P. 1
Identidad cristiana e incidencia social.doc

Identidad cristiana e incidencia social.doc

|Views: 39|Likes:

More info:

Published by: Fray Domingo Cosenza on Oct 11, 2013
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as DOC, PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

12/11/2013

pdf

text

original

Identidad cristiana e incidencia social

Fray Domingo Cosenza OP 1. Presentación 1.1. Quienes estamos representados en esta ponencia profesamos la fe cristiana. Hemos sido formados en ella y la predicamos en nuestras comunidades. Algunos somos pastores. Amamos nuestras tradiciones particulares y nos sentimos vinculados por una raíz común. Para sistematizar nuestras convicciones recurrimos a un lenguaje teológico, en el cual nosotros mismos no siempre concordamos. 1.2. Por eso puede parecer muy difícil querer dar a conocer nuestra identidad a un público que puede tener o no una actitud religiosa, estar familiarizado o no con nuestro lenguaje teológico. Pero teniendo en cuenta que la tradición cristiana ha repercutido y ejercido una influencia importante sobre la realidad social, estamos convencidos de que es provechoso también para toda la sociedad explicarla en un ámbito abierto. Confiamos que podemos entrar en comunicación con los que tienen otra formación y con los que defienden opiniones diferentes. Nuestras propias tradiciones se fortalecen, e incluso se purifican, cuando las exponemos al diálogo. 2. La experiencia de Dios que Jesús promueve 2.1. Concretamente, consideramos que, para conocer lo que movió a los primeros cristianos en su fuero más interior, hay que investigar su vida entera y situar sus ideas religiosas en sus propios contextos sociales e históricos 1. El comienzo del cristianismo tuvo lugar hace unos dos mil años, en un proceso de por lo menos cuatro generaciones. Surgió de la historia de Israel y del pueblo judío, pero se fue entretejiendo muy pronto en la trama social del Imperio Romano. El relato fundacional se nos conserva en la segunda parte de la Biblia, que los cristianos llamamos Nuevo Testamento. 2.2. Jesús formó parte del judaísmo del siglo I EC y, por tanto, él mismo participó en la creencia básica que tenían en común las distintas corrientes judías de su tiempo: la fe en el Dios único que selló una Alianza con Israel. Por entonces la cultura helenística, difundida desde los tiempos de Alejandro, se consolidaba a través del Imperio de Roma. Frente a esa influencia, diversos grupos religiosos intentaban conservar o replantear la identidad judía. Habiendo formado parte del círculo de seguidores de Juan el Bautista, Jesús continuó los temas de su predicación, pero manifestó pronto su propio perfil.

2.3.

El núcleo de la predicación de Jesús es el anuncio del Reino de Dios como una «voluntad de bien» incondicional que se hace presente en el mundo. Gracias a ella, los débiles verían respetados sus derechos, los hambrientos quedarían satisfechos y al pecador se le brindaría la posibilidad de conversión. La soberanía de Dios irrumpe como misericordia ya desde ahora, pero se manifestará plenamente en un futuro cercano. Las acciones de Jesús son presentados en el Evangelio como la «visita de Dios a su pueblo» (Lc 7,16). El restituir la plenitud humana a los enfermos, el devolver su dignidad a los alienados o marginados, el dar de comer a los hambrientos, son los signos reales de que Dios reina en la historia. El Dios de Jesús se manifiesta devolviendo su rostro humano a la sociedad.

1

Cf. Gerd Theissen, La religión de los primeros cristianos, Salamanca 2002, p. 13. Es muy importante la relevancia que concede el documento de la Pontificia Comisión Bíblica a esta perspectiva: «El conocimiento de los datos sociológicos que contribuyen a hacer comprender el funcionamiento económico, cultural y religioso del mundo bíblico, es indispensable a la crítica histórica. La tarea que incumbe a la exégesis, de comprender bien el testimonio de fe de la Iglesia apostólica, no puede ser llevada a buen término de modo riguroso sin una investigación científica que estudie las estrechas relaciones de los textos del Nuevo Testamento con la vida social de la Iglesia primitiva. La utilización de los modelos proporcionados por la ciencia sociológica asegura a las investigaciones de los historiadores sobre las épocas bíblicas una notable capacidad de renovación, pero es necesario, naturalmente, que los modelos sean modificados en función de la realidad estudiada» ( La interpretación de la Biblia en la Iglesia, I,D,1).

