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La resistencia campesino-indígena en el nordeste argentino. Disputas territoriales frente al avancede los agro-negocios

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IV Jorndas Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea, Bs. As. 2013.
Eje Temático: Conflicto y Estrategias de Resistencia
Francisco Landivar
Federico Arguto
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IV Jorndas Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea, Bs. As. 2013.

Eje Temático: Conflicto y Estrategias de Resistencia La resistencia campesino-indígena en el nordeste argentino. Disputas territoriales frente al avance de los agro-negocios. Francisco Landivar, (Lic. en Sociología -UBA) Federico Arguto (Maestrando en Estudios Sociales Latinoamericanos - UBA)
Resumen: En los últimos años asistimos a una escalada en la violencia rural ejercida contra las comunidades campesinas e indígenas en todo el país, siendo especialmente virulenta en la región chaqueña. El caso más conocido por la opinión pública es el de los Qom en la comunidad “Potae Napocna Navogon” (La primavera), pero no se trata de un caso aislado sino que es una problemática que involucra a numerosas comunidades campesino-indígenas. A partir de los años setenta comienza a tomar forma un nuevo modelo agropecuario que no incluye a estos sectores dentro de su esquema productivo modificándose la relación con los mismos. Este modelo se consolida en la década de los noventa y toma especial impulso en la segunda mitad de la misma, cuando en 1996 el gobierno menemista legaliza la siembra de la soja RR (Roundup Ready) permitiendo el laboreo de cultivos transgénicos, revolucionando las prácticas agrícolas y reestructurando el modelo productivo primero en la región pampeana (reemplazando a otras producciones) para, una vez saturada la misma, expandirse hacia otras regiones que tradicionalmente no producían estos cultivos; siendo el norte del país la región más afectada en tanto que por cuestiones ecológicas era más favorable para la siembra de estos cultivos. Este proceso de expansión de la frontera agrícola de “cultivos pampeanos” toma especial fuerza en la década del dos mil. En este marco el modo de producción campesino ya no resulta compatible con el modelo agrario hegemónico, entendiendo que las nuevas condiciones técnicas de producción en el agro, han vuelto preciadas aquellas tierras antaño marginales para la producción capitalista, sobre las que se asentaban las comunidades campesinas, y es en este sentido que comienzan a ser percibidos para los sectores dominantes en alianza con el Estado como un estorbo para el aprovechamiento productivo de las tierras que ocupan. De este modo, se enfrentan dos lógicas: por un lado una que prepondera la obtención de ganancias y la generación de productos “competitivos” para la exportación al mercado internacional. Por el otro, la búsqueda de su reproducción y subsistencia en sus territorios implementado ciertas prácticas no-capitalistas. Este conflicto se expresa en el hecho de que los sectores dominantes con la intervención activa del Estado invaden territorio campesino-indígena para expandir sus producciones, valiéndose tanto de instrumentos legales como de la mera represión. La expansión de esta lógica neoliberal en el agro expresada en el modelo de los agro negocios es uno de los pilares sobre los que se sustenta la economía argentina actual basada en la extracción de bienes comunes del territorio nacional (entendidos

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como commodities) como medio para la obtención de divisas y es en este sentido estratégica para el Estado Nacional. En este marco podemos comprender el aumento en la violencia ejercido hacia las comunidades campesino-indígenas en los últimos 20 años, tanto por grupos privados como por los Estados municipales y provinciales. Frente a ello las comunidades campesino-indígenas despliegan una serie de estrategias diversas para resistir a la avanzada neoliberal que los expulsa de sus tierras: resistiendo a los desalojos desde la ocupación de los territorios en los que viven, apelando a la justicia, interviniendo públicamente a través de escraches y marchas e incluso mediante acciones directas tales como la toma de tierras de las cuales fueron expulsados injustamente. En base a lo expresado se pretenden analizar y comprender las disputas territoriales en el nordeste argentino, haciendo hincapié en las formas de resistencia desarrolladas, sus modos de construcción política y sus estrategias para dar a conocer su problemática. Se tendrá en cuenta el contexto en el que se desarrollan estos conflictos, caracterizado básicamente como un proceso de expansión de la frontera agrícola de los denominados “cultivos pampeanos”.

