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LLUBIA NEGRA
11 narradores paraguayos & non-paraguayos

YIYI JAMBO 2009

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Nota del Compilador

Hace um par de dias, semanas, meses, uma rarofila llubia negra cobriu Asuncionlandia durante uma hora y algunos minutitos. Fue la llubia mais loka que se tiene noticia. Uma llubia com olor a borracha quemada, a makonha podrida, a cobiza, rabia e ignorância. Los relatos aqui reunidos han brotado como hongos de essa llubia negra y estienden a la vez um tipo de kakimono paraguayo de lo que se escribe hoy em la triplefrontera al margen del ofizialismo oficialezko. Participan autores paraguayos y non- paraguayos. Lo que presenta a um autor, dice Manoel de Barros, es la poesia que el autor presenta. Solo Don Segundo Tiempo puede juzgar sem trampas si non son ou son memorables estos relatos salpicados de gotas dessa llubia negra tan delirante inberossimile como las mais berossimiles realidades.
Douglas Diegues Asunción, Paraguay; Julio, 2009

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El tornado
Andrés Nieva

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La tarde se consumía con algún vaso de cerveza

y cientos de colillas de cigarrillos dentro del cenicero. En el viejo combinado que sobre sus parlantes se posaba un plumero con el que limpiaba los muebles que estaban a la venta en ese lugar sonaban vinilos de los más variados. Otis Reeding, La Mona, Pugliese, Credence Clearwater Revival, Cacho Castaña y la lista sigue. Los había dejado una señora de Bella Vista en consignación. Esos discos los soportaba gran parte del día, si esa es la palabra, no es la música que escucho habitualmente. Otis siempre estuvo entre mis preferidos, ese disco tenía “Satisfaction” de Stones que levanta hasta un muerto. Pero como todo lo que se repite diariamente te lleva al hartazgo. Los fines de semana atrás de todas las cosas que estaban a la venta el vidriero del lado, el dueño del compraventa y su hermano, tomaban merca que traía el visco del barrio de enfrente. Salí a la calle porque todo se volaba, mire hacia el monumento del Ala que esta en la rotonda de la Ruta 20 y era una bola negra que se alejaba envolviendo todo. El olor a tierra y la basura estaba en todos lados, casi no se podía respirar. Entre algunas cosas que estaban sobre la vereda, crucé unas palabras com Carlitos el ponja dueño del local y su ex que es la peluquera de la cuadra. Al negocio siempre entraba gente que estaba al pedo y le gustaba chusmear todo lo que sucedía en la zona. Alguien relató del tornado de barrio San Roque y Villa La Tela que

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había provocado tres muertos, otro tanto de heridos y destruido casi todas las casas, todo había quedado devastado y que las calles eran basura, pedazos de postes de cemento, cables de la luz, tanques de agua, antenas y todo lo imaginable. La nube negra que antes había estado cerca de donde yo pasaba mis días había destruido todo tan solo a algunas cuadras. Las fotos del día después eran, desolación, tristeza, reconstruir todo sobre la nada. La esperanza es un color que tiene sus variantes y que siempre le da fuerza sobre cimientos firme. En estos casos aparecen los políticos que prometen ayuda nacional y con su gran cara de piedra y enérgica dicen que en pocos días todo volvera a ser lo mismo. Nunca vuelve a ser igual.

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La espía tortillera
Cristino Bogado

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La norteamericana, espía y lesbiana, aunke ella siempre rechazaría ser espía, y por su trabajo tuvo ke hacer de Matahari creole o chica Bond en más de una cama, especialmente usando esa arma de desorganización masiva del cerebro ke dios no la CIA le había otorgado como basa para matar cuando y cuanto kisiera: un par de kamas Ñandejara graciaité, en guaraní titi guasú, ¡tetas del demonio!, la norteamericana del demonio yankee hacía su rutina espiatriz cada mañana, posando chic laptot y trasero sobre la madera barnizada de las sillas de la biblioteca de la Manzana, la pequeña, allí donde un tal Ever había leído los 3 libros anagramátikos de Vila-Matas, allí donde vegetaba cada mañana, como comida guardada en tupper, el Holandés errante , cada vez más nostálgiko del mar y hipersensible al calor de su novela interminable de la paranoia local, la norteamericana y su laptop con disko duro ciátiko, de la agencia central de inteligencia del planeta, claro eu, estaba también yo, ese lapsus cálami que un demiurgo beckettiano había borroneado kon la última punta de su lápiz myky, sufriendo la apertura de ventanas en una de las PC antediluvianas, ke los malditos nipones habían donado “generosamente” a la biblitoteka tercermundista, la norteamericana, espía y lesbiana, el Holandés errante corrigiendo su novela de ambiente local, yo esperando conectarme a Meebo y chatear con el universo ke me kería con una antigualla lo-fi, la lesbiana ke chupaba la información sobre mí o sobre la novela del Holandés, sobre el crack en la Chaka, o los libros en las 3 fronteras del MerkoSur del Amor Cumbiambero, con su notebook tuneado en las oficinas novayorkinas de la CIA o en una de sus subsidiarias jamesonbournianas, ella tenía, seguro, conexión directa al mar de su deseos, o a los de sus patrones ciátikos (ese morbo muy siglo XX ke amenazaba continuar su metástasis hasta alcanzar nuestros sesos salvajes), ya sabía seguro ke el Holandés andaba todo el santo día, arriba y abajo de las calles ultraccidentadas de Asunción, con su remera de Bin Laden mercadocuatrense, ke mi papiamento iba a ir elevándose como un avión de air france en su léxico makarrónico, kon vocablos árabes, escamoteados del cyber libanés de Sajonia, del sueco oído al Sueco, puro tak su performance asunceno, pero mi paranoia reposaba a veces, no bien devanaba mis horas no bien veía chorreando a la espía yankee tortillera sobre mi jeta tercermundista, soñando con los 3 agujeros de su cuerpo, cuerpo no vigilado pero contactado vía móvil Pantech, Nokia o I-phone, por medio de la conexión wireless de su Mac personal, con la agencia central, seguro, si al momento de hacerla mía, ellos sabrán todo lo ke kieren sobre mí, oirán mi respiración bakuniana, la pulsación

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del mal terrorista, la música agitada de un corazón subversivo, criminal, patológico, casi alienígena… «¡Estoy harto de tus procrastinos, Cristino!», me gritaba la espía, tortillera y yankee, mientras la desnudaba sobre la cama de agua de su depa mercediano, ansiosa de la gimnasia ke le permitiría a la par de alcanzar un orgasmo, monitorear mi cuerpo todo con los sensores de la CIA implantados cual microchip en sus poros, células, neuronas , no sé dónde mismo, pero lo intuía, su objeto espiatriz pyragueante se ubicaba cual ubu sarkástiko en algún puto punto oculto de su propio cuerpo, esa era la novedad tecnológica de los yankees paranoicos generación 11-S, ella, la espía, yankee y tortillera, se dejaba hacer, seguro mis manos al rozar la pelambre de su tumby de ursprung lejanamente dominicana, caribeña, absolutamente morena, sin ninguna cana, me auscultaban allá, miraban dentro de mi, esos voyeurs del mal políticomundial, gracias a los implantes de gadgets adecuados a la observación sigilosa, el panoptikismo sutil, incorporados a su bello y überweid cuerpo de yiyi pizpireta y profesional, a medida ke la paladeaba minuciosa y concienzudamente me leían ayá, desde Washington o Guantánamo, seguramente, siguiendo la secuencia desde un agujero courbetianamente velludo visitado por mi periscopio salivoso, depois una cueva húmeda y cálida, y me leían el pene analfabeto pero itifáliko, piafante, sorteando escollos entre los huecos-covachas, hasta yegar al tercero, avanti, me hundía en ella cual piscina ke contuviera el elixir de la eterna juventud ponceleonina, me leían sin korte, hasta ke manoseo va y manoseo viene ciento el cuarto agujero soñado por la crueldad baudeleriana, allí, en la espalda masokista, lustroso por el efecto de alguna vaselina, y ella al sentir mi dedo tomasino, me pidió ke la contactara, ke se la enchufara, dijo sin pudor, enchúfamelo, pero mi pene reposaba de su señalización deíctica, entonces iba a apelar al dedo pero ella, tortillera y yankee, me indikó el enchufe adecuado, un enchufe ke la conectaba con otro tipo de adrenalina, háptika, de realidad virtual, se la enzoketé sin korte, mientras gemía, tortillera y espía, bajo el ajuste de enchufe y toma, macho i hembra, y el amor lakaniano se cernió cual yubia negra sobre mi cabeza, «cuando amamos siempre estamos solos, cogemos apenas fantasmas», se hundió en las aguas solipsista-narcisístika-autistas de las imágenes hiperrreales… así es, la yankee, espía y tortillera, me dejó hacer, proceder, sádica y libidinosamente, mientras navegaba su sueño hiper-fabrikado, la yiyi del cuarto agujero, la primera y última ke había conocido y poseído, la yiyi ke materializaba a la petit fille baudeleriana, la de la carroña, ¿recuerdan lectores?, hipócritas y espías, tortilleras e hipócritas, mi prójimos, ¿todos? No necesitamos banderas para maniobrar sobre una yiyi drogada con su juguete high-tech, pero ella era yankee, tortillera y espía, yo, p3f y enkurupizado, ella era tan solo la médium de un aparato ke me estudiaba en mis partículas su-atómikas últimas últimas mientras jugaba a coger, el seductor seducido, seguro grass-dust en mi pelo avukú, el alcohol entaninado en mi sangre cartonera, el diabetes de la línea

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matrilineal, y el cáncer de la línea patrilineal, garrapateaban mi destino en los gráfikos de ADN, agora mismo, actualizados en esa ágora global, la PC, en el momento de la cópula, pero de la yubia negra nada, allí fue ke por despecho anti-tech le soplé al Cia Ciao los datos para sanear la casa de la espía, tortillera y yankee, pero no sus dólares, apenas escamotear su notebook, por curiosidad, por saber ké leyeron del sino de Cristino en mis fragmentos íntimos, saber la lectura de los análisis de mi genoma, eso no+, pero de la yubia negra, de eso ella ni mu, se lo guardó, top secret total… Un plan maquiavélico urdido ayá en yankeelandia despiadadamente, limpiar del mapa optimista del mundo paíseslastres como Py, la cónclave de los G-20, ¿londinensemente lo habían decretado? Alguna alondra me silbó desde su silvana lejanía, sub rosa, sotto voce, inconscientemente, como esas pelis con avundante salsa de tomate y fakas de cocina, killer-movie, una escena subliminal flotando en el inconsciente, gestáltika alarma e indicio, pero solo actualizable al final de la peli, lastimosamente, ella, espía y tortillera, no soltó nada, casi nada del plan maléfico-maquiavéliko, apenas un susurro susurrealista desde su navegación de miss en su remiss portátil y virtual, lluvia, lluvia, gemía, ¿su bad trip eran las imágenes ke ella veía casandra posmoderna anticipadamente akello ke nos pasaría y sin embargo disfrutaba atormentada? Cuando el pyti’ú cayó con el pytü proceloso sobre Asunción, allí recién, recordé los gemidos orakulares de la tortillera, espía y yankee

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CIAO CIAO
(cyber cuento al vuelo mientras espero en la Terminal de Asuncionlandia)

Edgar Pou

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Iba a hacerlo ya ese lunes. Pero C. no me llamó. Yo ya estaba muy impaciente y por sobre todo hambriento, desdichado y cada vez más pelotudo por la rabia inútil, por ese deja vu de la impotencia, por el no tiempo de la miseria. Pasaron unos días de tensa espera. Hasta que una tarde cuando hacía un frío de mierda me llama C y escuetamente me dice que tenía poco menos de una hora para ir hasta la casa, forzar la puerta y sacar un montón de joyas y unos miles de dólares. Prepararme y estar a la espera fue uno: llevaba las herramientas adecuadas, la barreta de hierro torciendo, el destornillador grande de mi hermano y un mazo bastante pesado. Me bajé del colectivo unas cuadras antes, tenía una gorra azul oscura y trataba de caminar como un albañil cansado después de un día bien podrido. Más bien parecía un ciruja bisoño y bastante desnutrido. El frio que hacía daba dentera, pensé en armar un porro pero luego dudé, con este frío no pega me dije. Calculé vagamente que ya estaban transcurriendo unos 20 minutos, Apreté el pasó, al legar a la calle miré a mi alrededor y por primera vez me di cuenta del tremendo frío que se abatía sobre la ciudad. Y como no vi a nadie por la calle ni en las ventanas ni en las veredas pensé en inventar un mantra contra la soledad. Al llegar al portón estaba todo muy oscuro y callado. Me acerqué decidido y tiritando a la puerta. Puerta placa, terciada de cedro 9,5 milímetros me dije recordando vagamente mis lecciones de carpintería de obras en el colegio técnico. Dejé la bolsa de herramientas en el piso y extraje el destornillador y el martillo. La barreta era para después. Al primer golpe oí los ladridos melifluos del perro a través de la puerta. No te va a molestar me había dicho C. En todo caso dale un martillazo me recomendó. Eso duró unos segundos creo: bueno, eso de recordar lo del perro y seguir dando los golpes para forzar la puerta. Pero la maldita no se abría. Entonces usé la barreta, hice palanca y además le encajé una patada ruidosa sin preocuparme por si los vecinos me escucharan. Al abrirse de golpe sentí que me sofocaba y estuve a punto de arrojar la barreta hacia cualquier lado y llevarme las manos al pecho. Tranki me dije. Me abalancé hacia el centro de la pieza, el perro apenas se movió y dio su ultimo gruido antes de esconderse bajo la cama. Abrí el ropero y empecé a arrojar todas las ropas por el piso, algunas caían en la gran cama que ocupaba casi toda la pieza, si bien C me había indicado el lugar preciso donde estaban guardados el dinero y las joyas no quise dejar pasar la ocasión de revisar todo. Según mis cálculos disponía de unos 40 minutos todavía. En el bolsillo de una campera de cuero me topé con unos 300 $ bien doblados, tenía una textura firme y olía bien, sí olían a cena con mis hijos, vino, música, libros, viajar far away me dije sonriendo y recordando a medias un poema del Kuru. Pero después ya empecé a impacientarme terriblemente. Me entró un pánico súbito y hasta quise tirarme a la cama a llorar. En ese momento, afuera