1

2.4. Para Jesús la soberanía de Dios no es un poder que se impone. Es la invitación a un gran cambio: a pasar del esquema social de la supervivencia del más fuerte a la solidaridad con los más débiles. Para Jesús, amar a Dios no es cumplir un precepto externamente impuesto, sino corresponder a lo que Dios mismo hace: «Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso» (Lc 6,36). Y el amor a los enemigos es su máxima expresión, porque es el más plenamente gratuito, el que supera del todo el cálculo de la reciprocidad. Por eso es la suprema identificación con Dios: «Amen a sus enemigos... para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,44-45). 2.5. Este amor es la expresión de la novedad evangélica. Implica la afirmación de unos valores alternativos para la sociedad. En este sentido Jesús promovió un movimiento profundamente contracultural, que cuestiona valores considerados centrales. 2.5.1. Jesús cuestiona, en primer lugar, el concepto de divinidad en que se fundamentaba el sistema teocrático del Templo. Para Jesús la proximidad con Dios se verifica en la actitud básica el servicio al prójimo necesitado. Ante la pregunta sobre «¿qué hay que hacer para tener en herencia vida eterna?» (Lc 10,25), Jesús remite al doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo (10,27), poniendo como ejemplo la actitud de un samaritano, es decir, de un marginado del sistema cultual. Lo decisivo es «que practicó la misericordia» (Lc 10,37). 2.5.2. Jesús critica el concepto vigente del honor. Critica a quienes «gustan pasear con amplios ropajes, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros puestos en los banquetes» (Mc 12,38-39). Denuncia a quienes alardean de su virtud y de sus buenas obras (Lc 18,9-14). Denuncia las actitudes interesadas que buscan granjearse el favor de los tenidos por prestigiosos: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos» (Lc 14,12-14). No tiene dificultad en tratar con gente «impura» y afrontar la descalificación ideológica que implica: ser considerado «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19). Pablo continuará fielmente esta actitud de Jesús al decir que «Dios ha escogido lo plebeyo y despreciable del mundo; ha escogido lo que no es para reducir a la nada a lo que es» (1 Cor 1,28). Los mismos discípulos ven como un desafío a su concepto machista del honor la limitación radical que Jesús pone a su dominio sobre la mujer. Ellos dirán perplejos a Jesús: si el hombre no puede repudiar a su mujer, no conviene casarse (Mt 19,10).

2.5.3. Jesús relativiza también el valor de la familia y la subordina al Reino de Dios y a su
seguimiento. La necesidad de romper los vínculos familiares para quedar completamente libres para el Reino ya presente, fue planteada por Jesús con palabras muy duras: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26) 2. 2.5.4. Finalmente el poder y la riqueza, valores estimados en todas las culturas. Jesús cuestiona que la riqueza sea un signo de bendición divina. Por el contrario, es un obstáculo para alcanzar la plenitud de la vida:
2

¿Cómo entender una afirmación tan contraria al precepto de honrar padre y madre? En caso de desacuerdo con los de su casa, el que ha sido llamado tiene que preferir el seguimiento de Jesús, pues es más importante. Los otros maestros planteaban una exigencia similar, pero en un lenguaje más aceptable: «Si su padre pierde algo y el maestro pierde algo, debe preocuparse antes por la pérdida de su maestro. El padre lo trajo a este mundo. Pero el maestro lo conduce al mundo venidero» (Talmud de Babilonia, Baba Metziá 33).

2

«Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios» (Mc 10,25). Porque las riquezas sofocan al ser humano con sus preocupaciones (Lc 8,14). Porque se convierten en algo idolátricamente querido que impide el reconocimiento del Único Señor (Mt 6,24). Porque provocan la superficialidad y la autosuficiencia (Lc 12,13-21). Porque cierran el corazón al prójimo necesitado (Lc 16,19-31). El tesoro en la tierra tiene que ser sustituido por el tesoro en el cielo, que se consigue cuando se comparten con los pobres los bienes que se poseen (Lc 12,3334). Los seguidores de Jesús asumieron esta enseñanza y la llevaron a la práctica mediante la comunión de bienes: «Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno» (Hech 2,44-45). Como el poseer tiene que ser sustituido por el compartir, también el afán de dominar y de poder debe ser reemplazado por la actitud de servicio: «Los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los que ejercen la autoridad sobre ellos se hacen llamar bienhechores, pero no así ustedes, sino que el mayor entre ustedes sea como el menor y el que manda como el que sirve» (Lc 22,25-26).

