumno satisfecho. Conoce los ¡::kto:::
que les sirven, emite un juicio acertado, sin llegar a pronuru:La!
nunca la última palabra, tiene sentido del humor. Reconcce :..Jue
si Christa T. hubiese permanecido más en su co:e;sb,
se hubiera convertido en su favorita. Pero añ;:,.de con
toda franqueza: el hecho de que no haya su(:edido qsÍ, tam-
bién tiene sus ventajas. Ella había exigido p8c:1s cosas prácticas
-¿Sí?, pregunta Christa T. No recue,do.- Por ejemplo di: e
su aDtiguo alumno, esa frase de un poeta que nos leyó en u:1a
ocasión. Ya no recuerdo de quién. Tratnba sobre ia existencia
del hombre, como algo mitad real, mitad fantástica. Esto se
me quedó grabado.
Gorki, dice Christa T. ¿Así que le ha intranquilizado e'ta
frase? -Hasta que empecé a dice el estudiante :1..;:
medicina. Hasta que vi claramente: la existencia real del 1:o:r.·
bre debe ser suficiente para mí como médico. Ahora, al
verla a ver, recordé su «existencia fantásdca». Es extraño, ¿n::.r
Acaba de hacer un descr:brimientu, ha logrado inclus·J fny.
mularlo con palabras, que es lü parte más difícil del trabajo.
Y ahora no se cansa de escuchar su propio descubdmiento: eL
problema de salud es la adaptación. Vuelve a r::petirk.
no tenía por qué elevnr las cejas, ¿comprendía realmente lo
que esto s;gnificaba?
Bueno, T. com;-:orc:ndía demasiado bit:n, y r:1mb:én
creía poder prescindir de su explicación, pero no había qu:en
lo parara. Había comprendido que la supervivencia había
siempre el objetivo de la humnaidad y que siempre segd:ti3
siéndolo. Es decir, su medicina para \.ualquicr ocasión era::
adaptació:J., adaptación. Adaptación a cw:dquler precio.
¿No se daría cuenta de que habú1 repetido esta tX"2.bl"J
demasiadas veces?
JJ]
Ya no me puede usted en un aprieto tan fácilmenrc
cQmo antes._ 110 me tiene usted bnio S11_2isdplin{l moral,
sOy-- libre. -Desde el puntO Je vist-a médico: ¿·qué podfÚI-
rcsultar de una programación para la juventud a partir ian
sólo de una elevada moml?, ¿qué resultaría del encuentro de
esta moral con las realidades de la vida, que cada vez son m8s
duras?; créame: ¿qué puede snlir de semejante conflicto? Ee
el mejor de los casos, complejos. DPsde siempre los
dores alemanes han intentado vana:.11entc sacar a la lu1 l:1s
Verdades. En lugar de tomar la realidad como norma y haber
medido su éxito en función de si se lograba o no encaminar a
los jóvenes hacia una robustez Jnímica. Está claro, que esto
es lo que tlt:ccsitan con más urgencia.
Buello, dice Christa T., desde luego que no es caso de
que ella fuera a vanagloriarse de que él le debiera su robustez
anímica, pero al menos sí esperaba que en sus informes a la
Comisión de Ivlédicos no escribiría más «apostar» con <..:h». Y en
algunos casos, añade amistosa, una se da por satisfecha con
éxitOs discretos.
112
·'"'

Su antiguo alumno no tuvo más remedio que voiver a reir.
Ella, Christa T., le dice por la noche a J ustus, su marido,
que se siente realmente contenta de haberse encontrado con
su abmno. Se van a pasear por el patio interior del convento
y se encuentran con el viejo monje gordo gue sale por la puerta
de la cocina, y que saca algo de debajo del hábito que devora
apresuradamer..te mientras sigue caminando. ¿Fue eso un ruido?
El paño blanco se vuelve a doblar y desaparece de nuevo
bajo el hábito. El monje encargado de llamar a misa entra en el
patio, con el martillo de medera golpea la tabla: dong ding,
dong ding. En la iglesia, lujosamente tallada, brillante, y tras
el tabique que t:>epara a la nave del Santísimo, un joven monje
ahre el relicario. Los huesos de los santos detrás del cristaL
tras otro, bajo interminables cánticos) se van acercando
para besar el cristal, se encienden velas, se hacen diferentes
ofrettáas. ¡'Qué rnstros los de los monjes! Gordas cabezas ato-
londradas, rostros fantásticos, descarnaúos y pálidos, un pícaro
rostro borgoñés, una cabeza erudita otiborrada ¿,, -¡:Pn.tamientcs,
y mi visionario, el del cabello sedoso, a quien le fue permiti<lo
abrir el cofre;,.
Acerquémonos a las arcadas, paseémos entre sus mártires,
entre el Apocalipsis que ya no nos inc11mbe. Así, de esta mism:t
manera se paseará algún dfa entre nuestros mártires. Pero el
estudiante de medicina, mi antiguo alumno, pasea ya hoy y
nada de ello le stañe) es curioso, ¿no es verdad? Además me
ha hc,--.ho ver claro, de un solo golpe, la importancia real d;;:

;,,oo-:!::tu,t ;;. rlP1 ''011 18 c11r
yo, 1o he clcsv<LiJdo a ve<:cs. Se 1raw ele nu"'"ll<i exi->·
1
1 '
' ,
;·,,'[JC>.l:: .,,hl• \ ,,,
,,
tencia moral, no es otra cosa. Y ésta, por su parte
1
es suficiente-
mente extraña. Fantástica incluso. Mi inteligente nu
ha llevado su raZO.i:ütmicrito huSta -CI final, -r.o he logrüdo e.hSe:·
ñárselo. Estaba demasiado excitado por el descubrimiento de
que él no era responsable de nada, fuera lo que fuese.. '
La alta rruz de madera sobre el tejado se alza negra y re-
cortada en el amarillo cielo nocturno. Parece ser que sólo po-
demos estar totalmente seguros, dice Christa T., de que no
se perderá lo que todavía se necesit:_1 con tanta urgencia.
No sé si volveremos a hablar sobre su viaje, su único viaje
largo, con el que t<1nto d::;frutó, pues ahora viene el capítulo
sobre Justus. El existe desde hace tiempo, su amor por él ya
ha comenzado, sólo que ella aún no lo sabe.
Se han visto por primera vez en el comedor universitario
--ella es estudiante. E:ra un invitado de otra Universidad,
la Conferencia a la que asistía duraría dos días. Ella está junto
a una máquina -¿quién e?, ¿de dónde la conozco? Af1uÍ
empieza todo, t>J menos por una parte. A él le viene a la
ria una foto en el cuarto de estar de sus padres, la chica de
perfil, es ella. La foto estabc. recortada de un calendario y
representaba a una reina egipcia.
Consigue que un amiga común les presente, y entonces
puede invitarla a la fiesta de despedida que se celebra al dla
siguiente. Ella accede, ni sorprendida ni of-.:ndicia, así de fáciL
Tan sólo que él no la encuentra especialmente emocionada, ni
tampotv a la noche siguiente en el canal. Y entonces él tiene
que partir t!e nuevo y sabe: no he avanzado ni un solo
metro. Aunque nunca ha deseado naUa tan apasionadamente.
Se ha debido llegar a la decisión más tarde.
Durante mucl>o tiempo no lo conocimos, aunque sabíamos
por ella misma que un hombre. Me 2csea desde hace
tiempo.
Luego miraba inocentemente a nuestros rostros curiosos por
saber. Nada más.
Pero es mejor que retrocedamos un poco.
¡Qué joven es ella! ¡Qué ansia de vivir! A su pnso todo
es 11t:ey:8 )" fT_-:._..:-n, r':,Ja .. o:tro, c<Jda

ciPdad
114
e:1t::ra, vive en el presente, seducida por no sé qué sensaciones
1
colores y olores, y tonos; Unirse una y otra vez y poder sepa-
rarse itJUI y-otra ·uéz ... La;ciudad le per-tenece a ser
alguna \'eZ t:J.n rica? Le pntenece el niño que está sentado al -
fondo del tranvía y pregunta a su madre por todo lo que
puede oír pero uo ver en el el hombre de pelo oscu-
ro, mucha sabiduría en sus estrecho ojos y un rasgo de dure-
za en su rostro, ese hombre al que ella considem enormemente
tierno, se sonroja cuando lo mira, él sonríe y dice en voz bajfl:
<<adiós:-> cuando se va. El joven jardinero al que compra esas
lilas tan caras y a quien desconcierta: <(Una no puede resistirse
ante un hombre tan joven y tan hermoso ... )-> :Más tarde le reg:t.·
la las lilas a un marido despistado, que ha salido corriendo de
una reunión al recordar su aniversario de boda, y ahora est:ht
cerradas todas las floristedas. Y también le pertenece la señora
que ·viene a visitar a su hijo, estudiante de piens:t
Christa T., inteligente, pero orgulloso: no es nuestro amigo.
También él le pertenece.
De esta manera se ha prepar2do para el amor, y este es d
tema de nuestro capítulo. Las cartas que Justus le escribió, las
ha contestado amablemente, él deja entonces de escribir en el
momento oportuno: tenía el don de hacer lo correcto en el m
mento preciso. Eso le agr::..daba. No perdió su número de
teléfono durante todo este tiempo, pero tampoco debió pres-
tarle demasiad-a atención. No se la podía forzar. Ella misma
nc podía forzar.se. No se le ocurría nada con rapidez. Era. su-
ficiente que cadn vez se viera con más clarid:::d adonde conduela
todo esto, y al mismo tiempo un sentimiento de desesperaciOn:
De pronto la sorprendió un enormP miedo ante la posibilidtd
de no poder escribir) ante la mer.: idea de que se le llegasr:: a
negar el derecho a escribir lo que sc:ntía. En esta ocasión ba':l2
en tercera persona como medida de precaución, puede ser
misma o cua1qníer otra persona, que a modo de eíemplo
mina Quizás de ésta pueda uno librarse con más facili-
dad1 no tiene _por qué incluirse en la desgracia de stt falsa ·vila,
b- nuedc ckj:n· de bdo, observarla a fondo, t;Ü y como h:t
iUo '' CJLk";· .!"'
11_5

Toda h relación podría llegar a convertirse en amor, sólo
(;1!.,1 la decisión. Un día, corriendo pot la calle, en un enor-
me cruce. viene a -su encuentro una gran mnchedumbre, muchas
personas, pero todas extrañas -y de pronto se asusta. r¿No
me estaré engañando? ¿Cuánto tiempo puedo esperar 'aún?
¿Me queda tiempo? ¿Y quién me pertenece exacta-
nH.:nte?
Ese mismo día llama al número que> romo se ve, ha llevado
consigo. -Eres tú, dice Justus, podía imaginarlo. Que
se le ha hecho muy largo el tiempo, que empezaba a dudar, que
vn había caído en la tentación de llamarla -todo esto no lo

¿Cuándo entonces?, dice por el contrario.
Así debe iniciarse lo que de alguna manera debe perdurar.
Pero prometer, se dice a sí misma cuando sale de la cabina
telefónica; no puedo prometer nada.
Mientras escribo esto, con toda franqueza -pues cada frase
está doblemente documeritada y resiste la revisión-, mientras
sigo hojeando el rojizo librito de Berlfn y me encuentro con la
línta: querido Justus amado»; mientras me esfuerzo
por inventar la habitación en la que por primera vez se han po-
dido encontrar: mientras todo esto ocurre, predomina nucva-
mrnte en mf un viejo recelo que yo creía sometido, y que en
de existir, :1l menas ahora quedaría atrqs. ¿No sería po-
sihlo que la red, que había sido tejida y colocada para elia,
dcll10strara al fin ser incapaz de cazarla? Frases que ella ha
sí. También caminos que ha andado, una habitación en
b que ha vivido, incluso un sentimiento -pero no ella. Pues
rlh• es difícil de cazar. Aún suponiendo qüe lograra transmitir
fielmente todo lo que sé o he averiguado sobre ella, lo cual es
tll\lcho suponer, podría pensar que aquel a quien cuento todo
(
1
fl.IO, a quien necesito, de quien ahora solicito ayuda, al finJI
sin saber nada sobre ella.
Tanto como nada.
Si no logro decir lo más importante sobre ella: ElL1, Chris-
T., ha tenido una visión de sí Est-o no puedo demos-
11.1rlo, como pnr{p;¡ demostrm· arrue_: tiempo ;lf! vivi,Jn
1 1(,
aquí y ahí, y de la Biblioteca :c.Jacional ha sacado estos y aque-
llos libros. Pero los libros no tienen importancia, no he pedido
que me mostraran su tarjeta de lectora, en caso de necesjdad
rne simplemente un pat de títulos. Las visiones de ]a
gente no se inventan, se las encuentra, a veces. He tenidO cono-
cimiento de la suya desde hace mucho tiempo: desde el ins-
tante, hace dactaños, en que la vi tocar la trompeta.
Pues ya hemos llegado at año cincuenta y cinco.
No vemos a Justus desde hace tiempo, ya lo dije, no se
hacía ver. Estábamos un poco asombradcs. La mujer de un
veterinario en fvlecklenburgo -en·,vnces, ¿esto es lo q•J.e iba
a ser? Uno sin querer poner etiquetas a la gente, la califica a
la ligera. A la fiesta de disfraces llegó de Sophia La Roche, aun-
qce no se había disfraz:::do en absoluto, llevaba simplemente U[
vestiDo con bodoques de oro y ese extraño estnmpsdo, y sh-.
embargo todo el mundo sabía lo que aquello r,-:presentaba.
Justus, a su lado, tan disfraz<1clo como ella1 representaba a.
Lord Seymour, al menos así lo afirmaba ella. Nadie sabia si
esta idea era especialmente exaltada o simplemente maliciosa,
pero, en cualquier caso, por fin podíamos observar detenida-
mente a Justus, y se comprobó que podíamos dejar a un ladc
con toda tranquilidad, el asunto de las etiquetas.
Era seguramente lo que debía llamarse un Party, uno de
los primeros, carecíamos dr: este tipo de experiencia, pero al
ver a nuestto anfitrión, uno ten¡a la sensación de que así de1:.Ja
de ser. debía desarrolhlrse libre de prejuicios, decían a
cada person;\ a modo de saludo, y Christa T. (;¡\lt:Obó
cabeza razonablemente, observó las dos grandes
escasamente alumbradas, cogio un par de serpentinas y se i15
puso alrededor d(. los horrbros, e(hó por e!.::: la
de Justus un paquetito de confetl y dijo: ¡Aquí estamos
Yo sin embargo no sentía lo mismo. Era como si ella ::e
hubiera propuesto algo determinado para esa noche, algo q·.:e
no cu:adrabJ bien con aquella sociedad disfrazada de modo pto--
vocador y a1 mismo tiempo represivo. :i?arecía seguir un pkn
1
peto un pbn que en modo alguno afectaba a los ,
c;.;:cepto a Jnstus. Incluso sentí c1c hacerle um1
L".'

scñ:d, de tomar su partido, él me rJ.gradaba. Luego vi que no
rH-cc:,tiab:1 ninguna advertencia. Se mantenía totalmente tran-
(¡r1ilrl, pues bs épocas de b inseguridad hacía ya mucho tiempo
' ' '' .·. l '1
,_;rx J;:;r:wn pJSclc o para c.
. ;También para ella? ¿O era ella la que suplicaba silencibsa-
PlcntT por ayuda? dije, cuando nadie nos podía
nL íNo parece darse usted cuenta de lo que está haciendo!
¡J.:i Jcstíno de Sophíe La Rache! Una romántica exaltada y
r
1
]po sentimental, encadenad::t contra su voluntad a una vida
rur:1l, de forma que proyecta su fru-::1·ració11 adornada de una
ciccancia artificial. ..
pero, Christa T. ¡Sí aún hiera la La hache!
Pero se trata de su figura, b señorfa de Sternheim: Su destino
está referido.
Está usted bromeando, dije yo.
]ustus nos trajo a las dos champán y se quedó con noso-
trns. Aún así cJde seguir habbndo.
¿SedlKción? ¿Intrigas? ¿Fztlso matrimonio con ese canalla
de Derby
0
¿La triste vida rural en la provincia inglesa? Y, por
amor de Dios, ¿virtuosidad?
Exactamente, dijo Christa T. Y como premio por todo esto
, Lord Seymour, el final de la canción.
Mademoiselle, dijo Justus, No deber1a llamarme asL
Ya se ver{,, dijo Christs T._. cómo se le ha de llamar.
Se bebió de un trago su champ<-1n y le observó mientras tan-
to. Su sonrisa era firme.
Esto marchal"
1
, realmente, esto podía marc!:.ar.
Ahora yo creía ver con rnnyor claridad adónde quería ir
a parar. Se h1hía trazado un plan para poner ,"nte sus ojus
todas aquelJas cosas a !as que ::ndría que renuncwr si se iDa
con él. Y fue entonces cuando ella misma también se dio cuen-
ta realmente. Y en ese momento vio con toda clariC"b.d, se asus-
tó, fue un momento importante. Justus, sin lo su-
piera o no, hizo lo correcto: hizo como si !o hubiese sabido
mucho tiempo antes que ella, como si éste fuera precisamente
el punto csenci31 y como si ní siguiera fuem necesario consi-
derar c:l tema. Y se lo dio cr 'c:nder sin oronunci8r ni
118
·1
1
sola palabra, con sólo su manera de brindar por ella y cómo
cogió su copa de champán para llevarla a bailar. El que ella
se decidiese, dependía en gran parte de hacerle fácil el último
páSo:' rio eXistió ningún último paso, fue uno de tantos.
Ella le agradeció la seguridad que le daba, y tenía motivos
para elle. Luego) a dejó bailar, todo el tiempo c¡ue quisiera y
con quier quisiera, él no bailó, bebió poco y esperó, h2sta que
pudo decir: Vámonos. Entonces ella dejó a sus compañeros
de baile y se fue inmediatamente. Me hizo una ligera señal
de despedida y nos abandonó, y nosotros, los que nos queda-
mos atrás, nos preguntamos por qué habíamos dudado que ella
pudiera casarse de -:.::.na Íorma sencilla y feliz.
Aquella !1oche ella quiso obligarnos a nosotros y a sí misma
l1 retroceder un par de pasos, uno, dos siglos, para vernos más
claramente. En cien, no, en cincuenta años también nosotros
nos veremos en un escenario como figuras históricas, ¿por qué
esperar tanto tiempo? ¿Por qué, puesto que es inevitable, no
saltar espontáne:unente coll un par de pasos al escenario, probar
primero un par de papeles antes de elegir el definitivo, recha-
éste o aquél, ver con envidia disimulada que algunos pape-
les están ya dados -pero finalmente aceptar uno en el que
todo dependa de la interpretación, es decir, de uno mismo. La
mujer de un hombre ctue será veterinario y que sabe que no
sólo lo ha escogido sino que también lo ha creado a propósito,
que han de esforzarse mutnamente par¡:¡ no llegar al borde de
sus !"JOsibilidades, si es que no se quieren perder de nuevo,
Aquciia r:Jt::he él se la llevó a su casa. He renunciado a ima-
ginarme el cuarto, no importa. Tampoco ella necesitaba ya más
tiempo. El juego cesó, el papel caía por sí mismo, él la amaba.
1.\9