Introducción

Los conflictos por la tierra no son una novedad en la Argentina. Para entender a los mismos es necesario desmitificar la idea de una Argentina chacarera, de medianos y pequeños productores capitalizados. Esta estructura agropecuaria ha predominado solo en la región pampeana, y dada la importancia económica del área en la producción mundial, se ha tendido a generalizar esta realidad con la del resto del país. En las regiones extra-pampeanas encontramos históricamente una gran diversidad de producciones, subsidiarias de la pampeana y destinadas al aprovisionamiento del mercado interno, donde los campesinos han revestido especial importancia. Si bien en un rol subordinado, bajo el esquema de la agroindustria 1 que predominó en el agro nacional entre la década del ’30 hasta mediados de los ’70, los campesinos, junto a pequeños y medianos productores, fueron en cierta medida protegidos e incluidos en la economía como política de Estado. A mediados de los años 70 comienza a resquebrajarse en el agro argentino el modelo agroindustrial – imperante hasta aquel momento -, que estuvo caracterizado por ser un modelo que si bien distribuía los excedentes en forma desigual, integraba a la agricultura familiar y a los trabajadores agropecuarios (Giarracca y Teubal; 2006). Durante el autodenominado proceso de reorganización nacional que comenzó en 1976, mediante la represión y el disciplinamiento de la sociedad como política de Estado hacia el conjunto de los sectores, se sientan las bases para la introducción de una serie de políticas neoliberales que se implementarán en los ’80 y se profundizarán en los ’90. Estas
1 Enmarcado en el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones.

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políticas, asociadas a una nueva “revolución verde”2 que se da en el agro a escala internacional, fomentan la consolidación del modelo de los agro-negocios en el país; al cual entendemos como “un modelo impuesto por el neoliberalismo económico que se basa en una lógica de producción con fuerte apoyo del sector financiero, orientado a la exportación, con fuerte inversión de agroquímicos, semillas transgénicas y en gran escala. Modelo que se diferencia del anterior porque expulsa a la pequeña unidad familiar, reduce la incorporación de mano de obra y la fragme nta”. (Giarracca; 2006: 8) En los últimos años asistimos a una escalada en la violencia ejercida contra las comunidades campesinas e indígenas en todo el país, siendo especialmente virulenta en el nordeste3 (la región chaqueña). El caso más conocido por la opinión pública en la actualidad es el de los Qom en la comunidad “Potae Napocna Navogon” (La primavera). Pero no se trata de un caso aislado sino que es una problemática que involucra a numerosas comunidades campesino-indígenas. El modo de producción campesino ya no resulta compatible con el modelo agrario hegemónico y es en este sentido que comienzan a ser percibidos para los sectores dominantes en alianza con el Estado como un estorbo para el aprovechamiento productivo de las tierras que ocupan. De este modo, se enfrentan dos lógicas: por un lado una que prepondera la obtención de ganancias y la generación de productos “competitivos” para la exportación al mercado internacional. Por el otro, la búsqueda de su reproducción y subsistencia en sus territorios implementado ciertas prácticas no-capitalistas. Los agronegocios y el “avance de la frontera agropecuaria” En 1996 se legaliza en el territorio nacional la siembra de la soja RR 4, y enmarcado en la lógica del nuevo modelo, la superficie destinada al cultivo aumenta progresivamente. Comienza una expansión de los cultivos más rentables dentro de las áreas agrícolas (en detrimento de otros cultivos), que luego se expande a áreas destinadas a otras producciones (tambos y áreas ganaderas) y finalmente se da una expansión de la frontera agropecuaria de productos “netamente pampeanos” hacia otras regiones del país (principalmente NOA y NEA), lo que se traduce en el reemplazo de cultivos regionales así como de los sistemas productivos pre-existentes en la zona5. Comienza una nueva etapa de lo que Harvey denomina acumulación por desposesión en el sentido de que para ampliarse el capital debe despojar áreas que antes no se encontraban por completo circunscriptas a la lógica del capital, o no eran concebidas para tales fines. (Harvey; 2004)

2 La primera se da en la década de los ’60 asociada a la aparición de las semillas híbridas y a la popularización de los agroquímicos entre los productores rurales. La nueva, refiere a la aparición de las semillas transgénicas y al paquete tecnológico relacionado a estas. 3 A modo de aclaración queremos indicar que, cuando nos referimos al nordeste argentino, hacemos referencia tanto al nordeste en sentido estricto, así como a la región chaqueña en general (lo que incluye el Chaco salteño, norte de Santiago del Estero y norte de Santa Fe) así como también a la zona de Las Yungas, en tanto consideramos que esta región comparte características similares en la estructura económico-social.

