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Dedicado a Constanza.
La hija más buena y hermosa
que un padre puede tener.




















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© SanLlago 8epeLLo
1odos los derechos reservados
Cueda prohlblda la reproducclón de esLa obra
sln el consenLlmlenLo expllclLo de su auLor

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1. narraLlva ArgenLlna . 2. CuenLos. l. 1lLulo
Cuu A863


Ll bebe zomble que llusLra esLa Lapa es obra y corLesla
del genlal 8aulo Cáceres
hLLp://club.Lelepolls.com/raulocaceres/

Cueda hecho el deposlLo que esLablece
la Ley 11.723











4
Piologo ...................................................................... pág. S
El juego ..................................................................... pág. 1u
El centinela ............................................................. pág. 1S
The last foievei ......................................................pág. 1S
Segunuas paites .....................................................pág. 2u
La llaga .......................................................................pág. 24
Eli, eli, lama sabactani .........................................pág. 27
Caita a Naicela ...................................................... pág. 28
Beiiumbe ..................................................................pág. 29
Secuencia BENTAI .................................................pág. 4u
Locuia y mueite .....................................................pág. 4S
Chailanuo un iato ..................................................pág. 47
Siempie ......................................................................pág. Su
Epilogo ........................................................................pág. S9

Bistoiietas: "Beiiumbe" y "El pozo ue Auiameg"














5
Prólogo

Debo confesar que cuando conocí y leí a Santiago
Repetto, no creí que poseyese la habilidad literaria necesaria
para lograr buenos textos.
Mas adelante, una situación extraña me hizo cambiar
de opinión:
Una tarde de Abril, un sábado creo, caminaba por la
calle Arenales sin rumbo establecido, practicando uno de
mis pasatiempos favoritos, contar baldosas, esquivando con
pericia todas aquellas de color rojo. A metros de la cancha,
una voz grave me sobresaltó:

-¡Rosso!-

Supe quién era, aún antes de darme vuelta. Ricardo
Argüello, el afamado guionista y director de cine, asomaba
medio cuerpo por una de las ventanas del bar "El Taladro¨,
haciendo gestos de convite de lo más extraños con su
mano. Me acerqué con recelo, tomando nota mental de la
cantidad de baldosas computadas, en pos de no perderme al
reanudar la marcha. Me invitó a compartir la mesa que
ocupaba. Simulé consultar preocupado mi reloj y ensayé
cara de verme atosigado por alguna urgencia.
Argüello se dio cuenta de inmediato de la bufonada y no
aceptó un no como respuesta. (Argüello estaba loco, pero
podía ser bastante persuasivo)
Me senté.
Pedimos unas cervezas. Argüello me contó que en
realidad esperaba al autor de una novela que había leído y
que le veía amplias posibilidades de adaptarla para el cine.
6
Temí lo peor. Iba a proponerme que trabajáramos
juntos.
Mientras ideaba desesperadamente excusas
preventivas, un hombre delgado se nos acercó.

- Buenas - Dijo.

Argüello se levanto de inmediato y le acercó una silla.
Condujo las presentaciones de rigor.

- Diego Rosso, Diego Haedo... ¡JA! ¡Tocayos!

Nos miramos sin dedicarle atención a la observación
idiota.
Argüello pidió más cerveza y se olvidó por completo de
mí.

- Mire Diego, "Otra noche en bodycount¨ me encantó,
pero la que yo quiero realmente filmar es "Bloodbath¨. Me
gustaría que me consiguiera una copia, yo en un par de
semanas le tengo un tratamiento, para que usted apruebe,
y después el pollo acá- dijo sin siquiera señalarme -se lo
garabatea en un mes. Yo le enseñé todo lo que sabe, al
pollo. ¿Cómo lo ve a Darín haciendo de Bonham?

Haedo terminó un vaso de cerveza antes de responder.

- Me parece, Ricardo, - Eructó- que usted se confunde.
"Bloodbath¨ es muy especial para mí. Es una novela mas
compleja de lo que el común del lector cree. Muy pocos han
logrado comprenderla en su totalidad. Considero que una
7
reelaboración fílmica devendría en un verdadero
despropósito. Muchos han tratado de tentarme para ceder
los derechos. y hablo de jugosas cifras. Nunca los cederé.

La cara de Argüello ensombreció. Con un gesto pidió
otras cervezas.
Esto era una farsa y me sentí tentado de intervenir.

- Perdón. -dije. Argüello posó su mano en mi rodilla y
apretó fuerte a modo de advertencia.
Callé.

-Decime una cosa- dijo en tono grave. Cerré los ojos.
- ¿Quién carajo te creés que sos? ¿Güiraldes?

- Epa- dijo Haedo con una sonrisa en los labios.- Habló
Volker Schlondorff. No se olvide, Ricardo, que he visto sus
películas y, créame, no le dejaría adaptar ni mi lista de
supermercado.

Sabiamente, levante mi vaso y corrí mi silla un metro
hacia atrás. Allá salió Argüello, disparado como por un
resorte, directo al cuello de Haedo. Ambos dieron contra la
barra del bar. Empezaron a girar de un lado para el otro,
propinándose los más ofensivos improperios.
Tal vez envalentonado por las burbujas de la malta,
decidí concluir con la payasada.
- ¡Quieren terminar de una vez!- hasta a mi me
sorprendió el tono de mi voz. Ambos se estaquearon en el
lugar y miraron hacia mí, sorprendidos, quizás algo
asustados.
8
Vacié mi cerveza y fui hacia ellos, me interpuse entre
ambos, de cara a Haedo.

- ¿Por qué no deja de hacer papelones?- dije en voz
baja para que no oyeran los demás comensales. -Usted y
yo sabemos que usted no existe, y vos - le escupí a
Argüello - después hablamos.

Argüello retrocedió y se sentó, abrió la boca para decir
algo, pero calló, atrapado.

-¿De qué habla? Si yo.- Intentó Haedo.

-Cállese ¿Quiere? Usted es producto de la imaginación
de un gran escritor, su novela es producto de ese escritor
también. Usted en su mediocridad, no podría haber utilizado
la calidad metalingüística que Santiago Repetto utiliza en
más de uno de sus relatos. La inteligente manera que tiene
de combinar códigos propios de un género, que él asegura
ser el Terror, pero yo podría discrepar en algunos, con
elementos de humor sutil, con los laberintos y pirámides de
lo fantástico, los recovecos de las obsesiones literarias
argentinas, deidades esquivas, figuras zodiacales con
oscuros resabios de Poe y Lovecraft.
La maestría y coherencia narrativa que sostiene a lo
largo de los relatos, haciendo encajar los pequeños bloques
de conflicto hasta devenir en finales acordes y sorpresivos,
cuando menos ajustados y fluidos.
Sin darme cuenta había subido la voz y todo el bar me
miraba, atentos a mis palabras.

9
-Así que, haga el favor y cállese, no puede sino estar
agradecido a Repetto por haberle dado vida.
Lentamente, como quien ha ganado un duelo, me
encaminé hacia la puerta. Argüello casi no se atrevía a
mirarme a los ojos.
Salí.
Noté que Argüello y Haedo habían salido detrás de mí y
observaban alejarme.
Sólo cuando estuve a la distancia prudencial de siete
veredas, se atrevieron a gritarme a dúo:

-¡Delincuente!

Así que lector, tal vez este libro que usted lee no exista
realmente.
Diego Haedo no existe. Ricardo Argüello tampoco.
Quizás yo mismo no exista.
Acaso nosotros lectores no existamos sino en la mente
creativa de un escritor que ideó una historia sobre un libro
de relatos apócrifo en el que lectores somos meros
personajes que nos perdemos en un espiral de palabras que
nos llevan a maravillarnos.
Lo que sin lugar a dudas existe, es el enorme,
envidiable y certero talento de Santiago Repetto.

Diego Rosso
Director de Cine, Guionista, Profesor, Amigazo e Hincha de
Banfield




10
El juego

Debo mi afición por las historias de miedo a mi
hermano mayor, Daniel.
Mucho antes de que yo supiera leer, él ya se había
encargado de instruirme en los mitos de Cthulhu, los
entierros prematuros y otras miles de historias en las que
desfilaban, bañados en sangre, diversos monstruos,
zombies y demonios.
En la habitación que compartíamos, la noche nos
sorprendía siempre en la misma situación: él contándome
cuentos espeluznantes y yo escuchándolo, aterrado, pero
feliz.
Cuando cumplí nueve años propuse un juego: después
de que yo apagara la luz, él tendría que lograr con sus
historias que yo me asustara tanto como para prenderla
nuevamente. Demás está decir que siempre terminábamos
de la misma forma: cuando yo no soportaba más sus relatos
de bebés jugando con cristales rotos (y cosas por el estilo),
prendía la luz y me pasaba a su cama, buscando protección
y el final del cuento.
Con el tiempo, perfeccioné las reglas de la competencia.
Empecé por dejar a mi albedrío la elección del tema sobre el
que versaría el relato de turno. Las cosas más absurdas que
se me ocurrían fueron propuestas a mi hermano, pero él
siempre se encargaba de transformar tostadores, patos y
canastos en pavorosos elementos para sus siempre
efectivas historias.
Buscando nuevos obstáculos para su tarea, empecé a
reducir arbitrariamente el número de palabras que el podría
utilizar para su eventual relato.
11
100 palabras.
80.
50.

