ELLEN ROSS * Y RAYNA RAPP ** . “SEXO Y SOCIEDAD. UNA INVESTIGACIÓN ANTROPOLOGÍA”.

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En: Powers of Desire: The Politics of Sexuality, Ann Snitow, Christine Stansell y Sharon Thompson (eds.), Londres, Virago, 1983, pp.105-126. Durante la década de 1960, el lema “lo personal es político” fue el principio nodal del movimiento feminista. En esa frase está condensado el entendimiento de que los detalles más íntimos de la existencia privada son estructurados por relaciones sociales más amplias. Esta atención promulgada sobre las políticas personales de la vida íntima pronto se centró en la sexualidad, desafiándose muchos parámetros de significado sexual. El descubrimiento de que la simbología y el arte erótico eran producidos con categorías masculinas (“male-centered”), la redefinición de la sexualidad lesbiana como positiva y reafirmadora (“life-affirming”) y el desmantelamiento de la teoría de los dos orgasmos como una percepción masculina del cuerpo femenino fueron algunos de los resultados de esta crítica. Tales reinterpretaciones sugieren que las definiciones sociales del sexo pueden cambiar rápidamente y que en este proceso se puede transformar la experiencia sexual misma. 1 La base biológica de la sexualidad se experimenta siempre culturalmente, a través de traducciones: es que los hechos biológicos no hablan por sí mismos, deben ser expresados de manera social. El sexo se siente como algo individual, o al menos como algo privado, pero esos sentimientos siempre incorporan las reglas, definiciones, símbolos y significados de los mundos en los que son construidos. Alguien dijo que: “la mente puede ser nuestra zona más erógena”, 2 y diversos desarrollos de sexólogos han revelado que las disfunciones sexuales se curan mejor cuando se enseña a la gente a fantasear, lo que constituye una respuesta social
Ellen Ross recibió su Doctorado en Historia de la Universidad de Chicago, y es Profesora de Historia y Estudios de la Mujer en la Universidad Ramapo de New Jersey. Especialista en historia británica moderna, su actual trabajo se centra en las mujeres “viajeras” de clase media entre los pobres de Londresde los siglos XIX y XX. Su libro Love and Toil: Motherhood in Outcast London 1870-1918 fue publicado por Oxford University Press en 1993. ** Rayna Rapp es profesora del Departamento de Antropología del New School for Social Research, donde dirige el programa de Maestría en Estudios de Género y Teoría Feminista. Es editora de Toward an Antrhropology of Women y co-editora de Promissory Notes: Women in the Transition to Socialism; Articulatin Hidden Histories, y de Conceiving the New Woeld Order: The Global Politics of Reproduction. Su libro Moral Pioneers: Fetusus, Families, and Amniocentesis, de próxima aparición de Routlegde, analiza el impacto social y los significados culturales de la dianosis prenatal en los Estados Unidos. *** Este paper fue escrito originalmente para una novedosa conferencia: “Writing the History of Sexuality and Power”, New York Univesity, March 1978. Muchos amigos leyeron y criticaron borradores previos de este trabajo. Queremos agradecer especialmente a Shirley Lindenbaum, Harriet Rosenberg, Gayle Rubin, Sara Ruddick, Judith Walkowitz y Eric Wolf. 1 La definición de lo que constituye la sexualidad está actualmente en debate. Algunos analistas hacen hincapié en la base biológica de esta experiencia, haciendo foco en respuestas orgánicas y neurológicas; otros, más cercanos a la perspectiva psicoanalítica, le dan más importancia al rol de la fantasía —que se origina en la infancia— en la producción de respuestas. Como sugiere un trabajo reciente de Michel Foucault, sin embargo, ambas posiciones presuponen que el “sexo” es una categoría de la experiencia humana que puede ser aislada y que es uniforme a lo largo de la historia (The History of Sexuality, vol 1: An Introduction, tr. Robert Hurley [New York: Panteon, 1978]). 2 John Gagnon and Bruce Henderson, “The Social Psychology of Sexual Development”, in Family in Transition, ed. Arlene S. Skolnick and Jerome H. Skolnick, 2d. ed. (Boston and Toronto: Little, Brown, 1977), pp. 116-22,118.
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más que una cura biológica. 3 De este modo, sin un contexto social para definirlas como legítimas, las experiencias sexuales de generaciones de mujeres norteamericanas fueron confusas y distorsionadas; a las mujeres victorianas educadas según las normas se les enseñó que nunca debían ser “molestadas” por las pasiones sexuales, mientras que sus hijas más “liberadas” aprendieron que los orgasmos eran su destino anatómico. 4 Si los hechos biológicos no hablan por sí mismos, tampoco lo hacen los hechos sociales. Aunque se ha estandarizado en el ámbito de la sociología y en el de la psicología social el principio que alega que toda conducta humana, incluyendo los comportamientos sexuales, es moldeada por los contextos sociales, esos contextos permanecen oscuros. En general, los autores clásicos de las ciencias sociales del sexo se dividen entre la confección de tipologías de la variación sexual (repletas de ritos de iniciación, ceremonias de pubertad, posiciones coitales, etc., en los pueblos exóticos) 5 y la realización de afirmaciones vagas acerca de cómo la conducta sexual es aprendida y enseñada dentro de los grupos sociales. 6 Así, un ensayo reciente e innovador de Michel Foucault y Jeffrey Weeks señala que los especialistas están recién comenzando a investigar la plasticidad de la sexualidad en la historia de Europa Occidental, y esto se traslada a otras arenas sociales. 7 Pero el modo en que la sociedad específicamente moldea la sexualidad permanece todavía en lo abstracto. ¿Cómo podemos medir y evaluar a los diferentes sectores de la sociedad en la prescripción y comportamiento alrededor del sexo? Por ejemplo, ¿cómo interactúan los contextos familiares, las ideologías religiosas, las normas comunales y las políticas públicas en la formación de la experiencia sexual? En este trabajo intentamos reunir las teorías y los métodos de la antropología y de la historia social para enfrentar el problema de la estructuración de los contextos sociales. Sabemos que las visiones más populares acerca de cómo la sociedad moldea el ámbito sexual se focalizan en los individuos dentro de contextos familiares, casi en detrimento de conexiones más amplias con la esfera social. El ejemplo más importante de esta posición lo encontramos en la teoría psicoanalítica, que trata de unir el hiato aparente entre los mundos sociales y biológicos, describiendo la personalidad humana como producto de experiencias de amor, odio, poder y conflictos familiares. Se asume que estas experiencias dejan importantes marcas en el subconsciente. La sexualidad adulta es, entonces, un aspecto central de la personalidad, pero ésta toma forma en la infancia temprana. Las experiencias de dependencia, surgimiento y separación, inicialmente centradas en la figura materna resonarían, entonces, profundamente durante toda la vida sexual adulta. Las revisiones feministas recientes de la teoría del psicoanálisis se han centrado en la construcción social de la maternidad bajo condiciones de dominio
The classic works are William H. Masters and Virginia E. Johnson, Human Sexual Response (Boston: Little, Brown, 1966), and idem., Human Sexual Inadequacy (Boston: Little, Brown, 1970). 4 A summary of this transformations found in Michael Gordon, “From an Unfortunate Necessity to a Cult of Mutual Orgasm: Sex in American Marital Education Literature, 1830-1940”, in Studies in the Sociology of Sex, ed. James Henslin (New York: Appleton Century Crofts, 1960). 5 For example, Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, 2 vols. (New York: Random House, 1937-1942); Fernando Henriques, Love in Action: The Sociology of Sex (New York: Dutton, 1960). 6 James M. Henslin, “The Sociological Point of View”, in Studies in the Sociology of Sex, pp. 1-6; Gagnon and Henderson, “The Social Psychology of Sexual Development”; Clellan S. Ford and Frank A. Beach, Patterns of Sexual Behavior (New York: Harper and Row, 1972), chap. 13. 7 Foucault, History of Sexuality; Jeffrey Weeks, “Movements of Affirmation: Sexual Meaning and Homosexual Identities”, Radical History Review 2 (Spring/Summer 1979): 164-80; Robert Padgog, “Sexual Matters: On Conceptualizing Sexuality in History”, ibid., pp. 3-24.
