La impureza

Ernesto Mejía

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La impureza
Ernesto Mejía Sánchez

La poesía
A Pablo, en el pecho

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Este desasosiego, esta palabra que desde el corazón me llega y se detiene en mis labios, no es nuevo en mí, sino que permanece, vive desde cuando mis padres en amorosa lucha concretaron la carne de la muerte para darme al mundo; y me crece como un mar en el pecho, siempre cambiante, furioso y sin consuelo. Ha de llegar un día en que tanto afán madure y se desangre, y esa ignorada palabra detenida en mis labios rompía el aire como un canto y me haga feliz y duradero el nombre.

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Le pusimos cadenas, la libertamos con solo nombrarla. Infeliz, para este ritual suplicio la elegimos. La hicimos inmortal, le dimos eterna muerte encadenada a un nombre no escrito. Que no sacrificara, inaccesible, porque le dieran muerte en una sola noche, o por borrar un nombre por no escrito implacable; virgen, peor que virgen, que porque el mismo cielo le cobrara
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rencor y le lanzara un rayo de funesta, perecedera memoria. El gozo inmerecido es mas temible que el mas injusto castigo. Ya no puede morir aunque quiera morir. Su miseria esta en pie, alta, definitivamente como los ángeles.

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Más que a mí la aborrezco. Hinco los dedos en la espalda del leopardo y me lame las manos. Intento la bondad (de suyo menos bella) y la cree humillación, y da zarpazos. No encuentro el punto donde pueda ofenderla o apaciguar su furia. Humillada, soberbia, amante, rencorosa, desnuda la inundo, y de nuevo el amor vence todo aborrecimiento.

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Si la azucena es vil en su pureza y oculta la virtud del asesino, si el veneno sutil es el camino para lograr exacta la belleza;

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engaño pues mi amor con la nobleza y confundo lo ruin con lo divino, hago de la cordura desatino, de la sola mentira mi certeza. Nadie sale triunfante en la batalla, ni angélica promesa en que me escudo ni humana condición que me amuralla. Contra toda verdad he de quererte, equilibrio infernal. Nací desnudo: sólo contigo venceré a la muerte.

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El solitario
El solitario es sabio en predicciones; en sueños, en secretas palabras. Es de arena el corazón del solitario: se humedece con la lluvia. El solitario no padece recuerdos: construye el pasado con el futuro. Reloj de arena es su corazón. El solitario ha creado el amor a su imagen y semejanza. El solitario no hace comparaciones. El solitario se echa con la muerte y se levanta viudo. Por las noches se purifica. En limpias, profundísimas aguas se sumerge. El solitario no conoce la soledad: el mundo lo acompaña.

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Los ojos deseados
Me están mirando. Me desnudan, me cubren, me desnudan con insistente, indeleble pureza. Obstinada, definitivamente me están mirando. Ya no puedo con ellos, ya no puedo sin ellos. Ya no sé, ya no sé quién me mira. Yo mismo soy mis ojos que me estoy mirando. Soy quien me está mirando; y no sé quién soy. Inevitables, incesantes, internos, durísimos ojos me están dando la muerte. Certeros, violentos me están mirando desde mí. Estoy en ellos, soy de ellos. Perenne, perpetuamente, para siempre me están mirando. Soy quien me está mirando: Invulnerable, ya no puedo morir.

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Los dioses
Caricias no esperadas, regalos que el azar del amor ofrece a sus fieles servidores, pasiones las mas limpias y nunca duraderas, en los ojos de alguien sin sentido y oscuro. Desvelos de otros hombres y mujeres lascivos, toda la maravilla que el cuerpo me depara, el orgullo, el beso de la amante, las lenguas que el divino creador ha saboreado, por indelebles ojos hacia mí dirigidos: Alguien que no soy yo me rodea y me nombra. Huyo como Caín. La mirada de fuego se ha posado en mis hombros. Y quiero, y no, morir sin conocerla.

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Los labios
Labios, carnosos labios sorbidos sin pasión y desnudos, otros cubiertos por el dorado vello del inocente durazno, otros duros y fríos, delgados y metálicos, filos de la caricia en la lengua del niño, labios de la mujer que muerde la moneda, labios del vino y su falsa alegría, labios del mundo, labios endemoniados los labios de la carne. Los del silencio, sin un beso en los labios. Labios de la oración, quemados por el ángel. Y los que no conozco, sin borde ni contacto, los labios del amor en la noche encendida (ella besa los labios sangrientos de su hijo), labios de la ardiente bondad de mi señora, labios prometidos de sedienta dulzura, los de la gracia que hiere la impureza, los labios del cántico de la virgen.