XIV
Ahora se trata ele ser doblemente cmto. Uno no se Hbera
de la sensación que produce el haber encontrado la clave.
Hay que seguir manteniendo cierto recelo. ¿Fue así? Me-
c.lias palabras: <'Existencia fantdsticl»: «visión»,.. . ¿Y si exis-
tiesen muchas otras puertas? ¿Y si ésta se hubiese encontrado
por casualidad?
¿Y si se le hubiesen cerrado las demás, a Christa T.?
Aún cabe un nuevo intento. No fue esa fiesta de disfraces,
que al fin y al cabo es un invento, sino un simple reencuentro,
y además en una pequeña ciucta2 de provincias. No tiene sentí-
do decir el nombre, realmente todas son iguales, sólo que por
casualidad allí justus está haciendo sus prácticas. Y ella, Chris-
ta T., irá entonces a verle, un sábado en el tren del mediodía.
¿Qué crees? No puedo ir Aún podría akjarmc, con
lidad, se dijo a sí misma, pero ya está sentada en el _tren -¿qué
significa esto? Así hablo. Justus, desciende de campesinos
ella no puede por menos que reír: No significa nada y
tampoco tiene pur qué significar a1go.
El tiempo no podría ser más bonito. Una familia -hombre
joven, mujer nada an1able y un • se han subido con
todos sus bártulos, equipados par'-' un largo viaje. El hombre
se deja caer sobre una pesada mochila y se duerme. La m'..ljer
sentada la mira absorta dunmte todo el trayecto, una mirada
que se dirige ::ombrb y hacia un rostro por el que
corren pequeñ:1s gotas de sudor. Se inclina h<1da delante para
no perderle de vist<1. Tiene un CLIL'rpo snno, peso1do, cabeza
gnnc1e. pelo n11'in :1l.t:o y atds. Al
parl'C(', IIU Í: ::1:''
": 111 :t, )·
121
,,
atornillnrse a las orejas esos dos pendientes plateados que tan-
to contrastan con su lúgubre expresión.
Si ha creído que disiparía esa .antigua costumbre- de
var a la gente ... Si me viene a buscar o no, cómo m,e mire,
lo que diga primero... todo esto será decisivo. Sólo' que es
que estará allí. Que en cualyuier caso sentiré su mira-
da, todo esto lo be imaginado tantas veces en esta semana, y él
nv se desgasta ...
¿Pero y yo?; ¿puedo haciendo lo que quiero?
El hombre joven ha despertado por fin, su primera mirada
choca con la mirada de la mujer, luego ella la aparta, coge al
cl,ico en brazos, debe hacer citio al padre. Todos los movi-
mientos tienen alguna finalidad, ya no se es joven y fresca,
veintiséis años, ya se ha dicho que por ser demasiado indecisa,
por arrogancia -¿o cómo se hn de denominar?- se puede
dejar pasar el tiempo del amor, el tiempo de la vida, en suma
esas cosas para las que no existe sustitución alguna. Entonces,
¿hay que unirse?
Justus la esperaba, su mirada era como ella .podía desear, él
notó todo: el tiempo que había pasado delante del espejo, que
se había cortado el pelo; ella sin embargo únicamente sintió
que sus reservas se desvanecían mientras se acercah1 a él, y
cuando se hubo acercado lo suficiente, no quedó ni siquiera
un recuerdo de la duda. Asi y no de otra forma
1
a esto l1emas
llegado.
Naturalmente ella también ha buscado protección, quizás
habría que haberlo dicho antes, ¿y quién se lo hubiese censu-
rado? Construir diques contra las pretPnsiones desmedidas, los
deseos fantásticos, los sueños extrcvcgantes. Coger una cuerda
que en cualquier caso .. bajo cw:llql!¡er circunstancia, siga corrien-
do, para que en tiempo de necesidad pueda uno agarrarse: la
vieja cuerda hecha de sólidos cabos y acciones cotidianas. Cabos
y actos que no pueden realizar.::c u omitirse a capricho, puesto
que son la vida misma. Traer nii'íos <1l mundo, cargar con cien
trabajos, todos destinados a estos ni11os. Preparar mil comi-
das, poner en ntden una y on·a vez L ro¡,, ?cin,rce ,;e re:
122
i.
manera que guste al marido, sonreír cuando él lo necesite_,
estar dispuesta para e1 amor.
Descubrir la ventaja de ser ___ _
Entonces debe haber sufrido un Glmbio.
Si se la pudiese describir escuetamente) habría que decir que
es bella y persÓnal y feliz. al menos así está en las fotos que
han quedado de nuestras fiestas de Fin de Año. Bella y perso·
nal gracias a su felicidad, 8hora me 2ov cuenta que 1a
iguala a los hombres, pero no
1
a felicJdad, la felicidad los bace
únicos. En las fotos verse su risa, incluso su capacidad
de asombro ante una simple veb lhme.-mte. Lo que no se
de;;cnhre en las fotos es que est<1s cosas se las tomaba en serio.
Volv-Ió a nacer de nuevo, desde su rníz, Tustus, esto no
ningún esfuerzo. sino h mayor dicha terrenal que
jamás hr.bía experimentado. No bsbla nada en el mundo que
ella no pudiese exprimir de m8nera inr;eniosa, era increíble.
¿No conocéis al policía del pueblo? decía, ¿a quien ,Tustus ha
dado nna reprimenda por meterse con la pecera bajo el brazo en
el estanque? ¿No le conocéis? ¿Que qué buscaba allí? iLanzar
al agua jos peces dorados! ¡ Tesús! ¿No le irnaginais a11í, como
un tonto en vísperas? Yo sí que me lo imagino.
Elb podía recrear a cualquier persona en cualc;<Jier lugar,
por supuesto siempre yue se dietan cita un par de extraños
ingredientes, una pecera y el policía del pueblo, por eiemplo.
Para mc]orar la represent-"CÍÓn en la fiesta rlf' Año Vieío se
pegó incl,so una barba. Le resultó difícil despegársela al entrar
al nuevo año. Mil novecientos cincuenta y seis. Ahora s: nece·
sitamos los a_ños, se nos ha acabndo b g,.,.nerosidad,
que inclllSO aprendamo::; a COTittlt ror dfas. Y por
Resumieñdo: ya estabJ casada, eso fue muy rápido, el niño
también estaba ya en camino, Pequeña-A nna. Pero antes ya
hnbí<1n empezado los dolores, neur:1lgias faciales, nervios, un
mal hereditario, a veces difíciles clf' soport::lt. Estaba asom.
era como si hubiese esper:1do qt1e nhom, de repente, to.
das L1s contrariedades desapereccrfan por sí solas, ahorr.. que
comenzaba a camrrcJ.dcr y :1 ncct>t'l!" su parte de lq vicia v "
a la vi..._L su }-'<irte, pt,c::; NnCÍ<1 ck todo aquello
123

presagiaba lo que a los treinta y cinco años habría de venir.
No existe un final, sino un mero accidente sin sentido; se debe
pues proiopgar .bs líneD-s-.dc. ,su -lnterru.mpid-<',
--eón -la precaución indispensable, y en su justa
Para poderla ver.
1
Tal y como yo la veo, da igual lo que haga en ese momen-
to. Quizás esté cocinando un lomo de le divierte verlo
salir del horno bien asado y apetitoso, o bien coge de la 111nno
a los niños, les da de comer, instruye, o prepara el té para
Justus, de la complicada fot111a que a él le gust<.;., Yo estaba
presente cuando fue a escoger la tela para las r:ortinas de su
casa, las cortinas también cuelgan ahí, pero ella no está. Me
enfurezco. Me adelanto, como si su habilidad en las cosas
cotidianas pudiera demostrar o incluso flDular algo. Como si
existiese una autoridad a la que poder apela1 aduciendo estos
motivos: que fue útil, que fue utilizada, y como si esta autori-
dad pudiera ser conmovida en alguna medida.
Pero aún vive en Berlín, medio año más. Recetas de cocina
y presupuestos llenan las últimas páginas de] Íibro de apuntes.
No puedo evitar una sonrisa al ver las sumas que hace en los
lnárgenes de las hojas. Cierra el cuaderno, dice: Nos marcha-
mos, cuando oye cómo Justus silba desde Ja calle, entonces se
marchan, a veces lejos, otras vece!': «al otro lado>>. No ":':S tan
corriente como para no sentir palpitaciones en el corazón. Al
otro lado, donde los otros, donde todo es tan distinto. Este
es el mcdvo por el a Ei.10 le resulta atroz .. :;;1empre el mis-
mo polich de tráfico, tan sonriente. No sólo el país, cada m: .. o
de nosotros existe doblementP · como posibilidad, como im-posi-
bilidad. A veces uno se libera de la conh:ció"; por la tuerza.
Escupe en una lápida que alude a <dos países robados en el
Este». Verde dorado es el r0lor del recuerdo, no debe volverse
negro, marchito: negro es el color del recuerdo, negro es el
color de la culpabilidad. Escupe en este lá¡nda.
Ven, dice Justus, su mano coge Su brnzo. Sube una esca-
lera alfombrada, Christa T. toca en cada descansiJio el pc•mo
de latón. Le gustaría contar los escnloncs, para no fijars" en
los letreros de las ;'lh.:rtns que ·:e
1
Jc 1·n v:' ; .. ,,t :;l:'fo,L <ilÜ
124
está puesto c1 apellido ele Justus, ahí está b elegJnte viviencL
Je su prim:1. Est<'Ín en casa de 1111 famili<H. Gente :':11ablc, :'(·r,
,,,, ..... 'b'
yzt veras. J"l..Gemas te prrrece un no qc e unportmte
Es njt prir:.12. preferld::1> te recibirá bien.
No debería haberlo dicho.
Pues entoncés busca antes que nada el pareciJo, esto le im-
pide tomar parte en h conversación, la bella pTima creerá e
soy tonta, naturalmente, nosotros no tenemos esas pestañas tnn
largas. Quizás sran postizas. Querida, así se dice. Así es con-:o
se h::1bla realmente en las novelas, hay que tutearse, para que
no surga ..:::.::trai1eza
1
me da igual. Evito el tratmníentc.
Justus está junto a su marido .y deja que le acbre cuál e::::
su labor en la bolsa: Ahora cun toda sinceridad, y
despacio, como pJra principiantes. De todas formas nunca lleg·J
a entenderlo
1
me rebasa toda esa maquinarin, lo mismo podím
hablarme en chino.
Así es Justus, d:ce la prima, muy satisfecha. No le import:.t
en absoluto preguntar cien veces una rnsima cosa> se hace e;
tonto. Pero es un pícaro, quiere demostrar que Siegfried es un
inútil porque realiza un trabajo improductivo. Ay, Dios, éste
no es precisamente el punto sensible de Siegfried, ambos tratan
simplemente de a::ombrarse. Pero yo conozco a Justos. TambiC::n
conozco un poco esa (onna de pensar, ¿sabe? ... ¿sabes?, estucli0
en una ocasión unos C11rsos de economía política en Berlín occi-
dentaL Dios mío, todo sistema tiene se lógica, una vez accr
taJas L"' premisns, no cree ... ,¡no crees? Entonces uno
fácilmente, de verdad, sé lo que me digo. De pronto empicz-1
uno a sobre sentido y responsabilidad, todas
palabras altisonantes ...
Por suerte eUr ha desviado oportunamente la conversacton
hacia ol tema de la debilidad de ]a caturaleza humana. No, de
verdad, no me mires tan severamehte. Pero Christa T. no n.Ünt
scvcrnmcntc, simplemente piensa que la jdea apuntada por t:
prima sobre la dcbilldad de la naiunlleza human::. está bic:n,
y que clb to s:tbe y que es precisamente por eso por lo que la
ha cleg:du l"lltlT 1111:1 enormidad de ide<L Pero no tiene


tll (( .. ,,¡·: l"'I'SUll<l. (!liC" qLL,;,,,.H_Í'.; r·r c.
] 25
..
m la bondad del hombre, o como se quiera llamar, sólo que
p;1sados los veinticinco años ya no se puede creer en ello. Idea-
lismo -¿quién:no lo ::tlg¡.;na _vez? Nosotros aquL
sabes, somos en realidad terriblemente materialistas, y tú hveles
algo srmejante y arrugas la nariz cuando apenus llegado al

¿He arrugado la nariz?, pregunta Christa T., atónita. En-
tonces la prima ríe, tal y como antes lo habla hecho, así que
Justus mira y es entc!lces cuando Christa T. comprende por
qué ha sido ella su prima preíerida.
Ahora admite también el arrugamiento de nariz, perc silen-
cia el motivo, basta beber un whisky por el nuevo acuerdo, un
whisky escocés, on the rocks. ¡Que éste es el primero en su
vida! ¡No puede ser verdad! ¡Dios mío! ¡Lo que aún tienes por
delante! ¡Y en cuantas aguas se ha zambullido una ya ... !
¿Agua?, dice Siegfried, di mejor marcas de licor, de esta
materia tie11es sobrados conocimientos, y dignos todos ellos
de admiración.
Entonces llegan un par de tías más e introducen consigo
una ola de compasión, y arrojan palabras malsonantes por sus
labios desvergonzados. Terror, dicen, mientras comen tortitas
de nuez, pobres chicos, realmente os llegan a convencer de que
ya no la necesitáis ... ¿A quién, tfa Herminia? su
rostro es un sermón, y de su boca sale misteriosa la consigna:
la iihertad.
La prima se lleva a Christa T. a la cocina. Uno no
escoger a sus familiares, dice, y comienza a meter Lltitas de
especias en una pequeña bo!s:1. Esto te lo llevas, vosotras no
podéis conseguir estas cosas, y a Justus le gustan los platos
bien condimentados, no gastes cumplidos, le conozco. ¿O te
regalo mejor un sujetador? Este es el té que o él rr:ás le gusta,
él te dirá cómo se prepara, yo le enseñé. Que te vaya bien,
pero ven alguna vez, ¿eh?, decid cuando necesitéis algo, si te
avergüenzas, me enfado. ¿Por qué razón el sudo riinero de
Siegfried no va a poder embellecer un poquito vuestra vida
moral ... Se sobreentiende que recibirás pUtanos cuando llegue
el niño.
126
¿Pero de dónde sabes tú que yo ... ?
Entonces la prima únicamente la puede mirar de
compasiva. (ljijos!, dice. ¡Uijos! _ __ _ _
Justus enconirO que pórrado bien, -pero ·
había que casarse. Nada de espectadores¡ por favor, nad ..,
participaciones a nadie, la empleada del regjstro civil se ...-
P..erviosa. Lo abrevia mucho. Los dos dicen sí, después se
míten un taxi, se hacen llevar al nuevo restaurante en b. :1\''-"
nida Stalin y comen una parrilla y dulce garrapiñado. Yo no
tuve presente, pero en a}gún momento durante aquel día Chri::-;.
ta T. ha debido recordar a su marido que toda buena
de amor termina en boda. Seguramente se encontraban Y•l n'
su enorme habitación en la que tan sólo había tlh
ancho cokhón, y llegó el momento en -el que fueron conscienrc·:;.
de que un verdadero sentimiento sublime no se produce e] d L,
que se espera. Por la noche en la ópera se encuentran a
pero en el descanso se tienen que ir, ella no se encuentra bie.n.
Él no logra- sacarle nada. Veterinario, le llama, él se
y ésta es su noche de bodas. Al día siguiente tiene que ir al
hospital, una vieja dolencia ha vuelto a activarse, el doctor
que eso lo produce el niño, pero que también el niño
hacerlo desaparecer totalmente. Será un niño prodigio, le llin·
a Justus, que ha de regrt"sar a sus prácticas.
¿Me escribirás?
Pero ella no puede escribirle, pues no resiste pensar co11
tanta intensidad en él, así lo ha escrito en su librito rojho,
seguramente hoy él sigue sin saber pur qué nunca recibla
de ella. Cuando la volví a ver, ya estaba en su cama en J¡,
Charité, medio consciente de su culpabilidad, medio de mn.
humor, en cualquier caso cansada y en actitud de tener 111
niño. Leía la <{Montaña Mágica» y se esforzaba por sumergí
en su tiempo desordenado; de otra manera, no se puede agu:H1
tar, dice.
Nc pregunté qué no podía aguantar. Durante los siete
de su matrimonio estuvieron pocas veces separados, dos, U<·l,
cartas dirigidas a él
1
que no había envjado, me las ha
J-ust-:.;s C:)r:. el r..::sta de :;-..;.s papeks. Él nt1HC::t !::s leído v
i / 1
las dio romo si me correspondiera leerlas <J.ntes. Pero quizás
ii_le._ corresponda. Las leí y enconq·_é__ qy.e vuelto m<Ís
sCten:t'. Luego las volvi a" leer y me asorñbrd de ml- ceguera;
pues de pronto apareció como tl i:olor de viejos
cuadros bajo una luz determinada, su timidez de las viejas
cartas. Me gustaría preguntar a Justus si él sab!a que en su
presencia ella era tímida. Pero lo sabrá, no preguntará,
poco pensaré más de dónde venía la timidez y ese tono conco-
mitante en sus cartas; tan sólo la gente que lee literatura barata
puede pensar que un sentimie.r..to tan complicado Como eso que
denominamos «amor'> no sufre transformaciones; en caso de
que no sufriera esas tnmsformaciones no sería deseable. Al
final -me refiero al verdadero final- ya !!o dice que para
no sufrir, se niega a dar noticias suyas a gentes que las esperan
con ansiedad. Desde el hospital escribe cartas, también aquellas
dos a sus hijos.
Promesas que sabe no cumplirá.
l2R
XV
Puesto que de repente soy de lo que -qc12is-
otros han pasado por alto, su timidez por ejempl::t, h.:=: d.e }'te-
guntmme qué es lo que he dejJdo d':', ver en clb y s_-ce .:mnca
veré, pues ojos no están preparnclos para ello. Por otr:::
parte, el i1echo de ver no guarda demasiada rela:::é-n ::o:J 'Jna
decisión valiente. Por lo tanto, voy a volver al hospital bu:::c::m-
do lo que se ha pasado por alto, en aquel domingo Ce C;:oño
en su primer año de matrimonlo. Tengo motivos :¡:ata. rEpetir
este camino, pues nunca estuve allí mientras est<:.Óe realmenie
enferma. Esto suena a autorreproche, y así es, pero ten.La buenas
razones, como cualquier otro. Nli primera razón era q·Je no
confiaba en su seriedad.
Fue un día de septiembre como el de hoy, el :r_isoo :Jina
cálido y suave, Me quité la ch:.gueta y me la eché :nazo
mientras subía desde la estación por la Luísenst!a:::se, c.u:: _por
cierto me parecil. no tener fin. Una vez en el sola: de b. clínLca,
después de haber>-'le extraviado, se me ocurrió mirar ¿1 cielo.
Estaba, como hoy, ligeramente cubierto, y hoy tengo
que pensar lo mismo que entonces pensé, lo ot:e ::;entí: uo
dolor agudo, pues estt: azul enormement-e suaYe,
parece haber sido creado únicamente para nosotros, que parece
pertenecernos solamente a nosotros, aparece en ''l'ie:cs cuadros,
de los cuales tan sólo comprendo precisamente esE azuL In-
dignación porque al cabo de cien años, mucho tjempc después
de nuestra suerte, volved. a producirse, ajeno e en
un momento determinnclo del año) gracifls :1 una :n::iden-
cin de _b luz.
E.,lcl iden ¡,¡;,__: ;¡]rll;,, :bu:·! ,jllc.: 111 · ])lrit'l t...l • ((',_.:-
J
",,,· 1 ¡,,¡ 1.1 ':•

