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Yomedium Cap 1

Yomedium Cap 1

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Yo, Médium

1

Indice
Prólogo

Capítulo I El Don

La cosas que han estado pasando ……………………….. 4

Primera vez.
El abuelo de Flavia
La madre de Vilma
Ana y su nieta Paula
No estoy solo.
Salir del Armario
En un bar de Santiago

El don: ……………………………………………..…….. 36

Cómo veo lo que veo (corregido)
El aura
Testigos
Pruebas

La Búsqueda: …………………………………..…….. 52

El origen del don
Caminar el camino
El tarot
El deber ser del médium
Misticismo

El sentido del don ……………………………………… 76

2

Hace unos años descubrí que tengo un don,
puedo sentir y comunicarme con personas que han fallecido.
Aquí describo mis experiencias como Medium,
de la forma más agnóstica y empírica posible.
Mi nombre es Sebastián, soy una persona común y corriente
a la que le pasan cosas extraordinarias.
Siento la necesidad de contarlas aquí.

3

A los catorce años caminaba cada mañana unas cuatro cuadras
desde mi casa hasta la parada del colectivo que me llevaba al colegio.
Eran cuadras por las que me cruzaba con muy poca gente. Apenas unas
cuatro personas cada mañana. Era muy temprano, iba casi dormido. Me
empezó a llamar la atención que cuando me cruzaba con alguien veía
unas líneas transparentes alrededor, como cuando uno ve en esos
televisores viejos la doble imagen de las personas. Cuando me quise dar
cuenta veía eso también rodeando los árboles.
Se lo comenté a mis padres y mi papá me llevó al oftalmólogo. No
tenía nada malo con mi vista, veía por encima de la media. Leía las letras
chiquitas de la última línea. ¿Y las líneas en el contorno de la gente? La
respuesta del oftalmólogo fue que me lavara mejor la cara al salir de mi
casa por la mañana.

Con el tiempo fui descubriendo que esos contornos que rodeaban a
la gente y que se irían haciendo cada vez más definidos y se llenarían de
densidad, colores y movimiento, era el aura.
Quería empezar con esta anécdota porque creo que resume
bastante lo que ha sido la percepción extrasensorial en mi vida. La forma
accidental en la que siempre se ha presentado, lo poco formado que
estaba yo en esos temas, y con una mente, unos padres y un mundo
exterior que buscaría siempre explicaciones racionales a lo que me
pasaba.

Hasta que mi percepción extrasensorial se hizo tan evidente que
tuve que ir cediendo y entendiendo que había algo más allá de lo que
consideraba normal y evidente, hasta ese momento.

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Capítulo 1

Las cosas que han estado pasando.

Hace unos años iba arriba de un avión cruzando la cordillera, era
una época en que viajaba mucho entre Santiago de Chile y Buenos Aires,
así que iba más o menos relajado, entregado al viaje, y mientras me
servían el desayuno me imaginé, podría decir que me imaginé, o eso es lo
que pensé en ese momento, que había una mujer parada al lado mío, una
mujer mayor. Supe, junto con eso, que esta mujer se llamaba María Julia,
que había sufrido de cáncer de huesos durante dos años del que había
fallecido hacía un año. La situación no me sorprendió porque fue como
que me lo imaginé.

Acá tendría que hacer un paréntesis en la historia para contar que
vengo de una familia atea y escéptica, mi madre es psicoanalista y mi
padre industrial, nunca se dudó en mi familia que uno se muere y se
muere. No hay más. Ateos militantes. Así que la experiencia del avión me
pasó completamente desapercibida. Que un muerto realmente me hablara
no era una opción.

Una semana después, ya de vuela de mi viaje, conozco a Vilma.
Yendo hacia la casa de una amiga a cenar tengo la certeza, la absoluta
certeza, y no se de qué otra manera describir el sentimiento, de que la hija
de esa mujer, la que imaginé en el avión, iba a estar esa noche en la casa
de mi amiga. Tuve la certeza unas cuadras antes de llegar. Pero cuando
llegué, cuando estacioné el auto; temblaba. Cuando entré a la casa y la vi,
me emocioné muchísimo, casi no podía hablar. Era una mujer que nunca
había visto antes pero era al mismo tiempo como encontrarme con
alguien a quién conocía de toda mi vida. No me aguanté mucho rato y en
cuanto estuvimos sentados a la mesa le pregunté: ¿Tu mamá falleció? Si,
me dijo. ¿Falleció hace como un año, de cáncer de huesos? Si, me
contesto, y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Tu mamá se llama María
Julia? Y cuando dijo que si, explotó todo, ella se puso a llorar, y los demás
me miraron como si estuviera loco. Nadie, ni siquiera yo, entendía lo que
estaba pasando. La mujer se puso a llorar y yo volvía sentir a la señora

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del avión parada al lado mío. Todo lo que pasó después fue una locura,
una revolución, hasta ahora, hasta ahora mismo sigue siendo una
revolución.

Soy ateo. Suena raro, un médium ateo, suena absolutamente raro.
Pero es así. Curiosamente lo que más me incomoda, casi me atormenta
de todo esto, es la necesidad de creer. Con la cantidad de cosas de las
que he sido testigo y protagonista, sigo sintiendo un impulso innato a
descreer. La pregunta, o la respuesta, sobre la supervivencia de la
conciencia después de la muerte nos la hemos hecho todos. Para mi
hasta ya adulto era un rotundo “te mueres y te mueres”. Bueno, los
milagros son para los que no creen, los creyentes no necesitan pruebas.
Bueno, yo necesito muchas pruebas, montones de pruebas.
En mi familia la palabra religión se asociaba a ignorancia. En casa
no estaba prohibido hablar de creencias, simplemente no se hablaba. Y si
se tocaba el tema era desde un trasfondo intelectual y filosófico. Mi padre,
industrial, proviene de una familia italiana de creencias cristianas y mi
madre, psicoanalista, de una familia judía de origen ruso. Pero ambos son
ateos. Jamás se dudo en mi casa que somos el resultado de la evolución,
de la necesidad de supervivencia de las especies. Nacemos y morimos y
eso es todo.

Relato esto porque siento que mi camino hoy no está puesto en lo
fenomenológico ni en la explicación de por qué me pasa lo que me pasa
sino más bien en esa duda permanente: en qué creer, y cómo hacer para
creer. Cuando alguien dice que cree en la sobrevida de la conciencia.
¿Qué grado de certeza o de duda tiene?¿En qué parte del cuerpo lo
siente? ¿Lo siente como algo familiar, de herencia, algo que lo conecta
con su aprendizaje de la vida, con sus enseñanzas, con la moral, con su
futuro? ¿Qué es creer y cómo se siente, cómo se piensa, cómo se actúa
internamente y externamente cuando se cree? ¿Cuándo se tiene la
certeza, aunque no sea absoluta, pero certeza al fin, de que hay algo
más, que está por encima de nosotros y más allá de lo evidente? Eso,
más que un misterio, lo siento como una frustración. Casi como una
discapacidad. Como si no tuviera la capacidad de creer. Incluso siendo
testigo de la cantidad de cosas extraordinarias que a esta altura he sido

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testigo.

No siempre fui escéptico. Cuando tuve mis primeras experiencias
extrasensoriales, como a los diecinueve años, creí ver detrás un sistema
de creencias que tenía algo que ver con el new age, que en esa época
estaba muy de moda entre gente de una edad mayor que la mía, diría un
par de generaciones por encima. Tengo algún recuerdo de haber creído
en la reencarnación, pero es tan tenue y tan poco convincente esa época
de mi vida, estaba tan deslumbrado por las percepciones que tenía que
estaba dispuesto a encontrar un marco en el que meter todo lo que me
estaba pasando. Y de cierta forma me tranquilizó.
Atrás en el tiempo sólo recuerdo dos cosas.
La primera, yo tenía cuatro o cinco años y una excelente relación
con mi bisabuelo Samuel, recuerdo ir caminando por la calle de la mano
de mi madre y haber tenido la visión de mi bisabuelo. Samuel estaba
parado en un cuarto mirando por la ventana. Estaba vestido con una
camisola blanca. Todo el cuarto era blanco. Muy arquetípico. Me detuve y
le dije a mi mamá que me daba pena el bisabuelo Samuel, le conté lo que
había visto. Yo no sabía que estaba internado y mi madre supo al llegar a
casa que en ese momento mi bisabuelo había muerto. Fue algo
comentado en la familia, mi “visión”. Pero como ya dije antes esos temas
no eran propios de mi familia y la cosa quedó ahí.
Lo otro que recuerdo de pequeño es que una noche, como a los
seis o siete años mientras estábamos en el cuarto que compartíamos con
mi hermano. Dormíamos en camas cuchetas, yo arriba. Mi hermano no
podía dormir y mi papa se acostó en un colchón en el suelo para hacerle
compañía. Yo me había quedado dormido y el llanto de mi hermano me
despertó. Me asomé a ver a mi papa y lo que vi fue como una luz que
salía de su estómago. Una luz azul muy fuerte que iluminaba la
habitación. Estaba tan dormido que podía ser parte de un sueño. Y no
contaría si después no hubiera vuelto a ver esa luz, muchos años más
tarde, como a los diecinueve, en mis prácticas del arte marcial Aikido.
Durante el resto de mi infancia y pubertad no paso mucho al
respecto. Nada que pudiera presuponer lo que vendría. Como todo niño
soñaba con tener superpoderes y le temía a los fantasmas. Respecto a

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Dios, nunca me hice demasiadas preguntas. Asistía a primeras
comuniones y bar mitsua de amigos sin interesarme demasiado por la
liturgia ni las creencias. Si hubiera habido el más mínimo indicio estoy
seguro que mis padres me hubieran preparado de otra forma. Igualmente
agradezco profundamente (no se a quién) no haber visto cosas de niño,
hubiera sido catastrófico para mi estabilidad mental. Hoy estoy muy atento
a las cosas que dice ver mi hijo, separando la imaginación de la
percepción real. Me imagino lo que pudiera pasarle a un niño de cuatro
años si pudiera hablar con los muertos.
Entonces estábamos en que nada me había preparado para lo que
iba a venir. Y especialmente la primera vez, ocurrió en una época
especialmente atea y escéptica de mi vida.

Primera vez.

Febrero de 1989, yo tenía 19 años y estaba de vacaciones con mi
padre en Pinamar, un balneario tradicional de la costa Argentina. Una
amiga de una amiga, Fernanda, mi misma edad, gordita, con problemas
de bulimia. Nos conocimos al pasar. Ella era gordita, no muy gordita pero
caderona. Se la veía triste, aunque se reía bastante seguido. No fue como
que la conociera de antes ni nada, no hubo química, nada por el estilo.
Cruzamos unas palabras, yo sabía que ella era bulímica, me lo habían
contado sus amigas, que estaban bastante molestas con el tema,
Fernanda se desmayaba seguido. De repente sin quererlo estábamos
hablando de su bulimia con mucha confianza. Yo algo le dije, no se qué,
no recuerdo ni tuve mucha conciencia en el momento, pero
evidentemente la sorprendí. Se me quedó mirando por un rato. Un rato
largo. Incluso temí que gustara de mi. Quedamos en volver a vernos en
algún momento. En volver a hablar. Yo no estaba interesado, la verdad.
Durante los siguientes días yo le huí, literalmente. Nos cruzábamos
porque era un balneario chico y porque sus amigas eran mis amigas y
porque nos cruzábamos. Le huí como una semana. Hasta que un día la
lluvia me sorprendió en la playa. Volví empapado a la casa de mi padre a
cambiarme y ahí estaban mis amigas, en un café frente a la casa.

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Fernanda salió corriendo, gritándome. Llovía a cántaros. La invité a mi
casa. ¿De qué íbamos a hablar? Entramos, ella se quedó sentada en la
cocina y yo fui a cambiarme la ropa mojada.
Cuando volví ella se sentía mal, estaba mareada y casi se
desmaya sobre la mesa. Yo la sostuve un poco y le dije que se calmara.
En ese momento hicimos contacto de ojos y pasó la cosa más increíble
que me pasó en la vida: entre nuestros ojos se formó como un túnel y
sentí que me iba para adentro, literalmente. No sólo me quedé
hipnotizado, sino que tuve una ensoñación de que volaba adentro del
túnel. Talvez duró poco tiempo, pero a mi me pareció eterno. Pasé como
a través de su ojo y entré como a un gran galpón oscuro. Allí había como
una biblioteca, como unos ficheros con fichas. La sensación general era
que me lo imaginaba, pero al mismo tiempo, como que estaba haciendo
algo que sabía perfectamente a dónde iba a llevarme: estaba leyéndole
los archivos de la cabeza.

Ella se echó para atrás repentinamente, se había quedado
hipnotizada también. No sé lo que sintió ni lo que vio, no se lo pregunté.
Me dijo: ¿Qué haces, qué estás haciendo? Y nos quedamos los dos
sorprendidos mirándonos.

Inmediatamente vi una imagen muy nítida. Otra vez: es como una
ensoñación, como imaginarse algo muy precisamente. Vi que yo era una
niña como de cuatro, cinco años, estaba acostada sobre una mesa y
había un señor alto, de bigotes que me estaba manoseando. Recuerdo
muy bien la mesa, el lugar y la cara del señor. Se lo dije. Se sorprendió,
hubo un silencio.

Era yo, me dijo, me violaron cuando tenía cuatro años…
Silencio total. Pero total. En ese momento ella se dio cuenta, antes
que yo, que yo estaba teniendo una videncia. Algo que en el mundo de la
percepción extrasensorial se llama retrocognición: conocer el pasado de
otra persona.

Hace poco tiempo, me dijo, nos pidieron en el colegio que
hiciéramos nuestra biografía de adelante hacia atrás, hasta lo primero que
recordáramos en nuestra vida. Y yo recordé eso, que era algo que mi
familia me tenía oculto. Le pregunté a mi mamá y me contó que había

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sido un pintor que hizo un trabajo en mi casa cuando yo era chica. Lo
recordé hace poco y es algo que estuvo dando vueltas por mi cabeza todo
este tiempo.

No se qué pasó exactamente después. Creo que estuvimos
callados por un tiempo. Llegó mi padre a la casa y le pedí el auto. Todavía
llovía y nos estacionamos en la playa. Nos miramos y volvimos a hacerlo.
Me metí a través de su ojo, se formó el túnel y entré en este galpón
oscuro con ficheros. Sentía que sabía lo que estaba haciendo, que lo
había hecho antes. La siguiente imagen que vino a mi cabeza fue su
familia. Su mama, su papá y sus dos hermanos, todos con nombre y
descripción de cada uno. Que sus padres se habían separado y que su
padre había dejado a su madre y se había casado con su secretaria de
toda la vida, que habían tenido una hija y que ella apenas veia a su padre.
Todo eso de un tirón, en una sola frase. No era como si lo viese, era como
si lo supiera de toda la vida, era como si compartiéramos esos recuerdos.
No me acuerdo de todo, no tomamos nota, estábamos demasiado
sorprendidos como para estar atentos a recordar todo. Le dije que casi se
había ahogado cuando tenía como siete años y me aparecía
recurrentemente una prima de ella. Era como si yo viese muchas de esas
cosas a través de los ojos de la prima. Le dije cosas tan inusuales como
que en un zoológico de animales sueltos un rinoceronte les había
chocado el auto, que el auto era un Ford Falcon blanco, los números de
las casas donde había vivido y muchos etcéteras. Estuvimos como tres
horas dentro del auto. Conectando a través de los ojos una y otra vez. Era
impresionante. Llegué a pensar que me estaba tomando el pelo. Pero se
la veía tan sorprendida como a mi.
Esa fue la primera experiencia. Realmente impactante. Después de
eso nada iba a volver a ser igual. Me llevó mucho tiempo, años, recuperar
la normalidad. Y creo que nunca lo hice, sólo fueron años de espera,
hasta la próxima vez. Después de eso vinieron muchas más cosas. En
primer lugar me costó quedarme dormido todo el resto de mis vacaciones.
Apenas cerraba los ojos sentía a alguien parado al lado de mi cama. O a
mis espaldas. Como un fantasma, como una densidad del aire.
Una noche de esas, todavía en Pinamar de vacaciones, junté a un

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grupo grande de amigos, seríamos unos diez chicos y chicas de mi misma
edad. Amigos de toda la vida. Se había corrido el rumor entre todos. Yo
estaba tan sorprendido que se lo había contado a un par de ellos, y corrió
la voz. Al par de días estaban todos en mi casa haciéndome pruebas. La
primera fue que yo salía de la habitación y entre todos se ponían de
acuerdo para pensar en un objeto. Cuando volvía tenía que adivinar en
qué estaban pensando. Bueno, lo adiviné tres veces seguidas. Sin
dudarlo, sin fallar ni un centímetro. A la tercera vez dos chicas del grupo
se pusieron a gritar histéricas y se fueron de mi casa. El resto ya no quiso
seguir haciéndolo. Al rato entró viento en la habitación y volaron las
cortinas y todo el mundo huyó despavorido.
Los días siguientes continué adivinando cosas entre mis amigos.
Intente contárselo a mi padre y su esposa pero los vi demasiado
escépticos y preferí guardarme en secreto lo que me pasaba. Tenía
diecinueve años, había ido de vacaciones pensando en chicas y me volvía
con un tremendo nudo en la cabeza. Fue lo más impresionante que me
pasó en la vida. Después vinieron cosas mucho más fuertes desde el
punto de lo fenomenológico. Pero esa experiencia, al ser la primera y al
ser a los diecinueve años fue lo que me marcó para siempre.
Un rumbo, un camino en la vida, una duda, un misterio. Todos
debiéramos tener un misterio en la vida. Este es definitivamente el mío.
Este es mi camino, aunque trate de seducirme permanentemente con
otras cosas más terrenales. Este es mi camino, mal que me pese, mi
karma, mi destino. No me quejo, creo que es muy interesante. Por algo
me tocó a mi, tan ateo, tan de este mundo. Vamos a ver qué pasa.