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La mariposa
Todo perdón me niego. No quiero soledad ni compañía. Estoy haciendo cálculos para encontrar mi furia. Esté solo con ella a solas y que reviente el mundo. La mariposa atornillada al muro por unos ojos inagotables.

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La cruz
Infame cruz me están labrando sin saber mi estatura. Si grande soy la hacen pequeña para quebrantarme los huesos; si pequeño, altísima para descoyuntarme. Yo mismo soy la cruz, soy mis deseos.

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Isabel
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Isabel, el amor es un crimen. A nadie se lo digas. No me perdonarían que te quisiese tanto como para decírtelo. Estamos en lo cierto. Tu lo sabes también. (El amor es un crimen). Isabel, es un crimen. Pero, a nadie se lo digas; harías que se cumplieran mis palabras.

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Isabel no me ama. Busca a su padre en mi figura o me le antojo el hijo de su carne, pero nunca su amante. Desconfía hasta de mis dientes (mesurados en el ejercicio de sangrarla). Debo pues desollarla, cubrirme con su piel para que sepa que estoy dentro de sí más que su propio hijo. Soy mi padre, soy mi hijo de ella.

3
No puedo sin ti reconocerme. Contra tu espejo me siento descubierto, libre. Contra lo establecido, lo inútil, y lo
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temerario pongo tu corazón para con él pesarme. Aliviado del mío quiero morir, amor, como el monarca, con la mano de Dios en el costado.

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El río
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En una tarde cruel contemplaba su rostro. Me iluminaba contemplándolo. ¿Su rostro o mi contemplación me iluminaban? Ésta será por siempre mi pregunta.

2
Entre lo incesante y lo discontinuo, entre lo inmutable y lo pasajero, permanezco. Entre una luna opaca y un corazón que tiembla, entre una verdad que hiere y una mentira que satisface, ahí es donde perpetuamente oscilante, verdadero encuentro mi ser ahora. No es verdad que no pueda estar alegre —¿no se hizo el mundo para mi boca? Pero me quedo donde la entusiasmada, enloquecida palabra de este mundo reina, y me desdigo, y pierdo.

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Noche de soledad la que dice mi nombre, la que dice verdad, la que no muere, la que se cansa en vano al consentir el beso de otros ojos. La que al igual que el aire escoge de la luz la luz más ciega. Que no consiste la pasión en ese hielo fugaz que atestiguaste, sino en esto de estar aquí pasando la oscuridad entre los dedos, tejiendo su contextura de pureza, evadiendo la luz (que no la dañe): consecutiva, inmanente soledad de mi ceniza que pasa y pasa y pasa y nunca deja de pasar.

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Epitalamio
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Ángel de las tinieblas, amigo de la nocturna violencia, no me dejes decir que otra mejor, desconocida, abre la puerta sin tocarla, se anuncia sin decirlo; hazme llorar primero. La felicidad me hace pequeño. Ahí donde su mano se levanta nace la luz: no me dejes perderla; hazme llorar primero. Nada purifica tanto como llorar. Apágame los ojos.

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De noche, muchos años, me seguía de cerca, hacía círculos: regresaba su vuelo hasta mi espalda para luego posarse, fuego de oro sobre sus cabellos, el gozo de las lágrimas. Daba tregua al amor, cuidaba el aire, no movía la luz que sosegada —ancla de sus púpilas— era ciega. De sueño en sueño vivo. Da su nobleza el labio y su falsa ternura amarga el despertar de la paloma. Sueño

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que sueño un sueño y alguien dice que espero. De noche, muchos años…

3
La mordedura de las uvas menudas en el lecho, el calor que guardan en su lado contrario las almohadas, el cabello de Ester, dan cuerpo a mis delirios. Elfos que sitian lo indispensable de mi alegría, mi cuerpo enemigo del bien, los desvelos del rey, la ignorancia de la virgen, son los sueños que el mundo puso en el corazón del escogido. Dijo uno que amo: El corazón de la mujer está cerrado. Innoble, como siempre, el hombre, mintiendo su verdad con las primeras palabras que se le vienen a la boca.

4
Este día me he levantado temprano, al rayar el alba. Ester, la prometida, mira el agua. Labios, no por ignorados siempre vírgenes, copa sin bordes, agua que mira Ester, me hacen llorar de nuevo. La felicidad
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me hace pequeño; mas aquí están las uvas, los desvelos del rey, colmados en el corazón del escogido. Ester, la salvadora de mi pueblo, despierta sueña todo lo que soñé contra la muerte.

