Colinas como elefantes blancos

Ernest Hemingway Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid. -¿Qué tomamos? -preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa. -Hace calor -dijo el hombre. -Tomemos cerveza. -Dos cervezas -dijo el hombre hacia la cortina. -¿Grandes? -preguntó una mujer desde el umbral. -Sí. Dos grandes. La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco. -Parecen elefantes blancos -dijo. -Nunca he visto uno -el hombre bebió su cerveza. -No, claro que no. -Nada de claro -dijo el hombre-. Bien podría haberlo visto. La muchacha miró la cortina de cuentas. -Tiene algo pintado -dijo-. ¿Qué dice? -Anís del Toro. Es una bebida. -¿Podríamos probarla? -Oiga -llamó el hombre a través de la cortina. La mujer salió del bar. 1

-Cuatro reales. -Queremos dos de Anís del Toro. -¿Con agua? -¿Lo quieres con agua? -No sé -dijo la muchacha-. ¿Sabe bien con agua? -No sabe mal. -¿Los quieren con agua? -preguntó la mujer. -Sí, con agua. -Sabe a orozuz -dijo la muchacha y dejó el vaso. -Así pasa con todo. -Sí -dijo la muchacha-. Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo. -Oh, basta ya. -Tú empezaste -dijo la muchacha-. Yo me divertía. Pasaba un buen rato. -Bien, tratemos de pasar un buen rato. -De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente? -Fue ocurrente. -Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas? -Supongo. La muchacha contempló las colinas. -Son preciosas colinas -dijo-. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel entre los árboles. -¿Tomamos otro trago? -De acuerdo.

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El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas. -La cerveza está buena y fresca -dijo el hombre. -Es preciosa -dijo la muchacha. -En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación. La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa. -Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire. La muchacha no dijo nada. -Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural. -¿Y qué haremos después? -Estaremos bien después. Igual que como estábamos. -¿Qué te hace pensarlo? -Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices. La muchacha miró la cortina de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas. -Y piensas que estaremos bien y seremos felices. -Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho. -Yo también -dijo la muchacha-. Y después todos fueron tan felices. -Bueno -dijo el hombre-, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo. -¿Y tú de veras quieres? -Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres. -Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás? -Te quiero. Tú sabes que te quiero.

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-Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos? -Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo. -Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte? -No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo. -Entonces lo haré. Porque yo no me importo. -¿Qué quieres decir? -Yo no me importo. -Bueno, pues a mí sí me importas. -Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico. -No quiero que lo hagas si te sientes así. La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles. -Y podríamos tener todo esto -dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible. -¿Qué dijiste? -Dije que podríamos tenerlo todo. -Podemos tenerlo todo. -No, no podemos. -Podemos tener todo el mundo. -No, no podemos. -Podemos ir adondequiera. -No, no podemos. Ya no es nuestro. -Es nuestro.

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-¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca? Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. pero en verdad lo sé. Nada más sé cosas. no me importa en absoluto.-No. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche. -Tienes que darte cuenta -dijo. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.¿No podríamos callarnos un poco? Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa. ya no. -Voy a gritar -dijo la muchacha. -Ya veremos tarde o temprano. ¿Tomamos otra cerveza? -Bueno. -Pero no nos los han quitado. No quiero que nadie se interponga. -Vuelve a la sombra -dijo él-. -No quiero que hagas nada que no quieras hacer… -Ni que no sea por mi bien -dijo ella-. -¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera. Pero no quiero a nadie más que a ti. No debes sentirte así. Y sé que es perfectamente sencillo. -Claro que significa. nunca lo recobras. Ya sé. -No me siento de ningún modo -dijo la muchacha-. Pero tienes que darte cuenta… -Me doy cuenta -dijo la muchacha.. La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro. -Pero no quiero que lo hagas -dijo-. 5 . -Sí. -Está bien que digas eso.que no quiero que lo hagas si tú no quieres. -¿Querrías hacer algo por mi? -Yo haría cualquier cosa por ti. sabes que es perfectamente sencillo. Y una vez que te lo quitan.

-¿Qué dijo? -preguntó la muchacha. Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó. -De acuerdo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. FIN 6 . Miró a la distancia pero no vio el tren. Ven luego a que terminemos la cerveza. -¿Te sientes mejor? -preguntó él. Me siento muy bien. rodeando la estación. Salió atravesando la cortina de cuentas. hasta las otras vías. Ella le sonrió. De regresó cruzó por el bar. donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Todos esperaban razonablemente el tren. La muchacha estaba sentada y le sonrió. -Iré llevando las maletas al otro lado de la estación -dijo el hombre. -Me siento muy bien -dijo ella-. No me pasa nada.-El tren llega en cinco minutos -dijo. -Que el tren llega en cinco minutos. La muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.Los asesinos Ernest Hemingway La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador. hígado y tocineta. ¿Qué tienes para comer? -Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-. a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. jamón con huevos. -Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero. no sé. Al? -Qué sé yo -respondió Al-. Los dos hombres leían el menú. -Esa es la cena. -Todavía no está listo. Puede pedirse a partir de las seis. -Bah. ¿Tú qué tienes ganas de comer. los observaba. o un bisté. -No sé -dijo uno de ellos-. George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador. Afuera estaba oscureciendo. -El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre. Las luces de la calle entraban por la ventana. -A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas. -Son las cinco. quien había estado conversando con George cuando ellos entraron. tocineta con huevos. -¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena? 7 . -¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta? -Esa es la cena -le explicó George-. -Adelanta veinte minutos. Desde el otro extremo del mostrador. Nick Adams.

Aunque de cara no se parecían. -¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George. -Otro chico vivo -dijo Al-. cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas enumeró George.. -Dame tocineta con huevos -dijo el otro. -Sólo lo que nombré. Su cara era blanca y pequeña. -Así que eres un chico vivo. ¿No es vivo. -Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Vienen acá y cenan de lo lindo. -Dije si tienes algo para tomar. Llevaba una bufanda de seda y guantes. -Así es -dijo George.. Max? 8 . -Cenan -dijo su amigo-.-Puedo ofrecerles jamón con huevos. -Seguro. con los codos sobre el mostrador. Era más o menos de la misma talla que Al. -¿Hay algo para tomar? -preguntó Al. ¿No es cierto. vestían como gemelos. sus labios angostos. Al? -Se quedó mudo -dijo Al. -Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. hígado. Estaban sentados. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas? -Adams. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. -¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo. -Es un pueblo caluroso este. ¿no? -Seguro -respondió George. ¿no? -dijo el otro. -Gaseosa de jengibre. -No -le contestó éste. tocineta con huevos. inclinados hacia adelante. -¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.¿Cómo se llama? -Summit.

Esa sí que está buena. piensa -dijo Al. chico vivo -llamó Max a Nick-. -Todo un chico vivo -dijo Max. Me estabas mirando a mí. -¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al. George puso las dos bandejas. -Cómo que nada. Max -intervino Al. No tienes nada de qué reírte. -En una de esas lo hacía en broma. -¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max. -¿Por? -preguntó Nick. -Nada. Piensa que está bien. -¿Qué se proponen? -preguntó George. -¿Qué miras? -dijo Max mirando a George. -¿No te acuerdas? -Jamón con huevos. sobre el mostrador. Nick pasó para el otro lado del mostrador. chico vivo -dijo Al. una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos. Se acercó y tomó el jamón con huevos.-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max. George se rió. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina. -Tú no te rías -lo cortó Max-. 9 . -Ey. -Mejor pasa del otro lado. -Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. -Ah. George los observaba. Siguieron comiendo. ¿entiendes? -Está bien -dijo George. anda con tu amigo del otro lado del mostrador. -Porque sí. Ambos comían con los guantes puestos.

-¿El negro? ¿Cómo el negro? -El negro que cocina. ven un minutito. Vuelve a la cocina. No lo miraba a George sino al espejo que había 10 . -¿Qué se proponen? -Dile que venga. ¿Parecemos tontos acaso? -Por lo que dices. -Dile que venga. -¿Qué le van a hacer? -Nada. ¿Qué le haríamos a un negro? George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam. Tú también. La puerta se cerró detrás de ellos. con el delantal puesto. -Muy bien.-Nada que te importe -respondió Al-. negro -dijo Al-. miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí. -¿Dónde se creen que están? -Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. señor -dijo. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador. El negro Sam. Al bajó de su taburete. -Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha. chico vivo. El negro abrió la puerta de la cocina y salió. chico vivo. negro. ¿Quién está en la cocina? -El negro. dile al negro que venga acá. -¿Qué pasa? -preguntó. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. el cocinero. Piensa un poco. El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam. Quédate ahí.

chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. Max miraba todo el tiempo al espejo. ¿no? -Si viene. Antes de ser un restaurante. -Ya sabemos. -Está bien. -¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina. -Ey. ¿no? -A veces. Max. puedo oírte -dijo Al desde la cocina. ¿Por qué no dices algo? -¿De qué se trata todo esto? -Ey. Al. aléjate de la barra. que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. -¿De qué crees que se trata? -No sé. córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal. Vamos a matar a un sueco. -Viene a comer todas las noches. Tú. el lugar había sido una taberna. Al -gritó Max-. Escúchame. chico vivo -le dijo a George desde la cocina-. Hablemos de otra cosa. -Dime. -Bueno. -Yo te voy a contar -siguió Max-.tras el mostrador. -No lo diría. ¿Vas al cine? 11 . chico vivo -dijo Max-. -A las seis en punto. -¿Qué piensas? Mientras hablaba. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson? -Sí. acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa. ¿Qué piensas que va a pasar? George no respondió. chico vivo -dijo Max-.

La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías. Para alguien tan vivo como tú. 12 . chico vivo. Es un favor. -Hola. George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. -Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina. -¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo? -Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. -Bueno. -Cállate -dijo Al desde la cocina-. ¿Entiendes. chico vivo? -Sí -dijo George-. -Lo hacemos para un amigo. está bueno ir al cine. Jamás nos vio. George miró el reloj. -¿Tengo que suponer que estuviste en un convento? -Uno nunca sabe. ¿Me sirves la cena? -Sam salió -dijo George-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento. -Si viene alguien.-De vez en cuando. -¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George. -Tendrías que ir más seguido. chico vivo? -Hablas demasiado -dijo Al-. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento. Hablas demasiado. George -saludó-. George miró el reloj. Ahí estuviste tú. le dices que cocinas tú. tengo que divertir al chico vivo. Si después de eso se queda. El negro y mi chico vivo se divierten solos. dile que el cocinero salió. -En un convento judío. Volverá en alrededor de una hora y media. Eran las seis y veinte. ¿Qué nos harán después? -Depende -respondió Max-. -Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. ¿no.

no es eso. -Vamos.-Estuviste bien. A las siete menos cinco George habló: -Ya no viene. Me gusta el chico vivo. Mejor nos vamos de acá. George preparó el pedido. Ya no viene. Max miró el espejo y el reloj. Al -dijo Max-. 13 . como había pedido el cliente. con su sombrero hongo hacia atrás. y luego siete y cinco. Las agujas marcaban las siete en punto. -Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina. -¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre. sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. chico vivo. -No -dijo Max-. Cocina y hace de todo. y George le explicó que el cocinero estaba enfermo. no va a venir. -El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. -Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina. En la cocina vio a Al. El cliente pagó y salió. Eres un verdadero caballero. -¿Sí? -dijo George. Harías de alguna chica una linda esposa. Al -insistió Max. -¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro? -No va a haber problemas con ellos. Lo que pasa es que es simpático. -Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.Su amigo. Ole Andreson. Otras dos personas habían entrado al restaurante. -Vamos. chico vivo -le dijo Max-. -¿Estás seguro? -Sí. ya no tenemos nada que hacer acá. lo puso en una bolsa y lo entregó.¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó. lo envolvió en papel manteca. En ese lapso entró un hombre. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar".

¿no? -Igual hablas demasiado -insistió Al. -Si no quieres no vayas -dijo George.-No me gusta nada -dijo Al-. tú hablas demasiado. a través de la ventana. 14 .. Es imprudente. -No me gusta -dijo el cocinero-. el cocinero-. El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares. -Adiós. qué te pasa -replicó Max-. la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura. los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. chico vivo. -Sí -respondió George-. Nunca antes había tenido una toalla en la boca. -Está bien. a él. -Uh.. -¿Ya se fueron? -preguntó. -¿A Ole Andreson? -Sí. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.? -dijo pretendiendo seguridad. deberías apostar en las carreras. Tenemos que entretenernos de alguna manera. Éste salió de la cocina. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer. bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas. George. -No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. -Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Los dos hombres se retiraron. chico vivo -le dijo a George-. -Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam. Nick se incorporó. No quiero que vuelva a pasarme. -¿Qué carajo. -Escucha -George se dirigió a Nick-. La verdad es que tuviste suerte. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson. ya se fueron. -Cierto -agregó Max-. No me gusta para nada. No te conviene meterte. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades.

15 . Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. sí está. las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. No miró a Nick. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. señor Andreson -respondió la mujer. Afuera. -Voy para allá.-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. ¿Dónde vive? El cocinero se alejó. Mantente al margen. -Pasa. Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada. y dijeron que iban a matarlo. Ella llamó a la puerta. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. -Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-. -Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo. cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero. -Soy Nick Adams. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. -Voy a ir a verlo -dijo Nick-. -¿Está Ole Andreson? -¿Quieres verlo? -Sí. Una mujer apareció en la entrada. -¿Quién es? -Alguien que viene a verlo. -Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick. Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. -¿Qué pasa? -preguntó. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta.

Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. -No. -¿No hay nada que yo pueda hacer? -No.-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Me quedé todo el día acá. -Le voy a decir cómo eran. No hay nada que hacer. Estoy harto de escapar. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme. No sería buena idea. 16 . -Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick. Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra. Seguía mirando a la pared. Nick miró al grandote que yacía en la cama. -No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. -Lo que pasa -dijo hablándole a la pared. -George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase. Ole Andreson volteó hacia la pared. -¿No podría escapar de la ciudad? -No -dijo Ole Andreson-. Dentro de un rato me voy a decidir a salir. No hay nada que hacer. -¿No quiere que vaya a la policía? -No -dijo Ole Andreson-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. -No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente. Lo decían en serio. -¿No tiene ninguna manera de solucionarlo? -No. -Tal vez no lo dijeron en serio. -No es nada.es que no me decido a salir. -Ya no hay nada que hacer.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina. Nick se retiró. buenas noches. tirado en la cama y mirando a la pared. -Sí. Está en su cuarto y no va a salir. ya sabía. El cocinero. debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este". -¿Viste a Ole? -Sí -respondió Nick-. -No quiere salir. al oír la voz de Nick. -Buenas noches -dijo la mujer. Yo le dije: "Señor Andreson. -Bueno.-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido. -Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. señora Hirsch -saludó Nick. -Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina. abrió la puerta desde la cocina. Estaban junto a la puerta principal-. ¿sabías? -Sí. Gracias por venir. señora Bell -dijo Nick. -Lo van a matar. -¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George. -¿Qué va a hacer? -Nada. George estaba adentro. y luego por la calle hasta el restaurante. detrás del mostrador. Le conté pero él ya sabe de qué se trata. -Bueno. Es tan amable. -Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. buenas noches. No debe sentirse bien. 17 . Yo soy la señora Bell. Yo me encargo del lugar. -Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador. Ella es la dueña. pero no tenía ganas.