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masculino. Estos estudios revelan la importancia de la maternidad en la estructuración psíquica de la identidad de género. Estudiosas como Gayle Rubin, Nancy Chorodow, Dorothy Dinnerstin, Juliet Mitchell y Jane Flax han demostrado cuán complejos y profundamente “antinaturales” son los procesos sociales de creación del género y de la heterosexualidad. 8 Estas teorías subrayan la fuerza con que la sexualidad se entrelaza con relaciones inconscientes de dominación, las cuales no son afectadas fácilmente por los procesos de reforma social. Sin embargo, el psicoanálisis mantiene al mundo social aparte, dándole sólo mínima importancia en la formación de la conciencia y de la sexualidad. Los ejemplos citados más adelante sugieren que el contexto social en el que ocurre la experiencia sexual cambia constantemente. Si bien una teoría realmente social e histórica de la sexualidad requiere vínculos explícitos entre sociedad y proceso de estructuración psíquica, estos vínculos permanecen ocultos. La solución al problema de la vinculación entre la conciencia individual y la sociedad no puede ser entendido directamente, como tratan de hacer los psicohistoriadores, a través de antagonismos de supuestos conflictos psicosexuales entre padres y niños en general y la sociedad más amplia. Christopher Lasch, por ejemplo, propone una conexión directa entre la disminución de la autoridad paterna en las familias y la crisis contemporánea del capitalismo norteamericano. 9 En las manos de estos investigadores, el estudio de la sociedad se vuelve pura meditación acerca del desarrollo psicosexual y la historia social se vuelve superflua. El análisis del desarrollo psicosexual es un complemento del estudio de la sociedad y no su reemplazo ahistórico. La sexualidad genera relaciones sociales más amplias mientras es refractada por el prisma de la sociedad. Así, tanto los sentimientos como las actividades sexuales expresan las contradicciones de las relaciones de poder —de género, clase y raza. No se puede asumir, por ejemplo, que las experiencias sexuales de las esclavas negras y de las mujeres blancas en las plantaciones (aunque la mayoría de las veces implicaba a los mismos hombres) eran las mismas. Para estudiar estas experiencias sexuales no intentamos centrarnos en actos sexuales “descorporizados” (“dissembodied”). Por el contrario, mostraremos la serie de contextos que condicionan, contienen y definen socialmente estos actos. Inicialmente, tratando de describir el vínculo entre la sexualidad individual y la sociedad, vimos a estos contextos espiralándose desde el individuo hacia el mundo exterior. Las relaciones sociales que aparecen en la periferia de las prácticas sexuales individuales (las migraciones laborales, por ejemplo) pueden influenciarlas profundamente a través de fuerzas sociales (por ejemplo, limitando las parejas sexuales disponibles e influenciando sobre la edad del matrimonio). Gayle Rubin sugiere una mejor imagen: un juego de engranajes, y en la relación entre engranajes encontraríamos los determinantes más específicos y más generales de la experiencia sexual. 10 Pero estas relaciones no se pueden medir y la metáfora es demasiado mecánica para describir relaciones que se encuentran en flujo constante. La imagen de la cebolla de Clifford Geertz es más satisfactoria, usada por él para describir la
Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering (Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1978); Dorothy Dinnerstein, The Mermaid and the Minotaur: Sexual Arrangements and Human Malaise (New York: Harper and Row, 1976); Jane Flax, “The Conflict between Nurturance and Autonomy in Mother-Daughter Relationships and Within Ferninism”, Feminist Studies 4, no. 2 (june 1978): 171-89; Juliet Mitchell, Psychoanalysis and Feminism (New York: Pantheon, 1974); Gayle Rubin, “The Traffic in Women: Notes on the «Political Economy» of Sex,” in Toward an Anthropology of Women, ed. Rayna R. Reiter (New York: Monthly Review Press, 1975). 9 Christopher Lasch, Haven in a Heartless world (New York: Basic Books, 1977). 10 Personal communication, June 1979.
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permeabilidad de la cultura en la experiencia humana. 11 Tanto en lo que hace a la sexualidad como a la cultura en general, cuando pelamos cada capa (economía, política, familia, etc.) podemos pensar que nos estamos acercando al corazón, pero al fin descubrimos que el todo es la única “esencia” existente. La sexualidad no puede ser abstraída de las otras capas sociales. Cualquiera sea la metáfora que mejor representa el encastre social de la sexualidad, debe ser factible de contener al menos los siguientes contextos: 1) parentesco y sistemas familiares, 2) regulaciones sexuales y definiciones de comunidad y 3) sistemas nacionales y mundiales. No intentamos decir que cada uno de estos contextos es causal o que nuestra lista está completa. Pero sí creemos que cada uno de estos contextos, en forma simultánea, crea límites externos de la experiencia sexual y da forma a los comportamientos individuales y grupales. Como contextos sociales, reflejan y son vividos a través de las divisiones de poder de cualquier sociedad: clase, casta, raza, género y dominancia heterosexual. Estas divisiones, internalizadas en el nivel más intimo de las fantasías y sentimientos sexuales, se vuelven parte de la personalidad. Nosotros discutiremos cada uno de los contextos que se espiralan para ilustrar nuestra convicción de que la sexualidad es moldeada por complejas y cambiantes relaciones sociales, que además poseen una historia. Y al ser histórica, la sexualidad es capaz de transformarse a través de las luchas de las “políticas sexuales”. FORMAS FAMILIARES Y SISTEMAS DE PARENTESCO Es un axioma de la antropología cultural que las formas familiares, articuladas en sistemas de parentesco, varían entre diferentes culturas e incluso a través del tiempo en una misma cultura. Los sistemas de parentesco abarcan las relaciones básicas como patrones de matrimonio, descendencia y herencia, no sólo en cuanto oficios o posesiones sino también para los derechos y obligaciones. Todos estos aspectos de los sistemas de parentesco tienen un impacto potencial en la sexualidad: las terminologías parentales, las prácticas de herencia, los patrones de matrimonio son altamente significativos en la socialización sexual. Las terminologías de parentesco, por ejemplo, pueden llevar consigo información crucial acerca de los grados de incesto, los patrones matrimoniales aceptables y del “área gris” en la que algunos parientes pueden estar habilitados para las relaciones sexuales aunque no para el matrimonio. Las catorce categorías de parentesco en la terminología dravidiana (encontrada en partes del Sur de Asia, Australia y el Pacífico) enseñan a los niños, no sólo a nombrar a sus parientes, o hermanos, sino también a conocer tanto a sus potenciales suegros y suegras como a sus potenciales esposas. 12 En tales sistemas de parentesco, los mapas más importantes sobre las parejas sexuales permitidas o prohibidas son transmitidas en el lenguaje mismo. Mientras la mayoría de los lenguajes occidentales designan clasificaciones parentales más pequeñas que la mencionada, el poder de nombrar — que conlleva el de legitimar o abolir— una relación sexual en la familia puede llegar a aparecer en forma local e informalmente. En los pueblos del sudeste francés, por ejemplo, muchas novias jóvenes son llamadas “pequeñas madres” desde el día en que entran a formar parte de la familia del marido. Estos términos parentales
11 Clifford Geertz, “The Impact of the Concept of Culture on the Concept of Man”, in New views of the Nature of Man, ed. J. Platt (Chicago: Universiry of Chicago Press, 1966), pp. 93-118; reprinted in Clifford Geertz, The Interpretatíon of Cultures (New York: Basic Books, 1973). 12 Roger M. Keesing, Kin Groups and Social Structure (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1975), chap. 7.

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acarrean en sí no sólo la importancia de la producción de herederos para la familia sino también la desexualización de la díada conyugal. 13 En la delimitación de las parejas de matrimonio permitidas o necesarias, los sistemas de parentesco suelen especificar también los objetos sexuales. Entre los Banaro del norte de Nueva Guinea, por ejemplo: “Cuando una mujer se casa es iniciada en el coito por un hermano-amigo (un miembro de la misma hermandad o clan, un grupo parental organizado por descendencia común) del padre de su novio. Después de tener un niño de ese hombre, ella comienza a tener relaciones sexuales con su marido. También tiene un lazo institucionalizado con el hermano-amigo de su marido. Las compañeras de un hombre incluyen a su mujer, a la mujer de su hermano-amigo, y a la mujer del hijo de su hermano-amigo”. 14 En semejante sistema, como señala Rubin, estos lazos heterosexuales múltiples triangulados se establecen tanto en los sistemas de hermano-amigo como de matrimonio. El punto es que la gente es socialmente construida como “heterosexual” y también como hermano-amigo sexual y primo cruzado sexual (Un primo cruzado es un pariente que es hijo del hermano del sexo opuesto del padre de la persona a la que se está relacionada. Por ejemplo, los hijos del hermano de mi madre son mis primos cruzados —se utilizan sexos cruzados de las generaciones parentales— mientras que los hijos de la hermana de mi madre son mis primos paralelos.) La socialización sexual es tan específica en cada cultura como lo es la socialización ritual, la vestimenta o la comida. Los objetos que están permitidos para la pasión sexual pueden ser redefinidos como cambios en los límites de las definiciones familiares. En una comparación extremadamente profunda entre las estrategias y las relaciones afectivas de las familias católicas y protestantes del estado francés moderno, Natalie Davis señala que “en el siglo XIII, la gente se acordaba de la época en que no se podía casar con cualquier familiar de séptimo grado, que es, cualquier descendiente de un tátaratátara-tátara-tátara-tátara abuelo. Por ese entonces, en el Consejo Papal de 1215, se había establecido la prohibición hasta el cuarto grado: uno no podía casarse con alguien descendiente de un tátara tátara abuelo”. 15 La contracción del campo en el que se establecían las uniones incestuosas afectó lo que era natural o permitido en cuanto experiencia sexual entre los parientes, los parientes políticos y sus vástagos. Los teólogos de la época medieval y del renacimiento debatían acerca de los méritos de dirigir la pasión dentro o fuera de los núcleos familiares: El jesuita del siglo XVI, Edmond Auger pensaba que “nuestros deseos carnales son por naturaleza más fuertes hacia quienes están más cerca de nosotros y serían ilimitados si nos casáramos con ellos”. 16 Estas especulaciones teológicas se pueden comparar con el romance de la antropología moderna con las relaciones entre prohibición del incesto y la creación de alianzas matrimoniales. 17
Rayna Rapp, unpublished field notes, Provence (France), 1969, 1970, 1971-1972. Richard Thurnwald, “Banaro Society”; Memoirs of the American Anthropological Association 3, no. 4 (1916): 251-391; summarized and cited in Rubin, “The Traffic in Women”, p. 166. 15 Natalie Zemon Davis, “Ghosts, Kin and Progeny: Some Features of Family Life in Early Modern France,” Daedalus 106, no. 2 (Spring 1977): 87-114, 101. See also Jean-Louis Flandrin, Families in Former Times: Kinship, Houselhold and Sexuality, tr. Richard Southern (Cambridge: Cambridge University Press, 1979), pp. 19-23. 16 Davis, “Ghosts”, pp. 102-103. 17 Classic essays on incest prohibitions are found in Nelson Graburn, ed., Readings in Kinship and Social Structure (New York: Harper and Row, 1971), chap. 14; Robin Fox, Kinship and Marriage (Harmondsworth, England: Penguin Books, 1967), chap. 2. Lévi-Strauss’s most famous work, Elementary Structures of Kinship, tr. James H. Bell, John R. von Sturmer, and Rodney Needham (Boston: Beacon Press, 1969), is founded on this question.