4 Dichas siglas significan Round Up Ready, se trata de una variedad de soja transgénica con tolerancia al Round Up (marca comercial del glifosato) 5 Esto es lo que se ha dado a llamar “expansión de la frontera agropecuaria”, que en realidad es una expansión de la frontera agrícola de cultivos tradicionalmente pampeanos, puesto que en muchas de las regiones hacia donde se expandió ya existían otras producciones agropecuarias.

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“El crecimiento del cultivo de la soja (pilar del modelo de la agricultura industrial) se da a la par de un profundo proceso de modificación de la estructura social agraria, signado principalmente por la importante cantidad de productores pequeños y medianos que abandonaron o se vieron forzados a dejar la actividad agropecuaria” ( Domínguez y Sabatino; 2006: 261) y también por el avance de la frontera agropecuaria en base a la expulsión de campesinos e indígenas de sus tierras. “L a revolución de la soja transgénica que avanza sobre cultivos que abastecían al mercado interno modifica así la geografía agropecuaria del país… y desplaza los cultivos tradicionales a favor del monocultivo y la exportación” ( Domínguez y Sabatino; 2006: 264). Para graficar el fuerte crecimiento del cultivo de soja durante la década del 2000, observamos como de 12 millones de has. sembradas en el 2003, en el 2013 (10 años más tarde) llegaban a 20 millones de has, lo que representa una expansión de casi el 100% del cultivo en el período y más del 50% del total de la tierra cultivada en el país. Este gran crecimiento en la superficie sembrada se debe en gran medida a la expansión del cultivo de soja en las provincias del norte del país, en detrimento de otras producciones o a través del desmonte. 6 Resumiendo, a partir de la “nueva revolución verde” 7, que comienza en Argentina a partir de 1996, en consonancia a una serie de políticas neoliberales que se introducen desde 1976 - pero que se intensifican sobre todo durante el gobierno menemista, para asentarse en el actual gobierno -, se prepara el terreno para la producción masiva de bienes agropecuarios con destino a la exportación en el territorio argentino 8. En un contexto en que el Estado Nacional genera un marco propicio, tal producción se expande, y las nuevas tecnologías permiten que lo haga hacia regiones del país consideradas históricamente marginales. Esta expansión no se da sobre “tierras vacías”, sino sobre cultivos tradicionales de estas regiones y sobre montes, muchas veces habitados por comunidades campesino-indígenas. Por otro lado, la misma se da de la mano de agentes financieros y grupos capitalistas privados que pueden afrontar los costos de la producción a escala, dado que esta es la única forma de que la misma sea viable. En tanto que los campesinos son incapaces de costearla son expulsados del nuevo modelo agrícola productivo y de sus propias tierras, en tanto que son necesarias para la producción de las commodities agropecuarias (principalmente la soja y el maíz en el norte del país). El capitalismo en el agro, acompañado por el Estado, avanza entonces sobre tierras ya ocupadas, en tanto que para su expansión necesita el hacerse de nuevo territorios, esto obviamente implica la expulsión de productores de sus propios
6 Para dar un ejemplo de esto, observamos cómo en 1996 en la provincia de Santiago del Estero había sólo 95.000 hectáreas con soja. En el 2008 había saltado a 629.000 hectáreas y dos años después (2010) al record de 1.100.000 hectáreas. En solo dos años aumento un 75% (Aranda; 2011). 7 También llamada revolución de los transgénicos. 8 En su momento el commoditie elegido fue la soja, pero a partir de la aparición de variedades de maíz transgénico el cultivo del mismo también se expandió, como la producción de otros cultivos no pampeanos como pueden ser los olivos, la vid y el limón.

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campos y la reconversión forzosa de los esquemas productivos tradicionales. Esta expulsión en el Norte argentino se da a través de la represión directa y con el uso de la violencia explícita. De esta manera, el avance de la “frontera agropecuaria” sobre tierras ocupadas por comunidades campesinas se efectúa en el marco de la connivencia entre poder político local (provincial y municipal) e intereses económicos: venta especulativa de tierras fiscales a empresarios a valores que no son de mercado, sin tener en cuenta que las tierras están habitadas por campesinos o indígenas, o que deban ser declaradas de “función social”. (Domínguez: 2011) A esto queremos agregar, que también existe cierta connivencia con el Estado nacional, en el sentido de que este no interviene activamente para defender los derechos vulnerados de los campesinos. Lo que creemos que no se trata de desidia, sino que es intencional. En referencia a estas situaciones Porto Gonçalves dice que en tanto el capital financiero desconoce el espacio físico sobre el cual actúa, el conflicto se acentúa. Actúa sobre este en lo concreto, y genera conflictos y resistencias por parte de quienes previamente han habitado estos espacios. Se trata también de un enfrentamiento entre las territorialidades locales y los gestores financieros, que apoyados por el Estado avanzan sobre los primeros arrebatando sus recursos. (Porto Gonçalves; 2002)