-Sí -dijo George-. Por eso los matan. -Es terrible. -Supongo -dijo Nick. Es realmente horrible. -Bueno -dijo George-. -No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Mejor deja de pensar en eso. -Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick. -Horrible -dijo Nick. Se quedaron callados.-Supongo que sí. -Habrá traicionado a alguien. -Debe haberse metido en algún lío en Chicago. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador. -Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick. FIN 18 . Es lo mejor que puedes hacer.

en especial con las últimas horas de uno de ellos. tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Hacia el oeste se amontonaban las nubes.El nadador John Cheever Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado. y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. pero tenía una clara tendencia a la originalidad. procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro. de juventud. y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca. No había nada de opresivo en la vida de Neddy. de vida deportiva y de buen tiempo. Se trataba de un descubrimiento.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia. tenía una mano dentro del agua. había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. —Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy. —Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. la línea de piscinas. —Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor. la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza. como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento. la impresión era. y. Le pareció ver. aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera. tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. decididamente. con mentalidad de cartógrafo. cuya agua. y le pondría el nombre de Lucinda. de una contribución a la geografía moderna. y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. El sol calentaba. Doce kilómetros hacia el sur. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí. y sostenía con la otra una copa: ginebra. y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud. y la intensidad de su propio placer. estaba su casa. Hackensack. Lisboa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas. Podría habérselo comparado con un día de verano. aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos. el calor del sol. donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy. sentado en el borde de la piscina. Había estado nadando y ahora respiraba hondo. en Bullet Park. Neddy Merrill. se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía. Bebí ¡demasiado clarete. así como en los campos de golf y en las pistas de tenis. El día era realmente maravilloso. 19 . en honor a su esposa.

de manera casi subconsciente. necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. pero no llegó a saber de quién se trataba. suponía la vuelta a un estado normal de cosas. como cualquier explorador. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático. no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda. la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. y sin dejar de contar. los Howland. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas 20 . Primero estaban los Graham. Neddy pudo escabullirse. el un-dos. y comenzó a cruzar el césped. y en la par-te del mundo donde habitaba Neddy. los Sachs. respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta. La dueña de la casa. Déjame que te prepare algo de beber. Neddy se sentía en plena forma. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina. unos minutos más tarde. los Lear. Nadó a crol pero de forma poco organizada. explorador. Sólo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales. lo hacía sentirse un hombre con un destino. vio a alguien que pasaba nadando. respondió que iría nadando hasta casa. —¡Hola. y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto. y los Crosscup.Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. ¡qué agradable sorpresa! Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino. un-dos. pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Neddy! —dijo la señora Graham—. El día era estupendo. No era un estilo muy apropiado para largas distancias. y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador. debido a la naturaleza de su proyecto. pero eso era suficiente. para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol. Luego venían los Halloran. los Biswanger. del movimiento de los pies. el crol era lo habitual. y a continuación los Hammer. más que un placer. y atravesó el césped corriendo. pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham. Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham. anduvo bajo algunos manzanos en flor. pero eso no resultaba posible. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham. al levantar la vista de las rosas. los Gilmartin y los Clyde. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente. Shirley Adams. Cuando Lucinda le preguntó que adonde iba. Neddy comprendió entonces que.

Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica. una ternura que era casi como una sensación física. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Después de atravesar la piscina a nado. creí que iba a morirme. y había nadado aproximadamente la mitad 21 . una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas. y Ned se quedó allí un instante. y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. La piscina de los Bunker estaba en alto. pero ésa era la única sensación desagradable. donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. —¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir. pero no había signos de vida. cerca de un cenador adornado con linternas japonesas. mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker. los obsequió con una cordial sonrisa. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena. había una mesa con vasos. Al dejar la casa de los Howland. con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro. pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson. le llegaba el alboroto de una fiesta. se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. flotando sobre una balsa de goma. ya a aquella distancia. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina. La grava le hacía daño en los pies. El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas. y cuando terminaron de besarse. al llegar junto a la casa. Ned se sirvió ginebra en un vaso. botellas y platos con cacahuetes. ni siquiera un perro que ladrara. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y. Era la cuarta o la quinta copa. almendras y avellanas. Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección. temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza. Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo. Enid lo llevó hacia el bar. Oyó un trueno a lo lejos. desde donde. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Los Howland y los Crosscup habían salido.abiertas de la sala de estar. motivada por algo tangible. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas. Sobre sus cabezas. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua. Cuando parecía que iba a verse rodeado. y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres.

La avioneta roja seguía dando vueltas. de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión. en ese momento. satisfecho de encontrarse solo. satisfecho con el mundo en general. Estaba oscureciendo de pronto. ¿o hacía sólo un año? Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido. acompañada de un olor como de pólvora. el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. Como estaban aún a mitad de verano. y un escalofrío le recorrió el cuerpo. y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes. y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde. en ese momento. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley. pero nadie vaciaba la piscina. Las sillas. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano. limpio. dejando sus animales al cuidado de otras personas. preciso y bien informado.del curso del río Lucinda. y. de la proximidad de la tormenta. como si alguien hubiera abierto una espita. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. un camarero con el esmoquinoculto bajo un impermeable. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva. ¿Las cuatro. oyó otra vez el retumbar de un trueno. Se sentía cansado. notando la hierba húmeda contra los pies descalzos. Después. Hizo unos movimientos gimnásticos. y mientras descansaba allí un momento. y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. donde se encontró con que la piscina estaba vacía. las cinco? Se imaginó la estación local. y lo mismo sucedía con todas las ventanas 22 . en dirección a la casa de los Welcher. pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos. era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio. pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. amontonadas y cubiertas con lonas. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción. pero no sabía exactamente qué. las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas. cerrados. La lluvia había enfriado el aire. apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Siguió adelante. un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Los vestuarios. donde. Los Welcher se habían ido definitivamente. Iba a haber una tormenta. Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo.

ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista. simplemente. trapos sucios y parches para neumáticos desechados—. Junto al asfalto. la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa 23 . No había firmado nada. o una persona a quien se le ha estropeado el coche. Los ocupantes de los automóviles se reían de él. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. En una hora aproximadamente. aquella broma. ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy. se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido. con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías. pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. un chiflado. ni el placer de aspirar los componentes de aquel día. donde había una tira de césped. no se había apostado nada. pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luzdel verano. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria. regresar a casa de los Westerhazy. clavado en un árbol. aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás. ¡Aquel día. ¿Por qué. expuesto al ridículo. ni siquiera consigo mismo. donde Lucinda estaría aún sentada al sol. La peculiar resonancia de las voces cerca del agua. y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza. y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. o. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir. Aquél era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común.de la casa. disipando todas sus aprensiones. aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura. Aquello lo animó. precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje. no había prometido nada. Podría haberse vuelto atrás. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido. lo tomaban a broma. que figuraba en sus mapas. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata. en la cuneta de la autopista 424. y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Desde allí sólo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster. Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto. Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso. casi desnudo. que disponía de varios frontones y de una piscina pública. más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende». esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. resultaba penoso. descubrió que no estaba preparado psicológicamente.

No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Sendos monitores. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Eran reformadores llenos de celo. los dos monitores le estaban gritando: —¡A ver. En realidad. Su piscina era quizá la más antigua del condado. hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran.» Ned se duchó. alimentado por un arroyo. y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente. se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos. y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Los Halloran eran amigos suyos. Apestaba a cloro y le recordó a unfregadero. leía el Times. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas. ese que no lleva placa de identificación. se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. por razones que nunca le habían sido explicadas. pero no comunistas. La señora Halloran. Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios. pero recordó que era un explorador. y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina. pero incluso así lo empujaron. sin embargo. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles. no hacía falta ninguna explicación. como sucedía a veces. más agrios y más penetrantes. no utilizaban trajes de baño. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina. Los Halloran. pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo. 24 . un rectángulo construido con piedras cogidas del campo. pero aquí los sonidos resultaban más fuertes. y. una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena. y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas. un peregrino.de los Bunker. lo salpicaron y le dieron codazos. que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Carecía de filtro o de bomba. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse — echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga. desde sus respectivas torres. y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente. saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. que salga del agua! Ned lo hizo así. y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceaduras y del cloro. ése. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones. parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. cuando alguien los acusaba de subversivos.

Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas. He entrado un momento a saludar a tus padres. de las dificultades de sus hijas. —Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran. Tenía frío. Erich Sachs. y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre. oyó decir a la señora Halloran: —Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas. ¿Has almorzado en casa de mi madre? —No exactamente —dijo Ned—. donde vio tres 25 . En cuanto a las chicas. Siento mucho presentarme así de sorpresa. fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa. —Sí —suspiró la señora Halloran—. y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. que yo sepa. su única hija. y Ned la interrumpió precipitadamente: —Gracias por el baño. —¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando. —Vaya. no les ha pasado nada. Necesitaba un estimulante. y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen. le levantaría el ánimo. pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años. Ned encontró a los Sachs en su piscina. ¿Estaba perdiendo la memoria. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros. El whisky lo calentaría. —¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas… —No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. —¡Neddy! —exclamó Helen—. Le estaba un poco grande. no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran. y para su marido. Neddy. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. —Bueno. Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran. lo sostendría hasta el final de su viaje. —Me encantaría hacerlo —dijo Helen—. Claro… Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal. Mientras salía a pulso del agua. renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año? Necesitaba un trago. que era bastante pequeña. Al otro lado del seto.—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned. o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. estaba cansado.

no tenía ni la más remota posibilidad. de manera que Ned no se echó atrás. y desde el otro lado de la carretera. pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. ¡Escucha! Helen alzó la cabeza. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles. que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. sino de la forma más hostil imaginable. como él había esperado. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico. al corredor de fincas y al dentista. al reflejarse en el agua. y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que. ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—. —En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—. notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable. sin continuidad en la sucesión natural de los seres. con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. de los bosques. Se los oye desde aquí. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy. de las voces cerca del agua. Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. se sentirían felices de darle de beber.cicatrices antiguas. Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social. —Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. despedía un brillo invernal. al veterinario. y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y. pero no con gesto afectuoso. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. sin unión con el pasado. de los campos. Ned se dirigió hacia el bar. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos. ¿tengo derecho a tomar una copa? 26 . Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. desde el otro lado de los jardines. Cuando Grace Biswanger lo vio. aquéllos eran los días más largos del año. No había nadie nadando en la piscina. más blancas que el resto de la piel. y os llamaremos cualquier día de éstos. Ned oyó de nuevo el ruido. El ombligo había desaparecido. Ellos nunca aceptaban. cruzó la piscina de un extremo a otro—. —Bueno. lleno de resonancias. dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas. avanzó hacia él. se encontrara con un vientre sin ombligo. voy a darme un remojón —dijo. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento. —Vaya. incluso personas que se cuelan. y el crepúsculo. casi a punto de ahogarse. sin embargo. al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos.

no les quedó más que su sueldo. no despertó en él ninguna emoción profunda. y eso lo colocaba en una situación privilegiada. y tan intenso como el olor a gasolina. hizo un largo y se marchó. Ned se zambulló en la piscina. —Estoy nadando a través del condado. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted. Shirley estaba allí. pero de forma descortés. y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. Dios no lo quisiera. porque la persona amada. pensó. Shirley Adams. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales.—Haga lo que guste —dijo ella—. Pero había sido él quien había decidido acabar. o el mes último. descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza. pero su figura. pero no quiero. la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. con sus cabellos color de bronce. pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina. —¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta? —¿Se puede saber qué te pasa? —Si has venido buscando dinero —dijo ella—. era como si la piscina fuese suya. El amor —los violentos juegos sexuales. En cierta forma. no voy a darte ni un centavo. —Bueno. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas. la antepenúltima. y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares… Siempre hablando de dinero. o el año anterior. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda: —Se arruinaron de la noche a la mañana. el remedio contra todos los males. vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. La siguiente piscina de la lista. Ned se tiró al agua e hizo un largo. Pareció turbada al verlo. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. El barman se lo sirvió. No seacordaba. me marcho en seguida. Habían tenido una aventura la semana pasada. No estoy sola. y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba. decididamente otoñal. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. iluminada por la luz eléctrica. a echarse a llorar de nuevo? —¿Qué quieres? —le preguntó ella. al borde del agua de color azul intenso. Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. —Puedes darme algo de beber. para ser más exactos— era el supremo elixir. pertenecía a su antigua amante. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. No había sido más que una aventurilla. —Puedo. Levantó la vista y comprobó que habían 27 . especialmente si se trata de un amor ilícito. aquél era el lugar ideal para curarla. aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Al mirar por encima del hombro.

Necesitaba una copa. Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto. se tambaleó a causa del cansancio y. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. como solían hacer los domingos. había pasado demasiado tiempo bajo el agua. necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca. Ahora colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas. Encorvado. se fue a la piscina de los Gilmartin. y tenía irritadas la nariz y la garganta. 28 .salido las estrellas. pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. había nadado a través del condado. pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. después. por primera vez en su vida. FIN. y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo. una vez en la piscina. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera ode la estúpida de la doncella. Ned torció por el sendero de grava de su propia casa. Había cumplido su deseo. al mirar a través de las ventanas. y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado. con tanto frío. Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar. sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. pero no costaría arreglarla por la mañana. Gritó. Allí. pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda. Todo estaba a oscuras. intentó forzarla golpeándola con el hombro. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave. tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. tan cansado y tan desconcertado. Camino de casa de los Clyde. no se tiró. golpeó la puerta. Había nadado demasiado. se dio cuenta de que la casa estaba vacía. agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo. para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro. pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de orín.

Era un sábado por la mañana y había poco tránsito—. Yo compré el pasaje de Richard. llámame Raymond Carver Los dos habíamos estado involucrados con otras personas esa primavera. Hay muy buena pesca por allá. Había hablado con un granjero que aceptó tomar a Richard para que juntara heno y arreglara alambrados. Para no mencionar el hecho de que volverás con los bolsillos llenos de dinero. No te preocupes. Y trata de pescar. se lo di y me senté a su lado en uno de los bancos de la terminal. —No. Nuestro hijo. Y por eso te enviamos con la abuela. No queremos divorciarnos. Considéralo unasvacaciones de nosotros. donde podría trabajar y ahorrar algo de dinero para la universidad. pasaría el verano en casa de la madre de Nancy. Un trabajo duro. Sólo que hemos tenido nuestra cuota de problemas. a solas. pero Richard estaba conforme. —¿Aún amas a mamá? Ella dice que te sigue queriendo. Quiero aprender. —Nunca hice esquí acuático. —Por supuesto que la amo. Ella estaba al tanto de la situación en casa y ya estaba buscándole un empleo por la temporada. Su madre ya lo había despedido llorando y le había dado una larga carta que él debía entregar a la abuela en cuanto llegara. Ninguno de los dos quiere llegar a eso.Si me necesitas. Haz un poco de eso también. Queremos estar solos y tratar de solucionar las cosas. Cuando anunciaron su ómnibus lo abracé y volví a decirle: —No te preocupes. Lo llevé a la terminal el día después de su graduación y me senté con él hasta que anunciaron su ómnibus. y necesitamos un poco de tiempo juntos. Richard. En el viaje hasta allá habíamos hablado un poco de la situación. en Pasco. Deberías saberlo a esta altura. Disfruta el verano y trabaja y ahorra un poco de dinero. —¿Van a divorciarse? —había preguntado él. por eso no queremos ver a nadie durante el verano. si podemos evitarlo —le contesté. Prefirió quedarse terminando las valijas y esperando a la pareja que alquilaría nuestra casa. Hazlo por mí. Washington. —Y esquí acuático. Por eso nos vamos. ¿Dónde está tu pasaje? 29 . pero cuando llegó junio y terminaron las clases decidimos poner en alquiler nuestra casa en Palo Alto y trasladarnos a la costa más al norte de California.

Cómo me gustaría. mientras recorría inmobiliarias y revisaba los clasificados. es aburrido y cursi. Fui con Susan. Envidio la vida que tendrá a tu lado. El hombre con el que estaba viéndose era colega mío. Al volver a casa. y los dejé en la cocina para dedicarme a cargar nuestro equipaje en el coche. nuestras valijas y cajas estaban junto a la puerta. Yo me limité a acariciarle el pelo. los dos solos. en el motel. la mujer con la que estaba saliendo. y alquilado entonces la casa amueblada. dijo él y me dio la espalda para que no viera sus lágrimas. volví a abrazarlo y le di un beso en la mejilla. en cambio. nos consumió las energías y la concentración al punto de excluir todo lo demás hasta que. siempre dicen que es la esposa quien tiene los privilegios y el poder real. Nancy estaba en la cocina tomando café con los inquilinos. una joven pareja de estudiantes de posgrado de matemática. Los dos nos habíamos comprometido a no llamar. Había hecho los quinientos kilómetros desde Palo Alto hasta Eureka tres semanas antes. La luz del sol avanzaba sobre la mesa a medida que pasaban los minutos. hasta los utensilios de cocina. poco después de que ella descubriera mi infidelidad. Más tarde. así que no necesitábamos llevar más que lo esencial. ni escribir. pero nunca me lo creí ni me importó. Él y Nancy habían iniciado su romance en una fiesta. Ella me vio firmar el cheque por los tres meses de alquiler. Hicimos los arreglos para Richard. que bebía demasiado y a quien a veces le temblaban un poco las manos durante sus clases. Nancy era alta. Me siento tan gastada‖. Ojalá fuera yo la que va a estar contigo en esa casa todo el verano. Suena aburrido y cursi. si es que había algo. me dijo: ―Envidio a tu esposa. Cuando hablan de la otra mujer. a tratar de reparar lo que hubiera para reparar. encontramos los 30 . papá. de pelo y ojos castaños. ni intentar el menor contacto con nuestros amantes. de piernas largas y espíritu generoso. comenzamos a hacer planes para alquilar la casa e irnos todo el verano. según me contaron algunos de mis alumnos. Nos quedamos en un motel a las puertas del pueblo durante tres noches. La casa a la que íbamos estaba completamente amueblada. Finalmente todo pareció quedar en orden. en algún momento de abril. Lo acompañé hasta la fila frente al ómnibus. a quienes había visto por primera vez en mi vida pocos días antes. Pero últimamente venía baja de espíritu y de generosidad. Ahora. entiendo qué quieren decir. tirada en la cama con la mano en la frente. Su cara estaba tensa.Él se palmeó el bolsillo de su chaqueta. pero así fue toda aquella primavera. un divorciado de eterno traje con chaleco y pelo canoso. Y envidio a Nancy. Adiós. pero igual les di la mano a ambos y acepté una taza de café de Nancy mientras ella terminaba con la lista de indicaciones de lo que ellos debían hacer en la casa en nuestra ausencia y adónde debían enviarnos el correo.

