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John Lewis Gaddis: el historiador que surgió de la guerra fría
Por Xabier Fole

El origen de George F. Kennan: An American Life

En 1946 un largo telegrama llegaba a Estados Unidos desde la embajada de Moscú. En él se advertía de la amenaza que suponía la Unión Soviética para la nación norteamericana. Un año después, la revista Foreign Affairs lo publicaba bajo el seudónimo de Mister X. El autor, desconocido para el gran público pero muy famoso entre los círculos de poder, era un experto en relaciones internacionales y miembro del Departamento de Estado llamado George F. Kennan. Así nacía la famosa estrategia geopolítica conocida como “Contención”. Atrás quedaba la miseria compartida en el horror de una guerra, el dudoso éxito de las Conferencias de Yalta y de Potsdam, y la lucha contra el régimen nazi. Europa, desolada por la destrucción de sus ciudades y las muertes de sus habitantes, necesitaba ser reconstruida, y dos potencias victoriosas se disputaban el control ideológico y político del mundo. Había comenzado la guerra fría.

Debido al protagonismo de Kennan en la historia contemporánea americana, cuando en el año 2011 se publicó en Estados Unidos George F. Kennan: An American Life, de John Lewis Gaddis, la expectación en el mundo académico era extraordinaria. En varias entrevistas, Gaddis había confesado el acceso que Kennan le había proporcionado a todos sus documentos privados. El historiador gozaba del envidiable privilegio de poder leer su correspondencia personal, sus diarios —que sumaban más de diez mil páginas—, artículos inéditos, y trabajos de la Universidad de Princeton. También había compartido, junto a Kennan, largas discusiones sobre política internacional, y mantuvo, durante años, una relación cordial con el experimentado diplomático (las cartas entre “John” y “George”, según el historiador Frank Costigliola, ocupan tres cajas enteras de manuscritos). El propio Kennan lo nombró a principios de los años ochenta —cuando Gaddis le propuso la escritura de una biografía autorizada que se publicaría póstumamente— su biógrafo oficial, asegurando que valoraba especialmente las contribuciones que el historiador había hecho a la historiografía de la guerra fría. “No creo que nadie pueda estar mejor cualificado que tú”, le dijo Kennan.

Ambos estaban de acuerdo en una cosa: la importancia de contener al comunismo. Sin embargo, Gaddis, profesor de la Universidad de Yale, y autor de ocho libros imprescindibles sobre el conflicto que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética, no simpatizaba con la opinión de George Kennan sobre la utilidad de las negociones para lidiar con los soviéticos. Aunque, según Kennan, Gaddis era la única persona que realmente había comprendido el verdadero significado de la contención, a juicio del historiador, el gran estadista surgió entre el 1946 y 1948, cuando se diseñó la estrategia. Pero las insinuaciones, realizadas por Kennan, de que la contención no era un fin en sí mismo sino un medio para llegar a alcanzar un acuerdo, no le parecían acertadas. Esto irritaba al creador de la célebre política que, en cierto modo, se veía constantemente abrumado por las subjetivas interpretaciones que académicos e intelectuales hacían de ella. Por otro lado, el historiador pensaba que el Telegrama Largo, más tarde titulado The Sources of Soviet Conduct, resumía perfectamente lo que debería ser el asunto primordial de la política exterior americana, y lo que marcaría, definitivamente, la nueva hoja de ruta en términos de relaciones internacionales desde el comienzo de la postguerra.

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Kennan, según Gaddis, advirtió del peligro, señaló al enemigo, y recomendó contener su poderío, evitando, a ser posible, cualquier forma de ofensiva militar. De esta forma se originó un “largo periodo de paz”. En lo que respecta a cómo se debería de haber aplicado esa estrategia, las opiniones del historiador y el diplomático no siempre coincidían.