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El abuelo de Flavia

No me considero una persona común y corriente. No conozco a
nadie que se considere común y corriente. La mayoría de la gente que me
conoce, aún no sabiendo nada de mi capacidad clarividente me
consideraría un tipo fuera de lo común, por no decir extraño. Tengo una
mente bastante torturada, muy psicoanalizada, compleja, inestable. Puedo
ser tremendamente comunicativo y hablar hasta por los codos y puedo
quedarme cayado por horas. Necesito que la gente se sienta cómoda a mi
lado y me desvivo por hacerla sentir cómoda, feliz, contenta. Diría que ese
es uno de los aspectos más neuróticos de mi personalidad. Soy un
anfitrión casi pegajoso, lo se, lo lamento. Tengo amigos de lo más freaks y
de lo más conservadores. Pero absolutamente ningún aspecto de mi
personalidad puede hacer pensar que soy clarividente, o psíquico, o
médium o como quiera llamarle. Soy publicista de profesión, trabaje en el
departamento creativo de agencias de publicidad por casi diez años,
antes de hartarme, como la mayoría. Tuve una carrera meteórica, fui
director creativo a los 25 años. Nunca estuve conforme, pero eso ya paso
a ser un rasgo de mi personalidad. Eso y la incapacidad de quedarme
quieto demasiado tiempo. La búsqueda de lo espiritual no estuvo en mi
agenda demasiado seguido, debo confesar. A los 25 años me ofrecieron
irme a Santiago de Chile por un tiempo a trabajar en una agencia de
publicidad. Me gustó. Conocí a mi esposa. A los 29 años me harté de
todo, renuncié a la publicidad y me tomé un año sabático que terminó
siendo un año y medio. Me fui a la Universidad de California en Berkeley,
Estados Unidos. Entre otras cosas quería dedicarme a escribir y a hacer
televisión. Volví a Santiago y fundé mi propia productora de televisión.
Hice documentales con bastante repercusión y buena suerte. Fui director
creativo de un canal de televisión. Todo sucedió bastante rápidamente
pero también con bastante esfuerzo y dedicación. Hice cosas que me
gustaron y otras que no. Pero siempre me persiguió la necesidad de más,
la sensación de desasosiego, de falta de algo.
De chico tenía problemas en la escuela. Tenía lo que hoy se llama
déficit atencional y que en esa época se llamaba volado, o colgado, o
directamente, estaba todo el día en las nubes. Aún padezco de eso. Mi

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mente trabaja en cien cosas a la vez y mi nivel de atención es escaso.
Tal vez fue por eso que no presté la verdadera atención a lo que
me pasó a los 20 años y que, de estar atento, hubiera sido una buena
alerta a lo que vendría más tarde.
A los 20 años conocí a Flavia y empezamos a salir. A la segunda
salida me invitó a su casa. Subimos por una escalera sin pasar más que
por la cocina hacia su escritorio, en un altillo de la casa. Mientras me
mostraba unas fotos suyas que habían salido en una revista yo sentí que
alguien me apoyaba la mano en el hombro. Cuando me di vuelta
dispuesto a saludar me encontré que detrás de mí no había nadie. Casi
me hago pis encima. Se me pararon los pelitos de la espalda y empecé a
temblar. La sensación había sido real, sentí una mano que se apoyaba
muy suavemente, como de un anciano muy respetuoso, una presión
suave sobre la ropa. No le dije nada a Flavia, pero sentía a alguien detrás
mío. Había pasado un año y medio de mi experiencia en Pinamar. Pero
no pensé en eso. No pensé en nada, pensé en concentrarme para no
hacerme pis encima. Bien. A los dos minutos volví a sentir la mano sobre
mi hombro. Muy claramente, sentí el peso de una mano masculina. Le dije
a Flavia, me miró como si estuviera loco. Yo hubiera hecho lo mismo. No
se por qué pero decidí darme vuelta con los ojos cerrados. Había un
viejito, muy flaquito y vestido con pantalones grises y camisa a cuadros
rojos y blancos. Entendí que era el abuelo de Flavia. La habitación era
más ancha y más corta que la actual, pero era la misma. Había una cama
de una plaza, un baúl verde, un jarrón con unos dibujos tipo ramas y
adentro una rama de duraznero con algunas flores blancas.
Flavia lloraba.
Entendí que el hombre quería saludar a su nieta y decirle que sabía
que ella ya estaba bien, que estaba con ella siempre.
Aquí de nuevo tuve la sensación de que era algo que yo ya había
hecho antes, que sabía hacer, que no me sorprendía del todo.
El señor se despidió, Flavia se había tomado de mi mano y ambos
sentimos mucho calor en la mano que teníamos tomada, como si hubiera
tomado nuestras manos entre las suyas.
Cuando abrí los ojos Flavia lloraba. Me contó que el señor era su

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bisabuelo, que había fallecido de un infarto al enterarse que ella había
tenido un accidente en la playa. Siempre le había dado mucha pena que
su abuelo muriera pensando que ella estaba mal. La habitación había sido
cambiada, efectivamente cuando su bisabuelo vivía dormía en esa pieza,
que era más corta y más ancha. Habían hecho una refacción y movieron
las paredes. Bajamos a la casa y me mostró el baúl que yo había
nombrado. No había pasado por esa parte de la casa. Yo no lo había visto
antes.

Si bien fue algo que nos conmovió a ambos, con el tiempo yo fui
poniéndolo en mi cajón de cosas extrañas y digamos que lo olvidé, o le
puse anestesia. Por alguna extraña razón la palabra médium no apareció
en mi cabeza hasta muchos años después. Fue como que le eché la
culpa al lugar y a la situación y no pensé que eso tenía algo que ver
conmigo, con mis capacidades. Terminé con Flavia poco tiempo después
y ese “accidente” quedó dentro de mis recuerdos de la relación, nada
más. Conviví con eso hasta ahora sin cuestionarme, estaba frente a mí,
en mis narices, pero no fui capaz de verlo. Muchas veces siento que eso
nos pasa a todos, tenemos un montón de cosas frente a nosotros y no las
notamos. Como la ley de la gravedad antes de Newton y su manzana.
Caían manzanas todo el tiempo, vamos, cómo nadie escribió la ley de la
gravedad antes. Eso y miles de ejemplos, miles.

14

La madre de Vilma

Muchos años después del encuentro con el abuelo de Flavia, unos
quince años después, a mis 34 años, yo ya estaba viviendo en Chile,
abocado a mi trabajo como realizador de televisión, muy muy lejos de
cualquier esoterismo. Lo que voy a contar ahora es la complementación
del relato que conté al principio y es lo que yo considero realmente mi
primera vez y tiene una cronología extraña, casi mágica. Empieza una
semana y dos días antes de que realmente sucediera.
Nueve días antes, un día jueves, yo viajaba de Santiago a Buenos
Aires en un vuelo casi vacío de Aerolíneas Argentinas. El viaje dura dos
horas, era muy temprano y como que me imaginé la historia de una mujer
que había muerto después de un largo cáncer de huesos que la había
tenido postrada en una cama durante dos años y que se llamaba María
Julia, así, todo junto, de corrido, como lo estoy contando y a miles de
metros de altura sobre la cordillera de los andes. Punto, fin de la historia.
Después sirvieron el desayuno y fue una más de las historias que me
imagino durante el día.

Nueve días después, de vuelta en Chile, yendo hacia una reunión
en la casa de mi amiga Paulina, tengo la certeza, la absoluta certeza, y no
se de qué otra manera describir el sentimiento, de que la hija de esa
mujer, la que imaginé en el avión, estaba esa noche en la casa de mi
amiga.

Tuve la certeza unas cuadras antes de llegar. Pero cuando llegué,
cuando estacioné el auto, juro que temblaba. Cuando entré a la casa y la
vi, me emocioné muchísimo, casi no podía hablar. Era una mujer que
nunca había visto antes pero era al mismo tiempo como si me encontrase
con alguien que conocía de toda la vida y que había dejado de ver por un
tiempo.

Casi no abrí la boca hasta que me encontré sentado con ella en la
mesa y no pude aguantarme de decirle: “¿Tu mamá murió hace poco no
es cierto?” y ella me miró como se mira a alguien que empieza una
conversación así, y me dijo “sí, murió hace menos de un año.” Y ahí me
largué a hablar, ya estaba jugado, las otras tres personas en la mesa me
miraban sorprendidos, y le dije “¿Tu mamá murió de cáncer de huesos?”;

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“si”, “¿Tu mamá se llamaba María Julia?” y ahí explotó todo, cuando me
dijo que sí y se le llenaron los ojos de lágrimas, explotó todo.
Yo sentí que veía como una película, una cámara que avanzaba dentro de
una casa y describí lo que veía, lo que sentía y lo que sabía, esas tres
cosas podrían resumir mi sensación: Tu mamá murió después de estar
mucho tiempo en cama, como dos o tres años, cambiaron su cama a la
planta baja de la casa para poder moverla con facilidad por si le venía una
crisis. Compraron una cama de hospital y un tubo de oxígeno. La
habitación está a la izquierda de la escalera. En la habitación hay una
ventana que da al frente de la casa, a un pequeño antejardín. En la casa
de al lado vive tu hermano, hizo una pasada directa por el antejardín, una
puertita.
Vilma lloraba y los demás no paraban de asombrarse con cada
confirmación.

Yo estaba totalmente subido al relato, no sentía que nadie me hablaba ni
nada por el estilo, no estaba en transe, simplemente veía esto en mi
cabeza y entendía algunas otras cosas y las decía: “Tu mama murió de
cáncer de huesos. Estuvo dos años en muy mal estado. Y quiere que
olviden esa parte, quiere que la recuerden por lo que era antes de la
enfermedad. Tienes una hermana y dos hermanos, tu hermana tiene fotos
de tu madre enferma. Y alguna ropa. Quiere que tiren todo.
Vilma asentía, lloraba y fumaba.
Yo sentía que la mujer estaba parada a mi lado, y también lo sintió
Cecilia, una amiga. Era como si me estuviera hablando. Sentía que tenía
una personalidad muy fuerte, mandona.
Y seguí diciéndole lo que me pasaba por la cabeza: “Hay una niñita, la
veo como de unos 12 años, pero podría ser más grande, o, no… es una
nieta que crió tu madre, o que tu madre tenía muy cercana?, ella está muy
preocupada por ella, me llegan dos iniciales de nombre AJ”
Vilma: “Si , es la hija de mi hermana, está muy apegada a ella, fue como
sus segunda madre, mi madre la crió hasta que enfermó.”
Yo seguía, no me importaban sus confirmaciones, estaba seguro de lo
que estaba diciendo: “Cantabas tan bien…te arruinaste la voz por

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fumar…” y tuve un sentimiento de reproche, que le pertenecía la madre de
Vilma, en general mis emociones eran como ajenas, como si no me
pertenecieran, eran ráfagas de diferentes emociones. Y en general, con
mis propias emociones más atenuadas, María Julia estaba tan
sorprendida de poder comunicarse con su hija como yo.
El “encuentro” siguió por dos horas más, no recuerdo muchos más
detalles. Algunos mensajes no fueron correctos pero la mayoría de lo que
dije era de una exactitud que daba miedo. Quedamos todos muy
impresionados. Muy excitados, seguimos hablando como por dos horas,
le conté al grupo mis experiencias anteriores.
Me fui a la casa repasando lo que había pasado. Los días
siguientes son confusos, yo empecé a sentir otra vez gente a mi
alrededor. Como presencias físicas. Estaba excitado, temeroso, alegre,
triste. Me ayudó mucho que mi mujer tuviera una educación católica. Esto
a ella le fascinaba tanto como a mí, pero le despertaba menos dudas en
cuanto a lo religioso, a la existencia de vida después de la muerte.
Una semana después estábamos yendo nuevamente a la casa de
mi amiga Paulina, iba a ir otra persona para ver si yo podía conectarlo con
su pariente muerto. Era obvio que la expectativa de que yo tuviera otra
vez videncias eran altas. Durante el viaje de ida en auto me vino
recurrentemente a la cabeza la historia de un amigo que se había ido de
viaje en velero a Isla de Pascua, se había quedado más de lo planificado
y al volver descubrió que su mujer lo había engañado con otro. La verdad
es que esto había pasado hacía mucho tiempo, la historia se me repetía
en la cabeza una y otra vez. Cuando llegamos a la casa, ya estaba una
persona esperando a que le leyéramos. No se parecía a mi amigo, pero la
sensación al verlo era que la historia que estaba dándome vueltas por la
cabeza era en realidad la suya, empecé a hablarle en el momento que lo
vi. “¿Tu te fuiste de viaje, junto con otra gente, un grupo de gente, como
en una expedición, o viaje de estudios, o por trabajo y te quedaste más
tiempo del que tenías planeado. Cuando llegaste tu mujer te echo de la
casa, te tenía las valijas hechas, cambió la cerradura. Fue como que te
cambiaron la mujer. Ella nunca fue fácil, tiene un temperamento fuerte,
pelea con todo el mundo.”

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El hombre no podía creerlo. “si, tal cual, me fui a Colombia con una
compañía de teatro, me quede más tiempo, cuando volví mi mujer me tiró,
literalmente, las cosas por la ventana.”
Ahora sentí o visualice, me imaginé como una película que me
mostraba una casa. Era la casa de su padre. Se la describí. Estaba toda
desordenada, con cosas por todos lados. Me llamaba mucho la atención
una chimenea. Veía como un fuego desproporcionado dentro. Y veía una
máquina de escribir antigua que era arrojada dentro de la chimenea.
El hombre me contó que su padre había muerto y él se fue a vivir a
su casa. Su padre y él no habían tenido una buena relación. Cuando llegó
a la casa encontró cartas que le escribía su padre. Eran cartas escritas a
máquina, llenas de resentimiento, muy fuertes. Y él decidió quemarlas,
justamente, en la chimenea. Junto con una enorme cantidad de cosas que
su padre guardaba sin mucho sentido, finalmente terminó tirando al fuego
la maquina de escribir.

¿Qué era todo esto? Yo estaba teniendo clarividencias de su vida,
pero no veía a su padre, ¿Esto me lo estaba transmitiendo su padre o
quién? La sensación era diferente a la primera vez. Esto no era
mediumnidad, aunque se sentía muy parecido. En todo caso, la sensación
era nuevamente como que yo me sabía manejar en este tema y que no
sentía demasiado asombro, como si ya lo hubiera hecho antes.
Yo creo que ese fue el primer día que sentí que esto podía ser
efectivamente algo que se iba a quedar conmigo. Era la primera vez que
no me tomaba por sorpresa, que no era un “accidente”.
A partir de ahí cada semana esperaba volver a la casa de mi amiga
Paulina, con mi mujer y Cecilia formamos un círculo alrededor de esto.
Empezó a desfilar gente para pequeñas y grandes videncias. Empecé a
entender los patrones de las cosas que veía.

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Ana y su nieta Paula

Conocía a Paula desde hacía un tiempo. Yo era amigo de compañeros
suyos de trabajo y habíamos cruzado algunas pocas palabras.
Era el cumpleaños de mi amigo, hicieron un asado y allí me encontré
con Paula. Yo había tomado whisky y me sentía un poco borracho, pero casi al
final de la noche me encontré hablando con ella y otra amiga, sabiendo,
sintiendo que tenía algo que decirle de parte de alguien.
En un momento veo una silueta parada cerca de ella, y me llega la
imagen de una abuelita, regordeta, vestida con un delantal de cocina, y me
aparece el nombre Anita. Era su abuela. Tomé aire y le dije, así, en una línea:
“Tu tienes una abuela que murió, que se llama Anita?” Fue muy conmovedora
la reacción de ambas. De Paula, de este lado, y de su abuela, del otro. Fue
como si ambas al mismo tiempo se dieran cuenta que se podían comunicar.
Paula, obviamente, me preguntó que cómo yo podía saber eso. Allí es donde
siempre tengo que desenmascararme rápidamente y decir las palabras
mágicas. Es que yo “soy médium”. Silencio, silencio por unos minutos, hasta
que la situación se reacomoda.
Allí la abuela empezó a darme claves para que su nieta supiera que era
ella. Paula entre que lloraba y entre que estaba impactada no me decía nada,
no me confirmaba nada, asentía con la cabeza, tapándose la boca para no
llorar. Dos horas después, los cuatro muy emocionados, Paula, su amiga, yo y
su abuela, nos despedimos.
Al día siguiente Paula llamó a su mama para contarle y pedirle algunos
datos de cosas que nos había dicho su abuela. Y me escribió un e-mail con el
siguiente texto. Las partes en paréntesis son los comentarios posteriores de
ella.

Texto escrito por Paula:

Sebastián: Tu tenías una abuela que su nombre empezaba con A, Ana? Anita?,
dice que está aquí, como siempre al lado tuyo.
Paula: Mi abuela Anita!
Sebastián: Qué tiene que ver una F con el nombre o el apellido?
Paula: (se llamaba Ana Florencia, supongo que será eso)

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Sebastián: Veo una casa, su pieza estaba al fondo de un pasillo donde había
dormitorios, ella guardaba muchas cosas que no eran importantes.
Paula: (En este departamento murió, estaba lleno de cosas sin valor que
guardaba).
Sebastián: Ella lo había pasado mal con su marido, el se iba por tiempos
largos, que también tenía problemas con el alcohol, que ella no fue feliz
aquí, que fue difícil, pero que fue lo que le tocó vivir. Dice todas estas
cosas para que sepas que es ella.
Paula: si, es exactamente como era ella.
Sebastián : Están ambas ligadas por sangre, muy fuerte, ella siempre estaba
contigo, vivías con ella, te crió… porque tu mamá era muy inmadura, como
muy chica, ella no podía hacerse cargo de ti, fue una sorpresa quedar
embarazada de ti, no fue planificado.
Paula: si, ella me crió, mi mama era muy chica…
Sebastián: Ella esta bien, muy bien, acompañada por A, Alberto? puede ser?
hay varios Alberto, uno está enfermo
Paula: (si, es su hijo, y está enfermo, no saben que es y de esto me enteré el
sábado pasado).
Sebastián: ¿Quién es costurera? con un nombre con M
Paula:(será mi mamá, es su entretención coser y se llama María Paz)
Sebastián: y tu mamá? tu mamá organiza cosas, está a cargo de algo?
Paula: (es jefa de las voluntarias)
Sebastián: ¿Qué tiene que ver un nombre con C, como Cesar? ¿ Un hermano
de tu abuela que no conociste? ¿Un primo?
Paula: César, su hermano, yo no lo conocí.
Sebastián: Alguien tiene o se quebró un dedo del pié, o un dedo montado.
Paula: (esta no era mi abuela, es mi mamá se operó de los pies en diciembre,
tenía los dedos montados)
Sebastián: Tu abuela, estaba muy corvada?
Paula (si, esto es correcto)
Sebastián: vestía como vestido morados? largos? como de tules? esta con
unas sandalias que se amarran arriba, que le regaló tu mamá, que tienen
como un cinta, no se amarran
Paula: (esto no sé)

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Sebastián: Está acompañada por un perro, blanco, con negro, chico, que juega
en sus pies, es muy difícil saber el nombre de los perros
Paula: (este perro era su adoración, yo no lo conocí)
Sebastián: Que tiene que ver la música? hay un músico en la familia? un
músico que no estuvo dispuesto hacerlo por plata? a hacer música por
plata?
Paula: (mi papá)
Sebastián: Viene a darte algo, algo que te había prometido cuando murió,
hace un gesto de dar con la mano, cuando se murió no pudo darte lo que te
había prometido, porque estaba muy débil, pero siempre ha estado contigo.
Paula: (le pedí cuando estaba enferma, que volviera a contarme qué había
después de morirse, que buscara la forma de contarme sin que me
asustara, fue un acuerdo, ella murió hace 20 años)
Sebastián: También me dice que tienes que tener paciencia, que a eso viniste,
cuando eras chica siempre querías todo rápido, cuando ella estaba en la
cocina y tu corrías alrededor de ella, que no te preocupes, que siempre ha
sido difícil, cuando estabas en el colegio también, que lo has pasado muy
mal en la vida, que ha sido muy duro, no te rindas, nunca te va a pasar que
te falte, como a tu mamá, no repetirás la historia si ese es tu miedo.
Paula: (se relaciona mucho con cómo me he sentido el último tiempo)
Sebastián: Alguien se quedó con un baúl que tenía ella en su velador de patas
finitas, nada de valor, en su pieza, con cosas que eran para ti, lo tiene una
tía, o una amiga de tu abuela…
Paula: (esto no sé, no le encuentro relación aún)

Nota mía: atención con esto, el baúl reaparece en una lectura que hago dos
días después y cierra perfectamente, creo que era una lectura adelantada,
a veces me pasan cosas así, es de lo más enigmático.

