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POLÍTICA E HISTORIA

RELATO DE UN MATRIMONIO DE LARGA
DURACIÓN

I. BREVE PRESENTACIÓN

Partiendo del cuento de Borges, Tema del traidor y del
héroe, incluido en su libro Ficciones(1) que fue publicado
en 1944, desarrollaré en este trabajo la articulación
entre lo político y la Historia, para mostrar que los
símbolos recopilados por la historiografía son un
instrumento usado por el poder a fin de alienar a la
gente. Podrá parecer a muchos escandaloso que Borges
se lea desde una perspectiva política, dado que siempre
pretendió ver a la literatura como algo libre de sumisión
ante cualquier fin, lo que lo llevaba a oponerse a la
literatura de compromiso(2). Dentro de esa óptica, el
autor argentino aseveraba:

«Yo descreo de la política no de la ética. Nunca la
política intervino en mi obra literaria, aunque no
dudo que este tipo de creencias puedan engran-
decer una obra. […] Yo nunca he pertenecido a
ningún partido, ni soy el representante de ningún
gobierno…Yo creo en el Individuo, descreo del
Estado”.

No obstante, la posición “apolítica” detrás de la que se
amparaba es contradicha por su adhesión al partido
conservador(3). Además, se tiene que tomar en cuenta
que los símbolos de una nación, entre los cuales resal-
tan los del héroe y de la patria, que Borges aborda en su
cuento, tienen una fuerte connotación política. Aparte
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de ello, Ficciones fue publicado en 1944, en una época
en que regía en Alemania el nacional-socialismo, que
Borges rechazaba, y que era la encarnación misma de la
manipulación de la historia y del sentimiento nacional.
Leer su cuento que trata de nacionalismo, traición y
heroísmo, sin interpretarlo desde un punto de vista
político resulta por lo tanto casi imposible.

II. BORGES Y LA HISTORIOGRAFÍA

El cuento de Jorge Luis Borges, Tema del traidor y del
héroe, trata de un héroe nacional de la historia irlan-
desa, Fergus Kilpatrick, cuyo bisnieto, Ryan, quiere
escribir la biografía en la ocasión del primer centenario
de su muerte. A lo largo de sus investigaciones, Ryan se
da cuenta que Kilpatrick, fallecido en circunstancias
extrañas, dista de ser el superhombre que supuesta-
mente sucumbió en medio de una rebelión victoriosa.
Más bien, la muerte de Kilpatrick corresponde a su
linchamiento por haber traicionado a la causa irlandesa.
Es James Alexander Nolan, al que Kilpatrick –mientras
vivía– había confiado la misión de encontrar al renegado
que se había infiltrado entre sus partidarios, quien
descubrió que el traidor era el mismo Kilpatrick. Como
este último era considerado como un ídolo, era menester
ocultar la verdad al pueblo, por lo que se decidió
formalizar la ejecución de Kilpatrick en el marco de un
escenario teatralizado que ocultaría el trasfondo real de
los eventos. En consecuencia, Nolan elaboró una trama
que entremezcla historia y ficción con el objetivo de
falsear la historia y de influir en la opinión pública.
Logró así disimular el carácter conspirador de Kilpatrick
y hacer creer que su accionar seguía una línea impreg-
nada de heroísmo puesta esencialmente al servicio de la
patria. Preocupado sólo por la salvación de la patria,
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Nolan se empeñó en mantener vivo y exento de toda
culpa el recuerdo del capitán de los rebeldes para que
siguiera alimentando la ideología del grupo poblacional
favorable a la causa que Kilpatrick aparentemente
defendía durante su existencia.
Al recurrir a la modalidad de “hipertextualidad ficticia”
o “metaficticia”(4), que se caracteriza en sus narraciones
por la inserción de extractos de obras reales y/o textos
apócrifos, Borges hace aparecer en este cuento cómo se
manipula el discurso y la historia. Guiado por la
intención de engañar al lector, Borges elabora un
proceso de fabricación que consiste en la articulación de
dos niveles: por un lado, usa un modelo estilístico que
apela al género hipertextual mencionado anteriormente;
y por otro, construye una historia que parece susten-
tarse en la realidad a fin de convencer mejor al sujeto
receptor. Dentro del marco de la articulación en que
ambos niveles se refuerzan mutuamente, la literatura
aparece como una copia de la historia y vice-versa(5).
Para lograr tal proeza, Borges exacerba la tensión que
existe en la relación entre verdad e historia, tensión que
se debe a que esta última es víctima de consideraciones
arbitrarias y de una operación de ajuste a las que la
somete el aporte ideológico vehiculado por el tema
narrativo. Mediante la literatura y usándola como un
reflejo de la realidad, Borges desenmascara la instru-
mentalización de la Historia y de una de sus expresiones
simbólicas, que son los héroes, al poner en evidencia el
carácter ficticio de la construcción historiográfica así
como del discurso que fundamenta a esta última y al
dejar muy claro que esta instrumentalización es
producto de los intereses ideológicos que predominan en
un momento histórico dado.
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III. LA HISTORIOGRAFÍA COMO INSTRUMENTO
POLÍTICO

