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EL BARDO Y SU REFLEJO

EL BARDO Y SU REFLEJO

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es un juego. Sus primeras páginas abren una novela extraña, un diario donde ni siglo, ni año, ni fecha alguna aparecen. Sólo se sabe de él que está maldito. Rodeado de oscuridad y tinieblas y repleto de mensajes que incitan a la enajenación, son los presos de un centro penal, en un escenario de guerra aislado por la peste, los únicos que pudieron conocer la auténtica historia: La verdad de un asesino que se hizo llamar Ignoto.
Quien abre este diario (y quien dice ser su autor), se aventura a estudiar el caso de este asesino. Para ello deberá volver atrás en el tiempo siguiendo la pista a una serie de cartas que intercambiaron un hombre misterioso y el asesino Ignoto. Poco a poco, esas cartas le revelarán la esencia pura del asesino y su plan, también, sembrándose el caos en ese centro penal. Nadie es quien dice ser, ¿o sí? ¿Quién y por qué? ¿Cuántas personas escribieron en este diario? Todas estas cuestiones conseguirán acorralar a la cordura, dejando que el hombre acabe por destruirse a sí mismo.

Será cuando acabe cuando empiece otra historia...
es un juego. Sus primeras páginas abren una novela extraña, un diario donde ni siglo, ni año, ni fecha alguna aparecen. Sólo se sabe de él que está maldito. Rodeado de oscuridad y tinieblas y repleto de mensajes que incitan a la enajenación, son los presos de un centro penal, en un escenario de guerra aislado por la peste, los únicos que pudieron conocer la auténtica historia: La verdad de un asesino que se hizo llamar Ignoto.
Quien abre este diario (y quien dice ser su autor), se aventura a estudiar el caso de este asesino. Para ello deberá volver atrás en el tiempo siguiendo la pista a una serie de cartas que intercambiaron un hombre misterioso y el asesino Ignoto. Poco a poco, esas cartas le revelarán la esencia pura del asesino y su plan, también, sembrándose el caos en ese centro penal. Nadie es quien dice ser, ¿o sí? ¿Quién y por qué? ¿Cuántas personas escribieron en este diario? Todas estas cuestiones conseguirán acorralar a la cordura, dejando que el hombre acabe por destruirse a sí mismo.

Será cuando acabe cuando empiece otra historia...

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09/17/2013

Intencionadamente en blanco

El Bardo y su reflejo
Miguel Ángel Mendaro Johnson
www.mendaro-es.com

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Copyright de la presente edición: © 2009 Miguel Ángel Mendaro Johnson. EL BARDO Y SU REFLEJO. www.mendaro-es.com

Imagen página 7: La Stultifera Navis, La Nave de los Locos: Grabado de madera de 1549. Portada diseñada con las herramientas de Wix.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley. Prohibida su reproducción sin autorización. La infracción de los derechos mencionados puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

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La Tomba del Ignoto

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Cuando todo el mundo está loco, ser cuerdo es una locura. Paul Samuelson

La Stultifera Navis.

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Este diario se descubrió entre la mercancía de un navío encallado en algún lugar de la costa de Hrvatska (Croacia), cerca de la frontera con Bosna i Herzegovina (Bosnia y Herzegovina).

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Testimonianza anonima (Testimonio anónimo).

Il Quinto giorno (El quinto día): He debido de cruzar la frontera. Tuve que entrar en un bosque del que los lugareños ya me habían advertido, con anterioridad a mi partida, de cerrazones y peligros. Me dijeron de la misma forma, que nunca daría con el terreno maldito. Pero, qué puedo esperar de unas personas que cubren sus tejados con semillas de mostaza. Qué vulgar es el hombre y qué empeño sacrifica en demostrar sus verdades, a pesar de que sean puro folclore. Íntegro y sin miedo, me vieron partir. Después de caminar largas jornadas por entre los vastos árboles; esquivando sombras y a mi traidora conciencia, resurgió un enclave rocoso, y en él, una vieja construcción que había sufrido como cualquier otro ser viviente, la hecatombe de la guerra. Superadas las primeras hoscas impresiones, averigüé, al indagar entre piedra y roca, que se trataba de un centro penal, y no uno cualquiera. Se trataba del ansiado lugar de leyenda, sólo conocido por las historias que viajaron boca por boca, creciendo en tamaño. Un centro asediado por montañas y acantilados. Estratégico en su ubicación y apenas accesible. De caminos en los que ni el mejor caballo podría llegar sin tentar a la muerte. No podía creerlo: existió y lo tenía ante mí. Un letrero de madera, grabado con hierro candente, y cuyas palabras me resultaron familiares, decía en la entrada: vigilar y castigar; y asentaba extravagantes anotaciones hechas a mano, talladas con un objeto punzante de algún reo enardecido. Como mofa o así lo entendí, me advertía de que ése centro quedó sometido en sus últimos y agónicos días:

NO PUDO
VIGILAR Y CASTIGAR.

Por contra, ÉL, ignoto, SÍ. Camarada, vigile su sombra que yo castigaré. Le veo. Le deseo. A pesar de muerto.
Evité darle importancia. Y entré.

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L'ottavo giorno (el octavo día): No estoy seguro de nada. La soledad, en este tercer día deambulando por estas ruinas, nubla mi rectitud. Puede que quienes me persuadieran de la magia oscura, tuvieran, aunque sólo me atrevo a reconocerlo aquí, algo de razón si bien, estoy convencido de que la cabeza es poderosa y traicionera. ¡Qué horrendo error fue entrar y cuán arrepentido estoy! Sucedió que, el día que entré aquí, una vez en el interior de este centro penal, tuve que aquietar la basca. Descubrí que todos los reos murieron dentro de sus celdas. Huesos, esqueletos, andrajos… es todo cuanto hay aquí. Todo envuelto por un aura sobrecogedora. Imaginé si murieron por hambre o tortura o abandono. Caminé abriéndome paso, deteniéndome en una de las celdas: la quinta. Dentro de ella, quien murió allí, lo hizo mirando por la ventana de su celda, con nostalgia, o rabia e incluso podría decir… desesperación. Lograba advertirlo en las cuencas de sus ojos, vacías. Sin vida, aún sentía y padecía. Y me hizo llorar. En sus manos, agarraba este diario polvoriento al que añado (le anticipo, además, que prisionero) estas notas anónimas. Antes de arrancárselo de sus dedos en hueso, me suspiró rogativo, para que echara un vistazo por la ventana que él miró al morir. Justo al otro lado de las rejas, se dibujaba otro esqueleto que convino morir abrazado a un violín. Me senté junto a él en el limitado espacio de la celda, con la ventana a mi derecha, y, gracias a una tímida luz de un sol incapaz de calentar, lo leí. Me bastó leer sólo unas páginas para estremecerme de terror. Alcé la mirada y en la pared, estaba aquello mencionado en él y por él: un espejo. Me levanté y caminé hasta situarme delante. Mi reflejo, arduamente reconocible, sonreía con la vileza propia de un ser sin aliento, cuando… yo juraría no haber sonreído con semejante maldad, no obstante, ¡no podía verificarlo! ¿Cómo hacerlo, si sólo hay un espejo? ¿Debo creer, entonces, la imagen demoníaca que me devuelve? L'undicesimo giorno (el undécimo día):

He vuelto a plantarme ante mi imagen. Ahora, es la ventana en el interior del espejo, la que me muestra en el horizonte a un hombre que toca el violín. Me giré para verlo, y no estaba. Volví, atónito, buscando con mis ojos, dirigiendo la mirada dentro del espejo y otra figura, temible sólo por su tez, estaba junto a mí, tras mi espalda. Rió a carcajadas y en aquel momento caí al suelo. Zigzagueé errante, marcha atrás, hasta darme con la pared, donde me acurruqué y gemí para mis adentros. He intentado escapar y no puedo posiblemente al tener mis facultades mentales reducidas o anuladas. El camino que me trajo hasta aquí, parece haberse esfumado; soy incapaz de dar con él, no hay rastro del letrero que vi al entrar. La niebla ha tomado este

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centro penal y he descubierto una tumba. Las risas perversas continúan en mi cabeza y fuera de ella. Escucho el estridente violín, a lo lejos; parece perseguirme a cualquier sitio de este centro penal al que vaya, y allí donde lleve mis pasos, siempre acabo volviendo a la celda donde encontré este diario, donde he perdido una parte de mí. ¿El culpable? Este diario: Lo he leído de cabo a rabo. Maldito seas. No tengo elección, todo cuanto puedo hacer es arrojarlo por el acantilado, a la mar. Y si por fortuna esto llega a alguien, no es locura esto que leen, ni mentira: Estas primeras palabras son mi historia. Y ruego me salven. Así, introduciré este diario en mi escarcela. Correré hasta el acantilado y lo arrojaré. ¡Cobarde! ¿No le oyen? ¡Viene a por mí! Es muy probable que estas sean mis últimas palabras en vida. Una vez leído por mí advierto, para quien vaya a abrir este diario: confirmo que el hombre sólo debe temer al hombre. Ahora mis palabras (no sé si con la aquiescencia de su autor e íntimo propietario) forman parte de sus entrañas. Dejo testimonianza anonima de mi paso por miedo a lo que pueda suceder a mi alma si muero, sabiendo la suerte de aquellos infortunados que escribieron en él. Pregate per me. (Rece por mí.)

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I

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Uno

Estudio y anoto según van surgiendo los acontecimientos en este libro, regalo de un viejo colega, cuyas hojas en blanco, encuadernado artesanal y papel de inmejorable calidad consiguen que la escritura en él sea un indiscutible deleite. Así pues, por voluntad propia ni coacción de persona ninguna, me resulta grato narrar los inconclusos y abstractos hechos de uno de los reclusos más recientes y atrayentes de este Centro Penal. Procedente de una guerra y juzgado por traición, dice no tener nombre por ser un mal identificativo y que sólo responderá al apodo de <<Ignoto>>. Por orden cronológico, sitúo las siguientes cartas del archivo que me han sido autorizadas revelar: * [Primer juego de cartas sin fechar.]

Con gusto, le contesto a su carta: Desde hace bastante tiempo vengo sufriendo una transformación profunda. Nada físico (tentáculos o senos). Es mental. No sé muy bien si la transformación llegó a nacer dentro de mí igual que un huevo a la espera de eclosionar o más bien me contaminé por culpa de agentes externos (es a esto último a lo que quiero atribuirlo), fruto de mis recientes depravaciones. He aquí mi primera confesión seducido por la inocencia de este papel en el que escribo: Siempre fui una persona inestable. Mis emociones han sido como un trayecto en una montaña rusa, tan comunes ahora en los feriantes. Con el paso del tiempo, me costó horrores mantener a raya esa inestabilidad. En aquel tiempo, poco a poco, un odio escandaloso fue creciendo dentro de mí. Oh, mi querido Amigo, con esto no pretendo que me entienda. Es sólo que sufro una necesidad visceral de escribir, gracias a usted, esta nueva… faceta. ¿Cree oportuno llamarla así? Después de tan estrafalaria pregunta, es el momento de contarle cómo nació mi odio: Por oportuno que pueda sonar para esta narración, sentí las primeras chispas de la mismísima maldad en una noche falta de estrellas pero con una descomunal luna en cuarto menguante. Todavía puedo evocarlo, volver hasta entonces… Estaba tumbado, sí, recuerdo estar tumbado del revés, en el suelo de arena, mis pies descubiertos, el torso y los genitales sudados (tuve que humillarme a dormir desnudo), abrazado a la almohada, viendo el cielo a través de una ventana hecha por mí en el techo de mi tienda de campaña.

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El calor era asfixiante y mascaba histérico el extremo de la funda de la almohada. El hedor de mi saliva impregnado en ella al llevar varias noches haciéndolo, había inundado con tintes psicológicos toda la penumbra de mi tienda. Los dedos de mis pies se abrían y cerraban como lo hace una mano. De vez en cuando golpeaba con una pierna y agitaba la sábana para ventilar mi cuerpo. El silencio era tal que pude escuchar el latido de mi corazón acelerar hasta dispararse y la sangre incrementar su presión en cada vaso sanguíneo, vena y arteria de mi cuerpo, hasta el punto que sangré al final por la nariz, habiendo encontrado en ella su vía de escape. Créame que en otra situación, habría salido despavorido a limpiarme, a detener la hemorragia, pero sucedió que mi corazón se relajaba. Y dejé que la sangre corriera por mi rostro hasta permitir que besara la comisura de mi labio superior. Pero no entró en mi boca. Como si jugara, ágil, la bordeó con la intención de bajar por el lado izquierdo de mi cabeza al estar inclinada. Justo antes de que el río tomara la decisión de marchar y morir en el suelo arenoso donde dormía, en mi pelo o en mi oreja, tomé una iniciativa sorprendente y novedosa para mí: saqué la lengua tanto como pude y lamí la sangre con ansia inhóspita. La imagen podría asemejarse a la de un niño relamiéndose con las sobras de un helado o reducirla incluso, si usted lo prefiere, a la de un perro después de comer sobras. Era primerizo y no me avergüenzo de lo que hice. Por suerte estuve arropado por el anonimato de las sombras. Sí es verdad que, si tuviera la oportunidad de repetirlo, ahora me partiría la nariz de un puñetazo para llegar al éxtasis que produce la pérdida de la inocencia en ese aspecto. Aquella dulzura, aquél placer indómito, nunca jamás conseguí recrearlo. No le causará a usted extrañeza que le diga que, una vez acabé, descubrí que el sabor no me produjo repulsa alguna y que ello desembocó en la anhelada paz que tanto había buscado en aquella terrible noche… quedando, por fin, abismalmente dormido. Espero que esto sosiegue su curiosidad. A petición suya, esto es lo que me pidió en su primera carta. En estos días en los que presupongo mantendremos correspondencia regular, consiéntame hacerle otra pregunta: ¿Le produce repulsa esto que le acabo de contar? Reciba un afectuoso saludo. Señor Ignoto. Posdata: Por favor, si es tan amable y goza de la gentileza y educación reflejada en su carta, refiérase a mi persona con este pseudónimo de lo más apropiado. Se lo agradeceré infinitamente. * Estimado Señor Ignoto: Debo agradecerle la rapidez con la que ha contestado a mi carta. Sabiendo el terrible retraso que sufre la correspondencia en este maltrecho siglo, me sorprende

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sobremanera la velocidad de su respuesta, y además, la excelente calidad de su caligrafía. Dada la perfección de sus trazos y los hermosos lazos con los que cierra determinadas letras, pienso que debe haberse formado de la mano de grandes maestros y, también, a muy buen recaudo. Deduzco que respondió prácticamente en el mismo día que recibió mi carta. Ello me sorprende porque, si esto va de confesiones, yo le diré que, carta que escribo, carta que reviso y releo más de cien veces, llegando a escribirla hasta diez veces si es preciso. Estoy muy avergonzado y casi ultrajado por la excelente calidad de su caligrafía. Es por ello que tardo todavía más, en un burlesco intento, (que no es otra cosa que un juego de apariencias) para intentar enmascarar mi penosa valía en este campo de batalla ya perdido. Lo primero que haré, será responder a sus dos preguntas: Hago réplica exacta de lo que me preguntó en su anterior carta: — Faceta. ¿Cree oportuno llamarla así? No es mi designio corregirle. Y tampoco lo haré. No obstante, sugeriré, ya que estimo que la rapidez con la que escribió la primera carta, le hizo elegir una palabra de lo más inapropiada. Bajo mi criterio, más bien hablaría de tendencia. Ya que menciona un sentimiento novedoso que parece poseerle y hacia el que su ser, como bien he dicho, tiende sin remedio. — ¿Le produce repulsa esto que le acabo de contar? Amparado por la distancia diré, Señor Ignoto, que nunca antes, ni tan siquiera en boca de un demente perturbado, había escuchado relatar con tanto apego y sentimiento una acción que de sobra es conocida para todos como repulsiva, asquerosa y que produce en mí una emoción de pena profunda por la suerte que pueda correr su espíritu inmortal. Ni el más salvaje de los animales es consciente de todo cuanto he leído sobre usted. ¿Cómo puede disfrutar, tal y como se ha atrevido a relatarme, del sabor de su propia sangre? Y lo que es todavía peor, ¿cómo pudo relamerse y que esto otorgara paz a su ser? ¿Acaso el lugar al que escribo estas cartas pueden volverle a uno loco? Debe serlo. ¿Escribo a una tierra de monstruos y vampiros*? Sé de sobra cuál sería mi suerte si a día de hoy cayera en sus manos, y por ende, imaginar el dolor de mi muerte me produce consternación e inquietud. Quizá la distancia que nos separa por el momento pueda protegerme, pero la idea de sentir su presencia cerca me produce un hondo pavor.

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* Debido al fuego al que debió estar sometida esta prueba, algunas palabras me resultan imposibles de interpretar. Muchas las deduzco por lógica, como en el caso señalado, pudiendo, no obstante, aparecer otra cosa en el texto original.

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A pesar de su confesión sobre cómo nació la maldad en usted, quiero que sepa que jamás lo entenderé. Sí haré un esfuerzo en presentar su figura lo más humanamente posible. Reciba un… (Ilegible. Carta quemada por un extremo)

*
Mi querido Amigo: Gracias por referirse tal y como le indiqué que lo hiciera. Esto, y sus alabanzas sobre mi caligrafía, puede que reduzcan con ligereza el malestar que sufro a consecuencia de la atacante entonación que he captado (o, por el contrario, imaginado, en cuyo caso ruego me disculpe) en su texto. Hoy ha hecho un día maravilloso y estoy bastante tranquilo. Mi instinto animal florece y consigo olvidarme, aunque tan sólo sea por fracciones de tiempo cortas, de lo que soy en realidad. Pero usted me ha hecho retroceder a la esencia putrefacta de los hombres. Han sido sus malas formas las que me han enfurecido. De hecho, mantendré con gusto la entonación que creo que usted ha utilizado conmigo. Tan pronto recibí su carta, la abrí aquí, en el campamento, a hurtadillas en la tienda de campaña. Mis primeros sentimientos fueron de regocijo. Mantuvo un deje agradable en sus párrafos inaugurales hasta que fue torciéndose, evidenciando su patanería. Además, dejemos todo claro: su caligrafía, que tanto dice haber repetido para perfeccionar, es plana, simple, grotesca, ilegible (he tenido que recurrir a terceras personas para comprenderla, ¡lástima que muchos no sepan leer!) y sin ningún ápice de personalidad. Y créame, que le digan a un Señor que su letra no transmite nada, es como quien dice que el que escribe no tiene alma y… dígame, mi querido Amigo, ¿no era usted el que se preocupaba por mi alma inmortal? Fruto de este enfado innegable y justificable y de lo inextricable de algunas de sus palabras, no la leí entera arrugando la carta y tirándola a una hoguera de la que no emanaban llamas, únicamente quedaban unas pocas ascuas. Cuando empezó a prenderse, me arrepentí. Por suerte sólo se quemó una parte: el extremo inferior derecho. El fragmento correspondiente a sus saludos, donde en estos instantes sólo leo: Reciba un… Me imagino que habrá contestado con la misma respuesta breve que yo utilicé con acierto, lo cual es propio y seguro, devolviendo un gesto amigable en contestación al mío. Después vendría su nombre o las siglas de su nombre (si se

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decantó por esto último sería muy impropio) y ahora que hago memoria, creo que lo hizo, porque, aunque con pereza visual, vagamente recuerdo unas siglas al final, donde había, casi con total seguridad (mi mnemotecnia es excelente) una <<M>> mayúscula entre puntos. Vislumbro que, obra del destino, puede que sea mi deber referirme a usted, si no le importa, como <<mi querido Amigo>>, es más íntimo. Y dadas mis cuestionadas tendencias (en su extenso abanico) le sugiero no estar cerca si despiertan determinados apetitos en mí. Creo que sabe muy bien por dónde voy.

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Dos
[Continuación de la carta del Señor Ignoto.]

Ha refrescado esta tarde y ahora me encuentro más sosegado. He releído cuanto escribí ayer y asediado por un debate sobre si enviaría esta carta sólo con lo escrito a partir de hoy, he decidido dejar mis impresiones de ayer ya que las considero estrictamente necesarias para nuestro diálogo, y le diré, que no me arrepiento de nada. Vengo del río. He comido pescado. Con una red y aguas poco profundas es relativamente sencillo pescar. En el segundo intento un hermoso pescado quedó atrapado en mis redes. Lo saqué despacio. Le miré padecer de asfixia: ¿Qué habría hecho usted, mi querido Amigo? Probablemente, dejarle morir ahogado. Yo, no. Y exteriorizaré cómo lo hice ya que sé que esto revolverá su espíritu piadoso: Ya en tierra, saqué mi cuchillo. El pez intranquilo parecía sentir lo que se avecinaba y suplicaba para que no hiciera lo que estaba a punto de acometer. La sensación descrita en la primera de mis cartas, sobre el latir de mi corazón, se repetiría en cada una de estas situaciones. El pez se escurría entre mis manos, por suerte no había fango y era sencillo mantenerlo apretado. Al final condescendió ante mí, hechizado (un ritual que me ha llevado años conseguir y que le aconsejo presenciar, creerá que soy mago o que domino alguna variante de arte oscura). La afilada punta de mi cuchillo se acercó hasta su ojo y se detuvo, hasta poder ver el reflejo de su punta en él. Luego lo hundí lentamente y el pez apenas se quejó. Allí lo mantuve un rato, haciendo fuerza de izquierda a derecha. Después hice palanca y dejé la cavidad ocular libre. El ojo, lo mastiqué bien, es muy sabroso. Era en ese lapso de tiempo que, gracias a mí, aquél animal no tendría que ver cómo iba a matarlo. Deduzco que sabrá usted, mi querido Amigo, que nadie muere de inmediato por la falta de un ojo. Mi tarea, con el fuego encendido, era acabar con él y aliviar su destino. Abrí sus tripas como un cirujano de guerra hace con un soldado, metí dos de mis dedos y las arranqué de cuajo yendo directas al fuego (no las como, las aborrezco). Y con un segundo o dos de vida, corté sus aletas, y, por último, la cabeza. Después fui troceándolo, comiéndome algunos filetes crudos y otros cocidos por el fuego. ¿Ha probado el pescado crudo, mi querido Amigo? ¡Tiene una textura de lo más exquisita! Creo que después de este párrafo respondo a algunas de sus cuestiones insultantes sobre mis maneras. Sé muy bien que esto no le habrá impactado pero como mis antecedentes bien dicen, usted se imagina que es el pez en mi propia red, en un lugar donde no existen monstruos ni vampiros, sólo una discreta y oportuna guerra. Hasta su próxima carta, que espero anhelante. Reciba ahora, con afecto, mis cordiales saludos.

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S.I. Posdata: ¡Utilizo las siglas como burla! Debo hacerle saber que por el momento, no hemos padecido controles de correspondencia. Es raro que ocurra pero, es posible que, para mantener un canal seguro y evitar filtraciones, nos censuren. Será entonces, cuando deba referirme a usted como <<amor mío>>, para hacer creer que a quien escribo es a mi lejana y dulce amada a la que tanto añoro. Dependiendo de la dificultad a la que me vea sometido, es probable que mande un mensaje que deberá interpretar y descodificar.

