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EL CRITERIO
Jaime Balmes

Resumen adaptado al lenguaje moderno por Alberto Zuñiga Croxatto

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SOBRE EL AUTOR

Jaime Balmes (1810-1848), filósofo, sociólogo y político, es una de las personalidades más interesantes de la primera mitad del s. XIX español. Pensador profundo y vigoroso, su vida es un torbellino de actividad repartida entre el estudio, la publicación de sus numerosas obras, la fundación y dirección de revistas y la acción política. Sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas. Su pensamiento filosófico se expone en El Criterio (1845), Filosofía fundamental (1846) y Curso de filosofía elemental (1847).

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CAPÍTULO I..............................................................................13 CONSIDERACIONES PRELIMINARES..................................13 1. En qué consiste el pensar bien. Qué es la verdad. 13 2. Diferentes modos de conocer la verdad 13 3. Diversidad de ingenios 14 4. La perfección de las profesiones depende de la perfección con que se conocen los objetos de ellas 15 5. A todos interesa el pensar bien 16 6. Cómo se debe enseñar a pensar bien 16 CAPÍTULO II.............................................................................18 LA ATENCIÓN..........................................................................18 1. Definición de la atención. Su necesidad 18 2. Ventajas da la atención e inconvenientes de su falta 19 3. Cómo debe ser la atención. Atolondrados y ensimismados. 19 4. Las interrupciones 20 CAPÍTULO III............................................................................22 ELECCIÓN DE CARRERA......................................................22 1. El vago significado de la palabra talento 22 2. El instinto que nos indica la carrera que más nos conviene 23 3. Experimento para discernir el talento peculiar de cada niño 23 CAPÍTULO IV...........................................................................27 CUESTIONES DE POSIBILIDAD............................................27 1. Una clasificación de los actos de nuestro entendimiento y de las cuestiones que se le pueden ofrecer 27 2. Ideas de posibilidad e imposibilidad. Sus clasificaciones 27 3. En qué consiste la imposibilidad metafísica o absoluta 28 4. La imposibilidad absoluta y la omnipotencia divina 28 5. La imposibilidad absoluta y los dogmas 29 6. Idea de la imposibilidad física o natural 29 7. Modo de juzgar de la imposibilidad natural 30 8. Se deshace una dificultad sobre los milagros de Jesucristo 31 9. La imposibilidad moral u ordinaria 32 4

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10. La imposibilidad de sentido común, impropiamente contenida en la imposibilidad moral 33 CAPÍTULO V............................................................................37 CUESTIONES SOBRE LA EXISTENCIA. EL CONOCIMIENTO ADQUIRIDO POR EL TESTIMONIO INMEDIATO DE LOS SENTIDOS................................................................................37 1. Necesidad del testimonio de los sentidos. Los diferentes modos con que nos proporcionan conocimiento de las cosas 37 2. Errores en que incurrimos por causa de los sentidos. Su remedio. Ejemplos 37 3. Necesidad de emplear en algunos casos más de un sentido para la debida comparación 38 4. Los sanos de cuerpo y enfermos de espíritu 39 5. Sensaciones reales, pero sin objeto externo. Explicación de este fenómeno 40 6. Maniáticos y ensimismados 41 CAPÍTULO VI...........................................................................43 CONOCIMIENTO DE LA EXISTENCIA DE LAS COSAS ADQUIRIDO MEDIATAMENTE POR LOS SENTIDOS...........43 1. Transición de lo sentido a lo no sentido 43 2. Coexistencia y sucesión 44 3. Dos reglas sobre la coexistencia y la sucesión 45 4. Observaciones sobre la relación de causalidad. 47 5. Un ejemplo 47 6. Reflexiones sobre el ejemplo anterior 49 7. La razón de un acto que parece instintivo 49 CAPÍTULO VII..........................................................................51 LA LÓGICA ACORDE CON LA CLARIDAD ..........................51 1. Sabiduría de la norma que prohíbe los juicios temerarios 51 2. Examen de la máxima «piensa mal y acertarás» 51 3. Algunas reglas para juzgar de la conducta de los hombres 52 CAPÍTULO VIII.........................................................................58 5

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SOBRE LA AUTORIDAD HUMANA EN GENERAL...............58 1. Dos condiciones necesarias para que sea valedero un testimonio 58 2. Examen y aplicaciones de la primera condición 58 3. Examen y aplicaciones de la segunda condición 61 4. Una observación sobre el interés en engañar 63 5. Dificultades para alcanzar la verdad cuando ha pasado mucho tiempo o media mucha distancia del lugar donde sucedió 64 CAPÍTULO IX...........................................................................66 LOS PERIÓDICOS...................................................................66 1. Una ilusión 66 2. Los periódicos no lo dicen todo sobre las personas 66 3. Los periódicos no lo dicen todo sobre las cosas 68 CAPÍTULO X............................................................................70 RELACIONES DE VIAJE.........................................................70 1. Dos partes muy diferentes en las relaciones de viajes. 70 2. Origen y formación de algunas relaciones de viajes 70 3. Modo de estudiar un país 73 CAPÍTULO XI...........................................................................74 HISTORIA.................................................................................74 1. Medio para ahorrar tiempo, ayudar a la memoria y evitar errores en los estudios históricos 74 2. Distinción entre el fondo del hecho y sus circunstancias. Aplicaciones 75 3. Algunas reglas para el estudio de la Historia 76 CAPÍTULO XII..........................................................................82 CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL MODO DE CONOCER LA NATURALEZA, PROPIEDADES Y RELACIONES DE LOS SERES...............................................82 1. Una clasificación de las ciencias 82 2. Prudencia científica y observaciones para alcanzarla 83 6

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3. Los sabios resucitados

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CAPÍTULO XIII.........................................................................88 LA BUENA PERCEPCIÓN.......................................................88 1. La idea 88 2. Regla para percibir bien 88 3. Escollo del análisis 93 4. El tintorero y el filósofo 94 5. Objetos vistos por una sola cara 95 6. Inconvenientes de una percepción demasiado rápida 95 CAPÍTULO XIV.........................................................................97 EL JUICIO.................................................................................97 1. Qué es el juicio. Fuentes de error 97 2. Axiomas falsos 97 3. Proposiciones demasiado generales 98 4. Las definiciones inexactas 99 5. Palabras mal definidas. Examen de la palabra igualdad 100 6. Suposiciones gratuitas. El despeñado 104 7. El hombre dominado por una idea 107 CAPÍTULO XV........................................................................110 EL RACIOCINIO.....................................................................110 1. Lo que valen los principios y las reglas de la dialéctica 110 2. El silogismo. Observaciones sobre este instrumento dialéctico 110 3. El entimema 111 4. Reflexiones sobre el término medio 111 5. Utilidad de las formas dialécticas 111 CAPÍTULO XVI.......................................................................116 NO TODO LO HACE EL DISCURSO.....................................116 1. La inspiración 116 2. La meditación 117 3. Invención y enseñanza 117 7

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4. La intuición 118 5. No está la dificultad en comprender, sino en atinar. El jugador de ajedrez. Sobieski. Las víboras de Aníbal. 119 6. Regla para meditar 121 7. Carácter de las inteligencias elevadas. Notable doctrina de Santo Tomás de Aquino. 122 8. Necesidad del trabajo 123 CAPÍTULO XVII......................................................................125 LA ENSEÑANZA....................................................................125 1. Dos objetos de la enseñanza. Diferentes clases de profesores 125 2. Genios ignorados de los demás y de sí mismos 126 3. Medios para descubrir los talentos ocultos y apreciarlos en su valor 126 4. Necesidad de los estudios elementales 130 CAPÍTULO XVIII.....................................................................133 LA INVENCIÓN.......................................................................133 1. Lo que debe hacer quien carezca del talento de invención 133 2. La autoridad científica 133 3. Transformaciones que ha sufrido en nuestra época la autoridad científica 134 4. El talento de invención. Carrera del genio 135 CAPÍTULO XIX.......................................................................136 EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZÓN Y LA IMAGINACIÓN 136 1. Discreción en el uso de las facultades del alma. La reina Dido. Alejandro 136 2. Influencia del corazón sobre la cabeza. Causas y efectos 137 3. Eugenio. Sus transformaciones en veinticuatro horas 138 4. Don Marcelino. Sus cambios políticos 143 5. Anselmo. Sus variaciones sobre la pena de muerte 145 6. Algunas observaciones para precaverse del nocivo influjo del corazón 146 7. El amigo convertido en monstruo 147 8. Cavilosas variaciones de los juicios políticos 149 8

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9. Peligros de la mucha sensibilidad. Los grandes talentos. Los poetas 150 10. El poeta y el monasterio 151 11. Necesidad de la firmeza en las ideas 153 12. Objetivos de la oratoria, de la poesía y de las bellas artes 153 13. La fascinación que provocan los pensamientos que se revisten de brillantes imágenes 155 CAPÍTULO XX........................................................................156 FILOSOFÍA DE LA HISTORIA...............................................156 1. En qué consiste la filosofía de la historia. Dificultad para adquirirla 156 2. Se indica un medio para progresar en la filosofía de la historia 157 3. Aplicación a la historia del espíritu humano 157 4. Ejemplo sacado de las fisonomías, que aclara lo dicho sobre el modo de adelantar en la filosofía de la historia 158 CAPÍTULO XXI.......................................................................160 LA RELIGIÓN.........................................................................160 1. El discurrir insensato de los indiferentes en materias de religión 160 2. El indiferente y el género humano 161 3. Existencia de Dios 161 4. No es posible que todas las religiones sean verdaderas 162 5. Es imposible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios 162 6. Es imposible que todas las religiones sean una invención humana 162 7. La revelación es posible 163 8. Solución de una dificultad contra la revelación 163 9. Consecuencias de los párrafos anteriores 163 10. Existencia de la revelación 164 11. Pruebas históricas de la existencia de la revelación 164 12. Los protestantes y la Iglesia católica 166 13. Métodos errados de algunos impugnadores de la religión 167 14. La más alta filosofía acorde con la fe 168 9

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15. Quien abandona la religión católica no sabe donde refugiarse 169 CAPÍTULO XXII......................................................................171 EL ENTENDIMIENTO PRÁCTICO.........................................171 1. Una clasificación de las acciones 171 2. Dificultad para proponerse el debido fin 171 3. Examen del proverbio: cada cual es hijo de sus obras 172 4. El aborrecido 173 5. El arruinado 174 6. El instruido arruinado y el ignorante rico 174 7. Observaciones. La cavilación y el buen sentido 177 8. Delicadeza de ciertos fenómenos intelectuales en sus relaciones con la práctica 178 9. Los despropósitos 178 10. Entendimientos torcidos 179 11. Incapacidad de tales hombres para los negocios 180 12. Este defecto intelectual suele tener un origen moral 180 13. La humildad cristiana en sus relaciones con los negocios mundanos 182 14. Daños acarreados por la vanidad y la soberbia 182 15. El orgullo 184 16. La vanidad 184 17. La influencia del orgullo es peor para los negocios que la de la vanidad 185 18. Cotejo entre el orgullo y la vanidad 186 19. Cuán general es dicha pasión 187 20. Necesidad de una lucha continua 187 21. Al proponernos un fin no sólo es la soberbia la que nos induce al error 188 22. Desarrollo de fuerzas latentes 189 23. Al proponernos un fin debemos guardarnos de la presunción y de la excesiva desconfianza 190 24. La pereza 190 25. Una ventaja de la pereza sobre las demás pasiones 191 26. Origen de la pereza 191 27. Pereza del espíritu 191

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28. Razones que confirman lo dicho sobre el origen de la pereza 192 29. La inconstancia: su naturaleza y origen 192 30. Pruebas y aplicaciones 193 31. El justo medio entre los dos extremos 193 32. La conciencia moral es la mejor guía del entendimiento práctico 194 33. La armonía del universo defendida con el castigo. 195 34. Observaciones sobre las ventajas y desventajas de ser ético en los negocios 196 35. Defensa de la virtud cuando se la acusa injustamente 197 36. Defensa de la sabiduría cuando se la condena sin fundamento 197 37. Las pasiones son buenos instrumentos, pero malos consejeros 198 38. La hipocresía de las pasiones 199 39. Ejemplo: la venganza bajo dos formas 199 40. Precauciones 201 41. Hipocresía del hombre consigo mismo 202 42. El conocimiento de sí mismo 202 43. El hombre huye de sí mismo 203 44. Los buenos resultados que se logran cuando la persona se habitúa a reflexionar sobre las propias pasiones 203 45. Sabiduría de la religión cristiana para guiar nuestra conducta 204 46. Los sentimientos que auxilian a la virtud 205 47. Una regla para los juicios prácticos 206 48. Otra regla 207 49. Los beneficios que resultan de reírse de sí mismo 208 50. Perpetua niñez del hombre 209 51. Mudanza de D. Nicasio en breves horas 210 52. Los sentimientos, por sí solos, son mala regla de conducta 212 53. No impresiones sensibles, sino moral y razón 213 54. Todo sentimiento bueno exagerado se hace malo 214 55. La ciencia es muy útil a la práctica 218 56. Inconvenientes de la universalidad 219 57. Fuerza de la voluntad 221 58. Firmeza de voluntad 222 59. Firmeza, energía, ímpetu 224 11

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60. Conclusión y resumen

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Capítulo I
CONSIDERACIONES PRELIMINARES
1. En qué consiste el pensar bien. Qué es la verdad. El pensar bien consiste en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; si no es así, caemos en el error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que las diferentes estaciones dependen del sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, es así; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos otra verdad; de la misma manera caeríamos en el error si creyésemos que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la grosería, son cosas buenas y laudables. Si queremos pensar bien hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con aparente profundidad, si el pensamiento no es conforme a la realidad? Un sencillo labrador, o un modesto artesano, que conoce bien los rudimentos de su profesión, piensa y habla mejor sobre ellos que el presuntuoso filósofo que con encumbrados conceptos y altisonantes palabras quisiera darle lecciones sobre lo que no entiende. 2. Diferentes modos de conocer la verdad A veces conocemos la verdad pero de una forma grosera; la realidad no se presenta a nuestros ojos tal como es, sino con alguna deficiencia, añadido o mudanza. Si desfila a cierta distancia una columna de hombres, de tal manera que vemos brillar sus fusiles, pero no distinguimos sus trajes, conocemos que son gente armada, pero ignoramos si son campesinos, soldados o de algún otro cuerpo; el conocimiento es imperfecto, porque nos falta distinguir el uniforme para saber la pertenencia. Mas si por la distancia y otro motivo nos equivocamos, y les atribuimos una prenda de vestir que no 13

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llevan, el conocimiento será imperfecto, porque añadiremos algo que en realidad no existe. Por fin, si tomamos una cosa por otra, como, por ejemplo, si creemos que son blancos unos lazos que en realidad son amarillos, mudamos lo que hay, pues hacemos de ello una cosa diferente. Cuando conocemos perfectamente la verdad nuestro entendimiento se parece a un espejo en el cual vemos retratados, con toda fidelidad, los objetos tal como son en sí; cuando caemos en el error, nuestro entendimiento se asemeja a uno de aquellos espejismos que nos representan algo que realmente no existe; y cuando conocemos la verdad pero a medias, de manera imperfecta, el entendimiento se puede comparar a un espejo sucio, o colocado en tal disposición que, si bien nos muestra objetos reales, sin embargo, nos los ofrece alterados en su color, tamaño o figura. 3. Diversidad de ingenios El buen pensador procura ver en las cosas todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero tienen la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministra abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Éstos suelen ser grandes teóricos y charlatanes. Otros adolecen del defecto contrario: ven bien, pero poco; ven el objeto pero por un solo lado; si éste desaparece, ya no ven nada. Éstos tienden a ser enfáticos, tajantes y aferrados en sus opiniones. Se parecen a los que no han salido nunca de su país: fuera del horizonte al que están acostumbrados se imaginan que no existe más mundo. Un entendimiento claro, profundo y preciso, abarca el objeto entero; le mira por todos sus lados y en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de estos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, su precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea veis que corresponde a la realidad de la cosas. Os ilustran, os convencen, os dejan plenamente satisfechos; decís con entero asentimiento: “sí, es verdad, tienen razón”. Para seguirlos en sus discursos no necesitáis esforzaros; parece 14

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que andáis por un camino llano, y el que os habla parece que tan sólo se ocupa de haceros notar con oportunidad, los objetos que vais encontrando a cada paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también os ahorran mucho tiempo y fatiga. El sendero es tenebroso, porque está en las entrañas de la tierra; pero os precede un guía experimentado que lleva en la mano una antorcha que todo lo ilumina. 4. La perfección de las profesiones depende de la perfección con que se conocen los objetos de ellas El perfecto conocimiento de las cosas en el orden científico forma a los verdaderos científicos; en el orden práctico o técnico, a los expertos o especialistas en una materia; en el manejo de los negocios del Estado, a los grandes políticos. En todas las profesiones cada cual es más o menos aventajado, en proporción del mayor o menor conocimiento de la materia que trata o maneja. Pero este conocimiento para que sea también práctico, ha de abarcar los pormenores de la ejecución, que son pequeñas verdades, por decirlo así, de las cuales no se puede prescindir, si se quiere lograr conocer a fondo la materia. Estas pequeñas verdades son muchas en todas las profesiones; basta, para convencerse de ello, oír a los que se ocupan de los oficios más sencillos. ¿Cuál será, pues, el mejor agricultor? El que mejor conozca las calidades de los terrenos, los climas, las simientes y las plantas; el que sepa cuáles son los mejores métodos e instrumentos de labranza, y el que mejor acierte a emplearlos oportunamente; en una palabra: el que conozca los medios más a propósito para hacer que la tierra produzca, a bajo costo, mucho, pronto y bueno. El mejor agricultor será, pues, el que conozca más verdades relativas a la práctica de su profesión. ¿Cuál será el mejor carpintero? El que mejor conozca los tipos y calidades de las maderas, el modo particular de trabajarlas y el arte de disponerlas del modo más adaptado al uso a que se destinan. Es decir, que el mejor carpintero será aquel que sabe más verdades sobre su oficio. ¿Cuál será el mejor comerciante? El que mejor conozca los artículos de su negocio, los sitios donde se pueden adquirir 15

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más ventajosamente, los medios más a propósito para transportarlos sin deteriorarlos, rápida y económicamente, los mercados más convenientes para distribuirlos sacando la mayor ganancia, es decir, aquel que conozca más verdades sobre los productos que comercia, el que conozca más a fondo la realidad de las cosas de que se ocupa. 5. A todos interesa el pensar bien Hay que asentar, por tanto, que el arte de pensar bien no concierne únicamente a los filósofos, sino también a la gente sencilla. El entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Creador, la luz que nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; de ahí que debamos esmerarnos en que esté bien dispuesta esta luz. Cuando ésta falta nos quedamos a oscuras, andamos a tientas, y por este motivo deberemos poner cuidado en no dejarla que se apague. Nunca habrá que tener el entendimiento inactivo, por el peligro de que se ponga obtuso y estúpido, y, por otra parte, cuando nos propongamos ejercitarlo y estimularlo, convendrá tratar de que su luz sea buena para que no nos deslumbre, y bien dirigida al objeto de que se trata para que no nos desoriente. 6. Cómo se debe enseñar a pensar bien El arte de pensar bien no se aprende tanto con reglas como con modelos. A los que se empeñan en enseñarlo a fuerza de preceptos y de observaciones analíticas se los podría comparar a quien emplease un método semejante para enseñar a los niños a hablar o caminar. No por esto condeno todas las reglas; pero sí sostengo que deben darse con moderación, sin grandes pretensiones filosóficas y, sobre todo, de una manera sencilla y práctica: al lado de la regla, el ejemplo. Un niño pronuncia mal ciertas palabras; para corregirle, ¿qué hacen sus padres o maestros? Las pronuncian bien ellos y hacen que en seguida las pronuncie el niño: “Escucha bien como yo lo digo, a ver, ahora tú; mira, no pongas los labio de esta manera, no hagas tanto esfuerzo con la lengua”, y otras cosas semejantes. He aquí el precepto al lado del ejemplo, la regla y el modo de practicarla Podemos distinguir la verdad de la cosa y la verdad del entendimiento: la primera, que es la cosa misma, se puede 16

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denominar verdad objetiva; la segunda, que es la conformidad del entendimiento con la cosa, se llama verdad formal o subjetiva. El oro es metal, independientemente de nuestro conocimiento; he aquí una verdad objetiva. El entendimiento conoce que el oro es metal, he aquí una verdad formal o subjetiva.

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Capítulo II
LA ATENCIÓN
Hay medios que nos conducen al conocimiento de la verdad y obstáculos que nos impiden llegar alcanzarla; enseñar a utilizar los primeros y a eliminar los segundos es la base para poder pensar bien. 1. Definición de la atención. Su necesidad La atención es la aplicación de la mente a un objeto. El primer medio para pensar bien es la atención. El hacha no corta si no es aplicada al árbol; la hoz no siega si no es aplicada al tallo. Algunas veces se le ofrecen las verdades al espíritu sin que éste les preste atención; como sucede cuando se ve sin mirar, o se oye sin escuchar; pero el conocimiento que se adquiere de esta forma es siempre ligero, superficial, a menudo inexacto o totalmente errado. Cuando no ponemos atención estamos distraídos, nuestro espíritu se halla, por decirlo así, en otra parte, y por lo mismo no ve aquello que se le muestra. Será muy importante, por tanto, que adquiramos el hábito de mantener la atención a lo que se estudia o se hace, porque, si bien se observa, lo que nos falta a menudo no es la capacidad para entender lo que vemos, leemos u oímos, sino la aplicación de la voluntad a aquello que estamos tratando. Se nos refiere un suceso, pero escuchamos la narración con atención floja, intercalando mil observaciones y preguntas, manoseando o mirando objetos que nos distraen; de lo que resulta que se nos escapan detalles interesantes, se nos pasan por alto cosas esenciales, y al tratar de contar este suceso a otros o de meditarlo nosotros mismos para formarnos un juicio, se nos presenta el hecho desfigurado e incompleto, y así caemos en errores que proceden, no de no tener capacidad para manejarlos, sino de no haber prestado al narrador la debida atención.

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2. Ventajas da la atención e inconvenientes de su falta Un espíritu atento multiplica su eficacia de una manera increíble; atesora múltiples conocimientos en muy breve tiempo, los percibe con más claridad y exactitud, y, finalmente, los recuerda mucho más fácilmente, debido a que por la continua atención, éstos se van colocando en la cabeza ordenadamente. Los que son perezosos y flojos para prestar atención, pasean su entendimiento por distintos lugares a un mismo tiempo; aquí reciben una impresión, allí otra muy diferente; acumulan cien cosas inconexas que, lejos de ayudarse mutuamente para poder ser esclarecidas y retenidas, se confunden, se embrollan y se borran unas a otras. No hay lectura, conversación o espectáculo, por insignificante que parezca, que no nos pueda instruir en algo. Con la atención captamos los detalles preciosos y los retenemos; con la distracción dejamos, quizá, caer al suelo el oro y las perlas como cosa de poca importancia. 3. Cómo debe ser la atención. Atolondrados y ensimismados. Creerán algunos que semejante atención fatiga mucho, pero se equivocan. Cuando hablo de atención no me refiero a aquella fijación de espíritu con que éste se clava, por decirlo así, sobre los objetos, sino de una aplicación suave y reposada que permite hacerse cargo de cada cosa, dejándonos, no obstante, con la agilidad necesaria para pasar sin esfuerzo de unas ocupaciones a otras. Esta atención no es incompatible con la diversión y el esparcimiento, pues está claro que el descanso de la voluntad no consiste en no pensar, sino en dejar de ocuparse en cosas trabajosas para entregarse a otras más sencillas y livianas. El investigador que interrumpe sus profundos estudios saliendo a pasear un rato a disfrutar de la campiña, no se fatiga, antes se distrae fijándose en el estado de las mieses, en las faenas de los labradores, en el murmullo de los arroyos, o en el canto de las aves. Lejos de mí el considerar a la atención como una abstracción severa y continuada, pues, muy al contrario, cuento en el número de los distraídos no sólo a los atolondrados, sino 19

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también a los ensimismados. Los atolondrados se derraman por la parte de afuera; éstos divagan por el interior; unos y otros carecen de la conveniente atención, que es la que se emplea en aquello de lo que se trata. El hombre atento tiene además la ventaja de ser más educado y cortés, porque el amor propio de cualquiera se siente lastimado cuando se da cuenta que no se le presta atención a lo que dice. Es bien notable que la urbanidad y su falta se denominen también atención o desatención respectivamente. 4. Las interrupciones Son pocos los casos, aun en los estudios serios, que requieren una atención tan profunda que no pueda interrumpirse sin grave daño. Ciertas personas se quejan amargamente si una visita a deshora o un ruido inesperado les cortan, como suele decirse, el hilo del discurso. En algunas será tal vez un defecto natural; en otras, una afectación vanidosa por aparentar estar muy ocupado, y en no pocas, falta de hábito para concentrase. En todo caso, es preciso acostumbrarse a tener una atención firme y flexible a un mismo tiempo; como el gran pintor que cuando es interrumpido suspende sus tarea, y al volver a proseguirla no encuentra malbaratada su obra Los hombres más insignes en el mundo científico se han distinguido por una gran fuerza de atención; y algunos de ellos por una abstracción que raya en lo increíble. Arquímedes, ocupado en sus meditaciones y operaciones geométricas, no advirtió el estrépito de la ciudad cuando fue tomada por los enemigos; Vieta pasaba sin interrupción días y noches absorto en sus operaciones algebraicas y no se acordaba de sí mismo hasta que sus amigos no le arrancan de su enajenación. Se dice de Leibinz que abstraído en su arte no se levantaba de la silla durante días. Esta extraordinaria abstracción es respetable en aquellos hombres que enriquecieron las ciencias con admirables inventos; ellos tenían verdaderamente una misión que cumplir y, en cierto modo, era excusable que a tan alto objetivo sacrificaran su salud y su vida. Pero aun en los genios más eminentes no está reñida la intensidad de la atención con 20

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su flexibilidad. Descartes elaboró sus colosales concepciones entre el estruendo de los combates; y cuando, cansado de la vida militar, se retiró del ejército en el que se había alistado voluntariamente, continuó viajando por los principales países de Europa. Con semejante tenor de vida ciertamente el ilustre filósofo sabía compaginar la intensidad con la flexibilidad de su atención. En este aspecto no se parecía en nada a Kant, de quien se dice que el solo desarreglo o cambio de un botón en uno de sus oyentes era capaz de hacerle perder el hilo de su discurso. Esto no es tan extraño si se considera que el filósofo alemán jamás salió de su patria y que, por tanto, únicamente estaba acostumbrado a meditar en el retiro de su despacho. Pero, sean las que sean las rarezas de algunos hombres célebres, importa mucho que nos esforcemos por adquirir esa atención a la vez flexible y penetrante. En esto, como en todas las cosas, puede mucho el trabajo y la repetición de actos, hasta llegar a adquirir un hábito que no se pierda en toda la vida. Cuando uno se acostumbra a pensar en profundidad sobre cualquier cosa que se ofrezca, poco a poco se va consiguiendo la conveniente disposición para poder sin esfuerzo prestar atención durante largas horas a un punto, o bien para pasar suavemente de unas ocupaciones a otras. Cuando no se posee esta flexibilidad, el espíritu se fatiga y enerva con la concentración excesiva o se desvanece con cualquier distracción; los primero, además de ser nocivo para la salud, tampoco suele servir mucho para progresar en la ciencia, y lo segundo inutiliza el entendimiento para los estudios serios. El espíritu, como el cuerpo, requiere unos buenos hábitos de salud, y en estos hábitos es indispensable una condición: la templanza.

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Capítulo III
ELECCIÓN DE CARRERA
1. El vago significado de la palabra talento Cada cual ha de dedicarse a la profesión para la que se sienta con más aptitud. Juzgo de mucha importancia esta regla y estoy convencido de que a su olvido se debe el que no hayan adelantado mucho más las ciencias y las artes. La palabra talento expresa para algunos una capacidad absoluta, creyendo, equivocadamente, que quién está dotado de felices disposiciones para una cosa, lo estará igualmente para todas. Nada más falso; un hombre puede ser sobresaliente, extraordinario, de una capacidad monstruosa para un ramo del saber, y ser muy mediano, y hasta negado, con respecto a otros. Napoleón y Descartes son dos genios y, sin embargo, en nada se parecen. El genio de la guerra no hubiese comprendido al genio de la filosofía y, si hubiesen conversado un rato, es probable que ambos habrían quedado poco satisfechos. Napoleón lo habría encasillado entre los que con aire desdeñoso denominaba ideólogos. Podría escribirse una obra comparando los diversos talentos y manifestando las profundas diferencias que median entre los más extraordinarios. La experiencia de cada día nos manifiesta esta verdad de una manera palpable. Hay hombres que discurren y obran en una materia determinada con acierto admirable, al paso que en otras se muestran tremendamente vulgares y hasta torpes y desatinados. Pocos serán los que alcancen una capacidad igual para todo, y tal vez se pudiera afirmar que ninguno, pues la observación enseña que hay disposiciones que se estorban y se dañan recíprocamente. Quien tiene el talento para hacer abstracciones, no es fácil que posea el del esmero minucioso en los pequeños detalles; el poeta, que vive de inspiraciones bellas y sublimes, no se avendrá sin trabajo con el pausado orden de los estudios geométricos. 22

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2. El instinto que nos indica la carrera que más nos conviene El Creador, que ha distribuido entre los hombres los talento en diferentes grados, les ha comunicado un instinto precioso para conocer cual es la profesión u ocupación que más les conviene; la inclinación duradera y constante hacia una actividad es indicio bastante seguro de que nacimos con aptitud para ella, así como el alejamiento y la repugnancia, que no pueden superarse con facilidad, es señal de que el Autor de la Naturaleza no nos ha dotado de felices disposiciones para aquello que nos desagrada. Pasa como con los alimentos, los que nos convienen se adaptan bien y resultan agradables a cualquier paladar y olfato de una persona sana, mientras que el mal sabor y el olor desagradable nos advierten de cuáles son los manjares y bebidas que por su putrefacción u otras calidades nos podrían dañar. Dios no ha tenido menos cuidado con el alma que con el cuerpo. Los padres, maestros, los directores de los centros educativos y de enseñanza deberían poner mucha atención en este punto. Con esto evitarían la pérdida de un talento que, bien empleado, podría dar los más preciosos frutos, e impedirían que no se desperdicie en una tarea para la cual no se siente inclinado. El mismo interesado debería también preguntárselo. Un niño de doce años tiene, por lo común, el sentido común suficiente para darse cuenta de a qué cosas se siente inclinado, qué es lo que le cuesta menos trabajo, cuáles son los estudios en que más fácilmente progresa, y cuáles las tareas en las que experimenta más ingenio y destreza. 3. Experimento para discernir el talento peculiar de cada niño Sería muy conveniente que se mostrase a los niños y adolescentes diferentes propuestas, llevándolos a visitar establecimientos donde la disposición particular de cada uno pudiese ser excitada con la presencia de lo mejor a lo que se le adapta. Entonces, dejándolos abandonados a sus inclinaciones, un observador inteligente se daría cuenta de lo que más les conviene a cada uno de ellos. Exponed la 23

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maquinaria de un reloj a la vista de un grupo de niños de diez a doce años, y es bien seguro que si entre ellos hay alguno con aventajadas aptitudes para la mecánica se dará a conocer, desde luego, por la curiosidad con que lo examina, por la agudeza de las preguntas y la facilidad con que entiende el funcionamiento de lo que está contemplando. Leedles un trozo poético, y si hay entre ellos algún Garcilaso, Lope de Vega, o Calderón, veréis cómo brillan sus ojos, cómo palpita su corazón, cómo su mente se agita, y cómo su fantasía se exalta impresionado. Cuidado con trocar los papeles: de dos niños extraordinarios es muy posible que forméis dos hombres muy corrientes. La golondrina y el águila se distinguen por las alas, en una ligeras y en el otro fuertes; debido a esto, jamás el águila podrá volar a la manera de la golondrina, ni ésta imitar a la reina de las aves. Un hombre que se aplica a una profesión para la cual no ha nacido es una pieza dislocada: sirve de poco y muchas veces no hace más que sufrir y estorbar. Quizá trabaja con celo, con ardor; pero sus esfuerzos o son impotentes o no corresponden ni con mucho a sus deseos. Quien haya observado esta anomalía se habrá dado fácilmente cuenta de los efectos perniciosos de semejante dislocación. Hombres muy bien dotados para una cosa manifiestan una inferioridad lastimosa cuando se ocupan de otra. Uno de los talentos más sobresalientes que he conocido en lo tocante a las ciencias morales y políticas le considero un mediocre en lo concerniente a las ciencias exactas, y, al contrario, he visto a otros de feliz disposición para adelantar en éstas y muy poco capaces para las primeras. Y es de notar entre los diferentes talentos que, aun dentro de una misma ciencia, unos talentos son más a propósito para una cosa y otros para otras distintas. Así se puede comprobar en las matemáticas como la disposición de un alumno no es la misma con respecto a la aritmética, el álgebra o la geometría. En el cálculo algunos alumnos aprenden con facilidad la parte de la aplicación, mientras que les cuesta mucho más dominar las nociones y demostraciones generales; otros adelantan en la geometría mucho más que en el estudio del álgebra y aritmética. En la demostración de los teoremas y en la 24

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resolución de los problemas suelen darse diferencias muy señaladas: unos se aventajan por la facilidad con que aplican las fórmulas y resuelven los problemas, pero deteniéndose, por decirlo así, en la superficie, sin penetrar en el fondo de las cosas; al paso que otros, no tan diestros en lo primero, se distinguen por su talento en la demostración, por la facilidad con que hacen las demostraciones generales y deducen las consecuencias teóricas. Estos últimos son sobre todo hombres de ciencia, los otros son más técnicos y prácticos; a aquellos les conviene más el estudio, a éstos el trabajo de aplicación. Si estas diferencias se notan dentro de los límites de una misma ciencia, ¿qué será cuando se trate de las que versan sobre materias tremendamente dispares? Y, sin embargo, ¿quién se dedica a hacer este discernimiento y a dirigir a los niños y a los jóvenes por el camino que más les conviene? A todos se nos arroja, por decirlo así, en un mismo molde; para la elección de las profesiones suele atenderse a todo menos a la disposición particular de los destinados a ellas. ¡Cuánto tendrían que ocuparse en esto los educadores! En la elección acertada de una carrera no sólo corre peligro el adelanto del individuo, sino la felicidad de toda su vida. El hombre que trabaja en la actividad para la que se siente inclinado disfrutará mucho, a pesar de las fatigas que comporte dicho trabajo; pero el infeliz que esté condenado a trabajar en tareas para las que no se sienta inclinado, deberá estar violentándose continuamente, ya para contrariar sus inclinaciones, ya para suplir con esfuerzo lo que le falta en habilidad. Algunos de los hombres que más se han distinguido en su profesión habrían sido probablemente muy mediocres si se hubiesen dedicado a otra para la que no se sintiesen inclinados. Malebranche estudiaba lenguas e historia cuando no daba muestra de ninguna aventajada disposición, hasta que cayó en sus manos el “Tratado del hombre”, de Descartes. Le causó su lectura tanta impresión, que desde aquel día se dedicó al estudio que tan perfectamente se le adaptaba, y diez años después publicó su famosa obra de la “Investigación de la verdad”. Y es que la palabra de Descartes despertó el genio filosófico del joven que estaba adormecido; se sintió otro, se 25

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dio cuenta que él era capaz de comprender aquellas altas disquisiciones y, como el poeta al leer a otro poeta, exclamó: “También yo soy filósofo.” Una cosa semejante le sucedió a Lafontaine. Había cumplido veintidós años sin dar muestras de tener genio poético. No lo conoció él mismo hasta que leyó la oda de Malherbe sobre el asesinato de Enrique IV. Y este mismo Lafontaine, que tan alto descolló en la poesía, ¿qué hubiera sido como hombre de negocios? Sus inocentadas, que tanto daban que reír a sus amigos, no son un buen indicio de que tuviera buenas disposiciones para las finanzas. Vuelvo a advertir que convendrá observar el talento particular de cada niño para poder encauzarle a la carrera que mejor se le adapte y que sería bueno observar lo que dice o hace cuando se encuentra con ciertos objetos. A Pascal, siendo todavía niño, le llamó un día la atención el fenómeno de cómo un plato sonaba distinto cuando se golpeaba con un cuchillo, según se le aplicaba un dedo o se le retiraba; después de reflexionar mucho sobre la causa de esta diferencia escribió un pequeño tratado sobre esta cuestión. Este espíritu observador a tan tierna edad ya anunciaba el célebre físico que llegaría a ser. El padre de Pascal, deseoso de formar el espíritu de su hijo, enriqueciéndole con otra clase de estudios antes de pasar al de las matemáticas, hasta evitaba hablar de geometría en presencia del niño; pero éste, encerrado en su habitación, dibujaba figuras y más figuras, y desarrollando la definición de la geometría que había oído llegó a demostrar hasta la proposición 32 de Euclides. Su genio para la geometría y la física se debatía bajo una inspiración poderosa que todavía no era capaz de comprender. Bossuet, ya a la edad de dieciséis años, improvisó en el palacio de Rambouillet un sermón que, por la abundancia de pensamientos, la facilidad de expresión y la belleza de estilo, admiró a la concurrencia, compuesta por los talentos más escogidos de la Francia de entonces.

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Capítulo IV
CUESTIONES DE POSIBILIDAD
1. Una clasificación de los actos de nuestro entendimiento y de las cuestiones que se le pueden ofrecer Para mayor claridad dividiré los actos de nuestro entendimiento en dos clases: especulativos y prácticos. Llamo especulativos los que se limitan a conocer, y prácticos los que nos dirigen en el obrar. Cuando tratamos simplemente de conocer alguna cosa nos podemos hacer las cuestiones siguientes: primera, si es posible o no; segunda, si existe o no; tercera, cuál es su naturaleza, cuáles sus propiedades y relaciones. Las reglas que se den para contestar con acierto a estas tres preguntas pertenecen a lo que se denomina ciencia especulativa. Cuando nos proponemos obrar, es claro que intentamos siempre conseguir algún fin, de lo cual nacen las cuestiones siguientes: primera, cuál es el fin; segunda, cuál es el mejor medio para alcanzarlo. Ruego encarecidamente al lector que fije la atención sobre las divisiones que preceden y procure retenerlas en la memoria, pues además de facilitarle la comprensión de lo que voy a decir, grandemente le servirán para proceder con método en todas sus reflexiones. 2. Ideas de posibilidad e imposibilidad. Sus clasificaciones Posibilidad. La idea expresada por esta palabra es correlativa a la de imposibilidad, pues exige necesariamente la negación de la otra. Las palabras posibilidad e imposibilidad expresan ideas muy diferentes, según se refieren a las cosas en sí o a la potencia de una causa que las pueda producir. Sin embargo, estas ideas tienen relaciones muy íntimas, como veremos luego. Cuando se consideran la posibilidad o imposibilidad sólo con respecto a un ser, prescindiendo de toda causa, se les llama intrínsecas, y cuando se atiende a una causa se las denomina extrínsecas. A 27

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pesar de la aparente sencillez y claridad de esta división, observaré que no es posible formar un concepto cabal de lo que significa hasta haber descendido a las diferentes clasificaciones, que expondré en los párrafos siguientes. A primera vista parecerá extraño que explique primero la imposibilidad y no la posibilidad, pero reflexionando un poco se darán pronto cuenta que es bastante lógico que así lo haga. La palabra imposibilidad, aunque suena como negativa, expresa, no obstante, muchas veces una idea que a nuestro entendimiento se le presenta como positiva; esto es, la repugnancia entre dos objetos, una especie de exclusión, de oposición, de lucha, por decirlo así; de manera que, al desaparecer esta repugnancia, concebimos ya la posibilidad. De aquí nacen las expresiones de “esto es muy posible, pues nada se opone a ello”; “es posible, pues no se ve ninguna contradicción”. En conclusión, si se sabe lo que es imposibilidad se sabe lo que es la posibilidad, y viceversa. Algunos distinguen tres clases de imposibilidad: metafísica, física y moral. Yo adoptaré esta división, pero añadiendo una clase más, que será la imposibilidad de sentido común. En su lugar se verá la razón en que me fundo. También advertiré que tal vez sería mejor llamar imposibilidad absoluta a la metafísica; natural, a la física, y ordinaria, a la moral. 3. En qué consiste la imposibilidad metafísica o absoluta La imposibilidad metafísica o absoluta es la que se funda en la misma esencia de las cosas, es decir, es absolutamente imposible aquello que, si existiese, traería el absurdo de que una cosa sería y no sería a un mismo tiempo. Un círculo triangular es un imposible absoluto, porque sería círculo y no círculo, triángulo y no triángulo. Cinco igual a siete es un imposible absoluto, porque el cinco sería cinco y no cinco y el siete sería siete y no siete. Un vicio virtuoso es un imposible absoluto, porque el vicio sería y no sería vicio a un mismo tiempo. 4. La imposibilidad absoluta y la omnipotencia divina Lo que es absolutamente imposible no puede existir en ninguna suposición imaginable, pues aun cuando decimos que Dios es todopoderoso entendemos que no puede hacer 28

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absurdos. Que el mundo exista y no exista a un mismo tiempo, que Dios sea y no sea, que la blasfemia sea un acto laudable, y otros delirios de esta clase, es claro que no caen bajo la acción de la omnipotencia, y, como observa muy sabiamente Santo Tomás, más bien debiera decirse que estas cosas no pueden ser hechas que no que Dios no puede hacerlas. De esto se sigue que la imposibilidad intrínseca absoluta trae consigo la imposibilidad extrínseca, también absoluta; esto es, que ninguna causa puede producir lo que de suyo es imposible absolutamente. 5. La imposibilidad absoluta y los dogmas Para poder afirmar que una cosa es absolutamente imposible es preciso tener una idea muy clara sobre los extremos que se repugnan; de otra manera hay riesgo de calificar como absurdo a algo que en realidad no lo es. Hago esta advertencia para hacer notar la sinrazón de los que condenan algunos misterios de nuestra fe, declarándolos absolutamente imposibles. Los dogmas de la Trinidad y de la Encarnación son, ciertamente, incomprensibles al limitado hombre, pero no son absurdos. ¿Cómo es posible un Dios trino, una naturaleza y tres personas distintas entre sí, idénticas en la naturaleza? Yo no lo sé, pero no tengo derecho a inferir que eso sea contradictorio. ¿Comprendo acaso lo que es esta naturaleza, lo que son esas personas de que se me habla? No; luego cuando quiero juzgar si lo que de ellas se dice es imposible o no, juzgo sobre misterios desconocidos. ¿Qué sabemos nosotros de los misterios de la divinidad? El Eterno nos ha revelado algunas verdades misteriosas para ejercitar nuestra obediencia y humillar nuestro orgullo, y no nos ha querido descubrirnos en esta vida lo que se nos descubrirá en el cielo, en ese mundo de verdad y de luz. 6. Idea de la imposibilidad física o natural La imposibilidad física o natural consiste en que un hecho esté fuera de las leyes de la Naturaleza. Es naturalmente imposible que una piedra soltada en el aire no caiga al suelo, que el nivel del agua cuando se deja reposar no se iguale, que un cuerpo sumergido en un fluido de menor gravedad no se hunda, porque las leyes de la Naturaleza establecen lo 29

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contrario. Dios, que ha establecido estas leyes, puede suspenderlas; el hombre, no. Lo que es naturalmente imposible lo es para la criatura, no para Dios. 7. Modo de juzgar de la imposibilidad natural ¿Cuándo podremos afirmar que un hecho es imposible naturalmente? Cuando estamos seguros de que existe una ley que se opone a la realización de este hecho y que dicha oposición no es eliminada o neutralizada por otra ley natural. Es ley de la Naturaleza que el cuerpo del hombre, como más pesado que el aire, caiga al suelo al faltarle el apoyo; pero hay otra ley por la cual un conjunto de cuerpos unidos entre sí, que sea específicamente menos pesado que aquel en que se sumerge, se sostenga y hasta se levante, aun cuando alguno de ellos sea más pesado que el fluido; luego unido el cuerpo humano a un globo aerostático, podrá remontarse por los aires, y este fenómeno estará muy conforme con las leyes de la Naturaleza. La pequeñez de ciertos insectos no permite que su imagen se capte en nuestra retina de una manera sensible; pero las leyes a que está sometida la luz hacen que por medio de un vidrio se pueda modificar la dirección de los rayos de la manera más conveniente para que, salidos de un objeto muy pequeño, se hallen desparramados al llegar a la retina y formen allí una imagen de gran tamaño, y así no será naturalmente imposible que, con la ayuda del microscopio, lo imperceptible a la simple vista lo veamos aumentado de tamaño. Por estas consideraciones es preciso andar con mucho tiento cuando tengamos que declarar que un fenómeno es imposible naturalmente. Conviene no olvidar: 1º que la Naturaleza es muy poderosa; 2º que nos es muy desconocida; dos verdades que deben inspirarnos una gran prudencia al momento de enjuiciar sobre fenómenos de esta clase. Si a un hombre del siglo XV se le hubiese dicho que en el futuro se llegará a recorrer en una hora la distancia de ochenta kilómetros, y esto sin ayuda de caballos ni de animales de ninguna especie, habría mirado el hecho como naturalmente imposible, y, sin embargo, los que viajan en tren saben muy bien que son transportados a esa velocidad por medio de agentes puramente naturales. ¿Quién 30

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sabe lo que se descubrirá en el futuro y el aspecto que presentará el mundo de aquí a diez siglos? Seamos cautos para creer en la existencia de fenómenos extraños y no nos abandonemos con demasiada ligereza a la fantasía; pero guardémonos de calificar de naturalmente imposible lo que un descubrimiento pudiera mostrar como realizable; no demos demasiada fe a exageradas ilusiones de cambios inconcebibles, pero no las tachemos de delirios y absurdos. 8. Se deshace una dificultad sobre los milagros de Jesucristo De estas observaciones surge al parecer una dificultad, en la que se apoyan los ateos para justificar su incredulidad. Es la siguiente: los milagros pudieran ser tal vez efectos de causas naturales que, por sernos desconocidas, no dejarían de ser naturales; luego los milagros no probarían la intervención divina, y, por tanto, de nada servirían para apoyar la verdad de la religión cristiana. Pero este argumento es tan engañoso como fútil, como veremos en seguida. Un hombre de procedencia humilde, que no ha aprendido las letras en ninguna escuela, que ha pasado desapercibido entre el pueblo, que carece de fortuna, que no tiene donde reclinar su cabeza, se presenta en público enseñando una doctrina tan nueva como sublime; se le piden los títulos de su misión y él los presenta de una manera sencilla. Habla, y al imperio de su voz los ciegos ven, los sordos oyen, los mudos hablan, los paralíticos andan, las enfermedades más rebeldes desaparecen de repente, los que acaban de expirar vuelven a la vida, los que son llevados al sepulcro se levantan del ataúd, y los que llevan enterrados algunos días y despiden ya mal olor, resucitan. Éste es el hecho histórico. ¿Quién se atrevería obstinadamente a decir que estos hechos se deben a leyes naturales que todavía nos resultan desconocidas? ¿Calificará de imprudentes a los cristianos por haber pensado que semejantes prodigios no pudieran hacerse sin la intervención divina? ¿Creéis que con el tiempo se llegará a descubrir un medio para resucitar a los muertos, y no de cualquier manera, sino sujeto a la simple voz de un hombre que lo desee? La operación de cataratas, ¿tiene algo que ver con restituir de 31

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golpe la vista a un ciego de nacimiento? Los procedimientos para volver poner de nuevo en movimiento a un miembro paralizado, ¿se asemejan por ventura, a este otro de: “Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”? Los conocimientos sobre climatología y el mar, ¿llegarán alguna vez a encontrar en la mera palabra de un hombre la fuerza suficiente para sosegar de repente el mar alborotado y hacer que las olas se tiendan mansas bajo sus pies y que camine sobre ellas, como un monarca sobre plateadas alfombras? ¿Y qué diremos si a tan imponente testimonio se reúnen las profecías cumplidas, la santidad de una vida sin tacha, la elevación de su doctrina, la pureza de la moral y, por fin, el heroico sacrificio de morir entre tormentos y afrentas, sosteniendo y publicando la misma enseñanza, con la serenidad en la frente, la dulzura en los labios, profiriendo en sus últimos suspiros amor y perdón? No se nos hable, pues, de leyes ocultas, de imposibilidades aparentes; no se oponga a tan convincente evidencia un necio “¿quién sabe?...” Esta dificultad, que sería razonable si se tratara de un suceso aislado, envuelto en alguna oscuridad, sujeto a mil combinaciones diferentes, cuando se la objeta contra el cristianismo es no sólo infundada, sino hasta contraria al sentido común. 9. La imposibilidad moral u ordinaria La imposibilidad moral u ordinaria es la oposición al curso regular u ordinario de los sucesos. Esta palabra es susceptible de muchos significados, pues la idea de curso ordinario es tan acomodaticia y adaptable, tan aplicable a tan diferentes objetos, que poco puede decirse en general que sea provechoso en la práctica. Esta imposibilidad nada tiene que ver con la absoluta ni la natural; las cosas moralmente imposibles no dejan por eso de ser muy posibles absoluta y naturalmente. Daremos una idea muy clara y sencilla de la imposibilidad ordinaria si decimos que es imposible de esta manera todo aquello que, atendido el curso regular de las cosas, acontece o muy rara vez o nunca. Veo a un elevado personaje, a quien todos elogian por sus cualidades y obras, y cuyo nombre es 32

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respetado y querido. Es moralmente imposible que no tengan razones para ello y que el personaje sea un impostor. Ordinariamente sucede así; aunque también se haya sufrido alguna decepción o chasco alguna que otra vez. La imposibilidad moral puede desaparecer por una causa extraordinaria o imprevista, que tuerza el curso de los acontecimientos. Un capitán que acaudilla un puñado de soldados y que procede de lejanas tierras, aborda unas playas desconocidas y se encuentra con un inmenso continente poblado de millones de habitantes. Pega fuego a sus naves y dice: marchemos. ¿Qué es lo que se propone? Conquistar extensos reinos con algunos centenares de hombres. Esto es imposible; el aventurero está loco. Pero dejadle, que su locura es la locura del heroísmo y del genio; lo que parecía ordinariamente imposible se ha convertido en un suceso histórico. Se apellida Hernán Cortés; es español y acaudilla españoles. 10. La imposibilidad de sentido común, impropiamente contenida en la imposibilidad moral La imposibilidad moral tiene a veces un sentido muy diferente del expuesto hasta aquí. Hay imposibles de los cuales no puede decirse que lo sean con una imposibilidad absoluta ni natural, y, no obstante, vivimos con tal certeza de que lo imposible no se realizará, que nos la infunde mayor que la natural, y poco le falta para producirnos el mismo efecto que la absoluta. Un hombre tiene en la mano un cajón de caracteres de imprenta; los revuelve repetidas veces sin orden ni concierto, sin mirar siquiera lo que hace, y al fin los deja caer al suelo; ¿será posible que resulten por casualidad ordenados de tal manera que formen una larga poesía famosa? No, responde súbitamente cualquiera que esté en su sano juicio; esperar esta casualidad sería una insensatez; tan seguros estamos de que no se realizará, que si se pusiese nuestra vida pendiente de semejante casualidad, diciéndonos que si esto se verifica se nos matará, continuaríamos tan tranquilos como si no existiese tal condición. Es de notar que aquí no hay imposibilidad metafísica o absoluta, porque no hay en la naturaleza de los caracteres una 33

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resistencia esencial para que no puedan colocarse en dicha forma, pues cualquier linotipista, en un corto tiempo, los podría fácilmente acomodar de esa manera; tampoco hay imposibilidad natural, porque ninguna ley de la Naturaleza impide que caigan por esta o aquella cara, ni el uno al lado del otro de modo conveniente al efecto; hay, pues, una imposibilidad de otro orden, que nada tiene de común con las otras dos y que tampoco se parece a la llamada moral, por solo estar fuera del curso regular de los acontecimientos. La teoría de las probabilidades, auxiliada por la de las combinaciones, pone de manifiesto la imposibilidad que he llamado de sentido común, calculando, por decirlo así, la inmensa distancia que va de la posibilidad del hecho a su existencia, distancia que nos lo hace considerar como poco menos que absolutamente imposible. El Autor de la Naturaleza no ha querido que una convicción tan importante dependiese del raciocinio y, por consiguiente, que careciesen de ella muchos hombres; así es que nos la ha dado a todos a manera de instinto, como lo ha hecho con otras que no son igualmente necesarias. En vano os empeñaríais en combatirla, ni aún en el hombre más rudo; él no sabría tal vez qué responderos, pero movería la cabeza y diría para sí: “Este filósofo, que cree en la posibilidad de tales despropósitos, no debe de estar muy sano de juicio.” Cuando la Naturaleza habla en el fondo de nuestra alma con una voz tan clara y un tono tan concluyente es necedad no escucharla. Sólo algunos hombres, apellidados filósofos, se obstinan a veces en este empeño, no recordando que no hay filosofía que excuse la falta de sentido común y que mal llegará a ser sabio quien comienza por ser insensato. Supongamos que tenemos siete letras: e, s, p, a, ñ, o, l, y que las lanzamos al aire con la intención de que al caer a la ventura salga la palabra “español”. Está claro que no hay imposibilidad intrínseca, pues cualquiera podría disponerlas así, mediando la inteligencia; pero faltando esta inteligencia no hay más razón para que resulten combinadas de esta manera que de otra. Ahora bien; teniendo presente que el número de combinaciones de diferentes cantidades es igual a 1 X 2 X 3 X 4 ... (n - 1) n, expresando n el número de los factores, siendo 34

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siete las letras en el caso presente, el número de combinaciones posibles será igual a 1 X 2 X 3 X 4 X 5 X 6 X 7 = 5040. Ahora, recordando que la probabilidad de un hecho es la relación del número de casos favorables al número de casos posibles, resulta que la probabilidad de salir de forma fortuita las siete letras dispuestas de modo que formen la palabra “español” es igual a 1/5040. De forma que estaríamos en el mismo caso que si sacásemos una bola negra de forma fortuita de una urna donde hubiesen otras 5039 bolas blancas. Si es tanta la dificultad que hay en que resulte formada una sola palabra de siete letras, ¿qué será si tomamos, por ejemplo, un escrito en que hay muchas páginas y, por tanto, gran número de palabras? La imaginación se asombra al considerar la inconcebible pequeñez de la probabilidad cuando se atiende a lo siguiente: 1º Si la formación casual de una sola palabra es poco menos que imposible; ¿qué será con respecto a millares de palabras? 2º Las palabras sin el debido orden entre sí no dirían nada y, por tanto, sería necesario que saliesen del modo correspondiente para expresar lo que se quería decir. Siete solas palabras nos costarían el mismo trabajo que las siete letras. 3º Esto es verdad, aun no exigiendo disposición en líneas y suponiéndolo todo en una sola; ¿qué será si se requieren líneas? Sólo siete nos traerán la misma dificultad que las siete palabras y las siete letras. 4º Para formarse una idea del punto a que llegaría el guarismo que expresase los casos posibles adviértase que nos hemos limitado a un número de los más bajos: el “siete”; adviértase que hay muchas palabras de más letras, que todas las líneas habrían de constar de algunas palabras y todas las páginas de muchas líneas. 5º Y, finalmente, reflexiónese adónde va a parar un número que se forma con una ley tan aumentativa como ésta: 1 X 2 X 3 X 4 X 5 X 6 X 7 X 8 ... (n - 1) n. Sígase por breve rato la multiplicación y se verá que el incremento es asombroso. En la mayor parte de los casos en que el sentido común nos dice que hay imposibilidad, son muchas las cantidades por combinar: entendiendo por cantidades todos los objetos que han de estar dispuestos de cierto modo para lograr el objeto 35

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que se desea. Por poco elevado que sea este número, el cálculo demuestra ser la probabilidad tan pequeña que ese instinto con el cual, desde luego, sin reflexionar, decimos “esto no puede ser”, es admirable, por lo fundado que está en la sana razón. Pondré otro ejemplo. Suponiendo que las cantidades son en número de 100, el de las combinaciones posibles será: 1 X 2 X 3 X 4 X 5 ... 99 X 100. Considérese si no es muy certero el instinto que nos dice ser imposible una cosa cuya probabilidad es tan pequeña que está representada por un quebrado cuyo numerador es la unidad y cuyo denominador es un número tan colosal.