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1
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rojo lm¡ que rodean la clínica y el desnudo sonido
de mis .l
1
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1
MI1l los viejos escalones. Presentí que también
J¡J)¡;uJrc Ahí estnha acostada om:1.
de una li'1r¡.¡;, fda
1
y al otro lado- del el mismo
t·o de C:tlll:lo¡l IHiílt; veinte. No debía ser este el lugar apropin-
do p<1rn
11
11 IJrntro después de un lapso tan prolongado,
ni Vtda :1;;1 tendida sentí que bahía estado ausente lar-
go tiempn Y '/lit' f1nzosamente tendría que haber cambiado.
111rr.o un abriera encima de los hombros ';' salió
• b
conm!gu u! pmiilltl, Estábamos junto a la ventana, 8fm Jo rt:-
tnerdo, lw[¡J;u¡vn: 1.qbre la mujer que dormía a su bdo, una
cobr9d0tit tr;
111
vf:l.
Ellns no f'
1
'llq,t·cnden lo que les está sucediendo dijo
Christa '
1
' " , . • • ' •
1
, •
1
'' Y Y
1 1
desee que s1gmese adelante hasta destrmr la
coci act!tl!d dt: aq•rella mujer, que resignada aceptaba los do-
lores que el lrondq·c le había ncasionado. Nosotras sabíamos
nuestr·rr IH!'I·,¡ era intentarlo. No en valde nos sentíamos
bgadas '
1
rrn:r PHIIncsa que en realidad nunca habíamos he-
Y '1
11
r" Hitr t't\lbargo aparecía tan sólida como cualquier
Juramenru I'('HI: ¡,¡• lm de ayudar a todos, de igual forma. Lue-
)/> go una
1
lpr·oxlntl\ a esa mujer, a la que no se puede ayudar,
Y una Slt'l\k nl!ll\1 si hubiese faltado a su palabra.
, S\qiHI.','I!tl, lnmpoco sor. conscientes de que no entien-
aen na a, ;\l\:rdk
1
\ T., y si leen el periódico, ni siquiera
se les p·lS 1 1

1
por· <1 que se está hablando de ellas.
Ensen,,¡,, ,¡,·¡. N ·, · · d
' ,1 · os parecw Import['.!lte intentar espertar
a esa 1lv 1nmvía, queríamos que se tomara su dere-
cho, su legtlimo ..
La nb"tlir,uil, .\q., Christa T., la viola, ahora se ba hecho el
tercer a O-l'hl,
Acúsak, dik
,
-U<l ya me lo ha dicho. No me dirige la pa-
labra en \'\'-11\lll t,\•\1 el tema.
.1 ,li:;cutir. Al finnl tuve que aceptar que si11
laf coofeta,'h)n ,t_. L1 mujer no podía hacerse nada. Que- se
a enana ,¡ "-t
1
\'; : , · 1 1
. . · '"· .¡uc tema am1gos pm·a os cua es nuestras
Ll\h't', •·,
1
·:-; rle c:ip:nif:ic:::.lo.
1.30
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1
1

:.
t

1
1
\
estábamos irútadas, nos reprochábamos mutuamente el no po-
der abrirle los ojos. Hoy sé que este tipo de irritación no
desaparece y que la seguiriamos compartiendo, Por aquel en-
tOrree':; érdari{u::: q-r..Te t.:·.s:o nos distanci21ba. Nos equivocamos.
Estáóamos junto a la ventana, -:fin-al del largo corredor
del hospital, nos habíamos dicho todo y mirábamos hacia afue-
ra en silencio. EntÓnces una enorme bandadr. ¿e c0rnejas pasó
volando por el cielo moviendo el aire, luego otra y otra, cien-
tos de cornejaS, que lanzaron al unísono un grito, al menos.
f'SO nos p2reció. Rs.ü! un instante ban pnsado hs mismas cor-
nejas por el cielo, de nuevo he rememorado aquella tarde: el
angosto vestíbulo del hospital, la ventana alta y estrecha, nues-
tra disputa, nuestra común irritación. Y la certeza de que ei:a
aún conserva
1
ull su capacid2.d de irritación.
Por esta razón baLlo de ella. Repulsa provocada por la pa-
sión. ¿Ya apmeció la palabra? ¿Extréiará? ¿Causará una im-
presión cómica? ¿Pasada de moda? ¿Puede asociarse esta pa-
labra con semejante vestíbulo de hospital, grupos de trabajo
arqueológico, fuertes discusiones, conversaciones, charlas, li-
bros? ¿O se trata de hacernos creer que la pasión marcba
irremisiblemente unida a ese oficial ávido de honores, q_uc
yace en el suelo, o a la y caída de monarcas )'
Führers?
El amado instbto primario. La única duda ahora es que
uno podría no estar a la aitura de las circunstancias. Chris-
ta T. tuvo suerte, se creó a sí misma, como todos nosotros,
en una edad en la que las pasiones. Esta puede se-
guir siendo la norma, ot!uS estímulos resultarían forzac1amento
i;csípid0s; c"ando alguien, la prima por ejemplo, le dice que
cualquier hombre es susceptible a ser comprado, eleva la. ce-
jas, lo que es prueba de arr:::gancia.
Hubo una noche más oscura de lo normaL Por causalidad
estamos juntas y oíamos por las emisoras de radio
les, junto a las informaciones sobre las luchas en Budapest, ]a
risa burlona sobre el fracaso de io que ellos llamaban <mtop[n..
Ahora la prima piensa que ha tenido razón, dijo Christa T.
misrnc ... no sahiamos a ciencia cierta qué pasó
l ; 1
-·-·· _ __.
esa noche, hemos necesitado años pena saberlo. Tm1 sólo que
las luchas de los viejos se convirtieron de golpe en nuestras
luchas, esto lo vimos en seguida, con gran Y
ellos no nos cscuda.rl'ws e:'.r¡ el papel de "lOs "eb"ga--
ñados. Pero tampoco estaba en alza el papel de los cre}'e11·
tes de hierro, el escenario en donde se representab;1n di-
chos papeles estaba a oscuras. Sí, se babia producido un re-
pentino cambio de luces qüe no estaba previsto. Sólo má:;
ta!'de ncs preguntamos: ¿Y por qué no? Aquella noche con
nuestro té, que enfriaba, cuando todas esas voc2s malicio-
sas se encontraron en nuestra habitación, sentimos que el mun-
do se oscurecia, peru la realidacl. P.e; qu.e se habían apagado
simplemente los focos del escenario y que nos teníamos que
acostumbrar a ver en la sombría luz de los días y las noches
reales.
Surgió una palabra como recién inventada, creíamos estar
ahora más cerca de ella que de cualquier otra cosa: «La ver-
dad,>, decíamos, no podíamos dejar de re¡..etir una y otra vez
esa palabra: Verdad, Verdad, como si se tratara de un animal
de ojos pequu'"ios, que vive en la oscuridad y es tímido, pero
al que se puede engañar y capturar, para éntonces poseerlo
de una vez po1 todas. Así habíamos poseído nuestras ante-
riores verdades. Ahí nos detuvimos. Nada es tan difícil como
enfrentarse a las cosas tal y como son, a los acontecimientos
tal y como sucedieron realmente, cuando hncía tiempo que
uno se había desacostumbrado a ello. Christa T. comprendió
que eJb, que todos HüSOt!'os, te.:1íamos que aceptar n:.::estro
grado de participación en Ios errores, pues en caso contrario
no tendríamos ninguna participación en las verdades. Además,
ella nunca había dejado de mirar a la gente a la cara y a los
ojos, de ahí que ahora no le a;:.ombranm en absoluto ciertas
rnirada.s. Las 1:-i,;;;rimas en los ojos de los que nunca habían
llorado antes, la estremecían todavía más.
Su primer parto, que fue por entonces, resultó difídl. El
niño estaba en mala posición. Necesitó horas esfuerzos
·inútiles. Desfalleció, naturalmente, pero no Uegó a pensar que
había sido Ni siquiem nodía agar:·:J-rse
l.l2
1
1
i
'
'
l
J
1
del sentimentalismo, no podía olvidar que el niñc
que por lo tanto resultaba necesario el fatigoso ritmo de =<_,-
fuerz_o y re}:ij:Kión. Tampoco dijo g.ue ya era srUiciente, o
no se podía exigir de ella q"ue ·tuviera h1ás hijos. Lns lágri;:· ::
llegaron cuando el médico le puso b niña en el
la llamó por su nombre: Anna. Qué cosns haces_, _Anna, si '· -'-::.
empiezas bien. Podía se!ltirse olegre, podía sentir cualq·¡,
cosa conocida, pero esta sensación le era extr:ül.:l, la
certaba. Bueno, bueno, decía a la niña, e sí m1:L·,4,
ya está bien, estáte quietecita, las cosa tampoCIJ es para ta¡,.':,
¿Se recuercb la ternura? ¿Es acaso ternur:t lo que el
recuerda hoy cuando oye decir «tu madre»? Y b1J:>-.·
se superado la ternura, qué recordaría. ¿O no se recuc:<_;,__
nada, ni siquiera esto?
Se le mostrará la casita de verano en el pueblo de la ;); ';-
vincia de Brandenburgo. Aquí has vivido antes. Aquí a_v •;;;-
diste a andar, te metiste por el agujero de b cerca, te
al bosque cercmo, te dormiste en una hondonada entre
zas y pequeños pinos, tu madre estaba medio muerta de ::::..-:-
do ... Entonces el niño creerá recordar a.quello .. 1ue no
y las dulces visiones que se le relatnn se convie·_- t•:n
en sombras que a veces se le R.parecen cuando cierra los :)jr 1s
con mucha más fuerza que las verdaderas imágenes. La r:)Í.;3,
Anna, mirará el lago creyend0 que es realu1cnte el lagr; de
sus primeY0" años. ¿Pero cómo podria s3.berlo? Entonce.-; no
era taJ lago sino si:-.clplemente agua y los cien metros v;l ra
acercarse hasta su orilla eran el enorme largo camino; (,:'Jj,tn
podría asegurar que este camino no ha sido un ejemplo j,.;ra
todos sus futuros caminos. Llega un día en el que com!';--::!J.dc
sus sombras. Olvidar. Olvidar los primeros miedos:
cuando por la noche se atraviesa el umbral del mirador, )¡ay
un perro vagabundo a quien el padre ahuyenta regañánduk, Y
al día siguiente, o al otro, uno se coloca en el mismo ;ido,
amenaza, pero esta vez yn. :10 hay perro. El CúCanto h0. per-
dido efecto. Empero lo más terrible es la mosca qne los
días vueb alrededor de la lámpara, cu::mdo nos despertMJlOS.
I .a ·11;-l(l··-:: :'''Pcie íll·:idar.
'-
Ella, Christa T., no habría olvidado nada. TenJ:; :a opi-
ni6n de que todo marcha bien si se llevan a cabo c:r: ..:::os los
trJb:<jos para ei. cuidado del niño_ sj_n .:::_:o=2e .se
han aprendido o el porqué de esa tranquilidad que se sienle
cuando uno se indina sobre la cama y respira el cáli¿o aroma
que despide el niño dormido. Fue un buen año, un ;:_ño cic
transición, la pequeña casita no era su hogar pero vívf.¿n bien
en ella, navegaba.n todos en una buena corriente, cor: 12. ca-
sita y la niña; se convirtieron en una simple familia, c;.:...:e aún
no sabía dónde y cuándo atracaría y se tomarían, por Íi."1, las
cosas F::n serio.
Si por lo menos no hubiésemos vivido luego tan ajusta-
dos, me dice Justus. Pues era evidente que no quedamos que-
darnos CJ.llí. .. Creo que esto estaba claro para los dos desde
el primer momento, si bien hablamos acerca de ello posterior-
mente. Ni siquiera nos instalamos en un dormitorio decente.
Ya viste su lecho, esa cuna baja detrás del armario. Qué amar-
go Jebió ser su d::spertar algunas veces.
No sé por qué él se inquietaba, o si realmente se inquie-
taba, pero pienso que su despertar hubiese sido mucho menos
...,.triste en un dormitorio normal, todas las mañanas su primera
mirada dirigida al mismo lugar, a! mismo armario. Se consi-
dera a sí mjsma una persona con perspectivas, con posibilida-
des ocultas.
Quien ahora vuelva la cara, quien levante los hombros,
quien se aparte de ella, de Christa T., quien señale con el
dedo vidas más más no ha entendido nada.
A mí me interesa señalm·la precisamente a ella. A la riqueza
que pudo abarcar, a la grandeza a la que pudo acceder, a lo
útil que pudo ser. Es decir, a esa pequeña y provinci2na ciu-
dad de Brandenburgo que se levanta entre campos de patatas
y centeno1 esa minúscula ciudad de libro de estampas con
su roja hilera de graneros, la calle empinada que termina en
el mercado, iglesia, farmacia, alm.-::::én, café. Cuando se va acer-
cando y descubre que todo es realmente así, Christa T. tiene
que reír, aunque no de un modo triunfaL La salida no es sin
ern6arg(' segura. Peo _:-!-:::, ;;:;. ..:imh,J -;igne ::.ix1"Jn 'lrl''
134
ciudad, no se esfuma si se la observa detenidamente, tampoco
se cae cuando la tocamos ligeramente con la punta de los
dos. ¿Pero qué es lo que se había imaginado? ¿Que nunca
lleg-ni:ía él momento de pone:::sc. serios? la seriedad no
es acaso de cemento y Una gran casa haciendo esqui-
na por ejemplo, U!J-a fila de ventanas en el primer piso con
vista a dos caminOS vecinales que se cruzan1 precisamente, al
pie de la casa, un patio con un enorme castaño) la gastada y
fría escalera de piedra, la horrible puerta marrón en donde
hay un nombre ... Quiere pasar de lnrgo, pero ahí: est<.'i puesto
su nombre. DE' modo que pasa.
Cállate, Pequeña-A1ma.
Lleva a la niña por un largo pasillo hada una habitación
cualquiera, hay una cama, la acuc:tn. Estáte callada.
Pasa por hs otiftS habitaciones, todas grandes y desnudas,
se acerca a la ventana, tilos, casas con paredes entramadas.
Aquí, pues. Se resiste. Cuando se da vuelta, Justus está en
el umbral. Hace un esfuerzo. ¿Por qué no aquí?, pregunta.
Pero no es cierto que los donde se vive tengan
tan poca importancia. No se reducen a ser únicamente el marco
de nuestras vidas, se entremezclan, modifican la escena, y a
menudo, cuando hablamos de «circunstancias», nos referimos
simplemente a un lugar que sin nosotros care-
cería de importancia.
Christa T. no podía alegc' que no había elegido su papeL
Por el contrario, en una de st:s esc¡_.iiaS cartas se denominaba
a si misma, con ironía naturalmente: mujer de veterinario C1J
una pequeña dudllcl de la provincia de Brande:burgo, y aña·
dió, también, una duda, como pnra mitigar su turb:-1ción: ¿Le
aprenderé? Cualquier caballo que aparezca, cualquier vaca que
tenga un ternero, representa para mí una catá:;trofe.
No se desprende muy claramente de esta frase lo que e:r:
realidad quería decir, ya que en aquel entonces se
Allí escribía: El juego con variantes se ha acabado. No lHiede
hablarse ya de cambiar :1 voluntad el escenario o de pcnna-
necer sirnplr·n1r:ntc cletds de las cortinas. Evistía un resultado
U5
-- a :z : z ,¿ d:ssiJZ. ... :: ; J& .d. ;__:

de cinco palabras, que era prec:.::.'J aceptar coma denominación
para sí misma.
Ante la pregunta, ¿qué qu3.':"res ser?, ahora tendría que
·responder-: deseo, diría, to-dos los· ·tempran-o
para dedicarme primero a la niñ2:. y luego a nosotros dos/ Jus-
tus y yo, el desayuno; quiero, r.-:3c:-ntras me muevo de un lado
para otro, oír lo que él me eí:-::arga, debo estar al tanto y
localizar al veterinario del distrito; también a Justos, en cuan-
to reciba la !Jamada referente a los cerdos del campesino Ul-
rich de Gross-Bandiko\v. Quiero estar en la puerta ::cm la jarra
de café y entender sin ningún problema palabras como «Bru-
ceilose de las vacJS>>- o «establo_:_; sin TBC», además quiero
asombrarme todas las mañanas por haberlas oí¿o del mismo
modo que las oiré los próximos veinte años: sin sor-
presa. diré entonces, las inyecciones han hervido, y la
jer que ayudará a poner las inyecciones a los cerdos vendrá
pasado mnñana. Desde luego, no me separaré del teléfono,
¿estás realmente preocupado por los cerdos de Ulrich?
Entonces bajaré por él al patio. Me sentaré en el coche,
mientras que Justus calienta el motor afuera amanece
mente, y adentro aún está oscuro, y estamos solos. Justus
pone esa cara atenta que tanto amo, y le digo en voz baja:
¡Un minuto más!, y él sonríe y me concede el minuto. Des-
pués quiero verlo partir, subu despacio la cuesta, y hacer du-
rante todo el día lo que sea necesario, una cosa tras otra, como
si mi trabajo impulsase al dí:", tal es Jo que siento algunas
veces.
Pero e] día significa una carga para la cual mis dos manos
iesultan a b larga
!36
f'
XVI
Pregunto a Justus: Así que ella sentía cierta
Justus dice: Sí. Y después de un instante: No.
No dice nnda más, y es que resulta difícil o.cb.rar en que
sentido Chfista T. se sentía insuficiente, y en qué otro, pN
el contrario suficiente, quizás incluso superior. A veces pien:=:-11
que no sólo ·nos ha desorientado a nosotros, sino también :l.
misma, siempre lamentándose. Por ejemplo, el desorden qt¡o._:
mantenía en su hogar me parecía demasiado complicado cotn·-'
para ser casual. Lograba que una debilidad compensase " .la
otra; los los convertía en sorprendente improvi:-<l-
ción, y siempre teníamos la impresión de que al tc.:ar a.J:Il-
quier cosa, toJo iba a venirse abajo, cuando esto ocurría, i a-
tervenía con decisión. Todo esto en su conjunto podría p.:Jt'C-
cer algo sutil, sí no existiera, además, esa fatiga suya tan tnrl-
dora. En los últimos años ... Ahf está, no voy a retirarlo
hice en alguna ocasión, pues son precisamente los últimos
la 1-..:::mos visto síet::pre lanzada durante ese tiempo. Hoy •
puede- preguntarse qué revelaba este cansancio, ent::::nces
pregunta se dejó de hacer por carecer de sentido. La contcs·
tación no nos hubiera servido de nada, ni a ella ni a
Esto es seguro: Uno nunca puede fatigarse tanto por aqndle
que hace, por aquello que no hace o no puede
Este era su caso. A la vez su debilidad y su secreta
ridad.
¿Había cambiado?, pregunté a Justus.
¿Te refieres a ... ? Sí, dice él. No la hubieras
reconociGc:..
Y .. ¿Ha sabiúo ... ?
l0 .:;é, N111v:a vnt\·!t:::os :" J::1b!:'.:· sohrc ese :1sn11' r1
i