No obstante, pese a esas comprensibles divergencias, Gaddis parecía ser el más indicado para escribir una biografía de este calibre. La experiencia mostrada a lo largo de los años por el profesor, así como el contacto personal y directo con el biografiado y sus allegados, (“su familia fue, para mí, una gran compañía”, afirmó en una ocasión Gaddis con orgullo), lo convertían en la persona ideal para escribir sobre la vida del famoso maestro de la diplomacia. Sin mencionar la capacidad persuasiva y envolvente de su prosa, el dominio absoluto en el manejo de las fuentes, y la lucidez, exhibida en numerosas ocasiones, a la hora de analizar la carrera armamentística nuclear. El libro, en sí mismo, es una auténtica delicia. Escrito con fluidez y confianza —y superando todas las expectativas—, la vida y obra de George F. Kennan se presenta ante los ojos del lector con una inspiradora claridad y una reconfortante elocuencia. Desde la primera hasta última página, uno puede comprobar la incuestionable relevancia que tuvieron las ideas de Kennan en la política exterior estadounidense en la segunda mitad del siglo XX. También se puede apreciar el amor de Kennan hacia Rusia y el conocimiento que poseía éste de su de su historia y literatura decimonónica. Gracias a la ayuda del autor, llegamos a comprender, entre otras cosas, la complicada experiencia universitaria en Princeton (el club de campo más agradable de América, según Scott Fitzgerald), su determinante influencia en el Plan Marshall, la estancia en la embajada de Yugoslavia, su compleja vida amorosa —plagada de numerosas infidelidades—, y las repercusiones de sus influyentes conferencias. El historiador también escoge citas memorables, reflexiones olvidadas, y cartas dirigidas a su mujer, la noruega Annelise Sørensen, mientras interpreta los pensamientos y emociones de un hombre genuinamente cosmopolita que vivió, como un ciudadano más, el drama histórico del pueblo ruso.

En el momento de su publicación, la crítica la saludó como una de las grandes biografías de la década y este año recibió el prestigioso Premio Pulitzer. Revistas culturales como The New York Review of Books o The New Yorker, que lideran el debate intelectual en el país, además de la mayoría de las secciones de cultura de todos los grandes periódicos del mundo, le dedicaron un amplio espacio a través de extensos reportajes y artículos donde sus críticos de cabecera e historiadores reputados analizaban el trabajo del biógrafo. No todos estaban de acuerdo con la totalidad del retrato realizado por Gaddis — algunos le achacaban una ausencia de equilibrio e imparcialidad—, pero existía un inequívoco consenso a la hora de ensalzar las virtudes del autor. Esta era, en definitiva, una obra necesaria, y la única persona que podría llevarla a cabo era el veterano historiador.

La importancia de John Lewis Gaddis en el mundo académico es indiscutible. El New York Times lo califica como “el decano de los historiadores de la guerra fría”. Hope M. Marrison, profesor de historia y relaciones internacionales de la Universidad George Washington, dijo que “no existe un historiador más citado en el conflicto”. Otros especialistas en el tema, como Melvyn Leffler, profesor de la Universidad de Virginia, aseguran que “ningún académico es más conocido por su trabajo que John Lewis Gaddis”. Incluso el historiador británico Tony Judt, cuyas opiniones sobre la interpretación de ese periodo de la historia se diferenciaban significativamente de las de Gaddis, consideraba al profesor de Yale, “a primera vista, la persona ideal para escribir una historia general de la guerra fría”. La gran pregunta que sale a relucir con la biografía es si realmente Kennan, que murió en año 2005, quedaría satisfecho con la interpretación que Gaddis hizo sobre su papel en la historia. El historiador no siempre pensó y escribió lo mismo a lo largo de su carrera, y eso también se reflejó en la tesis desarrollada en su último libro.

La evolución ideológica de un historiador

Gaddis transformó la historiografía de la guerra fría en los años setenta. En aquel entonces existían dos

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visiones diametralmente opuestas sobre el conflicto: la escuela ortodoxa, originada en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, que apoyaba la versión oficial del Departamento de Estado norteamericano y señalaban a la Unión Soviética y a sus ambiciones expansionistas en Europa del este como las causa de las tensiones; y los revisionistas —la nueva izquierda—, que aparecieron en escena en plena Guerra de Vietnam cuestionando el “imperialismo” de Estados Unidos y culpaban a este país de provocar la crisis internacional.