Sebastián: Por estos días esta más cerca, mas abajo, más fácil de encontrarse
con ella porque viene buscar a alguien de la familia que está enfermo
Paula: (no sé quién puede ser)
Sebastián: está con más gente, pero están más atrás… dormías con ella?
Paula: (si)

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Sebastián: algo te pasó muy importante a los 12 años
Paula: (si)
Sebastián: fue muy fuerte, ella estaba ahí, algo te compró, te compró un
vestido, fue algo importante, un casamiento, una fiesta, ella se acuerda.
Paula: (A los 12 mi madre volvió a casarse, fue muy fuerte para mi)
Sebastián: Antes de irse quiere que le des saludos a M, hay una niñita con M?
Magdalena puede ser? cuando arma los puzzles ella está siempre con ella,
es ella quién le indica los colores que debe juntar, es la más parecida a
ella, pero las conoce a las dos, siempre está contigo
Paula: (esta es mi hija menor, es extraordinaria para armar puzzles y siempre
encontré que se parecía mucho a ella y a mí)
Sebastián: Hay un uniformado con ella, había un hombre de uniforme en la

familia?
Paula: (su papá fue marino)
Sebastián: Te manda mucho amor, Mijita, te decía Mijita?
Paula: (sí).

Nos despedimos con un gran abrazo. Me daba pena que Paula hubiera
llorado todo el tiempo, la voz se le quebraba cuando intentaba hablar, no
estaba acostumbrado a eso, a ver llorar a alguien tanto, imagino que la
confirmación de una persona muy querida no está muerta llena la vida de otro
sentido.

No estoy solo.

Llevaba ya unos seis meses desde aquella “segunda primera vez”
con Vilma y su madre fallecida. Ya había tenido unas seis o siete
“sesiones” y se hacía más fuerte la idea de que finalmente yo era médium.
Mi cabeza era un caos, veía siluetas por todas partes, gente del
otro lado que parecía querer comunicarse conmigo. Me costaba pensar en
otra cosa. Una mezcla de miedo, excitación e intriga. Me acostaba y me
levantaba pensando en eso. Me bañaba y pensaba en eso, viajaba en
auto y charlaba con acompañantes del “otro lado”, estaba con gente y
veía siluetas a su alrededor. Mi capacidad de ver el aura se había

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afianzado. Estaba todo el tiempo “conectado”. Sin embargo mi vida laboral
continuaba, aunque se me hacía cada vez más difícil concentrarme en
mis tareas diarias, no tenía otra opción. Describiría esa época como de
mucha ansiedad, tristeza, felicidad. Se me estaba yendo de las manos.
Tener que trabajar y mi proyecto de volver a vivir a mi país, Argentina me
mantenían más o menos con los pies en la tierra. Más o menos.
Un día mi hermano me llama y me dice que en la televisión había
un tipo que hacía lo mismo que yo. John Edward es un médium
norteamericano que se ha hecho muy famoso desde que hace su
programa. En otra época yo no hubiera dudado mucho en calificarlo de
chanta. Tiene un programa de televisión en Estados Unidos en el que se
para frente a una tribuna de unas cincuenta personas y empieza a
conectarse con sus parientes muertos. Me sorprendieron mucho dos
cosas. La primera, las reacciones de la gente. Trabajo con actores
regularmente y se que es imposible lograr esas reacciones de sorpresa,
llanto y alegría que tiene el público al escuchar mensajes de sus seres
queridos. Son absolutamente espontáneas. Lo que dice John Edward es
muy, muy, muy preciso. Da nombres, da fechas y habla de las causas de
muerte. Trabajo en televisión y se cuando algo se puede mentir (la
mayoría de las cosas, lo siento, tenía que decirlo) y se lo que no se puede
mentir ni montar ni armar. Las reacciones de ese público son reales.
La segunda cosa que me impacto gratamente es que John recibe la
información de la misma manera que yo. Ve imágenes que tienen que ver
con su vida, sus recuerdos, su historia, son cosas que están en su
biblioteca de recuerdos y las relaciona con lo que tiene que decir a las
personas. Igual que yo, exacto. Ve y siente cosas.
Eso me tranquilizó un poco. No soy el único, no estoy solo, ni
aunque el otro delirante esté a miles de kilómetros. No soy el único
delirante.

Me hice adicto al programa, cada sábado por la noche suspendía
todo para verlo en vivo y en directo. Busque en Internet. Todo parecía
coincidir con lo que me pasaba. Al mismo tiempo ver el programa me
daba más seguridad, estaba más tranquilo, tenía menos miedo y las
videncias se hacían más constantes y empezaba a imaginarme de que iba

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la cosa.

Salir del Armario

Necesitaba contarle esto a mis amigos, no podía tenerlo guardado
con gente cercana. En verdad quería contárselo a todo el mundo. La
mayoría de mis amigos es gente escéptica y mayormente atea. Iban a
creerme porque somos amigos, pero la verdad que, decidí que lo mejor
para un par de amigos era intentar generar una “sesión” en la que no
quedaran dudas.

Definitivamente Hernán es mi amigo más escéptico. De esa gente
que pone esa sonrisa sarcástica ante el más mínimo atisbo de creencia
en nada. Cada vez que me escuchaba hablar de que estaba estudiando
tarot se me reía en la cara. A pesar de eso estaba definitivamente
decidido a contarle lo que me pasaba. Quizá no todo, quizás no lo de la
mediumnidad. Pero si de que creía en el tarot y si de que veía cosas que
no estaban en el tarot y si, finalmente, que podía recibir información del
otro lado.

La cena era en casa de mi amiga Carola. Estaban mis amigos
publicistas. Gente que me conocía de mi época más “fashion”.
Que yo sacara el tarot en medio del postre fue, para ellos, una más de mis
excentricidades habituales. Todos estaban muy divertidos con el tema. Me
hicieron algunas preguntas, tire el tarot un par de veces con bastante
acertividad y eso ya los puso más atentos. Por supuesto Hernán se
resistió y se mantuvo como espectador. Llegado el momento me desafió a
que le dijera que era lo que le estaba pasando últimamente. Si le acertaba
me creía. Sus padres habían muerto hacia poco y yo sabía que era un
tema complicado. Era bastante obvio lo que le estaba pasando, no
necesitaba el tarot para decírselo. Ambos habían muerto de un infarto
cerebral, los habían encontrado en el mismo lugar de la casa, el living y el
se preguntaba por esa tremenda herencia médica que le dejaban. Le tire
el tarot y obviamente salió el tema de los padres. Cuando terminé con el
tarot empecé a ver siluetas alrededor suyo. Pero trate de contenerme,
hasta que se me hizo imposible quedarme callado.

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Sebastián: Decime, en el living de tus padres hay una chimenea de
piedra, con un estante de madera oscura, con portarretratos?

Hernán: Si!
Sebastián: Arriba de la chimenea hay un portarretrato con la foto de tu
mama con dos de sus hermanos.
Hernán: Si! Mi mama tenía muchos hermanos…
Sebastián: no hables, no hables… en la foto está abrazada a sus
hermanos ella esta al medio y el marco es dorado y está apoyado
sobre una tela verde, un paño verde…
Cuando dije lo de la tela verde Hernán salto de su asiento, como si se
hubiera despertado de una borrachera. Me miró perplejo y empezó a
repetir “no lo puedo creer”. Se lo decía a cada uno de los presentes. No
se porque el dato del paño verde le llamó tanto la atención…

Sebastián: Es una foto muy antigua, el hermano que aparece en la foto
era el más querido, ella lo adoraba, murió un tiempo después de esa
foto, muy joven, de …como una parálisis, algo con sus piernas…. Vos
no lo conociste… se llamaba con R…Raúl, Roberto…
Hernán; Raúl, Raúl! – casi gritaba, y le repetía a todos que no lo podía

creer.
Sebastián: Y la hermana se llamaba Antonia.
Hernán: Si!! No puede ser…

Y los otros, viendo la cara de espanto de Hernán, dejaron de creer
definitivamente, que esto estaba armado entre Hernán y yo. Que era una
broma. Fue como una segunda ola de fervor y excitación. La primera de
Hernán con el paño verde y la segunda de los presentes. Todos se
conmovieron mucho, y empezaron a hablar al mismo tiempo.

Javier: Alto, alto, no puede ser, esto no puede ser, explícanos qué está
pasando, ¿Ves todo eso en el Tarot?
Sebastián: …No, no lo veo en el tarot, pero si hojeo el tarot me vienen
imágenes a la cabeza, pero además, yo veo como unas siluetas,

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como unos contornos, ahora los que estoy viendo son las siluetas de
los hermanos de la mama de Hernán, que me transmiten imágenes,
cosas…al menos eso es la forma en la que los veo, como si hubiera
un televisor que me transmite imágenes..y sensaciones, es como
tener una corazonada, una intuición…(okay, lo tuve que decir)… soy
médium

Todos se me quedaron mirando sorprendidos, tratando de encajar en la
realidad lo que les acababa de decir. Fue un momento de silencio mágico.
Las caras congeladas, mirándome, algunos se miraron entre ellos. Como
había dicho mi amiga Jimena “es demasiado Irreal”. Entonces decidí
seguir, creo que una prueba es mejor que si hubiera respondido todas las
preguntas que querían hacerme.

Sebastián: por ejemplo el hermano de tu mama me muestra que esta
vestido con un uniforme militar pero muy simple, como de gendarme,
azul grisáceo.
Hernán: si, era de la guardia civil.
Sebastián: atrás tuyo hay un pariente, como un bisabuelo o algo, alto,
muy flaco, se llama con E.. un nombre con E,
Hernán: No, no recuerdo ninguno.
Sebastián: es alguien alto y flaco, como desgarbado…
Hernán: mmmm…
Sebastián: Un abuelo, se llamaba con E…puede que tuviera una hache
antes de la E… No tenías un bisabuelo, o un abuelo que se llamaba
Ezequiel?
Hernán: Si! El nono, se llamaba Ezequiel, es cierto!.

Y todos gritaron otra vez, y querían hacerme preguntas.

Sebastián: esperen, esperen…después les cuento todo, pero no hablen,
escuchen lo que digo, dejen escuchar a Hernán, que sólo diga si o no,
pero déjenme hablar a mi.

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Sebastián: Hernán, tu abuelo te manda saludos y te envía un regalo que
es como un caramelo con mucho olor. A vos no te gustaban mucho
pero como te los regalaba tu abuelo… tiene un envoltorio con mucho
olor…

Hernán: Si, me regalaba unos caramelos que se le derretían en los
bolsillos y me los daba calientes, siempre me traía los mismos, tenía
un olor fuerte como a limón con lavanda, o con eucaliptus.

Hernán estaba muy emocionado. Y el resto muy excitado. El abuelo lo
tomaba por los hombros, era una imagen muy bonita, yo era el único que
la estaba viendo. El abuelo lo llamó por el sobrenombre, como no logro oír
lo que dicen sino que lo que me llega es una sensación más visual y de
certeza interna, no lograba entender como lo llamaba, y le pedía
mentalmente que fuéramos a otra cosa, a otra prueba para su nieto. Pero
no había caso, el señor era un poco cabeza dura…Me llegó la sensación
de dos sílabas que se repetían sonoramente, pero que variaban d alguna
manera.

Sebastián: El te llamaba nano?

Hernán: No, me llamaba Nino, estuvo cerca.. me llamaba nino, es cierto.

Y la emoción lo acarició por dentro. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Fue muy hermoso ese momento. Hubo un silencio y deje de ver las
siluetas. Era el momento de enfrentarlos y de contarles un poco.
Sebastián: hace un año empecé a estudiar tarot y hace unos nueve
meses descubrí que veía más de lo que el tarot mostraba. Como que
empezaba a leer el tarot y me venían imágenes….Principalmente
transmitidas por personas que murieron y que le quieren mandar
cariños a las personas que están consultando. Ya lo hice unas 30
veces y a veces es mas claro y a veces me llega menos información.
Soy médium. No veo siempre cosas y cuando veo no es siempre con
la misma intensidad. La sensación es parecida a imaginarse algo,
muy visual. Pero va acompañado como de una sensación de certeza.

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Como una intuición.

La noche terminó mucho después. Seguimos charlando hasta tardísimo.
Creo que quedaron todos un poco asustados, sorprendidos, sin saber
dónde encajaba esto en sus vidas.

En un bar de Santiago

Me decidí a contarle a Hugo las cosas que me pasaban. Somos
muy amigos, yo se lo escéptico que puede ser Hugo, lo racional. Tarde en
contárselo por eso. Pero teníamos muchos amigos en común que sabían
y que incluso habían sido testigos y ya no podía esperar más tiempo.
Empecé contándole que tenía clarividencias cuando leía el tarot. La
mayoría de las veces no cuento en un principio que soy médium porque
eso es muy fuerte y además significa aceptar la vida después de la
muerte, no es solamente percepción extrasensorial.
Hugo se sonrió un rato, pensando en que era otra de mis
excentricidades. Trató de convencerme de que en realidad yo era muy
inteligente y podía darme cuenta de lo que a la gente le pasaba.
No, Hugo, las cosas que digo no son deducción ni un truco.
Me miró en silencio, serio.
Esa noche fue un desastre. Salimos, fuimos a casa de otro amigo,
intenté leerle el tarot a una persona y no me vino nada a la cabeza, nada.

Dos días después volvimos a salir, junto con Rodrigo, un amigo en
común, fuimos a un bar. No era el lugar indicado, era muy de noche, la
música electrónica estaba fuerte, había humo, pero yo sentía la seguridad
del don. Estaba conectado.
Le pedí que pensara en un amigo suyo de la infancia, nada más,
que no me dijera ni el nombre. Es algo que me sale. Describir vidas de
gente a la que no conozco. Hugo comenzó a sorprenderse. Había detalles
muy precisos de la casa. Le describí profesiones de los padres del amigo,
hasta aspecto físico. Y le describí que ambos estaban detrás de una
misma chica, una chica gordita y bajita que después había fallecido. Eso
le pegó. Dijo “no puede ser” un par de veces y me miró sorprendido,

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esperando a que le contase el truco.
Fuimos a llamar a la chica que nos atendía. Cuando vio el tarot se
sentó curiosa. Lo barajó mientras yo empezaba a recibir imágenes de su
padre. Empecé a hablarle de su papá. Que vivía en otro país, que se
veían poco, que trabajaba en una empresa muy prestigiosa, que era
pelado, que ella vivía con su mamá, que su habitación quedaba subiendo
unas escaleras, era como una guardilla, un cubrecama blanco, que había
una foto de su exnovio en una pared que su ex se llamaba… ¿Mariela? …
No puede ser, veo la foto de un hombre, ¿cuál es el masculino de
Mariela?.

Ya venía sorprendente, cada vez que Daniela, la moza, confirmaba
lo que yo decía Rodrigo y Hugo le preguntaban ¿de verdad tu papá vive
en otro país, de verdad es pelado, de verdad tu habitación es así? Y de
repente Daniela salta en el aire y dice. Se llama Mario!!!
Y todos saltamos, Rodrigo, Hugo y hasta yo. Y eso me hizo ganar
confianza y seguí… Vas a un colegio al que fue tu mamá de chica, si, dijo
Daniela, y se llama con M, si dijo Daniela…que curioso, incluso la que fue
maestra de tu mamá ahora es directora, y también se llama con M.
Mónica!!!

Y Daniela volvió a saltar en el aire y gritó Sí, se llama Mónica!!!
Hugo ahora se tiró para atrás, se recostó en el sillón, mirándome
con una sonrisa. Es increíble, dijo, y se levantó y se fue al baño, junto con
Rodrigo.

Me quedé solo con Daniela, que me miraba como si pudiera leerle
la cabeza y le dije Buh! Se sonrió, pero no dejó de mirarme raro. Me
acerqué y le dije: soy clarividente, estaba mostrándoselo a mis amigos.
Ah!, me dijo, como si eso lo explicara todo.

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Mi abuela, mi bisabuela y todo lo que vino después.

Hacía mucho tiempo que quería que mi mamá fuera testigo de lo que
me estaba pasando. No hace falta ni hablar de la diferencia entre que te lo
cuenten y ser testigo. Quería a mi mamá de testigo. Había intentado leerle
el tarot, pero francamente no había resultado. Un día de esos me llama al
celular y mientras hablamos empecé a sentir preocupación por mi pelo,
miedo a quedarme pelado. Era un sentimiento leve, superficial, no era
mío, yo no tenía problemas con mi pelo, era un sentimiento ajeno. Le
pregunté si su último paciente se estaba quedando pelado.
Eso precipitó todo. Mi mamá había estado toda la última hora hablando
con su último paciente sobre cómo lo afectaba quedarse pelado.
Esa pequeña clarividencia la sorprendió muchísimo, y se la contó a mi
hermano y a mi abuela que me llamó, también sorprendida, para
comentarlo.

Acá necesito hacer un paréntesis y explicar que mi familia materna es
de origen judío. Mi abuela es una abuela judía y mi madre es una madre
judía. Eso significa que cuando digo que ambas se sorprendieron
muchísimo, estoy diciendo muchísimo. Cierro paréntesis.
A pesar de todas las cosas cien veces más increíbles que yo ya les
había contado, era evidente el impacto que causa ser testigo directo,
aunque fuera de algo chiquitito, casi de una coincidencia. Ahí entendí que
la distancia entre lo que mi madre, mi abuela y mi hermano entendían
sobre lo que me estaba pasando y lo que realmente me estaba pasando,
era enorme y que sí o si, tenía que hacerlos participar en una sesión
como testigos.

A los dos días fui a la casa de mi abuela y le llevé impreso lo que había
escrito de este libro hasta ese momento. Nos pusimos a hablar, terminé
contándole el libro yo mismo y una cosa llevó a la otra y de repente sentí
a alguien parado al lado mió. Una mujer bajita: mi bisabuela. Falleció
cuando mi abuela tenía diecisiete años. Todo lo que sabía de ella hasta
ese momento era que había sido la primera farmacéutica argentina. No se
si alguna vez vi alguna foto, es posible. Ahí estaba mi bisabuela de un
lado, mi abuela del otro y yo en el medio. Ninguno sabía si empezar a
hablar o callarse la boca. Mi bisabuela comenzó a mostrarme una imagen:

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era mi abuela encontrándose con la hija de un conocido. En un negocio
donde hacía mucho calor y sentí que eso había pasado hacía poco
tiempo, un par de días.
Mi abuela se sorprendió, efectivamente el día anterior se había
encontrado con la hija de un conocido, en una pileta cubierta.
Después sentí que mi bisabuela me llevaba a la que había sido su
casa, y la casa de infancia de mi abuela. Le describí a mi abuela la casa,
cómo era la distribución, cómo era la cocina, la mesa familiar y algunos
rituales familiares, le hablé de otros parientes, tíos, tías, asistentes de la
farmacia de la madre que vivían con ellos. Le dije algunos nombres, mi
abuela ya se había sentado y agarrado el pecho como tres veces. Se
paraba entusiasmada con cada recuerdo, me contaba de qué se trataba
cada cosa, se sorprendía y me sorprendía con cada detalle que se
acordaba. Cuando me fui se quedó leyendo el libro hasta la madrugada. Y
al día siguiente me llamó y comentamos algunas partes.
A la semana siguiente mi abuela ya tenía una lista de amigas que me
querían conocer. Me dio pánico escénico y estiré y estiré la decisión que
parecía inevitable y accedí finalmente a que armase una reunión con tres
amigas que querían conocerme y hacerme preguntas. Fue la oportunidad
de invitar a mi mamá y que fuera testigo. Las cosas empezaron como
empieza todo con mi mamá. Como tenía entradas para el teatro y había
llegado una amiga que vivía afuera iba a tener que irse a las nueve de la
noche, y la gente estaba citada para las ocho, iba a poder estar sólo una
hora presente, uf, como si no me sintiera ya presionado, claro. Pero mi
madre se las ingenio para citar a las otras tres mujeres a las siete y me
aviso a mi último, claro. Cuando me llamó ya estaban todos
comprometidos a las siete. Hice un esfuerzo para no enojarme, respiré,
conté de diez hasta uno y accedí. Eran las cinco de la tarde, yo estaba a
una hora de Buenos Aires y como siempre iba a llegar con la lengua
afuera.

