Comandante La Venezuela de Hugo Chávez

Comandante La Venezuela de Hugo Chávez Rory Carroll
Prólogo de Jon Lee Anderson Traducción de María Tabuyo y Agustín López

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, transmitida o almacenada de manera alguna sin el permiso previo del editor. Título original Comandante. Inside Hugo Chavez’s Venezuela Published by arrangement with Canongate Books Ltd, 14 High Street, Edinburgh EH1 1TE

Copyright: © Rory Carroll, 2013 Primera edición: 2013 Fotografía de portada © PLATON Traducción © María Tabuyo y Agustín López Prólogo © Jon Lee Anderson Copyright © Editorial Sexto Piso, S. A . de C.V., 2013 París 35-A Colonia del Carmen, Coyoacán 04100, México D. F., México Sexto Piso España , S. L. Los Madrazo, 24, semisótano izquierda 28014, Madrid, España www.sextopiso.com Diseño Estudio Joaquín Gallego Formación Grafime ISBN: 978-84-15601-28-9 Depósito legal: M-12658-2013 Impreso en España

Para Ligi, para mis padres, Kathy y Joe, y en memoria de Heidi Holland

Índice

Agradecimientos Prólogo COmandante Introducción El trono   1. ¡Aló, Presidente!   2. En el interior de Miraflores   3. Desertores   4. El joven teniente El palacio   5. Supervivencia del más apto   6. El arte de la guerra   7. El excremento del diablo   8. El narrador El reino 9. Descomposición 10. El gran proyecto educativo 11. Protesta 12. El ilusionista Bibliografía Índice analítico

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AGradecimientOs

No era consciente de ello todavía, pero este libro se empezó a escribir cuando llegué a Venezuela en septiembre de 2006. Era corresponsal de The Guardian y encontré un apartamento en Caracas, mi nuevo hogar después de una década de cubrir África, Irak y el Mediterráneo. Caracas debía ser la base para cubrir América Latina, pero la mejor historia estaba en el umbral de la puerta de mi casa. En los viajes a Colombia, Cuba, México, Haití y otros lugares, mi mente volvía siempre a Venezuela y al proceso de su revolución. Al volver, me ponía al día haciendo entrevistas y yendo de un sitio a otro en busca de información, hablando con vendedores callejeros, taxistas, guardias de seguridad, amas de casa, granjeros, presos, pensionistas, profesores, funcionarios del palacio, ministros… Todos contaban historias diferentes, pero todos, de un modo u otro, vivían a la sombra del presidente, Hugo Rafael Chávez Frías. Él cabalgaba poderosamente sobre la sociedad como un coloso, reclamando la atención; en todas partes estaba su voz, su rostro, su nombre. No importaba que lo despreciaras o lo adoraras: lo mirabas. Cubrir Venezuela suponía vagar a través de una inmensa y ruidosa audiencia que, simultáneamente, abucheaba y aclamaba al titán que había convertido el palacio presidencial, Miraflores, en un escenario. Mis cuadernos de notas se llenaban, y yo enviaba mis textos a Londres, pero nunca había en ellos espacio suficiente para captar ese experimento caribeño al que sus partidarios llamaban el proceso. Un laboratorio de poder y carisma que se movía entre la esperanza, el miedo y la farsa. No había manera de meter todo eso en artículos de quinientas palabras. Así, Chávez seguía envuelto en el extranjero en una cierta mística,

ya fuera en función de la forma de pensar de cada cual, como tirano o como mesías. Imágenes de caricatura. Pero la realidad era más compleja, extraña y fascinante. De ese modo nació la idea de este libro. En 2012, tenía cuatro cajas repletas de cuadernos de notas, pero no era suficiente. Tenía que ver cómo Chávez construía su escenario. Necesitaba atravesar los muros de Miraflores. Aproveché un permiso de seis meses del periódico para buscar y entrevistar a aquellos que, en un momento u otro, habían tenido acceso al trono. Ayudantes, ministros, altos cargos, guardaespaldas, suplicantes, todos representaban un papel en la corte de Hugo Chávez. Todos, de maneras diferentes, dieron su testimonio. Algunos hablaban ávidamente para criticar y saldar cuentas con un gobernante en el que ya no creían. Otros hablaban para alabar, para elogiar a un hombre excepcional, un hombre con unas dotes únicas, inolvidables. A otros había que convencerlos u ofrecerles la posibilidad del anonimato, por miedo a que su testimonio les creara pro­ blemas con lo que quedaba de la revolución. La mayor parte de las fuentes dan su nombre. Unas pocas no lo hacen. A todos los que hablaron, con nombre o sin él, les estoy agradecido. Las cartas privadas de Chávez, publicadas en la excelente biografía de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka, publicada en 2004, me ayudaron a llenar huecos. Estoy en deuda con muchas otras personas: Marianella García, mi ayudante, por sus contactos, su generosidad y su amistad; Virginia López por sus ideas, solidaridad y sentido del humor. Heidi Holland, Francisco Toro, Brian Ellsworth, Phil Gunson y Dan Cancel, que, con gran pericia, leyeron el borrador y detectaron sus fallos; Lolibel Negrin, por las transcripciones; Will Lippincott, mi agente, por seguir cada paso con agilidad y sabiduría; Ginny Smith, Laura Stickney, Ann Godoff y Scott Moyers, en Penguin Press, y Nick Davies y su equipo en Canongate, por su especial capacidad y dedicación para transformar un manuscrito en un libro; mis colegas de The Guardian, por su condescendencia y su apoyo; por último, debo dar las gracias a mi familia en Caracas y Dublín, por su 12

aliento; y, sobre todo, a mi esposa, Ligi, por su paciencia, pasión y fe al ayudarme a escribir sobre su país. A todos ellos, a todas ellas, gracias. Los Ángeles, julio de 2012