Sin embargo, es ex::éo::') que no preguntara por nirlos. I\1
una palabra, ¿puede:: .:.:-:. aginártelo?
He las -dos c::::::-:c.s, la5 tcügO -o.qUí. 2.zuks c,,,n-·
ventanitas de celofá:-:, ::·..-:s últimas cartas a los t!--;; hijos
1
r.L:-
yores, cartas qne no _;:,-_-Jieron leer. Recortó con ele
colores peces azules :: amariilas, y diseñó cc::t ellos u11a
especie de viñeta Jas blancas luego ¿;bujó lett<:ls
graüdes . ..Jaras, escribi:. sobre ]a primavera y el verano, pues
cuando enfermó 2::<:. ple-:-::0 invierno, biela y fúo ct..::ando mu-
rió. ¡Cómo me gusta:ia ahora ir a patinar con vosotros al
lago! Se habla sobre s:-::-mbras de !:lll>tflitus y flores, de apren-
der a nadar en el lago. Los sobres en los que vuelvo a meter
las hojas amarillean ya en los bordes y están estropeados. De-
volveré las cartas, qu:zás sus hijos las quieran leer ahora.
¿No volvió a preg-untar por ellos, dices?
1
pregunto a Jus-
tus.
Ni una palabra, dice. Durante dos, ttLs semanas ni una
sola palabra, hasta el Enal.
¿Crees, digo, que mantuvo silencio para no flaquear?
Ella era débil. Quería ocultar su debilidad.
Esto es, precisamente, lo que yo llamo fuerza.
Hablo sobre ella. Sobre su debilidad, su así va·
mos Qcostumbrándonos lentamente a su muerte. Una barrera
contra el tiempo, que me parece hostil, aun<}ue, en vctdJcl,
es tan sólo indiferente. El tiempo no necesita actuar, se aproxi-
ma simplemente, procecie a deterictar el límite que se k ha
impuesto ella, a Christa T.: su tiempo se ac:1bó, y únicamen-
te queda el nuestro.
úlvidemos lo que sabemos, para que nuestra vista no se
nuble. Envejezcamos como ella (:nvejcció, como si dispu-
siera de un espacio de tiempo interminable. No como si se
tratara de una trampa, que se cierta cada día un milímetro
más.
El asombro que Ie producía su situación, lo conocemos.
En los últimos años aumenta hasta lo indecible. E! hecho de
que torlo pudier:'. ser tal y como se lo l1nbh -pu-::".
-lesrl'? l'_:Cf.:,O. '--·· -.!ha
1
Jo .. encím.: de cu;ll
138
l
1
quíer ímagJ.::.:..:::lOn. Que no ocurriera nada notable le parecía
Y su sensibilidad intuía lo peligrosa
que "puede'· a se-r la segaridad.-. La no"pe1igrosic1ad. de b
mujer del 2:::::::-;:ista, a quien ella, la taza de café en la mano,
debió mirar de hito en hítu durante largo tiempo. Entonces
se levanta, se desPide, se va, con la espalda 1igt>ramente tiesa,
¿o se equiYoca uno? Mira otra vez desde la calle a la ven-
tana, en la que Christa T. está, sonriente, como aquí w.mca
se sonríe. l:1 mujer del eler.tista y la mujer del director 2el
coler;io no sJ.':;rán explicar a sus maridos por qué la mujer del
nuevo veterinario no les agrada, y a nadie le extrañará, pues
no puede describirse una sonrisa. Será suficiente, en este caso,
mencionar que la mujer del dentista necesita más de un día
para reconstruir su ordenada vida contra esa sonrisa, para con-
vencerse a sí misma de que es un ama de casa respetable, y
que tiene su lugar en la jerarquía moral del mundo -y no
1
el último. No dice nada malo sobre Christa T.,
se trata de una mujer benigna, Ü1capaz, además, de encon-
trar una expresión exacta para describir sus s(;ntimientos. En
otro caso, seguramente hubiese tachado a Christa T. de «poco
seria:.:-. Y, en su interior, cuando recuerda una determinada
mirada de Christa T., llega incluso a calificarla ele inquietante.
Sucede que para muchas personas el asnmbro resulta in-
quietante. Uno no debe, en especial cuando tiene invitados,
observar su propia ca'sa como si le fuera .extraña, como si los
muebles en momento pudieran llegar a tener piernas
y las paredes agujeros.
Después de todo, la m>.1jer del dentista, la mujer del di·
rector de escuela, pueden quedar al margen, pueden murmu-
rar, o ser magnánimas y callar. Nosotros, sin emb:•rgo, no po-
demos permanecer al margen cuando la situación se presenta
difícil, y tenemos que murmurar. Para elio existe, como casi
siempre, más de una pasibilidad, aunque el m2rco sea fijo y
poco dúctil. En primer lugar, están los testimonios, nuestra
escasa de aquellos años. En segundo h1gar,
acerca ele sus hiim •. Pues cuando Anna tenía tres
anos, nació Lena,

• a su .. -
139
rena, delicada y sensible. Sí, siempre he lamentado el desor-
den y negligencia de su legado, ¿qué puedo decir ·ahora sobre
ese f!I1V01Lo;_io de 1J.ojus? Como :ci a lo largo de tantos ai'bs
hi.Ibiese tenido 1-mnca, al alcance de la mano, un cuaderno,
un block ::d menús} sino, siempre, sobres, facturas, notas/ pa-
peles ya usados que encontrab::t en el escritorio de su marido.
La tercera de acercarse a aquellos años sería
el simple recuerdo. Parece fácil verJa de nuevo, Chrísta T.,
subiendo la escalera, al bt8ZO un bulto envuelto en mantas
-Anna-; ya desde b escalera nos dice que está terriblemente
cam:ada, y a pes.ar cie todo nos quedamos ahí sentados hasta
entrada la noche, aunque yn sólo nos queda pensar en el em-
pleo del tiempo. - Esta sería la imagen que veo.
Todo indica transición. Tal y como es, no permanece. Los
signos que se bJrajan son ptovisionales, si se sabe esto, está
bien. Sus cartas, esporádicas y escasas, superadas, desvanecidas,
y el ligero tono de-inferiorlJ¡:¡d que se insinúa, nunca tomado
realmente en setio . .Estas notas, tan sólo una promesa a sí
ma, reflejo de una costumbre a la que ya no _1->oriía renunciar.
Nuestros cortos encuentros, pretextos, tan sólo pretextos para
.to el momento en el que realmente habíamos de encontrarnos.
Ya no se prescntnn imágenes firmes. Nos acercamos al bo-
rroso marco del tiempo presente. Lo que no SE. ve con claridad,
quizás pueda oírse.
La oía No nos vemos.
La tltorment<.rse. La prueba de lo que fue, aquí de-
bería estar. Afán por hallar sentido a las cosas, por interpre-
tarlas: No nos vemos.
¿Pero qué imrorta?
Ella insistía. Tenemos que saber lo que nos ha :-ncedido,
decía. Hay que averiguar lo que a uno le sucede.
¿Por qué? ¿Y si nos entorpeciera?
Pensaba: no _podria sorda y ciegamente, a no ser
que se fuera sordo y ciego. Estaba a favor de la lucidez, el
conocimiento, pem no creía lo que muchos pensaban: guc
para ello no nece:it·\1 n:1rla rr_'::' • LLJ !'ven '-k.
140
que la superficie de los acontecimientos, denomínnda con
ligereza, verdad, tan sólo pd,brería.
De pronto, paz se convirüó en una pa-labra que debía \'3-
ler-; razón, pensábamos; ciencia: la era c¡entífica. sa-
líamos por la noche al balcón, para ver durante unos ·minutos
como la estela de una nueva estrella recorría el horizonte. El
descubrimiento cíe que el mundo, liberado de férreas deJini·
ciones, se abría para nosotros lleno de posibíiidades, pare:::ía
que nos necesitaba, aun con nuestras imperfecciones ...
Pensaba que uno debe trabajar su pasado tant:J como su
futuro, al menos esto leo en las notas que tomaha sobre di-
venas libros. Sé que tenía penscdo escribir algo sobre esto,
pero debido a su cansancio cntermizo y progresivo, no ha sa-
lido de estas notas, y realidad, no estoy segura de que se
hubiese impuesto las nonnr>,s que, sin pestañear, señala ahl.
No es que ella esperase que todo fuera perfecto, pero quería
que todo fuese nuevo y nada debía ser vulgar y morte-
cino como en la realidad, debía h1ber algo nuevo, y no siem-
pre lo mismo, en algún tiempo y lugar. Originalidad, anota;
y añade: vendida, por cobardía. Quizás en la vida, escribió,
puedan suavizarse ciertas cosas. Aquí no .
El tiempo feliz de la antigua ingenuidad se había malgas-
tado, lo sabíamos. Arrojamos el vino que quedaba al manza-
no. La nueva estrella no se había dejado ver. Sentimos frío
y entramos, también entró la luz de la luna. bija dormía, se
acercó a la cama y la miró rlurante un largo rato. No se puede
tener todo en la vida, ya se sabe, pero esto, ¿a quién le con-
suela?
Quizás puedan suav:zarse en la vida cie1 cosas .. _ Pero
cuancio estaba sola, cuando estaha en la !:merta de su cass., y
miraba al largo pasillo, y el silencio quería apresarla; grita-
ba: No.
Siempre que podía se iba con su marido al campo. Su cm-
tigua avidez por ver rostros, por ver la verdadera
de éstos cuando reciben una buena o mala noticia, cL.;:mdo se
irritan, tornan una decisión, dudan, titubean, comprenden, se
controlan. Se olvida de sí misma ante J:1.s carfls excitadas de
14 L
1
los campesinos. Justus tiene gue entrar en las casas. ¿;)mcera-
rnente, gué opina el doctor sobre bs cooperativas? Justus po-
set recetas: producción de leche, carne de cerdo, trigo. Chris-
T. cümprcl1dió: hast<·: ahora mmC<-; ·se: -·]es habia exigido -ran:
to, 1Jl1 pnso más que h frontera que hasti ahor;:
tenLm fijada. De vez en cuando atrevía a decir ciertas co-
sns, pero sólo a las mujeres con las que se sentaba en la co-
cina, y gue drJban leche a Pequeña-Anna, lanzando al rnismc
tiempo un viejo lamento; quejas sobre sus vidas, entremezda-
con acusaciones; y algunas veces estas f'"'lJjeres hacían una
dpicb pregunta mirando c:e sosbyo hacia ia puerta: iQuién
va a pensar en nosotros, ay: eso sí que no me lo eso no
se ba dado nunca, sería a.lgo total::ncnte Euevo ... !
Existen ciertas personas, decÍJ Christa T., que sienten cu-
riosidad por experimentar este tipo de novedades
1
y hay que
aproveclwrse de esto. Cunndo regresaban, el trabajo estaba
hecho, se detenían donde ella quería. Subían a una colina y
miraban a su alrededor, o bien ibcm a una vieja iglesia
1
o ella
pedía a Justus que le explican¡ h situación económica de los
pueblos y le contara historias sob·e Jos c:1mpesinos a los que
acab,Iban de visitat. Ella pensaría, seguramente, que él la es-
taba complaciendo, e incluso temería cansmle. Pero él nunca
hubiese llegado a conocer tan rápida y profundamente su zono.
sin sus pregutüas. C1erta vez, ya mayo, se sentaron
el sol en unJ calle cualquiera -:Jo era aquel precisamente
el rincón más bonito, "TI<.Ís bien se trataha de una de las p8r--
tes más pobres, sólo qm: Jquel día la luz lo embellecía -::!e una
manera especial, repentinamente sinüeron que ya no querían
irse nunca más de al!í. No lo dijeron, pero ambos que
lo acab::\ban de pensar.
Pienso que por aquellos años comenzó con sus 8puntes
acerc1 de la casa, un juego
1
n<ld:1 más. Un juego de esos que
pueden dominarnos.
Madre, Ji ce Anna cuando despierta, ¡ahora nos miramos
como dos cxtr<lñas! - ¿Tan pronto?, piensa T., aún
no quiere reconocerlo, abrna a h niñn, ven, quiéreme, como
bs madres ahoga su distanr-i: Cl1 el ncro le csd
142
vedada la ilusión de pensar que aún tie:1c. /;0 5·._;yo entre 1o5
brazos. Suelta :1 h niña, se deja ro: Luego salen,
a los campos, el camino está reseco y es verano.
Se si_:;.tttn en un prado cubierto de h' ... por un
,:,m ro ba1' o. Aona sube a una seo-'ad0r.1 \: .. . Chá;:ü T. h
o .
mira, allí :urib8, sent8da, balanceando bs 1..111 fcn-
do nzul y verde, lum:noso y somb1ío. L1..:2;) t;·_;nPr. que es-
capnr, se :Icercan unos nubarrones
1
no lo Desde
la lluvia ene con fuerza, a los diez p:1sos están "totfLl-
mcntc emJ?S?Jc:bs. Se secan b se sientar.
juntas en el sillón grande y beben ClC10 ol:'.'ntc:, 3ÚD no }_a
oscurecido, tflmbién ha caído grani:w. lvbdre. dice Anna, aho-
ra te voy a contcu- un::t cosa. En mentir es boni-
to1 ¿ro?
Por la noche Christa T. arranca um1 hoj·,l del libro dondt::
se llevan las cuentas de la case.. Viento y so!) Atrás
fila de tejados gris y rojiza, monótona, -de lt1 pequefla ciuda¿
Los pequeños jardines que remueven 1: siembrrm: ahí
ir judías
1
ahí pepinos, aquí quiere tene-r lü tía sus -::_anahoriaL
Cuidadosamozte se gira la llave en el ccmdado de la puerta.
Frente a esto el camino seco, el murn bajo, Pequeií.a-Anna en
la máquina segadora. Colores: rojo) azul, verde; y se lee:
talgia. Logra advertir !les colores en nostalgin. Siempre
a 1a niiia cncimft de b máquina, aunque ella haya si&=·
un pretexto. O precisamente por e-so: es tra11s(:a-
rcnte, y sin embargo concreta, exacta
1
sin ser nimia. Si
anhelado contmuic1:1d, tan·J1ién quería experimentar que la ccn-
LÍ nDidr!d es perece_Jera.
L:1 historia del tr<1po que Pequeña-Anna le cuent:l. l_;;;
trapo amarillo con borde rojo que tenía tma madre como iod:,
e[ mundo) pero una ve:: su corazón dejó de latir, y se :?:urü;
el tu1)o qu(.' e11terrar a la madre, y &esde CR-
/(Jnces hacerlo indo solo
1
incluso cocinar. Y, j(•
quema tm dedo
1
y ni siquiera puede atarse el babero, ni se JJ-
tc.'r:oe tl la mesa, tampoco encuentra ningú1z caramelo en l1r
¡;ensa -110 sabe hacer nrida de nada. Entonces salió volcu¿..
,..,,¡' ucnta/J, r"a !rmri brillaba, lll lechuza ya estaba (,
l.-:
l
1
1
1
f;1
ciclo. Pasó un gt?!o por allí, tenía en cada mano una huevera,
como los gatos de Berlín. La lechuza se fue volando a la láJH-
para, r:l trapo tms ella, prro .entonce-s i!('g(; :m_ cenicero-· vo-· · i·
lr:mdo en el que habia escrito en letras blancas: es ti!! f
cenicero malo. Ento::ces el trapo tuvo y se fue volando l
con la madre. E;ttonces su corazon comenzo a lai:r de nuevo)
1
se fueron juntas a casa, y la madre ha cuidado de que ya no
vinieran más personas malas... ¡
Nada añadido, escribe Christa T., escrito textualmente, ¿se-
rán todos los niüos poetas?
Siempre existe alguna coacción para <1partar el lápiz. Olr
música, muy 2ntigua o la más moderna. Alimentar en uno
mismo el peligroso Jeseo de perfección pura, terrible. lJecirlo
todv o no decir nada, y oir, inequívocamente, en su interior
el eco: no decir Cerrc..r el cajoncito donde se amonto-
nan los papeles. Cosas inacabadas, trabajos defectuosos/ toclo
queda en eso. Tiemoo. desperdiciado. Al atarceder está de
nuevo cansada. En el último año esta fatiga que a veces cen-
debió convertirse en un terrible cansando de muer-
te, y contra él se reveló con fuerza. La enfermedad se acer-
"r:rl.uctora, en forma de cansancio. Christa T. debió sos-
pechar que se trataba de una trampa que ella misma se ten-
día, decidió no caer en ella. Se levanta, como siempre, cuando
termina el disco; se prepara café cargado.
A esa hora solía ir Blasing, y ella lo recibió amable. Se
frotó las mann\ cogió el disco, ¿algo nuevo?, acercó el sillón
a la pequeña mesa: ¿El señor marido sigue aún en la pan?.n
tÍe alguna vaca?
Bt:2no, ella ya lo conoce, adivina sus intenciones, pern est[í
contenta de poder decir a alguien que está preocupada. Ilacc
tres días Justus operó, por p!_.!mera vez, a una vaca q:_:e estaba
a punto de parir. Dos clavos y un enorme peL1azv de vidrio
en 1a panza, ahora apenas si viene por casa. Todos los sínto-
mas son Íavorables, pero ¿qué hubiera pasado si sale mJl su
primera operación?
Hace rr:::y bien en hablar con Bbsing sobre todo esto. Q,_,¡_
"t1o e'·ish n:1da quf' hay-a reain . ..J,!e ... u '
1
;(:.1, ·
lH
1

segmo que :lo existe nad?. que por lo menos no haya visto. Si
las lo exigen, dlbuja el interior de una vaca
·prtíiú.la sobre el ele. una .rré§ú: para todo el mundo
pueda ver lo que \"S una operación semejante, y con
mc'is razón cap el talento de Justus. Él mjsmo, Blasing, ha
visto cómo traía ternerc; al mundo, a ¿l no es tan fñcil sor-
prende,le.
CbtistG. T. no tiene la intención de sorprencierle, escucha
su ágil manera de hablar; los acontecimientos de los pueblos
de toda la región, que conoce como ninguna otra persona, se
co.r_vierten de pronto en anécdotas y chistes. ¿Que la profe-
sora de B. ha querido suicidarse? Bien, pero lo dispuso todo
de tal forma que su prometido tenía por fuerza que encon-
trarla, la muy pícara. ¿Que al contable de las propiedades del
pueblo de S. le han caído dos años de cárcel? Sí, ¿pero quién
pasa ser ahora contable? ¡Su hermano! ¿Y para qué bolsi-
llo va ,, trabajar, eh? El viejo Willmers ha muerto de cir:o-
sis. Él, Blosing, ya lo sabe, peto mejor. En el hospital no
se dieron cuenta que tenía de estómago, estas
cosas pasnn en todo el mundo. Ahora lo encubren, todos es-
tán confabulados.
Cuando se escuchaba a B1asing, todo el mundo con-
fabuLldo con todo el mundo, y así eswba bien_. quien no lo
entiende peor para él. Que si es verdad, le pregunta Chri::;-
ta T., que auiere separarse, dejar plantada a su mujer <:O :l.
los tres ni ::'íos ... Blasing levanta las ¡Lo que habla k
gente ... ! Y añade pens-ativo: ¿Quién sabe lo que aV11. le puede
pas<H a uno? Siempre bay trenes que parten, y, ¿quién sabe
dónde y cu3nJo vnmos a torm.rlos? ¿O cree usted que Blnsin,g
se hunde?
Pero ohí llega el jefe.
Bbsing ernpie7.<1 a co1oc<Jt las figuras de ajedrez. Justus trae
vino. Nmb de ajedrez. Estoy muerto de cansando. La vacs
ba Ven mt1ñana a verla.
Bueno, dice Bl::1sing. ¿Quién tenb razón?
H)
,;'"'' ·,•i•IC (,[¡¡'
XVII
Ser uno mismo, profundamente.
Difícil do lograr.
Una bomba, una conversación, un disparo; el mundo pue-
de cambiar de aspecto. ¿Y dónde se queda ese <mno mísmol>?
Un hombre como Blasing ba comprendido a fondo todo
este engaño. Sabe que no vale la pena pagar una y otra vez
con uno mismo. Y a todo el mundo poner en circu-
laci6n moneda falsa, billetes falsificados, como decimos noso·
tras los ladrones. Nadie te puede demostrar nada, y tú mismo
puedes quitarlos cuando quieras de la circulación, rápidamente
y sin dolor; falso amor, falso odio, falsa participaci6n y falsa
indiferencia. Además, por si usted aún no lo ha notado, pa-
recen más auténticos que los verdaderas, y se puede aprende[
a administrarlos según L necesidad.
Él se crela en el deber de ahogar la intranquilidad que
había invadido a Christa T. El tiempo pasa, Blasing, le dice
ella, a quién si no iba a derírselo. Es,.::. es lu mejor que podía
hacer, y si no lo hiciese, tendríamos que sugerírselo.
Pero he de volver 2 aquel dí<1 en el Bá]tir:o. A la enorme
pelma roja y blanca que el viento empuja delante de: ella.
A sus ágiles movimientos, a las cálidas miradas de Justus y
a su <{echar para atrás la cabeza». A su s:Jnrisa que induda-
blemente nunca describiré, pero que wmpoco nunca olvidaré,
Estaba muy tostada por el sol, le dije: este ha sido segct2·
mente tu verano, ella rió con sus dientes blancos en pl rostro
moreno. Justus b cogió Jel pelo, tan corto, y la besó en la
boca delante de todo el mundo. Elh se lo tomaba todo en
""-uu
1
rcin aJ tic;npo. ;> ::1 :">l_lCdO net "'1] mita2:L
147