* Estimado Señor Ignoto: Esta última carta suya arrastra una demora de más de un mes. Mi teoría es la de haberse perdido en algún momento del trayecto por la nefasta organización del Servicio Aeropostal, que padece también las bilaterales consecuencias de esta nueva guerra. De hecho, en el sobre, hay una anotación a mano que dice: <<devolver al remitente, destino desconocido>>. Lógicamente, no lo hicieron. Llegué a imaginar que podría usted haber muerto y con ello todo el trabajo de mi vida, que no es otro que enseñarle al mundo su atroz forma de ser. También, las pesadillas me impidieron dormir cada noche, imaginándole entrar en mi habitación y devorándome como hizo con el pez. Y es cierto que usted maneja las artes oscuras, Señor Ignoto, porque, a pesar de no haberle visto en persona, quedé inmóvil ante su presencia, que imagino monstruosa. Una vez bien entrada la armonía de mi carta, quiero hacerle saber que nunca jamás quise ofenderle. Puede especular que a lo mejor estoy mendigando por mi vida. Sí que es verdad que el miedo no me deja dormir, pero no, no me rebajaría nunca a eso. El primer acto de buena voluntad será no corregir mi caligrafía y dejaré que fluya natural, para que pueda en ella resarcirse de mi personalidad. Su acertado instinto le ha mostrado una parte bochornosa de mí: la inseguridad, que quedó visible en mis ridículos cambios de caligrafía, que, seguro habrá advertido, llegué incluso a copiar el trazado de la letra <<d>> al considerar hermoso el trazo que había conseguido de su puño. Por fin entiendo su enfado. Sin embargo debe entender que siempre he estado marcado por la imagen que proyecto en los demás y es agotador pensar qué imagina cada mente sobre mi persona y cuál será su evaluación. Es mi deber que nos ciñamos a lo que acordamos en la primera carta. Necesito que siga contándome lo que hace y porqué… Cada día y, a mi pesar cada noche, espero su respuesta. Reciba ahora, con cordialidad, mis afectuosos saludos. Su querido amigo.

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* Amor mío, recuerda que mi alma con la luz queda desnuda, como en esta noche de luna en que te escribo nostálgico recordando con sumo agrado la primera noche que nuestros labios hicieron contacto: Amada, lamento la brevedad y mi desastrosa caligrafía (debes perdonarme, pero intento escribir mientras camino). No poseo apenas tiempo para narrar esta carta. Si vivo, tendrás todos los detalles y hasta uno de los dedos del pie que he perdido y llevo en un bote de cristal lleno de formol (amada mía, ¡me encargaré de que llegue hasta ti si ése es tu deseo!). Si muero, ruego haz público entre nuestros seres queridos, como acordamos en nuestra primera carta de amor, la poca correspondencia que hemos mantenido. ¿Recuerdas cuánto nos gustaba hablar de pesca? Tú imaginabas ser el pez. Yo te pescaba con mi anzuelo y aquello te hacía reír. Y soñabas cada noche conmigo… [Texto oculto y descubierto.] Mi querido Amigo: Espero que haya descifrado el mensaje y pueda leer esto. De lo contrario pongo en duda si podremos volver a mantener el contacto por carta ya que aquí oculto está el nuevo remite, prohibido por los recientes acontecimientos. Nos hemos detenido unas horas y puedo escribirle mejor y retomar la caligrafía que tanto envidia. Lamento comunicarle que no me percaté sobre el trazo de la letra que dice usted haber copiado de mí. Ahora, veo un enternecedor conato que no roza la finura de mi trazado, pero que al menos, lo intenta. Su nueva caligrafía es como la de un chiquillo que acaba de empezar a escribir. En sus trazos sólo hay miedo e indecisión pero le suplico tome esto como una crítica y refuerce su mano, disciplínela, poco a poco verá los resultados. Estamos trasladándonos a otro lugar, debido a que el enemigo nos ha encontrado. Me sorprendió y mucho porque no somos un batallón preparado para la lucha, sólo damos soporte estratégico. Esa ha sido nuestra misión desde que llegamos a este recóndito lugar. Sin embargo, ahora con la mente más fría y las ideas digeridas, no estoy extrañado en absoluto, a veces peco de inocente y eso es grave. Le contaré que para mantener al enemigo a raya elaboramos un plan de camuflaje como servicio médico y religioso en oficio, evitando así, a pesar de que en la guerra exista el juego sucio, que nos atacaran. Ya ha podido leer que duró lo justo y que por ello me he visto obligado a tutearle y referirme a usted con tan degradante calificativo. De algún modo todavía desconocido para mí, se infiltró la información. Ahora, sin grupo estratégico, los nuestros no avanzarán.

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Han sido muchas las bajas a causa del bombardeo, más de diecisiete soldados han fallecido en el acto, y sumado a los quince que yo ya he matado a lo largo de estos meses por mi incorregible instinto asesino, el número de efectivos vivos es muy reducido. Confesaré que no entraba en mis planes esta situación y que más de una vez jugué con la idea de traer al enemigo hasta aquí y contemplar yo mismo la masacre. He sobreestimado lo que pasaría. Y juzgado mal a la guerra, y me enfurece haber perdido un dedo por un error que vislumbro previsible. Hoy alguien ha dejado en el aire que creen tener al enemigo en su propio campo de batalla. Tienen toda la razón. Y creo que debería advertirles de que, cuando rozo el cólera, quiero matar. Y mataré. Mientras escribo esto, el corazón se me acelera resultado de esta ira incontrolable. Me preguntará usted, querido Amigo, ¿qué me irrita que pueda llevarme a la locura? Varias cosas: Imaginar que esta carta pueda ser descubierta y que la escribí en vano. También, que usted sea incapaz y no la descifre. Y la peor de todas: que el enemigo haya hecho el trabajo al que yo había venido: asesinar. Sin ley y como animales aquí gozo de una inmunidad de lo más envidiable. Espero sea capaz y demuestre habilidad para recibir mis saludos. Señor Ignoto.

* Estimado Señor Ignoto: La llegada de su carta me ha producido una intensa conmoción. Mis reflejos han quedado evidenciados y me he mostrado torpe en la resolución de su código. Advertido estaba y gracias a su buen hacer supe porqué se refirió de tan amorosa manera. ¡Suerte que mi esposa no la leyó! Y aunque no sospecha, temo que su carta pueda caer en sus manos. Por ello, ya no llevo mi trabajo al hogar y si me es preciso trasnochar, lo haré desde el despacho. Después de tres vodkas y una copa de vino conseguí concluir, sospecho que gracias al alcohol, que el alma a la que ha hecho mención no era otra cosa que sus cartas. Bastante agriado, llevé el papel al claro de una vela. Oh, Señor Ignoto, di con mi recompensa al encontrar su exquisita caligrafía en un tono apenas perceptible que sólo podía intuirse al trasluz de la vela. Cuán grato fue aquello… Su carta llegó acompañada con un liviano paquete que todavía no he abierto porque sé lo que es: el olor a formol envenena mi despacho. Es usted vulgar. ¡Cómo se atrevió!

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Nadie en la redacción conoce el trabajo que llevo entre manos. ¿Conoce usted esta profesión? Los compañeros pueden convertirse en auténticos carroñeros, pudiendo incluso matarle a uno para conseguir el jugoso y fresco trabajo que llevo con tanta duda. Cenando el otro día con la familia, estudié a mi hijo de tan solo diez años. Es educado, un gran estudiante y a veces, responde con una clarividencia a determinadas cuestiones que remueve los cimientos de quien osó preguntarle. Pero, no es esto un alarde. Únicamente pensaba para mis adentros cómo puede nacer o crearse un monstruo que mate semejantes. Señor… Ignoto, es tarde y debo atender otras labores. Lamento si encuentra incongruencias en este texto, pero el alcohol que necesité para solucionar su enigma, evidencia esta noche mi ensayada elocuencia. Saludos de su país. Se despide su cordial amigo y, ahora, amada.

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Tres
Las cartas aportadas como testimonio fueron enviadas a diferentes destinos, la mayoría a través de canales militares seguros. Todo durante un impreciso período de tiempo que estimo en dos años entre dos individuos. Hoy he tenido el cuestionado privilegio de estar con el Señor Ignoto. A continuación, paso a transcribir la interpretación de lo que pude sonsacar en aquella conversación. La primera impresión de este presidiario en lo concerniente al físico, es indescriptible y como tal, me abstendré por el momento de hacerlo. El primer intercambio de miradas no me produjo el impacto que predije una vez leídas las cartas, pero he de decir que en su mirada hay un sosiego admirable además de envidiable. Rodeé su figura y me detuve en un espejo (arma de castigo única de este Centro Penal) ante mi propio reflejo, proyectando como despiste, la primera de las preguntas: — Señor, ¿podría indicarme quién era la otra persona con quien mantuvo correspondencia durante más de dos años? Desvió su mirada al techo e hizo una mueca como el que recuerda con nostalgia épocas que evoca y envidia. Con un rápido estudio hacia mí, creo que el Señor Ignoto ya sabía más de mi ser que yo mismo. — Mi sincero bienquisto, si puedo convocarle de esa manera y no le contraría, usted debería saber, a estas alturas, quién es él. Si lo desconoce, deberá hallarle usted mismo. No es esa tarea mía. — Tiene usted toda la razón. ¿Bienquisto, ha dicho? — Afirmativo. Y desconoce el significado de bienquisto. ¿Me equivoco? ¡Qué lamentable! — Por favor, prosigamos. — ¿E Ignoto?, una persona en su puesto no puede permitir zambullirse en semejante ignorancia y desconocerlo, más tratándome a mí. Tropecé una vez, pero me volvería a levantar. — Si no recuerdo mal, del latín ignōtus y en su caso, lo enfoco como persona desconocida y que desea por voluntad propia mantenerse en el anonimato. — Sublime. — Gracias. — ¿Por qué me mira a través del espejo? ¿Tiene miedo de mirarme directamente a los ojos? No respondí. Ni me giré. Y seguí desafiándole dentro del cristal. — Esta idea de los espejos, me resulta estúpida― me dijo, jovial. — No hay mejor juez que un espejo que devuelva una imagen como proyectil. — Y usted qué ve, que parece no querer ver otra cosa que lo que le muestra el espejo. — Le veo a usted, y a mí. Y me gusta esta perspectiva. — Dudo que tanto como a mí. Adoro el espejo. Adoro mirarme. Me han hecho un regalo, mi sincero bienquisto.

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Volvió a utilizarlo, sabiendo que desconocía su significado. Una vez leídas sus cartas había intuido que podría llamarme de manera amistosa, y lo cierto es que esperaba el sobrenombre que utilizó en otras cartas como querido amigo, no bienquisto. No obstante, ultimé que cada persona para él era distinta y que se refería a ellas con distinción, haciendo gala de su engrandecido adiestramiento. Unos minutos más tarde, intenté volver al guión que había preestablecido pero, al salir del espejo y mirarle a él a los ojos, me resultó complicado seguir. Este sujeto, fuera del espejo, hizo que perdiera toda mi solidez y credibilidad. Zanjé la conversación de un modo abrupto, ante la estampa victoriosa del Señor Ignoto. Más tarde, con el sol sobre el horizonte de mi ventana, recibí una carta en mi despacho que leí con discreción. He aquí cuanto la nota decía: Mi sincero Bienquisto: Hoy, nuestro primer contacto, ha sido pobrísimo. No he gozado ni he podido relamerme en sus palabras, tan enjugas, pútridas y adornadas de formalidad. Me pongo en contacto con usted a través del papel porque ha despertado en mí añoranzas y fantasmas del pasado. ¡Oh, dulce juego este de las cartas! Sólo quería hacerle un par de preguntas: ¿Sabe que dos personas dentro de un centenar son dementes? ¿Cuánta gente vive a su alrededor? Muchos dementes utilizan sus dones o dotes hacia otros campos, triunfando en la vida como altos cargos, inventores de renombre, y un largo etcétera… ¡Puede usted ser un demente! Un saludo cordial, Señor Ignoto. Posdata: Usted y yo vamos a disfrutar el uno del otro. Cerré el sobre y lo dejé encima de la mesa. Es cierto que la caligrafía de este individuo es excelente, incluso, hay mejora con respecto a las cartas que poseo en mi poder. Los años le han… no sabría describirlo, últimamente las palabras apropiadas se ocultan en lugares de mi cerebro a los que me cuesta acceder. Voy a tener que prepararme. Va a ser una dura batalla. * Anotación: Bajo mis pies en una esquina, debajo de la ventana, siempre ha estado mi libertad oculta.

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Cuatro
Voy a ser sincero, tal y como me describe el Señor Ignoto: el estudio de estos acontecimientos se está convirtiendo en una especie de diario donde me atrevo a contar impresiones subjetivas que nunca me vería hacer nadie. Debo estar poseído por la debilidad, pero es harto necesario para mí poder desahogarme. Estas palabras me retuercen el estómago: Usted y yo vamos a disfrutar el uno del otro. Quitando este asunto al que intento restar importancia, ayer tarde pregunté al jefe (apodo con el que llamamos con amistad y confianza a nuestro Señor Director, precursor de la idea de los espejos) por el significado de bienquisto. Él me ha mirado con extrañeza, y enfundado siempre en su seriedad acentuada por un poblado bigote, me ha contestado que es un adjetivo que se otorga a alguien en estima. ¿Hay alguien que pueda tenerle estima en este remoto enclave, olvidado por el hombre? Me ha preguntado. Aquí sólo hay locos, prostitutas, los enfermos que nadie quiere en sus ciudades. Esto no es más que un enorme albañal. Tenga cuidado con quién trata y cómo, concluyó. Luego me invitó mientras se preparaba para marchar poniéndose su vieja gabardina gris, a buscar entre los archivos, donde encontré suculentas informaciones. Partí de allí muy agradecido rumbo a mi despacho. Me refugio en la esperanza de que algún día pueda lograr conocer la identidad de la persona que escribió las cartas al Señor Ignoto durante su voluntario servicio en la guerra. He examinado las pesquisas precisas en los remites y nada aparece sobre este individuo. Ni nombre, ni hogar, ni conocidos, su rastro se hace, pero no muere. ¿Dónde se esconde? Sospecho cuál fue su suerte al haber leído esta nueva carta que ha aparecido entre los archivos del Señor Director. Pero como he dicho, es sólo una sospecha. ¿Podría el Señor Ignoto haber acabado con todo lo que rodeaba a este desconocido personaje? Antes de transportarla a este cuaderno, anotaré que contesté al Señor Ignoto, con una brevísima aunque contundente anotación, emplazando nuestro nuevo encuentro. Embravecido gracias a la ausencia de su ente, he escrito palabras que en estos momentos pongo en tela de juicio: Nunca jamás vuelva a referirse a mí como si hablara con un mediocre psicópata. Sus estadísticas no son de mi interés. Gracias de todas formas por la sinceridad de su nota. Hasta más ver. Y del exterior, he recibido esta otra: 25

Manténgase alerta. Ésta última es anónima, haciéndome pensar si esto no es más que un juego de palabras del Señor Ignoto, intentando despistarme. Más tarde pensé que podría ser una nota imperativa del Señor Director. Éstas fueron sus palabras: tenga cuidado con quién trata y cómo. Ahora, dejo aquí la última carta que, hasta la fecha que marca mi calendario, intercambiaron: * Mi querido Amigo: Me es grato comprobar que usted ha resultado ser hasta inteligente. No le creí capaz, enhorabuena. Lamento comunicarle que he sido apresado por mis superiores. De nuevo, en una noche de calor, me vi tentado de matar. Como instinto que es, me es imposible controlarlo. Fue en esas circunstancias cuando, intentando asesinar a uno de los soldados, me dieron, con sarcasmo, caza. ¡Sólo pude acercar el filo del cuchillo hasta una de sus orejas! Pero no pude cortarla. El resto, todos actos de venganza una vez me capturaron y descubrieron quién era, como es lógico, no se los relataré. Sin embargo, si alguna vez coincidimos, sabrá entonces cuál es la razón de mi pavoroso aspecto. Han convertido mi físico en el de un auténtico monstruo. SOY UN MONSTRUO. Espero que cumpla su promesa. Es ahora, cuando la persona que está custodiándome, quiere escribirle unas palabras. Ha sido todo un placer disfrutarle. Algún día, quién sabe, nuestros caminos podrían llegar a cruzarse… ¡ése es mi deseo! Señor: Nada de lo que yo escriba aquí podrá leerlo este temible asesino. Mantendré anónima su valiente confesión. Ha salvado usted a más de cuarenta soldados de los que, al parecer yo inclusive, estábamos en su lista para caer en breve. ¡Hemos ido a la guerra con el demonio de nuestra parte! Dios nos asista. Podrá usted según me ha hecho saber, si es esa su aspiración para dar continuidad a lo que esté haciendo, visitar a este individuo en la dirección del Centro Penal que le adjunto en el dorso. Sin embargo, no le garantizo que llegue con vida. Hay sed de sangre y venganza. Recoja un honroso y cálido abrazo desde este lugar de La Tierra, donde nada es lo que parece ser.

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Cinco
Hoy he vuelto a la celda número cinco a visitar al Señor Ignoto. Al verle, por fin directamente a la cara, mantuvo una fea mueca de rictus, exponiendo estas palabras: ―Mi sincero bienquisto, ¿es que no le gustó mi carta? — ¿Cuál de ellas? ― respondí con otra pregunta, refiriéndome a la nota anónima, por si la hubiera escrito él en lugar del Señor Director. — Sólo escribí una, donde dejé claras mis incipientes impresiones― me dijo sin vacilar―. Después, he recibido la suya, tan desagradable que, salvo estas pocas palabras, ni la volveré a aludir. Sí debo expresarle, que me es grato revelarle que mi querido amigo me ha escrito. ¿Su amigo? Aquello me produjo una convulsión de estómago. Era un regalo inesperado, un giro a mi suerte, una luz hacia el misterio en la vida tenebrosa de estos seres. — Nadie me ha alertado sobre la llegada de esta carta― comenté. El Señor Ignoto extendió su mano para hacerme entrega de ella. — Suplico lea en voz alta las palabras que mi querido amigo ha escrito para mí. Sé que conoce nuestra historia, que se encierra durante horas estudiándola, por tanto, quiero, y es para mí un auténtico honor, que lo sepa todo. — El honor, Señor Ignoto, es mío. Abrí el papel doblado en cuatro pliegues y reconocí la caligrafía inestable de aquella persona que tantos quebraderos de cabeza me había estado dando hasta la fecha. ¡Estaba aún con vida! Mismamente, con el corazón encogido, leí en voz alta: Estimado Señor Ignoto: Espero que el paso del tiempo no le haya hecho olvidarme... El Señor Ignoto me imposibilitó continuar: ― ¿Olvidarle? ¡Qué maravilloso inculto! Cierto recelo le corrompe, ¿cómo voy a olvidarle? Disculpe. Siga, siga leyendo… Ordenado por él, proseguí con la lectura como el que devora un pedazo de carne tras días de hambruna mientras el Señor Ignoto cerraba sus ojos: Recibí su carta hace tiempo, donde me explicaba todo sobre su apresamiento, el cual, declaro, me agrada, aunque todavía me cueste conciliar el sueño. La tarde del jueves, iré a verle. Su querido amigo.

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Mis palabras rebotaron por toda la habitación, perdiendo poco a poco el rigor inicial hasta consumirse por el silencio. Después presencié un acto para mí espeluznante. El Señor Ignoto abrió sus ojos y fue directo al espejo, donde se miró, sin decir ni una sola palabra, durante un eterno lapso de tiempo. ¿Qué pasaba por aquella mente? No parpadeó ni cambió su semblante. Poco a poco fue acercando su rostro al de su propio reflejo: una imagen perfectamente pérfida a su semejante. Mis ojos tardaron en consentir lo que vieron: sus labios se juntaron en el cristal. Retozó con su lengua y a continuación besó su foto con la pasión propia de la cópula. Aquello resultó el episodio más degradante y de egocentrismo infinito que de ningún modo, quise presenciar en vida. Acto seguido se giró hacia mí con una incuestionable erección. La pregunta fue desconcertante: ― ¿No va a elogiar usted mi caligrafía? Todavía no le he oído decir nada cuando todo el mundo la adora. No pude responder. Lo que había visto me había dejado estupefacto y muy falto de palabras. ― Sólo haré lo que debo. Mi trabajo. Esperaré la llegada de su querido amigo, a quien yo también deseo ver. El Señor Ignoto se tumbó en el suelo, volteó su cuerpo dándome la espalda y me ignoró durante horas. En ese tiempo, di rienda suelta a mi imaginación. Até una serie de cabos sueltos al haber escuchado al Señor Ignoto reírse de mi ignorancia y su ventaja, como si él conociera un secreto para mí imposible de vislumbrar. Entonces, las preguntas de toda índole, flotaron por mi cabeza: ¿Por qué reía? Era obvio que conocía un secreto… pero, ¿cuál? ¿Era todo el fruto de un mediocre desvío de la personalidad, donde el Señor Ignoto y su querido amigo no eran otra cosa que la misma persona? ¿Para qué entonces el juego absurdo de la correspondencia? Me estaba perdiendo en un laberinto cada vez más complejo que yo mismo acababa de crear y lo peor de todo, ¡no tenía sentido! Entonces se produjo el acontecimiento. El Señor Ignoto levantó su tullido cuerpo y se dirigió con pereza de nuevo al espejo. ― Es la hora, mi sincero bienquisto, es la hora. Mi querido amigo está a punto de aparecer. El sudor que emana por miedo puede olerse y sentirse. No di credibilidad a las palabras de este individuo al creer cada vez más que padecía algún tipo de trastorno esquizofrénico. Estaba convencido de que iba a presenciar un auténtico caso de doble personalidad perfecta. Y enfrentado a su reflejo, el Señor Ignoto pronunció las primeras palabras: ― Llevo esperándole meses, sólo para este momento, mi querido amigo. Meses… ¿Iba a manifestarse? ¿Su reflejo contestaría con otro tono, otra voz, otro carácter? Estaba nervioso y la necesidad de ver al querido amigo del Señor Ignoto dentro del espejo me hizo perder los estribos, gritándole que por favor mostrara y revelara de inmediato su incorregible idiosincrasia. El rostro del espejo, al que yo estaba mirando, se tornó agrio. Justo después, el Señor Ignoto se giró buscándome. — No habrá sido usted tan inútil de conjeturar que mi querido amigo no es más que un ser imaginario fruto de fantasías, ¡Dígame que me equivoco! — Señor Ignoto― dije tratando de mantener mis perdidos modales― después del beso que se ha dado a usted mismo, dudo, dudo de todo.

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— Soy un ser singular… hoy estoy alborozado porque mi querido amigo viene a verme, y debo zanjar un espinoso asunto con él. — Sabe usted, tan bien como yo, que esa visita no se producirá. He caído tarde, pero me extrañaba que nadie me lo hubiera comunicado. — ¿Su jefe, por ejemplo? — Exacto. El Señor Director. — ¡Es un patán de ideas absurdas! ¡Un político! — Todos aquí conocen su lado oscuro y corrupto en lo concerniente a la política. Pero en lo que se refiere a llevar las riendas de este Centro Penal, su mano derecha es incuestionable. — Como se nota que usted es un inocente novato. — ¿Cree que el Señor Director no me hubiera notificado, más sabiendo su caso, tan trascendental visita? — Está usted tomando el rábano por las hojas, sí. — ¿Cómo? ― pregunté. — El rábano… por las hojas― dijo pasando sus largas uñas por toda su cabeza, sin un solo pelo, hasta llegar a su nuca, donde las clavó con gusto. — No comprendo. — Mi sincero bienquisto, está tergiversándolo a su antojo. De hecho, mi querido amigo ya está aquí. — ¿Quién? — Oh… mi querido amigo, discutíamos precisamente por usted. Cuánto se ha hecho de rogar. Giré mi cabeza y una visita había entrado en la celda, en el interior de los barrotes. Pero, ¿cuándo y cómo? ¿Estaba tan hechizado yo por este ser? O por el contrario, ¿tan obcecado en creer que él se equivocaba con su locura ignorante que padecí mi propio error? El individuo que decía ser el querido amigo del Señor Ignoto, avanzó poco a poco hasta que su rostro se encontró con la luz. Una cara que había perdido todo signo de vida. Unas facciones que habían sucumbido a las sombras y que le hacían errar, bajo mi juicio, sin espíritu.

