1

VIDA BREVE
DE

San Ignacio de Loyola
FUNDADOR DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
POR EL
P. ANTONIO ASTRAIN
DE LA MISMA COMPAÑÍA

1921

2

Imprimí potest.
VINCENTIUS LEZA, S. J.
Praep. Prov. Cast.

Nihil obstat.
REMIGIUS VILARIÑO, s. j.

Imprimatur.
LEOPOLDOS EPISCOPUS VICTORIENSIS
1 Dec. 1920

3

ÍNDICE
PRÓLOGO....................................................................................................5
CAPÍTULO I................................................................................................7
VIDA PRIMERA Y CONVERSIÓN DE SAN IGNACIO..........................7
CAPÍTULO II ............................................................................................13
SAN IGNACIO EN MANRESA ...............................................................13
CAPÍTULO III............................................................................................20
PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA...................................................20
CAPÍTULO IV............................................................................................27
ESTUDIOS EN BARCELONA, ALCALÁ Y SALAMAMCA.................27
CAPÍTULO V.............................................................................................34
ESTUDIOS EN PARÍS ..............................................................................34
CAPÍTULO VI............................................................................................38
PRINCIPIOS DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS HASTA EL VOTO DE
MONTMARTRE .......................................................................................38
CAPÍTULO VII...........................................................................................45
DESDE MONTMARTRE HASTA LA CONFIRMACIÓN DE LA
COMPAÑÍA................................................................................................45
CAPÍTULO VIII.........................................................................................52
SAN IGNACIO Y LA FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA.....................52
CAPÍTULO IX............................................................................................59
EXPANSIÓN DE LA COMPAÑÍA EN VIDA DE SAN IGNACIO.........59
CAPÍTULO X.............................................................................................66
SAN IGNACIO Y LA REFORMA ESPIRITUAL DEL PUEBLO
CRISTIANO................................................................................................66
CAPÍTULO XI............................................................................................74
SAN IGNACIO Y LAS MISIONES DE INFIELES..................................74
CAPÍTULO XII...........................................................................................80
SAN IGNACIO Y LA RESISTENCIA A LA HEREJÍA...........................80
CAPÍTULO XIII.........................................................................................87
MUERTE DE SAN IGNACIO...................................................................87

4

PRÓLOGO
En este año 1921 se cumple el cuarto centenario de la herida
y conversión de nuestro Padre San Ignacio de Loyola. Este
suceso, memorable para toda la Iglesia, es para nosotros, los hijos
de la Compañía de Jesús, objeto de tiernísima recordación y por
eso nos disponemos a celebrarlo con especial devoción y piedad.
Los fieles cristianos no dejan de conocer, al menos en sus rasgos
principales, la fisonomía espiritual de San Ignacio. Todos los
hombres prudentes, y aun los mismos enemigos de la Iglesia,
están contestes en afirmar la originalidad de pensamiento y la
superioridad de carácter de aquel hombre, que influyó en su siglo
y sigue influyendo tan poderosamente todavía en el mundo
moderno.
Sin embargo, reconociendo todos la grandeza excepcional
del héroe, no dejan de correr ciertas inexactitudes en el relato de
sus hechos y más aún en la explicación de los designios que
concibió y lentamente fue reduciendo a la práctica. Empezando
por aquellas revistas y periódicos que dan al Santo el
estrambótico nombre de Iñigo López de Recalde (creyendo sin
duda acreditarse de eruditos, cuando lo que muestran con eso es
falta de erudición) (1) observamos un anhelo bastante general de
remontarse a síntesis grandiosas y de empeñarse en explicar los
hechos mediante ideas modernas, que de seguro jamás pasaron
por la mente de nuestro Padre. De aquí suele resultar un concepto
algo extremoso, que falsea más o menos el verdadero retrato de
San Ignacio de Loyola.
En la presente obrita deseamos presentar a nuestros lectores
una imagen verdadera del Santo, exponiendo brevemente los
principales hechos de su vida. El principal fundamento de nuestra
narración son las cartas, instrucciones y otros escritos del Santo
Patriarca, que ya son del dominio público, gracias al Monumenta
histórica Societatis Jesu y las cartas y relaciones de sus
compañeros, que ya han visto la luz en la misma publicación Nos

1

Véase lo que dijimos sobre este nombre en nuestra Historia de la
Compañía de Jesús en la Asistencia de España, T. I, p, 3, nota.

5

han servido principalmente los escritos de Laínez, González de
Cámara, Polanco y Ribadeneira.
Como escribimos un compendio biográfico, suprimimos,
por de pronto ciertos hechos falsos que figuran en vidas antiguas
del Santo, pero que han sido definitivamente retirados por la
ciencia histórica. También omitimos los hechos dudosos, que
deben ser discutidos en obras extensas, pero son impropios de los
compendios. Finalmente nos hemos visto obligados a pasar por
alto hechos verdaderos, indudables y, por cierto, muy excelentes,
porque su exposición no cabía en los estrechos límites de una
VIDA BREVE. Nuestro propósito es elegir lo más sustancial, los
hechos más característicos de nuestro héroe, y presentarlos con el
debido relieve, para que todos se muevan, primero, a la justa
estimación -de tan admirables virtudes, y después a la imitación,
en cuanto es posible, de tan heroicos ejemplos. Dichosos seremos
si con este librito Contribuimos a lo que con los festejos de este
centenario pretendemos, y es que, como Dios es generalmente
glorificado en sus Santos, así lo sea este año de un modo especial
con la memoria de su gran siervo y amadísimo Padre nuestro, San
Ignacio de Loyola.

6

VIDA BREVE
DE

San Ignacio de Loyola

CAPÍTULO I
VIDA PRIMERA Y CONVERSIÓN DE
SAN IGNACIO
(1491-1522)

Nació San Ignacio el año 1491 en la casa, solariega de
Loyola, situada en el término de Azpeitia, provincia de
Guipúzcoa. Fueron sus padres don Beltrán Yáñez de Oñez y
Loyola y doña María Sáenz de Licona y Balda, ambos de noble
linaje y bien acomodados de bienes de fortuna. Tuvieron trece
hijos, ocho varones y cinco hembras. El último de los varones fue
nuestro Santo, que bautizado en la parroquia de Azpeitia, recibió
el nombre de Iñigo, que después había de mudarse en el de
Ignacio.
Tenía estrecha amistad D. Beltrán con el ilustre caballero
Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de los Reyes
Católicos. Para prueba de afecto le pidió éste uno de sus hijos,
prometiendo educarle en su casa y colocarle ventajosamente en la
Corte. Envió D. Beltrán a nuestro Ignacio, quien pasó la mayor
parte de su juventud al lado de Juan Velázquez, ya en Arévalo, ya
en la Corte, adonde su protector debía residir muchas veces por
razón de su oficio. Han dicho algunos historiadores que Ignacio
fue paje de los Reyes Católicos. No está probado este hecho, que
Ribadeneira rechazaba como apócrifo.
En 1518 murió Juan Velázquez con el sentimiento de no
dejar acomodado, como quisiera, a nuestro joven, que entonces
contaba veintisiete años. Celebrados los funerales de su protector,
7

Ignacio tomó dos caballos y quinientos escudos que le dio la
familia del difunto y se encaminó a Pamplona, donde fue recibido
como gentilhombre por D. Antonio Manrique de Lara, Duque de
Nájera, Virrey de Navarra. Tres años próximamente sirvió a este
ilustre magnate, hasta el mes de mayo de 1521, En todo el tiempo
de su juventud no aparecía en Ignacio ninguna cualidad singular
que le distinguiese de los nobles caballeros de aquella época.
Mostraba ciertamente la fe robusta de nuestros mayores, pero
también la libertad y el desgarro pendenciero tan frecuente entre
los cortesanos y militares de entonces.
Érase la primavera de 1521, y casi todas las fuerzas militares
fueron sacadas de Navarra, para sofocar en Castilla la famosa
revolución conocida en la historia con el nombre de Comunidades. Aprovechando tan buena coyuntura Francisco I Rey de
Francia lanzó un ejército de doce mil hombres sobre Navarra,
para desmembrarla de Castilla. El Duque de Nájera, viendo venir
la tormenta, voló al centro de España en busca de socorro. Al
acercarse el ejército francés a Pamplona, los magistrados de la
ciudad le abrieron las puertas. Quedaba en pie el castillo defendido por muy pocos soldados a las órdenes de Francisco Herrera,
Juzgando éste imposible toda resistencia, empezó a tratar con los
franceses de capitulación, pero se interpuso Ignacio, que exhortaba briosamente a resistir al enemigo hasta vencer o morir.
Frustradas las negociaciones, se vino a las armas. Los franceses
empezaron a disparar toda su artillería contra el castillo con
ánimo de allanarlo. Perseveraba Ignacio en su puesto animando a
los españoles. En lo más recio de la pelea, una bala de cañón,
pasando por entre las piernas de nuestro héroe, le rompió
malamente la derecha debajo de la rodilla y le hirió ligeramente la
izquierda, aunque sin tocarle al hueso. Caído Ignacio, se
desalentaron los defensores y entregaron la fortaleza al enemigo.
Sucedió la herida de San Ignacio de Loyola el 20 de mayo de
1521.
Recogieron los franceses al herido, y estimando el valor que
había mostrado, le trasladaron a una casa de Pamplona, le
hicieron la primera cura y acomodándole en una camilla, le
enviaron libre a su pueblo natal. Le recibió en casa su hermano
mayor Martín García, señor de Loyola desde la muerte de su
padre. Llamados los cirujanos reconocieron, que, o por haberse
8

hecho mal la primera cura, o por los movimientos del viaje, no
estaban bien unidos los huesos y era menester quebrantar lo mal
soldado y ajustarlo en debida forma. Se ejecutó todo exactamente
como decían los facultativos, e Ignacio sufrió inmóvil aquella
horrible tortura, sin hacer otra demostración que apretar
fuertemente los puños cuando arreciaba el dolor. Acabada la
operación, sobrevino al enfermo una fuerte calentura con gran
debilidad de estómago. Fueron decayendo tanto sus fuerzas, que
la víspera de San Pedro llegó al último extremo. Avisado de su
peligro se previno Ignacio para morir, y con mucha piedad recibió
los últimos Sacramentos.
Empero acordándose de San Pedro, cuya fiesta se celebraba
al día siguiente, y de quien él había sido siempre devoto, se volvió
a él y le encomendó humildemente su salud. Fue oída aquella oración por el príncipe de los Apóstoles, y desde el día siguiente se
advirtió en Ignacio tan visible mejoría, que a todos pareció cosa
de milagro. Todavía hubo de padecer mucho. Fue necesario
aserrarle un hueso que sobresalía deformemente debajo de la
rodilla, fue preciso estirarle muchos días la pierna herida, para
que no quedase corta y contrahecha; pero, en fin, a pesar de tantos
martirios, la salud del enfermo se fue asegurando y en toda la
segunda mitad de 1521 fue convaleciendo lentamente de sus
heridas nuestro valiente caballero.
Entonces llegó para él la hora de las divinas misericordias.
Mientras convalecía, pidió para entretener el tiempo algún libro
de caballerías. No le hallaron en casa y en cambio le ofrecieron la
Vida de Cristo, escrita por Ludolfo de Sajorna, llamado
vulgarmente el Cartujano, y puesta en romance por Fray
Ambrosio Montesinos, y otro tomo del Flos Sanctorum, también
en castellano, cuyo autor ignoramos. Empezando a leer en aquellos libros, sintió Ignacio una extraña novedad en su interior.
Brotó en su corazón un deseo vehemente de imitar las virtudes de
Cristo, como lo habían hecho los santos. ¿No podría hacer él lo
que hicieron ellos? ¿No podría él vestirse de un saco, andar
descalzo, hacer penitencia de sus culpas y asegurar de este modo
el reino de los cielos?
A estos buenos pensamientos sucedía el torrente de ideas
mundanas, y la imaginación del joven caballero volaba por el
9

campo de sus ambiciones y vanidades. Cansado de divagar por
tan fantásticos ensueños, volvía los ojos al libro que tenía al lado,
y el libro le despertaba el pensamiento de imitar a Cristo. Largo
tiempo duró esta lucha de encontrados espíritus, esta alternativa
de pensamientos espirituales y profanos, pero, al fin, se decidió
Ignacio a seguir a Cristo e imitar a los santos. No sabemos el día
preciso de su conversión, la cual no fue probablemente
transformación brusca de un día, como en San Pablo y en San
Agustín, sino lenta y gradual inclinación, que poco a poco le
condujo hasta et firme propósito de servir a Dios.
Resuelto a mudar de vida, se entregó de lleno a leer las vidas
de Cristo y de los santos, hizo encuadernar primorosamente un
libro de trescientas hojas y en él apuntaba los santos pensamientos
que le ocurrían en el curso de su lectura. Al mismo tiempo oraba
con fervor, pidiendo a Dios gracia para poner en práctica su nueva
resolución. Un favor singularísimo del cielo le confirmó en sus
buenos propósitos. Cierta noche, mientras oraba, se le apareció
María Santísima con el Niño Jesús en los brazos, y ambos le
recrearon algún tiempo con su amorosa vista. No le hablaron palabra, pero le concedieron un don inestimable, cual fue el
purificarle el corazón de todo afecto impuro. Desde entonces
hasta su muerte jamás incurrió Ignacio en el más ligero desliz
contra la virtud de la castidad.
Confortado con tan soberanos beneficios de Dios y
sintiéndose ya restablecido de sus heridas a principios de 1522,
trató Ignacio de poner en planta su nueva vida. Para esto
necesitaba alejarse de su casa y parientes, y buscando algún
pretexto para hacerlo sin ruido, se le ofreció hacer una salida a
Navarrete, donde entonces residía el Duque de Nájera, para
agradecer a este ilustre magnate las visitas que le había enviado
mientras se curaba en Loyola. Bien adivinó Martín García lo que
significaba aquel viaje de su hermano menor y no sin pena le
despidió a la puerta de casa. Dos ideas llevaba Ignacio fijas en la
mente al salir de Loyola, hacer penitencia de sus pecados y
peregrinar a Tierra Santa. Cumplido esto, la voluntad de Dios se
manifestaría y 1é mostraría lo que hubiera de hacer en el resto de
su vida.
10

Montado en una muía y seguido de dos criados de la casa
emprendió su viaje San Ignacio. Un hermano suyo le acompañó
hasta Oñate, Visitó, por de pronto, el santuario de Nuestra Señora
de Aránzazu, y desde allí continuó su camino derecho hasta
Navarrete. Visitó al Duque de Nájera y le agradeció el interés que
había mostrado por él mientras estaba herido. Como en casa del
Duque le debían algunos ducados, los pidió al tesorero, y con
ellos pagó algunas deudas que antes había contraído. Lo que
sobró del dinero lo dedicó a restaurar una imagen de María
Santísima que halló en mal estado.
Habiendo cumplido con todos los deberes de la cortesía y
amistad, despidió a los dos criados que le venían acompañando
desde Loyola, y ya solo, montado en su muía, dirigió sus pasos al
célebre santuario de Monserrat en Cataluña. Iba muy alegre y
animoso, imaginando las penitencias que había de hacer, aunque
ya no le movía tanto el deseo de satisfacer por sus culpas, como el
noble anhelo de agradar a Dios y ejecutar cuanto había leído que
hacían los santos en obsequio de la divina Majestad. Desde que
salió de Loyola se disciplinaba todos los días y poco antes de
llegar al término de su viaje, hizo voto de perpetua castidad,
ofreciéndolo a Dios por las manos de la Santísima Virgen María.
Venido a Monserrat, hizo confesión general de toda su vida
con un prudente religioso benedictino, llamado Fr. Juan de
Chanones, de nación francesa. Empleó tres días en esta confesión,
y para más puntual exactitud, quiso hacerla por escrito. Descubrió
después al confesor el propósito que había formado de emprender
nueva vida, regaló al monasterio la muía en que había venido e
hizo colgar su espada y su daga en el altar de María Santísima.
Hecho esto, se dispuso a mostrarse al mundo cual deseaba ser en
adelante, esto es, hombre crucificado a todos los deleites y gustos
de la tierra.
Era la víspera de la Anunciación, 24 de marzo de 1522.
Habiendo esperado a que anocheciera, llamó a un pobre
andrajoso, y desnudándose de los vestidos preciosos que traía
puestos, hasta de la camisa, se los dio todos, y él se vistió un traje
vilísimo que había comprado poco antes. Consistía éste en una
túnica talar o saco de cáñamo, tosco y grosero, un pedazo de
cuerda para ceñirlo al cuerpo, un zapato, o, como dice
11

Ribadeneira, alpargata de esparto para el pie derecho, pues aún
necesitaba llevar fajada la pierna de la herida que fácilmente se le
hinchaba, finalmente un bordón de peregrino con su
correspondiente calabacita. Como había leído en los libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas una
noche, quiso él hacer otro tanto con las armas de su nueva milicia,
y acudiendo al altar de María Santísima, pasó toda la noche en
oración, ya de pie, ya de rodillas, ofreciéndose generosamente al
divino servicio e implorando el favor de la Reina de los cielos.
Con este acto empezó públicamente la vida santa de Ignacio.

12

CAPÍTULO II
SAN IGNACIO EN MANRESA
(1522-1523)

Apenas amaneció el día de la Anunciación, 25 de marzo de
1522, Ignacio vestido ya de peregrino y armado caballero de
Cristo oyó misa y comulgó devotísimamente en Monserrat.
Cuando hubo dado gracias a Dios por este beneficio, salió del
monasterio y dirigió sus pasos a la vecina ciudad de Manresa. No
habría andado una legua, cuando se oyó llamar por un hombre
que a toda prisa le seguía. Le esperó, y el recién llegado le
preguntó con vivo interés, si era verdad, que él había dado unos
vestidos preciosos a cierto mendigo, a quien la justicia había
puesto en la cárcel, por creer que los había hurtado. Confesó
Ignacio la verdad, y considerando la tribulación que había
ocasionado a un inocente, no pudo contener las lágrimas.
Despertada con esto la curiosidad de aquel hombre, preguntó al
peregrino quién era, de dónde venía, cómo se llamaba. Nada
respondió a estas preguntas Ignacio, porque vio que no era
menester para librar de la cárcel al mendigo. Despidiéndose de
aquel hombre, continuó su camino hasta Manresa.
Fue recibido como un pobre en el Hospital de Santa Lucía.
Esta fue la ordinaria vivienda de Ignacio en aquella ciudad,
aunque después le tuvieron los dominicos algún tiempo en su
convento, y le hospedó en su casa una familia piadosa durante una
enfermedad. Desde el hospital se encaminaba todos los días a la
famosa cueva, hoy tan venerada por los fieles y entonces no frecuentada por nadie. En este oscuro rincón ocultaba Ignacio sus
largas oraciones y las sangrientas disciplinas con que martirizaba
su cuerpo.
13

El género de vida que hizo en Manresa fue espantosamente
austero. Tenía siete horas de oración cada día, y todas siete de
rodillas. Tres veces cada día se disciplinaba sin piedad. Su comida
era lo que recogía de limosna; pero si le daban carne o vino, como
lo hacían tal vez algunas personas buenas que pronto le
empezaron a estimar, no lo probaba él, sino que lo repartía entre
los otros pobres. Solamente los domingos y días de fiesta bebía un
poco de vino. Se confesaba y comulgaba cada ocho días y asistía
diariamente al santo sacrificio de la Misa, durante la cual
acostumbraba leer la Pasión de Cristo, También acudía a las
vísperas cantadas, en las cuales aunque aún no entendía los
salmos, empezó a sentir aquella tierna devoción que siempre
experimentó después al rezar el oficio divino. Su vestido ya queda
descrito más arriba. Como antes había sido muy curioso en cuidar
el cabello y ataviar su persona, ahora, en castigo de esta vanidad,
llevaba siempre la cabeza descubierta y dejó crecer el cabello, la
barba y las uñas.
Esta fue la vida de Ignacio en Manresa. Pronto se dio a
conocer entre las gentes el espíritu que animaba a aquel mendigo
singular. El hecho de haber dado sus vestidos preciosos a un
pobre se divulgó rápidamente entre el pueblo. Corrió la voz de
que el hombre del saco era un insigne caballero, y creciendo
como suele la fama de lo desconocido, se ponderaba aún más de
lo que era la grandeza de su valor, la nobleza de su linaje y las
altas dotes que se encubrían bajo aquella tosca apariencia.
Empezaron a tratar con él varias personas principales. Se
distinguió entre ellas Inés Pascual, viuda bien acomodada que
residía habitualmente en Barcelona, pero que solía pasar con su
hijo Juan Pascual, jovencito entonces de diez y seis años, largas
temporadas en Manresa, por tener allí algunas posesiones. Madre
e hijo se aficionaron extraordinariamente a Ignacio, y en adelante
le dieron pruebas de finísima amistad. Participaron de este afecto,
Brianda Paguera, Angela Amigant, Micaela Canielles, Ruidora o
Redaura y otras señoras principales, quienes escuchaban con
veneración los buenos consejos que les daba Ignacio, y sin esperar
a que llamase a sus puertas, le enviaban sus limosnas al hospital
de Santa Lucía.
Los primeros cuatro meses los pasó muy tranquilo. Solo
sintió tal cual tentación manifiesta, que él rechazó con suma
14

facilidad. De pronto empezó a experimentar extrañas
perturbaciones en su interior. Le acontecía estar rezando con
mucho fervor, y de repente se le secaba el corazón y quedaba
sumido en tedio y amargura. Proseguía, no obstante, lo
comenzado, y al cabo de algún tiempo, mayor o menor, sentía
entrar en su alma el torrente de la suavidad y devoción que antes
la inundaba. Estas singulares alternativas de alegría y de tristeza,
estas idas y venidas del gusto espiritual, le llenaron de confusión
y le infundieron cierto pavor sobre la carrera qué emprendía,
Pero esto no era sino el preludio de la batalla. Lo terrible fue
que le empezaron a venir dudas y escrúpulos sobre su confesión
general. Él la había hecho con extremada diligencia. Sin embargo,
turbado con fas imaginaciones sugeridas por el demonio, empezó
a cavilar sobre este punto: si callé tal pecado, si omití tal
circunstancia, si desfiguré tal hecho; y con la agitación de estas
ideas se llenaba su alma de amargura.
Deseando hallar sosiego en tales congojas, consultó a varios
confesores, y por fin se puso en manos de un docto Padre
dominico, predicador ordinario de la Seo. Éste, para conocer
mejor la conciencia de su penitente, le mandó escribir todo cuanto
pasaba por su alma. Lo hizo así Ignacio y presentó su escrito al
confesor. Lo examinó éste, y ordenó al peregrino que no repitiese
la confesión de sus pecados, si no estaba enteramente cierto de
haber omitido alguno. Se tranquilizó al pronto Ignacio, pero luego
el demonio volvió a la carga, representándole que, efectivamente,
era cierto que no se había confesado bien.
Vivía por entonces en el convento de los Padres Dominicos,
los cuales, sin duda por indicación del confesor, compadecidos de
la pobreza y angustias de Ignacio, le habían recogido y le cuidaban con mucha caridad. Se estaba largas horas en la celda que le
dieron, llorando y pidiendo socorro a la divina misericordia.
Quiso el demonio acabarle con un golpe decisivo. Había en el
suelo de la celda un grande agujero que se cerraba con una puerta,
y daba a una profundidad grandísima. Le propuso el demonio que,
pues no hallaba consuelo en esta vida, acabase de una vez con
ella, precipitándose en aquel abismo. Ignacio, aunque
horrorosamente afligido, se contuvo ante semejante maldad y
resistió a la tentación.
15