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Las prohibiciones del incesto no son sólo los límites al sexo y a los matrimonios que crean los sistemas familiares. Como nos lo recuerdan muchos demógrafos e historiados de la familia, los patrones de casamiento europeos, desde al menos el siglo XVII hasta el siglo XIX, estaban basados en la alta edad de matrimonio y la alta proporción de gente que se quedaba permanentemente célibe, esto es, soltera. 18 Estas gentes podían ser empleados domésticos, prostitutas, miembros de órdenes religiosas o soldados, pero casi siempre su celibato era generado por el sistema de herencia en el que habían nacido. Examinando, en las postrimerías del siglo XVII y del siglo XVIII, las prácticas familiares entre los caballeros y hacendados ingleses (un grupo que practicaba la primogenitura, es decir, la herencia otorgada a una sola persona, en general al primogénito varón, lo que aseguraba que el patrimonio permaneciera indiviso), Lawrence Stone encontró que la tasa de celibato era de alrededor del 25 por ciento entre las hijas y los hijos más jóvenes, una tasa de más del doble de la del siglo XVI. El autor atribuyó estas bajas tasas de nupcialidad a la primogenitura. 19 Los sistemas de herencia no sólo estructuran las experiencias sexuales de los jóvenes, sino también las de los adultos, especialmente para las viudas. Aunque en la campiña inglesa hay muchas regiones que tuvieron una sustancial “presencia femenina” en la herencia —tanto de hijas como de viudas—, su segunda nupcialidad fue siempre problemática para los hijos del primer matrimonio. 20 En la parroquia cambriana de Kikby Lonsdale, una viuda perdería su “freebench” (su derecho legal a una porción de los bienes del marido durante toda su vida) si se volvía a casar o mantenía relaciones sexuales. 21 En este ejemplo, la propiedad y las relaciones sexuales de la viuda se mezclaban. La vida sexual de los célibes era probablemente bastante diferente de la de la población casada. Como cuentan los observadores del siglo XVIII, “Las damas y los caballeros no casados … de moderadas fortunas … no pueden sostener los gastos familiares… por lo tanto, consienten el celibato; cada sexo compensándose a sí mismo, como puede, con otras diversiones”. 22 Estas diversiones pueden incluir “una variedad de alternativas [las que] están y probablemente estuvieron disponibles, especialmente la masturbación individual o en pareja, el sexo oral o anal, la homosexualidad, el bestialismo, el adulterio con mujeres casadas cuyos hijos eran atribuidos a los maridos, y el recurso de las prostitutas”. 23 Si bien Stone compiló esta lista para discutir las alternativas del sexo premarital heterosexual, también se puede aplicar a los célibes permanentes. Como señala Jack Goody, aún cuando más de un hijo se casara, las oportunidades para el amor y el romance podían variar con el sistema de herencia que se practicara. En la Francia tradicional, una pauta cultural común era la del casamiento del primer hijo según los dictados familiares y el del segundo hijo “por amor”. 24
Louise Tilly and Joan Scott, Women, Work and Family (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1978), p. 26; Lutz K. Berkner, “Recent Research on the History of the Family in Western Europe”, Journal of Marriage and the Family 35 (August 1973): 395-405; Lawrence Stone, The Family, Sex and Marriage in England, 1500-1800 (New York: Harper and Row, 1977), chap. 2. 19 Stone, FamiIy, Sex and Marriage, pp. 44, 46-48. 20 E. P Thompson, “The Grid of Inheritance: A Comment”, in Family and Inheritance, ed. Jack Goody, Joan Thirsk, and E. P. Thompson (Cambridge: Cambridge University Press, 1976), p. 349. 21 Alan Macfarlane, The Origins of English Individualisn (Oxford: Basil Blackwell, 1978), p. 82. 22 Corbyn Morris, “Observations on the Past Growth and Present State of the City of London” (1751), cited in J. Hajnal, “European Marriage Patterns in Perspective”, in Population in History. ed. D. V. Glass and D. E. C. Eversley (Chicago: Aldine, 1965), pp. 101-43. 23 Stone, Family, Sex and Marriage, pp. 615-16. 24 Jack Goody, Production and Reproduction: A Comparative Study of the Domestic Domain (Cambridge: Cambridge University Press), p. 63.
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Si bien hemos discutido el sistema de herencia como si fuera generado por las relaciones familiares, es importante destacar que los patrones de herencia, en realidad, integran a los miembros familiares (y a su sexualidad) en movimientos nacionales y hasta internacionales de leyes y de formación de clases. Como indica E. P. Thompson, el “entramado de la herencia” en cualquier localidad refleja los esfuerzos de las clases sociales geográficamente mayores para asegurar la propiedad, los oficios y el entrenamiento de sus vástagos en un mundo que cambia continuamente. 25 Las leyes de la herencia legisladas por un estado centralizado implican la formación de la familia y de los patrones sexuales en niveles locales. Los que aparentan ser patrones locales organizados alrededor del parentesco frecuentemente son producto de relaciones sociales mucho más amplias. LAS COMUNIDADES COMO LUGARES DE RELACIONES SOCIALES Las familias y los grupos parentales no se pueden organizar sexualmente por su cuenta, los patrones que se requieren están usualmente indicados en las comunidades mayores, donde se actúan las tradiciones de las prohibiciones sexuales —comportamientos de cortejo, rituales de prohibición y socialización sexual. Los varios usos de los rituales de cencerrada ilustran cómo las normas sexuales locales están inextricablemente entrelazadas con otros valores. Estos rituales se llevaban a cabo en Francia e Inglaterra en el siglo XVII o incluso antes, en los que los vecinos daban serenatas a quienes ofendían los valores morales, especialmente los valores del ámbito sexual/doméstico, con “música tosca” (golpeando, silbando, etc.), algunas veces hasta haciendo desfiles con la esfinge del ofensor. Se dirigían cencerradas no sólo a los maridos dominados por sus mujeres, los adúlteros, los seductores y los homosexuales, sino también a los comerciantes que engañaran a los clientes, los embaucadores, los borrachos habituales, los rompehuelgas, los que trabajaran durante las festividades y los magistrados que tomaran decisiones impopulares. 26 Los “motines de Rebecca”, en el sur de Gales en 1840 usaron las formas de las cencerradas en los ámbitos “público” y “privado” no sólo contra los peajes y las expropiaciones de granjas, sino también contra las Cláusulas de Bastardía de las Leyes de Pobres de 1834. 27 De todos modos, las prácticas comunitarias de la sexualidad representan más que tradiciones locales, ya que las comunidades son también receptoras de los sistemas económicos, sociales, políticos y culturales más amplios. Las comunidades simultáneamente exhiben patrones que están direccionados regionalmente y que también reflejan el mundo más grande que las contiene. La introducción de la industria rural en algunas comunidades granjeras de Inglaterra y Gales en el período moderno temprano, por ejemplo, cambió las normas de cortejo y matrimonio para reflejar el nuevo valor adquirido por los niños, especialmente las hijas, como trabajadores familiares. Los patrones anteriores en los que los padres arreglaban el matrimonio de sus hijos con precontratos matrimoniales fue dejado de lado en muchas áreas por un cortejo clandestino arreglado por los propios jóvenes. El cortejo nocturno —grupos de pares que supervisaban la creación de parejas heterosexuales, común en el siglo XIX en Europa del Norte— era uno de estos métodos. El uso de intermediarios en la negociación entre los padres y los jóvenes
Thompson, “Grid of Inheritance,” p. 360. E. P. Thompson, “«Rough Music»: Le charivari angalis”, Annales E.S.C. 27 (March-April 1972): 285312, 293, 305. 27 U. R. Q. Henriques, “Bastardy and the New Poor Law”, Past and Present 37 ( July 1967): 103-29, 118.
