El Leopardo caza al Anochecer

WILBUR SMITH. EL LEOPARDO CAZA EN LA OSCURIDAD.

Wilbur Smith

Craig Mellow, escritor de éxito en crisis, acepta la misión que le confía el World Bank y retorna a la tierra de sus padres, Zimbabwe. De repente se encuentra envuelto en un feroz conflicto de intereses que tiene como protagonistas agentes del servicio secreto, guerrilleros, políticos corruptos y dos ministros del nuevo régimen, dos leopardos cazando en la noche. Escenarios de majestuosa belleza, acción persistente y pasiones vibrantes: Wilbur Smith al rojo vivo. Wilbur Smith nació en 1933 en Rhodesia del Norte (la actual Zambia),pero creció y estudio en Sudáfrica. Y ahora es considerado el escritor de aventura mas importante de nuestro tiempo. Entre sus muchas novelas, todas de gran suceso, recordamos: Furia, El leopardo caza en la oscuridad, Voraz como el mar, Cuando comen los leones, El dios del río y el séptimo papiro, aparecidos en Editorial Longanesi. Wilbur Smith El leopardo caza en la oscuridad. Traducción de Hernán Kelly. Título original The Leopard Hunts in the Darkness. EL LEOPARDO CAZA EN LA OSCURIDAD. A Danielle, con Todo mi amor. Soplaba una suave brisa que ya había recorrido mas de mil millas, porque venia del Kalahari, el vasto y desolado desierto que los pequeños bosquimanos amarillos llamaban “ El Gran Seco. Ahora que había llegado al valle del Zambesi se rompía en vórtices y remolinos entre las colinas y los acantilados accidentados. El elefante macho estaba cerca apenas por debajo de la cresta de una de esas colinas. Era muy astuto para cometer el error de destacar su mole contra el cielo. En cambio se había ocultado detrás de las tiernas hojas nuevas de los árboles de msasa, confundiéndola con el gris de la roca del fondo Dio unos pocos pasos y aspiró el aire con la amplia nariz peluda, después retiró la trompa y delicadamente se sopló en la boca. Los dos órganos olfativos colocados debajo del labio superior se abrieron como un capullo de rosa y el elefante aspiró el aire. Reconoció el polvo fino y picante del lejano desierto, el polen de cientos de plantas, el tibio olor bovino de los búfalos que pastaban en el fondo del valle y el fresco olor del agua donde abrevaban. Captó estos y otros aromas, y calculó exactamente la distancia a la fuente de cada olor. Aunque no eran estos los aromas que buscaba. Buscaba el acre hedor que tapa a todos los otros: el olor de tabaco africano mezclado con el rancio e inconfundible miasma del carnívoro, el sudor seco, en la lana sucia, la parafina, el jabón, el cuero curtido de las botas: en suma, el olor del hombre. Y allí estaba, tan fuerte y cercano como había estado en todos los largos días desde que la caza había comenzado. Una vez mas el viejo macho sintió la atávica ira crecer en el. Innumerables generaciones de su especie habían sido perseguidas por ese olor. Desde cachorro había aprendido a odiarlo y temerlo, y casi toda su vida se había regido por eso. Solo recientemente había habido una interrupción en esta vivencia de caza y huida continuada. Por once años había habido una tregua, un tiempo de tranquilidad para las manadas a lo largo del Zambesi. El macho no podía saber ni entender la razón: que entre sus perseguidores se libraba una terrible guerra civil. Guerra que había transformado esas vastas áreas a lo largo de la ribera sur del Zambesi en una especie de tierra de nadie, demasiado peligrosa para los cazadores de marfil o aun para los guarda fauna cuyos deberes incluían la matanza discriminada de la población excedente de elefantes. Las manadas habían prosperado

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en esos años, pero ahora las persecuciones habían recomenzado con toda la vieja e implacable ferocidad. Con la rabia y el terror en el corazón, el viejo macho levanto la trompa otra vez y aspiro el olor tan temido en los senos de su cráneo. Luego se volvió y lentamente cruzo la rocosa cresta, una mera mancha grisácea contra el azul pálido del cielo Africano. Siempre aspirando anduvo hasta donde su manada se diseminaba sobre la pendiente opuesta de la colina. Había casi trescientos elefantes distribuidos entre los árboles. La mayoría de las hembras tenían cachorros con ellas, algunos tan jóvenes que parecían gordos lechones pequeños para caber bajo las panzas de sus madres, desenrollaban las pequeñas trompas sobre las cabezas y estiraban el cuello hasta las ubres hinchadas que colgaban entre las patas anteriores de sus madres. Los cachorros mas grandes retozaban a su alrededor, jugando ruidosamente, hasta que la exasperación de alguno de los adultos hacia que desgajara una rama de algún árbol y blandiéndola en la trompa la descargaba sobre el inoportuno, dispersando a los jóvenes elefantes que huyan chillando alegremente, mas que barritando de miedo. Las hembras y machos jóvenes se alimentaban con metódica calma. Enfilando la trompa profundamente en la densa mata, plagada de espinas para arrancar un racimo de bayas maduras y después colocarlas bien adentro de la garganta, como un viejo tragando una aspirina; o usando la punta de un manchado colmillo marfileño para despegar la corteza de un árbol de msasa, y luego arrancando una tira de tres metros e introduciéndosela con placer tras el colgante labio triangular inferior; o alzando su voluminoso cuerpo sobre las patas posteriores como un perro mendigando comida, y estirando la trompa para alcanzar las tiernas hojas en la cima de un árbol alto, o utilizando la ancha frente y las cuatro toneladas de peso para sacudir otro árbol haciendo caer una lluvia de bayas maduras. Mas abajo de la ladera, dos jóvenes machos habían combinado esfuerzos para voltear un árbol de dieciocho metros cuyas hojas mas altas estaban mas allá de su alcance. Mientras caía a tierra con un crujido de fibras quebradas, el jefe de la manada cruzo la cresta e inmediatamente el alegre fragor ceso abruptamente para ser reemplazado por una calma que contrastaba con la intensa actividad previa. Los mas pequeños se arrimaron ansiosamente a los costados de sus madres, y los adultos se inmovilizaron defensivamente, con las orejas desplegadas y solo las puntas de sus trompas vibrando. El gran macho llego junto a ellos con su trote oscilante, con sus gruesos colmillos amarillentos levantados, su alarma evidente en la posición de las orejas. Todavía portaba el olor del hombre en su cabeza y cuando llego al grupito mas cercano de hembras, extendió la trompa y soplo sobre ellas el aire contaminado. Instantáneamente ellas giraron instintivamente a sotavento, de manera que el olor continuara llegándoles, el resto de la manada vio la manada y se dispusieron en formación de huida, cerrándose, con los mas jóvenes en el centro junto a sus madres, las viejas estériles rodeándolos, los machos jóvenes a la vanguardia de la manada y los machos mas antiguos junto a sus asistentes askaris, sobre los flancos; y partieron con el oscilante trote devora-terreno que podían mantener un día, una noche y otro día sin interrupciones. Huyendo, el viejo macho se sentía confuso. Nunca había experimentado una persecución tan persistente como esta: ya habían transcurrido ocho días de tener a los hombres detrás, pero no obstante los perseguidores nunca se habían acercado para hacer contacto con la manada. Estaban siempre al sur, llegándole su olor pero siempre manteniéndose fuera del alcance de su débil vista. Parecía que eran muchos, mas de los que alguna vez había encontrado en sus vagabundeos, una línea de ellos se extendía como una red a través de los senderos que llevaban al sur. Solamente una vez los había visto, en el quinto día, habiendo llegado al limite de la paciencia, había ordenado a la tropa a girar y tratar de romper la línea. Y ellos estaban allí presentes, para espantarlos, las diminutas figuras de pie como bastoncitos, tan decepcionantemente frágiles y sin embargo tan letales, saltando desde la hierba amarilla, bloqueando su escape al sur, agitando colchas y batiendo sobre latas de kerosén vacías, hasta que flaqueo su coraje y el viejo macho les dio la espalda y condujo a sus huestes una vez mas descendiendo los escabrosos contrafuertes hacia el gran río. Esa pendiente estaba surcada por las sendas de elefantes usadas por diez mil años por las manadas: senderos que seguían las mas mínimas pendientes y encontraban los pasos y pasajes a través de esas colinas rocosas. El viejo macho llevo a su

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manada por una de ellas y los elefantes lo siguieron en fila india a través de los pasajes estrechos y se abrieron de nuevo mas allá. La marcha continuo toda la noche. Aunque no había luna, las blancas estrellas los iluminaban y la manada se desplazo casi sin sonidos por el bosque oscuro. En una oportunidad, después de medianoche, el viejo macho se detuvo y espero junto a la senda, dejando que la manada continuara. En el espacio de una hora volvió a captar el olor del hombre en el viento, mucho mas distante, pero allí, siempre allí, y se apuro para alcanzar a las hembras. Al alba los elefantes entraron en una zona que no habían visitado en diez años. Era la angosta franja a lo largo del río que había sido escena de intensa actividad humana durante la larga guerra, razón por la cual la habían evitado hasta ahora, cuando eran obligados reticentemente a volver. La manada se movía ahora con menos urgencia: habían dejado a los perseguidores bien lejos atrás, y disminuyeron la marcha para alimentarse al paso. El bosque era mas verde y exuberante allí en las tierras bajas del valle. Los árboles de msasa habían cedido lugar a los mopani y a los baobab gigantes que prosperaban en la zona mas tórrida, y el viejo macho, pudo sentir el agua adelante y las tripas le resonaron sedientas en la panza. Sin embargo un misterioso instinto le advertía de otro peligro al frente como el que tenia detrás. Se detuvo a menudo, moviendo lentamente la gran cabeza gris de un lado al otro, las orejas desplegadas como pantallas de radar y sus pequeños y débiles ojos brillando mientras investigaba cautelosamente antes de proseguir. Y de golpe se detuvo una vez mas. Algo en el limite de su campo visual le llamo la atención, algo que brillaba como metal con los oblicuos rayos del sol matutino. Reculo alarmado, y detrás de el toda la manada, contagiada de su temor, retrocedió. El viejo macho se paro a observar el reflejo y lentamente paso el miedo, porque nada se movía excepto por el paso de la brisa a través del bosque, ningún sonido, salvo el susurro en las ramas y el sedante parloteo y zumbido de pájaros e insectos indiferentes a su alrededor. Sin embargo el viejo macho espero, mirando adelante y cuando cambio la luz noto que había otros objetos metálicos idénticos en una línea cruzando delante de el y transfirió su peso de una pata a la otra, emitiendo un suave ronroneo de indecisión en su garganta. Lo que alarmaba al elefante era una fila de carteles de chapa aplicados a los postes plantados en el terreno hacia tanto tiempo ya, que el olor del hombre se había disipado. Sobre cada cartel había un lacónico aviso pintado de rojo que el sol había desteñido al rosa pálido: un cráneo estilizado y tibias cruzadas acompañaban la escritura PELIGRO – CAMPO MINADO. El campo minado se había creado en los años previos por las fuerzas de seguridad del extinto gobierno rhodesiano blanco, para formar un cordón sanitario a lo largo del Zambesi en la tentativa de impedir a los guerrilleros del ZIPRA y del ZANU que penetraran en el territorio del Estado desde sus bases situadas del otro lado del río en Zambia. Millones de minas antipersonales, y de Claymore mas grandes, formaban una franja impenetrable, tan larga y ancha que era imposible limpiarla del todo; el costo de hacerlo le resultaba prohibitivo para el nuevo gobierno negro del país, que ya se debatía en serias dificultades económicas. Mientras el viejo macho vacilaba todavía, el aire se lleno de un sonido ensordecedor, el salvaje sonido de vientos huracanados. Venia desde atrás de la manada, también del sur, y el viejo macho giro para ver de que se trataba. La nueva amenaza que se perfilaba sobre los árboles del bosque podía parecer un grotesco pájaro negro suspendido de un disco brillante. Llenando los cielos de ruido, se abatió sobre la manada tan bajo que el viento del rotor sacudió las ramas de los árboles como un temporal, levantando de la tierra seca una nube de polvo rojo. Empujado por esta nueva amenaza, el viejo macho giro y corrió hacia el frente mas allá de la línea de discos de metal, en el campo minado, seguido por la manada completa presa del pánico. Había recorrido medio centenar de metros cuando la primer mina exploto debajo de el. Como un poderoso hachazo, el dispositivo antipersonal le voló la mitad de la pata posterior derecha. Jirones de carne viva y sangrante le colgaban, mientras en el fondo de la herida se veía blanquear el enorme hueso. En tres patas, el viejo macho avanzo, y la siguiente mina le estallo justo debajo de la pata anterior derecha.

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Esta vez le aplasto el pie hasta el tobillo. El macho barrito de dolor, y no pudiendo apoyarse mas sobre el lado derecho cayo impotente sobre las ancas, mientras a su alrededor la manada invadía el campo minado. El bum-bum de las detonaciones fue intermitente al principio, en el limite del campo minado, pero bien pronto se acelero como un enloquecido solo de tambores. Cada tanto cuatro o cinco minas explotaban simultáneamente, con una detonación fortísima que retumbaba sobre las colinas rocosas creando centenares de ecos. En el fondo, como el conjunto de cuerdas de alguna orquesta diabólica, estaba el ruido sibilante de los rotores del helicóptero, que se elevaba y abatía como un perro pastor para empujar a los elefantes en fuga, de nuevo sobre las minas, volando para cazar y hacer retroceder a un joven elefante que milagrosamente llego ileso a la orilla del río, hasta que una mina exploto destrozándole una pata y la pobre bestia cayo barritando desesperadamente. Ahora las explosiones eran continuas, como un bombardeo naval, y cada explosión levantaba en el aire quieto del valle una alta nube de polvo, de modo que la niebla rojiza cubrió un poco de ese horror. El polvo se arremolinaba a la altura de la copa de los árboles, transformando a los animales en oscuros espectros atormentados iluminados por los relámpagos de las explosiones. Una vieja hembra mutilada en las cuatro patas yacía sobre un costado y, apoyando la cabeza sobre la tierra, trataba de levantarse en vano. Otra se arrastraba sobre la panza, con los miembros posteriores amputados, tratando de proteger con la trompa al pequeño que tenia a su lado, hasta que una mina Claymore le exploto bajo ella y le abrió el pecho por donde aparecieron las costillas como las delgas de un barril, y simultáneamente arrancándole los cuartos traseros al cachorro a su lado. Otros elefantitos, separados de sus madres, daban vueltas barritando entre la nube de polvo, con las orejas aplastadas contra el cráneo por el terror, hasta que alguna mina los despanzurraba proyectando sus miembros. Continuo por un largo tiempo y después las explosiones disminuyeron, tornáronse intermitentes de nuevo, y finalmente de manera gradual cesaron. El helicóptero aterrizo fuera del campo minado. Se apago el motor, las palas del rotor se aquietaron. Ahora el único sonido era el de las bestias mutiladas y moribundas, que gritaban sobre el terreno revuelto bajo los árboles cubiertos de polvo. La compuerta del helicóptero se abrió y un hombre salto ágilmente a tierra. Era un negro, vestido con una campera de Jean desteñida, ala cual se le habían quitado cuidadosamente las mangas, y pantalones de Jean ajustados. En los días de la guerra rhodesiana, la tela de jeans era prácticamente el uniforme de los guerrilleros independentistas. Este calzaba en los pies elaboradas botas de cuero repujadas, de estilo occidental, y en la frente anteojos Polaroid antirreflejos, de aviador, demarco dorado. Estos y la fila de bolígrafos enganchadas en el bolsillo de la campera, eran las insignias que, entre los guerrilleros, distinguían los rangos entre los veteranos. Bajo el brazo derecho llevaba el fusil de asalto AK 47. camino hasta el limite del campo minado y permaneció cinco minutos observando impasible la carnicería que yacía en el bosque. Después se volvió al helicóptero. Detrás de la burbuja de perspex el piloto lo miraba atento, con los auriculares todavía sobre la cabeza encima de su elaborado peinado afro: pero el oficial lo ignoro para concentrarse en el fuselaje de la máquina. Todas las insignias y el numero de identificación habían sido cubiertos cuidadosamente con cintas adhesivas y luego repintadas con pintura negra. En un punto la cinta adhesiva se había despegado, exponiendo un ángulo del numero; el oficial lo volvió a pegar en su lugar con la palma de la mano, inspecciono su trabajo con ojo critico, y después de un instante giro sobre los talones y se fue directo a la sombra del mopani mas cercano. Apoyo el AK 47 contra el tronco, coloco en el suelo un pañuelo para no ensuciarse los pantalones y se sentó contra el árbol. Encendió un cigarrillo con un elegante Dunhill de oro e inspiro profundamente, antes de soltar el humo en volutas entre los gruesos labios oscuros. Después finalmente se sonrío, una sonrisa fría y racional, al pensar en cuantos hombres, cuanto tiempo y cuantas municiones deberían emplearse para matar a trescientos elefantes de manera convencional. « El compañero comisario no ha perdido nada de la astucia de los viejos tiempos de la guerrilla. A que otro podría ocurrírsele un truco así? » Sacudió la cabeza en un gesto de respeto y admiración.

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Termino el cigarrillo y redujo el pucho a polvo entre los dedos, un habito que le había quedado de los viejos tiempos, y cerro los ojos. El terrible coro de gruñidos y chillidos que provenían del campo minado non le impidieron conciliar el sueño, pero fueron las lejanas voces humanas las que lo despertaron al instante. Se levanto con urgencia, instantáneamente alerta, y miro al sol. Era mediodía pasado. Fue al helicóptero a despertar al piloto. « Llegaron. » Tomo el megáfono en el helicóptero y salio afuera a esperar, hasta que el primero de ello salio de entre los árboles y los miro con divertido desprecio. « Babuinos! » murmuro con el desprecio de las personas instruidas por los campesinos, o de un africano por uno de una tribu distinta. Venían en una larga fila, por la senda de los elefantes. Doscientos o trescientos, cubiertos de pieles o de indumentaria occidental andrajosa, los hombres delante y las mujeres atrás. Muchas de ella iban con los senos descubiertos, y algunas eran jóvenes de rostro provocativo y glúteos redondos que se contoneaban líricamente bajo cortas faldas de colas de animales. Al observarlas el oficial en jeans su desprecio se transformo en excitación; quizás tendría tiempo de encargarse de una de ellas mas tarde, pensó, metiéndose una mano en el bolsillo del pantalón. Se alinearon al borde del campo minado, chacoteando y lanzando grititos de alegría, codeándose y señalándose unos a otros las masas de las grandes bestias muertas. El oficial los dejo explayar su alegría. Se habían ganado esa pausa de auto felicitación. Habían pasado ocho días sobre la pista, casi sin descanso, trabajando por turnos como batidores para arriar a los elefantes desde las colinas y empujarlos hasta el campo minado. Mientras esperaba que se calmaran, volvió a considerar el magnetismo personal y la fuerza de carácter que pudo transformar esa caterva de primitivos campesinos analfabetos en un conjunto coordinado y eficiente. La operación completa había sido organizada por un solo hombre. « Un gran hombre », se dijo el oficial, e inmediatamente después se recupero de ese desliz en el culto de la personalidad y se llevo el megáfono a los labios. « Silencio! Quietos! » Comenzó a distribuir el trabajo. Selecciono la cuadrilla de carneadores de entre aquellos armados de hachas o pangas, el machete africano. Encargo a las mujeres preparar los colgaderos para ahumar la carne y construir cestas con cortezas de mopani, ordeno a otras buscar leña para los fuegos. Después volvió a ocuparse de los carneadores. Ninguno de esos salvajes había subido a una aeronave, y el oficial debió usar las punteras de sus botas para inducirlos a hacerlo para dar el corto salto sobre el campo sembrado de minas hasta la osamenta mas cercana. Asomándose por la compuerta, el oficial miro al viejo macho. Aprecio los gruesos colmillos curvados y después vio que la bestia había muerto desangrada durante las horas de espera y le indico al piloto que descendiera. Acerco los labios a la oreja del mas anciano de los negros de la tribu. « Tus pies nunca deben tocar la tierra! Si no mueres! » le grito. El hombre asintió. « Primero los colmillos y después la carne. » El hombre asintió de nuevo. El oficial le palmeo el hombro y el anciano salto sobre el vientre de aquella bestia que ya estaba comenzando a hincharse por el gas de la putrefacción. Ágilmente recupero el equilibrio y en breve fue seguido por el resto de la cuadrilla con el hacha en la mano. A la señal del oficial el helicóptero se elevo como una libélula y de un salto se posiciono sobre la vertical de la siguiente carcasa que mostraba gruesos colmillos bajo los labios. Pero no era una carcasa, este todavía estaba vivo! Dificultosamente se irguió y levanto la cabeza tratando de aferrar con la trompa al revoloteante helicóptero. Desde la carlinga, asomándose asegurado por la cintura, el oficial apunto con el AK 47 y disparo un solo proyectil debajo de la nuca a la altura del hueso del cuello. La hembra cayo yaciendo tan inmóvil como su cachorro junto a ella. Con un gesto el oficial movilizo a la segunda cuadrilla de carneadores. En equilibrio sobre la gigantesca cabeza gris, atentos de no pisar el terreno ni siquiera con la punta del pie, los hombres con las hachas descalzaban los colmillos de sus encastres en el hueso blanco. Era un trabajo delicado, porque un golpe de hacha mal dado, marcando el colmillo podía disminuir drásticamente el valor del marfil. Y ya habían visto al

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oficial de los jeans ajustados quebrarle la mandíbula aun hombre con la culata del AK 47 a uno que se había demorado demasiado en cumplir su orden. Que no le haría a uno que hubiese arruinado un colmillo? Así todos trabajaban con gran atención. A medida que se extraían los colmillos, el helicóptero los recogía y luego transportaba la cuadrilla a la siguiente carcasa. Al caer la noche la mayor parte de los elefantes había muerto o por las graves heridas o por el golpe de gracia con el AK 47, pero los gritos de aquellos que aun no habían recibido el golpe de gracia se mezclaban con los aullidos de los chacales y las jaurías de hienas que había comenzado a reunirse para hacer la noche mas espantosa. Los carneadores con el hacha continuaron trabajando a la luz de reflectores eléctricos, y para las primeras luces de la mañana todo el marfil había sido recogido. Ahora podían dedicarse a la carne, al faenado y desmembramiento de las carcasas. Pero el calor creciente trabajaba mas rápidamente que ellos. El hedor de la carne en putrefacción se mezclaba con el gas de las vísceras rotas y se difundía por el aire llevando al paroxismo de excitación a las hienas y chacales en anticipada glotonería. El helicóptero entretanto transportaba cada trozo carneado al borde del campo minado, donde las mujeres cortaban la carne en tiras y las ahumaban sobre los fuegos de leña verde. Mientras observaba el trabajo, el oficial hacia las cuentas. Era un verdadero pecado no poder llevarse también las pieles. Valían mil dólares cada una, pero eran demasiado voluminosas y no se podía impedir la putrefacción, que las tornaría sin valor alguno. En cambio, una leve putrefacción le daría a la carne mayor precio para el paladar africano, exactamente como los ingleses prefieren las presas un poco pasadas. Quinientas toneladas de carne fresca; el peso disminuiría con la deshidratación, pero igualmente en las cercanas minas de cobre de Zambia, donde se concentraban decenas de miles de trabajadores que debían ser alimentados, todas esas proteínas se vendería literalmente como pan caliente. El precio, ya pactado, era de cuatro dólares el Kilo para la carne simplemente ahumada. El total ascendería a un millón de dólares. Y después, naturalmente estaba el marfil. El marfil había sido acarreado por el helicóptero a un kilómetro de distancia del campo minado, a un sitio solitario entre las colinas. Allí había sido colocado en filas y una selecta cuadrilla se pondría a trabajar quitándoles el gordo filamento nervioso del interior de los colmillos, y a limpiar el marfil de cualquier mancha de sangre y grasa o piel que hubiera podido revelar su procedencia al sensible olfato de cualquier guarda aduanero oriental. Eran en total cuatrocientos colmillos. Algunos procedentes de animales inmaduros pesaban solo unos pocos kilos, pero los del viejo macho, por ejemplo, superaban los cuarenta kilos cada uno, el promedio de todo el lote era de diez kilos. El precio en Hong Kong era de doscientos dólares el kilo, lo que daba un total de ochocientos mil dólares. La ganancia en un día de trabajo seria de mas de un millón de dólares, en un país donde el ingreso promedio anual de cada varón adulto era de menos de seiscientos dólares. Naturalmente la operación tenia también otros pequeños costos. Uno de los carneadores se había resbalado de una carcasa de elefante y había aterrizado con su trasero directamente sobre una mina antipersonal. « Hijo de un babuino loco. » el oficial todavía estaba enojado por la estupidez de ese hombre. Había causado la interrupción del trabajo por casi una hora, el tiempo de recuperar el cuerpo y sepultarlo. Otro trabajador había perdido un pie debido a un golpe de hacha; y otra docena tenían cortes menores con las pangas. Y otro había muerto de un disparo de AK 47 en la panza durante la noche cuando había puesto objeciones a lo que el oficial le hacia a su joven mujer entre los matorrales mas allá de los colgaderos para ahumar la carne. Pero en comparación con la ganancia los costos eran insignificantes. El compañero comisario quedaría satisfecho, y con buena razón. Era la mañana del tercer día cuando la cuadrilla del marfil termino su trabajo con la completa satisfacción del oficial. Se los envío a ayudar en la operación de ahumado, dejando desierto el marfil almacenado a cielo abierto. No debía haber testigos para descubrir la identidad de la importante visita que vendría ahora a inspeccionar el botín.

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Llego en el helicóptero. El oficial estaba parado en posición de firme junto a las largas filas de brillante marfil. El viento del rotor le sacudió las ropas, pero el se mantuvo rígidamente en la posición. La maquina aterrizo y una imponente figura descendió. Un hombre elegante, derecho y fuerte, de dentadura blanquísima de dientes cuadrados que contrastaban con el caoba oscuro de su cara, de apretado pelo motoso africano cortado casi a ras del bien contorneado cráneo. Vestía un costoso traje gris perla de corte italiano sobre una camisa blanca y una corbata azul oscuro. Los zapatos negros de cuero eran hechos a mano. Extendió la mano al oficial. Inmediatamente el hombre joven abandono su digna postura y corrió hacia el como corre un niño hacia su padre. « Compañero comisario! » « No! No! » corrigió amablemente el oficial, siempre sonriendo. « No mas compañero comisario, sino compañero ministro ahora! No mas el líder de una manada de piojosos guerrilleros en el bosque, sino un miembro del gobierno de un Estado soberano. » El ministro se permitió una sonrisa al admirar la fila de colmillos relucientes al sol. « Y la mas exitosa cacería furtiva de marfil de todas las épocas, no es cierto? » Craig Mellow se estremeció cuando el taxi agarro otro bache en la superficie de la Quinta Avenida justo frente a la entrada de Bergdorf Goodman. Como tantos otros taxis de New York, también este tenia una suspensión mas adaptada a un tanque Sherman. « He viajado mas cómodo cuando atravesé la depresión de Mbabwe en un Land Rover », se dijo Craig, y tuvo un repentino sobresalto de nostalgia pensando en esa carretera accidentada y tortuosa que atravesaba la tierra inhóspita al sur del río Chobe, ese verde y ancho tributario del gran Zambesi. Todo eso estaba tan lejano y hacia tanto tiempo, y dejo los recuerdos a un lado y volvió a sumergirse en el sentimiento de inferioridad que sentía al tener que conducirse en un taxi a un almuerzo de trabajo con su editor; un taxi, hubo un tiempo en que ellos le enviaban una limusina con chofer y el destino era el Four Season o La Grenouille,no una miserable trattoria italiana del Village. Los Editores hacían esas sutiles protestas cuando un escritor no producía nada desde hacia tres años, y pasaba mas tiempo dándole ordenes a su agente de bolsa y pasándosela en Studio 54 que junto a la máquina de escribir. « Bueno, imagino que me lo merezco », se dijo Craig con una mueca, buscando un cigarrillo y luego deteniéndose al acordarse que había dejado de fumar. En cambio se saco de la frente el grueso mechón de pelo negro y miro las caras de la multitud de peatones marchando en las veredas. Hubo una época en que encontraba estimulante el trafago de la metrópolis después del silencio de la jungla africana; hasta las sórdidas fachadas y los carteles de neón sobre las calles sucias habían sido diferentes e intrigantes. Pero ahora se sentía sofocado y claustrofóbico, y añoraba echar una mirada a un cielo abierto mas que a esa estrecha cinta que se mostraba entre las altas cimas de los rascacielos. El taxi frenó de golpe, interrumpiendo sus pensamientos, el taxista murmuró sin darse vuelta; « Décimo sexta ». Craig saco un billete de diez dólares y lo introdujo en la ranura de pantalla de perspex blindado que protegía al conductor de sus pasajeros. « Tenga », le dijo y descendió a la vereda. Vio enseguida al restaurante, una concentración de los peores lugares comunes (botellas de Chianti en la vitrina con cubierta de paja) del « típico » italiano. Craig cruzo la vereda, se movía tranquilamente, sin la mas minima traza de renguera; así que nadie que hubiera estado observándolo, podría sospechar de su invalidez. Contrariamente a lo que temía, el interior del restaurante estaba fresco y limpio, y el olor de la comida abría el apetito. Ashe Levy se levanto desde una mesita en el fondo de la sala y lo saludo llamándolo. « Craig, baby! » Le puso un brazo sobre los hombros y le palmeo la majilla en un gesto paternal. « Pero que bien luces, viejo sabueso! » Ashe cultivaba su peculiar estilo ecléctico. Llevaba el pelo cortado como cepillo y los anteojos con marcos de oro. Tenia camisa a rayas pero con el cuello blanco, gemelos de platino hacían juego con el sujetador de las corbata y zapatos marrones con una guarda de pequeñas perforaciones en las punteras. El saco era de

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cachemira, con solapas angostas. Sus ojos muy pálidos, y nunca miraban directamente a los de su interlocutor, sino a un punto a unos centímetros a la izquierda o a la derecha. Craig sabia que el fumaba mariguana, solo la mejor Tijuana Gold. « Lindo lugarcito, Ashe. Como hiciste para encontrarlo? » « Me aburrí del Seasons », sonrío Ashe, astuto, estaba complacido que ese gesto de desaprobación se hubiera notado. « Craig, quiero presentarte a una dama de gran talento. » Se había sentado bien atrás en las sombras, en el fondo del compartimento, pero ahora se inclino adelantándose y le ofreció la mano. La lámpara le ilumino la mano; así que fue esta la primera impresión que Craig tuvo de ella. Era una mano elegante, de dedos de artista, y si bien las uñas estaban recortadas y sin esmalte, no denotaban una sofisticación particular, la piel tenia un bronceado dorado con prominentes venas aristocráticas trasparentándose azules debajo de la misma. Los huesos eran finos, pero había callosidades en la base de esos largos dedos rectos. Era una mano habituada al trabajo duro. Craig la tomo y sintió toda su fortaleza, y la suavidad de la piel seca y fresca del dorso y la rugosidad de la palma. Y la miro a la cara. Tenia gruesas cejas negras que se extendían en una curva continua desde un ángulo del ojo al otro. Y los ojos, aun es esa escasa luz, eran verdes con manchitas doradas en el borde del iris. La mirada era directa y cándida. « Sally-Anne Jay », dijo Ashe. « El es Craig Mellow. » Su nariz era recta pero ligeramente grande, y la boca demasiado grande para ser hermosa. El espeso pelo oscuro lo llevaba peinado hacia atrás despejando la ancha frente. El rostro lo tenia bronceado como sus manos y tenia un fino moteado de pecas en las mejillas. « He leído su libro », dijo la muchacha. Su voz era firme y clara, el acento medio-atlántico, pero solo cuando escucho su timbre, se dio cuenta Craig de lo joven que era. « Pienso que merece todo el éxito que ha tenido. » « Un cumplido o una bofetada? » pregunto tratando que sonara ligeramente despreocupado; pero se encontró deseando fervientemente que ella no fuese una de esas que intentaban demostrar lo refinado de sus gustos literarios, denigrando el trabajo de un escritor popular en su cara. « No, no, me ha gustado también a mi », precisó la muchacha, y Craig se sintió absurdamente complacido, aunque eso parecía ser el cierre de ese tema en lo que a ella concernía. Para demostrarle su propio placer Craig le estrecho un poco mas fuerte la mano y la retuvo un instante mas de lo necesario, hasta que ella la retiro y la coloco con firmeza sobre la falda. Entonces, ella no era una cazadora de cueros cabelludos, una buscona. De todos modos. Pensó para si, estaba aburrido de esas fanáticas literarias que trataban de llevárselo a la cama. « Veamos si podemos hacer que Ashe pague los tragos », sugirió, y se metió en el compartimento sentándose frente a ella. Ashe hizo la usual escena sobre la lista de vinos, pero termino por ordenar un Frascati de diez dólares. « Frutado », dictamino después de haberlo probado con mas gestos que un sommelier. « Fresco y húmedo », sentencio Craig, y Ashe sonrío también. Ambos recordaron el Corton Charlemagne del '70 que habían bebido la ultima vez. « Mas tarde llegara otro huésped », le dijo Ashe al mozo. « Ordenaremos cuando venga. » Y se volvió hacia Craig: « Quisiera que Sally-Anne te mostrase algo de su trabajo ». « Veamos », invitó Craig, poniéndose inmediatamente a la defensiva otra vez. Aunque esta era una historia vieja. El mundo pululaba de gente que quería aprovecharlo... Aquellos que tenían una novela sin publicar, aquellos que deseaban administrarle las suculentas royalties, aquellos que estaban graciosamente dispuestos a permitirle escribir la historia de sus vidas dividiendo las ganancias al cincuenta por ciento, aquellos que querían venderle un seguro, o un paraíso en los Mares de Sur, aquellos que querían encargarle que escribiera guiones cinematográficos a cambio de un pequeño anticipo y un porcentaje todavía mas pequeño sobre las futuras ganancias, toda clase de parásitos que se agrupaban alrededor de la presa del león como hienas. Sally-Anne levanto una carpeta portafolio del suelo junto a ella y la colocó sobre la mesa frente a Craig. Mientre Ashe ajustaba la luz del reservado para iluminarla, Sally-Anne desato las cintas que cerraban la carpeta y volvió a sentarse.

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Craig abrió la tapa y se quedo inmóvil. Sintió la piel de gallina formársele sobre los antebrazos, y parársele el cabello sobre la nuca; era su reacción a la grandeza, a cualquier cosa perfectamente bella. Había un Gauguin en el museo Metropolitano en el Central Park; una Madonna polinesia llevando a Jesús niño sobre el hombro. Le había puesto la piel de gallina y erizarse los vellos sobre la nuca, había pasajes de poesía de T.S. Eliot y de prosa de Lawrence Durrell que le hacían erizar el vello cada vez que los Leia. La overtura de la Quinta Sinfonía de Beethoven, esos increíbles saltos de Nureyev, y el modo como Vilas y Borg golpeaban la pelota en sus buenos tiempos... Esas cosas lo hacían erizarse, y ahora esta muchacha también le provocaba eso! Era una fotografía. La terminación era de grano fino, cada detalle era nítido. Los colores claros y perfectamente reales. Era la foto de un elefante, un viejo macho. Miraba a la cámara con la característica actitud de alarma: con las orejas desplegadas como negras banderas. De algún modo, retrataba la total vastedad y eternidad de un continente, no obstante se mantenía en guardia, y uno notaba que con toda su gran fortaleza era impotente, confundido por cosas que estaban mas allá de su experiencia y de la memoria ancestral de su raza y que estaba abrumado por el cambio como la misma África. Con el elefante, la foto mostraba el África, la rica tierra roja desgarrada por el viento, abrasada por el sol, arruinada por la sequía. Craig casi podía percibir el sabor del polvo en la lengua. Y luego, cubriéndolo todo, el cielo ilimitado, conteniendo la promesa de socorro: Los plateados cumulonimbos apilados como una cordillera nevada, coloreado de púrpura y azul real, atravesado por un solo rayo de luz desde un solo oculto que caía sobre el viejo macho como una bendición. Ella había capturado el significado y el misterio de su tierra nativa en la centésima de segundo de la exposición, mientras que el había trabajado por largos difíciles meses sin llegar ni siquiera a aproximarse a eso y reconociendo secretamente su fracaso, temía intentarlo de nuevo. Tomo un traguito del insípido vino que le ofrecieron como un reproche por su crisis de confianza en su propia capacidad, y ahora el vino tenia un regusto amargo que no había percibido antes. « De donde es usted? » le pregunto a la muchacha sin mirarla. « De Denver, Colorado », respondió. « Pero mi padre estuvo en la embajada de Londres muchos años. Yo estudie en Inglaterra. » Por eso su acento. « Fui al África a los dieciocho años, y me enamore de ella enseguida », completo simplemente la historia de su vida. Craig tuvo que hacer un esfuerzo para tocar la fotografía y darla vuelta con delicadeza. La siguiente era la de una joven mujer sentada en una negra roca de lava junto a un pozo de agua en el desierto. Usaba el distintivo tocado de cuero de orejas de conejo de la tribu ovahimba. Su hijo parado junto a ella se alimentaba del pecho desnudo. La piel de la mujer estaba brillante de grasa y pintura ocre. Los ojos eran los de un fresco en la tumba de un Faraón, y era hermosa. « Denver, Colorado! Que tal! » pensó Craig, y se sorprendió de su propia amargura y de la profundidad de su repentino resentimiento. Como osaba una maldita muchachita extranjera encapsular tan magistralmente el complejo espíritu de un pueblo, en ese retrato de una joven mujer? El había pasado toda la vida con ellos y sin embargo nunca había visto a un africano con tanta claridad como en ese momento, en un restaurante italiano del Greenwich Village! Dio vuelta la fotografía con contenida violencia. Debajo había una foto de la magnifica corola, marrón y oro, de una kigelia africana abierta, la flor favorita de Craig. En las lustrosas profundidades de la flor anidaba un diminuto escarabajo como una esmeralda preciosa, de un brillante verde iridiscente. Era un arreglo perfecto de forma y color, y sintió que la odiaba por eso. Había muchas otras. Una de un soldado sonriente con el AK 47 al hombro y un collar de orejas humanas momificadas alrededor del cuello, una caricatura de salvajismo y arrogancia; otra de un arrugado hechicero con colgantes de cuernos, cuentas y cráneos y todos los macabros abalorios de su especialidad, su paciente extendido sobre el desnudo suelo polvoriento ante el en el proceso de ser sangrada crudamente, la sangre formando brillantes serpientes oscuras sobre su piel negra. La paciente era una mujer joven, con marcas tatuadas en los senos, mejillas y frente. Los dientes le habían sido limados en punta como los de un tiburón, una reliquia de las épocas de canibalismo, y sus ojos como los de un animal sufriente parecían llenos con todo el estoicismo y paciencia de África. Luego había otra fotografía contrastante de un niño africano en un salón de clase de postes y burdo techo de paja. Compartían una pizarra cada tres, pero todas las manos estaban

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levantadas ansiosas a las preguntas del joven maestro negro y todas las caras encendidas por el ardiente deseo de saber, todo estaba allí, un registro completo de esperanza y desesperación, de abyecta pobreza y grandes riquezas, de salvajismo y ternura, de implacables elementos y rebosante fecundidad, de dolor y gentileza. Craig no pudo mirarla a ella de nuevo, y continuo hojeando lentamente las rígidas y brillantes láminas saboreando cada imagen y demorando el momento en que debería enfrentar a la autora. Craig se interrumpió de golpe, impresionado por una composición particularmente sensacional. Se trataba de un campo de huesos blanqueados. Había usado el blanco y negro para aumentar el efecto dramático y los huesos centellaban en el brillante sol africano hectáreas de huesos, grandes fémures y tibias, blanqueados como madera de resaca, enormes costillares como estructuras de veleros varados, cráneos del tamaño de barriles de cerveza con oscuras cavidades de orbitas vacías. Craig pensó en los legendarios cementerios de los elefantes, el mito de los viejos cazadores del lugar secreto donde los elefantes se retiran para morir. « Cazadores furtivos », dijo la muchacha. « Doscientos ochenta y seis osamentas. » Craig levanto la vista ahora, sorprendido por la cifra. « De una sola vez? » pregunto, y ella asintió. « Los arriaron hacia uno de los viejos campos minados. » Involuntariamente Craig se estremeció y volvió a mirar la foto. Bajo la mesa, corrió la mano derecha por su muslo hasta que encontró la correa que sostenía su pierna ortopédica y sintió una conmovedora simpatía por la suerte de esos grandes paquidermos. Recordó su propio campo minado, y sintió de nuevo el violento impacto de la explosión sobre el pie, como si hubiese sido golpeado por una gran maza. « Lo lamento », dijo suavemente la muchacha. « Su pierna... lo se. » « Se nota que ha hecho los deberes, eh? » dijo Ashe. « Cállate », pensó Craig furioso. « Porque no se callan ustedes dos. » Odiaba que alguien mencionara su pierna. Si de verdad la muchacha se había informado previamente sobre el, tendría que haberlo sabido... pero no era solo la mención de su pierna. Era también por los elefantes. Una vez Craig había trabajado como guarda fauna del ministerio para la Conservación de la Fauna. Conocía a los elefantes y había terminado por quererlos, y la evidencia de la masacre lo ponía mal. Estaba horrorizado. Eso aumento su resentimiento por la muchacha. Era ella quien le había infligido aquella visión, y ahora quería vengarse; una urgencia infantil por la represalia. Pero antes que pudiera satisfacerlo llego el último huésped, que Ashe se puso a presentar con mucha verborragia. « Craig, quiero presentarte a un tipo verdaderamente especial. » Todas las presentaciones de Ashe contenían una especie de faceta publicitaria. « Este es Henry Pickering, Henry es el vicepresidente del World Bank. Presta atención y escucharas el rumor de todos esos millones de dólares que se agitan en su cabeza. Henry, este es Craig Mellow, nuestro niño prodigio. Es uno de los mejores escritores que ha producido el África, sin excluir a Karen Blixen. Eso es lo que es! » « He leído su libro », asintió Henry. Era muy alto y delgado, prematuramente calvo. Vestía un traje oscuro de banquero y una camisa blanca; con un pequeño toque de color personal en la corbata y brillantes ojos celestes. « Por una vez, Ashe, no exageraste! » Beso platónicamente la mejilla de Sally-Anne, se sentó, probo el vino que Ashe le había servido y empujo la copa una pulgada hacia atrás. Craig se vio sorprendido por su estilo. « Usted que piensa? » le pregunto Henry Pickering a Craig, señalando con la mirada a la carpeta de fotografías abierta. « Le gustaron a rabiar, Henry », intervino con rapidez Ashe Levy. « Se volvió loco... quisiera que hubieses visto su cara cuando le dio el primer vistazo... Como loco le gustaron, como loco! » « Bueno », le dijo en voz baja Henry, observando la cara de Craig. « ya le has explicado el plan? » « Quiero servírselo bien caliente », sacudió la cabeza Ashe Levy negando. « Preferí esperarte. » Se volvió a Craig. « Se trata de un libro », dijo. « El titulo será El África de Craig Mellow. Tu escribirás sobre el África de tus ancestros, de lo que era y en lo que se ha convertido. Volverás la pasado y te introducirás en la realidad palpitante... Hablas con la gente y... »

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« Perdóname », lo interrumpió Henry. « Entiendo que usted habla una de las dos lenguas principales... el Sindebele, no es de Zimbabwe? » « Con fluidez », respondió Ashe por Craig. « Como uno de ellos. » « Bueno », asintió Henry. « Es cierto que tiene muchos amigos, algunos en los cargos superiores del gobierno actual? » Ashe se entrometió de nuevo. « Y como no! Algunos de sus compinches son ministros en el gobierno de Zimbabwe. No se puede ascender mucho mas. » Craig bajo la vista sobre la foto del cementerio de elefantes. « Zimbabwe »: todavía no se había acostumbrado al nuevo nombre que le habían elegido los vencedores negros. Para el todavía era Rhodesia. Esa era la patria de sus ancestros, que la habían sacado de la barbarie con el hacha y con la ametralladora Maxim. La tierra de ellos, como en un tiempo la suya... y, como quiera que se llamase, siempre su patria. « Será un trabajo de primera calidad, Craig, sin fijarse en gastos. Puedes ir a donde te plazca, hablar con quien quieras, el World Bank... Pagara todo... » Ashe Levy galopaba, entusiasmado, y Craig miro a Henry Pickering. « El World Bank una editorial? » pregunto sardónicamente Craig. Y cuando Ashe Levy estaba por responder, Henry Pickering le puso una mano sobre el brazo para acallarlo. « Hablare un poco yo, Ashe », dijo. Había advertido el humor de Craig, su tono era amable y calmado. « La parte principal de nuestra actividad consiste en prestamos a los países subdesarrollados. Hemos invertido casi mil millones de dólares en Zimbabwe, y queremos proteger la inversión. Piénselo como un proyecto, queremos que el mundo sepa del pequeño estado africano, que queremos transformar en un ejemplo de como un gobierno negro puede alcanzar el éxito. Pensamos que su libro podría darnos una mano en eso. » « Y estas? » Craig toco la pila de fotografías. « Queremos que el libro tenga un impacto visual, además de intelectual. Pensamos que Sally-Anne podrá aportar eso. » Craig quedo inmóvil por varios segundos, sintiendo el terror reptar profundo en su interior, como un reptil repugnante. El terror del fracaso. Luego pensó en tener que competir con aquellas tremendas fotografías, de tener que producir un texto que no fuese devorado por las impresionantes vistas a través del lente de esa muchacha. Estaba en riesgo su reputación, mientras que ella no tenia nada que perder. Las probabilidades estaban todas con ella; no era una aliada sino una adversaria, y todo el resentimiento volvió en plenitud, tan intenso que fue casi una especie de odio. Ella estaba inclinada hacia el a través de la mesa; la luz iluminando sus largas pestañas y enmarcando esos verdes ojos. Su boca temblando de ansiedad, y sobre el labio inferior, como una diminuta perla, brillaba una gotita de saliva. Aun en su estado de rabia y temor, Craig se pregunto como seria besar esa boca. « Craig », dijo ella, « puedo hacerlo todavía mejor si me da una oportunidad. Y lo haré seguramente si usted me da esta posibilidad. Por favor! » « Le gustan los elefantes? » le preguntó Craig. « Le contare una historia de elefantes. Había un viejo elefante macho que tenia una pulga en la oreja izquierda. Un día el elefante cruzo un puente en mal estado. Cuando llego al otro extremo, la pulga grito; Lo hicimos sacudir!' » Sally-Anne cerro los labios lentamente y palideció. Parpadeo, las negras pestañas aleteando como mariposas, y cuando las lagrimas le asomaron se aparto de la luz de la lámpara. Hubo un silencio, y durante el mismo Craig sintió remordimientos. Se sentía disgustado por su propia mezquindad y sadismo. Había esperado que ella fuese una mujer dura y combativa, capaz de responderle con la misma dureza. No esperaba lágrimas. Quería consolarla, decirle que no había hablado en serio; quería explicarle su propio miedo e inseguridad, pero ella ya estaba recogiendo las fotos en su portafolios. « Partes de su libro eran tan comprensivas, tan compasivas. Yo quería desesperadamente trabajar con usted », dijo suavemente la muchacha. « Pero supongo que fui una tonta al creer que usted seria como su libro. » Miro a Ashe. « Lo lamento, Ashe, perdí el apetito. » Ashe Levy se levanto rápidamente. « Tomaremos un taxi juntos », dijo. Y luego despacio a Craig: « Felicitaciones, héroe, llámame cuando tengas listo el nuevo guión », Siguió rápidamente a Sally-Anne. Mientras atravesaba la salida, Craig le vio la silueta de las piernas bajo la pollera. Eran largas y bellas. Un instante mas tarde había desaparecido.

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Henry Pickering jugueteaba con su copa, estudiando pensativamente el vino que contenía. « Es meada pasteurizada de cabra romana », dijo Craig, sintiendo que tenia la voz insegura. Le hizo señas al sommelier y le ordeno un Meursault. « Ese es mejor », comento Henry. « Bueno, quizás lo del libro no fue una gran idea después de todo, no? » Miro la hora. « Mejor ordenemos. » Hablaron de otros temas; el default de México, la evaluación de la gestión de la presidencia de Reagan, el precio del oro. Henry dijo que la plata tenia tendencia de volver a ascender mas rápidamente, y que muy pronto, en su opinión, los diamantes recuperarían valor. « Hoy yo compraría acciones de la De Beers », aconsejo. Una esbelta rubia joven se aproximo desde una de las otras mesas mientras estaban tomando el café. « Usted es Craig Mellow », lo apostrofó. « Lo vi. en la tele. Me gusto mucho su libro. Por favor me da un autógrafo? » Mientras Craig firmaba una copia del menú, la muchacha se inclino y le aplasto una tetita dura y caliente contra su espalda. « Trabajo en Saks sobre la Quinta, en el puesto de cosméticos », susurró. « Me puede encontrar allí cuando lo desee. » El aroma de caros perfumes, rapiñados, perduro después que se fue. « Siempre las manda a pasear? » pregunto Henry melancólico. « El hombre es de carne y sangre », se rió Craig, y Henry insistió en pagar la cuenta. « Afuera tengo la limosina », dijo. « Puedo llevarlo. » « Prefiero caminar para bajar la pasta », replicó Craig. « Sabe, Craig, creo que finalmente terminara por volver al África. He visto como miro aquellas fotos; como un hambriento. » « Es posible. » « El libro, nuestro interés en el; había mas en ello de lo que Ashe entendió. Usted conoce a los jerarcas negros de allí. Es eso lo que me interesa. Las ideas que expresó en su libro coinciden con lo que nosotros pensamos. Si decide volver allá, llámeme primero, Usted y yo podemos intercambiar favores. » Henry subió al asiento trasero del Cadillac negro, y luego, con la portezuela aun abierta dijo; « Pienso que esas fotos eran bastante buenas realmente ». Cerró la puerta y le hizo una seña al chofer y el auto partió. El Bawu estaba amarrado entre dos nuevos yates comerciales fabricados en serie, un Camper and Nicholson de catorce metros y un Hatteras convertible, y salía bien librado en la comparación, aunque ya tenia casi cinco años. Craig le había puesto cada tornillo con sus propias manos. Se paro en la puerta de la banquina a mirarlos, pero hoy sus líneas no le proporcionaban tanta satisfacción como otras veces. Lo llamaron de la oficina. « Hubo un par de llamadas para usted, Craig », dijo la empleada. « puede usar este teléfono si quiere. » Miro las notitas que ella le alcanzaba. Una era de su agente de bolsa, marcada « urgente », y la otra de un editor literario de un diario del medio oeste. No había tenido muchos de esos mensajes últimamente. Primero telefoneo al agente de Bolsa. Habían vendido los certificados de oro Mocatta que el había comprado por trescientos veinte dólares la onza, a quinientos dos dólares. Les dio instrucciones para que pusieran el dinero en una cuenta corriente. Después llamó al otro número. Mientras esperaba la conexión, la muchacha detrás del escritorio comenzó a moverse mas de lo que era realmente necesario, inclinándose a recoger cualquier cosa de los cajones mas bajos del archivo de manera de ofrecerle a Craig una buena vista de lo que tenia debajo de los blancos bermudas y el escote de la remera rosa. El editor respondió. Quería saber cuando salía su nuevo libro. « Que libro? » pensó amargamente Craig, pero respondió; « No sabemos todavía con precisión la fecha, pero estamos trabajando »,dijo. « Quiere que le de una entrevista mientras tanto? » « Gracias, pero esperaremos la publicación, señor Mellow. » « Larga espera mi querido », pensó Craig, y cuando colgó la chica lo miraba con una sonrisa luminosa. « La fiesta es en el Firewater esta noche. » Todas las noches del año había una fiesta sobre uno u otro yate. « Usted va? »

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Craig miro a la muchacha. Tenia un estomago plano entre los shorts y el top, sin los anteojos podía verse bastante bonita y que diablos, acababa de hacerse de un cuarto de millón de dólares con los certificados de oro y pasar por tonto en la mesa del restaurante. « Prefiero hacer una fiesta personal a bordo del Bawu », dijo. « Para dos. » Había sido una buena y paciente muchacha, y había llegado su momento. El rostro de ella se ilumino y Craig vio que había acertado. Realmente era bastante hermosa. « Termino aquí a las cinco. « Lo se », dijo el. « Ven enseguida. » « Haciendo llorar a una y poniendo contenta a otra », pensó. Debería sentirse bien, pero naturalmente no fue así. Craig yacía sobre la espalda, cubierto con una sábana, sobre la ancha cucheta, con ambas manos tras la nuca escuchando los ruiditos de la noche; el crujir del timón entre sus topes, el golpeteo de una driza contra el mástil y las bofetadas de las olitas contra el casco. En el lado opuesto de la dársena la fiesta a bordo del Firewater estaba todavía en pleno apogeo; hubo un leve chapoteo y una distante explosión de risas de borrachos cuando arrojaron a alguien sobre la borda al agua. A su lado la muchacha dormía respirando suavemente. Se había mostrado ansiosa y muy experta, pero no obstante Craig continuaba nervioso e insomne. Tenia deseos de subir al puente, pero eso hubiera despertado a la muchacha y sabia que todavía estaría deseosa y el ya no podía mas. Así que permaneció acostado permitiendo que las imágenes del portafolio de Sally-Anne, corrieran por su cabeza como en una linterna mágica; y estas le hicieron evocar otras que hacia mucho yacían dormidas pero ahora volvieron frescas y vívidas, acompañadas por los olores y sabores y sonidos del África. De modo que en vez de las risotadas de los juerguistas del yate, escucho nuevamente el latido de los tambores nativos a lo largo del río Chobe en la noche; en lugar de las amargas aguas del río del Este olfateo la tropicales gotas de lluvia sobre la tierra calcinada, y comenzó a padecer con la agridulce melancolía de la nostalgia y no pudo dormir mas aquella noche. La muchacha insistió en prepararle el desayuno. No lo hizo con la misma habilidad con que hacia el amor, y después que bajo al muelle le tomo casi una hora limpiar la cocina. Después fue a la cabina. Corrió las cortinas para que el movimiento sobre la banquina no lo distrajese y se sentó en el escritorio poniéndose a trabajar. Volvió a leer el ultimo lote de diez páginas, y se dio cuenta que con suerte podría salvar dos. Puso manos a la obra, pero los personajes se resistían y decían trilladas estupideces. Después de una hora de dio vuelta para tomar el diccionario de sinónimos del estante detrás del escritorio para buscar una palabra alternativa. « Por Dios, hasta yo se que la gente no dice 'pusilánime' en una conversación común y corriente », murmuro abriendo el volumen. Y después se detuvo al ver una delgada hoja de papel de cartas plegada salio revoloteando de entre las páginas. Secretamente contento de poder tomarse unos instantes de tregua, la desplegó y con un poco de sorpresa descubrió que era una carta de una chica llamada Janina, una que había compartido con el las agonías de sus heridas de guerra, que había transitado con el la larga y lenta senda de la recuperación, había estado a su lado cuando caminó de nuevo por primera vez después de perder la pierna, que lo había acompañado en el timón cuando, a bordo del Bawu, habían encontrado la primera borrasca atlántica. Era una muchacha que había amado y estuvo a punto de desposarla, pero ahora tenia gran dificultad en recordar su cara. Janina le había escrito aquella carta desde su casa en Yorkshire, tres días antes de casarse con el veterinario que era socio minoritario en el consultorio de su padre. Releyó lentamente la carta, todas las diez páginas de la misma, y se dio cuenta del porque de haberla ocultado de si mismo. Janina era amarga solo en parte, pero alguna de las otras cosas que escribió, cortaban profundamente. « ... Has sido un fracaso durante tanto tiempo y tan a menudo que tu repentino éxito se te subió a la cabeza... » Se detuvo ante la afirmación. Que otra cosa había logrado aparte del libro, aquel único libro? Y ella le había dado la respuesta. « ... Eras tan inocente y gentil, Craig, tan amable a tu manera de muchachito torpe. Por eso quería vivir contigo, pero después que dejamos África, eso se seco lentamente, comenzaste a ser duro y cínico...

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« ... Recuerdas nuestro primer encuentro, o uno de los primeros, cuando te dije: Eres un chiquillo malcriado que renuncias a todo lo que vale la pena?... Bueno, es verdad, Craig. Renunciaste a nuestra relación. No hablo solo de las otras, las muñecas, la cazadoras de cabezas literarias, sin elástico en la bombacha; quiero decir que renunciaste al cariño. Permíteme darte un consejito gratis: no renuncies a lo único que has hecho bien, no dejes de escribir, Craig. Seria un verdadero pecado.... » Recordó con que soberbia se había mofado de ese concepto cuando lo leyó la primera vez. No lo tomó a la ligera ahora; tenia mucho miedo. Le estaba ocurriendo tal y cual ella lo había predicho. « Yo llegue a amarte verdaderamente, Craig, no de inmediato, pero poquito a poco. Tuviste que esforzarte mucho para destruir eso. Ya no te amo mas, Craig. Dudo que alguna vez ame a otro hombre, ni siquiera al que me desposará el sábado; pero tu me agradas, y me agradaras siempre. Te deseo lo mejor, pero cuídate de tu enemigo mas implacable: tu mismo. » Craig volvió a plegar la carta y tuvo ganas de beber un trago. Fue a la cocina y se sirvió un Bacardí, una buena dosis con poco jugo de lima. Bebiéndolo releyó la carta y esta vez una sola frase lo impresionó: « ... Después que abandonamos África pareció secarse en tu interior... La comprensión, la genialidad... » « Sí », susurró. « Me seque. Todo se secó adentro. » Repentinamente su nostalgia se transformó en un dolor insoportable de añoranza por su hogar. Había perdido el rumbo, la fuente en su interior se había agotado y deseaba volver al manantial. Rasgó la carta en pequeños trozos y los arrojo a las turbias aguas del puerto, dejo el vaso y descendió por la pasarela a la banquina. No quería volver a ver a la muchacha de la oficina, así que telefoneo usando la cabina publica junto a la entrada del puerto. Fue mas simple de lo que esperaba. La chica del conmutador lo paso enseguida con la secretaria de Henry Pickering. « No estoy segura de que el señor Pickering este disponible. Quien habla, por favor? » « Craig Mellow. » Pickering respondió casi inmediatamente. « Hay un viejo proverbio de los Matabeles que dicen: 'El que bebió en las aguas del Zambesi deberá volver a beberlas' », dijo Craig. « Así que esta sediento », dijo Pickering. « Ya me parecía. » « Me dijo que lo llamara, antes de volver allá. » « Si, venga a visitarme. » « Hoy? » pregunto Craig. « Eh, que urgencia, jovencito! Déjeme que consulte un poco mi agenda... Que le parece a las seis esta tarde? Es el primer hueco que tengo. » La oficina de Henry estaba en el piso veintisiete y las altas ventanas enfrentaban los profundos cañones de las avenidas hacia las verdes expansiones del Central Park en la distancia. Henry le sirvió a Craig un whisky con soda y lo llevo a la ventana. Se pararon allí a mirar las entrañas de la ciudad bebiendo en silencio, mientras el gran disco rojo del sol lanzaba inquietantes sombras en el crepúsculo púrpura. « Creo que ya es tiempo de hablar claro », dijo finalmente Craig. « Dígame que quiere realmente de mi. » « Quizás tenga razón », admitió el banquero. « El libro no fue mas que un pequeño pretexto. Aunque personalmente me hubiera gustado ver su texto junto a aquellas hermosas fotografías... » Craig hizo un pequeño gesto de impaciencia y Henry prosiguió. « Yo soy el vicepresidente a cargo de la división africana. » « Leí su cargo sobre la puerta », asintió Craig. « Contrariamente a lo que nuestros críticos dicen, nosotros no somos una institución de beneficencia, sino un baluarte del capitalismo. África es un continente de Estados económicamente frágiles. Con la obvia excepción de Sudáfrica y de los países productores de petróleo al norte, se trata sustancialmente de sociedades agrícolas de pura subsistencia, sin una estructura industrial y con poquísimos recursos minerales. » Craig asintió nuevamente. « Algunos de aquellos que han logrado la reciente independencia del viejo sistema colonial, todavía se están beneficiando de la infraestructura creada por los colonizadores blancos, mientras que gran parte de los otros - por ejemplo Zambia, Tanzania y Maputo – por ejemplo, ya han caído desde hace largo tiempo en el caos

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del letargo y las fantasías ideológicas. Será difícil salvarlos. » Henry sacudió tristemente la cabeza y se pareció aun mas a un empresario de pompas fúnebres. « Pero con otros países como Zimbabwe, Kenya y Malawi, tenemos una buena oportunidad: el sistema todavía funciona. Y aun los establecimientos rurales no han sido totalmente diezmados, y entregados a hordas de campesinos abusadores, el ferrocarril funciona, y hay alguna ganancia en el balance comercial por las exportaciones de cobre y cromo y el turismo. Con un poco de suerte podemos mantenerlas funcionando. » « Y porque molestarse? » preguntó Craig. « No me acaba de decir que el World Bank no es una institución de beneficencia? Porque molestarse » « Porque si no los alimentamos, tarde o temprano tendremos que combatirlos, tan simple como eso. Si comienzan a morir de hambre, adivine en cuales grandes garras rojas terminaran por caer? » « Entiendo. Tiene mucho sentido », dijo Craig bebiéndose el whisky. « Volviendo a la realidad por un momento », prosiguió Henry, « los países en nuestra corta lista tienen un bien explotable: nada tangible como el oro, pero mucho mas preciado. Atraen a turistas occidentales. Si alguna vez vamos a ver algún interés en los billones que hemos invertido en ellos, conviene asegurarnos que permanezcan atractivos. » « Y como lo hará? » pregunto Craig. « Tomemos a Kenya, por ejemplo », sugirió Henry. « Por supuesto que tienen sol y playas hermosas, pero también los tienen Grecia y Cerdeña, que están mucho mas cerca de Paris o Berlín. Lo que los Mediterráneos no tienen es la vida salvaje del África. Y por eso los turistas volaran todas esas horas extras, y esa es la consecuencia de nuestros empréstitos. Los dólares de los turistas son los que nos mantienen en el negocio. » « Okay, pero todavía no entiendo donde entro yo », frunció el ceño Craig. « Espere, ya llegaremos a eso a su debido tiempo », dijo Henry. « Pero déjeme explayarme un poco en el cuadro general. El hecho es que, desgraciadamente, la primera cosa que los negros africanos echa mano apenas conquistada la independencia después que se van los blancos es el marfil, los cuernos de rinoceronte y la carne de los animales. Un solo rinoceronte o elefante para un africano representa mas riqueza que la que pueden ganar honestamente en diez años de trabajo. Por cincuenta años el departamento de caza conducido por blancos ha protegido todas esas maravillosas riquezas, pero ahora que los blancos han escapado a Australia o a Sudáfrica, un jeque árabe pagara veinticinco mil dólares por una daga con empuñadura genuina de cuerno de rinoceronte, y los victoriosos guerrilleros del país africano tienen un AK 47 en sus manos. Todo es muy lógico. » « Si, lo he visto », asintió Craig. « y sucedió lo mismo en Kenya. La caza furtiva era un gran negocio, y estaba manejado desde la cúpula: es decir del mismo vértice del poder. Nos tomo quince años y la muerte de un presidente, para romper esa componenda. Ahora Kenya tiene las mas estrictas leyes de protección de la fauna en África; y lo mas importante, las hacen respetar. Tuvimos que utilizar toda nuestra influencia. Hasta amenazar con recortarles los fondos, pero ahora nuestras inversiones están bien protegidas. » Henry adopto un aire petulante por un momento, después sucumbió a su natural melancolía. « Exactamente el mismo camino debemos emprender hoy en Zimbabwe. Ha visto las fotos de la masacre sobre el campo minado. Lo organizaron, y de nuevo sospechamos que el responsable es alguien en un alto puesto. Tenemos que detenerlo.» « estoy esperando escuchar como me afecta eso. » « Necesito un agente en el campo. Un hombre experto, quizás alguien que haya trabajado en el departamento de caza y fauna salvaje; alguien que hable la lengua local, que tenga una legitima excusa para moverse y hacer preguntas; quizás un escritor investigando para un nuevo libro que tenga contactos de alto nivel en el gobierno. Por supuesto, si mi agente tiene reputación internacional, se le abrirían aun mas puertas y si fuese un dedicado proponente del sistema capitalista y realmente creyera en lo que estamos haciendo, seria totalmente efectivo. » « Yo, James Bond? » « No, investigador para el World Bank. La paga es de cuarenta mil dólares anuales, mas gastos y mucha satisfacción laboral y si no hay un libro al final de todo, le pagaré una cena en la Grenouille con el vino a su elección. » « Como dije al principio, Henry... Porque no dejamos la cháchara y me pone al tanto de todo? »

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Fue la primera vez que Craig escucho reír a Henry. Era una risa verdaderamente contagiosa, calida, gutural. « Su percepción confirma lo acertado de mi elección. Muy bien Craig, hay algo mas que eso. No quise hacerlo demasiado complicado, no hasta que se hubiese metido en el asunto. Permítame que le sirva otro trago. » Fue hasta el mueble-bar que tenia la forma de un antiguo globo terráqueo y mientras hacia tintinear los trozos de hielo, prosiguió. « Para nosotros es vital tener siempre un panorama completo de lo que se mueve bajo la superficie en todos los países en donde tenemos alguna intervención. En otras palabras, un sistema de inteligencia funcionando. Nuestro dispositivo en Zimbabwe no es ni por asomo tan eficiente como desearíamos que fuera. Últimamente perdimos un hombre clave en un accidente de tránsito, al menos en apariencia. Antes de morir nos dio una pista que había recogido, los rumores de un golpe de estado respaldado por los ruskies. » Craig suspiró. « Nosotros los africanos no ponemos mucha confianza en las urnas. Lo único que cuenta son las lealtades tribales y un brazo fuerte. Un golpe de estado tiene mas sentido que los votos. » « Entonces, estas en el equipo? » preguntó Henry. « En los gastos están comprendidos los pasajes aéreos de primera clase? » preguntó Craig maliciosamente. « Cada hombre tiene su precio; este es el suyo? » replicó Henry. « No me vendo tan barato », Craig sacudió la cabeza, pero odio que un fantoche soviético mande en la tierra donde esta enterrada mi pierna. Tomo el trabajo. » « Me lo suponía. » Henry le extendió la mano. Era fría y sorprendentemente fuerte. « Te mandare a tu yate un mensajero con una carpeta y un kit de emergencia. Lea la carpeta y devuélvamela con el mensajero. Guárdese el kit. » El kit de emergencia de Henry Pickering contenía una colección de tarjetas impresas, una membresía del TWA Ambassadors Club, una tarjeta de crédito Visa sin limite del World Bank. Y un distintivo en forma de estrella de metal esmaltado, en un estuche de cuero, con la leyenda « Asesor de Campo World Bank ». Craig lo sopesó en la mano. « Con esto se podría darle por la cabeza a un león come hombres »,murmuró « No veo para que otra cosa podrá servir. » La carpeta era mucho mas interesante. Cuando termino de leerlo, comprendió que el cambio de nombre de Rhodesia a Zimbabwe era probablemente uno de los menos drásticos cambios que habían acontecido en su tierra natal desde que le había dejado apenas unos pocos años antes. Craig condujo lentamente el Volkswagen que había alquilado sobre las suaves colinas cubiertas de hierbas doradas, manteniendo el pie livianamente sobre el pedal del acelerador. La muchacha Matabele, en la oficina de Avis del aeropuerto de Bulawayo, le había advertido: « El tanque esta lleno, señor, pero no se cuando podrá llenarlo de nuevo. Escasea el combustible en Matabeleland ». En la misma ciudad había visto con sus propios ojos las larguísimas colas en los surtidores, y el dueño del motel lo había puesto en guardia a Craig cuando se registraba y tomaba las llaves de su bungalow. Los rebeldes de Maputo continúan saboteando el oleoducto que llega desde la costa este. Y lo peor es que, apenas cruzando la frontera, los sudafricanos tienen toda la que quieren y estarían felices de negociar, pero nuestros brillantes gobernantes no quieren el combustible de los racistas, y así todo el país esta detenido. La plaga de las fantasías políticas! Para subsistir tenemos que tratar con ellos, y ya es tiempo que ellos acepten esa simple realidad. » De modo que Craig manejaba con cuidado, pero le agradaba viajar despacio. Le daba tiempo para examinar el paisaje familiar, y evaluar los cambios que unos pocos años habían traído. Salio de la ruta asfaltada a unos treinta kilómetros de la ciudad y tomo la amarillenta ruta de tierra que se dirigía al norte. Después de un par de kilómetros llego a la cerca y vio de inmediato que la tranquera colgaba de una bisagra y estaba abierta. Era la primera vez que la veía en esas condiciones. Estacionó y trato de cerrarla tras de si, pero el marco estaba torcido y las bisagras se habían oxidado. Abandono el esfuerzo y dejo el camino para examinar el cartel que estaba tirado en el suelo. Había sido arrancado, los pernos que lo sostenían, rotos. Yacía, con la leyenda para arriba, y aunque desteñido por el sol, todavía era legible:

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ESTABLECIMIENTO DE TOROS DE RAZA AFRIKANDER AQUI NACIÓ EL BALLANTYNE ILLUSTRIOUS IV GRAN CAMPEON DE CAMPEONES PROPIETARIO: JONATHAN BALLANTYNE.

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Craig tenia una vivida imagen mental de la gran bestia roja con la grupa jorobada y los pliegues del vientre oscilantes bajo la gran mole, con la roseta azul del campeón sobre la mejilla, el anillo en el hocico. Su abuelo materno, Jonathan « Bawu » Ballantyne, conduciéndolo orgullosamente del anillo de bronce insertado en el brillante hocico húmedo. Craig volvió al Volkswagen y condujo a través del campo sobre los pastos que una vez habían sido tupidos dorados y dulces, pero ahora se veía la tierra entre las matas como la cabeza calva de un hombre de mediana edad. Estaba apenado por la condición de las pasturas. Nunca, ni siquiera en los cuatro años de sequía de los años cincuenta, los pastos de King's Lynn habían estado tan deteriorados como ahora, y Craig no se explicaba la causa hasta que se detuvo nuevamente junto a un matorral de espinos camello que arrojaban su sombra en el camino. Cuando detuvo el motor oyó los balidos entre los espinos y ahora se sintió verdaderamente escandalizado. « Cabras! » dijo en voz alta. « Están criando cabras e King's Lynn! » el alma de Bawu Ballantyne no debe tener paz ni descanso. Cabras en sus amadas pasturas. Craig Fue a mirarlas. Eran doscientas o mas en un solo rebaño. Algunos de los ágiles animales multicolores habían trepado alto en los árboles y se estaban comiendo la corteza y las chauchas, mientras otras ramoneaban abajo en los pastos arrasando hasta las raíces, por lo cual en breve el árbol moriría y el suelo quedaría estéril. Craig había visto la devastación que esos animales habían producido en los territorios asignados a la tribu. Había dos muchachitos Matabele desnudos con el rebaño. Quedaron encantados cuando Craig les hablo en su propia lengua. Se rellenaron las bocas con los caramelos baratos que Craig había traído para la ocasión y se pusieron a charlar sin inhibiciones. Si, ahora había treinta familias viviendo en King's Lynn, y cada familia tenia su propio rebaño de cabras, las mejores cabras de Matabeleland, se jactaron con las bocas llenas. Debajo de los árboles un viejo macho cabrio se estaba montando a una joven cabra con vigorosos golpes de ancas. « Mira », gritaron los pastorcitos, « como les gusta reproducirse? Pronto tendremos mas cabras que todas las otras familias. » « Que les sucedió a los blancos que vivían acá? » preguntó Craig. « Se fueron! » le dijeron orgullosamente. « Nuestros guerreros los expulsaron hacia donde habían venido y ahora la tierra pertenece a los hijos de la revolución. » Tenían seis años, pero ya sabían de memoria el catecismo de la revolución. Cada muchachito tenia colgada a cuello una honda hecha con la goma de viejas cámaras de auto, y alrededor de la cintura un rosario de pájaros que habían matado a hondazos: golondrinas, palomas y pájaros cantores de bellos colores. Craig sabia que a mediodía los cocinarían sobre las brasas, simplemente dejando que se quemaran las plumas y después devorándose con gran apetito las pequeñas carcasas ennegrecidas. Los pastorcitos siguieron a Craig hasta el camino, pidiéndole mas caramelos y lo saludaron como a un viejo amigo. Pese a las cabras y los pájaros, Craig sintió nuevamente el abrumador afecto por aquella gente. Después de todo era su gente y era hermoso encontrase de nuevo en casa. Se detuvo otra vez sobre la cima de la colina y miro hacia abajo, a la casa. Los prados no existían mas debido a la falta de atención, y las cabras habían pasado sobre los canteros de flores. Aun a esa distancia, Craig pudo ver que la casa estaba deshabitada. Las ventanas estaban rotas y mostraban negros huecos como de dientes faltantes, y la mayor parte de las chapas de asbestos que formaban el techo habían sido robadas y se veían las vigas desnudas y esqueléticas contra el cielo. Las chapas de asbesto se habían usado para construir los destartalados cobertizos habitados por los ocupas de la propiedad, cercanas a los viejos establos. Craig descendió de la colina y estaciono junto al reservorio de agua. La cisterna estaba sin agua y medio llena de tierra y basuras. Paso hacia el campamento de los usurpadores. Había una media docena de familias viviendo allí. Craig disperso A los perros ladradores que le salieron al encuentro con unas pocas piedras bien lanzadas, después saludo al viejo que estaba sentado junto a uno de los fuegos.

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« Te veo, viejo padre. » Nuevamente su dominio de la lengua causo placer. Se sentó junto al fuego por una hora, charlando con el viejo Matabele, con las palabras llegándole mas y mas fluidas a la lengua y los oídos mientras se ajustaban al ritmo y matices del Sindebele. Junto a ese fuego se enteró mas de lo que había descubierto durante los cuatro días desde su llegada a Matabeleland. « Se nos dijo que después de la revolución cada hombre tendría un hermoso auto y quinientas cabezas del mejor ganado del hombre blanco. » El viejo escupió en el fuego. « Los únicos que tienen autos son los ministros del gobierno. Se nos dijo que siempre tendríamos la panza llena, pero ahora los alimentos cuestan cinco veces mas que cuando Smith y los otros blancos huyeron del país. Todo cuesta cinco veces mas, azúcar, sal y jabón, todo. » Durante el régimen blanco, un estricto control de la balanza comercial y una rígida estructura de control de precios internos había aislado al país de los peores efectos de la inflación, pero ahora estaban experimentando todas las alegrías de haber reingresado en la comunidad internacional y el dinero local ya se había devaluado en un veinte por ciento. « No podemos permitirnos la crianza de ganado bovino », explico el viejo, « así que criamos cabras. Cabras! » Escupió otra vez en el fuego y miro chisporrotear la flema. « Cabras! Como los comemierda de los Shonas. » El odio tribal bullía como su salivazo. Craig lo dejo farfullando agriamente junto al fuego que humeaba y camino hacia la casa. Mientras subía los escalones de la ancha veranda, tuvo una extraña premonición de que su abuelo saldría repentinamente a recibirlo con algún sarcasmo. Con los ojos de la mente vio otra vez al viejo, alto y derecho con el espeso cabello plateado, la piel como cuero curtido y esos ojos increíblemente verdes de los Ballantyne, frente a el. « En casa de nuevo con la cola entre las piernas, eh, Craig? » Sin embargo la galería estaba cubierta de escombros y cagadas de las palomas salvajes que anidaban sin ser molestadas en las traviesas del techo. Camino hasta la puerta doble que daba a la vieja biblioteca. En un tiempo habían existido dos grandes colmillos de elefante enmarcando esa puerta, el macho que el tatarabuelo de Craig había cazado en 1860. Esos colmillos eran una reliquia de familia y siempre habían guardado la puerta de King's Lynn. El viejo abuelo los tocaba cada vez que pasaba, así que había una zona pulida sobre el marfil amarillo. Ahora solo quedaban los agujeros en el muro donde habían sido arrancado los pernos que sostenían el marfil. Las únicas reliquias de familia que había heredado y que todavía poseía, era la colección de diarios familiares encuadernados en cuero, los registros de sus ancestros, laboriosamente manuscritos, desde el arribo de su tatarabuelo al África mas de cien años antes. Los colmillos hubieran complementado a los viejos libros. Los buscaría, se prometió, tesoros tan raros deberían ser fáciles de encontrar. Entro en la casa abandonada. Las estanterías y el piso de madera habían sido arrancados por los ocupantes para hacer fuego, los vidrios de las ventanas habían servido como blancos de los niños negros con sus hondas. Los libros, las fotografías de las paredes, las alfombras y el pesado mobiliario de teca rhodesiana había desaparecido. La hacienda era una cáscara vacía, pero una cáscara fuerte. Con la palma abierta Craig palmeo los muros construidos por su tatarabuelo Zouga Ballantyne en bloques de piedra tallados a mano y caliza que había tenido casi cien años de fraguado para endurecerse como diamante. El golpe resonó solidamente. Se necesitaría un poco de imaginación y una buena cantidad de dinero para transformar esa cáscara vacía, nuevamente en una casa esplendida. Craig salio de la casa y ascendió el kopje detrás de la casa hasta el cementerio familiar, rodeado por un muro bajo, que se extendía bajo los árboles de msasa sobre la cima rocosa. Entre las lapidas crecía la hierba. El cementerio había sido abandonado pero no vandalizado como muchos otros monumentos de la era colonial. Craig se sentó al costado de la tumba de su abuelo y dijo: « Hola Bawu, he retornado ». y se sorprendió cuando casi escucho la socarrona voz del viejo hablando en su mente. « Si, cada vez que te golpeas el culo vuelves aquí enseguida, que paso esta vez? » « Me seque, Bawu », respondió en voz alta. Después silencio. Quedo sentado por largo rato, y muy lentamente sintió que el tumulto interior se aplacaba. « El lugar esta hecho un desastre, Bawu », dijo de nuevo; al sonido de su voz una lagartija de cabeza azul huyo bajo la lápida del abuelo. « Se han llevado los colmillos de la galería, y están criando cabras en tus mejores pastizales. »

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Otra vez quedo en silencio, pero ahora estaba comenzando a calcular y planificar. Permaneció allí por casi una hora y después se puso de pie. « Bawu, que te parecería si saco las cabras de tus pastizales? » preguntó, y descendió la colina volviendo al Volkswagen. Eran casi las cinco cuando volvió a la ciudad. La oficina inmobiliaria y de remates frente al Standard Bank todavía estaba abierta. El cartel había sido repintado de rojo, y tan pronto Craig entro, reconoció la cara roja del fornido rematador en shorts y camisa mangas cortas color kaki. « Así que no “cortaste la cuerda” como el resto de nosotros, Jock », lo saludó Craig. « Cortar la cuerda », era la expresión derogativa para todos los que emigraban. De los doscientos cincuenta mil rhodesianos blancos, casi ciento cincuenta mil habían “cortado la cuerda” desde el comienzo de las hostilidades, y la mayoría de ellos habían partido después de perder la guerra y que el gobierno de Robert Mugabe tomo el control. Jock lo miro. « Craig! » exploto. « Craig Mellow! » le agarro la mano con una zarpa callosa. « Si, me quede, pero a veces me siento mortalmente solo. Pero tu la hiciste bien, por dios! Dicen en los diarios que con ese libro has hecho un millón de dólares. Aquí apenas podían creerlo. El viejo Craig Mellow, decían. Figúrate, nada menos que el! » « Eso decían? » La sonrisa de Craig se endureció, y retiro su mano. « No puedo decir que a mi me haya gustado tanto el libro », dijo Jock sacudiendo la cabeza. « Hiciste que todos los negros se vieran como maldito héroes. Pero eso es lo que les gusta en el exterior, no es así? Lo Negro es bello, eso es lo que vende libros, eh? » « Algunos críticos me han tildado de racista », murmuró Craig. « No se puede contentar a todos todo el tiempo. » Jock no lo escuchaba. « Otra cosa, Craig; era necesario decir que mister Rhodes era un maricón? » Cecil Rhodes, el padre de los colonos blancos, había muerto hacia ochenta años, pero los viejos lo llamaban todavía « mister Rhodes ». « Di los motivos en el libro », trato de calmarlo Craig. « Era un gran hombre, Craig, pero hoy es la moda de los jóvenes desacreditar cada grandeza, como perros bastardos mordiendo los talones de un león. » Craig se dio cuenta que Jock se estaba acalorando con el argumento, y trato de cambiar de tema. « Que te parece un trago, Jock? » pregunto y Jock se interrumpió. No era solo por el sol africano que tenia la nariz y las mejillas rojas. « Ahora si que nos entendemos », dijo Jock lamiéndose los labios. « Ha sido un largo y seco día. Permíteme ir a la licorería. » « Si traes una botella, podremos beberla charlando aquí. » Los últimos rastros de hostilidad de Jock se evaporaron. « Buena idea. La licorería tiene algunas botellas de Dimple Haig... y conseguiré un baldecito con hielo, mientras tu me esperas. » Se sentaron en la oficinita de Jock, bebiendo el buen whisky en vasitos baratos. El humor de Jock Daniels había mejorado perceptiblemente. « Nome fui Craig, porque no sabia a donde ir. Inglaterra? No he vuelto allí desde la guerra. Sindicatos, lluvias, no gracias. Sudáfrica? Van a terminar como nosotros; al menos acá ya lo pasamos, historia terminada. » Se sirvió otra dosis de whisky. « Si te vas, te dejan llevarte doscientos dólares. Doscientos dólares para empezar de nuevo, a los sesenta y cinco años? No, muchas gracias! » « Y como se esta aquí, ahora Jock? » « Sabes como le dicen a un optimista aquí? » preguntó Jock. « A quien cree que las cosas no pueden empeorar mas de lo que están. » Se rió de su chiste, dándose palmadas en los muslos peludos. « No, bromeaba. No te va tan mal. Si te adecuas a condiciones inferiores de vida, mantienes la boca cerrada y no te ocupas de política, todavía puedes vivir bastante bien, probablemente tan bien como en cualquier otra parte del mundo. » « Los grandes agricultores y ganaderos... Como la pasan? » « Son la élite. El gobierno ha recobrado el sentido. Han desechado toda esa basura de nacionalizar la tierra. Se enfrentaron al hecho de que si tienen que alimentar a las masas negras, tienen necesidad de los latifundistas blancos. Han llegado a estar muy orgullosos de ellos; cuando llega una visita de estado, un comunista chino o un ministro de Libia, le dan un tour por las plantaciones y ranchos ganaderos de los blancos para hacerles ver que bien que van las cosas... » « Cuanto cuesta la tierra? »

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« Al final de la guerra, cuando ganaron los negros que gritaban a los cuatro vientos de tomar las granjas y devolvérselas a las masas, no costaba nada », dijo Jock regurgitando ruidosamente un sorbo de whisky. « Toma la sociedad de tu familia por ejemplo, la Rholands Ranching Company, que poseía las tres haciendas: King's Lynn, Queen's Lynn y esa vastísima extensión al norte, colindante con la reserva de caza de Chizarira, tu tío Douglas vendió todo en bloque por un cuarto de millón de dólares. Antes de la guerra podría haber pedido tranquilamente diez millones de dólares. » « Un cuarto de millón! » se escandalizó Craig. « La regaló! » « Eso incluía todo el stock de toros africanos premiados y vacas de cría, todo el lote. » Jock relataba con placer. « Ves, debió irse a la fuerza. » Había sido miembro del gobierno de Smith desde el comienzo y sabia era un hombre marcado una vez que el gobierno negro tomo el poder. Se lo vendió a un consorcio suizo alemán, y le pagaron en Zurich. El viejo Dougie tomo a su familia y se fue a Australia. Por supuesto el ya tenia algunos millones fuera del país, así que pudo comprarse un hermoso establecimiento ganadero en Queensland. Solo nosotros los pobretones que todo lo que tenemos esta aquí, tuvimos que quedarnos. » « Tomate otro », le ofreció Craig, y lo llevo de vuelta al asunto de la Rholands Ranching Co. « Que hizo el consorcio, con la Rholands? » « Malditos astutos teutones! » Jock tenia ahora la lengua como de trapo. « Reunieron todo el ganado, coimearon a algunos en el gobierno para conseguirse un permiso de exportación y las embarcaron para Sudáfrica. Escuche que las vendieron por un millón y medio allí. Recuerda que eran todas de pedigrí, campeones de campeones. Así ganaron mas de un millón, y luego repatriaron la ganancia en acciones de oro e hicieron otro par de millones. » « Despojaron a los establecimientos y ahora los han abandonado? » preguntó Craig, y Jock asintió pesadamente. « Están tratando de revender la compañía, por supuesto. La tengo en mis libros... Pero hará falta un gran capital para repoblarla y ponerla en funcionamiento. Y nadie esta interesado en hacerlo. Quien querría invertir en un país inestable y al borde de la bancarrota como este? Contéstame eso! » « Cuanto piden por la compañía? » preguntó Craig despreocupadamente. Jock Daniels volvió a estar sobrio milagrosamente y miro a Craig con los ojos del agente inmobiliario que entrevé el negocio. « No estarás tu interesado? » su mirada se hizo ahora mas penetrante. « Realmente hiciste un millón de dólares con ese libro? » « Cuanto piden? » repitió Craig. « Dos millones de dólares. Eso porque no he encontrado un comprador. A muchos de los muchachos de acá, les gustaría meter las zarpas en esos pastizales, pero dos millones! Quien tiene tanta plata en este país? » « Suponiendo que pudiera pagarse en Zurich, bajaría el precio? » pregunto Craig. « Apestan los sobacos de un shona?! » « Cuanto rebajarían? » « Podrían aceptar un millón, en Zurich. » « Un cuarto de millón? » « Nunca, ni soñando, ni en diez mil años », dijo Jock sacudiendo dramáticamente la cabeza. « Telefonéales. Dile que los establecimientos están plagados de ocupantes intrusos y que tratar de echarlos provocaría una revuelta política. Dile que crían cabras en las pasturas y que en un año se convertirán en un desierto. Recálcales que rescataran intacta la inversión original. Dile que el gobierno ha amenazado con apropiarse de toda la tierra de propietarios ausentes y que podrían perder todo. » « Todo es verdad », asintió Jock. « Pero un cuarto de millón! Me harás perder el tiempo. » « Telefonéales. » « Quien paga la comunicación? » « La pago yo, tu no pierdes nada, Jock. » Jock suspiró resignado. « Bueno, los llamo. » « Cuando? » « Hoy es viernes, no tiene sentido llamarlos antes del lunes. » « Muy bien, y mientras tanto me puedes conseguir unas latas de combustible? » preguntó Craig. « Para que la quieres? »

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« Me voy a Chizarira. Hace diez años que falto de allí. Si la compro, me gustaría verla de nuevo. » « Yo no lo haría, Craig. Es zona de bandoleros. » « La palabra correcta es disidentes políticos. » « Son criminales », dijo gravemente Jock, « y o te dispararan en el culo haciéndote mas agujeros de los que ya tienes, o te secuestraran para pedir un rescate, o ambas cosas. » « Tu consígueme el combustible, yo corro el riesgo. Estaré de vuelta el lunes de la próxima semana para escuchar que tienen que decir tus amigos de Zurich. » Era una tierra maravillosa, todavía salvaje e intacta – sin alambrados ni cultivos ni edificios - protegida del influjo del ganado y de campesinos por el anillo de la mosca tse-tse que se extendía desde el valle del Zambesi hasta los bosques a lo largo de los riscos. Por un costado estaba limitada por la reserva de Chizarira, y por el otro por la reserva del bosque de Mzolo, ambas áreas, eran vastos reservorios de fauna salvaje. Durante la depresión de 1930, el viejo Bawu había elegido la tierra con cuidado y pagado seis peniques por acre, cien mil acres por dos mil quinientas libras esterlinas. « Por supuesto nunca será un terreno adaptado para la cría de ganado », le había dicho a Craig una vez que habían acampado bajo las higueras salvajes junto a una profunda olla verde del río Chizarira, y miraban a las garzas descender contra el sol en el ocaso para posarse en los blancos bancos de arena mas allá de la orilla opuesta. « La hierba es muy ácida, y la mosca tse-tse matara cualquier animal que se quiera criar aquí; pero por ese motivo siempre será una zona intacta de África, como en los viejos tiempos. » El viejo la usaba como reserva de caza y para ir de vacaciones. Nunca había cercado con alambre de púas ni construido una cabaña, prefiriendo dormir sobre la tierra desnuda bajo las ramas de las higueras. Bawu, había cazado muy selectivamente; solo elefantes, leones, rinocerontes y búfalos, solo caza peligrosa, pero los había protegido de otros fusiles; hasta a sus hijos y nietos se les había denegado el derecho de cazar allí. « Es mi pequeño paraíso privado », le había dicho a Craig, « y soy lo bastante egoísta como para mantenerlo así. » Craig dudaba que la ruta hasta la ollas hubiera sido utilizada desde que el y el viejo estuvieron juntos ahí diez años antes. Estaba completamente cubierta de hierba, los elefantes habían derribado mopanis atravesándola como rudimentarias barreras de ruta, y las grandes lluvias la habían casi borrado por completo. « Al diablo señor Avis », dijo Craig, y arremetió con el pequeño Volkswagen. Sin embargo el vehiculo de tracción delantera era bastante liviano y ágil para afrontar hasta los mas hostiles lechos de río secos, aunque Craig tuvo que mejorarle la tracción, en los lechos de arena, con ramas cruzadas para proporcionarle agarre a las ruedas en la arena fina. Perdió el rumbo una media docena de veces y solo lo encontró después de una laboriosa exploración a pie. En una oportunidad metió las ruedas en la madriguera de un oso hormiguero y tuvo que levantar el tren delantero para desencajar la maquina y se paso la mitad del tiempo buscando rodeos para evitar los bloqueos causados por los elefantes. Pero finalmente tuvo que abandonar el Volkswagen y cubrir a pie los pocos kilómetros que le faltaban. Llego a las lagunas con las ultimas luces del día. Se envolvió en la colcha que había escamoteado del motel y durmió tranquilamente sin soñar o agitarse para despertar en la magia de la aurora africana. Comió porotos cocidos enlatados con el café, después dejo su mochila y colcha bajo las higueras salvajes y caminó a lo largo de la orilla del río. A pie, solamente podía cubrir una pequeña parte de la amplia cuña de terreno salvaje que se extendía por mas de cien mil acres, pero el río Chizarira era el corazón y la arteria de ese territorio. Lo que encontrara allí le permitiría juzgar que cambios se habían producido desde su ultima visita. Casi inmediatamente se dio cuente que todavía había bastante de las mas comunes variedades de vida salvaje en el bosque. Los espectrales kudus, de cuernos espiralados, huían saltando, sacudiendo las esponjosas colas blancas, y los graciosos impalas aparecían como humo rosado entre los árboles. Después encontró rastros de animales mas raros. Primero las huellas frescas de un leopardo en la arcilla al borde del agua, donde el felino había bebido durante la noche, y luego, las elongadas huellas con forma de lagrima y las deposiciones fecales como racimos de uvas del magnifico antílope sable.

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Para el almuerzo comió fetas de salame que corto con el cuchillo de caza, y el jugo dulce de las vainas del baobab. Cuando reanudo la caminata llego a un extenso bosquecillo de ébanos salvajes y siguió una de las serpenteantes sendas de animales que lo atravesaban. No había avanzado mas de un centenar de pasos cuando llego a un pequeño claro en el medio del matorral de ramas entrelazadas y experimento una oleada de jubilo. El claro olía como un corral para ganado, pero mas fétido y salvaje. Lo reconoció como un estercolero, un muladar natural adonde el animal retorna habitualmente a defecar. Por las características de los excrementos, compuesto de ramitas y cortezas digeridas, y del hecho que estos habían sido revueltos y desparramados, Craig supo de inmediato que era el estercolero de un rinoceronte negro, una de las especies mas raras y en peligro de extinción del África. A diferencia de su primo el rinoceronte blanco, que pasta en las praderas y es un animal placido y letárgico, el rinoceronte negro se nutre de las ramas mas bajas de los espesos arbustos que frecuenta. Por naturaleza es un animal irascible, inquisitivo, estupido y nervioso. Cargara contra cualquier cosa que lo moleste, sea hombre, caballo, camión o hasta una locomotora. Antes de la guerra era famosa una bestia que vivía sobre las pendientes del valle del Zambesi, donde tanto la carretera como la vía férrea comenzaban el descenso hacia las cataratas Victoria. Había acumulado una cantidad de dieciocho camiones y buses, esperándolos en una sección empinada de la carretera donde debían viajar a paso de hombre, y los topaba de frente de modo que su cuerno les perforaba el radiador en un estallido de vapor. Luego, perfectamente satisfecho trotaba de regreso a los espesos arbustos lanzando chillidos de triunfo. Envalentonado por el éxito, terminó sobreestimándose cuando se la tomo con el Victoria Express, avanzando pesadamente en los rieles como un caballero medieval en el andarivel de una justa. La locomotora hacia unos cuarenta kilómetros por hora y el rinoceronte, pesando unas dos toneladas avanzaba a mas o menos la misma velocidad en dirección opuesta. El encontronazo fue monumental. El rápido tuvo que detenerse con las ruedas patinando inútilmente, pero el rinoceronte llego al fin de su carrera como destructor de radiadores. La ultima deposición de estiércol en el muladar había sido dentro de las precedentes doce horas, estimó Craig con alegría, y las huellas indicaban un grupo familiar de un macho, la hembra y un pequeño. Craig recordó la vieja leyenda Matabele que explicaba el habito del rinoceronte de esparcir las heces, y su temor por el puercoespín, el único animal de la selva que lo hacia huir presa de pánico. Decían los Matabeles que en la noche de los tiempos el rinoceronte le había pedido prestado una púa al puercoespín para coser una herida causada por una espina en su gruesa piel. El rinoceronte prometió devolverle la púa en su próximo encuentro. Después de reparar la rotura con filamentos de corteza, el rinoceronte puso la púa entre sus labios mientras admiraba su trabajo y sin querer se la tragó. Ahora el todavía busca la púa, y continuamente evita las recriminaciones del puercoespín. La población mundial del rinoceronte negro probablemente no supera unos pocos miles de ejemplares, y tener todavía algunos sobrevivientes aquí complació a Craig e hizo mucho mas viables sus planes tentativos para el área. Todavía sonriendo siguió las huellas frescas que partían desde el muladar, esperando hacer algún avistare, y había hecho solo un kilómetro cuando apenas mas allá de la pared gris de los impenetrables arbustos que flanqueaban la estrecha senda, hubo un repentino chillido de alarma y una nube de pájaros marrones se elevo sobre el matorral. Esos bochincheros pájaros vivían en simbiótica relación con los grandes paquidermos, alimentándose exclusivamente con las garrapatas y moscas chupa sangre que los infestaban, y en retribución actuaban como atentos centinelas para advertir el peligro. Enseguida tras la alarma, hubo un ensordecedor resoplido y bufidos como de un motor a vapor, con un crujido el matorral se abrió y Craig consiguió ver lo que quería, una enorme bestia gris irrumpió en el sendero a treinta pasos de el y todavía lanzando explosiones de indignación, escudriñando con sus ojillos miopes sobre el doble cuerno pulido en busca de algo contra que cargar. Sabiendo que los débiles ojos de la bestia no distinguirían a un hombre inmóvil a mas de quince pasos, y que la leve brisa soplaba directamente sobre su cara, Craig se mantuvo inmóvil pero preparado para lanzarse hacia un costado si el rinoceronte cargaba. El rinoceronte giraba hacia uno y otro lado con sorprendente agilidad, sin que se apaciguara su ira, y en la febril imaginación de Craig los cuernos parecían agrandarse y agudizarse a cada momento. Sigilosamente tomo su cuchillo de caza. La

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bestia percibió el movimiento y troto una media docena de pasos mas cerca, de manera que Craig estaba en la periferia de su campo visual efectivo y en serio peligro. Con un movimiento seco de la mano arrojó el cuchillo alto por encima de la cabeza de la bestia en el matorral de ébanos detrás de ella, y hubo un fuerte estrépito cuando golpeo una rama. Instantáneamente el rinoceronte giro sobre si mismo y lanzo su enorme cuerpo gris en una carga furiosa en dirección al ruido. El matorral se abrió como frente a un tanque de guerra Centurión, y el fragor de la carga se apago rápidamente mientras el rinoceronte ascendía la colina a toda velocidad y por encima de la cresta en búsqueda de un adversario. Craig se sentó pesadamente en el medio del sendero y se doblo de la risa medio histérico. En pocas horas Craig encontró tres charcos de agua pútrida estancada que estas extrañas bestias prefieren al agua corriente limpia del río, y había decidido donde situar los escondites desde los cuales los turistas podrían verlos a corta distancia. Por supuesto, junto a los charcos pondría panes de sal con el fin de hacerlos mas atractivos para las bestias y atraerlas para ser fotografiadas y comentadas. Sentado sobre un tronco, junto a una de las charcas, reconsideró los factores que favorecieron sus planes. El lugar estaba a menos de una hora de vuelo de las cataratas Victoria, una de las siete maravillas naturales del mundo, que ya atraían a miles de turistas por mes. Seria un corto desvío a su campamento aquí, de manera que añadía poco al pasaje aéreo original de los turistas. El tenia un animal que otras pocas reservas podían mostrar, junto con la mayoría de las otras variedades de animales concentrados en una zona relativamente pequeña. Tenia parques naturales en ambos limites para asegurarse una permanente fuente de interesante vida animal. Lo que tenia en mente era un campamento tipo « caviar y champagne », en el estilo de aquellas propiedades privadas que bordeaban el Parque Nacional Kruger de Sudáfrica. Dispondría pequeños campamentos, suficientemente aislados unos de los otros para darle a los ocupantes la ilusión de tener toda la naturaleza para ellos. Les suministraría de guías carismáticos y conocedores para llevar a sus turistas en Land Rover o a pie cerca de animales raros y potencialmente peligrosos, haciendo de ello una aventura, y lujosos entornos cuando volvieran al campamento al atardecer: aire acondicionado y fina comida y vinos, hermosas camareras jóvenes para mimarlos, películas documentales sobre la naturaleza del África y conferencias por expertos para instruirlos y entretenerlos. Y por todo eso les haría pagar un alto precio, apuntando al turismo de alto nivel. Craig llego a su rudimentario campamento bajo las higueras rengueando después de la caída del sol. Con la cara y brazos enrojecidos por el sol, picaduras de la mosca tse-tse escociéndole e hinchadas en la nuca y cuello y el muñón de su pierna dolorido por el inusual ejercicio. Estaba demasiado cansado para cenar, se desato la pierna ortopédica, bebió un trago de whisky de la cantimplora, y se enrollo en su frazada durmiéndose casi de inmediato. Durante la noche se despertó por algunos minutos, y orinó escuchando con somnoliento placer los lejanos rugidos de una manada de leones cazando. Después volvió a su frazada. Lo despertaron los trinos de las palomas verdes que se daban un banquete con los higos salvajes sobre su cabeza, y sintió que tenia un hambre feroz y tan feliz como nunca lo había estado en años. Después de comer se acerco a la orilla del río, llevando enrollada una copia de la revista Farmers Weekly, la Biblia del agricultor africano. Luego, se sentó placenteramente en las aguas bajas, con el trasero desnudo sobre la arena gruesa del color del azúcar y las frescas aguas verdes que calmaban el todavía dolorido muñón, estudio los precios del ganado ofrecido en venta en la revista haciendo cálculos mentales con las cifras. Sus ambiciosos planes fueron redimensionados rápidamente cuando se dio cuenta de cuanto le costaría repoblar King's Lynn y Queen's Lynn de ganado seleccionado. El consorcio había vendido el lote de reproductores original por un millón y medio, y los precios habían subido desde entonces. Tendría que comenzar con algunos buenos toros, y vacas de cruza, para construir gradualmente los mejores linajes. Aunque eso costaría bastante, los ranchos tendrían que ser re equipados, y también la construcción de la villa turística sobre el río Chizarira costaría un montón de dinero. Después tendría que trasladar a las familias de ocupantes usurpadores y sus rebaños; y la única forma de hacerlo era ofreciéndoles una compensación financiera. Como siempre le decía el viejo Bawu:

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« Calcula cuanto te costará, y después duplícalo; de esa manera andarás cerca ». Craig arrojo la revista a la orilla y se acostó dejando solamente la cabeza fuera del agua. Se puso a hacer cuentas. A su favor, había vivido frugalmente abordo de su yate, a diferencia de otros autores repentinamente exitosos. El libro había estado en la lista de best seller por casi un año, oferta principal de tres importantes clubes del libro, y había sido traducido a un gran numero de idiomas, incluido el hindú, condensado por Selecciones del Reader’s Digest, en series de la TV, y finalmente publicado en ediciones de bolsillo. Aunque ciertamente había debido pagar una buena suma en impuestos a las ganancias. Pero con lo que le quedo, otra ves tuvo suerte. Había especulado en oro y plata y logrado tres buenos aciertos en la Bolsa, después, en el momento justo, había cambiado a francos suizos la mayor parte de la ganancias. Además de eso podía vender el yate. Un mes antes le había ofrecido ciento cincuenta mil dólares por el Bawu, pero no le agradaba venderlo. Aparte de eso, podía tratar de pedirle a Ashe Levy un substancioso anticipo por el libro todavía por escribir, y empeñar hasta el alma en el proceso. Llego al fondo de su calculo y decidió que como máximo podría juntar un millón y medio, lo que significaba que debía procurar al menos la misma cantidad de dinero de algún otro modo. « Henry Pickering, mi banquero favorito, me parece que te daré una sorpresa! » Sonrío imprudentemente mientras pensaba como estaba infringiendo la principal regla del perfecto inversor, de colocar todo el capital en una sola canasta. « Querido Henry, has sido seleccionado por nuestra computadora para ser el afortunado prestamista de un millón y medio a un ex escritor, seco y pata de palo. » Era la mejor idea que se le ocurría por el momento, y no valía la pena preocuparse seriamente hasta no tener la respuesta del consorcio de Jock Daniels. Paso a otras ocupaciones mas concretas. Metió la cabeza bajo el agua y bebió un sorbo de la limpia agua dulce. El Chizarira era un afluente menor del Zambesi, así que estaba bebiendo de nuevo el agua del Zambesi, como le había dicho a Henry Pickering que debía hacerlo según la leyenda de los Matabeles. « Chizarira »: para pronunciarlo el turista medio se mordería la lengua; sin hablar de recordarlo. Para vender su pequeño paraíso africano tendría que buscarle otro nombre. « Zambesi Waters », dijo en voz alta: lo llamare Aguas del Zambesi. Detrás de el escucho otra voz, tan cercana que casi lo hizo ahogarse: « Debe ser un loco ». Era una voz de Matabele, profunda y melodiosa. « Primero, viene aquí solo y desarmado; segundo, se sienta en medio de los cocodrilos y le habla a los árboles!» Craig giro rápido sobre el estomago y vio a tres hombres que habían aparecido silenciosamente de la jungla y ahora lo miraban desde la orilla, a diez pasos de distancia, con las caras cerradas e inexpresivas. Estaban vestidos en telas de Jean desteñidas, el uniforme de los guerrilleros y las armas que portaban con descuidada familiaridad eran los omnipresentes AK 47 con el típico cargador curvo y culata de madera laminada. Denim, AK 47, Matabele: Craig no podía tener dudas sobre quienes eran. El ejercito regular de Zimbabwe ahora usaban uniformes adaptados al combate en la jungla, la mayoría armados con fusiles de la OTAN y hablaban en shona. Estos eran ex partisanos pertenecientes al disuelto ZIPRA, Ejercito Revolucionario del Pueblo de Zimbabwe, devenidos ahora en rebeldes políticos, hombres no sujetos a ninguna ley o autoridad superior, forjados en la larga, despiadada y sangrienta guerrilla en la jungla hasta transformarse en duros e inexorables guerreros con la muerte en las manos y en los ojos. Aunque Craig había sido advertido de un posible encuentro y el medio lo esperaba, la conmoción lo golpeo lo mismo con un ataque de nausea que le seco la boca. « No tenemos que capturarlo », dijo el mas joven de los guerrilleros. « Basta con dispararle y enterrarlo, será lo mismo que secuestrarlo. » Tenia menos de veinticinco años, notó Craig, y probablemente habría matado un hombre por cada año que tenia. « Los seis rehenes que capturamos en la ruta de las cataratas Victoria nos causaron problemas por semanas y al final tuvimos que matarlos de todos modos », el segundo guerrillero se declaró de acuerdo, y ambos miraron al tercer hombre. Era un poco mas viejo, no mucho, pero no cabía duda que era el jefe. Una cicatriz que partía de

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la boca le surcaba la mejilla hasta el nacimiento del pelo en la sien, confiriéndole a su rostro una sonrisa torcida y sardónica. Craig recordó el incidente del que hablaban. Los guerrilleros habían detenido a un ómnibus de turistas en la ruta principal a las cataratas Victoria y secuestraron a seis hombres, australianos, americanos e ingleses, llevándolos a la jungla como rehenes para intercambiar con presos políticos. Pese a la intensiva búsqueda de la policía y el ejercito regular, no se recupero a ningún rehén. El jefe de la cicatriz miro a Craig con ojos nublados y oscuros por largos segundos, y luego con el pulgar selecciono en el arma la posición de disparo automático. « Un verdadero Matabele no mata a un hermano de sangre de la tribu. » Le costo un enorme esfuerzo a Craig para decir estas pocas palabras con voz firme, desprovista de terror. Su Sindebele era tan perfecto que fue el jefe de los guerrilleros el que pestañeo estupefacto. « Hau! » exclamó, con una expresión de sorpresa. « Tu hablas como un hombre... Pero quien ese hermano de sangre del cual te jactas? » « El compañero ministro Tungata Zebiwe », respondió Craig, y vio el cambio instantáneo en la mirada del hombre, y la inmediata confusión en las caras de sus dos compañeros. Les había tocado una cuerda que los había descolocado y retrasado su ejecución por el momento, pero el fusil del jefe todavía apuntaba sin seguro a su estomago. Fue el mas joven quien rompió el silencio hablando en voz alta, como para cubrir su propia inseguridad. « Es fácil para el babuino gritar el nombre del león de melena negra de la montaña y reclamar su protección, pero reconoce el león al babuino? Mátalo, digo yo, y terminemos con esto. » « Sin embargo habla como un hermano », murmuró el jefe, « y el compañero Tungata es un hombre duro... » Craig se convenció de que su vida pendía de un hilo. Un empujoncito bastaba para romper ese peligroso equilibrio. « Te lo demostrare », dijo, sin el menor temblor en su voz. « Déjenme ir hasta mi mochila. » El jefe vacilaba. « Estoy desnudo », dijo Craig. « No estoy armado, ni siquiera un cuchillo, y ustedes son tres con armas. » « Ve » concedió el Matabele. « Pero cuidado, no he matado a nadie desde hace varias lunas y tengo gran necesidad de hacerlo. » Craig se levanto despacio del agua y observó el interés en sus ojos mientras estudiaban su pierna, amputada bajo la rodilla, a mitad de camino con el tobillo y el insólito desarrollo muscular de la otra pierna y el resto de su cuerpo para compensar la mutilación. El interés paso a admiración cuando vieron con que facilidad y rapidez se movía Craig en una sola pierna. Llegó a su mochila con el agua goteándole sobre los duros y planos músculos del pecho y estomago. Había venido preparado para este encuentro, y de un bolsillo de la mochila saco una billetera y le alcanzo una foto en colores al guerrillero. En la foto dos hombres sentados sobre el capot de una vieja Land Rover. Tenían sus brazos alrededor de los hombros del otro y ambos se reían. Cada uno sostenía una lata de cerveza en la mano libre y con ella saludaban al fotógrafo. El acuerdo y la camaradería entre ellos era evidente. El guerrillero de la cicatriz la miro largamente y después coloco el seguro en su fusil automático. « Es el compañero Tungata », dijo, y le alcanzo la foto a los otros. « Quizás si », dijo el mas joven, « pero hace mucho tiempo. Todavía pienso que deberíamos dispararle. » No obstante su opinión parecía ahora mas insegura. « El compañero Tungata te comerá si siquiera masticar », dijo de plano su compañero, colgándose el fusil al hombro. Craig recogió la pierna artificial y en un momento se la coloco. Enseguida los tres guerrilleros quedaron intrigados, con sus intenciones homicidas dejadas de lado. Conociendo perfectamente el gusto de los africanos por las bromas, Craig se hizo un poco el payaso. Bailó una giga, hizo piruetas sobre la pierna, se dio un puntapié en la canilla sin inmutarse, y finalmente le robo el gorro al mas joven y mas sanguinario de los guerrilleros, lo hizo un bollo y gritando « Pelé! Pelé! » lo pateo con la pierna ortopédica hasta las ramas bajas de la higuera. Los otros dos se pusieron a reír como locos, hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas, mientras el jovencito perdía su dignidad trepándose a la higuera para recuperar el birrete.

