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COLECCIÓN

INVESTIGACIONES

SOCIOLOGÍA DEL DESARROLLO:

UNA PERSPECTIVA CENTRADA EN EL ACTOR

NORMAN LONG .

presentación de

Guillermo de la Peña

DEL DESARROLLO: UNA PERSPECTIVA CENTRADA EN EL ACTOR NORMAN LONG . presentación de Guillermo de la

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307.1412

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Long, Norman. Sociología del desarrollo :una perspectiva centrada en el actor/ Norman Long; presentación de Guillermo de la Peña; traducción del inglés: Horada Fajardo, Magdalena Villarreal y Pastora Rodríguez. -México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social :El Colegio de San Luis, 2007. 504 p.; 16 cm. -(Colección Investigaciones)

Título original: Develppment sociology : actor perspectives. Incluye bibliografía. lndice temático.

ISBN 970-762-016-1 (COLSAN) ISBN 968-496-627-X (CIESAS)

l. Desarrollo rural. 2. Desarrollo de la comunidad. 3. Cambio social. 4. Desarrollo económico. 5. Sociología. 6. Glohalízación.l. t. 11 Peña, Guillermo de la, pres. Ill. Fajardo, Horacia, tr. IV. Villarreal, Magdalena, tr. V. Rodríguez, Pastora, tr. VI. Serie.

Título de la obra original:

Development Sociology: Actor Perspectives, Routledge, 2001 Todos los derechos reservados: Traducción autorizada de la edición en lengua inglesa publicada por Routledge, editorial dd Grupo Taylor & Francia. Londres/ Nueva York

Traducción del inglés: Horacia Fajardo, Magdalena Villarreal y Pastora Rodriguez

Diseño de portada: Pablo Lahastida

Primera edición en español: 2007

© Nonnan Long

© Por la traducción: Horacia Fajardo, Magdalena Villarreal y Pastora Rodríguez

© El Colegio de San Luis Parque de Macull55 Colinas del Parque San Luis Potosí, S.L.P., 78299

© Centro de Investigaciones y Estudios Superiores

en Antropología Social Hidalgo y Matamoros s/n Col. Tlalpan México, D.F., 14000

ISBN 970-762-0ió-l (COLSAN) ISBN 968-496-627-X (CIESAS)

Impreso y hecho en México

ÍNDICE

Presentación/Guillermo de la Peña

7

Prefacio y reconocimientos .

15

Introducción

21

PARTE 1

TEMAS TEÓRICOS Y METODOLÓGICOS

Capítulo 1

Una sociología del desarrollo orientada al actor .

33

Capítulo 2

La desmitificación de la intervención planeada

yelEstado

73

Capítulo 3

La construcción de un marco conceptual e interpretativo Capitulo 4 Encuentros en la interfaz. Discontinuidades sociales

107

y culturales en el desarrollo y el cambio

149

PARTE Il

MERCANTILIZACIÓN, VALORES SOCIALES Y MICROEMPRESAS

Capítulo 5

Mercantilización y cuestiones de valor social

185

Capítulo 6

Redes de deudas y compromisos: La trascendencia del dinero y las divisas sociales en las cadenas mercantiles

221

Capítulo 7

Redes, capital social y empresa familiar múltiple.

De lo local a lo global

253

PARTE III INTERFACES DE CONOCIMIENTO, PODER Y GLOBALIZACIÓN

Capítulo 8 Conocimiento, redes y Capítulo 9

Dinámicas de las interfaces de conocimiento entre

311

PRESENTACIÓN

burócratas y campesinos

 

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Capítulo 10

Globalización y localismo. Recontextualización

 

del cambio social

 

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Conocí a Norman Long en 1968. Su primer libro, Social change and

APÉNDICE

the individual [El cambio social y el individuo], acababa de ser publi- cado por la prestigiosa editorial de la Universidad de Manchester,

PIEDRAS ANGULARES DE UNA PERSPECTIVA ORIENTADA

 

cuya serie de estudios africanistas se situaba en la vanguardia de la

AL ACTOR

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antropología británica. Norman era uno de los profesores más jóvenes

BIBLIOGRAFÍA

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en el Departamento de Antropología de esa universidad. Ahí, bajo el liderazgo de Max Gluckman, había surgido una escuela de pensamien-

ÍNDICE TEMÁTICO.

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to e investigación donde se forjaron algunos de los científicos sociales más brillantes de la época, como Clyde Mitchell, Victor Turner, Peter

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Worsley, Elizabeth Colson, Ahner Cohen y Arnold L. Epstein, por

sólo mencionar algunos nombres. Y empezaba a destacar una nueva

generación, que incluía a Bryan Roberts, Bruce Kapferer, Anthony Cohen, Basil Sansom, Richard Werbner, John y Jean Comaroff y el

propio Norman Long. Quienes en esa época fuimos sus estudiantes pudimos apreciar el profesionalismo y la generosidad de todos ellos. Norman era notable por su sencillez e inagotable buen humor. Estas

virtudes nunca lo han abandonado.

Habiendo iniciado sus estudios universitarios en los campos de la música y la filosofía, N orman abrazó la disciplina antropológica como estudiante graduado en Manchester. Pronto, en 1963, iniciaría sus in-

vestigaciones en Zambia, con una beca de la Commonwealth británi-

ca; asimismo, obtuvo un puesto en el Instituto Rhodes-Livingstone, que continuaba una corriente innovadora de estudios de cambio so- cial, iniciados por Godfrey y Monica Wilson, y llevados adelante por Max Gluckman. Esta corriente rompía con los planteamientos domi- nantes en la antropología estructural-funcionalista. En primer lugar, se interesaba en la historia como una clave de comprensión del presen- te, que a su vez era visto en una perspectiva dinánúca. En segundo

lugar, rechazaba el postulado de que el estado normal de las colectivi-

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dades humanas era el equilibrio estable derivado de una estructura de instituciones armónicas. Por el contrario, descubría que el conflicto y la incompatibilidad de las normas institucionales eran aspectos inhe- rentes a la vida social; por lo mismo, el estudio de los procesos socia- les era tan importante como el estudio de las estructuras. En tercer

lugar, planteaba que la historia de los llamados pueblos tribales no

podía entenderse más que en el contexto contradictorio de la expan- sión capitalista y el dominio colonial de Europa; en consecuencia, las "sociedades tradicionales" no eran mundos separados ni estancos. En cuarto lugar, estas sociedades, después de la Segunda Guerra Mun- dial, atravesaban procesos de descolonización y se incorporaban a incipientes estados nacionales, que creaban nuevos contextos de alian- zas y oposiciones. En Zambia, Norman Long decidió sumergirse en una investigación sobre una región donde el grupo étnico lala experimentaba un múlti- ple proceso de cambio: el gobierno postcolonial había introducido un programa de reparto agrario y tecnificación encaminado a facilitar el surgimiento de granjeros más productivos y mercantilizados; el mer- cado favorecía la aparición de nuevos cultivos, y la Iglesia de los Tes- tigos de Jehová suscitaba conversiones religiosas. Todo esto repercutía en una transfonnación no sólo de la organización del trabajo sino asi- mismo de los sistemas de parentesco, autoridad y prestigio. En esta situación, Long se interesó en la capacidad de negociación de los indi- viduos~ entendidos como actores sociales: la innovación económica y social podía justificarse al ser invocadas categorías y valores religiosos que remplazaban a los existentes. La "ética protestante", como lo ha- bía propuesto Weber, se vinculaba a las actitudes y prácticas económi- cas; pero éstas no eran resultado mecánico de aquélla: ocurrían y se condicionaban mutuamente en un complejo escenario de poderes e

ideologías en relación dialéctica.

El libro mencionado al comienzo de esta presentación fue uno de los resultados de los años de trabajo en Zambia, y su título anunció los temas que ocuparían al autor. En la década de 1970 concibió, junto con Bryan Roberts y el antropólogo peruano Carlos Samaniego, un vasto programa de pesquisas regionales en el Valle de Mantaro~ en la Sierra Central del Perú. De este programa, fecundo en resultados -las tesis de estudiantes graduados de varias nacionalidades, así como numero- sos artículos y libros-, se derivarían dos volúmenes colectivos, coor-

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dinados por Long y Roberts, de influencia perdurable en la investiga-

ción sobre el desarrollo en América Latina: Peasant cooperation and

capitalist expansion in Central Peru [Cooperación campesina y expan-

sión capitalista en el Perú Central] (1978) y Miners, peasants anden- trepreneurs [Mineros, campesinos y empresariosJ(1984).

En estos libros se utilizarían ciertos conceptos y métodos caracte- rísticos de la antropología de Manchester: en particular, el concepto de campo social, que examina las interrelaciones entre lo rural y lo urbano, la agricultura y la industria, y la tradición y la modernidad, como aspectos de una misma totalidad analítica, y el método de las redes sociales, que sitúa a los actores sociales no simplemente en es- tructuras normativas sino en un entramado de relaciones interper- sonales que ellos contribuyen a crear y son fuente de recursos y con- dicionamientos. Se abordan otra vez los temas de la intervención estatal, la innovación económica e ideológica y la transformación de los sistemas locales, y además la migración laboral y las asociaciones gremiales. Pero además se introducen planteamientos neomarxistas, como la discusión sobre las oposiciones y alianzas de clase, la articula- ción de modos de producción y las relaciones centro-periferia. El tra- bajo peruano de Norman Long también exploró las implicaciones del concepto de empresario, introducido por Joseph Schumpeter en las ciencias sociales y ~esarrollado con una perspectiva etnográfica y po- lítica por Fredrik Barth. En su investigación, centrada en la comuni- dad serrana de Matahuasi, el concepto de empresario se une al de campo social y al método de las redes sociales, y permite a Long enten- der la diversidad de las respuestas personales y colectivas al cambio; el manejo de las normas, símbolos y rituales locales en el contexto de la innovación económica; la capacidad de participación de los produc- tores pueblerinos en los mercados urbanos, e incluso la naturaleza de

las asociaciones de paisanos en la periferia de la ciudad de Lima. Más

allá de estas contribuciones -y con base firme en ellas- Norman co- menzó a bosquejar una· concepción propia del desarrollo, que se lan- zaba en contra del reduccionismo economicista que muchas veces ca- racterizaba las visiones tanto de las burocracias internacionales como de los propios académicos. Tal concepción se plasmó en el libro An

introduction to the sociology ofrural development [Una introducción

a la sociología del desarrollo rural] (1977). En él se hacía una revisión crítica de las teorías de la modernización prevalecientes, en cuanto en

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ellas todavía campeaba una idea lineal de la historia unida a presu- puestos dogmáticos sobre el equilibrio social y la "ideología del logro", basados en interpretaciones simplistas de las tesis weberianas.

En 1972 Norman había aceptado un puesto en la Universidad de

Durham (Reino Unido), donde uno de sus interlocutores principales fue Pbilip Abrams -quien moriría prematuramente. Long y Abrams coincidieron en la tesis, sin duda polémica, sobre la inexistencia del Estado como una entidad organizada. Proponían que, en lugar de su- poner la cohesión y racionalidad de una misteriosa estructura norma- tiva guiada por una especie de Gran Hermano invisible, se debían exa- minar las diferentes lógicas de los actores estatales, tanto colectivos (las instituciones) como individuales, con sus inconsistencias y diver-

gencias. Esto llevaría a Long a profundizar en una teoría del desarro- llo que no sólo criticaría al estructural-funcionali.smo y a la teoría de la modernización sino también al marxismo dogmático. A partir de 1981,

fue nombrado director del Departamento de Sociología Rural de la

Universidad de Wageningen, en Holanda, una institución especializa- da en problemas de desarrollo, abordados desde una perspectiva in-

terdisciplinaria e internacional. De 1984 a 1990 se convirtió en el líder

de un nuevo programa de investigación regional, esta vez en México,

en el sur de Jalisco. Desde la década de 1970, Norman había incursio-

nado en temas mexicanistas, en calidad de asesor de proyectos y profe-

sor visitante en CIS-INAH 1CIESAS. En este nuevo programa se forjaron investigadores como Alberto Arce, Humberto González Chávez, Elsa Guzmán, Monique Nuijten, Gerard Verschoor, Gabriel Torres, Mag- dalena V:tllarreal, Pieter de Vries. A la vez, nuestro personaje recibiría alumnos -literalmente- de los cinco continentes y dirigiría o aseso- raría pesquisas en África Central, China, México, los Andes y Europa. Entre la inmensa producción académica de todos estos proyectos, se cuentan varios volúmenes que él coordinó; quizás los más conocidos son Encounters at the interface [Encuentros en la interfaz] (1989); Battkfields of knowkdge. The interwcking oftheory and practice in social research and development [Campos de batalla del conocimien-

to. La interdependencia de la teoría y la práctica en la investigación social y el desarrolloJ(con Ann Long) (1992). 1

l Otros títulos: Family and work in rural societies. Perspectives in non-~age la-

bour [Familia y trabajo en las sociedades rurales. Perspectivas sobre el trabajo no

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Norman Long se retiró oficialmente en 2001. En su discurso de despedida se refirió a la música, su nunca olvidada pasión, y analizó el contexto social donde florecieron los grandes compositores británi- cos del siglo XX. Pero en realidad su trabajo incansable de producción y asesoría de alumnos y proyectos ha continuado. La síntesis de los esfuerzos y notables logros de su etapa de Wageningen se puede encon- trar en este libro, que hoy se publica en castellano. La obra muestra un nuevo estilo de investigación socio-antropológica en el campo del desarrollo. Sin desechar los conceptos que utilizara en sus trabajos anteriores, Norman acuña dos conceptos clave: orientación al actor,

e interfaz. El primero se refiere a la necesidad de entender los procesos

de desarrollo en términos de las acciones de los participantes, y no a partir de discursos oficiales o definiciones normativas. El concepto de actor -af'm a la agencia de Giddens y la acción social de Touraine- difiere radicalmente de la visión que el utilitarismo tiene del individuo (aunque no rehúsa examinar las acciones individuales), al incorporar el entorno sociocultural y la mediación de comunidades epistémicas

como comp~nentes esenciales en la definición de situaciones e intereses. La interfaz denota la contingencia de cualesquiera propuestas sobre "cómo debe ser el desarrollo", ya sean públicas (las agencias estatales) o privadas (las empresas y las ONGs): siempre son mediadas por las percepciones y posibilidades de quienes pretenden aplicarlas, por un lado, y de quienes son objetos de su aplicación, por el otro. No puedo terminar estas líneas sin hablar personalmente del sig- nificado que ha tenido en la trayectoria vital de muchos seres humanos --en la núa, ciertamente -la amistad y apoyo de Norman y su familia,

sensibi-

lidad siempre lo han acompañado. Mortunadamente, una parte im- portante de sus vidas hoy transcurre en México. Pero quienes nos pre-

ciamos de conocerlos y estimarlos nos repartimos a lo largo y ancho del planeta.

GUILLERMO DE LA PEÑA CIESAS-Üccidente

y en particular de ~u esposa Ann, cuya inteligencia, talento y

asalariado] (1984); The commoditization debate: labour process, strategy and social

network [El debate sobre la mercantilización: proceso de trabajo. estrategia y red

social] (1986); Anthropology, development and modernities. Exploring discourses,

counter-tendencies an.d violence [Antropología, desarrollo y modernidades. Explorar discursos, contratendencias y violencias] (con Alberto Arce) (2000).

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para las tres A de mi vida,

Ann, Alison y Andrew

PREFACIO Y RECONOCIMIENTOS

Este libro tiene su origen en la idea de Ann Long por conformar una colección en español de mis publicaciones sobre el análisis orientado al actor. Ella ha sido testigo de los problemas que frecuentemente tienen algunos colegas y estudiantes de posgrado latinoamericanos para leer en inglés, y asimismo conoce mi dificultad para disertar en este idioma.

En América Latina el interés por mi trabajo ha crecido en los últimos

diez años, pero poco se ha traducido al español. Así, fraguó la idea, junto con Magdalena Villarreal, amiga y colega, quien también tenía interés en que se publicara una colección en español para compilar tal volumen. Una motivación adicional era su deseo de presentarme dicha versión como una sorpresa en ocasión de mi jubilación de profesor en

Sociología del Desarrollo en Wageningen, al final de 2001.

Sin embargo, al preparar el texto en inglés para su traducción, para ambas fue obvio que deberían hacer que yo tomara parte en el trabajo. Muchos de los capítulos individuales recomendados para el li- bro por colegas que conocen mi trabajo y por Magda, basada en su experiencia en la enseñanza a estudiantes de posgrado mexicanos, sin duda requerían una buena dosis de reescritura y actualización.

Ellas hahían determinado gran parte de los principales contenidos

y la estructura del volumen, pero, claro, obtener una versión en espa-

ñol atractiva e informada implicaha la elaboración de un nuevo texto

en inglés. De esta manera, me vi involucrado y entusiasmado a traba- jar en la versión en inglés del presente libro. El resto, como se dice, debería haber sido historia. Pero la vida puede dar giros extraños. La empresa se vio interrumpida y casi no llega a ver la luz dado que requerí una ciru~ de corazón hace Wl año. "¡Yo siempre he tenido problemas del corazón!", decía a menudo cuando me preguntaban por mi salud. Pero esta saeta inesperada me impidió terminar la reformu- lación y escritura del libro. De nueva cuenta, debo agradecer a Ann

no

únicamente por sus cuidados hasta que recuperé la salud, durante

Una serie de preguntas metodológicas y epistemológicas generales

lo

que fue un periodo emocionalmente extenuante, sino también por

han guiado mi trabajo dnrante los últimos qnince años. Por consi-

animarme a creer que podría terminar el trabajo. Al disfrutar de un periodo de reflexión y de lectura de cuestiones distintas a la sociología

guiente, este libro no puede verse como un recuento completamen-

te redondeado del campo de la sociología de desarrollo. Aborda de

del desarrollo -volviendo a mi viejo interés en los compositores "pas-

manera específica problemas de naturaleza teórica que se vinculan

torales" de la primera mitad del siglo XX- podía eludir la terminación

fundamentalmente a preguntas sobre la agencia y la estructura. El

del libro. Al final, la realización del manuscrito, como siempre en mi vida y en mi trabajo, se debió en no poca medida al apoyo incondicio-

libro debe leerse por su afán de obtener un análisis más ajustado a la realidad que nos ayude a entender mejor los tipos de intervenciones del desarrollo y las transformaciones sociales que han caracterizado

la segunda mitad del siglo XX en adelante y la era del incremento de la globalización.

nal de mi esposa Ann. La tarea resultó mucho mayor de lo que cualquiera de nosotros anticipó. La corrección de las versiones anteriores y la escritura de los capítulos nuevos requirieron de bastante tiempo y energía que ya no tenía en abundancia. Ann ayudaba y a veces me condujo a enfocarme adecuadamente en el trabajo, cortando partes elaboradas de los tex- tos -a los que me había vuelto aficionado e inevitablemente renuente a desechar-, así como enderezando y puliendo el argumento. Este libro, sin embargo, representa más que esfuerzos con un fin común, ya que a lo largo de nuestras vidas hemos compartido y desa- rrollado muchos puntos de vista intelectuales y sociales. De hecho, mis ideas han sido moldeadas por las capacidades y experiencias de traba-

Por supuesto, en un libro de esta naturaleza hacen falta muchas áreas sustantivas; entre ellas, género, asuntos medioambientales, ma- nejo de recursos naturales (incluyendo la conservación de la vida sil- vestre) y ayuda humanitaria. Hay también un tratamiento insuficiente

de las teorías sobre el Estado y de los modelos locales de gobernan-

cia, así como de la ideología y la religión. Asimismo, aunque mencio- nadas, no se profundiza en las identidades culturales en un mundo

globalizador donde las fronteras pueden no ser barrera a la circula-

ción de capital, trabajo o ideas. El libro intenta evitar un vocabulario y perspectiva tercermun- dista. Su enfoque abarca situaciones características de las sociedades más pobres, menos industrializadas, pero no excluye discernimien- to retomado de Europa y Estados Unidos. El énfasis en los contex- tos rurales y el desarrollo rural tampoco excluye situaciones urbanas y más industriales o de alta tecnología. De hecho, sobre todo en la

discusión del cambio global/local, resulta imposible esculpir al mun-

jo

de Ann como psicóloga educativa y editora y traductora de libros.

Y

nada de esto es incidental al tipo de propuesta teórica y metodo-

lógica que con esfuerzo he tratado de construir. Las perspectivas de orientación al actor, la interfaz y el construccionismo social marcan con claridad un terreno intelectual crítico en el que convergen las vi- siones de la sociología, la antropología y la psicología. Por ejemplo, empecé a trabajar hacia la comprensión de los encuentros de interfaz en momentos en que Ann también se esforzaba día tras día en inter- faces críticas con maestros, con los padres y sus hijos. Es decir, ella

do de manera polarizada entre los países más ricos y los más pobres, tratándolos como si fueran realidades diferentes. Aunque ciertamente

ya había adquirido un entendimiento práctico y teórico de interfaces

hay desigualdades masivas en todo el planeta y éstas se acentúan cada

culturales e institucionales. De hecho, la íntima conexión y conver- gencia de nuestros mundos de vida profesional es, por sí mismo, un ejemplo de cómo operan las interfaces sociales. Al final, ambos he- mos aprendido, aunque no siempre sin tropiezos, muchas cosas sobre cómo construir vidas interconectadas y gratificantes, lo cual es muy importante para la existencia humana, en especial en un mundo don- de la catástrofe personal y social siempre parece estar alú, justo a la vuelta de la esquina.

vez más, para entender la naturaleza compleja y diversa del mundo cambiante debemos hacer lo posible por no pre-establecer fronteras ni contraponer artificialmente lo que se percibe como tipos ideales en extremo contrastantes. De hecho, lo más _sorprendente de la era en que vivimos es, por supuesto, que las fronteras se quebrantan todo el tiempo, y los límites políticos y económicos son constantemente trans- gredidos, como lo evidencia el problema creciente de la migración in- ternacional indocumentada.

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Como espero que este libro demuestre con claridad, nunca ha sido

mi intención promover el análisis orientado al actor como modelo teó-

rico cabalmente elaborado o una "caja de herramientas" de métodos y técnicas. De hecho, hacerlo así iría en contra del espíritu de este

emprendimiento. En cambio, mi interés ha sido asir conceptualmente

las

flexibilidades, ambigüedades y la naturaleza socialmente construi-

da

y autotransformadora de la vida social, y encontrar instrumentos

conceptuales para hacerlo. Aunque el libro se enfoca hacia los proce- sos de desarrollo y el cambio social, puede ser útil en otros campos de investigación de la ciencia social y, sin duda, surgen preocupaciones paralelas en los estudios culturales y las artes. Se ha agregado un apéndice breve para dar a los lectores una apreciación global del cuerpo principal de conceptos usados en el li- bro y su conexión mutua. La idea es que, al igual que los capítulos, sea utilizado de manera flexible. El lector podrá notar alguna repetición de argumentos y ejemplos en los distintos capítulos. Esto facilitará la

lectura de capítulos de forma independiente al texto en su conjunto. La presente versión en español no hubiera visto la luz sin la ener- gía que generosamente le invirtió Horacia Fajardo, quien dedicó gran cantidad de tiempo y esfuerzo en su traducción. La tarea no fue fácil, ya que algunos de los textos sufrieron modificaciones en el proceso, lo cual implicó revisiones constantes. Aunque Magdalena Villarreal ya había traducido cuatro capítulos al español, Horacia se encargó de traducir e incorporar los cambios~ en ocasiones sustanciales, en tres de ellos.l El capítulo 9 fue traducido por Pastora Rodríguez y Magdalena trabajó intensamente junto conmigo en el cotejo final de la traducción de todo el libro. Aquí deseo también reconocer y agradecer a mis colegas de Wa- geningen Alberto Arce, Dirk van Dusseldorp, Jan den Ouden, Paul Hebinck, Sarah Southwold, Jos Michel, Pieter de Vries, Gerard Ver- schoor y Monique Nuijten, y a muchos de mis alumnos de posgrado pasados y presentes que han contribuido --cada uno a su manera- a poner la sociología de desarrollo rural de Wageningen y el análisis orientado al actor en el mapa internacional.

