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En camino hacia la santidad

En camino hacia la santidad

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Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?
Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?

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08/12/2013

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Señor, me encuentro en un rincón del mundo, perdido
entre las montañas. Esta mañana hemos celebrado la primera
comunión de unos niños muy pobres. Algunos estaban
descalzos, algunos parecían desnutridos y poco desarrollados
para su edad, algunos tenían los ojos tristes, otros en cambio,
estaban alegres. Hemos celebrado la misa en la escuelita del
caserío, que tendrá unos 50 habitantes permanentes sin contar
los que viven en casas aisladas por los alrededores.
Señor, me he sentido contento de ver sonreír a estos
niños. Durante la misa les he hablado de María y de que deben
amarla y encomendarse a ella. Les he dicho que recen todos
los días, al menos, tres Avemarías al levantarse y acostarse, y
que se consagren a Ella, que como Madre cariñosa los cuidará
y protegerá con su manto. Después de la misa se me ha
acercado un niño, Felipe, y me ha dicho que quería que le
ponga el manto de la Virgen para que su consagración a Ella
sea de verdad para toda la vida. Me ha emocionado su gesto y
le he puesto sobre la cabeza mi estola sacerdotal y he rezado
por él consagrándolo a María y haciéndole repetir una oración.
Y me sonrió con una bella sonrisa. ¡Qué bella es la sonrisa de
los niños, Señor!

Creo que María habrá sonreído a Felipe, que, con sus
ocho años, ha comprendido mejor que muchos “sabios” de este
mundo que, bajo el manto de María, se vive mejor y más feliz
que con todo el dinero y con todos los placeres del mundo. Por
mi parte, consagré a María a esos niños que habían hecho su
primera comunión, en especial, a Felipe para que sea
sacerdote y continúe mi tarea.
Señor, gracias por habernos dado a María como Madre
nuestra. Gracias por su presencia cariñosa a nuestro lado.
Gracias, Madre mía, por tu sonrisa y por tu amor.

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