Alessandro Pronzato - Tras Las Huellas Del Samaritano

Alessandro Pronzato

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Traskshuel del Samarítano
Peregrinación al santuario delhombre
SalTerrae

Colección «El Pozo de Siquem»

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Alessandro Pronzato

Tras las huellas del Samaritano
Peregrinación al santuario del hombre

Editorial SAL TERRAE Santander

índice
Título del original italiano: Sulle trocee del Samaritano. Pellegrinaggio al santuario dell'uomo © 2000 by Piero Gribaudi Editore, Milano Traducción: Ramón Alfonso Diez Aragón © 2003 by Editorial Sal Terrae Polígono de Raos, Parcela 14-1 39600 Maliaño (Cantabria) Fax: 942 369 201 E-mail: salterrae@saltcrrae.es www.salterrac.es Diseño de cubierta. Wolder Comunicación Santander Con las debidas licencias Impreso en España. Printed in Spain ISBN: 84-293-1491-1 Depósito Legal: BL228-03 Fotocomposición: Sal Terrae - Santander Impresión y encuademación: Grato, S.A. - Bilbao Preámbulo: Para llegar hay que detenerse «Bajaba un hombre de Jerusalen a Jericó...» El prójimo El Samaritano, es decir, el improvisador Provocaciones Huellas 9 11 33 39 45 69

También el doctor de la Ley forma parte de la parábola . 25

Apéndice 1: Encontrar un lugar para la improvisación . 95 Apéndice 2: ¿Y quién es mi prójimo? 113

Preámbulo Para llegar hay que detenerse
Aquel hombre, el Samaritano, iba de viaje. Seguro que no se dirigía al templo de Jerusalén. Aquél no era su templo. En el camino se desvió del itinerario programado para acercarse a un pobre desgraciado arrojado en la cuneta. Y así, sin darse cuenta, se allegó a Dios al aproximarse al hombre. Encontró al Dios invisible, hecho visible, al alcance de la mano, en la persona del extraño, del herido, de la víctima. «Vio» a Dios al ver al pobre y sentir compasión de él. En cambio, el sacerdote y el levita siguieron sin inmutarse su itinerario religioso, pensado que la presencia de Dios se reducía exclusivamente al área del templo. No comprendieron que no existe un camino directo para llegar a Dios, que sólo se llega a Dios dando un rodeo a través del prójimo. Y es que es indudable que para llegar a Dios hay que detenerse junto al hombre (no importa quién sea) que reclama atención, respeto a su dignidad y la parte de amor que le corresponde. Sólo la humanidad, el estremecimiento de las entrañas, la punzada sentida en el corazón, es «síntoma» inequívoco de lo divino. Tenemos que dejar que el Samaritano, propuesto como guía y ejemplo por el propio Jesús, nos acompañe en núes-

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tra peregrinación al santuario del hombre. Una peregrinación que implica, literalmente, salir fuera del campo, de la ciudad, del recinto de los hábitos devocionales. Con las prácticas religiosas corremos el riesgo de ser sólo «buenos cristianos». Con la práctica de la misericordia, con los ritos de la ternura y de la compasión, tenemos la posibilidad de hacernos «cristianos buenos», que es lo más útil para todos. La indulgencia más preciosa es la que nos concede Cristo si logramos «hacernos prójimos» suyos cuando se presenta ante nosotros en las personas de innumerables infelices.
ALESSANDRO PRONZATO

1 «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...»
«Se levantó un doctor de la Ley y dijo, para ponerle a prueba: "Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?". Jesús le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?". Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Jesús le dijo: "Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás". Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús respondió: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de despojarlo y darle una paliza, se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, se desvió y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio, al verlo, se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: 'Cuida de

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él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta'. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?". El otro contestó: "El que tuvo compasión de él". Jesús le dijo: "Vete y haz tú lo mismo"» (Lucas 10,25-37).

Imitadores y predicadores Ciertamente esta parábola es uno de los pasajes más comentados de todo el Evangelio. Ha tenido el honor de ser interpretada por exegetas ilustres y plumas célebres. Mas, por suerte, las interpretaciones no se han limitado a las páginas de los libros, sino que han pasado, la mayoría de las veces silenciosamente, al escenario de la vida ordinaria. Es más, me atrevería a decir que el Samaritano, introducido en la historia o en la crónica ordinaria, rescata al «buen Samaritano» acogido, con todos los honores, en la literatura. Y rescata también al «buen Samaritano» propuesto como personaje banalmente «edificante» por muchos predicadores, utilizado como soporte, no del verdadero amor, sino de la limosna y la beneficencia o de una genérica filantropía.

Pero Jesús no se deja entrampar en la disputa académica. Se aleja del pantano de la casuística. Evita la tela de araña de las precisiones, de las doctas disquisiciones. No acepta el juego de palabras. Reconduce el problema al ámbito de la vida. No presenta una tesis, sino un hecho concreto. Y fuerza al interlocutor a considerar las acciones. Le obliga, no a elegir una teoría, sino una actitud práctica. Al final no le pregunta: «¿Has comprendido bien?». Ni le recomienda: «¡Trata de no olvidar esta lección!». Le impone sin más: «Vetey haz tú lo mismo». El escriba se había acercado para discutir, disputar, argumentar. Y se va con un deber preciso que cumplir. La vieja cultura religiosa pretendía hablar. Jesús le pone la mordaza. Mas, por otro lado, le fuerza a mover las piernas, no la lengua. Y a poner en funcionamiento el corazón. El experto, en la nueva religión, ya no es «el que sabe», sino «el que hace».

El gesto acertado «¿Y quién es mi prójimo?». El doctor de la Ley quiere tener la ficha, la lista detallada de las personas a las que hay que considerar como «prójimos». Una especie de directorio de los pobres, de las familias necesitadas. La dirección «segura» de los individuos a los que se puede abrir, sin correr demasiados riesgos, el propio corazón. Jesús invierte la pregunta: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los sal-

El experto «Se levante') un doctor de la Ley y dijo, para ponerle a prueba...». La vieja religión habla por boca de este superexperto. La vieja teología esboza la enésima discusión en el plano teórico.

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teadores?». No quiere precisar quién es el prójimo como sujeto paciente. Por el contrario, descubre quién es el prójimo como sujeto de la acción. No el prójimo como objeto, sino como sujeto del amor. Cristo desplaza el centro de interés. El doctor de la Ley se pone en el centro, sobre el pedestal, y coloca a los demás a su alrededor: «¿Quién es mi prójimo?». El Maestro explica que este centro no es el yo, sino cualquier persona que se encuentre en mi camino y tenga necesidad de ayuda, de comprensión, de amor. El problema fundamental del cristiano no es conocer quién es su prójimo, es decir, la categoría de personas que le permiten ejercitar la caridad con el menor costo posible. El problema esencial es «hacerse prójimo», desplazando el centro de interés del yo a los otros. El Samaritano supo ponerse en la perspectiva acertada, es decir, de parte del otro. No se trata, pues, de saber a quién debo amar, sino de darme cuenta de que todos tienen derecho a mi amor. Tengo que acercarme, allegarme, hacerme «próximo» a todos, especialmente a los que están más lejos. Sólo así, aproximándome, anulando las distancias, podré escuchar sus gemidos, oír su grito silencioso, descubrir sus sufrimientos, o al menos intuirlos, percibir sus llamadas de amor, aunque no hayan sido expresadas. Siempre es muy fácil establecer distancias inmensas en nuestro camino. Gente antipática, fastidiosa, necia, importuna, vulgar, exasperante... Y pasamos a su lado, nos rozamos con ellas, convencidos de que sus problemas y sus angustias no tienen nada que ver con nosotros.

Un censo del prójimo sólo serviría para aumentar las distancias, para multiplicar a los excluidos de mi amor. En cambio, basta con adivinar el gesto acertado, el del Samaritano, precisamente. Entonces la pregunta «¿quién es mi prójimo?» ya no tiene sentido. Ya la he resuelto anulando la distancia, haciéndome prójimo.

Veintisiete kilómetros son suficientes para dividir a los hombres «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Veintisiete kilómetros de un camino de bajada continua que, partiendo desde una altitud de casi ochocientos metros sobre el nivel del mar y zigzagueando a través del desierto, llega a Jericó, la ciudad de las rosas, que se encuentra a trescientos metros sobre el nivel del mar. Un escenario pavoroso, alucinante. Un ambiente propicio para encuentros nada agradables. Era llamado, de manera siniestra y alusiva, «el camino de la sangre». Veintisiete kilómetros. Y bastan para dividir a los hombres en dos categorías. Los que siguen adelante sin detenerse y los que se paran. Los que «van por su camino» y los que se ocupan de los demás. Los que muestran el salvoconducto con el sello donde está escrito «no es asunto mío» y los que se sienten responsables de todo y de todos. Los que no quieren que les molesten y los que se hacen presentes en el dolor que hay en el mundo.

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Los que no hacen mal a nadie y los que saben inclinarse sobre todas las necesidades. Los que tienen que ocuparse de «cosas importantes», de «asuntos urgentes», y los que se ocupan del sufrimiento de los otros. Veintisiete kilómetros vigilados por la mirada de Dios. De hecho, hay que observar esta parábola desde la misma perspectiva que la del fariseo y el publicano (Lucas 18,914). Aquí, en el templo, hay dos hombres que oran, y Dios que observa. Allí, en las curvas de aquel camino infame, hay un hombre medio muerto, algunos individuos que se acercan, y Dios que observa y lo «fotografía» todo. Puedo engañarme pensando que paso de largo, que nadie me ve. Aquel pobre desdichado, que siente cómo se le va la vida, ya ni siquiera puede abrir los ojos. No hay, pues, ningún testigo de mi cobardía. Todo lo contrario: alguien me espía. Dios me observa cuando estoy en la iglesia. Y me observa cuando voy de camino. Para El también el camino es importante. Como la Iglesia. Camino e Iglesia son el lugar del encuentro. Veintisiete kilómetros pueden representar mi salvación o mi condena. Veintisiete kilómetros, y también menos. Puede bastar un pasillo, unos pocos metros, una ventanilla, un escritorio... Es suficiente el hecho de que haya un hombre que tiene necesidad de mí: ése es mi camino que baja de Jerusalén a Jericó. Donde, si pierdo tiempo, gano la eternidad. Mi salvación coincide con la salvación del otro.

El papel «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de despojarlo y darle una paliza, se fueron, dejándolo medio muerto». Nos cuesta poco salir del apuro. Decimos, para tranquilizarnos, que es sólo una parábola, un hecho imaginario, un cuento. Pero esta vez el Señor no tuvo necesidad de que su imaginación trabajara mucho. Se limitó a echar un vistazo a la crónica. Tenía material más que suficiente para construir su parábola, pieza a pieza, con hechos reales, con personajes perfectamente identificables. No hay un solo hombre medio muerto. Tampoco hay una sola banda de salteadores. Ni un solo sacerdote, ni un solo levita ni, afortunadamente, un único Samaritano. La parábola es interpretada en la realidad por millones de salteadores y ladrones, de sacerdotes y acólitos y esperémoslo- de Samaritanos. Todos desempeñan su papel. En la realidad, en el escenario de la vida. Unos cometen maldades, otros cargan con el peso de las consecuencias, otros pasan de largo y otros «pagan» por todos. Y Cristo conoce el nombre y los apellidos de cada actor. Está informado sobre el comportamiento de los millones de personajes. ¿Cuál es, pues, mi papel? No hay ningún director que me lo asigne. Yo mismo lo elijo. Jesús se limita a contar, a referir lo que ve. Mas yo soy el que «hago» la parábola. Y cuando Jesús dice:

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«salteadores», «sacerdote», «levita», «Samaritano», oigo que me llama por mi nombre. Mi nombre está escrito en el Evangelio, mi acción está consignada en el Evangelio, en el capítulo 10 de Lucas...

Culpable de tener razón «Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y al verlo, se desvió y pase') de largo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio, al verlo, se desvió y pasó de largo...». Por suerte, todos los caminos tienen dos lados. Y siempre hay «otro lado» a disposición, para desviarse cuando uno no quiere quemarse la mirada ante una realidad demasiado incómoda y quiere tener la conciencia tranquila. No obstante, para un cristiano el problema está en verificar si «el otro lado» es el acertado. En realidad, la parte más cómoda puede resultar la parte equivocada. De todos modos, es la que eligieron el sacerdote y el levita: se desviaron «hacia el otro lado» y siguieron adelante impertérritos. Dan ganas de echar a correr detrás de ellos, tirarles de la manga y preguntarles: - ¿Por qué no os habéis detenido? ¿Es que no habéis visto a aquel pobre desgraciado? Sí, claro que lo han visto. Pero tenían sólidas razones para no detenerse. En primer lugar, quizás, una preocupación de tipo ritual. El contacto con un cadáver (o alguien que pudiera

estar a punto de serlo) mancha, hace «impuros» y, por tanto, incapacita para el servicio en el templo. Y luego, además de la «pureza» que deben guardar, tienen también un horario que respetar. Un reglamento que observar. Cosas importantes de las que preocuparse. Tienen prisa, no pueden perder tiempo. El alto en el camino no está previsto en su orden del día litúrgico. Tal vez hayan decidido dirigirse a las autoridades competentes para elevar una «enérgica protesta» por la inseguridad de aquel camino infestado de ladrones y salteadores. ...Y, mientras tanto, aquel desdichado corre el riesgo de morir. También nosotros tenemos siempre a disposición sólidas razones para sustraernos a los compromisos del amor. La sangre mancha. No quiero buscarme problemas. No tengo nada que ver en este asunto tan feo, de aspecto inquietante. Tengo que ocuparme de mis cosas. Ni siquiera sé quién es aquel individuo. Que lo resuelvan las autoridades competentes... Pero mil «sólidas razones», ante Dios, equivalen a estar equivocado. Y el camino continúa siendo maldito. No por la presencia de los bandidos, sino por la ausencia del amor. Por el «pasar de largo» del sacerdote y del levita, y de quienes se parecen a ellos. Culpables de haber hecho callar al corazón. Con «sólidas razones». No son los salteadores los que hacen terrible el camino. Es la indiferencia, la despreocupación de los buenos.

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Lo que no nos esperábamos «Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él...». Al llegar a este punto en el desarrollo de la historia, era de esperar, lógicamente, que entrara en acción, después del sacerdote y el levita, el laico judío. En cambio, Jesús, con uno de sus desconcertantes golpes de efecto, presenta a un tipo poco recomendable, un cismático, un individuo con el que un piadoso israelita no habría querido nunca tener nada que ver. El, el Samaritano, el renegado, el excomulgado, supo inventar inmediatamente el gesto exacto. Vio al herido y no dudó en pasar al lado acertado del camino: donde se encontraba el obstáculo, el impedimento imprevisto. ¿Un desconocido? Pero a él no le interesaba averiguar su identidad. Le bastaba con saber que se trataba de un hombre. Éste era para él un motivo más que suficiente para detenerse, acercarse, perder tiempo, renunciar a sus programas de viaje y vaciar su cartera. Simplemente, dejó que el corazón hablara. Y esto le sugirió el comportamiento acertado. El sacerdote y el levita, en el templo, realizaban todas las ceremonias de manera exacta, irreprensible, según las rúbricas. Pero hay que poner en duda que encontrasen a Dios, o que Dios se dejara encontrar por ellos. El Samaritano, ignorante y despreciado, encontró a Dios en una curva del camino. No faltó a la cita decisiva.

«Lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: "Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta "...». Por dos veces aparece la expresión «cuidar». Primero, el Samaritano cuida personalmente del herido. Después se lo confía al posadero, pidiéndole con insistencia que lo cuide. Puede parecer, en este segundo caso, una delegación, una declinación de responsabilidad. En realidad, el Samaritano se muestra dispuesto a pagar personalmente {«sacó dos denarios... "lo que gastes de más te lo pagaré "»). El amor no abandona nunca al hombre a sí mismo. La caridad exige continuidad, fidelidad. Hay una caridad que procede de forma impulsiva, con llamaradas imprevistas, con toda una serie de fulguraciones, seguida de preocupantes capitulaciones y agotamientos igualmente repentinos. En la práctica de la caridad de ciertas personas hay mucho entusiasmo epidérmico, mucha veleidad, incluso mucha búsqueda de lo sensacionalista. Exaltaciones un tanto sospechosas, seguidas de inevitables desencantos. Gestos quizá espectaculares en una sola ocasión, y después falta de iniciativa cuando se trata de asegurar un servicio continuado. Parece que muchos quieren coleccionar emociones, más que asumir un compromiso caracterizado por la continuidad. Son demasiados los que pretenden recibir gratificaciones personales más que desembolsar los «dos denarios» (y el resto después), como hizo el Samaritano. « Vete y haz tú lo mismo...». Tratándose de amor, es significativo que Cristo use dos verbos que indican, respectivamente, movimiento {«vete») y acción {«haz»).

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«Ir» y «hacer»: he aquí dos verbos que están ausentes muchas veces del vocabulario del intelectual. El escriba, que había preguntado a Jesús, tan sólo demuestra que quiere «saber». Al final se encuentra con algo que «hacer». Y, por si tiene alguna dificultad, se le ofrece también un ejemplo, un modelo en el que inspirarse: no es un intelectual, sino una persona que, aun sin tener unas ideas perfectamente ortodoxas en lo referente a la religión, en el terreno de la práctica tenía algo que enseñar también a los intelectuales, a quienes les resulta difícil inclinarse... Jesús se muestra impaciente por empujar a los «conocedores» de la Ley hacia la «praxis» en el terreno concreto de la caridad, la única que asegura la plena comprensión de su palabra.

inicial del escriba («¿Quién es mi prójimo?» se convierte en «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?»), quiere obligar al escriba a decir: «el Samaritano». Pero el doctor de la Ley no está en modo alguno dispuesto a pronunciar el nombre del enemigo aborrecido. Se las arregla con un giro de palabras: «El que tuvo compasión de él...». En este momento, casi con toda seguridad, en el rostro de Jesús debió de aparecer una sonrisa. Aunque no consigue hacer que el doctor de la Ley pronuncie aquel nombre, el Maestro está íntimamente satisfecho: ha dado igualmente en el blanco; la lección, aunque decididamente indigesta, ha sido engullida.