Dios me perdone. pero antes de que Nancy levantara la cabeza el pájaro ya no estaba. Me alegro de que hayamos parado aquí. dijo y yo arranqué. No podría decir dónde pero sí. —Mira. Ahí está. Pasamos el motel en la ruta donde había estado con Susan dos semanas antes. Paramos en un café cerca de Sebastopol. donde una inmobiliaria me encontró una casa amueblada en alquiler por el verano para una respetable pareja de mediana edad. dijo Nancy y esperamos hasta que el coche se salió de la autopista y frenó. es otro. Entonces noté un movimiento por la ventana y al mirar en esa dirección vi un colibrí en los arbustos allá afuera. ―Mira‖. Pedimos sandwiches y café. Creo que incluso usé la expresión ―segunda luna de miel‖. —¿Dónde? No veo nada.inquilinos para nuestra casa y yo miré en un mapa y enfilé hacia el norte desde San Francisco hasta Eureka. 31 . —Estaba ahí hasta hace un momento. Terminé de cargar las cosas en el coche y esperé que Nancy se despidiera por última vez en el porche. no nos vendría mal un poco de suerte. Nancy se sentó y cerró su puerta. mientras Susan fumaba y leía folletos turísticos en el auto estacionado fuera de la inmobiliaria. Llegamos a Eureka antes del anochecer. Sus alas vibraban en un borroso frenesí mientras su pico se internaba en una de las flores. Los colibríes traen suerte. Nos quedamos mirando hasta que la camarera trajo nuestro pedido. Las llaves de la casa estaban en mi bolsillo. —Buena señal —dije—. nos internamos por un camino que subía una colina que miraba al pueblo y pasamos frente a una estación de servicio y un almacén. dejó pasar un largo minuto y probó su sandwich. Yo saludé desde mi asiento y los inquilinos me devolvieron el saludo. ¿no? —Creo haberlo oído en alguna parte —dijo Nancy—. No. creo. yo encendí un cigarrillo mientras Nancy deslizaba el dedo por las vetas de la madera de la mesa. —Una buena señal. Al entrar en la autopista vimos un coche con el escape suelto y arrancando chispas del pavimento. Estacioné y nos sentamos a una mesa frente a la ventana del fondo. Ella asintió. antes de seguir viaje. ―Vamos‖. un colibrí —dije. A nuestro alrededor sólo se veían colinas arboladas y praderas con ganado pastando.

—Me gusta. luego pasó los dedos por la mesada de la cocina. Ni siquiera hace falta una limpieza. —Tendremos que comprar algo de leña —dijo Nancy cuando volvimos al living—. Con noches así debemos usar la chimenea. Me alegra que estemos aquí. Abrí la puerta con la llave que traía y encendí las luces adentro. Durante los días siguientes nos instalamos. —Gracias a Dios está limpia. —Me alegra que estemos aquí —repitió ella contra mi pecho. Compramos provisiones. el living con muebles viejos y chimenea y la cocina con vista al valle. Miramos a nuestro alrededor en el jardín del frente antes de subir los escalones del porche. No veo el momento de llegar. Ahí —y enfilé el coche por un camino flanqueado de ligustros—. Nancy me miró y dijo nuevamente: —Me alegra que estemos aquí. yo encontré un aviso en el diario que ofrecía leña. Bajemos. ¿no? —Mañana. Hasta nos pusieron sábanas limpias. —Nada. —Yo también —dije y abrí los brazos y ella vino hacia mí. —Estamos cerca —dije—. —Abrió y cerró la heladera.—Me gusta —dijo Nancy—. recorrimos las calles del pueblo mirando vidrieras y dimos largos paseos por el bosque que se alzaba atrás de la casa. Me alegra que la hayas en—contrado. La alquilan así. Podemos hacer unas compras también. ¿Qué opinas? Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando hicimos el mismo camino para ver la casa por primera vez. 32 . Le alcé el mentón y la besé en ambas mejillas. —¿Te parece bien? —Me parece sencillamente maravillosa —dijo Nancy y sonrió—. llamé y poco después aparecieron dos muchachos de pelo largo en una camioneta que nos dejaron una carga de aliso en el garaje. Es más allá de esa loma. Ahí la tienes. Recorrimos los dos dormitorios. Cuando la abracé sentí que temblaba. Esa noche nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de conseguir un perro. Y recorrer el pueblo. es perfecta. el baño.

Nancy llamó a su madre y le dio nuestra dirección y teléfono. aquella vez que fuimos de campamento cerca del monte Shasta. Richard ya estaba trabajando y parecía contento. No quiero nada que implique ir limpiando a su paso o rescatando lo que quiere mordisquear. Es buena época. ¿recuerdas? —Me acuerdo. cuando el mar horada los médanos. — ¿Y cuando volvamos.. De lo más sabrosos. vimos unas lagunas que formaban los médanos muy cerca del mar. Nancy le contestó: —Nosotros también. Aunque los días siguientes seguimos hablando de perros y hasta señalando los que nos gustaban frente a las casas por las cuales pasábamos. —Hace años que no vamos de pesca. con la primavera. cuando se cierra el paso. Bajemos a ver qué están sacando. Pero me gustaría un perro. 33 . Hoy no pesqué nada pero el domingo saqué cuatro. ésta. cuando termine el verano? —dije yo y entonces reformulé la pregunta: —¿Estás dispuesta a tener un perro en la ciudad? —Ya veremos. Vienen en el invierno. No sé lo que quiero hasta que lo veo. Trucha arcoiris y algún que otro salmón. Y. Pero busquemos uno. Hace tanto que no tenemos uno. Quizá valga la pena conseguirnos unas cañas y probar. Frené a un costado de la ruta y dije: —Vamos a ver qué están pescando. Un día íbamos por la ruta frente al océano y. Creo que podríamos arreglarnos con un perro aquí. —¿Qué usan de carnada? —preguntó Nancy. Y también me acuerdo de cuánto extraño pescar. no llegamos a nada y seguimos sin perro. quedan atrapados. Esto es como una cura. Desde que Richard era chico. mientras tanto. desde una loma. —Truchas —dijo uno de los pescadores—.—No quiero un cachorro —dijo Nancy—.. Los de los botes creo que sacaron algo hoy. Y ella se sentía bien. dijo la madre. Había gente pescando en la orilla y en un par de botes. Dan una batalla tremenda. Revisemos los clasificados y veamos qué pasa. pero yo todavía no.

Sentada en el sofá de frente al fuego siguió negando y negando y luego dijo: —Voy a tomar un avión para allá mañana. Y suerte —dije al fin. Sola. Lo extraño. Quiero estar sola. marlo de choclo. por los dos. —Gracias. Lo digo en serio. —¿También extrañas a Del. Y me sentí una basura por decirlo. —No voy a hacer eso. Es mi hijo. hoy. después de la cena y de lavar los platos y poner unos leños en la chimenea. Y estar atento. A la vuelta paramos en una casa de artículos deportivos y compramos unas cañas baratas. Lo lamento mucho. unos rollos de tanza y anzuelos y carnada. Mejor me iré a acostar ahora. —Y tú vas a llamar a Del —dije. —Nancy —dije yo. estoy exhausta. Sacamos una licencia también y decidimos ir de pesca la mañana siguiente. pero me iré mañana. Pero sé que te perdí. enfrentémoslo —dijo ella sacudiendo la cabeza—. huevos de salmón. Los dos —contestó el hombre. Ya no me perteneces. Basta tirar la línea y dejarla reposar hasta el fondo. Extraño a Richard — dijo y empezó a llorar—. No quiero ir a pescar y no quiero un perro. No quiero parecer una histérica. Lo lamento. Vas a llamarla en cuanto me haya ido. Pero no vamos a lograrlo. —Sí. Lombrices. Sólo iban y venían por la laguna. Nos deseó suerte 34 . Nancy dijo que no iba a funcionar. Ese pescador. a Del Schraeder. tu amante? ¿Lo extrañas a él también? —Extraño a todo el mundo. Hace mucho que te extraño. y está creciendo y pronto se irá. No tengo la menor intención de hacer eso. —¿Por qué dices eso? ¿A qué te refieres? —No va a funcionar. —No. Y lo extraño. Nos quedamos un rato pero el hombre no sacó nada y los de los botes tampoco. no —dijo ella y negó con la cabeza. No sé cómo explicarlo mejor. es mi bebé. Te he extrañado tanto durante tanto tiempo que te he perdido. Cuando me haya ido puedes llamar a tu amante. Creo que quiero ir a lo de mi madre y estar con Richard. —Haz lo que quieras —dijo ella secándose las lágrimas con la manga—. —Que tengan suerte ustedes también. lo harás. A ti también. Pero esa noche.—Lo que sea.

La niebla ya llegaba a las ventanas del living. Vamos a necesitarla. atándose la bata. son hermosos. entre la niebla. No voy a lastimarte. Un tercer caballo apareció entonces y luego un cuarto. No vas a creerlo. Sus orejas iban y venían al ritmo de sus mordiscos.a los dos. Voy a llamar al sheriff para que ubique al dueño. levántate. seguramente de alguna granja de los alrededores con algún alambrado caído y vaya a saberse cómo habían llegado hasta nuestra casa. el que acaba de mirarnos. —No creo que muerdan. todos blancos. creí ver algo que se movía en la niebla. Yo también nos deseo suerte. —¿Qué pasa? Me estás lastimando. Fumé mirando el fuego y. Me puse a pensar en Susan. tienes que ver esto. Me acerqué a la ventana. cuando volví a mirar por la ventana. Yo salí a los escalones del porche y me senté a fumar un cigarrillo. Jirones de niebla del océano ocultaban el valle y el pueblo allá abajo. Vi otro cerca del auto. Tenía los ojos enrojecidos y los párpados hinchados. de largas crines. Abrí la colcha y me quedé mirando el estampado floral de las sábanas. Vamos. ¿De dónde vienen? Qué hermosos son. Pero ponte algo encima si vamos a salir. me puse el pijama y volví frente a la chimenea. Encendí la luz del porche y me quedé mirándolos. Oí que Nancy salía del baño y oí que se cerraba la puerta del dormitorio. pastando en nuestro jardín. Un caballo estaba pastando en el jardín. blancos. Parecían estar disfrutando inmensamente su escapada. Fui al dormitorio a despertar a Nancy. y se había puesto ruleros y había una valija abierta a los pies de la cama. No parecen esa clase de caballos. Qué pasa. apenas se veían las estrellas en el cielo. Hace frío afuera. Estaba oscuro y silencioso. Perdona si te asusté. Entonces entré y puse otro leño en la chimenea y esperé hasta que se avivara el fuego. tienes que venir a ver esto. Pero tienes que levantarte y venir a ver esto. supongo. —De alguna granja vecina. —Dios. —Nancy. Eran caballos grandes. Pocos minutos después estaba a mi lado en la ventana. —Querida. Pero quería que los vieras antes. Entonces se encerró en el baño y dejó correr el agua. Luego fui al otro dormitorio. Me di una ducha. —¿Morderán? Me gusta acariciar a aquél. Alzó la cabeza para mirarme y volvió a su tarea. 35 . Pero se los notaba un poco nerviosos también: podía verles el blanco de los ojos desde la ventana.

Un rato más. apagué la radio y nos fuimos a la cama e hicimos el amor. —Te diré lo que quiero —dijo ella—. No sé cómo.. Dan. Al mediodía siguiente. Todos levantaron sus cabezas. Hasta que. que se acercó a los caballos y necesitó un lazo para lograr que entrara el último en el acoplado. de la que bajó un tipo con gamulán. Nunca veremos algo igual. —¡No le haga daño! —dijo Nancy. Y dile que lo extraño. Nunca. más allá de nuestro auto y supe que era momento de llamar. la llevé al aeródromo desde donde volaría a Portland y de allí haría el trasbordo que la dejaría en Pasco por la noche. mientras murmuraba: ―¿De dónde vienes. detrás de las ventanas. Cuando se fueron volvimos al living y yo dije que iba a hacer café y pregunté a Nancy si quería una taza. Y dale un abrazo a Richard.. mientras Nancy seguía yendo de uno a otro. como. Me siento bien. Un rato más. Abrí la puerta y salimos y nos acercamos caminando hasta ellos. En pocos minutos vimos las luces de dos patrulleros en la niebla y poco después llegó una camioneta con un acoplado para caballos. uno de los caballos comenzó a rumbear hacia la ruta. Nancy estaba acariciando las crines de otro. 36 . Apoyé mi mano entre sus ojos y le palmeé los flancos y dejé que su hocico me oliera. Poco después. —Será mejor que llame al sheriff —dije. No quiero dormir. cerca del amanecer. Así que nos sentamos frente a la chimenea y bebimos café y escuchamos viejas canciones por la radio y hablamos de Richard y de la madre de Nancy y bailamos. pero me gusta. nunca tendremos caballos en nuestro jardín.Me puse la chaueta encima del pijama y esperé a Nancy. palmeándolos y acariciándolos. Y que lo quiero. Me siento como borracha. mientras el animal movía su cabeza como si entendiera. —Todavía no. Uno resopló y retrocedió unos pasos. La niebla seguía allí. caballito? ¿Dónde vives y qué haces aquí en medio de la noche?‖. Dan. pero volvió a tironear del pasto y mascar como los demás. mientras hablábamos y éramos gentiles el uno con el otro. —Saluda a tu madre de mi parte. Haz un poco de café y a ver si encuentras algo de música en la radio y puedes avivar el fuego. no podría dormir. Ninguno aludió en ningún momento a nuestra situación. luego de que ella terminara su valija.

