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Pequeñas prosas del descampado

A vecinos y amigos

El descampado a unos cuantos metros de casa. Un extraño oasis sucio y feo. Una
sed aún más extraña. Tantos años paseando por él y, de pronto, la idea de estas prosas.

Han sido largos meses de silencio escuchando con paciencia el ruido de tus pasos
–crujidos, roces, rumores confusos– por el solar. Tal vez a cuenta de estas palabras
inesperadas.

“Se vende solar. Teléfono...”. El cartel, oxidado, desde siempre ahí. Un aliado a fin
de cuentas, tal vez por el precio excesivo. La tregua del hormigón ha preservado hasta
ahora el enigma de unos metros cuadrados en que casi nadie repara.

Escombros fraudulentos a veces. Otras, la precarias gestas de la adolescencia


dejan vestigios al amparo de la noche. Lo que se tira, lo que se esconde, las huellas de
las infracciones tienen una extraña forma de aparecer y desaparecer de pronto en este
descampado. Tímidas transgresiones contribuyen al enigma.

De pronto, una bandada de pájaros aquí, allí, más allá, dibujando formas
cambiantes. Demasiado rápido. La imaginación rompe su paleta ante la inalcanzable
metamorfosis de lo simple. Destellan límites en la palabra.
Ya han pasado, y el descampado como si nada. ¿De dónde, de qué abismos
rozados por ese vuelo, la blanda limalla, el confuso vislumbre que palpas en el sudor de
tus manos?

Abellots: pequeñas hadas salidas de un cuento para niños, alígeras de azul. ¿Cómo
habrán llegado a este lugar devastado? La imaginación pinta labios, pinta infancia a ras
de suelo.

Las pirámides de Guiza apuntalando el tiempo. Las nupcias del vértice y la arista
se visten de piedra bajo el azul implacable. El esfuerzo se quiso medir con la eternidad,
sobre arenas infinitas.

Columbrar azules, divisar infinitos. O sondear abismos ciegamente en la


conciencia. Eso era antes, cuando latían en el verso las altas ambiciones del canto.
Ahora caminas mirando al suelo, cabizbajo, como cualquiera.
Pero hay tesoros en el descampado, pequeñas maravillas al alcance de la mano
para la paciencia y la humildad. ¿Correrás el riesgo de revelarlas?

Algún gato muerto a veces, con unas gotas de sangre en el hocico. Veneno. ¿Quién
arroja su propio infierno al descampado matando esos pobres animales?

¡Tantas horas antaño para clavar la rima y el acento en su lugar! O para enroscar y
desenroscar la cromática sierpe de las imágenes de frase en frase. Todo para golpear con
fuerza en el gong esquivo de la belleza.
Dejar fluir las palabras ahora, desnudarlas de artificios. Aceptar sin embargo leves
matices de las antiguas sinfonías, rescoldos de las viejas hogueras. Reconoce esa
debilidad...

Pero a mí lo que me interesa es el descampado. Lo poco que se repara en él, su


escasa importancia, su casi nada a punto de desaparecer entre las casas y el ladrillo. Sus
misteriosas dádivas al paseante que sabe estar atento.

Camino al descampado bajo la sombra amiga de las moreras en el tórrido verano.


Alguien ha regado una morera con lejía. ¿Por qué? En actos cotidianos se ilustra el
desprecio.
La morera resistió hasta que cortaron todas las de la calle. Veinte años tendrían,
los que llevábamos aquí.

Una furgoneta. Unos cuantos operarios instalando una torreta de telefonía móvil.
¿Alguien ha preguntado a los vecinos? “Si tienes narices pones un ladrillo más...”. El
descampado también es terreno de discordias civiles.

Mitologías de las nubes al atardecer si sabes pasear. Los delirios de la forma y el


color realzados desde este descampado feo y sucio. También simpático.

“Una camisa así de ancha”. Ha estirado el brazo –un brazo curtido de viejo
albañil– para darnos idea. “Antes te la ataban alrededor de la frente para quitarte el
dolor de cabeza. ¡Y mira que si se iba...!” Vicenta, vieja y fea Vicenta, enroscada en los
túneles bajo el descampado, ¿qué dirías de estas palabras?