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PrÓlOGO

Al comienzo de Comandante, Rory Carroll cita a Simón Bolívar, el héroe de la independencia venezolana en el siglo XIX: «Para entender las revoluciones y sus actores, debemos observarlos de cerca y juzgarlos a gran distancia». Periodista dotado de mente aguda, hondo sentido de la justicia e ingeniosa ironía, Carroll ha hecho suya la máxima de Bolívar y ha escrito un libro que no sólo es penetrante y lúcido, sino también de hermosa factura, y que presta de forma permanente una máxima atención a la historia. De origen irlandés, veterano reportero de los conflictos de Irak y Afganistán, y de varios más en Europa y África, Carroll se convirtió en corresponsal de The Guardian en Caracas en 2006, y allí permaneció durante seis años, inmovilizado por la fascinación de lo que él describe como «la corte revolucionaria de Hugo Chávez». A modo de obra teatral, Carroll ha dividido la vida del personaje que estudia en tres actos, a los que corresponden sendas partes del libro: «El trono», «El palacio» y «El reino». La historia que Carroll cuenta de Chávez, el difunto presidente de Venezuela, es una historia épica: el relato de la extraordinaria llegada al poder de un hombre que quiso identificarse con su pueblo, transformando la nación mediante un poder ejercido con valentía, alegría y sentimiento, todo ello desplegado en directo ante las cámaras de la televisión; y también es el relato de su caída. El presidente venezolano Hugo Chávez ha sido uno de los líderes más memorables aparecidos en la escena mundial en los últimos tiempos. Su muerte, acaecida el 5 de marzo de 2013, a la edad de cincuenta y ocho años, se produjo después de meses en los que su verdadero estado de salud fue un misterio

nacional, tema continuo de confusión y de rumores; el día de la toma de posesión de su cuarto mandato, que no llegaría a ejercer nunca, lo pasó postrado en la cama de un hospital en Cuba. Antiguo paracaidista del ejército, pasó dos años en prisión tras encabezar un fallido golpe de Estado en 1992 contra el gobierno corrupto e impopular de Venezuela; después de una amnistía, Chávez salió de la cárcel con una renovada determinación de alcanzar el poder. En 1998, ganó las elecciones presidenciales de Venezuela, con la promesa de cambiar para siempre, y de manera radical, la situación de su país. Desde el día en que asumió por primera vez la presidencia, en febrero de 1999, se dedicó precisamente a esa tarea. Lo que ha dejado, catorce años más tarde, es una nación que, en cierto sentido, nunca volverá a ser la misma, pero que, en otro, es la Venezuela de siempre: uno de los países con mayor riqueza petrolífera del mundo, pero con grandes desigualdades sociales y con un gran número de sus ciudadanos viviendo en algunos de los barrios más violentos de toda América Latina. En su haber está el hecho de haberse entregado a la tarea de cambiar la vida de los más pobres, que fueron quienes de forma entusiasta y mayoritaria lo apoyaron. Empezó golpeando fuerte, con una nueva constitución y cambiando el nombre del país. «El Libertador», Simón Bolívar, que había luchado para unir a toda América Latina bajo su gobierno, fue el icono fervientemente venerado por Chávez y en cuyo honor cambió el nombre del país, que pasó a llamarse República Bolivariana de Venezuela; posteriormente, dedicaría gran cantidad de tiempo y de recursos a forjar lo que él llamó su «revolución bolivariana». En un principio, ese proceso no tenía por qué ser necesariamente una empresa socialista, ni siquiera, antiestadounidense, pero en los años siguientes ésa fue, de hecho, la orientación adoptada por el gobierno de Chávez tanto a nivel nacional como internacional o, por lo menos, puede decirse que ésa fue su intención. Una vez en el poder, Chávez se aproximó cada vez más al líder comunista de Cuba, Fidel 16

Castro, treinta años mayor que él, buscando su consejo. Al igual que Castro se convirtió para Chávez en figura paterna y mentor, Chávez fue fue para Castro heredero político y benefactor a la vez. El petróleo subvencionado que Venezuela comenzó a enviar regularmente a Cuba poco después de que Chávez asumiera la presidencia, se convirtió en una fuente de ingresos vital para el régimen de Castro; a cambio, miles de médicos y maestros cubanos llegaron a Venezuela para dotar de personal a los programas que pretendían remediar la pobreza, las «Misiones», como él los llamó, desplegadas en los barrios pobres de las ciudades y en el interior rural del país. Misteriosamente, o tal vez lógicamente, fue Castro quien advirtió los problemas de salud de Chávez en una visita a La Habana en 2011, insistiéndole en que se sometiera a un reconocimiento médico, reconocimiento que no tardó en detectar que Chávez padecía cáncer: un tumor que se describió como del tamaño de una pelota de béisbol en la región inguinal. A partir de aquel momento, Chávez recibió prácticamente todo su tratamiento contra el cáncer en La Habana, bajo la estrecha vigilancia de Castro. Showman cálido y afable, con un notable sentido de la oportunidad y la estrategia, Chávez creció en ambición y en proyección internacional durante los años en los que el presidente George W. Bush estuvo en el poder en Estados Unidos. Se enfrentó desde el principio a la retórica belicista de la Administración Bush en el período que siguió al 11S, y se manifestó con mordacidad creciente sobre la política y las actitudes del «imperio» estadounidense. Todo el mundo recordará el momento en el que, en 2006, Chávez, en el estrado de la Asamblea General de la ONU, declaró que todavía podía percibir el «olor a azufre», en alusión a George W. Bush, que había hablado el día anterior, y al que se refirió como «el diablo». Chávez se burló regularmente de Bush, al que también llamó «Míster Peligro» y «burro», en su programa semanal de televisión, Aló, Presidente, en el que a veces llegó a convertir el gobierno de un país en algo muy semejante a un reality show. 17