Formas de violencia en los ámbitos rurales: la expulsión y represión a las comunidades La Red Agroforestal Chaco Argentina (REDAF) contabilizó para el 2010, 164 conflictos de tierras y ambientales en todo el país, de los cuales el 89% surge a partir del año 2000, lo que se condice con la consolidación del nuevo modelo agropecuario. Si bien existen diversas cifras en torno a las dimensiones que implica el conflicto, en el 2012 se estimaba que aproximadamente afectaba a 600 mil personas en una superficie de 5 millones de hectáreas en seis provincias del Norte del país,9 mayoritariamente de comunidades campesinas y aborígenes. Para ampliar, indican que sólo en conflictos estrictamente de tierras se encuentra un piso de 1,7 millones de has. en disputa, que afecta en forma directa a 97.995 personas, de las cuales el 60% son indígenas (59.506), 39% criollos (37.789) y 1% criollo-indígenas (700) (Aranda; 2012). Si bien el Estado nacional implementó durante los últimos años algunas políticas para que las organizaciones campesinoindígenas crezcan y disminuya la represión, tales como la ley 26.160 sancionada en noviembre de 200610, no se ocupó de que la misma fuera implementada en forma real. De hecho, Aranda en el 2010 indicaba que en los últimos cinco años se registró un notable crecimiento de las denuncias de desalojos y de intentos de despojo por el modelo de economía extractivista. Y agrega: “el común denominador de muchas de estas violaciones es el privilegio de intereses económicos para explotar los

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Salta, Formosa, Santiago del Estero, Chaco, Córdoba y norte de Santa Fe.

10 Que prohibió el desalojo de comunidades indígenas durante cuatro años (plazo que luego se extendió hasta el 2013) y ordenó relevar en un plazo de tres las tierras que ocupan los pobladores ancestrales en todo el país.

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recursos naturales de las tierras sobre los derechos de las comunidades indígenas a mantener sus tierras ancestral es.” (Aranda, 2010: 61) Casi la totalidad de los conflictos se dan en familias y comunidades campesinas que presentan una tenencia precaria de sus tierras. Aprovechando esta debilidad - y obviando el hecho de que la mayor parte de estas familias tienen, de acuerdo a la ley veinteañal, el derecho a regularizar la tenencia sobre esas tierras - inversores privados adquieren legalmente territorios previamente ocupados y desalojan a sus históricos ocupantes. En aquellos casos en los cuales estas comunidades ejercen resistencia por la tenencia de las tierras, los empresarios se valen tanto de instrumentos legales como de la represión tanto policial como para-policial. Los gobiernos provinciales no solo aceptan esta situación sino que también la promueven y la respaldan, utilizando las fuerzas policiales para garantizarla. En otros casos la misma es aún más agraviante: por ejemplo en lo acontecido en “El Talar”, Departamento de Ledesma, Jujuy, donde aún luego de sancionada la ley 26.160 (que suspende los desalojos a comunidades campesino-indígenas) el Instituto de Colonización Jujeño cedió 2000 has. a una empresa con la comunidad dentro para desmonte y posterior siembra de soja. Un juez argentino ordenó el desalojo y la policía provincial ejecutó la represión. Enrique Oyharzábal (histórico abogado defensor de las luchas indígenas en el norte argentino) señaló que la situación en el Talar fue grotesca. Más allá del pisoteo de la ley 26.160 indica que le importa el valor simbólico del modo en que se lo hizo, “esto es lo que sigue sucediendo en la gran mayoría de las provincias” (Aranda; 2010: 110). Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho observamos un caso aún más extremo, donde un Estado provincial, además de garantizar legalmente que intereses privados de una familia terrateniente puedan ser efectivizados, empleó las fuerzas policiales para defender estos intereses al punto tal que la represión desencadenada llevó al asesinato de tres personas. Estamos hablando del desalojo que ejerció el gobierno de Formosa en la ruta nacional 86 en la localidad de La Primavera a la comunidad Qom que allí habita. Para explayarnos un poco más, en el 2007 la provincia de Formosa a través del Instituto Provincial de Colonización y Tierras Fiscales determinó la subdivisión de las tierras que ocupaba la familia Celias, y la adjudicación de un lote a la Universidad Nacional de Formosa, sobre tierras pertenecientes a los Qom que habían sido otorgadas a los mismos por el gobierno nacional en 1940, y sobre las que se les había otorgado un título comunitario en 1985. En 2010, a raíz de una denuncia de la familia Celias sobre una ocupación por parte de los Qom de esta tierra (que por tales decretos les pertenece), el Estado provincial intervino desalojando a los Qom en una feroz represión que tuvo el saldo de tres muertos (dos aborígenes y un miembro de las fuerzas policiales). Este hecho da cuenta de la impunidad con que las elites rurales así como los gobiernos actúan en relación a la problemática indígena (Cardin; 2013). El gobierno no sólo re adjudicó en forma descarada a privados tierras pertenecientes a una comunidad aborigen, sino que en defensa de los primeros los reprimió y lo hizo en forma brutal. Podemos afirmar que este tipo de prácticas son recurrentes en el norte argentino y la complicidad del Estado provincial se manifiesta tanto en forma explícita (como en el caso mencionado) así como implícita, al no interceder para impedir el accionar de fuerzas para-policiales que hostigan permanentemente a las comunidades en defensa de los intereses de empresarios particulares, ni juzgar los atropellos cometidos permitiéndoles actuar con total impunidad.