Por la noche, en el hotel de la playa, llevaba puesto tm
vestido blanco -¡no puedes imaginarte los años que tiene\,
dijo, pero sabía perfectaments q1.1C' aún pecHa d1.:rante
mucho tiempo. Al rato, comenzó a escribir sobre una servilleta
una serie de números, unos debajo de los otros, los suffió, y
cuando quisimos saber lo que hacía, nos di}o totalmente en
serio: la casa. Involuntariamente debimos levantar las cejas¡
entonces nos aclaró los números: el sueldo de Justus, el cré-
dito estatal, el presupuesto para gastos, la forma de p$gar los
plazos, el tiempo en que se liquidan las deuda,;. Miramos a
,Tustus. Confesó que se trataba de una idea de ella y que te-
nían cuadernos enteros llenos de croquis de casas. ¡Pero quién
se ocupa hoy en día de semejantes cosas, dijimos, algo tan
difícil!
Yo, dijo Cbrista T.
Sacó unos croquis de su bolso y los extendió sobre la
mesita redonda de mármol. Entonces vimos por primera vez
«la casa». Todas sus vistas, todas sus habitaciones, cada pared
y cada escalón, y dimos cuenta de que ya existía, y nadie
tenía derecho a derrumbar esa ilusión.
¿Pero d6nde está?, quisimos saber. También tenía un enor-
me mapa del distrito. Cbrista T. recorrió con su dedo índice
la carretera. Llega hasta aquí. Dio la vue ha por un atajo. Es
muy mal camino. Apareció un pueblo, terrible asfalto. El úl-
timo tramo, hasta subir la colina es realmente encrespado.
Y cuando terminas de

de pronto aparece ante
ti el lago, no puedes imaginarte la sorpresa que te llevas. El
enorme, solitario lago. A !a izquierda y a la derecha tan sólo
prado:: y árboles; detrás de ti can:pos de r2tatas. Con los prl.;-
máticos puedes ver en la otra orilla los rojos tejados del pue-
blo. A lo largo de la orilla hay álamos, crecen rápidamente
y sirven de reparo al viento, ¡no sabes el viento que hace allí
en invierno! En la parte orientada al lago necesitaremos cris-
tales dobles, dos ventanas gignntescas, la tempestad acabaría
con unos ventanales normales. Desde la cocina puedo ver el
jardín, que yo misma cuido, y el extremo :xcidental del lago.
cot. nrD!:rtnc. "'" Jt. ..:r
148
ciudad los bidones vados. Se limpia un trozo de playa, "'
nuestro lugar para bañarnos. Anna y Len::t durante el veu.r.-.'
andan desnudas.
·caSi Puedo hacer el yo ·sOla;- la casa está -basty;: ,_.
bien distribuida. El arquitecto me la dibuja tal y como ".
digo. ,¡
Tienes práctica en J"=vantar casas, dijimos, realmentt::
puede ya mucho, ya conoces cada clavo ...
Cada clavo y cada paso; y lo creas o no, a veces,
me be despertado alli dentro.
No nos hacía mucha gracia la idea de ser propietarl,,:::.
¡PtopietMios de una casa!, exdarúábamos arrugando la
Le dije en voz baja: te
Sonrió y dijn: me desenterraré.
Esto no lo entendí del todo.
f'.Tinguno de nosotros era supersticioso, ninguno tocó
dera, nadie la pidió que silenciara sus sueños, que ocult:l.
sus ilusiones. Bebimos una botella de vino brindando por "'
casa, luego una segunda. Dios mío, qué hermosa casa sohtt.•
la colina junto al lago. Dios mío, qué bonito el tejado ,1,.,
caña; y qut proporcionada, ni demasiado grande ni dcnu-
siado pequeña, y qué práctica, perfecta en su estilo, >r qué
bíen emp-lazada, en el corazón de unot vieja región ganackm.
Justus ya empezaba a imaginarse una fructífera producci()n
de leche.
De pronto nosotros la vimos allí, su casa, nos dimm:
cuenta que tan sólo había que imaginarla, y ahora nllí.
Ella la había creado de la nada.
Cl1rista T. bebió más que de cosutmbrc, la sacaron i1
de las mesas vecinas, todos habían visto cómo habíamos esl
do haciendo planes, y se habían con advertenci01>1
y consejos, se proporcionaron nombres de obreros, y Ch ri
ta T. aceptaba todo agradecido. Bailaba con cualqlllera, al fi-
nal, incluso, con el pequeño y gordo asesor de impuestos que
había visto a más de uno empezar audnz y orgulloso a col1f,·
truirse una ca:><l, para terminar en su oficina cnbizbajo y h'.1·
., 1
Tn1ov'.::.
¡ .. ¡t,..;
·-
La casa se construyó. Pero pueden contarse las noches
que durmi6 bajo su techo.
Se oL:mtaran las álamos. Crecieron tanto que Justus pensó
eil pod;r·--las iamas más cercanas a Lis venú-nas. · · - ·
Ahf está eJ lago, tranquilo y suave en verano, en
otoño, blanco y helado en invierno. He visto ponerse allí el
sol, ella estaba entonces a mi lado.
La orilla está limpia, y en verano los tres niños se bañan
continuamente. Andan por aL! desnudos, pocas veces se pier-
den por aquí gentes extrañas,
Desde la de la cocina he visto su jardín y el extre-
mo occidental del lago. La cocina ·estaba muy desordenada, al
parecer tras la muerte de su mujer, Justus no enccntró a nin-
guna mujer que lo ayude, y ya se sabe que él apenas si tenía
tiempo de recoger. Cuando puse en su sitio la vajilla, reco-
nocí la disposición de los armados y estanterías que ella había
ideado. He dormido detrás de la cortina de flores que ella ha-
bía elegido para los dormitorios del piso superior. Por la no-
che me desperté y oí cómo las ratos hacían de las :;uyas arri-
ba, en la buhardilla. Existen medios contrc ellas, se las puede
ahuyentar.
A la mañana siguiente, en la biblioteca del cuarto de estar,
mientras recogía los que había enviado a Christa T. al
hospital, sentí un estremecimiento, y crei ver una sombra a
mis espaldas. Tuve que reprimirme para no volverme rápida-
mente y sorprendP.tla sentada allí en su silla. separada de mí,
pues en les últimos tiempos se alejaba cada vez má, y tam-
poco se dejaba fotografiar -tal y como estaba sentada allí
con su cha']ueta verd.:: puMo, r. pesar del verano. Sentía
frío con faciíidad.
Aguanté y no me di vut>l.ta, al menos no inmediatamente, y
cuando lo hice, ya no estaba allí, tampoco había ninguna
sombra y vi en todo el cuarto ni una sola foto de los últi-
mos tiempos.
Los niños, los suyos y los míos, gritaban fuera. Un co-
nejo se había hecho una Lúdriguera e>: la expbnada de la
casa, había que C<17.<1'-!o y a n_]g{m otro Iur::n·
!50
1
1
1
i
1
\
1
1
Me acerqué a la puerta que daba al exterior.
Aún había que poner cemento PD el lugar previsto para
la terraza, hacia donJe uno había escombros, trabajos
inter!-t:rilpldos. Sa1í nfucra. De p1:omo me é!i DJenút que :-:asa
ahma no habfa comprendido por qué el1<1 queda vi\dt aquf '.'
p:;r::: qué )1abía construido esta casa. Me sentía más matEVÍ-
llada que perpleja, pues por fin estaba claro y ere, asombroso,
pues toda esta casa no era sino u:Ja especie de instrumenta
que ella quería utiiizar para unirse más íntimamente :on La
vida, un lugar en el que confiaba, pues lo había cread:) ella
misma, y desde el cmd podia enfrentarse s ClJalquier cm a.
Seguridad, sí, también esto.
Aho-::-a que ninguna opinión mís podría cambiar nada, ya
que todas las opiniones se han aetoeliminado y se han
superfluas. Me preguntaba qué otros formas ele vida se le hu-
biesen podido aconsejar. Tantas veces como he pensaclc lu;:go
sobre este asunto -no existe otra mejor que la gue rr.is·
ma había elegido. Sé que junto a una de las grandes ventanes
estaba previsto un pequeño lugar de trabajo p:ua ella. Qulzi.s,
dijo una vez, quizás venza aquí mi maldita apatía. Así lo ele-
nominó.
Las dificultades con las que se encontrnba nubbbt=n Ja
esencia misma del problema. El dinero resultó más escaso Ce
lo que habían previsto, y se desalentaban a menudo creyer,do
no poder conseguir el mínir11o para seguir
:::on la obra. Siempre que ... :urante esto<: dos años hadan ...:r: OJ]to
en nuestra casa, venLm del mercado, donde esperab2n enccn-
trar lámparas o muebles o pic1portes. Siempre teni:u: ;cr:sa,
siempre estaban amenazados por una definitivfl Lnterrupción. de
la obra. Una vez, ya caída la tarde, cuando les acornp::1ñamo3
a su coche, Christa T. me pareció más desilnimada :¡_ce ele
costumbre. Traté de animarla. Justus, que se encont:.-aba de-
trás de:: mí. me hizo una señal suplicante y significativa_, le m::.-1§
expectante, Chrísta T. eludió cualquier posible part.icip:aÓÓI"1
con un<1 alegre observación. Yo no entendía lo que sucedíJ,
::;nbiernn rache, quc(brnos én vernos otro din, y, .:amo
L) 1

',
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t
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'!

_, ¡ ll
Jd r iH j_&f!
,.
pre, dejamos para la próxima vez la conversación que se im-
ponía. Se marcharon.
Eran escasas las pistas pn::.1 descubrir lo que ocurría. Red-
mente se intenta pocas veces entender de verdad lo que F= ve
o se oye, lo que otra persona. dice o silencia. Mr:' telefnoeó' unas
:-.Cill::tilas llÚS tarde, cosa que nunca hacía, y esto me sorpren-
dió y agradó al mismo tiempo. Después de hablar durante un
minuto, después de habernos dicho lo más esencial sobre nues-
tro trabajo y la salud de los niños, cuando se hizo un silen-
cio, entonces me preguntó: ¿Qué es lo que quiere?
Recuerdo exactamente sus palabras: Hago to'"llerias, dijo.
Pregunté instintivamente en voz baja: ¿Estás sola?, como
si me imaginara 'lué tipo de tonterías quería comunicarme.
Si, dijo.
Ahora no recuerdo las palabras exactas que ella empleó, y
no creo que deba recordarlas. Me dijo que se había enamora-
do de otro hombre -enamorado, creo, ¿o cómo iba a haberlo
dicho si no? Un amigo de caza de Justus.
Bueno, y esto era todo.
Una novedad más tan sólo. El asunto -ella dijo: el asun-
to- se le escapaba de las manos.
Aún recuerdo, que por un momento, creí entender lo que
en los últimos tiempos, tanto me tabía intrigado, aunque no
'}llería reconocprlo, dije rápidamente: !vi adame Bovary.
Nada nuevo para ella, pero ¿de <J.Ué le S"'tvía? ¿Quería
simplemente hablar, poder hablar por fin, o quería escuchar
realmente mi opinión? Acaba con eso, dije, una cosa así nunca
termina bien.
Pero, ¿qué significa «terminar» en sewejantes affaires, y
cómo hacer lo que se debe hacer y sin embargo no puede ha-
cerse?
¿Lo sabe Justus?
Naturalmente.
Entonces me asusté. Krischan, dije, no sé lo que prcLendcs
de mí. Sólo te puedo decir: No puede ser.
¿Y por qué no?, preguntó agresivamente. so crPf.is
qtlé' estov
11
m .• i 5"'1 fipl
152
Comprendí que me metía en el mismo ssco que a los de-
más, de forma gratuita -¿con qué otros? ¿Justus?-,
dije únicamente: sí, estás hecha par.a eso.
Guardó silencio durante baúantC tiempo, luego dijo b:lJs-
camente: Ya sé. -Como dando la impresión de compre:1&:r
el motivo por el cual yo le hablaba aeí.
Las pausas se hicieron cada vez más largas. Finalmente ójo
algo ;::3Í como que ya no sabía qué he.cer, luego colgó rápida-
mente.
Lo que la asustaba no era, por supuesto, que estas cosas
suelan suceder
1
sino que la gente pensase: lo norm<1l.
Justus llevó a casa al joven guardabosques. La serlucc:iór: 1
si es que puede hablarse de ello, partió de ella. Él no ],abla
conocido hasta entonces una mujer de esta clase. Reacciona nf.-
turalmente; y no lo hubiese podido hacer mejor de haber tra·
zado un astuto plan. Durante el baile de los cazadores, cu::11dc
bailaron juntos
1
la abraza, al día siguiente le manda u1 co·
nejo. Aprovechando un momento libre pasa por su casa
ver los libros de pájaros. En voz bajn, pues los niños doec·
men, él imita las voces de los pájaros. En otra ocasión COiOC"--
una mano sobre su hombro. Después de todo esto, ella pLede
pasarse una hora entera junto a la ventana, esperando
pase por allí. Y cu:.:!r:.do pasa realmente, cuando :nasa pcr de-
bajo de su ventana, mira hacia arriba y se quita el sombrer:J.
Y entonces ella se tiene que apoyar en b repisa de la venta-
na. Se tiene que sentar y coger su cara con las manes.
asusta de lo f1ías que están sus manos y lo mclient::: que est3.
su cara.
Desearía que esto se acabase) pero no puede, ¿cómo
que la vida se acabe? Sabe que Justus es muy propen'o d
>1batimiento, que puede enfurecerse, tirar la mesa, irse y
ver más tarde a casa, Es capaz de no abrir 1a boca clutar:ie
días. Ella sin embargo no puede hacer otra cosa que obseJYar le
y luego, cuando se ha vuelto a ir, hundirse una y otra -vez:
en ]as peligrosas, ilimitadas No ha intentado
en claro nada; embellecer o disculp<u 118(b, A veces, cu:mCo
vrlí'i"(' de: lJn nrr.funr1'l dc:;.mrwo, elc-he pr:egu "1-
!
t
.;
j
'
l

