El reo de muerte

La historia que os voy a contar quizás os pueda parecer nimia. Cosas así le ha pasado a mucha gente, pensaréis, y seguro que peores. Cierto, pero debéis tener en cuenta que yo era un niño acostumbrado a una vida sin sobresaltos, acomodada, quizá protegido en exceso por mis padres, y que no tenía ni la menor idea de lo que era el mundo realmente. En casa reinaba un ambiente volcado hacia la cultura en todas sus manifestaciones. Desde pequeños, mis hermanos y yo íbamos con asiduidad al teatro, a conciertos y a alguna ópera al Liceo, construido en 1847 en el solar que ocupaba el antiguo Convento de los Trinitarios, en el centro mismo de las Ramblas barcelonesas. También nos gustaba los domingos, sobre todo, ir a visitar iglesias y monasterios románicos y góticos, algunos de estos monumentos estaban en la misma ciudad de Barcelona, como el monasterio de Pedralbes o el de San Pablo del Campo (Sant Pau del Camp, en catalán); otros necesitaban todo un día de excursión, como el monasterio de San Cucufato (Sant Cugat), en la población del mismo nombre. En definitiva, yo era un niño, como mis hermanos, que vivía en una burbuja de cristal, y ese cristal se hizo añicos un día de principios de mayo de 1895. Para mi, presenciar aquello, fue un descubrimiento que me dejó marcado el resto de mi vida. No porque me causara un trauma más allá de la fuerte impresión que me produjo ver aquella escena, sino porque se me quedó latente en mi mente e hizo que mi vida se decantara, apenas sin darme cuenta, hacia la profesión y las convicciones que ahora, a mis casi cuarenta años, tengo. Pues bien, todo comenzó con la visita a Madrid que hicimos a principios de mayo de 1895 para asistir a la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año. Habíamos venido a la capital porque un pintor amigo de mi padre presentaba una obra suya. El día de la llegada fue precisamente el de mi duodécimo cumpleaños. Habíamos hecho un viaje muy bueno que tan solo había durado doce horas. Era un tren moderno, acabado de estrenar, con una locomotora de vapor preciosa y potente, y que se plantaba en la capital en la mitad de tiempo, casi, de lo que lo hacían los viejos trenes. También era muy cómodo, con cabinas para cuatro y seis personas con los asientos mullidos y tapizados de una tela color granate, con bordados dorados, y que olía a nuevo, como la ropa de los domingos. Yo estaba alegre e ilusionado por visitar una ciudad en la que nunca había estado y de la que me había escuchado, por boca algunos de mis amigos, que sí la habían visitado, y de mis padres, muchos elogios. El tren paró en la recién remodelada estación del Mediodía, que ocupaba los terrenos del antiguo embarcadero de Atocha. Bajé del vagón y, al pisar el andén sentí un profundo mareo que obligó a mi padre a cogerme del brazo porque veía que me iba a desplomar. Me sentaron en uno de esos bancos de hierro nuevos que había ideado, al igual que la nueva estación, el arquitecto Alberto de Palacio, colaborador de Gustav Eiffel. Al cabo de unos minutos, cuando ya el mareo remitía, mi madre me comentó que había sido tan solo una pequeña lipotimia causada por el calor. Ciertamente, aunque estábamos a principios de mayo, hacía un calor excesivo para dicha época. Mis padres comentaron entre sí que habían leído en los periódicos que los expertos vaticinaban un cambio en el clima, hacia más calor,

debido a la explotación desmesurada de la naturaleza por parte del ser humano. Y lo corroboraban comentando como los inviernos pasados habían sido anormalmente cálidos. Aunque ya se me había pasado casi el mareo me quedó una especie de desazón que empezaba por el estómago y acababa en la parte posterior de la cabeza, en la nuca, y que repercutía en mi estado de ánimo, alegre antes, y que ahora se había oscurecido como premonición de algún suceso desagradable. Es curioso como a veces intuimos cosas que aún no han pasado. No se sabe de donde procede esa información, pero nuestro estado de ánimo sufre cambios repentinos que no podemos explicar. Eso precisamente me aconteció a mi en cuanto pisé los andenes de la estación madrileña. La sensación que tuve todo el resto del día fue de desazón e inquietud. Intuía que algo oscuro, no sabía bien el qué, me esperaba en aquella exposición que iríamos a visitar al día siguiente. Era la mañana del 8 de mayo. Llegamos al parque del Retiro cuando eran ya las once; a la carrera porque las puertas de la Exposición abrían a esa hora y, evidentemente, llegábamos tarde. El coche nos dejó en la entrada que da a la Puerta de Alcalá y enfilamos la Calle de Méjico. Fuimos corriendo el tramo que separa dicha entrada del Palacio donde se celebraba la Exposición. Mi madre llevaba a mi hermana cogida de la mano y yo iba a su lado. Mi padre iba delante mirando a un lado y a otro buscando a su amigo. El parque estaba espléndido, lleno de todo clase de flores de una gran variedad y colorido. Aromas y colores se conjugaban con la claridad del sol para transmitir una sensación de vida y de alegría que invitaba a gozar de esa naturaleza que se mostraba con toda su fuerza. Menudo contraste con los colores que me iba a encontrar después al enfrentarme a aquella escena. Yo ya no me acordaba de la sensación de desasosiego del día anterior. Como les pasa a todos los niños había cambiado la tristeza por la alegría en pocas horas, cosa que me hacía más vulnerable porque mi alerta del día anterior desapareció. Ha transcurrido mucho tiempo, pero aún recuerdo la impresión que dejó en mi mente infantil. Durante bastantes años me despertaba en la noche pensando que yo era ese hombre que se enfrentaba a su muerte sin escapatoria posible. Entramos en el Palacio de Velázquez, que es donde se celebraba ese año la Nacional. El Palacio era una construcción reciente, muy moderna. Su techo lo formaban bóvedas de hierro acompañadas de cristal, lo cual permitía la iluminación natural de las salas. Fuimos casi directos al lugar donde estaba colgado aquel cuadro. Me quedé mudo al contemplarlo. - Mamá, ¿lo que hay pintado en este cuadro ha pasado de verdad? –pregunté inocentemente, dejando entrever por un gesto de la cara que me acaba de arrepentir de haber hecho aquella pregunta-. Mi madre me miró con esa expresión que a veces se le ponen a los niños cuando no se quiere responder la verdad por miedo a que sufran. Los mayores no saben que los niños perciben esos pequeños embustes con inquietud porque son conscientes de que el adulto no ha sido sincero con ellos.