Ese viernes hacía mucho calor y me había tomado el día. Pasé unas
cinco horas dentro de la pileta. No exagero ni un poco. Nade, floté, me
adormecí. Cada vez que salía el calor me metía de vuelta al agua a los
cinco minutos. Pensé mucho en la reunión de la noche en casa de mi

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abuela. No espiritualmente, no, más bien con pánico escénico. No estaba
seguro de que no fuera a resultar un fracaso. Me sumergí, aguanté la
respiración en el fondo.
John Edward, el médium norteamericano, dice que los espíritus,
cuando se conectan con un médium hacen un esfuerzo como sumergirse
en una pileta y aguantar la respiración bajo el agua. Por eso las
comunicaciones son tan cortas, débiles y difusas.
Y me encanta esa metáfora, ingresar en un elemento ajeno, bajo el
agua pareciera que aplican otras reglas de la física. Aguanté la
respiración bajo el agua y mientras pensaba todo esto veía el sol repartido
en pedacitos sobre la superficie, ya no tenía aire y mi cuerpo no intentaba
flotar, entonces sentí , sólo por un segundo, que era un espíritu y que mi
cuerpo era el agua de la piscina y que podía expandirme. Yo mismo era
líquido, un cuerpo líquido, una mente líquida. Fue un segundo, después
vino la sensación, el grito de mi cuerpo por aire, y me fui para la
superficie. Volví a repetir la experiencia un montón de veces. Flotando en
el agua, supe que esa noche iba a estar todo bien y creo que esa
confianza, como resultado de una experiencia casi mística debajo del
agua, fue lo que definitivamente me empujó a la siguente etapa. Navegar
el don, sumarle millas de viaje. Había sido una experiencia mística, o un
pensamiento revelador, o hacer conciencia, o iluminarse. Todo un poco. A
partir de ese día comenzaba a navegar el don.
Después sonó mi celular y mi madre me “aviso” que todo empezaba
una hora antes y que tenía que apurarme porque después ella tenía
entradas para el teatro. Los testigos también exigen, son jueces antes que
los jueces.

Llegué un poco tarde. Antes de salir ya sentía el cuerpo con hormigas,
la sensación es difícil de describir porque no es algo que haya sentido
antes. Es como mucha adrenalina, mis manos, no puedo dejar de
moverlas, como si me molestaran. Como a punto de entrar en un trance.
Claro que no podía mostrarme como loquito con mi abuela y sus amigas.
Allí estaban, mi abuela, mi madre y tres mujeres de unos setenta a
ochenta años, mirándome con ansiedad, nerviosas. Igual que yo.
Lo que pasó fue que antes de que pudiera hacer mucho preámbulo ya

32

estaba recibiendo imágenes, antes que pudiera explicarles cómo íbamos
a hacer las cosas ya había un hombre joven hablándome. Se dirigía Tita,
una de las amigas de mi abuela. Lo veía vestido de doctor, y veía su
consulta, con una máquina grande que era como de dentista o de
oftalmólogo.
El diálogo fue esta:
Tita: Creo que es el esposo de mi hija..
Yo :Se llama con R… Ricardo?
Si, dijo Tita, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Yo: Me habla de una flor grande, enorme.
Tita: si es una flor que el sabe que a mi me gusta especialmente, me la
regalaba cada tanto. El era oftalmólogo, tenía una máquina de
oftalmología..

Yo: tenía dos socios más, uno es de aspecto turco, con nariz y cejas

grandes.

Tita: Si, ese era el más amigo.
A partir de ahí el diálogo se extiende por media hora con detalles tan
increíbles como el nombre de la hija viuda, la dirección de la casa y
muchos etcéteras que lograron tener a mi madre y mi abuelas calladas
toda esa hora, sin moverse. Mi madre, literalmente con la boca abierta y
mi abuela sentándose y parándose, amenazando con ir a buscar más pan
para el tecito y al mismo tiempo sin poder despegarse de la mesa.
Después le tocó el turno a otra amiga de mi abuela. Apareció su
esposo, Roberto. Cuando yo digo apareció quiero decir que empecé a
sentir que había un hombre parado cerca mío, que su nombre era
Roberto, que había sido el esposo de esta mujer, que había fallecido
hacía solo dos meses y que la había visto a ella sentada en la cocina en
un momento de introspección, tomando una decisión importante. Después
me mostró una imagen de una viña, que yo supe, no me preguntes como,
que quedaba en Mendoza, en el que el esposo había trabajado cuando
joven y me decía que ahora él estaba en un lugar así.
La mujer no podía hablar porque se le quebraba la voz, sólo movía
afirmativamente la cabeza ante el silencio de todos nosotros. Juntando
aire y diciendo algunas palabras nos contó que su esposo siempre se

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refería a ese lugar donde había trabajado cuando joven como el lugar más
lindo en el que había estado nunca.
No se si todas entendieron que era una metáfora, para mi era una
metáfora sobre el cielo, me estaba diciendo que el cielo era como el lugar
más hermoso de la tierra. Roberto ni ningún alma es capaz de mostrarme
un lugar donde yo no haya estado antes. Cuando yo vi una viña fue una
imagen arquetípica de las decenas de viñas que vi en las carreteras de
Chile.

Roberto había muerto hacía sólo dos meses. Cuando lo supe me
sobresalté. Por Roberto y por su mujer, que estaba sentada frente mío,
muy compuesta, afirmando cada cosa que yo decía y bullendo por dentro
de sensaciones, emociones y sorpresa.
Roberto habló de su hijo, y de cómo la enfermedad de él los reconectó.
Vi a Roberto y a su hijo acostados juntos en una cama de hospital, flacos
y altos los dos. Y ahí me pregunto a mi mismo: si esa no es una imagen
de mi biblioteca de imágenes mentales, ¿Cómo es posible que me
transmitiera la imagen real? Y ¿Por qué cuando me habla del cielo
necesita usar una metáfora?
Si yo tuviera que pintar un cuadro de la habitación, se me vería a mi
parado, moviéndome sin parar en medio de un grupo de mujeres
absolutamente inmóviles, agradecidas, sorprendidas, pensativas,
profundamente conmovidas.
Para mi que esa noche empezó algo.

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El Don

Como veo lo que veo

La imagen que retengo es esta: Yo parado en medio de un living
frente a Paula, me cuesta dejar de moverme. Camino, me siento, me
paro. No paro de hablar. Es cierto que soy yo, que el histrionismo puede
ser una parte de mi personalidad, no estoy diciendo que me siento
“poseído” Estoy diciendo que estoy en el máximo de mi personalidad. La
sensación, de cómo me siento, y como se me ve, es como si me hubiese
inyectado adrenalina. Estoy alegre, hablo rápido, no dejo de hablar ni
cuando Paula llora. La situación es real, ya la conté a través del relato de
Paula y su abuela, ahora quiero contarla desde lo que yo sentí y vi esa
noche. Desde mi relato.

Estoy frente a Paula, ella está muy sensible, está pasando por un
momento de especial tristeza en su vida. Junto a ella esta su amiga Maca.
A Paula casi no la conozco, es compañera de trabajo de un amigo mío y
estamos en su cumpleaños. Es tarde, las 2 de la mañana. A pesar de la
hora estamos muy despiertos. Lo que le leo del Tarot la moviliza mucho,
le salen algunas lágrimas. Cuando la tirada está llegando a su fin, con el
rabillo del ojo percibo, veo, una silueta, como si fuera la típica imagen de
un fantasma. Sólo veo la silueta, como una línea de mayor densidad del
aire, muy sutil , como un aura sin persona adentro y digo veo porque
efectivamente lo veo, con los ojos. Me asusto un poco, me pongo
nervioso, pero ya estoy arriba de la ola y me agarro de la primer imagen
que viene a mi cabeza: la enfermera de mi suegro, que se llama Anita. Y
al mismo tiempo, siento, o presiento, o intuyo que el nombre de Anita es
también el de esa persona o silueta que esta a mi derecha, recortándose
contra la pared. La silueta entonces es de una mujer, una abuela, al
mismo tiempo, sé que es su abuela, que se llama Anita.
Ahí es cuando le digo: tu abuela se llamaba Anita? Y ella abre los
ojos, pega un salto, hay un momento de confusión. Paula siente como un
shock emocional, se pone a llorar, Y yo empiezo a recibir imágenes de
Paula a los doce años, que vive con su abuela, una abuela típica, no veo

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a su abuela sino la imagen estereotipada de lo que para mi significa
“Abuela”, están paradas dentro de la casa de mi abuela Helena. Que es
una casa que me sirve como referencia, como escenografía de lo que
veo. Es curioso es que no fui demasiadas veces a esa casa, ni tiene para
mi una connotación emotiva.
Veo a Paula a los doce años y junto con verla “se” cosas, como si
fuera un conocimiento mío desde antes y le empiezo a decir lo que se:
que ella se crió con su abuela, que a los doce años le paso una de las
cosas más tristes de su vida: La veo vestida con un vestido especial,
como de fiesta, como de bautizo y entra a una iglesia, y al mismo tiempo
“se” que se está casando su madre y que ella no lo sabía sino hasta esa
misma mañana, se lo habían ocultado. Es uno de los recuerdos más
fuertes de su vida. Paula llora y asiente.
Se parece mucho a soñar despierto, a imaginarse algo. Pero la
sensación es distinta. La sensación es que “alguien” me está
transmitiendo esas imágenes. No es la abuela de Paula en forma directa
la que me transmite estas imágenes. Puedo sentir al mismo tiempo, que
en la habitación hay alguien más. La sensación la describiría como una
densidad del aire, un peso, lo siento parado a mi espalda, cargado sobre
mi hombro derecho. Es como si estuviera apoyado alguien sobre mi
hombro o algo así. No lo veo, lo siento, si tuviera que elegir un órgano
diría que es la piel. Como cuando uno siente viento en la parte de atrás de
los brazos, sobre los tríceps. Por momentos se me eriza la piel pero
podría decir que eso es de nervios, un poco de miedo y mucha ansiedad.
Sigo muy energizado. Siento que esta persona o entidad es como un
amigo mío, como alguien cercano emocionalmente, un viejo conocido. Es
un hombre, definitivamente. No se si esta conmigo siempre o si aparece
solamente durante estos episodios. No quiero llamarlo de ninguna
manera, le digo Nicolás, el nombre que elegí es una vieja historia. Un
amigo imaginario mío se llamaba así cuando era chico. No se si se llama
Nicolás o es un nombre que yo elegí al azar. La sensación general es que
es alguien. No podría decir espíritu guía, ni maestro, ni ángel, ni pariente
desencarnado mío. No podría catalogarlo, no podría decir que es humano,

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ni siquiera que es un espíritu. Y definitivamente, como nadie más lo ve, no
podría decir siquiera si existe de verdad. Si no es una construcción
inconsciente mía, un ego exteriorizado. Sea lo que sea, está ahí. Lo siento
y siento que este “sueño” me lo transmite él. Como si fuésemos cada uno
la mitad de un puente entre la abuela Anita fallecida y la nieta Paula. No
se, es una idea, pero es bastante coherente con lo que siento. Como dos
intérpretes trabajando juntos.
Finalmente podría definir el proceso como telepatía entre Nicolás y
yo. De esa manera recibo imágenes mentales, recibo nombres, fechas,
recuerdos y mensajes. Siempre corroborados por la persona a la que van
dirigidas, que para mi ocupa el lugar fundamental del testigo. Testigo de
que lo que digo no es imaginación mía, de que no soy un esquizo que
habla con los muertos.

Respecto a lo que veo con los ojos, las siluetas y el aura creo que
es algo diferente. Ahí no actúa la telepatía con Nicolás. Ahí es como si
fuera un sentido más, un sexto sentido.
La definición de sexto sentido es una gran definición. Efectivamente
es un sentido. Es un sentido sin un órgano claro, pero lo percibo como un
sentido. Un sentido atrofiado, como las personas con vista reducida. La
información que me llega y lo que veo en imágenes mentales tiene muy
poca duración y me veo obligado a interpretar muy rápidamente porque
sino, se me va. Es un sentido que en su etapa mental funciona igual que
otros sentidos: con imágenes mentales. Cuando uno escucha mugir a una
vaca, en la cabeza se aparece la imagen de una vaca. Como sólo la
estamos escuchando, la imagen que aparece es la que tenemos en
nuestra memoria, ese proceso se llama “memoria relacional”. Con el sexto
sentido, se me aparece una imagen de una vaca, pero no escucho mugir
una vaca. Frente a una “prueba de vida” donde un papá me quiere hablar
de un recuerdo, “de las vacaciones en las que fueron a un lago y se cayó
la máquina de fotos en el agua y se arruinó” sucede lo mismo, no escucho
la historia, pero si veo una secuencia de imágenes mentales, de mi
memorial relacional. Suena fácil, pero hay que estar ahí.
Veo el aura en forma regular, sin embargo no me llega información

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desde ella, no se lo que significa, no estudié nada sobre eso tampoco,
simplemente la veo, no he sentido la necesidad de desarrollar más eso.

Por otro lado lo que siento es una mezcla de un sentido con una
sensación. Me llega información en forma de certeza, intuición, cierta
seguridad que uno siente cuando hace algo por enésima vez. Es la parte
mental del proceso, la que me costaría más explicar si no fuera porque
todos hemos tenido una corazonada a lo largo de la vida. Parece que
llegáramos a intuir algo a través de razonarlo, pero en el fondo no es así.
Aunque finalmente sentimos que todo tiene una lógica no llegamos a esa
conclusión a través de la lógica sino a través de una corazonada. Incluso
muchas veces estoy hablando y digo cosas que no llegué a pensar antes,
es como si algunas palabras, muy claves salieran de mi boca. Como
cuando uno tiene un lapsus y dice cosas y se da cuenta de lo que dijo
cuando ya es tarde. Pero no soy médium parlante, de esos que entran en
trance y hablan. No.

Sin embargo, sí entro en un estado especial. Como en un trance
muy activo, de hiperactividad. A menos que me conozcan mucho, la gente
no se da cuenta. Si pueden ver que me ilumino, que no paro de hablar,
que me paro, que camino. Pero sólo yo me doy cuenta que no soy
exactamente yo, o que soy yo pero como si fuera otro. Otro yo. Es un
trance. Suave, pero es un estado alterado de conciencia. Como una
borrachera de whisky. Tal vez las películas de Hollywood han llevado el
trance a estereotipos imposibles. Tal vez el trance sea en realidad eso.
Cuando tenía diecinueve años mi madre hizo un curso de hipnosis y era
común que practicara conmigo, que entre paréntesis, soy muy
hipnotizable. Recuerdo la sensación de estar conciente, de escuchar la
voz de mi madre, pero de estar en un segundo plano. Como si el
muñequito imaginario que somos todos dentro de nuestra cabeza pudiera
oír las voces a través del cráneo, lejanamente. Mientras tanto, afuera, yo
parecía dormido y mis manos flotaban en el aire. Bueno, es una
sensación parecida, no estoy a cargo. Soy un puente, un medio, un

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traductor. Estoy parado ahí y recibo imágenes y sensaciones que
claramente me transmite otro. ¿Quién es ese otro? Uf. No sé, por ahora
no sé exactamente. Las cosas que digo o siento se desvanecen
rápidamente en mi libro de recuerdos. No soy capaz de retener la
información. He sentido una tremenda tristeza en un momento y al
segundo no quedan rastros de ese sentimiento. Puedo sentir dolor
profundo y real en lugares del cuerpo. Como cuando me conecte con un
padre que había perdido un oído y que tenía un implante de titanio en el
cuello. Efectivamente perdí la audición del oído, sentía como un zumbido
permanente y un tremendo dolor en el cuello, sentí una placa metálica en
el fondo de mi garganta. Fue la forma de ese padre de presentarse. Para
que su hija supiera con certeza que era él. Al minuto ya no me dolía el
cuello y a los dos o tres recuperé el oído. Otras veces he sentido una
costilla rota, un golpe en la cabeza con un bate de béisbol. No es un dolor
real, está atenuado. Con las costillas rotas, me costaba efectivamente
respirar, me dolía. Muchas veces, cuando estoy con alguien que tiene
artritis me duelen los huesos, o si me acerco a alguien con dolor de
cabeza me duele la cabeza. La literatura esotérica llama a eso empatía.
Es algo desagradable y si pudiera bloquearlo sin que afectara mi
capacidad global de percibir cosas, seguramente trabajaría en eso.
Intento no pisar los hospitales y no juntarme con gente con dolencias. Por
lo menos no hasta que pueda manejarlo mejor.
El sentido que definitivamente no uso para esto es el del oído. No
escucho voces como otros médium que he conocido. Si he escuchado
músicas o ruido ambiente, pero no escucho voces y la verdad que no me
gustaría hacerlo. Me daría miedo. Me sentiría invadido. Tengo una historia
al respecto. Como un año antes que se manifestara por segunda primera
vez la mediumnidad, con la madre de Vilma, yo estaba en un momento de
mucha presión laboral, de mucho estrés, usaba como modo de
descomprimir el salir a dar vueltas a la manzana para pensar en cómo
resolver situaciones. Y por supuesto que todo eran diálogos internos. De
repente esos diálogos se me hicieron muy difíciles de manejar. Estoy

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hablando de un proceso neurótico solamente, pero el diálogo, digamos ya
no dependía de mi. Las voces dentro de mi cabeza competían por darme
consejos. Decidí empezar terapia Psicológica. Creo que fue fundamental
el apoyo que me dio Marta, mi terapeuta, en todo lo que vino después.
Porque todo el inicio del proceso, de como un año de duración, fue
acompañado por una terapia psicológica en la que si bien no hablábamos
directamente de la mi mediumnidad, si era un lugar en el que podía hablar
con total escepticismo y control psicológico. No hace falta que diga que
uno cree que se está volviendo loco cuando empieza a hablar con
muertos. Entonces realmente trabajamos mucho en aquietar las voces
internas. Cosa que logramos en un par de meses. Escuchar ruidos y
voces para mí es conectarme con esa época de estrés insoportable, así
que he reprimido cada voz, cada diálogo interno que he podido. Sería
realmente una gran ayuda escuchar voces, que Nicolás pudiera hablarme.
Dejar de jugar al dígalo con mímica. Pero por ahora no me la puedo.
Pero hay algo más. Si bien la traducción de lo que veo y siento es
correcta hay algo más, que no consigo terminar de explicar; Hay como
una sensación corporal, como si mi cuerpo se expandiera hacia mi
contorno, como si pudiera sentir con mi espalda todo el aire que la
circunda, y aún más, como si ese aire que me circunda fuera yo mismo. Y
al mismo tiempo es una sensación de un nivel de sutileza tan profundo
que es como cuando uno tiene un pie dormido y lo toca. Es una sensación
lejana, tardía, vaga, inexacta. Realmente suena a ciencia ficción, no se
me ocurre otra forma de relatar lo que me pasa. Es el proceso interno, un
sentido, un sexto sentido, que utiliza los órganos de otros sentidos, y algo
más, un sexto sentido, indescriptible, sutil, poco desarrollado. Que podría
pertenecer perfectamente a mi materia, a mi fisiología, ¿por qué no?
Hablando exclusivamente de la mediumnidad sólo como sentido,
olvidándonos de que me conecto con personas fallecidas. Pensando sólo
en el sentido. Sabiendo, o suponiendo que lo herede de la familia de mi
padre. De quienes no heredé ninguna creencia, sino sólo la capacidad, el
don. Podría ser un sentido más. Hasta hace poco resultaba un misterio

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cómo funcionaba el sentido del olfato.
Convengamos que es un sentido. No importa tanto cuál es el
órgano que lo rige. Pueden ser varios, puede ser el cerebro, puede ser
hasta incorpóreo. Es un sentido. Un sexto sentido. Me parece lo más
cuerdo hasta ahora, lo que mejor lo explica. Resulta confuso explicarlo
para mi. Pero creo que también me llevaría un similar número de páginas
explicar el sentido del oído a un sordo.