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Juzgando bien el humor, Craig abrió la mochila y saco un jarro y la botella de whisky. Sirvió una dosis abundante y se la ofreció al jefe. « Entre hermanos », dijo. El guerrillero apoyó el AK 47 contra el árbol y aceptó la oferta. Bebió el whisky de un sorbo, soplando extasiado los vapores por la nariz y la boca. También los otros dos bebieron con gran placer. Cuando Craig se puso los pantalones y se sentó sobre la mochila colocando delante la botella, los tres dejaron las armas y se acuclillaron en semicírculo frente a el. « Me llamo Craig Mellow », dijo. « Te llamaremos Kufela », le dijo el jefe. « Pierna que camina sola. » Los otros aplaudieron aprobando, y Craig les sirvió otra vuelta para festejar el bautismo. « Mi nombre es camarada Lookout», dijo el jefe. Los guerrilleros en general adoptaban nombres de guerra. « Este es el camarada Pekín. » Un tributo a los instructores chinos, adivino Craig. « Y este », dijo el jefe indicando al mas joven, « es el camarada Dólar. » Craig tenia dificultades para permanecer serio ante aquella inédita yuxtaposición de ideologías. « Camarada Lookout», dijo Craig « los kanka te han marcado. » Los kanka eran los chacales, las fuerzas de seguridad, y Craig sabia que el jefe debía estar orgulloso de la cicatriz producida en combate. El camarada Lookout se acaricio la cicatriz. « Un bayonetazo. Mi dejaron sobre el terreno creyéndome muerto, para las hienas. » « Y tu pierna? » pregunto Dólar a su vez. « También de la guerra? » Responder afirmativamente significaba informarles que había combatido contra ellos. Sus reacciones eran impredecibles, pero Craig dejo pasar solo un segundo antes de asentir. « Tropecé con una de nuestras minas. » « Su propia mina! » Lookout se reía como un loco. « Metió la pata sobre su mina! » También los otros sonrieron pero, noto Craig, sin ningún resentimiento. « Donde? » quiso saber Pekín. « Sobre el río, entre Kazungula y las cataratas Victoria. » « Ah si », asintieron los otros. « Feo lugar. Cruzábamos por allí a menudo », recordó Lookout. « Y allí es donde combatimos contra los Exploradores. » Los Exploradores de Ballantyne eran una de las unidades de elite de las fuerzas de seguridad, y Craig había sido reclutado como armero. « El día que tropecé con la mina fue el día que los Exploradores siguieron a vuestros hombres a través del río. Hubo una terrible batalla en el territorio de Zambia, y los Exploradores fueron aniquilados. » « Hau! Hau! » exclamaron con estupor. « Ese fue el día! Nosotros estábamos allí y peleamos a las ordenes del camarada Tungata. » « Que batalla! Que buena masacre cuando los emboscamos! » recordó Dólar con los ojos brillantes de crueldad. « Ellos pelearon! Madre de Nkulu kulu, y como pelearon! Aquellos eran hombres verdaderos. » Al recordarlos, se le revolvió el estomago a Craig, era su primo, Roland Ballantyne, a cargo de los Exploradores ese día fatal. Mientras Craig yacía mutilado y sangrante sobre el campo minado, Roland y sus hombres habían encontrado la muerte combatiendo a pocos kilómetros mas adelante. Sus cuerpos habían sido mancillados y desecrados por estos hombres que ahora hablaban de ello como un memorable partido de futbol. Craig les sirvió otro whisky. Cuanto los había odiado, a ellos y a sus compañeros terroristas. Les llamaban terroristas, los aborrecían con ese odio especial reservado para quien amenaza tu propia vida y todo lo que amas. Pero ahora, a su turno, los saludo con el jarro y bebió a su salud. El había oído de pilotos de la R.A.F. y de la Luftwaffe, encontrándose después de la guerra y recordando lo que había hecho, mas como camaradas que como enemigos mortales. « Donde estabas cuando atacamos con cohetes los tanques de almacenamiento en Harare e incendiamos el combustible? » le preguntaron. « Se acuerdan cuando los Exploradores cayeron desde el cielo contra nuestro campamento en Molingushi? Mataron a Ochocientos de los nuestros ese día, y yo estuve allí! » recordó con orgullo Pekín. « Pero, a mi no me capturaron! » Y ahora Craig sintió que no podía sostener mas ese odio. Bajo el barniz de crueldad y salvajismo impuestos sobre ellos por la guerra, estaban los verdaderos Matabeles que siempre había amado, con su irreprimible sentido del humor, el profundo orgullo

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en si mismos y su tribu, el sentido del honor y la lealtad a su particular código moral. Mientras charlaban, Craig se mostró afectuoso hacia ellos y ellos lo percibieron y le respondieron a su vez del mismo modo. « Y que fue lo que te trajo aquí, Kufela? Un hombre inteligente como tu, que entra desarmado en la guarida del leopardo? Debes haber oído hablar de nosotros y no obstante viniste lo mismo? » « Si, escuche hablar sobre ustedes, Oí que ustedes son hombres duros , como los antiguos guerreros de Mzilikazi. » El elogio les dio placer. « Pero yo he venido a verlos y hablar con ustedes », prosiguió Craig. « Porque? » pregunto Lookout. « Escribiré un libro, y en este libro contare como son ustedes verdaderamente y porque combaten todavía. » « Un libro? » Pekín sospechó inmediatamente. « Que clase de libro? » pregunto Dólar respaldándolo. « Y quien eres tu para escribir un libro? » pregunto Lookout con cierto desprecio. « Eres muy joven. Los que escriben libros son viejos e instruidos. » Como todos los africanos apenas alfabetizados, tenia un supersticioso respeto por la palabra impresa, y reverencia por lo cabellos grises de los ancianos. « Un escritor con una sola pierna », se burló Dólar, y Pekín se rió recogiendo el fusil. Se lo puso en la falda y se rió de nuevo. La atmosfera había cambiado de nuevo « Si miente a propósito de este libro, quizás también miente a propósito de su amistad con el camarada Tungata », sugirió Dólar con maligna satisfacción. Pero Craig estaba preparado también para esto. Tomo un gran sobre en papel Manila de la tapa de su mochila y extrajo de el un grueso manojo de recortes de diarios. Los repartió lentamente entre los tres incrédulos permitiendo que la burlona incredulidad se transformara en interés y luego seleccionó uno y se lo alcanzó a Lookout. La serie de TV del libro se había visto en la televisión de Zimbabwe hacia dos años, antes que estos guerrilleros retornaran a la selva. Ellos la habían disfrutado y seguido ávidamente durante su transmisión. « Hau! » exclamó Lookout. « Es el viejo rey Mzilikazi! » La fotografía retrataba a Craig en el set de televisión, con los actores caracterizados con sus vestuarios. Los guerrilleros reconocieron inmediatamente al actor americano negro que personificaba al antiguo rey de los Matabeles. Lucia el vestuario de piel de leopardo y plumas de garzas. « Y este eres tu, junto al rey! » No habian quedado tan impresionados ni siquiera con su foto junto a Tungata. Había otro recorte, una foto tomada en la librería Doubleday sobre la Quinta Avenida, donde Craig, posaba junto a la enorme pirámide de copias de su libro con una ampliación de su retrato de tapa puesto en la cima de la pirámide. « Eres tu! » estaban realmente atónitos ahora. « Tu escribiste ese libro? » « Ahora me creen? » preguntó Craig, pero Lookout antes de comprometerse volvió a examinar con gran atención la prueba. Moviendo los labios leyó el texto del articulo y cuando se lo devolvió a Craig, dijo con seriedad: « Kufela, no obstante tu juventud eres verdaderamente un escritor importante ». Ahora estaban casi patéticamente ansiosos de contarle sus quejas, como apelantes en un indaba tribal donde los ancianos de la tribu escuchaban las causas y administraban justicia. Mientras hablaban, el sol se elevaba en un cielo azul y sin mácula como un huevo de garza y alcanzo el cenit y hacia la tarde hasta la rosada muerte en el crepúsculo. Lo que relataban era la tragedia del África, las barreras que dividían este poderoso continente, y que contenía todas las semillas de violencia y desastre, la única enfermedad incurable que los infectaba a todos, el tribalismo. Aqui se trataba de Matabeles contra Mashonas. « Los comemierda », los llamaba Lookout. « Los hombres de las cavernas, los fugitivos en las colinas fortificadas, los chacales que solo muerden cuando le das la espalda. » Era el desprecio del guerrero por el mercader, del hombre de acción por el astuto negociador y el político. « Desde cuando el gran Mzilikazi cruzo por primera vez el Limpopo, los Mashonas son nuestros perros: esclavos e hijos de esclavos. »

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Esta historia de desplazamiento y dominación de un grupo por otro no estaba solo confinada a Zimbabwe, sino que en el transcurrir de los siglos había tenido lugar en todo el continente. Mas al norte los aristocráticos Masai habían asolado y aterrorizado a los Kikuyu, que no poseía cultura guerrera; los gigantes Watussi, que consideraban enano a cualquier hombre de menos de dos metros, habían reducido a la esclavitud a los gentiles Hutus; y en cada caso, los esclavos habían compensado su falta de ferocidad con la astucia política, y tan pronto la protección de los colonos blancos se retiro, habían o masacrado a sus torturadores, como los Hutus le habían hecho a los Watusis, o habían bastardeado la doctrina del gobierno de Westminster, descartando los controles y equilibrios que hacían equitativo al sistema, y habían usado su superioridad numérica para reducir a sus antiguos dominadores a la impotencia política, como habían hecho los Kikuyu con los Masai. Exactamente el mismo proceso estaba ocurriendo aquí en Zimbabwe. Los colonos blancos se habían vuelto intrascendentes por la guerrilla, y los conceptos de juego limpio e integridad que los administradores blancos y los servidores públicos habían impuesto a todas las tribus fueron anulados con ellos. « Hay cinco Mashonas comemierda por cada indoda Matabele », le dijo amargamente Lookouta a Craig. « Pero porque esto les da derecho a mandarnos? Cinco esclavos pueden mandar a un rey? Si cinco babuinos gritan, acaso tiembla quizás el león de melena negra? » « Así se hace en Inglaterra y en America », dijo Craig suavemente: « La voluntad de la mayoría prevalece... » « Me cago en la voluntad de la mayoría », afirmo Lookout descartando ligeramente la doctrina democrática. « Esas cosas podrán funcionar en Inglaterra o en America, pero aquí estamos en África. No funcionan aquí. Yo no acato la voluntad de cinco comemierdas. No, y ni siquiera de cien o mil. Yo soy un Matabele, y el único que me puede mandar es un rey de los Matabeles. » « Sí », pensó Craig, « esta es el África. » La vieja África que se despertaba del trance provocado por cien años de colonialismo y volvía inmediatamente a las viejas costumbres. Pensó en la decena de miles de jóvenes ingleses de caras de niño que, por un modesto salario del Servicio Colonial, habían venido a pasar sus vidas intentando inculcar en las reacias poblaciones indígenas, la ética del trabajo protestante, el ideal del juego limpio y la democracia parlamentaria; hombres jóvenes que habían vuelto a Inglaterra prematuramente avejentados y con la salud arruinada, a terminar sus días con una miserable pensión y la idea de haber dedicado sus vidas a una misión importante y duradera. « Cuantos de ellos habrían sospechado », se preguntaba Craig, « de que todo podía haber sido en vano? » Los limites que el sistema colonial había impuesto, eran precisos y netos. Seguían un río, o la costa de un lago, un cordón montañoso o, donde no había nada por el estilo, un agrimensor con teodolito trazaba una línea ideal sobre el territorio. « Este lado es el África Oriental alemana, de este otro lado el Imperio Británico.» No sabiendo ni siquiera el nombre de la tribu que con esa acción dividían por la mitad. « Muchos de nuestro pueblo viven del otro lado del río, en Sudáfrica », se lamentó Pekín. « Si estuviéramos unidos, las cosas serian diferentes, seriamos mas nosotros, pero estamos divididos. » « Y el shona es astuto, astuto como los babuinos que vienen a comer el grano en el campo de noche. Sabe que un guerrero Matabele es capaz de comerse a cien de ellos, así fue la primera vez que nos levantamos contra ellos, se sirvieron de los soldados blancos de Smith que habían quedado aquí... » Craig recordó la amarga satisfacción de los soldados blancos que consideraban que no habían sido derrotados en combate, sino traicionados cuando el gobierno de Mugabe los había dejado solos contra la facción disidente de los Matabeles. « Llegaron los pilotos blancos con los aviones, y las tropas blancas del Regimiento Rhodesiano... ». Después de la batalla, el patio de maniobras de la estación de Bulawayo estaba atestado de vagones frigoríficos cada uno lleno del piso al techo con los cadáveres de los Matabeles caídos. « Los soldados blancos le hicieron el trabajo, mientras Mugabe y los suyos se escapaban a Harare a esconderse bajo las polleras de sus mujeres. Después, cuando los blancos nos desarmaron, aparecieron de nuevo, se sacudieron el polvo de la retirada y volvieron pavoneándose como conquistadores. » « Han deshonrado a nuestros dirigentes... »

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Nkomo, el jefe de los Matabeles, fue acusado de proteger a los disidentes y acumular reservas de armas, y cayo en desgracia con el gobierno dominado por los Mashonas, y fue obligado a retirarse de la política. « Tienen campos de concentración secretos en la selva donde se llevan a nuestros lideres », continuó Pekín. « Le hacen cosas a nuestros hombres que no se pueden relatar. » « Ahora que estamos desarmados, sus unidades especiales se mueven por nuestras aldeas. Apaleando a nuestros viejos y mujeres, violan a las jóvenes y se llevan a nuestros muchachos y nunca mas los vemos u oímos de ellos. » Craig había visto una fotografía de hombres en azul y kaki de la vieja Policía Sudafricana, en un tiempo el uniforme del honor y del juego limpio, que conducían un interrogatorio en una aldea. Tenían a un Matabele desnudo acostado de panza en la tierra, policías armados y uniformados se paraban con sus botas y peso completo sobre cada tobillo y muñecas para sujetarlo; mientras otros dos policías blandiendo cachiporras pesadas como bates de béisbol le lanzaban golpes con toda su fuerza, levantando las cachiporras por sobre sus cabezas y haciendo llover palos sobre los hombros espalda y glúteos del prisionero. En el epígrafe de la foto se leía: « Policías de Zimbabwe interrogan a un sospechoso en un intento por conocer el paradero de turistas Británicos y Americanos secuestrados por disidentes Matabeles ». Pero no había fotos de lo que le hicieron a las muchachas Matabeles. « Quizás las tropas del gobierno buscaban a los rehenes ustedes admitieron haber capturado », observó Craig. « Hace un rato antes ustedes me habrían matado alegremente o tomado como rehén también. » « Los shona comenzaron con este negocio mucho antes que nosotros capturáramos a nuestro primer rehén », le replico Lookout. « Si, pero ustedes están capturando rehenes inocentes », insistió Craig. « Disparándole a los agricultores blancos... » « Y que otra cosa podemos hacer para hacerle entender al mundo lo que le esta sucediendo a nuestro pueblo? Tenemos muy pocos dirigentes que no han sido encarcelados o silenciados aunque no tengan el mas mínimo poder. No tenemos armas excepto estas pocas que pudimos esconder, no tenemos amigos poderosos, mientras que los shona tienen aliados Chinos, Ingleses y Americanos. No tenemos dinero para continuar la lucha, y ellos tienen toda la riqueza del país y millones de dólares de ayuda de esos poderosos aliados. Que otra cosa podemos hacer para que el mundo entienda nuestra desesperación? » Craig decidió prudentemente que no era ni el momento ni el lugar para ofrecerles una lección de moralidad política; después de todo pensaba que quizás su concepto de moralidad era un poco anticuado. Había un nuevo oportunismo político en las relaciones internacionales que se había vuelto aceptable: el derecho de las minorías impotentes y sin voz de llamar la atención a su causa con la violencia. Desde los palestinos y los vascos separatistas a los dinamiteros del IRA reventando a jóvenes guardias británicos y caballos por las calles de Londres, existía una nueva moralidad afuera. Con estos ejemplos frente a sus ojos, y desde su propia experiencia de lograr exitosos cambios políticos mediante la violencia, estos jóvenes eran los hijos de la nueva moralidad. Si bien Craig no podría nunca concordar con esos métodos, ni siquiera en cien años, no obstante se sorprendió simpatizando –aunque a pesar suyo- con esta gente y sus aspiraciones. Siempre había habido un extraño y a veces sangriento vinculo entre la familia de Craig y los Matabeles. Una tradición de respeto y comprensión por un pueblo que podía constituir el mejor amigo del mundo o un enemigo de los peores, una raza fiera, aristocrática y guerrera que merecía algo mejor del destino que ahora le tocaba. Había un rasgo elitista en la mentalidad de Craig que le hacia odiar ver a un Gulliver rendido impotente por los liliputienses. Aborrecía la política de la envidia y la malignidad del socialismo que, sentía, buscaba minimizar a los héroes y reducir a cada hombre excepcional al gris rango de la grey, a sustituir la verdadera conducción con el lento mascullar de los patanes sindicales, a castrar cada iniciativa con esquemas punitivos para después, guiar gradualmente a una plebe obtusa y quejosa al encierro del totalitarismo marxista. Estos hombres eran terroristas, ciertamente. Craig sonrío; también lo era Robin Hood, pero al menos tenia un cierto estilo y un poco de clase. « Veras pronto al camarada Tungata? » le preguntaron con ansia casi patética. « Sí, lo veré pronto. »

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« Dile que estamos aquí. Dile que estamos listos y esperando. » Craig asintio. « Se lo dire. ». Volvieron con el hasta donde había dejado el Volkswagen, y el camarada Dólar insistió en llevarle la mochila. Cuando llegaron al auto cubierto de tierra se subieron apretujándose con los cañones de los AK 47 fuera de las ventanillas. « Vamos contigo hasta la ruta a las cataratas Victoria, Porque si encuentras otra de nuestras patrullas cuando estés solo, quizás te disparen antes de hablar. » Llegaron a la Gran Carretera Norte mucho después de que anocheciera. Craig abrió su mochila y les dio lo que quedaba de sus raciones, el whisky y los cigarrillos. En la billetera tenia doscientos dólares y los agrego al regalo. Después se estrecharon las manos. « Dile al camarada Tungata que necesitamos armas », dijo Dólar. « Y que mas que las armas necesitamos de un líder. » El camarada Lookout le tendió la mano con ese especial apretón de pulgar y palma reservado para los amigos de mas confianza. « Ve en paz, Kufela », le dijo. « Que la pierna-que-camina-sola pueda llevarte lejos y rápido. » « Queda en paz, amigo mío », le dijo Craig. « No, Kufela, augúrame mejor la sangrienta guerra... » El rostro de Lookout con la gran cicatriz se veía terrible a la luz de los faros. Cuando Craig se volvió, habían desaparecido en la oscuridad, silenciosos como leopardos cazando. « Habría apostado a que no volverias mas. » Así lo saludo Jock Daniels a Craig cuando entro en la agencia a la mañana siguiente. « Estuviste en el Chizarira, o prevaleció el buen sentido? » « Todavía estoy vivo, no? » replicó Craig eludiendo la pregunta directa. « Bravo », dijo Jock. « Mejor no meterse con esos shufta Matabeles. Son todos bandidos y basta. » « Noticias de Zurich? » Jock negó con la cabeza. « Mande un telex a las nueve hora local. Tienen una hora de diferencia con nosotros. » « Puedo usar tu teléfono? Debo hacer unas llamadas privadas. » « Locales? No quisiera que hablases con tus pájaros en New York a mis expensas. » « Por supuesto. » « Bueno. Mientras telefoneas me cuidas el negocio mientras estoy ausente. » Craig se sentó en el escritorio de Jock y consultó los apuntes en código que había tomado del legajo de Henry Pickering. La primera llamada que hizo fue a la embajada americana de Harare, la capital, a seiscientos kilómetros al noreste de Bulawayo. « Me pasa con el agregado cultural, mister Morgan Oxford por favor? », le pregunto a la operadora en el conmutador. « Oxford », el acento era nítido de Boston y de la Ivy League. « Craig Mellow. Un amigo común me pedido que lo llame para darle sus saludos. » « Si, lo estaba esperando. Porque no viene a verme? » « Con mucho placer », le dijo Craig y colgó. Henry Pickering no hablaba en vano. Cualquier mensaje consignado a Oxford partiría en la valija diplomática y estaría en el escritorio de Pickering en el termino de doce horas. La segunda llamada fue al ministerio de Turismo e Información, y finalmente consiguió conectarse con la secretaria del ministro. Su actitud cambio a una cálida cooperación cuando el le hablo en Sindebele. « El camarada ministro esta en el parlamento en Harare», le dijo, y la dio a Craig su numero de teléfono privado en esa institución. Craig logró conectarse con la secretaria parlamentaria en la cuarta tentativa. Noto que el sistema telefónico había comenzado lentamente a deteriorarse: la maldición de todos los países en vía de desarrollo era la falta de buenos técnicos y artesanos expertos. Antes de la independencia, el mantenimiento del sistema telefónico era confiada a los blancos, pero ahora se habían ido casi todos. Esta secretaria era Mashonas e insistía en hablar en ingles para dar muestras de su sofisticación. « Por favor declare el motivo de su llamada. » Obviamente estaba leyendo de un papel impreso. « Personal. Conosco al camarada ministro. »

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« Ah, si. P-e-r-s-o-n-a-l. » La secretaria silabeo laboriosamente la palabra mientras la escribía. « Consultare la agenda del camarada ministro. Deberá telefonear de nuevo. » Craig consultó su propia lista. La próxima llamada era al registro gubernamental de sociedades, y esta vez tuvo mas suerte, porque encontró a un empleado eficiente y deseoso de colaborar. « El registro accionario de la sociedad Rholands Ltda., anteriormente conocida como la Rhodesian Lands and Mining Ltd. » Advirtió la desaprobación en el tono del empleado. « Rhodesia y Rhodesiano » eran malas palabras ahora, y Craig tomo mentalmente la resolución de cambiar el nombre de la compañía, si en el futuro tenia la potestad de hacerlo. « Zimlands » sonaría mucho mejor a los oídos africanos. « Tendré la copia de los datos que pidió sobre la sociedad para que los retire a las dieciséis », le aseguro el empleado. « La tasa por este servicio es de quince dólares. » La siguiente llamada de Craig fue a la oficina del Registro de Propiedades, y otra vez solicito copia de los títulos de propiedad de la compañía, los ranchos King’s Lynn, Queen’s Lynn y las propiedades Chizarira. Después había otros catorce nombres en su lista, todos los cuales habían tenido ranchos en Matabeleland cuando el se fue, vecinos cercanos y amigos de su familia, en los cuales el abuelo Bawu había confiado y apreciaba. De los catorce solo pudo contactar con cuatro, todos los otros habían vendido y emprendido la marcha hacia el sur. Las familias que quedaron se alegraron verdaderamente al escucharlo. « Bienvenido a casa, Craig. Hemos leído tu libro y visto la serie por TV. » Pero cuando comenzó a hacer preguntas se mostraron Reticentes y evasivos. Uno de ellos dijo; « Estos malditos teléfonos tienen fugas como un colador. Ven a cenar con nosotros, puedes quedarte a dormir. Sabes que siempre hay una cama para ti, Craig. Dios sabe que quedan pocas personas amigas aquí ». Jock Daniels volvió a media tarde, con la cara roja y transpirando. « Todavía usando mi teléfono? » farfullo. « Me pregunto si la licorería tendrá otra botella de ese Dimple Haig. » Craig respondió a su sutileza atravesando la calle y trayendo la botella en una bolsa de papel marrón. « Me olvide que necesitas tener un hígado de hierro para vivir en este país. » Desenrosco la tapa y la tiro en el cesto de la basura. A las cinco menos diez telefoneo de nuevo a la secretaria del ministro en el parlamento. « El camarada ministro Tungata Zebiwe gentilmente ha accedido a encontrarse con usted el viernes por la mañana a las diez. Puede concederle veinte minutos. » « Por favor transmita mi agradecimiento al ministro. » Eso le daba a Craig tres días de tiempo para matar, y significaba que tendría que conducir los seiscientos kilómetros hasta Harare. « Ninguna respuesta de Zurich? » Lleno de nuevo el vaso de Jock. « Si me hicieras una oferta como esa, yo tampoco me molestaría en contestarla », rezongó Jock, agarrando la botella de la mano de Craig y sirviéndose un poco mas en el vaso. En los días sucesivos Craig acepto las invitaciones para visitar a los viejos amigos de Bawu, y fue agasajado con la tradicional hospitalidad rhodesiana. « Por supuesto no puedes conseguir todos los lujos, las mermeladas Crosse and Blackwell, el jabón Bronnley », le dijo una de sus anfitrionas sirviéndole una abundante porción de comida, « pero una se las arregla y es divertido. » y le indico a la camarera de guantes blancos que llenaran de nuevo el plato de plata con batatas horneadas. Paso los días con hombres bronceados, de hablar parco y sombreros de ala ancha de fieltro y pantalones cortos color kaki, examinando su gordo ganado desde el asiento de una Land Rover descapotada. « Todavía la carne de Matabeleland es la mejor », le dijeron con orgullo. « El pasto mas dulce del mundo. Por supuesto debemos exportar a través de Sudáfrica, pero los precios son muy buenos. Me alegro de no haberme ido. Escuche acerca del

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viejo Derek Sanders, en Nueva Zelanda. Trabajando como peón en un rancho de ovejas, dice que es una vida muy dura. Allá no hay Matabeles para hacer el trabajo sucio. » Miraba a sus pastores negros con afecto paternal. « Son exactamente los mismos de antes, bajo todos los ritmos de la política. La sal de la tierra, mi muchacho. Son mi pueblo, siento que son como mi familia y me alegro de no haberlo abandonado. » « Naturalmente que hay problemas », le dijo otro de sus huéspedes. « Las importaciones son dificilísimas. Es difícil conseguir repuestos para los tractores, las medicinas para el ganado, etc. Pero el gobierno de Mugabe esta despertando. Como productores de alimentos, tenemos prioridad en los permisos de importación para lo esencial. Por supuesto, los teléfonos funcionan cuando tienen ganas y los trenes no correr mas a horario. Hay una inflación galopante, pero el precio de los bovinos se mantiene a la par. Han abierto las escuelas, pero mandamos a los chicos al sur, para que tengan una educación decente... » « Y la política? » « Eso es entre los negros. Matabeles y Mashonas. El hombre blanco, gracias a Dios, no interviene mas. Dejemos que los bastardos se destrocen entre si quieren! Yo me mantengo al margen y no es una mala vida, no como en los viejos tiempos, esta claro, pero nunca lo es, no es verdad? » « Comprarías mas tierras? » « No tengo el dinero, mi viejo. » « Y si lo tuvieses? » El ranchero se refregó la nariz pensativo. « Quizás se podría hacer una fortuna si el país se endereza, con los precios que tiene la tierra en este momento, o podría perder todo si las cosas empeoran. » « Se puede decir lo mismo de la Bolsa, pero, mientras tanto, se vive bien? » « Se vive bien, si. Y que diablos, yo fui criado en las aguas del Zambezi. No creo que seria feliz respirando el smog de Londres o sacudiéndome las moscas en el interior australiano. » El jueves por la mañana Craig volvió al motel, recogió su ropa limpia, la coloco en el bolso de tela que constituya todo su equipaje, pagó la cuenta y se fue. Telefoneo a la oficina de Jock. « Todavía nada de Zurich? » « Llego un telex hace una hora. » Se precipitó a la agencia, donde Jock le entregó la hoja. Craig lo leyó rápidamente. « Garantizamos a su cliente una opción valida por treinta días para adquirir todas las acciones de la Rholands Co. Al precio de medio millón de dólares americanos pagaderos en Zurich a la firma del boleto de compraventa. No se consideraran contraofertas. » No podrían haber sido mas concluyentes. Bawu había dicho “duplica tu estimado” y hasta ahora tenia razón. Jock lo estaba estudiando. « Duplicaron tu oferta inicial », observó.« Tienes medio millón? » « Tengo que hablar con mi tío rico », bromeo Craig; « Y de todos modos tengo treinta días. Estaré de vuelta antes. » « Donde te puedo encontrar? » le preguntó Jock. « No me llames, te llamare yo. » Le pidió a Jock otro bidón de combustible de su reserva personal y enfilo el Volkswagen hacia el noreste en la carretera hacia Mashonaland y Harare. Veinte kilómetros fuera de la ciudad se enfrento con el primer puesto de control. « Casi como en los viejos tiempos », pensó, mientras se bajaba a la banquina. Dos soldados negros en uniforme de batalla camuflado examinaron el Volkswagen en busca de armas con exasperante lentitud, mientras que un teniente con el birrete del distintivo rojo de la Tercera Brigada, adiestrada por coreanos, le examinaba el pasaporte. Una vez mas Craig se felicitó por la tradición familiar por la cual las mujeres encintas, tanto del lado de los Mellows como de Ballantyne, iban a parir a Inglaterra. Ese librito azul con el león dorado y el unicornio y el lema “Honni soit qui mal y pense“ impreso en la tapa todavía demandaba una cierta deferencia aun hasta en un puesto de control de la Tercera Brigada. Eran las ultimas horas de la tarde cuando, superada la línea de bajas colinas distinguió el grupito de rascacielos que se elevaban incongruentes en el veld africano, como lápidas sobre el sueño de inmortalidad del Imperio Británico. La ciudad que en un tiempo se había llamado Lord Salisbury, el ministro del exterior que había negociado la transferencia a la corona de la Compañía Británica

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de Sudáfrica, había vuelto al nombre de Harare; por el cacique del original villorrio shona, un puñado de cabañas que los pioneros blancos habían encontrado allí aquel día de septiembre de 1890 cuando habían llegado finalmente después del largo viaje desde el sur. También las calles habían cambiado de nombre; de aquellos que conmemoraban a los pioneros blancos y el imperio victoriano, a los de los hijos de la revolución negra y a sus aliados. Cualquier nombre andaba bien, bastaba que fuese distinto. Entrando en la ciudad, Craig se encontró con una atmosfera de expansión. Las veredas estaban atestadas de ruidosas multitudes negras, y en el lobby del Monomatapa Hotel, situado en un edificio de dieciséis pisos, resonaba una veintena de lenguas y acentos diversos. Los turistas se empujaban con banqueros, hombres de negocios, diplomáticos extranjeros, funcionarios estatales y consejeros militares. No había una habitación para Craig, hasta que no se encontró con un asistente de gerente del hotel que había leído su libro y visto la novela seriada en la TV. Luego Craig fue acompañado a una habitación en el piso quince con vista al parque. Mientras se encontraba en el baño, arribó una procesión de mozos trayendo flores y canastas con frutas y una botella de champagne sudafricano graciosamente ofrecida por la dirección. Trabajo hasta después de media noche en el informe a Henry Pickering, y estuvo en el edificio del parlamento en Causeway a las nueve y treinta de la mañana siguiente. La secretaria del ministro lo hizo esperar cuarenta y cinco minutos antes de conducirlo a la oficina de paredes recubiertas en maderas y el camarada ministro Tungata Zebiwe se levanto de su escritorio para recibirlo. Craig si había olvidado lo imponente que era aquel hombre, o quizás había crecido en estatura desde la ultima vez que lo había visto. Recordó que una vez Tungata había sido su ayudante, cuando Craig era ranger del ministerio para la Conservación de la Fauna, y le pareció un hecho de una vida anterior. En aquellos días se llamaba Samson Kumalo, de los Kumalo que descendían en línea directa del rey Matabele, y el era su directo descendiente. Bazo, su bisabuelo, había sido el jefe de la rebelión de los Matabele del 1896, y había sido ahorcado por los colonos blancos por esto. Su tatarabuelo Gandang, era hermanastro de Lobengula, el ultimo rey de los Matabeles que los soldados de Rhodes habían conducido a una muerte innoble y a una tumba desconocida en la región selvática del norte después de destruir su capital en Gubulawayo, el lugar de la masacre. Era de sangre real, y se notaba. Mas alto que Craig, llegaba a los dos metros y no era flaco, todavía no había comenzado a engordar, lo que era a menudo la contextura de los Matabeles, su físico destacado a la perfección por el corte del traje italiano de seda; hombros anchísimos como un verdadero ropero y vientre plano de galgo. Había sido uno de los mas exitosos combatientes durante la guerra, y todavía era un guerrero, no había duda de eso. Craig experimento un notable e inesperado placer al verlo. « Te veo, camarada ministro », lo saludó Craig en sindebele, evitando elegir entre el viejo apelativo familiar « Sam », y el nombre de guerra que había adoptado ahora, Tungata Zebiwe, que significa « Aquel-que-persigue-la-justicia ». « Te despedí una vez », respondió Tungata en la misma lengua. « Salde todas las deudas entre nosotros y te despedí. » No había signos de placer en sus ojos oscuros, la mandíbula huesuda apretada rígidamente. « Te estoy agradecido por lo que hiciste », dijo Craig, también sin sonreír, escondiendo su placer. Fue Tungata quien firmo un permiso ministerial especial para consentirle exportar el yate de construcción propia, el Bawu, en un momento en que no se podía sacar del país ni siquiera una heladera vieja o el elástico de una cama. En esa época el yate era la única posesión de Craig en el mundo, y el todavía estaba convaleciente de la explosión de la mina y confinado a una silla de ruedas. « No quiero tu gratitud », dijo Tungata. Sin embargo detrás de aquellos ojos del color de la miel oscura había algo que Craig no lograba entender. « Ni siquiera la amistad que todavía te ofrezco? » pregunto amablemente Craig. « Todo eso murió en el campo de batalla », dijo Tungata. « Fue lavado con sangre. Elegiste irte, porque has vuelto ahora? » « Porque esta es mi tierra. » « Tu tierra... » Vio el rojizo brillo de la rabia difundirse en el blanco de los ojos de Tungata. « Tu tierra! Hablas como un colonialista. Como uno de los soldados asesinos de Cecil Rhodes. » « No quise decirlo de ese modo. »

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« Tu gente conquisto esta tierra con fusiles, y a punta de fusiles la sometieron. No me hables mas de tu tierra. » « Sabes odiar tan bien como has combatido », le dijo Craig, comenzando a sentir que su propio enojo empezaba a picarle tras los ojos, « pero no he vuelto para odiar. He vuelto porque mi corazón me trajo. Volví porque sentí que podía contribuir a reconstruir lo que fue destruido. » Tungata se sentó en el escritorio, cubriendo con las manos el blanco secante. Eran muy oscuras y potentes. Se miraron en silencio, un silencio que se prolongo por varios segundos. « Estuviste en Kings Lynn », dijo finalmente Tungata, y Craig se sorprendió. « Después fuiste al norte al Chizarira. » « Tus ojos son penetrantes », asintió Craig. « Ven todo. » « Has pedido de los títulos de esas tierras. » Nuevamente Craig se vio sorprendido, pero permaneció callado. « Pero no puedes ignorar que debes tener la aprobación del gobierno para comprar tierras en Zimbabwe. Debes declarar el uso que intentas darle y el capital que invertirás. » « Si, también lo se », concordó Craig. « Así que vienes a hablarme de amistad », dijo Tungata levantando la vista y mirándolo a la cara. « Luego, como un viejo amigo, me pedirás otro favor, no es así? » Craig extendió los brazos, con las palmas hacia arriba con gesto de resignación. « Un solo colono blanco en una tierra que basta para dar de comer a cincuenta familias Matabele. Un criador blanco que engorda y se enriquece mientras sus sirvientes visten harapos y comen las sobras que el tira! » tronó Tungata. Craig levantó la voz a su vez. « Un criador blanco que trae un capital de millones a un país hambriento de divisas; un criador blanco que les da trabajo a decenas de Matabeles; un criador blanco que produce alimentos suficientes para diez mil Matabeles, y no para solo cincuenta. Un criador blanco que hace rendir a la tierra, defendiéndola de las cabras y de la sequía, de modo que producirá por quinientos años y no cinco... » Craig dejo rebullir su rabia y le devolvió la mirada airada a Tungata, inclinado con sus piernas rígidas sobre el escritorio. « Tu estas terminado aqui! » rugió Tungata. « El kraal esta cerrado para ti! Vuelve a tu barco, a tu fama y a tus mujeres en celo, y agradece al cielo que solo te quitamos una pierna! Vete antes que pierdas también la cabeza! » Tungata miro su reloj pulsera. « No tengo mas nada que decir », dijo parándose. No obstante, detrás de su mirada inexpresiva y hostil, Craig continuaba advirtiendo que esa cosa indefinible todavía estaba allí. Trató de darle un nombre; no era temor, estaba seguro, ni era engaño. Una especie de desesperacion, un profundo pesar, hasta un sentimiento de culpa; o quizás una mezcla de todo eso junto. « Bueno, antes de irme debo decirte otra cosa. » Craig se acerco mas al escritorio y bajo la voz. « Sabes que estuve en el Chizarira. Allí encontré tres hombres. Se llaman Pekín, Lookout y Dólar, y me han pedido que te transmita un mensaje... » Craig no pudo proseguir, porque la rabia de Tungata se transformó en furia. La cólera lo hacia temblar, se le nubló la vista, y se le anudaron los músculos en las articulaciones de la imponente mandíbula. « Silencio », siseó, con la voz controlada pero a punto de explotar. « No te metas en cosas que no entiendes y que no te importan. Deja este país antes que te pisotee. » « Me iré », dijo Craig devolviéndole desafiante la mirada, « pero solo después que mi solicitud para comprar tierras haya sido rechazada oficialmente. » « Entonces te iras pronto », replicó Tungata. « Yo te lo garantizo. » En el estacionamiento del parlamento el Volkswagen se estaba calcinando. Craig abrió las puertas y mientras esperaba que el interior se refrescara un poco, se encontró temblando por el efecto del altercado con Tungata Zebiwe. Levanto una mano a la altura de sus ojos y constato el temblor de sus dedos. Cuando trabajaba e la reserva, después de haber matado a un león comedor de hombres o un elefante destructor de sembrados, la adrenalina le jugaba la misma pasada. Entró en el vehiculo y mientras esperaba recuperar el control, trato de ordenar sus impresiones de la reunión y de rever lo que había sacado de ella. Claramente había estado bajo la vigilancia de un servicio secreto estatal desde el momento de su llegada a Matabeleland. Quizás el motivo de la vigilancia era

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simplemente su fama literaria; su nombre era tan conocido que en una lista saltaba a la vista. Nunca lo habría sabido, pero el hecho era que cada movimiento suyo le había sido informado a Tungata. Sin embargo todavía no lograba entender la violenta oposición de Tungata a su proyecto. Las razones que le había dado eran mezquinas y rencorosas. Y Samson Kumalo nunca había sido ni mezquino ni rencoroso Craig estaba seguro que había percibido correctamente esa extraña atenuante emoción contradictoria detrás del comportamiento hostil de Tungata; había corrientes y contracorrientes en las aguas que navegaba Craig. Repensó en la colérica reacción de Tungata cuando menciono a los tres guerrilleros que había encontrado en el Chizarira. Obviamente Tungata ya conocía sus nombres y sus reprensiones habían sido demasiado violentas para venir de una consciencia cristalina. Había muchas cosas que a Craig le hubiera gustado saber, y muchas que Henry Pickering habría juzgado interesantes. Craig arranco el VW y volvió lentamente al Monomatapa a lo largo de las avenidas que originalmente habían sido trazadas lo suficientemente anchas para permitir a un tiro de treinta y seis bueyes a girar en « U ». Era cerca del mediodía cuando llego a su habitación. Abrió el bar y tomo la botella de gin, después la dejó sin abrirla y en cambio llamo al servicio de habitaciones para que le trajeran café. Su habito de beber durante el día lo había seguido desde New York, y sabia que había contribuido a su falta de propósitos. Eso tenia que cambiar, decidió. Se sentó en el escritorio junto a la ventana panorámica y miro hacia abajo. Mientras ordenaba sus pensamientos admiraba los frondosos jacarandaes azules del parque, después tomo la lapicera y puso al día el informe a Henry Pickering, incluyendo sus impresiones de la relación de Tungata con los disidentes Matabeles y su extraña oposición al proyecto de Craig de comprar tierras. Esto condujo necesariamente al pedido de financiamiento, y el dispuso sus cifras, su valoración del potencial de la Rholands, y sus planes para King's Lynn y la reserva del Chizarira del modo mas favorable posible. Jugando con el manifiesto interés de Henry Pickering por los recursos turísticos en Zimbabwe, se explayo en sumo grado sobre el desarrollo de « Zambesi Waters » como atracción turística. Coloco los dos informes separados en dos sobres de papel Manila, los sello y se fue a la embajada americana. Sobrevivió al escrutinio de un marine en su cubículo blindado y espero a que Morgan Oxford viniese a identificarlo. El agregado cultural fue una sorpresa para Craig. Apenas pasaba de la treintena, como Craig, pero era fornido como un atleta universitario, tenia el pelo cortísimo y los ojos de un azul penetrante y un apretón de mano firme sugería bastante mas fuerza que la que ejercía en ese momento. Acompaño a Craig hasta una pequeña oficina trasera y acepto los dos sobres Manila sin comentarios. « Mi han pedido que lo presente en el ambiente », dijo. « Hay una recepción y cocktail en la residencia del embajador de Francia esta noche. Un buen lugar para comenzar, de seis a siete, le viene bien? » « Okay. » « Esta en el Mono o en el Meikles? » « Monomatapa. » « Iré a recogerlo a las diecisiete y cuarenta y cinco. » Craig noto que no había dicho las seis menos cuarto, como diría cualquiera, sino diecisiete y cuarenta y cinco, como un ferroviario, un astronauta o un militar. « Agregado cultural? », pensó. No obstante el régimen socialista de Mitterrand, los franceses sacaron a relucir su característico impulso vital. La recepción fue sobre los prados de la residencia del embajador, con la tricolor ondulando alegremente en la brisa vespertina y el perfume de las flores de frangipani que, después del tórrido calor del día, creaba una ilusión de frescura. Los sirvientes Lucian kanzas blancas hasta el tobillo, con fez y fajas rojas, y el champagne, aunque no de la mejor cosecha, era Bollinger, mientras que el foie gras sobre los canapés provenía del Perigord. La banda de la policía, bajo los árboles de Spathodea en el limite del prado, tocaban aires de opereta italiana con el exuberante ritmo africano. Solo la heterogeneidad de los invitados distinguía a esta recepción de la ultima a la que había sido invitado Craig, seis años antes, del gobernador general de Rhodesia.

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Los Chinos y los Coreanos eran los mas numerosos y notables, disfrutando en su posición de especial favoritismo con el gobierno. Habían sido ellos los mas constantes en ayuda y apoyo material a las fuerzas Shona durante la larga guerra en la jungla, mientras que los Soviéticos habían cometido un raro error de juicio cortejando a la facción Matabeles, por lo cual el gobierno de Mugabe los relegaba en gran medida. Cada grupo en el prado parecía incluir las rechonchas figuras en arrugados trajes pijamas, sonriendo y sacudiendo sus largos y lacios mechones como muñecos mandarines, mientras que los Rusos formaban un pequeño grupo entre ellos y los que estaban uniformados eran oficiales jóvenes, no habiendo ni siquiera un coronel entre ellos, notó Craig; los rusos estaban verdaderamente constreñidos a remar contra la corriente. Morgan Oxford presentó a Craig a los anfitriones. La embajadora era por lo menos treinta años mas joven que su marido. Ella lucia un brillante Pucci estampado con chic parisino. Craig dijo: « Enchanté, madame », y toco el dorso de su mano con los labios. Cuando se enderezó, ella le dedicó una lenta ojeada de apreciación antes de volverse al siguiente huésped. « Pickering ya me había advertido que usted era una especie de Don Juan », lo chanceo amablemente Morgan. « Pero cuidado con provocar un incidente diplomatico.» « Muy bien, me conformare con una copa del burbujeante Bollinger. » Cada uno de ellos armado con una copa de champaña examinaron el prado. Las damas de las republicas centroafricanas lucían trajes nacionales, una maravillosa cacofonía de colores como un enjambre de mariposas de la jungla, y sus consortes llevaban bastones primorosamente tallados o matamoscas hechos de colas de animales, y los musulmanes entre ellos usaban fezes bordados con las borlas denotando que eran Hadji que habían efectuado la peregrinación a la meca. « Duerme bien, Bawu », Craig pensó en su abuelo, el archi colonialista. « Es mejor que no hayas vivido para ver esto. » « Mejor representemos tu número frente a los británicos, dado que ese es el pasaporte que tienes », sugirió Morgan, y lo presentó a la mujer del alto comisionado británico, una mujer de mandíbula de acero con un peinado laqueado inspirado en el de Margaret Thatcher. « No puedo decir que disfrute de toda esa violencia detallada en su libro », lo apostrofó severamente. « Cree que era realmente necesaria? » Craig elimino toda traza de ironía en su voz. « El África es una tierra violenta. Quien oculte ese hecho no seria un narrador sincero. » No estaba de humor para tratar con críticos literarios amateurs y dejo que su mirada se deslizase por el prado, en busca de alguna distracción. Lo que vio le hizo saltar el corazón como un animal enjaulado. Desde el otro extremo del parque ella lo estaba mirando con los verdes ojos debajo de una ininterrumpida línea de oscuras y espesas cejas. Vestía una pollera de algodón con bolsillos aplicados que le llegaba hasta las rodillas, sandalias abiertas sujetas alrededor de los tobillos y una simple remera. Los cabellos negros y espesos los llevaba atados con una tira de cuero detrás del cuello, recién lavados y brillantes. Aunque no usaba maquillaje, su piel tostada tenia el lustre de una salud perfecta y los labios coloreados por la juvenil circulación sanguínea. Sobre un hombro le colgaba una Nikon FM con motor, y ambas manos metidas en los bolsillos de su pollera. Lo había estado mirando, pero, en el momento que Craig la miro directamente, ella levanto la barbilla en un gesto de desdén, le mantuvo la mirada por el tiempo estrictamente necesario y luego volvió la cabeza sin urgencia hacia el hombre que estaba parado junto a ella, escuchando atentamente lo que el le decía y luego mostró los blancos dientes en una pequeña risa controlada. El hombre era un africano, casi seguramente un Mashona, porque usaba el impecable uniforme del ejercito regular de Zimbabwe y el grado de general de brigada. Era tan elegante como el joven Harry Belafonte. « A algunas le gusta la carne de caballo », dijo en voz baja Morgan, bromeando nuevamente. « Ven que te lo presento. » Antes que Craig pudiera protestar, comenzó a cruzar el prado y el debió seguirlo. « General Peter Fungabera, puedo presentarle al señor Craig Mellow? El señor Mellow es el celebre escritor. » « Como le va, señor Mellow. Me disculpo por no haber leído su libro, tengo tan poco tiempo para el placer. » su ingles era excelente, la elección de palabras precisa, pero tenia un fuerte acento.

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« El general Fungabera es el ministro de la Seguridad Interna, Craig », le explicó Morgan. « Una cartera difícil, general. » Craig le estrecho la mano y vio que sus ojos eran penetrantes y crueles como los de un halcón, había un giro humorístico en su sonrisa y Craig se sintió inmediatamente atraído, un hombre duro, pero un buen hombre, juzgó. El general asintió. « Pero nunca es fácil nada que valga la pena hacer, ni siquiera escribir libros, no es verdad, señor Mellow? » Era un tipo despierto y a Craig le agradó mas todavía, pero su corazón todavía latía y tenia la boca seca, así que pudo concentrar tan solo una pequeña parte de su atención en el general. « Y esta », dijo Morgan, « es la señorita Sally-Anne Jay. » Craig giró para mirarla. Cuanto tiempo había pasado desde su ultimo encuentro? Quizás un mes? Pero el recordaba claramente cada mota dorada en sus ojos y cada peca en sus mejillas. « El señor Mellow y yo ya nos conocimos, aunque no creo que me recuerde. » Se volvió hacia Morgan y lo tomo del brazo en un gesto amistosamente familiar. « Lamento que no nos hayamos visto mas desde que volví de los Estados Unidos Morgan. No pude agradecerle lo suficiente por haber arreglado la exhibición para mi. He recibido tantas cartas... » « Oh, fue muy útil para nosotros también », le dijo Morgan. « Un trabajo excelente. Podemos cenar la semana que viene? Se lo mostraré » Se volvió hacia Craig para explicarle; « Organizamos una muestra de las fotografías de Sally-Anne en todos nuestros consulados africanos. Fotos esplendidas, Craig, debe ver su trabajo ». « El ya lo ha visto », dijo Sally-Anne con una sonrisa sin calidez. « Pero desgraciadamente el señor Mellow no comparte su entusiasmo por mi humilde esfuerzo.» Y sin darle a Craig la oportunidad de protestar, se volvió hacia Morgan. « Es magnifico, el general Fungabera me ha prometido acompañarme en una visita a un campo de reeducacion, y me permitirá hacer una serie de fotografías... » Con una sutil inclinación del cuerpo excluyo eficazmente a Craig de la conversación, y lo dejo sintiéndose desgarbado y sin palabras a un costado. Un suave toque en el hombro lo saco del embarazo. El general Fungabera lo llevo aparte, lo suficientemente lejos como para asegurarse la privacidad. « Usted parece tener la especialidad de crearse enemigos, señor Mellow. » « Hubo un malentendido entre nosotros en New York », dijo Craig mirando de reojo a Sally-Anne. « Aunque detecte cierta frialdad entre ustedes dos, no me refería a la joven y encantadora fotógrafa, sino a otros colocados mas alto y en mejor posición para ocasionarle perjuicios. » Ahora toda la atención de Craig se concentró en Peter Fungabera, que prosiguió suavemente. « Su reunión de esta mañana con un colega de gabinete mío fue, digamos que... » hizo una pausa, « infructuosa, verdad? » « Infructuosa es una palabra muy apropiada », concordó Craig. « Una gran pena, señor Mellow. Si queremos ser autosuficientes en alimentación e independientes de nuestros racistas vecinos del sur, necesitamos granjeros con capital y determinación en tierras que ahora están siendo abusadas. » « Usted esta bien informado, general, y visionario. » Conocía ya todo el mundo en el país exactamente lo que intentaba hacer? Se preguntaba Craig. « Gracias, señor Mellow. Quizás cuando usted este listo para pedir el permiso del gobierno para adquirir la tierra le convendría venir a hablar conmigo. Un amigo en la corte, no es ese el termino? Mi cuñado es el Ministro de Agricultura. » Cuando sonreía, el general Peter Fungabera era irresistible. « Y ahora, señor Mellow, como ya escucho, voy a acompañar a la señorita Jay en una visita a ciertas zona prohibidas del país. La prensa internacional esta haciendo un gran escándalo a propósito; hablan de Buchenwald creo que uno de ellos escribió, o fue Belsen? Se me ocurre que un hombre de su reputación podría aclararle las ideas a la opinión publica, un favor por otro, quizás si usted viajara en la misma compañía que la señorita Jay, entonces yo podría brindarle la oportunidad de reparar su malentendido de New York, no le parece? » Todavía estaba oscuro y frío cuando Craig estacionó el VW junto al hangar de la base aeronáutica de New Sarum. Con su bolso de mano se inclino para ingresar por la baja puerta lateral en el cavernoso interior. Peter Fungabera estaba allí, delante de el, hablando con dos suboficiales de la fuerza aérea, pero en el momento que vio a Craig, los despidió con un saludo informal y se le acercó sonriendo.

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Usaba el uniforme de batalla y el birrete rojo con el distintivo de plata representando una cabeza de leopardo, de la Tercera Brigada. Aparte de una pistola enfundada, llevaba solamente una fusta cubierta de cuero. « Buen día, señor Mellow. Yo admiro la puntualidad. » Miro el pequeño bolso de viaje de Craig. « Y la capacidad de viajar con poco equipaje. » Pasaron a través de las altas puertas corredizas dentro del hangar. Había dos viejos bombarderos Canberra estacionados delante del hangar. Ahora el orgullo de la fuerza aérea de Zimbabwe, alguna vez habían bombardeado despiadadamente los campamentos guerrilleros del otro lado del Zambesi. Detrás de las dos aeronaves militares estaba un elegante Cessna 210 plateado y azul, y Peter Fungabera se dirigió a el mientras bajo el ala apareció Sally-Anne. Estaba absorta en su recorrida de inspección de la maquina y Craig se percato que ella seria su piloto. Había esperado un helicóptero, y un piloto militar. Vestía un rompevientos patagónico, blujeans y botas de cuero blando. Se cubría los cabellos con una bufanda de seda. Se la veía profesional y competente mientras realizaba el chequeo visual del nivel de combustible en los tanques de las alas y luego salto al asfalto de la pista. « Buenos días, general. Le gustaría ocupar el asiento derecho de adelante? » « Porque no ponemos adelante al señor Mellow? Yo ya conozco el paisaje. » « Como guste », asintió mirando fríamente a Craig. « Señor Mellow », saludó, y trepo al asiento del piloto. Se comunico con la torre y carreteo hasta el punto inicial. Allí aplico el freno y murmuró; « Demasiado cerdo contrasta con la buena educación hebrea ». Craig abrió los ojos. Que clase de expresión era esa? Pero cuando vio que la muchacha comenzaba a abrir y cerrar interruptores, apretar botones y controlar diales indicadores, cayo en cuenta de que la extraña frase debía ser su acrónimo personal para recordar los controles necesarios antes de emprender el decolaje y sus prejuicios contra las mujeres piloto disminuyeron un poco. Después del despegue viro hacia el noroeste y coloco el piloto automático, abrió un mapa en gran escala sobre la falda y se concentró en la ruta. Una buena técnica de vuelo, admitió Craig, pero no mucho para relaciones públicas. « Una hermosa maquina », intentó Craig. « Es suya? » « De la Fundación Mundial Vida Salvaje. En préstamo permanente », respondió la muchacha, siempre fijando la mirada en el cielo frente a ella. « Cual es la velocidad de crucero? » « Hay un velocímetro directamente frente a usted, señor Mellow », rebatió sin inmutarse. Fue Peter Fungabera que, inclinándose sobre el respaldo del asiento de Craig rompió el silencio. « Ahí esta el Great Dyke », dijo indicando la accidentada formación geológica debajo de ellos. « Una intrusión riquísima de minerales: cromo, platino, oro. » Mas allá del afloramiento las tierras de labranza se esfumaban rápidamente y sobrevolaron una vasta área de colinas escarpadas y junglas de un verde enfermizo que se extendían interminablemente hacia un horizonte lechoso. « Aterrizaremos en una pista secundaria, junto a las colinas de Pongola. Allí hay una misión y un pequeño asentamiento. Es una zona muy remota. El transporte nos encontrará allí, pero son otras dos horas de viaje hasta el campo », explico el general. « Le molesta si volamos un poco mas bajo, general? » pregunto Sally-Anne, y el general se rió. « No es necesario preguntar el motivo... Sally-Anne quiere instruirme en la importancia de los animales selváticos y en su conservación. » Sally-Anne desaceleró y descendieron. El calor estaba subiendo y el liviano avión comenzó a saltar y hundirse cuando encontró las corrientes térmicas llegando desde las colinas rocosas. La zona que sobrevolaban estaba carente de habitantes o cultivos. « Colinas abandonadas de Dios », gruño el general. « Sin manantiales, hierbas amargas y moscas. » Sally-Anne distinguió una manada de antílopes gibosos en uno de los claros abiertos junto a un cauce de río seco y cuarenta kilómetros mas allá, un elefante macho solitario. Descendió hasta rozar la copa de los árboles, extendió los flaps y realizo una serie de virajes escarpados alrededor del elefante, sacándolo de la selva y

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manteniéndolo en el claro de modo que lo obligo a enfrentar la maquina con las orejas desplegadas y la trompa en alto. « Es magnifico! » grito, con el viento que entraba por la ventanilla abierta los zarandeaba y se llevaba sus palabras. « Cincuenta kilos de marfil por colmillo. » Lo fotografiaba con una mano sola en la ventanilla abierta, mientras el motorcito de la Nikon zumbaba haciendo correr la película a través de la cámara. Volaban tan bajo que parecía que el elefante podría agarrar la punta del ala con la trompa. Craig podía distinguir claramente la húmeda exudación de las glándulas detrás de sus ojos. Se encontró aferrado con las dos manos a los costados de su asiento. Finalmente Sally-Anne lo dejo, nivelo las alas y ascendió. Craig se hundió aliviado. « Tiene los pies helados, señor Mellow? o debería ser singular, pie? » « Perra », pensó Craig. « Ese es un golpe bajo. » Pero ella estaba hablando con Peter Fungabera sobre su hombro. « Muerto, ese animal vale diez mil dólares máximo. Vivo, vale diez veces mas, y reproduciéndose multiplicara por cien su valor. » « Sally-Anne esta convencida que hay una mafia de cazadores furtivos operando en este país. Me ha mostrado algunas fotografías notables... Y debo decir que comienzo a compartir sus preocupaciones. » « Debemos encontrarlos y aplastarlos, general », insistió ella. « Encuéntrelos, Sally-Anne, y yo los aplastaré. Tiene mi palabra. » Escuchándolos hablar, Craig sintió otra vez la primera impresión que tuvo cuando los vio juntos a los dos. No podía pasar inadvertido el buen acuerdo entre ellos, y Fungabera era un tipo elegantísimo. Ahora le lanzo una mirada sobre el hombro, y sorprendió al general que lo estaba observando atentamente de cerca y especulativamente, una mirada que oculto instantáneamente con una sonrisa. « Que piensa usted de este asunto, señor Mellow? » preguntó, y de repente Craig se puso a contarle de su proyecto de villa turística-ecológica sobre el Chizarira. Les contó lo de los rinocerontes negros y las áreas selváticas protegidas que los rodeaban, y también que accesible eran desde las cataratas Victoria, y ahora SallyAnne escuchaba tan interesada como el general. Cuando terminó, ambos quedaron en silencio por un rato, y luego el general dijo: « Ahora señor Mellow, esta obrando con buen sentido. Esta es la clase de planes que este país necesita desesperadamente, y su potencial económico será entendido hasta por los mas retrasados entre mis compatriotas ». « Porqué no nos tratamos de tu, general? » « Te agradezco, llámame solo Peter. » Media hora mas tarde Craig vio el reflejo de un techo de chapa ondulada brillando al sol directamente frente a ellos, y Sally-Anne dijo: « La misión de Tuti » y comenzó el descenso para el aterrizaje. Viró sobre la iglesia y Craig vio pequeñas figuras alrededor del grupo de cabañas que agitaban las manos. La pista era corta, estrecha y accidentada, y el viento soplaba cruzado. Sally-Anne la enfrento oblicuamente, enderezando solo un instante antes de tocar tierra, después compensó el viento cruzado manteniendo el ala izquierda mas baja. Era una excelente pilota, pensó Craig. Debajo de un gran árbol de marula los esperaba una camioneta Land Rover color arena del ejercito. Tres soldados saludaron a Peter Fungabera taconeando las botas que levantaron polvo y un cacheteo de las cantoneras de los fusiles. Después, mientras Craig ayudaba a Sally-Anne a asegurar el avión al terreno, los soldados cargaron el escaso equipaje en la Land Rover. Mientras llegaban en el vehiculo a la misión cercana, Sally-Anne pregunto al general si podía encontrar un baño para mujeres. El general Fungabera le ordenó al chofer que frenara. La galería de la misión estaba colmada de niños negros de ojos vivaces. La maestra salio para recibir a Sally-Anne mientras subía los escalones, dándole una cortes bienvenida. Tenia aproximadamente la misma edad que Sally-Anne, con largas piernas delgadas bajo una simple pollera de algodón. Su vestido estaba quirúrgicamente limpio y prolijamente planchado, y también sus blancas zapatillas lucían impecables. Su piel era satinada como terciopelo y tenia la típica cara redonda dientes brillantes y ojos de gacela de las doncellas Nguni: pero había cierta gracia en su contextura, una expresión alerta e inteligente y las formas de sus facciones que eran verdaderamente hermosas.

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Hablo un momento con Sally-Anne y después la condujo al interior de la misión. « Será mejor yo y tu aclaremos las cosas, Craig », le dijo el general cuando SallyAnne desapareció adentro con la otra muchacha. « Te he visto mirándonos a Sally Anne y a mi. Déjame decirte que yo admiro los logros de Sally-Anne, su inteligencia y su iniciativa, pero, a diferencia de tantos otros hombres de mi raza, la hibridación no tiene para mi ningún atractivo. Encuentro a la mayoría de las mujeres europeas generalmente viriloides y demasiado dominantes, y la carne blanca insípida. Espero que me perdones la franqueza. » « Me alivia oírlo, Peter », sonrió Craig. « En cambio la maestrita si que me gusta. Ella es... No encuentro la palabra, ayúdame, tu eres el maestro, por favor. » « Apetitosa. » « Buena. » « Núbil. » « Mucho mejor... » se rió Peter. « Verdaderamente debo encontrar tiempo para leer tu libro. » Volvió a ponerse serio y continuó. « Se llama Sarah. Es maestra y enfermera diplomada, bella y modesta, respetuosa y educada de la manera tradicional. Te diste cuenta que no nos miraba directamente a la cara, a nosotros hombres? Eso seria una desfachatez. » Peter se dijo para si. « Una mujer moderna con virtudes antiguas. Y pensar que su padre es un brujo vestido de pieles, que predice el futuro arrojando huesos y se baña una ves por año. Es el África », dijo. « Mi magnifica e infinitamente fascinante, mutable e inmutable África. » Las dos jóvenes volvieron charlando animadamente de las cabañas detrás de la escuela, mientras Sally-Anne tomaba fotografías, capturando imágenes de los chicos con su maestra que parecía no mucho mayor que ellos. Los dos hombres las observaron desde la Land Rover. « Tu me impresionaste como un hombre de acción, Peter, y no puedo creer que te falte dinero para comprar a la mujer », observó Craig. « Que es lo que esperas? » « Ella es Matabele y yo Mashona. Capuletos y Montescos », explicó brevemente Peter. « No es una cuestión menor. » Los niños, dirigidos por Sarah, cantaron una canción de bienvenida desde la galería y luego, a pedido de Sally-Anne, recitaron el alfabeto y las tablas de multiplicar, mientras ella fotografiaba sus expresiones. Cuando subió a la Land Rover, corearon su despedida y agitaron las manos hasta que el vehiculo desapareció en una nube de polvo. La ruta estaba poceada y la Land Rover saltaba sobre las profundas huellas formadas en la estación de las lluvias en negro barro glutinoso y ahora seco, solidificado como cemento. A través de aberturas en el bosque vieron colinas azules en el horizonte norte, hispidas y accidentadas y poco acogedoras. « La colinas de Pongola », les dijo Peter. « Pésima zona. » Mientras se aproximaban a su destino, les empezó a contar lo que podían esperar cuando llegaran. « Estos campos de reeducacion no son campos de concentración sino, como el nombre lo dice, son centros de reeducacion y reinserción al mundo normal. » Lo miro a Craig. « Tu, como cualquiera de nosotros, sabes bien que hemos pasado por una terrible guerra civil. Once años de infierno, que han brutalizado a una generación entera de jóvenes. Desde adolescentes, estos muchachos han tenido siempre un fusil en la mano, y se les ha enseñado nada mas que destrucción y aprendido nada mas que los deseos de un hombre pueden lograrse simplemente eliminando a cualquiera que se les ponga delante. » Peter Fungabera calló por algunos instantes, y Craig pudo ver que el estaba reviviendo su propia historia en aquellos terribles años. Después suspiró. « Estos pobres muchachos en muchos casos fueron ilusionados por sus jefes. Para sostenerlos en las dificultades y las privaciones de la guerrilla en la jungla, le hicieron promesas que nadie podía cumplir. Les prometieron fértiles tierras de cultivo y cientos de cabezas de ganado de raza, dinero y autos y todas las mujeres que quisieran. » Peter hizo un gesto de rabia. « Les crearon grandes expectativas, y cuando estas no se cumplieron, se volvieron contra aquellos que les hicieron las promesas. Cada uno de ellos estaba armado, soldados entrenados que habían matado y no vacilarían en matar de nuevo. Que podíamos hacer? » Peter se interrumpió y miró su reloj pulsera. « Es hora de comer y estirar las piernas », sugirió. El chofer estacionó donde el camino atravesaba un terraplén, y un puente de madera sobre el lecho de un río donde las frescas aguas verdes se arremolinaban sobre bancos de arena ondulada y los altos juncales se mecían en cada orilla. Los soldados armaron un fogón y asaron mazorcas de maíz sobre las llamas y prepararon el te, mientras Peter paseaba despreocupado con sus huéspedes por la orilla del río continuando con su discurso.

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« Nosotros los africanos alguna vez teníamos una tradición. Si uno de nuestros jóvenes se ponía intratable y violaba las leyes de la tribu, era enviado a un campamento en la selva donde los mayores lo obligaban a comportarse. Este centro de rehabilitación es la versión modernizada del tradicional campamento en la selva. Yo no voy a tratar de ocultarles nada a ustedes. No es un Club Méditerranée lo que vamos a visitar. Los hombres allí son duros, y solo un tratamiento duro tendrá efecto sobre ellos. Por otra parte, no son campos de exterminio, digamos que son el equivalente a las barracas de detención del ejercito británico. » Craig no podía menos que impresionarse por la honestidad de Fungabera. « Ustedes tienen la libertad de hablar con cualquier detenido, pero debo pedirles que no vayan a caminar solos en el bosque; y esto se aplica especialmente para ti, Sally-Anne », le sonrió Peter. « Este lugar es muy salvaje y aislado. Alrededor del campo pululan hienas y leopardos, atraídos por la basura y deshechos y no tienen ningún temor al hombre. Pídanmelo si quieren salir del campo y les asignaré una escolta. » Comieron el frugal almuerzo – pelando las chalas quemadas de las mazorcas de maíz y bajándolas con el muy azucarado te cargado. « Si están listos, seguimos », dijo Peter. Los llevo de regreso a la Land Rover y una hora mas tarde llegaron al centro de reeducacion de Tuti. Durante la guerra de la independencia era uno de los « poblados fortificados » establecidos por el gobierno de Smith en un intento de defender a los campesinos negros de la intimidación de los guerrilleros. Había un kopje rocoso central que había sido desmontado completamente, una pila de grandes rocas de granito sobre la cual se había construido un pequeño fuerte con bolsas de arena con almenas para ametralladoras plataformas de disparo, trincheras de comunicación y casamatas. Debajo de este, estaba el campamento, ordenadas filas de cabañas de barro y techos de paja, muchas de ellas con media pared para permitir la circulación de aire, construidas alrededor de un polvoriento espacio abierto que debió haber sido una plaza o cancha de futbol, porque había arcos rudimentarios en cada extremo e, incongruentemente una maciza pared blanqueada en el extremo mas próximo al fuerte. Una doble cerca de alambre de púas, entre las cuales corría una profunda zanja, rodeando el campo. Los cercos de alambre de púa eran de tres metros de alto y de malla pequeña. En el fondo de la zanja se habían plantado estacas de madera puntiagudas muy próximas unas de otras, y había altas torres de guardia montadas sobre postes en cada ángulo del campo. Los guardias en la única entrada saludaron a la Land Rover que prosiguió lentamente por la calle que bordeaba la plaza de armas. El sol, en medio de la plaza, dos o tres centenares de negros jóvenes, vestidos solo con shorts kaki realizaban vigorosos ejercicios gimnásticos ordenados por los gritos de instructores negros en uniforme. En las cabañas de paredes abiertas otros cientos se sentaban en ordenadas filas sobre la tierra desnuda, recitando al unísono la lección sobre el pizarrón. « Después daremos una vuelta », les dijo Peter. « Primero los ubicaremos a ustedes.» Craig fue alojado en una casamata del fuerte. El piso de tierra había sido barrido recientemente y rociado con agua para refrescarlo y asentar el polvo. Los únicos muebles eran una estera de juncos tejidos para dormir sobre el suelo y una tela de arpillera cubriendo la puerta de entrada. Sobre la estera había una caja de fósforos y un paquete de velas. Craig supuso que esos eran lujos reservados para invitados importantes. Sally-Anne fue alojada en la casamata frente a la de Craig. Ella no mostró reparos por las primitivas condiciones, y cuando Craig espío detrás de la cortina, la vio sentada en su estera en la posición de flor de loto, limpiando los lentes de la cámara y recargando película. Peter Fungabera se disculpó y siguió por la trinchera hasta el puesto de comando en la cima de la colina. Pocos minutos mas tarde, un generador eléctrico comenzó a funcionar y Craig pudo oír a Peter en la radio hablando rápidamente en Shona que no pudo entender. Volvió una media hora mas tarde. « En una hora habrá oscurecido. Bajaremos y veremos a los detenidos recibiendo la cena. » Los prisioneros se alinearon en perfecto silencio, avanzando para recibir la comida. No había sonrisas ni bromas. No mostraron ni la mas mínima curiosidad por los visitantes y por el general. « Una cena simple », observó Peter. « Polenta y verdura. »

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A cada hombre le tocaba una cucharada de polenta servida en un bowl y coronada de otra cucharada de verduras hervidas. « Carne una vez a la semana. Tabaco lo mismo: ambos pueden ser negados como castigo. » Peter decía las cosas como eran. Los prisioneros eran piel y huesos, con las costillas marcadas debajo de músculos bien trabajados, ninguna traza de gordura en ellos. Devoraron la comida inmediatamente, usando los dedos para limpiar los bowls. Estaban flacos, pero no escuálidos, como, lo demostraban los músculos todavía eficientes que, en caso de grave desnutrición se verían desinflados. Así pensó Craig y luego afino la vista. « Ese hombre esta herido. » Sobre la piel oscura se destacaban las magulladuras púrpuras. « Puedes hablar con el », lo invitó Peter, y cuando Craig le preguntó en sindebele el hombre respondió inmediatamente. « Que te paso en la espalda? » « Me apalearon. » « Porque? » « Por una riña con otro prisionero. » Peter llamó a uno de los guardias y le hablo tranquilamente en shona, luego explicó: « Apuñalo a otro prisionero con un arma hecha con alambre de la cerca afilado. Privado de carne y tabaco por dos meses y quince bastonazos con la cachiporra grande. Este es precisamente el tipo de conducta antisocial que estamos tratando de reprimir ». Mientras, atravesaban el patio de armas, caminaban a lo largo del muro blanqueado, Peter continuo; « Mañana podrán recorrer el campamento; pasado mañana, por la mañana temprano, partiremos ». Almorzaron con los oficiales Shonas que vigilaban el lugar, en la cantina, el alimento era el mismo que se les daba a los detenidos, con la adición de un estofado de carne fibrosa de origen incierto y dudosa frescura. Inmediatamente que terminaron de comer, Peter Fungabera se disculpó y condujo afuera a sus oficiales dejando solos a Craig y Sally-Anne. Antes que Craig pudiese pensar en algo que decir, Sally-Anne se levanto sin decir una palabra y se fue del recinto. Craig había llegado al limite de su paciencia y de repente se enojó con ella. Se puso en pie de un salto y la siguió. La encontró en la plataforma de tiro de la trinchera principal, encaramada en las bolsas de arena, abrazando sus rodillas mirando al campamento abajo. La luna llena ya estaba bien alto sobre las colinas en el horizonte. Ella no lo miro cuando el se paro a su lado, y el enojo de Craig se evaporó tan pronto como había surgido. « Me comporte como un cerdo », le dijo. Ella se abrazo mas estrechamente a sus rodillas y no contestó. « La primera vez que nos vimos estaba pasando por un mal momento », prosiguió el obstinado. « No voy a aburrirla con detalles, pero el libro que estaba escribiendo estaba empantanado y había perdido el rumbo. Así que me descargue en usted. » Ella todavía no mostraba signo de haberlo oído. Abajo en la selva, tras la doble cerca de espinos, hubo un repentino aullido horrible: chillidos de tristes carcajadas, subiendo y bajando de tono, sollozos y lamentos, recogidos y repetidos en una docena de lugares alrededor del campamento, apagándose finalmente en una serie descendente de risotadas, gruñidos y dolorosos gemidos. « Las hienas », dijo Craig, y Sally-Anne tembló levemente y se irguió como para levantarse. « Por favor... » Craig escucho el tono desesperado en su propia voz. « Solo un minuto mas, he estado buscando una oportunidad para disculparme. » « No es necesario », dijo ella. « Fue presuntuoso de mi parte esperar que a usted le gustara mi trabajo. » Su tono no era para nada conciliatorio. « Supongo que me lo busque, y usted me lo proporcionó. » « Su trabajo... Sus fotos... » le tembló la voz, « me asustaron. Por eso mi reacción fue tan pueril. » Ahora ella se volvió para mirarlo a la cara por primera vez. La luna le plateaba los planos de su cara. « Lo asustaron? » preguntó. « Me aterrorizaron. Mire, yo no era capaz de trabajar. Estaba comenzando a creer que solo había sido una casualidad, que el libro era una excepción, un caso de suerte, y que no quedaba mas talento en mi. Volvía cada mañana al escritorio y no atinaba a hilvanar nada... » Ahora ella lo miraba, con la boca entreabierta y los ojos como misteriosos lagos de negrura.

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« Y luego usted me golpeo con aquellas malditas fotografías, desafiándome a igualarlas. » Ella meneó la cabeza lentamente. « No lo habrá hecho a propósito, pero eso fue un desafío. Un desafío que no tuve el coraje de aceptar. Tenia miedo y la ofendí, y lo he estado lamentando desde entonces. » « Entonces le gustan las fotos? » le pregunto. « Sacudieron mi pequeño mundo. Me mostraron de nuevo al África, y me llenaron de nostalgia. Cuando las vi, comprendí lo que me estaba faltando. Fui presa de la nostalgia como un chico la primera noche que duerme en el colegio como pupilo. » Sintió un nudo en la garganta y no se avergonzó. « Fueron sus fotografías las que me hicieron volver aquí. » « No lo entendí » dijo ella, y después ambos callaron. Craig sabia que si continuaba, serian sollozos, porque las lágrimas de auto conmiseración le escocían en el borde de las pestañas. Abajo en el campamento alguien comenzó a cantar. Era una bella voz de tenor africana, que llegaba débil pero clara hasta la cima de la colina, así que Craig pudo entender las palabras. Era un antiguo canto de guerra Matabele, pero ahora era cantado como un lamento, y parecía concentrar todo el sufrimiento y la tragedia de un continente; y hasta las hienas se callaron, mientras la voz cantaba: Los Topos están bajo la tierra. « Están muertos? » preguntan las hijas de Mashobane. Escuchen, bellas doncellas, no oyen que algo se agita en la oscuridad? La voz del cantor se acallo finalmente, y Craig imaginó los centenares de jóvenes que yacían insomnes sobre sus esteras angustiados y entristecidos por la canción como el. Luego Sally-Anne hablo de nuevo. « Gracias por decírmelo », susurró. « Se cuanto debe haberle costado. » Le toco el brazo desnudo, una leve caricia con la punta de sus dedos, un contacto que le conmovieron las terminaciones nerviosas y le hicieron latir fuerte el corazón. Luego ella estiró las piernas y salto ágilmente del parapeto deslizándose por la trinchera. Craig sintió flamear la tela arpillera frente a la entrada de su reducto y el raspado de un fósforo cuando encendió una vela. Sabia que no podría dormir, así que permaneció allí solo, escuchando los rumores de la noche africana y mirando la luna. Lentamente sintió surgir las palabras en el, como agua de un pozo al que se le elimina el barro. Toda la tristeza desapareció y fue sustituida por la excitación. Fue a su propio reducto y encendió una de las velas, la insertó en un nicho en la pared y de su bolso saco un cuaderno y un bolígrafo. Las palabras bullían en su cerebro como leche hirviendo. Aplicó la punta de la birome en la hoja blanca pautada y la dejo correr sobre la pagina como una cosa viva. Las palabras le surgían de la mente como un alegre orgasmo largamente retenido, y se derramaban desordenadamente sobre el papel. Se interrumpió solamente para cambiar las velas. Por la mañana tenia los ojos rojos y ardiendo por el esfuerzo. Se sentía débil y tembleque como si hubiese corrido mucho velozmente, pero el cuaderno estaba tres cuartos lleno y el se sentía extrañamente eufórico. Esta euforia lo acompaño por buena parte de la mañana, exaltada por el cambio de actitud de Sally-Anne hacia el. Estaba siempre reservada y calma, pero al menos lo escuchaba cuando hablaba y respondía seria y pensativa. Una o dos veces se sonrió, y entonces su boca demasiado grande y su nariz demasiado grande finalmente armonizaron con el resto de la cara. Craig encontró difícil concentrarse en la difícil situación de los hombres que habían venido a observar, hasta que aprecio la compasión de Sally-Anne por esos hombres y la escucho hablar libremente por primera vez. Seria tan fácil señalarlos como criminales brutales », murmuró observando sus caras inexpresivas y ojos cautos, « hasta que uno se da cuenta de cómo deben haber sido privados de todas las influencias humanizantes. La mayoría fueron secuestrados de sus aulas escolares en su adolescencia y llevados a los campamentos de entrenamiento de los guerrilleros. No tenían nada, no tuvieron nunca nada propio, excepto su propio fusil AK 47. Como podríamos esperar que respetaran la persona y las propiedades de otros? Craig, por favor, pregúntale a aquel cuantos años tiene.»

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« No lo sabe », le tradujo Craig. « No sabe cuando nació, no donde están sus padres. » « El ni siquiera tiene el derecho de conocer su identidad », observó Sally-Anne, y de improviso Craig recordó con que grosería podía rechazar un vino que no era exactamente de su gusto, o con que ligereza podía comprarse un traje nuevo, o entrar en la cabina de primera clase de un avión; mientras estos hombres tenían solo un par de shorts rotosos, sin siquiera un par de zapatos o una manta para cubrirse. «La brecha entre los ricos y los desposeídos de este mundo nos sumirá a todos nosotros en la destrucción », dijo Sally-Anne retratando con la Nikon la resignación animal de aquellos hombres mas allá de toda esperanza. « Pregúntale a alguno de ellos como lo tratan aquí », insistió ella, y cuando Craig habló el interpelado lo miró sin entender, como si la pregunta fuese sin sentido, y poco a poco la sensación de bienestar de Craig se desvaneció como la niebla de la mañana. En las aulas las lecciones eran de orientación política y el rol del ciudadano responsable en el estado socialista. En los pizarrones los diagramas mostraban las relaciones del parlamento con los poderes judicial, legislativo y ejecutivo. Habían sido copiados en los pizarrones por instructores aburridos y semi analfabetos, y recitados como loros por las filas de detenidos sentados. Su obvia falta de comprensión deprimió a Craig aun mas. Volviendo a su alojamiento en la colina, un pensamiento lo asaltó a Craig, y se volvió hacia Peter Fungabera. « Todos los hombres de aquí son Matabeles, no es cierto? » « Así es. Mantenemos las tribus segregadas para reducir las fricciones. » « Hay algunos prisioneros shona? » insistió Craig. « Oh sì », le aseguro Peter. « Los campamentos para ellos están en las tierras altas orientales. Exactamente en las mismas condiciones. » A la caída del sol se encendió el generador que alimentaba la radio y veinte minutos mas tarde Peter Fungabera entro al cubículo donde estaba Craig releyendo y corrigiendo lo escrito la noche anterior. « Hay un mensaje para ti, Craig, de Morgan Oxford de la embajada americana. » Craig saltó sobre sus pies impaciente. Había arreglado para que la respuesta de Henry Pickering se le pasara tan pronto como fuera recibida. Tomo la hoja donde Peter había transcripto el mensaje y leyó: « Para Mellow stop Mi personal entusiasmo por tu proyecto no compartido por otros stop Ashe Levy rechaza el anticipo o garantía stop El Comité de Prestamos de aquí exige garantías muy precisas para abrir el crédito stop Lo lamento y mis mejores deseos Henry ». Craig leyó el telegrama primero velozmente y después lo releyó de nuevo muy lentamente. « No es asunto mío », dijo Peter Fungabera, « pero presumo que tiene relación con tu proyecto para el lugar que llamas Zambesi Waters, verdad? » « Así es, y me temo que lo mata al nacimiento », respondió amargamente Craig. « Quie es este Henry? » « Un amigo, un banquero del que quizás esperé demasiado. » « Ya », dijo pensativo Peter Fungabera. « Asi parece, no? » Aunque la noche anterior Craig no había dormido, tenia dificultades para dormir. La estera era durísima y el coro infernal de las hienas en la selva aumentaba sus tristes pensamientos. Durante el largo trayecto hasta la pista en la misión de Tuti, se sentó junto al conductor y no participo en la conversación entre Peter y Sally-Anne en el asiento posterior. Solamente ahora se daba cuenta de cuanta pasión había puesto en la compra de Rholands y estaba amargamente irritado con Ashe Levy, que le había negado su apoyo, y con Henry Pickering, que no había puesto suficiente empeño y su maldito Comité de Prestamos que no veía mas allá de sus propias narices. Sally-Anne insistió en detenerse una vez mas en la escuela de la misión para renovar su contacto con Sarah, la maestra Matabele. Esta vez Sarah estaba preparada y les ofreció te a sus visitantes. Sin humor para cordialidades, Craig fue a sentarse sobre la valla de la galería, bien lejos de los otros, y sin el mínimo optimismo se puso a pergeñar el modo de superar el rechazo de Henry Pickering.

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Sarah se le acercó presurosa con una taza esmaltada de te sobre una bandeja de madera tallada. Cuando se la ofrecía le daba la espalda a Peter Fungabera. « Cuando el cocodrilo come hombres sabe que el cazador lo esta buscando, se esconde en el barro del fondo del río », le habló en voz baja en Sindebele. « y cuando el leopardo caza, lo hace en la oscuridad ». Sorprendido, Craig la miro en la cara. Sus ojos no estaban mas bajos, y en su oscura profundidad, brillaba un fiero reflejo. « Los cachorros de Fungabera deben haber estado ruidosos », continuo siempre en voz baja. « No podian alimentarlos mientras ustedes estaban alli. Deben haber estado hambrientos. Los escuchaste, Kufela?. » le preguntó, y esta vez Craig salto de la sorpresa. Sarah había pronunciado el nombre que le había puesto el camarada Lookout. Como podía saberlo? Que quería decir con los cachorros de Fungabera? Antes que pudiese responder, Fungabera levanto la vista y vio la cara de Craig. Se puso rápidamente de pie y tranquilamente cruzo la galería hacia ellos. Inmediatamente la muchacha bajo la vista, y murmurando una cortesía se retiró con la bandeja vacía. « No dejes que la decepción te deprima demasiado, Craig, ven con nosotros », dijo Peter palmeándolo amigablemente en la espalda. En el breve trayecto desde la misión hasta la pista Sally-Anne se inclinó de repente y le toco el hombro. « He estado pensando una cosa, Craig. Ese lugar que llamas Zambesi Waters no debe estar a mas de una media hora de vuelo desde aquí. He visto donde esta el río Chizarira en el mapa; podemos hacer una pequeña desviación y sobrevolarlo durante el regreso. » « No vale la pena », dijo Craig. « Pero porque? » le preguntó, y el le paso el mensaje de Pickering. « Oh, lo lamento. » Era sincera, Craig se dio cuenta, y su pena lo confortó un poco. « A mi me gustaría darle un vistazo a la zona », intervino de pronto Peter Fungabera, y cuando Craig sacudió la cabeza de nuevo, su voz se endureció. « Iremos para allá », dijo en tono terminante, y Craig levanto los hombros, indiferente. Craig y Sally-Anne se inclinaron sobre el mapa. « Las lagunas deben estar aquí, donde este arroyo confluye en el río. » Y ella trabajo rápidamente con compás y su computadora de a bordo para obtener el rumbo. « Okay, veintidós minutos de vuelo con este viento. » Mientras volaban, y Sally-Anne estudiaba el terreno confrontándolo con el mapa, Craig caviló sobre las palabras de la muchacha Matabele. « Los cachorros de Fungabera. » Sonaba amenazador y el uso del nombre Kuphela lo preocupaba mas todavía. Solamente había una explicación; estaba en contacto con, y era probablemente un miembro del grupo de disidentes. Que habría querido decir con la alegoría del cocodrilo y del leopardo, y la alusión a los cachorros de Fungabera? Y sin importar lo que fuera, que imparcial y confiable seria ella si fuera simpatizante de los guerrilleros? « Ahí esta el río », dijo Sally-Anne mientras desaceleraba y comenzaba un lento giro descendente hacia el brillo del agua a través de los árboles de la selva. Voló muy bajo a lo largo de la orilla del río, y pese a la espesa alfombra de vegetación, descubrió manadas de animales salvajes, hasta en un cierto momento, la gran masa negra de un rinoceronte en los matorrales de Ebano. Luego de repente señalo adelante. « Miren allá! » En una curva del río había una lonja de terreno abierto bordeada de altos árboles ribereños donde el pasto había sido segado como un prado por las manadas de cebras que ya estaban levantando polvo mientras huían al galope en pánico por el avión que se aproximaba. « Les apuesto a que puedo aterrizar allí », dijo Sally-Anne y saco flaps, disminuyendo la velocidad y bajando la nariz del Cessna para tener mejor visibilidad hacia adelante. Luego bajo el tren de aterrizaje. Efectuó una serie de pasajes sobre el terreno, cada uno mas bajo que el precedente, hasta que al cuarto pasaje las ruedas pasaron sobre el terreno a menos de un metro de altura, y pudieron ver cada huella de las cebras sobre la tierra arenosa. « Firme y despejado », dijo, y el siguiente pasaje aterrizo, frenando enseguida al máximo. El avion se detuvo en pocos metros. « Mujer pájaro », le sonrió Craig y ella de devolvió la sonrisa. Descendieron del avión y atravesaron el terreno plano hacia el limite del bosque. Siguieron un sendero de animales y salieron a un acantilado rocoso que dominaba el río.

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Era una escena perfecta de paisaje africano. Blancos bancos de arena y rocas pulidas por el agua brillando como escamas de reptiles, ramas colgantes sobre las profundas aguas verdes, cubiertas de nidos de pájaros, árboles altos de blancas raíces serpenteando sobre las rocas, y mas allá, la jungla. « Que hermoso », dijo Sally-Anne, y se alejó con la máquina fotográfica. « Este seria un buen lugar para tus campamentos », dijo Peter Fungabera, señalando los enormes montículos de excrementos de elefante sobre la arena blanca se extendía delante de ellos. « Un magnifico puesto de observación. » « Ideal », concordó Peter. « Una ganga que no se puede desperdiciar a ese precio. Debe poder rendir millones de ganancia. » « Para se un buen socialista africano, hablas como un cerdo capitalista », le dijo Craig malhumorado. Peter se rió y dijo: « Se dice que el socialismo es la mejor filosofía... Mientras que haya un capitalista que pague ». Craig levanto la vista, y por la primera vez vio el relumbrar de la buena, vieja avaricia occidental europea en los ojos de Peter Fungabera. Ambos permanecieron callados, mirando a Sally-Anne en el cauce del río mientras hacia composiciones de árboles, rocas y cielo y las fotografiaba. « Craig », dijo Peter, habiendo llegado obviamente a una decisión. « Si te consigo la garantía que pide el World Bank, puedo esperar una comisión en acciones de la Rholands? » « Supongo que tendrías todo el derecho », dijo Craig sintiendo renacer el germen de la esperanza, y en ese momento Sally-Anne los llamó. Se esta haciendo tarde y tenemos dos horas y media de vuelo hasta Harare. » De regreso en la base aerea New Sarum les estrecho las manos a ambos. « Espero que sus fotos salgan bien », le dijo a Sally-Anne, y a Craig: « Estarás en el Monomatapa? Te buscaré alli dentro de tres dias ». Se subió al jeep del ejercito que lo estaba esperando, le hizo una seña a su chofer, y los saludo con la fusta mientras se iba. « Tienes un auto? » le pregunto Craig a Sally-Anne, y cuando ella negó con la cabeza: « No puedo decir que manejo tan bien como tu piloteas, pero si quieres arriesgarte... » Ella había alquilado un departamento en un viejo edificio en la avenida opuesta a la casa de gobierno. El la llevo hasta la entrada. « Y si cenamos juntos? » le propuso. « Tengo mucho trabajo que hacer, Craig. » « Una cena rápida, te lo prometo. Es un ofrecimiento de paz. Te traeré a casa a las diez. » Se puso teatralmente la mano sobre el corazón, y ella cedió. « Muy bien, nos veremos aquí a las siete. » La miro ascender los escalones de la entrada antes de encender otra vez el motor del VW. Su andar era rápido y enérgico pero su trasero en los vaqueros azules era absolutamente frívolo. Sally-Anne sugirió una churrasquería donde ella fue saludada como una reina por el dueño, gordo y barbudo, y donde los bifes eran los mejores que Craig había saboreado: gruesos, tiernos y jugosos. Bebieron un Cabernet del Cabo de Buena Esperanza y después de un acartonado inicio, la charla se facilitó a medida que entraron en confianza. « Todo anduvo bien mientras yo era una simple asistente técnica en la Kodak, pero cuando comenzaron a invitarme en expediciones como fotógrafo oficial y a organizarme exposiciones. El simplemente no pudo soportarlo » le dijo. « El primer hombre del mundo celoso de una Nikon. » « Por cuanto tiempo estuviste casada? » « Dos años. » « No tuvieron hijos? » « No, gracias a Dios. » Comía como caminaba, con urgencia, con regularidad y eficiencia, pero también con un dejo de sensualidad. Cuando termino, miro a su Rolex de oro. « Me prometiste llevarme a casa a las diez », dijo, y pese a las protestas de el, dividieron escrupulosamente la cuenta en dos y ella pago su parte. Cuando estacionaron delante de la puerta de su casa lo miro seriamente a la cara por un momento antes de preguntar: « Café? » « Con mucho gusto. » Comenzó a abrir la puerta, pero ella lo detuvo.

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« Pongamos las cosas en claro desde el principio », dijo ella. « El café es Nescafé instantáneo... Y eso es todo. Nada de gimnasia, nada de nada de otra cosa, estamos de acuerdo? » « De acuerdo », dijo Craig. « Vamos. » En su departamento tenia un grabador portátil, almohadones enfundados en tela y una cama de campaña sobre la cual estaba prolijamente enrollada una bolsa de dormir, el piso estaba desnudo pero muy limpio, y las paredes estaban tapizadas con sus fotografías. El dio una vuelta estudiándolas mientras ella hacia el café en la cocinita. « Si quieres ir al baño, esta allí », le dijo. « Pero ten cuidado. » Mas que un baño era una cámara oscura, con una carpa de nailon oscuro a prueba de luz sobre el gabinete de la ducha y frascos de drogas y paquetes de papel fotográfico donde en cualquier otro baño femenino habría lociones y jabones. Se sentaron en los almohadones, bebieron el café, escucharon la Quinta Sinfonía de Beethoven en la cinta magnética, y hablaron del África. Una o dos veces ella citó al pasar su libro, demostrando haberlo leído con atención. « Mañana me debo levantar temprano », dijo finalmente tomándole la taza vacía de su mano. « Buenas noches, Craig. » « Cuando te veo de nuevo? » « No estoy segura, estoy volando hacia las tierras altas mañana temprano. No se cuando regreso. » Después, viendo su expresión, cedió. « Cuando vuelva te telefoneo al Monomatapa, de acuerdo? » « Buenísimo. » « Craig, comienzas a simpatizarme como amigo quizás, pero no estoy buscando romance: todavía estoy herida por el shock del divorcio y no quiero otra historia.», dijo estrechándole la mano, en la puerta del departamento. Pese a su negativa, Craig se sentía absurdamente feliz volviendo en el auto al Monomatapa. En este punto no se detenía a analizar demasiado profundamente sus sentimientos por ella, ni de definir sus intenciones. Era simplemente un buen cambio no tener a su lado otra cazadora de celebridades tratando de agregar su nombre a su lista personal. La atracción física que desataba en el era estimulada por su renuencia; y el respetaba sus talentos y éxitos y estaba en completa sintonía con su amor por el África y su compasión por la gente que la habitaba. « Eso es suficiente por ahora », se dijo mientras estacionaba el VW. El asistente del gerente lo recibió en el lobby del hotel. Retorciéndose las manos angustiado, y lo llevo a su oficina. « Señor Mellow, yo tuve una visita de la rama especial de la policía mientras usted estaba de viaje. Tuve que abrir su caja fuerte para ellos, y dejarlos entrar a su habitación. » « Por Dios, pero como se permiten hacer una cosa así? » Craig estaba furioso. « Usted no entiende... Aquí ellos pueden hacer lo que quieran », prosiguió apurado el asistente. « Pero no se llevaron nada de su caja, puedo asegurárselo señor Mellow. » « No obstante quiero controlar lo mismo », dijo Craig, de pésimo humor. Hojeo la libreta de cheques de viajero y vio que no faltaba ninguno. El pasaje aéreo para volverse estaba intacto, como su pasaporte. Pero habían hurgado en el “kit de supervivencia que le había dado Pickering. El distintivo de enviado del World Bank estaba fuera de su cubierta de cuero. « Quien pudo haber ordenado semejante requisa? » le pregunto al asistente del gerente mientras cerraba la caja fuerte. « Solo alguien con un alto cargo. » « Tungata Zebiwe », pensó con amargura. « El malicioso entrometido bastardo, como ha cambiado! » Craig llevó a la embajada el informe para Pickering del campo de reeducacion, y Morgan Oxford lo aceptó y le ofreció café. « Podría tener que quedarme aquí un tiempo mayor que el que preveía », le dijo Craig, « y no puedo trabajar en la habitación de un hotel. » « Es muy difícil encontrar departamento », le contesto Morgan Oxford encogiéndose de hombros, « pero veré que puedo hacer. » Le telefoneo al día siguiente. « Craig, una de nuestras chicas vuelve a su casa de vacaciones por un mes. Es una fanática tuya, y esta dispuesta a sub. alquilarte el departamento por seiscientos dólares. Parte mañana. »

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El departamento no era mas que un dormitorio, pero cómodo y aireado. Había una amplia mesa que podia servir de escritorio. Craig coloco una resma de papel en el centro de la misma, con un ladrillo como pisapapeles, su Concise Oxford Dictionary junto a la misma y dijo en voz alta: « de vuelta al trabajo ». Casi había olvidado como pasaban rápido las horas, en el utópico País de Nunca Jamás, y la alegría de ver acumularse las hojas escritas en un rincon de la mesa. En los días subsiguientes Morgan Oxford le telefoneo dos veces, para invitarlo a recepciones diplomáticas, pero Craig rehusó y después de la segunda llamada, desconecto el teléfono. Al cuarto día reconecto el aparato y casi de inmediato sonó. « Señor Mellow! » Era una voz africana. « Tuvimos grandes dificultades para encontrarlo! No me corte, por favor, que el general Fungabera desea hablarle. » « Hola, Craig », El familiar fuerte acento y simpatía. « Podemos reunirnos esta tarde? Te envío un coche. » La residencia privada del general Fungabera se encontraba a treinta kilómetros de la ciudad, sobre las colinas en torno al lago Macillwane. Era una villa originariamente construida en los años veinte por un rico ingles, oveja negra e hijo mas joven de un industrial aeronáutico británico. Estaba rodeada principalmente por anchas galerías y blancas guardas talladas en los aleros y por dos hectáreas de parques y árboles floridos. La guardia de soldados de la Tercera Brigada en uniforme de combate reviso a Craig y a su chofer en la entrada antes de permitirle seguir hasta la casa. Cuando Craig trepó los escalones, Peter Fungabera estaba esperándolo arriba. Estaba vestido con pantalones de algodón blanco y una camisa de seda carmesí de mangas cortas que se veía magnifica contra su piel negra aterciopelada. Con un amistoso brazo sobre los hombros de Craig, lo condujo por la galería hacia donde estaba sentado un pequeño grupo. « Craig, puedo presentarte al señor Musharewa, presidente del Land Bank de Zimbabwe? Y este es su asistente el doctor Kapwepwe, y el señor Cohen, mi abogado. Señores, les presento al famoso escritor Craig Mellow. » Estrecharon manos. « Un trago, Craig? Nosotros estamos bebiendo Bloody Mary. » « Lo mismo para mi, Peter. » Un sirviente en una larguísima kanza blanca, como en los tiempos coloniales, le trajo a Craig su cocktail y cuando se fue, Peter Fungabera dijo simplemente: « El Land Bank de Zimbabwe acepta emitir una garantía a tu favor por un préstamo de cinco millones de dólares del World Bank o su filial de New York ». Craig lo miro con ojos desorbitados. « Tu conexión con el World Bank no es un secreto. También Henry Pickering es bien conocido por nosotros, sabes. » Peter sonrió y prosiguió con calma. « Por supuesto, hay ciertas condiciones y estipulaciones, pero creo que no serán prohibitivas. » Se volvió hacia su abogado blanco. « Tienes los documentos Izzy? Bien, dale una copia al señor Mellow y léelas para nosotros, por favor? » Isidoro Cohen se ajusto los anteojos, tomo la gruesa pila de documentos sobre la mesa y comenzó la lectura. « Primero, esto es una compra de tierras aprobada », dijo. « Con la cual se autoriza a Craig Mellow, súbdito británico y ciudadano de Zimbabwe, a comprar el paquete accionario de control de la compañía terrateniente privada Rholands (Pty) Ltd. L aprobación esta firmada por el presidente de la Republica y por el ministro de Agricultura. » Craig pensó en la promesa de Tungata Zebiwe de negarle esa aprobación, y después recordó que el ministro de Agricultura era el cuñado de Peter Fungabera. Miró al general, pero este escuchaba atentamente la lectura de su abogado. A medida que tomaba cada documento de la pila, Isidoro Cohen lo leía cuidadosamente, sin omitir ni siquiera el preámbulo, deteniéndose al termino de cada párrafo por preguntas y explicaciones. Craig estaba tan excitado que tenia dificultades para quedarse quieto y mantener su expresión y nivel de voz adecuados a la ocasión. El pánico momentáneo que había sentido a la repentina mención por parte de Peter del World Bank, fue olvidada y ahora se sentía como saltando y bailando arriba y abajo por la galería. La Rholands era suya, King's Lynn era suya, Queens Lynn era suya, y Zambesi Waters era suya. Pero no obstante tanta excitación una cláusula le sonó falsa cuando Isidoro Cohen la leyó. « Que diablos significa "enemigo del Estado y del pueblo de Zimbabwe"? » Preguntó.

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« Es una cláusula normal en todos los contratos de este tipo », lo tranquilizó Cohen. « Nada mas que una expresión de sentimiento patriótico. Después de todo el Land Bank es una institución gubernamental. Si el prestatario se involucrase en actividades subversivas y fuese declarado enemigo del estado y el pueblo, el Land Bank se vería obligado a repudiar todas sus obligaciones y abandonar a la parte culpable a su destino. » « Pero es legal? » preguntó Craig dudando, y cuando el abogado le dijo que si continuó: « Cree que el banco prestamista aceptará eso? ». « Ya la han aceptado en otros contactos de garantía », le dijo el presidente del banco. « Como el señor Cohen dijo, se trata de una cláusula standard. » « Después de todo, Craig », sonrió Peter Fungabera, « no creo que tengas la intención de encabezar una revolución armada para derrocar al gobierno, no? » Craig le devolvio debilmente la sonrisa. « Bueno, okay, si el banco americano lo acepta, supongo que será legitimo. » La lectura les llevó cerca de una hora, después el presidente Musharewa firmó todas las copias, y su asistente y Peter Fungabera ambos firmaron atestiguando. Luego fue el turno de Craig para firmar, y finalmente Isidoro Cohen estampó su sello notarial en cada documento. « Ya esta, señores. Leido, firmado y subscripto. » « Falta ver solamente si Henry Pickering queda satisfecho. » « Oh, olvide de decirtelo? » sonrio Peter Fungabera. « El presidente Kapwepwe lo llamo a Pickering ayer por la tarde, 10 A.m. hora de New York. El dinero estará disponible para ti tan pronto esta garantía este en sus manos. » Le hizo una seña al sirviente. « Puedes traer el champagne. » Brindaron por ellos, por el Land Bank de Zimbabwe, por el World Bank y por la Rholands Ltd., y solo cuando la segunda botella quedo vacía, los dos banqueros se marcharon con alguna reticencia. Cuando su limusina tomaba el camino, Peter Fungabera tomo por el brazo a Craig. « Y ahora podemos hablar de mi parte. El señor Cohen tiene el contrato. » Craig lo leyó y palideció. « El diez por ciento », balbuceo. « El diez por ciento de las acciones Rholands! » « Deberemos cambiar ese nombre », frunció el ceño Peter Fungabera. « Como ves, el señor Cohen será mi procurador. Podrá ahorrar inconvenientes mas adelante. » Craig simulo re leer el contrato, mientras trataba de elaborar una protesta. Los dos hombres lo observaron en silencio. El diez por ciento era un robo, pero adonde mas podía ir Craig. Isidoro Cohen desenrosco lentamente el capuchón de la estilográfica y se la ofreció a Craig. « Creo que encontraras muy conveniente tener por socio oculto a un general del ejercito y ministro », dijo, y Craig tomo la pluma. « Hay solo una copia », dijo Craig, todavía vacilante. « Solo necesitamos una copia », replicó Peter sonriendo. « y yo la guardare. » Craig asintió. No habría pruebas de la transacción. Las acciones en manos de un procurador, el contrato en mano a Peter Fungabera. En un eventual litigio, seria la palabra de Craig contra la de un ministro. Pero el deseaba la Rholands, mas que cualquier otra cosa en el mundo. Firmó el contrato y, del otro lado de la mesa los dos hombres se relajaron visiblemente y Peter Fungabera hizo traer una tercera botella de champagne. Hasta ahora Craig había necesitado solo de una lapicera y una resma de papel, el tiempo estaba a su disposición, podía usarlo como quisiera para ocio o trabajo. De repente estaba enfrentado con la enorme responsabilidad del propietario, y no disponía de mucho tiempo. Había tanto por hacer y tan poco tiempo para hacerlo que se sintió paralizado por la indecisión, aterrorizado por su audacia, y dudoso de sus habilidades organizativas. Quería consuelo y ánimo, y pensó enseguida en Sally-Anne, fue a su departamento, pero las ventanas estaban cerradas, el buzón de cartas rebosaba de correspondencia y no hubo respuesta a su llamado. Volvió a su propio departamento, se sentó frente a la mesa y tomo una hoja en blanco de la pila y lo encabezó: « Tareas a realizar » y comenzó a escribir. Recordó lo que una vez una muchacha había dicho de el. « Solamente has hecho una cosa bien en tu vida. » Pero escribir un libro era muy diferente a tener que poner otra vez en pie a una compañía ganadera multimillonaria. Sintió difundirse el

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pánico dentro de el y lo sofocó. La suya era una familia de ganaderos, el había sido criado con el olor amoniacal del estiércol de vaca en su nariz y había aprendido a apreciar el ganado en pie cuando era tan pequeño como para montarse en la silla de Bawu como un gorrión sobre un poste de la cerca. « Puedo hacerlo », dijo con orgullo, y comenzó a trabajar en su lista. Escribió: 1. Telefonar a Jock Daniels. Aceptar la oferta para comprar Rholands. 2. Volar a New York. a) Ir al World Bank. b) Abrir una cuenta y depositar los fondos. c) Vender el Bawu. 3. Volar a Zurich. a) Firmar el contrato de compra. b) Arreglar el pago con los vendedores. El pánico comenzaba a disminuir. Levantó el teléfono y llamo a la British Airways. Podían reservarle el vuelo del viernes para Londres, y luego a New York con el Concorde. Encontró a Jock Daniels en su oficina. « Donde diablos has estado? » Se notaba que Jock ya había comenzado a beber. « Felicitaciones Jock, te acabas de hacer una comisión de veinticinco grandes », le dijo Craig y disfruto de su atónito silencio. La lista de Craig comenzó a alargarse, llegando a una docena de páginas. 39. Averiguar si Okky van Rensburg todavía esta en el país. Okky era el mecánico de Bawu en King's Lynn por veinte años. El abuelo de Craig decía que Okky podía desarmar un tractor John Deere y armar con sus piezas un Cadillac y dos Rolls Royce Silver Clouds. Craig lo necesitaba. Dejo el bolígrafo y sonrió al recuerdo del viejo. « Estamos volviendo a casa, Bawu », dijo en voz alta. Miro la hora, eran las diez, pero sabia que no podría dormir. Se puso un sweater liviano y salio para dar una caminata nocturna. Una hora mas tarde se encontró delante de la casa de Sally-Anne. Lo habían llevado sus pies sin darse cuenta, o así parecía. Sintió un hormigueo de excitación: la ventana estaba abierta y la luz encendida. « Quien es? » su voz sonó apagada « Soy Craig. » Un largo silencio. « Es casi medianoche. » « No, son solo las once, y tengo una cosa que decirte. » « Oh, okay.» La puerta esta abierta, pasa. » Estaba en el cuarto oscuro, se sentía el correr de los químicos. « Saldré en cinco minutos », le dijo. « Eres capaz de preparar café? » Cuando salio, vestía un jersey tejido que le llegaba hasta las rodillas y llevaba el pelo suelto sobre los hombros. Nunca la había visto así y se sorprendió. « Mejor que sea bueno », le dijo, con los puños sobre las caderas. « Conseguí la Rholands! » exclamo, y fue el turno de ella de sorprenderse. « Quien o que cosa es la Rholands? » « La sociedad propietaria de Zambesi Waters. Es mía. Soy el propietario. Esta bueno? » Se lanzó a abrazarlo, pero al ver que el también levantaba los brazos, instantáneamente se reprimió y se detuvo, obligándolo a hacer los mismo. Estaban a dos pasos de distancia. « Es una maravillosa noticia, Craig. Estoy contentísima por ti. Como fue? Creía que todo estaba perdido. » « Peter Fungabera me consiguió una garantía por cinco millones de dólares. » « Dios mío...». Cinco millones! Estas pidiendo un préstamo de cinco millones? Cuanto es el interés por cinco millones? » No quería pensar en eso. Se veía en su cara y ella se arrepintió. « Lo lamento », le dijo. « Soy una insolente. Estoy contentísima por ti. Debemos festejar... » Rápidamente se aparto de el. En el armario de la cocina encontró un botella de whisky Glenlivet que contenía una pulgada y se la agregó al café humeante. « Por el éxito de Zambesi Waters », dijo levantando el pocillo. Y ahora cuéntamelo todo, que después yo también tengo noticias para ti. » Hasta después de medianoche le hablo de sus proyectos: el desarrollo de los ranchos gemelos del sur, la reconstrucción de la casa, y la compra de animales de pedigrí,

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pero sobretodo de su proyecto para Zambesi Waters y la fauna que contenía, sabiendo que allí era donde ella centraría su interés. « Estaba pensando que necesitaría un toque femenino en el planeamiento y diseño de los campos, no cualquier mujer, sino una con un sentido artístico y conocimientos y amor por la selva africana. » « Craig, si eso me alude a mi, sabes que trabajo para la WWF y debo dedicarle todo mi tiempo. » « No se necesitará mucho », protestó el. « Solo una consulta. Podrías hacerte un vuelo en la primera oportunidad que tengas libre. » Vio que estaba por ceder y prosiguió. « Y luego, por supuesto, una vez que los campos estén funcionando, yo desearía que dieras una serie de conferencias y shows de tus diapositivas para los huéspedes... » Y el vio que había dado en la tecla. Como todos los artistas, le interesaba aprovechar cada ocasión de mostrar su trabajo. « No te estoy haciendo ninguna promesa », le dijo seriamente, pero ambos sabían que ella lo haría, y Craig sintió que esa carga de responsabilidad se le alivianaba. « Me dijiste que tenias noticias para mi », le recordó finalmente, agradecido por la posibilidad de estirar mas la velada. Pero no estaba preparado para su repentino cambio de solemne seriedad. « Si, tengo novedades », le dijo. Pareció concentrarse y luego prosiguió. « Estoy tras la pista del jefe de los cazadores furtivos. » « Dios mio! Del bastardo que barrio con esa manada de elefantes? Esa es una buena noticia. Donde? Como? » « Sabes que estuve en las montañas orientales en los últimos diez días. Lo que no te dije es que estoy haciendo un estudio sobre el leopardo en las montañas para la WWF. Tengo gente trabajando para mi en las áreas boscosas mas riesgosas. Los estamos censando y relevando el territorio de caza de cada felino, investigamos sus deshechos y sus rastros, las presas muertas, e intentamos establecer si el hombre y su presencia en esos lugares tienen alguna influencia en su existencia. Bueno, esto me lleva a uno de mis hombres. El es un viejo bastardo Shangane cazador furtivo, debe tener ochenta años: la mas joven de sus mujeres tiene diecisiete y la otra semana le ha dado dos gemelos. Es un completo canalla, con un gran sentido del humor y una verdadera pasión por el whisky: dos tragos de Glenlivet y se larga a hablar. Estábamos en las montañas Vumba, nosotros dos solos, y después del segundo trago de whisky se le escapo que le habían ofrecido doscientos dólares por una piel de leopardo. Le comprarían todas las pieles que pudiera cazar y ellos le proporcionarían las trampas de acero a resorte. Le di otro trago y supe que el ofrecimiento había venido de un joven negro muy bien vestido que conducía una Land Rover del gobierno. Mi viejo shangane le dijo a aquel hombre que tenia miedo que lo arrestaran y lo metieran en la cárcel, pero el le había garantizado que estaría seguro. Que estaría bajo la protección de uno de los grandes jefes en Harare, un camarada ministro que había sido un famoso guerrero en la guerra en la selva y que todavía mandaba su propio ejercito privado. » Había una carpeta sobre el catre de campaña de Sally-Anne; la muchacha la tomo y la coloco sobre la falda de Craig que la abrió. En la primera hoja estaba la lista de los ministros del gobierno de Zimbabwe. Veintiséis nombres, con la cartera que ocupaban escrita al lado. « Podemos achicarla enseguida: poquísimos miembros del gobierno han combatido efectivamente », observó Sally-Anne. « La mayoría paso la guerra en el Ritz de Londres o en alguna dacha en el mar Caspio. » Se sentó en el almohadón junto a Craig, se inclinó y paso a la segunda hoja. « Seis nombres », dijo. « Seis comandantes de la guerrilla. » « Todavía son demasiados », murmuró Craig, y vio que el primer nombre era Peter Fungabera. « Podemos mejorarlo », continuó Sally-Anne. « Un ejercito privado significa disidentes, y los disidentes son todos Matabele. Su líder debe ser de la misma tribu. » Volvió la página hasta la tercera. Había solo un nombre. « Uno de los mas exitosos jefes de la guerrilla. Matabele. Ministro del Turismo, y el departamento de Vida Salvaje entra en su orbita. Es una vieja historia, pero aquellos a los que se les encarga la custodia de un tesoro muy a menudo son los que lo roban. Todo encaja. » Craig leyó el nombre en voz baja. Tungata Zebiwe. Descubrió que no quería que fuese cierto. « Pero si estuvo conmigo en el Departamento de Caza, era mi ayudante! »

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« Como ya te dije, los guardianes son los que mas fácilmente tienen la posibilidad de ejercitar la caza furtiva. » « Pero que haría Sam con el dinero? El jefe de los cazadores debe estar recibiendo millones de dólares. Sam lleva una vida muy modesta, todos lo saben, no tiene grandes mansiones, ni autos caros, ni grandes regalos para las mujeres, ni tierras ni vicios costosos. » « Excepto quizás el mas costoso de todos », dijo Sally-Anne tranquilamente. « El poder. » Las ulteriores protestas murieron en la garganta de Craig. « Poder. No lo ves Craig? Para tener un ejercito privado de disidentes se necesita dinero, muchísimo dinero. » Lentamente, el rompecabezas se iba armando, Craig debió aceptarlo. Henry Pickering le había advertido de la posibilidad de un golpe apoyado por los soviéticos. Durante la guerra los rusos habían apoyado a la facción Matabele, el ZIPRA, por eso el candidato debía ser por fuerza un Matabele. Si, era muy probable. Sin embargo Craig no quería creer. Aferrado a sus recuerdos del hombre que había sido su amigo, quizás el mejor amigo que había tenido en la vida. Recordó la esencial decencia del hombre que entonces había conocido como Samson Kumalo, el cristiano educado por misioneros de integridad y altos principios, quien había renunciado junto con Craig en el ministerio para la Conservación de la Fauna cuando sospecharon de su inmediato superior involucrado con una mafia de traficantes de marfil. Ahora el jefe de una mafia análoga era el? Aquel hombre compasivo que había ayudado a Craig mutilado e invalido a quedarse con su única posesión en el mundo, el yate con el que había abandonado África? Era ahora el complotado ávido de poder? « Era mi amigo », dijo Craig. « Lo era, pero ha cambiado. La ultima vez que lo viste se declaró como tu enemigo», señalo Sally-Anne. « Tu mismo me lo contaste. » Craig asintió, y de repente recordó la requisa de su caja fuerte en el hotel por la policía cumpliendo ordenes superiores. Tungata debía haber sospechado que Craig era un agente del World Bank, debía haberse imaginado que a el se lo había destacado para recoger información sobre la caza ilegal y complot contra el gobierno y todo eso podría haber pesado en su inexplicable violenta oposición a los planes de Craig. « Lo aborrezco », murmuró Craig. « Odio esta idea, pero pienso que puedes tener razón. » « Yo estoy segura. » « Que vas a hacer? » « Iré con Peter Fungabera con las pruebas que he recogido. » « Aplastará a Sam », dijo Craig, y ella le respondió inmediatamente: « Tungata es malo Craig, un saqueador! » « Es mi amigo. » « Era tu amigo », lo contradijo Sally-Anne. « No puedes saber en que se ha transformado. No sabes que cosa pudo haberle pasado durante la guerrilla en la jungla. La guerra cambia profundamente a los hombres, y el poder puede cambiarlos aun mas. » « Oh Dios, lo odio! » « Ven conmigo a ver a Peter Fungabera. Quiero que estés conmigo cuando presente la acusación contra Tungata Zebiwe. » Sally-Anne le tomo la mano, un pequeño gesto de consuelo. Craig no cometió el error de devolverle el apretón. « Lo lamento, Craig. » Le apretó los dedos. « Lo lamento verdaderamente », le dijo, y retiró la mano. Peter Fungabera encontró tiempo para recibirlos temprano por la mañana, y fueron juntos en auto a su casa sobre el lago Macillwane. Un sirviente los introdujo a la oficina del general, una gran sala con pocos muebles que dominaba el lago y alguna vez había sido la sala de billares. Una pared estaba cubierta por un inmenso mapa de Zimbabwe. Estaba llena de pinchos de colores que señalaban los lugares de evidente interés militar. Bajo las ventanas había una larga mesa cubierta con informes y despachos y documentos parlamentarios y un escritorio de roja teca africana en el centro de la sala, sobre el piso de piedra sin alfombrar. Peter Fungabera se levantó del escritorio para saludarlos. Estaba descalzo y vestía un simple taparrabo atado a la cintura. La piel del pecho y de los brazos brillaba como si hubiese sido recientemente aceitada, y debajo los músculos se movían como

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una bolsa de cobras vivas. Claramente Peter Fungabera se mantenía al máximo de su condición física. « Disculpen mi vestimenta », sonrío saludándoles, « pero me siento mas cómodo cuando me visto de africano. » Delante del escritorio había bajos taburetes de ébano con intrincadas tallas. « Hare traer sillas », dijo Peter. « Tengo pocos visitantes aquí. » « No, no », replicó Sally-Anne sentándose en uno de los taburetes. « Ustedes saben que siempre estoy complacido de verlos, pero hoy debo estar en el parlamento a las diez », dijo Peter Fungabera exhortándolos implícitamente a apurarse. « Voy al grano enseguida », dijo Sally-Anne. « Creo haber descubierto quien es el jefe de los cazadores furtivos. » Peter estaba por acomodarse en el escritorio, pero al escuchar eso se inclinó hacia adelante con sus puños apoyados en la mesa y la mirada penetrante e indagadora. « Usted dijo que bastaba con que yo le dijera quien era y usted lo aplastaría », le recordó Sally-Anne. « Díganmelo », le ordenó, pero Sally-Anne expuso primero sus fuentes y deducciones, como había hecho con Craig. Peter Fungabera le escucho en silencio, frunciendo el entrecejo o asintiendo pensativamente mientras seguía su razonamiento. Luego ella le revelo sus conclusiones, el ultimo nombre de la lista. « El camarada ministro Tungata Zebiwe! » repitió despacio Peter Fungabera y finalmente se sentó en su silla y tomo su fusta recubierta de cuero. Miro por encima de la cabeza de SallyAnne el mapa que cubría la pared, castigándose con la fusta la rosada palma de su mano izquierda. El silencio se prolongó hasta que Sally-Anne pregunto: « Y bien? » Peter Fungabera bajo la vista para mirarla nuevamente. « Me han pasado la mas roñosa papa caliente», dijo. « Estas segura que tu acusación del camarada Zebiwe no esta influenciada por el tratamiento en la confrontación con Craig Mellow? » « Es una sospecha indigna », le respondió calmada Sally-Anne. « Si, yo también lo creo », declaro Peter. Después se volvio a Craig. « Y tu que piensas? » « Era mi amigo y le debo mucha gratitud. » « Tiempo pasado », declaró Peter. « Ahora se te ha declarado en contra. » « Todavía continuo estimándolo y admirándolo. » « Y entonces?... » preguntó Peter, perplejo. « Pienso que Sally-Anne podría tener razón », admitió Craig, muy disgustado. Peter Fungabera se levanto y cruzo la sala en silencio para situarse junto al enorme mapa. « El país esta en grave efervescencia », dijo, mirando los pinchos clavados en el mapa. « Los Matabeles están al borde de la rebelión. Aquí! Aquí! Aquí! Sus guerrillas se están congregando en la jungla. » Dijo golpeteando sobre el mapa. « Estamos obligados a decapitar el complot de sus lideres mas irresponsables, que se estaban moviendo hacia una revuelta armada. Nkomo esta en retiro forzoso y dos miembros Matabeles del gobierno han sido arrestados y acusados de alta traición. Tungata Zebiwe es el último Matabele que queda en el gabinete. Es un hombre muy respetado, aun fuera de su tribu, mientras que los Matabeles lo ven como el único líder que les queda. Si lo tocamos... » « Lo va a dejar escapar! » dijo Sally-Anne desesperanzada. « Y asi se fugará. Ese es vuestro paraiso socialista! Una ley para el pueblo y otra para los... » « Silencio, mujer! » ordenó Peter Fungabera, y ella obedeció. El volvió a su escritorio. « Trataba de explicarte las consecuencias de una acción apresurada. Arrestar a Tungata Zebiwe puede llevar a todo el país a una sangrienta guerra civil. No dije que no tomaría acción, pero seguramente que no haremos nada sin pruebas positivas y testimonios de testigos independientes de impecable imparcialidad para apoyar mis acciones. » Todavía miraba en mapa en la pared. « Ya el mundo nos acusa de planear el genocidio tribal de los Matabeles, mientras que todo lo que hacemos es mantener la vigencia de la ley y buscar una forma de conciliación con esa tribu guerrera e intratable. Por el momento Tungata Zebiwe es nuestro único razonable y conciliatorio contacto con los Matabeles, no podemos permitirnos liquidarlo con ligereza. » Hizo una pausa y Sally-Anne rompió el silencio. « Una cosa que todavía no habíamos mencionado, pero con Craig la habíamos discutido. Si Tungata Zebiwe es el jefe de la mafia, esta utilizando las ganancias para un fin especial. No da señales

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visibles de extravagancias, pero sabemos que hay una conexión entre el y los disidentes. » La expresión de Peter Fungabera se endureció. Y sus ojos eran terribles. « Si es el culpable, pagará », se prometió mas a si mismo que a sus visitantes. « Pero deberán existir pruebas irrefutables. En cuyo caso no se me escapará. » « Será mejor que se apure », dijo Sally-Anne con obstinación. « Ha elegido en mejor momento para venderlo », el agente vendedor del yate parado en la cabina del Bawu se veía muy náutico en su blazer cruzado y gorra de capitán con insignia de ancla dorada, conjunto de setecientos dólares de Bergdorf Goodman. Su bronceado era perfecto y logrado a fuerza de lámpara solar en el N.Y. Athletic Club. Tenia una fina red de arrugas alrededor de sus ojos penetrantes, no por entrecerrarlos observando a través del sextante, ni por soles tropicales en lejanos océanos y playas coralinas, sino por escudriñar etiquetas de precios y cifras en cheques, de eso Craig estaba seguro.. « Las tasas de interés están cayendo, la gente esta comprando yates de nuevo. » Era como discutir los términos de un divorcio con un abogado, o los arreglos con un empresario de pompas fúnebres. El Bawu había sido parte de su vida durante mucho tiempo. « Esta en optimas condiciones su barco, muy bien mantenido y muy marinero. El precio es razonable. Traeré a algunas personas a verlo mañana. » « Solo asegúrese que yo no este aquí. » le advirtió Craig « Entiendo, señor Mellow. » El hombre sonaba como un enterrador. También Ashe Levy parecía un enterrador cuando Craig le telefoneó. No obstante envío un cadete de la oficina al puerto a recoger los primeros tres capítulos que Craig había completado en África. Después se fue a almorzar con Henry Pickering. « Que placer verte, Craig! » El escritor se había olvidado cuanto había crecido en la estima este hombre en solo dos breves reuniones. « Ordenemos primero », dijo Henry, y pidió una botella de Grands Echézaux. « Eres un hombre valiente. Yo siempre temo pronunciarlo no sea el caso que piensen que estoy estornudando. » « Si, mucha gente tiene el mismo temor, es quizás por eso que es el menos conocido de los grandes vinos. Asi continua costando relativamente poco, gracias a Dios. » Apreciativamente olfatearon el bouquet del vino y le dieron la atención que merecía. Después Henry posó la copa sobre la mesa. « Ahora dime lo que piensas del general Fungabera », lo invitó. « Todo esta en mis informes, no los leíste? » « Si que los he leído, pero dímelo lo mismo. Algunas veces una pequeña cosa puede surgir en la conversación que no fue puesta en el informe. » « Peter Fungabera es un hombre instruido. Su ingles es notable, su elección de las palabras, su poder de expresión, pero todo tiene un fuerte acento africano. En uniforme parece un general del ejercito ingles. En ropas de civil parece un divo de la TV, pero en taparrabos parece lo que verdaderamente es: un africano. Eso es lo que tendemos a olvidar con todos ellos. Todos sabemos de la inescrutabilidad china, de la flema inglesa, pero rara vez consideramos que los negros africanos tienen una naturaleza especial... » « Eso es, ves? » murmuró Pickering. « Todo esto no estaba en tu informe. Continua, Craig. » « Para nuestro ritmo frenético, parecen lentos, y no nos percatamos que no es indolencia sino la profunda consideración que le dan a cualquier asunto antes de actuar. Los consideramos simples y directos, cuando en realidad están entre los mas complicados y reservados pueblos del mundo, mas leales a la tribu que cualquier escoses a su clan. Como los sicilianos, pueden mantener un feudo de sangre por mas de cien años... » Henry Pickering escuchaba atentamente, alentándolo con preguntas apropiadas solo cuando decaía el relato. Una vez pregunto; « Hay algo que todavía encuentro algo confuso, Craig... La sutil diferencia de los términos Matabele, ndebele y Sindebele. Me la puedes aclarar? » « Un francés se llama a si mismo francais, pero nosotros lo llamamos francés. Un Matabele se llama a si mismo ndebele, mientras que nosotros lo llamamos Matabele. » « Ah », asintió Henry. « Y la lengua que hablan es el Sindebele, verdad? » « Correcto. En realidad, desde la independencia, la palabra Matabele parece haber adquirido un sesgo colonialista... »

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La charla prosiguió relajada y libre, así que fue con cierta sorpresa que Craig se dio cuenta que habían quedado solos en el restaurante y el mozo rondaba la mesa con la cuenta. « Lo que estaba tratando de decir », concluyo Craig, « es que el colonialismo a dejado al África con un sistema de valores impuestos. El África los rechazará y volverá a los suyos propios. » « Y probablemente será mejor para ellos », concluyo por Craig Henry Pickering. « Bueno, Craig, ciertamente te has ganado tu salario. Me alegro que regreses allá. Puedo ver que pronto serás nuestro mas productivo agente de campo en ese teatro. Cuando vuelves? » « Solo vine a New York para recoger un cheque. » Henry Pickering lanzó su deliciosa risotada grave. « Tus alusiones son sutiles como una pata de elefante. Tiemblo al pensar en un pedido directo de ti. » Pagó la cuenta y se levantó. « El abogado del banco te espera. Primero firma la venta de tu cuerpo y alma y después te otorgo el derecho a un retiro total de cinco millones de dólares. » El interior de la limousine era silencioso y fresco, y la suspensión absorbía casi todas las irregularidades de las superficies de las calles de New York. « Ahora amplíame un poco las conclusiones de Sally-Anne respecto al cabecilla de la banda », lo invitó Henry. « En esta etapa, no veo otro candidato alternativo para el patrón de los traficantes, quizás también el lider de los disidentes. » Henry guardo silencio por un momento. Después dijo: « Como juzgas la reticencia del general Fungabera a actuar? » « Es un hombre prudente, es un africano. No tiene urgencia. Lo pensara bien, tenderá su red con astucia, y cuando actúe pienso que todos nos sorprenderemos de cuan devastador, decisivo y rápido será. » « Quisiera que le prestes al general Fungabera toda la ayuda que puedas. Una cooperación plena, por favor, Craig. » « Tu sabes que Tungata era mi amigo. » « Lealtad dividida? » « No lo creo, si el es culpable. » « Muy bien! Mi gente esta muy contenta con tus logros hasta ahora. Estoy autorizado a incrementar tu remuneración a sesenta mil dólares al año. » « Fantástico », dijo Craig con una sonrisa. « Eso será una gran ayuda para el pago de intereses sobre los cinco millones... » Todavía estaba claro cuando el taxi depositó a Craig en la entrada del puerto. El smog de Manhattan se había transformado por el bajo ángulo del sol en una mágica nube púrpura que suavizaba las lúgubres siluetas de las grandes torres de cemento. Cuando Craig subió a la pasarela, el yate bailoteo levemente bajo su peso y alerto a la figura en la cabina. « Ashe! » Craig fue tomado por sorpresa. « Ashe Levy, la princesita de la fabula de los escritores en crisis! » « Baby... » Ashe vino a su encuentro sobre el puente, con los pasos inseguros de la gente de tierra. « No podía esperar, tenia que venir a verte enseguida. » « Estoy conmovido. » El tono de Craig era sarcástico. « Llegas siempre al galope cuando no necesito ayuda. » Ashe Levy ignoró la burla y puso sus manos sobre los hombros de Craig. « Lo he leído. Lo he releído... y luego lo guarde en mi caja fuerte. » Su voz se hizo mas profunda. « Es hermoso. » Craig lo estudio, para ver si distinguía en su cara las señales de hipocresía. En cambio se dio cuenta que detrás de los anteojos de marco dorado los ojos de Ashe Levy se veían acerados con lagrimas de emoción. « Es lo mejor que has escrito, Craig. » « Son solo tres capítulos. » « Que emoción! Me has golpeado en las entrañas. » « Necesita pulirse un montón. » « Craig, dude de ti, lo admito. Estaba comenzando a creer que no podrías escribir otro libro, pero ahora... Estuve sentado allí por las ultimas horas, me puse a pensar y encuentro que puedo recitar algunas partes de memoria. » Craig lo estudio cuidadosamente. Las lagrimas podían ser un reflejo del sol sobre las aguas del puerto. Ashe se saco los anteojos y se sonó ruidosamente la nariz. Las lagrimas eran genuinas, pero Craig apenas lo creía. Había solo un modo de verificar la sinceridad de Ashe.

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« Podrías darme un adelanto, Ashe? » Ahora el no necesitaba del dinero, lo hacia solo como prueba definitiva. « Cuanto necesitas, Craig? Doscientos mil dólares? » « Entonces de verdad te gusta », Craig dejo escapar un suspiro mientras las eternas dudas del escritor se disipaban por un breve periodo bendito. « Tomemos algo, Ashe.» « Hagamoslo mejor, emborrachemonos », dijo Ashe. Craig sentado en la popa, con sus pies sobre la barra del timón, mirando el rocío formando pequeños diamantes en el vaso en su mano ya no escuchaba mas los entusiastas comentarios de Ashe Levy sobre su libro. En cambio dejaba vagar libremente el pensamiento, diciéndose que quizás era mejor no tener toda la suerte concentrada en un breve periodo, sino distribuidas en el tiempo para poderlas disfrutar una a una mas completamente. Estaba inundado de alegría: pensó en Kings Lynn y en su nariz perduraba el olor arcilloso de las praderas de Matabeleland. Pensó en Zambesi Waters, y escucho nuevamente el rumor de un gran cuerpo de rinoceronte en el matorral de espinos. Pensó en los veinte capítulos que seguirían a los tres primeros y el dedo índice le hormigueaba de la impaciencia. Seria posible, se pregunto, que en aquel momento el fuese el hombre mas feliz del mundo? Y repentinamente se dio cuenta que la total apreciación de la felicidad solo podía ser lograda compartiéndola con otro y descubrió un pequeño espacio vacío en su interior y una sombra de melancolía al recordar unos ojos extrañamente moteados y una firme boca joven. Quería decírselo, quería hacerle leer esos tres capítulos y de repente deseó con toda su alma estar de nuevo en África, donde estaba SallyAnne. Craig encontró una Land Rover de segunda mano en el lote de autos detrás de la agencia donde Jock Daniels vendía autos usados. Cerro sus oídos a la cháchara del vendedor y en su lugar escucho el motor. La puesta a punto estaba mal pero no había pistoneo. La transmisión delantera funcionaba bien y los frenos estaban bien. Cuando la lanzo sobre un terreno accidentado fuera de la ciudad, el silenciador se desprendió pero todo el resto se manutuvo unido. En un tiempo era capaz de desmontar completamente una Land Rover y volverla a armar en el espacio de un fin de semana: el sabia que podía poner a punto esta. Le bajo el precio en mil dólares y todavía la pago cara, pero tenia mucha urgencia. En la Land Rover cargo todo lo que había recuperado de la venta del yate: un baúl lleno de ropa, una docena de libros preferidos, y una caja de cuero con flejes de bronce, su pieza de equipaje mas pesada, que contenía los diarios de la familia. Estos diarios eran toda su herencia, todo lo que Bawu le había dejado. El resto de la multimillonaria propiedad del anciano, incluyendo las acciones de la Rholands, había ido a para a su hijo mayor Douglas, el tío de Craig que había vendido y emigrado a Australia. Pero aquellos estropeados libros forrados en cuero y manuscritos habían sido su mayor tesoro. Leerlos le había dado a Craig un sentido de la historia y un orgullo en su linaje ancestral, que lo había dotado de suficiente confianza y entendimiento del periodo como para sentarse y escribir el libro que a su vez le había brindado todo esto: éxito, fama y fortuna, y hasta la Rholands misma había vuelto a sus manos a través de esa caja de viejos papeles. Se pregunto cuantas miles de veces había recorrido el camino hasta King’s Lynn, pero nunca como esta, nunca como el dueño. Se detuvo en la tranquera principal para que sus pies pudiesen tocar su propia tierra por la primera vez. Erguido, miro a su alrededor los dorados campos y los bosquecillos de acacias de copas aplanadas, hacia el horizonte de colinas grises y azuladas en la distancia y la inmaculadamente azul bóveda del cielo cubriéndolo todo, luego se arrodillo como un suplicante religioso. Fue el único movimiento en el que la pierna lo dificulto un poquito. Recogió un poco de tierra en su manos. Era casi tan rica y roja como la carne que nutriría. A ojo dividió el puñado en dos partes, y dejo derramar un décimo de nuevo al suelo. « Ese es tu diez por ciento, Peter Fungabera », susurró para si. « Pero el resto es mío, y juro retenerlo por toda mi vida, protegerlo y cuidarlo, y que Dios me ayude.» Sintiéndose un poco tonto por su teatralización, dejo que la tierra cayera y se limpio las manos en las piernas de su pantalón y volvió a la Land-Rover. Al pie de la colina delante de la casa se encontró con una alta y delgada figura viniendo por el camino. El hombre usaba solamente una grasienta cobija sobre su

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espalda y un breve taparrabo; sobre el hombro llevaba sus palos de combate. Sus pies metidos en sandalias hechas con viejas cubiertas de autos y sus aros eran tapas de plástico de garrafas adornadas con cuentas de colores que ensanchaban los lóbulos de sus orejas tres veces su tamaño normal. Arreaba delante de el una pequeña tropa de cabras multicolores. « Te veo, hermano mayor », lo saludo Craig, y el viejo mostró las aberturas en sus dientes amarillentos cuando sonrió por la cortesía del saludo y al reconocer a Craig. « Te veo, Nkosi », dijo; era el mismo anciano que Craig había encontrado agachado en las construcciones anexas de King's Lynn. « Cuando va a llover? » le preguntó Craig ofreciéndole un paquete de cigarrillos que había traído precisamente para tal encuentro. Se trabaron en la agradable rutina de preguntas y respuestas que en África debe preceder a cualquier discusión seria. « Como te llamas, viejo? » Para los Matabeles no era una acusación de senilidad, sino un termino de respeto. « Me llaman Shadrach.» « Dime, Shadrach, están a la venta tus cabras? » finalmente Craig pudo preguntarle sin pasar por ingenuo, e inmediatamente apareció un brillo de astucia en los negros ojos del pastor. « Son cabras muy lindas » dijo. « Separarme de ellas seria como separarme de mis niños. » Shadrach era el portavoz y el líder reconocido de la pequeña comunidad de usurpadores que había tomado como domicilio a King's Lynn. Craig descubrió que a través de el podía negociar con todos ellos, y sintió alivio, ahorraría días y una gran cantidad de desgaste emocional y lagrimas. Sin embargo, no privaria a Shadrach de la oportunidad de mostrar sus habilidades de negociador, ni lo insultaría tratando de abreviar el procedimiento. Así que este se extendió por los siguientes dos días mientras Craig reconstruía el techo del viejo chalet de huéspedes con una lona pesada, reemplazo la bomba robada con un motor diesel capaz de aspirar agua del pozo artesiano y colocó su nuevo catre de campaña en el desnudo dormitorio del chalet. Al tercer día se pusieron de acuerdo con el precio de venta y Craig se convirtió en el propietario de casi dos mil cabras. Pagó a los vendedores en efectivo, contando cada billete y cada moneda en sus manos para evitar futuras discusiones, y luego cargo sus cabras en cuatro camiones alquilados y las envió al matadero de Bulawayo, saturando el mercado en el proceso y haciendo caer el precio en un cincuenta por ciento causándole una perdida de un poco mas de diez mil dólares. « Un gran inicio en los negocios », sonrió, mandando a llamar a Shadrach. « Dime, viejo, que sabes de ganado? » Era un poco como preguntarle a un polinesio si sabia de pesca, o a un suizo si sabia lo que era la nieve. Shadrach se irguió indignado. « Cuando era así de alto », dijo rígido, indicándose la rodilla, « ordeñaba la leche caliente directamente de la ubre de la vaca a mi boca. Cuando era así de alto » - levanto la mano unos pocos centímetros - « tenia a mi cargo doscientas cabezas. Liberaba a los terneros encajados en la panza de la madre con estas manos; los llevaba sobre los hombros cuando el arroyo estaba crecido. Cuando era si de alto » - levanto la mano a diez centímetros de la rodilla - « mate una leona con mi assegai porque quería comerse a mis búfalos. » Craig escucho la historia mientras ascendía en pequeños incrementos hasta la altura de los hombros y Shadrach concluyo; « Y tu tienes el coraje de preguntarme que se de ganado! » « Muy pronto sobre estos pastos criare vacas tan lustrosas y bellas que cuando las veas se te inundaran los ojos de lagrimas. Tendré toros con lomos tan lustrosos como agua que brilla al sol y con gibas grandes como montañas sobre las grupas y sus papadas pesadas de grasa, barrerán el suelo cuando caminen como las ráfagas de lluvia barren el polvo en la tierra seca.» « Hau! » dijo Shadrach, una exclamación de gran estupor, impresionado tanto por el lirismo de Craig como por las intenciones que manifestaba. « Necesito un hombre que entienda de ganado y de hombres », le dijo Craig. Shadrach eligió a los peones. De las familias de usurpadores eligió a veinte, todos ellos fuertes y voluntariosos, no demasiado jóvenes para ser tontos o volubles, ni tan adultos para ser débiles e impotentes. « Los otros », dijo con desprecio Shadrach, « son una cruza de babuinos y cuatreros shona: les ordene que se marcharan de nuestras tierras. »

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Craig sonrió con aquel « nuestra », pero quedo impresionado por el hecho de que cuando Shadrach ordenaba, la gente le obedecía. Shadrach reunió a sus reclutas delante del chalet burdamente restaurado, y les impartió la tradicional giya, la arenga con pantomima con la cual los viejos indunas Matabeles enfervorizaban a sus guerreros antes de las batallas. « Ustedes me conocen! » gritó. « Saben que mi tatarabuela era hija del viejo rey Lobengula, el Viento-que-lleva! » « Eh-he! » Ellos comenzaban a entrar en el espíritu de la ocasión. « Saben que soy un príncipe de sangre real, y que si el mundo anduviese como debiera, seria un legitimo induna de mil guerreros, con plumas de grullas en mis cabellos y colas de búfalo sobre mi escudo de guerra. » Apuñaleo el aire con sus palos de batalla. « Eh-he! » Mirando sus expresiones, Craig vio el real respeto que le tenían al viejo, y quedo gratamente complacido con su elección. « Ahora », continuó Shadrach, « gracias a la sagacidad y a la visión del joven Nkosi aquí presente, he llegado a ser verdaderamente un induna! Soy el induna de King's Lynn » - pronunció Kingi Lingi - « y vosotros sois mis amadodas, mis guerreros selectos. » « Eh-he! » concordaron, estampando sus pies desnudos en el suelo con un ruido de cañonazo. « Y ahora miren a este hombre blanco. Podrán pensar que es un joven imberbe... Pero cuidado! Es el nieto de Bawu y chozno de Taka Taka! » « Hau! » exclamaron los guerreros de Shadrach. Porque esos eran nombres bien conocidos. A Bawu lo habían conocido en persona, sir Ralph Ballantyne solo como una leyenda: Taka Taka era el onomatopéyico nombre que los Matabeles le habían dado a sir Ralph por el sonido de la ametralladora Maxim que los viejos saqueadores habían empuñado a tal efecto durante la guerra Matabele y la rebelión. Miraron a Craig con nuevos ojos. « Sí », los instó Shadrach, « Mírenlo! Es un guerrero que lleva terribles heridas de la guerra en la jungla! Ha matado a centenares de cobardes violadores Mashona antes de ser herido gravemente! » Craig parpadeo ante la licencia poética que Shadrach se permitía. « El también mato a algunos de los bravos leones guerrilleros Matabeles del ZIPRA! Y ahora saben que es un hombre, no un muchacho. » « Eh-he! » No demostraron el menor rencor a la noticia del presunto estrago de sus hermanos efectuada por Craig. « Sabrán además que el ha venido a transformarlos de afeminados pastores de cabras, sentados al sol, rascándose las pulgas, en orgullosos y bravos pastores de búfalos! Porque », y aquí Shadrach hizo una pausa dramática, « pronto en estas hierbas volverán a alimentarse vacas tan lustrosas y bellas que al mirarlas... » Craig notó que Shadrach podía repetir sus propias palabras perfectamente, haciendo gala de la notable memoria de los analfabetos. Cuando termino con un gran salto en el aire, golpeando uno contra otro sus palos de batalla, lo aplaudieron entusiastas, y luego miro a Craig expectante. « Un discurso difícil de igualar », se dijo Craig, de pie delante de ellos. Hablo con calma, e voz baja, en el musical lenguaje Sindebele. « El ganado estará aquí pronto, y hay mucho trabajo que hacer antes de que lleguen. Ustedes saben del salario fijado por el gobierno para los peones agrícolas. Eso les voy a pagar, y raciones de comida para cada uno de ustedes y sus familias.» Esto fue recibido sin grandes muestras de entusiasmo. « Además », dijo Craig después de una pausa, « por cada año de trabajo completo les regalaré una hermosa ternera que tendrá el derecho de pastar en las praderas de Kingi Lingi y también de ser servidas por mis grandes toros, así ellas podrán procrear sus esplendidos terneros... » « Eh-he! » gritaron, saltando de alegría, hasta que finalmente Craig levanto los brazos. « Quizás entre ustedes alguno podrá tentarse de robar lo que me pertenece, o encontrará la sombra de un árbol para pasar el día en vez de tensar los alambrados o pastorear el ganado. » Los fulminó con la mirada, y ellos se acobardaron un poco. « Ahora, este sabio gobierno prohíbe darle una pateadura a un hombre, pero cuidado, yo puedo patearles el culo sin usar mi propio pie» Se inclinó y con un rápido movimiento se saco la pierna artificial. Y se levanto sosteniéndola en una mano. Quedaron con las bocas abiertas por el estupor. « Han visto? No es mi propio pie! » Sus expresiones tornáronse en terror, como en la presencia de una terrible brujería. Comenzaron a inquietarse nerviosamente y a mirar a su alrededor en busca de una vía de escape.