Ella me miró largamente y me acarició la cara. Nunca pensé que fuera a pasarnos. En todos estos años. Nunca lo pensé. Ve. —Adiós —dijo ella. lo verás después del verano. La charla. Volví a la casa. Todo. No a nosotros. —Las estaré esperando. y que Dios esté contigo. Ayuda. mi más querida. Yo le devolví el abrazo—. levanté el teléfono y marqué el número de Susan. En cual—quier caso. —Escríbeme. Entonces entré en la casa y. Mucho. Ni una sola vez. Ella abordó el avión y yo me mantuve en mi lugar hasta que se encendieron los motores y la nave empezó a carretear por la pista y despegó sobre la bahía y se convirtió en una mancha en el horizonte. Y me abrazó. —Te escribiré. —Yo asentí. Las cartas más largas que hayas visto desde las que me enviabas en el secundario. No lo olvidaremos —y empezó a llorar. los trozos de pasto arrancado y las marcas de herraduras y los montones de bosta aquí y allá. Entonces me dio la espalda y se alejó por la pista rumbo al avión. Me alegro por anoche. sin sacarme el saco siquiera. 37 . Los caballos. Lo sabes. ¿quieres? —dije yo—. estacioné el coche y miré las huellas que habían dejado los caballos la noche anterior.—Él también te quiere.

nos hicimos promesas y nos llevamos el uno al otro a los cielos. Un auto lleno de estudiantes universitarios se detuvo junto a nosotros. nos rogamos. En una de las calles cercanas a mi apartamento encontramos mi Chevrolet de sesenta dólares. No podía ni levantar su vaso. Esa mañana. teniendo en cuenta el precio. lo mejor y más elegante que yo hay comprado jamás. -He decidido. Todo lo que necesitamos es ese auto de mierda tuyo para llegar allí. Pero hubo una pelea. Las manos le temblaban. con el viento sollozando a través de mi arete. No recuerdo lo que les dije. La subieron al auto con ellos y se fueron. con toda honestidad la mujer más hermosa que he conocido. nos acusamos el uno al otro. -Lo ha hecho. firme por los efectos del opio. hacer algo dinero. -¿Y qué? –dije.Dundún Denis johnson Habíamos estado quedándonos en el Holiday Inn con mi novia. -Tengo las herramientas –dijo-. El Vine estaba tranquilo y a oscuras. Recuerdo la soledad oprimiéndome primero los pulmones. después de varias calles sentado en el autobús con la cabeza vacía de cualquier pensamiento. Ella se dobló por la cintura y rompió a llorar. le di un golpe en el estómago. Wayne era el único cliente. lo ha hecho. sin camisa bajo la chaqueta. -Lo que quieres decir es que necesitas que te lleve. lo ha hecho –dijo ella. nos inyectamos en el baño. -Ven conmigo –me rogó. mientras discutíamos en una esquina. nos perdonamos. Acabé en la puerta del hotel. después los huevos. Llegó un autobús. llorando. fuera de mis casillas. luego el corazón. Pero ella regresó. después de la pelea. Me gustaba ese auto. Le has pegado con el codo justo en la barriga. vestido a toda prisa. metiéndonos heroína durante tres días bajo un nombre falso. -Tenía pensado tirarme por aquel rincón y dormir un poco –le informé. Era el tipo de auto que puedes estrellas contra un poste telefónico sin que ocurra nada grave. Subí y me senté en el asiento de plástico mientras las cosas de nuestra ciudad iban apareciendo en la ventanilla como en una máquina tragaperras. Puse mi mano izquierda sobre el hombro de Wayne y con la derecha. -¿Qué te parecería hacer algo de dinero? –me preguntó. Una vez. salté de allí y entré en el Vine. haciendo autostop. Hicimos el amor en la cama. Wayne acunaba la bolsa de las herramientas sobre sus piernas mientras 38 . -Se siente mal –les dije. -Y una mierda –dijo uno de ellos-. comimos filetes en el restaurante. le acerqué el trago de bourbon a los labios. lo he pensado en mi cabeza.

-No se puede robar en una casa que está vacía y abandonada –me respondía espantado por mi estupidez. La idea era vender los cables de cobre como chatarra. Una vez dentro. Llamé a la puerta. 39 . Pero ahora el río era manso y bajo y lento. Tiempo atrás se había producido una crecida que había cancelado el proyecto. Dejé caer el martillo y entré en el baño. La marca que señalaba hasta donde habían crecido las aguas recorría las paredes a un metro y medio del suelo. Pero yo me estaba cansando.Acércate a esa. -Este es un trabajo de reciclaje –me dijo. nuestros pies patearon los desechos que el río había dejado allí. Era obvio que la misma empresa las había construido para después pintarlas de cuatro colores diferentes.estaban abandonadas. -¿Vamos a robar? –le pregunté a Wayne.salíamos de la ciudad. Es estúpido –dijo Wayne. No dije nada más. Eso era lo que buscábamos. Marcamos con la barra los puntos donde golpear y comenzamos a arrancar el revestimiento de las paredes. estaba claro que íbamos a hacer algo de dinero. Se venía abajo con el sonido que hacen los viejo cuando tosen. como si alguien los hubiera dejado allí para que se secaran. Wayne utilizó una barra de metal y yo un martillo nuevo con el mango recubierto de caucho azul. Las ventanas de las plantas bajas no tenían cristales. -No hagas eso. hasta que llegamos a esos campos que se amontonaban en colinas y después se dejaban caer hacía un río tranquilo amamantado por nubes benevolentes. Cada vez que encontrábamos parte del cableado eléctrico recubierto de plástico blanco. Pasamos junto a ellas y vi que el suelo de las habitaciones estaba cubierto de basura y sedimentos del río. cortábamos las conexiones y lo arrancábamos y lo íbamos enrollando. Por toda la habitación había desparramados montones de hierbajos largos y reseco. Los sauces remojaban sus cabelleras en el agua. La casa frente a la que detuvimos el auto me produjo una sensación terrible. Al llegar al segundo piso. Todas las casas a orillas del río –una docena o así. justo ahí.

Le dio al cable un largo y suave tirón. que olían a cáscaras viejas de frutos cítricos. y antes de un minuto apareció uno de esos bote deportivos de proa achatada navegando por le menos a treinta o cuarenta nudos. -¿Quién crees que es el dueño de estas casas? –le pregunté. que estaba en uno de los dos dormitorios vacíos. La golpeó varias veces con la barra de metal. 40 . Wayne se acercó a la ventana. Empujé a Wayne a través de la trampilla que daba al desván y después él me ayudó a subir a mí. los dos sudábamos. y apilamos un buen montón de cable forrado con aislante blanco que arrancábamos del suelo. Volví junto a Wayne. Arrojamos los restos fuera. y empecé a bailar y golpear las paredes. Había mucho silencio en este extraño vecindario a orillas del río. -Todo este esfuerzo me está jodiendo el colocón. haciendo volar pedazos e yeso y metiendo mucho ruido hasta que el martillo se quedó atorado en uno de los agujeros. ¿No se te ocurre una manera más sencilla de conseguir algunos dólares? –me quejé. Me sentía débil. -¿Lo es? -Lo fue. hasta que la destrozó por completo con un gran estruendo. Tuve que vomitar en un rincón.Estaba sediento y cubierto de sudor. habían cortado el agua. por su puesto. un gesto rebosante de la serenidad del odio. solo se oía la brisa constante entre las hojas. Wayne no hizo ni caso de mi exabrupto. El sonido zumbaba entre los árboles jóvenes de las márgenes del río como si fuera una abeja. en la cima de su antiguo hogar. liberándolo de las grapas y arrojándolo al suelo de la habitación. sobre el prado aplastado por el fango del río. y nuestro sporos goteaban las toxinas del alcohol. cada vez con más fuerza. apenas lo suficiente como para llenar un dedal con bilis grisácea. trabajando durante más de una hora. Yo estaba recuperando el aliento. -Esta es mi casa. que llegaba justo allí abajo. Enrollamos grandes bolas de cable en el centro de cada habitación. Pero entonces oímos que un bote se acercaba corriente arriba. Pero. Dejó de hacer lo que estaba haciendo.

No sé lo que se dijeron el uno al otro. Tenía unos cuarenta años. -¿Puedo entrar? –preguntó Wayne. No hacía falta llave para encenderlo. fue todo lo que nos dijo. y pasó junto a nosotros y se quedó mirando más allá de los campos. -Ven y verás –contestó. -Bueno. y después de que hubieran pasado tres largos minutos una mujer abrió. Me hizo detenerme junto a una granja torcida que se erigía sobre una colina cubierta de hierba. -Vamos –me dijo Wayne un minuto más tarde. atada con una cuerda. supongo que atada de alguna forma al armazón. Yo esperé en el otro extremo del porche. esa sí que es una hermosa vista –dijo Wayne. Se metió en el auto y encendió el motor. a unos cincuenta metros de altura. Wayne me pidió que diera un largo rodeo por la vieja autopista.Este bote arrastraba tras de sí. -Mejor salgo yo al porche –dijo ella. Era delicada y pálida. una esbelta pelirroja con un vestido estampado con florecitas. De la cometa. No imaginé que podía estar pensando mientras flotaba más allá de estas rutinas. y estaba completamente desnuda con su cabello rojo. -¿Qué está haciendo? –fue todo lo que pude decir. No sonrió. apoyado en la barandilla. Bajé los escalones y me senté a su lado. una enorme cometa triangular. Se quedó abrazándose a sí mismo y hablándole a la tierra. Pero no volvió al llamar. Ella bajó por las escaleras y Wayne la siguió. No parecía que hubiera nadie cuando subimos al porche y llamamos la puerta. ¿Quieres venir? –me dijo. colgaba una mujer. -Voy a entrar un par de segundos. más o menos. Tenía el cabello largo y rojizo. aunque podía darme cuenta de que estaba volando. -¿Quién vive aquí? –dije. y no oí nada. Supuse que Wayne había sido la tormenta que la había arrastrado hasta aquí. No dejaba de mirarla 41 . El viento levantaba y dejaba caer el cabello rojo de la mujer. De regreso al pueblo. <<Hola>>. y una belleza fría y como anegada.

Estaba claro que no iba a hacer rico a sus patrones. poco a poco. -Será mi sacrificio –dijo Wayne. desembarazarse del propio cuerpo. Si va a hacer algo. en los límites del pueblo. Para mí tú no haces más ruido que un pedo en una bolsa de papel.en uno de esos depósitos de chatarra que había junto a las relucientes vías del tren. a la barra. ¿Sacrificio? ¿De dónde había sacado una palabra como sacrificio? Yo estaba seguro de que jamás había oído esa palabra. Me giré en el asiento y observé a la esposa de Wayne mientras nos alejábamos. Pero sí recuerdo el modo en que las servía. -Este no es el tipo de lugar indicado para nuestro asunto –dijo Wayne. más allá de que fuera o no el sueño de otra persona.a través del parabrisas. -Vamos. Era más alto que cualquiera que hasta entonces hubiera entrado en ese bar. -¿Qué jodida y maldita mierda se supone que quieres decir con eso? -Que no voy a ir contigo afuera. Yo no tenía ninguna dudad. ¿verdad? Wayne no decía nada. después de todo. Yo sabía quién era ella. 42 . Ella era la mujer que habíamos visto volar sobre el río. Pero preferí no decir nada sobre el tema. no aquí. deshacerse de uno mismo. -Yo me encargo de pillar –dije. mientras todos los pastizales de Iowa silbaban una única nota. Y no hace falta decir que entre nosotros la reverenciábamos. -Era ella.al hombre más enorme y más negro de Iowa. -Es mi esposa –me dijo como si fuera obvio. Vendimos los cables por veintiocho dólares –por cabeza. Esa era mi idea de sacrificio. -Mierda. Ella todavía no había vuelto a entrar. ¿Qué podría decirse acerca de esos campos? Ella permaneció de pie en medio de ellos como si estuviera en la cima de una montaña alta. -Vamos fuera –dijo Wayne. con su cabello rojizo empujado hacia un lado por el viento. El inmenso y amenazante hombre no dijo nada. sentí como si hubiera vagado hasta dentro de una especie de sueño que Wayne estaba teniendo con su esposa y con su casa. hazlo aquí y ahora. Estás borracho –dijo el hombre. lo acusaba solo porque estaba un poco irritado por las cartas que le habían tocado. con mujeres y niños y perros y lisiados. y no hacía nada. Porque. sobre las praderas verdes y grises y aplanadas. Era como si hiciera que tu dinero valiese el doble. -Esto no es la escuela –dijo el hombre. este se estaba convirtiendo en uno de los mejores días de mi vida. Quién si no una mujer cuyo nombre no recuerdo podría estar sirviendo las copas. para acusar de ser un estafador –no exagero. -No me importa –dijo Wayne-. -Ni se te ocurra –dijo Wayne. y regresamos al Vine. Hasta donde podía comprenderlo. El hombre negro se levantó y rodeó el cuello de una botella de cerveza con sus dedos. Vi como Wayne miraba más allá de la mesa de póquer.

Alguien invitaba a una ronda de bebidas. Teníamos dinero. Recuerdo haber vivido uno cuando tenía dieciocho años y pasaba la tarde en la cama con mi primera esposa. Y aquí estábamos nosotros. El hombre sacudió la cabeza. El Vine era como uno de eso vagones casino que de algún modo había descarrilado hacia un pantano temporal en el que aguardaba los golpes de esas bolas de acero con las que se demuelen los edificios. Pero este anochecer. y yo me levanté y caminé tambaleándome y le abrí la puerta a una visión que jamás volveré a contemplar: ¿dónde están ahora mis mujeres. Me gustaría recordar su nombre. y parecían predecir que todo lo que nos hubiéramos hecho los unos a los otros sería barrido lejos por el licor o explicado para siempre por las estrofas de canciones tristes. era el mejor de todos esos momentos. Por lo general nos 43 . y puedes irte a la mierda.Ahora me voy a sentar –dijo Wayne-. Le hubiera bastado alargar la mano y cerrarla durante dos o tres segundos para romper la cabeza de Wayne como se rompe un huevo. Ese momento en el bar. Un sonido estrepitoso desgarraba mi cabeza. Nuestros cuerpos desnudos comenzaron a resplandecer. con casi treinta dólares cada uno. y las milagrosas bolas de granizo estallando en una translucidez en los patios? Nos vestimos. inundado hasta la altura de nuestras rodillas y con piedras blancas flotando en el agua. pero solo recuerdo su gracia y generosidad. después de que la pelea se había evitado por muy poco. Todos los mejores momentos sucedían cuando Wayne estaba cerca. y caminamos hasta el pueblo. con sus dulces y húmedas palabras y modales. y con cada una de mis jóvenes fibras y células yo solo quería que se quedara junto a mí al menos un momento más. Y entonces tuvo lugar uno de esos momentos. Wayne era parte de todo eso. a cargo de la barra. Nacer debía de parecer a eso. Esto era algo asombroso. estaban demoliendo y llevándose los escombros de todo el centro. y el aire se puso de un color tan raro que pensé que la vida me estaba abandonando. y voy a seguir con mi partida. de algún modo. Y los golpes realmente se estaban acercando. y nuestra favorita. nuestra persona favorita. ella y yo. Estábamos sucios y cansados. También se sentó. A causa de alguna renovación urbanística. este anochecer. Los naipes estaban desparramados boca arriba y boca abajo sobre la mesa. había sido como el silencio verde después de la tormenta de granizo. antes de casarnos.

Tu esposo te azotará con un cable alargador y el autobús se irá antes de que lo alcances dejándote en la parda con lágrimas en los ojos. pero sí un auténtico equipo estereofónico haciendo sonar constantemente esas canciones sobre el divorcio sentimental y esa alcohólica pena que uno siente por sí mismo. y cuando le sonreí ella pensó que yo estaba intentando flirtear. sin medir antes la cantidad. y no sabíamos lo que era.sentíamos culpables y con miedo. pero hoy nos sentíamos como hombres que habían estado trabajando. -Tienes un hermoso brazo para jugar como lanzador. pero tú fuiste mi madre. Ella servía dobles como un ángel. justo hasta el borde del vaso del cóctel. Pero era porque me acordaba de ella. Tenías que inclinarte sobre el vaso como un colibrí sobre una flor. -Enfermera –sollocé. Jamás te olvidaré. Volví a verla mucho después. 44 . no hace tantos años. porque había algo que no estaba bien en nosotros. El Vine no tenía gramola.

la amo. pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno. 45 . Eran cuatro: dos mujeres y dos hombres. Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado. Tenían alrededor de diez centímetros de altura. -Pero yo no te quiero a ti. Yo no di la vuelta para mirarla. Yo estoy enamorada de George. éramos las únicas personas que había en el bar sin contar al encargado. Marty. como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte. Tengo derecho a hacer lo que me dé la gana. Quiero decir. Ahora ya valen cerca de 2400. el trabajo. uno de los hombrecitos abofeteó a una de las pequeñas mujeres.No hay camino al paraíso Charles Bukowski Yo estaba sentado en un bar de la avenida Western. ya sabes. Bueno. No conozco el proceso de fabricación pero probablemente sea ilegal. Son muy caros. esto no era muy normal. los perros. y sacó un minúsculo cigarrillo. no puedes hacerme esto! -gritaba ella llorando-. -Si tú no la quieres -dijo el otro hombrecito.. -Y sírvale al señor un escocés con agua -le dijo al cantinero. totalmente noqueado. seguí con mi vaso. De hecho. bueno. -Escocés con agua -contesté. Bueno. -Ahora los hacen así -dijo ella-. nada funciona bien: las mujeres. y esperar. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que todos los demás asientos estaban vacíos. De repente. Pidió un vino seco. encendiéndolo con gesto altivo-. estaban apropiadamente vestidos y parecían tener vida. perra! -dijo-. No quiero saber nada más de ti.. sacó de ella unos hombrecitos y los puso sobre la barra. el ocio el tiempo. cogió una pequeña jaula. Me costaron cerca de 2000 dólares cada uno cuando los compré.yo me quedo con ella. -¡Tú. ¡Yo te amo! ¡Me mataré! ¡Te necesito! -No me importa -dijo el hombrecito. Entonces me preguntó lo que estaba bebiendo. Abrió su bolso. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi habitual estado de confusión. George. Estaban paseando sobre la barra. -¡No. un bello cuerpo y tristes ojos marrones.

