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08/09/2015

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  • LLUVIA EN EL CAMPO
  • HOMBRES
  • LA ALDEA NEGRA
  • ENCRUCIJADA
  • TEMPESTAD
  • EL ENGANCHE

CUENTOS

TOMÁS VARGAS
OSORIO
Unlversldad
|ndustrla| de
Santander
Dlrecclón
Cu|tura|
Dirección Cultural
Biblioteca Mínima Santandereana
Biblioteca Mínima Santandereana No. 2
Cuentos. Tomás Vargas Osorio
Rector: Jaime Alberto Camacho Pico
Vicerrector Académico: Álvaro Gómez Torrado
Editor:
Dirección Cultural
Luis Álvaro Mejía A.
Comité Editorial
Armando Martínez Garnica
Serafín Martínez González
Luis Alvaro Mejía A.
Impresión y Encuadernación:
División de Publicaciones
ISBN: xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx
Dirección Cultural. UIS
divcult@uis.edu.co
Bucaramanga, Octubre del 2008
BIOGRAFÍA
Tomás Vargas Osorio nació en Oiba, departa-
mento de Santander, el día 23 de octubre de
1908. Fueron sus padres don José Joaquín
Vargas y doña Angélica Osorio de Vargas.
Siendo niño fue llevado al Socorro. A los once
años cumplidos ingresó al Colegio Universi-
tario del Socorro. En 1926 viajó a Bogotá e
hizo sus primeras publicaciones literarias en
“El Diario Nacional”. Al año siguiente regresó
al Socorro y trabajó en la redacción del perió-
dico “Vida Nueva”, hasta 1930, año en que
volvió a Bogotá movido por el entusiasmo
político. Interviene en la campaña liberal de
Olaya Herrera.
En 1934 viajó al Ecuador. En 1935 trabajó
en “El Espectador”, de Bogotá. Luego ocupó
4
importante cargo en la Contraloría General
de la República. En abril de 1936 se hizo
cargo de la dirección de “Vanguardia Liberal”
y al año siguiente fue Diputado a la Asamblea
de Santander por el círculo electoral del So-
corro. En ese mismo año, publicó su primer
libro “Vidas menores”. En agosto de 1939
fundó y dirigió el periódico “El Día”, y es de-
signado representante a la Cámara.
Por motivos de salud viaja a Bogotá y se vin-
cula a la redacción de “El Tiempo” donde tra-
bajó hasta cuando decide regresar a su tierra
nativa. Seis día antes de su muerte, acaeci-
da en Bucaramanga, el 21 de diciembre de
1941, apenas cumplidos los treinta y tres
años, apareció “La familia de la angustia”,
obra al decir de Roberto García Peña, “en la
cual quedará para la historia de las letras,
a través de su entendimiento de Nietzsche,
de Dostoievski, de Unamuno y de Proust, el
relato de su propia angustia, de su personal
agonía”.
5
INDICE
Lluvia en el campo 7
Hombres 25
La aldea negra 35
Encrucijada 41
Tempestad 51
El enganche 63
7
LLUVIA EN EL CAMPO
Sí, sí, era una franja de luz, ancha, allá,
lejos; pero una luz verdadera, tibia, que se
adhería al cuerpo como una caricia; tal vez
una luz ingenua, inocente, dadivosa, sí, sí,
tras de esas masas de verdor tierno y nuevo,
esmaltado tan liso y tan fresco. Era el sol. Y
era una alegre brisa trotona y mañanera que
mordisqueaba las hojas de los cayenos y las
largas y puntiagudas de los maizales que
empezaban a cuajar. Sobre la cerca de piedra
que rodeaba la casa los gallos, estiraban sus
8
pescuezos presuntuosos y se oían su canto,
penetrante, extenderse por el campo como
una clarinada.
“Una alimentación sana y abundante, y aire,
mucho aire puro”, había dicho el médico. Y
me habían llevado a aquella granja casi
abandonada que mi madre alquilara por diez
pesos al mes. Ahora estaba allí, sobreaguando
en un océano de luz, mirando las copas de
los naranjos ácidos del patio y comparando
su verdor profuso, a trechos claro y nuevo y
a trechos obscuro, según la mudanza de las
hojas. En el aire reventaban como gallardetes
las rojas fores de los cayenos. Más allá de
la cerca de piedra y en un bajonazo había
una mata de bambúes. Entre todo aquello y
detrás de un sotillo de fque, aparecía todas
las mañanas la cabeza greñuda de Manuel.
Sonreía y su rostro ancho se llenaba de
menudas arrugas. Sus dientes brillaban
desiguales y fuertes en aquel rostro atezado
al que los ojos pequeños y maliciosos daban
siempre un aspecto infantil, un poco tonto.
Traía un canasto lleno de frutas que coloreaban
entre frescas hojas de plátano y un jarro de
aluminio lleno de leche.
9
Hola! – le gritaba yo al verlo aparecer con
su cabezota enmarañada y silvestre llena de
gotas del rocío.
Manuel avanzaba a saltitos, ponía sobre una
mesa el canasto y el jarro y se acercaba para
darme la mano.
— Cómo se encuentra hoy el patroncito?
— Tiéntame las orejas — le decía yo —. Están
más calientes que ayer. Lo ves? Ya me estoy
poniendo bueno.
Porque la salud y la vida eran una manchita
rosada que se iba extendiendo, calientita, bajo
la piel de las orejas antes tan pálidas como si
éstas fueran de cera; cada día la manchita se
extendía más y yo sentía mi cuerpo llenarse
de savia; era una sensación voluptuosa,
fna, dulce, experimentar de nuevo cierto
calor recóndito que no era el de la febre, ver
cómo se iban azulando las venas y cómo se
desvanecían en las mejillas esas sombras que
hacían el perfl más largo, más blanco, más
extraño. Todos los días me miraba las orejas
en el espejo.
10
Fue Manuel quien me relacionó con
varias familias de campesinos cuando,
sosteniéndome en un bordón, se me permitió
pasear por el campo. La familia de Manuel
vivía a un cuarto de legua de la granja en
una pequeña propiedad. La casa era de
techo de teja como la de todos los pequeños
propietarios rurales; se reducía a un corredor
de tierra apisionada, a una salita obscura y a
dos habitaciones más obscuras todavía por la
falta de ventanas. En el patio un rancho de paja
y bahareque servía de cocina. En el corredor,
sobre la baranda, colgaban los aperos de
labranza, y de un cuerno clavado en la pared
pendía una escopeta y una mochila. En la
sala había cuatro taburetes viejos, con fores
pintadas en la baqueta de los espaldares. Las
paredes estaban adornadas con violetas de
Chinquiquirá, cubiertas de grasa.
— Huuss! —gritaba Feliciana, la madre de
Manuel, para espantar las gallinas del corredor
cuando me veía atravesar el portillo; luégo
corría a darme la mano que primero secaba
en la falda de zaraza que siempre llevaba
muy recogida en la cintura, de manera que
descubría sus pantorrillas gruesas y venosas
11
como las de un hombre. Feliciana era una
mujer de edad, rolliza, y se ponía roja al
hablar. Bajo la blusa de lienzo blanco del país,
con pespunte de sedas rojas, se agitaban los
senos abundosos todavía. Podía, a su edad,
tener hijos y criarlos.
— Todos lo que mi Dios quiera — decía.
El viejo Pedro estaba casi siempre en el corredor
torciendo cabuya en un tornillo, cuando no
iba al potrero a hacer la cura del ganado.
Era un viejo locuaz, nervudo y vigoroso. En
su juventud había sido soldado y de aquella
época solía contar picantes anécdotas.
Un día llegaron unos peones con un ataúd
negro que cargaban sobre dos gruesas varas.
— Quién habrá muerto? — pregunté yo.
Pedro se echó a reír. Fue a abrir el portillo y
ayudó a los peones a colocar el ataúd en el
corredor.
— Nadie. Este es el mío — me contestó.
12
Ayudado por Manuel colgó el ataúd de las
vigas de la sala, después de haber palpado
detenidamente las tapas y de haberse
cerciorado de que el barniz estaba bien seco.
— Ladrones! — exclamó —. Me dijeron que
lo harían de cedro. Que den de beber a los
muchachos y se vayan – agregó.
Después me explicó. Había que estar prevenido
cuando se empezaba a ser viejo, porque la
muerte no avisa. Y es muy distinto morir en la
ciudad a morir en el campo, donde hay tantas
difcultades. Por eso era conveniente tener el
cajón dispuesto para cualquier hora y pagar
por anticipado el diezmo al padrecito. El quería
un entierro con misa cantada y todo. Para eso
había trabajado durante treinta años.
— Pero no es de cedro? — preguntó Feliciana,
verdaderamente consternada.
— Lo mismo da – respondió el viejo —. Y siguió
torciendo su cabuya.
Después de un momento volvió a decir
Feliciana:
13
— Se acuerda de Domingo?
— Si me parece estar oyendo los gritos: “Hoy
por mí, mañana por ti
1
” Pobre Domingo!
Después de tanto sufrir
— Domingo — me explicó entonces Feliciana —
no tenía para comprar su cajón. Y tuvimos que
llevarlo en una barbacoa. Había que espantar
las moscas con una ramita.