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« Entonces », grito Craig, « sin infringir la ley yo puedo encajarle una patada a quien quiera! » Con dos saltos veloces uso el envión para sacudirle la punta de la bota de su pierna desmembrada en el culo del guerrero mas cercano. Por un largo instante duró el atónito silencio, después fueron superados por su propio sentido del humor. Rieron hasta que las lagrimas les marcaron las mejillas. Se tambaleaban en círculos golpeándose las cabezas, abrazándose unos a otros, tironeándose y jadeando de la risa. Rodearon al desafortunado que había sido objeto de la broma de Craig y abusaron mas de el, atizándole pataditas juguetonas y aullando de la risa. Shadrach, con toda su dignidad descartada, rodaba en el suelo de la risa. Craig los miraba con afecto. Ya eran su gente, su especiales a cargo. Ciertamente habría manzanas podridas entre ellos. Tendría que erradicarlos como mala hierba. Hasta los buenos a veces probarían deliberadamente su vigilancia y tolerancia, como era la costumbre africana, pero con el tiempo también ellos serian una familia unida y el sabia que finalmente llegaría a quererlos. Las cercas eran la primera prioridad. Habían caído en un estado calamitoso: faltaban kilómetros de alambres de púa, casi seguramente robado. Cuando Craig trato de sustituirlo, comprendió porque: No había nada a la venta en Matabeleland. Ningún permiso de importación se había emitido en el trimestre para el alambre de púas. « Bienvenido a la alegre comunidad de los ganaderos del Zimbabwe negro », le dijo el presidente de la Cooperativa Ganadera de Bulawayo. « Alguien consiguió un permiso de importación por un millón de dólares en caramelos y chocolatines, pero ningún permiso para alambre de púa. » « Por el amor de Dios! » exclamó Craig desesperado. « Tengo necesidad de cercar mis potreros! Como podría repoblar el rancho si no tengo las pasturas cercadas? Cuando recibirá la primera consignación? » « Eso depende de un empleaducho del ministerio de Comercio Exterior de Harare », se encogió de hombros el presidente, y Craig se marchó tristemente a la Land Rover, cuando repentinamente tuvo una idea. « Puedo usar el teléfono? » le pregunto al presidente de la cooperativa. Llamo al número privado que le había dado Peter Fungabera y después que se identifico, la secretaria lo puso enseguida al habla. « Peter, tengo un grave problema. » « Puedo ayudarte? » Craig se lo dijo y Peter tomo nota murmurando para si. « cuanto necesitas? » « por lo menos mil doscientos rollos. » « Algo mas? » « No por el momento... Ah si, perdona si te molesto, Peter, pero he estado tratando de encontrar a Sally-Anne. No responde al telefono ni a los telegramas. » « Llámame en diez minutos », ordenó Peter Fungabera, y cuando Craig lo llamó le dijo: « Sally-Anne esta fuera del país, parece que ha volado a Kenya con el Cessna. Se encuentra en un lugar que se llama Kitchwa Tembu en Masai Mara. » « Sabes cuando vuelve? » « No, pero apenas reingrese al Zimbabwe te aviso. » Craig quedo impresionado por el alcance de los tentáculos de Fungabera, al extremo de seguir a una persona hasta mas allá de los limites del país. Obviamente SallyAnne estaba en alguna lista para atención especial, como el. Por supuesto el sabia porque Sally-Anne estaba en Kitchwa Tembu. Dos años antes Craig había visitado ese maravilloso campamento de safari en la planicie Mara a la invitación de sus propietarios Geoff y Jolie Kent. Era la estación cuando las vastas manadas de búfalos comenzaban a parir los terneros y las batallas entre las vacas madres y las jaurías merodeadoras de predadores intentando devorar a los recién nacidos constituían uno de los mas impresionantes y grandiosos espectáculos de los llanos africanos. Sally-Anne estaría allí con su Nikon. En el camino de retorno a King's Lynn, se detuvo en la oficina de correos y le envió un telegrama a través de la oficina de Abercrombie y Kent de Nairobi. « Tráeme algunas fotos para Zambesi Waters también stop La caza esta abierta todavía Punto interrogativo Saludos Craig. » Tres días mas tarde una fila de camiones ascendió las colinas de King's Lynn y un pelotón de soldados de la Tecera Brigada descargo mil doscientos rollos de alambres de púa en los cobertizos sin techo para los tractores. « Hay que pagar una factura? » pregunto Craig al sargento que comandaba el pelotón. « O algún papel que firmar? »

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« No lo se », dijo el hombre. « Solo se que me han ordenado transportar aquí esta carga y ya esta hecho. » Craig miro irse a los camiones vacíos, rugiendo por la bajada, con un peso en el estomago. Sospechaba que nunca habria una factura. También sabia que esto era África, lo tocaba simplemente estar muy atento a no enemistarse con el general. Las consecuencias podrían ser terribles. Por cinco días trabajo con su cuadrillas Matabeles plantando cercas, en cueros hasta la cintura con gruesos guantes de cuero protegiéndole las manos; tirando de las torniquetas tensando el alambre y cantando las cantinelas de trabajo con sus hombres pero todo ese tiempo el cargo de consciencia pesaba sobre su estomago, y no lo soportaba mas. Todavía no tenia línea telefónica en la propiedad, así que condujo hasta Bulawayo. Encontró a Peter en el parlamento. « Mi querido Craig, te estas preocupando por una pavada. El oficial de intendencia todavía no me ha facturado el alambre a mi. Pero si hace que te sientas mejor, envíame un cheque y yo veré que la transacción se cierre inmediatamente. Oh, Craig y que el cheque sea pagadero en efectivo, si? » En las siguientes semanas, Craig descubrió su capacidad de vivir durmiendo muchas menos horas de las que creía posibles. Estaba en pie cada mañana a las cuatro y media, e iba a despertar a las cuadrillas en sus cabañas. Salían adormilados, todavía envueltos en sus colchas y temblando de frío, tosiendo por el humo de la leña ardiendo en los fogones y rezongando contra el sin malicia. A mediodía Craig buscaba la sombra de una acacia y dormía la siesta como todos ellos. Después, descansados, reanudaban el trabajo por toda la tarde hasta que el sonido del gong (un trozo de riel suspendido de la rama de un jacarandá cercano a la casa) daba la señal de que el horario de trabajo había terminado y el grito de « Shayile! Ha sonado. » se pasaba de cuadrilla en cuadrilla y en varios grupos confluían al camino para retornar a casa. Luego Craig se lavaba la transpiración y el polvo en una casilla de cemento detrás del chalet, cenaba rápidamente y para cuando oscurecía estaba sentado frente a la mesa en el chalet en la siseante luz blanca del farol a gas con una hoja de papel al frente y bolígrafo en mano se transportaba al otro mundo de su imaginación. Algunas noches escribía hasta bastante después de la medianoche y después a las cuatro y media estaba afuera, sintiéndose descansado y vigoroso. El sol le bronceo la piel y le aclaró el flequillo de pelo que le caía sobre los ojos: el duro trabajo físico le tonifico los músculos y le encalleció el muñón, así que pudo caminar a lo largo de las cercas todo el día sin molestias, había tan poco tiempo que perder que cocinar se volvió mecánico, y la botella de whisky permanecía en su bolso con el sello inviolado, así que bien pronto adelgazo y se le afilo el rostro. Luego, una tarde que estacionaba la Land Rover bajo los árboles de jacarandá y comenzaba a caminar hacia el chalet: El aroma de roast beef con papas asándose lo obligó a detenerse, fue como estrellarse contra una pared de ladrillos. Bajo la lengua surgió un chorrito de saliva y arrancó otra vez, súbitamente famélico. En la diminuta cocina casera una figura esmirriada inclinada sobre el fuego, de blancos cabellos lanudos. Lo miró acusadoramente mientras Craig se paraba en la entrada. « Porque no me mando a llamar? » preguntó en Sindebele. « Ningún otro cocina en Kingi Lingi mientras yo viva! » « Joseph! » exclamó Craig, abrazándolo impetuosamente. El viejo había sido el cocinero de Bawu por treinta años. Era capaz de preparar un banquete impecable para cincuenta comensales, como preparar rápidamente una minuta a la cazadora en un fuego de leños. Ya había pan horneado en un tacho de chapa con el que había improvisado un horno y había recogido un cazo de ensalada de la huerta descuidada. Joseph se liberó del abrazo de Craig, un poco escandalizado por aquella infracción a la etiqueta. « Nkosana », Joseph todavía usaba el diminutivo para los jovencitos, « tus ropas estaban mugrientas y tu cama no estaba tendida! » Lo regaño seriamente: « Hemos trabajado todo el día para ordenar todo el desorden que has dejado! » Solo entonces Craig notó que había otro hombre en la cocina. « Xapa-lola! » rió feliz, y el muchacho se inclino sonriendo complacido. Estaba planchando con la pesada plancha negra a carbón.

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Todas sus ropas y sábanas habían sido lavadas y las estaba planchando. Las paredes del chalet habían sido lavadas y el piso pulido hasta brillar. Hasta los tapones de bronce de la pileta brillaban como los botones en un uniforme de la marina. « He hecho una lista de lo que nos hace falta », dijo Joseph a Craig. « Por Ahora puede pasar. Pero no es correcto que tu vivas así, en un chiquero! Nkosi Bawu, tu abuelo, no lo habría tolerado. » El cocinero Joseph tenia cierta pretensión de estilo. « Por eso he mandado al tío de mi primera esposa, que es un maestro techador, y le pedí que trajera a su hijo mayor que es albañil, y a su sobrino que es un buen carpintero. Estarán aquí mañana y comenzaran a reparar los daños que estos perros le han hecho a la casa grande. En cuanto a la quinta y el jardín, conozco a la persona justa... » dijo enumerando las tareas que consideraba necesarias con los dedos, para restaurar el orden en King’s Lynn. « Así estaremos listos para invitar a treinta huéspedes importantes a la cena de Navidad, como se acostumbraba en los viejos tiempos. Ahora, Nkosana, ve a lavarte que la cena estará lista en un cuarto de hora. » Con los prados seguramente cercados y la restauración de las construcciones accesorias y el edificio principal en marcha, Craig pudo finalmente comenzar a pensar en la compra de los animales. Convocó a Shadrach y a Joseph, y les encargó a ambos el cuidado de la propiedad durante su ausencia. Aceptaron seriamente la responsabilidad. Luego Craig se fue al aeropuerto, dejó la Land Rover en el estacionamiento y compro un pasaje para el primer vuelo directo al sur. En las tres semanas subsiguientes visito los grandes ranchos de Transvaal del Norte, la provincia sudafricana con clima y morfología mas similar a la de Matabeleland. Las compras de ganado de pedigrí llevaban tiempo. Cada compra era precedida por días de negociaciones con el vendedor y de exámenes de los animales en el campo, mientras Craig disfrutaba de la tradicional hospitalidad de los campesinos Afrikaners. Sus huéspedes eran hombres cuyos ancestros habían emigrado al norte desde el Cabo de Buena Esperanza, transportándose en carros tirados por sus bueyes y habían vivido toda su vida pegados a los animales. Así que cuando Craig compro las bestias, se aprovechaba de su experiencia para acumular gran cantidad de conocimientos en la crianza de los bovinos. Todo lo que aprendía reforzaba su deseo de continuar los exitosos experimentos de Bawu con la cruza de animales autóctonos, reconocidos por su resistencia a las enfermedades y a la sequía, con la raza Santa Gertrudis de mas rápido engorde. Compró vacas jóvenes inseminadas artificialmente y preñadas, compró toros de aristocrático pedigrí, descendientes de líneas de sangre famosas, y se ocupó de la documentación, inspección, inoculación, cuarentena y seguros que eran necesarios antes que le permitieran cruzar el limite internacional. Mientras tanto contrato el transporte terrestre hacia el norte con contratistas especializados en transportar valioso ganado en pie. Gastó casi dos millones de dólares que le habían prestado antes de volar de regreso a King's Lynn para ultimar los preparativos para recibir su ganado. Las entregas eran escalonadas durante un periodo de meses, de modo que cada remesa pudiera ser recibida adecuadamente y se ambientaran antes de la llegada de la siguiente partida. Los primeros en llegar fueron cuatro jóvenes toros, apenas maduros para emprender su trabajo de reproductores. Craig había pagado quince mil dólares por cada uno. Peter Fungabera estaba determinado a festejar el advenimiento; invitó a dos ministros colegas del gobierno a la ceremonia de bienvenida, aunque ni el primer ministro ni el ministro de Turismo Tungata Zebiwe estuvieron disponibles aquel día. Craig alquilo una carpa y le encargo a Joseph que preparara uno de sus legendarios banquetes al aire libre. A Craig todavía le dolía en desembolso de dos millones de dólares, así que economizó en el champagne, ordenando la imitación del Cabo de Buena Esperanza en vez del articulo genuino. La compañía ministerial llego a bordo de una flotilla de Mercedes negros, con guardaespaldas armados, todos usando anteojos para sol tipo aviador. Las mujeres usaban vestidos largos estampados con los mas salvajes e increíbles colores. El barato y dulzón espumante bajaba como si le hubieran sacado el tapón a la pileta, y pronto todos reían y gorjeaban como una bandada de estorninos. La mujer mas vieja esposa del ministro de Educación se desabotonó la blusa y saco fuera una suculenta teta negra y se puso a amamantar al niño que llevaba sobre su cadera, mientras ella tomaba copiosas cantidades de espumante. « Reabastecimiento en vuelo », dijo uno de los vecinos blancos de Craig, que había piloteado los bombarderos de la RAF, sonriendo.

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Peter Fungabera fue el ultimo en llegar, en uniforme de gala, con su ayudante de campo, un joven capitán de la Tercera Brigada que Craig había visto en varias ocasiones. Esta vez Peter se lo presentó: « El capitán Timón Nbebi ». Era tan flaco que parecía frágil. Los ojos, detrás de los anteojos de marco de acero, eran demasiado vulnerables para un soldado, y su apretón de mano fue rápido y nervioso. A Craig le hubiera gustado hablarle, pero en ese momento el camión con los toros estaba subiendo la cuesta de la entrada. Llegó envuelto en una nube de fino polvo rosado y se paro frente al corral preparado por Craig para los toros. Se bajo la planchada pero antes que se abriera la compuerta Peter Fungabera subió al palco y se dirigió a los reunidos. « El señor Craig Mellow es un hombre que hubiera podido elegir cualquier país del mundo para vivir, como escritor internacional de Best Sellers habría sido bienvenido. Ha elegido volver a Zimbabwe, y haciéndolo así, ha declarado al mundo entero que aquí hay una tierra donde hombres de cualquier color, de cualquier tribu, negros o blancos, Mashona o Matabeles, son libres para vivir y trabajar, sin temores y sin ser molestados, seguros al amparo de leyes justas. » Después de la propaganda política, Fungabera se permitió una broma. « Y ahora, demos la bienvenida a estos otros nuevos inmigrantes, con la certeza de que serán los padres de muchos hijos e hijas y a contribuir a la prosperidad de nuestro Zimbabwe. » Peter Fungabera comenzó a aplaudir mientras Craig abría el portón, y el primer nuevo inmigrante emergió para detenerse pestañeando al rayo del sol. Era una bestia enorme de mas de una tonelada de abultados músculos bajo la brillante piel marrón rojiza. Había aguantado dieciséis horas acorralado en una ruidosa máquina. Los tranquilizantes que le habían dado habían perdido el efecto, dejándolo con una gran resaca y un amargo rencor contra todo el mundo. Ahora observó a la multitud aplaudiendo, los mareantes colores de los tradicionales vestidos de las mujeres y finalmente encontró un foco para su irritación y frustración. Emitió un largo y feroz mugido y arrastrando tras el a los peones que lo sujetaban se lanzo como una avalancha sobre la planchada. Los peones soltaron las cuerdas que lo retenían y la barrera de troncos explotó frente a la carga, lo mismo que la comitiva ministerial, se desparramaron como sardinas en la embestida de una barracuda hambrienta. Los altos oficiales agarraron a sus mujeres, en frenética carrera hacia el santuario de los jacarandaes; los niños envueltos en las espaldas de sus madres aullaban tan alto como sus progenitoras. El toro se metió por un costado de la carpa siempre a la carrera, arrastrando los vientos en sus enormes paletas, así que la carpa se vino abajo en graciosas oleadas de lonas atrapando debajo a una horda de juerguistas aterrorizados. Salio por el lado opuesto de la carpa colapsada justo cuando una de las mas jóvenes esposas ministeriales corría, chillando de terror, frente a su camino, La engancho con un largo cuerno y la punta atrapo el flameante ruedo del vestido. El toro levanto bruscamente la cabeza y la tela de brillantes colores se desenrosco del cuerpo de la muchacha como la cuerda de un trompo. Ella giro en una involuntaria pirueta, perdió el equilibrio y luego, totalmente desnuda, siguió saltando por la colina con gran movimiento de las largas piernas y el bamboleo elástico de las grandes tetas. « Dos a uno, la potranca va a ganar por una teta », bramo extasiado el piloto de la RAF. También el se había llenado el tanque con el champagne barato. El vestido chillón se había envuelto en la cabeza del toro. Esto sirvió para acosarlo mas allá de una simple furia en la letal pasión de la corrida del toro que enfrenta el capote del matador. Sacudió la gran cabeza armada a uno y otro lado, el vestido remolineando como enseña de batalla al viento y exponiendo uno de sus malévolos ojos que se clavaron en el honorable ministro de educación, el menos “pie veloz” de los corredores que la estaba pasando mal en la subida. El ministro ostentaba la carga de carnes que corresponde a un hombre de tal importancia. La panza se balanceaba debajo del chaleco,. La cara era de un gris ceniza, y chillaba con aniñada voz en falsete: « Dispárenle! Dispárenle al diablo desencadenado! » Pero su guardia de corps ignoraba las ordenes. Lo precedían en la huida por cincuenta pasos y aumentando rápidamente la ventaja. Craig, desesperado, veía desde el camión como el toro bajaba la cabeza y ascendía la cuesta detrás del ministro que bufaba en la subida como una locomotora. Las pezuñas del toro levantaban nubes de polvo y mugió de nuevo. La explosión del sonido a solo pulgadas del trasero del ministro pareció elevarlo físicamente y propulsarlo por los últimos pocos pasos y resulto ser mucho mejor trepador que

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corredor. Subió por el tronco del primer jacarandá como una ardilla y quedo precariamente colgado en las ramas mas bajas con el toro directamente debajo de el. La bestia mugió de nuevo, con frustración asesina, fulminando con la mirada a la cobarde figura, rasgo la tierra con las pezuñas delanteras y apuñaleo el aire con furibundos lanzazos de sus malignos cuernos de puntas blancas. « Hagan algo! » grito el ministro. « hagan que se vaya!» Sus guardaespaldas miraron hacia atrás y viendo la impase, recobraron el coraje. Se detuvieron, empuñaron las armas y cautelosamente se acercaron al toro y su victima. « No! » grito Craig al ver las armas automáticas. « No disparen! » Era seguro que la póliza no cubriría la « muerte por disparo intencional de armas de fuego » y, aparte de los quince mil dólares, una ráfaga podría barrer el área detrás del toro, la cual incluía la carpa y sus ocupantes un desparramo de mujeres huyendo y chicos y el mismo Craig. Uno de los soldados levanto el fusil y tomo puntería. Su reciente esfuerzo y el terror no contribuían a afirmarle el pulso, el cañón del arma describía amplios círculos en el aire. « No! » grito de nuevo Craig, y se tiro de panza sobre el piso del camión. En ese momento una alta y delgada figura se interpuso entre el fusil y el gran toro. « Shadrach! » susurró contento Craig, mientras el viejo apartaba imperiosamente el cañón del arma y se volvía a enfrentar al toro. « Te veo, Nkunzi Kakhulu! Gran Toro! » lo saludo cortésmente. El toro movió la cabeza al sonido de su voz, y claramente miró a Shadrach: bufó sacudió la cornamenta amenazador. « Hau! Príncipe de las bestias! Que hermosos eres! » Shadrach avanzo un paso hacia esos maliciosos cuernos puntiagudos. El toro pateo la tierra y luego amago una carga de advertencia. Shadrach permaneció inmóvil y el toro se detuvo. « Que noble testa! » dijo, acariciante. « Que ojos de luna negra! » El toro agitó los cuernos en su dirección, pero con menos furia que antes, y Shadrach dio otro paso hacia el. Los chillidos de las mujeres y los chicos cesaron. Hasta el mas pusilánime se detuvo y todos miraron al viejo y a la bestia rojiza. « Tus cuernos son afilados como el assegai del gran Mzilikazi. » Shadrach continuaba acercándose al toro que pestañeaba inseguro, mirándolo con ojos inyectados en sangre. « Que gloriosos testículos », murmuró siempre mas acariciante Shadrach. « Parecen rocas de granito. Diez mil vacas sentirán tu peso y tu majestuosidad. » El toro retrocedió un paso y dio otra cornada poco convincente al aire. « Tu aliento es calido como el viento del norte, mi incomparable rey de los toros. » Shadrach avanzó lentamente la mano, mientras todos miraban conteniendo la respiración. « Tesoro mío », dijo Shadrach tocándole el hocico brillante, húmedo y de color chocolate. El toro se sacudió nerviosamente, después cautelosamente volvió a olfatear los dedos extendidos de Shadrach. « Mi dulce tesoro, padre de grandes toros », Shadrach deslizo su dedo índice en el anillo de bronce que el animal tenia en el hocico, se inclino y puso su boca sobre los rosados orificios nasales del toro y le soplo su propio aliento. El toro tembló y Craig pudo ver claramente que los músculos anudados de las paletas se relajaban. Shadrach se irguió y con su dedo todavía en el anillo avanzo y el toro placidamente camino tras el con la papada pendulando. Una débil exclamación de alivio e incredulidad se elevo de la concurrencia y se apago cuando Shadrach lanzo una mirada despreciativa en torno suyo. « Nkosi! » le gritó a Craig. « Echa afuera de nuestra tierra a estos charlatanes monos Mashonas. Molestan a mi tesoro », ordenó, y Craig esperó ardientemente que ninguno de sus invitados comprendiera el Sindebele. Craig se maravillo nuevamente de la casi mística unión existente entre el pueblo Nguni y su ganado. Desde aquellos tiempos, hace mucho oscurecidos por las nieblas del tiempo, cuando las primeras manadas habían salido de Egipto para comenzar las migraciones centenarias hacia el sur, el destino de los pastores negros y las bestias habían estado inexorablemente ligados. Esa raza de búfalos gibosos era originaria de la India, su género bos indicus era bien diferente del bos taurus europeo: pero con el pasar del tiempo se había convertido tan africano como las tribus que los criaban y compartían sus vidas con ellos. Era extraño, consideró Craig, que las tribus de pastores parecían haber sido siempre las mas dominantes y guerreras: pueblos como los Masai, los Bechuana y los Zulúes siempre habían

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prevalecido sobre los pueblos agricultores. Quizás la causa era la continua necesidad de nuevas pasturas, de defenderse de otros y de proteger las manadas de predadores, humanos animales, lo que los hacia tan belicosos. Mirando a Shadrach llevarse el gran toro, no había dudas de su señorial arrogancia: bestia y amo eran nobles en su alianza. No así con el ministro de educación, todavía aferrado como gato a su rama en el jacarandá. Craig fue a unir sus ruegos a los de sus guardaespaldas que lo instaban a bajar a tierra otra vez. Peter Fungabera fue el ultimo de la comitiva oficial en irse. Lo acompaño a Craig en un paseo por las instalaciones, oliendo apreciativamente el dulce perfume de la dorada paja para techar que ya cubría la mitad del área a techar. « Mi abuelo remplazo el techo original con chapas de asbesto corrugado durante la guerra », le explico Craig. « Por miedo a vuestros cohetes RPG-7. » « Si », recordó enseguida Fungabera, « iniciamos muchas buenas fogatas con aquellos cohetes. » « A decir verdad, estoy muy contento de la oportunidad de restaurar el edificio. La paja es mas fresca y mas pintoresca y tanto el cableado como la plomería necesitaban reemplazo... » « Debo felicitarte por todo lo que has logrado hacer en tan poco tiempo. Muy pronto estarás viviendo en el gran estilo que tus ancestros gozaron desde cuando se adueñaron de esta tierra. » Craig lo miro atentamente, para ver si lo había dicho con malicia; pero la sonrisa de Peter era simpática y serena como siempre. « Todas estas mejoras le agregaran valor a la propiedad que en parte te pertenece», observó. « Cierto », dijo Peter apoyándole amigablemente una mano sobre el brazo. « Y tienes mucho trabajo por delante. Cuando comenzaras a ocuparte de las Zambesi Waters? » « Estoy casi listo para hacerlo tan pronto llegue el resto del ganado y Sally-Anne podrá darme una mano. » « Ah », dijo Peter. « Entonces puedes empezar enseguida, Sally-Anne llego ayer por la mañana al aeropuerto de Harare. » Craig sintió una oleada de satisfacción. « Esta misma noche iré a la ciudad a telefonearle. » Peter Fungabera tuvo un gesto de contrariedad. « Pero como, todavía no te han colocado el teléfono? Veré que te lo instalen mañana. Mientras tanto puedes servirte de mi radio. » El operario de teléfonos llego al día siguiente antes del mediodía y unas hora mas tarde el Cessna de Sally-Anne se presento roncando desde el este. Craig le había señalado la vieja pista en desuso con fuego de trapos embebidos en aceite, y le indico la dirección del viento instalando un palo con una bandera. Ella aterrizo y carreteo hasta donde el había estacionado la Land Rover. Cuando Sally-Anne salto fuera de la cabina, Craig advirtió que se había olvidado de la gracia de su andar rápido y ágil y las formas de sus piernas enfundadas en ajustado denim azul de los jeans. Su sonrisa era de genuino placer y su apretón de manos firme y cálido. No usaba corpiño debajo de la camisa de algodón. Ella noto que los ojos de el se posaban abajo y después se levantaban con un poco de culpa, pero ella no dio señas de estar resentida. « Que hermoso rancho, visto desde el cielo », le dijo. « Déjame mostrártelo », replicó el cargando su valija en la Land Rover mientras Sally-Anne entraba cabalgando la portezuela como un muchacho. Era avanzada la tarde cuando retornaron a la casa. « Kapa-lola te ha preparado un cuarto, y Joseph ha cocinado su mejor plato. Tenemos el generador funcionando por fin; así que tenemos luz y el termo tanque ha estado hirviendo todo el día, así que hay un baño caliente. O si prefieres puedo llevarte a un motel en la ciudad? » « Ahorremos nafta' » aceptó ella con una sonrisa. Salio a la galería con una toalla envuelta como un turbante alrededor de sus cabellos húmedos, se tiró en la silla junto a el y puso sus pies sobre el parapeto. « Fantástico baño. » Olía a jabón y todavía estaba rosada y resplandeciente por el baño. « Como prefieres el whisky? » « Con mucho hielo. » Bebieron y suspiraron, y miraron la caída del sol. Era uno de aquellos atardeceres africanos que pintaban el cielo de un rojo furibundo que los cautivó, hablar en ese momento hubiera sido una blasfemia. Observaron al sol irse en silencio, luego Craig se inclinó y le alcanzo un delgado fajo de papeles.

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« Que es esto? » La muchacha era curiosa. « Pago parcial de tus servicios como consultora y conferenciante de visita en la villa de Zambesi Waters. » Craig encendió la luz en la galería. Ella leyó lentamente, cada hoja tres o cuatro veces, y finalmente permaneció con el fajo de hojas en la falda cubriéndolo protectoramente con las manos y con la mirada fija en la oscuridad de la noche. « Solamente es un primer bosquejo, solo las primeras páginas. Propuse las fotografías que deberían ilustrar cada texto; por supuesto tengo solo unas pocas. Estoy seguro que tendrás cientos de otras. Tengo en mente un libro de doscientas cincuenta páginas, con el mismo número de tus fotografías, todas a color obviamente. » Ella giró lentamente la cabeza hacia el. « Y tu tienes miedo? » le pregunto. « Maldición, Craig Mellow! Ahora soy yo la que tiembla. » Craig vio que Sally-Anne tenia lagrimas en los ojos. « Es tan... » Buscó una palabra y desistió. « Si pongo mis fotografías en esto, parecerán... No se... Inadecuadas, imagino, indignas del amor profundo que expresas tan elocuentemente por esta tierra. » Craig sacudió la cabeza, negando. Sally-Anne bajo nuevamente los ojos sobre el manuscrito y lo leyó nuevamente. « Estas seguro, Craig, estas seguro que quieres hacer este libro conmigo? » « Si, segurísimo. » « Gracias », le dijo simplemente. Y en ese momento Craig supo con toda seguridad que serian amantes. No ahora, no esta noche, todavía era muy temprano pero algún día lo serian. El sintió que ella lo sabia también, porque aunque después de esa conversación, no hablaron mucho, sus mejillas se oscurecieron bajo el bronceado con la joven sangre tímida cada vez que el la miraba, y ella no podía sostenerle la mirada. Después de la cena Joseph sirvió el café en la galería, y cuando se fue, Craig apagó la luz y se quedaron mirando la luna que aparecía sobre los árboles de msasa que coronaban la colina mas allá del valle. Cuando finalmente ella se levanto para irse a dormir, se movió lentamente quedándose innecesariamente. Se paro frente a el, con la cabeza que le llegaba al mentón y otra vez le dijo suavemente: « Gracias », echo la cabeza hacia atrás y en puntas de pie lo beso en la mejilla con suaves labios. Pero el sabia que ella aun no estaba lista y no intentó retenerla. Cuando llego el segundo embarque de ganado, la segunda casa en Queen’s Lynn a diez kilómetros mas allá estaba lista para ser ocupada y el nuevo mayordomo blanco contratado por Craig se mudó con su familia. Era un hombre fornido de pocas palabras, que pese a su sangre afrikáner, había nacido y vivido en el país toda su vida. Hablaba Sindebele como Craig, comprendía y respetaba a los negros y era querido y respetado por ellos. Pero sobre todo amaba y conocía al ganado, como el verdadero africano que era. Con Hans Groenewald en el rancho, Craig pudo concentrarse en desarrollar el proyecto Zambesi Waters para el turismo. Eligio a un joven arquitecto que había diseñado los alojamientos de algunos de los mas lujosos ranchos de caza privados en Sudáfrica y lo hizo venir desde Johannesburg. Los tres (Sally-Anne, Craig y el arquitecto) acamparon por una semana en Zambesi Waters, explorando las dos orillas del río Chizarira a palmo a palmo, eligiendo los sitios para cinco alojamientos de huéspedes y el complejo de servicios para atenderlos. A las ordenes de Peter Fungabera fueron escoltados por un pelotón de soldados de la Tercera Brigada al comando del capitán Timón Nbebi. La primera impresión que Craig tenia de este oficial se confirmó al conocerlo mejor. Era un hombre serio e instruido, que pasaba todo el tiempo libre estudiando un curso por correspondencia de política económica de la Universidad de Londres. Hablaba ingles y Sindebele aparte del shona que era su lengua materna. Con Craig y Sally-Anne tuvieron largas conversaciones frente al fogón del campo, tratando de llegar a alguna solución a las enemistades tribales que asolaban el país. Las ideas de Timón Nbebi eran sorprendentemente moderadas para ser un oficial de la brigada de elite Shona, y parecía desear sinceramente un eficaz compromiso entre las dos tribus. « Señor Mellow », dijo una vez, « podemos permitirnos vivir en un país dividido por el odio? Cuando veo los efectos de la lucha en Irlanda del Norte y en el Líbano, temo por nosotros. »

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« Pero tu eres un shona, Timón », observó gentilmente Craig. « Sin duda que tu lealtad esta con tu propia tribu. » « Sí », admitió Timón. « Pero soy ante todo un patriota. No puedo pensar que la paz de mis hijos dependa de un AK 47. No puedo ser un orgulloso shona matando a todos los Matabeles. » Eran discusiones inconcluyentes, pero eran mas patéticas por la real necesidad de una guardia armada aun en esta remota y aparentemente pacifica zona. La presencia constante de hombres armados comenzó a fastidiar a Craig y a Sally-Anne, y una noche, casi al final de su estadía en Zambesi Waters, se escaparon de los guardias. Se encontraban verdaderamente a su gusto, capaces de compartir un amigable silencio o de charlar por una hora sin pausas. Habían comenzado a tocarse, contactos todavía breves, aparentemente casuales, no obstante estar enteramente conscientes. Ella podía estirar el brazo y cubrirle la mano con la propia para enfatizar un argumento, o rozarse contra el al inclinarse juntos sobre los bosquejos del arquitecto. Aunque ella era mas ágil que el, Craig la tomaba del codo para saltar una charca en el río o se inclinaba sobre ella para indicarle un nido de pájaro o una colmena salvaje en una planta. Aquel día, al fin solos, descubrieron un hormiguero de arcilla mas alto que los ébanos que lo rodeaban, y miraron desde arriba un estercolero de rinoceronte. Era un optimo puesto de observación, del cual fotografiar eventualmente a los animales. Mientras esperaban una visita de aquel grotesco monstruo prehistórico, hablaban en susurros con las cabezas juntas, pero esta vez sin tocarse. De repente Craig miro hacia el espeso matorral debajo de ellos y se quedo helado. « No te muevas », le dijo rápidamente. « Quédate muy quieta. » Lentamente ella volvió la cabeza siguiendo la mirada de el y enseguida se escucho un sofocado gemido de sorpresa. « Quienes son? » le pregunto, pero Craig no respondió. Se veian solo dos. Solamente sus ojos estaban visibles. Habían llegado silenciosos como leopardos, mimetizados en los matorrales con la habilidad de hombres que Vivian escondiéndose. « Ahora, Kuphela », hablo finalmente uno de ellos. « Has traído a esos mastines shona a este lugar para que nos cacen? » « No es así, camarada Lookout», le respondió Craig con un leve susurro. « Me los ha asignado el gobierno para protegerme. » « Ustedes son nuestros amigos, no necesitas protección con nosotros. » « El gobierno no sabe eso. » Craig trato de ponerle un tono persuasivo a su susurro. « Nadie sabe que nos hemos visto. Ninguno sabe que ustedes están aquí. Lo juro por mi vida. » « Cuida de no perderla », le recordó el camarada Lookout. « Dime rápidamente porque están aquí, si no es para traicionarnos. » « He comprado esta tierra. El otro blanco que esta con nosotros es un constructor de casas. Quiero hacer una reserva zoológica aquí para turistas, como la de Wankie Park. » Esto lo entendieron, porque el famoso Wankie National Park estaba también en Matabeleland. Por algunos minutos los dos guerrilleros hablaron entre si y después volvieron a mirar a Craig. « Y que será de nosotros », pregunto el camarada Lookout, « cuando hayas construido tus casas? » « Somos amigos », les recordó Craig. « Hay lugar para ustedes aquí. Les daré comida y dinero, y en cambio ustedes protegerán mis animales y mis construcciones. En secreto vigilaran a mis visitantes y no se hablara mas de secuestros. Es una propuesta de amigo o no? » « Cuanto vale nuestra amistad para ti, Kuphela? » « Quinientos dólares al mes. » « Mil dólares », pidió Lookout. « Los buenos amigos no discuten sobre cuestiones de dinero », declaró Craig. « Tengo solamente seiscientos dólares ahora, pero el resto lo dejaré enterrado debajo de la higuera donde acampamos. » « Lo encontraremos » le aseguró Lookout « Cada mes nos encontraremos aquí o allí.» Lookout indicó los dos lugares, ambos en la cima de colinas bien distantes del río, azulinas en la lejanía. « La señal del encuentro será un pequeño fuego de hojas verdes, o tres disparos de fusil a intervalos regulares. » « De acuerdo. »

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« Y ahora, Kuphela, deja el dinero sobre ese hormiguero, y vuelve al campamento con tu mujer. » Sally-Anne se quedo muy cerca de el durante el regreso al campamento, amarrándole el brazo para asegurarse cada pocos pasos y mirando hacia atrás temerosa. « Oh Dios mío, Craig, aquellos eran verdaderos shufta, guerrilleros con toda la pinta. Como es que nos dejaron ir? » « Por la mejor razón del mundo, el dinero. » La risotada de Craig fue un poco ronca y sonaba falsa aun en sus propios oídos, y la adrenalina todavía le circulaba por la sangre. « Por una miseria de mil dólares por mes me aseguré los mas eficientes guardaespaldas y guarda caza que hay en el mercado. Una buena pichincha. » « Hiciste un trato con ellos? » preguntó Sally-Anne. « No es peligroso? Seguramente por traición o cualquier cosa por el estilo. » « Probablemente es un reto, pero basta asegurarse de que ninguno lo sepa, no te parece? También el arquitecto se revelo como una ganga. Su proyecto era fantástico: Los alojamientos se construirían en piedras naturales, maderas locales y techos de paja. Se mimetizarían discretamente en los sitios elegidos a lo largo del río. Sally Anne trabajo con el en el diseño interior y el mobiliario e introdujo encantadores toquecitos de su propia cosecha. Durante los meses siguientes, el trabajo de Sally-Anne para la WWF, la alejó por varios periodos, pero en sus viajes reclutó al equipo que necesitarían para la gestión de Zambesi Waters. Primero sedujo a un chef suizo de una gran cadena de hoteles. Luego seleccionó a cinco jóvenes guías de safari, todos nacidos en África, con un profundo conocimiento y cariño por esta tierra y su fauna, y lo mas importante, con la habilidad de transmitir ese conocimiento a otros. Luego volvió su atención en el diseño de los folletos de publicidad, utilizando sus fotos y los textos de Craig. « Una especie de ensayo general para el libro », le dijo cuando ella le telefoneo desde Johannesburg y Craig se dio cuenta por primera vez de la incalculable contribución que le había dado Sally-Anne a la iniciativa; era una perfeccionista, cada detalle o andaba bien o no andaba para nada, y para obtenerlo a su gusto era capaz de todo, y obligándose ella y a los impresores a hacer lo mismo. El resultado fue una obra de arte en miniatura, en la cual cada color fue cuidadosamente coordinado y hasta el diseño de los bloques de texto equilibraban sus ilustraciones. Mando copias a todas las agencias turísticas especializadas en viajes al África, desde Copenhagen a Tokio. « Ahora tenemos que fijar el día de la inauguración », le dijo a Craig, « y asegurarnos que los primeros huéspedes sean personas conocida por la opinión pública. Me temo que deberás invitarlos. » « No estarás pensando en una estrella popular? » sonrió Craig, haciéndola temblar. « Llame a mi papá en la embajada americana en Londres. Quizás pueda conseguir al príncipe Andrés, pero no es seguro. Después, Henry Pickering conoce a Jane Fonda...» « Dios mío, no sospechaba que tenias tanto talento para la publicidad... » « Y ya que estamos hablando de celebridades, pienso que puedo conseguir a un escritor de best sellers que hace chistes malos y probablemente bebe mas whisky de lo que vale! » Cuando Craig estuvo listo para comenzar los trabajos en Zambesi Waters, se quejó con Peter Fungabera lamentando la dificultad en encontrar mano de obra para trabajar en la jungla. Peter replicó: « No te preocupes, yo me ocupo », y cinco días mas tarde, un convoy de camiones del ejercito llegó trayendo a doscientos presos de los centros de rehabilitación. « Esclavista! » le dijo Sally-Anne a Craig con disgusto. Sin embargo el camino de acceso al Chizarira fue completado en diez días, y Craig pudo telefonarle a Sally-Anne en Harare y darle la noticia. « Creo que podemos fijar tranquilamente la apertura para el primero de julio. » « Magnifico, Craig! » « Cuando puedes volver? No te he visto en casi un mes. » « Son solo tres semanas », negó ella. « He escrito otras veinte paginas del libro », le contó el. « Tenemos que terminarlo con urgencia. » « Mándamelas. »

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« Ven a buscarlas. » « Okay », cedió ella. « La semana próxima, el miércoles. Donde estarás, en King's Lynn o en Zambesi Waters? » « En Zambesi Waters. Los electricistas y los plomeros están terminando, debo quedarme para revisar las instalaciones. » « Iré en el avión. » Aterrizó en el espacio abierto junto al río donde las cuadrillas de trabajadores de de Craig habían consolidado la pista con granza para que fuese usable en toda condición climática y hasta habían instalado una verdadera manga de viento para su llegada. Apenas Sally-Anne saltó fuera de la cabina, Craig pudo ver que estaba furiosa. « Que pasa? » « Has perdido dos de tus rinocerontes. » Ella se le acercó un poco « He visto las osamentas desde el avión. » « Donde? » le preguntó Craig, repentinamente enojado como ella. « En los matorrales espesos mas allá de la quebrada. Son seguramente los cazadores furtivos. Las carcasas yacían a cincuenta pasos una de la otra. Descendí para mirarlas mejor, le han sacado los cuernos. » « Crees que sean Charlie y Lady Di » le preguntó. Desde el aire, Craig y Sally-Anne habían contado a los rinocerontes y habían identificado veintisiete ejemplares en la propiedad, incluyendo cuatro crías y nueve pares de animales maduros a los cuales le habían dado nombres. Charlie y Lady Di erano una pareja de jovenes rinocerontes, probabablemente recientemente constituidos. A pie, Craig y Sally-Anne habían podido acercarse a ellos en el espeso matorral que el par había tomado como su territorio. Ambos animales tenían cuernos maravillosos, los del macho mucho mas gruesos y fuertes. El cuerno frontal de cincuenta centímetros y con un peso de diez kilos le habría reportado por lo menos diez mil dólares a un cazador furtivo. La hembra, Lady Di, era un animal mas chico con un par de cuernos mas delgados bellamente curvados y estaba preñada casi a termino la ultima vez que la vieron. « Si, son ellos, estoy segura. » « El terreno es muy accidentado en esta parte de la quebrada, no llegaremos allí antes del anochecer. » « No con la Land Rover, pero si con el avión. Creo haber visto un lugar donde se puede aterrizar, esta a solo dos kilómetros del sitio donde los mataron. » Craig descolgó el fusil de los clips detrás del asiento del conductor y controlo la carga. « Bueno, vamos », dijo. La presa de los cazadores estaba en el ángulo mas lejano de la propiedad, casi en la cresta del valle que caía hacia el gran río en lo profundo. El sitio avistado por Sally-Anne para el aterrizaje era un angosto claro natural al borde de la cuenca del río y ella tuvo que abortar el primer intento de aterrizaje dar otra vuelta. En el segundo pasaje viboreo sobre la copa de los árboles y aterrizo perfectamente. Dejaron el aparato en el claro y comenzaron el descenso de la quebrada, Craig a la cabeza, con el fusil amartillado y listo. Los cazadores furtivos todavía podían estar en la zona. En el ultimo kilómetro los guiaron los buitres. Estaban posados en cada árbol alrededor de las osamentas, como grotescas frutas negras. El área en torno a las carcasas estaba aplastada y abierta por los carroñeros y regada de plumas de los buitres. Mientras una media docena de hienas salio trotando con su peculiar paso de grupas levantadas. Ni sus temibles mandíbulas habían podido devorar completamente la gruesa piel de los rinocerontes, los cazadores habían abierto los vientres de sus victimas para permitirles fácil acceso. Las carcasas tenían al menos una semana, la hediondez de la putrefacción agravada por los excrementos de buitres que blanqueaban los restos. De la cabeza del macho le habían devorado los ojos y las orejas y mejillas habían sido masticadas. Come había visto Sally-Anne desde el aire, los cuernos habían desaparecido. La marca de los hachazos era claramente visible en el hueso expuesto del hocico del animal. Mirando aquellos despojos en el suelo, Craig se sintió temblando de la rabia y el la boca se le seco la saliva. « Si los encuentro los mato », dijo. Junto a el Sally-Anne estaba pálida y triste. « Que bastardos », murmuró. « Que malditos bastardos. »

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Caminaron hasta la carroña de la hembra. Aquí también le habían sacado los cuernos y le habían abierto la cavidad abdominal. La hiena había arrastrado al feto del útero y lo había devorado casi todo. Sally-Anne se inclinó sobre los patéticos restos. « Principito Billy », susurró. « Pobrecito! » « No hay nada mas que hacer aquí », dijo Craig tomándola del brazo y levantándola. « Vámonos. » Temblaba un poco, cuando se la llevó. Desde la cima de la colina elegida por Craig para el punto de encuentro con el camarada Lookout, miraron los alrededores sobre la tierra marrón hasta donde el río se mostraba como una exuberante serpentina extendida de vegetación mas densa, casi en el limite de su alcance visual. Craig había encendido el fuego de hojas verdes un poco después del mediodía, y hasta ese momento lo había alimentado regularmente. Ahora el cielo se estaba tornando púrpura y el silencio y el fresco de la noche cayo sobre ellos, Sally-Anne tembló. « Tienes frío? » le pregunto Craig. « Y estoy triste. » Sally-Anne se puso tensa pero no se retiró cuando el le puso un brazo sobre los hombros. Luego poco a poco se relajó y se apretó contra el buscando el calor de su cuerpo. Las tinieblas borraron el horizonte deslizandose hacia ellos. La voz fue tan cercana que los sorprendió « Te veo, Kuphela. » Sally-Anne se separó del abrazo de Craig, come vergonzosa. « Me has llamado », dijo el camarada Lookout permaneciendo fuera del débil resplandor del fuego. « Donde estaban cuando alguien mato a dos de mis beiane para robarle los cuernos? » lo acusó rudamente Craig. « Donde estaban los hombres que me prometieron cuidar de mi tierra? » Hubo un largo silencio en la oscuridad. « Donde ocurrió eso? » Craig se lo dijo. « Eso esta lejos de aquí y de mi campamento. No nos enteramos. » Hablaba en tono de escusa, era evidente que el camarada Lookout sentía que había fallado en la negociación. « Pero descubriremos a los que lo hicieron, los seguiremos y los encontraremos. » « Cuando lo encuentren, es importante que sepamos el nombre de la persona que les compro los cuernos », ordenó Craig. « Te traeré el nombre de esa persona », prometió el camarada Lookout. « Vigila nuestra señal en esta colina. » Doce días mas tarde, con los binoculares, Craig descubrió la pluma gris de humo sobre la lejana colina. Se fue solo al punto de encuentro, porque Sally-Anne se había ido tres días antes. Habría querido quedarse, pero uno de los directores del WWF estaba llegando a Harare y ella debía estar allí para recibirlo. « Me imagino que mi confirmación para el año que viene depende de esto », le había explicado a Craig con urgencia mientras ascendía al Cessna, « pero tu telefonéame apenas sepas cualquier cosa de tus delincuentes domesticados. » Craig ascendió impaciente la colina, y cuando estuvo en la cima respiraba normalmente y la pierna se sentía fuerte y cómoda. En esos últimos meses se había puesto en forma y la bronca todavía persistía cundo llego al lado de los restos humeantes del fuego de señales. Pasaron veinte minutos antes que el camarada Lookout se moviera silencioso al borde del bosque todavía cubriéndose y con el fusil automático en el hueco del codo. « No te han seguido? » Craig sacudió la cabeza negando. « Siempre deberlos estar en guardia, Kuphela. » « Han encontrado al cazador furtivo? » « Has traido el dinero? » « Sí. » Craig saco de un bolsillo interno de la chaqueta el grueso sobre. « Han encontrado a los hombres? » « Cigarrillos », lo fastidio el camarada Lookout. « Me has traído los cigarrillos?» Craig le tiró un paquete y el camarada Lookout encendió uno e inhalo profundamente. « Hau! » dijo. « Que bueno! » « Dime », insistió Craig. « Eran tres. Seguimos sus huellas desde las osamenta aunque eran casi de diez días y ellos habían tratado de cubrirlas. » El camarada Lookout le dio una profunda seca al su cigarrillo hasta que las chispas volaron de la punta encendida. « Su aldea esta en la falda del valle, a tres días de marcha desde aquí. Son simios batonka. »

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Los batonka son una de las tribus primitivas de cazadores y recolectores que viven en el valle de Zambesi. « Todavía tenían los cuernos de tus rinocerontes. Agarramos a los tres y los llevamos a la jungla y tuvimos una larga charla con ellos. » Craig sintió que se le ponía la piel de gallina al pensar en aquella larga charla. Sintió que su rabia cedía para ser reemplazada por un sentimiento de culpa; debería haber disuadido al camarada Lookout de utilizar sus métodos. « Y que te dijeron? » « Mi han dicho que hay un hombre, un hombre de ciudad que anda en auto y se viste como blanco, que compra cuernos de rinoceronte, colmillos de elefante y pieles de leopardo, pagándole mas dinero del que han visto en toda su vida. » « Donde y cuando se encuentran con el? » « Viene cada luna llena, en auto, por el camino que va de la misión de Tuti al río Shangani. Lo esperan junto al camino, de noche. » Craig se agacho junto al fuego y pensó por algunos minutos, después miro al camarada Lookout. « Les dirás a esos hombres que esperen junto al camino la próxima luna llena con los cuernos de rinoceronte hasta que este hombre llegue con su auto» « Imposible », lo interrumpió el camarada Lookout. « Porque? » preguntó Craig. « Por que los tres están muertos. » Craig lo miro, amargamente contrariado. « los tres? » « Los tres », confirmó el camarada Lookout. Sus ojos eran despiadados e indiferentes. « Pero... » Craig no lograba decidirse a hacer la pregunta. El había puesto a los guerrilleros sobre la pista de los cazadores. Era como haber puesto a una jauría de Fox-Terriers tras un hámster domesticado. Aunque no hubiera querido que sucediera, el sin duda era el responsable. Se avergonzó y se arrepintió de haberlo hecho. « No te preocupes, Kuphela », lo consoló gentilmente el compañero Lookout. « Te hemos traído los cuernos de tus beiane, y los hombres eran solo sucios monos batonka, de todos modos. » Con la bolsa de los cuernos de rinoceronte en el hombro, Craig bajo hasta donde se hallaba la Land Rover. Se sentía mal y cansado y la pierna le dolía, pero la bolsa de cuerdas trenzadas cortándole la piel no le dolía tanto como su consciencia. Los cuernos de rinoceronte estaban dispuestos ordenadamente en fila sobre el escritorio de Peter Fungabera. Eran cuatro. Los anteriores mas largos, y los posteriores mas cortos. « Afrodisíacos », murmuró Peter Fungabera tocando a uno con la punta de sus dedos. « Es un mito », dijo Craig. « El análisis químico ha demostrado que no contienen sustancias que puedan tener efectos afrodisíacos. » « No son mas que un aglutinado de pelos », explico Sally-Anne. « El efecto que los viejos libertinos chinos buscan cuando lo pulverizan y lo toman con un trago de aguas de rosa, no es mas que un placebo; el cuerno es largo y duro, y eso es todo!» « De todos modos los petroleros árabes pagaran mas por sus mangos de cuchillos que lo que los decrépitos astutos chinos pagaran por sus propios “puñales” íntimos », observó Craig. « Cualquiera que sea el mercado final, el hecho es que ahora hay dos rinocerontes menos en Zambesi Waters de los que había hace un mes. Y en el mes próximo cuantos mas faltaran? » Peter Fungabera se levantó, y rodeo el escritorio con los pies descalzos. El taparrabos que usaba estaba recién lavado y perfectamente planchado. Se paro frente a ellos. « He estado siguiendo mis propias líneas de investigación », dijo con calma, « y todas ellas parecen apuntar en la misma dirección que llevó a Sally-Anne a su razonamiento. Parece cierto que existe una banda altamente organizada de cazadores furtivos operando en el país, induciendo a las tribus primitivas de las zonas ricas en fauna a cazar a los animales mas preciosos. Colmillos de elefantes, pieles de leopardo y cuernos de rinoceronte son recogidos por intermediarios, algunos de los cuales son jóvenes funcionarios estatales. El botín se acumula en varios remotos y seguros depósitos hasta que el valor es suficiente para garantizar una sola carga grande que se envía fuera del país. » Peter Fungabera comenzó a pasearse lentamente de un extremo al otro de la habitación. « Usualmente la carga es exportada en un vuelo comercial de Air Zimbabwe a Dar-es-Salaam sobre la costa de Tanzania. No estamos seguros de lo que pasa allí, pero probablemente el botín se carga en alguna nave soviética o china. »

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« Los soviéticos no tienen el mas mínimo escrúpulo por la conservación de la fauna», intervino Sally-Anne. « Con la caza de la ballena y los animales de pieles obtienen muchas divisas extranjeras. » « La compañía aérea Air Zimbabwe de que ministerio depende? » preguntó de improviso Craig. « Del ministerio de Turismo, el honorable Tungata Zebiwe », respondió tranquilo Peter, y todos permanecieron en silencio un momento, hasta que el general continuo: « Cuando se prevé una consignación, los productos se traen a Harare, todos juntos en el mismo día, o noche. No se almacenan, sino que van directamente al avión bajo grandes medidas de seguridad y parten en vuelo casi de inmediato ». « Y con que frecuencia ocurre todo eso? » preguntó Craig, y Peter Fungabera miro a su ayudante de campo que estaba apartado en un rincón de la habitación. « Eso varia », dijo el capitán Timón Nbebi. « En la estación de las lluvias la hierba esta alta y las condiciones en la jungla son desfavorables. Hay poca caza, pero durante los meses de sequía los cazadores pueden trabajar mas eficientemente. Sin embrago nuestro informante nos ha dicho que dentro de poco habrá un embarque que será dentro de las próximas dos semanas... » « Gracias, capitan », lo interrumpio Peter Fungabera con un pequeño gesto de molestia. Evidentemente queria dar esa información el mismo. « Tambien sabemos que el jefe de la organización a menudo toma parte activa en la operación. Por Ejemplo en esa masacre de elefantes en el viejo campo minado », Peter miro a SallyAnne, « el que tu fotografiaste de manera tan impresionante... bien, sabemos que un ministro de gobierno – no sabemos con seguridad quien fue – llego al sitio en un helicóptero del ejercito. Sabemos que en otras dos ocasiones un alto funcionario del gobierno, probablemente de rango ministerial, estuvo presente cuando los embarques se llevaron al aeropuerto para ser cargados. » « Probablemente teme que sus propios complices lo traicionen », murmuró Craig. « Dada la manada de asesinos que trabajan para el. Quien podria culparlo? » La voz de Sally-Anne estaba ronca de indignación. Peter Fungabera prosiguió, calmado. « Pensamos que seremos avisados antes delproximo embarque. Como ya les dije, tenemos un infiltrado es su organización. Vigilaremos los movimientos de la persona que sospechamos a medida que se aproxime la fecha y con un poco de suerte, lo atraparemos con las manos en la masa. Y si no, secuestraremos al carga en el aeropuerto y arrestaremos a todos los presentes. Estoy seguro que lograremos convence a alguien a testimoniar contra sus complices.» Mirando su rostro, Craig volvio a ver la misma expresión fria, indiferente y despiadada que le había visto al camarada Lookout cuando le había contado de la suerte corrida por los tres cazadores furtivos. Fue solo un destello detrás de sus modales educados y luego Peter Fungabera volvió a sentarse en el escritorio. « Por los motivos que ya les explique, necesito testigos neutrales y confiables para efectuar cualquier arresto que tengamos la fortuna de hacer. Quiero que ambos estén allí. Así que les estaré muy agradecido si ustedes están listos para moverse a la primera noticia, y si ustedes pudieran informarle al capitán Timón Nbebi de vuestra ubicación en el curso de las próximas dos o tres semanas. » Al levantarse para irse Craig preguntó cual seria la máxima pena prevista para la caza furtiva. Peter Fungabera consultó una carpeta que tenia sobre el escritorio. « Con las leyes actuales, el máximo son dieciocho meses de trabajos forzados por cada falta... » « No es suficiente! » exclamó Craig recordando la carcasas violadas y pudriéndose de sus animales. « No », concordó Peter. « No es suficiente. Dos días atrás presente a la cámara una enmienda para aumentar la pena. Tengo pleno apoyo del partido, también lo he presentado como independiente, y les aseguro que el jueves como máximo se convertirá en ley. » « Y cuales serán las nuevas penas? » preguntó Sally-Anne. « Cuando la simple caza ilegal sea agravada por la comercialización de los trofeos de animales protegidos, tal el caso de adquisición, reventa del marfil, etcétera, el máximo de la pena será de doce años de trabajos forzados y cien mil dólares de multa. » Pensaron un momento, después Craig asintió. « Doce años... Si, diría que es suficiente. »

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La convocación de Peter Fungabera llegó una mañana temprano, cuando Craig y Hans Groenewald, su mayordomo, apenas habían llegado de la inspección matutina de las pasturas. Craig estaba en la mitad de uno de los desayunos pantagruélicos de Joseph cuando sonó el teléfono, y fue a responderlo todavía saboreando una salchicha. « Señor Mellow, habla el capitán Nbebi. El general desearía verlo enseguida en su casa en Macillwane. Esperamos que nuestro hombre se mueva esta noche. Cuando podrá estar aquí? » « Son unas seis horas de viaje. » contestó Craig « La señorita Jay esta yendo al aeropuerto. Ella podría esta en King’s Lynn en dos horas para recogerlo. » Sally-Anne llego antes de las dos horas y Craig estaba esperándola en la pista. Volaron directamente al aeropuerto de Harare y Sally-Anne condujo hasta la casa en las colinas de Macillwane. Cuando traspusieron la entrada advirtieron enseguida la inusual actividad en el terreno. En el jardín del frente se hallaba posado un helicóptero Súper Fresón. El piloto y el ingeniero, apoyados en el fuselaje, fumaban y charlaban entre ellos. Cuando Sally-Anne y Craig se presentaron en el caminito, alzaron la vista expectantes, para descartarlos enseguida como personajes poco importantes. Había cuatro camiones del ejercito de color arena, estacionados detrás de la casa, con soldados de la Tercera Brigada en uniforme de batalla completo agrupados en torno a ellos. Craig pudo percibir su agitación como sabuesos liberados para la caza. La oficina de Peter Fungabera se había convertido en un cuartel general. Dos mesas de campaña se había colocado enfrentando el enorme mapa sobre la pared. En la primera mesa se sentaban tres jóvenes oficiales, había un aparato de radio en la segunda mesa y Timón Nbebi estaba inclinado sobre los hombros del operador, hablando en el micrófono en Shona, demasiado rápidamente para que Craig pudiese entender lo que decía. El capitán se interrumpió para impartir una orden al sargento negro de pie junto al mapa, que enseguida movió uno de los marcadores coloreados a una nueva posición. Peter Fungabera, saludo a Craig y Sally-Anne con un gesto invitándolos a sentarse sobre los taburetes y luego siguió hablando por teléfono. Cuando colgo, explicó rapidamente: « Conocemos la ubicación de tres despositos. El primero esta en Shamba sobre las montañas Chimanimani, contiene la mayoría de pieles de leopardo y algunos colmillos de elefante. El segundo esta en un almacén cercano a Chiredzi, en el sur; ese tiene casi todo marfil. El tercero viene del norte. Pensamos que esta depositado en la Estación de la Misión Tuti. Es el mas grande y valioso embarque de marfil y cuernos de rinoceronte ». Se interrumpió para mirar el papelito que le entregaba el capitán Nbebi. Lo leyó rápidamente y dijo: « Bueno, mueva dos pelotones al norte hasta Karoi ». Luego se volvio hacia Craig. « El nombre en código de la operación es Bada, que significa leopardo en shona. El pez grande del cual sospechamos, por todo el curso de la operación, se llamara Bada. » Craig asintió. « Recién nos enteramos que Bada salio de Harare. Va a bordo de su Mercedes oficial, con el chofer y dos guardaespaldas. Todos Matabeles, por supuesto. » « Que rumbo tomo? » preguntó Sally-Anne. « En este momento, parece que se dirige al norte pero es demasiado pronto para asegurarlo. » « Para encontrar el embarque mas grande... » En los ojos de Sally-Anne brillaba una luz de batalla, y también Craig sintió su propia excitación al erizarse los pelos de la nuca. « Creemos que si », asintió Peter. « Ahora déjenme explicarles nuestro dispositivo si Bada se mueve hacia el norte. A los embarque de Chimanimani y de Chiredzi se les permitirá llegar sin inconvenientes hasta el aeropuerto. Serán arrestados apenas lleguen, los conductores y el comité de recepción, para ser usados como testigos posteriormente. Por supuesto su progreso estará vigilado en todo momento, desde que los camiones se carguen. Los propietarios de los dos depósitos serán arrestados tan pronto los camiones partan y despejen el área. » Sally-Anne y Craig escuchaban con la máxima atención, mientras Peter proseguía la explicación del plano. « Si Bada se moviese al este o al sur, transferiremos el foco de la operación a ese sector. Sin embargo hemos anticipado que el embarque mas valiosos esta al norte, ahí es donde ira naturalmente. Por supuesto, por ahora parece que tenemos razón. Apenas tengamos la certeza, nos moveremos. » « Como piensa capturarlo? » le pregunto Sally-Anne.

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« Dependerá de como se presente el asunto. Y lo que hagamos dependerá necesariamente en lo que haga Bada. Tenemos que tratar de hacer una conexión física entre el y el embarque. Vigilaremos ambos vehículos, el camión que lleva el contrabando y su Mercedes, y tan pronto se pongan en contacto, daremos el golpe. » Peter Fungabera enfatizó este acto golpeándose con la fusta revestida en cuero la palma de la mano con un chasquido de látigo. Craig descubrió que estaba tan tenso que se sobresalto. Y luego le sonrio como disculpandose, a Sally-Anne. La radio crepitó, zumbó y luego una voz descarnada hablo en Shona. El capitán Nbebi respondió brevemente y miro a Peter. « Esta confirmado, señor. Bada se dirige velozmente hacia el norte por el camino a Karoi. » « Bien, capitán, ahora podemos pasar a la tercera fase », ordenó Peter, ajustándose el correaje con la pistola enfundada. « Tienen alguna novedad de los equipos de vigilancia del camino a Tuti? » El capitán Nbebi llamó tres veces en el micrófono y obtuvo casi inmediata respuesta. Una respuesta breve. « Negativo señor », le dijo a Peter. « Es demasiado temprano. » Peter se ajusto la boina bordó en un Angulo atrevido y la cabeza de leopardo plateada brillo sobre su ojo derecho. « Pero podemos empezar a movernos a nuestras posiciones adelantadas ahora. » precedió la marcha a través de la puerta que daba a la galería. La tripulación del helicóptero lo vio, tiraron enseguida los cigarrillos y ascendieron a la aeronave. Peter Fungabera entró en la cabina e inmediatamente los rotores arriba comenzaron a girar. Mientras se sentaban y se ajustaban los cinturones de seguridad, Craig planteó impulsivamente la pregunta que lo atormentaba; pero la hizo en un tono suficientemente bajo para no ser oído por los otros en el creciente fragor del motor. « Peter, esta es una operación militar en gran escala, casi una cruzada. Porque no dejarlo en manos de la policía? » « Desde que despidieron a los oficiales blancos, la policía se transformo en una banda de torpes de manos pesadas... Sin contar que », y aquí Peter le hizo un guiño, « después de todo aquellos rinocerontes me pertenecían también a mi! » El helicóptero se elevó con rapidez vertiginosa y apunto la nariz hacia el norte. Manteniéndose bajo, siguiendo los contornos del terreno se alejo y el ruido del aire que entraba por la puerta abierta hizo imposible seguir la conversación. Se mantuvieron bien al oeste del camino principal hacia el norte, para no arriesgarse a ser vistos por los ocupantes del Mercedes. Una hora mas tarde el helicóptero comenzaba su descenso sobre el pequeño cuartel militar de Karoi, Craig miro el reloj. Eran las cuatro pasadas. Peter Fungabera vio el gesto y asintió. « Parece que el contacto será de noche », dijo. La aldea de Karoi había sido el centro de reunión de los propietarios blancos de la zona, pero ahora era una sola calle de desvencijados locales de negocios, una estación de servicio, una oficina postal y un pequeño puesto de policía. La base militar estaba a cierta distancia del pueblo, todavía pesadamente fortificada desde el tiempo de la guerrilla, circundada de bolsas de arena y alambres de púa. El comandante local, un joven subteniente negro, estaba evidentemente apabullado por la importancia de los visitantes y no hacia mas que saludar teatralmente cada vez que Fungabera hablaba. « Llévate a este idiota de aqui. No quiero verlo mas », le gruño Peter al capitán Nbebi, tomando la jefatura del cuartel. « Y dame el ultimo informe de los movimientos de Bada. » « Ya paso por Sinoia hace veintitrés minutos », dijo el capitán Nbebi consultando enseguida el cuaderno de apuntes del radiotelegrafista. « Bien. Tenemos una descripción exacta del vehiculo? » « Un Mercedes azul oscuro tipo 280 SE, con el banderín ministerial, patente PL 674. No hay motociclistas ni otros vehículos de escolta. Cuatro pasajeros. » « Asegúrate que todas las unidades tengan esta descripción, y repite una vez mas que no quiero disparos. Bada debe ser capturado ileso. Si lo herimos, nos arriesgamos a tener una rebelión de los Matabeles. Ninguno debe disparar, ni para resguardar su propia vida. Ponlo bien en claro, cada hombre que desobedezca deberá vérselas conmigo personalmente. »

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Nbebi llamo a cada unidad individualmente, repitió las ordenes de Peter y espero la confirmación. Luego esperaron impacientes, tomando te en jarros de loza cachados y mirando el equipo de radio. De repente la radio crujió y Timón Nbebi se abalanzó sobre ella. « Hemos localizado el camión », tradujo en tono de triunfo. « Es un Ford de cinco toneladas, con cobertura de lona. El chofer y un pasajero en la cabina. Muy cargado, bajísimo sobre la suspensión, en las subidas debe meter el primer cambio. Ha atravesado el vado sobre el río Sanyati hace diez minutos, viene desde la misión de Tuti, hacia la intersección con la ruta nacional a cincuenta kilómetros al norte de aquí. » « Entonces Bada y el camión siguen rutas que se intersectan », dijo suavemente Peter Fungabera, y en su ojos refulgió el brillo del cazador. Ahora el centro de su atención era la radio, cada vez que chasqueaba se precipitaba a mirarla. Los informes llegaban regularmente, trazando el rápido avance del Mercedes hacia el norte y el del vacilante camión descendiendo lentamente la polvorienta huella secundaria desde la dirección opuesta. Entre un informe y otro se sentaban en silencio, sorbiendo el te fuerte y dulcísimo y mordisqueando sándwiches de pan negro y carne enlatada. Peter Fungabera comió poco. Había inclinado hacia atrás su silla, apoyando los pies sobre la mesa del comandante de la base. Golpeaba rítmicamente la fusta contra los borcegos de suelas de goma con un ritmo monótono que comenzaba a irritar a Craig. De repente Craig sintió un deseo irrefrenable de fumar un cigarrillo otra vez, la primera vez en meses, se paró y comenzó a caminar por la oficina incesantemente. Timón Nbebi fue a recibir otro informe y después de dejar el micrófono, tradujo del Shona: « El Mercedes llego al pueblo. Paro en la estación de servicio a cargar nafta ». Tungata Zebiwe estaba a pocas cuadras de distancia de ellos. Craig se sintio desconcertado. Hasta ahora, la caza había sido mas un ejercicio intelectual que algo real, no una cuestión de vida o muerte; había dejado de pensar en Tungata como un hombre, era simplemente Bada, la presa para anticipar y capturar en la trampa. Ahora repentinamente lo recordaba como un hombre, un amigo, un ser humano extraordinario, y una vez mas se sintió desgarrado entre la residual lealtad de la amistad y su deseo de ver a un criminal frente a la justicia. De golpe se sintió claustrofóbico en el puesto de comando, y salio al pequeño patio rodeado de altas y gruesas paredes y sacos de arena. El sol se había puesto y el breve crepúsculo africano teñía de púrpura el cielo sobre sus cabezas. Se puso a observarlo. Escucho un paso ligero a su lado y bajo los ojos para mirar. « No te pongas triste », le rogó Sally-Anne. Estaba conmovida por su sufrimiento. « No estas obligado a ir », prosiguió. « Puedes quedarte aquí. » Craig sacudió la cabeza. « Quiero estar seguro, quiero ver por mi mismo », le dijo. « Pero no por eso lo odio menos. » « Lo se », le dijo ella. « Y te respeto por eso. » La miro a la cara, con su rostro vuelto hacia el suyo, y supo que ella quería que la besara. El momento que esperaba por tanto tiempo y con tanta paciencia había llegado. Estaba lista para el, finalmente, su deseo tan grande como el de el. Suavemente le rozo la mejilla con los dedos, y ella bajo los parpados. Se acerco a el y Craig se dio cuenta que la amaba. El saberlo le quito el aliento por un instante. Sintió un sobrecogimiento casi religioso. « Sally-Anne », susurró, y la puerta de la oficina se abrió y Peter Fungabera irrumpió en el patio. « Vamos », dijo, y los dos se separaron. Craig vio a Sally-Anne estremecerse como despertándose de un sueño y sus ojos se enfocaron nuevamente. Lado a lado siguieron a Peter y Timón a la Land Rover que los esperaba en la entrada de la base. La noche estaba fresca después del calor del día, y el viento le clavaba sus garras porque el parabrisas de la Land Rover había sido rebatido sobre el capot. Manejaba Timón Nbebi, con Peter Fungabera en el asiento de al lado. Craig, SallyAnne y el radiotelegrafista estaban apretujados detrás. Timón manejaba cauteloso, solo con las luces de estacionamiento encendidas, y los dos camiones de soldados de la Tercera Brigada lo seguían de cerca. El Mercedes estaba a menos de un kilómetro adelante. Cada tanto podían verle las luces traseras cuando trepaba por el camino en una de las densamente arboladas colinas. Peter Fungabera controlo el cuentakilómetros. « Ya hemos hecho treinta y ocho kilómetros, la desviación para Tuti y Sanyati esta a menos de cuatro kilómetros. »

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Le dio un golpecito en el hombro a Timón con la fusta. « Frena. Llama a la unidad en el cruce. » Craig se puso a temblar, tanto por la excitación como por el frío. Con el motor todavía encendido Timón llamo al pelotón apostado en el cruce. « Ah! Eso es! » Timón no podía ocultar su satisfacción. « Bada ha dejado la ruta nacional, general. El camión si ha detenido y esta estacionado a cuatro kilómetros del cruce. Debe ser el lugar preestablecido para en encuentro. » « Sigue », le dijo Peter Fungabera. « Síguelos! » Ahora Timón Nbebi conducía mas rápido, siguiendo el borde del camino con las luces de posición. « Ahí esta la curva! » exclamo Peter cuando vio el camino secundario unirse a la nacional, en la oscuridad casi total. Timón bajo la velocidad y embocó la desviación. Un sargento de la Tercera Brigada surgió de la oscuridad de los matorrales y subió al pescante, tratando de hacer la venia con la mano libre. « Pasaron hace un minuto, general », dijo de prisa. « El camión esta un poco mas adelante. Le colocamos un bloqueo detrás, y apenas pasen ustedes les colocaremos otro bloqueo aquí. Los tenemos embotellados. » « Proceda, sargento », lo animó Peter, y se volvió a Timón Nbebi. « Desde aquí hasta el vado es todo bajada. Ordena a los camiones apagar los motores, avanzaremos sin hacer ruido. » Después del ruido de los grandes motores, el silencio pareció mágico, roto solo por el quejido de la suspensión de la Land Rover, el crujir de las cubiertas sobre la grava y el rumor del viento en las orejas. Las curvas del camino se le aparecían en medio de la noche con enervante velocidad, y Timón Nbebi luchaba con el volante en su descenso del primer desnivel de la planicie. Los dos camiones se guiaban por sus luces de posición traseras. Constituían formas monstruosas, negras, apareciendo entre las tinieblas detrás de ellos. En cada curva los pasajeros de la Land Rover eran empujados unos contra otros, y Sally-Anne le tomo la mano a Craig y se apretó contra el por todo el trayecto. « Allá están! » profirió abruptamente Peter Fungabera, con la voz ronca por la excitación. Debajo de ellos vieron los faros del Mercedes filtrarse entre los árboles. Se estaban acercando rápidamente. Por algunos segundos desaparecieron los faros en una curva del camino sinuoso y luego aparecieron de nuevo dos largos haces de luz que iluminaban la pálida superficie arenosa del camino. Y he aquí que a esos faros le respondieron otros dos de la dirección opuesta, encandilarte, aun a esa distancia; destellaron tres veces, claramente una señal de reconocimiento, y enseguida el Mercedes desaceleró. « Los tenemos », exultó Peter Fungabera, y apago las luces de posición. Debajo de ellos, un camión cubierto dejo la banquina del camino donde estaba estacionado en la oscuridad rodando lenta y ruidosamente hasta la mitad de la calzada. Con los faros iluminaba al Mercedes, que se había detenido. Dos hombres bajaron del Mercedes y se acercaron a la cabina del camión. Uno de ellos llevaba en la mano un AK 47. Se puso a hablar con el chofer a través de la ventanilla abierta. Silenciosamente, en la mas completa oscuridad, la Land Rover avanzo hacia la zona iluminada en el fondo del valle. Sally-Anne se aferraba a Craig con fuerza sorprendente. En el camino, uno de los dos hombres comenzó a caminar hacia la parte trasera del camión, después se detuvo y alzo la vista mirando al camino oscuro desde donde avanzaba rauda la Land Rover con las luces apagadas y el motor detenido. Estaban tan cerca ahora que hasta por encima del ruido del Mercedes y el camión, ellos debían haber oído el crujido de las cubiertas. Peter Fungabera encendió los faros de la Land Rover. Encandilaron con contundente brillo, y en el mismo momento el general empuño el megáfono electrónico y se lo llevo a la boca. « Todos quietos! » tronó en la noche su voz magnificada. Y volvió en ecos desde las colinas vecinas. « No traten de escapar! » Los dos hombres giraron y se lanzaron hacia el Mercedes. Timón Nbebi encendió el motor de la Land Rover y acelero rugiendo hacia los dos vehículos. « Quietos! Arrojen las armas! » Los hombres vacilaron, después el que estaba armado arrojo el fusil al suelo y ambos alzaron las manos sobre la cabeza.

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Timon Nbebi puso la Land Rover delante del Mercedes, bloqueandolo. Después salto afuera y corrió hasta la ventanilla abierta y apunto la ametralladora Uzi al interior. « Fuera! Todos afuera! » Detrás de el se situaban entretanto los dos camiones de soldados, con gran chillido de frenos y nubes de polvo que se levantaban de las ruedas duales posteriores. Soldados armados llegaron en tropel para bajar a garrotazos a los dos hombres desarmados rodearon el Mercedes, abrieron las puertas y arrastraron fuera a los ocupantes del asiento posterior. La figura alta y de anchos hombros era inconfundible. Los faros iluminaron sus negros rasgos marcados, exagerando la fortaleza de su mandíbula prominente. Tungata Zebiwe se liberó con una sacudida del agarre de sus captores y los miro furibundo, obligándolos a retroceder involuntariamente. « Atrás, chacales ladradores! Como se atreven a tocarme! » Estaba en pantalones oscuros y camisa blanca. La cabeza de cabellos muy cortos era redonda y negra como una bala de cañón. « Saben quien soy? » pregunto. « vuestros veinticinco padres no le han enseñado mejores modales? » Su arrogante seguridad les hizo retroceder otro paso y mirar hacia la Land Rover. Peter Fungabera bajo del vehiculo e ingreso en el rayo de luz de los faros. Tungata Zebiwe lo reconoció al instante. « Tu! » rugió. « Claro! El jefe de los carniceros! » « Abran el camión », ordenó Peter Fungabera, sin sacarle los ojos de encima al otro hombre. Se miraron con un odio tan terrible que volvió insignificante todo lo que había a su alrededor. Era una confrontación elemental, pareciendo encarnar todo el salvajismo del continente, dos hombres poderosos despojados de todo vestigio de inhibición civilizada, su antagonismo tan fuerte que apenas lo soportaban. Craig se había bajado de la Land Rover y se había adelantado, pero ahora permanecía bloqueado junto al Mercedes, observando atónito. No se había esperado nada ni remotamente parecido a esto. Ese odio casi tangible no era algo de ese momento, parecía que los dos hombres estaban a punto de arrojarse el uno contra el otro como animales buscando estrangularse a mano limpia. Esta era una pasión de raíces profundas, una furia reciproca basada en un monumental fundamento de antigua hostilidad. Desde atrás del camión capturado los soldados arrojaban bultos y cajones. Uno de los cajones se rompió al caer a tierra y aparecieron colmillos de marfil brillantes como ambas en las luces de los faros. Un soldado abrió un bulto y extrajo preciosas pieles de lince y leopardo que contenía. « Eso es! » La voz de Peter Fungabera salio ahogada deleitado con el triunfo, el odio y la venganza. « Capturen al perro matabele! » « De cualquier cosa que se trate, te recaerá en la cabeza », rugió Tungata, « Hijo de una puta shona! » « Préndanlo! » repitió Peter a sus hombres, pero ellos vacilaron, todavía contenidos por el aura invisible de poder que emanaba de aquella alta figura imperial. El la pausa Sally-Anne saltó de la Land Rover y se encamino hacia el tesoro de marfil y pieles que yacían en medio del camino. Por un instante tapo a Tungata Zebiwe de sus captores, y se movió en un abrir y cerrar de ojos, como el golpe de una serpiente, casi demasiado rápido para que la mirada pudiese seguirlo. Tomo el brazo de Sally-Anne, se lo retorció, y le levanto en el aire, sosteniéndola como un escudo mientras se agachaba y recogía el AK 47 que había arrojado su guardaespaldas. Había elegido el momento perfectamente. Los soldados estaban todos amontonados y ninguno podía disparar sin herir a uno de los suyos. Tungata tenia la espalda cubierta por la Land Rover y el pecho cubierto por SallyAnne. « No disparen! » gritó Peter Fungabera a sus hombres. « Lo quiero para mi, el bastardo Matabeles! » Tungata metio el cañón del AK 47 bajo la axila de Sally-Anne y empuñando el fusil con una mano sola, como una pistola, lo apuntó contra Peter Fungabera, después retrocedió hacia la Land Rover. Arrastrando a Sally-Anne con el. El motor de la Land Rover todavía estaba funcionando. « No te escaparas », gruño Peter Fungabera. « El camino esta bloqueado, tengo cien hombres. Finalmente te capturare. » Tungata corrió con el pulgar el selector de disparo y apunto a la panza de Peter Fungabera. Craig, situado diagonalmente detrás de su hombro izquierdo, vio la leve desviación que le dio al cañón del fusil un instante antes de la primera ráfaga, y

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se dio cuenta que Tungata a propósito había evitado darle a Peter. El tartajearte sonido del fuego automático fue ensordecedor y el grupo de hombres saltaron en busca de cobertura. El AK 47 se levantó en la mano de Tungata, las balas impactaron en el camión estacionado, dejando oscuras marcas en la carrocería, cada una rodeada por un borde de brillante metal desnudo. Peter Fungabera se tiro a un costado girando para caer de plano en el camino junto al camión y escabullirse frenéticamente bajo las ruedas del camión. Polvo y humo velaron los faros, y los soldados se desparramaron, interfiriéndose unos a otros el campo de tiro. Mientras tanto, aprovechándose de la confusión, Tungata levanto a Sally-Anne y la arrojo en el asiento del pasajero de la Land Rover colocándose al volante. Metio el cambio y con un rugido el vehiculo partió. « No disparen! » gritó de nuevo Peter Fungabera, había una desesperada urgencia en su voz. « Lo quiero vivo! » Un soldado se paro frente a la Land Rover, en el inútil intento de pararla. Se oyó un ruido sordo cuando el capot lo golpeo en pleno pecho y cayó, hubo una serie de saltos y sacudidas cuando la maquina le pasaba por encima dejándolo exánime en medio del camino. Sin reflexionar, Craig abrió la puerta del Mercedes ministerial abandonado y subió. Encendió el motor, giró el volante ciento ochenta grados y apretó el acelerador a fondo. El auto derrapó, con las ruedas patinando y choco contra el alto bordo de tierra, un golpe de refilón con el lateral derecho que le alineo la trompa con en camino. Craig levanto el pie del acelerador, controlo el derrape, centró el volante y aceleró de nuevo a fondo. El Mercedes salio disparado y por la ventanilla abierta oyó gritar a Peter Fungabera: « Espera, Craig! » Ignoró la llamada y se concentro en la primera curva cerrada del camino empinado que apareció ante el. La dirección asistida del Mercedes era engañosamente liviana, el casi sobreviró y las ruedas exteriores bordonearon peligrosamente. Contrarestó alcanzando a permanecer en el camino y vio adelante las luces posteriores de la Land Rover, parcialmente oscurecidas por el polvo que levantaba. Craig desengancho la transmisión automática y la coloco en modo deportivo, el motor aulló y la aguja del taquímetro llego hasta el sector rojo por encima de las 5000 rpm y el auto aceleró devorando la subida y ganándole terreno rápidamente a la Land Rover. Se la trago la curva siguiente y el polvo cegó a Craig de modo que fue obligado a levantar el pie derecho buscando a tientas el camino en la curva y nuevamente casi yerra y las ruedas traseras patinaron en la pronunciada caída, a centímetros del desastre antes que pudiera sacarlo. Se estaba acostumbrando a la máquina y trescientos metros mas adelante entrevió a la Land Rover entre la polvareda. Sus luces iluminaron a Sally-Anne. Ella estaba medio retorcida sobre el costado tratando de arrojarse del vehiculo, pero Tungata con una mano la alejó de la portezuela y la tomo del hombro airándola hacia atrás y obligándola a sentarse. El pañuelo que llevaba en la cabeza voló, aleteando como un pájaro nocturno para perderse en la oscuridad, y los cabellos se soltaron y enredaron sobre su cabeza y cara. Luego el polvo la oculto de nuevo y Craig sintió que la rabia lo golpeaba en el pecho con una fuerza que lo ahogaba. En aquel momento odiaba a Tungata Zebiwe como no había odiado nunca antes a otro ser humano. La siguiente curva la tomo a la perfección, acelerando al máximo apenas salio de la misma. La Land Rover estaba a doscientos metros adelante. La distancia acortándose rápidamente, luego Craig freno por la siguiente curva del camino y cuando salio la Land Rover estaba mucho mas cerca. Sally-Anne se daba vuelta y lo miraba. Tenia la cara blanca, casi luminosa a la luz de los faros, y los cabellos le danzaban alrededor, por momentos cubriéndole el rostro y después descubriéndolo completamente y luego otra curva la oculto nuevamente. Craig la siguió a toda velocidad, y al fondo de la recta que seguía vio el bloqueo del camino. Había un camión militar de tres toneladas atravesado en medio del camino, y los espacios que quedaban a los flancos se habían llenado con arbustos espinosos recién hachados. Las ramas entrelazadas formaban una sólida barrera y los pesados troncos habían sido encadenados unos a otros, Craig vio los eslabones brillando en la luz de los faros. Esa barrera hubiera parado a un buldózer. Cinco soldados parados delante de la barrera agitaban los fusiles ordenando a la Land Rover que se parase. El hecho de que no hubieran empezado a disparar ya, le hizo pensar a Craig que Peter Fungabera los habría instruido por radio, pero igualmente el pensamiento de Sally-Anne, tan vulnerable en el vehiculo descubierto, atravesada despiadadamente por una ráfaga de ametralladora en el cuerpo y el rostro le produjo nauseas.

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« Por favor no disparen », rogó, y presionando tanto el acelerador que la cavidad de su pierna artificial le mordió el muñón. Ya el Mercedes estaba a solo quince metros de la cola de la Land Rover y ganando terreno. A noventa metros del bloqueo al costado del camino había un lugar bajo en la mano derecha. Tungata doblo por allí saliendo del camino y el vehiculo voló con las cuatro ruedas girando y rasgando como una trilladora las altas hierbas elefante. Craig sabia que el Mercedes, mucho mas bajo arrancaría la suspensión y dirección en el bordo. Así que paso a la carrera y luego clavo los frenos cuando apareció el bloqueo que le lleno el parabrisas. El Mercedes hizo medio trompo y se detuvo en una nube de polvo y Craig salio de un salto al camino. Recupero el equilibrio y trepo por el bordo derecho. La Land Rover estaba a quince metros mas allá, con el motor atronando en primera, sacudiéndose y saltando sobre el terreno desparejo trillando la densa hierba amarilla, cuyos tallos eran gruesos como el dedo meñique de un hombre y mas altos que su cabeza, agitándose entre los árboles del bosque, reducida su velocidad por el terreno a la de un hombre corriendo. Craig vio que Tungata tendría éxito en rodear el bloqueo del camino, y corrió para adelantarse a la Land Rover. La furia y el miedo por Sally-Anne parecieron guiarle los pies, tropezó solo una vez en el terreno desigual. Tungata Zebiwe lo vio venir y levantó el rifle con una mano, apuntándole sobre el capot de la Land Rover, pero Sally-Anne se arrojó contra el arma, aforrándola con ambas manos con todo su peso, bajando el cañón y Tungata no pudo sacar su otra mano del volante. Ya habían sobrepasado el bloqueo ahora y Craig estaba perdiendo terreno, dándose cuenta que no podría alcanzarlos el trotaba dificultosamente detrás del vehiculo. Tungata y Sally-Anne se debatían luchando confusamente hasta que el enorme hombre negro liberó su brazo, y usando su mano como un hacha, la golpeo brutalmente debajo de la oreja. Sally-Anne se abatió con la cara sobre el tablero, y Tungata giró el volante. El vehiculo zigzagueó, dándole a Craig unos preciosos metros de ventaja, y luego pareció elevarse por un instante sobre el alto bordo mas allá del bloqueo y salto sobre el borde cayendo en el camino con un clamor de metal y ruedas girando. Craig uso el resto de sus reservas y determinación y corrió para alcanzar el sitio sobre el bordo un instante después que la Land Rover desapareciera. A tres metros debajo de el, la Land Rover había aterrizado milagrosamente sobre el camino, con la trompa apuntada hacia la subida, y Tungata Zebiwe, con la cara ensangrentada por el golpe contra el volante, luchaba para controlar la dirección. Craig no vaciló y se arrojo desde el bordo. La caída le quito la respiración. La Land Rover ya estaba acelerando, y el cayo sobre la compuerta posterior, mitad adentro y mitad afuera. Sintió que las costillas le crujían sobre el borde metálico, la respiración le siseo en la garganta al pasarle el aire violentamente expulsado de los pulmones. Se le oscureció la visión por un instante, pero encontró un sostén en el equipo de radio y se aferro con fuerza. Sentía que la Land Rover aceleraba y a Sally-Anne gimiendo por el dolor y el terror. Esto lo hizo volver inmediatamente en si, se le aclaró la vista. Estaba colgado sobre la portezuela trasera, con los pies pendulando y arrastrándose. Detrás de el, el camión del ejercito estaba maniobrando para salir del bloqueo, con los faros iluminándolos, mientras que adelante se acercaba a gran velocidad la intersección en « T » con la ruta nacional, a medida que la Land Rover adquiría su máxima velocidad de nuevo. Craig, esperando la curva, se sostuvo lo mas fuerte que pudo, pero aun así, cuando llegaron, sintió que se le arrancaban los brazos de los hombros cuando Tungata dobló a la izquierda en dos ruedas. Ahora se dirigía al norte. Por supuesto el limite con Zambia estaba solo a doscientos kilómetros mas adelante. La ruta descendía al gran valle del Zambezi y no había asentamientos humanos en esa zona tórrida, selvática e infectada por la mosca tse-tse, antes del puesto fronterizo y el puente de Chirundu. Con un rehén, era posible que pudiera llegar. Si Craig desistía, podría llegar, o en la tentativa hacerse matar junto con Sally-Anne. De a un centímetro por vez Craig se metio en la Land Rover. Sally-Anne estaba acurrucada sobre el asiento, con la cabeza bamboleando de un lado a otro en cada sacudida y oscilación del vehiculo. Junto a ella, Tungata se veía alto y macizo alto, con la camisa blanca iluminada por el reflejo de los faros. Craig soltó una mano y trato de alcanzar el respaldo del asiento para izarse a bordo. Inmediatamente la Land Rover se desvío y en el mismo instante el vio el

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brillos de los ojos de Tungata en el espejo retrovisor. Lo estaba vigilando, esperando la oportunidad de agarrarlo desequilibrado y arrojarlo del vehiculo. La fuerza centrifuga lo hizo girar hacia un costado y afuera del vehiculo; estaba agarrado solamente con la mano izquierda y los músculos y tendones crujieron con la tensión cuando debieron aguantar todo su peso. Jadeo de dolor cuando la tracción se propago al pecho, pero se sostuvo, colgando lastimado fuera del vehiculo, mientras el borde metálico le machacaba las costillas de nuevo. Tungata se desvío de nuevo hacia el bordo y Craig vio venir a su encuentro el bordo iluminado por los faros. Evidentemente Tungata intentaba apretarlo contra la roca, haciéndolo pedazos entre la roca esquistosa y el metal afilado. Gritando involuntariamente por el esfuerzo, Craig plegó las rodillas hacia arriba y sobre el borde de la carrocería. Hubo un rasguido de metal sobre la roca cuando la Land Rover rozo el bordo. Algo le golpeo la pierna, que se le transmitió a la cadera y sintió cortarse las correas cuando la prótesis voló. Si hubiese sido la pierna de carne y hueso hubiera quedado fatalmente amputado. En cambio, cuando la Land Rover reboto hacia el camino, el uso el impulso para rodar adentro y agarrar a Tungata del cuello con el brazo libre, desde atrás. Era un estrangulamiento, y puso toda su energía. Sentía la laringe de Tungata en el hueco del codo y las vértebras a punto de quebrarse como una rama seca. Quería matarlos, quería arrancarle la cabeza, pero no pudo afirmarse para aplicar esos últimos gramos de presión. Tungata soltó el volante y con ambas manos le aferro la muñeca y el codo, emitiendo un gemido sofocado, mientras el vehiculo sin control comenzaba a desbandarse. La Land Rover se salio del camino, cayo sobre la pendiente rocosa sin guardrail que lo detuviese y con un ruido de hierros retorcidos, se tumbo. Craig fue despedido fuera, golpeo la dura tierra, dio una vuelta carnero y quedo por un segundo con los oídos que le zumbaban y todo su cuerpo aplastado e indefenso hasta que se recuperó y se puso de rodillas. La Land Rover estaba dada vuelta con las ruedas para arriba. Los faros aun encendidos y a treinta pasos de la cuesta, en medio del haz de luz, yacía SallyAnne. Parecía una niña dormida. Tenia los ojos cerrados y la boca laxa, con los labios muy rojos en comparación con la palidez del rostro; pero desde el nacimiento de los cabellos le corría sobre la frente una negra serpiente de sangre. Craig comenzó a arrastrarse hacia ella, cuando otra presencia se levanto desde la oscuridad circundante, una figura grande, oscura, de anchos hombros. Tungata trastabillaba, girando en círculos, sosteniéndose con la mano la garganta lastimada. Al verlo Craig, se enfureció por la rabia y el dolor. Si lanzaron uno contra el otro, abrazándose. Mucho tiempo antes, cuando eran amigos, habían luchado a menudo, pero Craig había olvidado la titánica fuerza de ese hombre. Sus músculos duros, elásticos y negros como la goma vulcanizada de las cubiertas de un camión transcontinental, bien pronto desbalancearon a Craig. Tungata estaba un poco grogui, pero el tenia una sola pierna. Muy rápido Craig perdió el equilibrio, no obstante no soltó la presa mientras, pese a toda su fuerza, Tungata no lograba liberarse. Cayendo, Craig uso el muñón duro y calloso para darle al gigante un fuerte golpe bajo. Tungata gruño y toda la fuerza lo abandono. Craig rodó debajo de el y con los hombros en tierra, se proyecto con los músculos de todo el cuerpo para golpear a Tungata con el muñón en pleno pecho, justo sobre el corazón. Sonó como un golpe de hacha blandido con los dos brazos contra el tronco de un árbol. Tungata cayo hacia atrás y quedó inmóvil. Craig se arrastró hasta el y le aferro la garganta desprotegida con las dos manos. Sintió los cordones de músculos en torno al cartílago de la nuez de Adán u hundió los pulgares profundamente. Al sentir la vida bullendo bajo sus manos, su rabia se disipo y descubrió que no podía matarlo. Abrió sus manos y se retiro temblando y jadeando. Dejo a Tungata acurrucado y exánime en el suelo y se arrastro hasta donde yacía Sally-Anne. La levantó y se sentó con ella sobre las piernas, acunándole la cabeza contra su hombro, desolado por su lasitud y la falta de reacción de su cuerpo. Con una mano le limpio el chorrito de sangre que estaba por entrarle en un ojo. Encima de ellos sobre la carretera el camión que lo seguía freno con un metálico chillido de frenos. Un grupo de hombres armados bajaron por la cuesta, chillando como una jauría de perros de caza. Entre sus brazos, como una niña despertando, Sally-Anne se movió y farfullo débilmente.

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Estaba viva, todavía viva y el le susurro. « Oh tesoro mio, tesoro mio », « Io ti amo tanto. » Sally-Anne tenia cuatro costillas rotas, una distorsión en el tobillo y diversas escoriaciones en el cuello a causa del golpe recibido. Sin embargo el corte en el cuero cabelludo era superficial y la radiografía no mostró daños en el cráneo. No obstante se la retuvo para observación en el cuarto privado que Peter Fungabera le consiguió para ella en el sobrecargado hospital publico. Fue allí que Abel Khori, el fiscal encargado del proceso a Tungata Zebiwe la visitó. El señor Khori era un shona de aire distinguido que había ejercido abogacía en Londres y que conservaba las vestimentas típicas y una propensión a las doctorales aunque irrelevantes citas latinas. « He venido para elucidar conceptualmente algunos puntos que usted ya declaro en la policía », le explico Khori. « Seria en efecto altamente impropio de mi parte que tratase de influenciar en ningún modo la evidencia que usted dará. » Le mostró a Craig y Sally-Anne los informes de espontáneas demostraciones Matabeles para liberar a Tungata, que habían sido reprimidas inmediatamente por la policía y la Tercera Brigada, y que el editor shona del Herald había relegado a las páginas internas. « Debemos tener siempre en cuenta que este hombre esta ipso jure acusado de un acto criminal y no se le debe permitir convertirse en un mártir de su tribu. Miren los peligros que eso implica. Cuanto antes podamos tener el caso resuelto mutatis mutandis será mejor para todos. » Craig y Sally-Anne quedaron al principio atónitos y después se pusieron realmente intranquilos por la rapidez con que Tungata Zebiwe fue procesado. Pese al hecho de que las listas estaban completas por los próximos siete meses, su caso se adjudico a la Corte Suprema en diez días. « No podemos, nudis verbis, tener a un hombre de esa envergadura siete meses en la cárcel en espera del proceso », explicó el fiscal de estado, « y ofrecerle una fianza y dejarlo en libertad para a sus seguidores. Seria un disparate suicida. » Aparte del juicio, había otros asuntos de menor importancia que ocupaban a Craig y Sally-Anne. Su Cessna debía pasar la revisión prevista cada mil horas de vuelo para recibir el permiso de decolar en los aeropuertos civiles, y como no había en Zimbabwe talleres autorizados para eso, debió encargarle a otro piloto para que lo llevara a Johannesburg. « Me siento como un pájaro con las alas cortadas », se lamento la muchacha. « Conozco bien la sensación », sonrío Craig burlonamente, dando un golpe en el suelo con su muleta. « Oh, discúlpame, Craig. » « No hay porque. No me desagrada hablar de mi pata perdida, al menos contigo. » « Cuando te enviaran? » « Morgan Oxford la envió en la valija diplomática y Henry Pickering ha prometido poner en movimiento un escuadrón entero de ortopedistas y técnicos del Hospital Hopkins. Deberia tenerla para la fecha del proceso. » El proceso. Todo parecia girar en torno al proceso. Hasta el funcionamiento de King's Lynn y la preparación final para la apertura de los alojamientos en Zambesi Waters no podían separar a Craig de la cabecera de Sally-Anne y los preparativos para el juicio. Por suerte tenia a Hans Groenewald en King's Lynn, y Peter Younghusband, el joven gerente y guía keniata seleccionado para Zambesi Waters por Sally-Anne, había llegado y podía ocuparse de los trabajos. Si bien hablaba con cada uno de ellos todos los días, por radio y por teléfono, Craig permanecía en Harare cerca de Sally-Anne. La pierna ortopédica de Craig le llego el día anterior al alta de Sally-Anne del hospital. Craig se levanto la pierna del pantalón para mostrársela. « Enderezada, reforzada, lubrificada y reacondicionada », se jacto. « Y tu cabeza, como va? » « Como tu pierna », se rió. « aunque los doctores me han advertido de no golpeármela por lo menos por las próximas dos semanas. » Sally-Anne estaba usando un bastón por su tobillo, y todavía tenia el pecho vendado cuando Craig le bajo la valija hasta la Land Rover a la mañana siguiente. « Te duelen las costillas? » le pregunto Craig viéndola hacer un pequeño gesto de dolor mientras subía al vehiculo. « Mientras no me las aprieten lo puedo soportar. »

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« « « Y

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Nada de abrazos, es una norma? » bromeo el. Eh, diría que si », respondió la muchacha antes de bajar la mirada y agregar: Pero las normas son para los tontos, y para guía de los hombres inteligentes ». Craig se sintió considerablemente alentado.

La sala segunda del Departamento de Mashonaland de la Suprema Corte de la Republica de Zimbabwe conservaba todos los símbolos de la justicia británica. El elevado estrado con el escudo de armas de Zimbabwe sobre el asiento del juez, dominaba la sala. Las hileras de bancos de roble lo enfrentaban y el cubículo de los testigos y el banquillo de los acusados se situaban a los flancos. El fiscal, los abogados defensores y jueces adjuntos usaban largas túnicas negras, mientras que el Magistrado lucia magnifico en su toga escarlata. Solo el color de sus caras había cambiado, su negrura acentuada por los apretados rizos blancos de sus pelucas y los almidonados cuellos blancos. La sala estaba atestada y cuando el sitio para los espectadores de pie se lleno, los ujieres cerraron las puertas dejando a la multitud apiñada en los corredores del palacio de justicia. El público estaba serio y compuesto, casi todos ellos Matabeles que habían hecho el largo viaje en colectivos desde Matabeleland. Muchos de ellos ostentando la escarapela del partido ZAPU. Solo cuando el acusado fue llevado al banquillo de los acusados, se produjo una agitación y un murmullo y una mujer entre el publico vestida con los colores del ZAPU grito: « Bayete, Nkosi Nkulu! » saludándolo con el puño cerrado. Enseguida los guardias la agarraron y la empujaron fuera. Tungata Zebiwe, parado en la barra, miraba impasible, empequeñeciendo con su imponente presencia la de cualquier otra persona en la sala. Sin embargo el juez Domashawa tenia una formidable reputación, y el fiscal se alegró de su elección cuando les contó eso a Craig y a Sally Anne. « En verdad es persona grato. No hay cuidado, veremos que se hace justicia, porque el esta decididamente in gremio legis. » Mientras el país todavía era Rhodesia, el sistema británico de jurados populares se había abandonado. En su lugar se había introducido el tribunal, o sea un jurado de tres magistrados profesionales, el presidente y dos jueces adlátere. En esta ocasión, todos eran Shonas. Uno de los jueces adlátere era un experto en cuestiones relativas a la protección de la fauna, y el otro un magistrado anciano. Pero el presidente recibía de ellos una opinión simplemente consultiva, el veredicto final era por lo tanto suyo y también podía estar en contra de las consideraciones de sus colegas. Ahora el se acomodo la toga como el avestruz hace con sus plumas cuando se echa en el nido, el magistrado se fijo en Tungata Zebiwe con sus brillantes ojos oscuros mientras el ujier Leia en ingles la acusación. Las acusaciones principales eran ocho: comercio y exportación de trofeos de animales protegidos, secuestro de personas, ultraje y resistencia a un oficial publico, hurto de un vehiculo del ejercito, daño doloso del mismo vehiculo, lesiones y atentado de homicidio. Había también diversas imputaciones menores. « Por Dios », susurró Craig a Sally-Anne. « Le están tirando con los ladrillos de las paredes. » « Y las baldosas del piso. Bien por ellos, me gustara ver a ese bastardo hamacarse al extremo de la cuerda. » « Lo lamento, mi querida, pero ninguna de las acusaciones prevé la pena de muerte.» Y sin embargo, durante toda la lectura de los autos de imputación Craig fue embargado por un sentimiento como de tragedia griega, en la cual un personaje heroico fuese rodeado y aplastado por pequeños hombres mezquinos. Pese a sus sentimientos, Craig debió admitir que Abel Khori estaba haciendo un buen trabajo, del punto de vista puramente profesional, en la presentación del proceso. No obstante estaba atento a no intercalar demasiadas citas en latín. El primero de una larga lista de testigos fue el general Peter Fungabera. Esplendido en uniforme completo, efectúo el juramento y se paro firme, marcial, con la fusta en su mano. Dio su testimonio sin equivocaciones, tan directa e impresionante que el juez aprobaba sacudiendo la cabeza de tanto en tanto mientras tomaba nota. El Comité Central del partido ZAPU había instruido a un abogado de Londres, pero hasta el señor Joseph Petal, patrocinante en las mas altas cortes inglesas, no logró apabullar al general Fungabera y muy pronto se dio cuenta que la esperanza de meterlo en dificultades era vana. Así que se retiro para aguardar presas mas vulnerables. El siguiente testigo era el chofer del camión del marfil.

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Era un ex guerrillero del ZIPRA, recientemente liberado de un campo de rehabilitación, y su declaración fue traducida al inglés por el interprete judicial. « Conoció al imputado antes de la noche del arresto? » le preguntó Abel Khori después de haber establecido su identidad. « Si, estuve con el en la guerra de la independencia. » « Y lo vio después de la guerra? » « Sí. » « Le puede decir a la corte cuando? » « El año pasado en la temporada seca. » « Antes de ser enviado al campo de reeducacion? » « Sí, antes. » « Y donde se encontró con el ministro Tungata Zebiwe? « En el valle, cerca del gran río. » « Diga de que hablaron? Quiere explicarle a la corte la razón del encuentro con el ministro Tungata Zebiwe? » « Para ir a cazar al elefante. Por el marfil. » « Como los cazaban? » « Utilizamos a los primitivos batonkas como batidores, y un helicóptero para arriar a los animales al campo minado. » « Objeción, vuestra señoría », saltó el abogado defensor Señor Petal. « No tiene nada que ver con los cargos.» « Tiene que ver con la primera de las imputaciones, » insistió Abel Khori. « Objeción denegada. El fiscal puede proseguir el interrogatorio al testigo. » « Cuantos elefantes capturaron? » « Muchos, muchos elefantes. » « No ` puede estimar cuantos? » « Quizás doscientos elefantes, no estoy seguro. » « Y usted sostiene que el ministro Tungata Zebiwe estaba allí? » « Llego después que los elefantes estuvieron muertos. Había venido a contar los colmillos y a llevárselos con el helicóptero... » « Que helicóptero? » « Era un helicóptero del gobierno. » « Objeción vuestra señoría, el punto es irrelevante. » « Objecion denegada, Sr. Petal, por favor continue. » Cuando le toco el turno de repreguntar al testigo, el abogado Petal paso inmediatamente al ataque. « Yo le digo que usted no fue nunca guerrillero con el ministro Tungata Zebiwe. Usted vio al ministro por primera vez aquella noche sobre la ruta a Karoi. » « Objeción, vuestra señoría », gritó indignado Abel Khori. « La defensa esta tratando de desacreditar al testigo aprovechándose de la circunstancia de que no existen registros de combatientes por la independencia, por lo tanto el testigo no esta en condiciones de probar su servicio valerosamente prestado en la guerra por la causa patriótica. » « Objeción aceptada. Abogado Petal, haga el favor de limitar sus preguntas al argumento del proceso sin intimidar ni insultar al testigo. » « Muy bien, vuestra señoría. » El abogado estaba rojo por la rabia y la desilusión. Se dirigió nuevamente al testigo. « Puede decirle al jurado cuando fue liberado del campo de reeducacion? » « No se... No me acuerdo... » « Fue hace mucho tiempo antes de su arresto, o poco tiempo? » « Poco tiempo antes del arresto », respondió bajando la cabeza. « Y quizás fue liberado del campo de prisioneros a condicione de guiar el camión aquella noche, para después testimoniar contra el imputado? » « Vuestra señoría! » chillo Abel Khori. Pero también el juez estaba chillando. « Señor Petal! Le prohíbo llamar campo de prisioneros a nuestro centro de reeducacion! » « Como vuestra señoría prefiera », continuó el defensor del ministro. « Se le hicieron promesas en ocasión de su liberación del centro de reeducación? » « No », dijo el testigo mirando a su alrededor intranquilo. « Dos días antes de su liberación, vino quizás a verlo el capitán Timón Nbebi de la Tercera Brigada? » « No. » « Ninguno vino a verlo al campo? »

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« No! No! » « Ningún visitante? Esta seguro? » « El testigo ya ha respondido a esa pregunta », le interrumpió el juez. El abogado Petal emitió un suspiro teatral y levanto los brazos. « No tengo mas preguntas, vuestra señoría. » « Tiene intención de llamar a otros testigos, señor Khori? » Craig sabia que el siguiente testigo debía ser Timón Nbebi, pero inesperadamente Abel Khori lo salteo y llamo en su lugar a un soldado que había sido atropellado por la Land Rover. Craig sintió una intranquila sensación de duda por el cambio de táctica del fiscal. Queria el fiscal proteger a Timon Nbebi de un contra interrogatorio de la defensa? Quería impedir que el Sr. Petal continuase con la cuestión de la visita de Timón Nbebi al centro de rehabilitación? Si así fuera, las implicancias serian tales que Craig se obligo a dejar de lado esas dudas. La necesidad de traducir todas las preguntas y las respuestas hizo que el proceso se volviera largo y tedioso, así que recién al tercer día Craig fue llamado a prestar testimonio. Después de que se le tomo juramento, y antes que Abel Khori iniciase el interrogatorio, Craig miro al imputado. Tungata Zebiwe lo estaba mirando fijamente, y cuando sus ojos se encontraron le hizo una señal con la mano derecha. En los viejos tiempos, cuando trabajaban juntos como guarda faunas para el ministerio para la Conservación de la Fauna, Craig y Tungata habían elaborado un sistema de señales muy preciso. Si por ejemplo debían realizar el peligroso trabajo de acercarse a una manada de elefantes pastando para dispararle a los individuos viejos y enfermos que sobre poblaban la reserva, o cuando seguían a grupos de leones cebados que preferían los animales domesticados del hombre antes que a la presas tradicionales, usaban esas señales para comunicarse a distancia de manera silenciosa y eficaz. Ahora Tungata le hacia la señal del puño cerrado, los poderosos dedos negros contra la palma rosada de la mano; una señal que significaba: « Atento! Grave peligro ». La ultima vez que Tungata le había hecho esa señal, Craig había tenido solo una fracción de segundo para darse vuelta y defenderse de la carga de una leona furiosa y herida en un pulmón que, escupiendo sangre, salio de la maleza tupida lanzándose contra el como un rayo dorado; y aunque la bala 458 magnum que tuvo tiempo de dispararle le traspasó el corazón, su impulso tiro a Craig al suelo. Ahora la señal de Tungata le hizo erizar la piel al recordarle el peligro pasado y la amenaza del peligro actual. Era una amenaza o un aviso? Se preguntaba Craig, mirando a Tungata. Pero no era posible decirlo, porque Tungata permanecía impasible e inmóvil. Craig le hizo la señal de no comprender, pero Tungata lo ignoró, y en el mismo momento se dio cuenta que no había escuchado la primera pregunta de Abel Khori. « Disculpe, podría repetirme la pregunta? » Rápidamente el fiscal repitió la pregunta. « Vio al chofer del camión haciéndole señales al Mercedes que se acercaba? » « Sí, guiñó los faros. » « Y cual fue la respuesta? » « El Mercedes se detuvo y dos de sus ocupantes descendieron para ir a hablar con el chofer del camión. » « En su opinión, se trató de un encuentro pre establecido? » « Objeción, vuestra señoría, el testigo no podía saberlo. » « Objeción aceptada. El testigo no responda a la pregunta. » « Vamos ahora a su valiente intervención en defensa de la señorita Jay de las malvadas garras del imputado... » « Objeción! Las palabras malvadas garras! » « Que la acusación del fiscal sea menos melodramática. » « Como desee vuestra señoría. » Después de aquella señal y por todo el resto del testimonio de Craig, Tungata Zebiwe permaneció inmóvil como una figura esculpida en el granito de Matabeleland, con el mentón apoyado en el pecho pero la mirada siempre fija en los ojos de Craig. Cuando el señor Petal se levantó para contra interrogarlo, se movió por primera vez, inclinándose hacia el abogado defensor y dirigirle unas pocas palabras. El señor Petal pareció protestar, pero Tungata corto cada discusión con un gesto imperioso.