- Sí, hijo mío -respondió, dejándome sorprendido, como si adivinara que una respuesta diferente le restaría credibilidad ante mis ojos- ocurrió el año pasado en Barcelona, en el patio de la prisión que está cerca de la Ronda de Sant Pau. - Y qué representa -pregunté de nuevo intentando aparentar una tranquilidad interior que no tenía- hay mucha gente pero no se sabe qué hacen. - Es una ejecución -respondió con voz temblorosa y como dándose cuenta de dónde se había metido al ser sincera conmigo-. Entonces la miré y vi que los ojos le brillaban. Una gruesa lágrima rodó entonces por su mejilla. No quería seguir preguntando, pero algo me empujaba a hacerlo. Ella pareció entender mi dilema. - Es una ejecución –continuó- de un hombre que mató a su mujer por celos - dijo despacio y remarcando las palabras con suaves oscilaciones de la cabeza, como intentando atenuar con ello la verdad de su significado-. Esas mismas palabras tuvieron en mi el efecto de una llave secreta que me lanzaba a la contemplación del lienzo que tenía delante. En ese momento no sabía lo que el pintor quería decir con su obra. Sin embargo, sí tenía la intuición. No fue sino con los años, y gracias también a las pesadillas de las que os hablé antes, aunque me pese, que pude entender realmente su significado. Aquello se desarrollaba en el patio de una prisión. Lo que más impresionaba de esa escena era su terrorífico inmovilismo. El quietismo era toral; la escena estaba como suspendida en el tiempo y en el espacio: las personas, los árboles sin ramas, los caballos, el cielo... Era un inmovilismo expectante. El pintor había retratado el agobiante instante anterior al fatal desenlace. A esto ayudaban algunos detalles: el semicírculo alrededor del condenado, como indicando que no tenía escapatoria; la estratégica posición que ocupaban los policías a caballo, que reforzaba la idea anterior; el enorme Cristo crucificado, rodeado de cofrades, frente al reo; y, por último, los elementos de la naturaleza: el cielo plomizo y los árboles pelados. Sin embargo, había un elemento que, aunque se veía en la lejanía y estaba bastante difuminado, como el resto de la composición, captaba la atención y acumulaba toda la tensión dramática: el garrote. Este objeto no ocupaba el centro del cuadro, sino que estaba ligeramente desplazado hacia la izquierda, pero, como os digo, atraía sobre sí toda la tensión. Todo formaba semicírculos con un centro común: el reo y el garrote. Después de contemplarlo con detenimiento sentí una gran tristeza y cómo la melancolía se apoderaba de mí. Me acordé entonces de la sensación que tuve al bajarme del tren y que me produjo la lipotimia de la que os hablé. Vino a rescatarme mi madre que no se había separado de mi lado y que me había estado observando todo el tiempo. Sus palabras me trajeron de vuelta a la sala de exposiciones. - Este cuadro muestra la crueldad a la que podemos llegar los seres humanos –me dijo con voz cariñosa, como entendiendo lo que yo sentía en aquel momento-. Yo no le contesté nada. No podía. Estaba tan impresionado que me quedé mudo. Pero me duró poco, pues cuando salimos de nuevo al parque comencé a corretear con mi hermana. Los niños son así, pasan de la

risa al llanto en un abrir y cerrar de ojos. Se había levantado una brisa cálida que invitaba a relajarse y a jugar por los jardines de aquel maravilloso parque que ahora me parecía un bosque lleno de secretos por descubrir. Pero ¿realmente había olvidado lo que acababa de presenciar hacía sólo un instante?

Manuel Rino Esplugues de Ll., abril de 2013

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