La sonrisa de Jesús De vez en cuando se retoma la pregunta de si Jesús se rió, o al menos sonrió, alguna vez. El Evangelio no nos facilita informaciones al respecto, al menos de manera explícita. Pero, para quien sabe leer entre líneas, la sonrisa de Jesús aparece más de una vez. Como en este caso. El Maestro sabe que un judío no pronuncia de buena gana la palabra «Samaritano». Ésta es, justamente, la persona innombrable. El Samaritano es un renegado, y por ello quien pronuncia su nombre se ensucia la boca. Peor que una blasfemia. Ahora bien, Jesús, al término de la parábola, invirtiendo provocativa y -diría yo- maliciosamente la pregunta

2 También el doctor de la Ley forma parte de la parábola
A Jesús no le agrada discutir con los intelectuales El Samaritano no es el único protagonista de la parábola. También el doctor de la Ley desempeña un papel importante, aunque sólo en el prólogo y en el epílogo. Digámoslo claramente: a Jesús no le gustan estos encuentros, sino que le encanta estar con gente sencilla, sin demasiadas complicaciones de tipo intelectual, sin segundas intenciones, cuya búsqueda no está viciada por un problematismo exasperado y pretencioso, ni se entretiene en falsas cuestiones. Parece que Jesús no puede soportar, por ejemplo, a este escriba, a este intelectual arrogante y autosuficiente. Ciertamente lo escucha, responde a sus preguntas -si bien brevemente, de forma concisa- y le da las explicaciones pedidas. Pero no ve la hora de quitárselo de encima. «Vete...», le dice al final. Y he aquí que, en cambio, el doctor de la Ley, con todas sus sutilezas, pedante, sabelotodo, vanidoso, arrogante, capcioso, insistente, presuntuoso, un tipo que se las sabe todas, responde correctamente, pero se resiste a proporcionar las pruebas inequívocas de los hechos.

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Él pretende discutir hasta el infinito, precisar, medirse con Jesús a golpe de citas doctas, poner a prueba al Maestro famoso, justificar el propio saber, definir exactamente el concepto de prójimo, determinar con precisión los límites del amor, establecer sus confines infranqueables. Pero Jesús no se presta al juego del escriba, que tiene como objetivo entablar un debate extenuante. El Maestro no participa de buena gana en las discusiones sobre temas abstractos, no se deja entrampar en las diatribas doctas, no pone los pies en las arenas movedizas de una casuistica abstrusa. No le interesan los individuos que ponen enjuego sólo su inteligencia brillante, pero no están dispuestos a dejarse implicar en el plano existencial. No puede soportar una ciencia que no se convierta en amor y servicio. No rechaza el encuentro. Pero lo centra en lo esencial, sin consentir divagaciones abstractas. Reconduce el discurso a un plano concreto.

Cuando el saber no basta Pero ¿deseaba de veras «saber» el doctor de la Ley? Hay, claro está, un saber que tiene como fin el mismo saber. Un saber para imaginar nociones. Un saber para exhibirlo, para impresionar a los demás, para llamar la atención, para ganarse buena fama y suscitar admiración. El escriba quería discutir, iniciar un «debate apasionado», promover una disputa erudita, suscitar una controversia entre expertos, elaborar un discurso, resolver un caso, precisar, objetar, hacer presente que...

Le bastaba con un saber que no lo comprometiese demasiado. A Jesús, por el contrario, no le parecía en modo alguno suficiente este tipo de discurso no comprometido. Insisto: al leer esta página de Lucas se tiene la sensación de que el Maestro no puede soportar a un individuo como aquél, dispuesto a justificarse más que a dejarse cuestionar. El Maestro, pues, parece impaciente por concluir el debate teórico y abrir el capítulo de la acción concreta; por liquidar las falsas cuestiones y afrontar el núcleo de la cuestión; por despedir al desenvuelto interlocutor y hacer entrar al practicante. No le interesa someterlo a exámenes teóricos. Sabe que en ese campo el escriba se mueve con desenvoltura. - ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? Es como si dijese: - Apresúrate, que esto no es lo más importante. Jesús está seguro desde el principio de que el escriba responderá conforme a la ortodoxia más perfecta, a la doctrina tradicional más irreprensible. Jesús no ve la hora de someterle al examen de la praxis: - Haz eso y vivirás... Y también, después de la parábola, el doctor de la Ley se las arregla a las mil maravillas para proporcionar la interpretación correcta de los comportamientos de otros. Pero a Jesús lo que más le importa es que sepa interpretar exactamente su propio papel activo: - Vete y haz tú lo mismo...

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¡Qué difícil de conjugar es el verbo «hacer»...! Hay que notar la insistencia en el verbo «hacer», cuya conjugación debe de ser la más indigesta para el docto interlocutor de Jesús. Podrás saberlo todo. Pero, mientras no aprendas a hacer, dejando de decir, tu saber no vale nada, es tan inútil (inutilizable) como una moneda fuera de curso legal. El conocimiento, en términos de vida cristiana, no es un saber, ni siquiera simplemente un ver (también el sacerdote y el levita, en la parábola propuesta por el Maestro al examen del escriba, «vieron»), sino más bien un hacer. El conocimiento es inseparable de la praxis. Puedes decir que sabes sólo las cosas que haces. Yo conozco al otro, al diferente -cercano o lejano, no importa- cuando doy la vida por él, cuando me comprometo en favor de él. Cristo es el pastor que «conoce» a las ovejas, porque da la vida por ellas. Sé quién es mi prójimo cuando no me quedo en mi sitio, me acerco, supero las distancias, bajo de la cabalgadura de mi ciencia (también teológica), es decir, me hago prójimo. Puedo afirmar que progreso en el conocimiento del prójimo a medida que me ocupo de él, me dejo provocar por sus exigencias, me implico en sus vicisitudes, siento profundamente como propia su situación concreta. Jesús no dice a su docto interlocutor: - Has respondido bien y, por tanto, puedes sentirte seguro, estás en la plena ortodoxia.

Sino: - Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás... Me atrevería a traducir: - Has respondido correctamente... si haces eso. En cualquier caso, aquel haz es una orden perentoria, no un simple consejo. El mandato resuena, aquí y ahora, para ti y tiene carácter de urgencia. No tienes que buscar muy lejos, en los libros con los que estás tan familiarizado. Tampoco puedes esperar. Porque hay alguien, en un camino cualquiera, que te espera.

Un estremecimiento en las entrañas ¡Qué golpe, para el hombre de ciencia, también aquel otro verbo: «tener compasión» («al verlo, tuvo compás ion...»)! Jesús pone al Samaritano en la cátedra para que imparta al escriba y a todos nosotros la lección fundamental. El Samaritano tiene razón, es convincente, porque «tiene compasión», que literalmente significa: se le conmueven las entrañas, siente un profundo dolor en el corazón (umilenie, como dicen los rusos). Y esto es muy distinto de sentir simplemente un ligero e inocuo hormigueo en el cerebro. Más importante que los pensamientos sabios, que las argumentaciones sutiles elaboradas por la mente, es el sobresalto que recorre las visceras. Las razones son las del corazón. El intelectual sólo se salva si arriesga su corazón, si no tiene miedo a amar, mantiene las distancias y se baja de la

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cátedra; si se deja quemar la mirada por la realidad más incómoda, se mancha las manos y se pone de rodillas a servir; o sea, si es todavía capaz de sentir un estremecimiento en las entrañas. A través de su parábola, Jesús advierte implícitamente al escriba que no debe seguir al sacerdote y al levita. Éstos, en efecto, pretenden presentar la imagen del Dios invisible haciéndose a su vez «invisibles», cuando tendrían que haberse detenido, modificando su programa religioso y preocupándose de verdad por un hombre de carne (maltratada) y huesos (rotos). Es inútil hablar de «visibilidad», como solemos hacer hoy, si antes no nos hacemos visibles, presentes a la llamada de los hechos, a la prueba de los gestos concretos. Posiblemente, fuera del haz de luz de los reflectores (la visibilidad más convincente y útil es la «invisible» para las cámaras de televisión). No. Es perfectamente inútil y hasta peligroso para «heredar la vida eterna» -es decir, para salvar el almaseguir a «aquel» sacerdote y a «aquel» levita, que no tienen absolutamente nada que decirnos sobre Dios, aunque presumen de poseer una especie de exclusiva de la verdad. Es mucho mejor dirigirse al hereje, al Samaritano, al renegado. De hecho, el conocimiento de Dios pasa necesariamente por el conocimiento del hombre. El camino recorrido por ellos -el camino del sacerdote y del levita, o el camino del frío e indiferente saber recorrido hasta aquí por el doctor de la Ley- no es un carril preferente que lleve directamente a Dios. Éstos son itinerarios que no llevan a ninguna parte. Sólo la humanidad, el estremecimiento de las entrañas,

el profundo dolor del corazón, es «síntoma» de lo divino. Alguno percibe el rumor de los ángeles. Mejor para él. Jesús, de un modo mucho más realista, afirma que es necesario «sentir compasión», percibir algo en el corazón. Dios está cercano, próximo. Para llegar hasta él... basta con detenerse. Junto al prójimo. Lo que lleva a encontrar lo que se busca no es el rumor de los ángeles, y menos aún pasar las páginas de un libro, sino el ruido de los pasos. En el fondo, con su seco y áspero vete, Jesús se quita de encima al individuo que lo único que hace es decir lo que le dicta el cerebro, con la esperanza de encontrárselo después a su lado, pero con el corazón palpitante. Entonces ya no tendrá preguntas pedantes que hacer al Maestro, pues él mismo habrá dado silenciosamente, a lo largo del accidentado e infortunado camino de la vida cotidiana, las respuestas acertadas, indiscutibles.

3 El prójimo
La pregunta no es «¿quién es Dios?», sino «¿quién es el prójimo?» «...¿Y quién es mi prójimo?». En el fondo, tenemos que estar agradecidos al doctor de la Ley que ha puesto sobre el tapete la cuestión más comprometedora, aun cuando lo haya hecho simplemente para «justificarse», para no quedar mal. No pregunta, como era de esperar: «¿Quién es Dios?». Evidentemente, en el mundo de lo invisible se siente perfectamente cómodo, piensa que está seguro. Dios lo posee, lo administra (templo, funciones, oración, explicaciones de su voluntad, pago de los diezmos, prácticas, observancia escrupulosa de la Ley, doctrina...). Dios no es un problema para él. El escriba mantiene una relación óptima con el cielo. El prójimo, en cambio, sí que es un problema. El prójimo al que se ve, se toca, se siente, se encuentra..., tiene un olor desagradable, nos incordia, es más difícil de aceptar que Dios, el cual es invisible. Resulta más difícil «encontrar» al prójimo, a quien se ve, que a Dios, a quien no se ve. Es la gran cuestión que ocupaba desde hacía siglos a la teología de Israel, dividida entre:

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un universalismo abstracto (amar un poco a todos) y un particularismo exclusivista, selectivo, discriminatorio (ama a tus correligionarios, los buenos, los justos, los de tu raza, los de tu fe, los de tus ideas, los de tu partido, los de tu grupo, los de tu comunidad...). Se intuye que «amar a todos» puede llevar a no amar de verdad a nadie. Y amar a una categoría, a una parte, excluyendo a priori a los demás, significa en realidad no amar. Dos posiciones contrapuestas Pero fijemos las dos posiciones: la del legalista y la de Jesús.

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conciencia, Jesús tiende a mantenerla en estado de alerta, a introducir constantemente el aguijón de la inquietud, de la insatisfacción, del remordimiento; hace comprender que el prójimo no es un objeto, sino el encuentro entre dos sujetos. No se trata de encontrar al prójimo hecho y derecho, sólo para descargar sobre él un poco de piedad o de limosna, sino de «hacerse prójimo/próximo», es decir, de acercarse. Porque el prójimo está siempre lejos. Lejos del camino de nuestros intereses, simpatías, gustos, ideas, programas.

El escriba: - pretende una definición de «prójimo» segura, precisa, definitiva, para tener la conciencia tranquila; - hace una pregunta sobre el objeto del amor (¿a quién debo tratar como prójimo?). Es decir, piensa primero en sí mismo: tengo que asegurarme «la vida eterna». A ser posible, con el mínimo esfuerzo y la máxima certeza. Y para ello, ¿hasta dónde tengo que llegar?; ¿hasta dónde estoy obligado?; ¿dónde, cuándo y con quién acaba mi deber? Jesús, en cambio evita ofrecer una definición de prójimo, porque la definición excluye siempre algo o a alguien (y con frecuencia es más lo que excluye que lo que incluye). Cristo, por el contrario, quiere dejar la puerta abierta de par en par. Y, sobre todo, en lugar de tranquilizar la

Y es que el prójimo es distante: antipático, repulsivo, malo, prepotente, indiscreto, indigno. El prójimo no viene a nuestro encuentro, no facilita el contacto. A menudo, no hace nada por ser amable, sino todo lo contrario: parece que hace todo lo posible para que nos resulte extremadamente difícil el mandamiento del amor. El prójimo está lejos. Es difícil de ver, de aceptar, de soportar.

El encuentro entre dos hombres El prójimo se hace próximo, es decir, cercano, cuando nos acercamos nosotros y en el modo en que nos acercamos nosotros. Prójimo es aquel a quien yo «hago cercano» cuando no me quedo firmemente aferrado a mi lugar. Y en ese momento él nos siente «próximos», cercanos. Dicho de otro modo: no somos nosotros quienes elegimos al prójimo, sino el prójimo quien nos elige, quien nos provoca.

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EL PRÓJIMO

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El prójimo está más allá de nuestros libros, de las definiciones y las clasificaciones, de nuestros gustos y nuestras simpatías. Para acercarse al prójimo hay que vencer una resistencia terrible. Todo en nosotros opone resistencia. Hay que superar algunas aversiones. Amar quiere decir, precisamente, abolir las distancias. Y son distancias interiores, no expresadas en kilómetros. Para acercarnos tenemos que salir de nosotros mismos. Quitar la cascara de nuestro egoísmo, ir contra nuestro bienestar privado, abandonar nuestros proyectos, dejar nuestros esquemas, salir de la tibieza de una religiosidad confortable y gratificante. Sólo así es posible encontrar al otro. Y el encuentro -a través del ejemplo que ofrece el Samaritano- sucede entre dos hombres. Ya no hay samaritano y judío, ortodoxo y hereje, sino dos hombres a quienes el encuentro casual ha despojado de sus máscaras, de su papel, de las apariencias, del rango, de la raza. Sólo dos hombres. El Samaritano no pregunta quién es el otro, qué religión profesa, a qué partido pertenece... No le pide la documentación. No comprueba si tiene los papeles en regla. Ante él, es simplemente un pobre que se encuentra en estado de necesidad. El acercamiento está determinado por esta simple seña de identidad: un hombre. Sin adjetivos, sin títulos, «sin papeles». Mejor dicho, el único título es la necesidad.

Revolución copernicana Jesús hace comprender al escriba: la equivocación está en tu punto de partida; tú partes de ti mismo; por contra, tie-

nes que partir del otro. No pienses en ti, en tus exigencias. Piensa en quien está necesitado. Ponte en su lugar. Colócate en su perspectiva. Pregúntate: «¿Qué exige de mí, qué espera, que desearía tener quien se encuentra en esa situación». Entonces te darás cuenta de que el precepto del amor no tolera límites restrictivos y tranquilizadores. No digas: «¿Hasta dónde estoy obligado?», sino: «¿Qué espera de mí ese pobre desgraciado?». Si lo miras desde tu punto de vista, crearás barreras de protección. Si observas desde el punto de vista del otro, se abrirá ante ti un horizonte sin límites. Se trata, pensándolo bien, de una verdadera «revolución copernicana» en el campo de la caridad. De hecho, la lección central de la parábola consiste en enseñarnos la perspectiva justa. Una perspectiva que, sobre la base del relato provocativo de Cristo, representa una verdadera inversión de las posiciones. «¿Quién es mi prójimo?». «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». No es una sutil cuestión lingüística. Se trata de una inversión radical de la perspectiva. Jesús invita a mirar, a juzgar, a definir, partiendo «del que cayó en manos de los salteadores». El doctor de la Ley parte de sí mismo, de su conciencia y de sus textos, de su propia exigencia de salvación. Hoy muchos individuos que desearían practicar la caridad

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con el prójimo parten de sí mismos, porque consideran al otro como un medio para resolver sus propios problemas y conflictos, para llenar su vacío, vencer el tedio, remediar sus frustraciones. Jesús lo despide brutalmente lejos de sí. Su problema no es el principal. El principal problema es el del herido. Si se resuelve éste, se resuelve también el problema del escriba. El centro no es el intelectual que hace la pregunta. El centro es aquel bulto ensangrentado y abandonado en medio del camino. De allí hay que partir si no se quiere instrumentalizar la caridad, es decir, transformar el amor, que es el fin de la vida cristiana, en medio (tal vez el medio para sentirse buenos...).

4 El Samaritano, es decir, el improvisador
Sensibilidad El Samaritano, «que iba de viaje» y que, al igual que el sacerdote y el levita, pasaba casualmente por allí, no se limitó a «ver», como habían hecho los dos que le habían precedido, sino que se detuvo, se dejó implicar en el drama de aquel desconocido. Si queremos descubrir las raíces de su gesto, tendremos que hablar no sólo de «compasión», sino también de «sensibilidad». La sensibilidad representa una cualidad esencial del amor. La caridad tiene tres peldaños que corresponden a tres imperativos. El primero se sitúa en una dimensión negativa: «No hagas a los demás lo que no quieres que ellos te hagan a ti». Es decir, no hagas el mal, no hagas sufrir. Se trata de un aspecto importante, es cierto, pero no basta. Los que se justifican diciendo: «yo no hago mal a nadie» no pueden, por ese solo hecho, tener la conciencia tranquila. Esa puede ser incluso una actitud egoísta, que tutela la propia tranquilidad y justifica la indiferencia. No hay que confundir el amor con la vida tranquila.

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EL SAMARITANO, ES DECIR, EL IMPROVISADOR

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Hay que llegar al segundo peldaño, que representa la novedad evangélica: «Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten» (Lucas 6,31). Estamos, obviamente, en un nivel superior. En efecto, aquí se trata de hacer positivamente el bien, no sólo de evitar hacer el mal al prójimo. No obstante, se corre el riesgo de endosar al otro nuestro bien, el que nosotros pensamos, el que nosotros decidimos. Ahora bien, ése no es necesariamente su bien. Por lo demás, acecha el peligro de prestar -y casi trasplantar- al otro nuestros deseos, nuestras exigencias. Hay que llegar, pues, al tercer peldaño: «Haz al otro lo que él desearía que tú le hicieses». Ésta es la sensibilidad, que exige atención, delicadeza, intuición. Es cuestión de sintonía. Hay que descubrir lo que el otro desearía de mí en este momento, en esta situación particular, evitando endosarle el producto que elegimos nosotros y que hemos establecido de antemano. Hay negociantes habilísimos en el arte de satisfacer nuestras peticiones según sus propias programaciones y lo que ellos tienen a su disposición. Pedimos una cosa, y ellos terminan convenciéndonos para que adquiramos otra. En el campo de la caridad, tal operación resulta inaceptable. Hay que «escuchar» de verdad al otro (incluso cuando no puede hablar, como en este caso) y no interpretar a nuestro modo sus peticiones. El Samaritano supo ponerse en la piel del otro, se dejó interpelar por él. El sacerdote y el levita se engañaron pensando que escuchaban la voz de Dios que les pedía con insistencia que «se

desviaran» para no contaminarse, para no transgredir sus deberes religiosos. El Samaritano se puso en la longitud de onda del otro y, de este modo, escuchó su voz silenciosa, acallando todas las demás voces (las voces ruidosas de los compromisos improrrogables, de la comodidad, del interés, de la preocupación por no complicarse la vida y alejarse de los problemas...).