Se le ocurría como remedio final a tantas angustias, que el
confesor le mandase no pensar absolutamente en sus pecados;
pero por lo mismo que salía de él, tenía por sospechoso este
remedio. En esto se acordó haber leído de un santo, que para
alcanzar cierta gracia del Señor, había estado en ayunas hasta que
la obtuvo. Determinó imitar este ejemplo, y un domingo, después
de comulgar, se encaminó a la capilla de Nuestra Señora de
Villadordis, situada a media legua de Manresa, adonde solía orar
muy a menudo. Allí empezó a pasar los días de aquella semana en
absoluto ayuno y en prolongada oración, implorando la divina
misericordia.
Al cabo de algunos días le echaron de menos en la ciudad
las piadosas mujeres que escuchaban sus consejos y le socorrían
con sus limosnas. Salieron a buscarle por diversas partes, y dieron
con él en la capilla de Villadordis. Se hallaba Ignacio tan
macilento y extenuado, que apenas podía andar ni tenerse en pie.
Compadecidas las buenas señoras, buscaron hombres, que
tomando en peso al penitente, le trasportaron a Manresa. Sin
embargo quería él continuar su ayuno. Sin embargo, el confesor, a
quien manifestó esta penitencia el domingo siguiente, le mandó
con todo rigor interrumpir abstinencia tan prolongada, amenazándole, si no lo hacía, con negarle la absolución. Obedeció
Ignacio y pasó con gran sosiego el domingo y el lunes. Volvieron
los escrúpulos y agitaciones el martes, pero entonces
considerando el santo no sus culpas, sino el horrible tormento que
con el recuerdo de ellas padecía, entendió claramente que todo
aquello era ardid del demonio para desesperarle y hacerle volver
atrás de sus buenos propósitos. Como quien despierta de un
pesado sueño, conoció Ignacio que sus ojos se abrían a la luz, y
descubierta la trama del enemigo, quedó el alma del santo
penitente en maravillosa tranquilidad.
Pasada la tormenta, que debió durar dos o tres meses,
premió Dios largamente la fidelidad de su soldado. Le comunicó
un don altísimo de oración, tanto que se le pasaban sin sentir las
horas y aun tas noches enteras embargado en las dulzuras de 1a
contemplación. Se le aparecieron varias veces Jesucristo y su
Santísima Madre y recibió inefables comunicaciones de Dios
acerca del misterio de la Santísima Trinidad. Entre estas
soberanas visitaciones divinas debemos mencionar dos, que
16

fueron sin duda las más estupendas e influyeron poderosamente
en el giro que tomó después la vida de Ignacio.
Saliendo un día de cierta, iglesia que estaba en 1as afueras
de Manresa; se sentó en la orilla del río Cardoner, y con aire
meditabundo puso los ojos en las aguas. Estando así, fue de
repente iluminada su inteligencia con una luz infusa tan
extraordinaria, que, como él mismo decía, el mundo y todas las
cosas le parecían distintas de lo que antes eran. No vio objeto
alguno en particular, pero recibió un conocimiento tan profundo
de los misterios divinos y de la ciencia del espíritu, que juntando
lo que después aprendió con el estudio y lo que Dios le enseñó
por revelación, todo ello no igualaba a lo que Dios le infundió en
un instante mediante aquella soberana ilustración. Quedó absorto
y enajenado de los sentidos larguísimo espacio, y cuando volvió
en sí, se arrodilló delante de una cruz que había allí cerca, dando
gracias al Señor por tan inmenso beneficio. Entonces fue cuando
le inspiró Dios la primera idea de fundar la Compañía de Jesús.
El segundo favor de la divina clemencia, que debemos
recordar, es el famoso rapto de ocho días, ocurrido en el hospital
de Santa Lucía. Desde la tarde de un sábado hasta la tarde del
sábado siguiente estuvo Ignacio tan enajenado de sus sentidos,
que algunos le dieron por muerto. El joven Juan Pascual que le
vio, corrió a contar el hecho a su madre. La discreta señora
discurrió, que aquello debía ser un desmayo natural, causado por
la extraordinaria abstinencia del penitente. Hizo en seguida una
taza de caldo y acudió a llevarlo al enfermo; pero no se lo pudo
administrar. Rodeaban a Ignacio varias personas nobles de
Manresa. Reconociéndole los médicos, observaron que el corazón
palpitaba suavemente con regularidad, aunque en lo demás el
hombre parecía difunto. Se convencieron todos de que allí había
un fenómeno de orden superior, no conocido por la medicina. Así
estuvo el peregrino toda la semana, hasta que el sábado por la
tarde abrió los ojos y volvió en sí, pronunciando dulcemente el
nombre de Jesús. Ignacio no habló jamás con nadie de este rapto,
según afirma Polanco, porque los pecados de la vida pasada y las
acciones externas era fácil hacérselas referir, pero no los dones
internos y raros, por mucha diligencia que se pusiese en
averiguarlos.
17

Experimentado nuestro santo con tan fuertes y variadas
tentaciones, esclarecido con luces sobrenaturales del cielo, aunque
no poseyese todavía, él cultivo intelectual de los estudios, pudo ya
en Manresa escribir el libro de los Ejercicios espirituales. Verdad
es que en Loyola había empezado a tomar notas sobre la
discreción de espíritus, También es verdad, que más adelante
añadió al libro algunas partes complementarias, que suponen el
conocimiento del latín y el estudio de la teología; pero no hay
duda, que el núcleo de las principales meditaciones, que forman el
meollo de los Ejercicios se escribió en los últimos meses de su
permanencia en Manresa. (2)
No faltaron trabajos al peregrino, aun cuando Dios le
visitaba con tan extraordinarios favores. Al fin del año 1522,
entrando lo crudo del invierno, cayó en una grave enfermedad,
ocasionada sin duda por su excesiva penitencia. Para curarle
mejor le llevaron sus devotos a casa del Sr. Andrés Amigant,
donde día y noche le asistieron algunas personas buenas con
extremada caridad. Luego que se repuso algún tanto, volvió a sus
penitencias, con lo cual recayó segunda y tercera vez en la
enfermedad. Quería Dios, como observa Polanco, enseñarle el
cuidado conveniente que se debe tener de la salud, y como el
mismo Ignacio solía decir después, en esto como en otras cosas,
«errando aprendió a no errar.»
Convencido sin duda por la experiencia de sus achaques,
condescendió con los ruegos de sus amigos, que le instaban a que
admitiese algún vestido menos astroso, con el cual pudiese defenderse mejor de las inclemencias del tiempo. El señor Canielles,
honrado industrial de lana, se encargó de hacer la costa, la cual no
debió ocasionarle grandes gastos, pues todo lo que admitió
Ignacio se redujo a dos ropillas pardas de paño muy grueso, y un
bonete de lo mismo, como media gorra. También empezó por
entonces a cortarse el cabello y las uñas, sin duda para hacerse
más accesible a las gentes con quienes trataba. Desde la célebre
ilustración a orillas del Cardoner, Ignacio se acercaba más a las
gentes y sentía vehementes impulsos de procurar la salvación de
las almas. Era el espíritu de la futura Compañía de Jesús, que
2

Véase lo que escribimos sobre este punto en la Historia tic la
Compañía de Jesús en la Asistencia de España T. 1, página 148.

18

brotaba en su santo fundador. Tal fue la vida de Ignacio en
Manresa desde marzo de 1522 hasta febrero de 1523.

19

CAPÍTULO III
PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA

Había resuelto Ignacio al salir de Loyola peregrinar a
Jerusalén, después de haber hecho un año de penitencia por sus
pecados. Se acercaba el tiempo de cumplir esta resolución,
cuando en febrero de 1523, yendo a visitar el santuario de
Monserrat, se encontró Ignacio casualmente con el eclesiástico
Juan Pujol Vicario de Prats y el niño Gabriel Perpiñá que le servía
de criado y nos ha trasmitido este incidente. Entrando en
conversación, le declaró Pujol que estaba de partida para Roma, a
donde le enviaba el monasterio de Monserrat por ciertos negocios.
Oyendo esto Ignacio, le preguntó, si tendría inconveniente en
admitirle por compañero de viaje, pues él también deseaba ir a
Roma. No tuvo dificultad el interpelado, y así quedó resuelto
entre los dos, que se pondrían luego en camino.
Vuelto a Manresa, se preparó Ignacio para la partida. Se fue
despidiendo de sus amigos y bienhechores, los cuales no sin
lágrimas le veían partir, pues le habían cobrado extraordinaria
veneración y cariño. Algunos hasta se ofrecieron a acompañarle.
Rehusó él cortésmente tales ofrecimientos y se alejó de la ciudad
solo, reuniéndose luego con Pujol y Perpiñá con los cuales se
encaminó a Barcelona. Salía Ignacio de Manresa algo mejorado
en el vestido, aunque este fuese todavía extremadamente pobre.
Vestía un modesto jubón y unos zaragüelles o calzones anchos de
tela gruesa. Sobre el jubón llevaba una de aquellas ropillas que le
había regalado Canielles, y era de paño pardillo. La cabeza la
cubría con una caperuza del mismo paño, y para los pies había
admitido un par de toscos zapatos. No llevaba medias, y por
consiguiente entre los zapatos y los zaragüelles quedaban las
piernas al aire libre. A pesar de tanta pobreza (notemos este
rasgo) iba provisto de una escribanía y de papel necesario para es20

cribir, Siempre fue muy solícito en apuntar lo que le podía servir
para edificación de su espíritu.
Indudablemente llevaría consigo aquel cuaderno de 300
hojas encuadernado en Loyola, donde a estas horas estaría ya
escrito el libro de los Ejercidos, que, como veremos, le pidieron y
examinaron detenidamente en Salamanca algunos años después.
En Manresa nos dio Ignacio ejemplo de una penitencia
extraordinaria y verdaderamente excesiva. En el viaje a Tierra
Santa nos va a mostrar una confianza en Dios sin límites, pero
llevada también a ciertos extremos poco prudentes, a donde le
conducía su increíble fervor y su inexperiencia en la vida
espiritual. Llegado a Barcelona, hubo de esperar tres semanas la
navegación. Entonces le conoció una piadosa señora barcelonesa,
Isabel Roseli, que le había de hacer insignes favores, pero
también causar algunas molestias. Se hallaba cierta nave de
partida para Italia, y presentándose Ignacio al capitán, le pidió que
le llevara de limosna por amor de Dios. Prometió el capitán
recibirle en la nave, pero le exigió que metiese primero cierta
cantidad de bizcocho, que le sería necesario para mantenerse los
días que probablemente duraría la navegación.
Se sintió algo contrariado nuestro santo Padre, porque se le
ocurrió que el meter provisiones en la nave sería tener menos
confianza en Dios. No sabiendo resolver la duda, acudió a un
confesor, exponiéndole su caso, le preguntó qué debía hacer para
acertar con lo que fuese más perfecto y agradable a los ojos de
Dios. Respondió el confesor resueltamente, que metiese la
cantidad de bizcocho señalada por el capitán. Obedeció Ignacio y
cori una buena limosna de Isabel Rosell y otras que mendigó de
puerta en puerta allegó el bizcocho necesario para su alimento. Le
sobraron algunas blancas. ¿Qué hacer con ellas? Llevar dinero le
pareció poco digno de quién ponía su confianza únicamente en
Dios. Deja, pues, las blancas en un banco y se mete en la nave sin
guardar un maravedí consigo. Con él se embarcaron Juan Pujol y
el niño Perpiñá.
La travesía fue bastante rápida y feliz para aquellos tiempos,
pues llegaron en cinco días a Gaeta. Al saltar a tierra se hallaron
con el grave contratiempo de que hacía estragos una epidemia en
la Italia central, por lo cual los pueblos principales estaban
21

acordonados, para no permitir la entrada de los viajeros y
preservarse en lo posible del contagio. Terrible inconveniente era
esto para Ignacio, que había de sustentarse pidiendo limosna.
Juntándose con otros tres que mendigaban como él, empezó a
caminar hacia Roma. Al acercarse a cierto pueblo, se cayó
desmayado de pura debilidad en una iglesia que estaba en el
campo. Dios proveyó que la Señora del pueblo, teniendo noticia
del caso, le permitiese entrar y pedir limosna. Con esto y con
algún socorro que le envió Juan Pujol, pudo restaurar sus fuerzas
el peregrino y entró en Roma el domingo de Ramos, 29 de marzo
1523.
Asistió devotamente a los oficios de Semana Santa y
Pascua, y en cierta solemnidad tuvo el consuelo de recibir entre
los fieles la bendición del Papa Adriano VI. Al mismo tiempo
consultaba con diversas personas sobre su viaje a Venecia y a
Jerusalén. Todos le representaban la dificultad de la empresa. Dos
meses antes había conquistado el turco la isla de Rodas y este
acontecimiento había consternado a toda la cristiandad. Además
todos sin excepción le inculcaron que debía ir provisto de dinero.
Convencido portan unánime consejo, allegó Ignacio siete u ocho
ducados de limosna y con esta provisión salió de Roma el 13 de
abril. Al poco tiempo le asaltó la idea de que era poca confianza
en Dios ir provisto de aquel modo. Tentado estuvo de hacer con
los ducados lo que había hecho con las blancas en Barcelona; pero
mirando más en ello, juzgó que sería mejor darlo a los pobres.
Fue, pues, repartiendo limosnas por el camino, de modo que llegó
a Venecia limpio de todo dinero.
Entrado en la ciudad de las lagunas pedía limosna de puerta
en puerta, según su costumbre, y pasaba la noche sobre una tabla
en la plaza de San Marcos. Pronto se hizo sentir el favor de la
divina Providencia. A los pocos días se encontró con un español
rico, y según insinúa Laínez, vascongado, el cual trabando con él
conversación, le preguntó de dónde venía y a dónde iba. Ignacio
le manifestó llanamente, que iba en romería a Jerusalén. Algo
sorprendido su interlocutor empezó a disuadirle tal jornada. ¿No
había sabido la toma de Rodas y los grandes progresos de las
armas del turco? Casi todos los peregrinos se volvían a sus tierras
y rehusaban embarcarse, por temor de caer cautivos. Oyó Ignacio
todas aquellas razones y con aire de firmeza sobrenatural,
22

respondió estas palabras que nos ha conservado el P. Laínez. «Yo
tengo tal esperanza en Dios Nuestro Señor, que si este año una
sola nao o tabla pasara a Jerusalén, he de ir en ella.»
Quedó prendado el español de la firmeza y santidad que
resplandecía en aquel pobre peregrino, y sin más ceremonia le
tomó del brazo y le condujo a su posada. En ella le hospedó y le
mantuvo todo el tiempo que Ignacio hubo de esperar la
navegación. Otro favor insigne le hizo y fue negociarle una
audiencia del Dux de Venecia, Éralo entonces Andrés Gritti,
quien admitió benignamente en su presencia a nuestro santo
Padre. Éste, hablando en español, porque aún ignoraba el italiano,
le manifestó sus deseos de peregrinar a Jerusalén y pidió que le
recibiesen por amor de Dios en alguna de las naves que salían
para Oriente. El Dux acogió favorablemente la súplica y dio orden
de que fuese recibido Ignacio en la nave que debía conducir al
gobernador de Chipre.
En aquel año 1523, aunque habían concurrido a Venecia
muchos peregrinos, la mayoría de ellos se habían vuelto a sus
casas por temor de los turcos. Quedaron solamente veintidós
determinados a arrostrar todos los peligros. De ellos trece se
embarcaron en la nave Peregrina, así llamada porque cada verano
conducía los peregrinos a Tierra Santa. Los otros nueve (entre los
cuales iba Ignacio) fueron acogidos en la nave del gobernador de
Chipre. Se hicieron a (a vela el 14 de julio. Al poco tiempo
observó Ignacio que en el navío se cometían pecados abominables
y empezó a reprenderlos con celo cristiano y briosa libertad.
Temblaron los otros peregrinos y le advirtieron mirase lo que
hacía, pues los marineros podrían dejarle en alguna isla desierta.
Parece que los reprendidos por Ignacio concibieron la idea de
ejecutar este crimen, pero cuando quisieron acercarse a cierta isla
apropiada a sus intentos, se levantó un viento muy fuere que les
obligó a tomar otro rumbo y los condujo rápidamente hasta
Chipre.
Allí debía quedarse la nave del gobernador. Los peregrinos
saltaron en tierra y a pie se encaminaron a otro puerto más
adelante, donde les esperaba la nave Peregrina. Desde Chipre a
Jaffa no ocurrió novedad en el viaje. Desembarcados en esta
ciudad, cabalgaron los peregrinos en modestos asnillos, y en esta
23

forma llegaron al término de su piadosa romería. Después de seis
meses de penalidades sin cuento, nuestro Padre S. Ignacio entraba
en Jerusalén el 4 de septiembre de 1523.
Increíble devoción y consuelo recibió nuestro peregrino al
visitar los Santos Lugares e hizo larga oración en todos los sitios
santificados por la presencia de Nuestro Salvador. Indudablemente debió experimentar soberanas visitaciones del cielo, y entonces
se empapó su espíritu en aquel tierno amor a Jesucristo, que
después manifestó en todos los actos de su vida. Mes y medio,
próximamente, permaneció Ignacio en Tierra Santa. Hubiera
deseado perseverar allí toda su vida, dedicándose a trabajar en la
conversión de los infieles; pero los designios de Dios eran muy
distintos. Hablando con el guardián de San Francisco, le
manifestó la intención que tenía de quedarse allí perpetuamente.
El guardián le representó varias dificultades, y en último término
le remitió a su Provincial, que entonces se hallaba en Belén y
volvería dentro de poco.
Vino efectivamente a Jerusalén a fines de octubre, cuando
ya los peregrinos preparaban su vuelta a Occidente. Llamó a
Ignacio y le significó que al día siguiente debía partirse con los
demás peregrinos. Representó el interpelado la gran •devoción y
confianza en Dios que le animaba a permanecer allí toda su vida.
El Provincial alabó su santo deseo, pero insistió en su mandato y
añadió que tenía facultad del Sumo Pontífice para obligar a los
peregrinos, aun con censuras eclesiásticas, a volverse a sus tierras.
Quiso mostrarle las bulas pontificias; pero Ignacio le detuvo,
diciendo que no necesitaba verlas, pues le bastaba la palabra de
Su Reverencia. Con esto dispuso su pobrísimo hatillo y al día
siguiente salió de Jerusalén con toda la peregrinación.
Pasaron a Chipre sin ninguna dificultad. Allí debían tomar
embarcación para Italia. Tres naves hallaron a punto de partir, una
turquesca, en la cual ningún peregrino quiso meterse, otra magnífica de venecianos y otra pequeña y mezquina, ignoramos de
qué país. Rogaron algunos al capitán veneciano, que admitiese de
limosna a Ignacio, alabándole de santo. El capitán respondió con
burla. «¿Si es santo, para qué quiere nave? ¡Vaya andando sobre
las aguas y no se hundirá!» Desechados por él acudieron con la
misma demanda al capitán de la nave pequeña y éste recibió a
24

Ignacio sin ninguna dificultad. Salen las tres naves al mar en el
mismo día y con muy buen tiempo; mas a la caída de la tarde
sobreviene de pronto un recio temporal que los pone en el último
extremo. La nave turquesca se hundió con todos los tripulantes, la
veneciana dio contra un escollo en la costa de Chipre y se perdió
miserablemente, aunque pudieron salir a tierra los navegantes. En
cambio la navecilla que llevaba a nuestro Santo Padre salió sin
novedad de la tormenta, y continuó su viaje a Italia muy
despacito, como que tardó dos meses (noviembre y diciembre de
1523) en llegar al primer puerto de la Pulla. Se quedó allí el
mezquino barquichuelo, e Ignacio, pasando a otra embarcación,
dio vista a Venecia a mediado de enero de 1524.
De Venecia a Génova hubo de andar a pie, trabajo no ligero
en aquellas circunstancias, cuando todo el Norte de Italia ardía en
aquella guerra encarnizada, que se hacían entonces España y
Francia y que debía decidirse un año después con la famosa
batalla de Pavía. Siguiendo Ignacio su camino tropezó con un
puesto de españoles. Le prendieron los soldados, y creyéndole
espía, le registraron minuciosamente, le quitaron la ropilla y
dejándole en jubón y zaragüelles le llevaron al capitón. Le dirigió
éste varias preguntas y como vio que Ignacio respondía pocas
palabras y muy secas, se imaginó que era un pobre loco.
Reprendió, pues, a los soldados de que le hubieran traído aquel
mentecato y mandó que se lo quitaran de delante. Algo mohínos
los soldados con la reprensión del capitán, desahogaron su mal
humor dando bofetadas y empellones al pobre peregrino. Calló
éste, humildemente, cumpliendo a la letra la futura regla once de
la Compañía de Jesús.
Pasando más adelante, dio en una avanzada de franceses y,
naturalmente, fue detenido y presentado al capitán. Le preguntó
éste de dónde era, y respondió Ignacio que de Guipúzcoa. Pues de
allí cerca soy yo, exclamó el capitán. Efectivamente, era vasco
francés. ¿Hablarían los dos en vascuence? Muy probable es. El
resultado de esta inesperada anagnórisis fue que el capitán mandó
servir de cenar a nuestro peregrino y después le despidió
cariñosamente. Obsequiado de quien menos lo esperaba,
prosiguió Ignacio su camino y llegó a Génova. Allí se encontró
con Rodrigo Portuondo, noble vascongado, a quien él había
conocido años atrás en la corte de los Reyes Católicos, y este
25

ilustre caballero le proporcionó cómoda navegación para España.
Desembarcó Ignacio en Barcelona a mediados de la Cuaresma de
1524. Había durado un año justo su peregrinación a Tierra Santa.