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Resulta ejemplificador el caso Cristian Ferreyra, joven de 23 años integrante de la comunidad indígena Lule-Vilela y miembro del MOCASE-VC que fue asesinado en noviembre del 2011 por un grupo de sicarios, en un contexto en que la comunidad del mismo era víctima de constantes intimidaciones por parte de grupos armados, y donde la ausencia del Estado en la mediación era más que clara. En este sentido, también podemos mencionar el crimen de Miguel Galván (también integrante del MOCASE-VC) en octubre de 2012, asesinado por sicarios. Así los casos se repiten: Javier Chocobar, Sandra Ely Juárez, Roberto Lopez, Mario Lopez, Mártires Lopez. Todos campesinos e indígenas asesinados en los últimos tres años (Aranda; 2013) A esta situación de violencia se agregan los casos de muertes “accidentales” dudosas, que involucran siempre a miembros de comunidades campesinas e indígenas en conflicto como el caso de Juan Daniel Díaz Asijak de 16 años y sobrino de Félix Díaz (líder de la comunidad qom “La Primavera”). También podemos mencionar el caso de Celestina Jara y Lila Coyipé (beba de 10 meses) de la comunidad “La Primavera” atropelladas en diciembre de 2012. Estos son algunos ejemplos entre otros que involucran muerte o a veces el intento como en el caso de Abelardo Díaz en junio de 2012 (también miembro de “La Primavera”) a quien intentaron degollar o el caso del mismo Félix Díaz que fue atropellado por una camione ta de propiedad de la familia Celias (en disputa con la comunidad que representa) en agosto del 2012. También de acciones ilegales y violatorias de los derechos humanos como los dos campesinos de la familia Penayo integrantes del MOCAFOR, secuestrados y torturados para luego volver a ser liberados en enero de 2012. Asimismo, las historias de judicialización, represión, desalojo y acciones ilegales se repiten en todas las provincias con presencia campesina e indígena sin importar el signo del partido político dominante. La indiferencia estatal a nivel nacional no se debe a negligencia sino que responde a una clara intencionalidad política que deriva de varias cuestiones: no sólo actúa de esta manera debido a alianzas políticas que sostiene con Gobernadores en varias provincias, sino que el Estado Nacional es un gran beneficiario de la expansión de los agronegocios. De hecho es uno de los impulsores, como queda claro en el Plan Estratégico Agroalimentario. Como advierte el MNCI, aumentar en la forma propuesta el volumen de producción granaria implica una expansión del área sembrada que no tiene otra forma de hacerse sino es a partir de los desalojos de familias campesinas. Las nuevas resistencias campesino-indígenas: estrategias de lucha y formas de construcción política de los movimientos

Dice Diego Domínguez que en nuestro país estas luchas protagonizadas por comunidades campesinas y pueblos originarios se dan en distintas regiones pero por similares causas: las resistencias a la consolidación de un modelo extractivo y productivista, que arrancó en los ’70, pero que es en los años ’90 cuando se hace evidente. (Domínguez; 2011) Estas luchas, a su vez, no son algo “nuevo” en la Argentina, sino que son parte de un proceso histórico de lucha y resistenci as por parte de las comunidades campesino-indígenas, que si bien no ha tenido la misma magnitud que en otro países