Invariablemente, 2 ó 3 palabras antes del final, la
habitación se iluminaba.
Llegué al extremo absurdo de reglamentar que sólo
podría usar una palabra: el susurro que cruzó esa noche aún
me hace erizar la piel y jamás podré pronunciar esas 7
letras de nuevo.
Mi última opción fue, a la noche siguiente, censurarlo
por completo: su historia no podría tener ninguna palabra.
Antes de apagar la luz lo miré, buscando en su cara
algún vestigio de desesperanza, pero no pude ver ninguna
emoción en su inescrutable rostro.
Una vez a oscuras, me recosté en mi cama, dándole la
espalda. Satisfecho por mi segura victoria ante su obvio
silencio, empecé a cruzar el umbral del sueño, pero bajo el
marco efímero fui detenido por una serie de imágenes:
Mi mamá rezando a mi lado, dándome el beso de las
buenas noches y siempre marchándose sin besar a Daniel.
El viejo árbol de navidad, los zapatos para los reyes, y
un solo regalo.
Ya totalmente despierto, traté de recordar a mi
hermano en otro escenario que no fuera la habitación.

No pude.

Con la adrenalina corriendo desbocada por mi cuerpo,
intenté tragar saliva, pero sentí mi boca como si estuviera
llena de cabellos.
12
Me di vuelta para sentarme en la cama y busqué el
interruptor de la única lámpara que había en la habitación.
La luz trajo la ignominiosa verdad de una pared
desnuda y una ridícula alfombra de lana.
Con un alarido inhumano cruzado en mi garganta,
descubrí que Daniel no existía... y que me había ganado.






















13
El centinela

Encaramado en las murallas de la Ciudad vencida, el
ejército conquistador arroja desde lo alto a los hijos de su
enemigo.
Más allá de esas paredes, decenas de filas formadas por
aquellos prisioneros que todavía pueden portar un saco,
recorren las tierras de siembra regándolas con sal.
Cada uno de estos hombres es liquidado
metódicamente cuando su saco se vacía.
En el palacio real, los cadáveres del Monarca y su
esposa están colocados burlonamente en sus tronos.
El General, su asesino, les hace una reverencia
socarrona y les da la espalda para felicitar a sus hombres e
iniciar los festejos haciendo un brindis en el pequeño cráneo
del Príncipe heredero.
La ovación de sus soldados es estrepitosa y ahoga en
parte los gemidos agónicos de las mujeres ultrajadas.
Ejerciendo mi dudoso privilegio, soy testigo de todas
estas acciones, sentado en la cabecera de la mesa de
oficiales.
Tras su discurso, el General pide silencio y se acerca
hasta mí para ofrecerme el horroroso cáliz.
Todos están atentos a la escena.
En mis labios se apoya el borde irregular de los huesos
y puedo adivinar entre los restos de piel dos rizos morenos
de quien en vida fuera el niño más amado de mi urbe.
La boca se me contrae en un rictus de espanto y las
lágrimas caen.
14
Ante un guiño del General, el Oficial que está a mi
derecha me golpea la mano y quedo bañado en sangre y
vino.
Las risas llenan el recinto y, como si fuera una señal,
los músicos empiezan a tocar el himno del victorioso.
Los respaldos de las sillas azotan el piso y la delicada
vajilla se quiebra mientras las tropas se ponen de pie para
aullar su gloria.
Ya he dejado de existir para ellos.
Salgo del palacio entre la indiferencia y vuelvo a mi
condena. Soy el fallido centinela que todas las noches es
vencido por el sueño y que en cada despertar ve devastado
un nuevo Reino.

















15
The last Forever

Seguir esperando después del Final...
¿Es esperanza?

M-I-A-N

La madera soportaba una vez más el ultraje.

- ... cree que los Vikings fueron los primeros
extranjeros que llegaron a América. Los accidentes
naturales de su tierra, Los Fiordos, les...

Á
El acento en la vocal fue una puñalada perfecta.

- les-s... les dieron una pericia única en la navegación.
Las penínsulas, Bahías...

El cuchillo clavado en el pupitre seguía temblando.
Toda la clase se había sobresaltado con el ruido, pero nadie
había mirado a Damián.

DAMIÁN dAMIÁN DaMiÁn D d d

Satisfecho ante su última obra, repasó una vez más las
múltiples inscripciones en la bancada, puliendo algunas de
las más viejas y retocando algunos detalles que se le
habían escapado.
Luego de un rato, se aburrió y levantó la vista para
mirar las otras marcas que había dejado en el aula: el
brazo en cabestrillo de Sarita y su rostro de malestar
16
indicaba que la diaria luxación que él le provocaba seguía
surtiendo el efecto deseado. Una línea de puntos de sutura
en la mejilla de Nico se superponía a otras cinco cicatrices.
Parches tapando cuencas vacías, vendas, yesos, algunos
asientos libres. Todos estos eran signos que en su conjunto
regocijaron a Damián.
El timbre del recreo interrumpió su momento de dicha.
No hay descanso para los perversos. Vaya que lo sabía.
La salida de los alumnos era un cuadro devastador: los
pequeños pies se arrastraban hacia la puerta y los más
enteros ayudaban a los mutilados en la búsqueda del patio.
Se agolpaban bajo el marco como ganado.
Damián esperó, paciente. Cuando vio quién era el
último, se incorporó y en dos zancadas estuvo encima del
desafortunado.
Mientras lo apretaba contra la pared, buscó al azar en
su delantal el arma de turno.
Tijera de plástico. Chico con suerte. Con apenas seis
cortes, el elemento se rompió.
La maestra y los alumnos acudieron ante los gritos y
se llevaron al herido.
Tampoco en ese momento alguien fijó su vista en el
monstruo.

(Impune)
A los 7 años, Damián empezó a sospechar que era el
dueño del perdón absoluto. Su mente infantil se abrió a la
revelación de que todas las personas hacían caso omiso de
las travesuras que llevaba a cabo.
No existían los retos de los adultos y los demás niños
sólo lloraban como respuesta a sus malas acciones.
17
Dejó de correr.
Prescindió de esconderse.
Era mucho mejor quedarse en el lugar del hecho,
mirando las consecuencias.
Los vidrios rotos y los tirones de pelo dieron paso a
nuevas formas de maldad.
Se aburrió enseguida de robar juguetes y romperlos.
Las mascotas eran mejores.
Todos los animales chillaban frente a la impotencia de
sus dueños.
Pero finalmente dio el salto.
Una tarde, mientras atormentaba un gato, decidió
ampliar el espectro de su odio e incluyó a la dueña en los
gritos y la sangre.
A partir de ahí, todo fue oscuridad.