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Capítulo V
CUESTIONES SOBRE LA EXISTENCIA. EL CONOCIMIENTO ADQUIRIDO POR EL TESTIMONIO INMEDIATO DE LOS SENTIDOS
1. Necesidad del testimonio de los sentidos. Los diferentes modos con que nos proporcionan conocimiento de las cosas De la existencia o no existencia de un ser, es decir, de que una cosa es o no es, podemos cerciorarnos de dos maneras: por nosotros mismos o por medio de otros. El conocimiento que tenemos por nosotros mismos de la existencia de las cosas proviene de los sentidos inmediata o mediatamente: o ellos nos presentan el objeto mismo, o algunas señales de él, por las que el entendimiento deduce su existencia. La vista me informa inmediatamente de la existencia de un edificio que tengo delante; pero un trozo de columna, algunos restos de pavimento, una inscripción u otras señales me hacen deducir que en tal o cual lugar existió un templo romano. En ambos casos se lo debo a los sentidos; en el primero de forma inmediata, en el segundo mediata. Si una persona careciese de todos los sentidos no podría adquirir ningún conocimiento, a no ser que Dios se los proporcionase por medios extraordinarios. Lo cierto es que nada sabemos, nada pensamos si antes no ha pasado de alguna manera por los sentidos. Aquí radica el origen de las ideas. 2. Errores en que incurrimos por causa de los sentidos. Su remedio. Ejemplos El conocimiento inmediato que los sentidos nos ofrecen sobre la existencia de una cosa es a veces errado, porque no nos servimos como debemos de estos admirables instrumentos que nos ha concedido el Creador. Los objetos corpóreos, cuando estimulan los órganos de los sentidos, desencadenan una impresión en nuestro entendimiento, mas deberemos 37

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asegurarnos bien de qué tipo de impresión se trata y hasta qué punto nos informa de la existencia de un objeto; he aquí la regla para no equivocarnos. Algunos ejemplos nos ayudarán a entenderlo. Veo a una larga distancia un bulto que se mueve, y digo: “Allí hay un hombre”; acercándome más descubro que no es así, y que tan sólo se trata de un arbusto sacudido por el viento. ¿Me ha engañado el sentido de la vista? No; porque la información que ella me transmitía era únicamente la de un bulto que se movía, y si yo hubiese atendido bien a la sensación recibida habría notado que no se trataba de un hombre. Cuando, pues, yo he querido interpretarla como tal, no debo culpar al sentido, sino a mi poca atención, o bien, a que notando alguna semejanza entre el bulto y un hombre visto de lejos, he inferido que aquello debía de serlo en efecto, sin advertir que la semejanza y la realidad son cosas muy distintas. Habiéndome enterado de que una batalla está a punto de comenzar, me parece que he oído cañonazos, y me quedo con la creencia de que la batalla ha comenzado. Noticias posteriores me hacen saber que no se ha disparado ni un tiro; ¿a qué se debe mi error? No a mi oído, sino a mí falta de atención y discernimiento. El ruido se oía, en efecto, pero era causado por los golpes de un leñador trabajando, junto al estrépito de una puerta que se cerraba en una casa cercana; estos ruidos se asemejaban en conjunto al estampido de un cañón. No es, pues, el sentido el que me ha engañado, sino mi ligereza y precipitación. La sensación era tal cual debía ser, pero yo la interpreté mal sacando conclusiones falsas. Si me hubiese contentado con afirmar que oía un ruido parecido al de cañonazos distantes no hubiera inducido a error a otros y a mí mismo. 3. Necesidad de emplear en algunos casos más de un sentido para la debida comparación Conviene notar que para conocer por medio de los sentidos la existencia de un objeto no basta a veces el uso de uno solo, sino que es preciso emplear otros al mismo tiempo o bien atender a las circunstancias que nos pueden prevenir contra la ilusión. Es cierto que el discernir hasta qué punto 38

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corresponde la existencia de un objeto a la sensación que recibimos es obra de la comparación, la que es fruto de la experiencia. Un ciego a quien se quitan las cataratas no juzga bien de las distancias, tamaños y figuras, hasta haber adquirido la práctica de ver. Esta adquisición la hacemos sin advertirla desde niños, y así creemos que basta abrir los ojos para juzgar de los objetos tales como son en sí. Una experiencia muy sencilla y frecuente nos convencerá de lo contrario. Un hombre adulto y un niño de tres años están mirando por un cuadro que les ofrece a la vista paisajes, animales, ejércitos; ambos reciben la misma impresión; pero el que sabe bien que no ha salido al campo y se halla en un aposento cerrado no se altera ni por la cercanía de las fieras ni por los desastres del campo de batalla. Lo que le cuesta trabajo es conservar la ilusión; y más de una vez tendrá que distraerse de la realidad y suplir algunos defectos del cuadro para poder gozar con la presencia del espectáculo. Pero el niño, que no compara, que sólo atiende a la sensación en todo su aislamiento, se espanta y llora, temiendo que se lo han de comer las fieras o viendo que tan cruelmente se matan los soldados. Todavía más: experimentamos a cada paso que una perspectiva excelente de la cual no teníamos noticia, vista a la correspondiente distancia, nos causa ilusión, y nos hace tomar por objetos de relieve los que en realidad son planos. La sensación no es errada; pero sí lo es el juicio que por ella formamos. Si advirtiésemos que caben reglas para producir en la retina la misma impresión con un objeto plano que con otro abultado, nos hubiéramos complacido en la habilidad del artista, sin caer en el error. Este habría desaparecido mirando el objeto desde puntos diferentes o valiéndonos del tacto. 4. Los sanos de cuerpo y enfermos de espíritu Los que más prontos están a equivocarse a este respecto son los que, estando sanos de cuerpo, no lo están del espíritu, y debido a que están preocupados por un pensamiento, ponen a su disposición todos sus sentidos, haciéndoles percibir, quizás con la mayor buena fe, todo lo que conviene para apoyar su idea. ¿Qué no descubrirá en el firmamento el astrónomo que maneja el telescopio no con ánimo reposado e 39

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imparcial, sino con el vivo deseo de probar una afirmación aventurada que hizo con excesiva ligereza? ¿Qué no verá con el microscopio el biólogo que se halle en una disposición semejante? He dicho a propósito que estos errores se pueden dar quizás con la mayor buena fe; porque sucede muy a menudo que el hombre se engaña primero a sí mismo antes de engañar a los otros. Dominado por su hipótesis u opinión favorita, ansioso de encontrar pruebas que la demuestren, examina los objetos no para encontrar la verdad, sino para que venza su idea; y así acontece que halla en ellos lo que desea. Muchas veces los sentidos no le dicen nada de lo que él pretende; pero le ofrecen algo parecido: “Esto es —exclama alborozado—; helo aquí, es lo mismo que yo sospechaba”; y si se levanta alguna duda al respecto en su espíritu, procura sofocarla de inmediato pensando que su teoría no admite discusión; se esfuerza por contentarse a sí mismo, cerrando los ojos a la luz, para poder convencer a los otros sin verse precisado a mentir. Basta conocer un poco el corazón del hombre para darse cuenta de que estos casos no son raros y que jugamos con nosotros mismos lastimosamente. Necesitamos convencernos de algo y de un modo u otro trabajamos por conseguirlo; al principio la tarea nos resulta costosa, pero perseveramos en ello, después el orgullo no nos permite que nos retractemos de nuestra opinión, y el que comenzó dudando de que su teoría fuese cierta, acaba realmente por ser engañado y mantiene su juicio obstinado. 5. Sensaciones reales, pero sin objeto externo. Explicación de este fenómeno Una imaginación vivamente poseída por un objeto obra sobre los mismos sentidos, y alterando el curso ordinario de sus funciones, hace que realmente sienta lo que no hay. Para comprender cómo se verifica esto conviene recordar que la sensación no se verifica en el órgano del sentido, sino en el cerebro, por más que la fuerza del hábito nos haga referir la impresión al sitio donde la recibimos. Permaneciendo los ojos sanos nos podemos quedar completamente ciegos cuando se lesiona el nervio óptico; 40

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impedida la comunicación del ojo con el cerebro, se extingue el sentido. De esto se deduce que el verdadero reservorio de todas las sensaciones es el cerebro, y que si en una de sus partes se excita por un acto interno la impresión que suele ser producida por la acción del órgano del sentido, se dará la sensación sin que haya habido estimulación exterior. La inteligencia se informa de los objetos exteriores mediatamente por los sentidos pero inmediatamente por el cerebro; cuando en éste se desencadena tal o cual impresión, la suele referir al órgano del sentido de donde suele proceder y al objeto que ordinariamente la produce. Si la persona está advertida de que su cerebro no funciona normalmente se prevendrá contra el error, y aunque no deje de percibir la sensación, desconfiará del información que ella le suministre. Cuando alguien padece de vértigo, le da la impresión de que todo se mueve a su alrededor, pero en realidad no es así; más no por esto deja de sentir la misma sensación que si todo se moviese, y no alcanza a vencer tal ilusión por más que se esfuerce. 6. Maniáticos y ensimismados Lo que acontece habitualmente en un trastorno cerebral orgánico puede también suceder cuando está exaltada la imaginación por una determinada causa; entonces la imaginación se pone realmente enfermiza en relación a lo que la preocupa. ¿Qué son las manías sino la realización de este fenómeno? Hay muchas clases y graduaciones de manías; las hay continuas o por intervalos, extravagantes o bien concertadas, vulgares o intelectuales; y así como Don Quijote convertía los molinos de viento en descomunales gigantes y los rebaños de ovejas y carneros en un ejército de soldados, también un científico testarudo puede descubrir, con la ayuda de telescopios, microscopios y demás instrumentos, todo cuanto le convenga. Los hombres demasiado pensativos y ensimismados, que están dotados de una imaginación calenturienta, corren mucho más riesgo de caer en estas manías geniales e ilusiones sublimes. El susurro del viento puede convertirse en un gemido misterioso; la claridad de la

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luna, en la aparición de un difunto. Toman por realidad los sueños de sus fantasías.

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Capítulo VI
CONOCIMIENTO DE LA EXISTENCIA DE LAS COSAS ADQUIRIDO MEDIATAMENTE POR LOS SENTIDOS
1. Transición de lo sentido a lo no sentido Los sentidos nos dan inmediatamente noticia de la existencia de muchos objetos, pero hay muchos más objetos que no son captados por los sentidos, ya por ser incorpóreos o bien porque nos los excitan. Donde no alcanzan los sentidos llega el entendimiento, el cual conoce la existencia de muchos objetos o fenómenos insensibles por medio de los sensibles. La lava esparcida sobre un terreno nos permite conocer que allí existió un volcán; las conchas encontradas en la cumbre de un monte nos dan noticia que hasta allí se elevaron las aguas; las ruinas de las antiguas ciudades nos informan de la morada de unos pueblos que no hemos conocido. Así, el entendimiento conoce por medio de estos objetos de la existencia de otros muy diferentes. Este salto de lo conocido a lo desconocido no lo podemos hacer si antes no tenemos alguna idea más o menos completa o general del objeto desconocido, y si antes no conocemos alguna dependencia o relación que ligue a los dos. Así, en los ejemplos aducidos, si bien antes no se conocía la existencia de aquel volcán, ni del mar que inundó aquella montaña, ni de aquellos pueblos que habitaron tales ciudades, no obstante todas estas realidades eran conocidas en general — se sabe de la existencia de volcanes apagados, de mares que cubrieron lo que ahora son continentes, de pueblos antiguos que nos precedieron—, así como las señales que dejaron, las cuales si son captadas por nuestros sentidos. De la contemplación de la admirable funcionamiento del universo no pasaríamos al conocimiento del Creador si antes no conociésemos la teoría sobre los efectos y sus causas, sobre el orden y la inteligencia. 43

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Y, sea dicho de paso, esta sola observación basta para deshacer la opinión de los que no ven en nuestro pensamiento más que sensaciones transformadas. 2. Coexistencia y sucesión La dependencia de las cosas es lo único que puede autorizarnos para deducir la existencia de una cosa a partir de la existencia de otra, y, por consiguiente, toda la dificultad estriba en conocer esta dependencia. Si la íntima naturaleza de las cosas estuviera patente a nuestros ojos, bastaría con que nos fijáramos en un ser para saber todas sus propiedades y relaciones que le ligan con otros. Por desgracia no es así tanto en el orden físico como en el moral, y es muy limitado el conocimiento que poseemos sobre los principios constitutivos de los seres. Debido a esta ignorancia de la esencia de las cosas, nos vemos con frecuencia precisados a conjeturar su dependencia por tan sólo su coexistencia o sucesión, deduciendo que la una depende de la otra porque existen juntas algunas o muchas veces, o porque la primera ocurre después de la otra. Semejante raciocinio, no siempre infundado, tiene el inconveniente de inducirnos al error frecuentemente, pues no es fácil poseer el discernimiento necesario para conocer cuándo la existencia o la sucesión es un signo de dependencia y cuando no. Es indudable que ni la existencia simultánea de dos seres, ni tampoco su inmediata sucesión, consideradas por sí solas, son atributos que prueban que un ser dependa del otro. Una planta venenosa y pestilente puede hallarse al lado de otra medicinal y aromática; un reptil dañino y horrible puede arrastrarse quizás a poca distancia de una inofensiva mariposa; el asesino, que huye de la justicia, puede ocultarse en el mismo bosque donde está al acecho un honrado cazador; un airecillo suave que refresca la campiña, puede seguirse algunos momentos después de un violento huracán. De ahí que sea muy arriesgado juzgar sobre las relaciones de dos seres porque se les haya visto juntos alguna vez o sucederse con poco intervalo; este es un sofisma que se comete con demasiada frecuencia y es causa de infinitos 44

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errores. Esta es la causa de tantas predicciones falsas que se hacen sobre los cambios climáticos; el origen de tantas presunciones falsas sobre manantiales de agua, sobre filones de metales preciosos, y otras cosas semejantes. Se ha visto algunas veces que, después de tal o cual posición de las nubes, de tal o cual viento, de tal o cual dirección de la niebla de la mañana, llovía, o tronaba, o acontecían otras mudanzas de tiempo; se ha notado que en el terreno de éste o aquel aspecto se encontró algunas veces agua, que detrás de estas o aquellas vetas se descubrió el precioso mineral; y se ha deducido, por tanto, que existía una relación entre los dos fenómenos, y se ha tomado el uno como señal del otro, no advirtiendo que era una coincidencia enteramente casual, sin que hubiese entre ellos una relación de ninguna clase. 3. Dos reglas sobre la coexistencia y la sucesión Para que podamos discernir mejor en este asunto se han establecido dos reglas: 1ª. Cuando una larga experiencia nos muestra que siempre dos cosas ocurren a un mismo tiempo —de suerte que si se presenta una se presenta también la otra, y si falta una, falta también la otra—, podemos juzgar, sin temor de equivocarnos, de que guardan entre ellas alguna conexión, y, por tanto, de la existencia de la una deducimos legítimamente la existencia de la otra. 2ª. Si dos cosas se suceden indefectiblemente, de suerte que si se presenta la primera, siempre se ha visto que le sigue la segunda, y que si se presenta ésta última, siempre se ha notado que antes se había dado la otra, podremos deducir ciertamente que tienen entre sí alguna dependencia. Tal vez será difícil demostrar la verdad de estas aseveraciones; sin embargo, los que las pongan en duda seguramente no habrán observado que, aunque no se formulen, el buen sentido común de la gente las toma casi siempre por norma, así como también muchas veces la ciencia, pues en muchas investigaciones son la única guía de que se vale el entendimiento. Cualquiera está de acuerdo en que cuando una fruta ha adquirido cierto tamaño, aspecto y color, podemos suponer que 45

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está sabrosa. ¿Cómo conoce esa relación el campesino que las recolecta? ¿Cómo a partir de estas cualidades deduce otra que no experimenta, la del sabor? Tratad de que os explique tal relación, y no sabrá qué responder; ponerle reparos y dificultades y empeñaros en persuadirle que se equivoca al deducir de este modo, y se reirá de vuestros razonamientos, asegurado en su creencia por la simple razón de que “siempre sucede así”. Todo el mundo está convencido de que con las bajas temperaturas se congelan los líquidos y que cuando éstas ascienden los vuelve al primer estado. Muchos no sabrán dar razón a este fenómeno, pero nadie pondrá en duda la relación que existe entre la congelación y el frío, y la licuefacción y el calor. Quizás podrán suscitarse dificultades sobre las explicaciones que en esta cuestión brinden los físicos; pero la gente común no espera a oír a los científicos para llegar a una conclusión: “Siempre se dan juntos estos hechos —dicen—; luego entre ellos tiene que haber alguna relación que los ligue”. Son infinitas las aplicaciones que podrían hacerse de la regla establecida; pero las anteriores bastan para que cualquiera las encuentre por sí mismo. Sólo diré que la mayor parte de los hechos de la vida están fundados en este principio: la simultánea ocurrencia de dos cosas o acciones, observada durante dilatado tiempo, autoriza a deducir que si se presenta la primera, se dará también la segunda. Nadie podría obrar si no tuviese por segura esta regla, y los mismos filósofos se encontrarían más embarazados de lo que, tal vez, se figuran. Apenas darían un paso en sus reflexiones. La segunda regla es análoga a la primera: se funda en los mismos principios y se aplica a los mismos usos. La experiencia manifiesta que del pollo sale un huevo; hay una relación de dependencia entre el huevo y el pollo; al ver un huevo, todos estamos seguros de que le ha precedido un pollo. La mayoría de los hombres, por no decir todos, ignora completamente de qué manera el abono concurre al desarrollo de las semillas y al crecimiento de las plantas, ni cuál es la causa de que unos terrenos se adapten mejor que otros a determinadas cosechas; pero siempre se ha visto así, y esto es suficiente para que se crea que una cosa depende de la otra y 46

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para que al ver la segunda deduzcamos, sin temor a equivocarnos, la existencia de la primera. 4. Observaciones sobre la relación de causalidad. Sin embargo, conviene advertir la diferencia que va de la sucesión observada cuando se da una sola vez, de cuando se repiten muchas. En el primer caso no arguye causalidad, ni incluso relación de ninguna clase; en el segundo, no siempre indica dependencia de efecto y causa, pero sí al menos dependencia de una causa común. Si el flujo y reflujo del mar se hubiese observado que coincidía una que otra vez con cierta posición de la luna, no podría inferirse que existía relación entre los dos fenómenos; mas siendo constante la expresada coincidencia, los físicos debieron deducir que si el uno no es causa del otro, al menos tienen ambos una causa común, y que así están ligados en su origen. A pesar de lo que acabo de decir, es falso el raciocinio siguiente: post hoc, ergo propter hoc: después de esto, luego por esto. 1.º Porque aquí no se dice que haya sucesión constante. 2.º Porque, aun cuando afirme, esta sucesión puede indicar dependencia a una causa común, y no que lo uno sea causa de lo otro. Si prestamos atención, en la vida ordinaria nos servimos frecuentemente de la regla de coexistencia y de la sucesión. Dependiendo del objeto de que se trata, se modifica la aplicación de la regla; en unos casos basta una experiencia de pocas veces, en otros se exige más continuada; pero, en el fondo, siempre andamos guiados por el mismo principio: dos hechos que siempre se suceden tienen entre sí alguna dependencia: la existencia del uno indicará, pues, la del otro. 5. Un ejemplo Es de noche y veo que en la cima de una montaña se enciende un fuego; al poco rato en la montaña de enfrente brilla una luz, ilumina por breve tiempo y desaparece. De esto no puedo deducir que haya entre los dos hechos relación alguna. Al día siguiente veo otra vez que se enciende el fuego en el mismo lugar y que del mismo modo brilla la luz. Esta coincidencia me llama la atención; pienso que puede ser una casualidad, y no le doy importancia. Al otro día acontece lo 47

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mismo; y crece en mí la sospecha de que puede tratarse de una señal convenida entre los lugareños de ambas montañas. Durante un mes se verifica lo mimo; la hora es siempre la misma, y siempre brilla la luz al poco rato de arder el fuego; entonces ya no me cabe duda de que entre los dos hechos existe alguna relación. En semejantes casos, el secreto para poder descubrir la verdad y prevenir los juicios infundados se basa en atender a todas las circunstancias, sin descuidar ninguna, por despreciable que parezca. Así, en el ejemplo anterior, podría pensarse que no tenía importancia prestar atención a la hora de la noche en que sucedían tales hechos, ni tampoco si variaba la hora o no. Mas en realidad estas circunstancias son muy importantes a tener en cuenta, pues según fuese la hora sería más o menos probable que se encendiese fuego y apareciese luz, y si la hora era siempre la misma sería mucho menos probable que los dos hechos tuviesen relación entre sí que si la hora variase. Cualquier persona imprudente que no reparase estas circunstancias podría alarmar a la comarca con las pretendidas señales; no había duda de que algunos malhechores se estaban poniendo de acuerdo, podría explicarse así el robo que sucedió tal o cual día, o el origen del tiro que se oyó por aquellos sitios, y cuando la autoridad hubiera sido advertida del malvado complot, recaería la sospecha sobre algunas familias. Pero los policías que se hubiesen enviado a observar de cerca el fenómeno se llevarían una gran desilusión y volverían riéndose de las falsas ilusiones que se habían hecho, descifrando el enigma en los términos siguientes: En la cima donde arde el fuego hay una finca donde cada noche se aposta un vigilante. El centinela siente frío y enciende una fogata. Como aquella es la hora en que suelen acostarse los campesinos, lo hace también la familia que habita en la cumbre de la montaña de enfrente. Al llegar la hora señalada, el padre sale fuera de la casa unos momentos, llevando en la mano un candil, para cerciorarse de que los portones de la finca están cerrados. Esta es la luz misteriosa que salía a una misma hora y desaparecería en breve, coincidiendo con el fuego de la montaña de enfrente. 48

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¿Cómo tendría que haber reflexionado en tal caso un buen pensador? Helo aquí. Al poco rato de encendido el fuego aparece la luz, y siempre a una misma hora poco mas o menos, lo que inclina a creer que será una señal convenida. No es probable que se deba a la confabulación de unos malhechores, porque sería estúpido que escogiesen siempre un mismo lugar y hora, con riesgo de ser notados y descubiertos. Además, una operación de este tipo sería demasiado larga, un mes, para tratarse de un complot de ladrones. Por aquellas inmediaciones están las fincas A y B, pertenecientes a familias de buena reputación. Parece, pues, que o se trata de una coincidencia casual, o que si hay una señal convenida, debe de ser sobre alguna cosa legítima, sin miedo a ser descubierta. La hora del suceso es precisamente la hora de ir a acostarse; habrá que averiguar si no será que algunos quehaceres obligan a los unos a prender un fuego y a los otros a encender una luz. 6. Reflexiones sobre el ejemplo anterior Reflexionando sobre el ejemplo anterior se advierte que, a pesar de que no había ninguna relación entre los dos hechos, no obstante reconocían en cierto modo un mismo origen: el acontecer a la hora de acostarse. Así se hecha de ver que el error no estaba en suponer que había algo de común en ellos, ni en pensar que la coincidencia no era puramente casual, sino en que se recurría a interpretaciones sin fundamento. Esta observación enseña, por una parte, el tino con que debe procederse en determinar la clase de relación que entre sí tienen dos hechos, simultáneos o sucesivos; pero, por otra, confirma más y más la regla dada de que cuando la simultaneidad o sucesión son constantes, arguyen algún vínculo o relación, o de los hechos entre sí o de ambos con un tercero. 7. La razón de un acto que parece instintivo Deducir que existe una relación entre los hechos coexistentes o sucesivos, aunque parezca un acto instintivo y ciego, es la aplicación de un principio que tenemos grabado en el fondo de nuestra alma y del que hacemos continuo uso sin advertirlo siquiera. Este principio es el siguiente: “Donde hay 49

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orden, donde hay concordancia, hay una causa que ordena y concierta.” Una que otra coincidencia la podemos mirar como casual; es decir, sin relación; pero si se repite excesivamente, ya decimos sin vacilar: “Aquí existe una relación de algún tipo; no llega a tanto la casualidad.”

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Capítulo VII
LA LÓGICA ACORDE CON LA CLARIDAD
1. Sabiduría de la norma que prohíbe los juicios temerarios La norma cristiana, que prohíbe los juicios temerarios, es no sólo una norma de caridad, sino de prudencia y sentido común. Nada más arriesgado que juzgar de una acción, y sobre todo de la intención, por las meras apariencias. El curso ordinario de las cosas hace de los sucesos algo tan complicado, los hombres se hallan en situaciones tan variadas y obran por motivos tan diferentes, ven las cosas de maneras tan distintas, que a menudo nos parece algo inverosímil lo que, examinado de cerca y teniendo en cuenta las circunstancias, es lo más natural y sencillo. 2. Examen de la máxima «piensa mal y acertarás» El mundo piensa que la máxima “piensa mal y acertarás” es una buena regla de conducta, y al hacerlo rectifica la moral evangélica. “Conviene no ser demasiado cándido —se nos advierte continuamente—; no hay que fiarse de las palabras; los hombres son muy malos; obras son amores y no buenas razones”; como si el Evangelio nos enseñase a ser imprudentes e imbéciles; como si Jesucristo, al encomendarnos que fuésemos sencillos como la paloma, no nos hubiera amonestado al mismo tiempo a que fuésemos prudentes como la serpiente; como si no nos hubiera advertido que no creyésemos a todo espíritu; que para conocer el árbol atendiésemos al fruto, y, finalmente, como si a propósito de la malicia de los hombres no leyéramos ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura que el corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia. Esta máxima perniciosa, que aprueba nada menos que el juicio malicioso, es tan contraria a la caridad cristiana como a la sana razón. En efecto; la experiencia nos enseña que el hombre más mentiroso dice un mayor número de verdades que de mentiras, y que el más malvado hace más acciones buenas 51

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o indiferentes que malas. El hombre ama naturalmente la verdad y el bien, y no se aparta de ellos sino cuando las pasiones lo arrastran y extravían. Miente el mentiroso cuando se le ofrece alguna ocasión en que, faltando a la verdad, cree fortalecer sus intereses o engordar su necia vanidad; pero fuera de estos casos, naturalmente, dice la verdad y habla como los demás. El ladrón roba, el lascivo se desboca, el belicoso pelea sólo cuando se presenta una oportunidad que estimula su pasión; pues si continuamente se dejasen llevar por sus malas inclinaciones serían verdaderos monstruos, su maldad degeneraría en demencia, y entonces el respeto y la tranquilidad de la sociedad reclamarían imperiosamente que se los apartase del trato de sus semejantes. Dedúzcase de estas observaciones que el juzgar mal sin el debido fundamento, tomándolo como garantía de acierto, es tan irracional como si cuando fuésemos a sacar una bola de una urna, que contiene muchísimas bolas blancas y unas poquitas negras, se dijera que hay mucha más probabilidad de sacar una negra que una blanca. 3. Algunas reglas para juzgar de la conducta de los hombres Caven en esta materia reglas de juiciosa cautela, que nacen de la prudencia de la serpiente y no destruyen la candidez de la paloma. Regla 1.ª — No debemos fiarnos de la virtud de las personas corrientes cuando se las somete a una prueba muy dura. La razón es clara: el resistir tentaciones muy vehementes exige poseer una virtud firme y acrisolada, la cual se halla en pocos. La experiencia nos enseña que en semejantes extremos suele sucumbir la debilidad humana del común de los hombres, y la Escrituras previene que quien ama el peligro perecerá en él. Es el caso del comerciante honrado que se halla en los mayores apuros económicos cuando todo el mundo le considera en una posición holgada. Su honor, el porvenir de su familia están pendientes de una operación poco justa, pero muy beneficiosa. Si se decide a llevarla a cabo, todo quedará solucionado; si se abstiene, el fatal secreto se divulgará y la 52

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ruina será inevitable. Si tú tienes tratos financieros con este comerciante, ¿qué harás? Si en la operación puedes salir perjudicado, te previenes a tiempo; te apartas de un edificio del que, si bien en una situación normal no amenazaba ruina, está ahora abatido por un furioso huracán. Tienes noticia de que dos personas casadas, de distinto sexo, cada una de un matrimonio diferente, de buena presencia y afectuosas, han entablado relaciones frecuentes y amigables; ambas son personas honestas, y aun cuando no mediaran otros motivos, el decoro debiera bastar para contenerlas en los debidos límites. Si tienes confianza con alguna de las dos, trata cuanto antes de advertirla del peligro que corre; si no, calla, no juzgues temerariamente; pero ruega a Dios por ambas pues las oraciones siempre tienen su fruto. Estás en el gobierno, los tiempos son malos, la época crítica, los peligros muchos. Uno de vuestros colaboradores, encargado de un puesto importante, se halla asediado noche y día por un enemigo que dispone de mucho dinero. El funcionario es honrado, según os parece; tiene grandes compromisos por vuestra causa, y, sobre todo, es entusiasta de ciertos principios y los sustenta con mucho acaloramiento. A pesar de todo, será bueno que no perdáis de vista el negocio. Haréis muy bien en creer que el honor y las convicciones de vuestro funcionario no se quebrantarán por un soborno de unos cuantos miles de dólares; pero será mejor que no lo probéis, mayormente si las consecuencias fuesen irreparables. Un amigo te ha hecho grandes ofrecimientos, y no puedes dudar de que son sinceros. La amistad es antigua, los títulos muchos y numerosos, la simpatía de los corazones está probada y, para colmo de dicha, hay identidad de ideas y sentimientos. Se presenta de improviso un negocio en que vuestra amistad le ha de costar cara; si no la sacrifica, se expone a graves pérdidas, a inminentes peligros. Por lo que pudiera suceder, resignaros a ser víctima, temed que las numerosas manifestaciones de afecto se quedarán sin cumplirse y que, a cambio de vuestra pérdida, os pagará con un lamento tan apasionado como estéril. Te enteras de que un alto magistrado está siendo amenazado de muerte; se le quiere forzar a un realizar un acto de alta 53

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trascendencia, al que no puede acceder sin degradarse, sin faltar a sus deberes mas sagrados, sin comprometer intereses de la mayor importancia. El magistrado es naturalmente un hombre recto; en su larga carrera no se le conoce que haya cometido ninguna injusticia ni deslealtad en sus deberes, y su entereza está acompañada de cierta firmeza de carácter. Los antecedentes no son malos. Sin embargo, cuando veas que una tempestad arrecia, que la amenaza va en serio, que la situación es crítica, temed más por la suerte del la negociación, que por la vida del magistrado. Lo más probable es que no muera: tener entereza no equivale a ser un héroe. Con los anteriores ejemplos se echa de ver que en algunas ocasiones es lícito y muy prudente desconfiar de la virtud de los hombres, sobre todo cuando para actuar de una determinada manera se necesita una disposición de ánimo muy superior a la normal, la cual no suele darse más que raramente según enseña la razón, la experiencia y la religión. Está claro, además, que para desconfiar de las personas no siempre tendrá que ser el apuro tan fuerte como se ha descrito; para el común de los hombres suele bastar mucho menos, y para los ciertamente malos, la simple oportunidad equivale a una vehemente tentación. Así, no es posible señalar otra regla para discernir en esta materia, sino que habrá que fijarse en las circunstancias de la persona que es objeto del juicio, valorando la probabilidad de que actúe mal por su habitual inclinación a él o su adhesión a la virtud. De estas consideraciones nacen las otras reglas. Regla 2.ª — Para poder conjeturar qué conducta tomará una persona en un caso dado, habrá que conocer cuál es su personalidad, cómo piensa, cuál es su carácter, su moralidad, qué intereses le mueven y todo lo que pueda influir en su determinación. El hombre, aunque dotado de libertad, no deja de estar sometido a una multitud de factores que influyen poderosamente en su decisión. El olvido de una sola circunstancia nos puede llevar al error. Así, suponiendo que un hombre está en un compromiso del que le es difícil salir sin faltar a sus deberes, parecería a primera vista que si conociésemos sus valores morales y los obstáculos que tiene 54

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para obrar conforme a ellos, que tendremos suficientes datos predecir lo que hará. Pero podemos olvidar una cualidad que influye sobremanera en casos semejantes: la firmeza de carácter. Este olvido puede hacer que un hombre honesto defraude nuestras esperanzas y las sobrepase el malo, puesto que para sacar airosa la virtud en circunstancias difíciles es de gran ayuda que obren en su favor las pasiones enérgicas. Un alma de carácter fuerte y resuelto se exalta y cobra nuevo aliento a la vista del peligro; el orgullo ayuda mucho entonces para cumplir el deber, y un corazón que se complace en superar obstáculos y afrontar riesgos se siente más osado y resuelto cuando su conciencia le increpa. El ceder entonces lo consideraría debilidad; el volver atrás, cobardía; el faltar al deber, tener miedo. Por el contrario, el hombre de intención recta y corazón puro pero pusilánime, mirará las cosas con ojos muy diferentes. “Hay un deber que cumplir, es verdad; pero llevarlo a cabo trae consigo aceptar una muerte segura y el desamparo consiguiente de la propia familia. Y aunque se cumpla el deber, de todas formas el mal se hará también de la misma manera, e incluso se seguirán desastres mayores. Es necesario saber adaptarse a las situaciones; ser integro no significa ser terco; los deberes no han de considerarse en abstracto, es preciso atender a todas las circunstancias; las virtudes dejan de serlo si no son guiadas por la prudencia.” El buen hombre ha encontrado por fin lo que deseaba: una componenda para no tener que decidirse claramente por el bien o por el mal; ya puede decir que actúa, no por miedo, sino por prudencia, con lo que puede estar más tranquilo. No habrá que esperar mucho para ver como transige con su deber. He aquí un ejemplo bien palpable de cuán necesario es atender a todas las circunstancias del individuo que sea de juzgar. Desgraciadamente, no es nada fácil conocer a los hombres, y llegar a saber todos los datos que necesitamos para acertar. Regla 3.ª — Debemos cuidar mucho de despojarnos de nuestras ideas y sentimientos y guardarnos de pensar que los demás obrarán como obraríamos nosotros. La experiencia de cada día nos enseña que el hombre se inclina a juzgar de los demás tomándose por pauta a sí mismo. 55

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De aquí han nacido los proverbios “Quien mal no hace, mal no piensa”, y “Piensa el ladrón que todos son de su condición”. Esta inclinación es uno de los mayores obstáculos para encontrar la verdad en todo lo concerniente a la conducta de los hombres; ella expone con frecuencia al virtuoso a caer presa de las ardides del malvado, y dirige a menudo contra la probada honradez, y quizá la acendrada virtud, los tiros de la maledicencia. La reflexión, ayudada por los costosos desengaños, cura a veces este defecto, origen de muchos males privados y públicos; pero su raíz está en el entendimiento y corazón del hombre, y es preciso estar siempre alerta si no se quiere que retoñen las ramas. No sería difícil explicar la razón de este fenómeno. En la mayor parte de sus raciocinios procede el hombre por analogía. “Siempre ha sucedido esto; luego ahora sucederá también.” “Comúnmente, después de tal hecho sobreviene tal otro; luego lo mismo acontecerá en la actualidad.” De aquí dimana que tan pronto como se ofrece la ocasión de hacer un juicio apelamos a la comparación; si un ejemplo apoya nuestra manera de opinar, nos afirmamos más en ella, y si la experiencia nos suministra muchos, sin esperar más pruebas, damos la cosa por demostrada. Natural es que necesitando comparaciones las busquemos en los objetos más conocidos y con los cuales nos hallamos más familiarizados; y como cuando tratamos de juzgar o conjeturar sobre la conducta ajena nos es preciso aventurar sobre los motivos que influyen en la determinación de la voluntad, atendemos, sin advertirlo siquiera, a lo que solemos hacer nosotros y prestamos a los demás el mismo modo de considerar y apreciar las cosas. Esta explicación, tan sencilla como fundamentada, señala porque nos es tan difícil despojarnos de nuestras ideas y sentimientos cuando así se requiere para poder acertar en los juicios que formamos sobre la conducta de los demás. Quien no ha conocido otras costumbres distintas a las de su país, tendrá por extraño cuanto se desvía de ellas, y al dejar por primera vez el suelo patrio se sorprenderá a cada paso de todo lo nuevo que vaya descubriendo. Lo propio nos sucede en el asunto que tratamos: con nadie vivimos más íntimamente que 56

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con nosotros mismos, y hasta los menos reflexivos tienen por necesidad una conciencia muy clara del curso que ordinariamente siguen su entendimiento y voluntad. Se presenta un caso, y no atendiendo a que ese suceso está ocurriendo en el interior de los otros, como si dijéramos en tierra extraña, nos sentimos, naturalmente, llevados a pensar que deberá de suceder allí lo mismo, a corta diferencia, que hemos visto en nuestra patria. Y ya que he comenzado comparando, añadiré que así como los que han viajado mucho no se sorprenden por ninguna diversidad de costumbres y adquieren cierto hábito de acomodarse a todo sin extrañeza ni repugnancia, así los que estudian la psicología de los hombres son más diestros en despojarse de su manera de ser y sentir y se colocan más fácilmente en la situación de los otros; como si dijéramos, cambian fácilmente de traje y de tenor de vida y adoptan el aire y las maneras de los naturales del nuevo país Los que piensen que la moral cristiana induce fácilmente al error por un exceso de caridad conocen poco esta moral y no han reflexionado mucho sobre los dogmas fundamentales de nuestra fe. Uno de ellos es la corrupción original del hombre y los estragos que esta corrupción produce en el entendimiento y en la voluntad. Semejante doctrina, ¿es acaso muy a propósito para inspirar demasiada confianza? Los libros sagrados, ¿no están llenos de narraciones en que resaltan la perfidia y la maldad de los hombres? La caridad nos hace amar a nuestros hermanos, pero no nos obliga a reputarlos por buenos si son malos; no nos prohíbe el sospechar de ellos cuando hay justos motivos, ni nos impide el tener la cautela prudente que de suyo aconseja el conocer la miseria y la malicia del género humano.

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Capítulo VIII
SOBRE LA AUTORIDAD HUMANA EN GENERAL
1. Dos condiciones necesarias para que sea valedero un testimonio No siempre podemos conocer directamente una realidad, suceso o asunto, y entonces nos es preciso valernos del testimonio ajeno. Para que éste no nos induzca a error tendrán que darse dos condiciones: primera, que el testigo no esté engañado; segunda, que no nos quiera engañar. Es evidente que si falta cualquiera de estos dos atributos su testimonio no sirve para encontrar la verdad. Poco nos importa que quien nos informe esté bien enterado si lo que le interesa es engañarnos; tampoco nos aprovechará si la persona es veraz y de buena fe, si ella misma está engañada. 2. Examen y aplicaciones de la primera condición Conocemos si el testigo ha sido engañado o no atendiendo a los medios de que ha podido disponer para alcanzar la verdad; y en estos medios están incluidas también su capacidad y demás cualidades personales, que le hacen más o menos apto para el efecto. Al referírsenos algún hecho, cuando el narrador no es testigo ocular, a veces la buena educación no permite preguntar quién se lo ha contado, pero la buena lógica prescribe atender siempre a esta buena circunstancia y no prestar ligeramente asentimiento sin haberla tenido presente. Atravieso un país que me es desconocido y oigo la siguiente proposición: “En este año la cosecha es con mucho la mejor que se ha visto desde hace mucho tiempo en esta comarca.” Lo primero que debo hacer es poner la atención en la persona que así lo dice. ¿Es un hombre anciano, propietario de muchas tierras, que reside en la comarca toda su vida y es aficionado a recoger noticias y establecer comparaciones? No puedo dudar que quien habla debe de saberlo muy bien, puesto que su interés, profesión, inclinaciones particulares y larga experiencia 58

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le proporcionan cuantos medios son deseables para formar un juicio acertado. ¿Es un hijo del mismo propietario, que sólo se llega a las posesiones de su padre para divertirse o sacar dinero, que, distraído por la vida de la ciudad, se cuida muy poco de lo que pasa en los campos? Bien podrá saberlo por habérselo oído a su padre; pero si esta última circunstancia falta, el testimonio es muy poco seguro. ¿Es un viajero que recorre de vez en cuando aquel país por negocios que nada tienen que ver con la agricultura? Su palabra merece poca fe, porque son escasos los medios que ha tenido para cerciorarse de lo que afirma; su afirmación puede ser desestimada. En una reunión se cuenta que el ingeniero N acaba de idear una nueva máquina para tal o cual producto y que aventaja a cuantas se han conocido hasta ahora. El testigo la ha visto con sus propios ojos. ¿Quién lo refiere? Es también un ingeniero con experiencia, que ha viajado mucho para ponerse al día en los últimos adelantos en maquinaria, comisionado repetidas veces, ya por el gobierno, ya por sociedades de fabricantes, para comparar diferentes sistemas de construcción y elaboración: el juez es competente; no es fácil que haya sido engañado por un charlatán cualquiera. El testigo es un fabricante que tiene invertido grandes capitales en maquinaria y se propone invertir mucho más; posee algunos conocimientos en el ramo, porque lo ha necesitado para poder hacer sus inversiones, y cuenta con bastantes años de experiencia. El testimonio no es despreciable, pero le faltan muchas de las cualidades del primero. No tiene conocimientos profundos sobre mecánica, habrá visto algunos establecimientos, mas no los necesarios para poder comparar esta nueva máquina con los demás sistemas conocidos; el ingeniero que inventó la máquina conoce que este fabricante tenía mucho dinero, y estaba muy interesado en que se formase un alto concepto sobre su invención; hay, pues, bastante peligro de que el mérito sea exagerado; hasta podrá ser muy mediano, y quizá nulo. Una mujer de veracidad probada, pero de imaginación ardiente y viva, y además muy crédula en asuntos de carácter extraordinario y misterioso, refiere muy impresionada que en la noche anterior ha oído en su casa un ruido espantoso; que, habiéndose levantado, ha visto el resplandor de algunas luces 59

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en algunas partes de un edificio abandonado que hay cerca de su casa, y que repetidas veces han resonado con toda claridad voces desconocidas, ya gemidos de dolor, aullidos de desesperación, o aterradoras amenazas. La testigo habrá sido engañada. Es probable que, estando profundamente dormida, algún gato que andaría ocupado en sus ordinarias tareas de hurto, habrá derribado algún trasto y causado un estrepitoso estropicio. La buena señora, que quizá estaba soñando con espectros, y fantasmas, despierta con el retumbante ruido; se levanta despavorida; corre presurosa de una parte a otra; ve en los aposentos desiertos alguna luz, por la sencilla razón de que nadie se preocupó de cerrar las ventanas, por donde penetran los rayos de la luna; por fin llegan a sus oídos las voces misteriosas, que no debieron ser más que los silbidos del viento, los crujidos de alguna puerta mal cerrada y tal vez el remoto maúllo del gato, que, saliendo por la buhardilla, se va a trabar refriegas por la vecindad, sin pensar que sus maldades tienen en angustiosa preocupación a su dueña y bienhechora. Así discurría un buen pensador, sin decidirse por esto a creer o dejar de creer, pero inclinándose algo más a lo segundo que a lo primero, cuando he aquí que llega a la reunión el esposo de la señora. Es hombre que frisa en los cincuenta, militar retirado con gran experiencia, no escasa de conocimientos, vive entregado a sus negocios y a sus libros. La vista de los circunstantes se dirige, naturalmente, al recién llegado, y todos desean saber de sus labios su impresión del extraño suceso. “En verdad, señores —dice—, que no sé que diablos teníamos esta noche en casa. Ocupado en despachar unos papeles que me corrían prisa no me había acostado todavía cuando he aquí que a eso de las doce oigo un estrépito tal que creí que la casa se venía encima. Lo que es un gato no podía ser, por que era imposible que hiciese tal estrépito, y, además, esta mañana nada se ha encontrado que estuviese desordenado ni roto. Yo no vi las luces, pero si es cierto que resonaron unas voces tan tremebundas que casi me meten el miedo en el cuerpo. Veremos si la bulla se repite; yo me temo que se nos ha querido jugar una mala broma. Me gustaría sorprender a los que hicieron tal trastada.” Desde ese momento la controversia cambia de aspecto; lo que antes parecía improbable ha pasado 60

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ha ser creíble; el hecho puede ser verdadero, sólo falta aclarar su naturaleza. 3. Examen y aplicaciones de la segunda condición Si conviene precaverse contra el engaño que inocentemente puede haber sufrido el narrador, no importa menos estar en guardia contra la falta de veracidad. Con este propósito estará bien informarse de la reputación que en este punto disfruta la persona y, sobre todo, examinar si alguna pasión o interés le induce a mentir. ¿Qué podrá pensarse del militar que describe prodigiosos hechos de armas con los cuales espera ser condecorado o ascendido en el escalafón militar? Está bien claro que exagerará o falseará los hechos, excepto que se mueva por principios de una sólida moral y noble delicadeza. Así, quien refiere sucesos de cuya verdad o apariencia le siguen grandes intereses, es testigo sospechoso; prestar crédito, sin más, a su palabra sería pecar de ingenuo. Cuando tratamos de calcular la veracidad de un suceso que no conocemos más que por el testimonio de otros, es preciso atender simultáneamente a las condiciones explicadas: conocimiento y veracidad del testigo. Pero como en muchos casos, además del testimonio, disponemos de algunos datos que nos sirven para conjeturar sobre la credibilidad de los que se nos cuenta, será necesario tenerlos en cuenta para decidirnos tomar a esa persona por testigo válido con menos peligro de error. Por lo común, hay muchas cosas a las que habrá que poner atención, en lo cual enseñarán más los ejemplos que las reglas. Un general da parte de una brillante victoria que acaba de conseguir; el enemigo, por supuesto, era superior en fuerzas, ocupaba posiciones más ventajosas, pero ha sido arroyado en todas direcciones y sólo una precipitada fuga le ha librado de dejar en manos del vencedor numerosos prisioneros. Las pérdidas del general han sido insignificantes en comparación con las del enemigo; algunas compañías llevadas de su ardor se adelantaron excesivamente, y se vieron envueltas por fuerzas cuatro veces mayores; tuvieron algunos momentos críticos, pero, gracias a la bravura de los jefes y a las acertadas disposiciones del general, pudieron replegarse ordenadamente, 61

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sin más consecuencias que el hecho de que se extraviase un reducido número de soldados. ¿Qué concepto formaremos de tal acción? Para darnos cuenta de la prudencia que se necesita para juzgar la credibilidad de determinadas informaciones, pondremos algunos ejemplos y detallaremos las diferentes circunstancias en las que deberemos fijarnos. ¿Es conocido el general? ¿Tiene reputación de veraz y modesto, o tiene fama de fanfarrón? ¿Cuáles son sus dotes militares? ¿Qué subalternos le auxilian? ¿Sus tropas tienen fama de ser valerosas y disciplinadas? ¿Se han distinguido en otras acciones o están desacreditadas por frecuentes derrotas? ¿Con qué clase de enemigo ha tenido que luchar? ¿Cuál era el objeto de la expedición del general? ¿Lo ha conseguido o no? En el parte hay una cláusula que dice: “Sé ciertamente que el pueblo N. puede sostenerse todavía algunos días. Así no he creído necesario precipitar las operaciones, mayormente cuando nuestros soldados, rendidos de hambre y fatiga, necesitaban imperiosamente algún descanso. El convoy queda seguro en la ciudad M, a donde me he replegado, abandonando al enemigo unas posiciones que me eran inútiles y dejándole que se cebase en una porción de víveres que en el ardor de la refriega cayeron en su poder a causa de un desborde momentáneo que se debió al rápido traslado.” El parte es poco fiable; a pesar de todos los rodeos, se entiende que el vencedor ha perdido una parte del convoy y ha tenido que retirarse. ¿Qué victorias nos presenta su testimonio? No ha cogido prisioneros; confiesa que algunos de sus soldados se extraviaron; algunas compañías demasiado adelantadas sufrieron momentos muy críticos y fueron envueltas por fuerzas cuatro veces mayores; todo esto significa que sus tropas en aquella situación se dejaron llevar por el “sálvese quien pueda” y que el enemigo no dejó de hacer presa. ¿Cuáles son las noticias que nos vienen del lugar donde se ha replegado el general? Lo más probable es que las cartas sean tristes, que describan situaciones penosas sobre el desorden que envolvió a la tropa y la disminución del convoy. 62

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¿Qué dicen los partidarios del enemigo? ¡Ah! esto acaba de aclarar el misterio; se han echado las campanas al vuelo, muestran que han cogido muchos prisioneros; se han comportado orgullosamente en presencia del pueblo sitiado, cuyos apuros son cada día mayores. ¿Qué está haciendo el general vencedor? Se mantiene inactivo y ha solicitado refuerzos. La brillante victoria habrá sido, con toda probabilidad, una manifiesta derrota. 4. Una observación sobre el interés en engañar Casos hay en que, por interesado que parezca el narrador en faltar a la verdad, no es probable que lo haya hecho, porque, descubierta en breve la mentira, sin recurso para paliarla, se volvería contra él de una manera ignominiosa. La experiencia nos enseña que no habrá que fiarse de los partes militares que no puedan ser claramente verificados después y de aquellos que adolezcan de datos precisos y evidentes. Las mayores o menores fuerzas del enemigo, el orden o la dispersión en que tal o cual parte de su ejército emprendió la retirada, el número de muertos o heridos, lo más o menos favorable de algunas posiciones, la situación de los combatientes, lo más o menos intransitable de los caminos y otras cosas semejantes, ¿de qué forma se describen y detallan? Cada cual refiere las cosas a su modo, según sus noticias, intereses o deseos, y los mismos que saben la verdad son quizá los primeros en obscurecerla haciendo circular las más notorias falsedades. Los que conocen bien la situación procuran desembarazarse del enredo y se mantienen en silencio, contradecidos por aquellos a quienes les importa que se mantenga la ilusión. La deshonra que cae sobre los embaucadores nunca es tan ignominiosa que no consienta algún disfraz. Pero suponed que un general que está sitiando una plaza y que nada puede contra ella, tiene la imprudencia de enviar un pomposo parte al Gobierno, anunciándole que la ha tomado por asalto y están en su poder los restos de la guarnición que no han perecido en la refriega; a los pocos días sabrá el Gobierno, sabrá el país, sabrá el mismo Ejército que el general ha mentido de una manera escandalosa, y la burla y la

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afrenta que caerán sobre el impostor le harán pagar cara su gloria del momento. De ahí que en semejantes casos se suela preguntar si el parte es oficial, y si lo es, por más que no se haga caso de las circunstancias con que se procura realzar el hecho, no obstante, se le presta crédito. Hasta es de notar que cuando en gravísimos apuros se miente escandalosamente, con la intención de mantener el ánimo de la tropa durante algunas horas más y de ganar tiempo al enemigo, rara vez se escribe un parte con datos y nombres precisos y detallados; se apela a las fórmulas “sabemos ciertamente”, “un testigo de vista acaba de referirnos”, y otras parecidas; se hace mención de que los detalles y datos precisos se publicarán más adelante, de que el regocijo es general, etc.; pero siempre se suele dejar una vía abierta para que la mentira no choque demasiado de frente con el sentido común; se tiene cuidado en no comprometer el nombre de personas determinadas; en una palabra: hasta reinando la mayor desfachatez se guardan siempre algunas consideraciones a la conciencia pública. Para dejar, pues, de prestar crédito a un informe o parte no basta objetar que el narrador está interesado en faltar a la verdad; es necesario considerar si las circunstancias de la mentira son tan desgraciadas que poco después haya de ser descubierta en toda su desnudez, sin que le quede al engañador la justificación de que se había equivocado o que no le habían informado bien. En estos casos, por poca que sea la categoría de la persona, por poca estimación de sí misma que se le pueda suponer, mayormente cuando el asunto es público, será prudente darle crédito, si de esto no puede resultar ningún daño. Será preferible ser engañado, que no fiarse de la persona y enjuiciar en su contra. 5. Dificultades para alcanzar la verdad cuando ha pasado mucho tiempo o media mucha distancia del lugar donde sucedió Si es tan difícil encontrar la verdad cuando los sucesos son contemporáneos y se realizan en nuestro propio país, ¿qué diremos de lo que sucede en sitios lejanos o cuándo ha pasado mucho tiempo desde que aconteció? ¿Cómo será posible sacar 64

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en limpio la verdad de manos de viajeros o historiadores? Es desconsolador ver en esos casos hasta que punto se abulta, se exagera, se disminuye y se desfigura, y se trastorna de arriba abajo los acontecimientos; resulta por ello tremendamente descorazonador leer un libro de historia o de viajes, o leer un periódico, particularmente cuando son extranjeros. Quien vive en el mismo tiempo y país de los acontecimientos tiene muchos medios para evitar el error: o ve las cosas por sí mismo o lee y oye muy diferentes informes que puede comparar entre sí, y como está enterado sobre los antecedentes de las personas y de las cosas, como trata continuamente con hombres de opuestos intereses y opiniones, como sigue de cerca el curso de la totalidad de los sucesos, no le es imposible, a fuerza de trabajo y discreción, el aclarar en algunos puntos la verdad. Pero ¿que será del desafortunado lector que vive en lejanos países y quizás a larga distancia de siglos, que no tiene otro guía que el periódico u algún que otro libro que, por casualidad, ha caído en sus manos por habérsele recomendado en alguna parte por quien presumía entenderlos? Tres son los conductos por los cuales solemos adquirir conocimiento de lo que pasa en tiempos y lugares distantes: los periódicos, las relaciones de los viajeros y las historias. Diré cuatro palabras sobre cada uno de ellos. Para convencerse de que no he exagerado al ponderar el peligro de ser inducido a error por los narradores, basta considerar que, aun con respecto a países muy conocidos, la historia se está “rehaciendo” continuamente. Todos los días se están publicando obras en que se enmiendan errores, verdaderos o imaginarios; pero lo cierto es que en muchos puntos gravísimos hay una completa discordancia en las opiniones. Esto no debe conducir al escepticismo, pero sí inspirar mucha cautela. La autoridad humana es una condición indispensable para el individuo y la sociedad, pero es preciso no fiarse demasiado de ella. Para engañarnos basta la mala fe o el error. Desgraciadamente, estas cosas no son raras.