26

CAPÍTULO IV
ESTUDIOS EN BARCELONA, ALCALÁ
Y SALAMAMCA
(1524-1528)

Desde que salió de Jerusalén para España, iba discurriendo
Ignacio lo que haría por amor de Dios en lo restante de su vida.
La idea de reunir hombres apostólicos para procurar la salvación
de las almas ya estaba fija en su mente desde Manresa. Pronto se
convenció de que para una empresa de este género necesitaba el
auxilio de la ciencia sagrada. Proceder sin ella sería caminar a
ciegas o pedir milagros que no entran en el curso ordinario de la
Providencia divina.
Resuelto pues a estudiar, comunicó su pensamiento con un
maestro de latín, llamado Ardebalo, y con Isabel Rosell. Ambos
aprobaron su propósito: el maestro ofreció enseñarle gratis la
gramática y la señora socorrerle con sus limosnas. No menos se
brindó a favorecerle la piadosa Inés Pascual, quién continuó en
Barcelona los buenos oficios que había empezado a ejercitar con
él en Manresa. Animado con tales ofrecimientos emprendió
nuestro Santo Padre la carrera de sus estudios, que había de durar
once años. En la cuaresma de 1524 y teniendo treinta y tres años
de edad empezó Ignacio a frecuentar el aula de Ardebalo.
Lidiaba por aprender las menudencias gramaticales, poco
gratas para él, cuando la natural dificultad se agravó con una
tentación muy sutil y original. Apenas tomaba la gramática en la
mano, le sobrevenía tal golpe de pensamientos espirituales, de
ideas devotas, de dulzura y suavidad interior, que no le dejaban
adelantar nada en el estudio. Entendió Ignacio la treta del demonio, y resolvió aplicar a la tentación un remedio enérgico y
decisivo. Oigámoselo referir al padre Ribadeneira.
27

«Vase a su maestro y ruégale (como el mismo Padre me
contó) que se venga con él a la iglesia de Santa María del Mar,
que estaba cerca de su casa, y que allí le oiga lo que le quiere
decir. Y así le dio cuenta muy por entero de todo lo que pasaba en
esta parte por su ánimo, y de la tela que le iba urdiendo el
demonio, y que para destejerla y deshacerla de todo punto, le
empeñaba su palabra y le prometía no faltar ningún día a lección
en espacio de los dos primeros años, con que no le faltase pan ni
agua para pasar aquel día, Y con esto se echa a los pies del
maestro y ruégale una y muchas veces muy ahincadamente, que
muy particularmente te tome a su cargo, y le trate como al menor
muchacho de sus discípulos; y que le castigue y azote
rigurosamente como a tal, cada y cuando que le viere flojo y
descuidado.» ¡Sublime abnegación y humildad, que deshizo en un
instante los engaños del enemigo!
Otro incidente ocurrió en Barcelona a nuestro Padre, en el
que estuvo en peligro de muerte. Aconsejó a ciertas monjas que
no admitiesen en su locutorio a unos jóvenes de mala fama que lo
frecuentaban. Oyeron las religiosas el consejo y cerraron las
puertas del locutorio a los jóvenes. Se irritaron éstos sobremanera,
y habiendo averiguado quién era la causa de aquella mudanza,
alquilaron dos brutales moriscos, los cuales, esperando un día a
Ignacio en las afueras de la ciudad, se arrojaron súbitamente sobre
él y le apalearon inhumanamente hasta dejarle por muerto. Un
molinero que acertó a pasar por allí le recogió, le echó encima de
su muía y le llevó a casa de Inés Pascual, Cincuenta y tres días
hubo de estar en cama Ignacio para curarse de la terrible paliza.
Dos años perseveró el Santo en Barcelona estudiando
gramática. Viéndole regularmente impuesto en ella, le aconsejó su
maestro pasar a la Universidad de Alcalá, para aprender allí la filosofía. Siguiendo este dictamen, Ignacio se dispuso para la
partida y se trasladó a Alcalá en la primavera del año 1526. En
Barcelona se le habían juntado tres compañeros, deseosos de
imitar su género de vida. Eran Calixto de Sa, Juan de Arteaga y
Lope de Cáceres. Todos tres le siguieron a la Universidad
complutense, donde se les allegó pronto un muchacho francés de
quince años, llamado Juan de Reinalde, a quien por su poca edad
daban el nombre de Juanico. Vestían Ignacio y sus compañeros un
pobre sayal, que les atrajo el mote de los ensayalados.
28

Hospedado en el humilde Hospital de Antezana, empezó
nuestro santo a estudiar, según dice el P. Cámara, «términos de
Soto y física de Alberto y el Maestro de las Sentencias,» es decir,
la dialéctica, la física (que se consideraba como parte de la
filosofía) y la teología, que se aprendía por el texto de Pedro
Lombardo, llamado el maestro de las Sentencias, Muchas
materias abarcó de una vez, para poder salir aventajado en ninguna. Más que su falta de método, le estorbaron en los estudios
las persecuciones externas que le hostigaron en Alcalá. Él y sus
compañeros trataban espiritualmente con los prójimos y
procuraban hacer bien a las almas cuanto podían. Lograron
algunas conversiones y notables mudanzas de vida que
despertaron vivamente la curiosidad del pueblo. Unos elogiaban
como a santos a los cinco ensayalados, otros en cambio se
recataban de ellos, y como entonces brotaban por doquiera tantas
herejías y novedades, no faltó quién denunciase a la Inquisición el
nombre de Ignacio, como de sectario oculto y peligroso.
Los inquisidores de Toledo comisionaron al licenciado
Alonso de Mejía y al Doctor Carrasco para examinar aquel
negocio. Ambos abrieron una información judicial el 19 de
noviembre de 1526 sobre la vida y costumbres de Ignacio y sus
compañeros. Ninguna tacha pudieron descubrir en los cinco
ensayalados, y así guardaron silencio sobre el caso, contentándose
con encargar al vicario de Alcalá, Juan de Figueroa, que vigilase
los pasos de aquellos hombres. Cumplió el encargo Figueroa y
llevó su vigilancia tal vez hasta la impertinencia.
A los tres meses renacieron las sospechas, y el 6 de marzo
de 1527 Figueroa abrió proceso acerca de la doctrina que
enseñaba Ignacio. Fueron interrogadas varias mujeres que oían
sus consejos, y de sus respuestas vino a sacarse en limpio, que la
enseñanza del Santo se reducía a los elementos de la moral
cristiana y de la vida espiritual. Se tranquilizó con esto Figueroa y
dejó en paz a nuestro Padre.
Pasa un mes y de pronto se levanta otra tempestad más
brava que las anteriores. Entre las personas que se aprovechaban
en espíritu con los consejos de Ignacio había dos mujeres, María
del Vado, viuda y su hija Luisa de Velázquez, bastante conocidas
en Alcalá. Ambas, entrando en fervor indiscreto de padecer por
29

Cristo, determinaron hacer una peregrinación a pie a la Verónica
de Jaén. Ignacio, con quien lo consultaron, se lo disuadió
enérgicamente. Esto no obstante, ellas, saliendo una noche de
casa con gran secreto, emprendieron su romería. Cuando este
hecho se divulgó en la ciudad, se levantó gran rumor contra
nuestro Santo, creyendo que él había aconsejado tal imprudencia.
Al mismo tiempo se oyó decir, que varias mujeres que oían los
consejos de Ignacio padecían tristezas, desmayos y agitaciones
extrañas. ¿Qué sería aquello? La credulidad popular creía ver
diablos y duendes por todos los rincones y no estaba lejos de
pensar que aquel hombre llevaba un demonio en el cuerpo.
Alarmado por estos rumores, el vicario Figueroa mete en la
cárcel a Ignacio y abre proceso contra él. Fue interrogando
despacio a todas las personas que solían hablar con el Santo, y
antes de que terminara el proceso, volvieron de Jaén María del
Vado y su hija. Se les tomó también a ellas su declaración y de
todas las respuestas se coligió la absoluta inocencia de Ignacio y
sus compañeros. El 1 de junio de 1527, a los cuarenta y dos días
de estar encarcelado nuestro Padre, el vicario le hizo comparecer
en su presencia, y sin reprenderle nada ni en las costumbres ni en
la doctrina, le impuso dos preceptos. Uno: que él y sus
compañeros anduviesen vestidos como los demás estudiantes de
Alcalá. Otro: que, pues no habían estudiado teología, se
abstuviesen de enseñar al pueblo las verdades de la fe, hasta que
con el tiempo adquiriesen mayor caudal de doctrina. Con esto le
dejó en libertad, y aun le socorrió algo para que mejorase sus
vestidos.
Mucho sintió Ignacio el segundo precepto, pues le cerraba la
puerta para procurar la salvación de las almas. Pensó, pues, en
cambiar de domicilio; pero antes quiso consultar el negocio con el
Arzobispo de Toledo, Alfonso de Fonseca, que por entonces se
hallaba en Valladolid. A fines de junio fue a visitarle y le expuso
llanamente la situación en que se veía. El discreto Prelado,
teniendo en cuenta las muchas borrascas que se habían levantado
en Alcalá contra Ignacio, le aconsejó encaminarse con sus
compañeros a la Universidad de Salamanca. Al consejo añadió
una limosna de cuatro escudos. Ignacio, que, ya había tenido la
misma idea, aceptó este consejo, y llevándose a sus cuatro
compañeros, entró en la ciudad del Tormes por julio o agosto de
30

1527, Tampoco en Salamanca pudo lograr la deseada quietud. A
los diez o doce días de llegado, un fraile de Santo Domingo, con
quien empezó a confesarse en el convento de San Esteban, le
convidó a comer para el próximo domingo. Se presentó Ignacio
acompañado de Calixto, y fueron ambos muy obsequiados por los
religiosos. Terminada la comida, el subprior del convento con el
confesor y otro fraile, tomó aparte a los dos convidados, y
después de algunas frases corteses en alabanza del celo apostólico
que mostraban y del buen ejemplo que daban a todos, preguntó a
Ignacio qué estudios había hecho. El Santo confesó sin dificultad
las pocas letras que alcanzaba. Entonces el subprior observó, que,
pues no había estudiado teología y se ponía a enseñar a las gentes
las verdades de la fe, sin duda alguna habría recibido la ciencia
por inspiración divina. ¿Era verdad que Dios le había revelado lo
que enseñaba?
Se sorprendió nuestro Padre a tan inesperado interrogatorio,
y después de pensar un poco, se negó redondamente a responder a
la pregunta. Entonces el subprior manda cerrar las puertas del
Monasterio, guardando como presos a Ignacio y a Calixto. Los
acomodaron en una celda, donde vivieron tres días, comiendo con
los frailes en el refectorio. Continuamente eran visitados en su
celda por los religiosos, entre los cuales se formaron diversos
juicios, alabando unos la virtud de los detenidos y recelando otros
alguna oculta malicia.
Entretanto el subprior denunció aquellos hombres al
provisor del obispado. El severo provisor manda prender a
Ignacio y a Calixto, y encerrarlos no en la habitación común de
los presos, sino en un aposento apartado, viejo, medio caído,
sucio y de mal olor. Allí ataron a una gruesa cadena, larga de doce
o trece palmos, a los dos presos, metiéndolos un pie a cada uno en
ella tan estrechamente, que no podía apartarse el uno del otro para
nada. «Así estuvieron toda aquella noche —dice Polanco—,
dejándoles poco dormir gran multitud de bestias varias.»
Vino a la cárcel el provisor, y les examinó a cada uno en
particular. Se llevó además el libro de los Ejercicios para leerlo
despacio. Al cabo de algunos días hizo comparecer a Ignacio ante
un tribunal compuesto por los doctores Santisidoro, Paravinhas y
Frías y el bachiller Frías, todos los cuales habían visto los
31

Ejercicios. Dirigieron estos jueces varias preguntas al Santo sobre
los puntos más recónditos de la teología, como la Trinidad y la
Eucaristía, y también le propusieron una cuestión de derecho
canónico. El humilde preso, representando primero su falta de
estudios, respondió a las preguntas con admirable acierto. Le
mandaron explicar el primer mandamiento de la ley de Dios, y él
lo hizo con mucha libertad y desembarazo. Asombrados los
jueces reconocieron algo de extraordinario en aquel hombre y desistieron de sus preguntas. Hicieron hincapié, no obstante, en
aquel documento de los Ejercicios, que establece cuándo se
comete pecado venial, tratándose de malos pensamientos. ¿Cómo
un hombre, decían, falto de estudios teológicos, se arroja a
enseñar materias tan delicadas? El inspirado Santo se contentó
con responder: O es verdad o no, eso que enseño. Si no es verdad,
condénenlo. Si es verdad, déjenlo estar. Más los jueces no osaron
reprobarlo.
A los veintidós días de prisión fueron llamados otra vez ante
los jueces Ignacio y su compañero, y les fue leída la sentencia. En
ella se les declaraba hombres inocentes en la vida y ortodoxos en
la doctrina; pero se les mandaba no meterse en honduras,
declarando la distinción entre el pecado mortal y el venial. Leída
la sentencia, preguntaron a Ignacio, si se conformaba con ella. Él
respondió que no. «Salta uno de los jueces que más le eran
favorables —dice Polanco—, demandándole qué hallaba, que no
le contentaba en esta sentencia. Le respondió que, pues no
hallaban cosa falsa en lo que hablaba de pecado mortal y venial,
porqué le imponían silencio en esta parte. Y que antes él no
estaría en Salamanca, que pasar por tal sentencia.»
Y como lo dijo lo hizo. Observando que se le cerraba la
puerta para hacer bien a los prójimos a orillas del Tormes,
discurrió trasladarse a la Universidad de París. Trató el negocio
con sus cuatro compañeros, y habiéndoles encargado continuar en
Salamanca, mientras él les buscaba algún modo de subsistir en la
capital francesa, dispuso inmediatamente su partida. Cargó un
asnillo con sus libros y cartapacios, y unos veinte días después de
haber salido de la cárcel, tomó el camino de Barcelona. Llegado g
esta ciudad, participó a sus amigos el pensamiento que tenía de
dirigirse a París. Se lo disuadieron ellos, representándole los
peligros a que se expondría, por la guerra que entonces había
32

entre España y Francia. Ignacio no conocía el miedo y así
persistió en su propósito. Como le vieron tan resuelto, le socorrieron, sobretodo Isabel Rosell e Inés Pascual, con muy buenas
limosnas, y el Santo Patriarca, puesta su confianza en Dios, arreó
su jumentillo y se encaminó a Francia. Llegó a París el 2 de
febrero de 1528.

33

CAPÍTULO V
ESTUDIOS EN PARÍS
(1528-1535)

Cuando entró Ignacio en la capital de Francia, el primer
trabajo que se le ofreció fue, como él lo había previsto, la
dificultad de mantenerse. Todo su caudal se reducía al jumentillo,
que llevaba cargado con libros y cartapacios, y a una letra de
veinticinco escudos, que Isabel Rosell le había dado en Barcelona,
Cobró esta cantidad en París y la dio a guardar a cierto español
que se alojaba en la misma posada donde él se albergó a su
llegada. El tal español le gastó luego todo el dinero y no tenía con
qué pagarlo. Esta desgracia puso a nuestro Padre en el último
extremo, y al fin de la cuaresma de 1528 hubo de recurrir al
medio de subsistencia que solían adoptar los estudiantes
pordioseros, cual era buscar alojamiento gratuito en algún hospital
y pedir de puerta en puerta su ordinario sustento. He aquí como
explica el P. Ribadeneira los apuros económicos de San Ignacio
en París.
«Le fue necesario pedir en limosna de puerta en puerta lo
que había de comer. Lo cual, aunque no le era nuevo, y en pedir
como pobre hallaba gusto y consuelo, todavía le era grande embarazo para sus estudios, y especialmente le estorbaba el vivir tan
lejos de las escuelas como vivía. Porque comenzándose las
lecciones en invierno (como es uso en París) antes del día, y
durando las de la tarde hasta ya de noche, él, por cumplir con el
orden del hospital y con sus leyes, había de salir a la mañana con
sol, y volver a la tarde con sol, y con esto venía a perder buena
parte de sus lecciones.
Viendo, pues, que no aprovechaba en los estudios como
quisiera, y que para tanto trabajo era muy poco el fruto que
34

sacaba, pensó de ponerse a servir algún amo, que fuese hombre
docto y que enseñase filosofía, que era lo que él quería oír, para
emplearse en estudiar todo el tiempo que le sobrase de su
servicio... Nunca pudo hallar tal amo, aunque con gran diligencia
y por medio de muchas personas lo buscó. Y así, por consejo de
un amigo suyo religioso, después de haberlo encomendado a
Nuestro Señor, tomó otro camino que le sucedió mejor.
«Íbase cada año de París a Flandes, donde entre los
mercaderes ricos españoles que en aquel tiempo trataban en las
ciudades de Brujas y Amberes, recogía tanta limosna, con que
podía pasar pobremente un año la vida, y con esta provisión se
volvía a París, habiendo con pérdida y trabajo de pocos días,
redimido el tiempo que después le quedaba para estudiar. Por esta
vía vino a tener los dos primeros años lo que había menester para
su pobre sustento. Y al tercero pasó también a Inglaterra, para
buscar en Londres esta limosna, y hallóla con más abundancia.
Pasados los tres primeros años, los mercaderes que estaban en
Flandes, conocida ya su virtud y devoción, ellos mismos le
enviaban cada año su limosna a París, de manera que no tenía
necesidad para esto de ir y venir. También de España le enviaban
sus devotos algún socorro y limosna, con la cual y con la que le
enviaban de Flandes podía pasar más holgadamente, y aún hacer
la costa a otro compañero.»
Con esta penuria económica hizo Ignacio sus estudios en
París. Es muy digno de observarse el orden con que en ellos
procedió. Cuando llegó a París, ya llevaba nuestro Santo cuatro
años de estudio y se hallaba a los treinta y siete de su edad. ¿Qué
plan seguiría en adelante? Pues ya tenía sabida la gramática ¿no
bastaría un breve curso de teología moral, para recibir las
sagradas órdenes y trabajar en provecho de los prójimos? Nunca
gustó Ignacio de hacer las cosas a medias y de corrida. Todo lo
que hacía, lo había de hacer bien y perfectamente. Puesto pues a
estudiar, quiso hacer los estudios con toda exactitud.
Como había perdido mucho tiempo en Alcalá con el afán de
aprender muchas cosas a la vez, ahora, en vez de acelerar la
carrera, dio un paso atrás, volvió como a empezar sus estudios.
Durante año y medio, desde febrero de 1528 hasta el verano de
1529 repasó detenidamente la gramática y letras humanas,
35

asistiendo al colegio dé Monteagudo. El 1.° de octubre de 1529
(en este día solían abrirse los cursos de la Universidad de París)
empezó el curso de la filosofía, asistiendo a la cátedra del virtuoso
doctor español Juan de la Peña. Paso a paso continuó el estudio de
esta ciencia, como todas las demás, durante tres años y medio. Al
fin de ellos, tomó el grado de maestro en artes en la cuaresma de
1533, por consejo de su maestro, pasando por el examen que allí
llamaban de la Piedra, y era de los más rigurosos que había en
aquella Universidad.
En octubre de 1533 empezó el curso de teología, pero hubo
de interrumpirla, antes de terminar el segundo año, por los
continuos dolores de estómago que le aquejaron y que al fin le
obligaron a venir a España en abril de 1535. Un año después
hallándose en Bolonia, intentó continuar la teología, y también
estudió algo en Venecia mientras esperaba a sus compañeros;
pero estos estudios aislados debieron ser poca cosa. La carrera de
Ignacio pudo darse por terminada, cuando de París se partió para
Guipúzcoa. Estudió, pues, once años seguidos, desde marzo de
1524 hasta abril de 1535.
¿Y cuánto aprendió con todo este trabajo? El P. Laínez lo
aprecia justamente por estas palabras. «Cuanto el estudio, aunque
tuviese Ignacio más impedimentos que los otros, todavía tuvo
tanta diligencia y tanto provecho o mayor, cœteris paribus, que
los otros de su tiempo, viniendo a mediocres letras, como mostró
en responder públicamente y platicando en el tiempo de su curso
con sus condiscípulos.» Llegó, pues, San Ignacio a adquirir una
decente medianía en letras. No pasó de ahí. Lo que sí aprendió en
su carrera escolar fue la sabiduría práctica para dirigir los
estudios. Fue providencia de Dios detenerle siete años en la
Universidad más célebre del mundo, para que probase la vida
escolar, experimentase los métodos de enseñanza y entendiese la
administración de los establecimientos docentes.
Lo que asombra verdaderamente en los estudios de Ignacio
es aquella firmeza inquebrantable con que los llevó hasta el cabo.
Ya entrado en edad, viviendo de limosna, agobiado de enfermedades, obligado a mudar de domicilio por las persecuciones,
tropezando por doquiera con denuncias, procesos, golpes, cárceles
y cadenas sigue imperturbable estudiando once años, ¡Y esto sin
36

ningún gusto en el estudio, solamente porque así lo pedía la gloria
de Dios! Heroísmo sublime, que nos muestra en San Ignacio una
de las voluntades más firmes y constantes que se han visto en el
mundo.