Los silenciosos relieves de Petra, olvidada durante siglos por las caravanas.
Imaginas el coloquio sin palabras entre los relieves y el tiempo que va, insensiblemente,
suavizándolos, enamorándolos de la nada, a otro lado de las arenas infinitas ¿Dioses,
hombres, quién sueña quién? Un invidente palpaba las formas de Fidias en el Museo
Británico. Mirar ciegamente.

Está el abellot. Así lo llaman los lugareños por su parecido con el abejorro: una
orquídea tímida y secreta que sólo florece unos días al año. Es la pura fragilidad de la
belleza cada primavera, a veces difícil de encontrar entre malas hierbas, residuos y
escombros. Un amigo me reveló dónde tiembla en el descampado el leve azul de sus
pétalos.

Dejar fluir las palabras. La escritura como un velamen que sabe abrazar el viento
y, sin brusquedad, encuentra su propio rumbo. Prosa inquieta de poesía. Una respiración
antes que un ritmo. Sin renunciar a la flecha inesperada cuando alcanza y vibra en la
diana del enigma.

Hay una vieja nave abandonada con graffiti de colores chillones desleídos por el
tiempo. Cuentan una triste historia: un joven –¿diversión, alarde de valentía, juegos del
alcohol y la hierba o pura casualidad?– camina sobre su tejado inseguro. Las uralitas
ceden: cae y muere. Algunas veces, cuando paseas al atardecer, la nave te recuerda esta
triste historia. El descampado también sabe erizar. Ventanales rotos, tejado hundido.
Una pareja de adolescentes. Ella con las caderas al aire, él golpeando con el
martillo, mientas suena una música estridente en la radio. A cada martillazo saltan
esquirlas. “Chicos, ¿sabéis lo que estáis destrozando?” De pronto se detiene,
sorprendido de que un apacible adulto que pasea su perro se dirija a ellos. “Son los
respiraderos de un antiguo polvorín. Una huella de la historia de este paraje. ¿Para qué
destrozarlos?” Después de una pausa incierta: “Es para ver lo que hay debajo”.

No sabes por qué pero hace ya meses que no tienes fuerzas para la Belleza
mayúscula. En cuanto comienzas un soneto tienes un amargo sabor en los labios que, en
pocos instantes, te desanima. ¿Prematura decrepitud? ¿Desilusión por tantos esfuerzos?
¿Mala conciencia por sondear la Belleza cuando te rodea tanta miseria, injusticia y
fealdad? A veces te sorprendes en estas prosas acariciando esquirlas y escombros de tus
viejas ambiciones. Como si en el fondo, no hubieras renunciado pese a lo poco
agraciado que es este descampado. ¿Una belleza rugosa, tal vez?

De pronto ¡salta un conejo! Mi pobre perra Lira desesperada por alcanzarlo... La


rauda curva del salto dibuja una leve sonrisa, un matiz de infancia. ¿Cómo puede
disfrutar alguien matando a tiros esa gracia inesperada, ese leve milagro de lo simple?
¡Cuántos ciegos en este descampado! ¿De qué chistera has salido, esquivo compañero,
en medio de tanta inmundicia! ¡Guárdate de Vicenta! ¡Y no sólo de ella!

Buena parte del descampado reposa sobre los túneles y las galerías de un antiguo
polvorín sellado. Hace unos años aún se veían las viejas garitas de vigilancia, refugio de
amores prohibidos, pintarrajeadas de obscenidades y desmemoria. Los tractores
arramblaron casi con todas ellas cuando se edificó parte del solar, borrando las huellas
del pasado. ¡Y ahora este adolescente con su martillo para completar el trabajo! Vicenta,
vieja, lúbrica y fea Vicenta: ¿son esos túneles tu refugio? ¿Es ese el reino de tus
escamas apagadas? Mi imaginación se enrosca en tus anillas agazapadas bajo este suelo
como una tentación al acecho.