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« No tengo preguntas, vuestra señoría », cedió el abogado, y volvió a sentarse, liberando a Craig para abandonar el banquillo de los testigos sin hostigamiento. Sally-Anne era el ultimo testigo de la acusación y después de Peter Fungabera, quizás la mas importante. Rengueaba todavía por el esguince del tobillo, así que Abel Khori la ayudó a acomodarse en la barra. Sobre el cuello todavía se veía bien el moretón del golpe inferido por Tungata Zebiwe. Ella dio su testimonio sin vacilaciones y con voz clara y agradable. « Cuando el acusado la tomó, que sentimientos le produjo? » « Tuve miedo de morir. » « Usted sostiene que el acusado la golpeó: donde? » « Sobre el cuello. Todavía se ve el moretón. » « Usted dice que el acusado apuntó en fusil contra el señor Mellow. Cual fue su reacción? Dígale a la corte si ha informado alguna otra lesión. » Abel Khori saco el máximo partido de tan encantadora testigo y muy inteligentemente, el abogado defensor renuncio a repreguntar. El fiscal cerró su caso en la tarde del tercer día, dejándolo a Craig preocupado y deprimido. El y Sally-Anne comieron en su churrasquería favorita y ni siquiera una botella de vino del Cabo pudo animarlo. « Ese asunto del chofer del camión que nunca había conocido a Tungata y que fue liberado solo bajo el compromiso de conducir el camión... » « No lo creiste? » se mofó Sally-Anne. « Hasta el juez dio a entender que se trataba de una insinuación gratuita. » Después de dejarla en su casa, Craig volvió caminando, por las calles desiertas, sintiéndose solo y traicionado... aunque no podía encontrar una razón lógica para este sentimiento. El abogado defensor abrió su defensa llamando al chofer de Tungata Zebiwe. Era un Matabeles fornido, aunque todavía joven, y ya tendiendo a engordar. Con una cara redonda, que hubiera debido ser sonriente y jovial, estaba ahora preocupada y oscura. Tenia la cabeza recientemente afeitada y nunca miro a Tungata Zebiwe durante la declaración. « La noche de su arresto que ordenes le impartió el ministro Zebiwe? » « Ninguna. No me dijo nada. » El señor Petal quedo genuinamente sorprendido y consultó sus anotaciones. « No le dijo adonde ir? Usted no sabia adonde estaban yendo? » « Me decía cada tanto: “siga derecho”, “doble aquí”, “ doble allá” », murmuró el chofer. « No sabia adonde estabamos yendo. » Obviamente el señor Petal no esperaba esta respuesta. « El ministro Zebiwe no le había ordenado dirigirse a la misión de Tuti? » « Objeción, vuestra señoría. » « No induzca al testigo, señor Petal. » El abogado estaba claramente pensando sobre la marcha. Revolvió sus papeles, le lanzó una mirada a Tungata Zebiwe, que permanecía completamente impasible, y cambió su línea de preguntas. « Desde la noche del arresto, donde estuvo? » « En prisión. » « Ha recibido visitas? » « Vino mi mujer. » « Ningún otro? » « No », respondió el chofer agachando la cabeza a la defensiva. « Que son esas marcas en su cabeza? Fue apaleado? » Por primera vez Craig notó los chichones que salpicaban el cráneo afeitado del chofer. « Vuestra señoría, me opongo enérgicamente! » se quejo en alta voz Abel Khori. « Abogado Petal donde quiere llegar con esa pregunta? » preguntó con aire amenazador el juez Domashawa. « Vuestra señoría, estoy simplemente tratando de entender porque la declaración del chofer contrasta con sus previas declaraciones en la policía. » El señor Petal lucho para conseguir una respuesta clara del evasivo y poco cooperativo testigo, y finalmente desistió con un gesto de resignación. « No mas preguntas, vuestra señoría. » Abel Khori se levantó sonriente a repreguntar. « Así que el camión le hizo un guiño con las luces, verdad? » « Sí. »

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« Y que sucedió después? » « No entiendo. » « Alguien en el Mercedes dijo o hizo algo, a la vista del camión? » « Vuestra señoría... » comenzó el abogado Petal. « Creo que es una pregunta perfectamente correcta. Responda el testigo. » El chofer arrugo el ceño en el esfuerzo por recordar, y después balbuceo: « El camarada ministro Zebiwe dijo; “Ahí esta. Deténgase en la banquina” ». « “Ahí esta” » repitió lentamente Abel Khori. « “Detengase en la banquina!” Eso dijo el imputado a la vista del camión, es correcto? » « Sí. Dijo eso exactamente. » « Ninguna otra pregunta, vuestra señoría. » « Llamo a Sarah Tandiwe Nyoni. » El señor Petal introdujo a su testigo sorpresa. Y Abel Khori frunció en seño y conferencio agitado con sus dos asistentes. Uno de ellos se levanto, se inclino frente tribunal y salio rápidamente de la sala. Sarah Tandiwe Nyoni entró y juró en perfecto ingles. Su voz era melodiosa y dulce, sus modales reservados y modestos como el día en que Craig y Sally-Anne la habían conocido, en la misión de Tuti. Usaba un vestido de algodón verde de cuello blanco, y zapatos blancos sin tacos. Sus cabellos elaboradamente trenzados en el estilo tradicional. En el momento que terminó de leer la formula del juramento, volvió su dulce mirada hacia Tungata Zebiwe en el banquillo de los acusados. El no sonrió ni cambió de expresión, pero la mano derecha, apoyada en la barra, se movió sigilosa, y Craig se dio cuenta que estaba usando el mismo código de señales con la muchacha. « Valor », decía la señal. « Estoy contigo! » Y la muchacha tomo evidente confianza y fuerza. Alzó el mentón y enfrento decidida al señor Petal. « Por favor, diga su nombre. » « Soy Sarah Tandiwe Nyoni », respondió la muchacha. Tandiwe Nyoni, su nombre Matabeles, significaba « Pájaro Bienamado », y Craig se lo tradujo en voz baja a Sally-Anne. « Le cabe a la perfección », le susurró ella. « Cual es su profesión? » « Directora de la escuela primaria estatal de Tuti. » « Puede decirle a la corte cuales son sus diplomas? » Joseph Petal puso hábilmente en claro que se trataba de una joven instruida y responsable. Luego prosiguió: « Usted conoce al acusado, Tungata Zebiwe? » La muchacha miro a Tungata antes de responder, con el rostro que parecía irradiar brillo. « Oh, si, lo conozco », dijo seria en voz baja. « Levante la voz, por favor, mi querida. » « Lo conosco. » « Alguna vez la visitó en la misión de Tuti? » « Si », asintió la muchacha. « Con cuanta frecuencia? » « El camarada ministro es un hombre importante y muy ocupado, yo no soy mas que una maestra... » Tungata le hizo una breve seña negativa con la derecha. Ella lo vio y se formo una leve sonrisita en sus labios perfectamente esculpidos. « Venia cada vez que podía, pero no con tanta frecuencia como hubiera deseado. » « Y lo estaba esperando también aquella noche? » « Si que los estaba esperando! » « Y porque? » « Esa misma mañana habíamos hablado por teléfono y me prometió que iba a venir. Me dijo que llegaría en auto a Tuti antes de medianoche. » La sonrisa se desvaneció de sus labios y los ojos se oscurecieron desolados. « Esperé hasta la madrugada, pero no llegó. » « Por lo que usted sabia, había algún motivo particular por el que la visitaría ese fin de semana? » « Si. » Las mejillas de Sarah se oscurecieron. Sally-Anne miraba fascinada: nunca había visto a una muchacha negra ruborizarse. « Si, había dicho que quería hablar con mi padre. Yo ya había preparado su encuentro. » « Gracias, mi querida », le dijo cortésmente Joseph Petal. Durante el interrogatorio del defensor el asistente del fiscal había vuelto a su asiento y le alcanzó a Abel Khori un folio de apuntes manuscritos. Abel Khori lo estaba consultando cuando se levantó para contra interrogar. « Señorita Nyoni, puede explicarle a la corte el significado de la palabra Sindebele isifebi? »

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Tungata Zebiwe emitió un rugido sofocado y comenzó a levantarse, pero los guardias lo retuvieron. « Significa prostituta », respondio tranquilamente Sarah. « No significa también “mujer no casada que convive con un hombre...”? » « Vuestra señoría! » El abogado Petal estaba indignado. El juez Domashawa le dio la razón. « Señorita Nyoni », intentó nuevamente Abel Khori. « Usted ama al acusado? Por favor hable fuerte, no la escuchamos. » Esta vez la voz de Sarah resonó clara y firme, casi en tono desafiante. « Sí, lo amo. » « Haría cualquier cosa por el? » « Sí. » « Mentiría para salvarlo? » « Me opongo, vuestra señoría », exclamó Joseph Petal, poniéndose de pie de un salto. « Y yo retiro la pregunta », replicó Abel Khori previniendo la intervención del juez. « Permítame mejor ponerlo así, señorita Nyoni, que el acusado le había pedido a usted que facilitara un deposito de la escuela donde se pudieran almacenar los colmillos de marfil y las pieles de leopardo! » « No », sacudió la cabeza Sarah. « El nunca hubiera... » « Y que el le pidió a usted supervisar la carga de esos colmillos en un camión y el despacho del mismo! » « No! No! » gritó Sarah. « Cuando usted hablo por teléfono con el, no le ordenó que preparara un embarque de... » « No! El es un buen hombre », sollozo Sarah. « Un gran hombre y un buen hombre! No haría nunca nada de eso! » « No tengo mas preguntas, vuestra señoría. » Muy satisfecho de si, Abel Khori se sentó y su asistente se inclinó susurrarle sus felicitaciones. « Llamo a declarar al imputado, el ministro Tungata Zebiwe. » Esa era una riesgosa jugada de parte del señor Petal. Aun siendo un lego en asuntos jurídicos, Craig se dio cuenta que Khori era un hueso duro como fiscal. Joseph Petal comenzó estableciendo la posición de Tungata en la comunidad, sus servicios a la revolución, su vida frugal. « Usted posee bienes inmobiliarios? » « Sí, tengo una casa en Harare. » « Quiere decirle a la corte cuanto la pago? » « Catorce mil dólares. » « No es una gran suma por una casa, no le parece? » « Tampoco la casa es una gran cosa. » La respuesta de Tungata, muy espontánea y rápida, le saco una sonrisa al juez. « Tiene un auto? » « Dispongo del auto ministerial. » « Cuenta bancaria en el exterior? » « No. » « Esposas? » « Ninguna... » miro a Sarah Nyoni, que se sentaba en la ultima fila, « ... Por ahora », concluyó. « Otras mujeres que convivan? » « Una vieja tía vive en mi casa. Se ocupa del cuidado de la casa. » « Vayamos a la noche en cuestión. Puede decirle a la corte porque se encontraba en la carretera a Karoi? » « Estaba yendo a la misión de Tuti. » « Por que motivo? » « Para visitar a la señorita Nyoni, y hablar con su padre de cuestiones personales.» « Su visita había sido preanunciada? » « Sí, en una conversaciones telefónica con la señorita Nyoni. » « Había ido a visitarla antes, mas de una vez? » « Sí, varias veces. » « Y donde se alojaba en aquellas ocasiones? » « En un indlu de techo de paja reservado para mi. » « Una cabaña? Con una estera y un fogón a un costado? »

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« Sí. » « Y no le parecía un alojamiento indigno de su cargo? » « Al contrario, me da placer la oportunidad de volver a los modos de vida tradicionales de mi pueblo. » « Alguien compartía con usted la cabaña? » « Sí, el chofer y mis custodios. » « La señorita Nyoni venia a visitarlo en la cabaña? » « Eso hubiera sido contrario a nuestras costumbres y a las leyes de la tribu. » « El fiscal utilizó la palabra isilebi... Usted que piensa? » « Que quizás pueda aplicarla a mujeres de su conocimiento; yo no conozco a ninguna a la que se le pueda aplicar el término. » De nuevo el juez sonrío, y el asistente del fiscal lo codeo juguetonamente. « Y ahora, señor ministro, diga si alguno sabia de sus intención de hacerle una visita a su novia en la misión de Tuti. » « No era un secreto. Lo anoté también en la agenda. » « Tiene en su poder la agenda? » « No. Le pedí a mi secretario que se la alcanzara a la defensa, pero no la encontró. Desapareció de mi escritorio. » « Entiendo. Cuando le ordenó al chofer que preparara el auto, le informo del destino? » « Por cierto. » « El declara que no. » « Entonces diría que le falla la memoria o ha sido afectada por los golpes en la cabeza », comentó Tungata encogiéndose de hombros. El juez golpeo con el martillo sobre el estrado. « Aquella noche, en la ruta de Karoi, se encontró con algún vehiculo? » « Si, un camión parado sobre la banquina, en la oscuridad, con el frente apuntado hacia nosotros. » « Puede decirle a la corte que paso entonces? » « El camionero encendió los faros y después guiño las luces tres veces. En el mismo momento se subió a la ruta. » « De manera de obligarle a su auto a detenerse? » « Exacto. » « Que hizo entonces? » « Le dije al chofer: “Estaciona al costado pero con cuidado, podría ser una emboscada”. » « No esperaba encontrar ese camión ahí, entonces? » « Para nada. » « No dijo: Ahí esta! Frena? » « Para nada. » « Que cosa intentaba decir con las palabras: “Podría ser una emboscada”? » « Recientemente muchos vehículos han sido atacados por bandidos armados, shufta, especialmente de noche en rutas solitarias. » « Entonces, cuales fueron sus sensaciones? » « Esperaba problemas. » « Que sucedió después? » « Dos de mis custodios bajaron del Mercedes y fueron a hablar con el camionero. » « Desde donde usted estaba sentado en el auto, pudo ver al camionero? » « Si, era un completo desconocido, nunca lo había visto antes. » « Cual fue su reacción? » « En ese momento estaba muy preocupado. » « Y después que paso? » « De repente se encendieron otros faros en la ruta detrás nuestro: Una voz en un megáfono le ordenó a mis hombres rendirse y arrojar el arma. El Mercedes estaba rodeado de hombres armados y a mi me sacaron a la fuerza. » « Reconoció a alguno de esos hombres? » « Si, cuando me sacaron fuera del auto reconocí al general Fungabera. » « Y eso lo tranquilizó? » « Al contrario, me convencí que peligraba mi vida. » « Como fue eso, señor ministro? » « El general Fungabera comanda una brigada que es notoria por sus actos de violencia contra los Matabeles... »

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« Objeción, vuestra señoría... La Tercera Brigada es una unidad del ejercito regular de este país y el general Fungabera un alto oficial bien conocido y respetado », chillo Abel Khori. « La objeción del fiscal esta completamente justificada », dijo el juez temblando de rabia. « No puedo permitir al acusado usar esta sala para atacar a un prominente militar y hombre caballeroso. No puedo admitir que el imputado siembre cizaña y odio tribal delante de esta corte de justicia. Le advierto que no vacilaré en declararlo culpable de alto desacato a este tribunal si continua así. » Joseph Petal se tomo unos buenos treinta segundos para permitir al testigo recuperarse de esa diatriba. « Usted dice que sentía que su vida estaba en peligro? » « Si », respondio tranquilo Tungata. « Usted estaba tenso y nervioso. » « Si. » « Vio a los soldados descargar el marfil y las pieles del camión? » « Si. » « Cual fue su reacción? » « Pensé que se trataba de un montaje para incriminarme o quizás matarme. » « Objeción, vuestra señoría », grito Abel Khori. « No advertiré de nuevo al imputado », dijo amenazadoramente el juez. « Que paso después? » « La señorita Jay dejo el vehiculo en el que viajaba y se me acercó. Los soldados se distrajeron. Pensé que esta seria mi ultima oportunidad. Agarre a la señorita para impedir que los soldados dispararan e intente la fuga a bordo de la Land Rover. » « Gracias, señor ministro. » El defensor se volvió hacia el juez. « Vuesa señoria, mi cliente ha soportado una fatigosa examinación. Puedo sugerirle que la corte se levante hasta mañana para darle la oportunidad de recuperarse. » Abel Khori se puso de pie de inmediato, sediento de sangre. « Es apenas el mediodía, y el acusado ha estado en la barra por menos de treinta minutos, y su abogado lo ha tratado recte et suaviter. Tratándose de un soldado entrenado y endurecido, creo que un interrogatorio así será para el una mera bagatela per se. » Abel Khori, en su agitación, tropezaba con el Latín. « La audiencia continua, abogado Petal », decidió el juez, y Joseph Petal se encogió de hombros. « Su testigo, señor fiscal. » Abel Khori estaba en su elemento. Transformándose en lírico y poético. « Usted ha declarado que temía por su vida. Y yo digo que si, usted temía y justamente temía aquella noche, pero temía pagar el precio de su culpa! Temía la perspectiva de afrontar un proceso ejemplar delante de esta corte que representa al pueblo de nuestro país, temía la cólera del hombre docto y justo, en toga escarlata, que ahora se sienta frente a usted! » « No. » « Fue nada mas que su miedosa culpable consciencia que le hizo embarcarse en una serie de abyectas y crueles acciones criminales que... » « No. No es así. » « Cuando usted agarro a la grácil señorita Jay, no aplicó quizás una excesiva fuerza física para torcerle el brazo detrás de la espalda? No retorció vilmente sus tiernos y jóvenes miembros? No le aplico quizás golpes bestiales? » « La golpee una sola vez para impedirle hacerse mas daño arrojándose fuera de la Land Rover. » « No le apuntó quizás con un arma mortal - por caso un fusil-ametrallador de asalto AK 47 – que sabia cargado, contra la persona del general Peter Fungabera? » « Lo amenace con el fusil. Eso es verdad, si. » « Y luego disparo deliberadamente a sus partes bajas, por caso, el abdomen? » « No le disparé a Fungabera, le erre a proposito. » « Yo lo acuso de haber tratado de matar al general, y solo sus maravillosos reflejos lo salvaron de su ataque! » « Si hubiese tratado de matarlo », dijo Tungata despacio, « ahora no estaría aquí.» « Cuando robo la Land Rover, sabia que era de propiedad del Estado? » « Es verdad que apuntó el AK 47 contra el señor Craig Mellow? » « Es verdad que solo la valerosa intervención de la señorita Jay le impidió matarlo? »

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Por casi una hora Abel Khori se ensaño sobre el impasible Tungata, adjudicándole una cantidad de reconocimientos incriminantes, que, cuando finalmente volvió a su asiento, lo hizo pavoneándose como un gallo de combate victorioso, Craig pensó que el abogado defensor había pagado un caro precio por alguna pequeña ventaja que podría haber ganado al colocar a su cliente en el banquillo de los testigos. Sin embargo, la arenga final del señor Petal fue hábilmente elaborada para atraer la simpatía sobre su cliente y para explicar y justificar todas las acciones de Tungata Zebiwe aquella noche sin ofender las convicciones patrióticas, o instintos tribales, del juez del tribunal. « Pronunciare la sentencia mañana », dijo el juez Domashawa, y la corte se levantó. El publico comenzó a desalojar la sala comentando el interrogatorio del acusado. En la cena Sally-Anne admitió que, por primera vez desde el inicio de esa historia, se sentía preocupada por Sarah. « Es una criatura tan dulce. » « Criatura? Creo que tiene uno o dos años mas que tu », se rió Craig. « Eso te convierte en una recién nacida, en comparación. » Ignoró su broma y continuó, seria. « Cree tanto en el que por un momento hasta yo dude de lo que bien se... Después, naturalmente, Abel Khori me ha traído de vuelta a tierra. » El juez Domashawa leyó la sentencia con su precisa voz de vieja que en cierto modo no se adaptaba a la gravedad del discurso. Primero cubrió los eventos que fueron causa común entre la acusación y la defensa, y luego continuo. « La defensa ha basado su caso en dos pilares principales: el primero es la declaración de la señorita Sarah Nyoni, la cual asevera que la noche del arresto el imputado iba directo a lo que, a falta de una mejor definición, llamaremos un convenio de amor, y que el encuentro con el camión fue una coincidencia o una estratagema urdida por personas desconocidas de una manera inexplicada. « Ahora, la señorita Nyoni ha impresionado a esta corte por su modestia y su ingenuidad, y por haberlo admitido ella misma de estar completamente bajo la influencia del imputado. La corte tiene, por fuerza, que considerar la postulación del fiscal de que la señorita Nyoni puede estar influenciada por el imputado al extremo de convertirse en su cómplice en el contrabando del marfil. Por lo tanto la corte ha decidido rechazar el testimonio de la señorita Nyoni como tendencioso y no confiable. » « El segundo pilar de la defensa descansa sobre la premisa de que la vida del imputado fue amenazada, o que el creía ser amenazado por los oficiales que querían arrestarlo; y que por esta creencia se involucro en acciones irracionales e irresponsables de auto defensa. » « El general Peter Fungabera es un miembro del gobierno y un militar de reputación impecable. La Tercera Brigada es una unidad de elite del ejercito regular: sus soldados, si bien son veteranos endurecidos en las batallas, son soldados disciplinados y adiestrados. Por lo tanto la corte rechaza categóricamente la idea de que el general Fungabera o sus hombres podrían ni lejanamente constituir una hipotética amenaza para la seguridad o la vida del imputado. La corte excluye también la posibilidad de que el imputado pudiera creer una cosa por el estilo. » « Por consiguiente, llego a la primera de las acusaciones, principalmente el contrabando de marfil y los otros trofeos de animales protegidos de la fauna nacional. Declaro al imputado culpable y lo condeno al tope de la pena, doce años de trabajos forzados. » « En cuanto concierne a la segunda acusación, el secuestro, de persona, declaro al imputado culpable y lo condeno a diez años de trabajos forzados. » « Por la agresión a mano armada, lo declaro culpable y lo condeno a seis años de trabajos forzados. » « Por la agresión simple e intención de graves lesiones, seis años de trabajos forzados. » « Intento de homicidio, seis años de trabajos forzados. » « Ordeno que tales sentencias sean seguidas y consecutivas y que ninguna parte de la pena pueda ser suprimida. » Hasta Abel Khori se sacudió a oír esto. La suma de la pene llegaba a cuarenta años. Aun con buena conducta, Tungata no saldría antes de treinta años, prácticamente todo el resto de su vida. De entre el publico una mujer negra grito en Sindebele: « Baba! Padre! Nos están separando de nuestro padre! » Otros repitieron el grito: « El padre del pueblo! El

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padre del pueblo esta muerto para nosotros ! » Un hombre comenzó a cantar con voz de barítono: Porque lloran, viudas de Shangani... Porque lloran, hijitos de los topos, cuando vuestros padres obedecen las ordenes del rey? Era una de las viejas canciones guerreras del los impis del rey Lobengula, y el que la cantaba era un hombre maduro, con una cara firme e inteligente y la barba en forma de punta de lanza salpicada de gris. Mientras cantaba, las lagrimas rodaban sobre sus mejillas y la barba. En otra época podría haber sido un induna de algún impi real. La canción fue coreada por los otros hombres que lo rodeaban, y el juez Domashawa se puso de pie furioso. « Si no se hace inmediato silencio, haré desalojar la sala y condenaré a los revoltosos por vilipendio », gritó por encima de la canción, pero pasaron otros cinco minutos de confusión antes que los guardias lograran restablecer el orden. Por todo este tiempo Tungata Zebiwe permaneció tranquilo en el banquillo de los acusados, solo con el esbozo de una sonrisa burlona en los labios. Cuando finalmente todo termino, pero antes de que los guardias se lo llevaran, miro a Craig Mellow en el otro extremo de la sala y le hizo otra señal. Ellos la habían usado solamente en broma antes, quizás después de haber luchado o alguna otra amigable competencia. Ahora sin embargo, Tungata no bromeaba. « Estamos a mano », decía, y Craig entendió perfectamente. El había perdido la pierna y Tungata la libertad. Estaban parejos. Quería decirle al hombre que en un tiempo había sido su amigo que era un lamentable resultado, que no había buscado, pero Tungata ya se alejaba. Los guardias trataban de llevárselo, pero Tungata resistía, buscando con la mirada a otra persona en la sala colmada. Sarah Nyoni se trepó a una banca y lo saludo con la mano levantada por sobre las cabezas del público. Tungata le hizo otra de sus señales. Craig lo vio claramente: « Escóndete! » le ordenó Tungata. « Desaparece! Estas en peligro. » Por la expresión alterada de su cara, Craig vio que la muchacha había comprendido. Después los guardias se llevaron a Tungata Zebiwe por la escalera que conducía a las celdas subterráneas. Craig Mellow se abrió paso a codazos entre la multitud de Matabeles que cantaban tristes por la condena de Tungata en los corredores del palacio de justicia y salio a la avalancha del trafico del mediodía sobre la ancha avenida del frente. Arrastro a Sally-Anne por la muñeca y bruscamente empujó a un costado a los fotógrafos de los diarios que trataron de bloquearle el paso. En el estacionamiento ayudo a subir a Sally-Anne a la Land Rover y corrió a subirse al asiento del conductor amenazando con el puño levantado a los últimos y mas persistentes fotógrafos en su camino. Condujo directamente al departamento de ella y se detuvo en la puerta principal sin apagar el motor. « Y ahora? » le preguntó Sally-Anne. « No entiendo la pregunta », replicó ella. « Eh! Somos amigos, no te acuerdas de mi? » « Lo lamento. » Si derrumbó sobre el volante. « Me siento como un perro. Hecho pedazos. » La mujer no respondió, pero sus ojos estaban llenos de compasión por el. « Cuarenta años », susurró. « Nunca lo pensé. Si lo hubiese sabido... » « No había nada que pudieras hacer, ni ahora ni antes. » Le dio un puñetazo al volante. « Pobre diablo! Cuarenta años! » « Subes? » le preguntó dulcemente, pero el sacudió la cabeza. « Debo volver a King's Lynn. He descuidado aquello desde que comenzó esta maldita historia. » « Te vas ya? » Estaba sorprendida. « Si. » « Solo? » le preguntó, y el asintió. « Tengo ganas de estar solo. » « Asi puedes torturarte a gusto. » Su voz se endureció. « Maldita sea si te lo permito. Voy contigo. Espera! Meto dos cosas en el bolso y vengo. No pares el motor. Bajo en un segundo. » Le tomo cinco minutos, y corrió escaleras abajo con una mochila y el bolso de las cámaras fotográficas. Las dejo sobre el asiento posterior de la de la Land Rover.

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« Okay, vamos. » Hablaron muy poco durante el largo viaje, pero muy pronto Craig agradeció tenerla a su lado, agradecido por su sonrisa cuando la miraba, por el toque de su mano sobre la suya cuando ella sentía que los pensamientos que le pasaban por la mente eran demasiado tristes, agradecido por su silencio que no le exigía nada. Llegaron a las colinas de King's Lynn al anochecer. Joseph los había visto llegar desde lejos, y estaba esperándolos en la galería del frente. « Te veo, Nkosazana. » Desde el primer encuentro había sentido una gran simpatía por Sally-Anne. Ya era « la patroncita » y una gran sonrisa rompía Su solemne dignidad mientras ordenaba a los sirvientes descargar su escaso equipaje. « Le preparo el baño, muy caliente. » « Ah, magnifico, Joseph. » Después del baño volvió a la galería y fue a prepararle un whisky como le gustaba a ella, y otro para el con solo un chorrito de soda. « Al juez Domashawa », dijo alzando irónicamente el vaso, « y a la justicia Mashona y a los cuarenta años de ella. » Sally-Anne rechazó el vino en la cena no obstante las protestas de el. « El barón Rotschild estará terriblemente ofendido. Su mejor vino! La ultima botella, que contrabandee personalmente en el país! » Craig bromeo alegremente. Después de la cena, mientras Craig levantaba el botellón de brandy y estaba a punto de servir, Sally-Anne le dijo: « Craig, por favor, no te embriagues ». Se quedo con la botella en la mano y la miro a la cara. « No », continuó sacudiendo la cabeza. « No estoy siendo mandona. Soy egoista: esta noche te quiero sobrio. » Craig bajo el botellón, empujo la silla hacia atrás y rodeo la mesa. Ella se levantó para recibirlo. Si paró delante de ella. « Oh mi amor, hacia tanto que esperaba! » « Lo se », susurró ella. « También yo. » La tomo cuidadoso entre sus brazos, como una cosa frágil y preciosa, y la sintió cambiar poco a poco. Pareció suavizarse, y su cuerpo se hizo maleable, conformándose al de el, así que la pudo sentir desde las rodillas al firme busto juvenil, mientras su tibieza se propagaba rápidamente a Craig a través de su ligero vestido. El inclinó la cabeza mientras ella levantaba el mentón, y las bocas se unieron. Los labios de Sally-Anne eran frescos y secos, pero casi inmediatamente se entibiaron y se abrieron, húmedos y dulces como un higo maduro calentado por el sol, recién cortado y abriéndose con sus jugos maduros. Craig la miro a los ojos mientras la besaba, maravillándose de los colores y diseños que formaban un nimbo alrededor de las pupilas, verdes trazos atravesados por puntas de flechas doradas y luego sus parpados aletearon sobre ellas y las largas pestañas se cerraron. El cerro sus ojos y la tierra pareció tumbarse y bailotear bajo sus pies, el la rodeaba fácilmente, estrechándola contra su pecho pero no tratando de explorar su cuerpo, contentándose con la maravilla de su boca y del aterciopelado contacto de su lengua contra la de el. Joseph abrió la puerta de la cocina y se detuvo con la bandeja de café en sus manos y luego se sonrío cómplice y se retiró cerrando la puerta tras de el. Ninguno de los dos lo había sentido llegar e irse. Cuando ella separo la boca, Craig se sintió privado y engañado, y la busco de nuevo. Sally-Anne le cubrió los labios con los dedos deteniéndolo momentáneamente, y el susurro fue tan ronco que debió aclararse la garganta y repetir. « Vamos a tu dormitorio querido », le dijo. Fue un desagradable momento cuando el se sentó desnudo al borde de la cama para quitarse la pierna ortopédica. Pero enseguida ella se arrodillo delante de Craig, también desnuda, empujándole las manos y desato las correas ella misma y beso el calloso y duro muñón en la extremidad de la pierna. « Gracias », le dijo Craig. « Me alegro que tu pudieras hacer eso. » « Se trata de ti », replicó Sally-Anne, « de una parte de ti », y de nuevo beso el muñón y después sus labios ascendieron hasta su rodilla y mas allá. Craig se despertó antes que ella y se quedo acostado con los ojos cerrados, sorprendido por la sensación de bienestar que lo embargaba, sin saber porque, hasta que de repente recordó y lo inundó la alegría y abrió los ojos y giro la cabeza, por un instante azorado de que ella no estuviera, pero estaba.

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Ella había arrojado su almohada al suelo y la sábana a un costado; estaba encogida como un bebé, con sus rodillas casi bajo el mentón. La luz de la mañana filtrada por las cortinas, le lanzaba rayos perlados sobre la piel, sombreando las fisuras y concavidades de su cuerpo. El cabello suelto le cubría la cara y ondulaba a cada larga y lenta respiración. Craig permaneció inmóvil para no molestarla y la contempló, con el vivo deseo de tocarla, refrenándose pero para exacerbar mas el deseo aun mas ardiente, a la espera de que se hiciera intolerable. Ella debió sentir su atención, porque extendió la pierna, se volvió sobre la espalda y se enarcó estirándose lenta y voluptuosamente, como una gata. Craig se inclino sobre ella y con un dedo le levantó el brillante cabello negro de la cara. Los ojos de Sally-Anne lo enfocaron, y luego lo miraron en cómica estupefacción. Luego arrugó la nariz en una sonrisa pícara. « Eh, mister », le susurró, «usted es algo muy especial. Ahora lamento haber esperado tanto. » Y le tendió los brazos para estrecharlo. Craig sin embargo, no compartía su pesar. Sabia que el tiempo había sido justo. Hasta un día antes hubiera sido demasiado temprano. Mas tarde el se lo dijo, mientras yacían abrazados, pegados ligeramente uno con el otro con su propia transpiración. « Aprendimos a gustarnos primero, así era como quería que fuera. » « Tienes razón », dijo ella, y se separó un poco para mirarlo a la cara. De tal modo que sus pechos produjeron un pequeño chupon deliciosamente obsceno despegándose del pecho de Craig. « Tu me gustas, sabes? » « Y yo... » comenzó el, pero Sally-Anne le cubrió enseguida la boca con los dedos. « No todavía, Craig querido », le imploró. « No quiero escucharlo... No todavia. » « Cuando? » le preguntó el. « Pronto, creo... » y después con mas seguridad: « Si », dijo, « pronto, y podré decírtelo también yo ». La gran propiedad de King's Lynn parecía haber esperado como ellos habían esperado que esto ocurriera de nuevo. Mucho tiempo atrás había sido extraída de la selva; el amor de otro hombre y otra mujer habían sido la principal inspiración de su creación, y en el curso de las décadas había recibido los cuidados y el amor de hombres y mujeres que siguieron a aquella primera pareja. Ellos y las generaciones sucesivas que los siguieron, yacían ahora en el cementerio vallado sobre el Kopje detrás de la casa principal, pero mientras ellos habían vivido King's Lynn había florecido. Así como había decaído cuando cayo en manos de indiferentes extranjeros de una tierra lejana, había sido despojada, profanada y privada del vital ingrediente del amor. Aun cuando Craig había reconstruido la casa y repoblado las pasturas, aquel vital elemento continuaba faltando. Pero ahora finalmente el amor moraba de nuevo en King's Lynn, y su mutuo regocijo en el otro parecía irradiar de las paredes de la casa permeabilizando toda la propiedad, instilando en la tierra el halito de la vida y la fecunda promesa de mas vida. Los Matabeles lo reconocieron inmediatamente. Cuando Craig y Sally-Anne, sobre la destartalada Land Rover, recorrieron las rojas huellas polvorientas que rodeaban Las vastas pasturas, las mujeres Matabeles dejaban los morteros en donde estaban pisando el maíz para hacer la harina y los miraban, para saludarlos y observarlos afectuosamente. Lo mismo hacían si por caso estaban llevando a la casa en equilibrio sobre la cabeza los enormes bultos de leña para el fuego. El viejo Joseph no dijo nada, pero hizo la cama en el cuarto de Craig con cuatro almohadas y puso flores sobre la mesa al costado de la cama que había elegido Sally-Anne, y colocó cuatro de sus biscochos especiales sobre la bandeja del desayuno que servia en la cama al alba. Por tres días Sally-Anne se contuvo, y luego, una mañana sentada en la cama bebiendo el te le dijo a Craig: « Esas cortinas parecen repasadores de cocina », señalando con un biscocho mordido los trozos de algodón gris que el había colgado en las ventanas. « Podrías mejorarlas? » le preguntó Craig con sutil astucia, y ella cayo en la trampa. Una vez que se involucro en la elección de las cortinas, inmediatamente se involucro en el resto. Desde el diseño de los muebles por el pariente de Joseph, el famoso ebanista, a la reestructuración del huerto y el replanteo de los rosales y arbustos que se habían secado por descuido.

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Luego hasta Joseph entró en la conspiración, proponiéndole el menú de la cena. « Nkosazana, que se come esta noche, será asado o pollo al curry? » « A Nkosi Craig le gustan las brozas », dijo Sally-Anne, que lo había descubierto en una conversación casual. « Puedes hacer tripa gorda con cebollas? » Joseph se iluminó. « Al viejo gobernador general, antes de la guerra, todas las veces que venia a Kingi Lingi le hacia tripa gorda con cebollas. El me decía: muy bien, Joseph, la mejor del mundo! » « Okay, Joseph, entonces esta noche comeremos tu tripa gorda con cebollas mejor del mundo », se rió Sally-Anne; y solo cuando Joseph, formalmente, le entregó la llave de la despensa, comprendió la seriedad de su declaración. Estuvo presente a medianoche, cuando nació el primer ternero en King's Lynn: un parto difícil, porque tenia la cabeza vuelta hacia adentro, así que Craig debió enjabonarse el brazo y meterlo en la matriz para liberar al ternero, mientras Shadrach y Hans Groenewald tenían firme la cabeza de la búfala y Sally-Anne iluminaba con la linterna. Finalmente, cuando nació eyectado repentinamente, era un ternerito color crema que quedo tambaleándose sobre las largas y débiles patas. Bien pronto se prendió a las ubres de su madre y todos pudieron volver a dormir. « Esa fue una de las experiencias mas bellas de mi vida, tesoro. Quien te enseño a hacerlo? » « Mi abuelo Bawu. » La abrazo en el dormitorio oscuro. « No te dio asco? » « Al contrario, me ha fascinado. » « Come Enrique VIII, el nacimiento lo prefiero en abstracto », se rió el. « O sea, prefiero concebir. » « Machista », le susurró. « Pero no estas demasiado cansado? » « Y tu? » « No », respondió ella. « No diría la verdad si dijiera que si. » Enseguida hizo una o dos tentativas de rechazo poco convincentes antes de ceder: « Hoy recibí un telegrama, el certificado de revisión del Cessna esta listo, deberé ir a buscarlo a Johannesburg ». « Si puedes esperar dos o tres semanas voy contigo. Están soportando una terrible sequía en el sur y los precios del ganado están cayendo. Podríamos visitar los grandes ranchos en el avión y hacer algunos negocios. » Así que Sally-Anne se quedo, y los días se anudaron unos a otros, llenos para ambos de amor y de trabajo: trabajo para el libro fotográfico, para la nueva novela, para el WWF, para la inminente inauguración de Zambesi Waters, y para la gestión cotidiana de King's Lynn, que se ponía cada vez mas bella. Con cada semana que pasaba, la voluntad de Sally-Anne de romper el encanto que Craig y King's Lynn le estaba tejiendo a su alrededor se debilitaba, y las exigencias de su vida pasada empalidecían, hasta que un día se puso a pensar en King's Lynn como su casa y lo tomo prácticamente con mucha naturalidad. Una semana mas tarde, le enviaron una carta certificada de su dirección en Harare. Era un formulario de aplicación para renovar su contrato anual con la WWF. En lugar de llenarlo y reenviarlo enseguida, lo guardó en el bolso de las cámaras fotográficas. « Lo completo mañana », se prometió, pero en el fondo de su corazón se dio cuenta que había llegado a una encrucijada de su vida. La perspectiva de viajar sola por el África en su avión, con sus únicas posesiones; una muda de ropa y una cámara, durmiendo en donde cayera y lavándose cuando pudiera, no era mas atractiva como antes. Esa noche en la cena miro a su alrededor el casi vacío enorme comedor, las nuevas cortinas, su único lujo y toco la gran mesa de teca rhodesiana la cual, bajo su guía el pariente de la había construido; ya anticipaba la patina que el uso y el cuidado le conferirían bien pronto. Luego lanzo una mirada por encima de los candelabros al hombre sentado frente a ella, y tuvo un estremecimiento de miedo y una extraña emoción. Sabia que había tomado la decisión. Tomaron el café en la galería y escucharon a las cigarras chirriando sobre los árboles de Jacaranda, y los murciélagos chillando y volando a la caza de insectos bajo la luna amarillenta. Sally-Anne se apretujó contra el hombro de Craig y le dijo: « Craig, querido, es hora que te lo diga, también yo te amo ».

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Craig quería correr a Bulawayo, sacar de la cama al juez de paz, pero ella lo retuvo riendo a carcajadas. « Dios Mio, estas loco, no es como comprar un kilo de queso! No puedes levantarte y casarte así nomás simplemente. » « Como no! Un montón de gente lo hace. » « Yo no », dijo la muchacha con firmeza. « Yo quiero hacerlo con toda la regla. » Hizo algunas cuentas con los dedos y el calendario en la ultima hoja de su cuaderno de notas y luego decidió: « El dieciséis de febrero ». « Pero eso es dentro de cuatro meses! » exclamó Craig, pero sus protestas no se tuvieron en cuenta sin piedad. Por otra parte Joseph estaba plenamente de acuerdo con los planes de Sally-Anne para una boda formal. « Casense en Kingi Lingi, Nkosikazi! » Era una orden mas que una pregunta. Y el Sindebele de Sally-Anne había progresado lo suficiente para reconocer que había sido ascendida de « patroncita » a « gran señora ». « Cuantos invitados? » pregunto Joseph. « Doscientos, trescientos? » « Dudo que podamos llegar a tantos », se lamentó Sally-Anne. « Cuando se caso Nkosana Roly a Kingi Lingi vinieron cuatrocientos invitados; hasta Nkosi Smithy vino. » « Sabes que eres un snob terrible, viejo Joseph? » lo amonestó ella. Y así Craig superó la depresión de la pesada condena infligida a Tungata, absorbido por toda la excitación y la actividad en King's Lynn. En pocos meses se olvido de su ex amigo, recordándolo solo en algunos momentos, cuando menos lo esperaba. Para el resto del mundo, Tungata Zebiwe no había existido nunca; después de la crónica del proceso y de la condena hecha por los diarios y la radio y televisión, pareció caer una cortina de silencio sobre el, como una mortaja. Luego, abruptamente, una vez mas el nombre de Tungata Zebiwe fue repetido en cada pantalla de televisión y en cada radio y aparecía en la primera página de todos los diarios del continente. Craig y Sally-Anne sentados frente al televisor, apenados e incrédulos mientras escuchaban los primeros informes. Cuando terminó el noticiero y el programa cambio al informe meteorológico, Craig se levantó a apagar el televisor. Después volvió a sentarse junto a ella, moviéndose como un hombre en estado de shock después de haber tenido un terrible accidente. Ambos permanecieron en silencio en la sala a oscuras, hasta que Sally-Anne le tomo la mano. Se la apretó fuerte, temblando incontrolablemente en todo el cuerpo. « Esas pobres chicas, eran criaturas! Puedes imaginarte su terror? » « Conocía a los Goodwin, eran buena gente. Siempre trataron bien a sus trabajadores negros », barbotó Craig. « Esto prueba que tenían razón al encerrarlo como un animal peligroso. » Su horro se estaba empezando a convertirse en furia. « No puedo imaginar que cosa esperan ganar con esta... » Craig todavía incrédulo sacudía la cabeza. Y Sally Anne explotó. « El país entero, el mundo entero lo juzgara por lo que son, carniceros sedientos de sangre... » La voz se le quebró transformándose en un sollozo. « Esas pobres niñas... Oh Dios del cielo, lo odio, quisiera verlo muerto. » « Han usado su nombre, pero esto no quiere decir que lo haya planeado, sabido u ordenado Tungata », trató de convencerla Craig. « Lo odio », susurró ella. « Lo odio por esta masacre. » « Es una locura. Todo lo que pueden obtener es una sangrienta represión de las tropas Shonas en Matabeleland. » « La mas chica tenia solo cinco años », repetía Sally-Anne en su indignación y su dolor. « Nigel Goodwin era un buen hombre. Lo conocía muy bien, estábamos en la misma unidad especial de la policía durante la guerra. Me agradaba. » Craig fue al bargueño y preparó dos whisky. « Por favor, Dios del cielo, no permitas que todo comience de nuevo. Por favor, líbranos del horror, la atrocidad y la crueldad... » Si bien Nigel Goodwin tenia casi cuarenta años, la suya era una de esas caras rosas que el sol africano no lograba afectar y eso lo hacia verse mas joven. Su mujer Helen era una muchacha flaca de cabellera oscura, simple pero siempre alegre y de ojos muy vivaces.

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Las dos niñas durante la semana estudiaban en el colegio de monjas de Bulawayo. A los ocho años, Alice Goodwin tenia los cabellos y las pecas de color jengibre, y como su padre era regordeta y rosada. Stephanie, la pequeña, tenia cinco años y era muy chica para estar en el colegio; pero en consideración del hecho que tenia una hermana mayor en el convento, la Reverenda Madre Superiora en su caso había hecho una excepción. Era bonita, pequeña, trigueña y charlatana como un pajarito, con los ojos brillantes de su madre. Cada viernes por la mañana Nigel y Helen Goodwin recorrían en el auto los ciento cincuenta kilómetros desde el rancho a la ciudad. A la una de la tarde recogían a las niñas en el colegio, almorzaban en el restaurante del Hotel Selbourne, compartiendo una botella de vino, y luego pasaban la tarde de compras. Helen reabastecía la despensa, compraba telas para hacer vestidos para ella y las chicas, y después, mientras las niñas miraban la matinée en el cine local, se hacia lavar, cortar y peinar los cabellos, la única extravagancia de su simple existencia. Nigel era miembro de la Unión de los Agricultores de Matabeleland y pasaba en la sede una hora o dos en agradable charla con el secretario y aquellos otros miembros que estaban en la ciudad por ese día. Después se iba a pasear por las calles anchas y soleadas, con el sombrero aludo tirado hacia atrás sobre la cabeza y las manos en los bolsillos, fumándose un buen cigarro de tabaco negro, saludando a los conocidos que encontraba, blancos o negros, deteniéndose cada pocos metros a intercambiar una palabra o una charla. Cuando llegaba a donde había dejado la camioneta Toyota frente a la Cooperativa, su capataz Matabeles, Josiah, y dos peones lo estaban esperando. Cargaban el alambre de púas, herramientas y piezas de repuesto, las medicinas para el ganado y cualquier otra cosa que hubieran comprado, en la caja de la camioneta y esperaban el regreso de Helen y de las niñas. « Disculpe, señorita », decía siempre Nigel abordando a su esposa, « ha visto por casualidad a la señora Goodwin por ahí? » Era una bromita que se repetía todas las semanas. Helen se reía, arreglándose la permanente. Para las niñas tenia una bolsa de golosinas. Su mujer protestaba, afirmando que los dulces le afectaban a los dientes, y Nigel le guiñaba un ojo a las niñas diciendo; « Ya lo se, pero esta vez no las va a matar ». Stephanie, porque era la mas pequeña, viajaba en la cabina entre sus padres, mientras Alice subía atrás con Josiah y los otros Matabeles. « Abrígate querida, que se pondrá oscuro antes que lleguemos a casa », le decía su madre. Los primeros ciento veinte kilómetros eran de ruta asfaltada; después Josiah saltaba a tierra para abrir la tranquera del camino de tierra que llevaba a la propiedad. « En casa de nuevo », decía contento Nigel, manejando en sus tierras. Lo decía siempre, y Helen sonreía y le ponía la mano sobre la rodilla. « Es lindo volver a casa, querido », concordaba con el. La noche africana cayo rápidamente sobre ellos y Nigel encendió los faros. Ahora al costado de la ruta descubrían como pequeños puntos brillantes de luz, los ojos del ganado, búfalos gordos y satisfechos, el olor de sus excrementos fuerte y amoniacal en el aire fresco de la noche. « Se esta poniendo muy seco », barbotaba Nigel. « Necesitamos algo de lluvia. » « Si, querido. » Helen tomo en brazos a Stephanie y la pequeña se acurrucaba adormecida en la falda de su madre. « Ya estamos », murmuraba Nigel. « Cooky ha encendido las lámparas. » Hacia diez años que se proponía instalar un generador de corriente eléctrica, pero siempre había algo mas importante, así que todavía andaban con el gas y el kerosene. Las luces titilantes de la casa los recibieron oscilando entre las ramas de las acacias. Nigel estacionó la camioneta junto a la galería trasera y apago el motor y las luces de los faros. Helen descendió con Stephanie en brazos, la criatura estaba dormida ahora con el pulgar en su boca, las piernitas flacas y desnudas colgando. Nigel fue atrás de la camioneta y bajó a Alice. « Longile, Josiah, pueden irse ahora. Descargaremos la camioneta mañana temprano », les dijo a los peones. « Buenas noches! » Teniendo a Alice de la mano, siguió a su mujer hacia la galería, pero antes que llegaran, el enceguecedor haz de luz de una potente linterna los iluminó y la familia se detuvo en un pequeño grupo compacto.

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« Quien es? » preguntó irritado Nigel, cubriéndose los ojos con una mano, todavía teniendo a Alice en la otra mano. Sus ojos comenzaron a distinguir lo que había detrás de la linterna, y de repente temió por la vida de su mujer y de las niñas. Eran tres negros, en jeans y chalecos de denim. Cada uno de ellos llevaba un AK 47 en la mano. Los fusiles apuntaban al grupo familiar. Nigel miro rápidamente detrás de el. Había otros extraños, pero no estaba seguro de cuantos eran. Habían salido de las tinieblas y tenían apuntados a Josiah y los dos peones. Nigel penso en el fusil en la caja fuerte de su oficina al extremo de la galeria. Pero enseguida recordó que el armero estaba vacío; al final de la guerra, uno de los primeros actos del gobierno negro, fue obligar a todos los propietarios blancos a entregar todas sus armas. En realidad no importaba, se dio cuenta. Nunca podría haber alcanzado la caja fuerte de todos modos. « Quienes son, papá? » pregunto Alice, con la voz quebrada por el miedo. Por supuesto ellalo sabia. Era lo bastante grande como para recordar la guerra. « Sean valientes, mis queridas », les dijo Nigel a todas ellas. Helen se arrimo a el, siempre con la pequeña Stephanie en brazos. Le clavaron el cañon de un fusil en la espalda y le ataron las manos atrás con alambre galvanizado que le cortó la carne. Después le quitaron a Stephanie de los brazos de su madre y la pusieron de pie en el suelo. Vaciló, somnolienta, pestañeando como una lechuza a la luz de la linterna, continuo chapándose el pulgar. También a Helen la maniataron detrás de la espalda. Gimió de dolor, cuando el alambre le laceró las muñecas y se mordió los labios. Dos mas fueron a atar a las niñas. « Son criaturas », les dijo Nigel en Sindebele. « Por favor, no las aten, no les hagan daño. » « Silencio, chacal blanco », respondió uno de ellos en la misma lengua, arrodillándose para atar a Stephanie. « Duele, papito », comenzó a llorar la pequeña. « Me hace daño! Dile que no me haga daño! » « Debes ser valiente », repitió Nigel, entupidamente e inadecuadamente, odiándose. « Ahora eres una muchachita grande. » El otro hombre fue por Alice. « Yo no lloraré », prometió. « Seré valiente, papá. » « Brava, nenita mía », le dijo Nigel mientras el hombre la ataba. « Caminen! » ordenó el hombre con la linterna, que era claramente el jefe del grupo, y con la culata del fusil empujo a la niña hacia los peldaños de la galería de la cocina. Stephanie tropezó y cayó. Con las manos atadas detrás de la espalda no lograba levantarse y pataleaba impotente. « Bastardos », susurró Nigel. « Bastardos asquerosos. » Uno de ellos tomo a la niña por los cabellos y la puso de pie. La pequeña a los tropezones, llorando histéricamente corrió a donde su hermana parada contra la pared de la galería. « No seas niña, Stephy », le dijo Alice. « Es un juego. » Pero su voz temblaba de terror y sus ojos a la luz de la linterna eran enormes y llenos de lagrimas. Alinearon a Helen y a Nigel junto a las chicas y la linterna les ilumino la cara varias veces, de atrás para adelante, encandilándolos de modo que no pudieran ver que sucedía en el patio. « Pero porque hacen esto? » les pregunto Nigel. « La guerra terminó, y no les hemos hecho ningún mal. » Ninguna respuesta. Solo el haz de luz de la linterna que pasaba de una cara a la otra, y el llanto de Stephanie, un llanto desgarrador. Luego se oyó el murmullo de otras voces en la oscuridad, muchas voces ahogadas y temerosas, mujeres, hombres y niños. « Han traído a los trabajadores para que vean », dijo despacio Helen. « Y como durante la guerra, nos fusilaran. » Hablo en voz baja para que no la escucharan las niñas. Nigel no supo que responderle. Sabia que tenia razón. « Desearía haberte dicho cuanto te amo », le dijo. « No te preocupes », le susurró ella en respuesta. « Se que siempre me quisiste. » Ahora ya distinguían a los peones del rancho, todos los Matabeles de la aldea próxima; una masa negra iluminada por la linterna eléctrica y luego la voz del jefe se escucho en Sindebele:

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« Estos son los chacales blancos que se alimentan de la tierra de los Matabeles. Esta es la basura blanca aliada de los asesinos Mashonas, los comemierda de Harare, los enemigos juramentados de los hijos de Lobengula... » El orador se estaba caldeando, autosugestionándose para alcanzar un estado de furia homicida. Ya Nigel podía ver que los otros hombres que los vigilaban comenzaban a oscilar rítmicamente y a canturrear, sumiéndose en esa insana pasión donde la razón no existe. Los Matabeles la llamaban « locura divina ». en la época del viejo rey Mzilikazi, un millón de seres humanos habían muerto por esta divina locura. « Estos son los blancos que lamen el culo de los Mashona, los traidores que entregaron a Tungata Zebiwe, el padre de nuestro pueblo, a los campos de exterminio de los Mashona », grito el jefe. « Las abrazo a todas, mis queridas », susurró Nigel Goodwin. Helen nunca le había escuchado decir nada tan tierno, y fue esto, no el temor lo que hizo que comenzara a llorar. Trató de contener las lagrimas, pero le inundaron el rostro. « Que debemos hacer con ellos? » tronó el jefe. « Matémoslos! » gritó uno de sus hombres, pero la masa de trabajadores Matabeles permaneció silenciosa, en la oscuridad. « Que debemos hacer con ellos? » Esta vez el líder saltó desde la galería y grito en la cara de los peones que todavía permanecieron en silencio. « Que debemos hacer con ellos? » Otra vez la pregunta, seguida esta vez del sonido de golpes inferidos con las culatas de los fusiles sobre la carne negra. « Que debemos hacer con ellos? » La misma pregunta por cuarta vez. « Matémosles! » Una insegura respuesta aterrorizada, y otros golpes con las culatas de los fusiles. « Mátenlos! » El grito fue continuado. « Mátenlos! » « Abantwana kamina! » Era una voz de mujer que Nigel reconoció como de la vieja Martha, la niñera. « Mis nenas! » gritaba, pero su voz fue ahogada enseguida por el coro ensordecedor de « a muerte! a muerte!, » a medida que la « divina locura » se propagaba. Dos hombres vestidos en denim avanzaron en la zona iluminada por la linterna. Agarraron a Nigel por los brazos y lo giraron de cara a la pared y lo obligaron a arrodillarse. El jefe le paso la linterna a otro de sus hombres y saco la pistola del cinturón de sus jeans. Desplazo la corredera metiendo una bala en la recamara con un chasquido seco, apoyo el cañón en la nuca de Nigel y disparó un solo tiro. Nigel cayó. El contenido del cráneo se estampo contra la pared blanca y luego comenzó a correr como un torrente gelatinoso hacia el suelo. Nigel todavía estaba pataleando cuando hicieron que Helen se arrodillara al lado del cadáver del marido. « Mamá! » grito Alice, cuando el siguiente tiro destrozo la frente de la mujer haciéndole hundir el cráneo. Todo el coraje patéticamente demostrado hasta ahora por Alice se desvaneció. La pobre niña cayó temblando sobre el piso de la galería, mientras que un reflejo involuntario le vaciaba los intestinos con un gorgoteo sofocado. El jefe se acerco a ella. La frente de la niña casi se apoyaba en el suelo, sus cabellos rojizos se habían dividido mostrando la nuca tierna. El jefe estiró el brazo y apoyó el cañón de la pistola sobre esa carne blanda que sofocó el estampido del disparo. El brazo se sacudió por el retroceso del arma. Volutas de humo azul se elevaron a la luz de la linterna. La pequeña Stephanie fue la única en ofrecer resistencia, hasta que el jefe la golpeo con el caño de la pistola. Aun así ella se debatía y pateaba, caída en el piso de la galería en el charco de sangre de su hermana que se ampliaba. El jefe le colocó un pie en la espalda entre los omoplatos. La bala salio por la sien de Stephanie frente a su oreja derecha y excavo sobre el piso de cemento de la galería un agujero no mayor que un dedal. El hueco se lleno enseguida con la sangre de la niña. El jefe se inclino y metió el índice en el hueco tiñéndolo de sangre oscura y con eso escribió en la pared blanca de la galería con grandes letras irregulares: TUNGATA ZEBIWE VIVE. Después salto de la galería y como un leopardo se alejo silencioso en las tinieblas de la noche. Sus hombres lo siguieron a paso veloz en fila india.

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« Yo les prometo solemnemente », dijo el primer ministro, « que estos considerados disidentes serán aniquilados, completamente aniquilados. » Detrás de los anteojos de montura de acero sus ojos estaban gélidos y opacos. La mala calidad de la transmisión televisiva agregaba halos de siluetas fantasmas a su cabeza, que no disminuía su enojo que parecía desbordar la pantalla e inundar el living room de King's Lynn. « Nunca lo vi en ese estado », dijo Craig. « Usualmente es un pescado frio », concordó Sally-Anne. « He ordenado a la policía y al ejercito a salir a capturar a los perpetradores de esta terrible atrocidad. Los encontraremos, y a sus sostenedores, sentirán toda la fuerza de la rabia del pueblo. No toleraremos a estos disidentes! » « Bien por el », asintió Sally-Anne. « Nunca me gusto mucho, pero ahora comienza a gustarme.» « Tesoro, no te alegres tanto », le advirtió Craig. « Recuerda que estamos en África, no en America o en Inglaterra. Esta tierra es muy diferente, las palabras tienen otro significado aquí. Palabras como “capturar” y “aniquilar”. » « Craig, yo se que los Matabeles te caen simpáticos, pero esta vez seguramente... » « Muy bien », dijo Craig levantando una mano, « lo admito: los Matabeles me simpatizan, mi familia siempre vivió con ellos, los hemos apaleado y explotado, combatimos contra ellos y los masacramos, y fuimos masacrados por ellos. Sin embargo también llegamos a conocerlos, estimarlos y honrarlos. Yo no conozco a los Mashonas. Son fríos y reservados, astutos e inteligentes. No conozco su lengua y no me fío de ellos. Por eso es que opté por vivir en Matabeleland. » « Estas diciendo que los Matabeles son santos? Que no son capaces de cometer una atrocidad por el estilo? » Ahora se estaba enojando con el. Su tono se agudizo, y el se apresuro a calmarla. « No por Dios! Son crueles como cualquier otra tribu africana, y mucho mas guerreros que casi todas las otras. En los viejos tiempos, cuando atacaban a otras tribus, lanzaban al aire a los chicos y los recibían en la punta de sus assegais, tiraban a los viejos al fuego y se divertían al verlos quemarse. La crueldad tiene un valore diferente en África; si vives aquí es lo primero que debes entender. » Hizo una pausa y sonrió. « Una vez estaba discutiendo de filosofía política con un Matabeles, un ex guerrillero, y le explicaba los principios de la democracia. Su respuesta fue: 'No puede funcionar. Quizás funcionara con ustedes, pero aquí entre nosotros no puede funcionar'. No ves? Este es el punto. El África crea y respeta sus propias reglas, y yo te apuesto un millón de dólares contra un sorete de elefante que en las próximas semanas veremos cosas que seguramente no verías en Pensilvania o en Dorset. Cuando Mugabe dice 'aniquilar', no significa 'capturar, procesar y condenar'. Es un africano e intenta justamente 'aniquilar'. » Eso ocurrió un miércoles. El viernes siguiente era día de compras en King's Lynn, el día para ir a Bulawayo a hacer las compras y las visitas. Craig y Sally-Anne partieron temprano ese viernes por la mañana. El nuevo camión de cinco toneladas, lleno de Matabeles del rancho, seguía a la Land Rover: los peones aprovechaban el viaje gratuito a Bulawayo, vestidos de fiesta y todos excitados, cantando. Craig y Sally-Anne se encontraron con el camino bloqueado apenas antes del cruce de Thabas Indunas. Había una fila de autos de doscientos metros, y Craig vio que la mayor parte de ellos se volvían. « Quédate al volante », le dijo a Sally-Anne, y descendió de la Land-Rover, se fue caminando hasta la punta de la fila de vehículos. No se trataba de un boqueo temporario. Había ametralladoras pesadas en emplazamientos protegidos por sacos de arena a ambos lados del camino, y ametralladoras livianas ubicadas a metros mas allá para cubrir una eventual irrupción de un vehiculo veloz. La verdadera barricada era de tambores llenos de cemento y chapas metálicas aguzadas para pinchar las gomas de los autos. Los soldados eran de la Tercera Brigada, con la típica boina roja del leopardo de plata. Los uniformes de batalla camuflados le conferían un aire felino de tigres de la jungla. « Que pasa, sargento? » le pregunto Craig a uno de ellos. « La ruta esta cerrada, Mambo », le respondió el hombre cortésmente. « Pasan solo los que tienen permiso otorgado por el comando militar. » « Debo ir a la ciudad! » « Hoy no », dijo el hombre sacudiendo la cabeza. «No es un buen lugar para permanecer hoy en Bulawayo. »

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Come para confirmar esto, en dirección de la ciudad se escucharon débiles detonaciones. Parecían ramas verdes que reventaban en un fuego, y a Craig se le erizo la piel. Conocía muy bien ese sonido, que le trajo toda una serie de recuerdos infames del tiempo de la guerra. « Vuelva a casa, Mambo », le dijo amablemente el sargento. « No es mas tu indaba, esto. » De golpe Craig sintió la urgencia de llevar a King's Lynn, sanos y salvos, a los peones Matabeles que los seguían en el camión. Volvió corriendo a la Land Rover y efectúo un giro en «U». « Que pasa, Craig? » « Creo que ya ha comenzado », le dijo tristemente, y apretó el acelerador a fondo. Encontraron al camión cargado de peones que cantaban todos alegres. Craig le hizo señas para que se detuvieran y bajo a hablar con Shadrach, que se sentaba en la cabina junto al chofer, con el traje gris de franela que Craig le había regalado. « Vuelvan a Kingi Lingi », ordenó Craig. « Hay gran peligro en la ciudad. Ninguno debe abandonar Kingi Lingi hasta que todo termine. » « Los soldados Mashona? » « Si », respondio Craig. « La Tercera Brigada. » « Chacales e hijos de chacales comemierda », dijo Shadrach, escupiendo por la ventanilla abierta. « Hablar de miles de inocentes muertos por las fuerzas de seguridad del estado es una tontería... » El ministro de Justicia de Zimbabwe, con su traje oscuro y la camisa blanca, parecía un agente de Bolsa exitoso. Sonreía blandamente en la pantalla de televisión con la cara negra brillante de sudor bajo la luz de los reflectores del estudio de TV. « La verdad es que uno o dos civiles han muerto en el fuego cruzado de las tropas con los forajidos Matabeles disidentes. Pero hablar de millares... Ah ah ah! » se rió jovial. « Si es cierto, desearía que alguien me mostrase los cuerpos de estos miles de personas muertas, porque no se nada de ellos. » « Bueno », dijo Craig apagando el televisor. « Esto es todo de Harare. » Miro el reloj. « Son casi las ocho, veamos que dice la BBC. » Durante el régimen de Smith, con la censura imperante, los hombres pensantes del África central se habían procurado radiorreceptores de onda corta, y todavía era una buena idea poseer uno. El de Craig era un Yaesu Musen que captaba fácilmente el noticiario africano de la BBC en 2171 kilohertz. « El gobierno de Zimbabwe ha expulsado de Matabeleland a todos Los periodistas extranjeros. El Alto Comisario británico le ha manifestado al primer ministro de Zimbabwe la preocupación del gobierno de Su Majestad acerca de las noticias de masacres perpetradas por las tropas del ejercito en el... » Craig busco Radio Sudáfrica y la captó clara y fuerte. « ... la llegada de centenares de prófugos de la frontera con Zimbabwe. Los refugiados son todos de la tribu Matabele. Un portavoz de este grupo ha descripto la masacre de civiles a la que han asistido en las aldeas: “Están matando a todos”, ha dicho. 'Mujeres y niños, y hasta pollos y cabras.' Otro prófugo pidió no ser enviado de vuelta: Los soldados nos mataran'. » Craig buscó la Voz de America. « El líder del partido ZAPU, que representa la facción Matabele de Zimbabwe, el señor Joshua Nkomo, ha llegado al Estado limítrofe de Botswana después de haberse fugado de su país. 'Han asesinado a mi chofer', ha declarado a nuestro corresponsal. 'Mugabe me quiere muerto, esta vez no tengo dudas.' « Con el reciente apresamiento de todos los otros notables del partido ZIPRA, la partida de Zimbabwe de Nkomo deja a los Matabeles sin mas lideres ni dirigentes en su patria. Contemporáneamente el gobierno de Robert Mugabe ha establecido una censura total de todo lo que esta ocurriendo en el este del país; los periodistas extranjeros han sido todos expulsados y se rechazó un pedido de la Cruz Roja de enviar observadores a la región. » « Es todo tan familiar », dijo Craig. « Hasta tengo la misma nausea en el fondo del estomago cuando lo escucho. » El lunes era el cumpleaños de Sally-Anne. Después del desayuno fueron juntos a Queen's Lynn a recoger su regalo. Craig lo había dejado al cuidado de la señora Groenewald, la mujer del mayordomo, para mantener el secreto y la sorpresa. « Oh, Craig, que belleza! » « Ahora tienes dos cachorros para cuidarnos en King's Lynn », le dijo Craig.

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Sally-Anne alzó al cachorro en brazos y lo besó en el hocico húmedo. El perrito, color de miel, la retribuyó con un lenguetazo en la cara. « Es un perro-león rhodesiano », le dijo Craig. « Pero ahora habrá que llamarlo zimbabweano. » La piel del cachorro era demasiado grande para su tamaño, y le colgaba creando numerosas arrugas en la frente, dándole un aspecto de preocupación. El lomo presentaba la cresta dorsal típica de su raza. « Mira que patas! » exclamo Sally-Anne. « Va a ser un monstruo. Como debo llamarlo?» Craig decretó un día de fiesta en Kingi Lingi por el cumpleaños de Sally-Anne. Tomaron el cachorro y fueron a hacer un picnic sobre la costa del lago artificial creado por la represa en el limite norte de la propiedad y tendieron una manta bajo los árboles al borde del agua, y allí buscaron un nombre para el perrito. SallyAnne rechazó la sugerencia de Craig, que quería llamarlo « Perro ». Los pájaros tejedores de cara negra revoloteaban trinando y haciendo el nido en el árbol sobre sus cabezas. Joseph había colocado en la cesta una botella de vino blanco helado. El cachorro se fue a la caza de saltamontes hasta que cayó exhausto sobre la manta junto a Sally-Anne. Terminaron el vino y cuando hicieron el amor sobre el paño Sally-Anne le susurró seria: « Ssstt! No despertemos al perrito! » Luego volvieron a la casa en la colina y Sally-Anne de improviso dijo: « No hemos hablado del conflicto en todo el día ». « No arruines el record! » « Lo llamaré Buster. » « Porque? » « Porque así se llamaba el primer cachorro que me regalaron. » Le dieron a Buster la cena en la escudilla que Craig le había comprado para el, y le hicieron una cucha con una caja de vino vacía, cerca de la cocina. Estaban cansados y felices, y aquella noche dejaron el libro y las fotografías y se fueron enseguida a la cama después de la cena. Craig se despertó por el estampido de una ráfaga de ametralladora. Los reflejos adquiridos en la guerra lo pusieron en pie antes de estar completamente despierto. Era fuego de armas automáticas, ráfagas breves, muy cercanas. Las ráfagas breves significaban buenos tiradores expertos. Venían del villorrio de los negros del rancho. Se colocó la prótesis, ahora completamente despierto, y su primer pensamiento fue para Sally-Anne. Moviéndose agachado, por debajo del alfeizar de las ventanas, rodeó la cama y la arrastró al suelo junto a el. Estaba desnuda y semi dormida. « Que pasa? » « Toma », le dijo Craig, dándole la bata que había descolgado del respaldo de la cama. « Vístete pero no te levantes. » Mientras trataba de colocarse la bata, sentada en el piso, Craig intentaba poner en orden sus pensamientos. No había armas en la casa, excepto los cuchillos de cocina y una pequeña hacha para cortar leña en la galería posterior. No había parapetos de sacos de arena, ni perímetro defensivo de cercos de alambre y reflectores, ni radio transmisores; ninguna de las mas elementales defensas con las cuales cada rancho se había provisto anteriormente. Otra descarga de disparos, seguida de un grito de mujer, débil y cortado abruptamente. « Que sucede? Quien dispara? » La voz de Sally-Anne era bastante tranquila. Estaba despierta y no tenia miedo. Craig sintió orgullo por ella. « Son los disidentes? » « No lo se, pero no vamos a esperarlos para averiguarlo », le respondió con una mueca amarga. Le dio una ojeada al nuevo techo de paja altamente inflamable. Seria mejor salir de la casa y esconderse entre los arbustos. Pero para eso debía crear una distracción. « Quédate allí », le ordenó. « Cálzate los zapatos y prepárate para correr, vuelvo en un minuto. » Rodó bajo la ventana hacia la pared y se puso de pie. La puerta del dormitorio estaba abierta y se deslizo al corredor. Perdió diez segundos en el teléfono – sabia que deberían haber cortado los cables, y lo confirmó inmediatamente – prosiguió dejando colgar el tubo mudo e inservible del aparato. Corrió atravesando la cocina. Había una sola distracción que se le ocurrió. Fue al tablero de control del generador diesel y lo encendió. Hubo una débil vibracion del sonido desde el cobertizo del motor en el patio y las lámparas se encendieron. Abrio la caja de fusibles encima del tablero de control, desactivo las luces de la casa y encendio

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las luces de la galeria y el jardin del frente. Eso dejo la parte posterior de la casa a oscuras. Podrian escapar por atras, decidio, y tendria que ser rapido. Los atacantes no habían llegado a la casa todavia pero podrian estar a segundos de distancia. Corrio saliendo de la cocina, se detuvo en la puerta del living para verificar lailuminacion en el jardin del frente y la galeria. El cesped tenia un verde peculiarmente exhuberante en la luz artificial, los jacarandaes se cernian encima como el techo de una catedral. El fuego había cesado, pero abajo cerca de las cabañas de los trabajadores una mujer estaba lamentandose, ese plañidero sonido de duelo africano que le erizo la piel. Craig sabia que ya estarian ascendiendo la colina y se estaba volviendo para volver con Sally-Anne, cuando capto un movimiento en el limite de la zona iluminada y trato de ver de que se trataba. Saber quienes eran los atacantes podia darle una pequeña ventaja, pero estaba perdiendo preciosos segundos. Era un hombre que corria hacia la casa. Un negro, desnudo... No, vestia una especie de taparrabo y no corria, pero trastabillaba como borracho. A la luz de la galeria la mitad de su cuerpo brillaba como aceitado, y Craig se dio cuenta que era sangre. El hombre estaba teñido en su propia sangre y goteaba como agua de la piel de un perro de aguas que llega a la orilla con un pato en las fauces. Luego una mas intensa conmoción de horror, Craig se dio cuenta que era el viejo Shadrach, y sin pensarlo fue a auxiliarlo. Abrio de una patada la puerta de la galeria, corriendo salto la pared baja y tomo a Shadrach en sus brazos justo cuando estaba por caer y lo puso en pie. Se sorprendio al ver lo liviano del cuerpo del hombre. Lo llevo en un solo salto a la galeria y se agacho con el debajo de la pared baja. Había sido herido en el brazo, apenas encima del codo. El hueso estaba quebrado y el miembro pendia colgado solo de una lonja de carne y piel. Shadrach lo sostenia contra el pecho como a un recien nacido. « Estan llegando », le dijo con voz quebrada a Craig. « Tienes que escapar enseguida. Han matado a nuestra gente, te mataran tambien a ti. » Ya esra un milagro que el viejo pudiera hablar con una herida semejante, ni que pensar en moverse y correr. Agachado debajo de la pared, rasgó una tira de tela de algodón del taparrabos con sus dientes y comenzo a enrrollarla alrededor de su brazo encima de la herida. Craig le retiró la mano y se la anudó. « Debes escapar, patoncito », y antes que Craig pudiese impedirselo el viejo se puso de pie y desaparecio en la oscuridad detras de la casa. « Ha arriesgado su vida para venir a avisarme », pensó Craig mirandolo por un mnomento, después se levanto e inclinado detras del parapeto volvio a la casa. Sally-Anne estaba donde ella había dejado, acurrucada debajo del antepecho de la ventana. La luz caia sobre ella en un cuadrado amarillento, y vio que se había atado los cabellos detras de las cabeza, colocado una camiseta y shorts, y se estaba atando los cordones de sus zapatos de deporte de cuero blando. « Buena chica », dijo arrodillandose junto a ella. « Vamonos ahora. » « Buster », dijo ella. « mi cachorro! » « Pero por el amor de Dios! » « No podemos dejarlo aqui! » Tenia esa mirada obstinada que ya le conocia bien. « Mira que te llevo alzada si tengo que hacerlo », le advirtio lanzando otra mirada preocupada por la ventana. El cesped y los jardines todavia estaban brillantemente iluminados. Sombras negras ascendian desde el valle. Eran soldados en orden de batalla. Por un instante no creyo lo que veia, después suspiró con alivio. « Oh gracias a Dios! » susurró. La impresion lo dejo débil y tembloroso, tomo en brazos a Sally-Anne y la consoló. « Va a estar todo bien ahora », le dijo. « Veras que todo se arreglará. » « Que paso? » « El ejercito ha llegado », le dijo. Había reconocido la boina roja de los soldados que cruzaban el cesped. « Es la Tercera Brigada, estamos a salvo. » Salieron a la galeria del frente a saludar a sus salvadores. Sally-Anne llevando al cachorro amarillo en sus brazos, y Craig con su brazo sobre los hombros. « Estoy muy contento de ver a usted y sus hombres, sargento », dijo Craig al suboficial que comandaba la vanguardia. « Entre, por favor », el sargento hizo un gesto con su fusil, imperativo, casi amenazador. Era un hombre alto, con miembos energicos y largos, de expresion fria y neutral. Craig sintio disminuir su propio alivio. Había algo que no andaba. La

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linea de soldati había rodeado la casa como una red, avanzando en pares cubriendose uno al otro. Era la clasica tactica de la guerrilla. En breve entraron en la casa, franqueando puertas y ventanas y controlando toda la habitación. Hubo un sonido de cristales rotos detras de la casa. Era una requisa un tanto destructiva. « Pero que pasa sargento? » Resurgio la ira de Craig y esta vez el gesto del alto sargento fue indudablemente hostil. Craig y Sally-Anne retrocedieron delante de el en el comedor y se pararon en el centro de la habitacion junto a la mesa de teca. Craig sosteniendo a Sally–Anne protectoramente. Dos soldados entraron por la puerta principal y le informaron al sargento en un galimatias en Shana que Craig no logro entender. El sargento asintio con una sacudida de cabeza y dio una orden. Se desplegaron con rapidez, obedientemente, a lo largo de la pared. Sus armas apuntaban indudablemente a la atonita pareja en el centro de la sala. « Donde estan las luces? » le preguntó el sargento y cuando Craig se lo indico, fue a encenderlas. « Que pasa, sargento? » repitio Craig, enojado y vacilante y de nuevo preocupado por Sally-Anne. El sargento ignoró la pregunta y fue a la puerta. Llamó a uno de los soldados en el cesped y el hombre vino a la carrera. Cargaba un radiotransmisor portatil en la espalda con la antena aerea asomando sobre su hombro. El sargento hablo en voz baja en el microfono y después volvio a la habitación. Ahora configuraban un inmobil cuadro vivente. A Craig le parecio que transcurrio una hora en aquel silencio, pero no fueron mas de cinco minutos, hasta que el sargento irguio la cabeza levemente, escuchando. Craig tambien lo sintio, era un motor, que pulsaba a un ritmo distinto del generador de corriente electrica. Cuando el sonido aumentó un poco, reconocio tambien el tipo de motor, que era el de una Land Rover. Subia por el sendero, con los faros encendidos que iluminaron las ventanas. Se detuvo con un chirrido de frenos y crujido de la grava delante de los escalones de la galeria. El motor se detuvo, las puertas golpearon y se oyeron los pasos de un grupito de hombres cruzando la galeria. El general Peter Fungabera condujo a su staf a traves de las dobles puertas vidriadas. Usaba su boina caida sobre un ojo y una bufanda de seda en el cuello. Excepto por la pistola enfundada en su costado, estaba armado solo con su fusta forrada de cuero. Detras de el, el capitan Timon Nbebi, alto y de hombros redondos, con la mirada inescrutable detras de los lentes enmarcados en acero. Tenia en su mano un estuche de cuero para mapas, y el fusil ametrallador colgando de una correa en su hombro. « Peter!» En el alivio de Craig había una sombra de preocupacion. La situacion aparentaba ser demasiado artificiosa, controlada y amenazante. « Algunos de mis peones han sido asesinados, mi induna ha escapado a la selva con una gran herida en el brazo. » « Han habido muchas bajas enemigas », asintio Fungabera. « Que enemigo? » Craig estaba perplejo. « Los rebeldes matabeles », respondio Peter. « los disidentes. « Disidentes? » Craig lo miro sorprendido. « Shadrach un disidente? Es una locura... es un pastor analfabeto que no se mete con la politica... » « Las cosas muchas veces no son lo que parecen », dijo Peter Fungabera tomado una silla en la cabecera de la mesa y poniendo un pie sobre la misma colocó un codo sobre su rodilla. Timon Nbebi colocó el estuche de mapas sobre la mesa frente a el y se paro detras, en posicion de guardia, sosteniendo el fusil ametrallador por la empuñadura. « Por favor, alguien me puede explicar que es lo que esta sucediendo aqui, Peter? » Craig estaba exasperado y nervioso. « Alguien asalto mi villa y mato a algunos de mi gente... Quien sabe cuantos... Porque no los persiguen? » « El tiroteo terminó », dijo Peter Fungabera. « hemos liquidado las viboras, el nido de traidores que tu estuviste criando en esta propiedad de estilo colonial tuya. » « Pero que estas diciendo? » Ahora Craig estaba verdaderamente nervioso. « No es posible que hables en serio! » « Ah no? » Peter mostro una amplia sonrisa. Se enderezo y puso los dos pies de nuevo en el suelo. Se acerco para mirarles las caras a Craig y Sally-Anne. « Pero mira, un cachorro! » dijo siempre sonriendo. « Deveras adorable. »

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Tomo a Buster de los brazos de Sally-Anne antes que ella se diera cuenta de sus intenciones. Volvio a la cabecera de la mesa, acariciando al animal, rascandole detras de las orejas. El cachorro todavia estaba medio dormido y gemia apretandose contra el pecho del general, buscando instintivamente la teta de la madre. « Me preguntas si hablo en serio? » repitio Peter. « Te mostrare que serio soy! » Arrojo al suelo al perrito, que aterrizo con el lomo sobre el suelo de granito y quedó alli atontado. El general le puso una bota sobre su pecho y lo aplasto con todo su peso. El cachorro chillo solo una vez y murio. « Asi es como soy serio. » No se sonreia mas. « Sus vidas valen para mi lo que valia la vida de este animal. » Sally-Anne emitio un gemido ahogado y se volvio escondiendo su cara en el pecho de Craig. Boqueaba por la nausea, y Craig pudo sentir que luchaba para no vomitar. Peter Fungabera lanzo el cuerpo del cachorro a la chimenea de una patada y se sento. « Ya hemos perdido demasiado tiempo con esta comedia », dijo abriendo el estuche de mapas y esparciendo los documentos sobre la mesa frente a el. « Señor Mellow, usted es un agente provocador a sueldo de la CIA, la infame organizacion espia americana... » « Es una maldita mentira! » grito Craig, y Peter ignoró su furia. « Su control local era el agente americano Morgan Oxford de la embajada de los Estados Unidos, mientras que su control central y oficial pagador es un cierto señor Henry Pickering, en la cobertura de funcionario del World Bank. El los recluto a ambos, usted y la señorita Jay... » « No es verdad! » « Su remineracion era de sesenta mil dolares al año y su mision era organizar un centro de subversion en Matabeleland, financiado con fondos de la CIA canalizados a usted mediante un prestamo de un banco controlado por la CIA subsidiario del World Bank, por una suma de cinco millones de dolares. » « Cristo, Peter, son todas tonteria, y tu lo sabes bien! » « En el resto del presente interrogatorio usted se dirigirá a mi llamandome 'señor' o generale Fungabera, esta claro? » Se volvio a un costado para ver que sucedia porque hubo una repentina actividad tras las dobles puertas vidriadas. Sonaba como la llegada de una columna de camiones livianos, desde los cuales estaban descendiendo mas tropas en una gran confusion de ordenes gritadas en shona. A traves de las puertas Craig vio a una docena de soldados que transportaban grandes cajones hasta la galeria. Peter Fungabera lanzó una mirada interrogativa a Timon Nbebi, que asintio confirmando la pregunta no formulada. « Perfecto! » dijo Peter Fungabera volviendose hacia Craig. « Podemos continuar. Usted abrio negociaciones con conocidos traidores matabeles, aprovechandose de su perfecto conocimiento de la lengua y del caracter de esta población intratable... » « Nombreme a uno solo, si puede! » lo desafio Craig. Peter Fungabera le hizo una seña a Timon Nbebi, que grito una orden. Introdujeron a un hombre en la sala, entre dos soldados. Estaba descalzo, vestido solo con unos pantalones cortos raidos color kaki. Estaba consumido al punto que la cabeza parecia grotescamente grande. Estaba rapado y tenia el craneo cubierto de moretones y cicatrices frescas, las costillas surcadas de marcas de latigazos, probablemente azotado con el terrible latigo de piel de hipopotamo llamado siambok. « Conoce a este hombre blanco? » le preguntó el generale Fungabera. El hombre miro a Craig. Sus ojos manifestaban una obtusa opacidad, como si estuviesen cubiertos de polvo. « No lo he visto jamas », comenzó Craig, interrumpiendose enseguida. Lo había reconocido. Era el camarada Dolar, el mas joven y agresivo de los guerrilleros rebeldes de Zambesi Waters. « Si? » lo alentó Peter Fungabera, sonriendo de nuevo. « Que cosa estaba diciendo, señor Mellow? » « Quiero ver a alguien de la embajada britanica », declaró Craig. « Y la señorita Jay con la americana. » « Por supuesto », asintio Peter Fungabera. « Todo a su tiempo. Pero ahora debemos terminar lo que comenzamos. » Se volvio otra vez hacia el camarada Dolar. « Conoce a este hombre blanco? » El camarada Dolar asintio. « Nos dio dinero. » « Llevenselo », ordenó Peter Fungabera. « Tratenlo bien y denle de comer. Entonces, señor Mellow, continua negando su contacto con los rebeldes? » No esperó la

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respuesta, pero prosiguio tranquilamente. « Usted a constituido un arsenal de armas en esta propiedad, armas que debian ser utilizadas contra el gobierno electo por el pueblo en un golpe de estado que colocaria en el poder a un dictador proAmericano... » « No », negó tranquilamente Craig. « Aqui no hay armas. » Peter Fungabera suspiro. « Sus negativas son inutiles y aburridas. » Se volvió al sargento alto y le dio una orden; « Traigan a los dos ». El encabezó la marcha hacia la amplia galeria donde los soldados habían apilado los cajones. « Abran los cajones », les ordenó a los soldados que abrieron los cierres y levantaron las tapas. Craig reconocio las armas en el cajón. Eran ametralladoras americanas Armalite 5.56. Seis por cajon, nuevas de fábrica, todavia con la grasa de origen. « No he visto jamas estas armas, no tienen nada que ver conmigo », negó con vehemencia Craig. « Usted esta abusando de mi paciencia », le dijo Peter Fungabera. después, volviendose al capitan Timon Nbebi: « Haga traer aqui al otro hombre blanco ». Hans Groenewald, el mayordomo de Craigg, se lo hizo bajar de la cabina de uno de los camione y se lo condujo a la galeria. Tenia las manos esposadas detras de la espalda y estaba aterrorizado. La cara ancha y bronceada parecia haberse desinflado dando lugar a una coleccion de profundas arrugas y pliegues de piel flacida como la piel suelta de un mastin enfermo y su bronceado oscuro se había desvanecido hasta el beige. Sus ojos inyectados de sangre y lagrimas como los de un borracho. « Usted almaceno estos cajones de armas en el cobertizo de los tractores? » le preguntó el general Fungabera. La respuesta de Groenewald no se escucho. « Hable mas fuerte, hombre! » « Si, los almacene en el cobertizo, señor. » « Por orden de quien? » Groenewald miro a Craig con aire apenado, y de repente a Craig se le helo el corazón, y el hielo se le difundio por todas las visceras. « Por orden de quien? » repitio paciente Fungabera. « Por orden del señor Mellow, señor. « Llevenselo. » Mientras los guardias se lo llecaban al camion, Groenewald continuaba girando la cabeza, mirando fijamente a Craig, con la expresion desgarrada. De repente gritó: « Lo lamento, señor Mellow, pero yo tengo mujer e hijos... » Un soldato le tiró un golpe en el estomago con la culata del fusil. Groenewald gimio y se doblo en dos. Hubiera caido, pero lo tomaron de las axilas y lo transportaron a la cabina. El chofer encendio el motor el camion se alejo por el camino. Peter Fungabera los condujo de regreso al living y se acomodo de nuevo en la silla de la cabecera. Mientras reordenaba y estudiaba los papeles que había sacado del estuche de mapas, ignoró a Craig y Sally-Anne. Fueron obligados a permanecer parados contra el muro opuesto, con cuatro soldados cerca. El silencio se prolongaba. Aunque Craig se daba cuenta que este silencio era deliberado, pensño en romperlo gritando su inocencia, protestando por la red de falsedades y de medias verdades y distorsiones en las cuales de a poco lo envolvian. A su lado Sally-Anne estaba erguida, las manos entrelazadas a la altura de la cintura para evitar que temblaran y la cara tenia un tinte verdoso bajo un velo de transpiracion. Continuaba mirando la chimenea donde yacia el cuerpo del perrito como un juguete roto. Finalmente Peter Fungabera empujo los papeles a un lado y se reclino contra el respaldo de la silla, tamborillando sobre la superficie de la mesa con la fusta. « Una mala acción », dijo. « Una ofensa capital para ambos,usted y la señorita Jay.» « Esto no tiene nada que ver con ella », dijo Craig pasando el brazo en torno a los hombros de Sally-Anne. « Los organos inferiores internos de las mujeres resisten menos al sacudon de la caida del patibulo », observo Peter Fungabera. « El efecto puede ser muy raro, al menos ese es lo que me han dicho. » Craig tuvo una sensación de nausea y trago sin poder hablar. « Afortunadamente no sera necesario llegar a tanto. La elección sera de ustedes. »

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Peter jugueteo con la fusta entre sus dedos. Craig se puso a mirar fijamente las manos de Peter.. las palmas y el interior de los dedos largos y fuertes eran de un suave rosa delicado. « En el fondo no son mas que fantoches de vuestros patrones capitalistas e imperialistas », sonrio de nuevo Peter Fungabera. « Voy a dejar que se vayan. » Ambos levantaron las cabezas mirandolo a la cara. « Si, parecen incredulos, pero hablo en serio. Personalmente me cayeron simpaticos los dos. Tener que colgarlos no me daria ningun placer. Ambos poseen un talento artistico que seria un pecado desperdiciar, y de ahora en mas no podran hacer ningun daño. » Todavia se mantuvieron en silencio, comenzando a esperanzarse, pero no obstante temerosos, sintiendo que todo eso se trataba del juego cruel del gato con el ratón. « Les hare una propuesta: si ustedes descargan su consciencia, rindiendo plena y detallada confesion, los hare acompañar a la frontera con todos vuestros documentos, las cosas de valor y todo cuanto pudieren empacar rapidamente en las valijas. Los mandare libres al exterior, donde no nos molesten mas con vuestras ideas subversivas ni a mi ni a mi pueblo. » Espero sonriendo y tamborilleando sobre la mesa con la fusta, como la gota de una canilla que pierde. Esto distrajo a Craig. Se sintio incapaz de pensar claramente. Todo había ocurrido demasiado rapido. Peter Fungabera los había tomado desprevenidos, cambiando de improviso elobjetivo de su ataque. Pero el necesitaba de tiempo para recomponerse y recomenzar a reflexionar logicamente. « Un confesion? » murmuró. « Que clase de confesion? Una de tus exhibiciones ante una corte popular? Una humillacion publica? » « No, no creo necesario llegar a tanto », le aseguró Peter Fungabera. « Bastará una declaración escrita, un relato de tus crimenes y las maquinaciones de tus amos. La confesion sera adecuadamente atestiguada y luego seras escoltado hasta la frontera y puesto en libertad. Todo muy simple, directo y si puedo decirlo, tambien humanitario y civilizado. » « Prepararas tu, naturalmente, la confesion para firmar? » pregunto amargamente Craig, y Peter Fungabera se rió. « Que intuicion! » Selecciono uno de los documentos de la pila que tenia frente a el. « Aqui esta. Solo debes poner la fecha y una firmita. » Hasta Craig se sorprendio de eso. « Ya lo han mecanografiado? ». Ninguno respondio y el capitan Timon Nbebi le llevo el documento. « Por favor, lealo, señor Mellow », lo invitò. Eran tres hojas mecanografiadas, llenas de denuncias de sus « amos imperialistas » en la histerica jerga la extrema izquierda. Pero en esta mezcolanza ideologica, como las pasas en el budin, no faltaban los duros hechos de los que Craig estaba acusado. La leyo lentamente, tratando de obligar a su cerebro obnubilado para que funcionara con claridad, pero todo era de cualquier modo onirico y surrealista, pareciendo que no lo afectaban a el personalmente: hasta que leyo las palabras que lo sacudieron poniendolo consciente otra vez. Las palabras eran tan familiares, tan bien recordadas, y quemaban como ácido concentrado en el corazón. « Reconosco plenamente que con mis acciones me he mostrado como enemigo del Estado y pueblo de Zimbabwe... ». Era una expresion identica a aquella usada en otro documento que el había firmado, y de golpe se le aclaró todo el plan urdido tras los eventos de esa noche. « King's Lynn », susurró, y levanto los ojos de la confesion mecanografiada mirando a Peter Fungabera. « Eso es lo que quieres: andas detras de King's Lynn! » Se hizo un silencio, excepto por el tamborilleo de la fusta sobre la mesa de teca. Peter Fungabera no perdia el ritmo y sonreia siempre. « Tenias en mente todo esto desde el inicio. La garantia del Land Bank, con aquella clausula extraña... » El torpor letargico de desvanecio poco a poco y Craig sintio la ira crecer nuevamente dentro de si. Arrojo desdeñosamente la confesion al piso. El capitan Nbebi la recogio y se paro con ella sosteniendola torpemente con ambas manos. Craig temblaba de ira. Dio un paso hacia la figura elegante sentada frente a el, levantando involuntariamente las manos, pero el alto sargento shona le bloqueo el camino con el cañon del fusil cruzado sobre el pecho de Craig. « Ladron! » siseo Craig a Peter, con una espuma de saliva blanca sobre el labio inferiore. « Quiero a la policia? Invoco la protección de la ley! »

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« Señor Mellow », respondio con calma Peter Fungabena, « en Matabeleland yo soy la ley. Y es mi protección la que le estoy ofreciendo. » « Nunca lo hare. Jamas firmare esa mierda. Primero me voy al infierno! » « Eso podria arreglarse », concedio divertido Fungabera. Después asumio un tono racinal y persuasivo. « Lo exorto a firmar ese documento sin hacer tanta historia. Atengase a lo inevitable, firme y evite consecuencias peores. » Crudas palabras afloraron a los labios de Craig, y con esfuerzo se resistio a pronunciarlas, no queriendo degradarse frente a esa gente. « No », repitió. « No Firmare jamas ese documento. Primero tendra que matarme. » « Te concedo la ultima posibilidad de cambiar de idea. » « No, nunca! » Peter Fungabera giro soble la silla hacia el sargento alto. « Te doy a la mujer », dijo. « Primero tu y después los soldados, uno por vez, todos, por turno. Aquí, en esta habitación, sobre esta mesa. » « Cristo, tu no eres un hombre », barboto Craig tratando de abrazar a Sally-Anne para protejerla. Pero los soltaron lo tomaron de atras y lo empujaron contra la pared. Uno de ellos, lo mantuvo quieto apuntandole a la garganta con la bayoneta. E otro le retorcio el brazo a Sally-Anne y la sostuvo frente al sargento. La mujer comenzo a debatirse salvajemente, pero el soldado la levantó hasta que solo las puntas de sus zapatillas tocaban el suelo y su cara se contorsiono en una mueca de dolor. El sargento se mantuvo inexpresivo, sin lanzarle miradas lascivas ni hacer gestos obscenos. Agarro lapechera de lacamiseta de Sally-Anne con ambas manos y la desgarro hasta la cintura. Los senos oscilaron libres. Eran muy blancos y tenian un aspecto tierno, con las puntas rosa sensibles y vulnerables. « Tengo a mis ordenes ciento cincuenta hombres esta noche », observó Peter Fungabera. « Pasara un buen rato hasta que hallan terminado. » El sargento metio los pulgares en la cintura de los shorts de Sally-Anne y se los bajo. Cayeron alrededor de los tobillos de la muchacha. Craig se estiro hacia adelante, pero la punta de la bayoneta le perforó la piel de la garganta. Unas pocas gotas de sangre se corrieron por el frente de su camisa. Sally-Anne trato de cubrirse el oscuro monticulo triangular de su pudenda con la mano libre, un gesto pateticamente ineficaz. « Se bien cuan ferozmente hasta un blanco liberal como tu sufre al pensar que la carne negra penetre en su mujer », dijo en tono casi de conversacion Peter Fungabera. « Será interesante ver cuantas veces permitiras que eso suceda. » El sargento y el soldado levantaron a Sally-Anne y la tendieron sobre la mesa. El sargento le quito los shorts de los tobillos, dejandole las zapatillas puestas, y los andrajos de su camiseta bajo las axilas. Extertos, le llevaron las rodillas contra el pecho y después se las bajaron, encajandoselas bajo las axilas. Debian haberlo hecho muchas veces. Estaba indefensa, doblada en dos, trabada y completamente a su merced. Todos los hombres presentes estaban mirando las secretas profundidades de su cuerpo. El sargento comenzo a desprenderse el cinto con su mano libre. « Craig! » gritó Sally-Anne, y el cuerpo del hombre se sacudio involuntariamente como al recibir un latigazo. « Firmaré », dijo en un susurro. « Dejenla ir y firmo. » Peter Fungabera dio una orden en shona e inmediatamente los soldados dejaron libre a Sally-Anne. El sargento la ayudo a levantarse. Educadamente le entrego los shorts y ella se los colocó saltando en un pie, sollozando suavemente y temblando mientras se los ponia. Después corrio hacia Craig, abrazandolo fuerte. No podia hablar,pero se ahogó y se tragó las lágrimas. Temblaba violentamente y Craig la estrecho tratando de consolarla con silabas inarticuladas. « Cuanto antes firmes mas rapido te podras ir. » Craig fue a la mesa, siempre abrazando a Sally-Anne con el brazo izquierdo. El capitan Nbebi le entregó una pluma y el inicialó las dos primeras hojas de la confesion, firmando la tercera al pie. Tanto el capitan Nbebi como el general Fungabera firmaron como testigos y Peter dijo: « Una ultima formalidad. Quiero que ambos seais visitados por el medico del regimiento, que les extenderá un certificado que excluya cualquier signo de maltrato o coercion indebida en ustedes ». « Que Dios te maldiga, no ha tenido ella mas que suficiente? » « Complaceme, por favor, querido amigo. »

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El medico debia haber estado esperando afuera en alguno de los camiones. Era un pequeño shona de modales nerviosos y profesionales. « Examine a la mujer en el dormitorio, doctor. Asegurese particularmente que ella no haya sido violada, lo instruyó Peter Fungabera. Mientras dejaban el living se volvio a Craig. « Mientras tanto puedes abrir la caja fuerte de tu oficina y sacar los pasaportes y todos los otros documentos que necesites para el viaje. » Dos soldados acompañaron a Craig a su estudio en un extremo de la galeria, y esperaron mientras hacia girar la combinación de la caja fuerte. Saco el pasaporte, la billetera con las tarjetas de crédito y el distintivo del World Bank, tres chequeras de travellers checks, y el manuscrito de la nueva novela. Guardo todo en un bolso de viaje y volvio al living. Sally-Anne y el doctor volvieron del dormitorio. Ella se había cambiado, vestia camiseta, jeans y un jersey de cachemira azul; había controlado su histeria a un ocasional sollozo ahogado, aunque todavia temblaba con cortos accesos convulsivos. Tenia en su mano el bolso de las maquinas fotograficas y el album de fotos para el libro. « Te toca a ti ahora », le dijo Peter Fungabera invitandolo a seguir al doctor. Cuando volvio, encontró a Sally-Anne sobre el asiento posterior de una Land Rover estacionada delante de la galeria. El capitan Nbebi estaba a su lado y en la trasera del vehiculo dos soldados armados. El lugar junto al chofer estaba libre para Craig. Peter Fungabera lo esperaba sobre la galeria. « Adios, Craig », le dijo, y Craig lo miro fijo tratando de inocularle todo el veneno que podia. « Como pudiste ceer que te daria permiso de reconstituir el imperio de tu familia?» le pregunto Peter, sin rencor. « Hemos combatido duramente para destruir aquel mundo. » Mientras la Land Rover descendia de la colina en la oscuridad de la noche, Craig se volvio a mirar para atras. Peter Fungabera todavia estaba en la galeria iluminada, y en cierta forma su alta figura se había transformado. Parecia como si perteneciera alli, como un conquistador que ha tomado posesion, el amo de la propiedad. Craig continuó mirandolo hasta que los árboles lo ocultaron y solo entonces volvio a inundarlo todo el odio que sentia por el. Los faros de la Land Rover iluminaron por un instante el cartel: CRIANZA DE TOROS DE RAZA KING'S LYNN PROPIETARIO: CRAIG MELLOW. Parecia una burla. Lo superaron en un instante y franquearon traqueteando el guardaganado en la entrada de la propiedad. Habían abandonado el suelo de King's Lynn y los sueños de Craig. Giraron hacia el este y tomaron el asfalto de la ruta principal. Ninguno hablaba en la Land Rover. El capitan Nbebi abrio el portafolios que tenia sobre sus rodillas y extrajo una botella del fuerte aguardiente local, destilado de caña de azucar. Se la ofrecio a Craig, que la rechazó bruscamente. Timon Nbebi insistio y entonces Craig, de mala gana, la aceptó. Desenroscó la tapa y bebio un sorbo, exhalando los vapores con un ruidoso suspiro. Le afloraron las lagrimas a los ojos. El licor ardiente le penetro enseguida en la sangre, confortandolo un poco. Bebió otro sorbo y le paso la botella a Sally-Anne. Ella sacudio la cabeza. « Bebe », le ordeno Craig, y ella mansamente obedeció. Había parado de llorar, pero los tembloresa continuaban. El alcohol la hizo toser y atragantarse, pero finalmente la reconfortaron tambien a ella. « Gracias », le dijo, entregandole la botella a Timon Nbebi, y la palabra educada de parte de una mujer que poco antes había sido tan degradada resulto embarazosa para todos. Llegaron al primer bloqueo en los suburbios de Bulawayo, y Craig miro el reloj. Faltaban siete minutos para las tres de la mañana. No había otros vehiculos esperando en la barrera y dos soldados salieron de detras de la barricada y se situaron a cada lado de la Land Rover. Timon Nbebi bajo el vidrio de la ventanilla y hablo con calma con uno de ellos, mostrandole el permiso de paso. El soldado lo examino un instante y se lo devolvio. Saludó y levanto la barrera. Bulawayo estaba silenciosa y vacia, poquisimas ventanas estaban iluminadas. Un semaforo titilaba verde, ambar y rojo y el chofer se detuvo obedientemente, aunque la calle estaba completamente desierta. El ruido del motor disminuyo y muy lejano, apenas audible, llego el sonido de una ráfaga de ametralladora.

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Craig miraba a Timon Nbebi en el espejo retrovisor, y lo vio parpadear al sonido del tiroteo. Luego la luz cambio y continuaron, tomaron la ruta al sur a traves de los suburbios. En el limite de la ciudad había dos bloqueos mas y después la ruta estaba libre. Iban hacia el sur en la noche oscura, con el zumbido de las gomas y el silbido del viento contra la cabina. El resplandor del tablero los iluminaba dandole a sus caras un tono verdoso enfermizo. Una o dos veces, desde atras, la radio crugio emitiendo confusas palabras distorsionadas en shona. En una de esas transmisiones Craig reconocio la voz de Peter Fungabera, pero debia haber llamado a otra unidad porque Timon Nbebi no respondio y prosiguieron en silencio. El monotono rumor del motor y de las cubiertas y la calidez de la cabina arrullaron a Craig, y por reaccion, después de toda la rabia y el miedo, se adormecio. Se despertó sobresaltado a la voz de Timon Nbebi. El rumor del motor había cambiado. Eran las primeras luces del alba; las copas de los árboles se destacaban negras contra el cielo pálido amarillo-limon. La Land Rover desaceleró y abandono la ruta asfaltada entrando en una calle de tierra. Inmediatamente el olor a hongos del polvo fino como talco invadio la cabina. « Adonde estamos? » preguntó Craig. « Porque dejamos la ruta? » Timon Nbebi le hablo al chofer, que paro a un costado del camino. « Desciendan por favor », ordenó Timon Nbebi y apena Craig estuvo abajo, Timon, que ya estaba en tierra, simulando ayudarlo, le coloco instantaneamente las esposas. El gesto fue tan rapido y experto que Craig por algunos segundos quedo desconcertado mirandose las muñecas esposadas. Después gritó: « Cristo, que es esta historia? » Timon Nbebi ya había esposado con la misma destreza a Sally-Anne e, ignorando la furia de Craig, se puso a hablar tranquilamente con el chofer y los dos soldados. Hablaba demasiado rapido para que Craig pudiese entender todo, pero capto las palabras shona que significaban « matar » y « ocultar ». Uno de los soldados parecio protestar y Timon tomo el microfono de la radio de abordo. Llamó tres veces repitiendo una contraseña y después de una breve espera escucho la voz de Peter Fungabera en la radio, perfectamente reconocible no obstante la distorsion. Hubo un breve intercambio y cuando Timon Nbebi dejó el microfono, el soldado no protestaba mas. Claramente las ordenes del capitan Nbebi habían sido confirmadas por el general. « Prosigamos », dijo Timon volviendo a hablar en ingles y Craig fue obligado a subir al asiento del frente. El cambio en la manera de tratarlos era muy preocupante. El chofer condujo la Land Rover siempre mas adentro en el veld espinoso, mientras aumentaba la luz del dia. Afuera, el concierto matutino de los pajaros estaba en pleno desarrollo. Craig reconocio el duo de una pareja de cardenales en una acacia junto al camino. Una liebre encandilada por los faros se paro a mirarlos un instante con las largas orejas rosas moviendose antes de desaparecer en dos saltos. Después el cielo se incendio de maravillosos colores del alba africana y el chofer apago los faros. « Craig, tesoro, nos van a matar, verdad? » le preguntó tranquila Sally-Anne. Su tono era firme y claro ahora; había superado la histeria y se controlaba de nuevo perfectamente. Hablaba como si estuvieran solos. « Lo lamento. » Craig no supo que otra cosa decirle. « Debia haber sabido que Peter Fungabera no nos habria liberado nunca. » « No podias hacer nada, aunque lo hubieses sabido. » « Nos sepultaran en cualquier lugar desierto y atriburan nuestra desaparicion a los rebeldes matabeles », dijo Craig, mientras Timon Nbebi sentado impasibile, no admitia ni negaba la acusación. El camino se bifurcó. A la izquierda el sendero apenas se distinguia y Timon Nbebi le indicó al chofer que lo tomara. El conductor cambio una marcha desacelerando mas. Prosiguieron a los barquinazos por unos veinte minutos. Para entonces ya había plena luz diurna, la promesa de la salida del sol encendiendo las ramas superiores de las acacias. Timon Nbebi dio otra orden y el chofer abandono la huella entrando en el mar de hierbas altas hasta la cintura de un hombre, costeando el borde de un Kopje de granito gris hasta que se perdieron de vista hasta desde aquella huella donde ciertamente no pasaba nadie. Otra orden seca y el chofer freno y apago el motor. El silencio cayo sobre ellos. Aumentando la sensación de abandono y aislamiento. « Nadie nos encontrara jamas aqui », dijo Sally-Anne tranquilamente, y Craig no encontro palabras de consuelo.

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« Permanezcan aqui », ordenó Timon Nbebi. « No siente verguenza por lo que estan por hacer? » le preguntó Sally-Anne, y el volvio la cara hacia ella. Detras de los anteojos de marco de acero quizas su mirada tendria una sombra de pena, pero su boca permanecia dura. No le respondio y después de un momento aparto la mirada y se movio dando ordenes en shona, y los soldados colocaron sus fusiles en la parte de atras de la Land Rover mientras el chofer trepo a la parrilla del techo y bajo tres palas plegables para cavar trincheras. Timon Nbebi metio la mano por la ventanilla y saco la llave de la Land Rover, después llevó a sus hombres a una corta distancia in con la puntera de la bota marcó dos cuadrilateros en la tierra gris arenosa. Los tres shona se sacaron el correaje y la chaqueta militar y comenzaron a excavar las fosas. El trabajo avanzaba rapidamente en el terreno blando. Timon Nbebi los miraba fumando un cigarrillo y el humo gris se elevaba en espirales en el calmo y fresco aire de la mañana. « Voy a tratar de agarrar uno de los fusiles » cuchicheo Craig a Sally-Anne. Las armas estaban en la parte de atras del vehiculo. Tendria que haberse arrastrado sobre los respaldos de ambos asientos, y luego alcanzar los fusiles que estaban parados en los soportes. Tendria que abrir el gancho en los soportes, cargar el arma, cambiar el selector de fuego y apuntar a traves de la ventanilla posterior, y todo con las manos esposadas. « No podras hacerlo », le susurró Sally-Anne. « Es probable, pero se te ocurre otra cosa? » le dijo tristemente. « Cuando te diga “ya”, arrojate al piso de la camioneta. » Craig se revolvio sobre el asiento, con la pierna artificial que lo molestaba con el tobillo encajado en la palanca de cambios. Liberó la pierna y se preparó a lanzarse. Suspiró profundo y le dio un vistazo por la ventanilla trasera al grupito de sepultureros. « Escucha », le dijo rapidamente. « Te amo. Nunca ame a otra como te amo a ti. » « Yo tambien de amo, tesoro mio », respondio despacio Sally-Anne. « Ten coraje », le dijo. « Buena suerte! » Ella se estaba agachando abajo, y el estaba por lanzarse, pero en ese momento Timon Nbebi se volvio hacia la Land Rover. Vio a Craig vuelto hacia atras en el asiento y a Sally-Anne agachada evidentemente bajo el nivel de las ventanillas. Volvio al vehiculo a grandes pasos rapidamente. Frente a la ventanilla abierta se detuvo y hablo en voz baja en ingles. « No lo haga, señor Mellow. Estamos todos en gravisimo peligro. Su unica posibilidad de salvación es quedarse tranquilo y no interferir de ningun modo. » Saco la llave de arranque del vehiculo del bolsillo y con la otra mano desabrocho la funda de la pistola. Continuó hablando despacio: « Desarme a mis soldados, como ha visto, y los puse a trabajar. Cuando entre en la Land Rover, no haga ningun movimiento ni trate de atacarme. Yo tambien estoy arriesgando la piel y debe confiear en mi. Entiende? » « Si », asintio Craig, pensando: « Como si tuviese elección ». Timon abrio la portezuela del lado del conductor y se puso al volante. Lanzo una mirada a los tres soldados ahora metidos en los pozos hasta la cintura. Después metio la llave de arranque y la hizo girar. El burro arrancó ruidosamente y los tres soldados levantaron la vista perplejos. El burro de arranque zumbaba pero el motor no arrancaba. Uno de los soldados grito y salto fuera de la fosa. Corrio hacia la Land Rover. Timón Nbebi bombeó combustible en el motor, siempre haciendo girar el burro de arranque. Tenia una mirada desesperada. « Cuidado que lo ahogarás! » le dijo Craig. « Levanta el pie del acelerador! » El soldado se acercaba rapidamente, gritando furiosas preguntas, mientras el burro de arranque continuaba girando, uirr - uirr - uirr, con Timon inmovilizado al volante. Ya el soldado estaba casi junto a la Land Rover, y los otros mas lerdos y menos alertas comenzaban a seguirlo. Tambien estaban gritando, uno de ellos blandiendo su pala amenazadoramente. « Traba la puerta! » grito Craig rapidamente y Timon bajo la manija a la posición de bloqueo mientras el soldado tiraba de ella. Cargo todo su peso sobre la manija y se precipito a la puerta trasera y antes de que Sally-Anne pudiese trabarla, la abrio. Aferró a la muchacha por el brazo y comenzo a arrastrarla fuera del vehiculo. Craig, que todavia estaba vuelto hacia atras, levantó ambas manos

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esposadas y le dio un gran golpe sobre la cabeza rapada del soldado. El acero de bordes afilados de la esposa le cortó el cuero cabelludo hasta el hueso del craneo y el hombre cayo, mitad afuera y mitad adentro en la puerta abierta. Craig lo golpeo de nuevo sobre la frente y tuvo por un instante la vision de un hueso blanco en el fondo de la herida antes que rapidamente la sangre brillante lo ocultara. Los otros dos soldados estaban a solo pasos de distancia, gritaban como una jauria de perros y remolineaban amenazadoramente las palas. En ese momento el motor del vehiculo arranco. Timon Nbebi metio el cambio y la Land Rover salto hacia adelante. Craig fue arrojado sobre el respaldo del asiento medio encima de Sally-Anne, y el soldado herido fue atrapado por las piernas que le colgaban en un espinillo que lo arranco de la puerta trasera. La Land Rover acelero saltando sobre rocas y ramas caidas y los soldados perseguidores quedaron atras. Uno de ellos les arrojo la pala desesperadamente. Hizo trizas el cristal trasero y los trozos de vidrios rotos llovieron sobre la parte trasera de la cabina. Timon Nbebi siguio las huellas del sendero por donde habían venido a traves de la alta hierba, alcanzando finalmente una velocidad superior a la de un hombre corriendo. Los dos soldados renunciaron a seguirlos y quedaron jadeando en las huellas, sus gritos de recriminación y rabia sefueron apagando hasta perderse. Timon llego hasta la bifurcacion y enfilo por la carretera principal adquiriendo mayor velocidad. « Denme sus manos », ordeno, y cuando Craig le ofrecio las manos esposadas, Timon le soltó las esposas. « Tome », le dijo, pasandole la llave a Craig. « Libere a la señorita Jay. » Ella se masajeo las muñecas. « Dios mio, Craig, verdaderamente crei que este era el fin de la linea. » « Bastante cerca, creo », admitio Timon Nbebi, mirando la ruta. « Como dijo Napoleon, si no me equivoco ». Y antes de que Craig pudiese corregirlo: « Tome un fusil, señor Mellow, y paseme otro ». Sally-Anne pasó las cortas y feas armas sobre el asiento delantero. La Tercera Brigata era la unica unidad del ejercito regular todavia armada con AK 47, un legado de sus instructores norcoreanos. « Sabe usarlo, señor Mellow? » pregunto Timon Nbebi. « Era armero en la policia rhodesiana. » « Ah ya, que estupido. » Rapidamente Craig reviso el cargador curvo « banana » e introdujo una bala en la recamara. El arma era nueva y bien mantenida. El peso en las manos de Craig cambio enteramente su personalidad. Pocos minutos antes no era mas que un corcho en la corriente, llevado por los acontecimientos sobre los cuales no tenia ningun control, confuso, inseguro y temeroso; pero ahora estaba armado. Ahora podia defenderse, protegerse a si mismo y a su mujer, ahora podia darle forma a los eventos en vez de estar condicionado por ellos. Era el instinto atavico del hombre primitivo, y Craig se regocijó. Se dio vuelta para tomar la mano de Sally-Anne, se la apreto brevemente y ella le devolvio fervientemente el apreton. « Ahora por lo menos tenemos una posibilidad de defendernos. » El nuevo tono de su voz no le paso inadveretido. Su moral subio un poquito, y lesonrio por primera vez después de aquella terrible noche. El retiró su mano, tomo la botella de aguardiente de caña y se la ofrecio. Después que la muchacha bebió, le paso la botella a Timon Nbebi. « Bien, capitan, que diablos esta pasando aqui? » Timon tosio por la potencia del licor y respondio con voz un poco ronca: « Tenian toda la razón, señor Mellow, primero; el general Fungabera me había ordenado de llevarlos a la selva y fusilarlos a los dos. Tambien es verdad que vuestro fin seria atribuido a los rebeldes matabeles ». « Bueno, y porque no obedecio las ordenes?» Antes de responder, Timon volvio a pasarle la botella a Craig y después miro a Sally-Anne en el asiento trasero. « Lamento que haya tenido que participar en todos los preparativos para su ejecucion, sin poderles advertir, pero mis hombres hablan ingles. Debia hacer que se viera real, me molestaba porque no queria infligirles mas daño a ustedes, después de lo que habían sufrido. » « Capitan Nbebi, le perdono todo y lo quiero por lo que esta haciendo, pero porque, en el nombre de Dios, lo hace? » le preguntó Sally-Anne.

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« Lo que ahora les voy a decir no se lo he dicho a nadie antes. Veran, mi madre era Matabele. Y murio cuando yo era muy chico, pero yo la recuerdo y honro su memoria.» No los miraba,pero se concentraba en la ruta adelante. « Fui criado como shona por mi padre, pero siempre fui consciente de mi sangre Matabele. Son mi pueblo y no aguanto mas lo que le estan haciendo. Estoy seguro que el general Fungabera se ha dado cuenta de mis veraderos sentimientos. Aunque dudo que sepa lo de mi madre, pero sabe que he llegado al fin de mi utilidad para el. Recientemente han habido pequeñas señales, he vivido demasiado cerca del leopardo come hombres por mucho tiempo como para no conocer su humor. Una vez liquidados ustedes, habria llegado para mi el turno de una hermosa tumba sin nombre, o los cachorros de Fungabera. » Timon uso la palabra Sindebele, amawundhla para Fungabera, y Craig se sorprendio; tambien Sarah Nyoni, la maestra de la mision de Tuti, había usado exactamente la misma expresion. « Y que son los cachorros de Fungabera? Ya he escuchado esa expresion antes, pero no la entiendo », dijo Craig. « Son las hienas », explico Timon. « Aquellos que mueren o son fusilados en los campos de reeducación se los lleva a la selva para pasto de las hienas, que no ni un mechon de cabellos ni un fragmento de hueso en el monte. » « Oh Dios mio », exclamó Sally-Anne. « Nosotros estuvimos en Tuti, y escuchamos las hienas, pero no entendimos. Cuantos mas habran terminado asi? » « Solo puedo suponerlo... Digamos muchos millares de personas. » « Es increible! » « El odio del general Fungabera por los matabeles es una especie de locura, de obsesion. Quiere exterminarlos a todos. Primero fueron sus lideres, acusados de traición... Falsamente acusados, como Tungata Zebiwe... » « Oh no! » exclamó con pena Sally-Anne. « No puedo creerlo! Era inocente Zebiwe? » « Eh si. Lo lamento por usted, señorita Jay », confirmó Timon Nbebi. « Fungabera debio estar muy cuidadoso con el. Sabia que si lo apresaba por su actividad politica, habria causado la insurreccion de todos los matabeles. Pero usted y el señor Mellow le dieron una buena escusa en bandeja de plata; un crimen comun, un crimen por codicia. » « Que estupida! » dijo Sally-Anne. « Pero si no era Zebiwe, el jefe de los cazadores ilegales, quien era? » « Era el general Fungabera en persona », respondio simplemente Timon Nbebi. « Esta seguro? » Craig no podia creerlo. « Me ocupe yo mismo de muchas exportaciones de cargas de marfil. » « Pero aquella noche sobre la carretera a Karoi? » « Fue facilisimo organizar la trampa. El general Fungabera sabia que tarde o temprano Zebiwe volveria a la mision de Tuti. La secretaria de Zebiwe le informó del dia y la hora exacta. Enviamos a interceptarlo al camion cargado de marfil, conducido por un matabele corrupto, sobre la ruta a Tuti. Naturalmente no habíamos previsto la violenta reaccione de Tungata Zebiwe, que fue un premio para nosotros.» Timon coinducia a la maxima velocidad que le permitia la ruta, con Sally-Anne y Craig acurrucados en los asientos. La excitacion de la fuga rapidamente sucumbiendo a la fatiga y el shock. « Hacia donde vamos? » « Al limite con Botswana. » Era el estado mediterraneo situado al sur y oeste que se había convertido en la Mecca de los fugitivos politicos de sus vecinos. « Por el camino espero que tengan ocasion de ver lo que verdaderamente le esta sucediendo a mi pueblo. No hay otros testimonios, el general Fungabera ha sellado el acceso al Matabeleland sudoccidental. No se permiten periodistas, ni misioneros, ni invitados de la Cruz Roja... » Disminuyeron la velocidad en una zona donde las termitas habían construido sus hormigueros gigantes en la ruta, después aceleró de nuevo. « El pase que tengo del general Fungabera, nos llevará un poco mas adelante, pero no hasta el limite. Deberemos usar caminos secundarios hasta encontrar un lugar para pasar la frontera. Muy pronto el generale Fungabera sabra de mi deserción y toda la Tercera Brigata correra tras de nosostros. Antes que esto suceda, debemos llegar lo mas lejos posible. » Llegaron a un desvio en la ruta y Timon Nbebi paro sin apagar el motor. Saco un mapa en gran escala de su portafolios y lo estudio atentamente. « Estamos al sur de la linea ferroviaria. Esta es la ruta que va a la mision de Empandeni. Si podemos llegar alli antes que se expanda la alarma, entonces podremos intentar pasar la

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frontera entre Madaba y Matsumi. La policia de Botswana patrulla regularmente a lo largo de la cerca. » « Vamos entonces. » Craig estaba impaciente y comenzaba a temer. Ya el fusil que tenia sobre las rodillas lo confortaba menos. Timon plegó el mapa y partio. « Puedo hacerle algunas otras preguntas? » pregunto Sally-Anne después de un rato. « Tratare de responderle », dijo Timon. « El asesinato de los Goodwin y de las otras familias blancas de Matabeleland... Estas atrocidades fueron ordenadas por Tungata Zebiwe? Es el el responsable de esos terribles delitos? » « No, no, señorita Jay. Zebiwe, siempre ha intentado desesperadamente de controlar a esos asesinos. Creo que estaba en camino a lamision de Tuti justamente para encontrarse con el ala extremista de los matabeles y tratar de hacerlos razonar. » « Perolo escrito con sangre? Tungata Zebiwe vive? » Ahora Timon calló, con la cara deformada con una mueca, como si estuviese librando una batalla interior. Los otros dos esperaban que hablara. Finalmente suspiro explosivamente y hablo con la voz cambiada. « Señorita Jay, le ruego trate de comprender mi posición antes de juzgarme por lo que le estoy por decir. El general Fungabera es un hombre persuasivo. Yo fui engañado por sus promesas de gloria y de carrera. Luego repentinamente había ido demasiadolejos y no podia retroceder. Creo que la expresion inglesa es 'cavalgar un tigre'. Fui obligado a pasar de una mala accion a otra peor. » Hizo una pausa y después rapidamente: « Señorita Jay, yo reclute personalmente a los asesinos de la familia Goodwin en un campo de reeducacion. Yo les dije adonde ir, que tenian que hacer, y tambien que tenian que escribir en la pared. Les entregue las armas y los hice llevar allugar con un camión de la Tercera Brigada ». Hubo silencio nuevamente, roto solo por el palpitar del motor de la Land Rover, y Timon Nbebi tuvo que romperlo hablando como si las palabras fuesen un alivio para su culpa. « Eran veteranos matabeles, hombres endurecidos en la guerra, que harian cualquier cosa para volver a ser libres con un fusil en la mano. No vacilaron. » « y Fungabera lo ordeno? » pregunto Craig. « Naturalmente. Tenia necesidad de un pretexto para comenzar la purga de los matabeles. Ahora quizas entienda porque decidí escapar con ustedes. No podia continuar mas en este camino. » « Y los otros homicidas? El asesinato del senatore Savage y su familia? » preguntó Sally-Anne. « El general Fungabera no tuvo que ordenar eso! » sacudio la cabeza Timon. « Esos fueron imitaciones del primero! La jungla ahora esta llena de guerrilleros de la epoca de la guerra. Ellos esconden las armas en la jungla y vienen a las ciudades, algunos hasta tienen trabajos regulares, pero en los fines de semana o en los feriados, vuelven a la selva, desentierran sus fusiles y van en busca de sus presas. No son rebeldes o disidentes politicos, son simples malechores, y las familias de los blancos constituyen los mas suculentos objetivos de su rapiña. Sono ricos e indefensos; privados por el gobierno de Mugabe de todas las armas de fuego, asi que no pueden defenderse. » « Y esto les hace el juego a los Mashona. Todos los bandidos se convierten en disidentes matabeles, dandole pruebas al mundo de que se trata de una tribu feroz e intratable », continuó Craig po el. « Exacto, señor Mellow. » « Y el ya ha asesinado a Tungata Zebiwe. » Craig se sentia responsable, culpable de la terrible condena a su amigo de otra epoca. « No, señor Mellow. No creo que Zebiwe este muerto. Creo que el general Fungabera lo queria vivo, tiene ciertos planes para el. » « Que planes? » le pregunto Craig. « No estoy seguro, perocreo que Fungabera esta en contacto con los sovieticos. » « Los sovieticos? » repitio Craig incredulo. « El ha tenido reuniones secretas con un extraño, un extranjero, un hombre que creo es un importante miembro de la Inteligencia Rusa. » « Esta seguro, Timon? » « Lo vi con mis propios ojos. » Craig reflexionó por algunos segundos, y después volvio al argumento del principio. « Okay, dejemos a los rusos por ahora. Donde esta Tungata Zebiwe? Donde lo tiene Peter Fungabera? » « No lo se, lo lamento señor Mellow. »

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« Si todavia esta vivo, que Dios se apiade de su alma », susurró Craig. Era facil imaginar el indecible sufrimiento de Tungata Zebiwe en ese momento. Craig quedo en silencio por algunos minutos, después cambió de argumento. « El general Fungabera tomo mi propiedad para el mismo, no para el estado?, Es correcto lo que creo? » « Sì, deseaba esa tierra ardientemente. Hablaba de eso a menudo. » « Pero como hara para posesionarla? Quiero decir, desde elpunto de vista legal o al menos pseudolegal? » « Es muy simplie », explico Timon. « Usted se ha reconocido como un enemigo del Estado, su propiedad esta prendada. Sera confiscada por el Estado. El World Bank retirara la garantia de su prestamo en base a la clausula liberadora que usted suscribio. EL Estado pondra en venta las acciones de la Rholands, y el general Fungabera resultara el mejor oferente: primero, porque ninguni se arriesgara a disputarsela; segundo, porque el administrador de los bienes nacionalizados es su cuñado. Lepuedo asegurar que comprara aquellas acciones asun precio ventajosisimo.» « Ya lo creo », dijo amargamente Craig. « Pero porque ir tan lejos? » pregunto Sally-Anne. « El general Fungabera ya debe ser multimillonario, si no me equivoco. No tiene ya suficiente? » « Señorita Jay... Para ciertos hombres no existe lo 'suficiente'. » « No pensara salirse con la suya, seguramente? » « Y quien se lo puede impedir, señorita Jay? » y cuando ella no respondio, el capitan Nbebi prosiguio. « El Africa esta retornando al punto en que estaba antes de la intrusion del hombre blanco. Aqui para un hombre del gobierno existe un solo criterio: la fuerza. Nosotros los africanos no nos fiamos de nada mas. Fungabera es fuerte, como en un tiempo era fuerte Tungata Zebiwe. » Timon Nbebi miro su reloj pulsera. «Pero debemos comer, creo que tenemos un largo dia por delante. » Abandonó la ruta y entró en un campo de matorrales. Trepo al capot y acomodo ramas sobre el techo para ocultarlo de un observador aereo y luego abrio la caja de raciones de emergencia del cajon debajo del asiento del pasajero. Había agua en el tanque debajo de las maderas del piso. Craig lleno una cantimplora metálica con arena y la empapo de nafta del tanque de reserva. Fabrico asi un quemador sin humo donde calentar agua para el te. Comieron las poco apetitosas raciones frias en silencio. Una vez Timon levanto el volumen de la radio para escuchar mejor una transmision, después sacudio la cabeza. « Nada que ver con nosotros. » Volvio a agacharse junto a Craig. « A que distancia esta la frontera, segun tu? » le preguntó Craig con la boca llena de carne fria. « Unos ochenta kilómetros mas o menos. » La radio crugio de nuevo y Timon se puso de pie y escucho con atención. « Hay una unidad de la Tercera Brigada delante de nosotros, a pocos kilometros de distancia », le informò. « En la estacion de la mision de Empandeni. Recientemente han terminado de hacer un rastrillaje de disidentes y estan por irse, quizas pasen por aqui. Debemos tener cuidado. » « Voy a ver si somos visibles desde la ruta », dijo levantandose Craig. « SallyAnne, apaga el fuego. Capitan, cubreme. » Agarró el AK 47 y corrio al camino. Desde alli examino criticamente el arbusto ficticio que ocultaba la Land Rover, después borro con una rama sus propias huellas y las del vehiculo. Enderezo la hierba que la Land Rover había aplastado cuando dejo el camino. No era un trabajo perfecto, pero si lo suficiente como para superar un examen superficial desde un vehiculo en movimiento, pensó, y luego una leve vibracion en el aire quieto. Escuchó. El sonido del motor de un camion creciendo. Craig volvio corriendo a la Land Rover y se sento adelante, junto a Timon. « Ponga su fusil otra vez en elsoporte », le dijo el capitan. Como Craig dudaba, continuo: « Haga como le digo, señor Mellow. Si nos encuentran, sera inutil combatir. Debere inventar cualquier escusa, y no podre explicar porque esta armado ». Con reticencia, Craig le paso el fusil a Sally-Anne. Lo coloco en el soporte,mientras Craig se sentia desnudo y vulnerable. Cerro el puño sobre el regazo. El sonido de los motores se acercaba rapidamente, y luego se oyeron tambien las voces de hombres cantando. El sonido se elevaba, y pese a la tension, Craig sintio que se le erizaban los pelos en la nuca por la peculiar belleza del coro africano.