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Pavana
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Ya nunca tendré doce ni trece ni catorce (años los más felices de su pelo) ni seré virgen ni madre de muñecas —dicen que dijo al borde de la tumba, al borde de su lecho. Digo que dicen porque no la oí. ¿Por qué no la oí? Ya nunca la oiré. Nunca la oí. Yo no tuve la culpa de soñarte. Esto no es epitafio ni elegía. Ella dice a veces las palabras que yo mismo le pongo al filo de los labios. Yo también hablo en ellas. Si recorro los días, la tierra que pisó, ahí estará mi huella confundida, levantándose, creciendo como la suya del lado de la muerte.

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Pero más que nosotros aquí canta el viento de azahares que nos ciñó los huesos, la carne pura. Canta aquí, se arremolina, el humo del tabaco que inventamos contra la vigilancia familiar. El llanto de una noche no era amor por no dormir junto
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a tu pecho, por no velar tu sueño con alevosos pensamientos. A la orilla de estos lamentables compases puedo ver con claridad meridiana, cómo se nublan, cómo se niegan, decaen, los años más felices de tu pelo.

3
No conocía el mar; ella tan sólo. Ella tan sólo creciendo, agigantando el mar de abril bajo la luna. Limpia, taciturna, deslucida, mejor, también cantan aquí tus novios viudos. Hermana, hermano de tu hermana por mas señas: el pecho de tu madre, el retrato donde aparece llorando. Cómo fantaseamos la vida hasta hacerla así, como queríamos. En verdad, nunca te oí, pero casi te odio por odiar tu muerte. Cómo te dejaste morir. Quebraste el cielo —edad dorada (I was a child and she was a child). No ves que tengo a nadie junto a mí, sólo perezco; y tú que sostenías el más limpio cristal —la vida es un cristal, la quiebras por purísimo gusto. No te perdono el rostro ni el anillo, no te perdono el rostro de la muerte.
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4
No tengo años primeros. Se desploman de súbito al abrirse la carta: Nunca se necesita tu consuelo. Contigo han conspirado para que llegue tarde la noticia. Nunca es tarde si pierdo mis primeros años con tu muerte. Ya nunca tendré doce ni trece ni catorce ni años de bicicleta que cantaban como el poeta ruso su paisaje. No tengo infancia. Se ha muerto mi niñez de un solo golpe. Ya sólo soy ahora; hoy, me llamo. Yo no tuve la culpa de soñarte, dicen que dijo. Podría decir más, pero no quiero que diga sino lo que le ponga al borde de los labios.

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Es la última vez que escribo de memoria porque sin ti ya no la tengo. Esto lo dice el niño, el que aprendió a leer en las arenas. No conocía el mar sino el oleaje de nuestro dulce mar, los dos interiores, el aire que nos ceñía, el ángel que nos llevó de la mano. No me reconozco la voz en este mar de muerte. Alta, creciendo, siempre creciendo, deslucida y creciendo como creciente mar —su vida aparece
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en lo alto para luego caer como la llama, como la tempestad hundida en la borrosa inquietud. Al filo de estos lamentables compases puedo ver todavía cómo luchan, cómo se defienden los años más felices de su pelo. Fue ayer, y nunca habrá mejor ayer, ni nunca, ni mañana. Siquiera el diminutivo persistiera en este pobre afán de hacer bella tu muerte. Pero no me reconozco en este mar. No es mía la virtud. Tan solo puedo ver, después de la tempestad, cómo se niegan, cómo decaen las nubes más felices de tu pelo. Nadie vaya a decir que no te quise.

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El valle
Para Alfonso Reyes, en sus sesenta años.

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Paisaje, costumbre de mis ojos, vengo a ti desde niño, gimiendo pasos, dando tumbos, para al fin poseerte. Ahora, en medio del camino (qué caminos antiguos recorrí para llegarte), recinto del amor que se apoyó en mi pecho, doy cara a tu mortal belleza. Oh canto matinal, feroz encuentro con el pájaro en flor, con la manzana original, con la noche que me hizo temerte. Y nadie hubiera dicho que el temor es cercanía al iniciar la marcha y que el ojo universo colmaría su inconsolable sed. Ya estoy confesando mi segura esperanza y no me atrevo a declarar tu nombre; innoble vocación de retenerte, obstinada pasión de pronunciarte sólo en la hora en que ya no sé de mí. Pero aquí está mi voz; abre la puerta.
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2
Paisaje de la muerte que quise vestir de primavera para darme valor. Valle de lágrimas. Sólo una noche en Áulide, presagio de infortunio, me iluminó tu dicha. Oh mares de la tierra, el amor, arenas dilatadas: el corazón que no quisiste, no lo tengo. Meses con cuyo nombre cubrí mi soledad, regreso pródigo, soy el mismo que canta al descubierto lo que el mundo negó a su cortesía. Calidad de la uva, color mediterráneo, qué fue de mi ternura. Un paisaje sombrío al que el Dios no dio el agua para florecer en las espinas. Pero la sed con sed mayor se colma, y no tengo verdad sino la tuya.