(Invisible - Inmortal)
Nadie socorría a los martirizados mientras él estaba
trabajando en ellos. La gente miraba y sólo atinaban a
prestar auxilio cuando Damián terminaba.
El tiempo también parecía indultarlo. Los días
transcurrían en forma normal, pero su cuerpo quedó
detenido en los 9 años, la edad que no quería perder.
A pesar de las infinitas posibilidades que tenía, optó
por seguir concurriendo a la misma escuela y al mismo
grado.
Era lógico: ahí tenía el coto de caza de sus presas
favoritas.
Había algo impuro en el acto de apagar esas vidas que
no encontraba en la gente mayor.
18
Todos estos factores lo llevaron inexorablemente hacia
el Fin de los Tiempos.
Los años pasaron y llegaron los mil días de la Bestia.
La Marca Maligna se veía en todas partes, pero los
demonios que la hacían tampoco lo vieron.
Durante el período en el que La Muerte quedó atada,
tuvo que conformarse con la tortura, añorando el
asesinato.
El Día del Juicio Final, todas las almas se encaminaron
hacia el veredicto.
Damián no sentía miedo. El dueño del Perdón no podía
sentirlo ante un Dios que le había otorgado tamaño poder.
Muchos de los que integraban la larga fila eran fruto de
su impiedad y esa improvisada galería de recuerdos le
sirvió para amenizar la espera.
Cuando terminó de regodearse, se sentó cómodo y
pudo ver como 4 ángeles arrojaban al Diablo y sus
secuaces hacia el lago de fuego.
Luego de esto, las almas siguieron su marcha,
elevándose o cayendo de acuerdo al peso de sus pecados.
Después de un largo rato, Damián se puso al final de
la fila.
Caminó hacia la luz y las llamas silbando
despreocupado "Ad Astra" de Arcturus.
La penúltima persona de la Tierra desapareció en un
borbotear de azufre.
Pero cuando le llegó el turno a Damián, ambos
portales se cerraron.
Su cabeza enloquecida miraba hacia arriba y abajo sin
entender.
19
Nadie pudo observar sus saltitos ridículos y los
manotazos que lanzaba hacia las nubes.
Tampoco hubo testigos cuando más tarde se aplastó
contra el suelo y llenó su boca de tierra en un grito.
La locura y el desmayo no se hicieron presentes y tuvo
la conciencia necesaria para entender que durante toda su
vida sólo había sido ignorado.
No había perdón para él.
Tampoco castigo. Sólo la indiferencia total.
Ahora tenía la eternidad para preguntarse que habría
pasado si en vez de hacer el mal hubiera elegido hacer el
bien.
(¿El Dios terrible lo había incluido en el libre albedrío?)
El viento cesó y llegó la asfixia, una de sus nuevas y
perpetuas compañías. El sol empezó a morirse en un lento
decrecer rojo, preanunciando la ceguera.
Con pasos lentos, se encaminó hacia la escuela.
En su aula lo esperaba el rincón que tantas veces
había esquivado.

Seguir esperando después del Final. es desesperación.









20
Segundas partes

Para un escritor de terror, lograr que un idiota como yo
compre su obra no es una tarea muy difícil. Le basta y le
sobra con poner en la tapa la dosis justa de sangre y
sombras.
Si, sumado a eso, el color predominante en la
presentación es el negro, y el título promete, la compra es
un hecho.
Por culpa de esta debilidad han caído en mis manos
decenas de libros bochornosos y decepcionantes, a los que
he terminado de leer por pura inercia.
Consciente de mi problema, pero ajeno a resolverlo,
sigo desordenando bibliotecas de amigos y mesas de saldo,
en la continua búsqueda de nuevos espantos.
Hace unos seis meses atrás mientras revolvía una pila
de libros en un compra-venta de la calle Gascón, una cruz
invertida entró en mi visión periférica. Inmediatamente me
sumergí en la vorágine de tapas; hasta dar finalmente con
el objeto en cuestión.
Para mi paroxismo, la cruz conformaba la parte superior
de un altar bañado en sangre, donde una joven muy
hermosa, y muy desnuda, recibía la estocada mortal por
parte de un macho cabrío. "Otra noche en Bodycount¨ era el
título y Diego Haedo era su ignoto autor.
Como hago siempre, sin leer la contratapa, pagué el
precio y me lo llevé a mi casa, junto a un ajado "Ladrón de
días¨ de Barker, por cuyo mal estado logré una buena
rebaja.
"Otra noche...¨ tuvo un comienzo poco original y
escasamente prometedor: un clásico asesinato ritual, lleno
21
de detalles cabalísticos y con el consabido mensaje críptico
para los investigadores.
Un poco decepcionado, seguí pasando las hojas. Peor
me sentí más adelante, cuando una nota al pie de página
(Ver "Bloodbath¨ del mismo autor) me informó que había
una precuela de la obra.
Odio leer continuaciones de libros cuando no he leído la
primera parte. Es como mirar películas empezadas.
Dudé entre leer "Ladrón de días" y después tratar de
conseguir "Bloodbath¨, pero finalmente me decidí a seguir
leyendo.
En el final del mensaje a los investigadores, empecé a
intuir que ese primer libro era superior al que yo tenía en
mis manos: "Deténganme. ELLOS siguen evolucionando¨
Esa pequeña frase me hizo imaginar a una serie de
entidades poseyendo un cuerpo para sus demoníacas
intenciones. La palabra ELLOS trajo a mi cabeza la música
del "Them¨ de King Diamond y esa fue la banda de sonido
que quedó instaurada en la lectura.
A medida que desandaba el texto, las referencias que
motivaban los pies de página me hicieron construir un poco
más de "Bloodbath¨. Jhon Bonham, el investigador del
primer libro había muerto en él, pero su imagen de anti
héroe total y sus enfermizas deducciones no podían ser
superadas por los que lo relevaron.
El demonio del primer libro había matado a la hija de
Bonham. En el escrito que este último le dedicó a ella, las
primeras líneas eran una pista que los nuevos
investigadores jamás usarían: "Al poco tiempo de tu
muerte, la casa se llenó de obsesiones. Las paredes se
retorcieron en perspectivas imposibles¨ La testarudez de
22
Bonham por atrapar al Ente, me hizo vislumbrar lo que
seguramente debe haber sido una lucha impresionante, o un
potencial desdoblamiento.
El asesino era el mismo que en "Bloodbath¨, pero su
momento de furia máxima ya había pasado. La simple
mención de un empalamiento invertido realizado en la
precuela, empalideció los crímenes que ahora perpetraba.
Pasando la mitad del libro, empecé a notar que, cada
vez con más ansias, esperaba una nueva referencia, una
nueva pista sobre ese primer libro.
Mi vista recorría con desgano la trama absurdamente
predecible de "Otra noche...¨ y solamente me detenía
cuando se filtraba otro guiño del autor, que llenaba un
nuevo renglón de esa obra inicial.
Unas veinte páginas antes del final, una duda sombría
nubló mi cabeza: ¿Estos mediocres policías iban a descubrir
al temible asesino que Bonham no había podido vencer?
¿Unos simples mortales derrotarían al peor de los
demonios?
La respuesta llegó enseguida, y fue acorde a la
mediocridad imperante en todas las hojas: Haedo no se
animó a poner de manifiesto al verdadero engendro y le
endilgó las muertes a un simple empleado de limpieza de la
Estación de Policía.
Después de ese final absurdo, cerré el libro,
extrañamente, con la satisfacción que queda después de
una gran lectura.
La historia de "Bloodbath¨ se había desarrollado en mi
cabeza y me descubrí feliz de saber que el demonio había
quedado impune y Bonham había muerto siendo su mejor
rival.
23
Fue en ese instante de relax que me di cuenta del
engaño: sin necesidad de consultar en Internet o
Editoriales, tuve la absoluta certeza de que Diego Haedo
jamás había escrito "Bloodbath¨.
Esa obra no tenía una existencia concreta. Haedo
simplemente la insinuaba en una continuación apócrifa y
dejaba que sus lectores admiraran a una obra intangible.
Era muy comprensible. El gran maestro Bernini
golpeaba un trozo de mármol y lograba un ángel perfecto.
Para un escultor mediocre, la única forma de superarlo
es mostrar al público un bloque de piedra y sugerir que
dentro de éste hay un ángel más hermoso que el de Bernini.
De este modo logra convencer a gran parte de su
público; el cual, al imaginar un ángel, por una razón
egoísta, lo concibe y lo considera superior a cualquier otro.
Una idea análoga utilizó Haedo para su escrito, con un
indulto tácito: El mediocre que se considera un genio,
comete un pecado doble. En cambio, el mediocre que es
consciente de su limitación, pero que logra insinuar
genialidad desde un bloque de mármol o una simple hoja de
papel, merece toda la gloria que anda sobrando en este
mundo.








24
La llaga

La vida es una divina comedia, por eso sólo Dios la
entiende.

Desnudo.
Flagelado.

En un rincón de su mazmorra subterránea, Javier
inspeccionaba el gran corte en su antebrazo izquierdo. Con
el dedo índice recorrió la carne, encontró las astillas de
hueso que lo molestaban y empezó a quitarlas
metódicamente.
Tiempo atrás, se hubiera desmayado de sólo pensar en
esta tarea, pero ahora lo hacía con una actitud casi
indiferente. En estas últimas semanas, revisar sus heridas
se había convertido en un triste hábito.
En esa labor se encontraba hasta que un sonido a pasos
en la parte superior del pozo lo hizo contraer un poco más el
ovillo de su cuerpo.
Los dos hombres sinónimos del dolor aparecieron ante
su vista. El más alto de ellos hizo un movimiento y una
sombra empezó a caer en su dirección, hasta terminar
depositándose en el piso de metal.
Era la túnica escarlata. ¡Todo había terminado!
Abrazó la ropa que significaba el fin del rito iniciático
como si esa áspera tela fuera el satén más fino.
Ya vestido y liberado fue conducido por sus
torturadores frente a los siete Ancianos.
Sus guías lo dejaron solo en la habitación.
25
Después de un rato de incomodo silencio, el mayor de
los Ancianos se incorporó trabajosamente y le habló, con
una voz grandilocuente:

- Javier, ya eres uno de nosotros. La Comunidad de
Karlan te da la bienvenida.