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« Es la Tercera Brigada », dijo Timon. « Es la cancion del Viento que trae la lluvia, el himno del regimiento. » Ninguno respondio y Timon canturreo para si: tenia una voz bellisima y conmovedora. Cuando la nacion arde, el viento de lluvia trae alivio. Cuando las bestias se mueren de sed, el viento de lluvia las pone de pie. Cuando tus niños lloran de sed, el viento de lluvia los sacia. Nosotros somos los vientos que traen la lluvia. Nosotros somos el buen viento de la nación. Timon la tradujo del shona para su beneficio y ahora Craig alcanzo a ver el polvo gris levantado por los camiones; y el canto era claro y cercano. Hubo un destello del reflejo del sol sobre el metal y luego a traves del follaje Craig entrevió el convoy que pasaba. Eran tres camiones grises, cargados de soldados en uniforme de combate y cascos camuflados, con las armas en las manos listas para usarlas. Sobre el ultimo camion, junto a chofer se sentaba un oficial, el unico con la boina roja y el leopardo de plata. Miraba en dirección a Craig, y parecia muy cercano: la pantalla de follaje parecio de golpe demasiado rala. Craig se contrajo en su asiento. Por suerte el convoy paso, el ruido de motores y la cancion se apagaron y el polvo se asentó. Timon Nbebi exhalo un gran suspiro. « Habra otros », advirtio, y con los dedos en la llave de arranque espero hasta que el silencio fue completo de nuevo, después encendio el motor, salio retrocediendo de entre los matorrales y volvio al camino. Rumbeo en la direccion opuesta al convoy y condujo sobre las profundas huellas que los camiones habían dejado sobre la tierra arenosa. Prosiguieron por unos veinte minutos y Timon se agacho sobre el asiento paraobservar el cielo. « Humo », dijo. « Empandeni esta justo al frente. Prepare la camara señorita Jay, porque creo que la Tercera Brigada le ha dejado algunas cosas para fotografiar. » Llegaron al campo de maiz que rodeaba la mision. Las plantas estaban secas, y las mazorcas comenzaban a caerse, pesadas, amarillas, maduras para la cosecha. Había habido mujeres trabajando en el campo; una de ellas yacia junto al camino. Le habían disparado en la espalda mientras huia, la bala le había salido entre los senos. El bebe que llevaba en la espalda había sido apuñalado varias veces con la bayoneta. Las moscas se elevaron en una nube cuando pasaron y se posaron de nuevo. Ninguno hablo. Sally-Anne hurgo en el bolso de las camaras y saco la Nikon. Su cara estaba gris bajo las pecas. Las otras mujeres yacian mas alla del camino, simples montones de generos multicolores empapados de sangre. La aldea consistia en un medio centenar de cabañas y todas estaban ardiendo, con los techos de paja transformados en antorchas que flameaban contra el cielo azul de la mañana. Habían arrojado la mayoria de los cadaveres en las cabañas, dejando negros charcos de sangre en la tierra donde habían caido y marcas en elpolvo donde los habían arrastrado. Había un olor terrible a carne quemada. Craig, para no devolver, tuvo que taparse la boca y lanariz con las manos. « Esos son disidentes? » susurró Sally-Anne. Tenia los labios exangues. El motorcito de la Nikon continuaba girando mientras ella disparaba por la ventanilla abierta. Habían matado hasta los pollos. Las plumas de las gallinas volaban por todos lados. « Detengase! » orden Sally-Anne. « Es peligroso », dijo Timon. « Frena », repitio Sally-Anne. descendio, dejando la portezuela abierta, y camino entre las cabañas. Trabajo rapidamente, cambiando un rollo tras otro con dedos expertos, con los labios temblorosos y los ojos en el objetivo, desorbitados por el horror. « Debemos irnos », dijo Timon. « Espera. » Sally-Anne avanzo rapidamente a pie, haciendo su trabajo como la profesional que era. Se metio detras de un grupo de cabañas. El hedor a carne quemada era alli casi insoportable, y el calor del incendio llegaba en ráfagas con la brisa como el halito de un horno. Sally-Anne grito y los dos hombres saltaron de la Land Rover con el fusil en mano, separandose para cubrirse mutuamente a Craig le volvieron inmediatamente los

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habitos adquiridos durante su entrenamiento. Giro en el angulo de una cabaña. Sally-Anne se había parado al descubierto, incapaz de seguir usando su camara. A sus pies yacia una mujer negra desnuda. La parte superior de su cuerpo era el de una muchacha plena de salud, pero debajo del ombligo era una mostruosa abrasion rosa. Se había arrastrado fuera de las llamas donde había sido arrojada viva. En algunos puntos de los miembros inferiores las quemaduras no eran profundas, aqui la carne era rosasea y brotaba la linfa; en otros puntos estaba carbonizada al punto de verse los huesos. Los huesos de la cadera estaban carbonizados sobresaliendo obscenamente de la carne calcinada de la zona pelvica. Del vientre quemado asomaban las entrañas por las aberturas. Milagrosamente todavia estaba viva. Con los dedos arañaba mecanicamente el terreno. La boca se abria y cerraba sin emitir sonido alguno, y tenia los ojos desorbitados, consciente y sufriendo. « Vuelva a la Land Rover, señorita Jay », le dijo Timon Nbebi. « No se puede hacer nada mas por ella. » Sally-Anne permanecia inmobil, rigida, incapaz de moverse. Craig puso sus brazos sobre sus hombros y la hizo volverse. En la esquina de la cabaña en llamas Craig se dio vuelta. Timon Nbebi se había acercado a la mujer herida empuñando el AK 47 y la miraba con una expresion de piedad en el rostro casi tan sufrida como el de la pobre mujer. Craig doblo la esquina con Sally-Anne. Detras de ellos escucharon una sola detonación, amortiguada por el crugido de las llamas a su alrededor. Sally- Anne tropezó y recuperò el equilibrio. Cuando llegaron a la Land Rover, la mujer se apoyó en el capot y se doblo en dos. Vomitó en la tierra y se limpio la boca con el dorso de la mano. Craig saco la botella de aguardiente de caña del compartimiento. No quedaban mas que dos dedos. Se la paso a Sally-Anne, que la bebió como si fuera agua. Craig le agarró la botella vacia y luego abrupta y salvajemente la arrojo contra la cabaña en llamas. Llego Timon Nbebi. Sin hablar se sento tras delvolante, mientras Craig ayudaba a Sally-Anne a subir atras. Desfilaron lentamente entre las ultimas cabañas de la aldea, mirando a uno y otro costado las terribles escenas que se les presentaban. Cuando pasaron la capillita de ladrillos rojos, vieron colapsar el techo. La cruz de madera de la cupula fue tragada en una erupcion de chispas y llamas y humo azul. Las llamas ahora bajo el sol alto eran casi incoloras. Timón Nbebi usaba la radio como un marinero en aguas peligrosas Utiliza la ecosonda para encontrar el canal en aguas bajas. Los bloqueos de rutas y emboscadas de la Tercera Brigada informaban al comando via radio sus posiciones ademas de sus informes rutinarios y Timon las marcaba en el mapa. Dos veces evitaron bloqueos del camino tomando caminos laterales y huellas del ganado, avanzando cautelosos en el bosque de acacias. Pasaron por otras dos aldeas, simples puestos ganaderos, habitados por dos o tres familias de matabeles. La Tercera Brigada los había precedido, y cuervos y buitres banqueteaban sobre los cadaveres. Siguieron moviendo hacia el oeste cuando las huellas lo permitian. Ante cada punto elevado que se acercaban, Timon estacionaba a cubierto y Craig a pie trepaba hasta la cima para observar adelante. En todas las direcciones que miraba, veia elevarse el humo de las aldeas incendiadas. Se encaminaban siempre hacia el oeste, y el terreno cambio rapidamente a medida que se aproximaban al borde del desierto del Kalahari. El paisaje sa hacia cada vez mas plano. La tierra se nivelaba en una monotona llanura gris calentada interminablemente bajo los impiadosos rayos del sol alto. Los árboles aparecian ralos y contorsionados, con las ramas anquilosadas como los miembros de un invalido. Era aquella una tierra a duras penas capaz de nutrir al hombre, el comienzo del gran desierto; no obstante continuaban adentrandose siempre al oeste. El sol llego al cenit e inició la declinacion. Desde el alba no habían logrado hacer mas que unos sesenta kilometros; todavia estaban a unos cuarenta kilometros de la frontera, estimó Craig en el mapa, y los tres estaban exhaustos por la incesante tension y el calor infernal en la cabina metalica sin aislación. A media tarde se detuvieron por algunos minutos. Craig preparó el tè. Sally-Anne fue a acuclillarse detras de un arbusto, mientras Timon escuchaba la radio. « No hay mas aldeas desde aqui en adelante », dijo Timon sintonizando el receptor. « Creo que tenemos el camino libre, pero no conozco la zona y no se que encontraremos mas alla. »

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« Yo trabaje en esta zona cuando era guardafauna con Tungata, en el '72. Seguiamos a una manada de leones que mataban el ganado por cerca de doscientos kilometros cruzando la frontera. Es un territorio malo, sin agua, y con el terreno cubierto de costras de sal que...» Se interrumpio porque Timon le hizo señas para que guardara silencio. Había captado algo en la radio. Era una voz mas autoritaria y cortante que aquellas que informaban sobre las unidades y que habían escuchado hasta ese momento. Claramente se trataba del comando que ordenaba silencio de radio para una comunicacion urgente. Timon Nbebi se puso rigido y maldijo en voz baja. « Que pasa? » Craig no lograba contenerse. Pero Timon repitio el gesto de hacer silencio, escuchando la larga transmision en shona. Cuando la luz roja de la recepción se apagó, los miro a los dos. « Una patrulla ha recogido a los tres que abandonamos esta mañana. Eso fue un alerta para todas las unidades, Fungabera le ha dado prioridad absoluta a nuestra captura. Dos aviones de reconocimiento han sido enviados a esta zona. Deberiamos verlos por aqui arriba muy pronto. El generale ha calculado nuestra posición presunta con mucha exactitud y ha ordenado a las unidades al este de nosotros a abandonar sus misiones y marchar en esta dirección inmediatamente. Ha adivinado que tenemos laintención de pasar la frontera al sur de Plumtree y la linea ferroviaria. Ha ordenado a dos pelotones de aquel puesto de frontera a marchar hacia Plumtree para cerrarnos el camino. » Hizo una pausa. Se saco los anteojos y limpio los cristales con la punta de la corbata de seda. Sin los anteojos parecia tan miope como un buho a la luz del dia. « El general Fungabera le ha transmitido a todas las unidades el codigo leopardo...» hizo otra pausa, y casi en tono de excusa explico: « Codigo leopardo significa disparar a la vista. Muy mala noticia, me temo ». Craig abrio el mapa y se puso a estudiarlo, mientras Sally-Anne se inclinaba sobre el. « Estamos aqui », dijo, y Timon asintio. « Este es el unico camino a partir de aqui, y va hacia el noroeste », murmuró Craig para si. « La patrulla de Plumtree vendra a nuestro encuentro por este mismo camino, y la expedición punitiva nos seguirá. » Timon asintio otra vez. « Y esta vez no pasaran sin vernos porque estaran atentos. » La radio se despertó de nuevo y Timon volvio al aparato. Mientras escuchaba,su expresion se hacia mas lugubre. « Los que estaban detras han encontrado nuestras huellas. No estan muy lejos y se acercan rapidamente », le informó. « Se han puesto en contacto con la patrulla que viene a nuestro encuentro. Nos han embotellado. No se que hacer, señor Mellow. Estaran aqui en pocos minutos. » Miro a Craig en espera de una idea. « Y bien », dijo Craig tomando con naturalidad el comando. « Dejaremos el camino y cruzaremos campo atraviesa el desierto. » « Pero no me había dicho que el terreno es muy dificil... » comenzo Timon. « Engancha las cuatro ruedas motrices y ponte al volante », lo cortó Craig. « Yo subo al techo y desde alli te guio. Sally-Anne, sientate adelante. » Encaramado en el techo de la Land Rover, con el fusil en la espalda, Craig hizo cuatro calculos de la deflección magnetica con la brujula, trazo la ruta sobre el mapa y le grito a Timon que se desviara. « A la derecha, un poco mas a la derecha, ahi está! Manten esa dirección. » Estaba alineado con el blanco resplandor de una pequeña salina a pocos kilometros mas adelante. El terreno bajolas ruedas parecia compacto y razonablemente transitable. La Land Rover acelerò aplastando los bajos arbustos espinosos, desviandose solo si se encontraba con alguno un poco mas grande. A cada desviacion Craig controlaba el rumbo. Andaban a cerca de cincuenta kilomEtros por hora y el horizonte estaba completamente limpio en todas direcciones. Los camiones que los perseguian, pesados y poco agiles como eran, no podrian alcanzarlos, Craig estaba seguro de eso, y la frontera estaba a menos de una hora. Ademas ya estaba por caer la noche. La taza de tè lo había reconfortado, y sintio que se elevaba el animo. « Muy bien, bastardos, vengan a capturarnos! » exclamó desafiando al invisible enemigo, y se rio al viento. Había olvidado como la adrenalina hacia hervir la sangre cuando el peligro esta cercano. Alguna vez le había gustado esa sensacion y se dio cuenta que la adiccion todavia estaba presente. Se dio vuelta para mirar hacia atras y lo vio inmediatamente.

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Parecia un pequeño willy-willy, los remolinos del desierto, los vortices de polvo que se crean en el aire quieto del mediodia. Pero esa nubecita se movia en una dirección precisa, y se encontraba justo donde esperaba verla aparecer, directo al este, sobre el camino que habían dejado recientemente. « Patrulla a la vista », se inclino a gritar en la ventanilla de Timon. « Estan detras a menos de diez kilometros. » Después volvio a mirar hacia atras, a la propia nube de polvo que levantaban con la traccion en las cuatro ruedas. Los seguia como la cola de una novia y no se asentaba hasta después de unos minutos de pasar; en la estepa árida formaba como una larga mancha palida sobre los matorrales. Era imposible que no la vieran. Miraba la polvareda, en lugar de mirar al frente. El hormiguero quedaba oculto al conductor por la hierba del desierto; lo agarraron a cincuenta kilometros por hora, y los frenó en seco. Craig fue lanzado del techo, volando sobre el capot y cayendo a tierra con sus codos y rodillas y un costado de la cara. Quedo en el suelo atontado y dolorido, después rodo hasta sentarse escupiendo sangre de la boca. Controló los dientes con la lengua, estaban firmes. Tenia los codos pelados y la sangre brotaba de las rodillas de sus jeans, se tanteo las correas de su pierna, estaban intactas. Se puso pesadamente en pie. La Land Rover estaba enterrada en el pozo con la rueda izquerda delantera. Craig se acerco rengueando al puesto del pasajero, maldiciendose por su falta de atencion, y abrio la portezuela. El parabrisas estaba roto y astillado donde Sally-Anne había golpeado con la cabeza y estaba tirada hacia adelante en el asiento. « Oh Dios! », dijo levantandole suavemente la cabeza. Sobra el ojo tenia un chichon azul del tamaño de una bellota, pero cuando le toco la mejilla, Sally-Anne lo miro enfocando la vista. « Estas herida grave? » Ella se enderezó. « Eres tu elque sangra », farfullo como borracha. « Son raspones », le aseguró Craig, apretandole el brazo y mirando a Timon. Había golpeado con la boca en el volante y sangraba del labio superior cortado. Un incisivo se le había roto a ras de la encia. Tenia la boca llena de sangre, que trataba de taponar con un pañuelo. « Mete la marcha atras », le ordenò Craig, y saco afuera a Sally-Anne para aligerar elvehiculo. La muchacha dio cuatro pasos tambaleandose y cayo sentada al suelo. Todavia atontada y confusa por el golpe. El motor se había parado, pero arranco rapido petardeando, mientras Craig miraba la nube de polvo detras de ellos. No estaba tan lejos y se aproximaba rapidamente. Finalmente Timon trato de salir del hormiguero marcha atras, pero soltó el embrague demasiado rápido y las cuatro ruedas giraron vertiginosamente. « Ehi, despacio, vas a romper un semieje? » le gruño Craig. Timon intento mas suave esta vez, pero ahora las ruedas patinaron levantando polvo y excavando en el terreno una verdadera tumba para la Land Rover. Craig se tiro alsuelo y miro debajo del chasis. La rueda delantera izquierda en elpozo giraba en el aire; el peso del vehiculo descansaba sobre el semieje. « Trae las palas », le grito Craig a Timón. « Se las dejamos a los soldados », le recordó el oficial, y Craig se tiro al borde del pozo cavando con las manos desnudas. « Encuentra cualquier cosa para cavar! », dijo, mientras continuaba haciéndolo con los dedos freneticamente. Timon fue a hurgar en el baul y le trajo la manija del gato y una panga ancha. Craig atacò el borde del pozo con eso, gruñendo y jadeando, con el sudor que le hacia arder la herida dela mejilla. La radio graznó. « Han encontrado el punto donde abandonamos el camino », tradujo Timon. « Cristo! » exclamo Craig, trabajando lo mas rápido que podia. Estaban a solo cuatro quilometros de distancia. « Puedo ayudarte? » le preguntó , que ahora ceceaba por la perdida del diente. Craig no se dignó a responderle. Debajo de la Land Rover podia trabajar una sola persona. La tierra se derrumbo y la Land Rover bajo unos centimetros y luego la rueda libre toco el fondo del pozo. Craig volvio su atención al borde, cortandolo y formando una rampa para que no bloqueara la rueda. « Sally-Anne, sientate al volante », hablo entrecortado entre un golpe de panga y otro. « Yo y Timon trataremos de levantar el tren delantero. » Se arrastro desde abajo del auto y perdio un segundo para mirarhacia atras. Ahora el polvo de los perseguidores se veia bien al nivel del suelo. « Vamos, Timon. »

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Se pararon hombro con hombro frente al radiador y doblaron las rodillas para asegurarse un buen agarre en el parachoques. Sally-Anne sentada detras del parabrisa cubierto de polvo. El chichon se le había hinchado sobre la frente y parecia una gran saguijuela azul. La mujer miro a Craig desde atras del vidrio con expresion desesperada. « Ahora! » grito Craig, e hicieron fuerza juntos, con los musculos de las piernas, de la espalda y de los brazos. El tren delantero se elevo unos centimetros sobre la suspension y Craig le hizo una seña a Sally-Anne. Ella solto el embrague, el motor petardeo, la rueda giró y se freno contra el borde del pozo. « Descansemos », dijo Craig. Y se dejaron caer jadeando sobre el capot. Craig vio la polvareda de los perseguidores tan cerca que que espero ver aparecer los camiones bajo la nube de un momento a otro. « Okay, la haremos rebotar », le dijo a Timon. « Fuerza! Uno! Dos! Tres! » Mientras Sally-Anne aceleraba el motor, sacudian el tren delantero con breves impulsos regulares ritmicos y veloces. « Uno! Dos! Tres! » jadeaba Craig. El vehiculo comenzo a rebotar locamente sobre el borde del pozo. « Mantenelo acelerado! » Una nube de polvo se levanto desde las ruedas del vehiculo y la voz en la radio ladró exultante, como el lider de la jauria al captar el rastro de la presa. Habían avistado la polvareda. « Tenelo acelerado! » Craig encontro reservas de energia insospechadas. Apretando los dientes, la respiración silbando en su garganta, con la cara hinchada enrojecida por el esfuerzo y la rabia, los ojos llenos de estrellitas luminosas, continuaba hciendo saltar con Timon el tren delantero dela Land Rover. Justo cuando pensaba que había agotado las fuerzas, de estar a punto de romperse la espalda, las ruedas delanteras rebotaron sobre el borde y la Land Rover salio disparada hacia atras, limpia y libre. Craig perdio el apoyo y cayo de rodillas. Pensaba que no tenia mas fuerzas paraponerse de pie. « Craig! Rapido! » le gritó Sally-Anne. « Sube! » Con el ultimo resto de energia se trepo al techo de la Land Rover y permanecio aferrado al portaequipaje sin mirar hasta que le volvio un poco de energia a los musculos. Entonces levanto la cabeza y miro hacia atras. Era un solo camion el que los perseguia, un Toyota de cinco toneladas pintado con el familiar color arena. En la distorsion de espejismo creado por las ondas de calor que se elevaban del suelo, aoarecia monstruoso, parecia dirigirse hacia ellos flotando, desconectado de la tierra. La vision se le aclaró y en la confusa superestructura negra que coronaba la cabina del camion identifico una ametralladora pesada con la cabeza negra del artillero detras. Aun a esa distancia tenia el aire de ser la Goryunov Stankovy modificada, un arma muy antipatica. « Oh buen Jesus! » susurró,cuando por primera vez se dio cuenta de la extraña vibración dela Land Rover. Temblaba, sacudiendose fuerte y se escuchaba la chirriante protesta de metal rozando metal desde la izquierda del tren delantero, donde había golpeado; y andaba lento, lentisimo. Craig grito en la ventanilla del conductor. « Acelera! » « Se rompio el tren delantero », le respondio Sally-Anne sacando la cabeza fuera de la ventanilla. « Si acelero, se hace pedazos. » Craig miro hacia atras. El camion se acercaba, no tan rapidamente pero inexorablemente. Sobre el techo de la cabina vio al artillero ajustando la mira. « Dale, prueba, Sally-Anne! » le gritó. « Quizas resista! Tienen una ametralladora pesada y estan llegando a distancia de tiro. » La Land Rover aceleró un poco y ahora hubo un pesado traqueteo y un ruido lacerante de chapa contra chapa. La vibracion lehacia castañetearlos dientes a Craig y miro hacia atras. Ganaban terreno sobre el camión y luego vio al vehiculo vibrar por el retroceso de la ametralladora sobre la cabina. No se escucho ningun sonido y Craig observaba con interes academico. Abruptamente surgio polvo abajo cerca del flanco izquierdo, saltandoun metro y medio en el aire recalentado y en una diafana cortina, pareciendo eterea e inofensiva. Pero el sonido del disparo restallo ferozmente, como alambre de cobre golpeando sobre una barra de acero.

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« A la izquierda! » grito Craig. Siempre girar hacia el impacto. El artillero estara corrigiendo la punteria en la dirección opuesta, y el polvo contribuira a confundirle la punteria. La descarga siguiente cayo a la derecha, muy larga. « A la derecha! » grito Craig. « Disparale tu tambien! » le dijo Sally-Anne sacando la cabeza por la ventanilla. Claramente se estaba recuperando del golpe y el combate la excitaba. « Yo doy las ordenes, tu conduce », la intimó. La rafaga siguiente fue larga y a unos treinta metros a la izquierda. « Gira a la izquierda! » El zig-zag le confundia las ideas al artillero, y el polvo que levantaban le ocultaba la distancia, pero tambien perdian terreno. El camion se estaba acercando de nuevo. La salina blanca resplandeciente ya estaba cerca. Se trataba del fondo de un antiguo lago salado, plano y brillante, contra el sol. Craig entrecerro los ojos y alcanzó a ver, en la capa de sal, las huellas de una pequeña manada de cebras. Las pezuñas habían roto la costra blanca mostrando la pasta amarilla de abajo. Un vehiculo que intentara ese tentador cruce se habria empantanado a los pocos metros. « Costea la orilla del lago salado. A la izquierda! Mas, Un poco mas! Bien, sigue asi », le grito en la ventanilla a Sally-Anne. Había una estrecha franja de la salina que se extendia frente a ellos, quizas podia inducir a los perseguidores a tratar de atravesarla para cortar camino. Miro hacia atras y solto una imprecación en voz baja. « Mierda! » El comandante era demasiado astuto para tratar de cortar camino. Seguia exactamente sus propias huellas. Otra ráfaga de ametralladora llovio en torno de la Land Rover. Tres proyectiles perforaron la carroceria creando crateres de chapa brillante donde salto la pintura. « Estan bien? » « Bien! » grito en respuesta Sally-Anne, pero el tono de su voz no era tan firme. « Craig, la camioneta se esta frenando. Acelero a fondo, pero disminuye. Hay algo que la frena. » Tambien Craig sentia ahora elolor del metal caliente que surgia del tren delantero dañado. « Timon, pasame un fusil. » Estaban todavia muy fuera del alcance del AK 47, pero dispararle una rafaga a los perseguidores lo hacia sentirse menos indefenso, aunque no pudiera ver ni siquiera donde impactaban las balas. Giraron atronando en torno a la lengua salina, en el olor de chapa recalentada y polvo, y Craig levanto la cabeza después de haber recargado el fusil. A que distancia estaban de la frontera? Veinte kilometros, quizas? Pero pararia una frontera internacional a una patrulla punitiva de la Tercera Brigada a la que se había dado el código “leopardo”? Los Israelies y los Sudafricanos hace tiempo habían creado un precedente de « persecución caliente » en territorio neutral. Sabia que los perseguirian hasta la muerte. La Land Rover saltaba ritmicamente, ahora, sobre la suspension desbalanceada, y Craig supo por primera vez que no lo lograrian. Darse cuenta de ello lo hizo enojar. Disparo el segundo cargador en cortas rafagas espaciadas, y en la segunda rafaga el camion Toyota se desvio ligeramente y se paro en una nube de polvo. « Lo alcancé! » grito exultante. « Se la pusiste! » grito Sally-Anne. « Geronimo! » « Felicitaciones, señor Mellow! Ha estado magnifico. » El enorme camion estaba inmobil, mientras a su alrededor se asentaba el polvo. « Chupate esa! » aullo Craig agitando el puño. « Metanselo en el culo, hijos de puta! » Y vació el cargador contra el vehiculo lejano. Los hombres pululaban alrededor de la cabina del camion como hormigas alrededor de un bicho muerto. La Land Rover se alejaba distanciandose de los perseguidores. « Oh, no! » gruño Craig. La silueta del camion cambiò cambio de forma mientras giraba para volver a la persecucion. Una vez mas se elevo la polvareda tras el. « Se nos vienen! » Quizas había herido al conductor. Pero, cualquier daño que les hubiese inferido, no era permanente. El camion se había parado menos de dos minutos y ahora, corria mas veloz que antes. Y como para enfatizar el hecho, otra rafaga de la ametralladora pesada acerto ruidosamente en la Land Rover.

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Alguien en la cabina grito. Era un grito agudo y femenino. Craig se quedo helado, sin atreverse a preguntar nada, aferrado rigidamente al portaequipaje. « Timon esta herido. » La voz de Sally-Anne. El corazón de Craig se acelero por el alivio. « Gravemente? » « Sì. Pierde mucha sangre. » « No podemos detenernos, prosigue. » Craig, deseperado, miro hacia adelante, donde la nada se extendia delante de el. Hasta los atrofiados árboles habían desaparecido. El paisaje era plano y monotono: el reflejo de las salinas hacia empalidecer el cielo lechoso y confundia el horizonte, de manera que no había clara division entre el cielo y la tierra, nada en que fijar la vista. Craig bajo la vista y gritó: « Frena! » Para reforzar la orden, dio un fuerte golpe sobre el techo de la camioneta, y Sally-Anne reaccionó inmediatamente con una frenada. La estropeada Land Rover se paró con un breve bandazo en poco espacio. La causa del grito de Craig era un pequeña y aparentemente inocua bola de pelo amarillo, no mayor a una pelota de futbol. Saltaba delante del vehiculo, sobre las patas posteriores de canguro, totalmente desproporcionadas con el resto del cuerpo. De repente desaparecio debajo de la tierra. « Una liebre saltarina! » grito Craig. « hay una enorme colonia justo frente a nosotros! » « Ratas-canguro! » dijo Sally-Anne mirando fuera de la ventanilla y esperando su orden con el motor funcionando. Habían tenido suerte. Esas liebres eran animales nocturnos y ver a uno de dia fuera de la madriguera era un caso excepcional. Por lo tanto ahora, mirando bien, Craig pudo descubrir la extension de la colonia. Había decenas de miles de madrigueras, las entradas marcadas con pequeños monticulos de tierra suelta; pero Craig sabia bien que elsuelo arenoso debajo de ellas estaria todo perforado con pasajes intercomunicantes. La zona entera era una trampa que escondia un laberinto profundo de un metro a un metro y medio. Ese suelo no soportaria el peso de un hombre a caballo, ni pensar una Land Rover. Con el motor regulando, Craig podia oir el bramido del camion que los perseguia, y la ametralladora escupio otra ráfaga que paso alto encima de ellos, induciendo a Craig a agacharse instintivamente. « A la izquierda! » grito. « Viremos hacia las costras de sal! » En ángulo recvto atravesaron delante del camión que disparaba. Los gemidos de Timon ahora se dejaban oir sobre el ruido de los motores. Craig se esforzo para hacer caso omiso. « No hay paso! » grito Sally-Anne. Las madrigueras de liebre estan por todos lados. « Sigue », le grito Craig. El camion había virado en su direccion para cortarle el camino a la Land Rover, y ya estaba cerca. « Ahi! » gritó Craig con alivio. Como había imaginado, las madrigueras terminaban un poco antes de la salina, para evitar infiltraciones de salmuera desde la salina. Había un estrecho puente para cruzar las madrigueras,y Craig guió a Sally-Anne. Después de cincuenta pasos habían superado la zona minada y se encontraban con terreno firme adelante. Sally-Anne aceleró al maximo tratando de alejarse de sus perseguidores. « No! No! » le gritó Craig. « Gira a la derecha! Todo a la derecha! » Sally-Anne vacilaba. « Obedece, maldita! » Y de pronto entendio lo que se proponia y giró el volante, atravesando en dirección opuesta a la precedente, ofreciendo el costado al camion que disparaba. Inmediatamente el camion viro para cortarles el camino, apartandose de la salina y de la lengua de terreno sólido a traves del laberinto subterraneo de madrigueras. Estaba tan cerca que podian ver las cabezas de los soldados en la caja abierta. Tambien se veia la boina roja del oficial que comandaba el pelotón, sobre la que brillaba el leopardo de plata; se sentia el griterio excitado de los perseguidores que agitaban triunfantes los AK 47. Una rafaga de ametralladora pesada aró el terreno delante de la Land Rover, que se sumergio en la nube de polvo. Craig disparaba rafagas de metralla contra el camion, en la esperanza de distraer la atencion del conductor del terreno que tenia adelante. « Por favor, por favor, haz que caiga! » rogo cambiando el cargador al fusil caliente. A toda velocidad el camion entró en la zona perforada por las madrigueras. Los dioses debian haberlo escuchado. Fue como cuando un elefante cae en la trampa. La tierra se abrio y lo tragó. El camion se tumbo sobre un costado, arrojando afuera a los soldados que estaban sobre

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la caja. Cuando se poso el polvo, el camion yacia inmobil y semi volcado. Alrededor los soldados se estaban levantando trabajosamente, o yacian donde había caido. « Eso! » gritó Craig. « Necesitaran un buldózer para sacarlo de ahí. » « Craig! » grito la muchacha. « Timon esta mal. No podemos ayudarlo? » « Frena un segundo. » Craig bajo del techo y entro al vehiculo. Sally-Anne arranco enseguida. Timon estaba semi tendido sobre el asiento, con la cabeza apoyada en la portezuela. Había perdido los anteojos y respiraba con mucha dificultad. La respitacion le gorgoteaba en la garganta y sobre la espalda de la chaqueta tenia una gran mancha de sangre. Craig lo enderezo con cuidado y le desprendio la chaqueta. Se puso pálido.la bala debia haber entrado a traves de la carroceria y deformada por el impacto se transformo en una primitiva dum-dum. Sobre la espalda de Timon tenia un orificio del tamaño de un pocillo de cafe. No había orificio de salida, la bala todavia estaba adentro del cuerpo. Sobre el tablero había engrapado un botiquin de primeros auxilios. Craig tomo dos vendas y fajó el torax de Timon sobre la herida. « Como esta? » le pregunto Sally-Anne desatendiendo por un instante la vista sobre el terreno. « Pronto estara bien », dijo Craig en beneficio de Timon, mientras sacudia la cabeza a Sally-Anne en señal de negativa. Timon era hombre muerto. Podria resistir todavia una hora o dos. Nadie sobrevive a una herida por el estilo. El olor a chapa caldeada dentro del vehiculo, era sofocante. « No puedo respirar », dijo Timon jadeando. Craig había esperado en vano que estuviera inconsciente. Pero los ojos de Timon se fijaron en los suyos. Para hacerle llegar un poco de aire, Craig ledio un golpe a la ventanilla de perspex, abriendola. « Donde estan mis anteojos? » pregunto Timon. « No veo nada. » Craig los encontro en el piso y se los colocó suavemente. « Gracias, señor Mellow. » Increiblemente Timon sonrio. « Por lo que parece no ire con ustedes después de todo. » Craig se sorprendio de la intensidad de su pena. Apreto con la mano el hombro de Timon, esperando que el contacto fisico pudiese consolarlo un poco. « y el camion? » pregunto Timon. « Lo dejamos fuera de combate. » « Bien por ustedes. » En eso, el habitaculo se lleno de un olor a aceite y goma quemada. « Nos estamos incendiando! » gritó Sally-Anne, y Craig se volvió de inmediato. El tren delantero del Land Rover ardía. El metal caliente del cojinete averiado al entrar en contacto con los engranajes girando había encendido la grasa y la goma del neumático delantero izquierdo. Inmediatamente la rueda terminó de engranarse y el motor que continuaba girando se frenó con un ruido metálico. También ardía el embrague. Por debajo del piso ingresaban al habitáculo volutas de humo. « Para el motor! » ordenó Craig, y abrió de golpe la puerta agarrando el extintor enganchado en el garante. Esparcio una nube de espuma blanca sobre el tren delantero en llamas, sofocandolas casi enseguida, después destrabo y levanto el capot quemandose los dedos con la chapa caliente. Esparcio tambien espuma sobre el motor para impedir un reinicio del incendio y dio un paso atras. « Bueno », dijo en tono conclusivo. « Este cacharro no nos llevara mas a ninguna parte. » El silencio era ensordecedor. Era roto solo por el tintineo del metal que se enfriaba, como un oncierto de cimbales. Craig fue a la parte de atras del vehiculo y miro hacia atras. Las ondas de calor ocultaban al camion tumbado. el silencio le zumbaba en los oidos y la soledad del desierto lecayo encima como una pesada capa que parecia retardar sus movimientos y sus pensamientos. Tenia la boca seca, como sucede cuando la adrenalina deja de circular en la sangre. « Agua! » Fue rapidamente al tanque de reserva bajoel asiento y controlo el nivel. « Por lo menos veinticinco litros. » Había una cantimplora de aluminio colgada junto al AK 47 en el soporte, dejada por uno de los soldados. Craig la lleno de agua y se la llevo a Timon. Este bebio con alivio, tragando y tosiendo en la urgencia por ingerir el liquido. Craig le paso la canti,plora a Sally-Anne y después bebio el mismo. Timon parecia

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estar un poco mejor y Craig le examinó el vendaje. Por el momento la hemorragia había cesado. « La primera regla para sobrevivir en el desierto », recordó Craig: « Quedarse junto al vehiculo ». Solo que en este caso no se aplicaba. El vehiculo habria atraido a los perseguidores como un faro. Timon había hablado de aviones de reconocimiento; sobre aquellallanura árida localizarian a la Land Rover desde sesenta kilometros. Luego estaba la segunda patrulla viniendo desde elpuesto fronterizo de Plumtree. Estarian aqui en unas pocas horas. No podian quedarse. Debian proseguir. Miro a Timon, e intercambiaron una mirada de entendimiento. « Deberan dejarme aqui », susurró Timon. Craig no pudo responderle ni sostener su mirada. En cambio, volvio al techo de la Land Rover y miro hacia atras. Sus huellas eran clarisimas en la tierra blanda. El sol que caia arrojaba sombras sobre las mismas. Las siguio con la vista hasta el horizonte neblinoso y luego salto alarmado. Algo se movia en ellimite de su vision. Por largos segundos tuvo la esperanza de que fuesen trucos de la luz. Luego el movimiento se repitio. Parecia un cienpies que se movia en el espejismo: no tardó en revelarse lo que era, un peloton de soldados que los seguian en fila india. La Tercera Brigada no abandonaba la caceria. Seguian a pie a lo largo de sus huellas, trotando sobre la llanura desertica. Craig ya sabia que los soldados negros eran capaces de mantener ese paso por un dia y una noche sin detenerse nunca. Se bajo del techo y encontro los binoculares de Timon en la guantera del tablero. « Hay una patrulla que nos sigue a pie », le informó. « Cuantos son? » preguntó Timon. Sobre el techo enfocó los binoculares. « Son ocho. Si ve que tuvierton bajas cuando tumbo el camion. » Miro el sol. Estaba enrojeciendo y no quemaba mas como antes, hundiendose en la bruma. Dos horas para el crepusculo, pensó. « Si me coloca en una buena posicione, le puedo dar fuego de cobertura », le dijo Timon. Y viendo que Craig dudaba: « No pierda tiempo discutiendo, señor Mellow ». « Sally-Anne, llena de nuevo la cantimplora », le ordeno Craig. « Toma de las raciones de emergencia las tabletas de chocolate y las tabletas de concentrado de proteinas. Toma el mapa, la brujula y los binoculares. » Miro a su alrededor. Junto al vehiculo inutilizado el terreno no ofrecia ningún reparo salvo la misma Land Rover. Craig abrio el tapón de drenaje del tanque de combustible para extraerle toda la nafta, que fue absorbida por el suelo arenoso. No deseaba que un tiro de suerte de los atacantes pudiese incendiar el vehiculo con el pobre Timon adentro. Rapidamente construyó una barricada entre las ruedas traseras, con las ruedas de auxilio y la caja de herramientas para cubrir los flancos de Timon cuando comenzaran a rodearlo. Ayudo a Timon a descender del asiento trasero y lo acosto de panza tras la barricada. Sangraba de nuevo, impregnanadole las ropas, estaba gris ceniciento y transpiraba en brillantes gotitas de sudor sobre ellabio superior. Craig le puso en sus manos un AK 47, construyendole una especie de apoyo que le facilitase la punteria. Colocó la caja de cargadores de repuesto a la derecha, quinientos proyectiles. « Resistire hasta la noche », prometio Timon con un gemido. « Pero dejenme tambien una granada. » Los tres sabian para que le seviria. Timon no queria ser capturado vivo. Al final de todo se pondria la granada en el pecho y la haria explotar. Craig recogio las otras cinco bombas y las metio en una mochila. Colocó encima la bolsa con los documentos y el manuscrito del libro. De la guantera saco un rollo de alambre fino y un alicate; de la caja de municiones seis cargadores para el AK 47. Dividio el contenido del botiquin de primeros auxilios, dejandole a Timon vendas, analgesicos y una jeringa con morfina. El resto lo volcó todo en su mochila. Lanzo una rápida mirada al interior de la Land Rover. Había alguna otra cosa que podria necesitar? Una tela impermeable de plastico camuflada, enrollada. La metio en la mochila y le probó el peso, podia cargarla. Miro a Sally-Anne. Tenia la cantimplora al cuello y otro bolsito en la espalda con el portafolio de fotografias enrrollado. Estaba muy pálida y elchichón sobre la frente se le había hinchado todavia mas. « Estas lista? » le preguntó. « Okay. » Se agacho junto a Timon. « Adios, capitan », le dijo. « Adios, señor Mellow! »

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Craig le tomó la mano y lo miro a los ojos. No vio miedo alli, y penso una vez mas en la ecuanimidad con que los africanos pueden aceptar la muerte. Lo había visto a mennudo. « Gracias, Timon, gracias por todo », le dijo. « Hamba gashle », replicó Timón gentilmente. « Ve en paz. » « Shala gashle », le respondió Craig con la misma gentileza, como dictaba la tradición: « Queda en paz ». Se levanto y Sally-Anne tomo su lugar. « Usted es un buen hombre, Timon. Y muy valiente », le dijo. Timón se desprendió la solapa de la pistolera y extrajo la pistola. Era una imitación china de la Tokarev tipo 51. La dio vuelta y se la alcanzó. Ella no dijo nada y después de un momento la aceptó. « Gracias, Timón. » Sabían que, como la granada, era para el final: la vía de salida mas fácil. SallyAnne se metió la pistola en el cinturón y luego impulsivamente se inclinó para besar a Timón. « Gracias », le dijo nuevamente; se levantó y se dio vuelta. Craig la precedio trotando. Cada pocosd metros se daba vuelta, manteniendo a la Land Rover entre ellos y la patrulla que los perseguia. Si sospechaban que dos de ellos habían abandonado el vehiculo, se habrian dividido y cuatro habrian rodeado a Timon para seguirlos a ellos. Treinta y cinco minutos después oyeron la primera rafaga de disparos. Craig se paro a escuchar. La Land Rover no era mas que un lejano puntito negro, con la oscuridad del crepusculo cayendo rapidamente. La primera fue seguida por una tormenta de fuego, muchas armas disparando juntas furiosamente. « Es un buen soldado », dijo Craig. « Se debe haber asegurado ese primer tiro. Ya no son mas ocho, seguramente. » Con sorpresa vio que sobre las mejillas de la muchacha corrian las lágrimas, fangosas en el polvo que le cubria la cara. « No es morir lo que cuenta », le dijo tranquilo Craig, « sino la manera en que se muere. » Lo miro enojadisima. « Guardate para ti esa mierda literaria de Hemingway, fanfarron! No eres tu el que esta muriendo. » Y enseguida después, arrepentida: « Perdoname, tesoro, me duele la cabeza y a mi me caia muy simpatico ». El rumor del combate disminuyo a medida que se alejaban, hasta que no fue mas que un rumor como de pasos lejanos sobre la hojarasca seca detras de ellos. « Craig! » lo llamó Sally-Anne, y el se dio vuelta. Se había quedado una veintena de pasos atras y su sufrimiento era evidente. Apenas vio que Craig se detenia, se dejo caer al suelo con la cabeza entre las rodillas. « Me recupero en un momento, me duele tanto la cabeza. » Craig abrio el estuche de los analgesicos y le hizo tragar dos con un sorbo de agua de la cantimplora. El tamaño del chichón sobre la frente lo espantó. Le pasó un brazo alrededor de los hombros y la sostuvo fuerte. « Ah, esto si que me hace bien », dijo ellas abrazandolo agradecida. En el silencio del crepusculo les llego el sonido de una explosion lejana. SallyAnne se enderezó. « Que fue eso? » le pregunto. « Granada », le respondio Craig mirando el reloj. « Terminó, pedo nos dio una ventaja de cincuenta y cinco minutos. Que Dios te benediga y te reciba enseguida, Timon. » « No debemos desperdiciarlos », exorto la muchacha con decision, y se puso de pie. Miro hacia atras. « Pobre Timon », dijo, poniendose de nuevo en movimiento. Enseguida se habrian dado cuenta que la Land Rover era defendida por un solo hombre. Habrian encontrado sus huellas que se alejaban y las habrian seguido enseguida. Craig se preguntaba cuantos habria logrado eliminar Timon y cuantos quedaban. « Lo descubriremos pronto », se dijo, y la noche cayço sobre ellos con la velocidad de un telón de teatro. La luna nueva había pasado hacia tres dias, y la unica luz era de las estrellas. Orion brillaba alto en una parte, y en el lado opuesto la Cruz del Sud. En el aire seco del desierto las estrellas brillaban fantasticamente, y la Via Lactea se esparcia en el cielo como la fosforecencia de una luciernaga aplastada por los dedos de un niño. el cielo estrellado era magnifico pero, miro hacia atras y se dio cuenta que había bastante luz para ver sus huellas. « Descansa! » le dijo a Sally-Anne, que se acosto enseguida en el suelo. Con la bayoneta del AK 47 corto un arbusto, lo ato con alambre y después ato la otra punta del alambre a su cinturon en la espalda a manera de cola.

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« Ve adelante! » le dijo con extrema economia de palabras. Ella avanzo delante de el, mas lentamente que antes, mientras Craig atras de ella, arrastraba tras de si el arbusto, borrando las huellas. Controló y quedo satisfecho, no se veia nada mas. En un par de kilometros el arbusto, una verdadera ancla, comenzó a minar su energia. Craig se inclinaba hacia adelante para vencer la resistencia. En la hora siguiente Sally-Anne pidio tres veces agua. El se la nego. Nunca hay que beber a la primera sed, esa es una de las reglas fundamentalers para la supervivencia en el desierto. Si se bebe, la sed bien pronto se torna insaciable. Pero Sally-Anne estaba dolorida por la herida en la cabeza, y Craig no tuvo elcoraje de negarsela por cuarta vez. Evitó de beber tambien el. Mañana, si lograban llegar vivos, pasarian una sed infernal. Le saco la cantimplora para evitar la tentación. Poco antes de la medianoche se desato el arbusto de la cintura. El ya no soportaba mas arrastrarlo tras de si y si los Shonas todavia estaban tras sus huellas, era inutil insistir. En cambio tomo la mochila de Sally-Anne y se lo puso al hombro. « Puedo llevarla », protestó ella, aunque se tambaleaba como borracha. No se había quejado ni una sola vez, aunque a la luz de las estrellas su cara se veia plateada como la salina que ahora estaban atravesando. Craig trato de pensar en algo para consolarla. « Debemos haber cruzado la frontera hace horas », le dijo. « Significa que estamos a salvo? » susurró ella y Craig no se atrevió a mentirle. Ella temblo. El viento de la noche penetraba debajo de sus ropas livianas. Craig desplego la tela camuflada y se la coloco sobre los hombros, después la tomo de la cintura y la empujo hacia adelante. Después de otro par de kilometros llegaron al limite de la salina y el sabia que ella no podria seguir mas allá esa noche. Había un borde de cuarenta y cinco centimetros que constituia el inicio del terreno firme. « Nos quedamos aca. » La muchacha se tiro al suelo y el la tapó con la tela impermeable. « Puedo tomar un poco de agua? » « No. Mañana. » La cantimplora estaba liviana, vacia hasta la mitad a juzgar por el chapaleo que se escucho cuando Craig bajo la mochila. Corto unos arbustos para hacerle un reparo para elviento, después le saco las zapatillas. Le masajeo los pies examinandole las plantas. « Ahi, eso me arde! » Tenia el talon izquierdo escoriado. Craig se lo llevo a la boca y limpio la abrasion lamiendola para ahorrar agua. Después la mojo con Mercurocromo y le aplico una venda. Le cambio las medias de un pie al otro, y le volvio a poner las zapatillas. « Eres tan amable », murmuró Sally-Anne mientras el se deslizaba tambien bajo el paño y la abrazaba. « Y tan cálido. » « Te amo », le dijo Craig. « Y ahora duerme. » Sally-Anne suspiro acurrucandose entre sus brazos y el penso que se había dormido hasta que la sintio decir en voz baja: « Craig, lo lamento tanto por King's Lynn ». Después se durmio, respirando profundamente con ritmo regular contra su pecho. Craig de deslizo fuera del paño impermeable y la dejo sin molestarla. Fue a sentarse sobre el borde de la salina, con el fusil sobre las rodillas, esperando ver aparecer a los perseguidores de un momento a otro. Haciendo la guardia, pensaba en lo que le había dicho Sally-Anne. Pensaba en King's Lynn, en las manadas de grandes bestias rojizas y en la casa sobre la colina. Pensaba en los hombres y mujeres que vivieron alli y criaron a sus familias. Pensaba en los sueños que había imaginado para sus vidas y lo que había esperado fundar con su mujer. Mi mujer. Se volvio hacia ella y se inclino a escuchar su respiración, recordandola desnuda y despatarrada sobre la mesa del living, bajo el cruel escrutinio de tantos ojos. Volvio al borde del antiguo lago a hacer la guardia y penso en Tungata Zebiwe, recordando las risas y la camaraderia que habían compartido. Vio la señal que le había hecho del banquillo de los acusados con la mano antes que se lo llevaran. « Estamos a mano. » Sacudio la cabeza. Pensó que había sido millonario y ahora debía millones. De rico, en un solo golpe había sido reducido a algo peor que la pobreza. No poseia ni siquiera el manuscrito que llevaba en la mochila. Se lo quitarian los acreedores. No tenia nada, excepto esa mujer y su ira.

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La imagen del general Peter Fungabera le lleno su imaginacion. Elegante como el pecado mortal, terso como una taza de chocolate caliente, malvado y poderoso como Lucifer. La ira crecio dentro de el, amenazando consumirlo. Se quedo ahi sentado, despierto toda la noche, odiando con toda la fuerza de su ser. A cada hora iba a ver a Sally-Anne y se inclinaba sobre ella. Una vez le acomodó el paño empermeable sobre los hombros, otra vez le rozo el chichon con el indice y ella se quejó en sueños. Luego volvio a su vigilia. Una vez vio negras formas sobre la salina y se le cerro laboca del estomago; pero el binocular de Timon le reveló que se trataba de gacelas del desierto, grandes casi como caballos, con las marcas caracteristicas en las caras. Pasaron silenciosamente a barlovento de donde se encontraba y se perdieron de nuevo en la noche. Orion atravesó el cielo y empalidecio a las primeras luces. Era hora de seguir el camino, pero vacilaba, reacio a condenar a Sally-Anne al terror y a las pruebas que el dia traeria consigo. Le concedio esos ultimos pocos minutos de inconsciencia. Después los vio, y sintio en las tripas y las caderas el plomo fundido de la desesperacion. Todavia estaban lejos en la salina, demasiado negros para ser confundidos con algun animal del desierto: una oscuridad que avanzaba rapidamente hacia ellos. Era quizas merito de la idea del arbusto que se habían demorado tanto. Pero, cuando lo había abandonado, habían commenzado a dejar huellas destacadisimas. Luego su desesperación cambio de forma. « Si debe ocurrir, tanto da que ocurra ahora », pensó. Era un lugar como cualquier otro para intentar la ultima defensa. Como los Shonas debian atravesar la salina al descubierto, mientras el gozaba de la pequeña ventaja de estar tras el borde y la escasa cobertura de las matas secas a la altura de la rodilla. Pero tenia poquisimo tiempo para sacarles partido. Corrió hasta donde había dejado la mochila, doblado en dos para no destacarse contra el cielo que ya se estaba aclarando. Metio las cinco granadas en la camisa, agarro el rollo de alambre y el alicate y volvio rapidamente al borde del lago seco. Lanzó una mirada a la patrulla que avanzaba. Iban en fila india porque la salina eran tan abierta; pero imaginó que en cuanto llegasen al borde, se desplegarian, adoptando la clasica formación en flecha que garantizaba la cobertura sobre los flancos e impedia sorprenderlos a todos junto en una emboscada. Craig coloco las granadas en base a esta suposición. Sobre el borde de la orilla porque aquella elevacion, aunque pequeña, extenderia la explosion un poco mas. Ato firmemente cada granada al tronco de un arbusto, a una distancia de veinte pasos una de la otra, y luego ato el delgado alambre al anillo del seguro que, unas vez quitado, después de tres segundos las haria explotar. Después, de a uno por vez, llevo los extremos de los alambres hasta donde se encontraba Sally-Anne, asegurandolos a la solapa de su mochila. Ahora estaba de rodillas, porque la luz aumentaba in la patrulla estaba cada vez mas cerca. Coloco la quinta y ultima granada de mano y volvio arrastrandose sobre el estomago. Se tendio junto a la mochila con los hilos de alambre que se abrian como un abanico desde donde se encontraba tras la pantalla de arbustos que habíacortado la noche anterior como reparo. Verifico la carga del AK47 y colocó los cargadores de reserva a su derecha. Era tiempo de despertar a Sally-Anne. La beso suave sobre la boca, y ella fruncio la nariz balbuceando en el sueño, después abrio los ojos y el amor se reflejo en su mirada, enseguida sustituido por la pena al recordar la situacion en que se hallaban. Intentó sentarse, pero el se lo impidio con la mano sobre el pecho. « Estan aqui », le advirtio. « Voy a pelear. » Sally-Anne asintio. « Tienes la pistola de Timon? » Ella asintio, hurgando en el bolsillo de los jeans para sacarla. « La sabes usar? » « Si. * « Reserva una bala para el final. » Ella lo miró. « Prometeme que no vacilaras. » « Te lo prometo », le susurró. Craig levanto lentamente la cabeza. La patrulla estaba a doscientos metros de distancia del borde dellago seco. Como había imaginado, se estaban desplegando. Asi pudo contarlos. Eran cinco! Se desesperó. Timon no lo había hecho tan bien como esperaba. Había eliminado solo a tres. Pero cinco eran demasiados para Craig. Aun con la ventaja de la sorpresa, eran muchos.

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« Agacha la cara », le susurró. « Refleja como un espejo. » Obediente, Sally-Anne la escondio en el pliegue del codo. Tambien el se subio la camisa para taparse la boca y la nariz y los vio avanzar. « Oh Dios, son buenos », pensó. « Mira como se mueven! Han marchado toda la noche y todavia estan despiertos y atentos. » La punta de la « flecha » era un shona alto que se movia como una pluma. Llevava su kalashnikov bajo sobre el costado derecho, y estaba caregado de una concentracion mortalmente intensa. En un momento la luz del alba se reflejo en sus ojos, que brillaron como fuegos lejanos en la negrura desu cara. Craig lo reconocio como el lider. Sus hombres, dos de cada lado, eran siluetas fornidas y torvas, llenas de amenaza oscura y no menos subordinadas al hombre que los conducia. Reaccionaban como marionetas a las señales que el alto shona les hacia con la mano. Avanzaban en silencio hacia la orilla del antiguo lago. Craig dispuso los alambres en su mano izquierda, entre los dedos. A cincuenta pasos de la orilla el Shona los detuvo con una señal de la mano. Se inmobilizaron al instante. La cabeza del lider giro lentamente hacia izquierda y derecha, mientras examinaba el borde y los arbustos mas alla. Avanzó cinco pasos, pisando suavemente y se detuvo otra vez. Giró la cabeza a uno y otro lado. Había visto algo. Craig instintivamente contuvo la respiración mientras transcurrian los segundos. Luego el Shona se movio de nuevo, giro y escogio a su flanqueadores, señalandolos con el dedo indice. La formacion cambio disponiendose como flecha invertida, los Shonas habían adoptado la tradicional formacion de combate de las tribus nguni, los « cuernos del toro » que el rey Chaka había usado con admirable y terrible efecto y ahora los cuernos se estaban moviendo para invadir la posición de Craig. Craig supiro aliviado por su propia prevision de ubicar las granadas a tanta distancia unas de otras. Los dos hombres de los extremos caminaban casi sobre la misma linea donde había colocado sus granadas mas externas. Eligio los alambres correspondientes, sosteniendolos tirantes y mirando avanzar a los hombres. Hubiera deseado quer fuese el Shona alto, el hombre peligroso, pero el no se movio de nuevo. Se mantenia detras, fuera del alcance de la granada, observando y dirigiendo la maniobra envolvente. El hombre de la derecha llego a la orilla y agilmente se trepo al borde, pero el hombre de la izquierda todavia estaba a diez pasos del borde sobre la salina. « Juntos », susurro Craig mordiéndose los labios. « Debo agarrarlos juntos. » El hombre sobre el borde casi debia haber rozado la granada oculta con la rodilla, pero Craig lo dejo avanzar esperando al segundo. El hombre de la izquierda llego a la orilla. Tenia una venda ensangrentada alrededor de la cabeza, obra de Timon. La granada estaba al nivel del ombligo. Craig tiró con toda su fuerza los alambres de las dos granadas externas y sintio que las lenguetas saltaban con dos secas vibraciones metálicas: teng, teng. Tres segundos de demora en las espoletas: los Shonas reaccionaron como soldados adiestrados. El primero se zambullo, pero Craig juzgó que estaba demasiado cerca de la granada para sobrevivir. Los otros tres todavía sobre la salina se tiraron al suelo, disparando mientras caian y rodando sobre las costras de sal, llenando de plomo el borde. Solo el soldado a la izquierda, el hombre herido, quizas con los reflejos disminuidos por su lesion, permanecio en pie durante esos fatales tres segundos. La granada exploto con el brillo de un relampago, y el hombre fue alcanzado por las esquirlas de lleno. Fue levantado en peso mientras la explosion le rasgaba el vientre. A la derecha la granada detono en un breve trueno y Craig sintio el cachetazo de las esquirlas golpeando la carne. « Dos menos », pensó, y trato de acertarle al shona alto con el AK 47; pero apuntaba a traves del arbusto y sobre el borde, y el Shona estaba rodando. La primera ráfaga de Craig resulto corta y levantó terrones de sal delante del Shona alto que, siempre rodando, respondió inmediatamente al fuego. La segunda fue un poco as la izquierda, y el Shona respondio el fuego y siguio rodando. Uno de los otros soldados salto y atacó el borde esquivando como un rugbier en posesión de la pelota, y Craig le disparó enbistiendolo con la corta ráfaga. Lo alcanzo a la altura de la ingle y ascendiendo por el estomago y el pecho. El AK 47 tenia la tendencia de elevarse disparando, pero Craig lo sabia y pudo compensarlo. El shona cayo perdiendo el fusil y rodando, si puso de rodillas y se precipitó

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boca abajo como un musulman rezando. El Shona alto ya se había puesto depie y se venia, gritando ordenes; el otro soldado lo seguia a unos veinte pasos. Craig le apuntó exultante; ahora no podia errar. El AK 47 disparó una sola bala . El cargador estaba vacío y el shona continuaba avanzando incólume. Craig no fue tan veloz para recargar como antes, y perdio esa fraccion de segundo que le permitio al Shona arrojarse al reparo del borde de la orilla mientras la rafaga le pasaba por encima. Craig maldijo. El otro soldado estaba a tres pasos de la seguridad del borde. Girando rapidamente el fusil a la izquierda, Craig disparo a ciegas una rafaga que por pura casualidad un solo proyectil le impacto al soldado en la boca y le tiro la cabeza hacia atras como por un fuerte puñetazo y la boina roja volo alta en el cielo, mientras el soldado caia. Cuatro de cinco en los primeros diez segundos: era mas de lo que Craig había osado esperar; pero el quinto hombre, el mas peligroso, estaba todavia vivo e ileso al reparo de la rivera, y debia haber visto el fogonazo del arma. Lo tenia a Craig localizado. « Quedate debajo del paño », le ordenó Craig a Sally-Anne, y tiró de los alambres de las otras tres granadas. Las explosiones fueron casi simultaneas, un ruido der trueno similar a una andanada de una nave de guerra; y en la polvareda y las llamas, Craig se movio. Avanzo hacia la derecha, treinta pasos ala carrera, doblado en dos, con el AK 47 recien recargado en la mano. Se zambullo, rodo y luego espero panza abajo, vigilando el punto en la orilla donde se había ocultado el Shona alto, pero controlando todo con rapidas miradas a diestra y siniestra. La luz era mejor, l a aurora llegaba rapidamente, y el Shona se movio. Saltó sobre la orilla, rapido como una cobra, destacandose por un instante contra la blanca llanura salada pero donde Craig no se lo esperaba. Debia haberse arrastrado un buen trecho al reparo del borde y estaba bastante lejos a la izquierda de Craig. Le apunto el AK 47 pero no disparó, era un tiro muy dificil y nmo valia la pena traicionar su nueva posición, y erl Shona desaparecio entre los arbustos secos a unos cincuenta pasosde distancia. Craig se arrastro hacia adelante para tratar de interceptarlo, lentamente, como una oruga, sin hacer ruido, sin levantar polvo y con los oidos y los ojos atentos al mas mínimo movimiento. Largos segundos pasaron mientras Craig avanzava centimetro a centimetro, sabiendo que el Shona seguramente se estaba arrastrando hacia el punto donde había dejado a Sally-Anne. Luego Sally-Anne grito. El sonido le laceró los nervios a Craig como un papel de lija y desde los arbusto se levantaron ambos: Sally-Anne que luchaba arañando como una gata y el Shona que la tenia agarrada de los cabellos, arrodillado pero sujetandola facilmente girando con ella para frustrar cualquier oportunidad de un disparo. Craig partió a la carga. No fue una decision consciente: se puso de pie lanzandose hacia adelante revoleando el AK 47 como un garrote. El Shona lo vio y solto a Sally-Anne, que cayo hacia atras. El negro evitó el masazo agachadose y levantandose golpeo a Craig con el hombro en las costillas. El fusil volo de sus manos y se prendio al Shona mientras luchaba para recuperar el aliento. Dandose cuenta que su fusil era inutil en una lucha cuerpo a cuerpo, el Shona lo dejo caer y uso ambas manos. Al primer contacto Craig vio que su contrincante era mucho mas fuerte que el. Era alto, pesaba mas y estaba entrenado, con musculos duros como antracita. Pasó un largo brazo alrededor del cuello de Craig que en vez de resistir, se lanzo en direccion del tiron del Shona, eso lo tomo de sorpresa y ambos cayeron. Al quedar encima Craig lo pateo con la pierna metálica pero no logro conectarla limpiamente. El Shona lo esquivó y le devolvio el golpe. Craig lo paró y se trabaron,pecho contra pecho, rodando primero uno arriba y después el otro; aplastando los asperos arbustos, respirando ruidosamente en la cara del adversario. Con sus dientes blancos y cuadrados el shona trató de morder la cara de Craig, como un lobo. De haberlo logrado le hubiera arrancado la nariz o rasgado la mejilla, como había visto hacer una vez en una riña en un bar. En lugar de alejar la cara, Craig le asestó un cabezaso en los dientes. El Shona perdio un incisivo y la boca se le lleno de sangre. Craig si tiró hacia atras para repetir la operacion, pero el negro lo esquivo con una cabriola y de repente tenia el cuchillo que llevaba en la cintura. Craig le aferró la muñeca, desesperado, alcanzando apenas a evitar la puñalada.

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Rodaron por tierra y el shona quedo arriba, a caballo, con el puñal que brillaba en la derecha, apuntado a la garganta y a la cara de Craig que lo mantenia alejado con las dos manos, una en la muñeca y la otra en el hueco del codo, pero no lograba detener la derecha del soldado. La punta del cuchillo descendia lentamente hacia el, mientras el Shona pateaba sus piernas y trabo una entre las de Craig. El puñal descendía y detrás la cara del shona, contraída por el esfuerzo, con el incisivo roto y rojo de sangre, la sangre goteándole por el mentón y cayéndole encima de la cara a Craig, los ojos moteados de pequeñas venitas marrones, proyectándose fuera de las orbitas... Y el puñal que bajaba. Craig empleo toda su fuerza contra el. La punta del puñal se detuvo por un segundo, después bajo y Craig la sintio perforar como una aguja hipodermica en la concavidad entre el cuello y la clavicula. Con una sensacion de horror Craig sintio el cuerpo del Shona tensarse para imprimirle al puñal el impulso final que le habria clavado el acero plateado a traves de la laringe, y sabia que no podia evitarlo de ningun modo. Milagrosamente la cabeza del Shona cambio de aspecto, deformandose como una mascara de goma, colapsando hacia el interior como desinflandose,mientras el contenido del craneo brotaba como una fuente líquida a traves de la sien. El estampido de un disparo llego ensordecedor en los oidos de Craig. El cuerpo del Shona perdió energía y rodó y cayo a tierra como un bagre recién pescado. Craig se sentó. Sally-Anne estaba muy cerca, arrodillada delante de el, con la Tokarev empuñada con las dos manos, el cañón apuntado al cielo donde lo había enviado el retroceso. Debía haberla apoyado en la sien del shona antes de dispararle. « Lo maté », sollozó con los ojos llenos de horror. « Gracias a Dios! » Jadeo Craig taponándose el tajo en la garganta con el cuello de la camisa. « Nunca había matado antes », musitó Sally-Anne. « Ni siquiera un pez o un conejo. » Dejo caer la pistola y comenzó a refregarse las manos como para lavárselas, mirando el cadáver del shona. Craig se arrastro hacia ella y la tomo entre los brazos. Temblaba como una hoja. « Sácame de aquí », le imploró. « Por favor, Craig, siento olor a sangre, sácame de aquí. » « Si. Si. » La ayudo a levantarse, y rápidamente enrollo el paño impermeable y la mochila. « Por alla. » Cargo las mochilas y el fusil automatico, Craig la llevo lejos del lugar de la matanza, hacia el este. Habían caminado casi tres horas y se habían detenido para beber, cuando Craig se dio cuenta de su terrible olvido. La cantimplora! En la urgencia y el pánico no había pensado en llevarse las cantimploras de los muertos. Miro hacia atras con angustia. Aunque dejara allí a Sally-Anne y retornase solo, ir y volver le insumiría al menos cuatro horas, mientras seguramente la Tercera Brigada se acercaba. Sopesó la cantimplora en la mano. Tenia un cuarto; apenas suficiente para ese día, si ahora se detenían y esperaban el fresco de la noche; pero si proseguían - y debían proseguir -, no alcanzaba. Otro tomo la decision por el. Se oyó el sonido de un monomotor que se acercaba desde el sur. Amargamente Craig miro hacia arriba, sintiéndose indefenso como una ardilla bajo el vuelo de un halcón. « Un observador », dijo escuchando el lejano rumor. Disminuyo por un instante, después aumento otra vez. « Busca en la superficie. » Mientras hablaba lo vio. Estaba mas cerca de lo que pensaba, y mucho mas bajo. Obligó a Sally-Anne a tirarse al suelo con un empujón en la espalda y le colocó encima la tela camuflada impermeable, mirando hacia atrás al hacerlo. Venia rápido, era un monoplano de ala baja. Viró ligeramente apuntando derecho hacia ellos. Craig se tiro junto a Sally-Anne y se deslizo bajo la tela camuflada. El sonido del motor aumentó. El piloto los había visto. Craig levanto una esquina de la tela y miro. « Es un Piper Lance », dijo despacio Sally-Anne.

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Tenia las insignias de la aviación militar de Zimbabwe, pero incongruentemente el piloto era un hombre blanco. Junto a el se sentaba un negro con la boina roja de la Tercera Brigada. Ambos, mientras el Piper viraba, miraban hacia abajo con rostros inexpresivos: la extremidad del ala apuntaba como un cuchillo directamente adonde se encontraban. El oficial negro tenia el micrófono en los labios. El avión completo el giro y volvió por donde había venido. Muy pronto el rumor del motor se perdió en el silencio del desierto. Craig hizo incorporar a Sally-Anne. « Puedes seguir? » Ella asintió, tirando hacia atrás un mechón de cabellos húmedos de transpiración que le bajaba sobre la frente. Tenia los labios todos agrietados, y el inferior le sangraba, colgándole una gota que parecía un rubí. « Ahora debemos encontrarnos bastante dentro de Botswana, y hay un camino paralelo al limite que no puede estar lejos. Si encontráramos una patrulla... » El camino consistía en dos surcos continuos en dirección norte-sur, que se desviaban solo para evitar alguna colonia de liebres o algún lago salado seco. Era patrullada regularmente por la policía de Botswana en búsqueda de cazadores furtivos y contrabandistas. Craig y Sally-Anne alcanzaron el camino a media tarde, cuando ya habían abandonado el pesado fusil ametrallador, cargadores y todo lo que no consideraron indispensable; también había considerado la idea de enterrar el manuscrito para recuperarlo después, pero Sally-Anne lo había disuadido con un ronco susurro. La cantimplora estaba vacía. Habían bebido el ultimo sorbo de agua caliente como sopa antes del mediodía. La velocidad de la marcha se había reducido a un par de kilómetros por hora. Craig no transpiraba mas. Sentía que la lengua se le estaba hinchando y la garganta se cerraba a medida que el calor le absorbía toda la humedad del organismo. Llegaron a la ruta. Craig miraba el horizonte confuso por las ondas de calor, desmoralizado, concentrado únicamente en la acción de poner un pie delante del otro. Atravesaron el camino sin verlo, y prosiguieron en el desierto. No eran los primeros en dejar pasar la oportunidad de recibir socorro y seguir hacia la muerte por sed y agotamiento. Siguieron trastabillando hacia delante por otras dos horas antes que Craig se detuviera. « Ya deberíamos haber llegado al camino », susurró recontrolando el rumbo con la carta y la brújula. « La brújula debe estar descompuesta. El norte no queda para allá. » Estaba confundido y dudoso. « Hemos avanzado demasiado al sur », se dijo, e inició el primero de los círculos sin rumbo que, en una espiral, conducen a la muerte al que se pierde en el desierto. Una hora antes del ocaso Craig tropezó en una especie de viña contorsionada y seca, que crecía penosamente sobre ese suelo gris y pedregoso. Tenia un fruto, verde y grande del tamaño de una naranja. Se inclinó para tomarlo con gran cuidado, como si fuese el diamante Cullinan. Farfullando algo entre los labios agrietados, cortó cuidadosamente en dos el fruto con la bayoneta. El sol lo había calentado como carne viva. « Gemsbok melón », le explicó a Sally-Anne, que sentada lo miraba con ojos débiles e incomprensivos. Con la punta de la bayoneta tajeó la pulpa blanca del melón y luego sostuvo el medio melón en la boca de Sally-Anne. La garganta se le convulsionó con el esfuerzo de tragar el claro líquido tibio, y ella cerró los ojos extasiada cuando el sabor del fruto jugoso le corrió sobre la lengua seca. Trabajando con extremo cuidado, Craig exprimió otro cuarto de pulpa y le hizo beber el jugo. El olor del líquido le hizo doler y contraer involuntariamente la garganta mientras Sally-Anne bebía. Ella pareció recuperar fuerzas frente a sus ojos, y solo cuando la última gota del liquido pasó a través de sus labios, ella se dio cuenta de lo que Craig había hecho. « Y tu?» susurró El chupó la dura corteza y el corazón del melón. « Lo lamento. » Estaba disgustada por su propia insensibilidad, pero el sacudió la cabeza. « Pronto refrescará. Noche. » La ayudó a levantarse y reemprendieron el camino. El tiempo se contraía en la mente de Craig, veía el crepúsculo y creía que

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era el amanecer. « Descompuesta. » tomó la brújula y la arrojó. No fue muy lejos. « Rumbo equivocado. » Giró y llevó a Sally-Anne tras el. Craig tenia la cabeza llena de sombras y negras formas, algunas sin rostro y terroríficas, quería gritarles, sin poder emitir sonido alguno, para espantarlas. En cambio a algunas las reconocía. Ashe Levy, que cabalgaba sobre una hiena blandiendo el nuevo manuscrito de Craig, con sus anteojos de marcos dorados que brillaban en las luces del crepúsculo. « No se venden ni como papel para envolver pescado », se regodeaba. « Nadie lo quiere, baby, estas terminado. Eres un escritor de un solo libro, Craig baby, eso es lo que eres. » Después Craig se dio cuenta que no era su manuscrito, sino la lista de vinos del Four Seasons. « ¿Probamos este Corton Charlemagne? » lo tentaba Ashe. « o pedimos un buen magnum de la Viuda? » « Solo los brujos cabalgan las hienas », le gritaba Craig,sin emitir sonido alguno de su garganta reseca. « Siempre supe que lo eras... » Ashe soltó una risotada sarcástica, maligna, acicateó la hiena al galope y lanzó al aire el manuscrito. Las páginas blancas planeaban en el aire como garzas posándose: cuando Craig se inclinó de rodillas para recogerlas, se trasformaron en puñados de arena y se encontró con que no tenia fuerzas para levantarse. Sally-Anne estaba caída junto a el, y mientras se sostenían abrazados cayó la noche. Cuando se despertó era de mañana, y no pudo despertar a Sally-Anne. Continuaba roncando, respirando por la nariz y la boca abierta. De rodillas cavó un pozo, para crear un alambique solar. Aunque el suelo era blando y arenoso, trabajó despacio. Laboriosamente, siempre de rodillas, juntó una brazada de la escasa vegetación del desierto. Parecía que en esa leña seca no había nada de humedad cuando la picó finamente con la bayoneta y la depositó en el fondo del pozo. Cortó la parte superior de la cantimplora de aluminio vacía y colocó el recipiente así conseguido en el centro del pozo. Le demandó enorme concentración realizar estas simples tareas. Extendió la tela impermeable sobre el pozo, sujetando los bordes con montoncitos de tierra. En el centro de la tela colocó una bala, de modo que quedara directamente sobre el recipiente, Luego se arrastró junto a Sally-Anne y se sentó a su lado de modo de darle sombra sobre la cara. « Todo va andar bien », le dijo. « Pronto encontraremos el camino. Debemos estar muy cerca... » No se daba cuenta que no emitía ningún sonido y que de haberlo hecho ella no podría oírle. « Ese soretito de Ashe es un mentiroso. Veras que terminaré el libro, y pagaré todas las deudas. Venderé los derechos cinematográficos... Comprare King's Lynn... Todo saldrá bien. No te preocupes, querida. » Esperó durante toda la mañana, en el terrible calor, venciendo la impaciencia, y cuando su reloj señaló el mediodía fue a abrir el alambique. El sol cayendo sobre la tela impermeable había aportado la temperatura en el pozo cerca del punto de ebullición. De las plantas trituradas se había evaporado el agua que se había condensado bajo la tela camuflada, corriendo por el peso de la bala y terminando por caer, gota a gota, en el recipiente de abajo. Había recogido cerca de un cuarto litro o poco mas. Tomo el recipiente con ambas manos, temblando tanto que casi la derramó. Bebió un pequeño sorbo y lo mantuvo en la boca. Estaba muy caliente, pero sabia a mieles y tuvo que recurrir a todo su autocontrol para evitar tragarla. Se inclinó y apoyó los labios sobre los labios amoratados y sangrantes de SallyAnne. Suavemente inyectó el líquido en la boca de ella. « Bebe, querida mía, bébela toda. » Se sorprendió riéndose como un estupido, mientras la miraba tragar dolorosamente. De a pocas gotas por vez, le paso el precioso líquido desde su boca a la de ella, que tragaba cada sorbo con mayor facilidad. Guardo para si el ultimo sorbo y lo dejó correr por la garganta. Se le fue a la cabeza como un licor y quedó sentado y riendo estúpidamente con los labios negros, la cara hinchada y roja, las abrasiones sobre las mejillas cubiertas de costras y los ojos inyectados de sangre pegoteados de lagañas. Recargó el alambique y se sentó junto a Sally-Anne. La protegió del sol cortándose

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un faldón de la camisa y susurro: « Todo va bien... Encontraré ayuda... Pronto. No te preocupes... amor mío... » Pero sabia que era el último día de vida para ambos. No podrían mantenerse con vida por otras veinticuatro horas. Mañana morirían. Por el sol o por los soldados de la Tercera Brigada: pero mañana morirían. Al crepúsculo el alambique les brindó otra media taza de agua destilada, y después que se la bebieron se adormecieron en un sopor pesado y mortal, uno en bazos del otro. Algo despertó a Craig, y por un momento pensó que se trataba del viento nocturno en los arbustos. Con dificultad se sentó y levantó la cabeza para escuchar, no estaba seguro si estaba alucinando o si verdaderamente escuchaba ese débil sonido que subía y bajaba. Debía ser casi el amanecer, juzgó. El horizonte era una nítida línea oscura contra el telón de terciopelo del cielo. Y abruptamente aumentó el rumor y el lo reconoció. Era el típico latido del motor de cuatro cilindros del Land Rover. La Tercera Brigada no había renunciado a la cacería. Llegaba inexorable, como las hienas que han olfateado el olor de la sangre. Vio un par de faros, lejos en el desierto: sus pálidos haces oscilantes que titilaban en la noche mientras el vehiculo cubría el duro trayecto. Buscó el AK 47. No pudo encontrarlo. Debía habérselo robado Ashe Levy, pensó con amargura, se lo había llevado a grupas de la hiena. « No debía haberme fiado de aquel hijo de puta. » Craig miró desesperado las luces que se acercaban. En su luz danzaba una especie de duende amarillo. « Es Puck », pensó. « Son los duendes. Pero yo nunca creí en duendes. No hay que decirlo... Una vez que se lo dice, uno se muere. No quiero matar duendes. Yo creo en ellos » Su mente corría, visiones y fantasías se alternaban con destellos de lucidez. Y de repente reconoció que el duende semidesnudo y amarillo era un bosquimano, la raza de pigmeos habitantes del desierto. Un bosquimano como guía! La Tercera Brigada utilizaba un bosquimano para atraparlos! Solo un bosquimano podía haber seguido sus huellas durante la noche, rastreando con los faros del Land Rover. Los faros lo iluminaron como un spot teatral, y Craig levantó la mano para protegerse los ojos del reflejo. La luz era tan brillante que hacia doler. Tenia la bayoneta con la otra mano tras las espalda. Elimino a uno, se dijo. A uno lo dejo afuera. El Land Rover paró a pocos pasos de distancia. El pequeño bosquimano estaba cerca de el y hablaba en su extraño lenguaje de pitidos y chasquidos como de pájaro. Craig escucho que se abría la puerta del Land Rover detrás de las luces encandilantes, y un hombre venia hacia el. Craig lo reconoció inmediatamente. El general Peter Fungabera... Parecía tan alto como un gigante a contraluz, mientras se acercaba a Craig acurrucado sobre el suelo del desierto. Dios te agradezco, rezaba Craig, te agradezco de habérmelo enviado antes de morir, y empuñaba con fuerza la bayoneta. A la garganta, se dijo, apenas se incline sobre mi. Reunió todas las fuerzas que le quedaban. El general Fungabera se inclinó sobre el. Ahora! Craig hizo el esfuerzo: clava la punta en la garganta! Pero no paso nada. Los miembros no le respondieron. Estaba terminado. Todo había terminado. « Le informo que esta bajo arresto por el ingreso ilegal en la república de Botswana, señor », le dijo el general Fungabera. Pero había cambiado la voz. Era una voz humana, gentil, profunda, y hablaba ingles con otro acento. Esta vez no me engaña, pensó Craig, maldito tramposo. Y vio que el general Peter Fungabera vestía un uniforme de sargento de la policía de Botswana. « Tuvieron suerte », dijo inclinándose. « Vimos donde atravesaron la ruta. » Estaba ofreciéndole a Craig una cantimplora recubierta de paño. « Los estamos siguiendo desde ayer a las tres de la tarde. Agua fresca y dulce fluyó a borbotones en la boca de Craig y corrió por su mentón. Soltó la bayoneta y agarró la cantimplora con las dos manos. Quería beberla toda en un trago, quería ahogarse. Era tan maravilloso que los ojos se le llenaron de

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lágrimas. Tras las lágrimas vio sobre la portezuela del Land Rover la insignia de la policía de Botswana. « Quien.. ? » dijo, mirando a Peter Fungabera: pero nunca había visto esa cara. Era una cara larga, de nariz achatada, con una expresión preocupada y atribulada como la de un bulldog amigable. « Quien ... ? » graznó nuevamente. « No hable. Debemos llevarlo rápido al hospital en Francistown. Son muy afortunados. Muere mucha gente en el desierto. » « Usted no es el general Fungabera? » susurró Craig. « Quien es usted? » « Policía de Botswana de patrulla en el límite. Sargento Simon Mafeking, a su servicio... » De muchacho, antes de la gran guerra patriótica, el coronel Nikolai Bucharin acompañaba a su padre en la cacería de lobos, detrás de las jaurías que, en el largo y crudo invierno aterrorizaban a su remota villa en los Altos Urales. Aquellas expediciones en la vasta y melancólica floresta llamada taiga lo había nutrido de una profunda pasión por la caza. Disfrutaba de la soledad de los lugares salvajes, de la atávica alegría de controlar todos sus sentidos frente a los peligrosos animales. Vista, oído, olfato, y aquel otro sentido extraordinario que le permite al cazador nato anticipar las evasivas y tentativas de fuga de la presa: todo eso poseía todavía el coronel en sumo grado, no obstante sus sesenta y dos años. Además de una memoria casi de computadora de hechos y caras, que le habían permitido ascender en su trabajo, y había favorecido su promoción a la cabeza de su departamento del séptimo comisariato donde continuaba dando caza a la presa mas peligrosa de todas... el hombre. Cuando iba a cazar jabalíes y osos en las grandes propiedades reservadas a la recreación de los altos oficiales de la GPU y de la KGB, preocupaba a compañeros y guarda faunas por su hábito de despreciar disparar desde los puestos ocultos preparados y de aventurarse peligrosamente solo, a pie, en la mas espesa vegetación. La emoción del riesgo mortal satisfacía alguna profunda necesidad en el. Cuando la asignación en la cual estaba comprometido ahora, fue encaminada a su despacho en el segundo piso de los cuarteles centrales en la plaza Dzerinskij, reconoció inmediatamente su importancia y tomo inmediatamente control personal. Por su atenta acción, el vago potencial previsto al comienzo del órgano superior se estaba concretando gradualmente, y cuando finalmente llegó el momento de encontrarse con su hombre cara a cara en el campo de acción, el coronel Bucharin estaba listo y había elegido la cobertura que mas se adaptaba a su gusto. Los rusos, y especialmente los rusos de alto rango, eran vistos con sospecha y hostilidad en la recién creada república de Zimbabwe. Durante la chimurenga, la guerra de la independencia, Rusia había apuntado al Caballo equivocado, apoyando al ZIPRA de Joshua Nkomo, el ala revolucionaria de los Matabele. Así, para el gobierno de Harare, los rusos no eran otra cosa que los nuevos enemigos colonialistas, mientras que los verdaderos amigos de la revolución eran los chinos y los coreanos del norte. Por esa razón el coronel Nikolai Bucharin había ingresado a Zimbabwe con un pasaporte finlandés y una identidad falsa. Hablaba el finlandés fluentemente, como otras cinco lenguas incluyendo el Inglés. Necesitaba una cobertura tal que le permitiera salir libremente de la ciudad de Harare, donde sus movimientos no fuesen vigilados, para internarse en las regiones selváticas y despobladas donde podía encontrarse con su hombre sin temor de ser vigilado. Aunque muchos otras repúblicas africanas, por las presiones del World Bank y del Fondo Monetario Internacional, habían prohibido la caza mayor, Zimbabwe continuaba entregando licencias a cazadores profesionales para la organización de sus elaborados safaris en la « Zone de caza controlada »: estos safaris contribuyan a traer divisas para reforzar las reservas nacionales. Al coronel le divertía actuar como un acaudalado comerciante de Helsinki, y a satisfacer la pasión por la caza en esta manera decadente reservada exclusivamente a los aristócratas financieros del sistema capitalista. Por supuesto el presupuesto acordado por su país para esta operación no le habría permitido solventar una extravagancia similar. Pero el general Peter Fungabera, el destinatario del la operación, era un hombre rico y ambicioso. No había puesto inconvenientes cuando el coronel Bucharin le sugirió el safari como cobertura para

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su reunión, y al general Fungabera tendría el honor de ser el perfecto anfitrión y pagar los cinco mil dólares por día que costaba el safari. Parado en el centro del pequeño claro, el coronel Bucharin miró a su hombre. Deliberadamente había herido al búfalo. Nikolai Bucharin disparaba muy bien con la pistola, el fusil y la escopeta, y la distancia había sido de 30 metros. Si hubiera querido, podría colocarle la bala en un ojo, exactamente en el centro de la pupila negra y brillante. En cambio le había disparado a la panza a un palmo de distancia del pulmón, para no afectarle la respiración, pero no tan atrás como para dañarle los cuartos traseros, dificultándole así la probable carga. Era un magnifico macho, de grandes cuernos negros recurvados que se extendían mas de un metro entre puntas. Un trofeo que pocos podían igualar, y como el había obtenido la primera sangre le pertenecía al coronel, no tenia importancia quien le daba el golpe de gracia. Le sonreía a Peter Fungabera sirviéndose vodka en el vasito de la petaca de plata. « Na Zdorovye! » exclamó saludando a Peter, y bebió el vodka sin parpadear, lleno de nuevo el vasito y se lo ofreció. Peter vestía uniforme de combate perfectamente lavado y planchado, con su nombre en el pecho: y un pañuelo de seda kaki al cuello, pero iba a cabeza descubierta sin insignias que brillaran al sol y espantaran la caza. Aceptó el vasito y, miro al ruso por encima del borde. Era tan alto como Peter, pero también mas delgado, erguido como un hombre treinta años mas joven. Sus ojos eran de un azul pálido muy peculiar y crueles. Su cara estaba surcada con las cicatrices de la guerra y de otros viejos conflictos, parecía un paisaje lunar en miniatura. Tenia el cráneo rapado, la fina pelusa que lo recubría era plateada y brillaba al sol como fibra de vidrio. Peter Fungabera apreciaba a este hombre. Disfrutaba del aura de poder que portaba como un manto imperial. Disfrutaba de su innata crueldad, que era casi africana y que Peter comprendía perfectamente, Gustaba de su tortuosidad, de su continua mezcla de mentiras verdades y medias verdades de modo de hacerlas aparecer indistinguibles. Se excitaba por la sensación de peligro que emanaba tan fuerte que casi era un olor. « Somos de la misma raza », pensó Peter alzando el vasito para devolverle el brindis. Bebió de un sorbo el fuerte licor. Después, respirando profundamente para no mostrar el mas mínimo malestar, devolvió el vasito. » Bebes como un hombre », reconoció Nikolai Bucharin. « Veremos si también eres un cazador. » Peter había comprendido que era una prueba. El vodka y el búfalo herido eran parte de eso. Alzó los hombros con la máxima indiferencia y el ruso le hizo una seña al cazador profesional que estaba respetuosamente fuera del alcance del oído. El era un blanco nacido en Zimbabwe, de cerca de cuarenta años, vestido para la ocasión con un sombrero de ala ancha y dos grandes cartucheras que se cruzaban sobre el pecho con proyectiles de grueso calibre. Tenia una barba negra y rizada y la expresión afligida de alguien que se prepara a seguir a un búfalo herido en la densa vegetación. « El general Fungabera tomará el .458 », dijo el coronel Bucharin, y el cazador asintió penosamente. Como hizo ese viejo bastardo para errar un tiro facilísimo como ese? Hasta ahora había disparado como un campeón olímpico! Cristo, ese matorral se ve realmente asqueroso, que espeso! El cazador blanco reprimió un temblor y chasqueó los dedos ordenándole al segundo porteador que preparara el pesado fusil. « Usted esperará aquí con el porteador », dijo con calma el ruso. « Pero señor! » protestó rápidamente el cazador. « No puedo dejarlo ir solo! Perderé la licencia. No es absolutamente... » « Basta », dijo el coronel Bucharin. « Pero señor, usted no comprende que... » « He dicho basta. » El ruso no levantaba la voz, pero sus ojos pálidos acallaron completamente al hombre mas joven. El descubrió de repente que le tenia mas miedo a aquel hombre que a perder su licencia, o del búfalo herido oculto en la maleza. Y retrocedió, aliviado en el fondo. El ruso tomó el .458 de las manos del porteador, controló que estuviese cargado con balas de punta blanda, y se lo alcanzó a Peter Fungabera. Peter lo tomó sonriendo levemente y se lo devolvió al porteador. El coronel Bucharin levantó una ceja plateada y también sonrió. Era una sonrisa burlona y despreciativa. Peter habló brevemente con el porteador en shona. « Eh eh, Mambo! »

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El hombre corrió a agarrar otra arma de otro porteador negro. Se la llevó a Peter, palmeando en señal de respeto. Peter sopesó el la mano la nueva arma. Era una lanza corta, una assegai. El mango era de madera dura con alambre de cobre enrollándolo. La hoja era larga de sesenta centímetros y de cuatro dedos de ancho. Con cuidado Peter afeitó los vellos de la base del pulgar con el filo. Después deliberadamente se sacó la camisa, los pantalones y las botas. Vestido solo con un par de shorts verde-oliva y la assegai, dijo: « Coronel, en África se hace así ». El ruso no se reía mas. « Pero, naturalmente, no espero que un hombre de su edad cace de este modo », lo justificó con cortesía. « Usted puede usar su fusil. » El ruso asintió, aceptando el envite. « Uno a cero para el negro: pero ahora », se dijo, « veremos si este mujik negro habla en serio o es un fanfarrón. » Bucharin miró las huellas del búfalo en la tierra. Las grandes improntas eran como platos soperos y las delgadas gotas acuosas de sangre estaban teñidas del excremento verde amarillento de los intestinos perforados. « Yo rastrearé », dijo. « Usted matará a la bestia. » Avanzaron despacio, con el ruso cinco pasos adelante, inclinado atentamente sobre las huellas de sangre, y Peter Fungabera muy atento detrás, con la asegai baja y los ojos negros que escrutaban la espesura al frente barriéndola rítmicamente de un lado al otro, los ojos entrenados no esperando ver al animal completo pero buscando los pequeños detalles, quizás el reflejo del hocico húmedo, o la curva de un gran cuerno. A los veinte pasos se cerró la espesura a su alrededor. Verdosa y sofocante como invernadero, la húmeda vegetación presionando increíblemente a su alrededor, el aire apestando por las hojas en descomposición que silenciaban sus pasos. El silencio era opresivo, de modo que una rama seca que se quebró bajo la bota del ruso resonó fuerte como el rugir del motor de un camión. El coronel sudaba: la camisa sobre la espalda estaba mojada, y en la nuca le brillaban las gotitas de sudor. Peter lo sentía respirar, profundo y ronco, pero sabia por instinto que no era miedo, sino la excitación difusa del cazador. Peter Fungabera no la compartía. Había una gran frialdad en el, en lugar del temor. Se había habituado a eso durante la chimurenga. Esta era una tarea indispensable, la acción con la asegai era solo para impresionar al Ruso y con todo el temor y sentimientos anestesiados por la frialdad Peter Fungabera se preparó. Sintió contraerse los músculos, y la tensión difundirse por todos los nervios y tendones hasta que fue como una flecha encastrada en un arco tensado. Dirigía las miradas a la maleza, pero no tanto al punto donde se dirigían las huellas del búfalo herido, sino a los laterales. Esta bestia que estaban cazando era la mas astuta entre los animales peligrosos del África, excepto quizás el leopardo. Pero esta tenia la fortaleza de cien leopardos. El león rugirá antes del ataque, el elefante se retirará bajo el castigo de balas de grueso calibre en el pecho, pero el búfalo de Cabo carga en silencio, y solo una cosa puede detenerlo: la muerte. Una gran mosca azul metálico se poso sobre el labio superior de Peter Fungabera y se le metió en la nariz. Pero su concentración era tan absoluta que ni la sintió y no hizo un gesto para espantarla. Continuaba vigilando los flancos, concentraba toda la esencia de su ser en los flancos. El ruso se acercó a examinar el cambio en el rastro del búfalo. La marca de sólidos cascos, el charco de sangre y estiércol. Aquí era donde el búfalo se había parado después de la primera corrida. Peter Fungabera se lo podía imaginar: negro, gigantesco, con el hocico en alto y la cabeza volteada vigilando si los cazadores lo seguían, con la terrible agonía en las tripas y las heces líquidas de los intestinos desgarrados brotando incontrolable sobre los cuartos traseros. Aquí se había detenido a escuchar su voces y el odio y la rabia se posesionaron en el. Se había iniciado la furia homicida. Había bajado la cabeza y proseguido, encorvando el lomo para disminuir el dolor en las vísceras, solo la ira lo mantenía en pie. El ruso miro a Peter detrás y no fue necesario hablar. Juntos avanzaron. El búfalo actuaba en base a la memoria atávica. Cada movimiento que hacia ya había sido realizado innumerables veces por sus ancestros. Desde aquel primer salvaje galope después de haber sido herido, la detención para escuchar a los cazadores y vigilar atrás, la contracción de los grandes músculos y ahora el trote mas tranquilo, desviándose para presentar las ancas a la débil brisa para que le

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trajera el olor de sus perseguidores y la lenta oscilación de la cabeza armada de cuernos afiladísimos comenzando la búsqueda del sitio para la emboscada: todo eso formaba parte de un antiguo ritual. El búfalo atravesó un pequeño claro de doce pasos de ancho, enfiló la cabeza contra la muralla opuesta de relucientes hojas verdes manchándolas con fresca sangre brillante y prosiguió otros cuarenta metros, después giró bruscamente a un lado y retrocedió describiendo un gran giro. Ahora se movía con mucha cautela, insinuando apenas su gran mole detrás de las lianas y el follaje casi sin moverse, de a un paso por vez, hasta que nuevamente se encontró con el claro. Ahí se detuvo, escondido en el límite de la maleza, vigilando sus propias huellas sangrientas que atravesaban la estrecha abertura. Su cuerpo oculto completamente tras el espeso follaje de la jungla, y una tremenda inmovilidad se extendió sobre el. Dejaba que las moscas se posaran en la herida abierta sin sacudir la piel o barrerlas con la cola. No sacudía tampoco las orejas grandes y extendidas hacia el frente. Ni siquiera pestañaba mientras observaba el rastro marcado en el límite del claro por su mismo paso, esperando a los cazadores. El ruso entro tranquilamente en el claro, con la mirada al frente en donde la sangre había teñido las ramas que colgaban en la orilla del frente y un gran cuerpo había forzado el paso. Avanzó con calma, seguido de Peter Fungabera que se movía como un bailarín, vigilando los flancos, con el cuerpo cubierto de una pátina de sudor y los músculos del tórax, y brazos ondulando a cada mínimo movimiento. Vio un ojo del búfalo. Reflejaba la luz como una moneda nueva, y Peter se congeló. Chasqueó los dedos de la mano izquierda y también el ruso se inmovilizó. Peter Fungabera miró el ojo del búfalo, todavía inseguro de lo que veía, pero sabiendo que estaba en la posición exacta: a veinticinco metros a la izquierda. Allí era donde debía hallarse el búfalo si había vuelto. Peter pestañeó y de repente se aclaró la imagen. No estaba mas enfocado solo en el ojo y así pudo distinguir la curva de un cuerno, tan inmóvil que parecía una rama. Vio el estriado sobre los cuernos que se unían sobre los ojos del búfalo, y volvió a mirar dentro de ello: fue como echar una mirada al mismo infierno. El búfalo cargó. El follaje se abrió en una explosión delante de el, las ramas crujieron quebrándose, las hojas volaron como cuando sopla un huracán y el búfalo apareció en el claro. Salio moviéndose lateralmente, una engañosa pero característica finta que había engañado a mas de un cazador, antes del repentino ataque directo. Avanzó rápido! Parecía imposible que una bestia tan enorme pudiese moverse tan rápido. Era alto y grande como un kopje granítico, con la grupa y el lomo incrustados con el fango seco del revolcadero: y había obscenos parches pelados plateados sobre las paletas y cuello, surcados de viejas cicatrices producidas por espinas y garras de leones. De las fauces abiertas colgaban plateados cordones de saliva y lágrimas que humedecían el pelo de las quijadas. Un hombre apenas podría abrazar ese cuello con los brazos o medir la distancia entre las puntas de los cuernos. En los pliegues de la piel de la garganta anidaban racimos de garrapatas azules como uvas maduras, y en el invernadero de la selva el fuerte olor bovino era asfixiante. Cargó, majestuoso en su furia homicida, y Peter Fungabera fue a su encuentro. Pasó delante del coronel Bucharin que justamente levantaba el rifle de grueso calibre preparándose a disparar, obligándolo a levantar el cañón hacia el cielo. Peter se movía como un oscuro fantasma de la jungla, aproximándose al toro en una dirección opuesta a su carga oblicua, tomándolo desequilibrado de modo que el animal se comportó como un boxeador tirando puñetazos y retrocediendo: la corneada fuera de tiempo y sin ver claramente, y Peter la esquivó con la parte superior del cuerpo. La punta recurvada de un cuerno le pasó a un palmo de distancia de las costillas y luego volviendo hacia atrás cuando la cabeza del animal se elevo alto al final del golpe. En ese momento el búfalo estaba al descubierto, desde el hocico levantado hasta los blandos pliegues de la piel entre las patas anteriores. Y Peter Fungabera puso todo el peso de su cuerpo y el impulso de su carrera tras la hoja de acero. El búfalo se lanzó sobre la punta que le entró en el cuerpo con el sonido de la succión de un pie en el barro y la carne viva se tragó la hoja. Entro hasta que los dedos de la mano derecha de Peter sobre la empuñadura tocaron la herida y el surtidor de sangre lo empapó hasta el hombro. Peter soltó la assegai y saltó haciendo una pirueta, apartándose, mientras el búfalo corcoveaba con las patas

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rígidas atravesado por el acero en la cavidad torácica. Trató de seguir a Peter, pero se quedo corto y parado sobre sus gruesas patas delanteras abiertas, mirando al hombre desnudo con la vista vidriosa. Peter Fungabera colocado en pose frente a el con ambos brazos alzados graciosamente. « Ah, terremoto! » le gritó en shona. « Ah, retumbo del trueno! » El búfalo ejecutó dos pasos vacilantes hacia el frente, y alguna cosa reventó dentro del animal. Del hocico surgió un doble chorro de sangre. Abrió las fauces y mugió también surgió sangre de la garganta en una espumosa cascada brillante inundándole el pecho. El gran búfalo se tambaleó, tratando de mantener el equilibrio. « Muere, muere engendro de las tinieblas! » lo acosó Peter. « Siente el acero de un futuro rey y muere! » El búfalo cayó a tierra. El suelo tembló bajo su peso muerto. Peter Fungabera dio dos pasos hacia la gran cabeza enastada en la cual los ojos encendidos se estaban apagando. Asentó una rodilla en tierra y formando un cuenco con ambas manos, recogió una porción de aquella rica y caliente sangre que corría por las fauces semiabiertas del búfalo, llevó las manos a los labios y bebió esa sangre cual si fuese vino. Corrió por sus antebrazos y sobre el mentón, y Peter se rió, un sonido que hasta hizo congelar la sangre imperturbable del ruso. « He bebido tu sangre viva, oh gran toro! Ahora tu fuerza es mía! » grito, mientras el búfalo se enarcaba en el espasmo final de la muerte. Peter Fungabera se había duchado y cambiado. Estaba en uniforme: pantalones negros con una banda de seda roja, chaqueta corta roja con solapas negras de seda. La camisa blanca tenia la pechera almidonada con cuello de pajarita y la corbata de lazo negra y lucia una doble hilera de diminutas condecoraciones. Los sirvientes había preparado la mesa bajo las protectoras ramas de un árbol de mhoba-hobo, al costado de un claro de pastos cortos y exuberantes, fuera de la vista y los oídos del campamento. Sobre la mesa había una botella de Chivas Regal y una de vodka, un balde de hielo y dos vasos de cristal. El coronel Nikolai Bucharin sentado frente a Peter. Tenia una larga camisa de algodón, colgando fuera de sus amplias bombachas de cosaco, con un cinturón a la altura de la cintura. Los pies calzados en botas de cuero blando sobado. Se inclinó sobre la mesa, sirvió los dos vasos y le ofreció uno a Peter. Esta vez un hubo brindis ampulosos. Bebieron lentamente mirando el cielo africano tornarse violeta y dorado. El silencio envolvía la camaradería de dos hombres que habían arriesgado la vida juntos y se habían considerado mutuamente valerosos, un camarada para morir con el, o un adversario para pelear hasta la muerte. Finalmente el coronel Bucharin colocó el vaso sobre la mesa con un golpecito seco. « Ahora, amigo mío, dime que cosa quieres », lo invitó. « Quiero esta tierra », respondió simplemente Peter Fungabera. « Toda? » preguntó el coronel. « Toda. » « No solo el Zimbabwe? » « No solo el Zimbabwe. » « Y nosotros te deberemos ayudar? » « Si. » « A cambio de que? » « Mi amistad. « Tu amistad hasta la muerte », observó secamente el coronel, « o hasta que hallas obtenido lo que quieres y puedas encontrar nuevos amigos? » Peter se sonrió. Hablaban la misma lengua, se entendían uno al otro. « Y que muestras concretas de amistad eterna darás? » insistió el ruso. « Un pobre país como el mío... » dijo Peter levantando los hombros. « Un poco de minerales estratégicos... Cromo, titanio, berilio y níquel... Y algunas onzas de oro. » El ruso asintió, cauteloso: « Nos serán útiles ». « Pero después, una vez que sea el Monomotapa de Zimbabwe, mi mirada girará en torno, naturalmente... » « Naturalmente. » El ruso lo miraba a los ojos. No le gustaban los negros: esta intolerancia racista era común en los rusos. No le gustaba ni su color ni su olor: pero esto le gustaba, y como!

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« Y podría también mirar hacia el sur », dijo despacio Peter Fungabera. Ah! El coronel Bucharin ocultó su satisfacción tras una expresión de pena. Este si que es diferente! « En la misma dirección que miran ustedes desde hace tiempo », continuó Peter. El coronel podría haberse reído. « Y que cosa verá en el sur, camarada general? » « Veré un pueblo esclavizado y maduro para la emancipación. » « Y que mas? » « Veré el oro de las minas del Witwatersrand y del Estado Libre, los diamantes de Kimberley, el uranio, el platino, la plata, el cobre... En resumen, veré una tierra pletórica de abundancia y los tesoros mas preciosos del mundo. » « Si? » lo alentó el ruso, deleitado. Este es rápido, tiene cerebro y también tiene el coraje que se necesita. « Veré una base que dividirá en dos el mundo occidental, que controlará tanto el Océano Atlántico como el Océano Indico, donde se sitúa la ruta del petróleo entre el Golfo de Arabia y Europa, entre el Golfo de Arabia y América. » El ruso levantó una mano. « Y adonde te conducen estos pensamientos? » « Será mi deber elevar esta tierra a su justo rango en la comunidad internacional bajo la tutela y la protección del país que mas que cualquier otro ama la libertad del pueblo, la Unión de las Republicas Socialistas Soviéticas. » El ruso asintió, siempre mirándolo a los ojos. Si, este negro había entrevisto el diseño global que estaba detrás de todo. El premio mayor era Sudáfrica, pero para conquistarlo era necesario estrangularlo en una morsa de hierro. Hacia el este ya tenían a Mozambique, al oeste Angola era suya y Namibia seguiría pronto. Faltaba por lo tanto el norte para aislar a la presa, y el norte era Zimbabwe, como el pulgar del estrangulador sobre la tráquea: y aquel hombre era capaz de conseguírselo. El coronel Bucharin se sentó hacia adelante en su silla de loneta, asumiendo un tono concreto, rápido y enérgico. « Cuales son las condiciones que se te ocurren? » « Caos económico, guerras tribales, divisiones en la cúpula del gobierno central », enumeró con los dedos Peter Fungabera. « Me parece que el gobierno actual te esta jugando a favor en cuanto a la crisis económica », observó el ruso. « Y tu personalmente estas haciendo un optimo trabajo en alentar el odio tribal. » « Gracias, camarada.» « Sin embargo los campesinos deben comenzar a sufrir hambre un poco antes de que se los pueda manejar bien... » « Estoy presionando en el gabinete para que el gobierno nacionalice las propiedades agrícolas de los blancos y los ranchos ganaderos. Sin la agricultura de los blancos yo podré provocar hambruna en buena medida », sonrío Peter Fungabera. « Escuche que ya habías comenzado... Te felicito por la reciente adquisición de esa propiedad, como se llama... Kings Lynn? Así se llama no es cierto? » « Estas bien informado, coronel. » « Me tome mucho trabajo para obtenerla. Pero cuando llegue el momento de tomar las riendas del país, a que hombre mirará la gente? » « Un hombre fuerte », respondió Peter sin vacilar. « cuya dureza haya sido demostrada. » « Como la que demostraste primero en la chimurenga y después, mas recientemente, en Matabeleland. » « Un Hombre de presencia y carisma, un hombre bien conocido por el pueblo. » « Las mujeres cantan tus alabanzas en las calles de Harare, no pasa día sin tu imagen en las pantallas de la televisión o en las primeras páginas de los diarios. » « Un hombre con fortaleza respaldándolo. » « La Tercera Brigada », asintió el ruso, « y la bendición del pueblo de la URSS. Sin embargo », hizo una pausa significativa, « hay dos preguntas que requieren respuestas, camarada general. » « Si? » « La primera es una mundana y desagradable cuestión de dinero, para plantearla entre dos hombres como nosotros. Mis financistas están preocupados. Nuestros gastos están superando mucho el valor del marfil y las pieles que nos has enviado... » Levantó otra vez la mano para impedir objeciones. Era una mano de viejo, moteada de pecas marrones y surcada de venas azules prominentes. « Ya se que debemos hacer

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todas estas cosas simplemente por amor a la libertad, que el dinero es una obscenidad capitalista, pero en este mundo nada es perfecto. En pocas palabras, camarada general, estas alcanzando los limites que Moscu estableció para tu crédito. » « Entiendo », asintió Peter Fungabera. « Y cual es la segunda pregunta? » « La tribu Matabele. Son una tribu guerrera y peligrosa. Yo se que haz sido obligado a provocar enemistad para causar disenso y rebelión y a llevar contra el actual gobierno la desaprobación del mundo occidental por tu campaña en Matabeleland: pero que pasara después? Como los controlaras una vez que hallas tomado el poder? » « Puedo responder a ambas cuestiones con un solo nombre », respondió Peter Fungabera. « Que nombre? » « Tungata Zebiwe. » « Ah si, Tungata Zebiwe, el líder Matabele. Lo has dejado fuera de combate! Presumo que en este momento ya lo has liquidado, verdad? » « No. Lo tengo custodiado en secreto y bien asegurado en uno de mis campos de reeducacion cerca de aquí. » « Explícate. » « Principalmente por el dinero. » « Por lo que sabemos, Tungata Zebiwe no es un hombre rico », observo el ruso. « Tiene la clave de una fortuna que puede tranquilamente superar los doscientos millones de dólares USA. » El ruso levanto ceja plateada en un gesto de incredulidad que Peter comenzaba a conocer bien y ya lo irritaba. « Diamantes », dijo. « La madre patria es uno de los máximos productores del mundo » dijo el ruso con un gesto desdeñoso. « No hablo de basura para uso industrial », preciso Fungabera. « Hablo de gemas de primera agua, piedras grandes, piedras enormes, algunas de las mas finas jamás extraídas de cualquier lugar. » El ruso miro, pensativo. « Si es verdad... » « Es verdad! Pero no te cuento mas nada. Al menos por ahora. » « Esta bien, al menos puedo llevarles algún tipo de promesa a las sanguijuelas de nuestro departamento de tesorería?. Y la segunda cuestión. Los Matabele? No pensaras exterminarlos a todos, hombres, mujeres y niños? » Peter Fungabera sacudió la cabeza, tristemente. « Seria la mejor solución, Pero America e Inglaterra no lo permitirían nunca. No, mi respuesta es también Tungata Zebiwe. Cuando tome el poder, reaparecerá... Será un retorno milagroso, casi del reino de la muerte... La tribu Matabele enloquecerá de alegría y de alivio. Ellos lo seguirán, lo adorarán y yo lo nombraré mi vicepresidente. » « Pero te odia. Lo has aniquilado, si lo liberas buscará venganza. » « No », dijo Peter, sacudiendo la cabeza. « Lo mandare con ustedes. Se que tienen clínicas fantásticas para curar los casos mas difíciles. No es así? Institutos donde un enfermo mental puede ser tratado con drogas y otras técnicas que lo volverán racional y razonable. » Esta vez el ruso empezó a reírse y se sirvió otro vodka, temblando con una risa silenciosa. Cuando miró a Peter había respeto en esos pálidos ojos por primera vez. « Bebo a tu salud, Monomotapa de Zimbabwe, que puedas reinar mil años! » Apoyó el vaso y se volvió a mirar el vasto terreno abierto hasta el distante manantial. Una manada de cebras había bajado a beber. Estaban nerviosas y cautas, porque cerca del agua estaban los leones emboscados. Finalmente entraron en el pozo todas juntas, en fila, sumergidas hasta las rodillas, y bebieron simultáneamente. La escena se reflejaba en el agua, multiplicándose, formando un friso de idénticas cabezas como una infinidad de imágenes reflejadas hasta que el viejo macho centinela bufó en nerviosa alarma y la formación explotó en agua espumosa y salvajes cuerpos galopando. « El tratamiento del que hablas es un poco drástico », dijo el coronel Bucharin mirando a las cebras dispersarse en la maleza. « Algunos pacientes no sobreviven. Aquellos que resisten son... » buscó la palabra « ... Alterados. » « Sus mentes están destruidas », dijo Peter por el. « En pocas palabras, sí », asintió el coronel. « Necesito su cuerpo, no su cerebro. Necesito un títere, no un ser humano. »

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« Se puede hacer. Cuando lo mandarás? » « Primero los diamantes », respondió Peter. . « Por supuesto, primero los diamantes. Cuanto tiempo llevará? » Peter levanto los hombros. « No mucho. » « Cuando estés listo, te enviaré un doctor con las medicinas apropiadas. Podemos llevarnos a este Zebiwe por la misma ruta del marfil: Air Zimbabwe hasta Dar-esSalaam y desde allí a Odessa en una de nuestras naves. » « De acuerdo. » « Has dicho que se encuentra cerca de aquí? Me gustaría verlo. » « Es seguro? » « Compláceme, por favor. » Dicho por el coronel Bucharin era una orden, mas que un pedido. Tungata Zebiwe estaba de pie al sol del mediodía. Se encontraba frente a una pared blanqueada que reflejaba los rayos del sol como un gran espejo. Estaba allí desde antes de la salida del sol cuando la helada cubría la escasa hierba marrón al borde de la plaza de armas. Tungata estaba completamente desnudo, como los dos hombres que lo flanqueaban. Los tres estaban tan flacos que las costillas se les veían claramente y las vértebras sobresalían como las cuentas de un rosario en el centro de la espalda. Tungata entrecerraba los ojos de manera de evitar gran parte del reflejo del sol sobre la pared blanca, pero no los cerraba del todo. Para vencer el vértigo que ya había hecho presa en los otros dos prisioneros, fijaba la mirada en una marca en el revoque. Si caía, como le había pasado a los otros dos mas de una vez, venían los guardias a obligarlos a ponerse de pie a latigazos. Ahora oscilaban, siempre a punto de perder el equilibrio. «Coraje mis hermanos », susurro Tungata en Sindebele. « No permitan que los perros shona los vean vencidos. » Estaba determinado a no caer, y continuaba mirando la marca sobre la pared. Era un orificio de bala, blanqueado a la cal. Blanqueaban la pared después de cada ejecución, eran muy meticulosos con eso. « Anwzi », gemía el hombre de la derecha: agua! « No pienses en eso », le ordenó Tungata. « No hables, o te volverás loco. » La pared reflejaba el calor con una intensidad que golpeaba casi físicamente. « Estoy ciego », susurró el segundo hombre. « No puedo ver. » El resplandor blanco había quemado sus pupilas como cegado por la nieve. « No hay nada que ver, aparte de la fea cara de los simios shona », le dijo Tungata. « Agradece tu ceguera, amigo. De pronto, detrás de sus espaldas, gritaron bruscas ordenes en shona y luego llego el sonido del paso de un pelotón sobre la plaza de armas. « Han llegado », susurró el Matabele ciego, y Tungata Zebiwe sintió una enorme pena crecer en su interior. Si, venían al fin, esta vez por el. Durante cada día de las largas semanas de encarcelamiento, había escuchado los pasos del pelotón de fusilamiento atravesar la plaza de armas al mediodía. Esta vez era por el. No temía a la muerte, pero lo apenaba. Era triste por no haber podido ayudar a su pueblo en aquella terrible prueba, se afligía de no poder ver nuevamente a su mujer, y que ella nunca le Daria ese hijo que el anhelaba tanto, era triste que su vida que prometía tanto tuviese que terminar sin poder dar frutos, y repentinamente pensó en un día en que miraba con su abuelo un campo de maíz desvastado por una breve y furiosa granizada, le había escuchado decir: « Tanto trabajo para nada, que desperdicio! » Tungata repitió para si aquellas palabras, mientras manos rudas lo hacían girar y lo empujaban contra el palo clavado en la tierra delante de la pared. Le ataron las muñecas al poste y el abrió los ojos completamente. El alivio de no ver mas el resplandor de la pared fue interrumpido por la visión de la fila de hombres armados frente a el. Trajeron a los otros dos Matabele desnudos de la pared. El ciego cayo de rodillas, postrado y aterrorizado, y sus intestinos se vaciaron involuntariamente. Los guardias se rieron tras exclamaciones de desagrado. « De pie! » le ordenó bruscamente Tungata. « Muere de pie, como verdadero hijo de Mashobane! » El hombre lucho para pararse. « Ve al poste », le ordenó Tungata. « Esta un poco a tu izquierda. » El hombre caminó tanteando ciegamente y encontró el poste. Lo ataron a el.

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Había ocho hombres en el pelotón de ejecución y el comandante era un capitán de la tercera brigada. Pasó revista a los soldados, controlando la carga de cada fusil. Bromeaba en shona, haciendo reír a sus hombres. Tungata no entendía nada, pero le parecía que sus risotadas eran desinhibidas como bajo el efecto del alcohol o alguna droga. No era la primera vez que hacían este trabajo, y les gustaba. Tungata había visto a tantos hombres transformarse así durante la guerra. La violencia y la sangre se habían convertido en su adicción. El capitán volvió a la cabeza del pelotón y del bolsillo de la camisa extrajo una hoja dactilografiada mugrienta y ajada por el uso. La leyó, tropezando con cada palabra y pronunciándola mal como un escolar, su inglés casi incomprensible. « Ustedes han sido condenados como enemigos del Estado y del pueblo », leyó. « Son declarados incorregibles. Su condena a muerte ha sido firmada por el vicepresidente de la Republica de Zimbabwe... » Tungata Zebiwe levantó la cabeza y comenzó a cantar. Su voz profunda y bella tapo los agudos tonos del capitán shona: Los Topos están bajo la tierra. « Están muertos? » preguntan las hijas de Mashobane. Era el antiguo canto de guerra de los Matabele, y al terminar la estrofa les ladró a los dos condenados junto a el: « Canten! Háganle sentir a los chacales shona como ruge el león Matabele ». Y ellos cantaron con el: Como la mamba negra debajo de una piedra Inyectamos la muerte con colmillos de acero... Frente a ellos, el capitán dio una orden, y como un solo hombre el pelotón avanzó el pie derecho y levantaron los fusiles. Otra orden y los fusiles apuntaron. Mientras los tres Matabele desnudos cantaban bajo el sol, los ojos de los soldados los encuadraban en las miras. Y, como por encanto, otras voces lejanas se unieron al canto de guerra. Venían de las barracas de los prisioneros alrededor de la plaza de armas. Centenares de prisioneros Matabele cantaban con ellos, acompañándolos en el momento de extrema prueba, dándoles fuerza y consuelo. El capitán shona alzó la mano derecha, y en el último instante de vida la tristeza de Tungata se desvaneció dando lugar a una gran fortaleza. « Estos son hombres », pensó: « con o sin mi, resistirán al tirano. » El capitán bajó la mano bruscamente gritando la orden:« Fuego! » Los disparos fueron simultáneos. La fila de soldados osciló por el retroceso de los fusiles, y el estruendo repercutió en los oídos de Tungata haciéndolo tambalear involuntariamente. Oyó el terrible chasquear de las balas en la carne, y con el rabo del ojo vio a sus dos compañeros sacudirse como impactados por un invisible martillo neumático y luego caer de bruces, sostenidos por las ataduras. La canción se cortó bruscamente en sus labios; sin embargo continuaba surgiendo el canto de la garganta de Tungata, siempre erguido. Los fusileros bajaron sus armas, riéndose y palmeándose como si fuese una gran broma. Desde las barracas de los prisioneros el canto de guerra cambio por un triste lamento fúnebre. Y ahora finalmente la voz de Tungata se acalló. Giró la cabeza para mirar a los dos compañeros a sus costados. Estaban acribillados a balazos. Ya las moscas revoloteaban sobre las heridas. De repente las rodillas de Tungata comenzaron a temblar, y sintió que los esfínteres se relajaban. Luchó contra su cuerpo, odiando su propia debilidad. Poco a poco pudo controlarse. El capitán Shona llegó hasta el y le dijo en ingles: « Linda broma, eh? » y se le rió exageradamente en la cara. Después se volvió y ordenó que trajeran agua. Llego un soldado con un plato esmaltado lleno de agua hasta el borde. El capitán lo tomó. Tungata podía oler el agua. Se dice que los pequeños bosquimanos olfatean el agua a distancias de muchos kilómetros, pero el no lo creía hasta ahora. El agua despedía un olor dulce como un melón recién cortado en

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tajadas, y la garganta se le contrajo en un espasmo para tragar. No podía apartar los ojos del plato. El capitán levanto con ambas manos el plato hasta sus labios y bebió un trago, luego se enjuagó la boca e hizo gárgaras. Escupió el resto y le sonrió a Tungata, luego sostuvo el plato frente a su cara. Lenta y deliberadamente tumbó el plato y derramo el agua en el polvo a los pies de Tungata. Le salpicó las piernas hasta las rodillas. Cada gota se sentía helada como astillas de hielo y cada célula del cuerpo de Tungata la ansiaba con una intensidad próxima a la locura. El capitán invirtió el plato y dejo que cayeran las últimas gotas. « Heavy hombre », repitió sin sentido, y se volvió a gritar una orden a sus hombres. En dos filas abandonaron la plaza de armas, dejando a Tungata solo con los muertos y las moscas. Volvieron por el a la puesta del sol. Cuando le cortaron las ligaduras, gimió involuntariamente por el dolor causado por la sangre que volvía a correr por sus manos hinchadas, y cayó de rodillas. Las piernas no lo soportaban. Tuvieron que transportarlo casi en peso hasta la barraca. La habitación estaba vacía, excepto por un balde descubierto en un rincón y dos platos en el centro del piso de tierra apisonada. Uno contenía una pinta de agua, el otro un puñado de torta de maíz blanco. Estaba saladísimo. Mañana pagaría por comerlo con la dura moneda de la sed, pero tenia que alimentarse para mantenerse. Bebió la mitad del agua y dejo la otra mitad para la mañana y luego se acostó en el suelo. Del techo de chapa acanalada emanaba todavía el calor del día, pero por la mañana sabia que estaría temblando de frío. Le dolían todas las articulaciones del cuerpo y su cabeza pulsaba por en efecto del sol y del resplandor en la pared; le parecía que el cráneo de iba a explotar como una baya madura de baobab. Afuera en la oscuridad mas allá del cerco de alambre de púas, la jauría de hienas se disputaban el banquete preparado para ellas. Sus gritos y aullidos eran un lunático manicomio salpicado por el crujir de huesos en las grandes mandíbulas. No obstante todo eso, Tungata durmió, y se despertó con el taconeo de pasos y gritos de ordenes por la mañana. Rápidamente bebió el agua que quedaba para fortalecerse, y después se agachó sobre el balde. El día anterior su cuerpo casi lo había traicionado. Hoy no dejaría que pasara. Se abrió la puerta. « Fuera, perro Matabele! Fuera de tu perrera maloliente! » Se lo llevaron a la pared. Había otros tres Matabele desnudos, de cara al muro. Futilmente Tungata notó que habían blanqueado la pared. Eran muy concienzudos respecto a eso. Se paró con la cara a sesenta centímetros de distancia de la superficie blanca del muro y se preparó interiormente para el día que se avecinaba. A mediodía fusilaron a los otros tres prisioneros. Esta vez Tungata no los indujo a cantar. Trató, pero se le cerró la garganta. A media tarde la vista se le interrumpía en parches negros e hirientes luces blancas. Sin embargo cada vez que sus piernas cedían y caía hacia delante sostenido por las muñecas atadas, el dolor en las coyunturas de los hombros y brazos girados hacia arriba lo revivían. La sed era inenarrable. Las manchas de oscuridad en su cabeza eran cada vez mas profundas y duraderas, el dolor no lo reanimaba completamente. De una de estas zonas negras surgió una voz. « Mi querido amigo », dijo la voz. « En que terrible estado me toca verte. » Era la voz de Peter Fungabera, que disipó las tinieblas en su mente y dieron a Tungata nuevas energías. Lucho para erguirse, levantó la cabeza y se esforzó para aclarar la vista. Miro la cara de Peter Fungabera y su odio lo ayudó. Lo acogió con placer, como una fuerza vital. Peter Fungabera estaba en uniforme y con birrete. Llevaba su fusta en la mano derecha. A su lado un hombre blanco al que Tungata no había visto antes. Era alto, flaco y viejo. Tenia el cuero cabelludo recién afeitado, la piel arruinada con cicatrices y los ojos de un extraño azul pálido que Tungata encontró repelente y gélido como la mirada de la cobra. Observaba a Tungata con interés clínico, privado de piedad u otro sentimiento humano. « Lamento que el camarada ministro Tungata Zebiwe no este en su mejor forma », dijo Peter al hombre blanco. « Ha perdido mucho peso, pero no aquí... » Con la punta de la fusta, Peter Fungabera levanto el pesado bulto negro de los genitales de Tungata.