En cierta ocasión ordenó a su ministro de Defensa que enviara fuerzas venezolanas a la frontera con Colombia, y lo hizo durante la emisión en directo de Aló, Presidente. Más adelante, en otra emisión del mismo programa, diría a otro de sus ministros que estaba gordo y que debía ponerse a dieta. Como Rory Carroll escribe en Comandante: «El tipo era un actor consumado: cantaba, bailaba, hacía rap; montaba a caballo, conducía un tanque, una bicicleta; apuntaba con un rifle, acunaba a un niño, fruncía el ceño, mandaba besos; hacía de loco, de hombre de Estado, de patriarca». Un intento de golpe de Estado en 2002, promovido por una camarilla de políticos derechistas, hombres de negocios y militares, hizo pasar a Chávez por una breve y humillante detención, hasta que fue liberado y pudo volver a su despacho. El golpe de Estado contra Chávez fracasó, pero los conspiradores recibieron aparentemente el guiño y el gesto de aprobación de la Administración Bush. Chávez nunca perdonó a los norteamericanos. A partir de entonces, su retórica antiestadounidense se hizo más beligerante, y siempre que le era posible intentaba desconcertar a Washington. Cerró las oficinas de coordinación militar de Estados Unidos en Venezuela y puso fin a la cooperación con la DEA. Incluso antes, en 2000, Chávez había viajado a Bagdad para realizar una visita amistosa a Sadam Husein. Más tarde, en su confesada ambición de debilitar al imperio de los Estados Unidos y crear un «mundo multipolar», estrecharía lazos con quienes, además de Sadam, también tenían posturas similares antiestadounidenses: Ahmadineyad, de Irán, fue uno de ellos; Lukashenko, de Bielorrusia, fue otro. Invitó a Vladimir Putin a que enviara a su Armada a realizar maniobras militares en aguas venezolanas y le propuso que le vendiera armas. Estaba, además, su cada vez más cordial y estrecha relación con Fidel Castro. En una visita a Caracas en 2005, poco después de que Chávez anunciara que el «socialismo» iba a ser el objetivo hacia el que la revolución y Venezuela deberían encaminarse, tuve ocasión de verlo en el palacio presidencial. Estaba poseído 18

por un renovado fervor revolucionario. En una reunión con campesinos pobres, anunció la incautación de varias grandes fincas privadas en el interior del país, y alentó eufóricamente a los campesinos a organizarse en comunidades para explotar las granjas confiscadas. «¡RAS!», gritó con alegría en varias ocasiones, «¡RAS!». Un asesor explicó que el acrónimo significaba «Rumbo Al Socialismo». No obstante, eso no produjo resultados. Los intentos de Chávez de llevar adelante la colectivización y la reforma agraria parecían mal planeados y, en cierto sentido, anacrónicos, de igual modo que él mismo parecía a menudo un vestigio de épocas pasadas, cuando América Latina estaba dominada por caudillos obcecados y había una guerra fría con un mundo claramente polarizado. Un par de años más tarde, pregunté a Chávez por qué había decidido adoptar el socialismo de forma tan tardía. Reconoció que había llegado tarde al socialismo, mucho tiempo después de que la mayoría del mundo lo hubiera abandonado, pero dijo que para él dos cosas habían sido decisivas: la lectura de la novela épica Los miserables, de Victor Hugo, y escuchar a Fidel. Respaldado por los miles de millones de dólares generados por la subida de los precios del petróleo, Chávez consiguió una influencia significativa en todo el hemisferio, estableciendo una estrecha relación con una serie de regímenes emergentes de izquierdas a los que, en algunos casos, también subvencionaba. Así, ayudó a su configuración en Bolivia, Argentina, Ecuador y Nicaragua, esta última dirigida, de nuevo, por el antiguo líder sandinista Daniel Ortega. Formó un bloque comercial, llamado ALBA, cuyo objetivo era luchar contra la hegemonía económica estadounidense en la región. Predijo la disminución de la influencia de los Estados Unidos y la posibilidad, en definitiva, de un renacimiento de la gran visión de Bolívar. En cierto sentido, Chávez acertó. La influencia de Estados Unidos en América Latina ha disminuido en la última década, y su cálculo era acertado. Pero, dentro de esta región, no ha sido Venezuela, sino Brasil, el país que comenzó a llenar 19

ese vacío, emergiendo finalmente de su sueño como potencia económica y política. El anterior líder de Brasil, Lula, también populista de izquierdas, hizo igualmente del «pueblo» y de la mitigación de la pobreza una prioridad para su administración, y, con un mejor equipo de gestión y sin la confrontación polarizada con el imperio, vino en gran medida a sucederlo. En Venezuela, por el contrario, la revolución de Chávez tuvo que padecer administradores mediocres, ineptitud y carencia de conclusión en los proyectos. ¿Qué ocurrirá con la izquierda después de Chávez? Un enorme vacío ha quedado abierto para los millones de venezolanos y de latinoamericanos en general, en su mayoría, pobres, que lo vieron como un héroe y un protector, una persona que «cuidó» de ellos como ningún líder político en América Latina lo había hecho anteriormente. En su funeral, hubo escenas de generalizada y verdadera desesperación pública por parte de sus seguidores. Eran personas que se sentían realmente abandonadas y desoladas. Para muchos, además, su dolor se mezclaba con una justificada ansiedad por el futuro. El ungido sucesor de Chávez en el poder, Nicolás Maduro, sin duda, intentará llevar adelante la «revolución» que su carismático antecesor trató tan desesperadamente de poner en movimiento, pero Maduro no es Chávez, y los problemas económicos y sociales del país están aumentando y creando conflictos, en un clima de polarización cada vez más amargo. Parece probable que, en un futuro no muy lejano, toda la desesperación que los venezolanos sienten por la pérdida de su líder se extienda también a la sociedad dividida que dejó tras de sí. En definitiva, como ha escrito Rory Carroll en alguna ocasión: «Una revolución vacía. No hay paraíso ni infierno, sólo, limbo, un desolador y nebuloso intermedio donde la ambición y la ilusión representaron, una vez más, su antigua historia». JON L EE A NDERSON

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COmandante La veneZuela de huGO cháveZ