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sugiere la existencia de tensiones involucradas en las decisiones maritales de los hijos. El embarazo nupcial pudo haber sido una carta de triunfo en la mano de estos jóvenes, ya que lograban su autonomía de la economía familiar vía su propia sexualidad. 28 Muchos de los aspectos de la sociabilidad comunitaria —grupos de pares, la transmisión del conocimiento sexual, los límites rituales entre las relaciones sexuales permitidas y no permitidas, la implicancia de las regulaciones de la Iglesia en el sexo— reflejan tanto la autonomía de los grupos comunitarios como la presencia de un mundo social más grande. Los grupos de pares exhiben esta ambigüedad de un modo especialmente claro, ya que mientras que en el nivel local puede parecer que un joven, por ejemplo, tiene completo control sobre la regulación del cortejo, las edades en las que ese joven se puede casar o el grado en que sus hijos bastardos deben ser mantenidos, están establecidos por fuerzas sociales, o leyes, que se originan fuera de las comunidades locales. Los grupos de pares se pueden encontrar en muchas culturas y sirven para una gran variedad de funciones. Tal vez la más importante sea que organizan las relaciones intergeneracionales fuera de la familia. Los lazos entre generaciones son especialmente significativos en los sistemas que se basan en economías familiares, donde las relaciones de producción no pueden separarse de aquellas del parentesco, matrimonio y reproducción. En esos sistemas, las regulaciones de pares sobre el sexo y el matrimonio son cruciales para la política y la economía familiar y comunitaria. Los grupos de pares están generalmente basados en la edad, pero porque acompañan la experiencia cultural más allá de las simples cronologías compartidas, no son reducibles a grupos etarios demográficos. En la lengua francesa, el estatus generacional y el estatus marital están unidos: vieille fille/vieux garçon se traduce como soltera/soltero, aunque su sentido literal es niña vieja/niño viejo. En un pueblo irlandés tradicional, los hombres no casados son “chicos”, sin importar su edad cronológica. 29 Era muy común en la Europa moderna temprana un manejo altamente ritualizado del celibato y del cortejo, debido a esquemas de matrimonio —tanto en el campo como en la ciudad— en los que el período que iba entre edad de maduración sexual y edad de matrimonio era grande. John Gillis escribe, tratando de describir la historia de los grupos de jóvenes en Inglaterra y Alemania del siglo XVIII:
Los lazos horizontales de jóvenes solteros eran un rasgo característico tanto de las escuelas y universidades como de muchas profesiones, del ejército, de la burocracia y también del clero. Este último era el único ámbito en el que el celibato era un aspecto esencial de la hermandad, aunque también lo era como un requerimiento del aprendiz y como rito de pasaje extendido en muchos ámbitos y oficios. En los gremios, las asociaciones de jornaleros sostenían el ideal de la continencia y del retraso del matrimonio, apoyándose en una elaborada imaginería ritual de “hermandad” para solidificar los lazos sociales y morales entre su grupo… [por ejemplo] tal vez la función primaria del Wanderjahr era sustraer a los hombres jóvenes del mercado matrimonial durante aquellos años en los que un casamiento podría significar un desastre para la comunidad en su totalidad y, por lo tanto, prolongar el estado de semidependencia hasta que se abriera un lugar para ellos en el curso normal del ciclo generacional. 30 Interesting speculations on generational power relations in handicraft families appear in Hans Medick, “The Proto-Industrial Family Economy”, Social History 1, no. 3 (October 1976): 291-315; and John Gillis, “Resort to Common-Law Marriage in England and Wales, 1700-1850”, unpublished manuscript. 29 Rayna Rapp, unpublished field notes; Conrad Arensberg and Solon T. Kimball, Family and Community in Ireland, 2d. ed. (Cambridge: Harvard University Press, 1968), p. 55. 30 John R. Gillis, Youth and History: Tradition and Change in European Age Relations, 1770-Present (New York and London: Acadernic Press, 1974), pp. 22-23.
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Un proceso masivo de proletarización y urbanización quebró el sistema productivo y reproductivo de la Europa tradicional, por lo que “las tradiciones de los jóvenes fueron reorganizadas a lo largo de las líneas de clase”. 31 Los jóvenes de la clase trabajadora, hacia finales del siglo XIX, se volvían económica y sexualmente independientes más temprano que los jóvenes de la clase media. Sus grupos de pares, en general, eran etiquetados como “promiscuos” y “delincuentes” por los observadores de clase media, cuyos propios hijos estaban encerrados en escuelas para un solo sexo, universidades, clubes sociales y órdenes fraternales. La “adolescencia” se comenzó a usar para describir el período prolongado de entrenamiento profesional en el que los hijos de las clases medias eran aleccionados, época en la cual se los consideraba asexuales. 32 En Europa Occidental, la evidencia de una estructura ritualizada de cortejo data de hace un tiempo considerable. Hasta casi llegar a los tiempos modernos, los campesinos de los pueblos de la Francia medieval, los grupos de solteros, las “abadías”, según lo describe Natalie Davis, restringían la oferta de jóvenes para el matrimonio y mantenían la endogamia de los pueblos (matrimonio entre un grupo social específico en una comunidad) resistiéndose o multando a los extranjeros que llegaran para cortejar a las jóvenes locales. 33 Los grupos de pares adolescentes en los pueblos de Europa tradicional supervisaban más directamente la actividad sexual. Recientemente, los historiadores han puesto su atención sobre el “cortejo nocturno” en el norte de Francia, la Vendée, Alsacia, Alemania, Suiza y Escandinavia. 34 En el cortejo nocturno, como era practicado en muchas partes de Escandinavia, los hombres jóvenes solteros se reunían en la plaza central los sábados por la noche y se organizaban en rondas de visitas a las casas de las mujeres solteras del pueblo, esperando dejar a uno de los suyos con cada mujer. Las parejas pasaban el resto de la noche en las camas de las mujeres, y se cortejaba según las reglas detalladas que resumían qué ropa se necesitaba dejar puesta, qué partes del cuerpo se podían tocar, etc. Al final de la noche, el grupo de hombres se rearmaba, y las bromas públicas eran el destino de aquellas parejas que hubieran violado las normas. 35 “Los accidentes son raros” se decía en un reporte de la práctica en Neuchâtel de 1795. 36 Los voceros eclesiásticos, especialmente en las regiones católicas, atacaban estas prácticas por inmorales desde recién comenzado el siglo XVII. Pero llegaron a sobrevivir en algunos lugares hasta finales del siglo XIX, para ser deploradas por primitivas e inmorales por los observadores de clase media. De todos modos, la pérdida de las regulaciones de pares, ya sea por su supresión o por el desmembramiento de las comunidades, parece ser una de las fuerzas que incrementaron las tasas de ilegitimidad. 37
Ibid., p. 38. Ibid., chaps. 2, 3, and 4. 33 Natalie Zemon Davis, “The Reasons of Misrule”, in Society and Culture in Early Modern France (Stanford, Calif.: Stanford University Press, 1975), pp. 97-123, 104-105; Flandrin, Families in Former Times, pp. 34-35. 34 Pierre Caspard, “Conceptions pré-nuptiales et développement du capitalisme dans la Principauté de Neuchâtel (1678-1820)”, Annales E.S. C. 29, no. 4 July-August 1974): 989-1008, 993-96; Edward Shorter, The Making of the Modern Family (New York: Basic Books, 1975), pp. 102-105; Michael Drake, Population and Society in Norway, 1735-1865 (Cambridge: Cambridge University Press, 1969), pp. 138-45. 35 Shorter, Making of the Modern Family. pp. 102-103. The sources on which his account is based are listed in notes 53-59, p. 298. 36 Caspard, “Conceptions pré-nuptiales”, p. 995. 37 Jean-Louis Flandrin, “Repression and Change in the Sexual Life of Young People in Medieval and Early Modern Times”, Journal of Family History 2, no. 3 (September 1977): 196-210, 200-203, 205.