Si Borges disponía de la literatura como plataforma
para denunciar la tergiversación que sufre la Historia, el
filósofo francés, Michel Foucault, desvelaba lo mismo
pero desde la perspectiva filosófica e histórica. Foucault
analizó cómo grupos emergentes/subversivos que dispu-
tan el poder a entidades institucionalizadas tratan de
lograr convencer a sus seguidores de la justeza de la
causa que defienden y elaboran una ideología que sirva
de sustento teórico a sus proyectos políticos partiendo
de eventos históricos radicalmente diferentes de
aquellos recogidos en la historiografía del grupo de
poder que quieren derrocar(6). Esos discursos historio-
gráficos incluyen la glorificación de batallas específicas,
relatos hagiográficos, símbolos sacados de la tradición
polemológica así como modelos de virtudes, que en
realidad son subterfugios a los que recurren movimien-
tos, grupos políticos, facciones revolucionarias, clases
sociales, entre otros, para perennizarse en el poder o
mantener sus privilegios en detrimento de otros.
Dentro de este contexto, la historiografía resulta ser
un relato jalonado por las rupturas históricas que
siempre van acompañadas de un cambio de paradigma
político y, por ende, de un nuevo orden societal que sim-
boliza la instauración de nuevas formas de racionalidad
política(7). Ello se debe a que cada nueva fuerza política
pretende, de manera oportunista, resucitar una historia
que había permanecido en la sombra o había sido
borrada de las memorias por el poder que predominó
hasta que esta nueva fuerza política emergiera. Una
ilustración de este proceso de reescritura de la historia
la brinda el sistema político que sirve para gobernarnos
actualmente y que se expresa a través de la forma del
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Estado. Éste, aunque es considerado por muchos como
un hecho político ineludible, indispensable y eterno, no
es otra cosa en realidad que un simple momento
histórico, una representación socio-política de domina-
ción entre otras, y que bien puede desaparecer el día
que lo suplante una organización social que mejor
corresponda a las aspiraciones de las poblaciones. Es
así que, para consolidar su existencia, el Estado-nación
asentó su presunta legitimidad apelando a la teoría de
Maquiavelo sobre el poder y la seguridad, a la razón de
Estado de Botero, al principio de soberanía de Bodin y
Hobbes, al contrato social de Rousseau y a los derechos
civiles que se formularon a partir de la Revolución
francesa de 1789(8).
En otras palabras, la fuerza política que logra impo-
nerse reivindica su derecho a ejercer su poder y, por
ende, a organizar la vida de los demás en función de sus
intereses sustentándose en eventos históricos puestos
de relieve en forma casi teatral. A partir de ello se
instauran sistemas de valores y normas sociales que
derivan de las interacciones que se dan entre la
comunidad y las autoridades representativas de ésta.
Presenciamos por lo tanto una evolución progresiva
relativa a la formación y consolidación de relaciones que
se establecen entre ambas partes, evolución que
también puede luego volverse regresiva (9). Paralelamente
a la construcción de un andamiaje que sustente la
dominación de un grupo sobre el resto de la población,
asistimos a la definición de la identidad del individuo en
función de un sistema de valores, de normas sociales
comunes que se tejen a lo largo de su convivencia e
interrelación con el grupo social con el cual se identifica.
Los modelos de conductas sociales que proceden de esta
interacción se edifican sobre un conjunto de arquetipos,
símbolos y ritos, que alimentan lo que Carl Jung
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denominó el inconsciente colectivo, y brindan a los
individuos los parámetros necesarios para orientarse en
su vida cotidiana así como para recibir de esa manera el
reconocimiento que buscan dentro de este grupo social.
Se desprende de la descripción anterior referente a la
edificación del sistema de valores y a la formulación de
normas que éstos se fundamentan en una suma de
dispositivos y mecanismos, entre los cuales se halla la
conformación de discursos que, según Michel Foucault,
se generan tanto a partir de las entidades del poder
como del pueblo que éstas dirigen. El orden discursivo
que surge desemboca en un proceso de retroalimen-
tación, de input-output, como lo llama Jean-Louis
Loubet de Bayle(10), en que los inputs representan:

