El climaterio masculino en Tendencias

Llegando al llegadero

El andropáusico
Justino Arriechi
al Dr. Luís Alcocer, quien una vez fue pobre y no le gustó

¡Ahora si es verdad que se subió la gata a la batea y se
metió el mato en la cueva! ¡Lo que me faltaba! Estuve en
consulta con el urólogo porque tengo achaques que me bajan
la energía, el estímulo y la potencia sexual: Sofocos, sudores,
escalofríos, palpitaciones, calambres, dolores, apatía, fatiga,
inapetencia, desgano, irritabilidad, nerviosismo, mareos, etc.
Después del examen prostático (exento de escarceo
amoroso) y los resultados de laboratorio, me diagnosticó una
pérdida notable en los niveles de testosterona. ¡Ay, mi madre!
¡Me desgracié! Exclamé, transpirándome la frente. Enseguida
puse cara de yonofui y pregunté con qué se comía eso.

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El doctor se extendió en explicaciones a sabiendas de mi
abuso en andanzas amorosas las 24 horas del día, en
particular, la gran cantidad de veces que ellas han ocurrido
antes y después de vuelos transoceánicos. Por tal motivo, el
llamado Jet Lag (o síndrome de los husos horarios) me ha
afectado el núcleo supraquiasmático y sufro alteración del
ritmo circadiano. Además, me dijo que estoy bajo amenaza de
sufrir un ictus trombótico; pero lo único que logré entender
es que mis espermatozoides ya no corren en fórmula 1, que
mi cacharro anda a media máquina y que si le aumento la
potencia (con sildenafil) corro el riesgo de fundirlo en un
santiamén. En ese momento perdí el sentido de la realidad.
Vino a mi memoria una confidencia que me hiciera el
papá de un amigo en 1974 (sin sildenafil), diciendo: -Tengo
75 años y mi virilidad se mantuvo hasta el año pasado. Me fui
de viaje hace tres meses a España, era la primera vez que no
me acompañaba mi esposa, y desde que llegué comenzaron a
darse diversas oportunidades de encuentros sexuales que no
pude aprovechar. ¿Por qué no me fui antes íngrimo y solo?
La cosa me causó gracia, pero no vislumbraba el
profundo drama que eso significaba. Cómo cipote me iba a
dar cuenta si en esa época yo vivía un tórrido romance con
mi profesora de ruso (más espectacular que la Sharapova) de
la Sociedad Amigos de la URSS, en Plaza Venezuela.
Con mis recién cumplidos treinta años estaba en la
plenitud de facultades orgásmicas tipo Long Play, condición
sine qua non para poder aguantarle el trote a esa veinteañera
agresiva y feroz que, para colmo, era ninfómana declarada.

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Me daba órdenes indeclinables, en su idioma, que yo no
estaba tan avanzado para comprender, sólo le decía
enternecido entre jadeo y jadeo: не понимаю (ñe pañimáiu) =
no entiendo, успокойся! = ¡cálmate! Ella, extasiada, llegaba al
paroxismo amatorio estremeciéndose en complejas figuras de
contorsionismo y otras maniobras circenses aderezadas con
vodka Absolut, al ritmo frenético del Kasachov.
El médico terminaba de dar sus recomendaciones
mientras yo me despabilaba y comenzaba a darme cuenta de
la horrible y lúgubre situación en la que estaba metido. Mi
fuerza varonil sufría una inminente amenaza de muerte.
¡Cómo me viene a pasar esto a mí!, dije para mis
adentros, si vivo soñando con llegar a tener un final parecido
al del Dr. Alcocer, en cuyo epitafio rezará la frase: Aquí yace
Luís Alcocer, muerto a los 108 años a manos de un marido
celoso. Además tendrá escrito con lipstick rouge: ¡Te extraño!
Desde entonces, me la paso enfrascado en una rumba
beoda y libertina para tratar de olvidarme del tema, pero
cargo metido entre ceja y ceja lo que dicen los italianos. Para
mí ya pasó el tiempo de quando il vigore va bene, estoy
atravesando la penosa fase de quando il vigore mengua, y
dentro de muy poco me tocará el quando il vigore é nulo. Fiel
a ese adagio sólo me quedará decir: avanti, sempre avanti.
Estaré andropáusico, pero no me conformo con ser un
vejete mantenido a punta de hormonas o funcionar como si
usara gasolina de bajo octanaje. ¡Voy a echar el resto! Me
empato con una modelo a ver si recupero mi pulso ardiente o
si soy un cartucho quemao. ¡Como gallina o muero arponeao!

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