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La sexualidad es una notable fuente de tensión entre los grupos de pares adolescentes y los adultos. Las chicas adolescentes estudiadas por Molly Dougherty en un pueblo negro rural en el sur de los Estados Unidos se ubican en un rol enfrentado a las mujeres de su familia, cuando comienzan a tener relaciones heterosexuales. Las actitudes frente a la experimentación sexual y el cortejo se relajan y son positivas dentro del grupo de pares. Las mujeres adultas pueden castigar a las jóvenes por un embarazo temprano pero también supervisar la transición a un estatus más elevado que la maternidad les otorga a estas jóvenes. El sexo adolescente y sus consecuencias son negociadas generacionalmente, permitiendo a las jóvenes mujeres probar uniones en ambas direcciones mientras cortejan. 38 Los grupos de pares formados en la adolescencia pueden tener un impacto en la vida sexual y afectiva de sus miembros al llegar a la adultez. Entre los grupos de pares de adultos mejor estudiados se encuentran las redes que formaban las mujeres norteamericanas de clase media en el siglo XIX. Los grupos de amistades femeninas que, en general comenzaban en la escuela, se acentuaban cuando las mujeres asumían su destino común, según las definiciones culturales y religiosas, en las que se les asignaba el papel más sensible y espiritual de los dos sexos. Estas amistades homoeróticas eran nutridas por lazos informales pero duraderos entre mujeres cuyo contexto es eliminado si la sexualidad es investigada sólo como díada marital heterosexual. 39 Las comunidades son los lugares donde no sólo se regulan las prácticas y las parejas sexuales sino también donde se transmite el conocimiento sexual. En realidad, antes de la aparición y proliferación de los libros del “cómo hacer”, las comunidades eran la única fuente de conocimiento acerca del sexo y de la reproducción. Las fórmulas de sustancias anticonceptivas y abortivas, los accesos a parteras o a quienes llevaran a cabo abortos, estaban en las manos de las mujeres del pueblo en Europa tradicional, ya que decidían cuándo era aceptable hacer uso de ellos. 40 Las redes de mujeres urbanas también eran fuente de información, y en Inglaterra de la Pre-Primera Guerra Mundial hay evidencia que sugiere que el aborto era más común en áreas urbanas, al menos en parte, debido a que las redes de información podían operar. 41 En Sheffield, por ejemplo, durante la década de 1890, la contaminación de los caños de plomo del suministro de agua sugirió a algunas mujeres que el polvo de plomo usado comúnmente alrededor de las casas podría hacer perder los embarazos. De allí se corrió la voz a Leicester, Nottingham, Birmingham y otros pueblos, de boca en boca. 42 La falta de contacto debido a las migraciones puede llevar a la ausencia de conocimiento vital acerca de la sexualidad y la procreación. Las cartas de principios del siglo XX recolectadas por la Women’s Cooperative Guild acerca de la maternidad
Molly Dougherty, Becoming a Woman in Rural Black Culture (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1978), part 3, pp. 71-107. 39 Carol Smith-Rosenberg, “The Female World of Love and Ritual: Relations Between Women in Nineteenth-Century America”, Signs 1, no. 2 (Autumn 1975): 1-29. See also Nancy Cott, The Bonds of womanhood (New Haven: Yale University Press, 1977). 40 Jacques Gélis, “Sages-femmes et accoucheurs: l’obstétrique populaire au XVII et XVIII siécles”, Annales E.S. C. 32 (Septembe-October 1977): 927-57; Mireille Laget, “La naissance aux siécles clasiques. Pratique des accouchements et attitudes collectives en France XVII et XVIII siécles”, ibid., pp. 958-92. 41 Patricia Knight, “Women and Abortion in Victorian and Edwardian England”, History’ Workshop 4 (Autumn 1977): 57-69, 58-59. 42 Angus McLaren, Birth Control in Nineteenth-Century England (London: Croom Helm, 1978), pp. 242; Knight, “Women and Abortion”, p. 60.
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en Gran Bretaña hablan elocuentemente de estas pérdidas. Muchas mujeres no sabían casi nada sobre el sexo o la reproducción, incluso durante su primer embarazo. 43 Las altísimas tasas de ilegitimidad y de infanticidio entre los sirvientes franceses e ingleses del siglo XIX sugiere, no solamente su aislamiento de las comunidades laborales urbanas o rurales, sino también su ignorancia sobre anticoncepción, abortivos y personas que llevaran a cabo abortos. 44 Algunas culturas contemporáneas no occidentales poseen procedimientos bien organizados de transmisión del conocimiento sexual. Verrier Elwin investigó los aposentos de niños y adolescentes entre los Muria de Bastar, una tribu de India central, donde los niños de edades de seis o siete años pasan gran parte de su tiempo viviendo con sus pares. Los miembros más jóvenes son enseñados por los mayores, y se transmite un rango de habilidades sexuales, incluyendo técnicas de masaje, juego y satisfacción mutua. Se les enseña a las mujeres jóvenes a pensar en sus cuerpos como una “fruta madura”; se les enseña también que “cuando el clítoris ve venir al pene, sonríe”. Las parejas estables se rompen para reforzar la idea de parejas móviles; sólo entre los adolescentes más grandes se permite un cortejo “serio” que llevará al matrimonio. 45 La autonomía de la comunidad de las instituciones más amplias se expresa de distintas maneras. Las cencerradas, el cortejo nocturno y el chisme que refuerza las normas sexuales parecen mostrar, al menos, una parte de la opinión de la comunidad. Los curas y los pastores son miembros importantes de la comunidad y tienen influencia en sus valores, pero también representan a las organizaciones nacionales o internacionales. Su presencia tiene muchísimo poder para formar actitudes y experiencias sexuales, pero este dar forma no representa siempre las posiciones teológicas oficiales. Aunque la ley canónica, el procedimiento judicial y las prácticas confesionales condenan los “pecados contra natura”, en los tiempos medievales la anticoncepción era vista como más atroz si se practicaba dentro del matrimonio que cuando se utilizaban en el sexo ilícito. En la jerarquía de los pecados, una unión adúltera que era estéril era menos pecaminosa a los ojos del clérigo que otra que producía vástagos. Examinando los registros de la comunidad confesional, Jean-Louis Flandrin sugiere que la “revolución malthusiana” se esparció, en los siglos XVI y XVII, en los pueblos de Francia vía las relaciones ilícitas. Pero hacia la última mitad del siglo XVIII, los maridos y esposas habían creado una innovación cultural: habían traspasado los métodos anticonceptivos de las relaciones adúlteras a las camas matrimoniales. Las enseñanzas de la Iglesia que distinguían niveles de pecado preparaban el camino para la experimentación marital. 46 Flandrin piensa también que el aumento del énfasis del clero, en el siglo XVIII, en el deber y la obligación hacia con los hijos alentó la restricción en el número familiar. Realzó las responsabilidades hacia el nacido, permitiendo a las parejas considerar el uso de anticonceptivos “por el bien” de sus hijos. 47 Así, el

See Margaret L. Davies, ed., Maternity, Letters from Working Women, reprint ed. (New York and London. W. W. Norton, 1978), p. 56. 44 John R. Gillis, “Servants, Sexual Relations, and the Risks of Illegitimacy in London 1801-1900”, Feminist Studies 5, no. 1 (Spring 1979): 142-73; Theresa M. McBride, The Domestic Revolution (New York: Holmes and Meier, 1976), chap. 6. 45 Verrier Elwin, Kingdom of the Young (Oxford: Oxford Universiry Press, 1947). 46 Jean-Louis Flandrin, “Contraception, Marriage and Sexual Relations in the Chrisrtian West”, in Biology of Man in History, ed. Robert Forster and Orest Ranum, tr. Elborg Forster and Patricia M. Ranum (Baltimore and London: Johns Hopkins University Press, 1975), pp. 23-47. 47 Flandrin, Families in Former Times, pp. 211-12.