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Seis
Llevo meses sin dormir, ¿qué me ha hecho, Señor Ignoto?, preguntó el invitado, cuya figura, extremadamente delgada, demostraba que llevaba también semanas sin comer. Avanzando hasta él, el Señor Ignoto se encontró con sus ojos. Luego cogió su mano despacio, la llevó hasta su boca y chupó uno de sus dedos ante el aterrado quietismo de su querido amigo. — Mi querido amigo, perdone que mi sincero bienquisto no hable, está un poco intimidado por su presencia, no creía que existiera, sólo que era un hijo de mi imaginación― dijo sin mirarme, con desprecio―. Progresó mucho con su caligrafía―continuó diciéndole― y en este tiempo, apenas me ha escrito, pero las veces que lo ha hecho, he distinguido su pulso errático gracias a la letra, tan delatadora… ¿de qué tiene tanto miedo? — Miedo… ¿yo? — Igual que sus letras temblorosas, sé que usted me vendió; he olido su miedo mucho antes de que llegara hasta aquí. Entregó mi plan a quienes merecían morir. ¿Creía que iban a mantener su secreto mientras me rociaban con gasolina y prendían mi cuerpo? No sé cómo confía en la gente, mentecato. Orgullosos soldados, embravecidos por su capitán, confesaron su secreto, querido amigo. ¡Lástima para usted que decidieran apagar mi cuerpo en llamas! — No… — No me interrumpa. Las quemaduras no han resultado ser tan graves, después de todo. Lo suficiente para afear mi cuerpo y asemejarlo al de un monstruo. El resultado no podría ser mejor. Ahora soy ése que buscaba. — Pero… — Sí. Esa bestia…, asesino, monstruo, señor del día y la noche. ¿Cree que soy un mediocre vampiro? La cara del invitado se volvió blanca y unas horrendas ojeras negras se hicieron más evidentes todavía bajo sus ojos. El sudor estaba empapándole. ― Me ha decepcionado― expresó el Señor Ignoto después de una pausa―. Eres culpable de que esté aquí prisionero― le tuteó. Arrimó su cuerpo hasta el del invitado y poco a poco acercó su boca hasta la oreja, donde susurró varias palabras para mí confusas. Luego pasó a abrazarle con sus largos brazos y como en un vals en aire vivo, le giró pudiendo el Señor Ignoto ver su rostro y el de él en el espejo. Una feroz sonrisa trató con su reflejo. Poco a poco fue subiendo sus manos por la espalda, levantando su camisa con sus amarillentas uñas, hasta detenerse en la cabeza de su invitado. Éste, hechizado por él tanto como yo, sabía cuál iba a ser su suerte, pero bailaba ensoñado. Mordió con erotismo su oreja, y lamió la sangre que de ella emanaba y después rompió su cuello con tal naturalidad y exquisitez que no parecía haber muerto. Durante minutos, el Señor Ignoto continuó bailando con el cadáver a rastras hasta que él creyó acertado detenerse. ¿Por qué no di la voz de alarma? Deben

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creerme que yo estaba igual de embelesado y no era en modo alguno consciente de aquello que estaba acaeciendo, hasta que los ojos del reflejo del Señor Ignoto me encontraron y como un animal que nada entre sombras, vino hasta mí. ― Oh… mi sincero bienquisto, era su destino― me dijo acariciando con finura mi cara―. Nada de lo que me prometió lo ha llegado a cumplir. No me atormenta que me delatara, me produce asco que me mintiera. Mejor dicho, que lo intentara. Además, no deseo padecer la locura asfixiante que otorgan estas cuatro paredes y… no, no tema, no voy a matarle. Usted, oh, mi querido bienquisto, usted me agrada, deje, se lo suplico, que coja su cuello. No tuve otra que entregarme a él. Con una dulzura inesperada, apretó con sutileza una parte de mi cuello y fui perdiendo poco a poco la conciencia. Morir a manos de este individuo podría ser un regalo: no producía dolor alguno. Oh, Señor Ignoto, podría usted haberme asesinado. ¡Mi cruz no ha hecho nada más que empezar! * Mi sincero Bienquisto ―decía el encabezado de un trozo de papel que encontré al despertar. Antes de volver a caer inconsciente leí (o creí leer) ―: Su nueva vida será plena, se lo garantizo. Y de ello me ocuparé en la distancia. Le mantendré informado de todo. Le añora, Señor Ignoto.

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Siete
Es de noche y escribo a tientas; el papel es mi única vía de escape, por el momento. Quién me iba a decir a mí que un simple y limitado espacio en blanco resultara de tal utilidad. Más ahora que nunca. Si muero, puede que todo este sinsentido cobre vida y alguien lo llene del raciocinio que carezco y que anhelo. Me haré una serie de preguntas que puede que más adelante, cuando repase esto, obtengan respuesta: ¿En qué momento y cómo me equivoqué? ¿Cuándo bajé la guardia, hasta el punto de despertar en el interior de una celda, que intuyo vacía a excepción de un rincón negro, y ser yo el apresado? He escuchado a los responsables (voces que no reconozco) de estas celdas insinuar que yo soy el Señor Ignoto; de todas formas, yo les he gritado para que busquen un cadáver aquí: al del querido amigo y también al Señor Ignoto que ha debido escapar y no puede andar muy lejos; pero me han mirado igual que a un loco. ¿Quién me torturó a mí? ¿Nadie me cree? ¡Nadie me cree! Dios, la oscuridad no me lo permite apenas y tendré que esperar a la luz del día pero, qué terrible sensación, ¡creo que me falta uno de los dedos del pie! Sé que la respuesta es fácil y que debería tocarlo, aunque no, no me atrevo, no tengo valor. Lamento que, quien lea esto, pueda pensar que soy un cobarde, pero escudaré mis actos: estoy asustado, no veo nada, hay una esquina en la que a veces creo ver la figura, mejor dicho, el ente del Señor Ignoto riendo, ¡qué cruel es la imaginación cuando quiere!, y tampoco siento, es como si hubiera perdido una porción importante del alma, pido por favor, ruego, que alguien me ayude, que alguien me crea. No soy el Señor Ignoto. No soy el Señor Ignoto. ¡No soy el Señor Ignoto! Las horas avanzan. No hay luna. No hay estrellas. Mi cara me duele como si me hubiera quemado al sol en un desierto durante semanas. Empiezo a entrever el plan de este sujeto, se ha ocupado de dañar mi rostro y se ha atrevido, igualmente, a cortar el mismo dedo del pie que él no tenía. Oh… Señor Ignoto, jaque mate. Debo dormir y recobrar fuerzas. Quizá con la luz del día, pueda aclarar ideas. * ― As far as I’m concern, he did it! (Por lo que tengo entendido, ¡fue él!) ―No survivors, no survivors left (no hay supervivientes, no quedaron supervivientes). ―We only heard on the radio two ‘Save Our Souls’ ―S.O.S. ― messages (sólo oímos por la radio dos mensajes de <<Salven nuestras almas>> ―S.O.S. ― ). ― After a huge silence, a man said that everything was under control, the killer was reducted, but he said that everyone was killed. Everyone. Almost a hundred casualties (Después de un enorme silencio, un hombre dijo que todo estaba bajo control y que el asesino fue reducido, pero dijo que todo el mundo había muerto. Todos. Hubo casi un centenar de víctimas)― es lo que escuché entre sueños en una conversación que los vigilantes mantuvieron en inglés, ignorando quizá, que yo conocía el idioma; o 32

utilizándolo como arma pero, de todos modos, era de sobra conocido que el Señor Ignoto también dominaba el idioma. Lo que me hizo pensar que era más que probable que todos los informes referentes a él, también habían sido destruidos y si esto era así, no tenía prueba alguna para justificar a partir de este momento mi inocencia. Oigo ruidos justo al otro lado de la puerta, también el tintineo característico de las llaves, viene alguien. Más tarde escribiré. O no. Quién sabe.

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Ocho
Mi virgen papel; permíteme que te toque con gracia mientras te robo la virginidad con el trazo de mi pluma. Voy a revelarte que estoy en un grave problema. Confirmaré mis sospechas: Me han suplantado la identidad, resulta que soy el Señor Ignoto a ojos de esta muchedumbre incompetente, que no ve más allá de sus obligaciones. Anoche pudiste sentir como escribía que vinieron a verme y efectivamente, así es como fue. Quien lo hizo fue una persona, larga de cuerpo y escasa figura, cuyo quehacer no es otro que el que yo ejercí antes de estar aquí apresado. Qué hiriente, ¿no lo crees? El individuo, cuyo nombre no alcanzo a recordar y que bautizaré como Nariz de Cochino (refiriéndome al mamífero, no al aseo corporal. Era impoluto y desprendía una fragancia interesante), estuvo mirándome con aversión. Me descubro indefenso, habito desnudo y nadie se digna a, aunque sea, preguntarme con humanidad por mis ánimos; pero no les culpo si creen que yo fui el causante de la muerte de todos los antiguos empleados y presos. Tendré que demostrarles, no sé cómo, mi inocencia. Mi virgen papel, así sucedió: Nariz de Cochino entró anoche en mi celda (la hora justa, debes excusarme, es imprecisa, aquí dudo del tiempo). Paseó despacio por ella y tomó notas, tal y como yo hice la primera vez que visité al Señor Ignoto. Pude prever su rostro y no creo que resulte un enigma cuál fue la razón de tal bautismo. ¡Estuve tan desamparado y lerdo! No hice más que llorar una y otra vez, acurrucado y protegido por mis rodillas, ocultando mi pene a este individuo, ¡me resulta tan violento estar desnudo! Hoy, más que nunca, estoy seguro de que los informes se han extraviado puesto que, un rasgo distinguible del Señor Ignoto era que nunca jamás derramó una lágrima y no descubriría ningún temor ni vergüenza en mostrar sus dotes viriles. Quien debía de apoyarme no dijo ni una sola palabra. Sólo dejó caer una nota. Después, marchó. Viendo el sobre yacer en el suelo, sin escritura ni sello ni marca en el exterior ni de él, tuve que preguntarme: ¿Me habría escrito el Señor Ignoto? Tal y como dijo en su supuesta nota que nunca volví a ver físicamente y que he rescatado páginas atrás de mi diario, mencionaba: Su nueva vida será plena… ¡Se lo agradezco, Señor Ignoto! …Se lo garantizo… Me amilana, pero sé que es toda una realidad.

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…Y de ello me ocuparé en la distancia. Le mantendré informado… Le estoy esperando. Le añora, Señor Ignoto. ¿Fue el efecto de mi terrible tortura o fue parte de un sueño que jugaba conmigo? ¿Dónde estaba esa nota? He repasado cada palmo de este lugar que oprime mis pulmones. Y si existió: ¿Quién la robó? ¿Quién osó llevarse una carta sin mi permiso? Pronto caí que ya no gozaba de privilegios (sólo mi diario, que me extraña no hayan purgado) y que era más que factible que Nariz de Cochino supiera algo al respecto. Rebuscando en mi memoria la virtuosa caligrafía del Señor Ignoto, conseguí ratificar que sólo él la pudo escribir y me di cuenta de que mi bienestar dependía sólo de él. Me resulta repugnante asimilar que mi salvación y comodidad gravitan más que nunca en este ser. Caí en el suelo desvanecido, podría decir que las paredes venían hacia mí, cerrándose. Vi el espejo. Mi subconsciente lo había estado negando. Ahí estaba, en el mismo lugar, preparado (aunque yo no) a mostrar mi nueva imagen. Una cosa más, mi virgen papel: Lo había olvidado por completo, no te he comentado que sí, me cortaron el dedo del pie. Y me duele. DOLOR. * He vuelto a leer un fragmento de lo que he escrito y me avergüenzo. Conjuntamente, me estoy obsesionando con el tema de la caligrafía, una tarea trivial a la que nunca hubiera dado importancia. ¿Cómo hacía el Señor Ignoto para conseguir tan pulcras letras? Mi mano está adormecida. Estoy habituado a usar la mecanografía e incluso a servirme de terceras personas para escribir mientras yo dicto. No obstante, me alegro de haber exteriorizado mis dudas, y las preguntas tan irresolutas que antes hice, hoy gozan de respuesta: ¿En qué momento me equivoqué? Mi virgen papel, ¿pretendes hacerme creer que lo hice? ¡Sólo era mi trabajo! No creo haberme equivocado, pero sí es verdad que hubo un momento en que debí haberme mantenido alerta. Estas celdas, tan alejadas y aisladas en parajes deshabitados, no son muy seguras y pecan de rudimentarias. Ahora veo que el plan del Señor Ignoto no era tan complejo, más sabiendo sus habilidades. Mientras escribo esto, en tu horizonte, veo la carta que Nariz de Cochino, no diré amablemente, ha dejado para mí. ¿Crees que debo abrirla? Yo sí. Siento una energía, un aura que envuelve a esa carta; creo que tú y yo sabemos de quién es. Voy a abrirla y la

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transcribiré para que quede aquí, tatuada en tu cuerpo. Es posible que tarde unos minutos. No me eches de menos, en cuanto acabe, la escribiré. * Sé lo que me vas a preguntar, mi virgen papel: ¿Por qué, por qué he tardado tanto? Sólo han sido tres días y dos noches. Ha estado lloviendo y la nostalgia del gris me ha dejado por completo hipnotizado. No puedo decirte quién escribió la carta que Nariz de Cochino dejó en mi celda, no quiero manchar este humilde diario de notas con tan nauseabundos y confusos propósitos. Sólo te diré que no era del Señor Ignoto. Aún, a día de hoy, no sé nada de este individuo que tanto prometió: sus palabras no valen, por muy adornadas que estuvieran. ¡Había depositado toda mi fe en el mismísimo diablo y hasta él me ha olvidado! ¿Puede que imaginara la nota? ¡Vuelva a mí, Señor Ignoto!

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II

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Nueve
Los días pasan. Y pasan sin que yo pueda poner remedio a tan espinoso mal. La barba, ha tomado mi cara; una muestra de mi cuerpo que siempre odié, puesto que lo achaco a la falta de higiene. Por fin me han dado una prenda (similar a unos calzones, tan anchos como gregüescos) para cubrir mis vergüenzas, si bien a día de hoy las han visto todos. Pero aún así, me siento más confortable y gusto de más confianza. Asimismo, han sucedido dos cosas que me alegran y una un tanto desconcertante: De las dos agradables, te diré, mi virgen papel, que una de ellas es el dolor horrible que venía sobrellevando en mi cuerpo y en el pie y que ha desaparecido poco más o menos por completo. La otra agradable ha sido las conversaciones que he mantenido con Nariz de Cochino, que van filtrándose hacia buen puerto. Hay en él un acento que no cicatriza y que muchas veces me desorienta al ser incapaz de ubicar su procedencia. ¿La desconcertante?: todavía no he resuelto lo de enfrentarme ante el espejo. Cada vez que paso cerca, me agacho. Evito el otro lado. No quiero verme. Es Nariz de Cochino quien me incita a que lo haga. Por su boca salen las mismas palabras que yo diría a un preso bajo mis circunstancias. No es de mi agrado citar esto, justo cuando estaba consiguiendo olvidar parte de mi reciente pasado: con el sol del atardecer y un determinado juego de sombras, he visto una inscripción en la pared: Mi sincero Bienquisto: Imagino que sabrá, a estas alturas de su apresamiento, lo que es que le juzguen constantemente. ¿Me equivoco? Saludos. S.I. El trazado, a pesar de estar escrito sobre piedra, era igual de perfecto que el que había alcanzado siempre en el papel. Con el tacto otorgado por la yema de mis dedos, he tocado y sentido las letras profundamente arañadas en la pared. ¡Cuánta razón lleva! Pero, Señor Ignoto, ¿alguna vez le hice sentirse mal? Si es como lo imagino, le pido enfermizamente que me condone. ¡No puede ser, mi virgen papel! Creo estar volviéndome loco. Me siento ridículo preguntando por alguien que desapareció de forma imprevista. ¡Él no puede leer nada de esto!

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* He escuchado conversaciones en inglés― expliqué a Nariz de Cochino. Él respondió que al ser una zona conflictiva y haber trascendido la guerra hasta límites no calculados ni previstos, los aliados habían adoptado tal idioma como común y de esa forma poder entenderse entre ellos. Muy sagaz él, fue destilando la conversación hasta situarme donde me quería: ― Debe hacerlo, y cuanto antes lo haga, mejor― me propuso Nariz de Cochino en este nuevo día, otra vez. — Con todo mi respeto― objeté―. Yo juzgaré cuándo y cómo deberá provocarse tal acontecimiento. — De acuerdo, le respeto. — No crea que es instintivo en mí llevarle la contraria, pero en el fondo sé que lo que dice usted es lo correcto: acepto; miraré mi reflejo. — ¿Ahora? — Sí. — Bien, me contenta, y mucho. Se encontrará con usted mismo. Una vez lo haga, se sentirá bien. — ¿Sabe una cosa? ―le pregunté a Nariz de Cochino mientras caminaba de espaldas hacia el espejo―. No hará un mes que yo ejercía el mismo oficio que usted desempeña. El auténtico Ignoto no tenía miedo de mirarse en el espejo, lo adoraba; ¿no me cree? — Tendrá que demostrármelo, pero discutiremos de ello después. Antes, vea su rostro en el espejo, hágame el favor. — Bien― contesté, todavía, de espaldas. — Dé la vuelta. Mire. Poco a poco, fui girando mi cuerpo en busca del espejo. ¿Puedes imaginar, mi virgen papel, la remota y la escalofriante idea de poder encontrarte con alguien que no conoces dentro del espejo? He estado semanas aquí, encerrado, y pongo en duda todo lo que mis ojos ven. Incluso, he llegado a pensar que mi espíritu se evaporó de mi cuerpo y viajó, introduciéndose en el cuerpo del Señor Ignoto, condenándome con él, sólo por un pedazo de carne. Una mueca poco definitoria, seguramente parecida a la que yo mantuve mientras vi al Señor Ignoto verse reflejado esperando a la aparición de su querido amigo dentro del espejo, pudo entreverse en el rostro de Nariz de Cochino. Por fin, di con mi reflejo. — Es… — ¿Es quien recordaba ser? Frente a mi reflejo tullido, repleto de heridas y quemaduras, reconocí mis ojos. Su luz no había cambiado. ¡Era yo! ¡No el Señor Ignoto! Aunque la semejanza hacia él era incuestionable. Mi virgen papel, ya pude respirar tranquilo cuando me encontré, a pesar de que Nariz de Cochino continuara a lo suyo: — No tendrá dudas, todavía, de quién es, Señor Ignoto. — Gracias a usted, me he vuelto a encontrar, Nariz de Cochino. — Perdone… ¿có… cómo me ha llamado?

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— Disculpe. No me haga caso, muchas veces pierdo las formas, más en estas circunstancias tan comprometedoras. Ahora dígame, ¿cree que yo era usted antes de que todo esto sucediera? — Ehm… — No vacile, se lo pido…― tuve que insistir (creo que fue así como aconteció, por ello manifiesto mis dudas para que quede escrito). — Yo sólo sé, que cuando llegamos aquí debido a la urgencia, usted los había matado a todos. A todos. Eso fue lo que nos dijeron y nos ordenó... — ¿Ordenó? ― una vez lo pregunté, la misma interrogación se repitió dentro de mi cabeza, a modo de un eco―. ¿Puedo hacerle una pregunta? — Adelante. — … — ¿La pregunta? — ¿Quién? ¿Quién les ordenó? — El jefe. — ¿El jefe? — Sí. — Bueno, eso es todo un alivio― dije al recordar esperanzado al bigote del jefe. Ya tuvo la decencia de advertírmelo en su momento, cuando me descubrió el significado de bienquisto. Aún resuenan en mi cabeza: tenga cuidado de con quién trata y cómo―. ¿Por qué no me comunicó antes que el jefe sigue con vida? — Es…― intentó proseguir él, impidiéndoselo yo, dominado por los nervios. — Siempre me comentó que murieron todos. De hecho, ha insistido tantas veces refiriéndose <<a todos>> que pensé que así fue. — Es que fue usted quien los asesinó a todos. — No, todos no. — ¿El jefe? ― preguntó Nariz de Cochino mirándose las pezuñas (perdóname mi virgen papel, no he podido evitar hacer la afrenta, debido a mi malestar). — Sí. — El jefe estaba aquí cuando todos nosotros llegamos. Fue quien te redujo, fue quien estableció de nuevo el orden y la jerarquía. — Nadie me redujo salvo el Señor Ignoto. Yo no peleé con nadie, estaba inconsciente. — ¿Sus heridas, como la del dedo, como sucedieron entonces? — El Señor Ignoto me las causó todas. De todos modos es perfecto. — ¿Qué? — El jefe me reconocerá, él sabrá quién soy, y le explicará la ardua tarea que yo desempeñaba aquí, con el auténtico Señor Ignoto. — Tendrá que esperar un tiempo. Desde ayer jueves está ausente, justificando el incidente ante una investigación interna. — Qué oportuno, y típico. No se preocupe, tengo todo el tiempo del mundo para esperar. Se arrepentirán de esto que me hacen. — De todos modos, hay una cosa que todavía no entiende usted. — Qué. — ¡El jefe ya le vio cuando le apresó! ¿Qué le hace pensar que cuando entre aquí vaya a cambiar de parecer?

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— He insistido en que el Señor Ignoto fraguó este plan. — ¿Otra vez vuelve a la misma historia? — Me ha suplantado la identidad. Cortado mi dedo. Deteriorado mi cuerpo. Quemado mi cara. ¡Es normal que el jefe no me reconociera! — Claro ― respondió incrédulo Nariz de Cochino, cruzándose de brazos. — Llevado por la adrenalina del momento, no me habría distinguido. No quiero imaginar por lo que ha debido de pasar. — Esperemos a que llegue, será lo más razonable y sensato. — Bien, gracias, pero es grosero cortar una conversación. Me desprecia. En el fondo me desprecia. ¿Cree que no sé cómo miraba yo al Señor Ignoto? — No le estoy tratando con desprecio. — ¿Algo más? — Sí. — Expóngalo y váyase. — Esta carta ha llegado hoy para usted. — ¿Una… carta? — Sí. — Déjela en el suelo. Muchas gracias. * Fue más o menos así la forma y el orden de la conversación que mantuve con Nariz de Cochino. Es posible que algunos fragmentos hayan quedado distorsionados por mi traicionera memoria, ¡pero debes creerme! ¡Sólo me quedas tú!

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Diez
[Carta entregada por Nariz de Cochino.]

Mi sincero Bienquisto: Sé que nunca me tuvo en estima. Y menospreciado por los barrotes que antes me privaron de la gozosa libertad, sé, que al presente, me odiará con tal profundidad que estará ardiéndole el pecho de la misma impotencia. No crea que llorar vaya a solucionar sus problemas. ¡Los sollozos de qué sirven, en un lugar como ése! Las noticias que puedo describirle desde aquí son verdaderamente sorprendentes. La guerra se ha extendido de tal manera que me es hasta difícil concebirlo. No es el conflicto aislado en el que yo estuve involucrado en un rincón del mundo antes de mi apresamiento. Como la misma peste, se ha extinguido de boca en boca, de mano a mano, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Ha corrompido a todos y ello me satisface con tal magnitud que mis ansias de matar se ven reducidas por el momento. Desde esta tarde, sólo disfruto satisfaciendo a mi pene, que tan privado ha estado de su primordial contrato durante meses. Oh… mi sincero Bienquisto. ¿Ha gozado del olor de la hojarasca? (no caiga en el error de atribuir <<hojarasca>> a un juego de doble sentido. La promesa de mantenerle informado y garantizar su bienestar, son férreas palabras que consumaré para usted). Le escribo desde un hermoso monte, en un amanecer que se ha propuesto disipar cualquier mal rescoldo, justo a las afueras de la aldea en la que en estos días me hospedo. Dejaré mis ridículos sentimientos de dicha ocultos entre estos renglones. ¿Puede creer que los lugareños, a causa de mi repugnante físico, me revelan su pena, igual que a un ser que ha sobrevivido a una crónica y mortal enfermedad? ¡Recen, supliquen, oren por mí! Estos individuos lo hacen con tal devoción y celo que no son capaces de distinguir que sus apestadas palabras están siendo imploradas para proteger y salvarme a mí, el mismísimo mal. Debo resaltar que sus buenas acciones no harán que yo les perdone, no es esa mi tarea. Y, ¡no sienta lástima por mí, mi sincero Bienquisto! Cuanto más bajen la guardia… Cuanto más indefenso y torpe me vean, más fácil será para mí volver a matar con la destreza de días pasados. De noche, salgo a pasear con un manto debido al frío. Me muevo por callejones en completo silencio, protegido por la niebla. Estudio las costumbres de estas limitadas gentes, sus horarios, sus extravagancias; muy pronto mataré de nuevo: Bebés. Niños. Adultos. Perros. Ratas. Ancianos.