El resto de los Ancianos inclinó un poco la cabeza como
respaldando las palabras del líder.
Javier reprimió, a duras penas, el deseo de arrodillarse
y agradecer, y sólo imitó el moderado gesto de los demás.

- Ya has ganado el derecho y el deber de adorar a
Karlan por el resto de tu vida. - Continuó el Líder - Ahora
sólo te resta conocer el gran secreto; el que te va a
convertir en un verdadero Karlanita.

El iniciado, tragó saliva y esperó. Su locutor extendió
dolorosamente la espera, hasta que la revelación salió
finalmente de sus labios. Con una voz carente de toda
afectación, le dijo:

- Karlan no existe.

Javier sintió un mazazo en las sienes y las heridas le
empezaron a latir. Todas las preguntas que le nacieron
fueron cortadas en seco por el Anciano.

- Si alguna vez intentas hablar de este secreto con
alguien, morirás. Al igual que en el caso de querer desertar
26
de nuestra Secta. Somos un culto tan absurdo como
peligroso.

Javier entendió, pero entendió demasiado rápido:
Los sublimes ritos iniciáticos habían sido puro sadismo.
El ayuno, hambre inútil.
Los sacrificios, simples homicidios de poca monta en
nombre de una divinidad inexistente.

Ahora ya ha pasado el tiempo.
El decepcionado Karlanita todas las noches, durante dos
horas, hace los obligatorios rituales para su inexistente
Señor, sintiéndose, simultáneamente, paranoico e idiota.
Pero algo extraño le sucede: cuando termina y se
acuesta, siempre tiene que apoyarse sobre su costado
izquierdo para poder dormir. Hay una pequeña llaga en su
omóplato derecho que lo tortura. Él no sabe que es un
anticipado centímetro de su piel, que ya arde en el Infierno.

La vida es una divina comedia... por eso sólo Dios le
encuentra la gracia.









27
Eli, eli, lama sabactani

- Cáncer de alma. - Me arrojó el Dr. Futhod desde su
cómodo sillón. - Irrecuperable. - Añadió, sin necesidad.
El diagnóstico me conmovió, pero no me sorprendió.
Era lo que esperaba. Sólo el recordar las salidas
nocturnas con la banda de David traía a mi mente la imagen
inquietante de una araña caminando sobre la panza de un
bebé.
Como si no hubiera escuchado su última palabra, le
pregunté con una desesperación mal disimulada:

- ¿Alguna esperanza?
- Sólo un milagro. Respondió.
- ¿Cuál, cual? Le grité, dejando de lado mi remedo de
calma.
- Que Dios no exista.

Esa noche, antes de dormir, intenté borrarme la señal
de la cruz.










28
Carta a Marcela

Marcela:
El desierto existe.
Tal cual lo soñé esa noche en Mar del Plata.
Sé que estoy acrecentando tu certeza acerca de mi
locura con esta carta, pero tengo un fundamento
irrefutable: leí en un tratado de metafísica (ciencia a la que
sé que mirás de reojo) que hay una cantidad de mundos
infinita, lo que me llevó a pensar que, entonces, cualquier
combinación de mundo es posible.
Siendo así, en alguna parte hay un mundo en el que mi
desierto crece y se puebla de personajes a medida que
imagino todo.
Yo creo, de creer.
Entonces creo, de crear.
Solamente te escribo para contarte esto, mis buenos
augurios hacia tu persona vendrán después. Estoy ocupado.

Santiago.

P.D.: Apenas terminé de escribir, me di cuenta de una
cosa: si todo mundo es posible, también hay un mundo en
el que esta teoría es falsa y, conociendo mi suerte, lo más
probable es que sea éste en el que estamos.
Derrotado una vez más, me retiro. Ni siquiera tengo el
valor de imitar a aquel hombre que no quiso mentir un
último desierto.


29
Derrumbe

Estimado lector: Sé que esta historia va a causar en
usted esa gracia que sólo provoca la vergüenza ajena. No se
sienta culpable por ello. Incluso yo, mientras esbozo estas
líneas, no puedo reprimir una sonrisa al evocar estos
absurdos recuerdos.
En otras épocas hubiera querido llevar este escrito por
los carriles del terror, pero ya he prescindido de esa idea.
Además, la sucesión de situaciones incómodas que voy
a relatar estaría mejor enmarcada en el drama
costumbrista.
Todo comenzó con la primera cena que compartí con
mis suegros. Mi novia, Verónica, al igual que las otras chicas
con las que había salido, se sentía un poco avergonzada de
mi condición de escritor y estaba nerviosa con el tema de
esa reunión.
Era comprensible. ¿Cómo decirles a los padres que mi
única entrada de dinero eran los $400 que recibía por
publicar artículos y conseguir publicidad para una revista de
videoclub?
A pesar de ese cuadro desesperanzador, cualquiera que
me hubiera visto en aquellos tiempos habría presenciado a
un ser fatuo, enamorado del sonido de su propia voz. Dos o
tres comentarios elogiosos y la inclusión de algunos de mis
cuentos en antologías sospechosas me habían hecho creer
que era el nuevo rey del terror, la esperanza del género. El
baño de humildad que recibí esa noche fue devastador.
Mi suegro, Reinaldo Materazzi, era un Prefecto Mayor
retirado. En la guerra de Malvinas había servido como
Subprefecto y mi novia me había advertido hasta el
30
hartazgo que no mencionara dicha guerra, salvo que
Materazzi hiciera expresa referencia a ella. Su esposa,
Valentina, era el estereotipo de la mujer de un militar:
sumisa, callada y siempre esperando nerviosa la orden de
su marido.
El aplomo que mostré desde el momento en el que
llegue a la casa de mis suegros nos dejó satisfechos a todos.
El apretón de manos que le di al Prefecto fue firme, pero sin
exagerar. La mano de Valentina, en su turno, me dio la
impresión de estar reteniendo un pájaro asustado, asi que
fue un contacto muy fugaz.
Mis ahorros de esa semana se me habían ido en la
botella de López tinto cosecha 97 que llevaba bajo mi brazo
izquierdo. Fue un detalle que no había comentado con
Verónica y no solo fue sinceramente bien recibido por
Materazzi, sino que también me sirvió para solucionar el
dilema de cómo saludar a mi novia: en vez de un beso que
nos habría hecho sentir mal a todos o un apretón de manos
totalmente demodé, sólo usé un "buenas noches¨,
acompañado de una sonrisa, y deposité la botella en sus
manos.
Salvado el primer obstáculo, el Mayor me invitó a pasar
al living, mientras que las mujeres se dirigieron a la cocina.
Lejos del interrogatorio que imaginé, cuando nos
quedamos solos, Materazzi y yo comenzamos una
conversación muy animada sobre temas triviales. Sólo
tuvimos una mínima desavenencia en nuestros gustos
futbolísticos, pero no fue significativa. Es más, cuando llegó
el primer plato, el Mayor y yo estábamos muy entretenidos
criticando a Bucay, un excelente enemigo en común con
muchos flancos débiles que servían para nuestro solaz.
31
Interrumpimos nuestra charla y nos sentamos a la
mesa.
Después de una corta oración del patriarca, empezamos
a comer.
Disfruté en silencio del primer plato, una sopa de finas
hierbas, y percibí satisfecho como la familia Materazzi se
turnaba para observarme con miradas de aprobación ante
mis cuidados modales. Incluso pude disfrutar de una fugaz
sonrisa de Verónica, en la que adiviné sus largos, estrechos,
blanquísimos dientes.
En el ínterin en el que mi novia retiraba los platos,
Valentina me hizo su primera pregunta en la noche:

- Nos ha contado Verónica que muy pronto saldrá a la venta
su primer libro, Santiago. ¿Acerca de qué exactamente
escribe usted?

Sin tan siquiera un rictus, dije la respuesta que todos
conocían:

- Terror, Señora. Modestamente, se me dan muy bien las
historias de miedo.

La confianza que exudaba era increíble. Después de
esas palabras, hice una estudiada pausa para explayarme a
gusto sobre mis logros en el área, pero Valentina me cortó
en seco con una revelación inesperada:

- ¿Verónica le ha contado que mi marido también
escribe historias de terror?