1 Magdalena Villarreal tradujo versiones anteriores de los capítulos 5, 8 y 10, ad~más del capítulo 6, el cual permanece intacto.

18

Quiero expresar especial gratitud a Jan por leer y comentar gran- des secciones del libro. Aportó una mirada fresca y a veces crítica al texto y contribuyó con muchas observaciones útiles y desafiantes, así como con sugerencias para mejorar capítulos particulares. A lo largo de mi estancia de veinte años en Wageningen, Jan y yo llegamos a ser colegas cercanos y buenos amigos que tuvimos que arrostrar, hombro con hombro, las sucesivas ondas desestabilizadoras de las reformas administrativas que ·nos impusieron en el nombre del mejoramiento, de la eficacia, la racionalidad y la responsabilidad. Tengo una deuda con muchos otros colegas y amigos cuyas ideas y trabajo han contribuido allihro. Entre ellos me gustaría hacer men- ción especial de Alberto Arce, quien ha llevado cuestiones del análisis orientado al actor a varios campos de investigación intelectual adya- centes (y algunas veces sorprendentes). En el eje de gran parte de su trabajo se encuentra la centralidad de los procesos de conocimiento en el desarrollo, una posición que comparto con él, como se evidencia en el capítulo 9, escrito por ambos. Magdalena Villarreal es una amiga cercana y colega. Además de desempeñar un papel importante en la configuración de este libro, du- rante los últimos diez años ha trabajado estrechamente conmigo en los temas de mercantilización y ~obalización, y en general ha hecho una valiosa contribución al mejoramiento de las perspectivas orientadas al actor. El capítulo 6 fue escrito en coautoría con ella, y el 8 se origina en una publicación conjunta. Agradezco también a Niels RO:ling y a Cees Leeuwis del Departa- mento de Estudios de Comunicación e Innovación el dinámico interés que han mostrado en mi trabajo. Y finalmente, una palabra especial de agradecimiento dirigida a Jan Douwe van der Ploeg, quien fue miembro de mi grupo y ahora es profesor de Sociología Rural, por la oportunidad de trabajar con él varios artículos clave y capítulos en libros vinculados con temas de heterogeneidad social, intervención planeada y perspectivas del actor. A lo largo de este libro hago pausas en varias ocasiones para reconocer las importantes y muy estimulan- tes contribuciones que él y su grupo han hecho a la línea de análisis sobre la que trabajo. El advenimiento de esta edición en español de mi lihro me pro- porciona gran placer, puesto que me permite involucrarme más efec- tivamente con un corpus activo de académicos, estudiantes y agentes

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de cambio latinoamericanos afanados por dar cuenta de las comple-

jidades del desarrollo y la transformación social. Desde que pasé a

ser profesor emérito en Wageningen, mi esposa y yo hemos podido permanecer largas temporadas cada año en México. Esto nos ha man- tenido en contacto cercano con nuestros amigos mexicanos y nos ha

dado la oportunidad de trabajar cotidianamente con investigadores

y estudiantes de posgrado mexicanos. En este sentido, quisiera agra-

decer al CIESAS (y de manera particular al CIESAS-Üccidente) y a El

Colegio de San Luis por invitarme en varias ocasiones a contribuir en sus seminarios y programas de posgrado. Además, agradezco profun- damente a estas instituciones hacer posible que mi libro sea publicado en español. Estoy también sumamente agradecido con quien ha sido

mi amigo desde los días de la Escuela de Manchester, Guillermo de la

Peña, porque, a pesar de sus múltiples ocupaciones, encontró tiempo para bautizar esta nueva edición de mi libro. Adicionalmente, quiero expresar mi agradecimiento a Ernesto

lsunza del CIESAS, tanto por su apoyo entusiasta en la publicación de

este libro como por su acertada recomendación sobre la mejor manera

de traducir el concepto de interfaz, y a Elsa Guzmán por sus útiles y

oportunas sugerencias con respecto a ciertas cuestiones específicas de

traducción. Mi mayor deuda debe ir a dos entusiastas e infatigables amigas

antropólogas -Horacia Fajardo (de El Colegio de San Luis) y Mag- dalena Villarreal (del CIESAS-Occidente)- quienes desde hace tiempo

utilizan mi trabajo en sus investigaciones y docencia. Sus esfuerzos

han hecho posible este libro.

20

NORMANLONG

Ajijic, México. Octubre 17 del2006

(

INTRODUCCIÓN

A diferencia de otros trabajos generales en el campo de estudío del

desarrollo, este libro se enfoca en los fundamentos teóricos y metodoló- gicos de una forma de análisis orientado al actor y a la construcción social, en oposición a los análisis estructurales, institucionales y de

economía política. También aspira a mostrar la utilidad de tal enfoque

al proporcionar pistas nuevas en áreas decisivas de la investigación em-

pírica, que abarcan una variedad de problemas clave del desarrollo:

el

mercantilismo y los valores de las mercancías, la pequeña empresa

y

el capital soCial, las interfaces de conocimiento,- redes y poder, las

interrelaciones de la globalízación y el localismo, así como las dínámi- cas del díscurso de la política y la intervención planificada. Donde es

posible, los argumentos se elaboran con referencia a estudios de casos

y materiales empíricos recolectados durante varios periodos de campo

en algunas partes de África y América Latina. Después del llamado impasse en los estudíos del desarrollo en la mi- tad de la década de 1980, hubo gran interés en solucionar las limitacio- nes teóricas y metodológicas de las teorías del desarrollo -estructurales

y genéricas- que se apoyaban en varias formas de determinismo, linea-

lidad y hegemonía institucional. Éstas tendían a excluir a las personas, estaban obsesionadas por las condiciones, contextos y "fuerzas impul-

soras" de la vida social, en lugar de estarlo por las prácticas autoorgani-

zadoras de quienes habitan, experimentan y transforman los contornos

y detalles del paisaje social. Una manera de salir de este callejón, ar-

gumenté entonces, era adoptar una perspectiva orientada al actor que explorara cómo los actores sociales ("locales" y "externos" en arenas particulares) se enfrentaban en una serie de batallas entrelazadas, por

los recursos, significados, y el control y legitimidad institucional.

Gran parte del fundamento de esto ya se había expuesto concep- tUalmente en varios estudios interaccionistas y fenomenológicos he-

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chura y rehechura de la sociedad mediante las acCiones y percepciones que sin intermisión transforman un mundo de actores diversos y en- trelazados. Estos procesos emergentes son complejos, a menudo ambi- valentes, y son en extremo contingentes en las condiciones evolutivas de arenas sociales diferentes. Ellos también implican redes de relacio-

nes, recursos y significados en diferentes escalas de organización. Van desde contextos interactivos de pequeña escala, dominios institucio- nales en que las acciones, expectativas y valores se enmarcan y dispu- tan, a escenarios 'más globales que moldean a distancia opciones hu- manas y potencialidades, pero que ellos mismos son los productos de extensas cadenas y repercusiones de acción social y de sus impactos en componentes humanos y no humanos. El construccionismo social tiene sus raíces en las perspectivas fe-

nomenológicas y sociológicas de Manheinn (1963), Berger y Luckman (1967) y Schutz (1967); debe mucho a los estudios interaccionistas sim- bólicos de Goffman (1959, 1961) y a la etnometodologia de Garfinkel (1967). A pesar de las diferencias en los métodos de investigación y

el significado teórico atribuido al sentido y a la práctica social, estas tradiciones tienen en común que ven los fenómenos sociales como he-

chos de una multiplicidad de realidades emergentes y construidas. En

años recientes, los psicólogos han mostrado un interés creciente en esta perspectiva. Su interés en el lenguaje y la práctica discursiva en la vida cotidiana ha construido puentes con las tradiciones sociológicas

y antropológicas (un recuento de ello lo proporciona Burr, 1995). 7 El trabajo de George Kelly, escrito en 1955, ha sido motivador. Él elabo-

ró un concepto personal de teoría de la cognición desde la metáfora básica del '"hombre científico" que sin intermisión trata de construir, dar sentido y orden al mundo de la experiencia. Como comentan Sar- bin y Kitsuse (1994:5), si él hubiera usado el concepto de "actor" más

que el de "científico", su trabajo se hubiera conectado de un modo

7 El psicólogo Burr (1995:4) sintetiza así el punto de vista del construccionismo social: "Las continuidades entre personas en el curso de sus vidas diarias se ven como las prácticas durante las cuales se construyen nuestras versiones compartidas de cono- cimiento. Por lo tanto, lo que consideramos como verdad (que con seguridad tiene variaciones históricas y culturales), como por ejemplo nuestras maneras comunes de entender el mundo, no es un producto objetivo de la observación del mundo, sino de los procesos sociales e interacciones en los cuales las pet·sonas se enganchan sin intermisión con el otro".

directo con las aportaciones de sus contemporáneos sociólogos y es

probable que hubiera tenido más influencia en el camino seguido por la psicología. Más recientemente en la psicología, como sugerí antes, el construccionismo social ha llegado a ligarse -tal vez en demasía-

con el análisis del papel del discurso y el lenguaje en la construcción de la representación de la vida cotidiana. Esta afinidad de un enfoque orientado al actor con los principios

del construccionismo social en su aplicación en los asuntos del desa-

rrollo y el cambio social es reconocida por David Booth como distinti- vo en dos maneras. Él lo explica así: "Un foco de especial interés aquí son las múltiples formas de conocimiento social y sus relaciones con el poder. Otro es la diversidad de resultados de los procesos sociales que

resultan visibles una vez que se hace justicia al carácter constructivis-

ta y de interactividad de tales procesos" (Booth, 1994:12). Sin embargo, a pesar de la concurrencia de puntos de vista en el pensamiento constructivista, algunos prominentes antropólogos socia- les han expresado su rechazo a la noción de "construcción", sea social, sea cultural. Argumentan que esto implica la idea de "planes listos para hacerse" y ""cianotipos" que funcionan como partituras musica- les o guiones (Ingold, 1996:99-146). En contraposición, y basándome en una larga tradición de investigación y pensamiento construccionis- ta, tomo el punto de vista que considera que el construccionismo 8 está

8 Por supuesto, el construccionismo social ha ocasionado muchos debates acalo- rados, en especial por asuntos relacionados con la construcción social de la ciencia

y la naturaleza. Una postura radical sostiene que el término mismo es redundante,

ya que cualquier cosa localizada en un escenario social por necesidad se construye socialmente; aunque los científicos podrían argumentar que pese a que la ciencia se conduce en escenarios sociales y técnicos, sus hallazgos o productos son resultado de la aplicación de principios científicos, no sociales. Se interpone otra dificultad, por- que por desgracia es muy fácil errar cuando se habla de la construcción social como

una idea para hacer suposiciones acerca de los componentes sociales y las relaciones reales (por ejemplo, en relación con el género, la delincuencia o los kuarks). Hacking (1999) nota que quienes emplean con frecuencia el término, en especial en los títulos de sus libros, tienen intereses personales, o a cualquier costo están presionando para que se efectúen cambios en las actitudes culturales, arreglos legislativos o socioadmi-

nistrativos (por ejemplo, en rt•lación con el abuso infantil o las plantas de generación de energía atómica). La exposición de Hacking es una explicación y una critica amplia

y divertida de los argumentos construccionistas. Sin embargo, dice que su interés

clave es en los ••reclamos locales" (por ejemplo, afirma que "una gran parte -o la totalidad- de nuestra experiencia vivida, y del mundo en que habitamos, se concibe como socialmente construida" [1999:6]). En otro lugar, también subraya la utilidad

interesado antes que todo en entender los procesos por los cuales los actores específicos y redes de actores se comprometen con y coprodu- cen así sus mundos sociales (inter)personales y colectivos. Esto no lo logran sólo retrabajando repertorios culturales existentes o por con- ducta aprendida, sino también mediante las muchas maneras en que las personas improvisan y experimentan con viejos y nuevos elemen- tos y experiencias, y reaccionan según la situación y con imaginación, con conocimiento de ello o sin él, a las circunstancias que encuentran. Desde aquí, la idea de la construcción social no implica que la gente tenga una visión clara de cómo o sobre qué bases se forman sus per- cepciones de la realidad, o por qué hacen las cosas en primer lugar, o cómo hacer cosas afecta los resultados. Todos nosotros -sabemos que "la vida social siempre es provisional, 'trabajo en progreso'; nunca completada y por consiguiente no construida de cualquier manera fi- nal" (Ellen, 1996:103); aunque esto no significa que las relaciones so- ciales, las estructuras normativas y las prácticas discursivas no están de alguna manera "construidas" o retrospectivamente interpretadas como el resultado de modos coordinados de acción y creencia. Otro asunto debatido son los papeles que desempeñan el idioma y el discurso en la estructuración de la práctica social cotidiana. El construccionismo social a menudo se ha asociado con estrechez con el uso del discurso o el análisis de la conversación para entender los pro- cesos de interacción y negociación social, la emergencia de relaciones de poder, y la coproducción de conocimiento (véase en Potter y Wetherall, 1987, la interacción de "repertorios interpretativos"; Gergen y Ger- gen, 1986, en relatos; Fairclough, 1989, análisis de discurso crítico, y Parker, 1992, y Burr, 1995, recuentos del análisis de discurso en psico- logía social). Sin embargo, el discurso nunca depende sólo de la manera

de la noción cuando expone ''cómo se usan las categorías de conocimiento en las re- laciones de poder" (1999:58), y aplaude el libro de Danzinger {1990), Constructing the subject,-una historia construccionista de la psicología experimental que analiza la "construcción" histórica de los "sujetos" psicológicos, los métodos, las instituciones, y un cuerpo de conocimientos. Después de este vistazo a tantas críticas que pueden atormentar a quienes usan el término construcción social o construccionismo social, quiero dejar claro que a lo largo de este libro uso el término por razohes teóricas y conceptuales, pero también de manera estratégica para retar a ciertas ortodoxias en la investigación y poüticas del desarrollo. Consciente del tedio que causa un uso excesivo del término, he tratado de utilizarlo con moderación.

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en que se despliega el lenguaje en textos, en la charla cotidiana o en la retórica pública; éste es asimismo manifestado en el comportamiento no verbal, en las expresiones corporales y de los sentimientos, así como en las maneras como la gente relaciona bienes específicos, artefactos y tecnologías que ya vienen, por así decirlo, provistos de significados sociales y valoraciones particulares. Un tipo de construccionismo so- cial orientado al actor requiere, entonces, que echemos nuestra red en amplitud. No sólo debemos abarcar la práctica social cotidiana y los juegos de lenguaje, sino también las estructuras institucionales en gran escala, recursos del campo, redes de comunicación y apoyos, ideolo- gías colectivas, arenas sociopolíticas de lucha, e incluso las creencias

y cosmologías que pueden formar las improvisaciones de los actores, cubriendo comportamientos y acciones sociales planeadas. De manera paralela a la interpretación equivocada del construc- cionismo, al que se acusa de privilegiar la representación cultural y el poder del lenguaje y el discurso, el análisis orientado al actor no debe ser reducido a la teoría de elección racional o ser criticado por ser "metodológicamente individualista" (por ejemplo, explicando la conducta social en términos de motivaciones, intenciones e intereses individuales). Las personas y sus ambientes (que incluyen a otra gente

y marcos institucionales) están constituidos con igual corresponden- cia; más aún, no responden con simpleza a los imperativos de marcos y normas culturales, o a los dictados de discursos dominantes. Como se inferirá con presteza de la lectura del libro, mi predi- lección descansa en un tipo de análisis del actor que explica cómo se entrecruzan los significados, propósitos y poderes asociados con modos diferenciales de agencia humana para constituir los resultados de formas sociales emergentes. Para seguir e ilustrar este argumento, necesitaré demostrar también que la agencia misma está enmarcada y cercada por varios discursos contracruzados, constricciones institu- cionales y procesos de "objetivación", aunque estos mismos procesos también permiten o promueven ciertos modos de agencia social. Una implicación posterior de ello es la necesidad de cuestionar o decOns- truir ciertas abstracciones convencionales como "estructura social", "intervención planeada", "mercantilismo", "valor de intercambio" y la "hegemonía del Estado", con el fin de reemplazarlas por concep- ciones definidas del actor más matizadas. Asimismo, debemos evitar todas las formas de esencialismo y determinismo que asumen aconte-

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cimientos de simple causa y efecto, o las que están construidas en la

noción de leyes "lógicas" o

Tales formulaciones corren opuestas a la premisa de la orientación al actor, de que el complejo eslabonamiento de "proyectos" y prácticas de los actores, y sus resultados intencionales e imprevistos,. compone los marcos de acción social habilitadores o constrictores. El libro está dividido en tres partes. La primera parte aborda asuntos metodológicos y teóricos generales. El primer capítulo otorga los fundamentos teóricos para el enfoque hacia el actor, dando aten- ción especial a las cuestiones de experiencia vivida, agencia, asun- tos de conocimiento y poder, y a la necesidad de construir una teoría desde abajo. De esto sigue una evaluación crítica (capítulo 2) de mode- los y prácticas de las políticas y su implementación. Este capítulo de- safía concepciones ortodoxas respecto a la eficacia de la intervención planeada, y argumenta la necesidad de ver la intervención como un proceso continuo y construido socialmente, que va más allá de los

marcos de tiempo y espacio de los programas. Provee también una breve evaluación de las teorías sobre la intervención del Estado. El capítulo 3 proporciona un recuento de los conceptos y metodología clave para llevar a cabo la investigación empírica desde una perspec- tiva constructivista del actor social. Una vez delineados los elementos

principales para el análisis de la interfaz, el capítulo 4 examina la uti- lidad de éstos para entender tres situaciones de interfaz contrastantes en México. La segunda parte se dedica a temas relacionados con los procesos mercantiles, valor social, empresarios y empresa en pequeña escala. Comienza con una discusión crítica (capítulo 5) sobre los méritos y de- fectos de los modelos del cambio social por la mercantilización, desta- cando la importancia de la construcción social del valor y el significado dentro de los procesos económicos. El capítulo siguiente (capítulo 6) se refiere a la importancia del dinero y las monedas sociales en las redes transfronterizas, ilustrada en un detallado caso de estudio en México

y Estados Unidos. Se analiza un tercer elemento en la segunda parte del capítulo, la naturaleza y las dinámicas de la empresa económica. El capítulo 7 expone un estudio de caso de una empresa familiar múl-

tiple de las regiones montañosas de Perú. Muestra cómo el desarrollo

o posterior abandono de la empresa se moldean por las redes sociales, las fuentes de información y la organización familiar.

"universales" o ' 4 tendencias centrales".

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La tercera parte se dedica a las interfaces de conocimiento, poder y globalización. El capítulo 8 analiza la ímportancia de los temas de conocimiento para el desarrollo de la investigación. Destaca la impor- tancia central de las redes sociales, las representaciones sociales y las relaciones de poder al examinar las interfaces de desarrollo. El capí- tulo 9 muestra las interfaces en acto. Analiza un caso de estudio en que se involucran encuentros entre empleados gubernamentales y actores rurales locales. El énfasis está puesto en las interacciones de diferentes mundos de vida y cuerpos de conocimiento, y los dilemas que enfrenta un empleado de campo que es atrapado entre las demandas de sus clientes campesinos y las de sus superiores administrativos. El capítu- lo final (lO) desarrolla una interpretación de los principales rasgos del cambio global al inicio del siglo XXI, enfocándose en los procesos de globalización y de localismos. También identifica las características de la naturaleza cambiante de las relaciones y del espacio global-local, y concluye identificando algunas áreas prioritarias para investigación futura del desarrollo.

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PARTE! TEMAS TEÓRICOS Y METODOLÓGICOS

CAPÍTULO l UNA SOCIOLOGÍA DEL DESARROLLO ORIENTADA ALACTOR 1

Este capítulo sienta las bases de' una perspectiva analítica centrada en el actor social sobre la intervención para el desarrollo y el cambio social. Comienza con una breve apreciación crítica del carácter para- digmático de los enfoques estructurales en contraste con los del actor, seguidos por una delineación de sus ventajas teóricas y epistemológi- cas. En la segunda parte del capítulo delineo el debate entre la teoría y la práctica durante mi trabajo en el Perú y México. Y en la conclusión vuelvo a los cambios de paradigma y las perspectivas futuras para una sociología de desarrollo revitalizada. 2

1 Este capítulo, revisado para este libro, fue escrito originalmente para la confe-

rencia inaugural del congreso Pluraliteit in de Latijns Amerika Studies (Amsterdam,

21 de marzo de 1990), organizado por el Werkgemeenschap van Latijns Amerika en Het Caraihisch Gebied. Después fue publicado por CEDLA (Centre for Lati.n American Research and Documentation). Véase Long, 1990. David Slater (1990) hizo un comen- tario útil sobre el documento en el mismo número de esta revista. 2 Cuando a finales de los 80 escribí la primera versión de este texto, se debatía en vatios medios la crisis de las teorías sociológicas de desarrollo. Lo vivencié en febrero de 1989, cuando di una conferencia sobre "La Continua Interrogación para una So- ciología del Desarrollo Rural", en The Rural Studies Centre, University College, de la Universidad de Londres. Al final de la conferencia se suscitó un acalorado debate en el que varios participantes expresaron su preocupación por ir a la deriva de sus amarres teóricos, y sin posibilidad alguna de recibir ayuda. Uno de los asistentes llegó a sugerir que mi deseo de fundamentar el análisis en los conceptos del actor, en apariencia a costa de la econonúa política, podría con facilidad ser mal leído como un argumento en apoyo de los principios empresariales· del libre mercado. Me fue dificil de comprender todo esto porque para los años de la década de 1980 habían sido liberadores, en el mejor sentido del término: las ortodoxias teóricas de varios tipos fueron desafiadas, algunas incluso se desecharon, y se abrieron espitcios para formas más innovadoras e lúbridas de investigar y teorizar. Esto era excitante y no depri- mente o amenazante.