37

CAPÍTULO VI
PRINCIPIOS DE LA COMPAÑÍA DE
JESÚS HASTA EL VOTO DE
MONTMARTRE
(1524-1534)

Desde que Ignacio empezó sus estudios en Barcelona, trató
también de allegar compañeros, para poner en planta la idea de la
Compañía de Jesús, que Dios le había inspirado en Manresa.
Como ya lo hemos indicado, se le juntaron en Barcelona
Calixto de Sa y Lope de Cáceres, ambos segovianos, y Juan de
Arteaga, natural de Estepa. A éstos se añadió en Alcalá Juan de
Reinalde, o Juanico, según le llamaba el P. Cámara. Estos cuatro
aprovecharon bastante en la virtud bajo la dirección de San
Ignacio, Como él, vestían pobre sayal, vivían de limosna,
edificaban con santas conversaciones al prójimo, y lo que es más
de estimar, participaban con cristiana resignación de las cárceles y
persecuciones que padecía su maestro,
A pesar de tan buenos principios, esta sociedad, como parto
primerizo, según la llama Polanco, no prosperó. Cuando quedaron
solos en Salamanca, por haberse ido Ignacio a París, se resfriaron
en sus buenos propósitos y cada uno fue por su lado. Calixto paró
en comerciante e hizo dos viajes a las Indias occidentales. Cáceres
volvió a Segovia, su patria, donde no sabemos cuál fue su suerte
en adelante. Arteaga siguió el camino de las dignidades
eclesiásticas y llegó a obtener un obispado en las Indias. Cuando
se encaminaba a tomar posesión de su diócesis, murió en Méjico
el 8 de octubre de 1540. Juanico finalmente entró en una Orden
religiosa.
38

Mientras se disolvía el grupo de Salamanca, intentaba
Ignacio reunir otro en París. En el verano de 1529 dio los
Ejercicios a tres jóvenes españoles, distinguidos por su nobleza y
buenas cualidades. El primero se decía Juan de Castro, el segundo
Pedro de Peralta y el tercero Amador. Todos tres determinaron
abrazar la perfección evangélica, repartieron sus bienes entre los
pobres y se fueron a hospedar de limosna en el Hospital de
Santiago. Increíble fue el enojo que concibieron sus parientes,
amigos y conocidos, al ver tan extraordinaria transformación. Los
llamaban la deshonra de sus familias, decían que Ignacio les había
vuelto locos e hicieron todas las diligencias posibles, para retraer
a los jóvenes de sus buenos propósitos. Viendo que no bastaban
palabras y razones, acudieron a mano armada al hospital, sacaron
de allí a los tres estudiantes y les obligaron a vivir conforme a su
estado, mientras duraban sus estudios. Cedieron a la fuerza los
tres jóvenes; pero, lo que fue peor, se olvidaron poco a poco de
sus santos propósitos y vinieron por fin a desamparar a su
maestro.
Segunda vez se frustraban los planes de Ignacio; pero no
tardó en experimentar la amorosa providencia de Dios. En el
mismo año 1529 empezó a tratar con dos almas privilegiadas que
habían de unirse con él para siempre. Debiendo emprender por
octubre el curso de filosofía, pasó Ignacio a vivir en el Colegio de
Santa Bárbara y allí se encontró con dos jóvenes de veintitrés
años, unidos entre sí con los lazos de la más cristiana amistad,
Pedro Fabro, .saboyano, y Francisco Javier, navarro.
Fabro había nacido de padres humildes en Villaret, pequeño
pueblo perteneciente al actual departamento francés Haute
Savoie, el año 1506. Desde niño sintió grande inclinación a la
virtud, y a los doce años hizo voto de castidad. Aprendidas las
letras humanas en su país natal, se dirigió el año 1525 a la
Universidad de París, donde siguió el curso de filosofía hasta
licenciarse en esta facultad el 15 de marzo de 1530, Cuando ya se
hallaba al fin de su, curso iba a empezarlo Ignacio. Como éste
sintiese ciertas dificultades a los principios en el estudio de la
filosofía, consultó con el Dr. Peña el modo de superarlas. Éste le
aconsejó, que repasase las lecciones oídas en clase con algún
discípulo aventajado, por ejemplo, con Pedro Fabro. Admitió
39

nuestro Padre el consejo y empezó a repetir sus lecciones con el
joven saboyano.
No tardó éste en reconocer el mérito superior de aquel
hombre ya entrado en edad, que tan humildemente venía a hacerse
discípulo suyo en filosofía, y como entendió cuán versado era en
materias de espíritu, se resolvió a comunicar con él un secreto de
conciencia que le atormentaba desde años atrás. Había hecho voto
de castidad y el demonio le combatía con fuertes tentaciones de
impureza. Se añadían pensamientos de vanidad, escrúpulos de
conciencia y grande confusión de espíritu. Como él no
manifestaba a nadie lo que pasaba en su interior, este aislamiento
le había producido horribles congojas y sumergido en gran
pusilanimidad. Hasta había concebido el pensamiento de
abandonar los estudios y retirarse a hacer vida solitaria, para ver
si con la oración y penitencia lograba la paz del corazón.
En esta amargura se veía Fabro, cuando se decidió a
manifestar su conciencia a nuestro Santo Padre. No podía hallar
maestro más curtido en estas peleas. Ignacio le oyó con
benignidad, le ensanchó el corazón y para ponerle en orden la
conciencia, le aconsejó por de pronto, que hiciese una confesión
general. Después le acostumbró a frecuentar los sacramentos, le
impuso en examinar cada día su conciencia y le enseñó la práctica
del examen particular, para ir desarraigando una por una todas sus
faltas. De este modo le tuvo dos años, desde principios de 1530
hasta 1532, en los cuales Fabro, no solo alcanzó la paz de su
espíritu sino que hizo admirables progresos en la virtud. Entonces
fue cuando Ignacio le manifestó el plan que tenía de ir a Jerusalén
y después consagrarse a procurar la salvación de las almas. Se
entusiasmó Fabro al oír esta idea y se ofreció a Ignacio por
perpetuo compañero. En 1533 hizo los Ejercicios con
extraordinario fervor.
El segundo discípulo que adquirió nuestro Padre en el
colegio de Santa Bárbara, fue la mayor conquista que hizo en su
vida, el hombre más admirable en su línea que ha tenido la Iglesia
de Dios, el príncipe de los misioneros, San Francisco Javier. Este
glorioso Santo había nacido el 7 de abril de 1506 en el castillo de
Javier, cerca de Sangüesa, en Navarra. Fueron sus padres Juan de
Jassu o Jaso y María de Azpilcueta, señores de Javier. Ambos
40

eran de linaje muy distinguido, y Juan de Jaso fue presidente del
Consejo Real de los últimos Reyes de Navarra, a los cuales sirvió
con fidelidad en la próspera y adversa fortuna. Como nuestro
Santo era el último de sus hermanos, y su familia había padecido
grandes quebrantos en los bienes temporales por las revueltas de
aquellos tiempos, se aplicó Francisco a las letras, para conseguir
por ellas una posición y fortuna que no podía esperar de sus
padres.
En 1525 se trasladó a París, y hospedado en el Colegio de
Santa Bárbara, siguió los estudios en íntima amistad con Pedro
Fabro. Con él se graduó de licenciado en Artes el 15 de marzo de
1530. En todo este tiempo, aunque tuviese la cabeza llena de la
vanidad literaria, tan frecuente en los estudiantes universitarios
del Renacimiento, pero fue singular la pureza de costumbres que
conservó. Viviendo entre tantas ocasiones en la Universidad de
París, guardó siempre intacta su virginidad, sin mancharla con el
más ligero desliz.
Aunque muy pronto empezó Ignacio a tratar de cosas
espirituales con Javier, le encontró algo rebelde a sus santas
insinuaciones. No se desanimó nuestro Padre, y procuró ir
ganando el corazón del joven navarro. Obtuvo éste una cátedra de
filosofía en París, en el colegio llamado de Beauvais, y entonces
Ignacio le atrajo buenos discípulos y se esforzó en formarle una
clase lucida y numerosa. No podía hacerse obsequio más delicado
a un joven profesor, que aspiraba a distinguirse en las cátedras
universitarias. Con esto Ignacio se hizo dueño del corazón de
Javier. Entonces le pudo inculcar aquella célebre máxima de
Jesucristo. «¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si
pierde su alma?» Esta verdad sublime, repetida y explicada por
San Ignacio, ganó para la Compañía de Jesús al apóstol de las
Indias y del Japón.
En el año 1532 logró Ignacio de un lance dos buenas
adquisiciones. Diego Laínez, nacido en Almazán (Soria) el año
1512 empezaba a estudiar en la Universidad de Alcalá, cuando en
ella, se presentó nuestro Padre. Conocióle de vista Laínez, mas
por entonces no le trató. Continuó sus tareas literarias hasta
graduarse de maestro en artes el 26 de octubre de 1532. Mientras
estudiaba en Alcalá, trabó estrecha amistad con un jovencito de
41

Toledo, llamado Alonso Salmerón, nacido en 1515, que se
distinguía por su aptitud singular para las letras. Siguiendo ambos
sus estudios, oían los grandes rumores que corrían en la Universidad acerca de Ignacio, a quien unos elogiaban como Santo, y
otros condenaban como oculto novador. El deseo de conocer a un
hombre tan singular fue uno de los motivos que determinaron a
los dos jóvenes a dirigirse a París, donde sabían que él estudiaba.
Se encaminaron allá a fines de 1532 y con tan buena suerte
llegaron, que el primer hombre con que se encontraron a1 apearse
en la posada fue San Ignacio. El conocer al Santo, el convencerse
de su mérito y ofrecerse por compañeros suyos, fue obra de pocos
días. .
Cuando estos dos hombres se unieron a Ignacio, ya
conversaba con él un joven portugués, llamado Simón Rodríguez
de Azevedo. Había nacido en Voucella, diócesis de Vizeu, y por
su buen ingenio y disposición había merecido que el Rey de
Portugal le costease los estudios en París. Sentía deseos
fervorosos de servir a Dios, pero mezclados con cierta
incertidumbre y angustia, por no ver claro a qué género de vida le
llamaba el Señor. Cuando trató con Ignacio y oyó de éste los
planes que meditaba de ir a Jerusalén y trabajar en la conversión
de las almas, entendió que aquella vocación era la suya y se
entregó a la dirección del Santo Patriarca.
En pos de Simón Rodríguez vino a juntarse con Ignacio un
joven español, cuyo nombre era Nicolás Alfonso, pero él se
llamaba Bobadilla, del nombre de su pueblo natal, que era
Bobadilla del Camino, en la diócesis de Palencia. Después de
estudiar en Valladolid y Alcalá, se había encaminado a París,
ansioso de aprender las lenguas sabias. Llegado allí, oyó hablar de
Ignacio, como de hombre que estaba bien quisto en la
Universidad y sabía favorecer a sus amigos. Se arrimó a él
Bobadilla, pidiéndole favor. Présteselo cumplidamente el Santo y
le acomodó bien en la Universidad. Este auxilio temporal atrajo el
corazón de Bobadilla primero a escuchar los consejos de Ignacio
y después a unirse con él para siempre.
Cuando Ignacio tuvo reunidos a estos seis jóvenes, empezó
a deliberar con ellos sobre el modo de poner en planta la vida que
deseaba establecer. Todos estaban resueltos a peregrinar a Tierra
42

Santa y a entregarse después a los ministerios apostólicos. Como
esto segundo exigía el auxilio de los estudios sagrados, decidieron
continuar en París tres años, sin hacer en el exterior ninguna
mudanza de vida, hasta que todos hubieran terminado la teología.
Finalmente, para prevenirse contra las tentaciones del enemigo y
contra la inconstancia de la humana fragilidad, juzgaron
conveniente asegurar estos buenos propósitos con el sagrado
vínculo de un voto. ¿Pero cuál sería el objeto de esta promesa?
Examinado maduramente el negocio, convinieron todos en que el
voto contendría tres cosas: Primera, Pobreza; Segunda, Castidad;
Tercera, Peregrinar a Jerusalén y emplearse después en procurar
la salvación de las almas. En cuanto a la pobreza, advirtieron que
mientras durasen los estudios, no entendían despojarse de la
facultad de poseer, pues parecía necesaria para continuarlos; pero
que después no recibirían estipendio por misas y otros ministerios
sagrados. El voto de castidad no pedía interpretación. A 1a
promesa de ir a Jerusalén añadieron una limitación, y fue, que
llegados a Venecia, esperarían embarcación un año, y si en este
tiempo no la hallaban, acudirían a Roma, y puestos a los pies del
Sumo Pontífice, se ofrecerían a su obediencia, para que los emplease donde fuera servido en provecho de las almas.
Determinada así la naturaleza y alcance del voto, escogieron
para emitirlo el día de la Asunción, 15 de agosto 1534. Al
amanecer este día, Ignacio y sus seis compañeros se dirigieron
silenciosamente a la capilla de San Dionisio, sita en la colina de
Montmartre. Estaban los siete enteramente solos. El Beato Pedro
Fabro, que se había ordenado de sacerdote un mes antes, dijo la
misa. Al llegar a la comunión, se volvió a sus compañeros,
teniendo en las manos al Santísimo Sacramento. Arrodillados los
seis en torno del altar, fueron pronunciando uno en pos de otro en
voz alta su voto y recibiendo la sagrada comunión. Por último el
celebrante, volviéndose al altar, emitió en voz alta su voto, como
todos los demás. Terminada la misa y dadas a Dios gracias, bajaron al pie de la colina y en torno de una fuentecilla tomaron una
refección harto frugal, pues se redujo a pan y agua. Allí pasaron
lo restante del día, en conversación animadísima, como dice el
padre Simón Rodríguez, desahogando cada cual los afectos
encendidos que el Espíritu Santo le inspiraba.
43

Este voto lo renovaron los dos años siguientes el mismo día,
en el mismo sitio y con las mismas circunstancias; pero a estas
renovaciones no pudo asistir Ignacio, porque, como veremos,
hubo de venir a España. En cambio se acrecentó la alegría de
todos con la agregación de otros tres compañeros, que, por lo
menos, ya estaban reunidos en la renovación de 1536. Llamábase
el primero Claudio Jayo y era de Saboya, el segundo Pascasio
Broet, francés, nacido en Bretancourt, cerca de Amiens, y el
tercero Juan Coduri, provenzal, nacido en Seyne, actual
departamento de Basses-Alpes. Con estos tres fueron nueve los
compañeros de Ignacio que le ayudaron a fundar la Compañía de
Jesús.

44

CAPÍTULO VII
DESDE MONTMARTRE HASTA LA
CONFIRMACIÓN DE LA COMPAÑÍA
(1534-1540)

No pudo San Ignacio terminar en París su curso de teología.
Las enfermedades que le aquejaban, y sobre todo, los dolores
agudísimos de estómago le obligaron a interrumpir sus estudios y
trasladarse a su tierra por consejo de los médicos, para restaurar
sus fuerzas con los aires natales. Otro motivo le inclinó también a
emprender esta jornada, y fue que sus compañeros tenían
pendientes algunos negocios de familia, los cuales convenía
concluir, para abrazar el estado de la pobreza evangélica.
Encomendaron estos negocios a Ignacio, le dieron las cartas y
poderes necesarios, y acomodándole en una modesta cabalgadura,
le enviaron a España.
Hizo este viaje en el mes de abril de 1535. Apenas llegó a
Azpeitia, quiso su hermano mayor hospedarle en casa, como era
natural; pero el humilde peregrino rehusó este obsequio. Se acogió al hospital de la Magdalena, y allí estuvo aposentado, como
un pobre, los tres meses que permaneció en su pueblo.
Pronto sintió mejoría en la salud, y como su celo no le
dejaba reposar, se dio a hacer el bien espiritual que pudiese a sus
paisanos. Empezó por enseñar el catecismo a los niños, predicaba
los domingos al pueblo, y acudía a escucharle tan grande
concurso, que le fue necesario salir al campo y hablar a las gentes
al aire libre. Entabló algunas buenas costumbres en Azpeitia,
procuró que se reprimiese el vicio del juego, negoció que se
proveyese a muchos pobres del sustento necesario, renovó la
piadosa costumbre de tocar la campana a hacer oración tres veces
45

al día, a la mañana, al mediodía y a la noche, exhortó, por fin, al
pueblo a rezar por los que están en pecado mortal.
Pasados unos tres meses y sintiéndose bien de salud, en el
verano de 1535, Salió Ignacio de Azpeitia para no volver nunca a
ella. Enderezó sus pasos primero a Navarra y luego a Almazán,
Sigüenza y Toledo, pues en todos estos puntos tenía negocios de
sus compañeros que arreglar. Despachadas felizmente estas
diligencias, se embarcó para Génova y de allí se encaminó a pie
hasta Bolonia, Hospedado en el colegio español, como nos dice
Polanco, intentó continuar los estudios teológicos; pero, le fue tan
mal de salud, que hubo de renunciar a su propósito y pasó a
Venecia, donde debía esperar a sus compañeros de París. Mientras
estos llegaban, dio los Ejercicios a un bachiller de Málaga,
llamado Diego de Hoces, el cual salió de ellos tan fervoroso, que
desde luego se ofreció por perpetuo compañero a San Ignacio.
Los que habían quedado en París, salieron de esta ciudad el
15 de noviembre de 1536, y con los trabajos que se dejan entender
en un viaje hecho a pie y en el corazón del invierno, llegaron a
Venecia el 6 de enero de 1537. Allí abrazaron con efusión a San
Ignacio y al bachiller Hoces, y como el paso a Jerusalén no podía
verificarse hasta el verano, determinaron dedicarse entretanto al
servicio de los enfermos. Se repartieron entre el hospital de San
Pablo y el de los Incurables, e hicieron tales prodigios de caridad,
que llamaron la atención de las personas prudentes de Venecia.
No faltaron allí, como en todas partes, algunas detracciones contra
San Ignacio y denuncias a la autoridad judicial; pero no le inquietaron gran cosa estas contradicciones que muy pronto se
desvanecieron.
Previendo que podrían suscitarse dificultades contra su
peregrinación a Jerusalén, creyeron prudente presentarse al Papa,
y manifestándole sus deseos, pedirle facultad para pasar a Tierra
Santa, sin que nadie se lo pudiera impedir y al mismo tiempo
licencia para recibir las sagradas órdenes los que no fuesen
sacerdotes. A mediados de cuaresma de 1537, se encaminaron a
Roma todos, excepto Ignacio, que no juzgó oportuno presentarse
allí, porque andaban entonces en la corte romana dos hombres de
quienes él se recelaba. Uno era el Cardenal Juan Pedro Carafa,
con quien había tenido poco antes en Venecia un encuentro
46

desagradable, y otro el Doctor Pedro Ortiz, que en París se le
había mostrado enemigo.
Llegaron a Roma los compañeros de Ignacio y hallaron tan
otro del que pensaban al Dr. Ortiz, que él fue quien les introdujo a
Paulo III y les facilitó el despacho de su negocio. Quiso el Papa
conocer a los sujetos que el Doctor le recomendaba, y mandó que
un día, al tiempo de comer, hubiese en su presencia una disputa
teológica, en la cual los recién llegados diesen pruebas de su
talento y saber. Se hizo así, y Paulo III quedó tan prendado no
menos de la ciencia que de la virtud de los disputantes, que al
instante les dio su bendición, les otorgó las dos facultades que le
pedían y añadió una limosna para el viaje a Tierra Santa.
Volvieron a Venecia los compañeros de Ignacio, y en virtud
de la facultad extraordinaria concedida por el Sumo Pontífice, se
prepararon para recibir las sagradas órdenes los que no eran
Sacerdotes, San Ignacio recibió las órdenes menores el 10 de
junio, el subdiaconado el 15, el diaconado el 17 y por fin el día de
San Juan Bautista, 24 de junio de 1537 se ordenó de Presbítero.
Con él se hicieron Sacerdotes San Francisco Javier y los PP.
Laínez, Salmerón, Rodríguez, Bobadilla y Coduri. Adornados con
esta dignidad, determinaron retirarse algún tiempo para prepararse
a la primera misa. Ignacio y Laínez se recogieron a Vicencia,
Javier y Salmerón a Montecelso, Jayo y Rodríguez a Bassano,
Broet y Bobadilla a Verona, Coduri y Hoces a Treviso. No
quisieron alejarse mucho de Venecia, para acudir pronto a
embarcarse, apenas se ofreciese pasaje a Palestina.
A los cuarenta días de recogimiento se llegó a Vicencia el P.
Coduri, y trató con Ignacio, Fabro y Laínez, si convendría ya
lanzarse decididamente al ministerio de la predicación. Pareció
acertado este dictamen, y los cuatro salen resueltamente por calles
y plazas, páranse donde ven algún concurso de gente, y haciendo
señas con los bonetes, convidan al pueblo a oír la palabra de Dios.
Lo mismo hicieron los otros compañeros en las ciudades donde
residían. Así empezaba públicamente sus ministerios apostólicos
la Compañía de Jesús, aun antes de estar aprobada por la Santa
Sede. El primer fruto que recogieron nuestros Padres con su
predicación fueron las risas del pueblo por lo mal que hablaban el
italiano, Empero la gente sencilla y católica penetró, muy pronto
47

el espíritu que animaba a los predicadores, oía con veneración sus
palabras y les socorría generosamente con limosnas.
Por setiembre se reunieron en Vicencia todos, once, y
dijeron su primera misa los nuevos Sacerdotes, excepto Ignacio
que la dilató más de un año todavía basta el día de Navidad de
1538. El motivo de reunirse era el deliberar sobre la romería a
Jerusalén. Iba pasando el buen tiempo y no se hallaba pasaje para
Tierra Santa. Aquel año, 1537, fue el único desde mucho tiempo
atrás en que no pudieron pasar peregrinos a Jerusalén, por haberse
roto las hostilidades entre Venecia y el turco. Entrando el
invierno, se cerraban todas las esperanzas de navegación.
Quedaba a nuestros Padres el cumplir la segunda parte del voto,
esto es, postrarse a los pies del Sumo Pontífice y ofrecerse a
trabajar a sus órdenes en cualquiera parte del mundo por la gloria
de Dios y bien de las almas.
Después de muchas oraciones y consultas, resolvieron que
fuesen a Roma Ignacio, Fabro y Laínez para tantear el terreno, y
entretanto repartidos los otros por las ciudades de Italia en que
hubiese Universidad, ejercitasen los ministerios apostólicos,
procurando despertar a otros jóvenes a que siguiesen su modo de
vida. Fijaron algunas prácticas piadosas que deberían observar.
Todos vivirían de limosna y se hospedarían en los hospitales.
Semanalmente sería cada uno superior de su compañero. En tos
sermones exhortarían a la penitencia y al ejercicio de las santas
obras. Se aplicarían a oír confesiones y servirían a los enfermos
en los hospitales. Por último se propuso esta duda: ¿«Qué
responderemos a los que pregunten quiénes somos?» A esto satisfizo Ignacio, mandando que respondiesen ser de la Compañía de
Jesús. Este había de ser su nombre.
Trazado este plan de vida, salieron todos de Vicencia. Javier
y Bobadilla se dirigieron a Bolonia, Rodríguez y Jayo a Ferrara,
Salmerón y Broet a Sena, Hoces y Coduri a Padua. Ignacio con
Fabro y Laínez tomó el camino de Roma. Poco antes de llegar al
término de su viaje tuvo nuestro santo Padre la más célebre visión
de su vida. En un sitio llamado Storta, seis millas de Roma, entró
a orar en cierta ermita, y cuando estaba en el mayor fervor de
espíritu, fue arrebatado en éxtasis, y se le ofreció a la vista el
Eterno Padre y a su lado Jesucristo con la cruz a cuestas. El Padre,
48

con muestras de singular amor, encomendaba al cuidado del Hijo
a Ignacio y sus compañeros, y Jesucristo, clavando una mirada
dulcísima en Ignacio, le dijo estas palabras: «Ego vobis Romae
propitius ero.» Yo os seré propicio en Roma. Inexplicable fue el
gozo que inundó el alma de Ignacio, quien al salir de la ermita,
rebosando de alegría, dijo a sus compañeros: «No sé lo que nos
espera en Roma, ni si quiere Dios que muramos en cruz o
descoyuntados. Solo sé que Jesucristo nos será propicio.» Y
cuéntales por menudo toda 1a visión. Era la única que manifestó
espontáneamente a sus compañeros.
Llegaron los tres a la ciudad eterna a fines de noviembre de
1537. Se presentaron a Paulo III, quien los recibió con suma
benignidad y encargó a Laínez dar lecciones de teología y a Fabro
de Sagrada Escritura en el colegio de la Sapiencia. Ignacio se
aplicó a predicar al pueblo y más aún a dar Ejercicios a personas
principales. Entre éstas se distinguió el Dr. Ortiz, que retirado a
Monte Casino hizo los Ejercicios completos por un mes con
admirable provecho de su espíritu. Mientras daba estos Ejercicios
nuestro Padre conoció, por revelación, la muerte de uno de sus
compañeros. El bachiller Diego de Hoces, consumido por los
trabajos apostólicos expiraba en Padua con la muerte de los
santos.
Entretanto los ejemplos de virtud y celo admirable que
resplandecían en aquellos fervorosos operarios atraían las miradas
de todos. Empezaban a despertarse vocaciones, sobre todo entre
sacerdotes jóvenes que ansiaban imitar aquel género de vida.
Juzgó, pues, Ignacio que había llegado el momento de dar el
último .paso en su obra. Era preciso convertir en organismo religioso aquella piadosa asociación, determinar los puntos
sustanciales de nuestro modo de vivir, y presentándolos al Sumo
Pontífice, obtener la confirmación oficial de la Compañía de
Jesús, como orden religiosa. Para ejecutar este acto
importantísimo convocó en Roma Ignacio a todos sus
compañeros, los cuales fueron llegando para Pascua de
Resurrección del año 1538.
Una tribulación inesperada entorpeció el negocio de la
fundación durante un año. Cierto predicador, inficionado con los
errores de Lutero, difundía solapadamente mala doctrina en sus
49

sermones. Le contradijeron los Nuestros, y él entonces,
ayudándose de amigos poderosos, levantó un torbellino de
calumnias contra Ignacio y sus compañeros. Decían que nuestro
Padre había sido condenado por hereje, que los otros eran
fugitivos de España, Francia y Venecia y les imponían otros
crímenes graves. San Ignacio hizo poner el negocio en tela de
juicio, hubieron de comparecer ante el tribunal los detractores y
no fue difícil demostrar la inocencia de nuestros Padres. Con la
publicidad de estos actos judiciales se reparó en gran parte el
escándalo; pero nuestros enemigos procuraron echar tierra encima
y que no se pronunciase la sentencia. No toleró Ignacio que el
negocio se quedara a medio componer, y viendo que el asunto se
dilataba indefinidamente, se presentó a Paulo III, le expuso toda
su causa y le rogó con humildad fuese servido de mandar al juez
que pronunciase la sentencia. Accedió Su Santidad, y por orden
suya el gobernador de Roma pronunció el 18 de noviembre de
1538 una sentencia honorífica en favor de Ignacio y sus
compañeros.
Restaurado el crédito de los Padres y entrando otra vez las
cosas en su curso ordinario, Ignacio y sus nueve compañeros a la
mitad de la cuaresma de 1539 empezaron a deliberar sobre la
fundación de la Compañía. Hizo de secretario el P. Juan Coduri.
Se propuso ante todo esta cuestión: «Ya que el Papa desea
enviarnos a diversas partes del mundo y nos habremos de esparcir
por varias regiones para trabajaren la viña del Señor ¿hemos de
conservar la unión que ahora tenemos, formando un cuerpo
religioso? Sin vacilar se decidieron luego todos por la afirmativa.
Se discutió después otro punto. Además de los votos de pobreza y
castidad que ya en París habían pronunciado ¿deberían hacer voto
de obediencia a alguno de ellos que eligiesen por superior? En
este punto padecieron no pocas dudas y perplejidades, tardando
muchos días en resolverse. Hicieron todos larga oración y mucha
penitencia, y al fin, «con el favor de Dios, dice Coduri,
resolvimos, no por pluralidad de votos sino con entera unanimidad, que nos era más conveniente y necesario vivir en
obediencia.» Aclarados estos puntos, deliberaron sobre otros,
acerca de la pobreza, de la enseñanza del catecismo, de los
colegios para educar a la juventud y de otras materias importantes
y se cerró la deliberación el 24 de junio de 1539.
50

Entonces redactó San Ignacio, en cinco capítulos, un breve
resumen de nuestro Instituto, para presentarlo al Sumo Pontífice.
Lo mostró primero al Maestro del Sacro Palacio, Fr. Tomás
Badiá, y habido dictamen propicio de este Padre, se trató de
presentar el resumen a Su Santidad. Hizo esta diligencia el
Cardenal Gaspar Contarini. El 3 de setiembre de 1539 mostró los
cinco capítulos a Paulo III, en quien hicieron gratísima impresión.
AI punto dio su aprobación verbal al proyecto, y el mismo día la
trasmitió Contarini a San Ignacio. Un año se dilató aún la
confirmación de la Compañía. Paulo III, antes de extender la bula,
nombró una comisión que examinase el asunto. El más ilustre
miembro de ella, el Cardenal Guidiccione, se opuso fuertemente a
la idea de fundar orden religiosa nueva, San Ignacio ofreció a
Dios tres mil misas por el feliz éxito del negocio. Estas súplicas y
las explicaciones que el Santo dio de palabra vencieron la oposición del Cardenal. El 27 de setiembre de 1540 se expidió la bula
Regimini militantis Ecclesiae aprobando y confirmando la
Compañía de Jesús.

