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AL FIN FUI UN EXTRATERRESTRE

Por Martme Ptzoi

Era un extraterrestre, siempre lo había querido ser, y por fin lo había conseguido. No fue
complicado, en Martus era donde convertían a los humanos en extraterrestres, el único
requisito era aceptar el parecido físico, y más que el parecido, la igualdad física.

En Martus había una atmósfera muy opaca, no importaba ya que los sistemas de
respiración extraterrestres estuvieran preparados para inhalar los espacios y atmósferas
de diversas galaxias y de manera automática se ajustaran los sistemas de respiración. Es
cierto que en los primeros prototipos el ajuste automático había fallado, pero de eso
hacía ya bastantes lustros. En la actualidad los errores eran de otro calado.

La respiración y el aspecto eran los elementos más complejos para aceptarse


extraterrestre, por ello muchos humanos seguían manteniéndose, preferían ser
diferentes, con diferente boca, diferentes ojos, diferentes color de pelo y altura, y sin
embargo emocionalmente estaban los humanos clonados, así que lo más complejo era
aceptar de una vez por todas que la apariencia física idéntica era el último paso para
aceptar esa uniformidad.

Yo había decidido hacerme extraterrestre, a fin de cuentas ya lo era, sólo se trataba de


dar el paso definitivo a la semejanza. Mis amigos también eran extraterrestres pero ellos
no lo sabían, por el hecho de ser humanos creían pertenecer a esta especie, pero lo cierto
es que eran tan extraños como los pliguis de Ontaro, las miduos de Crosung o los durd
de Ghech, galaxias todas descubiertas recientemente y de las que se contaban increíbles
anécdotas. El primo de la vecina que tenía la casa encima de la mía había ido a Ghech
en una misión de reconocimiento y en una caverna habían encontrado un esqueleto de
aspecto laminado y color rosáceo, al llegar a la atmósfera terrícola fue como si al
espacio laminado le hubieran insuflado aire y se convirtió en un ser semejante a un
jamón jork, tras esto el primo de mi vecina contaba que mejor no visitar a los durd de
momento.

Esa mañana fui a Martus después de pedir un día libre en el trabajo. Era un asunto
propio y como tal lo traté. Un día libre para hacerme extraterrestre me parecía una
buena idea.

Llegué temprano, la noche anterior había soñado que mi aspecto se reducía y pasaba a
medir un metro, esto hacía que todos tropezasen conmigo, iba entre las calles de la
ciudad a codos con el personal, no era como el personaje de hobbits aventurero y
respetado en busca del tesoro y con la carga del anillo, era incómodo, todo el mundo me
miraba con acritud y desperté con sudor en la frente.

Sólo era un sueño pero tuve un mal presentimiento que se esfumó cuando oí salir el café
y su aroma llegó a la nariz, eso sí era despertarse. Era una lástima que las campañas
contra el café fueran cada vez más furibundas. Años atrás los estudios se habían
centrado en el tabaco, producto cultivado por unos países alejados del centro de
decisión. Ahora era el café, todas las investigaciones apuntaban al cáncer que era
generado por su consumo. De las radiaciones de iones de pantallas, cables, telefonías,
radares, humos de los coches, expulsiones de gas en los polígonos industriales cercanos
a la ciudad…. pocos hablaban y menos eran los fondos que se dedicaban al estudio de
sus efectos en la población, total el haberlo hecho hubiera traído graves consecuencias.
Quien podía en este siglo XXII plantearse vivir sin estas atmósferas, por ello lo mejor
era alejar los fantasmas y centrarse en los productos cultivados a la manera arcaica. El
protocolo de actuación estaba muy establecido, el cáncer por café no se trataba, allá el
paciente que había decidido tomarlo, era su solitario problema.

Me tomé el café y me vestí como sólo lo hacía cuando quedaba a cenar con mi amiga
preferida, era esas noches que yo y ella sabíamos que acabaríamos en el sex, donde a los
dos nos venía de perlas el poder exteriorizar la pasión sin riesgos. Hacía pocos días
habíamos estado juntos y Petra era la única que sabía que ya no volvería a verme como
humano.