Improvisación El Samaritano resultó ser un extraordinario improvisador. Y es precisamente su capacidad de improvisación la que lo distingue de la actitud «absentista» adoptada por el sacerdote y el levita. Éstos eran rutinarios, repetitivos, rígidos programadores de su vida y hasta de sus gestos religiosos. Procedían por esquemas, según unas pautas predeterminadas. Y en aquellos esquemas no había sitio para el gesto extemporáneo, ajeno a lo preestablecido. Iban por el camino como si se tratara de la vía del ferrocarril, siguiendo un programa de viaje establecido de antemano. Horarios, periodos de tiempo predeterminados, velocidad de crucero.... Todo calculado. En aquel programa no estaba previsto el alto en el camino, la interrupción del itinerario. No se contemplaba lo imprevisto. No estaba incluida la cita con el intruso. No había espacio para la sorpresa. No estaba programado el... «fuera de programa». Divisaron al herido, pero lo que vieron, aquel encuentro, no constituyó para ellos un obstáculo que les hiciera salirse de los raíles de la regularidad.

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Evitaron el obstáculo siguiendo adelante impertérritos, sin desviarse de su camino, sin sentirse interpelados, sin advertir la provocación de la realidad imprevista, sin que se les conmovieran las entrañas. El Samaritano, por el contrario, fue un asombroso improvisador. Aceptó la provocación del intruso, la llamada del extraño, introduciendo una variación en su programa de viaje, inventando un alto en el camino que no estaba previsto. No se contentó con ver, para proseguir después manteniendo la media de la velocidad establecida en la «hoja de ruta» y respetar la agenda de los compromisos. Se sintió interpelado por lo imprevisto, por el prójimo desconocido que había aparecido en el camino sin anunciarse. A diferencia de los otros dos, para los cuales el pobre desdichado representaba un elemento de perturbación de su programa religioso, un cuerpo extraño para su organismo espiritual, aceptó el contratiempo, la variación con respecto al itinerario establecido. Y también sus gestos de primeros auxilios se caracterizan por la improvisación. Alessandro Gnocchi, agudo escritor y periodista, define así la improvisación: «Es la capacidad de no vacilar, de no tardar en reaccionar frente a cualquier situación». Y yo añadiría: «es la capacidad de no retroceder». Pero el mismo autor, para evitar equívocos que podrían ligar la improvisación a la facilidad o a la superficialidad, advierte: «La improvisación no es una virtud fácil de practicar. La vida de todos los días nos acostumbra a la velocidad y a la celeridad. Pero esto es algo

completamente distinto de la prontitud y la improvisación. La velocidad es hija del hábito de realizar una tarea o una acción. En cambio, la prontitud nace de una constante atención al fluir de la vida. Sólo quien está preparado puede detenerse en el momento justo y actuar fuera de los esquemas habituales y de los convencionalismos sociales». Lo contrario de la improvisación es la programación a toda costa, el esquematismo rígido, la burocratización que mata la espontaneidad, la organización que ahoga la vida. El módulo, la ficha, los diagnósticos de todo tipo (incluidos los de tipo moralista y religioso), la fijación de las competencias... terminan por ocultar a la persona. El Samaritano no viajaba llevando en el bolsillo el retrato-robot del prójimo ni el manual de las cosas que había que hacer en caso de emergencia, ni siquiera la lista de las autoridades competentes a las que había que dirigirse. Le bastó con divisar a un hombre al que nadie había atendido para comprender que aquél, precisamente, era el prójimo al que tenía que acercarse y dedicarse, con el cual tenía que mostrarse solícito. Aquel imprevisto era «asunto suyo».

Escasa habilidad y gran capacidad Los pedantes observan que los gestos del Samaritano fueron torpes. En efecto, «vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino...». No se hace así: primero se echa el vino (o, mejor, el vinagre), para desinfectar, y después el aceite, para aliviar el dolor.

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Sí. El Samaritano fue poco hábil. Sin embargo, demostró ser bastante capaz. Hay médicos y trabajadores en el campo social y caritativo que muestran una gran habilidad profesional, pero una escasa capacidad humana. «Capaz» proviene del término latino capax, que significa «apto para contener», «que contiene mucho», «espacioso». El Samaritano, escasamente hábil, más bien torpe e inexperto, fue, en cambio, «capaz». Capaz de acoger al otro, de hacerle sitio en su propio corazón, en su propia vida, en su propio programa de viaje. Capaz de realizar gestos caracterizados por la humanidad. Acogió al otro, lo recibió, le hizo sitio...

5 Provocaciones
El prójimo está lejos El prójimo tiende a estar en la cuneta del camino que yo recorro. Me refiero al camino de mis intereses, de mis simpatías, de mis gustos, de mis ideas, de mis amistades... En este sentido, el prójimo nunca está cerca. Todo lo contrario: es distante, repulsivo y, con frecuencia, antipático. El prójimo no viene a mi encuentro. No facilita el contacto. Con el prójimo hay casi siempre alguna «incompatibilidad». El prójimo está lejos, aunque esté ahí mismo, a dos pasos. Es difícil de aceptar y de soportar. Y cuesta bastante verlo, aunque lo tengamos delante de los ojos; o, mejor dicho, precisamente por ello. Inevitablemente, acabamos no percibiendo a las personas que son demasiado visibles. Pero ¿quién ha dicho que el prójimo, para serlo, debe estar cerca? El prójimo es, más bien, aquel a quien yo hago cercano. Es el individuo al que me acerco venciendo las resistencias y aversiones de distinto tipo, derribando la barrera de los gustos, las afinidades y los prejuicios.

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Quien ama no elige al prójimo, sino que se hace prójimo. En un hospital africano, una religiosa joven, después de superar bastantes dificultades, había obtenido autorización para dedicarse a una especialidad «infamante»: enfermedades venéreas y afines. Algunos no «veían» la presencia de la religiosa en un ambiente como aquél. Durante la visita del obispo, la religiosa nota que el prelado no tiene ninguna intención de entrar en aquel pabellón. Cuesta un triunfo convencerlo. Incluso al llegar a la puerta, el obispo no oculta su... sagrada repugnancia frente a aquel «prójimo» tan lejano a sus gustos: - Hermana -dice entre dientes-, éstas si que son de verdad almas negras... - Pero yo, Excelencia, sé cómo blanquearlas -responde la religiosa. Fue una notable lección de Evangelio.

El prójimo es un intruso Tiene la pésima costumbre de llegar en el momento menos oportuno. Y no se anuncia. Se presenta de repente. Su llegada se caracteriza siempre por el elemento sorpresa, tampoco demasiado agradable. El prójimo irrumpe en nuestra vida cuando menos lo esperamos, cuando no lo prevemos, cuando no tenemos tiempo, cuando ya nos agobian otras preocupaciones. El prójimo no suele ser cortés. No conoce las buenas maneras. Es indiscreto, intruso, inesperado. Trastorna nuestras costumbres, viene a perturbar el normal des-

arrollo de nuestra vida, embrolla terriblemente nuestros programas, desbarata nuestras razonables previsiones... No reduzcamos, por tanto, el amor al prójimo a normas detalladas y minuciosas para neutralizar el elemento sorpresa. No debemos obligarlo a entrar en esquemas prefabricados para eliminar la inseguridad. ¡Ay de un amor excesivamente planificado y programado! El error del sacerdote y del levita, en la parábola, consiste precisamente en no aceptar a un prójimo que no estaba incluido en sus programas. En su agenda litúrgica no estaba fijada la cita con el herido. ¡Qué diantre: hay que pedir audiencia y no presentarse de improviso (poco importa que a él los bandidos no le hubieran precisamente pedido audiencia...)! Por eso se creyeron autorizados a no detenerse ni ocuparse del pobre desgraciado que yacía al borde de su itinerario ya establecido de antemano. En cambio, el Samaritano aceptó la modificación de su programa de viaje. Introdujo en él tranquilamente el elemento nuevo, incómodo, extraño. «...También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mateo 24,44). Y viene todos los días, sin anunciarse, a nuestra puerta, con su acostumbrado y siempre inédito disfraz de «prójimo».

La cerrazón del «practicante» Hay que subrayar el significado de ese «se desvió y pasó de largo» del sacerdote y del levita (las acciones del

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Samaritano, por el contrario, no necesitan comentario, sino imitación, como hizo notar el propio Jesús: «Vete y haz tú lo mismo»). Los dos especialistas de la religión pretender llegar a Dios «desviándose y pasando de largo» ante el impedimento o el fastidio representado por el prójimo. Para realizar su programa religioso, el sacerdote se pone en la parte más segura, con el fin de no correr el riesgo de toparse con las necesidades del hermano. Su itinerario espiritual no tolera retrasos, desviaciones peligrosas, «espectáculos» incómodos que distraen y perturban. Los deberes legales y rituales están por encima del corazón, de la humanidad, de la ternura. Es la ilusión grande y persistente de quien se engaña pensando que puede llegar a Dios pasando por encima del prójimo. Encontrar a Dios sin tener necesidad de encontrarse con el hermano. Conocer e interpretar la voluntad del Señor ignorando la realidad provocativa que está a la vista. Ocuparse de las «cosas de Dios» sin advertir que lo que más le importa a Dios son «las cosas de los hombres», sus hijos. Pensar en la propia alma y, a la vez, hacer oídos sordos al grito (o a la invocación silenciosa) de quien sufre en la cuneta... Mostrarse obsesionados por la observancia de la ley y pensar que la misericordia (literalmente: conmoverse las entrañas) es una debilidad, olvidando que, no obstante, es la asombrosa y enorme «debilidad de Dios». Pretender allegarse a Dios manteniéndose prudencialmente alejados del enemigo, del extranjero, del diverso, del antipático.

Dios, por el contrario, nos reprocha nuestra obsesión por la exactitud y la puntualidad a la hora de cumplir nuestros deberes religiosos y que, a la vez, «pasemos de largo» por delante de la humanidad, conculcando la justicia y olvidando la caridad. No. No existe otro lado del camino. Al menos, del camino que lleva a Dios. El único lado que se puede recorrer para llegar al destino es el que está «obstaculizado» inexorablemente por la presencia -no siempre agradable y, en cualquier caso, a menudo imprevisible- del prójimo. Es un Dios a la vez tan lejano y tan cercano... Tan inasible y, sin embargo, tan empeñado en «hacernos señas»... Tan invisible y, a la vez, tan excesivamente visible... No es cuestión precisamente -como bien había visto Moisés (Deuteronomio 30,10-14)- de subir hasta el cielo o de sumergirse en los abismos marinos para encontrarlo. El Samaritano se limitó a «bajar» de su cabalgadura (mulo, asno, caballo, sillón, cátedra, trono...), un gesto en modo alguno excepcional, y a «internarse», ensuciándose de polvo y sangre, en el dolor de un pobre desdichado cualquiera. El sacerdote y el levita llegaron sin impedimentos hasta el final del camino, pero no acudieron al encuentro. El Samaritano sólo dio dos pasos. Pero en la dirección correcta.

Llega el momento... Llega el momento en que hay que inventar lo antiguo, empezar a leer de verdad los libros que conocemos de memoria, aprender finalmente las oraciones que recitamos todos los días, comprender las cosas que enseñamos y explicamos a los demás, explorar la extensión de nuestra

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habitación, descubrir a la persona que vive junto a nosotros desde hace tantos años, encontrar lo que manejamos todos los días, desear lo que poseemos... Llega el momento en que tenemos que avergonzarnos de nuestro «saber» cuando no va acompañado del «hacer». Alguien ha dicho que hemos estado persiguiendo con la lengua el progreso técnico y que debemos detenernos para que nuestra alma pueda alcanzarnos. Yo diría que también el corazón. El verdadero Samaritano Jesús es el verdadero Samaritano. Fue El quien se inclinó sobre el hombre, curó sus heridas milenarias, lo puso en pie y le dio un rostro humano. Y, justamente a través del gesto visible del Samaritano, se convierte en «la imagen del Dios invisible» (Colosenses 1,15). Mi Purgatorio «Jesús le dijo: "Vetey haz tú lo mismo"». A menudo me sorprendo pensando cómo será mi Purgatorio. La imagen que más me aterra es la de la inmensa cantidad de ocasiones perdidas en mi vida. El enorme montón de mis pecados de omisión. Sí, omisión de ayuda al prójimo que la esperaba... Y otra imagen igualmente inquietante: la comparación entre los dos caminos. Son 27 kilómetros en total, mi camino que baja de Jerusalén a Jericó.

Por una parte, el camino tal como es: triste, abrasado por el egoísmo, pavimentado por la indiferencia, caracterizado por la violencia más brutal. Centenares de personas que mueren esperando un gesto de auténtica amistad... Y yo que no sé adivinar nunca el lado acertado. Yo que sigo adelante. Perennemente distraído. Siempre ocupado en «cosas importantes», dedicado a cumplir «compromisos urgentes». Infaliblemente provisto del maldito certificado donde está escrito: «no es asunto mío», y que muestro en todas las ocasiones incómodas. Por otra parte, el camino como podría haber sido. Como habría podido ser si hubiera estado menos distraído. Si hubiera sabido detenerme. Si no hubiera «evitado las ocasiones» vilmente. ¿Cómo sería el mundo, en qué se convertiría mi camino, si yo fuese un creador de amor como el Samaritano, si respetase la consigna de Cristo: «Vetey haz tú lo mismo»! En cambio, cuántas sonrisas he apagado, cuántas arrugas he dejado en el rostro de mis hermanos. Cuántas esperas he desilusionado, cuántas esperanzas he truncado, cuántas desesperaciones he alimentado con mi indiferencia, mi frialdad, mi distancia, mis cálculos oportunistas... La comparación entre las dos imágenes del camino -tal como es y tal como podría haber sido- constituye indudablemente un espectáculo capaz de regalarme algún que otro millón de años de tormentos y remordimientos. Ése será mi Purgatorio.

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También el amor está al acecho Señor, en el camino del hombre siempre hay alguien al acecho. Bandidos sin prejuicios que le roban la dignidad, la esperanza, la libertad, la sed de justicia, la aspiración a la paz, la voluntad de ser honrado... Haz, Señor, que este hombre, despojado de todo, pueda descubrir que en su camino está al acecho también el amor. Un amor que sabe detenerse. Que es capaz de perder el tiempo. Que tiene el valor de darlo todo.

El hombre sin adjetivos y sin documentos Los especialistas que han sometido la parábola a la criba del análisis estructural hacen algunas observaciones bastante interesantes. Trataré de sintetizarlas. El relato ofrece datos de tipo personal o geográfico que permiten identificar a los personajes. De algunos se especifica, por ejemplo, su oficio, la actividad más o menos noble que desempeñan (salteadores, sacerdote, levita). O bien se indica su proveniencia (Samaritano). Además, ninguno de los personajes que tienen un papel en la parábola está en el escenario desde el principio hasta el final de la representación. Los salteadores aparecen al principio y después desaparecen. En un cierto momento se presentan el sacerdote y el levita, responsables del servicio del templo: están sólo de paso y siguen su camino. Luego aparece el Samaritano, que se detiene,

socorre al herido, lo lleva a la posada más próxima... y desaparece. Hasta el final no se habla del posadero encargado de alojar al herido hasta que se recupere. Sólo hay un personaje que está en el escenario de principio a fin. Y es precisamente el herido. De este individuo, que, por lo demás, es el personaje principal, no sólo no se ofrece ningún dato general, sino ni siquiera la menor información. En su documento de identidad no se consigna ningún dato: ni nombre, ni edad, ni proveniencia, ni religión, ni ideas políticas, ni otros signos característicos que lo hagan reconocible. ¿Cómo es? ¿Joven, anciano u hombre maduro? ¿Cuál es su oficio? ¿Es una persona honrada o deshonesta? ¿Cuál es su patria? ¿Cómo es su conducta moral? ¿Por qué se encontraba allí? ¿Es creyente? ¿Tiene familia? ¿A qué clase social pertenece? ¿De qué color es su piel?... Nada. No poseemos ninguna información sobre él: sigue siendo una persona sin nombre, sin rostro, sin documentos, sin señas de identidad. Un único dato: «un hombre». Mas, pensándolo bien, es el fundamental. Aquí está contenida ya una lección esencial de la parábola, a saber: para hacerte prójimo no necesitas tener muchos datos acerca de un individuo. Te basta con saber una sola cosa, pero decisiva: es un ser humano. Todo lo demás es superfluo. Y, en cualquier caso, no debe influir en tu actitud, en tus comportamientos. Un hombre: el único título, la única credencial, la única legitimación. Un hombre. Basta con eso. Y tú tienes que acercarte, aproximarte, inclinarte sobre él, hacerte cargo de él. Si, para intervenir, quieres saber más cosas, pretendes

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realizar un análisis suplementario, tratas de adivinar a qué partido está afiliado, necesitas informaciones precisas sobre su cuenta corriente..., significa que no has comprendido la lección del Samaritano. El sacerdote, peor que los salteadores El sacerdote y el levita se comportaron, con aquel pobre desgraciado peor que los bandidos. En efecto, éstos le robaron, le quitaron sus bienes, le sustrajeron, con la violencia más brutal, sus bienes materiales. En cambio, los funcionarios de lo sagrado le robaron su dignidad, le despojaron de su valor de persona, le arrebataron el tesoro más precioso: su importancia como hombre. Al «pasar de largo», indiferentes, es como si le hubiesen dicho: «Para nosotros tú no cuentas nada... Es como si no existieras... Hay cosas y asuntos mucho más importantes que tú... Tu condición no merece que hagamos un alto en nuestro camino, que te dediquemos un poco de nuestro tiempo». Negar la atención al prójimo significa borrarlo de nuestro horizonte, suprimirlo. La indiferencia puede ser homicida. La distancia, la no implicación, puede ser una forma de violencia. Es posible masacrar a un hombre con sólo «pasar a su lado», sin rozarlo...