El mundo paradigmático de la investigación

Al considerar los procesos de ascenso y ocaso de paradigmas no hay mejor manera de empezar que con el interesante planteamiento de los paradigmas antropológicos en el México posrevolucionario realizado por Cynthia Hewitt de Alcántara (1982), quien proporciona historias detalladas de escuelas antropológicas de pensamiento y práctica de la investigación en la vida rural mexicana y los problemas agrarios. Ella retoma el concepto de paradigma del original trabajo de Kuhn (1962) sobre el carácter y sucesión de paradigmas contrastantes o visiones del mundo en el desarrollo de la ciencia. Hewitt modifica el escenario uní- lineal y simple del desarrollo de paradigmas elaborado por Kuhn, Si- guiendo a Masterman (1970:74) y a Mey (1982:223), ella sugiere que la ciencia social siempre ha estado compuesta de múltiples paradigmas, de los cuales ninguno ha conquistado el estatus de teoría central o pa- radigma universal. 3 Aunque durante ciertos periodos algunas teorías particulares o imágenes de sociedad pueden ser juzgadas más creíbles que otras, debido al apoyo que reciben de los estudiosos y de las ins- tituciones académicas, los vientos de cambio están siempre a la vuelta de la esquina. Esto surge sobre todo porque las teorías sociológicas generales y las metáforas están enraizadas en epistemologías contras- tantes o incompatibles; es decir, conciben de modo muy diferente la naturaleza y la explicación de los fenómenos sociales. No obstante, como demuestra con belleza el estudio de Hewitt, es posible trazar diacrónicamente el crecimiento y la mengua de los paradigmas particulares e identificar periodos durante los cuales cier- tas imágenes y tipos de análisis han predominado sobre otros. Pocos estudiosos desafiarían, por ejemplo, la aseveración de que desde la

3 Como Hewitt, uso el término paradigma de un modo amplio, y no implica fideli- dad a modelos, como en el caso ejemplar de la física y de las ciencias naturales. Ritzer (1975) está de acuerdo con la idea de que la sociología nunca ha sido un campo unifi- cado con un paradigma dominante o una teoría central. Él agrega que la sociología se

conforma por paradigmas múltiples que

para ganar hegemonía dentro de la disciplina como un todo, así como, a la larga, en cada rama de la sociología" (1975: 12). Distingue tres paradigmas principales: el de los "hechos sociales" que deriva de la teoría de Durkheim; el de la "definición social", construido en el enfoque de la acción social de Weber, y el del "comportamiento so- cial" que aplica a los principios de la sicología conductual y a los temas f!ociológicos.

comprometidos con esfuerzos políticos

están

34

Segunda Guerra Mundial los debates e interpretaciones sobre el desa- rrollo han versado sobre las perspectivas basadas en el concepto de mo- dernización (en los años 50), el de dependencia (en los 60),. econonúa política (en los 70) y en alguna clase de un mal definido posmodernis- mo (de los 80 en adelante). Esta fase posmooernista es definida por muchos -aun por ciertos marxistas estructurales obstinados- como la deconstrucción de ortodoxias previas, 4 o incluso quizá como una forma de agnosticisino teórico que algunos estudiosos considerarían que linda con el empirismo. 5 Un vistazo a la extensa literatura de la posguerra sobre el desa- rrollo y el cambio social deja ver de inmediato una nítida división en- tre trabajos que utilizan agregados o estructuras y tendencias en gran escala (a menudo definidas como macro), y por otra parte estudios que caracterizan la naturaleza de los cambios en unidades operantes o actuantes (a menudo definidas como micro). 6 Por lo general, los pri- meros encuadran sus análisis en conceptos provenientes de la teoría de la modernización, o adoptan una perspectiva estructural o institu- cional basada en alguna variedad de análisis político económico. Los últimos, en tanto que también pueden resaltar dimensiones relevantes para estas mismas teorías generales,~ es más probable que proporcio- nen recuentos detallados de respuestas diferenciales a las condiciones estructurales y que exploren las estrategias de sustento y las disposi-

4 Varios documentos han revelado grandes debilidades conceptuales en la co- rriente principal de la sociología del desarrollo. Véase, por ejemplo, Booth (1985), Fo•ter-Carter (1987), Long (1984, 1986) y Mouzelis (1988). s Bernstein (1986:19), por ejemplo, considera que es materia de "investigación concreta" el entendimiento de las variaciones en los patrones de mercantilización, y por consiguiente no es intrínseco al desarrollo de una teorla más adecuada de mer- cantilización. Esto parece errado, ya que tal teoría también debe dirigirse a tratar la variación estructural. 6 Esta distinción simple entre lo macro y lo micro a menudo nubla un número de dimensiones y temas importantes. Por ejemplo, la diferencia entre formas ''agre- gadas" basadas en números, tiempos y espacios, y estructuras "emergentes" que en parte derivan de consecuencias imprevistas de la acción social. También es necesario reconocer que los procesos y elementos llamados macro están enclavados en las mi- crosituaciones de la vida social cotidiana. Para entenderlo se necesita "desglosar" las metáforas macrosociológicas, tales como la noción de "centralización del Estado" o "mercantilización" para revelar con precisión cómo moldean las vidas de individuos y grupos sociales particulares. Para profundizar en estos puntos, véase Collins (1981), Knorr-Cetina (1981), Gidden• (1984,132-144) y Long (1989,226-231).

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ciones culturales de los actores sociales involucrados. En cierto nivel, esta diferencia en el análisis coincide en términos generales con la di- visión entre la economía, las ciencias políticas y la macrosociología, frente a la antropología y la historia, o con más precisión, entre es- tudiosos interestados en comprobar nwdelos estructurales generales

tucionales (es decir, lo que a menudo ha sido denominado "obstáculos sociales y culturales al cambio"). Por otro lado, las teorías marxista y neomarxistas de la economía política acentúan la naturaleza explotadora de estos procesos para au- me~tar el nivel de extracción de plusvalía y la acumulación de capital,

y quienes buscan describir las maneras en que la gente maneja los dilemas de su vida cotidiana. Por supuesto, algunos estudios notables han logrado combinar estos niveles con éxito razonable, pero han sido relativamente pocos. 7 La razón principal de la dificultad para integrar las perspectivas estructurales y las del actor es que sus postulados teó- ricos y epistemológicos divergen, pero esto no significa que sea imposi-

 

y los atribuyen a la tendencia expansionista inherente al capitalismo mundial y a su necesidad constante de abrir nuevos mercados. Aquí la imagen es la de intereses capitalistas, extranjeros y nacionales, que subordinan (y probablemente a la larga minan) los modos y relaciones de producción no capitalistas, y los integran en un tejido desigual de relaciones económicas y políticas. Aunque han variado las coyunturas

ble combinarlas dentro de un solo marco de análisis.

y

el grado de integrilción de los países a la economía política mundial,

La convergencia de modelos estructurales de desarrollo

el resultado es estructuralmente similar. Son obligados a unirse a la ~'hermandad de naciones" en condiciones no determinadas por ellos, sino por sus "socios" más adinerados y poderosos en el terreno políti- co. Pese a que este tipo de teoría involucra una variedad de escuelas

A

pesar de diferencias obvias en ideología y vestimentas teóricas, has-

de pensamiento, en esencia el mensaje central permanece inalterado;

ta

hace poco, dos modelos estructuralistas han ocupado la escena cen-

a

saber, que los patrones de desarrollo y subdesarrollo son mejor ex-

tral en la sociología del desarrollo: la teoría de la modernización y la economía política. Y las dos evidencian ciertas similitudes paradigmá-

ticas, al tiempo que comparten debilidades analíticas. La teoría de la modernización plantea el desarrollo de la socie- dad "moderna" como un movimiento progresivo hacia formas más complejas e integradas desde el punto de vista tecnológico e institu- cional. Este proceso es activado y mantenido mediante la paulatina y creciente inserción en los mercados de mercancías y en una serie de intervenciones que involucran la transferencia de tecnología, conoci- miento, recursos y formas de organización del mundo más "desarro- llado" o sector de un país hacia las partes menos "desarrolladas". De esta manera, la sociedad ~'tradicional" es impulsada hacia el mundo moderno, y poco a poco sus patrones económicos y sociales adquieren los instrumentos de "la modernidad", aunque no sin sobresaltos insti-

7 Los siguientes estudios, por mencionar unos pocos de mis favoritos, se sostienen como particularmente buenos al respecto: Pahl (1984), Moore (1986). Larson (1988), and Smith (1989). Mi propio trabajo con Bryan Roberts (Long y Roberts 1978 y 1984) intenta hacer lo mismo.

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plicados por un modelo genérico de desarrollo capitalista de escala mundial. 8 Estas dos macroperspectivas representan posiciones ideológicas opuestas; la primera se adhiere al punto de vista llamado "liberal", creyendo en última instancia en los beneficios del gradualísmo y del efecto "goteo". La segunda toma una posición ~~radical". partiendo de una visión del desarrollo como un proceso inherentemente desigual que

8 Aquí estoy recorriendo rápidamente las complejidades involucradas en las di- ferenciaciones entre las distintas posiciones estructuralistas, de la dependencia y neo- marxistas. América Latina es un caso especialmente interesante, ya que a partir de los inicios de los cincuenta ha fertilizado una rica tradición "indígena" de teoría del desarrollo. Ésta incluye la escuela estructuralista de Prebisch y otros que desafiaron a los teóricos de la economía neoclásica, varios escritores de la dependencia (reformis- tas y marxistas), así como a los marxistas más ortodoxos. De hecho, como dice Kay (1989: 126), quien estudió y presentó la literatura de la dependencia -sin tocar el resto--, ""es como confrontarse con una Torre de Babel. Cualquier esfuerzo por hacer un relato justo está cargado de dificultades, como si uno se viera obligado a ser selec- tivo respecto tanto a los temas como a los autores". El libro de Kay, Latin American

Theories of Development and Underdevelopment (1989), ofrece un relato completo

de este trabajo "desde la periferia", y muestra cómo se interrelacionan la teoría y la política.

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involucra la explotación continua de las sociedades

de la "periferia'~ y

de las poblaciones "marginadas". Sin embargo, en otro nivel, los dos modelos son similares puesto que ambos ven el desarrollo y el cambio social como emanación de los centros de poder externos mediante las intervenciones de los cuerpos estatales o internacionales. Se conside- ra que siguen un camino determinado de desarrollo, señalizado por etapas o por la sucesión de regímenes diferentes del capitalismo. Las llamadas fuerzas extemas encapsulan las vidas de las personas; así re- ducen su autonomía y al final minan formas locales o endógenas de co- operación y solidaridad, lo que da por resultado un incremento de la diferenciación socioeconómica y un mayor control centralizado por poderosos grupos económicos y políticos, instituciones y empresas. En este sentido no parece tener mucha importancia si la hegemonía del Estado está basada en una ideología capitalista o en una socialista, puesto que ambas implican tendencias hacia el incremento de la incor- poración y la centralización. Por consiguiente, inscritos en ambos modelos encontramos posi- ciones deterministas, lineales y externalistas del cambio social.9 Mis recapitulaciones de sus puntos de vista qtúzá simplifican y caricaturi- zan sus argumentos, pero considero que una lectura cuidadosa de la literatura apoyarla la conclusión de que de hecho comparten un con- junto común de creencias paradigmáticas. Este argumento se sostiene también en la existencia de supuestos similares que apuntalan los en- foques del desarrollQ agrario sobre la hase de la comercialización (es decir, la modernización) y la mercantilización (véase Van der Geest, 1988, y Long y Van der Ploeg, 1988).

9 Sin duda, esto será visto por algunos como una declaración imprudente y ter- minante, ya que pueden dtarse algunos trabajos que evitan por lo menos alguna~ de

estas limitaciones. Por ejemplo, los mejores estudios neomarxistas o de la dependen- cia acentúan la importancia de patrones internos de explotación y relaciones étnicas

o

de clase, prestan atención a procesos históricos reales (en lugar de idealizados),

e

intentan evitar formulaciones funcionalistas o deterministas. Sin embargo, hechas

tales advertencias, creo que el cuadro general permanece como lo he descrito. Este punto de vista se apoya en la favorable valoración crítica del análisis de la teoría de

la dependencia hecha por Kay (1989:194-6), quien enfatiza su ••sobredetenninación

de lo externo", su ""distorsionado cuadro histórico de las condiciones del periodo de predependencia" y su tratamiento insuficiente de "las causas internas del subdesarro- llo". Véase Long (1977a:9-104) para una documentación detallada de las diferencias y similitudes del modelo de modernización y del analisis neomarxista.

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Breve revisión de análisis estructurales recientes

En tanto que las limitaciones de estos modelos estructurales iniciales --sobre todo su incapacidad de explicar adecuadamente las causas y dinámicas de la heterogeneidad social- son ahora reconocidas en ex- tenso tanto por sociólogos como por economistas políticos, gran parte de la teoría social actual permanece casada con el universalismo, la linealidad y las oposiciones binarias (Alexander, 1995:6-64). Esto no sólo se observa en el análisis de los procesos de desarrollo (véase en el capítulo 2 una crítica detallada de las nociones de intervención pla- neada), sino también, de modo más general, en las interpretaciones teóricas del cambio sociocultural contemporáneo (véase el capítulo 10). Por ejemplo, muchos autores en el posmodernismo sucumben a la teoría de "las etapas de la historia" cuando escriben sobre la tran- sición de formas de producción "fordistas" a "posfordistas" (es decir, de la producción e:h masa a la especialización flexible) como si fuera

un proceso unidireccional simple en sintonía con otros cambios socio- culturales. Aquí está implícita una visión caracteristica ideal de lo que significa ser posmoderno. Un ejemplo de esta visión es la manera en

que Don Slater (1997:174-209) usa una lente del posmodernismo para

mirar los "tiempos nuevos" que estamos viviendo. La interpretación de Slater gira en torno a la dudosa suposición de que el movimien- to hacia los patrones posfordistas de organización es congruente con otras dimensiones y representaciones del cambio, como el cambio de modos organizados a desorganizados del capitalismo, del valor de in- tercambio mercantil a la importancia creciente del 4 'valor del signo", y de identidades sociales basadas en el criterio de trabajo y ciudadanía a las basadas en los estilos de vida globales. 10 Nos preguntamos si en este nivel de abstracción las complejidades. empíricas y las diversidades de la vida contemporánea pueden ser abordadas de manera adecuada. Lo que claramente se pierde aquí es el esfuerzo por analizar a fondo las maneras intrincadas y variadas en que las viejas y nuevas formas de producción, consumo, sustento e identidad se entrelazan y generan modelos heterogéneos de cambio económico y cultural. Dos

10 Slater hace una sucinta revisión y presentación global de varios textos con- temporáneos importantes (por ejemplo, Baudrillard, 1981; Lash y Urry, 1987; Hall y Jacques, 1989).

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intentos diferentes, aunque a la·vez desafiantes, de ofrecer tal mar- co analítico es la reconceptuación de los cambios rurales en el Reino

Unido (Constructing the Countryside) de Marsden y colaboradores

(1993), y el análisis de Smith (1999:131-191) de los procesos de rees- tructuración socioeconómica en las regiones de España e Italia, en su

libro Confronting the Present.

Otros teóricos contemporáneos se han dedicado a reformular el análisis estructural para incluir acontecimientos más explícitos de la globalización. Por ejemplo, Preston (1996:273-293) distingne tres vías para teorizar el sistema global: l) un posmodernismo orientado al mercado~ basado en el conocimiento y en el punto de vista de consumo global/estilos de vida; 2) mediante la aplicación de la teoría marxista de la dependencia para explicar los cambios en los modelos globales de capitalismo y los cambios en el destino de bloques particulares de po- der económico y político (como el hundimiento del sistema soviético y el surgimiento de las vicisitudes posteriores en los países asiáticos orientales), y 3) mediante un esfuerzo por hacer nuevas interpreta- ciones del cambio estructural por medio de la identificación de lo que Preston designa '~una lógica de interdependencia global siempre ma- yor'' entre grupos que ocupan nichos específicos en la escena global y que intentan identificar problemas comunes (como los relacionados con el medio ambiente global y asuntos comerciales mundiales), y que ejercen presión para el establecimiento de acuerdos globales negocia- dos y estructuras reguladoras (Preston, 1996:292). Por otro lado, otros estudiosos se han preocupado por la '~declina­

] de las economías nacionales

ción de la coherencia de lo nacional [

y de los Estados reguladores nacionales" (Buttel, 1994:14). Los defen- sores de esta postura analítica sostienen que los nuevos "regímenes de acumulación" y "modos de regulación" son generados cuando las con- tradicciones internas, los desarrollos tecnológicos y la economía políti- ca global amenazan las estructuras institucionales locales y nacionales, así como la viabilidad del orden económico y politico que prevalece. En estas situaciones críticas -argumentan- se desarrollan nuevos modos de organizar la acumulación de capital y la reproducción social. 11

ll Véase en Janvry (1981) un análisis temprano de cómo el Estado (apuntalado

intereses de la clase dominante") establece reformas en sus políticas de desa-

por

rrollo para resolver la crisis de acumulación de capital.

los

40

Como afirman varios autores (por ejemplo, Jessop, 1988:151, y Gouveria, 1997), estos procesos de reestructuración no deben ob- servarse como desligados de la acción social, ya que son producto de luchas sociales pasadas y presentes. Cabe mencionar que los prota- gonistas identificados en estas luchas son aquellos que representan naciones-Estado individuales y organismos trasnacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial o la Organi-

zación Mundial del Comercio (OMC). Estos últimos tipos de actores ins- titucionales buscan ordenar la economía global y manejar cualquier turbulencia que pueda presentarse. Al hacerlo intentan dirigir las po- líticas gubernamentales nacionales fuera del "proyecto desarrollista" del pasado hacia un régimen económico neoliberal más robusto (véase un recuento completo de este proceso en McMichael, 1994). 12 Por su- puesto, tal perspectiva no presta suficiente atención a la multiplicidad de actores sociales e intereses que participan en la reestructuración de tales procesos. Ni aprecia hasta qué punto, en ciertas circunstancias, los actores etiquetados como menos poderosos pueden hacer oír sus voces y cambiar de manera drástica el curso de eventos, como se evi- denció en el encuentro de la OMC en 1999, en Seattle, cuando cientos de personas tomaron las calles y con éxito obstaculizaron la acepta- ción inequívoca de la asamblea del principio del libre comercio. La apreciación de Preston del análisis estructural lo lleva a una conclusión sinúlar: lo que necesitamos es dejar atrás las explicaciones estructurales en favor de un análisis enfocado en el agente o actor.

Aquí es donde su argnmento (Preston, 1996:301-303) coincide con mi

insistente defensa de tal perspectiva (Long, 1977, 1984 y 1992). La pró- xima sección expone las implicaciones de tal cambio teórico.

Un enfoque orientado al actor

En la sociología del desarrollo siempre ha habido una especie de con- trapunto al análisis estructural, aunque no se hubiera explicitado cla-

l:l Véase también en Mouzelis (1993) un recuento teórico de la noción de actores institucionales macro; en Lockie (1996) una valoración crítica del estructurali.smo glo- bal; y en Goodman y Watts (1997) una reevaluación de los enfoques teóricos a las redes agroalimentarias globales.

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ramente en la literatura sobre el tema sino hasta relativamente tarde

en el siglo XX. Esto es lo que he llamado el enfoque orientado al actor.

Este interés en los actores sociales se nutre (de modo explícito o implí- cito) en la convicción de que es poco satisfactorio basar el análisis en el concepto de determinación externa, aunque puede ser verdad que importantes cambios estructurales son resultado del efecto de fuerzas externas (debido a la invasión del mercado, Estado o cuerpos inter- nacionales). Todas las formas de intervención externa se introducen necesariamente en los modos de vida de los individuos y grupos so- ciales afectados, y de esta manera son mediadas y transformadas por estos mismos actores y sus estructuras. Asimismo, sólo es posible que fuerzas sociales "remotas" y en gran escala alteren las oportunida- des de vida y la conducta de individuos porque toman forma, de un modo directo o indirecto, en las experiencias de la vida cotidiana y las percepciones de los individuos y grupos implicados. Así, como James

Scott (1985:2) expresa:

Sólo al capturar la experiencia en su pl~nitud podremos decir algo significativo acerca de cómo un sistema económico dado influye en aquellos que lo constituyen y mantienen o lo reemplazan. Y, claro, si esto es verdad para el campesinado o el proletariado, es verdad para la burguesía, la pequeña burguesía, e incluso para el

lumpenproletariado.

Por lo tanto, para comprender el cambio social es necesaria una propuesta más dinámica que enfatice Ia interacción y determinación mutua de los factores y relaciones "internos" y "externos", 13 y que re- conozca el papel central desempeñado por la acción humana y la con- ciencia. Una manera de hacerlo es mediante la utilización de análisis

orientados al actor, los cuales tuvieron popularidad en la sociología y antropología alrededor de finales de la década de los 60 y principios

de los 70. Estas propuestas van desde los modelos transaccionales y

1 3 Aunque quizá se debería evitar la referencia a factores "externos" e ·~inter­ nos", es difícil desechar por completo tal visión dicotómica de nuestra conceptuación cuando se discute la "intervención", dado que la misma intervención descansa eri este tipo de distinción. Para profundizar en este asunto, véase Long y Van der Ploeg (1989) y el capítulo 2 de este libro.

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toma de decisiones hasta el interaccionismo simbólico y análisis feno- menológico. Una ventaja del enfoque centrado en el actor es que se empieza con el interés de explicar las respuestas diferenciales a circunstancias estructurales similares, aun cuando las condiciones parezcan más o menos homogéneas. Así se asume que los modelos diferenciales que aparecen son en parte creación colectiva de los actores mismos. Sin embargo, los actores sociales no deben figurar como simples catego- rías sociales incorpóreas (basadas en la clase o algún o,tro criterio clasificatorio), o destinatarios pasivos de la intervención, sino como participantes activos que reciben e interpretan información y diseñan estrategias en sus relaciones con los diversos actores locales, así como con las instituciones externas y su personal. Las sendas precisas del cambio y su importancia para los implicados no pueden imponerse desde fuera, ni pueden explicarse por los mecanismos de alguna lógica estructural inexorable, como está implícito en el modelo de '~periferia

desarticulada" 14 de De Janvry (1981). Los diferentes modelos de orga-

nización social emergen como resultado de las interacciones, negocia- ciones y forcejeos sociales que tienen lugar entre varios tipos de actor, no sólo de los actores presentes en ciertos encuentros cara a cara, sino también de los ausentes que, no obstante, influyen en la situación, y por ello afectan las acciones y los resultados. Habiendo dicho esto, sin embargo, es necesario subrayar las limi- taciones de varios Planteamientos orientados al actor promovidos en

los 60 y 70, en especial por antropólogos (véase Long, 1977:105-43). En

un esfuerzo por combatir puntos de vista culturalistas y estructuralis- tas simples sobre el cambio social, estos estudios se concentraron en la conducta innovadora de empresarios e intermediarios económicos, en los procesos de toma de decisiones individuales o en las maneras en

que los individuos movilizaban recursos mediante la construcción de

redes sociales (véase el capítulo 7). Pero muchos de estos estudios no llegaron lejos debido a la tendencia a adoptar un punto de vista vo- luntarista de la toma de decisiones y a enfatizar la naturaleza transac-

14 Para un conocimiento más amplio de la postura crítica de la ~~lógicadel capital" en el enfoque de De Janvry y su argumento de que el Estado actúa como un instru- mento para resolver las crisis de acumulación capitalista, véase Long (1988:108-114) y el capítulo 2 de este libro.

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cional de las estrategias del actor, por lo que prestaban insuficiente atención al modo en que las opciones individuales están influidas por marcos más amplios de significado y acción (es decir, por las dispo- siciones culturales, o lo que Bourdieu [1981: 305]11ama el habitus o "historia encarnada", y por la distribución del poder y recursos en la arena más amplia). Y algunos estudios tropezaron cuando adoptaron un extremado individualismo metodológico que buscaba explicar, en primer lugar, la conducta social con base en motivaciones, intenciones

e intereses individuales.IS

Otro tipo de investigación orientada al actor (la cual tiende a pre- valecer entre científicos, políticos y economistas, pero que también fue adoptada por algunos antropólogos económicos como Schneider

(1974), es aquella que utiliza un modelo generalizado de elección ra-

cional basado en un número limitado de axiomas, tales como la max:i-

mización de preferencias o de utilidad. En tanto que los tipos de análi- sis del actor mencionados anteriormente tendían a tratar la vida social

y en especial el cambio social como reducible en esencia a las acciones

constitutivas de los individuos, el enfoque de la elección racional pro- pone un modelo "universal" cuyos "rasgos centrales codifican las pro-

piedades fundamentales de la conducta humana" (Gudeman, 1986:31, critica este enfoque). 16 Por supuesto, la objeción principal a éste es que ofrece un modelo occidental etnocéntrico de conducta social ba- sado en el individualismo del "hombre utilitario" que sin ningún tacto ignora las especificidades de la cultura y el contexto.

La impcrtancia central de empezar desde la experiencia vivida

En contraste con estos tipos de perspectivas del actor, Unni Wikan (1990) hace una interpretación fascinante de la práctica social cotidia- na balinesa. Su etnografia es notable por la manera en que desenmas- cara las convenciones y artilugios de despliegues culturales públicos y actuaciones rituales balineses -tan a menudo objeto de interés an-

lS Esta posición ha sido criticada con mordacidad, sobre todo por los escritores marxistas (véase Alavi, 1973; y Foster-Carter, 1978:244). 16 Véase Coleman, 1990 y 1994; Elster,1985, 1986 y 1989, para profundizar en dos de las aplicaciones más consistentes de la teoría de la elección racional en la sociología.

tropológico-- para revelar un rico y versátil repertorio de maneras de enfrentar las crisis, penalidades y los sinsabores de la vida diaria. Ella dice que si "esta naturaleza compuesta y compleja del orden social no es también representada en nuestros relatos antropológicos, nos arriesgamos a retratar a los balineses como absortos en espectáculos públicos, como personas sin corazones y sin preocupaciones persona-

les obligativas" (Wikan, 1990:35).