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latinoamericanos, si ha sido una constante durante todo el siglo XX, siendo el movimiento de las Ligas Agrarias en los años ´7011 el más importante y del que más han heredado los nuevos movimientos campesinos. 12 A su vez, estas luchas se dan en un contexto de emergencia de la conflictividad campesina en Latinoamérica a partir de la década de los noventa, sobre todo a partir de la avanzada neoliberal sobre los derechos de campesinos e indígenas, siendo ejemplos emblemáticos de estos movimientos el Movimiento Sin Tierra y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En el caso argentino las luchas se dan contra la minería a cielo abierto, contra grandes inversores extranjeros, y contra los desmontes y la avanzada de los empresarios agrícolas sobre territorios campesinos. En el Nordeste los motivos de las luchas se relacionan con la avanzada capitalista en el agro y se dividen principalmente en dos grupos: de corte ambiental, contra las fumigaciones que realizan empresas dedicadas a la soja transgénica que afectan a las producciones aledañas, conflicto muy fuerte en la provincia de Formosa. Y conflictos por tierras, sobre todo resistencia a desalojos, muy comunes en Córdoba y Santiago del Estero, pero también hoy día en Chaco, Formosa y Salta. A partir de la resistencia al desalojo y a la destrucción de su forma de vida, los campesinos cuestionan al modelo hegemónico, y proponen alternativas más sustentables, social y medioambientalmente, en la producción agropecuaria. En 1990 se creó en Santiago del Estero el MOCASE, y a partir de allí las organizaciones campesinas han proliferado por todo el país nucleándose en federaciones: siendo las más conocidas el Movimiento Nacional Campesino Indígena; el Frente Nacional Campesino y el Movimiento Campesino Liberación. (GIARRACA; 2008). Estas a su vez se han integrado a organizaciones internacionales, como Vía Campesina, que combaten este modelo agropecuario defendiendo la soberanía alimentaria, la diversidad productiva, la sustentabilidad ambiental y la defensa de la biodiversidad y la generación de tecnologías más democráticas. Como afirma Domínguez en el agro se elevan experiencias y luchas que configuran un conjunto muy vasto de conflictos muy diferenciados entre sí. En esta multiplicidad de conflictos es probable encontrar elementos en común más allá de que todos compartan el enfrentamiento contra un modelo de agro que concentra -en torno de grandes empresas articuladas al capital financiero- el control de la producción y la distribución (Domínguez; 2011) A pesar del constante hostigamiento que sufren los movimientos por parte de las autoridades (represión, encarcelamiento, desalojos violentos), estas comunidades recurren generalmente a una serie de acciones legales dentro del marco institucional tales como petitorios, protestas u ocupaciones simbólicas de espacios públicos. En este sentido podemos hacer referencia al amparo Colectivo presentado en 2004 por las comunidades Wichí del Impenetrable Chaqueño para frenar el desmonte así como la solicitud de títulos de las tierras en el mismo año por parte del Consejo de Coordinación de las organizaciones de los Pueblos Indígenas de Salta (Guaraní, Wichí, Chorote, Toba, Chulupí, Chané) de tierras en la región del Chaco Salteño. Estos movimientos despliegan una serie de estrategias diversas para resistir a la avanzada neoliberal que los expulsa de sus tierras: resistiendo a los desalojos permaneciendo en los territorios en los que viven, apelando a la justicia, interviniendo públicamente a través de marchas, y, agotadas estas instancias, apelando a la acción directa: como la toma de tierras de las cuales fueron expulsados, escraches, cortes de rutas, sabotaje. Los ejemplos son muchos y se multiplican por toda la región. Uno puede ser el protagonizado por el MOCAFOR en los años 2003 y 2004 cuando realizó una serie de acciones de intervención directa que consistieron en cortes de ruta, sabotaje de
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En Chaco, Formosa, Corrientes, Misiones y Norte de Santa Fe De hecho muchos referentes de los nuevos movimientos campesinos, como en el MOCAFOR, participaron también en las ligas agrarias (en el caso de Formosa en las UICAF).