A media luz escuchas tu silencio mientras caminas cuidando de no pisar


escombros, excrementos, vidrios, dudosos objetos de plástico. Tu mente se parte en dos:
una pequeña vigilancia consciente y un bulto sin dimensiones. Ciegamente te extremas
en el relieve de ese bulto, atento a las vibraciones que llegan de sus profundidades.
Deseos, poder, amor, ambición, amarguras, nimiedades e importancias sólo alcanzan a
rizar de suaves ondas la nebulosa superficie. Un rayo crepuscular se irisa en un vidrio
incierto. Pequeño faro de tu pequeña vida.

¡Alerta: tractores, maquinaria, casetas, material de construcción en el descampado!


Una reja metálica nos ha usurpado parte del solar. ¡No dejes pasar el tiempo! ¡Acelera la
escritura aunque no sepas cómo ni para qué! Confórmate con resabios, con retazos de
belleza en la urgencia de decir. Firma una tregua con la palabra.

Poemas para alcanzar lo inalcanzable, ver lo invisible, descender a los abismos del
ser, extremar la conciencia hasta su ceguera, extremar los sentidos o el placer hasta la
nada, proyectar la sombra de lo indecible. Hoy prefiero estas prosas que simplemente
llaman la atención sobre las pequeñas maravillas de la esquina de mi casa, sin minerías
extrañas. Un arte de poca cosa. Pero no siempre es fácil ponerle bridas a la sed, impedir
que las palabras seduzcan a los labios.
“¡Estábamos sentados aquí, en los bloques de hormigón, y vino como una flecha a
donde estábamos!”. Se levanta, mima el gesto. “De milagro nos apartamos. ¿Te creerás
que nos tenía miedo?”. Deja pasar un silencio. “Ahí mismo se paró y nos lanzó un
escupitajo”. ¡De verdad, Vicenta, no son formas! Respeta a mis amigos: para algo eres
la estrella de estas prosas.

Tal vez el descampado desaparezca algún día. ¿Servirá entonces de algo pasear
por estas prosas como antaño por él? ¿Qué quedará entonces en estas líneas de las
pequeñas maravillas que aún puedes ver y sentir en ese lugar?
Quizás no quede entonces más descampado que estas palabras mismas, hechas de
prosa y pensamiento común, salpicadas de una belleza reducida a escombros,
tornasoladas donde menos se esperaba por el enigma de una metáfora, por el eco de un
ritmo. Una devastación donde algo insiste.

Antes se veía el mar desde la cima de la colina. Casas, campanarios salpicados


de huerta y, allá a lo lejos, azules de mar y cielo confundiéndose en una suave niebla. La
brisa del mar y de los naranjos regalaba el esfuerzo del paseo hasta la cima. Hoy en día
hay que conocer muy bien el descampado para divisar el último ápice del labio en que
se besaban los dos azules. ¿Hasta cuándo? ¿Qué importancia tendrá un poco menos o un
poco más de azul? Dicen que siempre nos quedarán las formas cambiantes de las
nubes...

Este descampado, otro: ¿qué más da? Pasear aquí, por la calle, ir de compras o al
trabajo: ¿alguna diferencia? ¡Qué tendrá el enigma de estar aquí si estar en cualquier
lugar tiene también el suyo! ¿Pero y si la transformación del enigma en maravilla sólo
se diera por un hechizo individual nacido del azar? ¿Vicenta, tal vez, aquel día cuando
nos espantó a mí y a mi perra saliendo rauda de la maleza a nuestros pies? Cuando
deslizó viscosa el vértigo de sus escamas haciendo sonar un chasquido que resonó en
mis profundidades....

El descampado no te hace ser otro, no transforma tu ánimo ni tus sentimientos.


Paso a paso te extiende, te esparce, te disemina, te salpica de intervalos en ti mismo
como si ampliaras el hueco que ocupas en este mundo para mayor juego entre las piezas
del rompecabezas que eres. Ha llovido: cuidado con los charcos.

Postes con cables eléctricos en el descampado. Bruscamente, un pájaro los cruza


en una aguja de luz. ¿Dónde se ha clavado el ángulo efímero de su trayectoria para que,
ciegamente, haya gravitado en él tu vida por un momento? El solar propicia extrañas
combinaciones que, sin sentido, irisan el misterio de estar aquí. Cables, alas.

