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EL PUNTO G O UN MONTÓN DE PIXELES

Aquella noche Marta Martín Amor descubrió realmente como era por dentro. Fue
como una evidencia, de pronto empezó a sentir sensaciones muy íntimas, que nacían de
lugares lejanos, muy lejanos pero que era capaz de sentirlos profundamente, como en
una especie de eco interior. Esas sensaciones profundas eran a veces dolorosas y otras
placenteras, pero sin sobresaltos, con armonía, una armonía dentro del caos. Cada punto
equidistante del centro, si eso era posible, porque ¿Dónde está el centro? No existe,
pensó, sólo se trata de puntos ¿Cómo es posible? ¡Sólo soy un conjunto de puntos y ni
siquiera equidistante de nada! ¡Esos puntos van a su bola! ¡Esa soy yo!

Empezó a pensar que esa revelación le sobrevenía en un momento extraño de su


vida. ¿Por qué en ese momento? La cuestión era porqué había llegado a esa conclusión
esa noche y no otras. Tenía costumbre de pensar un poco por las noches sobre aquellas
cosas que se le venían a la cabeza, lo hacía hasta que la rendía el sueño.

Marta Martín Amor se sorprendió con el pensamiento de que era absurdo. ¡Si eso lo
hubiera advertido 20 años antes, me habría ahorrado muchos disgustos! ¡Porque vaya
berrinches que se había llevado en la vida!

La mente se le fue a otra parte, lejos, muy lejos. Me acuerdo una vez que lloraba
amargamente, andando por la playa, siguiendo el camino de la cercanía del mar, y sólo
porque un gran amigo, no, más bien mi alma gemela, me había negado el saludo, lo
que significaba que me negaba muchísimo más, su cercanía las charlas interminables,
las ideas, las bromas. Fue mi primera gran pérdida.
¡Y si entonces ella hubiera sido capaz de llegar a la conclusión a la que había
llegado esa noche! Pues muy sencillo, me lo habría evitado. Sí, porque una vez que
estuviera en la cama, relajada y empezara, como le había ocurrido esta noche, a sentirse
por dentro, pero en ese sentido nuevo, recién descubierto, más auténtico. Era una
realidad palpable, sentir los píxeles de los que estamos compuestos. Blanco- negro-
blanco- negro… ¡Qué bonito! Con ritmo: abierto-cerrado- abierto- cerrado. O también
hombre- mujer- hombre- mujer, sí- no – sí – no. ¿Cómo una computadora? Es posible
que un ordenador pero con periféricos que incluyeran dosis de emociones, esperanzas o
recuerdos.

Siguió navegando en los recuerdos buscando otro berrinche de categoría y así fue
como Marta Martín Amor se topó con uno bueno, De esa adelgacé de forma alarmante
y llegué a tener crisis de ansiedad, según he podido entender después. Y todo sin ayuda
especializada, a pelo, me refiero sin un lexatín o algo parecido y todo era porque la
pareja con la que llevaba años de convivencia, me dejaba inexorablemente. Yo no debía
hacer nada porque nada se me pedía. Cuesta encajar eso. Yo hacía todo lo contrario,
todo lo que se me ocurría. No entro en más detalles, quien lo ha vivido sabe de que
hablo.

Aquellos recuerdos no debían desviarla de lo que la ocupaba aquella noche que no


era otra cosa que el conocimiento interior, esa revelación que se le había sido desvelada
de pronto y sin ningún esfuerzo aparente, de pronto. Qué casualidad, pensó, hoy que es
un día memorable, coincide que es día 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. ¡Qué
recuerdos me traía ese día! Hombre me viene al cuento otra historia similar, que aunque
es anterior en el tiempo, ahora es cuando la he desempolvado. Debo tener los píxeles
muy activos a pesar de la hora que es, miró el reloj y marcaba las 2 de la madrugada.
Fue un día 16 de julio de 1968, yo tenía 8 años, angelito mío. Esa fiesta se celebraba
mucho en aquella ciudad de entre dos continentes, más de puerto que marinera, se
sacaba a la virgen en barca y se la paseaba por el puerto mientras desde otros barcos
se la iluminaba, yo lo veía desde la ventaba como muchas otras cosas. Ese día yo me
puse mi vestido de mangas a la sisa, ajustado y largo, estilo raro para mi edad, pero la
moda hipi había llegado a mi casa de la mano de mi hermana mayor y mi madre me lo
había hecho para mí. Yo me sentía definitiva y me lo puse para salir a jugar a la calle
con mis amiguitos del bloque. Esa tarde decidimos jugar al balóntiro y yo estaba en la
faena cuando me di cuenta de que no podía correr porque el vestido no me dejaba, así
fue como me lo remangué, con tan mala sombra, que me caí y se me vieron las
bragasfajita que mi madre me obligaba a llevar por aquella época, que eran
espantosas, de cuello vuelto, el caso es que cuando yo vi que Jose Burón empezó a
tirar piedras a todas las niñas, a todas menos a mí, creí morirme, colorada como un
tomate me fui para mi casa y fue allí cuando me escondí detrás de una puerta llorando
con desconsuelo. Mi madre me sorprendió de esas maneras e intentó calmarme
diciéndome, que no me preocupara, que había más niños, que estaba Jose Cerezo, que
quería enseñarme su último experimento con el microscopio. Yo no tenía consuelo, yo
sólo pensaba en ese otro Jose, el que yo observaba desde mi ventana mientras él movía
el flequillo al ritmo que movía la muñeca de su reloj, escupía los huesos de las uvas,
con un ritmo y sincronía que no me dejaba parpadear…..En ese momento yo podía
haberme tumbado y haber respirado profundamente muchas veces hasta bajar mis
palpitaciones, después podía haber empezado a rodar hacia un lado y hacia el otro de la
cama, como un tubo pesado, a continuación estirarme, primero de forma ordenada,
armónica y simétrica, para pasar después a unos estiramientos con vida propia,
independientes de mi, más bien retorcimientos.

Ese era el punto álgido, ¿el punto g?, no sabía Marta Martín Amor de que se trataba,
pero sí sabía que aquel punto era muy importante en su vida, era esencial, sentía que se
disgregaba y de pronto pasó a ser lo que siempre había debido ser y nunca supo ver o
entender, esa colección de puntos, de los que estaba compuesta. ¡Qué maravilla ¡¿Qué
es esto una armonía o el caos? Pensó que seguramente las dos cosas a la vez. Tú y tus
píxeles o tus píxeles y tú o tus píxeles y ya está, a secas, porque era ese conjunto de
puntos y ya está. ¡Qué barbaridad, qué divertido! ¿Sería eso lo que había tenido
enganchados a los monjes, a los ermitaños, a los anacoretas, a los místicos? ¿Sería eso
levitar?

Yo he levitado entonces y estoy feliz, sé que a partir de hoy disgregaré los


berrinches, los desintegraré en los píxeles de los que están compuestos, es más fácil
luchar con ellos de uno en uno, sobre todo teniendo en cuenta que unos son llenos y
otros vacíos, unos blancos y otros negros, unos sí y otros no.

16/07/2005

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