El aura

Hoy en día uno dice aura y todos saben de lo que está hablando. El
movimiento new age ha introducido una serie de conceptos metafísicos
que ya están incorporados a nuestro conjunto de creencias y es algo
mucho más cotidiano de lo que era en los ochenta. Hemos incorporado a
nuestra biblioteca mental de cosas que creemos que sabemos, las
enseñanzas de maestros espirituales orientales y occidentales. Las
hemos aceptado tanto en su apertura de paradigma como en sus formas y
restricciones. Como con el resto de mis experiencias extrasensoriales, voy
a intentar limitarme a lo que veo y evitar incorporar demasiados
conocimientos ajenos sobre el tema.
A los catorce años, yo no sabía lo que era el aura. No sabía lo que
eran muchas cosas. En algún momento de los años que siguieron, las
líneas que contorneaban a la gente y las cosas se empezó a llenar de una
especie de nubosidad y movimiento, como una vibración, como una
densidad del aire. A los dieciocho años pasaron dos cosas que influyeron
mucho en mi visión del aura. La primera es que empecé la universidad, la
UBA, la carrera de Ciencias de la Comunicación. Iba a clases
multitudinarias, entre cien y ciento cincuenta alumnos asistíamos a cada
clase. Delante de todo estaba el profesor y detrás suyo, enormes
pizarrones blancos. Su aura se expandía como entre un metro y un metro
y medio en su contorno. Por alguna razón para la que no tengo
explicación, cuando una persona está frente a muchas, dando una clase o
una conferencia, su aura se expande ostensiblemente. En realidad no se

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si su aura se expande o yo soy capaz de verla más grande. La cuestión
es que, cuando ya me había acostumbrado a ver el aura de las personas,
al punto de hacerse tan cotidianas como invisibles, aparecían esta auras
enormes con forma de huevo, que ondulaban y tenían colores y chispazos
de luz.

La segunda cosa que me pasó, incluso al mismo tiempo que la
experiencia de la facultad, fue que empecé a tomar clases de aikido. El
famoso arte marcial japonés en el que se utiliza la fuerza del otro para
voltearlo. Me volví fanático. Fui todos los días durante casi dos años. En
las clases las auras de mis compañeros se iluminaban, danzaban, se
llenaban de azul y violeta. Se expandían y contraían. Por supuesto que
para mis compañeros yo era un freak total. Mi profesor me creía, pero me
decía que tenía que tener cuidado con esas cosas.
El aura, tal como yo la veo, es una especie de densidad del aire
alrededor de las personas. Puedo distinguir algo así como tres capas. La
primera, desde el cuerpo hacia fuera, es la que veo más definida, es casi
como un contorno, envuelve la cabeza, desaparece en el cuello y vuelve a
aparecer alrededor de los hombros. Es una luminosidad muy fuerte, como
un resplandor. Las líneas que veía a los catorce años es esa parte, el
contorno de esa primera capa. La literatura esotérica la llama el etéreo.
Hay muchas teorías al respecto. La que más me cierra es que es un
campo magnético producido naturalmente por la materia. Veo el etéreo
alrededor de casi todo. Cosas vivas e inanimadas. Alrededor de las
personas es más luminoso, radiante. Alrededor de los objetos es más
difuso. Da perfectamente para pensar que es un defecto de la vista. Es
probable que mucha gente que lo ve naturalmente lo anule con los años
como un defecto y el cerebro lo corrija automáticamente, no sé, es una
teoría mía.

La segunda capa es la que veo más claramente, normalmente es
de color azul claro, o verde pero también la he visto violeta, naranja, café
y amarilla. Los colores cambian más según la situación que según la
persona. Una misma persona puede tener un día un color y otro día otro.
En el noventa por ciento de los casos la veo azul claro. Es algo muy claro,

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transparente casi. Es también como una densidad del aire. La imagen que
más se parece es la de la lluvia rebotando contra el capo del auto. Cerca
de la chapa hay una mayor concentración de lluvia, son las gotas que
caen sumadas con las gotas que rebotan y vuelven a caer. Si uno observa
esa capa de gotitas de lluvia en movimiento hay como una vibración
constante, como un movimiento de miles de gotitas que finalmente parece
como que tuvieran un ritmo. El aura se parece mucho a eso, es una
densidad del aire que tiene un movimiento vibratorio. A diferencia del
etéreo, que tiene un movimiento ondulante, como si lo afectase alguna
clase de viento, el aura se mueve dentro de sí misma, vibra, está
compuesta por muchos puntitos minúsculos en movimiento. Una vez
estábamos con mi mujer observando una tormenta eléctrica al borde del
Río de la Plata, sobre un espigón. La tormenta se veía a lo lejos, pero no
llovía donde estábamos nosotros. Cada tanto los rayos cruzaban el cielo
en esas típicas tormentas de Buenos Aires. Cerca nuestro, sobre el agua,
había unos hierros viejos. Un tremendo rayo cayó sobre ellos, como a
unos tres metros de nosotros. Nos tomó por sorpresa, el susto fue
tremendo, un baldazo de luz junto con un chasquido y un vacío que
sentimos en los oídos. Cuando miré el rayo, que duró algo así como uno o
dos segundos, vi que en realidad estaba compuesto por miles de esferitas
incandescentes, que se dispersaron por el aire segundos después, hasta
desaparecer. Eran esferas del tamaño de un dedo gordo. A pesar del
susto y de la toma de conciencia del peligro al que nos habíamos
expuesto, quedé fascinado con esas esferitas. De alguna manera, la
segunda capa del aura está formada por esferitas parecidas. Menos
incandescentes, talvez más parecidas a esos gusanitos que uno ve
cuando se marea, pero definitivamente cargadas de una energía similar.
La tercera capa la veo más como un borde de la segunda. Y la he
visto unas pocas veces. No podría decir si es el comienzo de otra capa o
el final de la segunda. Lo que me convence más de definirla como una
tercer capa es que tiene una densidad y un movimiento diferente. Para
empezar es mucho más densa. Tiene colores más oscuros, verde,
amarillo y hasta negro. Los colores no son parejos sino más bien

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manchas, pelotas de diferentes tamaños y como salpicaduras, todas estas
formas flotan con un movimiento más espeso, más lento. Normalmente
alejándose del cuerpo, como si se desprendieran de la segunda capa. La
sensación visual es como cuando una gota de tinta cae en un vaso con
agua. Las formas son menos dispersivas que eso, no se disuelven sino
por el contrario, como que se forman y se alejan del cuerpo. He visto el
fenómeno pocas veces y en general tiene relación con sintomatologías
físicas de las personas. Un ejemplo. En la facultad yo tenía muy buena
onda con una profesora, Beatriz, un día, mientras nos daba clases, pude
ver que su segunda capa estaba azul y que en los bordes estaba amarilla,
con unas esferitas del tamaño de un puño que se alejaban hacia la tercera
capa. Las esferas eran color verde muy oscuro, casi negro. La sensación
que me dio fue como de un desequilibrio hormonal, no me pregunten por
qué, pero sentí que estaba embarazada. Cuando terminó la clase me
acerque y la felicité por que estaba embarazada. Se me quedó mirando
raro. No… al menos no debiera. Fue una vergüenza, encima había otra
gente presente y todos me miraron raro. Al empezar la clase siguiente dijo
literalmente frente a todo el mundo: “Les quiero decir que tenemos un
vidente en la clase.” Por suerte no dijo nada más, sino que sólo me miró y
me sonrió. Estaba efectivamente embarazada. Volvió a pasarme otra vez
con otra persona, lo mismo, el mismo aura, sólo que esta persona ya lo
sabía.

Normalmente no se interpretar el aura, parece que hay gente que si
sabe. No he leído ningún libro al respecto. El único al que tuve acceso fue
un best seller que se llama Manos que Curan. Me impresionó muchísimo.
Los dibujos del aura son exactos a como yo la veo. Ella describe los
mismos colores predominantes y los tirabuzones que yo veía en mis
clases de aikido. En general trato de no leer libros sobre lo que me pasa
para no condicionarme. He visto fotos kirlian publicadas en revistas y si
puedo decir que lo que yo veo no tiene nada que ver. No son esos
chispazos de colores ni esa intensidad. No puedo ni negar ni asegurar
que sea una foto del aura, pero no es como yo la veo.
Si el aura es algo que se produce desde nuestro cuerpo hacia

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fuera, o si por el contrario, es algo de afuera que “choca” contra nuestro
cuerpo, es algo que no se realmente. Si es una fuerza magnética
producida por nuestra materia o humedad o si es la carga eléctrica del
aire cuando lo rozamos, si tiene algo que ver con el alma, o con el cuerpo
astral o es simplemente un fenómeno físico que aún no hemos podido
medir con instrumentos es algo sobre lo que no voy a especular porque
no tengo las herramientas necesarias. Simplemente veo lo que veo, está
ahí.

No veo los colores todo el tiempo, es decir, puedo ver el aura como
densidad alrededor de las personas pero no necesariamente el color. Y si
bien puedo ver el aura todo el tiempo, no es algo que tenga todo el tiempo
presente, así como uno no se fija todo el tiempo en el peinado de la gente.
Así mismo no veo el aura en fotografías ni en material de video. Y cosa
bastante extraña, no soy capaz de verme el aura a mi mismo al espejo,
aunque si puedo verme claramente el etéreo.
Creo que todos tenemos la capacidad de ver el aura, o aunque sea
el etéreo. Un ejercicio que hago regularmente me lo confirma cada vez
que lo hago y casi nunca me falla. Es una experiencia bonita y es bueno
practicarla en casa: hay que ponerse a una distancia de por lo menos tres
metros uno de otro. Es importante que la pared del fondo sea blanca, sin
cuadros ni nada que pueda confundir. La iluminación tiene que estar
normal, ojala no directa y no puede ser de tubo. Si alguien quiere prender
incienso, velas, poner música hindú y vestirse con tules puede hacerlo, no
afecta la experiencia, cada cual es dueño de verse ridículo como quiera.
La persona a la que se le va a ver el aura se para a unos cuarenta
centímetros de la pared.

El ejercicio comienza así: Se fija la vista en un punto de la cara. La
frente, la pera, no los ojos ni la boca porque tiende a distraer. Se enfoca ahí la
vista y no se saca de ahí durante todo el experimento. Se comienza a abrir los
ojos, de manera que aparezca una diferencia focal importante entre ese foco
central y el foco periférico. Ahora tenemos dos focos, uno central sobre la cara
del otro y un segundo foco en el que va a empezar a aparecer una
luminiscencia alrededor de la cabeza de la persona. Lo primero que se ve es el
contorno del etéreo. No hay que buscar los colores sino la densidad del aire. La

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forma que aparece tiene un movimiento propio, diferente a la del cuerpo. Oscila
generalmente más hacia un lado. Es bueno que observe más de una persona
para poder comparar lo que se ve. Generalmente coincide cien por ciento. El
etéreo debe aparecer enseguida, si no aparece hay que desconcentrarse,
descansar un rato y volver a empezar. No se si esto funciona cuando no estoy,
pero me ha pasado con mucha frecuencia que la gente se da cuenta que en
general ve esa silueta rodeando a la gente en forma cotidiana y no le presta
atención.

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Testigos y pruebas

¿Y si en realidad lo que sucede es que le leo la cabeza a la gente?
Alguna forma de conectarme con su subconsciente y sacar información de
ahí. Después lo que viene es inventado por mi mismo, mi “ángel de la
guarda” Nicolás, las siluetas, las intuiciones. Claramente es más fácil de
aceptar esa mezcla de percepción extrasensorial y esquizofrenia. Primero
uno empieza a dudar de lo que percibe y después empieza a dudar de
uno mismo. Y contra eso, contra la duda, lo único que queda es creer en
los otros, en los testigos y en las pruebas.
No voy a empezar ahora con que mucha gente diagnosticada con
esquizofrenia tiene en realidad los sentidos más desarrollados. No, no le
veo ninguna poesía a la locura. Mi madre es psiquiatra y psicoanalista y
he sentido la angustia de algunos de sus pacientes. Llamadas tarde en la
noche, turnos de urgencia. No, estar loco no está bueno ni es místico.
Si cuando veo las cosas que veo no hubiese alguien en frente para
decirme sí, la persona a la que estás describiendo es mi padre,
simplemente todo tambalearía. Dos cosas me han salvado del diagnóstico
equivocado. Los testigos y las pruebas. Y claro, también la imaginación.
Estoy acostumbrado a jugar con mi mente. Trabajo con mi cabeza,
imaginando cosas, soñando historias. Yo era el chico que se perdía en la
playa porque empezaba a caminar y caminar y me imaginaba que estaba
charlando con alguien y me iba y me iba. Volvía en hombros de un
desconocido a los brazos de mis padres desesperados. Yo era el del
amigo imaginario y el que hablaba sólo. Nunca me ha asustado mi
cabeza, más bien me fascina.
Pero si hay un señor “imaginario” que me dice que es el hermano
fallecido de la persona que está delante mío y esa persona me dice que
no tiene ni tuvo un hermano, entonces está todo mal.
Sin embargo, cuando los testigos, parientes, amigos de la gente
fallecida que veo me confirman las cosas que veo, siento y digo, todo
adquiere un tamaño maravilloso.
Creo que por el tema de los testigos empecé justamente a grabar
en video las sesiones, para tener pruebas de que no estaba loco, empecé
a grabarlos para mí mismo.

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Al principio, los primeros años, la mitad de las cosas que vía las vía
cuando no tenía testigos para avalarlas. Siluetas, me llegaban historias,
tenía sueños, a veces hasta cuatro noches seguidas. Y a esta altura no
me pasa, sólo me conecto durante las sesiones, no dejo que esto invada
mi día. Puedo diferenciar bien la imaginación y los sueños de la
mediumnidad, es algo diferente. La mayoría de las veces no le doy
importancia, otras veces tomo nota porque se que son espíritus que se
adelantan a la presencia de sus parientes, a veces días, a veces
semanas. Incluso muchas veces llegan espíritus a verme antes que yo no
sólo conozca a sus parientes vivos, sino antes que yo sepa que voy a
encontrarme con ellos. Freak. Y ahí se da algo muy curioso. Los mismos
espíritus y sus apariciones prematuras terminan transformándose en
pruebas de algo fundamental: No leo la cabeza.
Es una duda razonable y es algo que me pregunto todo el tiempo.
La hipótesis de que en realidad no hay espíritus que me transmiten sino
que es un fenómeno más fisiológico sería más tranquilizador para la
pregunta sobre la supervivencia de la conciencia. No dejaría de ser
fascinante la idea de leerle la cabeza a alguien.
Pero ya a esta altura hay un montón de pruebas que apoyan la idea
de la mediumnidad. Ya la primera vez con Vilma la historia de su madre
se me presentó una semana antes de conocer a Vilma. Tengo muchas de
esas. Una noche, cuando ya estaba a punto de dormirme, apareció un
chico de unos veinte años volando encima de mi cabeza. La imagen era
extraña porque cuando veo a los espíritus los veo parados o caminado o
hasta levitando, pero nunca había visto a uno volando. Este flotaba sobre
mi cabeza. Pero en realidad lo más perturbador era que su tono era gris
oscuro, y eso, no me pregunten por qué, significaba para mí que se había
suicidado. Ya había visto a otros suicidas de esa manera, con ese color.
Lo único que alcancé a entender era que le mandaba saludos a David, un
amigo chileno de visita en Buenos Aires con quién me iba a encontrar al
día siguiente. Efectivamente al día siguiente David me confirmó que su
mejor amigo se había suicidado tirándose del balcón cuando tenían veinte
años.

Otra vez estaba manejando distraídamente hacia mi trabajo y

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equivoqué el camino. Fui a dar a la entrada de un cementerio pequeño.
Decidí estacionar el auto y entrar. No sentí ningún espíritu, sólo una
punción a caminar por cierto camino. Sentí que tenía que caminar dos
pasillos, doblar a la izquierda y después a la derecha, hasta la tercera
tumba. Era de esos cementerios de mausoleos, con pasillos angostos,
altos y laberínticos. Sentí miedo, no voy a decir que no. Pero estaba tan
intrigado que seguí caminando. Frente al mausoleo estaba atada una
bicicleta de carrera. Evidentemente estaba ahí por que pertenecía al
dueño de la tumba. Estaba oxidada. Sentí que esa bicicleta era el
mensaje. Dos semanas después, frente a una mujer que quería
conectarse con su novio muerto, la imagen de la bicicleta me vino a la
cabeza. Le dije: antes de decirte nada quiero saber si lo que querés
saber tiene que ver con una bicicleta. La mujer se puso pálida. Me dijo
que eso era exactamente lo que venía a preguntar. La historia es esta: El
hijo de su novio, un niño de diez años, había comenzado a salir de la
depresión por la muerte de su padre gracias a que daba paseos en
bicicleta. Con ella había empezado a ir a las charlas para tomar la primera
comunión. Se estaba conectando con la religión y eso lo hacía conectarse
con la idea de que su padre estaba vivo en otro lado. Un día la bicicleta se
rompió y la madre del niño no hacía nada por arreglársela. La mujer que
me consultaba estaba muy dubitativa si intervenir. Por un lado sabía que
la bicicleta era muy importante para el niño, pero al mismo tiempo no era
su madre y no quería meterse en problemas con la madre del niño. Era
una pregunta superficial vista desde afuera pero para ella era importante.
El mensaje llegó justo. Después si establecí contacto y un diálogo con su
novio fallecido. Y ella se fue muy conmovida. Todo puede haber sido fruto
de la casualidad, pero tengo muchas de estas situaciones donde me
encuentro con parientes fallecidos mucho antes de juntarme con sus
parientes vivos, incluso antes de saber que me voy a juntar.
Otra de las pruebas de que no leo la cabeza es cuando desde el
otro lado me dicen cosas que el pariente vivo no sabe y después
corrobora preguntándole a alguien más. Incluso en casos policiales en los
que he participado me ha llegado información que ninguno de los
presentes manejaba. Hablaré de esos casos más adelante.

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A pesar de la cantidad de testigos y pruebas no logro convertirme
en un creyente ciento por ciento. Siempre voy a seguir pensando que
tiene que haber otra explicación y ese va a seguir siendo el motor de mi
búsqueda.

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La búsqueda.