Le añora, el Señor Ignoto.

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Posdata: Ponga en duda todas las palabras que salgan de bocas que no sean la suya. Una última cosa: estoy al corriente de que elogia mi caligrafía. Me enfurece que tenga que enterarme por terceras personas. * [Mi respuesta.] Mi hábil Traidor: Creo haber esperado una eternidad por su carta. Deduzco que no ha tenido mucha prisa en contactarme ni en preguntar por el daño irreparable que ha causado a mi persona. Pero ¡qué digo! No sé de qué me sorprendo si usted no tiene ni un atisbo de sensibilidad. Su libertad me produce una envidia insana y furia. Diré que los rayos del sol, a veces entran por la ventana de mi celda. Ya no calientan ni esperanzan como hubieran hecho en mí cuando me daban en el exterior. Y eso me irrita. Su plan de convertirme en usted ha ido más lejos de lo planeado. No sé si su intención era meramente física, pero mi mente está derivando hacia océanos de enajenación. EL DOLOR Y LA LOCURA PUEDEN CONVERTIRME EN UN MONSTRUO. Es verdad que sollozar no sirve de nada aquí. De las lágrimas de impotencia, he pasado a rasgarme y a castigar mi cuerpo con mis crecidas uñas. También, golpeo con rabia los muros de esta celda hasta que sangro. Me produce una satisfacción vacía el conseguir sangrar; más tarde lloro impotente y otras veces, por el contrario, tengo tal rabia que poseo sed de más y más sangre. ¿Se deleita con esto que me ha hecho? ¡Así describía usted, en su primera carta, el nacimiento de un odio germinal! Su plan, mi hábil Traidor, ha sido tan obvio que lamento no haberme dado cuenta con anterioridad. ¿Debo poner en duda todas las palabras que salgan de bocas que no sean la mía? Haré lo siguiente: pondré en duda todo lo que usted me diga. ¿Le parece justo? Yo creo que sí. Hasta su próxima carta. Le desea ver muerto, Su sincero Bienquisto. Posdata: Sí. Su caligrafía es agraciada y bella pero: Es triste jactarse de un ejercicio tan básico.

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Once
¿Mi hábil traidor? De esa forma inadecuada me he dirigido al Señor Ignoto, como habrás podido leer en una copia de la carta que he archivado y transcrito atrás entre tus páginas, en contestación a la suya. Se la entregué hace semanas a Nariz de Cochino para que la enviara. Camino por la celda. Doy tres pasos e inspiro, luego tres más y espiro. Pienso. Escribo. Luego camino y reanudo mi pensar: ¿Me indujiste tú, mi virgen papel, para tamaño atrevimiento en contra del Señor Ignoto? ¡Cómo he resuelto dirigirme a tan ruin asesino con esa burda confianza! Creo que he sentenciado mi muerte, aunque, ¡esta vida nueva es ya de por sí una condenación! En este tiempo he estado recibiendo visitas asiduas de Nariz de Cochino. Con él he confabulado y me ha insinuado diversas descabelladas teorías. Una de ellas fundamental y que ya te he manifestado: insiste en que soy el Señor Ignoto. ¡No sé qué hacer para conseguir convencerle de que se está equivocando! ¿Es que no ve mi inexperiencia como demente? ¡Nunca conoció al auténtico asesino! Un momento, un momento. Camina, piensa, escribe; Debo ser objetivo: si yo me hubiera visto sometido cara a cara frente a la misma situación, ¿no te das cuenta de que hubieras actuado con el mismo rigor con el que lo está haciendo Nariz de Cochino? Si por un mísero momento el Señor Ignoto me hubiera sugerido que él era inocente y que todo no era más que el resultado de una teoría confabuladora, ¿no te das cuenta de que…? ¡No le habrías creído! Le he dado mi nombre y apellidos reales. También cómo se ha estado dirigiendo a mí el Señor Ignoto. Le he invitado a que investigue sobre mi pasado, el lugar donde nací, pero conforme lo sugería, me di cuenta de que, dado el escenario y la guerra en que nos encontramos, Nariz de Cochino no podrá mover un dedo puesto que nunca obtendrá lo que desea. Además, los escritos que pudieran ver reflejada mi identidad han sido destruidos. Cualquier persona (a excepción del jefe), asesinados. Y mi físico mancillado. Hace unos instantes he mencionado una palabra que no usaba desde que desperté aquí adentro: DEMENTE. Me ha hecho recordar una nota que el Señor Ignoto me envió y que tanto me ofendió en su momento: ¿Sabe que dos personas dentro de un centenar son dementes? ¿Cuánta gente vive a su alrededor? [...] Escribió al comienzo de ella; después, al final: [...] ¡Puede usted ser un demente! Sé quién soy y cómo he acabado aquí. No obstante, aquí parado en seco en una esquina de la celda, no he podido sortear una pregunta: ¿Acaso una parte del plan del Señor 44

Ignoto, excluyendo su huída, no era otro que el de volverme loco para acabar yo, demente? ¡Él mismo lo sugirió en su primer contacto conmigo a través del papel! * Ayer tarde hice entrega de esta carta a Nariz de Cochino, dirigida completamente a él:

Voy a confesarle un hecho innegable: no ostento la identidad que con tanto empeño sugiere. Y empiezo a estar cansado y cada vez con menos ímpetu para demostrárselo. He pensado y mucho, créame. Sé que yo, bajo sus mismas espinosas circunstancias, no habría creído nada. Es todo una auténtica locura. Pero debe creerme cuando le digo que ni una rata ha muerto entre estas manos. ¡Debe saber una cosa más! Si no me salva, si no me muestra un atisbo de esperanza tan solo, me volveré loco. Estas cuatro paredes a veces parecen constreñirme. A veces la ausencia de aire es tan grande que corro hasta la ventana para poder respirar. Ya había olvidado el olor de la libertad. Mientras pueda hacerlo, mientras pueda oler el exterior, estaré a salvo. Incluso a veces, los barrotes de hierro no me dejan oler y siento unas manos imaginarias tirar de mí hacia el interior de esta celda. Con una fuerza terrible… temible. Tengo pruebas de que no soy un demente. Mi diario, venga y lea mi diario. Le espero. * Se hace esperar Nariz de Cochino. Esta mañana ha estado aquí, pero no me ha dicho ni una sola palabra, tampoco un gesto que delatara algún sentimiento. Es como si no hubiera leído mi carta o actuara como tal. Estoy mirando por la ventana de mi celda. Están cavando una especie de tumba o fosa común para todos los fallecidos. He reconocido algunos cuerpos; sólo por sus vestimentas a causa del mal estado de los cadáveres, como la vieja gabardina gris del Señor Director que debía llevar puesto alguno de sus compañeros e incluso su esposa, asidua colaboradora de este lugar. Será lo primero que deba preguntar al Señor Director: el estado de su esposa. Irónicamente, por falta de documentación, se ha escrito sobre el granito: La tomba del Ignoto

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Sólo viendo esa cantidad de cadáveres y esqueletos caer en la fosa, soy realmente consciente de la brutalidad de la que ha sido y es capaz de hacer ese asesino ahora libre. Espero que pronto alguien le dé caza. Quien sabe si no es él el causante de esta excéntrica guerra que tanto se ha extendido. ¿Cuántas tumbas sin nombre habrá tras el rastro de sus huellas?

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Doce
Eureka: primeras noticias de Nariz de Cochino después de cinco días de un absoluto mutismo: Dirigido al presidiario de la celda número cinco: No es un canal habitual éste que estoy utilizando con usted. Y debo revisar el código normativo para cerciorarme de que no estoy infringiendo ninguna regla. Como podrá juzgar por lo que ve en el exterior, los ánimos aquí están un tanto tensos. Necesitamos tiempo para reorganizarnos y créame usted a mí, está mejor ahí dentro que aquí afuera. Durante el entierro multitudinario de todas sus presuntas víctimas, se han vivido escenas de auténtico odio y rencor por lo incomprensible de lo acontecido. A esto debemos sumarle la guerra que avanza y el peligro que todos corremos. Pronto dialogaremos largo y tendido. Refúgiese en la paciencia. Por lo menos hemos dado un paso con Nariz de Cochino, mi virgen papel. He leído <<presuntas víctimas>>. Gran noticia, sin duda. Adjunto a esta carta, hay otra del Señor Ignoto. Al estar dentro del sobre en que se me ha hecho entrega la carta de Nariz de Cochino, creo saber por qué las cita como <<presuntas>>. A pesar de haber hecho un acto infame, como es abrir el correo ajeno, me alegro de esta intromisión: ¿Cómo justifica ahora, Nariz de Cochino, que la carta que me entrega esté firmada por un supuesto Señor Ignoto? * [Por suerte, es factible, mi virgen papel, que Nariz de Cochino haya leído esta carta.] Para mi Bienquisto, tan sincero: Tengo un ojo infalible cuando me dirijo a las personas. Es una verdad ya incuestionable. En su caso, la sinceridad ha brotado sublimemente. He soltado una fuerte carcajada al leer su carta por aquello del hábil Traidor. La habilidad es un ejercicio que se adquiere y que se domina con disciplina y práctica. La traición

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puede surgir, y yo, aunque le resulte difícil de creer, no traicioné a nadie. Dígame, mi sincero Bienquisto, si había alguien con quien intercambié confianzas íntimas hasta tal punto como para que esa persona pudiera sentirse traicionada por mí. ¿Qué hace un animal salvaje cuando es apresado?: Intenta huir. Y eso fue cuanto hice. Sí le revelo que quise que usted estuviera encerrado, adiviné en sus miramientos descrédito en cada una de sus visitas. ¿Ha visto mis recomendaciones en la pared de la celda? No volveré a tratar este tema. Ésa es ahora su nueva vida. Si no está conforme, cuente sus penas a otro. Yo no soy un paño de lágrimas y mucho menos alguien con quien pueda confesarse usted. Sea un hombre y acepte como tal su nueva vida. Debe tener cuidado. He dejado a cargo en ese remoto Centro Penal, a personas que seguirán sus pasos y también su evolución. Tan pronto le brindan apoyo, podrán de igual forma torturarle. ¿Ya ha hablado con El Jefe? Le añora y desea por su bien y por el mío, que no enloquezca, El Señor Ignoto. Posdata: pronto iré de visita. Recíbame con gusto. * He estado estrujándome la sesera una parte importante de la noche, tratando de entender la postura del Señor Ignoto― le he dicho a Nariz de Cochino, que vino a verme anoche como quien va a ver de forma furtiva a una amante secreta. Lo hizo porque, aunque todavía no me lo haya confesado, está creyendo una parte de mi versión. — No puedo imaginar lo que debe ser que lo apresen a uno siendo inocente. Hay un brillo en usted que lo hace humano, pero debo ser prudente. — Soy inocente. — ¿Puedo? ― preguntó echando el ojo a mi diario. — Por supuesto, a eso ha venido. — Muchas gracias― dijo cogiéndolo. — ¿Cree que vendrá? — ¿Quién? No respondí pero sugerí y él sonrió como si hablara con un DEMENTE. Como es lógico, mi virgen papel, nada de esto lo ha leído Nariz de Cochino porque escribo una hora después del amanecer; cuando me lo devolvió. Debes hacer memoria. Si no te ves capaz, yo te la refrescaré: ¿Recuerdas esto, páginas atrás? [...] No puedo decirte quién escribió la carta que Nariz de Cochino dejó en la celda, no quiero manchar este humilde diario de notas con tan nauseabundos y confusos propósitos.

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[...] Creo que los dos estamos preparados para empezar a inquirir tanto desafuero. Por culpa de esta pregunta de tinte sarcástico << ¿Ya ha hablado con el jefe? >> salida de la última carta del Señor Ignoto, he atado cabos. Esto decía la carta que Nariz de Cochino dejó el primer día que nos encontramos: Conozco en primera persona su maldad. Como preso de la celda número cinco, extremaremos las medidas de seguridad para evitar que vuelvan a repetirse tales abominables acontecimientos. Después de reducirle con mis propias manos, no crea que he pensado privarle de privilegios, pero soy humano y como humano que soy recibirá apoyo para corregir su enfermedad. El director del Centro. (El jefe) Mi virgen papel, lo oculté en su momento porque no tenía sentido. ¿Es que no te has dado cuenta del detalle? ¡Claro que no! ¿Cómo no lo hice yo primero? Disculpa, yo copio las notas en ti (sabes que oculto las cartas bajo el colchón de mi camastro) y no sientes la caligrafía de los textos originales. Sé que la nota no tiene nada de especial, salvo unas palabras correctas de un director, nuestro jefe. Pero dejaré estas preguntas en el aire para que podamos pensar juntos: ¿cómo es posible que la caligrafía del señor director sea idéntica a la del querido amigo del Señor Ignoto? ¿Cómo pude olvidar que el Señor Director le hastiaba el apodo del jefe y que jamás firmaría una carta con semejante alias? Y sumado a esto, recuerdo caer un cuerpo vestido con gabardina gris dentro de una fosa. ¡Rezaré por su alma, y protéjame a mí allí donde esté, Señor Director! Vuelvo: El querido amigo del Señor Ignoto. ¡Le vi morir! ¡Murió hechizado entre sus manos, con su cuello roto!

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Trece
Una semana entera y seis días son los que llevo sin escribirte. Han pasado infinidad de cosas que debo hacerte saber con premura. Y siento haberte mantenido al margen; pero debía aclarar las ideas, que se apelotonaban (y aún lo hacen) en el interior de mi cabeza como una maraña de papeles carentes de juicio alguno. Lo entenderás. Va a dejarte confuso esto que tengo que explicarte, si bien debes prestar especial atención: El Señor Ignoto estuvo aquí hace cuatro noches, tal y como anunció en su carta. Sé que es difícil de creer y más todavía de asimilar. ¿Por qué lo hizo? Todavía es una incógnita. Pensé que la posdata de su última carta no era más que una broma mal intencionada. Apareció justo al otro lado de la ventana de mi celda, donde una fina luna podía discernirse en lo alto del cielo justo detrás de su figura, mientras Nariz de Cochino y yo entablábamos una conversación subida de tono. Los dos boquiabiertos por el pavor, no dijimos nada, salvo el eco de nuestros corazones que salía despedido en cada una de nuestras entrecortadas espiraciones. Nos vimos subyugados; nunca antes había visto un rostro tan inexpresivo. El Señor Ignoto estuvo mirándonos, no sé el tiempo, desde afuera, sin mostrar expresión alguna. La confusión era enorme, pero de algún modo, no creí que íbamos a morir porque el hechizo que padecí la primera vez, no estuvo sucediendo. ¿O sí? Sé que Nariz de Cochino no fue capaz de esquivar su asombro y dudé si no habría muerto del susto. Estaba sumido en una especie de comportamiento anómalo que supe identificar: un shock. Ya te adelanto que luego no recordaría con claridad lo que vimos. Continuó mirándonos aunque al final pareció perder todo el interés en Nariz de Cochino y clavó sus ojos en los míos. Era como mirar una estatua de piedra, una gárgola, tal y como balbuceó Nariz de Cochino entre sacudidas de terror: gargouille. (Fue en aquel momento cuando por fin averigüé su acento y su origen francés.) ¿Y cuál es la función de una gárgola, mi virgen papel? Sé que ésta no es la única, aunque una de ellas es la de alejar de un templo a los pecadores, protegiéndolo en consecuencia. ¿Éramos nosotros pecadores? ¡De ninguna manera! Sin embargo el Señor Ignoto disfrutaba con este doble juego. Imploré para que dejara de hacerlo porque, casi con certeza absoluta, creía que podía leer mi mente, que había dejado en blanco. Cuando quise darme cuenta, sólo estaba la luna, la luna. Corrí hasta la ventana, para ver la figura del Señor Ignoto perderse entre las sombras de la noche y a lo lejos, en el enclave de <<La Tomba del Ignoto>>, pude distinguirle cavando

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en la tierra como un perro y enterrando dos nuevos cuerpos (uno era de un niño o niña y el otro lo intuí como el de una mujer) después orinó en la tumba. * Dos noches después de la espectral visita, y de tratar de persuadir a Nariz de Cochino de que lo que vio fue una realidad, han ingresado a dos nuevos prisioneros. Vecinos que compartieron una celda pero que, por sus continuas reyertas, se ha optado por separarles a celdas contiguas a la mía. Por lo visto según he podido escuchar, abusaban de la inocencia y buen hacer de las gentes. Una vez se integraban en sus vidas y gozaban de una plena confianza, desvalijaban todos sus bienes, especialmente dinero y alhajas. Mi virgen papel, estos grotescos sujetos son tediosos y carecen de educación. Defecan cuando hablan y son toscos y sucios. Es el peor castigo de todos, es la evidencia básica del hombre como animal. Tal particularidad me produce arcadas. No puedo soportarlo y a veces, quisiera matarlos. Y si Nariz de Cochino lee esto, le invito a que los tenga cerca un día tan sólo. Sabrá y entenderá lo que digo. La mejor manera será obviarlos, ignorar que existen. No. ¡No! ¡Es precisamente lo que hace Nariz de Cochino cada vez que le invito a recordar la noche en que el Señor Ignoto nos visitó! Sale con la excusa de que todo lo que recuerda era verme a mí reflejado en el espejo, pero, ¡era la ventana!

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Catorce
He merodeado por las cercanías de <<La Tomba del Ignoto>>, tal y como demandó― me ha dicho Nariz de Cochino hace escasas horas―. Y dados estos nuevos eventos, debo creer todo lo que me ha contado. Todo. O al menos, replantear mi punto de vista, que aunque no lo crea, es un comienzo. — ¿A qué se debe este giro repentino?― le pregunté inmediatamente después. Tuve que hacerlo. Si bien podía suponerlo, debía hacerle saber que no comprendía cómo podía alguien cambiar de opinión sin una justificación entre sus manos. Pensé qué tuvo que ver en la tumba para creerme ahora más que nunca. — Si bien no soy capaz de recordar apenas nada, sé gracias a mi formación, que una fuerte impresión pudo haberme bloqueado la noche de la presunta visita, impidiendo juzgar y crear con ello una imagen nítida. — ¿No recuerda la palabra gargouille? Me miró pálido, como si hubiera iluminado una habitación dentro de su cabeza. — Gargouille fue la impresión que le causó el Señor Ignoto. Él. Él era la gárgola. — No puedo recordar, pero aún así, todo esto, antes se lo habría puesto en duda, pero… — ¿Qué? — Como ya le he citado, merodeé por las cercanías de la tumba. — ¿Y? — Alguien removió la tierra, escarbando, como si buscara entre los cadáveres. — Horrible. Sacrílego. — Desde luego. Muchos cadáveres yacían tirados por la tierra, con sus miembros esparcidos, como si unos lobos los… los hubieran encontrado y… — Está claro que tiene más, porque eso que me cuenta podría haberlo creado sin más cualquier animal; como bien me ha dicho ya, unos lobos. Yo sí le vi orinar en la tomba― le repliqué. — ¿Dice que orinó? ¿En los cadáveres? — Sí. — Eso sí que es sacrílego― dijo santiguándose. — ¿Entonces? — La mano en hueso de uno de los cadáveres se adivinaba entre unos matorrales. Era como si su brazo emergiera de las profundidades de la tierra, tratando de escapar de un lugar temible, para hacer una entrega. Tenía, entre sus dedos, algo que no pude diferenciar hasta que me acerqué. Era una carta. — ¿Una carta? ― pregunté. Increíblemente, recuerdo que se me escapó una discreta sonrisa, como si me hubiera hecho gracia la idea que tuvo el Señor Ignoto para hacerme entrega de su carta. ¿Acaso estaba perdiendo el juicio? Para mi suerte y después de los logros conseguidos, Nariz de

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Cochino, tan asustado por todo lo vivido, no se percató de ello. ¿Cómo crees que reaccionaría si me hubiera visto riendo ante tan inmunda escena? — Sí. Era una carta― continuó diciéndome. — ¿Para quién? — Usted: Mi sincero bienquisto.

* [Carta del Señor Ignoto.]

Mi bien avenido y sincero Bienquisto: Me complace ver en persona mi excelente trabajo. Sus quemaduras y sus heridas logran que usted y yo seamos casi una imagen fusionada, a excepción de esa luz en sus ojos que habrá que trabajar con más empeño. No cabe la mínima duda de que es mejor de lo que esperaba. Sé que son muchas sus preguntas, pero ando falto de tiempo para responderlas y gusto dejándole en vilo. El motivo de mi visita ha sido personal, debía zanjar unos asuntos. Espero que no le haya importunado mi visita. Después de espiarle y escuchar parte de su conversación he visto quién ha tomado su puesto. Por favor: ¿Esa es la persona en la que debe apoyarse? ¿A él debe convencer de su inocencia? No es la primera noche que visito su celda, mi sincero Bienquisto. Debe tener cuidado de a quién presta sus propiedades y a quién confía sus secretos. ¿Cuántas veces ha dejado su diario en manos de ese individuo? Le indicaré que es muy probable que muchas de las cosas que relea en su diario hayan podido ser manipuladas e inclusive, aparecer textos en él que usted ni siquiera haya escrito. Sabiendo él que su diario es toda su vida, le inducirá con él hacia la enajenación y acrecentar así su desconcierto. No deje que le vuelvan loco. Tome medidas, libérese; asesinar está en sus manos. Le sigue añorando, El Señor Ignoto.

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Quince
Cuán dulce puede ser un error ajeno. ¿Puedes imaginar quién se ha dejado en evidencia? Ni más ni menos que Nariz de Cochino. Ha partido de viaje a ver a su padre por un incidente delicado (puede que sea la peste, corren rumores de escalofríos, destemplanzas, debilidad y jaquecas en los aquejados, ¡síntomas!) y con las prestezas propias debido a tales circunstancias, ha olvidado el cuaderno en el que toma notas, precisamente aquí, en el interior de mi celda. No me he dado cuenta hasta hoy, un día después de su marcha. Realmente estoy muy sorprendido. Me es grato exponerte que no está escrito en francés tal y como vaticiné, lo que me hace especular que deberá hacer entrega de ellas a algún superior como <<el nuevo jefe>>, persona que todavía no he visto; y que creo hace desmedidos esfuerzos en salvaguardar su identidad reafirmando mi teoría. Pasaré a tus páginas los pasajes que resulten de mayúsculo e inevitable interés. Éste en concreto es un buen ejemplo: […] La locura siempre se ha manifestado de muy diversas formas desde que decidí investigarla. Es un amor incomprendido este que sufro con ella. En el caso del prisionero de la celda número cinco, el afectado manifiesta conductas erráticas. No obstante, aún no ha padecido ninguna pérdida de control. […] Esto que describe, no me produce estupor alguno puesto que no son otra cosa que citas y textos de los primeros días. Sin embargo, son interesantísimos:

[…] Al no conocer su antiguo entorno social (con ello hago referencia a padres, hijos, amigos o familiares conocidos), no puedo evaluar algunos aspectos tales como si fue rechazado de él. Nada sé de este sujeto, salvo lo dicho por el Señor Director, que me indica que es un asesino demente; increíblemente peligroso, y que lleva acumulados millares de asesinatos. Seré honesto: millares me parece una exageración cuyo único esmerado fin no es otro que impresionar y causar respeto.