51

CAPÍTULO VIII
SAN IGNACIO Y LA FUNDACIÓN DE
LA COMPAÑÍA

Obtenida la bula de Paulo III que confirmaba la Compañía,
era necesario ponerla en práctica, nombrando General de toda la
Orden y haciendo la profesión los primeros Padres, según lo dispuesto en la misma bula. Para este acto importante llamó Ignacio
a Roma a sus nueve compañeros, y en caso de no poder acudir
personalmente, les proponía que enviasen sus votos por escrito.
Porque es de saber, que durante el año que se pasó en la
negociación de la bula, el Sumo Pontífice había enviado a varios
de nuestros Padres a diversas regiones, para trabajar en la viña del
Señor. Cuatro de ellos no pudieron acudir a Roma, y eran, Javier
y Rodríguez que se bailaban en Lisboa, esperando embarcación
para la India, Fabro, a quien Paulo III había enviado a Alemania,
y Bobadilla que trabajaba en Bisignano y hubo de prolongar allí
su demora por orden del mismo Papa. Los tres primeros enviaron
su voto por escrito.
Juntos en Roma los seis restantes, a saber, Ignacio, Laínez,
Salmerón, Jayo, Broet y Coduri, procedieron a la elección de
General en la cuaresma de 1541. Después de algunos días de oración presentaron todos su voto por escrito. Los guardaron en un
arca con los votos de los ausentes (tal vez esperando el de
Bobadilla que nunca llegó). A los tres días se abrieron los votos
de los presentes y los de Fabro, Javier y Rodríguez ausentes, y
resultó elegido General San Ignacio por voto unánime de todos
los demás. Antes de aceptar el oficio, representó el Santo algunas
dificultades y rogó a sus compañeros, que lo pensasen más
despacio por tres o cuatro días. Accedieron ellos, y reuniéndose a
los cuatro días, nombraron otra vez unánimes a San Ignacio.
52

Entonces les dijo éste que le permitiesen consultar a su confesor,
para ver si debía en conciencia admitir aquel cargo.
Condescendieron ellos, aunque no sin dificultad. Va, pues,
Ignacio al convento de San Pedro Montorio, donde residía Fr.
Teodosio, religioso franciscano, con quien entonces se confesaba.
Tres días pasó allí haciendo confesión general de toda su vida. Al
fin, el día de Resurrección le pregunta qué debe hacer. Fr.
Teodosio respondió que debía aceptar el cargo, pues esta era
claramente la voluntad de Dios.
Se rindió el Santo y concertó con sus compañeros, que el
viernes siguiente (22 de abril 1541) hiciesen su profesión en la
iglesia de San Pablo. Reunidos allí los seis, se reconciliaron
brevemente unos con otros y luego dijo misa Ignacio en la capilla
de Nuestra Señora. Al tiempo de consumir, teniendo en una mano
la hostia consagrada, tomó con la otra la fórmula de su profesión
y vuelto a sus compañeros la leyó en voz alta. Luego consumió.
Se volvió luego a sus compañeros teniendo en la patena cinco
hostias consagradas. Ellos fueron haciendo su profesión y
recibiendo la comunión de mano de San Ignacio. Habiendo dado
gracias después de misa y hecho oración en los altares
privilegiados, al fin se juntaron en el altar mayor, y allí abrazaron
todos a San Ignacio con grandísima devoción.
Con este acto podía darse por terminada la fundación de la
Compañía. Sin embargo, todavía quedaba mucho que hacer a
nuestro santo Fundador. Como esta obra absorbió toda la vida de
Ignacio, creemos oportuno resumir brevemente los pasos que fue
dando desde el principio hasta el fin en esta magnífica empresa.
Ante todo no cabe duda, que la idea fundamental de la
Compañía y los puntos sustanciales de su Instituto fueron
revelados por Dios a San Ignacio ya en Manresa, y según el
testimonio del P. Jerónimo Nadal, esto ocurrió en la célebre
ilustración que el Santo recibió a orillas del Cardonel. Puede ver
el lector las pruebas de este hecho en nuestra Historia de la
Compañía de Jesús en la Asistencia de España, tomo I, p. 102.
Apenas volvió de Jerusalén, así como empezó la carrera de sus
estudios, así también comenzó a dar pasos para fundar la
Compañía, reuniendo compañeros animados de su espíritu que
quisieran seguirle. Durante seis años, de 1524 a 1530, sus
53

tentativas fueron inútiles, pues ni los cuatro compañeros que se le
juntaron en España, ni los tres primeros adquiridos en París
perseveraron en sus buenos propósitos.
Desde 1530 hasta 1534 allegó los seis primeros socios
estables, que fueron, Fabro, Javier, Laínez, Salmerón, Rodríguez
y Bobadilla. Poco después vinieron Jayo, Broet y Coduri. Cuando
hubo adquirido estos compañeros, observó con ellos un proceder
reducido a estos dos principios. Primero: no imponer su voluntad
a los otros, sino ejecutarlo todo con el consejo y deliberación de
ellos, portándose Ignacio como si fuera uno de tantos. Segundo:
irles insinuando suavemente las prácticas y obras apostólicas que
después debían establecerse en la Compañía de Jesús. Empero por
mucho que se ocultase Ignacio, existía realmente su dirección,
pues como dice el P. Simón Rodríguez, siempre sus compañeros
le respetaron como padre y le siguieron como a su guía: Semper
reliqui socii tamquam parentem coluerunt, tamquam ducem
secuti sunt.
Con esta suavidad introdujo Ignacio varias ideas, que más
adelante habían de convertirse en reglas, y antes de existir la
Compañía de Jesús, hizo insensiblemente jesuitas a sus
compañeros. Al deliberar sobre el voto de Montmartre
determinaron no recibir estipendio por los ministerios espirituales
ejercitados con los prójimos. Aquí aparece uno de los rasgos de la
pobreza usada en la Compañía. En las ciudades de Italia, cuando
empiezan nuestros Padres a predicar la palabra de Dios, se les ve
muy solícitos de enseñar el catecismo a la niñez. En los viajes
caminaban a pie y pidiendo limosna, cumpliendo así una de las
futuras probaciones de los novicios, de la Compañía. Al repartirse
de dos en dos por varias ciudades, procuraba Ignacio que siempre
fuesen pareados español con francés, costumbre que también
conservaban en los caminos. Así plantaba esa dulcísima caridad
fraterna, superior a toda diversidad de naciones, genios y
costumbres, que ha sido, es y esperamos será siempre el mayor
encanto de la vida religiosa en la Compañía. Finalmente, al
separarse en Vicencia a fines de 1537, les vemos tomar la
resolución de que por semanas sea cada uno superior de su
compañero. Con esto se reducía a la práctica la virtud de la
obediencia, aun antes de que en Roma se decidiese que la debían
ejercitar los Nuestros.
54

En el año que pasó desde las deliberaciones de 1539 hasta la
confirmación de la Compañía, ni Ignacio ni sus compañeros
dieron un paso en la organización de la Orden. Mientras el Santo
urgía el despacho de la bula pontificia, los otros Padres enviados
por el Papa a diversas ciudades hacían doquiera prodigios de celo
apostólico. En este tiempo ocurrió la célebre misión de San
Francisco Javier y del P. Rodríguez para las indias orientales,
hecho muy conocido, en el cual se observa, que si bien no estaba
nombrado todavía Ignacio Superior de la Compañía, en realidad
ya lo era, y como a tal le miraban sus compañeros.
Elegido General de la Orden, continuó el Santo su tarea de
fundador y ejercitó su actividad en dos campos distintos. Primero:
en procurar las bulas y documentos pontificios conducentes al
establecimiento de la Compañía. Segundo: en escribir las
constituciones y reglas. La bula de 1540 había puesto la
limitación de que no pudieran ser admitidos más de sesenta en la
Compañía. A los tres años y medio se obtuvo la bula Injunctum
Nobis, dada el 14 de marzo de 1544, por la que se permitía
admitir a todos los sujetos idóneos sin limitación de número. El 3
de junio de 1545 consiguió San Ignacio para los Sacerdotes de la
Compañía las facultades generales de predicar, oír confesiones,
conmutar votos y otras gracias que se suelen conceder a los
religiosos. El 5 de junio de 1546 concedió Paulo III la facultad de
admitir coadjutores, ya espirituales para ayudar a los profesos en
los ministerios sagrados, ya temporales para servir en los oficios
domésticos. Desde entonces apareció la Compañía con todos los
grados que actualmente posee y son, dos preparatorios y cuatro
definitivos. El 1.° es el de los novicios que durante dos años están
en probación. Al 2.° pertenecen los religiosos que, concluido el
noviciado, han hecho los votos simples y se preparan por varios
años con la práctica de las virtudes y los escolares con los
estudios, a la última incorporación. Los grados definitivos son:
1.°, los profesos de cuatro votos; 2.°, los profesos de tres votos;
3.°, los coadjutores espirituales formados; 4.°, los coadjutores
temporales formados.
Otros privilegios importantes logró San Ignacio de Paulo III
en la bula Licet debitum, expedida el 18 de octubre de 1549. Pero
la atención del Santo Patriarca se concentró principalmente en
preparar la bula importantísima dada por Julio III el 21 de julio de
55

1550. Desde el principio habían advertido nuestros Padres, que la
fórmula de nuestro Instituto aprobada por Paulo III no era del
todo clara y precisa. Era necesario reformar la bula, como ellos
decían, es decir, obtener otra bula pontificia, en la que se
explicasen y determinasen ciertos puntos capitales de nuestro
modo de vivir. En esto trabajó San Ignacio largo tiempo,
auxiliado principalmente por el P. Juan de Polanco, que desde
1547 fue su secretario. Este laborioso Padre estudiando la bula de
1540, anotó hasta 102 modificaciones que se podían introducir en
ella. Las comunicó con otros Padres y fue escribiendo al pie de
cada una lo que sobre ella pensaban. Este escrito pasó a manos de
San Ignacio, el cual escribió también su parecer después del de
Polanco y los demás.
Recogidas estas observaciones y consultando el negocio con
personas entendidas en el estilo y costumbres de la curia romana,
se rehízo la aprobación de la Compañía y se redactó la bula de
Julio III que hace notables ventajas a la de su antecesor. El fin de
nuestra Orden, los medios adoptados para conseguirlo, la elección
del Genera], el gobierno monárquico de la Compañía, la exclusión
del sistema capitular, la razón de fundar colegios, los votos
simples y los solemnes, los diversos grados de religiosos, todos
los caracteres en fin de nuestra Orden aparecen tan claros, que ya
no podía confundírsela con ninguna otra. Con razón miraban
nuestros antiguos Padres a la bula de Julio III, como a la piedra
angular de nuestro Instituto.
Mientras se preparaba este documento pontificio escribía
San Ignacio las Constituciones. Empezó este trabajo el año 1547 y
lo terminó en 1550. Advirtiendo lo delicado que debía ser siempre
el negocio de admitir sujetos en la Compañía, formó un libro
preliminar aparte, llamado Examen, en el cual precisa todo lo
posible este punto importante de nuestra legislación. Cuando hubo
terminado su obra, llamó Ignacio a Roma a los primeros
compañeros que aún vivían y podían concurrir, y convocó además
a otros Padres insignes que ya habían entrado en la Compañía. A
todos mostró el Examen y las Constituciones que había escrito,
pidiendo que le diesen con toda libertad su parecer.
No podemos determinar con certeza todos los padres que
fueron convocados. Nos consta, que residían entonces en Roma
56

los PP. Laínez, Polanco, Frusio y Miona. Por octubre de 1550
llegó San Francisco de Borja, todavía en hábito de duque, y con él
los PP, Araoz, Oviedo, Mirón, Estrada, Rojas, Tablares y Manuel
de Sá. Por enero de 1551 entraron en Roma los Padres Salmerón y
Simón Rodríguez. Examinaron estos hombres el código de
Ignacio, todos admiraron la sabiduría del Santo Fundador y
aprobaron de lleno las Constituciones. Algunos de ellos hicieron
tal cual observación sobre puntos secundarios; pero nadie tocó a
la sustancia del Instituto.
Recogió Ignacio las advertencias que le hicieran y en los
años 1551 y 52 repasó el código, añadiendo no pocas
declaraciones y precisando más lo que en la primera redacción
podía parecer indeciso u oscuro. Concluida la revisión, dispuso el
Santo que las Constituciones fuesen promulgadas en Europa por
el P. Jerónimo Nadal y en la India por el P. Antonio de Cuadros.
Advirtió; sin embargo, a todos, que con aquella promulgación no
entendía comunicar fuerza de ley a las Constituciones, pues esto
lo debía hacer la Congregación general de la Compañía, sino
solamente ponerlas en práctica por vía de ensayo. Hízose la
promulgación con mucha felicidad y en los últimos años de su
vida procuró el Santo ajustar la vida de sus hijos al código de las
Constituciones.
No las dejó de la mano el prudentísimo legislador en los
pocos años que aún le duró la vida. Con las dudas, observaciones
y preguntas que le dirigían, iba aclarando las ideas, precisando las
palabras e ilustrando con nuevas declaraciones el código ya
promulgado. De esta manera pueden distinguirse tres textos de las
Constituciones, El primero es el que escribió Ignacio en el trienio
de 1547 a 1550. EL segundo es el que rehízo, teniendo presentes
las observaciones de los Padres, en los años 1551 y 52, y luego se
promulgó por toda la Compañía. El tercero es el que dejó a la
hora de su muerte. Este último difiere poco del antecedente.
Además del Examen y las Constituciones que forman un cuerpo
legislativo completo, escribió Ignacio las reglas de la modestia y
otras sobre negocios domésticos de nuestras casas y colegios.
Por lo dicho se ve que la fundación de la Compañía absorbió
casi toda la vida de Ignacio desde que se consagró al servicio
divino.-Ajustando rigurosamente la cuenta, resulta que empleó en
57

esta obra treinta y dos años, desde que empezó a estudiar y reunir
compañeros en Barcelona el año 1524, hasta que murió en 1556.

58

CAPÍTULO IX
EXPANSIÓN DE LA COMPAÑÍA EN
VIDA DE SAN IGNACIO
(1540-1556)

Desde que fue confirmada la Compañía por Paulo III, San
Ignacio residió constantemente en Roma hasta su muerte acaecida
en 1556. Estos diez y seis años son el período más fecundo en
toda la vida de nuestro héroe. Entonces no solamente se consolida
y dilata la Compañía de Jesús por todo el mundo, sino también los
principios religiosos, las máximas ascéticas, las costumbres
apostólicas, el espíritu en fin de Ignacio se incorporan a la Iglesia
católica y empiezan a ejercer en el mundo moderno un influjo de
regeneración moral verdaderamente estupendo y que no creemos
haber sido estudiado lo bastante todavía. Resumiremos
brevemente la acción de nuestro Santo Padre en los diversos
órdenes de actividad apostólica, empezando, como es natural, por
el establecimiento de la Compañía, que fue su obra fundamental y
principio de todas las demás que emprendió para la gloria de
Dios.
Tres períodos podemos distinguir en aquellos primeros diez
y seis años de nuestra Orden. En los seis primeros los jesuitas son
pocos, empiezan a establecer entre grandes privaciones sus primeros domicilios y son dirigidos inmediatamente por el mismo
Ignacio en las misiones y trabajos apostólicos que acometen para
gloria de Dios y reforma del pueblo cristiano. Desde 1546 empieza el Santo a nombrar Provinciales, en quienes delega parte de su
autoridad y por medio de los cuales asienta la Compañía en los
principales centros de Europa. Al mismo tiempo emprenden los
jesuitas el ministerio de enseñar a la juventud y se echan los
cimientos de colegios importantes en varias poblaciones insignes.
59

Por fin, en 1552, empieza la promulgación de las Constituciones.
Ya tiene la Compañía legislación escrita. Con ella se uniforma la
vida de los colegios, los cuales se multiplican asombrosamente en
los cuatro últimos años del santo Fundador.
Ya antes de expedir la bula que confirmaba la Compañía,
había destinado Paulo III a varios de nuestros Padres para que
trabajasen en ciudades de Italia. Fabro y Laínez fueron enviados a
Parma en el otoño de 1539 con el Cardenal de Santangelo y allí
predicaron la palabra de Dios con grandísimo fruto cerca de un
año. Bobadilla ejercitó su celo por entonces en Calabria. A España vino por octubre del mismo año Antonio de Araoz, admitido
poco antes en la Compañía y que todavía no era sacerdote. Entró
por Barcelona y de allí se encaminó a Monserrat, Zaragoza,
Almazán y Toledo, predicando fervorosamente la palabra de Dios
y siendo escuchado en todas partes con grandísima aceptación.
Pasó después algunos meses en Guipúzcoa donde hubo de
arreglar algunos negocios domésticos, y terminada esta diligencia,
volvió a Roma en el verano de 1541 sin haber fundado ningún
domicilio de la Compañía en España.
Este mismo fenómeno observamos en varias misiones
importantes de aquellos tiempos. Entraban nuestros Padres en una
ciudad, la santificaban con sus sermones, extendían su celo tal vez
por los pueblos de su comarca; pero, al cabo de algunos meses,
volvían a Roma o se trasladaban a otra región sin haber abierto
ningún domicilio estable de nuestra Orden en el teatro de sus fatigas apostólicas. El P. Bobadilla evangelizó largo tiempo en
Calabria, principalmente en Bisignano en los años 1540 y 41,
visitando casi toda la diócesis con un fruto espiritual asombroso.
Se retiró de allí a fines de aquel año sin haber fundado ningún
domicilio nuestro. Lo mismo se diga del B. Pedro Fabro. Enviado
a la dieta de Worms con el Dr. Ortiz, en octubre de 1540,
fructificó espiritualmente durante algunos meses en varias
ciudades de Alemania y vino a España con el mismo Doctor en el
verano de 1541, pero ni en Alemania, ni en España pudo, por
entonces, asentar ninguna casa o colegio de la Compañía.
Los domicilios de nuestra Orden empezaron a. levantarse en
las ciudades donde brotaban más numerosas las vocaciones. El
primero de todos fue naturalmente la casa de Roma, formada por
60