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empezó a soplar un fuerte viento (sur frio me dije) que hacía golpetear las ramas de mango contra el tejado de la casa. Era como estar en la panza de un perro apaleado pensé y miré hacia donde creí que debería estar el perrito. Di con sus tristísimos ojos mirándome desde la penumbra. Solo el money le susurré, en ese idioma que solo ellos y yo entendemos. No tu vida perrito. Al final llegué hasta la famosa cajita que me había indicado C y tal como me había anunciado encontré las joyas y uno 5.000 $ arrollados y bien atados con una gomita. También olían bien, como andar desnudo por las selvas me dije y ahí ya no pude contener una carcajada, a mis espaldas el perrito gimió una vez más. Al salir apagué suavemente la luz de la mesita que había encontrado encendida al entrar. Caminé lo más normalito que pude, por suerte no bien llegué hasta la parada ya venía una línea 38. Del trayecto no recuerdo nada, solo me pareció ver un tipo sentado en uno de los asientos del fondo que cargaba un borroso mazakaraguaí en el regazo. Una media hora más tarde ya me encontraba en el cyber de la Terminal de ómnibus de Asunciónlandia repartiéndome el botín con C. Creo que había más de lo que calculaste le dije, ¿no importa verdad? me dijo sonriendo y yo reí también. Unos 20 minutos después nos despedimos. Yo empecé a pensar con una extraña y frenética melancolía en el perrito. ¿A donde vas a ir le pregunté a C.? a Uruguay me contestó sin darse la vuelta. "¡ha muerto Benedetti ¡"me gritó ya en los primeros peldaños que le llevaban hasta las oficinas de venta de pasaje. Ah...dije por lo bajo......y yo sin poder recordar de qué color era el perrito. Al salir a la doble avenida, no se veía nada, no era solo la noche: qué pasa le pregunté a un panchero: es la lluvia negra, por fin, me contestó y empezó a reír descontroladamente.

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Lluvia negra, polvo gris Gabriela Alemán

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[Esa tarde no caía nada sobre Asunción (aunque flotaba una nube de fastidio sobre la calle Palma). No caía nada porque faltaban cinco años para que la lluvia negra cayera sobre la capital y el fastidio se convirtiera en olor a llanta quemada. Faltaba un lustro para que el agua empozada, brillante como petróleo, se volviera un espejo infinito, manchando negro sobre negro el asfalto. Faltaban no uno, ni dos, ni tres, ni cuatro años para que eso ocurriera. Faltaban cinco (miren como desarmo mi puño mientras estiro mi pulgar: uno, el índice: dos, el medio: tres, el anular: cuatro, el meñique: cinco) pero no sobraba un día para que, sobre Quito, cayera ceniza volcánica. Arrastrado por un tifón desde la Amazonía donde El Reventador había descargado la explosión más intensa de los últimos 120 años: caían ráfagas desganadas que luego azotaron con la misma perseverancia burra de un látigo que quiebra el aire antes de caer sobre el lomo de un animal muerto. Una y otra y otra vez].

Al final todo tiene que ver con la economía. Si había salido de la ciudad era porque no tenía trabajo y necesitaba pagar el arriendo (y la comida y el agua y la electricidad; no podía estar sin electricidad, no podía quedarme sin una lámpara y el motor de la pecera). Ahora es fácil, fácil ver donde empezó, pero cuando recibí la llamada y me dijeron que fuera a Cuenca porque estaban entrevistando, no pensé en nada. Solo que tendría que conseguir seis dólares para el pasaje del autobús y que tendría que llevar la pecera a casa de alguien para que cuidara de mi axolotl. Un axolotl no puede tener nombre propio, un axolotl no puede llamarse Billy y menos Jaimito. Un axolotl es un axolotl. Si nunca han visto uno no saben de qué hablo y si lo han hecho, no tengo que explicar. Dejo la traducción del Náhuatl para que se hagan una idea: perro (o esclavo, sirviente, espíritu, monstruosidad o gemelo) del agua; el Náhuatl es un idioma complejo así como los axolotl. Mi axolotl era la única razón por la que seguía viva. Conseguí el dinero al día siguiente pero de todas las llamadas que hice para encargar al axolotl, no recibí una sola respuesta positiva. Nadie quería hacerse cargo de él. Cuando habían pasado cuarenta y ocho horas y al bus le quedaban dieciocho para salir pensé que llamar a mi padre no estaría fuera de lugar. A fin de cuentas, me debía. Me debía tanto, que había desistido hace años de cobrarle. No se podía negar. Lo llamé y me dijo que no podría llevarle la pecera, que había dividido la casa, que había vendido una parte de ella y que el contenido de toda, estaba ahora repartida entre los dos dormitorios que le quedaron. Permanecí en silencio, no le pregunté cuándo había ocurrido eso (pensé que no lo había visto en ocho años); no dijo nada y luego se ofreció a venir a mi departamento a cuidar de él. Acepté. Le dije que estuviera ahí al mediodía del día siguiente. El día siguiente tardó en llegar, solo me faltó tomar el tubo de la pega de cemento de contacto y vaciarlo entre mis pestañas para conciliar el sueño. En mi cabeza

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daban vuelta muchas más cosas que el axolotl. Cuando llegó era tarde y no tuve tiempo de remarcar lo viejo que se veía. Le expliqué dónde estaba la comida, que bajo ninguna circunstancia apagara el motor de la pecera y me fui. Desde la puerta le dije que lo llamaría cuando llegara a Cuenca para saber cómo iban las cosas (nunca lo pude hacer, esa tarde cortaron la línea). Me fui tranquila. Dar de comer a una salamandra, hasta él lo podría hacer.

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El que hacía la entrevista era un curepa y, aunque nadie más esperaba en la sala de recepción, él hablaba con el apuro del que relata los últimos cinco minutos de un partido que va empatado y en el que se disputa el campeonato. Pensé que no tendría que haber hecho el viaje de once horas para responder a sus preguntas, las respuestas estaban frente a él en la hoja con mi currículum pero también pensé que tampoco había dejado de hacer algo por hacer el viaje. Seguí con las respuestas monosilábicas hasta que lo curepa lo traicionó, comenzó con un interrogatorio ceñido al tablero raso del sicoanálisis. O sea, dejó de preguntarme si sabía utilizar Excel para indagar sobre mi respuesta a qué haría si mi jefe que estaba casado con mi mejor amiga, me pidiera que me acostara con él, ¿lo haría? Mmmm, déjenme pensar, pensé. Por la manera en cómo miraba el reloj y el poco interés que demostraba en mí, las vacilaciones también iban a ser consideradas. Miré a mí alrededor, a los muebles de tela sintética, a su terno de marca falsa, pensé en el sueldo que ofrecían y calculé que el tipo debía estar improvisando pero también que podría estar a la vanguardia de las técnicas de entrevista: esa era la sección que valoraría mi inventiva y mi aporte a la compañía. Opté por una respuesta única, tendría cincuenta por ciento de probabilidades si respondía a todo que sí, no importara lo que fuera, contra un veinte por ciento (de respuestas acertadas) si me lo pensaba; además, así demostraría una personalidad firme. Diez minutos de grandes dilemas morales: ¿vos saltarías de un coche que va a estrellarse contra un tren para salvarte o te quedarías maniobrando para lanzarlo a un precipicio y salvar la vida de doscientos pasajeros?; ¿si averiguás un secreto terrible de un colega lo utilizarías en su contra para trepar en una compañía x?; ¿rescatarías a un gato del techo de una casa de cinco pisos?; ¿para satisfacer a tu compañero sexual te dejarías meter un bate de béisbol por el culo?; ¿cambiarías de partido político si supieras que en el opuesto ideológico ganarías un curul en el congreso?; ¿a vos te gusta el color rosado? Sí, sí, sí, sí y sí. El tipo no pestañó, yo tampoco. Después de lo del color rosado dejé de escuchar, detesto el rosa. El interrogatorio duró mucho más de lo esperado. Lo que podría haber sido una buena señal. Luego confirmó mi dirección, el teléfono, mi disponibilidad de cambiar de ciudad si me daban el trabajo y entonces se paró y me acompañó a la puerta; una vez allí, me dijo que estaría en contacto por vía telefónica. Había cambiado de acento una vez que se paró (podía ser que impostó lo curepa para intimidarme o que de ver a tanto argentino triunfador el subconsciente lo traicionó). Salí, no tenía hambre pero hubiera vaciado una botella de cerveza helada sin pensarlo. Tenía veinticinco centavos en el bolso, me alcanzaría para preguntar si el viejo le había dado el polvo de pescado al axolotl. Mientras bajaba en dirección al río donde había visto cabinas, me detuve. ¿El viejo? ¿Desde cuándo pensaba en mi padre como el viejo? Estaba por responderme cuando vi uno de esos sitios que ahora abundan en Cuenca, bares minimalistas, de mucho plástico y neón, de mucho design y dinero de migrantes

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en el que los turistas se sienten cómodos porque se sienten en casa. O sea como si no hubieran cruzado el océano y estuvieran en la esquina de su oficina o a cuatro paradas del metro. Habían tres rubias y cuatro ecuatorianos autóctonos (así como los traza el estereotipo: alpargatas, pelo largo, una quena colgando del cuello) caza gringas. Un turista (así como los traza el estereotipo: cámara al cuello, pelo corto, bermudas, chancletas, guía) bajaba por la calle, se sentó en una de las mesas de la plaza. Yo tenía sed, no había comido desde el día anterior. Me acerqué, le sonreí y pregunté si tenía un cigarrillo. No, me dijo e intentó decirlo en español (se lo veía sufrir tratando de demostrarme que hacía el intento de decir no en español y no en inglés). — Can I? —le dije mientras jalaba la silla a su lado y me sentaba. — Yes, yes — dijo algo desconcertado y ya sin intentar decir yes en español. Vino el camarero que no vio cómo habíamos llegado y le preguntó qué quería (aiguua, fue su respuesta) y, ¿a la señorita?, una pilsener grande bien helada, sonreí no me había quitado las gafas de sol. Cuando las botellas llegaron, lo único que sabía era que el turista se llama Mark y que Mark no sabía qué hacer. Se veía que era un chico de buenos modales y no podía decirme que me vaya, se veía que quería hablar español pero no sabía una palabra, se veía que era tacaño (hasta guardaba los intentos de hablar) pero, también, que no sabía como zafarse de mí debido a sus buenos modales. Resolví todos sus dilemas, me bebí los cuatro vasos de cerveza sin decir nada y me paré; mientras me alejaba, alcé el brazo y le agradecí y le dije que esperaba que le gustara Ecuador. No sé qué respondió, iba muy apurada buscando el primer locutorio que encontrara para saber qué había ocurrido con mi axolotl. Nadie tomó el teléfono cuando llamé, dejé que timbrara varias veces. Tal vez el vie…mi padre, había salido a comprar leche. No recordaba que tomara leche pero a lo mejor lo hacía, seguro que le haría bien a su gastritis. ¿Tenía gastritis? No recuerdo qué hice toda esa tarde, sólo que cada tanto entraba a un locutorio y marcaba el número y oía el timbre monocorde del teléfono y escuchaba la falta de respuesta. En algún momento me senté en una banca, cerca de un restaurante y, cuando vi una manada de perros que metían sus hocicos en unas bolsas y sacaban trozos de pan, huesos y hojas de lechuga, me acerqué a acariciarles los lomos; mientras lo hacía fui apartándolos a manotazos, hasta que encontré una pata de pollo casi intacta y una papa partida. Las metí en mi bolso y bajé en dirección al río. Me recosté debajo del Puente Roto, esperaba que las estadísticas que se regodeaban de la prosperidad de Cuenca fueran verdad, no quería disputar mi rincón con algún vago, ni defender mi honor contra una banda de bazukeros. Me sentía una toalla mojada. Me desabroché el sostén, que era de los que llevan relleno, y trepó hasta mi clavícula: crecí dos senos y quedé con cuatro. Pensé que en la casta ciudad de Cuenca con una apariencia semejante, podría dormir en paz. En la mañana me encontré con un grupo de mujeres que lavaba ropa dentro del río mientras reía; cuando me vieron salir de la cueva húmeda, ofrecieron prestarme una toalla (seca) por si quería arreglarme al borde del agua, también me acercaron un pan. Cuando ya me iba, una de ellas me señaló el pecho y con un solo movimiento cerré el broche a mis espaldas y guillotiné mis nuevas protuberancias. Les agradecí y subí a la ciudad. Comencé a tener un mal presentimiento cuando marqué el 02 de Quito seguido por el número y nadie contestó otra vez. Decidí ir a la central telefónica para ver si averiguaba algo. La chica que me atendió miró en su pantalla y me dijo que la línea estaba cortada por falta de pago. Ah, fue mi respuesta mientras me paraba. Que tenga buen día, dijo cuando ya estaba en la calle. Era su única