tarse, ¿es que estoy enferma? Le parece r2,ro que todos Jos
que eran íntimos suyos, ahor:t le se::!n e:::::tra.fios, pero, ¿cómo
puede resultarle esto raro si es ella la que _ca se reconoce ;-;
sí misma?
«Madame Dovary>> era desacertado, yo misma lo sabía. No
había acciones mezquinas, ningún intento 2e cn.':',año ni tenta-
tivas de fug? .. Se destruiría a sí misma, an::es que ... Pero esto
era realmente el motivo de mi inquietud.
más sensaciones por la al despertar, que
las que un día entero, rico en pueda proporcio-
narme», leo en sus notas ele nqucl tiempo. Sus deseos
no llevados a cabo comenzaron a envenenarla. Se preguntó,
por primera vez, qué diablos quería hacer con esa ca:oa, qué
significado tenía su vida. H::-bía olvid3do teda, no se le ocurría
nada que la pudiese estimular. A Justus no podía pregun-
tarle nada; para ella no existía en semanas, y ade-
más él también luchaba par2 no n<1.ufmgar. En una granja po-
pnlar se habían cometido frmdcs, se comprobmon negligen-
cias en el cuidado del ganado, el director, flCottalado, implicó
en esto al inexperto veterinario, tuvo que 8.parecer c.omo tes-
tigo en una sesión del tril::urd, notaba dcsconfi.nnzas y rece-
los, y pensaba que de abnrJ en adelante todo el mundo le
tendría por un hombre Jescuicbdo e Humillado, por
la noche bebió solo en h: taberrw, y luef;D condujo su coche
lenta y cuidadosamente por L;s calks de h ch:dad, sin cn,Jar-
go, fue detenida y rr..ultado.
Una mala época, me diju, no conseguíct con ella so-
bre mis asm1tos, no gueríc1 que ella me vicr:-: como yo mismo
me vría. Únicamente me asombrab1 que a veces cogiera el
coche y condujera durante hor<ls como 1.W::\ loca, y cuando
regresaba, estaba mortaimentc agotadn.
Christa T. deambulaba por su ctsn ii;'.l<11 gue en una jaula.
Sabía que no podía pensar n:Hla que no pensado un
millón de veces, que no pc-dí:l nin,i"':Ún sentimiento
4.ue no estuviera dc:-;LL:' h y que cada 8cto
-;;odía li::tberlt
T C''l__,s :-;us i1JtCi 1 ''
\54
Cl' 'l(p.licr nf¡
de o:l
. \'l'd <._"! '·í
.,, rso\ll\ e:n s11 ]ngar.
', \ \' L en q ll("
s.e desenvolvía eran vanos. Notaba q·ue se le escapaba esa C.D-
sis de mlsterio que le hacía posible vivir: comenzaba a -salee
quién cia en realido.d. Se dilub en c-,ntidRd de 3cciones y fra-
ses mortalmente banales.
Cualquier medio era \'álido psra snlír de ese estado de co·
sas. Tenía qué. saber, de una vez por que s'.!S senticlcs
no estaban muertos, que no veía y OÍ8. y gustab8 y clía en
vano. Así es como tapó con ese ::a11'.brc íoven, que la miré
si tratara de una aparición, <JUC le la ma.r.o
sobre los hombros, la aiJcazó. Notó entonces que la vida vo:-
vís, aunque fuese en fnrma de dolor, y cuando le ofteda una
t;.za de té pur endma de la mesa, a ser eila nüsma.
De h:óiber seguido vivi"ndo, no h<1bría sido ést8
vez en que ella hubiese necesitado que no se ccn-
formaba con las cosas ya dadas. Por aquel entonces teníamos
1a sensación de ser fi.gmas de una obra perfectamente trazada.
cuyo desenlace era, indefectiblemente, h solución de todas bs.
intrigas, y de todos los conflictos, de rnodo que cada uno (.e
nuestros pasos, lo mismo si lo d:Jbam.Js nosotros mis::::10s
si éramos forzctdos, finalmente tenía que e1Lcontrar su justi-
ficadón. Christa T. se le ha ido de h., :nanos a este escritor
de piezBs amables, pero realmente ban<Ües. Debió considerar k..
posibilidad de un final m<Jl" o quizás t:m sólo
pero desde luego algo b llevó a dcsi'.provar precisamente ¡¡_c_ue-
llos pasos que conducían a un desenlace normal.
Así, tu\;'-' que ser '-,:;e amor prohihírio, o como se
lo quiera llamm-. Veamos el ruirlo que hace una mesa .J c2e1,
vc:amos qué c:uas ponen nnte este tipo de ocontecimlentos. Vea·
mos mi exp1-.:sion, cu1ndo toU.o esté de nueva en tela de
juicio.
No pudo elegir el momento y 1:1::: 6rcunstanci::1s que ln -;¡u-
sieron en condiciones de volver <1 jugar, de e1evor ht a.puc:;::il
con las pocas cartas que realmente tenía en sn mano.
Entonces, naturalmente, los cálculos dejan de tener vdcr.
y se ·p;erden los sentidos.
JS5
,.
....
XVIII
Cuando la volví a ver, apenas si se habló sobre «ese 251-ln.-
to». No guardaba ya amargura alguna ni nada de ese a(:$C(,_1
peligroso e msensato. Se hellaba junto al fog6n y manipclacc·
con las ollas, de pronto dijo que esperaba otro niño, cc,n llli
Jigero tono triunfante en la voz, al que yo no he dac3o mL
sentido equívoco. Así podréis solucionar vuestros probL:1Ll.'lS,.
dije, y nos re1mos.
En nquella época, durante nuestra última visita a su ar1t i-
gua casa, Año Viejo del sesenta y dos, fue cuando me
la tela para las cortinas, la nueva vajilla y los botes de coJorco
para la cocina que tanto le gustaban. Su dormitorio
lleno de cestcs y maletas, nos sentamos en el suelo y e::p:o:.;ci
mes todas las cosas nuevas a nuestro alrededor. Quería em
pezat de nuevo, a la nueva casa no debía llevarse nada vlc:ju.
Por la tarde vimos por prÍlnera vez la casa. En siJer.<!o,
la expectación, nos a1ej<...i.ilOS del Chausee por el C2Dl:;Jo
vecinal, pasamos el pueblo -la peor carretera de h 1egiJn,
dijo Justus-, y subimos finalmente el tremendo tramo de J.
colina.
Ahí estaba, desnuda y tosca, muy solitaria bB.jo un ·
cielo cubierto de nubes, y más pequeña de lo que la hahf.
m os 1maginado. Nos pareció como disminuida ante aglJd §il': 1
lag0 y con el cielo tan oscuro. Era como si hubiese c·<:U]JJ<l .
valerosamente su sitio frente a una naturaleza hostil, p::1o n
hablarnos ni una soJa palnbra sobre estas cosns. 1
qlle i1acÍa ias veces de u,übral, y entramos e:: e] h-
riur L att·,1ves ..-¡n,u:; }c:ntaHJLui.C : • .e :;,.!!
rieres; sin entarimado, y subimos por t1n:t cscnlera de tlnt·
1

1
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1
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gencla al primer piso, a los dromitorios de los niños. Un fuer-
te viento soplaba t1 ttavés de todas las _ranuras .. Tu es
exactamente como lo habías descrito, le dijimos a· Christi T.,
dejJ.ndo en suspenso si todo lo rlemás lo encontrábamos i_gü;l.
!'ero ella no se perturbaba fácilmente. Sabía muy bien que
esta casa tosca, por donde silbaba el viento continuamente, es-
taba muy lejos de ser aquellr, casa irr,aginada en el papel du-
rame una noche feliz en el hotel de la playa, aquella casa blan-
ca y hermosa. Pero también había aprendido que el material
real es más resistente que el papel, y que hay que impulsar
imperturbablemente las cosas mientras aún estén en período
de formacíón. Observ?.mos que hacía ya mucho tiempo que no
se aferraba a sus croquis, sino a estas piedras desnudas. Está-
bamos sentados alrededor de la fría chimenea y deliberábamos
sobre una decoración adecuada, discutimos sobre estilos y tipos
de piedra, Y
7
en silencio, dudábamos como siempre que se
está ante el fmal de algo, si alguna vez comeríamos cualquier
cosa preparada en la cocina de esa casa.
Pero nuestras dudas acabaron disipándose, pues hemos co-
mido el guiso. Siete meses más tarde, a finales de julio, está-
bamos todos sentados alrededor de la enorme mesa redonda.
A través de la ventana casi penetraba en la habitación el re-
suave sol; b puerta que daba al jardín estaba abierta,
las copas de los finos ólamos resplandecían. y de la cocina ve-
nía Christa T., pesada y fuerte, con una gran fuento de pa-
tatas.
Este L:e uno de ..:,;:,0;:, momentos en los que uno teme la
envidia de los dioses, pero yo les ofrecí en cambio un secre-
to: debían coEtentarse con el susto que recibimos en nuestra
primera visita; debían darse con ello por satisfechos, no ser
vengativos, ;:-eprimir su ansia de destrucción. Debían conten-
tarse con lo que ya habían conseguido.
No sé si ella notó algo en mi rostro. Cuando nos qucdw·
mas a solas durante un instante, me dijo, como adelantándose-
me: Me be hecho más vieja.
• y mi'. <<má_, ""
es la palabra:, aunque sí se hubiese podido hablar de enveje-
158
1
·-·-··
cimiento, si los cambios que ella babía sufrido hubiese:-_
a lo largo ele siete años, y no en siete míseros
rostro abultado, la piel áspera
7
y las venas de br:;:¿os ::·
nas salientes.
Yo lo atribuí todo a su embarazo, perc ella me:-.:-..__-
cabeza. Dijo el nombre del medicamento,
lo recuerdo¡ pero no debe mencionarse aquí. Prednison. , ::L'.
en grandes cantidades. Era el ünico medio. Se aguanta!:.::;
cosas de otra forma.
Pensaba lo que decía, y sabía lo que pensaba. PodrL:
sarse que todos nosotros estábamos separados de ella =-'-..__'r
no posesión de una determinada experiencia. N es habi. !ill'"
quedado atrás. Una experiencia que tan sólo puede ter:ci·
mismo, que no se puede imitar, y en la que no se pueCc
ticipar. Nosotros sabíamos que nuestra confusión era t8Lt im-
propia como nuestra conciencia de culpabilidad.
Cuando nos fuimos a bañar, intentamos detenerla imítL!-
rnente. Dejó caer su albornoz en la orilla y vadeó rápidDmcntc.'
el agua verdosa por las pamplinas de agua, has lleg'lr n h
parte más proftmda, donde se puede narlat. Me gritó quo ck-
bía mantenerme detrás suyo, para no toparme con algas y ctHt'-
dac!::::ras. Quería introducir:t:le en su lago. Nadamos un tatd
juntas, dejé q¡;c:: ella marcase el ritmo y al poco rato simut::
estar agotada. No me creyó, debía procurar que no notase c1 Ul'
la quería cuidar.
Justus me hLzo uua seña para que le llamara la aten e· ,'ti'
Que el día anterior había estado quitando maleza durante ho-
ras en el jardín, que trabajaba corno nnc:t loca y que hací<l caso
omiso de su estado. Una palabra con doble sentido, los Jc,s
nos dimos cuenta, pero él no añadió más. No aprovech0 la
ocasión para preguntarle la opinión de Jos médicos. Nos
tuvimos fieles al convenio implícito de no hablar de elb :-1 ::,u.;
espaldas. Estábamos en la misma situación de quien temt ::.juc
un simple soplo le hunda d pisa por donde- camina.
Después de la cnmitb b convencimos para CJliC dcscnr,
y

no<:.: .>1 v rr·stau;;,,...: ,_
a Justus ll: ahumaron anguibs de la loopct<lÜ\o :_,.__:_
1
1
1
!
¡
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··"<"-·--··
_, -"'--'
1
••- • _ _, __ __J.
Le dierot: un gr?,n paquete envuelto en papel de
riódico. Luego me familiarizó con los animales .del patio, u.n
viejo perro medio ciego y una recelosa gata salvaje a que
había traído un medicamento contra la sarna. Durante e1
1
viaje
de Vúelta hablamos sobre lo que podría llegar a ser ese local
de caer en buenas manos, un lugar para excursiones muy fre-
cuentado, una fuente de riquezas, dijo Justus. Pero me alegro
de que no traigan aquí todo ese alboroto de coches y lanchas
de motor ... Recuerdo ese restaurante, los 2-nimales y nuestra
conversación, pues no he podido olvidar que es día todos éra-
mos conscientes de que teníamos que hablar sobre otros te-
mas, aunc1ue no nos fue posible.
Sin embargo, esa noche ...
Pero esa noche aún no viene al caso. Por ahora sólo inte-
resa aquella noche de Año Viejo y el regreso de la excursión
a la nueva casa, cuando comenzó la tormenta de nieve. Jus-
tns tuvo que detenerse en uno de los pueblos para reparar
una pequeña avería del coche. Le conocían en el taller y tra-
taran de arreglárselo cuanto antes. Salimos del cocht" y cruza-
mos a una esquina protegida del viento. Christa T. me habló
de eus hijos. Me llamó la atención el hecho de que al contra·
río de otras madres no me contase las vittudes de sus hijos;
en este sentido era incorruptible. Hacía unos días Anna
1
con
su hermana pequeña de la mano, había seguido fascinadc.:t un
cortejo fúnebre, y sólo en el último minuto consiguieron ']ue
no llegara hasta la fosa.
Estaba fuera de si, dijo Christa T., le expliqué que sólo
los br.iliares pueden estar cerca cuando se va a proceder al
entierro, Entonces me dijo: Entonces muérete pronto. Quiero
ver cómo te entierran.
tPero entonces ya no me verás nunca más!
Ya lo sé, dijo indiferente.
Es tan especial, dijo Christa T., sin e\ menor atisbo de
entusiasm0. De bs que conozco, es la que menos ha
intf', " :,u y
murió y a Anna se le ocultó su muerte, recordé nuestro. con-
160
1
1
1
versacJón en aquel taller mecánico, y d.e no h.1ber encontr.t · ....
una nota textual de uquel diálogo con Anna entre los pape.>.,
·de Christa T., habrb de pon'-.do aql.!Í, pues
acostumbrados a ve: un presagi.o sombrío en los neo
mientas más ... tontos y más fortuitos, cuan3o en re<l1ídact ,.
el final tiene ese matiz funesto.
Aquella noche de Fin de Año estaba al margen de n ,, 1
quier mal presentimiento.
1 odas nosotros la recordamos, incluso B:as1ng, que no
tiene fácilmente aquello que no representa él una lú.shl\ ¡
1
factible de ser vendida. También él se acuerda, lo sé, p, ¡,
me lo ha dicho en una ocasión, hace poco. Llcvabn como si1c1
1
prc su cartera negra pegacia al cuerp::: y en ella un m81:11:.
críto o la promesa de un manuscrito) y estaDa en «V(T<,,
como él decía, dispuesto a ofrecer su mercancía. Llevaba t tl
1
,
bién un abrigo nuevo, le sentaba bien, podía permitirse
1
triste. Sí, dijo sobre nuestra fiesta de Fin de Ai'io, esa h ... c: 111,,
1
de las últimas noches felices, luego empezó la amargurit dt: ! ,,
vida, ¡si alguien lo hubiese vaticinado! Sin duda se refeL·í:
que un año más tarde se separaba totalmente de su r:n IJ,
1
para irse C1 Berlfn y comenzar a ejercer su profesión. Todo l-",
lo vi claro. Únicamente .;.:..1e asombraba que también él tt"l, .,
chra nuestra fiesta de Fin de Año como üna noche <<fe']_,.,
Pero aún me confundía más que lo pensara sincerar.lu, ¡.
Aunque no repitier:: "'...lna y otra vez, como en aquel entOJlc.(.
esta es mí sagrada seriedad. Había adaptado su vo:::z;bab ri
1
c: capital. A pesar de todo al final, incluso después de de:).
dirnns, me clijv: ella erá una persona extraña, y como k
desconcertado y sabía que nunca diría nada semejante en
escritos, incliné la cabeza en señal de aprobación.
También Glinter había llegado desde lejos, y aún l10) 1.
resulta difícil creer que Christa T. estuviera tan sot¡Her.G ·
como apa:·-:ntaba. Günter había permanecido soltero y pil;
que la unión entre él y Christa T. nunca se rompió del
No te pongas celoso corr"c de costumbre, le dijo
:.- menos "ifl rnctivo.
Ya lu vets
1
nos Gijo Jmms, ,\.,¡,
.\'utlc i,,., ., .¡,¡,- t:iLL [,[J ¡·. 1 1
J
J
Podía reírse. Crista T. dominaba esta situación. Todos es-
tuvieron amables coth Giinter, y él no lograba entender bien
el porqué, quizás pensó qUe nuestro buen -liun10r no .. era el
-suyo. Dicho sea de paso, era director de escuela en su ciud?d
natal. '
Ocupémonos un poco de él, me dijo Christa T., seguro
que querrá pelearse con Blasing.
La riña no llegó a producirse, pero para mí es como si
se hubiese prodi.lcido. Uno, dos años más tarde hubiese sido
inevitable; en aquel entonces aún no había madurado, pero
Christa T. la había intuido. Se bahía convertido en una mujer
que llevaba la casa, que se ocupaba de sus invitados y que
procuraba evitar cualquier pelea entre ellos. Qué ha sido de
nosotros, nos preguntábamos. El asombro nos hacía parecer
más suaves, se podía ser suave sin llegar a ser sentimental.
Nos gustó decorar artísticamente la mesa, colocar correcta-
mente los platos, encender velas. Las ventanas, contra las que
la tormenta lanzaba ráfagas de nieve, estaban cubiertas con
mantas. Christa T. entró con el asado de jabalí trinchado.
_,. Pero no se debe tener la impresión de que fueron las ve-
las y el vino y el asado, fue algo distinto y dífícil de expli-
car. De todos modos} yo asegu.:_-aría que una reunión de estas
características no podrís. volver a celebrarse, pues difícilmente
puede lograrse una armonía semejante, una: especie de dulce
Jorracliera como la que t>::d.os sentíamos_ Y ese equilibrio no
se obtiene simpleme11i:e porque uno lo desee, sino que va fnti-
ligado a la naturalidad y J cterta forma inofensiva
de dominio sobre unv mismo. Fen.::amos que era mérito nues-
tro. Todos creíamos que ya habíamos pasado lo peor, estába-
mos s:::guros de que al final de vidas, se nos otorgaría
un «aprobado» en las calificaciones ...
Empezamos reiuemorar. De pronto descubrimos -ningu-
no de nosotros t:::nía más de treinta años- que ya existía algo
que merecía el nombre de «pasado». Pero pensábamos que
precisamente por ser una cosa que afectaba a todos, no
ha'l:-!:1 que tnnt::1 imnortn'"!.da. Lns enseñaron fo-
Dios mio, ri.=itos, b<lS 1arg::ts acnmpwHa-
162
1
das, esas peinetitas en el pelo. ¡Y qué serias estábamos) ....
reímos de nuestra antigua seriedad.
¿Recuerdas BÚn, le dijo Christn T. a Günter, cómo
taste demostrar a la señOi:a: Mrosow que el destino de ln- i:::
de Schiller también nos podía 2fectar de alguna man<:m " , -
sotros? Temí qüe ella pudiera haber ido demasiado lejos, ,,,._ .
estaba segura que Günter desde entonces no había
hablar con ninguna persona sobre aquel examen, la rubia t·-\Y-'
Kostja y su amor desgraciado_ Pero él tan sólo movía
tivamente la cabeza y sonreía. Christa T. siempre
el momento preciso para hablar <le un asunto, un asuntl'
un día antes hubiese sido aún doloroso, un día más tm<..k ...--. :
simplemente aburrido. Todavía me veo en aquella
dijo Güntcr, nunca se ha visto un tonto mayor. .
Bien. También esto lo teníamos superado. Güntc-r
copa y bebió a la salud de Christa T. Ella se sonrojó, \',''''
no hizo ningún otro ademán. Y entonces lo entendimos t,,, 1,-.;.
estábamos algo emocionados, tampoco tratá0amos de ot:u\1
lo. Todos bebimos a la salud de Christa T. -o me g1"t'"''
mucho que lo hubiésemos hechos-, con quien cada .\ .. •
nosotros mantenía -distintas relaciones.
Si todo fue asi, tal y como ahora lo deseo, entoncc-:s ,
contramos natural que entre todas esas relaciones t'\.l-;,
tíera algo a si corno amor desatinado o veneración pasnl L\ ,
moda. Si durante ::.1quella noche fuimos tal y como yo .. \,·
seo, entonces todos estuvimos generosos, y quisimos <J' lt' 1· 11
nos faltara ningún sentimiento, ningún matiz, pues todo íl1[1h.
llo, debemos haber pensado, nos incumbía. A lo largo (le <!• l' n·
lla noche, la noche de fin de año del sesenta y uno al 11
y dos, su penúltimo fin de año, ella, Christa T., nos t l iH " 11
buen ejemplo de las infiniéas posibilidades que aún habí" .,, 1¡,.
nosotros.
Ella lo supo y no se vanaglorió.
Era inevitable que comenzáramos a cont::unos lli·: 1,. 1 ;;::,.
historias que surgen cuando las aguas pierden su <:uiJJi::t 1
Y a uno le sorpr:..:nde que estas historias sean todo lo< Jl.r- J1;
1
y tl:-!0 sr' ve obli;;. .. Jo <1 <.tJ"If1'1rhs t::-1