Anna. es como no tener ninguno de los problemas. Lo hacen cerca de cuatro o cinco veces por semana. No puede ser de otra manera. 46 . una suerte horrible. mi amor pertenece a George. muy sexys! ¡Dios. ¿Pero no es triste. pero lo amo de todos modos. y George. De todos modos. pero eso es lo que a veces les hacen las madres a sus hijos... son bastante buenos.. no se pueden manejar. tienen que ponerse a hacerlo por su cuenta. George va de bajada. Lo malo es que me pongo terriblemente caliente cuando empiezan a hacer el amor. Marty es una especie de cabeza cuadrada. no es triste mirar todo esto. ahora mismo. Yo no he tenido mucha suerte con mis propios amores.. se lo hace bien. -Oh. -Escucha -decía Marty-. -Todos tenemos una suerte horrible.. Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó. Podremos mirarlos juntos. -¿Son sexys? -¡Muy. ¿Cómo te llamas? -Dawn. Sólo dame una -No -decía la pequeña Anna-.-Pero él es un cabrón. Te los presentaré. dame una oportunidad. me ponen de verdad caliente! -¿Por qué no los pones a que lo hagan? Quiero decir. a decir verdad. Es la parte más difícil para mí. oportunidad. -¿No es triste mirar todo esto? Eh. Un nombre horrible. -¿Y lo hacen a menudo? -Oh. pero tenerlo todo presente.. Anna. ellos paseaban por la barra. -Lo sé. -Supongo que sí. un verdadero cabronazo. me compré estos hombrecitos y ahora me entretengo mirándolos.? -No. y Anna y Ruthie. -Creo que se me está formando un triángulo -dijo la señorita que me había invitado al whisky–. Ese es Marty. -Yo soy Hank. Mientras tanto.

-Mira -dijo ella-. Todo eso sólo para alejarse de las relaciones sexuales sin alejarse de ellas. Yo llevaba a la gentecilla en la jaula mientras Dawn abría la puerta. -¿Y vas a escribir algo acerca de esto? -Nunca se lo creerá nadie. Parecía también inteligente. -Sí que lo está..vámonos.pero pareces un poco chiflado.George le ha quitado las bragas a Ruthie. Abracé a Dawn y la besé. no quiero hielo. Entramos y Dawn abrió la jaula y los sacó y los puso sobre la mesita de café. -Estuve oyendo a Randy Newman la semana pasada en el Trobador. ¿Un poco de hielo? -Sí. Los hombrecitos le habían costado 8000 dólares. -Ruthie está empezando a calentarse -le dije a Dawn. ¿Cómo podía haber fracasado con los hombres? Bueno. -Perdona -dijo. Ella llevaba a los hombrecitos metidos en la jaula. había tantos modos de fracasar unas relaciones. no me gusta que hagan el amor en público. -Pero entonces no podré verlo. Salimos del coche y fuimos hacia la puerta. -Bueno. acariciando sus pechos. Me los voy a llevar a casa y que lo hagan allí. ¿En qué trabajas? -Soy escritor.George estaba besando a Ruthie. pero lo escribiré. ya lo veo. Era realmente joven y bella. La trajo en compañía de dos copas. Subimos al coche y los pusimos entre nosotros en el asiento delantero.. Miré a Dawn. Ruthie estaba empezando a calentarse. -De acuerdo -dije. 47 . -Mira -dijo Dawn. Su casa estaba cerca de las colinas. Acabé mi bebida y salimos juntos. No. El tipo va bien derecho. ¿Verdad que es grande? -me preguntó. sólo tienes que venir conmigo y podrás. -Sí que lo es -contesté. Le está metiendo el dedo. Yo también me estaba excitando. Entonces se metió en la cocina y abrió el refrigerador y sacó una botella de vino. Está empezando de verdad. un sitio agradable.

Marty se la metió por fin a la pequeña Anna. y luego volvía a mirarme de nuevo a los ojos. Estaba pasando en todas partes. -Entiendo lo que quieres decir. Cuando ella salió del baño yo estaba leyendo una estúpida historia en el Playboy.podemos hacerlo nosotros también. ellos lo están haciendo. pero de verdad que me excita mirarlos. allá van.-No sé -dijo Dawn-. de alguna manera. -De acuerdo -dijo la pequeña Anna al pequeño Marty. La tumbé sobre el sofá y le subí la falda por encima de los muslos. George la está tumbando. El pequeño Marty y la pequeña Anna también estaban mirando. ¡Míralos! -¿Oíste eso? -le pregunté a Dawn-. -¿De verdad? ¿De verdad? -Sí. -Mira. sí. 48 . Realmente me calientan.. Incluso las personas grandes van a hacerlo. sus ojos pasaban de mirarme a mí a mirar a los hombrecitos fornicando. ¿es verdad eso? -Espero que sea verdad -dijo Dawn... Comenzamos a besarnos. La pequeña Ruthie gemía. Entonces me olvidé de toda la otra gente del mundo. -¡Míralos! -¡Dios o la puta! Abracé a Dawn. Cuando parábamos. Dawn gemía.. Se abrazaron en medio de la mesita de café. se lo va a hacer. pero que quede claro que yo no te quiero. Nos fuimos al dormitorio y allí se la metí a Dawn en una larga y tranquila cabalgada. -Mira -decía Marty-. -Sí. Me pareció como si toda la gente del mundo estuviese haciéndolo. Yo le había quitado ya a Dawn las bragas. Quizás es porque son tan pequeños. Nosotros deberíamos hacerlo también. Yo seguía siempre su mirada. La besé a lo largo del cuello. -Te amo -dije. Ellos dicen que vamos a hacerlo.

Envolvió a George en un pañuelo y lo puso sobre el mantel. Las cosas ocurren. El principio siempre es lo más fácil. durante algún tiempo. dijo Dawn. -Ha parado de sangrar -dijo Dawn -se está quedando frío. -¡Ahora las dos me pertenecen! -dijo Marty. -Ah no. -¡Oh. -Yo las amo a las dos -dijo Marty. ella estaba sosteniendo a George en sus manos. Se levantó y salió corriendo de la habitación. juntos. -No sé. Se volvió a meter en la cama conmigo. 49 . nadie lo tendrá. Entonces escuchamos un grito proveniente de la salita. Cuando llegué. -Fue un placer -contesté. rápido! ¡Se está desangrando! -Ese hijo de puta -decía la pequeña Anna desde la mesita de café. Dios mío! -Qué ha pasado? -Anna se lo hizo. -¿Crees que nos lo podemos hacer juntos? -me preguntó.si yo no puedo tener a George. -¿A cuál prefieres? -preguntó Ruthie.-Estuvo tan bien -dijo. -¿Qué le hizo? -¡Le cortó las pelotas! ¡George es un eunuco! -¡Uau! -¡Tráeme algo de papel higiénico. Dejé la revista. Yo la seguí. tienes que elegir una de nosotras -dijo Anna. «Oh oh». -¿Qué quieres decir? -Quiero decir que si tú crees que podemos seguir así.

¡Marty está abrazando a Ruthie! -¿Crees que van a hacerlo? -No sé. -Mira -dijo ella-. Nos besamos. Dawn -dije. Me sumergí en sus grandes ojos marrones. Su larga cabellera me caía por la cara. -Creo que te amo. Era posible. Seguía corriendo. Yo me atraje a Dawn. -¡Mataré a todo el mundo! -gritaba la pequeña Anna. Sabía dónde estaba. Parecen excitados. -¡Déjenme salir! ¡Los mataré a los dos! ¡Déjenme salir! -gritaba. Marty le había quitado las bragas a Ruthie. Podía volver a estar enamorado. Era joven. Dawn cogió a Anna y la metió en la pequeña jaula. no quiero seguir por más tiempo.que si tú crees que lo nuestro no va a funcionar. El tiempo era un bobo con un banjo. bella e inteligente. Entonces me levanté y eché a correr. George gimió desde el interior del pañuelo sobre el mantel.-Quiero decir -dijo Dawn. Se agitaba sacudiendo su jaula de alambre a las tres de la madrugada. FIN 50 . Una cucaracha y un águila hacían el amor.

Recuerdo su codo. con quince años. Quería saberlo todo. para ser más exacto. Se la está chupando a Wayne y de vez en cuando se detiene para animarme a que me la folle. ¿no? Machacar home runs. a que me la folle con fuerza. el pliegue del codo. Obsesionarme con el codo de una mujer. sabéis. saborearlo. El cristal se empaña bajo las axilas de Kitten y los piercings de sus pezones emiten un sonido como de cortar vidrio al chocar con el cristal. Añado un poco de agitación y Kitten gime como consecuencia de esta maniobra tan prosaica. Vaya. Un águila con las alas desplegadas en la parte baja de la espalda de Kitten. no. Wayne se inclina hacia adelante. Escribir música magnífica. o Ray Charles al acariciar las teclas. que la llene. Del mismo modo que Hank Aaron debió de sentirse al mover el bate por primera vez. olerlo. mmm. Kitten.Fricción Craig Davidson Me llamo Sam. ¿Os acordáis de ese chicle? Entró una mujer a comprar tabaco. Se llama Caitlin. con el culo elevado. la parte interior. No era extraordinaria de una forma tangible. Cuando estiró el brazo por encima del mostrador para pagar vi esos pelos suaves. todo mi mundo se derrumbaba por un único gesto o estímulo. que la haga correrse. Soy adicto al sexo. Bienvenido. nada de eso. Es una locura pero sentí que quería encogerme. Siento la luz klieg caliente contra mi piel y a una cámara entre mis piernas abiertas en busca de un plano de introducción. una rosa roja agarrada a cada talón. o tal vez dieciséis. etc. Para unos la paja. ¿no? Tengo a la chica inclinada sobre un escritorio de superficie de cristal. Estaba en una tienda de ultramarinos. Cuándo me di cuenta de que tenía un problema. atomizarme como esos científicos de Un viaje alucinante. Sam. Pero nos las apañamos. no me importaba su historia. pero no de ella. 51 . Así que ese es el objetivo de mi vida. mis manos en sus caderas. empujo con diligencia. en la ciudad en la que crecí. Gracias a todos. para otros el grano. sus miedos. ¿no? Supongo que fue cuando era adolescente. —Dámelo —me dice—. una vena azul. Solo quería intimar con esa parte irreflexiva de ella. La. Dáselo a tu pequeña zorra. Esa fue la primera vez que me sentí así. más rápido. ver las cosas a nivel celular. sus objetivos. quise tocar ese lugar. en el único lugar donde podía comprar chicle de regaliz Black Bart. ese es el tema. más fuerte. tiene marcas en los muslos por la presión contra la mesa.

—¡Corten! —ruge el director—. Toma veinte, equipo. Descanso para un cambio de decorado. El cámara coloca una cinta nueva en su cámara de mano, el técnico de sonido ajusta los niveles, un asistente limpia la mesa con un trapo y limpiacristales. Con la cadera envuelta en una toalla, examino los escasos manjares de la mesa del catering: una bolsa de naranjas, una caja de Triscuits y plátanos pardos. Escojo una naranja y me siento en el sofá. Estoy pelando la naranja y metiendo las cáscaras entre los cojines cuando una chica se sienta a mi lado. Se me acerca desde atrás, descalza, se acomoda con sigilo como si su intención fuera pillarme desprevenido. De altura moderada, un metro setenta tal vez, piernas largas, cintura estrecha, pechos firmes. Totalmente desnuda. Me suelta la toalla y me envuelve con su mano. —Gracias —le digo mientras parto la naranja. —Solo hago mi trabajo. ¿Quieres un poco de aceite o algo? —Estoy bien. Tienes un punto delicado. No como la última estimuladora, parecía que arrancara las malas hierbas. —Hay quien cree que tengo manos curativas. En los ojos de la chica flotan unas motas doradas, como las que encuentras en una botella de Goldschläger; mira al otro lado del decorado, a los rincones oscuros llenos de accesorios polvorientos y percheros. El tipo del micrófono jirafa está sentado sobre una caja de leche del revés, observando. La chica se ríe ligeramente, aunque no sé por qué. La naranja está seca, asquerosa, como si un vampiro chupa pulpas hubiera pasado por allí antes. —¿Quieres? —Tengo las manos ocupadas. —Me llamo Samuel. Sam Chancey. ¿Y tú eres…? —¿De verdad necesitas saberlo, Samuel Chancey? ¿Ayudaría con esto? —No —respondo—. Bueno, tal vez. ¿Quién sabe? Solo quería saberlo.

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—Y a mí me gustaría follarme a Douglas Fairbanks. Pero no va a pasar. —Bueno, vale. ¿Eres nueva en la ciudad? —¿A qué viene toda esta charla? Esa fase nos queda muy lejos, ya me he metido en tus pantalones. Resopla por la nariz, como un toro enfadado. —¿Qué eres, uno de esos sensibleros new age? Seguro que tienes cristales curativos en la mesita de noche. —No sé ni lo que hay ahí. Cortaúñas y espray nasal, supongo. Le saco una carcajada y le pregunto de dónde es. Me coge la mano y se la coloca entre las piernas. —Haz algo útil. Está mojada, empapada, la froto con cuidado primero, después más rápido. Arruga la cara y emite un sonido como si ahogara un estornudo, alcanza dos orgasmos en rápida sucesión. —Vale —dice, más a sí misma que a mí—. Vale, vale, vaaaleee. Respira de forma entrecortada, tiene el cuello rojo y el clítoris del tamaño de las semillas de una granada. Me apoya la barbilla en el hombro y abre la boca antes de alcanzar el orgasmo una vez más; cuando se aparta, las marcas de las huellas de sus dientes dibujan una media luna en mi piel. —Gracias. —Un ligero estremecimiento—. Ha estado bastante bien. —No eres muy difícil de complacer. —Soy hipersensible. Hay pastillas, pero no me las tomo. —¿Pastillas para qué? —Ya sabes, para amortiguar la sensación. Da igual, no me gustan. Es como si me envolvieran todo el cuerpo con algodón o algo así. —¿Quién quiere eso?