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cliente. En la vereda la gente iba a las carreras, por una cabeza logré torcer la esquina. La calle estaba desierta, el sol me dio en la cara. Tenía que volver a Quito. Me dije que no perdía nada averiguando en la oficina si me habían dado el puesto antes de salir de la ciudad. Cuando llegué, el curepa trucho barría el local y alzaba las persianas. Llevaba chancletas. Entendí que no sólo el curepa era trucho. Como no tenía para el bus de regreso bajé a una calle que llevaba a la Panamericana, me paré y saqué el pulgar. Eran las nueve de la mañana. Llegué a un Quito perdido en una tempestad de arena. A una ciudad de siluetas iluminadas a contraluz, de encapuchados y maleantes. De carros que no avanzaban y calles desiertas. Atravesé la lluvia de nieve gris tosiendo. Subí corriendo las gradas del edificio; cuando abrí la puerta, las cortinas bailaban en el cuarto de una manera macabra, levanté el interruptor y no había luz; desde afuera entraba un polvo fino que cargaba la débil luminosidad de la calle. — Papá —debí gritar, no recuerdo. No hubo respuesta, tanteé entre los muebles hasta llegar al sitio donde guardaba la pecera. No estaba. Fui a la cocina y busqué una vela. Con ella me guié hasta las ventanas, en la radio de uno de los carros que me había traído escuché que el polvo podía bloquear las vías respiratorias y, en contacto con las mucosas, clausurarlas. Había que usar mascarillas. El locutor buscó un símil poco acertado y dijo que no dejaran que la arena se acumulara en desagües o cerca del agua pues se convertiría en una pasta semejante al cemento. Fui hacia la ventana pensando que debería cerrarla. Cuando llegué, tropecé con la pecera en el suelo. Una capa de la arena cubría la superficie del agua. La alcé y vi que el manto era de por lo menos cuatro dedos, la dejé sobre una mesa y sin pensar, metí el brazo y me sumergí en lo que parecía arena movediza. Fue como si a mi brazo lo apresara una garra de acero, pude manotear el fondo de la pecera y topé la piel resbaladiza del axolotl. Saqué la mano mientras gritaba. ¿Estaría vivo? ¿Lo debía sacar? ¿Las salamandras no sobrevivían durante las sequías escondidas bajo tierra en el África? Y, ¿mi papá? Pensé que si yo había sobrevivido al manoseo del polvo cruzando la ciudad, el axolotl lo podía hacer también y, apenas encontrara a mi padre, descubriría que él también lo había hecho. Me derrumbé sobre el sofá. * * *

Cuando abrí los ojos la luz del amanecer se filtraba por las cortinas quietas. La predisposición de los muebles, el entramado del suelo, eran de una belleza extraordinaria. La sala en un inicio me pareció extraña: un territorio incógnito (sin ollar), una estepa distante, un bosque petrificado bajo la primera nevada. Cuando giré la cabeza el borrón que tracé en el aire anuló mi primera impresión. Había huellas sobre el territorio virgen, mis pisadas de la noche anterior rompían la gracia de la nieve gris espolvoreada sobre los objetos del departamento. No era una acumulación simétrica, el polvo había caído arrastrado por el viento hasta el límite que las telas de las cortinas habían permitido. ¡El axolotl!, me incorporé. Me había dormido antes de decidirme a hacer algo. Me paré sin transición y la sangre no subió a mi cabeza, volví a caer sobre el sillón. Cuando abrí los ojos pude ver un poco más allá, cerca del corredor había un bulto. Me paré con tranquilidad e inicié un baile en cámara lenta, en otra dimensión, donde el tiempo no era igual. Me arrodillé a su lado, sus párpados estaban abiertos, las pestañas casi derrumbadas por el peso del polvo, algunas partículas formaban esa pasta poco homogénea sobre su campo de visión. Tenía la boca abierta, como si hubiera intentado decir algo al caer; con el despilfarro del volcán acumulado en su garganta se

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podría calcular la duración de la tormenta (esto era si su caída hubiera ocurrido cuando se fue la luz, cuando él abrió la ventana, cuando pensó que trasladar la pecera cerca de la ventana sería una manera de acercar el oxígeno a la pecera ahora sin purificador, esto es si la dejó en el suelo antes de abrir la ventana y descubrir que la ciudad se había borrado, esto es si fue ahí cuando se desplomó). Las huellas ayudaban a pensar que sí, sus huellas movían la pecera del sitio A al sitio B (ahí eran más profundas las pisadas). Luego pensé que no, tendría que haber abierto la ventana primero (cortaron la luz por falta de pago no porque habían colapsado los sistemas eléctricos de la ciudad al comenzar la tormenta) para que el polvo se acumulara y las huellas quedaran marcadas; quizá fue al servicio y entonces, cuando volvió, encontró el cuarto bañado en la nieve gris y decidió trasladar al axolotl a la ventana para presenciar juntos el espectáculo de la desaparición de la ciudad. Me imagino sus patitas, los cinco dígitos transparentes del axolotl pegados como ventosas al vidrio de la pecera, las protuberancias de su cabeza bailando como medusas a sus costados, mirando la calle junto a mi padre. Debieron quedarse estupefactos, maravillándose con lo inesperado. Los imagino felices, inmersos en la centrífuga del tiempo desparecido. Y, luego, mi padre debió percatarse que la nieve comenzaba a cubrir el agua transparente y trasladó la pecera al suelo antes de cerrar la ventana; imagino que en ese momento debió comenzar lo que terminó con él en el piso. Lo dejé y me dirigí a la pecera. Ya no metí la mano, ya no intenté sacar al axolotl. El axolotl guardaba en su mirada de ojos amarillos y encandilados al tiempo, al espacio y a su extraña comunión con mi padre. Abrí la ventana, nada fuera de lo común ocurría en la calle, solo el neón tan conocido de la misma luz en vertical que partía la cabeza de los transeúntes. Amarillo sobre gris. Como todos los días.

Buenos Aires-Quito, julio 2009

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Mariscos, no más
Timo Berger

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El día de la lluvia negra, el Gordo Kaxike y su mejor amigo de Ñemby, Edgar Pou, fueron a cenar mariscos por el Bajo. Se sentaron en las mesitas de la vereda. Frente a la Aduana, donde un boliche requetecaro. ¡Unos chetos apestantes! Para el Gordo Kaxike y su amigo ñembiense – los dos lucían unos trajes de franela muy finos – fue una noche de festejos. Edgar acababa de ganar un concurso extraliterario con un cuento sobre la explotación de niños gitanos en el primer mundo (un realismo social crudo salpicado por una dosis infaltable de humor negro... Miren lectorcitos, acá ya entra lo “negro”...). El Gordo Kaxike, que ni sabía deletrear su propio nombre, como buen amigo se ofreció a acompañarle en la suerte. “Pou, me dijeron…” - dijo el Kaxique por teléfono cuando lo llamó por la tarde - “que te ganaste un puto premio. Tenemos que festejar, Pou!” “Pará, respondió Pou, estoy en el diario, sacando unos desnudos a la reina del carnaval de Gualeguaychú, después te llamo ...” Pou, el eterno lúser que ahora se dedicaba a sacar fotos para el ABC Color, el diario más inventivo del mundo, el medio más adecuado para Asunción, la capital de la ficción. Muchas de las fotos de Pou, sin embargo, nunca salían a la luz por su tierno enfoque estalinista, Pou-Che-Tung. Pero esa, es otra historia ... A las tres horas, el infaltable de Pou le tocó la puerta al Kaxique. Mejor dicho, le tocó el cerro. Porque el Gordo Kaxike vivía en una cueva artificial dentro de la cumbre del cerro lambarenio. El lugar más alto de Asunción hasta hace unos días en Disputa entre el municipio de Lamabré y la capital paraguayensi... Los diputados del congreso nacional acaban de votar por la capitalidad del cerro de Lambaré. Pero eso también, es otra historia ... “¿Kaxique, bajás?”, gritó Pou desde abajo.

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“Bajo”, respondió el Gordo. “Pucha”, dijo el Kaxique, ni bien bajado la montaña, las doscientas gradas talladas en el suelo rocoso, sacándose un cigarillo de tabaco negro (otra vez lo “negro, lectorcitos!”) de la caja de Pou. Esos puchos paraguayensis se apagan al toque ...!” “Hay que tenerles cariño”, dijo Pou, respirando y exasperando rítmicamente con los labios bien tiernos alrededor del tronco del canalón tabaqueril... “Dale, vamos, Pou”, dijo el Kaxique, “no te vuelvas pedagógico ... Y fueron volando hacía la parada de taxis pintada de colores Coca-Cola ... Y como los dos no tenían mucho dinero en el bolsillo, optaron por la falsa estada, de secuestrar un taxi, el famoso número de mirá loco, te tomo como rehén, y vos tenés que hacer todo lo que te digo, sino te mató a tu cliente ... O sea: Edgar entró al primer taxi de la fila. “¿Me llevás al puerto de Asunción?”, preguntó amablemente. “Claro, Señor, cómo no”, respondió bien paradito el tachero. Y cuando el taxi se encaminaba, cuando doblaba por la ruta, el Acceso Sur, parando en un semáforo, el Gordo Kaxike entra saltando con una metralleta, unas maderas recortadas que parecen metralletas y le apunta a la garganta de Pou gritándole al tachero: “Loco, no mirés, no parés, acelerá nomás, al centro, idiotetti, al centro, sino lo mató. YA!” Y así iban. A toda velocidad. A trescientos kilómetros por hora. Saltando semáforos. Burlándose de patrulleros. Y Edgar, un actor de primera, no paraba de temblar, de suplicar: “!No me mate, no me mate, please!!!” Finalmente llegaron, quiero decir, llegamos, porque la verdad el que habla se siente no tan lejos del Gordo Kaxike, y ahora que estamos hablando entre nosotros, digo más íntimamente, puedo revelarles, que soy el GORDO Kaxike, y que extraño mi tropa, los Tres Pistoleros Alegres, Dagobert Diegues, Cristino Advogado y el mismísimo Pou... Bueno nada, retruco, y reestablezco la perspectiva narrativa... Pou temblaba como si de verdad lo iban al muere, el gordo no paraba de proliferar insultos, Guaraní de Quarta! Rolinga Turulato! Negrone de Guranión! Ricacho del Riachuelo! Pernil de Putanesco! “Llegamos”, dijo casi entre los dientes el tachero. “Llegamos, dónde, pedófilo”, gritó el Kaxique.

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“Al puerto”, insistía el driver. “80.000 Guaraníes” murmuraba. “Exacto”, contestó el Gordo Kaxique, “dámelas en monedas de 10.000!”, apuntando por unos segundos con la falsa metralleta al conductor... “... y... acá tenés” El Gordo Kaxique empujaba a Pou a recibir los billetes con la metralleta, y con la otra mano abría la puerta del carro. “A ese GUACHO, me lo llevo de REHÉN. VOS ándate nomás a la policía. YO PIDO 59.999 Millones de Dólares y un avión intercontinental hasta las cuatro de la tarde en el aeropuerto de Asunción. Si no me lo como a este crudo!!!” El driver aceleraba dejando a Pou y al Kaxique en la puerta de la marisquera del puerto. Los dos no paraban de reírse. Y bueno, se dieron vuelta y se sentaron en las mesitas que el trompa sacaba a la vereda. “Quiero comerme un caldo de piraña”, dijo Pou. “Prefiero un suburí grillé”, dijo el Kaxike. “Mozo”, gritó Pou. “Trae-nos de todo! Caldo de Piranha, Surubí, Ensalada y Arroz ... Unas Ipanemas de entrada, ya! Cerveza. Pilsen a granel!” Mientras traían tres butellkas (botellas) de Pilsen en un balde lleno de cubitos de hielo, el cielo se empezó a cubrir de un estertor opaco. Pero ni Pou ni el Kaxike se dieron cuenta. Seguían como si nada con la charla. Pou: “Kaxique, una cosa, ¿por qué te llaman Kaxique?” “No sé, Pou, será por la misma razón que te llaman Pou.” “No, Pou me llamó mi viejo. El resto de la gente me llama Edgar!” “Y bueno, yo no tengo vieja, soy huérfano. Por eso me llaman el Gordo Kaxike de Lambaré....” Y así seguían platicando... Mientras unos nubarrones preñados se lanzaron a... a... a... dar una vuelta por el cielo asuceno, bien engrupidas esas nubecitas, cada vez más voladeras, cadas vez más cargadas de un espesor negruzco... “Che, Kaxike, pero verrrdad, vos no te llamás Kaxike... ¿Cuál es tu nombre real?”, insistía Pou... “Me llaman El Marisquero Enredao, cachai?, en Chile. Y El Gaucho Galfarro, bolú, en Argentina. Y El Brasiguayo, né, en Brasil. Y Yerba Mala, en Boliva, kurepa ...”, bromeaba el Kaxike...