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Capítulo IX
LOS PERIÓDICOS
1. Una ilusión Creen algunos con respecto a los países donde está en vigor la libertad de prensa, que no es muy difícil encontrar la verdad, porque existiendo periódicos que sirven de órgano de expresión a toda clase de intereses y opiniones, los unos desvanecen los errores de los otros, brotando de la confrontación la luz de la verdad. “Entre todos lo saben todo y lo dicen todo; no se necesita más que paciencia para leer, atención para poder comparar, tino para discernir y prudencia para juzgar.” Así discurren algunos. Yo creo que esto es pura ilusión, y lo primero que asiento es que, ni con respecto a las personas ni a las cosas, los periódicos lo dicen todo, ni con mucho, ni aun aquello que saben bien los redactores, hasta en los países más libres. 2. Los periódicos no lo dicen todo sobre las personas Estamos presenciando a cada paso que los partidarios de un personaje notable, lo ensalzan con abundantes elogios, mientras que sus adversarios le regalan a manos llenas los títulos de ignorante, estúpido, inhumano, sanguinario, tigre, traidor, monstruo y otras lindezas por el estilo. Los conocimientos, los talentos, la honradez, la amabilidad, la generosidad y otras cualidades que le atribuían al héroe los escritores de su devoción quedan en verdad algo ajadas con los cumplidos de sus enemigos; pero al fin, ¿qué sacáis en limpio de esta barahúnda? ¿Qué pensará el extranjero que tenga que decidirse por uno de los extremos o adoptar un justo medio a manera de árbitro? El resultado es andar a tientas y verse precisado o a suspender el juicio o a caer en crasos errores. La carrera pública del hombre en cuestión no siempre está señalada por actos bien caracterizados, y, además, lo que haya en ellos de bueno o de malo no siempre está claro si debe atribuirse a él o a sus subalternos. 66

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Lo curioso es que, a veces, entre tanta contienda, la opinión pública en ciertos círculos, y quizá en todo el país, está fijada sobre el personaje; de suerte que no parece sino que se miente de común acuerdo. En efecto; hablad con los hombres informados, quizá con los mismos que le han declarado la más cruda guerra: “Lo que es talento —oiréis—, nadie se lo niega; sabe mucho y no tiene malas intenciones; pero ¿qué quiere usted?..., se ha metido en eso y es preciso desbancarle; yo sería el primero en respetarle si se tratase de una persona privada; ojalá que nos hubiese escuchado a nosotros; nos hubiera servido mucho y habría representado un papel brillante.” ¿Ves a ese otro tan honrado, tan inteligente, tan activo y enérgico, que, al decir de ciertos periódicos, él, y solo él, puede apartar la país del borde del abismo? Escuchad a los que le conocen de cerca y tal vez a sus más ardientes defensores: “Que es un infeliz ya lo sabemos; pero, al fin, es el hombre que nos conviene, y de alguien nos hemos de valer. Se le acusa de manejos poco claros; esto ¿quién lo ignora? En el Banco A tiene puestos tales fondos, y ahora va a hacer otro tanto en el Banco B. En verdad que roba de una manera demasiado escandalosa; pero, mire usted, esto es ya tan común..., y, además, cuando le acusan nuestros adversarios no es menester que uno le deje en las astas del toro. ¿No sabe usted la historia de ese hombre? Pues yo le voy a contar a usted su vida y milagros...”. Y se nos refieren sus aventuras, sus altos y bajos, y sus maldades o miserias, o necedades, y desde entonces ya no padecéis ilusiones y juzgáis en adelante con seguridad y acierto. Estas revelaciones no las disfrutan por lo común los extranjeros, ni los nacionales que se contentan con la lectura de los periódicos, y así, creyendo que al comparar los diarios de tendencias opuestas se aclara suficientemente la verdad, se forman los más equivocados opiniones sobre los hombres y las cosas. El temor de ser denunciados, de indisponerse con determinadas personas, el respeto debido a la vida privada, el decoro propio y otros motivos semejantes impiden a menudo a los periódicos el descender a ciertos pormenores y referir anécdotas que retratan al vivo al personaje a quien atacan, 67

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sucediendo a veces que con la misma exageración de los cargos, la destemplanza de las invectivas y la crueldad de las sátiras no le hacen, ni con mucho, el daño que se le podría hacer con la sencilla y sosegada exposición de algunos hechos particulares. Los escritores distinguen casi siempre entre el hombre privado y el hombre público; esto es muy bueno en la mayor parte de los casos, porque de otra suerte la polémica periodística, ya demasiado agria y descompuesta, acabaría convirtiéndose bien pronto en un lodazal donde se revolverían inmundicias intolerables; pero esto no quita que la vida privada de un hombre no sirva muy bien para conjeturar sobre su conducta en los cargos públicos. Quien en el trato ordinario no respeta la propiedad ajena, ¿creéis que procederá con pureza cuando maneje las arcas de la nación? El hombre de mala fe, sin convicciones de ninguna clase, sin religión, sin moral, ¿creéis que será consecuente en los principios políticos que aparenta profesar, y que en sus palabras y promesas podrá descansar tranquilo el Gobierno que se valga de sus servicios? El epicúreo y sensual por sistema, que en su pueblo ultrajaba sin pudor el decoro público, siendo mal marido y mal padre, ¿creéis que renunciará a su libertinaje cuando se vea elevado a una magistratura y que de su corrupción y procacidad nada tendrán que temer la inocencia y la fortuna de los buenos, y nada que esperar la insolencia y la injusticia de los malos? Pues, bien, nada de esto dicen los periódicos, nada pueden decir, aunque les conste a los escritores sin ningún género de duda. 3. Los periódicos no lo dicen todo sobre las cosas Hasta en política es un error pensar que los periódicos lo digan todo. ¿Quién ignora cuánto distan, por lo común, las opiniones que se manifiestan en amistosa conversación de lo que se expresa por escrito? Cuando se escribe en público hay siempre algunas formalidades que cubrir y muchas consideraciones que guardar; no pocos dicen lo contrario de lo que piensan, y hasta los más rígidos en materia de veracidad se hallan a veces precisados, ya que no a decir lo que piensan, al menos a decir mucho menos de lo que piensan. Conviene no 68

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olvidar estas advertencias, si se quiere saber algo más en política de lo que anda por ese mundo como moneda falsa de muchos reconocida, pero recíprocamente aceptada, sin que por esto se equivoquen los inteligentes sobre su verdadero valor Es muy dudoso si el periodismo causará daño o provecho a la historia de la época actual; pero no puede negarse que multiplicará el número de historiadores con la mayor circulación de documentos. Antes, para proporcionarse algunos de ellos, era necesario recurrir a los archivos; mas ahora son pocos los que son tan reservados que no busquen información en algún periódico. De esta forma las colecciones de periódicos son excelentes memorias para escribir la historia. Esto aumenta el número de los hechos en que se puede fundar el historiador y de los que se puede aprovechar con gran fruto, con tal que no confunda el texto con el comentario.

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Capítulo X
RELACIONES DE VIAJE
1. Dos partes muy diferentes en las relaciones de viajes. En esta clase de escritos deben distinguirse dos partes: las descripciones de cosas que ha visto o escenas que ha presenciado el viajero y las demás noticias y observaciones con que llena su obra. Por lo tocante a lo primero, conviene recordar lo que se ha dicho sobre la veracidad, añadiéndose dos advertencias: 1.a Que la desconfianza en la fidelidad de las descripciones debe guardar alguna proporción con la distancia del lugar de la escena, por aquello: “De grandes distancias, grandes mentiras.” 2.a Que los viajeros corren riesgo de exagerar, desfigurar y hasta de fingir, haciendo formar ideas muy equivocadas sobre el país que describen por el vanidoso prurito de hacerse interesantes y de darse importancia contando singulares aventuras. En cuanto a las demás noticias y observaciones no se puede reducir a reglas fijas el modo de distinguir la verdad del error, siendo en general imposible esta tarea en muchos casos. Pero estará bien presentar algunas reflexiones en este sentido, que inspiren una prudente desconfianza y mantengan en guardia a los inexpertos e incautos. 2. Origen y formación de algunas relaciones de viajes ¿Cómo se hacen la mayor parte de los viajes? Pasando únicamente por los lugares más famosos, deteniéndose algún tanto en los puntos principales y atravesando el resto del país tan rápidamente como es posible, pues a ello instan tres causas poderosas: ahorrar tiempo, economizar dinero y disminuir la molestia. Si el país es próspero, con buenas comunicaciones, el viajero salta de una ciudad a otra rápidamente como una flecha; dormita durante el trayecto y de vez en cuando se recrea mirando algún bello paisaje. Resulta de ahí que excepto del trayecto, todo el resto del país permanece completamente desconocido, en lo concierne a 70

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ideas, religión, usos y costumbres. Lo que observa el viajero durante el viaje sobre las características de la tierra y la vestimenta de los moradores, hasta en estas cosas, si no es cauto y precavido, podrá dar a sus lectores las noticias más falsas y extravagantes. Reflexionemos sobre la idea que sacará el lector sobre un enorme país cuando lea el libro escrito por un viajero que lo ha recorrido de esta manera. Llegado el viajero a la capital, tal vez con escaso conocimiento de la lengua, y quizá con ninguno, habrá andado atolondrado y confuso durante algunos días en el laberinto de calles y plazas, desplegando a menudo el plano de la ciudad, preguntando a cada esquina y saliendo del paso del mejor modo posible para encontrar los distintos organismos públicos que le autoricen su residencia, el consulado de su país y las personas a quienes lleva carta de recomendación. Este tiempo no es muy a propósito para observar, y si a ratos toma un coche para librarse de cansancio y evitar extraviarse, tanto peor para poder fijarse en lo que ocurre a su alrededor; todo desfila a sus ojos con demasiada rapidez, haciéndose ilusiones por lo que le asombra, recogerá muy gratas sensaciones, pero no muchas noticias. Viene en seguida la visita de los principales edificios, monumentos, bellezas y preciosidades, cuyo índice encuentra en la guía, para lo cual tiene que dedicar unos cuantos días, demasiados si la ciudad es grande. El tiempo pasa, es preciso todavía visitar otras ciudades, presenciar tal o cual escena en un punto lejano. Al poco tiempo de su partida del suelo natal está ya de vuelta, y ordena durante el invierno sus apuntes, y en la primavera se halla a la venta un abultado tomo sobre su viaje. Agricultura, artes, comercio, ciencia, política, ideas populares, religión, usos, costumbres, carácter, todo lo ha observado, según refiere, de cerca el afortunado viajero; en su libro se halla la estadística universal del país; mal haréis si os creéis todo lo que dice. ¿Cómo ha podido adquirir tal cantidad de información y noticias? Tendría que haber sido un genio para ver y notar tanto en tan breve tiempo, y, además, ¿cómo habrá sabido lo que pasaba allí donde no ha estado, es decir, a centenares de kilómetros a derecha e izquierda de la carretera, canal o río por donde viajaba? Helo aquí. Cuando después de despertarse del 71

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sueño en que había caído mientras viajaba, de bostezar y desperazarse durante un rato, habrá echado una ojeada sobre el paisaje que ahora contempla, y con el compañero de viaje habrá trabado quizá la siguiente conversación: —¿Usted conoce el país éste? —Un poco. —El pueblo aquél, ¿cómo se llama? —Si mal no recuerdo es N. —¿Los principales productos del país? —N. —¿La industria? —N. —¿Carácter? —Flemático en demasía. —¿Riqueza? —Como judíos. Entre tanto llega el viaje a su término; el de las respuestas se marcha probablemente sin despedirse, y sus informes, de quien se ignora cómo se llama, figurarán como datos entre los apuntes del observador, que tendrá la humorada de afirmar que cuenta lo que ha visto. Pero como estos recursos no son suficientes, y dejarían muy incompleta la descripción, recogerá cuidadosamente los trajes extraños, los edificios irregulares, las danzas grotescas que se le hayan ofrecido al paso, y lo describirá como si fuesen costumbres comunes a todo el país. Sin embargo, aún hay otra mina que explotará el viajero y de donde sacará tal vez el principal tesoro. En los periódicos y en las guías encontrará en crecido número los datos que necesita para formar su descripción detallada; con los datos que de allí saque, puestos en orden diferente, intercalando alguna cosa de lo que ha visto u oído o conjeturado, resultará un todo, que se hará circular como fruto de sus profundos estudios y en sustancia no será, en su mayor parte, más que cuentos de un cualquiera y traducciones y plagios de periódicos y libros.

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3. Modo de estudiar un país La razón y la experiencia enseñan que para poder conocer enteramente una pequeña comarca y poderla describir tal como es, tanto en su vertiente material como espiritual, hace falta estar familiarizado con la lengua, pasar allí una larga temporada, abundar en relaciones sociales, entablar muchas conversaciones y no cansarse de preguntar y observar. No creo que halla otro medio para adquirir noticias exactas y formar un acertado juicio; lo demás es andarse en generalidades y llenar la cabeza de errores e inexactitudes. Mientras no se estudien los países de esta manera, mientras no se investiguen así sus características físicas y espirituales, no serán bien conocidos. Serán descritos en los libros, como son pintadas las vastas dilatadas regiones en los mapas muy pequeños: todo está cubierto de nombres, y de círculos, de cordilleras de montañas y de corrientes de ríos; pero medid con el compás las distancias y andaros por el mundo sin otra regla; a menudo creeréis estar muy cerca de una ciudad, de un río, de un monte que distan, sin embargo, nada menos que 500 kilómetros. En suma: ¿queréis adquirir noticias exactas sobre un país y formar de su estado una idea verdadera y cabal? Estudiadlo de la manera dicha o leed a quien lo hubiese estudiado de esta manera y si no tuviereis tiempo para ello, contentaros con cuatro cosas generales, que os sacarán airoso de una conversación con vuestros amigos cuando se hable de aquel país; pero guardaros de asentar sobre estos datos un sistema filosófico, político o económico, y andad con tiento en lucir vuestra ciencia si os encontráis con algún ciudadano del país y no queréis exponeros a ser objeto de risa. Al leer algún libro de viajes no debemos buscar el capítulo de países lejanos, sino de aquellos cuyos pormenores nos sean muy conocidos; esto nos ayudará a poder juzgar con acierto la obra y a veces nos proporcionará no escasa diversión. Entonces palparemos la ligereza con que se escriben ciertos viajes. Una población que tenía yo bien conocida, y cuyos alrededores, secos y pedregosos, había recorrido no pocas veces, la he visto en un libro de viajes surcada como por encanto de jardines y de arroyos. 73

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Capítulo XI
HISTORIA
1. Medio para ahorrar tiempo, ayudar a la memoria y evitar errores en los estudios históricos El estudio de la Historia no es sólo útil sino también necesario. Incluso los más escépticos no lo descuidan; porque aun cuando no lo admitan como el más adecuado para conocer la verdad, al menos no lo desdeñan para no parecer ignorantes. Además que la duda, llevada a su mayor exageración, no puede destruir un número considerable de hechos que es preciso dar por ciertos si no queremos luchar contra el sentido común. Así, uno de los primeros cuidados que deben tenerse en esta clase de estudios es distinguir lo que hay en ellos de absolutamente cierto. De esta manera se encomienda a la memoria lo que no admite sombra de duda, y queda luego desembarazado el lector para andar clasificando lo que no llega a tan alto grado de certeza, o es solamente probable, o tiene muchos visos de falso. ¿Quién dudará que existieron en Oriente grandes imperios; que los griegos fueron pueblos muy adelantados en civilización y cultura; que Alejandro hizo grandes conquistas en Asia; que los romanos llegaron a ser dueños de una gran parte del mundo conocido; que tuvieron por rival a la república de Cartago; que el imperio de los señores del mundo fue derribado por una irrupción de bárbaros venidos del Norte; que los musulmanes se apoderaron del África septentrional, destruyeron en España el reino de los godos y amenazaron otras regiones de Europa; que en la Edad Media existió el sistema del feudalismo, y mil y mil otros acontecimientos, ya antiguos, ya modernos, de los cuales estamos tan seguros como de que existen Londres y París?

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2. Distinción entre el fondo del hecho y sus circunstancias. Aplicaciones Pero admitidos como indudables cierta clase de hechos, queda anchuroso campo para disputar sobre otros y desecharlos o darles crédito, y hasta con respecto a los que no consienten ningún género de duda, pueden emplearse la erudición, la crítica y la filosofía de la Historia en el examen y juicio de las circunstancias con que los historiadores las acompañan. Es incuestionable que existieron las guerras llamadas púnicas, por las que Cartago y Roma se disputaron el imperio del Mediterráneo, y que al fin salió triunfante la patria de los Escipiones, venciendo a Aníbal y destruyendo la capital enemiga; pero las circunstancias de aquellas guerras, ¿fueron tales como nosotros las conocemos? En el retrato que se nos hace del carácter cartaginés, en el señalamiento de las causas que provocaron los rompimientos, en la narración de las batallas, de las negociaciones y otros puntos semejantes, ¿es posible que se nos haya engañado? Los historiadores romanos, de quienes hemos recibido la mayor parte de las noticias, ¿no habrán mezclado mucho de lo favorable a su nación y de lo contrario a la rival? Aquí entra la duda, aquí el discernimiento; aquí entra ya el admitir con recelo y desconfianza, o el desechar sin reparo, o el suspender con mucha frecuencia el juicio. ¿Con qué objetividad captarán las generaciones futuras, por ejemplo, la historia de las luchas entre dos naciones modernas, si sólo consideran y atienden a lo que se ha escrito en una de las dos naciones rivales? Si esto ocurre actualmente, a pesar de los medios de comunicación que contamos, que no permiten falsedades de bulto, ¿cuál será, pues, la verdad que captaremos sobre los hechos históricos antiguos, cuando las narraciones provienen de un conducto sólo, y tan sospechoso como interesado, cuando las comunicaciones eran escasas y no se conocían los medios de publicidad de que disfrutamos ahora? Mucho se deberá desconfiar también de los griegos cuando nos refieren sus gigantescas hazañas, las guerras en que aniquilaban a innumerables persas, sus rasgos de patriotismo heroico y cien cosas de este estilo. La fe ciega, el entusiasmo 75

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sin límites, la admiración por aquel pueblo de increíbles hazañas, allá se queda para los sencillos; que quien conoce el corazón del hombre, quien ha visto con sus propios ojos tanta exageración, desfiguración y mentira, dice para sí: “El asunto debió de ser importante y peliagudo; parece que, en efecto, no se portaron mal esos griegos; pero en cuanto a poder saber el número exacto de combatientes y otros pormenores, suspendo el juicio hasta que hayan resucitado los persas y los oiga pintar a su modo los acontecimientos y circunstancias.” Esta regla de prudencia es susceptible de infinitas aplicaciones a lo antiguo y a lo moderno. El lector que con ella lea la Historia, dé por seguro que se librará de muchísimos errores, y, sobre todo, no desperdiciará tiempo y trabajo en recordar si fueron sesenta o setenta mil los que murieron en tal o cual refriega, y si los pobres vencidos, que no pueden desmentir al cronista, fueron cuatro o cinco veces mayores en número, para su mayor ignominia y afrenta. 3. Algunas reglas para el estudio de la Historia Regla 1.ª — Conforme a lo establecido más arriba (Cap. VIII), es preciso atender a los medios que tuvo a mano el historiador para descubrir la verdad y las probabilidades de que fuera veraz o no. Regla 2.ª — En igualdad de circunstancias, es preferible el testigo ocular. Por más autorizados que sean los conductos, estos resultan siempre algo peligrosos. Las narraciones que pasan por muchos intermediarios suelen ser como los canales de conducción de agua, que siempre se llevan algo del agua que fluye por ellos. Desgraciadamente, en estos canales abundan mucho la malicia y el error. Regla 3.ª — Entre los testigos oculares es preferible, en igualdad de circunstancias, el que no tomó parte en el suceso y no ganó ni perdió con él. (V. Cap. VIII.) Por más crédito que se merezca César cuando nos refiere sus hazañas, claro está que a sus enemigos no los había de pintar escasos y cobardes, ni que había de describir sus empresas como demasiado asequibles. Los prodigios de Aníbal, contados por sus enemigos, valen, por cierto, algo más. 76

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¿Cómo vemos narradas las revoluciones modernas? Según las opiniones e intereses del escritor. Regla 4.ª — El historiador contemporáneo es preferible; teniendo, empero, el cuidado de cotejarle con otro de opiniones e intereses diferentes, y de separar en ambos el hecho narrado de las causas que se le señalan, resultados que se le atribuyen y juicio de los escritores. Por lo común, hay en los acontecimientos algo que descuella y se presenta a los ojos demasiado de bulto para que pueda negarlo la parcialidad del historiador. En tal caso exagera o disminuye, echa mano de colores halagüeños o repugnantes, busca explicaciones favorables apelando a causas imaginarias y señalando efectos soñados; pero el hecho está allí, y los esfuerzos del escritor apasionado o de mala fe no hacen más que llamar la atención del avisado lector para que fije la vista con atención en lo que hay, y no vea ni más ni menos de lo que hay. Los informadores apasionados de Napoleón hablarán a la posterioridad del fanatismo y crueldad de la nación española, pintándola como un pueblo estúpido que no quiso ser feliz; referirán los mil motivos que tuvo el gran Capitán para entrometerse en los asuntos de la Península, y señalarán un millón de causas para explicar lo poco satisfactorio de los resultados. Por supuesto que llegarán a concluir que por esto no se empañan en lo más mínimo las glorias del héroe. Pero el lector juicioso y discreto descubrirá la verdad, a pesar de todos los amaños para obscurecerla. El historiador no habrá podido menos de confesar, a su modo y con mil rodeos, que Napoleón, antes de comenzar la lucha, y mientras las fuerzas del Marqués de la Romana le auxiliaban en el Norte, que introdujo en España, aparentando relaciones amistosas, un numeroso ejército con el que se apoderó de las principales ciudades y fortalezas, incluida la capital del reino; que colocó en el trono a su hermano José, y que, al fin, José y su ejército, después de seis años de lucha, se vieron precisados a repasar la frontera. Esto no lo habrá negado el historiador; pues bien, esto basta; píntense los pormenores como se quiera, la verdad quedará en su lugar. He aquí lo que dirá el sensato lector: “Tú, historiador parcial, defiendes admirablemente la reputación y buen nombre 77

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de tu héroe; pero resulta de tu misma narración que él ocupó el país, alegando relaciones amistosas; que lo invadió sin razón; que atacó a quien le ayudaba; que se valió de la traición para llevarse al rey; que peleó durante seis años sin ningún provecho. De una parte estaba, pues, la buena fe del aliado, la lealtad del vasallo y el arrojo y la constancia del guerrero; de otra podían estar la pericia y el valor, pero a su lado resaltan la mala fe, la usurpación y la esterilidad de una dilatada guerra. Hubo, pues, error y malicia en la concepción de la empresa, maldad en la ejecución, razón y heroísmo en la resistencia.” Regla 5.ª — Los anónimos merecen poca confianza. El autor habrá tal vez callado su nombre por modestia o por humildad; pero el público, que lo ignora, no está obligado a prestar crédito a quien habla de forma anónima. Si uno de los frenos más poderosos, cual es el temor de perder la buena reputación, no es todavía bastante para mantener a los hombres en los límites de la verdad, ¿cómo podremos fiarnos de quien carece de él? Regla 6.ª — Antes de leer una historia es muy importante leer la vida del historiador. Casi me atrevería a decir que esta regla, por lo común tan descuidada, debería ocupar un lugar distinguido. En cierto modo se halla contenida en lo que llevo dicho más arriba (Cap. VIII), pero no será inútil haberla establecido por separado, siquiera para tener ocasión de ilustrarla con algunas observaciones. Ciertamente, no podemos saber de qué medios se valió el historiador para poder conocer lo que narra, ni en qué grado podemos tenerle como veraz, si no sabemos quién era, ni cuál fue su conducta y demás circunstancias de su vida. En el lugar en que escribió el historiador, en las formas políticas de su patria, en el espíritu de su época, en la naturaleza de ciertos acontecimientos y, no pocas veces, en la particular posición del escritor se encuentra quizá la clave para explicar sus afirmaciones sobre tal punto, su silencio o reserva sobre tal otro, por qué pasó sobre este hecho tan superficialmente, o por qué cargó la mano sobre aquel otro. Un historiador de una determinada época no escribirá de la misma manera que otro de otra época distinta, tanto en el estilo 78

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como en el lenguaje. Cuando andaban animadas las contiendas entre los papas y los príncipes, no era, por cierto, lo mismo publicar un informe sobre ellas en Roma, París, Madrid o Lisboa. Si sabéis el sitio dónde se publicó el libro que tenéis en la mano, os haréis cargo de la situación del escritor, y así supliréis aquí, cercenaréis allá; en una parte descifraréis una palabra obscura, en otra comprenderéis un circunloquio; en esta página apreciaréis en su justo valor una protesta, un elogio, una restricción; en aquella adivinaréis el blanco de una confesión, de una censura, o señalaréis el verdadero sentido a una proposición demasiado atrevida. Pocos son los hombres que se sobreponen completamente a las circunstancias que los rodean; pocos son los que arrostran un gran peligro por la sola causa de la verdad; pocos son los que en situaciones críticas no buscan una transacción entre sus intereses y su conciencia. Cuando peligra la vida, el mantenerse fiel a la virtud es heroísmo, y el heroísmo es cosa rara. Además, no siempre puede decirse que haya obrado mal un escritor por haberse adaptado a las circunstancias, si no ha vulnerado los derechos de la justicia y de la verdad. Casos hay en que el silencio es prudente y hasta obligatorio, y, por lo mismo, bien se puede perdonar a un escritor el que no haya dicho todo lo que pensaba con tal que no haya dicho nada contra lo que pensaba. Por más profundas que fuesen las convicciones de un escritor sobre un tema que discrepa totalmente con el gobierno de turno, no se le puede exigir que se exprese abiertamente si él sabe que tan pronto como se haga público, que serán recogidos los ejemplares y él expulsado del país o encerrado en un calabozo. El conocimiento de la posición particular del escritor, de su conducta, moralidad, carácter y hasta de su educación ilustran muchísimo al lector de sus obras. Para hacerse un juicio sobre las palabras de Lutero sobre el celibato servirá no poco saber que quien habla es un fraile apóstata, casado con Catalina de Boré; y quien haya tenido la suficiente paciencia para ruborizarse mil veces hojeando las obscenas Confesiones de Rousseau, será bien poco accesible a dejarse ilusionar cuando el filósofo de Ginebra le hable de filantropía o moral. 79

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Regla 7.ª — Las obras póstumas publicadas por manos desconocidas o poco seguras son sospechosas de apócrifas o alteradas. La autoridad de un honorable difunto poco sirve en semejantes casos; no es él quien nos habla, sino el editor, bien seguro de que el interesado no le podrá desmentir. Regla 8.ª — Historias fundadas en relatos secretos y papeles inéditos, publicaciones de manuscritos en que el editor asegura no haber hecho más que ordenarlos, limando frases o aclarando algunos pasajes, no merecen el más mínimo crédito. Regla 9.ª — Los informes de negociaciones ocultas, de secretos de Estado, las anécdotas picantes sobre la vida privada de personajes célebres, sobre tenebrosas intrigas y otros asuntos del mismo tipo han de recibirse con extrema desconfianza. Si difícilmente podemos aclarar la verdad de lo que pasa a la luz del sol, mucho más difícil lo será en lo tocante a lo que sucede en la oscuridad. Regla 10.ª — Cuando se trata de pueblos primitivos o muy lejanos es preciso dar poco crédito a cuanto se nos refiera sobre sus riquezas, número de habitantes, tesoros de sus monarcas, ideas religiosas y costumbres domésticas. La razón está clara: todos estos puntos son difíciles de averiguar; es necesario mucho tiempo de residencia, conocer perfectamente la lengua, se necesita una gran perspicacia para poder enterarse de asuntos de suyo difíciles y complicados; no es fácil disponer de medios fidedignos para adquirir una información exacta sobre temas ocultos que se brindan a la exageración. Además, por parte de los mismos naturales hay a veces mucha ignorancia, y hasta sabiéndolo tienen mil y mil motivos para exagerar o desfigurar su afirmaciones. Finalmente, en lo que toca a las costumbres familiares, no se alcanza su exacto conocimiento de ellas si no se penetra en el interior de los hogares, para poder observar cómo hablan y obran espontáneamente y libremente sus integrantes Hay que desconfiar mucho de las obras póstumas, sobre todo si el autor no ha podido darles la última mano, dejándolas

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a una persona de muy segura entereza y que no haya de hacer más que publicarlas.

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Capítulo XII
CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL MODO DE CONOCER LA NATURALEZA, PROPIEDADES Y RELACIONES DE LOS SERES.
1. Una clasificación de las ciencias Una vez conocidas las reglas que nos permiten guiarnos para conocer sobre la existencia de una cosa, nos queda por averiguar cuáles son las que podrán sernos útiles para investigar la naturaleza, propiedades y relaciones de los seres. Éstos, o pertenecen al orden de la Naturaleza, comprendiendo en él todo cuanto está sometido a las leyes del Universo, a los que daremos el nombre de naturales, o al orden moral, y las llamaremos morales, o al orden de la sociedad humana, que llamaremos sociales, o al de una providencia extraordinaria, que designaremos con el título de religiosos. Se le podrán hacer a esta clasificación algunas objeciones pero es innegable que está fundada en la misma naturaleza de las cosas y en el modo con que el entendimiento humano considera las diferentes realidades. Sin embargo, para manifestar con mayor claridad la razón en que se apoya, presento aquí en pocas palabras su explicación. Dios ha creado el universo y cuanto hay en él, sometiéndole a leyes constantes y necesarias; de aquí el orden natural. Su estudio podría llamarse filosofía natural. Dios ha creado al hombre, dotándolo de razón y de libertad, pero sujeto a ciertas leyes, que no le fuerzan, mas le obligan; he aquí el orden moral y el objeto de la filosofía moral. El hombre en sociedad ha dado origen a una serie de hechos y acontecimientos; he aquí el orden social. Su estudio podría llamarse filosofía social o, si se quiere, filosofía de la Historia. Dios no está ligado por las leyes que Él mismo ha impuesto a las obras de sus manos; por consiguiente, puede obrar por encima y en contra de esas mismas leyes, y así es posible que 82

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existan una serie de hechos y revelaciones de un orden superior al natural y social; de aquí el estudio de la religión o filosofía religiosa. 2. Prudencia científica y observaciones para alcanzarla Para poder pensar correctamente en el plano filosófico se requiere una gran prudencia y discernimiento, muy semejante a la que preside la conducta práctica. Esta prudencia es de muy difícil adquisición; es también el costoso fruto de amargos y repetidos desengaños. Como quiera, será bueno tener a la vista algunas observaciones que puedan contribuir a engendrarla. Observación 1.ª — La íntima naturaleza de las cosas nos es, por lo común, desconocida; sobre ella sabemos poco y de forma imperfecta. Conviene no echar nunca en olvido esta importante verdad. Ella nos hará ver la necesidad de trabajar tenazmente cuando nos propongamos descubrir y examinar la naturaleza de un objeto, dado que lo muy oculto y difícil no se comprende estudiándolo superficialmente. Ella nos inspirará una prudente desconfianza a la hora de alcanzar un resultado en nuestras investigaciones, no permitiéndonos que precipitadamente nos regocijemos de haber encontrado lo que buscamos. Conocemos muchas propiedades y aplicaciones de la luz, pero ignoramos su esencia; conocemos mucho sobre la agricultura, pero sabemos muy poco de los misterios que encierran las plantas; sabemos como utilizar y conservar los sentidos, pero sabemos muy poco sobre la sustancia de la sensación; conocemos mucho de lo que es saludable o nocivo a nuestro cuerpo, pero muchas veces no sabemos a qué motivo obedece. Sabemos medir el tiempo, pero no sabemos definirlo; la geometría ha llegado a un grado de admirable perfección, y su idea fundamental, la extensión, todavía no se comprende. Todos moramos en el espacio, todo el universo está en él, sabemos medirlo, pero no sabemos realmente definirlo; si es algo distinto de los cuerpos, si tiene naturaleza propia, si es un ser o no es nada. Pensamos, y no comprendemos lo que es el pensamiento; bullen en nuestro espíritu las ideas, e ignoramos lo que es una idea; nuestra 83

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cabeza es un magnífico teatro donde se representa el universo con todo su esplendor, variedad y hermosura; donde una fuerza incomprensible crea a nuestro capricho mundos fantásticos, ya bellos, ya sublimes, o extravagantes; y no sabemos lo que es la imaginación, ni lo que son aquellas prodigiosas escenas, ni cómo aparecen o desaparecen. ¡Qué conciencia más viva tenemos de los diversos sentimientos! Y, sin embargo, ¿qué es el sentimiento? El que ama siente el amor, pero no lo conoce; el filósofo que estudia el amor señala quizá su origen, indica su tendencia y su fin, da reglas para dirigirlo adecuadamente; pero en cuanto a la íntima naturaleza del amor, sabe tanto como el más ignorante. Conocemos algunos de sus efectos; pero no lo podemos ver. Incluso nuestro propio cuerpo, ¿sabemos, por ventura, en qué consiste? Hasta ahora, ¿ha habido algún filósofo que haya podido explicarnos lo que es un cuerpo? Y sin embargo, estamos continuamente en medio de cuerpos, y nos servimos continuamente de ellos, y conocemos muchas de sus propiedades y de las leyes a las que están sometidos, y sabemos que el cuerpo forma parte de nuestra naturaleza. No perdamos de vista estas consideraciones, cuando queramos examinar la íntima naturaleza de una cosa, para fijar los principios constitutivos de su esencia. Seamos, pues, diligentes en investigar, pero muy prudentes para definir. Observación 2.ª — Así como en matemáticas hay dos maneras de resolver un problema, una encontrando la verdadera solución, otra manifestando que la solución es imposible, así acontece en todo género de cuestiones; muchas veces la mejor solución al problema será manifestar que para nosotros es insoluble. Y no pensemos que esto último carece de mérito y que es fácil discernir entre lo que nos es asequible y lo que nos resulta inasequible; quien es capaz de ello, señal es que conoce a fondo la materia que está tratando y que se ha ocupado con detenimiento a examinar sus principales cuestiones. Mucho tiempo ahorra el que haya adquirido este precioso discernimiento, pues, cuando se le ofrece una cuestión, intuye desde el principio si existen o no los datos suficientes para llegar a un resultado satisfactorio. 84

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Un hombre instruido y experimentado conoce que una solución es imposible, o que se aproxima a ello a causa de su extrema dificultad, no porque pueda demostrarlo, sino porque conoce las investigaciones sobre la materia que han hecho otros, y quizá las propias. A veces la misma naturaleza de las cosas sobre las cuales se suscita la cuestión indica que es imposible resolverla. Para esto debe abarcarse con una mirada todos datos que se necesitan, y aceptar el que algunos nos resulten imposibles de conocer. Observación 3.ª — Como los seres se diferencian mucho entre sí en naturaleza, propiedades y relaciones, el modo de estudiarlos será también muy diferente. Muchos se imaginan que porque conocen el modo de estudiar un ramo del saber, que les será fácil estudiar los demás, bastando para ello con dirigir la atención a lo nuevo que se pretende estudiar. De aquí que se escuche muy a menudo la gran falsedad de que la mejor lógica la enseñan las matemáticas, porque acostumbran a pensar en todas las materias con rigor y exactitud. Para desvanecer esta equivocación basta observar que las materias que se ofrecen a nuestro espíritu son de órdenes muy diferentes; que los métodos de estudio que disponemos para estudiarlos nada tienen de parecidos; y que la experiencia enseña que un hombre dedicado a dos clases de estudios suele resultar sobresaliente en uno y quizá muy mediocre en el otro; que en uno razona con admirable penetración y discernimiento, mientras en el otro no pasa de miserables vulgaridades. Hay verdades matemáticas, verdades físicas, verdades filosóficas, verdades metafísicas; las hay morales, religiosas, políticas; las hay literarias e históricas; las hay de razón pura y otras en que se mezclan por necesidad la imaginación y el sentimiento; las hay meramente especulativas y las hay que sobre todo prácticas; las hay a las que sólo se llega por el raciocinio; las hay a las que sólo llega por la intuición y las hay a las que sólo llegamos por la experiencia.

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3. Los sabios resucitados El lector palpará el fundamento de lo que acabo de exponer asistiendo a la escena ficticia que le voy a ofrecer. Imagínense reunidos en una enorme mansión a un gran número de hombres célebres, los cuales han resucitado tales como eran en vida, con los mismo talentos y aficiones. Estos hombres pasan algunos días congregados allí, y cada uno puede ocuparse libremente en lo que es de su agrado. La mansión dispone de un riquísimo archivo, una gran biblioteca, de un museo de arte y de biología; de laboratorio y de espaciosos jardines adornados con toda clase de plantas. Entre los reunidos están Cristóbal Colón, Hernán Cortes, Napoleón, Milton, Lope de Vega, Calderón, Molière, Bossuet, Descartes, Erasmo, Luis Vives, Kepler, Galileo, Pascal, Newton, Miguel Angel, Rafael, y otros muchos hombres célebres. Dejadles que cada uno se ocupe durante algunas horas en lo que le gusta: los generales o conquistadores leerán libros de historia sobre las batallas o conquistas más famosas; los teólogos, pasarán el rato estudiando la Biblia; los literatos, leyendo las grandes obras clásicas de literatura; los historiadores, revolviendo el archivo entre polvorientos manuscritos, resolviendo sus dudas sobre algún punto de historia; los científicos, trabajando en el laboratorio; los matemáticos, inclinados absortos sobre un papel cubierto de signos, letras y figuras geométricas, resolviendo un problema; de igual manera los artistas e ingenieros, cada uno concentrado en su tema. Todos pensarán, todos juzgarán que sus pensamientos y estudios son preciosos y sus sentencias y obras son dignas del mayor respeto. Sin embargo, ahora poner a estos hombres en una sala y dejad que conversen unos con otros. Observaréis que apenas se entenderán cuando se pongan a hablar entre sí los que tienen afanes, ocupaciones e inclinaciones diferentes; más todavía si tienen que hablar de un tema que no es el suyo, en este caso habremos convertido esta sociedad de genios en una reunión de mentes vulgares, que tal vez sólo llegue a ser divertida por sus disparates e insensateces. 86

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De todo esto se concluye que lo que uno ve, el otro no acierta verlo. Lo que el uno aprecia con admirable tino, el otro lo juzga disparatado; lo que uno mira como inestimable tesoro, lo considera el otro una futilidad. Y esto, ¿por qué? ¿Cómo es que grandes pensadores discrepen hasta tal punto? ¿Cómo es que las verdades no se presenten a los ojos de todos de una misma manera? Es que estas verdades son de clases muy diferentes; es que el compás y la regla no sirven para apreciar lo que siente el corazón; es que los sentimientos no sirven para estudiar cálculo o geometría; es que las abstracciones metafísicas nada tienen que ver con las ciencias sociales; es que la verdad pertenece a órdenes tan diferentes cuanto lo son las naturalezas de las cosas, porque la verdad es la misma realidad. El empeño por tratar de estudiar, bajo un único punto de vista, cosas y realidades de órdenes muy diferentes, es la origen de enormes aberraciones; es trastornar las facultades humanas; es transferir a unas lo que es propio de otras. Incluso los hombres más privilegiados, dotados de una gran inteligencia, no podrán ejercerla cual conviene si cuando se ocupan de una materia no se despojan, en cierto modo, de sí mismos para que puedan obrar las facultades que mejor se adaptan al objeto de que se trata.

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Capítulo XIII
LA BUENA PERCEPCIÓN
1. La idea He aquí las tres cualidades de un buen pensador: 1º percibir con claridad, exactitud y viveza; 2º juzgar con verdad; 3º discurrir con rigor y solidez. Examinemos estas cualidades por separado, y hagamos algunas observaciones sobre cada una de ellas. ¿Qué es una idea? ¿Qué es percibir una cosa? Bastará, con decir, en lenguaje común, que percibir es aquel acto interior por el cual nos hacemos cargo de un objeto, cosa o realidad; siendo la idea aquella imagen, representación o lo que se quiera, que sirve como de pábulo a la percepción. Por cierto, para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la percepción o no, si es la sensación transformada o no, ni si nos ha venido por este o aquel conducto. 2. Regla para percibir bien Percibiremos con claridad y viveza si nos acostumbramos a estar atentos a lo que se nos ofrece (Cap. II), y si además hemos procurado adquirir el necesario tino para desplegar en cada caso las facultades que se adaptan mejor al objeto presente. ¿Se me da una definición matemática? Aquí no cabe la vaguedad, las abstracciones, lo fantástico o sentimental; en este caso he de valerme de la imaginación únicamente como si fuese un encerado donde trazo los signos y las figuras, y del entendimiento como el ojo que utilizo para mirar. Aclararé la regla proponiendo un ejemplo de los más sencillos: una de las definiciones elementales de la geometría. La circunferencia es una línea curva reentrante cuyos puntos distan igualmente todos de uno que se llama centro. Por lo pronto, es evidente que no se trata aquí ni de la circunferencia tal como suele tomarse en sentido metafórico cuando se la 88

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aplica a objetos no geométricos, ni en un sentido lato y grosero, como en los casos en que no se necesita precisión y rigor; debo, pues, considerar la definición dada como la expresión de un objeto de orden ideal al cual se aproximará más o menos la realidad. Pero como las figuras geométricas se someten a la vista y a la imaginación, me valdré de una de éstas, y si es posible de ambas, para representarme aquello que quiero conseguir. Trazada la figura en el encerado, o en la imaginación, veo o imagino una circunferencia; pero ¿esto me basta para comprender bien su naturaleza? No. El hombre más rudo la ve e imagina tan perfectamente como el más experto matemático, y no sabe darse cuenta a sí mismo de lo que es una circunferencia. Luego la vista o la imaginación de la figura no son suficientes para comprender la idea geométrica completa. Además, que si no necesitara otra cosa, el gato que, acurrucado en una silla, está contemplando atentamente una curva que su amo acaba de trazar, y que sin duda la ve también como éste y la imagina cuando cierra los ojos, tendría de la misma una idea igualmente perfecta tal como si fuese Newton o Lagrange. ¿Qué se necesita, pues, para que haya una percepción intelectual? Que se conozca el conjunto de condiciones de las cuales no puede faltar ninguna sin que desaparezca la curva, esto es, lo explicado por la definición; y para que la percepción sea cabal, deberé hacerme cargo de cada una de las condiciones, y su conjunto formará en mi entendimiento la idea de la curva. Quien se haya ocupado en la enseñanza habrá podido observar la diferencia que acabo de señalar. Vista una circunferencia y la manera de trazarla con el compás, el alumno más torpe la reconoce dondequiera que se le presente, y la describe sin equivocarse. En esto no cabe diferencia entre los talentos; pero viene el definir la curva, señalando las condiciones que la forman, y entonces se palpa lo que va de la imaginación al entendimiento, entonces se conoce ya al joven negado, al medianamente capaz, y al sobresaliente. —¿Qué es la circunferencia? —preguntáis al primero. —Es esto que acabo de trazar. 89

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—Pero, bien, ¿en qué consiste? ¿Cuál es la naturaleza de esta línea? ¿En qué se diferencia de la recta que explicamos ayer? ¿Son lo mismo la una que la otra? —Oh, no! Esta es así..., redonda..., aquí hay un punto... —¿Se acuerda usted de la definición que da el autor? —Sí, señor; la circunferencia es una línea curva reentrante, cuyos puntos distan igualmente todos de uno que se llama centro. —¿Por qué la llamamos curva? —Porque no tiene sus puntos en una misma dirección. —¿Por qué reentrante? —Porque vuelve o entra en sí misma. —Si no fuese reentrante, ¿sería circunferencia? —Sí, señor. —¿No acaba usted de decirnos que ha de serlo? —Ah! Sí, señor. —¿Por qué, si no fuese reentrante, ya no sería circunferencia? —Porque... la circunferencia... porque... En fin, cansado de esperar y de explicar, llamáis a otro, que os da la definición, que os explica los términos, pero que ahora se olvida de la palabra curva; que si le obligáis a una atención más perfecta, se hace cargo de lo que decís, lo repite muy bien, pero que enseguida tiene otro olvido o equivocación, dando a entender que no se ha formado todavía una idea cabal de lo que significa una circunferencia, que no sabe dar razón acabada del conjunto de condiciones necesarias para formar una circunferencia. Llegáis, por fin, a un alumno de entendimiento claro y sobresaliente: traza la figura con más o menos desembarazo, según su mayor o menor agilidad natural, recita más o menos rápidamente las definiciones, según su facilidad de palabra; pero puesto a analizar la definición, notaréis, desde luego, la claridad y precisión de sus ideas, la exactitud y concisión de sus palabras, la oportunidad y tino de las aplicaciones. —En la definición, ¿podríamos omitir la palabra línea?

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—Si ya hemos advertido que solo tratamos de línea, se daría por sobrentendida; pero en rigor no, porque al decir curva se podría dudar si hablamos de superficies. —Y expresando línea, ¿podríamos omitir curva? —Me parece que sí..., porque añadimos reentrante, ya excluimos la recta, que no puede serlo, y además la recta tampoco puede tener todos sus puntos igualmente distantes de uno. —Y la palabra reentrante, ¿no la pudiéramos pasar por alto? —No, señor; porque si la curva no vuelve sobre sí misma ya no será una circunferencia; así, por ejemplo, si en esta borro la parte A B, ya no me queda una circunferencia, sino un arco. —Pero, añadiendo lo demás, de que todos los puntos han de distar igualmente de uno que se llama centro, bien parece que se sobrentiende que será reentrante... —No, señor; porque en el arco que tenemos a la vista hay también equidistancia, y, sin embargo, no es reentrante. —¿Y la palabra igualmente? —Es indispensable; de otro modo sería no decir nada; porque una recta también tiene todos sus puntos distantes de uno que no se halle en ella; y además, una curva que trazo a la ventura, rasgueando así... sobre el encerado, tiene también todos sus puntos distantes de otro cualquiera como A..., que señalo fuera de ella. He aquí una percepción clara, exacta, cabal, que nada deja que desear, que deja satisfecho al que habla y al que le escucha. Acabamos de asistir al análisis de una idea geométrica y de señalar la diferencia entre sus grados de claridad y exactitud; veamos ahora una idea artística, y tratemos de determinar su mayor o menor perfección. En ambos casos hay percepción de una verdad; en ambos casos se necesita atención, aplicación de las facultades del alma; pero con el ejemplo que sigue comprobaremos que la facultad que en el uno obstaculiza, en el otro favorece, y viceversa, y que las clasificaciones y distinciones que en el primero eran indicio de disposiciones felices, son en el segundo una prueba de que el disertante se ha equivocado al elegir su carrera. 91

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Dos jóvenes acaban de salir de la escuela de retórica y recuerdan perfectamente cuanto en ella se les ha enseñado. Los dos han respondido con prontitud a las preguntas que se les han hecho sobre tropos, figuras, clases de composición, etc., etc., y los dos, en fin, han realizado los exámenes con plena satisfacción de padres y profesores, obteniendo ambos la nota de sobresaliente por haber contestado con igual desembarazo y lucimiento. Ambos están repasando la materia en tiempo de vacaciones, y concretamente leen un magnífico pasaje de prosa o poético. Camilo vuelve una y otra vez sobre las admirables páginas, y bien derrama lágrimas de ternura, o centellea en sus ojos el más vivo entusiasmo. —¡Esto es inimitable —exclama—; es imposible leerlo sin conmoverse profundamente! ¡Qué belleza de imágenes, qué fuego, qué delicadeza de sentimientos, qué calidad de expresión, qué inexplicable alianza de concisión y exuberancia, de orden y frescura! —Oh!, sí —le contesta Eustaquio—; esto es muy hermoso; ya nos lo habían dicho en la escuela; y si lo observas, verás que todo está ajustado a las reglas del arte. Camilo percibe lo que hay en el pasaje. Eustaquio, no; y, sin embargo, aquél discurre poco, apenas analiza, sólo pronuncia algunas palabras entrecortadas, mientras éste razona como buen pensador. El uno ve la verdad; el otro, no; ¿y por qué? Porque la verdad en este lugar es un conjunto de relaciones entre el entendimiento, la fantasía y el corazón; es necesario desplegar a la vez todas estas facultades, aplicándolas al objeto con naturalidad, sin violencia ni tortura, sin distraerlas con el recuerdo de ésta o aquella regla, quedando el análisis razonado y crítico para cuando se haya sentido el mérito del pasaje. Enredarse en razonamientos, traer a colación ésta o aquella regla antes de haber disfrutado del escogido trozo, antes de haberse deleitado en él, es maniatar, por decirlo así, el alma, no dejándole expedita más que una facultad, cuando las necesita todas.