Incapaces de celebrar la liturgia de la misericordia Trato de imaginarme al sacerdote y al acólito en el templo. Puntuales, exactos en los ritos, rígidos, con un aspecto incluso hierático, a las órdenes de un engreído maestro de ceremonias. Nadie les había informado de que la liturgia, aquel día, se celebraba en el camino hacia Jericó. Y era una liturgia diferente: la liturgia de la misericordia, que permitía improvisaciones, gestos y palabras no previstas en el ritual, sin ningún maestro de ceremonias que impartiera las órdenes. Y aquel día ni siquiera Dios estaba en el templo. Estaba un poco más abajo, en una curva de aquel camino maldito. Se había adelantado a sus funcionarios. Los esperaba allí abajo, para un culto a cielo descubierto. Y ellos «pasaron de largo». Sin percatarse del desplazamiento de las funciones sagradas. Y de este modo su puesto fue ocupado por un no consagrado -e incluso excomulgado- que, sin embargo, supo realizar de manera correcta los ritos de la misericordia. Los dos funcionarios de lo sagrado no comprendieron que, en determinadas circunstancias, la única manera de conservarse puros consiste en mancharse las manos. Dios está en todas partes. Y nosotros corremos el riesgo, como aquellos dos, de buscarlo... en otra parte. Todo empieza cuando termina la oración No hay duda: el sacerdote «bajaba por aquel camino». Venía, pues, de Jerasalén, donde casi con toda seguridad había participado en el culto del templo.

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Tras cumplir con su deber, pensaba que todo había terminado. Había dado a Dios lo que a Dios le correspondía. Dios no podía pretender nada más de él... Sin embargo, Dios sí quiere recibir todavía algo, en forma de caridad, justicia, bondad, generosidad, atención al prójimo, solidaridad. No se contenta con la alabanza, la adoración, el canto. Dios quiere y pretende algo también en nombre del hombre. Por eso, sólo se da a Dios todo lo que es de Dios cuando, al mismo tiempo, se da al hombre todo lo que corresponde al hombre. Lo divino se borra cuando no está presente lo humano. Es el error de tantos cristianos que se engañan pensando que saldan sus cuentas con Dios con la oración y el tiempo (más o menos largo) transcurrido en el templo. Y no se percatan de que la oración empieza exactamente cuando termina la oración.

palabras y actitudes no reglamentarias, se quedan desconcertados al constatar que no corresponde a la imagen que se habían fabricado. Y entonces cierran apresuradamente la puerta. Hay que eliminar la imagen ideal y aceptar al prójimo real, tal como es, no como desearíamos que fuera.

Encuentro de rostros El sacerdote «lo vio». Y también el levita. Pero ¿lo vieron realmente? Lo dudo. En realidad, de ver a ver hay mucha diferencia. Los verdaderos encuentros son esencialmente dos rostros que se encuentran. Y el amor sólo es posible entre rostros1. Se ha observado que «el ser palpita a través de la mirada». Y Malcolm de Chazal afirma que la mirada «es el más hermoso salón de recepciones». Con la mirada se puede matar o herir, pero también respetar y acariciar. Como propone I. Mancini, «...un rostro que mirar, respetar y acariciar». El filósofo judío Emmanuel Lévinas sostiene que la ética es una óptica. Es decir, el comportamiento con respecto al otro está determinado por mi modo de verlo. Mirar a la cara al otro significa respetarlo.

Prohibido hacerse una imagen ideal del prójimo Muchas personas, aun animadas por su buena voluntad, se hacen una imagen ideal del prójimo. Una especie de retrato-robot al que se atienen también en sus conversaciones: ancianos, drogodependientes, prostitutas, presos, madres solteras... Después, cuando se encuentran frente al prójimo de carne y hueso, con defectos y miserias de todo tipo,

1.

Léase, a este respecto, el bellísimo volumen de B. CHENU, Tracce del volto, Edizioni Qiqajon, Magnano 1996 (trad. cast. del original francés: La huella de una mirada, San Pablo, Madrid 1993).

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El Samaritano, una buena persona Ciertamente, definir al Samaritano como «una buena persona» no es una simpleza. Hoy son muchos los individuos que se proponen como «salvadores de la humanidad» y desprecian todo gesto de piedad, de compasión, porque lo consideran expresión de una «actitud demasiado indulgente». A propósito del Samaritano sostienen que, si en aquel camino se repiten las agresiones, sería mejor que fuera corriendo a avisar a la policía. Como si el gesto de solidaridad, de sencilla caridad, excluyese la posibilidad e incluso la necesidad de intervenir en las causas. Alguien ha dicho: «Mejor ser una buena persona que un salvador de la humanidad». Hay que precisar también que los llamados salvadores de la humanidad, normalmente, en lugar de «echar aceite y vino» sobre las heridas de la humanidad, vierten torrentes de palabras. Y, en vez de pagar en metálico los sacrosantos «dos denarios», pretenden que les paguen generosamente por sus diagnósticos «correctos» y sus terapias «infalibles».

res inertes (en este sentido se asiste a un espectáculo, a un partido de fútbol, a un accidente). Sin embargo, «asistencia», aun cuando esté en horas bajas, es una palabra noble, de la que no hay por qué avergonzarse y que está siendo revalorizada gracias a la aportación del Samaritano y de todas las criaturas que se parecen a él. De hecho, proviene del verbo latino adsistere, compuesto de ad (junto a, delante) y sistere (estar), y tiene el significado de cuidar, ayudar, socorrer. Se trata, por consiguiente, de «estar junto a», de «estar delante de» alguien, de estar presentes. Pero estar como el Samaritano: en sentido activo, comprometiéndose, dejándose implicar con toda la persona. Asistencia significa, justamente, implicación. La asistencia es lo contrario de la huida. Asistir, en este sentido preciso, significa, en el fondo, «salir al encuentro». Asistir no quiere decir «aparecer». Por el contrario, asistencia significa estar presentes, no en el momento del triunfo, del espectáculo, de las celebraciones, sino cuando se trata de trabajar, comprometerse, sacrificarse. Paradójicamente, asistencia significa capacidad de «desaparecer».

¡Qué horror! El Samaritano prestó «asistencia»... Aunque pueda parecer banal y simplista, el Samaritano se limitó a prestar «asistencia». Se trata de una palabra que hoy goza de mala fama y está desacreditada, sobre todo cuando se aplica a una actitud afectada y no sincera, o bien a comportamientos caracterizados por la pasividad -según esta interpretación, «asistir» significaría ser espectadoLos nuevos samaritanos Hoy la boca puede convertirse en el sustituto del gesto concreto de humanidad realizado por el Samaritano. En lugar de las manos que vendan al herido, lo que prima es la palabra, la definición, el análisis correcto de la

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situación, la discusión, el «control» del problema. Con frecuencia escucho casualmente a individuos que hablan de esta manera: «tenemos que tener control sobre tal problema...». Y los interesados se sienten de pronto más aliviados, pueden estar tranquilos, saben adonde ha ido a parar su problema... Se ha ironizado excesivamente, durante decenios, sobre el muchacho que, como tenía que hacer la buena acción del día, ayudaba infaliblemente a una viejecita a cruzar la calle. Hoy los caminos resultan aún más peligrosos que el de Jericó (y los salteadores viajan en vehículos que circulan a una velocidad homicida). Pero ya no hay viejecitas. Han desaparecido de la circulación. Las hemos eliminado. Para sustituir a los viejos han nacido los de la «tercera o cuarta edad». Y, de este modo, ni siquiera les cedemos el asiento en el autobús o en el metro, ni se nos pasa por la cabeza que llevar la bolsa de la compra a aquella persona que camina encorvada puede ser una buena acción. Después de todo, no son viejos -es descortés hablar de esta manera, sentencian los sabihondos-, tan sólo pertenecen a la «tercera o cuarta edad». Hoy se considera maleducado, no a quien se niega a echar una mano al prójimo que se encuentra en una situación difícil, sino a quien le niega el flamante nombre que sustituye al anticuado. En esta perspectiva, los grandes bienhechores de la humanidad sufriente serían los psicólogos, sociólogos y afines. Con sus doctos tratados, su brillante terminología, sus tranquilizadores nombres, sus asépticas definiciones, están obteniendo (al menos eso es lo que dicen) las cura-

ciones más prodigiosas de (casi) todos los males. Ellos son los samaritanos del mundo moderno. Aquel hombre no es un pobre desdichado que corre el riesgo de morir desangrado porque nadie se detiene a socorrerlo (y los salvadores de la humanidad están allí tomando nota para poder denunciar después la lentitud del servicio de primeros auxilios). Es sólo un «marginado», cuya situación -naturalmente «compleja», porque está determinada por una infinidad de causas que «se acumulan», como el problema de la seguridad en los caminos, de las causas de la violencia, del peligro de una intervención que sea sólo asistencia... sí, porque la verdadera amenaza no viene de los bandidos, sino del Samaritano...- tiene que ser examinada atentamente, estudiada con calma y resuelta «globalmente», enmarcándola «en el contexto de intervenciones capaces de...». Personalmente, prefiero, también desde una perspectiva estética, al Samaritano que se inclina sobre el herido, aunque no resuelva «totalmente» el problema de la criminalidad. Prefiero al muchacho que ayuda a la anciana a cruzar la calle, o le cede el asiento en el autobús, aunque no afronte ni resuelva «globalmente» el grave problema de la saturación de los medios de transporte públicos.

El amor es humildad «Acercándose...». Pero para acercarse tuvo que bajar de su cabalgadura. El amor es siempre humildad. El amor se abaja.

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«Vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino...». Viene a la mente el gesto realizado por Jesús en la Última Cena: «...Se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos...» (Juan 13,4-5). El amor se expone, sin defensas. El amor anula las distancias. El amor es despojo de sí. Nadie puede amar si no se despoja del papel, del orgullo, del prestigio, de las actitudes de superioridad. El encuentro es posible sólo para quien «se baja» de la cabalgadura del orgullo, de la afirmación de sí, de la ambición...

Caridad y discreción ¡Qué suerte que en aquel tiempo no hubiera micrófonos ni cámaras de televisión al acecho...! El Samaritano se libró de los entrevistadores (y también el herido tuvo la suerte de no tener que responder al informador petulante que le habría preguntado «qué había sentido cuando los salteadores lo molían a palos...»). La verdadera caridad es siempre discreta. No debe ser exhibida ni instrumental izada; no hay que hacer ostentación de ella ni darle publicidad. Hoy, por desgracia, en vez de la caridad «secreta» (Mateo 6,4), oculta, esquiva, modesta, abunda una caridad espectacular, ruidosa, pregonada a bombo y platillo, que gusta de estar en todas partes, de la que se hace propaganda más allá de los límites de la decencia o, al menos, del buen gusto.

Hoy asistimos a penosos espectáculos de divismo, a indigestos fenómenos de protagonismo excesivo, de culto a la personalidad y a la popularidad en el campo de la caridad y de las iniciativas de tipo social. De este modo, la caridad y las buenas obras se convierten en pretexto para el exhibicionismo de gentes frivolas que muestran sin recato ante el público sus penas variopintas y melindrosas y recitan una «letanía del yo» tan vanidosa como infantil. Con la excusa de que es necesario dar «buenas noticias», dar a conocer el bien, y no sólo el mal presente en el mundo, hay gente que, en cuanto decide hacer algo, lo primero que hace es crear una oficina de prensa encargada de transmitir la información a todos los medios de comunicación del lugar. Se preocupan más de hacer saber que de hacer. En cambio, el Samaritano, un tipo más bien esquivo, se preocupó de hacer saber al huésped que él pagaría la cuenta.

¿Dónde está Dios? En la parábola Dios parece ausente. Ni siquiera es nombrado. Se le ignora por completo. Está en el cielo, envuelto entre nubes que no Le permiten abrir una ventana para ver lo que sucede en el polvoriento camino de Jericó. ¿Es exactamente así? En realidad, es el gesto del Samaritano lo que hace presente y manifiesta a Dios. Mientras que el sacerdote y el levita lo habían alejado,

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ocultándolo entre las nubes del incienso y el humo de los sacrificios, el Samaritano lo lleva de nuevo a aquel camino infame. ¿Lo lleva de nuevo o lo descubre?

Las lecciones son tres (y tal vez más...) Algunos estudiosos, al comentar e interpretar la parábola, oscilan entre dos perspectivas, que constituirían otras tantas lecciones: - se trata de amar al enemigo; - y se trata también de dejarse amar por el enemigo. Yo añadiría otra perspectiva: se trata de aprender del enemigo. Y me parece que ésta es precisamente la lección impartida por Jesús al doctor de la Ley cuando le dice: «Vete y haz tú lo mismo». Es decir, aprende del Samaritano, del hereje, del diferente. En cualquier caso, las tres perspectivas no se excluyen entre sí. Hay que tener presentes todas y cada una de ellas. Y tal vez haya alguna más.

Casualmente... «Casualmente...». Había sido una jornada decididamente desafortunada para aquel desdichado tendido en la cuneta del camino. Sin embargo, después de la infame emboscada de que había sido víctima, he aquí que en su horizonte sombrío se abre un atisbo de luz.

Por sí solo no puede salir de aquella difícil situación, y como está perdiendo mucha sangre, cada vez le queda menos tiempo de vida. La única esperanza es que pase alguien. Y he aquí que, de repente, no sólo pasa alguien, sino que pasa nada menos que un sacerdote. «Casualmente...». Cabe suponer que el hombre «medio muerto» pensara: «Bueno, en el fondo tengo que considerarme afortunado... Mira por dónde, veo que está bajando un sacerdote. Después de todo lo que me ha pasado, después de lo feo que se ha puesto el asunto, parece que las cosas empiezan a solucionarse...». La mirada casi apagada del herido se enciende de nuevo, se hace como el objetivo de una cámara fotográfica que capta a lo lejos aquella figura, después la enfoca cada vez más cerca, pero, ¡ay!, también ve cómo se desvanece. El sacerdote, en efecto, no se detiene. La misma secuencia se repite en el caso del levita, en un dramático alternarse de esperanza y frustración, confianza y desilusión. En el horizonte se perfila de nuevo un tercer personaje. En el herido se enciende otra vez, aunque muy débilmente, la llamita de la esperanza. Pero cuando el desconocido se acerca, y él puede observar sus facciones con precisión, aquel pobre desgraciado se siente desconsolado: se trata de un enemigo. La única esperanza que le queda está precisamente en la hipótesis, casi inverosímil, de que no se comporte como un enemigo y manifieste una pizca de humanidad. Y sucede exactamente lo increíble. El enemigo, el bastardo, el mestizo, de quien no era lícito esperar nada bueno, se comporta como prójimo.

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De modo que la salvación llega de la parte inesperada y, me atrevería a decir, equivocada.

Lo que no esperas Una pequeña experiencia que tuve justamente en aquel camino confirma el aspecto paradójico de lo que le sucedió al herido en la parábola. Éramos un puñado de amigos a los que no nos gustaba viajar siguiendo los itinerarios preestablecidos. Bajábamos de Jerusalén a Jericó por el camino antiguo. A pie, naturalmente. En el otro, recorrido en un autocar con aire acondicionado, no se descubre nada y se comprende todavía menos. Caminábamos cubiertos por una pegajosa capa de polvo. Las piernas entumecidas. Aturdidos por el sol. Abrasados por la sed. Nadie nos había ofrecido nada de beber en el célebre monasterio de San Jorge de Qoziba. La decepción se hizo aún más hiriente por el calor. Divisamos una alucinante serie de barracas perforadas por las bombas, y al fondo el bellísimo oasis de Jericó. Frente a la primera casucha vieja y destartalada que avistamos, hay una higuera que nos parece un milagro. Nos sentamos un instante, buscando refugio a la sombra del árbol providencial. Dentro de la casa hay una mujer con ocho o nueve niños. Viene a darnos la bienvenida, rodeada de sus hijos llenos de suciedad (a uno de ellos lo lleva en brazos). El marido trabaja quién sabe dónde. Regresa cada dos o tres meses. Algunos de nosotros nos llevamos la mano a la cartera o al bolsillo. Pero la mujer se adelanta. Se afana preparando un

fuego débilísimo. Saca unos vasos con los bordes rotos y, desde luego, nada transparentes. Pero la escena a la que asistimos, estupefactos, tiene una belleza única. Té con menta, ideal para quitar la sed. También nosotros podemos contar ahora nuestra parábola. Bajábamos de Jerusalén a Jericó, estábamos seguros de que en el monasterio de san Jorge alguien sacaría para nosotros aguafresquísimadel pozo. En cambio, un monje gruñón ni siquiera nos permitió acercarnos al borde. Todavía no habíamos terminado de hablar sobre la huraña indiferencia de aquel monje cuando una mujer cualquiera, una palestina paupérrima, se afana con unos vasos y un pucherito ennegrecido entre los muros agrietados de su cabana. Probablemente era la persona más miserable de Jericó. ...Y lo que os falta, dejan que os lo den los pobres. ...Y si queréis aprender alguna lección evangélica, no vayáis a leer el letrero puesto en la puerta.

El Evangelio en edición de lujo Pienso que el Señor tiene, en el cielo, un Evangelio en una edición muy lujosa, espléndidamente ilustrada, que guarda celosamente y que actualiza de continuo, cada hora, dirigiendo la mirada a todos los caminos de Jericó que atraviesan la tierra. En un lado está el texto, están las palabras, sus enseñanzas. En el otro, las ilustraciones. Entiéndase bien: no las ilustraciones de los grandes artistas, que sólo Le interesan relativamente.

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No. Las ilustraciones se las ofrece cada día nuestro mundo, se las proporcionan muchas personas que no saben ni agarrar un pincel, pero que, en cambio, saben tomarse en serio su mensaje. Y, de este modo, el Evangelio, ilustrado por millones de Samaritanos desconocidos, crece sobremanera. En una parte, las palabras de Jesús; en la otra, los «hechos» de los hombres. En un lado, su enseñanza; en el otro, la interpretación práctica. Es un volumen inmenso, grandisimo (aunque falten las doctas anotaciones de los exegetas). El Señor lo mira en todo momento con una complacencia mal disimulada. Aquel Evangelio comentado, ilustrado por las acciones (mejor si están ocultas), Le demuestra que su paso por la tierra no ha sido inútil. En este punto, debo tener valor para hacerme una pregunta: ¿cuál es mi aportación a esta edición ilustrada (y realmente ecuménica) del Evangelio? ¿Qué «hechos» he logrado enviar hasta ahora al cielo? Junto a la parábola del Samaritano, por ejemplo, sobresalen miles de ilustraciones estupendas, todas originalisimas, auténticas obras maestras. Ninguna de ellas es «copia» de la otra, porque la caridad es siempre creativa. Pero ¿acaso no está Cristo esperando algo mío? Una edición de lujo, actualizadísima. Pero seguirá siendo una edición incompleta mientras falten mis ilustraciones. Siempre hay una persona que espera en una curva de mi camino. Y siempre hay un Dios que espera, con un Evangelio completamente abierto. Y una ilustración que falta.