El origen de todo

Mi vida de civil continuaba en Chile y mi idea de volver a vivir en
Argentina seguía en pie. Viajaba mucho a Buenos Aires por reuniones de
trabajo. En uno de mis viajes me tocó coincidir en casa de mi padre con
mi abuela Elena. Nunca hubo una relación muy cercana con la familia de
mi padre. Veía a mis abuelos una o dos veces al año, normalmente para
las fiestas de fin de año. Dentro de mi búsqueda de explicaciones recordé
que mi padre me había contado que mi abuela hacía “espiritismo”,
siempre me había imaginado a mi abuela y sus amigas jugando a la Ouija,
pero ahora, con estos nuevos antecedentes sobre el espiritismo, era una
buena ocasión para averiguar más. Cuando me crucé con ella en ese
almuerzo, lo primero que hice fue preguntarle. No le gustó mucho que le
preguntara si hacía espiritismo. “No, espiritismo jamás, eso está
prohibido” “Yo soy miembro de la Escuela Científica Basilio desde hace
sesenta años.” La Escuela Científica Basilio, descubriría después por
Internet, es un movimiento religioso fundado en Argentina a mediados del
siglo pasado que enseña a sus discípulos a ser médium. “Yo fui médium
parlante durante cuarenta años en la escuela” me dijo.
Momento, paren todo. ¿Mi abuela era médium? ¿Cómo mi papa
nunca me lo había contado? Tal vez, siendo él tan escéptico, tan racional,
eso le daba vergüenza… no sé, tal vez me lo había dicho y yo traduje que
hacía espiritismo. En casa de mi abuela había un busto de Jesús con
espinas y eso para mi mente atea era cristianismo y listo, no más
preguntas, mis abuelos era católicos.
¿Resulta que ahora tenía una abuela médium? ¿Mi abuela? ¿Eso
se hereda? ¿médium parlante? ¿De los que entran en trance y se ponen
a hablar como si fueran las personas muertas? No me podía imaginar a
mi abuela, con quien no había tenido nunca la más mínima cercanía
heredándome algo así. No pude reaccionar. La mesa estaba llena de tíos
y tías y no pude abrir la boca. Cuando volví en mí, ella estaba hablando
de Jesús y de ser generoso y de dar y de un montón de cosas que no era

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lo que me interesaba saber. Después cerró la boca y no habló más. Y yo
tampoco pude preguntar. Sabía que tenía que hablar con mi abuela a
solas, que tenía que contarle y preguntarle un montón de cosas.
Memoricé mentalmente lo de la escuela científica basilio para buscarlo en
Internet.

¿Mi abuela médium, cómo era posible?

Volví a ver a mi abuela seis meses después, en la cama del
hospital. Mi padre llamó la noche anterior, me dijo que estaba mal, que si
quería hablar con ella, era el momento. Cuando íbamos para allá le pedí a
mi papá que me apartar a los tíos o tías para que pudiera hablar a solas
con ella. Estaba muy viejita, conectada con tubos por la nariz, pálida. Me
acerqué, la salude, me sonrió. Y se lo solté.
“Abuela, quería hablar con vos… quería contarte que hace algún
tiempo descubrí que soy médium…” Se iluminó, se le abrieron los ojos tan
grande que pensé en llamar a la enfermera. “Es una bendición” me dijo.
Me tomó la mano, se incorporó, la ayudé con las almohadas y por primera
vez en nuestras vidas tuvimos un diálogo. El diálogo más sorprendente
que tuve con alguien.

“Lo que te pasa es una bendición, yo fui médium durante cuarenta
años. Un día una prima mía que iba a la escuelita (científica basilio) me
llevó para que fuera a ver y me desmayé. Ahí me llevaron para detrás del
atrio, me despertaron y me dijeron que yo tenía la capacidad de ser
médium. Y ahí me enseñaron… aprendí a ser médium parlante…en la
familia hay seis médium, todos pertenecemos a la escuelita, son todos
tíos abuelos y algunos primos de tu padre…” Mantuve silencio, no podía
creer lo que me estaba diciendo, entonces significaba que había un plan
familiar. Me sentía el protagonista de una película como “buscando a
Buda” o algo por el estilo. No podía ser. Sólo quería volver a casa y
contárselo a mi mujer. Puse todo mi esfuerzo en captar cada una de las
palabras. “Tenés que ir a la escuelita, ahí ellos te van a orientar…no
hagas esto en tu casa… hacerlo afuera de un templo es brujería…no te
lleves esto a casa porque va a empezar a invadir tu vida, tenés un hijo
chiquito, tenés que cuidarlo.” Y era cierto, yo había empezado a sentirme

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acosado por “gente” en mi casa, en mis sueños, estaba todo el día
cansado…pero, un templo? Mi abuela siguió hablando: “Yo estuve en
coma y me morí, todos pensaron que no volvía, eso fue como hace dos
años. Vi el túnel y todas esas cosas de las que se habla… no le tengo
miedo a la muerte…haceme caso a lo que te digo, anda a la escuelita y
contales lo que te pasa, ellos te van a guiar…” Entró en la habitación una
tía, y mi abuela le contó todo, para mi vergüenza. Mi Tía no ser sorprendió
en absoluto, volvió a nombrar a los parientes que habían sido médium.
Estaban todos muertos salvo mi abuela y un primo de mi padre. De
verdad parecía una película. Trataba de asimilar todo lo que me contaban.
Me fui del hospital muy energizado.
Para agregarle verdadero misterio al tema, mi abuela falleció esa

misma noche.

Caminando el camino:

No hubo un camino que me trajera hasta acá. No peregriné a
ningún lado, no medité mirando al norte ni prendí inciensos, ni leí libros de
Osho, no fui a misa, no fui un sacerdote en otra vida, no pacte con el
diablo, a los veintinueve leí por primera vez la Biblia, no hice yoga, ni
acupuntura, jugué a la Huija! Dos o tres veces, no creí en ovnis, ni me
expuse a radiación ni fui picado por una araña. No hubo un camino hacia
atrás que justifique lo que me pasa ahora. No hubo un camino religioso,
místico o esotérico, no hubo una búsqueda. Ni formal ni informal. No hubo
un camino del héroe, una iluminación después de años de meditar, no.
Las cosas me pasaron. El camino es ahora en el sentido inverso, al revés
que la lógica, la búsqueda surgió después del don. La búsqueda de
explicación y la búsqueda de la repetición del don. A los quince años,
asombrado por mis visiones del aura me inscribí en un curso de
meditación trascendental. Muy interesante. Duró poco, fui poco constante.
Pero me quedó la técnica, y practico meditación en forma esporádica a lo
largo de mi vida. A los diecinueve años, después de esa experiencia en
las vacaciones con Fernanda, traté de repetir la clarividencia con amigos y
por supuesto no pasó nada. Fue muy frustrante. A su vez, seguí viendo y

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sintiendo estas siluetas cerca y percibiendo el aura.
En medio de la excitación y el caos mental de esa época, mi madre
me contactó con Betty, una mujer con una clarividencia notable y
permanente. Fui a su casa lleno de soberbia y salí con los pies más en la
tierra. Lo que me dijo fue fundamental para mi cordura, y para mi ego.
Con muchísimo tino me dijo que era muy joven para manejar algo así.
Que hasta que no entendiera qué había detrás, no podía hacer circo entre
mis amigos. Brillante. Yo estaba haciendo circo, estaba alimentando el
ego. Me pronosticó que la capacidad volvería catorce años más adelante
y me aconsejó que viviera mi vida y me olvidara de esto por un tiempo.
En su momento no estuve de acuerdo, estaba emocionalmente
comprometido con lo que había pasado y conmovido por las figuras que
veía. Pero meses después las figuras se desvanecieron. No vi más el
aura, nada.

Mi interés se fue diluyendo. Tenía diecinueve años. Estaba
estudiando para ser publicista. Terminaba un noviazgo de dos años y
medio. Empezaba a conocer gente interesante. Estaba en otra.
La duda, podría decir, más que la búsqueda, se centró en ir a un
astrólogo cada tanto, hacer meditación por períodos reducidos, leer los
libros sobre vidas pasadas de Brian Weiss , creer en la reencarnación sin
demasiado entusiasmo y hablar del tema un par de veces al año cuando
surgiera en medio de la charla con amigos. La débil búsqueda se
interrumpió por la universidad y después por mi carrera.
Guardé el episodio con Fernanda como algo privado y apenas se lo
conté a gente muy cercana.
En otras épocas, en otros países, en otras culturas seguramente
hubiera sido diferente. Me hubiera internado en un monasterio, hubiera
sido cura, o monje tibetano, o quemado en la hoguera, entrenado para
chaman y hasta conejillo de indias de científicos soviéticos.
Después del encuentro con el abuelo de Flavia, de los diecinueve a
los treinta y cuatro años pasaron pocas cosas en términos de fenómenos
y en términos de búsqueda. Un par de cosas memorables. Una de ellas,
la más linda de contar sucedió cuando trabajaba en Chile como Director
Creativo de Pepsi. Un día de febrero me toca viajar de improviso a una

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reunión en Miami. Mi madre estaba de vacaciones en México y yo sabía
que iba a estar dos días en Miami Beach. No sabía qué días, pero llamé a
mi hermano a ver si sabía algo: Mi madre había pasado por Miami y ya
debía estar en México. Me resigne a no verla.
Llegué a Miami por la mañana, la reunión se suspendió para la
tarde, entonces alquilé un auto para ir a desayunar a Fort Lauderdale, a
40 millas de Miami. En el camino equivoqué la entrada y terminé en un
shopping center. Aproveché para entrar, aunque no pretendía comprarme
nada. Cuando entré empecé a visualizar la vidriera de un local de Banana
Republic. Como si estuviera parado frente a la vidriera. Tengo una
sensación de certeza, siento que mi madre está en el local. Tengo la
corazonada. Empiezo a caminar rápido, buscando el local. Pregunto en
informaciones, voy corriendo por los pasillos. Cuando encuentro el
negocio, efectivamente mi mamá estaba parada afuera mirando la
vidriera. “Le dije: la puedo ayudar en algo, señora?” Por supuesto que la
vendedora salió a ver de qué eran los gritos. Fue realmente asombroso.
Ambos estábamos a 40 millas de nuestros hoteles, en un shopping que no
era ni por lejos el más importante ni atractivo, a ocho horas de avión de
distancia de nuestros respectivos hogares. Fue una nueva y sorprendente
anécdota.

Y como corresponde, apenas termino de escribir este último
párrafo, apenas pongo el punto final, ahora, diez años más tarde, suena
mi celular y quién es…mi madre, por supuesto. Y le cuento que estoy
escribiendo la anécdota y la recordamos juntos nuevamente. No se qué
son estas cosas. La literatura new age las llama sincronismos, y hay un
montón de libros escritos sobre el tema. Vivo muchos sincronismos en mi
día a día. Mucha gente los vive. Pensamos en alguien y nos lo cruzamos,
o nos suena el teléfono. Está más allá de toda lógica, pero pasa, somos
todos testigos de algo así cada tanto. Es la manzana de Newton, caen
todo el tiempo.

Como a los veintinueve años me convertí al catolicismo. Más para
afuera que para adentro. Es decir, totalmente para afuera. Ibamos a
casarnos y decidimos hacer un casamiento mixto. Mi mujer viene de una
familia católica creyente y ella misma es creyente. Yo vengo de una

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familia mixta, mi padre de una familia cristiana y mi madre de una familia
judía no creyente. Nos casó un cura jesuita, con el rito tradicional cristiano
y mi abuela materna, con el rito tradicional judío. El escollo fue el cura que
estaba a cargo de la iglesia. No le pareció divertido que yo no estuviera
bautizado y expresó su oposición a que nos casáramos en su iglesia a
menos que… si, decidí, a los veintinueve años, tomar la primera
comunión. Leí fascinado la Biblia en apenas cuatro meses. Leía todo el
tiempo, me quedaba despierto hasta cualquier hora, me la llevaba al
trabajo, anotaba cosas, era una experiencia rarísima para mí. Me resultó
fascinante, nunca la había leído, ni siquiera un párrafo. Me llenó
intelectualmente, pero emocionalmente seguí inalterable. Seguía muy
lejos de tener fe. La charla final con el cura, en la que se suponía tenía
que confesarme fue un rotundo fracaso. Me sentí invadido. Hasta ahí me
duró el encanto. Recé un par de padres nuestro y alguna ave maría y
hasta ahí llegué. No fui a misa nunca más ni comulgé más que esa vez.
Entonces no lo catalogaría como búsqueda desde el punto de vista
místico, de revelación del misterio de la creación, de la búsqueda de Dios,
de sentido

A los 35 años, cuando empecé a estudiar tarot, trabajaba como
director creativo de un canal de televisión en Chile. Mi cabeza estaba en
otra. El nacimiento de mi hijo me había conectado nuevamente con los
misterios de la creación, con la maravilla de la naturaleza. Acepté estudiar
tarot, como ya conté, sólo por la presión de mi mujer.
Sin embargo, cuando me senté frente a Vilma y empecé a hacer de
puente entre ella y su madre fallecida, me manejé como si supiera hacerlo
de memoria, como si lo hubiera hecho siempre. ¿Cuál puede ser la
explicación? No lo sé. No tengo idea. Me niego a considerar como seria la
opción de que en otra vida fui esto o lo otro. Me niego a considerar que
exista otra vida. Aunque a veces tenga mis dudas. A esta altura, las dudas
lo son todo.

Después del episodio con Vilma y su madre la búsqueda se activó.
El fenómeno se hizo repetible. Estaba casi todo el tiempo barajando el
tarot. La gente en mi trabajo empezó a perseguirme para que se lo leyera.
No hacía mediumnidad en cualquier lado ni con cualquiera, tenía que

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preservar mi doble identidad, tenía que seguir trabajando y aplicar careta
de Clark Kent. Pero claramente las cosas que leía en la baraja iban
mucho más allá. Cada jueves nos juntábamos en la casa de Paulina, la
profesora de tarot y experimentábamos. Iba gente desconocida y le
leíamos el tarot. Casi siempre tenía clarividencia leyéndolo y cada tanto
conectaba con un pariente fallecido. Cosas fantásticas pasaban en esa
casa, cada jueves me despertaba sabiendo que en la noche iba a ser
testigo de otro milagro. Intentaba sumar la mayor cantidad de horas de
vuelo. Experimentaba, estaba atento a las corazonadas, me conectaba
con el don. Me tropezaba, me caía, se me inflaba el ego, se me pinchaba.
De alguna manera la búsqueda y el don recorrían el mismo camino al
mismo tiempo. Cuando el don estaba de humor, porque no funcionaba
cuando yo quería, pero podía sentir los días que me despertaba más
sensible. Experimentaba intentando lograr la mayor cantidad de lecturas
por semana como fuera posible. Esto, teniendo en cuenta que trabajaba
de Clark Kent de lunes a viernes de 9 a 20, tenía esposa e hijo. Por
supuesto sólo podía pensar en el tarot. Estaba todo el tiempo con el mazo
en la mano. Le tiraba el tarot a unas ocho personas por semana. Amigos,
amigos de amigos, compañeros de trabajo, fiestas, reuniones, mozos y
mozas de bares y restaurantes. No es muy difícil, basta sacar el tarot para
que enseguida alguien quiera leerse la “suerte”. El tarot me conectó con
los desconocidos en un nivel de intimidad tan profundo, como sólo tengo
con mis mejores amigos. Algo verdaderamente enriquecedor. Las
historias detrás de cada uno son increíbles.
Entonces la búsqueda fue casi grupal. Mis compañeras del curso
de tarot, mi mujer, mis amigos y hasta extraños, fueron testigos,
compartieron, aportaron, y analizaron conmigo. Cada uno encuadrándolo
en sus propias creencias o modificándolas para hacer encajar esto en
algún lado. Empecé a tomar notas y a grabar para poder aprender del don
como búsqueda espiritual en sí misma. Con una liturgia como la del tarot
que es muy simple, muy mística en una vida urbana muy urbana, muy
atea, muy acética voy armando un camino espiritual posmoderno,
tambaleante, empírico.

Al mismo tiempo, visitaba videntes que me recomendaban y

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buscaba en internet.

La posibilidad de unirme a un movimiento espirita, al estilo de la
Escuela Científica Basilio o de movimientos que siguen las enseñanzas
de Allan Kardec estaban descartadas desde el inicio. Sus doctrinas
incluyen a Jesús y concepciones sobre el bien y el mal de diferentes
maneras que me resultan religiosas. Allan Kardec fue un académico
francés que es considerado el padre de el espiritismo. Hacia 1857
documentó en su libro El libro de los Espíritus y en varios posteriores,
numerosos casos de espiritismo y análisis muy lúcidos, morales, barrocos
y metódicos. Esos libros pasaron a ser considerados doctrinarios por los
movimientos espíritas que surgieron a partir de entonces. La verdad es
que describe muchas de las cosas que a mi me pasan con una exactitud
sorprendente. Sus libros describen sesiones hechas hace unos ciento
cincuenta años en las que suceden cosas tan exactas con las mías que
me produce una autoafirmación deliciosa cuando las leo. Y al mismo
tiempo, siento una enorme distancia con las conclusiones y el sistema de
creencias que se entreteje alrededor.
Sin embargo, debía a mi abuela Elena por lo menos una visita a la

Escuela Científica Basilio.

Se lo debía a mi abuela.

La escuela científica basilio es un movimiento sorprendente. Con
esa capacidad que tenemos los argentinos para crear movimientos sin
mucha relación con otros del mundo, es una agrupación religiosa que
basa sus enseñanzas en lo observado en sesiones mediúmnicas. La
escuela fue fundada en 1917, tiene actualmente 343 filiales, está presente
en 13 países y una enorme cantidad de seguidores.
Por esas vueltas de la vida, la sede más cercana a mi casa, a unas
quince cuadras, tiene como guía espiritual, desde el otro lado, a una
hermana de mi abuelo paterno. Rosa, quien falleció hace mucho tiempo
cuando era una de los miembros fundadores del movimiento. Así que si
iba a ir a la escuela, en parte porque tenía que completar el círculo con lo
que me había dicho mi abuela, en parte porque era un camino al que

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tenía que asomarme al menos por curiosidad, esa era una buena puerta
de entrada.

Llegué a la sede lleno de prejuicios, dudas y miedo. Era una
casona venida a menos en el elegante barrio de San Isidro. La señora que
me atendió tenía una mirada muy dulce y maternal. Había pactado una
entrevista con ella y por teléfono su voz sonaba joven. Cuando llegué me
encontré con una persona apenas más joven que mi abuela. Cuando le
conté las cosas que me pasaban se sorprendió como cualquiera, como si
no fuera la directora de un movimiento cuyos miembros se entrenan para
ser médium. Su sencillez me gustó. Desde las paredes me miraban
cuadros de Jesús y una enorme foto con aspecto familiar, mi tía abuela
Rosa. La charla derivó en lo difícil que resultaba sostener la sede
económicamente. Pagar las cuentas de luz y sobre todo, atraer nuevos
miembros. Hacia atrás de la casa había una enorme sala con forma de
capilla, despojada de elementos litúrgicos salvo por una imagen de Jesús
y bancos de iglesia. Allí había unas tres personas rezando, vestidos con
delantales grises. Las personas eran bastante mayores y me miraron con
curiosidad. Pensé en huir. Me mantuve parado en la puerta pensando
rápidamente en una excusa para irme, pero no se me ocurrió nada. Se me
acercó otra mujer, me indicó que me sentara y comenzó a hacer un rezo
parada a mis espaldas. No entendía exactamente qué decía, repetía en
forma de mantra la palabra Jesús. Cuando me puso las manos sobre los
hombros di un salto en el aire. No puedo describir lo que sentí
exactamente, fue como cuando uno se queda dormido y el cuerpo da un
salto en la cama. Ahí perdí toda elegancia, me paré asustado, me quería
ir, eso no me gustaba, me estaba asustando. La directora me tomo del
brazo y sentí nuevamente toda su dulzura y maternidad y me calmé un
poco. El resto de la gente ahora me miraba como si estuviera loco y la
otra mujer, la que había puesto sus manos sobre mis hombros vaticinó: es
médium.