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El mozo traía los platos: unos ceviches de Surubí, palitos de pulpo, Ipanemas rellenas, maíz cancha, Sopa Paraguaya, Ensalada Enchillada, Ají Molinero, Menudencias, Minutas, Mondongo, Soja transgénica ... En el mismo segundo, en que Edgar Pou abrió la boca como un lagarto, preparándose para tragar la primera cucharada de Marisco, el Kaxique por el rabillo del ojo percibió como la primera gota negra se precipitaba del cielo. Paraguay, un país sin salida al mar, y el Gordo Kaxique y Pou morfando marisco... Qué decadente! Qué brasileiro! Qué europeo, mal!!! Los dos únidos por unos instantes en el placer. Con los mejillones vivos flotando sobre sus lenguas, arremetiendo vanamente contra el paladar, pensando en unas chicas francesas, ninfas, que habían conocido la semana pasada en Le Club... La primera gota, bien grasosa como brea cayó sobre el ojo izquierdo de Pou. La segunda no se dejaba esperar mucho y entró por la boca abierta del Kaxique que en ese mismo instante se preparaba para ingerir un langostino pelado ... Insecto marítimo que alcanzó el record de escupitajos ... ya que las gotas negras sabían a peste, a cólera, a la gripe porcina, provocando en el Kaxique un eructo que estremecía todo su cuerpo lanzando al langostino a una órbita interestelar ... Más y más gotas caían. Era el infierno. El fin del mundo. El once de Washington Cucurto. El gordo Kaxique y Pou no tenían tiempo para encorvarse y entrar al boliche. Estaban llenos de azeite, de grasa, de negrura llorada por el cielo. El día de la lluvía negra, ni Pou ni el Kaxique volvieron con ropa limpia a casa. Fue un día de derrota, que tuvieron que admitir muy por lo bajo, ante los comunes insultos de sus esposas, que ese día sí se habían ensuciado bastante ...

Gracias a Miguel Ildefonso por la revisión del manuscrito.

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A BUEN HAMBRE NO HAY SILLA DURA
Javier Viveros

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Mediodía bajo el sol de Dar es Salaam, esa estrella rabiosa que alumbra la capital de Tanzania. Pica el hambre y me lleva a entrar a un bar. Sin miramientos, quebranto la espléndida soledad de una mesa. En la de al lado un hombre pide "kiti moto" a la mesera. Ansioso de comida local y atraído por el sonoro nombre swahili de ese alimento, ordeno lo mismo un par de minutos después, cuando la moza me entrega la carta. --"Y una Coca", agrego y empiezo a soñar con milanesas de raya y sopas de rinoceronte con mucho ajo. Cuando el menú estuvo en mi mesa la realidad fue inmensamente inferior a mi imaginación. Lo que poblaba mi plato era una simple porción de cerdo, flanqueada por banana frita. Más tarde, en la oficina me preguntaron qué había almorzado y les respondí "kiti moto". Pregunté si eso significaba "cerdo con banana" y me dijeron que la traducción era "silla caliente". Resignado y algo triste por haber al fin llegado al extremo de locura de haberme almorzado un mueble, pregunté a qué se debía ese nombre tan singular. La explicación no tardó en llegar. En Tanzania la religión musulmana impera y una de sus prohibiciones es el consumo de carne de cerdo (incapacidades digestivas del profeta?). Entonces, cuando un musulmán iba a un bar, ocupaba una mesa, preguntaba por el menú del día y la

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mesera contestaba "cerdo", automáticamente se levantaba y salía disparado como impulsado por un resorte, como si la silla hubiera estado caliente y le hubiese infligido una quemadura de tercer grado. Por eso llamaban kiti moto al plato. Silla caliente. Metáfora culinaria. Bien, no?

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L PRIMO DE BEATRIZ V.
Carla Fabri

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Nunca supuse que alguna vez conocería aquel sitio, y menos aún que llegaría a comprobar la real existencia de uno de sus personajes. No conocí a Beatriz. Tampoco visité aquella misteriosa casa de la calle Garay, a la cual, cada treinta de abril, Jorge Luis llegaba para conmemorar el cumpleaños de su amada muerta. Siempre sospeché que todo era un invento de su imaginación. Tal vez por eso jamás creí en la existencia del padre de Beatriz, ni en la de su primo, Carlos, aquel que, en repetidos aniversarios vanamente eróticos, le fue entregando graduales confidencias a JotaEle, haciendo gala de su farragosa forma de expresarse. Recuerdo cómo le gustaba contar y repetir y volver a contar aquella desopilante historia. Describía con detalles precisos, aunque siempre diferentes, la abarrotada salita donde estaban las fotografías de Beatriz V. de perfil, en colores. Beatriz en su primera comunión; Beatriz montando un caballo bayo, en unas vacaciones en las serranías. Beatriz el día de su boda. Beatriz con el conejo que le regaló Villegas. Beatriz de cuerpo entero, ya divorciada, en el aeropuerto, el día que viajó a Montevideo y pereció en el accidente aéreo. Con su delicado sentido del humor, a veces triste, Jorge Luis, me relataba cómo, en aquellos macabros aniversarios, fue enredándose en las ideas tan pomposas como ineptas del famoso primo de Beatriz, a quien luego tuve la desdicha de llegar a conocer, aquella siesta de sábado, cuando cayó la lluvia negra torrencial.

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Muchos creen que Jorge Luis murió, tal vez, por el supremo malestar que le causó saberse, de alguna manera, cómplice de los mamotretos literarios del primo de su adorada difunta. También sé que mucho le dolió no haber recibido el merecido premio N. La tarde que falleció allá lejos, lloré sobre una copa de coñac, recé uno de sus poemas y decidí olvidar, al menos por un tiempo, esa historia del sótano, un extraño mundo y la escalera. Hasta lo que me sucedió aquel rarófilo sábado 4 de abril del año 2009. Había salido de fiestas la noche anterior y me había acostado casi al amanecer. Ya era pasado el medio día cuando desperté sobresaltada. Un viento huracanado golpeaba con furia las persianas del ventanal. Horrorizada comprobé que Brad Pitt me había dejado un pájaro muerto, totalmente destrozado sobre mis cobijas. Imposible describir la sensación que produce un montón de plumas esparcidas por todo el dormitorio, y los restos mortales inocentes de una paloma sangrienta que no era de la paz, precisamente. El Dr. Brown dice que los gatos demuestran la veneración hacia sus dueños con esta clase de ofrendas. Jodida ofrenda gatuna, me dije. Pese a que se perfilaba cercana una tormenta, preferí huir de la situación, además, no tenía ninguna gana de limpiar aquel desastre, por lo que decidí salir de casa y me fui a caminar sin rumbo fijo. Pese a que serían las tres de la tarde, el ambiente se había oscurecido extrañamente y un olor desagradable, como a goma quemada inundaba el aire. Caminé unas cuadras y cuando el viento, la oscuridad y el olor iban en aumento, por simple casualidad del destino descubrí aquel letrero: La Librería Virtual. Traspasé con cierta timidez el amplio portal e ingresé a una inmensidad para mí desconocida. Me topé de inmediato con altísimos y gigantescos estantes colmados de libros. Me pareció estar en una catedral infinita. Como en una paramnesia, supuse que había accedido a los archivos akáshicos. Allí parecía almacenada la totalidad del conocimiento; sucesos, experiencias y sentimientos protagonizados por todos los seres vivos a través de la historia. Empecé a sospechar que me había metido en una zona paralela. Tal vez estaba en el éter de gafiro de los cabalistas, en medio de la luz astral de los ocultistas, en el éter reflector de los rosacruces. En la parte más elevada de los cielos, habitada por los dioses. Algo me recordaba a una primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. De pronto me encontré en un angosto pasillo espejado que desembocaba en una barullenta y concurrida sala. Era el tribunal de los debates. Allí se discutía sobre el hombre eterno, la dieta macrobiótica, el catastrofismo, la pauspermia, los ardores de la pasión, la existencia de Numinor, el sabor de pulp pomelo, el Nuevo Mundo Amoroso de Fourier, la canción de Ur, las posibilidades de Dios, la ignorancia ilimitada y la locura más descocada.

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Decidí participar y estaba por proponer - un poco para impresionar- la posibilidad de crear una lengua nueva, susceptible de alcanzar la inteligencia en el espacio galáctico. Pensaba aludir -siempre para impresionar- a aquella tentativa ambiciosa de Lovecraft de crear un mito "que sea comprensible, incluso para los cerebros vaporosos de las nebulosas espirales", cuando de pronto, vociferando en medio de la multitud, descubrí al primo de Beatriz. Lo reconocí porque estaba refiriéndose en forma pomposa a sus poco novedosos escritos. Con aire fanfarrón se pavoneaba de las maravillas expuestas, a simple vista, je je, en su Canto-prólogo de un poema-cuento en el que "estaba trabajando hacía diez y seis años, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llamaban la soledad y el exilio." Explicaba con solecismos arrogantes, que primero abría las compuertas de la imaginación. Luego procuraba evitar la influencia evidente en sus líneas – según lo aseguraba él- de Poe y de Borges. Y, por último, abundaba en hipérboles, todas favorables a su pluma, en las que no faltaban la pintoresca digresión ni el gallardo apóstrofe. Mis escritos - decía- son a todas luces interesantes. Granjean el aplauso del catedrático, del helenista, de la exigente crítica y del académico ilustre. En silencio fui corroborando su identidad, a medida que el hombre escribía textos nada memorables. Su trabajo no estaba en la literatura, estaba en la invención de razones para que sus escritos fueran admirables, dignos de los mayores elogios y los más encumbrados premios. El sitio hubiera sido un paraíso sin la presencia de aquel forofo de sí mismo. Comprendí el fastidio que le había causado a Jorge Luis, y decidí quedarme para estudiar de cerca aquel caso de evidente y parlada mediocridad. Recorriendo el sitio descubrí la Factoría de los Sueños y las Letras. La esperanza de conectarme con una nueva ciencia o magia de la escritura me fue aplastada de un porrazo. De nuevo, y en el centro del taller, se había instalado el primo de Beatriz V. De pesadas carpetas de horribles colores, de plástico no biodegradable, extraía trozos de su versatilidad literaria del todo insignificante. No había la menor duda y los hechos lo confirmaban así: aquel era Carlos, el primo de Beatriz, oculto bajo nueva identidad, siempre con sus ínfulas de gran escritor. Jorge Luis decía que en los escritos de Carlos "habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar". Yo agregaría que su escritura estaba marcada por el uso excesivo de entrecomillado, un sinfín de bastardillas, itálicas, cursivas, repetidos signos de admiración y mayúsculas. Recursos efectistas de barata agresividad. Su comportamiento y estilo correspondían a la descripción que de él había hecho Jorge Luis, en aquel cuento memorable. Había algo en él de llorica y de jarana, de lángaro y de petiso. Sin pestañear se apropió

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de la batuta del Gran Maestro del Taller, y con sus burdas maneras empezó a enseñar a los presentes cómo debían manejar la pluma, hacia donde acentuar los trazos, los motivos de la palabra, el catecismo de la poesía. Tenía algo a su favor y había que reconocerle: superó la idea de calidad por la de cacalidad. Su elocuencia era tan pejiguera que la inspiración se marchó de aquel lugar amenazando no volver más. El rechazo que el hombrecillo me inspiró desde el inicio, fue creciendo cada vez más. El sentimiento se acentuó cuando lo escuché descalificar con palabras insustanciales a autores que merecían mi mayor respeto. Perorateaba con su aflautada voz cuando empecé a sentir que algo me mojaba. Un líquido oscuro como tinta china. No era tinta. Eran las primeras gotas de una misteriosa lluvia negra. Me había quedado dormida en la hamaca. El viento arreciaba, la oscuridad se hacía más densa, sólo interrumpida por el flash de los relámpagos y aquel olor infernal a cosa quemada que casi no me permitía respirar. Noté que del agua de la piscina salía humo mientras cruzaba veloz el patio para guarecerme bajo el techo del corredor. Eran las tres de la tarde según el reloj de la cocina. Ya sé quién es el personaje de este sueño, dije para mis adentros y solté una carcajada. Como si fueran pesadillas, hay más de un Carlos Lanieri en el ambiente y en los talleres literarios. También Carlas, por supuesto. Hasta ahora no se sabe cuál fue el verdadero origen de la insólita lluvia negra. A mí no me quitan de la cabeza que, por un leve papadeo-temblequeo del tiempo, la tormenta extraña se filtró desde otra dimensión, tal vez usando como llave de ingreso algún crónlech pirenaico.

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Antes de la lluvia
Mónica Kreibohm

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Si la memoria no me falla ese día hacía un calor de espanto pegajoso húmedo como solo en esta ciudad lo puede hacer. Hacía noches que venía con el ritual de levantarme en medio de la nada, con las sábanas pegadas al cuerpo, el ventilador moviendo apenas un aire caliente y espeso, me iba al baño, abría la ducha, me mojaba y vuelta a dormir un sueño que me regalaba unos segundos de frescura. Después el cansancio y los ñoños bebidos hacían lo suyo para mantenerme dormida. Estaba podrida del calor. Hasta me había planteado meterme en un crédito para comprarme un aire acondicionado y pasaba las horas pensado lo hago, no lo hago. Pero esa mañana iba a ser diferente, algo me decía ese sábado que el mambo negro caería del cielo en forma de diluvio y teñiría las calles y sus raudales. El sol había despuntado como a las 5 am, entrando hiriente por la ventana para despertarme. Para las 8 am mi cama era un caldo tibio de colchón, sábanas, almohadas, células muertas y yo, la gran célula viva.