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discurso oficial de la Iglesia sobre las prácticas sexuales se transformó y fue el apropiado en el nivel comunitario. SEXO Y “SISTEMAS MUNDIALES” Las instituciones y fuerzas sociales de gran escala pueden aparecer distantes y abstractas, pero influencian, sin embargo, las experiencias íntimas de las personas, definiendo las circunstancias bajo las que se cambian los valores sexuales. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, está organizada para operar simultáneamente a niveles internacionales, nacionales, locales e íntimos. Otras instituciones pueden exhibir un aspecto regulatorio de lo sexual, como suelen hacerlo las leyes nacionales. La discusión que sigue se centra, primero, en el poder de este tipo de instituciones a gran escala en la delineación de la sexualidad. Sugiere, entonces, un examen de las fuerzas menos formalizadas, pero tal vez más penetrantes —cambios económicos o demográficos, cambio en las relaciones campo/ciudad— que afectan las transformaciones sexuales. Todas las grandes religiones del mundo sirven como árbitros de los sistemas morales, un aspecto importante de los cuales es la sexualidad, como quedó ampliamente demostrado en la historia del Catolicismo Romano. Incluso antes de la Reforma Protestante, la doctrina católica había comenzado a ajustar las conexiones entre sexualidad, matrimonio y procreación. En forma creciente se hizo campaña contra los modos de sexualidad que fueran no maritales y con una finalidad no reproductiva. La definición de la Iglesia sobre el matrimonio, por ejemplo, se fue volviendo más rígida, separando enfáticamente al casado del no casado y haciendo la diferencia más importante entre sexo lícito y sexo ilícito. Las prácticas medievales habían llevado a asumir que las parejas que hubieran tenido relaciones sexuales estaban en realidad casadas, por lo que en ese punto la promesa del matrimonio tenía más peso que cualquier otra ceremonia pública que pudiera tener lugar, y era una creencia importante que la cohabitación era lo que hacía oficial al matrimonio. Gradualmente, se comenzaron a requerir testigos del matrimonio, luego la presencia de un sacerdote para administrar el sacramento, que anteriormente era ofrecido por las parejas mismas, y finalmente, la promesa matrimonial perdió su carácter de atadura. 48 La misma rigidización ocurrida con las definiciones eclesiásticas ocurrió con el concubinato, el conocimiento de relaciones sexuales ilícitas y la paternidad, que mantenía a la madre y al niño. La campaña de la Contrarreforma contra el concubinato clerical fue acompañada de una campaña contra el concubinato laico. Hacia mediados del siglo XVII, la campaña había triunfado y esta práctica era rara en Francia, sólo los reyes y los grandes señores podían reconocer abiertamente a sus hijos bastardos. La campaña contra el concubinato puede también arrogarse la progresiva declinación de las cifras de ilegitimidad para el siglo XVII en Francia e Inglaterra. Pero esto llevó a una victimización de las madres solteras, ahora estigmatizadas y más propensas a dejar sus comunidades. Con la abolición del concubinato también ocurrió el desastre para los niños, ya que como bastardos terminaron en números desproporcionados en orfelinatos y casi ciertamente encontraron una muerte prematura. 49
48 Sir Frederick Pollock and Ferderick William Maitland, The History of Enghsh Law Before the Time of Edward I, 2 vols., 2d ed. reissue (Cambridge: Cambridge Universiry Press, 1968): 2, chap. 6; Willystine Goodsell, A History of Marriage and the Family, rev. ed. (New York: Macmillan, 1934); O. R. McGregor, Divorce in England, A Centenary Study (London: Heinemann, 1957). 49 Flandrin, Families in Former Times, pp. 180-84.

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Los sistemas legales nos proveen de una historia del desarrollo de las relaciones sexuales, ya sea que afecten directamente la sexualidad (por ejemplo las cláusulas de legitimidad, las leyes de aborto y los códigos sexuales que definen la prostitución) o que la afecten de modo más mediato (por ejemplo las responsabilidades de los padres). Las leyes que definen la paternidad, por ejemplo, son importantes para crear el contexto en el que se desenvuelve la sexualidad. Su efecto no necesariamente proviene de los grados en que se obliga a los padres a mantener a sus hijos ilegítimos. Pocas mujeres en Inglaterra, ya sea antes o después de la aprobación de la Cláusula de Bastardía de 1834, que socavaba las obligaciones legales de los padres, parecen haber pedido por la manutención de los niños y sabemos muy bien qué pocos son los padres divorciados en la Norteamérica contemporánea que pagan la manutención de los hijos consistentemente a través de los años. Por el contrario, cuando estas leyes se hacen conocidas, ayudan a establecer una atmósfera que cambia el balance del poder sexual. Los investigadores del “Motín de Rebecca” de 1844 están convencidos que esto es lo que sucedió en el sur de Gales. En Inglaterra, el matrimonio tradicional y el cortejo habían perdonado los embarazos premaritales y la legislación del siglo XVIII hizo que fuera relativamente fácil para las madres de bastardos recolectar pagos regulares de manutención. Las Cláusulas de Bastardía del Acta de Enmienda de la Ley de Pobres de 1834 asignaron la responsabilidad financiera solamente a las madres (o a sus parroquias). 50 Ahora, los hombres en cortejo parecían tener una nueva licencia para evadir el matrimonio. “Es una mala época para las mujeres, Señor” decía una mujer al Haverfordwest Poor Law Guardian que testificó ante la Comisión. “Los hombres tienen sus propios modos”. 51 Las Cláusulas de Bastardía fueron probablemente uno de los factores que influenciaron un cambio en la cultura sexual popular, la tradición anterior del valor de la sexualidad femenina tal como fue retratada en las baladas folklóricas y en los cuentos desembocó en una imagen de femineidad prudente y cauta, hacia 1860. Esta transformación parece bastante racional a la luz del cambio en el ambiente legal. 52 Lo que Flandrin llama el “desarme legal de las mujeres vis-à-vis sus seductores” se llevó a cabo antes y más completamente en Francia. En el siglo XVII era legalmente posible para un pervertido, a menos que estuviese casado, ser procesado por violación si la mujer era menor a los 25 años. Como la pena para la violación era la muerte, muchos burladores procesados en la corte no dudaban en casarse. El Código Civil de 1804, de todas formas, prohibía la búsqueda de los padres y responsabilizaba a las mujeres solteras por sus hijos. 53 En toda Europa y América, desde mediados hasta finales del siglo XIX, se puede ver un endurecimiento de las definiciones legales sobre las prescripciones sexuales, al mismo tiempo que el comportamiento sexual era controlado cultural y estatalmente cada vez en mayor medida. Esta es la época en la que podemos rastrear muchos de los códigos acerca del sexo y del vicio que todavía permanecen en las sociedades occidentales. En Inglaterra, una serie de Actas de Enfermedades Contagiosas aprobadas en 1864 para controlar las enfermedades venéreas en el ejército y la marina a través del registro de prostitutas, tuvo el efecto de estigmatizar a las mujeres y de aislarlas de las vecindades en las que vivían y trabajaban. Aunque la campaña para repeler estas Actas fue victoriosa, su orientación hacia la pureza social llevó a una legislación más restrictiva sobre el sexo. El Acta de
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Henriques, “Bastardy and the New Poor Law”, pp. 118-19. Quoted in ibid., p.119. Gillis, “Servants, Sexual Relations and the Risks of Illegitimacy”. Flandrin, “Repression and Change”, p. 204. 13

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Enmienda de la Ley Criminal, una ley ómnibus aprobada en 1885, elevaba la edad de consentimiento de las niñas desde los 13 a los 16 años en respuesta al movimiento que quería “salvar” a las chicas de clase trabajadora de las maldades de “la esclavitud blanca” y de la lujuria de la aristocracia masculina. Los nuevos y mayores poderes de la policía se usaron no contra los compradores de sexo acaudalados, sino contra las pobres vendedoras. Las dueñas de pensiones fueron en general juzgadas como dueñas de burdeles, y las prostitutas fueron echadas de sus vecindades. Forzadas a encontrar nuevos lugares donde vivir en áreas de la ciudad especializadas en el vicio, se volvieron cada vez más dependientes de hombres que las regenteaban, una vez que el apoyo de la comunidad —o al menos la tolerancia por su profesión— fue destruida por la persecución legal. 54 En la Enmienda Labouchere de 1885 del mismo Acta, todas las formas de actividad sexual entre hombres (con consentimiento, sea en privado como en público) se vieron sujetas a persecución. Esto representó una dramática extensión de la definición de la homosexualidad masculina (y de su condena) más allá de las cláusulas de las “abominaciones de la sodomía” promulgadas durante el reinado de Enrique VIII que permanecieron firmes en los siglos que les sucedieron. 55 La Enmienda Labouchere fue seguida en 1898 por el Acta de Vagrancy, que ponía la atención policial en la incitación homosexual. La legislación antihomosexual fue aprobada en una atmósfera de campaña puritana que veía a la homosexualidad como un vicio de los ricos castigando a los pobres. Pero los efectos de la legislación se volvieron contra los homosexuales de la clase trabajadora, quienes en su mayoría fueron juzgados, mientras que los hombres poderosos podían pagar su escapatoria del juicio y de la vergüenza pública. Como señala Jeffrey Weeks, los códigos sexuales y sus efectos deben ser vistos en relación con las nociones que cambiaban en cuanto a respetabilidad en las culturas de las clases trabajadores y en las de las clases medias. Un aspecto de esa respetabilidad era sexual, otro era la creencia cada vez mayor en la pureza e inocencia de la infancia. Ambas convergían en apoyar los códigos sexuales que elevaron la edad de consentimiento e identificaron y sacaron de la ley a una serie de actividades homosexuales masculinas. 56 Es en este medio cultural en que los barrios, culturas y todo lo especializado en el sexo obtuvieron un gran ímpetu para desarrollarse. 57 Menos obvias para el ojo que las políticas de la Iglesia o del sistema legal, pero de todas maneras centrales en la estructuración de la experiencia sexual, son las fuerzas sociales y económicas que, por ejemplo, determinan la disponibilidad de oferta matrimonial, o la posibilidad de encontrar en áreas urbanas en expansión un
Judith R. Walkowitz and Daniel Walkowitz, “‘We Are Not Beasts of the Field”. Prostitution and the Poor in Plymouth and Southampton Under the Contagious Diseases Acts”, Feminist Studies 1, nos. 3-4 (Winter-Spring 1973); Judith Walkowitz, “The Making of an Outcast Group”, in A Widening Sphere, ed. Martha Vicinus (Bloomington: Indiana University Press, 1977); pp. 72-93, 85-87; and Judith Walkowitz, Prostitution and Victorian Society: Women, Class and the State (Cambridge: Cambridge University Press, 1980). 55 Guido Ruggiero, “Sexual Criminality in the Early Renaissance: Venice 1338-1358”, Journal of Social History 8 (Summer 1975): 17-37; Randolph Trumbach, “London’s Sodomites: Homosexual Behavior and Western Culture in the Eighteenth Century”, Journal of Social History 11 (Fall 1977): 133; Jeffrey Weeks, Coming Out: Homosexual Politics ir Britain from the Nineteenth Century to the Present (London and New York: Quartet Books, 1977), pp. 1-44; Louis Crompton, review of Coming Out by Weeks: Socialism and the New Life by Jeffrey Weeks and Sheila Rowbotham; and Homosexuality and Literature by Jeffrey Meyers, in Victorian Studies 22, no. 2 (Winter 1979): 21113. 56 Weeks, Coming Out, pp. 19-20. 57 This view is implicit in Weeks’s Coming Out.