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« Viste alguna vez algo como esto? » preguntó. Usando la fusta con la misma destreza que un palillo chino, Tungata no podía apartarse. Aquel descarado manejo de sus partes intimas era extremadamente degradante. « Alcanza para tres hombres normales », estimó Peter con simulada admiración, mientras Tungata lo miraba sin hablar. El ruso hizo un gesto de impaciencia y Peter asintió. « Tienes razón, estamos perdiendo tiempo. ». Miró su reloj pulsera y se volvió hacia el capitán que esperaba cerca con su pelotón. « Lleven al prisionero al fuerte. » Debieron transportarlo en peso. El alojamiento de Peter Fungabera en el fuerte en la cima del kopje estaba amueblado de manera espartana, pero el piso de tierra había sido barrido recientemente y rociado con agua. El y el ruso se sentaron en un lado de la mesa de caballete que servia como escritorio: había un banco de madera del otro lado. Los guardias llevaron a Tungata hasta el banco. El rechazó las manos de los soldados y se sentó erguido, mirando silencioso a los dos hombres que tenia al frente. Peter le dijo algo al capitán en shona, y dos soldados le trajeron a Tungata un sábana gris de lana y cubrieron con ella los hombros de Tungata. Otra orden, y el capitán trajo una bandeja con una botella de vodka y una de whisky, dos vasos, un balde con hielo y una jarra de agua. Tungata evitó mirar el agua. Necesitó todo su autocontrol pero fijo sus ojos en Peter Fungabera. « Ahora esta un poco mas civilizado », dijo Peter. « El camarada ministro Zebiwe no habla shona, solo el primitivo dialecto Matabele; entonces usaremos la lengua que es común a todos nosotros, el ingles. » Sirvió whisky y vodka. El hielo tintineo en los vasos y Tungata pestañeó pero continuo mirando a Fungabera. « Esto es una sesión informativa », explicó Peter. « Nuestro huésped », dijo señalando a viejo hombre blanco. « es un estudioso de historia africana. Ha leído, y recuerda todo lo que se ha escrito a propósito de nuestro país. Mientras tu, mi querido Tungata, eres un descendiente de la casa de Kumalo, el antiguo jefe de los ladrones Matabele que por cien años asaltaron y aterrorizaron a los legítimos dueños de esta tierra, la tribu de los Mashona. Por consiguiente ustedes dos probablemente ya conocerán lo que estoy a punto de contar. En tal caso, me disculpo anticipadamente. » Bebió un sorbo de whisky mientras ninguno de los otros dos hablaba o se movían. « Tenemos que retroceder ciento cincuenta años », continuó Peter, « cuando un joven general del rey zulu Chaka, un hombre que era el favorito del rey, no le entregó a Chaka el botín de guerra. El nombre de este hombre era Mzilikazi, hijo de Mashobane de la sub tribu zulu del Kumalo, y estaba destinado a ser el primer Matabele. De paso es interesante notar, que él estableció un precedente para la tribu que estaba por fundar. Primero, era un maestro de la rapiña y el saqueo, un famoso asesino. Después era ladrón. Le robó a su propio soberano. No le entregó su parte del botín. Y para terminar fue un cobarde, porque cuando Chaka lo mandó a llamar para hacerle pagar la culpa, huyó. Peter le sonrió a Tungata. « Eso fue Mzilikazi, Asesino! Ladrón! y Cobarde! padre de los Matabele, y desde aquel día hasta ahora esa descripción le cabe a cada miembro de su tribu. Asesino! Ladrón! Cobarde! » repitió los insultos con satisfacción, mientras Tungata lo miraba con ojos llameantes. « Y así este ejemplo de virtudes viriles, llevándose consigo su regimiento de guerreros zulúes renegados, se escapó al norte. Cayó sobre las tribus mas débiles que encontró en su camino y capturó sus ganados y sus jóvenes mujeres. Esto fue la Umfecane, la gran matanza. Se dice que un millón de almas indefensas perecieron bajo las asegai de los Matabele. Ciertamente Mzilikazi dejo tras de si una tierra desierta, de aldeas quemadas y blancos esqueletos ». « Prosiguió su camino de destrucción a través del continente hasta que encontró, proviniendo del sud-oeste, una enemigo aún mas sediento de sangre y mas avaricioso que el: los hombres blancos, los boers, que con fusiles masacraron a los famosos guerreros de Mzilikazi como perros rabiosos. Y así Mzilikazi, el cobarde, escapó de nuevo, siempre hacia el norte. » Peter agitó suavemente los cubos de hielo en el vaso, un suave tintineo que hizo pestañear ligeramente a Tungata, pero no miró hacia el vaso. « El descarado Mzilikazi atravesó el río Limpopo y descubrió una hermosa tierra de dulces pastizales y claras aguas. Estaba habitada por un pueblo pacifico y pastoral, los descendientes de una raza que había construido grandes ciudades de

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piedra, un pueblo agraciado que Mzilikazi con desprecio llamó 'comemierda' y los consideró como su ganado, matándolos por deporte, o esclavizándolos para proveer a sus indolentes guerreros de sirvientes. Las jóvenes mujeres Mashona, si eran núbiles, se las violaba por placer y para engendrar nuevos guerreros para las sanguinarias filas del rey... Pero ustedes ya saben todo esto. » « A grandes rasgos si », asintió el viejo hombre blanco. « Pero no tu interpretación de los hechos. Lo que demuestra que la historia es meramente la propaganda escrita por los vencedores. » Peter se rió. « Es una definición que nunca antes había escuchado, pero es verdad. Ahora nosotros los shona somos los últimos vencedores, tenemos todo el derecho de reescribir la historia. » « Continua », lo invitó el hombre blanco. « Lo encuentro muy instructivo. » « Muy bien. En el año 1868, según como miden el tiempo los blancos, Mzilikazi, ese gordo, depravado y enfermo asesino, murió. Es gracioso recordar que sus secuaces, antes de darle sepultura, mantuvieron su cadáver en el trono durante cincuenta y seis días, con el calor de Matabeleland! Así el rey apestó en la muerte tan potentemente como había apestado en vida. Otra simpática característica de los Matabele. » Esperó la protesta de Tungata, la cual no llegó. Entonces prosiguió. « Le sucedió uno de sus hijos, Lobengula, el-que-corre-como-el-Viento. Tan gordo, taimado y sanguinario como su ilustre padre. Sin embargo, casi en la misma época en que heredaba la jefatura de los matabeles, se sembraron dos semillas que pronto crecerían en grandes lianas serpenteantes que finalmente sofocarían y abatirían al gordo toro de Kumalo. » Hizo una pausa de efecto, de narrador experto, y después levantó un dedo. « Primero: lejos hacia el sur de sus saqueados dominios, el hombre blanco había encontrado en un desolado kopje en la llanura una pequeña piedra brillante. Y segundo: de una triste isla lejana en las brumas del norte, un joven hombre blanco enfermo se embarcó en una nave, buscando el aire seco y limpio para sus pulmones enfermos. « Rápidamente el kopje fue excavado por las hormigas blancas, y se transformó en un hoyo enorme de dos kilómetros de diámetro y una profundidad de ciento veinte metros. Los hombres blancos lo llamaron Kimberley, por el nombre del ministro de asuntos exteriores de los ingleses que condonó el hurto a las tribus locales. « El blanco tísico se llamaba Cecil John Rhodes, y probó ser mas malvado, astuto y sin escrúpulos que cualquier rey Matabele. Simplemente se comió a los otros hombres blancos que habían descubierto el kopje de las piedras brillantes. Intimidó, corrompió, engañó y aduló hasta que se apoderó de todo. Se convirtió así en el hombre mas rico del mundo. « No obstante, para extraer las piedras brillantes se necesitaba del duro trabajo de decenas de miles de hombres. ¿Y hacia donde mira el hombre blanco en África cuando hay trabajo duro que realizar? » Peter se rió y dejo sin respuesta la pregunta retórica. « Cecil Rhodes ofrecía unas pocas monedas, una simple comida y un viejo fusil a cambio de tres años de trabajo. Los hombres negros, ingenuos y para nada sofisticados, aceptaron la oferta, e hicieron a su patrón varias veces multimillonario. « Entre los hombres negros que llegaron a Kimberley estaban los jóvenes amadoda de los matabeles. Los mandaba Lobengula – ¿Ya les dije que Lobengula era un ladrón? con la orden de robar la piedras relucientes y llevárselas a el. Decenas de miles de matabeles emprendieron el largo viaje al sur, a la mina, y trajeron los diamantes. « Los que recogían eran los mas grandes y brillantes, que eran mas fáciles de ver en el proceso de lavado. ¿Cuantos diamantes se llevaron? Un Matabele descubierto por la policía blanca se había tragado 348 carats de diamantes, por un valor de tres mil libras esterlinas de aquella época. Hoy diríamos trescientas mil. Otro se había hecho un agujero en el muslo y se había incrustado en la carne una piedra de doscientos carates. » Peter levantó los hombros. « Cuanto podría valer hoy una piedra similar? No menos de dos millones de libras. » El viejo hombre blanco, que había escuchado distraídamente la primera parte de la conferencia de Fungabera, ahora se había vuelto hacia el general y estaba pendiente de sus labios. « Pero esos eran los pocos que la policía descubría. Pero había miles y miles de contrabandistas Matabele que nunca fueron atrapados. Recuerden que en los primeros tiempos de las excavaciones, virtualmente no había control sobre los mineros negros. Iban y venían como querían. Algunos trabajaban una sola semana, antes de huir. Otros trabajaban los tres años del contrato. Pero cuando se iban, las piedras

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brillantes se iban con ellos: en el cabello, en los tacos de las botas nuevas, en la boca, en el estomago, en el ano o en la vagina de sus mujeres. Los diamantes salían por miles y miles de carats. « Naturalmente no podía durar. Rhodes introdujo el sistema de confinamiento forzado. Los mineros vivían en villas rodeadas de alambres de púa, de las cuales no podían salir por los tres años del contrato. Antes de irse se los desnudaba y alojaba en barracas especiales en cuarentena por diez días, durante esos días eran rapados de la cabeza y los genitales, y los cuerpos se inspeccionaban minuciosamente por los doctores blancos, el ano y todas las heridas recientemente cicatrizadas eran probadas y si era necesario, reabiertas con un bisturí. « Se les daba masivas dosis de aceite de castor y se colocaban finas mallas de alambre sobre las letrinas de modo que las heces podían ser disueltas y procesadas como si fuesen la tierra azul de las excavaciones diamantíferas. Sin embargo los matabeles eran ladrones habilísimos y todavía encontraron maneras de llevarse las piedras del recinto cerrado de Rhodes. El río de diamantes se redujo a un arroyuelo pero continuaba corriendo al norte hacia Lobengula. « ¿Quieren saber cuantas? Solo podemos adivinar. Hubo un Matabele que se llamaba Bazo, el Hacha, que abandonó Kimberley con un cinturón de diamantes en torno a su cintura. Tu has oído hablar de Bazo, hijo de Gandang, mi querido Tungata, porque era tu bisabuelo. Se convirtió en un famoso induna Matabele, y en el curso de sus incursiones asesinó a centenares de Mashonas indefensos. El cinturón de diamantes que puso a los pies de Lobengula, dice la leyenda, pesaba el equivalente a diez huevos de avestruz. Y como cada huevo de avestruz tiene la capacidad de dos docenas de huevos de gallina, y aun considerando que la leyenda exagera, llegamos a una cifra superior a cinco millones de libras esterlinas con la inflación actual. « Otra fuente informa que Lobengula tenia cinco cantaros llenos de diamantes de primer agua, equivalente a cinco galones de diamantes, suficiente para hundir el monopolio de De Beers. « Y otra leyenda habla del ritual del khombisile que Lobengula ejecutaba para sus indunas, los consejeros de la tribu. Khombisile en Sindebele significa muestra, exposición », explicó Peter al hombre blanco, y prosiguió. « En la intimidad de su gran choza, el rey se desnudaba y sus mujeres untaban su cuerpo con una gruesa capa de grasa bovina. Después adherían los diamantes a la grasa hasta que todo el cuerpo del rey quedaba recubierto de un mosaico de piedras preciosas, una escultura viviente cubierta de diamantes por un valor de cien millones de libras esterlinas. « Y esta es la respuesta a su pregunta, señores. Lobengula poseía probablemente mas diamantes de los que jamás se han reunido en un solo lugar en el mismo momento, aparte de las bóvedas de la organización De Beers en Londres. « Mientras esto ocurría, Rhodes, el hombre mas rico del mundo, estaba en Kimberley obsesionado por su idea del imperio, miraba hacia el norte y soñaba. Tal fue la fuerza de su obsesión que comenzó a hablar de 'mi norte'. Finalmente lo tomo como había tomado la mina de diamantes de Kimberley: un poco por vez. Mandó a sus enviados a negociar con Lobengula la concesión de prospección y explotación de los recursos minerales en su territorio, que incluía la tierra de los Mashona. « De la reina blanca de Inglaterra, Rhodes obtuvo la autorización para crear la Royal Charter Company, y luego mandó un ejercito privado de hombres rudos e implacables a ocupar aquellas concesiones. Lobengula no se esperaba nada por el estilo: Unos pocos hombres excavando pequeños agujeros, pero no un ejército del brutales aventureros. Los hombres blancos lo presionaban constantemente mas y mas, hasta que lo obligaron a cometer un fatal error de juicio. Lobengula, sintiendo amenazada su propia existencia, convocó a sus impis y exhibió amenazadoras señales de guerra. « Era la provocación que Rhodes y sus secuaces habían planeado y buscado. Cayeron salvajemente sobre Lobengula en una impiadosa campaña, ametrallaron a sus famosos impis, y aplastaron a la nación Matabele. Después galoparon hacia el kraal de Lobengula en GuBulawayo. Pero Lobengula, ese ladrón y cobarde, ya se había escapado hacia el norte, llevándose consigo sus mujeres, el ganado, lo que quedaba de sus guerreros y los diamantes. « Una reducida patrulla de hombres blancos lo siguieron parte del camino, hasta que cayeron en una emboscada de los matabeles y fueron exterminados hasta el último hombre. Mas hombres blancos podrían haber perseguido a Lobengula, pero llegó la estación de las lluvias, que trasformó el terreno en un pantano y los ríos

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crecieron. Así Lobengula escapó con el tesoro. Vagó hacia el norte, sin destino fijo, hasta que lo abandonaron las ganas de seguir adelante. « En un salvaje sitio solitario llamó a Gandang, uno de sus medios hermanos, y le asigno el cuidado de su pueblo. Y cobarde hasta el fin, ordeno a su brujo que preparara una poción venenosa y la bebió. « Gandang sentó su cadáver erguido en una caverna. A su alrededor colocó todas sus cosas: Su asegai, las plumas y las pieles, su colchoneta, y apoya cabeza, sus fusiles y cuchillos, las tinajas de cerveza y de diamantes. El cadáver de Lobengula fue dejado en posición sentada y envuelto en una piel de leopardo y a sus pies se colocaron las cinco vasijas de un galón cada una llenas de diamantes. Luego la entrada a la caverna fue cuidadosamente sellada y disimulada, y Gandang condujo de vuelta a la población Matabele a GuBulawayo a rendirse a la esclavitud de Rhodes y de su Royal Charter Company. «¿Me preguntan cuando sucedió todo eso? En la estación de las lluvias en 1894. No hace tanto tiempo, apenas noventa años. « ¿Quieren saber donde? La respuesta es: muy cerca de donde estamos sentados. Probablemente en un radio de menos de cuarenta kilómetros. Lobengula se dirigió directo al norte de GuBulawayo, y casi había llegado al río Zambesi cuando desesperado decidió suicidarse. « ¿Me preguntan si algún ser viviente conoce la exacta ubicación de la caverna del tesoro? La respuesta es si! » Peter Fungabera se interrumpió y exclamó: « Oh, perdona, mi querido Tungata. Me olvide de ofrecerte de beber ». Pidió que trajeran otro vaso y cuando llegó lo llenó con agua y hielo y con su mano, se lo ofreció a Tungata. Tungata sostuvo el vaso con ambas manos y bebió controlado, de a un sorbo por vez. « ¿Donde había quedado? » dijo Fungabera volviendo a su asiento. « Estabas hablando de la caverna », dijo el hombre blanco con los pálidos ojos, no pudiendo contenerse. « Ah ya, es verdad! Bien, parece que antes de morir Lobengula le encargó a su medio hermano Gandang la custodia de los diamantes. Se supone que le dijo:: Llegará el día en que estos diamantes le servirán a mi pueblo. Tu, tus hijos y sus hijos custodiaran el tesoro para ese momento. « Y así el secreto fue pasando en la familia Kumalo, la así llamada familia real de los Matabele. Cuando el hijo elegido llegaba a la adultez, lo llevaba su padre o su abuelo en un peregrinaje... » Tungata estaba tan postrado por su terrible experiencia que se sentía débil y febril. Su mente divagaba, y el agua helada en su estomago parecía drogarlo, de modo que la fantasía se mezclaba con la realidad y el recuerdo de su peregrinaje a la tumba de Lobengula fue tan real que parecía estar reviviéndolo mientras Peter Fungabera continuaba hablando. Había ocurrido durante su primer año en la universidad de Rhodesia. Había vuelto a casa a pasar las largas vacaciones con su abuelo, Gideon Kumalo, vicepresidente de la escuela de la misión de Khami, en los suburbios de Bulawayo. « Tengo una gran novedad para ti », lo había saludado el viejo, sonriéndole detrás de los gruesos cristales de los anteojos. Todavía conservaba algo de su vista, aunque en los siguientes cinco años perdió todo vestigio de ella. « Vamos a hacer un viajecito juntos, Vundla. » Así lo llamaba afectuosamente el viejo: Vundla, la liebre, el vivaz e inteligente animal que aman todos los africanos. Los esclavos lo llevaron en una leyenda a América, en el mítico Brer Rabbit. Los dos tomaron el ómnibus que los llevó directamente al Norte, cambiando una media docena de veces en solitarios puestos de venta o remotas encrucijadas, a veces esperando en una parada por cuarenta y ocho horas cuando se atrasaba la conexión. No obstante, el retraso no los molestaba. Lo disfrutaban como un picnic. Sentándose en las noches alrededor de un fogón y conversando. Que maravillosas historias contaba el abuelo Gideon! Fabulas, leyendas e historias tribales: pero eran las historias lo que fascinaba a Tungata. Podía escucharlas repetidas cincuenta veces sin cansarse. La historia del éxodo de Mzilikazi de la tierra de los zulúes, y la umfecane, la guerra con los boers, y el cruce del río Limpopo. Podía recitar los nombres de los impis mas gloriosos y de sus comandantes, las campañas que habían combatido y los honores que habían conquistado. Especialmente aprendió del viejo la historia de los « Topos-que-excavaron-lamontaña », el impi fundado y comandado por su bisabuelo Bazo, el Hacha. Aprendió las canciones de guerra y el himno de los Topos, y soñaba que en un mundo perfecto

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un día el mismo comandaría a los Topos, usando la vincha del regimiento de piel de topo y las pieles y las plumas. Y así, la dupla formada por el anciano y el muchacho viajaron juntos por cinco placenteros días, hasta que a pedido del viejo el destartalado y polvoriento ómnibus los dejo sobre una senda de tierra en el monte. « Recuerda bien este lugar, Vundla », le dijo Gideon. « Aquí, el arroyo con el desprendimiento de rocas, y aquel kopje allá arriba que parece un león durmiendo. Este es el punto de partida. » Se dirigieron hacia el norte a trabes del monte, siguiendo una seguidilla de señales de reconocimiento que el viejo le hizo recitar en la forma de una poesía rimada. Tungata la recordaba perfectamente y todavía podía recitarla sin vacilar: Al comienzo esta el león dormido, sigue su mirada hasta cruzar el sendero del elefante... Fueron otros tres días de camino, al paso lento de Gideon, antes de ascender la empinada ladera con Tungata ayudándolo en los lugares difíciles, y finalmente se detuvieron frente a la tumba de Lobengula. Tungata recordó haberse arrodillado delante de la tumba, chupando sangre de la herida que se había autoinfligido en la muñeca y escupiéndola sobre las rocas que bloqueaban la entrada, repitiendo con su abuelo el terrible juramento de mantener el secreto y guardar la tumba. Naturalmente ni el viejo ni el juramento mencionaban el tesoro de diamantes. Tungata simplemente había jurado mantener el secreto de la tumba, revelándoselo al hijo elegido, hasta el día en que « Los hijos de Mashobane clamaran por ayuda, y las rocas se abrieran para liberar el espíritu de Lobengula, que surgiría como fuego: el fuego de Lobengula! » Después de la ceremonia el viejo descansó a la sombra del ficus que crecía junto a la entrada y, exhausto por el largo viaje se durmió hasta el ocaso. Tungata había permanecido despierto examinando la tumba y el área circundante. Había encontrado ciertos signos que lo habían llevado a la conclusión de no confiar en su abuelo, ni entonces ni durante el viaje de regreso. No quería alarmar ni molestar a Gideon. Su cariño por el era demasiado grande. La voz de Peter Fungabera interrumpió su meditación y lo retrotrajo al presente. « De hecho tenemos ahora el privilegio de tener aquí con nosotros un ilustre miembro del clan de Kumalo, el actual guardián de la tumba del viejo ladrón, el Honorable Camarada Ministro Tungata Zebiwe. » Los pálidos y crueles ojos del hombre blanco se clavaron en Tungata rígido sobre el duro banco de madera. Tungata se aclaró la voz y descubrió que aun aquella pequeña cantidad de agua que había bebido le había amortiguado la garganta. Su voz resonó profunda y medida. « Te haces ilusiones, Fungabera. » Pronunció el nombre como un insulto, pero la sonrisa de su interlocutor no se inmutó. « No se nada de esa tontería que has soñado, y aunque supiese cualquier cosa... » Tungata no precisó terminar la frase. « Veras que mi paciencia es interminable », le prometió Peter. « Los diamantes han permanecido allí por noventa años, unas pocas semanas mas no los dañaran. Traje conmigo un medico que supervisará tu tratamiento: veremos cuanto puedes resistir hasta que te abandone el coraje. Por otra parte dependerá de ti terminar tu sufrimiento en cualquier momento. Puedes elegir mostrarnos el lugar donde esta sepultado Lobengula, e inmediatamente después abordar un avión e irte a donde quieras. » Peter hizo una pausa antes de ofrecerle el ultimo aliciente. « Y contigo podrá viajar la mujer que tan caballerescamente te defendió en el tribunal, Sarah Nyoni. » Esta vez hubo un destello de emoción detrás de la mascara impasible de Tungata. « Oh si », afirmó Peter. « Esta en nuestras manos. » « Tus falsedades no necesitan desmentirse. Si la tuviesen en su poder, ya la habrías utilizado. » Tungata se obligó a creer que Sarah le había obedecido. Había visto y comprendido las señales que le había hecho en la sala con la mano. « Escapa escóndete, estas en peligro! » le había ordenado, y ella había entendido y asentido. Estaba a salvo, debía creerlo, era todo lo que le quedaba. « Veremos », prometió Peter Fungabera. « No es que importe mucho. » Tungata debía tratar de protegerla, ahora que estaba claro que los shona las buscaban. « Es simplemente una mujer, Hagan lo que quieran. Por mi... »

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Fungabera levantó la voz. « Capitán! » El comandante de la guardia apareció inmediatamente. « Lleve al prisionero a su barraca. Su tratamiento será ordenado y supervisado por el doctor. Ha entendido? » Cuando quedaron solos, el coronel Bucharin dijo tranquilamente: « No será fácil. Es muy fuerte físicamente, pero no es solo eso. Ciertos hombres no se doblegan nunca, aun bajo la mas extrema coerción ». « Llevará un cierto tiempo, pero al final... » « No estés tan seguro », suspiró Bucharin. « ¿De veras tienes a esa Sarah Nyoni? » Peter vaciló. « No todavía. Ha desaparecido, pero también aquí es solo cuestión de tiempo. No puede estar desaparecida por siempre. » « El tiempo », repitió el coronel Bucharin. « Si, hay un tiempo para cada cosa, pero tu tiempo esta pasando. Este es un asunto para hacer rápido o no hacerlo. » « Se trata de días, no semanas », dijo Peter, pero con la voz insegura. El coronel Bucharin, que era un consumado cazador de hombres, se dio cuenta enseguida. « Este Zebiwe es un hombre duro y no estoy seguro que responderá a nuestro tratamiento en la clínica. Y además no me gusta esta historia de los diamantes, parece una novela para muchachos. Y no me gusta que te hayas dejado engañar por esa mujer Matabele. Toda esta cuestión comienza a deprimirme. » « Eres muy pesimista. Todo esta marchando bien, necesito solamente un poco de tiempo para demostrártelo. » « Ya sabes que no puedo entretenerme aquí todavía por mucho tiempo, debo volver a Moscú. ¿Y que les voy a decir? ¿Que estas buscando un tesoro? » Bucharin levantó los brazos. « Dirán que me estoy poniendo senil. » « Un mes », dijo Peter Fungabera. « Necesito un mes. » « Hoy es diez, tienes hasta fin de mes para entregar al hombre y el dinero. » « Es mucho pedir », protestó Peter. « Volveré el primero del mes próximo. Si para esa fecha no estas en condiciones de hacer la entrega, sugeriré a mis superiores anular el programa completo. » La serpiente era larga, casi de dos metros y parecía tan gorda como un cerdo cebado. Estaba enroscada en un ángulo de la jaula de malla metálica. Y el diseño sobre sus escamas era de colores dorado, púrpura rojizos y violáceos, en suma todos los colores del otoño inscriptos en diamantes perfectos bordeados de una línea negra de luto. No obstante los colores y diseños de la serpiente no eran suficientemente espectaculares para distraer la atención de la cabeza. Era terrible. De las dimensiones de una calabaza venenosa, pero conformada como el as de picas, plana y aguzada hacia el hocico con sus orificios como ranuras. Los ojos eran brillantes como perlas pulidas, y la lengua bifida que se deslizaba saliendo y entrando entre los labios sonrientes. « No es idea mía », dijo Fungabera. « El buen doctor es responsable de este pequeño entretenimiento. » Le sonrío a Tungata. « Han pasado varios días desde la ultima vez que hablamos, y francamente tu tiempo se terminó. También el mío. Debo tener tu acuerdo hoy o nada importará. A partir de hoy eres descartable, camarada Zebiwe. » Tungata estaba amarrado a una sólida silla de teca roja rhodesiana. La jaula de malla metálica estaba sobre la mesa delante de el. « Una ves estuviste en el Departamento de Caza », prosiguió Peter Fungabera. « Así que conocerás a esta serpiente. Es una Bitis Gabonica. Es una de las mas venenosas serpientes africanas. Solo la mamba es mas toxica. No obstante su mordida es mucho mas dolorosa que la de la mamba o de la cobra. Se dice que el dolor vuelve loco a un hombre antes de la muerte. » Tocó la jaula con la punta de la fusta y la serpiente atacó. Las espiras propulsaron la monstruosa cabeza que atravesó la jaula en un borroso movimiento líquido con la mitad de su grueso cuerpo en el aire por la potencia del golpe; las mandíbulas se abrieron mostrando la garganta de color amarillo manteca y los largos colmillos recurvados que brillaban blancos como la porcelana, mientras se estrellaban contra la pared de malla con una fuerza que sacudió la mesa. Peter Fungabera saltó involuntariamente hacia atrás, y después se rió disculpándose: « No soporto a las serpientes », explicó. « Me erizan la piel. Y tu camarada ministro? » « Lo que sea que estés pensando es un bluff », respondió Tungata. Su voz era mas débil, ahora. Desde su ultimo encuentro, habían pasado muchos días en el paredón, bajo el sol. Su cuerpo parecía haberse encogido hasta quedar demasiado grande respecto a la cabeza. La piel tenia un tono gris, y se veía polvorienta y seca.

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« Non puedes permitir que esa cosa me muerda. Creo que le has extraído las glándulas venenosas. « Doctor. » Peter Fungabera se volvió hacia el médico del regimiento que se sentaba en la otra cabecera de la mesa. El se levantó inmediatamente y salió de la habitación. « Hemos sido bastante afortunados al encontrar un ejemplar de esta especie de serpiente. Son bastante raras, como sabes. » El médico volvió. Ahora usaba gruesos guantes que le llegaban hasta el codo y traía un gran ratón de campo rayado, del tamaño de un gatito. El ratón que luchaba en su mano, chillaba y mordía el guante. Con cuidado, el doctor abrió la puertita en el techo de la jaula, y arrojó dentro el ratón y cerró inmediatamente. El pequeño animal correteo alrededor de la jaula probando las paredes en busca de una vía de escape, hasta que repentinamente vio a la víbora en el rincón. Saltó alto y aterrizó con las patas rígidas, después se retiró al rincón opuesto y se acurrucó allí mirando a través de la jaula. La víbora comenzó a desenroscarse. Los diseños del dorso brillaban con una gracia ultraterrena mientras se deslizaba silenciosamente sobre el piso enarenado de la jaula hacia el ratón arrinconado. Una rigidez no natural le sobrevino al animalito. El hocico y los bigotes no vibraban mas. Hundido con la panza en tierra y la pelambre erizada, y observaba con hipnótica fascinación la repulsiva muerte que se deslizaba inexorablemente hacia el. A sesenta centímetros del ratón la víbora se detuvo, arqueó el cuello formando una « S » compacta y después, tan rápida que el ojo no pudo seguirla, golpeó. El ratón fue lanzado contra la pared de la jaula, e inmediatamente la víbora retrocedió, enroscándose suavemente sobre si misma. Ahora sobre la piel del ratón se veían gotitas de sangre. Su cuerpo comenzó a pulsar rápidamente. Los miembros se retorcieron y agitaron descortinadamente, y después, de repente el ratón emitió un chillido intolerable de agonía, y cayo sobre el lomo en las convulsiones finales de la muerte. El doctor extrajo al ratón muerto de la jaula con una pinza de madera y lo sacó de la habitación. « Naturalmente », observó Peter Fungabera, « tu pesas muchas veces mas que el roedor y contigo tomará mas tiempo. » El medico volvió a la habitación con el capitán de la guardia y dos soldados. « Como te dije, el doctor fue el que inventó todo el aparato. Pienso que ha hecho un excelente trabajo, considerando la escasez de materiales y la falta de tiempo. » Levantaron la silla de Tungata y lo acercaron a la jaula. Uno de los soldados traía otra jaula de malla metálica mas chica. Tenia la forma de una máscara de esgrimista, pero sobredimensionada. Y la calzó en la cabeza de Tungata, cerrándola apretadamente alrededor del cuello. Por delante salía un tubo de malla que parecía una trompa – mas gruesa y mas corta – de un elefante deforme. Los dos soldados se pararon detrás de la silla de Tungata y lo empujaron hasta alinear el tubo de malla abierto con la puerta de la jaula de la serpiente. Con destreza el doctor shona aseguro el tubo a la puerta por medio de dos ganchos. « Cuando levantemos la puerta de la jaula, tu y la víbora de Gabon compartirán el mismo espacio vital », dijo Fungabera. Tungata miraba en el fondo del tubo de malla metálica, la puerta de la jaula. « Pero podemos parar esto en el instante que tu digas cierta palabra. » « Tu padre era una hiena shona comemierda », le dijo despacio Tungata. « Induciremos a la serpiente a dejar su jaula y llegar a la tuya calentando la pared opuesta. Te aconsejo encarecidamente que no seas obstinado. Llévanos a la tumba de Lobengula. « La tumba del rey es sagrada... » se quebró Tungata. Estaba mas débil de lo que creía. Se le había escapado. Hasta ahora siempre había negado obstinadamente la existencia de la tumba. « Bravo! » dijo alegremente Peter. « Por lo menos estamos de acuerdo en que la tumba existe. Ahora acepta llevarnos allá y todo esto terminará enseguida, un vuelo seguro a otro país con tu mujer. » « Te escupo en la cara, Fungabera, y escupo sobre la puta apestada de tu madre. » « Abran la jaula », ordenó Fungabera. La puertita se corrió chirriando sobre las guías y Tungata fijó la mirada en el fondo del tubo como el cañón de un fusil. La víbora estaba enroscada en el rincón opuesto de la jaula y lo miraba con sus ojitos negros y brillantes. « Todavía hay tiempo, camarada. »

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Tungata no se fió de su voz para hablar de nuevo. Se armó de valor y clavó sus ojos en los de la serpiente tratando de dominarla. « Procedan », dijo Peter, y un soldado colocó un pequeño brasero sobre la mesa. Tungata podía sentir el calor de los carbones encendidos desde donde se encontraba. Lentamente, el soldado acercó el brasero a la pared de la jaula y la serpiente siseo explosivamente y desenroscó el cuerpo para escapar del calor, comenzó a reptar hacia el tubo de malla. « Rápido camarada », lo alentó Peter. « Di que lo harás. Te quedan pocos segundos de vida, pero todavía puedo cerrar la puerta de la jaula. » Tungata sentía que la transpiración le escocia al brotarle de la frente y deslizarse por su espalda desnuda. Quería maldecir a Peter Fungabera, augurarle un destino tan horroroso como este, pero el pulso de su sangre en las orejas lo ensordecía. La serpiente vaciló a la entrada del tubo, reticente a entrar. « Todavía estas a tiempo », susurró Peter. « No mereces una muerte tan horrible. Di que lo dirás... Dilo! dilo! » Tungata no se había dado cuenta del tamaño de la serpiente. Sus ojos estaban a cuarenta centímetros de distancia de los suyos, y siseaba como una goma de auto que se desinfla. Una gran exhalación de aire que lo aturdía. El soldado apoyó el brasero a la jaula, y la serpiente metió la cabeza en el tubo. Las escamas del vientre rasparon audiblemente contra la malla metálica. « Todavía no es demasiado tarde », dijo Peter Fungabera extrayendo la pistola de su funda y colocando el cañón de la pistola contra el alambre a solo centímetros de la cabeza de la serpiente. « Di una sola palabra y la mato. » « Vete al infierno de los asquerosos shona », susurró Tungata. Ahora podía sentir el olor de la víbora, no era un olor fuerte, pero dulzón, débil, como de ratones podridos. Eso le produjo nauseas. El vómito le subió y le llego a la garganta. Tragó y comenzó a luchar intentando desatarse. La jaula se sacudió con sus esfuerzos, pero los dos soldados lo sostenían por los hombros y la gran serpiente alarmada por sus movimientos, siseó nuevamente y arqueó el cuello en una « S » para morder. Tungata se inmovilizó obligándose a permanecer quieto. Sentía la transpiración corriendo por su cuerpo, goteando fría por sus costados y formando un charquito en el asiento de la silla. Gradualmente la víbora relajó el cuello y repto hacia su cara. A quince centímetros de sus ojos, y Tungata seguía inmóvil como una estatua en su propia transpiración, repugnancia y terror. Estaba tan cerca que no podía enfocarla, no era mas que una mancha borrosa que le llenaba todo el campo visual. Y entonces la víbora sacó la lengua y exploró su cara con ligeros toques del bífido y negro apéndice. Cada nervio en el cuerpo de Tungata estaba tenso al punto de cortarse y su cuerpo debilitado inundado del torrente de adrenalina al punto que sintió que se sofocaba. Debió aferrarse a su consciencia con todas las fuerzas que le quedaban para no transponer el límite del negro vacío de la inconsciencia. La serpiente se movía lentamente. Tungata sintió el frío y viscoso contacto de las escamas sobre las mejillas, detrás de las orejas, sobre la nuca y luego, en un extremo espasmo de horror, se dio cuenta que el enorme reptil se estaba enroscando alrededor de su cabeza, espira tras espira, envolviéndolo, cubriéndole la nariz y la boca. No osó gritar ni moverse, y pasaron los segundos. « Le gustas », dijo Peter Fungabera con la voz ronca por la excitación y la impaciencia. « Se ha acomodado contigo. » Tungata giró los ojos y entrevió a Peter, borrosamente por el tejido de la jaula, en la periferia de su campo visual. « No podemos tolerar esto », declaró Peter, y Tungata lo vio alargar la mano hacia el brasero. Por primera vez Tungata se dio cuenta que una delgada varilla de acero, como un atizador, estaba introducido entre los carbones encendidos. Cuando Peter lo sacó la punta estaba al rojo vivo. « Esta es tu última oportunidad de aceptar », dijo. « Cuando toque al animal con esto, temo que enloquecerá de rabia. » Esperó por una respuesta. « Naturalmente no puedes hablar. Si estas de acuerdo pestañea rápidamente. » Tungata lo miraba fijo a través de la malla metálica de la jaula, tratando de concentrar sobre el todo el odio que experimentaba. « Bueno, lo hemos intentado », dijo Peter Fungabera. « Ahora solo puedes culparte a ti mismo. »

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Insertó la punta de la varilla incandescente en la malla de la jaula y toco a la serpiente con ella. Hubo un fuerte siseo de carne quemada; una nubecita de humo fétido y la serpiente se irritó terriblemente. Tungata sintió las espiras en torno a su cara convulsionando e hinchándose y luego el gran cuerpo debatiéndose, llenando la jaula, azotándola, contorsionándose sin coordinación. La jaula golpeaba, se sacudía y traqueteaba por esas convulsiones, y Tungata perdió el control, gritó mientras el terror lo embargaba. Luego la cabeza de la serpiente le llenó el campo visual. Las fauces totalmente abiertas, y la brillante garganta amarilla se le abalanzó un instante antes de la mordedura. La violencia del golpe lo aturdió. Le clavó los colmillos en la mejilla debajo del ojo, un fuerte golpe que lo sacudió al punto que sus dientes entrechocaron y se mordió la lengua. La boca se le llenó de sangre, mientras sentía que los largos colmillos curvos de la víbora enganchados en la carne como anzuelos y agitándose, tironeándolo inyectándole chorros de mortal toxina en su carne. Y luego, misericordiosamente se sumió en la oscuridad y Tungata se abatió inconsciente contra las cuerdas que lo sujetaban. « Lo ha matado, maldito idiota! » La voz de Peter Fungabera sonaba aguda y petulante por el pánico. « No, no. » El médico trabajaba rápidamente. Con la ayuda de los soldados desprendió la mascara de la cabeza de Tungata. Uno de los soldados tomó por la cola a la víbora maltrecha y la estampó contra la pared, después le aplasto la cabeza con la culata del fusil. « No, solo esta desvanecido, eso es todo. Esta muy debilitado por la permanencia en el paredón. » Entre dos levantaron a Tungata y lo llevaron al catre de campaña contra la pared de la habitación. Con exagerada delicadeza el doctor le controló el pulso. « Esta muy bien. » El medico llenó una jeringa descartable con el contenido de una ampolla de vidrio y la inyecto en el bíceps de Tungata, brillante de transpiración. « Le he dado un estimulante... Ahí esta! » El alivio del doctor era evidente. « Ahí esta! Se está recuperando. » El doctor frotó con el algodón embebido en desinfectante las profundas incisiones en la mejilla de Tungata de la cual brotaba linfa acuosa. « Siempre hay riesgo de infección por estas mordidas », explicó el doctor ansiosamente. « Le inyectaré un antibiótico. » Tungata se quejó, farfulló y trató débilmente de soltarse. Los soldados lo retuvieron hasta que estuvo plenamente consciente y luego lo ayudaron a sentarse. Sus ojos se enfocaron trabajosamente en Peter Fungabera, y su confusión fue obvia. « Bienvenido al mundo de los vivos, camarada. La voz de Peter era de nuevo suave y bien modulada. « Ahora eres uno de los pocos privilegiados que han visto el mas allá. » El doctor todavía estaba atendiéndolo, pero la mirada de Tungata no abandono la cara de Peter Fungabera. « No entiendes », dijo Peter, « y nadie puede culparte por eso. Veras, el buen doctor verdaderamente había extraído los sacos venenosos de la serpiente, como tu creíste que podría haberlo hecho. » Tungata sacudió la cabeza, todavía incapaz de hablar. « El ratón? » hablo Peter por el. « Si, es cierto, el ratón. Eso fue muy inteligente. Mientras estaba fuera de la habitación el doctor le dio una pequeña inyección. El había ensayado la dosis sobre otros roedores para calcular el tiempo justo. Tenias razón, mi querido Tungata, todavía no estamos listos para mandarte al otro mundo. La próxima vez quizás, o la otra. Nunca lo sabrás con certeza. Y después, naturalmente, podríamos calcular mal. Por ejemplo podría quedar alguna gota de veneno en los colmillos de la serpiente. » Peter se encogió de hombros. « Fue una cosa un poco delicada. Esta vez, la próxima vez: quien sabe? Cuanto tiempo podrás resistir, camarada, antes de darte por vencido? » « Seguramente mas que tu », socorro hosco Tungata. « Te lo juro. » « Vamos, vamos! No hagas promesas vanas! » lo reprendió suavemente Peter Fungabera. « A lo mejor la próxima opereta que escogeremos para ti incluirá a mis amados cachorros. Has sentido hablar de los cachorros de Fungabera, verdad? Los has escuchado todas las noches. No estoy seguro como podremos controlarlos, será interesante, podrás perder fácilmente un brazo o un pie. Solo tomará una mordida de esas fauces. » Peter jugueteaba con la fusta, girándola entre los dedos. « La elección es tuya, y por supuesto solo bastará una palabra tuya para terminar todo

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esto. No necesitas responder ahora. Te concederemos unos cuantos días de paredón para recuperarte, y después... » Tungata había perdido la noción del tiempo. No podía recordar cuantos días había pasado en el paredón, cuantos hombres habían sido fusilados, cuantas noches habían transcurrido escuchando a las hienas. No lograba pensar en ninguna otra cosa que la próxima vasija con agua. El doctor había calculado con extrema precisión la cantidad estrictamente necesaria para sobrevivir. La sed era un tormento que no cesaba jamás, y menos cuando dormía, porque ahora sus sueños estaban llenos de escenas acuáticas: lagos y arroyos que no lograba alcanzar, lluvia que caía a su alrededor pero sin tocarlo, y la sed, la sed mas tremenda. Además de la sed, Peter Fungabera le había inseminado en la mente el terror de ser comido vivo por las hienas, y se hacia mas potente por cada día que pasaba. El agua y las hienas estaban comenzando a llevarlo mas allá de los límites de la cordura. Sabia que no podía aguantar mucho mas, y se preguntaba confusamente porque había resistido tanto tiempo. Debía continuar recordándose que la tumba de Lobengula era la razón por la cual todavía estaba vivo. Mientras tuviera el secreto, no podían asesinarlo. No creyó en ningún momento en la promesa de Fungabera de dejarlo libre después que lo condujera a la tumba. Debía sobrevivir: era su deber. Mientras viviera, había una esperanza, aunque leve, de libertad. Sabia que con su muerte su gente se hundiría mas profundamente en las espiras del opresor. El constituía la esperanza de salvación. Era su deber para con ellos sobrevivir, aun cuando ahora la muerte seria una bendición y un alivio. No podía morir. Aguardó en la helada oscuridad que precede al alba, con el cuerpo demasiado rígido y debilitado para incorporarse. Este día deberían transportarlo al paredón o a donde quiera que planearan para el. Odiaba esa perspectiva. Odiaba mostrar tanta debilidad delante de ellos. Sintió que el campamento comenzaba a vivir. Los pasos de los guardias, las órdenes gritadas con inútil violencia. El rumor de las botas y los gritos de un prisionero de la celda al lado de la suya, que era llevado al paredón para ser fusilado. Ahora vendrían por el. Estiró la mano hacia la vasija de agua y tuvo un gesto de desagrado recordando que la noche anterior no había podido contenerse y la había bebido toda. Se la llevó igualmente a al boca y lamió el esmalte como un perro, por si acaso hubiera quedado alguna gota. Pero estaba seca. Abrieron el candado y empujaron la puerta. El día había comenzado. Tungata trató de levantarse. Lucho trabajosamente para ponerse de rodillas. Un guardia entró y colocó un gran objeto oscuro sobre el umbral. Después se retiró enseguida. Aseguró otra vez la puerta de la celda y Tungata quedó solo. Esto no había pasado nunca. Tungata estaba estupefacto y no entendía nada. Se agacho en la oscuridad y esperó a que sucediera algo mas, pero no pasó nada. Escucho a los otros prisioneros cuando se los llevaban, y después el silencio tras la puerta de su celda. La luz comenzó a aumentar y cautelosamente examinó el objeto dejado por el guardia. Era un bidón de plástico, en la semioscuridad del alba brillaba el contenido. Agua. Un galón completo de agua, casi cuatro litros. Se arrastró hasta el bidón y lo examinó de cerca, no osando esperanzarse todavía. Una vez, lo habían engañado: habían salado el agua, y el había bebido un trago antes de darse cuenta. Era my salada y amarga. Otra idea del doctor: La sed que le produjo lo hizo delirar y temblar como en una crisis de malaria. Suavemente, metió el índice en el liquido del bidón y probó una gota. Agua fresca y limpia. Gimió y llenó la vasija con el precioso liquido, echo la cabeza hacia atrás y vertió toda el agua en la garganta. Bebió con una terrible desesperación, temiendo que en cualquier momento la puerta se abriera y un guardia irrumpiese y pateara el bidón. Bebió hasta que el estomago vacío se le hincho y los espasmos del cólico lo atravesaron. Luego descansó por algunos minutos, sintiendo el liquido fluir en sus tejidos resecos, sintiendo que se recargaban de energía; y luego bebió nuevamente, descansó y volvió a beber. Después de tres horas orinó abundantemente en el balde, por primera vez desde que se acordaba. Cuando finalmente vinieron a buscarlo cerca del mediodía, pudo pararse solo e insultarlos con gran creatividad.

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Lo condujeron junto al paredón de ejecuciones, y se sentía casi feliz. Con la panza llena de agua que chapoteaba, estaba seguro de poder resistir todo. No lo asustaba el paredón de ejecuciones, había permanecido allí muchas veces y por mucho tiempo. Ahora todo era rutina para el, le daba la bienvenida, era cosa conocida. Había llegado al punto en el cual se teme solo a lo desconocido. En medio de la plaza de armas se dio cuenta que algo había cambiado. Habían construido una nueva estructura delante del paredón. Era un gazebo: al reparo del mismo, habían puesto una mesa y dos sillas para el almuerzo. Sentado junto a la mesa estaba la temida y familiar figura de Fungabera. Tungata no lo veía desde hacia varios días, y flaqueó su nuevo coraje. Volvió la debilidad y sintiendo las rodillas de goma tropezó. Que cosa habrían planeado hacerle hoy? Si solo lo supiera podría prepararse para resistirlo. La incertidumbre era la peor de las torturas. Peter Fungabera estaba almorzando y ni lo miró cuando Tungata pasó junto al gazebo. Comía usando los dedos, a la manera africana, tomando porciones de polenta blanca del tamaño de un bocado, modelándola en bolitas, y formando una depresión en ella con el pulgar y luego rellenándola con salsa de verduras y pescado salado kapenta proveniente del lago Kariba. El aroma del alimento hizo que se le llenara la boca de saliva, pero Tungata prosiguió hasta el paredón y el poste de las ejecuciones. Ese día había una sola victima en el palo, notó, entrecerrando los ojos contra el reflejo del sol sobre el muro. Luego, con sorpresa, Tungata se dio cuenta que era una mujer. Estaba desnuda. Una mujer joven. Al sol, su piel tenia una suave textura aterciopelada. Su cuerpo era grácil, los pechos simétricos y firmes, las aureolas del color de moras maduras, los pezones erectos. Las piernas eran largas y flexibles, los pies descalzos y bien formados. Atada como estaba, no podía cubrirse. Tungata advirtió su vergüenza por el sexo descubierto, anidado oscuro y crespo en la unión de los muslos como un animalito dotado de vida propia. Desvió los ojos, la miró a la cara y se desesperó. Todo se había perdido. Los guardianes lo soltaron, y el caminó vacilante hacia la mujer amarrada al poste. Aunque sus ojos estaban enormemente abiertos y oscuros por el terror y la vergüenza, sus primeras palabras fueron para el. Ella susurró despacio en Sindebele: « Mi señor, que te han hecho? » « Sarah. » Quería acariciarle el rostro, pero no podía hacerlo bajo las miradas libidinosas de los guardias. « Como te encontraron? » Se sentía muy viejo y frágil. Todo había terminado. « Hice como me lo ordenaste », dijo ella en tono de disculpa. « Me escapé a la montaña, pero después me llegó un mensaje: uno de los chicos de la escuela se estaba muriendo por un ataque de disentería y no había médico. No podía ignorar la llamada. » « Y naturalmente era una mentira », adivinó el. « Era una mentira », confirmo, ella afligida. « Los soldados shona. Me estaban esperando. Perdóname mi señor. » « Ya no importa. » contestó el « No para mi, señor », imploró. « No hagas nada por mi. Soy una hija de Mashobane y resistiré a todo lo que me hagan estas bestias shona. » Tungata sacudió tristemente la cabeza, y finalmente extendió la mano y tocó sus labios con la punta de los dedos. La mano le temblaba como la de un borracho. Ella le besó los dedos. El dejó caer la mano y, volviéndose, se dirigió lentamente hacia el gazebo. Los soldados no trataron de impedírselo. Peter Fungabera levantó la vista y lo invitó a sentarse en la otra silla. Tungata se sentó, y desplomó su cuerpo. « Primero: la mujer debe ser desatada y vestida.» Peter dio la orden. La cubrieron y la llevaron a una de las barracas. « Mi señor... » dijo, luchando por desasirse, vuelta hacia el, con una expresión de piedad en el rostro. « No debe ser maltratada de ningún modo. » « No lo ha sido », dijo Peter. « Y no lo será, si no nos obligas. » Empujó la polenta hacia Tungata. Este la ignoró. « La deben sacar del país y entregarla a un representante de la Cruz Roja Internacional en Francistown. » « Hay un avión esperándola en el aeropuerto de Tuti. Come, camarada, te queremos fuerte y en buena salud. »

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« Cuando esté a salvo, hablará conmigo por radio o por teléfono y me dirá una palabra en código que arreglaré con ella antes de que se vaya. » « De acuerdo. » Sirvió té caliente para Tungata. « Los dejaremos solos para acordar la contraseña. » « Podrás hablar con ella, naturalmente », aceptó Peter. « Pero aquí, en la mitad de la plaza. Mis hombres no se acercaran a menos de noventa metros, pero siempre habrá una ametralladora pesada apuntándolos. Te daré exactamente cinco minutos con la mujer. » « Te he fallado », dijo Sarah, y Tungata había olvidado cuan bella era. Todo su ser la anhelaba. « No », dijo el, « era inevitable. No hay ninguna culpa. Era tu deber volver por aquel niño. » « Mi señor, que puedo hacer ahora? » « Escúchame bien », le dijo, y le habló quedo y claramente.. « Algunos de mis hombres de confianza han escapado de la búsqueda de la Tercera Brigada de Fungabera, debes encontrarlos. Creo que se encuentran en Botswana. » Le dio sus nombres y ella los repitió fielmente. De reojo Tungata miraba a los guardias parados al borde de la plaza de armas que se movían para buscarlos. Sus cinco minutos de conversación habían terminado. « Cuando estés a salvo, te harán hablar conmigo por radio. Si todo anda bien, me dirás: 'Tu hermoso pájaro ha volado alto y rápido'. Repítelo. » « Oh mi señor », sollozó ella. « Repítelo! » Ella obedeció y se abrazó fuerte a Tungata. Se abrazaron con desesperación. « Te volveré a ver? » « No », le dijo el. « Debes olvidarme.» « Nunca! » gritó la muchacha. « Nunca si vivo hasta la vejez! Nunca te olvidaré, mi señor. » Los guardias los separaron. Una Land Rover entró a la plazoleta y empujaron a Sarah adentro. Lo último que el vio de ella fue su cara en la luneta trasera mirándolo con su amado rostro vuelto hacia el. Después no la vio mas. El tercer día vinieron a buscar a Tungata en la celda y lo llevaron a Fungabera, que lo esperaba en la casamata sobre el kopje central. « La mujer esta lista para hablar contigo. Hablen solo en ingles, y la conversación Será grabada. » Peter señaló el grabador cerca de la radio. « Si intentas deslizar algún mensaje en Sindebele será traducido mas tarde. » « La contraseña que hemos convenido es en Sindebele », le dijo Tungata. « Deberá repetírmela. » « Muy bien. Eso es aceptable, pero nada mas. » Lo miró a Tungata criticamente. « Estoy encantado de verte nuevamente en forma, camarada. Un poco de buena comida y de reposo hacen milagros. » Tungata vestía pantalones cortos desteñidos, pero limpios y planchados. Todavía estaba demacrado y agotado, pero la piel había perdido ese aspecto grisáceo y polvoriento, y los ojos estaban claros y brillantes. La hinchazón sobre la mejilla de la mordida de la serpiente se había desinflamado y la costra que cubría la cicatriz se veía seca y saludable. Peter Fungabera le hizo una seña al capitán de la guardia y le pasó el micrófono de la radio a Tungata, oprimiendo simultáneamente el botón « record » del grabador. « Habla Tungata Zebiwe. » « Mi señor, soy Sarah. » Su voz era ronca y distorsionada por la descarga electrostática, pero no había la mas mínima duda que era ella. El dolor de la ausencia inundó el pecho de Tungata. « Estas a salvo? » « Estoy en Francistown. La Cruz Roja me esta protegiendo. » « Tienes un mensaje para darme? » Ella contestó en Sindebele. « Tu bello pájaro ha volado alto y rápido. » luego agregó: « He encontrado a algunos aquí. No desesperes ». « Bien. Quiero que tu... » Peter Fungabera le arrancó el micrófono de la mano. « Perdona, camarada, pero yo soy el que paga la comunicación. » Se llevó a los labios el micrófono y dijo: « Cambio y fuera ». después le arrojo al descuido el micrófono al capitán de la

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guardia. « Haz traducir la cinta por uno de los matabeles confiables y tráeme inmediatamente la traducción. » Después se volvió hacia Tungata. « La vacación terminó, camarada, ahora tu y yo tenemos trabajo. vamos. » Tungata se preguntaba por cuanto tiempo podría dilatar la búsqueda de la tumba de Lobengula. Cada hora que pudiera ganar seria valiosa una hora mas de vida y de esperanza. « Han pasado casi veinte años desde que mi abuelo me mostró el lugar. No lo recuerdo muy bien... » « Tu memoria es clara como el sol que brilla allá arriba », le dijo Peter Fungabera. « Tu eres famoso por la capacidad de recordar lugares, caras y nombres. Camarada, no olvides que te he escuchado hablar en la Cámara, sin papeles. Además tendrás a disposición un helicóptero para llevarte directamente al sitio. » « No funciona. La primera vez fuimos a pie, y debo volver del mismo modo, no reconocería las señales desde el aire. » Así que volvieron a recorrer los polvorientos caminos que Tungata y el viejo Gideon habían seguido un día tantos años atrás, y Tungata no lograba verdaderamente encontrar el punto de partida: El derrumbe de rocas junto al curso del río y el kopje con la forma de la cabeza de león. Pasaron tres días buscándolo, mientras Peter Fungabera se tornaba cada vez mas enojado e incrédulo, antes se detuvieron en la pequeña villa y almacén que era el último punto de referencia que Tungata recordaba. « Ah, el viejo camino! Si, el puente había sido arrastrado por las aguas muchos años atrás. No había sido reconstruido. Ahora el camino gira hacia... » Finalmente encontraron la senda, toda cubierta de lianas y vegetación, y cuatro horas mas tarde encontraron el antiguo cauce del río. El puente de cemento, había colapsado en una pila de trozos de cemento ya cubiertos con lianas. Pero la pared de rocas, río arriba estaba exactamente como Tungata la recordaba, y experimentó una punzada de nostalgia. De pronto el viejo Gideon pareció estar muy cerca de el, tanto que miro en torno e hizo una señal con la mano derecha para apaciguar los espíritus ancestrales, susurrando: « Perdóname, Baba, porque voy a romper el juramento ». Extrañamente la presencia que advertía era benigna y afectuosamente indulgente, como siempre había sido el viejo Gideon. « Por aquí. » Dejaron la Land Rover y prosiguieron a pie. Tungata guiaba, con dos soldados armados a su espalda. Andaban despacio, lo que enojaba a Peter Fungabera, que seguía detrás de los guardias. Mientras andaban, Tungata dejó vagar la fantasía. Imaginó ser parte del sequito de Gandang en el éxodo de los matabeles de casi un siglo antes, una reencarnación de Gandang, tatarabuelo, fiel y leal hasta el fin. Sintió de nuevo la desesperación de un pueblo derrotado y el terror de la persecución de los blancos, que podían aparecer en cualquier momento desde el bosque a sus espaldas, con las ametralladoras de tres pies, le pareció oír el lamento de las mujeres y de los niños, el mugido de las bestias que caían a tierra en ese territorio duro y amargo. Cuando los últimos bueyes habían muerto de sed, Gandang había ordenado a sus guerreros del famoso regimiento Inyati que tiraran del carro que llevaba al rey. Tungata imaginaba al rey obeso y enfermo y desahuciado, sentado en la caja oscilante de la carreta mirando hacia el norte, la dirección prohibida de la salvación imposible: un hombre atrapado en las muelas del destino y de la historia. « Y ahora la traición final », pensó amargamente Tungata. « Estoy guiando a estos animales shona para perturbar otra vez su reposo. » Tres veces, tomó deliberadamente la senda equivocada, llevando a Peter Fungabera al limite extremo de la paciencia. La tercera vez el general lo hizo desnudar y amarrar sus muñecas y tobillos, después se paró sobre el con un látigo de piel de hipopótamo curtida, el terrible kiboko que los tratantes de esclavos árabes introdujeron en África, y fustigó a Tungata como un perro hasta que su sangre goteó sobre la arenosa tierra gris. Fueron la vergüenza y la humillación mas que el dolor de la flagelación lo que indujo a Tungata a retroceder y retomar otra vez sus puntos de referencia. Finalmente, cuando alcanzaron la colina, esta apareció de improviso, con la misma mágica prontitud que recordaba vividamente desde la primera visita. Habían seguido por una profunda garganta de roca negra, pulida por los caudalosos torrentes crecidos durante milenios. Las profundidades estaban salpicadas de verdes ollas de agua estancada en las cuales enormes bagres bigotudos agitaban la turbia

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superficie al emerger para alimentarse, y maravillosas mariposas fluctuaban en el aire calido por encima, joyas de iridiscentes rojos y azules. Giraron en un recodo de la garganta, trepando sobre peñascos del color y tamaño de elefantes; y abruptamente los acantilados que los rodeaban se abrieron y la vegetación retrocedió. Ante ellos, como un vasto monumento que empequeñecía las pirámides de los faraones, la colina de Lobengula elevose hacia el cielo. Las laderas eran hispidas y moteadas de líquenes de veinte tonalidades diferentes de amarillos, ocres y malaquita. Había una colonia de buitres nidificando en las salientes superiores. Las aves adultas se lanzaban planeando elegantemente en las corrientes de aire caliente de la garganta, girando y haciendo tirabuzones. « Aquí esta », dijo Tungata. « Thabas Nkosi, la colina del rey. » El sendero natural que conducía a la cumbre seguía una falla en la cara de la roca donde la piedra caliza cubría la roca. En algunos lugares era empinada y desalentadora y los soldados, cargados con mochilas y armas miraban nerviosamente al abismo y se abrazaban a la pared rocosa mientras avanzaban ascendiendo. Pero Peter Fungabera y Tungata trepaban ágiles y seguros aun en los peores lugares, dejando a la escolta lejos detrás. « Podría desbarrancarlo », pensó Tungata, « si lo agarro desprevenido. » Miró hacia atrás y vio a Peter, a diez pasos detrás de el. Tenia en la mano la pistola Tokarev y sonreía como una mamba. « No », le advirtió, y ambos se entendieron sin mas palabras. Por el momento Tungata desechó el pensamiento de la venganza y continuó ascendiendo. Giraron en un ángulo de la roca y aparecieron en la cima de la colina, a ciento cincuenta metros del fondo de la oscura quebrada. Parados algo apartados uno del otro, sudando ligeramente en el cálido sol, miraron hacia abajo en el profundo y ancho valle del Zambesi. Al limite de la vista, las anchas aguas del lago artificial de Kariba brillaba suavemente a través de la neblina de calor y humo azul de los primeros incendios de la estación seca. Los soldados salieron del sendero con evidente alivio y Peter Fungabera miró expectante a Tungata. « Nosotros estamos listos para seguir, camarada. » « Hemos llegado », replicó Tungata. Sobre la cresta del acantilado, las formaciones rocosas, estaban erosionadas y rotas formando contrafuertes y parapetos en ruinas. Los árboles que habían encontrado sostén en las grietas y hendiduras habían entrelazado sus raíces sobre la cara rocosa como serpientes apareándose mientras que los tallos estaban engrosados y deformes por las severas condiciones de calor y sequías. Tungata los guió a través de la roca rajada y el bosque torturado hasta la entrada de una quebrada en el fondo de la cual crecía un viejo ficus Natalensis, la higuera estranguladora, sus ramas carnosas manchadas de amarillo cargadas de racimos de la amarga fruta. Mientras se aproximaban una bandada de loros marrones de verdes alas marcadas de amarillo que se estaban dando un banquete con los higos salvajes, alzó el vuelo. En la base del ficus la roca estaba segmentada y las raíces habían encontrado la grietas ampliándolas mas. Tungata se paró frente a la pared de roca y Peter Fungabera, sofocando una imprecación de impaciencia, lo miró y vio que sus labios se movían silenciosos en una plegaria o una súplica. Peter Fungabera comenzó a observar mas detenidamente la pared de roca y notó con creciente excitación que las fisuras eran demasiado regulares para ser naturales. « Aquí! » le gritó a los soldados, y ellos se acercaron corriendo, señalo uno de los bloques en la cara y ellos se pusieron a trabajar con las bayonetas y las manos desnudas. En quince minutos de arduo trabajo habían aflojado el bloque y estaba claro ahora que la pared de piedra era en realidad un muro de piedras cuidadosamente disimulado. En la profundidad de la abertura dejada por el bloque distinguieron una segunda pared. « Traigan al prisionero », ordenó Peter. « Trabajará en la primera fila. » Para la hora en que fue demasiado oscuro para seguir habían abierto un agujero suficientemente ancho para que dos hombres trabajaran hombro con hombro en la pared externa, y habían comenzado a atacar la pared interior. Sobre el muro externo Tungata había podido verificar lo que había supuesto durante la primer visita a la tumba, tantos años antes: las señales que había notado y le había ocultado al viejo abuelo Gideon eran aun mas evidentes sobre el muro interno. Eso alivió su consciencia y el dolor de romper el juramento.

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Con reticencia Peter Fungabera ordenó interrumpir la excavación por la noche. Las manos de Tungata, estaban en carne viva por el contacto con los ásperos bloques y había perdido una uña entre dos piedras del muro. Lo maniataron a uno de los soldados por la noche, pero ni aun esto evito que cayera en un sueño profundo. Peter Fungabera tuvo que patearlos a el y a su guardia para despertarlos la siguiente mañana. Estaba todavía oscuro y comieron en silencio las magras raciones de tortas de maíz frías y te dulce. Apenas habían terminado de engullirlas cuando Peter Fungabera les ordeno volver al trabajo en la pared de piedra. Las manos con escoriaciones de Tungata estaban torpes y rígidas. Peter Fungabera estaba de pie detrás de el en la abertura y cada vez que flaqueaba lo fustigaba con el kiboko alrededor de las costillas en la suave y sensible piel de las axilas. Tungata rugía como un león herido, y arrancaba del muro bloques de piedra de setenta kilos. El sol iluminó la cima de la colina y sus rayos dorados alcanzaron la pared del acantilado. Con la ayuda de una rama seca, Tungata y un soldado shona apalancaron otro trozo de roca y cuando empezó a moverse hubo un derrumbe y un áspero chirriar de piedras contra piedras y la pared interna colapsó. Se apartaron tosiendo por el polvo, mirando la abertura que habían creado. El aire de la caverna olía como el aliento de un borracho, rancia y acida y la oscuridad era intimidante y amenazadora. « Entra tu primero », ordenó Peter Fungabera, y Tungata vaciló, estaba abrumado con un temor supersticioso. Era un hombre instruido e inteligente, pero en el fondo era un africano. Los espíritus de su tribu y sus ancestros guardaban este lugar. Miró a Peter Fungabera y supo que también el estaba experimentando el mismo temor por lo sobrenatural, aunque se había armado de una linterna, cuyas pilas había conservado cuidadosamente para ese momento. « Muévete! » le ordenó Fungabera. El tono áspero no logro disimular su inquietud y Tungata, para humillarlo, saltó cuidadosamente sobre las rocas caídas y entro en la cueva. Se detuvo un momento para permitir que la visión se adaptara a la oscuridad y distinguiese los contornos de la caverna. El suelo bajo sus pies era liso y gastado, pero descendía rápido en un ángulo pronunciado. Obviamente la caverna había sido la guarida de animales y el refugio de hombres primitivos por decenas de miles de años, antes de transformarse en la tumba de un rey. Peter Fungabera, detrás de Tungata, dirigía la linterna sobre las paredes y el techo del antro. El techo aparecía negro con el tizne de viejos fogones, y las lisas paredes estaban cubiertas con las pictografías de los pequeños bosquimanos amarillos que la habían habitado. Mostraban los animales que habían cazado y observado minuciosamente: manadas de búfalos negros, y altísimas jirafas moteadas, rinocerontes y antílopes en brillantes colores, todos deliciosamente caricaturizados. Con ellos el artista pigmeo había retratado a su propio pueblo, estilizadas figuras con glúteos tan pronunciados como gibas de camello e imperiales erecciones para magnificar su virilidad. Armados de arcos y flechas, corriendo detrás de las manadas sobre la pared de piedra. Peter Fungabera iluminó la esplendida galería con la linterna y luego dirigió el rayo hacia las intimas profundidades de la gruta donde se estrechaba la garganta y el pasaje rocoso giraba sobre si mismo sumido en la oscuridad y las misteriosas sombras debajo de ellos. « Adelante! » ordenó, y Tungata se movió con cautela descendiendo por el suelo inclinado de la caverna. Alcanzaron la garganta de la cueva tuvieron que inclinarse por lo bajo del techo. Tungata giró en el ángulo del corredor rocoso y siguió por unos cincuenta pasos antes de detenerse de golpe. Había llegado a una espaciosa sala con el techo abovedado a seis metros sobre sus cabezas. El suelo estaba nivelado pero abigarrado de rocas caídas desde arriba. Peter Fungabera la exploró con la linterna. Contra la pared opuesta había una cornisa a la altura de los hombros de una persona y sostuvo el rayo de la linterna iluminando un revoltijo de objetos apilados sobre la misma. Por un momento Tungata quedó perplejo, después reconoció la forma de la rueda de una carreta con un diseño de cien años atrás. Una rueda mas alta que los bueyes que la arrastraron, luego distinguió el piso y los laterales del carro. el vehiculo había sido desarmado y sus partes separadas transportadas hasta la caverna. « El carro de Lobengula », susurró. « Su bien mas preciado, que sus guerreros arrastraron cuando los bueyes murieron... »

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Peter Fungabera lo empujó con el cañón de la pistola, y prosiguieron a través del suelo cubierto de guijarros. Había rifles apilados como haces de trigo: los viejos Lee-Enfield que eran parte del pago que Cecil Rhodes había entregado a Lobengula por la concesión. Rifles y cien soberanos de oro por mes, el precio de una nación y de un pueblo vendido a la esclavitud, pensó amargamente Tungata. Sobre el altar de piedra había otros objetos, sacos de cuero con sal, cuchillos y utensilios, collares de cuentas y ornamentos y asegais de ancha hoja. Peter Fungabera exclamó con avaricia e impaciencia. « Rápido, debemos encontrar el cadáver, los diamantes estarán cerca. » Huesos! Brillaban a la luz de la linterna. Un cúmulo de ellos bajo el altar. Un cráneo! Les sonreía despiadado, un gorro de lana apelmazada todavía le cubría las sienes. « Es el! » grito jubiloso Peter. « Es el viejo demonio! » Cayó de rodillas junto al esqueleto. Tungata permaneció de pie, calmado. Después del primer instante de alarma, notó que era el esqueleto de un hombre viejo y bajo, casi del tamaño de un niño, con dientes que faltaban al frente de su maxilar superior. Lobengula había sido un hombre grande con todos los dientes intactos. Todos los que lo habían conocido en vida comentaban de su sonrisa. Este esqueleto todavía estaba envuelto en toda la lúgubre parafernalia que individualizaba al brujo: cuentas, caparazones, y huesecillos, cuernos ahuecados para los polvos mágicos, cráneos de reptiles sujetos a la cintura. Hasta Peter no tardó en darse cuenta de su error y se puso de nuevo en pie. « No es el! » gritó, ansiosamente. « Debieron haber sacrificado al brujo y lo colocaron aquí para hacer la guardia. » Estaba explorando la caverna con la linterna, frenético. « Donde esta? »le gritó a Tungata. « Tu debes saberlo. Seguro que te lo han dicho.» Tungata permaneció en silencio. Sobre el esqueleto del brujo la cornisa sobresalía, como un gran púlpito de roca. Las posesiones del rey habían sido colocadas ordenadamente alrededor de esta prominencia, el sacrificio humano yacía debajo de la misma. El punto focal de la caverna estaba en este sitio. Era la lógica y natural posición en la cual situar al cadáver del rey. Peter Fungabera pensó lo mismo y lentamente iluminó el espacio vacío sobre el altar con la linterna. « No esta aquí », susurró Peter con la voz tensa por la decepción y la frustración. « El cadáver de Lobengula se ha ido! » Las señales que Tungata había notado en la pared exterior, donde el muro había sido abierto y resellado con escasa meticulosidad, lo había llevado a la correcta conclusión. La tumba del rey había sido profanada muchos años antes. El cuerpo había sido trasladado y los diamantes robados. Después habían tratado de disimular la sacrílega profanación. Peter Fungabera salto sobre el altar de roca y busco frenéticamente gateando sobre el suelo. Impasible, a dos pasos detrás, Tungata se maravillo por como la codicia podía ridiculizar a un hombre tan peligroso e impresionante como Fungabera. Farfullaba incoherentemente para si mismo mientras colaba con sus dedos los polvorientos detritus del suelo. « Mira aquí! Mira aquí! » Recogió un pequeño objeto oscuro, y Tungata se acercó un paso. A la luz de la linterna distinguió un fragmento de terracota. Un trozo del borde decorado de una vasija de cerámica decorado en el tradicional estilo de diamantes que le permitió identificarlo inmediatamente como un jarro de cerveza usado por los matabeles. « Un jarro de cerveza », dijo Peter girándolo entre sus manos. « Una de las vasijas de diamantes... Rota! » Tiró el fragmento y revolvió en el polvo, levantando una nube de polvo que osciló en el haz de luz de la linterna. « Aqui! » Había encontrado algo mas. Algo mas pequeño. La sostuvo entre el pulgar y el índice. Era del tamaño de una avellana. La iluminó con el rayo de la linterna e inmediatamente la luz se descompuso en los colores del arco iris, que se reflejaron sobre la cara de Peter Fungabera. « Un diamante! » suspiró con religioso temor, girándolo lentamente entre los dedos. Era una piedra en bruto, pero el cristal – observó Tungata – se había formado con tal simetría que cada plano era tan perfecto como para capturar y reflejar el débil rayo de la linterna.

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« Que bello! » murmuró Peter, acercándolo a los ojos. aquel diamante era un octaedro natural y su color, aún a la luz artificial, era claro como el agua de deshielo en un arroyo de montaña. « Bello », repitió Fungabera, mientras su rostro perdía gradualmente su expresión soñadora. « Uno solo », susurró. « Una simple piedra caída por casualidad al suelo, cuando debería tener cinco vasijas llenas de diamantes. » Su mirada se posó en Tungata. La linterna, apuntada hacia abajo proyectaba extrañas sombras sobre su cara dándole un aspecto demoníaco. « Tu lo sabes », lo acusó Peter. « Siempre tuve la sensación de que me escondías algo. Sabias que se habían llevado los diamantes, y también sabes adonde. » Tungata sacudió la cabeza negando, pero Fungabera ya se estaba enojando. Con los rasgos contorsionados, repetía siempre lo mismo, mientras en las comisuras de la boca se le formaba una espuma blanquecina de saliva. « Tu lo sabes! » Saltó de la cornisa con la furia de un leopardo herido. « Me lo dirás! » chilló. « Veras que al final me lo dirás! » Golpeó a Tungata en la cara con el cañón de la pistola. « Dímelo! » gritó. « Dime donde están los diamantes! » El cañón se estrelló contra el pómulo de Tungata, abriéndole la carne y cayo de rodillas. Peter Fungabera si alejó de el, apoyándose en el altar de roca, tratando de contener una furia que de otro modo en breve habría asesinado al valioso informante. « No », se dijo. « Demasiado fácil! Debe sufrir... » se metió las manos debajo de las axilas estrechándose el pecho para sujetarse de atacar de nuevo a Tungata. « Veras que al final me lo dirás. Me imploraras para llevarme a los diamantes. Me imploraras para que te mate... » « Aquí están! Dos inocentes criaturas en Sodoma y Gomorra !» dijo Morgan Oxford. « Eso es lo que son ustedes dos! Por Dios, se han enterrado en la mierda hasta las cejas! » Morgan Oxford había volado desde Harare apenas supo que una patrulla de fronteras de Botswana había encontrado a Craig y Sally-Anne en el desierto. « Tanto el embajador americano como el británico han recibido una protesta oficial de Mugabe. Los británicos están saltando y echando chispas. No saben nada de ti, Craig, y tu eres un ciudadano británico. Si te echan mano, te digo que te encierran en la Torre de Londres y te cortan la cabeza. » Morgan estaba parado a los pies de la cama de hospital de Sally-Anne. Había rehusado la silla que le ofrecía Craig. « En cuanto a ti, señorita, el embajador me ha encargado que te diga que mejor te tomas el primer avión que salga para los Estados Unidos. » « No puede darme ordenes », lo interrumpió Sally-Anne cortándole la serie de amargas recriminaciones. « Esto no es Rusia. Yo soy una ciudadana libre. » « Por ahora. Si Mugabe obtiene la extradición, va a parar de inmediato a la horca por insurrección armada, homicidio y cuantas cosas mas... » « Todo es un complot! » « Tu y tu amiguito aquí dejaron una pila de cadáveres tibios tras de ustedes como latas de cerveza en un picnic. Mugabe ya ha iniciado el proceso de extradición con el gobierno de Botswana... » « Somos refugiados políticos », retrucó Sally-Anne. « Son Bonny and Clyde, dulzura, según las autoridades de Zimbabwe. » « Sally-Anne! » intervino con calma Craig. « No debes agitarte así... » « No debo agitarme? » gritó Sally-Anne. « Hemos sido robados y golpeados, amenazados de violación y fusilamiento... Y ahora el representante oficial de los Estados Unidos de América, el país del cual resulto ser ciudadana, viene a decirme que soy una criminal! » « No digo eso », negó secamente Morgan Oxford. « Solo te estoy sugiriendo que saques tu lindo traserito de África y retornes a casa con mami. » « Primero nos trata como criminales y después se comporta como un sucio chauvinista... » « Baja un cambio, Sally-Anne », dijo Morgan Oxford alzando una mano. « Comencemos de nuevo: Ustedes están en problemas, nosotros estamos en problemas, grandes problemas. Debemos encontrar el modo de resolverlos.»

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« Ahora te vas a sentar? » le dijo Craig, alcanzándole la silla. Y Morgan se sentó y encendió un Chesterfield. « Bueno, y como estas? » « Creía que no lo ibas a preguntar! » observó Sally-Anne secamente. « Ella estaba muy deshidratada. Sospechaban daño renal. La alimentaron con suero y dieta liquida con cuentagotas por tres días. Por suerte después de eso estuvo bien. También estaban preocupados por el golpe en la cabeza, pero las radiografías no mostraron nada en particular gracias a Dios. Fue solo una leve concusión. Prometieron darle de alta mañana. » « Entonces puede viajar? » « Me parecía que tu interés era un poco extraño... » « Escúchame bien, Sally-Anne: estamos en África y si las autoridades de Zimbabwe te apresan, no podremos hacer nada por ti. Es por tu bien. Debes irte. El embajador... » « Que se vaya a la mierda el embajador », dijo Sally-Anne con intensidad y sentimiento, « y también tu, Morgan Oxford! » « No tengo autoridad para hablar por Su Excelencia », sonrió Morgan por primera vez, « pero en cuanto a nosotros dos, cuando podemos comenzar? » Y también SallyAnne se rió. Craig aprovecho el momento de buen humor. « Morgan, puedes confiar en mi para cuidar que ella haga lo correcto... » Inmediatamente Sally-Anne partió lanza en ristre contra la nueva afrenta machista, pero Craig le envío una leve señal con el ceño fruncido y sacudió la cabeza y ella obedeció con cierta reticencia. Morgan se volvió hacia Craig. « En cuanto a ti, Craig, como diablos hicieron para descubrir que trabajas para la Agencia? » preguntó. « Que? » Craig estaba sorprendido. « Nadie me lo dijo. » « Y quien crees que es Henry Pickering? Papa Noel? » « Henry? No es un vicepresidente del World Bank? » « Niños! » gimió Morgan. « Dos niños ingenuos en el bosque de los ogros y las brujas! » Se relajó. « Bueno, de todos modos ya pasó. Tu contrato terminó... Cuando hiciste tu último informe.? » « Se lo envié a Henry hace tres días... » « Si. Que bien! » deploró Morgan resignado. « Informando que Peter Fungabera es el candidato de Moscú! Un shona! Los Ruskies nunca entrarían en contacto con el, así que sácatelo de la cabeza, el general Fungabera odia a la Unión Soviética desde hace tiempo y tenemos una muy buena relación con Peter Fungabera, realmente muy buena. Y ya basta. » « Por el amor de Dios, Morgan! Entonces esta haciendo el doble juego! Me lo dijo su propio ayudante de campo Timón Nbebi en persona. » « El cual ahora esta muy convenientemente muerto », le recordó Morgan. « Si te hace sentir mejor, insertamos tu información en la computadora, con un grado de credibilidad próximo a cero. Henry Pickering te envía su sincero agradecimiento. » Sally-Anne intervino. « Morgan, tu vistes mis fotos de las aldeas quemadas, con los niños muertos, la devastación de la Tercera Brigada... » « Como dice el refrán. Hay que romper huevos para hacer la tortilla », Interrumpió Morgan. « Es verdad que las he visto, y naturalmente no queremos la violencia, pero debemos considerar que Fungabera es antisoviético. Los Matabeles son pro soviéticos. Debemos apoyar a los regimenes anti-comunistas, aun si nos desagradan algunos de sus métodos, hubieron mujeres y niños que murieron también en el Salvador. ¿Debemos por eso detener la ayuda a ese país? ¿ Debemos retirarnos de todas las situaciones en que no se aplica la Convención de Ginebra? Vamos, SallyAnne, este es el mundo real. » Ser hizo un silencio en la pequeña salita del hospital, roto solo por el crujir de la chapa ondulada del techo que se dilataba bajo el sol del mediodía. Detrás de la ventana, sobre el marchito pasto del jardín, caminaban los pacientes, ataviados con batas rosas del hospital, estampadas en la espalda con las iniciales del Departamento de Salud de Botswana. « Es eso todo lo que viniste a decirnos? » pregunto finalmente Sally-Anne. « Porque, no es suficiente? » dijo Morgan apagando la colilla del cigarrillo y poniéndose de pie. « Hay otra cosa, Craig. Henry Pickering me ha pedido que te informe que el Land Bank de Zimbabwe ha retirado la garantía de tu préstamo, en base a la cláusula de que has sido oficialmente declarado enemigo del pueblo y del Estado.

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Henry Pickering me encargó de advertirte que ahora el World Bank te estará buscando para que devuelvas el capital y los intereses del préstamo. Tiene sentido para ti? » « Desgraciadamente si », asintió Craig lúgubremente. « Dice que cuando llegues a New York buscará de arreglar la cuestión de algún modo, pero mientras tanto se han visto obligados a bloquear todas tus cuentas bancarias y a expedir una intimación a tus editores para que retenga todos los futuros derechos de autor. » « Me imagino. » « Lo lamento, Craig. Parece algo muy serio. » Morgan extendió su mano. « Me gustó tu libro, realmente me gustó mucho. Siento mucho que todo esto haya tenido que terminar así. » Craig caminó con el hasta el Ford verde con las placas del Cuerpo Diplomático que conducía Morgan Oxford. « Me podrás hacer un ultimo favor? » « Si puedo. » Morgan lo miro con sospecha. « Puedes ver que se entregue un paquete a mi editor de New York? » Y, como las sospechas de Morgan Oxford no cesaban: « Se trata solo de las ultimas páginas de mi nuevo manuscrito, te doy mi palabra ». « Okay, entonces », dijo dudando Morgan Oxford. « Me ocupare de que se lo entreguen. » Craig fue al extremo de la playa de estacionamiento s buscar el bolso de viaje sobre el Land Rover que había alquilado y le suplicó: « Te lo recomiendo. Es la sangre de mi corazón y mi unica esperanza de salvación ». Se quedo a ver el Ford verde que partia y después volvió al edificio del hospital. « Que fue todo ese asunto de bancos y prestamos? » le dijo Sally-Anne apenas Craig entro a la habitación. « Significa que cuando te pedí que te casaras conmigo era millonario », le respondió Craig sentándose sobre la cama, « mientras que ahora estoy tan quebrado como uno que no posee nada y debe un par de millones de dólares. » « Pero tienes el nuevo libro. Ashe Levy dice que será un best seller. » « Querida, si escribiese un best seller al año por el resto de mi vida, podría a lo sumo pagar los intereses de la deuda que tengo con Henry Pickering y su banco. » Ella lo miró fijamente. « Así que lo que trato de decirte es que puedes reconsiderar mi propuesta de matrimonio... No estas obligada a casarte conmigo solo porque me has dado el sí. » « Craig », dijo ella, « cierra la puerta y baja la persiana. » « Debes estar bromeando! No ahora, y no aquí! Probablemente es un serio delito en este país, cohabitación ilícita o algo parecido. » « Escuche señor, cuando a una se la busca por homicidio e insurrección armada, un polvito ilegal a escondidas con el futuro marido, aun tratándose de una persona indigente, pesa muy poco sobre la conciencia. » Craig fue a buscar a Sally-Anne al hospital la mañana siguiente. Vestía la misma ropa que cuando la admitieron. « La hermana la hizo lavar y remendar... » se interrumpió al ver la Land Rover. « Que es esto? Pensé que estábamos quebrados? » « La computadora no ha recibido todavía la feliz noticia, y la tarjeta de crédito sigue funcionando. » « ¿Pero es lícito? » « Cuando adeudas cinco millones de dólares, señora, otro par de cientos de dólares pesa poquísimo sobre la consciencia. » Sonrió, encendiendo el motor. « Me parece que lo estas tomando muy bien, Craig. » Se corrió sobre el asiento mas cerca de el. « Todavía estamos vivos los dos », le dijo abrazándola, « y eso basta para festejar con fuegos artificiales. En cuanto al dinero... bueno, no creo estar destinado a ser millonario. Cuando tuve el dinero, no dejaba de tener continuamente miedo de perderlo. Me minaba las energías. Ahora que lo perdí, me siento liberado de un modo impagable. » « ¿Estas contento de haber perdido todo lo que tenias? » se volvió de costado para mirarlo a la cara. « Me parece una insensatez aún para ti. » « No, no es que este contento », negó el. « Pero lo que verdaderamente me disgusta es la pérdida de King's Lynn y Zambesi Waters. Habríamos podido hacer algo

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verdaderamente maravilloso, tu y yo. Esto me desagradas mucho, y otra cosa que me llena de remordimientos es la suerte de Tungata Zebiwe. » « Si. Lo destruimos. » Ambos se quedaron serios y apenados. « Si solo pudiésemos remediarlo de algún modo! » « No podemos hacer nada. » Craig sacudió la cabeza. « No obstante lo que Timón aseguró, no sabemos ni si acaso todavía esta vivo, y, si lo estuviese, no tenemos la mínima idea de donde encontrarlo. » Atravesaron trepidando el paso a nivel y se encontraron en el centro de Francistown. « La joya de norte », dijo Craig. « Población: dos mil personas; actividad principal: consumo de bebidas alcohólicas; razón de su existencia: desconocida. » Estacionaron fuera del único hotel que había. « Como ves, están todos en el bar. » Sin embargo el joven portero de hotel, un botswano, era simpático y eficiente. « Señor Mellow, hay una señora que lo esta esperando », le dijo a su llegada al hall. Craig no reconoció a su visitante hasta que Sally-Anne corrió a abrazarla. « Sarah! » gritó. « Como llegaste aquí? Como nos encontraste? » La habitación de Craig tenia dos camas simples con una mesita en medio, una sola silla y una alfombra imitando a un tapete persa sobre el piso de cemento pintado de rojo brillante. Las dos muchachas se sentaron sobre la cama, con las piernas plegadas bajo sus cuerpos en una postura típicamente femenina. « El la Cruz Roja me dijeron que a ustedes los encontró la policía en el desierto, señorita Jay. » « Mi nombre es Sally-Anne, Sarah. » Sarah acogió la invitación con una sonrisa. « Después del proceso no estaba segura de que me quisieran ver de nuevo, pero después mis amigos aquí me contaron como habían sido maltratados por los soldados de Fungabera. Entonces pensé que quizás ustedes se habrían convencido que yo tenia razón, que Tungata Zebiwe no era un criminal y que el necesita amigos ahora. » Se volvió hacia Craig. « Era su amigo, señor Mellow. Me habló de usted, con respeto y con afecto. Temió por usted, cuando supo que había vuelto a Zimbabwe. Supo que quería recomprar la tierra de su familia en Matabeleland, y sabia bien que habría grandes problemas y que usted se vería envuelto en ellos. Decía que usted era demasiado tierno para los tiempos duros que venían. Lo llamaba “Pupho”, el soñador, el amable soñador, pero decía que también eras tozudo y obstinado. Quería evitarle nuevas heridas. Decía: La última vez perdió una pierna, esta vez podría perder la vida. Así para ser su amigo, debo mostrarme como su enemigo. Debo obligarlo a que se vaya de Zimbabwe. » Craig sentado rígido sobre la silla, recordaba el tempestuoso encuentro con Tungata cuando fue a pedirle ayuda en su proyecto de recomprar King's Lynn. ¿Actuaba entonces? Todavía lo encontraba casi increíble. Su pasión parecía tan real, su furia tan convincente. « Lo siento, señor Mellow. Esto que le cuento son cosas un poco duras, lo lamento, pero eso es lo que piensa Tungata. El era su amigo, y lo es todavía. » « No importa mas lo que pensaba antes, » murmuró Craig. « El pobre Sam esta probablemente muerto ahora. » « No! » Por primera vez Sarah alzó la voz hablando con vehemencia, casi enojada. « No, no diga eso, nunca lo diga! Esta vivo. Lo he visto y hablé con el. No podrán matar a un hombre como el. » La silla crujió debajo de Craig cuando se inclino ansioso hacia adelante. « Lo ha visto? Y cuando? » « Hace dos semanas. » « Donde? Donde estaba? » « En Tuti, en el campo de concentración. » « Sam esta vivo! » Craig cambió mientras lo decía. Levanto los hombros caídos, irguió la cabeza y los ojos le brillaron mas alertas. No veía a Sarah, miraba a la pared, tratando de dominar el torrente de ideas y de emociones que lo asaltaron, y así no vio que Sarah lloraba. Fue Sally-Anne que puso un brazo protector sobre ella, mientras Sarah sollozaba. « Oh, Tungata, mi señor! Que te han hecho! Lo han golpeado y mantenido sin comer ni beber. Estaba todo piel y huesos, como un perro de la calle, lleno de cicatrices. Se mueve como un viejo: solo sus ojos son los de antes. » Sally-Anne la consolaba sin palabras. Craig saltó de la silla y comenzó a pasearse. Pero la habitación era muy pequeña, cada tres pasos debía volverse. Sally-Anne

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hurgó en su bolsillo y saco un arrugado pañuelito para Sarah. « ¿Cuando estará listo el Cessna? » le preguntó Craig, sin dejar de caminar. La pierna ortopédica hacia un pequeño clic cada vez que daba un paso. « Está listo desde la semana pasada, no te lo dije? » respondió Sally-Anne distraídamente, abrazada a Sarah. « Cual es la máxima carga que puede transportar? » « El Cessna? Una vez llevé a seis personas adultas, pero entraron apretujados. La licencia no permite... » Sally-Anne se interrumpió. Lentamente giro la cabeza hacia el y lo miro totalmente incrédula. « Por lo mas sagrado, Craig, que tienes en mente? Estas loco? » « Autonomía a plena carga? » prosiguió Craig ignorándola. « Doscientas millas marinas. Pero no hablas en serio. » « Okay. » Craig, pensaba en voz alta. « Puedo cargar en la Land Rover un par de tambores de combustible. Se puede aterrizar para reaprovisionarse y decolar de un lago seco que conozco, cercano a la frontera, en Panda Matengal, a quinientos kilómetros al norte de aquí. Es el punto mas favorable para entrar... » « Craig, sabes lo que harán si nos capturan? » Su voz estaba ronca por el shock. « Armas », prosiguió Craig. « las necesitaremos. Morgan Oxford? No, maldito sea, nos cancelo... » « Armas? » la voz de Sarah, se oyó sofocada por el pañuelo y las lágrimas. « Si, armas y granadas », dijo Craig. «Explosivos, todo lo que se pueda conseguir. » « Yo puedo conseguir armas. Algunos de los nuestros están refugiados en Botswana y tienen armas ocultas en la jungla del tiempo de la guerra. » « De que clase? » preguntó Craig. « AKs y granadas. » « AK 47 », dijo Craig. « Sarah, eres un sol. » « Solo nosotros dos? » Sally-Anne se puso pálida, comprendiendo que hablaba en serio. « Nosotros dos solos contra la Tercera Brigada? Eso es lo que estas pensando? » « No, yo también iré con ustedes, seremos tres », dijo Sarah dejando a un lado el pañuelo. « Tres! Fantástico! » dijo Sally-Anne. « Fenomenal! » Craig volvió y se paro frente a ellas. « Primero: debemos dibujar un plano del campo de Tuti. Incluiremos todos los detalles que podamos recordar. » Comenzó a pasearse de nuevo, incapaz de quedarse quieto. « Segundo: nos reuniremos con los amigos de Sarah y veremos que ayuda nos pueden brindar. Tercero: Sally-Anne toma el avión hacia Johannesburgo y trae el Cessna... Cuanto tiempo llevará? » « Tres días. » El color estaba volviendo al rostro de Sally-Anne. « Es decir, si decido ir! » « Okay! Muy bien! » Craig se frotó las manos. « Ahora podemos comenzar a dibujar el plano. » Ordenó sándwiches y una botella de vino a la habitación y trabajaron hasta las 2 de la mañana, cuando Sarah los dejo con la promesa de volver por la mañana a la hora del desayuno. Craig plegó cuidadosamente el plano y después el y Sally-Anne se metieron en la cama abrazados, pero estaban demasiado nerviosos para dormirse. « Sam trataba de protegerme! » se maravillo Craig. « Lo estuvo haciendo por mi, todo el tiempo. » « Háblame de el », le susurró Sally-Anne, acurrucándose. Entre sus brazos escucho la historia de su amistad. Cuando finalmente Craig terminó su relato, ella le dijo despacio: « Entonces piensas en serio en este asunto? » « Absolutamente en serio. Pero lo harás conmigo? » « Es una locura. O una estupidez. Pero hagámosla. » El carbonoso humo negro se elevaba en columnas en el claro cielo del desierto desde dos fogatas de trapos impregnados de aceite, que Craig había dispuesto en sendos montones para señalizar el lugar. Craig e Sarah estaban juntos parados en el capot de la Land Rover, mirando hacia el sur. Se encontraban en la seca región selvática del noroeste de Botswana. El limite con Zimbabwe estaba a una treintena de kilómetros hacia el este: la planicie llana y punteada de acacias negras espinosas y moteada de blancuzcas costras saladas.

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Los espejismos hacían temblar el aire y engañaban la visión de modo que los retorcidos árboles en la lejana orilla opuesta del lago seco parecían flotar y cambiar de forma como una ameba en el microscopio. Un remolino de polvo se elevó desde la blanca superficie girando y danzando sinuosamente como una odalisca en la danza del vientre, elevándose en el cielo unos sesenta metros antes de desvanecerse tan repentinamente como había nacido. El sonido del motor del Cessna subía y bajaba y volvía a subir en la atmosfera recalentada. « Allá! » Sarah indicó un puntito, un mosquito lejano, bajo sobre el horizonte. Craig echo una ultima mirada a la pista de emergencia que había preparado. Había encendido los fuegos indicadores en cada extremo de la pista, apenas oyó el rumor del aparato. Había conducido el Land Rover yendo y viniendo entre ambos fuegos para que las huellas de la camioneta señalasen a Sally-Anne el terreno compacto al margen de la costra salina, a cincuenta metros a ambos lados la superficie estaba demasiado blanda para el aterrizaje. Volvió a mirar a la máquina que se aproximaba. Sally-Anne estaba virando bajo sobre las copas de los baobabs, alineándose con la pista que le habían preparado, hizo una prudente pasada a lo largo, examinándola con la cabeza fuera de la cabina y luego dio la vuelta y aterrizó suavemente, carreteando hacia la Land Rover. « Estuviste afuera por un siglo », dijo Craig abrazándola y levantándola apenas saltó fuera del habitáculo. « Tres días », protestó ella pataleando con los pies en el aire. « Para mi fue como un siglo », le dijo besándola. El la bajó pero mantuvo un brazo a su alrededor mientras la conducía hasta la LandRover. Después que saludo a Sarah, Craig le presento a los dos Matabele sentados a la sombra del vehiculo. Se levantaron cortésmente a recibirla. « Este es Jonás y este es Aaron. Ellos nos llevaron al deposito de armas y nos ayudaran en lo que puedan. » Eran dos jóvenes serios y reservados: con ojos de viejos que habían visto cosas inenarrables, pero eran voluntariosos y plenos de energía. Bombearon el combustible de aviación directamente del tambor de 44 galones al tanque del Cessna mientras Craig desmontaba los asientos de atrás para reducir el peso y hacer lugar para la carga. Después comenzaron a cargar. Sally-Anne pesó cada bulto con una balanza a resortes que había comprado para la ocasión y anotó el peso de todos los objetos y los anotó en su tabla de carga. Las municiones eran las cosas mas pesadas. Tenían ocho mil proyectiles para los AK 47. Craig había abierto los envases originales y las había empaquetado en bolsas negras de plástico para basura, para salvar peso y espacio. Habían estado enterradas por años y muchos de los proyectiles estaban corroídos al punto que eran inutilizables. No obstante, Craig había efectuado una selección manual, y disparado algunas cargas de cada caja en el desierto y no había encontrado ninguna fallada. también los fusiles estaban en deplorables condiciones, y Craig había trabajado por las noches con el farol a gas desmontando, puliendo y canibalizando hasta que obtuvo veinticinco armas en buen estado. Había también cinco pistolas Tokarev y dos cajas de granadas de fragmentación, que parecían estar en condiciones un poco mejores que los fusiles. Craig había lanzado una de cada caja probándolas contra un hormiguero que había saltado en el aire en una nube de arena. Quedaron cuarenta y ocho de la cantidad original. Craig las metió en dos bolsas de tela de arpillera que había adquirido en el supermercado de Francistown. El resto del equipo también lo había comprado en el mismo lugar. Pinzas corta alambre, tenazas, cuerdas de nylon, pangas que Jonás y Aaron habían afilado como navajas, linternas y baterías extra, cantimploras y una docena de utensilios que podían ser de utilidad. Sarah había sido nombrada responsable de la sanidad y había preparado un botiquín de primeros auxilios con ítems comprados en la farmacia de Francistown. Las raciones de alimentos eran espartanas. Harina de maíz en bolsas de plástico de cinco kilos, el mejor nutriente posible en relación al peso, y algunos paquetes de sal gruesa. « Hockey, ya esta », dijo Sally-Anne, truncando la operación. « Un kilo mas y no lograremos decolar. El resto tendrá que esperar por el segundo viaje. » Cuando cayo la noche, se sentaron en torno al fuego a darse un banquete con los bistecs y la fruta fresca que Sally-Anne había traído de Johannesburgo. « Coman, coman, chicos », los alentaba. « Quien sabe cuando volveremos a tener una comida así. »

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Después Craig y Sally-Anne se llevaron sus colchas apartados del fuego, fuera del oído de los demás, y se tendieron desnudos en el aire tibio del desierto a hacer el amor bajo la luna, ambos bien conscientes que podría ser la ultima vez. Desayunaron en la oscuridad, poco después de la puesta de la luna y antes del primer reflejo del amanecer. Dejaron a Jonás y Aaron de guardia de la Land Rover, para que ayudaran a cargar en el segundo viaje y Sally-Anne carreteo hasta el final de la pista cuando hubo luz suficiente para ver las huellas. Aun en el frescor de la madrugada le costo mucho despegar al sobrecargado Cessna, y ascendieron lentamente hacia el brillo del sol naciente. « La frontera con Zimbabwe », murmuró Sally-Anne. « No puedo creer lo que estamos haciendo. » Craig estaba sentado al lado de ella, sobre una bolsa de municiones, mientras Sarah estaba acurrucada detrás de otro bulto de armas. Sally-Anne viro levemente para reconocer las señales del terreno que había establecido en el mapa que tenia sobre la falda. Había dibujado un itinerario que atravesaba la línea ferroviaria a unos treinta kilómetros al sur de la ciudad minera de Wankie (carbón) y luego cruzaba la ruta principal unos pocos kilómetros mas allá, evitando toda presencia humana. El terreno debajo de ellos cambio de golpe: del desierto a la selva densamente poblada de pasturas. Hacia el norte había algunas formaciones nubosas, cúmulos blancos indicadores de buen tiempo, hacia otras direcciones el cielo estaba absolutamente despejado. Craig escudriño el territorio, entrecerrando los ojos contra el resplandor del sol naciente. « Ahí esta la ferrovía. » Sally-Anne descendió en picada. A quince metros sobre la copa de los árboles niveló y atravesó rugiendo la ferrovía y minutos mas tarde la ruta nacional, avizoraron un camión lejano avanzando a lo largo de la cinta gris azulada del pavimento, pero cruzaron detrás de el, y fueron visibles por pocos segundos. Sally-Anne hizo una mueca de disgusto. « Esperemos que no nos hayan visto », dijo. « No obstante, debe haber bastante tráfico aéreo liviano por aquí. » Miró el reloj e informó: « Tiempo estimado de arribo, cuarenta minutos. » « Muy bien », dijo Craig. « Repasemos todo una vez mas. Me dejaras a Sarah y a mi, después volverás a decolar lo mas pronto posible. Volverás al sitio de partida. Reabastecerás y cargaras el resto. Dentro de tres días regresaras: si ves una señal de humo, aterrizarás; si no, volverás a Botswana. Danos dos días mas y vuelve: si no ves señales de humo, ya esta, te vas y no vuelves mas. » Sally-Anne le tomo la mano. « Craig, no lo digas ni en broma. Por favor, tesoro, vuelve a mi! » Se entrelazaron las manos por el resto del viaje, excepto por los breves instantes en que ella necesitaba de ambas manos para pilotear. « Ahí esta! » El río Chizarira era una oscura pitón verde en la tierra marrón. En medio de los árboles de la ribera se entreveía el brillo del agua. « Zambesi Waters. Justo ahí arriba. » Se mantuvieron alejados de los campamentos turísticos que habían construido con tanto trabajo y cariño, pero ambos miraron nostálgicos río arriba donde la línea de colinas azules punteaba el horizonte lejano. Sally-Anne descendió mas y mas hasta casi rozar las ramas altas de los árboles, y después realizó lentamente un amplio giro, manteniendo las colinas entre ellos y la villa turística. « Ahí esta! » dijo Craig. Y señalo por debajo de la punta del ala inclinada por el giro del avión, y pudieron ver por un instante las cuentas blancas al borde de la línea de árboles. « Todavía están allí. » Eran los esqueletos de los rinocerontes abatidos por los cazadores furtivos, limpiados por los carroñeros y blanqueados por el sol. Sally-Anne efectuó los controles previos al aterrizaje y se alineó con la angosta faja de pasto a lo largo del borde de la quebrada, donde ya había aterrizado antes. « Roguemos para que los pecaries y los osos hormigueros no hayan excavado por aquí », murmuró mientras el Cessna sobrecargado fluctuaba perezosamente y la alarma de entrada en pérdida pitaba y destellaba furiosamente por la falta de sustentación y potencia. Sally-Anne descendió casi en picada de la cima de los árboles y tocó tierra con un sacudón algo excesivo. El Cessna cabeceó y rebotó varias veces sobre el terreno desparejo, pero por suerte los frenos aplicados al máximo y la hierba alta que se enredaba en el tren de aterrizaje lo sujetaron rápidamente y Sally-Anne dejo escapar un suspiro de alivio.

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« Te agradezco, Señor. » Descargaron todo con frenética premura, amontonando todo en tierra y cubriéndolo con una red de nailon verde que Craig había comprado en Francistown originalmente diseñada para dar sombra a plantas jóvenes. Sally-Anne y Craig se miraron tristemente. « Oh Dios mío, cuanto odio tener que irme! » « Tampoco me gusta a mi, mero vete enseguida, maldición. » Se besaron y Sally-Anne corrió hacia el aparato. Rodó hasta el final de la pista, aplastando la hierba, y después volvió a toda velocidad sobre sus propias huellas. El avión aligerado se elevó de un salto y la ultima cosa que Craig vio de ella fue su cara pálida en la ventanilla lateral vuelta hacia él, y después las copas de los árboles los ocultaron. Craig espero hasta que el sonido del motor se apagó, y el silencio de la selva los envolvió nuevamente. Luego él recogió el rifle y la bolsa y se la cruzó en el hombro. Miró a Sarah: vestía vaqueros y zapatillas de tela azul. Llevaba la bolsa de alimentos y las cantimploras, con la pistola Tokarev metida en la cintura. « Lista? » Ella asintió y se colocó detrás de él, manteniendo ágilmente el paso rápido que el impuso. Alcanzaron el kopje a primera hora de la tarde, y desde la cima Craig contempló la villa turística de Zambesi Waters sobre el río. Ahora esta seria la parte peligrosa. No obstante encendió el fuego de señalización y llevando a Sarah consigo, fue a agazaparse en emboscada junto al sendero, para el caso que la señal de humo atrajese visitantes indeseables. Se tendieron bien cubiertos y no hablaron ni se movieron por tres horas. Solo los ojos escudriñando las lomas arriba y abajo y los matorrales circundantes. No obstante, fueron tomados desprevenidos. La voz fue un ronco susurro en Sindebele, cercano, muy cercano. « Ah! Kufela has traído el dinero. » Era el camarada Lookout. Los espiaba con su cara llena de cicatrices. Se había deslizado hasta unos diez pasos de distancia sin que lo notaran. « Creía que te habías olvidado de nosotros. » « No traigo dinero para ustedes, sino un difícil y peligroso trabajo », le dijo Craig. Notó ahora que junto al camarada Lookout había tres hombres ágiles, fuertes y silenciosos como lobos. Extinguieron el fuego y se distribuyeron en la espesura en formación de exploración, que cubrirían la marcha. « Debemos irnos », explico el camarada Lookout. « Aquí en terreno abierto los kanka shona nos acosaran como perros de caza, desde la ultima vez que nos vimos, hemos perdido muchos buenos hombres. El camarada Dólar fue capturado. » « Lo se. » Craig lo recordaba, golpeado y maniatado, testimoniando contra él aquella terrible noche en King's Lynn. Caminaron hasta dos horas después de oscurecer, directo al norte, en el terreno accidentado de la costa del gran río. Los exploradores despejaban y controlaban el camino y siempre se mantenían invisibles adelante en la espesura. Solo sus trinos imitando pájaros los guiaban. Finalmente llegaron al campamento de los guerrilleros. Junto a los pequeños fuegos para cocinar, que no humeaban, había mujeres y una de ellas corrió a abrazar a Sarah. « Es la hija menor de mi tía », explicó Sarah. Ahora ella y Craig hablaban solo en Sindebele. El campamento era un lugar poco confortable y para nada acogedor, consistía en una serie de toscas cuevas excavadas en la empinada orilla de un arroyo seco, y ocultas por las ramas de los árboles. Tenia un aire de refugio temporario. No existían lujos o artículos del equipo que no pudiesen ser empacados en minutos y transportados sobre la espalda de un hombre. Las mujeres de los guerrilleros eran tan serias como los hombres. « No nos quedamos en un solo lugar », explicó el camarada Lookout. « los kanka ven las señales desde el aire, si nos quedamos. Aunque nunca marchamos por la misma senda, ni siquiera a las letrinas, en poco tiempo se marcan los senderos y eso es lo que ellos buscan. Pronto deberemos mudarnos de aquí. » Las mujeres les trajeron comida y Craig se dio cuenta de lo hambriento y cansado que estaba. Pero antes de comer abrió su mochila y repartió los cartones de cigarrillos que había traído. Y por primera vez vio sonreír a esos hombres amargados mientras se pasaban un pucho en la rueda. « Cuantos hombres son en el grupo? » « Veintiséis », dijo el camarada LookOut soltando el humo del cigarrillo y pasándole el pucho al vecino. « Pero hay otro grupo cerca. »

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Veintiséis bastaran, pensó Craig. Si podían aprovechar el elemento sorpresa, podría ser suficiente. Comieron con las manos de la olla popular y después el camarada Lookout les permitió compartir otro cigarrillo. « Y ahora, Kufela, dijiste que tenias trabajo para nosotros. » « El camarada ministro Tungata Zebiwe esta prisionero de los shona. » « Es una cosa terrible, una puñalada en el corazón del pueblo Matabele, pero también aquí en la jungla lo sabíamos desde hace varios meses. Viniste a decirnos algo que ya todo el mundo sabe? » « Todavía esta vivo, y lo tienen en el campamento de Tuti. » « Tuti? Hau! » exclamó el camarada Lookout, y todos se pusieron a hablar simultáneamente. « Como sabes eso? » « Escuchamos decir que lo habían matado... » « Son chimentos de viejas... » Craig se volvió hacia donde las mujeres se sentaban apartadas. « Sarah! » la llamó Craig. Ella se acercó. « Conocen a esta mujer? » preguntó Craig. « Como no, es la prima de mi mujer. » « Es la maestra de la misión. » « Es una de nosotros. » « Cuéntales todo », le ordenó Craig. La escucharon atentamente en silencio, mientras Sarah relataba su ultimo encuentro con Tungata, con los ojos brillantes al resplandor del fuego, y, cuando la muchacha terminó, permanecieron callados. Sarah se levantó tranquilamente y volvió con las mujeres. El camarada Lookout se volvió hacia uno de sus hombres. « Habla! » lo invitó. El elegido para opinar era el mas joven. Los otros hablarían en orden ascendiente de edad, era la antigua costumbre del consejo y tomaría tiempo. Craig se armó de paciencia, eran las reglas de África. Después de medianoche el camarada Lookout resumió. « Conocemos a la mujer. Es digna de crédito y nosotros le creemos. El camarada Tungata es nuestro padre. Su sangre es la sangre de nuestro rey, y se encuentra en las manos de los asquerosos shona. Sobre esto todos estamos de acuerdo. » Hizo una pausa. « Pero hay algunos que trataran de librarlo de los shona violadores de niños; y otros que dicen que somos muy pocos, que tenemos solo un rifle cada dos hombres, y solo cinco proyectiles para cada fusil. Así que estamos divididos. » Miró a Craig. « Que dices tu, Kufela? » « Yo digo que les he traído ocho mil balas. Veinticinco Kalashnikov y cincuenta granadas », respondió Craig. « Yo digo que el camarada Tungata es mi amigo y mi hermano. Yo digo que si aquí hay solo mujeres y cobardes y ningún guerrero que me acompañe. Entonces iré solo con esta mujer, Sarah, que tiene el corazón de un guerrero, y buscaré hombres en otra parte. » Lookout arrugó la cara indignado, y su tono fue de reproche. « Que no si hable mas de mujeres y cobardes, Kufela! Que no se hable mas! Mejor vamos a Tuti, a hacer lo que debemos. Eso es lo que yo digo. » Encendieron la señal de humo apenas oyeron el zumbido del Cessna, y lo extinguieron inmediatamente después que Sally-Anne, hizo destellar las luces de aterrizaje en señal de reconocimiento. Los hombres del camarada Lookout habían cortado el pasto en el claro con los machetes y había aplanado un poco el terreno, así el aterrizaje de Sally-Anne fue mas suave que la ultima vez. Los guerrilleros descargaron el resto de las armas y municiones en silencio, muy disciplinados, pero no podían esconder sus sonrisas de placer, pasándose las bolsas de municiones y las granadas. Porque estas eran las herramientas de su metier. La carga desapareció rápidamente en la jungla. En quince minutos, Craig y SallyAnne quedaron solos bajo el ala del Cessna vacío. « Sabes porque rezaba? Rezaba porque no encontraras a los guerrilleros, o que si los encontrabas, rehusaran seguirte, y tu fueses obligado a abortar y a salir de este país conmigo. » « No debes ser muy buena en ese ramo, entonces. » « No se, pero me temo que en los próximos días acumularé mucha práctica. » « En los próximos cinco días », precisó Craig. «volverás el martes por la mañana. »

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« Bueno », asintió ella. « Despegaré de noche y estaré sobre el aeródromo de Tuti al salir el sol, eso es a las 5 y 22. » « Pero no aterrizarás hasta que recibas señales de que la pista esta asegurada. Y por al amor de Dios, te recomiendo que no te quedes sin combustible en el aire por esperar demasiado tiempo. Si no nos ves, no esperes un milagro y corta la cuerda. » « Tendré tres horas de autonomía sobre el campamento de Tuti antes de tener que volver a la base. Eso quiere decir que puedo esperarte hasta las 8 y 30. » « Si a esa hora no estamos, será inútil esperar mas. Ahora vete, amor mío. Es hora de que partas. » « Lo se », dijo Sally-Anne, pero no se movió. « Debes irte », le dijo Craig. « No se como voy a hacer para vivir en los próximos cinco días, no sabiendo nada, solo viviendo con mis temores e imaginación. » El la apretó entre sus brazos y notó que temblaba. « Tengo tanto miedo por ti », le susurró contra el cuello. « Nos veremos el martes por la mañana », repitió el. « Sin falta. » « Sin falta! » confirmó ella, y después le tembló la voz. « Vuelve a mi, Craig. No quiero vivir sin ti. Prométeme que volverás. » « Lo prometo. » La beso. « Ah, ahora me siento mejor. » Le sonrió de la manera que solo ella sabia, pero no lo logró tan bien esta vez. Saltó a la cabina y encendió el motor. « Te amo! » sus labios formaron las palabras que el ruido del motor ahogó. Ella giró el Cessna con un golpe de acelerador y partió sin mirar hacia atrás. Sobre la carta geográfica la distancia era de solo ciento diez kilómetros, y desde el asiento del avión no parecía un terreno difícil. Pero hacerlo a pie fue diferente. Si la cuenca del Zambesi era una hondonada en la cual las colinas del valle representaban los dientes, su itinerario lo atravesaba todo, así que nunca caminaban sobre terreno plano, sino siempre subiendo o bajando, atravesando cada vez el curso de agua del fondo del valle que corría a izquierda y derecha respecto a ellos. Los guerrilleros habían dejado a sus mujeres en un sitio seguro, y habían consentido la compañía de Sarah solo a regañadientes. Pero ella llevaba una carga completa y sostenía ágilmente el duro paso que el camarada Lookout les había impuesto. Las colinas de granito reflejaban el sol contra ellos, mientras ascendían trabajosamente las laderas. El descenso, no era mas fácil, bajo las pesadas cargas que cada uno llevaba exigían un notable esfuerzo en las pantorrillas doloridas y los tendones de Aquiles. El antiguo sendero de elefantes que recorrían estaba sembrado de cantos rodados que rodaban bajo sus pies como una alfombra de bolitas, haciendo peligroso cada paso. Uno de los guerrilleros cayó y el tobillo se le hincho tanto que no pudo volver a calzarse la bota. Los otros se dividieron la carga y lo dejaron allí, para que volviese, presumiblemente saltando en una sola pierna, hasta donde habían dejado a las mujeres. Las pequeñas moscas que anidan en los mopanis los perseguían durante el día, metiéndose en las narices y los ojos en su continua búsqueda de humedad; y de noche su lugar era ocupado por los mosquitos que salían a atacarlos desde las charcas de agua estancada y los torrentes del fondo del valle. En cierto punto durante el viaje, atravesaron la línea de la mosca Tse-tse, que se unió al tormento: silenciosa, liviana, se posaba tan suave que la victima no se daba cuenta hasta que el candente aguijón se clavaba en la carne blanda detrás de las orejas o bajo las axilas. Siempre estaba presente el peligro de ataque. Cada pocos kilómetros los exploradores de la vanguardia o los de la retaguardia lanzaban señales de alarma. Y la columna de guerrilleros debía dejar el sendero y esconderse, con el dedo en el gatillo, hasta que pasaba el peligro. Era un viaje lento y enervante: dos días enteros de marcha desde la mañana gélida hasta el mediodía tórrido y de nuevo a la oscuridad, hacia la aldea del padre de Sarah. Su nombre era Vusamanzi y era un viejo brujo, adivino y hacedor de lluvia de la tribu Matabele. Como todos sus pares vivía aislado, solo con sus mujeres y los parientes mas cercanos. No obstante el gran respeto que le tenían, los mortales comunes preferían evitar a los que practicaban las ciencias ocultas: los visitaban

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solo para hacerse curar o leer el futuro, pagaban la cabra o la gallina del honorario, y se batían en retirada apresuradamente agradecidos. La aldea de Vusamanzi estaba a unos pocos kilómetros al norte de la misión de Tuti. Era una prospera comunidad en la cima de una colina, con muchas esposas, cabras, gallinas y campos de maíz en el valle. Los guerrilleros se agacharon tras la maleza, debajo del kopje, y enviaron a Sarah a cerciorarse que todo estaba tranquilo en la aldea y a advertir a los pobladores de su presencia. Sarah volvió a la hora y Craig con el camarada Lookout volvieron a la aldea con ella. Vusamanzi, había ganado su nombre, que significa “El que eleva las aguas”, por su habilidad demostrada en el control del Zambezi y sus tributarios. De joven había enviado una gran inundación para barrer la aldea de un jefe de poca importancia que no le había pagado; y también otras persona que de algún modo lo habían ofendido se habían ahogado misteriosamente en pozos de agua donde se estaban bañando. Se decía que bastaba una palabra de Vusamanzi para que la superficie calma de una laguna saltara repentinamente en una ola al acercarse su enemigo que iba a beber o a bañarse o a cruzar, tragándoselo. Ningún ser viviente había visto nunca este terrible fenómeno: pero nunca había tenido Vusamanzi problemas para cobrar deudas de sus pacientes y clientes. Vusamanzi tenia los cabellos y la barba de un blanco puro recortada en punta, como la usan los Zulúes. Sarah había nacido cuando el ya era viejo, pero había heredado sus finos rasgos de el, que era elegante e imponente. No usaba ropajes, tan solo un simple taparrabo: recibió a Craig cortésmente, con pocas palabras con voz cerrada y profunda. Claramente Sarah lo reverenciaba: tomó el jarro de cerveza de una de sus mujeres mas jóvenes y se arrodillo para ofrecérsela ella misma. A su vez Sarah era querida de manera particular por el viejo, que le sonreía con afecto, y cuando se sentó a sus pies, le acarició la cabeza mientras escuchaba atentamente lo que Craig le decía. Después la mando a ayudar a una de sus esposas a preparar comida y cerveza para llevarle a los guerrilleros escondidos en el valle, antes de volverse nuevamente hacia Craig. « El hombre al que llamar Tungata Zebiwe, Aquel-que-busca-la-justicia, nacido Samson Kumalo, un descendiente en línea directa de Mzilikazi el primer rey y padre de nuestro pueblo. El que describen las antiguas profecías. La noche que fue capturado por los soldados shona, había mandado por el para informarlo de su responsabilidad en la confrontación de los matabeles y de los secretos de nuestro rey. Si todavía esta vivo, como dice mi hija, es deber de cada Matabele hacer todo lo posible para liberarlo. El futuro de nuestra tribu esta en sus manos. Como puedo ayudarte? Solo debes pedirlo. » « Ya nos ayudaste con comida », le agradeció Craig. « Ahora necesitamos información. » « Pregunta, Kufela. Te diré todo lo que quieras. » « La ruta entre la misión de Tuti y el campamento de los soldados pasa cerca de aquí, no es cierto? » « Detrás de aquellas colinas », indicó el viejo. « Sarah me dijo que cada semana pasan los camiones hacia el campamento, siempre en el mismo día, cargados de provisiones y nuevos prisioneros. » « Es así. Pasan los lunes tarde después del mediodía, cargados de bolsas de maíz y otras cosas. Vuelven vacíos a la mañana siguiente. » « Cuantos camiones? » « Dos o raramente tres. » « Cuantos soldados los escoltan? » « Dos adelante, junto al conductor, otros tres o cuatro en la caja. Uno sobre el techo con un fusil grande que dispara rápido. » Una ametralladora pesada, tradujo Craig. « los soldados van muy atentos y los camiones corren rápido. » « El lunes pasaron como de costumbre? » preguntó Craig. « Como siempre! » Vusamanzi asintió moviendo la blanca cabeza. Craig pensó que la rutina no habría variado y apostó todo a eso. « A que distancia esta la misión desde aquí? » pregunto. « De aquí hasta aquí. » El brujo barrio con su brazo un segmento de cielo que el sol recorre en cerca de cuatro horas: al paso de un hombre a pie, aproximadamente treinta kilómetros.

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« Y de aquí al campamento de los soldados? » prosiguió Craig. Vusamanzi levantó los hombros. « Es la misma distancia. » « Bueno. » Craig desplegó su mapa. Esa equidistancia le permitía calcular con cierta precisión los tiempos y distancias, que anotó al margen del mapa. « Tenemos un día de adelanto », dijo Craig levantando la vista. « Los hombres podrán descansar y prepararse.» « Mis mujeres los alimentaran », concordó Vusamanzi. « Después el lunes, tendré necesidad de ayuda de alguno de ustedes. » « Pero aquí hay solo mujeres », observó el viejo. « Las mujeres me servirán », le dijo Craig. « Mujeres jóvenes y bonitas. » La mañana siguiente, antes del alba, Craig y el camarada Lookout, junto con un mensajero, fueron a reconocer el trecho del camino que quedaba justo detrás de las colinas. Era como Craig recordaba, una pista de tierra donde los pesados camiones habían marcado profundas huellas; la Tercera Brigada había cortado los matorrales a ambos lados del camino para reducir el riesgo de una emboscada. Poco después del mediodía llegaron al lugar donde Peter Fungabera había parado durante su primer viaje a Tuti: el cauce donde el camino cruzaba por el puente de troncos el río verde, el lugar donde habían comido el almuerzo de choclos asados. Craig notó que recordaba muy bien el lugar. La pista descendía rápido de la colina y se curvaba para embocar la estrecha rampa de tierra que llevaba al puente: en aquel trecho seguramente el camión debía andar muy despacio. Era un punto ideal para una emboscada, y Craig envió al mensajero de vuelta a la aldea de Vusamanzi para traer al resto de la fuerza. Mientras los esperaban, Craig y el camarada Lookout adaptaron el plano al terreno real. El ataque principal debería desarrollarse sobre el puente, pero si fallaba, deberían tener un plan alternativo para impedir que el camión pasara. Apenas llegaron todos los guerrilleros, Craig mandó a Lookout con cinco hombres a inspeccionar la ruta mas allá del puente. Después de la primera curva, invisible desde el puente, había un gran árbol de mhoba-hoba que abatieron sobre el camino creando un eficacísimo bloqueo. El camarada Lookout comandaría el destacamento que atacaría en ese punto, mientras Craig comandaría los hombres de la emboscada en el puente. « Quienes son los hombres que hablan shona? » preguntó Craig. « Este habla como un shona, este otro no tan bien.» « No deben combatir, no podemos arriesgarnos a perderlos porque nos servirán en el campamento. » « Yo me hago cargo », prometió el compañero Lookout. « y ahora las muchachas. » Sarah había elegido a tres de sus hermanastras en la aldea, de dieciséis y dieciocho años. Eran las mas bonitas de las muchas hijas del viejo brujo, y cuando Craig les explico el papel que deberían representar, se rieron cubriéndose la boca con las manos y haciendo todos los otros gestos del pudor y de la modestia virginal. Pero era obvio que la idea las fascinaba. Nada tan excitante y erótico les había sucedido nunca en sus jóvenes vidas. « Han entendido? » pregunto Craig a Sarah. « Mira que será una cosa peligrosa; deben hacer exactamente como hemos dicho. » « Cuidaré de ellas », le aseguró Sarah. « También esta noche... Especialmente esta noche. » Esto ultimo era para el beneficio de las chicas. Sarah estaba muy al tanto de las mutuas miradas furtivas intercambiadas entre sus hermanas y los jóvenes guerrilleros. Las ahuyentó hacia el tosco refugio de ramas de espinos, siempre entre risitas, que les había hecho construir para ellas y Sarah misma se sitúo frente a la puerta. « Estas afiladas espinas mantendrán a un león come hombres alejado, Kufela », le dijo a Craig, « pero no se si funcionaran con un muchacho con picazón y una muchacha lista para rascarlo... Creo que esta noche dormiré poco. » Finalmente Craig durmió poco también. Tuvo los sueños otra vez. Los mismos que casi lo llevaron a la locura durante la larga y lenta convalecencia después de la perdida de la pierna en el campo minado. Estaba atrapado en el sueño, incapaz de escapar a la consciencia, hasta que Sarah lo sacudió para despertarlo, y cuando volvió en si, temblaba tan fuerte que le castañeteaban los dientes y tenia la camisa toda húmeda de sudor. Sarah entendió. Compasivamente, se sentó junto a el y le sostuvo la mano hasta que le paso el temblor, y luego charlaron toda la noche, susurrando para no molestar a

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los otros. Hablaron de Tungata y de Sally-Anne, y de lo que cada uno de ellos quería de la vida y de sus posibilidades de obtenerlo. « Cuando me case con el camarada ministro, podré hablar por todas las mujeres matabeles. Ellas han sido tratadas demasiado tiempo por sus hombres como objetos. Todavía hoy una enfermera entrenada y maestra debe comer en el fogón de las mujeres. Después de esta, habrá otra campaña que combatir, una pelea para ganar para las mujeres de mi tribu el derecho y el respeto que se merecen. » Craig sintió una gran simpatía y consideración por Sarah. Era justamente la mujer adecuada para un hombre como Tungata Zebiwe. Mientras conversaban, pudo dominare el temor por el mañana, y la noche paso tan rápidamente que se sorprendió cuando miro su reloj. « Las cuatro, es hora de moverse », susurro. « Gracias, Sarah. No soy un hombre de coraje, y necesito tu ayuda. » La muchacha se levanto ágilmente y permaneció por un instante mirándolo. « No te haces justicia: yo creo que tu eres un hombre muy corajudo », dijo dulcemente. Después se fue a despertar a las hermanas. El sol estaba alto, y Craig estaba acostado en una hendidura entre dos grandes rocas negras pulidas por las aguas, sobre la otra orilla del río. El Kalashnikov apoyado frente a el, cubriendo el cauce y la orilla opuesta a ambos lados del puente de madera. El había contado los pasos de distancia, un centenar de metros: no cabía la posibilidad de errar el tiro. « Por favor que no sea necesario », pensó, y verifico una vez mas las posiciones de todos. Había un grupo de cuatro guerrilleros bajo el puente, semidesnudos. Aunque los fusiles estaban apoyados en los soportes del puente al alcance de la mano, estaban armados de arcos y flechas como para la caza de elefantes: arcos de un metro y medio. Craig había dudado de la eficiencia de esos arcos hasta que observo una demostración practica. Los arcos eran de madera dura y elástica, envueltos en lonjas de piel sin curtir de kudu que se habían dejado secar en torno al arco y encogerse hasta endurecerse como el acero. La cuerda del arco era de tendones trenzados, casi tan fuerte como la tanza de nylon monofilamento de alpinista. Aun utilizando toda su fuerza, Craig no había sido capaz de extenderlo al máximo. La fuerza a aplicar superaba los cincuenta kilos: tirar de esa cuerda requería callos en la punta de los dedos y músculos especialmente desarrollados en los brazos y el tórax. La punta de las flechas eran de hierro dulce, afiladas como agujas para facilitar la penetración. Uno de los arqueros le tiró a un baobab desde unos treinta pasos: la punta de la flecha entro toda en el tronco fibroso y carnoso del árbol y no se la pudo sacar sino con un hacha. Esa misma flecha hubiera atravesado de parte a parte a un hombre adulto sin la mas mínima dificultad, o perforado la caja toráxico de un elefante. Así, ahora estaban cuatro arqueros bajo el puente, y otros diez guerrilleros agachados en el agua que les llegaba a las rodillas debajo de la orilla. Se veían solo las cabezas, y desde el camino quedaban ocultos por la pronunciada caída de la orilla y las matas de juncos. El sonido del motor del camión que se acercaba se alteró al cambiar la marcha en la subida antes de llegar al borde de la bajada que llevaba al puente y al lugar de la emboscada. Craig mismo había recorrido a pie esa cuesta en busca de señales que habrían podido alarmar a los soldados sobre el camión. Le vino bien el viejo adiestramiento en la policía rhodesiana: buscaba residuos, huellas o pastos aplastados sobre la tierra del camino, sobre los costados de la ruta y sobre las orillas de blancas arenas del río visibles desde el camino. No descubrió nada que pudiese revelar su presencia. « Debemos hacerlo ahora », dijo Sarah. Ella y sus hermanas estaban agachadas detrás de las rocas cercanas a Craig. Tenia razón: era demasiado tarde para cambiar de planes o arreglar algo diferente; el baile ya había comenzado y había que bailar. « Ve », le dijo Craig. Sarah se puso de pie dejo caer los pantalones de Jean sobre la arena, rápidamente la camisa se deslizó de sus hombros y sus hermanas menores la imitaron dejando caer sus taparrabos mientras se ponían de pie. Las cuatro estaban desnudas, excepto por los mínimos delantalitos adornados de cuentas suspendidos de las cinturas por un cinturón de cuentas. Los delantales colgaban sobre sus pubis pero rebotaban revelando con cada movimiento el sexo mientras corrían al agua. Los regordetes glúteos jóvenes estaban al aire y vibraban tentadores bajo las cinturas de reloj de arena.

