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LA DECISIÓN

La luz y el éxtasis inundan


completamente mi existencia,
qué más podré sentir.

Qué importa cómo quede


la hacienda tras nuestro después
de habernos ido.

Amanecía, la luz empezaba a iluminar dulcemente la habitación hasta entonces


sombría, y en el cuerpo comenzaba a respirar la prisa por levantarse y no
desperdiciar ni un sólo momento. La blancura de las paredes invitaba a seguir
soñando pero afuera había algo que le inquietaba y le llamaba como un quejido
de tiempo estancado en los rincones, sufriendo por no haber sido vivido.

Se levantó con la pereza de cada mañana, se miró en el espejo que había en lo


alto de la cómoda esperando ver la misma expresión lenta y acostumbrada de
cada día, pero descubrió, por la forma de su boca, una tenue sonrisa que le
inquietó. Sus gestos aquella mañana se parecían a los de alguien que ya lleva
despierto varias horas, no era la misma cara de recién levantado que se
conocía de tantas mañanas compartidas. Le sorprendió gratamente su gesto y
sospechó que éste sería un día distinto.

Torpemente, medio mareado llegó a la cocina y preparó un café. Se detuvo


deliberadamente en realizar cada paso con detenimiento, disfrutando del aroma
que despiden los oscuros granos de café en el momento en que se abre la lata,
espiando la cafetera, el sonido tantas veces escuchado del líquido espeso al
subir por el tubo, observó con detenimiento las pequeñas partículas de azúcar
al caer en la taza, qué fina es, se dijo con cierta sorpresa, puso un mantel en la
mesa de la terraza, tostó el pan y finalmente se sentó a desayunar, despacio,
tranquilo, con el afán de retener todo el ritual en su memoria, paladeando todos
las aromas de la mañana.

Media hora más tarde, recién duchado, vestido con su pantalón blanco, su
camisa de algodón y sandalias, con la piel húmeda aun, bajó las empinadas
escaleras, abrió la puerta de la calle y el tenue sol lo devoró en un instante.
Salió y empezó a caminar.

Tras de sí iba dejando su huella segura, sus pasos eran claros, no se percató
de que la puerta de la casa había quedado abierta, quizá hoy su inconsciente
despertaba también de forma distinta.

Caminaba por el paseo marítimo, el mismo paseo que tantas veces anduvo, y
todo le parecía hoy diferente: la luz, el aire, los olores eran tan penetrantes que
los aspiró con ansia desconocida, quería percatarse, memorizar todos los
detalles que hasta ahora le eran cotidianos y que hoy renacían de nuevo ante
sus ojos inocentes.
La fina arena de la playa todavía inquebrantada estaba empezando a
calentarse y las plantas de los pies agradecían su calidez, se deslizaba entre
los dedos masajeando tibiamente sus junturas. En sus ojos, la luz, eran
cántaros de agua, sus hombros llevaban el ritmo de sus pasos, erguidos,
orgullosos, el viento despegaba las ropas de su figura y le daban a su pecho un
aire de dios henchido, valiente, sereno. Caminaba despacio con el agua
apenas rozando a veces el perfil de sus pies, en el horizonte la débil silueta de
una vela, y al otro lado, en el paseo, las vendedoras de flores se afanaban en
preparar ramos multicolores que destilan aromas de otros paraísos.

Así estuvo deambulando, bebiendo a dentelladas el día, con la mente


despejada por el viento y el pensamiento aturdido por la inmensidad del
bramido del mar, hasta que el calor empezó a azotar su frente y las gotas de
sudor le corrían raudas desde la frente al cuello son obstáculos. Entonces se
sentó en la cubierta de una barca entumecida en la arena, miró de frente al
agua, una gaviota sobrevoló el mástil...., pensó: ¡cuánta libertad!

No sabía por qué se sentía de aquel modo esa mañana y tampoco le importaba
el motivo, de lo que sí estaba seguro era de que este estado no podía acabar,
había que convertirlo en infinitamente duradero, interminable..., debía tomar
una decisión.

Lentamente, con la pereza que imprime el calor y la parsimonia que otorga la


seguridad, se desabotonó la camisa, sentía el sol y el aire azotando su pecho,
sus cabellos crispados se arremolinaban golpeando unos contra otros,
parecían fuego alrededor de unas brasas encendidas que eran sus ojos, se
levantó, detuvo su mente un segundo, miró largamente el agua añil y
transparente, tenía ese color amargo que a veces tiene la memoria, vio como
se alejaba una gaviota y fue entonces cuando sus pies se pusieron en marcha;
uno detrás de otro iban seguros, con la certeza de que la arena que ahora
dejaban atrás ya nunca volvería a ser recorrida, se sentía feliz, sus pies tocaron
el agua, entre sus dedos se escapaba la arena del mismo modo como no
quería que se le escapara la vida: fácilmente.

El agua siguió subiendo hacia sus tobillos, ahora sus muslos se contraían por
la frialdad, empezaba a inundarse por dentro. Era tan grandiosa la sensación
que siguió andando, la resaca hacía más poderosa su decisión, la reforzaba.
Cuando el agua le llegó a los hombros levantó las piernas y se dejó llevar,
mecido por las olas, mar adentro.

Dejándose arrastrar estuvo hasta que las fuerzas le abandonaron, entonces


sus piernas se hicieron pesadas como anclas, su cuerpo empezó a hundirse y
ya no quiso saber nada, sólo vivir, con la certeza de que aquella felicidad nunca
acabaría. Se juró seguir sintiéndose así eternamente.

Sus ojos, abiertos aún, tenían brillo de azabaches, la comisura de sus labios,
ligeramente arqueada hacia arriba, dejaba ver claramente una sonrisa.

Nisí Ninó

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