Los domingos iban a la ciudad a oir misa y a
hacer el mercado. Desde la tarde del sábado
habia gran agitación en la casa. Feliciana
extraía de un profundo arcón de madera
con guarniciones de cuero sin curtir, la ropa
del domingo; la camisa blanca de Pedro, los
pantalones nuevos de Manuel, su blusa de
zaraza rosada y sus enaguas de amarillas
cenefas. Aquella ropa olía a humedad y a
hierba de sahumerio que Feliciana echaba en
el arcón. Manuel iba a la labranza y regresaba
con una carga de legumbres para vender en
el mercado. Pedro se recortaba la barba con
unas tijeras y examinaba con cuidado los
1
Hoy por mí, mañana por ti, es un grito con que los campesinos lla-
man a sus vecinos cuando alguien muere.
14
viejos aperos de su silla. Luego Feliciana y la
criada Rosenda emprendían en el corral una
activa campaña contra las pollas. “La zarabiá
para el padrecito y la polla amarilla para la
comadre Eudoxia”…
El domingo, ya entrada la noche, regresaban
los campesinos de la ciudad. Casi todos
volvían borrachos, hombres y mujeres.
Algunos entraban a la granja a pedir de beber
y se marchaban luego diciendo “su Dios se
lo pague”. Una vez una campesina ebria se
echó a llorar en el patio desconsoladamente.
Mi madre le preguntó que le sucedía:
— Sumercé — dijo la mujer — lloro de pensar
que este año apenas alcanzó el maíz para
pagar el arriendo y el diezmo del año pasado.
Y el padrecito está furioso y dice que no
acrismará al pequeño si no se le pagan cinco
pesos que se le deben de unas salves, cuando
Remigio se enfermó de la espalda.
El rancho de José quedaba más cercano a la
granja que la casa del viejo Pedro. Levantaba
su cono pajizo sobre el follaje de un platanar
hermoso, cargado de racimos. El rancho se
15
dividía, por medio de un tabique de barro,
en dos compartimentos pequeños; servía
el uno de cocina y el otro de alcoba; en un
rincón había una tinaja ventruda sobre la
cual zumbaban las moscas; en otro, junto al
fogón, había una enorme piedra cóncava para
moler maíz. Andrea, la mujer de José, era una
guapa moza. Sobre todo me gustaba el vaivén
rítmico de su cuerpo cuando destripaba los
granos en la piedra de moler; también solía
cantar cuando iba en busca de agua con si
botijilla a la cadera.
La mala suerte siempre había perseguido a
José. En una ocasión llego a tener un terreno
con unas vacas y un caballo; pero un domin-
go, de regreso de la ciudad, en la venta, trabó
pendencia con otro campesino. José le dio
una cuchillada en la cabeza y el terreno, las
vacas y el caballo se vendieron para pagar al
abogado. Pero al salir de la cárcel José sintió
nuevos deseos de trabajar. Conoció a Andrea,
se casaron y se fueron a vivir a una hacien-
da como arrendatarios. Trabajando mucho,
ahorrándolo todo, llegaron a reunir al cabo de
tres años el dinero con que habían comprado
aquel rancho y cinco hectáreas de tierra. Todo
16
esto me lo contó Andrea porque José era muy
poco comunicativo. José se emborrachaba
con frecuencia y a veces golpeaba a su mujer.
Al principio ella creía que era pecado “levan-
tar la mano contra su marido” y aguantaba los
golpes; pero luego lo consultó con el padreci-
to, quien le dijo:
— No hija, qué va a ser pecado. Pégale tú
también y así habrá armonía.
Y Andrea zurraba también a José siempre que
podía.
Mi presencia frecuente en el rancho puso un
poco de orden al matrimonio, por lo cual An-
drea me estaba muy agradecida. Sabía pre-
parar el café que me servía en una vieja taza
desportillada. Cuando ya había anochecido,
me quedaba aún un rato contemplando las bra-
sas del fogón. Después regresaba a la granja.
Como le referí a Feliciana la manera de vivir de
José y Andrea, Feliciana me dijo, riendo:
— Que quiere sumercé? Para eso es su mujer.
Las campesinas tenemos los huesos duros.
Cuando sean viejos, como el Pedro y yo, se
querrán como dos palomitos…
17
Yo no podía comprender bien esta manera
de tomar las cosas. Esa resignación me
repugnaba. Por qué no habían de vivir de otro
modo? Luchaban con la tierra, con la miseria,
se emborrachaban y nada más. De cuando en
cuando, como diversión, una cuchillada en la
venta, el viaje a la cárcel, el regreso al campo
para encontrarlo todo lo mismo. Y así seguía
la vida, monótona, igual, hasta el fn.
Pedro se mostraba ahora muy preocupado.
Hasta parecía haberse hecho un poco más
viejo. Creo que la causa de esta preocupación
era la hipoteca de su tierra, cuyo plazo vencía
al fn de año. Había ido a la ciudad para hablar
con el Banco pero el banco se había negado
a concederle una prórroga. El viejo andaba
mohino y triste y había empezado a quejarse
de dolores en la cintura. A menudo brillaban
gruesos lagrimones silenciosos en los ojos
de Feliciano. Llovía constantemente desde
hacía algunos días. El camino brillaba, lleno
de baches y lodazales, con refejos plomizos.
Cortinas de lluvia cubrían los fancos de las
montañas y el cielo estaba siempre lleno
de vapores densos y grises. Los platanares
inclinaban sus anchas hojas. La luz era
18
manchada y vaga, pero de la tierra se alzaban
olores dulces y profundos. Me gustaba
andar por el campo después de la lluvia,
desmenuzando el oro de los barzales y de los
follajes. La tierra se hundía suavemente bajo
mis botas y el viento disolvía la azulada hebra
de humo de los ranchos, que apenas sí podía
alzarse sobre los árboles.
La casa del viejo Pedro se había vuelto triste.
Ya lo era con ese ataúd colgado de las vigas
de la sala; pero ahora parecía que la muerte
rondara por allí cerca, que se aproximara con
la lluvia por los caminos brillantes. Yo llevé
algunos líquidos y pomadas medicinales a
Feliciana para los dolores del viejo. Todo iba
mal para los campesinos, sobre todo para los
propietarios pequeños. Habían tenido que
abandonar sus plantaciones de caña. Los
trapiches estaban arruinados, trabados por
la hierba y la maleza, y nadie pensaba ya en
moler una sola caña. No sabían que hacer los
campesinos. Algunos creían que en la ciudad
podían hacer algo y querían vender sus tierras.
Otros no podían hacerlo por que las tenían
hipotecadas al banco.
19
— Mal tiempo — decían con resignación
Los mozos se marchaban a trabajar en las
obras del gobierno y sólo quedaban los viejos,
las mujeres y los niños. Algunos campesinos
regresaban poco después, enfermos, con
febres y casi todos morían. Se les hinchaba el
vientre como un globo y reventaban. Qué iban
a hacer? Se preguntaban. Nada valía nada.
Y en cambio la sal costaba a diez, hasta a
quince centavos la libra. Por la tarde, cuando
llegaban de las labranzas, se emborrachaban.
Un campesino borracho se quedó dormido
a la orilla de un camino y al día siguiente lo
encontraron muerto. Sin duda se había
ahogado con la lluvia de la noche.
Manuel me refería todo esto. El quería hacer
algo para ayudar al viejo y quizás en la ciudad
… Los días se hacían breves, anochecía
muy pronto y yo había empezado también a
preocuparme.
Pensaba en el tiempo. Qué es el tiempo?
Cuándo hace su aparición en nuestra vida?
Para la mayoría de los hombres el tiempo
aparece cuando se va llegando a los treinta
20
años. Entonces empieza a descubrirse
un paisaje diferente, más profundo que
extenso. No son las cosas externas, que viven
independientemente de nuestro propio tiempo
personal, las que constituyen ese paisaje; sino
nuestra alma misma sobre la cual volcamos
una mirada penetrante y angustiosa llena de
perplejidad y de incertidumbre. El adolescente
no conoce su alma. Vive entonces en las cosas,
en una dimensión en que comprendemos que
entre las cosas y nuestra alma existe una
diferencia de duración y que esa diferencia
constituye nuestro porpio tiempo personal. El
tiempo es, ante todo, conciencia. Y conciencia
no solamente de la duración de las cosas, sino
principalmente, de nuestra transitoriedad
inevitable. No conciencia de vivir sino de
morir. Para mí el tiempo apareció demasiado
pronto, a los veinte años, cuando debía
ignorarlo todavía. Cómo fue aquello? Llovía.
Los colores habían desaparecido. Ahora era
un gris profundo, compacto, pesado, sucio.
Tras de la niebla las moles de las montañas
se insinuaban apenas, remotas y sombrías.
Un silencio de muerte agobiaba las cosas y
oprimía el corazón.
21
Me dolían mis veinte años. Empezaba a
descubrir mi alma contra el fondo de aquel
paisaje de invierno. A veces tenía la sensación
de que la tierra se alejaba, lentamente, de que
las montalas se marchaban a otra parte y de
que yo me quedaba solo con mis refexiones.
Si uno tiene alma tiene que haber Dios. Pero
dónde estaba Dios? Acaso en las cosas se
encontraran señales misteriosas, signos
secretos que indicaran la presencia de Dios,
no de un Dios lejano, sino de un Dios presente
en todas las cosas, inclusive en los hombres,
por que nó?
Pasaban los días fugazmente — por qué ahora
tan fugazmente? — con sus capuchones de
niebla, con su llovizna menuda, persistente.
Caían gruesos goterones de las tejas sobre las
piedras del patio. Yo me quedaba mirándolas.