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« Ríete! » le grito Craig detrás. « Jueguen con el agua! » Estaban completamente a sus anchas, así desnudas. En las zonas rurales, esos delantalitos eran el vestido de todo el día de las muchachas nubiles y carentes de toda sofisticación de la tribu Matabele. Hasta Sarah lo había utilizado antes de ir a la ciudad a estudiar. Se empezaron a salpicar entre ellas. El agua chispeaba sobre sus carnes oscuras y luminosas, y sus risotadas eran excitantes y divertidas. Cualquier hombre se sentiría atraído. No obstante Craig vio que los guerrilleros ni se inmutaban. Ni siquiera se dieron vuelta a mirarlas. Eran profesionales en el trabajo, con toda la atención puesta en la difícil y peligrosa tarea que les esperaba. El primer camión asomó: era un Toyota de cinco toneladas, similar al que los había perseguido hasta el limite de Botswana. Estaba pintado del mismo color arena y detrás del primero apareció el segundo. En el techo de la cabina estaba montada una ametralladora servida por un soldado. « Basta! » rogó Craig al aparecer el segundo camión. « Por favor, solo dos! » y abrazó la culata del Kalashnikov. El cañón estaba cubierto de pasto seco para disimularlo y el se había cubierto la cara y las manos con barro negro de la orilla del río. Los camiones eran solo dos. Arremetieron la rampa y aminoraron la marcha a la vista de Sarah y las hermanas en el agua que les llegaba hasta las rodillas. Las muchachas comenzaron a contonearse riendo provocativamente y sacudiendo los pechos pequeños y luminosos. En la cabina del primer camión había dos hombres. Uno era un suboficial, Craig distinguía a través del parabrisas polvoriento, el brillo de los galones. Sonreía y los dientes le brillaban casi como los galones. Le habló al conductor y con un chillido de frenos el camión se detuvo a la entrada del puente. También el segundo camión fue obligado a detenerse. El joven suboficial abrió la portezuela descendió al puente. Los soldados sobre la caja y el servidor de la ametralladora se inclinaron hacia delante sonriendo y gritando picarescos comentarios. Las muchachas, siguiendo el ejemplo de Sarah, se sumergieron en el agua escondiendo sus partes bajas y respondieron a las sugestiones y comentarios simulando timidez. Algunos de los soldados del segundo camión saltaron fuera para unirse a la diversión general. Una de las muchachas mayores hizo un gesto un poco obsceno con el pulgar y el índice provocando un rugido de risotadas masculinas y otro gesto ahora mas explicito de parte del suboficial. Ahora todos los soldados habían descendido a divertirse: solo los dos servidores de las ametralladoras habían permanecido en sus puestos sobre la cabina. Craig lanzo una rápida mirada bajo el puente. Los arqueros estaban arrastrándose sobre la costa a las espaldas de los soldados. El se rió, Sarah se puso de pie. Había soltado el cordón de su delantal y ahora lo tenia en la mano, meneándolo de manera provocativa. Vadeó hacia los soldados en la orilla con el agua arremolinándose en torno a sus caderas, y las risas se acallaron mientras la observaban. Caminaba lento, la corriente del río exageraba el contonear de su pelvis. Era esbelta y hermosa como una nutria mojada, la luz del sol sobre su cuerpo le daba un lustre plástico, un fulgor celestial, y aun hasta Craig, desde donde se encontraba pudo percibir que el humor jocoso de los hombres que la miraban se estaba cargando de sensualidad y comenzaba a transformarse en furiosa lujuria. Sarah se detuvo cerca de ellos, colocó las manos bajo sus senos y los levantó, apuntando los pezones hacia los soldados. Ahora todos estaban concentrados en ella, hasta el ametralladorista sobre el camión la miraba encantado. Detrás de ellos los cuatro arqueros se habían deslizado bajo la rampa de tierra apisonada. Estaban a no mas de diez pasos del lateral del primer camión cuando se pusieron de rodillas todos simultáneamente y tensaron los arcos. La mano derecha retrocedió hasta tocar los labios, los músculos de la espalda se hincharon mientras tomaban puntería y después, uno detrás del otro, soltaron las flechas. No se oyó ningún ruido, ni el mas débil silbido. Uno de los ametralladoristas se deslizo suavemente hacia adelante quedando colgado sobre el costado de la cabina con la cabeza y los brazos pendiendo. El otro se arqueó hacia atrás, con la boca abierta pero sin emitir sonido alguno y trató de alcanzar su espalda hasta el astil de la flecha que sobresalía rígido entre los omoplatos. Otra flecha lo alcanzó a un palmo por debajo de la primera, y el se contorsionó en el espasmo de la agonía y se desplomó.

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Los arqueros cambiaron sus blancos y las flecha volaron silenciosas hacia el grupo de soldados en la costa del río. Un hombre gritó. En el mismo momento los guerrilleros escondidos bajo la orilla irrumpieron fuera del agua y treparon a través de los juncos justo mientras los soldados giraban para enfrentarse a los arqueros. Los guerrilleros desnudos los atacaron por la retaguardia y esta vez Craig escucho los explosivos gruñidos mientras ellos blandían las pangas de hoja larga como tenistas devolviendo una dura volea de derecha. Una panga cayo sobre el cráneo del suboficial partiéndoselo hasta la barbilla. Sarah se volvió y corrió hacia la otra orilla, recogiendo a las hermanas menores, una de ellas gritaba mientras avanzaba dificultosamente sobre los bancos de arena sumergidos. Hubo un solo disparo, y luego todos los soldados quedaron en tierra, diseminados a lo largo de la orilla, pero los guerrilleros todavía los masacraban a golpes de panga. « Sarah », le grito Craig cuando llegó a la orilla junto a las muchachas. « Corre a la selva. » Así lo hicieron, después de habar recogido las ropas de la arena. Llevando el AK Craig atravesó corriendo el puente. Los guerrilleros ya estaban despojando a los muertos. Trabajaban con destreza y practica evidente, primero los relojes y después el contenido de los bolsillos. « Alguno esta herido? » preguntó Craig, preocupado por el disparo. Pero no había bajas. Craig les dio dos minutos para terminar con los cadáveres, después envío a una patrulla hasta la loma para cubrir cualquier sorpresa. Volvió a ocuparse de los shona muertos, ordenando sepultarlos en la fosa común preparada la tarde anterior. Los guerrilleros arrastraron los cadáveres desnudos. Sobre el costado de uno de los camiones había sangre, donde había colgado el ametralladorista. « Laven eso. » Uno de los guerrilleros le derramó encima una cantimplora llena de agua del río. « Y laven esos uniformes. » En menos de una hora estarían secos. Sarah volvió antes que la tarea de sepultura terminara; estaba completamente vestida. « He enviado a las muchachas de vuelta a la aldea, conocen bien la zona y llegarán tranquilamente. » « Has hecho bien », dijo Craig, subiendo al camión. Las llaves estaban en el tablero. Volvieron los guerrilleros de la selva y Craig llamó a sus ayudantes. El designado a conducir el segundo camión encendió el motor y los demás subieron a la parte de atrás, juntos atravesaron el río y ascendieron la cuesta opuesta. La operación completa había durado menos de treinta y cinco minutos. Llegaron al árbol mhobahoba caído y el camarada Lookout saltó en medio del camino indicándole un desvío. Craig estaciono a cubierto entre los matorrales y de inmediato los guerrilleros cubrieron ambos vehículos con ramas y comenzaron a descargar y despejar el camino. Había cien kilos en bolsas de harina de maíz, carne enlatada, colchas, medicinas, cigarrillos, municiones, jabón, sal y azúcar: todos artículos de incalculable valor para los guerrilleros Matabeles. Se llevaron todo y Craig sabia que lo esconderían en la selva para recuperarlo en la primera oportunidad. Había una docena de bolsos conteniendo los efectos personales de los soldados, un verdadero tesoro de atributos y otra indumentaria militar de la Tercera Brigada, y hasta dos de los famosos birretes borgoña con el leopardo de plata. Mientras los guerrilleros de ponían los uniformes, Craig miró el reloj. Era apenas pasada las cinco. Craig había observado que en el campo de Tuti el radiotelegrafista accionaba el generador de corriente a las siete de la tarde, todos los días. Le dio un vistazo a la radio del camión y noto que tenia una potencia de quince amperes, mas que suficiente para poder llamar al campo de Tuti pero no para llamar a Harare, donde estaba el cuartel general. Esto era una gran ventaja. Llamo al camarada Lookout y a Sarah a la cabina y repasaron el plano. Sally-Anne llegaría sobre la pista de la misión de Tuti mañana por la mañana a las cinco y veinte, y podría permanecer en el circuito hasta las ocho y media. Craig calculó tres horas para el viaje desde el campamento Tuti hasta la pista, un tiempo bastante abundante para cubrir los sesenta kilómetros y que preveía la posibilidad de cualquier detención o pequeño inconveniente. En teoría deberían haber dejado el campo de concentración a las dos y media de la noche, pero no mas tarde que a las cinco de la mañana. Eso significaba que la hora de llegada al campo debería ser en torno a la medianoche. Dos horas y media para tomarlo, reabastecer el camión de gasoil, liberar a los prisioneros, encontrar a Tungata y retirarse. « Muy bien », dijo Craig. « Repasemos nuestros objetivos grupo por grupo. Comienza tu, Sarah. »

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« Llevo a mis dos hombres con las tijeras corta alambre y vamos enseguida a la barraca numero uno... » Craig le había asignado dos hombres. Tungata podría estar tan débil como para no poder caminar sin ayuda. La barraca numero uno estaba un poco apartada de las otras, detrás de su propio cerco de alambres de púas, y era usada obviamente como celda de alta seguridad. Sarah había notado que Tungata venia desde allá, acompañado de los soldados, en su ultima reunión en la plaza de armas. « Cuando lo encontremos, lo llevamos directo al punto de encuentro principal en el portón de ingreso. Si puede caminar sin ayuda, mis dos hombres irán a abrir las otras celdas para liberar a los otros prisioneros. » « Bien. » Había entendido todo perfectamente. « Ahora el segundo grupo. » « Cinco hombres se ocuparan de los centinelas sobre las torretas en las esquinas del campo... » Lookout repitió el plan de ataque. « Ya estamos, ahora », dijo Craig incorporándose. « Pero todo depende de una sola cosa, ya la he repetido cincuenta veces, lo repetiré una vez mas: debemos llegar a la radio antes que den la alarma. Tenemos cerca de cinco minutos para hacerlo antes del primer disparo: dos minutos para que el radioperador entienda de que se trata, dos minutos para poner en marcha el generador de corriente y esperar que llegue al máximo, otro minuto para ponerse en contacto con Harare y dar la alarma. Si eso pasa, somos hombres muertos. » Controló su reloj. « Las siete y cinco, podemos llamar. Donde esta el que habla shona? » Cuidadosamente Craig instruyo al guerrillero en lo que debía decir, y lo complació constatar que se trataba de una persona inteligente. « Dile que el convoy ha debido pararse en el camino. Se ha averiado uno de los camiones y lo estamos reparando, pero llegaremos de noche, mucho mas tarde de lo usual », repite. « Bien. » « Si comienzan a hacer preguntas, le dices que no recibes claro, repite que tardaremos en llegar, y cierras. » Craig escucho ansiosamente la transmisión para el incomprensible en shona: no logró captar en el tono del operador en el campamento Tuti, ninguna traza de inquietud o sospecha. El falso operador de radio entregó el micrófono a Craig e informó que en el campamento habían creído la historia y los esperaban tarde por la noche. « Bueno », dijo Craig. « Ahora podemos comer y descansar. » No obstante Craig no podia comer. Tenia el estomago cerrado por la tensión del combate por la noche y el horror de aquella matanza sobre el puente. Esas pangas blandidas con odio homicida habían infligido al enemigo terrible mutilaciones. Durante la guerra de la independencia había asistido a matanzas parecidas de las maneras mas desagradables, pero no se había acostumbrado, y todavía lo hacían sentir mal. « Hay demasiada luna », pensó Craig espiando desde abajo de la lona del primer camión. Faltaban solo cuatro días para la luna llena, estaba tan alta y luminosa que proyectaba sombras netas sobre la tierra. El camión saltaba sobre las desigualdades del camino y el polvo que levantaba se filtraba y le entraba en la garganta. No había osado viajar en la cabina, ni siquiera con la cara ennegrecida. Un ojo ejercitado lo habría reconocido enseguida. Sentado junto al conductor el camarada Lookout, vestía el uniforme del suboficial muerto, completo con birrete y charreteras. Junto a el con otro birrete borgoña, el guerrillero que hablaba shona. Las ametralladoras pesadas estaban cargadas y apuntando, cada una servida por un soldado elegido, y los otros ocho con uniforme shona viajaban en la caja a la vista, mientras que los restantes se acurrucaban con Craig bajo la lona. « hasta ahora todo esta saliendo bien », murmuró Sarah. « Hasta ahora si, pero yo prefiero un mal inicio a un mal final... » observó Craig. Resonaron tres golpes sobre la chapa de la cabina, sobre la cabeza de Craig. Era la señal del camarada Lookout: el campo de concentración estaba a la vista. « Bueno, de una u otra manera, aquí vamos », pensó Craig volviendo a espiar por la hendija que había cortado en la lona. Vio el recinto del campo, con las torretas de los centinelas que se veían como pozos de petróleo contra el cielo aclarado por la luna: cielo que de golpe se ilumino. Los reflectores sobre postes alrededor del perímetro brillaron y luego florecieron en rayos de luz blanca. El complejo entero quedo a plena luz como al mediodía.

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« El generador », gimió Craig. « Oh Cristo, han encendido el generador. » Era el primer error de Craig. Había previsto que todo se desarrollase al amparo de la oscuridad, con los guardias del campo, por el contrario, deslumbrados por los faros del camión: solo entonces reconoció que era lógico y obvio que los soldados pusieran en marcha el generador de corriente para recibir el convoy de suministros y facilitar la descarga del camión. Ahora estaban comprometidos. Solo podían avanzar en las luces de los reflectores, y Craig estaba inerme bajo la lona y los poderosos haces de luz que iluminaban el camión como de día. Ni siquiera podía comunicarse con el camarada Lookout en la cabina. Despreciándose por no haber previsto una situación así, continuo con el ojo pegado a la rajadura. Los guardias no estaban abriendo el portón, por el contrario, la ametralladora anidada en un parapeto de bolsas de arena externo a la casamata de los centinelas los seguía con el cañón apuntándolos mientras se aproximaban. Cuatro centinelas guiados por un sargento salieron de la casamata y comenzaron a acercarse. El sargento se colocó delante del portón cerrado y levanto la mano haciendo señas al conductor para que frenase. El camión se detuvo y el suboficial se acerco a la cabina e hizo una pregunta en shona. El guerrillero que hablaba shona le respondió con naturalidad, pero evidentemente se trataba de la contraseña, porque el sargento comenzó a gritar, alarmado. Estaba fuera del limitado rango visual de Craig, pero el vio reaccionar a los otros centinelas. Comenzaron a descolgar los fusiles y a rodear al camión: el engaño había terminado antes de comenzar. Craig le dio un golpe sobre la rodilla al guerrillero en uniforme sobre el: era la señal de lanzar la granada de mano que ya había agarrado con el dedo en el seguro. La granada partió en una parábola perfecta y cayo en el medio del nido de la ametralladora. En el mismo instante Craig les dijo con calma a los hombres a sus costados: « Mátenlos ». Enfilaron los cañones de los AK en los agujeros de la lona practicados a propósito y la distancia era de menos de diez pasos, los disparos dieron en los guardias desprevenidos antes que pudieran apuntar sus armas. El sargento corrió de vuelta hacia la puerta de la casamata, pero el camarada Lookout se asomo por la ventanilla y le disparo dos balazos en la espalda. Mientras el sargento caía fulminado, explotaba la granada en el nido de la ametralladora, detrás de los sacos de arena. El cañón de la temible arma apunto al cielo mientras el sirviente oculto era despedazado por las esquirlas. « Avanza! » grito Craig al conductor, sacando la cabeza por el agujero de la lona y gritándole en la ventanilla: « Atropella el portón ». El potente motor del Toyota rugió y el camión arranco hacia adelante. Se oyó un ruido desgarrante, el vehiculo se sacudió, salto y finalmente abatió al portón iluminado a giorno por los reflectores, arrastrando una maraña de alambres de púa y maderas quebradas del portón tras de si. Craig trepó junto al servidor de la ametralladora en el techo de la cabina. « A la izquierda », le dijo, dirigiendo los disparos contra la barraca de adobe y paja junto al portón. « El guardia sobre la torreta a la derecha. » Estaban recibiendo fuego de los dos guardias en la torre: las balas silbaban y estallaban alrededor de sus cabezas como latigazos. El artillero giro y elevo el cañón y la cinta de balas comenzó a correr y las vainas vacías se derramaron en una brillante corriente desde la ranura eyector. Astillas de madera y vidrio volaron de las paredes y ventanas de la torre y los dos guardias impactados de lleno fueron lanzados hacia atrás por el sólido chorro de plomo contra la pared opuesta. « Barraca numero uno justo al frente », le grito Craig a Sarah. Ella y sus dos hombres estaban agachados junto a la compuerta trasera y cuando el Toyota desaceleró, saltaron y el terceto toco tierra corriendo. Sarah llevaba la herramienta corta alambres y los dos guerrilleros corrían delante de ella esquivando y agachándose y disparando desde la cintura. Craig se dejo deslizar sobre el estribo del camión agorándose a la cabina. « Al kopje! » le gritó al conductor. « Debemos tomar la radio! » El kopje fortificado estaba frente a ellos, pero debían atravesar la plaza de armas que era larga y descubierta, hasta el paredón de fusilamientos al pie de la colina rocosa. Craig miró hacia atrás. Sarah y sus dos hombres habían llegado al cerco y estaban cortando los alambres de púas con el corta alambres. Justo mientras miraba

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completaron su trabajo y entraron en el recinto interno, desapareciendo enseguida dentro de la barraca. Observo lo que hacia el segundo camión. Estaba girando en torno al perímetro del campo, junto al alambre, destruyendo con la ametralladora las torres de guardia, y silenciándolas fácilmente una después de la otra con esa granizada de plomo de grueso calibre. Solo le faltaba neutralizar dos torres, ya había anulado a cuatro. La explosión de alguna granada atrajo su atención hacia la casamata de la guardia, que algunos guerrilleros del segundo camión estaban atacando. Craig los veía, inclinados bajo la ventana, arrojar adentro la granada y después de la explosión, salir disparados hacia la barraca de los prisioneros. En los primeros pocos minutos habían tomado el completo control del campo. Habían puesto fuera de combate a las torretas, devastado la casamata de los centinelas y la barraca de los soldados. Sintió una emoción de triunfo, pero después miro de nuevo al kopje, y eso todavía no lo habían tomado. Mientras pensaba en eso, una blanca fila de balas trazadoras se extendió en su dirección desde los parapetos de bolsas de arena en la cima de la colina rocosa. Parecía un chorro de metal incandescente: al comienzo avanzaba lentamente, pero acelerándose mientras se acercaba, hasta que comenzó a lloverles encima una tormenta de balas que levantaban erupciones de polvo y el chillido de los rebotes a su alrededor y el desgarrante choque de los proyectiles en el cuerpo metálico del camión a toda velocidad. El vehiculo comenzó a zigzaguear, y Craig, aferrado salvajemente al soporte del espejo retrovisor, le gritó al conductor. « Sigue Debemos capturar la radio! » El conductor luchaba con el volante encabritado, y el camión volvió a dirigirse hacia el kopje en el preciso momento que otra ráfaga de ametralladora lo alcanzo. El parabrisa explotó en fragmentos y el conductor fue empujado contra la puerta, con el tórax rasgado por la ráfaga de balas. El camión disminuyo la velocidad cuando su pie se deslizo del pedal acelerador. Craig aferró la manija y abrió la portezuela. El cadáver del conductor cayo hacia afuera, a tierra. Craig tomo su puesto y apretó el acelerador a fondo. El camión salto hacia delante nuevamente. Junto a Craig, el camarada Lookout disparaba con el AK por el hueco del parabrisas roto, mientras sobre la cabeza la ametralladora pesada le devolvía el fuego desde el kopje con petulancia ensordecedora. Las trayectorias de los proyectiles trazadores parecían encontrarse y mezclarse en el aire, sobre la plaza de armas vacía, y luego Craig vio algo mas. Desde una tronera tras los sacos de arena al pie de la colina, una mancha negra del tamaño de un ananá voló hacia ellos con una cola de llamas. Craig supo enseguida de que se trataba, pero no tuvo ni siquiera tiempo de gritar una advertencia que ya el misil RPG-7 los alcanzó. Impactó bajo en el frente del camión y fue eso lo que los salvo. La explosión fue absorbida por el block del motor, no obstante destruyo el frente del camión y lo paro de golpe como si hubiera chocado contra una pared. El Toyota tumbó sobre el arruinado tren delantero y Craig fue lanzado fuera por la portezuela abierta. Se alzo sobre las rodillas y la ametralladora sobre la colina dirigió los disparos sobre el. Una lluvia de tierra y arcilla seca lo golpeo en la cara y tuvo que aplastarse enseguida contra el suelo. En torno al camión destruido yacían esparcidos los guerrilleros heridos o contusos. Un hombre había quedado atrapado bajo el camión, sus piernas y pelvis aplastadas por el lateral metálico y gritaba como un conejo atrapado en una trampa de alambre. « Adelante », grito Craig en Sindebele. « Al paredón, al paredón! Corran al paredón! » Salto y empezó a correr. El paredón blanqueado de las ejecuciones estaba a una treintena de metros, sobre la derecha, y un puñado de hombres oyó a Craig y lo siguió. La ametralladora giro hacia ellos escupiendo plomo. Una sibilante ráfaga cercana a la cabeza hizo tambalear a Craig como un borracho: pero se recuperó, y el hombre delante de el caía segado de ambas piernas. Mientras Craig lo superaba, el rodó sobre la espalda y le lanzó el AK. « Tómalo, Kufela, yo estoy muerto. » Craig aferró el arma al vuelo sin perder un paso. « Eres un hombre », le dijo al guerrillero abatido, y corrió hacia adelante. El camarada Lookout ya había llegado al reparo del muro, pero la ametralladora en la cima del kopje la tenia con Craig y lo cercó con otra ráfaga, levantando cortinas de polvo y cascotes cuando el chorro de balas lo alcanzó.

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Craig se lanzó al reparo del ángulo de la pared con los pies por delante, como un jugador de baseball, y los disparos volaron cerca en torno a el. Continuó rodando hasta chocar contra el paredón. Solo el camarada Lookout y otros dos habían logrado refugiarse tras la pared el resto de los guerrilleros estaba muerto en el camión o yacían sin vida o heridos sobre la plaza delante del kopje y el muro. « Debemos tomar esa ametralladora », jadeo Craig, y el camarada Lookout se le rió en la cara. « Ve tu, Kufela, te observaremos con gran interés. » Otro misil RPG impactó en el muro ensordeciéndolos y cubriéndolos de caliza. Craig rodó sobre un costado y controló la carga del Kalashnikov. El cargador estaba lleno. El camarada Lookout le paso otro de la mochila en sus hombros y Craig tenia una pistola Tokarev en el cinto y dos granadas en los bolsillos de la camisa. Lanzó otra rápida mirada detrás del ángulo de la pared e instantáneamente una ráfaga de ametralladora desmenuzo los ladrillos en el punto donde apareció su cabeza. Volvió al reparo y reflexionó. El pie de la colina estaba a unos noventa metros, pero era como su fueran noventa kilómetros. Estaban inmovilizados, y el artillero allá arriba dominaba todo el campo. Ninguno podía moverse bajo los reflectores sin atraer inmediatamente una ráfaga de ametralladora o un misil RPG. Craig miro nerviosamente en torno, en busca del segundo camión, pero evidentemente el conductor debería haberlo estacionado enseguida detrás de alguna barraca apenas vio volar el primer misil antitanque. No había señales de otros guerrilleros, estaban todos refugiados, porque ya habían soportado mas perdidas de las que podían permitirse. « No puede terminar así... » Craig estaba consumido por su propia impotencia. « Debemos tomar esa ametralladora! » En la cima de la colina, privada de blancos, la ametralladora se había silenciado, y luego repentinamente en el silencio, Craig escucho comenzar el canto, bajo al principio, de pocas voces, pero siempre creciendo: Porque llorais, viudas de Shangani, cuando los fusiles de tres patas se ríen tan fuerte? Y después, en el silencio, el antiguo canto guerrero, surgió fuerte de centenas de voces. Porque lloráis, hijitos de los topos, cuando vuestros padres siguen las ordenes del rey? Y luego desde las barracas de los prisioneros salieron, un abigarrado ejercito de figuras desnudas, algunos de ellos tambaleando de debilidad, otros corriendo veloces, llevando piedras y ladrillos, y postes arrancados de los techos de su prisión. Pocos, muy pocos, habían recogido las armas de los guardias muertos, pero todos ellos cantaban en tono de salvaje desafío, mientras atacaban la colina y la ametralladora. « Oh Cristo! » susurró Craig. « Será una masacre. » En la primera fila, blandiendo un AK 47, iba una figura demacrada semejando a la esquelética caricatura de la misma muerte, y el ejercito de hambreados y galeotes la seguía. Aun cambiado como estaba, Craig habría reconocido a Tungata Zebiwe en cualquier lugar, de esta parte del infierno. « Sam, vuelve atrás! » grito, usando el nombre con que había conocido a su amigo, pero Tungata prosiguió ciegamente al ataque. Junto a Craig, el camarada Lookout observo con cierta flema: « Atraerán el fuego y será nuestra oportunidad ». « Si, preparémonos », respondió. El camarada LookOut tenia razón: no debían dejarlos morir en vano. Y mientras hablaba, la ametralladora abrió fuego. « Espera! » Craig lo tomo del brazo al camarada Lookout. « Pronto deberá cambiar las cintas. » Y mientras esperaba que la ametralladora consumiera la primera cinta de proyectiles, observo el terrible estrago que estaba creando en las filas de los prisioneros liberados. La corriente de los proyectiles trazadores los barría como el chorro de agua de una manguera de incendio. Pero, si la primera fila caía, otros ocupaban sus lugares, siempre a la zaga de Zebiwe milagrosamente incólume, un buen trecho delante de los otros, que disparaba corriendo con el Kalashnikov desde la cintura. En cierto momento la ametralladora lo apuntó, un surtidor de tierra surgió a su alrededor,

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pero una vez mas esquivo los proyectiles. Y abruptamente se silencio la ametralladora. « Esta descargada! » grito Craig. « Vamos! Vamos! Vamos! » se lanzaron como velocistas desde sus tacos de partida. El terreno descubierto delante de Craig pararía extenderse hasta los confines de la tierra. Otro misil antitanque voló sobre sus cabezas, y Craig se agacho en la carrera, pero paso alto, disparado en la prisa del pánico. Voló sobre la plaza de armas e impacto en el tanque de combustible cercano a la casamata de la guardia. El carburante explotó con un sonido de trueno y las llamas se elevaron cincuenta metros. Y Craig sintió el cálido aliento de la onda de choque pasar sobre el, pero siguió corriendo y disparando. Pero, naturalmente, estaba perdiendo terreno respecto al camarada Lookout y los otros guerrilleros. La pierna artificial obstaculizándole la carrera en la colina: pero mientras corría contaba mentalmente. Un buen soldado podía necesitar diez segundos para cambiar las cajas de municiones y recargar la ametralladora: desde que habían abandonado el refugio habían pasado siete segundos - ocho, nueve, diez – debería venir ahora! Y todavía faltaban veinte pasos hasta la siguiente cobertura. El camarada Lookout había alcanzado las fortificaciones de sacos de arena. Luego algo golpeo a Craig, un fuerte martillazo y fue arrojado violentamente al suelo mientras las balas volaban a su alrededor. Rodó y se levanto corriendo otra vez, pero el artillero lo había visto caer y ya movía la puntería hacia la multitud de prisioneros liberados.. Golpeado pero ileso, Craig corrió tan velozmente como antes y se dio cuenta que había sido tocado en la pierna, la pierna artificial. Quería reír. Era tan ridículo y el estaba tan aterrorizado. « Puedes hacérmelo solo una vez », se repetía, y allí estaba al pie de la colina! Se aferro con una mano en el borde de la trinchera de sacos de arena y se izó con una ágil voltereta. Se encontró en la trinchera desierta. « La radio », pensó, con la voluntad concentrada en ese objetivo, « debemos tomar la radio. » Corrió por el sendero que atravesaba el declive de la colina y detrás de un recodo vio al compañero Lookout que se ponía de pie junto al cadáver del soldado con el RPG. « Toma la ametralladora », le ordeno Craig, « que yo voy a tomar la radio. » Craig prosiguió por el sendero protegido de sacos de arena hasta donde fue alojado la primera vez que vino al campo de reeducación. « Ahora la primera a la izquierda... » Se zambullo en la abertura, apartando la cortina de arpillera y escucho gritar frenéticamente al operador de la radio en su cubículo al fondo del pasaje. Craig se lanzo en el estrecho pasaje y se detuvo en la puerta. Demasiado tarde. Se le revolvió el estomago en una desesperada convulsión. El radioperador, en camiseta y calzoncillos estaba encorvado sobre la radio colocada contra la pared opuesta del cuarto. Sostenía el micrófono con las dos manos gritando la alarma en ingles, repitiéndola por tercera vez, y mientras Craig vacilaba, escucho un fuerte: « Recibido! » siempre en ingles, del cuartel general de Harare. « Resistan! Les mandaremos refuerzos enseguida!... » Craig disparó una larga ráfaga con el Kalashnikov, que hizo pedazos la radio. El operador, desarmado, dejo caer el micrófono y se apoyo contra los sacos de arena, fijando en Craig los ojos fuera de las orbitas y temblando de terror. Craig le apunto con el fusil, pero no se atrevió a oprimir el gatillo. En cambio la ráfaga de fuego automático llego desde el corredor detrás de Craig, sorprendiéndolo y luego por un instante el radioperador quedo clavado a la pared por las balas, para después deslizarse en un charco de sangre al suelo. « Siempre fuiste demasiado tierno, Pupho », resonó una voz profunda junto a el. Craig giró la cabeza y vio la figura demacrada y desnuda que descollaba sobre el, el rostro reseco y lleno de cicatrices, los ojos fieros y oscuros de ave rapaz. « Sam! » dijo débilmente Craig. « Dios Mio, que contento estoy de verte! » El primer camión tenia todo el tren delantero destruido por el misil RPG, el segundo las ruedas traseras arruinadas por una ráfaga de la ametralladora pesada. Los tanques de combustibles de los dos estaban vacíos. Brevemente Craig le explico a Tungata el plan para salir del país. « El limite son las ocho: si no estamos en el campo de aterrizaje de Tuti para esa hora, la unica salida será a pie. »

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« Desde aquí hasta la pista son cincuenta kilómetros », observo Tungata. « y no hay ningún otro vehiculo en el campo, hace dos días Fungabera se llevo el Land Rover. » « Podemos sustituir las ruedas del segundo camión con las del primero, pero como hacemos con el gasoil? Sam, necesitamos gasoil! » Ambos miraron hacia el tanque en llamas. Las llamas todavía se alzaban altísimas en el cielo nocturno y densas nubes de humo negro flotaban sobre la plaza de armas. A la luz de las llamas, los cadáveres de los prisioneros yacían en filas allí donde la ametralladora los había segado, pero habían muerto todos los soldados. Habían sido despedazados y reducidos a pulpa por los prisioneros. « Cuantos muertos », pensó Craig. No se atrevió a dar una respuesta, porque cada muerte era su directa responsabilidad. Tungata lo estaba observando. Ahora estaba vestido con ropas sacadas de los armarios de las barracas, todas demasiado chicas para el con el hedor de la prisión adherido alrededor de el como una capa. « Siempre fuiste así », le dijo despacio Tungata. « Después de un trabajo desagradable... Me acuerdo de cuando le disparábamos a los elefantes en las purgas. Después no podías por varios días. » « Recuperemos el poco gasoil que queda y trasvasémoslo a un solo tanque », dijo Craig rápidamente. Había olvidado lo perceptivo que era Tungata. Enseguida había intuido el remordimiento de Craig. « Mientras tanto haré cambiar las ruedas. Pero tu debes encontrar gasoil, Sam, sino estamos jodidos. » Craig se volvió y se fue rengueando hasta el camión mas cercano, agradecido de poder escapar al escrutinio de Tungata. El camarada Lookout lo estaba esperando. « Hemos perdido catorce hombres, Kufela », le dijo. « Lo siento. » Dios! Que desperdicio! « Debían morir un día u otro », replicó el guerrillero, encogiendo los hombros. « Que hacemos ahora? » Había llaves pesadas en las cajas de herramientas de los camiones, y los hombres necesarios para levantar el tren trasero del camión y apoyarlo sobre troncos mientras cambiaban las ruedas. Craig inspeccionó el cambio de el eje trasero y las ruedas, mientras que se arremangaba el pantalón y se sacaba la pierna ortopédica. La bala de la ametralladora había perforado el aluminio dejando un agujero de salida desgarrado pero la articulación del tobillo estaba intacta. Martillo los pétalos del material rasgado con un martillo de la caja de herramientas y se ato nuevamente la pierna en su lugar. « Ahora hazme el favor de resistir un poco mas, eh? » le dijo a la pierna al recolocársela, prodigándole una palmada afectuosa. Después sustituyó al camarada Lookout que con la llave cruz había ajustado ya dos bulones de una rueda trasera. Después de una hora Tungata llego caminando hasta donde Craig y sus hombres estaban finalizando de canibalizar los camiones para dejar a uno de ellos en orden de marcha. Craig estaba negro hasta los codos con la espesa grasa. Sarah corría detrás de Tungata, tratando de igualarle el paso: junto a el, parecía una muchachita, a pesar del fusil que llevaba. « No hay gasoil », dijo Tungata. « Hemos registrado todo el campo. » « Calculo que tenemos cerca de quince litros », dijo Craig levantándose y secándose la cara con la mano (en realidad manchándosela con grasa). « Con eso podríamos hacer cuarenta kilómetros, con suerte. » miró el reloj. « Son las tres, como se fue el tiempo? Sally-Anne llegará en dos horas, no vamos a lograrlo. » « Craig, Sarah me contó lo que hiciste, todo el riesgo, los planes, todo... » « No hay tiempo para eso, Sam. » « No. Debo hablar con mi gente, después nos iremos. » Los prisioneros que habían sobrevivido a la matanza, sobre la plaza de armas, se reunieron en torno al camión sobre el que estaba parado Tungata. Todos los rostros estaba vueltos hacia el, iluminados por los reflectores del campo. « Debo dejarlos », les dijo Tungata, y ellos refunfuñaron, « pero mi espíritu permanece con vosotros, y estará con ustedes hasta el día de mi retorno. Les juro sobre la barba de mi padre y sobre la leche que mamé de mi madre que volveré a ustedes. » « Baba! » gritaron. « Se nuestro padre. » « Los kankas shona estarán aquí muy pronto. Deben esconderse en la jungla, llevándose todas las armas y todo el alimento que encuentren. » Tungata indicó al compañero Lookout y el pequeño grupo de guerrilleros a su alrededor. « Ellos los conducirán a un sitio seguro, donde esperaran a que yo retorne para dirigirlos a lo

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que es vuestro por derecho. » Tungata extendió sus brazos bendiciéndolos. « Vayan en paz, amigos míos! » Se acercaron para tocarlo, algunos con lágrimas como niños. después, en grupitos, comenzaron a alejarse hacia el portón del campo de concentración y a la oscuridad mas allá. El camarada Lookout fue el ultimo en retirarse. Se acerco a Craig y le sonrió, con aquella sonrisa gélida de lobo. « Aunque siempre estuviste al frente de la batalla, no haz matado ni a un solo shona... Ni aquí ni en el puente », dijo. « Porque, Kufela? » « Te dejo la matanza para ti », le respondió Craig, « que eres mucho mas valiente que yo. » « Eres un hombre extraño, escritor de libros... Pero nosotros te estamos agradecidos. Si vivo lo suficiente, le contaré a mis nietos lo que hicimos juntos en este día. » « Adiós, amigo mío », le dijo Craig extendiéndole la mano. Y cuando estrecharon manos fue con el doble apretón de palmas y muñecas y palmas, un saludo de profundo significado. Después el camarada Lookout se volvió con el fusil en bandolera y la noche se lo tragó. Quedaron los tres, Tungata, Sarah y Craig, junto al camión, y se sintieron muy solos. Craig rompió el silencio. « Sam, tu también escuchaste al radioperador hablando con el cuartel general. Sabes que Fungabera ya habrá enviado los refuerzos. Hay guarniciones entre aquí y Harare? » « No creo », dijo Tungata sacudiendo la cabeza. « Algunos soldados en Karoi, pero no tantos para repeler un ataque como este. » « Bueno, digamos que les llevará una hora para movilizar y enviar una fuerza suficiente. Otras cinco horas para llegar a Tuti... » Miro a Tungata buscando su confirmación, el asintió. « Digamos que van a llegar a la misión hacia las seis, y Sally-Anne la estará sobrevolando a las cinco. Podremos encontrarla, sobre todo si debemos hacer los últimos kilómetros a pie. Fuerza, salgamos. » Mientras salían en el camión, Craig le dio otra ojeada al campo de concentración devastado. Las llamas se habían apagado, pero desde las barracas quemadas se elevaba todavía el humo. Los reflectores continuaban iluminando la escena a giorno. « Las luces... » dijo en voz alta Craig. Había algo sobre las luces que le daba que pensar. El generador? Si, había algo sobre el generador que debía pensar. « Pero claro! » exclamo, saltando a la cabina. « Sam, el generador... » Arrancó el motor y puso al camión en un viraje cerrado. El generador estaba detrás de la colina, en el complejo central fortificado con el sistema de trincheras protegidas de sacos de arena. Craig estacionó el camión delante de la escalera que llevaba al generador, y se precipitó en la salita. Era un Lister de veinticinco kilo watt, un gran motor rechoncho y bajo, el tanque estaba fijado con abrazaderas de acero abullonadas a la roca. Craig le dio un golpecito con la mano. « Lleno! » exclamó. « Serán por lo menos doscientos litros de gasoil! » La ruta serpenteaba como una pitón y el camión con el tanque lleno estaba inestable y rígido en las curvas. Craig debía luchar con el volante para mantenerlo sobre el camino. Las cuestas eran pronunciadas y reducían la velocidad a paso de hombre; en compensación los descensos eran muy veloces, y el pesado vehiculo saltaba haciéndose difícil el manejo. En el puente, Craig casi le erra a la rampa y la encaró inclinado hacia un lado. Los troncos retumbaron bajo el camión con un rumor de trueno. « Que hora es? » preguntó Craig. Sarah miro el reloj a la luz del tablero. « Las Cuatro y cincuenta y tres. » Craig miro por encima del haz de luz de los faros y por primera vez vio la copa de los árboles en la cresta de la colina destacarse débilmente contra el cielo oscuro. En lo alto de la cuesta estacionó, encendió la radio y busco lentamente el trafico militar, sin recibir otra cosa que la descarga electrostática. « Si ya están en el rango de alcance, están manteniendo silencio de radio. » Apagó el aparato y arrancó, maravillándose por enésima vez de la rapidez del alba africana. Debajo de ellos, en el fondo del valle, el paisaje se estaba revelando mientras huía la noche; una llanura grande, oscura, que desde el pie de aquella colina llegaba hasta la misión de Tuti y a la pista de aterrizaje.

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« Veinte kilómetros », dijo Tungata. « Otra media hora », replicó Craig lanzándose a toda velocidad en la bajada. Antes de llegar a la parte plana había bastante luz para que no necesitaran los faros. « No conviene llamar la atención. » De repente puso rígido, alarmado por el cambio del sonido del motor del camión: había aumentado de intensidad, y mas agudo. « Oh Dios, no, no ahora », susurró, y después se dio cuenta que no era el sonido del Toyota, sino de otro motor. Sacó la cabeza fuera de la ventanilla en la fresca corriente de aire. El Cessna de Sally-Anne sobrevoló desde atrás, a veinte metros de altura sobre el camino. Brillando azul y plata en los primeros rayos del sol. Craig lanzó un grito de alegría y agitó la mano. El Cessna viró ágilmente y volvió a su encuentro. El querido rostro de Sally-Anne lo miraba desde la cabina. Tenia alrededor de la cabeza un pañuelo rosa, y esas negras cejas que le enmarcaban sus ojos. Se reía porque reconocía a Craig, agitaba la mano, y ellos leyeron en sus labios: « A la pista! » Luego los sobrevoló rugiendo, trepando y moviendo las alas en señal de saludo, rumbo a la pista. Surgieron rápidamente de la jungla corriendo a través de los campos de maíz que circundaban la misión y la pequeña aldea a su alrededor. El techo de chapa de la iglesia y de la escuela centelleaban en los primeros rayos del sol. Desde las cabañas a los costados de la calle, bostezando y estirándose, salían los campesinos para verlos pasar. Craig disminuyo la velocidad y Sarah grito a través de la ventanilla: « Vienen los soldados! Salgan todos! Vayan a la selva! Escóndanse! » Craig no lo había pensado. La represalia de la Tercera Brigada sobre la población civil seria terrible. Aceleró atravesó la aldea y enfilo hacia la pista de aterrizaje, que estaba a un kilómetro: se veía a la distancia la deshilachada manga de viento en una cabecera de la pista. El Cessna estaba virando muy bajo con el tren afuera para aterrizar. « Cuidado! » gritó Tungata. Desde la izquierda llegaba otro aparato, bajo y veloz, muy grande. Un bimotor. Craig lo reconoció al instante. Era un viejo Dakota, un avión de transporte, veterano de la guerra en el desierto de Nordafrica y de la guerra de la independencia contra el gobierno blanco de la ex Rhodesia. Estaba pintado de gris opaco antimisil y llevaba la insignia de la fuerza aérea militar de Zimbabwe. La compuerta principal debajo del ala estaba abierta y vio hombres asomándose en la abertura. Estaban vestidos en uniformes camuflados y cascos. Los voluminosos paquetes de sus paracaídas colgaban bajo las asentaderas. « Paracaidistas! » grito Craig mientras el Dakota viraba hacia ellos tan rasante que el campo de maíz ondeo por el chorro de la hélice. Cuando el avión paso delante de ellos Craig y Tungata reconocieron a uno de los hombres que se asomaba al vacío. « Es Fungabera! » exclamó en el mismo instante que Tungata. « Es el! » Tungata abrió la portezuela de su lado y trepo por el costado de la cabina para alcanzar la ametralladora montada sobre el techo de la cabina. Pese a su tamaño y debilidad, fue tan rápido que alcanzó el arma y disparó una larga ráfaga antes que el Dakota se pusiese fuera de alcance. Los proyectiles trazadores pasaron bajo el ala izquierda tan cerca que preocuparon al piloto y le hicieron poner el aparato en un pronunciado giro y trepada. « Se eleva para lanzar a los paracaidistas! » gritó Craig. Seguramente Fungabera había visto y reconocido al Cessna azul y plata. Se habría dado cuenta que ese era el plan de escape e intuido que el camión se dirigía a su encuentro en la pista. Sus paracaidistas podrían ser desplegados mas rápidamente lanzándolos que aterrizando el Dakota. El iba a lanzar los paracaidistas en la pista y la tomaría antes de que el Cessna despegara nuevamente. Trescientos metros era una altura segura para el lanzamiento, pero esos paracaidistas eran bastante expertos y el Dakota se nivelo a los ciento cincuenta metros, estimo Craig, e iba a lanzarlos a lo largo de la pista. El Cessna estaba pasando sobre la cerca del extremo opuesto de la pista. Cuando Craig volvió a mirar, Sally-Anne toco tierra y se dirigió carreteando hacia el Toyota que se acercaba veloz. Sobre la pista, la diminuta silueta de un hombre se separo claramente del pesado Dakota. Y la seda verde del paracaídas se inflo enseguida sobre su cabeza. Fue seguido en rápida sucesión por una cola de otros paracaidistas, y el cielo se lleno de siniestros hongos venenosos verdes que descendían oscilando en la brisa de la mañana hacia la pista marrón de tierra apisonada.

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El Cessna llego a la cabecera de la pista y giro en seco ciento ochenta grados. Ahora se dio cuenta Craig que Sally-Anne había comprendido perfectamente la gravedad de la situación y la urgencia, y que había aterrizado con viento de cola arriesgándose a un impacto mas violento y un carreteo mas largo para poder girar enseguida contra el viento para el despegue que debería hacerse a plena carga y bajo el fuego, probablemente de los paracaidistas. Sobre el techo del camión, Tungata continuaba disparando contra el cielo, ráfagas breves y espaciadas, mas con la esperanza de amedrentar que de acertarle a los paracaidistas, que constituían un tiro muy difícil, oscilando y pendiendo de aquellas cuerdas. Sally-Anne gritaba y se inclinaba fuera del habitáculo del Cessna, ya con el motor al máximo de la potencia, sujetando al aparato con los frenos de las ruedas. A los tumbos sobre el costado de la pista Craig freno patinando, dejando el camión en posición tal de protegerlos a ellos y al avión mientras hacían el trasbordo. « Salta fuera! » le grito a Sarah, que se lanzo y corrió hacia el avión. Sally-Anne tomo a la muchacha por un brazo y la ayudo a meterse dentro en el asiento trasero. Desde el techo del camión Tungata disparo una ultima ráfaga con la ametralladora. Los primeros tres paracaidistas ya estaban en tierra, con los paracaídas verdes inflados en la brisa, y los proyectiles levantaron algo de tierra entre ellos. Tungata vio como uno de los paracaidistas caía y era arrastrado exánime por la sombrilla del paracaídas,. Craig agarro el Kalashnikov y la bolsa de municiones y le grito: « Vamos Sam, vamos! » Corrieron al Cessna y Tungata, muy débil, no lograba subir a la cabina. Craig debió levantarlo. Sally-Anne soltó el freno cuando Tungata estuvo dentro y Craig tuvo que correr junto al avión. Tungata cayo sobre el asiento trasero junto a Sarah y Craig salto el también al avión junto a Sally-Anne. « Cierra la puerta! » le grito Sally-Anne sin mirarlo, con la vista clavada en la pista que se extendía delante, El cinturón de seguridad se había encajado en la portezuela y Craig tironeo para liberarla mientras el avión ganaba velocidad para despegar. Finalmente Craig lo logro, cerro la portezuela de un golpe y cuando levanto la vista vio a los paracaidistas que corrían hacia la pista para cortarle la carrera al avión. No hizo falta ver relucir al leopardo de plata en el casco para individualizar a Peter Fungabera. Los grandes hombros, el andar, la gracia felina de su carrera lo distinguían de los demás. Sus hombres lo seguían y estaban casi frente al Cessna, a cuatrocientos o quinientos pasos de distancia. Sally-Anne tiro de la palanca y el Cessna levanto la nariz y floto en el aire. Peter Fungabera y su línea de paracaidistas desaparecieron de la vista bajo la nariz y el motor del avión mientras el Cessna trepaba, pero tenían que pasar directamente sobre sus cabezas a pocas decenas de metros. « Oh mamma mía! » exclamo Sally-Anne casi en tono de conversación. « Esta vez si que sonamos! » Mientras decía eso, el panel de instrumentos frente a Craig explotó, cubriéndolo con fragmentos de vidrio y metal. El fluido hidráulico le cubrió el frente de la camisa. Del piso de la cabina entraron proyectiles de ametralladora y salieron a través del techo de modo que el aire interior se agito con una ventisca sibilante cuando la corriente exterior entro por las perforaciones del fuselaje. En el asiento trasero, Sarah grito, y el cuerpo del aparato se sacudió al recibir la granizada de proyectiles de AK 47. Craig sintió saltar el asiento debajo de el cuando las balas impactaron la estructura metálica. Perforaciones de bordes dentados aparecieron milagrosamente en la raíz del ala junto a su ventanilla. Sally-Anne empujo la palanca hacia adelante y el Cessna pico de nuevo hacia la pista aplastándose bajo la tormenta de fuego de ametralladoras y dándoles un respiro momentáneo. La tierra marrón vino a su encuentro, y Sally-Anne interrumpió la picada suicida a tiempo, pero las ruedas golpearon la pista y rebotaron salvajemente diez metros en el aire. Craig vio a dos paracaidistas arrojarse a tierra mientras el avión les caía encima. La loca picada le había aumentado mucho su velocidad, así que ahora Sally-Anne pudo virar inmediatamente, con la punta del ala izquierda rozando el terreno. Con su rostro contraído y los músculos de sus antebrazos tensos por el esfuerzo de sostener elevada la nariz del Cessna en el giro y evitar que se precipitase al suelo. Delante de ellos, en el lado izquierdo de la pista, solo a noventa metros a un costado, se erguía un árbol solitario de densas y largas ramas. Era un mórula de veintisiete metros de altura.

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Sally-Anne nivelo el aparato por un instante y se dirigió hacia el árbol, con el ala casi tocando las ramas externas, e inmediatamente viro hacia el lado opuesto, colocando el árbol entre el avión y los paracaidistas en la pista detrás de ellos. Prosiguió en vuelo rasante sobre el campo de maíz, con el tren de aterrizaje peinando las puntas de las plantas, mirando por el espejo retrovisor sobre su cabeza para mantener siempre el árbol de mórula exactamente detrás del Cessna cubriéndolos de los paracaidistas. « Donde esta el Dakota? » pregunto Craig gritando para hacerse oír sobre el ruido del viento que entraba en la cabina. « Esta aterrizando ahora », grito Tungata y, girando en su asiento, Craig tuvo una fugaz visión de la gran máquina gris volando bajo sobre la copa de los árboles detrás de ellos, alineándose con la pista. « No puedo levantar el tren », dijo Sally-Anne accionando el interruptor; pero en el panel de instrumentos las tres luces verdes del tren continuaban encendidas. « Tenemos un daño allí, el tren de aterrizaje esta bloqueado. » Al fondo del campo de maíz la jungla se les acercaba velozmente. Y mientras SallyAnne tiró de la palanca para elevar al Cessna sobre los árboles, una manguera hidráulica reventó bajo la cubierta del motor y un chorro oscuro y viscoso de aceite se difundió sobre el parabrisas. « No veo nada! » gritó Sally-Anne, y abrió la ventanilla lateral, volando por referencia al horizonte bajo la punta del ala. « No tenemos mas instrumentos », dijo Craig controlando la consola averiada de su lado. « Velocímetro, altímetro, horizonte artificial y compás están todos averiados. » Sally-Anne lo interrumpió. « Con el tren de aterrizaje fuera, tenemos mucha resistencia, disminuirá la autonomía, no podremos llegar. » Todavía estaba trepando, pero gradualmente iba tomando el rumbo, utilizando la brújula en baño de aceite sobre su cabeza. Cuando el motor tartamudeo, casi se detuvo y luego arranco a pleno régimen. Rápidamente Sally-Anne ajusto la actitud y la potencia. « eso sonó como falta de combustible », susurró. « Deben haberle dado a una línea de combustible. » giro la perilla del selector de tanques de combustible desde “estribor” a “ambos”, después miro a Craig y le sonrío. « Eh, hola! Te extrañe un montón. » « También yo. » El se arrimó y la estrecho. « Control horario », dijo, en tono de comandante. « Las cinco y diecisiete », respondió Craig, mirando hacia afuera. La serpiente marrón de la ruta de se perdía hacia el norte; estaban atravesando la primera serie de colinas, la villa de Vusamanzi estaría allí a unas pocas millas mas allá de la carretera. El motor fallo nuevamente y la expresión de Sally-Anne se puso tensa de aprehensión. « Hora? » preguntó de nuevo « Cinco y veintisiete », respondió Craig. « Ahora estamos fuera de la vista del campo. Tampoco nos oyen. » « Fungabera no sabrá adonde estamos, adonde nos dirigimos. » « Tienen un helicóptero en la cascada Victoria », dijo Tungata. « Si imaginan que vamos hacia Botswana, pueden enviarlo a interceptarnos. » « a un helicóptero lo aventajamos », intervino Craig. « No con el tren de aterrizaje fuera », lo contradijo Sally-Anne. Y sin otra advertencia, el motor se detuvo. Repentinamente se hizo silencio, roto solo por el silbido del viento a través de los agujeros de bala en el fuselaje. La hélice giraba por la inercia; poco después se detuvo con una sacudida, con una pala apuntando al cielo como la hoja del verdugo. « Bueno », dijo Sally-Anne en voz baja. « Ahora todo da lo mismo. El motor esta muerto, aquí vamos. » Y rápidamente comenzó los preparativos para un aterrizaje forzoso, mientras el Cessna comenzaba a perder altitud hacia el accidentado terreno boscoso debajo de ellos. Sally-Anne saco flaps completamente para reducir la velocidad. « Ajústense los cinturones de seguridad, también las correas sujeta hombros », dijo. Cerro la llave de paso de combustible y el interruptor eléctrico general para evitar incendio al chocar. « puedes ver algún claro? » le preguntó a Craig, mirando desesperadamente el parabrisas cubierto de aceite. « Nada. » El bosque se extendía debajo de ellos como una alfombra verde oscura.

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« Ahora buscaré dos árboles grandes y arrancaremos las alas pasando entre ellos. Eso nos reducirá la velocidad, pero lo mismo será un choque brutal », dijo SallyAnne, tratando en vano de abrir la ventanilla lateral. « Yo puedo hacerla saltar », le dijo Tungata. « Bueno », aceptó Sally-Anne. Tungata se inclinó hacia adelante y con tres golpes de puño cerrado quebró la lámina de perspex. Sally-Anne se inclino por el hueco entrecerrando los ojos para soportar el viento. La tierra ascendía a su encuentro siempre mas velozmente, las colinas se agrandaban comenzando a descollar en torno a ellos mientras Sally-Anne viraba suavemente para alinearse a un estrecho valle. No tenia mas velocímetro y se guiaba a ojo, manteniendo la proa alta para reducir la velocidad, con los flaps todos afuera para aumentar la sustentación. A través del parabrisas sucio Craig comenzó a distinguir los árboles. « Mantengan las puertas destrabadas y abiertas! » ordeno Sally-Anne. « Tengan los cinturones ajustados hasta que estemos completamente detenidos, después salgan lo mas rápido que puedan y aléjense corriendo! » Después levanto la nariz del aparato y el Cessna entro en perdida y la nariz cayo nuevamente como una piedra, pero todo había sido calculado al segundo, porque cuando el fuselaje se puso perfectamente horizontal chocó contra dos árboles que le arrancaron limpiamente las alas. Y los pasajeros fueron lanzados violentamente contra las correas de seguridad con una fuerza que les abraso la piel y les magullo las carnes; y, aunque el impacto absorbió casi toda la velocidad, la desmembrada carcasa de la aeronave prosiguió en medio del follaje aplastando las ramas y los troncos de los árboles. Y ellos asegurados a los asientos fueron sacudidos de un lado a otro y el fuselaje se inclinó hacia un lado y fue a retorcerse contra un tronco antes de detenerse contra la base de un árbol. « Fuera! » grito Sally-Anne. « Hay olor a combustible! Fuera todos y a correr! » Las portezuelas abiertas habían sido arrancadas de sus bisagras. Todos se soltaron los cinturones, se arrojaron sobre el terreno rocoso y se alejaron corriendo. Craig se reunió con Sally-Anne. El pañuelo se había volado de su cabeza, y las largas trenzas oscuras le corrían sobre la espalda. El la rodeo con un brazo y la condujo hacia el borde de una cañada seca. Saltaron dentro y acurrucados en el fondo arenoso, permanecieron abrazados y jadeando en el reparo. « Piensas que se incendiará? » jadeo Sally-Anne. « Esperemos un poco. » Tensos, esperaron a detonación del combustible que caía sobre el motor y la explosión de los tanques. Pero nada sucedió. Y el silencio de la selva cayo sobre ellos, que hablaron en susurros. « Vuelas como un ángel, Sally-Anne. « Un ángel con las alas rotas. » Esperaron todavía un minuto mas. « Echemos una mirada », dijo Sally-Anne, reprimiendo la risita nerviosa irrefrenable que la invadía. Se pararon y se asomaron cautelosamente por el borde de la cañada, ahí estaba el fuselaje del Cessna arrugado como una lamina de aluminio: pero no se veían llamas. Salieron de la zanja. « Sam! » llamó Craig. « Sarah! Los dos se levantaron desde donde habían buscado refugio al pie de la pared rocosa del valle. « Están bien? » Los cuatro estaban algo golpeados. A Sarah le sangraba la nariz y un raspón en la mejilla, pero ninguno estaba seriamente herido. « Y ahora que hacemos? » pregunto Craig, y se miraron desesperados. Sacaron todas las cosas útiles de la carcasa del Cessna: la caja de herramientas, el botiquín de primeros auxilios, una cantimplora de aluminio con cinco litros de agua, sábanas térmicas y tabletas de malta, la pistola, el AK 47 y las municiones, la caja de mapas y Craig desatornillo la brújula del techo de la cabina. Después trabajaron por una hora para esconder todas las huellas del siniestro por un eventual reconocimiento aéreo. Tungata y Craig arrastraron las alas dentro de la cañada y la cubrieron de vegetación. No pudieron mover el fuselaje y la parte del motor pero recubrieron con follaje. Dos veces, mientras trabajaban, escucharon el rumor inconfundible de los motores gemelos del Dakota a la distancia. « El Dakota », dijo Sally-Anne. « Esta cerca. » « No pueden saber que hemos caído », protesto Sally-Anne.

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« No pueden estar seguros, pero saben que nos metieron muchas balas », precisó Craig. « Deben saber que es muy probable que hayamos caído a tierra. Mandaran Seguramente las patrullas de exploradores a batir la zona e interrogar a los habitantes de las aldeas. » « Cuanto antes nos vayamos, mejor. » « Si, pero para donde? » « Puedo sugerir una cosa? » irrumpió Sarah con cortesía. « Tenemos necesidad de alimentos y de un guía. Creo que sabre llegar desde aquí a la aldea de mi padre. El nos ocultará hasta que hayamos decidido donde ir y estemos listos para partir. » Craig miró a Tungata. « Me parece sensato... Alguna objeción Sam? Okay, hagámoslo.» Antes de abandonar el lugar del desastre, Craig llevo aparte a Sally-Anne. « Estas triste? Era un hermoso avión. » « Ah, no me pongo sentimental con las maquinas », sacudió la cabeza. « Una vez fue un hermoso pájaro, pero ahora es un despojo inservible. Reservo mis sentimientos para cosas mas gratas », dijo acariciándole el dorso de la mano. « Es hora de irnos tesoro. » Craig tomo el fusil y se puso a la cabeza del grupo, manteniéndose a un kilómetro por delante y señalando el camino. Tungata, que estaba muy débil, quedo en la retaguardia y las dos mujeres en el centro. Esa noche cavaron en busca de agua en el lecho de un río seco, y chuparon una tableta de malta antes de acostarse envueltos en las mantas térmicas. Las muchachas tomaron los dos primeros turnos de guardia, mientras Tungata y Craig tiraron una moneda para los dos últimos turnos, mas arduos. A la mañana siguiente, muy temprano, Craig intercepto un sendero muy utilizado. Cuando Sarah llegó, lo reconoció inmediatamente. Dos horas después se encontraron en el vallecito cultivado bajo la aldea de Vusamanzi y, mientras el resto del grupo se ocultaba en el maizal, Sarah subió a buscar a su padre. Cuando volvió una hora después, el viejo brujo venia con ella. Caminó directamente hacia Tungata y, postrándose en sus artríticas e hinchadas rodillas, tomo uno de los pies de Tungata y se lo puso sobre la cabeza encanecida. « Hijo de rey, te veo », lo saludó. « Retoño del gran Mzilikazi, progenie del poderoso Kumalo, soy tu esclavo... » « Levántate, anciano », dijo Tungata levantándolo y usando el termino kehla, honorable anciano. « Perdóname si no te ofrezco refresco », se disculpo Vusamanzi, « pero aquí no estamos seguros. Los soldados shona están por todos lados. Los llevaré a un sitio seguro, donde podrán descansar y restablecerse. Seguidme. » Impuso un notable ritmo con esas flacas piernas viejas, y tuvieron que alargar sus pasos para no perderlo de vista. Caminaron por dos horas, según el reloj pulsera de Craig, la ultima hora a través de densos arbustos espinosos sobre un terreno rocoso. No había un sendero bien definido, y el ambiente recalentado del zarzal y el claustrofóbico apiñamiento de las colinas rocosas era enervante y oprimente. « No me gusta este lugar », dijo en voz baja Tungata. « No hay pájaros ni animales, y hay una sensación maléfica... No, no maléfica, pero una sensación de misterio y amenaza. » Craig miro a su alrededor. Las rocas tenían la apariencia de escorias salidas de un alto horno, y los árboles estaban contorsionados y deformes, negros como el carbón contra el sol y de un plateado leproso cuando la luz los iluminaba. Todas las ramas estaban cubiertas de líquenes verdosos y colgantes, del malsano color del cloro. Y Tungata tenia razón, no se escuchaba el trinar de los pájaros, ni susurros de pequeños animales en la maleza. De repente Craig sintió frío y tembló a pleno sol. « También tu lo percibes, eh? » dijo Tungata, y mientras hablaban el viejo desapareció de la vista, como tragado por la roca negra y fragmentada. Craig aceleró el paso, reprimiendo un escalofrío de temor supersticioso. Llego al sitio donde Vusamanzi había desaparecido y busco en el entorno, pero no hallo trazas del viejo. « Por aquí. » La voz de Vusamanzi tenia un eco sepulcral. « Detrás de la roca. » El acantilado se había replegado sobre si mismo, dejando una hendidura escondida, lo suficientemente ancha para permitir a duras penas el paso de un hombre. Craig giro en el recodo y se detuvo para que sus ojos se ajustaran a la poca luz reinante. Vusamanzi había tomado una lámpara desde una cornisa en la roca sobre su cabeza y estaba llenando el deposito con kerosén, que había traído en una botella. Encendió un fósforo y lo aplico a la mecha.

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« Entren », dijo y los condujo por un pasadizo. « Estas colinas están plagadas de cuevas y pasajes secretos », explico Sarah. « Son formaciones calcáreas. » Al cabo de un centenar de metros el pasaje se ensanchaba formando una amplia caverna. Una suave luz natural se filtraba a través de una abertura en el techo alto abovedado sobre sus cabezas. Vusamanzi apagó la lámpara y la apoyo sobre una grada a un lado de un fogón construido por manos humanas con bloques calcáreos. La roca encima del fogón estaba ennegrecida de hollín y había un montón de cenizas viejas sobre el suelo. A un lado había una prolija pila de leña. « Este es un lugar sagrado », les dijo Vusamanzi. « y es aquí donde habitan los aprendices de brujos durante el periodo de entrenamiento. Fue aquí, de joven, que me enseño mi padre y aprendí las antiguas profecías y las artes mágicas. » Les indico con un gesto que se sentaran, y todos se desplomaron agradecidos sobre el pavimento rocoso. « Estarán seguros aquí. Los soldados no los encontraran. Después de una semana o un mes, cuando se cansen de buscarlos, podrán salir; entonces encontrare a un hombre para que los guíe. » « Es un lugar espeluznante », susurro Sally-Anne, cuando Craig le tradujo las palabras del chaman. « Mis mujeres estarán llegando con alimentos. Vendrán cada dos días con la comida y las ultimas noticias. » Dos de las hermanas de Sarah llegaron a la caverna antes de la puesta del sol, trayendo grandes bultos que balanceaban sobre sus cabezas, y se pusieron enseguida a preparar la cena. Sus chácharas alegres, el movimiento de las llamas en el fogón, el olor de la leña quemada y del alimento dispersaron un poco la atmosfera inquietante de la caverna. « deberás comer con las mujeres », le explico Craig a Sally-Anne. « Es la costumbre. El viejo podría enojarse ... » « Y pensar que parece una gentil persona... pero después resulta que es un cerdo chauvinista... » protestó ella. Los tres hombres se pasaron el jarro de la cerveza y comieron de la fuente común en el centro del circulo. El viejo, entre bocado y bocado, hablaba con Tungata. « Los espíritus impidieron nuestro primer encuentro, Nkosi. Te esperamos que llegaras esa noche, pero los shona te capturaron, fue un momento de lamentaciones para nosotros, pero ahora los espíritus se han apaciguado, te han liberado de la prisión y finalmente nos han reunido. » Vusamanzi miro a Craig. « Hay cosas de gran importancia que debemos discutir tu y yo... Asuntos tribales... » « Dices que son los espíritus los que me liberaron de los shona », replico Tungata. « Puede que así sea; pero si es así, este hombre blanco es su intermediario. El y su mujer han arriesgado sus vidas para liberarme. » « No obstante, es un hombre blanco », dijo cortésmente el viejo. « Su familia ha vivido en esta tierra por un siglo. Y el es mi hermano », dijo simplemente Tungata. « Respondes por el, Nkosi? » insistió el brujo. « Habla, anciano », lo invitó Tungata. « Aquí somos todos amigos. » El chaman suspiró, se aclaro la voz y después tomo otro bocado de alimento. « Como desees, mi señor. » Y después de repente: « Tu eres el guardián de la tumba del viejo rey, verdad? » Los ojos negros de Tungata brillaron a las llamas del fogón. « Y que sabes tu de esas cosas, anciano? » replicó. « Yo se que los hijos de la casa de Kumalo, cuando llegan a la mayoría de edad, son llevados a la tumba del rey y juran sobre ella vigilarla. » Tungata asintió con reticencia. « Puede ser. » « Conoces la profecía? » le preguntó el viejo. Tungata asintió y dijo: « Cuando la tribu este en grave peligro, el espíritu del viejo rey saldrá de la tumba a socorrerla ». « El espíritu de Lobengula saldrá como fuego », lo corrigió el viejo. « Si », concordó Tungata. « El fuego de Lobengula. » « Y hay mas, mucho mas. Conoces el resto de la profecía, hijo de Kumalo? » « Dímelo tu, anciano padre. » « La profecía continua así: el cachorro del leopardo primero violará un juramento, después romperá las cadenas. El cachorro del leopardo primero volará como un águila, después nadara como un pez. Cuando hayan acontecido estos hechos, el fuego de Lobengula saldrá de la tenebrosa oscuridad y vendrá a salvar a su pueblo. » Permanecieron todos en silencio, pensando en ese acertijo.

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« La piel de leopardo es la insignia de Kumalo », les recordó Vusamanzi. « De ahí que el cachorro del leopardo del que habla la profecía será un descendiente de esa casa. » Tungata refunfuño evasivamente. « Yo no se si tu haz violado un juramento, pero se que has roto las cadenas con que los shona te aprisionaban. » « Eh-bueno! » asintió Tungata, con el rostro impenetrable. « Has escapado de Tuti volando en un indeki, lo mismo que un águila », destacó el anciano, y de nuevo Tungata asintió, pero en ingles le murmuro a Craig: « La belleza de estas antiguas profecías es que están estudiadas para adaptarse a cualquier circunstancia. Ganan o pierden un poquito con cada repetición, dependiendo del humor y los motivos del momento ». Después volvió con desenvoltura al Sindebele. « Tu eres sabio, anciano, y experto en magia, pero explícame un poco aquello de “nadar como un pez”. Sabes que yo no se nadar, y la única cosa que temo es morir ahogado. Tendrás que buscar otro pez. » Vusamanzi se limpio la boca con el antebrazo, impasible. « Y hay otra cosa que debo decirte », prosiguió Tungata. « Yo ya entre en la tumba de Lobengula, y estaba vacía. El cuerpo de Lobengula no esta mas. La profecía ha sido vaciada hace muy mucho tiempo. » El viejo brujo no mostró el mas mínimo estupor a las palabras de Tungata. En cambio se sentó sobre sus talones y destapó uno de sus cuernos de polvos misteriosos que colgaban alrededor de su cuello. « Si has entrado en la tumba del rey, significa que has violado el juramento de mantenerla intacta », acotó con un guiño malicioso en los ojos. « La violación de la profecía, podría ser esa? » No espero la respuesta, pero vertió un poquito de polvo rosa sobre la palma de la mano y la aspiro por la nariz. Comenzó a estornudar extasiado, con las lagrimas corriendo por su rostro arrugado. « Si rompiste el juramento, Nkosi, significa que estaba fuera de tus posibilidades mantenerlo. Los espíritus de tus ancestros te han llevado a ello y no tienes culpa. Pero ahora deja que te explique porque estaba vacía la tumba. » Hizo una pausa y después pareció irse por la tangente. « Alguno de ustedes habrá oído hablar de un hombre que vivió hace mucho y que se llamaba Taka-Taka? » Ambos asintieron. « Del lado materno, Taka-Taka era el tatarabuelo del aquí presente Pupho. » Tungata le hizo un gesto con la cabeza a Craig. « Taka-Taka era un famoso soldado blanco de la época de Lobengula. Había combatido contra los impis del rey. Taka-Taka era el sonido de la ametralladora, cuando los Matabeles atacaban. » « El viejo Sir Ralph Ballantyne », dijo Craig. « Uno de los mas importantes ayudantes de Rhodes, el primer ministro de Rhodesia. » Volvió a hablar en Sindebele. « Taka-Taka esta sepultado en las colinas de Matopo, cercano a la tumba del mismo Lodzi. » Lodzi era el nombre de Rhodes en Sindebele. « Ese mismo. » Vusamanzi se limpio el polvillo del labio superior, y las lagrimas de las mejillas con el pulgar. « Taka-Taka, el soldado, el ladrón de los lugares sagrados de la tribu. Fue el quien robo los pájaros de piedra de las ruinas de la ciudad de Gran Zimbabwe. También fue el que vino a estas mismas colinas a desecrar la tumba de Lobengula para saquearla y robar las piedras de fuego que contienen el espíritu del rey. » Ahora Tungata y Craig se inclinaron atentos a Vusamanzi. « He leído los libros que Taka-Taka escribió contando su vida... » Los diarios manuscritos del viejo Sir Ralph constituían parte del tesoro de familia de Craig, que había debido abandonar en King's Lynn cuando Peter Fungabera lo había expulsado. « He leído la palabra escrita de puño y letra de Taka-Taka, y no cuenta de haber llegado a la tumba de Lobengula. Y que cosas son esas piedras de fuego de las que hablas? » El viejo levantó la mano para interrumpirlo. « Vas demasiado rápido, Pupho », dijo, amonestando a Craig. « Deja que el hijo de Kumalo nos explique estos misterios. Has sentido hablar alguna vez de las piedras de fuego, Tungata Zebiwe, que una vez fue Samson Kumalo? » « Vagamente », admitió cauto Tungata. « He sentido decir que era un gran tesoro de diamantes, diamantes recogido por los amadoda de Lobengula en la mina del hombre blanco Lodzi en el sur... » Craig comenzó a interrumpirlo, pero Tungata lo acallo. « Te lo explicare luego », le prometió, y volvió a dirigirse al viejo brujo. « Lo que te dijeron es la verdad », aseguró Vusamanzi. « Son cinco jarras de cerveza llenas de piedras de fuego. »

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« Y fueron robadas por Sir Ralph, por Taka-Taka? » se anticipó Craig. Vusamanzi lo miro severamente. « Debería ir al fogón de las mujeres, Pupho, porque hablas como una de ellas. » Craig dejo de sonreír y se sentó un poco enojado mientras Vusamanzi, antes de proseguir, se acomodo un poco su capa de pieles. « Cuando Lobengula fue puesto en la tierra y su tumba sellada por su medio hermano y leal induna Gandang... » « Que era mi tatarabuelo », murmuro Tungata. « Que era tu tatarabuelo », confirmo el viejo, « ... Gandang colocó todos los tesoros del rey en la tumba con el, y luego guío a los Matabeles vencidos. Volvió a tratar con Lodzi y Taka-Taka, y la tribu fue esclavizada por el hombre blanco. Pero un hombre permaneció en estas colinas, era un famoso brujo llamado Insutsha, la Flecha. El se quedo para guardar la tumba del rey, y construyo una aldea cercana a la tumba, y tomo mujeres y crío hijos. Insutsba, la Flecha, era mi abuelo... » Craig y Tungata hicieron un gesto de sorpresa, y Vusamanzi asumió un aire satisfecho. « Si, ven como trabajan los espíritus? Ya esta todo escrito y predestinado... Nosotros tres estamos unidos por nuestras historias y nuestra ascendencia, Gandang, Taka-Taka e Insutsha. Los espíritus nos han reunido a nosotros tres, sus descendientes, de esta manera maravillosa. » « Sally-Anne tenia razón... es verdaderamente un lugar espeluznante », dijo Craig y Vusamanzi frunció el ceño por el uso intempestivo de una lengua extranjera. « Este Taka-Taka, como ya insinúe antes era un grandísimo canalla, con un olfato de hiena y la avidez de un buitre », dijo Vusamanzi con convicción, mirando significativamente a Craig. « Ya capté », se sonrío por dentro Craig, manteniendo una expresión exterior muy solemne. « El escucho hablar de la leyenda de las cinco jarras de diamantes y busco entre los guerreros sobrevivientes del impi de Gandang, los hombres que habían estado presentes a la muerte del rey, y les hablo dulce y amablemente, y les ofreció regalos de ganado y monedas de oro... Y encontró un traidor, un perro que no merecía llamarse Matabeles. No diré el nombre de este pedazo de mierda, pero escupo sobre su tumba ignota y deshonrosa. » Escupió en el fuego con disgusto. « Este perro acepto conducir a Taka-Taka a la tumba del rey. Pero, antes que pudiese hacerlo, hubo una gran guerra entre los hombres blancos, y Taka-Taka se fue al norte a combatir contra el induna alemán llamado Hamba-Hamba, El-que-marcha-deaquí-para-allá-y-no-se-deja-capturar. » « Von Lettow-Vorbeck », tradujo Craig, « el comandante del África Oriental Alemana durante la guerra del '14-18. » Tungata asintió. « Cuando termino la guerra, Taka-Taka volvió y llamo al traidor Matabele. Vinieron a estas colinas, guiados por el perro de un perro, cuatro hombres blancos comandados por Taka-Taka – y se pusieron a buscar la tumba. Buscaron por veintiocho días, porque el traidor no recordaba mas la exacta posición y la tumba estaba bien oculta. Sin embargo, con su olfato de hiena, Taka-Taka finalmente la encontró, la abrió y encontró el carro del rey y los fusiles, pero el cuerpo del rey y las cinco jarras de diamantes que ansiaba tanto habían desaparecido! » « Es lo que ya vi, como te lo dije », reconfirmó Tungata. Se trataba de una conclusión decepcionante, y Tungata abrió las manos en gesto de resignación. Craig se encogió de hombros, pero Vusamanzi no había terminado.... « Se dice que la furia de Taka-Taka fue como las primeras grandes tormentas de la estación de las lluvias. Se dice que rugió como un león come hombres, la cara se le puso roja, después purpúrea, y finalmente negra. » Vusamanzi se desternillaba de risa. « Se dice que arrojo el sombrero al suelo lo pisoteó, después tomo el fusil y amenazo disparar al guía Matabele, pero sus camaradas blancos lo detuvieron. Así que ato al perro a un árbol y lo azoto con el kiboko hasta que aparecieron las costillas entre sus carnes; le quito las monedas de oro y el ganado que ya le había dado, lo azoto de nuevo y finalmente, todavía barritando como un elefante en celo, Taka-Taka se marcho de estas colinas para no volver jamás. » « Hermosa historia », acepto Tungata. « Se la contare a mis nietos. » Se estiro y bostezo. « Se ha hecho tarde. » « La historia todavía no termino », dijo Vusamanzi alegremente, colocando una mano sobre el hombro de Tungata para impedirle irse a dormir.

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« Hay mas? » « Como no! Pero debemos retroceder un poco, a cuando Taka-Taka, sus camaradas y el perro traidor llegaron a estas colinas para empezar su búsqueda sacrílega. Mi abuelo Insutsha sospecho inmediatamente. Todos conocían a Taka-Taka y sabían que no hacia nada sin un propósito. Así Insutsha mando a tres de sus mujeres mas jóvenes y hermosas al campamento de Taka-Taka, con pequeños regalitos de leche y huevos, y Taka-Taka respondió a las preguntas de las muchachas y les dijo que había venido a estas colinas a cazar rinocerontes. » Vusamanzi hizo una pausa, lanzo una mirada a Craig, y después prosiguió: « Porque este Taka-Taka, no solo era lo que ya dije, sino también un grandísimo farsante. No obstante, la mas bonita de las mujeres espero al perro traidor Matabele en el río, en la olla donde se bañaba. Debajo del agua le toco esa cosa que se dice que, cuanto mas dura se pone, mas se reblandece el cerebro del hombre que la ostenta; y cuando mas se agita, mas se mueve la lengua. Con la mano de la muchacha en el miembro viril, el traidor Matabele comenzó a deschavarse y a hacer promesas de ganado y monedas de oro. Y la bella esposa de mi abuelo corrió a la aldea de Insutsha ». Vusamanzi había reconquistado toda su atención y disfrutaba feliz. « Mi abuelo quedo terriblemente consternado. Taka-Taka había venido a desecrar y saquear la tumba del rey. Insutsha ayuno y no durmió, después arrojo los huesos y miro en la vasija de agua adivinadora, y finalmente llamo a sus cuatro aprendices de brujo. Uno de esos era mi padre. Con la luna llena fueron a abrir la tumba del rey e hicieron sacrificios para aplacar a los espíritus, y después, con reverencia lo sacaron, resellando la tumba vacía. Llevaron el cuerpo del rey a un lugar seguro y lo depositaron allí, con las jarras de cerveza conteniendo las piedras brillantes, aunque mi padre me contó que en el apuro una de las jarras se cayó y se rompió, así que tuvieron que recoger las piedras y colocarlas en una bolsa de cuero de cebra dejando los fragmentos rotos en la tumba. » « Tanto los aprendices como Taka-Taka no vieron uno de los diamantes caídos », dijo despacio Tungata.« Encontramos los trozos de cerámica y el diamante donde cayeron.» « Ahora si estas cansado, puedes irte a dormir », concedió Vusamanzi con un brillo de ironía en sus reumáticos ojos viejos. « Que? Quieres oír mas? Pero no hay mas que decir...la historia termino. » « Donde llevaron el cuerpo del rey? » pregunto Tungata. « Conoces el lugar, mi sabio y venerable viejo padre? » Vusamanzi sonrío. « Es verdaderamente un enorme e inesperado placer encontrar en los jóvenes de hoy respeto y honor por la vejez. Pero para contestar a tu pregunta, hijo de Kumalo, yo se donde esta el cuerpo del rey. Mi padre me revelo el secreto.» « Puedes llevarme al lugar? » « No te he dicho ya que este lugar en donde estamos es sagrado? Es sagrado por una buena razón. » « Oh Dios mío! » « Aquí! » exclamaron Craig y Tungata simultáneamente. Vusamanzi se reía feliz, frotándose las manos complacido de sus reacciones. « Mañana los llevo a ver el lugar donde esta sepultado el rey », prometió. « Pero ahora tengo la garganta seca de tanto hablar. Por favor, pásenme la cerveza. » Cuando Craig se despertó, la luz del alba se difundía desde lo alto en la caverna, lechosa y azulina por el humo del fogón donde las mujeres estaban ocupadas preparando el desayuno. Mientras comían, y con la reticente autorización de Vusamanzi, Craig les contó en ingles a las dos muchachas la historia de la segunda sepultura de Lobengula. Ambas se entusiasmaron y comenzaron a insistir en participar también ellas de la expedición. « Es un lugar de difícil acceso », protestó el viejo brujo, « y, no es para los ojos de simples mujeres. » Pero Sarah le sonrío tanto y le acaricio que el viejo, después de un ultimo show de severidad, consintió que vinieran ellas también. Bajo la dirección de Vusamanzi los hombres hicieron los simples y escasos preparativos para la expedición. En uno de los pasajes secundarios de la caverna, debajo de una piedra plana, se ocultaba un nicho en el cual se encontraba otra lámpara de kerosén, dos hachas nativas y tres rollos de cuerdas de nylon de buena calidad, que el viejo apreciaba muchísimo. « Conquistamos esta hermosa cuerda del ejercito de Smith durante la guerra de la independencia », se jactó.

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« Un gran paso adelante hacia la libertad », murmuró Craig, y Sally-Anne le frunció el ceño para que se callara. Bajaron por de los ramales que salían de la caverna: delante Vusamanzi con una de las lámparas, seguido por Tungata con una de las cuerdas enrollada, en el medio las muchachas y Craig, con una segunda cuerda y la otra lámpara, a la retaguardia. Vusamanzi prosiguió en el pasaje que se estrechaba y retorcía. Cuando se bifurcaba, no vacilaba en seguir en una dirección. Craig, con un cuchillo, marcaba la dirección sobre la pared, y luego se apresuraba a alcanzar a los otros. El sistema de cavernas y corredores constituía un laberinto tridimensional. El agua infiltrada y el goteo habían perforado la roca calcárea como queso gruyere. En algunas ocasiones, descendían largos lechos de piedra suelta; en otro ascendieron por una escalinata natural de roca. Craig marco cada curva del camino. El aire era frío, húmedo y almizclado con el olor del guano. Cada tanto se producía una agitación de alas sombrías en torno a sus cabezas, y el estridente chillido de los murciélagos molestados levantando ecos en los pasajes. Después de veinte minutos llegaron a una caída casi vertical de piedra calcárea lisa y vidriosa, la linterna no llegaba a iluminar el fondo. Dirigidos por Vusamanzi, aseguraron una punta de la cuerda a una estalagmita muy gruesa, y de a uno a la vez descendieron quince metros hasta tocar terreno plano. Se trataba de una falla vertical en la formación rocosa, donde dos cuerpos geológicos se habían desplazado levemente formando una grieta en las profundidades de la tierra. Era tan estrecha que, se podían tocar ambas paredes: a la luz de la lámpara Craig pudo distinguir los ojos brillantes de los murciélagos colgando cabeza abajo en el techo encima de ellos. Desenrollando la segunda cuerda, Vusamanzi descendió cautelosamente por el traicionero piso de la falla. La grieta se ensanchaba al descender, y sobre sus cabezas el techo rocoso se desvanecía en la oscuridad. A Craig le vino en mente la gran la gran galería en el corazón de la pirámide de Keops, una formidable ranura en la roca viva. Era tan inclinada que debían sujetarse continuamente de la cuerda. Casi habían llegado al limite de la cuerda cuando Vusamanzi se detuvo sobre una laja inclinada. Iluminado por su lámpara parecía un Moisés negro descendido de la montaña. « Que pasa? » gritó Craig. « Baja! » ordenó Tungata, y Craig descendió el ultimo tramo y se encontró con Vusamanzi y los otros parados sobre la roca mirando sobre el borde en la tranquila superficie de un lago subterráneo. « Y ahora? » pregunto Sally-Anne, con voz apagada, abrumada por encontrarse en este profundo y secreto lugar. El lago llenaba toda la falla tras las paredes calcáreas. Del otro lado, a cuarenta y cinco metros de distancia, el techo de la falla se sumergía en el lago con el mismo Angulo de esta orilla. Craig uso la linterna que había recuperado del Cessna destrozado. Era la primera vez que la utilizaba. Iluminó la superficie del agua quieta que permanecía sin disturbarse desde tiempos inmemoriales de modo que todo sedimento se había asentado, dejándola límpida como un torrente de truchas. Pudieron ver el piso inclinado de la galería hundiéndose con el mismo ángulo en las profundidades. Craig apagó la linterna para conservar las baterías. « Bueno, Sam », dijo Craig poniéndole una mano sobre el hombro. « Es aquí que te tocara nadar como un pez, creo. » La risita de Tungata fue breve y un poco falsa. Y ambos miraron a Vusamanzi. « Y ahora, venerable padre? » « Cuando Taka-Taka vino a estas colinas y mi abuelo y mi padre sustrajeron el cuerpo del rey al sacrilegio, habían habido siete años de terrible sequía. El nivel del agua en este lugar era mucho mas bajo que ahora. Allí », Vusamanzi indico en la profundidad del lago, « hay otro ramal de la caverna. En ese lugar depositaron el cuerpo de Lobengula. En los muchos años transcurridos después, buenas y abundantes lluvias bendijeron la tierra, y cada año el nivel del lago aumento. La primera vez que mi padre me trajo aquí, el agua llegaba encima de aquella roca puntiaguda... » Craig encendió la linterna y en su rayo la punta subacuatica reapareció, una decena de metros debajo de la superficie del lago. « Pero también entonces la tumba del rey estaba muy por debajo de la superficie del lago. »

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« Así que nunca viste la tumba con tus propios ojos? » pregunto Craig. « Nunca », asintió Vusamanzi. « pero mi padre me la describió. » Craig se arrodillo sobre la orilla del lago y metió la mano en el agua. Estaba tan fría que tembló y saco enseguida la mano del agua. Se la seco en la camisa y, cuando levanto la vista, vio que Tungata lo estaba observando con aire perplejo. « Eh no, mi querido amigo Matabeles », dijo Craig con vehemencia. « Olvida lo que estas pensando. Se lo que significa esa mirada. » « Mi querido amigo Pupho, sabes que no se nadar. » « Olvídalo », le aconsejo Craig. « Te ataremos a una cuerda y no correrás ningún peligro. » « Ya sabes adonde te podes meter tus cuerdas. » « La linterna es sumergible, funcionará también debajo del agua », dijo Tungata, objetivo. « Cristo! » prorrumpió amargamente Craig. « Primera regla africana: cuando todo el resto falla, mire a su alrededor en busca de una cara blanca. » « No te acuerdas aquella vez que cruzaste el Limpopo a nado por una ridícula apuesta, una caja de cerveza? » « Aquella ves estaba borracho, ahora no. » Craig miro a Sally-Anne para obtener apoyo, pero se decepciono. « En el Limpopo había cocodrilos, aquí no », señalo Sally-Anne. Lentamente Craig comenzó a desprenderse los botones de la camisa. Tungata se sonrío y empezó a preparar la cuerda. Todos miraron con interés desataba la pierna ortopédica y la coloco cuidadosamente a un lado. Se paro en calzoncillos sobre una pierna y espero a que Tungata le atara un extremo de la soga a la cintura. « Pupho », le dijo tranquilamente Tungata. « Después necesitaras ropas secas. Para que mojarte los calzoncillos? » « Por Sarah », explico Craig y la miro a ella. « Ella es una mujer Matabele. La desnudez no nos ofende. » « Déjale sus secretos », sonrío Sarah, « aunque yo no tengo ninguno para el. » Y Craig recordó su desnudez en el agua bajo el puente. Se sentó en la orilla rocosa y se sacó los calzoncillos arrojándolos encima de la pila de sus otras ropas. Ninguna de las muchachas aparto la vista y el se deslizo en el agua jadeando por el frío. Braceo hasta llegar al medio de la olla. « Márquenme el tiempo », les grito. « Cada sesenta segundos avísenme con un doble tironee de la cuerda, después de tres minutos me sacan fuera, entendido? » « Okay. » Tungata tenia el rollo de soga a sus pies, listo a soltarle cuerda. Craig híper ventiló los pulmones para purgarlos de oxido de carbono. Era un truco peligroso, un buzo inexperto podría perder la consciencia por falta de oxigeno antes que la acumulación de anhídrido carbónico le desatara la urgencia de respirar nuevamente. Después de una ultima y profunda inhalación, se sumergió bajo la gélida y límpida agua del lago subterráneo. Sin mascara no se veía mucho, pero sostuvo el rayo de la linterna sobre el afilado pináculo de roca a diez metros de profundidad y descendió rápidamente, con los oídos doliéndole por el aumento de presión. Llego a la roca y se impulso hacia abajo contra la misma. Bajaba mas rápidamente ahora que la presión le comprimía el aire en los pulmones reduciéndole la flotabilidad. La inclinada pared de roca corría veloz delante de sus ojos, y se giro a diestra y siniestra inspeccionando la roca para ver si encontraba una abertura. Sintió el doble tiron en la cintura, había pasado el primer minuto y vio la entrada de la tumba debajo de el. Era una abertura casi circular, sobre la pared izquierda de la galería principal, que le recordó la orbita vacía de un cráneo humano. Se hundió hacia ella y extendió una mano para afirmarse en el umbral calcáreo sobre la abertura y entro. La abertura era lo suficientemente amplia como para albergar a un hombre encorvado. Paso la mano sobre las paredes, estaban pulidas por el paso del agua y cubiertas de légamo. Craig pensó que era uno de los conductos por los que se infiltraba el agua proveniente de la superficie de la colina, excavado en el curso de infinitas eras geológicas. De repente tuvo miedo. En aquella abertura oscura había algo amenazante y prohibitivo. Volvió a mirar hacia la superficie del lago subterráneo: pudo ver el débil reflejo de la lámpara del viejo Vusamanzi a unos doce metros por sobre su cabeza. El agua gélida le minaba la vitalidad y el coraje. Quería subir rápidamente hacia la orilla: sintió la primera contracción involuntaria de los pulmones.

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Algo tironeo de su cintura y por un momento fue victima del pánico, después recordó que se trataba de la señal: dos minutos. Era casi su limite. Se obligo a avanzar. El pasaje se elevaba gradualmente, como un sifón. Craig avanzo por unos seis metros iluminando con la linterna, pero el agua estaba enturbiada por la agitación del sedimento del piso. De golpe terminó el pasaje y paso su mano sobre roca áspera. Los pulmones comenzaban a contraerse continuamente, y sentía un canto en los oídos. Los ojos estaban irritados por el sedimento y comenzaba a marearse, pero se obligo a quedarse y examinar el final del túnel de lado a lado y desde el techo al fondo pasando una mano sobre el. Rápidamente se dio cuenta que estaba palpando una pared de piedra calcárea, levantado artificialmente bloque sobre bloque para obstruir el pasaje. Lo embargo la desilusión. Los viejos brujos habían sellado una vez mas la tumba de Lobengula, y en los escasos segundos que le quedaban se dio cuenta que habían hecho un trabajo verdaderamente bueno. Sus dedos encontraron en la base del muro un pequeño objeto metálico. Lo tomo y se alejo de la pared impulsándose hacia la salida del pasaje, con pánico y la necesidad de respirar creciendo en el. Llego a la galería principal todavía llevando el objeto metálico en una mano. Alto por encima suyo, la lámpara brillaba y nado hacia arriba, con sus sentidos comenzando a vacilar como la llama de una vela en el viento. Oscuridad y estrellas brillantes bailotearon frente a sus ojos: el cerebro carente de oxigeno se resentía y percibió el primer letargo mortal transformando sus manos y pies en plomo. Con un sacudón la cuerda alrededor de la cintura se tensó y se sintió arrastrado rápidamente hacia arriba. Tres minutos: Tungata lo estaba sacando. La luz de la lámpara giraba sobre el que remolineaba los brazos en el otro extremo de la cuerda: no pudo contenerse y trato de respirar y una bocanada de agua helada le ingreso en la garganta y los pulmones, cortante como una navaja. Emergió en la superficie, y Tungata, en el agua hasta la cintura, lo estaba izando lo mas rápido que podía. Apenas lo vio, lo aferro con los brazos musculosos y lo deposito sobre la orilla. Las dos muchachas lo tomaron de las axilas y lo arrastraron. Craig recostado sobre un flanco, encogido en posición fetal, tosiendo y escupiendo agua de los bronquios temblando de frío violentamente. Sally-Anne lo hizo rodar sobre su estomago y presiono sobre la espalda con las dos manos. Agua y vomito se expelieron de su garganta, pero la respiración se torno gradualmente mas tranquila y finalmente se sentó, enjugándose la boca. Sally-Anne se quito su propia camisa y lo frotó vigorosamente con ella. A la luz de la lámpara su cuerpo estaba moteado de azul, y todavía estaba temblando incontrolablemente. « Como estas? » le preguntó Sarah. « En gran forma », jadeo. « No hay nada como una buena zambullida. » « Esta bien », le aseguró Tungata. « Cuando comienza a gruñir es porque esta bien.» Craig coloco sus manos en el tubo de la lámpara para calentarlas y poco a poco dejo de temblar. Sarah se inclino sobre la oreja de Tungata y, con una sonrisa maliciosa, dirigida a la parte inferior del cuerpo de Craig, le susurro algo. « Has visto? » se río Tungata, imitando el acento de los negros americanos. « Y lo que es mas, esos blanquitos no tienen el mas mínimo sentido del ritmo. » Craig agarro rápidamente los calzoncillos, y Sally-Anne vino prontamente en su auxilio. « Ustedes no lo están viendo en su mejor momento, el agua esta helada. » Las manos de Craig mancharon los calzoncillos de rojo herrumbre. Ahora recordó el objeto metálico que había encontrado y recogido en la base del muro. Lo vio sobre la roca de la orilla. « Un eslabón de cadena », dijo tomándolo. « De un carro de bueyes. » Vusamanzi había quedado agachado en silencio junto a la lámpara. Ahora hablo. « Esa cadena era del carro real. Mi abuelo la utilizó para bajar el cuerpo del rey a la caverna. » « Entonces encontraste la tumba del rey? » preguntó Tungata. Ese banal trozo de hierro era para todos ellos la prueba que tornaba la fantasía en realidad. « Creo que si », dijo Craig comenzando a colocarse la pierna ortopédica, « pero nunca lo sabremos con seguridad. » Todos esperaron en silencio, mirándolo. Craig tenia otro terrible acceso de tos, después su respiración se tranquilizo y prosiguió: « Hay un pasaje, exactamente como describió Vusamanzi. Esta a cuatro o cinco metros por debajo de la punta que se ve abajo a la izquierda: una abertura

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redonda con un pasaje que se eleva bruscamente. A cerca de seis metros de la entrada, el corredor esta bloqueado por una pared de gruesos bloques calcáreos cuadrados, perfectamente ensamblados. No hay manera de saber que grosor tiene. Pero una cosa es segura, va a tomar mucho trabajo perforarlo. Yo tuve solo veinte segundos, insuficiente hasta para aflojar un solo bloque. Sin un equipo subacuatico, nadie puede traspasar ese sello ». Sally-Anne estaba temblando en su camisa mojada sobre el corpiño blanco, pero paro de friccionarse y lo miro desafiante: « No podemos renunciar, querido. No podemos abandonar sin saber lo que hay detrás del muro. Me comeré las uñas... Un misterio así! Nunca mas podré ser feliz, nunca en toda la vida ». « Estoy abierto a todas las sugerencias », concordó sarcásticamente Craig. « Alguno de vosotros lleva un aqualung en la cartera? O que les parece pagarle una cabra a Vusamanzi para que haga abrir el agua como Moisés en el mar Rojo? » « No te hagas el gracioso », dijo Sally-Anne. « Vamos, vamos, sean inteligentes e inventivos. Que? Ninguno tiene una idea? Bueno entonces volvamos a donde hay un buen fuego y un poco de luz del día. » Craig arrojo el eslabón oxidado dentro del lago subterráneo. « Duerme bien, Lobengula, el-que-conduce-como-el-viento: guarda tus piedras de fuego, y shala gashle, queda en paz! » Ascendieron por el Dédalo de corredores y cavernas intercomunicadas en una silenciosa y melancólica procesión. Craig controlo y remarco cada curva y bifurcación al pasar. Cuando llegaron nuevamente a la caverna principal, en pocos minutos hicieron arder las brasas en el fogón y pusieron a calentar agua. El te hirviente y dulcísimo le hizo pasar los últimos escalofríos a Craig, y los reconfortó a todos. « Debo volver a la aldea », les dijo Vusamanzi. « Si los soldados shona llegan y no me encuentran, sospecharan y torturaran a las mujeres para saber adonde fui. Debo estar allá para protegerlas, porque hasta los shona temen mi magia, » Recogió todas sus cosas y recomendó: « Ustedes deben quedarse siempre aquí adentro. Si salen se arriesgan a ser descubiertos por los soldados. Tienen comida y agua y leña, mantas y kerosene para las lámparas, no tienen necesidad de salir. Mis mujeres vendrán pasado mañana con provisiones y noticias de los movimientos de los shona ». Se arrodillo frente a Tungata. « Queda en paz, gran príncipe Kumalo. El corazón me dice que tu eres el cachorro del leopardo del que habla la profecía, y que encontraras el modo de liberar el fuego de Lobengula. » « Quizás vuelva aquí un día con los aparatos especiales necesarios para alcanzar la tumba del rey. » « Quizás », concordó Vusamanzi. « Hare sacrificios a los espíritus y los interrogare. Quizás consientan decirme la manera de hacerlo. » A la entrada de la caverna se detuvo y los saludo. « Cuando todo este tranquilo, volveré. Quedaos en paz, hijitos. » Y se fue. « Algo me dice que será una larga y penosa espera »,dijo Craig, « y no en el mas atractivo lugar para pasarla. » Todas eran personas activas e inteligentes, y el confinamiento comenzó a pesarles inmediatamente. Tácitamente se dividieron la caverna: una zona común, en torno al fogón, y una zona privada para cada pareja en extremos opuestos. La filtración de agua desde lo alto de la roca, se recogía en grandes cantaros de terracota, y era ampliamente suficiente para sus necesidades, incluyendo las abluciones, y en uno de los corredores laterales había un estrecho pozo que constituya una perfecta letrina natural. Pero no había nada para leer, algo que le agradaba mucho a Craig, y nada para escribir. Para aliviar el aburrimiento, Sarah empezó a enseñarle Sindebele a Sally-Anne: y su progreso fue tan rápido que pronto pudo entender la conversación ordinaria y responder con fluidez. En esos días de inactividad forzosa Tungata se recupero rápidamente. Engordo, las cicatrices de la cara y el cuerpo se curaron rápidamente, y recupero su vitalidad. A menudo era el que conducía las conversaciones, en las largas y ociosas discusiones junto al fogón, y poco a poco le retornaba ese irreprimible sentido del humor que Craig recordaba tan bien de los tiempos de su común militancia como guardaparques, y que últimamente la situación lo había sumido. Cuando Sally-Anne hacia un comentario critico sobre la política segregacionista del vecino Sudáfrica, Tungata la contradecía con fingida severidad.

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« No, no. Pendula... » Tungata le había adjudicado este sobrenombre que en Matabele significa La-que-responde-siempre. « No, Pendula, mas que condenarlos, nosotros los africanos deberíamos agradecerles cada vez que decimos nuestras plegarias! Porque ellos pueden unir en un solo clamor a cien tribus diversas. Basta con que uno de nosotros se ponga de pie y grite: 'Abajo los boers racistas! Abajo el apartheid' para que todos paren de darse garrotazos y todos seamos hermanos. » Sally-Anne aplaudió. « Cuanto me va a gustar oírte decir ese discurso en la próxima reunión de la Organización para la Unidad Africana! » Tungata se río. Se estaban haciendo buenos amigos. « Y hay otra cosa por la que les deberemos agradecer... » prosiguió. « Ah si? Y cual, dime! » « Esas tribus de allí abajo son los negros mas combativos del África », respondió Tungata. « Zulu, xhosa, tswana. Nosotros tenemos las manos ocupadas con los Shonas, imagínate si tuviéramos que vérnosla también con esos. No, no, de ahora en mas mi lema será: 'Besa a un Afrikáner todos los días'. » « No le des cuerda! » le dijo Sarah a Sally-Anne. « Un día de estos es capaz de decir estas cosas delante de gente que lo tomara en serio. » Pero otras veces Tungata recaía en la depresión, en la desesperación. « Es como en Irlanda del Norte o en Palestina: solo que aquí la situación es cien veces mas complicada y mas grande. El conflicto entre nosotros y los shona es el microcosmo de todos los problemas del África. » « Ves alguna solución? » de pregunto Sally-Anne. « Hay solo una en mi opinión, radical y muy difícil », le respondió. « Veras, los europeos en el siglo diecinueve que se disputaron el África la dividieron entre ellos sin importarles las zonas de las diferentes tribus. Estos limites – es un principio fundamental de la Organización para la Unidad Africana – deben permanecer inviolables. Una de las posibles soluciones seria cambiar este articulo del pacto y crear nuevos Estados según los verdaderos limites de las naciones, pero después de la terrible experiencia de la división entre la India y Pakistán ningunas persona razonable puede apoyar esta opinión. La única otra solución me parece a mi estaría en una forma de gobierno federal, vagamente similar al americano, con el país subdividido en provincias homogéneas del punto de vista tribal poseyendo autonomía del gobierno central. » Las discusiones se sucedían interminablemente en el tiempo, y para el entretenimiento y la instrucción de las dos muchachas Craig y Tungata relataron la historia de aquella tierra entre el río Limpopo y el río Zambesi, cada uno desde el punto de vista de su tribu y de su familia; del descubrimiento, de la ocupación y de la guerra de la independencia que habían combatido en frentes opuestos. Dos veces, en días sucesivos, sus conversaciones fueron interrumpidas por sonidos provenientes del mundo externo: un helicóptero que sobrevolaba la colina, evidentemente buscándolos. Se callaron hasta que el sonido y el silbido del rotor se desvanecieron en la lejanía, y cuando reanudaron la conversación su tema fue la posibilidad que tenían de escapar de las fuerzas que los perseguían y los cazaban tan insistentemente. Cada dos días llegaban las mujeres de la aldea de Vusamanzi, viajando de noche para evitar el reconocimiento aéreo. Traian alimentos y noticias. Los soldados de la Tercera Brigada habían estado en la aldea, primero rodeándolo y después irrumpiendo e inspeccionando todas las cabañas. Habían maniatado a una muchacha, gritando amenazas y fastidiando al viejo, pero Vusamanzi los había enfrentado con dignidad y al final su formidable reputación de mago lo había protegido, a el y a sus mujeres. Los soldados se habían ido sin robar nada de gran valor, aparte de algún pollo. No habían quemado ninguna cabaña, pero habían prometido volver. Sin embargo, en toda la zona se desarrollaba una caza humana. A pie y con los helicópteros los shona rastrillaban la selva y las colinas durante el día: así centenares de evadidos del campo habían sido recapturados. Las muchachas los habían visto. Desnudos y encadenados, sobre el camión. Hasta donde Vusamanzi sabia, los shona no habían encontrado todavía la carcasa del avión, pero la situación era todavía peligrosísima y Vusamanzi le había recomendado a las mujeres de insistir que no abandonaran la caverna por ningún motivo. El iría personalmente a encontrarlos cuando no hubiese ningún peligro. Tales noticias los deprimieron mucho, y se necesito todo el histrionismo de Craig para mejorar un poco el humor de los fugitivos en la caverna. Les llevo nuevamente la atención a su argumento preferido, la tumba de Lobengula, y la gran fortuna en

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diamantes que les gustaba creer que contenía. Ya habían discutido en detalle sobre el equipamiento que seria necesario para permitir a un equipo de buzos abrir la tumba y llegar hasta el cuerpo del rey, y ahora Sally-Anne le pregunto a Tungata: « Dime Sam: si hubiese un tesoro, y tu pudieras obtenerlo y si fuese tan importante como esperamos, como lo utilizarías? » « Creo que debería considerárselo como perteneciente al pueblo Matabele. Habrá que depositarlo en algún lugar y emplearlo en su beneficio. En primer lugar para asegurar a los Matabele mejores condiciones políticas: hablemos claro, para un negociador con esa clase de respaldo financiero tras el le seria fácil obtener la atención del Foreign Office británico y del secretario de Estado Americano. Podría ejercer convincente presión para que intervengan. Y también el gobierno de Harare debería considerar seriamente a los Matabeles: numerosas opciones actualmente cerradas se abrirían. » « Después de eso, se podría financiar toda clase de programas sociales: instrucción publica, sanidad, progreso de la condición femenina... » dijo Sarah, deponiendo por un momento su timidez. « Se podrían adquirir tierras para agregar al dominio tribal ya existente », agrego Craig. « Asistencia financiera para los campesinos agricultores, comprar tractores; maquinas, mejorar el ganado. » « Craig », dijo Sally-Anne apoyándole la mano sobre la pierna sana, « no existe algún modo de llegar a la cámara mortuoria? No podrías intentar una nueva inmersión? » « Mi querida niña, por centésima vez, déjame explicarte que yo podría probablemente mover una sola piedra en cada inmersión, pero veinte inmersiones bastaran para matarme. » « Oh Dios mío, es tan frustrante! » exclamó Sally-Anne, parándose y comenzando a caminar por la caverna a grandes pasos. « Me siento tan impotente! Si no hacemos algo, voy a volverme loca. Me siento sofocada... Tengo necesidad de una buena bocanada de oxigeno. No se podrá salir por unos minutos? » E inmediatamente se respondió sola: « No se puede, lo se muy bien. Perdónenme, me estoy portando como una tonta ». Miro el reloj. « Mi Dios, perdí toda la noción del tiempo, se dan cuenta que ya es medianoche pasada? » Craig y Sally-Anne fueron a acostarse sobre su colchón de pasto enfundado en cueros de vaca, estrechamente abrazados, hablándose despacio en el oído para no molestar a la otra pareja. « Me avergüenzo de haberlo hecho meter en la prisión. Es un hombre maravilloso, querido, a veces cuando lo siento hablar me siento realmente pequeña y mezquina. » « Puede convertirse en un gran hombre, es verdad », dijo Craig. « Volver para liberarlo quizás sea la cosa mas importante que hemos hecho en la vida. » « Si salimos con bien de esta », precisó Craig. « Debe haber un poco de justicia en este mundo desagradable. » « Es un buen pensamiento. » « Dame el beso de las buenas noches, Craig. » A Craig le gustaba escucharla dormir: el delicado respirar, la total relajación de su cuerpo contra el de el, con solo el ocasional acurrucamiento de sus brazos, pero aquella noche no lograba conciliar el sueño. Algo se había enquistado en el subconsciente como un pedrusco en la media, y cuanto mas tiempo permanecía allí, mas fastidio de daba: se trataba de alguna cosa que alguien había dicho esa noche, eso era lo que imaginaba, pero cada vez que intentaba hacerlo aflorar a la consciencia, volvía a escapársele y se hundía en el inconsciente. Finalmente recurrió al viejo truco de vaciar su mente, imaginando una papelera, y a medida que cada pensamiento no invocado le venia a la mente, lo rasgaba, lo arrugaba y lo arrojaba a la papelera. « Cristo! » exclamo en voz alta, saltando como un resorte se sentó. Sally-Anne se despertó sobresaltada apartándose los cabellos de los ojos y farfullando. « Que pasa? » grito Tungata del otro lado de la caverna. « El oxigeno! » grito Craig. « Sally-Anne había dicho: « me estoy sofocando, necesito una bocanada de oxigeno. » « No entiendo? » murmuró Sally-Anne todavía mas adormecida que despierta. « Tesoro, despierta, despierta! » la sacudió Craig. « Oxigeno! El Cessna estaba equipado para vuelos de gran altitud, no? » « Santo cielo! Como no lo pensamos antes? » « Salva vidas... No hay a bordo? »

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« Si, cuando cense los flamencos sobre el lago Tanganika estaba obligada a instalarlos. Están debajo de los cojines de los asientos. » « Y el sistema de oxigeno tiene un circuito de reciclado? » « Si. » « Pupho! » dijo Tungata, había encendido la lámpara y la traía consigo, con Sarah desnuda e inestable sobre sus pies, siguiéndolo como un cachorro somnoliento. « Pupho, dinos que es lo que pasa! » « Sam, bello mío », respondió Craig prendiéndose los pantalones. « Tu y yo debemos dar un paseíto. » « Ahora? » « Si, ahora que esta oscuro. » Había bastante luna para iluminarles el sendero hasta la aldea de Vusamanzi. Rodearon la colina, para no alarmar al viejo. Un perro de la aldea les ladró, pero encontraron el sendero y se apresuraron a seguirlo. El alba los sorprendió en el camino. Dos veces fueron obligados a esconderse. La primera vez fue cuando casi se dieron de narices contra una patrulla de exploradores shona con uniformes camuflados. Tungata, que iba adelante, advirtió a Craig con una señal del grave peligro. Se aplastaron entre los matorrales de hierba de elefante junto al sendero y los observaron desfilar silenciosamente. Después, Craig se encontró con que el corazón le latía fuerte y le temblaban las manos. « Me estoy poniendo viejo para esto »,susurro. « Yo también », concordó Tungata. La segunda vez fueron advertidos por el sonido del helicóptero, y se zambulleron entre la maleza junto al sendero. La máquina paso lentamente sobre la cresta del valle, con un ametralladorista en la puerta del fuselaje y los cascos de un pelotón de asalto apareciendo detrás de el como verdes hongos venenosos. El helicóptero se alejo sin retornar. Se pasaron del punto donde habían interceptado originalmente el sendero, y debieron volver sobre sus pasos por un par de kilómetros; así que estaba avanzada la tarde cuando llegaron al lugar donde había caído el avión. Se acercaron con mucha cautela, primero girando en torno a la zona en busca de un acceso, buscando rastros con infinita paciencia de que los restos no hubieran sido descubiertos por los shona, y hubieran armado trampas. Pero finalmente, cuando entraron descubrieron que el sitio estaba intacto y exactamente como lo habían dejado. Tungata se quedo de guardia a la entrada de la cañada, con el Kalashnikov, mientras Craig comenzó a desmontar el equipo que habían venido a recoger. Los cuatro salvavidas inflables estaban debajo de los asientos como había dicho Sally-Anne. Eran de excelente calidad, en nailon impermeabilizado: cada uno tenia un cartucho de anhídrido carbónico para inflarlo, y una boquilla con válvula de no retorno para inflarlo eventualmente con la boca. Atado a la pechera del salvavidas tenían un silbato para señales y – bendito sea el fabricante – una pila eléctrica de larga duración para encender una luz. Debajo del asiento del piloto había también un Kit. de reparación para los chalecos salvavidas, con tijeras y raspadores y dos tubos de cemento epoxi. Los tubos de oxigeno eran de acero y abullonados a un rack detrás del asiento posterior de los pasajeros. Eran tres, cada una de dos litros de capacidad. De las garrafas partían mangueras de plástico que iban a alimentar las mascaras puestas al costado de cada asiento. Estas mascaras tenían dos válvulas. El usuario inhalaba oxigeno puro y exhalaba una mezcla de oxigeno sin utilizar, vapor de agua y anhídrido carbónico. Todo eso pasaba por la válvula de salida y circulaba a través de dos contenedores colocados bajo el piso. El primer contenedor tenia silica gel que le extraía el vapor de agua, el segundo estaba relleno de carbonato de calcio que absorbía el anhídrido carbónico. Y el oxigeno purificado era reciclado hacia la mascara facial. Cuando la presión del oxigeno en el sistema caía al nivel de la presión atmosférica, era automáticamente alimentado de las garrafas de acero. El sistema de mangueras estaba unido con bridas de aluminio de optima calidad, uniones « T », y curvas todas del tipo de ajuste a bayoneta. Trabajando tan cuidadosamente como el tiempo lo permitía, Craig desmonto los aparatos de la carlinga, y luego arranco el tapizado de los armazones metálicos de los asientos para hacer bolsas de transporte. Metió el equipo recuperado dentro de dos pesados sacos.

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Estaba oscuro, cuando llamo a Tungata con un silbido. Cada uno cargo una bolsa y se fueron. Cuando interceptaron el sendero, emplearon casi una media hora para borrar las huellas, eliminando cada señal de su desvío del sendero en ese punto. « Crees que se vera bien a la luz del día? » pregunto Craig dubitativo. « No queremos que descubran los restos del avión. » « Es lo mejor que podemos hacer. » Entraron en el sendero y se desplazaron a buen paso, no obstante el peso de la carga lograron batir su propio record en una hora, llegando a la caverna un poco después del alba. Sally-Anne no dijo nada cuando Craig entro en la caverna. Se levanto del fogón y fue a su encuentro a apretar la cara contra su pecho. Sarah recibió a Tungata con la tradicional cortesía de su gente, le ofreció la jarra de cerveza dejándolo refrescarse antes de molestarlo con saludos. Solo después que hubo bebido se arrodillo delante de el, junto sus manos y susurro en Sindebele: « Te veo, mi señor, pero no muy bien, porque mis ojos están llenos de lágrimas de alegría ». El sargento shona había estado de patrulla durante treinta y tres horas y sin descanso. La mañana previa habían tenido un breve e indecisivo contacto con la banda de fugitivos que estaban persiguiendo, un intercambio de disparos de menos de tres minutos, después los guerrilleros Matabele se habían retirado y dividido en cuatro grupos. El sargento había ido tras de un grupo con cinco soldados; los había seguido hasta que oscureció y después los había perdido sobre la cresta rocosa del valle del Zambesi. Ahora estaba retornando la patrulla a la base para refuerzos y nuevas ordenes. A pesar del largo patrullaje y el trauma de la escaramuza y de la persecución, el sargento todavía estaba vigilante y alerta. Había elasticidad en su paso y giraba constantemente la cabeza hacia ambos lados mientras seguía el sendero. Y el blanco de sus ojos bajo la visera del birrete brillaba agudo y claro. De improviso dio la señal de alarma con la mano: los hombres que lo seguían se tiraron a tierra, y el también, cambiando el AK 47 para cubrir el flanco izquierdo. Yacían separados en la hierba-del-elefante junto al sendero, escudriñando y esperando, mientras el sargento examinaba la pequeña señal que lo había alertado. Se trataba de un puñado de pasto largo en la margen opuesta del sendero: los tallos habían sido quebrados y después levantados cuidadosamente para tratar de disimular la rotura, pero poco a poco se habían reclinado otra vez. Era justo el tipo de señal que podía dejar un hombre al dejar el sendero para tender una emboscada. El sargento permaneció tendido en tierra por dos minutos, y como no abrieron fuego hostil, corrió hacia delante diez pasos y se lanzo de nuevo a tierra, rodando dos veces para engañar al eventual enemigo que lo estuviese apuntado. Y espero otros dos minutos en la nueva posición. Todavía sin fuego enemigo. Se levanto con cautela y fue a examinar mas de cerca la mata de pasto dañada. Era sin duda un rastro humano. Un grupito había abandonado el sendero en aquel punto, tratando después de borrar las huellas. Aunque si se tomo ese trabajo era porque anticipaba la persecución. El sargento llamo con el silbato al rastreador de la patrulla y le mostró la huella. El hombre avanzo a lo largo del sendero con los ojos fijos en la tierra y a los pocos minutos volvió con su informe. « Dos hombres con botas, uno renguea de la pierna izquierda. Descienden al valle. » Toco una de las huellas en un punto un poco arenoso: cerca de la puntera, una hormiga-león había construido su propia trampa, lo que le permitía calcular perfectamente el tiempo. « han pasado de seis a ocho horas antes, de noche », dijo el rastreador. « Han seguido por el sendero, pero no podemos seguirlos porque sus huellas se confunden con muchas otras. » « Si no podemos descubrir adonde van, veremos de donde vienen », dijo el sargento. « volvamos por la maleza. » Tres horas mas tarde el sargento encontraba la carcasa del avión. Craig durmió por unas horas y después, a la luz de la lámpara, comenzó a modificar el equipo de oxigeno para usarlo bajo el agua. La parte central de su primitivo dispositivo era la bolsa: para esto uso uno de los chalecos salvavidas inflables. Introdujo oxigeno en la bolsa desde la garrafa a través de la válvula de una sola vía de la boquilla, hizo la conexión con una manguera flexible de plástico. Mientras trabajaba, Craig les explicaba a los otros. « A la profundidad de diez metros, la presión superara las dos atmósferas... Recordaran la física de la

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escuela secundaria: diez metros de profundidad equivalen a cerca de una atmosfera, mas la presión de aire sobre la superficie, dos atmósferas, correcto? » Su publico interesado compuesto de tres personas hicieron gestos afirmativos. « Exacto! Y ahora, para poder respirar libremente, el oxigeno tiene que ingresar a mis pulmones a la misma presión del agua que me rodea. En la bolsa de goma, el oxigeno esta bajo la misma presión ambiental que mi organismo y, voilà, asunto solucionado. » « Como decía siempre mi padre, es el cerebro lo que cuenta! » lo aplaudió SallyAnne. « Los químicos contenidos en estos dos envases, removerán el vapor acuoso y el anhídrido carbónico del aire que exhalo: el oxigeno residual purificado reingresa a la bolsa a través de este tubo, y lo puedo respirar nuevamente. » Sello las nuevas conexiones a la bolsa con el cemento epoxi del Kit. de reparación. « Mientras consumo el oxigeno contenido en la bolsa, la mantengo llena con oxigeno fresco de la garrafa, que llevare detrás atada a la espalda.. Así... » Saco el capuchón de la garrafa y hubo un silbido de escape de gas. « Naturalmente hay otros pequeños problemas para resolver... » Craig comenzó a modificar la mascara para adaptarla al uso sub. acuático. Necesitaba que se adaptase estrechamente a la cara. « Que problemas? » « La flotabilidad », respondió Craig. « A medida que use el oxigeno del chaleco salvavidas, perderé flotabilidad y el peso de la garrafa de acero me sumergirá como una piedra. Después, cuando recargue la bolsa del chaleco, tenderé a flotar como un globo. » « y como harás para evitarlo? » « Me lastrare con piedras para llegar a la entrada de la tumba, y una vez allí me atare al fondo para trabajar. » Craig estaba confeccionando un arnés para los dos envases del filtro y la garrafa de oxigeno. La posiciono cuidadosamente de modo que el robinete fuese fácilmente alcanzable sobre la espalda. « Sin embargo, la flotabilidad no es el problema mas grande », dijo. « Ah, tienes mas? », pregunto Sally-Anne. « Tantos como desees », sonrío Craig. « Pero sabias que el oxigeno puro, respirado por un largo periodo a una presión de mas de dos atmósferas – o sea a cualquier profundidad superior a los diez metros -, se transforma en un gas venenoso tan letal como el monóxido de carbono contenido en el humo de escape de un auto? » « Y que se puede hacer? » « No mucho », respondió Craig. « Excepto limitar la duración de la inmersión, y estar muy atento a mis reacciones fisiológicas mientras trabajo en el muro de la tumba. » « No puedes calcular cuanto tiempo tienes para trabajar con seguridad antes que el oxigeno se torne letal? » Craig interrumpió. « No. La formula seria demasiado complicada y hay demasiadas variables para calcular, desde mi masa corpórea hasta la exacta profundidad del agua. Después hay un efecto acumulativo del envenenamiento, cada inmersión será mas riesgosa que la anterior. » « Oh Dios mío! Tesoro... » Sally-Anne lo miraba consternada. « haremos que las inmersiones sean cortas y acordaremos una serie de señales », le aseguro Craig. « cada minuto me darán una señal con un tirón de la cuerda, si no respondo o si la respuesta no es inmediata y decisiva, me sacaran a la superficie. El envenenamiento es insidioso pero gradual, y alterara mis reacciones antes de hacerme perder la consciencia. Eso nos da un pequeño margen de flexibilidad. » Coloco el voluminoso equipo a un lado, cercano al fuego, para que el calor acelerara el fraguado del cemento epoxi. « Tan pronto como las uniones queden selladas, lo probaremos, y luego descenderemos al lago. » « Cuanto llevara? » « Sobre el pomito del cemento esta escrito veinticuatro horas. » « Tanto? » « El descanso aumentara mi resistencia al envenenamiento. » La selva era demasiado espesa para poder aterrizar al helicóptero. Sobrevoló sobre los árboles y en ingeniero de vuelo en el guinche bajo al general Peter Fungabera en una abertura en la alfombra de verde vegetación debajo de el.