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—¿Verdad? Coloca un muslo encima del mío y enrolla el pie en mi pantorrilla para abrirme más las piernas. —Seguro que a la larga mejora las cosas, pero somos quienes somos. —Ya lo creo. —Mi mejor sonrisa—. Con todos nuestros defectos. Wayne Harvey, un veterano de pelo plateado, se sienta en el sofá. A las mujeres les encanta el comportamiento de galán de mi coprotagonista, trata a las jóvenes aspirantes como si aún fueran doncellas inmaculadas. Más allá de sus piernas curvas y una ligera papada, es bastante apuesto, el Jimmy Stewart del porno duro. La estimuladora lo trabaja con la otra mano. —Te agradezco el esfuerzo, milady —dice Wayne—. Pero me temo que tus amables servicios no producirán ningún efecto. —¿Por qué? ¿Qué pasa? —El pene de Wayne está roto —la informo. Wayne me dedica una mirada cortante. —Cierto, Samuel. Aunque explicado de forma burda. Ocurrió hace unos años. Wayne rodaba una escena en solitario con una pequeña rubia acróbata que se sacudía y corcoveaba, totalmente desbocada. Wayne sudaba a chorros y aguantaba como si le fuera la vida en ello. Se monta sobre él y Wayne empuja hacia arriba para encontrarse con ella, la chica se muerde el labio inferior y le pide más, se corren a la vez de manera torpe y algo se rompe. Sorprendente pero cierto, te puedes romper la polla. Es una funda fibrosa, la túnica albugínea, que rodea los conductos y los vasos sanguíneos; en erección, la funda se estira al máximo y se endurece bajo la piel. Un trauma grave puede romper la túnica, se necesita la misma fuerza que para romper la nariz, por ejemplo. El término médico es fractura peniana, aunque los médicos familiarizados con la lesión utilizan el eufemismo «mecha rota». Yo estaba fuera del decorado y escuché un sonido horrible. Lo más parecido que encuentro sería el sonido de un muslo al arrancarlo de un 54

pavo asado. Entonces la chica se pone a gritar y Wayne no para de dar saltos, también gritando. La polla le cuelga doblada en un horrible ángulo y la piel tensa la mantiene en ese estado, no hay manera de liberar la presión. La punta es una berenjena oscura, un hematoma aterrador, una burbuja oscura del tamaño de una uva que se hincha a lo largo de la fractura. Ahí está el pobre Wayne mirándose el miembro mutilado, negro como una morcilla, apretándose la base como si eso ayudara. No voy a mentir, daba un asco de cojones. Por suerte, esta historia tiene un final feliz. Incapaz de conseguir una erección digna de la pantalla, Wayne se sometió a una operación para implantarse una prótesis inflable en el pene. El urólogo realizó una incisión en la base del pene de Wayne y le introdujo una vejiga hinchable por el mástil, después otra incisión en el saco escrotal para colocar una bomba del tamaño de una pila triple A. Un agujero en el hueso de la cadera para anclar la prótesis, los diversos tubos y cables se colocaron detrás de la pared abdominal. El aparato funciona a las mil maravillas. Wayne bombea y lo mete, después lo deshincha y se relaja hasta que llega el momento de volverla a hinchar para entrar en acción. El hombre de los seis millones de dólares del porno. —¿Estás seguro? —le pregunta la estimuladora—. No me importa, de verdad. —Bueno, si no te molesta. —Wayne sonríe—. Pero, por favor, tómate mi no erección como una expresión de mis limitaciones físicas, no como una crítica a tus habilidades. Los dos se enzarzan en una serie de réplicas agudas, del tipo que mejor se le dan a Wayne: temas sin sentido y desenfadados que van desde películas actuales hasta juegos de palabras pasando por artículos que ha leído sobre algún tema humanitario como salvar al águila filipina, liberar a los cabreros de Timor Oriental, la marcha por la paz mundial de los niños de la talidomida, etc. La chica incluso se ríe con los horribles chistes malos de Wayne: «¿Entera? / No, solo la puntita. / No, tonta, la leche. / Ah. En la cara». Hago que la chica se corra y no me presta ningún tipo de atención, menuda ingrata. Me toca las narices. Antes de la escena final, sufrimos lo que, siendo bastante compasivos, podríamos llamar un «fallo técnico». Más exactamente, la prótesis de Wayne… bueno, estalla. El tío está bombeando, se le levanta a buen ritmo y, entonces, su cara deja paso a una expresión de terror y se pone a revolverse sus partes sin dejar de gritar: «¡Dios mío!». Se agarra las

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Y su polla. el nuestro. se escucha un sonido como cuando hinchas un globo y lo sueltas. —Dios. Me ofrezco a unirme a ellos. solo que el sonido procede de la punta de su pene. ella mira con melancolía por la ventana trasera. —Mira el lado bueno —dice el cámara—. La estimuladora se arrodilla a su lado. similar al sonido de una pistola al disparar debajo de arena húmeda. Mientras la ambulancia se aleja. hinchada. tras un rápido examen del decorado y los allí presentes. —¡Llamad a una ambulancia! Le quito el teléfono a Kitten. pillan la idea. ¿Estará pensando que de algún modo soy yo el responsable? ¿Que tengo un vudú? ¿Un pene de cera en miniatura lleno de alfileres? Cuando llega la ambulancia. Puedes interponer una buena demanda. si las miradas mataran. —¡Hombre abatido! —grita el director—. ¿Estás bien? La forma en que Wayne me mira fijamente. ¿A quién mira si no es a mí? 56 . que está charlando con alguien mientras sucede todo esto. uuuf. roja. Me he encontrado presente en sus dos catástrofes peniles. Ponen bolsas de hielo en la entrepierna de Wayne y lo atan a la camilla. La estimuladora insiste en acompañar a Wayne a urgencias. se expande y Wayne está en el suelo gritando como un condenado. estás soltando chistes cortos y malos y contando con todo lujo de detalles la situación de los cabreros de Timor Oriental y ahora tienes el pene arqueado como un anzuelo y chorreando sangre. Dos minutos antes. Después. los médicos parecen perplejos. y marco el 911. Wayne se mira abajo con una expresión de horror espantoso y entonces. no demasiado fuerte. tío. joder. Joder. pop. Un mundo gracioso. ¡Hombre abatido! Wayne rueda por el suelo con los ojos en blanco y la boca abierta. pero no emite ningún sonido. pero los médicos no lo permiten.pelotas y yo me pregunto si está buscando la bomba que le colocaron ahí dentro o el botón de apagado porque la polla tiene un aspecto monstruoso.

el proceso de transformación requiere que te conviertas en una persona totalmente diferente. el hombre de familia. Como los carteles que se ven en los parques nacionales: «Llévate solo fotos. qué he perdido. seguridad. ¿verdad? Repitamos el mantra: familia feliz. Se lo dije a mis amigos. La línea del atardecer perfila el horizonte interrumpida por los altos edificios del centro. El apoyo de esos sistemas requiere algún tipo de… apariencia. familia. Bienvenido. sin recuerdos. La persona que intentaba ser desesperadamente. nadie sufre. 57 . Mi mujer y yo fuimos a terapia. cómo labrarme mi camino lo mejor que pueda sin herir a nadie. Trabajo. Humillarte. llamas crispadas por un viento del sur. Apariencia de normalidad. Soy incapaz de realizar ese cambio. Revelación total. un coche abandonado con bolsas de basura tapando las ventanas rotas. sin mentiras. Me rebajaron de categoría pero conservé mi trabajo. edificios en los que ahora tengo prohibida la entrada. no era más que un fraude.Me llamo Sam. Por eso hago películas porno: sin compromiso. sin nombre. el marido. Una luna pálida y creciente está sentada como un barco de juguete en el hueco entre dos montañas oscuras. Ahora mismo. ¿Qué otra cosa puedes hacer? Suplicar el perdón. se trata de aprender cómo arreglármelas. Un enorme pájaro carroñero con una cabeza enorme y áspera descansa sobre el techo destrozado del coche. sin culpas. Tampoco creo que os sorprenda. No es que sea débil o no tenga carácter. aunque por lo que sé esas criaturas no son endémicas de esta parte del planeta. ruedas viejas y depósitos de agua desechados que se oxidan entre las ortigas. os deseo de verdad que lo consigáis. y no pienso pedir perdón. se hacía de noche. El amor y la responsabilidad no entran en la ecuación. Gracias a todos. Pero el secreto hacía más daño que la verdad. a mis compañeros de trabajo. familia feliz. Soy adicto al sexo. en los que trapicheé. Cuando terminamos de filmar. En mi interior sabía que no duraría. No digo que cambiar sea imposible o que tú o tú o tú no podáis empezar de cero. Cuatrocientas parejas sexuales durante los últimos cinco años. hechos claros. Bueno. un aparcamiento vacío reúne carros de la compra vacíos. ¿no? Supongo que podría decir que todo. La vida normal. torres de perforación que emiten un gas ácido. familia feliz. a mi jefe. Sam. esa es la pregunta de esta noche. Deja solo las huellas de tus pies». Al otro lado de la calle. edificios en los que una vez me esforcé con pena. Es solo que esa persona no soy yo. un águila ratonera. sin rodeos. Brillantes agujas arden en las laderas de las colinas más allá de la ciudad.

Recorro las calles bajo la luz grisácea del anochecer. «No. «Es decir. El proceso de deshumanización es un imperativo moral. dice. envuelta en la sombra que proyectan los altos arces. Siempre se puede encontrar otro caballo». Coartada irrefutable. « ¿Por qué has hecho eso?». pregunta el dueño de la caravana. Ahora. bajo las farolas que iluminan con su brillo azul nocturno. Me acomodo en el asiento del conductor. un palomino. El vaquero adoraba a su montura. una iglesia con las ventanas y la puerta tapadas. «Pensaba que querías a tu caballo». ¿verdad? Son bellas y flexibles. imagino que estará fuera de juego durante una semana. señor. pollas. Aprecio sinceramente la naturaleza femenina. coloco una capa de pañuelos de papel entre las piernas estiradas. Es difícil cambiar de marcha con los pantalones arrugados alrededor de los tobillos. le quitaba los abrojos que se le enganchaban en las crines con un cepillo de cerdas. dispuestas a adaptarse al hombre que sepa cómo acariciarlas. aprecio la naturaleza de los caballos. Gigantescas grúas de construcción permanecen quietas como obeliscos contra el cielo acolchado. La relación de un adicto al sexo es con el sexo. El vaquero escupe. Lo entendí todo gracias a un viejo western en blanco y negro.Cojo un destornillador de la guantera. que normalmente no aguanto. van en una caravana a través de la Sierra Madre cuando el caballo se queda rezagado por un casco roto. más aglomeración de ponchos sucios empujando un carrito de la compra con una rueda rota. personas sin techo y perros flacos por el invierno acurrucados en la boca de callejones sin salida. paso frente a casas adosadas decrépitas y tiendas con escaparates enrejados. pero la poli dejará tranquilo a Wayne. El vaquero coloca la pistola en el ojo del caballo y aprieta el gatillo. Un acto ruin. no con la gente. labios. sobre un puente giratorio que se extiende sobre el canal destrozado. Hacia el final. pero sí me gustan los caballos». le daba manzanas y terrones de azúcar. una chica que parece una boca de incendios y 58 . Para los adictos. Pero eso es pensando en el todo. coños. culos. fiables. trabajadores. pero no encuentro ninguna candidata adecuada: una mujer con un carrito. quito las matrículas del Buick Century de Wayne y se las pongo a mi Chevy Cavalier. se entiende el aprecio hacia la naturaleza de las mujeres. puede que no sientas nada individualmente. resulta crucial descomponer el objeto de deseo en sus elementos básicos: tetas. menos ser humano. Acelero el motor y salgo del aparcamiento. Había un vaquero y su caballo. Examino las aceras. dóciles. caderas. me quito los pantalones. pero son todos así.

—Danny tamborilea con los dedos en la pared junto al teléfono—. —No lo es —dice Danny—. recocido y listo para darle —le digo. —Danny chasquea la lengua—. Samuel. — ¿Has pasado el punto de no retorno? ¿Estás desnudo y listo para darle? —Cocido. —Ahí va. —Y. Eso es exactamente lo que necesito escuchar. Claro que no. somos padrinos el uno del otro en Adictos Sexuales Anónimos. Escucha. Samuel. Joder. cerca de ese bar con la sala al fondo. tío. tampoco es que esté cometiendo un pecado mortal ni nada parecido. creo que deberías dejarte llevar esta vez. —Joder. Entre el peepshow y el sitio de los finales felices. ¿vale? Te puedes permitir recaer de vez en cuando mientras no te quedes enganchado otra vez. —Bueno. ¿Dónde estás? —En la esquina de Bonita y Empress. Soy yo. Llamo a mi colega Danny Dewson. tío. buscando. —Pero crees que no pasa nada. oye. Silencio por su parte. —Vale.seguramente es lesbiana avanza rápidamente con un chow-chow atado a una pesada cadena. estoy dando vueltas. ¿verdad? Quiero decir que no es el fin del mundo. ¿Cómo va la lucha? —Si tengo que serte sincero… —La sinceridad es la mejor política. —Todo el mundo engaña de vez en cuando. no estoy muy metido en ese rollo. —Eres tú —dice Danny—. joder. Poco ganado. —Hola. ¿Solo esta vez? 59 .

—¿Estás buscando algo? —Bueno. como si aquella intimidad forzada pudiera cerrar el trato.—Por esta vez. Se materializa de la nada como una aparición. —Mantente fuerte. Está demasiado lejos para distinguir bien los rasgos exactos. En cuanto cuelgo aparece caminando por la acera. hermano. etéreo. me estoy — ¿Sabes por dónde se va… a la autopista? Se inclina hacia adelante y apoya las muñecas en la ventanilla. supongo que podremos apañar algo. pero eso no es del todo importante. no del todo real. tras un gemido dejo de lado el autocontrol y salpico la columna del volante al tiempo que 60 . estoy un poco perdido. A esta distancia implacable. —Bueno. que le crece a un lado de la nariz. Joder. vaquero? Tiene las pestañas cuajadas con grumos de rímel y el borde de piel huele a roedor ahogado. —Bendito seas. no me lo está poniendo fácil. Resulta complicado mantener masturbando como un loco. — ¿Es eso lo que buscas de verdad. ¿Perdona? Me mira y se agacha en la acera. Si pudieras… acercarte un poco más… Mete la cabeza por la ventana. su cara está a centímetros de la mía. verás. te doy luz verde. en el momento exacto. su cara no pasa el examen. Danny. como un ángel vaporoso. el cuerpo quieto. un carbúnculo debería decir. los dientes se le han ido a la mierda y tiene una especie de brote con forma extraña. Me paro a su lado y bajo la ventanilla. Viste unos vaqueros ajustados rotos por la rodilla y una especie de abrigo con borde de piel. Qué gran corazón. —Déjate de polleces. —Perdona.

Lisa. en realidad. o para cualquiera. —Bueno —asume la mujer en un tono pragmático—. fuimos a la misma universidad. —Lo siento. un bienestar estático experimentado solo por los monjes budistas y quizá por los niños pequeños. paranoia y depresión. mi mujer. Podía haber tenido a cualquiera. una paz iluminadora. pero sí me importa. Conocí a Lisa en el este. frágil. Me acosan todos estos sentimientos conmovedores hacia la mujer. de mí. No la quiero. Me eligió a mí. los mundos imaginables acomodados entre esos oscuros espacios en crecimiento entre la luz albergan formas de vida alienígena que poseen una nobleza y una decencia que yo jamás llegaré a entender. ocasionada por lo inconcebible de dichos sueños para esta mujer e incluso para mí. —Gracias. que permanezco tan trivial. Entre los adictos. Me llamo Sam. Confundí el efecto que producía en mí con amor. —Cuando quieras… Existen millones de receptores nerviosos en el cuerpo humano. mínimo. —Entrecierra los ojos hasta que estos no son más que dos cortes felinos—. sueños de una buena vida y un futuro sano. el acto de liberación a menudo provoca sensaciones de euforia extática seguida de periodos de profundos remordimientos. parecía que te podía tragar y escupirte en forma de burbujas si te acercabas demasiado. y una hija de seis años. Si no 61 . Te enfrentas a eso. Al menos el setenta por ciento se concentran en las zonas erógenas. Tenía un aire particular. Cada minuto de cada día. saco un billete arrugado de veinte del bolsillo de los pantalones. Meto primera.una sensación de paz absoluta se apodera de mí. felicidad y amor. insignificante. Bienvenido. y esa sensación de desolación incalculable se extiende dentro de mí. mi exmujer. Soy adicto al sexo. lo tiro a la calle y me alejo. Debería cobrarte por eso. miro a través del parabrisas al cielo nocturno plagado de estrellas. Es una batalla cuesta arriba. Sam. veo que no eres poli. pero es un mini satori fugaz y enseguida se apodera de mí la sensación de inutilidad conocida por pocos.

Antes creía que mi corazón estaba agotado. cosas del día a día. Su fallo fue creer que tenía el poder de cambiarme. En el salón a oscuras. 62 . Ellie… La quiero profundamente. Dios. los Ascensos Habituales y las Cuentas Bancarias Saneadas. La casa es un dúplex desmañado con el tejado combado. Si se estuviera muriendo. Tonterías. Pero no puede ser. ventanas con parteluces y un camino de entrada para un solo vehículo. también de las Fiestas de Trabajo Semanales. atándose los cordones. pero ahora me doy cuenta de que no es más grande ni más pequeño que el de cualquiera. le contagié la gonorrea y después le eché en cara con pocas ganas que ella me la había pegado a mí. siempre es haciendo alguna tarea rutinaria. lavándose los dientes. pero esperaba que igual un rato… —Apestas. Nunca me permito que pase una semana sin verla. esa es la peor. Llamo y Lisa me abre la puerta en bata. mi corazón es simplemente diferente. sin llamarla. ¿puedo asearme? Lisa arruga los labios. —Hola. Pienso en lo peor que le hice durante nuestro matrimonio. Antes deseaba que el amor que sentía por Ellie de algún modo pudiera estirarse. Antes vivíamos en una casa grande en la parte antigua y acomodada de la ciudad. abarcar a más gente. Sam. sin que sepa cuánto me preocupo por ella. lo que fuera. Probablemente la vez en que volví de un fin de semana de putas. La miro y me doy cuenta de que aún soy capaz de eso. —¿Qué estás haciendo aquí? Mi exmujer cruza los brazos sobre los pechos. bueno. ya lo sabes. ya.tuviera dinero. de las Noches Hasta Tarde y del Secreto Oscuro y Sucio. un riñón. —Te toca cuidar de Ellie cada dos fines de semana. la ayudaría. con el pelo mojado de la ducha. —Sí. —¿Sí? —Me resulta realmente molesto no haberme dado cuenta—. la televisión proyecta luces intermitentes en las paredes. le daría mi sangre. Estaba pensando que igual podía ver a Ellie un rato. Mi hija. Sí. y no pasa nada. en la época de los Trabajos Estables. Cuando pienso en ella en mis ratos libres.