Aún largo rato después de haber cesado la
lluvia seguían cayendo gotitas de agua, una,
dos, tres, cien, mil … Los barzales, que habían
crecido profusamente, se mostraban entonces
brillantes, constelados; y si el sol aparecía
un momento, entonces, cuánto oro! Daban
deseos de coger esas gotitas de oro en las
manos y tenerlas allí por mucho tiempo. Ya no
22
se podía ver nada a lo lejos; pero en cambio
las cosas próximas crecían, saltaban a los
ojos, con sus colores apagados, inmóviles.
La casa de pedro estaba rodeada de un barri-
zal. Desde el portillo hasta el corredor habían
hecho un puente de tablas para poder pasar
sin hundirse en el barro. Las habitaciones es-
taban siempre como llenas de humo. El viejo
se quejaba, arrinconado con un ángulo de la
sala, sobándose las piernas adoloridas.
— Esto es el fnal de todo — me decía.
Era que algo pesaba sobre las almas de todos.
El campo despoblado, mustio, silencioso, bajo
la lluvia; los mozos lejos, trabajando en las
obras del gobierno, para volver un dia con el
cuerpo roído y chupado por la febre, el dinero
escaso, pues hasta los grandes propietarios
andaban apurados; todo eso era como una
nube espesa que fotaba sobre los corazones,
oprimiéndolos. Qué importaba que la tierra
fuera buena y que, trabajándola, pudiera
dar hasta dos cosechas de maíz en el año?
se preguntaba el viejo Pedro. Nunca había
conocido él tiempos peores. En el corral, las
23
dos vacas de Feliciana, estaban inmóviles, con
las testuces agachadas, de las narices les salía
un vaho azuloso y tibio; sobre los grandes ojos
los párpados caían pesadamente. Todo aquel
revuelo alegre de antes, ese agitar de plumas
en el aire, ese ajetreo de la cocina y del corral,
había pasado. Todo descansaba, todo dormía
ahora. Había una sensación próxima a la
desolación y sin embargo, si alguien se hubiese
fjado en la tierra, la hubiera contemplado llena
de verdor impetuoso, abundante, vívido, que
ascendía de los barrancos a los follajes, que
se multiplicada en las hojas y en las malezas,
acariciando dulcemente los ojos.
Acompañado por Manuel yo seguía dando mis
paseos por el campo. Manuel se había vuelto
silencioso.
— Es raro — me dijo un día — no se da uno
cuenta de cómo se quiere la tierra.
Algo fermentaba en el alma de Manuel. Sus
ojos estaban siempre sombríos, tristes. Hasta
se le había borrado las arruguitas que se le
hacían alrededor de los ojos cuando reía.
24
No había variación ninguna en el tiempo. Llu-
via, barro, vapores, silencio. Los caminos de-
siertos … Pero aquella monotonía empezaba a
serme grata, a invadirme como un sueño. Los
campesinos que sorprendía el agua cerca de
la granja, entraban en ella para guarecerse.
Conversaban entre ellos con un habla lenta,
de su situación, de las penas, del mal tiempo.
Cuando terminaba de llover volvían a marchar-
se. Se perdían, se borraban en la atmósfera
pálida y húmeda como pequeñas machitas
fugaces.
Pero un día cesó la lluvia. La vida volvió al
campo. El viejo Pedro se sintió de nuevo como
antes. Una febre de trabajo acometió a todos
los campesinos. Las labranzas verdeaban y de
los trapiches antes abandonados empezaban
a elevarse, por los grandes buitrones de ladrillo
rojo, negras columnas de humo. Olía a miel.
Y el sol reía, en el cielo, como un buen viejo de
rostro de plata.
25
HOMBRES
En la barraca de Matías se encontraban al
anochecer, cuando la marea humana que
descendía de las petroleras, sucia de aceite
y de lodo, empezaba a invadir las cantinas y
los burdeles. Matías era un viejo mestizo cuya
procedencia no había podido establecerse.
Llegó a Barranca en busca de trabajo, pero
luego pensó que la vida podía llevarse perfec-
tamente sin hacer nada. Se le veía pasearse
a la orilla del río, fumando un grueso cigarro
y golpeando la arena con sus botas remenda-
26
das. Se detenía algunas veces a charlar con
los negros de las canoas y con los vendedores
de sábalo, y de noche huroneaba por las canti-
nas, rondaba alrededor de las mesas de juego
o simplemente se marchaba a dormir a cual-
quier parte. Era de pequeña estatura, adiposo
y afable, y sus ojillos parecían reír, bajo las ce-
jas rojizas, a todas horas. Pero un día Matías
hizo una barraca. Se le vio entonces trabajar
con ardor desde las seis de la mañana, en la
construcción de su casa de madera. Cuan-
do estuvo construído colgó de la puertecilla
un aviso que decía en torcidas letras negras.
“CANTINA DE MATÍAS”. Y se dedicó a esperar
tras el mostrador, con su paciencia habitual, a
que alguien llegara.
El primero en llegar era el antioqueño. Luégo
llegaba “Cuba” y el otro, que siempre se ha-
cía esperar algunos minutos, un hombre alto,
cenceño, que se emborrachaba en silencio y
a quien sus camaradas respetaban un poco
porque nada se asemejaba a ellos. Parecía
de “buena familia”, era blanco, aun cuando su
piel mostraba parches amarillos, y siempre olía
a agua de colonia. Le llamaban simplemente
“El” sin agregar nada a esa lacónica palabra.
27
El antioqueño echaba sobre la mesa la baraja
y Matías servía una botella de ron blanco. Ju-
gaban y bebían silenciosamente hasta la ma-
drugada y se marchaban luego, cada cual por
su lado, sin despedirse. “El” solía quedarse a
veces en la barraca jugando solo con las car-
tas hasta el amanecer.
El antioqueño y “cuba” trabajaban en los
pozos. Eran robustos a pesar de que algunas
veces tenían febre y tiritaban haciendo chocar
sus dientes amarillos de una manera horrible.
Entonces se iban hacia el muelle y se quedaban
mirando el río fjamente, tan fjamente, como
si pensaran que ya jamás podrían salir de
allí. Ellos lo sabían. Nunca podría regresar a
sus casas. Una fuerza misteriosa los retenía
en el puerto como a tantos otros hombres
que habían llegado con la ilusión de hacer
dinero y marcharse después. Todos se habían
quedado y en dos años se habían convertido
en guiñapos humanos. Un demonio habitaba
en el río, un demonio implacable que los
seducía para que sus vidas se perdieran en
aquel inferno de alcohol y de febre y no se
rebelaban contra esa invisible presencia que
los encadenaba. A veces pensaban: “por
28
qué no acabar de una vez? Por qué no ir al
encuentro del demonio en el lecho del río?”.
Sobre todo, cuando la febre roía las entrañas
pensaban que sería muy dulce ir a tenderse
sobre el barro, allá en el fondo, y oír a lo lejos la
ronca sirena de un barco que se iba. Además,
los ojos sentían a veces necesidad de ver
cosas verdes cubiertas de rocío…
Podía adivinarse claramente –y así lo hacía
Matías – lo que pensaba “Cuba” y el antioqueño.
Pero el pensamiento de “El” era inescrutable.
Tenía un rostro absolutamente inexpresivo, de
rasgos inmóviles. Amaba la vida? La odiaba?
Qué fuerza podría mover su corazón? Jamás
se le escapaba una sola palabra sobre su
pasado y nunca sus camaradas lo interrogaron
sobre él. Era, simplemente, otro hombre. El
nombre no importaba ni por qué estuviera
en el puerto. Al principio a Matías, a “Cuba”
y al antioqueño los impresionó un tanto ese
misterio, pero luego se acostumbraron a él y
no volvieron a hablar entre ellos del asunto.
Un acontecimiento vino a turbar en cierto
modo la tranquilidad de esa vida (porque
después todo sigue lo mismo). Jugaban una
29
noche a las cartas, cuando alguien llamó a
la puerta de la barraca. Matías abrió y en
el círculo de luz que formaba la bombilla vio
destacarse el rostro de una mujer. Matías
refexionó un instante y luego abrió la puerta
para que la mujer entrara. Entró y dijo que
tenía sed. Matías le sirvío un vaso de cerveza
que la mujer bebió vorazmente, limpiándose
después la espuma de los labios con el dorso
de la mano. Los hombres levantaron la cabeza
para verla. Era joven y sus cabellos castaños
brillaban en la luz con refejos pálidos. “Cuba”
advirtió, además, que tenía los ojos grandes,
pero no lo dijo. Matías estaba visiblemente
turbado y, al parecer, meditaba en lo que
podía hacerse. Arrojarla a la calle o invitarla a
que se quedase, ambas cosas requerían ser
pensadas. La mujer observó la perplejidad
en el rostro de Matías y dio un paso hacia la
puerta pero se detuvo. Miró a los hombres
atentamente y preguntó a Matías.
— Puedo quedarme?
Matías hizo un movimiento de hombros que
no quería decir nada, pero miró a la mujer
con lástima. Tenia una voz suplicante y altiva
30
al mismo tiempo y parecía rogar y desafar
cuando dijo si podía quedarse alli. No llevaba
nada, solo su vida, pero ésta no parecía
preocuparla demasiado. Los hombres se
marcharon. Matías le ofreció una esfera a la
mujer, apagó la luz y pasó a su habitación que
tenía una ventana que miraba hacia el río. Las
luces de un barco empezaban a borrarse en
la noche.
La mujer se hizo cargo de la cantina. Los
primeros dias estuvo muy callada, pero se
advertía en ella, en sus movimientos fáciles,
en sus miradas y en el pliegue menos rígido
de sus labios que estaba contenta. Se había
salvado, al menos por algún tiempo, y esta
seguridad le devolvía la juventud y el vigor
y aun cierta belleza. No preguntó a Matías
sobre sus compañeros ni éste le dio tampoco
ninguna explicación sobre la vida de la barraca.