En 1972, Gaddis publicó The United States and the Origins of the Cold War 1941-1947. En el libro, ganador del premio Bancroft, se dictaminaba que el origen de la guerra fría era debido a un equilibrio natural de tensiones de poder en el que “cualquier bando puede cargar con las solitaria responsabilidad de sus orígenes”. Y le daba a cada país lo que, según el autor, le correspondía:

“La Unión Soviética, por su búsqueda de seguridad, el papel de la ideología en el país, las necesidades de reconstrucción masiva en la postguerra, y la personalidad de Stalin; y Estados Unidos, por su ideal de autodeterminación, su miedo al comunismo, y la ilusión de omnipotencia —impulsada por su fuerza económica y la bomba atómica— convirtieron la resultante confrontación en un enfrentamiento hostil”.

Esto resumía el espíritu de lo que se acabó llamando post-revisionismo. La corriente historiográfica proponía una responsabilidad compartida por las dos potencias en las causas del conflicto. Estos historiadores asumían también algunas críticas al papel de Estados Unidos en los asuntos internacionales propuestas por los revisionistas, pero criticaban, como el mismo Gaddis escribió, que estos académicos “se dejaran llevar por la fe y no por la investigación”.

Pasados veinticinco años, Gaddis afirmaba en We Now Know: Rethinking Cold War (1997) —redactado a la luz de la desclasificación masiva de documentos en el Kremlin realizada en 1990— que “en el momento que Stalin estaba al mando de la Unión Soviética, la guerra fría era inevitable” y añadía que le resultaba “muy difícil imaginar la existencia de la guerra fría y la misma Unión Soviética sin la presencia del dictador”. Su visión sobre la historia había cambiado radicalmente.

En sus dos primeros libros, especialmente en The United States and the Origins of the Cold War 1941-1947, se decía que la seguridad y la estrategia geopolítica —no la maquiavélica personalidad de Stalin o las fantasías de una revolución mundial— eran las principales prioridades de la política exterior rusa. En Russia, The Soviet Union, and The United States: An Interpretive History (1978), se llegaba incluso a acusar al presidente de los Estados Unidos de mostrar una actitud excesivamente provocadora: “La dura retórica de Truman, junto con el ejemplo de Hiroshima, pudo reforzar la convicción de Stalin de que si él mostraba cualquier señal de debilidad, estaría todo perdido”.

El tirano, responsable de una cantidad alarmante de atrocidades, también tenía razones para sentirse amenazado. En palabras de Gaddis, “parecía que Occidente estaba tan temeroso del dictador como el dictador de Occidente”. Las dos superpotencias, en una situación como la que se encontraba el mundo en 1945, “estaban predestinadas a producir hostilidades”. De este modo, como escribió acertadamente el historiador David Holloway, “Stalin intentó consolidar el aumento de nuevos territorios soviéticos, establecer una esfera de influencia en Europa del Este, tener una voz en el destino político de Alemania y, si era posible, también de Japón”. Pero esto estaba más relacionado con la tradición histórica de Rusia y las trágicas consecuencias de la guerra, que con el intento de desafiar a los Estados Unidos en el terreno de la política internacional. Algo que Gaddis parecía comprender perfectamente cuando escribió, dieciocho años antes, que “los rusos tienden a pensar en la seguridad en términos de espacio —una actitud poco sorprendente, considerando la frecuencia con la que el país ha sido invadido, o la forma en que ellos usaron la distancia para derrotar a sus adversarios”.

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En los años ochenta, uno de los libros más importantes —probablemente el más relevante sobre la guerra fría publicado hasta el día de hoy desde el punto de vista técnico—, titulado Strategies of Containment. A Critical Appraisal of American National Security Policy During the Cold War (1982), salía de la imprenta. Aquí, Gaddis se centraba, sobre todo, en el significado la citada estrategia de “Contención”, describiéndola de esta manera:

“Contención era la idea de impedir a la Unión Soviética que usara el poder y su posición que ganó como resultado de la Segunda Guerra Mundial para reconstruir el orden internacional de la postguerra”.