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De este modo, asombrosamente, el preso mencionado es educado y vulnerable e insiste en que no es quien nosotros le decimos: por tanto, no tengo otra que anotar que ignora su realidad. Es mi deber indagar si es capaz de diferenciar entre lo irreal y lo real. Mañana será. […] Mi virgen papel: lo real de lo irreal; qué desmañado patán. ¿Mañana, exactamente cuándo? Nunca sucedió, pero se lo responderé con gusto: La realidad: no soy. Intento ser. La irrealidad: el preso de la celda número cinco.

* Necesito escribir. Si no lo hiciera, presagio que estaría muerto, enterrado con el resto de muertos bajo toneladas de tierra en La Tomba del Ignoto que puedo ver día tras día desde esta ventana. Acabo de extender la palma de mi mano sacando mi brazo al exterior. Todo cuanto los barrotes me permiten. Fuera llueve, y cuando antes hubiera corrido a salvaguardarme para no mojar mis prendas, hoy anhelo más que nunca poder ser empapado de lluvia. Qué agradable sensación es esta de sentir escurrir el agua entre la yema de mis dedos. Ahora mis manos limpias escriben y no dejo manchas ni borrones en tus páginas. Después de haber leído pedazos de las notas de Nariz de Cochino, me ha venido a la mente la cuestión que el Señor Ignoto dejó en el aire la última vez que me escribió. Sugería directamente que Nariz de Cochino, teniendo mi diario en su poder, había estado manipulándolo para que cuando lo volviera a leer (ejercicio que repito con asiduidad), fuera confundiéndome con sus (mis) manipuladas palabras. Es una teoría ridícula ¿cómo no iba a darme cuenta? ¿Acaso me creen capaz de no distinguir mi propia caligrafía? Además, poniendo todo en una balanza: ¿quién me quemó vivo? ¿Quién me ha privado de uno de los dedos del pie? No me fío de nadie, pero menos de usted, Señor Ignoto. Quedan muy claras las ventajas que la guerra otorga al Señor Ignoto. Cuanto más desconcertado esté cada rincón de este planeta, mejor se moverá él, estoy seguro. Puedo verle acechando, deleitado por la incertidumbre; creando rumores con falsos mensajes, infiltrándose en tropas amigas y enemigas, matando y creando más y más odio. ¿No pueden verlo, caballeros? No sé si él creó esta guerra, pero les auguro que la extiende, como la peste que azota cerca de este Centro Penal.

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Pronto se cumplirá una semana que no sé nada de Nariz de Cochino ni la suerte que habrá podido sufrir él y su padre. Pude verle dolido y no fue capaz de predecirme el tiempo que tardaría en volver. En la distancia, por el oeste, el horizonte se ilumina con estallidos de luz y murmullos. No sé si será un bombardeo o una nueva tormenta. No me importa. Yo sigo inmerso en las notas del cochino. […] Larga ha sido la conversación que he mantenido hoy con el Señor Director. Un individuo que quizá un día tuvo alguna particularidad, pero que en estos días, por cualesquiera que sean los motivos, se le ve sentado en la oscuridad de un despacho sin luz, siendo un espectro al que se le ha debido privar de todo. No poseo la confianza suficiente como para plantear determinadas cuestiones, pero después de tantos muertos mutilados, no podía forjar la idea de cómo hizo él para reducir al Señor Ignoto sin sufrir apenas una herida ni rasguño. Una bestia iracunda cuando lo único que yo veo en la celda número cinco es un gato quemado. A pesar de ver que el alcohol ha pervertido al Señor Director, juzgaría que no ha matado ni a una araña aún repleto de sobriedad. No sé si debería plantear estas preguntas, estoy poniendo en juego el puesto que tanto me ha costado conseguir. Después de sugerir con la mirada, pudo a lo mejor intuir mis pensamientos y se adelantó diciéndome que sí sufrió. Explicándome que le mutiló el mismo dedo del pie que no tiene el Señor Ignoto. Me comentó que era una marca de venganza que utilizaba en las víctimas que decidía dejar con vida. Y que el Señor Ignoto sufrió hace años cuando estuvo como soldado en la guerra, antes de que le apresaran. […] Esto no lo esperaba, mi virgen papel. ¿Podrías haberlo hecho tú? Son tantas mis heridas, algunas en el alma ya irreparables, que olvido que tengo nueve dedos entre ambos pies. Pero me complace que alguien reciba la misma medicina. Retiro lo dicho con anterioridad cuando me referí como <<desmañado patán>> a Nariz de Cochino. […] Entonces pregunté al Señor Director si a él le había decidido perdonar el Señor Ignoto, a lo que no supo responder. Yo no le comenté nada al respecto, pero sé que el Señor Ignoto tiene un dedo menos en su pie izquierdo y la herida, en contra de lo citado por el Señor Director, muy reciente. De hecho, según el parte

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médico, me consta que tuvo que suceder la noche de los terribles acontecimientos. […] Fantástico. Él se ha dado cuenta. Tal y como confesó el jefe, era una herida vengativa que dejaba el Señor Ignoto en las víctimas que decidía dejar con vida, es decir, él y yo. Creo que la idea de que el querido amigo del Señor Ignoto esté aquí vivo es ya toda una realidad, de hecho, lo confirman estas notas.

[…] Sé que esto que he hecho no está bien. Conocida la ausencia de nuestro Señor Director, me he tomado la dudosa libertad de espiar en su despacho con la firme excusa de buscar documentos e información para aclarar datos de los reos de las celdas diecinueve, veintisiete y treinta y tres. Como es lógico, nadie se ha interpuesto en mi camino, porque gozo de sonados privilegios. Una vez dentro, he buscado y he encontrado más rápido de lo que pronostiqué. Había infinidad de papeles en viejos archivadores, todos muy mal ordenados, sin ninguna lógica. Sin embargo, como si el Señor Director lo hubiera hecho adrede para que yo mismo lo encontrara, unas cartas abrirían nuevos misterios en este lugar dejado a su propia suerte. […]

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Dieciséis
¿Por qué no me comentó nada Nariz de Cochino? Mi virgen papel, esto que escribió fue el efecto de una profunda investigación que pudo haberle costado un ingreso incluso en este Centro Penal si, como creo, el falso Señor Director (el querido amigo del Señor Ignoto) lo hubiera descubierto. Esto decía una carta que el querido amigo, disfrazado de director, habría escrito a su familia, todo anotado en el cuaderno de Nariz de Cochino: […] Amada esposa e hijo: Debo pediros que huyáis del hogar. Cruzad al otro lado de las montañas por el camino que conduce al puerto y buscad un barco que os aleje todo cuanto pueda de aquí. Una vez yo esté en condiciones, os buscaré toda la vida si es necesario. Ya no soy quien era. Mi ego y mis ansias por prosperar acabaron por hundirme: fui en busca de la historia de mi vida, la de un ser que mata, un hombre oscuro, que enloquece a quien se acerca. ¡Esa ha sido mi maldición! Yo estoy bajo sus órdenes desde hace semanas y si no hago lo que pide, acabará primero con vosotros y luego conmigo. Marchad tan pronto recibáis esta carta. Corréis un enorme peligro. Nunca os olvidará, Tu amado, tu padre. J.M.G […] Y era predecible o imaginable que recibiría una respuesta, y no de su amada esposa: […] Mi querido Amigo: Ha roto el pacto que instituimos la noche que le creí muerto. El juego me estaba divirtiendo pero como todo, ha terminado. Y como tal, es mi deber introducir un nuevo giro a la historia de su

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vida que estimé sentenciada el día que vino a visitarme suplicando piedad. Es una gran verdad cuando me comentó en una de sus cartas que su hijo de diez años responde con clarividencia a determinadas cuestiones: Me imagino que sabrá qué respondió cuando le pregunté por el más allá, una vez una persona fallece. ¿Recuerda también el sabor del cuello de su amada esposa? ¿Y la fragancia del instante justo en que se pierde la inocencia de un hijo? Le mandan en recuerdo su último aliento que salió despedido de sus bocas en el momento que abrió la carta. Una vez les dé sepultura, salgo a por vos. ¡Maldito embustero! Mereces ser enterrado vivo o como en nuestras primeras cartas (tan pasionales) hincarte el anzuelo. Ni la más burda prostituta se vende tan barato. Un cordial saludo. Señor Ignoto. Posdata: ratifico mi perfecta nemotecnia. Era una <<M>> entre signos de puntuación. […] El falso Señor Director nunca se fue a asistir ninguna reunión para explicar los acontecimientos surgidos la noche de mi apresamiento en que el auténtico Señor Ignoto jugó con nosotros como títeres de feria. Ha huido de él. Y después de leer esto, sé cuál fue el verdadero motivo de su visita y a quiénes estuvo enterrando en La Tomba del Ignoto, la noche que le vi junto a Nariz de Cochino orinar encima de los muertos. ¡Cómo encajar todo esto!

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Diecisiete
[…] Gargouille, Gargouille, Gargouille. Creo que al final ha sucedido. Debo hacer memoria y no condescender ante los fantasmas de mi infancia dejándoles que acorralen y apresen mi cordura. Después de lo sucedido anoche, aseguro que el preso de la celda número cinco no es el Señor Ignoto. Es Bienquisto, el sincero. Gargouille… Así es como comenzaba la trova. La canción que entonaban para que temiéramos a las estatuas de los Templos Santos. Gargouille, Gargouille, Gargouille. Dentro de tres días partiré con la excusa de que mi viejo padre está enfermo y que precisa ser evacuado. La peste está fustigando al pueblo del valle y creo que me adentraré en los bosques hasta dar con otro lugar. Huir. Huir debo. Aquí hay malos augurios y me tiemblan las carnes sabiendo que el auténtico Señor Ignoto dará, tarde o temprano, conmigo. No quiero acabar enterrado sin tumba propia. Dios me salve de correr la suerte de esas pobres ánimas escarmentadas, que vagarán por los siglos de los siglos en la oscuridad. Mi sincero Bienquisto, siento haberle tomado por tan ruin asesino. Dejaré éste cuaderno en su celda. Será un despiste por mi parte; un secreto. Haga el favor y busque, de ese modo, encontrará. Todo está entre las páginas de su diario. […] Mi virgen papel, otro más que ha optado por huir y que me mintió acerca de sus intenciones. Me he quedado solo con los reos. La pena me impide respirar con

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normalidad. Pronto enloqueceremos y después, agrandaremos la tumba, pasando a ser un cementerio ignoto de seguir sin alimento ni agua. Lo veo claro. Nunca antes me había sentido tan desolado. Conforme leía los textos de Nariz de Cochino mis esperanzas fueron creciendo e igual que lo hicieron, se desplomaron. Quizá él pudiera haberme abierto la puerta de la libertad. Pero ha huido. No le culpo. Creo que lo mejor será dejar que la peste atraviese estos barrotes y acabe conmigo. Borraría estas palabras que escribí hace días: Cuán dulce puede ser un error ajeno… No lo haré. Son una prueba inequívoca de mi estupidez. Sin tinta y con sangre escribo: Cuán amargo puede ser un error propio…

* Es cuando miro a través de los barrotes de esta celda, cuando veo el pasillo por el que yo caminaba libremente, pensando cómo y qué debía hacer una persona para terminar dentro, atrapado por paredes y hierro. Es un error mirar con ojos de culpabilidad y prejuzgar, ¡sin cabal conocimiento! Entre las sombras del pasillo (atestado por doquier de heces, orina, esputos y vómito), adivino la puerta del final: la liberación. ¿Puedes creer, mi virgen papel, que de la fetidez persistente y fuerte he perdido el olfato? Es una suerte, desde luego que lo es: así no huelo. He intentado romper los barrotes de la ventana, pero es inútil sobre todo cuando las fuerzas se evaporan como el agua en un día caluroso. Aunque me doy cuenta de que no cabría por esa ventana si no tuviera los barrotes, es demasiado estrecha, a pesar de haber perdido un peso notorio y ver mis costillas resurgir. ¡Cómo no me di cuenta! Está claro: empiezo a perder la estabilidad mental. Situada frente a mí, en la celda de enfrente, una rea lleva mirándome días. Hablamos largo y tendido. ― ¿Cómo acabó aquí? ―pregunté. — Ofrezco mi cuerpo a cambio de dinero. — Prostituta. — En efecto. — Lo lamento, y más que acabe aquí por ello, opino que no es justo.

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— Qué lamenta, ¿acaso usted está en mejor situación que yo? ― me preguntó con dulce ironía. — Es un pecado horrendo eso que hizo. Prostituirse, me refiero. — Dejemos a un lado los juicios y que juzguen las personas correspondientes. He disfrutado mucho de esta vida maldita. — Dudo que recibamos juicio, mencionado ya. Aquí, nadie sabe que existimos y más habiendo una guerra y peste. ¿Cree que alguien debe alarmarse por un hatajo de malhechores, criminales y prostitutas cuando su única intranquilidad no es otra que salvarse a ellos mismos? La vi asentir con la cabeza gacha, como si me diera la razón sin gana. — Es raro― dijo de repente, llevando tras su oreja un enorme mechón de su castaña melena y pudiendo ver una parte de su hermoso cuello. — ¿El qué? — Todo el mundo matándose en esa guerra que me ha ilustrado y nosotros supuestamente a salvo, después de haber pecado. — No crea que corremos mejor suerte aquí adentro. — A lo mejor sí, eso… eso no lo sabremos nunca. — ¿Por qué dice eso? ¿De verdad se cree que nosotros moriremos dulcemente? ¡Es preferible recibir del enemigo un disparo certero en la cabeza a pudrirse mientras agonizamos en esta celda! ¿Es que hemos perdido la cordura? — Todo es posible― propuso dándose la vuelta―. Y si no fuera por estas barras, me encantaría poder disfrutar de su sexo. — ¿Cómo? ―pregunté intentando ver si lo que había escuchado era cierto. El resto de reos, que podían oír su voz pero no verla en cuerpo, comenzaron a gritar como animales enjaulados dominados por el celo. Uno gritó convulsivo y se oyó: — ¿Cuánto cobra, puta? — ¡Viva la puta! — ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! ― corearon a conjunto. — ¡No hace falta pagar so imbéciles!― vociferó otro desde el último extremo del pasillo―. ¡Podemos tener todo el sexo que queramos con ella! Sólo, sólo es necesario salir de aquí. ¡Debemos salir y follarla! — ¡Follar! ¡Follar! ― volvieron a corear. — ¡Enséñelo! ¡Su coño! — ¡El coño! — Con usted, no habría dinero― me dijo en un cálido susurro mientras levantaba sus prendas por encima de los muslos. — ¡Follar el coño de la puta! ―prosiguieron hipnotizados. Los gritos del resto de presos no la molestaban en absoluto, sin dudar estaba acostumbrada a tratar con ello―. No sé desde hace cuánto no disfruto del sexo como lo hace cualquier otra mujer. ¿Me entiende? Necesito hacerlo con amor antes de morir. Como esas maravillosas historias que cuentan. Nunca he sentido un beso fruto de un amor verdadero. — Puedo imaginar lo que siente― contesté diestro y bastante abrumado por la orgía que estaba tomando lugar en cada una de las celdas. Era inimaginable el poder de exaltación que una mujer podía causar en el interior de un centro penal donde la mayoría eran varones.

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— Sería un último acto antes de morir. ¿Me deseas…?― preguntó dando pie con una pausa silenciosa para que yo dijera mi nombre. Respondí sin vacilar: — Ignoto, me llamo. — ¿Me deseas, Ignoto? — Te deseo. — ¿Qué te gustaría hacer…me? — … Yo tanteé con mis ojos cada rincón de su cuerpo bastante excitado, no podía negar lo que estaba presenciando. Pude intuir sus senos bajo las prendas anchas que llevaba y ella ya había detectado mi erección. Cegado por el instinto, conduje mi mano bajo mis calzones y sin llegar siquiera a frotar mi pene, eyaculé. La descarga me alivió de un peso que no era consciente que llevaba encima. Me costó recuperar el ritmo de respiración entre jadeos de placer. Saqué mi mano empapada de fluidos. Grité con espanto al verla: estaba manchada de sangre. Lancé un alarido de pavor que viajó por toda la celda y enmudeció a más de uno. Ulteriormente, dominado por el espanto, vi a la prostituta yacer en su cama con la cabeza ladeada y descompuesta por los gusanos. No fui capaz de explicar lo que me acababa de pasar ni lo que hice, ni cómo ni cuándo las anteriores palabras llegaron hasta ti. ¿Locura? Mi virgen papel, ¿locura?

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Dieciocho
Debe ser miércoles, ha dicho alguien. He buscado en mi cabeza algún vestigio concerniente a lo que pasó, en estos días que he recobrado la serenidad. He vuelto a leer las palabras que creo haber escrito y es muy probable que padeciera algún tipo de trance entre sueños. Por culpa de algún pensamiento reprimido, pude sufrir tal infortunio de tinte embarazoso: ¿qué hice con un cadáver? Juro que esa conversación tomó lugar ¡no creo haber inventado tal cosa! pero, ¿llegó esa mujer a insinuarse de verdad? He tenido que preguntar (muy a mi pesar) a mi vecino de celda y apunta que sí sucedió. La prostituta se me insinuó y después todos enloquecieron en orgía. ¡Doy gracias de que estos barrotes me privaran de llegar a más! Y sí, eyaculé sangre, lo sé porque mis calzones conservan restos secos. Según las palabras de mi vecino (que me habla mientras escribo), estallé en locura y perdí la razón como lo hacen los locos. Subsiguientemente, me comentó que estuve días sin hablar y que fue en ese tiempo cuando la prostituta falleció llorando, repitiendo: Ninguna vez sentí el amor verdadero. Un beso. Tan sólo un beso de amor. Nunca. Ya está todo claro. La falta de sensatez y una combinación perfecta de determinadas circunstancias, hicieron que mezclara todos los recuerdos. No sabes, mi virgen papel, cuánto me alegro de no haber fantaseado sexualmente con una muerta. Pero eso ahora no es el peor de mis males. El estómago martiriza mi cuerpo al sufrir de hambre. Y aquieto mi sed gracias a la lluvia; si dejase de hacerlo, no sé cuantos días podré aguantar. Los presos que por cosa del destino no tienen ventana en sus celdas, están muertos o muy cerca de estarlo. Menesterosos en podredumbre, como yo. ¡Cómo echo de menos una máquina de escribir! Su constante repiqueteo, la perfección de sus letras, no como esta pestífera caligrafía. Asimismo, ¡soy incapaz de mantener un renglón en horizontal! Caen discretamente y en seguida lo corrijo hacia arriba siendo el aspecto final de una página auténticamente deshonroso. * Hoy he recordado el primer lugar donde mis ojos se detuvieron cuando entré soñando a este Centro Penal, con una vida próspera ganando un buen salario a cambio de mis

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servicios y con ello, una garantía de futuro para crear una familia. Era una inscripción en un tosco madero colgado en el marco del portón principal, sujeto por dos clavos de hierro oxidados: VIGILAR Y CASTIGAR Unas palabras que resumen una política adoptada por el anterior y fallecido jefe que pude conocer, partidario de lo propuesto por Michel Foucoult, sabiendo que al final acabó por no cumplirse. Por consiguiente, fue esa falta de vigilancia la que terminó por castigar al resto de inocentes, entre ellos Nariz de Cochino y yo. El exceso de tiempo libre me ha hecho recordar un sistema penitenciario ideal denominado panóptico, donde todos los reos no podrían entablar contacto entre ellos (lo cual me libraría de estos vecinos inmundos y situaciones grotescas como la orgía vivida) y tampoco conocerían la existencia de un observador u observadores. Además, cuando lo leí, había una prudente ilustración de un diseño e incluso el boceto de un panopticón. Si todavía gozara de mi tan añorado puesto, sugeriría sin dudar la implantación de este sistema que, quien sabe, podría llegar a funcionar con algunos cambios. Ver al Señor Ignoto reducido por paredes y privado de cualquier contacto humano me produce una satisfacción formidable, porque sé que eso es lo que más aterra este ser.: monstruo creado por el hombre.

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Diecinueve
Has llegado a perder la cabeza. ¿Te das cuenta? Sí. Fue terrible. Difícil de creer. Debes evitar escuchar al resto de reos enloquecidos. De ello pende tu salvación. Lo sé. La prostituta te la jugó. Todavía me cuesta asimilar que aquello pudiera haber llegado a pasar. Es… Asqueroso. Exacto. Al menos… ¿Qué? Al menos eres consciente de que no estás loco. Sólo que te lo estás volviendo y que debes atajarlo. Un poco loco y solo. A lo mejor ya lo estoy y no lo sé. No, no lo estás. Déjame en paz. No. Insisto. Insisto yo en que no estás loco. Pero podría estarlo en cualquier momento. Entre sol y sol, uno pierde las nociones primordiales. Atiende: Debes ser circunspecto y previsor. Lo soy. Claro que lo soy. ¿Qué crees que pensaría alguien si leyera esto que escribes, Nariz de Cochino, por ejemplo? Él no volverá, fue en busca de su padre. No, huye de ti y del Señor Ignoto. Ah, lo olvidé. Un cobarde. Sí. ¡Un cobarde! Se fue para los bosques. Sí, los bosques, los caminos, los acantilados... ¿Qué le hubiera costado liberarme si sabía que era inocente? Le daría miedo la posible represalia del Señor Ignoto, amo indiscutible ya de este odioso lugar. Claro. 66

De todas formas, te dijo que buscaras entre las páginas de tu diario. ¡Lo olvidé! Pero, ¿qué encontraremos en este diario que pueda salvarme? No lo sé, deberás volver a leer. Apenas tengo fuerzas para escribir. Al leer pasaré infinidad de cosas por alto. Hablando de leer, ya te he comentado que cualquiera puede leer esto, ¡tantos años forjando una educación pueden verse desplomadas por esto! ¿Qué pensará el que lo haga? Que la persona que lo ha escrito puede presentar algún descuadre. Pero, ¡si no es otra cosa que una conversación contigo mismo! ¿Qué tiene eso de enajenación? La verdad que nada, pero es la acción de llevarlo al papel, creo, lo que lo convierte en obsceno. Sí. Me preocupa un incidente. ¿La sangre? La sangre. No es un buen presagio. Si alguien esputa sangre por la boca, como hizo uno de tus vecinos… Ya. Es un posible presagio de que pronto morirá, lo sé. ¿No te atormenta la idea de morir? ¿A mí? ¿Ves a alguien más? Empieza a esforzarte para creer que eso será nuestro único alivio. Morir. Morir. Añoro el vino. Desde luego. Mira, un pájaro hermoso. Lo es. Ahora echo de menos cosas triviales. Como pasear despreocupado. O leer un libro. ¿Recuerdas? Sí. El sexo. Comer una buena comida. ¡Oh, no sigas o terminaré por enloquecer! A veces juego con una idea. ¿Cuál? ¿Y si nada ha sucedido? ¿Que todo fuera un sueño? Sí. No camarada, esto es real. Ya te has visto en el espejo. ¿Y si yo soy en verdad Ignoto? ¡Gargouille! ¿Gargouille dices? ¡Por favor, orden! ¿Por favor, orden? ¡Gargouille digo! ¡No! ¡Sí! Nunca lo has sido, ni lo serás. No juegues con esa necia imagen o acabarás por creértelo.

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Quizá un medio loco más, entonces. Sí. Un DEMENTE. Mira. ¿Dónde? La Tomba del Ignoto. ¡Esa es tu verdad! Lo sé. Son tus colegas de trabajo, el Señor Director con su gabardina gris. Les recuerdo, les recuerdo. Me quedaría bien esa prenda tan elegante. Siempre la quisiste. ¿Crees que podrá limpiarse si la sacamos de la fosa? ¡No te atrevas! ¿Por? ¡Orden! Cierto, es verdad, sería mezquino e impío. Eso es, debes recordar los pecados. Yo nunca podría matarles. ¿Lo ves? ¡Serénate! Ni robar la gabardina a un muerto. Eso es, serénate. Lo hago. Respiro. Respira. Es fantasmagórico. La tumba. Sí. Tantos cadáveres apelotonados en una misma fosa sin recibir sepultura religiosa. Horrible. Me da miedo. Desde luego. Imaginar que podamos morir y que cuando lo hagamos el mismo Señor Ignoto aparecerá por aquí para enterrar nuestros cadáveres en esa tumba. Deja de aventurar, escaparás. Escaparé. Sí. No dejaremos que ese animal orine sobre nuestro cadáver. Lo haremos. Estoy seguro.