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Más allá de nuestras preguntas El diálogo entre el doctor de la Ley y Jesús está construido sobre un esquema muy significativo: pregunta del doctor de la Ley (10,25) y contra-pregunta de Jesús (10,26); segunda pregunta del doctor de la Ley (10,29) y contra-pregunta de Jesús (10,36). Este esquema pone de manifiesto una constante de los debates de Jesús y, de manera más profunda, una característica de la misma revelación: muchas veces las respuestas de Jesús exigen que el oyente cambie ante todo la dirección de su pregunta. Los interrogantes del hombre son demasiado limitados para las respuestas de Dios. También el análisis de esta parábola muestra que Jesús no responde directamente a las preguntas del doctor de la Ley. ¿Desde cuándo responde Jesús «sólo» a las preguntas que le hacen? Sus respuestas van «más allá» y son «más amplias»1.

1.

B. MAGGIONI, Le parábale evangelichi;

Vita c Pcnsicro, Milano 1992.

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Invitado a la conversión El doctor de la Ley, que tenía una curiosidad teológica que satisfacer, ha visto cómo Jesús le invitaba a convertirse2.

No todas las subversiones están dictadas por el amor al prójimo; pero es cierto que el amor al prójimo es subversivo con respecto a todo ordenamiento social que permita o favorezca la injusticia, la opresión, la discriminación, la explotación3.

La caridad como transgresión Sucede lo inesperable El amor al prójimo se enseñaba ya en el Antiguo Testamento, pero tradicionalmente se limitaba a los miembros del pueblo judío. Por otro lado, entre israelitas y samaritanos había pésimas relaciones de enemistad y, con frecuencia, de abierta hostilidad. En una ocasión los samaritanos, que odiaban a los judíos, habían esparcido huesos de muertos en el templo de Jerusalén para profanarlo e imposibilitar la celebración de la Pascua, y los judíos, por su parte, además de maldecirlos, no los admitían como testigos ni aceptaban ser ayudados por ellos. La acción del Samaritano es, antes que un acto humanitario, un acto de transgresión de un modelo cultural. La «piedad» (v. 33) le lleva a transgredir aquella norma no escrita, pero socialmente vinculante en modo extremo, según la cual «los judíos no se tratan con los samaritanos» (Juan 4,9). El amor de este Samaritano al judío herido es, por tanto, realmente subversivo, ya que contradice radicalmente una norma de vida umversalmente aceptada. Pasan, pues, el sacerdote y el levita. Al herido le importa poco saber por qué no lo socorren y se alejan. Tal vez tienen miedo de detenerse en un lugar en el que poco antes ha ocurrido un acto de violencia y donde todavía puede acechar el peligro. Quizá piensan que está muerto, y temen contaminarse por el contacto con un cadáver. Tal vez ven en él al objeto de un castigo divino, inspirándose en la doctrina según la cual la desgracia, la enfermedad y la muerte siguen siempre a una culpa evidente u oculta. Quizá, simplemente, tienen prisa por volver a casa después de haber prestado su servicio en el templo, y no quieren perder tiempo. Ya se trate de falta de humanidad o de escrúpulo legal -que parece una hipótesis mejor-, ellos, los representantes más cualificados de la raza y la religión judías, no se sienten obligados a ayudar al infeliz. El ve cómo se alejan, dolorosamente asombrado porque dos de sus compatriotas y correligionarios no son sus prójimos.

3. 2. Ibid.

A. COMBA, Le parábale di Gesú, parola per l'nomo d'oggi, Claudiana, Tormo 1978.

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Y de pronto aparece el Samaritano, de quien el pobre judío herido no puede esperar ningún auxilio. Las relaciones entre judíos y samaritanos, siempre más o menos tensas (Juan 4,9), desde hace algún tiempo se han transformado en odio implacable. El nuevo viandante es presentado sin rasgos sentimentales; nada revela en él una particular tendencia a la compasión: probablemente, es un comerciante en viaje de negocios, absorto en sus pensamientos. Sin embargo, sucede lo inesperable. La parábola, que ha narrado brevemente las acciones del sacerdote y del levita, se demora en describir los movimientos y los gestos del Samaritano. Compadecido, baja de la cabalgadura (es probable que se tratara de un asno), venda las heridas, alivia el dolor con una mezcla de aceite y vino, carga al infeliz en el animal, lo lleva a la posada y pasa la noche junto a él; como al día siguiente tiene que partir, se lo confía al posadero, paga los primeros gastos y promete pagar el resto cuando regrese. En su actuación es atento, preciso, parco; no malgasta nada en generosidades inútiles, pero tampoco permite que falte nada de lo necesario4.

del prójimo y se encuentran en él en posición privilegiada: pero el encuentro con el infeliz en el camino, la situación concreta, demuestra la vanidad de su denominación. El Samaritano, por el contrario, según la definición, no es prójimo. Odiado por los judíos, también él los odia y cree que debe odiarlos: su pasado y su religión harían de él un enemigo. Pero al encontrarse frente al infeliz, en la lucha entre las convicciones y la compasión, opta por la compasión y con ello se convierte en un hombre nuevo, el «prójimo». Y el oyente que juzga desde la posición del infeliz, aunque sea judío y enemigo del Samaritano, siente que debe aplaudirlo, y piensa que el sacerdote ha renegado de sí mismo y, virtualmente, ha cometido un asesinato5.

La malla de la rígida armadura no la atraviesa la piedad Al elegir como modelo a una persona de un pueblo distinto del pueblo judío, Jesús ciertamente quiso denunciar, una vez más, una piedad sumamente orgullosa de sí misma y de sus tradiciones, pero carente de la libertad de espíritu necesaria para reconocer también la voluntad de Dios fuera de los esquemas habituales de la religión. El sacerdote y el levita pasan en vano junto al pobre herido, y esto no puede producirse sin un sentimiento de vergüenza también por nuestra parte.

Entre las convicciones y la compasión, opta por la compasión El sacerdote y el levita son el prójimo, según una definición vacía, pero no en la realidad viva. Forman parte de aquella categoría de personas que constituyen el círculo

4.

L. Ai.uisi, Gesii e le sue parábale, Marictti, Cásale 1963.

5.

¡bul.

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La tradición -incluida la tradición religiosa- no debe convertirse en una forma de rigidez, una cota ajustada y pomposa que confiere solemnidad a nuestro paso, pero cuya malla cerrada e impermeabilizada es impenetrable para el espíritu de Dios libre y creador".

ejemplo el comportamiento falso o verdadero para con el prójimo. Desea animar a la imitación del samaritano7.

¡Ay, si hubiera una justificación válida! La exégesis se esfuerza en atribuir la extraña conducta de las personalidades judías a motivos conceptuales que puedan atenuar la impresión de escándalo. Busca con afán razones de descargo. Suele recurrir especialmente al precepto de pureza ritual, que prescribe evitar a todo el que se halle en peligro de muerte. Pero un razonamiento de este tipo no se ajusta en absoluto a la narración. El texto trata de presentar la negación de auxilio como algo inesperable y escandaloso. Por eso la atribuye a tales personajes. La historia sería contradictoria si se permitiera mitigar o eliminar la inaudita escena mediante una explicación plausible8.

¿Parábola o alegoría? Ya algunos Padres de la Iglesia y muchos predicadores actuales dan a menudo una explicación alegórica de la parábola; es decir, ven representada en ella toda la historia de la salvación. El hombre asaltado por los ladrones es Adán o toda la humanidad, que por el pecado cae bajo el dominio de Satanás. El sacerdote y el levita significan distintas jerarquías de la historia veterotestamentaria. El samaritano es Jesús. El unge al hombre que está medio muerto con aceite y vino, es decir, le sana mediante los sacramentos y le lleva a la posada que es la Iglesia; se lo deja al cuidado del posadero, a saber, al que tiene cura de almas. Antes de marcharse (Ascensión) da al posadero dos denarios, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y promete volver (en la parusía del fin del mundo). Por convincente que a primera vista pueda parecernos esta explicación, no corresponde, sin embargo, a la intención de la parábola. Ésta no pretende proponer un esbozo de historia de la salvación, sino demostrar con un

El amor recibido de un enemigo Para la exégesis habitual, que considera esta pieza como una historia ejemplar, la configuración tiene el sentido de una llamada a la solidaridad. La conducta del Samaritano

7.

8. 6. Ihid.

A. KlMMI-R. Les hablaba en parábolas. Cómo leerlas v entenderlas, Sal Terrac, Santander 1982, p. XI (orig. alemán: Gleiehnisse Jesu. Wie man sie lesen uncí verslehen sol!, Herder, Freiburg 1981). W. HARNISCH, \,as parábolas de Jesús. Una introducción hermenéutica, Sigúeme, Salamanca 1989, p. 240 (orig. alemán: Die G/eichniserzahlungen Jesu, Vandenhoeck und Ruprccht, Góttingen 1985).

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ofrece un caso modélico que indica la orientación que sigue una práctica de la fe comprometida con las necesidades del prójimo: «precisamente el prójimo» aparece aquí como «el libro de lectura de Dios» (E. Fuchs). Pero ¿explica esta interpretación la relación conflictiva que se expresa en la secuencia de los transeúntes? ¿Tiene en cuenta que el texto ofrece a los oyentes judíos un curso narrativo que atribuye el acto de recusación de ayuda a dos «mandatarios religiosos» (H. Braun) de la propia comunidad cultual, y el gesto de compasión a un miembro de esa sociedad menospreciada que son los samari taños? Hay que preguntar con J.D. Crossan si la constelación de personajes no sería diferente de haber pretendido el narrador ilustrar la exigencia del amor al prójimo y encarecerla como ineludible en un caso modélico. Con esta intención, bastaría presentar a tres personas anónimas en la serie de transeúntes ajustada a la ley del número ternario o, si se persigue a la vez un efecto anticlerical, presentar, después del sacerdote y el levita, a un judío laico. Pero si el relato debía presentar un ejemplo ilustrativo del precepto del amor al enemigo y animar a los oyentes judíos a practicar la conducta correspondiente, el odiado Samaritano no habría desempeñado el papel de auxiliador, sino, a la inversa, el papel de hombre necesitado de ayuda. De hecho, la versión que nos ha llegado del relato no utiliza ninguna de estas posibilidades... ...El acto caritativo del Samaritano, en cambio, revela el amor, no en la dimensión de la exigencia, sino en la

de un evento. Lo que el relato afirma y propone no es otra cosa, dicho en fórmula provisional, que la sorprendente e irresistible experiencia del amor recibido de un enemigo9.

Ganar al oyente para la causa del amor Todo hace pensar que el relato pretende, con una exposición de lo inverosímil, despertar una experiencia que todos tienen, pero que la vida cotidiana ahoga y escamotea. El relato saca a la luz de un modo hiperbólico lo que nadie quiere percibir. En el caso límite de una negación de auxilio, pone de manifiesto lo que la experiencia cotidiana enmascara permanentemente: que en realidad no estamos a la altura de las exigencias del amor. La conducta de los jerarcas cultuales no tiene nada de extraordinario: «su comportamiento inhumano es en realidad lo que hace todo el mundo». En esta perspectiva, la reacción de los servidores del templo, escenificada en forma tan incisiva, lleva el sello de lo real. La incomprensible reacción a la extrema necesidad de un herido viene a desenmascarar la traición cotidiana que se hace al amor. La indiferencia de los dos primeros transeúntes revela lo que el oyente mismo tendría que reconocer: que su vida real está marcada por un fallo que proviene de la ausencia de un amor intenso. Pero el relato trata de ganar al destinatario para la causa del amor. Por eso escenifica la deficiencia fundamen-

9.

Ibid.. pp. 244-245.

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tal de la vida cotidiana en un acto de flagrante desamor que forzosamente ha de provocar su protesta. De ese modo le da a conocer el carácter irrenunciable del amor. El desarrollo extravagante de la acción delata así una doble estrategia subversiva. Por una parte, el relato descubre, en contradicción con la idea del oyente, el fallo real de su tenor de vida. Por otra, le hace sentir esa carencia como intolerable, avivando su malestar con la descripción de los hechos. Sin ahorrarle la súbita conciencia de que su vida real se caracteriza por la ausencia de amor, le atrae secretamente a la causa del amor. En otras palabras, la parábola le recuerda al oyente que le falta el norte de su vida10. Dios no plantea problemas y, sin embargo... ¿Por qué este hombre que citó, si no creó, el Sumario de la Ley sólo se hace preguntas sobre el prójimo? ¿Por qué no preguntó quién era Dios? ¿Acaso es más fácil entender y amar a Dios que al prójimo? El hecho es que, para nuestro teólogo casuista, Dios probablemente no plantea problemas. Se sabe dónde está, dónde es posible encontrarlo y de qué modo, sin correr el riesgo de equivocarse, adorarlo y amarlo. En cuanto el hombre, basta con que esté en el templo, desenrolle el volumen de la Ley, cante o rece, ofrezca el diezmo...; Dios está allí como un servidor celoso e impecable. A Dios, a fin de cuentas, se le posee.

Lejos de mí pensar que Dios no está presente en el templo, en el culto y en todo lo demás. ¡Lo que me molesta es este dominio casi mágico sobre él! Es como creer que resulta fácil amarlo y pensar que es infinitamente más fácil entender y amar a Dios, a quien no vemos, que al prójimo a quien vemos y tocamos. Sin negar su presencia y su fidelidad en nuestros cultos y en nuestras oraciones, me pregunto si acaso no lo aprisionamos muchas veces en nuestras iglesias, en nuestros sistemas, en nuestras teologías. Con demasiada frecuencia, no sabemos exactamente quién es, y sabemos demasiado poco quién es el prójimo. ¿Acaso hemos olvidado que, en Jesucristo, Dios se ha acercado a nosotros? Se ha hecho tan real, tan concreto como un prójimo, pero también tan difícil de descubrir como todos los demás prójimos".

Llega el momento de correr riesgos Jesús ataca a la Ley. Porque con la Ley ya no hay riesgo. Y, en tal caso, tampoco hay verdadero prójimo, ni es posible amar al prójimo... Lo que Jesús reprocha a nuestro sacerdote y a su acólito es que no comprendieran que, en la situación en que se encontraban, tenían que haberse saltado su Ley para acceder a la libertad y al amor al prójimo.

10. Ibid., pp. 247-248.

11. A. MAILIX) r, Les parábales de Jésus au/oiird'hui, Labor et Fidcs, Gcnévc 1973, p. 102.

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Les reprocha que no comprendieran que había llegado el momento de la casualidad, del «riesgo», en que ya no es válido ningún texto, en que hay que inventar el propio comportamiento'2.

No es un ángel, sino alguien que opta No hagamos de nuestro Samaritano un ángel que apenas habría tocado el suelo. No, es un hombre como cada uno de nosotros, con un pasado, una tradición, una familia, unas leyes... y también unos proyectos. Sin duda, le esperaba su trabajo, y tal vez la familia o los amigos... Pero por un cierto tiempo, todo esto pasará a un segundo plano. Por un cierto tiempo, el Samaritano opta por el herido, contra todo lo demás. Y hay que subrayar precisamente esta realidad: amar quiere decir a menudo escoger. Escoger a uno... contra otro. Y no sólo contra sí mismo, sino contra otros. Amar a un prójimo significa muchas veces renunciar a amar a otros. Curar a un hombre significa muchas veces herir a otros o, al menos, abandonar a otros heridos. Ésta es una de las razones por las que el amor al prójimo nunca podrá justificarnos, porque determina con frecuencia una culpabilidad con respecto a otros. El tiempo, el dinero, el futuro que se da a uno, se roba a otro. No se puede tirar de una manta para proteger a uno sin dejar al descubierto a otro en alguna parte.

Jesús mismo, cuando dedicaba su tiempo a sanar a un enfermo, «robaba» ese tiempo a otro. No olvidemos que no sanó a todos los enfermos de Israel. Se vio obligado a optar. Y optó por los que estaban cerca, por los que estaban allí. También el Samaritano optó por el que estaba allí. Tal vez contra su propia familia, sus amigos...; pero esto no le importa. Es en este punto donde el amor se distingue de la filantropía, que no quiere elegir jamás13.

Aprender a recibir Muy a menudo, cuando hablamos del prójimo, consideramos ante todo lo que tenemos que hacer. Empezamos por arremangarnos. Aquí Cristo nos recuerda que hay que empezar por recibir y descubrir. En efecto, pensemos lo que pensemos, hay muchas personas que se acercan a nosotros, se ocupan de nosotros y nos aman. Nuestra vida está tejida de múltiples prójimos llegados hasta nosotros y a los que hemos olvidado. Muchas veces nos hemos olvidado de amar a los que se han acercado a nosotros. ¿Acaso no es a menudo más fácil amar a los que nos necesitan que a aquellos a quienes necesitamos?14.

12. lhid..p. 110.

13. Ibid.. pp. 116-117. 14. Ibid.. pp. 120-121.

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El prójimo eres tú La respuesta de Cristo se puede interpretar más o menos así: «Si esperas saber quién será tu prójimo, es probable que no lo encuentres nunca. Entonces, en lugar de hacerte tantas preguntas, ponte en camino y conviértete en un prójimo. Porque la verdadera cuestión no son los otros, sino que eres tú. La respuesta a tu pregunta inicial eres tú. Paradójicamente, el prójimo eres tú, es decir, la persona en la que puedes convertirte»".