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INTRODUCCIÓN

Se acercaba la medianoche cuando el avión de las fuerzas aéreas venezolanas se elevó sobre La Habana y giró hacia el Sur, casi rozando el mar del Caribe iluminado por la luna, con destino a Caracas. Gabriel García Márquez estaba sentado con un lápiz y un cuaderno al lado de Hugo Chávez. Había poco parecido físico entre los dos. El escritor era bajo, con bigote blanco, cejas oscuras y rizos grises dirigidos hacia atrás sobre un rostro arrugado y alerta. Chávez no era especialmente alto, pero tenía una complexión poderosa, incluso atlética, con el pelo negro muy corto, nariz afilada y tez tersa y oscura. De pie junto a él, García Márquez tenía el aspecto de un gnomo. Sin embargo, sentados y con el cinturón abrochado, ambos parecían encogerse hasta adquirir unas dimensiones semejantes. Los dos habían sido huéspedes de Fidel Castro. El viejo zorro cubano se había interesado mucho por el venezolano, y ahora era el turno del laureado con el Nobel. Era el mes de enero de 1999, y Chávez regresaba a su patria para jurar su cargo de presidente. Había ganado las elecciones unas semanas antes y ahora estaba listo, a los cuarenta y cuatro años, para convertirse en el líder más joven de la República. Una revista colombiana había encargado a García Márquez que escribiera un perfil del nuevo presidente. Antes de alcanzar fama como novelista, Gabo, como lo llamaban los amigos, había sido reportero, y todavía tenía instinto para entrevistar e investigar. «Nos habíamos conocido tres días antes en la Habana», escribió más tarde. «Lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo, de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible […], así que nos

fuimos juntos a Caracas, para conversar de su vida y milagros en el avión». Chávez tenía todavía que asumir el cargo, pero ya su ascenso parecía extraordinario. Venezuela había sido considerada antaño la nación más próspera y, por tanto, la más aburrida de América del Sur, el país de la riqueza petrolífera y las reinas de la belleza que se resistía a la guerra fría de la región, en aquel período de dictaduras y revoluciones, envuelto en la neblina de complacencia de los petrodólares y las revolu­ ciones incruentas. Eso cambió una explosiva noche de febrero de 1992, cuando un teniente coronel desconocido llamado Hugo Chávez intentó dar un golpe de Estado y envió tanques y soldados con el rostro pintado de camuflaje al asalto de Miraflores, el palacio presidencial. El presidente Carlos Andrés Pérez escapó, el golpe fracasó, y Chávez fue enviado a prisión, pero seis años después volvió al ataque como candidato en las elecciones, barrió a los rivales y allí estaba, futuro presidente, volando bajo las estrellas hacia un destino aún no escrito. Pero ¿quién era aquel hombre? García Márquez tenía una razón especial para aceptar esta misión. En novelas como El otoño del patriarca y El general en su laberinto, había explorado la psicología de los líderes caribeños. Muchos dictadores habían prosperado en estas húmedas costas durante más de dos siglos y se habían introducido en la cultura como personajes míticos. El maestro del realismo mágico los estudió y no necesariamente los condenaba. De hecho, era amigo personal de Fidel. Habiendo ganado las elecciones con una victoria limpia y arrolladora, Chávez no era un dictador, pero despedía un cierto tufo a pólvora. Sus partidarios lo llamaban «comandante». La pluma de García Márquez volaba a través del cuaderno cuando el entrevistado relataba su infancia y su ascenso político. El artículo decía: «El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo, como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la 26

inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquier cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tu­ telares». El hijo de unos pobres maestros de escuela primaria descubrió entre los libros de su madre, cuando era niño, una enciclopedia cuyo primer capítulo parecía enviado por el cielo: «Cómo triunfar en la vida». El joven Hugo no duró mucho tiempo como monaguillo («tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique»), pero sobresalía en pintura, canto y béisbol. Su sueño era lanzar en las ligas mayores y, para eso, el mejor camino era la Academia Militar. El cadete abandonó poco a poco su fantasía del clamor de los estadios porque en la Academia se enamoró de la teoría militar, la ciencia política y la historia de Simón Bolívar, el Libertador que expulsó a los españoles de gran parte del continente en el siglo XIX. El teniente Chávez recibió su sable de graduación de Carlos Andrés Pérez, el presidente al que trataría de derrocar dos décadas más tarde, como irónicamente reconocía. García Márquez lo pinchó con este asunto. «Además –le dije– usted estuvo a punto de matarlo. De ninguna manera –protestó Chávez– la idea era instalar una Asamblea Constituyente y volver a los cuarteles». Aquí, el autor de Cien años de soledad señalaba que, de hecho, compartía una semejanza sorprendente con aquel interlocutor que parecía de cemento armado. «Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborozada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman y páginas enteras de Rómulo Gallegos». El perfil continuaba 27

describiendo la capacidad narrativa de Chávez: su fascinación por la historia familiar; su indignación ante las desigualdades sociales de Venezuela; su renuencia a perseguir a los guerrilleros cuya actividad había ido menguando en Venezuela en la década de 1970; la selección de oficiales que se unirían a él en la conspiración de los años ochenta para echar abajo un Estado corrupto y anunciar una democracia real que enorgulleciera a Bolívar. Chávez dio a García Márquez una pequeña exclusiva al revelar «un cuarto hombre», un cómplice del golpe hasta entonces desconocido que se encontraba en el avión. «Señaló con el índice a un hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Baduel!”». Todo el artículo estaba escrito en un tono afectuoso que no resulta sorprendente. Además de narrador, el famoso cronista compartía la inclinación política izquierdista de Chávez, la amistad con Fidel y la ira ante las extremas desigualdades de la riqueza en América Latina. Cuando el avión aterrizó eran las 3:00 a. m., y Caracas brillaba a lo lejos como una ciénaga de luces. En la despedida, Chávez abrazó a García Márquez y le invitó a asistir a su toma de posesión. El anciano permaneció de pie sobre el asfalto y observó cómo el protagonista de su artículo se alejaba en la noche, con destino al poder. Chávez había prometido a sus seguidores la utopía, y parecía tener prisa. No necesitamos preguntar qué pensamiento atravesó la mente de García Márquez, una mente venerada en todo el mundo como una especie de oráculo. Al final de su artículo, unas breves líneas agitaban suavemente, como un calidoscopio, todo lo que las precedía. «Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado con dos hombres opuestos. Uno, a quien la suerte empedernida le ofrecía la posibilidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista que podía pasar a la historia como un déspota más».

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El trOnO
Para entender las revoluciones y sus actores, debemos observarlos de cerca y juzgarlos a gran distancia. Simón Bolívar

1. ¡AlÓ, presidente!