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Veinte
Hoy hay luna nueva. ¿Podría traer cambios su llegada? Cuando miro a los cielos, siempre me surgieron inquietudes de vasto tamaño. Hoy, dentro de este habitáculo, sólo veo negrura. Un techo negro, inerte. Vacío… Como yo. Yo, enrarecido. Estoy sentado en mi lecho. Miro por la ventana. Lo poco que se ve de la luna, detrás. También, mi carácter reflejado. El espejo. Yo. Él. Todos. Y nada. * El silencio aquí es total. Creo que somos pocos los reos que todavía quedamos con vida y son horas lo que me podría quedar. ¡Dios, no quiero morir! Menos así, de esta manera. No sin antes intentar salir, huyendo. He leído, y no encuentro. No encuentro. ¿Qué busco? Pss, pss, ¡pss! Mi virgen papel, ha vuelto: ¿real o irreal?

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Veintiuno
Bien nítido veo el evento real. En la mañana, instantes previos a la salida del sol, había un cuerpo extraño tirado en el suelo de mi celda. La primera pregunta que formulé fue: ¿Qué es y cómo ha entrado aquí? Al ver que el objeto no se movía, descarté pronto que pudiera tratarse de algún animalejo. No obstante, al no haber luz, me resultó infructuoso identificarlo. Una figura redondeada a la que pronto pude verle unas orejas. A la sazón, la idea de tener una cabeza cortada y tirada en el suelo me produjo un hondo escalofrío. ¿Podría haber sido algún reo? El cielo fue poco a poco clareando y conseguí adivinar un hocico propio de un animal, ni más ni menos que la nariz de un cochino. No había vacilación ya: Era la cabeza de un cerdo lo que había en el interior de mi celda. Entonces supe que el Señor Ignoto había estado por aquí y que podría fusionar con el evento irreal, tan confuso e impropio de mi persona. Borroso advierto el otro evento, aunque debió suceder porque: ¿Cómo hice para recobrar las fuerzas necesarias para poder escribir esto? El día pasó y mi cuerpo agonizante, derrumbado en el suelo, se retorcía de dolor. Fue durante la noche cuando, temiendo por mi vida, repté por el suelo y comencé a beber del charco de sangre que había emergido de la cabeza muerta del cochino. Puedo decirte que aquello me otorgó una chispa de vida. Poca, la suficiente para recobrar fuerzas. Instintivo fue. Después comí pedazos como un carroñero. Entonces, una voz: — Va por buen camino, mi sincero Bienquisto. — ¿Señor Ignoto, es… usted?―pregunté pasmado, quizás poseído por el hambre, con trozos de resto de lengua gelatinosa de cerdo en mi boca. — El mismo. ¿Me ha añorado tanto como yo a usted? — Me cuesta creerlo, pero podría decir que sí, aunque la verdad y el trasfondo de todo esto es, que no lo sé, no… no, ¿no me dijo que vendría a salvarme? — En ningún momento. — Pero, ¿y la carta en la que hizo mención a que se preocuparía por mí? ¿Era real, verdad? — Sí. Y es lo que hice. ¿Acaso no lo ve? ¡Han muerto todos, menos usted! — Más que un favor, esto ha sido… — Un presente. — No, una tortura. — ¿Tortura?, ni mucho menos. — ¿Por qué la cabeza de cerdo? 70

— Sabe que adoro los dobles sentidos. — No hace falta que lo jure. — Mantuve una jugosa conversación con su amigo. — Carezco de amigos. — Sí que tiene. Mi pensamiento prolongó un extenso silencio. — ¿…? — El que tanto disfrutaba leyendo su diario. — Ahora mismo, no caigo. — Así me lo confesó. Caí entonces. — ¿Nariz de Cochino? — Exacto, mi sincero Bienquisto. — ¿Cómo sabe que yo le apodé así, cuándo ha leído usted mi diario? ¡Intromisión! — Ate cabos. Sé que Nariz de Cochino había leído mi diario. Y de ahí ¿al Señor Ignoto? — No le habrá… — ¿Matado? Asentí. — Bueno. Matar, no, no exactamente. Otras cosas más apetitosas, sí. Viniendo de aquél ser, horrendas imágenes brotaron en mi mente. — No me interesa conocerlas. — Ni yo iba a contárselas. — ¿A qué ha venido, engendro, animal y diablo? — No me desprecie, o... — ¿Qué? ―me atreví a interrumpir―. Estoy por pedirle que me mate de una vez. — Oh, entiendo. — Siempre igual, recurriendo a un infortunado oh, como si sintiera. Humano de piedra. — Siento, siento. — Pues si siente, envenéneme, desnúqueme. Ya. ¡Ya! — Eso sería un presente que no estoy dispuesto a entregarle. — ¡Asesíneme! Líncheme de una puta vez si lo prefiere. — ¿Qué le ha sucedido? ¿Y su educación? ¡Qué palabras son esas y qué forma tan poco elegante de comer! — Máteme, se lo suplico. — No. — Se lo estoy rogando, de rodillas. En el suelo, lloraba como no recuerdo haberlo hecho en mi vida. — Quiero que usted se convierta en mí. — Nunca. — Sí. — ¿Yo, en usted? — Sí. Usted, en yo. — Antes golpearía mi frente con cualquier piedra hasta morir. — Hace falta un valor que usted no tiene.

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— En la vida seré usted. Tendría que perder la cabeza hasta el punto de no saber quién soy. — Eso es lo que intento. Quiero que su antiguo yo muera, y salga el nuevo a la luz. — Contradice lo expuesto en sus cartas. — Por supuesto. — La verdad es que surgieron momentos en los que por poco pierdo la cabeza. — No hay más que verle. — Pero soy consciente de quién soy, fui, pero no seré, Señor Ignoto. — Levántese. — No… — Levántese. — No puedo… — ¡Levántese! ¡No se lo repetiré! — ¿Qué quiere exactamente? — Acérquese hasta la ventana. Caminé sin fuerzas, arrastrando mis pies hasta los barrotes de la ventana donde el Señor Ignoto me esperaba. Una vez llegué hasta ella, él extendió su mano hasta mi rostro. Pude sentir el tacto arrugado de su mano quemada y sus largas uñas recorrer cada parte de mi cara. Jugó con mis labios, mis orejas y mi nariz. — Es usted una obra de arte en vida. — ¿Arte ha dicho? — Oh… sí. Arte. — Por favor, no puedo tenerme en pie. — Tan perfecto, tan perfecto. Ven, Bienquisto, ven… — ¿Sabe ya cómo va a titular a su obra de arte en vida? — Ya tiene usted nombre: Bienquisto. — Sí, Bienquisto, obra de un DEMENTE. Fue acercándome hasta él empujando con la mano derecha que había puesto en mi nuca. Con la otra tocaba mi barba. Mi nariz se juntó con la suya. Yo lloraba de terror, asco e impotencia. Fui capaz de sentir el fétido aliento a muerto salir de su boca. En aquel momento, tal y como sucedió cuando él mismo se besó con su reflejo, juntó sus labios con los míos y me besó. Podría escribir que él estaba excitado ya que movía su lengua y mordía mis labios hasta el punto que imaginé que podría arrancármelos. Mientras especulaba si podría ser yo mismo besándome enloquecido con mi propio reflejo, sucedió lo inimaginable. Un golpazo áspero me empujó separándome del Señor Ignoto. Sólo escuché un grito darme una orden: — ¡Agarre sus brazos! ¡Agárrelos, por lo que más quiera! Por primera vez pude ver horror y desconcierto en los ojos del Señor Ignoto. Tal y como me dictó la voz, yo me limité a agarrar con nervio los mismos brazos que estuvieron tocándome y que permanecieron dentro de los barrotes. Pronto pude ver que alguien tiraba con una cuerda apretada al cuello y con una potencia increíble en sentido contrario. Los ojos inyectados en sangre del Señor Ignoto parecieron hacerme una pregunta: ¿Quién, qué? ¿Quién me está matando? Pero yo no supe responderle, tal y como me había estado sucediendo desde que di con este ser. Tampoco pude ver quién lo estaba haciendo.

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Antes de caer inconsciente por la falta de aire, el Señor Ignoto sonrió y, mi virgen papel, por vez primera, se la devolví.

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Veintidós
— Sólo está inconsciente. Pronto volverá a despertar, y para cuando lo haga, Dios nos auxilie y nos coja confesados. — Sí― contestó quien lo hizo, agachado, rebuscando en el barro con las mismas manos que ahogaron el cuello del Señor Ignoto, cuyo cuerpo recuerdo tirado en el suelo―. No necesita usted la ayuda de Dios― continuó diciéndome―, la mía, le bastará, aunque yo deba arder por ello en el averno. ¿En el averno?, pensé. Asió una piedra tan grande como una cabeza, sin vértices afilados ni salientes pero que sólo por su peso sería capaz de generar un daño irreparable y la alzó por encima de sus hombros, cogiendo impulso. Una sonrisa sucia percibí y a un monstruo, también. ¡Era el querido amigo que regresó con sed de venganza! — Si le mata, se verá reducido a la mugrienta esencia que es él― proferí. — ¿Cree acaso que tenemos una opción mejor? — Libéreme a mí y metámosle aquí adentro, preso. Podremos torturarlo tal y como se merece. — Jamás. Se las ingeniará para volver a escapar. — ¡Le confirmo que si hay una idea a la que el Señor Ignoto deba temer, es la de estar preso y morir de viejo! — Mató a mi familia. — Mire lo que ha hecho conmigo, su obra de arte― y le señalé mis cicatrices. — No tengo opción. — Su historia no valdrá nada, nadie pagará por ella si no tiene un preso, en este caso al Señor Ignoro, que se la ratifique. Me miró. Sonrió. — ¿Mi historia? — ¿No quiso enseñar con su documentación de lo que era capaz la locura de este ser? — Sí. Y ello me llevó a perderlo todo. — No lo haga. — ¡Mi hijo! — ¡No lo haga! — ¡Mi esposa! Volvió a coger impulso y lanzó la piedra contra el cráneo del Señor Ignoto. Un sonido seco y certero se produjo mientras yo me retorcía entre mis brazos. Evité mirar, pero mis ojos acabaron desviándose hasta su cabeza. Su rostro, hundido por la energía proyectada por la piedra, no mostraba mueca alguna. De un lateral de su cráneo, emanaba sangre a borbotones y restos de lo que podría ser el cerebro, yacían esparcidos por doquier. — ¿Satisfecho? — No sabe cuánto. Ni porqué. Cómo. O qué. — No debería haberlo hecho. Con encerrarle hubiera bastado. Sonrió, otra vez. Malévolamente. — Encerrarle hubiera sido suficiente― insistí.

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Y no pude decir más. Delante de mis ojos, poseído dios sabe de qué, se agachó y defecó sobre los restos del Señor Ignoto. — Por lo que más quiera, ¿qué… qué hace? No me respondió. Sólo diría unas palabras, mi virgen papel. TRAICIÓN. * No crea que le guardo algún rencor, me dijo empapado en sangre. Tras una profunda meditación, siento notificarle que no puedo permitir que salga de aquí, este recinto maldito. He matado al Señor Ignoto, y con esa muerte que pesa sobre mí, ya no puedo matar a nadie más. Pero usted debe morir por el secreto de mi asesinato y complicidad con este individuo. ¡Lo lamento, de verdad lo hago! Si no quiere agonizar, puedo conseguirle un arma para aliviar su sufrimiento.

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III

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Veintitrés
Ocurrió. En efecto. Pero nunca hubiera pensado que así, quiero decir, ése desenlace. Sí. Ha sido espeluznante. Sí. De todas formas… ¿Qué? ¿No lo juzgas justo? ¿Muerte por muerte, insinúas? Sí. No. Torturarle, permitir que envejeciera y vejarle mientras lo hacía, sí. Tu táctica es más cruel que la que optó por dar, el querido amigo, al Señor Ignoto. Una piedra. ¡Con una mísera piedra! Por fin, murió. Después de tantas cartas, ¿podrías haberlo imaginado? No. Tuvo suerte y no murió el día que el Señor Ignoto remedió desnucarle. ¡Qué irónico! Siempre fue soberbio y darle por muerto, al final, le ha costado su propia vida. ¿Crees que el Señor Ignoto imaginaba que pudiera haber sido el querido amigo quien le ahogaba? No. Sus ojos estaban confusos. Pero antes de caer inconsciente, sonrió. Sí. Sonrió fascinado de que yo estuviera tomando lugar en su muerte. ¿Satisfecho por haberte convertido en él? Sí, lo creyó. Le sonreíste tú, también, como él. Igual. Sí. Gozo todavía. ¿De dónde sacó el valor ese enclenque individuo para enfrentarse a tamaña bestia? Si tuviera hijos y esposa y ese despreciable hubiera resuelto asesinarles, te afirmo que hubiera optado (o al menos intentado) por matarle. ¡Pero si intentaste convencerle de que no lo hiciera! Sí. ¡En beneficio propio! ¡Quería verle morir en la misma celda en la que yo estoy ahora! ¿Crees que nuestro querido amigo ha enloquecido? No me cabe la menor duda. Ha desenterrado los cuerpos. Esposa e hijo. Lo recuerdo. Han recibido sepultura y se complacen de tumba con nombre propio. Al lado de la tumba ignota. Sí.

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Y el cadáver del Señor Ignoto todavía está al otro lado de la ventana. Sí. Descomponiéndose. En efecto. ¡Uf! Anoche vinieron unos perros o zorros y comieron de su carne. Animal entre animales. ¿Por qué crees que no quiere liberarme? Eres el único testigo con vida. También Nariz de Cochino. Cierto, el cobarde. ¿Has leído? Sí. ¿Y has encontrado? No te quepa la menor duda. * Desde luego que he encontrado, mi virgen papel. He tenido que volver a leer TODO mi diario y encontré, al comienzo de éste, palabras que yo no escribí. Nariz de Cochino plantó esta semilla: […] Dejaré éste cuaderno en su celda. Será un despiste por mi parte; un secreto. Haga el favor y busque, de ese modo, encontrará. Todo está entre las páginas de su diario. […] Después de regar, la semilla ha brotado siendo esto lo que hallé: […] Anotación: Bajo mis pies en una esquina, debajo de la ventana, siempre ha estado mi libertad oculta. […]

¡Delante de mis propias narices ha estado siempre y nunca la había visto! Lo leí y lo volví a leer y falto de memoria, nunca supe cuándo lo anoté. Ahora sé que fue Nariz de Cochino en algún momento, cuando leía mi diario.

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Veinticuatro
¡Ja, ja, ja, ja! Es la manera ridícula que tengo de reproducir en el papel mis carcajadas. En mi mano, tuve la llave, que había estado oculta, tal y como me indicó Nariz de Cochino, bajo una losa de la celda, debajo de la ventana. La miré incrédulo. La llave. Mi libertad. ¡Libertad! Si bien, era estrictamente necesario plantear una pregunta: ¿estaba bien de mente yo, como para salir libre? (de hecho, te escribo en libertad bajo un árbol, sin embargo, debo relatártelo todo, ya que tan fiel has sido conmigo). ¡Claro que sí! Introduje la llave en la cerradura y no fueron más que dos vueltas completas las que tuve que dar para que esa puta puerta se abriera. Chirrió. Caminé por el pasillo. Tuve que apartar cadáveres: los de mis tediosos vecinos, que tanto se complacían desvelándome, y reconocí también al de la prostituta. El querido amigo del Señor Ignoto había estado vaciando las celdas y amontonó los cadáveres en el pasillo central. Imagino que su intención era darles sepultura en la famosa tumba. Oh, mi virgen papel. Al llegar al final del pasillo, me topé con él. — ¿Cómo ha…? — ¿Salido? — Sí. — Un cómplice cobarde, huyó, pero tuvo conciencia, no como usted. Alzó un cuchillo apuntando a mi pecho, salvaguardado por una prudente distancia. — No haga el ridículo. Ya me ha confesado que no es capaz de matar a nadie más. — Mi buen nombre depende de ello. — ¿Su buen nombre? ¡Increíble! — Voy a matarle. — No diré nada. Lo juro. — Su diario. — ¿Mi diario? Sólo son las notas de un desequilibrado. — Todos estamos, a estas alturas, desequilibrados. — ¿No se da cuenta? — ¿De qué, exactamente, debo darme cuenta? — Somos los herederos de la locura del Señor Ignoto. Digamos, sus hijos malditos. ¡Malditos! Aún tenemos la posibilidad de huir de este paraje e intentar comenzar una nueva vida. — ¿Partiendo de cero?

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— Exacto. — ¿Se ha mirado al espejo, bienquisto? ¡Es un monstruo quemado! ¿Quién va a brindarle una nueva vida? ¡Le quemaran el resto pensando que trae la peste! — Pero aún soy una buena persona. — Por favor, no me venga ahora con lo de su brillo. — ¿Mi brillo? — Sí, el famoso brillo humano en sus ojos, que mencionó ése― dijo haciendo referencia a Nariz de Cochino, con desdén―. Las veces que discutí con él me intentó convencer de su inocencia. ¡Pesado! ¡Ya lo sabía! — Usted es un cómplice traidor. Pero a pesar de lo que dice, insisto en que yo creo ser bueno. — No. Deje de pensar que la gente es buena. Ello me llevó a esto. — Enterremos juntos todos estos cuerpos sin vida, para que descansen en paz, y cada uno emprenderá un camino, se lo ruego. — No. — ¿No? — ¡Nunca! Y no sé cómo, poseído por un engendro interior, me abalancé encima del cuerpo del querido amigo. En un despiste, tiré su cuchillo y mordí su cuello. Siendo yo el dueño de la situación, apreté mis dientes mientras oía gritos. Aturdido y aterrado (yo más que él, lo juro) empecé a golpear con saña su nariz, su cuello, sus genitales y su pecho. Para cuando quise darme cuenta, estaba muerto y yo respiraba sosegado y con paz en el suelo. Una paz familiar, descrita con anterioridad. ¡Acababa de matar a un hombre! * Es posible, mi virgen papel, que ése brillo del que hablé con el querido amigo (muerto, ¡muertoooooooooooooo!), se haya apagado para siempre. Lástima. Apagado el brillo de mis ojos, un poco loco soy. Mucho, depende. SERÉ. ¡Pardiez! ¡Oh! Mi virgen papel y ahora que caigo (ya que espero que alguien lea esto, algún día), mi atrevido Lector. ¡Con el querido amigo del Señor Ignoto (del que harto estoy al haberlo nombrado hasta la saciedad) muerto en el suelo, Nariz de Cochino, el cobarde, ha vuelto a verme y me mira incrédulo, con aprensión! ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Qué haré, qué haré con él? Retocemos. Un poco, nada más. ¡Maravillosa idea!

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Tendrá un espejo. Cuatro paredes. Vistas. Luego… ¿Qué? ¡Enloquecerá! ¿De verdad? ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Bravo, bravísimo. ¡Meraviglioso!

*

De Niño Tuve Un Violín Hermoso Que Mi Padre Me Enseñó A Tocar. Pero Hace Tanto Que
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No Lo Toco, Que Lo He Olvidado Por Completo.
*
Esto pinta feo. Lo primero que haré cuando dé término a esto, será adquirir un violín y volver a tocar. Volveré aquí, a este alejado e inhóspito lugar. Yo no os olvidaré, y con una profunda secuencia de notas, daré un último recuerdo a nuestras memorias. Poco a poco el silencio vendrá hasta aquí, consumiendo el sonido del violín (vida) como una vela muere.

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Veinticinco
Pobre hombre. Pobre tú. Y él. No es más que un cobarde, que recibe su meritorio castigo. ¿Le oyes gritar? Sí. ¿Por qué lo haces? MERITORIO CASTIGO. Sólo queda él con vida. Aquí. Silencio. Qué bien estamos bajo el árbol. … Ha sido un trabajo poco gratificante. Tantos cuerpos sin vida. Y todos enterrados aquí, en esta tumba. Ciento trece. A lo mejor ciento catorce. O ciento quince, si dramatizamos. Sabes muy bien que sopesé desenterrarlos a todos y poner nombres propios a cada una de las tumbas, pero, ¿para qué? Sí. Por culpa de todos ellos, hemos acabado así. ¡Qué feliz soy con este violín! ¿Conocías la afición secreta del vencido Señor Director? No, fue toda una sorpresa. Y tanto, escondido estaba. En el baúl. Buen provecho sacaré yo a este artilugio. Tocaré. Día y noche. Hasta el silencio llegar.

* En la misma celda en la que estuve prisionero, ahora enloquece a toda honra, ¡Nariz de Cochino! Oh, sí que lo hace. Qué pena.

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Bajo la ventana de su celda, en el suelo, donde le veo llorar, diviso los huesos esparcidos del Señor Ignoto, quien fue amo del lugar. He visitado el pueblo del valle. No hay nadie con vida. La peste hizo su trabajo. Ahora, sólo quedamos él y yo. Yo cuido este lugar, lo custodio. Hoy he hablado con Nariz de Cochino. Le he enseñado la misma llave que él escondió bajo la losa de la celda, en la esquina. — Yo le liberé, ¿por qué me ha encerrado?― me preguntó desde el interior. — ¡Gargouille! ¿Se acuerda? — No entiendo. — Oh, Nariz de Cochino― le expuse― esta escena debería resultarle tan familiar e íntima. Una noche, el Señor Ignoto nos visitó. Había luna nueva. Burlonamente, al estar yo al otro lado de la ventana hablando con él, estaba pisando los huesos del monstruo ignoto. — Él despertó temores en mí que creía sepultados. ¿No lo comprende? — Pues esos recuerdos, le hicieron desertar y por ellos, camarada, está ahora castigado, recibiendo su pena en este Centro Penal que YO ahora gobierno, ¿o es que no ve mi nuevo atuendo? — Sí, Señor Director. — ¿Sabe qué me ayudó a mantener ocupada esta traicionera cabeza que tanto le gusta girar y girar? — Su diario. — ¡Por fin! — No lo ve, no tengo con qué escribir. — Haré un pacto. Cedo una hoja de mi diario para que cuente sus penas y se desahogue. ¿Le parece? — Acepto.

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Veintiséis
[Confesiones en papel del preso de la celda número cinco.] A quien pueda interesar, que logre salvar mi nombre y alma con sus mejores oraciones. Bienquisto ha enloquecido por completo. Jamás debería haberme apartado de su lado. Quizá habiéndome quedado junto a él, escuchado sus miedos, lamentaciones, historias fundamentadas, hubiéramos superado esta situación. Lo más probable es que tarde o temprano el Señor Ignoto (puedo oír sus carcajadas desde lo más profundo del infierno) hubiera acabado conmigo. Y ése debería haber sido mi destino. Lástima. Le he perdido y él también a mí. Le veo desde la ventana de mi celda ir y venir, cavar la tierra como lo hace un animal. Es grotesco observarle y verle reducido de lo que fue a lo que es. Camina y salta, desnudo. Huele los animales muertos. Y cubre su cuerpo con una gabardina gris. Desde hace una semana viene tocando un violín con nostalgia. Pero no acierta a tocar y debe pensar que lo hace bien. Llora mucho, y aúlla a ratos.

* Sonríe con mueca torcida. Babea. Y le veo sonreír de nuevo. Está mascullando un plan, lo sé. Y en él estoy, como una pieza importante. Pronto lo llevará a cabo. Espero salir bien parado de él.