La misma observación crítica es pertinente para teoría del desarro-

llo, donde también necesitamos ver detrás de los mitos, modelos y poses de la política del desarrollo e instituciones, así como de las valoracio- nes de la cultura local y el conocimiento para develar ''los detalles de lo vivido en los mundos de la gente". Es decir, necesitamos documen- tar las maneras en que las personas dirigen o enredan sus caminos en sucesivos escenarios difíciles, convirtiendo lo malo en circunstancias

menos malas. Como Wright Milis (1953) comentó una vez en un contex-

to ligeramente diferente, la explicación sociológica requiere dirigirse

tanto a "preocupaciones públicas" como a "dilemas privados". La ventaja de un enfoque centrado en el actor es que pretende asir con precisión estos temas mediante un entendimiento etnográfico sistemático de la "vida social" de los proyectos de desarrollo -desde su concepción hasta su realización-, así como de las respuestas y ex- periencias vividas de los actores sociales localizados y afectados [con diversidad] (eJ. la formulación similar de Olivier de Sardan, 1995:50- 54). Los elementos centrales de este esfuerzo etnográfico tienen el fin de dilucidar las estrategias generadas en lo interior y los procesos de cambio, los eslabones entre los pequeños mundos de los actores locales y los fenómenos globales y actores en gran escala, y el papel decisivo desempeñado por fOrmas diversas y a menudo contradictorias de ac- ción humana y conciencia social en la fabricación del desarrollo.

Preocupaciones personales apremiantes y el hombre de paja del individualismo metodológico

Mientras que la mayoría de los escritores se esfuerzan por respon- der preguntas de intervención en el desarrollo y los cambiantes modos de sustento, reconocen la importancia de lo descrito por Wikan como ~~preocupacionespersonales apremiantes", éstas se traducen a menudo

en declaraciones estructurales simples sobre las vulnerabilidades de las "clases bajas" y los pagos del "adinerado" o "favorecido~', o al- ternativamente se arrojan al modelo conductual de elección racional basado en axiomas universales, como la maximización de preferencias de utilidad y el principio de intencionalidad estratégica. Ninguna for- mulación concuerda de modo satisfactorio con las amplias implicacio- nes de los conceptos de la experiencia vivida, los modos de sustento y las prácticas sociales cotidianas del análisis orientado al actor. Este asunto se agrava cuando varios comentaristas acusan a los investiga- dores orientados al actor de centrar demasiado sus explicaciones en la agencia y la racionalidad instrumental de los individuos (por ejemplo, véase Alavi, 1973; Harriss, 1982; Vanclay, 1994; y Gould, 1997). Como un rechazo a estas críticas, Lockie (1996:45-46), quien sin- tetiza adecuadamente mi posición, defiende:

Aunque pienso que sería justo decir que los estudios nutridos por la perspectiva del actor tienden a enfatizar la racionalidad dis- cursiva de los actores a costa de la conciencia práctica, teórica-

mente no pienso que esta aserción sea tma crítica justificable. La

racionalidad no es, de acuerdo con Long (1992), una propiedad

de individuos, sino que es seleccionada del ahnacén de discursos disponibles que forman parte del entorno cultural de la práctica social. Refiriéndose de nuevo a la construcción de agencia, se si- gue que las concepciones de racionalidad, el poder y conocimiento también son culturalmente variables, y no pueden ser separadas de las prácticas sociales de los actores.

Como esta cita subraya, los conceptos orientados al actor aspi- ran a encontrar espacio para una multiplicidad de racionalidades, deseos, capacidades y prácticas~ incluyendo, claro, los asociados con varios modos de instrumentalismo. La importancia relativa de estas diversas ideas, sentimientos y maneras de actuar para dar forma a las componendas sociales y para provocar el cambio sólo puede evaluarse en un contexto único, y dependerá de una multitud de componentes interconectados de recursos sociales, culturales y técnicos. La comple- jidad y el dinamismo implicados en ello reclaman metodologías de la investigación (véase el capítulo 3) cuyo alcance vaya más allá del inte- raccionismo simple o modos individualistas de pregunta y respuesta.

Entonces, por estas razones está desorientada la acusación de "in- dividualismo metodológico", que busca estudiar y explicar los fenóme- nos sociales mediante el entendimiento de las motivaciones de indivi- duos, intenciones e intereses. Es decir, su función no es sino la de un hombre de paja para todos esos teóricos que desean culpar al análisis del actor por prestar demasiada atención a los predicamentos cotidia- nos, subjetividades y trayectorias sociales de los actores individuales que constituyen el tejido de la vida social en cooperación o conflicto con otras personas actuantes.

Agencia, conocimiento y poder

En 1977 publiqué An lntroduction to the Sociology of Rural Develop-

ment. En ese momento la sociología de desarrollo estaba en un cruce de caminos teórico, y no se podía estar seguro de la dirección que tomaría el análisis y el debate. Un motivo importante para escribir el libro fue incitar una discusión más abierta entre los estudiosos de diferentes convicciones teóricas y argumentar a favor de la combinación de los enfoques en el actor y los histórico-estructurales. Desde entonces han pasado muchas cosas que han abierto el espacio a la consideración de los temas y perspectivas del actor, incluyendo el auge repentino de es- critos posmodernistas y la emergencia de formas posestructuralistas de economía política menos doctrinarias (ahora etiquetada a veces como "la nueva econonúa política"). 17 No obstante, es probable que estos esfuerzos fracasen, a menos que ciertos puntos conceptuales y

11 Una nueva revista llamada Nueva Economía Política empezó a circular en 1996. Su política editorial, publicada en el primer número, marca una línea clara entre lo que se podría llamar "el viejo estilo" de la economía política, cuyo interés cen- tral era el análisis de la relación entre las esferas de lo público (el Estado) y lo privado (el mercado), y el "el nuevo estilo" de la econonúa política que apunta a un análisis más integrado y global de las variaciones en la riqueza y pobreza de regiones, secto- res, clases y estados. También subraya la importancia de examinar "las respuestas de los individuos y grupos a las constricciones y oportunidades creadas por las nuevas es- tructuras económicas globales, y por las identidades y roles que cambian con rapidez; las redes estratégicas de producción regional y las regulaciones políticas y econóini- cas; así coino las nuevas divisiones sociales que atraviesan los territorios y fronteras nacionales". Esta declaración señala con claridad algunas conexiones significantes entre modos de análisis político-económico, institucional y orientado al actor.

metodológicos clave se aborden sin reserva, entre los cuales la agencia es central. En un esfuerzo por mejorar las formulaciones iniciales, muchos escritores han retrocedido para reconsiderar la naturaleza esencial e importante de la "agencia humana". Esta noción metateórica yace en el corazón de cualquier paradigma revitalizado del actor social, y forma el eje alrededor del cual giran los planteamientos que intentan reconciliar las nociones de estructura y actor. Antes de relatar estos planteamientos, es importante enfatizar que el tema de la agencia no ha sido confinado en un círculo de ~eóricos sociológicos y antropológicos y sus audiencias, sino que también ha penetrado el trabajo empírico en las ciencias políticas (Scott, 1985), análisis de la política (Elwert y Bierschenk, 1988), estudios de comunicación (Leeuwis, 1993; Engel, 1995 y 1997) e historia (Stern, 1987). En general, la noción de agencia atribuye al actor individual la ca- pacidad de procesar la experiencia social y diseñar maneras de lidiar con la vida, aun bajo las formas más extremas de coerción. Dentro de los límites de información, incertidumbre y otras restricciones (por ejemplo, físicas, normativas o político-económicas); los actores socia- les poseen ''capacidad de saber" y "capacidad de actuar". Intentan resolver problemas, aprenden cómo intervenir en el flujo de eventos sociales alrededor de ellos, y en cierta medida están al tanto de las acciones propias, observando cómo otros reaccionan a su conducta y tomando nota de las varias circunstancias contingentes (Giddens, 1984:l-16). 18 Sin embargo, mientras la quintaesencia de la agencia humana pue- de parecer encarnada en la persona individual, los individuos no son

18 El intento de Giddens por desarrollar una teoría de estructuración (1979 y 1984) ofrece varias ideas importantes y perspicaces de la noción de agencia, pero al final tiende hacia una visión funcionalista al estilo de Durkheim. De acuerdo con Co- hen, Giddens "trata la sociedad (en lugar del self) como un ente, que de algún modo llega a ser independiente de sus propios miembros", y asume que el selfes requerido sin intennisión para ajustarse a ella. Y erra en la observación adecuada de la sociedad como informada, creada por egos, y por implicación; y erra, por lo tanto, en otorgar creatividad a los egos. La "agencia" que él permite a los individuos les da el poder de reflexión, pero no de motivación: ellos parecen condenados a ser los perpetradores, en lugar de arquitectos de la acción: ••¡a agencia se refiere no a las intenciones que la gente tiene, sino a su capacidad de hacer esas cosas en primer lugar" (Giddens, 1984,9; y Cohen, 1994,21).

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las únicas entidades que toman decisiones, actúan de común acuerdo y supervisan resultados. "Las empresas capitalistas, agencias estatales, partidos políticos y organizaciones eclesiales son ejemplos de actores sociales; todos ellos tienen medios para arribar a y formular decisio- nes y actuar por lo menos en alguna de ellas" (Hindess, 1986:115). Pero, como Hindess enfatiza, el concepto de actor no debe usarse para referirse a colectividades, aglomeraciones o categorías sociales que no tienen manera de discernir para formular o llevar a cabo las decisio- nes. Sugerir, por ejemplo, que la sociedad, en el sentido global del término, o las clases y otras categorías sociales basadas en etnicidad o género toman decisiones e intentan implementarlas es asignarles equi- vocadamente la calidad de agencia. 19 Esto también es atribuible a la reificación de esquemas clasificatorios (basados en nociones generali- zadas de identidad social, papeles, estatus y jerarquías) que forman parte del aparato conceptual de un individuo u organización para or- denar o procesar y sistematizar el mundo social que los rodea y donde la acción tiene lugar. Así, debemos evitar los análisis que reducen las cuestiones de acción social al desempeño de papeles sociales predeter- minados o a las exigencias simbólico-normativas o jerarquías sociales (Crespi, l992:48). 20 Mientras las potencialidades para la acción social están sin duda formadas en parte por tales dimensiones, un compo- nente crítico consiste en todos esos pocesos por los cuales los arreglos sociales o "estructuras" son construidos, reproducidos y cambiados. Esto implica la noción de procesos y prácticas organizadoras, y de- bates continuos sobre los significados y valores. También apunta a la

19 Compárelo con la llamada '"falacia ecológica", según la cual las declaraciones basadas en datos agregados que involucran áreas geográficas se extienden para hacer inferencias de las características de los individuos que viven en ellas. Véase en Bulmer (1982:64-66) una exposición de las maneras en que esto puede descaminar las decisio- nes de política del desarrollo. 20 Por estas razones, el análisis orientado al actor que se promueve aquí debe distanciarse de los análisis que equiparan la noción de actor con el sentido teatral de la representación de papeles en un escenario, tanto al frente, detrás o fuera del escenario (véase Goffman, 1961, 1983). Distanciarse del interaccionismo simbólico que se enfoca primariamente en cómo el sí mismo y el significado social se reproducen (Mead, 1934; Blumer, 1969) y distanciarse también de Touraine (1973, 1981), cuya "sociología de la acción'': se fundamenta en la idea de "sujetos históricos" que están enmarcados por y emergen en circunstancias sociohistóricas específicas, enganchán- dose en "proyectos colectivos" que aspiran a cambiar el orden social (por ejemplo, los grandes movimientos de la clase obrera del siglo XIX y principios del XX).

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variabilidad de la acción respecto a los significados, las nonnas y la atribución de intencionalidad, ya que los actores sociales pueden com-

prometerse, distanciarse o adoptar una posición ambigua hacia cier-

tas reglas codificadas e interpretaciones (eJ. Crespi, 1992:60).

La agencia --que podemos reconocer cuando acciones particula- res producen una diferencia en un estado preexistente de asuntos o

curso de eventos- está encarnada en las relaciones sociales, y sólo puede ser efectiva a través de ellas. No sólo es el resultado de poseer

ciertos poderes persuasivos o formas de carisma; la habilidad de in- Huir en otros o dejar pasar una orden -por ejemplo, para conseguir

que los otros acepten un mensaje particular- descansa sobre todo en "las acciones de una cadena de agentes, cada uno de los cuales

"traduce" [el mensaje] de acuerdo con sus proyectos", y "el poder se forja aquí y ahora enrolando a muchos actores en un esquema polí- tico y social dado" (Latour, 1986:264). En otras palabras, la agencia (y el poder) dependen de modo crucial del surgimiento de una red de actores que llegan a ser parcialmente, aunque casi nunca por comple- to, enrolados en el "proyecto" de alguna otra persona o personas. La agencia, entonces, implica la generación y uso o manipulación de redes de relaciones sociales y la canalización de elementos específicos (como demandas, órdenes, bienes, instrumentos e información) a través de puntos nodales de interpretación e interacción. Así, es esencial tomar en cuenta las maneras en que los actores sociales se comprometen o

son involucrados en debates acerca de la atribución de significados

sociales a los eventos particulares, acciones e ideas. Desde este punto de vista, los modelos de desarrollo intervencio- nista (o las medidas políticas y la retórica) se convierten en armas estratégicas en manos de quienes están a cargo de promoverlos. Sin embargo, la batalla nunca acaba puesto que todos los actores ejer- cen algún tipo de "poder", contrapeso o espacio de maniobra, incluso quienes están en posiciones muy subordinadas. Como escribe Giddens (1984:16), "todas las formas de dependencia ofrecen algnnos recursos por los cuales quienes están subordinados pueden influir en las activi- dades de sus superiores". Y de esta manera ellos se comprometen ac- tivamente (aunque no siempre en el terreno de la conciencia discursi- va) en la construcción de sus mundos sociales y experiencias de vidas, aunque, como advierte Marx (1852, 1962:252), las circunstancias que ellos encuentran no son de su propia hechura.

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Considerando la relación del actor y la estructura, Giddens argn- menta que la constitución de estructuras sociales, que tienen tanto un efecto constrictor como habilitador en el comportamiento social, no puede ser comprendida sin apelar al concepto de agencia humana:

Al seguir las rutinas de mi vida diaria ayudo a reproducir insti- tuciones sociales que no contribuí a crear. Ellas son más que sólo

intervienen constituti-

vamente en lo que hago como agente. De modo similar, mis accio- nes constituyen y reconstituyen las condiciones institucionales de

] Mis

actividades, entonces, están incrustadas en, y son elementos cons- titutivos de, propiedades estructuradas de instituciones que se ex- tienden más allá de mi en tiempo y espacio (Giddens, 1987:11).

acción de otros, tal como sus acciones hacen a las mías [

el ambiente de mi acción puesto que (

]

Mientras que acepto el punto general de Giddens, es claro que esta incrustación de la acción en las estructuras y procesos institucionales no debe implicar que la elección de comportamiento sea reemplazada por una rutina inmutable, o que un actor u siga un guión ideológico pre- establecido" (Dissanayake, 1996:8), o que sea "un portador de dispo- siciones [habitus o "sistema de esquemas generativos" a la Bourdieu] que son por sí mismos los conductos de intereses" (Turner, 1992:91). Ciertamente, como Turner y otros (por ejemplo, Wikan, 1990) han defendido persuasivamente. una interpretación teórica de la acción social debe ir más allá de una consideración de la habilidad de conocer la conciencia y las intenciones para también abarcar ""los sentimientos, emociones, percepciones, identidades y la continuidad de los agentes [personasJa través del espacio y tiempo" (Turner,1992:91).' 1 Es más, "un rasgo necesario de la acción es que, en cualquier punto del tiem- po, los actores "podrían haber actuado de otra manera": tanto posi- tivamente en términos de la interveÓ.ción intentada en el proceso de

21 Turner hace una adición muy perceptiva a las teorías de acción social demos- trando la necesidad de incorporar una sociología del cuerpo, la cual, él sostiene, sería "una corrección nada trivial a la corriente principal de la teoría sociológica" y de importancia crítica para la investigación actual en "la compenetración de los mundos tecnológicos, biológicos y sociales [que] han dado lugar a una nueva entidad (el cy- borg) que es una intersección de lo orgánico y lo inorgánico (Turner, 1992: 95).

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"eventos en el mundo'\ o negativamente en términos de resignación"

(Giddens, 1979:56). También debemos suponer que los actores son ca-

paces (incluso en un espacio social y personal en extremo restringido) de procesar y sistematizar (de manera consciente o inconsciente) sus experiencias vividas y actuar en ellas.

Hindess (1986:117-119) lleva el argumento un paso más allá al se-

ñalar que llegar a decisiones, o el posicionamiento social frente a otros actores, implica el uso explícito o implícito de "medios discursivos" en

la formulación de metas, persecución de intereses y cumplimiento de

deseos, y en la presentación de argumentos o racionalizaciones para las acciones emprendidas. Estos medios discursivos o tipos de discurso (es decir, las construcciones culturales implicadas en la expresión de los puntos de vista o perspectivas de valor, tanto verbal o a través de la práctica social) 22 varían, y no son sólo rasgos inherentes a los actores

mismos: forman parte de bagajes diferenciados de conocimiento y re- cursos disponibles de actores de diferentes tipos. Ya que la vida social nunca es tan unitaria para ser construida en un solo tipo de discurso, se sigue que, aunque restringidos en sus opciones, los actores siempre encuentran algunas maneras alternativas de formulación de sus obje- tivos, desplegando modos específicos de acción y dando razones de su comportamiento. Aquí es importante señalar que el reconocimiento de discursos al- ternativos usados o disponibles a los actores desafía, por una parte,

la noción de que la racionalidad es una propiedad intrínseca del actor

individual y, por otra, que refleja sólo la situación estructural del ac-

tor en la sociedad. Todas las sociedades tienen dentro de sí un reper- torio de estilos de vida diferentes, formas culturales y racionalidades

que los miembros utilizan en su búsqueda del orden y significado, y en

los cuales ellos mismos contribuyen (intencionalmente o no) a afirmar

o reestructurar. Entonces, las estrategias y las construcciones cultu-

rales empleadas por los individuos no son como caídas del cielo, sino

22 Estos términos se toman del trabajo de Foucault, véase en especial su Arqueo- logía del conocimiento (1972), donde escribe también de "fonnaciones discursivas" y "objetos discursivos". Como apunta Hirst (1985:173), ~~Foucault está interesado en remover los conceptos de 'declaración' y •discurso' del ghetto de las ideas, para demostrar que las formaciones discursivas pueden ser consideradas las estructuras complejas de discurso-práctica con que son definidos y construidos los objetos, las entidades y las actividades dentro del dominio de una formación discursiva".

que son extraídas de un bagaje de discursos disponibles (verbales y no

verbales) que hasta cierto punto es compartido con otros individuos, contemporáneos y quizá predecesores. A estas alturas, el individuo es, dicho por medio de una metáfora, transmutado en actor social, lo cual apunta al hecho de que el término es una construcción social en

lugar de sólo un sinónimo para el individuo o miembro de la especie Horno Sapiens. También es necesario distinguir dos tipos diferentes de

construcción social asociados con el concepto de actor social: primero, el tipo endógeno de lo cultural basado en representaciones caracte- rísticas de la cultura en que el individuo o red de individuos están incrustados; y segundo, el derivado de las propias predisposiciones y la orientación teórica del investigador o analista (también, claro, por esencia cultural en tanto que ellos están probablemente asociados con una escuela particular de pensamiento y comunidad de estudiosos). Esta construcción social de los actores atañe de manera crucial al asunto de la agencia. Aunque podríamos pensar que sabemos a la perfección lo que. queremos decir con ~'habilidad para conocer" y ''habilidad para hacer" -los dos elementos principales de la agencia

identificados por Giddens-, estos conceptos deben traducirse cultu-

ralmente si van a ser del todo significantes. Por consiguiente, no debe presuponerse una interpretación constante, universal de agencia en todas las culturas (aun cuando se pueda reunir evidencia de creciente occidentalización o globalización). Pues es seguro que ésta varía en su presentación cultural y razón. Debido a ello necesitamos revelar lo que

Marilyn Strathern (1985:65) llama la "teoría indígena de la agencia". Utilizando ejemplos de África y Melanesia, Strathem muestra cómo

las nociones de agencia se construyen de modo diferente en culturas diferentes. Ella argumenta que atributos como el conocimiento, poder y prestigio son adjudicados de modo diferente al concepto de persona.

En África la noción de personaje se vincula de modo predominante a

la idea de hoficio", es decir, gente "ocupada", con cierto estatus, que "desempeña" ciertos papeles, pasa por ritos de iniciación e instalación para asumirlos, y se considera que influye en otros en virtud de supo- sición relacional respecto a ellos. En contraste, el estatus y otros atri- butos personales se ven en Melanesia como menos atados para siempre a individuos o definidos en relación con una matriz dada de posicio- nes; en cambio, sin intermisión son tratados, negociados o disputados. Se podría delinear contrastes similares entre las teorías culturales de

poder e influencia existentes en diferentes segmentos de las sociedades latinoamericanas, por ejemplo, entre los campesinos y las poblaciones urbanas, o dentro de la burocracia, la Iglesia y el Ejército. Tales diferencias subrayan la importancia de examinar la manera en que las nociones de persona y de agencia ("habilidad para conocer"

y "habilidad para hacer") son constituidas de manera diferente de

acuerdo con la cultura y cómo afectan el manejo de relaciones ínter- personales y los tipos de control que los actores pretenden frente al otro. 23 En el campo del desarrollo, esto significa analizar cómo las con- cepciones diferenciales de poder, influencia, conocimiento y eficacia pueden penetrar en las respuestas y estrategias de los diferentes ac- tores (por ejemplo, los campesinos, trabajadores del desarrollo, pro- pietarios y funcionarios del gobierno local). También debemos tomar en cuenta la pregunta de cómo podrían imponerse_nociones de agencia ajenas a los grupos locales que derivan de las políticas promovidas por las autoridades. Aquí tengo en mente, por ejemplo, la aplicación de conceptos como "stakeholder" {quien tiene intereses invertidos en

un

o ~~teniendo como objetivo al pobre" o ~~elpapel del agricultor progre-

sista" en el desarrollo planeado. 24 Aun más si partimos de la premisa de que no sólo tratamos con una multiplicidad de actores sociales, sino también con "realidades múltiples" que en potencia implican intereses sociales y normativos conflictivos y configuraciones de conocimiento diversas y discontinuas~

proyecto), ~~participación popular", "concentrándose en el pobre"

2l Sin embargo, el sitio de la agencia cambia con frecuencia durante los continuos encuentros y diálogos sociales. Asimismo, en las actuaciones púbücas a menudo no es

obvio de quién es la agencia que está en la contienda, ya que quien habla puede no ser

autor", y el autor puede no ser "la autoridad legítima". Véase un análisis etnográ-

fico detallado de estos puntos en Keane (1997: 138-175). 24 Entonces, enfrentamos un problema epistemológico sumamente dificil, iden- tificado por Fardon (1985:129-130, 184), de imponer nuestro modelo ("universal") analítico de agencia en nuestros datos de investigación, aun cuando deseemos "abar- car la reflexividad despierta y la agencia de los sujetos mismos". Así, en la explicación o traducción de la acción social podemos trocar la agencia o las intencionalidades de aquellos que estudiamos por nuestras nociones tradicionales o ancestrales o conceptos teóricos. De hecho. es probable que el contraste plasmado por Strathe1·n en los casos de Áftica y Melanesia no refleje sólo una extremada distinción cultural entre estos dos tipos de sociedad, sino la diferencia teórica entre la aplicación inicial del funcionalis- mo estructural en África y el modelo posterior del intercambio aplicado a Melanesia.

el

entonces debemos examinar detalladamente, cuáles y de quiénes son

las interpretaciones o modelos qne prevalecen sobre los de otros y en

qué circunstancias lo hacen (por ejemplo, de los científicos agrícolas, políticos, campesinos o extensionistas). Además, los procesos de cono- cimiento están incrustados en procesos sociales que implican aspectos

de poder, autoridad y legitimación; y, así, es también probable que

éstos reflejen y contribuyan al conflicto entre los grupos sociales, ya que son dirigidos hacia el establecimiento de percepciones, intereses e intencionalidades comunes. Este tejido de procesos de conocimiento y poder constituye el enfo- que central de la tercera parte de este libro. Baste aquí resaltar ciertos procesos paralelos. Al igual que el poder, el conocimiento no es sólo

algo que se posee y se aumenta (Foucault, en Gordon, 1980), ni pue-

de medirse con precisión en términos de alguna noción de cantidad

o calidad. Surge de procesos de interacción social y es en esencia un

producto conjunto del encuentro y fusión de horizontes. Debe, por consiguiente, como el poder, ser visto en sus relaciones y no ser trata- do como si pudiera ser vaciado o usado. Si alguien tiene el poder o el conocimiento, no implica --como el modelo de suma cero-- que otros no lo tengan. No obstante, poder y conocimiento pueden reificarse en

la vida social: con frecuencia pensamos en ellos como cosas materiales

reales poseídas por actores, y tendemos a considerarlas como realida- des dadas, no cuestionadas. Por supuesto, este proceso de reificación

o de "encerrar en cajas negras" (Latour, 1993) es parte esencial de los

continuos forcejeos acerca de los significados e imágenes y el control de relaciones y recursos estratégicos. Los encuentros de conocimiento involucran forcejeos entre actores que quieren inscribir a otros en sus "proyectos", y consiguen que acepten marcos particulares de significa- dos y lograr que adopten sus puntos de vista. Si son exitosos, otras

partes "delegan" poder en ellos. Estos forcejeos implican fijar puntos

clave que tienen una influencia controladora sobre los intercambios y atribuciones de significado (incluyendo la aceptación de nociones rei-

ficadas tales como la de autoridad).