—Hola.—No te lo pediría. —¿Qué estás viendo? —Los animales hablan. tortuga. Se aparta. En el armario de los medicamentos encuentro un frasco de perfume y me rocío una buena cantidad. pequeña. El conejillo de Indias es divertido. —¿Qué estás haciendo aquí. Cuando me sonríe veo que ha perdido un diente de leche. pato. me invade un temor oscuro y devorador hasta que me doy cuenta de que se refiere al perfume. Me desabrocho la bragueta y meto el secador en los pantalones hasta que el calor resulta insoportable y lo apago. Mi hija está sentada en el sofá viendo un programa para niños. En la pantalla del televisor. En media hora me habré largado. Viven en un río. Pero arréglate un poco. La voz del conejillo de Indias me recuerda a Jimmy Cagney: «¡Zuziaaa draaaataaa! ¡Matazzzteee a mi hedmanoooo!». —Vale. un grupo de criaturas trabajadoras. papá? —Me pareció una buena idea. 63 . pero de verdad que tengo muchas ganas de verla. —Hueles a chica —me dice Ellie y. un holograma oscilante de sí misma. —Su cuerpo se encoge sobre el mío—. un rato. Me siento a su lado y los cojines se comprimen de forma que el cuerpo de Ellie se inclina sobre el pliegue de mi codo. En el baño. me froto una mancha dura de los pantalones y los seco con el secador de Lisa. el canino superior izquierdo. ratón. hámster. retozan sobre un montón de palomitas. por un momento. En la sala de luz tenue parece una criatura etérea.

coños peludos. El hámster pasa volando en una lancha en miniatura con los diminutos ojos negros y brillantes abiertos de par en par. ¿No te gusta? Se encoge de hombros. estoy atascado en el acantilado de coños.—Me he echado un poco del líquido ese perfumado de mamá. Ellie se termina una galleta y coge otra. Le rodeo los hombros con el brazo y la estrujo. busco asideros seguros en los más sueltos. encajo los dedos de los pies y de las manos en rajas húmedas. —Me gustan las pesadillas —le discute mi hija. Cuando me pasa un vaso. Lisa entra con una bandeja con leche y galletas rellenas de higo. tienes pesadillas. El programa llega a una conclusión emocionante y los habitantes de la ribera dan una fiesta. nuestros pulmones se expanden y se contraen en perfecto sincronismo hasta que temo hiperventilar. Sentado con la cabeza de mi hija apoyada en mi brazo. con unas gafas de esquí tintadas de azul. tiovivos. Vemos la tele en silencio. Si comes demasiado azúcar antes de dormir. Siento el movimiento de su pecho e intento igualar mi respiración con la suya. coños rubios. coños afeitados. ¿qué tipo? 64 . deseando tener a mano crampones y talco. ¿Qué tipo de persona alberga tales pensamientos? De verdad. bebiendo de su calor y de su tranquilidad como un camello bebe agua después de un largo trayecto a través del desierto. absolutamente aterrado. —No está mal. y empiezo a escalar. me agarro a los labios. nuestros dedos se rozan y ella aparta la mano como si se hubiera quemado. caléndulas. me basta con estar cerca de ella. no paro de pensar en genitales femeninos. —Ya está —dice Lisa—. y yo me encuentro en la base de esta estructura imponente completamente desnudo. una escarpada pared de vaginas. escalando su lograda superficie como un alpinista intrépido enfrentándose al peligroso ascenso de la cara norte del K2. como una especie de precipicio. pero nada funciona. viendo a los roedores saltar y brincar. morenos y pelirrojos. caballitos de mar. Ellie se mueve junto a mí y yo intento desesperadamente pensar en otra cosa.

no sé. Pepinos gigantes que hablan. porque me pregunta. Lo que digo es que sería posible llevar una vida normal. —¿En qué estás pensando? En un acantilado de vaginas. Follarse una sandía. —¿Es algo que te recomiendan en tu grupo? —Me pregunta—. —Risa crispada—. —Bueno. —Venga ya. —Mejor que no. se metía en el huerto de su vecino y hacía un agujero en una sandía con una navaja. Eso te lo reconozco. sobre las que no ejercen ningún control. vale… Estaba leyendo un libro el otro día. Por la noche. Supongo que la quiero. Ya es hora de irme. Joder. —Bueno —digo—.Los adictos a menudo se sienten acosados por un amargo odio hacia ellos mismos en respuesta a sus fantasías eróticas. Lisa me sigue hasta la puerta. ojalá eso me funcionara. que se follaba sandías. Lisa. en nada. Ahora viene VeggieTales. ¿vale? Le doy un fuerte abrazo. justo lo que me recomendó el médico. Sonríe de una forma que me entristece. ¿Este tipo de… sinceridad? 65 . El follasandías nocturno. Las puedes cultivar en el patio trasero o. —Eres bueno con ella. Quizás intuye algo. cielo. tener unas cuantas siempre cerca. —Qué puedo decir. Supongo que pensé que no estaría tan mal tirarte una sandía. Sam. Cuando sientes el impulso te puedes encerrar en algún sitio y zanjar el asunto. Migas de galleta encima del labio. Tengo que ir a mi reunión. Te veo el fin de semana. Había un personaje que… Bueno. —Quédate —me dice Ellie—. aliento con olor a leche. Sí. —Ah.

No soy ningún demonio por querer hacer algo así. —Vale. —Bueno —dice con frialdad—. ¿verdad que no? —Claro —le digo—. —Exacto. Quién sabe qué hay al otro lado. —Abro el coche. ¿Cómo va la lucha? —Pues. puede que ni siquiera haya una chica al otro lado. Es un paso atrás. Genial. te voy a ser sincero… —Siempre es bueno ser sincero. ¿no? —No eres ningún demonio. Danny. un poco más arriba del sitio con la llamada secreta. Mientras cruzo el jardín delantero me vibra el teléfono en el bolsillo. claro que no. —Genial. Me muero de ganas de meter el… rabo… en este… agujero. Ahí va.—Más o menos. No estoy seguro. —Eres tú. Samuel. me siento tras el volante—. ¿te parece bien? ¿Solo por esta vez? —Te doy vía libre. —Es verdad. —Y. —Entonces. Samuel. Buenas noches. oye. —¿Dónde estás? —En el peepshow de Sanford. sí. Creo que por esta vez no pasa nada. —Soy yo —dice Danny Dewson. pero pequeño. Lo tengo en vibración por el escalofrío placentero que me envía a las pelotas. 66 . Tengo fama de meterme el móvil en los calzoncillos y llamarme desde cabinas. Te llevaré a Ellie el sábado por la mañana. tengo quince minutos para llegar a la reunión. Entre la casa del porno y el club de striptease. Son las nueve menos cuarto.

Me llamo Sam. Espero no parecer un gilipollas. Compulsivos Sexuales Anónimos se reúnen los martes en la sala de reuniones de la biblioteca Louis Riel. Oye. pero creo que el razonamiento lógico en busca de un motivo para el Secreto Oscuro y Sucio es una pollez. veo una cara conocida en la calle o en un restaurante y me doy cuenta de que pertenezco a una cábala secreta. Soy adicto al sexo. Eso no significa que seamos degenerados. Mi madre no me dio el pecho hasta que cumplí los quince. quizás un poco monótona.—Sé fuerte. Bienvenido. cuando intentamos ser otra persona. estupendo. Mi padre no me habría pegado si me hubiera pillado masturbándome. Renacimiento de la Adicción Sexual (domingos en la Primera Iglesia Metodista Unida). Donde viven los monstruos. pasar nuestras vidas en una pena absoluta para disimular quiénes somos. Imagino que su vida sexual era normal. Mi padre era contratista autónomo. No es culpa de nadie. toda esa mierda. apretujarnos en cuchitriles. No somos todos iguales. abierta. a una clase inferior errante y adicta que vive en esta ciudad y en otras muchas. Nada extraordinario. Sadako y las mil grullas de papel. La sala está decorada para Acción de Gracias: calabazas y mazorcas. bandejas con pavos de papel y colas de pañuelos desechables. le miro las piernas y avanzo a través de estantes de periódicos y carruseles de libros de bolsillo y periódicos enganchados a tacos de madera hasta la sala de reuniones. De vez en cuando. En algún momento se ha puesto de moda ser quienes no somos. sufrir es amar. bravo por ti. desvergonzada. La mentalidad de mártir me pone enfermo. No sé por qué soy como soy. Mi madre era profesora. pero sí que no se reduce a un suceso particular ni a una cicatriz emocional profunda. hermano. la nobleza del sufrimiento. Frecuento varios grupos: Adictos al Amor y al Sexo Anónimos (miércoles en el salón parroquial de St. Algunas personas son diferentes. directa. Sam. La mesa está llena de lápices de colores y libros infantiles del programa Amigos Lectores: Excavando dinosaurios. generosa. si tu naturaleza es egoísta. decente o lo que sea. honrada. Los sospechosos habituales: Baney Jones y Owen y 67 . Adictos al Sexo Anónimos (viernes por la tarde en el club Vive y Deja Vivir). El problema que yo veo se plantea cuando nos oponemos a nuestra naturaleza. genial. Peter). Saludo con la cabeza a la bibliotecaria. nada más.

recién salido de la universidad. —Pues. Bette le da un trago a la botella de litro de Pepsi que ha traído. todo el rato sobre los cinco puntos. pero ¿quién sabe? ¿Cuál es la edad legal hoy en día? 68 . —Hay un tío en el otro equipo. por favor. Están jugando. bueno. Wayne no es tu mayor fan.Bette. se pondrá bien —me responde la estimuladora en un susurro— . no como en un partido de playoff o así. continúa. Creo que el eufemismo es rubenesca. Bette. Volveré a verlo mañana a ver cómo está. debería decir chico. Me siento junto a la cuarta persona. —Por favor. —Creo que no. Bette O’Neal es una mujer grande. Es una adicta doble: ninfómana que come en exceso. —¿Estás insinuando que quería que se le rompiera la polla a Wayne? ¿Que de alguna forma le manipulé el pene para que explotara? —Señor Chancey. El consejero de la sesión tendrá unos veinticinco años. deja la conversación para el descanso. —¿Por qué? ¿Qué le he hecho? Arquea una ceja. ¿Cómo está Wayne? ¿Se pondrá bien? —Sí. ¿Puedo ir contigo? Niega con la cabeza. bueno. me sorprende y me entusiasma que esté aquí. —Hola —le digo—. el partido está igualado. estoy en el partido de baloncesto del instituto de mi hijo. —Buenas noticias. El chico de la ambulancia le puso una inyección de morfina para que no le doliera demasiado. está en el último curso. como si tuviera un silbato alojado en la garganta. que están llenas pero no demasiado. ¿no? Tiene diecisiete años. con voz aguda y entrecortada. Es… es el base o algo así. Estoy en las gradas.

Le estás dando caña aquí. leyéndole la ley de orden público. y de la educación. vale. nada de eso. ¿no? No es que le hiciera nada. bueno. supongo. Aunque no me lo estaba follando. —No le estoy haciendo nada. mi boca en su polla. ¿Sabéis a qué me refiero? —Algunas personas asienten—. es un olor más profundo que el sudor. larguirucho y ágil. solo verlo correr y saltar era suficiente. pero no me imaginaba follando. Quizá legalmente es un niño. el chico. Da igual. —Va. La edad legal es dieciocho años. Intentamos crear un ambiente de apoyo y sinceridad. estaba limpio y seguramente no tiene ninguna enfermedad. —No pasa nada —comenta Bette—. déjala en paz —dice Baney Jones. o gente. hombre. El gimnasio huele como cuando hay chicas o chicos. lo que sea. Llevaba un abrigo por el frío y me lo puse encima de las piernas. como una traca de petardos que explotan. Tuve cinco orgasmos muy rápido. Era joven.—Dieciocho. aunque eso suele utilizarse para describir a una chica o a un gato. un exhibicionista en serie de sesenta y tres años. cielo. Bette. Es raro. no puedo quitarle los ojos de encima. Puedo aguantarlo. —El consejero se llama Joey—. cualquier tipo de gente. Eso implica la valoración crítica de… —¡Tu madre tiene las rodillas peladas! —Baney golpea la mesa con su mano llena de manchas—. Estoy ahí sentada en las gradas. —Trago de Pepsi—. no. tienes que admitir que tu comportamiento no es aceptable socialmente. 69 . sus manos en mis tetas. —Aunque resulta encomiable que no siguieras tus impulsos. pero el chico era ágil de verdad. es alto. Así que estoy mirando a ese chico y me toco. me parecía un plus de todas formas. Joey hizo una mueca cada vez que Bette pronunciaba las palabras follar. —Gracias por compartirlo. A sudor. Lo que más me ponía era su juventud. Esa ha sido mi semana. Ya soy mayorcita. totalmente consumida. pero gran parte depende de la madurez y… bueno. señor Jones —dice Joey—. polla o tetas. reunida y con un contacto cercano. —Ah. cómo corre de un lado para otro de la pista. bueno. físicamente hablando.

le golpearon. es genial. sino más bien una anomalía neurológica pero asiste de forma regular. Owen se mueve incómodo en su silla negra estilo cafetería. Por suerte. ¿Os he dicho que pintó mi retrato? No sé. porque no para de descargarse. 70 . El pobre hijo de puta lleva pañales de adulto. —Tuve una cita el otro día —dice—.Baney se tira del sombrero de cuadros escoceses para ajustárselo bien y le lanza una mirada fulminante a Joey por debajo del ala. El caso trágico de Owen Traylor: trabajaba con un equipo de construcción en verano. pero siempre intento decir algo que la haga reír. —Eso —continúa Owen—. —¿Sandy sabe lo de tu problema físico? —No ha salido el tema. Con Sandy. Tiene una risa fantástica y yo no soy un chico divertido. le partieron la parte izquierda de la cabeza detrás del ojo y con la presión se le salió una porción del cerebro por la herida. pero las convulsiones constantes le han dejado unos abdominales de acero. no para. Con el pelo negro y los ojos verdes. Ella es muy inteligente y tiene mucho talento. durante las vacaciones de la universidad. Buenas tetas. Bien puestas. chachi. Cuando va en el autobús o está comprando embutido en el supermercado. Joey da golpecitos con el bolígrafo sobre un cuaderno. bueno. ¡pam! Explota como el Vesubio. —Ay. —Owen. Joey decide avanzar. ¿quieres compartir algo con nosotros esta noche? Veinteañero con greñas de color rojo arenoso. Owen no es un adicto. con una barra. creo recordar. —Nos enseñaste una foto. pero debe de tener el coco hecho papilla o algún cable cruzado. Hablamos de quince. creo que la palabra adecuada es empalaron. la chica de mi clase de sociología. es verdad —dice Baney—. Es afortunado. en el hospital había un neurocirujano que consiguió arreglarle el cráneo en una agotadora operación de diez horas. no me sale natural. y si esto le ayuda. veinte veces al día. ¿verdad? —le pregunto—.

—Por fin vamos al meollo —dice Baney. —Eso no me importa mientras yo me lleve lo mío. No resumas. —¿Estás diciendo que tuviste dificultades para alcanzar el orgasmo? —pregunta Joey. —Owen niega con la cabeza—. Owen. La estimuladora resopla. —El tío al que se le va en ascensores y en el cine y en la iglesia. —¿Y qué problema hay? —Creía… —dice Owen. confundido—.—Hace un mes o así que salimos. mmm. ese mismo tío no consigue cumplir cuando toca. Por favor. 71 . ya sabéis. no un foro del Penthouse. La otra noche las cosas se pusieron… íntimas. o algo así. Creía que para una mujer es importante satisfacer a su hombre. me di cuenta de que no podía… Era imposible… No pude hacer lo que hago veinte veces al día. ¿Ella se corrió? —Eso creo. Como una confirmación de sus habilidades. Todos se inclinan hacia delante de forma perceptible. Owen parece aliviado. —Esto es un grupo de recuperación sexual —dice Joey—. —Señor Jones —le advierte Joey—. —Bueno —dice Owen—. Una cosa llevó a la otra y… —¿Cómo llevó una cosa a la otra? —pregunta Bette—. —Estamos en su casa viendo la tele en el sofá. Pero cuando estábamos. No nos dejes con la frase en el aire para saltarte las partes interesantes. Nos besamos y después. por el amor de Dios. ¿Qué os parece la ironía? —¿Y qué? —pregunta Bette—. hicimos otras cosas.