Era una tranquila mañana de domingo, en febrero de 2010, el undécimo año de la revolución, y el comandante daba un paseo por el exterior de los muros color melocotón del palacio. El sol brillaba y el humor también. Se le reconocía a distancia por su andar característico, brazos y piernas al unísono, un, dos, un, dos, soldado apacible. El tiempo había registrado su paso en el rostro, más carnoso que antes, con más papada, y en un espesamiento del torso, pero la vejez se mantenía a raya. Ni una sola cana en la cabeza, y el volumen extra, distribuido de modo uniforme, lo llevaba bien. Era como un oso. Vestía pantalones negros y una camiseta roja debajo de una entallada chaqueta militar de color verde oliva. Era sencilla, sin medallas, galones ni insignias, y perfectamente ajustada. Su conjunto favorito. Su hija María, con una cadena de oro que brillaba en torno a su cuello, le agarraba de la mano y seguía su ritmo. Ayudantes y ministros con camisetas rojas los seguían en grupo unos pasos por detrás. Cuando el séquito entró en la plaza, la campana de la iglesia repicó y aletearon las palomas. «¿Qué canción es esa?», preguntó el comandante, moderando sus zancadas. «¿Recuerdas esa canción, María?». La joven sacudió la cabeza. Él se detuvo, concentrándose, y la letra flotó en el aire. «Caminando por Caracas, Caracas / la gente pasa y me saluda / levanto mi mano fraterna / y Caracas me abraza». Tenía una agradable voz de tenor y cantaba bien. En sus ataques de modestia, a veces mentía diciendo que su voz era mala, suscitando las protestas. «¡Oh no, mi comandante!». Se volvió hacia su hija. «María, ¿te acuerdas de cuando eras pequeña? Corrías por aquí persiguiendo a las palomas, y luego te ponías a llorar porque no podías atrapar ninguna».

Ella se ruborizó y sonrió. «Mira, María, aquí viene una, ¡atrápala!». Todo el mundo se rio. El comandante daba vueltas con paso lento a la plaza, bordeada de jabillos de hoja perenne y edificios de la época colonial, escudriñando las fachadas, para dirigirse luego al centro de la plaza, hacia una estatua ecuestre gigante sobre un pedestal de mármol. El semental de bronce negro se encabritaba sobre sus patas traseras, y venas y músculos sobresalían en sus costados brillantes. Tenía una crin corta, el cuello ancho y grueso, y la cabeza inclinada hacia un lado, como si estuviera mirando dónde estrellar sus poderosos cascos. El jinete, a horcajadas sobre el enérgico y agresivo animal, vestía pantalones de montar, botas y una magnífica guerrera con charreteras y galones. Una capa flotaba sobre sus hombros. Estaba firme sobre la silla y sostenía las riendas con una mano. Durante más de un siglo había mirado fijamente a la plaza desde lo alto, sereno y dominante, sosteniendo su sombrero como si saludara a una multitud que lo aclamaba y a la gloria eterna. «Miren a Bolívar», dijo el comandante. «Bolívar, Bolívar», repitió, saboreando cada sílaba. Todo el mundo miró. Un pequeño y rápido movimiento atrapó su mirada. «¡Miren, una ardilla! Allí, miren, miren, miren, allí va una ardilla». Todo el mundo miraba. Su atención regresó hacia la estatua. «Bolívar, Simón Bolívar, el Libertador de Venezuela, Nueva Granada, Ecuador y Perú, fundador de Bolivia. ¿Desde cuándo está ahí esa estatua?». Antes de que nadie pudiera responder, se dirigió a uno de los oficiales que estaban próximos a él. «¿Qué años tiene, compadre?». Cincuenta y dos, Comandante, fue la respuesta. «Casi mi edad». Y volviéndose a una mujer: «¿Y usted?». Antes de que ella pudiera replicar, él respondió: «Tiene treinta años». Ella se quedó boquiabierta. «Sí, por supuesto». El comandante hizo un amago de saludo con la cabeza. «¿Y qué tal se encuentra?». Pero antes de que pudiera responder, ya se había vuelto hacia su hija. «Tú eres más joven, tienes veinticinco, ¿no es así, María?». Ella asintió con la cabeza. «Recuerdo que me gustaba venir aquí con Rosita, 32

María, Huguito –eran muy pequeños– y visitábamos la casa, al otro lado de la vieja plaza, donde nació Bolívar». El comandante se detuvo ante la estatua y adoptó un tono pedagógico, señal para que el séquito se agrupara en plan de audiencia. «El año en que trajeron aquí los restos de Bolívar, la llamaron Plaza Bolívar, en 1842. La oligarquía trajo sus restos aquí después de expulsarlo en vida. Hubo mucha presión popular para que lo trajeran de nuevo, y sus restos permanecieron en la catedral durante un tiempo. Luego, el general Guzmán Blanco llegó y ordenó que levantaran la estatua. ¡Ah, ahí está la fecha, miren, 1874! Eso fue después de la guerra federal, otra traición. Mataron a Zamora, y la oligarquía continuó detentando el poder. Después empezaron a usar a Bolívar, su mito, lo hicieron casi un santo, pero para sus propios intereses, para explotar al pueblo usando al propio Bolívar. Empecé a entender todo esto cuando era cadete: solíamos venir aquí vestidos de uniforme, con guantes, capa azul; íbamos allí, al Panteón y a la casa en que nació». El público asintió con la cabeza. Guzmán Blanco había sido un dictador, Ezequiel Zamora, un rebelde famoso. El comandante continuó. «Yo no nací aquí, ya saben. Nací muy lejos de aquí, en el sur, pero ahora amo a Caracas. Me asustaba cuando venía aquí de crío, pero ahora la amo. Bolívar. ¿Cómo era la canción, María?». Cantó otra balada, que comparaba la voz del Libertador con una vela que ilumina y muestra el camino verdadero. Aplausos al terminar. El presidente se volvió hacia la estatua. «Avanzando de nuevo con Simón. Hemos llegado, estamos aquí, y él dirige la batalla desde el frente». Más aplausos. El comandante miró con los ojos entornados, en actitud de concentración, para recordar un poema sobre el Libertador. Los ojos semicerrados se transformaron en ranuras impenetrables, más ahora que había ganado peso, y ocultaban el objeto de su mirada. Él siempre buscaba el contacto ocular, y no dejaba de examinar a su público de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, un dragaminas de rostros, evaluando expresiones. El artista mural trató de traducir esa 33