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lugar para contactos homosexuales. Pera analizar este amplio nivel de determinantes de la sexualidad en la sociedad occidental sería casi lo mismo que escribir el primer volumen de El Capital de la sexualidad. Aquí simplemente queremos sugerir que las experiencias íntimas de la sexualidad están entretejidas con fuerzas sociales más globales. El complejo de transformaciones que acompañaron el desarrollo del capitalismo industrial en Europa Occidental — incluyendo una mayor dependencia del trabajo asalariado y una masiva migración urbana— generaron huellas estadísticas del cambio en los esquemas sexuales. La disponibilidad de trabajo asalariado hizo posible, en general, que grandes porciones de gente se casara, especialmente durante el siglo XIX. Al suceder el matrimonio en edades más tempranas, las parejas podían sostenerse sin tener que esperar a herencias o grandes dotes. En el siglo XVIII y principios del XIX, en el pueblo de Shepshed en Leicestershire, los tejedores asalariados de la industria doméstica tenían patrones demográficos diferentes de los de los artesanos de las poblaciones rurales. La dependencia en el salario les permitía un casamiento más temprano y les otorgaba la posibilidad de tener más niños, que también eran plausibles de ser empleados. 58 En las ciudades industriales del siglo XIX, los trabajadores asalariados tendían a casarse en tasas más altas que las poblaciones con sectores artesanales o comerciales importantes. 59 La migración del campo a la ciudad dejó profundos, aunque complejos, rastros demográficos, creando nuevas situaciones en las que los inmigrantes experimentaban el cortejo, el sexo, el matrimonio y la tenencia de niños. Diferentes tipos de pueblos —comerciales, industriales, mineros, como han mostrado Louise Tilly y Joan Scott— muestran inmigrantes con situaciones demográficas y económicas diferentes. En las ciudades textiles como Preston o Mulhouse, donde la demanda de trabajo femenino e infantil era alta, las mujeres superaban en número a los hombres y los matrimonios eran tardíos. Donde la fuerza de trabajo era dirigida por hombres y los trabajos para mujeres escasos (por ejemplo, en las minas o en los centros de trabajo metalífero como Carmaux y Anzin) las mujeres eran escasas y las edades de matrimonio tendían a ser más bajas. 60 Si la vida urbana parecía promover la ilegitimidad en Francia, la proletarización masiva de la campiña inglesa está ligada a las altas tasas de ilegitimidad en ese país. 61 Las crecientes tasas de ilegitimidad pueden parecer algo nuevo, pero recientes trabajos sugieren que tras los números se encuentran patrones de cortejo y sexualidad tradicionales, reproducidos en circunstancias distintas y dificultosas. Las mujeres jóvenes, alejadas de sus familias y comunidades para trabajar como sirvientes o en trabajos ligados a las manufacturas, cortejaban y tenían relaciones sexuales con las expectativas tradicionales de matrimonio y el consiguiente embarazo. Pero en las nuevas situaciones de los pueblos comerciales e industriales, el empleo para los hombres era demasiado inestable como para permitir el casamiento, y la presión de las comunidades para que se hiciesen cargo de sus

David Levine, Family Formation in an Age of Nascent Capitalism (New York: Academic Press, 1977). Tilly and Scott, Women, Work and Family, pp. 93-96. See also Lynn H. Lees, Exiles of Erin: Irish Migration in Victorian London (Manchester: Manchester University Press, 1979) for a discussion of changes in ages of marriage of rural Irish who migrated to London at the time of the famine; and Louise A. Tilly, “The Family Wage Economy of a French Textile City: Roubaix, 1872-1906,”Journal of Family Hístory 4, no. 4 (Winter 1979): 381-94. 60 Tilly and Scott, Women, Work and Family, p. 96. 61 Edward Shorter, “Illegitimacy, Sexual Revolution and Social Change in Modern Europe,”Journal of Interdisciplinary History 1 (Auturan 1971): 231-72
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hijos bastardos era muy débil. 62 Bajo las condiciones de urbanización, los viejos patrones sexuales llevaron a nuevas consecuencias sociales. Desde tan temprano como el siglo XII, los pueblos proveyeron de lugares para la formación de subculturas homosexuales masculinas. Hay evidencia de distintas comunidades homosexuales en pueblos italianos en el siglo XIV, franceses desde el XV y británicos desde el XVII. En Londres, bajo un relativo anonimato, una cadena de cafés, bares, lugares de encuentro y burdeles atendían a una amplia clientela que representaba a las ocupaciones más importantes de la ciudad. 63 Al agudizarse el etiquetamiento de los homosexuales como desviados, hacia fines del siglo XIX, esta subcultura se estranguló, subdividió y generó un brazo político que era predominantemente de clases altas y medias altas. 64 La menor visibilidad de subgrupos lesbianos en la historia probablemente refleja, no sólo el menor nivel de persecución legal a los que aparentemente estaban sujetos, sino —y más importante— que las lesbianas (como las mujeres heterosexuales) habían tenido mucha menos independencia que los hombres y menos recursos en los que desarrollar sus subculturas. 65 Detrás de los dramáticos cambios en la economía y la demografía de la era de la industrialización en Europa encontramos cambios culturales e ideológicos cuya penetración se hace más difícil. La transformación de las relaciones sociales de trabajo provee un contexto general de cambio en las relaciones simbólicas, incluyendo el simbolismo del género y del sexo. El servicio doméstico, por ejemplo, fue la ocupación remunerada más común para las mujeres en Inglaterra y Francia, ya entrado el siglo XX. Esto trajo consigo un esquema demográfico, condiciones de trabajo y condiciones culturales específicas. Estrictas normas de clase y género marcaban las relaciones entre amo y sirviente como una relación de dominación personal y subordinación. Las mujeres sirvientes vivían como dependientes, atadas a las casas de sus amos. Un aspecto de su subordinación estaba expresado en los exagerados códigos de limpieza y mansedumbre. Otro aspecto era la asexualidad, cuya transgresión podía tener serias consecuencias, como ser “ubicada en instituciones sustitutas de los hogares: Hogares para Huérfanos, Casas de Caridad, Hogares para Mujeres Caídas en Desgracia”. 66 Estas reglas de “no pretendientes” impusieron el secreto del cortejo y del comportamiento sexual. En el análisis de la ilegitimidad entre los empleados domésticos de Londres del siglo XIX, John Gillis rastrea las circunstancias sutiles y contradictorias que llevaron a un creciente número de sirvientes a embarazos no deseados fuera del matrimonio y al abandono de los niños. Los “mejores” sirvientes y los aspirantes a
El trabajo de Shorter “Female Emancipation, Birth Control and Fertility in European History” (American Historical Review 78, no. 3 June 1973]: 605-40) abrió el debate sobre las fuentes de las altas tasas de ilegitimad y de nacimiento en la era de la industrialización en Europa. Los estudiosos sostienen la idea que la migración urbana de mujeres jóvenes las hizo especialmente vulnerables a los embarazos ilegítimos. See Louis A. Tilly, Joan W Scott, and Miriam Cohen, “Women’s Work and European Fertility Patterns’ Journal of Interdisciplinary History 6, no. 3 (Winter 1976): 447-76; and Cissie Fairchilds, “Female Sexual Attitudes and The Rise of Illegitimacy: A Case Study”, Journal of Interdisciplinary History 8, no. 4 (Spring 1978): 627-67. 63 Trumbach, “London’s Sodomites”; Weeks, Coming Out, pp. 35-42; Mary Mackintosh, “The Homosexual Role,” in Family in Transition, ed. Arlene 5. Skolnick and Jerome H. Skolnick (Boston Little, Brown, 1971), pp. 231-42, 236-38 64 Weeks, Coming Out, part 4. 65 Ibid., p. 89. 66 Leonore Davidoff, “Mastered for Life: Servant and Wife in Victorian and Edwardian England”. Journal of Social History 8 (Summer 1974): 404-28, 413-14.
