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El joven creyente

El joven creyente

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La fe es el requisito para amar a Jesús y cumplir sus mandamientos. Muchos hombres por descuido la pierden, y no se dan cuenta de que abandonar a Dios es perderse. Sin fe la vida no tiene sentido. La fe nos da fuerza para ser mejores. La fe nos hace realmente libres.
La fe es el requisito para amar a Jesús y cumplir sus mandamientos. Muchos hombres por descuido la pierden, y no se dan cuenta de que abandonar a Dios es perderse. Sin fe la vida no tiene sentido. La fe nos da fuerza para ser mejores. La fe nos hace realmente libres.

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08/02/2015

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Los años de la Universidad han despojado a muchos jóvenes
de su fe. La razón de esto se debe a que los estudios universitarios
abren de continuo a sus ojos nuevos horizontes; una luz nueva se
proyecta sobre sus conocimientos antiguos; tan sólo en sus
conocimientos religiosos es donde hay detención, ya que entre las
asignaturas de la Universidad no figura la religión. ¡Y si no fuera
más que una parada! Pero van olvidando día a día sus
conocimientos de religión, mientras progresan a pasos de gigante
en las demás ciencias.
A la vez, les llegan todos los días ideas que tachan de inútil a
la religión, que enfocan la vida con un criterio que no encaja con
sus creencias. A la vez las pasiones golpean con más osadía las
puertas del corazón: «Comamos y bebamos, porque mañana
moriremos» (Isaías, 22, 13). «¡Tu religión te prescribe una vida
pura, abnegada! ¡Tonterías! ¡No se puede negar el derecho de la
naturaleza!», les gritan al oído. Bastantes jóvenes empiezan a
vacilar y dicen para sus adentros: «Lo que me explicaban en el
colegio sobre la religión era muy hermoso entonces, pero ahora me
parece una idea exagerada; entonces yo no conocía lo que es vivir,
ni mi derecho a gozar. Las prohibiciones de la Iglesia me parecen
tan anticuadas...!»

Son horas difíciles para el joven, horas en que tales
tentaciones levantan su voz. Horas oscuras en que muchos
perdieron todo su haber.
¿Sabes quién pierde todo su caudal? Quien perdió toda su
fortuna, perdió mucho; quien perdió una pierna perdió aún más;
quien perdió su fe lo perdió todo.
Medita el ejemplo típico de Fausto, protagonista de la obra de
Goethe. Fausto pierde la fe; ¿qué hace entonces?
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Primero se entrega a los placeres más desenfrenados e
inmorales. ¿Es feliz, acaso? ¡Oh!, no. Reproches interiores le roen,
un remordimiento amargo le atormenta en cada momento. ¿Cómo
aquieta su alma? Se entrega por completo a trabajos científicos y
artísticos. ¿Es feliz entonces? No. Su alma no puede saciarse.
Entonces se lanza a la actividad febril del mundo moderno: hace
planes, emprende obras, trabaja, crea sin cesar y en esto quiere
encontrar su tranquilidad.
Lo mismo les sucede a muchos hombres de hoy, que no
saben qué necesaria es la fe religiosa. Pasar como un rebaño, con
los ojos clavados en la tierra, sin mirar al cielo; ¿es esto ser feliz?
No. Es dejar de ser hombre. Tiene mucha razón el proverbio ruso:
«Podemos vivir sin padre, podemos vivir sin madre; sin Dios no
podemos vivir.»

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