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Una extraña experiencia

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Published by: Luis Alberto Tercero Silva on Dec 18, 2013
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12/18/2013

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Una extraña experiencia

A Jorge Chen Sham

Después de caminar por horas durante varios días buscando alojamiento, veo un letrero en la puerta de una casa de dos pisos que dice: SE ALQUILA UN CUARTO. Hago memoria: ya había pasado por aquí y no miré esta casa. Imagino que se me escapó por buscar tanto, o a lo mejor el aviso lo pusieron hoy. Pagar un hostal resulta caro para mi bolsillo. Animado, toco el timbre y abre una anciana. Le pregunto por el cuarto. Por toda respuesta, con la mano me indica que la siga. Es un lugar sombrío, por decirlo así. Su arquitectura es diferente, nada parecido a lo que he visto en esta ciudad. Me doy cuenta de que además de tener cerradas puertas y ventanas, las cubren con cortinas pardas y gruesas. Pero curiosamente no hay calor, y en esta ciudad es sofocante. Cruzo el pasillo y entro a un pequeño salón. La anciana me señala un sofá y entiendo que me quiere decir que me siente. Lo hago y observo que el recibidor se comunica por medio de un arco a una gran sala arreglada con muebles pesados, tapizados de brocado. Hay mesitas redondas vestidas de seda con flecos, distintos tipos de asientos con tapices rojo, verde y azul, cojines bordados, estatuillas, alfombras, lámparas de mesa con cuentas de cristal, jarrones orientales, flores secas, espejo ovalado con marco dorado, libros, candelabros… Después de poner atención casi a toda la enorme sala, donde además descuella al centro del cielo raso tallado, una inmensa lámpara de algún cristal caro, pongo atención al recibidor donde me encuentro.

Aún no he terminado mis observaciones. No se aprecia por fuera. No puedo definir si es afirmación. si no me equivoco. Contemplo esa otra rareza. o qué. No hay. por eso busco un cuarto que no sea costoso. Una lámpara de pantalla ilumina tanto la estancia donde estoy. ―¿Cuánto puede pagar? . escritorio. Abre la pesada puerta del primer cuarto a la derecha. como si hiciera un esfuerzo sobrehumano para hablar. Pienso en lo enorme que debe ser la casa. Voy a estudiar en la universidad. En la penumbra no puedo percibir su rostro. pregunta. ―Desea el joven alquilar el cuarto. se me esfuma la esperanza de ser inquilino de tan excepcional residencia. Sentada en una butaca de brocado rojo está una mujer. El ambiente es igual: tres de sus paredes verde olivo. cortinaje en las dos ventanas. mucho menos con el poco dinero que mis padres me han dado. cubriendo sus piernas hasta el piso como si hubiera frío. No creo que pueda… es más. cuadros. como el resto. Al lado hay una mesita redonda de madera con incrustaciones de concha nácar. ―Hace unos días vine del interior del país. Está con una colcha sobre las rodillas. cuando regresa la anciana y me indica otra vez con la mano que la siga. La voz de acento. Sobre la cómoda hay tres frascos azules. español peninsular. es imposible que pueda costear algo asi. pero tampoco calor. Vamos por un pasillo ancho. suena lejos... cómoda contra la pared azul difuminado. asientos tapizados. Por eso. un sillón tapizado en blanco y una alfombra oriental.Es tan mullido el sofá que estoy hundido. nunca vista por mí.

tomando en cuenta la suntuosidad de. Reconozco que me estoy propasando al no pagar el justo valor. y ahora esta anciana ha quedado sola. Pero si casi ni me vio en semejante oscurana. ―Precisamente eso que usted tiene presupuestado para su cuarto. y le explico sin decir ni una cifra. Me pregunto si tendrá algún familiar. Voy a sacar mis cuentas. si nunca dije cifra alguna. De todas formas. y comprometerme a una exacta. con su enorme casa arreglada como castillo y con dinero en la caja fuerte para que no le importe la renta que va a devengar. Seguramente es de esas familias que tuvieron mucho dinero. debo llamarla mansión. Todo me está saliendo como anillo al dedo. Qué interesante. es lo que vale el que estoy alquilando. casi justificando mi pretensión de ser su inquilino: ―Mi exiguo presupuesto me tiene que dar para alojamiento. entra la anciana que me abrió la puerta y como si supiera que ya soy inquilino. Y ni siquiera yo sé cuál es el justo valor. ni el que. o manda una tarjeta siquiera. aunque el anillo me queda muy grande.Recalca “puede”. libros. bueno. Inmediatamente se abre la puerta. o le caí bien. que siempre será irrisorio. todo lo concerniente a un estudiante de escasos recursos. para qué especular más. no lo que pueda recibir. creo que soy el beneficiado en esta transacción. o seguramente verá en mí a algún nieto que vive en Europa y jamás la llama. digamos propuse. . No me da tiempo ni siquiera de expresar mi asombro. para no fallarle ni a ella ni a mí. fotocopias. supongo que la soledad motiva este “arreglo”. Es suyo. Bueno. Me dejo llevar porque me conviene la situación. pero con enormes deseos de superación. me conduce escalera arriba a un cuarto.