32
Parpadeé un segundo y con mi discurso desbaratado,
dije que no sabía nada acerca de eso y que era una grata
sorpresa.
El Mayor Materazzi hizo unos gestos como quitándole
importancia a la cosa, pero se notaba que era algo muy
relevante para él.
En ese momento llegó Verónica con la fuente del plato
principal y, como si todo hubiera estado perfectamente
ensayado, se metió en la conversación:

- Tendrías que mostrarle tu cuento a Santiago, Papá.
¿Querés que suba a buscarlo?

- No. Por favor. ¿Para que molestar al pobre muchacho
con mis tristes esbozos?

Ante tan melodramática actuación, decidí cortar todo en
seco con una respuesta acorde al ambiente cursi imperante:

- Discúlpeme, Señor Materazzi, pero si no me muestra
ese cuento me sentiré terriblemente ofendido.

El mohín que hizo el viejo militar ante mis palabras fue
realmente un show aparte. Con la sonrisa de un colegial,
prometió mostrarme su obra apenas termináramos la cena.
Agregó que no me garantizaba la calidad de la misma, pero
que su extensión era muy exigua.
Comí el plato principal, una jugosa carne al horno con
papas chilenas, y el postre, Tiramisú, con la preocupación
de cómo sobrellevar este factor inesperado en mi visita.
33
¿Cuál debería ser mi reacción ante el dichoso cuento? Si
era bueno, con un elogio bastaría. Ahora, si como yo
esperaba, la obra fuera algo desastroso, tendría que
reprimir mi ego crítico. Lo cual era algo muy difícil en esa
época de mi vida.
Una vez finalizada la comida, nos dirigimos a la sala de
estar. Valentina sirvió café para todos y Verónica subió las
escaleras.
La atmósfera parecía la de un juicio y yo no me sentía
muy bien en mi rol de fiscal.
Verónica llegó con una carpeta marrón, sin inscripciones
y la depositó en mis manos con cuidado.
En el interior encontré 12 hojas A4 escritas con letra
Arial 12. El cuento se llamaba "Derrumbe¨. No era un título
muy prometedor, pero los primeros renglones me dejaron
sin aliento: "Durante todo un día de otoño, triste, oscuro,
silencioso.." .
Me metí en la historia, ajeno a los rostros expectantes
que me rodeaban.
Era increíble, mesmérica. Leí las doce hojas de corrido y
llegué al final con la terrible seguridad de estar frente al
cuento perfecto. Terminé de leer y mi mente empezó a
repasar todos los relatos que integraban mi obra: "La llaga¨,
"Nocturno¨, "El juego¨, todos eran descubiertos en su
naturaleza mediocre y decadente.

(Santiago)
(Santiago)
12 hojas, unas 6000 palabras habían bastado para
demostrarme que yo no estaba ni cerca de lograr algo así.

34
- ¡¡Santiago!! ¿Te gustó o no?

Miré a mi novia sorprendido. Me había olvidado por
completo de dónde estaba. Busqué con mi apaleada vista a
Materazzi y creo que balbuceé algo así como "Señor, esto es
sublime¨. Cerré la carpeta y se la entregué.

- Bueno, Repetto. - Dijo, tomándola. - Usted es la
primera persona que lee esto. Tanto mi mujer como
Verónica siempre me han dicho que este tipo de historias no
les gusta.

Ahí comprendí que la adversión de mi novia hacia el
horror en todas sus formas era hereditaria.

- La verdad es que si llegaran alguna vez a leer esto no
dormirían nunca más. - Agregué y todos sonreímos, aunque
debo admitir que mi gesto fue muy forzado.

No mucho después, llegó la hora de la despedida. Los
padres de Verónica me saludaron en el hall de entrada, con
la aprobación implícita que significaba el hecho de que se
me permitiera ser acompañado hasta la calle por mi novia.
Me quedé en la vereda con ella, esperando mi taxi.

- ¿Mi amor, la pasaste bien? - Me preguntó mientras
me abrazaba.
- Muy bien, Vero. Tus Padres son unas personas
buenísimas. Me sentí más que cómodo.

35
- Gracias. Vos estuviste encantador, como siempre. -
Dijo y me besó. - Pero...

- ¿Pero qué? - Inquirí.

- Nada, nada. Por un momento me pareció que el
cuento de Papá te había puesto mal.

(¿Mal? ¿Por qué? ¿Porque ahora toda mi obra parece un
balde de mierda?)

- Para nada, mi amor. Simplemente me sorprendió lo
bien que escribe tu Papá.

- ¿En serio?

- En serio.

- Bueno, entonces me quedo tranquila.

Se sintió un bocinazo a mis espaldas.

- Llegó tu taxi, vida.

Me despedí y subí al vehículo.
Una vez en mi casa, seguí dándole vueltas al asunto.
¿Qué nuevo curso tomaría mi vida después de la terrible
revelación de esa noche? Al día siguiente tenía que llevar en
un disquete toda mi obra a la editorial, pero ya no le veía
sentido.
36
Ya llevaba unas cuantas horas pensando en eso cuando
de pronto sentí que golpeaban mi puerta.
La noche bizarra continuaba.
Por la mirilla pude observar la imagen más inesperada:
el Prefecto Mayor Materazzi se tambaleaba, evidentemente
borracho, frente a mi domicilio.
Abrí inmediatamente y tras farfullar un "Permiso¨,
Materazzi ingresó casi cayéndose. Llevaba en sus manos la
maldita carpeta marrón.
Tres horas más tarde, yo seguía conmocionado por todo
lo que había pasado. Apenas tomó asiento, Materazzi me
refirió la verdadera historia de "Derrumbe¨
No era suya. El Coronel Wilson, piloto de un helicóptero
inglés que aterrizó en Malvinas por un problema mecánico
había quedado bajo la custodia de su compañía.
Como Materazzi era el único que hablaba inglés
fluidamente, y ya que en todas las guerras los pilotos tienen
un trato preferencial, se fue formando una relación digna de
dos oficiales instruidos.
En los tiempos libres, Materazzi y William, tal era su
nombre de pila, hablaban horas acerca de miles de temas
ajenos a la guerra.
Un día antes de la rendición argentina, Materazzi
encontró a Wilson escribiendo en su celda improvisada.
Respetuosamente esperó a que terminara, pensando
que se trataba de una carta privada, pero se sorprendió
cuando el inglés le acercó las hojas y le preguntó que le
parecía lo que había escrito.
Entre lágrimas e hipos, Materazzi me confesó que la
muerte de Wilson no había tenido nada que ver con la
tristeza de la derrota. Todo el odio del mayor, que se
37
plasmó en 8 disparos hacía el inglés, había nacido en la
envidia ante la increíble narración.
Se le abrió un sumario administrativo al entonces
Subprefecto pero en aquellos tiempos sombríos todo quedó
olvidado y no tuvo problemas con los ascensos.
Después de contarme esto, el Mayor se recostó en mi
sofá y se quedó completamente dormido.
Sus dedos todavía seguían aferrados a la carpeta.
En ese momento descubrí cómo nacen la mayoría de los
crímenes.
Sin pensarlo, pero también sin dudarlo, apoyé un
almohadón sobre el rostro de mi suegro.
Me sentí como el filatelista que quemó uno de los dos
ejemplares de la estampilla más rara del mundo sólo para
ser dueño del único ejemplar.
Las manos del mayor se levantaron un poco, pero
enseguida cayeron.
Tomé la carpeta de entre sus dedos y la dejé sobre la
mesa.
Pensé enseguida en enterrar a mi suegro en el patio
trasero, pero me pareció mejor usar el sótano. Nadie
conocía su existencia y la alfombra tapaba la entrada.
Apenas terminé de esconder el cadáver, me aboqué a la
tarea de transcribir "Derrumbe¨ en mi PC y agregarla a los
cuentos que en pocas horas entregaría.
Cuando llegué a la editorial, le entregué el disquete a
Daniel, el diagramador. Con un guiño, le dije que leyera con
atención el último cuento de la serie.
De vuelta en mi casa, levanté los mensajes del
contestador automático. Todos eran de Verónica
informándome de la desaparición de su padre.
38
La llamé para calmarla y le dije que en media hora
estaría en su casa.
Me estaba vistiendo para salir, cuando sonó el teléfono.
Atendí pensando que era mi novia, pero me sorprendió
la voz de Daniel:

- ¿Santiago? Daniel de la editorial. Te llamo porque
estaba haciendo el diagrama de tu libro y cuando llegué al
último cuento "Derrumbe¨ me di cuenta de una cosa: Mirá,
si es un chiste, todo bien, pero igual tengo que avisarte que
"La caída de la Casa Usher¨ es un cuento muy famoso de
Poe. No puede salir publicado con tu nombre.

El auricular cayó de mis manos. Mi cuerpo empezó a
llenarse de un sudor frío.

