El mosaico de azulejos hizo que el frío mortuorio fuera un poco más espeluznante.

Esperó allí mientras multitudes de gentes se aglutinaban en una ventanilla en la antesala de su atención, contempló la triste escena, pensó en cuántos de ellos ni siquiera se habían dado cuenta de su presencia. Se levanto de su asiento y recogió los dos mil pesos que una señora había dejado caer de su bolsillo, deambulo por los pasillos tétricos del hospital, caras tristes y enfermas, filas eternas esperando una receta, algo de calma traerá esta sanación temporal, aplazando su sufrimiento, ¿existirá algo más que estas anestesias?, se dijo a sí mismo, pensó en las veces que tuvo que recurrir a medicamentos para calmar sus dolores, hasta que se detuvo y contemplo el paisaje destrozado de su compleja vida, tomo respiración alejo las pastillas y mejórales, los remplazo por música y libros, muchos libros, apilo cuantos pudo, y se dio cuenta que su “cáncer”, como llamaba su enfermedad, era solo una cosa que le impedía disfrutar de las cosas que quería, que solo debía enfocarse y fluir, quería escupir palabras en el rostro de las personas que estaban allí, mostrar otras formas de combatir su pesar, pero no supo cómo, solo siguió su camino para saciar la espera. Volvió a el lugar indicado, “todavía no” dijo la enfermera, “debe esperar hasta que los demás salgan y ahí podrá entrar usted”, salió a la pequeña plaza y prendió un cigarro, se sentó un momento, miro su reloj y recordó las muchas cosas que se había comprometido ese día, tomo su celular para llamar y recordó que no tenia saldo, cruzo la calle a un almacén cercano, “no tengo línea, pero el teléfono público está bueno” dijo aquel curioso caballero de unos 80 o más años, llevaba una camisa impecablemente blanca arremangada adornado con unos negros suspensores, su bigote blanco combinaba con la camisa y lo hacía lucir muy elegante, así como un ingles de las salitreras pensó. Llamó a las personas que debía llamar, muchas no entendieron, otras tantas sí, salió de allí prendió otro cigarro y cruzo la calle nuevamente. Al ingresar, nuevamente, la enfermera agito la cabeza en señal de que aún no era el momento indicado, quedaba solo un cuarto de hora hasta que terminara la hora de las visitas, su corazón se agitaba cada vez más con cada segundo del reloj, algo se escucho afuera, un tumulto de gente se acerco rápidamente a ver, incluso los que parecían más enfermos y fúnebres corrieron a presenciar aquel espectáculo, la enfermera conto que había ocurrido un accidente y trajeron a los heridos hasta acá, no se movió de su lugar y desde la distancia podía escuchar a la gente agitarse y comentar lo sucedido, solo quedaban 5 minutos. Tomo sus cosas y salió “muchas gracias” dijo a la enfermera, “tal vez mañana… tenga mejor suerte” respondió ella.

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