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3. Escollo del análisis Hasta en las materias donde no importan para nada la imaginación y el sentimiento conviene guardarse de la manía de aprisionar el espíritu obligándole a sujetarse a un método determinado cuando, o por su carácter peculiar o por los objetos de que se ocupa, requiere libertad y desahogo. No puede negarse que el análisis, o sea, el descomponer las ideas, sirve admirablemente en muchos casos para darles claridad y precisión; pero es menester no olvidar que la mayor parte de los seres son un conjunto, y que la mejor forma de percibirlos es ver con una sola ojeada las partes y las relaciones que los constituyen. Una máquina desmontada muestra con más distinción y minuciosidad las piezas de que está compuesta; pero no se comprende tan bien el destino de ellas hasta que, colocadas en su lugar, se ve cómo cada una contribuye al movimiento total. A fuerza de descomponer, prescindir y analizar, algunos psicólogos no hallan en el hombre otra cosa que sensaciones; otros, por el camino opuesto, apenas encuentran en el hombre más que ideas puras, un refinado espiritualismo; los primeros pretenden dar razón de los fenómenos del alma, principiando por un hecho tan sencillo como es el acercar una rosa a la nariz; los segundos idean afanosos un sistema para explicar lo mismo, y, no encontrándole en las criaturas, recurren nada menos que a la esencia de Dios. No es infrecuente encontrar vigorosos especulativos que conducen su discurso con cierta apariencia de rigor y exactitud, y que, guiados por el hilo engañoso, van a parar a una solemne equivocación. Examinando la causa, notaremos que esto procede de que no miran el objeto más que por una sola cara. No les falta espíritu analítico, pues tan pronto como una cosa cae en sus manos la descomponen en algunas de sus partes; pero tienen la desgracia de descuidar otras, y si piensan en todas, no se fijan en que han sido hechas para estar unidas, en estrecha relación, y que si estas relaciones se olvidan, el mayor portento puede convertirse en descabellada monstruosidad.

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4. El tintorero y el filósofo Un hábil teñidor de tejidos estaba en su establecimiento ocupado en las tareas de su profesión. Acertó a entrar por allí un químico, y se puso a discutir sobre los tintes y sus efectos, tratando de convencerle de que iba a echar a perder las preciosas telas con semejantes mezclas de tintes. A simple vista, la cosa presentaba mal aspecto, y el químico no dejaba de dar argumentos. Aquí se veía una serie de cazuelas con líquidos negruzcos, cenicientos, parduscos, ninguno de buen color, todos de mal olor; allí unos pedacitos de goma pegajosa, desagradable a la vista; enormes calderas estaban hirviendo, donde se revolvían trozos de madera en bruto, en las cuales iban echando unas hojas secas, que, al parecer, sólo podían servir para que fuesen tiradas a la basura. El tintorero estaba machacando en un mortero cien y cien materias que andaba sacando ya de un bote, ya de una marmita, ya de un saquillo; y revolviéndolo todo, y pasándolo de una cazuela a otra, y echando acá y allá cucharadas de líquidos que apestaban, se aprestaba a vaciar los ingredientes en diferentes calderas y sepultar en aquella inmundicia gran número de telas de inestimable valor. —Estas telas se van a malograr del todo —decía el químico —. En esta olla ésta el ingrediente A, que, como usted sabe, es extremadamente cáustico y que, además, da un color muy feo. En esta otra está la goma B, excelente para manchar, y cuyas señales no se quitan sino con muchísimo trabajo. Esta otra caldera contiene el tinte C, que podría servir para dar un color grosero y corriente, pero que no alcanzo a comprender cómo podría dar un matiz elegante. En una palabra: examinando todo por separado, encuentro que usted emplea ingredientes contrarios a lo que usted se propone, y estoy seguro que no conseguirá otra cosa que malograr estas buenísimas telas. —Posiblemente, señor —le contestó el tintorero, mientras tomaba en sus manos las preciosas telas y las sumergía sin compasión en las sucias y pestilentes calderas—; es posible, pero para dar fin a la discusión pásese por aquí dentro de algunos días. El señor volvió, en efecto, y el tintorero desvaneció todas las objeciones, desplegando ante sus ojos las telas que por fría 94

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lógica debían estar malogradas. ¡Qué sorpresa! ¡Qué humillación para él! Unas mostraban una finísima grana; otras, un delicado verde; otras, un hermoso azul; otras, un exquisito anaranjado; otras, un subido negro; otras, un blanco ligeramente cubierto con diferentes colores; otras ostentaban riquísimos jaspes. Los matices eran innumerables y encantadores, manufacturas limpias, tersas, brillantes. El señor se marchó confuso y cabizbajo, diciendo para sí: “No es lo mismo saber lo que es una cosa aisladamente que lo que puede llegar a ser en combinación con otras; en adelante no me contentaré con analizar los ingredientes, pues también hace prodigios el componer y mezclar; testigo, el tintorero.” 5. Objetos vistos por una sola cara Entendimientos por otra parte muy claros y perspicaces se echan a perder lastimosamente por el prurito de desarrollar una serie de ideas, las cuales, no representando al objeto más que por un solo lado, acaban por conducir a resultados extravagantes. De ahí el que con la razón todo se pueda probar y todo se pueda impugnar; y el que a veces un hombre que tiene evidentemente la verdad de su parte, tenga que atrincherarse en sus convicciones resistiendo con las armas del buen sentido y de la cordura los ataques de un pensador sofista que se abre paso por todas las hendiduras y se escurre al través de lo más sólido y compacto, como filtrándose por los poros. La misma sobreabundancia de ingenio produce este defecto. 6. Inconvenientes de una percepción demasiado rápida Es calidad preciosa la rapidez de la percepción; pero conviene estar prevenido contra su efecto ordinario, que es la inexactitud. Sucédeles con frecuencia a los que perciben con mucha presteza no hacer más que desflorar el objeto; son como las golondrinas, que, deslizándose velozmente sobre la superficie de un estanque, sólo pueden recoger los insectos que sobrenadan, mientras otras aves que se sumergen enteramente o posan sobre el agua, y con su pico se sumergen muy adentro, se alimentan hasta de lo que se oculta en el fondo. 95

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El contacto con estos hombres de mente ágil es peligroso, porque ya hablen o escriban, suelen distinguirse por una frivolidad o superficialidad encantadoras; y, lo que es todavía peor, comunican a todo lo que tratan cierta apariencia de método, claridad y precisión que deslumbra y seduce. En la ciencia se dan a conocer por sus principios claros, sus aplicaciones felices; cualidades que suelen acompañar al talento, a la comprensión profunda y seria; pero que, imitados por personas corrientes, sólo indican en esos casos superficialidad y ligereza, como brilla limpia y transparente el agua poco profunda regalando la vista con sus arenas de oro. La confusión de ideas acarrea grandes perjuicios a las ciencias; pero también lo causa el aislamiento de las partes. Uno de los vicios radicales de la escuela enciclopédica fue el considerar al hombre aislado, prescindiendo de las relaciones que lo ligaban con los otros seres. El análisis lleva a descomponer, pero es necesario no llevar la descomposición tan lejos de forma que se olvide la construcción de la máquina a la que pertenecen las piezas. Algunos filósofos, a fuerza de analizar las sensaciones, se han quedado con las sensaciones solas; lo que en psicología equivale a tomar el pórtico por el edificio.

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Capítulo XIV
EL JUICIO
1. Qué es el juicio. Fuentes de error Cuando interiormente decimos que una cosa es o no es, o que es o no es de ésta o de aquella manera, entonces hacemos un juicio. La falsedad del juicio depende muchas veces de la mala percepción; así, lo que vamos a decir, aunque directamente se encamina al modo de juzgar bien, conduce no poco a percibir bien. La proposición es la expresión del juicio. Los falsos axiomas, las proposiciones demasiado generales, las definiciones inexactas, las palabras sin definir, las suposiciones gratuitas, los intereses en favor de una doctrina son abundante manantial de percepciones equivocadas o incompletas y de juicios errados. 2. Axiomas falsos Toda ciencia necesita un punto de apoyo, y quien se encarga de desarrollarla busca con tanto cuidado este punto como el arquitecto busca el fundamento sólido sobre el cual ha de levantar el edificio. Desgraciadamente, no siempre se encuentra lo que se necesita, y el hombre es demasiado impaciente para aguardar a que los siglos, que él no ha de ver, proporcione a las generaciones futuras el descubrimiento tan deseado. De ahí que si no encuentra, se lo inventa; y en vez de construir sobre la realidad, edifica sobre la elaboración de su pensamiento. A fuerza de cavilar y escudriñar llega hasta el punto de alucinarse a sí mismo, y lo que al principio fuera un pensamiento vago, sin estabilidad ni consistencia, se convierte en verdad innegable. Las excepciones embarazarían demasiado; lo más sencillo es asentar una proposición universal: he aquí el axioma. Vendrán luego numerosos casos que no se comprenden en él, nada importa: en este caso habrá que concebirlo en términos generales y confusos o ininteligibles 97

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para que, interpretándose de mil maneras diferentes, permita todas las excepciones que se quiera sin perder nada de su prestigiosa reputación. Entretanto, el axioma sirve admirablemente para cimentar un raciocinio extravagante, dar peso a un juicio disparatado o desvanecer una dificultad apremiante, y cuando se ofrecen al espíritu dudas sobre la verdad de lo que se defiende, cuando se teme que el edificio se venga al suelo con estrepitosa ruina, se dice a sí mismo el intelecto: “No, no hay peligro; el cimiento es firme, es un axioma, y un axioma es un principio de eterna verdad.” Para merecer este nombre de axioma es preciso que la proposición sea tan patente al intelecto como lo son al ojo los objetos que miramos presentes a la debida distancia y la luz del día. Si no deja al entendimiento enteramente convencido de lo que se le ofrece, y si no comprende el significado de todos los términos con que se lo describe, no debe ser admitido como axioma. Viciadas las ideas por un axioma falso, se ven todas las cosas muy diferentes de lo que son en realidad, y los errores son tanto más peligrosos cuanto el entendimiento descansa más en una engañosa seguridad. 3. Proposiciones demasiado generales Si conociésemos la esencia de las cosas podríamos asentar con respecto a ellas proposiciones universales, sin ningún género de excepción, porque siendo la esencia la misma en todos los seres de una misma especie, ciertamente lo que de uno afirmásemos sería igualmente aplicable a todos. Pero como de lo tocante a dicha esencia conocemos poco y de una manera imperfecta, y muchas veces nada, es de ahí que por lo común no es posible hablar de los seres sino con relación a las propiedades que están a nuestro alcance y de las que a menudo no discernimos si están radicadas en la esencia de la cosa o si son puramente accidentales. Las proposiciones generales se resienten de este defecto, pues como expresan lo que nosotros concebimos y juzgamos, no pueden extenderse sino a lo que nuestro espíritu ha conocido. De donde resulta que sufren mil excepciones que no preveíamos, y tal vez descubrimos que se había tomado por regla lo que no era más que excepción. Si esto sucede aún cuando la proposición 98

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general se ha establecido con mucho trabajo; ¿qué será si atendemos a la ligereza con que se las suele plasmar y emitir normalmente? 4. Las definiciones inexactas De éstas puede decirse casi lo mismo que de los axiomas, puesto que sirven de luz para dirigir la percepción y el juicio y de punto de apoyo para afianzar el raciocinio. Es sobremanera difícil establecer una buena definición, y en muchos casos imposible. La razón es obvia; la definición explica la esencia de la cosa definida; y ¿cómo se explica lo que no se conoce? A pesar de esto, existe en todas las ciencias multitud de definiciones que pasan como moneda verdadera, y si bien sucede con frecuencia que se levantan unos autores contra las definiciones de otros, ellos, a su vez, se cuidan de reemplazarlas por las suyas, las que hacen circular por toda la obra tomándolas por base de sus razonamientos. Si la definición debe ser la explicación de la esencia de la cosa, y si el conocimiento de esta esencia es tarea tan difícil, ¿por qué hay tanta prisa por definir? El blanco de las investigaciones es el conocimiento de la naturaleza de los seres; la proposición, pues, en que se explicase esta naturaleza, es decir, la definición, debiera ser la última que emitiese el autor. En la definición está la ecuación que presenta despejada la incógnita, y en la resolución de los problemas esta ecuación es la última. Lo que nosotros podemos definir muy bien es lo puramente convencional, porque la naturaleza del ser convencional es aquella que nosotros mismos le damos por los motivos que más nos convienen. Así, ya que nos es posible en muchos casos definir la cosa, al menos debiéramos fijar bien lo que entendemos cuando hablamos de ella, o, en otros términos, deberíamos definir la palabra con que pretendemos expresar la cosa. Yo no sé lo que es el sol, no conozco su naturaleza, y, por tanto, si me preguntan su definición no podré darla. Pero sé muy bien a qué me refiero cuando pronuncio la palabra sol, y así me será fácil explicar lo que con ella significo. ¿Qué es el sol? No lo sé. ¿Qué entiende usted por la palabra sol? Ese astro cuya presencia nos trae el día y cuya desaparición 99

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produce la noche. Esto me lleva, naturalmente, a las palabras mal definidas. 5. Palabras mal definidas. Examen de la palabra igualdad En apariencia nada más fácil que definir una palabra, porque es natural que quien la emplea sepa lo que esta diciendo con ella, y, por consiguiente, que pueda explicarlo. Pero la experiencia enseña que no es así y que son muy pocos los capaces de fijar el sentido de los términos que usan. Semejante confusión nace de la que reina en las ideas y a su vez contribuye a aumentarla. Oiréis a cada paso una disputa acalorada en la que los contrincantes manifiestan quizá un ingenio nada común; dejadlos que den cien vueltas al objeto, que ataquen y peleen una y mil veces, como enemigos en sangrienta batalla; entonces, si queréis hacer de mediador y hacer evidente la sinrazón de ambos, tomad la palabra que expresa el objeto capital de la cuestión y preguntad a cada uno: “¿Qué entiende usted por esto?” “¿Qué sentido da usted a esta palabra?” Os acontecerá con frecuencia que los dos adversarios se quedarán sin saber qué responderos, o, pronunciando algunas expresiones vagas, inconexas, manifestando bien a las claras que los habéis cogido de improviso, que no esperaban el ataque por aquel flanco, siendo quizá aquella la primera vez que se ocupan, mal de su grado, en darse cuenta a sí mismos del sentido de una palabra que en un cuarto de hora han utilizado centenares de veces y de que estaban haciendo infinitas aplicaciones. Pero suponed que esto no acontece y que cada cual da con facilidad y presteza la explicación pedida: estad seguro que el uno no aceptará la definición del otro, y que la discordancia que antes versaba, o parecía versar, sobre el fondo de la cuestión se trasladará de repente al nuevo terreno, entablándose disputa sobre el sentido de la palabra. He dicho que parecía versar porque si bien se ha observado el giro de la discusión, se habrá echado de ver que bajo el nombre de la cosa se ocultaba con frecuencia el significado de la palabra. Hay ciertas voces que, expresando una idea general aplicable a muchos y muy diferentes asuntos y en los sentidos más varios, parecen inventadas adrede para confundir. Todos 10 0

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las emplean, todos tienen claro de lo que significan, pero cada cual a su modo, resultando una algarabía que lastima a los buenos pensadores. “La igualdad de los hombres —dirá un dirigente político— es una ley establecida por el mismo Dios. Todos nacemos llorando, todos morimos suspirando; la Naturaleza no hace diferencia entre pobres y ricos, plebeyos y nobles, y la religión nos enseña que todos tenemos un mismo origen y un mismo destino. La igualdad es obra de Dios; la desigualdad es obra del hombre; sólo la maldad ha podido introducir en el mundo esas horribles desigualdades de que es víctima el género humano; sólo la ignorancia y la ausencia del sentimiento de la propia dignidad han podido tolerarlas.” Estas palabras no suenan mal a nuestros oídos, pero no puede negarse que hay en ellas algo de engañoso. Ese hombre dice errores capitales y verdades palmarias; confunde, y su discurso, seductor para los incautos, presenta a los ojos de un buen pensador un embrollo ridículo. ¿Cuál es la causa? Toma la palabra igualdad en sentidos muy diferentes, la aplica a objetos que distan tanto como cielo y tierra y pasa a una deducción general con entera seguridad, como si no hubiese riesgo de equivocación. ¿Queremos reducir a polvo cuanto acaba de decir? He aquí cómo debemos hacerlo. —¿Qué entiende usted por igualdad? — Igualdad, igualdad..., bien claro está lo que significa. — Sin embargo, no será de más que usted nos lo diga. — La igualdad está en que el uno no sea ni más ni menos que el otro. — Pero ya ve usted que esto puede tomarse en sentidos muy diferentes, porque dos hombres de la misma estatura serán iguales en ella, pero lo normal es que sean muy desiguales en lo demás; por ejemplo: uno puede ser barrigudo, y el otro seco de carnes. Además, dos hombres pueden ser iguales o desiguales en los conocimientos, en la virtud, en el estrato social en el que viven y en un millón de cosas más; con que será bien que antes nos pongamos de acuerdo en la acepción que da usted a la palabra igualdad.

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— Yo hablo de la igualdad de la naturaleza, de esta igualdad establecida por el mismo Creador. — ¿Así que lo único que usted quiere decir es que por naturaleza que todos somos iguales? — Cierto. — Ya; pero yo veo que la naturaleza nos hace a unos robustos, a otros endebles; a unos hermosos, a otros feos; a unos ágiles, a otros torpes; a unos de ingenio despejado, a otros tontos; a unos nos da inclinaciones pacíficas, a otros violentas; a unos...; pero sería algo de nunca acabar si quisiera enumerar las desigualdades que nos vienen de la misma naturaleza. ¿Dónde está la igualdad natural de que usted nos habla? —Pero estas desigualdades no quitan la igualdad de derechos... —Pasando por alto que usted ha cambiado ya completamente el estado de la cuestión, abandonando o restringiendo mucho la igualdad de la naturaleza, también tiene sus inconvenientes esa igualdad de derecho. ¿Le parece a usted correcto que el niño de pocos años tenga derecho para reñir y castigar a su padre? —Usted inventa absurdos... —No, señor; que esto, y nada menos que esto, exige la igualdad de derechos; sino es así, deberá usted decirnos de qué derechos habla, de cuáles debe entenderse la igualdad y de cuáles no. —Bien claro es que ahora tratamos de la igualdad social. —No trataba usted de ella únicamente; ciertamente que hablaba usted en general y de la manera más absoluta; sólo que arrojado de una trinchera se refugia usted en la otra. Pero vamos a la igualdad social. Esto significará que en la sociedad todos hemos de ser iguales. Ahora pregunto: ¿en qué?, ¿en autoridad? Entonces no habrá gobierno posible. ¿En bienes? Enhorabuena; dejemos a un lado la justicia y hagamos el repartimiento; al cabo de una hora, de dos jugadores, el uno habrá aligerado el bolsillo de otro y estarán ya desiguales; pasados algunos días, el industrioso habrá aumentado su capital; el perezoso habrá consumido una porción de lo que 10 2

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recibió, y caeremos en la desigualdad. Vuélvase mil veces al repartimiento y mil veces se desigualarán las fortunas. ¿En consideración? Pero ¿apreciará usted tanto al hombre honrado como al bribón? ¿Se depositará igual confianza en éste que en aquél? ¿Se encargarán los mismos negocios al hombre culto e instruido que al analfabeto tosco y salvaje? Y aún cuando se quisiese, ¿podrían todos hacerlo todo? —Esto es imposible; pero lo que no es imposible es la igualdad ante la ley. —Nueva retirada, nueva trinchera; vamos allá. La ley dice tal cosa: el que la contravenga sufrirá la multa de tanto dinero, y en caso de insolvencia, diez días de cárcel. El rico paga el dinero y se ríe de su fechoría; el pobre, que no tiene dinero expía su falta de rejas adentro. ¿Dónde está la igualdad ante la ley? —Pues yo quitaría esas penas, y establecería las penas de suerte que no resultase nunca esta desigualdad. —Pero entonces desaparecerían las multas, tributación no despreciable para los presupuestos exiguos y alivio de los gobernantes. Además, voy a demostrarle a usted que no es posible en ninguna suposición esta pretendida igualdad. Admitamos que para una trasgresión esté señalada la pena de tanto dinero; dos hombres han incurrido en ella, y ambos tienen con qué pagar, pero el uno es opulento banquero, el otro un modesto artesano. El banquero se burla de la cuantía de la multa, el artesano queda arruinado. ¿Es igual la pena? —No, por cierto; mas ¿cómo quiere usted remediarlo? —De ninguna manera, y esto es lo que quiero persuadirle a usted, de que la desigualdad es algo irremediable. Demos que la pena sea corporal, encontraremos la misma desigualdad. El presidio, la exposición a la vergüenza pública son penas que el hombre falto de educación y del sentimiento de dignidad sufre con harta indiferencia; sin embargo, un criminal que perteneciese a cierta categoría social preferiría mil veces la muerte. La pena debe ser apreciada no por lo que es en sí, sino por el daño que causa al culpable y la impresión con que le afecta, pues de otro modo desaparecerían los dos fines del castigo: la expiación y el escarmiento. Luego una misma pena, aplicada a criminales de clases diferentes, no tiene la igualdad 10 3

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sino en el nombre, entrañando una desigualdad monstruosa. Confesaré con usted que en estos inconvenientes hay mucho de irremediable, pero reconozcamos estas tristes necesidades y dejémonos de ponderar una igualdad imposible. La definición de una palabra y el discernimiento de las diferentes aplicaciones que de ella podrían hacerse nos ha traído la ventaja de reducir a la nada una engañosa argucia y de demostrar hasta la última evidencia que el presuntuoso orador o propalaba absurdos o no nos decía nada que no supiésemos de antemano, pues no es mucho descubrimiento anunciar que todos nacemos y morimos de una misma manera. 6. Suposiciones gratuitas. El despeñado A falta de un principio general, tomamos a veces un hecho que no tiene más verdad y certeza de la que nosotros le otorgamos. ¿De dónde han nacido sino tantos sistemas para explicar los fenómenos de la naturaleza? De una suposición gratuita que el inventor del sistema tuvo a bien asentar como primera piedra del edificio. Los mayores talentos se hallan expuestos a este peligro siempre que se empeñan en explicar un fenómeno careciendo de datos positivos sobre su naturaleza y origen. Un efecto puede haber procedido de una infinidad de causas, pero no se ha encontrado la verdad por sólo saber que ha podido proceder de tal causa; es necesario demostrar que procede de tal causa. Si una hipótesis me explica satisfactoriamente un fenómeno que tengo a la vista podré admirar en ella el ingenio de quien la haya inventado; pero poco habré adelantado para el conocimiento de la realidad de las cosas. Este vicio de atribuir un efecto a una causa posible, salvando la distancia que va de la posibilidad a la realidad, es más común de lo que se cree, sobre todo cuando el razonador puede apoyarse en la coexistencia o sucesión de los hechos que se propone enlazar. A veces, ni aun se espera a saber si ha existido realmente el hecho que se designa como causa; basta que halla podido existir y que en su existencia hubiese podido producir el efecto de que se pretende dar razón. Se ha encontrado en el fondo de un precipicio el cadáver de una persona conocida; las señales de la víctima manifiestan 10 4

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con toda claridad que murió despeñada. Tres suposiciones pueden hacerse para dar razón de la catástrofe: una caída, un suicidio, un asesinato. En todos estos casos el efecto será el mismo, y en ausencia de datos no puede decirse que el uno lo explique más satisfactoriamente que el otro. Numerosos espectadores están contemplando la escena donde ocurrió la desgracia; todos ansían descubrir la causa; haced que se presente el más leve indicio; desde luego, veréis nacer en abundancia las conjeturas, y oiréis las expresiones de “es cierto, así es, no podría haber sido de otra manera..., es lógico, está ya todo claro...; es verdad que no hay testigos y que no puede probarse en juicio; pero no hay que dudar que fue así...”. Y ¿cuáles son los indicios? Unas pocas horas antes de encontrarse el cadáver, el infeliz se encaminaba hacia el lugar fatal, y no falta quien vio que estaba leyendo unos papeles, que se detenía de vez en cuando y daba muestras de inquietud. Por lo demás, es bien sabido que estos últimos días había tenido algunos disgustos y que los negocios de su casa iban muy mal. Todos sus vecinos veían en su semblante muestras de pena y desazón. Asunto concluido: este hombre se ha suicidado. Asesinato no puede ser; estaba tan cerca de su casa...; además, que un asesinato no se comete de esta manera... Una desgracia es imposible, porque él conocía muy bien el terreno, y, por otra parte, no era un hombre que anduviese precipitado ni con la vista distraída. Como el pobre estaba acosado por sus acreedores, hoy debió de recibir alguna carta apremiante y no habrá podido resistir más. —Está clara la causa —responderá la mayoría. Llega el juez, y, al efecto de instruir las primeras diligencias, se registra la cartera del difunto. —Dos cartas. —¿No lo decía yo?... la correspondencia... —La una es de N, su corresponsal en la plaza N. —Vamos; ciertamente, de ahí venían sus apuros. —Dice así: “Muy señor mío: En este momento acabo de salir de la reunión aludida. No faltaban adversarios; pero, al fin, apoyado de los amigos N N, he conseguido que todo el mundo entrase en razón. Por ahora puede usted vivir tranquilo, y si su 10 5

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hijo tuviese la dicha de restablecer algún tanto los negocios de América, esta gente se prestará a todo y conservará usted su fortuna y su crédito. Los pormenores, le llegarán en mi próxima carta; pero he creído que no debía diferir un momento el comunicarle a usted tan satisfactoria noticia. Entre tanto, etc., etc.” No había ninguna razón que le indujese a matarse. —¿La otra? —Es de su hijo... —Malas noticias debió de traer... —Dice así: “Mi querido padre: He llegado a tiempo, y a pocas horas de mi desembarco estaba deshecha la trampa. Todo era una estafa del señor N. Ha burlado atrozmente nuestra confianza. No se imaginaba mi venida, y, al verme en su casa, se ha quedado como herido por un rayo. He conocido su turbación y me he apoderado de toda su correspondencia. Mientras me ocupaba de esto el señor N se ha fugado e ignoro su paradero. Todo se ha salvado, excepto algún desfalco, que calculo de poca consideración. Voy corriendo porque el barco pronto va a zarpar, etc., etc.” La correspondencia de hoy no era para suicidarse; el que hizo semejantes conjeturas sale bien lucido, todo por haber convertido la posibilidad en realidad, por haberse apoyado en suposiciones gratuitas, por haberse deslumbrado con lo engañoso de una explicación satisfactoria. —¿Podría haber sido un asesinato?... —Claro que sí, porque con estas cartas..., y además este hombre no carecía de enemigos. —¡Qué terrible!... Llevaba una vida facinerosa... y tiene atemorizada a la vecindad... —¿Y cómo se llevaba con el labriego al que le había alquilado el campo? —Ayer mismo salían juntos de la casa del difunto y conversaban acaloradamente. — Y este labriego, ¿solía andar por aquí? —Siempre; a dos pasos tiene el campo, y además el problema sobre el que discutían —que quede esto entre nosotros— debió de ser esas encinas. El dueño se quejaba de que se las estaba echando a perder; el otro lo negaba; como 10 6

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que en este mismo lugar estuvieron el otro día a punto de darse de garrotazos. Seguramente que uno no ha tolerado quedar como un infeliz... Casi todos los días discutían en este mismo lugar. —Entonces no hable usted más... ¡Es una atrocidad! —Fíjese como el labriego hoy no está trabajando en el campo, y sin embargo, allí están sus aperos..., se conoce que ha huido...Vamos, no cabe duda, es evidente; el infeliz está perdido, porque pronto se sabrá. —Pero ¿cómo se prueba?... Llega uno del pueblo. —¡Qué desgracia! —¿No lo sabía usted? —No, señores; ahora mismo me lo han dicho en su casa. Iba yo a verle por si intercedía con el labriego, que está preso en la alcaldía... — ¿Preso?... — Sí, señores; me ha venido llorando su mujer; dice que se ha excedido está noche bebiendo y que el alcalde le ha arrestado. Como ya saben ustedes que es tan fanfarrón... —¿Y no ha salido más al campo desde que discutió ayer con el difunto en la calle? —Pues ¿cómo había de salir?; vayan ustedes y le encontrarán preso, donde está desde muy temprano... Nuevo chasco: no ha podido ser el labriego pues estaba preso. Buena lección para no fiarse de gratuitas suposiciones, para no confundir la realidad con la posibilidad y para no dejarse deslumbrar con ilusorias explicaciones. 7. El hombre dominado por una idea He aquí una de las causas de error más frecuentes y una verdadera rémora de las ciencias, uno de los obstáculos que más retardan el que progresen. La historia lo atestigua con hechos inexcusables. El hombre dominado por una pasión o idea no busca la verdad, ni en los libros ni en las cosas, sino sólo lo que le conviene para apoyar sus propias opiniones. Y lo más curioso es que bastantes veces se comporta de esta manera con la 10 7

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mayor buena fe, creyendo, sin asomo de duda, que está trabajando por la causa de la verdad. ¿Cómo ha llegado a esta situación? La educación, los maestros, los autores de quienes se ha recibido los primeros conocimientos sobre una ciencia, las personas que tratamos con más frecuencia, la profesión y otras circunstancias nos habitúan a mirar las cosas siempre bajo un mismo aspecto o manera. Apenas nos iniciamos en una ciencia, ya se nos ofrecieron ciertos axiomas y proposiciones como verdaderos y permanentes, como si estuviesen fundamentados en demostraciones probadas, y las razones contrarias nunca se examinaron sino que se desecharon sin más. ¿Alguno de nuestros argumentos flaqueaba? Se sostenía diciendo que en todo caso no era aquel el único argumento, que estaba acompañado de otros cumplidamente satisfactorios y que, si bien él por sí solo no bastaba, no obstante, añadido a los demás, no dejaba de pesar en la balanza y de inclinarla más y más a favor nuestro. ¿Presentaban los adversarios alguna dificultad que resultase espinosa de resolver? El mayor número de nuestras razones suplía, aunque no fuesen sólidas ninguna. No se trata de convencer, sino de vencer; el amor propio se interesa en la contienda, y conocidos son los infinitos recursos de este malicioso agente. Lo que favorece se abulta y exagera; lo que se opone se aminora, se desfigura u oculta; la buena fe protesta algunas veces desde el fondo del alma, pero su voz es ahogada y acallada en el encarnizado combate. ¿Cómo se puede explicar sino el que durante tantos siglos se hayan visto tantas escuelas diferentes, tan bien organizadas y disciplinadas? ¿Cómo es que una serie de hombres ilustres por su saber viesen todos una cuestión de una misma manera, al paso que sus adversarios, no menos esclarecidos que ellos, lo veían todo de la forma contraria? ¿Cómo es que para saber cuáles eran las opiniones de un autor nos bastase con saber a qué bando o escuela pertenecía, sin necesidad de leer sus trabajos? El hombre, antes de inducir a otros al error, se engaña muchas veces a sí mismo. Se aferra a un sistema, y allí se 10 8

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encastilla con todas las razones que pueden favorecerle; su ánimo se va acalorando a medida que se ve atacado, hasta que al fin, sea cual fuere el número y la fuerza de los adversarios, parece que se dice a sí mismo: “Este es tu puesto, es preciso defenderlo; vale más morir con gloria que ser un cobarde.” Por este motivo, cuando se trata de convencer a otros, es preciso separar cuidadosamente la causa de la verdad de la causa del amor propio; importa sobremanera persuadir al contrincante de que cediendo nada perderá en reputación. No ataques nunca la claridad y perspicacia de su talento; de otro modo se formalizará el combate, la lucha será reñida, y aun teniéndole bajo vuestros pies y con la espada en la garganta no conseguirás que se confiese vencido. Hay ciertas palabras de cortesía y deferencia que en nada se oponen a la verdad; si vacila tu adversario, no economices estas palabras, sobre todo si aspiras a que cambie su forma de pensar. La “duda” de Descartes fue una especie de revolución contra la autoridad científica, y, por tanto, fue exagerada por muchos indebidamente. Sin embargo, hay que reconocer que las diferentes escuelas necesitaban salir del letargo en que se encontraban. La autoridad de algunos escritores se había levantado más alto de lo que convenía, y era menester una fuerza como la que contenía la filosofía de Descartes para derribar a los ídolos. El respeto debido a los grandes hombres no ha de rayar en culto, ni la consideración a su dictamen degenerar en ciega sumisión. Por ser grandes hombres no dejan de ser hombres y de manifestarlo así en los errores, en los olvidos y defectos de sus obras. San Agustín atribuye la infalibilidad a los libros sagrados; pero que en cuanto a las obras de los hombres, por más alto que rayen en virtud y sabiduría, no por esto se cree obligado a tener por verdadero todo cuanto ellos han dicho o escrito.

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CAPÍTULO XV
EL RACIOCINIO
1. Lo que valen los principios y las reglas de la dialéctica Dudo mucho que la utilidad de las reglas de la dialéctica sea tanta como se ha pretendido. Por ejemplo, es innegable que las cosas que se identifican con una tercera se identifican entre sí; que de dos cosas que se identifican entre sí, si la una es distinta de una tercera lo será también la otra; que lo que se afirma o niega de todo un género o especie debe afirmarse o negarse de cada uno de sus miembros. Pero la dificultad está en la aplicación y no puedo convencerme de que sirvan de mucho en la práctica. Estas reglas contribuyen a dar al entendimiento cierta precisión, que puede servir, en algunos casos, para pensar con más claridad y atender a los vicios que entraña un discurso. Pero no es lo mismo saber razonar que saberse las reglas del raciocinio. Puede uno saber muy bien las reglas de un arte y no acertar a ponerlas en práctica. Una persona puede recitar todas las reglas de la oratoria, pero es posible que no sepa escribir una página sin chocar sin con el buen sentido. 2. El silogismo. Observaciones sobre este instrumento dialéctico Normalmente quien reflexiona no pone su atención en estas reglas de la dialéctica. Por ejemplo, los silogismos: “Toda virtud es loable; la justicia es virtud, luego es loable.” Está muy bien construido; pero cuando se me ofrece discernir si en tal o cual acto se ha infringido la justicia y si debe ser castigado por ello, ¿de qué me servirá el referido silogismo u otros semejantes? “Todo metal es mineral; el oro es metal, luego es mineral.” “Ningún animal es insensible; los peces son animales, luego nos son insensibles.” Sobre estos y otros silogismos, no alcanzo a comprender qué utilidad pueden tener en la vida real. 11 0

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Los obstáculos para reflexionar no se eliminan con estas trivialidades, más propias para perder el tiempo que para educar. Cuando se pasa de los ejemplos a la realidad no se encuentra nada semejante, y entonces uno o se olvida completamente de las reglas o, después de intentar aplicarlas continuamente, se cansa uno bien pronto de la enojosa e inútil tarea. 3. El entimema El entimema no es más que un silogismo en que se calla, por sobreentendida, alguna de sus proposiciones. Esta forma se la enseñó a los dialécticos la experiencia de lo que veían a cada paso, pues notaban que en la práctica no se presentaba por extenso todo el hilo del raciocinio, sino que se omitía lo que consideraban superfluo porque se sobreentendía. 4. Reflexiones sobre el término medio Todo el artificio del silogismo consiste en comparar los extremos con un término medio para deducir la relación que tienen entre sí. Cuando ya se conocen y se tienen presentes esos extremos y ese término medio, nada más sencillo que hacer la comparación; pero cabalmente entonces ya no es necesaria la regla, porque el entendimiento ve al instante la conclusión que se busca. De ahí que los ejemplos que suelen abundar en los libros de dialéctica de nada sirvan para la práctica; quien creyese que con conocer estos ejemplos ha aprendido a pensar, se equivoca tremendamente. 5. Utilidad de las formas dialécticas Sin embargo, no negaré que esas formas dialécticas todavía sirvan para presentar con claridad y exactitud el encadenamiento de las ideas en el raciocinio, y que si no valen mucho para investigar la verdad, sean a veces provechosas como método de enseñanza. Así es que conviene conservarlas. La percepción es el conocimiento de la cosa, sin afirmación o negación; el juicio es la afirmación o negación; el raciocinio es el acto del entendimiento con el que de una cosa inferimos otra. 11 1

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Cuando pienso en la virtud sin afirmar o negar nada de ella, tengo una percepción. Si interiormente afirmo que la virtud es meritoria: formo un juicio. De aquí deduzco que para merecer la verdadera alabanza es preciso ser virtuoso; esto es un raciocinio. El objeto interior de la percepción se llama idea. El término, o vocablo, es la expresión de la cosa percibida. La palabra “América” no expresa la idea del nuevo Continente, sino el mismo Continente. Es cierto que no existiría el término si no existiese la idea y que ésta sirve como de nudo para enlazar el término con la cosa; pero no lo es menos que cuando expresamos “América” entendemos la cosa misma, no la idea. Así decimos: “América es un país hermoso”, y es evidente que esto no lo afirmamos de la idea. Al pensar en los metales conozco que el ser “metal” es común a muchas cosas que, por otra parte, son diferentes, como la plata, el oro, el plomo, etc.; al pensar en los animales veo que hay algo en que tienen en común el camello, el águila, la serpiente, la mariposa y todos los demás animales, a saber: el “vivir y sentir”, o el ser animales. Cuando expreso esto que conviene a muchos, diciendo: “metal”, “animal”, “cuerpo”, “hombre justo”, “malo”, etc., el término se denomina “común”. Término singular es el que expresa un solo individuo, como Pirineos, Mar Negro, Madrid, etc. El término común se divide en unívoco, equívoco y análogo. Unívoco es el que tiene para muchos un significado idéntico, como hombre, o animal corpóreo. Equívoco es el que puede tener diferentes significados, como león, que expresa un animal o un signo del zodiaco. Análogo, el que lo tiene en parte idéntico y en parte diferente, como sano, que se aplica al alimento que conserva la salud, al medicamento que la restablece, al hombre que la posee; o como piadoso, que se puede aplicar a una persona, a un libro, a una acción, a una imagen. De muchos términos se verifica que envuelven una idea general, susceptible de varias modificaciones; y el emplearlos sin hacer la competente distinción da lugar a confusión de ideas y estériles disputas. Usamos a cada paso las palabras rey, monarca, soberano; hablamos sobre lo que ellas significan, asentando nuestros respectivos sistemas. Y, sin embargo, es 11 2

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imposible no errar gravemente si en cada cuestión no se fija con exactitud lo que estas palabras expresan. Soberano es el sultán, soberano es el emperador de Rusia, soberano es el rey de Prusia, soberano es el rey de Francia, soberana es la reina de Inglaterra, y, no obstante, en ninguno de estos casos la soberanía expresa lo mismo. La definición es la explicación de la cosa. Si explica la esencia, se llama esencial; si se contenta con darla a conocer, sin penetrar en su naturaleza, se apellida descriptiva. Las calidades de una buena definición son claridad y exactitud. Será clara, si no puede menos de entenderla quien no ignore la significación de las palabras; será exacta si explica de tal manera la cosa definida que ni le añade nada ni le quita. La mejor regla para asegurarse de la integridad de una definición es aplicarla desde luego a las cosas definidas y observar si las comprende a todas y a ellas solas. La división es la distribución de un todo en sus partes. Según son éstas toma distintos nombres, llamándose actual cuando existen en realidad y potencial cuando no son más que posibles. La actual se subdivide en metafísica, física e integral. Metafísica es la que distribuye el todo en partes metafísicas, como el hombre en animal racional; física la que le distribuye en partes físicas, como el hombre en cuerpo y alma; integral, la que le distribuye en partes que expresan cantidad, como el hombre en cabeza, pies, manos, etc. La potencial es la que distribuye un todo en aquellas partes que concebimos a nuestro gusto. Así, considerando como un todo la idea abstracta "animal", podemos dividirla en racional e irracional. Si lo expresado por la división potencial pertenece a la esencia de la cosa, se llama esencial; si no, accidental. Será esencial si divido el animal en racional e irracional; será accidental si le divido por sus colores u otras calidades semejantes. La buena división debe: 1º, agotar el todo; 2º, no atribuirle partes que no tenga; 3º, no incluir una parte en las otras; 4º, proceder con orden. Si afirmo una cosa de otra formo un juicio; si lo enuncio con palabras tengo una proposición. Afirmo interiormente que la tierra es un esferoide: he aquí un juicio; si digo o escribo "la tierra es un esferoide", estoy haciendo una proposición. 11 3

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En todo juicio hay relación de dos ideas, o más bien de los objetos que ellas representan; lo mismo ha de suceder en la proposición; el término que expresa aquello de que afirmamos o negamos se llama sujeto; lo que afirmamos o negamos se denomina predicado, y el verbo “ser”, que expreso o sobrentendido se halla siempre en la proporción, se apellida unión o cópula porque representa el enlace de las dos ideas. Así, en el ejemplo anterior, la “tierra” es el sujeto, “esferoide” el predicado y “es” la cópula. Si hay afirmación, la proposición se llama afirmativa; si hay negación, negativa. Pero conviene advertir que para que una proposición sea negativa no basta que la partícula no afecte alguno de sus términos, sino que es preciso que afecte al verbo. “La ley no manda pagar”. “La ley manda no pagar” La primera es negativa; la segunda, afirmativa; el sentido es muy diferente con sólo mudar de lugar el “no”. Las proposiciones se dividen en universales, indefinidas, particulares y singulares, según que el sujeto es singular, indefinido, particular o universal. “Todo cuerpo es grave” es una proposición universal a causa de la palabra “Todo”. “El hombre es inconstante”: la proposición es indefinida, por no expresarse si lo son todos o alguno. “Algunos axiomas son engañosos”: la proposición es particular, porque el sujeto está restringido por el adjunto “alguno”. “Gonzalo de Córdoba fue un insigne capitán”: la proposición es singular, por serlo el sujeto. Para que sea singular la proposición no precisa que el nombre del sujeto sea propio; basta una palabra cualquiera que lo determine, como si digo: “Esta moneda es falsa”. En lo tocante a las proposiciones indefinidas puede preguntarse si el sujeto se toma en sentido universal o particular; y a esta cuestión dan origen dos motivos: 1º, el no estar aquél acompañado de término universal ni particular; 2º, el observante que el uso les señala a unas un sentido universal y a otras no. La proposición indefinida equivale a la universal, en sentido absoluto, si se trata de materias pertenecientes a la esencia de las cosas o alguna de sus propiedades que pueda considerarse necesaria; equivale a universal moral, es decir, para la mayor parte de los casos, si versa sobre calidades que así lo 11 4

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demanden, y, por fin, a particular si así lo indica la cosa de que se habla. “Los cuerpos son pesados” equivale a decir: “Todos los cuerpos son pesados”. “Los alemanes son cavilosos” no equivale a decir que todos lo sean, sino que éste es uno de los caracteres de aquella nación. Proposición copulativa es la que expresa el enlace de dos afirmaciones o negaciones. “El oro y la plata son metales”. Equivale a estas dos reunidas: el oro es metal y la plata es metal. Disyuntiva es la proposición en que entre dos o más extremos se afirma la existencia de uno. Las acciones humanas son o buenas o malas. “A estas horas se habrá ejecutado la disposición, o no se ejecutará nunca”. Para la verdad de estas proposiciones se necesita que no haya término medio entre los extremos señalados. Un papel o es blanco o es negro; la proposición es falsa, porque puede ser de otros colores. Proposición condicional es en la que se afirma una cosa bajo condición. “Si el viento sopla, el tiempo será frío”. Sobre las formas de argumentación, ya he indicado lo que pensaba de su utilidad. Para inventar sirven de poco o nada; para exponer, mucho, y, en general, el acostumbrarse a ellas por algún tiempo deja en el entendimiento una claridad y precisión que no se pierden fácilmente y se hacen sentir en todos los estudios. Silogismo es la argumentación en que se comparan dos términos con un tercero para inferir la relación que ellos tienen entre sí. “Lo simple es incorruptible; el alma es simple; luego es incorruptible.” Los extremos son “alma” e “incorruptible”; el término medio es “simple”. Entimema es un silogismo abreviado. “El alma es simple, luego es incorruptible”. El dilema es una argumentación fundada en una proposición disyuntiva, que por todos los extremos hiere al adversario. “O el cristianismo se difundió con milagros o sin ellos: si con milagros, el cristianismo es verdadero: si sin milagros, el cristianismo es verdadero también, pues se difundió con un gran milagro, que es el difundirse sin milagros.” 11 5

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Capítulo XVI
NO TODO LO HACE EL DISCURSO
1. La inspiración Es un error el suponer que los grandes pensamientos son hijos de la disertación o del discurso; éste, bien empleado, sirve en alguna medida para enseñar, pero poco para inventar. Casi todo lo que el mundo admira como grande y sorprendente se debe a la inspiración, a esa luz instantánea que brilla de repente en el entendimiento del hombre, sin que él mismo sepa de dónde proviene. Inspiración la apellido, y con razón, porque no cabe nombre más adaptado para explicar este admirable fenómeno. Está un matemático dando vueltas a un intrincado problema; se ha hecho cargo de todos los datos, nada le queda que aplicar de lo que para semejantes casos está dispuesto. La solución no se encuentra; se han tanteado varios planteamientos y a nada conducen. Se han tomado al azar diferentes cantidades por si se da en el blanco; todo es inútil. La cabeza está fatigada, la pluma descansa sobre el papel, no escribe nada. La atención del matemático está como adormecida; apenas piensa. Cansado de forcejear por abrir una puerta tan bien cerrada, parece que ha desistido de su empeño y se ha sentado en el umbral aguardando por si alguien se la pueda abrir desde dentro. “¡Lo tengo! —exclama de repente—; esto es...” Y, cual otro Arquímedes, sin saber lo que le sucede, salta jubiloso gritando: “¡Lo he encontrado!... ¡Lo he encontrado!”. Acontece a menudo que después de largas horas de meditación no se ha podido llegar a un resultado satisfactorio; y cuando el ánimo está distraído, ocupado en asuntos totalmente diferentes, se le presenta de improviso la verdad como una aparición misteriosa. Estaba Santo Tomás de Aquino sentado a la mesa del rey de Francia en amigable conversación. En esos días estaba meditando sobre cómo defender a la Iglesia contra la herejía de 11 6

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los maniqueos. Y le sucedió lo que suelen experimentar todos los que tienen por costumbre penetrar en el fondo de las cosas, que aun cuando hayan dejado la reflexión sobre lo que estaban absortos, se les ocurre con frecuencia el punto en cuestión, como si viniese a llamar a la puerta, preguntando si le toca otra vez el turno. Y he aquí que, sin saber cómo, se siente inspirado, ve lo que antes no veía y, olvidándose de que estaba en la mesa del rey, da sobre ella una palmada, exclamando: “¡Esto es irrebatible contra los maniqueos!...”. 2. La meditación Cuando el hombre intenta comprender algún asunto difícil, muchas veces ocurre que, más que andar guiando sus pensamientos de forma sistemática sobre cómo resolver el problema, que queda absorto en la investigación, sin advertir que medita, ni aun que existe. Mira las cosa ahora por un lado, después por otro; pronuncia interiormente el nombre de aquello que examina; da una ojeada a lo que rodea al punto principal. Se parece, no a quien sigue un camino trillado, como si conociese el término al que ha de llegar; sino más bien a quien busca en la tierra un tesoro de cuya existencia sospecha, pero de cuya localización no está seguro, anda excavando aquí y allá, sin regla fija. Y si bien se observa no puede suceder de otra manera, pues de antemano no se conoce la verdad que se busca. El que tiene a la vista un pedazo de mineral cuya naturaleza conoce, cuando trata de manifestar a otros lo que él sabe sobre sus cualidades, se valdrá del procedimiento más sencillo y más adaptado para el efecto. Pero si no conoce su naturaleza, entonces lo agitará y mirará repetidas veces; y por éste o aquel indicio formará sus conjeturas e hipótesis, y, al fin, echará mano de experimentos que él diseñará a propósito, no para manifestar que es tal metal, sino para descubrir cuál es. 3. Invención y enseñanza De esto nace la diferencia entre el método de enseñanza y el de invención; quien enseña sabe adónde va y conoce el camino que ha de seguir, porque ya lo ha recorrido otras veces; mas el que descubre, tal vez no se propone nada determinado, sino examinar lo que hay en el objeto que le ocupa; quizá se 11 7

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señala un objetivo, pero ignorando si es posible alcanzarlo o dudando si existe, si no es más que un capricho de su imaginación; y, en caso de estar seguro de su existencia, no conoce el sendero que le ha de conducir a él. Por este motivo los más elevados descubrimientos se enseñan por principios muy diferentes de los que guiaron a los inventores. Por este motivo los más elevados descubrimientos se enseñan por principios muy diferentes de los que guiaron a los inventores; por ejemplo, el cálculo infinitesimal surgió de la geometría, pero ahora se llega a sus aplicaciones geométricas por una serie de procedimientos puramente algebraicos. Otro ejemplo: se levanta en una cordillera de escarpadas montañas un picacho inaccesible, donde, al parecer, se divisan algunos restos de un antiguo edificio; un hombre curioso y atrevido concibe el designio de subir allá; mira, tantea, trepa por altísimos peñascos, se escurre por pasadizos impracticables, se aventura por el estrechísimo borde de espantosos precipicios, se agarra a endebles plantas y carcomidas raíces y, al fin, cubierto de sudor y jadeando de cansancio, toca a la deseaba cumbre y, levantando los brazos, clama con orgullo: "¡Ya estoy arriba!" Entonces domina con una ojeada todas las vertientes de las cordilleras; lo que antes no veía sino por partes, ahora lo ve en su conjunto; mira los sitios por donde había subido, se da cuenta de la imprudencia de subir por donde subió y se ríe de su ignorancia. Contempla los barrancos que acaba de atravesar, y se envanece de su temeraria osadía. ¿Cómo es posible que haya subido por estos zarzales? Pero he ahí un sendero muy fácil; desde abajo no se descubre, desde arriba sí. Da muchos rodeos, es verdad; se ha de tomar a larga distancia, pero es accesible hasta para los más débiles y temerosos. Entonces desciende corriendo, se reúne con los demás y les dice: “Seguidme”, los conduce a la cima, sin cansancio ni peligro, y allí les hace disfrutar de la vista del monumento y del magnífico paisaje que desde allí se divisa. 4. La intuición Mas no se piense que el trabajo del genio es siempre tan laborioso y pesado. Una de sus características es la intuición, el ver sin esfuerzo lo que otros no descubrían sino con mucho 11 8

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trabajo, el tener a la vista el objeto inundado de luz cuando los demás están en tinieblas. Se le ofrece una idea, un hecho, que quizá para otros ha pasado desapercibido; el descubre mil y mil circunstancias y relaciones antes desconocidas. No era al principio más que un pequeño punto, y al clavarse en él la mirada, este punto se hace un círculo que se dilata y extiende conforme pasa el tiempo. Ved: no había más que una débil ráfaga luminosa; pocos instantes después resplandece el firmamento con una gran claridad. 5. No está la dificultad en comprender, sino en atinar. El jugador de ajedrez. Sobieski. Las víboras de Aníbal. Hay en este punto una particularidad muy digna de notarse, y es que muchas verdades no son difíciles en sí mismas, y sin embargo a nadie se les ocurre sino a los hombres de talento. Cuando éstos las presentan, o las hacen advertir, todo el mundo las ve tan claras, tan sencillas, tan obvias, que parece extraño no se las haya visto antes. Dos hábiles jugadores de ajedrez están empeñados en una complicada partida. Uno de ellos hace una jugada al parecer indiferente... “Tiempo perdido”, dicen los espectadores; luego abandona una pieza que podía muy bien defender y se entretiene en acudir a un punto por el cual nadie le amenaza. “Vaya una ocurrencia —exclaman todos—; podía haber aprovechado la jugada mejor.” “¿Qué quieren ustedes? —dice el astuto jugador—; no atina uno en todo”; y continúa como distraído. El adversario no se ha dado cuenta de lo que pretende, no acude al peligro, juega, y el distraído, que perdía piezas, ataca por el flanco descubierto, y con pícara sonrisa dice: “Jaque mate.” “Tiene razón —gritan todos—; y ¿cómo no lo habíamos visto?; y una cosa tan sencilla..., pues claro; perdió el tiempo para enfilar por aquel lado, abandonó una pieza para abrirse paso; acudió allí, no para defenderse, sino para cerrar aquella salida; parece imposible que no lo hubiéramos advertido.” Están los turcos acampados delante de Viena; dentro de la ciudad, cada uno de los sitiados discurre por donde se deberá atacar cuando llegue el deseado refuerzo a las órdenes del rey de Polonia. Los planes andan de boca en boca; los proyectos 11 9