¿Poe?
¿Había matado a mi suegro por un cuento de Edgar
Allan Poe?
En la secundaria había estudiado "El escarabajo de
oro¨, y ese era mi único acercamiento a él hasta ese día.
Empecé a reírme y a gritar. El demonio de la
perversidad me hizo aullar mi crimen hasta que alguien,
quizás un vecino, llamó a la policía.
Cuando arribó la ley tuvieron que tirar la puerta abajo
porque yo seguía con convulsiones en el piso al momento de
su llegada.
Me sentaron a la fuerza en una silla y se quedaron
mirándome extrañados. Harto de su cinismo les espeté:
Basta ya de fingir, malvados! ¡Confieso que lo maté!
¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡
39

Ahora escribo esto tras los barrotes de mi cárcel.
Es lo primero que me atrevo a escribir en mucho
tiempo.
En esta prisión estoy pagando las dos grandes deudas
que tengo: por un lado, purgo la condena que me impuso la
sociedad por matar a uno de sus integrantes, y por otro
lado, utilizo todo mi tiempo libre para leer a Lord Dusany,
Machen, Lovecraft y otros, como forma de enmendar el peor
de mis errores: haber creído que se podía transitar la senda
del Terror ignorando a los grandes maestros.


¨y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de
mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido
estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la
Casa Usher.¨













40
Secuencia HENTAI

Grito.
Súplica.
Gemidos.
Gemidos.
Gemidos/Súplica.
Gemidos.
Gemidos/Llanto.
Gemido.
Grito.
Éxtasis/Llanto/Ruego.
No es tan difícil.


(Asuka - Habitación)

Por más que lo intenta, Sebastián no puede terminar de
entender a Asuka Langley.
En ningún momento ha dejado de alimentarla con los
que sabe son sus platos preferidos.
La cama Queen Size donde ella reposa tiene las
sábanas negras de seda que tanto alabó en el OVA 15.
El MP3 llena constantemente la habitación con melodías
de Keitaro.
Hasta las cuerdas con las que la ata en los ensayos, y
cuando él se ausenta, son las más suaves que se pueden
conseguir en todo el mercado del Bondage.
Lo único que tiene que hacer Asuka a cambio de todos
estos cuidados, es aprender correctamente la secuencia.
41
Sólo tiene que posar sus inmensos ojos de chica ánime
en las 6 fotocopias del Dojinshi que él ha pegado en la
pared.
En la vida PRE-Sebastián, Asuka era una estudiante
universitaria, así que resulta poco creíble que no pueda
memorizar tan pocas escenas.
Los ensayos hasta el momento han sido un fracaso,
pero Sebastián espera.
El cuerpo loli-con de Asuka es perfecto y merece la
paciencia.

(Asuka- Baño)

Su pene brilla de gel íntimo.
Las manos son unas máquinas perfectas que trabajan
en forma intachablemente coordinada.
La izquierda va pasando con intervalos exactos las
páginas de "EvagenSex ¨.
La labor de la derecha es más prodigiosa; mientras sus
dedos índice y pulgar forman un aro que estimula el glande,
los otros tres van apretando en cortos lapsos el tronco.
La misión de ambas es la misma: su dueño tiene que
acabar con la vista posada en la imagen exacta.
Si hubiera un testigo de todo este accionar, su posterior
declaración dejaría asentado que Sebastián estaba movido
por un frenesí sin control, pero su concepto sería erróneo:
todo lo que hace Sebastián conlleva un método.
Un método que no admite errores.



42
(Asuka - Habitación)

Una noche lamentable.
Hasta el momento, todos los ensayos habían sido un
fracaso, pero el de hoy fue algo.
El Grito estuvo bien, muy bien, para ser justos. Parecía
realmente aterrorizada cuando lo vio entrar a la pieza.
La Súplica cuando empezó a atarla fue correcta (hubo
un "¡No!¨ de más, pero nada que él no pudiera perdonar).
Pero todo se terminó de arruinar con los Gemidos en el
momento de la penetración.
Ni con la mejor de las voluntades se los podía dejar de
identificar como sollozos.
El llanto sacudía el cuerpo de Asuka. Un llanto perfecto,
convincente, pero fuera de secuencia.
Como bonus track de la decepción, ella empezó a
intercalar entre su llanto, pedidos de auxilio a Dios y a sus
padres.
(¿Cuál de ellos más lejano?)
La erección de Sebastián empezó a remitir, hasta que
finalmente se salió de Asuka completamente fláccido.
Las venas latían en su frente, y tuvo que gritarle a la
mujer atada:

- ¡¡Tenés que gemir!! ¡¡No puede ser tan complicado
decir Ahhh o uhhhh!!

El llanto de Asuka se detuvo. El miedo de verlo tan
fuera de sí la paralizó, condenándola. El silencio no estaba
en la secuencia. Todas las viñetas tenían letras.
La frágil tregua entre la locura y la sensatez se quebró.
43
Los golpes arreciaron sobre Asuka. Una sola palabra,
cualquiera, la hubiera salvado, pero únicamente podía mirar
a Sebastián con unos ojos cada vez más parecidos a los del
Manga. El brillo empezó a remitir en esa mirada, hasta que
finalmente se apagó.
La sangre que salía de la boca de Asuka no sorprendió a
Sebastián. No sintió ni asco, ni placer. Sólo fue otro
elemento de la desilusión general. No era del color exacto.
Ella había fallado en todos los conceptos.

(Asuka - Baño)

La derecha empezó a sentir el latido que anunciaba el
orgasmo y aceleró sus movimientos. La izquierda se preparó
para dar vuelta la hoja en el momento exacto. Sus ojos se
cerraron por un instante para poder abrirlos luego sobre la
imagen perfecta, irrepetible, de Asuka pidiendo que la
maten de placer.
Todo el show estaba listo, pero hubo un factor que
escapó al control de Sebastián: la ajetreada revista decidió
que ya era hora de dar las hurras, y cuando la mano
izquierda dio vuelta la hoja, ésta se desgarró, rompiendo el
grito de Asuka. En ese momento, Sebastián abrió los ojos y
se encontró con su bochornosa verdad 2D.
El orgasmo, esa fracción de segundo que justificaba sus
días, no fue liberador. Sólo un temblor de placer, unas
miserables cosquillas en la punta del glande; sensaciones
muy distintas de ese oleaje que lo hacía vibrar.
Sin el placer, llegó la revelación: sólo era un hombre de
30 años, desnudo, sentado en el inodoro, con una revista
rota.
44
Asuka estaba destrozada en todos los mundos. Y en
todos ellos el culpable era él.
Las lágrimas empezaron a caer y quiso tomarse el
rostro con ambas manos, pero la izquierda seguía aferrada a
la revista, pesada como un mundo de pulpa.
La derecha, devota a su amo hasta el final, acudió
presta en su auxilio, pero solo sirvió para unirse a su cara
con una telaraña de semen.
Grito.
Llanto.
Llanto.
Llanto.
Llanto.
Llanto.
¿Llanto?
¿Risa?
...













45
Locura y muerte

Las sillas están dadas vuelta sobre el resto de las
mesas.
El piso se está secando en grietas, excepto en las seis
baldosas que ocupo.
Soy el último cliente del bar, y estoy bañado con el odio
del personal.
En otras épocas, alguno de ellos se hubiera acercado
para invitarme gentilmente a que me retire... y yo le habría
hecho caso. Pero ahora, en cambio, su instinto primario no
los engaña: Huelen mi cambio, mi evolución y están
alejados.
La única estrategia que se han atrevido a usar para
echarme es muy débil: Han apagado la música. No saben
que en mi cabeza resuenan sonidos mucho más
interesantes.
Disfruto en silencio la borra fría del café y recuerdo
todas las noches que he pasado en esta misma mesa
analizando finales. Finales de partidas de ajedrez, finales de
amores, libros, películas. Miles de horas perdidas.
Lo que sucede es que yo nunca me he resignado a un
final que no me gusta.
Siempre he sido el último que se retira en el cine.
Siempre me he quedado mirando las páginas en blanco
de los libros que no me gustaron, con la inútil esperanza de
ver mi idea plasmada ahí.
Las jugadas correctas, las respuestas que ya no podría
insertar en conversaciones pasadas, me torturaban.
Incontables las noches que me desperté gritando el
insulto perfecto.
46
En los últimos tiempos, empecé a confundir todo. Me
veía a mí mismo hablando con los actores en la pantalla. Mi
rival en el tablero era el personaje de un libro de Barker. Mis
parejas escribían los epílogos sin compartir la autoría.

Era la locura o la muerte. y yo elegí enloquecer.

Ahora camino entre oscuridades que no son sombras.