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avionetas, bloqueo de maquinarias y marchas, siempre en paralelo a su reclamo judicial, con motivo de la contaminación de las parcelas y los animales de más de veinte familias campesinas en Colonia Senés por las fumigaciones con glifosato y 24D que realizaban empresarios en campos aledaños. Otro caso paradigmático, además de histórico, es la lucha que desarrollan las comunidades Kollas de Finca San Andrés (129 mil has.) desde 1983 por recuperar la tenencia legal de las tierras que ocupan, frente al Ingenio San Martín del Tabacal que las compró con las poblaciones incluidas en el año 1932. Estas comunidades realizaron diversos tipos de acciones para que sus derechos se cumplan, incluyendo desde acciones legales hasta “caravanas”, cortes de ruta y enfrentamientos con la policía. A pesar de fallos a favor y del apoyo que reciben de organizaciones nacionales e internacionales, su reclamo recién fue escuchado en el 2007 cuando una parte de lo reclamado (70 mil has.) les fue resarcido. Otro caso es el de la comunidad qom Potae Napocna Navogoh (La Primavera) que desde el año 2000 comienza un

acercamiento con diversas organizaciones sociales de Formosa, Chaco y de la ciudad de Buenos Aires. Aferrandose al proyecto de ley de Emergencia Territorial, varios miembros de la comunidad comenzaron en el 2008 una serie de acciones tendientes a la recuperación de las tierras históricamente pertenecientes a la comunidad incluidas en el decreto conseguido durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Tal como expresa Lorena Cardin: “La comunidad se ha constituido a través de su accionar político en un caso paradigmático de agencia indígena, al haber confrontado a ambos gobiernos con escasos recursos materiales pero con sólidos recursos simbólicos y políticos. Una de las particularidades del caso consiste en la forma en que (…) han capitalizado las distintas experiencia s políticas por las que han atravesado reconfigurando dinámicamente sus estrategias”. Básicamente estas modificaciones estuvieron ligadas a un redireccionamiento de su accionar hacia nuevos espacios sociales y geográficos, distanciándose de las estructuras partidarias y religiosas. (Cardin, 2013: 1) Desde la década de 1990 han proliferado una gran cantidad de movimientos campesinos en la región, siendo de los más renombrados el MOCASE, el MOCACOR o APENOC. Algunos de estos se han integrado a organizaciones campesinas más amplias como en el caso del MOCASE que lo hizo con el MNCI (movimiento nacional campesino indígena). En otros casos la resistencia o la lucha campesina se desarrolla desde las propias comunidades que se enfrentan a los grupos empresarios que intentan avasallarlas, desde una lógica local. Si bien estas comunidades también se relacionan con otras, no forman parte de organizaciones más amplias formalmente. Esto es muy común sobre todo en las comunidades indígenas, se ve en algunas comunidades wichi, tobas, kollas o los mismos qom. La lucha de estas comunidades excede al reclamo material del medio de producción tierra, en tanto que lo que realmente ellos defienden es su modo de vida, es una lucha por los modos de producir, de consumir y de vivir. Según Giarracca “los pueblos aborígenes [y campesinos] defienden el territorio, es decir, se pone en juego una visión mucho más amplia que incluye el suelo y el subsuelo, la tierra y las riquezas naturales que la rodean o que están en sus entrañas. Aparece aquí una disputa de sentidos ya que, para la corriente “productivista” que hegemoniza la política económica, la tierra, los bienes naturales… son solo “recursos” explotables, puras mercancías… mientras que para muchas cosmovisiones aborígenes son parte d e un “nosotros” en el que hombre y naturaleza están igualmente incluidos.” (Giarracca, 2008: 9). Este reclamo, se ha convertido también para ellos en una muy útil herramienta de lucha. En tanto que la disputa es contra una visión hegemónica productivista fuertemente depredadora de la tierra y de los bienes comunes, ha calado hondo en las organizaciones ambientalistas y también entre diversos colectivos que cuestionan la idea del desarrollo. A raíz de esta

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convergencia con otros sujetos sociales, los movimientos campesinos han sabido en cierta medida explotar este recurso, haciendo hincapié en la defensa de la naturaleza y de otras formas de concebir el mundo. La creciente catástrofe ambiental generada por el capitalismo ha llevado a un creciente rechazo de amplios sectores de la población al modelo productivo imperante. Este rechazo, sumado a la necesidad de encontrar alternativas, ha permitido a los campesinos e indígenas pasar de ser percibidos socialmente como sujetos arcaicos, ignorantes, improductivos a una alternativa de cambio, en tanto que sus modos de vida y sus costumbres permiten desarrollar un mundo sustentable en armonía con el medio ambiente. (Toledo; 1992)

