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En camino hacia la santidad

En camino hacia la santidad

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Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?
Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?

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No todo ha sido color de rosa en mi vida misionera. Varias
veces, he tenido que ser ingresado al hospital por motivos de
salud. En esos momentos, en los que me sentía muy débil, con
frecuencia, no tenía ganas de rezar y ni siquiera de sonreír.
Eran momentos en los que uno toca fondo y siente toda la
debilidad de su ser humano, que puede romperse en cualquier
momento y puede irse al otro mundo.
Pero, aún en esos momentos difíciles, procuraba
acordarme de mi ángel para que me acompañara y me
ayudara. Ofrecía mis sufrimientos a Jesús, como flores de
amor, aunque quizás no siempre con la alegría que debiera.
Soy consciente de que soy muy débil ante el dolor, pero sé que
tiene mucho valor ante Dios. Por eso, trato de ofrecerlo,
aunque, por otra parte, deseo que todo pase pronto y así
recobrar lo antes posible la salud. Pero, en medio de mi
debilidad, procuro ser un enfermo misionero, sabiendo que,
hasta el dolor y la debilidad, ofrecidas con amor, sirven para la
salvación del mundo.

Muy especialmente, me acuerdo de una vez que estuve
enfermo con hemorragias de estómago y tuve que estar dos
meses en descanso. Durante esos dos meses, celebraba la
misa yo solo, sentado, porque no tenía fuerzas ni para celebrar
de pie. Iba a la capilla a orar, aunque con frecuencia me
dormía. Sentía frío, mi estómago no estaba bien y hasta me
aburría estar en cama. Me sentía como un pobre inútil,
mientras mis hermanos tenían que hacer solos todo el trabajo.
En otra oportunidad, fue algo totalmente diferente. Se me
paralizó una cuerda vocal y no podía hablar normalmente.
Sufría, porque, para hablar fuerte, me salían gritos. Tuve que
buscar una señora foníatra para hacer ejercicios de voz, pero
pasé dos años sin poder celebrar la misa en público y sólo me
dedicaba a confesar, pues el hablar en voz baja me era más
factible, aunque con dificultad. Era, pues, un cero a la izquierda

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en la comunidad, sólo era un enfermo misionero, cuando yo
hubiera querido estar sano y fuerte para trabajar como los
demás hermanos, pero los caminos de Dios son diferentes.
Por eso, he aprendido a ver la mano de Dios en todo y
saber aceptar su voluntad, pues de nada sirve rebelarse contra
las situaciones adversas o enfermedades, que pueden tener un
valor enorme sobrenatural, si las ofrecemos con amor. Ahora
ya no puedo trabajar en la Sierra o en la selva, mi trabajo
especial es como enfermo misionero y hacer lo que puedo en
las tareas parroquiales.
¡Dios sea bendito!

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