mirada arrugando la frente y estrechando los ojos. Los muñecos de juguete que hicieron con su efigie tenían un pequeño resorte en la parte trasera del cuello para hacerlos girar. Cuando los ojos castaños del comandante real volvían a abrirse lanzando destellos, quienquiera que estuviera en ese momento en su campo de visión se sentía estremecido. Se volvió hacia su hija y le pidió que le buscara el poema «Los desdentados», del gran escritor venezolano Andrés Eloy Blanco, en su smartphone. «María tiene una maquinita que lo encuentra todo. Aprieta un botón como éste, ¡raaa!, ¡y todo aparece!». Ella se rió. Él volvió al tema de los oligarcas que explotaron el legado de Bolívar. «Lo convirtieron en algo que él no era, de la misma manera que algunos católicos han convertido a Jesús en lo que no fue. Cristo fue un gran rebelde, y por eso murió crucificado. Era un antiimperialista. Nació y murió entre los pobres, para los pobres y con los pobres. Y eso es lo que sucedió con Bolívar, la burguesía lo transformó». Era una crítica no demasiado velada a la jerarquía de la Iglesia Católica, a la que el comandante acusaba regularmente de elitismo y de ponerse de parte de sus enemigos. Un silencio descendió sobre el séquito. Inmóvil, convertido él mismo en una estatua, el comandante bajó la voz para pintar otra escena gráfica. A este mismo lugar, dijo, se trajo a los patriotas en una rebelión de 1797 para ejecutarlos en el cadalso, algunos serían ahorcados, otros, decapitados. Entre los pasmados espectadores había un grupo de muchachos adolescentes, hijos de terratenientes criollos, que sentados en caballos contemplaban desde un rincón de la plaza, estremeciéndose cuando las sogas y las hachas hacían su trabajo. El más joven de ellos era Bolívar, y juró venganza contra el imperio español. «¡Justo aquí!». El auditorio del comandante pareció temblar, todos inconscientes del sol abrasador, pues estaban en terreno sagrado. «Comprendan», continuó, «de dónde venimos, de qué carne y de qué barro estamos hechos. ¿Lo ven? Esa es la razón de que estemos hoy aquí diciendo más que nunca: ¡Patria, socialismo o muerte! ¡Venceremos!». 34

El séquito rugió a su vez: «¡Venceremos!». El comandante: «Viva Bolívar!». Y el séquito: «¡Vivaaa!». El comandante llamó con un gesto al alcalde del municipio, Jorge Rodríguez. Psiquiatra de profesión, Rodríguez había sido el intelectual favorito del comandante en los primeros años, nombrado jefe del Consejo Nacional Electoral, un puesto clave, luego ascendido a vicepresidente, a pesar de haber estrellado una noche su Audi contra el Audi de un amigo en una zona elegante de la ciudad, escándalo menor que provocó el desprecio de los sectores más pobres de la revolución. Rodríguez perdió más tarde el patrocinio del comandante –fue censurado por su única derrota electoral, un referéndum en 2007– y fue expulsado del círculo dorado del palacio. Degradado a alcalde, desesperado por lograr de nuevo la confianza, Rodríguez gobernaba sobre un feudo marchito que incluía la Plaza Bolívar, y ahora el jefe lo llamaba a su lado, con un destello en los ojos. «La plaza ha mejorado, ha cambiado, pero todavía falta algo, ¿no? Falta un toque especial. Ese edificio de allí, un antiguo teatro, justo, pero ¿ahora, en manos del gobierno?». Rodríguez: «Sí, en este momento, en manos del go­ bierno». Señaló hacia un elegante bloque de diez pisos, en parte, tapado por unas pancartas rojas colgadas de las farolas: «¿Y esos edificios?». Pausa expectante, una pequeña inspiración, porque todo el mundo sabía, el comandante sabía, que era La Francia, un célebre punto de referencia ocupado por las mejores joyerías del país. Los miembros del gobierno de alto nivel compraban allí. También lo hacían los turistas hasta que los cruceros dejaron de venir. El propio Rodríguez había comprado recientemente un costoso anillo de esmeraldas. Contestó: «Es un edificio de joyerías privadas». El comandante, con el brazo extendido y el dedo apuntando hacia allí, soltó su dictamen: «¡Exprópielo! ¡Exprópielo!». 35

Rodríguez se puso rígido y simultáneamente se inclinó: «Okay». El séquito miró fijamente al edificio, como esperando que salieran llamas. Alguien empezó a aplaudir. El comandante se dio la vuelta y señaló hacia el otro lado de la plaza. «¿Y ese edificio de allí, en la esquina?». «También está ocupado por tiendas», dijo Rodríguez. El comandante parecía contrariado. «Bolívar vivió allí cuando estaba recién casado, justo allí, en aquella casa con dos balcones. ¡Y ahora está lleno de tiendas! ¡Exprópielo!». El aplauso se intensificó, y Rodríguez cogió el ritmo. «¡Sí! ¡Por qué no, Presidente!». El comandante apuntó entonces a otro edificio. «Ese edificio de ahí, ¿qué es?». Rodríguez: «Es también un centro de tiendas privadas». Comandante: «¡Exprópielo! ¡Señor alcalde, exprópielo!». Rodríguez, con la cara resplandeciente: «¡Por qué no!». Ahora, gritos de entusiasmo, además de los aplausos. Comandante: «Sí, expropie. Tenemos que convertir esto en un gran centro histórico. Bien, ya está, pero tenemos que hacer más, hacer… proyectos arquitectónicos, proyectos históricos. Estamos en el corazón de Caracas». Rodríguez: «Así es». El comandante le dio unos golpecitos en la espalda. «Caracas, Caracas, la ciudad de los rebeldes. ¿Qué tal, Jorge?». ¿Qué acababa de suceder? En cierto modo, era obvio. Nuestros propios ojos, y nuestros oídos, nos lo decían. Hugo Chávez se había apropiado de algunos edificios en nombre del Estado. Lo sabíamos porque estaba en la televisión. Era el episodio 351 de Aló, Presidente, un programa de televisión semanal en directo. El presentador y protagonista, indignado por la profanación comercial del monumento conmemorativo del Libertador, había emprendido una acción rápida, decidida, recibiendo alabanzas y gratitud. ¿Cómo podía haber alguna duda? Lo vimos y lo escuchamos. A lo largo de las cinco horas siguientes del 36