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Me levanté e hice lo de siempre: salir a caminar un sábado por Palma, con sus vendedores ambulantes, sus turistas kurepas y el bullicio de una ciudad que se niega a la llegada del fin de semana. En la Plaza Uruguaya me tomé un tereré de la señora a la que siempre le compró bajo una sombra frágil de resolana. La gente caminaba con cara de calor y pies de plomo. Unos mita’i jugaban en la fuente de Artigas, dichosos ellos pensé. Quería en leer un libro mientras el tereré se calentaba de a poco, pero el calor no me dejó, era simplemente aplastante. Después caminé nuevamente hacia mi casa cuando ya daban las 12 y el sol era un anillo de oro brillante sobre Asunción. Podía sentirse la furia de sus rayos en los hombros, que poco a poco se fueron poniendo rosados, rojos, colo’o. En casa sería el baño de agua tibia que salía de la ducha, pero baño al fin. Luego un almuerzo ligero y pensar en cómo pasar esas 3, 4 horas que me separaban de la llegada de la noche. Puse los 3 ventiladores que tenía frente a mi e intenté leer el libro, pero a los 5 minutos de comenzado el rito un estruendo fuerte se manifestó en apagón y amontema la tranquilidad. Los ventiladores quedaron quietos y todo el tiempo se congeló en un calor asfixiante que inundó la habitación. Seguro viene la lluvia, pensé sin moverme, petrificada como el mismo calor. No sé cuánto tiempo estuve así hasta que escuché las primeras gordas, grandes gotas golpear contra el techo de mi casa. Pudo haber sido una eternidad y medio segundo. Lo cierto es que la vida se me pasó por los ojos como una película. Me vi flotando en un líquido acuoso y tibio como hace 30 años, recibiendo un golpe tras otro, como una de las tantas veces que mi papá pegó a mi mamá. Vi la cara de mi madre, sus ojos inmensos de pestañas, llorando mientras me acunaba. Me vi de guardapolvo blanco en el patio de la escuela. Me vi sentada en la vereda de mi casa de Vélez Sarsfield esperando algo. Vi a mi hermana, chiquita y traviesa, yendo a toda velocidad en su triciclo por la casa. Vi a mi abuela, caminando conmigo una siesta de invierno por Resistencia. Lo vi a mi viejo, tan amarilla su cara y pelado, vistiendo su último traje dentro del cajón. Vi la cara de mi vieja al volver del trabajo. Vi una mesa de pibes tomando cerveza en el Charlie. Me vi a abrazada al loco bajo de la lluvia, diciéndome que me amaba. Vi la sombra del Migue. Las manos de Zazen. La pelada de El Croata. Los ojos del Gordo. La fachada de una casa sobre la calle España. El pelo de Poska. La sonrisa de Caro. Un cielo con estrellas en el Uritorco. La oscuridad del campo en Charadai. La ventanilla del Chaco-Corrientes. La orilla de El Cerrito. El río Paraná. El río Paraguay. Los atardeceres de Resistencia. Una habitación en Fray Capelli y Libertad. Un colectivo hacia Asunción en la terminal. La espalda de él, su boca, su sexo pentrándome. Un perro negro ladrando. La noche de las uras. La Osabebu llorando. Una mano apretándome. El teclado de

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ElMuerto. La carjada de El Prologuista. Un balcón en República de Colombia. La lluvia negra sobre Asunción. Sentí mis lágrimas y el sonido de la lluvia negra que caí sobre Asunción con fuerza, pegando de vapor el asfalto con su mambo negro. Un viento fresco entró por la ventana y la casa comenzó a inundarse. Palo de piso en mano, fui sacando el agua negra de lluvia que entraba, mientras me mojaba para sacarme este sopor de recuerdos antes de la lluvia. Yo no sé de dónde vino ese mambo negro, pero antes de la lluvia.

quanto cabe em um negrume de chuva?
Flávia Memória

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entre rios, 05 de janeiro de 2009

meu luxo de gros bisous estornados e abraços como idéias costuradas por um delgado fio-fumaça de incenso, quantas espanhas caberiam no cosmo desta sua cabeça alienígena é um enigma mais fórceps que os criptogramas espalhados em antolhos por aí do mundo que a gente vê tanto que nem mais se impressiona dizer tais e quais como se do chão batido não surgissem incontáveis manuais (e manuéis) de instrução que logo mais um vento de

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rearranjo dá jeito a outros textos – a receita mão-na-massa intercalando lâminas = gumes/gomos, gumes/gomos, gumes/gomos, gumes/gnomos/gnósticos/gnose aonde você vai com tanta ventania? e ainda fica pensando em carteira de habilitação e motor na pista motocicleta trici bici mono cérebro de mono em um só tido, um shot ou bala perdida perfídia vai que tem mais é que entrar no olho porque o furacão não passa nem uma nem duas é na terceira vez que ele rodopia assim veloz na terceira voz ele puxa pelo capuz - sim, já não mais inflar o air bag, flotar em hidráulica ou quiçá direção eletrônica... ele tron... él... canção? você me diz e me conta de um velho sentado na porta de uma casa no deserto um velho como se ( ) catalão, lembrei agora do filme dos três reis magos – o mais gracioso

transbordando de dobras feito nuvens porque cobertodinho com uns panos brancos esvoaçáveis ele no mar nadando fosse um peixe-boi e a gente vendo de baixo tornando o céu aquilo líquido que só possível se de dentro do mar

santa fé, 21 de maio de 2009

lembra? [pressinto o mover indeciso de uma boca iminente colando-se ao ecrã de cristal líquido] esse sol reluziria tão alto e algo que sem dúvida ou quê que fizesse desconfiar lhe escrutinaria a retina cansada unindo nossas ilhas de edições de luxo [aura se soft é outro modo de exclamar ura se not e ora se não] meu luxo eldorado, te contei ajuntando assim: de uma por uma e mais outra cadinho e cádmio com cânhamo não mais um fio de nylon em que elas contas – ou você, um conto – formasse colar, um condão azul indingo não: cada ponto que formava teu rosto eu deixei esparso, mixturação dentro de não-se-sabe-ao-certo se tijela, cabaça ou copo de cachaça... não lembramos. sei cabiam na mão, aliás, elas estavam, você, tudo solto – mas sem esparramar. incrível luxo! não caía nem se escapava qual o vendaval revolto de sempre - a estrada... você aquietava o instante. uma paisagem que movia só a orbe escusa de dentro das pálpebras cerradas que de tanto trânsito emerge em deformação > você ora farejava saber se a vida acontecia ao redor ora (!) você sorria e dançava com os dedos enlaçados aos dela .en-transe. destrocemos o cartaz do glauber, deixando só que o vermelho de fundo cubra tudo e os rajados amarelos que o meio-dia é a cor que me furta abrupto o des - curso – uso - cubro os ombros

um um que era

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você nem trela qual o espaço para a abertura de uma carta de amor no tempo do desgarro? não se sabe pior um papel de dobradilhas e redondilhas lleno de circunvoluções viajeras desnudado de um envelope objeto voador mal e porcamente identificado na trincheiras, um rolo bemdizê pergaminho escorregando-se com afeição sobre um loooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooongo tapete vermelho – que eu preciso e prefiro dizer r o j o -, se um bilhete suado entre fartos seios amarrados e imiscuídos para ser entregue às escusas quando da hora da ciesta, ou se isto: contra os minutos atabalhoados do relógio de areia dentro dele, ecrã a areia a estrada a carta o amor a b e r t o fomentando dedos o crédito o débito os reais as monedas que tilintam o peito sorrindo sem importar se grande é a distância do estrangeiro umapresençapramaisperto um adendo outro ardendo e uma pena flutuando depois de despregar-se do frangalho ataúde e amiúde corrientes, 28 de agosto de 2008 você se esgoela e tenta prender o movimento num flash com o fundo em preto quem branco na parede esta grafia convulsa que mais verte um amontoado de contextos metidos em pretextos infalíveis e imbatíveis – você bem vê por los anteojos que cinema se faz de vestígios de memórias nos pés por aí pedalando afoitos até que pisem por descuido um dedo de boa e velha prosa começando por um ai! e terminando a perder de vista o incêndio de um telhado em revoada deixando a descoberto paredes e calhas e rebocos contando pelancas feridas em flor de coagulações que vestem lilás porque purple beibe, purple rains resistencia, 28 de junho de 2009 (um amigo que anunciou uma antologia de escritos sobre uma chuva negra chuva de cinza grafite borrando um traçado a lápis nesta membrana que a gente finge não existe e deixa para escrevê-la quando já não soubermos manejar a pena – paraguay con reconquista > você não imagina a extensão de minha sonrisa) y dos: reconfigurando um sem por um até mais, canciono um sopro com todo o luxo inútil que o mundo abarca † enquanto em sueño pode ser que aconteça novamente de encontrar a mesma coruja caminhando à noite pelo asfalto que me relou as palmas das mãos ainda em exposição assim como um casal bestial dançando sexagenário um tango na calle florida sob uma lunescrota ou o desenho de uma folha meio-metro de pura clorofila vênulos desvendados pelos holofotes esquentando suas barbatanas: um coração de mato escrito em verde † encarnación, 03 de abril de 2009 a morir de uma tangueria porteña ... por la ruta, asunción pensando nesta chuva que sequer caiu ainda sobre minha cabeça, esse negrume que sequer anoiteceu mas já está próximo meu amigo que pariu (leia-se o t que arranquei glutão para que cracks entre os caninos amargados pelo café forte) e você luxo entornando cordilheiras e mascando

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pirineos feito esta vontade de falar guarani com uma pasta de coca na boca que tornasse ainda mais espesso o transitar da língua papilapoplética ¶ queria a caneta fechasse o zíper do estojo esgarço e despedisse de si iR resoluta ganas de estrelas que calassem esta penúltima palavra esquecida de tradução e embarcação que não adianta: saudade não se desentranha. É mais que óleo de amêndoas escoando, aos solavancos, cada cratera do corpo - de tanto pensar e pesar espessuras de linhas, trajetos de página, traquejos de taquaras, também eles cerraram curvilíneo um sorriso de pestanas e cílios que chegaram quase deslizar cortinados de cetim sobre as bochechas aproximadas quando do enlevo muscular de um prazeroso exercício in-voluntário na proeminência de poemitirse n’outro versejo ausente e pa i r an do o corpo todo assim, num descanso dos desenhos de escrita que parece são sempre e mais mmbuubauchudos, qual espanto não se anuncia vindo do vão do chão, de dentro da botina que parece todo um desenlace desde os cadarços até a dobra da meia um tanto engelhada do escorregadio hidratante (ou escassa pele sem pêlos que descama e descama e de s c a m a d e s a m a m a...), seguindo um arrepio que por debaixo do áspero azul-marinho simultâneo compôs um agudo vagido de dor no joelho esquerdo - rodillas redondo rodopio o que é isso que trafega sem eira nem beira nem intersecção o estribilho de uma miúda tentativa de aquietação? e daí que minhas coxas não podem com o menor meneio: logo se eriçam e o corpo já não tem mais chance nem sossego – elas coxas são enormidades em um corpo. não há costas tórax osso curioso ondas de rádio ou cútis < maior de tudo as coxas. exortam pelos acondicionam sevícias englobam no todo entorno de uma circunferência oscilante como um cone(x), um funil, uma alameda tremenda de vontade de espremêlo e espremer-se nelas um vagido de inveja de qualquer dos membros esmagado pianíssimo subito de pois em pois, foi deter-se aí para que tudo semoventes de si astros cadentes e carentes de espetáculo em plena trajetória dois andares e andaimes de vinhetas venetas varetas veredas com linhas brancas e marcadores amarelos no negrume de um chão batido a cimento e caligrafia porosa que, no instante de um qualquer anúncio à visão, lá está: o pacote aberto o caderno deserto o cristalino desperto fixo uma clave e denota uma gota: cruzada de bala no vidro traz vis a vis uma fumaça em suspeição – fogo não há mas um opaco de cinzas contidas no olor que espremece em reações o rosto rugoso faróis acinzentados detectam o humo sob um estranho que vinha embotinado em desalinho pelo estrado retilíneo dos trilhos e digo mais . com a velocidade omni do omnibus em paraguayo portunhol errático, logo ficou para trás no breu da estrada que agora além de húmus também húmeda vindo chumbo grosso como pudesse derretido um míssil – onde figura um sim por um não? -, correndo afoita a água condensava-se ainda mais no choque voraz dela que vinha com o coletivo que ia. molhava tudo e dissolvia o mundo que nem uma vela tombasse sob uma reza inaudível nesse deserto de um homem só seria um símio aquela criatura sem coberta nem corpo patente que se detivesse contra o menor sopro

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de brisa quanto mais sob este despencar de carbono esta pólvora que cobre o vidro mais parecendo rajada de um cuspe tremendo voltando de dentro do que a gente pensa eliminar detrito, metendo a basura goela abaixo fosse bemdizê a terra feita de dentes e até agora triturando os bagaços vertendo pro espaço onde a gente pensa estar é aí, é ali, porque tudo é o meio do caminho quando a voracidade é um sem-fim de dominação e taí o ônibus vazio de ruído o mundo desabando numa nuvem de fumaça eu sendo engolida como vai poder isso de ser levada ares afora tragada feito os meus próprios engasgos de antes convulsionassem agora era da barriga de valamideus e se isso ZEUS?! chega sófocles! acode hölderlin! (oigo distante o balido de um bode) retorno ou revolta: das janelas gra(v/f)itadas, vi que era ali o homem aferrado ao chão! e se antes se lhe recortava o tórax em duas fitas neons e dos pés ao joelho mais se via um caule de bananeira de tão verdes as meiasonde o homem que não vertigem d’um objeto tal fosse o tombo brusco de um busto marroquino um nariz andino ou perna taurina de gesso arruinada por uma martelada apoplética? aonde estoura nossa apoplexia se as ventosas da ataraxia querem nem papo de desapego? isso agora no homem virado um neolítico asteróide é ainda mais patente quanto imaginar um imenso guarda-chuva para engatar no pára-brisa como escudo contra a onda dos infernos

entretanto
<quem enlaçou meu dente -defada na noite em que perdi a pasta para selar a dentadura?>