Espero que la exposición anterior haya clarificado por qué el concepto de agencia es de importancia teórica central. Un enfoque orientado al actor empieza con la simple idea de que en las mismas

o sirrúlares circunstancias estructurales se desarrollan formas socia-

les diferentes. Tales diferencias reflejan variaciones en las maneras

en que los actores intentan encarar o lidiar con las situaciones, cog- noscitiva, organizacional y emocionalmente. Por consiguiente, una comprensión de modelos diferenciales de comportamiento social debe fundarse en '~sujetos activos que conocen y sienten" (cf. Knorr-Ceti- na, 1981:4, quien enfatiza el "conociendo" o la dimensión cognoscitiva social), y no ser visto sólo como consecuencia del efecto diferencial de amplias fuerzas sociales (como el cambio ecológico, presión demo- gráfica, o incorporación en el capitalismo mundial). Entonces, una tarea principal en el análisis es identificar y caracterizar las diferentes prácticas, estrategias y razonamientos del actor, las condiciones en que surgen, la manera en que se entrelazan, su viabilidad o efectivi- dad para resolver problemas específicos y sus amplias ramificaciones sociales. Este último aspecto'implica dos problemas teóricos más, cuyo examen detallado reservo para el capítulo 3: la importancia de esce- narios interactivos y prácticas organizadoras en pequeña escala para entender los llamados fenómenos macro; y segundo, la necesidad de alguna noción de las estructuras y contextos "emergentes" que surgen como resultado combinado de las consecuencias intencionales y no in- tencionales de la acción social.

El desafio teórico de investigación en la sierra peruana

En un esfuerzo por hacer más concreta esta exposición teórica, perm.í- taseme ahora ligarla con mis batallas previas con la teoría y la práctica en el contexto de América Latina. 25 Creo que esto proporciona un te- lón de fondo reflexivo y útil para ubicar mi argumento teórico. El año de 1971 me encontró en el Valle del Mantaro, en Perú cen- tral, donde trabajaba con Bryan Roberts temas de desarrollo regional, migración, empresa en pequeña escala y cambio social rural/urbano (Long y Roberts, 1978 y 1984). Viniendo de realizar trabajo de investi- gación en África, me sorprendieron las similitudes y las diferencias en

zs El siguiente relato de mi trabajo en América Latina deriva de una conferencia hasta ahora inédita, dictada en la Universidad de Harvard, en diciembre de 1986, titulada ••Reflections on a Lati.n American Journey: Actors, Structures and Interven- ti.on". Se han publicado versiones en holandés y alemán con ligeras diferencias res- pecto a la conferencia original.

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el proceso social. Como los lugareños zambianos, con quienes yo había vivido y trabajado en los años 60, la fuerza de trabajo campesina en el Valle del Mantaro se integraba por medio de migración temporal a un sector minero, y algunos de sus ahorros se invertían en el pueblo, sobre todo en actividades empresariales en pequeña escala. Las espo- sas o viudas de mineros tenían algunas de las tiendas pequeñas en el pueblo en que nosotros vivimos. Sin embargo, la gran diferencia era que Perú central había sido mercantilizado durante siglos, desde la llegada de los colonos españoles. Manifestaba, por consiguiente, una economía compleja, diversificada y orientada al mercado que abarca- ba la agricultura, el comercio, el transporte, la pequeña industria y la minería. La propiedad de la tierra estaba muy fragmentada y privati- zada en alto grado. Esta era una población imbuida por el espíritu del capitalismo. Muchos de los empresarios rurales que yo había conocido en Zambia eran "listos" (Long, 1968), pero la gente del Valle de Man- taro tenía las oportunidades para ser más lista. También me impacté por la alta movilidad geográfica de la gente. Todos parecían estar en movimiento, cuidando de sus parcelas peque- ñas aquí y allá, de sus ovejas en alguna otra parte en los pastizales altos, y de sus inversiones pequeñas en alojamiento y educación fuera del pueblo. Había un flujo increíble de productos a través de los mer- cados locales, pero uno mayor se dirigía de manera más directa de las comunidades a Lima y a los pueblos mineros. Estos diversos modelos económicos y sociales estaban enlazados en una vida cultural rica que consistía en eventos familiares, fiestas del santo patrón, clubes regio- nales, y redes infor~alesde amigos y compadres. Esta nueva situación de campo presentó- un desafío de análisis. Mis antecedentes como antropólogo social me dieron los medios para describir y analizar procesos micro, pero no me otorgaban un arma- zón teórico adecuado para lidiar con las maneras en que estos proce- sos se encadenaban con sistemas económicos y políticos más grandes. Así que acudí a la literatura latinoamericana existente sobre el desa- rrollo. Este fue mi primer encuentro con la teoria de la dependencia. En lo que recorrí las variaciones de este tema, obtuve cierta ilumina- ción, pero, al final, los modelos de dependencia no parecían explicar algunos de los aspectos más interesantes de la situación en el Valle del Mantaro. El asunto más sustantivo para roer era que, a pesar de es- tar en extremo influenciado por la presencia de un enclave minero de

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propiedad extranjera, el interior de la región se caracterizaba por te-

ner campesinos dinámicos y un sector empresarial en pequeña escala, dentro de los cuales estaba ocurriendo una acumulación significativa de capital. Esto parecía oponerse a los supuestos de las teorías del en- clave. Otra dificultad teórica era que no había ninguna cadena obvia o jerarquía de dependencia que atara al pueblo al centro provincial, la capital regional a la metrópoli. Esta fue otra duda en relación con las formulaciones de la dependencia. Los datos del Mantaro configuraron una montaña de complicacio- nes. Una de éstas era cómo analizar una región teniendo en cuenta no sólo el criterio económico y administrativo, sino también las dimensio- nes culturales y sociopolíticas. Otra fue cómo hacer un análisis de las interrelaciones de procesos de trabajo y modelos de organización eco- nómica capitalista y no capitalista. Teníamos que encontrar la manera de analizar el efecto de la intervención gubernamental que confiriera

el peso suficiente a los modos en que la organización y actividades de

los actores locales y provinciales conformaban los resultados del desa- rrollo en el ámbito regional, e incluso nacional. En el esfuerzo por resolver estos y otros problemas similares, acu- dí al trabajo de los neomarxistas franceses que habían reformulado el problema del subdesarrollo en términos de un análisis de la articula- ción de los modos de producción capitalistas y no capitalistas (véase en Meillassoux, 1972; Terray, 1972; y Rey, 1975, casos de África Oc- cidental, y en Cotler 1967-1968, 1970; y Montoya, 1970, de la sierra peruana). Uno de los atractivos de esta reformulación es que no asume que las instituciones y las relaciones no capitalistas son eliminadas de modo automático por el capitalismo; más bien la ~·supervivencia" de ciertas formas no capitalistas es considerada funcional para la misma

expansión capitalista. De nueva cuenta, algunas de las pistas obtenidas eran útiles, pero

la propuesta era limitada en varios aspectos. En primer lugar, tendía

a

exagerar la autonomía y la coherencia interna de diferentes formas

o

modos de producción, atribuyéndoles lógicas económicas diferentes.

Segundo, fallaba en la manera de abordar el asunto de las respuestas diferenciales en circunstancias estructurales similares; por ejemplo, ¿por qué algunos pueblos o grupos dentro de un pueblo se relaciona- ron estrechamente con el sector minero y otros no lo hicieron?, y ¿por qué algunos llegaron a ser diferenciados o diversificados en mayor me-

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dida que otros? También estaba el problema de la falta de atención a las estrategias, motivos, conocimientos e intereses de los actores. Estas limitaciones del análisis del modo de producción sirvieron para reforzar mi convicción de que el principal desafío teórico al que nos enfrentábamos era explicar cómo se generaba y contenía la hete- rogeneidad dentro de una estructura político-económica única, y aun más dentro de la misma unidad económica, como la unidad de susten-

to o granja familiar. Ante esta realidad, se consideró más prometedor

un enfoque que enfatizara la importancia del análisis de las interrela- ciones y la compenetración de diferentes procesos de trabajo, inclu- yendo los basados en principios de organización no capitalista dentro de formaciones capitalistas. Así, intenté desarrollar tal enfoque por medio de una serie de estudios de caso que abordaron diferentes tipos de empresa en pequeña escala -ranchos comerciales, comercio y ne- gocios de transporte, así como empresas múltiples y confederaciones de unidades familiares de sustento que abarcaban varias ramas eco-

nómicas. Algunos de mis resultados se detallan en el capítulo 7. 26 La variación y heterogeneidad dentro de los sistemas económicos

y su manejo teórico ha permanecido como una de mis preocupaciones

centrales y está reflejada en dos debates que abordaré después; a saber, la relación de formas de trabajo asalariado y no asalariado dentro del bogar y/o la empresa campesina (Long, 1984a), así como la naturaleza y efecto diferencial de los procesos de mercantilización en las poblaciones agrarias (Long et al., 1986, y capítulos 5 y 6 del presente libro). En el primero enfaticé la importancia de tomar en cuenta las definiciones cul- turales y circunstanciales de "trabajo" en la estimación social (lo que los marxistas podrían llamar la ~'valoración") de la mano de obra (Long, 1984a: 16-7). Para el segundo, propuse con vehemencia que se analizara la mercantilización- y la institucionalización desde la perspectiva del ac- tor, ya que estos procesos "sólo llegan a ser reales en sus consecuencias cuando son introducidos y traducidos por actores específicos (incluyen- do aquí no sólo a los agricultores, sino también a otros como los comer- ciantes, burócratas y políticos)" (Long y Van der Ploeg, 1989:238). Para los 80, la burbuja de la teoría de la dependencia y del neomarxismo se había desinflado. Los economistas políticos y otros

2 6 Para una exposición más amplia puede consultar la investigación completa en Long (1972, 1977, 1978, 1979); y Long y Roberts (1984: 176-197).

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interesados en los problemas del subdesarrollo estaban esforzándose

por retornar a un planteamiento de los problemas concretado de ma- nera empírica y genuinamente histórico. Como David Booth (1985) apunta, la ~~nueva"sociología del desarrollo inspirada en el marxismo que surgió en los primeros años de los 70, al final de la década estaba

en un callejón sin salida. La razón principal de ello era que se había casado con la demostración de la necesidad de modelos particulares de cambio, en lugar de explicar cómo ocurrieron realmente. La fuente de tal determinismo fue el compromiso a priori de mostrar cómo el modo capitalista de producción estructuraba el desarrollo, cuando a todas luces las complejidades y las variabilidades del cambio estruc- tural sujetas al capitalismo simplemente no podían ser reducidas al funcionamiento de los principios capitalistas de acumulación y explo- tación. La noción de modos de producción articulados, o argumentos acerca de la subsunción "formal" del trabajo versus la "real", tampo- co podían resolver este problema, ya que la primacía teórica todavía descansaba en las "leyes" del desarrollo capitalista.

Para desarroUar la teoría desde abajo

Mi libroAn lntroduction to the Sociology ofRural Development (1977) nació de la investigación en Perú y de los debates que ésta generó. En retrospectiva, las principales contribuciones teóricas de nuestro tra- bajo en Perú central pueden resunúrse como sigue. Primero, desafió a las teorías del enclave del desarrollo que sugie- ren que la integración en la economía internacional implica el estanca- miento rel3.tivo de la economía interna. Al contrario, el caso de Man- taro muestra que la expansión capitalista puede generar crecimiento significativo y diversificación para el sector no enclave, lo que guía hacia un modelo intrincado de adaptaciones socioeconómicas que po- sibilitan a ciertos grupos locales alimentarse del enclave y poner sus ahorros al buen uso de la empresa regional o aldeana, aunque esto sucedía en mayor medida en el comercio y el transporte, no en la agri- cultura. Como escribió un revisor de nuestro trabajo, esto era "menos un asunto de dar un paso abajo en la escalera de crecimiento que un invento continuo de estrategias de ingreso que asegurara una cantidad económica modesta" (Walton, 1985:471). Y en algunas partes del inte-

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rior de la región, se desarrollaron procesos significativos de acumula- ción de capital a pequeña escala. Segundo, trazamos los efectos de estas estrategias ~'desde ahajo" en la evolución del sector del enclave mismo, y mostramos cómo se consolidó con el tiempo una red de interrelaciones entre la produc- ción minera, el comercio, el transporte, la agricultura campesina y la economía urbana provinciana. Designamos a esto ''el sistema regional de producción" centrado en la mina, una manera breve de nombrar

el complejo sistema de capital, trabajo y uniones sociopolíticas que se

desarrollaron históricamente entre varias actividades y sectores eco- nómicos y entre las. clases sociales y grupos que fueron engendrados por ellos. Este sistema de eslabones era dinámico y no estaba simple- mente determinado por las acciones del sector del enclave; también se veía que es diferente en las distintas partes del paisaje social y en coyunturas históricas diferentes. Estaba siendo continuamente remo- delado por los forcejeos sostenidos entre individuos y grupos sociales

diversos y, por supuesto, estaba afectado por las formas en que los intereses y arenas foráneas actuaban en él. Tercero, una dimensión importante de nuestro trabajo se refiere

a las relaciones regionales de poder. El estudio del Mantaro mostró

que los sistemas regionales de producción no produjeron un negocio rico consolidado o una clase agrícola que monopolizara el control de

los recursos regionales cruciales, o que reuniera el apoyo politico ne- cesario para concretar sus intereses en el ámbito nacional, como se ha supuesto a menudo de las regiones de este tipo. La ausencia de tal clase poderosa políticamente dio a los empresarios pequeños y a los políti- cos aldeanos espacio pleno para maniobrar frente a organizaciones interventoras del gobierno central. Por ejemplo, la Reforma Agraria de 1969-1975, como muchos programas previos de desarrollo rural, se

encontró con dificultades serias en algunas partes de la región cuando los campesinos y empresarios en pequeña escala burlaron con éxito a las agencias gubernamentales y a los oficiales responsables de su apli- cación (Long y Roberts, 1984:248-255}. Cuarto, nuestros estudios de caso de pequeños comerciantes y transportistas mostraron que los datos sobre la interacción de los tipos de redes sociales y los marcos normativos utilizados por estos individuos, junto con estudios basados en la observación de la coope- ración y del conflicto dentro de las aldeas y pueblos agricultores de la

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región, a menudo proporcionaban mejores pistas sobre las dinámicas

y la complejidad de las relaciones de poder y modos de subordinación

que las que podría lograr cualquier otra forma de análisis estructural "agregado". Este último marco otorga poco espacio a los puntos de vis- ta de los actores locales sobre su situación o a la variación en términos de organización y respuestas a las llamadas estructuras hegemónicas. Estas· observaciones sacan a relucir el señalamiento importante de que gran parte de nuestra argumentación teórica se desarrolló a partir de la maner3: en que el estudio fue formulado y llevado a cabo en el campo. En lugar de definir la región que sería estudiada con cri- terios administrativos, ecológicos o culturales, empezamos por hacer un muestreo de vidas cotidianas en diferentes segmentos de la pobla-

ción en la vecindad de las minas y del río del Mantaro que fluye cer-

ca. Tampoco empezamos, como lo habían hecho otros investigadores, con las empresas mineras mismas o con los datos macroeconómicos de la inversión extranjera y flujos de capital y labor; nuestro trabajo comenzó por la selección de un número de localidades contrastantes (por ejemplo, ciertas aldeas agrícolas y ganaderas, la capital regional

de Huancayo, y el pueblo de la fundición de La Oroya), dentro de

los cuales estudiamos a fondo los mundos de vida de los diferentes grupos sociales (por ejemplo, campesinos, tenderos, comerciantes del mercado, artesanos, mineros inexpertos, empleados de la mina, trans-

portistas y profesionales). Esto implicó el desarrollo de una serie de

etnografías detalladas usando métodos de investigación cualitativos, como el análisis situacional y de redes, historias de vida y estudios de empresa. Estas observaciones y entrevistas nos proporcionaron una ventana a ciertos procesos estructurales importantes, y nos permitie- ron identificar los modelos significativos diferenciales de cambio, pero con frecuencia manejados de modo inadecuado. Después, una vez que empezamos a comprender los diferentes campos de actividades y ex- periencias de vida de los protagonistas y de otros participantes en este dinámico escenario regional, buscamos recoger más datos cuantita- tivos y agregados (históricos y contemporáneos) para dar cuerpo a nuestro análisis del sistema dinámico de eslabones. De esta manera buscamos combinar el enfoque orientado al actor con un planteamien- to histórico-estructural, y así unimos la preocupación por los cambios históricos de gran aliento que tienen lugar en las arenas regionales y nacionales con una documentación cuidadosa de las historias micro,

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estrategias y predicamentos personales de los jefes de familias campe-

sinas, los mineros y empresarios (véase en el capítulo 3 un recuento de las implicaciones metodológicas de un acercanúento al actor). Este planteamiento se centra en la noción de agencia humana,

ya que localiza a los individuos en mundos de vida específicos donde

manejan sus asuntos cotidianos. También significa reconocer que los individuos y grupos sociales son "capaces para conocer" y "hábiles para hacer", dentro de los límites de información y recursos que tienen y las incertidumbres que encaran; esto es, idean maneras de resolver o, si es posible, evitar •'situaciones problemáticas", y así se comprometen activamente en la construcción de sus mundos sociales propios, aun cuando esto pudiera significar ser "cómplices activos"

de su propia subordinación (Burawoy, 1985:23). Por lo tanto, para

ellos los mundos de vida de los individuos no están preordenados por la lógica del capital o por la intervención del Estado, como a veces

está implícito en las teorías de desarrollo. Como explica Giddens, las

estructuras sociales son '~constituidas por la agencia humana, y son al mismo tiempo, sin embargo, el mismísimo medio de esta constitu-

ción" (Giddens, 1976: 121); en estas estructuras incluyo, por supuesto,

los sistemas regionales. Cada acto de producción es al mismo tiempo un acto de reproducción: "las estructuras que hacen posible ejecutar una acción son reproducidas en la realización de esa acción. Incluso,

cuando la acción rompe el orden social [

que se reconstituyen por la acción, aunque en una forma modificada"

(Thompson, 1984:150-151).

Nuestra investigación en Perú deja muy claro la necesidad de dar el peso apropiado a la agencia humana y a las estructuras emergen- tes. Los datos muestran las maneras complejas en que las estrategias seguidas por los diferentes grupos de interés ~ampesinos, mineros,

empresarios, gerentes de compañía y burócratas estatales- han con-

tribuido de manera importante a la evolución del sistema regional. De esta manera cuestionamos los supuestos de muchos modelos .de desa- rrollo que interpretan la reestructuración de los sistemas económicos como resultantes del efecto --o de la ''lógica"- de fuerzas económicas y políticas externas y que continúan adhiriéndose a la teoría de las etapas de la historia. Juntando todos los hilos, podemos decir que mi experiencia de la investigación en Perú reforzó mi creencia de que ningún estudio socio-

] se media por estructuras

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lógico o histórico del cambio podria estar completo sin: 1) un interés

en las maneras en que actores sociales diferentes manejan e interpre- tan nuevos elementos en sus mundos de vida; 2) un análisis del modo

en que grupos particulares o individuos intentan crear espacio para

ellos mismos con el fin de realizar "proyectos" propios que pueden ser paralelos, o quizá desafiar a los programas gubernamentales o a los intereses de otras partes que intervienen, y 3) un esfuerzo por mostrar cómo estos procesos organizativos, estratégicos e interpretativos pue- den influir -y ellos mismos ser influidos por- el contexto más amplio

de poder y la acción social.

Deconstruyendo la "intervención planeada"

Las preocupaciones teóricas anteriores -reforzadas por mi llegada a Wageningen, donde la relación entre la teoría y la práctica siempre se ha debatido con vehemencia- me llevaron, en los primeros años de los

80, a prolongar mi interés en los problemas de las políticas y del desa-

rrollo planeado. Al igual que los paradigmas teóricos dominantes en los 60 y 70, gran parte del análisis de la política parecía aferrarse aún a modelos o sistemas bastante mecánicos para dar cuenta de las relacio- nes entre las políticas, su aplicación y resultados. La tendencia en mu- chos estudios era conceptuar éstas como de naturaleza lineal, implican- do un tipo de proceso escalonado, ·según el cual el punto de partida es la formulación de la política, luego se implementa, y después de ello ob- tienen ciertos resultados~ tras lo cual se podría evaluar el proceso para establecer el grado de logro de los objetivos originales. Sin embargo, como mi investigación de campo en el programa de la Reforma Agraria peruana había mostrado --cuestión que apreciarán con prontitud pro- yectistas informados y trabajadores del desarrollo- esta separación de la política, implementación y resultados es una simplificación bur- da de un juego mucho más complicado de procesos que involucran la reinterpretación o transformación de la política durante el proceso de aplicación, de tal manera que no hay ninguna línea recta de la política a los resultados. Además, es frecuente que los "resultados" se produzcan por factores que no pueden enlazarse de un modo directo con la apli- cación de un programa de desarrollo particular. Es más, los temas de aplicación de la política no deben restringirse a analizar, desde arriba

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hacia abajo, las intervenciones planeadas por los gobiernos, agencias

de desarrollo e instituciones privadas, ya que los grupos locales formu-

lan y persiguen activamente sus propios "proyectos de desarrollo", los

cuales pueden chocar con los intereses de las autoridades centrales.

Había ya un reconocimiento creciente de estas deficiencias entre

analistas de la política que buscaron nuevas maneras de conceptuar

la fonnulación y aplicación de políticas. Por ejemplo, se sugirió que la

implementación debía verse como un proceso transaccional entre las partes con intereses conflictivos o divergentes, que involucra la nego-

ciación sobre metas y medios (Warwick, 1982). De manera paralela,

nuevas formas de análisis organizacional se enfocaban a las dinámicas

de acción administrativa en la aplicación de la política (Batley, 1983).

Había también algunos interesantes estudios antropológicos que exa- minaron las interfaces sociales y culturales entre las agencias burocrá-

ticas y sus clientes (Handleman y Leyton, 1978).