¿Dónde estaba la cámara? Tenía que registrar todo esto, era
realmente una película. Quería acordarme de todo para contárselo a mi
mujer. El lugar, la gente, mi tía abuela en la foto. Yo sólo quería ser un
buen productor de televisión, quería una linda casa, hijos, hipoteca, auto

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deportivo, viajar por el mundo. Sólo mi maldita obsesión por caerle bien a
la gente evitaba que saliera por la puerta en ese momento, sin saludar. La
voz de la directora era tan comprensiva que volví a sentarme. La mujer
volvió a los rezos detrás mío y yo saltaba por el aire, tal cual esos
espasmos antes de dormirse. No podía relajarme por completo, me
hubiera gustado. Me avergonzaban los espasmos, pero no podía evitarlo.
No se exactamente qué hizo esa mujer, pero salí del lugar energizado y
una buena sensación corporal que me duró como una semana. La
directora me invitó a un encuentro para la semana siguiente. Me preguntó
muchas veces si iba a asistir y la verdad que yo también lo dudaba.
A la semana siguiente llegué con mi mujer. Si no hubiera sido por
ella no habría ido. Llegamos y en la capilla había unas veinte personas,
todas mayores, entre sesenta y setenta años, y vestidas con delantales
grises gastados. Claramente desentonábamos y llamábamos la atención.
Nos recibió la directora y nos sentó en la primera fila. Con mi mujer no nos
animábamos a mirarnos. Deje escapar una risita nerviosa y al instante me
avergoncé. La mujer que había puesto sus manos sobre mis hombros
estaba al frente leyendo un pasaje de un libro. Hablaba de una de las
mujeres fundadoras del movimiento quien supuestamente había sido la
hermana de Jesús en una vida anterior. Leyó durante unos cuarenta
minutos. Yo necesitaba ir al baño, pero no me animaba a levantarme. La
vejiga me estaba explotando, pero al estar en la primera fila no quería
interrumpir la liturgia. Y al mismo tiempo trataba de concentrarme en el
texto y en si efectivamente había siluetas en las paredes. No lograba ni lo
uno ni lo otro. No veía siluetas por ningún lado, ni veía nada especial en el
aura de la mujer, ni podía entender lo que estaba leyendo. Me parecía
irrespetuoso levantarme para ir al baño pero al mismo tiempo mi vejiga
me estaba haciendo perder de la experiencia. Cuando terminó de leer,
unos cuarenta minutos después, salté como resorte y caminando rápido y
con la vista al suelo, salí de la capilla.
Cuando volví del baño me crucé con mi mujer en el camino. Nos
miramos un instante, ya estábamos ahí, teníamos que quedarnos hasta el
final.

Dos mujeres se pararon al frente y el resto de los presentes

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comenzaron a describir a dos espíritus que se iban a manifestar a través
de ellas. Lo curioso aquí era que todos describían lo mismo, al mismo
tiempo y con las mismas palabras. “Tiene un abrigo de piel”, “nariz
aguileña”, “tez blanca”. Mi mente racional cuestionó todo el episodio, para
ser sincero. Me sorprendió que todos describieran a los espíritus de la
misma manera, pero sobre todo, me produjo distancia que usaran las
mismas palabras. Pero lo que finalmente me puso más incrédulo es que
yo no veía nada.

Las mujeres comenzaron a hablar. Eran médium parlantes. Las
voces eran normales y el ritmo pausado. Pero hablaban usando el tú,
siendo que en argentina se usa hablar de vos. Uno de los espíritus
encarnados era el de mi tía abuela Rosa, y yo hubiera esperado que me
reconociera o que dijera alguna palabra para mí. En cambio dio consejos
sobre el uso del don y sobre la moral que debía estar detrás. Juro que
hice el esfuerzo de creer, a pesar de mi prejuicio, del lugar, de los
delantales grises, de la liturgia, de que una de las fundadoras había sido
hermana de Jesús, lo intenté, me concentré, medité con los ojos abiertos,
escuché cada una de las palabras y hasta traté de convencerme que eran
para mí. Pero no, la experiencia fue una gran desilusión. No se qué
hubiera pasado si efectivamente yo hubiera visto los espíritus o si hubiera
reconocido en las palabras de la médium algo único y personal. Tal vez
era mejor así. Mi camino continuaría por otro lado en el que tuviera que
pelear menos con la liturgia y con las creencias y con los delantales
grises. Sentí que había cumplido con mi abuela y que ahora tenía que
seguir buscando por mi propio camino.

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El camino propio

Mientras tanto seguía viendo en televisión a John Edward, el
médium norteamericano. Era increíble, yo sentía las cosas de la misma
manera. Es más, mientras lo veía sentía que mi capacidad se ampliaba.
Era como seguir un curso por correspondencia. Mientras él hablaba ante
cien personas, haciendo el contacto entre algunas de ellas y sus parientes
fallecidos, yo podía ver cómo se comunicaba, que cosas simbólicas
significaban qué. Al final de cada programa contestaba preguntas del
público. Las respuestas eran exactamente lo que yo hubiera respondido.
La forma en que recibe la información, los simbolismos, la utilización de
imágenes de su vida privada para mostrar otras cosas, las referencias,
todo. Igual a lo que a mi me pasaba. Era una búsqueda espiritual a través
de la televisión. Muy ad hoc a los tiempos y a mi profesión.
Me di cuenta que funcionaba mejor por las noches, cuando ya
estaba cansado, incluso si había tomado un baso de Whisky para
relajarme. La principal barrera era yo mismo. Yo y mis prejuicios, mi
inseguridad y temor. El principal obstáculo era mi inseguridad. El miedo
tanto a que se descontrolara como a que en ese momento no pudiera ver
nada. Había algo de ego también, y de querer satisfacer al otro. Que cada
manifestación del don fuera más memorable. Empecé a meditar
nuevamente, cada mañana. Meditación trascendental. Consiste en repetir
un mantra durante veinte minutos cada día. Siento que durante las épocas
que hago meditación me conecto mejor. La meditación me ayuda a
concentrarme y a tener más silencio mental, controlar los pensamientos.
Volví a la idea de que la búsqueda es paralela al camino. La
búsqueda va a estar basada en mi experiencia directa. Cuantas más
veces haga mediumnidad más voy a aprender. Y a comprender.
Hice conciencia sobre lo que me pasaba, sobre las cosas que veía
y sentía. Empecé a escribir. Publique un blog. De pronto había gente
leyendo lo que me pasaba casi en tiempo real. Público, qué susto.
Empecé a grabar en audio cuando podía. Supongo que el próximo paso
sea grabar en video.

Sentí que tenía que establecer algunas pautas para la
comunicación con gente fallecida. Primero el tarot tenía que estar

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presente. Casi como un dogma. No sólo era una herramienta, sino un
templo. Lo que mi abuela me había dicho de conseguirme un templo, de
hacer esto en un templo. El tarot era mi templo. Y su misterio era parte del
misterio. Su liturgia, sacar las cartas, extenderlas, tocarlas, era la religión.
Era el inicio y la salvaguarda. Guardaba el tarot y ya no vería nada. Esto
era una propuesta para mi mismo, no era algo que se diera sólo. Aún me
cuesta cumplirlo. Pero de a poco se va dando. Trato de no leer nada si no
está el tarot aunque sea en mi bolsillo. Una especie de talismán.

El Tarot.

A los 25 años fui por primera vez a una astróloga. El tema no me
era ajeno porque mi madre ya había empezado con la astrología unos
años antes. Volvía alucinada de las lecturas de carta astral y revolución
solar y nos contaba a mi hermano y a mi unas tres o cuatro veces lo
mismo. O sea que le entusiasmaba el tema. Después empezó a estudiar
astrología en forma apasionada y por supuesto yo ya no era explosivo
sino que no sabía manejar mi energía escorpiana. Y mi hermano iba a un
colegio bilingüe porque era sagitariano. Ese era el escenario en mi casa, y
no sólo respecto a la astrología. El mundo mágico y las medicinas
alternativas empezaron a rondar algunos temas de conversación. Creo
que todo empezó unos años antes. Como a mis dieciséis años la
desgracia rondó nuestra familia. A mi madre le descubrieron un cáncer
linfático. Mis padres se habían divorciado unos años antes y la noticia nos
pego ya estando debilitados. Fue un año duro. Como parte del
tratamiento, mi madre había comenzado una dieta macrobiótica. Con mi
hermano decidimos acompañarla. La seguimos durante tres años. Los
tres años más saludables de mi vida. En el transcurso a mi madre le
dieron el alta definitiva, adelgazamos, nos pusimos fibrosos, sanos. Las
fotos de esa época son las más bonitas. Después fuimos abandonando la
macrobiótica por diferentes motivos prácticos. Pero de una manera
extraña, esa fue la semilla del acceso a cosas alternativas en mi casa. La
enfermedad y el proceso de sanación nos abrieron la primera puerta a

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sentir que tenía que haber algo más. El acercamiento fue desde el
psicoanálisis, la profesión de mi madre. A partir de la enfermedad ella
evolucionó profesionalmente hacia una visión más amplia. En casa siguió
sin aparecer Dios. Y como en astrología no se habla de Dios, se incorporó
sin conflicto a nuestras vidas. Cuando fui a los veintiséis años por primera
vez a una astróloga, estaba medianamente preparado.
Pero no estaba preparado. ¿Cómo podía, esa señora que no me
conocía saber tantas cosas sobre mí? Debo aclarar que la mujer no era
clarividente, sencillamente leía de un papel cosas que me pegaban en lo
más profundo, cosas que escucho hoy, diez años después y todavía me
sorprenden. Eso me abrió otra puerta, la del destino. Decidí
concientemente que la astrología era la única cosa en la que iba a creer.
Mi ritual durante los últimos diez años ha sido hacerme leer la revolución
solar. Cambio regularmente de astrólogo y algunas veces lo que me dicen
es sorprendentemente cierto y otras, las menos, es casi lo contrario.
Así estaba yo cuando mi mujer me “invita amablemente” a
sumarme a su curso de tarot. Me lo habían tirado dos veces y no le tenía
respeto. Es la verdad. El resto es historia que ya conté. En realidad quiero
apenas hablar de mi relación especial con el tarot.
Al igual que la astrología, el tarot no involucra la figura de dios. No
hay contradicción entre ser religioso o ateo y tirar el tarot. La historia del
tarot esta llena de versiones distintas. Las barajas más antiguas parecen
haber surgido en Europa, durante el medio evo, como al 1400 dc. Aunque
hay otras opiniones. Yo creo que es muy probable que el primer tarot
haya sido el de Marsella. Después surgen cientos, miles de versiones.
Algunas muy fieles y parecidas y algunas deliradas y locas. En una
librería de Internet encontré ochocientos cincuenta y dos tipos de Tarot a
la venta. Hay tarot egipcio, gitano, de Osho, vikingo, de los druidas, de
Dalí, de las sirenas, y hasta de las amas de casa, que lo tengo y es muy
divertido, todos son variaciones del mismo: el de Marsella. Con mi mujer
coleccionamos algunos, pero básicamente tiramos el tarot de Waitte, que
es una reinterpretación del tarot marsellés.
Básicamente es un conjunto de cartas con imágenes que representan
diferentes cosas muy claves de todos nosotros. Hay muchos libros muy

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interesantes y está lleno de cursos, así que no voy a escribir mucho más
sobre el tarot. Básicamente creo que entre el tarot y el tarotista la relación
debe ser como la del futbolista con la pelota. Yo paso muchas horas con
el tarot en la mano. Aunque no lo lea. Lo barajo todo el tiempo. He llegado
a ponerle alma, sentir que está vivo y que conversamos. Tengo que
cambiar de baraja cada tanto porque las gasto, las destruyo. Cuando voy
a leer, lo saco bastante antes y lo mezclo, lo toco, lo espío, y el tarot
empieza a decirme cosas. Realmente ya no hago casi tiradas de tarot,
simplemente lo barajo y voy abriéndolo en diferentes lados e interpretando
las cartas que salen como un cuentito. Y a las tres o cuatro cartas ya
empiezo a ver imágenes y el don empieza a navegar, cuando dejo de
recibir, barajo y empiezo a mirar las cartas de nuevo. Casi no necesito
que el otro toque las cartas, ni siquiera que esté presente. Muchas veces
me dice cosas antes de que esté la persona frente mío. Y son muy
acertadas.

No sólo se lo que significa cada carta, sino que se qué significa para
mí. Que fibra especial me toca y que significó otras veces que ha salido.
Creo que cada uno tiene que relacionarse personalmente con cada carta,
buscarle el significado. Es una ciencia oculta, que no significa solamente
que este vedada a la masa, si no que es una ciencia misteriosa, no
directa, enroscada, que va a llegar a conclusiones a través de metáforas,
que se va a conectar con el tarotista en forma inconciente. De hecho las
cartas se llaman arcanos, hay arcanos mayores y menores, en latín
arcanus significa secreto, algo recóndito. Los arcanos no son sólo
metáforas gráficas, representan fuerzas arquetípicas, conceptos globales.
Lo otro es que después del pedido de mi abuela de que tuviera un
templo, un lugar donde tener las videncias y la mediumnidad, me refugié
en el tarot. El tarot es mi templo. Sólo leo mi mazo de tarot.
Claramente el tarot es un disparador, una herramienta de una
sensibilidad que tengo y no todas las personas que leen el tarot tienen
videncias, a pesar que ambas palabras aparecen juntas con frecuencia en
los anuncios de los diarios. Creo que es muy posible que alguien que no
sabe del tarot pueda creer que el tarotista tiene videncias cuando en
realidad solo está leyendo las cartas. Lo otro es que la gente cree que el

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tarot sirve para leer la suerte y el futuro. Yo no creo mucho que se pueda
predecir el futuro, salvo el inmediato que ya tiene una raíz probabilística
en el presente. Rehúso leer el tarot cuando la gente quiere que le hable
del futuro.

Es muy satisfactorio estudiar tarot, recomiendo especialmente hacerlo.
No buscando tener percepción extrasensorial, sino dar un espacio a lo
esotérico en la vida y por la riqueza que puede dar el estudio de cualquier
lenguaje o visión diferente sobre la realidad. Es sorprendente cómo en
esas setenta y ocho cartas pueden estar condensadas casi todas las
cosas que nos pasan. Independientemente del descubrimiento accidental
del don a través del tarot, creo que me enriquecí intelectualmente
estudiándolo.

Deber ser

Estoy sentado en el living de una casa de clase media. Son las
cinco de la tarde. Las cortinas están cerradas, el living está en penumbra.
Tardé mucho en acostumbrar la vista cuando entré, afuera es un día
soleado. Me atiende una mujer joven y me invita a sentarme. Hay muchas
velas prendidas, de todos los tamaños y formas. Hay música new age
bastante desagradable. Fuera de eso, no hay más esoterismo. Estoy
esperando mi turno para que me atienda René, un clarividente con el que
pedí turno hace dos meses. Rene viaja y ve gente en cuatro países. Chile,
Argentina, Perú y Estados Unidos. Es de Mendoza, pero ahora estamos
en Santiago de Chile. Trato de abrir bien los ojos. Además de conocer a
René y contarle lo que me pasa, quiero tomar nota de cómo es visitar a un
clarividente. Qué se siente. ¿Me leerá la cabeza? ¿Me avergonzará
sacando del baúl de mis cosas olvidables el peor de mis pecados? Estoy
sentado en el living y no me siento cómodo. Me siento como si estuviera a
punto de desnudarme delante de alguien. Llegué diez minutos antes y me
quedé en el auto meditando, esperando que el don se manifieste y poder
mostrárselo a René. Cuando entro a la casa ya estoy nervioso, y muy
ansioso. Llega otra mujer. René da turnos de quince minutos. La consulta
no es muy cara pero debe hacer una suma importante si ve a tanta gente

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por día. Pienso que yo nunca podría hacer eso. Nunca podría trabajar de
clarividente, ni aunque tuviera el don en forma permanente. Me daría
vergüenza, no me sentiría cómodo. La mujer me llama por mi nombre. La
acompaño hasta una habitación fuera de la casa.. Aquí sí hay decenas de
velas prendidas. Cuando no es la consulta de René, es un taller de velas
de la dueña de casa. Hay una mesa y un par de bancos de madera
rústicos. Me quiero ir, creo que me equivoqué. Para peor tengo que
esperar como otros diez minutos. Mientras estoy sentado ahí, mirando las
velas, empiezo a sentir a tres personas paradas a mi espalda. Siento que
vinieron conmigo, que no son del lugar ni parientes de René. Uno de ellos
podría ser Nicolás.

Cuando entra René me sorprendo. Tiene mi edad, está muy bien
vestido, muy moderno. Esperaba otra cosa. No me desilusiona, me
descoloca. No se cómo me lo imaginaba, pero no imaginaba a alguien
como yo. Imaginaba a alguien vestido descuidadamente, con barba, con
unos ojos penetrantes, definitivamente los videntes tienen ojos
penetrantes, o no? René usaba anteojos sin marco. Yo esperaba a
alguien viejo, medio hippie, que usara palabras como energía, karma,
maestros guía, mal de ojo, envidia, camino, uf, miles de palabras. Pero
René habla como cualquiera de mis amigos. Empieza a hablar apenas me
saluda, empieza a describir mi vida. Es bastante acertado. Habla rápido.
Cada palabra empuja a la otra. Igual trato de ocultar mi desconfianza.
El peso social, lo que se espera de cada uno de nosotros, la forma
en que debemos comportarnos, cuáles debieran ser nuestros valores,
cómo nos relacionamos. Hay un plan armado por la sociedad para
sostenernos dentro. Cada uno de nosotros, en cada uno de nuestros
roles, como hijos, padres, madres, bomberos, tiene prefijado el conjunto
de valores que lo debieran regir. Estoy explorando en el deber ser que le
toca a los médium. Que nos toca a los médium. Sabemos lo que se
espera de un médium incluso sin haber conocido nunca a ninguno.
Sabemos cómo debe lucir, con qué palabras se expresa y hasta cómo son
los lugares en los que practica. Hay un deber ser incluso para las
personas que asisten a un médium. Para los clientes. Este mandato social
está muy pegado a los comienzos del espiritismo, los relatos de Allan

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Kardec, del 1850 en Francia. Fundador del espiritismo. También
Hollywood, por supuesto, los médium de las películas y de las series de
televisión.

Según la sabiduría popular, si uno es médium debe dejar todo y
dedicar su vida al don, o por el contrario, enterrar todo en el jardín y no
meterse con eso porque puede ser peligroso. El mal está todo el tiempo
tentándolo para que se pase al “lado oscuro”. La noche, las velas y las
casas viejas, las clases bajas, los ermitaños, el tarot, el medioevo, el
paganismo y la locura forman parte del mundo del médium. No estoy
hablando de mitos, estoy hablando de peso social. Cuando yo me siento
frente a René con todos mi prejuicios sobre los clarividentes, aunque yo
mismo sea uno, y me encuentro con que él no cumple con casi ninguno,
me pasan dos cosas.