,

ali parado o mundo na beira da estrada àquelas mãos humanas melhor pareceu desfiar as raízes de uma aleatória e indiscernível mandrágora (o fétido da planta soprando gelado pelos tubos do ar condicionado lleno de fumaça de borracha que bem melhor ficasse sendo sempre seiva leitosa vertendo solta as rugas e suas cascas) pois veja que o homem desenterra os pés da planta e os movimenta entre os dentes, macerando lento o alucinógeno

homem e mandrágora formados esfinge em pedra sabão em terra de asunción e assunções, uma só e indivisa paisagem: hen kai pan.

e se as cores não são mais que um incidir de luz, se há o branco como a junção de todos os matizes e o preto

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como a sua respectiva ausência, pela primeira vez vi uma aquarela verídica oscilando entre o tudo e o nada, cobrindo o vidro da janela.

fortaleza, 27 de junho de 2009

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Osobuco

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Ever Román

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(para Natuchín) 1

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Ramiro Biedermann pidió 14 kilos de roast beef empaquetados de a kilo en bolsas de plástico, pero en vez de los 14 kilos de roast beef le trajeron unos trozos de osobuco que el carnicero extendió indecorosamente, ¡sangrando!, sobre el mostrador de la carnicería. -No tenemos roast beef, nada kosher, no hubo tiempo, no había cortes, pero por el mismo precio te puedo dar el doble de osobuco. ¿No me dirás que no es una buena oferta, eh? Biedermann hubiera tolerado que en vez de los 14 kilos de roast beef le trajeran 14 kilos de bife angosto, o en su defecto de bife ancho, incluso hubiera tolerado 10 kilos de cuadril, e incluso 7 ó 6 kilos de lomo, pero con el osobuco qué iba hacer. No le servía para nada. Odiaba el osobuco. No tenía idea del sabor del osobuco. Pero se veía espantoso. -¿Por qué me hace usted esto? El carnicero no comprendió la pregunto y se quedó mirando unos segundos a Biedermann sin pestañear. -Mirá, esta es una oferta porque somos tu carnicería de siempre. Es solo por esta oportunidad. Si no te interesa, dale paso a otro cliente, hay varios detrás de vos esperando, pero sabés que es posible que ya no consigas una oferta así en ninguna otra parte. Te digo que el osobuco es la mejor carne, la más nutritiva, y en el agujero del hueso tenés el dulce del caracú. Es un regalo para vos. Con todo respeto, te pido que no abuses. -Perdón, no quise ofender. Pero no negará que aquí hay más hueso que carne. En su estupor, y para ganar tiempo, Biedermann recurrió a esta lógica de la que, estaba seguro, el carnicero no podría salir bien parado. -Bien, Biedermann. Lo judío te sale cuando más conviene. El carnicero era un hombre gordo, muy pálido y de ojos oscuros y perversos. Se llamaba José Ramón Artime. -Voy a decirte dos cosas, Biedermann, y te conviene escuchar bien. ¿Estamos? Biedermann se dio cuenta de que la libertad de retruque que se había tomado segundos antes tendría como consecuencia un discurso completamente innecesario. Pues sabía, desde ya, que el osobuco era una oferta genial. ¿Qué tiene más calorías que un puchero? Además, podría reciclar los caldos por días, recalentándolos, y podía volver a usar los huesos para futuros caldos, como hacían sus abuelos con los huesos de pollo que los nazis tiraban en el campo. La enzima de la supervivencia estaba en su ADN, es cierto, quizá como en ninguna otra cultura. Pero también, junto a los genes, y en menor medida la fe, estaba la predisposición de la naturaleza para permitirle la supervivencia. La avaricia del carnicero no era más que un medio de que se servía la naturaleza para brindarle el mejor alimento posible. La noche artificial se intensificaba cada vez más y la lluvia aumentaría como escuchó en las noticias, era mejor tener un alimento calórico en vez de carne fina que solo serviría una vez. -Primeramente, Biedermann, te voy a decir que no tengo por qué andar dándote explicaciones. El carnicero José Artime bajó la voz y le hizo un gesto al oído a Biedermann para que se acerque más al mostrador. -¿Estamos? Biedermann no le pudo sostener la mirada. -Estamos, don José. -Esta tarde vamos a cerrar la carnicería. Los proveedores no nos mandaron nada hoy, nada ayer, no me mandarán nada mañana. Lo de hoy estaba en los freezers de reserva.

Ya no vienen alimentos a Asunción, Biedermann. Ni frutas, ni verduras. Mucho menos carne. Mba’eve1. Al decir esto, el rostro del carnicero palideció. -Yo tampoco sé lo que voy a hacer, Biedermann. 2

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Nada (Guaraní)

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La literatura apocalíptica se emparenta bastante con el melodrama rosa de televisión. En ambos casos las situaciones se extreman y el resultado es la completa imposibilidad de una resolución feliz. El melodrama televisivo, al igual que la novela apocalíptica, es un mundo claustrofóbico e intolerable. La muerte, puerta de la liberación, es el gran deseo de cada personaje, aunque no paren de huirle. Las similitudes se acaban en la resolución de las historias. En la telenovela, como hace a veces el arte, los hechos son trastocados con un gran sentido del humor a medida que avanzan los capítulos. Las vivencias más horridas, cuando el dolor parece inaguantable, en los capítulos finales, se transforman en color rosa: risas, besos, casamientos, hijos, felicidad. La ironía llega al punto de mostrar situaciones que de tan cursis se vuelven obscenamente risibles: el galán y la galana se juran mutuo amor leal, los personajes secundarios encuentran pareja, la felicidad baña los rostros, etc. Cuando las telenovelas terminan, nadie recuerda que el desarrollo de la historia estuvo plagado de tragedia, con cegueras, amnesias, muertes, huérfanos y el Mal Absoluto desenvolviéndose a sus anchas en cada rincón. La muerte, esa solución, se re-significa: la nada en la que se pierden los personajes es del color rosa lisérgico. El Mal Absoluto se aparta y da espacio a la luz. Por supuesto, esto no es más que una ironía: ya que nada tiene solución, se exageran las soluciones imposibles. Las telenovelas hacen los finales de historias tan pero tan perfectos que resultan escalofriantes. En la literatura apocalíptica, especialmente en la rabia adolescente del ciberpunk, falta este sentido del humor y los finales son completamente obedientes, amargamente, lloronamente, al desarrollo de la historia. Desaparece todo optimismo y en su lugar solo está la muerte, omnipresente. La risa no alcanza a ser siquiera un máscara para el dolor. ¡Todos vamos a morir, el mundo se está yendo al carajo irremediablemente porque el corazón del ser humano es completamente autodestructivo! Este es el mensaje que nos dan. Y este mensaje, por supuesto, no nos aporta absolutamente nada. Pues lo sabemos desde siempre. Lo único seguro en esta vida es la muerte. Y nos la causamos de la única manera posible: viviendo. Por tanto puede decirse, si lo miramos en un plano puramente intelectual, que el ciberpunk y el resto de la literatura apocalíptica llevan las de perder frente a los guiones de telenovelas. 3 La fila de la carnicería la conformaban unas cuarenta personas, cada una con la cara abofeteada por el apuro. Biedermann lideraba la fila y se lo tomaba con gran calma. Una mujer que estaba tras él le hincó un paraguas en la espalda. Unos pasos detrás, alguien comentó que el judío era un maleducado por no apurarse con una fila tan grande. Biedermann miró la serpiente humana que se perdía tras la puerta metálica y seguía extendiéndose afuera, en la vereda. Todas las caras lo apuntaban a él. Cada ojo inyectado en sangre. -Está bien, me llevo el osobuco. Don José esgrimió un gran cuchillo frente a Biedermann y con golpes inclementes empezó a partir el osobuco puesto sobre el mostrador. A cada golpe gotitas de sangre salpicaban el piso de la carnicería, por no decir el delantal de Don José y la campera y el rostro de Biedermann. -¡Guárdeme a mí la grasa o el hueso que no se quiere, don José! La que había hablado era la vieja del paraguas. Y apenas terminó la frase, le volvió a hincar el paraguas en la espalda a Biedermann. El carnicero cargó el osobuco en una bolsa negra de basura y le hizo un nudo apurado. Ni siquiera pesó la carne. -Aquí hay 14 kilos. -Don José, conozco la situación, pero ahí no hay más que tres o cuatro kilos. Don José desató el nudo de la bolsa y extrajo de ella dos pedazos de osobuco que dejó sobre el mostrador. Miró atentamente a Biedermann. -Mirá, che. Mirá afuera. -Olvide lo que le dije, don José. -Mirá afuera, muchacho. Y esgrimiendo amenazadoramente el cuchillo el cocinero instó a Biedermann a que dé vuelta la cara hacia la calle. Al hacerlo, Biedermann repasó fugazmente al resto de los parroquianos, uno más angustiado que otro. Lo que vio fue lo siguiente: las calles sucias de basura, aparte de

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la fila de la carnicería no había una sola persona caminando, no pasaban coches, en fin, desolación urbana. Cómo un domingo. Solo que era martes, 15hs. Y en pleno microcentro de Asunción. El supermercado de la vereda de enfrente tenía los vidrios rotos y si se miraba adentro solo se encontraba más desolación: rastros del saqueo. -Mirá el supermercado. -Sí, estoy viendo, don José. -Yo no sé por qué respetaron la carnicería. Pero sé que en cualquier momento me la van a saquear también. Yo acá te hablo y esta gente de la fila ya piensa en robarme. Y no se puede culpar a nadie, Biedermann. Pues lo que hay que hacer es lo que hay que hacer. ¿Entendés? -No se preocupe más, solo deme la carne, don José. Al decir esto Biedermann señaló con la mano los pedazos de osobuco que el carnicero había quitado de la bolsa. Pero el carnicero cerró la bolsa sin volver a meter estos pedazos. -Lo que hay que hacer es lo que hay que hacer, Biedermann. Y le tendió la bolsa. Biedermann la tomó apurado al tiempo que sentía otra punzada de paraguas en la espalda. Pagó y se apartó de la fila. La puerta de la carnicería estaba llena de gente y tuvo que empujar para poder salir. Sintió que tironeaban de la bolsa, por lo que la apretó contra sí e hinchó el pecho y atropelló el grupo que le impedía el paso. Ya en la calle, vio que la fila no terminaba en la vereda, sino que seguía doblando la esquina. Un supermercado saqueado, gente cabizbaja con una bolsa de plástico en la fila de la carnicería, ventanas cerradas, balcones vacíos, puertas metálicas bajadas y en algunos casos rotas. Las calles llenas de basura, autos abandonados y estacionados a la buena de dios, colectivos incendiados en las esquinas, humo, desechos, árboles caídos. Una especie de bruma negra estancada en el aire, por lo cual parecía ser de noche a pesar de ser las 15 hs. Como un eclipse en pleno fin del mundo. Todo esto fue lo que vio Biedermann al recorrer las calles del microcentro asunceno, camino a su casa. Y también vio charcos de aguas negras en todas partes, y líquido negro adherido en las paredes y los techos, y también en las ropas de los pocos transeúntes que se aventuraban a caminar. Como si la ciudad entera fuera los fondos de una cloaca utilizada por monstruos que se alimentasen a base de moras y arándanos, y su diarrea les saliera del color de estos frutos. Y garuaba. Y la garúa era helada y, también, negra. Y el olor que emanaba de todo esto era un olor a lluvia, limpio, purificador. Pero a la vista, por los restos que quedaban en las calles y la oscuridad, era espantoso. 4 La sociedad asuncena, poco afín a lectura de literatura ciberpunk, basa su dietario de vida en los tópicos de las telenovelas. Vive con intensidad melodramática el sinsentido de la vida cotidiana. Pero no es un melodrama efusivo, sino uno que se desarrolla en mundos interiores, expresado apenas por lágrimas que corren y se evaporan a los pocos centímetros de formar surco. La sociedad asuncena está, por decirlo de algún modo, con las piernas temblorosas al sentir constantemente al Mal Absoluto merodeando por ahí. Se siente víctima inocente. Y que debe defender una moral basada en la familia, la religión, el partido político y el amor fiel. Con esto imita, hasta cierto punto, el comportamiento de los buenos de las telenovelas. Todo lo que transvase las buenas costumbres es un tabú. Por otro lado, también los malos de las telenovelas –con su aura de corrupción hipercoherente- están cabalmente representados en la sociedad asuncena, por las instituciones: policía, justicia, iglesia, políticos, el padre, etc. Buenos y malos juegan su papel bien delimitado. Así vive la vida la sociedad asuncena. Por supuesto, esto no es más que un juego lúdico al que recurre en un intento de dar pasos con buen tino. Y utiliza este juego porque es el único recurso que conoce para conservarse. Por lo cual su idea de la vida es falsa y cursi y dramatizada como en las telenovelas. Es, a fin de cuentas, una ironía inconsciente. Pero esta ironía no es percibida como tal por la sociedad asuncena, pues ésta no conoce el concepto de ironía. En las telenovelas los malos son solidarios entre sí, pero solo hasta cierto punto, pues a la primera oportunidad se suprimen mutuamente en consonancia con el deber ser del Mal Absoluto. Los buenos, sin embargo, ni siquiera se sonríen entre sí, tan desconfiados y asustados andan. Son blandos de carácter y por lo mismo son manipulados impíamente por los malos. Siguiendo la lógica de las telenovelas, esto cambia al final. El