Este concepto, como Gaddis puntualizó, emergió eventualmente por “los fallos de los presidentes Truman y Roosevelt y sus correspondientes asesores en encontrar una manera de ganar la guerra sin comprometer los objetivos por los que habían luchado”. El historiador veía la contención de dos maneras: simétrica, cuando la política americana había buscado el equilibrio con los Soviéticos dondequiera que ellos desafiaran los intereses de Estados Unidos; y asimétrica, en la que los americanos solo luchaban en defensa de sus propios intereses. En ese sentido, a través de un estudio detallado sobre el concepto de la seguridad nacional y sus consecuencias reales en la política práctica desarrollado en distintas administraciones, el profesor relataba la evolución estratégica de la contención desde Truman hasta Nixon. La única parte añadida en el año 2006 —cuando el libro fue actualizado como consecuencia de la aparición de nuevos documentos— era la que protagonizaba Ronald Reagan quien —en opinión de Gaddis— “fue capaz de ver cosas que los sofisticados de la izquierda no habían comprendido”. Las demás secciones del libro no fueron actualizadas, a pesar de la jugosa información que contenían algunos archivos sobre las implicaciones del tercer mundo en el conflicto.

En la relación que Reagan mantuvo con Gorbachov, el presidente americano era claramente el más trascendental de la pareja. Su altura moral y comprensión ideológica del enemigo, además de su agresividad frente al poder ruso, le ayudó a predecir muchos de los problemas económicos y sociales que acabaría padeciendo el “imperio del mal”. En cambio, Gorbachov, tal y como lo pinta Gaddis, parecía no enterarse de lo que estaba pasando. No solo el líder estadounidense fue la clave en la derrota de los soviéticos y su estrepitoso colapso, también la democracia con mayúsculas y los valores occidentales, expuestos en los dos espejos del Muro de Berlín, abrieron el largo camino hacia la victoria. Esto conduce a Gaddis a la siguiente conclusión, desarrollada en We Now Know: Rethinking Cold War:

“Los americanos construyeron un nuevo tipo de imperio, uno democrático, por la simple razón de que ellos eran, por hábito e historia, una nación acostumbrada a negociar y a conciliar, algo que ocurre muy a menudo en dicho sistema, y se siente muy cómoda relacionándose con otras democracias ya establecidas”.

Más allá de las posibles objeciones que se le podrían poner a esta afirmación (Charles de Gaulle, en una Francia democrática reformada, no mostraba demasiada simpatía por Estados Unidos, y el “imperio de la libertad” también se sentía muy “cómodo” con las dictaduras de Somoza en Nicaragua, Franco en España, y Trujillo en República Dominicana, mientras fueran leales anticomunistas), la principal cuestión que viene a nuestra mente es cuáles fueron los factores que hicieron que Gaddis se identificase con las tesis ortodoxas y se alejase de una escuela que él mismo había ayudado a crear.

El cambio de opinión, generado por diversas circunstancias, tanto profesionales como personales, no solo es perfectamente comprensible en un historiador, sino que, en algunas ocasiones, es indispensable. La apertura de los archivos en países que padecieron regímenes dictatoriales obliga a los expertos a revisar todos sus trabajos. Para obtener gran parte del material utilizado en un trabajo historiográfico de gran envergadura, es necesario proceder a una consulta exhaustiva de diversas fuentes, escritas en distintos idiomas, y localizadas en diferentes partes del mundo. Un conflicto de nivel internacional como la guerra fría, en el que se vieron involucradas naciones de América Latina, países del este y oeste de Europa, estados asiáticos y regiones enteras de Oriente Próximo y África, junto con el protagonismo simultáneo de Rusia y Estados Unidos, exige

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una visión global, y un constante repaso de los propios escritos. Mientras se desconozcan los documentos que muestren los hechos ocurridos desde el punto de vista de una de las partes implicadas, el historiador, siendo consciente de sus limitaciones, trabaja con lo que tiene y hace lo que puede, a la espera de una decisión que permita completar la perspectiva —inevitablemente tendenciosa— que predomina en toda su obra.

Lo problemático, quizás, es la motivación externa, basada en una ideología, que guía a un especialista a dar un giro radical a la esencia de sus argumentos. Y esa parece ser la razón por la que el prestigioso historiador cambió de opinión. Las actuales conclusiones de Gaddis, más cercanas a la escuela ortodoxa, no parecen ser el resultado de una investigación sino, más bien, de una profunda convicción filosófica. Partiendo de los nuevos datos proporcionados por la desclasificación (y existe una gran bibliografía sobre este tema), pensamos que, obviando el carácter psicótico de Stalin y su enrevesada personalidad, existen ciertos indicios que señalan a los dos países como causantes de la crisis o, por lo menos, responsables en distintos aspectos de la evolución del conflicto. Aunque eso, sin duda, podría dar lugar a un debate muy largo. Pero centrándonos exclusivamente en el estilo con el que Gaddis impregnó sus últimos trabajos, podemos detectar en el historiador un comportamiento ciertamente sospechoso.