Podré estudiar y leer tranquilo. y quizás… ¡Eso sería un milagro! Cuando cierra tras de sí. Recuerdo que una vez soñé algo así. Cuando la anciana me mira buscarlas. El cuarto es espacioso. otra de agua. Superó mis expectativas. con espejo de vidrio cortado. Es la anciana. activa un ventilador de techo que refresca el cuarto. pero pienso de inmediato que es casualidad. hermoso aparador con candelabros de plata. Sea puntual ―dice con acento y sale. y curiosamente. más bien el clima es agradable. con mobiliario que hace juego con la casa estilo Victoriano. ―La cena se sirve a las seis de la tarde. Curiosamente las cortinas igual de oscuras y pesadas que en la otra habitación. No siento calor. Tal parece que la anciana sabe a qué hora entrar. Levanto la tapa y veo servida una carne con salsa de hongos y puré. un vaso de leche tibia que suelo tomar antes de acostarme. y la araña del techo con luces de cristal. Estoy confundido. mi alegría es inmensa por haber logrado ubicarme de forma insospechada pero excelente. Antes de salir enciende las lámparas de un escritorio y una mesa de noche. Bajamos por la misma escalera. caminamos por un pasillo hasta llegar a un comedor amplio. Con el gesto de su mano indica que me siente en la cabecera. . No sabía que el precio incluía cena. Hay un solo lugar servido en la mesa de doce sillas.El cuarto es como todos los que he visto. Hay silencio. un bodegón tan lindo que imagino es de algún pintor famoso. pues llega cuando termino el último trago de leche. y el lugar me resulta placentero. Hay una copa de vino tinto. simulan ventanas. A las seis menos cinco golpean mi puerta.

Sentí como si viviera en otra dimensión. salgo con mis compañeros a la disco. Doy gracias a Dios. Sé que se llama Juana porque me atreví a preguntarle su nombre. Dentro de todo lo bueno. aunque no preguntó por el mío. sin reproche alguno. sucede siempre en la misma fecha. Todo es extraño en mi mundo al atravesar el umbral. Es como si así debería ser y estar. No insistí. A la mañana siguiente me atreví a preguntar a Juana y por toda respuesta me dio la espalda. radio ni teléfono. no he visto empleadas de servicio. Curioso. Me lavan y planchan la ropa. al mar o donde mi familia. Saldré a divertirme cuando me aburra. hay algo que me intriga de esta casa: nunca he conversado con la dueña. bares. A mis padres les cuento y están felices de que me sienta bien en ese lugar. pero la casa vive en perfecto orden y aseo. tan acostumbrado al silencio. a pueblos cercanos. A nadie invito para no romper el sortilegio con que me ha favorecido el destino. No me importa vivir con dos ancianas.En la cama pienso en mi fortuna. Nada comunica al exterior excepto la puerta hacia la calle. La primera vez no pude dormir. pero cuando llego a la casa siempre es como un déjà vu. Al regresar siempre me abre la puerta la misma anciana. No hay televisión. . Los años han ido pasando y se acerca mi graduación. Ahí todo es igual. Yo estoy fuera todo el día por mis clases y actividades extracurriculares. Jamás nada desagradable. Tengo comida y techo. me fue imposible conciliar el sueño. Hay otra cosa que me inquieta: el sonido de una máquina de escribir que rompe el silencio de la noche cada 15 de marzo. El tiempo pasa sin problemas. Cuando quiero. que parece castillo.

Ella en cambio me da permiso para develar… ¿qué? No veo las horas de que suceda. Llega el día. La puerta está sin llave. que dice: Se acerca tu graduación. a diferencia de los demás. camino despacio. Las tinieblas son tan espesas que me asfixian. que serán casi las dos de la madrugada. está vacío: paredes desnudas sin ventanas ni cortinajes simuladores. No me reprocha que no la haya invitado a mi graduación. Hasta hoy vuelvo a entrar a ese cuarto desde hace cinco años. Escudriño los rincones achicando los ojos para ver si me ha engañado el licor que tomé durante la celebración. pone un punto y saca el papel del rodillo. Lo deja caer y desaparece. Hago acopio de valor y salgo apurado. Jadeo. le comienzo a expresar mi gratitud por lo que ha hecho por mí.La señora me manda a llamar. Lo levanto y se apaga la luz. No estoy tan entusiasmado por mi graduación como por conocer el misterio. Nada. El cuarto. La máquina está sola en el cuarto y el papel en el suelo. Tiene todos los méritos. Ella me corta con el gesto de su mano. Desconcertado por lo que ocurre ante mis ojos. Antes de que hable. Tiemblo. Por fin escucho de nuevo esa voz forzada y peninsular. Será el propio día en que por la noche escuchas la máquina de escribir en el cuarto contiguo al tuyo. Frente a ella veo sentado a un viejo con vestimenta antigua. Pero no me atreví a hacerlo. tienes permiso de entrar ahí. Cuando me escucha entrar. A la hora que vengas de la ceremonia. Una mesa pequeña con una máquina de escribir antigua son iluminadas por un foco como de teatro. Me escapo de la recepción en cuanto me es posible y corro a la casa directo al cuarto. mirando para todos lados me parece que estoy flotando. Me dirijo .

Me encuentro solo. Estoy por primera vez espantado. Me estremezco. como el escrito absurdo. Salgo a la calle despavorido. Me siento agotado. En mi mano derecha tengo un papel en blanco. y en la otra. gente que va y viene. voy al cuarto de la mujer para pedir alguna explicación. las luces. No está. Sudo y con los ojos desorbitados me doy cuenta de que afuera todo está igual: la calle. sin saber qué hacer. En el papel está escrito: Soy tu abuelo. el ruido nocturno. Todo es normal en la ciudad esa madrugada. Mi voz suena como eco en el silencio. mi título de abogado. Salgo desesperado. Barcelona. Estoy solo con mi miedo. Y firma: Juan Bautista Ayala. ¡La casa desapareció! En su lugar hay una gran pared de piedra. . pero no está. Nadie. el tráfico. 15 de Marzo de 1868. Se encienden las luces. Me atrevo a llamar a Juana. No está. Mi desasosiego es tan inmenso como la casa.hacia mi habitación. Mi corazón late acelerado. Volteo para entrar de nuevo a la casa y descansar. paralizado. Esta casa es tuya. Debo esclarecer cuanto me acontece.

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