3. Novedad evangélica e inculturación
3.1. La predicación de Jesús invitaba a dar acogida al extraño y a trascender los límites de la propia familia y del trato con personas afines. Sus seguidores asumieron estos principios en una expresión recogida por Pablo: «Todos ustedes bautizados en Cristo se han revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gal 3,27-28). Planteaba así un nuevo orden de convivencia social que superaba antagonismos y dominación de las personas entre sí. 3.2. Sin embargo, a la vez que proclamaban el comienzo de un mundo nuevo, continuaron aceptando las diferencias que marcan los roles sociales. En Pablo no se observa el menor interés en suprimirlas. 3.2.1. A Pablo no le preocupa que siga habiendo diferencias entre judíos y gentiles a causa de la circuncisión: «lo que importa es el cumplimiento de los mandamientos de Dios» (1 Co 7,19). Por eso no admite que no se puedan sentar juntos a la mesa judíos y gentiles que tienen la misma fe en Cristo (cf. Gal 2,11-15). 3.2.2. Pablo tampoco cuestiona la existencia de esclavos, «pues el que recibió la llamada del Señor siendo esclavo, es un liberto del Señor; igualmente, el que era libre cuando recibió la llamada, es un esclavo de Cristo» (1 Co 7,22). Pero sí pide al creyente que mire a su esclavo «como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido» (Fil 16).

3.2.3. Igualmente, Pablo mantiene las diferencias de roles entre varón y mujer propias de la
sociedad en la que vive, pero insiste en la igualdad de dignidad, porque está convencido de que «ni la mujer sin el hombre, ni el hombre sin la mujer, en el Señor. Porque si la mujer procede del hombre, el hombre, a su vez, nace mediante la mujer. Y todo proviene de Dios» (1 Co 11,11-12). Para Pablo las diferencias entre las personas son parte de la vida, pero no son determinantes, «porque nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación

3

nueva» (Gal 6,15). Y eso se realiza mediante una renovación de la persona, de su forma de pensar y actuar: «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Co 5,17).

3.3.

Desde esta aspiración a una vida nueva, pero encarnada en el mundo presente, con sus determinadas estructuras sociales, Pablo y su posteridad adoptan una posición diferente respecto al lugar de la casa y la familia en la vida del creyente. No exige ni romper con la familia, ni cambiar de profesión, ni renegar de la patria 3. Su propuesta no produce el efecto chocante que la radicalidad de Jesús suscitaba en muchos de sus oyentes. Porque, lejos de contradecir las instituciones consagradas por la sociedad, asume las estructuras existentes y las vivifica con los valores evangélicos 4. Por eso la agrupación de los creyentes se realiza a través de comunidades en torno a una casa, ya que la casa era la estructura base del mundo mediterráneo. Allí se reunía un grupo relativamente reducido (unos treinta o cuarenta miembros), lo cual facilitaba unas relaciones humanas personalizadas e intensas.

3.4.

De a poco, la casa llegará a ser el modelo adoptado para la organización de comunidades más numerosas. Así, en las Cartas a los Colosenses, a los Efesios y en 1 Pedro, encontramos los famosos códigos domésticos, que establecen el puesto del paterfamilias como señor, padre y amo: «Mujeres, sean sumisas a sus maridos... Hijos, obedezcan en todo a sus padres... Esclavos, obedezcan en todo a sus amos...» (Col 3,18 - 4,1; Ef 5,21-22; 1 Pe 2,18 -3,7; 5,1-5). Estos códigos recogen una tradición griega muy antigua, según la cual las relaciones familiares eran el eje del funcionamiento de la casa que, a su vez, constituía la piedra angular de toda la sociedad. Aristóteles vincula el orden doméstico ( oikonomía) con el orden de la ciudad (políteia), pues la parte debe funcionar como se espera que funcione el todo 5. La ciudad-Estado no era sino la extensión de la casa 6. Sólo quien era capaz de conducir su casa era capaz de gobernar la ciudad. El judío helenista Filón de Alejandría, leyendo en clave política la historia de José, ve cómo la providencia lo llevó a ser administrador de la casa del funcionario egipcio7.

3.4.1. En la tradición de la Cartas Pastorales la Iglesia es llamada la «casa de Dios» (Tm
3,15). Por eso, hay que elegir como episkopos a un paterfamilias probado y con una casa en
3

«Que cada cual viva conforme le ha asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios. Es lo que ordeno en todas las Iglesias. ¿Que fue uno llamado siendo circunciso? No rehaga su prepucio. ¿Que fue llamado siendo incircunciso? No se circuncide... Que permanezca cada cual tal como le halló la llamada de Dios. ¿Eras esclavo cuando fuiste llamado? No te preocupes. Y aunque puedas hacerte libre, aprovecha más bien tu condición de esclavo. Pues el que recibió la llamada del Señor siendo esclavo, es un liberto del Señor; igualmente, el que era libre cuando recibió la llamada, es un esclavo de Cristo... Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en el estado en que fue llamado» (1 Co 7,17-24).
4