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Veintisiete
Creo, en lo que puede ser un último momento de claridad y lucidez, donde he sido capaz de ver mi degenerante evolución, que pronto falleceré. Es muy probable (aunque visto mi estado no estoy en condiciones de afirmar nada) que las palabras atrás escritas por Nariz de Cochino, más un breve repaso a mis primeras notas que contrasté con las últimas, me han hecho recordar quién fui. Ha sido la falta de condicionantes adecuados, la influencia de personajes malditos y este lugar protervo, los que extinguieron la llama de mi ser. Mi virgen papel, debo ceder el paso para que este diario (ya mancillado y espurio) dé otra vuelta de tuerca y que otro, con ojo avizor y con sus facultades mentales todavía en forma, pueda desahogarse como se merece y escribir con objetividad los acontecimientos. El monstruo en el que me he convertido, REPITO: MONSTRUO, …va poco a poco desgarrándome por dentro. Mi sensatez siempre estuvo ligada a la bondad y buen hacer de la gente. Si bien aquí, prisionero, traicionado, con afrentas como la guerra, la peste, han hecho de mí lo que sólo un hombre puede engendrar: locura. Mis heridas narran que igual que el hombre construye, derriba con ferocidad. No puedes hacerte una idea de cuánto lloro mientras te escribo. Algunas lágrimas han caído en tu papel y han corrido las palabras que garabateo en estos instantes. Siento tanto tener que despedirme de ti así, pero ¿quién mejor testigo que Nariz de Cochino para que narre tus últimas páginas? Él. Lo cierto es que podría huir lejos. Intentar encontrar un poblado o una ciudad donde reincorporarme y empezar a existir, no obstante este aspecto, esta cabeza, no está donde debería. ¡Yo le maldigo, Señor Ignoto! Mi alma corrompida por usted, hará que descienda hasta los abismos, y será en ése inframundo, donde convendremos nuestros asuntos. * Mi última confesión: hoy, llevé este cuerpo hasta un acantilado que descubrí al noroeste de este Centro Penal a no más de doscientas varas. Como un despojo, intenté empujarlo hacia el abismo para acabar de una vez por todas con los ecos de las palabras que emanan 86

y ruedan por mi cabeza. Unos pocos guijarros cayeron, y recobré el equilibrio sin caer. ¡Son tan contradictorias mis emociones que están volviéndome más y más loco! No sé como quiero morir, pero es urgente hacerlo. No tengo derecho a privar de libertad a nadie. Mi última buena acción será dar este diario y la llave de la cerradura de la celda número cinco a su prisionero y que él, haga lo que crea oportuno. Amarga despedida, compañero. Duele saber que mis últimas palabras causen tanto dolor en ti. Sé que me echarás de menos, camarada, gracias. TE AGRADEZCO QUE ME ESCUCHARAS Y QUE ESTUVIERAS CONMIGO EN LOS PEORES MOMENTOS, COMO ÉSTE. Sin ti, hace mucho que hubiera muerto. Deja que el tiempo te madure y que otros te toquen. No sientas miedo. Eres mi espejo y tus palabras escritas, nuestro reflejo. Por favor, no permitas que me entierren en la tumba maldita, te lo ruego. Mis últimas palabras han sido humanas. Humanas. Y como humanas que son, debe brindárseme tal deseo. Te adora, Tu íntimo amigo, incapaz de recordar su auténtico nombre. Salvo a Ignoto, que Dios nos salve a todos.

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Veintiocho
Se padece la ausencia del desventurado Bienquisto. Murió, si la memoria no me traiciona, hace dos días, en las proximidades de La Tomba del Ignoto, con su violín. Muy a mi pesar, me pasó este diario para que yo lo concluyera. También, entristecido, me indicó que por favor narrara a <<Su Virgen Papel>> sus últimos días con el rigor propio que él había establecido durante su trabajo y posterior encierro involuntario. De la misma manera, me ha hecho entrega de la llave para salir libre. El único condicionante fue que esperara a que él muriera. Una vez feneció, fui en busca de la libertad, pero la llave no abrió. No era la correcta. ¿Acaso, después de muerto, ha querido este destino tan turbio para mí? ¡Cómo me atreví a creerle humano con sus engañosas últimas palabras! Todo un maestro de maestros. * Has exagerado con maestro de maestros. ¿Habremos engañado al papel? ¡Permíteme que lo dude!

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Veintinueve
Buena nueva. Hoy me he desternillado enfrente del espejo. Las carcajadas han debido volar, surcando valles o cayendo como guijarros por el acantilado donde intenté acabar con mi vida. ¡Cómo lo supiste desde el primer momento! ¿No es así, mi virgen papel? Nuestra relación ha sido tan intensa e íntima que estuviste al corriente desde que se me ocurrió bromear con los juegos de las personas. ¡Eres tan inteligente, tú! (y yo, no debo menospreciarme) Hemos enredado, nos hemos divertido. Es interesante, acabo donde empezó todo: En la celda número cinco. Dulce es la imagen del espejo, tan sucio: Un Bienquisto Ignoto haciéndose pasar por un cochino que murió fuera, con un violín, que tras su muerte, se hizo pasar, en un círculo vicioso, por mí. ¡Oh, Señor Ignoto! Todos muertos. Sabes que mi locura (o la interpretación de creerme loco) me ha llevado a encerrarme de nuevo aquí, entre estas cuatro paredes, una ventana y un espejo. Es donde debería estar. Siendo yo el único que queda con vida, dudo que salga de este apresamiento. Lloremos hasta encontrar la muerte, hasta que quedemos secos, por ellos, por ti, por mí. Que así sea. * <<Que así sea>>, es resignarse. Sí, y es, además, triste. ¿Por qué? Nuestra historia. Todo lo que aconteció, por una serie de errores previsibles desde este punto de vista. Sí. La hemos contado, aquí. Página tras página. ¿Sabes una cosa? ¿El qué? ¿Recuerdas ese mal presagio? ¿Cuál de ellos? Son tantos… El que sufriste cuando viste la inscripción de Foucault.

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Vigilar y castigar, en el madero. Exacto. Un escalofrío, profundo. Mírate ahora. A punto de morir. ¿Crees que recibirás un castigo por tus acciones? Sólo he matado a una persona. A dos, dos. … Es verdad. Nariz de Cochino murió por mi decisión. Deberías haberle liberado. No. Merecía un castigo. Tú no eres nadie para juzgar. Tienes razón. Claro que la tengo. Lo había olvidado. El único juez aquí, fue, desde el comienzo, el Señor Ignoto. Sí. Y el Todopoderoso, será quien juzgue con razón. Muy pronto sabremos cuál será nuestra suerte. Suerte… es un decir. No será duro, mostrará piedad. ¿Piedad, dices? Piedad, digo. ¿Por qué crees eso, ignorante? Todavía me sorprendes. Siempre hay misericordia para un pobre loco que no sabe lo que hace. No, te equivocas. ¿Lo crees? Sí. Dime, entonces. No perdonará a alguien que se hizo pasar por loco. Jamás. Divina interpretación. ¿Jaque Mate?

Jaque Mate.

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Bosquejo de un dechado

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I

— ¿De verdad crees que <<El Bardo y su reflejo>> es…? ¿Cómo decirlo…? ¿Un título… adecuado? Liliana esperó alguna señal en los ojos de su mustio colega, editor, agente, comercial; un chupa sangre vulgar y corriente. Al comprobar que lo que decía era cierto, que no bromeaba, que la había citado en su despacho al final del día sólo para reírse del título de su nueva novela y que siquiera aún se había pronunciado sobre lo arriesgado del contenido, se acercó un poco al borde de la mesa con mirada agresiva, y desde el otro lado, espetó: — Es perfecto, cariño. Bardo; un poeta lírico. — Sé qué es un bardo, pero no, dista bastante de la perfección. ¿Quién va a leer un libro con un título tan flojo? Ni haciendo un Dalí con la portada lograrías captar la atención de algún lector; sabiendo lo difícil que está el jodido mercado editorial, ni poniendo miembros descuartizados en la portada venderías un libro…― se rascó la cabeza, concibiendo una composición dantesca―. Bueno, a lo mejor lo de los miembros puede que funcione si hay mucha sangre… ¡No! ― aporreó la mesa― luego está lo incompresible de la… ¿novela? — No necesito lectores, ni reconocimiento. Es el título de todo cuanto he vomitado en estos últimos ocho meses. Estoy podrida. — Y que lo digas. Pero todo lo vomitado apesta, más si es tuyo. Insisto. No es un buen título y sin lectores no habrá dinero― dijo cruzado de brazos―. ¿Quién te paga, Liliana, lo recuerdas? Se llama contrato, y debes cumplirlo. No eres más que un producto, actúa como tal. Además, ¿en qué coño pensabas cuando la escribiste? Es un auténtico lío… un follón atemporal; no le veo el sentido por ningún lado, cojas por donde lo cojas, carece de estructura… de lógica… — ¿Sabes, José? — ¿Qué? — Me das asco. — Y tú deliras. No das una. Por favor… ¿El bardo y su reflejo? ¡Joder! Liliana se puso de pie interrumpiéndole. Cogió el vaso de whisky que momentos antes José había servido como cortesía, y vertiéndolo en el suelo, lo dejó vacío de líquido conservando los hielos en su interior. <<Quince euros derramados en la moqueta>> debió pensar José. Después levantó su falda, bajó sus bragas hasta los tobillos y llevó el vaso entre sus piernas, posicionándolo en la cara interior y superior de sus muslos, orinando en el vaso y llenándolo hasta la mitad, sin derramar una sola gota fuera de éste, con

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insuperable perfección, ante la estupefacta mirada de José que tuvo que reír en defensa propia. — Jodida loca. — Esto es lo que hay. Tu whisky es una auténtica mierda. Mejor destilado que este que acabo de servirte no encontrarás otro. O lo tomas, o lo dejas. — ¡Jodida loca! — Insisto, cariño. José intuyó, al llevar años leyendo las novelas de Liliana, que parecía estar fuera de sí. Se levantó y se dirigió hacia el perchero donde tenía colgado su abrigo. Mientras se lo ponía, Liliana avanzó con el vaso de orina hasta él, removiendo los hielos que se derretían poco a poco. Indignada, le miró. José se armó de valor para salir de aquella trifulca sin decir palabra y ella arrojó el líquido en su rostro. — ¡Bastardo cabrón! Agarró una pluma y la clavó en su pecho. La retorció. José no…

Carla se detuvo en seco, como si no se hubiera percatado del cambio a rojo del disco de un semáforo. Dejó de escribir en el ordenador, paralizada y asustada, quizás, por lo que acababa de escribir: << ¿Mear en un vaso? ¡No puede ser! Demasiado atrevido y… vulgar. Y… ¿matar a José? ¡Estás chiflada!>> pensó riendo. De algún modo, Carla se estaba desahogando y vengando por lo que había vivido la noche anterior. Todo lo relatado en su pequeño texto, era verdad, exceptuando que ella no era Liliana y José, estaba vivo, y que bajo ningún concepto orinaría en un vaso como describió. Lo único real era su novela, su reciente fracaso: <<El Bardo y su reflejo. >> Un texto que había provocado las risas de su mustio colega José. Carla se levantó al baño. Necesitaba refrescarse, eliminar todo pensamiento malvado. Sin embargo, al mirarse en el espejo, sonrió: Liliana… qué guarra eres. Measte en el vaso. Es hora de divertirse, ¿jugamos?

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II

Liliana era un pretexto. Cómplice imaginaria. Un esparcimiento. Su desahogo. Carla, maestra titiritera, situada delante del ordenador, estaba dándole vida a su nuevo personaje: Dotándola de brazos y piernas, ojos y boca; aspectos triviales con los que un escritor debía satisfacer a quien quería leerle. Y con cada línea donde la describía, vestía en ella un cuerpo suntuoso. No obstante, mi Carla, mujer de hueso y algo de carne, ojos inertes y carbonizados por la luz del ordenador, quería dejar brotar ese lado perverso suyo con el que tanto se había divertido y dotó a Liliana de todo cuanto ella carecía en lo concerniente al físico y de una mente inicua y retorcida, capaz de orinar en un vaso y después, asesinar. Podía imaginarla como un ser perfecto, en un escenario iluminado por la luz de una luna llena, derramando lágrimas por su pulcra belleza mientras un defecto terrible la corroía en su interior: Al contemplar Liliana su reflejo, veía lo demoníaco e infame de su espíritu. Álter ego. . Pensó Carla. Sí; mi álter ego. Y la idea de una escritora deplorable que escribiría lo que se le antojara, sin ataduras ni reglas, lograba quitar y entorpecer su sueño. Después de todo, ella era ella y yo, ambas. Mañana, con urgencia, se reuniría con José para zanjar determinados asuntos que urgía tratar. Abrió su explorador, y fue directa a su cuenta de correo electrónico. Tecleó Valjean, su contraseña, y una vez dentro, redactó el siguiente correo: Estimado José, Disiento sobre lo tratado y acordado con mi última novela. “El Bardo y su reflejo” es una novela con un horizonte amplio y ambiguo. Sin embargo, cientos de ideas se me ocurren y me gustaría tratarlas contigo. Un nuevo libro está en camino. Mañana, si te parece bien, me pasaré por tu oficina. Un cordial saludo.

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Abandonó el ordenador, agotada. ¿Un cordial saludo? Hace años que conozco a ese hijo de puta. Qué asco de modales y formalidades, dijo. Fue al baño. Sentada en el retrete vio su reflejo en el espejo largo que utilizaba para ver su figura entera cuando se probaba un vestido y fantaseaba con causar impresión. Pero lo cierto es que pocos vestidos se ceñían apropiadamente en Carla. Le llevó tiempo liberar la orina y al relajar su cuerpo se le escapó una ventosidad. Rió. Miró su reflejo: ¿Te atreverás a contar esto, Liliana? ― preguntó imaginando que quien estaba dentro del espejo era su nueva criatura―. Tu nueva novela brillará por su naturalidad. Debes despistar, enredar, y sobre todo, ensuciar… ¡ensuciar! ¡Liberté!

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III

Amaneció. Una niebla espesa, fantasmagórica, se afianzaba entre las ramas de los árboles, a las farolas, en las esquinas de los edificios, durmiendo en los semáforos, consiguiendo aletargar el arranque de la Ciudad Muerta, tal y como la llamaba Carla, que se desperezaba admirándola por el ventanal de su salón. Se preparó una taza de café, de aroma intenso y amargo gusto al final con un ligero toque afrutado que podía distinguirse sólo si uno se lo imaginaba. Encendió el ordenador y fue a ver si José hubiera recibido el correo que le envió anoche y dignado a contestarla. Nada. Iré igualmente, dijo. No necesito la confirmación de ese imbécil ni su consentimiento. ¡Claro que no! Después de todo lo que se rió, después de cómo me ofendió… y humilló… pero, antes, antes empezaré a escribir sobre Liliana; lo necesito. ¡Liliana! Es… ¿Cómo describirlo? Como… es como si hubiera roto aguas… he estado con ella en mi vientre y ahora la voy a parir, de golpe. Y quiero que sea doloroso y escandalosamente sucio, que sangre tantísimo que roce y bese a la mismísima parca. Y así, Carla empezó a parir a Liliana, inspirada, como era de esperar, por el amanecer y la niebla. Todo lo que escribiría Carla durante una hora no la llevaría a ningún lado. Daba vueltas, imaginaba cosas, pero nada tomaba la forma esperada ni deseada. Defraudada, sólo dejó el comienzo: Amaneció, y lo hizo con niebla. Liliana no dejó ni una gota de sangre de José en la escena del crimen... ¡Joder! Gritó Carla. ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy bloqueada? Salió a la calle, rumbo a la agencia. Caminaba envuelta de niebla. No se perdería porque conocía la ciudad, no diré tan bien como la palma de su mano ya que ella sería incapaz de imaginarla, pero sí tan bien como su propia casa. Estaba bastante furiosa porque el momento para escribir fue perfecto, sin embargo, ella no estuvo a la altura de las circunstancias. Refunfuñaba en voz baja, manteniendo una conversación consigo misma. Quienes se cruzaban con ella, reían.

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Era el número del portal de la agencia. Subió hasta el piso octavo. Tocó el timbre de la puerta B. Abrió Isabel, la secretaria y recepcionista. Sonrió con levedad a Carla, pero ella no devolvió el gesto. — Buenos días.

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— Hola, buenas; quiero ver a José. — ¿Ha pedido hora? — Sí. — Muy bien, ahora mismo le comunico que usted está aquí. — Gracias. Muchas gracias. Al cabo de unos minutos Isabel reapareció riendo, como si guardara un discreto chisme o secreto que habría compartido instantes antes con José. Lo supo porque rehuía los ojos de Carla y cuando sus ojos coincidían soltaba una risotada. ¿Qué le habría dicho este a Isabel para que se riera de ella? ¿Estaría José también riéndose cuando ella entrara? — Señorita, me ha dicho que pase. Está al fondo, en su despacho. Donde siempre. — Muy amable, gracias. Carla entró sin vacilar, con ganas de guerra. Para hacer crecer su orgullo, caminó por el despacho y se situó enfrente del espejo, colocando algunos mechones, imaginando ver a Liliana en su interior. José no reía, y mantuvo el semblante, como si estuviera en jaque por algún motivo incógnito. Se levantó para estrechar su mano y fue después al mueble bar a servirse, a lo mejor, un vaso de whisky. — ¿Recibiste mi email? ― preguntó Carla, curiosa. — Claro que sí― contestó José, que de pronto, aguantaba la risa― ¿Quieres una copa? — Un poco temprano para el alcohol, ¿no crees, José? ¿Qué os hace tanta gracia a ti y a tu secretaria, si puede saberse? — Nada, nada… es que… Bueno, a partir de las diez, ya se puede beber sin prejuicios. ¿No? — ¡No! Por favor… ¡Es demasiado temprano! — Puede, aunque siempre, y todavía más si se presentan los atenuantes adecuados, es un buen momento para mear, ¿eh?― dijo José hundiendo sus ojos en los de Carla, y guiñando con sensualidad depredadora uno de ellos. Después elevó la copa y vertió el contenido en el suelo, emulando e invitando a Carla a representar una escena más que familiar. A continuación, se desternilló de risa. Aterrada, como si se hubiera quedado desnuda y atada ante José, Carla salió corriendo despavorida hasta la calle, donde la niebla, de nuevo, la engulló. Respiraba entrecortadamente, le faltaba la respiración y el ritmo de su corazón se desbocó. Sólo una pregunta se repetía en su mente. ¿Cómo se ha enterado? Tirada en la acera de la calle, Carla aún podía escuchar las risas e insultos. ¡Guarra! ¡Cerda! La intimidad y nobleza de la niebla, cubrieron y protegieron a Carla. Poco a poco fue recuperando fuerzas. A pesar del carmín corrido, una mueca de vileza se bosquejó perfecta en su rostro. Sucia y empapada, supo que el noventa y ocho iba a producirla insomnio durante meses.

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IV

— Estoy sorprendido― le comenté a un desconocido, en un café que moría en una esquina. Dijo llamarse Víctor después de una larga y afligida calada a su cigarrillo. Al liberar el humo con técnica, fue expandiéndose y terminó por dibujar en el aire espectros de su vida, que, sin invitación, me cercaron susurrando secretos, cantando, hasta desvanecerse por completo. Qué vida terrible la de Víctor. Las manecillas del reloj llevaban paradas cuatro horas. Marcaban las 19:46. Era un 22 de abril, casi medianoche. Llovía. Y no me apetecía escribir, más bien, estaba en sequía creativa. Fue por ello que bajé al café, a desahogarme. Sujeto a la barra, sin acabar de sentarse en el taburete, Víctor, que tampoco tenía con quien hablar, me miró y comentó con menosprecio: — Hay que joderse, nos están cercando como animales apestados. ¡Mierda! Se refirió al tabaco. No le seguí aunque le otorgué complicidad con la mirada, no quería que se fuera. El destino había juntado a dos miserables que se morían por un pedazo de conversación. — ¿No fumas, compañero? — Qué va. El tabaco no es más que un recurso pobre para un escritor sin ideas. — Un pequeño y carísimo vicio. — … — Y… ¿de qué estás tan sorprendido? — ¿Perdona? — Lo has dicho hace un rato: <<estoy sorprendido. >> Recordé. — Es verdad; lo olvidé. No tiene importancia… ¡pensaba en voz alta! — Compañero, sé cuando algo corroe a alguien, y justo cuando lo has dicho, en ése preciso instante, chasqueabas los dedos y refunfuñabas. Diría que eras un loco por tu mirada; no me gustaría encontrarte en un callejón oscuro, joder. ¡Me llamó loco sin tapujos! — Me sorprende lo que he escrito en este último año, eso es todo. Encendió otro cigarrillo mientras miraba la otra colilla morir. — Ahm… ¿Escribes?… ¿eres escritor?― al finalizar su pregunta, pude ver lo incómodo que resultaba para él manejar dichas condiciones. Y es que acababa de aludir la palabra maldita.

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<<Sí, escribo… motivo de burla, de miramientos, de risas, de comentarios. ¡Agotador!>> rumié en ese momento, y ni mi ceja arqueada consiguió advertirle del tremendo escozor que ello me provocaba y con una táctica lograda en los últimos años, respondí: — El título me viene grande, Víctor. ¡Escritor! — Comprendo. No sé qué decirte chaval… entonces, entiendo que lo haces por entretenimiento. — Tampoco. — ¿Entonces? — Una necesidad. Como comer. — O cagar… — Sí, podría decirse. Cagar, mear, follar… Le seguí la corriente para intentar hacerle sentir más cómodo, relajado, llevarle a mi campo de batalla y una vez estuviera en él, por educación, no tendría otra que seguirme la corriente. Y lo conseguí; porque en otro contexto, ya hubiéramos dado otro rumbo a la conversación. Después de todo, mereció la pena bajar al café, a renovar aires. Becaud cantaba <<Et Maintenant. >> — Voy a confesarte que me resulta extraño. Sólo he conocido a lectores, entre ellos, mi señora, pero gente que escribe… ya me entiendes, a nadie. Salvo a mi pequeña, que le ha dado por escribir un ridículo diario. — ¿Un diario? — Sí. Lo protege como un estúpido tesoro. — La entiendo. Escribir es divertido, te lo recomiendo. Rió. — Eso sí que es improbable. Camarero, perdone, otra. ¿Quieres tú también? — Por favor. — Pues eso, imposible, soy un torpe. Y… ¿qué escribes exactamente? Logré picar su curiosidad. El anzuelo había surtido efecto. — Te lo contaré si… antes accedes a una cosa. Cuando te referiste a tu hija… — ¿Qué? — Mencionaste que escribía un ridículo diario. Un estúpido tesoro. — ¿Y? — ¡Por favor, Víctor! — ¿Qué? — Te sientes mejor ridiculizando a la pobre muchacha… ¡Qué cruel y dañina es la burla! — Es un capricho de niñas. Pronto se le pasará. — Bueno, se le pase o no ― en ese momento le resté importancia, pero Víctor estaba tratando el asunto como una enfermedad y referirse a tal acto como un capricho femenino, me irritó, pero no lo manifesté― nunca te rías de ella porque escriba. — Entiendo por donde vas… ¿Tú escribes un diario… eh? — ¡Por favor, Víctor! ¡No te burles coño! — No te ofendas… ¡Quería reírme! No te preocupes, extraño compañero, nunca me he burlado de ella ante su presencia… ¿Me cuentas ya qué escribes? — Nada, en realidad. Doy vueltas sobre una idea, pero vuelvo al mismo sitio. — Comprendo. — He estado escribiendo sobre una mujer, en realidad, dos.