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destino se encarga de restablecer el mundo con un orden ideal perfecto. Pero la vida asuncena no es un melodrama rosa, aunque se desenvuelva como tal. En todo caso, es una telenovela artificial, actuada fuera de los televisores. Es decir, es un artificio artificial. Los buenos de las telenovelas no se organizan para nada, ni siquiera para defenderse de los malos y mucho menos atacarlos. Ergo, la sociedad asuncena no se organiza para sofrenar al Mal Absoluto. Los buenos de la sociedad asuncena, que son los más –al menos es el rubro con más actores-, andan a la deriva, entregados a su condición de víctimas. Sufren y no hacen nada para remediarlo. Son fatalistas, obedientes ciegos al guión oficial. Sufren y no dicen ni mu. 5 Cuando Biedermann llegó a su casa, ubicada en Chile y Segunda, se encontró con el portón de la casa cerrado con un candado cuya llave él no poseía. Tocó el timbre varias veces sin obtener respuesta. Lloviznaba y la humedad le atravesaba el piloto hasta los huesos, helándolo. Gritó. Pateó las rejas. Vio que dos peatones subían la calle desde Rodríguez de Francia, fijando sus miradas en él y en la bolsa que tenía en la mano. Entonces decidió saltar la reja. Tiró la bolsa de carne sobre la muralla y se arremangó el piloto. Los perros empezaron a ladrar, quizá por el olor de la carne, pero esto no preocupó a Biedermann pues sabía que los había atado antes de salir. Miró de nuevo hacia los dos hombres que se acercaban a él y los vio a pocos metros. Haciendo gala de una agilidad adolescente, escaló La puerta estaba cerrada con llave. Gritó de nuevo, el nombre de su mujer, el nombre de sus dos hijas. Nada. Los perros dejaron de ladrar. Con la bolsa en la mano se dispuso a dar un rodeo completo a la casa, pero apenas dio unos pasos le sonó el teléfono celular. -¿Diga? -Ramiro, ¿dónde estás? -Llegué ahora a casa. Estoy entrando. Parece que no hay nadie aquí. -Es sorprendente que funcionen todavía los teléfonos celulares, ¿verdad? Las empresas quieren chuparnos plata hasta el mismo día del fin del mundo. -¿Qué querés, Luicho? -Escucharte. ¿Por qué esa pregunta? Quiero escucharte, hermano. -Mi casa está cerrada con una cadena. Las luces están apagadas. No hay nadie. -Hoy renuncié al canal, Ramiro. No tiene sentido, a nadie le importa, pero yo hace mucho quería renunciar, vos sabés. Tenía miedo, pero ahora ya no importa no tener laburo, ¿verdad? -¿Vos sabés dónde está Susana? No tengo la llave de atrás de la casa. -Presenté la carta de renuncia. Es como un preaviso. En una semana ya no trabajaré más. ¿Pero quién te dice que duramos una semana, verdad? -Voy a colgar, Luicho. Quiero llamar a Susana. Disculpá… -Ella está dentro de la casa. Le hablé hace un rato y me dijo que las nenas tenían miedo de la noche. ¿No te da miedo una noche así? Tenemos con hoy tres días de noche y según dicen… Biedermann colgó el teléfono. El patio estaba húmedo y oscuro y el naranjo estaba bañado en óleo negro. Era un patio inmensamente triste. Como regado con residuos fabriles. Biedermann discó el número de su mujer. Dio tono, varias veces. El contestador. Se acercó a la piscina, a lado de la cual había una silla plegable con sombrilla, y en esta silla dejó la carne para protegerla de la llovizna. Volvió a sonar su teléfono celular. -¿Susy? -Soy Luicho. Ramiro, golpeale la puerta que Susana te va a abrir. Está con las nenas, ya te dije. -No me contesta el teléfono. ¿Dónde estás vos? -Tocale la puerta. ¿Sabés lo que escuché recién en el canal? Estoy en el canal. -Esperá que golpeo la puerta. -Dicen que la lluvia negra ya cubre la mitad del país. Hasta el Chaco ya llegó. Llueve negro en Pozo Colorado. -¿Qué? -En Clorinda y Formosa también hay lluvia negra… -¡Pero dijeron que se iba a terminar estos días!

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-Escuchame, Ramiro. Esta noche nos juntamos en la casa del rabino Iosif Iosif, él llamó esta reunión. No vayas a faltar. ¿Sabés dónde queda, verdad? Ya fuimos otras veces. Llevá a Susana y las chicas. A las ocho. -Voy a tocarle la puerta a Susana… -Venite en coche, y si no podés avísame que paso a buscarles. 7 Una telenovela necesita del espectador para ser que su fenómeno empírico sea completado. Pasa igual con una novela de ciencia ficción apocalíptica. Inclusive puede decirse que en la escritura del guión de ambos casos, no pasa que el escritor viva plenamente su escritura (la del melodrama rosa, la de la novela sci-fi) como un hecho que le cambie su estructura de mundo, es decir, como una cosa viva que lo haga vivir una experiencia radical y que esto sea en sí un fenómeno analizable sin necesidad de más. Con esto no quiero menoscabar la impronta de los escritores de ambos tipos de historia, pues la escritura es en sí una experiencia única y reveladora, y es también, hasta cierto punto, una experiencia física. Pero sí quiero menoscabarle la importancia al tipo de guión que realizan ambos escritores. La novela ciberpunk tiene unos postulados muy firmes, cánones qué seguir y conlleva una estructura que es usualmente más importante que la historia que se cuenta. Dentro de sus postulados están dadas de antemano una filosofía, una erótica y también una ética. Lo mismo puede decirse del guión telenovelesco. El medio es el mensaje, como decía McLuhan, pero esto, claro, sin entender medio como soporte. La estructura narrativa de ambos géneros es en sí misma el mensaje. El escritor, entonces, entrega un mensaje ya cifrado de antemano, y toda su pericia se orienta a la aceptación que logre. Y esto lo hace con ligeras intromisiones de subjetividad en la narración. Las telenovelas brasileñas, por ejemplo, exploran los avatares de la esclavitud que tiene una gran importancia histórica en este país. Las mexicanas, la hondura de las diferencias sociales. Cada escritor de ciencia ficción tiene obsesiones que refleja en sus novelas. Pero como fenómeno empírico, la novela sci-fi y el melodrama rosa, recién causan un efecto estudiable en el lecto-espectador. Éste las ve y las vive a su manera, durante el tiempo que duran, y el resultado de tal experiencia es una modificación de su conducta. El amor, las estrellas y los robots, ya no son las mismas cosas luego de haber presenciado, con los ojos (ventanas del alma), una historia de un tipo o de otro. Los resultados suelen ser, en muchos casos, desastrosos. La alienación tecnológica, religiosa y rosa, tienen muchas similitudes. La principal es, quizá, su intensidad. Como una enfermedad, van modificando el organismo en el que se insertan para seguir intensificándose. 8 La puerta trasera estaba abierta. El interior de la casa estaba oscuro y húmedo, igual que el exterior. Como un espejo, el interior refleja el exterior: platos sucios en la mesa, el mantel a medio quitar, vaso de vidrio roto en el piso, sillas puestas en desorden, televisor encendido con noticiario en mudo, cortinas cerradas, baño con la puerta abierta desde donde llega el sonido del agua del lavatorio que alguien olvidó cerrar. Silencio y humedad. Biedermann subió las escaleras que llevan a la planta alta de su casa rumbo a la habitación que comparte con la esposa, lindante con la de sus hijas. La planta de arriba se mostró a sus sentimientos como un lugar vedado a la ignominia. Cálida y limpia, cobijó sus pasos hasta llegar a la habitación. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte. -¿Susana? Escuchó la respiración de sus hijas, el leve ronquido de Susana. Biedermann encendió la luz. -¿Ramiro?

9 El resultado de un asiduo lector de libros es un escritor, como se sabe. Es igual con el espectador de melodramas rosa. Termina siendo un actor. Y los actores, claro, interpretan dramas y comedias que constan de partes específicas o capítulos: aquí el sufrimiento, aquí

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asoma la justicia del destino y aquí se resuelve todo para la felicidad. La sociedad asuncena se apropia de lo que ve en la televisión para actuar su telenovela. Pero lo particular de la telenovela asuncena es que no consta de todas las partes usuales, sino solamente de una primera parte. Se representa el sufrimiento de los buenos y el manejo de los malos, ambos como constelaciones perennes e inmutables. No hay una resolución en que todo se arregla a conveniencia de un idílico final. La historia no avanza, está estancada en la pasión, entendida ésta en la acepción cristiana. El actor asunceno está predispuesto de antemano a aceptar el sufrimiento y llevarlo in extremis, y el que sea así tiene su explicación en la fe cristiana y su historia de sumisión y martirio. El cristianismo está profundamente insertado en los asuncenos, como un código de ADN, desde los comienzos de la ciudad. Sin embargo, los asuncenos nunca fueron estudiosos de los dogmas cristianos. Razón por la cual, faltos de dogmas claros, los asuncenos se explican la vida a través de lo que ven en la televisión. Las telenovelas le dieron el dietario de vida, como si fueran las tablas de Moisés. Y también la escenificación. Aquí el amor, que debe ser así y asá, y aquí la muerte, que viene por esto y lo otro. De haber sido una sociedad lectora de sci-fi, otra reacción tendría ante un suceso apocalíptico. Los lectores de ciencia ficción, que también adoptan la puesta en escena de sus novelas favoritas, tienen una actitud más activa en tales casos. Por ejemplo, en un país lector de ciencia ficción actuaría el sincretismo (propio de occidente) de una manera diferente: el mesianismo teocrático y el mesianismo tecnológico convergirían en un ser humano nuevo, rapiñero y feroz, despierto a la época. Lucharía por sobrevivir, mataría, haría la guerra al fin del mundo. Por supuesto, el efecto sería la muerte, pero una muerte más teatral, entendiendo el teatro como movimiento e interacción de personajes y medio. Haría, en este sentido, una historia más activa que reflexiva. En el caso de la sociedad asuncena es diferente: la historia y sus avatares no la llevan a actuar, sino simplemente a estar. Como hacen los buenos en las telenovelas y los que aguardan el reino de Dios. Esperan el favor del destino, el cumplimiento de la profecía, absortos. En el teatro asunceno, los actores escenifican la opereta de la muerte eternizando una mueca. 10 La casa del rabino Iosif Iosif quedaba al final de un arbolado callejón del residencial barrio de Las Carmelitas. Bajo la insistente lluvia de aguas negras y de apariencia pestilente, una cincuentena de coches caros y otros, pocos, no tan caros, estaban estacionados frente a la casa. En el living, grande, lleno de adornos litúrgicos que no le restaban espacio, unas doscientas personas escuchaban al rabino, que hablaba, con fuerte acento estadounidense, a la luz de las velas. -Nosotros, que aceptamos en nuestros corazones a Yehoshuah Ben Yossef, como un acto revolucionario y puro, sabemos del riesgo y la incomprensión, pero también sabemos tener los corazones llenos. Nosotros, que tenemos una congregación con el nombre de Ben Abraham, en homenaje a los primeros visionarios, en una sociedad conservadora como la asuncena, sabemos de la infamia. Nosotros, que tuvimos la bendición de encontrar el verdadero camino de la salvación, sin perder nuestras raíces, sabemos lo que está ocurriendo y no podemos callarlo. Este fenómeno climático, como le dicen los noticieros, no lo previmos en las escrituras, es cierto. Pero tampoco previmos que tendríamos una vida tan satisfactoria y fértil, ¿verdad? Asentimiento general de la sala. -Lo que quiero decirles, hermanos, es que si nosotros hemos sabido, enfrentándonos a todo, vivir en la verdad sin perder nuestras raíces, es justo que enfrentemos lo que está sucediendo conservándonos en la verdad y sin perder nuestras raíces. Un relámpago iluminó la sala, pues las ventanas estaban abiertas, y segundos después un trueno pareció quebrar árboles y edificios, e incluso dio la impresión de hacer temblar la tierra. -Nuestro destino nos pone de nuevo ante un dilema para el cual se nos exige una decisión firme, y quizá definitiva. ¿Recuerdan al Tribunal Supremo de Israel al pronunciarse sobre nosotros? Aceptar a Yehoshuah Ben Yossef es haber cruzado la línea de la comunidad judía, dijeron. Pues ahora tenemos una línea más que cruzar. Y lo debemos hacer con la inteligencia de nuestros corazones. Con fe. Las

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sagradas escrituras se amplían y nos exige a ir tras ellas. El apocalipsis. Ha llegado el apocalipsis y no lo podemos negar. Debemos, nuevamente, dar un paso adelante para recibir a Dios, que ya está golpeando la puerta de nuestra casa. La puerta de nuestro corazón. Y le debemos abrir como lo que somos, como judíos. Mientras el rabino Iosif Iosif seguía con el discurso, Biedermann acercó su boca al oído de Susana. -Vamos, Susana, acá no tenemos nada que hacer. -¿Pero qué decís? -Estoy harto de mi barba y mis trenzas, sé que odiás la peluca y que hagamos vestir ropas ridículas a nuestras hijas. Mi casa sos vos y en las habitaciones están nuestras hijas. Quiero que vivamos allí. Si Dios viene a buscarnos, recibámoslo como lo que somos. Como amantes. Como una familia. Y al decir esto, Biedermann arrojó su sombrero (Welt Edge, en este caso) al piso y abrazó a su mujer y le dio un beso. Iosif Iosif se percató del acto de Biedermann y detuvo su discurso. -¿Hay algo que quiera decirnos, Biedermann? -Sí. Nos vamos. Tomó en brazos a sus hijas y le hizo una señal a su esposa. En medio de la consternación general, se dirigieron a la puerta. Antes de salir, oyeron el grito del rabino Iosif Iosif. -¿Quiere explicarnos algo, Biedermann? Susana se dio vuelta y miró al rabino. Habló con voz clara y fuerte.