San Ignacio y sus primeros nueve compañeros, aun antes de
fundarse la Compañía. Desde 1538 fueron despertándose algunas
vocaciones en la Ciudad eterna, y cuando en abril de 1541 fue elegido General el santo Fundador, ya tenía en casa doce sujetos
además de los primitivos Padres. «En la misma ciudad de Roma,
dice Ribadeneira, estábamos obra de una docena, que nos
habíamos allegado a los primeros Padres, para seguir su manera
de vida e instituto. Morábamos con grande pobreza y estrechura
en una casa alquilada, vieja y caediza, en frente del templo viejo
de la Compañía, y que para el nuevo que ahora tenemos se ha
derribado.»
El segundo domicilio de la Compañía fue la casa de Lisboa,
que años adelante se había de transformar en colegio con la
advocación de San Antonio. A ruegos de Juan III habían enviado
Paulo III y San Ignacio a Lisboa a San Francisco Javier y al P.
Simón Rodríguez con ánimo de mandarlos a la India. Llegados a
Portugal primero el P. Simón y luego Javier en la primavera de
1540, dieron tales muestras de celo apostólico, que el Rey pensó
detenerlos en la metrópoli para mayor bien de sus estados.
Empero comunicando el negocio con el Papa y con San Ignacio,
admitió el Rey la idea que éste le propuso y fue, que partiese
Javier para la India y quedase el P. Simón en Portugal. El gran
Apóstol del Oriente se embarcó para su misión en abril de 1541 y
su compañero quedándose en Lisboa, estableció una casa de la
Compañía en el monasterio de San Antonio que le dio
generosamente Juan III. Poco después, en el mismo año 1541, se
abría una modesta casa en París, para que viviesen en ella algunos
jóvenes de la Compañía que necesitaban hacer la carrera de sus
estudios.
En el año siguiente 1542, empezaron los colegios, aunque
todavía no eran para enseñar a otros, sino solamente para estudiar
nuestros jóvenes religiosos. El P. Polanco tiene cuidado de
advertirnos, que el cuarto domicilio de la Compañía fue el colegio
de Padua. Habiendo sido enviados desde Roma él y el joven
sacerdote Andrés Frusio a continuar sus estudios en aquella
célebre Universidad, se juntaron allí con Jerónimo Otelo, recién
admitido en la Compañía y con Esteban Baroello. Todos cuatro se
instalaron en una casa pobrecita por abril de 1542 y dieron
principio al colegio de Padua, que luego fue dotado y protegido
61

por Andrés Lipomano, llamado el prior de la Trinidad, del
nombre de un beneficio eclesiástico que poseía en Venecia.
Dos meses después, en junio de] mismo año, se daba
principio al celebérrimo colegio de Coimbra, que fue el más
numeroso y floreciente de la primitiva Compañía. La generosidad
de Juan III lo fue dotando cumplidamente y en torno de este
colegio brotaron tan numerosas las vocaciones a nuestro Instituto,
que a los dos años ya eran sesenta los jóvenes jesuitas que se
educaban religiosamente en Coimbra. En el mismo año entraba la
Compañía en los Países Bajos de un modo bien inesperado, Por
Julio declaró Francisco I la guerra al Emperador Carlos V y por
vía de precaución militar, mandó salir de sus estados a todos los
vasallos de su rival en el término de pocos días. Para entonces ya
se había formado en París una comunidad de diez y seis jóvenes
jesuitas dedicados a los estudios, cuyo superior era el P. Jerónimo
Doménech, y entre los cuales se contaba el célebre P,
Ribadeneira. Como de ellos eran nueve vasallos de Carlos V entre
españoles y flamencos, hubieron de salir los nueve de París y
guiados por el Padre Doménech, corrieron a Flandes entre grandes peligros de la vida. Allí se acomodaron el mes de agosto en
Lovaina, al lado de la célebre Universidad, y dieron principio a
aquel colegio, que había de ser tan fecundo, espiritual y literariamente en todos los tiempos de la Compañía.
En el año siguiente, 1543, empiezan los domicilios de la
Compañía en España, Alemania y la India oriental. Aunque
desde. 1539 habían evangelizado en España el P. Araoz y el B.
Pedro Fabro, no habían asentado ninguna casa ni colegio. Esto lo
hizo un humilde extremeño, el Hermano Francisco de Villanueva,
que siendo ya de treinta y dos años fue admitido en Roma por San
Ignacio y después de algunos meses de probación enviado a
Coimbra para estudiar. Como allí le fuese mal de salud, dispuso el
Santo que pasase a vivir en Alcalá, donde podría hacer sus estudios, En abril de 1543 entró solo Villanueva en esta ciudad y
empezó a estudiar gramática. Permaneció sólo dos años, hasta que
en Í545 Fabro y Araoz le enviaron algunos compañeros, con los
cuales se dio principio al colegio de Alcalá, el más fecundo en
vocaciones de toda España en los treinta primeros años de la
Compañía. El mismo año, 1543, abrió San Francisco Javier, en
Goa, el primer colegio de la India, o por mejor decir, admitió la
62

dirección de un colegio ya establecido para la educación de los
indígenas. Entretanto, gracias a las diligencias de Fabro y del
Beato Pedro Canisio, poco antes recibido en la Compañía, se
instalaba en Colonia el primer colegio que tuvimos en Alemania.
En 1544 se abrió el colegio de Valencia, en 1545 el de Valladolid,
y poco después, el mismo año, el de Gandía, Al mismo tiempo se
establecían los jesuitas en Barcelona.
Brotaban por doquiera numerosas vocaciones a la
Compañía, y esta afluencia de postulantes se mostró
principalmente en cuatro puntos, en Roma y en el centro de Italia,
en Portugal, en la España central y en Flandes. El año 1546 fue
memorable por la vocación de San Francisco de Borja, Duque de
Gandía, a quien San Ignacio admitió en la Compañía por octubre,
aunque todavía hubo de conservar el ducado y la administración
de sus bienes cuatro años y medio, para acomodar a sus hijos y
terminar otros importantes negocios. La entrada de este hombre
fue un hecho capital en nuestra historia, pues primero por sus
limosnas y después principalmente por sus virtudes y por la
inmensa autoridad de que gozaba con el Emperador y con el Rey
de Portugal, fue verdaderamente el ángel tutelar de la Compañía
en nuestra península durante muchos años.
Por entonces introdujo San Ignacio en la Compañía la
costumbre usada en todas la Órdenes religiosas de nombrar
Provinciales. El 10 de octubre de 1546 expidió la patente que
designaba Provincial de Portugal al P. Simón Rodríguez. El año
siguiente era constituido Provincial de España el P. Antonio de
Araoz. En este tiempo empieza la Compañía a enseñar en sus
colegios a los alumnos seglares, y este ministerio tan característico de nuestra Orden fue tomando mayor incremento de
día en día. En 1547 partía de Portugal la primera misión para el
África, desembarcando en el Congo tres Padres y un Hermano
coadjutor. En 1548 se abría en España el colegio de Salamanca y
entraba la Compañía en Sicilia de un modo verdaderamente
triunfal, pues fundaba los dos célebres colegios de Mesina y
Palermo y recogía tan copioso fruto espiritual, que apenas se
había visto otro semejante en otras naciones. En estos años por la
predicación del Padre Laínez arraigaba la Compañía en Florencia
y se daban los primeros pasos para fundar en Bolonia, en Venecia
y en otras principales ciudades de Italia.
63

El año lé49 es memorable en nuestra historia por el
establecimiento de las grandes misiones del Japón y del Brasil. Ya
bacía siete años que el gran Javier evangelizaba en la India y
asombraba con sus virtudes y milagros a todo el Oriente. Había
Recorrido la costa del Indostán hasta el cabo de Comorín, había
predicado en la isla de Ceilán, en Meliapor, en la península de
Malaca y en numerosas islas Malucas y tenía establecidas varias
residencias de la Compañía en aquellos remotísimos países. Este
año el día 15 de agosto desembarcó en el Japón y empezó a poner
los cimientos de aquella misión, la más admirable que se ha visto
en los tiempos modernos. En el mismo año el P. Manuel de
Nobrega y el P. Juan de Azpilcueta ponían los pies en el Brasil y
fundaban aquella misión, que muy pronto pasó a ser provincia de
la Compañía.
En los años siguientes continuaron fundándose en Europa
numerosos colegios con pasmosa actividad. No podemos
enumerarlos todos; pero nos parece indispensable llamar la
atención sobre dos instituidos por el mismo San Ignacio en la
capital del orbe católico. Tales fueron el colegio romano y el
germánico. El 18 de febrero de 1551 catorce jóvenes religiosos de
la Compañía, bajo la dirección del P. Juan Pelletier, francés, se
alojaban en una modesta casa de la Vía Capitolina y daban
principio al colegio romano, que debían ser, según el plan de San
Ignacio, como el modelo de todos los colegios de la Compañía,
donde se educase en virtud y letras a los Nuestros y se comunicasen los mismos beneficios a los externos, todo a los ojos del
Sumo Pontífice que podía vigilar de cerca la ortodoxia de la
doctrina y la santidad de las costumbres. El colegio germánico,
cuya primera idea se debió al Cardenal Morone, lo abrió San
Ignacio en 1552, para formar en virtud y ciencia católica a
jóvenes alemanes, que pudieran ser después apóstoles de sus
paisanos.
En el mismo año 1552 empezó la grande obra de promulgar
las Constituciones. El P. Jerónimo Nadal, escogido para esta
empresa, las promulgó y puso en práctica en Sicilia. En los dos
años siguientes 53 y 54 las estableció en Portugal y España y en
los últimos años de San Ignacio en el norte de Italia. La visita del
P. Nadal fue acompañada de una gran eflorescencia de vocaciones. En España, sobre todo, se fundaron numerosos colegios, y
64

en la primavera de 1554, Nadal, por orden de San Ignacio, dividió
en tres la provincia española, que fueron: la provincia de Aragón,
la de Andalucía y la de Castilla. No debemos omitir que a la
muerte de San Ignacio estaba en camino para Etiopía una
expedición de misioneros.
El P. Polanco, escribiendo seis días después de, morir San
Ignacio al P. Ribadeneira que se hallaba en Flandes, hace el
siguiente cuadro de la Compañía con el cual cerraremos este
capítulo: «Ha dejado Nuestro Padre desde el 1540 acá que se
confirmó la Compañía ordenadas doce provincias, y serían trece,
si se contase la Etiopía, de la cual fue Provincial el P. Tiburcio o
Antonio de Cuadros. Allá, en Flandes, saben de las seis; de las
Indias, Brasil, Portugal, Andalucía, Castilla y Aragón. Acá, en
Sicilia, es Provincial el Maestro Hierónimo (Doménech), en Italia
citra Romam el Maestro Laínez. En Roma con lo de Nápoles y
Tívoli no hay nombrado Provincial, porque esto se gobierna
cómodamente del General. De Francia es Provincial el Maestro
Pascasio (Broet). De Flandes el Maestro Bernardo Oliverio, de
Alemania el Dr. Canisio. Y los colegios y casas que viviendo
Nuestro Padre se han ordenado pasan de ciento. Dios sea loado,
que tanto aumento ha sido servido de dar a esta su mínima
Compañía.» No indica el P, Polanco el número de sujetos que
entonces poseía nuestra Orden. Sabemos por otros documentos
que eran aproximadamente un millar. Verdaderamente podemos
exclamar: Digitas Dei est hic.

65

CAPÍTULO X
SAN IGNACIO Y LA REFORMA
ESPIRITUAL DEL PUEBLO CRISTIANO

A principios del siglo XVI nada era tan general y frecuente
en el pueblo cristiano, como el deseo de reforma. Todos
deploraban la espantosa relajación de costumbres a que había
descendido la Iglesia. En discursos, en historias, en tratados
morales, en comedias, en sátiras, en todas las formas literarias
posibles se denunciaban los vicios de la sociedad y se clamaba
por el remedio. Sin embargo, en medio de este anhelo universal,
eran muy pocos los que se aplicaban con seriedad a procurar la
reforma de las costumbres. Uno de estos pocos fue San Ignacio.
Sin escribir ningún discurso, ninguna sátira, ninguna invectiva
contra los vicios, trabajó cuanto pudo por extirparlos y por
reanimar en la Iglesia el espíritu de Jesucristo.
El primer medio que para esto adoptó fue la predicación. Es
el más obvio y natural que siempre se ha usado en la Iglesia de
Dios. Desde que en el verano de 1537, recién ordenados de sacerdotes, nuestro Padre y sus compañeros empezaron a predicar por
las calles y plazas de Vicencia, fue siempre ocupación constante
de los Nuestros sembrar en el pueblo cristiano la palabra divina.
Un obstáculo grave sentía personalmente San Ignacio en este
ministerio y era su dificultad de expresión. Aun en español
hablaba y escribía con trabajo. ¿Qué sería en otras lenguas? El Padre Ribadeneira que le oyó predicar en italiano el año 1540 afirma
que apenas decía el Santo frase alguna, cuyo lenguaje no debiera
corregirse en algo. Esto, no obstante, aquellos sermones producían un efecto espiritual asombroso. Principalmente, cuando al
fin del sermón alzaba la voz y decía estas o parecidas palabras:
amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda
66

el alma y la vida, el auditorio entero caía de rodillas traspasado de
profundísima devoción. El Padre Laínez se espantaba al ver la
compunción con que venían los hombres a confesarse después de
haber oído los sermones de San Ignacio. La virtud sublime, el
celo incomparable triunfaba de todos los obstáculos y suplía por
todo el arte y elocuencia del mundo.
Este espíritu de celo apostólico que a él le animaba lo
infundió en todos sus hijos. El que logró triunfos más admirables
por la predicación, en los primeros años de la Compañía, fue el P.
Diego Laínez. Primero en Parma, Piacenza, Venecia, Padua y
Bassano, después en Florencia, Nápoles y Palermo, otra vez en
Florencia y Pisa, por último en Génova la elocuencia de Laínez
removía las poblaciones enteras, consiguiendo, no aplausos
teatrales, sino saludable mudanza en las costumbres y un como
renacimiento religioso en el católico pueblo italiano. En menor
escala imitaban estos triunfos en otras ciudades de Italia los PP.
Salmerón, Broet, Bobadilla, Estrada, Doménech, sin contar otros
jóvenes que en vida de Ignacio empezaron a darse a conocer. En
España se anunció la Compañía con los brillantes y
concurridísimos sermones del P. Antonio de Araoz, que predicó
en Barcelona, Valencia, Valladolid, Alcalá y otras ciudades
importantes. En Portugal fue tan profunda la impresión causada
por los sermones fervorosos de los jesuitas, que el pueblo les dio
el nombre estupendo de apóstoles.
En todo esto nada de nuevo introducía nuestro Padre en la
iglesia. Lo que sí tuvo algo de novedad fue la enseñanza del
catecismo, es decir, la forma particular de que se revistió este
acto. Nuestro Santo Patriarca se había encariñado con este
ministerio. Ya en Manresa enseñaba el catecismo a los niños que
acudían al hospital de Santa Lucía. Cuando en 1535 pasó breve
tiempo en Azpeitia, reunía por las calles los niños y la gente pobre
y les declaraba las verdades de la fe. En la fórmula de la profesión
que hizo con sus compañeros al ser nombrado General, incluyó
expresamente la obligación de enseñar la doctrina a los niños, y
los dos primeros oficios que desempeñó, al emprender el gobierno
supremo de la Compañía, fueron, servir en la cocina y enseñar el
catecismo a los niños cuarenta y seis días seguidos.
67

En la misma forma empezó su apostolado en la India San
Francisco Javier. Con una campanilla en la mano salía por las
calles de Goa, y en voz alta invitaba a los padres y madres a que
enviasen sus hijuelos a escuchar la doctrina cristiana. Cuando
tenía reunido un buen número de niños, se dirigía con ellos a una
iglesia y allí les enseñaba las verdades de la fe.
Este ejemplo de Ignacio y Javier fue imitado constantemente
por sus hermanos de religión. En todas las cartas y relaciones
antiguas, al referirse los ministerios apostólicos de nuestros
Padres, se consagra siempre un recuerdo a la enseñanza del
catecismo. Variaba algún tanto la manera de hacer este acto,
según la diversidad de naciones y de costumbres; pero véase la
fórmula general que se le dio en España, y según la cual se ejecutaba en nuestras grandes ciudades. Salía un Hermano con una
campanilla que empezaba a tocar acompasadamente por las calles.
Venía después uno o varios Padres, Hermanos y estudiantes con
cañas en la mano para poner orden éntrela gente menuda.
Empezando a reunirse niños, los formaban procesionalmente y se
entonaban las letanías o algunas coplillas devotas que contenían
verdades de la doctrina cristiana. Recorriendo así las principales
calles del pueblo, llegaba la procesión a nuestra Iglesia, o se
detenía en alguna plaza espaciosa, sobre todo cuando el concurso
no podía caber en el templo.
Entonces se acomodaba la gente como podía. El Padre
doctrinero subía al pulpito, o a una mesa o tablado, si el acto se
hacía en la plaza. Desde allí explicaba las verdades de la fe. Era
muy ordinario poner delante del púlpito o tablado dos niños listos.
Uno preguntaba, otro respondía. Estos niños decían el texto del
catecismo, el Padre doctrinero iba dando reposadamente las explicaciones y enseñanzas oportunas. Hacia el fin del acto un niño
contaba algún ejemplito para demostrar la misericordia divina, la
necesidad de confesarse, el no callar pecados en la confesión u
otro principio fundamental de la moral cristiana. Se terminaba la
función con algún canto sagrado. No es creíble el fruto espiritual
que se siguió de estos catecismos en todo el mundo, pero de un
modo particular en España. En muchos casos los niños eran lo de
menos. Un gentío inmenso de todas las clases sociales se
agrupaba en torno de los tiernos párvulos y escuchaba en silencio
con extraordinaria devoción ya las explicaciones doctrinales, ya
68

las fervorosas exhortaciones que les dirigía el catequista. En 1559
se hizo un catecismo en Segovia a tres mil niños contados, en
torno de los cuales se extendía un auditorio que nadie podía
contar. En Alcalá, en Sevilla, en Valencia, en las principales
poblaciones de España se repetían espectáculos semejantes.
Nuestra Madre la Iglesia en las lecciones del breviario
abraza con una frase estas tres obras buenas ejecutadas por San
Ignacio: Catechismi traditio, concionum ac Sacramentorum
frequentia ab ipso incrementum accepere. Hemos dicho algo
sobre las dos primeras. Ahora debemos añadir, que como fruto de
ellas se siguió en toda la Iglesia un felicísimo progreso en la frecuencia de Sacramentos. Quería San Ignacio acercar todas las
almas a Jesucristo, poner todos los corazones en íntima
comunicación y contacto con el corazón de Jesucristo y por eso
trabajó cuanto pudo en renovar la costumbre entonces tan
olvidada de frecuentar los Sacramentos. Hoy no tenemos idea del
lamentable abandono a que habían llegado los fieles en esta
materia. Confesar y comulgar se miraba como una especie de
penitencia o austeridad que se debía ofrecer a Dios una vez al año
a fines de cuaresma. En 1542, porque San Francisco de Borja,
siendo Virrey de Cataluña, confesaba y comulgaba cada ocho
días, se levantó tal contradicción, que hubo quien impugnó hasta
en el pulpito tan santa costumbre. En 1547 porque la familia del
Virrey de Sicilia, Juan de Vega, empezó, bajo la dirección de
nuestro P, Jerónimo Doménech, a recibir los Sacramentos cada
quince días, hubo general admiración y como estupor en toda la
isla.
Contra este deplorable abandono reaccionó con toda su alma
nuestro Padre San Ignacio, Una de las primeras cosas en que
imponía a sus discípulos y a cuantos acudían a él era la práctica
de confesarse y comulgar en días fijos y con la debida
preparación. Al fin de los Ejercicios, entre las reglas que propone
para sentir con la Iglesia y conformarse con su espíritu, escribe la
siguiente: «Alabar el confesar con sacerdote y el recibir del
Santísimo Sacramento una vez en el año, y mucho más en cada
mes, y mucho mejor de ocho en ocho días con las condiciones
requisitas y debidas.» No aconsejó mayor frecuencia de Sacramentos en general, porque en aquellos tiempos no era posible,
pero en casos particulares bien se ve que no vacilaba en exhortar a
69

la comunión cotidiana, como nos consta por el ejemplo de la
piadosa señora Teresa Rejadella, a la cual aconsejó resueltamente
comulgar todos los días. Merece leerse la carta que sobre esto le
escribió el 15 de noviembre de 1543. (3)
Con el ansia de atraer los corazones a Jesús Sacramentado,
aprovechaba Ignacio las ocasiones que se ofrecían de pedir a la
Santa Sede jubileos, que en aquel tiempo de viva fe eran recibidos
con extraordinaria devoción. Para muestra véase lo que sucedía en
Trípoli con el jubileo que nuestro Santo negoció para el ejército
que peleaba contra Draguí en 1550. Habla el P. Laínez que lo promulgó entre los soldados. «Es tanta la devoción y alegría, con que
se ha aceptado por todos el jubileo, que creo Nuestro Señor será
mucho servido. Hasta dos y tres y seis horas de noche estamos
ocupados en confesar, y desde antes que amanezca. Se confiesan
todos grandes y chicos, y muchos se mudan de vida.» Observe el
lector un acto de caridad en que se distinguieron Ignacio y sus
compañeros. Tal era el estarse larguísimas horas en el
confesonario, sin cansarse nunca de oír a los fieles. Una de las
cosas que procuraba establecer Ignacio en todas nuestras casas y
colegios era que hubiese todas las facilidades posibles, para que
los fieles pudieran confesar sus culpas y recibir la Sagrada
Eucaristía.
De aquí resultó que en torno de todos nuestros domicilios se
formaba un gran concurso de personas buenas que frecuentaban
los sacramentos y daban ejemplo de virtudes cristianas. Este
fenómeno que ya en vida de San Ignacio sorprendió
agradablemente a Santo Tomás de Villanueva, entusiasmaba
después al Beato Juan de Ribera, devotísimo, como todos saben,
del Santísimo Sacramento. Este ilustre prelado, que vio el primer
medio siglo de la Compañía, ponderaba como uno de los grandes
bienes traídos al mundo por esta Orden religiosa, «tan
extraordinaria mudanza en las costumbres, tanta frecuencia de los
santos Sacramentos, que en tiempo de nuestros abuelos, cuando
mucho se llegaban de año a año al Santísimo Sacramento, sin
haber en toda la cristiandad quien más a menudo se llegasen y
entonces con tan poca luz y aparejo, y ahora es frecuentado tan a
menudo por tantas personas que tratan de cosas de devoción y
3

Monumenta Ignatiana, Ser. I, T. I, p. 275.