Ya no leo.
No juego.
No miro.
Sólo escribo.
Ante el alivio de los empleados, finalmente pago y me
voy.
Meto las manos en los bolsillos y empiezo a caminar
hasta mi casa.
Ella está ahí, esperándome.
Sus manos ya deben estar insensibles. Su boca se
habrá resignado al trapo sucio que sofoca los gritos. Me
imagino cómo su mirada intenta esquivar la vista de los
elementos que hay en la mesa. También sé que sus ojos
vuelven una y otra vez a posarse sobre ellos, como la
lengua que busca la carie a cada rato.
Éste es mi primer capítulo, y mis pasos tiemblan de
euforia, pero camino lento.
Disfruto como un amante experto estos minutos en los
que todavía no soy asesino.


47
Charlando un rato

- ¿Qué querés que te diga, Jorge? No sé si hice bien o
mal.
- Mirá, Rubén, vos sabés que sos mi mejor amigo. No te
voy a juzgar. Lo que importa es cómo te sentís vos ahora.
- Y. yo estoy bien. La verdad es que me gustó, je.
- ¿Hacía rato que no te mandabas una de las tuyas, no?
- Uhhh, ¡¡ya casi no me acordaba cómo se hacía!!
- Jajaaa. ¡Qué hijo de puta!
- Es que en serio, Jorge, uno va olvidando todas las
sensaciones que vivió de pendejo. Te vas como oxidando,
¿viste?
- Te entiendo, negro.
- Y te juro que no lo hice porque estoy mal con la Luisa.
Nada que ver. Si estamos re bien.
- Aparte tu mujer es una mina bárbara. Te bancó todas
las cagadas que te mandaste de guacho.
- Sí. Tiene un aguante.
- Bueno, che, contame cómo fue todo.
- El sábado me escapé. Le dije a la jabru que me iba al
club a jugar a las cartas y a mirar el partido de Racing. Me
puse la campera negra.
- ¿La de cuero?
- Sí. La que me regaló el gordo Villar.
- Me acuerdo. La que tiene la cruz de Motorhead en el
bolsillo.
- ¡Exacto! ¡Qué memoria que tenés! Bah, siempre
fuiste así.
- Bueno, dale. Seguí.
48
- Bueno. Empecé a caminar por la costanera. No
andaba nadie. Hacía un frío bastante cojudo. Dos o tres
parejitas se estaban matando en los autos, pero por la calle
no se veía un alma. Entonces subí por Rivadavia como para
volver más tarde. Justo que estoy subiendo, la veo. Venía
caminando, solita, con los brazos cruzados en el pecho por
el ofri.
- ¿Cómo era?
- Linda. Morochita. Veintialgo.
- ¿Y?
- Justo venía por mi vereda. Me hice el boludo,
carpeteé que no viniera nadie y cuando se me cruzó la
manoteé de un brazo y la aplasté contra la pared de la
facultad. No pataleó. Se quedó quietita mientras la
estrangulaba.
- ¿La dejaste ahí?
- No. La tiré al lado del alambrado de la cancha de
rugby.
- Ni te gastaste en cortarla un poco.
- No, no daba. Aparte estaba medio cagado. La falta de
práctica, ¿viste?
- Y, sí. ¿Qué hiciste después?
- Me fui tranquilito para casa. Por el camino le
pregunté a unos pibes como había salido la academia por si
la Luisa me preguntaba. Lo que estuvo bueno fue que la
minita tenía una cadenita de oro. Fina, delicada. Se ve que
la familia o el novio son gente de guita.
- ¿Se la afanaste?
- Pasa que me viene bien para la nena. Ahora en
febrero cumple los quince.
- ¡¡15 años cumple Lourdes!!
49
- Sí, boludo. ¿Cuántos querés que cumpla? Si es del
97.
- ¡¡Pero qué viejos nos estamos poniendo, loco!!
- Y. vos no te das cuenta, pero el tiempo pasa.
- Ajá.
- Dame un pucho, che.
- Tomá.
- No, dejá. Te queda uno solo.
- Agarrá, agarrá. Yo ahora voy y compro.





















50
Siempre

Alejandro amaba a Daniela.
No es un comienzo muy original para una historia, lo
sé, pero tarde o temprano todas las historias terminan
transformándose en un relato de Amor, así que.
Como corresponde para que esta obra tenga más de 20
líneas, dicho amor no era correspondido por Daniela.
Para seguir en este marco de falta de originalidad,
Alejandro utilizó el método más común para revertir esa
situación.
¿Enviarle flores con un poema? No, idiota: Hacer un
pacto con el Diablo.
En eso se encuentra nuestro personaje en este
momento. Está parado sobre el pentáculo y tiene en sus
labios las últimas palabras de la invocación. Veamos qué
pasa.

Toc, toc. Se escucharon los golpes en la puerta. (Nadie
usa el timbre en los cuentos.)

Alejandro se acercó, aterrorizado.

- ¿Q-Qui.? ¿Quién es? - Preguntó.

- Es muy irónico que una persona que está esperando al
Diablo tenga miedo de que un ladrón irrumpa en su casa.
¿No te parece? - Fue la respuesta.

Ante un razonamiento tan lógico, Alejandro se apresuró
a abrir la puerta y dejó entrar a su visitante. Intentó
51
balbucear un "buenas noches¨, pero se sintió ridículo y
prefirió quedar como un mal educado.
El Diablo tomó asiento en la mesa, luego de hacer una
mirada crítica al pentáculo.

- Te escucho, Alejandro.

Alejandro respiró hondo. Estaba por entregar su alma a
cambio del Amor de Daniela. ¿Estaba seguro? Sí, lo estaba.

- Quiero que Daniela me ame para siempre.

- Bueno. Concedido. - Dicho esto, el Diablo se paró y se
encaminó a la puerta.

- ¿Pero.? ¿Pero.? Tartamudeó Alejandro, que se había
aferrado a la mesa y cuyos nudillos estaban blancos.

- ¿Qué pasa? - Preguntó el Diablo - Ah, cierto. - Se
apresuró a agregar. - ¿No puede ser tan fácil, no? Ay, ay,
Hollywood está aniquilando la humanidad. A ver. -
Alejandro miró sorprendido cómo el Diablo rebuscaba en los
bolsillos de su jean hasta encontrar un petardo doble
mecha. - ¿Tenés encendedor? - Alejandro abrió su paquete
de cigarros y le convidó fuego. al Diablo.

- Bueno. ¿Listo? ¡¡¡¡TU DESEO, SIMPLE MORTAL, HA
SIDO CONCEDIDO!!! - Dicho esto, el Diablo arrojó el
petardo en un rincón lejano y se tapó los oídos.

52
Después de la modesta explosión, el Diablo saludó con
una inclinación de cabeza y se fue. Alejandro tuvo el
impulso de espiarlo en su partida y se asomó a la ventana.
Desde ahí pudo verlo a Satanás, parado en la esquina
de enfrente, esperando el colectivo.
A pesar de que en ese momento no había líneas
disponibles, un 41 pasó por ahí y lo recogió. El ángel caído
se paró detrás del chofer y se fueron, hablando entre risas.

Cap. II

¿Qué tenía que sentir?
Terminaba de hacer un pacto con el Diablo y nada
parecía fuera de lo normal. ¿Habría pasado todo eso
realmente?
La grotesca escena de hacía unos minutos atrás se le
aparecía cada vez más imposible.
En esas modestas cavilaciones se encontraba cuando
sintió un golpe en la puerta ("Nota mental. Comprar pilas
para el timbre¨ Agendó).
Daniela vivía a unas 40 cuadras de su casa. Según sus
cálculos, ella había recorrido ese camino en 10 minutos. Su
cuerpo estaba transpirado por completo en el momento que
Alejandro le abrió la puerta.
Sin mediar palabras, se arrojó sobre él y se fundieron
en un beso telenovelesco.
Alejandro trató de arrastrarse hasta la cama, pero
terminaron haciendo el amor en el suelo.
Esa primera noche fue algo.bastante bueno.
Ella se durmió en sus brazos y él pudo por fin verla
tranquilo. Completamente suya, para siempre.
53
Al día siguiente, Alejandro despertó con el olor del
desayuno.
Daniela estaba radiante. Le acercó la bandeja a la cama
y se quedó mirándolo en silencio mientras comía. Cuando
Alejandro levantaba la cabeza para mirarla ella le decía "Te
amo, te adoro.¨ Ninguna otra palabra salía de su boca.
Las manos de ella empezaron a acariciarlo sobre las
sábanas apenas vio que él había terminado de comer.
Alejandro se dejó acariciar, pero antes que ella se
acomodara sobre él se excusó para ir al baño. Ella lo abrazó
y lo acompañó hasta ahí.
"Te extraño. No tardes¨ Le susurró antes de que él
cerrara la puerta.
Alejandro se miró en el espejo después de orinar.
En la puerta se sentía la respiración agitada de Daniela.
¿Lo estaría espiando?
Incómodo se apartó del posible campo visual de la
rendija.
¿Cuál era el problema? Tenía a la mujer de su vida
completamente entregada, esperándolo allá afuera para
hacer el amor.
("La letra chica¨). ¿Por qué desconfiar? Quizás Satanás
tenía razón: Hollywood está aniquilando la Humanidad.
Más tranquilo, abrió la puerta y se preparó para recibir
las atenciones de su chica.