¿Estás dispuesto a dejarte socorrer por el enemigo? ¿Quieres comprender de verdad a quién debes considerar tu prójimo? Trata de imaginarte que estás en la piel de aquel desdichado herido por los bandidos y abandonado moribundo en la cuneta del camino. Me gustaría ver si en aquel apuro, y después de que dos compatriotas de purísima ascendencia israelita por encima de toda sospecha han seguido su camino sin detenerse, tendrías en cuenta tus prejuicios étnico-religiosos y te negarías a dejarte tocar por aquel Samaritano con sus manos impuras o si, por el contrario, no desearías desesperadamente que se detuviera, que hiciera caso omiso de aquella barrera y te considerara su prójimo por el mero hecho de ser una persona. Hoy se podría ambientar la parábola en un lugar donde se dan discriminaciones raciales. Trata de imaginar tú, blan-

15. Ibid.,p.

121.

co racista y tal vez afiliado al Ku Klux Klan, tú que armas alboroto si en un local entra un negro y no pierdes la ocasión de manifestar tu desprecio y tu aversión, imagina que has tenido un accidente... en una carretera poco frecuentada y que te estás desangrando, que pasan muy pocos coches y no se detienen; imagina que casualmente pasa un médico de color... La cuestión no es ayudar a los negros, a los judíos o a otros discriminados, sino más bien encontrarse en una situación en la que uno sólo puede ser ayudado por un negro, un judío, un comunista, un fascista..., en suma, por una persona que está en el otro lado de la barricada [y podríamos añadir: un extracomunitario, un vendedor ambulante marroquí; en una situación como ésta, ¿seguirías diciendo: «Sería mejor que esta gente se quedara en su país»? (N.d.R.)]... ...Entonces -parece decir Jesús, no sin un matiz de afable ironía-, ¿quién es el prójimo? ¿Quién era el prójimo para aquel hombre herido? Después de haber escuchado esta historia, ¿estás dispuesto todavía a dar una definición restrictiva que excluya al extranjero, al enemigo? ¿Preferirías sostener que el Samaritano debería haber dejado que aquel herido se muriera de hambre porque pertenecía a un pueblo enemigo? Pero, si esto es verdad, en virtud del carácter recíproco de la noción de «prójimo», se sigue que también tú debes considerar que tu prójimo es el hombre como tal. Es lo que se explicita en las palabras conclusivas: «Vetey haz tú lo mismo» (v. 37b). Sólo en este momento se invita al interlocutor a identificarse, no con el necesitado, sino con el auxiliador; pero ésta es sólo una consecuencia que presupone lo que se ha comprendido antes mediante la para-

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bola; podemos percibir la invitación a identificarnos con el auxiliador precisamente porque antes hemos tenido que identificarnos con el hombre herido16.

¿Dónde lo habéis puesto? Más de una vez, algunos creyentes han repetido el lamento que expresó María de Magdala en el sepulcro: «Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto» (Juan 20,11-13). Con frecuencia el trabajo de los exegetas parece destructivo: ¡lo que subsiste de los textos evangélicos, en otro tiempo tan vivos, sólo se parece a un desierto abrasado y árido! Pero también nosotros tenemos la posibilidad de experimentar, en cierto modo, lo que le sucedió a María, cuando Jesús, descubierto de nuevo como «resucitado», viene a nosotros en su comportamiento concreto. Lo reconocemos en el Samaritano, y también nosotros decimos: «Rabbuní»17.

como lo sería hoy, y hay que explicarlo tal vez porque este hombre ha sido turbado en su conciencia por la predicación de Jesús. Si Jesús, de modo sorprendente, le muestra la acción como el camino a la vida, hay que comprenderlo a partir de esta situación: todo el saber teológico no sirve para nada si el amor a Dios y al «compañero» no determinan la conducta de la vida18.

El Evangelio no es una ejercitación mística sobre Dios Lo que cuenta en la perspectiva de Cristo no es que uno diga que es o deja de ser cristiano, sino que se apee de su seguridad y cuide al hombre herido. Quien lo haga está en la verdad, entra en la verdadera condición de prójimo del hombre... ...En la parábola hay incluso un indicio de la mediación entre este estar próximo al necesitado y la realidad: la indicación de la posada, del pago de los denarios al posadero... Es como si dijera: la pasión por el hombre herido tiene que llevarnos a usar también todas las estructuras necesarias para liberarlo de su condición. La universalidad pasa a lo concreto. El Evangelio no es nunca una ejercitación mística sobre Dios. A este respecto hay estupendos y apasionantes libros orientales. El Evangelio tiene esa modestia de lo cotidiano que es su propiedad extraordinaria, y nos reconduce, después de todos los discursos, a lo

Ha sido turbado en su conciencia por la predicación de Jesús Que un culto teólogo le preguntara a un laico por el camino de la vida eterna era entonces exactamente tan insólito

16. V. Fusco, Olí re la parábola. Inlroduzione alie parábale di Gesíi, Borla, Roma 1983. 17. .1. LAMBRHCHT, Tandis qu'Il naus parlalt. hUroducüon aux parábales, P. Lethiellcux, Paris 1980.

18. .1. .iHRliMIAS. Las parábolas de.Jesús, Verbo Divino, Estclla 1986\ p. 245 (orig. alemán: Die Gleichnisse.lesu, Vandcnhoeck und Ruprecht, Gottingen 1985).

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concreto más concreto, que es el hombre del camino. Todo el universo de los conceptos, por una especie de súbita precipitación química, se resuelve en el hombre concreto que desfallece en medio de la sangre de sus heridas. Este cambio radical es lo que nos atormenta1''.

Conoce al hombre quien lo ama Conocer a Cristo es lo mismo que conocer al hombre. Conocer al hombre es algo que está dentro de nuestras posibilidades. Pero ¿de qué conocimiento se trata? No del conocimiento, respetable y hasta necesario, en su ámbito, de tipo filosófico y científico. Se trata de un conocimiento que es lo mismo que el amor. Conoce al hombre quien lo ama. Y conoce al hombre quien ama al hombre que es diferente de él, e incluso su enemigo. Porque en el salto con que el amor supera los abismos y las diferencias de cultura, de clase, de economía, hay un poder de conocimiento que se asemeja al poder cognoscitivo ejemplificado por Dios20.

«por casualidad» por allí; su paso se narra en un contraste muy marcado con el del samaritano, que «iba de viaje». Parece que el sacerdote recorre un camino que le es conocido, y va pensando en otras cosas. No sé por qué, me viene a la mente Don Abundio en el famoso paseo con que se inicia la novela. Un paseo inocente, emprendido de algún modo para distraerse rezando el breviario con el mínimo esfuerzo, y que hace que se tope con la prepotencia, la injusticia y la aflicción del débil y del inocente. La reacción de Don Abundio es menos olímpica que la del sacerdote del evangelio, pero la solución es exactamente la misma: una solución de miedo y, consiguientemente, de huida. Ambos tratan de ponerse a salvo. En el caso de Don Abundio, la decisión se ve complicada por la enérgica protesta de hombres que reclaman justicia y por la voluntad de hierro de quienes quieren hacerle cómplice de la injusticia. En la parábola, la decisión de huir se ve facilitada por el silencio del herido y por la soledad del camino21.

Los que no ven las ocasiones Es admirable que a este samaritano, que se propone como modelo del amor, se le presente en un camino desierto, infestado de ladrones, topándose con un hombre desnudo e inconsciente, un hombre que no puede siquiera dar las

Viene a la mente don Abundio «Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, se desvió y pasó de largo». Un sacerdote pasaba

19. E. BALDUCCI, // láncelo delta pace. Auno C, Borla, Roma 1985. 20. E. BALDUCCI, // mandarlo e il fuoco. Anuo C. Borla, Roma 1979.

21. A. PAOLI, Un encuentro difícil. La parábola del Buen Samaritano, San Pablo, Madrid 2002, p. 89 (orig. italiano: Un incontro dijjkile. Gribaudi, Torino 1966; nueva ed.: Cittadella Editrice, Assisi 2001).

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gracias y al que se puede dejar abandonado tranquilamente a su destino, porque nunca podrá reprochar su vileza al que pasaba por allí... El sacerdote y el levita no ven las ocasiones. Conocen el amor cómodo, no tienen la experiencia de la pobreza de amor que escuece como una llaga abierta e infestada, una lenta e incesante pérdida de sangre, que acaba inevitablemente en la muerte. El amor para ellos es una virtud, es decir, teoría; no se hace carne en ellos y no pueden verlo en la carne desgarrada del herido22.

No le quedará más signo que el del amor... Tengo una gran esperanza... Que la Iglesia, que ha renunciado a su imagen de enemiga del mundo y de sociedad contra la sociedad, o de sociedad-guía de la sociedad, para adoptar la de «animadora», pueda hacer que el mundo sienta que es amado. Cuando renuncie a los últimos signos de poder, no le quedará más signo que el del amor... Si la Iglesia, como comunidad de amor y como comunidad litúrgica, sabe hacerse signo de este amor que envuelve al universo y reúne a la comunidad humana en un solo cuerpo, el mundo descubrirá su verdadera energía vital: el amor de Dios24.

El único reconstituyente: un ideal «...y vino». ¿Qué podrá devolverle a este hombre anémico las fuerzas que necesita para restablecerse? ¿Cuál será el reconstituyente que, como el vino, pueda devolverle el gusto por la vida? Un ideal. Es algo pequeño, pero sin él no se puede vivir, y con él se puede vivir una vida con un potencial enorme. Es notorio que el ideal concentra todas las fuerzas espirituales de la persona en un punto, las dilata enormemente, constituye un peso que está en la persona y, al mismo tiempo, fuera de ella, de modo que la hace salir de sí y gravitar hacia Otro, con lo que el egoísmo, que cierra al hombre en sí mismo, es superado por una fuerza igual de sentido contrario23.

El ignorante y el docto frente al Misterio «Un doctor de la Ley...». Hay más verdad en una parábola evangélica que en toda una serie de tratados filosóficos o teológicos. El ignorante respeta el Misterio, mientras que el docto siente continuamente la tentación de deformarlo o de adaptarlo a su imagen y semejanza. El ignorante se reserva un espacio para arrodillarse: el docto lo llena de cifras, cálculos, palabras, razonamientos, máquinas e instrumentos que le dan la ilusión o la pretensión de que ha comprendido. En la imagen del ignorante

22. Ihicl.. pp. 107-108. 23. //)/(/., p. 129.

24. Ihid., pp. 213-214.

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hay lugar para la verdad: en la fórmula del docto, a veces ya no cabe nada más. Está pulida, redonda, bien repleta. Los hombres suelen llamar verdad a un pensamiento al que no se puede añadir nada. El humilde guarda con amor la más pequeña de las semillas o una pizca de levadura: el estudioso descompone también la semilla, analiza también la levadura25. Basta con uno No importa si, por uno que quiere, hay noventa y nueve que no quieren; si, por uno que se detiene, hay noventa y nueve que siguen adelante. Aquel Uno es el Amor. El pesimismo lo inventaron los apáticos, los que no tienen alma, los que no tienen corazón. Yo creo en el Amor2''. ¿Conoces el dolor? El sacerdote no puede vivir separado: dejaría de comprender lo que sucede en el corazón del hombre y lo que cuesta vivir la fe en el mundo. Muchos tienen miedo a las pérdidas y a los extravíos y levantan vallas y cierran las puertas, olvidando que se ha perdido para la Gracia y para la Vida no sólo el Pródigo, sino también el hermano mayor, el cual, aunque conoce la Ley, no conoce el dolor:

- ¿Conoces el Evangelio? - Y tú, ¿conoces el dolor?27.

Despiadados en nombre del deber La piedad queda sujeta fácilmente a la violencia de nuestros prejuicios. Muchos se vuelven despiadados en nombre del deber o de algo que se le parece. El corazón no se encuentra a gusto haciéndose malo, a no ser que se vea obligado por la cabeza2*. Un repetidor El levita es un repetidor, una mala copia de otro que ha pasado delante de él, el fidelísimo. Muchos se complacen en este género de fidelidad. Son los que no soportan ninguna iniciativa si de alguna manera se aparta, no de lo que se debe hacer, sino de lo que siempre se hizo y que, según creen, es un bien29.

La diferencia entre ir de viaje y pasear En mi temblor de todas las horas siento y comprendo el temblor de los otros; en mi llanto saboreo el amargor de

25. 26.

P. MAZ/.OI.ARI, // Samaritano, Vittorio Gatti Editorc, Brcscia 1963. Ihid.

27. 28. 29.

lbid. Ihid. Ihid.

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toda lágrima; en mi abandono siento el desierto que ciñe todo corazón. Así me encamino hacia la solidaridad y el amor. Los otros dos, el sacerdote y el levita, no iban de viaje, sino que paseaban: eran un adorno del camino, como ciertas mujeres lujosas en un paseo marítimo a ciertas horas del día. Globos aerostáticos frenados, naves atracadas, perros sujetos con correas. Gente segura y, por lo tanto, dura. Hay una seguridad que hace implacables a las personas50. En la religión todo consiste en inclinarse «...E inclinándose...». Inclinarse es un gesto materno. Las madres se inclinan tanto que sus espaldas no tardan en curvarse. Esa curva es el documento de su amor, el inconfundible signo de la maternidad que desciende y condesciende. En la religión, todo consiste en inclinarse: «Se inclinan los cielos y hacen llover al Salvador». «El Verbo se hizo carne y bajó a nosotros». «Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: "No llores". Y, acercándose, tocó el féretro» (Lucas 7,13-14). «Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra... "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra"» (Juan 7,6.7). «E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu». Así respondió el Hijo de Dios a las hipócritas rigideces de los hombres.

El Samaritano hace como Jesús; por eso Jesús es el Samaritano y, más que el Samaritano, la Caridad. «Vete y haz tú lo mismo »M.

El hombre no entra en ciertos esquemas Algunos no hacen más que propagar la verdad o su verdad, olvidando que los mismos principios más sagrados se hacen comprensibles y caritativos en su aplicación al hombre. El hombre real no entra fácilmente en ciertos esquemas si la caridad no los amplía32. El milagro más grande El milagro más grande y continuo, que es además documento cierto de la presencia de Dios en nosotros, es el bien que florece en las manos del hombre: una criatura que no es buena hace cosas buenas1'. Un huevo incoloro En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, no lejos del hombre apaleado por los ladrones, espero a los dos prime-

30.

lhid.

31. 32. 33.

lhid. lhid. lhid.

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ros viandantes que sé que no han de detenerse. El sacerdote ve al hombre y pasa de largo; poco después aparece el levita, que mira y sigue adelante. Desde donde me encuentro, escruto los dos rostros: portentosos rostros en los que, en contra de lo que sucede con el samaritano, no aparece la piedad. Pero no veo el rostro: bajo el turbante hay una especie de huevo incoloro liso34.

Apéndice 1 Encontrar un lugar para la improvisación
Se llama también imprevisibilidad No está incluida en el catálogo oficial de las virtudes, por lo cual nadie señala su desaparición: no es posible lamentar la pérdida de algo que no existe. No comprendo que, en el examen severo y minucioso a que se ve sometido un candidato a la gloria de los altares, entre las virtudes que es preciso demostrar que ha practicado de modo extraordinario no se incluya ésta (y, por cierto, los santos de todas las clases, bajo el impulso del Espíritu, han sido expertos inigualables, no sólo del corazón, sino también en este campo). Con todo, esta virtud tiene un nombre preciso, inconfundible: se llama improvisación. Y también imprevisibilidad. Hablábamos de los santos. Todos, sin distinción, fueron asombrosos improvisadores, paladines de lo imprevisible. Basta con pensar en san Francisco de Asís. Por no hablar de los llamados «santos de la caridad». Camilo de Lellis fue un maravilloso improvisador. Y también podríamos poner junto a él a su contemporáneo Felipe Neri. Otro tanto cabe decir de un santo aún más lejano en el tiempo: Pedro Nolasco (fundador de los Mercedarios). Y

34. L. SANTUCCI, Una vita di Cristo. Válete anda/vene Paolo, Ciniscllo Balsamo 1995.

anche voi'1, San

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también de otros más cercanos a nosotros: don Orione, la madre Teresa Michel, el bergamasco Luigi Palazzolo (con sus seis «hijas», víctimas del virus de Ebola). Y no podemos dejar de citar a Maximiliano Kolbe, al papa Juan XXIII y a Teresa de Calcuta. El Espíritu les sugería gestos, comportamientos, iniciativas, actos que no estaban registrados en ningún «prontuario» y que resultaban, justamente, imprevisibles, impensables, fuera de todos los esquemas. Normalmente, estos «inspirados» no respetaban las costumbres, parecían irregulares (que no quiere decir, necesariamente, contra la ley, sino en los márgenes de ella), insólitos.

tarea o una acción. En cambio, la prontitud nace de una constante atención al fluir de la vida. Sólo quien está preparado puede detenerse en el momento justo y actuar fuera de los esquemas habituales y de las convenciones sociales»1.

¡Cuántos enemigos decididos a hacer que desaparezca! Después vinieron la organización, la programación exasperada y autosuficiente, la repetitividad, el establecimiento rígido de las competencias. Vinieron los horarios inflexibles, las normas precisas, los balances. Vinieron los módulos, las fichas, los tests, los diagnósticos de todo tipo (incluidos los de cuño moralista y religioso)... Nuevos enemigos decididos a eliminar la improvisación, a anular la imprevisibilidad. Que quede bien claro: sé muy bien que, especialmente en la compleja sociedad actual, es preciso un mínimo de organización, de programación, y se hace necesario establecer estructuras, instalar aparatos. Los desgracias se producen -y están ante nuestros ojos- cuando la programación exasperada, el esquematismo obtuso, el aparato exterior demasiado imponente y la burocratización matan la espontaneidad y ahogan la vida. Cuando el funcionamiento se convierte en «funcionarismo», cuando los ordenamientos se imponen sobre todo lo demás y la racionalidad impasible no permite que el cora-

La chispa y la mecha Para que se encienda la chispa que determina la irrupción de la improvisación es necesaria una mecha hecha de inventiva, valor, libertad, intuición, ductilidad, visión de conjunto, oportunidad. Alessandro Gnocchi, escritor y periodista, define así la improvisación: «Es la capacidad de no vacilar, de no tardar en reaccionar frente a cualquier situación». Y yo añadiría: «es la capacidad de no retroceder». Pero el mismo autor, para evitar equívocos que podrían ligar la improvisación a la facilidad o a la superficialidad, advierte: «La improvisación no es una virtud fácil de practicar. La vida de todos los días nos acostumbra a la velocidad y a la celeridad. Pero esto es algo completamente distinto de la prontitud y la improvisación. La velocidad es hija del hábito de realizar una

1.

Don Camillo e Peppone, l'invenzione

del vero, Rizzoli, Milano 1995.