70

oración a donde la Compañía está». Así se explicaba en cierto
sermón este modelo de obispos y bien muestran sus palabras el
éxito felicísimo que logró San Ignacio en la frecuencia de
Sacramentos.
Pero esta obra podemos decir que fue común "a nuestro
Padre con los otros santos que entonces florecieron. Lo propio, lo
singular y característico de Ignacio fueron los Ejercicios espirituales, obra indudablemente inspirada por Dios, con la cual el
solitario de Manresa primero se santificó a sí mismo, y después
engendró en Cristo a hijos tan admirables como San Francisco
Javier, el B. Pedro Fabro, el P. Laínez, el Padre Nadal y otros
ciento. El libro de los Ejercicios no es tan solo para convertir al
pecador, aunque por eso empieza, Sino para transformar radicalmente al hombre y conducirle no solamente al estado de gracia,
sino al heroísmo de la virtud. La práctica de los Ejercicios
empezada lentamente en el siglo XVI, se ha ido extendiendo cada
vez más en la Iglesia, y hoy en día se dan todos los años
centenares de tandas de Ejercicios a todo género de gentes.
Y lo que es más de estimar, Nuestra santa Madre Iglesia en
el moderno Código eclesiástico ha impuesto la obligación de
hacer Ejercicios en ciertos tiempos no solamente a los religiosos,
sino también al clero secular, a los ordenandos, a los seminaristas
y a otras personas. Debemos reconocer, que lo que hemos ganado
en extensión, hemos perdido tal vez en intensidad, y que muchos
Ejercicios dados en nuestros días son diminutos, y, por
consiguiente, menos eficaces. Con todo eso siempre es verdad que
los Ejercicios son el medio de obtener conversiones más
profundas y transformaciones más admirables en el orden moral.
Quiera Dios que algún hombre laborioso escriba la historia de
esta santísima práctica y forme alguna estadística, siquiera
aproximada, de los que hicieron y hacen Ejercicios. Con esa
historia a la vista entenderemos cuánta verdad es lo que escribía el
mismo San Ignacio al P. Manuel Miona, que los Ejercicios son
«lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así
para el hombre poderse aprovechar a sí mismo, como para poder
fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos».
También debe llamarse propiedad de San Ignacio el haber
introducido entre los religiosos la costumbre de consagrarse a la
71

educación y enseñanza de la juventud. Siempre se ha enseñado en
la Iglesia de Dios, cumpliendo el precepto de Cristo: «id y
enseñad a todas las gentes». En las catedrales antiguas, en las
abadías medioevales nunca dejó de instruirse a los fieles en los
misterios de la fe y en la práctica de las virtudes cristianas.
Advertimos sin embargo, que esas instituciones no tenían con
preferencia el carácter docente. Las catedrales se habían levantado
para alabar a Dios y celebrar los sagrados misterios. Las abadías
se edificaban para santificar a los monjes que se encerraban en su
sagrado recinto. San Ignacio fue el primero que introdujo entre los
religiosos el tomar por oficio la educación de los jóvenes, el
construir colegios, esto es, edificios dedicados primariamente a la
educación y enseñanza de la niñez. En estos colegios no debía
ensenarse tan sólo la religión y la moral, como se hace en los
pulpitos, sino todas las ciencias que pueden servir a la recta
cultura y elevación del hombre.
Felicísima fue esta innovación introducida por nuestro
Padre, y para convencerse de ello basta observar el fervor con que
las Órdenes y Congregaciones religiosas que han venido después
se han dedicado en una forma o en otra a la educación de la niñez.
Hasta las Órdenes más antiguas han seguido el impulso dado por
San Ignacio, y en nuestros días abren establecimientos docentes
con gran regocijo de la Iglesia y sumo provecho espiritual de las
almas. En esta parte los méritos de la Compañía son tan
conocidos, que para mu chas personas la gloria principal de los
jesuitas es el ser buenos educadores de la juventud. Bien lo
manifestó Europa entera en el siglo XVI, cuando tantas ciudades
pedían colegios de la Compañía, El P. Aquaviva afirmaba, que en
los doce primeros años de su generalato (de 1581 a 1592), además
de los colegios que había admitido, había rehusado ciento
cincuenta, por no tener sujetos para satisfacer a tantas peticiones.
Considérese por otro lado el concurso de jóvenes que se reunían
en esos colegios (en Sevilla llegaron a mil, en Monterey a mil
doscientos) y calcule quien pueda el bien inmenso que debe la
Iglesia a la Institución introducida por San Ignacio.
Otra innovación simpática de nuestro Padre fue el consagrar
la Compañía de un modo especial a la obediencia del Sumo
Pontífice y la defensa de sus derechos. Todos saben el
sacudimiento nunca visto que padeció la Santa Sede en el siglo
72

XVI. Lutero y sus secuaces dirigieron todas sus baterías contra la
autoridad del Papa, la cual nunca se vio en tanto riesgo, como en
aquel terrible cataclismo, que separó de Roma a todo el norte de
Europa. En tan críticas circunstancias muy oportuno fue levantar
una Orden que defendiera de un modo especial la Santa Sede, y
reanimara en el pueblo el amor y obediencia que se debe al
Vicario de Cristo.
Aún nos falta declarar los asilos fundados por San Ignacio
para defender la castidad dé las doncellas, las casas para instruir a
los catecúmenos, las reformas de monasterios de monjas, la
pacificación entre príncipes, el rescate de cautivos..., pero si nos
ponemos a explicar todo esto, la VIDA BREVE de San Ignacio
resultará no poco larga. Habremos de poner punto final,
confesando ingenuamente que nos asombra y espanta lo que hizo
por la reforma de la Iglesia nuestro santísimo Fundador. Y todo
esto con humildad y silencio, sin peroratas fogosas, sin sátiras
violentas, sin hablar contra nadie, sin mencionar apenas los males
de la sociedad que él conocía perfectamente. Léanse los doce
tomos de su correspondencia que ya se han publicado. Nunca
hallaréis en ellos el más ligero desentono, San Ignacio era todo
obras, no palabras, y en esas obras, como eran de Dios, se
hermanaban por maravillosa manera la suavidad y la eficacia. El
proceder de nuestro Santo en la santificación del mundo puede
reducirse a esta fórmula: mucha oración, mucho juicio, mucha
paciencia, mucha, muchísima firmeza y constancia.

73

CAPÍTULO XI
SAN IGNACIO Y LAS MISIONES DE
INFIELES

El tiempo en que se convirtió a Dios nuestro Padre San
Ignacio era una época singularísima, y podemos decir, única en la
historia del género humano, Cristóbal Colón había descubierto un
Nuevo Mundo en Occidente, Vasco de Gama había abierto el
camino del Oriente. El mundo, circunscrito hasta entonces a las
orillas del Mediterráneo, dilataba por todos lados sus horizontes,
Pueblos innumerables aparecían por doquiera, sentados en las
sombras del error y esperando a los predicadores del Evangelio,
que acudieran -a difundir la luz de la fe y a regenerarlos con las
aguas del bautismo. Nunca como entonces se había sentido la
necesidad de cumplir la palabra de Jesucristo: Euntes docete
omnes gentes.
Todas las almas nobles oían en su interior esta voz, pero de
un modo particular la oyó nuestro Padre San Ignacio. Desde que
fue ilustrada su mente a orillas del Cardoner, sus ojos se fijaron en
la conversión de la gentilidad. Cuando peregrinó a Jerusalén, su
primer impulso fue quedarse en aquel país, sacrificando su vida a
la conversión de los musulmanes y otros infieles. No era este el
designio de la Providencia, Dios no le quería para simple
misionero, sino para padre y capitán de misioneros. Por eso le
colocó en el centro de la cristiandad, donde pudiera reclutar sus
huestes y dirigirlas a la conquista espiritual de los gentiles.
En la fórmula del Instituto presentada a Paulo III, e incluida
textualmente en la primera bula confirmatoria de la Compañía, al
mencionar el cuarto voto de obediencia al Papa que hacen los
profesos, pone San Ignacio como primero y principal objeto de
74

este voto las misiones a los gentiles. Dice así: «A cualesquiera
provincias a donde nos quisieren enviar los Sumos Pontífices,
estemos de nuestra parte obligados a ejecutarlo al instante, sin
ninguna tergiversación o excusa, ya nos envíe a los turcos, ya a
cualesquiera otros infieles, aun de los que viven en las regiones
llamadas Indias, ya a los herejes o a los cismáticos o a
cualesquiera de los fieles.» Esta misma expresión se conservó en
la bula de Julio III.
Pronto le deparó Dios la ocasión para ejercitar este voto. En
el mismo año 1540, antes de ser confirmada la Compañía, el Rey
Juan III de Portugal, por medio de su embajador en Roma, Pedro
Mascareñas, pidió a San Ignacio seis Padres para predicar el
Evangelio en las Indias Orientales. Pocos eran para tan vasto
territorio, muchos para el corto ejército de que entonces disponía
nuestro Padre. Aunque fueron señalados para esta misión dos de
los diez primeros, al fin sólo pudo ir a las Indias uno; pero ese uno
valía por mil, ese uno había de ser modelo insuperable de
misioneros, ese uno había de despertar en todo el mundo
innumerables vocaciones a la vida apostólica.
El 7 de abril de 1541 se embarcaba en Lisboa San Francisco
Javier y después de trece meses de penosa navegación llegaba a
Goa el 6 de mayo de 1542. Los cinco primeros meses los empleó
en la capital enseñando el catecismo a los niños, visitando las
cárceles y hospitales y convirtiendo a vida cristiana a numerosos
pecadores. Por octubre de aquel mismo año pasaba a sembrar la
palabra divina en la costa de la Pesquería, y de este modo a los
dos años de su fundación empezaba la Compañía de Jesús a
predicar el Evangelio a los gentiles.
No describiremos los trabajos apostólicos de Javier en la
Pesquería. La célebre carta que él escribió a los Padres de Roma
el 12 de enero de 1544 puede decirse sin exageración que dio la
vuelta al mundo. Era la primera relación de nuestras misiones que
se recibía en Roma, y lo singular del asunto, la lejanía de los
hechos, el éxito asombroso de la predicación evangélica que en
esa sencilla relación se percibía, llenó de grata sorpresa a todas las
almas buenas de Europa. Primero en su lengua original, luego
traducida al latín corrió la carta por toda la cristiandad, excitando
el celo apostólico y despertando numerosas vocaciones a la
75

Compañía de Jesús. Esta carta trajo a nuestra Orden al P.
Jerónimo Nadal, y a esta carta aludía el P. Araoz, cuando refería
el hecho curioso de que el Cardenal Tavera, Arzobispo de Toledo,
«hizo que le leyesen toda la letra de nuestro Hermano. Maestro
Francisco Javier, de que fue muy contento, y así lo han sido
muchos de estos reinos, de manera que no menos fruto ha hecho
en España y Portugal con su letra, que en las Indias con su
doctrina».
En los tres años de 1542 a 1545 evangelizó Javier a lo largo
de la costa occidental del Indostán desde Goa hasta el cabo de
Comorín, penetró en algunas regiones tierra adentro y sembró
también la palabra divina en la isla de Ceilán y en algunas
poblaciones del Este del Indostán. En la segunda mitad de 1545 se
encaminó a Malaca, que era otro de los grandes emporios
portugueses en el extremo Oriente. Allí repitió durante algunos
meses los actos de celo y de fervor cristiano, que le vimos
ejecutar en Goa recién llegado a la India. Los años 1546 y 47 los
pasó el Apóstol de las Indias en perpetuo movimiento. Entonces
hizo la excursión a las islas Malucas, santificó las islas del Moro
y, como parece muy probable, tocó en la isla de Mindanao, por lo
cual la antigua provincia de Filipinas le solía reverenciar como a
su patrón especial. Vuelto a Malaca a fines de 1547 se encontró
allí con una expedición de misioneros que le habían enviado de
Portugal, y con este auxilio oportuno pudo establecer varios
domicilios de la Compañía en los puntos más importantes en que
había misionado, como Goa, Cochín, Malaca, Ternate y algunos
más.
Al mismo tiempo que Javier echaba los cimientos de
nuestras misiones orientales, se emprendieron en Africa dos obras
apostólicas que dieron positivo resultado en bien de las almas,
pero no lograron fundación permanente. La primera fue la
expedición al Congo. A fines de 1547 fueron enviados a este país
los PP. Diego Díaz, Jorge Alvarez y Cristóbal Ribeiro con el Hermano coadjutor Diego Loveral. Llegados al término de su viaje a
principios de 1548, fueron bien recibidos por el Rey del Congo y
asistidos por los portugueses que dominaban en aquellas costas.
Durante un año santificaron con los sacramentos a los
portugueses, y valiéndose de intérpretes predicaron, como
pudieron, la fe a los gentiles. No fueron estériles sus trabajos,
76

pues numerosos indígenas recibieron la fe y fueron regenerados
por las aguas del bautismo. Sin embargo, la dificultad de la vida
en aquel país, y lo insalubre del clima que estragó la salud de los
misioneros, hizo que por entonces no se lograra en el Congo un
establecimiento fijo. Lo mismo sucedió en Tetuán adonde pasaron
algunos jesuitas con ocasión de rescatar cautivos. Rescataron en
efecto a varios, y lo que es más, consolaron y edificaron a otros
muchos con la doctrina que les enseñaron y con las limosnas que
pudieron repartir entre aquellos infelices, pero no se pudo fundar
allí ninguna residencia. Hecha una excursión caritativa por las
mazmorras de los cautivos, se volvieron a Portugal los
misioneros. Se repitió la excursión otros años, siempre con fruto,
pero no se asentó establecimiento permanente en aquel país.
Donde sí echó raíces la Compañía fue en las dos grandes
misiones que se abrieron en 1549, en el Brasil, y el Japón. El 1 de
febrero se embarcaron en Lisboa con Tomás de Sosa, nombrado
Gobernador del Brasil, los PP. Manuel de Nóbrega portugués y
Juan de Azpilcueta, navarro, con otros cuatros compañeros.
Llegaron en cincuenta y seis días al término de su viaje, y
observando el gran concurso de indios que rodeaban las poblaciones portuguesas, se aplicaron fervorosamente al cultivo
espiritual de aquellos infelices. Es curioso un dato que nos
suministra el P. Polanco. Dice que el P. Azpilcueta aprendió
pronto el lenguaje de los indígenas, porque se parecía bastante al
vascuence, que era la lengua nativa del Padre. Dejamos a los
filólogos el averiguar esta cuestión y contentémonos con decir,
que los jesuitas hubieron de trabajar y padecer muchísimo para
desarraigar ciertas costumbres bárbaras de los naturales, sobre
todo la de comer carne humana. Con los operarios evangélicos
que fueron llegando de Portugal tomó mayor incremento esta misión, y el año 1553 nuestro Padre San Ignacio estableció la
provincia del Brasil.
Mayor vuelo había de alcanzar con el tiempo la misión del
Japón fundada por San Francisco Javier en el mismo año 1549.
Habiendo conocido en Malaca por un incidente providencial a
cierto japonés, llamado Angero, y entendido por sus explicaciones
el carácter y costumbres de aquel pueblo singular, entró en deseos
de ilustrarlo con la luz del Evangelio. Se llevó consigo a Goa al
japonés, le convirtió, le bautizó imponiéndole el nombre de Pablo
77

de Santa Fe y un año después partió para el Japón, llevando por
compañero al P. Cosme de Torres y al Hermano coadjutor Juan
Fernández. Pablo debía servirles de intérprete. Desembarcaron
todos cuatro en Cangoxima el día de la Asunción, 15 de agosto de
1549. No describiremos la brillante epopeya apostólica de Javier
en los dos años largos que predicó en el Japón. Sus correrías
audaces, sus privaciones increíbles, sus disputas con los bonzos,
sus predicaciones fervorosas, sus milagros estupendos darían fácil
materia a una extensa narración que rompería los límites estrechos
de la VIDA BREVE que escribimos. Bástenos saber, que avanzó
hasta Meaco, ciudad entonces la más importante de la nación y
dejó establecidas sólidamente varias cristiandades en las regiones
meridionales de la misma.
Entretanto Ignacio, alegre por una parte al ver el éxito
felicísimo de las misiones orientales, y solícito por otra de
establecer las obras apostólicas y los domicilios de la Compañía
en tan remotos países, juzgó conveniente llamar a Roma a Javier,
para conferir de palabra sobre tan importantes asuntos. El 28 de
junio de 1553 le dirigió una carta que conservamos, animándole a
emprender el camino a Roma. Según nos refiere el P. Nadal,
corrió entre varios jesuitas la voz de que le llamaba para hacerle
General de la Compañía. Este rumor que se ha repetido en
algunas historias nos parece del todo inverosímil. La razón de
llamar al Apóstol del Oriente está bien clara en la carta de San
Ignacio. Quería el santo Fundador recibir plenos informes sobre
aquellas regiones tan apartadas, entender la condición de aquellos
países y las necesidades espirituales de aquellas gentes. Deseaba
comunicar estas noticias con el Sumo Pontífice y con el Rey de
Portugal, para tomar, de acuerdo con ambas potestades, las
providencias oportunas así en orden a la propagación de la fe
como el buen gobierno de la Compañía. Para estos fines prudentísimos llamaba a Javier. No se verificó el designio de Ignacio,
pues cuando se escribía esta carta en Roma, ya, el Apóstol de las
Indias había descansado en el Señor el 2 de diciembre de 1552.
Otra empresa importantísima acometió nuestro Padre en los
últimos años de su vida. Desde 1546 solicitó Juan III una misión
de jesuitas para Etiopía y San Ignacio puso los ojos en el P.
Pascasio Broet, para dirigir esta expedición. Por razones que sería
largo exponer, el negocio se fue dilatando varios años, hasta que
78

en 1554 se le tomó entre manos con seriedad. Entendiéndose amigablemente Julio III, el Rey de Portugal y nuestro santo
Fundador, vino a disponerse una lúcida expedición de doce
misioneros para predicar la fe en Etiopía, o como entonces se
decía, en los reinos del Preste Juan. Una propiedad original tenía
esta misión, que no se había visto hasta entonces en otras y era,
que los tres principales misioneros habían sido nombrados
Obispos. El Superior, Padre Juan Núñez Bárrelo, portugués, fue
constituido por Julio III Patriarca de Etiopía y como sufragáneos
suyos iban el P. Andrés de Oviedo, designado Obispo de
Hierápolis, y el P. Melchor Carnero preconizado Obispo de
Nicea. Partió la expedición de Portugal en 1555, y antes de que
pudiera establecerse en Etiopía, ocurrió la muerte de San Ignacio.
De los tres Obispos solo pudo penetrar hasta los etíopes el P.
Oviedo, quien fundó aquella misión tan penosa a los principios,
pero que en el siglo XVII no dejó de rendir abundante fruto
espiritual, aunque siempre acompañado de cruces y penalidades
sin cuento.
Mientras se disponía esta empresa de Etiopía, empezaron a
entusiasmarse los ánimos con otra misión a las tierras de Trípoli y
Túnez. Ya el P. Laínez en 1550 y el P. Nadal un año después
habían puesto el píe en aquellos países; pero el oficio de estos
Padres no había sido tanto predicar a los infieles, como servir de
capellanes en el ejército español. Ahora se deseaba dirigir allá una
misión en toda regla para convertir a los musulmanes. El mismo
Ignacio, aunque ya viejo y quebrantado por los achaques, sentía
impulsos de pasar personalmente al Africa y sacrificar su vida en
tan difícil empresa. Dios Nuestro Señor se contentó con los
deseos y la misión a Trípoli quedó por entonces en proyecto.
También quedó en proyecto la introducción de la Compañía en las
Indias españolas, aunque ya en vida del Fundador empezaron a
venir invitaciones del otro lado del Atlántico. Esta obra la
reservaba Dios para San Francisco de Borja, quien fundó en 1598
la provincia del Perú y en 1572 la de Méjico. Entretanto admiremos la magnanimidad de San Ignacio, que poseyendo tan
cortos medios de acción, sin embargo extendió su actividad desde
el Japón hasta el Brasil, y dejó establecidas magníficas empresas
apostólicas en los tres continentes de Asia, Africa y América.
79

CAPÍTULO XII
SAN IGNACIO Y LA RESISTENCIA A
LA HEREJÍA

El Papa Urbano VIII en la bula de canonización de San
Ignacio (4) hace notar, que cuando nuevas naciones de gentiles se
descubrían en Oriente y Occidente, y cuando aquel monstruo
infernal (monstrum teterrimum) de Martín Lutero empezaba a
corromper con sus blasfemias la religión en el Norte de Europa y
a levantar los pueblos contra la Santa Sede, precisamente
entonces la inefable bondad y misericordia de Dios excitó el
espíritu de Ignacio de Loyola, quien pasando de la milicia secular
a las banderas de Cristo, fundó una nueva Orden religiosa, la
Compañía de Jesús, que había de tener por objeto predicar el
Evangelio a los gentiles, reducir los herejes al seno de la Iglesia y
defender con todas sus fuerzas la autoridad de la Silla Apostólica,
La misma idea la vemos apuntada en las lecciones del breviario, y
se ha hecho tan común entre los católicos el considerar a San
Ignacio como el hombre providencial opuesto por Dios al
protestantismo, que algunos han llegado a cierta exageración que
conviene corregir.
Se imaginan al Santo y a toda su obra como un bloque
uniforme, mejor diríamos, como una máquina de guerra dirigida
toda contra Lutero y sus secuaces, y ya en Manresa nos describen
a Ignacio trazando sus Ejercicios y aguzando sus armas contra los
nuevos herejes. Esto es demasiado. Cierto que nuestro Fundador
4

Canonizó a San Ignacio el Papa Gregorio XV, pero murió poco antes de
publicarse la bula; por lo cual ésta salió a nombre de su sucesor Urbano
VIII.

80

se opuso como nadie a la avalancha protestante, y es considerado
por los mismos herejes y racionalistas como el principal
representante de los que ellos llaman la Contrarreforma, pero esto
lo hizo en los últimos años de su vida, cuando ya tenía fundada la
Compañía de Jesús. Según se desprende de todo el curso de los
hechos, indudablemente, antes de pensar en la lucha con los
protestantes, tuvo Ignacio a la vista la reforma de las costumbres
entre los católicos y la propagación de la fe entre los gentiles.
Pero llegó un momento en que sus ojos se fijaron en el
Norte. Con la Sagacidad y prudencia que le caracterizaban
entendió perfectamente nuestro Padre el horrendo cataclismo que
había padecido la fe en el Septentrión, y se aplicó a remediar
aquellos males, como él sabía hacerlo, esto es, con eficacia y sin
ruido. El primer medio que adoptó fue la predicación y más aún
que la predicación pública en grandes iglesias y catedrales, los
consejos y conversaciones oportunas con los príncipes
eclesiásticos y seculares y con las personas influyentes.
Observemos este género de actividad apostólica, que fue
muy fructífero en aquellos países. No era posible en Alemania
remover a todos los pueblos en masa y obtener aquellas
conversiones, digámoslo así, colectivas, que conseguían Laínez
en Florencia, Bobadilla en Bisignano, Araoz en Valladolid,
Estrada en Portugal. La fe se había amortiguado mucho en las
regiones germánicas, los pueblos estaban divididos entre católicos
y protestantes, los ánimos se hallaban afligidos con dudas graves
sobre varios puntos del dogma. Por consiguiente, no era posible
ejercitar la predicación con aquella libertad y seguridad con que
se hacía en España, donde el arador tenía delante de sí un
auditorio homogéneo, que creía a puño cerrado todas las verdades
de la fe. En Alemania era preciso responder a dudas, deshacer
preocupaciones, aplacar los ánimos irritados y de este modo abrir
poco a poco el camino a la verdad católica.
De los diez primeros Padres de la Compañía, tres se
dedicaron principalmente a esta predicación oculta pero
provechosa, el B. Pedro Fabro, el P. Nicolás de Bobadilla y el P.
Claudio Jayo. Hablando con los príncipes y señores seglares en
las dietas alemanas, conferenciando con los doctores en las
universidades, asistiendo a los prelados y cabildos en los negocios
81

de la fe, procuraban nuestros Padres instruir a los engañados,
fortalecer a los vacilantes, prevenir a los sencillos contra las
calumnias y errores de los herejes y sobre todo (cosa muy
importante en Alemania) sostener la autoridad del Sumo Pontífice
tan ferozmente combatida por Lutero. Mucho bien hicieron estos
Padres en varias ciudades de Alemania y el año 1544, según dice
Polanco, parece que la divina Providencia tomó por instrumento
al Beato Pedro Fabro para sostener en el buen camino a la
Universidad y al clero de Colonia y opinaban algunos que se
hubiera perdido la ciudad, si no fuera por el celo y prudencia del
ilustre jesuita.
Más que los tres Padres citados había de distinguirse en este
ministerio el B. Pedro Canisio, el primer alemán que entró en la
Compañía de Jesús. Abrazó nuestro Instituto el año 1543, después
de hacer los Ejercicios con el P. Fabro. Todavía no era sacerdote,
pero muy pronto, terminados los estudios teológicos, recibió las
sagradas órdenes, y ya desde el año 1545 empezó a mostrarse el
más fervoroso campeón que teñía la Iglesia Católica en Alemania,
Largo sería enumerar los variadísimos trabajos apostólicos en que
ejercitó su celo, como Provincial de la Compañía, como
catequista, como predicador, como auxiliar de los obispos y de los
legados pontificios, como alma en fin de todo el movimiento
católico que se desarrolló en el Norte de Europa. Como el nombre
de Javier representa la predicación a los infieles, así el de Canisio
recuerda la lucha contra los protestantes.
No se contentó Ignacio con enviar al Septentrión catequistas
y predicadores apostólicos. Procuró que arraigase en aquellas
regiones la Compañía. No sabemos si desde el principio trazó
todo el plan de fundaciones que luego se fueron estableciendo,
pero es indudable, que supo ocupar los puntos que pudiéramos
llamar estratégicos, abriendo importantes centros docentes en
cuatro ciudades de las más insignes e influyentes de Alemania, en
Colonia, la sede eclesiástica tan ilustre entonces como ahora, en
Ingolstad, la gran Universidad de Baviera, en Viena, residencia
del Emperador y en Praga, capital del reino de Bohemia. De estos
cuatro centros se extendieron los jesuitas a otras poblaciones
menos importantes y antes de morir San Ignacio, tuvo el consuelo
de ver establecida la provincia de Germania, cuyo primer
Provincial fue el B. Pedro Canisio.
82