Cap. III

Insoportable.
No había otra palabra.
54
Todo el día encima de él. Te amo, te necesito. Bla bla
bla
Era un perrito que lo seguía a todos lados. Al principio
en el trabajo sus compañeros lo felicitaban cuando la veían
esperándolo, pero ahora ya miraban esa obsesión de
soslayo y se ahorraban el comentario.
Daniela estaba ciega. Sólo existía para él.
Después de considerarlo y reconsiderarlo, decidió
engañarla.
Su alma ya estaba condenada, por lo menos viviría el
resto de su existencia en una forma más intensa que
haciendo el amor con un terrón de azúcar mojado.
No fue fácil. Nunca había tenido suerte con las mujeres,
pero encima ahora la tenía encima a ella todo el tiempo.
La solución fue cruel. Llamó a una prostituta y la citó a
su casa. La cara de Daniela cuando abrió la puerta y vio a
una flaca mal teñida fue uno de los gestos más dolorosos
que la humanidad ha podido reflejar.
La prosti preguntó si ella también participaría, ya que si
era así, la tarifa era distinta.

- Ella sólo va a mirar. - Fue la impía respuesta de
Alejandro.

Y así fue. Él le ordenó que se sentara a los pies de la
cama y que mirara bien.
Entre risas, Alejandro y la flaca se desvistieron y le
tiraron la ropa encima a Daniela. Ella sólo pudo llorar
cuando vio que realmente estaba sucediendo: su amado, su
dios estaba teniendo sexo con otra.
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Cada vez que en el medio del éxtasis, Alejandro la
miraba, ella sorbía un poco su llanto y formaba con sus
labios temblorosos un "Te extraño¨.
No fue la última vez. La escena se repitió en muchas
oportunidades. Llegó a acostarse con dos mujeres a la vez
sólo para ver cómo aumentaba la desazón de Daniela.
Pero siempre, siempre, al otro día ella le alcanzaba a la
cama el desayuno y lo besaba y le decía que lo amaba
y lo acariciaba
y lo idolatraba
y.
Y tenía que matarla.
Era el paso siguiente y obligatorio.


Cap. IV

- Sentate.

Daniela obedeció. Como siempre.
Alejandro temblaba de excitación.
Al principio consideró la idea de atarla, pero sabía que
ella no se iba a mover.
Cuando levantó el cuchillo, ella sólo se permitió una
sonrisa nerviosa, como la de un perro asustado ante su
amo.
No había pensado cómo hacerlo. En su cabeza había
llegado hasta el momento de tenerla enfrente, pero después
todo se tornaba borroso.
Gritó su impotencia y clavó el cuchillo en la rodilla
izquierda de Daniela.
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El alarido de ella, la sangre mojando su mano, el
calambre ante la resistencia del hueso, todo había estado
dentro de su plan; pero no contaba con la caricia que estaba
recibiendo en su rostro enajenado.
La miró y vio que ella ni siquiera miraba su herida. Sus
ojos eran sólo para él. Con la boca torcida del dolor
insoportable, Daniela balbuceó un "Te amo". Y siguió
acariciando al hombre que la estaba matando.
Alejandro tomó esa mano y la apoyó en la mesa. Dos
golpes del pesado cuchillo en la muñeca hicieron que se
desprenda de su dueña.
Entre gemidos y respiraciones entrecortadas, Daniela
siguió gritando su amor toda la noche.
Cuando las primeras luces de la madrugada llegaron a
la habitación, Alejandro descubrió que en algún momento de
la matanza se había desmayado.
Estaba tirado en el suelo, rodeado por la sangre y los
restos de Daniela. Y cuando digo rodeado, quiero decir que
esos restos lo estaban abrazando, cuidándolo en su sueño.
Él había pedido que ella lo amara para siempre y eso
equivalía a pedir que los dos fueran inmortales.
Comprendió todo esto cuando vio que la mano de ella lo
acariciaba como hacía todas las mañanas.

Cap. V

El fuego. El fuego era el castigo que lo esperaba
supuestamente, así que bien podía ser la solución. Había un
poco de justicia poética en el hecho.
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Iba a empezar a juntar todos los restos de ella en una
bolsa cuando se dio cuenta que no era necesario: lo
seguirían adonde fuera.
Caminó hasta el baño sin mirar el bizarro desfile que lo
precedía.
El ruido a sus espaldas era asqueroso: La sangre
coagulaba y se desprendía del suelo en cada "paso¨. Las
puntas astilladas de los huesos parecían uñas contra un
pizarrón.
Cuando llegó frente a la bañera empezó a poner todo
ahí.
Dos botellas de alcohol y todas las revistas que
encontró no fueron suficientes para incinerarla por
completo, pero algunas partes se empezaron a deshacer.
Cerró la puerta y fue a comprar nafta. Algunos vecinos
curiosos lo consultaron por ese olor dulzón que salía de su
casa, pero evadió el interrogatorio afirmando que se trataba
de una comida fallida, nada más.
Volvió con el combustible y siguió con la tarea de
hacerla desaparecer.
Unas cuantas horas después el resultado era aceptable.
Después del fuego, había usado también unas cuantas
botellas de ácido para colaborar con el método.
Daniela no existía más.
Agotado, embotada su mente por los efluvios del baño,
se desnudó, se pasó una toalla por el cuerpo, y se acostó.
Despertó al poco rato. Su piel se sentía molesta.
Se dio cuenta que hasta que no se bañara bien no iba a
poder dormir.
Obviamente, no se dirigió al baño. Fue a la pileta de la
cocina y empezó a arrojarse agua con un vaso. Ni consideró
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la idea de ir a buscar el Shampoo y usó el detergente como
sucedáneo.
Refregaba su cuerpo desesperado. Parecía no poder
terminar más.
No notó, hasta unos cuantos minutos después, que la
ceniza que se le desprendía volvía a trepar por su
piel.amándolo.

Para siempre me parece mucho tiempo.
(Héroes del silencio)




















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Epílogo

El reloj de carne se detuvo.
Las sombras abarcaron el mundo.
Reclamándolo.
Asfixiándolo.
Detrás del espejo, otro reflejo, multiplicando lo
monstruoso. Unos ojos ciegos intuyeron mi presencia...y
temí.
El brazo mutilado acarició mi rostro...y me entregué al
goce de lo prohibido.
Recorrí el sendero, bajo el calor de un sol ceniciento.
Vislumbré las formas y comulgué con lo profano temiendo
su sentencia.
Me invadió el vértigo. La omnipresencia de lo extraño
me acercó al borde.
Los dedos cálidos jugueteaban sobre mi pecho. Abrí los
ojos. La pesadilla había pasado.
En su lado de la cama, mi mujer me sonreía.
Yo estaba a salvo.
Los números enloquecidos formaron el anagrama sobre
su mundo esférico.
Dentro de la esfera carnosa, los demonios abrieron sus
ojos muertos.
La Revelación había comenzado. El tiempo de los dioses
estaba claudicando.

Sebastián García. Escritor Argentino.
Mi Amigo, Maestro y Mentor.

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Agradecimientos:
En este caso en particular tengo que agradecer a la gente
que ha confiado en mí sin conocerme.
A los que ya me conocen, gracias por seguir engañados.
Párrafo aparte para el Señor GUSTAVO LUCERO,
responsable de haber transformado mis pobres líneas en
unas historietas majestuosas, demostrando a las claras que
una imagen vale más que mil palabras. (Pueden disfrutar su
obra en http://www.facebook.com/Chiquiteenes)
A mis amigos, por soportarme en mi forma tan particular de
ser.
A mis hermanos de FM Genoma (www.fmgenoma.com.ar):
Sergio Leonardo Unrein, Javier Galeano e Ismael Pino
Cominguez por darme este refugio, esta casa, esta vida.
A mi novia, Bárbara, por soportarme todavía más tiempo
que mis amigos.
Y a mi hija, Constanza, por decirme que escribo feo y que
tengo que dedicarme a las princesas. Ya tengo una princesa
en la realidad, y sos vos, mi pequeña infinidad.

Santiago Repetto
santiagorepetto@gmail.com








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