Estas nuevas direcciones coincidieron con mi interés creciente en los temas de intervención. Mis experiencias en Zambia y Perú me ha- bían enseñado que los agricultores y sus unidades de sustento se or- ganizan de manera individual y colectiva de varias maneras cuando enfrentan la intervención planeada por el gobierno y otros cuerpos foráneos. Las estrategias discursivas y organizacionales que diseñan y los tipos de interacción que desarrollan con las partes que intervienen necesariamente dan forma a la naturaleza y los resultados dinámicos de tal intervención. Por consiguiente, el problema para el análisis es entender los procesos por los cuales las intervenciones externas entran

en los mundos de vida de los individuos y grupos afectados, y así llegan

a formar parte de los recursos y las limitaciones de las estrategias so-

ciales y los marcos interpretativos que desarrollan. De esta manera los

llamados ~~factores externos" llegan a ser "interiorizados" y a menudo

significan cosas muy diferentes para los grupos de interés diferentes

o para los actores individuales diferentes, sean éstos los trabajadores del desarrollo, clientes o espectadores. El concepto de intervención necesita, entonces, ser deconstruido para que sea visto como lo que es: un proceso en movimiento, socialmente construido, negociado, ex- periencia! y creador de significados, no simplemente la ejecución de un plan de acción ya especificado con resultados de comportamiento esperados. TampocQ se debe asumir un proceso de arriba a abajo im- plícito, como se hace de manera usual, ya que las iniciativas pueden

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venir tanto de "abajo" como de ~~arriba". Entonces, es importante enfocar las prácticas de intervención como moldeadas por la interac- ción entre los diversos participantes, en lugar de enfocarse sólo en los modelos de intervención, que entendemos como las representaciones ideales típicas que los proyectistas o sus clientes tienen sobre el proce- so. El uso de la noción de prácticas de intervención nos permite enfo.:. car en los contextos específicos las formas emergentes de interacción, procedimientos, estrategias prácticas, y tipos de discurso, categorías culturales y sentimientos presentes. El análisis cuidadoso de estos temas me llevó a darme cuenta de que se requería un análisis más sofisticado de los procesos de interven- ción; con la esperanza de que también pudiera influir positivamente tanto a los profesionales a cargo de elaborar los programas de desa- rrollo como a los que los llevan a cabo y con los grupos locales que se guían por sus propios valores e intereses. De esta manera, repensar la intervención se volvió una urgente necesidad tanto para los involucra- dos de manera directa en el proceso como para el investigador.

Exploración de los procesos de intervención en el occidente

de México

En 1986 inicié una nueva investigación de campo para explorar con más detalle estos asuntos de la intervención. La investigación se en- focó en la organización de la irrigación, las estrategias del actor y la intervención planeada en el occidente de México, en donde el acceso al a~a para la agricultura de riego y otros propósitos era central en los problemas económicos y de sustento de la población rural, y donde tanto el gobierno como las compañías privadas intentaban controlar el agua y otros insumos para la producción de azúcar dirigida al mer- cado nacional y para hortalizas y frutas destinadas a Estados Unidos. Al realizar esta investigación queríamos contribuir en varios campos de interés práctico y teórico: el desarrollo de un enfoque de interfaz que analizara los encuentros entre los diferentes grupos e individuos involucrados en los procesos de intervención planeada; el estudio de iniciativas de desarrollo para los campesinos y las maneras en que los actores locales (incluyendo al personal en la línea de fuego del go- bierno) intentan crear espacio para maniobrar en la persecución de

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sus proyectos; y el desarrollo de un enfoque construccionista social orientado al actor para el estudio de la irrigación y los problemas del manejo del agua. El proyecto fue un esfuerzo coordinado de equipo, que requirió investigaciones de campo detalladas en localidades y arenas de acción diferentes. 27 Para investigar estos temas de una manera integrada, adoptamos una metodología orientada al actor. Esto tuvo ciertas im- plicaciones en la manera en que conceptuamos los temas analíticos centrales. En primer lugar, empezamos con el interés en la organi- zación de la irrigación, no en el sistema de irrigación. Esto implicó un interés en cómo varios actores o partes se organizan en torno a problemas de manejo y distribución del agua. Esto va más allá del análisis de las propiedades físicas y técnicas de los diferentes sistemas de irrigación, para considerar el modo en que diferentes intereses, a menudo en conflicto, intentan controlar el abastecimiento de agua o asegurar el acceso a ella y a otros insumos necesarios para la agricul- tura de riego. La organización de la irrigación surge, por consiguiente, como un conjunto de arreglos sociales entre las partes involucradas más que ser simplemente "dictados" por el diseño físico y el plan téc- nico, o incluso por las autoridades "controladoras" que construyeron y ahora manejan el sistema. Entonces, la organización de la irrigación no debe representarse como un mapa organizacional u organigrama, sino como un conjunto complejo de prácticas sociales y modelos nor- mativos y conceptuales, tanto formales como informales.

2 7 Aparte de y de mi esposa, Ann, formaron parte del equipo de investigación:

Alberto Arce, quien se especializó en el estudio de la burocracia agrícola; Dorien Brunt se enfocó en los hogares, género y organización del ejido en un área de produc- ción de azúcar; Humberto González investigó el papel de los empresarios agrleolas mexicanos y las compañías en la agricultura de exportación; Elsa Guzmán estudió la

organización en la producción de azúcar y las luchas que tuvieron lugar entre los pro- ductores de azúcar, el ingenio y el gobierno; Gabriel Torres estudió la organización social y cultural de los jornaleros agrícolas; Magdalena Villarreal estudió tres tipos de

grupos de mujeres y el asunto del

van der Zaag se responsabilizó del análisis técnico y de organización del sistema de irrigación. Después de un periodo inicial de trabajo de campo, Lex Hoefsloot se nos unió para hacer estudios socioagronómicos detallados en un área central del principal sistema de irrigación. Además, varios estudiantes holandeses y mexicanos contribuye- ron al proyecto. El trabajo fue financiado por WOTRO (Fundación de los Países Bajos para el Avance de la Investigación Tropical) y por la Fundación Ford, con las que

estamos muy agradecidos.

en una comunidad del ejido, y Pieter

contrapoder"

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La segunda dimensión era la cuestión de las estrategias de los ac- tores. Este concepto era central en nuestra investigación porque el objetivo era interpretar el cambio agrícola y social como un resultado de los forcejeos y negociaciones que tienen lugar entre los individuos y grupos con intereses sociales y experiencias diferentes, y a menudo conflictivos. La noción de estrategia es importante para comprender cómo los productores y otros habitantes rurales tratan de resolver sus problemas de sustento y organizar sus recursos. Ello implica que los productores y jefes o jefas de los hogares construyen activamente, dentro de los límites o constreñim.ientos que enfrentan, sus modelos de organización agrícola y del hogar, y sus maneras de lidiar con las agen- cias que intervienen. Lo mismo aplica para el caso de los burócratas gubernamentales o representates de las compañías: ellos también pro- curan asir, organizacional y cognitivamente, el mundo cambiante que los rodea, diseñando estrategias para alcanzar sus diversas metas per- sonales e institucionales al igual que los jornaleros, aun cuando sus opciones son mucho más restringidas. Al enfocar de esta manera· las estrategias, podría parecer que se enfatizan demasiado los procesos de cálculo racional y toma de decisiones, pero a lo largo del trabajo de campo buscamos anclar nuestras preguntas de investigación, obser- vaciones y análisis a las experiencias vividas de los actores, a sus de- seos, entendimientos y autodefiniciones de situaciones problemáticas, intentando no imponer nuestras categorías de interpretación. El tercer tema involucró la intervención planeada. Ésta abarcó tanto la intervención formalmente organizada del Estado como la de las compañías trasnacionales y nacionales y la de las empresas fami- liares que trataban de organizar y controlar la producción y comer- cialización de los productos clave. Como ya lo indiqué, el proyecto enfatizó la importancia de observar este problema en las interacciones que evolucionaban entre los grupos locales y los actores que interve- nían. L:a intervención es un proceso continuo de transformación en constante reformulación, tanto por propia dinámica organizativa y política interna como las condiciones específicas con las que se topa o que genera. Esto incluye las respuestas y estrategias de grupos locales y regionales que tal vez luchen por definir y defender sus espacios sociales, sus fronteras culturales y sus posiciones dentro de un más amplio campo de poder. Nuestra investigación se abocó de manera es- pecial a identificar los tipos de prácticas organizativas, las interfaces

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sociopolíticas y las configuraciones de conocimiento y poder que se desarrollaban en estos procesos complejos de negociación. Este tipo de estudio de la intervención requería algún entendi- miento de los fenómenos estructurales más amplios, ya que muchas de las opciones percibidas y las estrategias seguidas por individuos o grupos habrían sido influidas por procesos externos a las arenas in- mediatas de interacción. Sugerimos que una manera de lograr tal en- tendimiento consistía en la adopción de una perspectiva de economía política modificada que nos ayudara a analizar cómo los procesos de trabajo y la organización de la producción y las actividades econó- micas relacionadas estaban estructuradas por arenas más amplias de relaciones económicas y políticas de poder, incluyendo las maneras en que el Estado trataba de controlar y manejar los resultados del desa- rrollo local (Bates, 1983:134-147). Tal propuesta también prestaría

atención al análisis de los mecanismos sociales, culturales e ideológicos · por los cuales se reproducen sistemas económicos particulares y tipos

de "regímenes" de producción (Burawoy, 1985:7-8). Sostuvimos que

si se evitan las limitaciones de ciertos tipos de economía política (por ejemplo, la tendencia a otorgar primacía teórica al modo capitalista

de producción y a sus leyes de desarrollo, y las categorías de clase y jerarquías de dominación), tal perspectiva podría ofrecer un marco útil para examinar cómo se afectan factores como los mercados cam- biantes, las condiciones internacionales, los giros en la política de de- sarrollo gubernamental o el poder ejercido por grupos particulares en los ámbitos nacional o regional, la organización y estrategias del agri- cultor, incluso el compromiso a tipos específicos de producción como la agrícola de riego de exportación. Así, un enfoque orientado al actor, con su énfasis en el análisis de- tallado de los mundos de vida, luchas e intercambios dentro y entre los

grupos sociales específicos y redes de individuos no es, como algunos es- critores han sugerido (Alavi, 1973; y Harriss, 1982:27), antitético ata-

les problemas estructurales, ya que es importante también dar cuenta cabal de las condiciones que limitan las opciones y estrategias. Sin em-

bargo, al mismo tiempo debemos aceptar la implicación de que al com- binar las perspectivas y temas estructurales y del actor se hace nece- sario reflexionar con sentido crítico en ciertos conceptos clave de la econonúa política, como el mercantilismo, la hegemonía estatal, "la subsunción" del campesinado, la primacía de las leyes del desarrollo

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capitalista, y quizá aun el mismo concepto de mercado. Varios capítu- los del presente libro se orientan hacia éstos y otros problemas teóricos relacionados. Por otro lado, el análisis orientado al actor tiene que aprender cómo manejar de mejor manera los problemas de la estructu- ra y las constricciones estructurales, al tiempo que continúa otorgando

suficiente espacio al papel central desempeñado por formas diversas de

acción humana y la conciencia social en el forjamiento del desarrollo. Aunque representaba un desafío mayor, parecía posible tejer es- tos diferentes hilos en un solo marco de análisis. En gran parte, la investigación en México descrita arriba logró hacerlo al enfocarse en los procesos de intervención y en la heterogeneidad dentro de arenas sociales diferentes. Al cubrir los tipos de luchas complejas y sus re- sultados se incluyó, por ejemplo, la negociación de contratos con las compañías privadas para el alquiler de mano de obra campesina en la producción y comercialización de cultivos de exportación; los esfuer- zos de los técnicos agrícolas por aplicar, o en algunos casos subvertir, la política gubernamental de irrigación; las batallas en las interfaces entre diferentes grupos de productores de azúcar, sus líderes y el in- genio azucarero; la preservación de los espaciOs social y cultural por parte de jornaleros agrícolas ante regímenes de producción altamente regulados y en momentos hasta coercitivos, y las vicisitudes de grupos de mujeres que a veces invitan y otras resisten la intervención de au- toridades externas.

Reflexiones conclusivas sobre el cambio de paradigma

Ahora es tiempo de volver a los paradigmas teóricos expuestos al prin- cipio del capítulo, en los que argumenté que las ciencias sociales siem-

pre se han caracterizado por una multiplicidad de paradigmas. Las

razones de ello parecen relacionarse, primero, con la variedad y com- plejidad de los fenómenos sociales que exigen perspectivas y modos de análisis alternativos, y segundo, con la dificultad de establecer una epistemología común para cimentar los métodos y resultados de la in-

vestigación. Según Giddens (1987:19), a esto se agrega el hecho de que

"no hay manera de resguardar el aparato conceptual del observador

[ ] de su apropiación por los actores legos", lo que hace cada vez más

borrosa la distinción entre el ~~investigado" y el "'invc¡;;tigador".

Como demuestra el estudio de Hewitt en el caso de la antropología mexicana,laexistenciadeparadigmasmúltiplesnoexcluyelaposihilidad

de que uno de ellos llegue a sobresalir en coyunturas históricas parti- culares, y sea promovido por grupos de estudiosos e instituciones par- ticulares. Sería un error, sin embargo, suponer que el ascenso y des- censo de paradigmas se ajustará nítidamente a una teoría de "etapas" históricas de desarrollo intelectual, según la cual las nuevas concep- ciones y resultados conducirán a modos cada vez más refinados de comprensión teórica. Se podría incluso invertir el argumento y decir que los cambios drásticos en la teoría y en el paradigma a menudo in- dican la introducción de nuevas concepciones que simplifican, o ideas artificiosas que cierran ciertas áreas existentes de investigación en fa- vor de las nuevas. Aunque esto a veces produce nuevas y estimulan- tes percepciones, también puede fomentar investigaciones insulares, autocoi:ttemplativas y estériles, como es el caso de algunos trabajos asociados con el estructuralismo althuseriano y con algunas formas extremas de posmodernismo. Lo que es más, aunque podrían identi- ficarse periodos específicos en que ciertas ortodoxias o ~'escuelas de pensamiento" han ocupado el centro del escenario, es casi seguro que un análisis más fino revelaría que hay otros estudiosos (profesionales

y legos) que se desenvuelven fuera de la "corriente principal". Alguno

de estos últimos podría ser posteriormente acreditado por sus contri- buciones seminales y por su partida de seguidores o devotos. Además, como en todos los campos intelectuales y profesionales, la sociología

del desarrollo está llena de negociaciones políticas por el control de los

recursos institucionales y por la formación de redes para consolidar el apoyo de un amplio grupo de colegas, así como la manipulación de fuentes de legitimidad del conocimiento y de la reputación. 28 Estos comentarios sobre los paradigmas múltiples y las comunida- des de estudiosos me llevan a considerar brevemente la situación con- temporánea de la sociología del desarrollo y, por implicación, de otras áreas de las ciencias sociales. Si, como he argumentado, esta multipli- cidad está basada en grandes diferencias epistemológicas (entre, dig,a-

28 Véase el fascinante relato de Roderic Camp (1985}~ lriteUectuaU and the State in Twentieth-Century Mexico, que rastrea sus origenes, culturas~ carreras, bases insti- tucionales y relaciones con el Estado; también véase el estudio de Bourdieu sobre el sistema de educación superior francés (1988).

mos, las visiones estructuralistas y las fenomenológicas), es muy poco probable que desaparezcan. Más allá de esto, como el trabajo inicial de Kuhn lo subraya con claridad, mientras ciertos periodos históricos pueden ser caracterizados por el predominio de una visión' particular del mundo o por el estruendo creciente de la oposición de paradigmas teóricos, otros pueden manifestar un caleidoscopio de posibilidades y combinaciones. Aunque para algunos esto último puede parecer des- concertante debido a la ausencia de una guía clara de la investigación y una falta de principios fijos para legitimar el trabajo de investiga- ción y las conclusiones, creo que este escenario es el más conducente al desarrollo de nuevos tipos de investigación exploradores e innovado- res. Esta es la situación en que nos encontramos al principio del siglo XXI. Estamos en un cruce de caminos crítico y estimulante, en donde las ortodoxias viejas han cedido lugar a (o cuando menos permitido espacio para) nuevos modos de conceptuar las complejidades y diná- micas de la vida social. La sociología del desarrollo está a punto de hacer adelantos teóricos mayores, entre los cuales resalta el desarrollo de un análisis más integrado de cómo la agencia, las instituciones, el conocimiento y el poder se interrelacionan en la nueva era global.

72

CAPÍTULO 2 LA DESMITIFICACIÓN DE LA INTERVENCIÓN PLANEADA YELESTAD0 1

Como se sugirió en el capítulo anterior, un análisis crítico de la política y de los procesos de la intervención 2 requiere la desmitificación de no- ciones del desarrollo planeado. Es decir, es importante cuestionar las definiciones de tiempo-espacio, supuestos normativos y la praxeología implicada en los modelos ortodoxos de intervención, y exponer las limi- taciones de ciertas concepciones teóricas que las apuntalan, prestan- do atención particular en teorizar el mercantilismo, la incorporación institucional y las interrelaciones entre el Estado y la sociedad civil. Este capítulo ofrece tal crítica y propone la alter~ativa de ver la inter- vención. como una realidad múltiple, compuesta por percepciones cul- turales e intereses sociales que difieren, así como por los continuos forcejeos sociales y políticos que tienen lugar entre los varios actores sociales involucrados. De entrada, debemos distinguir entre modelos teóricos que apun- tan al entendimiento de los procesos de cambio social y desarrollo y modelos de la política que establecen las maneras en que el desa- rrollo3 debe promoverse. Esta distinción es importante, pero no ab- soluta, puesto que los modelos de la política están basados explícita

1 Este capítulo en parte está basado en un artículo escrito con Jan Dowe van der

Ploeg (1989)'y en Long (1988).

2 A lo largo del texto tengo en mente sobre todo las fonnas institucionales de in- tervención que involucran la puesta en escena de proyectos de desarrollo o programas coordinados de desarrollo. No se consideran otras fonnas menos directas de inter- vención, como el uso de precio y mecanismos de impuestos u otras medidas fiscales o legales. 3 Por supuesto, el desarrollo puede ser definido de varias maneras: en térnúnos de aumentos en la productividad o niveles de producción, redistribución del ingreso, equidad aumentada o bienestar general, el ataque a la pobreza, o como un proceso politico en que los grupos "en desventaja" intentan mejorar sus oportunidades de vida.

73

o implícitamente en los supuestos teóricos e interpretaciones que se supone explican cómo tiene lugar el cambio o cómo se lograrán los objetivos. 4 Los modelos teóricos pueden enfocarse hacia dimensiones específicas (por ejemplo, desarrollo rural o urbano, o la transforma- ción del aparato estatal y estructuras macroeconómicas), y algunos pretenden caracterizar los elementos esenciales de la forma de hacer

la política y de la aplicación misma. De aquí se desprenden modelos

"racionales", basados en la creencia de que introduciendo más in- formación, pensamiento y análisis a la elaboración de las políticas, sus procesos resultarán más eficaces. Por una parte está el "incre- mentalismo desarticulado", que considera el hacer política como la ciencia de uarreglárselas", según la cual los diseñadores de la política toman en cuenta un rango estrecho de alternativas y responden a las contingencias políticas como y cuando éstas se presentan (Lindholm,

1980). Por otra parte, varios modelos abordan la elaboración de las

políticas y su aplicación como procesos inherentemente políticos que involucran regateos y transacciones entre diferentes grupos de interés

(Warwick, 1982; Palumbo, 1987). 5

Sin embargo, las interrelaciones de los modelos teóricos y los de la política a menudo quedan inexplicados y, por consiguiente, incier- tos. Resulta importante, entonces, enfocarse en las prácticas de in- tervención, cómo evolucionan y se forman por los forcejeos entre los varios participantes, en lugar de simplemente enfocar los modelos de intervención, es decir, las construcciones ideales que los proyectistas, implementadores o los clientes pueden tener sobre el proceso. Enfocar

4 La interacción de modelos (o normativas) teóricos y de las políticas es bien ilus- trado por la colección de documentos editados por Eicher y Staatz (1984), Asricultu- ral Development in the Third World, véase en especial su apreciación histórica global de las teorías y políticas de los años 50 a inicios de los 80. s Al éxponer la aplicación de la política, Warwick diferencia entre modelos de ''planificación y control", "juegos evolutivos" y ~'transaccionales"; mientras que Pressman y Wildavsky (1983) conceptúan esto como una forma de conducta explo-

ratoria. Una colección excelente de extractos de los textos mayores del hacer política y su aplicación es el de Hill (1993). Véase también a Marinetto (1999) en su aprecia- ción global introductoria de perspectivas, en que rastrea la importancia creciente de los problemas de la agencia humana y procesos organizativos en los estudios de la

acoplamiento

interdependiente" de las propiedades emergentes de los sistemas sociales y políticos, y

política. Sus estudios de caso en la segunda parte del libro ilustran el

las cualidades dinámicas de la actividad humana (Marinetto, 1999:60).

74

las prácticas de intervención permite tomar en cuenta las formas emer- gentes de interacción, los procedimientos, las estrategias prácticas, los tipos de discurso, las categorías culturales y las ~~partes interesadas"

de los proyectos (Palumbo, 1987:32) involucrados en los contextos es- pecíficos, y reformular las preguntas de intervención del Estado y del desarrollo desde una exhaustiva perspectiva del actor.

La necesidad de deconstruir el concepto de intervención

Los para4igmas teóricos dominantes de la intervención planeada en

los años 60 y 70 adoptaron un modelo mecáuíco de la relación entre la

política, su aplicación y sus resultados. Una tendencia en muchos es- tudios (que todavía persiste en ciertos discursos de la política) era con- ceptuar el proceso como de naturaleza lineal, e implicaba alguna clase

de progresión gradual desde la formulación de la política, la aplicación hasta los resultados, después de lo cual se podría hacer una evalua-

ción para establecer la medida en que se habían logrado los objetivos originales. Sin embargo, como cualquier proyectista experimentado o trabajador del desarrollo apreciará con prontitud, esta separación de política, implementación y resultados es una burda sohresimplifica- ción de un juego mucho más complicado de procesos en que interviene la reinterpretación o la transformación de la política durante el mismo proceso de aplicación, de tal modo que no hay de hecho ninguna línea recta entre la formulación de la política y los resultados. Además, los

resultados pueden ser el producto de factores no uuídos de un modo

directo a la aplicación de un programa de desarrollo particular. Es más, no deben restringirse los problemas en la aplicación de la política al caso de intervenciones planeadas de arriba abajo por los gobiernos,

instancias de desarrollo e instituciones privadas, ya que los grupos

locales formulan activamente y persiguen sus propios "proyectos de desarrollo", los cuales a menudo chocan con los intereses de la autori-

dad central (Long, 1984a:177-9; Van der Ploeg, 1987).

A inicios de los 80 crecía el reconocimiento de tales deficiencias entre analistas políticos que buscaban nuevas maneras de conceptuar la formulación de la política y su aplicación (véase Grindle, 1980, y

Clay y Schaffer,1984). Se argumentó, por ejemplo, que la implemen-

tación debía verse como un proceso transaccional que involucra la

75

negociación de las metas y los medios entre las 'partes con intereses divergentes y en conflicto, y no sólo como la ejecución de una poütica particular (Warwick, 1982). Esto estuvo acompañado de nuevas for- mas de análisis de las organizaciones que estudiaban las dinámicas de acción administrativa en la aplicación de la política (Batley, 1983). Al- gunos antropólogos se centraron en preguntas acerca de la naturaleza de la planificación como una ideología y actividad social (Robertson, 1984); otros se interesaron en cómo son asign~dos los servicios públi- cos mediante las interacciones entre el personal de la 44 1ínea frontal" de la institución y sus clientes (véase Schaffer y Lamb, 1976; Lipsky, 1980; Handleman y Leyton, 1978; y Rees, 1978, quienes se enfocaron en las percepciones culturales y las estrategias de la gerencia social de agentes y clientes). Estas nuevas direcciones coincidieron con un reconocimiento cre- ciente de las diversas maneras en que los individuos y sus hogares se organizan de manera individual y colectiva ante la intervención pla- neada por el gobierno u otros cuerpos. Las estrategias que inventan y los·tipos de interacción que evolucionan entre ellos y las partes que intervienen influyen la naturaleza y resultados de tal intervención (véase Long, 1984a; Long y Long, 1992, y de Vries 1992, 1997). Un problema central en el análisis, por consiguiente, es entender los pro- cesos por los cuales las intervenciones entran en los mundos de vida de los individuos y grupos afectados y así llegan a formar parte de los

recursos y las limitaciones de las estrategias sociales que desarrollan.