«La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia... El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública.» (Benedicto XVI, Carta Encíclica Dios es amor, 28 y 29).
5

«Porque como toda casa es parte de la ciudad, y esas relaciones (familiares) constituyen la casa, y la virtud de la parte debe considerarse en relación con la del todo, hay que educar a los hijos y a la mujer con vistas al régimen político, si en realidad el que los hijos y las mujeres sean como es debido tiene alguna importancia para que la ciudad lo sea también» (Política 1260 b 12-21).
6

Una antología de textos estoicos recoge la siguiente afirmación de Didymus: «La casa es como una pequeña ciudad... La relación de los padres a los hijos tiene carácter monárquico; la del hombre a la mujer, aristocrático; de los hijos entre sí, democrática... El hombre por naturaleza tiene el mando de su casa. Porque la facultad deliberativa de la mujer es inferior, en los hijos no existe aún, y es totalmente extraña en los esclavos. La dirección racional de la casa y de lo perteneciente a la casa corresponde al hombre» (Stobaeus, Anthologium II,148,5.15;149,5).
7

«Si una casa es una ciudad en pequeño y si la economía se emparenta con la política, se puede decir que una ciudad es una casa grande y la política la economía de una comunidad. Ésta nos enseña claramente que el mismo hombre que puede administrar una casa es el que puede administrar una ciudad, a pesar de la diferencia, en número y dimensión, de los bienes que le son confiados» (Sobre José 39).

4

orden (1 Tm 3,2-7; Tit 1,7-9). Algo característico de estos códigos es que se insiste en que la parte fuerte (el varón) debe inculcar la sumisión, pero no se mencionan deberes hacia los débiles. Recién en Séneca, contemporáneo del apóstol Pablo, encontramos una cierta exigencia de reciprocidad en los comportamientos 8. Y la tradición paulina seguirá subrayando con fuerza esa reciprocidad de deberes: «Mujeres, sean sumisas a sus maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amen a sus mujeres, y no sean ásperos con ellas. Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se vuelvan apocados. Esclavos, obedezcan en todo a sus amos de este mundo, no porque los vean, como quien busca agradar a los hombres; sino con sencillez de corazón, en el temor del Señor» (Col 3,18-22).

4. Memoria para el futuro
4.1. Para comprender correctamente este proceso histórico hay que descubrir sus luces y sus sombras, que son inseparables. La «gran Iglesia» (institución reconocible a partir del siglo II, resultante de la comunión entre las comunidades locales) surge del deseo de ser un proyecto socialmente viable, asentado en las estructuras existentes, de modo que fuese posible su extensión y penetración en la cultura mediterránea. Pero esta concreción no se ha llevado a cabo sin cierta pérdida del ímpetu evangélico: ¿Dónde queda la capacidad de crear nuevas relaciones sociales, fomentando la fraternidad y la participación comunitaria, en una Iglesia que terminó adaptándose al Imperio y aceptando sus pautas organizativas? 4.2. Por eso consideramos importante renovar la memoria del pasado, no con un afán de curiosidad erudita, sino para tomar contacto con el momento fundacional que configuró nuestra identidad, y para recuperar perspectivas descuidadas o simplemente olvidadas. Una serie de enunciados podría servir de síntesis conclusiva para describir nuestra identidad. 4.2.1. Las iglesias cristianas tienen la misión de hacer visibles los valores del Reino de Dios, mostrando la fuerza humanizadora que tiene la aceptación de Dios en la vida personal y social. De modo que el amor, la justicia y la paz sean principios estructurantes de la convivencia humana. 4.2.2. Pero esta misión no implica un monopolio de estos valores. Somos conscientes de que hay signos del Reino de Dios y realización de sus valores al margen de la Iglesia, en otras tradiciones religiosas y en movimientos humanistas. Y reconocemos que en muchas ocasiones podemos aprender mucho de su testimonio y enseñanzas. 4.2.3. Por eso nos ayuda a ahondar en nuestra identidad el comprender a la Iglesia de Cristo no sólo como madre y maestra de la humanidad, sino también como su hermana y compañera de camino.

8

«Toda obligación de carácter recíproco exige lo mismo de las dos partes... El marido tiene ciertas obligaciones, pero no son menores las de la mujer. Este linaje de obligaciones da tanto como exige una regla común» ( De los Beneficios 2,18,1-2).

5

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->