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son innumerables. Llega Sobieski, hecha una ojeada sobre el ejército enemigo: “Es mío —dice—; está mal acampado.” Al día siguiente ataca; los turcos son derrotados y Viena es libre. Y después de visto el plan de ataque y su feliz éxito, todos dirán: “Los turcos cometieron tal o cual falta; tenía razón el rey: estaban mal acampados”; todos lo veían con claridad, lo encontraban lógico, pero después de que Sobieski se lo hubiese mostrado. Todos los matemáticos conocían las propiedades de las progresiones aritméticas y geométricas: que el exponente de 1 era 0, que el de 10 era 1, que el de 100 era 2, y así sucesivamente, y que el de los números medios entre 1 y 10 era un quebrado; pero nadie veía que con esto se pudiese tener un instrumento de tantos y tan ventajosos usos como son las tablas de los logaritmos. Neper dijo: “Helo aquí”, y todos los matemáticos vieron que era una cosa realmente sencilla. Nada más fácil que el sistema de nuestra numeración, y, sin embargo, no lo conocieron ni los griegos ni los romanos. ¿Qué fenómeno más sencillo, más patente a nuestros ojos que la tendencia de los fluidos a ponerse al mismo nivel? ¿No lo estamos viendo a cada paso en todos los vasos donde hay dos o más tubos de comunicación? ¿Qué cosa más sencilla que la aplicación de esta ley de la Naturaleza a objetos de tanta utilidad como es la conducción de las aguas? Y, sin embargo, ha tenido que transcurrir muchos siglos antes que la Humanidad se aprovechara de esta lección que estaba viendo todos los días. Dos artesanos poco diestros se hallan enredados en una obra. El uno consulta al otro; ambos cavilan, ensayan, intentan, malgastan el tiempo y los recursos, sin conseguir nada. Acuden por fin a un tercero, una persona de renombre: “A ver si usted nos saca de apuros.” El después de mirar el problema les contesta: “Esto es muy sencillo: se hace de esta manera...” Los dos artesanos, sorprendidos, le dicen: “Tiene usted razón; con lo fácil que es, y que no hayamos sabido dar con ello...” Se encuentra Aníbal en vísperas de un batalla naval; da sus órdenes y, poco después, llegan a bordo algunos soldados, los cuales llevan un gran número de vasijas de barro, bien tapadas, de cuyo contenido conocen muy poco. Comienza la 12 0

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refriega; el enemigo se ríe de que los marinos de Aníbal les arrojen aquellas vasijas de barro en vez de flechas; las vasijas se hacen pedazos y el daño que causan es bien poco. Pasan algunos momentos; un marino siente una picadura atroz; al grito del lastimado sucede el de otro; todos vuelven la vista y notan con espanto que la nave está llena de víboras. Impera el desorden. Aníbal maniobra con destreza y la victoria se decide en su favor. Ciertamente, nadie ignoraba que fuese posible recoger tal cantidad de víboras y encerrarlas en vasijas de barro, para lanzarlas a las naves enemigas; pero la ocurrencia sólo la tuvo el astuto cartaginés. Y él, sin duda, encontró el infernal ardid sin raciocinios ni cavilaciones; le bastó, tal vez, que alguien mentase la palabra víbora para atinar, desde luego, en que este reptil podía servirle de excelente auxiliar. ¿Qué nos dicen estos ejemplos? Nos muestran que el talento consiste muchas veces en ver una relación que está patente y en la cual nadie se ha fijado hasta entonces en ella. Ella, en sí, no es difícil, y la prueba está en que tan pronto como alguno la descubre y la señala con el dedo, diciendo: “Mirad”, todos la ven sin esfuerzo y hasta se admiran de no haberla visto antes. A estos pensamientos atinados se les denomina ocurrencias, golpes, inspiraciones, expresando de esta manera que no costaron trabajo, que se ofrecieron por sí mismos. 6. Regla para meditar De lo dicho se desprende que para pensar bien no es buen sistema torturarse el entendimiento, sino que es conveniente dejarle con cierto desahogo. Estás meditando sobre un asunto; al parecer no adelantas; parece que al prestar atención sobre una cosa, se diría que estás dormitando. No importa; no violentes tu entendimiento; mira si descubres algún indicio que le guíe. La situación se asemeja al que muestra una cajita cerrada que tiene un resorte misterioso que la abre. Con ella se quiere poner a prueba la sagacidad de las personas en tratar de encontrar la forma de abrirla. Una persona la tiene en la mano, la contempla largo rato, la voltea repetidas veces, ya aprieta con el dedo, ya forcejea con la uña, hasta que, al fin,

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permanece un instante inmóvil y dice: “Aquí está el resorte; ya está abierta.” 7. Carácter de las inteligencias elevadas. Notable doctrina de Santo Tomás de Aquino. ¿Por qué no se le ocurren a todos estas verdades que son tan sencillas? ¿Cómo es que la humanidad tenga que honrar como seres extraordinarios a aquellos que ven cosas que, al parecer, todo el mundo podría haberlas visto? Esto no deja de ser un misterio, ¿por qué el Creador ha querido otorgar a algunos hombres privilegiados una intuición tan grande —de visión intelectual tan rápida—, y por qué la ha negado a la mayoría? Santo Tomás de Aquino lo explica diciendo que el discurrir es señal del poco alcance del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir a nuestra debilidad, y así es que los ángeles entienden, mas no discurren. Cuanto más inteligente es un ser, menos ideas tiene, porque encierra en pocas lo que los seres más limitados tienen distribuidas en muchas. Así, los ángeles de más alta categoría entienden por medio de pocas ideas; el número se va reduciendo a medida que las inteligencias creadas se van acercando al Creador, el cual, como ser infinito e inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única, simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría! Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con respecto al entendimiento del hombre. En efecto; los genios superiores no se distinguen por tener abundantes ideas, sino porque están en posesión de algunas importantes y fundamentales. El ave de rapiña se fatiga revoloteando sin salir de la angostura y sinuosidad de los valles; mas el águila remonta su majestuoso vuelo, se posa en las altas cumbres y desde allí contempla las montañas, los valles, la corriente de los ríos, y las llanuras pobladas de ciudades. En todas las cuestiones hay un punto de vista principal dominante; en él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo. Si a los hombres corrientes no les es 12 2

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posible situarse de golpe en el mismo lugar, al menos deben procurar llegar a él a fuerza de trabajo, no dudando que con esto alcanzarán los resultados más ventajosos. Si bien se observa, toda cuestión y hasta toda ciencia tiene uno o pocos puntos capitales de los que dependen los demás. Cuando uno se sitúa en ellos, todo se presenta sencillo y evidente; de otra manera, no se ven más que detalles y nunca el conjunto. El entendimiento humano, ya de suyo tan débil, precisa que se le muestren las cosas tan simplificadas como sea posible; y, por lo mismo, es muy importante que le desembaracemos del follaje inútil, y además, cuando no haya más remedio que cargarlo con muchos datos y detalles simultáneos, que se los distribuya de suerte que queden reducidos a unas pocas clases, y cada una de éstas relacionada en un punto. Así se aprende con más facilidad, se percibe con lucidez y exactitud y se auxilia poderosamente la memoria. 8. Necesidad del trabajo De las enseñanzas de este capítulo sobre la inspiración y la intuición, ¿se puede deducir de ello que lo más conveniente será entonces dejar de trabajar y estudiar para entregarnos a una especie de quietismo intelectual? No, ciertamente. Para el desarrollo de toda facultad hay una condición indispensable: el ejercicio. En lo intelectual, como en lo físico, el órgano que no funciona se adormece, pierde su vitalidad, el miembro que no se mueve se paraliza. Aun los genios más privilegiados no llegan a adquirir su máxima capacidad sino después de largos trabajos. La inspiración no desciende sobre el perezoso, sólo sucede cuando hierven en el espíritu ideas y sentimientos fecundos. La intuición, el ver del entendimiento, no se adquiere sino después de haber desarrollado el espíritu de atención y observación. La mirada rápida, segura y delicada de un gran pintor no obedece sólo a una cualidad innata, sino a la prolongada contemplación y observación de los buenos modelos; el genio musical no se desarrollará nunca en el que sólo oye sonidos rudos y toscos He recordado con elogio una doctrina de Santo Tomás, y no puedo menos de advertir lo muy útil que considero la lectura de las obras de este insigne doctor a cuantos deseen estudiar con 12 3

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profundidad el espíritu humano. Es asombroso que un hombre haya reunido en sí tan vasta erudición con un espíritu tan penetrante, profundo y preciso.

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Capítulo XVII
LA ENSEÑANZA
1. Dos objetos de la enseñanza. Diferentes clases de profesores Se distingue comúnmente entre el método de enseñanza y el método de investigación y de invención. Sobre uno y otro voy a emitir algunas observaciones. La enseñanza tiene dos objetos: primero, instruir a los alumnos en los elementos de la ciencia; segundo, desarrollar su talento para que al salir de la escuela puedan seguir progresando en proporción a su capacidad. Podría parecer que estos dos objetivos no son más que uno solo; sin embargo, no es así. El primero lo alcanzan todos los profesores que conocen medianamente una ciencia; al segundo no llegan más que unos pocos profesores de inteligencia sobresaliente. Para lo primero basta conocer el encadenamiento de algunos hechos y proposiciones cuyo conjunto forma el cuerpo de la ciencia; para lo segundo es preciso saber cómo se ha construido esa cadena que enlaza un extremo con otro; para lo primero bastan hombres que estudien los libros; para lo segundo son necesarios hombres que conozcan las cosas. Puede suceder que un profesor de mediana inteligencia sea más a propósito para la simple enseñanza de los fundamentos de una ciencia que otro de inteligencia más elevada, pues éste último, sin advertirlo, descubrirá detalles que complicarán la sencillez del aprendizaje de las nociones básicas, dificultando que las conozcan los alumnos poco capaces. La clara explicación de los términos, principios y métodos en que se funda una ciencia es el objeto de quien no se propone más que enseñar las bases de los fundamentos y aplicaciones de dicha ciencia. Pero para el profesor que aspire a algo más, y que considera que el entendimientos de los jóvenes no es únicamente un 12 5

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encerado donde se ha de dibujar algunas líneas que permanezcan allí inalterables, sino campos que se han de fecundar con preciosas semillas, a éste le incumben tareas más elevadas y difíciles. Estas son las atribuciones del profesor que considera la enseñanza elemental, no como fruto, sino como semilla: conciliar la claridad con la profundidad; hermanar la sencillez con la complejidad; conducir por camino llano y enseñar al propio tiempo a caminar por senderos escabrosos; mostrar las angostas y enmarañadas veredas por donde pasaron los primeros investigadores o inventores; inspirar un vivo entusiasmo por el tema y animar a seguir descubriendo. 2. Genios ignorados de los demás y de sí mismos ¡Cuán pocos son los profesores dotados de esta preciosa habilidad! Y ¿cómo es posible que los haya en el lastimoso abandono en que se encuentra la educación? ¿Quién se preocupa de meter el gusto de la enseñanza a los hombres de capacidad elevada? ¿Quién procura sostenerlos en esta ocupación, si se deciden alguna vez a emprenderla? Las cátedras son miradas a lo más como un trampolín para subir más arriba; a las arduas tareas que ellas imponen se juntan mil ocupaciones de orden diferente, y se desempeñan corriendo y a manera de distracción lo que debería absorber al hombre entero. Así, cuando entre los jóvenes se encuentra alguno en cuya frente chispea la llama del genio, nadie la advierte, nadie se lo avisa, nadie se lo hace sentir; y prosigue su camino sin que nadie le haya hecho vislumbrar el alcance de sus posibilidades. Porque es preciso saber que éstas fuerzas no siempre las conoce el mismo que las posee. Y puede muy bien suceder que el fuego del genio permanezca toda la vida entre cenizas porque no ha habido una mano que las avive. ¿No vemos a cada paso que ciertas cualidades, como la voz o la habilidad pictórica, permanecen ocultas hasta que una circunstancia casual las descubre al que las posee? 3. Medios para descubrir los talentos ocultos y apreciarlos en su valor Un profesor de matemáticas que explique la teoría de las secciones cónicas será capaz de dar una idea clara y exacta 12 6

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de dichas curvas a sus alumnos, presentándoles las ecuaciones que expresan su naturaleza y deduciendo las propiedades que de ésta se desprenden. Hasta aquí el discípulo aprende bien los elementos, pero no se ejercita en el desarrollo de sus capacidades intelectuales; nada se le ofrece que pueda ejercitar el talento de la invención, si es que en realidad lo posee. Pero si el profesor le hace notar que aquella ecuación importante se ha establecido por mera convención, por algunos motivos, desde luego, el joven se sentirá más inseguro sobre una base que reputaba sólida y buscará la forma de darle algún fundamento. Si el alumno no acierta a descubrir el principio generador de dichas curvas, se le puede hacer recordar que la sección paralela a la base del cono es un círculo. Entonces, naturalmente, el alumno cortará el cono con planos en diferentes posiciones, y a la primera ojeada advertirá que si se seccionan oblicuamente, y no paralelas a la base, resultarán curvas de forma elíptica. Siempre que la sección no sea paralela a la base, la figura será una elipse, con la única diferencia entre las secciones más cercanas o distantes a la sección paralela la base, en la mayor aplanación por los lados o en la mayor separación de los ejes. ¿Será posible expresar por una ecuación la naturaleza de esta curva? ¿Hay algunos datos conocidos? ¿Tienen alguna relación con las propiedades del cono y de la sección paralela? ¿La mayor o menor inclinación del plano cambia la naturaleza de la sección? Dando al plano otras posiciones, de suerte que no salga cerrada la sección, ¿qué curvas resultan? ¿Hay alguna semejanza entre ellas y las parábolas e hipérbolas? Esta y otras cuestiones se ofrecen al alumno aventajado; y si lo es de verdad, le veréis al instante tirar líneas dentro del cono, compararlas unas con otras, concebir triángulos, calcular sus relaciones y tantear mil caminos para llegar a la ecuación deseada. Entonces no aprende simplemente las primeras nociones de la teoría; se ha convertido ya en inventor; su talento encuentra materia en qué cebarse; y echaréis de ver cómo deja a sus compañeros atrás, pues ellos no han dado un paso, mientras él ha hallado el resultado que se buscaba o progresado mucho en el verdadero camino. Entonces da a 12 7

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conocer sus fuerzas, y las conoce él mismo; entonces se palpa que su capacidad es superior a la promedio y que quizá, andando el tiempo, podrá ensanchar el dominio de la ciencia. Un profesor de derecho natural explicará cumplidamente los derechos y deberes de la patria potestad y las obligaciones de los hijos con respecto a los padres, aduciendo las definiciones y razones que en tales casos se acostumbran. Hasta aquí llegan los conocimientos, pero nada hay que despierte el genio filosófico de un alumno privilegiado, ni que pueda hacerle sobresalir entre el común de sus compañeros, dotados de una capacidad regular. El hábil profesor desea descubrir los talentos que hay en su aula, y el tiempo que le sobra después de la explicación lo emplea en hacer un ejercicio. ¿Le parece a usted que nos informan algo sobre estos deberes los sentimientos del corazón? ¿Están de acuerdo los principios de la filosofía con las inclinaciones de la naturaleza? A esta pregunta responderán hasta los medianos, observando que los padres, naturalmente, quieren a los hijos, y éstos a los padres, y que así están enlazados nuestros deberes con nuestros afectos, instigándonos éstos al cumplimiento de aquellos. Hasta aquí no hay diferencia entre los alumnos que se llaman de buen talento. Pero prosigue el profesor analizando la materia, y pregunta: ¿Qué opina usted de los hijos que se portan mal con sus padres y no corresponden con la debida gratitud al amor que éstos les prodigaron? Que faltan a un deber sagrado y no siguen la tendencia natural. ¿Pero cómo es que vemos tan a menudo que los hijos no cumplen como deben con sus padres, mientras éstos, si en algo faltan, suele ser por sobreabundancia de amor y ternura? Los hombres se olvidan fácilmente de los beneficios recibidos, dirá uno; otro alegará que los hijos, a medida que crecen, se hallan distraídos por muchos intereses diferentes; otros recordarán que cuando los hijos se casan y crean una nueva familia, que los nuevos afectos que tienen para con sus hijos, disminuyen el que deben a sus padres, y cada cual andará señalando razones más o menos apropiadas, más o menos sólidas, pero ninguna que satisfaga del todo. Si entre 12 8

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vuestros alumnos se encuentra alguno que pueda llegar a ser con el tiempo un personaje célebre, dirigirle la misma pregunta, a ver si acierta a decir algo que la desentrañe y la ilustre. Es cierto, os responderá, que los hijos suelen faltar con mucha frecuencia a los deberes que tienen para con sus padres; pero, si no me engaño, la razón de esto se halla en la misma naturaleza de los seres. Cuando más necesario es para la conservación y la seguridad de los seres el cumplimiento de un deber, el Creador ha procurado asegurar más dicho cumplimiento. El mundo se conserva más o menos bien, a pesar del mal comportamiento de los hijos; pero el día que los padres se portasen mal, y olvidasen el cuidar de sus hijos, la humanidad se encaminaría a su ruina. Así, es de notar que los hijos, ni aun los mejores, no profesan a sus padres un afecto tan vivo y ardiente como el de los padres para con sus hijos. El Creador podía, sin duda, comunicar a los hijos un amor tan apasionado y tierno como lo es el de los padres, pero esto no era necesario, y por lo mismo no lo ha hecho. Y es de notar que las madres, las cuales necesitan un grado mayor de este amor y ternura para cumplir su función, lo tienen hasta rayar en locura, habiéndolas provisto de esta manera el Creador para que puedan superar el cansancio causado por los absorbentes cuidados que requiere un bebé. Resulta, pues, que la falta del cumplimiento de los deberes en los hijos no procede precisamente de que éstos sean peores, pues ellos, si llegan a ser padres, se portarán como lo hicieron los suyos, sino de que el amor filial es de suyo menos intenso que el paternal, ejerce mucho menos ascendiente y predominio sobre el corazón, y por los mismo se amortigua con más facilidad; es menos fuerte para superar los obstáculos y ejerce menor influencia sobre la totalidad de nuestras acciones. En las primeras respuestas encontrabais discípulos aprovechados; en ésta descubrís al joven filósofo que empieza a descollar, como cuando entre los raquíticos arbustos se levanta la tierna encina, que, andando los años, se hará notar en el bosque por su corpulento tronco y soberbia copa.

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4. Necesidad de los estudios elementales No se desprenda de lo dicho que sería bueno aliviar la tarea de los alumnos, eximiéndoles de la carga de tener que aprender los fundamentos elementales de las ciencias. Muy al contrario, quien desee aprender en profundidad una ciencia, por grandes que sean los talentos de que se sienta dotado, no le quedará más remedio que sujetarse a esta mortificación. De esto procuran muchos eximirse, apelando a utilidad de las enciclopedias, que contienen lo bastante para hablar de todo sin entender de nada; pero la razón y la experiencia manifiestan que semejante método no puede servir sino para formar estúpidos presuntuosos. En efecto; hay en toda ciencia y profesión un conjunto de nociones primordiales, términos y locuciones que le son propias, las cuales no se aprenden bien sino estudiando una obra elemental; de suerte que cuando no mediaran otras consideraciones, la presente bastaría a demostrar los inconvenientes de tomar otro camino. Estas nociones primordiales y términos deben ser mirados con respeto por quien entra de nuevo en una carrera, pues se supone que no en vano han trabajado hasta aquí los que a ella se dedicaron. Si el recién venido desconfía de sus predecesores, si espera poder reformar la ciencia o profesión con sus logros y hasta transformarla radicalmente, al menos debería reflexionar que es prudente enterarse de lo que han dicho los otros, que es insensato el empeño de querer crearlo todo por sí solo, y que es exponerse a perder mucho tiempo el no quererse aprovechar en nada de las fatigas ajenas. El sagaz ingeniero, después de acabar su carrera, empieza quizá a dedicarse a su profesión en una modesta fábrica, y por grandes esperanzas que puedan fundarse en sus brillantes disposiciones no deja por esto de aprender el manejo de los instrumentos y utensilios que se usan en su empresa. Con el tiempo hará en ellos muchas variaciones, los fabricará de otra forma más sencilla, cambiará su forma y tal vez su nombre; mas por ahora es preciso que los tome tal como los encuentra, que se ejercite con ellos hasta que la reflexión y la experiencia le hayan demostrado los inconvenientes de que adolecen y las mejoras de que son susceptibles. 13 0

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Puede aplicarse a todas las ciencias el consejo que se da a los que comienzan a estudiar historia: antes de comenzar su estudio es necesario leer un compendio. A este propósito son notables las palabras de Bossuet en la dedicatoria que precede a su Discurso sobre la historia universal. Asienta la necesidad de estudiar un compendio de historia para no caer en el desconcierto y ahorrarse fatigas, y luego añade: “Esta manera de exponer la historia universal la compararemos a la descripción de los mapas geográficos: la historia universal es el mapa general comparado con las historias particulares de cada país y de cada pueblo. En los mapas particulares veis menudamente lo que es un reino o una provincia en sí misma; en los universales aprendéis a fijar estas partes del mundo en su todo; en una palabra: veis el sitio que ocupa París en Francia, el que ocupa Francia en Europa y el que ocupa Europa en mundo. “Pues bien: la oportuna y luminosa comparación entre el Mapamundi y los mapas particulares se aplica a todas las ramas del conocimiento. En todos hay un conjunto de que es preciso hacerse cargo para comprender mejor las partes y no andar confuso y perdido tratando de ordenarlas. Es cierto que las ideas que se adquieren de esta manera son casi siempre incompletas, a menudo inexactas y hasta algunas veces falsas; pero todos estos inconvenientes aún no pesan tanto como los que resultan de acometer a tientas, sin antecedentes ni guía, el estudio de una ciencia. Las obras elementales, se dice, no son más que un esqueleto; cierto, pero aun así ahorra muchísimo trabajo. Teniendo ya el esqueleto formado, resulta mucho más fácil corregir sus defectos, cubrirle de nervios, músculos y carne; darle calor, movimiento y vida. Entre los que han estudiado en profundidad una ciencia y los que, por decirlo así, han cogido sus nociones al vuelo en enciclopedias y diccionarios hay siempre una diferencia que no se escapa a un ojo avezado. Los primeros se distinguen por la precisión de ideas y el rigor de lenguaje; los otros se lucen tal vez con abundantes y selectas anécdotas u observaciones, pero a la menor ocasión tienen un solemne tropiezo, en el que manifiestan su ignorante superficialidad. La carrera de la enseñanza debiera ser una profesión que se escogiese por 13 1

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vocación. Desgraciadamente no sucede así, y una tarea de tanta importancia y trascendencia se desempeña como a la aventura, y sólo mientras se espera otra colocación mejor. El origen del mal no está en los profesores; sino en las leyes que no los protegen lo bastante, y no cuidan de brindarles con el aliciente y estímulo, que el hombre necesita en todo. Un solo profesor bueno es capaz en algunos años de producir beneficios inmensos a un país: él trabaja en una modesta cátedra, sin más testigos que unos pocos jóvenes; pero estos jóvenes se renuevan con frecuencia, y a la vuelta de algunos años ocuparán los destinos más importantes de la sociedad.

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Capítulo XVIII
LA INVENCIÓN
1. Lo que debe hacer quien carezca del talento de invención Después de conocer bien una ciencia, y llegado el hombre a una edad y situación en que pueda dedicarse a estudios de mayor extensión y profundidad, surge la ocasión de seguir senderos menos trillados y acometer empresas osadas. Aunque la naturaleza no le haya dotado del talento de inventor o descubridor, sino que deba durante toda su vida de seguir los métodos conocidos, esto no significa que deba estar condenado a asentir ciegamente a todo lo que digan las autoridades científicas de renombre, y que nunca vaya a disentir de sus hallazgos y opiniones. 2. La autoridad científica Son pocos los hombres que son capaces de alzar una bandera y llevarla en alto, por lo que mejor será alistarse en las filas de un general prestigioso que no andar a manera de guerrillero. Diciendo esto no pretendo con ello encumbrar la autoridad en el ámbito científico o literario; sólo me propongo indicar que nuestro entendimiento es por lo común muy limitado y que necesita de apoyo para no errar. La hiedra, entrelazándose con el árbol, puede elevarse a gran altura; si creciese sin arrimo yacería tendida en el suelo y la gente acabaría por pisotearla. Aunque los hombres se jacten de ser independientes, está claro que esta independencia no existe, pues gran parte de la humanidad sigue a unos pocos dirigentes, y éstos, según sean sus disposiciones, la guían por el camino de la verdad o del error. Este es un fenómeno universal y que se ha dado en toda la historia, fundado en la misma naturaleza del hombre. El débil siente la superioridad del fuerte y se pone a su disposición; ser genio o líder no es patrimonio de todo el género humano, sino 13 3

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de unos pocos; quien posee esta cualidad ejerce sobre los demás un ascendiente irresistible. Las masas sienten su incapacidad para dirigirse a sí mismas, y, naturalmente buscan un jefe, tanto en el campo político como en el militar, y lo mismo ocurre en las ciencias. 3. Transformaciones que ha sufrido en nuestra época la autoridad científica A medida que se han generalizado los conocimientos, algunos han podido pensar que este fenómeno del liderazgo habría desaparecido; pero no es así, persiste aunque modificado. Cuando las cabezas rectoras eran pocas, cuando el mando se ejercía entre unas pocas escuelas, andaban las inteligencias a manera de ejércitos disciplinados y era patente la dependencia. Ahora los caudillos —las cabezas rectoras— y los ejércitos —las escuelas— son más numerosos; la disciplina se ha relajado; pasan los soldados de uno a otro campo y parecen como si anduviesen revueltos; se diría que los grandes ejércitos ya no existen y que cada cual marcha por su lado; pero no os hagáis ilusiones: los ejércitos existen, a pesar de ese desorden; todos saben bien a cuál pertenecen; si desertan del uno, se unirán al otro, y cuando se vean en aprieto, todos se replegarán en la dirección donde saben que está el cuerpo principal que cubra su retirada. Aunque realmente no es tan exacto eso de que los caudillos de ahora son mucho más numerosos que en épocas anteriores. Al presentar un panorama de las personalidades científicas y literarias encontramos fácilmente que en cada género son muy pocos los que llevan la bandera y que detrás de ellos se precipita la multitud ahora como siempre. En el teatro y la novela, ¿no es verdad que las lumbreras son escasas en número, cuyas obras se imitan hasta el fastidio? La política, la filosofía, la historia, ¿no cuentan también más que con unos pocos cabecillas, cuyos nombres son igualmente pronunciados por todos y cuyas opiniones y lenguaje se adoptan sin discernimiento? Si a causa de la penuria de nuestros talentos estamos precisados a valernos de los extranjeros, no los sigamos con servilismo indigno, y no abdiquemos el derecho de examinar 13 4

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las cosas por nosotros mismos. No consintamos que nuestro entusiasmo por ningún hombre llegue a tan alto punto que, sin advertirlo, le tengamos como si fuera infalible. No atribuyamos a la criatura lo que es propio del Creador. 4. El talento de invención. Carrera del genio Cuando una persona examina las obras de los grandes escritores y se siente con fuerza para imitarlos, entonces es el momento de pasar a crear algo nuevo; ya no debe limitarse a saber los libros, sino a conocer las cosas; ya no debe contentarse con seguir el camino trillado, sino que ha de buscar veredas que le lleven mejor, de una forma más recta y, si es posible, a puntos más elevados. No existen reglas en esta etapa, sería ridículo querer marcar el camino del genio.

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Capítulo XIX
EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZÓN Y LA IMAGINACIÓN
1. Discreción en el uso de las facultades del alma. La reina Dido. Alejandro He dicho (cap. XII) que para conocer la verdad en ciertas materias es preciso desplegar a un mismo tiempo las diferentes facultades del alma, y entre ellas está el sentimiento. Ahora añadiré que si bien esto es cierto cuando se trata de aquellos fenómenos que guardan relación con el sentimiento, como todo lo bello o lo tierno, lo melancólico o lo sublime, no lo es cuando la verdad pertenece a un orden distinto que nada tiene que ver con nuestra facultad de sentir. Si quiero apreciar todo el mérito de Virgilio en el episodio de Dido, será menester que no razone fríamente, sino que imagine y sienta; pero si lo que me propongo es juzgar la conducta moral de la reina de Cartago, entonces sí, será preciso que me despoje del sentimiento y que deje que la fría razón dictamine conforme a los eternos principios de la moral y de la ética. Al leer a Quinto Curcio admiro al héroe macedón y me impresiona verle arrojarse impávido a la batalla, perseguir y vencer a Darío y enseñorearse de todo el Oriente. En este caso necesito abrirme al sentimiento para poder apreciar los rasgos grandiosos de la epopeya. La sublime narración del Sagrado Texto (1Mac 1) no será estimada en su justo valor por quien no haga más que analizar con frialdad. «Y sucedió que después que Alejandro Macedón salió de la tierra de Cethim, derrotó a Darío, rey de los persas y de los medos, entabló múltiples batallas y conquistó las fortalezas de todos, y mató a los reyes de la tierra. Llegó hasta los confines del mundo, se apoderó de los despojos de numerosas gentes, y la tierra calló en su presencia...» Cuando uno llega a esta expresión el asombro se apodera del alma. En presencia de un hombre la tierra calló... Hace falta 13 6

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sentir la toda la fuerza de esta imagen para hacerse una idea de la grandeza del héroe conquistador. Si ahogo el sentimiento y razono fríamente nada de esto comprenderé; es preciso dejar libre a la imaginación y contemplar al héroe como marcha hasta el confín del orbe, y como la tierra calla amedrentada bajo sus pies. Pero si lo que me propongo es examinar la justicia y utilidad de tales conquistas, entonces será necesario que corte el vuelo de la imaginación, que amortigüe mis sentimientos de admiración y entusiasmo, y que no piense más que en los valores morales y en el bien de la humanidad. Si al hacer este examen dejo que la fantasía campee a sus anchas, juzgaré mal, porque la radiante aureola que orla las sienes del conquistador me deslumbrará, me quitará la osadía para condenarle, me inclinará a ser indulgente para con él, por tanto genio y heroísmo como demostró; y se lo perdonaré todo cuando vea que en la cumbre de su gloria, a la edad de treinta y tres años, se postra en un lecho y se da cuenta que se muere. 2. Influencia del corazón sobre la cabeza. Causas y efectos Aunque a cada paso se observa la enorme influencia que tienen las pasiones sobre nuestra conducta, no se ha reparado tanto en cómo influyen sobre el entendimiento. Quizá sea éste uno de los puntos más importantes para poder pensar bien, y por lo mismo lo expondré con algún detenimiento. Si nuestra alma estuviese únicamente dotada de inteligencia, si pudiese contemplar los objetos sin ser afectada por ellos, sucedería que los veríamos siempre de una misma manera. Si el ojo es el mismo, la distancia la misma, el punto de vista el mismo, la cantidad y dirección de la luz las mismas, la impresión que recibimos no podrá menos de ser siempre la misma. Pero si se cambia una de estas condiciones cambiará la impresión; el objeto será más o menos grande, los colores más o menos vivos o quizá del todo diferentes y su figura sufrirá considerables modificaciones. La Luna conserva siempre su misma figura y, no obstante, nos presenta de continuo diferentes fases; una roca informe y desigual se nos ofrece a lo lejos como una cúpula que corona un soberbio edificio; y el monumento que mirado de cerca es una maravilla 13 7

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del arte, se divisa a larga distancia como una peña irregular, desgajada, caída a la aventura de las faldas del monte. Lo propio sucede con el entendimiento: los objetos son a veces los mismos y no obstante les parecen muy diferentes, no sólo a distintas personas, sino a una misma, sin que para que se dé esta mudanza sea necesario que transcurra demasiado tiempo. Quizás se necesita tan sólo un momento para cambie la escena; nos hallamos ya en otra parte; se ha corrido un velo y todo ha variado; todo ha tomado otras formas y colores: diríase que los objetos han sido tocados con la varita de un mago. ¿Y cuál es la causa? Es que el corazón ha entrado en acción, es que al mudarnos nosotros nos parece que lo que se ha mudado han sido los objetos. Al zarpar la embarcación que nos lleva, el puerto y las costas huyen a toda prisa, cuando en realidad nada se ha movido sino la nave. Y nótese que esta mudanza no sólo se da cuando el ánimo se conmueve profundamente y puede decirse que las pasiones están altivas; en medio de una calma aparente podemos sufrir a menudo esta alteración en la manera de ver, alteración tanto más peligrosa cuanto menos se hacen sentir las causas que la producen. Son tan variadas las pasiones del corazón, así como la graduación de nuestros sentimientos que el que se fije en ellas creerá estar asistiendo a una visión fantasmagórica. Hay momentos de calma y de tempestad, de dulzura y de acritud, de suavidad y de dureza, de valor y de cobardía, de fortaleza y de abatimiento, de entusiasmo y de desprecio, de alegría y de tristeza, de orgullo y de anonadamiento, de esperanza y de desesperación, de paciencia y de ira, de postración y de actividad, de expansión y de estrechez, de generosidad y de codicia, de perdón y de venganza, de indulgencia y de severidad, de placer y de malestar, de fascinación y de tedio, de gravedad y de ligereza, de elevación y de frivolidad, de seriedad y de chiste... 3. Eugenio. Sus transformaciones en veinticuatro horas En una hermosa mañana Eugenio se había levantado temprano, había extendido maquinalmente el brazo a su estantería y después de coger un libro se había asomado al 13 8

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balcón, desde donde se divisaba una risueña campiña. ¡Qué día más bello! ¡Qué día más esplendoroso! El sol se levanta en el horizonte tiñendo las nubecillas con primorosos colores y despliega en todas direcciones sus rayos de luz; la tierra ostenta sus mejores ropajes, el ruiseñor gorjea en la cercana arboleda, y el labrador se encamina a su huerta cantando canciones de dicha y amor. Eugenio contemplaba aquella escena con un inexplicable placer. Se encontraba tranquilo y feliz. Gozaba de buena salud, disfrutaba de una cuantiosa fortuna; los negocios de la familia marchaban fenomenalmente bien, y cuantos le rodeaban se esmeraban en complacerle. Había tenido un sueño tranquilo y reparador y estaba bien dispuesto para poder entregarse a sus cotidianas tareas. Abrió por fin el libro. Se trataba de una novela romántica. Versaba sobre un desgraciado incomprendido del mundo que maldice a la sociedad, a la humanidad, a la tierra y al cielo, maldice lo pasado, lo presente y lo futuro, maldice al mismo Dios, se maldice a sí mismo, y cansado de contemplar un horizonte sombrío y de arrastrar una existencia penosa, se propone dar fin a su días. Después de haber escrito una carta de despedida se acerca al precipicio fatal con la cabellera desgreñada, el semblante pálido y los ojos hundidos; y antes de consumar el suicidio se queda un momento en silencio reflexionando sobre el trágico destino del hombre y la injusticia de la sociedad. —¡Qué exageración! — pensó Eugenio —. En el mundo es verdad que hay maldad, pero hay también hay mucha bondad. Yo conozco muchas personas buenas. Hay injusticias, es cierto; pero la injusticia no es lo normal en la sociedad; los crímenes y los actos monstruosos son excepcionales. La mayor parte de los actos malos que se cometen proceden de nuestra debilidad; nos dañan a nosotros mismos más que perjudicar a los demás. Tampoco es verdad que la felicidad sea imposible; hay muchos que viven desdichadamente, pero no todo dimana de la injusticia y de la crueldad; además las desgracias no son ni tantas ni tan negras como se pintan aquí. No sé cómo estas personas pueden llegar a ver el mundo de esta manera; se quejan de todo, blasfeman de Dios, murmuran de la humanidad, y no ven más que tinieblas y desgracias. No 13 9

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saben más que maldecir. Esto es no sólo falso sino insoportable. Cerró el libro y trató de apartar de su mente aquellos tétricos pensamientos, entregándose de nuevo a contemplar el bello paisaje. Pero pasaron las horas y aquel día parecía que todo salía mal; se diría que le habían alcanzado a Eugenio las maldiciones del desgraciado suicida. Muy de mañana todos en la casa estaban de un humor terrible: uno había pasado una mala noche, otro se había levantado indispuesto, y casi todos se mostraban desabridos y desagradables. A Eugenio se le pegó también algo de ese ambiente enrarecido, aunque todavía conservaba algo de las apacibles emociones de la madrugada. El día se fue encapotando, el tiempo no iba a ser tan bueno como se prometía. Salió Eugenio a sus diligencias, se puso a llover, y a pesar del paraguas que llevaba se iba empapando de agua, y en una calle estrecha un caballo que galopaba le salpicó de barro de pies a cabeza. Tuvo que volverse a su casa irritado y malhumorado, maldiciendo del caballo y del jinete. La vida no parecía ya tan bella, pero aún era soportable, y el sol no había desaparecido del todo. La vida resultaba algo pesada, eso es todo. Pero a una desgracia se añadía otra. Rehecho Eugenio del primer descalabro volvió a sus diligencias, se dirigió a la casa de un amigo, quien tenía que informarle de cómo iba un negocio muy importante. Por lo pronto fue recibido con frialdad, su amigo procuró eludir la conversación sobre el punto principal y fingió tener otras ocupaciones apremiantes que le obligaban a aplazar para otro día tratar el asunto. Eugenio se despidió algo desanimado y receloso, y se devanó los sesos tratando de adivinar el misterio; por casualidad se encontró con otro amigo que le reveló que el primero le estaba engañando y que tramaba algo contra él, y le avisó que estuviese con los ojos bien abiertos si no quería ser víctima de la perfidia más infame. Marchó presuroso para tomar algunas medidas y acudió a algunas personas para que le informaran de la verdadera situación de las cosas. Le corroboraron lo de la traición, se compadecieron de su desgracia, y todos convinieron en que ya 14 0

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era demasiado tarde para actuar. La pérdida era cuantiosa e irreparable: el astuto traidor lo había tramado tan bien que el desgraciado Eugenio no había advertido la estratagema hasta que se había visto enredado ya sin remedio. Acudir a los tribunales era imposible, porque el negocio no lo consentiría; reprochar al desleal la maldad de su acción sería un desahogo estéril; y con vengarse nada se remediaba y se aumentaban los males del vengador. No había más que resignarse. Eugenio se retiró a su casa, entró en su despacho, y se dejó invadir por el dolor al ver como en unos momentos había cambiado tanto su posición social y cómo se habían frustrado tantas esperanzas. El libro estaba todavía sobre la mesa, su vista le recordaba las reflexiones de la mañana, y exclamó en su interior: — ¡Cuánto me engañaba esta mañana cuando reputaba como exagerada la descripción que de este mundo hacía el autor! No puede negarse que tiene razón; el mundo es horrible ciertamente. El hombre es un animal depravado; y la sociedad un verdugo que se complace en atormentarnos. No hay buena fe, no hay amistad, no hay gratitud, no hay generosidad, no hay virtud sobre la tierra; todo es egoísmo, miras interesadas, perfidias, traición, mentira. ¿Para qué tanto padecer? ¿por qué se nos ha dado la vida? ¿Dónde está la Providencia, dónde la justicia de Dios? ¿Dónde...? Hasta este estado había llegado Eugenio, y, como ven nuestros lectores, la dulce y apacible mañana se había trocado en pensamientos horrendos. En realidad nada había cambiado en el mundo, todo proseguía igual, y ni el hombre ni la sociedad habían cambiado por haberle sucedido a Eugenio tan imprevista desgracia. El que había cambiado era él; sus sentimientos eran otros; su corazón, lleno de amargura, derramaba hiel sobre el entendimiento, y éste, obedeciendo a las inspiraciones del dolor y de la desesperación, se vengaba del mundo pintándolo con los más horrendos colores. Y no se crea que Eugenio procedía con mala fe; juzgaba las cosas tal como las veía en ese momento; así como las había visto por la mañana, aunque de distinto color. Estando Eugenio embargado por tan terribles pensamientos, fue interrumpido por la llegada de un amigo. 14 1

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— Vamos, mi querido Eugenio, ya sé que te han jugado una mala pasada. — Es realmente perverso. Así anda el mundo. — Lo que importa es remediarlo. — ¿Remedio?... Es imposible... — Es muy sencillo. Todo está en que dispongas de más fondos, de aprovecharte de que ya conoces la situación y de que le lleves la delantera. — Pero ¿cómo disponer de fondos? Sus cálculos estriban en la imposibilidad en que me hallo de hacerlo, y como sabía el estado de mis negocios, de los desembolsos que he hecho hasta aquí para el maldito asunto, está bien seguro que no podré tomarle la delantera. — Y si estos fondos estuviesen ya dispuestos... — No soñemos... — Pues mira: nos hemos reunido varios amigos para perfilar un negocio y nos han contado lo que te acaba de suceder y el desastre que iba a ocasionarte. La profunda impresión que me ha producido puedes suponerla. Y habiendo pedido permiso a los socios para abandonar por mi parte el proyecto y venir a ofrecerte mi ayuda y recursos, todos igualmente han seguido mi ejemplo, todos han dicho que arrostraban con gusto el riesgo de aplazar sus operaciones y que sacrificarían sus ganancias hasta que te vieran salir airoso de este negocio. — Pero yo no puedo consentir... — Claro que sí... — Pero ¿y esos amigos tuyos, a quienes no conozco siquiera...? — Tu desconfianza estaba ya prevista; date prisa, yo me voy; en esta cartera encontrarás todo lo que necesitas. Adiós, mi querido amigo. La cartera ha caído al lado del libro fatal; Eugenio se avergüenza de haber maldecido tanto a la humanidad; le ha vuelto la esperanza. A la mañana siguiente el sol asomará hermoso y radiante de nuevo, el ruiseñor seguirá trinando, el labrador se dirigirá a sus faenas y Eugenio volverá a ver las cosas como las veía antes. En veinticuatro horas, mientras el mundo permanecía el mismo, los raciocinios de Eugenio han 14 2

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recorrido un enorme tramo, para volver como los astros al mismo punto de donde partiera. 4. Don Marcelino. Sus cambios políticos Don Marcelino acaba de salir de unas elecciones en que los partidos se han enfrentado en tremenda batalla, incluso físicamente. El pertenece al partido derrotado y ha tenido que huir para poder salvar la vida de milagro. Lo que es valor — piensa— no me falta; pero ha sido preciso no olvidar ser prudente. La desagradable impresión no se le borrará en algunos días, y es notable que ella basta para echar a perder sus ideas democráticas y liberales. — Desengáñense ustedes, señores —dice con el tono de la más profunda convicción —: esto es una farsa, un absurdo; nos hemos empeñado en una barbaridad; no queda más remedio que la necesidad de una mano dura; la dictadura tiene sus inconvenientes, pero entre los males es el menor. El gobierno representativo, el gobierno democrático de la voluntad popular, es muy hermoso en la teoría; pero en la realidad no medran más que la intriga, la inmoralidad, el descaro y la audacia. Estoy desengañado. A consecuencia de los disturbios la autoridad militar da un golpe de estado, declara el estado de emergencia, la Constitución se suspende, los revoltosos se amedrentan y la ciudad recobra la calma. Don Marcelino ya puede entregarse sin recelo a sus paseos ordinarios; reina la mayor seguridad tanto de día como de noche, y se olvida poco a poco del peligro en que estuvo. Se le ocurre entretanto hacer un viaje y necesita su pasaporte. A la entrada de la oficina donde se expiden están haciendo guardia varios policías; don Marcelino va a entrar y un policía le dice: — No vaya usted tan aprisa; aguarde usted su turno. Llegado a la mesa, el oficial le dirige mil preguntas y le mira de pies a cabeza, como si sospechase que el pobre don Marcelino es uno de los jefes del motín del otro día. Al fin le entrega el pasaporte con ademán desdeñoso, baja la cabeza y 14 3

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no se digna devolver el saludo que el Don Marcelino le dirige con educación. El señor se marcha muy disgustado, pero no piensa que aquella escena haya modificado sus opiniones políticas. Se reúne con sus amigos, la conversación gira sobre los últimos acontecimientos. — ¡Qué escándalo! — dice uno—. ¡Me parece monstruoso! — Ciertamente — responde don Marcelino — ; pero en todo hay sus ventajas. Una de ellas: la dictadura proporciona tranquilidad. ¿Qué sé yo?, a lo mejor es esto lo que nos conviene. A los pueblos de vez en cuando conviene que se les gobierne con palo, aunque tengamos que olvidar un tanto la dignidad propia. — Pero ¿olvidas por ventura que pierde el pueblo su libertad? — Por supuesto que no; pero no nos precipitemos condenándolo todo, porque no puede negarse que en las dictaduras, aunque se viva con cierta rigidez y autoritarismo — se acuerda del policía de la oficina de pasaportes—, también tiene algo de positivo. Desgraciadamente este policía había llevado muy lejos sus sospechas. Librado el pasaporte no pudo menos de indicar a su jefe que se le había presentado un sujeto, de quien recelaba, y que por las señas, bien podía ser alguno de los que buscaba la autoridad. De ahí que Don Marcelino fuese detenido, conducido a la cárcel, forzándole a pasar algunos días allí, sin que bastasen para libertarle todos sus vehementes alegatos. No se necesitaba más para que acabasen por desplomarse todo su respaldo a las dictaduras. Lo brusco de la captura, lo incómodo de la cárcel, los ofensivos interrogatorios bastaron y sobraron para que saliese don Marcelino de la prisión con su liberalismo rejuvenecido, con su pasión por la defensa de los derechos humanos, con su odio a la arbitrariedad, con su aversión al gobierno militar y con los enormes deseos de que las garantías constitucionales fuesen una realidad. Sus convicciones políticas en la actualidad son muy claras; en cuanto a firmeza, aguardad a que vengan otras elecciones con sus manifestaciones callejeras. Será difícil que las nuevas convicciones resistan a tan dura prueba. 14 4

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5. Anselmo. Sus variaciones sobre la pena de muerte Anselmo, joven abogado, acaba de leer un elocuente discurso contra de la pena de muerte. Sobre la equivocación irreparable que se comete cuando se condena a un inocente; sobre lo repugnante y horroroso del suplicio, aun cuando lo sufra el verdadero culpable, sobre la inutilidad de tal castigo para extirpar y disminuir el crimen. Todo está pintado con vivos colores, con pinceladas magníficas; todo realzado con descripciones patéticas, con anécdotas que hacen estremecer. El joven se halla profundamente conmovido; se imagina que medita, y no hace más que sentir; cree ser un pensador que juzga, cuando no es más que un hombre que se compadece. Para él la pena de muerte es inútil, y aun cuando no fuera injusta es bastante su inutilidad para hacer que su aplicación sea un acto criminal. Éste es un punto en que la sociedad debe reflexionar seriamente para libertarse de esa costumbre cruel que le han legado generaciones menos cultas. En las convicciones del nuevo adepto se combinan razones sociales y humanitarias; al parecer, nada sería capaz de conmoverlas. El joven abogado habla sobre el particular con un magistrado de profundo saber y dilatada experiencia, quien opina que la abolición de la pena de muerte es una ilusión irrealizable. Desenvuelve en primer lugar los principios de justicia en que se funda, describe magníficamente las fatales consecuencias que resultarían de dar semejante paso, retrata a los hombres desalmados que se burlan de toda otra pena que no sea el último suplicio, recuerda las obligaciones que tiene la sociedad para proteger al débil y al inocente, refiere algunos casos desastrosos en que resaltan la crueldad del malvado y los sufrimientos de la víctima. El corazón del joven se impresiona con santa indignación; el celo de la justicia le inflama; su alma sensible se identifica con la del magistrado; ahora se enorgullece de ser capaz de dominar los sentimientos de injusta compasión, de sacrificarlos en las aras de los grandes intereses de la humanidad, y se imagina ya sentado en el tribunal, revestido con la toga de magistrado y que se dice a sí mismo: — Sí, sabré hacer cumplir la justicia, sabré vencer mis sentimientos; sí, seré capaz, si se viese necesario, de 14 5

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obedecer a la voz de la conciencia y de pronunciar la sentencia fatal para que se haga justicia. 6. Algunas observaciones para precaverse del nocivo influjo del corazón Nada más importante para pensar bien que tener en cuenta las influencias que produce en nuestro modo de ver la disposición de ánimo en que nos hallamos. Y aquí se encuentra la razón de que nos sea tan difícil sobreponernos a nuestra época, a nuestras circunstancias peculiares, al influjo de nuestros intereses; de aquí procede que se nos haga tan duro a veces obrar y hasta pensar conforme a los eternos principios morales, que se nos haga tan duro preferir los valores espirituales sobre los materiales, el posponer lo presente a lo futuro. Lo que está presente a nuestros ojos, lo que nos afecta en la actualidad: he aquí lo que comúnmente decide nuestros actos y aun nuestras opiniones. Quien desea pensar bien es preciso que se acostumbre a estar mucho sobre sí, recordando continuamente esta importante verdad; necesita que se habitúe a concentrarse y a preguntarse frecuentemente: — ¿Tengo el ánimo lo suficientemente tranquilo? ¿No estoy agitado por alguna pasión que me muestra las cosas diferentes de lo que son en sí? ¿Estoy poseído por algún afecto suave y secreto que domina mi corazón sin advertirlo? En lo que ahora pienso, juzgo, preveo, sospecho, ¿obro quizá bajo el imperio de alguna impresión reciente que, perturbando mis ideas, me muestra alteradas las cosas? ¿Pocos días o pocos momentos antes pensaba de esta manera? ¿Desde cuándo han cambiado mis opiniones? ¿No es desde que un suceso agradable o desagradable, favorable o adverso, ha cambiado mi disposición? ¿Me he informado más sobre la materia, he adquirido nuevos datos, o tengo tan sólo nuevos intereses? ¿Qué es lo que me han sobrevenido: razones o deseos? Ahora que estoy agitado por una pasión, subyugado por mis afectos, juzgo de esta manera, y mi juicio me parece acertado; pero si con la imaginación me trasladase a una situación diferente, después de que haya transcurrido algún tiempo, ¿deduzco que

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las cosas se me presentarán bajo el mismo aspecto, con el mismo color? No se crea que este ejercicio es imposible; cada cual puede hacerlo consigo mismo, y se percatará que le ayudará admirablemente para dirigir su entendimiento y guiar su conducta. No llega a ser en general tan alta la exaltación de nuestros afectos que nos prive completamente del uso de la razón; para semejantes casos no hay nada que señalar, porque entonces uno tiene la mente enajenada, ya permanente o de forma transitoria. Lo que hacen ordinariamente las pasiones es ofuscar nuestro entendimiento, torcer el juicio, pero no cegarlos del todo. Queda siempre en el fondo del alma una luz mortecina, mas no apagada, y el que brille más o menos esta luz en las ocasiones críticas dependerá en buena parte del hábito que tengamos de prestarle atención, de saber reflexionar sobre nuestra situación, de desconfiar de nosotros mismos para pensar bien en el acto, de no tomar los chispazos de nuestro corazón como luz suficiente para guiarnos, sino tan sólo para deslumbrarnos. 7. El amigo convertido en monstruo Que las pasiones nos ciegan es una verdad tan común que nadie la desconoce. Lo que nos falta no es el principio abstracto y vago, sino una advertencia continuada de sus efectos, un conocimiento práctico, minucioso, de los trastornos que esta maligna influencia produce en nuestro entendimiento; lo cual no se adquiere sin penoso trabajo, sin prolongado ejercicio. Los ejemplos aducidos más arriba manifiestan bastante esta verdad; no obstante, creo que no será inútil aclararla con algunos otros. Tenemos un amigo al que admiramos por sus bellas cualidades, cuyo mérito nos apresuramos a encomiar siempre que la ocasión se nos brinda y de cuyo afecto hacia nosotros no podemos dudar. Este amigo nos niega un día un favor que le pedimos, no se interesa bastante por la persona que le recomendamos, nos recibe en cierta ocasión con frialdad, nos responde con tono desabrido o nos da cualquier otro motivo de resentimiento. Desde aquel instante cambia notablemente la opinión que sobre él nos habíamos forjado: tal vez un giro de 14 7

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180 grados. Ni su talento es tan lúcido, ni su voluntad tan recta, ni su personalidad tan encantadora, ni su corazón tan bueno, ni su trato tan dulce, ni su presencia tan afable; en todo hallamos que corregir, que enmendar; en todo nos habíamos equivocado; el suceso que nos afecta ha descorrido el velo, nos ha sacado de la ilusión, y ojalá que el hombre modelo no se haya convertido de repente en un monstruo. ¿Es probable que estuviésemos tan engañados? No; ciertamente que nuestro afecto anterior no nos dejaba ver sus lunares, y que nuestro actual resentimiento los exagera. Nos parecía imposible que este amigo no pudiese prestarnos tal favor, o que se portase mal en un negocio, o en un momento de mal humor se olvidase de su ordinaria cortesía y afabilidad. Y si alguien nos lo hubiese advertido, hubiéramos respondido que como todo hombre, que estaba sujeto a cualquier flaqueza, pero que esto en nada rebajaba sus excelentes cualidades. Pues, ahora, ¿por qué tanta exageración? El motivo está patente: nos sentimos heridos; y quien piensa, quien juzga, no es el entendimiento aleccionado con nuevos datos, sino el corazón irritado, exasperado, hasta quizá sediento de venganza. ¿Queremos apreciar lo que vale nuestro nuevo juicio? He aquí un medio muy sencillo. Imaginémonos que el suceso desagradable no ha pasado con nosotros, sino con una persona que nos resulta indiferente: aun cuando las circunstancias sean las mismas, aun cuando las relaciones entre el amigo ofensor y la persona ofendida sean tan afectuosas y estrechas como las que mediaban entre él y nosotros, ¿sacaremos del hecho las mismas consecuencias? Es seguro que no; reconoceremos que ha obrado mal, se lo diremos quizás con libertad y entereza, habremos tal vez descubierto una mala cualidad en su temperamento, que se nos había ocultado; pero no dejaremos por esto de reconocer las demás virtudes que le adornan, no le juzgaremos indigno de nuestro aprecio y proseguiremos ligados a él con los mismos vínculos de amistad. Ya no será un hombre perfecto, sino una persona dotada de muchas cualidades buenas, sujeta también a lo malo. O bien pensaremos que nuestro amigo 14 8