“las demandas dirigidas al sistema político por el
entorno y los agentes de soporte de que dispone el
entorno, mientras que los outputs son las
decisiones y acciones de autoridades políticas que
responden a los inputs emanados del entorno”.

Esas interacciones e influencias recíprocas (11) no se
realizan de forma automática y pacífica puesto que son
el resultado de conflictos, luchas, que luego desembocan
en compromisos y acuerdos en los que unos ganan más
que otros, siendo en general el pueblo quien sale como
el mayor perdedor por ser objeto de una manipulación
ideada por el poder que se implementa por medio de
dispositivos de represión/vigilancia (12) o de estrategias
de alienación.
Es dentro de esta construcción discursiva deliberada
que se encuentran los símbolos y emblemas de la nación
que confieren a la historiografía su idiosincrasia, histo-
riografía que se cimenta a partir de eventos históricos
re-elaborados para así proyectar mejor la imagen, los
valores y el sentimiento de unidad que las fuerzas del
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poder de un país quieren trasmitir a la población (13). Por
ejemplo, buscando a lo largo de los siglos mantener sus
privilegios frente a los de la “plebe”, los aristócratas han
fabricado “sus” leyendas, “su” historia. En Francia,
hasta sitúan el origen de la línea de sus ancestros a los
alrededores del siglo X de nuestra era. Se acapararon el
nombre de hombres gloriosos cuyos actos –como su
presumida participación en las Cruces, en batallas
célebres y sus demostraciones de lealtad incondicional
hacia las familias reales del periodo absolutista y de la
Restauración pos napoleónica– sirven para brindar a su
casta un toque de distinción, de diferenciación y de
ilustre patriotismo que les otorgaría el derecho de
colocarse por encima del resto de la población.
Igualmente, mantienen vivos archivos –rigurosamente
seleccionados– para conservar la memoria de la familia
y, por ende, poner de relieve su presupuesta partici-
pación en la edificación de la historia nacional que
consideran “su” historia(14). El sentimiento de perte-
nencia a la historia del país que ostentan es además
reforzado a través de la manifiesta presencia de la
aristocracia –sobre todo rural– en las ceremonias
conmemorativas de los pueblos donde viven, lo cual
suele recalcar su deber para con la organización
aldeana(15) y por tanto su contribución al país.

IV. CONSIDERACIONES FINALES

Es menester reconocer que, en tiempos de crisis de
identidad de un país, que surgen cuando éste renuncia
a su soberanía para entregar su alma al Imperio, sus
gobiernos buscan contrabalancear el quebrantamiento
de su sistema de valores y la pérdida de su capacidad de
decisión política recurriendo al simbolismo. Insisten en
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las nociones de “patria”, “nación”, “honor”, multiplican
las manifestaciones exhibicionistas como el besar la
bandera (mientras que por otro lado el que besa vende
las empresas públicas estratégicas a un precio irrisorio),
realizan ritos ceremoniales costosos y ostentan
emblemas de diversas índoles que recuerdan una gloria
perdida y nunca más recuperada.
Frente a ello, uno se pregunta: ¿No será que el uso de
los símbolos crece de forma proporcional al grado de
decadencia que afecta los valores y sirve en situaciones
de urgencia para intentar remendar algo que no tiene
unidad? ¿No sería más lógico preocuparse del ser con-
creto y tratar de satisfacer sus necesidades inmediatas
en vez de asfixiarlo bajo una plétora de símbolos cuya
abstracción no contribuye para nada a la solución de
sus problemas cotidianos?
Y sobre todo: ¿Acaso no suena a blasfemia que gober-
nantes utilicen los símbolos de patria y nación para
fingir ser los maestros del destino de un país que ya
optó desde hace lustros por abdicar en materia de estra-
tegia global y por inmolar su soberanía ante grandes
grupos de poder?
Es dentro de este contexto que se tiene que analizar la
validez del simbolismo que usan los gobernantes.
Porque, si los gobernantes no tienen otros elementos
que símbolos y ritos monolíticos que ofrecer a la
población, ello quiere decir que el Estado, tal como lo
conocemos, es una forma política que se ha vuelto
obsoleta y que ya es tiempo de buscar otro modelo de
organización social.

