You are on page 1of 4

OSCAR YANES El periodista reeditó una reflexión sobre el caudillismo

«Al venezolano le apasiona la gloria roja, aunque no haya sangre»
La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud , que se publicó por primera vez en 1980, "es la radiografía de una época en la que Gobierno y oposición estaban totalmente equivocados", dice

ALEXIS CORREIA ALEXISCORREIA@GMAIL.COM

L a tierra de los chivos, donde hay que quitarse los
zapatos y amarrarse los pantalones, "porque aquí no vamos para misa". Con estas palabras atribuidas a Olegario Reyes, hombre de machete certero y partícipe de la toma de Curazao de 1929 contra la dictadura gomecista, se describe la esencia de la sierra falconiana, polvoriento teatro de demostraciones de hombría y de compromisos de palabra como en un Lejano Oeste venezolano, en La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud, libro de 1980 del periodista caraqueño Oscar Yanes casualmente apodado "Chivo negro" recientemente reeditado por la Editorial Planeta, a propósito del aniversario número 60, el 13 de noviembre, del único magnicidio de la historia republicana del país.

NELSON CASTRO

El cuerpo principal de La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud compila en primera persona los testimonios de Pedro Vicente Díaz, campesino de la sierra que a los 28 años de edad acompañó al caudillo falconiano Rafael Simón Urbina (el tomista de Curazao) en el secuestro que derivó en el nunca esclarecido asesinato del coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno que además componían Marcos Pérez Jiménez y Luis Llovera Páez. El libro de Yanes asoma la tesis de un presunto golpe de Estado en el que Urbina que creyó ingenuamente que el Ejército "estaba peleando" en las calles de Caracas mientras ocurría el secuestro en la quinta Maritza de Las Mercedes fue utilizado bajo engaño como útil peón y luego desechado, en una movida que tuvo como beneficiario a Pérez Jiménez. La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud probablemente no es una joya literaria, pero sí un pasaporte a un país el de los caudillos regionales y las guerrillas de macheteros que parece desvanecerse hoy, pero cuya fibra palpita incluso en la Venezuela urbana y de clase media profesional que quizás, en el fondo, resulta el verdadero espejismo. El país de la gente que usaba expresiones como "mamadera de gallo", "fuñir" y la palabra "cuestión" en la acepción de asunto o materia: "Yo no me meto en esas cuestiones de política". Además de anécdotas que revelan más de lo que diría la historia oficial sobre ese país paralelo (la afición al espiritismo de Román Delgado Chalbaud, padre del presidente asesinado, o la carta astral que se mandó a hacer Rafael Simón Urbina antes del magnicidio), La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud anticipa incluso, a través del relato de Díaz sobre sus 20 años en la cárcel, las causas del fracaso persistente del

sistema penitenciario. --Pocos venezolanos contemporáneos conocen esa estirpe de macheteros falconianos descritos en su libro. --Rómulo Gallegos dijo una vez que el venezolano sigue apegado a la gloria roja: esa cosa de buscar, por hábito, la solución a través de la fuerza. Gallegos añadía que el venezolano no se sentía humillado cuando protagonizaba acciones de violencia, sino que más bien era un elemento de estima, y que eso venía de la cultura de los indios caribes. Da la impresión de que no tenemos ningún héroe civil. Pero no debemos juzgar a los protagonistas de estos hechos de fuerza sin recordar que ellos fueron el fruto de su formación y de su época. Boves no era cruel porque le daba la gana: del lado patriota hubo un señor, el "Diablo" Cedeño, que le regaló a Bolívar tres cabezas de españoles. A un Rafael Simón Urbina le hubiera parecido absurdo llevar a Juan Vicente Gómez al tribunal internacional de La Haya. Urbina fue nuestro Walter Raleigh, así lo reflejaba la prensa europea luego de que tomó Curazao. --La edición de 2010 de La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud incluye una entrevista a María Isabel Urbina, hija de Rafael Simón. ¿La reivindicación de un caudillo maltratado por la historia? --Cuando publiqué el libro en 1980 hubo gente que me dijo: "Chico, ahora tú te metiste a urbinista". Pero el libro no pretende llevar al Vaticano a Urbina ni condenarlo, sino reconocer que este país sigue aferrado a la gloria roja a la que se refería Gallegos. El libro quiere ser la radiografía de una época en la que tanto el Gobierno como la oposición estaban totalmente equivocados. Y por eso aún hoy estamos como estamos. Con todo el respeto que uno le tiene a Acción Democrática, darle el golpe de octubre de 1945 a un demócrata como Medina Angarita, cuando apenas le faltaban seis meses para entregar el poder, es algo que no tiene perdón de Dios. Boves, el urogallo, además de una biografía, es un estudio del temperamento del venezolano. Hay otro texto que yo arbitrariamente convertiría en materia oficial en las escuelas: La autoestima del venezolano del psiquiatra Manuel Barroso. --¿La gloria roja puede ser, también, la aprobación de una Ley Habilitante hasta 2012 en plena Navidad? --Eso lo ha perpetuado el humor criollo con la metáfora de las focas, y tampoco tiene perdón de Dios. Pero también es absurdo un diputado que sólo pide la palabra para echarle vainas al Gobierno. Yo estuve 15 años en el Congreso Nacional como presidente de la Comisión de Medios, y seguramente también cometí ese error. Al venezolano le cuesta

hacer autocrítica. Necesitamos aún mucha educación cívica. --Más allá de que uno no comparta la fascinación por la gloria roja, el caudillismo es un fenómeno apasionante. --Fíjate en Pancho Villa, un caudillo legendario en México: fue un hombre que firmó un contrato de miles de dólares con una compañía de Hollywood para que se filmaran sus batallas con muertos de verdad, mientras él se quitaba el sombrero y posaba para los ataques de caballería como todo un galán de ficción. Eso sólo se ve en América Latina. --Otro ejemplo: un Presidente de la República que, en una transmisión en vivo por televisión, llama al dueño de un banco para amenazarlo con la expropiación. --Ahí lo tienes: la gloria roja, aunque no haya sangre. En la escuela uno gozaba un puyero cuando el profesor contaba que el lema de los indios caribes era: "Sólo nosotros somos gente". Y uno se ríe, pero eso es una maldición para un país.

Cultura
País sin magnicidio
Cae muerto un golpista militar y otro consolida su autocracia. ¿El magnicidio de 1950 fue realmente tan significativo? El ex diputado por Copei, asesor de la vicepresidencia de Venevisión y popularísimo cronista coloca los matices en lo que no parece más que una variación del verde oliva. "Con Delgado Chalbaud vivo, era inconcebible que Pérez Jiménez consagrara su autoridad como lo hizo. No significa que uno de los dos era un demócrata, porque Delgado Chalbaud traicionó a su gran protector: Rómulo Gallegos. Pero eran dos hombres totalmente distintos, incluso en el origen social, y por eso la Junta de Gobierno nació amarrada. Delgado Chalbaud tenía la mentalidad del caraqueño de buena cuna, y había conocido la persecución política. Pérez Jiménez conoció el peso devastador de la pobreza. Era un hombre que ahorraba real y medio para comprar Mecánica Popu- lar, porque era una revista que le enseñaba a `hacer cosas’. Un empírico audaz sin base doctrinaria alguna, pero que efectivamente hizo `cosas’ de una habilidad política extraordinaria, como la autopista Caracas-La Guaira".