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habrá tenido graves y justos motivos que desconocemos para obrar de esa manera ¡Cuántas veces nos bastaría para rectificar nuestro juicio el mirar la cosa con ánimo sosegado, como negocio que no nos importa! 8. Cavilosas variaciones de los juicios políticos ¿Qué pensamos en los momentos en que estando en el poder nuestros amigos o aquellos con quienes simpatizamos o nos interesan, cuando con sus disposiciones y decretos se saltan la ley? — Las circunstancias — decimos — pueden más que los hombres y las leyes; el gobierno no siempre puede ajustarse a la estricta legalidad: a veces lo más legal es lo más ilegítimo; y además, tanto los individuos como los pueblos y los gobiernos tienen un instinto de conservación que se sobrepone a todo, pues ante determinados reclamos ceden todas las consideraciones y todos los derechos. ¿La infracción a la ley se ha hecho con elegancia, confesándola sin rodeos, excusándose con la necesidad? —Bien hecho— decimos— : la franqueza es una de las mejores prendas de todo gobierno. ¿De qué sirve engañar a los pueblos y empeñarse en gobernar con ficciones y mentiras? ¿Se ha procurado no quebrantar la ley, pero se ha eludido con una cavilación fútil, interpretándola en sentido abiertamente contrario a la mente del legislador? —La ocurrencia ha sido feliz —decimos—; al menos se muestra tan profundo respeto a la ley que no se le desmiente ni en la última extremidad. La legalidad es cosa sagrada, contra la cual es preciso no atentar nunca; no hace poco el gobierno que, no pudiendo salvar el fondo, deja intactas las formas. Si algo hay de arbitrariedad, al menos no se presenta con la irritante férula del despotismo. Esto es preciso para la libertad de los pueblos. ¿Los hombres del poder son nuestros adversarios? El asunto es muy diferente. — La ilegalidad no era necesaria, y además, aun cuando lo fuese, la ley es antes que todo. ¿Adónde vamos a parar si se concede a los gobiernos la facultad de quebrantarla cuando lo 14 9

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juzguen necesario? Esto equivale a autorizar el despotismo; todos los gobernantes que infringen las leyes se justifican diciendo lo mismo: que la necesidad es urgente e indeclinable. ¿El gobierno ha confesado abiertamente la infracción de la ley? — Esto es intolerable — exclamamos — ; esto es añadir a la infracción el insulto; si por lo menos se hubiese disimulado un poco... Es el colmo del descaro, es la ostentación de la arbitrariedad más repugnante. Está visto, ya sabemos como van a actuar en lo sucesivo. ¿El gobierno ha procurado salvar las formas, guardando cierta apariencia de legalidad? — No hay peor despotismo — exclamamos — que el ejercido en nombre de la ley; la infracción no es menos negra por andar acompañada de pérfida hipocresía. Cuando un gobierno en casos apurados quebranta la ley, y lo confiesa sinceramente, parece que con su confesión pide perdón al pueblo y le da una garantía de que el exceso no será repetido; pero el cometer las ilegalidades a la sombra de la misma ley es profanarla torpemente, es abusar de la fe de los pueblos, es abrir la puerta a todo tipo de desmanes. Cuando no se respeta el espíritu de la ley, todo se puede hacer con la ley en la mano; basta asirse de una palabra ambigua para contrariar abiertamente todas las miras del legislador. 9. Peligros de la mucha sensibilidad. Los grandes talentos. Los poetas Hay errores tan garrafales, hay juicios que llevan tan manifiesto el sello de la pasión, que no llegan a alucinar a quien no esté cegado por ella. No está la principal dificultad en semejantes casos, sino en aquellos en que, por presentarse más disfrazada la pasión, no se advierte el pretexto que hace desorientar el juicio. Desgraciadamente los hombres de elevado talento adolecen muy a menudo de este defecto. Dotados por lo común de una sensibilidad exquisita, las vivas impresiones que experimentan ejercen una gran influencia sobre el curso de sus ideas y sus opiniones. Por estar dotados también de un entendimiento penetrante, éste encuentra fácilmente razones que apoyan lo que se proponen defender, 15 0

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de ahí que sus palabras y escritos arrastren a los demás de una forma fascinadora. A esta causa obedece la gran volubilidad que se observa en hombres de talento reconocido: hoy ensalzan lo que mañana maldicen; hoy es para ellos un dogma incuestionable lo que mañana es una mezquina preocupación. En una misma obra se contradicen tal vez de una manera chocante, y os conducen a consecuencias que jamás hubierais sospechado que fueran conciliables con sus principios. Os equivocaríais si siempre atribuyeseis a mala fe estas singulares anomalías: el autor afirma una cosa y a la vez la niega con profunda convicción; porque, sin que él lo advierta, esta convicción sólo dimana de su exaltado sentimiento y rica sensibilidad. En esos momentos el entendimiento —que sabe explayarse con pensamientos admirables con belleza y brillantez— no es más que un esclavo del corazón; pero esclavo hábil, ingenioso, que corresponde a los caprichos de su dueño ofreciéndole exquisitos trabajos. Los poetas, los verdaderos poetas —aquellos hombres a quienes el Creador ha otorgado una imaginación exuberante, una fantasía creadora y un corazón de fuego—, están más expuestos que los demás a dejarse llevar por las impresiones del momento. No les negaré la facultad de poder elevarse a las más altas regiones del pensamiento, ni diré que les sea imposible moderar el vuelo de su ingenio y adquirir el hábito de juzgar con acierto y equilibrio; pero, ciertamente, tienen necesidad de más acopio de reflexión y de mayor coherencia de vida que los hombres normales. 10. El poeta y el monasterio Un poeta, mientras marcha de viaje y atraviesa un despoblado, oye el tañido de una campana. En su alma no se alberga la fe, pero tampoco es inaccesible a la inspiración religiosa. Aquel sonido piadoso en el corazón del desierto cambia de repente la disposición de su espíritu y le hace experimentar sentimientos tiernos y delicados. Bien pronto descubre el silencioso convento. Con una mezcla de respeto y curiosidad se encamina y llama a la puerta, y se encuentra con un venerable anciano que le recibe con un semblante sereno y bondadoso. El viajero es obsequiado con afectuosa cordialidad 15 1

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y es invitado a visitar la iglesia, los claustros, la biblioteca, y todos aquellos lugares donde hay algo que admirar o notar. El anciano monje no se aparta de su lado, sostiene la conversación con acierto y buen gusto, se muestra tolerante con las opiniones del recién venido, se presta cuanto puede por complacerle y no se separa de él sino cuando suena la campana que marca la hora en que debe acudir a la iglesia. El corazón del viajero está dulcemente impresionado por el silencio, que sólo es interrumpido por el canto de los salmos; le conmueve la exuberancia de los objetos religiosos, que inspiran sentimientos de recogimiento y piedad; y sobre todo le emociona la bondad y condescendencia del anciano cenobita. Todo el contexto embarga vivamente su alma, llenándola de sentimientos religiosos, de admiración y de gratitud. Al despedirse de su venerable huésped, se aleja meditabundo, llevándose aquellos gratos recuerdos que no olvidará por mucho tiempo. Si en semejante situación de espíritu le da a nuestro poeta por escribir en el diario las reflexiones e impresiones íntimas que va teniendo sobre su viaje, ¿qué os parece que dirá sobre la autenticidad de los religiosos? Está bien claro. Para él la autenticidad estará en aquel monasterio, y el monasterio estará personificado por aquel monje tan venerable. Contad, pues, con un elocuente escrito en defensa de los monasterios religiosos. Pero ¡ay del monasterio y de todos los monasterios si el viajero se hubiese encontrado, en vez de con un venerable y bondadoso anciano, con un monje de mal talante, de conversación seca y desabrida, poco aficionado a las bellezas literarias y artísticas, y de un humor nada apropiado para acompañar a curiosos! A los ojos del poeta el monje desagradable habría sido la personificación de todos los monjes, y en castigo del mal recibimiento hubiera condenado este género de vida, acusándolo de abatir el espíritu, de estrechar el corazón, de apartar del trato de los hombres, de formar modales ásperos y groseros y de acarrear innumerables males sin producir ningún bien. Y, sin embargo, la realidad de las cosas habría permanecido la misma en uno y otro supuesto, mediando sólo la casualidad que deparara al viajero una acogida más o menos halagüeña. 15 2

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11. Necesidad de la firmeza en las ideas Las reflexiones que preceden muestran la necesidad de tener ideas firmes y opiniones bien formadas sobre los principales temas, y, cuando esto no se da, lo mucho que importa no improvisarlas, sin dejarse llevar de repentinas inspiraciones. Se ha dicho que los grandes pensamientos nacen del corazón, y pudiera haberse añadido que del corazón nacen también los grandes errores. Si la experiencia no lo hiciese evidente, la razón bastaría para demostrarlo. El corazón no piensa ni juzga: no hace más que sentir; pero el sentimiento es un poderoso resorte que mueve el alma y despliega y multiplica sus facultades. Cuando el entendimiento va por el camino de la verdad y del bien, los sentimientos nobles y puros contribuyen a fortalecerlo y estimularlo; pero los sentimientos innobles o depravados pueden extraviar al entendimiento más recto. Hasta los sentimientos buenos, si se exaltan en demasía, son capaces de conducirnos a deplorables errores. 12. Objetivos de la oratoria, de la poesía y de las bellas artes De aquí se originan algunas importantes reflexiones sobre el buen uso de todas las artes que se valen del sentimiento como un auxiliar poderoso. La oratoria, la pintura, la escultura, la música, la poesía, la literatura tienen dos funciones importantes que proporcionar al hombre, los cuales se olvidan con demasiada frecuencia. Estas dos funciones son la verdad y la virtud; la verdad que enriquece nuestro entendimiento, y la virtud que perfecciona nuestro corazón. Todas las impresiones que nos embelesan deben ir orientadas a esto; mientras que si se desvían de estos objetivos, y sólo se limitan a la simple obtención de placer, son estériles para el bien y fecundas para el mal. El artista que sólo se propone halagar las pasiones corrompiendo las costumbres, es un hombre que abusa de sus talentos y olvida la misión sublime que le ha encomendado el Creador al dotarle de tan privilegiadas facultades; el orador que valiéndose de su facilidad de palabra y de su habilidad para mover los afectos y arrebatar los espíritus, procura respaldar opiniones erradas es un verdadero impostor. No es lícito 15 3

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persuadir cuando no se está convencido de estar en la verdad; cuando la convicción es un engaño, la persuasión es una perfidia. Las exigencias de la razón siempre deben de ajustarse a la verdad. De ahí que los escritores u oradores famosos causen tanto daño al público en general cuando sustentan el error y el desatino. ¿Qué vale la brillantez si sólo sirve para deslumbrar y corromper las conciencias? Las naciones olvidan esto cuando permiten la demagogia y que se manipulen los sentimientos. En las asambleas parlamentarias deliberantes, donde se ventilan los altos negocios del Estado, donde se falla sobre los grandes intereses de la sociedad, no debería resonar otra voz que la de la razón lúcida, reflexiva y seria. La verdad no cambia porque se haya excitado el entusiasmo de la asamblea y se haya resuelto una votación después de haber hablado un orador fogoso. Es o no verdad lo que se sustenta, es o no útil lo que se propone: he aquí lo único que interesa; lo demás es desorientar a la sociedad. El fin del debate no consiste en divertirse con los grandes intereses de la sociedad, ni sacrificarlos al vanidoso prurito ser aplaudido y ovacionado. Todas las asambleas y sesiones parlamentarias que traen consecuencias desastrosas para un país, —y muy particularmente las que anteceden a las revoluciones—, adolecen de espíritu de serenidad y buen juicio y se distinguen por sus resoluciones desatinadas. La sesión comienza tal vez con felices auspicios, pero de repente toma un sesgo peligroso; los ánimos se conmueven, la mente se ofusca, la exaltación sube de punto, llega a rayar en frenesí, y unos hombres que por separado hubiesen obrado juiciosa y razonablemente, reunidos en grupo se convierten en una turba de delirantes insensatos. La causa es obvia: la impresión del momento lo domina todo; el apasionamiento se ha propagado en un instante y adquirido fuerza; lo que al principio era una chispa es a los pocos momentos una conflagración espantosa. Menos mal que la experiencia, los desengaños y los escarmientos enseñan algún tanto a las naciones, haciendo que se vaya embotando la sensibilidad y que no sea tan peligrosa entonces la fascinación de la demagogia política. Además, siempre habrá políticos sobresalientes que defiendan la verdad y la justicia con las mismas armas que los otros las 15 4

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usan para favorecer el error y la injusticia. Al lado del veneno la Providencia suele colocar el antídoto. 13. La fascinación que provocan los pensamientos que se revisten de brillantes imágenes Hay otro peligro tal vez menos advertido y que sin embargo es de mucha trascendencia, cual es el de los pensamientos que se revisten de una imagen brillante. Es sorprendente los efectos que este artificio produce: un pensamiento anodino y vulgar pasa como profundo y excelso si se le sabe adornar de una imagen atrayente; y una afirmación que enunciada a secas mostraría de frente que es inexacta o falsa, es tenida como una verdad indudable si se la sabe vestir con un disfraz ingenioso. He dicho que los daños en este punto son de mucha trascendencia, porque suelen adolecer de este defecto escritores o políticos sagaces y afamados; y como quiera que sus palabras se escuchan con tanto más respeto y acatamiento cuanto es mayor la convicción con que las expresan, resulta que el lector incauto recibe como algo incuestionable lo que a veces no es más que un sueño del pensador o un lazo tendido adrede a la buena fe de los poco avisados Podría escribirse una excelente obra bajo este título: la ética en la literatura y en el arte. Su contenido sería tan útil como fecundo. Si esta obra la escribiera un pensador serio y de convicciones profundas, resultaría de gran provecho, pues cada día es mayor el abuso y la manipulación que se ejerce sobre las más bellas facultades del alma, para extraviarlas y corromperlas. Ojalá que alguien se sienta con fuerzas para escribirla.

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Capítulo XX
FILOSOFÍA DE LA HISTORIA
1. En qué consiste la filosofía de la historia. Dificultad para adquirirla No trato aquí el aspecto crítico de la historia, sino el aspecto filosófico. Lo relativo a la simple investigación de los hechos está explicado en el capítulo XI. ¿Cuál es el método más a propósito para comprender el espíritu de una época, para formarse una idea clara y exacta sobre sus particularidades, para conocer las causas de los acontecimientos y señalar a cada una de ellas sus consecuencias? Esto es lo que yo llamo filosofía de la historia. ¿Será el saber elegir a los buenos historiadores? Pero ¿quiénes son estos? ¿Quién nos asegura que no los ha guiado alguna pasión? ¿Qué es lo que nos asegura que son imparciales? ¿Cuántos son los autores que nos han informado de las motivaciones que les llevaron a escribir su historia? Batallas, negociaciones, intrigas palaciegas, vidas y muertes de príncipes, cambios de dinastías, de formas políticas: a esto se reducen la mayor parte de las historias; nada que nos muestre a las personas con sus ideas, sus afectos, sus necesidades, sus gustos, sus caprichos y sus costumbres; nada que nos haga asistir a la vida íntima de las familias y de los pueblos; nada que nos haga comprender la marcha de la humanidad. Casi siempre la historia gira en torno a la política y al poder, es decir, en torno a la superficie; casi siempre girando sobre lo sobresaliente y ruidoso, pocas veces sobre las entrañas de la sociedad, sobre aquellos sucesos que aunque escondidos y aparentemente insignificantes, no dejan de resultar de la mayor importancia. En la actualidad se reconoce este vacío y se está trabajando por darle respuesta. Nadie escribe una historia sin meditar sobre ella, lo cual tiene un inconveniente: muchas veces, en lugar de estudiar la verdadera historia, lo que estudiamos es el modo de pensar, la 15 6

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filosofía del historiador. Si para poder fundamentar mi filosofía, trastorno la historia, mucho mejor sería que me atuviese a describir la historia tan solo por el sistema de nombres, acontecimientos y fechas. 2. Se indica un medio para progresar en la filosofía de la historia Habrá que leer los relatos históricos, y, a falta de otros, debe uno atenerse a los que existen. Pero esto es insuficiente para aprender sobre el espíritu de una época, sobre cómo pensaban en aquel tiempo. Hay un método más a propósito y que hecho con discernimiento, es de un efecto seguro: el estudio inmediato de los vestigios de la época. Digo inmediato, esto es, no atendiendo a lo que nos dice de ellos el historiador, sino viéndolos con los propios ojos. Pero este trabajo, se me dirá, es muy pesado y difícil, y para muchos resulta imposible. No niego este inconveniente, pero en muchos casos ahorra tiempo y fatigas. La vista de un edificio, la lectura de un documento, un hecho, una palabra al parecer insignificantes y en que no ha reparado el historiador, nos dicen mucho más que todas las narraciones históricas. Un historiador se propone retratarme la sencillez de las costumbres patriarcales; recoge abundantes noticias sobre los tiempos más remotos y agota su caudal de erudición y elocuencia para hacerme comprender lo que eran aquellos tiempos y para ofrecerme lo que se llama una descripción completa. A pesar de cuanto me dice, hay otro medio más sencillo, cual es el asistir a las escenas donde se me presenta en vida lo que trato de conocer. Leo a los escritores de aquellas épocas, que no son muchos, y allí encuentro descripciones fieles de lo que busco. La Biblia y Homero son un ejemplo de ello. 3. Aplicación a la historia del espíritu humano La inteligencia humana tiene su historia, como la tienen los acontecimientos humanos; historia tanto más preciosa cuanto nos retrata lo más íntimo del hombre y lo que ejerce sobre él poderosa influencia. Se hallan a cada paso descripciones sobre las escuelas, el carácter y tendencia del pensamiento de cada época. Son muchos los historiadores que nos hablan de ello; 15 7

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pero si se desea saber algo más que cuatro generalidades, siempre inexactas y a menudo totalmente falsas, es preciso aplicar la regla establecida: leer a los autores de la época que se desea conocer. Y no se crea que es absolutamente necesario abarcarlos todos, y que así este método se haga impracticable para el mayoría; una sola página de un escritor de la época nos pinta más al vivo el espíritu de su tiempo que cuanto podrían decirnos los más minuciosos historiadores. 4. Ejemplo sacado de las fisonomías, que aclara lo dicho sobre el modo de adelantar en la filosofía de la historia Si el lector se contenta con lo que dicen los otros y no trata de comprobarlo por sí mismo, logrará tal vez un conocimiento histórico, pero no intuitivo; sabrá muchas cosas de los hombres de aquella época, pero no los habrá visto con sus propios ojos; sabrá dar razón de los acontecimientos, pero no será capaz de imaginárselos. Una comparación aclarará mi pensamiento. Supongamos que se me habla de una persona importante a la que no puedo ver ni tratar, y, deseoso de saber algo sobre su figura y modales, pregunto a los que la conocen personalmente. Me dirán, por ejemplo, que es de estatura más que mediana, de espaciosa y despejada frente, de cabello negro y caído con cierto desorden, ojos grandes, mirada viva y penetrante, color pálido, facciones animadas y expresivas; que en sus labios asoma con frecuencia la sonrisa de la amabilidad, aunque de vez en cuando exhiban un rasgo malévolo; que su palabra es mesurada y grave, pero que con el calor de la conversación se hace rápida, incisiva y hasta fogosa; y así me irán ofreciendo un muestrario de sus cualidades físicas y morales que me den una idea lo más aproximada posible de la realidad. Suponiendo que estos y otros datos son exactos y fidedignos, me haré una idea de cómo es aquella persona y podré dar cuenta de ella a quien como yo estuviese deseoso de conocerla. Pero ¿es esto suficiente para representármela en la imaginación tal como lo es en la realidad? Ciertamente que no. ¿Queréis una prueba? Suponed que sois un retratista prestigioso: ¿seréis capaz de retratar a la persona descrita? Intentadlo, y, concluida la obra, que se le muestre de improviso

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a la persona retratada el retrato; es bien seguro que no se reconocerá en él. ¿Cómo explicaréis la diferencia que existe entre dos personas muy semejantes? No de otra manera que viéndolas: se parecen en todo, no sabríais decir en qué discrepan; pero hay algún pequeño matiz en que se diferencian: a la primera ojeada lo percibís, sin atinar a saber lo que es. Algo parecido ocurre en con los hechos históricos. En las obras críticas se nos ofrecen extensas y tal vez exactas descripciones sobre el pensamiento de tal o cual época, y a pesar de todo no lo acabamos de conocer. Si estudiamos una época leyendo los relatos que han hecho sobre ella los historiadores a lo largo de los siglos, comprobaremos la enorme diferencia que hay entre ellos, y esto no nos evitará caer en equivocaciones groseras y en disparatados anacronismos. Con mucho menos trabajo saldremos airosos en el empeño si leemos los autores de la época de que se trata; quizá no podremos disertar con tanto aparato de crítica y erudición, pero juzgaremos la época con mucho más acierto. Y después de haberlos leído, cuando nos pidan nuestro parecer sobre los diferentes escritos que traten sobre esa época, tal vez podamos decir: — El giro del pensamiento, el estilo, el lenguaje, revelan que no es un escritor de esa época; este trozo es apócrifo. En este escrito se descubre la mano de una persona que es de otro siglo. Y sabríamos clasificar los escritos, sin temor de equivocarnos, por más que no pudiésemos hacernos comprender por quienes no hayan leído a los autores de la referida época. Si entonces se nos dijera: —¿Y porqué dice que los hombres de esa época adolecían de esta cualidad? ¿Por qué...? —No lo sé —contestaremos quizá—, lo único que puedo asegurar es que conozco bien esta época y a los hombres que vivieron en ella, porque he leído muchos de sus escritos, conozco sus costumbres y cómo pensaban y no puedo equivocarme. 15 9

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Capítulo XXI
LA RELIGIÓN
1. El discurrir insensato de los indiferentes en materias de religión Sería impropio hacer de esta obra un tratado de religión, pero será conveniente hacer algunas reflexiones que orienten nuestro pensamiento en esta importante materia. De ellas sacaremos la conclusión que los indiferentes o incrédulos son pésimos pensadores. La vida es breve; la muerte, cierta: de aquí a pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana habrá descendido al sepulcro y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destruyen la realidad de los hechos; si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca negarlo, y mi caprichosa negativa no mejorará mi destino. Cuando suene la última hora moriré y me encontraré con la nada o con la eternidad. Y este asunto es exclusivamente mío, tan mío como si yo existiera solo en el mundo: nadie morirá por mí y nadie ocupará mi lugar en la otra vida. De ahí que hablo como un insensato cuando digo: «Sea lo que sea la religión, no quiero pensar en ella.» Me parezco entonces al viajero que en su camino encuentra un caudaloso río; necesita atravesarlo pero ignora si hay algún peligro en éste o en aquel vado. Mucha gente le advierte que el agua es muy profunda en determinados sitios y que sería tremendamente imprudente atravesarlo sin conocerlo bien. Pero el insensato se dice: “¿Qué me importan a mí esas cuestiones?”, y se arroja al río sin mirar el sitio. He aquí al indiferente en materias de religión. Estas consideraciones muestran la importancia de la religión y que necesito conocer la verdad que encierra. 16 0

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2. El indiferente y el género humano A lo largo de toda la historia, la humanidad ha dado mucha importancia a la religión; los legisladores y los pensadores han reflexionado mucho sobre ella; los monumentos y los escritos de todas las épocas nos muestran ordinariamente este hecho. Se ha discutido mucho sobre religión; las bibliotecas están atestadas de libros de índole religioso, y cada día salen a luz otras nuevos. A pesar de todo, siempre habrá algún autosuficiente e indiferente en materia de religión que diga: «Todo esto es pura tontería y no merece la pena de ser examinado; es una pérdida lastimosa de tiempo; estos eruditos y legisladores son todos unos necios y mentecatos; la humanidad, una miserable ilusa; es una verdadera pérdida de tiempo tratar de responder a cuestiones que nada importan». Pero a estos autosuficientes se les podría responder: —¿Quién eres tú para insultarnos así, despreciando los sentimientos más nobles de la humanidad, considerando una necedad lo que todos los pueblos han tenido por sumamente importante? ¿Has descubierto por ventura el secreto para no morir? ¿Olvidas que bien pronto tú también morirás? ¿Cuentas acaso con medios para cambiar tu suerte eterna? ¿Consideras de poca importancia la dicha o desdicha eternas? Si existe ese juez de quien no quieres ocuparte, ¿esperas que se dará por satisfecho cuando te llame a juicio y le respondas: «¿Y a mí qué me importan vuestros mandatos, y vuestra misma existencia?» Antes de pensar semejantes sandeces, mírate a ti mismo, considera tu fragilidad y reflexiona en el futuro que te espera dentro de no muchos años. 3. Existencia de Dios Curado el buen pensador del mal del indiferentismo, convencido de que la religión es un asunto de trascendental importancia, debe pasar más adelante y preguntarse: ¿Existe Dios? ¿Existe algún Hacedor del universo? Levanta los ojos al firmamento, tiéndelos por el mundo, mira lo que tú mismo eres, y viendo por todas partes tanta magnificencia y orden, di si te atreves: 16 1

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— El azar es quien ha hecho el universo; el azar me ha hecho a mí. El edificio es admirable, pero no ha habido arquitecto. El mecanismo es asombroso, pero no ha habido un artífice. El orden que existe no se debe a ningún ordenador, ni a ninguna sabiduría que haya concebido el plan, ni a ningún poder que lo haya ejecutado. Este forma de pensar, que si se aplicase a los artefactos más insignificantes resultaría ridícula y hasta contraria al sentido común, ¿se puede aplicar al universo? ¿Lo que es insensato pensar respecto a lo pequeño, se puede juzgar sensato con relación a lo grande? 4. No es posible que todas las religiones sean verdaderas Si son muchas las religiones que existen, ¿será posible que todas sean verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido, los cristianos afirman que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta, los cristianos le miran como un solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral, los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes: unos u otros se engañan. Luego es un absurdo el decir que todas las religiones son verdaderas. Si toda religión se dice que proviene del cielo, la que lo sea en verdad será la verdadera. 5. Es imposible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios ¿Es posible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios y que Él se dé igualmente por satisfecho con todo tipo de cultos? No, pues a la verdad infinita no puede serle agradable el error, a la bondad infinita no puede serle grato el mal, el cual se puede dar y se ha dado en la doctrina de bastantes religiones. 6. Es imposible que todas las religiones sean una invención humana ¿Es lícito pensar que no hay ninguna religión verdadera, que todas han sido inventadas por el hombre? No. 16 2

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La religión ha estado presente en todas las épocas. Aquí no hay termino medio: o la religión procede de una revelación primitiva, o esta inscrita en nuestra naturaleza; en uno y otro caso hallamos su origen divino. Si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha inscrito el sentimiento religioso en el fondo de nuestra alma. Es indudable que la religión no puede ser una invención humana. 7. La revelación es posible ¿Es posible que Dios haya revelado algunas cosas al hombre? Sí. El que nos ha dado la palabra no está privado de ella; si nosotros poseemos un medio de comunicarnos, Dios, todopoderoso e infinitamente sabio, no carece de medios para transmitirnos cuanto le plazca. 8. Solución de una dificultad contra la revelación Pero Dios —objetará el incrédulo— es demasiado grande para humillarse a conversar con su criatura. Mas entonces también deberíamos decir que Dios es demasiado grande para se haya tenido que ocupar en crearnos. Nos sacó de la nada al crearnos; y perfeccionó su obra al revelarnos alguna verdad. Todos los conocimientos que tenemos nos vienen de Dios, porque Él es quien nos ha dado la facultad de conocer. Si Dios nos ha comunicado muchas verdades a través del orden de la naturaleza, es un absurdo decir que haya rebajado su dignidad por tener que revelarnos algo. Luego la revelación es posible; luego quien dude de esta posibilidad ha de dudar también de la omnipotencia y hasta de la existencia de Dios. 9. Consecuencias de los párrafos anteriores Hemos visto que importa mucho encontrar la verdad en lo referente a la religión; que todas las religiones no pueden ser verdaderas; que si existe una que ha sido revelada por Dios, esa es la verdadera; que la religión no ha podido ser una invención humana; que la revelación es posible. Lo que falta, pues, es averiguar si esta revelación ha existido y en que religión la hallaremos.

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10. Existencia de la revelación ¿Existe la Revelación? Se objetará que ha sido la imaginación del hombre la que tomado por revelación lo que no era más que un fenómeno de la naturaleza, como el ruido del viento, y así se ha creído rodeado de seres desconocidos que le dirigen la palabra y le descubren los misterios de otros mundos. No puede negarse que la objeción es ingeniosa; sin embargo es infundada y fútil. Todas las creaciones de nuestra fantasía, hasta las más incoherentes y monstruosas, se forman a partir de un conjunto de imágenes que vimos alguna vez y que a la sazón reunimos del modo que place a nuestro capricho o nos sugiere nuestra cabeza enfermiza. Los castillos encantados de los libros de caballería, con sus damas, enanos, salones subterráneos, hechizos y todas sus locuras, son una reminiscencia vaga de partes muy reales que la imaginación del escritor componía a su manera. Si suponemos, pues, que no se tiene idea alguna de otra vida distinta de la presente, ni de otro mundo que éste, el hombre fingirá gigantes, fieras monstruosas y otras extravagancias por este estilo; mas no seres invisibles, no revelaciones de un cielo que no conoce, no dioses que le ilustren y dirijan. Ese mundo nuevo, ideal, puramente fantástico, no se le ocurrirá siquiera; porque semejante ocurrencia no tendrá, por decirlo así, punto de partida, carecerá de antecedentes que sirvan de inspiración. Pero pasemos a los hechos; dejemos lo que hubiese podido ser y examinemos lo que ha sido. 11. Pruebas históricas de la existencia de la revelación Existe una religión que pretende ser la única depositaria e intérprete de las revelaciones de Dios. Cuenta en su haber aproximadamente dos milenios de existencia, y su historia se enlaza con la de un pueblo cuyo origen se pierde en la antigüedad más remota. Esto es tan cierto como que han existido Grecia y Roma. ¿Qué títulos presenta en apoyo de su doctrina? En primer lugar está en posesión de un libro que contiene una narración de prodigios, que además encierra la moral más pura que se conoce, y un sistema de legislación admirable. Hasta ahora 16 4

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nadie ha puesto en duda el mérito de este libro, siendo esto tanto más de extrañar cuanto una gran parte de él nos ha venido de manos de un pueblo cuya cultura no alcanzó ni con mucho a la de otros pueblos de la antigüedad. ¿Ofrece esta religión algunos otros títulos que justifiquen sus pretensiones? Aparte de otros, he aquí uno que por sí solo basta. Ella dice que tal como estaba vaticinado en el libro, que llegada la plenitud de los tiempos apareció sobre la tierra un Hombre-Dios, quien fue a la vez el cumplimiento de la ley antigua y el autor de la nueva; que todo lo antiguo era una sombra y figura de Él; que este Hombe-Dios era la verdad, que Él fundó la sociedad que apellidamos Iglesia católica, y que le prometió su asistencia hasta la consumación de los siglos. Este Hombre-Dios selló su doctrina con su sangre, resucitó al tercer día de su crucifixión y muerte, subió a los cielos, envió al Espíritu Santo, y al fin del mundo ha de venir a juzgar a los vivos y muertos. ¿Es verdad que en este Hombre se han cumplido las antiguas profecías? Es innegable: leyendo algunas de ellas parece que uno está leyendo el relato evangélico. ¿Dio algunas pruebas de la divinidad de su misión? Hizo múltiples milagros, y cuanto Él profetizó, o se ha cumplido exactamente, o se va cumpliendo sorprendentemente. ¿Cuál fue su vida? Nadie ha encontrado una mancha en su conducta; pasó haciendo el bien constantemente. Despreció las riquezas y el poder mundano; arrostró con serenidad las privaciones, los insultos, los tormentos y por fin una muerte afrentosa. ¿Cuál es su doctrina? Tan sublime que ninguna mente humana jamás la hubiese concebido; tan pura en su moral que le han hecho justicia sus más violentos enemigos. ¿Qué cambio social produjo este Hombre? Recordad lo que era el mundo romano y ved lo que es el mundo actual; mirad lo que son los pueblos donde no ha penetrado el cristianismo y lo que son aquellos que han estado siglos bajo su enseñanza y la conservan todavía, aunque algunos alterada y desfigurada.

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¿De qué medios dispuso? No tenía dónde reclinar su cabeza. Envió a doce hombres salidos de los estratos sociales más bajos; se diseminaron por los cuatro puntos cardinales, y la tierra les escuchó y creyó. Esta religión ¿ha pasado por el crisol de la desgracia? ¿No ha sufrido contrariedad de ninguna clase? Ahí está la sangre de millones de mártires, ahí los escritos de numerosos filósofos que la han examinado, ahí los numerosos monumentos que atestiguan las tremendas luchas que tuvo que sostener con los gobernantes, con los pensadores, con las pasiones e intereses de los hombres. Ha pasado por todos los obstáculos que se puede uno imaginar. ¿De qué medios se valieron los propagadores del cristianismo? De la predicación y del ejemplo, confirmados por los milagros. Estos milagros, la crítica más escrupulosa no puede rechazarlos; y si los rechaza, poco importa, pues entonces está confesando el mayor de los milagros: la conversión del mundo sin milagros. El cristianismo ha contado entre sus hijos a los hombres más esclarecidos por su virtud y sabiduría; ningún pueblo antiguo ni moderno se ha elevado a tan alto grado de civilización y cultura como los que lo han profesado; sobre ninguna religión se ha disputado ni escrito tanto como sobre la cristiana; las bibliotecas están llenas de obras maestras de crítica y de filosofía escritas por hombres creyentes; ninguna religión ha prosperado tanto a pesar de haber sufrido los peores ataques. Ella tiene, pues, todos los caracteres de verdadera y divina. 12. Los protestantes y la Iglesia católica En los últimos siglos los cristianos se han dividido: unos han permanecido adictos a la Iglesia católica, otros han conservado del cristianismo lo que les ha parecido bien; y a consecuencia del principio fundamental que han asentado, que encadena la fe a la opinión de cada creyente, se han disgregado en innumerables sectas. ¿Dónde estará la verdad? Los fundadores de las nuevas sectas son de ayer; la Iglesia católica señala la sucesión de sus pastores, que asciende hasta Jesucristo; ellos han enseñado diferentes doctrinas, y una misma secta las ha variado 16 6

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repetidas veces; la Iglesia católica ha conservado intacta la fe transmitida por los apóstoles; ellos han transformado su doctrina y se han dividido en múltiples ocasiones, la Iglesia católica ha permanecido la misma y conservado la unidad a través de los siglos: el fallo no puede ser dudoso. Ahora añadiré algunas observaciones que sirvan para prevenir peligros, donde zozobra con harta frecuencia la fe de los incautos. 13. Métodos errados de algunos impugnadores de la religión En el examen de los asuntos religiosos muchos siguen un camino equivocado. Se ponen a estudiar un dogma, y las dificultades que contra él levantan las creen suficientes para desbaratar la verdad de la religión, o al menos para ponerla en duda. Esta forma de proceder atestigua cuán poco han meditado sobre la cuestión. En efecto, no se trata de saber si los dogmas están al alcance de nuestra inteligencia, ni si damos completa solución a todas las dificultades que contra éste o aquél se puedan objetar: la religión misma es la primera en afirmar que estos dogmas no podemos comprenderlos con la sola luz de la razón; que mientras estemos en esta vida nos tendremos que resignar a ver los misterios de Dios a través de sombras y enigmas, y por esto nos exige la fe. Al decir, por tanto “yo no creo porque no comprendo”, estoy estableciendo una contradicción; porque si lo comprendiese del todo, está claro que no habría fe. Al argumentar contra la religión católica basándose en que sus dogmas son incomprensibles, se ataca una verdad que ella misma reconoce y acepta y sobre la cual, en cierto modo, hace estribar su edificio. Lo que se ha de examinar es si ella ofrece garantías de veracidad y que no se engaña en lo que propone: asentando el principio de infalibilidad todo lo demás se allana por sí mismo; pero si éste falta, es imposible dar un paso adelante. Cuando un viajero, de cuya inteligencia y veracidad no podemos en duda, nos refiere cosas que no comprendemos, ¿por ventura le negaremos nuestra credibilidad? No, ciertamente. Luego, una vez asegurados de que la Iglesia no 16 7

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nos engaña, poco importa que su enseñanza rebase nuestra inteligencia. Ninguna verdad podría subsistir si bastasen para hacernos dudar de ella algunas dificultades que no alcanzásemos a desvanecer. De esto se seguiría que un hombre de talento no haría más que esparcir la incertidumbre sobre todas la materias que tratase, cuando se encontrase con otros que no le igualasen en capacidad. En las ciencias, en las artes, en los negocios corrientes de la vida hallamos a cada paso cosas incomprensible de cuya existencia no nos es permitido dudar. Sucede a veces que la cosa no comprendida nos parece rayar en lo imposible; mas, por otra parte, sabemos que existe, y nos guardamos de declararla inexistente; convencidos de su existencia, admitimos el poco alcance de nuestro entendimiento. Nada más común que oír: — No acierto a entender lo que ha contado Fulano; me parece imposible; pero, en fin, es un hombre veraz y sabe lo que dice; si otro lo contase, no lo creería; por eso no pongo duda en que la cosa es tal como él la afirma. 14. La más alta filosofía acorde con la fe Algunos se vanaglorian de ser grandes pensadores cuando no quieren creer lo que no comprenden, y éstos justifican el famoso dicho de Bacon: “Poca filosofía aparta de la religión, mucha filosofía conduce a ella.” Y a la verdad, si se hubiesen internado en las profundidades de las ciencias, conocerían que un denso velo encubre a nuestros ojos la mayor parte de los objetos, que sabemos muy poco de los secretos de la naturaleza, que hasta de las cosas en apariencia más fáciles de comprender se nos ocultan por lo común los principios constitutivos y su esencia; conocerían que ignoramos lo que es este universo que nos asombra, lo que es nuestro cuerpo, lo que es nuestro espíritu, que nosotros somos un misterio a nuestros propios ojos y que hasta ahora todos los esfuerzos de la ciencia han sido impotentes para explicar muchos fenómenos de nuestra vida, que son esenciales a ella; conocerían que el más precioso fruto que se recoge en las regiones filosóficas más elevadas es la profunda convicción de 16 8

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nuestra debilidad e ignorancia. Entonces reconocerían que esa sobriedad en el saber, recomendada por la religión cristiana, esa prudente desconfianza de las fuerzas de nuestro entendimiento, están de acuerdo con la más alta filosofía, y que el catecismo nos lleva desde nuestra infancia al punto más culminante que señala la ciencia de la sabiduría humana. 15. Quien abandona la religión católica no sabe donde refugiarse Hemos seguido el camino que puede conducir a la religión católica; echemos una ojeada sobre el que se presenta si nos apartamos de ella. Al abandonar la fe de la Iglesia ¿dónde nos refugiamos? Si en el protestantismo, ¿en cuál de sus sectas? ¿Qué motivos de preferencia nos ofrece la una sobre la otra? Discernirlo será imposible; abrazar a ciegas una cualquiera lo será más todavía, y, por otra parte, esto equivaldría a no profesar ninguna. Si en el racionalismo, ¿qué es el racionalismo incrédulo? Es la negación de todo lo que trasciende, la desesperación al final de esta vida. ¿Andaremos en busca de otras religiones? Ciertamente, no encontraremos la verdad plena en el Islam ni en la idolatría. Abandonar, pues, la religión católica será como abjurar de todas; será tomar el partido de vivir sin ninguna; dejar que corran los años, que nuestra vida se acerque a su fatal término, sin guía para lo presente, sin luz para el porvenir; será taparse los ojos, bajar la cabeza y arrojarse a un abismo sin fondo. La religión católica nos ofrece cuantas garantías de verdad podemos desear. Ella, además, nos impone unos mandamientos suaves, pero rectos, justos y saludables; al observarlos nos asemejamos a los ángeles y llenamos de sentido nuestra vida. Ella es la que nos consuela en nuestros infortunios. Tanto más verdadera y cierta se nos presenta cuanto más nos aproximamos al final de nuestra vida terrena. Y en el momento de la muerte es ella la que cerrará nuestros ojos en paz. Algunos creen que la religiosidad es signo de espíritu apocado y poco esclarecido, y que, por el contrario, la incredulidad es indicio de talento y grandeza de ánimo. Yo sostengo con la historia en la mano que a lo largo de la historia

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y en todos los países, que son los creyentes los hombres que generalmente más han destacado por su grandeza y categoría.

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Capítulo XXII
EL ENTENDIMIENTO PRÁCTICO
1. Una clasificación de las acciones Los actos prácticos del entendimiento son los que nos dirigen en el obrar, los cuales persiguen dos objetivos: especificar el fin que nos proponemos, y hallar los mejores medios para alcanzarlo. Nuestra acciones pueden ejercerse sobre las cosas que encontramos en la naturaleza o bien sobre nosotros mismos. Las primeras están sometidas a la ley de necesidad; y las segundas, a nuestra libre voluntad, y éstas últimas comprenden nuestra conducta con respecto a nosotros mismos y a los demás, abarcando la moral, la urbanidad, los modales, el cuidado del hogar y la política. Lo dicho hasta aquí sobre el modo de pensar en las diferentes materias me ahorra el trabajo de extenderme sobre estos puntos, porque quien se haya penetrado de las reglas y observaciones precedentes no ignorará cómo deberá proponerse un fin ni cómo hallará los medios más apropiados para alcanzarlo. No obstante, añadiré algunas reflexiones que nos ayuden a guiarnos en nuestros actos. 2. Dificultad para proponerse el debido fin No hablo ahora del fin último; éste es el logro de la felicidad en la otra vida y al él nos conduce la religión. Aquí trato únicamente de los fines secundarios: cómo alcanzar un buen puesto en la sociedad, cómo llevar a buen término un negocio, cómo salir airoso de una situación difícil, cómo granjearse la amistad de una persona, cómo guardarse de los ataques de un adversario, cómo deshacer una intriga que nos amenaza, cómo diseñar y fabricar un aparato con garantías de éxito, cómo plantear un sistema político, de hacienda o de administración, y otras cosas semejantes. A primera vista, parecería que siempre que el hombre obra de una determinada manera es porque se ha propuesto un fin 17 1

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determinado y que lo tiene presente. Sin embargo, la experiencia enseña que no es así; y que son muchos, aún entre los hombres activos y enérgicos, los que andan poco menos que a la ventura. En múltiples ocasiones atribuimos a los hombres más planes de los que han proyectado. Al verlos ocupar una posición elevada, sea por su reputación, sea por las funciones que ejercen, nos inclinamos naturalmente a suponer que la alcanzaron porque persiguieron este objetivo con perseverancia y tenacidad, superando los obstáculos que salían al paso, previendo el fin y los medios que conducían a él. ¡Qué gran engaño! El hombre en todas las condiciones sociales, en todas las circunstancias de la vida, es siempre hombre, es decir, una cosa muy limitada y pequeña. Poco conocedor de sí mismo, sin formarse por lo general una idea muy clara ni de la calidad ni del alcance de sus fuerzas, creyéndose a veces más poderoso o más débil de lo que es en realidad, se encuentra con mucha frecuencia duditativo y perplejo, sin saber exactamente a dónde tiene que dirigirse. Además, para él es frecuentemente un misterio saber qué es lo que le conviene; de tal manera que esto aumenta sus vacilación y perplejidad. 3. Examen del proverbio: cada cual es hijo de sus obras No es verdad lo que suele decirse de que el interés particular sea una guía segura y que con respecto a él raras veces el hombre se equivoca. En esto, como en todo lo demás, andamos inciertos, y en prueba de ello tenemos la triste experiencia de que tantas y tantas veces nos labramos nuestro infortunio. Lo que sí no admite duda es que, en lo tocante a la dicha y a la desgracia, que se verifica el proverbio: “Cada hombre es hijo de sus obras”. En el mundo físico como en el moral, la casualidad no significa nada. Es cierto que en las cosas humanas ocurren con frecuencia sucesos imprevistos que desbaratan los planes mejor decididos, que no dejan recoger el fruto de atinadas disposiciones y arduas fatigas, y que, por el contrario, favorecen a otros que, sin haber puesto de su parte, estaban lejos de merecerlo; pero tampoco cabe duda en que 17 2

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esto no es tan común como vulgarmente se dice y se cree. El conocimiento de las personas cambia muchos juicios formados ligeramente sobre las causas de la buena o mala fortuna que cabe a diferentes personas. ¿Quién es el desgraciado que lo es por su culpa, si nos atenemos a lo que él nos dice? Ninguno o casi ninguno. Y, no obstante, si nos es dado conocer a fondo su idiosincrasia — carácter, costumbres, modo de ver las cosas, manejo de los negocios, trato, conversación, modales, relaciones de amistad o de familia—, raro será que no descubramos muchas de las causas, si no todas, de las que contribuyeron a hacerlo un fracasado. Las equivocaciones sobre este asunto suelen nacer de que se fija la atención en un solo suceso que ha decidido la suerte de la persona, sin reflexionar que aquel suceso o estaba ya preparado por muchos otros o que sólo ha podido tener tan funesta influencia a causa de la situación particular en la que se hallaba la persona por sus errores, defectos o faltas. La suerte próspera o adversa rara vez depende de una sola causa; por lo común entran en juego varias, y de orden muy diverso; pero como no nos es fácil seguir el hilo de los sucesos a través de semejante embrollo, solemos señalar una sola como causa principal o única, lo que quizá no es otra cosa que un suceso determinante o una simple casualidad. 4. El aborrecido Siempre habrá hombres a quienes han vuelto la espalda sus antiguos amigos, que son odiados por sus familiares y que no encuentran en la sociedad quien se interese por ellos. Si le preguntáis a uno de estos el motivo, os dirá que no es otro que la injusticia de la humanidad, la envidia y el egoísmo universal que no consiente el menor sacrificio ni aún de los que más obligación tenían de hacerlo, por parentesco, amistad o gratitud. En una palabra, que el infeliz es una víctima contra la que se ha conjurado el género humano, obstinado en no reconocer su mérito ni sus virtudes. ¿Qué habrá de verdad en su alegato? Tal vez fácilmente lo descubriremos en su misma justificación; quizá por su vanidad insufrible, su carácter áspero, su petulancia, su maledicencia, que le han atraído el 17 3

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odio de los unos, el rechazo de otros, acabando por dejarle en el aislamiento de que injustamente se lamenta. 5. El arruinado Otro os ha contado que arruinó toda su fortuna por ser demasiado bueno y generoso, o por un amigo que le traicionó, o por una desgracia imprevista, que echaron a perder sus mejores proyectos. Pero si llegáis a procuraros algunos informes sobre su conducta, no será extraño que descubráis las verdaderas causas, por cierto muy distantes de lo que él se imagina. En efecto, podrá suceder que ha mediado la infidelidad de un amigo, una desgracia imprevista; o que su corazón sea excesivamente bueno; es decir, que será muy posible que no haya mentido; pero no será extraño que en su misma justificación os presente de bulto las causas de su desgracia: por su proyecto tan superficial como atropellado; por su juicio extremadamente ligero; por su discurrir artificioso y falso; por sus planes locos y aventurados; por la excesiva confianza en sí mismo; por menospreciar las observaciones ajenas; por la precipitación y osadía de su proceder... en alguna o algunas de estas causas hallaréis el suficiente motivo para que se haya arruinado, por encima de causas que él se imagina. Si ha sucedido una desgracia, lejos de ser algo puramente casual, habrá dependido quizá de un orden de causas que estaban obrando desde hacía largo tiempo; tampoco la infidelidad del amigo hubiera sido difícil de preverla y de evitar sus tristes consecuencias si hubiese procedido con más tiento a la hora de depositar su confianza y en examinar el uso que se hacía de ella. 6. El instruido arruinado y el ignorante rico ¿Cómo es posible que ese hombre tan inteligente, tan perspicaz, tan instruido, no haya podido mejorar su fortuna, o haya perdido la que tenía, cuando ese otro tan encogido, tan torpe y tan rudo se haya enriquecido tanto? ¿No debe esto atribuirse a la casualidad, a fatalidades, a mala estrella? Así se habla muchas veces sin reflexionar, confundiendo lastimosamente los términos, queriendo relacionar 17 4

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directamente causas y efectos que no tienen por qué tener relación. Es verdad que uno es inteligente y el otro tímido, que uno parece perspicaz y el otro torpe, que uno es instruido y el otro ignorante; pero ¿de qué sirve esa inteligencia, esa aparente perspicacia, esos conocimientos para el negocio de que se trata? Es cierto que si hay que figurar en sociedad, el primero se presentará con más garbo y soltura que el segundo; que si es necesario sostener una conversación aquél brillará mucho más que éste; que su palabra será más fluida, sus ideas más interesantes, sus observaciones más penetrantes, sus réplicas más prontas y agudas. Está claro también que el rico iletrado no entenderá quizá una palabra del mérito de tal o cuál novela, de tal o cuál drama; que conocerá poco la Historia y se quedará estupefacto al oír hablar al otro como un portento de erudición y de saber; de cierto que no sabrá tanto de política, ni de administración, ni de hacienda; que no poseerá tantos idiomas; pero ¿son acaso esas cualidades las que permiten dirigir bien determinados negocios? No, ciertamente. De ahí que cuando uno pondera el mérito de una persona, extrañándose de que la suerte no le haya sido favorable, está pasando de un orden a otro muy diferente, queriendo hacer ver que ciertos efectos proceden de causas con las que nada tienen que ver. Observad atentamente a estos dos hombres tan desiguales en su fortuna y cultura; reflexionad sobre las cualidades de ambos; imaginad que están a punto de embarcarse en un negocio común, y no os resultará difícil deducir que la prosperidad del uno como la ruina del otro brotan de causas mucho más simples. El primero, el instruido y arruinado económicamente, habla, escribe, proyecta, calcula, da mil vueltas a los asuntos; todo lo prueba, de todo se hace preguntas; se hace cargo de mil ventajas e inconvenientes, de las oportunidades y de los peligros. ¿Y qué hace el otro, el rico e inculto? ¿Es capaz de sostener un debate con su adversario? No. ¿Deshace todos los cálculos que el primero ha hecho? No. ¿Satisface a todas las dificultades que le presenta su posible socio? No. ¿Aduce tantas razones como su adversario? No. Para lograr el objetivo, 17 5

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¿presenta proyectos tan ingeniosos y variados? No. ¿Qué dice, pues, el rico ignorante cuando le cuestiona el otro mucho más inteligente? —¿Qué me contesta usted a esto?— dice el hombre de los proyectos y de conocimientos. —Nada; pero ¿no me acaba de convencer?... —Mas ¿no le parecen a usted concluyentes mis razones? —No del todo. —Veamos: ¿tiene usted algo que oponer a este cálculo? Es cuestión de números no hay quien me gane. —Ya lo veo; lo que es en el papel, el negocio parece que le sale muy bien; la dificultad que yo tengo es creer que en la práctica suceda lo mismo. Cuenta usted con muchos datos de que no estoy bien seguro; ¡estoy tan escarmentado!... —¿Pero duda usted de los datos que se nos han proporcionado? ¿Por qué habrían de engañarnos? Si hay pérdidas, no las tendremos sólo nosotros, participarán de ellas también los que nos suministran las datos. Son personas entendidas, honradas, versadas en negocios. ¿Qué más quiere? ¿Qué motivos puede haber para que dudemos de ellos? —Yo no desconfío de nadie; yo creo lo que usted dice de esos señores; pero, ¿qué quiere usted...? El negocio no me gusta. Además, ¡hay tantas eventualidades que usted no lleva en cuenta!... —Pero ¿que eventualidades, señor? Si nos atenemos a las simples posibilidades nada llevaremos nunca adelante; todos los negocios tienen sus riesgos, pero en éste no alcanzo a ver ninguno. —Usted conocerá el negocio más que yo —dice el inculto, encogiéndose de hombros. Luego, meneando la cabeza, añade: —No, señor; repito que el negocio no me gusta; yo, por mi parte, no entro en él; usted se empeña en que ha de ser provechosa la operación, enhorabuena. Ya lo veremos. Pero yo no aventuro mis fondos. El que parece muy instruido ciertamente ha vencido en la discusión; pero ¿en la práctica, quién tendrá la razón? El 17 6

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tiempo lo dirá. El adinerado, mucho menos culto, aparentemente parece más torpe, pero respecto al negocio de que se trata, ve mucho más claro, más en profundidad el asunto, de un modo más seguro y agudo. No puede, es verdad, oponer datos a datos, reflexiones a reflexiones, cálculos a cálculos; pero el discernimiento, el tacto que le caracteriza, desenvueltos por la observación y por la experiencia, le están diciendo con toda certeza que muchos datos son imaginarios, que el cálculo es inexacto, que no se llevan en cuenta muchas contingencias desgraciadas, no sólo posibles, sino muy probables. Su mirada perspicaz ha descubierto indicios de mala fe en algunos de los que intervienen en el negocio; su experiencia de situaciones parecidas, le hacen apreciar en su justo valor las ventajas que tanto le pondera el instruido. ¿Qué le importa que no considere tantos factores, si ve mejor, con más lucidez y penetración el negocio? ¿Qué le importa que no posea tanta facilidad de palabra y que no discurra con tanta rapidez? Estas cualidades son muy a propósito para lucirse, pero resultan indiferentes para lograr el objeto de que se trata: prever si marchará bien el negocio? 7. Observaciones. La cavilación y el buen sentido La vivacidad de pensamiento no significa sagacidad en el pensar; la abundancia de ideas no siempre trae consigo la claridad y la exactitud del pensamiento; la premura del juicio suele ser sospechosa de error; una larga serie de raciocinios demasiado ingeniosos suele contener errores que extravían al que se fía de su propio ingenio. No siempre resultará fácil señalar tales errores; sobre todo cuando el que los propaga es un orador fecundo y brillante. La razón humana es de suyo muy persuasiva; ciertos hombres poseen cualidades tan a propósito para deslumbrar, para presentar las cosas desde el punto de vista que les conviene o preocupa, que no es raro ver a la experiencia y al buen juicio no poder contestar a una serie de argumentos artificiosos más que de esta manera: “Tal vez no lo sepa explicar, pero esto no irá bien; estos argumentos no son concluyentes; no nos hagamos ilusiones; el tiempo dirá que tengo razón.”