programa –algunos duraban ocho horas– vimos al alcalde preparar el papeleo de la expropiación y presentárselo al presidente para su inspección. El proceso no podía ser más transparente. Había sido así desde que Hugo Chávez fuera investido en febrero de 1999 e hiciera de la televisión en directo una parte central de su gobierno, invitando a las cámaras a transmitir reuniones oficiales, acontecimientos familiares y compromisos públicos a veintiocho millones de venezolanos. En la Plaza Bolívar podíamos ver los edificios, el contexto de la decisión del presidente, y la reacción de los que lo rodeaban. Literalmente, gobierno a la luz del sol. El dominio de los medios de comunicación había ayudado al comandante a ganar elecciones sucesivas y a transformar su administración en lo que él llamaba la revolución bolivariana, un esfuerzo supuestamente radical para transformar el Estado y la sociedad en una visión digna de Bolívar, un faro de democracia, socialismo y luces. Todo, en la televisión. Las cámaras evitaban los barridos panorámicos, enfocaban sólo en ciertas direcciones y eran selectivas con los primeros planos. Pero, aunque la Plaza Bolívar era bonita, el resto del centro urbano de Caracas, en 2010, se deterioraba. En otro tiempo había parecido un lugar bendito, un valle verde en la punta norte de Venezuela, cerca del mar del Caribe y pro­tegido de la húmeda apatía costera (y de los piratas del XVIII) por la cordillera de montañas de El Ávila, que mantenía el aire fresco. En la década de 1950 parecía una maravilla modernista de audaz arquitectura y torres relucientes, pero medio siglo después apestaba a disfunción. Con edificios desconchados y derrumbados, pintadas de antiguos referéndums manchaban las paredes («Vota no», se pedía en 2004; «Ahora sí», se decía en 2007), los baches abrían el asfalto, las motos rugían entre el tráfico desesperantemente paralizado y las aceras estaban obstruidas con puestos que vendían bragas, sujetadores, calcetines, vaqueros, DVD pirateados, baterías, mangos, cebo­llas, pollo frito. El ennegrecido armazón del Parque Central, una torre octogonal de cincuenta y cinco pisos destruida en 37

un incendio seis años antes (una torre gemela quedó intacta) y todavía sin reparar, marcaba el perfil de la ciudad. En otro tiempo, el rascacielos más poderoso de toda Sudamérica, ahora, un oprobio gigantesco y calcinado. Nada de ese deterioro aparecía en el programa de televisión de febrero de 2010, que se limitaba a los vestigios del encanto de la era colonial. Las cámaras eran tan cuidadosas con el cronometraje porque filmar los edificios expropiados demasiado pronto o demasiado tarde –es decir, antes o después de que Chávez pronunciara la palabra sobre su destino– habría complicado la narración. Aquí, por ejemplo, hubo escenas no televisadas. Semanas antes de la emisión, funcionarios del gobierno olfateaban alrededor de las noventa y cinco pequeñas joyerías de La Francia, haciendo preguntas, tomando fotografías. Los propietarios, algunos de los cuales habían estado allí desde los años cincuenta, se reunieron para estudiar la situación. Los pesimistas temían la venganza contra los propietarios de las tiendas que en otro tiempo se unieron en una huelga de ámbito nacional contra el gobierno. Los optimistas mencionaban que el alcalde y otros chavistas de alto poder adquisitivo eran visitantes habituales de sus brillantes escaparates y que las tiendas empleaban a dos mil personas; ¿no iba a servir eso para nada? El día anterior al programa del comandante, un rumor cobraba fuerza: expropiación. Con ansiedad, propietarios y empleados pusieron Aló, Presidente al día siguiente por la mañana. El programa cambiaba de ubicación cada semana: el palacio, una fábrica, una granja; uno nunca sabía dónde aparecería Chávez. Sentados en sus hogares, contemplaron los títulos de crédito, luego, una cascada de trompetas, tambores y gráficos veloces, y a continuación vieron al comandante llevando a su séquito a la Plaza Bolívar. Aquella noche, más tarde, bajo la cubierta de la oscuridad, después de que el programa de televisión hubiera terminado y la plaza quedase desierta, los propietarios de las tiendas se introdujeron en sus locales –la Guardia Nacional todavía no había entrado en ellos– y metieron todo su oro, plata, perlas, 38

rubíes y diamantes en cajas de cartón. Al amanecer, las habían cargado en coches y se las habían llevado lejos. Un año pasa pronto, y si en febrero de 2011 se visitaban las tiendas expropiadas, se veía todo vallado, lleno de polvo, destruido; los proyectos arquitectónicos e históricos, aún por empezar, posiblemente olvidados. Un centinela solitario, un adolescente con pantalones militares y un rifle sobre el hombro, se apoyaba en una puerta. Estaba aburrido y jugueteaba con su teléfono. «Aquí no hay nadie, sólo yo», decía, sonriendo. Chávez dominaba las pantallas de televisión día tras día, año tras año, nacionalizando una industria aquí, promoviendo una cumbre allí, nombrando ministros, despidiendo ministros, explicando, denunciando, rememorando, haciendo campaña. En la época de la emisión de Plaza Bolívar, la televisión estatal había estado emitiendo imágenes cada vez más pulidas, más profesionales, durante once años. La revolución prosperaba. Una nueva «geometría del poder» había reemplazado a las viejas y corruptas maneras con democracia directa. Las empresas estatales que apoyaban la solidaridad y la dignidad estaban reemplazando a la codicia y el individualismo capitalistas. Venezuela estaba conduciendo a América Latina a una era de unidad y soberanía libre del imperialismo yanqui, un ejemplo para el mundo. El comandante era más popular que nunca e iba camino de conseguir un tercer mandato en 2012. Pero si apagabas la televisión y vagabundeabas por las calles (teniendo cuidado de evitar los baches), el panorama parecía más sombrío. El nombre y el rostro del comandante estaban en todas partes: vallas publicitarias, murales, camisetas. Presidía una democracia autoritaria, un sistema híbrido de culto a la personalidad y gobierno de un solo hombre que permitía partidos de oposición, libertad de expresión y elecciones libres no del todo limpias. Un tercio de la población adoraba a Chávez, un tercio lo detestaba, y el resto eran ninis, ni una cosa ni la otra, personas que flotaban a la deriva entre dos aguas. Tras años de ingresos récord del petróleo –Venezuela tenía las mayores reservas del mundo–, el dinero 39

