EL TIEMPO DE LA CHICHARRA.

Recreación de la sabiduría cuyana

Si uno sabe mirarlo, el desierto tiene sus cosas: una larga inmensidad sin horizontes que hace pensar que se parece tanto al mar, y colores que prepara la luz desde el blanco dominante del mediodía hasta los variados rojos y naranjas del atardecer. Las más de las veces el cielo es azul, categóricamente azul, como una bóveda de porcelana azul. si uno camina, durante la travesía, la sombra se le vuelve a uno más recortada y sólida, propiamente un oscuro doble que nos sigue sin agazaparse y nos espía, nos remeda, hasta en la sed, cuando levantamos la cantimplora.

Para llegar hasta el puesto de la Luisa, donde vamos a buscar historias del desierto, hay que andar mucho entre los médanos. Como la lluvia no es habitual, y en estos días menos que antes, la arena está muy suelta y el vehículo !nimog de los guardaparques se contonea por la picada abierta entre medio del bosque dispar de algarrobos y chañares. Un orro, una martineta, una !uga iguana y la vegetaci"n de espinas agudas parecen ser los #nicos testimonios de vida en la inmensidad sin !rontera. La arena se cuela como humo por las hendi$as de las ventanillas cerradas y vuelve a blanco ti a mortecino la piel y la ropa. %ás adelante, en una depresi"n del médano, se percibe más vida. &l sol va a llegar al cenit y en el cielo intensamente a ul unas motas de ove$a han amontonado pequeñísimas nubes. 'ay un !ondo de chicharras a plena lu del día. Primero aparecen los r#sticos corrales, construidos con horquetas de chañar y ramas espinosas. (dentro s"lo están los chivitos de la reciente parici"n. Los adultos pastorean por allá, donde pueden, entre los médanos. Si uno sabe escucharlo, el desierto tiene sus cosas. Los berridos en sordina de los cabritos se me clan con el al!ireta o de un canto de churrinche, que volando llega hasta beber el agua borrosa del $ag)el cerca de los corrales. 'ay también dos caballos y una mu$er que saca agua del mismo lugar en un balde improvisado con una cubierta de auto. *iguen las chicharras. &l guardaparques hace sonar la bocina del cami"n y no muy le$os se escucha un desparramado cloquear de gallinas. + ahí siguen las chicharras. La mu$er de$a el balde sobre la arena y mira. *in duda, ya hace rato que ha reconocido el ruido del Unimog. &n el desierto, hasta los secretos dichos a la ore$a se escuchan. ,os saluda agitando la mano derecha en alto. La i quierda contra la !rente la !avorece como un alero para los o$os. 1

-&s la Luisa- me dice el guardaparques. Cuando ba$amos del cami"n, varios perros de muy simpática tra a, vienen a !este$arnos con sus inquietas colas. La edad de la Luisa es inde!inible. Por el brillo, sus o$os son los de una mu$er $oven. pero el pelo enmarañado del viento que siempre corre en el desierto, y la piel cuarteada por el riguroso sol, hacen que uno piense quue viene desde el con!ín de los tiempos. &l aire de las palabras se le escapa entre los huecos de los dientes ausentes. /urante las presentaciones, ríe a menudo, con una nerviosa risa de hechicera. *e amontonan más nubes. ( poco de sentarnos para hablar ba$o la ramada que hace de galería de la humilde casa de quincha, una multitud de catas atropella sus gritos contra nuestras palabras. La Luisa vuelve a reír y dice que de tanto oírlas ya no las escucha, que son como los políticos. 0eímos todos. Pero, repentinamente, comien a a subir otra ve el ruido de las chicharras, que nos envuelve y nos separa de cualquier otro sonido. La Luisa mira el cielo, descubre las mullidas motas que han empe ado a agruparse y también a despeinarse. -Parece que va a llover -dice1, poquitas nubes, muchas chicharras. 2!st" sabe de la chicharra3 -me increpa y suelta otra de sus risas- La chicharra viene a cuidarnos la algarroba, que es el !ruto de nuestro árbol del desierto. Con la algarroba amasamos un pan muy dulce que se llama patay, y una bebida que re!resca, la #apa, y otra4 para alegrarnos 1ríe- la aloja. /icen que los españoles venían a beber la aloja con los indios de aquí, hasta caer borrachos. 1La Luisa siempre acent#a sus dichos con risas-. /icen que la chicharra era una mo a muy bonita, codiciada por un cacique !uerte, muy pelenciero, de una toldería de allá le$os, del sur, donde los ríos no se secan y la montaña es de piedra muy dura. &lla se había enamorado de otro $oven que, en un mal"n a los caseríos, había robado un violín que un godo tocaba siempre ante su amada. /esde entonces, $unto al torrentoso río, el mo o arrancaba sonidos al instrumento e improvisaba unos cantos para la niña india. &l cacique, invidioso de ese amor, lo embosc" una noche al muchacho y lo mat". &lla guard" el cora "n del mo o adentro del violín y huy" como pudo cru ando a pie muchas tierras, para no ser vencida por el poder del cacique. Lleg" aquí, al norte, donde hay muy poco agua y no hay torrentosos ríos y donde nunca hemos sido guerreros y somos pobres. ,o bien llegando, se muri" del agotamiento. 5raía el violín contra su pecho. &se día llovi" como no es com#n que llueva en estas arenas y !lorecieron en un santiam"n los algarrobos. /esde entonces las vainas !ueron más dulces. + nuestro pueblo empe " a hacer el pan del patay con el que nos alimentamos en el invierno 2

cuando es escasa la comida. Por eso llamamos al algarrobo pan7.

6el árbol del

Los dioses de la tierra, compadecidos de las penurias de la niña, la convirtieron en la chicharra que canta para anunciar la lluvia que hace !lorecer el algarrobo. /espués se queda en las ramas cuidando las vainas hasta que maduran. *e parte de muerte cuando la dulce vaina está prieta y en la corte a del algarrobo de$a pegada su piel. 'asta que vuelva a empe ar todo, con la lluvia y con la cuerda vibrante del violín de la chicharra donde a#n late el cora "n de su amado4 ,uestro silencio empie a a envolvernos. La Luisa, entre risas, nos advierte que si no salimos pronto se nos complicará la travesía por el medanal durante la lluvia, a pesar de lo alto del cami"n. &l cielo ya es un rebaño de ove$as, con manchas negras. -Pero vuelvan 1dice- a comer el patay y quién sabe, también a tomar aloja, son buenos para los cora ones $"venes. Las primeras gotas caen cuando ya alcan amos el as!alto. $l desierto tiene sus cosas, si uno sabe mirarlo y tambi"n escucharlo .

Mendoza, Zeta editores, 2004 ISBN 987-43-7762-3 y La Revista del IES 9-024, nº 3, 2011 (ISSN 18 3-4090!

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