Notas:

Ver Jorge Luis Borges, Ficciones. Tema del traidor y
(1)

del héroe, Edición Planeta De Agostini, S.A., Barcelona,
España, 2000, pp.137-143.
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(2) Ver Elisa Calabrese, Borges. Literatura y política,
Moenia 14, 2008, pp.19-30.
(3) Sobre el aspecto político en la vida de Borges basado

en la declaración relativa al “apolitismo” de su obra que
citamos en la breve presentación de este trabajo, ver
Horacio L. Martínez, Notas para una biografía política de
Borges en La Insignia, México, junio del 2006 publicado
en:
http://www.lainsignia.org/2006/junio/cul_024.htm.
Sobre su calidad de miembro del Partido conservador,
ver su declaración a Juan José Saer en un diálogo que
se dio entre este último y Jorge Luis Borges en:
http://www.magicasruinas.com.ar/revistero/argentina/
dialogo-saer-borges.htm
(4) Ver El concepto de Transtextualidad de Gérard Genette

en: http://entretextosteorialiteraria.blogspot.com
/2010/02/ los-estudios-sobre-la-narratologia.html
(5) Ver Marcia Martínez Carvajal, La figura del héroe en

una escena teatral chilena. Prat de Manuela Infante,
Universidad de Concepción, Concepción, Chile.
(6) Sobre la fabricación de los discursos, ver Michel

Foucault, Il faut défendre la société. Cours au Collège de
France (1975-1976), Editions du Seuil, Paris, 1997.
(7) Ver Romain Descendre, Alessandro Fontana, Jean-

Louis Fournel, Zavier Tabet, Jean-Claude Zancarini,
Historiographie italienne. Renaissance et XIX siècles en:
http://triangle.ens-lyon.fr/spip.php?article554
(8) Ibid.
(9) En la actualidad, se nota la evolución degenerativa de

esas relaciones a través de la posición por la que el
Estado ha optado al alejarse totalmente de la ciuda-
danía, prefiriendo defender los intereses de grupos de
poder que muestran sólo desprecio por la población. A
fin de lograr acrecentar sus privilegios en detrimento de
los demás, esos grupos tratan de recortar los derechos
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básicos de los ciudadanos vía el Estado. Debido a lo
anterior, el rol del Estado se reduce gradualmente al de
gendarme que controla los ciudadanos a través de medi-
das coercitivas y de un proceso de alienación subrepticio
que apunta a hacer de los ciudadanos meros consu-
midores abobados.
(10) Jean-Louis Loubet del Bayle, politólogo y sociólogo

francés, trata del sistema de input-output dentro de una
interrelación entre el Estado y la ciudadanía vía la
policía, que, según él, debería asumir el rol de inter-
mediario entre ambas partes. Ver Jean-Louis Loubet del
Bayle, La police dans le système politique, Revue
française de science politique nº3., pp.509-534.
(11) Ibid.
(12) Ver Michel Foucault, Surveiller et punir. Naissance de

la prison, Editions Gallimard. Paris. 1975.
(13) Michel Foucault, Il faut défendre la société. Cours au

Collège de France (1975-1976). Op.cit.
(14) Ver Eric Mension-Rigau, Aristocrates et grands

bourgeois, Editions Perrin, Paris, France, 2007, pp.140-
141.