-Los sombreros protegen mejor de la lluvia negra que un paraguas. Pásenme el sombrero, por favor. Un señor le acercó el sombrero que Biedermann había arrojado. Susana se lo agradeció con una sonrisa. Biedermann abrió la puerta y salieron a la calle. Los relámpagos iluminaban la noche, dando un espectáculo tenebroso. Los árboles parecían tener las hojas podridas. El coche de Biedermann estaba estacionado entre los más feos, al otro lado de la calle. Subieron al auto en silencio. Las calles arboladas del barrio del rabino Iosif Iosif, que acostumbraban a ser las más hermosas la ciudad, por su limpieza y perfección estética, se mostraban esta vez como si fueran las calles de un mundo subacuático, en el fondo de un pantano sucio y hediondo. -Esta noche vamos a cenar puchero de osobuco, Susana. -¿Qué? -Dicen que la carne más rica está allí. Y se pone más rica porque es poca y hay que rascarla con el tenedor. -Nunca comimos eso en casa. -Lo mejor está entre los huesos. Hay que levantarlo con la mano y chuparlo como un dulce. Se llama caracú. El sabor es como un dulce. La noche iba volviéndose más espesa. Cuando salieron del barrio residencial y tomaron la avenida San Martín, los relámpagos aumentaron y el coche parecía avanzar a través de la pista repleta de una discoteca. Había gente sentada en las veredas, tomando mate, y gente caminando de aquí para allá, dejándose mojar por la lluvia, abriendo los brazos. Como si recibieran el bautismo de las aguas negras, haciendo una danza ritual. Pasaron coches estacionados sin cuidado y que se exhibían en su orfandad con las puertas abiertas. Las casas que cruzaron también tenían las puertas abiertas. La gente caminaba de aquí para allá. En éxtasis. Mendigos locos parecían todos. Las mujeres con polleras cortas y paraguas cerrados, saltando charcos al caminar, o simplemente saltando porque sí. Como si bailaran una música espectral. Las calles parecían los pasillos de una discoteca del infierno. Un infierno de agua. Por todas partes sombras húmedas. Bailando al ritmo de la lluvia negra. Como si estuvieran en una discoteca improvisada en un baño público del infierno, habilitado solo por las madrugadas. Mientras el coche avanzaba, Susana mantuvo apretada contra la suya la mano de Biedermann. -¿Alguna vez comiste osobuco, Ramiro? -Ja, ja. No. Va a ser nuestra primera vez.

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Perdidos en la black rain guaranga
Douglas Diegues

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En pocos minutos la luz del dia abriu camino a la oscuridad, lo que era dia es ahora uma feroz noche, y eu, el taxista paraguayo, puedo ver solamente las luzes de los postes que empiezan a brillar en medio a la lluvia negra, la black rain guaranga, y John Huston acompanhado de una hipopótama y uma elefanta em mio táxi platinado, rumbo al centrom de Asuncionlandia, la elefanta y la hipopótama em ropas indianas sentadas nel táxi como verdaderas damas, la hipopótama mansa mansa mansa, abría la boca enorme, y John Huston podia acariciarle la lengua, John Huston sabía donde estaba el punto G de las elefantas, la elefanta se había enamorado de John Huston, kuando John Huston le acariciaba el punto G como um kapo kartonero, la hipopótama hacia je je com la concha que se sonreía, y le atajaba la mano con su koncha gorda kunu’ú para retenerle por mais algunos minutitos a John Huston bajo la lluvia negra, essa tiniebla en polvo que nim los doctores mais xantas lograban explicar, donde todos, putos tuyás, hormigas, doctores, mendigos, robots, todos son iguales bajo la lluvia negra, muchos se cagam de miedo, pero a King Kong le parece divertido cruzar la frontera de Yankeelandia com Paraguaylandia bailando, bailando bajo la lluvia negra, King Kong queria ser paraguayo, bailando como um berdadero Michael Jackson del Mercado 4. King Kong quiso probar um cigarro poí de la selva del Mariskal López, lo encendió en un relâmpago, y las nubes de humo que salían de la enorme boca de King Kong iban cubriendo buena parte de Asunciónlândia, iban deixando la capital paraguaya todita endrogada de iluziones pasajeras, tarde noche black guaranga, King Kong seguia enamorado de Jessica Lange, todas las rubias de la Calle Última para King Kong eram Jessica Lange, pero King Kong estaba tan desorientado bajo la lluvia negra que non conseguia saber dónde estaba ahora la famosa Calle Última. La llubia non tenia hora para terminar, yo non entendia como Nueba Germania seguia existiendo aun nunca habiendo existido, fundada en medio a las selvas paraguayas del siglo XIX por Elisabeth Nietzsche, hermana del delirante filósofo, y suo esposo Behrnard Förster, el antisemita radikal enamorado del wagnerianismo, bizarra era la história de Nueba Germania, Förster había hecho um acuerdo com los burocratas paraguayos, venía de alemania com 140 famílias, empezarían a poblar la selva, pero llega a Paraguay com 14 famílias nomás, los burocratas le dejan em bola, 14 non eram 140, Förster se suicida em Sanber ingiriendo estricnina en una pieza del Hotel del Lago, y abandonadas em Nueba Germania entre sucurís, moskitos salbajes gigantes, aranhas pelotudas, pomberos y yaguaretês, las 14 familias siguem hasta hoy dia uma bizarra multiplicacione a la manera ariana, los que nacen del incesto se vuelven medio mongólikos, Nueba Germania parece um barrio de Berlin extraviado en las selvas paraguayas,

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yo vería todo com mis próprios ojos, y volando bajo por la carretera empapada de lluvia negra llegamos a Nueba Germania. Las 4 nietas and bisnietas del antisemita radikal Dr. Behrnard Förster y Elisabeth Nietzsche, las hermosas sobrinas del delirante filósofo, son las indiecitas mais hermosas del lugar, y bailan cumbia nel jardim de uma hermosa casa bajo la llubia negra, non tengan miedo, dizem, nosotras non mordemos, invitando amablemente a bailar um par de temas com ellas. Yo y el poeta alemán Timolin Berger le seguimos la onda, bailamos um par de cumbias bajo la llubia negra, pero de pronto empiezan a aparecer poliziales disfrazados de conejos por todos lados. El poeta alemán Timolin Berger estaba um poko assustado com la prezenzia de tantos poliziales disfrazados de conejos, pero le tranqüilizo diziendole que eram piragües, cagüetas, dedoduros, habían amenazas de bombas em tutti Paraguaylândia, pero tranki, porque las bombas eran falsas. Mientras bailaba las cumbias purétes com las sobrinas de Nietzche, yo me preguntaba: com ou sin llubia negra solo las yiyis te salvam de morir de tédio en las citys mais aburridas del mondo. El poeta alemán Timolin Berger quere llegar a la Paraguay Profunda, quere conocer Nueba Germania, dice que paga la gasolina para que le lleve em mio táxi hasta esse lugar obviamente aburrido, dudo que me vaya, pero al final lo acepto, seguramente conoceríamos nativas new-germánikas, ¿cómo pueden ser tan hermosas estas indiecitas arianas mongólikas? A las 8 de la noche llegamos al Bayreuth Festspielhaus de Nueba Germania, el Bayreuth Festspielhaus, orgulho de Nueba Germania, habia sido construído por um filántropo de Hollywood, era el barco fantasma del holandês volador, nunca serviria para nada... Todo lo que sabíamos hasta entonces era que la diretora del Bayreuth Festspielhaus de Nueba Germania tenía manos de vaka, pero non atendia a suo dildo-celular, nim llegaba nunca, pero de pronto atiende suo dildocelular, aclarando que nel Bayreuth Festspielhaus de Nueba Germânia solo podrían ser presentadas óperas de Richard Wagner, la diretora del Bayreuth Festspielhaus, manos de vaka, por eso nim el poeta alemán Timolin Berger nim Douglas Diegues nim Kuru Bogado nim Edgar Pou poderían leer los kuentos de la antologia Llubia Negra nel teatro recién inaugurado, yah, decia ella, el Parsifal de Richard Wagner le habia inspirado a Förster la fundacione de su tan sonhada Nueba Germânia, manga de nazis carnívoros rarófilos vegetarianos, la diretora del Bayreuth Festspielhaus tenía manos de vaka y dijo al final que non poderia recibirnos em su casa, estaba com mucho suenho, se iba ya a dormir. En esse momento llegan las sobrinas de Nietzsche hablando una mezcla de alemán y guarani, una de las sobrinas de Nietzsche me invita a ver si la llubia negra ya habia terminado, las otras 3

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hermosas mongólikas se pierden com el poeta alemán Timolin Berger por Nueba Germânia, la llubia negra non habia terminado, la sobrina de Nietzsche me dice que quere hacerme el amor porque soy un E.T., ella insiste em que soy um E.T. levantándose la pollerita alemana como una Marlene Dietrich honenauensis, yo le sigo la onda, yo le digo que es muy inteligente, se habia dado cuenta, yo era um E.T., y bajo la llubia negra yo y la sobrina de Nietzsche com su pollerita levantadita seguimos los passos de las cumbias mais calientes, los passos del amor bajo la lluvia negra, pero non me puedo contener y acabo escribiendo mio nombre com leche en suo korazoncito insaciable. Nueba Germania assim como miles de ciudades del mondo non habian mais sentido, el sentido se mandaba mudar, se mandaba mudar a caballo, a pie, em auto, em air bus, el sentido se iba, kabrón, assim, a la francesa, el sentido parecia decir aquella famosa frase: inclua-me fuera de esto, las ciudades iban quedando en bola toditas kilombeadas and sin sentido, manadas de aburridos and aburridas se aburriam todos los dias por las aburridas calles corriendo aburridamente nel vano intento de alcanzarle al dinero, pero el dinero corría mais rápido que Charles Bronson ou King Kong, casi nadie lo conseguía alcanzar, la mentira era la quarta guerra mundial, una guerra que daba lucros como uma boutique de carnes, em médio a tantas mentiras solo la llubia negra era verdadera, y confundia a putas, hormigas, antisemitas radikales, periodistas, alemanes, paraguayos, politzeis, voláis, obispos, pomberos, mongólikos, arianos, aoo-aoos, chupacabras y mujeres de 4 piernas. Yo me quise esconder de la llubia negra y fui entrando en la concha de la Burrerita de Ypakaraí. Yo caminaba por adentro de la concha de la Burrerita de Ypakaraí y vi que dentro de la concha de la Burrerita de Ypakaraí estabam escondidos todos los nazis amigos de Stroessner en Paraguaylandia, los nazis amigos de Stroessner que non permitian a nadie entrar en la concha de la burrerita de Ypakaraí, los nazis que empezaban a correr hacia mim para matarme cobardemente a socos y patadas. Entón yo corro de los nazis, salgo corriendo de la concha de la Burrerita de Ypakaraí, quando miro nuebamente, veo los nazis camuflados entre los pelos y los lábios de la concha de la Burrerita de Ypakaraí, y mironeo nuebamente, y los nazis amigos de Stroessner me siguem espionando. La llubia negra cubre calles, pátios, veredas, piscinas, jardines, kopetines, playas y kilombos de Asuncionlandia, ¡ride, paggliachis!, yo les gritaba a los nazis. ¡ride, paggliachis!, y seguia corriendo sem rumbo. Cruzo el Puente de la Amistad y entro corriendo en la tatú guazú de la Carmen Miranda gigante donde estava mais oscuro que Asuncionlandia bajo la llubia negra, retiro la cajita de fósforos que llevo nel bolsillo, la

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abro, enciendo um palillo em medio de la escuridom de la tatú guazú de la Carmen Miranda gigante y consigo ver mais ou menos algunas cosas. Entro por um caminito y llego a um saloon donde King Kong, Errol Flynn, Frank Sinatra y John Huston juegan poker a la beira de la Usina Hidroelétrica de Itaipú. Los 4 me convidam para jogar um pokerzito com ellos. Yo les kontesto que estoy sem dinero. John Huston me dice que banca la primera rodada. Yo acepto y gano sin corte 3 rodadas. Pago lo que le devo a John Huston y salgo de la concha de la Carmen Miranda gigante com algunos dólares nel bolsillo. La tarde era nuebamente dia en Asunciónlandia, Charles Bronson abre una botella de uisque en la vereda del Lido Bar y me inbita unos tragos, Charles Bronson cuenta que John Huston habia vendido la hipopótama y la elefanta al jardim zoológico de Buenos Aires, con los dólares que habia ganado John Huston iba a empezar a filmar "Los Perdedores". Charles Bronson dice que hay momentos en que todos tienen la certeza de non ser mais que perdedores mismo estando confortablemente bem instalados como burguesitos yankees ou burguesitos alemanes ou burguesitos paraguayos en la vida. Yo le digo a Charles Bronson que la koncha de la Burrerita de Ypakaraí estaba llena de nazis amigos de Stroessner y que la diretora del Bayreuth Festspielhaus de Nueba Germânia estaba cada vez más aburrida porque tenía la koncha seca ou tenía la koncha seca porque era muy aburrida y tenía manos de vaka y odiaba la cumbia.

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ÍNDICE Andrés Nieva / 07 Cristino Bogado / 11 Edgar Pou / 17 Gabriela Alemán / 21 Timo Berger / 29 Javier Viveros / 35 Carla Fabri / 39 Mónica Kreibohn / 45 Flavia Memória / 49 Ever Román / 57 Douglas Diegues / 67

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