De esta manera, los llamados factores externos resultan ''internaliza- dos" y llegan a significar cosas diferentes para los diferentes grupos de interés o para los diferentes actores individuales involucrados, sean éstos implementadores, clientes o espectadores. Estas consideraciones llevan a la conclusión de que el concepto de intervención necesita ser deconstruido para que sea reconocido por lo que es; a saber, un proceso continuado, socialmente construido y ne- gociado, no sólo la ejecución de un plan de acción preespecificado con los resultados esperados. El supuesto común "es que quienes toman las decisiones, antes de actuar, identifican las metas, especifican ma- neras alternativas de llegar allí, evalúan las alternativas contra una norma -como costos y beneficios- y entonces seleccionan la mejor posibilidad". Sin embargo, como señalan Palumbo y Nachmias, quie- nes formulan las políticas a menudo "no están buscando la mejor ma-

76

nera o la alternativa más eficaz para resolver un problema. En cam- bio, están buscando apoyo para la acción ya tomada, y para apoyar lo que sirve a los intereses de los varios componentes de la política que forman la comunidad" (Palumbo y Nachmias, 1983:9-ll). No es suficiente, entonces, mod.i.fi.car o refinar puntos de vista ortodoxos en la intervención· planeada. En cambio, se debe romper con los modelos

convencionales, imágenes

y razonamiento. 6

La imagen de intervención conw un "proyecto" circunscrito en tiempo y espacio

A pesar de estas observaciones críticas, a menudo la intervención para el desarrollo aún se ve como un conjunto de actividades circunscritas que tienen lugar en una escena definida en términos espaC?io-tempo- rales que involucra la interacción entre las llamadas partes interven- toras y los grupos "blanco" o 44 receptores". Tal imagen aísla la inter- vención del :flujo continuo de la vida social y las relaciones continuas que evolucionan entre los varios actores sociales, incluyendo, por su- puesto, aunque no exclusivamente, las múltiples maneras en que los actores locales (tanto dentro como fuera de la escena) se interrelacio- nan con el Estado, las instituciones y sus oficiales. Así, conceptuar la intervención como una actividad circunscrita y claramente localizada 7

6 El argumento seguido aquí converge en aspectos importantes con el reciente trabajo antropológico sobre proyectos de desarrollo y los procesos de intervención en África (véase Oüvier de Sardan, 1985, 1988; Chauveau, 1985; Elwert y Bierschenk, 1988; y Geschiere, 1989). También coincide con algunos de los puntos críticos ela- borados por Schaífer (1984) en su ensayo "Towards responeibility: Public policy in concept and practice". El ensayo de Schaffer, junto con sus otros escritos sobre polí- ticas de administración y poütica, pennanecen como una fuente fecunda de ideas para hacer un análisis más sistemático y crítico de los procesos de la política. 7 Conyers (1982:80), ella misma investigadora y proyectista, deja esto bastante

explícito en su exposición del significado de "

proyecto normalmente se planea y se lleva a cabo como una sola actividad

identificable, o un conjunto de actividades relacionadas. Puede tener muchos elemen- tos o involucrar a muchas instancias diferentes o individuos; pero estos componentes están interrelacionados y por consiguiente es importante que el proyecto se planee y se lleve a cabo como un todo. En virtud de ello, un proyecto tiene a menudo su propio documento del plan, un gerente del proyecto especial o comité de administración, su propia asignación del presupuesto, y así sucesivamente. La otra característica impor-

proyecto":

un

77

encubre el importante asunto teórico de que la intervención nunca es un "proyecto" con límites claros en tiempo y espacio, como es definido

por el aparato institucional del Estado o por la entidad implementado-

ra. Las intervenciones siempre forman parte de una cadena o flujo de eventos localizados en una estructura más amplia de actividades de los cuerpos estatales y/o internacionales y las acciones de diferentes gru- pos de interés que operan en la sociedad civil. Es más, las intervencio- nes se enlazan a intervenciones previas (en modelos de la política por medio de "estudios de evaluación"), tienen consecuencias para otras intervenciones futuras y la mayoría de las veces son motivos de force- jeos interinstitucionales o representan arenas donde se libran batallas sobre metas percibidas, competencias administrativas, asignación del recurso y límites institucionales. Por consiguiente, un análisis crítico de la intervención visto como ideología y práctica debe ir más allá de las definiciones espacio-tempo- rales contenidas en los modelos convencionales de la política. La inter- vención no se confina a un "espacio" específico, delimitado por la iden- tificación del grupo o población beneficiaria. Tampoco las personas en el extremo receptor de políticas, o los responsables de manejar su aplicación, reducen o limitan sus percepciones de la realidad y sus pro-

blemas a aquellos definidos por la entidad interventora como constitu-

tan te de un proyecto es que normalmente se localiza en un área geográfica específica.

El área puede variar en tamaño desde un proyecto como una fábrica que ocupa un

área muy limitada a un proyecto de desarrollo regional que cubre toda una región

administrativa; pero en cada caso el área cubierta por el proyecto puede ser definida específicamente. Esta característica [el tamaño] se usa a menudo para distinguir un

"proyecto" de un

Cernea (1985:4-5) reconoce algunas de las limitaciones prácticas y de investi- gación en el enfoque del proyecto: "los proyectos son sólo unidades segmentadas de intervención; a menudo franquean las estructuras globales, se desarrollan atípica- mente, y están sujetos al síndrome del invernáculo. También se critica a los proyectos porque tienden a crear enclaves, a conducir los recursos a actividades paralelas al proyecto, y pueden no generar el desarrollo sustentable más allá de su marco tempo- ral limitado". Pero, al final, su exposición sólo refuerza el pensamiento del proyectista de bus- car la identificación de "las variables sociológicas empotradas en los proyectos de

desarrollo rural", y "aprender a hacer contribuciones operacionales al desarrollo planeado dentro de este enfoque". Para una valoración completa de los pros y contras del enfoque al desarrollo planificado consúltese el debate entre Rondinelli y Morgan, y una síntesis de los puntos centrales de Honadle y Rosengard, en Public Adm.inistra-

programa"".

tion and Development, volumen 3, 1983.

78

yentes del "proyecto" o "programa". La personas procesan sus propias experiencias de '~proyectos" e "intervención"; construyen su memo- ria de estas experiencias, y tienen en cuenta las experiencias de otros grupos dentro de sus redes socioespaciales; es decir, pueden aprender de las respuestas diferenciales, estrategias y experiencias de otros que

están fuera de la población designada o del programa de acción espe-

cífico. Así, la intervención no es un fenómeno limitado en el espacio y

tiempo. En la práctica no hay ningún principio claro demarcado por

la definición de metas y medios, ni un último punto de corte, el ufinal"

del proyecto como es definido por el escrito del informe de evaluación.

Este embalaje del espacio y tiempo (y por consiguiente de estra-

tegias y opciones), característico del pensamiento del desarrollo, está apuntalado por varios tipos de discursos intervencionistas que son en

esencia "diagnóstico y prescripción" (Apthorpe, 1984:128). Promue-

ven la idea de que los problemas se atacan mejor si se divide la comple- jidad empírica en "una serie de realidades independientes" basándose en criterios "sectoriales" (es decir, diseñando políticas enfocadas de manera específica en la agricultura, salud, vivienda, etcétera). Según

Schaffer (1984:143), tal discurso de la política también promueve la

idea errónea de que la política comprende decisiones verbales e inten- cionales y documentos autoritarios, después de lo cual algo diferente, llamado implementación, tiene lugar. Esta imagen de la política y de los procesos de intervención es re- forzada por la noción del ''ciclo del proyecto" que coloca varias activi-

dades (como establecer la agenda de la política, definición del proble-

ma, formulación de alternativas, diseño de la política, implementación

y evaluación de resultados) en un orden secuencial, lineal y lógico (véa-

se Clay y Schaffer, 1984:3-5; y Palumbo, 1987:38-41). Esto promueve

la opinión de que la preparación de proyectos y su aplicación forman

parte de un proceso racional de resolución de problemas que involucra

a los expertos (solos o en consulta con sus clientes) en la percepción de

"los síntomas, en la formulación del problema, en la identificación de las causas (el diagnóstico), en la generación de soluciones alternativas

y en la elección y realización de la apropiada [

da en la evaluación de los resultados" (Roling, 1988:57). 8

y] finalmente, la ayu-

8 Como esta cita muestra con claridad, y como es evidente en el libro en el que expone sus puntos de vista generales acerca de la intervención a través de la extensión

79

Sin embargo, si tomamos distancia de estas concepciones espacio- temporales idealizadas y, en cambio, nos concentramos en entender la intervención planeada como un juego complejo de prácticas y for- cejeos sociales que evolucionan, el tiempo y el espacio pueden ser re- introducidos como elementos de procesos históricos específicos que se distorsionan cuando son confinados a la plantilla espacio-temporal del modelo del proyecto. Por ejemplo, del lado del "intervenido", está el conocimiento acumulado de experiencias anteriores de intervenciones

de varias clases, no sólo aquellas organizadas por el Estado o la enti- dad en cuestión. Estas experiencias constituyen un tipo de impresión

y plantilla histórica que es colectiva, en cuanto es compartida como un

legado por un grupo particular de personas, y es individual, en cuanto las biografías de actores particulares contienen experiencias específi- cas de intervención. Y lo mismo se sostiene en relación con los grupos

e instituciones definidos como las "partes interventoras", tales como

las instancias de desarrollo gubernamentales o los burócratas indivi- duales. Los procesos de intervención específicos deben ser vistos, por consiguiente, en relación con las memorias colectivas e individuales (lo que Bourdieu [1981:305-306] ha llamado la historia encarnada y objetivada) de relaciones estatal-cívicas de la sociedad, iniciativas lo-

cales y forcejeos interinstitucionales. La intervención, entonces, implica la confrontación o interpene- tración de mundos de vida diferentes y experiencias sociopolíticas que pueden ser significativas para generar nuevas formas de práctica so- cial e ideología. Visto desde este punto de vista, las concepciones de tiempo-espacio contenidas en modelos ortodoxos de intervención se vuelven un arma estratégica en las manos de las entidades que ínter-

(1988:39-42), la exposición de ROling usa una mezcla de lenguaje y analogía pseudo-

técnica y médica. Así, su explicación de la naturaleza e importancia del trabajo de la extensión descansa en gran medida en la noción de que la sociedad manifiesta ciertos rasgos patológicos que deben curarse de algún modo por medio de intervención ex-

o

terna '"premeditada'',

exposición de ROling es lama-

nera en que él resbala en una visión de la intervención de arriba a abajo, externalista

y administrativa que describe como:

esfuerzo sistemático para aplicar recursos

estratégicamente para manipular los elementos en apariencia causales en un proceso social continuado, así como para reorientar de modo permanente ese proceso en las

planeada",

"programada

y por lo general

profesional"

paraprofesional"

(1988:39-41). Otra limitación de la

Un

direcciones juzgadas deseables por la parte interventora".

80

vienen. 9 Al adoptar la noción de que la intervención consiste en pro- yectos limitados en ~1 espacio y en el tiempo, se remueve la historia, por así decirlo, lo que implica que la memoria y el aprendizaje del pasado son de hecho superfluos. 10 Esta actitud se refuerza por el su- puesto de que, cualesquiera hayan sido las dificultades del pasado e independientemente de lo arraigado de los patrones de subdesarrollo, un programa de intervención bien diseñado y bien enfocado puede romper con el peso muerto de los modos de existencia tradicionales, y así estimular o inaugurar el "desarrollo", cualesquiera sean sus rasgos específicos.

La intervención y su carga simbólica

La terminología específica usada en el discurso de la intervención, incluyendo la descripción de los encuentros directos entre las partes interventoras y los beneficiarios, está teñida por la noción de que hay un tráfico de regalos o donaciones procedentes del exterior y que tie- nen calidades supremas que no pueden producirse dentro de la propia situación local. Esto se ilustra en los casos de las semillas "milagro", las variedades "mejoradas", "el mensaje de la extensión" y "los be- neficios de receptores privilegiados". Estas metáforas reproducen la imagen de un exterior todo poderoso y un interior inferior. Muchos de estos términos también tienen una connotación mágico-religiosa com-

9 Si se acepta que los llamados grupos blanco también son estrategas activos, en- tonces lo contrario también es verdad; a saber, que los miembros de la población de- signada pueden usar las mismas armas conceptuales y administrativas para· bloquear las acciones de las partes que intervienen. Véase en Scott (1985) una exposición de las varias formas que puede tomar la resistencia cotidiana. 10 No excluyo, claro, la posibilidad de que las prácticas de la intervención pueden afectar de un modo significativo la organización social del tiempo y el espacio de los involucrados. Esto se ilustra en los proyectos de irrigación en los Andes, donde para enfrentar sus metas, introducen el trabajo asalariado para la construcción de canales y otra infraestructura, cuando tal trabajo normalmente es organizado por las comu- nidades mediante la movilización de faenas (grupos de trabajo cooperativos). Ya que con frecuencia el último modo de organización implica plazos más largos que el usual ciclo del proyecto de cinco años, la organización del tiempo, espacio~ trabajo y recur- sos materiales es forzada a un nuevo y mucho más corto marco temporal, con grandes implicaciones sociales. Una exposición general de este problema puede ser consultada en Van der Ploeg (1987:155-8).

81

parable con la idea de carga que se encuentra en los cultos del "cargo" en Melanesia. Quienes se adhirieron a tales cultos creyeron que si se- guían los procedimientos morales y rituales debidos y honraban a los espíritus, serían premiados con la llegada súbita y milagrosa, en barco o avión, de una carga de artículos muy valiosos provenientes de ultra- mar. Cómo y dónde fueron producidos estos artículos (por ejemplo, latas de carne, fósforos y otros artículos manufacturados) era desco- nocido para los melanesios, quienes asumieron que los blancos que los llevaron tenían acceso privilegiado a formas de conocimiento esotérico que los melanesios mismos habían perdido. Fue considerado un acto de redención guardar y cumplir con rigor el código ético del culto pre- vio a la llegada de la carga." lguahnente estratégico en la ideología de la intervención es la tajan- te separación de factores internos y externos, de lo interior y lo exte- rior. Aunque las intervenciones no poseen en realidad un "interior" y un ' 4 exterior", ya que las prácticas de la intervención consisten (y sólo pueden consistir) en la entremezcla de diferentes flujos de eventos e intereses, desde los cuales surge la intervención como un proceso social- mente negociado, esta separación del interior y el exterior es, no obs- tante, omnipresente y central en los modelos estándares de la política. La separación de interior y exterior parece indispensable en la imagen relacionada de la intervención consistente en la entrega de al- guna clase de material o contribución organizacional o "paquete'' d~s­ de el exterior (o "del mundo más allá") que se diseña para estimular la emergencia de ciertas actividades 4 'internas" orientadas al logro de niveles superiores de producción, generación de ingresos, ''eficiencia" económica o la mejor utilización de los recursos existentes y del "fac- tor humano". Aun los programas (a menudo promovidos por ONG en lugar del Estado) que no tienen paquetes materiales tangibles para ofrecer, pero manejan artículos menos tangibles, como organización o habilidades, siguen basados en la idea de transferir a los grupos be- neficiados esas capacidades o tipos de conocinúento que se supone que les hace falta. De este argumento se infiere que los grupos beneficiados necesitan habilidades de organización y la ayuda de personas ínter-

Il Un análisis completo del significado del ••cargo" y la naturaleza del conoci- miento esotérico buscado por los miembros del culto melanesio puede ser leído en Lawrence (1964).

82

medias, "facilitadores" o "corredores culturales" con el fin de obte- ner acceso a las instituciones y recursos externos, puesto que sin tales contribuciones ellos, los beneficiarios son absolutamente incapaces de dirigir sus propias circunstancias de vida y resolver las situaciones problemáticas que enfrentan. Vinculada a esta imagen de "carga" está la creencia subyacente de que si el desarrollo ha de tener lugar, las situaciones locales, los mun- dos de vida o las maneras de organizar la vida social están de algún modo infundados, ya no son válidos, o son inapropiados, y por lo tanto necesitan ser reestructurados o quizá incluso eliminados por completo. La "carga" propuesta se diseña para resolver esto al establecer nuevas y más apropiadas maneras de hacer las cosas. Así, la intervención se vuelve una manera de reformar la práctica social y el conocimiento, y de introducir nuevos elementos (por ejemplo, semillas "milagrosas") que reemplazan u otorgan nuevos significados a las maneras ya estable- cidas de hacer las cosas (Van der Ploeg, 1989:154, 161). El apuntala- miento ideológico de esto es la creencia de que la inyección de contribu- ciones externas proporcionará una mejor solución a los problemas que los medios ya existentes, y de ese modo se abren nuevas oportunidades y se mejoran las condiciones de vida y bienestar de la gente. En síntesis, se podría decir que la intervención es percibida y le- gitimada como la producción continua de discontinuidades. Si se su- pone que el desarrollo ocurre mediante la intervención y la reestruc- turación de formas sociales existentes, entonces el desarrollo implica discontinuidad, no continuidad, con el pasado. La situación escogi- da para la intervención se juzga inadecuada o necesitada de cambio; así, los cuerpos locales de conocimiento, formas de organización y los recursos son implícitamente (y en ocasiones bastante explícitamente) deslegitimados, y por consecuencia las contribuciones externas se con- sideran condición necesaria e indispensable. De esta manera, el arma- zón normativo y los instrumentos técnicos del desarrollo planeado son validados por quienes intervienen. Esto sugiere que la intervención no debe verse como si consistiera fundamentalmente de contribuciones materiales y organizativas, sino que en ella toma parte un tipo de "co- mercio de imágenes" 12 que busca redefinir la naturaleza de relaciones

12 Para Rñling (1988:40-41), los métodos y habilidades de comunicación son el

"instrumento crítico" para promover el cambio

conductual. Argumenta que la

co-

 

83

de la sociedad Estado-civil mediante la promoción de ciertas estánda- res normativos de desarrollo y de lo que éste debe traer consigo. Aquí se debe reconocer el papel central desempeñado por la tecnología en la promoción de nuevos valores sociales y maneras de organizar la socie- dad (véase, por ejemplo, Galtung, 1982; y Latour, 1983). La construcción de estas imágenes se sostiene por un proceso de

'~etiquetamiento,, que funciona para promover o imponer ciertos es- quemas interpretativos en relación con el diagnóstico y la solución de "problemas del desarrollo". Como argumenta Wood (1985), el etique-

tado es común a todas las formas de comunicación social y, por con- siguiente, es característico del discurso de la política del desarrollo.

Esto último contiene los dispositivos de clasificación para identificar los problemas que tienen que ser solucionados, para describir la na- turaleza de la población que será afectada y el contexto, y para llegar a "soluciones". Esto se ilustra en las maneras en que quienes hacen las políticas usan nociones simples: l) para enunciar los "obstáculos" del desarrollo (por ejemplo, el supuesto dualismo de grandes propie- dades y comunidades campesinas en América Latina, o la naturale- za "conservadora" o "tradicional" de los valores); 2) para identificar la población ~~blanco" (por ejemplo, el "sin tierra'\ "el pobre entre los pobres" o "la mujer campesina"), y 3) para impulsar los medios para resolver los problemas identificados (por ejemplo, la "reforma agraria", los programas para satisfacer "necesidades básicas", o la introducción de nuevos paquetes tecnológicos u organizacionales en- caminados a los agricultores con "potencial de desarrollo" o a quienes se considera ~'receptivos al cambio"). El etiquetado, por consiguiente, legitima las medidas de diagnóstico y terapia aplicadas por los cuerpos públicos. También intenta establecer los parámetros y la superiori- dad del discurso de intervención planeada en sí mismo, utilizando,

"

por ejemp o, conceptos como e CienCia , e ten comun , equt-

dad soCial" y racionalidad de

"fines-medios" . 13 Donde se introducen

1

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.

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~' 1 b'

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municación requiere significados compartidos, de otra manera el mensaje codificado por el remitente y decodificado por el receptor no llevaría al efecto deseado en el receptor". 13 Apthorpe (1984) lleva el argumento un paso más adelante al analizar tres tipos contrastantes de discurso del desarrollo (fiscalista, institucionalista y distribuciona- lista) usados para hablar sobre los programas de intervención y análisis de la política. Apthorpe y Gasper (1996) han conformado una colección importante de documentos

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insumos materiales, éstos son estrictamente organizados de acuerdo con las líneas del esquema inicial de clasificación (esto es, según cier- tos criterios de "etiquetado"). Así, por ejemplo, los agricultores con "potencial de desarrollo" o quienes son considerados "receptivos al cambio" recibirán la porción más grande en crédito, ganado o tecno- logía; y aun cuando muchos de ellos yerran al utilizar estos beneficios estrictamente de acuerdo con el método recomendado, el programa continuará reafirmando sus metas iniciales. Por ejemplo, en locali- dades donde los medios de transporte son escasos, podrían valorarse más los bueyes par~ el transporte de bienes y personas que para arar, la razón original dada para su introducción. Lo mismo se sostiene en lo relativo a paquetes tecnológicos que son '~desempacados" por los mismos agricultores con el fin de lidiar con problemas que el progra- ma original no había enfatizado o previsto. Al respecto, es interesante reiterar que los agricultores que desvían el crédito marcado para los propósitos específicos hacia cauces de inversión alternativos (aun en actividades generadoras de ingreso legítimas) de manera normal son designados "delincuentes". 14 Etiquetarlos de esta manera sirve, es claro, para reforzar las metas originales y los valores normativos del programa. De aquí, en paradoja, cualquier déficit o fallas percibidas en el programa sólo llevarán a incrementar los esfuerzos o a renovar el proselitismo por el personal de la entidad para lograr sus objetivos en la siguiente vez. 15

consagrada al análisis de las representaciones y discursos de la política de desarrollo. Para ahondar en el discurso del desarrollo véase Cooper y Packard (1997), Grillo y Stirrat (1997) y Arce y Long (2000). 14 Véase en el capítulo 9 de este libro un caso que ilustra este proceso. 15 Esta situación puede compararse provechosamente con el creciente celo mos- trado por los miembros de un culto al platillo volador en Estados Unidos cuando su profecía falló. En When Prophecy FaW, Festinger, Rieken y Schachter (1964) narran cómo, en el día y la hora fijados, los creyentes se juntaron en la cima de una coli- na donde esperaban ser recogidos por un platillo volador y transportados al Nuevo Mundo. Ya habían dejado sus trabajos y habían vendido la mayoría de sus posesiones materiales. Sin embargo, el vehículo espacial no llegó, y los miembros de la secta se quedaron con la tarea casi imposible de reconocer dónde habían dejado sus vidas pre- vias. Mientras algunos se desesperaron y dejaron el culto, al final la mayoría decidió seguir adelante y prepararse para la siguiente visita profetizada. Ellos racionalizaron la crisis sosteniendo que de algún modo leyeron mallas señales, y que quizá ésta fue una prueba de su fe y compromiso religiosos. Por lo tanto, decidieron intentar de nueva cuenta entregándose de lleno y con entusiasmo al proselitismo entre toda la

85

Así, las actividades de las instancias de desarrollo y su personal no pueden ser interpretados sólo en términos de sus contribuciones ma- teriales y organizacionales, ya que introducen conceptos nonnativos y evaluadores que definen problemas, soluciones y medios. Aunque las estrategias interpretativas desarrolladas por el personal de la instan- cia para llevar a cabo sus tareas variará de acuerdo con sus intereses individuales y comprensiones culturales, sus repert?rios serán en gran medida similares, ya que las maneras en que asignan los recursos o ex- plican y legitiman los planes reflejarán las imágenes y prioridades de desarrollo promovidas por la institución particular para la que ellos trabajan. Es más, dado su compromiso con las soluciones externas, las instancias que intervienen de manera normal tenderán a suplantar o subsumir las concepciones y estrategias de desarrollo locales. Esta falta de atención en el conocimiento local y en las capacidades de de- sarrollo locales será más tarde reforzada por el argumento de que se necesitan expertos de varios tipos para facilitar una comprensión de los problemas, para su solución y para diseñar y llevar a cabo una transferencia lisa y eficaz de habilidades, información, tecnología y recursos. Como Edwards (1989:118-120) ha comentado en una crítica mordaz titulada "The irrelevance of development studies",

La consecuencia natural de un interés en las interpretaciones téc- nicas de la realidad es que el conocimiento, y el poder para con- trolarlo, se concentra en las manos de aquellos que tienen las ha- bilidades técnicas necesarias para entender el lenguaje y métodos

que se usan [

ve el desarrollo como una serie de transferencias técnicas media- das por expertos es que, dado un número suficiente de situaciones o proyectos en que estas transferencias sean hechas, ocurrirá "el desarrollo". Pero, como ha señalado Sithemhiso Nyoni [director zimbabwense de La organización de Asociaciones Rurales para el Progreso], ningún país en el mundo se ha desarrollado alguna vez por sí mismo mediante los proyectos; el desarrollo resulta de un largo proceso de experimentación e innovación por medio del cual las personas construyen las habilidades, el conocimiento y la con-

] El corolario lógico de una visión del mundo que

población. Esto condujo a una efervescencia de actividad renovada del culto, pero con el tiempo la desilusión empezó a llegar.