En estos colegios procuraban 1os jesuitas, por de pronto,
morigerar a la estudiantina, tan bravía e indisciplinada en aquellos
tiempos y más en Alemania, instruir a los jóvenes en las verdades
de la fe previniéndoles contra los sofismas de los herejes,
finalmente ilustrarles con todos los conocimientos útiles que
podía suministrar la cultura científica y literaria de aquellos
tiempos. Puesta siempre la mira en preservar a las gentes de los
errores heréticos, frecuentaban los jesuitas, no solo en los
colegios, sino también en los pulpitos de las iglesias y en las
cátedras universitarias, un ministerio espiritual que después cayó
en desuso y ahora empezamos a renovar en España. Tales eran las
lecciones sacras, o sean, explicaciones populares de la Sagrada
Escritura. Los que saben el deplorable abuso que hacía Lutero de
ciertos libros sagrados para confirmar sus errores, entenderán el
vivo interés con que el público acudía a las aulas o a las iglesias
de los jesuitas, para escuchar la interpretación católica del texto
sagrado y presenciar la refutación victoriosa de los sofismas
divulgados por los herejes. Tan benéfico influjo empezaron a
ejercer los colegios jesuíticos en las regiones septentrionales, que
en 1563 el Conde de Luna, embajador español en el Concilio de
Trento, opinaba y decía públicamente con asentimiento de
muchos Obispos, que el mejor medio de atraer a Alemania y
unirla de nuevo con la Iglesia católica sería el multiplicar en ella
los colegios de la Compañía de Jesús.
Pero al hablar de colegios, debemos consagrar algunas
líneas al más simpático y útil de todos, al colegio germánico
fundado en Roma el año 1552. A mediados del siglo XVI todas
las almas buenas deploraban el trastorno nunca visto, que la
herejía de Lutero había causado en la fe y en las costumbres de
Alemania. Lo que más afligía a los bien informados de las cosas
era el observar, que gran parte de aquel daño se debía al clero
ignorante y corrompido. Por doquiera pululaban religiosos y curas
relajados, que pasaban a engrosar las filas de los herejes, y como
por otra parte escaseaban cada vez más las vocaciones
eclesiásticas y en ciertas diócesis casi nadie se presentaba a
recibir las sagradas Ordenes, sucedió que a los treinta años de
revolución religiosa la penuria de clero había llegado a tal
extremo, que existían en Alemania más de mil y quinientas
parroquias, en las cuales no había ni un solo sacerdote. ¿Cuál
83

podía ser la suerte de la Iglesia germánica en tales circunstancias?
¿Cómo remediar un desastre tan espantoso?
El ilustre Cardenal Juan Morone, que como delegado
pontificio había visitado varias regiones de Alemania, concibió la
idea de que el remedio radical de tales desventuras sería la
formación de clero católico virtuoso y bien instruido. Educando
en algún colegio seguro a niños alemanes bien inclinados, se
podrían obtener sacerdotes dignos que sirviesen como de levadura
para regenerar la Iglesia de aquellos países. Hablando un día con
San Ignacio, que era grande amigo suyo, le manifestó en
confianza este pensamiento. Nuestro Padre que en los últimos
años de su vida tenía fijos los ojos en Alemania, buscando algún
remedio para sus males, entró de lleno en las ideas del Cardenal.
Formar clero católico alemán, este debía ser el principio de la
regeneración de Alemania. ¿Pero dónde abrir un seminario para
este fin? En los estados alemanes parecía casi imposible, por las
revoluciones religiosas de aquellos países. Lo natural sería, dijo
Morone, establecerlo en Roma y el Padre Ignacio podría
encargarse de la dirección de esta obra. Nuestro santo Fundador
se ofreció con el alma y la vida a realizar este pensamiento.
Convenidos ambos en la idea general de la Institución,
comunicaron su pensamiento a varios cardenales y en todos
hallaron aprobación, especialmente en los tres españoles, que
entonces se hallaban en Roma, Alvarez de Toledo, Pacheco y la
Cueva. Seguros del apoyo de tan ilustres personajes, propusieron
el plan de la fundación al Papa julio III. Éste acogió con mucho
agrado la propuesta y encomendó a nuestro Padre el cuidado de
ejecutarla. Empezando a dar los primeros pasos, declaró Ignacio,
que la Compañía tomaría sobre sí la educación espiritual y
científica de los jóvenes, pero la cuestión económica y la
administración de lo temporal debería estar en manos de otras
personas de confianza. Se admitió la idea, pero muy pronto se
advirtió, que en lo temporal se hacía poco o nada y no tardaron en
enfriarse los primeros entusiasmos. Se convenció Ignacio, de que
si él no lo hacía todo, no se haría nada. Descendió pues a la región
económica y se dio a discurrir, cómo podría juntar los fondos
necesarios para abrir el colegio. Le pareció lo más obvio, que el
Papa y los cardenales empezasen la fundación, asignando alguna
renta para el sustento de los alumnos, y que después se pidiesen
84

limosnas al Emperador y a otras personas ricas y piadosas de
Alemania.
Hizo imprimir un hermoso y artístico pergamino en forma
de cuadro con el nombre de Julio III en el centro. En torno de Su
Santidad, y como formándole corona, aparecían los nombres de
los treinta y dos cardenales que entonces vivían en Roma. Rogó
Ignacio al Sumo Pontífice, que se dignase manifestar la cantidad
anual que ofrecía para el colegio germánico. Prometió el Papa
contribuir con quinientos escudos cada año. Nuestro Padre hizo
escribir este número en el pergamino debajo del nombre de julio
III, Hecho esto, el artístico pergamino fue visitando uno por uno a
todos los cardenales y convidándoles a imitar el ejemplo del
Padre común de los fieles. Todos correspondieron a la invitación.
Unos se suscribieron por cien escudos, otros por cincuenta,
alguno se extendió a doscientos y todos en fin prometieron algún
subsidio anual para los alumnos.
Reunida cierta suma de dinero, alquiló Ignacio una casa
cerca del colegio romano y rogó a Su Santidad que erigiese
canónicamente el colegio germánico. Accedió gustoso Julio III y
el 31 de agosto d 1552 expidió la bula Dum sollicita, erigiendo la
piadosa Institución y poniéndola bajo la protección de la Silla
Apostólica. Ignacio designó por Rector del futuro colegio al P.
Andrés Frusio, francés, hombre en quien se hermanaban
admirablemente las sólidas virtudes religiosas con la más elevada
cultura del Renacimiento. Poco después deseando dar a la
Institución la conveniente publicidad, se dispuso un acto literario
que se celebró el 28 de octubre. En presencia de ocho cardenales,
de muchos obispos y de otros personajes eclesiásticos y seglares,
el P. Pedro de Ribadeneira, entonces joven de veintiséis años,
pronunció un largo y elegante discurso latino, exponiendo los
santos designios del Sumo Pontífice y de la Compañía de Jesús al
establecer aquella Institución para restaurar el espíritu católico en
Alemania. Fue aplaudido afectuosamente el joven orador.
Nuestro P. Ignacio había ya escrito al Beato Pedro Canisio y
a otros Superiores de Alemania, manifestándoles el plan del
colegio y encargándoles buscar jóvenes bien inclinados y
aspirantes al sacerdocio, que pudieran ser educados en Roma. Les
declaraba las condiciones que se deseaban en los candidatos.
85

Debían ser jóvenes piadosos, de buenos modales, de presencia
digna y ya bien fundados en letras humanas. Por consiguiente su
edad debía ser entre 16 y 21 años. En las aulas de nuestro colegio
romano harían los estudios propiamente eclesiásticos. Al
principio no faltaron algunas dificultades para reunir tales candidatos, pues el ir a, Roma tenía poco atractivo para Jos alemanes
de entonces. Con todo eso nuestros Padres del Norte pudieron
reunir una veintena de jóvenes que entraron en la Ciudad eterna el
19 de noviembre de 1552. San Ignacio estrechó cariñosamente la
mano de los recién llegados y los instaló en la modesta casa que
había alquilado para ellos. Así empezó el colegio germánico, que
a los dos años contaba ya cincuenta jóvenes alemanes y que fue
en adelante un semillero fecundo de insignes prelados, de fervorosos predicadores, de párrocos celosos, de mártires en fin que
reanimaron la fe y las buenas costumbres en las regiones
septentrionales.
Otro pensamiento vislumbró San Ignacio en el último año de
su vida, pero no tuvo tiempo de reducirlo a la práctica. En 1555
visitando el Padre Nadal varios colegios de Alemania, sintió
profunda aflicción al saber el torrente de malos libros que los
herejes difundían por todos lados. Indicó a San Ignacio la
necesidad de oponerse a este mal y apuntó la idea de formar un
colegio de escritores especialistas que refutasen les argumentos de
los protestantes. Muy convencido estaba Ignacio de la necesidad
de escribir buenos libros y él había procurado que los PP. Laínez,
Frusio y otros empleasen sus talentos en esta nobilísima tarea.
Formar un colegio de controversistas, establecer un centro de
propaganda católica por la buena prensa era sin duda una obra
muy digna del talento organizador de San Ignacio, pero la muerte
le atajó los pasos. En esto, como en otras cosas no pudo Ignacio
ejecutar todo lo que concibió su altísimo talento práctico, todo lo
que deseó su magnánimo corazón.

86

CAPÍTULO XIII
MUERTE DE SAN IGNACIO

En medio de tantas y tan complicadas empresas del divino
servicio, fijos siempre los ojos en promover por doquiera la
mayor gloria de Dios, llegó nuestro Padre San Ignacio al año
1556, en el que cumplía 65 de edad. Su salud se había arruinado
bastante en los últimos años. En 1550 padeció una grave
enfermedad que le puso a punto de muerte. Hubiera sido una
lástima que entonces muriera, pues los seis años que aún vivió
fueron fecundísimos en obras grandiosas del divino servicio. Se
restableció lentamente de aquella enfermedad, pero su salud
quedó desde entonces muy quebrantada.
En octubre de 1554, sintiéndose necesitado de auxilio en el
gobierno de la Compañía, nombró Vicario general de toda ella al
P. Jerónimo Nadal. Los últimos dos años era muy frecuente que
no pudiera decir misa por debilidad. En tales casos oía sentado en
un sillón la misa de otro Padre, recibía de su mano la sagrada
Eucaristía y luego permanecía una o dos horas en oración, antes
de entregarse a las faenas de su oficio. Hallándose en esta
disposición, no es maravilla que le llegase la muerte con mucha
facilidad. Bastó, como quien dice, un soplo, para extinguirse una
lámpara casi apagada. La relación de su muerte nos la da su
secretario el P. Polanco, escribiendo en estos términos al P.
Ribadeneira:
«Esta es para hacer saber a vuestra reverencia y a todos
nuestros Hermanos que a su obediencia están, cómo Dios Nuestro
Señor ha sido servido de sacar de entre nosotros y llevarse para sí
a nuestro bendito Padre Maestro Ignacio el viernes 31 de julio,
87

por la mañana, víspera de San Pedro in vinculis, soltando las que
le tenían en la carne mortal ligado, y poniéndole en la libertad de
los escogidos suyos, oyendo finalmente los deseos de este
bienaventurado siervo suyo, que, aunque con grande paciencia y
fortaleza sufría su peregrinación y trabajos de ella, deseaba
muchos años ha muy intensamente en la patria celestial ver y
glorificar a su Criador y Señor, cuya Divina Providencia nos le ha
dejado hasta ahora, para que con su ejemplo, prudencia, autoridad
y oración, fuese adelante esta obra de nuestra .mínima Compañía,
como por él mismo había sido comenzada; y ahora que las raíces
de ella parece estaban medianamente fortificadas para crecer y
aumentarse esta planta, y el fruto de ella en tantas partes, hánosle
llevado al cielo, para que tanto más abundante lluvia de su gracia
nos alcance, cuanto más unido está con el abismo de ella y de
todo bien.
»En esta casa y colegios, aunque no puede dejarse de sentir
la amorosa presencia de tal Padre de que nos hallamos privados,
es el sentimiento sin dolor, las lágrimas con devoción y el hallarle
menos con aumento de esperanza y alegría espiritual. Parécenos
de parte de él, que ya era tiempo de que sus continuos trabajos
llegasen al verdadero reposo, sus enfermedades a la verdadera
salud, sus lágrimas y continuo padecer a la bienaventuranza y
felicidad perpetua. Departe nuestra no solamente no pensamos
haberle perdido, pero ahora más que nunca esperamos ser
ayudados de su ardentísima caridad, y que por intercesión suya, la
divina misericordia haya de acrecentar el espíritu y número y
fundaciones de nuestra Compañía para el bien universal de la
Iglesia.
»Y porque querrá vuestra reverencia entender algo de lo
particular en el tránsito de nuestro Padre (que es en gloria), sepa
que fue con gran facilidad, y que no duró una hora, después que
caímos en la cuenta de que se nos iba. Teníamos en casa muchos
enfermos, y entre ellos el Padre Maestro Laínez y a D. Juan de
Mendoza y algunos otros graves; y nuestro Padre tenía también
alguna indisposición, que cuatro o cinco días había tenido un poco
de fiebre, pero dudábase si ya la tenía o no, aunque se sentía muy
flaco como otras veces, y así el miércoles me llamó y me dijo que
dijese al Doctor [Baltasar de] Torres, que tuviese también cargo
de él, como de los otros enfermos, porque no se teniendo por nada
88

su mal, acudíase más a otros enfermos que a él, y así lo hizo. Y
otro grande médico amigo nuestro (que se llamaba Maestro
Alejandro), también le visitaba cada día. El jueves siguiente me
hace llamar a las veinte horas [a las cuatro de la tarde] y haciendo
salir de la cámara al enfermero, me dice que sería bien, que yo
fuese a San Pedro y procurase hacer saber a Su Santidad, cómo él
estaba muy al cabo y sin esperanza o casi sin esperanza de vida
temporal, y que humildemente suplicaba a Su Santidad le diese su
bendición a él y al Maestro Laínez, que también estaba en peligro.
Y que si Dios Nuestro Señor íes hiciese gracia de llevarles al
cielo, que allí rogarían por Su Santidad, como lo hacían en la
tierra cada día.»
«Yo repliqué: Padre, los médicos no entienden que haya
peligro en esta enfermedad de vuestra reverencia, y yo para mí
espero, que Dios nos ha de conservar a vuestra reverencia algunos
años para su servicio. ¿Tanto mal se siente vuestra reverencia
como esto? Díceme: Yo estoy que no me falta sino expirar, o una
cosa de este sentido. Todavía yo mostraba tener esperanza de su
más larga vida (como la tenía), pero respondí que haría el oficio,
y demandé si bastaría ir el viernes siguiente, porque escribía
aquella tarde para España, por vía de Génova, que se parte el
correo el jueves. Díjome: Yo holgaría más hoy que mañana, o
cuanto más presto holgaría más; pero haced como os pareciere, yo
me remito libremente a vos. Yo, para poder decir, que según los
médicos estaba de peligro, si ellos lo sintiesen, demandé al
principal dellos aquella misma tarde (que era Maestro Alejandro),
que me dijese libremente, si estaba en peligro nuestro Padre,
porque me había dado tal comisión para el Papa. Díjome: «Hoy
no os puedo decir de su peligro; mañana os lo diré». Con esto, y
porque se había remitido a mí el Padre, parecióme (procediendo
en esto humanamente) de esperar el viernes siguiente por oír lo
que decían los médicos. Y aquella misma noche del jueves nos
hallamos a una hora de noche el doctor Madrid y yo a la cena de
nuestro Padre, y cenó bien para su usanza y platicó con nosotros
en manera, que yo fui a dormir sin sospecha ninguna de peligro de
esta su enfermedad. La mañana, al salir el sol, hallamos al Padre
in extremis; y así yo fui con priesa a San Pedro, y el Papa
mostrando dolerse mucho, dio su bendición y todo cuanto podía
dar amorosamente. Y así, antes de dos horas de sol, estando
89

presentes el P. doctor Madrid y el Maestro Andrea de Frusio dio
el alma a su Criador y Señor sin dificultad ninguna...
»Pasado de este mundo el Padre nuestro, por conservar el
cuerpo, pareció conveniente sacar lo interior de él y embalsamarle
en alguna manera. Y aun en esto hubo gran edificación y admiración; que le hallaron el estómago y todas las tripas sin cosa
ninguna dentro y estrechas; de donde los peritos desta arte
seglares inferían las grandes abstinencias del tiempo pasado y la
grande constancia y fortaleza suya, que en tanta flaqueza tanto
trabajaba y con tan alegre igual vulto [rostro]. Vióse también el
hígado que tenía tres piedras, que refieren a la misma abstinencia,
por la cual el hígado se endureció. Y viene a parecer verdadero lo
que el buen viejo Don Diego de Eguía (que es en gloria) decía,
que nuestro Padre vivía por milagro mucho tiempo había; que con
tal hígado, naturalmente, no sé cómo podía vivir, sino que Dios
Nuestro Señor, por ser entonces necesario para la Compañía,
supliendo la falta de los órganos corporales, le conservó la vida.
Tuvimos su bendito cuerpo hasta el sábado después de vísperas, y
fue mucho el concurso de los devotos y devoción de ellos, bien
que estuviese en el lugar mismo donde murió; quien besándole las
manos, quien los pies, quien tocando las cuentas a su cuerpo. Y
hemos tenido trabajo en defendernos de los que querían un
pedazo de algún bonete o vestido, o le tomaban de las agujetas o
escofias o cosas suyas; aunque no se ba dado nada desto a los que
lo pedían, ni se permitía, sabiéndolo. También le hicieron algunos
retratos de pintura y de bulto en este tiempo; que en vida nunca él
lo permitió; aunque muchos lo pedían.»
Cerraremos está VIDA BREVE de San Ignacio presentando
dos retratos: uno de su cuerpo y otro de su alma, trazados por dos
autores, muy separados en el tiempo, pero muy unidos en el amor
de nuestro Santo Padre. La estatura y disposición corporal de San
Ignacio la describe así el Padre Ribadeneira. «Fue de estatura
mediana, o por mejor decir, algo pequeña, bajo de cuerpo,
habiendo sido sus hermanos altos y muy bien dispuestos. Tenía el
rostro autorizado, la frente ancha y desarrugada, los ojos
hundidos, encogidos los párpados y arrugados por las muchas
lágrimas que continuamente derramaba, las orejas medianas, la
nariz alta y combada, el color vivo y templado y con la calva de
muy venerable aspecto. El semblante del rostro era alegremente
90

grave y gravemente alegre; de manera que con su serenidad
alegraba a los que le miraban y con su gravedad los componía.»
El alma de nuestro santo Patriarca la describió
magistralmente el P. Juan José de la Torre en la Introducción que
antepuso a las Cartas de San Ignacio, que empezaron a publicarse
en 1874. Oigamos a este autor entendido como pocos en las cosas
de San Ignacio: «Llano y sencillo, sin desaliño; humildísimo, sin
bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado sobre todo lo
terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira puesta
siempre en lo que siempre sin interrupción sin mudanza dura;
gobernándose en todas las cosas grandes y pequeñas por razones
altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los
primeros movimientos de su ánimo, y por lo mismo
manifestando, sin alteración por defuera, la imperturbable
bonanza en que su alma navegaba sin demora a las eternales
riberas; y descollando en el hermosísimo cortejo de todas las
virtudes cristianas que siempre le acompañaba, la prudencia más
que de hombre y la caridad de Dios, y de los prójimos por Dios,
que abrasaba en seráficos pero apacibles ardores su corazón, no
dándole punto de reposo en procurar con todas sus fuerzas, que
Dios y el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres,
fuese de los hombres conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y obedeciendo al que los crió y
redimió, fuesen dichosos con la esperanza en la vida fugaz
presente, y cumplidamente bienaventurados en la que nunca se
acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía San
Ignacio a los que le trataban, por más que con vigilante estudio y
singular destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones
que Dios había atesorado en su bendita alma; tal se muestra
asimismo en sus cartas, a vuelta del lenguaje siempre llano y a
veces menos correcto, y del estilo sencillo y desnudo de todas
galas.
Se ve en ellas aquel entendimiento suyo, vasto, profundo,
comprensivo, bueno para la especulación y en la práctica, y para
el gobierno de los hombres y negocios, insigne entre los primeros
que el mundo ha conocido. Brilla el juicio neto y sólido, la
penetración perspicaz de los humanos corazones, y el
conocimiento distinto de sus entradas y salidas, vueltas y
revueltas; una prodigiosa discreción para tratar todos los estados,
91

naturales y genios de personas; la madurez en el deliberar, el
acierto en el resolver, el tino en aconsejar, la fuerza en persuadir,
la eficacia en el obrar; el valor para acometer lo arduo, la
perseverancia para proseguir en lo bueno, la constancia para
sobrellevar lo adverso, la habilidad para evadir lo contrario; aquel
ponerse en todos los puntos, hacerse cargo de todas las circunstancias, saber siempre ceder o insistir, doblegarse o tener
firme a tiempo, usar según los casos rigor o suavidad,
condescendencia o entereza.
»Se ve centellear aquel celo activo, ardoroso, infatigable,
siempre meditando empresas, batallas y triunfos para extender la
mayor gloria de Dios, anhelando y procurando siempre con todas
sus fuerzas la dilatación del reino de Jesucristo en la tierra,
promoviendo en todas partes la causa de su santa Iglesia, y
haciendo reflorecer la piedad y santidad de costumbres donde
quiera que hubiese tenido alguna quiebra la pureza del nombre
cristiano. Todo esto armonizado con una inalterable suavidad y
mansedumbre, ennoblecido con una magnanimidad superior a
todas las empresas y sucesos, hermoseado con aquella noble y
delicada urbanidad propia de los caballeros españoles de su
tiempo, iluminado con los sobrenaturales resplandores de una
sabiduría celestial, debían ver en las cartas de San Ignacio
aquellos hombres antiguos a quienes él escribía, menos repulidos
y remilgados que los que viven y bullen ahora, pero sin
comparación más cuerdos, de más limpios ojos y más sano
corazón.» Nada debemos añadir a este magnífico retrato.
Ignacio fue beatificado por Paulo V en 1609 y canonizado
por Gregorio XV en 1622 junto con San Isidro, S. Francisco
Javier, Santa Teresa y San Felipe Neri.

92