Solamente le dijo que podía quedarse y atender
a la cantina si lo deseaba, lo que la mujer
aceptó. Arregló la casa, lo limpió todo y colocó
unas fores de papel en la mesa en un vaso
roto. Por la noche “Cuba” tomó el farolillo y lo
puso en un rincón, pero “El “ volvió a colocarlo
donde estaba sin decir una sola palabra. La
31
mujer lo observó en silencio y le agradeció
haberlo hecho; el forero se veía bien allí en
la mesa. Al salir, “Cuba” y el antioqueño se
fueron juntos. Anduvieron hacia el río, hombro
a hombro y se echaron bocarriba sobre la
arena, aspiraron fuertemente el aire cálido.
Las estrellas brillaban en el cielo profundo
y se escuchaban dulces rumores, el ruido
del agua, el aleteo de un pájaro, la brisa que
movía las palmas.
— Las estrellas me hacen pensar en mi pueblo
— dijo el antioqueño. Hubo, después, un largo
silencio, al cabo del cual dijo “Cuba”:
— Para quién debe ser la mujer?
— Yo la odio — repuso el antioqueño.
— Pero siempre es una mujer — agregó el
otro.
— Es del viejo. Porque vamos a quitársela?
—No sé, pero me parece que nos falta una
mujer — insistió. “Cuba”
Volvieron al puerto y se separaron llevando
cada uno la sensación de que todo podía
cambiar de un momento a otro. Valía la pena
de que fuera así? Sin embargo de que ambos
32
pensaron en ello, a la noche siguiente, des-
pués de salir de la barraca “Cuba” y el antio-
queño volvieron a charlar sobre el asunto de
la mujer.
— Lo he estado pensando y tú tienes razón —
dijo el antioqueño.
— Qué dirá “El”? – preguntó entonces “Cuba”.
— No dirá nada, como siempre
— Y entre los dos cómo lo decidiremos?
“Cuba” sacó del bolsillo unos dados.
Juguémosla — dijo.
— Está bien — asintió el antioqueño.—
Juguémosla.
“Cuba” arrojó los dados sobre la arena y los
dos se inclinaron sobre ellos para ver lo que
había decidido la suerte.
— Es tuya — dijo el antioqueño.
A la noche siguiente “Cuba” le explicó a
Matías:
— Antioquia y yo nos jugamos anoche la mujer.
Creímos que tú no te opondrías. Eres viejo y
además hay otras mujeres. La he ganado yo.
33
La mujer es mía.
Matías refexionó o bien aparentó que estaba
pensando en lo que “Cuba” le acababa de
decir. Al cabo preguntó:
— Qué dirá “El”?
— No dirá nada. Nada le importa
— Está bien — dijo Matías.— Llevátela
La mujer estaba oyendo el diálogo de los
hombres y al pretender escapar tropezó con
“El”, que entraba.
— Me han jugado al dado — le dijo-. Salveme!
“El” entró y preguntó:
— Qué quieren hacer con la mujer?
— “Cuba” la ha ganado — repuso el antio-
queño—. Todo es legal.
La mujer temblaba de miedo. Los ojos muy
dilatados y los labios blancos.
— Cómo la han jugado? — volvió a preguntar
“El”
Le explicaron entonces todo. El hombre alto y
blanco se volvió hacia la muchacha:
34
— Es la suerte, vete con él —le dijo.
La mujer echó a correr desesperadamente
sintiendo cómo la arena le mordía los pies en
medio de los dedos y “Cuba” salió tras ella.
Los otros se sentaron alrededor de la mesa y
echaron la baraja. Matías sirvió la botella de
ron y murmuró:
— Yo que estaba tan contento con la muchacha.
Así es la vida. Qué vamos a hacer.
La muchacha corría, faltándole el aliento.
Detrás de ella escuchaba las ágiles zancadas
de “Cuba” y casi sentía sobre su nuca la
caliente respiración del hombre. Hizo un
esfuerzo más y llegó a la orilla. El hombre la
alcanzaba. La mujer se volvió hacia él y al verlo
agigantado monstruosamente en la sombra,
tuvo un miedo horrible. Estaba al borde del
barranco y saltó. “Cuba” se detuvo, acezando,
y se quedó mirando fjamente las aguas al
pie del barranco unos instantes. Al principio
creyó oír un ligero chapoteo, pero luégo, nada.
Regreso a la barraca, despacio, todo el cuerpo
adolorido como si le hubieran dado palos.
Nadie le preguntó nada. Tomó una copa, se
enjugó los labios y pidió las cartas.
35
LA ALDEA NEGRA
Todos los días el agua subía un poco. Por las
noches los hombres y mujeres de la aldea la
oían rugir como una bestia hambrienta. De
día tenían aún el consuelo de ver la selva
protectora extenderse a sus espaldas y arriba,
sobre la cresta de la ola, brillar el sol como
un extraño pez oblicuo; pero cuando bajaba
la noche y todo se confundía en una masa
negra, entonces el río roncaba más fuerte.
Las canoas cabeceaban sobre el fango fétido
y grandes pájaros volaban asustados hacia el
36
interior por sobre la jungla, confundiéndose
en la distancia ocre con las hojas errantes.
Había momentos de un silencio pavoroso. La
selva, siempre salvaje y terrible, se callaba de
pronto y hasta las mismas aguas enmudecían.
Aquellos pobres pescadores de sábalo, negros
y mulatos todos, sentían renacer sus temores
ancestrales. Lejos, muy lejos, estaba Puerto
Wilches y más lejos todavía Gamarra. Allí
había cómo defenderse del río, había ron para
calentar los estómgos, café y tabaco. miraban
al cielo; estaba a veces tan azul que parecía
verano, pero no había que engañarse. Las
aguas seguían creciendo, arrastraban grandes
troncos de hobos derribados, islotes de juncos
donde las garzas se detenían un instante y
todo eso bajaba velozmente y desaparecía.
En el segundo día de inundación los hombres
vieron bajar una vaca que luchaba contra
la corriente. No se le veía sino el hocico
desesperadamente levantado hacia fuera y los
cuernos donde se habían engarzado algunos
hierbajos. De noche llovía implacablemente y
la selva se inundaba de pantanos de los cuales
se alzaba al amanecer una niebla espesa.
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Después de la inundación vendría la febre.
Los niños empezaban a toser y morían. Los
hombres se ponían amarillos, huesudos, y se
les dilataban las órbitas de los ojos. Algunos
se hinchaban y morían también y los dientes
blancos quedaban brillando al sol. Era horrible
aquello pero en la aldea ya todos estaban
acostumbrados a estos males. Enterraban
los muertos, se emborrachaban y danzaban
durante tres noches y luego todo seguía
lo mismo. Alguna vez un barco de carga
arrimaba al barranco para proveerse de leña,
les dejaba ron, tabaco negro y algunos pesos.
Oían hablar de Barranquilla, del mar, de otras
ciudades que para ellos eran cosas fabulosas.
Cómo serían? Luego el barco seguía su rumbo
y todos se agolpaban en la orilla para ver la
estela de olas que dejaba la rueda.
Este año el invierno era más violento que el de
los anteriores. Ya no se podía pescar y como
el huracán había descuajado los platanares
el hambre empezaba a aullar en los vientres
como un perro furioso. Si, al menos pasara
un barco que les dejara al fado algunas
provisiones. Pero los barcos pasaban de largo
38
por la orilla opuesta. Ramos se aventuró en
su canoa y esperó el paso de un barco. En
vano hizo señas para que se detuviera y tuvo
que regresar a la aldea sin una onza de sal.
Luégo vendría la febre.
El agua subió e inundó las chozas. Al octavo
día, el río seguía subiendo y las covachas se
derrumbaron. Ahora ya no les quedaba otro
refugio que la selva llena de pantanos. Nubes
de mosquitos obscurecían el aire, mordían la
carne y chupaban la poca sangre que había
en las venas, inoculando la febre, regando la
muerte. Cada año, con la inundación venía la
muerte y escogía unos cuantos de la aldea.
Los descarnaba primero hasta dejarles la
piel obscura adherida al esqueleto, arrugada,
colgante en el vientre: luego los ponía
amarillos como la barriga de las tortugas
que dormían en los mángles y por último les
abría las quijadas para que con los dientes
blancos quedaran brillando al sol en una risa
esmaltada y siniestra. A la muerte le gustaban
estos dientes de los negros, blancos y fuertes
y todos los años venían a verlos reír en una
risa interminable, brillante e inmóvil.
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Un día el agua empezó a descender. El cielo
se ponía azul y por la noche brillaban las
estrellas como arenas de oro, pero nadie
podía verlas porque la febre había venido. Ya
estaba aquí la febre! En vano eran verdes y
frescas las grandes hojas de los hobos y de
los nogales; en vano aleteaban los barcos por
esta orilla con sus grandes ruedas de madera
haciendo brillante espuma; ya había llegado
la febre. Hombres y mujeres, acurrucados
sobre el barranco temblaban como tiemblan
los peces en el fondo del río; sus grandes
dientes blancos chocaban unos contra otros
y ni siquiera se quejaban. Solo Ramos, que
era joven y fuerte, iba y venia en su canoa
cargada de sábalos cuyas aletas fulguraban al
sol como una fantástica pedrería. Por la tarde
ayudaba a cavar las sepulturas de los que ya
habían muerto o de los que iban a morir, y por
la noche se emborrachaba completamente.