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fianza en sí mismas necesarios para formar su medio ambiente en maneras que promueven el avance hacia metas como el crecimien- to económico, equidad en la distribución del ingreso y la lihertad politica.

Incluso el evidente interés creciente en aprender acerca del conoci- miento y de las prácticas locales (ahora subvencionado en exceso por las instancias de desarrollo de la ONU y abanderado por científicos sociales aplicados como Chamhers [1983], Rhoades [1984] y Richards [1985]) a menudo se entrampa por las limitaciones que pone en sí mismo. Aqtú tengo en mente los varios métodos de investigación llamados "partici- pativos" enfocados en aprender acerca de la práctica y el conocimien- to del campesino. Aunque encaminados hacia el diseño de paquetes tecnológicos y mod~s de organización sostenibles, la mayoría de estos métodos permanecen en las manos de los "expertos". Consistente con esta situación está el enorme interés en los temas de "participación" y de investigación Hparticipativa" mostrado por instancias de desarro- llo internacionales cuyo compromiso está sin duda inspirado por la creencia de que la participación ayudará a reducir los costos de in- fraestructura, la carga organizacional y la mejora en la precisión de la investigación que llevan a cabo. Todo esto sugiere que inherente al proceso de intervención planea- da hay una contienda sobre la dominación y legitimidad de imágenes competitivas de desarrollo. Pero no debemos simplificar esto supo- niendo que la contienda involucra sólo el choque entre las instancias que intervienen y los intereses locales. También trae consigo forcejeos dentro de y entre las mismas instancias de desarrollo.

La evaluación como el momento de objetivación eúJl proyecto 16

Al explorar las dimensiones normativas de la intervención planeada destaca un elemento cruciaL Éste involucra la idea de la exigencia de

u; El término ""objetivación" se usa aquí en esencia de la misma manera que Ber- ger (1967:4-15) lo hace. Este último lo une a ''externalización" o el proceso por el cual las personas constn.~yen los mundos a su alrededor mediante la acción física y mental. Un producto externalizado se vuelve distintivo de la persona que lo produce,

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la "evaluación" periódica de los proyectos o programas a lo largo de su vida. Se argumenta que la justificación para la persistencia o di- solución de un proyecto particular o programa debe basarse en una apreciación global retrospectiva sistemática del proyecto, de sus obje- tivos originales y de sus logros. Normalmen.te un proyecto no se juzga "exitoso" a menos que muestre haber alcanzado algunos de sus obje- tivos establecidos y haberlo hecho sin incurrir en un costo demasiado elevado para la organización responsable o para la propia población blanco. Incluso si se juzgó como un fracaso según estos criterios, una evaluación puede, sin embargo, proveer las razones para reformular el programa e intentar una vez más el logro de las mismas metas. 17 Ya que con escasa frecuencia se da el caso de que las evaluaciones cues- tionen la idea entera de la intervención planeada y la racionalidad de la planificación, de manera usual se culpan del fracaso a los agricul- tores, los factores medioambientales o los misterios de los distantes mercados de productos, no al paquete o a las actividades de la propia instancia. Es así como la evaluación desempeña un papel útil al con- firmar la profecía autocumplida de que las políticas intervencionistas son en verdad viables e ideológicamente sólidas, aunque moderadas o contrarrestadas por las fuerzas ocultas del llamado mercado libre. Un análisis crítico de las prácticas de la intervención hace nece- sario que vayamos más allá de la declaración simple de las funciones

y así "'lo confronta como una facticidad fuera de él núsmo" -algo "alú afuera"- que adquiere el carácter de una realidad "externa" y "objetiva" que es experimentada con otros. La actividad de evaluar un proyecto de desarrollo la establece como una parte objetiva, delimitada de la realidad social con su propia lógica. De ese modo, los procedimientos de la evaluación legitiman las actividades basadas en el proyecto y refuerzan las concepciones intervencionistas del desarrollo. 17 Guda y Lincoln (1987:207-208) proveen una revisión histórica de los estudios de evaluación. Distinguen entre: 1) una perspectiva técnica; 2) la perspectiva des- crita que caracteriza patrones, fortalezas y debilidades respecto a ciertos objetivos (por ejemplo, percibir al evaluador como quien describe); 3) una perspectiva que se orienta a evaluar las conclusiones como evaluador y juez al tiempo de retener sus an- teriores funciones técnicas y descriptivas, y 4) la perspectiva emergente desde la cual se observan no a los objetivos, decisiones, efectos organizadores, sino "las demandas, preocupaciones y asuntos" presentados por una variedad de audiencias que están involucradas de algún modo con la intervención (por ejemplo, los agentes del desarro- llo, los cuerpos financieros, los beneficiados y los grupos marginados). Guda y Lincoln concluyen que aun con esta nueva perspectiva el evaluador permanece atrapado en el proceso político mismo.

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políticas de los estudios de evaluación. La eValuación debe analizarse, en primer lugar, como un mecanismo que ~terconecta diferentes in- tervenciones en el transcurso del tiempo; y, en segundo lugar, como un factor importante en la producción sistemática de ideologías que legitiman el papel de las instancias que interviénen y, por lo tanto,

las relaciones de poder implicadas entre estas instancias y los grupos

beneficiados. 1 8 Es más, un análisis crítico debe evitar la teÍltación de usar los es- tudios de evaluación sólo para denunciar las metas incumplidas de políticas particulares. Una crítica que de manera específica se enfoca en las ~~fallas" producidas está fuera de lugar. Con poca frecuencia la ~'falla" es una razón (quizá es uno de los pretextos) para detener una política de intervención particular. De manera normal las "fallas"

son el punto de partida para la elaboración de la siguiente ronda de

intervenciones. Incluso se podría defender que cierto grado de "falla" es estratégico en la reproducción de la intervención misma. Los esque- mas de irrigación, los programas de desarrollo rural integrado, o los programas de extensión pueden de hecho continuar por decenios, ya que cada cuatro a:ilos (o el lapso planeado para la evaluación perió- dica) puede concluirse que las metas establecidas "todavía'' no se han alcanzado, o que han surgido ''nuevos problemas", como la salinidad,

o un descenso de la demanda de productos particulares (véase Bolhuis y Van der Ploeg, 1985:322).

Como los últimos ejemplos subrayan, la intervención es un gran ne- gocio, no sólo para las empresas y consultorías, sino también para las instancias gubernamentales o las ONG involucradas. Para todas éstas, el "desarrollo" es una mercancía con un valor de cambio calculable que reproduce y legitima prácticas e intereses de intervenciones parti- culares. Por consiguiente, las reglas del juego llamadas "evaluación"

son condicionadas más por los intereses sociales de los involucrados

en la fabricación, promoción, venta y utilización de esta mercancía particular que por las funciones que se asume que cumplirían en el modelo de intervención.

111 Como argumenta Quarles van Ufford (1988), es crucial para asegurar la entra- da de dinero para las instancias de desarrollo; y puede (como en el caso de los dona- dores holandeses privados) volverse el foco de conflictos intraorganizacionales o entre los diferentes grupos de actores dentro de la organización, a saber, entre los evaluado- res y los trabajadores de escritorio encargados de tomar decisiones de asignación.

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Más allá de los modelos de la política: para teorizar

la intervención planeada

Hasta ahora he defendido la deconstrucción de modelos lineales y cí- clicos de la intervención planeada. Tales modelos y estrategias de in- tervención, sin embargo, están sostenidas (explícita o implícitamente) por suposiciones e interpretaciones teóricas generales. Es tiempo, por lo tanto, de que exprese mis dudas con respecto a estos modelos so- ciológicos generales. No puedo, por cuestiones de espacio, hacer una crítica completa a los marcos analíticos existentes, por lo que limito la exposición a tres áreas cruciales de análisis: el problema del desarro- llo agrario y de la agencia, los procesos de institucionalización, y la concepción del Estado y de la acción estatal.

El desarrollo agrario, heterogeneidad y agencia

La planeación y la intervención tienen como fin el "desarrollo". Por lo menos eso es lo que se afirma y lo que legitima las prácticas de la intervención. Limitando la discusión, por cuestiones de brevedad, al asunto del desarrollo agrario, hay tres elementos esenciales para desarrollar un planteamiento metodológico y teórico que franquea la miopía del análisis actual de la intervención.

En primer lugar, debemos reconocer que el argumento de que la

intervención es la llave para el desarrollo agrario no sólo es falso, sino que también, si consideramos las posibles consecuencias de tal argu- mento, es parte del problema del desarrollo mismo. La mayoría de las teorías dominantes establecen que el desarrollo debe ser ~~induci­ do" (véase, por ejemplo, Hayami y Ruttan [1985] para ahondar en el "cambio técnico e institucional inducido"); es decir, las interven- ciones externas son consideradas necesarias para activar el proceso de desarrollo. Y, aunque es probable que nadie mantendría que no hay desarrollo fuera del dominio de la intervención, hay una opinión generalizada de que el desarrollo "sustancial" o "adecuado" depende críticamente de la intervención; en otros términos, de la introducción de paquetes consistentes en varias mezclas de especialización, capital, tecnología y modos eficaces de organización. El opuesto lógico de esto, claro, es que fuera de este reino del "culto a la cargan hay '"ignoran-

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cia", "'incapacidad", "recursos escasos", formas "atrasadas" de tec- nología y escasez de poder; es decir, los mismos rasgos reproducidos normalmente mediante las técnicas del etiquetamiento delineadas an-

tes, y que se deben combatir sobre todo durante las fases iniciales de

la intervención.

Incluso un somero examen de los textos de historia agraria, econo- mía y sociología mostraría de manera resolutoria que la mayor parte de la evidencia se contrapone a esta visión dicotómica. El desarrollo agrario no se limita a las prácticas de la intervención. Está en potencia en todas partes, y donde no se manifiesta a sí mismo como un proce- so más o menos autónomo, diversificado y dinámico, es probable que ello se deba a que se le ha impedido u obstruido de alguna manera; y uno de los mecanismos por lo que esto ocurre (y aquí entramos en el problema real) es mediante la intervención misma. Así, detrás de la afirmación de que la intervención es el gatillo o la fuerza impulsora del desarrollo está el hecho de que la mayoría de las veces las prácticas de intervención aspiran a controlar el modelo de desarrollo económico y político local. Las políticas de intervención aspiran a alinear las dinámicas de la iniciativa local con los intereses y perspectivas de las autoridades públicas, y reproducir la imagen del Estado (o sus instancias) como la llave del desarrollo: Este intento de aumentar el control externo pue- de afectar la efectividad y el significando otorgado a las actividades locales de desarrollo. Sobre todo cuando el establecimiento de nuevas formas de control consisten en externalizar partes particulares del proceso de trabajo agropecuario a instancias externas (el mercado),

o cuando una cientificación masiva y abrupta de la agricultura está

involucrada, el efecto global bien podría volverse un obstáculo mayor al desarrollo localmente estimulado. De hecho hay muchas evidencias históricas de que una reducción en el control de las autoridades cen- trales con frecuencia lleva a una súbita revitalización de las activida- des locales de desarrollo. Por ejemplo, Samaniego (1978) documenta cómo la emergencia del finquero independiente en la Sierra Central del Perú a principios del siglo XX fue estimulada por el desarrollo de nuevas formas de control político y jurisdicción locales vis a vis los centros dominantes de poder localizados en los pueblos de la región. Spahr van der Hoek y Postma (1952) ofrecen una documentación si- milar de la historia agraria de Friesland, en los Países Bajos, enfocán-

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dose en el impacto de las luchas de los agricultores por "la plenitud del poder" dentro de sus organizaciones; y Hayami y Ruttan (1985) de igual modo ligan el desarrollo agrícola japonés a las varias iniciativas locales. Esto se vincula al segundo punto. Como he argumentado en otra parte, "el desarrollo agrícola tiene múltiples facetas, es complejo y a menudo contradictorio en su naturaleza. Involucra diferentes series de fuerzas sociales originadas en arenas internacionales, nacionales, regionales y locales. La interacción de estas fuerzas genera formas es- pecíficas, direcciones y ritmos del cambio agrícola" (Long y Van der Ploeg, 1988:37). La heterogeneidad es de hecho un rasgo estructural del desarrollo agrario. Esta heterogeneidad no surge por casualidad ni

se puede fácilmente maquinar. Más bien es resultado de un desarrollo

que se diseña y lleva a cabo desde "abajo" en el seno de una diversidad de escenarios locales (Van der Ploeg, 1986). Esta fabricación de cuer- pos de conocimiento local, que resultan de la traducción detallada y mediada socialmente de recursos locales, limitaciones y condiciones en acción, es fundamental para esta producción y reproducción de la heterogeneidad. Las intervenciones planeadas en el exterior que fun- cionan con soluciones estandarizadas no pueden construir de un modo eficaz sobre el conocimiento y las experiencias locales. Así, al final, po- seen muy poco control sobre estas heterogéneas situaciones locales. El tercer punto importante es que el estudio de la intervención

debe estar inserto en una comprensión de los contextos más amplios y

crecientemente globales y al hacerlo, incluir tanto las tendencias domi- nantes de desarrollo como sus contratendencias (una exposición recien- te de la importancia de las contratendencias se encuentra en Arce y Long, 2000). Dependiendo de las circunstancias, actores específicos

y organizaciones pueden estimularse con intervenciones particulares; mientras que otros pueden encontrar sus intereses y estrategias im- pedidas o del todo bloqueadas. Es importante, por lo tanto, explo- rar los efectos de intervenciones de proyectos particulares, no sólo sobre los grupos "blanco" y otras partes interesadas, sino también, de manera más amplia, en los vecinos y actores localizados en regiones fronterizas a la zona del proyecto, en sus modos de sustento y sus ins- tituciones. Es decir, necesitamos identificar los patrones específicos de interacción y acomodación que tienen lugar entre los diferente actores (individual y colectivos) y analizar las maneras en que sus historias

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particulares, memorias colectivas y concepciones espacio-temporales forjan la recepción y los resultados de medidas políticas particulares. Tales estudios difieren de los procedimientos estandarizados de eva- luación de proyectos. En tanto que estos últimos abordan la engañosa pregunta de si se han alcanzado las metas originales, los estudios de impacto social visualizan la dinámica de intervención como un con- junto de prácticas sociales que surgen del entrelazamiento de las es- trategias e intencionalidades de los actores (véase también O!ivier de Sardan, 1995:173-175). Necesitamos ampliar el alcance de los estudios para examinar las consecuencias que han tenido ciertas intervencio- nes en los modos de desarrollo y organización "autónomos" o '~endóge­ nos" previamente existentes (véase Long, 1984b; Cernea, 1985; Long

y Van der Ploeg, 1994).

Las estructuras agrarias y los procesos de institucionalización

Es necesario algún concepto de "estructura agraria" para identificar

y clasificar los tipos de patrones de desarrollo agrícola, las formas de

interacción entre diferentes actores sociales (agrarios y no agrarios), así como la intersección de marcos institucionales y arenas económicas y políticas contrastantes. Al respecto es crucial examinar las unidades operativas o administrativas relevantes y los patrones de asignación, intercambio y comunicación de recursos que los entrelazan. No sólo tengo en mente aquí las unidades de producción (como el hogar cam- pesino, la cooperativa, la hacienda o la plantación), sino también las instituciones que s~ entrelazan con ellas por medio de las divisiones sociales del trabajo existentes (Benvenuti, 1987). De esta manera, las unidades de producción están articuladas a otras instituciones y mer- cados mediante una red de comercialización, así como por relaciones técnico-administrativas que tienen gran influencia en la organización del proceso de trabajo del rancho o de la finca (Van der Ploeg, 1986, 1990). Con hase en tal planteamiento, la noción de estructura agraria puede ser operada como compuesta por un conjunto de agencias huma- nas entrelazadas involucradas en ''la negociación cotidiana sobre de- finición y ejecución de roles por parte de los agricultores" (Benvenuti, 1985:225) y formando parte de una constelación regional que, siguien- do a Long y Roberts (1984), se podría llamar "un sistema regionalizado

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de producción". Esto último es una forma abreviada de nombrar el complicado sistema de capital, trabajo y lazos sociopolíticos que se desarrolla históricamente entre los varios sectores económicos y acti- vidades y entre las clases sociales y grupos engendrados por ellos. Este sistema de lazos es dinámico y no sólo está determinado por las acciones

de un sector dominante. Está siendo remodelado constantemente por los forcejeos entre los diferentes individuos y grupos sociales, y, por su- puesto, es afectado por fuerzas foráneas (eJ. Long, 1984a:l75-177). Sólo de esta manera puede evitarse la reificación implícita en las defi- niciones convencionales de estructura agraria. Si adoptamos este enfoque del actor para el análisis de los pro- cesos de intervención, identificando los tipos de arenas, forcejeos en las interfaces, negociaciones y transformaciones que tienen lugar, es evidente que los actores involucrados, sus identidades y sus intereses subjetivos y perspectivas deben ser considerados independientemente de la retórica de la intervención. Al hacer esto, es claro que diferi- mos de las teorías de la modernización y la marxista, ya que ambas

"integración" o 44 Sumisión"

del mundo rural y sus actores dentro de la estructura global del capi-

talismo. De hecho, hay una convergencia notable entre ambas escue-

las de pensamiento (véase Vandergeest,1988; y Long y Van der Ploeg, 1988). En ambos hay una reificación y prevalencia de las tendencias centralistas y deterministas, lo cual oscurece la naturaleza y potencial de las estrategias y respuestas individuales y colectivas (Long, 1984a

se encaminan hacia el entendimiento de la

y 1988).

El hecho de enfocar la estructura agraria desde una perspectiva

del actor permite el reconocimiento de la mercantilización y la incor- poración institucional (o burocratización) como tendencias básicas en

la historia rural contemporánea, sin atribuirles efectos deterministas

(que, entre otras cosas, representan a los agricultores y otros actores en la arena local como cada vez con menor poder). Desde la perspec- tiva del actor, la mercantilización y la institucionalización sólo tienen consecuencias reales a través del significado atribuido por actores es- pecíficos (incluyendo no sólo a los agricultores, sino también a otros, tales como comerciantes, burócratas y políticos). La integración en nuevos mercados o la introducción de una nueva tecnología sólo pue- flen mediarse y traducirse por estrategias e interpretaciones específi- cas de los actores involucrados; no se trata de procesos incorpóreos.

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Una consecuencia adicional es el surgimiento de ciertas. formas de heterogeneidad como acompañamiento de la mercantilización e insti- tucionalización, que requieren ser teorizadas. No es suficiente, como sugiere Bernstein (1986:19), abordar la heterogeneidad sólo como una materia de diversidad empírica. Esto implica que tales tendencias no necesariamente minan las re- laciones de poder dentro de la situación local ni eliminan el papel ac- tivo de los agricultores involucrados. Lo que de ellas resulta es un giro en la base de las relaciones de poder y un cambio en las definiciones de los papeles de los agricultores y sus interrelaciones. Al mismo tiempo, la mercantilización y la institucionalización crecientes a menudo pro- ducen la emergencia de nuevas discontinuidades estructurales, y la creación de nuevos puntos de apalancamiento y espacio para manio- brar que pueden llegar a ser cruciales en la interacción con las varias instancias interventoras (Long, 1989). Por supuesto, los asuntos anteriores se relacionan directamente con la intervención planeada. Las prácticas de la intervención a me- nudo producen aumentos repentinos y masivos de mercantilización e institucionalización, y estos procesos con frecuencia son vistos como los velúculos primarios del desarrollo. 19 Pero aun así, uno no puede deducir que los actores locales sólo son "expropiados" y reducidos a una carencia de poder. Mientras las tendencias hacia tales formas de expropiación podrían ser fuertes, en la misma arena encontraremos ciertas contratendencias de las que emergerán nuevos puntos de con- trapeso y nuevas relaciones de poder. Ya he descrito las prácticas de la intervención como forcejeos políticos por el acceso y la distribución de ciertos recursos decisivos y, sobre todo, como forcejeos normativos por la definición de desarrollo y el papel de los diferentes actores. Todos estos procesos serían de lo más significativos, si la mercantiliza- ción y la instituciof!alización constituyesen componentes importantes de las prácticas de intervención. Así, en lugar de eliminar los forcejeos sociales y normativos, es probable que las prácticas de la intervención

19 '"El desarrollo rural se interesa en la modernización y monetización de la so- ciedad rural, y con su transición del aislamiento tradicional a la integración con la econonúa nacional (Banco Mundial, 1975:3, las cursivas son mias). Con base en es- tas propuestas muchas instancias interventoras fueron designadas de hecho como las fuerzas impulsoras del mercantilismo (es decir,la monetización) y la institucionaliza- ción (es decir,la integración).

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los radicalicen, y así se introduzcan nuevas discontinuidades y lleven a las confrontaciones entre intereses y valores discrepantes.

Las imágenes y las interpretaciones teóricas del Estado

Un asunto crítico final que sostiene mucho del pensamiento interven- cionista es la concepción del Estado. Aquí podemos distinguir varias i.;tterpretaciones. 20 La primera es el llamado modelo de "la lógica del capital" basado en las teorías marxistas del desarrollo que interpretan las acciones del Estado capitalista en términos de los imperativos y la

"lógica" intrínseca del desarrollo capitalista (De Janvry, 1981). Éste

enfatiza la manera en que las instituciones estatales y quienes susten- tan el poder estatal funcionan para asegurar la supervivencia a largo plazo de formas capitalistas de acumulación, salvaguardando así los intereses de la clase dominante o la alianza de clase. Este proceso se

complica por el hecho de que la acumulación de capital en la escala

global está sujeta a crisis periódicas que requieren medidas correc-

tivas por el Estado. El Estado también puede instituir políticas que

tienen consecuencias negativas para ciertos segmentos de la clase do- minante o la alianza de clase, y que ofrecen concesiones a grupos su- bordinados tales como productores campesinos u obreros. Es en tales coyunturas históricas cuando se dice que el Estado adquiere en cierta medida acción independiente o "autonomía relativa" vis a vis la clase dominante, aunque al final el "poder objetivo del capital" y el apun- talamiento del sistema obren en beneficio de los intereses capitalistas,

nacionales y extranjeros. Un problema no resuelto en esta linea de razonamiento es la ~~au­

tonomía estatal" (véase Hamilton, 1982:8-13; y Skocpol, 1985). Dado

que el análisis se dirige a revelar la estructura subyacente Ylas leyes del capitalismo, se dificulta, en términos teóricos generales, el permi- tir espacio para la acción independiente del Estado (y sus instituciones y organizaciones asociadas), si por esto queremos decir acción contra los intereses de la clase capitalista dominante, que al final derivarían en cambios fundament~les en el modo capitalista de producción exis-

20 Hill (1993: 47-152) proporciona una revisión sucinta de las teorías del Estado y la burocracia por medio de textos escogidos.

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