Algo que llama mucho la atención, por ejemplo, es el lenguaje utilizado en sus últimos libros. Se puede detectar una retórica triunfalista en muchas de sus frases, plagadas de insistentes maniqueísmos —las fuerzas del bien contras las fuerzas del mal—, con la que pretende conquistar al lector, tomándose excesivas licencias literarias y recurriendo constantemente a la metáfora para probar sus tesis. Esto ocurre, especialmente, en The Cold War: A New History, donde Gaddis incluso utiliza una historia de un ataque nuclear en la Guerra de Corea, que nunca se produjo, para demostrar lo que podría haber pasado si los estadistas del momento hubieran actuado de una determinada manera. Y muchas de sus últimas reflexiones, por muy acertadas que sean, encajarían mejor en el campo de las ciencias políticas que en el estudio de la historia: “El comunismo fracasó en su promesa de una vida mejor”.

Curiosamente, el historiador estadounidense utiliza el mismo método que los revisionistas a los que —con razón— tan efusivamente criticaba. Hablar del “triunfo de la esperanza” en el análisis del cómo se originó y finalizó una crisis internacional de semejante profundidad es propio de otro tipo de trabajos más relacionados con el mundo de las ideas que tratan de explicar intelectualmente el significado de la historia, pero no se proponen contar la evolución historiográfica que les hizo llegar a obtener dicho significado (Poder y debilidad, de Robert Kagan, y El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, son solo unos ejemplos).

No deja de ser curioso que, incluso historiadores como el ruso Vladislak M. Zubok —a quien Gaddis ayudó en el proceso de la edición de su libro A Failed Empire: The Soviet Union in the Cold War from Stalin to Gorbachev (2009)— afirmen que fue “Reagan el pacificador, negociador y partidario del desarme nuclear, y no el luchador hostil, quien hizo la gran contribución a la historia internacional”. Zubok, muy agradecido por la paciencia que Gaddis mostró en la lectura de los manuscritos de su libro, parece dirigirse indirectamente a su editor cuando pide que tengan precaución aquellos “que parecen aplicar las lecciones triunfalistas de la victoria en la política internacional en otras regiones del mundo”. En ese sentido, Gaddis ha manifestado, a través de sus últimos artículos y libros, una posición ideológica bastante consistente.

Las omisiones de una biografía

Una de las pegas que se le podrían poner a George F. Kennan: An American Life comienza con el mismo título. Louis Menand, en su crítica de The New Yorker, destacaba la ironía que simbolizaba el personaje de George F Kennan, ya que el diplomático no mostraba demasiadas simpatías por ese país que tan devotamente pretendía proteger. Kennan, según Menand, creía que los americanos eran unos “superficiales,

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simplistas y egocéntricos”. Su concepción elitista de la política le hacía desconfiar del funcionamiento del sistema democrático, vivió la mayor parte de su vida fuera del país, y acabó casándose con una extranjera. Resulta cuanto menos paradójico que una vida de esas características sea subtitulada An American Life. La misma estructura del libro, muy lograda desde el punto de vista narrativo, descuida intencionalmente algunos momentos políticos de la vida del biografiado. Conviene decir que George F. Kennan se había convertido en un crítico de la propia Contención y un feroz opositor a la política exterior estadounidense de los últimos años. En un ambiente social y políticamente revuelto provocado por la Guerra de Vietnam, Kennan testificó ante el Comité de Relaciones Internacionales del Senado y pidió la retirada de las tropas. A través de una conferencia televisada, vista por millones de espectadores, el experto diplomático argumentaba que el espectáculo de los americanos atacando a gente pobre y necesitada podría dañar psicológicamente la imagen de Estados Unidos en el mundo. Reconocía también la susceptibilidad del pueblo americano a ser manipulado, ya que “prácticamente todos los que quieren” su ayuda “claman que lo hacen en nombre de la libertad”, y concluía diciendo que había que soportar la pérdida de Vietnam del Sur y no engañarse a sí mismos “con ilusiones de invencibilidad”. Entre los años 1960 y 1980, la proliferación de armas nucleares en ambos países estaba en su máximo apogeo. La llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca y su política agresiva frente a los rusos, con su “Guerra de las Galaxias”, y su definición de “Imperio del Mal”, disgustó al experto en relaciones internacionales, que calificó su administración como “ignorante, complaciente y arrogante”, que daba constantes muestras de “frivolidad e imprudencia”.