Al fn atracó un barco. Era un rápido barco
de pasajeros que subía de Barranquilla con
unos turistas. Algunos saltaron a tierra, todos
impecablemente vestidos de blanco y con
gafas verdes. Uno de la marinería le preguntó
40
a Ramos que fue a ofrecer un sábalo a la
cocina:
— Qué tal la inundación este año?
— Mu mala — repuso el mulato.
— Y el paludismo?
Ramos señaló la aldea desierta y empantanada.
Un turista tomó una fotografía y regresó a
bordo. Después el barco se puso en marcha
y Ramos se quedó mirando la sucia moneda
de veinte centavos que tenía en la palma de
la mano. Se la echó al bolsillo y entró en su
choza; luego volvió a salir mascando un bocado
de tabaco, desamarró su canoa y de un solo
impulso tomó rumbo. Quería emborracharse
en compañía de alguien y navegaría hasta
Gamarra, río abajo, cien kilómetros. Volvióse
para ver la aldea y vio que todos los negros
agolpados en la orilla reían extrañamente con
sus grandes dientes blancos. Eran verdes
las hojas, el cielo azul y el río se deslizaba sin
prisa, como cansado, hacia el mar.
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ENCRUCIJADA
El río era una bestia devoradora de hombres.
El viejo Tchen lo había pensado muchas veces.
Siempre estaba hambrienta, al acecho de vidas
nuevas que engullir. Y esas vidas llegaban
de todas partes, en oleadas abigarradas y
sucesivas. Unas llegaban por la carretera en
destartalados y casi deshechos camiones de
carga, otras por el mismo río en toda clase
de barcos; y se las veía llegar y desaparecer
luego en aquel mundo ardiente donde el aire
abrasaba como una llama. Tchen, desde
42
su llegada a Barranca, había adquirido la
costumbre de distraerse adivinando el destino
de aquellas infortunadas vidas. Ya estuviera
en su negocio de ropa blanca o anduviera
por el puerto, al atardecer, cuando la brisa
refrescaba un poco, Tchen escrutaba atenta
y minuciosamente como se analizan las
larvas de los laboratorios, los rostros nuevos
que encontraba; y descifraba el destino de
esas vidas con una claridad sorprendente
que al principio le pruducía a él mismo cierta
zozobra interior. Una vez, ya no recordaba
cuándo, había visto pasar frente a su ropería
una muchacha desconocida; no tenía nada
de particular, pero Tchen sintió un vago y
frio estremecimiento y pensó: “la muerte va
detrás de esa muchacha”. Y al día siguiente la
habían encontrado muerta misteriosamente
en el muelle. Esa fue la primera vez; luego
siguieron otras muchas ocasiones y el viejo
Tchen se acostumbró a ello hasta el punto
de que al fn llegó a constituir para el una
diversión y una especie de agradable ejercicio
mental.
Cuando sonaba la sirena de un vapor Tchen
bajaba apresuradamente al puerto para
43
observar las personas que desembarcaban,
o bien se iba a la estación de autos para
estudiar a las gentes que llegaban por la
carretera. Nunca se equivoca. Rostros,
rostros, rostros … El viejo Tchen llevaba en su
memoria una estadística trágica de rostros
que había visto una sola vez y luego habían
desaparecido para siempre. El río los devora
inexorablemente. En qué consistía ese poder
misterioso de la bestia? Tchen mismo lo había
sentido enroscado en torno a su voluntad.
Todos los sentían, pero nadie hubiera podido
decir exactamente que era aquella fuerza
extraña que los retenía para siempre allí, junto
al río mientras el río los devoraba.
Estaba el viejo Tchen pensando en todo esto,
cuando oyó, un poco lejos, la sirena de un
barco que se acercaba al puerto. Dejó su
tienda y según su costumbre bajo al muelle. En
el muelle había la agitación de todos los días.
Unas canoas se balanceaban suavemente
cargadas de plátanos y las escamas doradas
de un pez brillaban al sol. El río se arrastraba
tranquilo, sucio y venía a lamer el lodo de la
orilla con su ancha lengua de agua turbia.
Abajo, por sobre la foresta tupida e inmóvil,
44
se elevaba el humo negro del barco. Tchen
se sentó sobre un haz de madera que había
junto a un pontón y esperó pacientemente a
que llegara el barco, fumando un cigarrillo.
El único pasajero descendió al muelle. Era
un hombre alto, joven de sólidas espaldas y
largos brazos vigorosos. Tchen se aproximó
a él mientras el pasajero cruzaba el muelle
a largos pasos, pero cosa extraña! no pudo
descifrar su destino. En vano le escrutó los
ojos, que es donde el destino de los hombres
se refeja con mayor precisión e intensidad;
los tenía pardos y cálidos, abiertos a las cosas
sin asombro ni recelo, pero el destino no
asomaba en ellos, no podía vérsele como a
los otros que lo llevaban cifrado de cualquier
modo en las pupilas. Tchen se estremeció un
tanto. Era aquel su primer fracaso. Ya en su
tienda, mientras afuera el sol restallaba con
fuerza como un látigo y hacía crujir la madera
creosotada de las casas, Tchen pensaba:
sería sufcientemente poderoso aquel hombre
para luchar contra la bestia hambrienta? Qué
cantidad de vida, qué aura de victoria en torno
suyo! Andaba a largos pasos y la goma de
sus botas amarillas quedaba profundamente
45
impresa en la arena; el sol brillaba en sus
abundantes cabellos castaños provocando en
ellos un resplandor de minúsculos incendios y
el viento se entretenía en abombar su camisa
de seda blanca. Qué hombre se decía Tchen,
cada vez más pensativo.
Por la noche fue a la estación de autos. No había
nadie. Esperó, sin embargo, con la paciencia
habitual hasta que al fn, echando humo como
un condenado y crujiendo espantosamente la
carrocería, llegó un camión con una carga de
cemento. El chofer apagó el motor, saltó por
la portezuela y golpeó fuertemente uno de sus
lados:
— Eh, ya llegamos! — gritó.
Por la parte de atrás bajó una mujer. Dio
algunos pasos vacilantes como si todavía la
dominara el sueño y de un pequeño bolso
sacó un billete que alargó al chofer.
—Lo convenido — dijo
El chofer escupió y se metió el billete en el
bolsillo. La mujer miró a todos lados como
46
si quisiera orientarse y de pronto sus ojos se
fjaron en Tchen. Tuvo al principio miedo —
Tchen lo advirtió claramente — pero luégo se
dirigió a él para preguntarle:
— Quisiera indicarme un hotel? Que no sea
muy caro...
Tchen hizo una reverencia y él mismo la guió,
a través de las calles bulliciosas, llenas de
obreros de las petroleras, que olían a sudor,
a barro y a aceite. La muchacha era blanca
y tenía las mejillas hundidas como si hubiera
tenido febre o hambre. Llevaba en la mano
un saquillo de viaje, excesivamente pequeño,
y los cabellos de un castaño bastante claro
le caían sobre los hombros, revueltos y
sucios de polvo. Cuando se despidió Tchen
en la puente del hotelillo con una sonrisa
desvaída, Tchen pensó: “Esa muchacha trae
la muerte a Barranca. Para quién?”. Y de
pronto tuvo un sobre salto: “Para el hombre
joven que había llegado ese mismo día? Pero
por qué? Sí, sí, no le cabía duda. Esta vez no
experimentó ninguna satisfacción. Empezó
a caminar maquinalmente por las calles. Es
47
posible evadirse al destino? Pensaba. Quizás,
quizás estuviera equivocado. Hacía un calor
sofocante y el ruido que vomitaban los bares
hería, punzaba la noche. La muchacha tenía
los ojos extrañamente claros, verdosos, como
dos algas; y las manos, nerviosas, largas,
pálidas, como extrañas raíces.
Tchen se detuvo frente a un bar. Allí sentado a
una de las mesas, frente a una botella de cer-
veza, vio al hombre joven cuyo destino creía
haber descifrado ya. Tchen se aproximó a él.
Quería hablarle, prevenirlo contra el peligro
desconocido que se cernía sobre él en giros
cada vez mas bajos y envolventes.
— Me permite? — le dijo con humildad tomando
asiento a la misma mesa.
El hombre clavó en Tchen sus ojos tranquilos.
— Usted me tomará por loco o por borracho.
Sin embargo, lo que voy a decirle le interesa,
le interesa a usted. Usted corre un grave
peligro.
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— Yo? Siempre lo estoy corriendo. Qué quiere
usted?— se encogió de hombros y levantó el
vaso.
— Pero esta vez — dijo Tchen — se trata de un
peligro de muerte.
— No me parece a mí lo mismo — dijo el
hombre clavando en Tchen otra vez sus ojos
tranquilos.
— Esta usted seguro? — pregunto Tchen.
— Amigo, la muerte no quiere nada conmigo
por ahora. Se lo aseguro.
Tchen se levantó, se despidió con una
reverencia y salió afuera. Anduvo un poco al
azar, meditando, sintiendo que una extraña
angustia se apoderaba de su espíritu, a menudo
tan tranquilo. No corría la más ligera brisa y de
la tierra arenosa se alzaba un vaho caliente.
De pronto Tchen vio un bulto que avanzaba
en la misma dirección suya, pero algunos
pasos más allá, hacia el muelle. Lo siguió
apresurando el paso sin llegar a emparejarse
con la sombra. Sí, era ella, la mujer que había
llegado hacia una hora. Ahora no llevaba
nada en la mano y andaba resueltamente en
dirección al río. A poco Tchen sintió algunos
pasos, acompasados y duros, que lo seguían.