En fiestas, el descampado sufre una curiosa invasión. Van en grupo, a menudo


adultos y niños, los adultos con bolsas colgadas de petardos, cubanitos, masclets y cosas
por el estilo. El adulto, a veces, saca el petardo, lo enciende, se lo da al niño que lo lanza
al instante. ¡Y a disfrutar del estruendo¡ ¡Vicenta, abellots, enhebro, figuras soñadas en
las nubes, pasos del atardecer: nos roban el descampado!
¿Intentarás decirles las maravillas que se pierden así, espantando las aves?
Extraño reciclaje para una voz que antes buscaba ensancharse conquistando la belleza
imposible.
Un muro y una reja separan el descampado de un parque perteneciente a otro
municipio. Han roto la reja para permitir el paso. El descampado tiene sus héroes
anónimos.

Otro tesoro del lugar: un enhebro enano que no ha podido crecer bajo un pino,
constreñido a su vez por la reja metálica. Pequeño enhebro polvoriento, de ramas
caídas: amable signo de los paseos más tristes. ¿Qué me recuerda el roce de tus ramas al
suelo, tras tu imposible aspiración a la luz?

Los acabo de divisar meciéndose en las espigas al amanecer: una docena quizás.
Me acerco sigiloso, con la esperanza de vislumbrar sus colores. Pero Lira con su hocico
en el suelo se acerca peligrosamente y, al instante, alzan el vuelo. ¡Azul matinal
acribillado de minúsculas alegrías! ¡Suelta de notas vivas en el pentagrama invisible de
la libertad! Jilgueros, eran jilgueros. Desaparecidos ya, no sé de qué sombra, de qué
peso me han aliviado por un momento.

No presiones el descampado. No lo malgastes con ambiciones espurias: han sido


tantos meses de silencio... En lugar arduo esfuerzo por la perfección, una escritura alerta
y vigilante que aprovecha las insinuaciones del lugar intentando que emerjan en una
prosa amable sus propios enigmas y los del sitio.
Y esto es todo por hoy en el descampado....

“Le dieron un par de tiros allá en la Torre del Pirata. La rajaron: tenía dentro un
conejo y media liebre. ¿Sabéis lo que es media liebre?”. ¿Vicenta acaso? Pobre Vicenta,
sin ti el descampado ya nunca será lo mismo. El lustre de tus escamas me dice que el
sueño forma parte de la vida.

“Dar en la diana”: esa es la expresión que has utilizado. ¿Una huella de tus
antiguas ambiciones por la perfección? Tal vez el descampado sea más propicio a una
escritura aproximada, consciente de su fracaso último, por exiguo que sea. Una escritura
a tientas, que también se desconoce a sí misma, al menos en parte, y por eso desconfía.
Como si adivinara que los pequeños enigmas del descampado son menos esquivos ante
la palabra humilde.

De pronto, te dejas llevar por el placer de imaginar. Vicenta mastica flores de


abellot en los túneles del viejo polvorín, bajo el enhebro enano mientras el crepúsculo
irisa los pasos de tu ignorancia sobre el solar.
Alguien lee estas líneas, percibe los latidos de una insistencia y siente curiosidad
por el descampado.
Has imaginado y la sed persiste.

¿Y si todo esto fuera un engaño más? Has elegido un descampado, un lugar de


devastación. Correcto: un buen comienzo para asestar el golpe definitivo a tu debilidad
por la poesía. ¿Pero no te habrás inventado esas pequeñas maravillas para evitar que la
devastación llegue a la palabra? ¿Para buscar, furtivo, los viejos sueños bajo la pura
apariencia de lo simple? Y darte una oportunidad antes del silencio...

¿Secretas relaciones entre tú y el descampado? Pues es poco probable que todo


se limite a poner de relieve lo singular de este sitio, pese a las apariencias... ¿Un lugar
devastado como tu escritura, huérfana de las viejas aspiraciones y los rituales de la
belleza? ¿Sucio, sin sentido, precario y destinado a desaparecer como la vida misma? El
descampado y tú –si es que los pronombres sirven para algo–: el enigma de un efecto
especular. ¿Fingido o real?