La primera es que me doy cuenta que las cosas que pienso de los
médium y clarividentes no viene de experiencias directas mías sino de mi
“inteligencia intelectual” una serie de conocimientos adquiridos sin
experiencia. Mi idea estaba formada por lo que espera la sociedad de un
clarividente. El deber ser.

La segunda es que me identifico con René, me horizontalizo con él.
Siento que podría ser mi amigo. Que podría sostener una conversación de
dos horas con él de cualquier otra cosa. Un tipo no más sabio que
cualquiera. Que podría ser yo. Yo el de ahora, el real yo no el yo
iluminado en el que por “deber ser” debo convertirme.
Eso me libera, me saca la carga de tener que modelar el camino de
mi vida según el camino trazado por la sociedad para los clarividentes. Y
aún más, a menos que yo quiera, no tengo ninguna obligación para con el
don. Y ese es el peso social más grande de todos. El don es considerado
socialmente un poder. Y como dice el hombre araña, un gran poder
conlleva una gran responsabilidad. El uso mal intencionado de un poder
aterroriza tanto a la sociedad que una de sus leyes fundamentales es que
un poder debe ser usado para hacer el bien. Ni siquiera tengo la
posibilidad de no usarlo, no. No usar el don también es malo. Es
despreciable. Es una de esas cosas que uno siente antes y razona
después. Uno desprecia con el pecho y le pone palabras con la cabeza.

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Es no usar el don, es enterrarlo en el jardín. Es despreciable no usar el
don y es despreciable tener el don y no usarlo para curar. Es algo que
está enquistado en el deber ser, el don, cualquier don se debe usar para
curar.

Otra ley no escrita sobre el don, es que debo agradecerlo, nunca
maldecidlo y sobre todo, que si lo uso mal o no lo uso, alguien, sea Dios o
los ángeles, me lo van a quitar.
Estaba ahí sentado ante René que no paraba de hablar. Muy
rápido. Mientras hablaba vi dos siluetas al lado de él. No recibía
información pero sabía que en cuanto yo pudiera hablar iban a decirme
cosas. Cuando llegó mi turno para preguntarle algo, empecé a hablarle.
Le conté que veía siluetas detrás suyo. Por su cara creo que lo primero
que pensó fue que le estaba haciendo una broma, o incluso que era una
cámara oculta para televisión. Esa es otra imagen de los médium, es
esperable que un médium esté siempre acechado por escépticos,
dispuestos a tenderles una trampa, a no dejarlos “ejercer” a acusarlos de
chantas o supersticiosos. Periodistas, religiosos, laicos, científicos,
conspiran contra el clarividente.
Entendió, o más bien aceptó que yo era médium cuando le dije que
la mujer que tenía detrás era su abuela, y le describí su infancia. Había
sido muy solitaria, había estado en internados, en instituciones, a los
cuatro años se le despertó el don de la clarividencia. Abruptamente.
Empezó como temores y viendo gente fallecida. Sus padres tardaron en
saber qué hacer. Estuvo en instituciones mentales, fue diagnosticado
como esquizofrénico. Veía gente al estilo de la película sexto sentido.
Cada tanto decía cosas sorprendentes. La abuela fue interrumpida por
otro señor mayor. Me decía que era un primo, pero no de René, sino de
una mujer con un nombre que no terminaba de entender, era con una A y
una L y lo traduje como Alicia. Era una mujer que aún vivía, pero que
estaba por morir. El mensaje era que su primo del alma, ya fallecido, la
estaba esperando del otro lado. René entendió perfectamente de quién
hablaba. Por mi lado empecé a sentir dolor en las articulaciones, en las
muñecas y en los tobillos. Y le dije que ese dolor era el que sentía la
mujer. Ahí René se sorprendió como si él mismo no fuera clarividente. De

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eso exactamente había hablado con ella esa mañana. La mujer se
llamaba Angela era muy querida por René, casi una madre me dijo, y
estaba enferma de una enfermedad Terminal. El primo dio su nombre y no
lo vi más.

Todo se transformó en un momento Kodak. Dos médium sentados
frente a frente, comparando cómo veíamos las cosas y en qué creíamos.
Le conté que me costaba creer en algo y eso a él le pareció maravilloso.
Me dijo que ese era mi fuerte. Que siguiera siendo empírico, que el
ateísmo en mi caso era muestra de pureza, de la inexistencia de
preconceptos. Estaba absolutamente en línea con lo que yo pensaba,
pero le quitaba esa culpa por no creer. Me contó que hacía veinticinco
años que hacía esto, viajaba por todos lados. Sólo se había cruzado con
cinco personas que tenían un don. Y yo era la quinta. Me sentí solo. Cinco
personas en veinticinco años era muy poco. La sensación de que hay
mucha gente con dones entre la gente también era algo que daba por
echo. Todos tenemos la capacidad, a algunos se les desarrolla por
casualidad, a otros por trabajar en eso. Algunos lo cuentan y hasta lo
publican y otros lo mantienen en un círculo íntimo. Esa sensación también
es un deber ser, no es un conocimiento adquirido por la experiencia sino
aprendido intelectualmente. Si bien lo he intentado, no he logrado conocer
hasta ahora muchos psíquicos en persona. Y he explorado mucho.
Llegado el momento René volvió a tratarme como a un cliente más,
me dijo que era la hora, me entregó un paquete de velas de colores para
que prendiera cada día de la semana. Fue como si no hubiera pasado
nada. Volví a la casa donde la mujer me cobró. Salí a la calle y el sol
brillaba. Fue todo muy rápido. Con los días vino mi mudanza de país y
perdí su dirección de web y su teléfono. No volví a saber de René, al
menos hasta ahora.

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Misticismo

Vamos a ponerlo en una sola frase. Si todo esto no me hubiera
pasado a mi en persona, jamás habría creído en la vida después de la
muerte. Ni un poco. Menos que menos en los médium. Una especie de
conspiración del mas allá para que sólo unos pocos pudieran comunicarse
con ellos.

Si uno lo piensa con lógica es bien poco serio. ¿Cuál es el sentido
de morir si al final uno no se muere? Cuál es el sentido de dejar de ver a
los seres queridos si uno en realidad esta a la vuelta de la esquina. ¿Qué
necesidad de misticismo hay en las vidas de los seres humanos para que
la gente que querés se muera, pero en realidad esté esperándote al fondo
del túnel? Nada cierra demasiado ni tiene mucho sentido. Si yo me
muriese y pudiera ver que mis seres queridos sufren por mi ausencia,
haría todo lo posible por avisarles. ¿Qué ley de la naturaleza es la que
prohíbe eso? Cómo es que no hay más médium, y más fallecidos
presionando a los médium. No cierra, no cierra por ningún lado. No tiene
lógica.

Y sin embargo sucede. Sucede cada vez más seguido. Contra toda
lógica. A esta altura ya no puedo decir que son episodios que me pasan.
Soy médium. Hay suficientes testigos, no hay vuelta atrás, no hay forma
de negarlo. Ahora ya es evidente que “hay algo”.
Una vez superada la fascinación que produce el uso del don, de
navegar en él, me obligo a olvidarme y a enfrentar el tema principal: hay
vida después de la muerte. La conciencia sobrevive.
Empecé a leer. Hay muchos marcos teóricos, teológicos, filosóficos
y religiosos para enmarcar las cosas que yo veo. Hay muchas líneas de
pensamiento sobre la vida después de la muerte, hay muchos libros,
mucho conocimiento, muchas horas invertidas de gente muy inteligente,
inspirada, iluminada, etc. Ninguna me enamora.
No soy capaz de llegar a creer por la lógica. Puedo aceptar que las
cosas que dicen las religiones encajan o se acomodan perfectamente con
lo que veo con el don. Pero no logro creer. La contradicción entre ser
médium y ateo me ha mantenido despierto muchas noches y ocupa un
espacio permanente en mi cabeza. La dinámica de pensamiento que

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surge de una contradicción semejante es profunda. Si la contradicción
tiene en sí misma un sentido, ese sentido es hacerme pensar. Pero el
objetivo no es llegar a creer por la lógica, eso no va a pasar.
La contradicción y la falta de fe se ha manifestado a lo largo de mi
vida en otros rubros. He trabajado nueve años en publicidad y lo hice en
nueve agencias diferentes. Me cambiaba todo el tiempo. Una carrera
meteórica empujada por mi inconformismo permanente. Después, no
conforme con la publicidad, me pasé a trabajar en televisión y el resultado
fue muy parecido. No voy a ponerme a hablar de mi vida como Clark Kent,
pero el ejemplo es bueno para entender que el inconformismo y el
descreimiento forman parte de mi personalidad ya desde antes. Toda mi
vida he buscado algo en que creer. Haberme criado en una familia judeo-
cristiana-freudiana hizo que mi campo de batalla sea la mente. Enfrentado
ahora a la contradicción de ser médium y ateo, un desafío más potente
que ser publicista y feliz, mi cabeza utiliza los mismos mecanismos de
inconformismo impulsor de la búsqueda. Esta vez la búsqueda no es de
felicidad. Ni siquiera es una búsqueda de fe, no. Es una búsqueda en si
misma. Si la contradicción tiene en si misma un sentido es impulsar la
búsqueda.

La búsqueda de qué? No sé, si supiera talvez no buscaría. Si
aceptara alguno de los dogmas que se me ofrecen desde cada una de las
religiones, no podría buscar realmente.
Ya no busco una explicación al don. La capacidad está, la heredé
de mi abuela, hay otros con la misma capacidad. Hay explicaciones
espirituales y evolutivas para el don.
La búsqueda es espiritual. Con la herramienta imprescindible del
don, una búsqueda espiritual empírica, un verdadero privilegio. Una
búsqueda experimental, sin muchos marcos regulatorios más que los que
me tocan por herencia cultural judeo-cristiana. Pero también con una
rebelión contra los dogmas religiosos occidentales. Soy conciente que
aunque no sea religioso, si tengo incorporado dentro de mi mandato social
un esquema occidental judeo-cristiano-new age y freudiano. Uf! Qué lío. Y
todo lo que vea con el don llegara filtrado por esos conceptos. Sobre todo
porque las cosas que veo son de un lenguaje tan simbólico que es muy

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difícil que no se contaminen con mi mirada.
Y al mismo tiempo, el que sea ateo no invalida que pueda ser una
persona ética, con un firme compromiso con hacer el bien y con la verdad.
Me prometí no mentirme ni un centímetro. No tendría ningún sentido. Si la
búsqueda espiritual va a ser empírica también va a ser veraz. Y si va a ser
tan racional como parece, voy a aceptar los límites de la racionalidad.
Porque en el fondo el don se transmite a través de mis emociones y de mi
fantasía, de mi capacidad de no cuestionarme nada en el momento, de no
detenerme a pensar y sobre todo de dejarme llevar, de ser un puente, un
observador. La búsqueda es también una búsqueda inmóvil, a la deriva.
Tengo claro que cuando hago mediumnidad no estoy yo a cargo. Las
cosas me llegan.

Para atrás podría encontrar momentos de acercamiento a la
verdad. Momentos de auténtica iluminación, aunque el término me suene
muy oriental para mi búsqueda. Momentos en los que sentí una gran
apertura de conciencia, en que comprendí cosas importantes. A veces
como resultado de un recuento de las cosas que pasaron, juntando las
piezas del puzzle y otras veces directamente durante la videncia misma.
Es muy difícil traducir la sensación. Iluminación, despertar, epifanía. El
momento exacto en que soy conciente de algo a lo que no he llegado por
la razón ni el cálculo ni el conocimiento. Si tuviera que describirlo como
sensación, porque no es una acción sino una sensación, la del minuto
siguiente a haber adquirido un conocimiento sobre el mundo que nos
rodea, que sólo podría tener alguien que estuviera por fuera del mundo
que nos rodea. Una visión, un conocimiento trascendental, que nos
trasciende a nosotros y al plano en el que vivimos.
Pero básicamente es tomar conciencia profunda de algo: Hablo con
gente que murió. Existe la vida después de la muerte. La gente muere
pero mantiene su personalidad. La emoción predominante durante las
sesiones es el amor y la felicidad. No son dogmas, son conclusiones de la
experiencia. Y las razones o el orden que rige todo eso, todo el más allá,
es, simplemente un misterio. Sólo cuando acepto que todo esto es un
misterio y que todo lo que vendrá o no después es un misterio, empiezo a
sentirme cómodo.

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El misticismo, esa capacidad de aceptar con asombro que hay algo
más sea talvez un lugar cómodo en el que apoyarme hasta que
aparezcan más pruebas que inclinen la balanza para un lado u otro.
Mientras tanto, investigar, improvisar, navegar el don, se transforma en un
camino místico. Es probable que no llegue nunca a una conclusión
definitiva. Acepto que hay algo más. Puedo aceptarlo. Eso es suficiente.

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El sentido del Don

El don es la clarividencia: ver claro. Es la definición que mejor me
cierra. La más aceptable. Engloba todo lo que me pasa: la mediumnidad,
videncias, sueños y ver el aura. Todavía creo que no está desarrollado,
que me falta mucha práctica, estudiarlo, ejercitarlo. Es como si estuviera
todavía inmaduro. Desordenado, confuso. Va a ir creciendo, siento un
avance, un desarrollo, cada vez veo más claro. No es un desarrollo lineal,
no es un día mejor que el anterior. A veces en una reunión funciona
increíble y a la siguiente apenas brilla. Pero todo parece indicar que va a
crecer, a perfeccionarse, a sensibilizarse.
Y va a necesitar ir acompañado por un sentido. Una dirección, un
compromiso ético, una ideología, una creencia, una moral. El crecimiento
del don va a ser de esas dos partes en conjunto. La clarividencia y el
sentido. Me pregunto mucho del sentido de todo esto. La razón. Me
pregunto sobre el destino, sobre si hay un plan superior, sea de un dios o
de la naturaleza. O si es en realidad un accidente, algo que no debería
estar ahí, que no debiera pasar. A veces también pienso que no tiene
ningún sentido. Que es una cuestión evolutiva, como cuando los primeros
humanos empezaron a pronunciar palabras. La posibilidad de transmitir
pensamientos, emociones y deseos en forma oral debe haber sido una
revolución. Algo mágico, impensable. Empezamos a hablar y a
conceptualizar oralmente muchísimo después de la formación de las
cuerdas vocales.

No se si es relevante que me haya tocado a mí ser médium. En
términos de destino, de mi formación atea y escéptica. Tal vez no tenga
necesariamente una razón. En una de esas sólo es una capacidad que se
herede o que se desarrolle sin necesariamente un sentido místico, sino
simplemente fisiológico. Eso no significa que la mediumnidad no tenga
una moral en sí misma, que no sea responsable con el uso del don. Pero
como algo personal más que una exigencia, un deber ser, un mandato
social, por llevar el don. Cuando la gente me dice “lo que haría si fuera yo”
se me hace un nudo en el estómago. El mandato social es especialmente
exigente con los clarividentes. En primer lugar porque existe la postura de

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que el don es un regalo, de hecho en inglés se traduce como gift. Algo
que no nos pertenece, que nos lo dio Dios y que debemos agradecer
haciendo el bien o retirándonos al estudio en catacumbas, irse a vivir a la
india, dejar casa, mujer, hijo y perro y dedicarse al don. Ser un ermitaño.
Transmitir buenos pensamientos, convertirse en algo así como un santo.
Un gurú new age. Hay una idea de que el don se termina comiendo a la
persona que lo lleva.

Por otro lado está el tema del poder, un gran poder conlleva una
gran responsabilidad, hombre araña, así que haz el bien, sálvanos o
convertite en un freak de circo. No hay mucho punto medio. O la
consagración a la causa o la condena a leer el tarot en plazas públicas.
Hay muchísima gente con algún don que lo usa para consultas frívolas.
Ponen avisos en los diarios y son consultados por cosas superficiales. No
creo que eso genere mala energía para el clarividente. Es su elección. No
lo hace más o menos oscuro que otra persona. Y no por eso pierde el
don. La necesidad que este don de la mediumnidad tenga un sentido es
mía. La búsqueda, la ética, el camino, se me hace necesario a mí y no es
una exigencia del don.

En paralelo, la supervivencia de la conciencia, la existencia
después de la muerte, es para mí una tremenda novedad, mientras que
hace miles de años que millones creen sin dudar en la vida después de la
muerte. Si embargo para mi es un shock. Algo que me deja la casa dada
vuelta. Tanto que me sigue costando. Analizar el don junto con lo que
significa la supervivencia de la conciencia me resulta especialmente
engorroso. No soy capaz de analizar la existencia de la vida después de
la muerte. Todas mis creencias, o más bien, mis no creencias se han
desvanecido, aunque no totalmente. Enfrentado a este conocimiento, a
esta evidencia, simplemente colapso. Prefiero aceptarlo como misterio,
saber que no tengo la información suficiente, ni el valor ni los elementos
científicos ni racionales suficientes para entenderlo. Aceptar que estoy en
un camino que recién empieza y que lo más fácil, para mi mente racional,
occidental y bla bla bla, es tomar al don como un objetivo en si mismo.
Antes de pensar en el sentido del don, tengo que simplificarlo,
ordenarlo, saber sus límites, entenderlo, manejarlo, definirlo, ponerle

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forma. Entonces es simple: es una capacidad biológica, fisiológica, que he
heredado de mi abuela paterna, que no es el resultado de una búsqueda
mística sino un fenómeno espontáneo, que es repetible pero no a
voluntad, que tiene testigos, y que sirve para saber cosas de la gente y
conectarme con personas que han fallecido.
Pero también, y más cerca de la búsqueda de un sentido espiritual,
otra forma de simplificarlo es que soy un puente, entre personas de este
mundo y sus parientes en el más allá. Soy un puente. Un instrumento, un
traductor, estoy en el medio, no retengo, no retengo mucha información
de lo que veo. Generalmente me cuesta recordar. Como si mi memoria
ram se vaciara después de cada evento. Muchas veces recuerdo más las
caras, las reacciones. Hay un momento en cada encuentro en que el
pariente vivo tiene un shock. Le cae la ficha. Recuerdo las caras de
sorpresa, las lágrimas, los gritos, los saltos. La gente se agarra el pecho,
o la cabeza, o se tapa la cara. Recuerdo una chica que se cayó de la silla.
Me miran con sorpresa, a veces gritando a veces sin habla. En ese
momento hay un clic, un golpe. Un momento mágico. Darse cuenta de
algo. Una epifanía, un despertar, una iluminación. Hey, estoy hablando
con mi mamá fallecida! Entonces existe la vida después de la muerte! Y al
mismo tiempo se resiste: ¿cómo hace para saber esto? Lo que sigue al
shock es la duda, algunos creen que los engaño. Otros tratan de
acomodar en sus cabezas lo que está pasando. O lo niegan hasta que se
desborda. Esto no es un engaño. Entonces viene una especie de
liberación, de excitación, de momento místico y de “ahora creo”. Es
literalmente un milagro. Cada vez que sucede es un milagro.
Y sin embargo sucede.
También me ha pasado de sentir esa misma sorpresa del otro lado,
como si los parientes del más allá también se sorprendieran. La sensación
que tengo de vuelta, después del shock, es de alegría, de felicidad, de
plenitud. Veo a la gente iluminarse delante de mí. Hacerse concientes.
Vivir el presente exacto. Siento el tiempo que se detiene. Y ahí empiezan
las chispas de sentido. El sentido del don.
El sentido del don es despertar.

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