En el año 1993, en una entrevista con el periodista Charlie Rose, Kennan —parafraseando a John Quincy Adams—, declaró: “lo mejor que podemos hacer por otra gente, la mejor manera de ayudarlos e influenciarlos es predicando con el ejemplo, y no sermonearlos”. De ese modo, los países con ambiciones democráticas podrían ser impresionados por las virtudes del sistema, sin necesidad de decirles lo maravillosos que eran. En una de las proféticas afirmaciones dirigidas al periodista, Kennan se mostraba precavido ante la posibilidad de expandir la democracia por el mundo, especialmente si se les obligaba, por la fuerza, a realizar dicha transformación política:

“No creo que todas las naciones estén preparadas para una democracia. Si vamos y les decimos que tienen que ser como nosotros, no tendría el efecto deseado. Pero, sin embargo, si les invitamos a nuestra nación para que vean cómo funcionan nuestros medios de comunicación y que lean nuestros libros, que puedan observar las evidencias de nuestra civilización y desarrollen sus propias ideas, sería mucho más efectivo”.

Evidentemente, cuando la administración de George W. Bush decidió invadir Irak, Kennan se opuso tajantemente a la llamada “guerra preventiva”.

Gaddis menciona todas estas cuestiones en su libro, pero se puede observar la distancia que toma de las mismas, seleccionando aquellas con las que se siente más identificado y omitiendo otras con las que discrepa. El historiador apoyó —aunque con algunas reservas en las formas en las que llevó a cabo la operación —la Guerra de Irak. Gaddis, a quien se considera un miembro de la élite neoconservadora, a diferencia de Kennan, veía a Reagan como a Franklin Roosevelt (“un instintivo estratega”). En su libro Surprise, Security and the American experience (2004), analiza positivamente la doctrina Bush y ensalza muchos aspectos de la estrategia generada a raíz de los atentados del 11 de septiembre. Bush, en su opinión, supuso “una de las más sorprendentes transformaciones de un líder nacional subestimado desde que el príncipe Hal se convirtió en Enrique V”, y las medidas de seguridad nacional adoptadas por el presidente fueron “más contundentes, minuciosamente cuidadas e —inesperadamente— más multilaterales que la de su predecesor, Bill Clinton”.

No cabe duda de que Gaddis está en su derecho de expresar, esta vez sí en otro contexto (Surprise, Security and The American Experience no es un libro de historia, sino de política), lo que crea conveniente. Pero surgen dudas acerca de la relación que existe entre la persona que escribió sobre la vida del diplomático y aquel que la protagonizó. Esto no significa necesariamente que un historiador deba de militar en el mismo partido político o poseer las mismas ideas que las personas sobre las que escriben (Before the Storm: Barry

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Goldwater and the Unmaking of American Consensus es una de las mejores biografías políticas que se han escrito sobre un líder conservador, y el autor, Rick Perlstein, es un periodistas de izquierdas), pero los resultados pueden ser un tanto confusos, o no siempre certeros, en el análisis de sus pensamientos, sobre todo cuando se trata de un hombre que poseía una compleja — y en ocasiones contradictoria— visión sobre la historia.

Algunos detalles sobre las posiciones políticas de Kennan brillan por su ausencia en la biografía. Como recuerda Frank Costigliola, el apoyo del diplomático a Eugene McCarthy —que se presentó a la elecciones primarias del partido demócrata con una plataforma en contra de la guerra de Vietnam— fue determinante en la retirada de Lyndon Johnson de la contienda electoral, y este acontecimiento es completamente ignorado en el libro. Gaddis siente un claro aprecio por el Kennan anticomunista, y una evidente desconfianza por el Kennan pacificador y crítico con el papel de Estados Unidos en el mundo, y eso se puede percibir fácilmente en George F. Kennan: An American Life.