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zón se ponga al descubierto, el «caso» (previsto o no en los estatutos) oculta a la persona. En ciertos despachos, incluso en algunos destinados institucionalmente a la caridad, se respira un clima aséptico (parece que se han eliminado los riesgos de contagio derivados de las relaciones personales) que nos hace sentirnos a disgusto. Se mira a la pantalla del ordenador más que al rostro del individuo que está enfrente, al otro lado de una mesa reluciente llena de objetos «impolutos». La caridad burocrática, impersonal, impasible, funcional, neutra, regulada por criterios administrativos, por esquemas psicológicos, por teoremas sociológicos, es cualquier cosa menos caridad. Hace falta humanidad, naturaleza, calor, comunión personal. Hace falta improvisación. Todos esperamos... la imprevisibilidad.

de la mañana uvas bien maduras, su salud mejoraría mucho». De hecho, en cuanto comienza a amanecer, se levanta mientras los demás están todavía profundamente dormidos, llama al hermano enfermo sin que nadie se entere, y ambos van a una viña cercana a comer juntos unos racimos deliciosos. Según otro manuscrito, la escena se repite con el hermano León, cuando éste está a punto de desmayarse en el camino. Francisco, sin pensárselo dos veces, salta el seto y se acerca a una parra para arrancar un racimo... y también para recibir bastantes golpes del dueño, que le ha sorprendido robando... y no tiene en cuenta el atenuante del estado de necesidad extrema. La prestigiosa pluma de Julien Green nos narra otra historia sabrosa: «...una cabana de las más modestas, cerca del lecho de un torrente seco en tiempo ordinario y terrible cuando estallaba una tormenta: Rivo Torto. En otro tiempo dependió de una leprosería, pero por entonces no pertenecía a nadie, y el pequeño grupo se instaló allí como pudo. Más un abrigo contra el sol y la lluvia que una morada... Tenían que estrecharse para entrar todos; imposible sentarse o tumbarse. Cada fraile tenía su nombre escrito en un madero... Dos cabanas, separadas por un cobertizo y cubiertas de follaje por los frailes; Rivo Torto, lugar de delicias para el alma, era un purgatorio para el cuerpo. Una noche, Francisco escuchó una voz: "Me muero". Era un fraile que gemía. Francisco le preguntó qué tenía: "Me muero de hambre". Rápido, todo el mundo en pie. Que se prepare una comida, y para el grupo entero. No puede

Emergencia: hambre Después de haber tratado de explicar qué es esta virtud que ha sido expulsada por la programación, por la organización, por la burocratización y, sobre todo, por el aplanamiento general, intentamos ilustrarla ahora con ejemplos concretos tomados de un anecdotario ilimitado. Empezamos por Francisco de Asís. La Leyenda de Perusa narra que una vez, en la Porciúncula, al ver a un hermano postrado por el hambre y la enfermedad, Francisco pensó: «Si este hermano comiese a primera hora

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ser que un fraile se muera de hambre, pero tampoco debe sentirse mal por comer solo. Francisco es de buena raza. Cena de medianoche, austera sin duda. Mendrugos, nabos encontrados en los campos, quizá huevos... ¿Qué más? Agua del torrente. Alegría como postre. La gracia de Francisco debía transformar todo ello en un festín»2. Me encanta esta interpretación del cristianismo en clave de austeridad, pero también de humanidad. Hay una «Regla» severa que observar, pero también hay un hermano al que prestar atención. El respeto a la norma no excluye la improvisación, la fantasía. En ciertos ambientes se habría llegado, tal vez, a hacer una excepción con el hermano hambriento, habida cuenta de su debilidad. Y todos los demás, cada uno en su sitio, se exhibirían como modelos de virtud, imbatibles paladines de la disciplina y... el remordimiento para el culpable. Hacían falta toda la finura y la libertad de Francisco para «compartir» juntos, sin distinciones, la debilidad. Francisco había intuido que el hermano, indudablemente, estaba hambriento de pan. Pero tal vez estaba hambriento de la compañía de sus hermanos. El ayuno está bien. Pero nadie tiene que sufrir, hasta casi morir, por el ayuno de amor. El milagro no está en el pan ofrecido al que grita en la noche. La maravilla está en interrumpir el sueño y el ayuno para compartir con alguien el gozo de amarse.

El «profesor de acera» y el poeta de los callejones napolitanos Damos un salto hasta nuestros días. Bolonia conoció y admiró a un «cura de acera», a saber, don Olinto Marella (nacido en la isla de Pellestrina en 1882 y muerto en la ciudad de las dos torres en 1969). Es titular de la cátedra de historia y filosofía en el prestigioso Instituto Galvani y se ha ganado una discreta fama en el campo filosófico y pedagógico. Ha tenido que tragarse numerosos bocados amargos y soportar una serie de humillaciones (incluso fue suspendido a divinis, porque desprendía un cierto tufo... a modernismo). No duda en mendigar regularmente por las calles para entregar el dinero a muchachos abandonados y jóvenes desorientados, así como a infelices de toda especie. Su puesto fijo de mendigo está en la estratégica esquina de la elegante Via degli Orefici con la tumultuosa Via degle Caprarie (donde se celebra el mercado). Figura majestuosa, envuelta en un balandrán descolorido y raído, con una gran barba de color cobre sobre el pecho. Capaz incluso de tumbarse por la noche a la puerta de las salas cinematográficas, tendiendo el sombrero de ala ancha, a modo de cesto, hacia los espectadores que salen del cine. Se ve con frecuencia a aquel «barbudo de Dios», como informa Lorenzo Bedeschi3, «recorrer en bicicleta las calles de la ciudad con bolsas y paquetes colgados del manillar».

3. 2. Hermano Francisco, Sal Terrae, Santander 2002. pp. 135-136.

Padre Marella, un prete accattone Balsamo 1998.

a Bologna,

San Paolo, Cinisello

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Ahora está abierto el proceso para la causa de su beatificación (lo mismo sucede con el contiguo padre Lino de Parma, al que nos referiremos más adelante). En Ñapóles, hasta hace unos años (murió en 1990), suscitó gran admiración don Cario Ponticelli, un santo pillastre, una especie de san Felipe Neri en versión napolitana. Sacerdote de gran entidad humana y espiritual. Un talento de actor al estilo de De Filippo (no exagero), un poeta agudo que improvisaba espectáculos en los callejones de la ciudad y siempre iba seguido por un cortejo de rebeldes muchachos de la calle, a los que conseguía domar mejor que nadie. De estos dos tipos se podía esperar de todo. Es difícil, en cualquier caso, encasillarlos. Y, claro está, no resulta fácil clasificarlos según las medidas acostumbradas de sentido común y de prudencia.

Ladrón no sólo de almas En nuestro rápido recorrido encontramos a continuación la singular figura del padre Lino Maupas, franciscano, conocido por todos con el nombre de padre Lino de Parma (nacido en Spalato en 1866 y muerto en Parma en 1924, no en la celda de su convento, sino en la casa de los señores Barilla, adonde había ido para recomendar a un pobre desempleado). Giovannino Guareschi, que seguramente debió de conocerlo en los años de estudio en el instituto, había quedado fascinado por este personaje fuera de lo común. También durante el periodo transcurrido en la cárcel de

San Francisco de Parma respiró todavía su presencia entre los muros. Incluso había acariciado la idea de escribir el guión de una película que lo tuviera como espléndido protagonista. De todos modos, le dedicó dos relatos hermosísimos: II frate cercone y Roba del 1922. El padre Lino coleccionó varios títulos, entre ellos el de «ladrón de almas y de pan». Y no sólo de pan: también de cubiertos de plata y de todo cuanto estuviera a su alcance; lo sustraía sin muchos remordimientos, con el fin de convertirlo después en pan y dinero para entregarlo a sus protegidos de todas las raleas. Los ricos bienhechores (entre los cuales, como hemos recordado, se encontraban los empresarios Barilla) sabían, por propia y larga experiencia, que aquel fraile no se contentaba con lo mucho que ellos le daban, sino que realizaba regularmente y con destreza alguna expropiación. También se desesperaba el cocinero del convento, fray Bernardino, que veía cómo, delante de sus narices, sacaba de la despensa botellas de aceite, garrafas de vino, tarros de mermelada y toda clase de víveres. Era conocido también como Pudor sacossón («el cura de los enormes bolsos»). ¡Qué no saldría de aquellos bolsos sin fondo: tazones, escudillas llenas de potaje o verduras, salchichones, filetes, dulces, gachas de harina de maíz, huevos, leche, vestidos varios... Siempre había algo que desaparecía entre las anchas mangas del hábito del padre Lino para reaparecer, casi como si de un juego de prestidigitación se tratara, en las manos de sus pobres. El padre Lino, según la expresión de un biógrafo, «era un montón de huesos rotos por el agotamiento dentro de

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un hábito de lana tosca y áspera». Pasaba muchas noches sin dormir, no sólo en el coro del convento, sino también junto al lecho de algún enfermo grave que carecia de toda ayuda. Se le podía ver atravesando la ciudad con un haz de leña destinado a dos viejos que tiritaban de frío en un gélido desván. Y bajo su amplio manto podía albergar una hogaza de pan, un melón grande o... a un niño llorando, hijo de quién sabe quién, necesitado de una nodriza. Una vez vieron cómo corría llevando en la mano un helado que se deshacía, para entregárselo urgentemente a un niño al que le ardía la garganta y vivía en una casucha miserable. Presos, enfermos, viejos, huérfanos, prostitutas, gente desesperada... eran su mundo.

El padre Lino aprovechó de inmediato la ocasión. Pidió a un peatón que girara la manivela, mientras él improvisaba un número de danza. Al final del insólito espectáculo ofrecido por el bailarín de hábito franciscano, el manto que había sido extendido estratégicamente en el centro de la calle estaba lleno de monedas relucientes. Exactamente lo que hacía falta para pagar el alquiler a la familia desahuciada. Lo que se dice, un improvisador enfermo de caridad...

Salir de las jaulas A buen seguro, no faltará quien se asombre del hecho de que insista en defender la causa (espero que no esté perdida) de la improvisación como necesario antídoto contra la planificación obligatoria y mortifícadora, contra las estructuraciones y reestructuraciones de las que tanto se habla... La verdad es que, personalmente, la echo mucho de menos, y considero que su reaparición puede ser recibida como un elemento providencial capaz de despertarnos de nuestros mortificantes egoísmos y de sacar a la caridad de las jaulas provistas de aire acondicionado donde la tenemos presa. Sería también signo de que el Espíritu, imprevisible e inasible como el viento, vuelve a dar vivacidad -color y sabor- a un panorama monótono, dominado por la uniformidad y el conformismo. «Flecte quod est rigidum»... [«...doma el espíritu indómito...»]. ¡Cuánta rigidez, cuántas posturas rigurosas, cuántas actitudes inmovilistas están

Mientras suena el organillo Un día el fraile estaba luchando a brazo partido por encontrar dinero para pagar el alquiler a una familia a la que el dueño de la casa iba a poner en la calle antes del anochecer. Cuando empezaba a oscurecer, se topó con un «artista» enfermo, que estaba tocando el organillo. Se mantenía en pie con dificultad, debido a la debilidad causada por un prolongado ayuno. El padre Lino, sin pensárselo dos veces, rascó el fondo del barril, es decir, de sus enormes bolsos, y le dio el poco dinero que tenía. Aquel pobre diablo y pésimo músico dejó al punto el organillo y se apresuró -corrió como si lo persiguiera la policía- a comprar algo que llevarse a la boca para su familia y para él.

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ahogando la naturaleza, bloqueando la espontaneidad, desecando la frescura del amor! Pero volvamos al imprevisible padre Lino de Parma. El periodista Giorgio Torelli, originario de aquella región, lo describe así: «...llevaba medicinas a los viejos agobiados por los intereses, mantas a los enfermos, tejidos de lino (también sagrados) a las parturientas endeudadas. Lino sacaba a mansalva del armario de los ricos y lo transfería a los pobres. Lino caminaba como un mozo de estación, encorvado, arrastrando las sandalias, cargando con todo lo que podía llevar a los abatidos y exhaustos, que tanto se parecían al Señor crucificado»4.

A un fraile no se le consiente dar de mamar... Un día, el «ladrón de almas y de pan», y de recién nacidos, tomó a un bebé recién parido por una mujer gravemente enferma y se encaminó directamente hacia el ayuntamiento. Allí abordó enérgicamente al alcalde, el cual, confuso a más no poder, trataba de escabullirse, y le hizo a bocajarro una pregunta provocadora: «Señor alcalde, ¿cómo quiere que le dé yo de mamar?». Al primer ciudadano de Parma no le quedó más remedio que hacerse responsable del recién nacido. Mientras bajaba las escaleras bastante satisfecho, se sintió abrumado por un pensamiento molesto: «La próxima vez que me vea con un bebé en los brazos, ¿a quién se

4.

La Parma voladora, Camunia, Milano 1996, p. 88.

lo confío?». Atormentado por aquella duda, el «padre de los enormes bolsillos» pasó bajo las ventanas del Palacio arzobispal. Se detuvo de golpe, y en sus ojos se dibujó un guiño de astucia. Una súbita iluminación. ¡Podía ser una idea...! En otra ocasión el padre Lino se enteró de que la mujer de un «amigo» suyo, preso en la cárcel de San Francisco, estaba a punto de dar a luz. El acontecimiento, poco feliz (dadas las circunstancias), era inminente, pero en aquella casa faltaba todo, menos el deshonor y la miseria. El recién nacido corría el riesgo de quedar envuelto sólo en su propia piel. El fraile, naturalmente, se ocupó con gran rapidez y decisión del asunto, aunque no era demasiado experto en esas cosas. Se apresuró a llamar a la puerta de una de las «señoras» acomodadas que vivían en las proximidades y le informó sobre aquel caso urgente (en realidad, todos los casos del padre Lino eran urgentes). Entre paréntesis: nadie se permitió jamás una malignidad sobre los comportamientos límpidos de este religioso, aunque su trato con determinadas personas podía suscitar sospechas. Poco después, lo vieron dirigirse a la casa de la futura mamá con una gran bolsa de ropa blanca escondida bajo el manto. Entregada la preciosa carga, se sentó en las escaleras. El asma lo atormentaba. Pero no se movió hasta que pudo percibir un inconfundible vagido. Al punto, una mujer se asomó al balcón para anunciar al fraile que esperaba impaciente: «¡Es un varón!». Ante aquella señal, el padre Lino, ya repuesto y olvidándose del asma, partió al galope en dirección a la cárcel, para llevar la buena noticia al directamente interesado. Aquella tarde, en una celda de la triste prisión, un neo-

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papá brindó con un sorbo de Lambrusco. Sí, porque también en aquella ocasión el «ladrón de almas y de pan», de recién nacidos y de bebidas alcohólicas, había pensado en todo y se había metido en el bolso una botella de vino que había hecho desaparecer, con la habilidad de un prestidigitador, ante las narices del enfurecido hermano cocinero.

Chocolatinas en lugar de pecados Y, en medio de los hábitos talares y las capuchas de frailes con sandalias, pongámonos una falda y un par de tacones altos. Es peluquera de profesión. Irradia simpatía y ganas de vivir. Sabe lo que significa sacrificarse por los demás. Pero no le gusta la palabra «sacrificio». Explica, desmitificando así su generosidad: «¿Cómo se puede decir que no?». Nunca le he preguntado si va a misa. Pero sé que, cuando alguna viejecita enferma de la cercana residencia de ancianos sale de la iglesia y se asoma a la puerta de su elegante negocio, ella no duda en hacerle, sin que se lo pida, la «permanente» gratis. No he tenido necesidad de informarme acerca de si tiene la costumbre de confesarse. Ella misma me ha confiado que ha «adoptado» a un confesor, y acude a él a menudo, pero no para llevarle sus pecados, sino algo insólito. «Pobrecito, se pasa todo el día allí dentro, en aquel "cuchitril", y está torturado por la artrosis». El lunes va en tren a la metrópoli. En la basílica, siempre hay una cola de gente ante aquel confesionario. Ella no

se adelanta a nadie. Espera pacientemente, si no devotamente. Cuando llega su turno, le dice al anciano religioso que está al otro lado de la rejilla: - «Soy yo, no tengo que confesarme, al menos por ahora...». Se apartan lentamente las cortinas, y aparece el rostro austero del confesor. Ella, sin llamar la atención, saca de la elegante bolsa una botella de licor, una caja de chocolatinas o una bolsa de caramelos. Me explica: «Todos le llevan muchas cosas amargas y fastidiosas. Y tiene que escuchar aquella sarta de historias nada alegres. Yo no quiero cargarle con otro peso más. Por eso le ofrezco algo dulce. Sé que le gusta, aunque no lo dice...». Lo creo.

¿Otros tiempos? Ha llegado el momento de esbozar algunas conclusiones. Las enumero una tras otra. 1. Sé perfectamente que no estamos en los tiempos de san Camilo, del padre Lino de Parma o del padre Marella y simpática y «desconchada» compañía. Que la sociedad ha cambiado radicalmente. Que hoy hay otras exigencias. Pero siempre es el momento de producir algo nuevo. No se trata de imitar los gestos de aquellos personajes inimitables (si alguien se aventurara a hacerlo, se cubriría de ridículo), sino de captar el motivo inspira-

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dor e, infringiendo las leyes de la uniformidad y de las «copias conformes», hacer algo diverso, insólito (e incluso insolente). Decía Giuseppe Verdi: «Copiar la realidad puede ser una buena cosa, pero inventar la realidad es mejor, mucho mejor». La fe tiene siempre un componente de riesgo y va unida a la aventura, aunque muchas personas se engañan pensando que pueden «ir tirando» con una fe «tranquilizadora». ¿Por qué la caridad no debería entrar también en el camino del riesgo, de lo imprevisible? El gran enemigo de la verdad no es tanto el error cuanto el aburrimiento. Pero hay que caer en la cuenta de que el aburrimiento amenaza mortalmente también al amor. Hay que derrotar al tedio con comportamientos sorprendentes y gestos extemporáneos. No se trata, claro está, de realizar acciones extravagantes con la intención premeditada de impresionar y llamar la atención. Aquí no cabe ningún gesto forzado, ninguna actitud exhibicionista. La improvisación se introduce en el territorio de la naturaleza y de la modestia. Algunos «especialistas» en el campo de la caridad parecen pisapapeles. Pero la caridad cristiana es cuestión de pasos, no de pisapapeles. El beato Luigi Palazzolo ofrecía espectáculos de marionetas, donde campeaba, como era de esperar, el célebre Gioppino (famosa máscara de Bergamo) armado con el bastón de la polenta. Hoy algunos «expertos» en el campo social, envainados en trajes de corte impecable, y no pocas veces

con chófer, se parecen a marionetas movidas por un ordenador. Aquéllos eran personajes fabricados con un resistente tejido humano y provistos de una columna vertebral igualmente resistente, que mostraban una gran personalidad. Hoy algunas obras de caridad han ido a parar a manos de figurines bien educados, obsequiosos, que improvisan sobre cualquier tema. Más familiarizados con el despacho tecnológicamente equipado que con la calle, donde se corre el peligro de encontrar a individuos de carne y hueso que no se dejan encerrar en una ficha. Cuando un «trabajador social», con clergyman o sin él, me presenta su tarjeta de visita con números de teléfono (media docena), fax, teléfono móvil, dirección de correo electrónico, página en Internet..., echo mucho de menos al padre Lino, que sacaba de sus grandes mangas un tenedor de plata sustraído con habilidad de la casa de los señores Barilla. Sobre todo, porque aquel tenedor hace pensar en algo que llevarse a la boca. Mientras que la tarjeta de visita, con la lista de todas aquellas diabluras electrónicas, tan sólo promete un suplemento de chachara inútil. ¿Es de todo punto incorrecto (política y religiosamente) sostener que la inspiración se aplica también en el campo del amor? ¿Y es escandaloso pensar que sólo se tutela la ortodoxia en el sector de la caridad cuando se tiene la valentía de abandonar los caminos demasiado trillados? Estoy convencido de que la caridad llega a su destino únicamente si consigue salirse de los raíles de la

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costumbre, de la regularidad, del cálculo juicioso, de las prudentes previsiones, de las planificaciones de todo tipo. 10. ¿Y si la improvisación naciese precisamente de aquella virtud antigua que se llama «conmoción»? Don Giuseppe De Luca, gran artesano de la pluma (una pluma que bebía en una cultura ilimitada y en una profunda espiritualidad), escribía a los sacerdotes: «Os exhorto, sacerdotes, a sentir un poco de conmoción». La exhortación no se dirige sólo a los sacerdotes y no se aplica exclusivamente al sector de la predicación. La conmoción. ¡Qué casualidad!, precisamente el sentimiento que sobrecogió al Samaritano en aquel camino infame y lo empujó a realizar aquellos gestos improvisados...