:l
U,·,

ducir en ellas una pequeña y bella moraleja, y ante todo a in-
ventarles un final, se piense lo que se piense, satisfactorio para
todos. No hny nada de especia} er: ello, está tan iiríne·
mente convencido de que el final es realmente satisfadorjo,
que coge todco los pequeños finales aislados y los suma tran-
quilamente al gran finaL i1brev1ando, nos alabábamos. Tra-
bajábamos en el pasado para poderlo relatar a nuestros hijos.
La riña, como ya se ha dicho, no llegó a producirse. ¿Cómo
se le había ocurrido a Chtista T_ lo de la riña? Naturalmente
las historias de Günter son muy diferentes a las de Bbsing,
el cual tenía que ser continuamente por su mujer,
hasta que todos nosotros comprendimos que no reparaba en
los métodos, :r:-ues lo único que contaba para él era conseguir
lo que se proponía. Conseguir que la gente se rieraJ lograr
el éxito.
Usted, dijo de pronto Chtista T_ -¡así que no fue Gün-
ter, fue ella misma!-, usted, Blasing: Todo esto hace ya
tiempo que ha pasado. Ahora cuéntenos algo sobre esta noche_
Sobre nosotros.
Blasing tuvo que beber un largo trago, luego dijo: Nada
más fácil que esa. Erase una vez ...
"' No lo hizo m2l. Conocía nuestros puntos débiles, nuestros
rasgos característicos, no se respetó ni a sí mismo, y sólo al
final pudimos descubrir que nos haLía metido a todos en ollas
ya preparadas desde hada tiempo, e incluso etiquetadas, acaso
antes de que existiéramos. Él, Blasing, se ]imitó a colocar las
tapas, y ahora estáDamos listos, cada uno de nosotros )o sabí¡¡
todo sobre el otro, ninguno tenía el menor motivo para
ver un dedo o para dar algún paso. Ninguno tenía ya motivo
alguno para permanecer en la vida; y la señora Blasing, que
dirigía una cooperativa rle consumo, dijo a su warido sin ro-
deos que ella siempre había sospechado que él quería asesi-
narla.
¡Todo era puta btoma! ¿Por qué íbamos a pelearnos?
Tuve que pensar rápidamente en todo esto cuando encontré
a B1aslng hace poco con su cartera negra. Günter seqnrnn1f'fl!_e
le !mbiese preguntadc r:c·t> ;:¡us manus.._ritos,
164
a todo el mundo por su trabajo. Habría leído lo que Bks;llg
le entregaba) aunque hubiesg sido en medio cie la Frie:i:::'kh-
str2sse, y e1ÜoJ:ccs sé hubieran peleado de verdad. En
época) fin de del y uno, estábamos aún derna.s:ado
sobre Blasing cuando éste se fue, aun-
que no debí..t hacerse. Nos preguntamos si obtendría el é:·d::o
que deseaba. Günter no opinaba Cbrista T., que dijo:
engaña, pero no es sólido.
Quiere, dijo Günter, que todo se no lo puede te-
mediar, aunque tenga que cortarles la cabeza 8 1n gente
que lo dejen tranquilo_._ Luego ya no se habló más sob:e
Blasing.
Después b oímos a ella, a Christa T., hablar sobre sus
dificultades, una sola vez_ Todos estábamos cansados y r_a.
bíamos bebido. Era posible olvidarse a la maí\ana lo q'Je se
babia escuchado a las tres de la madrugada. Dijo que tece-
laba de las determinaciones. Que todo lo que ya «está ah'»
-¡esa palabra ya!- cuesta tanto ponerlo de nuevo en mo'Jj-
miento, que, por lo tanto, se ha de intentar antes que na.::'. a
mantenerlo con vida, mientras que aún se está creando, en
uno mismo. Debe crearse continuamente, eso es.
Hay gue evitar una y otr? vez que acabe.
Pero
1
¿cómo hacerlo?
... ..........,...._
Hi5
"
1
1

XIX
Ha pasado un año. Entra e:: vigo1· una ley que nos re::o-
mienda dejar las cosas tal y como están. Pero aún hay en le-
cuerdo, ése que tan difícilmente se va de la memoria;.
Escribir es engrandecer.
¿Lo dijo ella, me engafía la memoria? Par:! cada ir2se el
lugar en el que ha sido pronunciada, la hora que le
ponde.
Lo pequeño y lo nimio, dice ella, se cuida a sí mismo.
Sí; el crepúsculo. Ya lo recuerdo: La mañana. El olor a
tabaco gue sin duda me ha despertado. La libreria, sobre [a
que recae mi primera mirada, y a la que no reconozco inme-
diatamente. Ahí está sentado junto a una mesa plegable cu-
bierta de papeles de Justus, con su descolorido albornoz rojo,
y escribe: La gran esperanza o sobre la dificultad de de..:ir <1)'0l>.
He leído la hoja con ulis propios ojos al 1evantarme
1
J:ero
ahora ha desaparecido. Escribir es engrandecer. Sí, puede ser:
ella no lo ha dicho, yo lo hp leído.
No te f"'Haré molestando, ¿verdad?, 2ice . .Puedes segllh
durmiendo.
Pero no me gustaría pensar que dormb realmeme. Aur:-
que incluso haya olvidado aquella mañana hasta este momec.-
to, de la misma forma que se olvidan los sueños. Aunque
haga recelar el hecho de que se me venga a la cabeza preco sa-
mente ahora con toda claridad y certeza, tal como únicamente
las ficciones muy deseadas aparecen antP nosotros.
A ella le gustaría que así fuese. Conocía el poder que ejct-
ce la ficción sobre nosotros. AqueJla mañana, la mañana clel
primer día de año, ella estabn tan des_f11Ptt<I :-· yo 1an
167
adormilada, podríamos haber hablada sobre.cle.rtas cosas, pero
yo estaba demasiado tranquila. Estaba segura de qUe aúri ha..
bía muchas cosas reversibles y por lo tanto alcanzables, si no /
se perdía la pacienCia ni la cGnfianza en uno mismo. Tenía
la confusa esperanza de que todo se arreglaría. Tan sólo su
rostro, inclinado sob:e una hoja, me parecía extraño. Sí, dije
entonces, ti?.l y como se dice cuando se está entre el límite de
la realidad y el sueño, aquello que en otras circunstancias se
silencia: El mlsmo rostro. Te he visto tocar la trompeta antes,
hace diez y ocho años.
Curioso, parecía saberlo.
El misterio que yo quería descubrir desde que nos cono·
cimas, ya no era tal misterio. Lo que ella deseaba más íntima·
mente, aquello que soñaba y aquello que había comenzado a
hacer desde hacía tiempo, todo estaba ante mí, indiscutible e
indudable. Ahora me parece como si lo hubiésemos sabido des-
de siempre. Pues ella no lo había ocultado de manera especial,
pero tampoco lo había declamado. Su larga vacilación, sus di-
intentos de vida, su dilentantismo en ciertos aspectos
indicaban una sola dirección, si se tenían ojos para ver. El
hecho de que fuera probando todo lo que estaba a su alcance,
hasta que ya no le quedó nada, debería entenderse.
En sus manuscritos póstumos leo sus obras en tercera per-
sona: ELLA, con la que se unía, a quien se cuy bien
de llamarla con un nombre, pues ¿qué nornUre le hubiera dado
a ELLA? ELLA, que sabe que debe ser y aparecer una y otra
vez, y que puede alcanzar lo que puede querer; ELLA, que
únicamente conoce el presente y que no se deja arrebatar el
derecho a vivlr según sus propias leyes.
Comprendo el misterio de la tercera persona, que está ahí
sin ser palpable, y que, cuando las circunstancias le son favo-
rables, puede tener más realidad que la primera: Y o. Sobre
la dificultad de decir yo.
::Dormía realmente? La vi desfilar, en todos sus aspectos,
:; pr(mtc t0das SU::; el sen-
tido de aquello. He debido decir algo parecido entre :::;ueíios.
' . 11
.en cuatqU1er caso e a sonríe, fuma y e::;cribe.
le::)
Necesito unto ticn;po cualquier d.: ..
de golpe no.s. enconf-1·0_mos en el p:::queño t<ll:;,.·_:-
el que JustGs ha dejado su coche para que lo .. ,.:
el viento entra a través de b puerta y t<'-"
guntamos al uníSono la relación c
1
ue puede LHt·.1..' , • ...
nótono martilleo de la esquina, el dd v\('nto " .
conversación ql,e trata del tiempo, pues cr;_o ..:¡ti e nc; ...
'''--
mas de tanto tiempo .:oeJn ella se toma. Per-\' ,., ... á
decidida como nunca lo estuvo, y nos clt :l todo:; t· ..... •
. 1 '/
que aos tomamos, SI a menes sup1erarnos l>Ll qt:C.
¿Y tú lo sabes?
Sonrfe. Duerme. dice.
Ya no estoy cansada. C0..minamos por h ducbd, ¡,.,
rojas chimeneas, iglesia, farmncia, almacén, Es de-

hace frío. Llevamos bolsns con botellas. por b:\

tanas de la: casas. Sabe CÓJ11l) vivc:l .Lts
nas qne estnn sentadas debaJO de las p1r , -.
'll.iS,
coloreadas y mortecinas, que se han en l
1
''i \'iltl·
m os años. Conoce el sabor de las patatas l ritas qne ¡
111
, l( se
comen para cenar. Comprende lo que incomcicmenw
1
¡
1
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que a 1ora cterran sus puertas os dl:1s de !ln
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reve an. J.,.._c cuenta 1stonas que son \'t'l ¡. 1
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ras, aunque no suceden en ningún lugar, sus

!le-
van los nombres de 1a familia que hace un momentn l'c:•¡
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ante nuestros oJos e aJo u..: úl.s ve as e eclncns el ¡\rJ
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navidad, para comer morcilla y c!mcrut. Chl'ista T. nflt·t
1111

de los satisfechos rostros de los P<Hlrc..,, del cid,··,
1 P"-
queñc y de la hermana mayor, se esconden
41

pensamientos y deseos que ella hace 1.m momento, en

hjc;_
toria, pudo en reales.
Escríbe, Krischan. ¿Por qué no - Buenq ,¡·
1
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Ya sabes ...
Tenia miedo de ias palabras inexactas, t
1
·,·b'
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que puedc11 causar mucho daño, un daño lento que t·llu
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temffi mil.; que un:· ;'X'-ll1 Gll'htroe. onstlt·ra a

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b"'''3 f-)0li_:.Jn CJ. ¡,,_Jj.. ' 1 ; .. ,_.;,!,: T"" s.: ¡n• 1 "-<llt.t ·Ir· , .-,.
<1. guÍen se lo bt dc1
1
ido confc:::at Y que L:1o·

,
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; 6oj
ello, puesto que ha abandonado el campo irresponsable de la
simple existencia hablada.
Pero hemos subido la escalera de su casa, 'hemOs introdu-
cido la llave en la cerradura, oírnos música de jazz en el cuarto/
de estar y desde la cocina el suave cr.:lturreo de Pequp_fíq-
Anna. Desde luego, dice Christa T., ten:o en proyecto algu-
nas cosas.
Se lo pregunto a Justus.
Sí, dice, l0 sé. Se refiere a sus apuntes. «Alredtdor del
lago>>, los ha llamado. El lago junto al que está nuestra casa.
Los pueblos que vemos alrededor. Sus historias. "Ya estuvo
en las parroquias y ha leído los registros parroquiales. Los
campesinos se lo han contado torio, no sé por qué. Deberías
haberla v'sto en el baile oficial, fue poco antes de tener que
marcharse. No rehusaba ninguna petición: pero en los descan-
se sentaba en la barra y sonsacaba a los campesinos sus
historias. Éstos no se hacían de rogar, pues nctaban que no
estaba fingiendo, sino que d:: verdad casi se caía de risa de
la silla cuando escuchaba la histo,la de la boda de Küster
liinrichsen. Escribió una serle de notas, ya las encontrarás.
No las encontré. Tampoco encontré la página que había
escrito ante mis ojos aquella extraña mañana y sobre la que
lancé una mirada cuando los niños la llamaron y yo me levan-
té. Naturalmente no leí todo el texto, tan sólo un par de obscr·
vaciones, ..:uya relaciñn no Después de la extraña
frase de la dificultad de decir yo, ponía: ¡Hec:10s! Atenerse a
los hechos. Y debajv, entre paréntesis: Pero, ¿qué son hechos?
:1:. '1S 1-¡_u':llas q--...e los acoHtecimientos dejan en nuestro in-
terior. Esto pensaba, dice Gertrud Born, que ahora se llama
Dülling. Sé que cuar:to más reflexionaba sobre ello, más
estaba. Como verás, ella era parcial, naturalmente que lo era.
c:Cómo natura]mente, Gertrud Born?
Entonces me observa como a una persona que no entien-
de ni las cosas más sencillas. Las cosas que suceden no son
hechos para todo eí mundo. E::a ha elegido los hechos que
más 1e dice en V(YI, A rL•_
más estaba ávida de sinu:::ridad.
170
Olalá, dice B1asing, e incluso amenaza con el b:."\.-0,- ",- ,..,.
tra eterc.a sci1aC':'':a1 F1Y" él quien inició el juego Lt "'-"'-."- _·
' d 1 d - '"'
Fin ae Año, entre hs os y as tres_, cu:::n o ya n.h: ,- ,-
b d
. T '., '1 1 ' ' · ..
ma a na a en seno. amolen p anteo 1a pnmerH . -,.
Q
' " d . )' bl ' . ...
e: ue COD:;,Juero. uste l;&u.lspe:csa e para 1:1 ., __ ,-;.
de la humanidad? Cada uno escrLbió su contesLh·\,'.· '_
p::ute de atrás de los formularios Ce Justus, lo dobl.t;",_-;,
entregamos a nuestro compañero de la izquierdr\.
Conozco S"J. letra, luego he buscado sus :. _ _. .-. ··--
ConcienCÍa1 estaba :-:.hí escrito con su letra. FanL:s[,¡ ·
Entonces Blasing la ha amenazado con el dedo. \ ': 1 • __ ; 1 .•
se lo había tom8do en serio, pero no quería defcnll,·t-,,
.-.• 11·
poco discutió pudiera ser el empleo de todas L1·.
de energía de la tierra. ¿Quién iba a contradecir 1'\\ .
'- ::1
Blasing?
Günter le hace frente. Günter, que está sentado , ,,q
tras en la escalera de h universidad, es de noclw, 1\':. iilcs
perfuman el alre, pero, ¿aquí dónde hay tilos? Dell1lli 1\' .\:"'-'ll·
te el orden se ha confundido. Y a me gustaría un p1 ¡, 11 1111 , m:ís
de orden, digo, y un poco más de síntesis. 111¡• luir,·
a la durmiente, vuelve a reír, pero luego dice tolílllti¡· 111 l.
serio: A mí también.
¡Quién te pudiera creer en esto!, dice Günter p¡, ''1 1q•:l,k·
¡quién pudiera :1 qué atenerse contigo! EntüJH' ': ,·11:
1

asombra, se le vr· en los ojos, ,_:¡ue se contraen, •
tros hablamos, hnbbmos. Este poquito de YO, dcr 11¡ 1,,., dn-
peuivamenie en nuestra escalera. El viejo Adán, 1 ,,, 1 , J1 ricl1
hemos acabado para siem1_we. Ella guarda siiencio, 1• ¡¡,. 1ri{)ll<l,
ahora sé: durante años, hasta que por fin, una !,
1
¡1 r H'' ' 1)
nuestra terraza de Berlín, mientras que los :: 1 .,
debajo, participa sus observaciones: No sé, Tiene '! 1-'
un malentendido. Este esfuerzo por díferenciarno:) ,;_, h. de-
más pets':'nas ...
No plleclo aceptarlo, No quiero aceptarlo. Pur-·_
h cap<lCicbd tk ere unas cosas y otras no, al Jo.'
l_)t• El u!1;-"
luruJ .. e;_·.;.._ ,.,. dec

, : , -r JI::
'!
tanto en la bondad de los hombres, por razones de utilidad,
como hipótesic:: de trrbn.jn,
Entonces me habló de sus alumnos. íbamos por la plaza
de Marx-Engels hacia Alex. Estábamos en el quiosco pe pe-
riódico..; y dejábamos que pasat2.!1 dehnte nuestro Cientos
de rostros, nos compramos los últimos tulipanes en el puesto ·
de flores. Quizás estemos un poco borrachas de prime.vera,
dije yo. Pero ella insistía en estar sobria y en saber lo que
decía. Defendió nuestro derecho a inventar, pues las
cienes pueden ser osadas, pero nunca indolentes.
Porque nunca resulta real lo que :::ntes no se ha pensado.
Atribula mucha importancia a la realidad, por eso amaba
el tit:mpo de los cambios verdaderos. Quería enseñar a sus
alumnos a considerarse valiosos para sí mismos. Sé que se
desconcertó una vez que uno la miró extrañado y le
tó inocentemente: ¿Por qué? Siempre volvía sobre este
to, durante mucho tiempo la atormentó el haberse callado.
¿Estaría pensando en esto aquella mañana, mientras yo
mía, cuando escribía en su hoja: El objetivo: Plenitud. Ale-
gría. Dificil de denominar?
Nada podría ser tan inoportuno como la compasión, el
pesar. Porque ella vivió. Totalmente. Tuvo siempre miedo de
quedarse atascada, su recelo era la otra cara de su pasión por
des.ear. Ahora aparece resignada también ante el
to, pues tenía la fuerza r::::.:::a decir: Aún no. Del mismo modo
que llevaba, conserva'ha y reservaba en su interior muchas
vidas, también llevaba consigo muchos tiempos en los que
vía en parte inconscientemente, del mismo modo en que vivía
el tiempo verdadero, y lo que en un tiempo es imposible, se
logra en otro. Y a pesar de sus distintos tiempos, ella decía
Nuestro tiempo.
Escribir es engrandecer. Hagamos un esfuerzo, veámosla
grande. Únicamente se desea lo que se puede. Asi, su deseo
profundo y du:adero garantiza la existencia secreta de su obra:
Este largo camino en busca de uno mismo que quiere ter·
minf11'_
La ciiGculL'-".1 de rlP.._¡r
Si tuviera que inventarb h modificaría. Lr. dejarh::
vivir entre nosotros: a quienes ella, consciente como pecas.
habL elegido como. contemporáneos. La dejaría sent::use en el
escritorio, una mañana o en el crepúsculo, anotando h::: expe·
riendas que los hechos de la vida real le han dejnCo. =..ra. de·
jaría levantarse cuando las niñas la llaman. No calmr,::{o la sed
que siempre siente. Le dnría, cuando fuera :bimo
y confianza. Sus fuerzas estab:::m creciendo, no necesiiab:l nad<l
más. ReÚniría a su alrededor a las personas que le impcrta-
b:m. La dejaría terminar las pocas hojas que quería clej an . .;::;s
y que hubiesen sido, :Ú no nos equivocarnos, un sob::-e
lo más íntimo, un informe sobre esa profur,da a la que
se llega con más dificult;:;d que al interior de ·la tien3 G a la
estratosfera, pues está aún m:ís protegida: Por nose>::Ds mjs-
mos.
La hubiese dejado VlVlt.
Para sentarme, como aquella mañana, una y otra a su
mesa. Con Justus, que entra con la tetera, con los que
se han quedado mudos de felicidad, pues en los pk 10s está
el pastel favorito.
El sol salió, rojo y frío. Había nieve. Nos toma:nos tlem·
po para desayunar. Quedaros aún, dijo Christa T. Pero nos
fuimo:;.
Yo, de poder inventamos, nos hubiera dado tiemfo.
172 171