Salí en el motor aéreo y conduje hasta Martus haciendo los trasbordos que en otras
ocasiones me parecía eternos y ahora saboreaba con el pensamiento puesto en el cambio
de imagen que estaba a punto de vivir.

Hacerse extraterrestre era lo mejor, de esta manera aunque mi aspecto fuera clónico e
idéntico a miles de humanos transformados en extraterrestre, podría vivir en otras
estaciones y viajar a otros espacios, era el máximo ocio al que podía aspirar, desde hacía
años los espacios habituales de nosotros los humanos se habían reducido muchísimo y
sólo la posibilidad de ser extraterrestre te permitía viajar a miles de estrellas. Otra gran
ventaja era que ya no era necesario esforzarse en mostrarse diferente, puesto que a nadie
le importaba viéndote con aspecto de extraterrestre. Era una opción muy estudiada.
Muchos de los humanos cansados de las diferencias de la vida habían optado por la
comodidad de esta transformación. La igualdad se había conseguido. Había radicales
que parloteaban de esa uniformidad como algo muy negativo para el avance humano,
pero era una hipocresía pretender dicha igualdad, el mensaje estaba viciado en su
planteamiento, no existía la exclusividad desde hacía centurias.

En cambio, un humano-extraterrizado era por definición cómodo, pertenecía al grupo


terrícola que correspondía tareas administrativas de la galaxia, no se exigía mucho y en
cambio ofrecía grandes dosis de ocio. Los humanos que optábamos por el cambio
sabíamos que renunciábamos a la inestabilidad, a las sorpresas, al esfuerzo
extraordinario, a los imprevistos…. También a la diferenciación, a la personalidad, a la
idiosincrasia propia, pero en realidad eso era una entelequia, ya quedaba poco de esas
diferencias entre los humanos cada vez más similares, muy globalizados en las ropas,
las formas de hablar y pensar. Los seres humanos habíamos sido unificados poco a poco
sin a penas percibirlo y era perfecto ser extraterrestre. Nuestro código de conducta ya
estaba unificado y yo me unía alegremente al grupo humanos-transformados-en-
extraterrestres.

Cuando por fin al llegar a Martus encontré el edificio, los extraterrestres que
transformaban a los humanos me recibieron con las aletas abiertas y aplaudieron mi
recibimiento. Me encantó, entré confiado y alegre, era emocionante el pensar que en
poco tiempo mi cuerpo iba a cambiar, las narices se convertirían en fosas de aspiración
de diversas atmósferas y todo yo sería como miles de ellos, perdiendo por completo la
identidad y a demás de manera aséptica e indolora.
Ser extraterrestre me ofrecía una nueva vida que estaba dispuesto a disfrutar de la
manera más simple que extraterrestre pudiera, ya me lo habían dicho y era lo que yo
esperaba.

Cuando salí del edificio de Martus, me ví reflejado y aunque en la transformación había


seguido los pasos de manera consciente por las imágenes que me iban mostrando, al
salir a la atmósfera fue cuando mejor percibí ese cambio en el reflejo de un cristal.

Era un extraterrestre exactamente igual que había sido antes un humano, no pensaba
diferente, eso me sorprendió en un principio, ya me habían explicado que en algunos
humanos la transformación se realiza en fase 1 sin llegar inexplicablemente a realizarse
la fase 2.

Este era mi caso, así que ya sabía que tenía que hacer rehabilitación, aprender a eliminar
los rasgos humanos internos de espíritu y eso iba a suponer un esfuerzo que aunque
sabía que cabía en lo posible, nunca pensé que me ocurriría a mí.

Cuando volví a mi trabajo nadie me reconoció, y aunque ocupé mi lugar habitual nadie
mostró extrañeza en el extraterrestre que estaba en mi escritorio con mis papeles, era
evidente que todos sabían que yo ya no era humano, hacía mucho que había dejado de
serlo.

Nunca imaginé que la transformación fuera como fue.

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