49
Volvióse para ver y era el hombre joven que
había salido también del bar y caminaba detrás
de él. Su camisa blanca fotaba precisamente
en la media sombra de la calle que se iba
haciendo cada vez más obscura. Tchen siguió
detrás de la muchacha sin dejar de volver
los ojos de cuando en cuando. Por qué iba
la muchacha tan apresuradamente hacia el
río? Y por qué el hombre joven seguía en la
misma dirección? Era el destino. El hombre
se detuvo, ya a pocos pasos del muelle, y
retrocedió como si algo se le hubiera olvidado.
En la sombra se percibían las moles de dos
barcos de carga, la mujer había llegado a la
orilla en aquel instante y permaneció inmóvil
algunos segundos. La luna azulaba el agua
y arriba, en el cielo pálido, brillaban algunas
estrellas. Repentinamente la muchacha tomó
impulso y se arrojó al río.
— Hola! — gritó Tchen, despavorido. Y contra
su conciencia, sin poder evitarlo, se lanzó al
agua para salvar a la muchacha.
Cuando Tchen volvió a sacar la cabeza, por
última vez, estaba muy lejos de la orilla. Sentía
que una rápida parálisis se extendía por sus
50
brazos y sus piernas y que un agudo y sordo
zumbido le horadaba los oídos. La sirena de
un barco! Intentó gritar y no pudo. Iba hacia
abajo, cada vez más hacia abajo, sobre las
fauces hambrientas del río. Un pequeño bulto
blanco — la camisa blanca del hombre joven —
se advertía en la obscuridad del muelle, y los
ojos de Tchen fue lo último que vieron.
51
TEMPESTAD
El viento era bajo y húmedo y sin embargo el
aire quemaba como una plancha de acero
ardiente sobre la carne. La mujer se acercó al
embarcadero. Sus ojos miraban fjamente el
río que chapoteaba con un gruñido sordo entre
las canoas vacilantes y contra el barranco
negruzco y deleznable de la orilla. Troncos
hinchados y podridos se amontonaban en la
resaca y se balanceaban pesadamente medio
sumergidos en una espuma amarillenta y
fétida. Más allá el río se irisaba en un alegre
52
juego de colores. Parecía, a veces, que las
aguas se hicieran sólidas, duras, bajo el sol
que caía sobre ellas en sesgos dorados. La
lancha cabeceaba ya con el motor encendido
lista a partir en seguida. Las espaldas
desnudas del práctico, encorvadas, brillaban
de sudor con ese brillo mineral que tiene la
piel de los mulatos. Se irguió y miró a la mujer
con rencor. Ella advirtió la mirada del hombre
y tuvo deseos de volverse, pero algo, la última
esperanza, la hizo quedarse allí. Esa lancha
signifcaba para ella el último recurso. Bajó
los ojos y esperó.
Sobre la arena se oían las pisadas lentas
del único pasajero que iba a llevar la lancha.
Avanzaba despacio hacia el embarcadero con
la cabeza desnuda. El viento le englobaba
la camisa de seda y el pantalón de franela
gris. Era de mediana estatura, de espaldas
cargadas, de cuello grueso pero que tenía sin
embargo cierta fnura de líneas. La mujer no
pudo ver otra cosa que las anchas espaldas y
el cuello vigoroso. Otra vez tuvo miedo y pensó
alejarse; pero allí se iba a decidir su vida. Su
vida! por poco que valiera, siempre era algo
precioso para ella, algo que quería conservar,
53
que no quería dejar allí entre aquellas sucias
canoas y esos troncos podridos de la resaca.
Se aproximó al pasajero, al que conocía
vagamente por haberlo visto algunas veces en
la cantina del antioqueño bebiendo grandes
cantidades de ron sin emborracharse, y le
lanzó la súplica.
— Lléveme.
El se volvió con cierta brusquedad y la
reconoció,
— Tú eres la que echan de aquí? — le dijo.
El práctico argumentó entonces:
— Tiene mal ojo, patrón. No la lleve. Pasará
alguna desgracia.
— Cállate tú, negro! — le ordenó el pasajero.
La mujer observó entonces que no tendría más
de treinta años aunque la barba le obscurecía
un poco el rostro, haciéndolo aparecer más
viejo. Pero había que mirarle los cabellos y
sobre todo la nuca dorada para convencerse
de que era joven.
— A dónde quieres ir? — le preguntó a la
mujer
— A Barranca. Le pagaré algo. Tengo cinco
pesos...
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El hombre guardó silencio unos instantes. La
mujer a bordo de la lancha, de noche, no era
una cosa que le halagara. Le dijo:
— Probablemente el tiempo se pondrá malo y
tú sabes lo que es el río.
— No me importa. Sólo quiero salir de aquí —
repuso ella.
El volvió a meditar unos segundos durante los
cuales la mujer temblaba toda como sacudida
por un intenso calofrío. El patrón observó la
lancha, pequeñita, tan reducida que apenas
había sitio para dos personas, para él y para el
práctico. Saltó a la lancha y ordenó al mulato:
— Vámonos:
La mujer extendió involuntariamente las
manos haciendo al mismo tiempo un ademán
de lanzarse al río.
— Espera! — volvió a ordenar el patrón — y
volviéndose a la mujer le dijo con una voz
áspera y casi colérica: Suba!
La mujer subió y procuró encogerse todo lo
que le fue posible a no quitarle sitio al patrón
que ya se había sentado sobre unos cajones y
55
encendía un cigarrillo. Era allí un montoncillo
de carne y de tela sucia, nada más que eso,
una cosa que podría fotar sobre el río, corriente
abajo, algún día. Lentamente la lancha salió
del embarcadero y tomó rumbo. El viento
soplaba, frío y fuerte; grandes bandadas de
pájaros volaban hacia la selva; una canoa
se deslizaba velozmente cortando el agua
hacia la orilla. Cuando la lancha se alejó
unos centenares de metros del puertecillo, el
patrón sacó de una pequeña maleta de cuero
el revólver y se lo ciñó a la cintura; luego se
quedó mirando el río y fumando... La mujer
seguía sintiendo miedo. Ahora era la soledad,
esas grandes playas de arena, la selva, el
crepúsculo. La lancha era tan pequeña y
estaba tan cargada! Su pobre carne seguía
tiritando a pesar del calor sofocante que se
alzaba del río como una febre. Veía cómo la
camisa de seda del patrón se iba empapando
rápidamente aun cuando él pareciera
insensible. También ahora las espaldas del
mulato brillaban menos, a medida que la luz
se iba debilitando; dentro de pocos minutos
el práctico no sería sino un bulto más negro,
a proa. La noche lo eliminaba y sólo quedaba
el blanco, con sus cabellos alborotados por la
56
brisa, ligeramente inclinado hacia adelante,
apoyando los codos en los muslos; visto así
daba la sensación de que iba a saltar sobre
algo de un momento a otro.
El agua embestía a la lancha, la golpeaba
por los costados y la hacia bailar como una
cáscara. Luces azufradas empezaban a rayar
el horizonte, allá lejos, y se escuchaba el
distante tableteo del trueno.
— María, pórtate bien, dijo el patrón dando una
fuerte palmada de los costados de la lancha. Y
volvió a quedar silencioso.
La mujer empezaba a tranquilizarse al ver
que ni el patrón ni el práctico hacían caso de
ella, ni siquiera el mulato! La habían echado
como un perro. No servía ya para nada, ni
siquiera para calmar la brutalidad de los
negros borrachos y el desprecio extendía
alrededor suyo una protección más efcaz
que la fuerza misma. No se revelaba contra
ese desprecio, como sucedía al principio.
Entonces luchaba, peleaba, y al ver que todo
era inútil se emborrachaba hasta perder la
cabeza; pero ahora era distinto. Aquí, en el río,
experimentaba una sensación de libertad que
57
era casi agradable. Si no fuera por el hambre
que le roía las entrañas estos momentos
hubieran sido los más felices de su vida.
Se hacía rápidamente la noche. El patrón
encendió una lámpara de gasolina que
extendió un círculo de luz verdosa, pero volvió
a apagarla en seguida. La orilla opuesta ya
no se advertía en la sombra. El viento silbaba
ahora y las embestidas del agua eran más
fuertes. La mujer se esforzaba por mirar algo,
por calcular la anchura del río, pero todo era
obscuro, impenetrable, sin límites. Sólo se
veía la brasa del cigarrillo del patrón que se
encendía y se apagaba intermitentemente. De
cuando en cuando a la luz de un relámpago
podía verse el río, más ancho, sin orillas,
negro y misterioso. Si el patrón dijera una
sola palabra! pero su silencio hacía más
honda la noche, aproximaba más el peligro
de la tempestad. Todo era un inmenso círculo
negro apretándose alrededor de la lancha, de
su cabeza sudorosa, de su cintura adolorida.
Había perdido la noción del tiempo. Cuántas
horas llevaba en la lancha? No se veían las
luces de ningún puerto, nada, en aquella
inmensidad negra. Si el patrón pronunciara
58
una sola palabra! volvió a desear la mujer. El
silencio gravitaba con una pesadumbre física,
abrumadora y aplastante y ella sentía que no
podía soportar más aquello. Era como si se
hinchara la garganta. Habían empezado a
caer gruesas gotas de agua y el viento seguía
silbando sobre las cabezas de todos con su
silbido extraño y agorero; se escuchaba más
cerca el tableteo del trueno y de pronto el
cielo se rasgaba, crujiendo como una tela
que se rompe. El patrón volvió a encender
la lámpara. La lancha tenía su instalación
para luz eléctrica pero debido a alguna causa
que la mujer no comprendía el patrón no
quiso utilizarla. A la luz verdosa vio cómo la
camisa de seda se ceñía al busto del patrón,
dibujándose los músculos amplios y la curva
de los riñones que descansaban sólidamente
sobre la cintura. La empuñadura del revólver
fulguraba más abajo.