La biografía es un género difícil. Aunque el diplomático estuviera de acuerdo con Gaddis en todos los asuntos, en lo que respecta a su universo personal e íntimo —donde por mucho que se interpreten sus emociones solo serán especulaciones sobre esto y aquello— habrá siempre una disconformidad con la manera en la que el otro desentraña la existencia de uno. Sin embargo, en un conflicto ideológico, político y militar como lo fue la guerra fría, la actitud con la que se afronta un libro de este tipo influye directamente en el propio legado del retratado. En el momento en que Kennan eligió a su biógrafo, corrían los años ochenta, y el historiador todavía era un post-revisionista. Pero las opiniones que ambos tenían sobre la política americana de los últimos años no solo eran diferentes, sino que representaban ideas encontradas.

Gaddis suele escribir sobre grandes conceptos como justicia y libertad con mucha sutileza, retando a sus lectores con preguntas complicadas, y manifestando ante ellos una indudable seguridad en sí mismo. Todo esto, por supuesto, proviene de sus profundos conocimientos sobre la historia y sus virtudes como escritor. Cuando los historiadores comenzaron a criticar sus cambios de opinión reflejados en sus últimos libros, el profesor de la Universidad de Yale se mostró molesto. Acusaba a sus críticos de no analizar cuidadosamente sus ideas, sacar frases fuera de contexto, e ignorar los capítulos donde se explicaban otras posiciones. A pesar de comprender esa reacción, no podemos dejar de señalar que, todas esas frases elegidas, efectivamente, estaban sacadas fuera de un contexto, pero seguían poseyendo un claro significado y una evidente intención. Si en sus reflexiones sobre el marxismo hubiera evitado subrayar el fracaso de la ideología en sí, y expusiera las consecuencias económicas de ella en el conflicto, sería completamente legítimo desde el punto de vista historiográfico. En vez de eso, Gaddis insiste en la comparación ideológica para resolver los problemas históricos. Es cierto que “los alemanes votaron con los pies” cuando decidieron “volar en masa para evitar al ejército Rojo”, ya que la mayoría escapaba del trauma de la invasión y las vengativas violaciones realizadas por los rusos en la ocupación de Berlín, pero no habían tomado la decisión de trasladarse por una cuestión política. No hasta años después, cuando la incompetencia generalizada del gobierno totalitario ruso, tanto en términos económicos como políticos, era innegable. En los orígenes del conflicto, la visión del historiador sobre los protagonistas del mismo no varió en función de la implacable fuerza documental de un archivo inédito (diarios de Stalin, declaraciones de un funcionario de la policía política, o cartas cruzadas entre los atormentados asesores del dictador), sino que ésta se transformó por la actitud moral que mostraron los líderes políticos en acontecimientos posteriores (las purgas, el terror y los Gulags, fueron las pruebas de la institucionalización del mal y el horror instaurado en la Unión Soviética, pero no define la naturaleza de la guerra fría ni evidencian las razones de por qué comenzó).

La evolución de John Lewis Gaddis como experto en la guerra fría fue también una evolución intelectual forjada en ese tipo de acontecimientos que acreditaron con perturbadora elocuencia quiénes eran los “buenos” y quiénes eran los “malos”. Por lo tanto, debemos leerlo cuidadosamente desde el principio, valorar sus contribuciones —especialmente su estudio de las distintas estrategias implantadas por las administraciones—, y apreciar sus esfuerzos por tratar de responder a las pregunta de por qué los políticos actuaron de la forma en que lo hicieron. Pero deberíamos ser escépticos ante su visión de ganadores y perdedores. Todos estamos de acuerdo en la relevancia de su obra. Ahora debemos de intentar establecer

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qué es lo que convierte a Gaddis en un gran historiador. La placentera lectura de George F. Kennan: An American Life nos obliga, precisamente, a distinguir entre el meticuloso analista de los orígenes de la guerra fría y el narrador de una historia que más se acomoda a nuestros prejuicios.

Xabier Fole es periodista y redactor de televisión. Graduado en Historia por el City College de Nueva York, especializado en historia intelectual de los Estados Unidos, fue becado por The New York Times como fact-checker en la sección Syndicate

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