3
Llegué a donde no pudo llegar el que me envió hacia ti. Lo llamaba la muerte. Vamos al reino de la muerte por el camino del amor. (Aquí la hubiera cantado irreprochable). Poderoso don del canto; cómo eleva la innominada virtud. Ahora puedo llamarte, paraíso. Paraíso de piedra
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donde el pino espiritual clava su flecha robando cielo al cielo. Qué Dios terrible envidió tu estatura, hundió su pie en tu orgullo, que ni la muerte muere en tus cenizas. Momia, los pies divinos te conservan. Pirámide del sueño, compara la grandeza original que fue este suelo al que sueñas llegar. Esfuerzo inmóvil, testimonio del día en que las águilas vieron el mundo con ojos de serpiente.

4
No porque viva en el barrio de los ricos, valle de lágrimas, busco en tu cielo cruel otra salida. La salida está en ti, allí doy la batalla, sin mapa, sin Bernal, sin Bernardino, sólo un punto me basta donde pueda contemplar tu miseria. No me hablen de los dioses ni del que vino disfrazado de dios; todo esto muere si no es que el vengativo pie conserva sus gusanos. He visto piedras vivas, muertos vivos, la florecilla azul que el fuego resentido no se atrevió a dañar. Sin embargo, tal vez por eso, altas colinas,
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nubes limpias, el poeta sueña junto a un árbol dormido.

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Recuerdo del amor que fue mi pecho. Expuesto, golondrina egoísta, no regresaba ya, no regresaba. Maria soñaba una garganta pura para mi voz; soñaba una garganta pura. Una carne perfecta unida a mi delicia, incorruptible, decía, hasta la muerte. La que quebrantaría la cabeza. La que hizo pequeño el cielo con sus ojos. Aquí, donde un otoño de grandes árboles desnudos floreció por milagro, feliz tocaba toda la tierra con mis manos. No se apagó mi sed. Contra el otoño decidí mi furiosa palabra, contra el cielo abierto, contra el árbol desnudo. Puerta que yo cerré porque la dicha quiere puertas cerradas, no paisaje. Amor que de la cuna, dorado pecho, subió hasta la noche del infierno; que con las alas que yo mismo le di se hizo invisible. Amor, romanza en prosa —me esperaba tu madre y no me viste. Amor inaccesible, grano de lo que quiero,
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purgatorio. Amor que yo soñé mano segura, camino para toda tiniebla. Palabras que le dije (qué enloquecedora materia brota de la lengua). Alguien que no puedo nombrar murió conmigo. Ahí donde debía aparecer exacta, pronunciada, enmudece. Ahí donde ilusoria se sonreía, y triunfó de los dientes la astucia de la lengua, absorbiéndola inmaculada, calla. No devuelve la luz de las vocales, ni los signos que sueñan enmudecidos de saliva; ahí murió ese elocuente vuelo, se hizo polvo, menos, desgraciada ceniza.

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Incesantemente busca esa palabra que ni el puñal de plata alumbra en la escritura; esa palabra que torturante, si de ella nació, la contenía dolorosa aunque limpia arena de mis ojos. Esa de envenenado hilo que originó mi daño, que mostró sin reparo como la madre mala sus pechos de ponzoña. Por eso digo: Incesante,
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poderosamente búscala, que en la destrucción de la semilla funesta se halla la salvación de la pureza. El otoño ofendido de espeso cielo oscuro la cubrió. Se me escapaba, se me escapó la tierra de las manos. Invierno contemporáneo se agitó castigando la boca inconsolada, la palabra contra alguien dicha. ¿Adónde hinco los dedos, amor, para encontrarla?

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Quién fuera otra vez joven para que el mundo amor le cerrara la puerta; lo dejara en el valle de la muerte de la muerte. Apoyado en su pecho sólo con él estaría. Quién si no yo te mira, valle de lágrimas; ven donde mi corazón te sabe decir que tú, no lo digas, eres tan sólo mi imagen. Así comenzaba una canción silbada apenas.

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Valle, noche oscura, valle de soledad donde mi pueblo espera congregado, gimiente, la confesión de su milagro. Valle, noche de la serpiente, Casandra, Calixta, Melibeo soy enamorado de tu silencio. No puedo vivir sin tu figura, profundísima noche, dura roca, ceniza milenaria, eterna. Échame con mis huesos en tu vientre. Crueles fauces me están haciendo señas. Túmulo imperial para mi nombre unido al tuyo, me pide la señal.