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¿Dos mujeres? En efecto. ¡Te vengas de tu esposa o ex! ¿Cuernos? ¡Qué jodio! ¡No! ― dije riendo. ¿Y? Una escritora es quien aparece en mi novela. Y ella escribe sobre otra más. Joder, qué lío macho. Un poco enrevesado, eso es todo. ¿Quieres leerlo? Tengo aquí las primeras páginas que estaba corrigiendo antes de que llegaras. Así te haces una idea. — Veo que no tengo más remedio… ¿no? ― dijo él como súplica. — Son sólo tres páginas… ¿te animas? Accedió. Mientras leía, cogí mi taza de café y fui hasta la ventana del café. Fuera había dejado de llover, pero los relámpagos iluminaban el cielo por todas partes. Pronto volvería a diluviar. Cada minuto que él leía fui masticando una idea, fruto de la hija de ese infeliz de Víctor. — ¡Eh! ¡Ya! ¡Ya he terminado! — ¿Y? — Pues la verdad... — ¿No te ha gustado? (Confieso que poco podría importarme su opinión.) — No soy un buen lector, eso salta a la vista; ya sabes, prefiero la televisión, pero me ha sorprendido. Esa Carla amiga de Liliana… ¿Matarán a su agente juntas? Vieja táctica: actuaba como si lo hubiera leído. Pero se había saltado párrafos fundamentales. — Creo que no lo has entendido bien. Carla es mi herramienta para poder acceder hasta Liliana… que por fin sé qué escribirá. Empezó a llover de nuevo, tal y como vaticiné. Víctor me miraba interrogante y con desgana. Acababa de tener un orgasmo mental. Por favor, le dije a mi compañero… hablemos de tu vida, que la mía precisa de la tuya para llegar al culmen… Y como cuando uno acaba de copular, le pedí a Víctor que me invitara a un cigarrillo. Después del humo, se bosquejó mi nombre por una pregunta: Aitor.

— — — — — — — —

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V

15:31. Como si de una partida de ajedrez se tratara, como si enfrente de ella tuviera un tablero imaginario y como contrincante la gnosis, Liliana acudió a un ramplón si bien recurrente <<jaque mate>> para concluir su última novela, cuyo título ―aspecto de lo más estrambótico para ella― estaba aún por precisar y pulir a pesar de que poseyera en cursiva uno de lo más romántico desde que tecleó, hará un año, las primeras palabras: Caballero Ignoto. Aunque nada tenía que ver el título con lo tratado, pues un caballero es un héroe inclinado al romanticismo y a la batalla y quien aparecía en su novela, difería de serlo tanto como ella del bien. No sentía afecto por lo escrito, ni mucho menos. 15:47. Liliana hacía bastante que abandonó las formalidades. Escribir había resultado ser un desahogo espiritual. Precisamente, después de <<El bardo y su reflejo>>, no podía evitar imaginar ser juzgada y le costaba jaquecas encajar nuevos envites. Beduinos, dijo. Putos beduinos, incultos, ¡me estáis matando por dentro! Gritó. Sólo de pensarlo, provocaba en ella una espiral de locura y espasmos. Dolor y sangre. 15:51, todo se subsanará con pastillas. Liliana, que apenas conservaba sus hermosos cabellos al habérselos arrancado todos a tirones y de cuajo, había cometido verdaderas atrocidades, entre ellas, matar, descuartizar y quemar el cadáver de José, su agente, sólo para poder sentir en carne lo que en su novela describía, narrada a modo de diario. Un diario anónimo. 15:56. Sin más. Eso es lo que narró Liliana desde su celda, en un honorable Centro Psiquiátrico. 16:00, hora del tratamiento. — Liliana, deja el ordenador. Se acabó el tiempo de recreo y de ocio… Se alejó de él. — Hoy no puedes escribir más, lo sabes. ¿Lo sabes? Asintió. — Si no montas el espectáculo de siempre, Roberto y yo no tendremos que atarte. Asintió. 16:03, azul con rosa: las líneas se derriten. Y ahora Caballero Ignoto se dilucida como un titulo inapropiado y lo balbuceó, babeando. — Veo que tiene ganas de cooperar. Así debe ser, siempre. Liliana cayó en el abismo. 101

— ¿Has visto? — Sí. — Increíble; la loca esta no ha puesto resistencia. — Habrá mejorado. — Quizá. — ¿Será porque no tiene más pelo que arrancarse? Los dos enfermeros rieron. — ¿Caballero qué, ha dicho? — ¡Yo qué coño sé! ¿Te interesan los desvaríos de una loca? En un espasmo convulsivo, Liliana abrió los ojos y miró con fiereza a quien la llamó loca. 16:09, cunde el pánico. — ¡Átala! ¡Átala! Podría estar bajo los efectos de los medicamentos, sin embargo, miró a Roberto con odio mientras chirriaban sus dientes con movimientos de mandíbula. — Cagao… — ¿Tú sabes lo que ha hecho esta tía? — ¿A mí qué me importa? Roberto, ni un caballo podría levantarse con semejante dosis. ¿Tranquilo? — Tranquilo. 16:15. Liliana duerme. Duerme. Duerme…

Fin. Autora: Carla Cosette Rojas. Título de la novela: Desnudo, alma y abismos. Nota de la autora para el futuro editor: Liliana, mi fémina protagonista, ha escrito una novela terrible que, aunque no aparezca en <<Desnudo, alma y abismos>>, está narrada como un diario en primera persona y entregada aparte para el interesado. Liliana quiso bautizarla como <<Caballero Ignoto. >> Ella sabe que no es adecuado, y como creadora legítima que soy, yo, Carla Cosette Rojas, la bautizo, oportunamente, como <<La Tomba del Ignoto>> novela de Liliana Candau.

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VI

Sin bragas y de pie, y con la misma falda con que engalanó a Liliana para la escena que ella acababa de representar, Carla jugaba ahora con ellas enredándolas en su dedo índice, y, en la otra mano, sostenía sin temblar siquiera un poco, un vaso con Vodka aguado. Detesto el güisqui; deberías saberlo después de tantos y tantos y… tantos años, dijo, con deje martirizado. Detrás del escritorio, el cadáver de José desprendía el poco calor que debía quedar dentro de él, hasta quedarse por completo en frío. Y si tenía alma, ya habría renunciado al cuerpo, tan imperturbable como el semblante de Carla. Irónicamente, fue José y no ella quien terminó por orinarse encima al vislumbrar que estaba muriendo tal y como ella había descrito en el correo electrónico que le envió la noche anterior. Un olor penetrante, mezcla de orina y sangre, empantanaba el despacho. Y la pregunta que cualquier ser humano podría realizarse después de tan execrable episodio, no emanó de la mente de Carla. ¿Por qué he hecho esto? ¿Cómo sucedió? ¿Qué puedo hacer para esconderle? No le importaba nada en absoluto. Para ella, lo valía. Merecía estar muerto. Y para reavivar su convicción, escupió, flema incluida, sobre el cadáver de José. Más bien, sus pensamientos reafirmaban lo que acababa de hacer: Ahí te pudras en el jodido infierno. Si existe. Ya me entiendes, José…, ya me entiendes. Querido, ¡yo escribí un correo electrónico bien distinto al que recibiste! Mi incontrolable sonambulismo me llevó a enviarte, de la mano de Liliana, estoy segura, lo que no deberías haber leído. Si tú y esa cerda no os hubierais reído de mí…Todo esto habría quedado en un archivo de mi ordenador, pero vio la luz, vio la luz… Isabel llamó en el cristal ahumado de la puerta del despacho. Entró sin esperar a la respuesta de José. La mano extendida de su jefe era lo único que pudo ver, ya que su enorme escritorio cubría el resto del cuerpo que se intuía en el suelo, con un charco de sangre. En la esquina y con bragas en la mano, estaba Carla. — ¿Qué ha…? ¿José? ¡José! Isabel buscó a Carla. Se encontraron sus ojos. Vio sonreír a Belcebú. Unió pensamientos y sacó una escalofriante conclusión. Estaba viviendo el relato, firmado por Carla Cosette Rojas, que José le había pasado a hurtadillas esa misma mañana, el texto con el que se rieron de ella. Chilló pidiendo socorro. Los compañeros de oficina empezaron a entrar al despacho; una señora llamó a una ambulancia. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?, preguntaron a Isabel. Ella se limitó a no perder de vista a Carla y ésta, inalterable, la ojeaba también mientras se ponía su ropa interior. Volvió a sonreír a Isabel y murmuró: Querida, tengo que estar presentable cuando vengan los agentes de la ley. 103

— ¡Asesina! ― gritó Isabel―. ¡No la perdáis de vista! ¡Que no salga de este despacho! A pesar de los escalofriantes gritos salidos de las mismísimas entrañas de Isabel, Carla se giró y miró a través de la ventana. Afuera, apenas podía dibujarse una línea. Esta niebla no se levantará nunca…Liliana, ya te he abierto la puerta para que veas y narres lo que yo no fui capaz. Escribamos juntas y de la mano, ahora que ves. Todos los allí presentes, vieron a una mujer hablar con su propio reflejo, difuso dentro de la niebla. Mi novela, antes de ser escrita, tiene título. Se produjo un silencio. Desnudo, alma y abismos. Bravo Señora Rojas, bravo.

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VII

Son horas atípicas para mí, bien entrada la madrugada. Después de buscar retratos en el café y soportar a Víctor, sólo sé que la luna ha muerto sin avisar y que yo escribo simplezas sobre Carla y su Álter ego. Una noche en vela, y las ideas, aunque gestan en el vientre, no las veo, pero las imagino, dibujo; sólo deseo verlas nacer. [Ecografía.] El jardín. Mi jardín… ¿Entras? Hay tantas rosas, tipos de rosas; colores, olores… que mis sentimientos, como mis criaturas, se confunden. Sus olores llegan a mí, penetran, viajan por mi sangre y me ahogan el corazón. Estalla de alegría, colmando el alma, tullida desde lo escrito ayer. Su viaje continúa hasta mi cerebro que lo materializa en pensamiento; lo comprendo, lo mastico, lo espiro. Mis rosas, Mis rosas, Mis rosas. Mi jardín. ¿Te quedas? El cristal no refleja si no hay nada oscuro detrás. Dejaré que ellos sean los que juzguen. Los que huelan. Los que espiren la fragancia de ellas, mis rosas.

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VIII
[Interrogatorio policial a Carla Cosette Rojas, 12:34.]

— Inocente. — Señora Rojas― dijo en un prolongado suspiro el Agente Osuna― los empleados de esta planta de la editorial la vieron entrar al despacho, al parecer hasta en dos ocasiones: la primera salió llorando y al cabo de una media hora, volvió a reunirse con el fallecido y a no salir hasta que se descubrió el cadáver. — Soy inocente. Le doy mi palabra. — Su… ¿palabra? — Exacto. — Es complicado cuando uno tiene tantas pruebas en su contra. — Debería creerme, la palabra es poderosa. — Eso no es lo que me consta; la secretaria del difunto, Isabel Morrell, cita expresamente que la persona que bajó llorando como si la hubieran despedido, pareció cambiar de alma como quien cambia de ropa y subió con sed de venganza. — ¿Esa zorra ha dicho eso? Agente, profundice en ella, le invito a que lo haga, quizá se sorprenda. — ¿Es usted escritora? — En efecto. — Aquí me consta que ganó un premio de renombre. Vaya…enhorabuena. — Gracias, agente― contestó Carla haciéndose ruborizar, sabiendo de antemano cuál fue el propósito de aquel piropo. — No sigamos dándole más vueltas. Usted lo hizo y punto. Hay tantas pruebas irrefutables en su contra que pelear contra ellas sería una tarea inútil y una pérdida de tiempo considerable. Una lágrima corrió por la mejilla de Carla. Sólo una. — ¿Puede responderme a una última pregunta? — Sí. — ¿Quién diantre es Liliana?

[Interrogatorio policial a Isabel Morrell, 10:55.]

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— Culpable. — No la he preguntado para que juzgue. ¡Joder! Con usted los juzgados quedarían limpios y desatascados rápidamente… — Bueno, es que ella le mató. Y con tal frialdad... — ¿Cómo lo tiene tan claro? ¿Acaso lo vio? — Verlo con mis propios ojos, no… — ¿Y bien? ¿Escuchó algo sospechoso? — Nada. — Entonces… ¿Algún hecho fuera de lo normal? — Sí. Lea este relato. — ¿Cómo? — Léalo, se lo ruego. — No tengo tiempo, Señorita Morrell, para tonterías. — Pues deberá sacar un par de minutos. Se arrepentirá si no lo lee. Refunfuñó. Accedió. — Démelo. El Agente Osuna leyó. No mostró aspaviento alguno. Al concluir, expuso: ―Imagino quién lo escribió. Ficción no es realidad y por tanto, una prueba sin peso. — ¿Sin peso? — Sin peso. ¿Por qué sonríe? La estoy subestimando, sabe algo más, ¿me equivoco? — Ése relato… lo envió Carla al cadáver que investiga, la noche anterior. ¿No le parece cuando menos esclarecedor? — Desde luego. — Si quiere saber con quién está tratando, cuando hable con ella, pregúntele por Liliana; la respuesta no vendrá con palabras.

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IX
¡Es un monstruo! Mi creación lo es, una completa aberración. Estoy consternado, porque esto no era lo que planeé narrar. ¿Habré llegado hasta aquí para nada? Mis amadas hijas, Carla y Liliana, se adentraron anoche en un laberinto, tan largo y lleno de giros y caminos que acabé perdiéndole la pista a Carla que seguía a su álter ego hipnotizada. Sin ella, no puedo acceder al verdadero monstruo. Puede que sea mejor así. Que Liliana domine la situación en la lobreguez del laberinto. Oculta en la sombra y sólo capaz de brotar en las mentes de quienes quieran darle vida. Sabemos qué hizo y qué me ha dado y no necesito saber más de ella, salvo que acabó presa en un Centro Psiquiátrico por matar a José, ¿o todavía Liliana tiene más secretos que revelar?, pero ¿Y Carla? ¿Qué hago con ella? También se esconde, no obstante ella es mucho más fácil de encontrar. Voy detrás pisando sus talones y en cada giro, veo su vestido blanco desaparecer. Es un sinsentido. Derecha, izquierda, derecha, derecha. ¿Carla? No me responde. ¿Carla? ¡Déjame explicarte! ¿Por qué huyes, de quién? Se detuvo y la encontré. Me miraba como una hija lo hace a un padre. Sus ojos centelleaban con una luz que yo no recuerdo haberle otorgado. — ¿Por qué me has hecho esto? ― Me preguntó―. ¿En qué me has convertido? ¿No eres capaz de vislumbrar que huyo precisamente de ti? No pude responderla. De pie, permanecí observándola. Vestido blanco, manchas de barro, melena irregular. Era más bella de como yo la había pintado. Había evolucionado en soledad o porque simplemente no quería ser lo que yo dicté que debía ser. — No huyas de mí, querida hija. Puedo explicarte. — Me has estado utilizando. Yo… ― rompió a llorar. — Habla, por favor. Habla, no te quedes nada dentro. — Quieres convertirme en una simple asesina, para que puedas justificar lo que escribes. ¡Qué ruin! — ¿No lo entiendes? ― pregunté― ¡Tú eres mi llave para llegar hasta ella! — ¿Mi hermana? — Exacto, ella. — No quiere saber nada más de ti. Escribió la novela que tú no fuiste capaz de narrar y se ha entregado a las sombras. Por tu bien, no la invoques… Liliana, para ti, ha

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muerto. ¿No leíste las últimas palabras de mi novela? Duerme, duerme, duerme… ¡Márchate de aquí! ¡No eres bienvenido! Entonces Carla desapareció delante de mí. Me he dado cuenta de que he herido sus sentimientos, y lo he hecho de manera inconsciente. Sin percibirlo, estaba convirtiendo a Carla en una réplica imperfecta e insulsa de Liliana; pero me ha plantado cara. Mi hija quiere un futuro digno, un nombre por el que ser recordado. ¿Cómo no me di cuenta de la luz que había en sus ojos? ¡Perdóname Carla! Amanece en el laberinto. Los rayos de luz perfilan un camino en él, las sombras se arremolinan, imperfectas. Carla brilla a lo lejos. No sé si me ha oído; no quiero que me vea llorar. Lloro. Por ti, Carla. Por ti.

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X
Es como si un impulso ajeno a mí, llegado desde arriba en lo más alto o abajo, de lo más profundo, o puede que incluso en algún lugar de mi mente que no alcanzo a iluminar… o… ¡no puedo expresárselo! ¡Créame! ¡De pronto carezco de palabras! Es como si una mano oscura decidiera y estuviera intentado cambiar lo acontecido, explicó Isabel Morrell al Agente Osuna. — <<Culpable>>, dijo usted. ¡Basta de liar el cordel! — ¡Imposible! — Señora Morrell, dijo <<culpable>>. — Por supuesto, ¡refiriéndome a la Señora Rojas! ¡Esa maldita hija de la gran puta! ¿Cómo iba yo a matar a José?― justificó rebosante de estupor, acorralada y cercada como un animal de matanza, a propósito; por mí. El Agente Osuna frunció el ceño como quien no da crédito a lo que escucha. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo interior de su americana y limpió el sudor de su frente. Tosió. Carraspeó. La flema se deslizó y coqueteó con la lengua. La tragó. Hizo el amago de encender un cigarrillo pero se abstuvo al recordar que su hija, aquella misma mañana, antes de responder al aviso de un asesinato, dijo después de besarle: Papá, hueles mal. — Pregunté, y con bastante y obvia claridad y esto puede cotejarse con los informes escritos, que si usted se consideraba autora del crimen, al haber estado en la escena y presente junto a la Señora Rojas. Por tanto, ¿inocente o culpable? Usted contestó. ¡Vaya si lo hizo! — No fue así. — Sí. Además, ¡jamás pude figurarme que unos ojos pudieran albergar tan sobrecogedora malignidad! [Y así es. Isabel: yo en un comienzo te imaginé dulce, tierna, despreocupada, una secretaria dócil con un toque atractivo. De hecho, anoche fantaseé con tu imagen. Pero pronto me di cuenta de una fachada oscura. No puedo creer que me equivocara. Que te prejuzgara tan erróneamente. Fue desgarrador descubrirte, vergonzante, humillante. ¿Dónde queda mi credibilidad como escritor, niña? Mereces girar y dirigirte allí hacia donde yo indique. ¿No me crees? Siente, sufre, quiero ver de qué soy capaz. Necesito contentar a Carla, luego Liliana…]

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— ¿Cómo? ¡Lloraba! ¡Lloré! ¡Lloro! ¡Se lo suplico! ¡No me juzgue con tan vil mirada! ¿Y mi abogado? — ¿Abogado? ¡Abogado ha dicho!― exclamó―, ¿mantuvo una relación amorosa con el fallecido? Isabel llevó la mano a su pecho. Sintió el aire quemar. Respirar ahora era voluntario. — Sí. ¿Ha sido esa bastarda, verdad? Ella está tergiversando los hechos― sus ojos llamearon como los de un animal, Isabel estaba despertando. — ¿Carla? ¿Otra vez Carla? ¡Es usted una obsesa! ¿Sentía celos de esa maravillosa escritora? — ¡Maldita embustera! Desde el otro lado del cristal, con un as en la manga, Carla observó a Isabel, disfrutando el juego, el giro, la ventaja que yo estaba otorgándola. ¡Deja de fingir que sufres Carla! Sabemos bien qué hiciste, pero yo te protejo… no temas ni un minuto, es más, te pregunto: ¿cuál quieres que sea el destino de Isabel? Fingiendo estar deshecha, actuando con maestría y arte, perfiló un amago de sonrisa. Al otro lado del cristal, el rostro de Isabel Morrell se fundía con Liliana Candau. ¿Habrá nacido una nueva bestia o soy yo ella? Vas a morir Isabel. Y vas a sufrir a mi antojo. Púdrete de dentro hacia afuera.

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XI

No podía apartar la mirada de aquellos imponentes tacones de aguja. Imponentes―cereza―, tacones―diría blahnik, por decir―. De aguja―unos doce centímetros.― De ellos y hacia lo alto, como una extensión adherida y herida, se prolongaba el femenino y esbelto contorno de una mujer de apellido Candau, invocada de un laberinto para penetrar en otro. — ¿Para esto me haces llamar? ¡Qué mentecata eres! — Me embisten inquietudes; preguntas que…― exteriorizó Carla, encogida como quien protege su orgullo ante la respuesta a una pregunta burlesca. Podría decir que incluso con recato y prudencia a su propio álter ego. — Dudas de esa simpleza las tiene un mediocre sin criterio. ¡Por favor! ¡No te creí tan basta, mezquina, baja…! ―exclamó Liliana―. ¡Eres, ni más ni menos, que la autora de <<Desnudo, alma y abismos>>, demuéstralo! En ella yo soy lo que tú quieres ser y escribí lo que tú no podías narrar. ¿Lo recuerdas? — Sí. — ¿Entonces qué? — ¡¿Nunca creíste en él o ella?! — ¡Jamás! — A veces siento que los acontecimientos de mi vida no dependieran de mi criterio… — ¡Basta! No hay nadie encima de nosotras. Ningún ser supremo, dios antojado, o como quieras llamarlo. Tú y sólo tú mataste a José; tú y sólo tú lograste que culparan a esa engreída, Isabel, fruto de tu propio trabajo. Tú y sólo tú me creaste e hiciste creer muerta. Tú y sólo tú te atreviste a creerme loca en un Centro Psiquiátrico. Tú y sólo tú hiciste que me arrancara la cabellera en nombre de la locura. Sólo para que pariera una novela escrita como diario… ¡Tan sólo para eso! ¡Pero te debo la vida y bebo de ti! ¿Y yo, acaso, te reprocho todo ese sufrimiento? — ¡No! ¡Y te agradezco esa entrega! Pero al igual que yo te creé, alguien me creó a mí. Liliana rió y dio dos pasos al frente. — Me parece acertado lo que planteas; Querida Carla, me mataste o lo diste a entender en tu novela (Duerme, duerme, duerme…), recitaste. Y me has resucitado de tu retorcida mente. Y ahora viva, no te he matado porque te aprecio. Debes saber que yo ya no dependo de ti. Soy independiente, vivo y crezco en otros. ¿No ves que huelo tu miedo desde aquí? Carla no respondió y se acercó al espejo. 112

— Tienes toda la razón. Siempre supe que esto pasaría algún día. Y como te admiro, te pregunto: ¿Qué debo hacer? — Si tú crees que él existe, mátale. — ¿Cómo? — Sólo tú sabes cómo hacerlo. — Tengo miedo. — Carla, Carla Cossete… Señora Rojas… ¿De qué tienes miedo? — De lo que pueda hacerle a Isabel. — ¿Esa gilipollas? — Sí, no la aprecio ni mucho menos, pero es inocente y él… él quiere hacerla daño, por algún motivo… — ¡Pero si fuiste tú! — Yo estuve temblorosa, torpe después de matar a ése cabrón… Y sin que moviera un dedo, el viento sopló a mi favor y una fuerza creció dentro de mí. Dominé el escenario. Pero tuve ayuda, la tuve. Fue él. — ¿De quién? ¡Dilo si te atreves! — ¿Recuerdas aquel laberinto? Liliana retrocedió los pasos que dio. — ¿Él? — Sí. — ¿Es ese monstruo del que hablas? — Sí. — ¡Asesínalo! — Él te adora, te quiere. Y deberías saber que me utiliza para llegar hasta ti. Me pregunta una y otra vez por la novela que escribiste. ¡Quiere leerla! ¡Necesita leerla! Liliana… Liliana lloró sangre. No de pena. Odio, rencor, celos. Luego desapareció otra vez justo cuando Carla llegaba a ella. Ojalá, dijo, pudiera llevar con tan suma elegancia unos tacones de aguja. Lástima que mi cuerpo no los merezca… ¡Por qué nos haces esto! ¿Por qué nos creas y luego nos abandonas? ¿Eh? ¡Di! ¡Detesto tu silencio! ¡Abomino tu puto silencio! ¡TE ODIO MISERABLE! Carla cayó arrodillada. Como quien reza, pero sin fe. Sin fe… Ya no creía ni creería en mí. Maduró. Y ello traerá terribles consecuencias.

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