Cuando estoy con un hombre no busco amor ni sexo. a los demás. La estimuladora habla. ¿No es 72 . Me llamo Beatrice. Extiende las manos. es tuya de por vida. —Acabo de trasladarme a la ciudad. Tengo síndrome de distrofia simpática refleja. Los hombres son solo… El término médico es vehículos. Como para demostrarlo. —Lo siento todo a un nivel sensorial aguzado. —Espera un momento. escúchame. ¿creéis que no pasa nada? —¿Se lo comiste bien? —le pregunto. Ese no es el objetivo en ab-so-lu-to. Crecí en el este. busco fricción. A ti mismo. Sistemas de reparto de fricción. —¡Sigamos! Tenemos un nuevo miembro con nosotros hoy. tío. —Bienvenida. preséntate y cuéntanos un poco. —Aquí todos somos adictos. —Me gstan tus cojones —dice Baney.—Entonces. Joey da unas palmadas y chasquea la lengua. soy hipersensible al tacto. como un policía dirigiendo el tráfico. Por favor. de todas las adicciones. ¿Qué esperas conseguir aquí? —Espero echar un polvo. —Entonces. es hacer daño. —Hola a todo el mundo. pero he vivido por todas partes. —Beatrice —dice Joey de forma brusca—. Beatrice —decimos todos a la vez. —Ya veo —dice Joey—. recorre con un dedo la parte superior de la mesa y la pata de frío acero. ¿no? Y la naturaleza de la adicción. Owen asiente y se sonroja. Soy una adicta al sexo. Básicamente.

Los alcohólicos no tienen romances con las botellas ni le piden perdón después de bebérsela. padres afectuosos. Nuestra adicción es intensamente personal. las cosas horribles que hago son fruto de un defecto de mi carácter humano básico. Nuestra adicción es diferente. Nadie se levanta y dice: «Escuchad. arraigado profundamente en mí e inseparable de quien soy».verdad? —Beatrice pasa la punta de sus dedos por el tejido de los pantalones—. soy una víbora. Dos botellas vacías de vodka envueltas en una bolsa de plástico blanca están encaramadas sobre un cubo de basura rebosante. ¿verdad? Por eso estoy aquí. las víboras conocen su naturaleza. bajo la luz amarilla del patio. Así que. —Los dedos de Beatrice se mueven por la parte de debajo de la mesa. —He estado en muchos grupos como este. Siempre la niñez difícil. Beatrice sale con su chaqueta de cuero. Owen y yo nos sentamos fuera de la biblioteca a fumar. da igual. Infancia segura. Es la única manera responsable de actuar. No quiero hacerle daño a nadie. No he oído eso ni una sola vez. cubierta de chicles pegados—. a los que solo les queda observar los caminos que tomaron en los breves momentos en los que se sintieron capaces de reivindicar esa belleza. la mujer fría. la misma mierda y los mismos lloriqueos. me vuelve a sorprender lo guapa que es: Helena de Troya. El viento sopla a través del patio. así que tenemos que ser responsables. los drogadictos no se preocupan por preñar a sus agujas. quiero decir. El problema llega cuando la víbora se acuesta con un corderito. —No lo sé. la basura corre y se acumula a lo largo de las paredes de cemento. vacíos. sí. una belleza del tipo arrasa-la-ciudadabrasa-sus-murallas. ¿Las víboras comparten el tabaco? En su hábitat natural. el estrés de la oficina. abandonados. Tenemos que encontrar esa línea delgada entre nuestras necesidades y la existencia de los demás. Ahí fuera. —¿Así es como te ves? ¿Como una víbora? —pregunta Joey—. Hay algo que nunca cambia: la gente no admite sus defectos. del tipo que deja una estela de hombres destrozados. 73 . ¿Y también a los demás? Beatrice se encoge de hombros. pero nuestros impulsos pueden con nosotros a veces. busco a alguien como yo. —¿Te puedo gorronear uno de esos? —me pregunta. cáscaras de hombres devorados. Una víbora puede acostarse con otra víbora.

Claro que lo creo. eso creo. Todo está muy claro. Tararea la melodía inicial de una canción que. —Para ser un reptil. —Me muevo hacia adelante. 74 . Los dedos pálidos y largos de Beatrice acarician el cigarro. Me clava la mirada. Que lo sepas. quiero decir. Beatrice. —Has encontrado trabajo muy rápido. Empecé después de divorciarme. trabajé para un director en el oeste.—Estás muy buena. Todo el mundo sabe lo que hay. ¿no? ¿Desde dónde? —Varios sitios. de las mismas caras. —Acabas de llegar a la ciudad. no consigo ubicar. aunque me resulta familiar. Le paso el paquete. —¿Te gusta? —¿Qué puede no gustarte? —Prosigo—: Es más seguro. bueno. Hizo una llamada. —Haces un buen trabajo. —Tampoco es muy difícil. —¿Eso crees? —Sí. aunque no consigo descifrar con qué intención. —Me encojo de hombros—. Es mi filosofía barata. —¿Por qué aquí? —Estaba cansada de los mismos sitios. —Sí. ¿Cuánto tiempo llevas en el negocio? —Algunos años. Más o menos. —Qué encanto. No es física cuántica.

Gorda con la sangre nada espesa. allí apiñados. pero la tristeza es constante cuando intentas ser alguien que no eres. un gesto felino ante el que Owen sonríe ligeramente. pero. Buen trabajo. —No me vendría mal un enema —dice Baney. Los otros entran. —¿Estabas casado? —Durante seis años. ¿Qué pensarían? La mano de Beatrice se mueve contra el costado de Owen. Esto es… —El menor de dos males. —Así que has hecho daño a gente. aparta la mirada. Las puertas se abren y se cierran. ¿Tú no? Asiente. la pluma de su aliento de canela pasa delante de mi cara. Bette se estremece. casa enorme. todo el mundo cree que te va a cambiar. Soy todo un enigma. —Tengo que alejarme de este frío.Baney y Bette vuelven de una cafetería de esa misma calle. hombro con hombro contra el viento. madres e hijos. —Les dices desde el principio quién eres y qué buscas. Pensé que sí durante un tiempo. Ojalá hubiera más espacio en mi corazón. —¿Las quieres? —No sé si alguna vez quise a mi mujer. mujeres mayores con bolsas llenas de romances de bolsillo que entran y salen de la luz acogedora de la biblioteca. Cuando ella se ríe. Quiero a mi hija a muerte. estudiantes universitarios. Beatrice apaga la colilla bajo el tacón de su bota. 75 . No voy a cambiar. Me pregunto si alguno de ellos se para a pensar en nosotros. Sin duda a veces es triste. Nos quedamos en el patio helado. aun así. —Mucho. —¿Hijos? —Una niña.

sí. de una abertura entre casas medio derrumbadas. ese es el problema. Al final de la calle. Me coge de la manga de la chaqueta. pero si funciona… ¿No? Así que. todo es posible. Pero me he jurado ser totalmente sincero sobre quién y qué soy. —Vamos. —¿En qué piensas? —me pregunta Beatrice.—Sí. Me llamo Sam. soy optimista. Con quien sea. Sigo con los ojos las líneas intermitentes de la línea que divide el oscuro asfalto. pero siempre existe la posibilidad. En follar. 76 . Las calles brillan con la escarcha. esos dos sí que se quieren. Es posible. Sam. dos mujeres sin rostro se gritan la una a la otra en un dialecto desconocido hasta que el rugido de un camión cisterna ahoga sus voces. ¿no? No lo sé. Con Bette. El «quién» no es importante. Carreteras desoladas. por supuesto. la luna brilla sobre la superficie destrozada del canal. Puede que no sea amor según la definición de otra persona. —No lo sé. Eso. Una pareja pasa a tu lado por la calle y tienes la sensación de que. —Sonrisa—. —Me encojo de hombros. abatido de repente—. Sin duda. como concepto abstracto: amor inmaculado. Con la bibliotecaria. creo que es posible. amor divino. Bienvenido. Los entendimientos y las intensidades serían diferentes. Lo ves todos los días. lo que sea. Soy adicto al sexo. Totalmente. ¿Cuántas mujeres cuerdas querrían tener algo conmigo? Aun así. ¿Que si creo que el amor existe? Claro. tío. —¿En follar con quién? —Contigo. —¿Quieres volver adentro? —Soy fácil. A través de un agujero en la valla de seguridad del patio. Lo que yo siento por Ellie es amor.

por insignificante que fuera. La sigo hasta una puerta pintada de verde entre un par de contenedores. De vez en cuando dice: «Gira a la izquierda» o «Gira a la derecha después de la tienda de dónuts». espeluznante. El hombre devuelve su gigantesco volumen a su lugar inicial 77 .desprovistas de vida humana. —Seguramente lo hagan —comenta Beatrice—. la señal es débil. Llama y responde un hombre negro con las dimensiones de la armería de Fort Morgan. la voz de un hombre muerto atravesando el vacío del espacio como un mensaje en una botella que llega a las orillas lejanas del dial AM. —Sí. porque el hombre se aparta y deja el espacio justo para que entre. y me imagino una transmisión fantasmagórica. la cara morena y bien peinada de algún modelo local que debería conocer nos mira con benevolencia y yo me siento un tanto avergonzado. Beatrice susurra algo. avergonzado por ser incapaz de recordar qué compartisteis. con el casco como una pecera lleno de grietas y el silbido de la presión a través de las grietas taladrando sus oídos. Una valla publicitaria iluminada se eleva sobre el astillero. Beatrice gira el sintonizador y los altavoces cobran vida: una retahíla de sílabas incoherentes dan paso a un grito o berrido. afligido y continuo. cicatrices de un fuego lejano. Casi estamos. digamos. grave. Un aparcamiento contiguo lleno de coches poco habituales: BMW y Mercedes aparcados junto a camionetas y Dodges comidos por el óxido. Una luna en forma de hoz se abre paso a través de un banco de nubes desgastadas para embellecer las tiendas y oficinas con su manto desteñido. aparentemente la palabra secreta. Las huellas de un incendio se elevan. como te sientes cuando te topas con una persona que sabe tu nombre y tú no consigues recordar el suyo. llena de ruido. La firma intermitente de una luz estroboscópica brilla en los marcos de las ventanas más altas. del espacio exterior. —Métete por el callejón de la izquierda. —Qué raro —dice Beatrice. Me guía a través de la red de la ciudad hacia un destino desconocido. —¿Qué es este sitio? Parece que deberían cerrarlo. algún cosmonauta condenado gritando por el intercomunicador. Beatrice va en el asiento del copiloto toqueteando la radio. El edificio es una construcción deteriorada de cinco plantas en el distrito industrial. lenguas negras contra la mampostería agujereada. Este es un asunto de una noche.

Como dijo Bette. diferentes participantes. Lo primero que te golpea es el calor. Al final de la escalera. Luces estroboscópicas colocadas sobre trípodes telescópicos proyectan círculos giratorios en las paredes y el suelo. pero más profundo. una chica con un piercing en el ombligo está debajo de un cartel que dice «Guardarropa». se aparta de nuevo. a través de agujeros en la pared se ven cables corroídos y el aislante rosa empapado. La imito. Las paredes están llenas de grafitis. —Guiño—.cuando Beatrice le informa de que voy con ella. veo que estamos en un almacén. se escabullen sobre las barras oxidadas. Un DJ pincha música trance en un par de platos portátiles. Diferentes ciudades. Tras un suspiro hastiado. —Blablablá —dice Beatrice saltando ligeramente sobre un pie y otro—. Lo segundo es el olor: dulce y amargo a la vez. La chica se coloca delante de una puerta corredera de metal. —¿Me llevas a mi perdición? ¿A grabar una peli snuff? ¿Traficantes de órganos en el mercado negro? —Es una exhibición itinerante. —¿Qué pasa aquí? Sigo a Beatrice por una escalera estrecha. Beatrice y yo nos desnudamos y le damos las camisetas y los pantalones a la chica. Me sorprende que no lo conozcas. olor a sudor. —Se detiene y me mira—. pequeñas criaturas. ¿O es un foso? 78 . Da un golpecito con una uña pintada de rosa fucsia en el cartel y me doy cuenta de que en realidad pone «Guarda ROPA». Me quito la chaqueta y se la paso. —Bienvenido al nido de víboras —dicen los labios de Beatrice pegados a mi oreja—. Lo he hecho algunas veces. Cuando mis ojos se acostumbran. ratones o pájaros. Beatrice se mete el suyo debajo de la lengua. Vamos al lío. Pintado con espray en letras rosas que hacen juego con sus uñas se lee la palabra «GOMORRA». Me da un recibo que no sé dónde meterme. el olor de cuerpos en contacto cercano. Vigas de acero cubren el techo abovedado. una calidez que te envuelve el cuerpo.

observadores silenciosos. me coge la pierna y me regala un pellizco salvaje. Su belleza es aplastante. Emite un brillo sobrenatural. me siento minúsculo. una polla empalmada pasa por debajo de mi garganta. la mano de alguien. manos en las rodillas. En que admito la existencia de un poder superior. no se oyen voces excepto el gemido esporádico o el suspiro de un escalofrío. Sin duda he repasado este guion las veces suficientes para saber cómo termina. un breve lapso de posibilidades infinitas y esperanza. mujer u hombre. Una mano me alcanza. mis labios en muslos y culos. en la parte interior de codos. todas esas insoportables fantasías infantiles. pienso. En la polla destrozada de Wayne. me hace una felación con una bravuconería tan gratuita que me deja al borde de las lágrimas. pienso. la cara sonriente de Ellie bañada por el sol de julio. Brazos y codos. fría y áspera como un talón. Me adentro despacio. Se aparta un mechón de pelo de los ojos y es ridículo pero me imagino la casa de campo con una valla de madera blanca. ahora mismo. no lo sé. pantorrillas y rodillas. Cuerpos bullen a nuestros pies pero en este momento no existe nada más. una persona que respira profundamente como si hubiera estado atrapada bajo el agua. piel… En algún momento me pongo de pie. En coños. las palabras «SAMUEL + BEATRICE» rodeadas por un corazón grabado en la madera de un roble. Nadie habla. En paz y en serenidad. piel. pechos me presionan la cara. Un extraño sin rostro con una lengua hábil. como si por sus venas corriera fósforo. su cuerpo se ha entrelazado con muchos otros. extremidades peludas y suaves. evaluándome con una ligera sonrisa. me dejo ir de buena gana.Me lleva hasta el montón de cuerpos desnudos. por mis labios. En piel. Piel. un brazo perfumado me rodea la cabeza y me anima. pienso. piel. tetas y culos. Cuerpos se pegan al mío. pienso. no se distingue. se ha fusionado. pienso. cabeza inclinada a un lado. en coños y en bocas. Hombres y mujeres se congregan en grupos bien vestidos en las sombras del almacén. como un nadador se mete en el mar helado. Un hombre se eleva sobre el numeroso grupo de gente y emite un grito agudo y sin sentido. Beatrice está frente a mí. Treinta o cuarenta personas desparramadas sobre un grueso terciopelo. tira de mí. —¿Crees que siempre tiene que ser así? 79 . en corvas. Beatrice ha desaparecido. ocasionalmente se levanta una cabeza. como una criatura de la selva. pero antes de la culpa y las recriminaciones existe un estado de gracia. desaparece. me coge por la pantorrilla. y bajo los rayos de luz de luna que entran por las ventanas parece no tener piel y yo pienso en mi hija en mitad de un campo en verano.

Pero ahí está. Solo quizá. Estira una mano hacia mí pero me aparto. un millón contra uno. No puede evitarlo. lenguas de electricidad azul me lamen y salen de las puntas de mis dedos. ¿acaso no nos hemos quemado todos? Lo que digo es que siempre existe esa posibilidad. No puedo soportar tocarla. 80 . me he quemado antes. Quizás. Mi cuerpo es eléctrico. eso está claro. vale. Y.—La víbora muerde —responde Beatrice—. Es todo lo lejos que voy a llegar. vale. ¿no? Muy remota. Te marcharás de este mundo con remordimientos.