Apéndice 2 ¿Y quién es mi prójimo?
El prójimo eres tú La pregunta hecha por el doctor de la Ley a Jesús sigue siendo fundamental: «¿Y quién es mi prójimo?». También podríamos traducir: «¿Dónde encuentro al prójimo?». Desearía señalar dos lugares «insólitos» donde pocos sospechan que se pueda encontrar al prójimo. El primero está dentro de ti mismo. El prójimo, en primer lugar, eres tú. Quizás algunos se sorprendan y hasta se escandalicen por esta afirmación. Y objetarán que el amor, por el contrario, es olvido de sí, capacidad de desaparecer y disponibilidad a ser «para» el otro. Argumentarán que sólo renunciando al egoísmo es posible amar verdaderamente. No obstante, no debemos confundir un conveniente y hasta obligado amor a sí mismo con el egoísmo. Son dos cosas totalmente diversas. Una cierta -mala- formación ha enseñado el desprecio e incluso el odio a uno mismo. Se trata de una actitud radicalmente contraria al Evangelio, donde Jesús, citando el Antiguo Testamento, enseña: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Marcos 12,31). Aquí se sugiere, por tanto, la posibilidad y hasta el deber de amarnos a nosotros mismos. La caridad con uno

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mismo es perfectamente legítima según el Evangelio. Estoy convencido de que muchas personas son incapaces de amar y aceptar a los demás porque no consiguen establecer una buena relación consigo mismas. Como no saben estar como es debido en su propia casa interior, no están preparadas para vivir «fuera». Hay individuos que no se soportan, que albergan resentimientos contra sí mismos. No se perdonan aquel palmo de estatura de menos, los dos dedos de celulitis de más, el no haber sabido aprovechar una circunstancia favorable en la vida. Personas desdichadas que se acusan de continuo por una infinidad de motivos: carácter, defectos, fracasos, errores, talentos limitados, males físicos, un árbol genealógico con alguna rama seca y que cruje... Por eso tienes que amarte a ti mismo. Tienes que perdonarte. Tener paciencia, confianza en ti mismo. Es bueno que ejercites la fe, la esperanza y la caridad también contigo mismo. Tienes el preciso deber de «hacerte prójimo» del pobre desgraciado que eres. Se te pide que te respetes y te ames como a «cualquier otro pobre miembro del cuerpo místico de Cristo», según la expresión de G. Bernanos. Es absurdo que mantengas distancias con respecto a ti mismo. Tienes que acercarte, mirarte a la cara, decirte que quieres «vivir en armonía», estar de acuerdo contigo mismo, no faltarte al respeto. En lugar de sentir aversión hacia ti mismo (lo cual representa el exceso opuesto de la autocomplacencia), es útil que lleves serenamente tu peso y aceptes tus límites. Y cuando tenga lugar el más pequeño incidente, el primer -o enésimo- infortunio, no pienses de inmediato que la

convivencia es imposible. Trata de ser fiel a ti mismo, a pesar de las traiciones y las groserías que recibes de la parte peor que hay en ti. Convéncete. No podrás ser fiel a Dios ni a otra persona si no aprendes a ser fiel a ti mismo.

El prójimo está cerca Hay algunos que van a buscar al prójimo quién sabe dónde, lanzan la mirada a lo lejos, exploran horizontes remotísimos y no advierten que el prójimo está allí, al alcance de sus ojos y de su corazón, a pocos centímetros de distancia. Se dice, justamente, según una fórmula bastante tópica y de la que incluso se abusa, que «debemos hacernos prójimos» y, por tanto, anular la distancia que nos separa del otro, acercarnos... Ahora bien, hay que advertir que la distancia es variable. Normalmente, la más larga es la que me separa del que está... cerca. La más corta es la que media entre el prójimo lejano al que no veo y yo. Sí, a veces resulta más fácil «io> a la leprosería de Marinaba, en la Amazonia, que «acercarse» a visitar a la tía anciana que está en una residencia, a diez minutos de camino. Alguna mujer saca tiempo para escribir a un preso, pero no se acuerda de comprar una tarjeta de felicitación para su marido el día de su cumpleaños. Para algunos resulta más agradable amar a los del «grupo» que a los de casa. Yo pido al Señor todos los días la gracia de ser capaz de ver a las personas que tengo delante. Porque, a fuerza de estar cerca, corren el riesgo de volverse invisibles.

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Ciertamente hay una llamada, ineludible, del prójimo lejano (y si no la percibiéramos, no seríamos cristianos). Pero el prójimo al que tenemos que prestar atención es también el que está a nuestro lado y puede sufrir la soledad, sentirse abandonado a causa de nuestra indiferencia, grosería, prisa, cerrazón, resistencia a comunicar... Podemos y debemos dedicarnos a los «últimos», a los desechados. Pero tenemos que estar atentos a no transformar en «últimos», marginados, excluidos -de quienes no queremos ocuparnos- a los de casa. Me parece que nadie ha conseguido hasta ahora borrar de la Biblia aquella frase: «...sin olvidar a los de tu sangre» (Isaías 58,7).

El prójimo se encuentra también en la familia Hoy, a fuerza de hablar en términos cristianos de «familia abierta», corremos el riesgo de vaciarla. Cuando se dice caridad, vienen a la mente de inmediato los ancianos, los marginados. Por eso, para ejercitar la caridad hay que «salir» de casa. Ni siquiera sospechamos que el territorio primero e irrenunciable donde debemos manifestar la caridad, la paciencia, la comprensión, la generosidad, la delicadeza, la fantasía del amor, la ternura, la paciencia con los defectos de los demás, el respeto..., es el de la familia. Conozco a algunos cristianos «sensibles y abiertos a las instancias sociales», con un corazón que parece latir -como dicen ellos, aunque no hay controles en esta materia- «de acuerdo con las dimensiones del vasto mundo» y que no advierten que han creado en su propia familia un

pedazo de... tercer mundo (y menos aún, o más todavía, según los puntos de vista), bajo el signo del olvido, porque el corazón está empeñado en... latir en otra parte. individuos que consiguen títulos de generosidad, bondad, desinterés y hasta heroísmo, capacidad de escucha, sensibilidad extrema, que siempre están «cambiando de domicilio». Ciertamente, este «cambio de residencia» produce más en términos de gratificaciones personales, permite acumular emociones. Para los de casa no queda nada, ni siquiera las migajas. Desatención, frialdad, indiferencia, intolerancia: «Ahora no tengo tiempo de escucharte. De esto hablaremos en otra ocasión... Pero ¡qué tonterías!, ¡cuántas historias, con todos los problemas de los que debo ocuparme...!». Personas que no faltan a una cita con los del grupo o los del movimiento por ninguna razón del mundo. Presentes, puntualísimas en las reuniones, horas de oración, asambleas, peregrinaciones, excursiones, encuentros de todo tipo. Y en casa no consiguen «encontrar» nunca, a no ser de pasada, a sus hijos, que tal vez necesitan un control de los deberes escolares, o desearían «abrirse» -si les conceden un cierto tiempo con calma- sobre algún enojoso problema. Hay gente decidida a «salvar a la familia», pero no advierten que su matrimonio está fracasado. Hasta ahora no me he encontrado con nadie, entre aquellos (o aquellas) que anuncian: «hoy tenemos oración», que se refiriese a la oración en familia. Siempre era «en otro lugar». ¿Y si probáramos a desempeñar un poco menos el papel de los héroes «fuera» de casa y a ser menos heroicamente,

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pero más útilmente, buenos, pacientes, comprensivos, sonrientes, disponibles, atentos... «dentro» de casa? Se ganaría mucho, tanto para los de dentro como para los de fuera. Cuando se habla de cristianos «comprometidos», me gustaría pensar en individuos comprometidos en el anuncio, en el servicio, en la oración, en la escucha, en la manifestación de la misericordia de Dios y de la caridad de Cristo, también entre las paredes de la casa.

¿Incapaces de fabricar la manta larga del amor? Entre todas las mesas de las que se habla y en las que se participa, tal vez convendría frecuentar más la doméstica. A ser posible, sin mirar el reloj. El amor del cristiano debe ser universal y particular al mismo tiempo. Tiene que abarcar a todos y a cada uno. Nuestro amor, por desgracia, es intermitente, parcial, selectivo, discriminatorio. Nos ocupamos de los demás y nos mostramos injustos con nosotros mismos. Establecemos infinitos contactos con los demás y tenemos una pésima relación con nosotros mismos. Nos acercamos a los que están lejos y nos olvidamos de los que están cerca. Acogemos a los excluidos y cavamos fosos infranqueables entre nosotros y las personas con las que convivimos a diario. Nos desplazamos por horizontes vastísimos y parecemos casi extraños cuando hacemos un alto en el camino, con mal disimulada impaciencia, en nuestra habitación.

O bien abrimos los ojos al mundo que nos resulta familiar y nos mostramos indiferentes hacia los sufrimientos, los dramas y las tragedias que se producen fuera de nuestra casa. En suma, o abrimos de par en par las ventanas para mirar quién sabe dónde, y dejamos que entren corrientes de aire frío que hielan a los que están dentro, o bien cerramos las ventanas, bajamos las persianas y gozamos de un ambiente cálido «sólo para los de casa», condenando a la soledad y al desinterés a quienes tienen la desgracia de estar fuera. Me atrevería a decir que nuestro amor es como una manta corta. Si nos tapamos la cabeza, dejamos al descubierto los pies. Y viceversa. Hay que recuperar, por el contrario, el sentido de un amor total, que no deje al descubierto ningún territorio, incluido el de nuestras exigencias más legítimas. Hay que evitar dar bondad parcialmente: a unos mucha y a otros poca. Mientras alguien, quizás a nuestro lado, sigue con las manos vacías. Puedes seguir saliendo con frecuencia de casa. Pero sin olvidar que dentro de ella hay alguien que espera. Puedes comprometerte en múltiples actividades. Pero encuentra también la manera de hacerte presente al pobre desdichado que eres tú mismo. Presta un poco de atención al «olvidado» que eres tú...

«Solicito la inscripción en el tercer mundo» Hace algún tiempo, escribí una oración un tanto irónica para denunciar la contradicción de algunas personas seria-

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mente «dedicadas» a amar al prójimo lejano y que terminan ignorando al que está cerca. Es una especie de desconsolado lamento de un marido que se siente tratado con poco afecto y casi olvidado por sus seres queridos. Con todo, quiero hacer constar que, en determinadas situaciones, los papeles pueden ser perfectamente intercambiables. Lo titulé, en tono provocativo: «Desearía inscribirme en el tercer mundo» 1 . Y puse en boca de aquel pobre desdichado, entre otras, las siguientes expresiones. «Quién sabe si existe en alguna parte un despacho, quizá parroquial, que acepte la inscripción en el "tercer mundo". Soy un marido, un padre, que sueña con entrar a formar parte del "tercer mundo", con ser promovido a la categoría de los "últimos" y acogido en lasfilasde los "marginados". No sabría cómo definir el mundo al que pertenezco; quizá no ha sido aún descubierto; de cualquier modo, sólo se me reconoce el derecho a arreglármelas por mí mismo. »Me explico. Mis hijos, además de estudiar (decorosamente), se ocupan de problemas del tercer mundo, de discapacitados, drogodependientes, inmigrantes, parados, vagabundos, de una leprosería (me parece) en Burundi (digo "me parece" porque no recibo informaciones directas). Luchan por la paz, trabajan por la justicia, están metidos en política, se apasionan por la ecología, promueven manifestaciones por una infinidad de causas. No es para reírse, ¡faltaría más! Si a su edad no lanzaran su mirada más allá de la ventana de casa, si no fueran capaces de ver directamente las reali-

dades más dramáticas de nuestro tiempo,habría que dudar de su inteligencia y sentirse alarmados por el funcionamiento de su corazón. »...Sin embargo, me parece que no pido demasiado si expreso el deseo de que alguna vez me miren a la cara también a mí, de que me dirijan alguna vez un saludo que no sea de mala gana ni obligado, y me den pie alguna vez para intervenir en sus conversaciones».

Me basta con las migajas «Por otro lado, mi mujer forma parte de un número no preciso e imprecisable de asociaciones, movimientos, grupos; participa en todas las iniciativas de la parroquia; se dedica a los de la "tercera edad" (yo soy el único a quien todavía le llaman "viejo" en casa), a las madres solteras (y a las que no desearían serlo), a los alcohólicos, a los ex-presidiarios, a las parejas con dificultades, a los sacerdotes ancianos y sin sirvienta, a los sacerdotes jóvenes que podrían estar en crisis, a religiosas incomprendidas por sus superioras... «Naturalmente, también ella se dedica al "tercer mundo", pero pienso que no es el mismo que el de mis hijos. En su ilimitado horizonte hay un hospital (me parece) en Tanzania, una maternidad (me parece) en la Amazonia, un dispensario (me parece) en África Central, una misión (me parece) en Mali, una escuela (me parece) en Colombia, una experiencia de voluntariado (me parece) en Brasil. «Indícamelo, Señor, si me equivoco, pero tengo la impresión de que no es demasiado evangélico dedicarse a los que están lejos y prácticamente no dirigir la palabra al legítimo

Tutti i figli di Dio hanno le maní, Gribaudi, Torino 1989.

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esposo, o responder con monosílabos. Señor, ¿no podrías sugerir a mi mujer, quizás a través de la mediación secreta de uno de los numerosos sacerdotes con los que trata por los fines más nobles (lo digo sin ironía), que es justo, debido y urgente que se ocupe de los problemas de los pobres, pero que sería oportuno que no olvidara que tiene un marido con muchos deberes, pero también con algún derecho? »Señor, haz que mi mujer advierta que dentro de su casa se ha formado un pedazo de "tercer mundo", una minúscula área de marginación, y hasta ahora nadie se ocupa de ello (¿o hay que crear expresamente una asociación que se ocupe de esta finalidad nada despreciable?). Ciertamente no pretendo que mi mujer "empiece" por mí; me contentaría con que su incansable actividad (demasiado frenética, a mi modo de ver) "terminara" en mí, sin interrumpirse antes. »Solicito formalmente la inscripción en el "tercer mundo", el de mi esposa y mis hijos. Pero preciso que me basta con las migajas». Por las cartas y los testimonios directos de asentimiento que he recibido, me doy cuenta de que he tocado un problema real y de dimensiones bastante preocupantes.

Todo empieza por los ojos Hablamos de delicadeza. Ésta tiene que ver, esencialmente, con la mirada. Se trata de ver, de comprender, de intuir. Y, una vez más, esta reflexión se aplica, en primer lugar, a las personas que están cerca de nosotros.

Hay que convencerse de que el hombre se parte fácilmente. Un corazón se rompe fácilmente. Fuera ni siquiera se advierte un crujido. Un proverbio árabe advierte: «Es la última brizna de paja la que rompe el lomo del camello». Y un refrán napolitano, que sustituye el camello por el asno, llega prácticamente a la misma conclusión: «Cento niente hanno ucciso 'o ciuccio» [Cien nadas mataron al asno]. Cuántas veces también nosotros repetimos, para justificar nuestros comportamientos descorteses y poco delicados con algunas personas: «No es nada... En el fondo, no le he hecho nada... No le he dicho nada particularmente grave...». Las personas caen rendidas por la última brizna de paja, por el último «nada». No es cuestión, claro está, de cargas de trabajo, de pesos insoportables en sentido material (aun cuando es verdad que a veces también ésta es la causa). Son otras las cosas que normalmente rompen la espalda de una persona y hacen que ésta no pueda volver a levantarse. No existen sólo chivos expiatorios. Hay también camellos sobre cuyo lomo todos, pero en particular las personas más cercanas, echan pesos excesivos. Desahogos, pretensiones absurdas, indiferencia, fastidio, desinterés, humillaciones, atribuciones de culpas de todo tipo, descuidos, necedades, palabras ásperas, marginación, sacrificios extraordinarios impuestos sin piedad, renuncias, lamentos cretinos... Ni siquiera sospechamos que a aquel camello-persona hay que darle también algo, y no sólo exigirle todo. Algunos no consiguen imaginar que aquella personacamello tiene exigencias, tiene una sensibilidad, necesita

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recuperar el aliento, saciar la sed, recobrar fuerzas gracias a una palabra buena, un gesto delicado, una señal de aprecio, el calor de una mano, una sonrisa, un agradecimiento convencido, alguna migaja de ternura, una conversación tranquila mirándose a los ojos. Nada. Continúan, impertérritos, echando encima a la persona-camello, día tras día, únicamente paja que llevar. Continúan pretendiendo que siga tirando de una carreta opresora mientras le azuzan con la habitual letanía del «no es nada». En un cierto momento, la persona se derrumba sin crujidos, sin el menor ruido de alarma. Y nosotros comentamos con hipocresía, como si nos pillara por sorpresa: «Pero ¡qué historias! ¡Por una palabra, una pequeña observación, un olvido, una cosa de nada... no hay que hacer un drama!». Aquélla era la última «cosa de nada», la última brizna de paja, la más ligera de todas, pero capaz de romper el equilibrio. Aquella «cosa de nada», aquella brizna de paja, pesaba quintales, porque se sumaba a lo que se había echado antes. A lo que otros muchos, inconscientes e insensibles como tú, habían puesto antes. Y es triste que nos percatemos de la existencia de un ser humano sólo cuándo éste no puede más y cae exhausto. Por «una cosa de nada»... Esperemos que el Samaritano nos lleve a percatarnos de quién tiene necesidad de ser aliviado mientras está abandonado en la cuneta del camino que recorre el interior de nuestra casa...

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