La mujer, azotada por la lluvia, se encogió
todavía más. Sin embargo, la luz de la lámpara
era un consuelo para ella y fjó sus ojos en la
llama amarilla que se retorcía dentro de su
oblonga cárcel de vidrio. Se apretó el vientre
con ambas manos y permaneció así largo rato.
59
De pronto el patrón dijo:
— Ya entramos en el huracán.
Fué como si se hubiera hecho una luz en el
alma de la mujer. Sonrió, pero el patrón no vio
su sonrisa. Sacó del fondo de la lancha una
botella de ron, se la llevó a los labios, trasegó
un poco, se la alargó al práctico y luego a la
mujer. Esta bebió también un poco. Hubiera
querido decir algo pero no pudo. Además, para
qué? Quién iba a escuchar sus palabras? Pero
llevaba en el alma la luz que habían abierto
las palabras del patrón aunque sabía que
no fueron dirigidas a ella, acaso ni al mulato
mismo, sino a la noche, al viento, al río que
se encabritaba como un potro salvaje debajo
de la lancha. En ese instante una descarga
eléctrica desgajó un árbol. Se escuchó el
ruido que éste hacía al desplomarse herido de
muerte, allí, a muy poca distancia. La mujer
se estremeció, su alma volvió a obscurecerse
y el presentimiento de la muerte la anegó el
corazón como una agua negra... Sin embargo
tenía aún fuerzas para pensar y pensaba
si “él” (así lo llamaba mentalmente), si “él”
también tendría miedo. Sería horrible morir
sin saber nada de él y también sin que él
60
supiera nada de ella. La lancha saltaba sobre
el oleaje y como navegaba contra la corriente
no se podía calcular si avanzaba mucho.
De pronto ella sintió un vehemente deseo
de contar su vida al patrón. De decirle cómo
durante dos años había errado a lo largo
del río. Al principio le había ido bien y hasta
viajaba gratis en los barcos. Pero eso había
durado poco, muy poco tiempo. También
quería decirle cómo era su pueblo. Era lindo
su pueblo con su torre blanca, en la montaña.
Pero el patrón estaba vuelto de espaldas,
inmóvil con el cigarrillo pendiente de los labios.
Inmóvil y agazapado. Sí, sería horrible morir
sin pronunciar una sola palabra. No tendría
recuerdos el patrón, no tendría un lindo pueblo
como ella y por eso se desprendía de él esa
sensación de frialdad más cruel, más profunda
que la de la noche y la tempestad. Al menos la
tempestad hacía ruido, un ruido pavoroso en
la selva le debía estar erizada, debatiéndose
con el viento. Era tan fuerte el viento que ella
lo sentía ceñido a su cuerpo como una garra,
destrozándola. Le parecía haber oído aullar
un perro; el patrón se irguió y pegó el oído a
la tiniebla; luégo volvió a recobrar su postura
61
habitual, encorvado hacia adelante como si
fuera a saltar y otra vez el silencio, el silencio
que emanaba del hombre como una muerte y
que la traspasaba toda, volvió a agobiarla con
su horrible sensación física. No pudo más. Se
le quemaba la garganta y se le arrasaban los
ojos. Hundió la cabeza entre los hombros y
sollozó.
Cuando volvió a erguir la cabeza -cuánto tiempo
había permanecido con ella hundida entre
los hombros? – oyó que el patrón hablaba.
Sería precio arrimar a la orilla y esperar a que
calmara la tormenta o a que amaneciese.
Cuánta felicidad inundó su pobre alma, su
alma miserable llevada y traída tantas veces
por la vida. Se sentía otra mujer, se sentía libre
de sus culpas, de sus remordimientos de sus
vergüenzas, como si de pronto se le hubiera
cicatrizado la herida sangrante e inmunda
que le abrieran los hombres. Otra vez virgen!
Sí, eso era lo que sentía la mujer después
de haber llorado, después de haber oído las
pocas palabras del patrón. Se durmió, al fn,
oyendo cómo el mulato saltaba a tierra para
amarrar la lancha.
62
Cuando amaneció el río estaba tranquilo, el
cielo era azul concreto, y algunas bandadas de
garzas volaban lentamente en línea recta, sobre
los juncales. En la orilla el práctico preparaba
café. También saltó ella y se acercó al fuego. El
patrón le puso una mano en la espalda, luego
la levantó y la atrajo bruscamente; ella le dejó
hacer, asombrada; pero ahora no había en los
ojos de “él” ninguna dureza, ningún desprecio,
ninguna humillación: la miraba con unos ojos
puros y apacibles, limpios, como de niño. Lo
oyó decir:
— No sé qué diablos te ha pasado, pero hoy
estás distinta. — La estrechó más fuertemente
contra su pecho, la rodeó con un brazo la
cintura y la besó en los labios.
63
EL ENGANCHE
Aquella llanura rojiza estaba llena de dédalos
de agua sombría y quieta, de pantanos y
ciénagas sobre los cuales se extendía una
vegetación espesa de juncos y anchas hojas
fotantes. La selva de manglares se alejaba
hacia el sur, confundiéndose con la barrera
de fuego del horizonte. Por el otro fanco de la
llanura el Lebrija se arrastraba entre médanos
de fulgurante arena.
64
Allí, casi en mitad del llano, se alzaban las toldas
del cam pamento, grises y sucias, formando
un círculo estrecho. Cerca se oía el estampido
intermitente de la dinamita y allá, en el límite
de la selva, golpeaban las hachas. Había que
ir hacia el río, tendiendo rieles a través de las
maniguas y de los pantanos donde la tierra
acechaba, implacable y certera. Hacia el río!
La dinamita hacía saltar las rocas de sus
grandes alvéolos, las hachas se abrían paso a
través del manglar y los hombres caían uno a
uno, en aquella llanura ardiente y fatídica. La
muerte llegó a no tener ninguna importancia.
Moría un hombre, se le daba sepultura a la
orilla de la vía y se colocaba encima una
cruz de ramas. Eso era todo. Casi todos los
hombres estaban enfermos y la quinina no era
sufciente. Por la noche, el campamento se
iluminaba con lámparas de kerosén y algunas
veces se hacían hogueras para ahuyentar el
tigre y las culebras. A la lumbre verdosa de
las lámparas, pendientes en las puertas de
las toldas de lona, los rostros de los hombres
adquirían contornos espectrales.
Los hombres empezaban a emborracharse,
mezclando la qui nina con el aguardiente,
65
desde la hora en que dejaban los trabajos. De
cuando en cuando se oían disparos de revólver
en la noche pero nadie se preocupaba por ello;
y alguna vez un trabajador aparecía muerto de
un tiro en la cabeza o de una cuchillada en
el vientre. Todo eso entraba dentro de la vida
normal del campamento y a nadie le parecía
una cosa extraña.
Había que ir hacia el río. Todavía estaba lejos,
a muchos kilómetros de distancia, a través de
la selva. Cuando un enganche de trabajadores
se agotaba por el paludismo, por las úlceras
o por las mordeduras de serpientes, venía
otro y seguía adelante. Ahora, precisamente,
se estaba esperando en el campamento
un enganche nuevo. Sólo había unos veinte
hombres del anterior, a los cuales se les
podía contar los huesos bajo la piel amarilla
y reseca. Eran los veteranos de aquella guerra
a muerte contra la manigua. Sabían que no se
debía beber el agua de las ciénagas; que para
extraer el veneno de la mordedura de una
culebra se aplicaba un lancetazo profundo
a la parte afectada y luego se chupaba la
sangre; dónde podían encontrarse los huevos
de tortuga, en los médanos del Lebrija
66
Se reunieron todos en la cocina que era un
barracón de madera con techo de zinc para
esperar el nuevo enganche.
— Vendrán muchos? — preguntó uno de los
hombres.
— Como siempre, ochenta o cien — dijo otro,
el más viejo de todos, que estaba sentado a
la puerta y fumaba un grueso tabaco negro —.
Al fn y al cabo, lo mismo da que sean muchos
o pocos.
— Si vinieran mujeres! — dijo otro — . Siempre
estoy pensando en la Rosa aquella de Puerto
Santos. Te acordás, Antonio, de la Rosa?
— Oí decir que la semana pasada los “fríos”
la habían hecho estirar la pata- respondió el
viejo.
Hubo un momento de silencio. Se oía el croar
de los sapos en los pantanos.
— A mí me gusta la hembra esa. Qué carajo,
aquí todo se vuelve pura m...
El hombre de la puerta gruñó pero no dijo
nada. Echaba espesas bocanadas de humo
para ahuyentar los voraces mos quitos. La
67
noche se hacía cerrada, tupida, como un
follaje negro. Se oyeron unos disparos y luego
voces de hombres que llegaban.
— El enganche — dijo uno de los de la cocina.
— Quién hay aquí? — gritó una voz desde
fuera.
El viejo Antonio sin abandonar su posición,
contestó:
— Los estábamos esperando. Cuántos son?
— Sesenta. Los otros no alcanzaron a llegar y
se quedaron en Puerto Santos.
— Les toca acomodarse de diez en cada
barracón. No hay más que diez barracones.
Traen aguardiente?