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Y es que hay cosas que se sienten más bien que se conocen; las hay que se ven, pero no se prueban; porque hay relaciones delicadas, hay pequeños detalles casi imperceptibles que no es posible demostrar con explicaciones a quien no las descubre de entrada; hay puntos de vista sumamente fugaces que en vano se buscan después, porque no se ha sabido situarse en ellos en el momento oportuno. 8. Delicadeza de ciertos fenómenos intelectuales en sus relaciones con la práctica En el ejercicio de la inteligencia y demás facultades del hombre hay muchos fenómenos que no se expresan con palabras, ni con frases, ni con ningún discurso; para comprender al que los experimenta es necesario experimentarlos también como él, y por eso, es a veces una pérdida de tiempo tratar de hacerse entender, como si un hombre con vista quisiese, a fuerza de explicaciones, dar idea de los colores a un ciego de nacimiento. Esta tipo de fenómenos se nota de una manera particular en los que tienen relación con el obrar práctico. En ellos no se puede abandonar el espíritu a vanas abstracciones, no se pueden formar sistemas espléndidos, puramente convencionales; lo único que se requiere es que se manejen las cosas, no como uno se las imagina o desea, sino como funcionan en la realidad; de lo contrario, cuando se pase de la idea a la práctica no coincidirá con la realidad y se verán desbaratados todos los planes. Añádase a esto que al tratarse acciones prácticas, sobre todo en las relaciones de unos hombres con otros, no influye sólo el entendimiento, sino que actúan simultáneamente las demás facultades. No existe sólo la comunicación de un entendimiento con otro entendimiento, sino de un corazón con otro corazón; no sólo se influyen recíprocamente en las ideas sino también en los sentimientos. 9. Los despropósitos El que está más ventajosamente dotado en talentos, si se encuentra con los que careen de alguno de ellos o los poseen en grado muy inferior, se encuentra en el mismo caso que 17 8

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quien tiene completos los sentidos con respecto al que está privado de alguno. El recordar estas observaciones ahorrará mucho tiempo y trabajo, y aun disgustos en las relaciones humanas. Causa risa a veces observar cómo se debaten inútilmente ciertas personas por apartar a otras de un su juicio errado o para hacerles comprender alguna verdad. En una conversación se dice quizás un solemne desatino, aunque se haga con la mayor serenidad y la mejor buena fe del mundo. Esto escandaliza a una persona sensata que se haya presente, la cual replica con multitud de argumentos para que el errado comprenda su insensatez, y éste, a pesar de todo, no se convence y permanece exactamente igual, sin que las reflexiones de su adversario hagan la más mínima mella en su ánimo. Y esto ¿por qué? ¿Le falta información? No. Lo que le falta es sentido común. Su disposición natural y sus hábitos le han ido formando así, y el que se empeña por convencerle debería reflexionar que quien ha sido capaz de verter tan enorme desatino no está en situación de comprender los mejores argumentos que se le hagan para que se dé cuenta de su error. 10. Entendimientos torcidos Hay ciertos entendimientos que parecen estar naturalmente deteriorados, pues tienen la desgracia de verlo todo desde un punto de vista falso, inexacto o extravagante. En tales casos, la razón no puede decirse que esté trastornada, y no se considera a dichos hombres como faltos de juicio. Suelen distinguirse por su insufrible locuacidad, efecto de la rapidez de su percepción y de la facilidad de hilvanar pensamientos. Apenas nada juzgan con acierto; y si alguna vez entran en el buen camino, bien pronto se apartan de él arrastrados por sus propios pensamientos. Sucede con frecuencia ver en sus razonamientos una hermosa apariencia, que ellos toman por una verdadera y sólida construcción; el secreto está en que han dado por evidente un hecho incierto, o dudoso, o inexacto, o enteramente falso, o han asentado como principio de eterna verdad una proposición gratuita, o tomado por realidad una hipótesis, y así han levantado un castillo que no tiene otro defecto que estar en el aire. Impetuosos, precipitados, no 17 9

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hacen caso de las objeciones de los demás, sólo se guían por su torcida razón, llevados por su prurito de discurrir y de hablar. Arrastrados por la turbia corriente de sus propias ideas, se olvidan completamente de su punto de partida, no advirtiendo que todo cuanto edifican es puramente ilusorio, por carecer de fundamento. 11. Incapacidad de tales hombres para los negocios No hay peores hombres para lo negocios; desgraciado el asunto donde ellos ponen la mano, y desgraciados ellos mismos si en sus asuntos todo lo dirigen por sí solos, sin atender al parecer de los demás. Las principales dotes de un buen entendimiento práctico son la madurez del juicio, el buen sentido, el tacto, y estas cualidades están ausentes en ellos. En la vida práctica se precisa no atender únicamente en las ideas, sino a la realidad; y esos hombres se olvidan casi siempre de la realidad y sólo se ocupan de sus ideas. En la práctica se necesita pensar, no en lo que las cosas debieran o pudieran ser, sino en lo que son; y ellos suelen pararse menos en lo que son que en lo que pudieran o debieran ser. Cuando un hombre de entendimiento claro y de juicio recto se encuentra tratando un asunto con uno que tenga los defectos que acabo de describir, se halla en la mayor perplejidad. Lo que aquel ve claro, éste lo encuentra oscuro; lo que el primero considera seguro, el segundo lo mira como muy discutible. El sensato plantea la cuestión de un modo que le parece muy natural y sencillo; el caviloso la mira de una forma diferente; se diría que uno de los dos padece una especie de estrabismo intelectual, que desconcierta y confunde al que ve normalmente. 12. Este defecto intelectual suele tener un origen moral Reflexionando sobre la causa de semejantes aberraciones no es difícil advertir que el origen está más bien en el corazón que en la cabeza. Estos hombres suelen ser extremadamente vanidosos; un amor propio mal entendido les inspira el deseo de singularizarse en todo, y al final llegan a contraer el hábito de apartarse de lo que los demás piensan y dicen; esto es, de ponerse en contradicción con el sentido común. 18 0

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La prueba de que caigan en tan ridículas aberraciones —por su deseo de singularizarse y de distinguirse por su espíritu de constante oposición—, lo demuestra el hecho de que cuando juzgan las cosas con naturalidad, sin estar presentes los demás de por medio, no juzgan tan erradamente la realidad. Si fuese un defecto únicamente de la cabeza no habría ninguna razón para que en casi todas las cuestiones ellos sostengan el no cuando los demás sostienen el sí, y para que ellos sostengan el sí cuando los otros están por el no, siendo de notar que a veces hay un medio seguro de llevarlos a la verdad, y es el sostener el error. A menudo ellos no advierten su situación y no tienen una conciencia clara de la vanidad y pedantería que los dirige y domina; pero esta funesta atracción puede ser remediable si hay alguien se la advierta; mayormente si la edad, la posición social y las elogios no han llevado el mal hasta el último extremo. Y no es raro que se presenten ocasiones favorables para que las advertencias y amonestaciones tengan algún fruto; porque esos hombres, por su imprudencia, suelen atraer sobre sí amargos disgustos, cuando no desgracias; y entonces, abatidos por la adversidad y enseñados por la dolorosa experiencia, suelen tener lúcidos intervalos, de los que puede aprovecharse un amigo sincero para darle consejos sensatos y razonables. Por lo demás, cuando una realidad cruel no ha venido todavía a desengañarles, cuando en sus accesos de sinrazón se entregan sin medida a la vanidad de sus proyectos, no suele haber otro medio para resistirles que callar, y con los brazos cruzados y meneando la cabeza, sufrir con estoica impasibilidad el impetuoso aluvión de sus proposiciones aventuradas, de sus raciocinios incoherentes y de sus planes descabellados. Y por cierto que esa impasibilidad no deja de producir de vez en cuando saludables efectos, porque el deseo de disputar cesa cuando no hay quien replique; no cabe oposición cuando nadie sostiene nada; no hay defensa cuando nadie ataca. Así, no es raro ver a esos hombres volver en sí al poco rato de abrumar con su locuacidad a quien no les contesta; y, amonestados por la elocuencia del silencio, excusarse de su 18 1

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molesta petulancia. Son almas inquietas y ardientes, que viven de contradecir y que, a su vez, necesitan contradicción; cuando no la hay, cesa la pugna. 13. La humildad cristiana en sus relaciones con los negocios mundanos La humildad cristiana es una virtud que tiene estos buenos efectos: nos permite conocer el límite de nuestras fuerzas; nos revela nuestros propios defectos; nos impide exagerar nuestro mérito y ensalzarnos sobre los demás; nos prohíbe despreciar a nadie; nos inclina a aprovecharnos del consejo y ejemplo de todos, incluso de los inferiores; nos hace considerar como algo indigno, frívolo y poco serio andar buscando aplausos y elogios; no impide pensar que hemos llegado a la cumbre de la perfección en algún sentido, haciéndonos ver lo mucho que nos queda por adelantar y la ventaja que nos llevan otros. Esa virtud, que, bien entendida, es la verdad —la verdad aplicada al conocimiento de lo que somos, de nuestras relaciones con Dios y con los demás hombres—, orienta nuestra conducta para que no nos extravíen las exageraciones del amor propio. Esta virtud es, por tanto, de suma utilidad en todo cuanto concierne al actuar práctico, aun en las cosas puramente mundanas. Sí; la humildad cristiana, a cambio de algunos sacrificios, tiene grandes ventajas, hasta en los asuntos más alejados de la devoción. El soberbio compra muy cara su satisfacción propia, y no advierte que la víctima que inmola a ese ídolo que ha levantado en su corazón son a veces sus intereses más caros, la misma gloria en pos de la cual tan afanoso corre. 14. Daños acarreados por la vanidad y la soberbia ¡Cuántas reputaciones se ajan, cuando no se destruyen, por la miserable vanidad! ¡Cómo se disipa la ilusión que inspira un gran nombre si cuando uno se le acerca, se encuentra con una persona que sólo habla de sí misma! ¡Cuántos hombres, por otra parte muy dignos, se desacreditan y hasta se hacen objeto de burla por su tono de superioridad, que provoca repulsa! ¡Cuántos se empeñan en negocios funestos, dan pasos desastrosos y se desacreditan o se pierden sólo por haberse dejado llevar de su propia opinión exclusivamente! No dan ninguna importancia a los consejos e indicaciones de los que 18 2

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ven más claro, a los que miran de arriba abajo. Se comportan como dioses falsos, habitan allá en el paraíso fabricado por su vanidad, y no se dignan descender a la ínfima región donde moran los modestos mortales. Y si tienen la suerte de acertar en algo, se confirman en su idea de que no tienen necesidad de consultar a nadie. La elevación de su entendimiento, la seguridad y acierto de su juicio, la fuerza de su penetración, el alcance de su previsión, la sagacidad de sus proyectos, dan fe del buen resultado de los negocios en que han intervenido. ¿A quién se debe el éxito sino a él? Si se han superado graves dificultades, ¿quién las ha superado sino él? Todo lo hubiesen echado a perder sus compañeros, menos mal que supo evitarlo. Y todas las brillantes ocurrencias que han tenido sus compañeros él ya las había previsto con mucha anticipación. Contempladle; su frente altiva parece amenazar el cielo; su mirada imperiosa exige sumisión y acatamiento; en sus labios asoma el desdén hacia todos; su fisonomía rebosa de complacencia en sí mismo. Si toma la palabra, resignaros a callar. Si replicáis, no os hará caso y seguirá su camino. Insistís otra vez, el mismo desdén, acompañado de una mirada que exige atención e impone silencio. Está fatigado de hablar y descansa un momento; entretanto, aprovecháis la ocasión para exponer lo que intentabais hace largo rato decir; ¡vano esfuerzo!; el semidiós no se digna prestaros ninguna atención, os interrumpe cuando se le antoja, si es que no está absorto en sus pensamientos, con las cejas arqueadas, preparándose a declarar con majestuosa solemnidad otro oráculo. ¿Cómo no podrá menos de cometer grandes desatinos un hombre tan fatuo? Y de esta clase hay muchos, por más que no lleguen a tanto. Desgraciado el que desde la infancia no se acostumbra a rechazar los halagos, ni a dar a los elogios que se le tributan el debido valor. Desgraciado el que no se para a pensar repetidas veces para preguntarse si el orgullo le ciega, si la vanidad le domina, si la excesiva confianza en su propio dictamen le pierde. Cuando llegue a ser un adulto, cuando ocupe en la sociedad un puesto importante, cuando vaya adquiriendo cierta reputación merecida o inmerecida, cuando se vea rodeado de consideración y tenga gente a sus órdenes, 18 3

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los halagos se multiplicarán y agrandarán, los amigos serán menos francos y menos sinceros, y el hombre abandonado a su vanidad seguirá cada día más ciego metiéndose por el peligroso sendero, hundiéndose más y más en su egolatría. 15. El orgullo La exageración del amor propio, la soberbia, no siempre se presenta de la misma manera. En los hombres de voluntad fuerte y entendimiento sagaz se manifiesta como orgullo; en los flojos y poco avisados como vanidad. Ambos tienen una misma raíz, pero emplean diferentes medios. El orgulloso muchas veces aparenta ser virtuoso. Elogiadle y os rechazará el elogio, temeroso de dañar su reputación por parecer presuntuoso; de él se ha dicho, con mucha verdad, que es demasiado orgulloso para ser vanidoso. En el fondo de su corazón siente viva complacencia de ser elogiado; pero sabe muy bien que las alabanzas le ensalzan sólo mientras no exteriorice que le encantan; por eso no consentirá que le aduléis demasiado. De ahí que no atraiga tanto el ridículo de los hombres en principio. Pero a la larga difícilmente se esconde en el corazón el orgullo, sin que, a pesar de todas las precauciones degenere en vanidad. Aquella violencia no puede ser duradera; la ficción no puede mantenerse por mucho tiempo. Gustar de ser alabado y mostrar al mismo tiempo desdén hacia las alabanzas, proponerse alcanzar la fama y aparentar que no se piensa en ella, es demasiado fingir para que se acabe descubriendo la verdad. 16. La vanidad Por otro lado el simplemente vano no irrita; excita a compasión y da pie a que se le ridiculice, exteriorizando francamente su debilidad. El infeliz no desprecia a los demás hombres; los respeta, quizá los admira y teme. Pero padece una verdadera sed de alabanzas y no de cualquier forma, sino que necesita oírlas él mismo, asegurarse de que, en efecto, se le alaba; complacerse gratamente con ellas y corresponder a las buenas personas que las otorgan con una inocente sonrisa, expresando su íntimo goce. ¿Ha hecho alguna cosa buena? ¡Ah! Habladle de ella, por piedad, no le hagáis padecer. ¿No veis que se muere de pena 18 4

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por querer orientar la conversación hacia sus propios encantos? ¡No seáis tan cruel para con él!, pues por si no habláis de sus cualidades, le obligaréis a que él tenga que hablaros de ellas, hasta que se las reconozcáis y alabéis. En efecto, ¿Ha tenido éxito lo que él ha dicho, escrito o hecho? ¡Que felicidad! Y es necesario que se advierta que fue sin preparación, que todo se debió a su genio, a una de sus felices ocurrencias. ¿No habéis notado cuántas bellezas, cuántos golpes afortunados? Por piedad, no apartéis la vista de tantas maravillas, no dejéis de hablar de ello, dejadle gozar su gloria. En él no encontraréis la altivez satánica del orgulloso ni hipocresía. Un inexplicable candor se retrata en su semblante; su mirada es afable y dulce; sus modales, atentos; su conducta, complaciente; el desgraciado muestra una actitud de súplica, pues teme que una imprudencia le arrebate su dicha suprema. No es duro, no es insultante, no es ni siquiera exclusivo; no se opone a que otros sean alabados: sólo quiere participar él también de ser alabado. ¡Con qué ingenua complacencia refiere sus trabajos y aventuras! Cuando habla de sí mismo su palabra es inacabable. A sus alucinados ojos su vida es poco menos que una epopeya. Los hechos más insignificantes se convierten en episodios de sumo interés; las vulgaridades, en golpes de ingenio; los desenlaces más naturales, en resultado de combinaciones estupendas. Todo converge hacia él; la misma historia de su país no es más que un gran drama, cuyo héroe es él; todo es insípido si no lleva su nombre. 17. La influencia del orgullo es peor para los negocios que la de la vanidad Este defecto de la vanidad, aunque resulte más ridículo que el orgullo, no tiene, sin embargo, tantos inconvenientes en la vida práctica. Como es una complacencia en la alabanza más bien que un sentimiento fuerte de superioridad, no ejerce sobre el entendimiento un influjo tan nocivo. Estos hombres son, por lo común, de carácter flojo, como lo manifiesta la misma debilidad con que se dejan arrastrar por su inclinación. Así es que no suelen desechar, como los orgullosos, el consejo ajeno, 18 5

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y aun muchas veces se adelantan a pedirlo. No son tan altivos que no quieran recibir nada de nadie, e incluso se vanaglorian de ello. Si por ventura el asunto salió bien, le gusta comentar todo lo que pensó antes, la sagacidad con que previó las dificultades, el tino con que procedió para vencerlas, la prudencia con que se hizo aconsejar de personas entendidas, y lo mucho que ayudó a iluminar el juicio del consejero. 18. Cotejo entre el orgullo y la vanidad El orgullo tiene más malicia, la vanidad más flaqueza; el orgullo irrita, la vanidad inspira compasión; el orgullo concentra, la vanidad disipa; el orgullo sugiere quizá grandes crímenes, la vanidad, ridículas miserias; el orgullo está acompañado de un fuerte sentimiento de superioridad e independencia, la vanidad se aviene con la desconfianza de sí mismo, hasta con la humillación; el orgullo pone en tensión los resortes del alma, la vanidad los afloja; el orgullo es violento, la vanidad es blanda; el orgullo quiere la gloria con altivez; la vanidad la quiere también, pero con abandono y molicie; podría llamarse la afeminación del orgullo. Así, la vanidad es más propia de las mujeres, y el orgullo de los hombres, y, por la misma razón, la infancia tiene más vanidad que orgullo, y éste no suele desarrollarse sino en la edad adulta. Si bien es verdad que en teoría estos dos vicios se distinguen por las cualidades expresadas, no siempre se encuentran en la práctica tan puros. Lo más común es hallarse mezclados en el corazón humano, teniendo cada cual no sólo sus épocas, sino sus días y sus momentos. No hay una línea divisoria que separe perfectamente los dos colores; hay una gradación de matices que sólo descubre quien está acostumbrado a desentrañar los complicados y delicados recobecos del corazón humano. Si bien se mira, el orgullo y la vanidad son una misma cosa bajo distintos matices. Es un mismo fondo que ofrece diversos tonos según el modo con que le da la luz. Este fondo es la exageración del amor propio, el culto de sí mismo. Es el ídolo del yo cubierto por tupido velo o presentado al descubierto; es el hombre que ha levantado a sí mismo un altar en su corazón, al que todos deben tributar incienso.

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19. Cuán general es dicha pasión Puedo asegurar que esta pasión es muy común y que afecta a todos los estratos sociales y condiciones. La soberbia ciega al ignorante como al sabio, al pobre como al rico, al débil como al poderoso, al desventurado como al infeliz, al niño como al anciano; domina al libertino, no perdona al austero; campea en el gran mundo y penetra en el retiro de los claustros; rebosa en el semblante de la altiva señora aristocrática, llena de talentos y hermosura, pero se trasluce también en la tímida palabra de la humilde religiosa encerrada en su monasterio. Se pueden encontrar personas libres de corrupción, de codicia, de envidia, de odio, de espíritu de venganza; pero apenas habrá alguien que no esté libre de esa exageración del amor propio, bien sea bajo la forma de orgullo o vanidad. El sabio se complace mostrando sus conocimientos, el ignorante se ufana de sus sandeces, el valiente cuenta sus hazañas, el galán sus aventuras; el avariento hablará de su genio financiero; el derrochador, de su generosidad; el frívolo, de su viveza; el flemático, de su aplomo; el libertino se envanece de sus desórdenes; el austero, de su autodominio. Este es, sin duda, el defecto más general, la pasión más insaciable cuando se le da rienda suelta; la más insidiosa, la más sutil, la que más resurge cuando se la intenta sujetar. Si se la sujeta un tanto a fuerza de elevadas ideas, de seriedad de espíritu y de firmeza de carácter, bien pronto trabaja por explotar sus nobles cualidades, dirigiendo el ánimo hacia la contemplación de ellas; y si se la resiste con el arma verdaderamente más poderosa y eficaz, como es la humildad cristiana, a ésta misma procura envanecerla, poniéndole asechanzas para hacerla perecer. Es un reptil que si lo arrojamos de nuestro pecho se arrastra y enrosca a nuestros pies, y que cuando pisamos un extremo de su dúctil cuerpo, se vuelve y nos hiere con su ponzoñosa picadura. 20. Necesidad de una lucha continua Siendo ésta una de las miserias de la flaca naturaleza humana, habrá que resignarse a luchar con ella durante toda la vida, poniendo atención en este mal para limitarlo lo más posible; y ya que no nos es dado remediarlo del todo, al menos 18 7

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habrá que no dejarle que progrese, evitando que cause los estragos que suele acostumbrar. El hombre que en este punto sabe dominarse a sí mismo tiene mucho ya adelantado y comprobará sus buenos resultados: sabrá pensar con tino y seriedad, progresará en el conocimiento de las cosas y de los hombres, y adquirirá esa misma alabanza que tanto más se merece cuanto menos se busca. 21. Al proponernos un fin no sólo es la soberbia la que nos induce al error Para proponerse acertadamente un fin es necesario comprender perfectamente la situación del que lo ha de alcanzar. Y aquí son muchos los hombres que marchan a la ventura, ya sea no fijándose un fin determinado, o no calculando los medios con que cuentan para alcanzarlo. Tanto en la vida privada como en la pública es tarea harto difícil comprender bien la situación propia; el hombre se forma mil ilusiones, que le hacen errar sobre el alcance de sus fuerzas y la oportunidad de ejercitarlas. Sucede con mucha frecuencia que la vanidad las exagera; o lo contrario, que la pusilanimidad las disminuye más de lo justo. Los hombres levantan con demasiada facilidad encumbradas torres de Babel, con la insensata esperanza de que podrán tocar al cielo; pero también les acontece desistir, pusilánimes, hasta de la construcción de una modesta vivienda. Verdaderos niños que unas veces creen poder tocar el cielo con la mano cuando suben a una colina, y otras toman por estrellas lejanas lo que está al alcance de su mano. Unas veces se atreven a más de lo que pueden; y otras, no pueden porque no se atreven. ¿Qué criterio seguiremos para acertar en semejantes casos? Para contestar a esta pregunta sólo caben reflexiones muy vagas. Si el hombre se conoce poco a sí mismo, ¿cómo entonces sabrá lo que puede y lo que no puede? Se dirá que a través de la experiencia; ciertamente es así, pero el mal está en que esa experiencia tarda en alcanzarse, a veces cuando la vida toca a su término. No es que sea imposible formarse un criterio, muy al contrario; en varias partes de esta misma obra indico los medios para adquirirlo. Señalo la dificultad, pero no afirmo la 18 8

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imposibilidad: la dificultad debe inspirarnos empeño y esmero, mas no abatimiento. 22. Desarrollo de fuerzas latentes Hay en el espíritu humano muchas fuerzas que permanecen latentes hasta que la ocasión las despierta y aviva; el que las posee no lo sospecha siquiera; quizá baja al sepulcro sin haber tenido conciencia de aquel precioso tesoro, sin que un rayo de luz se haya reflejado en aquel diamante que hubiera podido embellecer la más esplendorosa diadema. ¡Cuántas veces una escena, una lectura, una palabra, una sugerencia remueve el fondo del alma y hace brotar de ella misteriosas inspiraciones! Fría, inactiva e inactiva el alma hasta entonces, un momento después surge de ella un ímpetu vehemente que nadie hubiera sospechado que estaba oculto en sus entrañas. ¿Qué ha sucedido? Ha brotado un punto atrayente que pone en plena actividad el pensamiento. El espíritu se dilata con las relaciones humanas, con la lectura, con los viajes, con los hermosos espectáculos, no tanto por lo que recibe de fuera como por lo que descubre dentro de sí. ¿Qué le importa el haber olvidado lo visto u oído o leído si se mantiene viva la disposición que el afortunado encuentro le reveló? El fuego prendió y arde sin extinguirse, poco importa que se haya perdido la antorcha. Las facultades intelectuales y morales se excitan también como las pasiones. A veces un corazón inexperto duerme tranquilamente el sueño de la inocencia; sus pensamientos son puros como los de un ángel, sus ilusiones cándidas; pero en un instante se ha corrido un velo misterioso: el mundo de la inocencia y de la calma desapareció y el horizonte se ha convertido en un mar de fuego y borrascas. ¿Qué ha sucedido? Ha mediado una lectura, una conversación imprudente, algo que le sedujo o impresionó. He aquí la historia del despertar de muchas facultades del alma, una impresión exterior las desveló. Si conociésemos las disposiciones con que nos ha dotado el Creador, no sería difícil ponerlas en acción, ofreciéndoles el objeto que más se les adapta y que por lo mismo las estimula y desarrolla. Pero el hombre se encuentra enfrascado en la 18 9

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carrera de la vida y muchas veces no conoce sus disposiciones hasta cuando ya es demasiado tarde, cuando ya le es imposible volver atrás y deshacer el camino andado —la educación y la profesión que escogió o le impusieron—. En este caso será necesario que acepte las cosas tal como son, aprovechándose de lo bueno que tiene y evitando lo malo en lo que le sea posible. 23. Al proponernos un fin debemos guardarnos de la presunción y de la excesiva desconfianza Sea cual fuere su carrera, su posición en la sociedad, sus talentos, inclinaciones e índole, nunca el hombre debe prescindir de emplear su razón, tanto para señalarse con acierto un fin, como para echar mano de los medios más a propósito para alcanzarlo. El fin ha de ser proporcionado a los medios, y éstos son las fuerzas intelectuales, morales y físicas, y demás recursos de que se disponga. Proponerse un blanco fuera de nuestro alcance equivale a gastar inútilmente las fuerzas o bien a desanimarse y dejar de actuar, desperdiciando estas mismas fuerzas por falta de ejercicio, al no aspirar a lo que la razón y la experiencia señalaban que podía realmente alcanzar. 24. La pereza Si bien es cierto que la prudencia aconseja ser más bien desconfiado que presuntuoso, y que por lo mismo no conviene entregarse con facilidad a empresas difíciles, también conviene no olvidar que la resistencia a las sugestiones del orgullo o de la vanidad puede muy bien explotar la pereza. La soberbia es, sin duda, un mal consejero; pero también la pereza. El hombre ama las riquezas, la gloria, los placeres, pero también apetece mucho el no hacer nada; esto es para él un verdadero goce, al que sacrifica a menudo su reputación y su bienestar. Dios conocía bien la naturaleza humana cuando la castigó con el trabajo; el comer el pan con el sudor de su rostro es para el hombre una pena continua y muchas veces muy dura.

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25. Una ventaja de la pereza sobre las demás pasiones La pereza, es decir, la pasión de la inacción, tiene para triunfar una ventaja sobre las demás pasiones y es el que no exige nada; su esencia es una pura negación. Para conquistarse un alto puesto se requiere mucha actividad, constancia y esfuerzos; la fama no se alcanza sin granjearse títulos y logros, mediante largas y penosas fatigas; las riquezas no se acumulan sin perseverante trabajo y habilidosa disposición para los negocios; hasta los placeres más regalados no se disfrutan si no se anda tras ellos y no se emplean los medios conducentes para gozarlos. Todas las pasiones para el logro de su objeto exigen algo; sólo la pereza no exige nada. Mejor la contentáis sentado que de pie, mejor echado que sentado, mejor soñoliento que bien despierto. Parece ser la tendencia a la misma nada; la nada es, al menos, su solo límite; cuanto más se acerca a ella el perezoso, en su modo de ser, mejor está. 26. Origen de la pereza El origen de la pereza se halla en el funcionamiento de nuestra misma naturaleza. En todo acto hay un gasto de fuerza, hay pues, un principio de cansancio y, por consiguiente, de sufrimiento. Cuando la pérdida es insignificante y sólo ha transcurrido poco tiempo, todavía no hay sufrimiento y hasta puede sentirse placer; mas pronto se siente la pérdida de fuerza y comienza el cansancio. Debido a esto no hay perezoso que no emprenda repetidas veces y con gusto algunos trabajos, y quizá por la misma razón los que están siempre cambiando de actividad aparentan ser los más laboriosos y vivarachos. La intensidad con que ponen en ejercicio sus fuerzas debe de excitar en ellos más pronto que en otros la sensación de cansancio, por cuyo motivo se acostumbran a cambiar de actividad más fácilmente y a mirar el trabajo con aversión. 27. Pereza del espíritu Como el ejercicio de las facultades intelectuales y morales necesita la concomitancia de ciertas funciones orgánicas, la pereza tiene lugar en los actos del espíritu como en los del cuerpo. No es el espíritu quien se cansa, sino los órganos 19 1

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corporales que le sirven, pero el resultado viene a ser el mismo. Así es que hay a veces una pereza de pensar y aun de querer tan poderosa como la que se sigue de hacer cualquier trabajo corpóreo. Y es de notar que estas dos clases de pereza no siempre son simultáneas, pudiendo existir la una sin la otra. La fatiga puramente corporal o del sistema muscular no siempre produce postración intelectual y moral, y no es raro estar sumamente fatigado de cuerpo y sentir muy activas las facultades del espíritu. Al contrario, después de largos e intensos trabajos mentales, cuando las fuerzas intelectuales están agotadas, a veces se experimenta un verdadero placer al poner en ejercicio la fuerza física. 28. Razones que confirman lo dicho sobre el origen de la pereza En prueba de que la pereza es un instinto de precaución contra el sufrimiento que nace del ejercicio de las facultades se puede observar que: 1º Cuando este ejercicio produce placer no sólo no hay repugnancia a la acción, sino que hay disposición hacia ella. 2º La repugnancia al trabajo es más poderosa antes de empezarlo, porque entonces es necesario un esfuerzo adicional para poner en acción los órganos o miembros que intervienen en ella. 3º La repugnancia es nula cuando ya iniciado el movimiento, no ha transcurrido aun el tiempo suficiente para que haga sentir el cansancio por mermarse las fuerzas. 4º La repugnancia aumenta a medida que esta merma de fuerzas se verifica. 5º Los que más cambian de actividad, los más versátiles y ligeros, adolecen más de este mal porque experimentan antes el sufrimiento y les cuesta más sujetarse a sí mismos. 29. La inconstancia: su naturaleza y origen La inconstancia nos lleva continuamente a ocuparnos de diferentes cosas; aparentando ser un exceso de actividad, no es más que una forma de pereza disimulada. El inconstante sustituye un trabajo por otro porque así se evita la molestia que experimenta al tratar de mantener su atención y acción a una 19 2

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determinada tarea. Así es que todos los perezosos suelen ser grandes planificadores e innovadores, porque esto les permite divagar mucho sin tener que esforzarse en sujetar el espíritu; también suelen ser amigos de emprender muchas cosas, sucesiva o simultáneamente, sin llevar a cabo ninguna. 30. Pruebas y aplicaciones Vemos a cada paso hombres que están obligados a ciertos trabajos y tareas que son mucho menos pesados que los trabajos que ellos mismos se imponen, y, no obstante, emplean su tiempo en hacer estos últimos, en vez de ejecutar los que deberían hacer. Cuando necesitan despachar un expediente, lo dejan intacto, a pesar de que no habían de emplear en él ni la mitad del tiempo que gastan en otras correspondencias para nada importantes. Cuando deben verse con una persona para tratar un negocio, no lo hacen y consumen mucho más tiempo en conversar con tras personas de cosas indiferentes. Cuando acuden a una reunión que está prevista para ventilar algún asunto candente, no necesitarían hacer grandes esfuerzos para prestar atención y dar con acierto su parecer sobre dicho asunto, pero en vez de ello consumen su tiempo quizá disputando sobre política, literatura o cualquier otro tema, todo menos tratar de lo que están obligados. En el mundo abundan los amigos de las conversaciones y de los debates, y escasean los laboriosos auténticos. ¿Cuál es la razón? Porque para hablar y debatir no se necesita esforzarse uno, sino que es algo de lo más versátil y entretenido, según los temas que le venga a uno escoger. 31. El justo medio entre los dos extremos Evitar la pusilanimidad sin fomentar la presunción, sostener y alentar la actividad sin inspirar vanidad, hacer sentir al espíritu sus fuerzas sin cegarle con el orgullo; he aquí una tarea difícil en las relaciones humanas y en el dominio de sí mismo. Esto es lo que el Evangelio enseña, esto es lo que la razón aplaude y admira. Entre estos escollos debemos de caminar, no con la esperanza de no chocarnos jamás con ninguno de ellos, sino con la mira, el deseo y la esperanza de no estrellarnos hasta el punto de perecer. 19 3

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La virtud es difícil pero no imposible; el hombre no la alcanza aquí en la tierra sin mezcla de muchas debilidades que la deslustran, pero no carece de medios suficientes para poseerla y perfeccionarla. La razón es un soberano condenado a luchar de continuo con las pasiones que tienen a sublevarse, sabiendo que Dios le ha provisto de lo necesario para pelear y vencer. Es una lucha terrible, penosa, llena de azares y de peligros; mas, por lo mismo, tanto más digna de ser deseada por las almas generosas. En vano se intenta en nuestro época proclamar la omnipotencia de las pasiones y lo irresistible de su fuerza, pues el alma humana, sublime destello de la divinidad, no ha sido abandonada por su Creador, para que pueda triunfar su razón. No hay poderes suficientes que puedan apagar la antorcha de la conciencia moral ni en el individuo ni en la sociedad. La conciencia moral en el individuo sobrevive a todos los crímenes, y en la sociedad resplandece aun después de los mayores extravíos. En el individuo culpable reclama sus derechos con la voz del remordimiento, y en la sociedad por medio de elocuentes protestas y de ejemplos heroicos. 32. La conciencia moral es la mejor guía del entendimiento práctico La conciencia moral es la guía que debe orientar todas nuestras acciones. En el gobierno de las naciones, la política pequeña es la política de los intereses bastardos —las intrigas y la corrupción—; la política grande es la política de bien común y de la utilidad pública, la política de la razón y del derecho. Lo mismo sucede en la vida privada: la conducta pequeña es la de los manejos innobles, la de las miras mezquinas y la del vicio; la conducta grande es la que se deja guiar por la generosidad y por la virtud. Lo recto y lo útil a veces parecen andar separados, pero no suelen estarlo sino durante un corto trecho; en apariencia parece que llevan caminos opuestos, y, sin embargo, se dirigen a la misma meta. Dios quiere por estos medios probar la fortaleza del hombre, mas el premio de la constancia no siempre habrá que dejarlo para la otra vida. Que si esto sucede alguna que otra vez, ¿es acaso pequeña cosa que llegue la 19 4

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muerte estando el alma tranquila, sin remordimientos, y con el corazón embriagado por la esperanza? No lo dudemos: el arte de gobernar no es más que la razón y la conciencia moral aplicadas al gobierno de las naciones; el arte de conducirse bien en la vida privada no es más que el Evangelio puesto en práctica. Ni la sociedad ni el individuo olvidan impunemente los eternos principios de la moral; cuando lo intentan por el aliciente del interés, tarde o temprano se pierden o perecen en sus propias contradicciones. El interés que se había erigido en ídolo se convierte en víctima. La historia nos lo prueba a lo largo de los siglos. 33. La armonía del universo defendida con el castigo. No hay falta sin castigo; el universo está sujeto a la ley de la armonía; quien la perturba sufre las consecuencias. Al abuso de nuestra facultades físicas se sigue el dolor, a los extravíos del espíritu siguen el pesar y el remordimiento. Quien busca la gloria con excesivo afán se atrae la burla; quien intenta exaltarse sobre los demás con orgullo destemplado, suscita sobre sí la indignación, el insulto y las humillaciones. El perezoso se divierte no haciendo nada, pero bien pronto la desidia disminuye sus recursos y para atender a sus necesidades tendrá que trabajar entonces mucho más de lo que acostumbraba. El vividor disipa sus riquezas en los placeres y en la ostentación, hasta que se acaban, y viene a vivir en pobreza y privaciones vergonzosas. El avaro acumula tesoros, y en medio de sus riquezas sufre los rigores de esa misma pobreza que tanto le espanta; él por voluntad propia se condena a sí mismo y a su familia a alimentarse mal y a vivir pobremente; además, vive en perpetuo desasosiego, pues desconfía hasta de las personas que más le quieren, hasta que algún ladrón le roba el tesoro con tanto afán acumula. En las relaciones humanas, en la literatura, en las artes, el excesivo deseo de agradar produce desagrado; el afán por ofrecer cosas demasiado exquisitas, fastidia; lo ridículo está junto a lo sublime; lo delicado no dista de lo empalagoso. En el gobierno de la sociedad el abuso del poder acarrea su ruina; el abuso de la libertad da origen a la esclavitud. El 19 5

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pueblo que trata de extender excesivamente sus fronteras suele verse recluido a un espacio pequeño; el conquistador que se empeña por ampliar sus dominios acaba por perderlos todos; quien no se satisface con el dominio de vastos imperios acaba consumiéndose en una roca solitaria en la inmensidad del océano. De los que ambicionan el poder supremo, la mayor parte encuentran la destierro o el patíbulo. Codician el palacio de un monarca y pierden su hogar; sueñan en un trono y encuentran un patíbulo. 34. Observaciones sobre las ventajas y desventajas de ser ético en los negocios Dios no ha dejado indefensas sus leyes: a todas las ha defendido con el justo castigo; castigo que generalmente se experimenta ya en esta vida. Por esta razón los que se obstinan por alcanzar su propio interés en contra de la moral están muy expuestos a salir fracasados, enredándose la inmoralidad con sus propios lazos. Mas con esto no se piense que quiera yo negar que el hombre virtuoso pueda hallarse en muchas ocasiones en una posición sumamente desventajosa para competir con un adversario que actúa a espaldas de la moral. Reconozco que éste último, en un negocio determinado, tendrá más probabilidad de alcanzar sus objetivos pues puede emplear cualquier medio a su alcance. También reconozco que para el que actúa bajo las normas de la ética y de la moral, que no dejará de ser un obstáculo gravísimo el tener que valerse de muy pocos medios o quizá solamente de uno, a causa de que los medios inmorales son para él como si no existiesen. Pero si bien esto es verdad cuando se trata de una acción aislada, no lo es a la larga, pues los inconvenientes de la virtud se compensan con sus ventajas, así como las ventajas del vicio se compensan con sus inconvenientes. Por tanto, al final, un hombre verdaderamente recto llegará a gozar del fruto de su rectitud, alcanzando el fin que juiciosamente se propuso conseguir, y el inmoral expiará tarde o temprano sus iniquidades, encontrando la perdición al final de sus malos y tortuosos caminos.

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35. Defensa de la virtud cuando se la acusa injustamente Los hombres que tienen algunas virtudes pero que al mismo tiempo fracasan tienen cierta propensión a señalar sus virtudes como el origen de sus desgracias; tratan con ello de justificar su fracaso, para que se fijen en su virtud y se pasen desapercibidas sus enormes imprudencias, aunque las cometan con la intención más recta y más pura. La virtud no es responsable de los males acarreados por nuestra imprevisión o ligereza, pero el hombre suele achacárselos a ella con demasiada facilidad. “Mi buena fe me ha perdido”, exclama el hombre honrado, víctima de una calumnia, cuando lo que le ha perdido no es su buena fe, sino el confiarse torpemente a quien le ofrecía motivos más que suficientes para sospechar prudentemente de él. La virtud nos enseña el camino que debemos seguir, mas no nos descubre todos los lazos que podremos encontrar en él; esto es obra del discernimiento, de la prudencia y buen juicio, es decir, de un entendimiento claro y certero. Con estas aptitudes no está reñida la virtud, mas no siempre las tiene por compañeras. La virtud puede habitar en el corazón de toda clase de hombres, tanto de inteligentes como de ignorantes. 36. Defensa de la sabiduría cuando se la condena sin fundamento Algunos creen que los grandes talentos y el mucho saber propenden de suyo al mal; mas esto es una especie de blasfemia contra la bondad del Creador. ¿Acaso se requiere ser un ignorante para que haya virtud? ¿Los conocimientos y las virtudes de la criatura, no emanan de un mismo origen, de Dios? Si el ser inteligente empujase al mal, la maldad de los seres estaría en proporción de su inteligencia. ¿Adivináis la consecuencia? ¿Por qué no sacarla? La sabiduría infinita sería la maldad infinita, y en esto radica el error de los maniqueos, que encontraban en un extremo de la escala de los seres un principio malo. No debe el hombre huir de la luz por temor de caer en el mal; la verdad no teme la luz, y el bien moral es una gran verdad. Cuanto más formado esté el entendimiento mejor conocerá la inefable belleza de la virtud y, conociéndola mejor, menos 19 7

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dificultades tendrá para practicarla. Rara vez hay ideas elevadas sin que de ellas participen los sentimientos, y los sentimientos elevados o nacen de la misma virtud o son una disposición muy a propósito para alcanzarla. Cuando se desarrollan de una manera particular las facultades superiores, el talento y el saber, suelen menguar en su fuerza las pasiones groseras, origen de todos los vicios. La historia del espíritu humano lo confirma: en general los hombres de entendimiento muy elevado no han sido perversos, muchos se han distinguido por sus eminentes virtudes, otros no han llegado a tanto pero no han sido perversos, y si algunos lo han sido debe mirarse como excepción, no como regla. ¿Sabéis por qué un malvado de gran talento compromete, por decirlo así, la reputación de los demás, dando ocasión a que se generalice de su caso? Porque en un malvado de gran talento todos piensan, y de un malvado necio nadie se acuerda; porque forman un vivo contraste la iniquidad y el gran saber, y este contraste hace más notable el extremo feo, por la misma razón que se repara más en la vida relajada de un sacerdote que en la de un seglar. Nadie repara una pequeña mancha en un cristal que está sucio, pero sí en el cristal que está muy limpio y brillante. 37. Las pasiones son buenos instrumentos, pero malos consejeros Ya vimos (Cap. XIX) cuán perniciosas resultaban las pasiones para que llegáramos al conocimiento la verdad, aun la especulativa; pero lo que allí se dijo en general tiene mucha más aplicación con respecto a los conocimientos prácticos. Las pasiones suelen ser una gran ayuda para ejecutar una determinada obra; pero son consejeros muy peligrosos cuando se trata desarrollar alguna idea brillante. El hombre sin pasiones suele ser frío y apático, pues carece de uno de los principios más poderosos que nos mueven a obrar. Pero, en cambio, el hombre dominado por las pasiones es ciego y trata de lograr sus deseos de cualquier forma, salvajemente. Del mismo modo que la razón sirve muy a propósito para dirigir, las pasiones sirven para ejecutar. La razón atiende no 19 8

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sólo a lo presente, sino también a lo pasado y a lo venidero, mientras que las pasiones ponen el empeño en alcanzar alguna cosa únicamente mirando el presente y según el modo con que nos afecta. Y es que la razón, como verdadera directora, se hace cargo de todo lo que puede dañar o favorecer, no sólo en el momento actual, sino el futuro; pero las pasiones, como encargadas únicamente de la ejecución, sólo se cuidan del instante presente y de la impresión que nos produce en ese momento. La razón no se fija sólo en el placer, sino en la utilidad, en la moralidad y en la dignidad; las pasiones sólo atienden a la impresión agradable o ingrata que en el acto se experimenta, y prescinden de lo demás. 38. La hipocresía de las pasiones Cuando hablo de pasiones no me refiero únicamente a las inclinaciones fuertes, violentas, tempestuosas, que a veces agitan nuestro corazón; sino también a aquellas más suaves y espirituales como los sentimientos. Tanto unas como otras se diferencian únicamente por la intensidad con que inducen a lograr su deseo. Los sentimientos, aunque más delicados, no por ello son menos temibles, porque su misma delicadeza contribuye a que con más facilidad nos seduzcan y extravíen. Cuando la pasión se presenta con toda su violencia, sacudiendo brutalmente el espíritu y empeñándose en arrastrarle por malos caminos, el espíritu se precave contra este adversario y se dispone de entrada a luchar contra él. La misma impetuosidad del ataque desencadena entonces una heroica defensa. Pero si la pasión se despoja de sus maneras violentas y groseras, aparentando formas más razonables y reposadas, entonces puede tomar por traición un castillo que no hubiera conquistado tal vez por asalto. 39. Ejemplo: la venganza bajo dos formas Un hombre que ha causado una ofensa a otro está a punto de lograr un negocio de cuyo resultado depende decisivamente de cómo actúe la persona ofendida. Tan pronto como ésta lo sabe, recuerda la ofensa recibida, y llena de resentimiento se suscita en ella un vivo deseo de venganza. ¿Y por qué no habría de vengarme? ¿No se me ofrece ahora una excelente oportunidad para aniquilarle, sumiéndole en la desgracia y en 19 9

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la miseria? “Véngate —le dice una voz dentro de sí—, véngate, y que él se entere; perjudícale tal como él te perjudicó; humíllale y gózate de su desgracia, como él se gozó en la tuya. La víctima está en tus manos, no la sueltes, sacia tu sed de venganza... Pero tiene hijos y padres, ¿qué será de ellos?..., no importa..., que sufran las consecuencias, y así él sufrirá más todavía al verlos sufrir. Véngate, no tengas perdón cómo él no lo tuvo contigo, no tengas piedad; él es indigno de compasión.” Así habla el odio exaltado por la ira; pero este lenguaje es demasiado duro y cruel para no ofender a un corazón generoso. Tanta crueldad despierta el sentimiento contrario: “Este comportamiento sería innoble, sería infame, esto me repugna, sería indigno de mí. ¿Cómo me puedo gozar de la desgracia de toda una familia? Sería para mí una fuente perpetua de remordimiento, ver cómo con mis manejos he sumido en la miseria a personas inocentes. Esto no lo puedo hacer, que conozca mi adversario que si él actúo maliciosamente, yo no soy como él; si él fue inhumano, yo no lo seré; responderé a su maldad con mi generosidad, esa será mi venganza, que le llegue hasta ruborizar.” El espíritu de venganza ha sucumbido por su imprudencia; lo quería todo, lo exigía todo, y con urgencia, con ímpetu, sin consideraciones de ninguna clase, y el corazón se ha ofendido de semejante desmán, ha creído que trataba de envilecerle, ha llamado en su auxilio a los sentimientos más nobles, que han acudido presto y han decidido la victoria en favor de la razón. Otro final quizá hubiera tenido si el espíritu de venganza hubiese tomado una forma más suave y menos feroz: “Esta persona me causó daño, es verdad, pero esto no es motivo para que lo tenga presente y le perjudique por resentimiento. Son la razón y la justicia las que han de presidir mi conducta. Lo importante es quedar seguro de que un negocio de tanta importancia no vaya a parar en tan malas manos. La persona no carece de algunas buenas disposiciones para su desempeño; ¿por qué no hacerle justicia? Pero, en cambio, adolece de algunos defectos imperdonables. La ofensa que me hizo lo manifiesta claramente; y no porque me quiera vengar. Aunque sienta un vivo deseo y deleite de perjudicarle, este sentimiento no me domina, sólo me impulsa el deseo del bien. 20 0

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Afortunadamente la prudencia y la justicia están de acuerdo en que no debe lograr sus propósitos con este negocio.” Lo que no ha logrado la venganza impetuosa y violenta, lo ha alcanzado la venganza insidiosa y pacífica, disfrazada hipócritamente con el velo de la razón y de la justicia. Por este motivo es tan temible la venganza cuando obra en nombre del celo por la justicia, cuando el corazón, poseído por el odio, llega a engañarse a sí mismo, creyendo obrar a impulsos del bien e incluso de la caridad. Entonces el rencor, la envidia y la venganza llegan a cebarse del todo sobre la víctima. Esteban, el primer promártir causaba la envidia de los judíos por su bondad y elocuencia divina. ¿Cómo se vengaron de él? Dando un grito estentóreo, tapándose los oídos y sacrificando al inocente en nombre de Dios. Lo mismo habían hecho con Jesucristo. Le tildaron de blasfemo, de seductor de las turbas, de enemigo del Cesar y de perturbador del pueblo. Manifestando estar devorados por el celo de Dios, rasgaron sus vestiduras y dijeron: Blasfemó; es reo de muerte.” 40. Precauciones Nunca el hombre meditará lo bastante sobre los secretos de su corazón, por donde se introduce la iniquidad. No son las pasiones que se presentan abierta y violentamente las más temibles, pues por poco que se aprecie la virtud, el hombre que no ha llegado todavía hasta el fondo de la corrupción o de la perversidad, siente levantarse en su alma un grito de espanto e indignación ante una forma de venganza tan repugnante. Mucho más peligrosas son las pasiones disfrazadas y engañosas que seducen bajo formas delicadas y aparentando nobleza. El miedo no entra en las almas nobles sino aparentando prudencia; la codicia no se introduce en los pechos generosos sino con la justificación de que hay que ser previsor; el orgullo se refugia bajo la sombra del amor a la propia dignidad y de respeto debido a la posición que se ocupa; la vanidad del vanidoso enmascara sus pequeños goces alegando que necesita saber cómo piensan de él para poder aprovecharse de sus críticas; la venganza se disfraza con el manto de la justicia; el furor se apellida santa indignación; la 20 1

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pereza invoca en su auxilio la necesidad del descanso; y la roedora envidia, el amor a la verdad y a la imparcialidad. 41. Hipocresía del hombre consigo mismo El hombre actúa hipócritamente generalmente más para engañarse a sí mismo que a los demás. Rara vez se da realmente cuenta del verdadero motivo de sus acciones, y por esto aun entre las virtudes más puras hay siempre algo de escoria. El oro enteramente puro no se obtiene sino con el crisol de un perfecto amor divino, y este amor, en toda su perfección, no se vive más que en el cielo. Mientras vivimos aquí en este mundo llevamos en nuestro corazón un germen maligno que o mata, o enflaquece, o desluce las acciones virtuosas, y no es poco si se llega a evitar que ese germen se multiplique y nos pierda. Pero pese a esta debilidad, no deja de brillar en el fondo de nuestra alma aquella luz inextinguible, encendida por la mano del Creador, que nos hace distinguir el bien del el mal, sirviéndonos de guía para nuestros pasos y de remordimiento en nuestros extravíos. Por este motivo nos esforzamos por engañarnos a nosotros mismos, para no ponernos en contradicción demasiado patente contra el dictamen de nuestra conciencia; nos tapamos los oídos para no oír lo que ella nos dice, cerramos los ojos para no ver lo que ella nos muestra y procuramos hacernos la ilusión de que el principio que nos inculca no es aplicable al caso presente. Para esto sirven desgraciadamente las pasiones, para engañarnos insidiosamente con razones aparentes. A nadie le agrada parecer malo a los propios ojos; de ahí brota la actitud hipócrita. 42. El conocimiento de sí mismo El defecto indicado en el párrafo anterior tiene diferentes matices en las diferentes personas, por cuyo motivo conviene sobremanera no perder jamás de vista aquella regla tan sabia de los antiguos: Conócete a ti mismo. Si bien hay ciertas cualidades comunes a todos los hombres, éstas toman un carácter particular en cada uno de ellos; cada cual tiene, por decirlo así, un resorte que conviene conocer y saber manejar. Si es necesario descubrir este resorte en los demás para 20 2

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acertar a conducirse bien con ellos, más necesario será conocer cuál es el propio de uno mismo. Porque allí suele estar el secreto de las grandes cosas, tanto de las buenas como de las malas, a causa de que ese resorte no es más que una propensión fuerte que llega a dominar a las demás, subordinándolas todas a ella. De esta pasión dominante se resienten las otras; ella se inmiscuye en todos los actos de la vida, y constituye lo que se llama el temperamento. 43. El hombre huye de sí mismo Si no tuviésemos la funesta inclinación de huir de nosotros mismos, si la contemplación de nuestro interior no nos repugnase en tal grado, no nos sería difícil descubrir cuál es la pasión que predomina en nosotros mismos. Desgraciadamente, de nadie huimos tanto como de nosotros mismos, nada estudiamos menos que a nosotros mismos. La mayoría de los hombres descienden al sepulcro sin haberse conocido a sí mismos, incluso sin haberlo intentado. Debiéramos tener continuamente la vista fija sobre nuestro corazón para conocer sus inclinaciones, penetrar sus secretos, refrenar sus ímpetus, corregir sus vicios y evitar sus extravíos; debiéramos vivir esa vida íntima en que el hombre se da cuenta de sus pensamientos y afectos y no se pone en relación con la realidad exterior sino después de haber consultado su razón y dado a su voluntad la dirección conveniente. Mas esto no se hace; el hombre se abalanza y se pega a los estímulos que más le solicitan, viviendo tan sólo con esa vida exterior que no le deja tiempo para pensar en sí mismo. Por este motivo es frecuente ver personas muy inteligentes, o de gran corazón, volcadas sólo en lo exterior, que no guardan para sí ninguna de las potencialidades con que las ha enriquecido el Criador. 44. Los buenos resultados que se logran cuando la persona se habitúa a reflexionar sobre las propias pasiones Cuando se ha adquirido el hábito de reflexionar sobre las inclinaciones propias, distinguiendo el carácter y la intensidad de cada una de ellas, aun cuando arrastren alguna que otra vez al espíritu, no lo hacen sin que éste se percate de su violencia. Ciegan quizá el entendimiento, pero esta ceguera no 20 3

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se oculta del todo al que la padece y se dice a sí mismo: “Crees que ves, mas en realidad no ves; estás ciego.” Pero si el hombre no fija nunca la mirada en su interior, si obra según le impelen las pasiones, sin cuidarse de averiguar de dónde nace el impulso, para él llegan a ser una misma cosa pasión y voluntad, dictamen del entendimiento e instinto de las pasiones. De esta forma la razón no es señora, sino esclava; en vez de dirigir, moderar y corregir con sus consejos y mandatos las inclinaciones del corazón, se ve reducida a ser vil instrumento de ellas y verse obligada a emplear todos los recursos de su sagacidad para proporcionarles los goces que las satisfagan. 45. Sabiduría de la religión cristiana para guiar nuestra conducta La religión cristiana, al invitarnos a llevar esa vida espiritual donde reflexionamos sobre nuestras inclinaciones más íntimas, nos permite conocer profundamente lo que hay en el corazón humano. La experiencia enseña que lo que le falta al hombre para obrar bien no es el conocimiento general y especulativo, sino el conocimiento práctico, aplicado a los diferentes actos. Todos reconocemos que las pasiones nos extravían y nos pierden. La dificultad no está en llegar a saber esto, sino en saber cuál es la pasión que más influye en éste o aquél caso, cuál es la que por lo común predomina en nuestras acciones, bajo qué forma y bajo qué disfraz se presenta al espíritu y en qué modo se deben rechazar sus ataques o evitar sus maquinaciones. Y todo esto no de cualquier manera, sino con un conocimiento práctico y preciso, que se ofrezca naturalmente al entendimiento siempre que se haya de tomar alguna resolución, incluso en las ocupaciones corrientes. En las ciencias especulativas, la diferencia que media entre un hombre vulgar y otro sobresaliente consiste en que éste conoce con claridad y exactitud lo que aquél sólo de una forma inexacta y confusa; no consiste por tanto en el número de ideas, sino en la calidad; cuando ambos miran al mismo objeto, la vista del uno es mucho más perfecta que la del otro. Lo propio sucede con el conocimiento práctico. La mayoría de los hombres corruptos y gravemente inmorales cuando hablan 20 4

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sobre moral lo hacen de tal suerte que manifiestan que no desconocen sus reglas; pero estas reglas las conocen en general, sin haberse cuidado de aplicarlas a la vida corriente, sin haber reparado en los obstáculos que impiden el ponerlas en práctica en tal o cual ocasión, sin que se les haya ocurrido de una manera evidente cuando se les ofrece la oportunidad de usarlas. En ellos las pasiones son las que en realidad enseñorean el entendimiento, la voluntad y al hombre entero; las reglas morales las conservan, por decirlo así, archivadas en lo más recóndito de su conciencia, y ni aun gustan de mirarlas por curiosidad, temerosos de que se avive el gusano del remordimiento. Por el contrario, cuando la virtud está arraigada en el alma, las normas morales llegan a hacerse algo tan familiar a los pensamientos y a las acciones, que se avivan y agitan al menor peligro, incitando a obrar de una determinada manera, y remordiendo la conciencia cuando son desatendidas. La virtud es causa de que se tengan presentes de continuo las reglas morales, y esta presencia, a su vez, contribuye a fortalecer la virtud. Por tanto, la vida religiosa no cesa de inculcar las normas morales, y éstas tarde o temprano darán su fruto. 46. Los sentimientos que auxilian a la virtud Para ayudar a vivir los valores morales también sirven de ayuda ciertos sentimientos hermosos y poderosos. Dios ha permitido que nos sacudan y perturben nuestro espíritu violentas y adversas tempestades, pero también ha querido que nos sirvan de ayuda estos apacibles sentimientos. El hábito de observar las reglas morales desarrolla y aviva estos sentimientos; y entonces el hombre, para seguir el camino de la virtud, combate las inclinaciones malas con las inclinaciones buenas; entonces las luchas no resulta tan peligrosa ni dolorosa; porque un sentimiento lucha con otro sentimiento y lo que se padece con el sacrificio del uno se compensa con el placer causado por el triunfo del otro, y no se siente aquel sufrimiento desgarrador que se experimenta cuando se pelea únicamente guiado por la fría razón, sin la ayuda de los sentimientos.