1
1

XX
Y ahora, pues, la muerte. Tarda un año, y luego ocaba,
no cabe duda de que ha conseguido lo qce era posible; :10
teme las determinaciones, las necesita. No hay mucho qt.:e de-
cir sobre ella.
Así que tendremos que hablar del fallecimiento.
Se anuncia con un molesto aumento de cansancio, gue al
principio, no llamó la atención. Excesivamente cansada, decía
ella. El médico le da estimulantes. Monalmente cansada. Aho-
ra ya no puedo subir las escaleras. - Pero, ¿qué
aquí «ya»? - Ahora precisarnente, que queremos mudarnos ...
Sí, ¿qué significa: precisamente ahora?
Una mañana pierde el conocimiento. Justus la encuentra
sobre el arcón, apoyada en la pared. Era en marz0, dos serJ.a"
nas antes de mudarse de casa.
Después de los primeros análisis en el hospital dicen: De-
m"siado tarde. El elemento de hemoglobina de la sangte ha
quedado por debajo del limite. Eü este campo somos im?o·
ten tes.
de h transfusión de sangre vuelve un vago conG·
cimiento, que puede desvanecerse fácilmente otra vez. IJebié-
percibir que se iba. ¿A dónde?, pregunto débilmente. -Tras-
pasada la frontera, las leyes son otros, en el país donde se
halla se pronuncia can voz suave la falsedad: No te preccu·
pes, Krischan. En G. estarás mejor atendida.
No puede sonreír, pero sí quiere demostrar aún
no está tan como no considerar a los demás.
Hrl;o cos'[ls. rlice. Entonce::; vuelve a perder el <oncci-

l "7 5

En G. se tiene notici.\ de cómo 1c vn. Se la trasp::tsa <::.
sala de moribundos. Dios mío, dice la hermana, una lLi;__;jer
tan joven. -y en su estado.
Cuando murió realmente un año más tarde, no pasó al
cuarto de los moribundos. J ustus pensaba que podía da/ se
cuenta si volvía otra vez en sí. Se puso un biombo de1a;;.te
de su cama.
Al principio no tiene miedo; le falta 1a fuerza
para ser consciente del peligro. «Hallarse entre la vida :-; la
muerte» es una buenn expresión, realmente sólo puede imagi-
narse ese estado de forma Sr::guramente ta01bién
existirán las de la muerte, del mismo modo que «allí»
también debe dominar la mt1s extrema vBgued.:d en los colores,
formas, sonidos, olores. Uno pierde el oído y la vista, pero
también el dolor, también el miedo. Seguramente las fronte-
ras se desvanecerán. El contorno parece dilatarse, y uno
1
como
en algunos sueños
1
no se destaca nítidamente de su contorno.
Empieza una mezcla
1
puede sentirse un intercambio de elemen-
tos del que quizás puede quedar un recuerdo iffiprecisol
prendente
1
extrañamente móvil, pero no totalmente
ciclo: ¿cómo explicárselo? Este recuerdo no será duradero Y
1
desde luego
1
tampoco sed. inquietante.
El miedo llega con el conocimiento, como ·un shock. ¿Es-
toy muy enferma?, se puede preguntar a la hermana al Jes-
pertar. No duda que ésta lo negará: ¡Pero qué ideas tiene
u.;ted!
Sin embargo, rn niegn, únicamente dice: A veces suceden
milagros
1
yo misma
1
como que er:toy aquí, ya he visto runchos.
Más tarde, los médicos alrededor de la cama, expresiones
latinas de un bd'J par..1 otro, demasiado confiados en que el
conocimiento de la paciente pernunece perturbado, dejan caer,
en la pasión de la discusión. la ¡0ahbra que ella no debía oír:
leucemia.
¿Es eso, doctora?,
saber la verdad!
,Pé·rn (> <:: • .__:;
1'16
¡ díganos por favor la verdad, quiero
·r1
Cuando la verdad tiene ese rostro} mejor pasarse sin e __
Entonces preEere escuchar lo que se le explica pacienteme.:-.te,
aunque quizás con demasiadas palabras: Cnalqnier enferrr.eclad
está llena de altihajos
1
peligrosos e inofensivos; enfermedades
que al principio se muestran brutales, luego pueden ser a-
das, se las puede sorprender, !1acer ent:::ar en razón - ::s --..J!l
poco como con ias personas. Sí, redmente, hay algo de :lu-
mano en estas enfermedades, uno casi se pone en ridículo cu3n-
do les da demasiada importancia. Las sabemos manejar. Ob-
serve ustcci su factor HI3; lo tenemos controlado. Naturahn::n-
te aún se rebelará) lo hará durante nlgún tiempo, pero y1 no
puede vencer. Nosotros hemos vencido. Usted, usted mlsn-. a.
Yo, piensa Christa T. tímidamente. última ingenuid?.d,
ahora también sabe lo que est:3 supone. Nada tan seguro co:no
que quiere quedarse. Está decidida a vivir. Miedo del :finol.
Ész.s son las peores noches. Quiero vivir y tengo que
Yo. No en un momento cualquiera, en años, en decenios -es
decir, nnnca-, sino pronto. Mañana. Ya. Ahora.
En una ocasión habló de ello, con medias palabras, la "o-
che de aquel día de julio, cuando la vimos por última ;,;e,,
cuando me asusté del cambio que había sufrido y al que e_Ja
denominaba cuando nos bañamos juntas
luego comimos alrededor de la mesa redonda. Ya hacía
nas que estaba en su casa, en su nueva casa, y a diario p;:n-
saba en el nocimiento del hijo. No debe haber pensado en
una repetición de aquellas primeras noches en el hClspitaJ, :le
forma que comenzó a hablar de aquello que nnsotros habLa-
mos silenciado durante todo el día. No llama al miedo por su
nombre, dice sho:::k, dice solt:daJ, palabras auxiliares. Co:-no
si existiese un tabú que ella reconoce, y como si fue-
se para siempre una pülabra más para denominar «la muerte))_
Debe haber experimentado que lucha;_· contra la muerte y Ju-
char contra el miedo es 1_111a misma cos2. Aquella noche de ju-
lio nos describió con medias palabras esa situación como ex:uél-
ña e inaudita. Como indignn e jnsopottflble. Seguramente t:<: m-
bién se dio cuenta de gue en scmejrmtcs casos, ih1sión y ;;=¡]-
• ' • ' • 1 • -
vacron son muy entre s1 scmcpn-
"] /?
•'i'n Chri-.L' e! l.'

tes. Aceptó casi conscientemente, me pareció, la ilusión como
salvación y vivió con ella.
,No han faltado las consabidas propuestas de resignac1ón.
A los treinta, créame usted, ya se ha pasado todo lo realmente
importante. Asf habla el ioven doctor, a quien le gusta hace¡;Se
el indolente, como mecl.!ador del enemi2:o. Convertirse
cientemente en cómplice rle «la otra parte». Aceptar esta pro"
puesta, un par de días y noches malas, desde luego, pero luego
«se ha pasado». Se tiene tranquilidad. Paz. Este es el precio
de la resignación. Como siempre, la indemnización está por
debajo del valor del objeto perdido o abandonado.
No, señor doctor. Sé lo que usted quiere. Pero mi caso es
distinto: Tengo lo más imt::Jttante ante mí. ¿Qué dice usted
a eso?
Entonces el enemigo retira su parlamentario, por ahí va
con su bandera al viento. Bueno, no estaba hablando en serio,
parloteaba simplemente. Tiene usted razón} naturalmente que
sí. Lo conseguirá. Ya lo verá, lo conseguirá.
Incluso r>o perderás al nL'ío, dice Justus. ¿No comprendes
lo que esto significa?
¿El niño?, ha dicho la doctora. Daría cuaiquier cosa por
sacar a ambos adelante.
Lo consigues, dijo Justus. Qué tontería. Por supuesto, que
lo consigues.
Entonces la suben en una camilla y la "can deí cuarto de
moribundos. Exagerados apretones de manos de la hermana
por el triunfo. El milagro, al 5n. No se le va a aguar la fiesta
a :a hermana. Hacía mucho tiempo que no se había topado
c'Jn ue mibgro tBn soberbio. El interesado espera en vano su
esplendor. Siente la similitud entre milagro y herida,' y en
realidad le molesta que la gente puedo alegrarse tan desme-
suradamente a su costa, pt:ro tiene que comprender que de
ahora en adelante ha de asumir la responsabilidad de que fun-
cione su milagro sin contratiempos.
Así vuelve a recuperarse, de nuevo es ulcanz11ble. Ya no
l. F.fl milagro=Wm,Jer; lwri(b=Wltmt!c.
1.
7('
"'
tiene ningún derecho a volverse sin más ni más contra la pa-
red, a adopt?1' una determinada sonrisa sabihonda, si
sobmeni.c ella pudiese distinguir lo importante de lo
fluo. Esa desconfianza debe desaparecer. Ahora debe ulvidm·
lo que ella -o algo dentro de ella- había comenzado a sa-
ber. Con ese tiJ?o de sabiduría no se puede vivir entre h ger:te.
Se deja tras de sí y no se vuelve la cabeza.
Me ha llevado consigo, se dice quizás mirando hacia <Jtrás.
Todo el mundo asiente, todos creen entender. Pero nadie sa!.Je
de qué está hablando. Lo has logrado, lo ves. Ella ha tonado
la costumbre de bajar los ojos. Se avergüenza de esa
cia que la hace especia}: que na se puede «logran> cualqujer
cosa en cualquier momento.
¿Qué es lo que tienes?, se le puede preguntar cuando se-
manas illás tarde se echa sobre la cama a llorar terriblemen::e.
Nada. Debilidad.
Ay, ha debido saber que se le tenía lástima. Ha senti:la
respeto de sí misma y también respeto de la fuerza que e::;-
taba en contra suya. Las dos cosas eran iguales. Salida in-
cierta.
Ha hojeado libros, buscado el nuevo nombre que habían
dado a su enfermedad) lo encontró) me Jo escribió) contra su
costumbre: Panmyelophise, escribió. La mayoría de las veces
conduce a la muerte, ¿pero he de contártelo de nuevo? Pero. a
quién si na ... Ha sido una tontería haberlo buscado ...
Poco a poco la ilusión ocupa el lugar de la realid2 d, y
toUus nosotrm hacemos lo posible por alimentar su ilusión y
la nuestra. Y Jo volveríamos a hacer, si la ilusión es ur.a pala-
bra diferente para denominar a la esperanza. Curios8mente no
debemos creer lo que sabemos, Justus me lo ha confirmado.
Ha admitido que ba oído la palabra «incurable y que de nuevo
la ha olvidado. No se puede vivir con ese temor en la ca'.:Jez:t.
Christa T. fue a su casa, a la que se habían mudado sin
ella. Puso cortinas, arregló armarios, a plant8r su
huerta.
Por la noche, cuando JustllS estnba de enza, se
veces solJ.
1 -·(
.. •
:..;,,, ll ;J, _,¡,; , ... \ ·¡,, l.'
"-""±:-·;;.'"-.. -----' ..

Entonces se oían los graznidos de los gansos, muy pocas
veces escribía una carta, la mayoría de las veces leía o escu-
chaba música, La luna asomaba por encima del lago; podía
pasar mucho tiempo junto a la ventana y observar córilo se
reflejaba en d agua. El niño se movía. A veces reflexiorlaba
tranquilamente sobre el futuro, el nacimiento del niño, su vida.
En su fantasía deseaba ver más a este niño que a los anteriores
y sabía por qué. Por qué deseaba saber todo sobre él. Vivir
le parecía maravilloso, que ella viviera. Poder elevar la mano
para echar atrás el pelo cuando lo deseaba, le parecía maravillo-
so. Estar en esa casa, delante del lago nocturno, tal y como
lo había soñado, era maravilloso. ¿Lo estaba soñando ahora?
¿O recordaba, mucho más tarde, esa noche? Lo que había suce-
dido y lo que quizás nunca sucedería se fundía en una sola
cosa y formaba aquella noche. Era tan simple, tan comprensible
y real. No había nada que lamentar y nada de qué arrepen-
tirse.
Estaba allí y sabía que se estaba recordando a si misma
como nadie podría recordarla más tarde. Así es, pensaba sor-
prendida, así es.
Pero hagámoslo breve.
El hijo, una niña, nació en otoño y estaba sana. Creo que
Christa T. había dudado en secreto de la salud del niño, y
ahora se sentía aliviada. Y lo aceptaba como garantía, como
garantía de vida. Como renovaciÓn de una vieja alianza en la
quo de nuevo quería confiar. -¡ cuando de nuevo desfalleci6, fue
como una traición.
La mirada con la que miró desde el coche a los niños,
debió ser una mirada de despedida. Se repiti6 lo que no debe
repetirse. Repetir, hacer una cosa dos veces ... Todas las
labras tienen un doble sentido, el uno de este mundo, el otro
del otro mundo ... Está más callada y pregunta menos que la
primera vez, se la alienta con más fuerza. ¡Lo lngrará, ya lo
sabe usted! A veces mira desde su cama la dorada aguja de
la iglesia durnnte mucho tlcmpo. Cuando ya es suficiente, coge

T ·)nhel:mtc. \Tuehw a arnstnmbr;lfSC
180
a anotar frases, líneas. En su libro de notas, hay un poemn)
al final:
¿Para qué atormentarse tan diabólicamente?
Nunca más sucederá lo que allí sucedió:
El de almas extrañas entre sí.
El de aquellos que se sentían cercanos ...
jPor fin!, escribe al margen, y ello quiere decir tanto
como: ahora no se muere. Comienza aquello que hnbía echado
de menos con tanto dolor: que nos vemos a nosotros mismos;
sabe con claridad cómo trabaja el tiempo para ella; y tiene
que decirse: he nacido demasiado pronto. Pues sabe: dentro
de poco ya no se morirá de esta enfermedad.
De nuevo el medicamento pareció dar resultado, tenía
hambre. Se preocupa de que los niños estén bien atendidos.
rvle escribe: Me alegra tener noticias vuestras) si hubiese tiem-
po ...
Comprende que las transfusiones de sangre son cada ve/.
más frecuentes y más largas que la primera vez. Ve cómo L
otra sangre, extraña y sana, gotea desde el recipiente de vidrio
a su brazo y pien5a qve no existe fuerza en el mundo que pueda
evitar que su sangre roja se inunde de destructivas
blancaS'. He vivido demasiado pronto, ha pensado tal vez, per()
ninguna persona puede deseJr realmente nacer y morir en otn.
época que no sea la suya. Nada puede uno deseaJ.· tanto corno
participar de las auténticas alegrías y penas de su tiempo. ()ui-
zás ha deseado esco al final, quizñs toda su vid<1 ha estadr;
penJiente de este deseo, hasta el final.
El cambio repe-ntino llegó, y por supuesto inespemdaldentc.
El cuadro sanguíneo se desmoronó de un día pnra otro, comrJ
si de súbito se hubiese consumido esa fuerza, o esa
que ya no aguantaba más tiempo. La doctora, con el diagnÓ':-
tico en 1n mano, sabía que se hnllaba junto a la cama de
muerta. Ahota puede usted venir cuando quiera, le Jij•; 1:
Juslu5, il quien encontró en el vestíbulo. A cualquier hc_<':o
:Jlcli( v:1 no surteil cfn:ln. Lo que 8hOLl sucede:
''"'""' •

lo sé. No sé más que lo aquí está escrito: Números. -Bajó
las manos y se alejó.
Los cambios que aún son necesarios! sobrevienen rápida-
mente. Tiene fiebre alta, dolores. Se le dan calmantes. Cu9ndo
despierta, Justus está a su lado. Ha dejado de preguntar'. Ya
no menciona más a los niños. En voz baja y despacio hablan
sobre cosas diferentes, luego esto también se acaba. Ella aún
le mira, aún le reconoce. Pero la razón se pierde. Primero desa-
parece la sonrisa, luego toda expresión del rostro menos la
del dolor. Poco a poco ésta va disminuyendo. Al final, antes
de 1a rigidez, más bien, indiferencia, luego aspereza. Ningún
disimulo más, ninguna concesión.
Poco antes de la muerte quiere hablar. No es posible.
Muere una madrugada de febrero.
La tierra se ha helado. El país está lleno de nieve. Hubo
que abrir un camino hasta su tumba y abrir la fosa con picos.
No estuve en el entierro. Cuando vi la tumba, era verano. La
arena estaba seca. El cementerio está al aire libre, lejos del
pueblo, sobre pequeña prominencia. Sobre su tumba ere-
dan las flores. El cielo era de ese azul puro, delicado, que a
uno le hiere como un golpe. Como cuando miras el lago, dijo
Christa T., sólo que mezclado con un poco de verde.
Se quitó los Z6._patos, como una niña, cuando subimos la
coli.ru. Anda con los pies descalzos por la hierba dura y reseca,
y balancea de un lado a otro sus sandalias que lleva cogidas
de las tiras. A veces se agacha para coger un tallo e incluirlo en
su colección de plantas existentes alrededor del lago. Es feliz,
ha encontrado un cardo de color plata. Luego todos nos tuvi-
mos que dar vuelta, porque desde aquí había una vista
del tejado indinado su casa. Realmente queda muy bien,
dice satisfecha, ha sido una buena elección.
Por la noche ha tenido un sueño extraño. En un viejo edi-
ficio, que ni siquiern conozco, subo una escalera, cada vez más
alta, cnsi hasta el tejado. Llego entonces a un enorme
desconocído, desconocido como todn la c1sa. Allí hay 1..111 enre-
jadn con un v;mo de pucrLt sin pt!cl'i:l. lJct¡·;ís, 1..1na con
i:' , •.
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No lo conozco, pero sé: el bedel. Él dice: Dentrc> rk
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se van todos a la exposkión. Entonces me doy cuL'tH.l dl' l '
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' d l . d ' d . . 1 ]1! ,,
etras e enreJa o esta scnta a m1 ant1gua c .. ¡ l\
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1 'd ' D 1 1 1 ' '" 1e vem o aqtn! e pronto me :1 egro c.e ver (lS ;1 h 1,¡.,,s
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cuerdo sus nombres. He debidc de cstm· llm,
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c1o t1emp9. oy a esperar nasta e recreo y Juego it·l: sin
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mente con ellos a esa exposición, como siempre. -·- 1 \·
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tante, se: ara ;::;1empre. Las gorr:1s s1guen 8 t, pnn rn,· ,
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cuenta claramente: tan sólo me acuerdo de elh:i. J\unl¡uc cntt,
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ces, cuan orea mente eramos Jovenes, nuncn :1:1 Ldlt. 1 visto
Era extraño: El dolor que sentía me alegr::tba :d Inist
110
1

po ...
Nos .hemos sentado en la junto a los :liÍn
no termmados de una pequena de ver.anco, a b sornh
1
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de un robusto y descompuesto pmo. El ciclo, cu;\lidu ] •
mira lo suficiente, cae poco a poco sobre uno; únir:ll\itlll(' r.c
gritos de los niños le elevan de nuevo. El cdnr tL. J.¡
1

penetra en nosotros y se mezcla con nuestro propio cnl(;r. 1\
ces aún hablamos, pero poco. Lo que más tmdc ,¡· .. d.
decirnos, podemos tan sólo presentirlo; también las p;d:dl
1
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tienen su tiempo, y no se dejan sacar üd futuro scgtÍll



Saber que alguna vez existirán, y::: es mucho. ,.t ·
En dos, tres horas nos separaremos. En el Cllchc Jm: r·nrrr·-
g.;ná h ad01111idera roja que c::::gido por r-1 Gll'llÍllrl. ,.rNr
1

importa que no aguante? -No, no me impona. Se

en el camin0, saludando. Quizás nos volvamos a ver,

no. Ahora debemos reír y d..:rir :1dirSs con !a ·
Christa T. se quedará.
Alguna •.rez querrá saberse, quién era, r. CjtJir:n 1··,¡(¡ r;]yj_
dando. Se la querrá ver, es comprensible. Se prq;tmLjt:í
realmente ha existido :Kjul:la otra figura :1 la qut: d drJ/r
1
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aferra. Habrá qnc cn¡:,"ndr;wb por· lo umto, :d)'_lrn:> ·.'':Z. P:q·:¡
t]liC J:1s ducbs dcs:lp;uczc:m y h pueda vn.
¿Cwíndo. n(l :lh,lra?

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