El hombre que hablaba desde fuera se
aproximó y Antonio pudo verle el rostro a la luz
del kerosén. Era joven, demasiado joven.
— Aguardiente, tabaco y quinina — dijo —. En
el campamento de los ingenieros nos dieron
todo esto.
Los hombres se acomodaron como pudieron
en los estrechos barracones, de tablas mal
condicionadas. Los mosquitos zum baban
68
como cuerdas desapacibles y se escuchaba
también, a cierta distancia, el rumor misterioso
y confuso que tienen los bosques tropicales
en la noche. Al día siguiente les dieron las
herramientas y les fjaron las secciones. Unos
fueron a la sección de taladros, otros a la
sección de desmonte y unos pocos quedaron
para el acarreo de maderas y tierra y para el
sostenimiento de la línea. Cuando los hombres,
ya instruídos por los jefes de cuadrillas, fueron
al barracón de la cocina a recibir su café
negro, Antonio le preguntó al muchacho que
había llegado la noche anterior:
— A qué sección te pasaron?
— A la de taladros — dijo el otro.
— Menos mal. Cómo te llamas?
— Juan, Juan Vergara. Y tú?
— Antonio. Yo me llamo Antonio. También estoy
en la sección de taladros.
Echaron a andar, en silencio. Antonio tenía
los brazos delgados como bejucos secos y las
venas le formaban gruesas nudazones.
— Qué tal se pasa aquí? — preguntó Juan.
— Regular — dijo Antonio. Por la noche se bebe
69
aguardiente con quinina, se juega al naipe. Lo
que hacen falta son mujeres.
— Y los “fríos” agarran duro?
— Mira esas cruces. Cuántas hay?
Juan se puso a contarlas. Una, dos, tres,
cuatro... había más de doce cruces entre los
matorrales.
— Por supuesto que no todos esos han muerto
de febres — dijo Antonio.
A algunos los picaron las “coscojas”. Ves
aquella cruz, a la izquierda? A ese le pegaron
un tiro y no se sabe quién...
Guardaron un poco de silencio. Al fn Antonio
le preguntó a Juan, que andaba detrás de él:
— Por qué te enganchaste?
— Los jornales son buenos. Y por conocer
— respondió Juan.
Llegaron al campamento de los ingenieros.
Rústicas casitas de madera barnizadas de
verde o de rojo. Las puertas y las ventanas
estaban cubiertas de anjeo para que los
mosquitos no pudieran penetrar al interior.
Se oía el ruido de una máquina de escribir.
70
Frente a una de las casas había un pradecillo
y una pluma de agua saltaba alegremente
sobre aquel pedacito de tierra verde y fresca.
Se dirigieron al almacén en busca de los
barrenos, de la dinamita y de la mecha.
— Qué bien se estará aquí! — dijo Antonio, con
envidia.
— Sí, qué bien! Todo está limpio y huele a
petróleo. A mí me gusta el olor a petróleo.
La febre empezó a visitar el nuevo enganche.
Sobre todo, los hombres de la sección de
desmontes enfermaron pronto. Empezaron a
ponerse amarillos y a enfaquecer y muy pronto
hubo necesidad de cavar nuevas tumbas a la
orilla de la vía. Por la noche, hacinados en los
barracones, tiritaban de una manera horrible
y se creería oír el crujido de sus huesos.
Deliraban y cuando volvían en sí pedían agua.
El agua era gruesa y tibia y no calmaba la sed.
No más en el barracón de Antonio y de Juan
había cinco enfermos. Los otros jugaban al
naipe y bebían aguardiente con quinina. A
veces les daban a los enfermos un poco de sus
botellas. Cada tres días venía un enfermero,
daba una vuelta por las barracas y preguntaba
invariablemente:
71
— Cuántos murieron ayer? —. Y volvía a
marcharse.
Antonio ya no experimentaba ninguna sensa-
ción, ni de piedad ni de miedo. Hacía mucho
tiempo, tres meses por lo menos, que estaba
en aquel campamento. Le habían dado las
febres pero se había salvado, aun cuando to-
davía de cuando en cuando le volvían los ca-
lofríos. Tres meses en aquel mundo maldito
eran mucho tiempo, el sufciente para endure-
cer como una piedra las entrañas. Pero Juan
empezaba a tener miedo. Era joven y no que-
ría morir como los otros. Ni siquiera los ente-
rraban en un ataúd, sino que los echaban en
el hoyo tal como habían quedado. Era horrible
ver desaparecer lentamente un cadáver bajo
la tierra, cómo se iba hundiendo, perdiendo
para siempre, la cabeza, el pecho, las piernas,
una mano, bajo las paletadas. A veces una
mano se quedaba todavía sola, por unos ins-
tantes, amarilla y huesuda, asomando entre la
tierra.
Y hora estaba allí, encogido como un ovillo de
nervios, bajo los primeros golpes de la febre.
A su izquierda estaba tendido el reinoso, que
sollozaba recordando s u tierra distante; a la
72
derecha estaba un mulato de alguna edad, que
tosía constantemente con una tos cavernosa
y seca. Los demás estaban en los trabajo y
sólo llegarían por la noche. Las horas eran
largas, y por entre las rendijas de las tablas
se podía ver el sol, un sol que penetraba en
todas partes ardiéndolo todo, consumiendo la
vida de los tallos y de las hierbas que se iban
secando con un chirrido agudo y dolorido. El
día era interminable, el día de fuego abrasador
y terrible.
— Maldita sea! — dijo el tísico, incorporándose
un poco y dirigiéndose al reinoso,—. Estás
berreando ahí como una mujer.
— Toma un trago — le dio Juan, largándole su
botella.
— Quiero agua — dijo el reinoso, con voz
ahilada, casi inaudible.
Juan salió afuera, arrastrándose, y sacó del
depósito con una totuma un poco de aquella
agua tibia y espesa. El reinoso la apuró con
ansiedad, jadeando horriblemente; luego dejó
caer la cabeza y no volvió a sollozar.
Antonio le había dicho a Juan:
73
— Tú eres de los que no mueren así no más. Ya
verás que te aguantas esta tanda de “fríos” y
muchas otras. El todo está en acostumbrarse
como yo. Los dos tenemos que llegar hasta el
río.
El enfermero llegó al caer de la tarde, los
examinó rápidamente y preguntó:
— Tomaron la dosis de quinina? Ese — dijo
señalando al reinoso — no necesitará más.
El hombre se incorporó trabajosamente. — Voy
a mo-rir-me? — preguntó.
El enfermero salió apresuradamente de la
barraca.
— Qué te vas a morir! — le dijo Juan —. Es una
pendejada del boticario. Qué sabe ese!

Hubo un largo silencio. Por entre las rendijas
de la barraca ya no se veía el sol. Las
ranas empezaban a croar en las ciénagas.
Regresaban grandes bandadas de pájaros a
los manglares y el cielo se iba haciendo de
un azul añil, profundo... Era la hora en que
los hombres recordaban. El reinoso sacó de
debajo de la almohada una cosa que extendió
74
ante sus ojos. Era una camisa amarilla con
bordados en todas partes.
— Bonita, no? — dijo —. Esos bordados los
hizo mamá. Ella creía que aquí ya podía ganar
mucho dinero para comprar luego allá, en
Duitama, un pedazo de tierra.
— Por qué no te la pones? — le dijo Juan.
— La tenía para cuando fuera a Bucaramanga.
Pero voy a a ponérmela.
Juan fue el primero en darse cuenta, al día
siguiente, de que el reinoso había muerto. El
cadáver estaba ya frío y rígido.
-— Quién va a hacer el hoyo? — preguntó Anto-
nio —. Y hay que dar cuenta a los ingenieros.
— Yo — dijo el tísico —. Después a alguien le
tocará abrir el mío.
— Allá, en aquella lomita — indicó Antonio —.
Ese va a ser el nuevo cementerio
El tísico tomó una pala y se fue a su ofcio. Juan
se quedó con el cadáver, le cubrió el rostro
con un pañuelo para que no lo pateasen las
moscas y lo colocó sobre unas varas cruzadas,
atándolo con piola. Después de un rato el
75
tísico vino y entre él y Juan lo transportaron
al hoyo donde debía ser enterrado; lo
hicieron descender cuidadosamente y luego
empezaron a cubrirlo con tierra. La camisa
amarilla con sus bordados fue desapareciendo
rápidamente.
— Cómo se llamaba? — preguntó el mulato.
— No sé — dijo Juan —. Era de por allá de
Duitama.
Cortaron unas ramas y las clavaron sobre la
tumba a manera de cruz y después regresaron
a la barraca.
Un nuevo enganche, otro y otro... Toda la
llanura estaba ya llena de cruces, pero al fn
llegó la primera locomotora, bufando como un
demonio, hacia el río. En la plataforma iban
Antonio y Juan, que ahora se dirigían a las
petroleras en busca de trabajo.
— Mira, aquella cruz es la del reinoso — dijo
Juan.
— Y esa otra la del tísico — repuso Antonio.
Guardaron un momento de silencio. Quizás re-
cordaban aque llos días terribles de lucha con-
tra la selva y contra la febre. Cuántos hombres
76
habían perecido? Los viejos barracones del
campamento estaban invadidos por la maleza
y las maderas estaban podridas. Las cruces
apenas sí se levantaban sobre los matorrales.
El tren trepidaba, se sacudía, se bamboleaba
a un lado y otro. Al fn se vio una sinuosa línea
brillante, un dilatado espacio claro y azul.
— El río! — dijo Antonio —. No te dije, Juan, que
tú y yo teníamos que llegar hasta el río?

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