Es mi artista preferido. De pronto su breve canto irrumpe como una fuente


destellando en la sed misma, como un alarde de la alegría más simple, por nada y para
nada. Silencio. Y otra vez su filigrana rutilante con sabor a libertad. Siempre con una
melodía diferente. Diríase que se ha suspendido un instante el tiempo, pronunciado por
unos labios o un istmo inesperado...
¿Qué pájaro será? Unos dicen que es una cotorrilla azul, otros un mirlo. Hay que
ver lo poco que sabemos de aves quienes hemos pisado desde niños el asfalto.
Extrañamente, el azul sigue imperturbable.

Un día cualquiera: sus tareas, sus preocupaciones, sus amarguras habituales.


Habitable por unos pasos al azar en un descampado. El corazón de las horas puede
palpitar en el lugar menos esperado para el peregrino que no sabe a dónde va.

La Gran Pirámide, Chichen Itzá, el Coliseo, el Cristo Redentor, la Gran Muralla,


Machu Pichu, Petra y el Tal Majal: las Nuevas Maravilla del Mundo en el concurso
organizado en 2007 en Internet, todas ellas muy mediáticas. Basta pronunciarlas para
que la imaginación alce el vuelo y la escritura despliegue su caravana de metáforas.
Pero en mi lista privada no son menos importantes las pequeñas maravillas del
descampado. Esas que hacen descender la palabra a ras del suelo y funden su pulso con
el ritmo incierto de unos pasos. Y es que la irisación del enigma puede estar en lugar
menos esperado para quien percibe con todo su cuerpo, con toda su nada.
Es necesario hacer algo para preservar Vicenta, el abellot y mi enhebro enano...

Acaso no haya nada tan fecundo como esta sed difusa, esta incertidumbre que
paseas cada día por el descampado y se enamora de sí misma en pequeños detalles al
azar. Bebes entonces pero la sed no se aplaca: se irisa latiendo entre palabras,
constelando de espumas tu ignorancia.
El enigma tal vez es lo que nos salva, permitiendo la aventura de vivir. Miro
fijamente a mis pies la minuciosa hormiga que no me conoce.

A mí lo que me interesa de verdad es Vicenta. Sólo la vi una vez, hace años.


Éramos el asfalto más reciente de esta colina. Iba tranquila y sinuosa por la calle al
atardecer, pasaba misteriosa y sensual ante nuestros ojos y la estupefacción de los niños,
algo lasciva e indolente, como si volviera cansada de alguna francachela, casi
despreocupada, ondulante y silenciosa por aquel camino que había sido suyo de toda la
vida, tolerando con indiferencia estos molestos visitantes.
No la he vuelto a ver aunque en alguna ocasión, mientras paseaba con mi perra,
he percibido su presencia agazapada en el descampado. Y su rauda huida del intruso.

Son numerosas las variaciones del plástico en el solar: botellas de todos los
tamaños, etiquetas, tubos, frascos, bolsas. Me llaman la atención los jirones, las
desgarraduras, los trozos, todas la formas incompletas que no dejan adivinar el objeto
que fueron, pero persisten decididamente. Y también están los botes de bebida, que han
aumentado desde que se guarda la maquinaria en el descampado. Imagino el gesto que
ha tirado cada unas de esas cosas, una vez terminado el consumo. ¡Es un vulgar
descampado! ¿Quién tendría cuidado? ¿No dices que el enigma puede estar en cualquier
cosa, por humilde que sea? ¡Inténtalo pues con el plástico y el vidrio!

¿Y por qué no llamar meramente cada cosa por su nombre? Descampado, nave
abandonada, residuos, escombros, cuatro pinos enfermos, paseos rutinarios con el perro,
vecinos de todos los días. Vicenta: una vieja culebra molesta y que ya habrá muerto. Los
abellots: quince días de flores minúsculas no son para tanto. El enhebro enano: tal vez
ni enhebro, ni enano.
Y punto.