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Esta formación de los sentimientos morales, este llamar en auxilio de la virtud a las mismas pasiones, es un recurso poderoso para obrar el bien e iluminar el entendimiento cuando es ofuscado por otras pasiones. Los ejemplos abundan. El amor de los placeres se neutraliza con el amor de la propia dignidad; el exceso del orgullo se templa con el temor de hacerse aborrecible; la vanidad se modera por el miedo al ridículo; la pereza se contrarresta con el deseo de gloria; la ira se frena por el miedo a parecer descompuesto; la sed de venganza se mitiga o extingue por la dicha y la honra que resultan de ser generoso. Con esta lúcida oposición de los sentimientos buenos contra los malos, se debilitan suave y eficazmente muchas de las raíces de mal que abrigan en el corazón humano, y el hombre puede ser virtuoso sin dejar de tener sentimientos. 47. Una regla para los juicios prácticos Después de reconocer la gran ayuda que puede proporcionar el corazón, y de tratar de suscitar tanto como sea posible los sentimientos buenos, necesitamos saber cómo debemos de dirigir el entendimiento para que acierte en sus juicios prácticos. La primera regla que se ha de tener presente es no juzgar ni tomar ninguna decisión mientras estemos bajo la influencia de alguna pasión. ¡Cuánto nos ofende y duele cierto hecho, palabra, o gesto! “La intención del ofensor —se dice a sí misma la persona ofendida— no puede ser más perversa; no sólo se ha propuesto hacerme daño, sino ultrajarme; las personas que lo han presenciado deben estar escandalizadas; si no me tomo una pronta y completa venganza, la burla de los demás llegará a convertirse en un profundo desprecio hacia mí, por haber dejado que se me ofenda de tal modo. Es verdad que no debo de parecer iracundo; pero tampoco puedo dejar que se me pisotee el honor; en estos casos conviene tener prudencia pero sin que esta prudencia llegue hasta el punto de que me pisotee cualquiera.” ¿Quién hace este discurso? ¿Es la razón? No, ciertamente; es la ira. Pero la ira, se dirá, no discurre tanto. Sí, discurre; 20 6

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porque toma a su servicio al entendimiento y éste le proporciona todo lo que necesita y en este servicio no deja de auxiliarle a su vez la misma ira; porque las pasiones, en sus momentos de exaltación, fecundizan admirablemente el ingenio con las inspiraciones que les conviene. ¿Queremos una prueba de que quien así discurría y hablaba no era la razón, sino la ira? Hela aquí evidente. Si en las ideas del hombre encolerizado hubiese algo de verdad no la desconocerían del todo los allí presentes. También ellos estiman en mucho su propia dignidad y saben distinguir entre una palabra dicha con intención de zaherir y otra escapada sin intención ofensiva, y, sin embargo, ellos no ven nada de lo que el encolerizado ve con tan claridad; y si se sonríen, esa sonrisa es causada no por la humillación que él se imagina haber sufrido, sino por esa terrible explosión de furor que no tiene justificación. Más todavía: no es necesario acudir a los allí presentes para encontrar la verdad; basta apelar al mismo encolerizado cuando se haya sosegado. ¿Juzgará entonces el asunto como lo hace ahora? Es bien seguro que no; él será tal vez el primero que se reirá de su enojo y pedirá que se le disculpe por su arrebato. 48. Otra regla Cuando nos sentimos bajo la influencia de una pasión hagamos el esfuerzo, por un momento siquiera, para imaginarnos en una situación en que estamos libres de esta pasión. Una reflexión semejante, por más rápida que sea, contribuye mucho a calmar la pasión y a excitar en el ánimo ideas diferentes de las sugeridas por la inclinación ciega. La fuerza de las pasiones se quebranta desde el momento en que otro sentimiento contrario a ellas nos embarga; el secreto para vencerlas suele consistir en apagar todos los pensamientos favorables a ellas y en avivar todos sus contrarios. Tan pronto como la atención se ha dirigido hacia otra clase de ideas, viene la comparación y ya no nos influencian únicamente las perniciosas. Se desencadenan otras influencias distintas, que hacen que las pasiones primeras pierden su fuerza inicial. Esto no sólo lo aconseja la experiencia por el buen resultado, sino la misma naturaleza del hombre. La atención del hombre 20 7

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se distribuye entre las diferentes facultades intelectuales y morales y las diferentes pasiones, de tal manera que cuando se atiende a unas se hace con decremento del ejercicio de las otras. De lo que resulta que produce un efecto saludable el esforzarse en poner en marcha los procesos de la inteligencia en contraposición con los de las pasiones, pues la energía de éstas ha de menguar a medida que se ejercite el entendimiento. Pero hay que advertir que este efecto se verificará sólo cuando se dirija la atención de la inteligencia en un sentido contrario al de las pasiones, es decir, pensando por un momento como si no se estuviese dominado por esa pasión. Si, por el contrario, la inteligencia se emplea en favorecer esa determinada pasión, entonces no sólo la fomentará, sino que incluso la justificará más todavía, puesto que el entendimiento aportará sus razones, las cuales lejos de combatirla, la apoyarán. Esto no es mera teoría; cualquiera puede convencerse por sí mismo y sentir sus buenos efectos tan pronto como lo ponga en práctica. Es verdad que no siempre se acierta en el medio más a propósito para ahogar o templar una determinada pasión que se ha levantado; pero la sola costumbre de intentarlo basta para que el hombre esté más sobre sí, no se abandone con demasiada facilidad a sus ímpetus iniciales y tenga en sus juicios prácticos un criterio que falta a los que proceden de otra manera. 49. Los beneficios que resultan de reírse de sí mismo Cuando la persona se acostumbra a observar mucho sus pasiones hasta llega a emplear en su interior el ridículo en favor propio. El ridículo es esa sal que se encuentra en el corazón y en los labios de los mortales como preservativo contra la corrupción intelectual y moral; no sólo se puede emplear con fruto con los demás, sino también con nosotros mismos, viendo nuestros defectos por su lado más caricaturesco. El hombre se dice entonces a sí mismo lo que le dirían los demás; asiste a la escena como si la observase una persona juiciosa y con buen humor. En cierto modo hay en nuestro interior dos hombres que disputan, que luchan, que no 20 8

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están nunca en paz, y así como el hombre inteligente, moral y previsor, emplea contra el torpe, el inmoral, el ciego, la firmeza de la voluntad y el imperio de la razón, así también, a veces, le combate y humilla con los punzantes dardos de la burla y del ridículo. Burla que puede ser tanto más graciosa y espontánea por carecer de testigos y por no herir la reputación de nadie, pues no llega a ser expresada con palabras y se extingue apenas asoma la sonrisa burlona a los labios. Un pensamiento burlón de esta clase, sobreviniendo en medio de la agitación causada por las pasiones, puede llegar a producir el mismo efecto que la palabra más juiciosa e incisiva que hubiese oído. ¡Cuántas veces hemos notado como tras cierta expresión de la mirada de uno de los presentes se ha moderado o ahogado la pasión enardecida de una persona! ¿Y qué ha expresado aquella mirada? Nada más que un recuerdo de la propia dignidad y decoro, una consideración hacia el lugar o las personas, una reprensión amistosa y llena de ironía; nada más que una apelación al sentido común por verle juguete de una pasión, y esto ha sido suficiente para que la pasión se amortigüe. Este es el efecto generado por la sonrisa o mirada de uno de los presentes. ¿No podríamos nosotros hacer lo mismo, riéndonos de nosotros mismos, y conseguir resultados similares? 50. Perpetua niñez del hombre Poco basta para extraviar al hombre, pero tampoco se necesita mucho para que pueda corregir algunos defectos. El hombre es más débil que malo y dista mucho de aquella terquedad satánica que no se aparta jamás del mal una vez abrazado; por el contrario, tanto el bien como el mal los abraza y los abandona con suma facilidad. Es niño hasta la vejez; se presenta a los demás aparentando seriedad, mas en el fondo se considera en muchos aspectos bastante infantil, en ciertas cosas que le causarían vergüenza si las contara. Se ha dicho que ningún gran hombre le parece grande a su ayuda de cámara, lo cual es muy cierto. Y es que, cuando se mira al hombre de cerca se descubren las pequeñeces que le rebajan. Pero más cosas sabe él de sí mismo que su ayuda de cámara, por lo que todavía resulta menos grande a sus propios ojos; y 20 9

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por esto, aun en sus mejores años se ve precisado a ocultar el infantilismo que abriga en su corazón. Los niños ríen, juegan se divierten, y al poco tiempo sollozan, rabian y lloran, sin saber muchas veces el porqué; ¿no hace lo mismo, a su modo, el adulto? Los niños viven por impulsos, según el buen o mal estado de su salud, el clima agradable o desagradable, según tengan ganas o no, etc., y así, cuando estas influencias cambian, cambia también su estado de humor; no se acuerdan del momento anterior ni piensan en el que vendrá después; sólo se rigen por la impresión que experimentan en el momento presente. ¿No hacen esto mismo centenares de veces el hombre más serio, más grave y sesudo? 51. Mudanza de D. Nicasio en breves horas Don Nicasio es un adulto ya maduro, de juicio sosegado, de grandes conocimientos y experiencia, que rara vez se deja llevar por la impresión del momento. Todo lo pesa en la balanza de una sana razón y por nada del mundo consentiría que pasiones de ningún género le influyesen. Se le informa que hay una empresa importante que está dedicada a una clase de negocios en los que él podría aportar mucho, debido a su gran experiencia. Don Nicasio se pone a disposición de la empresa; no tiene ninguna dificultad en entrar en el negocio e incluso a comprometer en ellos una parte de su fortuna. Está seguro de que no fracasará; si surgiesen obstáculos o apareciesen rivales poderosos, no le importaría pues conoce el modo de eludirlos o vencerlos. Negocios mucho más espinosos ha tenido que manejar. Fascinado por el proyecto se diría que ha rejuvenecido muchos años a pesar de sus canas, pues se expresa y gesticula con gran viveza. El negocio está ya casi concluido; faltan algunos pormenores; quedan citados para ultimarlos en otra entrevista aquel mismo día por la tarde. Es la hora señalada se reúnen de nuevo. A Don Nicasio se le nota algo indispuesto, ya no se expresa con tanta cordialidad. —Vamos a ver, Sr. D. Nicasio, si ultimamos el contrato definitivamente. 21 0

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—No hay tanta prisa, mucho tiempo tenemos por delante para hablarlo... —contesta D. Nicasio; y su fisonomía aparenta desgana. — Como usted me ha citado para esta tarde... — Sí, pero... — Como usted guste. — La verdad que necesitamos pensarlo más detenidamente... — Reconozco que puede haber dificultades; sólo que viéndole a usted tan animoso esta mañana, lo confieso, me parecía que estaba ya todo resuelto. — Animoso, sí..., y lo estoy aún...; pero, sin embargo, conviene no tener demasiada prisa... En fin, ya hablaremos — añade con expresión de quien desea que no le comprometan. Don Nicasio es otro, expresa lo que siente; nada de la audacia y del dinamismo de la mañana; nada de creer que los proyectos son fáciles de ejecutar; entonces los obstáculos importaban poco, ahora le parecen casi insuperables; antes los rivales no significaban nada, ahora le resultan invencibles. ¿Qué ha sucedido? ¿Le han dado a D. Nicasio otras noticias? No, no hablado con ningún otro. ¿Ha meditado sobre el negocio? No, no se ha pensado más en él. ¿Qué ha sucedido, pues, para causar tamaña revolución en su espíritu, alterando su modo de ver las cosas y quebrantando tan lastimosamente sus ímpetus juveniles? Nada; la explicación del fenómeno es muy sencilla; no busquéis grandes causas, son muy pequeñas. En primer lugar, ahora hace un calor atroz, lo que, por cierto, dista mucho de la fresca brisa de la mañana. D. Nicasio está sumamente abatido, la hora es pesada, el cielo está nublado y parece amenazar tempestad. La comida además le ha sentado mal pues era bastante pesada. ¿No son estos motivos lo bastante poderosos como para trastornar el espíritu de un hombre serio modificando sus decisiones? Así es el hombre; la menor cosa le desconcierta, le hace otro. Su espíritu lo tiene unido a un cuerpo sujeto a tantas impresiones, que le hacen con harta frecuencia tremendamente sensible y mudable en sus opiniones.

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52. Los sentimientos, por sí solos, son mala regla de conducta Lo dicho manifiesta que es un gran error dirigir la propia conducta basándose únicamente en el sentimiento; y nuestra época no ayuda en este aspecto, pues gran parte de medios de comunicación de masas en vez de aportar ideas o razones morales, no se proponen sino excitar los sentimientos, olvidando la naturaleza del hombre y causando un mal de inmensa trascendencia. Dejarse llevar a merced únicamente del sentimiento es como navegar a la deriva en un barco sin piloto, a merced de las olas. Esto equivale a proclamar la primacía de las pasiones, a obrar siempre por instinto, obedeciendo ciegamente a todos los movimientos del corazón; esto equivale a despojar al hombre de su entendimiento, de su libre albedrío, a convertirle en un simple elemento de su sensibilidad. Se ha dicho que los grandes pensamientos afloran en el corazón; también podría añadirse que del corazón salen los grandes disparates, los grandes delirios, extravagancias y crímenes. Del corazón sale todo; es un arpa soberbia que despide toda clase de sonidos, desde el horrendo estrépito de las cavernas infernales hasta la más delicada armonía de las regiones celestes. El hombre que no tiene más guía que su corazón es un juguete de mil inclinaciones diversas y a menudo contradictorias. ¿Una ligera pluma a merced de los vientos no seguirá las direcciones más variadas e caprichosas? ¿Quién es capaz de contar ni clasificar la infinidad de sentimientos que se suceden en nuestro interior en tan sólo unas pocas horas? ¿Quién no ha reparado en la asombrosa facilidad con que pasamos del entusiasmo a una repugnancia casi insuperable mientras nos ocupamos en un trabajo? ¿Quién no ha sentido simpatía o antipatía a la simple presencia de una persona, sin que pueda señalarse ninguna razón que lo justifique? ¿Quién no se ha sorprendido repetidas veces de encontrarse transformado en unos pocos instantes, por haber pasado del ímpetu al abatimiento, de la osadía a la timidez, o viceversa, sin que hubiese mediado ninguna causa manifiesta? ¿Quien ignora las mudanzas que los sentimientos sufren según varíe la 21 2

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edad, la posición social, las relaciones familiares, la salud o el clima? Todo cuanto afecta a nuestras ideas, a nuestros sentidos, a nuestro cuerpo, de cualquier modo que sea, todo modifica nuestros sentimientos; y de aquí la asombrosa inconstancia que se nota en los que se abandonan a los impulsos de sus pasiones; de ahí esa versatilidad de las naturalezas demasiado sensibles que no hacen grandes esfuerzos por dominarse. Las pasiones han sido dadas al hombre como medios para despertarle y ponerle en movimiento, como instrumentos para servirle en sus acciones; mas no como directoras de su espíritu, ni como guías de su conducta. Se dice a veces que el corazón no engaña; ¡lamentable error! ¿Qué es nuestra vida sino un tejido de ilusiones con que el corazón nos engaña? Si alguna vez acertamos tras entregarnos ciegamente a lo que él nos inspira, ¡cuántas veces nos extravía! ¿Sabéis por qué se atribuye al corazón ese cualidad intuitiva que nos hace acertar? Porque nos llama extremadamente la atención uno de sus aciertos cuando nos consta que son tantos sus desaciertos; porque nos causa extraña sorpresa el verle acertar en medio de su ceguera cuando son tantas las veces que nos ha hecho cometer disparates. Por esto recordamos este acierto excepcional y debido a éste, le perdonamos todos sus yerros, ensalzándolo con una prudencia y tino que no se merece. Fundamentar la moral sobre el sentimiento equivale a destruir la moral; guiar la propia conducta por las inspiraciones del sentimiento es condenarse a no seguir ninguna conducta fija y a que sea frecuentemente inmoral y desastrosa. Gran parte de los literatos actuales se inclinan a divinizar las pasiones; y las pasiones divinizadas acaban en extravagancias, inmoralidades, corrupciones y hasta crímenes incluso. 53. No impresiones sensibles, sino moral y razón El comportamiento del hombre, tanto con respecto a la moral como a lo útil, nunca debe dejarse gobernar por las impresiones, sino por pautas bien definidas; en lo moral, por las máximas de la eterna verdad; en lo útil, por los consejos de la sana razón. El hombre no es un ser divino en que todo se 21 3

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santifica por el sólo hecho de hacerlo él; las impresiones que recibe son modificaciones de su naturaleza, que en nada alteran las leyes eternas; una cosa justa no pierde la justicia por resultar desagradable; una cosa injusta, por resultar agradable, no queda limpia de la injusticia. El vengativo implacable que hunde el puñal en las entrañas de su víctima siente en su corazón un placer insaciable, y esta acción placentera no deja de ser un crimen; la hermana de la caridad que asiste al enfermo, que le alivia y consuela, sufre más de una vez al hacerlo repugnancias atroces, mas no por esto deja de ser su acción heroica y virtuosa. Prescindiendo de lo moral y atendiendo a lo útil, es necesario tratar las cosas con arreglo a lo que son, no a cómo nos afectan; la verdad no se basa en las impresiones sino en la realidad objetiva; cuando las impresiones nos ponen en desacuerdo con esta realidad, nos extravían. El mundo real no es el mundo de los poetas y de los novelistas; hay que considerarlo y tratarlo tal como es en sí, no un mundo fantástico y soñador, sino un mundo real, corpóreo y cotidiano. 54. Todo sentimiento bueno exagerado se hace malo La religión no sofoca los sentimientos, sólo los modela y dirige; la prudencia no desecha el auxilio de las pasiones, sólo se guarda de que la dominen. La armonía sólo sobreviene en el hombre cuando las pasiones están sujetas a la razón y a la moral. La misma oposición de las tendencias buenas a las malas deja de ser saludable cuando no está sujeta a la razón; porque las tendencias buenas no son buenas sino en cuanto la razón las dirige y modera; abandonadas a sí mismas, acaban en la exageración y se hacen malas. Un soldado está encargado de defender un puesto peligroso; el riesgo crece por momentos; a su alrededor van cayendo sus compañeros; los enemigos se aproximan cada vez más; apenas hay esperanza de sostenerse, y la orden para retirarse no llega. El desaliento se inmiscuye por un instante en el corazón del soldado; ¿para qué morir sin ningún provecho? El deber de la disciplina y del honor, ¿hay que sostenerlo hasta el sacrificio inútil? ¿No sería mejor abandonar el puesto y 21 4

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excusarse a los ojos del capitán por lo imperioso de la necesidad? “No —responde su corazón generoso—; esto es cobardía encubierta bajo el nombre de prudencia. ¿Qué dirán tus compañeros, tu capitán y cuantos te conocen? ¿Qué escoges, la ignominia o la muerte? Pues la muerte, sin duda alguna.” Este bravo oficial ha procurado vencer la tentación de la cobardía ayudándose del sentimiento del honor, del horror a la ignominia de pasar por cobarde. Gracias a la fuerza del sentimiento noble y generoso se ha fortalecido contra la asechanza del miedo y ha cumplido con el deber. Esa pasión, pues, dirigida a un objeto bueno, ha producido un resultado excelente, que tal vez sin ella no se hubiera conseguido. En aquellos momentos críticos, terribles, en que el estruendo del cañón, los gritos del enemigo cercano y los gemidos de los camaradas moribundos comenzaban a llenarle de espanto, la razón enteramente sola tal vez hubiera sucumbido; pero ha llamado en su ayuda a una pasión más poderosa que el temor de la muerte: el sentimiento del honor, la vergüenza de parecer cobarde; y la razón ha triunfado, el deber se ha cumplido. Poco después de la batalla se reúne con sus compañeros. Uno de ellos se ríe de él y le hace quedar en ridículo ante los demás. El soldado se cree ultrajado y se satisface de la ofensa matando al burlón imprudente. El mismo sentimiento que poco antes le impulsó a una acción heroica acaba de causar un asesinato. El honor, la vergüenza de pasar por cobarde, habían sostenido al valiente hasta el punto de hacerle despreciar su vida; estos mismos sentimientos, también han teñido sus manos con la sangre de un compañero imprudente. La pasión dirigida por la razón se elevó hasta el heroísmo; entregada a su ímpetu ciego, se ha degradado hasta el crimen. La emulación, ya sea competición o rivalidad, es un sentimiento poderoso que preserva excelentemente contra la pereza, contra la cobardía y contra cuantas pasiones se oponen al ejercicio útil de nuestras facultades. De ella se aprovecha el maestro para estimular a los alumnos; de ella se sirve el padre de familia para refrenar las malas inclinaciones de alguno de sus hijos; de ella se vale un capitán para obtener de sus subordinados constancia, valor y hazañas heroicas. El 21 5

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deseo de adelantar, de cumplir con el deber, de llevar a cabo grandes empresas; el doloroso pesar de no haber hecho de nuestra parte todo lo que podíamos y debíamos; el rubor de vernos excedidos por aquellos a quienes hubiéramos podido superar son sentimientos muy justos, muy nobles, excelentes para hacernos avanzar en el camino del bien. En ellos no hay nada de reprensible; ellos son el manantial de muchas acciones virtuosas, de resoluciones sublimes, de hazañas sorprendentes. Pero si ese mismo sentimiento se exagera, se convierte en envidia. El sentimiento en el fondo es el mismo, pero se ha llevado a un punto demasiado alto; el deseo de adelantar ha pasado a ser una sed abrasadora; el abatimiento por verse superado por otro se ha convertido en rencor contra él. Ya no existe aquella rivalidad que era perfectamente compatible con la amistad más sincera, que trataba de suavizar la humillación del vencido prodigándole sinceras muestras de cariño y alabanzas por sus esfuerzos; que, contenta con haber conquistado el galardón, lo disimulaba para no lastimar el amor propio de los demás; ahora lo que existe es un indiscutible envidia, un gran enfado, no por ver que no hay adelanto propio, sino por contrastar los adelantos ajenos; se odia al que le supera, existe un vivo anhelo por rebajar el mérito de sus obras mediante la calumnia; se menosprecian los éxitos ajenos y se encubre con una sonrisa irónica que apenas alcanza a disimular los tormentos del alma. Nada más razonable que el sentimiento de la propia dignidad, el cual se exalta justamente cuando las pasiones brutales mueven a una acción vergonzosa; este sentimiento recuerda al hombre lo sagrado de sus deberes y no le consiente deshonrarse faltando a ellos; este sentimiento inspira la actitud a tomar según la posición que se ocupa; este sentimiento impide que cuando estamos alegres nos dejemos llevar de actitudes escandalosas y descompuestas, ni que cuando tengamos una desgracia caigamos en el abatimiento innoble; el sentimiento de la propia dignidad señala cuando es oportuno mantener un prudente silencio o no, cuando se debe decir una palabra apropiada o enérgica; distingue entre afabilidad y excesiva familiaridad, entre franqueza y desidia, 21 6

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entre la naturalidad de los modales y un atrevimiento grosero; este sentimiento, en fin, vigoriza al hombre sin endurecerle, le suaviza sin relajarle, le hace flexible sin hacerlo inconstante y le hace constante sin hacerle terco. Pero ese mismo sentimiento de la propia dignidad, si no está moderado y dirigido por la razón, se convierte en orgullo; el orgullo que hincha y levanta la cabeza, que da a la fisonomía un aspecto ofensivo y a los modales una afectación entre irritante y ridícula; el orgullo que desperdicia las propias capacidades, que imposibilita para adelantar, que siempre pone trabas para ejecutar una cosa, el que nos hace impertinentes ante los demás, el que inspira grandes maldades y provoca el aborrecimiento y desprecio. ¡Qué sentimiento más sensato que la sana economía, el deseo de adquirir o conservar lo necesario para vivir dignamente, tanto para sí mismo como para la propia familia! Él previene contra el derroche, aparta de los excesos, preserva de una vida licenciosa, inspira amor a la sobriedad, templanza en todos los deseos y afición al trabajo. Pero este mismo sentimiento, llevado a la exageración, se convierte en avaricia y hace de la vida un sufrimiento innecesario: impone ayunos que Dios no acepta, hace pasar frío en invierno y calor en verano, mortifica la vida de la familia con privaciones sin cuento, niega todo favor a los amigos, cierra la mano para los pobres, endurece mezquinamente el corazón para las desgracias ajenas, atormenta con sospechas, llena de temores y zozobras, provoca insomnio e impide descansar por temor ante imaginarios ladrones. Ved, pues, que cierto es que los mismos sentimientos buenos si se exageran, se convierten en malos; que el sentimiento por sí solo es una guía muy poco segura y a menudo peligrosa. La razón es quien debe dirigirlos conforme a los eternos principios de la moral; los criterios morales son quienes deben subordinarlos para que nos resulten útiles. Proceder a la aventura, abandonarse ciegamente a las inspiraciones del corazón es exponerse a cometer toda clase de actos inmorales que acabarán por acarrear terribles infortunios.

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55. La ciencia es muy útil a la práctica En todo lo concerniente a los cuerpos o elementos que están sometidos a las leyes naturales está claro que el conocimiento de éstas es tremendamente útil, cuando no indispensable. De ahí se deduce que discurren muy mal los que cuando tienen que ejecutar una obra o fabricar una cosa, descuidan la ciencia y sólo se atienen a las cuestiones prácticas. La ciencia, si es verdaderamente digna de este nombre, descubre las leyes que rigen la Naturaleza, y su ayuda es de la mayor importancia. Lo demuestra ciertamente lo que ha sucedido en Europa en los últimos siglos. Desde que se han desarrollado las matemáticas y las ciencias básicas el progreso de la industria ha sido asombroso. En el siglo actual se están haciendo continuamente ingeniosos descubrimientos; y ¿qué son éstos sino otras tantas aplicaciones de la ciencia? El que desdeña la ciencia muestra con semejante desdén un orgullo necio, hijo de la ignorancia. El hombre se distingue de los brutos animales por la razón con que le ha dotado el Autor de la Naturaleza; y no querer emplear las luces del entendimiento para la dirigir sus acciones, aun las más sencillas, es mostrarse ingrato a la bondad del Creador. ¿Para qué se nos ha dado esa antorcha sino para aprovecharnos de ella cuanto sea posible? Y si a ella se deben tan grandes adelantos científicos, ¿por qué no la hemos de consultar para que nos suministre algunas reglas que nos guíen en nuestras acciones y trabajos? Ved el atraso en que se encuentra España en cuanto al desarrollo tecnológico, merced al descuido con que han sido miradas durante largo tiempo las ciencias básicas; comparémonos con las naciones que no han caído en este error y nos será fácil palpar la diferencia. Verdad es que hay en las ciencias una parte meramente especulativa y que difícilmente puede conducir a resultados prácticos; sin embargo, es preciso no olvidar que aun esta parte, al parecer inútil y como si dijéramos de mero lujo, se enlaza muchas veces con otras que tienen inmediata relación con la técnica. De manera que su inutilidad es sólo aparente, pues andando el tiempo se descubren consecuencias en que no se había reparado. La historia de las matemáticas nos ofrece 21 8

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abundantes pruebas de esta verdad. ¿Qué cosa más puramente especulativa, y al parecer más estéril, que las fracciones continuas? Y, no obstante, ellas sirvieron a Huygens para determinar las dimensiones de las ruedas dentadas en la construcción de su autómata planetario. La práctica sin la teoría permanece estacionaria o no adelanta sino con muchísima lentitud; pero, a su vez, la teoría sin la práctica es también infructuosa. La teoría no progresa ni se comprueba sin la observación, y la observación estriba en la práctica. ¿Qué sería la ciencia agrícola sin la experiencia del labrador? Los que se dedican a una profesión técnica deben estar lo mejor preparados posible con los principios de la ciencia en que aquélla se funda. Los carpinteros, albañiles, maquinistas, serían sin duda más eficaces si conociesen bastante bien la geometría y la mecánica; y los barnizadores, teñidores y de otros oficios no andarían tan a tientas en sus elaboraciones si conociesen un poco de química. Si una gran parte del tiempo que se pierde miserablemente en la escuela y en casa, ocupándose en estudios que no conducen a nada, se empleasen en adquirir los conocimientos preparatorios, acomodados a la carrera que se quiere emprender, los individuos, las familias y la sociedad reportarían, por cierto, mayor fruto de sus trabajos y de sus recursos. Bueno es que un joven le guste la literatura; ¿pero de qué le servirá un brillante trozo de Walter Scott o de Víctor Hugo cuando, colocado al frente de un establecimiento, necesite conocer las fallas de una máquina, las ventajas e inconvenientes de una procedimiento, o adivinar el secreto con que en los países extranjeros se ha llegado a la perfección de un tinte? Al arquitecto, al ingeniero, ¿serán los ensayos políticos los que les enseñarán a construir un edificio con solidez, elegancia, idoneidad y buen gusto; o a formar atinadamente el plan de una carretera o canal? 56. Inconvenientes de la universalidad El saber es muy costoso y la vida muy breve, y, sin embargo, vemos con dolor que se disipan las facultades del hombre hacia mil objetos diferentes. El obrar de esta manera halaga su 21 9

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vanidad, porque de esta forma adquiere la reputación de sabio; pero también su pereza, porque es harto más trabajoso estudiar una materia y dominarla que no adquirir cuatro nociones generales sobre todos los ramos del saber. Se ponderan de continuo las ventajas de la división del trabajo en la industria, y no se advierte que este principio es también aplicable a la ciencia. Son pocos los hombres nacidos con felices disposiciones para saberlo todo. Muchos que podrían ser excelentes especialistas, dedicándose principal o exclusivamente a una rama de la ciencia, se inutilizan miserablemente aspirando a saber de todo. Son incalculables los daños que esto ocasiona a la sociedad y a los individuos, pues se consumen estérilmente muchas fuerzas que, bien aprovechadas y dirigidas, habrían podido producir grandes beneficios; Vaucanson y Watt hicieron prodigios en la mecánica, pero es muy probable que se hubieran distinguido si se hubiesen dedicado a las bellas artes y a la poesía; Lafontaine se inmortalizó con sus Fábulas, y, metido a hombre de negocios, hubiera sido de los más torpes. Sabido es que en el trato social parecía a veces estar falto de sentido común. No negaré que unos conocimientos presten a otros gran ayuda, ni las ventajas que reporta a una ciencia los conocimientos que le suministran otras, quizá de un orden totalmente distinto; pero repito que esto es para pocos y que la generalidad de los hombres debe dedicarse sobre todo a un ramo del saber. Así, en las ciencias como en las artes, lo que conviene es elegir con acierto la profesión; pero, una vez escogida, es preciso aplicarse a ella principal o exclusivamente. La abundancia de libros, de periódicos, de manuales, de enciclopedias convida a estudiar un poco de todo; esta abundancia indica el gran caudal de conocimientos atesorados con el curso de los siglos y de lo que disfruta la edad presente; pero, en cambio, acarrea un mal muy grave, y es que hace perder a muchos en intensidad lo que adquieren en extensión, y a no pocos les proporciona la impresión de que saben de todo cuando en realidad no saben apenas nada. Si España ha de progresar de una manera real y positiva, es preciso que se acuda a remediar este abuso; que se recluyan, 22 0

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por decirlo así, los cerebros en sus respectivas carreras, y que sin impedir la universalidad de conocimientos, en los que sean capaces de tanto, que se cuide que no falte en algunos la profundidad y en todos la suficiencia. La mayor parte de las profesiones demandan un hombre entero para ser desempeñadas como conviene; si se olvida esta verdad, las fuerzas intelectuales se consumen lastimosamente, sin producir resultado. A quien reflexione sobre el movimiento intelectual de nuestra patria en la época presente se le ofrece de bulto la causa de esa esterilidad que nos aflige, a pesar de una actividad siempre creciente. Las fuerzas se disipan, se pierden, porque no hay dirección; los talentos marchan a la ventura, sin pensar adónde van; los que profesan con fruto una carrera, la abandonan a la vista de otra que brinda más ventajas, y la revolución , trastornando todos los papeles, haciendo del abogado un diplomático, del militar un político, del comerciante un hombre de gobierno, del juez un economista, de nada todo, aumenta el vértigo de las ideas y opone grandes obstáculos a todos los progresos. 57. Fuerza de la voluntad El hombre atesora siempre un gran caudal de fuerza sin emplear, y el secreto de hacer mucho es acertar a explotarse a sí mismo. Para convencerse de esta verdad basta considerar cuánto se multiplican las fuerzas del hombre que se halla en aprietos; su entendimiento se hace más capaz y penetrante, su corazón más osado y emprendedor, su cuerpo más vigoroso, y esto, ¿por qué? ¿Se crean acaso nuevas fuerzas? No, ciertamente; sólo se despiertan, se ponen en acción, se aplican a un objeto determinado. ¿Y cómo se logra esto? La necesidad, el aprieto, aguijonea la voluntad y ésta despliega, por decirlo así, toda la plenitud de su poder; quiere el fin con intensidad y viveza, manda con energía a todas las facultades que trabajen por encontrar los medios más a propósito, y los emplea una vez encontrados, y el hombre se asombra de sentirse otro, de ser capaz de llevar a cabo lo que en circunstancias ordinarias le parecería del todo imposible.

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Lo que sucede en extremos apurados debe enseñarnos el modo de aprovechar y multiplicar nuestras fuerzas en el curso de los negocios comunes; regularmente, para lograr un fin, lo que se necesita es voluntad, voluntad decidida, resuelta, firme, que marche a su objetivo sin arredrarse por obstáculos ni fatigas. Las más de las veces no tenemos verdadera voluntad, sino veleidad; quisiéramos, más no queremos; quisiéramos, si no fuese preciso salir de nuestra habitual pereza, arrostrar tal trabajo, superar tales obstáculos, pero no queremos alcanzar el fin a tan alto precio; empleamos con flojedad nuestras facultades y desfallecemos a la mitad de camino. 58. Firmeza de voluntad La firmeza de voluntad es el secreto para llevar a cabo las empresas arduas; con esta firmeza comenzamos por dominarnos a nosotros mismos; primera condición para dominar los negocios. Todos experimentamos que en nosotros hay dos hombres: uno inteligente, activo, de pensamientos elevados, de deseos nobles, conformes a la razón, de proyectos arduos y grandiosos; y otro torpe, soñoliento, de miras mezquinas, que se arrastra por el polvo cual inmundo reptil, que suda de angustia al pensar que tiene que levantar la cabeza del suelo. Para el segundo no hay recuerdo de ayer, ni la previsión de mañana; no hay más que lo presente, el goce de ahora, lo demás no existe; para el primero hay la enseñanza de lo pasado y la perspectiva del porvenir; hay otros intereses que los del momento, hay una vida demasiado anchurosa para limitarla a ese instante; para el segundo el hombre es un ser que siente y goza; para el primero el hombre es una criatura racional, creada a imagen y semejanza de Dios, que repudia vivir apegada a la tierra, que levanta su mirada hacia el firmamento, que conoce toda su dignidad, que se penetra de la nobleza de su origen y destino, que alza su pensamiento por encima de las sensaciones, que prefiere el deber al goce. Para todo progreso sólido y estable conviene fomentar al hombre noble y sujetar y dirigir al innoble con la firmeza de la voluntad. Quien se ha dominado a sí mismo, el que tiene una voluntad firme y constante, domina fácilmente sus acciones y 22 2

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ejerce un poderoso ascendiente sobre los que colaboran con él. La terquedad es, sin duda, un mal gravísimo, porque nos lleva a desechar los consejos ajenos, aferrándonos en nuestro dictamen y decisiones contra las consideraciones de prudencia y justicia. De ella debemos precavernos cuidadosamente, porque, teniendo su raíz en el orgullo, es planta que fácilmente se desarrolla. Sin embargo, tal vez podría asegurarse que la terquedad no es tan común ni acarrea tantos daños como la inconstancia. Ésta nos hace incapaces de llevar a cabo las empresas arduas y esteriliza nuestras facultades, dejándolas ociosas o aplicándolas sin cesar a objetos diferentes y no permitiendo que llegue a su culminación el fruto de nuestras tareas; ella nos pone a merced de nuestras pasiones, de los sucesos y de las personas que nos rodean; ella nos hace también tercos en el afán de cambiar y nos hace desoír los consejos de la justicia, de la prudencia y hasta de nuestros más valiosos intereses. Para lograr esta firmeza de voluntad y precaverse contra la inconstancia conviene formarse convicciones fijas, prescribirse un plan de conducta y no obrar al acaso. Es cierto que la variedad de acontecimientos y circunstancias y la escasez de nuestra previsión nos obligan con frecuencia a modificar los planes concebidos; pero esto no impide que podamos formarlos, ni autoriza para entregarse ciegamente al curso de las cosas y marchar a la ventura. ¿Para qué se nos ha dado la razón sino para valernos de ella y emplearla como guía de nuestras acciones? Téngase por cierto que quien recuerde estas observaciones, quien proceda con sistema, quien obre con premeditado propósito llevará siempre notable ventaja sobre los que se conduzcan de otra manera; si son sus auxiliares, los hallará naturalmente puestos bajo sus órdenes y se verá constituido en su líder, sin que ellos lo piensen ni él lo pretenda; si son sus adversarios o enemigos, los desbaratará, aun contando con menos recursos. Conciencia tranquila, propósito deliberado, voluntad firme: he aquí las condiciones para llevar a cabo cualquier empresa. Esto exige sacrificios, es verdad; esto demanda que el hombre 22 3

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se venza a sí mismo, es cierto; esto supone mucho trabajo interior, no cabe duda; pero en lo intelectual, como en lo moral, como en lo físico; en lo temporal, como en lo eterno, está ordenado que no alcanza la corona quien no afronta la lucha. 59. Firmeza, energía, ímpetu Voluntad firme no es lo mismo que voluntad enérgica y mucho menos que voluntad impetuosa. Estas tres cualidades son bien distintas y no siempre se hayan reunidas, y no es raro que se excluyan recíprocamente. El ímpetu es producido por un acceso de pasión, es el movimiento de la voluntad arrastrada por la pasión, es casi la pasión misma. Para ser eficaz no basta un ímpetu momentáneo, se necesita una pasión fuerte pero sostenida por algún tiempo. En el ímpetu hay explosión, el tiro sale, mas el proyectil cae a poca distancia; en la voluntad enérgica hay explosión también, quizá no tan ruidosa; pero, en cambio, el proyectil silba gran trecho por los aires y alcanza un blanco muy distante. La firmeza no requiere ni lo uno ni lo otro, admite también pasión, frecuentemente la necesita; pero es una pasión constante, con dirección fija, sometida a regularidad. El ímpetu o destruye en un momento todos los obstáculos o se quebranta; la voluntad enérgica sostiene algo más la lucha, pero se quebranta también; la firmeza elimina los obstáculos si puede, y cuando no los puede salvar da un rodeo, y si ni uno ni otro le es posible, se para y espera. Mas no debe creerse que esta firmeza no pueda tener en ciertos casos energía, ímpetu irresistible; después de esperar mucho también se impacienta, y una resolución extrema es tanto más temible cuanto es más premeditada y calculada. Estos hombres en apariencia fríos, pero que en realidad abrigan un fuego concentrado y comprimido, son formidables cuando llega el momento fatal y dicen “ahora”... Entonces clavan en el objetivo su mirada encendida y se lanzan hacia él rápidos como el rayo, certeros como una flecha. Las fuerzas morales son como las físicas: necesitan ser economizadas; los que a cada paso las prodigan las pierden; los que las reservan con prudente economía las tienen mayores en el momento oportuno. No son las voluntades más 22 4

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firmes las que chocan continuamente con todo; por el contrario, los muy impetuosos ceden cuando se les resiste y atacan cuando las cosas les dejan paso. Los hombres de voluntad más firmes no suelen serlo para las cosas pequeñas, las miran con lástima, no las consideran dignas de un combate. Así, en el trato común son tolerantes y condescendientes, flexibles y complacientes, desisten con facilidad, se prestan a lo que se les requiera. Pero llegada la ocasión, sea por acometer un negocio grande en que convenga desplegar las fuerzas, sea porque alguno de los pequeños haya sido llevado a tal extremo que no se pueda condescender más y sea necesario decir basta, entonces no es más impetuoso el león si trata de atacar; no es más firme la roca si se trata de resistir. Esa fuerza de voluntad, que da valor en el combate y fortaleza en el sufrimiento, que triunfa de todas las resistencias, que no retrocede por ningún obstáculo, que no se desalienta con el mal éxito ni se quebranta con los choques más rudos; esa voluntad, que, según la oportunidad del momento, es fuego abrasador o frialdad aterradora; que, según conviene, pinta en el rostro una terrible tempestad o una serenidad todavía más formidable; esa gran fuerza de voluntad que es hoy lo que era ayer, que será mañana lo que es hoy; esa gran fuerza de voluntad, sin la que no es posible llevar a cabo arduas empresas que exijan dilatado tiempo, es uno de los caracteres más distintivos de los hombres que más se han señalado en la historia. Es esa fuerza de voluntad la que poseían los grandes conquistadores, los descubridores de nuevo mundo, los inventores que consumieron su vida en busca de su invento, los políticos que con mano de hierro amoldaron la sociedad a una nueva forma, imprimiéndola un sello que después de largos siglos no se ha concluido aún. Esa fuerza de voluntad repito, necesita dos condiciones, o más bien resulta de la acción combinada de dos causas: una idea y un sentimiento. Una idea clara, viva, fija, poderosa, que absorba el entendimiento, ocupándole todo, llenándole todo. Un sentimiento fuerte, enérgico, dueño exclusivo del corazón y completamente subordinado a la idea. Si alguna de estas circunstancias falta, la voluntad flaquea y vacila. 22 5

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Cuando la idea no tiene en su apoyo el sentimiento, la voluntad es floja; cuando el sentimiento no tiene en su apoyo la idea, la voluntad vacila, es inconstante. La idea es la luz que señala el camino; es el punto luminoso que fascina, que atrae, que arrastra; el sentimiento es el impulso, es la fuerza que mueve, que lanza. Cuando la idea no es viva, la tracción disminuye, la incertidumbre comienza, la voluntad es irresoluta; cuando la idea no es fija, cuando el punto luminoso muda de lugar, la voluntad anda poco segura; cuando la idea se deja ofuscar o reemplazar por otras, la voluntad muda de objetos, es voluble, y cuando el sentimiento no es bastante poderoso, cuando no está en proporción con la idea, el entendimiento la contempla con placer, con amor, quizá con entusiasmo, pero el alma no se halla con fuerzas para tanto; la voluntad no intenta nada y si intenta se desanima y desfallece. Es increíble lo que pueden esas fuerzas reunidas, y lo extraño es que su poder no atañe sólo al que las tiene, sino que obra eficazmente sobre los que le rodean. El ascendiente que llega a ejercer sobre los demás un hombre de esta clase es superior a todo encarecimiento. Esa fuerza de voluntad, sostenida y dirigida tiene algo de misterioso, que parece revestir al hombre de un carácter superior y le da derecho al mando de sus semejantes; inspira una confianza sin límites, una obediencia ciega a todos los mandatos del héroe. Aun cuando estos sean desacertados no se los cree tales, se considera que hay un plan secreto que no se concibe: “Él sabe bien lo que hace”, decían los soldados de Napoleón y se arrojaban a la muerte. Para las acciones corrientes de la vida no se necesitan estas cualidades en grado tan eminente; pero el poseerlas del modo que se adapte al talento, índole y posición del individuo es siempre muy útil y en algunos casos muy necesario. De esto depende en gran parte las ventajas que unos llevan a otros en la buena dirección y acertado manejo de los asuntos, pudiendo asegurarse que quien esté enteramente falto de dichas cualidades será hombre de poco valer, incapaz de llevar a cabo ningún negocio importante. Para las grandes cosas es necesario gran fuerza, para las pequeñas basta pequeña; pero 22 6

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todas precisan de alguna. La diferencia esta en la intensidad y en los actos o cosas a las que se aplica, pero no en la naturaleza de las facultades ni de su desarrollo. El hombre grande, como el vulgar, se dirige por el pensamiento y se mueve impelido por la voluntad y las pasiones. En ambos la fijeza de la idea y la fuerza del sentimiento son los dos principios que dan a la voluntad energía y firmeza. Las piedritas que arrebata el viento están sometidas a las mismas leyes que la masa del planeta. 60. Conclusión y resumen CRITERIO es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas es la realidad objetiva. La verdad en el entendimiento es conocer las cosas tal como son. La verdad en la voluntad es querer las cosas como es debido, conforme a las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar por impulso de esta buena voluntad. La verdad en proponerse un fin es proponerse el fin conveniente y debido, según sean las circunstancias. La verdad en la elección de los medios es elegir los que son conformes a la moral y que mejor conducen al fin. Hay verdades de muchas clases porque hay realidades de muchas clases; hay también muchos modos de conocer la verdad. No todas las cosas se han de mirar de la misma manera, sino, según el modo con que cada una de ellas se ve mejor. Al hombre le han sido dadas muchas facultades. Ninguna es inútil. Ninguna es intrínsecamente mala. La esterilidad o la malicia les vienen de nosotros, que las empleamos mal. Una buena lógica debiera comprender al hombre entero, porque la verdad esta en relación con todas las facultades del hombre. Cuidar sólo de unas y no de las otras equivale a veces a esterilizar estas últimas y malograr las primeras. El hombre es un mundo pequeño, sus facultades son muchas y muy diversas; necesita armonía, y no hay armonía sin atinada combinación, y no hay combinación atinada si cada cosa no esta en su lugar, si no ejerce sus funciones o las suspende en el tiempo oportuno. Cuando el hombre deja sin acción alguna de sus facultades es un instrumento al que le faltan cuerdas; cuando las emplea mal es un instrumento destemplado. La razón es fría, pero ve 22 7

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claro; hay que darle calor y no ofuscar su claridad; las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; hay que darles dirección y aprovecharse de su fuerza. El entendimiento sometido a la verdad, la voluntad sometida a la moral, las pasiones sometidas al entendimiento y a la voluntad, y todo engrandecido, dirigido y elevado por la religiosidad: he aquí el hombre completo, el hombre por excelencia. En él la razón ilumina, la imaginación colorea, el corazón vivifica, la religión diviniza.

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