Conclusiones

A lo largo del presente escrito se pretendieron indagar y analizar las nuevas resistencias campesino-indígenas en el nordeste argentino, comprendidas como parte de un proceso que se da no sólo en diversas regiones del país sino a lo largo de Latinoamérica. Consideramos que estas luchas se remontan a la década del ochenta pero que su momento más álgido se da recién a partir de los años noventa (y con más fuerza en el nuevo milenio), frente a las nefastas consecuencias que generan las políticas neoliberales en la región, particularmente sobre estas comunidades. Paralelamente a este ajuste estructural se iría consolidando el modelo de los agro-negocios, desplazando así al modelo agroindustrial vigente. Este modelo que se arraigaría centralmente en la región pampeana luego comenzaría a extenderse hacia otras regiones aledañas que históricamente producían una serie de cultivos diversos mayormente destinados al aprovisionamiento del mercado interno. En este marco, el avance de la “frontera agropecuaria” genera nuevas conflictualidades en torno a los territorios ocupados por comunidades campesina e indígenas. Como menciona Domínguez, esto se efectúa en el marco de la connivencia entre poder político local (provincial y municipal) e interese económicos sin importar que dichas tierras están “habitadas” p or las comunidades, en algunos casos con una tenencia precaria de la tierra pero con una legitimidad histórica incuestionable. Es decir, si bien estos conflictos se generan entre los empresarios y las comunidades afectadas, la indiferencia estatal a nivel nacional no se debe a negligencia sino que responde a una clara intencionalidad política que deriva de varias cuestiones: no sólo actúa de esta manera debido a alianzas políticas que sostiene con Gobernadores en varias provincias, sino que el Estado Nacional es un gran beneficiario de la expansión de los agronegocios en el territorio nacional. Ante la avanzada neoliberal de la década de 1990, y en un contexto latinoamericano de emergencia de las luchas del campesinado, proliferan en Argentina una gran cantidad de movimientos campesinos. Estos movimientos campesinos se constituyen como movimientos de resistencia. Pero en tanto que la defensa de su modo de vida confronta al modelo civilizatorio vigente, se tornan propositivos y su lucha es rescatada por múltiples sectores que también lo cuestionan y que entienden que es necesario un cambio de rumbo. Los campesinos son tomados como modelo de que una sociedad más armoniosa con la naturaleza y con otras personas es posible. Los campesinos son conscientes del impacto que generan sus luchas y reivindican explícitamente la cuestión ambiental y la idea de que representan una alternativa al modelo capitalista vigente. Su defensa del territorio es la defensa de su modo de vida, de un modo de producción que se encuentra literalmente asediado por las lógicas capitalistas de producción en el agro. Su lucha no es sólo por la tierra sino por algo mucho más amplio.

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Si bien durante todo el trabajo señalamos la complicidad estatal con los sectores capitalistas del agro, es verdad también que la problemática campesino-indígena excede las particularidades locales, y el interés económico así como la corrupción de actores y/o sectores particulares. Su lucha y sus reclamos son disruptivos, y existe una incapacidad real para resolver sus conflictos por cauces institucionales. La incapacidad de resolver sus conflictos por cauces institucionales es una de las características más importantes de los Nuevos Movimientos Sociales (Melucci), y es por esto que consideramos a los movimientos campesinos que surgen a partir de la década del noventa dentro de esta categoría. A su vez, entendemos como Zibechi, que estos movimientos además de separarse de los movimientos sociales de corte tradicional como puede ser el movimiento sindical, se separan de los NMS europeos. Estos comienzan a construir un mundo nuevo en las brechas que han abierto en el modelo de dominación, como respuesta al terremoto social que provocó la oleada neoliberal, que modificó sustancialmente las formas de vida de los sectores populares al disolver y descomponer las formas de producción y reproducción, territoriales y simbólicas, que configuraban su entorno y vida cotidiana. Se trata de nuevos movimientos sociales que están promoviendo un nuevo patrón de organización del espacio geográfico, donde surgen nuevas prácticas y relaciones sociales. (Zibechi; 2003) Los campesinos e indígenas rescatan estas formas de apropiarse del territorio y lo resignifican a las sociedades actuales. En un contexto de crisis civilizatoria, el campesino que siempre fue visto como atrasado, ignorante e improductivo hoy es visto como una alternativa para superar graves problemas que enfrenta la civilización occidental a la entrada del siglo XXI.

Federico Arguto Francisco Landivar

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