Si el día está claro y uno se sitúa en el lugar adecuado, se divisa a los lejos,
minúsculo, el Micalet. Un torreón gótico, el mar, las campanadas de la iglesia, incluso el
silbido del trenet en el silencio del alba y una pléyade de aves canoras, con el pájaro
artista al frente: ¿necesita algo más este lugar? Y no hablo de sus tres maravillas porque
harto indiscreto he sido ya sobre este tema.
Las torres del Tercer Milenio siguen creciendo: están contados los días de
Micalet desde el descampado.

¿Qué futuro prefieres para estas prosas? Evocar un lugar que tenía su encanto
pero sucumbió a la siguiente embestida del ladrillo. O haber ayudado a salvarlo
transformado en el parque mediterráneo de sus tres maravillas. ¿Por qué dudas?

Aspirar a poco, limitar las expectativas puestas en la palabra, aun a riesgo del
silencio. Pasear por el descampado como si nada, no esperando gran cosa, pero atento a
la presión de los pasos y aguzando los sentidos. A veces un aleteo entre vocales, una
espuma en las sinuosidades del trazo, una hendidura en el sentido o un objeto cualquiera
a los pies donde el enigma se mide ciegamente a escala de tu cuerpo, de tu sueño, de tu
nada.
No ambicionar nada más, pero alumbrar con esos recuerdos la tensión de cada
día, de cada hora.

El descampado y el lenguaje se miran a través de ti. Intentas no caer en la trampa


de las analogías, las secretas correspondencias entre uno y otro, o mejor dicho entre las
pequeñas maravillas del solar y otras cosas o signos. ¡El descampado y sólo el
descampado! Y sin embargo, te sorprendes otra vez a ti mismo juglar de las semejanzas,
de los ecos y lo túneles disimulados, pequeña araña tejida y tejiendo en la red infinita de
las palabras...

Uno de mis vecinos es el más firme admirador de Vicenta. En cuanto llega la


primavera recorre el descampado con una larga vara para despertarla de su letargo
invernal. Y disfruta contándonos cómo la ha despertado ¿Qué pensará nuestra culebra
de esa insistencia tan inoportuna? ¿Y de estas prosas donde tanto se habla de ella?

¡Maldito idealista, no nos engañarás! Aunque hables de un descampado, de


residuos e inmundicias escondes el ala bajo tus pasos, por muy firmes que estén en el
suelo. ¿A qué vienen si no esas pequeñas maravillas? ¿Enigmas un enhebro polvoriento,
una culebra como tantas, cuatro orquídeas a punto de desaparecer? No nos has
engañado.
El Tal Majal y el Tal Majal reflejado en el agua de sus jardines. Suaves rizos del
agua en el reflejo: doble vuelo para la imaginación hacia Oriente.

Es hora de ir acabando, algo te lo sugiere. ¿Por qué no intentas una despedida en


regla, desvelando las cartas de este juego y tus espurias ambiciones?

Escribí hace unos años un largo poema sobre este descampado. Estas prosas son
de alguna manera una ampliación de sus versos, diluidos en prosa amable.

He escrito este texto mientras preparaba un trabajo sobre Jean-Michel Maulpoix


para unas oposiciones. A menudo he dejado de estudiar para escribir algunas de estas
prosas, inspirado por lo que leía. Es mucho lo que le debo a este poeta francés.

He intentado escribir de un modo diferente a como lo hecho hasta ahora. Pero


sigue habiendo rescoldos de las antiguas hogueras.

Todos los personajes que salen en estas prosas son reales. El descampado forja
curiosas amistades. Todo lo que se cuenta aquí también es cierto.

Vicenta, el enhebro enano y los abellots aún existen. Están en peligro como el
descampado.

El lector avezado se dará cuenta de lo que denuncio y de lo que pienso sobre


algunos temas.

No sé quién habla finalmente en estas líneas. Este alarde final de autoría podría
ser un puro fingimiento, pues hace tiempo que el poema se ha divorciado de su sujeto o,
al menos, mantiene complejas e inciertas relaciones con él.

Hay mil descampados como este, mil voces como esta, mil maravillas en cada
esquina. Lector: si lees estas prosas serás autor de otras tantas por poco que digas y
hagas.

Solicito a las autoridades competentes que se preserve el descampado o que, en


su defecto, se convierta en el Parque Mediterráneo de la Culebra Vicenta.

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