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Por eso vuelvo a ti, costumbre de mis ojos, paisaje donde llegue a parirme. Soledad de la muerte, soledad de ser sólo tuyo, camino para toda tiniebla. Son las mismas palabras, pero a ti te las digo. Extranjero, y en tu propia tierra, águila y serpiente de ti mismo, destierro es pues el purgatorio, no aquel que Dante edificó, divino entusiasta suicida. Aquí estamos
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los dos, eligiendo peligrosos augurios para el pasado, forjando reinos negros, incesantes, perseguidoras delicias. Ya no puedo envidiar: logré tu altura primigenia, y miro el mundo con indelebles ojos de serpiente. Vuelo con alas imperiales y gano la transparencia que soñaba la terquedad de la pirámide. Recuerdo días inútiles desde una ventana, mar altísimo, mar, olas de piedra me bañaban. Recuerdo de la tierra donde puse mi empeño; ahora la contemplo pequeñísima. La gigantesca úlcera puede violar sus hijas o sacarse los ojos; sufre mi pie de fuego y lo acaricia. Lejano esta el amor con a minúscula. El Valle, un valle humilde, celoso de su ruina. El hijo que llevó en sus entrañas no dejará cadáver; limpio, sin nombre familiar, sin apellido, invulnerable arcángel, dará muerte a la muerte, y llegará a su Reino (porque Suyo es el Reino).

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Los dominios

El dios
La posesión, el estremecimiento de su verdad, vuelve en olas antiguas. Embelesa, castiga, dicta las palabras. Si las palomas de tanta mezquindad forman su cielo, que no hará mi corazón para estropear la bondad. Tirano, caricias me tienen preso entre sus uñas, y no logro sosiego, no quiero libertad sino en sus brazos. Grito, lloro, acaricio, llega el dios y me hundo en su aguas milagrosas. Débil lucero, perezco en la tempestad de su pecho. Ensordecedora, baja pasión de la desconocida deidad, rostro sin vocales, injusto, lenguas de fuego, deleitoso, terrible. Ahora, ya, soy el mismo incorregible endiosado, ensimismado, entusiasmada sibila, el poseso, calumniosamente favorecido. Est deus in nobis…

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El rostro de Cordelia
La mesura de su sonrisa vuela en aires ligeros. No porque duerma, sucio, entre su pelo, sueño que sueño el sueño de la vida, el reino de este mundo, el nombre que no digo. Melibea lunar y la ilusa de Elena, Ofelia enloquecida y la bella durmiente prefiguran su rostro. Cómo en su pecho brota la miel, cómo en la boca. Y la curva del vientre, atributo de Diana. Ni Calixto ni el príncipe gozan mejor pecado, ternura sin orillas, rostro de milagro, gracia llena. Es Maria en forma de paloma; niña que me enamora, madre que vela al niño. Lago sin mancha o menoscabo, dulce espejo: Me comparo conmigo, y soy mejor que yo cuando me mira.

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Noche oscura
Trabajamos de noche rompiendo el cielo oscuro, la oscuridad tempestuosa. Igual noche en el pecho, igual silencio: como el del mar apegado a la estrella. Noche que niega el cielo, la noche corporal. La más extraña tierra, la mina impenetrable, nos daría reposo. Emilio, Ernesto, León, Pablo, Jorge, Manuel, Vicente, sufriendo igual su noche; derrotados, venciéndola. El águila de Juan picoteando el vacío. Empeño vano o loco, caricia sin auxilio, cuerpo negado. Todo o más o menos, inexacto, durísimo el deseo; vencido derrotándola. Inexpugnable el reino sufre en la carne el diamante como uña. Tu nombre, poesía de la noche reclusa, sin firma y sin amigo, es la espada en el pecho, beso impune.

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Qui câline et qui ment
No eres tú la poesía, como creyó el poeta enamorado, ni el posesivo dios ni el rostro ni la noche. La poesía innombrable, la que llama y no llega, la que digo precaria, y ensucio con la lengua, la otra santidad, no son la misma. Una prende en la muerte su garra como plata hirviente, mar que se libera al reventar la espuma, olas, vuelos fallidos, horizonte fatuo. Otra es el fuego que quema sin quemarse, aborrece, desnuda, purifica, maltrata; acaricia y engaña. Impureza, o dominio.

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Esta edición para internet de La impureza de Ernesto Mejía Sánchez, se terminó en la Ciudad de México en agosto de 2009. En su composición se utilizaron tipos de la familia Optima.

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