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serlo, en general trabajadores con posibilidades, compartían el sentido de la respetabilidad de sus amos. Ellos apuntaban a adquirir alguna seguridad económica como base para el matrimonio. Los hombres eran bastante móviles geográficamente, al contrario de las mujeres que estaban atadas a las casas burguesas. Un embarazo temprano podía llevar a los hombres al abandono de la mujer, que carecía de los ahorros y de las posibilidades de empleo con los que encontrar un nuevo hogar. 67 El extraño romance de dos personajes victorianos ilustra la complicada intersección entre la experiencia erótica y las fuerzas sociales más amplias, como los patrones institucionalizados de dominación y subordinación que prevalecían entre las familias burguesas y sus sirvientes femeninos. 68 Hannah Cullwick era una sirviente de cocina de 21 años cuando conoció a Arthur J. Munby, de 25 años, en Londres de 1854. Munby estudiaba para ser abogado, aunque su pasión real era la mujer trabajadora —trabajadoras de granja, repartidoras de leche, barrenderas y sirvientes, todas lo fascinaban. Para la época en que se conocieron, tanto Hannah como Arthur habían centrado sus fantasías sexuales y románticas no sólo en el sexo opuesto, sino también en la clase opuesta. La pasión de Munby por las mujeres trabajadoras era comparable a la decisión de Hannah de que cualquier enamorado que tuviera “debía ser alguien por encima mío, y yo seré su esclava”. 69 Las polaridades sociales estructuraban sus relaciones. La apreciación sensual de Munby sobre Hannah Cullwick se centraba en su enorme talla (que era exagerada por él), su robustez, sus manos y brazos grandes y rojos y su cara frecuentemente sucia como resultado de su trabajo. Munby amaba observar a Cullwick lustrando las escaleras frontales de su amo, y encontraba natural que ella le lavara los pies y le lustrara las botas. Hannah atesoraba su servidumbre y dejaba pasar muchas oportunidades de empleo mejor pagos y de estatus más elevado porque no podía abandonar su “bajeza”. En 1872, tuvo lugar un matrimonio secreto y problemático que fue seguido de unos pocos años de vida doméstica. Hannah ocupaba el lugar de sirvienta de su esposo y ambos disfrutaban el juego mientras Munby continuaba con sus rondas habituales de actividades de soltero. El matrimonio exacerbaba sus diferencias de clase. Su vida erótica era frustrante: los escasos besos, los abrazos y el tiempo que Munby pasaba en el regazo de su esposa parecía ser la parte “sexual” de su relación. Como sugiere Lenore Davidoff en su estudio sobre esta relación, las contradicciones en la vida emocional de Munby pueden ejemplificar al común de las prácticas de la clase media-alta de contratar mujeres campesinas como cuidadoras a tiempo completo de sus niños. Su biografía erótica se convierte en un clásico freudiano cuando nos enteramos que otra mujer llamada Hannah era la niñera de la casa de Munby durante su niñez. 70 La fijación de Hannah Cullwick por los caballeros y su asociación entre amor romántico y servidumbre no es menos

Gillis, “Servants, Sexual Relarions, and the Risks of Illegitimacy,” p. 167 The discussion that follows is based on Derek Hudson, Munby, Man of Two Worlds: The Life and Diaries of Arthur J. Munby, 1828-1910 Boston: Gambit, Inc.); and on Leonore Davidoff´s interpretive study, “Class and Gender in Victorian England: The Diaries of Arthur J. Munby and Hannah Cullwick,” Feminist Studies 5, no. 1 (Spring 1979): 87-142. 69 Hudson, Munby, p. 69. 70 Davidoff “Class and Gender,” pp. 87-100.
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ELLEN ROSS Y RAYNA RAPP

clásicamente edípica: su análisis abre la conexión entre el patriarcado y la opresión de clase. CONCLUSIÓN Hemos sostenido que el entendimiento de la sexualidad requiere de especial atención sobre la idea de que el sexo es una relación que se vive y cambia y no una “esencia” cuyo contenido es fijo. El sexo no puede ser estudiado como una serie de “actos”; tampoco debe ser ignorado el componente sexual en toda relación social. Sin embargo, no es un accidente que la cultura contemporánea intente reificar el sexo como una cosa en sí misma. La percepción moderna del sexo es una reflexión ideológica de los cambios reales que han ocurrido en los contextos de la vida diaria donde se encaja la sexualidad. Con el capitalismo industrial se separó la vida familiar del trabajo, el consumo de la producción, el ocio del trabajo, la vida personal de la vida política y se reorganizó el contexto en el que experimentamos la sexualidad. Estas polaridades son groseramente distorsionadas y malogradas como antinomias en las formulaciones ideológicas modernas, pero su aparente separación crea un espacio ideológico llamado “vida personal”, una característica definitoria de lo que es la identidad sexual. 71 La conciencia moderna permite, del mismo modo que no lo permitían los sistemas de pensamiento anteriores, el posicionamiento del “sexo” —por primera vez tal vez— como poseedor de una existencia independiente. Hemos discutido acerca de los sistemas familiares y de parentesco, acerca de las comunidades y de las fuerzas informales e institucionales en gran escala como si fueran contextos separados para el delineamiento de la sexualidad, cuando en realidad son, evidentemente, interdependientes. El poder de cada uno en relación con los otros para proveer el significado y el control de la sexualidad cambia con la historia. Recientemente, por ejemplo, una queja común de los norteamericanos es que las familias están perdiendo el control sobre la educación y comportamiento sexual de sus hijos, desafiadas por las escuelas públicas, los medios masivos y las políticas estatales (que garantizan la educación sexual y el aborto de los adolescentes, aún sin el consentimiento paterno). El poder de las familias y de las comunidades para determinar la experiencia sexual, en realidad, ha disminuido profundamente en las dos últimas centurias, permitiendo así la “liberación” sexual individual, según se afirma. Aunque los movimientos que buscan una conciencia sexual fueron aclamados por los modernistas como libertarios, es importante recordar que la sexualidad en tiempos contemporáneos no está simplemente liberada o circulando libremente: continúa siendo socialmente estructurada. Pero podríamos decir que el poder dominante de definir y regular la sexualidad ha cambiado hacia el grupo que habíamos etiquetado como fuerzas sociales y económicas en gran escala, el más notorio de los cuales es el estado. Los estados organizan muchas de las relaciones reproductivas que una vez se encastraban en contextos de menor escala. Entonces, la sexualidad pasa a formar parte del “contrato social”, conectando al ciudadano individual con el estado. En este proceso, un espacio ideológico se crea para permitirnos “ver” al sexo como una característica definitoria de las personas, “liberada” de sus represiones familiares y comunales. El apogeo de las dos grandes
Aunque tienen perspectivas teóricas diferentes, tanto Eli Zaretsky como Christopher Lasch creen que la identidad sexual se moldea en un espacio “personal”, Eli Zaretsky; “Capitalism, the Farnily, and Personal Life, Part 1,” Socialist Revolution 3, nos. 1-2 January-April 1973): 69-126; and Christopher Lasch, “The Family as a Haven in a Heartless World,” Salmagundi 34 (Fall 1976): 42-55; and idem, “The Waning of Private Life,” Salmagundi 36 (Winter 1977): 3-15.
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etnociencias de la liberación sexual y personal —la sexología y el psicoanálisis— han acompañado esta transformación, tratando de explicarla y justificarla. 72 Pero la ideología de la libertad sexual y el derecho individual de expresión entraron, cada vez en mayor medida, en conflicto con el estado hegemónico y con los residuos de un contexto de poder más tradicional, como son las familias y los controles comunitarios. Hoy, el aborto, el abuso de la esterilización, la educación sexual, los derechos de los homosexuales, las políticas de salud pública y familiares son temas políticos explosivos en los Estados Unidos y en gran parte de Europa Occidental. Como los estados muestran un interés cada vez mayor en estructurar la sexualidad, las luchas sexuales pasan a formar parte de las políticas públicas. Todas las grandes divisiones de poder en cualquier sociedad —clase, raza, género y dominación heterosexual— estructuran la conciencia, la demanda y las riquezas que los diferentes grupos aportan a este tema político, tanto como a cualquier otro. Los políticos que tratan de sexualizar las políticas y que intentan la politización de la sexualidad ahora saben lo que los investigadores ignoran peligrosamente: estos asuntos nunca han sido simplemente “privados” o “personales”, sino que son parte eminente del dominio público.

72 El etiquetamiento de la sexología y del psicoanálisis como “etnociencias”, que sugiere un sistema local de entendimiento que es bastante lógico pero basado en supuestos “equivocados”, ligados a las percepciones de fin de siglo, pertenecen a Gayle Rubin. Poder ver el contexto en el que esos modelos de relaciones personales se desarrollan como parte de los cambios en la negociación social de poder es la contribución de Foucault y de Donzelot. See Michel Foucault, The History of Sexualíty, and Jacques Donzelot, The Policing of Families, tr. Robert Hurley (New York: Pantheon Books, 1979).

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