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En camino hacia la santidad

En camino hacia la santidad

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Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?
Dios quiere que seamos santos, porque quiere que seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera? ¿No quieres ser feliz para siempre?

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Era un día caluroso y yo viajaba a caballo hacia un
caserío distante, donde me esperaban para la misa. A medio
camino, nos detuvimos yo y mi acompañante para tomar un
descanso. Estábamos rodeados de montañas y yo pensaba en
los ángeles que nos rodeaban. Pensaba: ¡Cuántos ángeles
habrá por aquí! y quise sentirme rodeado de ángeles y le pedí
al Señor que me enviara millones y millones de sus ángeles
para acompañarme en aquel viaje y para que me defendieran
de todos los peligros.

Cuando reanudamos la marcha, íbamos en silencio, pero
yo estaba en oración y pensando en aquellos millones de
ángeles invisibles que me acompañaban. Y me sentía
especialmente contento. ¡Es tan hermoso sentirse rodeado de
ángeles! Y hablaba con ellos y les sonreía y jugaba con ellos a
ver quién amaba más a Jesús. Yo decía: “Señor, te amo con
todo mi corazón”. Y me imaginaba que ellos me respondían:
“Nosotros te amamos con todo nuestro ser”. Y pensaba: “Me
ganan, porque son muchos y son más santos que yo”. Y yo
seguía: “Señor, te amo con el amor de Jesús y de María”. Y
ellos decían: “Señor, te amamos con el amor de Jesús y de
María y del Espíritu Santo”. Y yo respondía: “Señor, te amo con
todo el amor que existe y ha existido y existirá en el Universo
por siempre jamás”. Y ellos respondían: “Y nosotros te amamos
con tu mismo amor de Dios y de todas tus criaturas”.
Creo que quedamos empate, pero me sentí feliz de estar
tan bien acompañado. Cuando tuvimos nuestro segundo
descanso, me di cuenta de que había un eco formidable en
aquel lugar. Entonces, les invité a los ángeles a alabar a Dios
conmigo. Les dije: “A ver quién grita más fuerte”. Yo decía con
toda mi voz: “Dios mío, yo te amo” y el eco de los montes
repetía “Dios mío, yo te amo”. Y así, diciendo palabras de amor
a Dios, seguí unos momentos. Mi acompañante me miraba,
sonriendo... ¿Y los ángeles? Creo que también participaron,
aunque no pude oír su voz. Y me imaginé que, como la vez
anterior, también habíamos quedado empate.
Después, continuamos el último tramo del camino y me
imaginaba a los ángeles, cantando como aquella noche de

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Navidad. ¡Qué bello debe ser el canto de los ángeles, de
millones de ángeles, a la vez! Por la noche, a la hora de la
misa, rodeado de aquellos campesinos humildes, me volví a
sentir rodeado de ángeles. En el momento de la consagración,
me imaginaba que estaban de rodillas adorando a su Dios,
recién nacido, en aquella chocita del último rincón del mundo.
¡Que felicidad vivir en íntima unión con los ángeles! Creo
que el Padre Dios me sonrió aquella noche, en aquella chocita
de barro durante la misa, pues le recordaría la noche bella y
hermosa de la Navidad en la cueva de Belén. Y creo también
que los ángeles cantarían hermosas canciones al niño Dios.

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