en efectivo había inundado el país y aliviado la pobreza. El Estado ofrecía educación gratuita, atención médica, préstamos, subvenciones, becas, cursos, empleos. Pero las malformaciones estaban atascando la economía. La inflación consumía el monedero, la escasez dejaba los estantes de los supermercados esporádicamente vacíos de productos de primera necesidad, y el papeleo asfixiaba los negocios y a la gente normal. Cuba y otros pocos aliados se inclinaban ante Chávez (mientras miraban su talonario), pero la mayor parte de América Latina rehuía de forma educada su modelo. El resto del mundo miraba este drama caribeño desde lejos, intrigado pero sin comprenderlo realmente, y en función de los gustos adjudicaba al comandante el papel de héroe, demonio o payaso. La oposición venezolana, una coalición díscola salida de la clase media y las élites tradicionales, se había desprestigiado a sí misma en los primeros años de Chávez intentando desbancarlo mediante un golpe de Estado y una huelga. En 2010, seguía débil, pero estaba organizando una reaparición vacilante mediante las urnas, recuperando ayuntamientos y sedes de gobernadores, y con la esperanza de que el palacio presidencial fuera lo siguiente. Un montículo cubierto de lodo junto al Orinoco parecía un tronco hasta que cobraba vida, meneaba la cola y parpadeaba el ojo amarillo de un cocodrilo. En los llanos de Apure, parecía verse el mástil de un barco brillando con luz trémula sobre el horizonte, pero no había océano ni barco, sólo un inmenso pastizal inmóvil con un único tronco de palmera. Todas las noches los relámpagos se encendían por encima del lago Maracaibo, a veces veinte mil rayos, pero las nubes estaban muy altas, no se oía ningún trueno. Este reino de cascadas imposibles y plantas gigantescas había hechizado durante mucho tiempo a los intrusos. Colón lo denominó Tierra de Gracia, y afirmó que las aguas del Orinoco eran tan dulces que debían de proceder del legendario Paraíso Terrenal. Nunca lo encontró, ni tampoco ningún 40

tesoro, y terminó con grilletes por causa de un monarca español decepcionado. Más hombres blancos cruzaron el océano. Veían humildes chozas con techo de paja sobre pilotes y acuñaron el nombre sarcástico de Venezuela. Pequeña Venecia. Una tierra nombrada con desprecio. Un país que se gastaba una broma a sí mismo. Mientras los imperios Azteca e Inca enriquecieron a los conquistadores en lo que ahora es México y Perú, Venezuela sólo ofrecía tribus nómadas, ciénagas, mosquitos y collares de dientes de jaguar. Pero su luz centelleante seguía hipnotizando a los invasores. Diego de Ordaz veía un vínculo entre el oro y el sol, y condujo a seiscientos hombres al delta del Orinoco en pos de la amarilla esfera celestial. Los insectos picaban, escarbaban en la piel y pudrían la carne, transformando los pies en garras ennegrecidas y arrastrando a los cazadores de tesoros a furores homicidas contra los indios. Su búsqueda se perdió en la nada, pero otros tomaron su lugar. Los prisioneros indios les hablaban de un reino en el interior, donde se alzaban pirámides sobre la bóveda de la selva y cada día se espolvoreaba al monarca con oro: El Dorado. Los invasores se emocionaban. ¿Dónde, dónde? La respuesta era siempre la misma: un dedo oscuro señalando al horizonte, allí, allí. Las expediciones se introducían con su ruido metálico en la selva, abriéndose paso entre la vegetación, y perecían como caníbales hambrientos y enfermos. Lope de Aguirre se volvió loco, proclamó un reino de la selva e hizo una carnicería con sus propios hombres, asesinando incluso a su propia hija. Después fue finalmente arrinconado, cazado y descuartizado. La cabeza de Aguirre fue expuesta en una jaula en El Tocuyo, para tranquilizar a todos: el monstruo estaba muerto. Las búsquedas se abandonaron, Venezuela durmió durante dos siglos, un remanso del imperio americano de España que exportaba cacao y café. A finales del siglo XVIII, con la revolución agitando a Francia y Norteamérica, Venezuela estaba intranquila. Las élites criollas, los terratenientes descendientes de los colonos españoles, querían estar libres de las normas e impuestos de Madrid; artesanos y comerciantes 41

A raíz de su reciente muerte, Hugo Chávez se ha convertido oficialmente en una incógnita que los historiadores y analistas seguramente tardarán varias décadas en poder descifrar. Esta crónica de primera mano sobre Chávez y su proyecto político, escrita por el corresponsal de The Guardian durante seis años en Caracas, Rory Carroll, es un estupendo punto de partida para adentrarse en el laberinto personal del comandante. Con la mayor objetividad y distancia posibles, Carroll intenta describir la demencial atmósfera que fue la Venezuela chavista, regida por reglas y códigos siempre cambiantes, donde incluso los subalternos del comandante eran sorprendidos por los incontables golpes de timón. Sin embargo, como bien señala Carroll: «Chávez no fue un dictador. Siempre fue un híbrido, un autócrata electo, y esto lo salvaba. Las elecciones lo anclaban a la realidad, lo alejaban del precipicio». Carroll plasma con maestría la atmósfera de adoración y odio, de sospecha eterna y fervor fanático que definieron a Venezuela hasta la muerte del comandante, quien se encargó de preparar el camino para su inmolación final como víctima del imperialismo, cuando declaró meses antes de morir: «¿Sería extraño que hubieran desarrollado una tecnología para inducir el cáncer y nadie lo sepa hasta ahora y se descubra esto dentro de cincuenta años o no sé cuántos?».

«Periodista dotado de mente aguda, hondo sentido de la justicia e ingeniosa ironía, Carroll ha hecho suya la máxima de Bolívar y ha escrito un libro que no sólo es penetrante y lúcido, sino también de hermosa factura». JON LEE ANDERSON «Una atenta mirada a la figura más controvertida y fascinante de la política latinoamericana contemporánea. De un modo muy inteligente, Rory Carroll nos ofrece las piezas del puzzle del populismo idiosincrático de Chávez para que lo juzguemos por nosotros mismos». G IOCONDa BEllI

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