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Peter giro lentamente en el delgado cable de acero y el viento del rotor hacia flamear el uniforme camuflado sobre su torso. A dos metros de la tierra se desengancho de la linga acolchada y salto a tierra con la agilidad de un gato. Devolvió el saludo al sargento shona que lo estaba esperando, despejo el área de descenso rápidamente y miro hacia arriba mientras el próximo hombre era bajado del helicóptero que se cernía. El coronel Bucharin también estaba uniformado en camuflaje y casco. Su cara llena de cicatrices parecía impermeable al sol tropical, exangüe y casi tan pálida como esos fríos ojos árticos. Rehúso las manos del sargento Shona que ofrecían ayudarlo y salto a la cañada. Peter Fungabera cayo a su lado y ningún hombre hablo hasta que llegaron al arrugado y aplastado fuselaje del Cessna. « No hay dudas? » pregunto Bucharin. « La identificación es ZS-KYA. No olvide que he volado en este avión. » contesto Peter Fungabera al arrodillarse sobre una pierna para examinar la panza del fuselaje. « Si hacen falta mas pruebas... Aquí están los agujeros de proyectiles de ametralladora directamente desde abajo. » « Ningún cadáver? » « No. » Fungabera si levanto, asomándose a la cabina. « Nada de sangre, ningún indicio que alguno de los ocupantes resultara herido. La carlinga ha sido despojada de cada objeto útil. » « Podría haber sido saqueado por las tribus locales. » « Quizás », dijo Peter. « Pero no creo. Los rastreadores han examinado las huellas, y esta es su reconstrucción: Después del impacto, hace doce días, cuatro personas abandonaron el avión, dos de ellas mujeres y un hombre un poco rengo. Después en las ultimas treinta y seis horas, dos hombres volvieron a los restos. Ellos están seguros que eran los mismos dos cuyas huellas de botas coinciden, y uno de ellos tiene la misma renguera en la pierna izquierda. » Bucharin asintió. « En la segunda visita, se llevaron mucho equipo suelto. Los dos abandonaron el área llevando pesados bultos y tomaron el sendero que cruza la cabecera del valle a una docena de kilómetros de aquí. Sus huellas se confunden y se tapan con otro transito. » « Entiendo. » Bucharin lo estaba mirando. « Ahora cuéntame tus otras conclusiones.» « Eran dos blancos y dos negros, los vi con mis propios ojos en la pista de Tuti. Uno de los negros es indudablemente el ministro Tungata Zebiwe, lo reconocí. » « No es tu deseo? El es tu ultima esperanza de llevar a cabo nuestro asunto. » « Reconocería a ese hombre en cualquier lugar. » « También desde un avión? » « También. » « Continua », lo invito Bucharin. « La otra negra no la reconocí. Ni pude ver bien a los otros blancos, pero es casi seguro que el piloto sea una americana que se llama Jay. Aunque el avión pertenece al WWF y ella lo usa. El otro blanco es probablemente su amante, un escritor ingles de novelas populares que tiene una pierna ortopédica, lo que explica la asimetría de las huellas. Esos tres son personas sin importancia y se las puede liquidar sin problema. El único que tiene importancia es Zebiwe, y ahora sabemos que esta vivo.» « También sabemos que te ha eludido, mi querido general », precisó Bucharin. « No creo que pueda seguir haciéndolo por mucho mas tiempo », dijo Peter Fungabera. Después se volvió hacia el sargento que estaba parado atentamente detrás de el. « Lo ha hecho bien, muy bien hasta ahora. » « Mambo! » « Creo que el perro Matabele y sus amigos blancos están siendo escondidos y alimentados por la población local. » « Mambo! » « Interrogaremos a los habitantes de la zona. » « Mambo! » « Comenzaremos por la aldea mas cercana. Cual es? » « La de Vusamanzi. Esta detrás de aquellas dos filas de colinas. » « Lo rodearan. Nadie deberá salir, ni una cabra ni un niño. » « Mambo! » « Cuando hallan rodeado la aldea, iré a supervisar el interrogatorio. » Craig y Tungata hicieron tres viajes hasta el lago subterráneo de Lobengula, al pie de la gran galería, llevando el equipamiento, la garrafa de oxigeno de reserva y la lámpara subacuatica que Craig había preparado con las baterías y las luces

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extraídas de los chalecos salvavidas, leña para calentar a Craig después de cada inmersión, y provisiones para evitar tener que volver a la caverna para comer. Después de largas discusiones se decidió que las dos muchachas se turnarían para quedarse en la caverna superior, para recibir la visita de los mensajeros de la aldea de Vusamanzi y a dar la alarma a los que estaban abajo en el caso de que una patrulla de Shonas tropezara por casualidad con la entrada de la caverna. Antes de ensayar el equipo de inmersión, Craig y Tungata examinaron la ruta que llevaba hasta el lago, eligiendo las mejores posiciones defensivas en el caso de un ataque de los Shonas. Aunque ninguno de ellos lo menciono, ambos sabían bien que la caverna era una trampa, y que cada defensa debía necesariamente terminar en la orilla del lago subterráneo. Tungata mostró claramente saberlo cuando a la vista de los otros tres, separó cuatro proyectiles 7,62 de la Tokarev, los envolvió en un retazo de piel de cabra, y los metió en una fisura de roca junto a la laguna. Las dos muchachas miraron con morboso interés y, aunque Craig hizo como que continuaba controlando el equipo, en realidad había entendido muy bien. Era el seguro contra la tortura y las lentas mutilaciones que les infligirían los Shonas si los capturaban vivos: una bala para cada uno. « Okay! » La voz de Craig retumbó en el silencio de la caverna. « Ahora veré con que eficiencia me ahogará este dispositivo. » Tungata levanto el conjunto y Craig se arrodillo y metió la cabeza en el cuello del chaleco salvavidas. Sally-Anne y Sarah le sujetaron la garrafa y los recipientes del filtro sobre la espalda. Este controlo los nudos. Si el artilugio fallaba, debía poder sacárselo de inmediato. Finalmente salto al lago, temblando de frío y ajustándose la mascara sobre la boca y la nariz, ajusto la correa detrás de la cabeza y lleno hasta la mitad el chaleco de oxigeno. Les hizo una señal con el pulgar levantado a los tres que quedaban en la orilla y se sumergió. Como había imaginado, el problema principal era la flotación. El tirón del chaleco sobre el tórax lo hizo girar poniéndolo de espalda como un pescado muerto, y con el impulso de una sola pierna no lograba ponerse boca abajo, braceo hasta la orilla y comenzó la fastidiosa tarea de experimentar con rocas de pesos diferentes para ajustar su posición en el agua. Finalmente concluyo que el único modo de hacerlo era tomar una piedra muy pesada y dejarse arrastra hacia abajo, de cabeza. No obstante en cuanto soltaba la piedra era tirado irresistiblemente hacia arriba. « « Por lo menos las uniones son impermeables. », les dijo cuando emergió de nuevo. « Y el oxigeno me llega. Entra bastante agua por el borde de la mascara, pero puedo extraerla del modo usual. » les mostró el truco de tener la mascara apretada contra la frente, expeliendo por abajo el agua infiltrada con una especie de estornudo. « Cuando bajaras hasta el muro? » « Creo que estoy listo ahora », admitió Craig con reticencia. « Deben entender que yo soy como un padre para vosotros », dijo con una cortes sonrisa Peter Fungabera. « los protejo como si fuesen mis hijos. » « Entiendo esta cháchara en shona como el ladrido de los mandriles en la cima de la colina en noches de luna », replicó con cortesía Vusamanzi. Peter Fungabera hizo un gesto de impaciencia volviéndose al sargento. « Donde esta ese interprete? » « Estará aquí enseguida, Mambo. » Dándose golpecitos sobre los muslos con la fusta, Peter Fungabera paso caminando lentamente frente a la desarrapada fila de aldeanos que sus hombres habían reunido en su rastrillaje por los campos de maíz y sacado de las cabañas. Aparte del viejo estaban reunidas todas las mujeres y niños, algunas de las mujeres eran tan viejas como el brujo, con los cabellos blancos y senos marchitos colgándoles hasta la cintura, otras todavía eran aptas para procrear con gordos bebes atados a sus espaldas; o parados desnudos junto a sus rodillas, con los mocos secos bajo las narices y las moscas trepando inadvertidas sobre sus labios y las comisuras de los ojos, y miraron a Peter mientras pasaba con ojos insondables. Había mujeres aun mas jóvenes, con senos plenos y la piel lucida, niños impúberes y muchachos aun no circuncidados. Peter Fungabera les sonreía amablemente pero ellos miraban a la lejanía con la expresión ausente.

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« Mis cachorros Matabeles, los oiremos ladrar un poco antes que termine el día », prometió en voz baja, y se volvió al extremo de la fila. Camino lentamente hasta donde esperaba el ruso, a la sombra de una cabaña. « El viejo no te dirá nada », presagió Bucharin sacándose de los labios la boquilla de ébano y tosiendo suavemente con la mano puesta sobre la boca . « Esta seco, mas allá del dolor y del sufrimiento. Mírale los ojos. Es un fanático. » « Estoy de acuerdo, estos chamanes conocen la autohipnosis, será refractario al dolor. » Fungabera miro su reloj. « Pero donde esta el interprete? » Paso otra hora hasta que el colaboracionista Matabele, liberado del campo de concentración, llegase acompañado a la aldea en la cima de la colina. Cayo de rodillas frente a Peter Fungabera, balbuceando, con las manos esposadas. « Levántate! » Y después, al sargento: « Sáquenle las esposas. Y traigan aquí al viejo ». Vusamanzi fue llevado al centro de la plaza de la aldea. « Dile que soy su padre », ordeno Fungabera. « Mambo, dice que su padre era un hombre, no una hiena. » « Dile que aunque soy clemente con el y su gente, su comportamiento me disgusta. » « Mambo, dice que si ha disgustado a su señoría, esta muy contento. » « Dile que le ha mentido a mis hombres. » « Mambo, dice que espera la oportunidad de mentirle de nuevo. » « Dile que se que el esconde y alimenta a cuatro enemigos del estado. » « Mambo, dice usted esta loco. No hay enemigos del estado escondidos por aquí. » « Muy bien. Ahora dígales a la gente. Repita que quiero saber donde están escondidos los traidores. Que si me llevan a ellos, no le haremos daño a nadie. » El interprete, se paro frente a la fila silenciosa de mujeres y niños, y pronuncio un largo y apasionado discurso, pero cuando termino continuaron mirándolos con la misma expresión ausente. Uno de los niños comenzó a llorar desconsolado: la madre lo tomo en brazos y le ofreció el seno pletórico de leche. Volvió el silencio. « Sargento! » Peter Fungabera dio secas ordenes, y le ataron las muñecas a Vusamanzi detrás de la espalda. Uno de los soldados hizo un nudo corredizo en el extremo de una cuerda de nylon y lanzo el otro extremo sobre uno de los soportes principales de un alto silo de maíz en un costado de la plaza. Pararon a Vusamanzi junto al silo y bajaron el dogal con el nudo corredizo sobre su cabeza y alrededor de su cuello. Ahora dígales a esta gente que cuando cualquiera de ellos acepte conducirnos hasta los traidores, este castigo se detendrá de inmediato. » El interprete levanto la voz, pero todavía no había terminado de hablar cuando Vusamanzi se puso a gritar mas fuerte: « Maldeciré a cualquiera que hable con estos puercos shona. Les ordeno guardar silencio sin importar que cosa me hagan: el que me desobedezca será visitado por mi espíritu después de la muerte. Yo, Vusamanzi, patrón de las aguas ordeno esto! » « Háganlo! » ordeno Fungabera, y el sargento tiro de la cuerda. El dogal se cerro alrededor del cuello del viejo, que gradualmente fue obligado a pararse en puntas de pie. « Suficiente! » dijo Fungabera. El sargento ato el extremo de la cuerda. « Ahora, que se adelante a hablarles. » El interprete paso de una mujer a otra, repitiendo las ordenes de Fungabera y finalmente rogándoles desvergonzadamente que hablaran: pero Vusamanzi miraba fieramente a sus mujeres, incapaz de proferir una palabra pero dominándolas con la fuerza de su voluntad. « Rómpanle un pie », dijo Fungabera. El sargento se encaro con el viejo y con una docena de golpes, usando la culata del rifle como la mano de un mortero, le aplasto el pie izquierdo a Vusamanzi. Cuando las mujeres escucharon los viejos huesos quebrarse como ramitas secas, comenzaron a gemir y ulular. « Hablen! » ordeno Fungabera. Vusamanzi se sostenía en una sola pierna, con el cuello torcido hacia un lado por la tensión de la cuerda. El pie herido comenzaba a hincharse y en poco tiempo alcanzo el triple del tamaño original: la piel se le estiraba, negra y lustrosa como un fruto demasiado maduro, al punto de reventar. « Hablen! » ordeno Peter Fungabera por segunda vez. Los gemidos de las mujeres taparon la orden. « Rompanle elotro pie! » le ordeno al sargento. Apenas la culata del fusil aplasto los pequeños huesos del pie derecho de Vusamanzi, el viejo cayo de costado contra la cuerda y el sargento dio un paso

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atrás, riendo a la vista de las contorsiones del viejo que trataba frenéticamente de aliviar la presión de la cuerda apoyándose sobre el pie mutilado. Ahora todas las mujeres gritaban, y también los niños. Una de las mas viejas, la esposa principal, rompió filas y corrió hacia adelante con los brazos abiertos hacia su marido. « Déjenla! » dijo Peter Fungabera a los guardias que querían detenerla. Ellos se apartaron. La frágil vieja alcanzo a su marido y trato de sostenerlo, gritando su amor y su compasión, pero no tenia fuerzas suficientes ni siquiera para levantar ese cuerpo magro. Alcanzo solo a disminuir la presión en la laringe, lo suficiente para prolongar la agonía del estrangulamiento. El viejo tenia la boca abierta, luchando por una bocanada de aire, y una espuma blanca cubría sus labios. Respiraba con una especie de ulular, que acompañaba los gemidos desesperados de la mujer. « Escuchen al viejo gallo Matabele con su vieja gallina! » sonrío Peter Fungabera, y sus soldados se rieron deleitados. Llevo un largo tiempo, pero finalmente Vusamanzi quedo inmóvil y silencioso, con la cara vuelta hacia el cielo. Su mujer, en tierra, a sus pies, comenzó a hamacarse rítmicamente entonando el lamento fúnebre. Peter Fungabera volvió junto al ruso. Bucharin encendió otro cigarrillo y comento: « Crudo... E ineficaz ». « Nunca hubo una oportunidad con el viejo tonto. Debíamos sacarlo del medio y hacerles entender rápidamente nuestras intenciones. » Peter se seco el mentón y la frente con la punta de su pañuelo. « Ha sido eficaz, coronel. Mire las caras de las mujeres. » Se metió de nuevo el pañuelo en el cuello de su blusa y camino de vuelta hacia las mujeres. « Pregúntales donde están ocultos los enemigos del estado. » Pero, cuando el interprete comenzó a hablar, la vieja salto sobre sus pies y se enfrento a las otras mujeres. « Han visto a vuestro señor morir sin hablar », chillo. « Han oído su orden. Sepan que el volverá! » Peter Fungabera cambio la empuñadura de la fusta y, sin esfuerzo aparente, con mano de hierro lanzo un golpe bajo las costillas de la vieja. Ella grito y se cayo. El bazo, inflamado por la malaria endémica, se reventó por el golpe. « Llévensela », ordenó Peter. Uno de los soldados la tomo por los tobillos y la arrastró detrás de las cabañas. « Pregúntales adonde están escondidos los enemigos del estado. » Peter camino lentamente de arriba abajo por la fila de mujeres y niños, evaluando el grado de terror que veía en cada par de negros ojos Matabeles. Se tomo su tiempo en la selección, regresando finalmente a la mas joven de las madres, apenas mas que una niña ella misma, con su hijo sujeto a su espalda envuelto en una tira de tela azul. Si paro frente a ella y la miro de arriba abajo, después, cuando juzgo que era el momento, la aferro por las muñecas. La llevo gentilmente al centro de la plaza, donde todavía ardían los restos del fuego colectivo. Con los pies, Fungabera junto los tizones ardientes y siempre sujetando a la muchacha, espero a que brotaran de nuevo las llamas. Después le retorció el brazo obligándola a arrodillarse. Se hizo silencio sobre las otras mujeres que miraban con mortal fascinación. Peter Fungabera desato la tela azul y tomo al bebe. Era un varoncito regordete, con la piel del color de la miel salvaje, con la pancita llena de la leche materna, y brazaletes de grasa en torno a las muñecas y piernas. Peter lo arrojo al aire y cuando iba cayendo lo tomo de un tobillo. El bebe chillo molesto, colgando cabeza abajo del puño de Fungabera. « Donde están ocultos los enemigos del estado? » La cara del bebe se estaba hinchando y oscureciendo por la afluencia de sangre. « Ella dice que no lo sabe. » Peter Fungabera levanto al niño alto sobre las llamas. « Adonde están los enemigos del pueblo? » Cada vez que repetía la pregunta bajaba al niño unos cuantos centímetros. « Ella dice que no lo sabe. » De repente, Peter bajo el cuerpito que se retorcía en el medio de las llamas, y el pequeño chillo de una manera diferente. Después de un segundo Peter Fungabera lo levanto de nuevo y se lo mostró a la madre. El fuego le había quemado las cejas y las apretadas motitas de cabello.

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« Dile que asare a este lechoncito a fuego lento y después la obligaré a comérselo.» La muchacha trato de quitarle el bebe, pero el general lo sostenía fuera de su alcance. Ahora la chica comenzó a gritar una sola frase, repitiéndola una y otra vez, mientras las otras mujeres suspiraban y se cubrían el rostro con las manos. « Dice que te conducirá a ellos. » Peter Fungabera le restituyo desdeñosamente al niño en sus brazos y volvió al lado del ruso. El coronel Bucharin, inclino levemente la cabeza en renuente admiración. A quince metros de profundidad Craig trabajaba, anclado, frente al muro de la tumba. Había sujetado la correa de su cintura a un espolón calcáreo, y a la débil luz amarilla de la linterna eléctrica estaba examinando atentamente el muro en busca de un punto débil de entrada. Tanteando con sus manos, para suplir las visión distorsionada por el agua, descubrió que no había brechas, pero que la base de la pared había sido construida con bloques cuadrados de piedras calcáreas mucho mas grandes que en la parte superior. Probablemente la disponibilidad de grandes rocas a poca distancia de la tumba se había terminado rápidamente, y el viejo brujo y sus aprendices debieron contentarse con bloques mas chicos que podían transportar desde mayor distancia. No obstante los mas pequeños eran mas grandes que una cabeza humana. Craig agarro uno de esos y trato de extraerlo. Sus manos reblandecidas por el agua sufrieron excoriaciones y una pequeña nube de sangre enturbio el agua al cortarse la piel con el borde afilado de la piedra, pero no sintió dolor porque el frío lo había anestesiado. Casi de inmediato el agua también se enturbio por el sedimento agitado por sus movimientos y que había permanecido sin tocar por tanto tiempo. En segundos estuvo totalmente cegado por el agua que se ensuciaba y apago la linterna para conservar las pilas. Pequeñas partículas de suciedad irritaron sus ojos y los cerro con fuerza trabajando solo al tacto. Hay grados de oscuridad, pero esta era total. Era una tiniebla que parecía tener un peso físico que lo aplastaba, acentuando los cientos de metros de roca sólida y agua por encima de el. El oxigeno que respiraba tenia un gusto a químicos y cada pocas bocanadas un chorrillo de agua encontraba la entrada para infiltrarse en la mascara y se ahogaba, tratando de no toser porque un acceso de tos podía desprenderle del todo la mascara. El frío era como una enfermedad terminal, lo estaba destruyendo con gran eficacia, afectando su juicio y reacciones, haciéndole mas y mas difícil resguardarse contra la aparición del envenenamiento por oxigeno, y cada señal de la cuerda desde la superficie parecía tardar una eternidad después de la ultima. Pero continuo trabajando en el muro con obstinación ciega, comenzando a odiar a los ancestros de Vusamanzi por su destreza como constructores. Al finalizar el turno de media hora, había extraído del muro una buena pila de rocas, abriendo un hueco de un metro de profundidad en la pared apenas ancho como para acomodar la mitad superior de su cuerpo con el voluminoso equipo de oxigeno atado a su espalda, pero todavía no había indicación de cuan gruesa era la pared. Saco del medio las rocas que había extraído pateando la pila y haciéndolas rodar por la pendiente del corredor de acceso y caer en las profundidades de la galería principal. Luego, con alivio, desato la soga que lo anclaba y comenzó el lento ascenso hacia la superficie del lago subterráneo. Tungata lo ayudo a trepar sobre la orilla rocosa, porque estaba débil como un niño y el equipo sobre su espalda lo tiraba hacia abajo. Tungata le quito el equipo sobre su cabeza mientras Sarah le servia un jarro de te negro cargado de azúcar marrón. « Y Sally-Anne? » pregunto Craig. « Esta de guardia arriba », respondió Tungata. Craig tomo la taza con las dos manos, para calentárselas, y se arrimo mas al pequeño fuego, temblando de frío. « Comencé ha crear un pequeño agujero en la parte alta del muro, y he profundizado un metro, pero no hay modo de saber que grosor tiene o cuantas inmersiones mas necesitare para atravesarlo. » Sorbió un trago de te. « Pero hemos pasado por alto algo: necesitare algo para transportar los diamantes, si los encontramos », dijo Craig cruzando los dedos, mientras Sarah hacia su propia señal para alejar la mala suerte. « Las jarras de cerveza serán muy frágiles – ya rompió una el viejo Insutsha – y serán un poco difíciles de transportar. Deberemos usar las bolsas que

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hice con la tela de los asientos. Cuando Sarah suba para relevar a Pendula, deberá decirle que las traiga aquí. » Mientras el frío se disipaba por el fuego y el te caliente, comenzó a dolerle la cabeza. Craig sabia que era efecto de la inhalación de oxigeno a alta presión, el primer síntoma del envenenamiento. Era como una migraña de la máxima intensidad, que le apretaba el cerebro induciéndolo a gemir fuerte. Tomo tres analgésicos del botiquín de primeros auxilios y los trago con el te caliente. Después se sentó a esperar que le hiciera efecto. Tenia tanto miedo de volver al muro que le venían nauseas y le flaqueaba la voluntad. Descubrió que estaba buscando una escusa para posponer la próxima inmersión; cualquier cosa con tal de evitar el frío terrible y la asfixiante presión de las oscuras aguas sobre el. Tungata lo miraba silencioso del otro lado del fuego, y Craig se saco la capa de piel que le había dado Sarah y le devolvió la taza vacía. Se puso de pie. La jaqueca se había resumido en una pulsación un poco dolorosa detrás de los ojos. « Vamos », dijo, y Tungata le apoyo una mano sobre el brazo y se lo apretó antes de inclinarse a levantar el equipo de oxigeno sobre la cabeza. Craig tembló al nuevo contacto con el agua helada, pero se obligo a entrar, y la piedra que sostenía en las manos lo llevo rápidamente de cabeza a las profundidades. En su imaginación La entrada a la tumba no se parecía mas a una orbita vacía, sino a la boca desdentada de alguna horrenda criatura de la mitología africana, que se abría para tragarlo. Ingreso y nado por el inclinado pasaje, y se anclo en el agujero que había cavado en la pared. El sedimento se había asentado, y a la luz de la linterna las formas y las sombras de las rocas circundantes se encimaban sobre el, y lucho contra otro ataque de claustrofobia, presagiando las nubes de mugre que pronto lo cegarían. Adelanto la mano, y la roca rugosa y cortante le raspo las yemas de los dedos escoriados. Aflojo un trozo de piedra y una nube de barro remolineo alrededor de su cabeza. Apago la linterna y recomenzó el trabajo a ciegas. Los tirones de la cuerda atada a su cintura eran el único contacto con la realidad y el tiempo; y de algún modo ayudaban a vencer el terror creciente de la oscuridad y el frío. Veinte minutos mas tarde, el dolor de cabeza estaba perforándole a través de la droga que lo había aplacado. Era como si le estuvieran metiendo un clavo romo a martillazos en las sienes, y detrás de los ojos una punta de acero le perforase el cerebro. « No puedo resistir otros diez minutos » pensó. « Voy a subir ahora. » Dio la espalda al muro y con un esfuerzo sobrehumano, a ultimo momento se detuvo. « Cinco minutos » se prometió « solo cinco minutos mas » Introdujo el torso en el orificio, y el cilindro de oxigeno choco contra una roca resonando como una campana. Aferro con los dedos los bordes de una roca triangular que había frustrado sus esfuerzos por los últimos minutos. Una vez mas deseo tener una barreta para insertar en esa grieta y apalancarla. En su lugar uso sus dedos doloridos metiéndolos bajo la roca, después se acuño contra los costados e hizo fuerza, comenzando a sacudirla, lentamente ejerciendo mas fuerza con cada envión, hasta que se le anudaron los músculos de la espalda y le dolió el vientre con el esfuerzo. Algo se movió y sintió el roce de piedra contra piedra. Tiro de nuevo y la fisura se cerro sobre sus dedos y grito de dolor dentro de la mascara. Pero el dolor de sus dedos aplastados libero las insospechadas reservas de energía intactas. Las empleo todas contra aquella roca que rodó afuera, liberándole los dedos, y hubo un ruido de derrumbe de bloques de rocas desplomándose y entrechocando bajo el agua. En la abertura se apretó los dedos magullados contra el pecho, gimoteando de dolor dentro de la mascara, semi ahogado por el agua que se había introducido cuando grito. « Ahora subo », decidió. « Ya esta. Ya estuve suficiente. » Comenzó a arrastrarse fuera de la abertura, sacando cautelosamente una mano para impulsarse hacia atrás. Pero no encontró nada sólido, frente a el agitaba la mano en la abertura. Se quedo inmóvil, el agua en la mascara chapoteando, tratando de tomar una decisión. Oscuramente sabia que si emergía ahora, no tendría la fuerza de voluntad para volver a entrar al agua. Una vez mas tanteo frente a el, y viendo que no encontraba resistencia, avanzo mas. La cuerda que lo anclaba lo retenía y desato el nudo, avanzo un poco mas y la garrafa de oxigeno se encajo contra el techo del pasaje. Giro poniéndose de lado y pudo liberarla. Todavía no tocaba nada delante de el. Había atravesado el muro. Y de repente un terror supersticioso lo embargo.

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Retrocedió y el cilindro golpeo otra vez contra el techo rocoso, y esta vez se bloqueo. Estaba aprisionado, e inmediatamente comenzó a debatirse para liberarse. Presa de la ansiedad, se acelero su respiración, superando la eficiencia mecánica de la válvula en la mascara de modo que no podía aspirar mas oxigeno y al asfixiarse latió mas rápido el corazón y el sonido del pulso en sus oídos lo ensordecía. No podía retroceder, y pateo con su única pierna sana, mientras que con el muñón de la otra encontraba un sólido apoyo en la roca lisa. Se impulso hacia delante con ambos miembros y en un repentino envión, similar al momento del parto, se deslizo a través del hueco en la pared de la tumba al espacio mas allá. Tanteo frenéticamente a su alrededor y encontró con una mano la pared lisa del Pasaje a un costado; pero ahora que no estaba anclado, el chaleco salvavidas inflado de oxigeno lo hacia flotar y ascendió. Se cubrió la cabeza con ambas manos para no golpearse contra la roca y buscando un apoyo; pero bajo la yema de sus dedos escoriados la roca se deslizaba como un vidrio enjabonado y a medida que ascendía el oxigeno contenido en el chaleco se expandía al disminuir la presión exterior, así que subía cada vez mas rápido, solo frenado por la cuerda de señales atada a su cintura. Mientras luchaba para estabilizarse, el oxigeno en expansión comenzó a burbujearle por los costados de la mascara y finalmente fue presa del pánico, fue proyectado hacia arriba en total oscuridad como un corcho. De repente emergió a la superficie sobre la espalda oscilando como una boya. Se desprendió de la mascara e inspiro una bocanada de aire. Era aire puro, con un olorcillo a guano de murciélagos. Lo aspiro agradecido, haciendo la plancha. La cuerda se tenso, tratando de hundirlo. Seis tirones. Era la pregunta: « Todo bien? » Su ascenso descontrolado debía haber desenrollado un buen tramo de la cuerda a los pies de Tungata, y evidentemente estaría muy preocupado. Craig le respondió con la señal convenida de que todo estaba bien y palpo el interruptor para encender la linterna. El débil rayo de luz lo encandilaba después de toda la oscuridad de antes; y los ojos le ardían por todo el sedimento que le había entrado. Pestañeo mirando un poco a su alrededor. El pasaje subía en Angulo agudo desde la pared de bloques cuadrados, hasta que cercano a la superficie se transformaba en un pozo vertical. Los antiguos hechiceros, para escalar estas paredes tuvieron que excavar nichos y construir una escalera de troncos. Los peldaños de la escalera estaban asegurados con cuerdas de cortezas. Esta rudimentarias escalera subía por una especie de chimenea sobre la cabeza de Craig siempre en el agua, pero el rayo de la linterna no tenia la suficiente potencia para ver donde terminaban los peldaños. Craig se acerco a la escalera con dos brazadas y se sujeto a un peldaño mientras ponía en orden sus ideas. Trataba de imaginarse la forma de la chimenea y su forma. Se dio cuenta que, habiendo emergido a la superficie, por la ley de los vasos comunicantes se encontraba al mismo nivel que sus compañeros del otro lado de la pared de roca; la caverna tenia forma de « U », y así había sido su itinerario submarino; la primera rama en la galería principal, el fondo en el pasaje del muro, y la otra rama por el empinado conducto que lo había llevado a emerger a donde se encontraba ahora. Probo la escalera de madera y aunque crujió y se hundió un poco, soportaba su peso. Debía sacarse el equipo de buceo y abandonarlo flotando en el pozo, mientras ascendía por la desvencijada escalera; pero primero debía descansar y recuperar el pleno control de si mismo. Se llevo ambas manos a la cabeza y se presiono las sienes, el dolor era casi intolerable. En ese momento, la cuerda atada a la cintura le dio tres tirones repetidos, la llamada urgente señal de peligro mortal, algo andaba desesperadamente mal! Craig se volvió a colocar la mascara y señalo: « Sácame afuera! » La cuerda se tenso y fue arrastrado rápidamente debajo de la superficie. A la joven madre Matabele se le permitió llevar la criatura sobre la espalda, pero fue amarrada por la muñeca a la muñeca del sargento. Peter Fungabera estuvo tentado de usar el helicóptero para acelerar la cacería humana, pero luego se decidió por ir a pie; era mas silencioso. Conocía la calidad de los hombres que perseguía. El sonido del helicóptero los alertaría y les Daria la oportunidad de escapar a la jungla otra vez. Por el mismo motivo había dispuesto a la vanguardia un grupo de veinte hombres seleccionados a los cuales había hablado personalmente:

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« Debemos capturar vivo a este Matabele; aun a costa de vuestras vidas; lo quiero vivo! » El helicóptero seria llamado por radio apenas fuese necesario. Y otros trescientos hombres podían ser transportados rápidamente para bloquear la zona. La pequeña fuerza se movía rápidamente. La muchacha era arrastrada por el gran sargento shona; llorosa y avergonzada por su traición, señalaba las direcciones en las frecuentes bifurcaciones del sendero, apenas distinguible. « Los han estado alimentando y aprovisionando », dijo Peter en voz baja al ruso. « Este sendero ha sido usado regularmente. » « Mal lugar para una emboscada », dijo Bucharin lanzando una mirada a las laderas del valle que dominaban el sendero. « Con ellos puede haber guerrilleros escapados del campo. » « Una emboscada significa un contacto; y es lo que deseo ardientemente », le dijo tranquilamente Peter. Y una vez mas el ruso sintió satisfacción por la elección del hombre. Este tenia el coraje necesario para la tarea. Ahora solamente necesitaban un pequeño cambio en la suerte de la guerra, y sus patrones de Moscu tendrían un pie en África Central. Una vez que lo obtuvieran, naturalmente, este hombre Fungabera debería ser cuidadosamente vigilado. No era un simple gorila que se podía manipular como una marioneta. Este tenia profundidades que aun no habían sido medidas, y seria tarea de Bucharin emprender tal exploración. Requería sutileza e intuición. Saboreo el trabajo; lo disfrutaría exactamente como estaba disfrutando de la cacería actual. Mantenía fácilmente el paso de Peter Fungabera, sin esforzarse, y tenia esa deliciosa excitación en las vísceras y la tensión en los nervios, la exacerbación de todos sus sentidos y ese especial éxtasis de la cacería humana. Solo el sabia que la caza no estaría terminada con la captura del Matabele. Después de eso habría otras presas, tan elusivas y preciosas; estudio la espalda del hombre que lo precedía, admirando la gracia felina de sus movimientos, los largos pasos elásticos, el modo de llevar la cabeza sobre el cuello nervudo, del mismo olor que emanaba del sudor que impregnaba el uniforme. Si, también el olor, el olor felino del África. Bucharin sonrió. Que conjunto de trofeos para coronar su larga y gloriosa carrera! El Matabele, los Shonas, y toda su tierra. Estas elucubraciones mentales no distraían en modo alguno su sentidos que estaban alertas. Estaba plenamente consciente que el valle se estaba estrechando delante de ellos, que las pendientes se hacían cada vez mas escarpadas y la peculiar raquítica y deforme naturaleza del bosque. Se adelanto para tocarle el hombro a Peter, para llamarle la atención sobre el cambio en la formación geológica del acantilado junto a ellos, el contacto de la roca calcárea sobre la roca nativa; cuando abruptamente la mujer Matabele comenzó a chillar. Su voz resonó agudísima entre los acantilados, y se repitió sobre la selva, rompiendo el silencio calido y obsesivo de ese valle extrañamente embrujado. Sus gritos eran incomprensibles, pero inconfundiblemente eran una alarma. Peter Fungabera la alcanzo en dos pasos, le pasó un brazo alrededor del cuello, y le coloco la mano bajo el mentón, coloco el otro antebrazo en la base del cuello y con un sacudón seco le tiro la cabeza hacia atrás contra el antebrazo, el cuello de la muchacha se partió con un chasquido audible y su grito se corto tan abruptamente como había empezado. Mientras su cuerpo sin vida caía, Peter giró y rápidamente señalo a sus soldados. Ellos reaccionaron instantáneamente, abandonando el sendero e iniciando una maniobra envolvente. Cuando estuvieron en posición, Peter miro al ruso y asintió. Bucharin se movió en silencio a su costado, y prosiguieron juntos con las armas listas, rápidos y atentos. El senderito llevaba hasta la base del acantilado y desaparecía en una estrecha hendidura vertical en la roca. Peter y Bucharin corrieron al frente y se aplastaron contra el acantilado a cada lado de la abertura. « La guarida del zorro Matabele », se regodeo Peter. « Ahora lo tengo! » « Los Shonas están aquí! » Los gritos venían de la entrada de la caverna, atenuados por los pliegues de la roca y los arbustos que la cubrían. « Han venido a capturarlos! Huyan! Los shona... » Era una voz de mujer que se interrumpió de golpe. Sarah saltó de junto al fogón, tumbando el caldero de hierro de tres patas, y corrió atravesando la caverna, agarrando al pasar la lámpara e introduciéndose en el laberinto de pasajes.

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Desde arriba de la escalera natural que conducía a la gran galería, grito: « Los Shonas están aquí, mi señor! Nos descubrieron! » Los ecos amplificaron el terror y la urgencia de su voz. « Voy para allá! » tronó Tungata subiendo a los saltos la escalera y prontamente llego a donde estaba Sarah. La abrazo. « Donde están? » « En la entrada. Escuche una voz, era una de nuestras mujeres que avisaba. Pude sentir el miedo en su voz, que después se interrumpió. Creo que la mataron. » « Ve abajo al lago, ayuda a Pendula a sacar a Pupho. » « Mi señor, no hay vía de escape para nosotros, verdad? » « Pelearemos. Y peleando quizás podremos encontrar una. Ahora ve abajo, Pupho te dirá que hacer. » Con el Kalashnikov al hombro, Tungata desapareció en el pasaje que conducía a la caverna principal. Sarah en su apuro tropezó en la escalera, cayendo, rodando y raspándose las rodillas. « Pendula! » grito, desesperada, deseosa de desahogarse con alguien. « Estoy aquí, Sarah. Ayúdame. » Cuando llego a la orilla rocosa del lago, Sally-Anne estaba con el agua a la cintura, tirando de la cuerda. « Ayúdame, se ha atorado en el fondo! » Sarah saltó al agua a darle una mano. « Los shona nos han descubierto. » « Lo se, te escuchamos. » « Que haremos, Pendula? » « Primero sacaremos a Craig del agua, el pensara en algo. » De repente cedió la cuerda: quince metros mas abajo, Craig se las había arreglado para atravesar la abertura que había practicado en el muro. Las dos muchachas se dedicaron a arrastrarlo arriba mano sobre mano. Sobre la superficie del lago comenzaron a surgir burbujas de oxigeno, y vieron a Craig ascender en el agua clara como el gin: la mascara lo transformaba en una especie de grotesco monstruo marino. Llego a la superficie y se saco la mascara, estornudando y tosiendo en el aire fresco. « Que pasa? » balbuceo izándose sobre la orilla de piedra lisa. « Llegaron los shona. » Respondieron juntas, en ingles y Sindebele. « Oh Dios! » Craig se tumbo débilmente sobre la loza de piedra. « Que hacemos, Craig? » Lo miraron desesperadas, mientras el frío y el dolor de cabeza parecía paralizarlo. De repente el aire a su alrededor reverberó como si se encontraran dentro de un tambor batiente. « Disparos de ametralladora! » susurro Craig, tapándose los oídos para protegerlos. « Sam hizo contacto. » « Por cuanto tiempo lograra detenerlos? » « Depende si usan granadas o gas... » Se interrumpió y se puso de pie temblando violentamente. Las miro. Ellas advirtieron su desesperación y desviaron la mirada. « Donde esta la pistola? » pregunto Sarah, temerosa, mirando el envoltorio de piel de cabra en la grieta de la pared de roca. « No! » estallo Craig. « Eso no! » Le agarro la mano. Se recompuso, sacudiéndose la desesperación de encima como el agua en su pelo. « Has usado alguna vez un equipo de buceo? » le pregunto a Sally-Anne. Ella sacudió la cabeza. « Bueno, ahora es el momento... » « No puedo lanzarme allí dentro! » Sally-Anne miro con terror el lago de agua negra. « Puedes hacer cualquier cosa que debas hacer! » replico furioso Craig. « Escucha, he encontrado otro ramal de la caverna que desemboca en la superficie. No llevara mas de tres o cuatro minutos... » « No! » Sally-Anne se alejó de el. « Primero te llevo a ti, y después vuelvo a buscar a Sarah. » « Prefiero morir aquí, Pupho », susurro la muchacha negra. « Entonces se cumplirá tu deseo! » Craig ya estaba cambiando el cilindro de oxigeno por uno nuevo; y volvió su atención a Sally-Anne. « Pon tus brazos alrededor de mi torso, y respira lentamente: mantén la respiración lo mas que puedas, y después exhalas muy lentamente. La abertura en el muro es

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chica, pero tu eres mas flaca que yo, lo atravesaras fácilmente. » Levanto el equipo de oxigeno sobre su cabeza y se lo bajo sobre los hombros. « Yo pasare primero, y te remolcare detrás de mi. Un vez superado el muro, se sube rápido. Mientras ascendemos, recuerda exhalar todo el oxigeno de tus pulmones, porque se expande y reventaran como una bolsa de papel. Ven conmigo. » « Craig, tengo miedo! » « Nunca pensé que te lo oiría decir. » Semi inmerso en el agua, le aplico la mascara sobre la cara. « No opongas resistencia », le dijo. « Cierra los ojos y relájate, yo lo hago todo. Pero, por el amor de Dios, no luches. » Ella asintió, amordazada por la mascara, y de nuevo la galería retumbo con el trueno ensordecedor de disparos de rifle automático desde arriba. « Están mas cerca.», murmuro Craig. « Sam se esta retirando. » Después llamo a Sarah, en la orilla. « Alcanzame la pierna! » Sarah se la alcanzo. Se la ato al cinto. « Mientras esperas a que vuelva, junta toda la comida que puedas encontrar en las bolsas de lona. También las lámparas de repuesto y las baterías. Vuelvo a buscarte en diez minutos. » Comenzó a híper ventilar, sosteniendo contra el pecho la piedra que los sumergiría. Le hizo un gesto a Sally-Anne que se aproximo detrás de el y puso sus brazos alrededor de el bajo las axilas. « Respira bien profundo y déjate llevar », le ordenó, llenándose los pulmones por ultima vez. Se sumergió con Sally-Anne abrazada a su espalda, y juntos se hundieron hacia el pasaje de ingreso a la tumba. A mitad del descenso, Craig escucho el clic de las válvulas en la mascara, y sintió que el pecho de Sally-Anne se hundía e hinchaba mientras respiraba, y se ponía rígido preparándose a un acceso de tos. Pero por fortuna no ocurrió. Llegaron a la abertura y el soltó la piedra y la arrastro hasta la pared. Suavemente se desembarazo de sus manos, tratando de que sus movimientos fuesen calmados y sin urgencias. Retrocedió hasta la abertura, sosteniéndole las manos y tiro de ella. Sin el equipo de oxigeno el se deslizo fácilmente através del agujero. La escucho respirar otra vez « Brava muchacha! » aplaudió mentalmente. « Brava y corajuda! » Por un instante, el aparato se le encajo en el hueco, pero el la libero enseguida, después la arrastro consigo. También ella había pasado, por suerte! Gracias a Dios, pensó. Y ahora, a emerger! Se aceleraron. La presión les hacia chillar los oídos. La punzo fuerte con el dedo en las costillas y oyó el surgir de burbujas a medida que liberaba el oxigeno expandido en sus pulmones. Chica inteligente! Le estrecho la mano, y ella le devolvió el apretón. El ascenso fue tan largo que empezó a temer que se había equivocado de ramal: pero de repente irrumpieron a la superficie y el pudo respirar. Le encendió la pila aplicada en el chaleco. « No solo eres buena », jadeo. « Simplemente eres maravillosa! » La acompaño hasta la escalera de troncos. « Sal del agua, sube. Ten, átame la pierna al peldaño. Vuelvo lo antes que pueda. » No perdió tiempo en colocarse el respirador, que era un trabajo engorroso en el agua, se lo coloco bajo el brazo, vacío el chaleco del oxigeno que contenía porque no había piedras de contrapeso disponibles para sumergirse y, con el respirador ahora mas pesado que el agua, encaro el descenso en apnea, después de haber híper ventilado junto a la escalera. En la abertura del muro penetro retrocediendo y arrastrando la garrafa y el chaleco desinflado. En la entrada de la gran galería abrió el cilindro y el oxigeno se expandió en el chaleco, que lo llevo rápidamente hacia la superficie. Sarah lo esperaba en la orilla, con la bolsas de tela ya llenas y listas. « Ven! » la animó Craig. « Pupho, no puedo! « Levanta tu culo negro y entra en el agua! » le ordenó. « Toma, agarra las bolsas, yo me quedo aquí. » Craig la tomo del tobillo y la hizo caer al agua. La muchacha se abrazo a el. « Sabes lo que te harán los Shonas, si te atrapan? » Rudamente le coloco el respirador y la mascara. Desde arriba se oían frecuentes ráfagas de ametralladora, y el silbido de las balas que rebotaban en las rocas. Craig le puso la mascara sobre la cara. « Respira! » le ordenó. Ella aspiró una bocanada de oxigeno.

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« Has visto que fácil es? » La muchacha asintió. « Sostén la mascara presionada contra la cara con la mano. Respira lentamente y sin apuro. Yo te llevo: quédate quieta, inmóvil! inmóvil! » Sarah asintió otra vez. Craig se ato las bolsas de tela a la cintura y agarro una piedra para sumergirse. Después comenzó la hiperventilación. De repente, un soldado lanzo una granada en el corredor. La sintieron golpear contra las paredes de roca, después exploto iluminando la caverna con un intenso fulgor azul de una llamarada de fósforo. Con una piedra bajo el brazo y Sarah bajo el otro, Craig se zambullo. A la mitad del descenso sintió a Sarah tratando de respirar e inmediatamente comprendió que estaban en problemas. Había aspirado agua: comenzó a toser dentro de la mascara. Empezó a retorcerse y luchar con el. La pudo sostener con dificultad, era sorprendentemente fuerte, su delgado cuerpo se debatía entre sus brazos. Llegaron a la abertura en la pared y Craig soltó el contrapeso. Su flotación cambio drásticamente. Sarah giro sobre el y le dio un codazo en la cara. El golpe lo aturdió y por un segundo la soltó. Sarah empezó a emerger rápidamente. Pataleando y braceando. Apenas tuvo tiempo de agarrarla por el tobillo. Anclándose a los bordes de la abertura, la tiro hacia abajo y en el resplandor de la lámpara vio que se había sacado la mascara. Le bailaba a la altura de la frente, unida a la manguerita de plástico. La arrastro dentro del pasaje y hacia la pared, mientras ella lo arañaba y trataba de patearlo en las ingles, que Craig alcanzo a proteger con la rodilla mientras la giraba boca abajo. Tomándola desde atrás, la arrastro a la abertura, ella se debatía con furia homicida, presa del pánico mas terrible. A mitad de camino la manguera del oxigeno quedo atrapada en una fisura de la roca, bloqueándola. Mientras Craig trataba de liberar la manguera de la fisura, Sarah comenzaba a debilitarse, sus movimientos se hicieron espasmódicos y descoordinados. Se estaba ahogando. Craig tomo la manguera con las dos manos y de un tirón, ayudándose con los pies contra la roca, lo arranco del salvavidas inflado de oxigeno. El gas escapo por la rotura con un ruido de burbujas plateadas: Sarah quedo libre. La arrastro fuera de la abertura y comenzó el ascenso pataleando con una sopa pierna, venciendo el peso de Sarah, del cilindro de acero y de las bolsas de tela. La lucha que había debido sostener con la muchacha le había costado gran parte de sus reservas de oxigeno, tenia los pulmones en llamas y en el pecho violentos espasmos. Continuó pataleando. Sarah, entre sus brazos, estaba inmóvil; y el sintió que no obstante todos sus esfuerzos, no se movían mas, estaban colgados en las negras profundidades, ambos ahogándose lentamente. Gradualmente la urgencia por respirar pasó, y no valía mas la pena de hacer otro esfuerzo. Era mas fácil relajarse y dejar que ocurriera. Daba lo mismo... En aquella mortal indiferencia, sintió un extraño dolor. Se pregunto sin mucho interés, que cosa podría ser, pero fue solo cuando su cabeza emergió a la superficie que comprendió que Sally-Anne lo había aferrado por los cabellos. Aun en su condición de semi ahogado, se dio cuenta que Sally-Anne debió haber visto brillar la lámpara debajo de la superficie y se dio cuenta de su aprieto. Debió haber buceado hasta ellos, tomo a Craig por los cabellos y los arrastro hasta la superficie. Mientras luchaba para respirar, también se dio cuenta que tenia a Sarah por el brazo. La muchacha negra estaba flotando boca abajo junto a el. « Ayúdame! » grito. « Sácala fuera! » Entre los dos le sacaron el respirador dañado y levantaron a la muchacha inconsciente sobre el primer peldaño de la escalera, donde Sally-Anne la acomodo sobre sus rodillas boca abajo. Sarah colgaba allí como un ahogado gatito negro. Craig le metió dos dedos en la boca, asegurándose que la lengua no estorbara y luego empujo los dedos en la garganta para provocar el reflejo del vomito. Sarah devolvió una mezcla de agua y vomito, comenzando a hacer pequeños movimientos descoordinados. Colgando en el agua junto a ella, Craig le enjuago la boca con un poco de agua y luego le cubrió los labios con los suyos insuflándole aire en los pulmones mientras Sally-Anne trataba de sostener el cuerpo exánime lo mejor que podía en el precario apoyo. « Esta respirando de nuevo. »

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Craig dejo de darle respiración boca a boca. Se sentía mal, mareado y débil porque también el estuvo cerca de ahogarse. « El respirador esta roto », susurró. « la manguera esta cortada. » Tanteo en las cercanías, pero se había ido a pique. « Sam », susurró. « Debo volver por Sam. » « Querido, no lo hagas. Ya has hecho bastante. Te mataras. » « Sam », repitió el. « Debo ir a traerlo. » Torpemente comenzó a desatarse las bolsas de tela de la cintura, y las colgó en el peldaño junto a la pierna. Se colgó de la escalera respirando tan profundo como sus doloridos pulmones se lo permitían. Sarah tosía y estornudaba pero intentaba sentarse. Sally-Anne la levanto y la sentó sobre sus rodillas como una criatura. « Craig, amor, trata de volver sano y salvo! » le imploró. « Justamente », asintió el, concediéndose otra media docena de ventilaciones, antes de darse un envión en el peldaño de la escalera y las frías aguas se cerraron otra vez sobre su cabeza. Cuando desemboco en el lago del otro lado del muro, vio que se reflejaban las luces de las granadas, relámpagos azules continuos como fogonazos de arcos voltaicos. Cuando llego a la superficie se encontró con que la galería superior estaba llena de humo que remolineaba. Aspiro aire e inmediatamente le ataco un dolor en la garganta y su pecho y los ojos le picaban y lagrimeaban de modo que apenas podía ver. « Gas lacrimógeno! » se dio cuenta. Los shona estaban gaseando la caverna. Craig vio que Tungata estaba en el agua, hundido hasta la cintura, detrás de la roca de la orilla. Había rasgado una tira de la camisa y lo había mojado y puesto sobre su boca y nariz, pero sus ojos estaban rojos y lacrimosos. « Toda la caverna esta plagada de soldados », le dijo a Craig, con la voz apagada por la tela mojada, y cuando se interrumpió, una estentórea voz incorpórea levanto ecos en la galería, su Ingles distorsionado por el megáfono electrónico. « Si se rinden inmediatamente, no se les hará daño. » Como resaltando la afirmación, se escucho un “pock” de un lanza granada y otro cartucho de gas lacrimógeno llego volando por la galería rebotando en el piso calcáreo como una pelota, emitiendo blancas nubes del gas irritante. « Ya están en las gradas de la escalinata, no pude pararlos. » Tungata se alzó sobre el borde de la orilla rocosa y disparo una ráfaga corta hacia la galería. Sus balas chocaron y silbaron en las rocas y luego el AK se silencio y el se volvió a agachar. « El ultimo cargador », gruño, arrojando el fusil automático al agua. Busco la pistola en su cintura. « Ven, Sam », jadeo Craig. « Hay una vía de escape debajo del agua. » « No se nadar. » Tungata estaba examinando la pistola. Metiendo el cargador en la culata y tirando de la corredera para cargar. « Ya hice pasar a Sarah », le dijo Craig tratando de respirar a través de la acre atmosfera, « también te pasare a ti. » Tungata lo miro a los ojos. « Confía en mi, Sam. » « Sarah esta a salvo? » « Te lo aseguro. Esta allá. » Tungata vacilo tratando de vencer el temor al agua. « No puedes dejar que te capturen », le dijo Craig. « Se lo debes a Sarah y a tu pueblo. » Quizás Craig había descubierto la única cosa que lo movería. Tungata se puso la pistola al cinto. « Dime lo que debo hacer. » Era imposible híper ventilar en aquella atmosfera llena de gas. « Aspira lo mas que puedas y mantén la respiración. Aguanta, oblígate a no respirar», jadeo Craig. El gas lacrimógeno le estaba lacerando los pulmones, y sentía el gélido difundir de la somnolencia como plomo liquido en las venas. Iba a ser un largo camino hasta la salvación, y muy duro. « Aqui! » le dijo Tungata. « Arie fresco! » Era un hueco bajo la orilla rocosa, un bolsón donde el aire todavía no estaba contaminado por el gas. Craig respiró ávidamente. Tomo las manos de Tungata y se las coloco en la correa de tela, diciéndole que no la soltara. Después hizo una ultima profunda aspiración y se zambullo junto con Tungata. Descendieron rápidamente. Cuando llegaron al muro no tenían mas cilindros de oxigeno que los molestaran, axial que pasaron muy fácilmente: Craig arrastro a Tungata del otro lado del muro

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con las ultimas fuerzas que le quedaban. Pero se estaba atrasando y debilitando drásticamente, una vez mas perdiendo la urgencia por respirar, un síntoma de la asfixia. Habían atravesado la pared, pero no lograba pensar en cual era el próximo paso. Estaba desorientado y confundido, con su mente jugándole tretas, se encontró riendo débilmente, derramando preciosas burbujas de aire entre sus labios. El resplandor de la linterna se transformo en un maravilloso verde esmeralda, y luego se dividió en componentes del arco iris. Era hermoso y lo examino como borracho, comenzando a girar sobre su espalda. Había tanta paz y belleza, era como caer en la inconsciencia después de una inyección de pentotal. El aire que se le escapaba por la boca y las burbujas eran brillantes como piedras preciosas. Las miro ascender hacia la superficie. « Arriba! Arriba! » pensó con la mente embotada. « Debo subir! » y pataleo sin ganas, impulsándose débilmente hacia arriba. Inmediatamente sintió un potente tirón en la cintura y vio las piernas de Tungata agitarse como las bielas de una locomotora: las miro con la pesada concentración de un borracho, pero lentamente se desvaneció en la oscuridad. Su ultimo pensamiento fue: « Si esta es la muerte, es mejor de lo que se piensa », y se dejo ir con fatalismo. Se despertó por el dolor, tratando en vano de volver a ese confortable seno de la oscuridad de la muerte: pero habían manos que lo sacudían y masajeaban y los ásperos peldaños de la escalera le penetraban en la carne. Luego advirtió que sus pulmones ardían y sentia los ojos como si hubiera estado nadando en acido concentrado. Las terminaciones nerviosas le dolían. Sentía cada músculo dolorido y el escozor de cada corte y excoriación de la piel. Después escucho la voz. Trato de expulsarla de la consciencia. « Craig! Craig, amor, despierta! » y la dolorosa bofetada de una mano mojada contra la mejilla. Aparto la cara. « Ha vuelto en si! » Eran como ratas ahogándose en el fondo de un pozo, aferrados a la escalera, todos temblando de frío. Las dos muchachas estaban apoyadas en el peldaño inferior, Craig atado al poste principal con una lazada de tela bajo los sobacos, y Tungata, en el agua junto a el le sostenía la cabeza, evitando que cayera. Con uno esfuerzo, Craig miro sus caras ansiosas, y después le sonrío débilmente a Tungata. « Sam, me dijiste que no sabias nadar. Sin embargo me pudiste sacar! » « No podemos quedarnos aquí », dijo Sally-Anne castañeteando ruidosamente los dientes. « Hay una sola vía de escape... » Todos miraron el oscuro pasaje vertical encima de ellos. Craig todavía sentía la cabeza oscilante sobre el cuello, pero se desembarazo de la mano de Tungata y se puso a examinar la condición de la escalera de peldaños. Habla sido construida sesenta años antes. Las cuerdas de cortezas que los viejos brujos habían utilizado para sujetar los peldaños se habían podrido, y ahora colgaban en quebradizos cordones como las virutas en el piso de un taller de carpintería. Toda la estructura parecía haberse vencido hacia un lado, a no ser que el ojo del constructor no hubiese estado en condiciones de distinguir una línea a plomo. « Crees que nos sostendrá a todos? » pregunto Sarah, poniendo en palabras la pregunta de todos. Craig no lograba pensar claramente. Veía todo a través de una fina retícula de nausea dolores de huesos. « De a uno por vez », murmuró. « Primero los mas livianos. Tu, Sally-Anne, después Sarah. » Desato la pierna ortopédica del peldaño. « Llévate la cuerda: cuando llegues arriba, sube las bolsas y las lámparas. » Obediente, Sally-Anne enrollo la cuerda sobre el hombro y comenzó a trepar por la escalera. Subió ágilmente, liviana, pero los peldaños crujían y oscilaban bajo su peso. Mientras ascendía, la linterna proyectaba las sombras hacia las alturas. Subió hasta que solo el resplandor de la linterna marcaba su posición, luego hasta eso desapareció bruscamente. « Sally-Anne! » « Todo va bien! » Su voz retumbo en el pozo. « Aquí hay una plataforma. » « De que tamaño? »

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« Grande. Les envío la soga. » Llego serpenteando y Tungata le ato las bolsas. « Tira! » El bulto subió a los tirones por el pozo, bailoteando en la cuerda. « Bueno, manden a Sarah. » Sarah trepo y se perdió de vista. Después oyeron cuchichear a las chicas sobre la plataforma. Luego un grito: « Siga el próximo! » « Ve, Sam. Eres el mas liviano de los dos. » « Oh Cristo, sube! » Tungata ascendio. La escalera temblaba bajo su peso. Uno de Los peldaños se desprendió y cayo bajo sus pies. « Cuidado abajo! » Craig se metió bajo el agua y el palo golpeo el agua por encima de el con un gran chapuzón. Tungata desapareció de la vista y llego su voz: « Cuidado Pupho! La escalera se esta haciendo pedazos! » Craig salio fuera del agua y se sentó en el ultimo peldaño, se coloco la pierna artificial. « Muy bien! » dijo palmeándola afectuosamente, y dio unas pataleadas de prueba. « Subo! » les grito a los de arriba. No había llegado ni siquiera a la mitad cuando sintió que la estructura se movía debajo de el y se lanzo hacia arriba demasiado violentamente. Uno de los peldaños se quebró con un ruido seco como el disparo de un mosquete y la estructura completa dio un bandazo de costado. Craig se aferro al palo lateral, mientras tres o cuatro peldaños cedían bajo sus pies, golpeando en el agua con una serie de resonantes chapuzones. Sus piernas colgaban en el vacío, y cada vez que intentaba hacer pie sentía que la estructura se hundía peligrosamente. « Pupho! » « Estoy bloqueado. No puedo moverme, sino todo se viene abajo.» « Espera! » Unos segundos de silencio, y después de nuevo la voz de Tungata. « Te mandamos la cuerdo. Hay un lazo en el extremo. » Cayo a dos metros de el. « Córrelo un poco hacia la izquierda Sam. » El cabo oscilo acercándosele. « Un poco mas! Mas abajo, un poco mas abajo! » El lazo quedo a su alcance. « Sostén firme! » Craig metió el brazo en el lazo. « Atención! » Se soltó del poste y quedo colgando de la cuerda. Estaba demasiado débil para trepar. « Súbanme! » Lentamente lo arrastraron hacia arriba, y aun en esa peligrosa posición, Craig aprecio la fuerza necesaria para levantar a un hombre adulto de ese modo. Sin Tungata, nunca podría haberlo hecho. Vio el brillo de la linterna reflejarse sobre las paredes del pozo y acercándose, y luego la cabeza de Sally-Anne asomada sobre el borde de la plataforma. « Ya casi estas! Resiste! » Llego al nivel del borde de la plataforma de roca, y ahí estaba Tungata contra la pared opuesta, con una vuelta de la cuerda en torno a su hombro y espalda, y todos los músculos tensos en el esfuerzo de elevarlo. Apoyo los codos sobre el borde y cuando Tungata tiro nuevamente el pateó violentamente y se arrastro sobre el vientre por encima del borde. Después de varios minutos pudo sentarse e interesarse en lo que lo rodeaba. Los cuatro estaban apiñados sobre aquella exigua plataforma de roca calcárea erosionada por el agua, temblando y mojados. Por encima de ellos, el pozo continuaba ascendiendo, desapareciendo en la oscuridad, con las paredes lisas e imposibles de escalar. La escalera construida por los antiguos brujos llegaba solo hasta aquella plataforma. En el silencio, Craig podía escuchar el goteo del agua desde algún lugar arriba en la oscuridad, y el chillido de murciélagos inquietados por sus voces y movimientos. Sally-Anne levanto la linterna pero no pudo distinguir el techo de la caverna. Craig miro mas allá de la cornisa. La plataforma tenia unos dos metros y medio de ancho, y en la pared opuesta vio la entrada a una rama secundaria del túnel, mucho mas baja y angosta que el corredor principal, penetrando en la roca horizontalmente.

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« Eso parece ser la única vía de salida », susurró Sally-Anne. « Los brujos debieron encaminarse hacia allá. » Nadie le respondió. Todos estaban cansados por la trepada y helados hasta los huesos. « Debemos seguir! » insistió Sally-Anne, y Craig se levanto. « Dejemos aquí las bolsas y la cuerda. » Su voz todavía áspera y ronca por el gas lacrimógeno y tosió dolorosamente. « podemos volver por ellas cuando las necesitemos. » No se animaba a pararse. Se sentía muy débil y a pocos centímetros de el se abría el negro abismo. Se arrastro sobre pies y manos a la abertura en la pared opuesta. « Pásame la lámpara », le dijo a Sally-Anne. Arrastrándose se metió dentro del agujero. El pasaje seguía por un buen trecho, descendiendo ligeramente. Después de unos quince metros se elevo el techo de modo que pudo avanzar agachado, y estabilizándose con una mano contra la pared avanzó un poco mas rápido. Los otros lo siguieron. Otros treinta metros y se inclino para pasar una ultima entrada baja y luego pudo pararse. Miro en torno suyo, con creciente admiración. Los otros saliendo del pasaje lo empujaron, pero ni los noto. Estaba absorto por la vista que se le presentaba. Se detuvieron en un grupo, juntos como para darse consuelo y coraje y observaron, las cabezas girando lentamente, estirando el cuello hacia arriba y de uno a otro lado. « Dios Mio, que belleza », susurro Sally-Anne. Tomo la linterna de la mano de Craig y dirigió el rayo luminoso hacia arriba. Habían entrado en una caverna de luces, una caverna de cristal. En el curso de las eras geológicas el calcio cristalino como azúcar había sido depositado por el agua infiltrada sobre el alto cielorraso abovedado y las paredes. Había goteado sobre el piso y también se había solidificado. Había creado maravillosas esculturas iridiscentes a la luz. Sobre las paredes había intrincados diseños como antiguos encajes venecianos, tan delicados que la luz de la linterna los atravesaba como preciosa porcelana. Había cornisas y pilares de monolítico esplendor uniendo el alto techo con el piso y suspendidas maravillas de arcos de colores que semejaban alas de Ángeles en vuelo. Enormes estalactitas puntiagudas pendían amenazadoras como espadas de Damocles o dientes de un enorme escualo come hombres. Otras sugerían gigantescos candelabros o los tubos de un órgano celestial, mientras que desde el suelo las estalagmitas se alzaban en apretadas filas, pelotones y escuadrones de fantásticas formas, monjes encapuchados vestidos con sotanas de madreperlas, lobos y jorobados, héroes en brillantes armaduras, bailarinas y duendes, graciosas y grotescos, pero todos ardiendo en un millón de chispas cristalinas a la luz de la lámpara. Siempre en grupo, vacilantes, de a un paso por vez, avanzaron en la caverna, sorteando en su camino a través de la galería de altas estalagmitas y tropezando sobre el centenar de puntas caídas de las concreciones del techo, que cubrían el suelo como antiguas puntas de flechas. Craig se detuvo de nuevo, y los otros se arrimaron tan cerca de el que todos se estaban tocando. El centro de la caverna estaba abierto. El piso había sido limpiado de basuras, y en el espacio abierto, manos humanas habían construido una plataforma cuadrada de translucida piedra caliza, un palco escénico o un altar pagano. Sobre este altar, con las piernas recogidas contra el pecho, envuelto en una piel de leopardo dorada con manchas negras, se sentaba el cadáver de un hombre. « Lobengula », dijo Tungata arrodillándose. « El Que-Conduce-Como-el-Viento. » Las manos de Lobengula estaban cerradas sobre sus rodillas, momificadas, negras y encogidas. Las uñas le habían seguido creciendo después de la muerte. Eran largas y encorvadas como las garras de un felino predatorio. Lobengula debía haber lucido alguna vez sobre su cabeza un alto tocado de pieles y plumas que ahora yacía sobre el altar a su lado. Las plumas de la gran garza azul todavía estaban azules y encrespadas, vivas como si se las hubieran sacado al ave ese mismo día. Quizás a propósito, pero mas probablemente por casualidad, el cuerpo había sido colocado directamente debajo de una gotera del techo. En ese momento una gota cayó desde lo alto y con un leve ruido reventó sobre la frente del viejo rey para después rodar sobre su cara como lentas lágrimas. Millones y millones de gotas debían haberle caído de ese modo, y cada gota había depositado sobre la cabeza momificada una ínfima cantidad de sales de calcio. Lobengula se estaba transformando en piedra: ya el cráneo estaba cubierto de un casco translucido, como sebo derretido en la base de una vela.

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Había rodado y llenado las orbitas con el perlado deposito, cubierto los labios marchitos y delineado las líneas de la mandíbula. La blanca dentadura perfecta de Lobengula les sonreía en esa mascara de piedra. El efecto era sobrenatural y terrorífico. Sarah gimoteo con temor supersticioso y se aferro a Sally-Anne, que estaba mas asustada que ella. Craig apuntó el haz de la linterna sobre esa lúgubre cabeza, después lentamente lo bajo. Cinco objetos oscuros habían sido colocados sobre el altar de roca a los pies del rey. Cuatro eran jarras de cerveza modeladas a mano en arcilla, con una estilizada guarda de rombos tallada alrededor de la amplia garganta, y la boca de cada vasija estaba cerrada con la membrana de una vejiga de cabra. El quinto objeto era una bolsa hecha con la piel de un nonato de cebra, cosida con tendones de animales.. « Sam, tu... » comenzó Craig, y la voz se enronqueció. « Tu eres su descendiente. Eres el único que tiene derecho de tocar algún objeto de aquí. » Tungata estaba todavía arrodillado y no respondió. Estaba fijando la mirada en la cabeza transformada del viejo rey, y movía los labios como rezando una plegaria en silencio. Se estaría dirigiendo al Señor, Dios de los cristianos, se pregunto Craig, o a los espíritus de su ancestros? Sally-Anne castañeteaba espasmódicamente los dientes, produciendo un ruido perceptible en la caverna, y Craig coloco sus brazos alrededor de ambas muchachas que se apretaron contra el agradecidas, ambas temblando de frío y pavor. Poco a poco Tungata se puso de pie y avanzo un paso hacia el altar de piedra. « Te veo, gran Lobengula », dijo en voz alta. « Yo, Samson Kumalo, de tu sangre y de tu tribu, te saludo a través de los años! » Utilizaba otra vez su nombre tribal, revindicando su linaje mientras proseguía en voz baja pero firme. « Yo soy el cachorro de leopardo de la profecía, y pido tu bendición, oh rey. Pero si no fuese ese cachorro, castiga mi mano profana y marchítala, cuando toque el tesoro de la casa de Mashobane. » Avanzó lentamente la mano derecha y la posó sobre uno de los negros jarros de cerveza. Craig se encontró con que estaba conteniendo el aliento, esperando quien sabe que: quizás una voz surgiendo de la muerta garganta del rey. O la caída de una estalactita sobre sus cabezas, o un rayo que los incinerara. El silencio se prolongó por un buen rato. Después Tungata tomo el jarro con la otra mano y lentamente lo elevo como saludando al rey. Se escucho un seco chasquido, y la quebradiza terracota cocida se partió: el fondo se desprendió. Una cascada de luces que empalidecieron las de las estalagmitas surgió de la jarra rota. Los diamantes repiquetearon y rebotaron sobre el altar de piedra, rodando y deslizándose unos sobre otros, acumulándose en una pirámide y finalmente aquietándose en un montoncito brillante como carbones encendidos. « No puedo creer que son diamantes », susurró Sally-Anne. « Parecen como piedritas, bellas piedritas brillantes, pero piedritas. » Habían vaciado el contenido de los cuatro jarros y de la bolsa de piel de cebra dentro de la bolsa de lona de la comida, y dejaron las vasijas de barro vacías a los pies del cuerpo del viejo rey, se retiraron de la presencia de Lobengula hacia el extremo de la caverna de cristal próximo al pasaje de entrada. « Bueno. Primeramente », observo Craig, « la leyenda estaba equivocada. Esas vasijas no eran de cinco litros cada una, mas probablemente de medio litro. » « Bueno, cinco medios litros de diamantes son siempre mejor que una cornada de rinoceronte en el ojo », rebatió Tungata. Habían recuperado una docena de peldaños de la parte superior de la escalera en el pozo e hicieron un buen fuego en el suelo de la caverna. Agachados en un circulo en torno a la fogata, sus ropas húmedas emitían vapor al calor de las llamas. « Si es que son diamantes. » Sally-Anne todavía era escéptica. « Son diamantes », declaro de plano Craig. « Todos, del primero al ultimo. Mira esto! » Eligio una de las piedras, un cristal con una arista afilada. Paso la arista sobre el vidrio de la linterna. Se escucho un chirrido que le hizo doler los dientes, pero marco una profunda raya blanca en el vidrio. « Eso es la prueba. Son diamantes. » « Tan grandes? » Sarah tomo el mas pequeño que pudo encontrar. Era mas grande que la ultima falange de su dedo meñique. « Los viejos mineros Matabeles recogían solo aquellos suficientemente grandes para verse en la primera lavada del mineral », explico Craig. « y recuerden que perderán

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un sesenta por ciento o mas de su tamaño en el tallado y pulido. Ese probablemente terminara no mayor a una arveja. » « Los colores », dijo Tungata. « Cuantos colores diferentes! » Algunos eran transparentes, amarillo limón, otros oscuros ámbar o coñac, con todos los tonos intermedios; después estaban los incoloros, como agua de un arroyo de montaña, con facetas de hielo que reflejaban las llamas del fogón humeante. « Miren este. » La piedra que Sally-Anne sostenía era del color azul violáceo de la corriente de Mozambique cuando a mediodía el sol tropical llega hasta las profundidades. « Y este. » Otro tan brillante como la sangre manando de una arteria. « Y este. » Verde límpido, de una belleza inverosímil, cambiante con cada vacilar de la llama. Sally-Anne coloco una fila de piedras coloreadas sobre el piso de la caverna, frente a ella. « Tan hermosos », dijo. Los había dispuesto en gradación de tonalidades, los amarillos y los dorados y los ambarinos en una fila, los rosas y rojos en otra. « Los diamantes pueden asumir todos los colores primarios. Parecen divertirse imitando los colores típicos de otras gemas. Lo escribió John Mandeville, un viajero del siglo catorce. » Craig puso sus manos abiertas delante del fuego. « Y pueden cristalizarse en cualquier forma, desde el cubo perfecto al octaedro o al dodecaedro. » « Señor profesor », se burlo Sally-Anne, « que forma es el octaedro? » « Dos pirámides triangulares unidas por las bases. » « Uh! Y un dodecaedro? » lo desafío. « Un poliedro con doce caras. » « Como haces para saber todas estas cosas? » « Oye, escribí un libro... Recuerdas? » le sonrío Craig. « La mitad del libro trata de Rhodes, de la mina de Kimberley y de los diamantes. » « Suficiente, me rindo », capitulo Sally-Anne. « Pero podes seguirla cuando quieras », ironizo Craig. « El diamante es el mas perfecto reflector de luz. Solo el cromato de plomo refracta mas luz, y solo la crisolita la difunde mas; pero el poder de reflexión, refracción y difusión combinados en el diamante es incomparable. » « Basta, basta! » imploró Sally-Anne: pero su expresión todavía estaba interesada. Y Craig continuo. « Su brillantez es perpetua, aunque los antiguos no conocían los secretos de la talla para revelar su verdadero esplendor. Por esta razón los Romanos preferían las perlas y hasta los primeros artesanos hindúes se limitaron a pulir las facetas naturales del famoso Koh-i Noor. Se sentirían abrumados de saber que los modernos talladores redujeron el peso de esa piedra de mas de setecientos carats a ciento seis. » « Que tamaño ocupan, setecientos carats? » quiso saber Sarah. Craig levanto una piedra de la fila que Sally-Anne había dispuesto en el suelo. Era del tamaño de una pelota de golf. « Esta tendrá unos trescientos carats. Podría ser tallada como parangón. Es decir un diamante de primera agua de mas de cien carats; después se le dará un nombre, como por ejemplo el Gran Mogol, o el Orloff, o el Schah, y en torno a ello crecerá la leyenda. » « Fuego de Lobengula », arriesgo Sarah. « Hermoso nombre », dijo Craig. « Fuego de Lobengula! « Cuanto valdrán? » quiso saber Tungata. « Que valor tendrá esta pila de piedras preciosas? » « Sabrá Dios », respondió Craig encogiéndose de hombros. « Algunas serán descartables... » Levanto uno grande y amorfo, de un gris opaco, lleno de imperfecciones evidentes como manchas negras y líneas de fractura en su interior que parecían hojas de plata. « Este es de calidad industrial, se usara para herramientas y filos de corte en la cabeza de un trepano petrolífero. Pero algunos otros... La única certeza es que valdrán tanto como un hombre rico este dispuesto a pagar. Seria imposible venderlos en un solo lote, el mercado no podría absorberlos. Cada piedra requerirá un comprador especial e implicara una importante transacción financiera. » « Cuanto, Pupho? » insistió Tungata. « Cuanto es lo mínimo o lo máximo! » « De verdad no lo se, ni siquiera podría arriesgar una cantidad. » Craig eligió otra piedra grande, sus imperfectas facetas interferían para ocultar el verdadero

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fuego en su interior. « Técnicos altamente capacitados trabajaran en este por semanas, quizás meses, capeando sus retículas y descubriendo sus fallas. Pulirán una ventana en el, de modo de poder inspeccionar microscópicamente su interior. Después, cuando hallan decidido como cortar la piedra, un maestro tallador de nervios de acero lo partirá a lo largo de la línea de fractura con una herramienta similar a una cuchilla de carnicero. Un golpe errado y la piedra se desintegrara en pequeñísimos fragmentos sin valor. Se dice que el maestro cortador del diamante Cullinan se desvaneció del alivio, cuando después de un golpe perfecto, el diamante se dividió perfectamente. » Craig manipulo el gran diamante pensativo. « Si esta piedra se cortara a la perfección, y el color del agua fuese de grado D, podría valer, digamos, un millón de dólares. » « Un millón de dólares! Por una sola piedra! » exclamo Sarah. « Quizás mas », asintió Craig. « Quizás mucho mas. » « Si una sola piedra vale tanto », dijo Sally-Anne levanto un puñado de diamantes y los dejo correr lentamente entre los dedos, « cuanto valdrá todo el lote? » « Desde cien a quinientos millones de dólares », supuso tranquilamente Craig. La increíble suma pareció deprimirlos a todos, en lugar de hacerlos delirar de alegría. Sally-Anne soltó las ultimas pocas gemas, como si le hubiesen quemado los dedos, y se cruzo de brazos temblando. El pelo mojado le colgaba en lacios mechones frente a su rostro y las llamas le remarcaron los ojos con sombras. Todos se veían cansados y somnolientos. « Entonces, nosotros los aquí sentados », dijo Tungata, « probablemente somos las personas mas ricas del mundo. Pero yo entregaría todo esto por un rayo de sol y una bocanada de libertad. » « Pupho, háblanos », imploro Sarah. « Cuéntanos historias! » « Si, » Se le unió Sally-Anne « Es tu especialidad. Cuéntanos sobre diamantes, ayúdanos a olvidar el resto. Cuéntanos historias » « Bien », dijo Craig, y mientras Tungata alimentaba el fuego con astillas de madera, pensó por un momento. « Saben que Kohinoor significa 'Montaña de luz' y que Baber el conquistador lo taso en la mitad de todo lo que se gastaba en un día en todo el mundo conocido? Pensaran que no podría haber otra gema como esa, pero solo era una piedra de las grandes joyas acumuladas en el tesoro de Delhi. Esa ciudad sobrepaso a Roma o la orgullosa Babilonia en sus tesoros. Las otras grandes joyas de Delhi tenían nombres maravillosos también. Escuchen estos : Mar de luces, Corona lunar, Gran Mogol... » Craig escarbo en su memoria buscando historias para contarles y hacerles olvidar la desesperada situación en la que se encontraban. De la desesperación de darse cuenta que estaban sepultados en vida en las profundidades de la tierra. Les relato lo del fiel servidor a quien un día le encomendó de Sancy llevar de regalo al rey Enrico de Navarra el diamante Sancy, para agregarlo al tesoro de la Corona de Francia. « Los ladrones supieron de su viaje y le esperaron en el bosque. Lo apuñalaron y buscaron la piedra en sus ropas y su cuerpo. No llegaron a encontrar el diamante, escaparon luego de haberlo enterrado apuradamente en el bosque. Años mas tarde, Monsieur de Sancy encontró la tumba y ordeno la exhumación. El cadáver ya estaba descompuesto y el legendario diamante se encontró en su estomago. » « Horrible », tembló Sally-Anne. « Puede ser », concordó Craig. « Pero todos los diamantes nobles tienen historias sangrientas. Emperadores, sultanes y rajahs siempre han intrigado y montado campañas por ellos: otros han torturad, hecho morir de hambre, hervido en aceite o cegado con hierros candentes; las mujeres han envenenado o se han prostituido; los palacios han sido saqueados y profanado templos. Cada piedra parece haber dejado una estela de sangre y crueldad detrás. Y sin embargo ninguna de estas terribles tragedias parece haber amilanado a aquellos que los ambicionan. De hecho, cuando el Shah Shugia compareció frente a Ranjit Singh, el 'León del Punjab', muerto de hambre como un esqueleto, y con sus esposas y familia destrozada y mutilada por las torturas que finalmente lo obligaron a entregarle el Gran Mogol, el hombre que una vez había sido su mas querido amigo, deleitándose con la enorme piedra en su puño, pregunto: 'Dime, Shah Shugia, que precio le adjudicas?' aun en aquella condición de miserable larva, mutilado y derrotado, en el umbral de una muerte innoble, el Shah Shugia pudo contestar: 'Es el precio de la fortuna, porque el Gran Mogol ha sido siempre el talismán de los conquistadores. »

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Tungata gruño al final del relato, señalando con el índice el montoncito de diamantes: « Deseo que uno de esos nos pueda traer tan solo un poco de esa buena suerte ». Craig no tenia mas historias para contar. Se le había cerrado la garganta, por el frío, la conversación y el gas lacrimógeno. A ninguno de los otros se le ocurría algo para decir que los alegrara mínimamente. Comieron la desagradable polenta de maíz en silencio y se tendieron cerca del fuego. Craig escuchaba a los otros que dormían, pero, no obstante la gran fatiga, su mente continuaba girando y le impedía conciliar el sueño. La única vía de escape de la caverna era bajo el pasaje submarino y ascendiendo por la gran galería, pero por cuanto tiempo guardarían los Shonas esa salida? Cuanto podrían resistir allí? Había comida para un día o dos, el agua para beber no faltaba porque se filtraba por todas las estalactitas, pero las baterías de la linterna se estaban agotando, la luz que daban era amarillenta y opaca. En cuanto al fuego, los peldaños de la escalera podrían alimentarlo todavía unos días mas: después, la oscuridad y el frío. Cuanto tiempo hasta que enloquecieran? Cuanto tiempo para obligarse a intentar esa terrible travesía a nado por el pozo para caer en brazos de los soldados? Los negros pensamientos de Craig fueron violentamente interrumpidos. La roca sobre la que yacía tembló y salto debajo de el, y se arrastro con pies y manos. Desde las sombras del techo de la caverna, una de las grandes estalactitas, de una veintena de toneladas de piedra calcárea, se desprendió como un fruto maduro se desprende del árbol, y cayo a tierra a una decena de pasos de ellos. El aire de la caverna se lleno de polvo. Sarah se despertó gritando de terror, y Tungata tirando Manotazos en el sueño, antes de ponerse de pie. El terremoto duro pocos segundos, después todo se aquieto de nuevo y el profundo silencio subterráneo volvió a caer sobre ellos y se miraron a las caras, aterrorizados, a la luz de las brasas del fuego. « Que diablos fue eso? » pregunto Sally-Anne. Craig no tenia deseos de contestarle. Lo miro a Tungata. « Los Shonas han minado la galería principal. Nos han aprisionado aquí adentro. » « Oh Dios mío! » Sally-Anne se cubrió lentamente la boca con la mano. « Estamos sepultados vivos », dijo Sarah. El pozo de donde habían venido era profundo, unos cincuenta metros desde la plataforma hasta el nivel del agua. Tungata lo midió con la cuerda de nylon, antes que Craig comenzara a descender. Era bastante profundo como para causar la muerte a quien se resbalara y cayera al abismo. Aseguraron la cuerda un poste encastrado en el hueco del pasaje que llevaba a la tumba de Lobengula y Craig descendió hasta el agua. Se sumergió otra vez y fue a ver lo que había pasado. Pero no pudo ni siquiera llegar a la gran caverna. El muro subacuatico estaba inaccesible: la explosión había derrumbado el techo del pasaje y estaba peligrosamente inestable. Sus manos tanteando produjeron otra avalancha de rocas a su alrededor. Retrocedió por el túnel y volvió a la superficie. Se aferro a la escalera de madera jadeando salvajemente por el terror de casi quedar atrapado en el túnel. « Pupho, estas bien? » grito Tungata desde arriba. « Okay! Pero por aquí no hay salida. Tienes razón han minado el pasaje. » Cuando escalo de regreso a la plataforma, lo estaban esperando. Sus expresiones eran lúgubres a la luz del fuego. « Que vamos a hacer? » pregunto Sally-Anne. « La primera cosa que haremos es explorar minuciosamente la caverna », dijo Craig todavía jadeando por la zambullida y la trepada. « Debemos inspeccionar cada ángulo, cada agujero, cada ramal secundario. Trabajaremos en parejas. Sam y Sarah, comenzaran por la izquierda. Traten de ahorrar baterías lo mas que se pueda. » Tres horas mas tarde, según el Rolex de Craig, se reencontraron junto al fogón. Las linternas emitían solo un débil rayo de luz. « Encontramos una galería que parte de atrás del altar », dijo Craig. « Parecía prometedora al comienzo, pero después se cerro totalmente. Y ustedes? Encontraron algo? » Craig estaba limpiando un raspón en la rodilla que se había hecho SallyAnne resbalando en el suelo resbaloso y rocoso. « Nada », dijo Tungata. Craig vendo la rodilla de Sally-Anne con un jirón arrancado de la camisa. « También nosotros encontramos un par de pasajes, pero después se esfumaron. » « Que hacemos ahora? »

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« Comemos un poco y después descansamos. Tenemos que tratar de dormir. Necesitamos de todas nuestras energías. » Mientras lo decía, Craig se daba cuenta perfectamente de la inutilidad de todo eso; pero sorprendentemente pudo dormir. Cuando se despertó, Sally-Anne estaba acurrucada sobre su pecho, y tosía dormida. Era una tos catarrosa y ronca. El frío y la humedad los estaban afectando a todos, pero el sueño había refrescado a Craig recargándolo de energía. Aunque la garganta y el pecho aun le dolían por efecto del gas, parecía haberse aliviado un poco y se sentía algo mas optimista. Se apoyo contra la pared de roca, cuidadosamente para no molestar a Sally-Anne. Tungata roncaba del otro lado del fuego. Pero luego carraspeo y se dio vuelta y siguió durmiendo en silencio. El único sonido en la caverna ahora era el continuo goteo del agua desde el techo, y después, muy débil, otro sonido, un susurro, tan bajo que podría haber sido meramente los ecos del silencio en sus oídos. Craig, inmóvil, se concentro en ese sonido. Lo molestaba, perturbando su mente mientras intentaba ubicarlo. « Por supuesto! » prorrumpió después de un rato. « Son murciélagos! » Recordó haberlos oído mas claramente cuando llego por primera vez a la plataforma. Se quedo cavilando un rato y después suavemente deslizo la cabeza de Sally-Anne de su hombro y se levanto. La muchacha emitió un leve gorgoteo y continuo durmiendo, girándose sobre el otro costado. Craig tomo una de las linternas y volvió al túnel que conducía a la plataforma sobre el pozo. Encendió la linterna solo una o dos veces, conservando la carga que quedaba en las baterías, y en la oscuridad se paro sobre la plataforma con la espalda contra la pared de roca y escucho con toda su atención. Hubo largos periodos de silencio, roto solamente por el musical tintineo de las gotas de agua contra la roca, y luego de repente un suave coro de chillidos que resonaron en la chimenea del pozo y luego silencio otra vez. Craig encendió la linterna. Eran las cinco. No estaba seguro si de la mañana o de la tarde, pero si los murciélagos estaban posados allí arriba, entonces todavía debía ser de día en el exterior. Se agacho y espero una hora, controlando a Intervalos el lento trascurrir del tiempo. Y luego hubo una nueva explosión de lejanos sonidos de murciélagos, no mas los ocasionales chillidos somnolientos, sino un excitado coro, muchos millares de los diminutos roedores despertándose para la caza nocturna. El coro se apago en el silencio. Craig controlo otra vez su reloj. Las seis y treinta y cinco. Podía imaginar en algún lugar arriba la horda alada saliendo de la boca de una cueva al cielo crepuscular del atardecer, como humo de una chimenea. Se movió cuidadosamente hasta el borde de la plataforma, afirmándose en la pared lateral y se inclino sobre el vacío con mucho cuidado, giro la cabeza para mirar hacia arriba del pozo, sosteniendo la linterna con el brazo extendido, la débil luz amarilla pareció solamente enfatizar la negrura encima de el. El pozo era de planta semicircular, de unos tres metros de ancho hasta la pared del frente. Renuncio a tratar de penetrar la oscuridad de arriba y se concentro en estudiar la roca de la pared del pozo opuesta a el, usando pródigamente las baterías de la linterna. Era lisa como vidrio, pulida por el agua que la había horadado, ningún resalto u hornacina, excepto... Se estiro sobre el abismo otro centímetro. Había una marca oscura sobre la roca justo en el limite de su alcance visual, directamente en frente y bastante por encima del nivel de la cabeza. Era una veta coloreada o era una grieta? No estaba seguro. Y la luz se estaba apagando. Podía ser hasta un juego de luz y sombra. « Pupho... » La voz de Tungata se escucho detrás. « Que pasa? » « Creo que esta es la única salida hacia la superficie », dijo Craig apagando la linterna para conservarla. « Por esa chimenea? » la voz de Tungata era incrédula en la oscuridad. « Nadie podría subir por ahí. » « Los murciélagos anidan allí arriba en algún sitio. » « Los murciélagos tienen alas », le recordó Tungata. Y luego, después de un rato « Que altura tiene el techo allí? » « No lo se, pero creo que podría haber una grieta o una cornisa del otro lado. Enciende tu linterna, que tiene un poco mas de carga. » Ambos se inclinaron a mirar. « Que piensas? » « Hay algo allí, creo. » « Si pudiese llegar! » dijo Craig apagando otra vez la linterna.

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« Y como? » « No lo se. Déjame pensar. » Se sentaron con las espaldas contra la pared de la plataforma. Después de un rato, Tungata murmuró: « Craig, se alguna vez salimos de aquí... los diamantes... Tienes derecho a una parte... » « Silencio, Sam, estoy pensando. » Después, luego de varios minutos: « Sam, los postes, los postes mas largos de la escalera... Crees que alcanzaran a cruzar hasta el otro lado... » Hicieron un segundo fuego sobre la plataforma, que iluminó el pozo con una luz vacilante. Otra vez Craig bajo con la cuerda hasta los restos de la escalera de troncos, y esta vez examino cada poste en la estructura. La mayoría había sido hachada para acortar los largos, probablemente para facilitar su transporte a través de los túneles y pasadizos desde la superficie, pero los postes laterales eran trozos mas largos. El mas largo de ellos no era mas grueso que la muñeca de Craig, pero la corteza tenia ese peculiar color blanco que le daba ese nombre africano: madera-de-colmillo-de-elefante. Su nombre común en ingles era madera-dehierro. Una de las maderas mas duras y resistentes del mundo. Midiéndolo con el largo de sus brazos extendidos, Craig considero que ese palo media casi cinco metros de largo. Ato el extremo de la cuerda al extremo superior del poste, gritándole a Tungata, explicándole lo que estaba haciendo, después comenzó a cortar con el cuchillo recuperado del Cessna, las lianas que lo sujetaban a las otras piezas de la escalera. Hubo un momento terrible cuando el poste finalmente colgó libre en la cuerda balanceándose como un péndulo y la estructura completa sin su soporte se desarmo y cayo por el pozo. Craig se izó por la cuerda hasta la plataforma, y cuando recupero el aliento, el poste todavía estaba colgando del extremo de la cuerda en el pozo, aunque el resto de la escalera había colapsado en el agua al fondo del pozo. « Esa fue la parte mas fácil », les advirtió Craig a los otros. El y Tungata combinaron esfuerzas y las muchachas enrollando la cuerda: de a un centímetro por vez izaron el poste hasta que la punta apareció por encima del nivel de la plataforma. Lo sujetaron y Craig acostado sobre su estomago uso el otro extremo de la cuerda para enlazar la otra punta del palo. Ahora lo tenían asegurado por ambos extremos y podían empezar a subirlo y atravesarlo. Después de una hora de transpirar, tironear e izar, tenían un extremo del palo apoyado contra la pared del pozo frente a ellos y el otro extremo encastrado en el pasaje que conducía a la caverna de la tumba. « Ahora necesitamos elevar la otra punta del palo », dijo Craig mientras descansaban, « y tratar de meterlo en la grieta. Si en verdad es una grieta. » Dos veces casi pierden el palo cuando se les escapo de las manos y cayo al vacío: por suerte la cuerda resistió y debieron recomenzar la ardua tarea de nuevo. Era medianoche cuando consiguieron apoyar la punta del palo sobre la pared a la altura de la marca oscura apenas visible en el rayo de la linterna. « Unos centímetros mas a la izquierda », barbotó Craig, trajinando con el esfuerzo. Lo rotaron despacio, sintieron que el poste se les deslizaba entre las manos, y después con un pequeño ruido la punta encajo en la grieta de la pared frente a ellos y Craig y Tungata se abrazaron, exhaustos, de rodillas. Sarah alimentó el fuego con nueva leña y, a la luz, revisaron su trabajo. Tenían ahora un puente atravesando el pozo. Elevándose desde la plataforma sobre la cual estaban parados, en un ángulo empinado, un extremo sólidamente encajado contra la pared detrás de ellos y el extremo opuesto empotrado en la angosta grieta de la pared del frente. « Alguien tiene que cruzar por ahí » dijo Sally-Anne con voz apagada y temblorosa. « Y una vez allá, que se hace? » pregunto Sarah. « Cuando estemos allí, veremos », dijo tranquilo Craig. « Voy yo », se ofreció Tungata, con mucha calma. « Alguna vez hiciste alpinismo? » Tungata sacudió la cabeza. « Bueno, ahí tienes la respuesta », dijo Craig con firmeza. « Ahora dormiremos un par de horas. » Sin embargo ninguno consiguió dormir, y Craig los hizo levantar antes que se cumplieran las dos horas. Le explico a Tungata como afirmarse solidamente como hombre ancla, sentándose con ambos pies apuntalados, la cuerda enrollada en la cintura, y hacia arriba sobre la espalda y hombro.

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« No me des mucha cuerda, pero tampoco la tengas tirante », le explico Craig. « Si caigo, gritare: ¡me voy! Entonces aferra la cuerda así y sostenla con toda la fuerza. Entiendes? » Se colgó al hombro una linterna con un trozo de tela y después con ambas muchachas sentada en el extremo del poste para sostenerlo firme, Craig se monto a caballo y empezó a trabajar con ambos pies colgando en el vacío. La cuerda colgaba tras el a medida que Tungata se la soltaba. A los pocos metros, Craig se percato que el ángulo se subida era muy pronunciado y tuvo que Acostarse a lo largo del palo con los tobillos enhorquetados sobre el mismo y se empujo hacia arriba con las piernas. Rápidamente se salio de la luz del fuego, y el negro vacío debajo de el era hipnótico e irresistible. No miro hacia abajo. El palo flexionaba bajo el peso con cada movimiento y sentía el extremo rozando contra la roca encima de el, pero finalmente las puntas de sus dedos tocaron la fría roca de la pared del pozo. Tanteo ansiosamente buscando la grieta y sintió que se le elevaba el animo cuando con sus dedos reconoció la forma de la misma. Corría verticalmente en la pared, de unos siete y ocho centímetros de ancho, lo suficiente para acomodar la punta del palo, luego se estrechaba rápidamente en la profundidad. « Es una grieta! » grito Craig. « Voy a darle una mirada. » « Ten cuidado, Craig! » « Cristo! » pensó. « Que estupidez decirlo en un momento como este! » Extendió el brazo izquierdo después de avanzar lo mas que podía sobre el palo y metió la mano cerrada en la grieta. Luego cerro el puño firmemente y al hincharse se prendió firme en la grieta y pudo soportar su peso con el. Se impulso sentándose sobre el palo, llevo una rodilla al pecho y con la mano libre bloqueo la articulación del tobillo de la pierna ortopédica. Ahora el pie estaba rígido y perpendicular. Aspiro profundamente y dijo en voz baja: « Okay, aquí vamos ». Levanto la mano libre, la introdujo en la hendidura y efectúo otro encaje de puño, ahora con el derecho. Utilizando la fuerza de ambos brazos se levanto y se arrodillo sobre el palo, en equilibrio. Relajo el puño izquierdo, que salio fácilmente del agujero. Se estiró tan alto como pudo y metió la mano mas arriba expandiendo otra vez el puño. Se impulso y quedo de pie sobre el palo frente a la pared. Avanzó el pie artificial, girándolo de modo de introducirlo en la grieta hasta el empeine, luego cuando enderezo la pierna el pie se torció y se acuño en los costados de la fisura en la roca. Dio un paso abandonando el palo debajo de el. « Buen viejo pie de lata », barbotó. El pie y la pierna sana, en ese caso, no hubieran logrado soportar su peso, no sin botas especiales para escalar para protegerlos y fortalecerlos. Se izó sobre el pie artificial y se apoyo en los dos puños que encastro otra vez en la grieta. En cuanto libero de su peso a la pierna artificial, enderezo el pie de aluminio lo saco de la grieta y volvió a introducirlo unos cuarenta centímetros mas arriba. Suspendido alternativamente en sus brazos y luego en su pierna, ascendió mientras la cuerda se deslizaba tras de si. Ahora se encontraba fuera de la zona iluminada por el fuego. Tenia solo el sentido del tacto para guiarse, y el negro abismo parecía succionarlo de los talones, mientras colgaba de la pared vertical. Contaba los pasos que daba hacia arriba, considerando que cada uno era de cerca de cuarenta y cinco centímetros, y que había ascendido cuatro metros cuando la grieta comenzó a ensancharse. Tenia que meter cada vez mas adentro el puño para conseguir un buen agarre, y en consecuencia sus pasos se hicieron mas cortos y le imponían mas tensión sobre brazos y pierna. El contacto obligado contra la roca le había pelado la piel de los nudillos, haciendo que cada sucesivo encastre fuese mas doloroso, y el desacostumbrado ejercicio le acalambraba los músculos en la cara interna del muslo y la ingle, que ahora quemaban como nudos ardiendo No podía avanzar mucho mas, tenia que descansar. Se apretaba contra la roca, tocando la fría piedra con la frente como un suplicante. Abandonarse contra la pared es morir, es la actitud del derrotado y desesperado. Craig lo sabia y sin embargo nada podía hacer para evitarlo. Se puso a llorar. Saco un puño de la grieta y sacudió la mano abierta con los dedos laxos, haciendo que la sangre retornase a ellos, y luego se los puso en la boca lamiendo las magulladuras. Cambio de mano, gimiendo al sentir volver la sangre fresca a la mano acalambrada.

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« Pupho, porque te has detenido? » La cuerda no corría mas. Estaban ansiosos allí abajo. « Craig, no te des por vencido, querido. No renuncies. » Sally-Anne había intuido su desesperación. Hubo algo en su voz que le infundio nuevas energías. Gradualmente se aparto de la pared, recuperando el equilibrio, con el peso sobre la pierna ortopédica, y ascendió, de a una mano por vez, izquierda y derecha, sosteniéndose firme, levanto la pierna, un paso y luego otro... y luego la infernal tortura de nuevo, y de nuevo. Otros tres metros, seis metros, contaba en la oscuridad. Avanzo la mano derecha y... Nada. Espacio vacío. Frenéticamente tanteo buscando la grieta. Nada. Luego la mano golpeo roca a un costado. La abertura se había ensanchado en un profundo nicho en forma de V, suficientemente ancho para dar cabida al cuerpo de un hombre. « Gracias a Dios, gracias, gracias... » Craig se arrastro dentro de la cavidad, encajando hombros y caderas, estrechando contra el pecho sus manos lastimadas. « Craig! » El grito de Tungata resonó en el pozo. « Estoy bien. He encontrado un nicho, estoy descansando, dame cinco », grito Craig en respuesta. Sabia que no podía descansar mucho, o sus manos se pondrían rígidas e inútiles. Continuo flexionándolas mientras descansaba. « Okay! » grito hacia abajo. « Sigo subiendo! » Se elevo con las palmas de las manos presionando a cada lado de la abertura, de cara al vacío, en la total oscuridad del pozo. Rápidamente la abertura se ensancho aun mas. Transformose en una amplia y profunda chimenea de modo que no alcanzaba a abarcarla con los brazos abiertos. Tuvo que girarse, apoyar los hombros en un lado y caminar con los pies en el otro lado, y trepar moviendo los hombros y ayudándose con las manos sobre la roca, unos pocos centímetros por vez. Subió rápido por un trecho y después tuvo que detenerse porque la chimenea se estrechaba de nuevo cerrándose en una fisura tan angosta que ni siquiera podía introducir un dedo. Tanteo la pared sobre la chimenea, tan arriba como pudo pero no encontró irregularidad alguna sobre la que apoyarse en la lisa pared por encima de su cabeza. « Fin del camino! » susurro, y de pronto cada músculo de su cuerpo comenzó a latirle en silenciosos espasmos de dolor, y se sintió aplastado bajo una carga de cansancio intolerable. No tenia la energía retornar por la chimenea y menos aun la fuerza para mantenerse acuñado torpemente en la abertura rocosa. Luego, abruptamente un murciélago chillo fuerte encima de su cabeza. Fue tan cercano y claro que casi relajo su agarre por la sorpresa. Se recupero a tiempo, y aunque las piernas le temblaban por el esfuerzo se desplazo de costado al borde mas externo de la chimenea. El murciélago chillo de nuevo, y recibió la respuesta de otros cientos. Ya debería ser el alba y los murciélagos estaban retornando a anidar en algún sitio allí arriba. Craig se acomodo de modo de poder liberar un brazo. Tanteo la linterna que colgaba del cuello con un trozo de tela. Y la saco fuera de la abertura sobre el pozo. Luego giro la cabeza y se deslizo mas hacia afuera hasta que quedo sosteniéndose solo con la punta de un hombro y la cabeza sobresaliendo por el afilado borde de la chimenea, asomada al vacío. Encendió la linterna. Instantáneamente hubo un bullicio de murciélagos alarmados, sus aterrorizados chillidos y el aletear de alas y a noventa centímetros de la cabeza de Craig, imposible de alcanzar, había una ventana en la pared de roca desde la cual el sonido reverberaba como de la bocina de bronce de una trompeta. Se estiro, pero sus dedos quedaron a unos treinta centímetros del alfeizar. Mientras se estiraba hacia arriba, la amarillenta luz de la linterna se apago. Por algunos segundos el filamento se puso rojo en su pequeño bulbo de vidrio y luego también se desvaneció y volvió la oscuridad a sumir a Craig que se reintrodujo en la chimenea. Impotente, arrojo al vacío la inútil linterna, y la sintió golpear contra las rocas varias veces mientras caía, siempre mas débilmente, hasta que segundos mas tarde hubo un distante chapuzón cuando chocó con el agua allí abajo. « Craig! » « Todo bien, he dejado caer la linterna. » Advirtió la amargura y desaliento en su propia voz, pero en la oscuridad trato una vez mas de alcanzar la ventana encima de su cabeza. Las uñas rascaron futilmente la

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piedra y desistió comenzando a bajar por la chimenea. En el nicho en forma de V donde la grieta y la chimenea se encontraban, se acomodo otra vez. « Que pasa, Craig? » « Nada que hacer », respondió. « No hay salida. Estamos muertos, a menos que... » Si interrumpió de golpe. « A menos que cosa? » « A menos que una de las muchachas suba a ayudarme. » Se hizo silencio en la oscuridad de abajo. « Voy yo! » dijo Tungata, rompiendo el silencio. « No sirve, eres muy pesado. No podré sostenerte. » Otro silencio, y después hablo Sally-Anne. « Dime que debo hacer. » « Átate al extremo de la cuerda. Haz un nudo de seguridad, lo sabes hacer? » « Si, de acuerdo. » « Bueno, ahora cruza sobre el palo. No tengas miedo, si caes de sostengo. » Mirando hacia abajo, Craig vio su silueta contra el resplandor del fuego, mientras atravesaba el puente. Recogió el sobrante flojo de la cuerda cuidadosamente, listo para frenarla en caso de que cayera. « Ya cruce! » « Encontraste la grieta? » « Si, acá esta. » « Yo te voy a izar. Tu ayúdame metiendo el pie en la grieta. » « De acuerdo. » « Fuerza! » Sintió todo el peso de ella transmitiéndose por la cuerda, que le mordió el hombro. « Impúlsate con el pie! » le grito, y sintió que se aliviaba la carga. Recogió un tramo de cuerda. « Arriba! » Otros diez centímetros. « Empuja! » subió un trecho, hasta que de improviso ella grito y la cuerda se le ciño sobre el hombro de Craig y al correr le quemo la piel. Falto poco para que fuese arrancado del nicho. Contrarresto el tirón con toda la energía que tenia, mientras la cuerda le quemaba las manos. Alcanzo a frenarla; Sally-Anne continuaba gritando, y la cuerda pendulaba de un lado al otro mientras ella se hamacaba de costado a la pared. « Cállate! » le grito. « Busca un apoyo y frénate! » Sally-Anne dejo de gritar y poco a poco las oscilaciones cesaron. « Perdí apoyo en el pie. » Su voz era casi un sollozo. « Puedes encontrar la fisura de nuevo? » « Si. » « Bueno, avísame cuando estés lista. » « Lista! » « Subiendo, ahora! » Pensó que nunca terminaría, y luego sintió la mano de ella tocándole la pierna. « Lo lograste! » le susurro. « Eres un fenómeno! » Le hizo lugar en la chimenea debajo de el y la ayudo a entrar. Le mostró como afirmarse con seguridad y después la sostuvo por el hombro, apretando fuerte. « No puedo avanzar mas », le dijo Sally-Anne. Las primeras palabras después que se recobro. « Esa fue la peor parte, el resto es fácil. » No quería decirle todavía lo de la ventana. « Escucha los murciélagos », la alentó. « La superficie debe estar cercana, muy cercana. Piensa en el primer rayo de sol, la primera bocanada de aire seco. » « Estoy lista para seguir », dijo finalmente. Y el la guío por la chimenea. Apenas se ensancho lo suficiente como para efectuar el cruce, la hizo pasar delante de modo de poder ubicarle sus pies con las manos y ayudarla a impulsarse hacia arriba cuando la chimenea se ensanchara demasiado para que ella pudiese ejercer toda su fuerza. « Craig. Craig! Esta cerrada! Es un tubo ciego! » Estaba al borde del pánico y podía sentir que estaba temblando mientras reprimía los sollozos. « Acábala! » la reto Craig. « solo un esfuerzo mas, uno solo, te lo prometo. » Espero a que se calmara y después continuo. « justo encima de tu cabeza hay una ventana, sobre la pared, apenas fuera de la chimenea. Estará a medio metro... » « No lograre llegar. »

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« Si! Si que lo harás! Te voy a hacer un puente con mi cuerpo. Te pararas sobre mi estomago y llegaras fácilmente. Me escuchaste? Sally-Anne, contéstame! » « No. » muy débilmente. « No puedo hacerlo. » « Entonces moriremos todos aqui dentro. No hay otra salida. O lo haces o nos pudriremos aquí, me escuchas? » Se coloco muy cerca debajo de ella, con las nalgas de ella apoyadas sobre el estomago. Luego se apuntalo con todas sus fuerzas, presionando con ambas piernas en un costado de la chimenea y con sus hombros en el otro costado, formando un puente humano debajo de ella. « Suéltate despacio », le susurro. « Siéntate sobre mi estomago. » « Craig, soy muy pesada! » « Hazlo, maldita seas, hazlo! » El peso de Sally-Anne gravitó sobre el, y el dolor fue terrible, casi insoportable. Parecía que sus tendones y músculos se desgarraban, vio atravesar las estrellas. « Ahora enderézate », le dijo con la voz destrozada. Sally-Anne clavo las rodillas sobre el estomago de Craig. Las rotulas de la muchacha lo apuñalaron clavos. « Párate! » le gruño. « Rápido! » Tambaleándose sobre la inestable plataforma de su cuerpo Sally-Anne se puso de pie. « Estírate! Tan alto como puedas! » « Craig, hay un agujero aquí arriba! » « Puedes entrar en el? » Ninguna respuesta. Cambio de posición, y el grito por el esfuerzo de sostenerla. Ella salto, y no sintió mas su peso. Escucho sus pies resbalando contra la pared del pozo y el rumor de la cuerda que corría, asegurada a la cintura de ella. « Craig, es una cuerda! » « Encuentra algún lugar donde atar tu extremo de la cuerda. » Un minuto, y otro... No aguantaba mas, le dolían todos los músculos, rígidos, los hombros... « Ya esta atada! Y segura! » Craig tiro de la cuerda. Resistía perfectamente. Se la paso alrededor de la cintura y levanto los pies. Se hamaco fuera de la chimenea, colgando en el vacío. Trepo por la cuerda, una mano después de la otra, y luego se tumbo sobre el borde de la ventana en la piedra. Sally-Anne lo estrecho contra su pecho. Demasiado exhausto para hablar, se prendió a ella como un niño a su madre. « Que esta pasando ahí arriba? » Tungata no podía contener su impaciencia. « Hemos encontrado una galería que debe desembocar en la superficie, esta llena de murciélagos », grito Craig en respuesta. « Que debemos hacer? » « Voy a arrojar la cuerda, con un lazo en el extremo. Primero Sarah: deberá cruzar el palo y colocarse el lazo. Después nosotros dos podremos izarla. » Era un mensaje largo para gritar. « Han comprendido? » « Si. Voy a hacer que lo haga. » Craig preparo el lazo en la punta de la cuerda y después, en la mas completa oscuridad, trepo hasta el punto de anclaje donde Sally-Anne había atado la cuerda. Se trataba de un pináculo de roca a tres metros de la ventana que daba al pozo. El nudo estaba bien hecho. Volvió a la ventana y lanzo la cuerda con el lazo. Se acostó boca abajo y se asomo al pozo. El resplandor del fuego se veía lejano allá abajo y rojo como la boca de un horno. Se escuchaban los murmullos de sus voces. « Que esperan? » pregunto. Después vio una sombra negra, apenas visible a la luz del fuego, que atravesaba el puente del tronco. Era demasiado grande para ser una sola persona. Se dio cuenta que Tungata y Sarah estaban juntos sobre el palo. Tungata la estaba persuadiendo para que cruzara, cabalgando el puente marcha atrás y arrastrándola consigo. Desaparecieron a la vista, directamente debajo de la ventana. « Pupho, corre la cuerda un poco hacia la izquierda. » Craig obedeció y sintió el tirón cuando Tungata agarro el oscilante lazo. « Okey! Sarah ya esta enganchada en la cuerda! » gritó Tungata. « explícale que mientras la izamos, debe caminar sobre la roca! » Sally-Anne estaba sentada detrás de Craig, agarrando la cuerda que pasaba sobre el hombro de el. Craig se afirmaba con los pies contra las paredes laterales. « Tira! » ordeno Craig y Sally-Anne rápidamente tomo el ritmo. Sarah era pequeña y delgada, pero era un largo ascenso y a Craig le dolían las manos desolladas. Fueron

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cinco minutos de trabajo duro antes que la arrastraran sobre el borde y los tres descansaron juntos. « Bien, Sam, estamos listos para ti ahora! » le gritó, arrojándole la cuerda con el lazo en el extremo. Ahora eran tres para tirar de la cuerda, sentados uno detrás del otro, pero Tungata era un hombre grande y pesado. Craig podía oír a las chicas gemir detrás de el por el esfuerzo. « Sam, te puedes sostener un momento en la chimenea? » le gritó Craig. « Danos un descanso. » Sintió el peso aliviarse en la cuerda. Y los tres descansaron un poco. « Bueno, ahora seguimos. » Tungata parecía mas pesado ahora. Pero finalmente también el se tumbo dentro de la ventana, y ninguno de ellos pudo hablar por un rato. Craig fue el primero en recobrar la voz. « Oh, mierda, nos olvidamos los diamantes! Dejamos abajo a los malditos diamantes! » Se oyó un chasquido y la linterna de Tungata se encendió. Se miraron las caras parpadeando como búhos, menos Tungata que se reía. « Porque creen que estaba tan pesado? » Tenia en la falda la bolsa de diamantes, atada a la cintura. Cuando la palmeo, los diamantes crujieron como una ardilla mascando nueces. « Héroe! » lo apostrofo Craig con alivio. « Pero apaga la linterna, es mejor ahorrar baterías. » La usaron en breves flashes: el primero les mostró que la ventana se abría a una cueva de techo bajo, tan ancha que no podían ver las paredes de los costados el techo estaba cubierto con una peluda masa de murciélagos. Sus ojos eran una miríada de puntitos que brillaban reflejando la luz y sus caras desnudas eran rosadas y horrendas mientras los miraban colgados cabeza abajo. El suelo de la cueva estaba alfombrado con sus excrementos. El oloroso guano habías llenado cada irregularidad y el piso se sentía liso y acolchado bajo sus pies, apagando el sonido de sus pasos mientras avanzaban agrupados tomados de las manos para mantener el contacto en la oscuridad. Los guiaba Tungata, encendiendo la linterna cada pocos minutos para controlar el piso y orientarse. Craig estaba en la retaguardia con la cuerda enrollada sobre sus hombros. Gradualmente el piso comenzó a ascender, y el techo empezó a bajar. « Esperen », dijo Sally-Anne. « No enciendas la linterna, Sam. » « Que pasa? » « Mira adelante. Arriba de la cuesta. Es mi imaginación o... » Hay grados de oscuridad. Craig miro en la oscuridad adelante, y lentamente emergió de ella un leve halo, una disminución de la oscuridad total. « Luz. Hay luz allí arriba », susurró. Avanzaron rápido hacia adelante, entrechocándose en su apuro, corriendo y empujándose, riéndose a medida que la claridad se intensificaba y podían distinguir sus cuerpos, la risa se convirtió en salvaje histeria. La luz se transformo en una dorada gloria adelante y lucharon en el declive levantando polvo de guano. Gradualmente el techo se abatió sobre ellos, obligándolos a continuar de rodillas y después arrastrándose sobre sus estómagos, y la luz era una delgada hoja horizontal que los cegaba con su brillo. Se abrieron camino hacia la luz, agitando el polvo del guano que le cubrió las caras y los sofocaba, gritando alborozados y riéndose histéricamente. Craig vio que Sarah lloraba sin vergüenza, las lágrimas brillando sobre su cara. Tungata bramaba de la risa, y Craig se lanzo y lo tomo por los tobillos justo cuando alcanzaba la baja entrada de la cueva. « Espera, Sam. Cuidado. » Tungata pataleo tratando de liberarse, pero Craig lo retuvo. « Los shona! Afuera están los Shonas. » Esas palabras lo detuvieron e hizo silencio. Permanecieron sobre el umbral de la caverna y se evaporo su euforia. « Craig y yo saldremos para explorar el terreno. » Tungata busco entre el guano y le paso una piedra a Craig del tamaño de una pelota de béisbol. « Es la mejor arma que tenemos. Ustedes muchachas quédense aquí hasta que las llamemos, okay? » Craig tomo un doble puñado de guano y se ennegreció la cara y los brazos. Después se saco la cuerda enrollada del hombro, y se arrastro junto a Tungata. Estaba

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contento de dejarle a Tungata el control ahora. En la caverna Craig había sido el líder, pero afuera era el mundo de Tungata. En la jungla el era un leopardo. Se arrastraron por los últimos centímetros hasta la salida. Era una baja ranura horizontal en la roca, de menos de cincuenta centímetros de altura y oculta por la dorada hierba elefante, creciendo al borde del umbral. Estaba orientada hacia el este porque el temprano sol de la mañana les daba en las caras. Permanecieron inmóviles por un rato, dejando que sus ojos se ajustaran al resplandor después de tantos días pasados en la oscuridad. Luego Tungata se deslizo como una mamba negra, avanzando casi sin mover la hierba. Craig contó hasta cincuenta y después lo siguió. Salio a la ladera de la colina; la roca afloraba en varios lugares entre la vegetación reseca y la hierba de elefante. Estaban apenas por debajo de la cima, y la ladera caía empinada hacia el frondoso fondo del valle. El sol de la mañana ya calentaba y Craig se sintió feliz. Tungata estaba echado mas abajo. Le hizo a Craig con la mano la señal de « Cúbreme el flanco izquierdo ». Craig se movió cautelosamente en posición desplazándose con los codos y arrastrando las piernas. « Busca » Tungata le dio la señal perentoria y permanecieron echados por diez minutos escudriñando el terreno de abajo, por encima y a ambos flancos, cubriendo cada pulgada, cada roca y claro. « Todo libre », señalo Craig y Tungata comenzó a moverse por la ladera hacia la cima de la colina. Craig se mantenía encima y detrás de el, cubriéndolo. Un pájaro voló hacia ellos, un pájaro blanco y negro con un pico amarillo desproporcionadamente grande, un enorme pico amarillo semíticamente curvado que le adjudicaba su nombre común de cálao, y su sobrenombre de « canario Yiddish ». Su vuelo característicamente errático y caprichoso lo condujo hacia una mata baja justo al frente y debajo de Tungata: pero súbitamente emitió un graznido ronco de alarma y se elevo de nuevo, picando por la ladera de la colina. « Peligro! » señaló Tungata. Se quedaron perfectamente inmóviles. Craig observo el bulto de pastizales y rocas de donde había huido el pájaro, tratando de descubrir que lo había asustado. Algo se movió, una leve agitación, y fue tan cercano que Craig escucho claramente encenderse un fósforo. Desde el arbusto se elevo una nubecilla de humo de cigarrillo y le pico en las fosas nasales el olor del tabaco quemándose. Ahora pudo distinguir la forma de un casco de acero cubierto con la red de camuflaje, se desplazo cuando el hombre que lo usaba aspiro una pitada del cigarrillo. Ahora Craig vio el cuadro completo. En su uniforme camuflado el hombre estaba acostado detrás de una ametralladora liviana sobre un trípode, el cañón del arma estaba envuelto en retazos de arpillera para disfrazar su aspecto. « Cuantos son? » pregunto Tungata con un gesto de la mano. Craig vio al segundo hombre. Estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco del espinillo bajo. La sombra de las ramas se mezclaban perfectamente con las franjas atigradas de su camuflaje. Era un hombre grande, pelado, con el grado de sargento y una ametralladora Uzi apoyada junto a el. Craig estaba por señalar: « Dos », cuando el soldado sacó del bolsillo de su blusa un paquete de cigarrillos y se lo lanzo a alguien; un tercer hombre que yacía de espaldas en la sombra, que se sentó y acepto el paquete. Después saco un cigarrillo y lanzo el paquete a un cuarto hombre, que lo agarro en el aire, descubriéndose por primera vez. « Cuatro! » señalo Craig. Era un nido de ametralladora, perfectamente ubicado en la cresta de la colina para cubrir las laderas de abajo. Peter Fungabera evidentemente había previsto la existencia de vías de escape de la caverna principal. La colina debía estar completamente vigilada por nidos de ametralladoras. Fue por pura suerte que salieron por encima de ese puesto. La ametralladora estaba apuntada hacia el valle y sus sirvientes estaban estirados, relajados y aburridos de días de infructuosa vigilancia. « En posición de ataque », ordeno Tungata. « Consulta! » señalo Craig con el pulgar. « Son cuatro! Consulta! » « Ve a la derecha », indico Tungata; y reforzó la orden con el puño cerrado; « imperativo ». Craig sintió la sangre cargarse de adrenalina, el calor de la misma diseminarse por sus miembros, se le secó la boca y apretó la piedra redonda en su mano derecha.

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Estaban tan cerca de los soldados que podían distinguir la saliva en el pucho del cigarrillo cuando el artillero lo saco de entre los labios. El nido estaba lleno de basuras; trozos de papel, y vacías latas de comida, y puchos de cigarrillos. Las armas estaban puestas descuidadamente a un costado. El hombre acostado de espaldas había cubierto sus ojos con el antebrazo y el cigarrillo encendido incrustado como una vela entre sus labios. El sargento contra el árbol estaba tallando un trozo de madera con su cuchillo. El tercero se había desprendido la blusa y se inspeccionaba minuciosamente el vello del pecho en busca de piojos. Solo el hombre tras la ametralladora estaba alerta. Tungata se deslizo junto a Craig. « Listo? » señaló alzando la mano y mirándolo a los ojos. Craig asintió. La mano de Tungata bajó. Craig rodó sobre el borde del nido de ametralladora y golpeo con la piedra al hombre con el cuchillo en la mano. Lo golpeo en la sien y comprendió de inmediato que lo había matado, sintió el ruido del cráneo al quebrarse. Había golpeado demasiado fuerte. El sargento cayo hacia adelante sin emitir sonido alguno, y en el mismo instante Craig escucho un gruñido sofocado detrás. Tungata se estaba ocupando del artillero. Craig ni siquiera miro a su alrededor, aferro el Uzi y lo amartillo. El buscador de piojos levanto la cabeza y quedo con la boca abierta cuando Craig le metió el cañón contra la cara, presionando el acero contra la mejilla y mirándolo a los ojos, dominándolo, intimándolo a guardar silencio. Mientras tanto, Tungata había tomado el cuchillo del sargento y caía sobre el soldado acostado. Clavándole la rodilla en el diafragma, sacándole todo el aire de sus pulmones en una única explosiva exhalación, y luego presionando con la punta del cuchillo sobre la carne blanda debajo de la oreja. Todavía de espaldas, la cara del hombre se inflamo y contorsiono, mientras bregaba por llenar sus pulmones. « Si alguno grita, le corto las pelotas y se las meto en la boca », susurró Tungata. Todo había durado menos de cinco segundos. Tungata se arrodillo junto al sargento golpeado con la piedra de Craig y le tomo el pulso; nada, había muerto. Comenzó a despojarlo del uniforme de batalla y después se lo puso. Era muy chico para el y se le abría en el pecho. « Colócate el uniforme del artillero », le dijo, tomándole la Uzi a Craig y vigilando a los dos prisioneros. El artillero tenia el cuello partido. Tungata le había tirado el casco hacia atrás y el barbijo le había atrapado la mandíbula. La blusa del muerto apestaba a sudor rancio y tabaco, pero le quedaba bastante bien a Craig. El caso era demasiado grande, le tapaba los ojos, pero le cubría los cabellos largos y lacios. Tungata acerco su cara a la de los prisioneros. Llévense los cadáveres de esos perros shona. » Craig y Tungata los vigilaron mientras arrastraba a los dos hombres muertos, al principio atravesando la hierba hasta la entrada de la cueva y después los hicieron rodar por la pendiente al oscuro interior. En la oscuridad las dos muchachas estaban impresionadas y silenciosas. « Desvístanse! » les ordeno Tungata a los prisioneros. Cuando quedaron en calzoncillos, Tungata le ordeno a Craig que los atara. Craig les hizo señas para que se extendieran boca abajo y les ato las muñecas detrás de la espalda, y después le levando las piernas y ligo muñecas con tobillos quedando perfectamente inmovilizados. Después les saco las medias y se las metió en la boca. Mientras trabajaba, Tungata hacia vestir a las mujeres con los uniformes de batalla descartados. Eran demasiado grandes pero se enrollaron las mangas hasta la muñecas y los pantalones hasta los tobillos, y se ciñeron los pantalones en un bollo a la cintura. « Camufla tu cara, Pendula », ordeno Tungata a Sally-Anne, y ella se la cubrió con guano. « También las manos. Y ahora cubre tu pelo. » Saco de un bolsillo de la blusa del sargento un birrete y se lo arrojo. « Vamos. » Tungata tomo la bolsa de tela de los diamantes y empezó a subir la ladera, los condujo de regreso al nido de ametralladora abandonado. Volcó el contenido de una mochila y guardo la bolsa de diamantes, la cerro y se la coloco en la espalda. En tanto Craig inspeccionaba el resto del equipo. Le paso dos granadas a Tungata y se quedo el con otras dos. Una pistola Tokarev para Sarah y un fusil Uzi a Sally-

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Anne. Para el un AK 47 con cinco cargadores llenos. Tungata se guardo el segundo Uzi. Craig agrego una cantimplora llena de agua a su propia carga. Abrió una ración de emergencia y se repartieron la gran tableta de chocolate que contenía, tragándosela mientras se preparaban para partir. Estaba tan buena que a Craig le saltaron las lágrimas. « Yo tomo la vanguardia », declaro Tungata con la boca llena. « Trataremos de llegar al valle bajo la cobertura de los árboles. » Se mantuvieron debajo de la cresta de la colina descendiendo directamente por la ladera, confiando que la larga pendiente supervisada por el nido de ametralladora a su derecha, estaba libre. Estaban apenas en el limite de la jungla, cuando escucharon al helicóptero. Estaba entrando al valle. Todavía detrás de la cima de la colina pero llegando rápido. « A tierra! » grito Craig, empujando a Sally-Anne con la mano abierta entre los omoplatos. Se tendieron de cara al suelo, pero el golpeteo del rotor cambio; el helicóptero estaba estacionario, justo detrás de su línea de visión detrás del pliegue de la rocosa colina. « Esta aterrizando », dijo Sally-Anne. Y el sonido del motor ceso. « Esta abajo » Sally-Anne levanto la cabeza. « Aterrizo. Allí! Ya apagó el motor ». En el silencio, lejano, pudieron escuchar débilmente, gritar ordenes. « Pupho, ven aqui », le ordeno Tungata. « Ustedes dos esperen. » Craig y Tungata se arrastraron hasta el filo de la colina y muy lentamente levantaron las cabezas para mirar por sobre la cresta. Debajo de ellos, a unos cuatrocientos metros hacia el valle, había un pequeño claro nivelado al borde de la jungla. La hierba estaba aplastada, y había un gazebo armado al borde de los árboles en el extremo mas alejado del claro. El helicóptero estaba posado en el centro del claro y el piloto estaba descendiendo de la maquina. Había soldados uniformados de la Tercera Brigada bajo los árboles cercanos a la tienda, y podían distinguir a tres o cuatro hombres uniformados sentados a una mesa bajo la lona. « El comando operativo », dijo en voz baja Craig. « Ese es el vallecito a donde llegamos. La caverna de los brujos esta justo debajo de nosotros » « Tienes razón. » Al principio Craig no había reconocido el lugar, desde la altura. « Parece como si estuvieran por irse », dijo Tungata indicándole un punto detrás de los árboles. Un pelotón de soldados en uniforme camuflado estaba descendiendo al valle en fila india. « Probablemente esperaron cuarenta y ocho horas mas o menos después de dinamitar la gran galería, ahora nos deben tener por muertos y sepultados. » « Cuantos son? » preguntó Tungata. « Yo veo por lo menos unos veinte, sin contar los que están bajo el gazebo », dijo Craig aguzando la mirada. Tungata se retiro de la cresta y le hizo una seña a Sally-Anne para que se acercara. Después le indico el helicóptero. « Que helicóptero es ese? » le pregunto. « Un Súper Frelon », respondió ella sin vacilar. « Sabrás pilotearlo? » « Yo se pilotear todo. » « Caramba Sally-Anne, no te hagas la viva », la reto irritado Craig. « Alguna vez has volado uno de esos? » « Nunca un Súper Frelon, pero tengo quinientas horas de vuelo en helicópteros. » « Cuanto tiempo te llevara arrancarlo y decolar una vez que estés en la cabina? » Ahora vacilo. « Dos o tres minutos. » « Demasiado tiempo », dijo Craig sacudiendo la cabeza. « y si alejamos a los soldados lejos del claro, mientras Pendula decola? » pregunto Tungata. « Eso podría ser », respondió Craig. « Entonces lo haremos así », decidió Tungata rápidamente. « Yo iré a la entrada del valle, tu y las muchachas descenderán hasta el borde del claro, Okey? » Craig asintió. « Después de cuarenta y cinco minutos exactos », dijo controlando el reloj, « es decir a las nueve y treinta exactamente, comenzare a arrojar gra