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NAT MÉNDEZ

GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO
Serie Gorditas
2

























Derechos ebook
De Nat Méndez
Reservados para Editora Digital
Prohibida su reproducción
@2011-03-26
Portada: Luis Da Silva Costa
NAT MÉNDEZ
GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO
Serie Gorditas
2




Agradecimientos:

Gracias a Luis Da Silva Costa por plasmar tan
“auténticamente” los personajes de Gorditas de Lujo.
Es un “lujo” contar contigo para revivir a los
protagonistas.

Gracias a mi amiga del alma Angelita Caballo Arias.
Por sus correcciones, consejos y por estar siempre ahí.

Y también a Beatriz, editora paciente a la que traigo
loca con detalles de última hora.











NAT MÉNDEZ
GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO
Serie Gorditas
2

RESUMEN

GORDITAS A LA CARTA – GORDITAS DE LUJO – GORDITAS S.A.

Trilogía de mujeres de hoy en día con medidas lejos del esteriotipo.
Su lema es: “estamos gorditas, y somos preciosas; tenemos razones de
“peso” para atraer a los hombres.”

GORDITAS A LA CARTA (ya publicado por esta editorial)
Elena es una profesional rellenita que liga poco por culpa de su
baja autoestima. Un día conoce a una mujer grande y sin complejos,
que tiene un esposo de ensueño.
Juntas, idean crear GORDITAS A LA CARTA, una agencia para
encontrar pareja dedicada especialmente a Mujeres de tallas grandes y
que son solicitadas por hombres de todo tipo.
La publicidad hace subir como la espuma la popularidad de la Agencia
y pone de moda de nuevo unos kilitos de más. LOS HOMBRES LAS
PREFIEREN GORDAS.
Mientras Elena, es literalmente perseguida por el hombre de sus
sueños, comienza la campaña para conseguir subir la autoestima de
toda mujer que se siente mujer sin necesidad de hacer dietas y con la
única medicina del amor.

GORDITAS DE LUJO
Después de un año de éxito rotundo, la agencia “GORDITAS A LA
CARTA”, decide hacer un concurso para promocionar definitivamente su
agencia ya famosa y muy concurrida. La agencia crea el
superbombazo: “la gordita mas sexy” escogida por todos los hombres
del país. Susana, la redondita recepcionista de la Agencia, es ascendida
al cargo de “promotora de eventos” y se encargará de organizarlo todo.
En el camino, el amor llamará a su puerta, apareciendo en su vida en un
momento clave y complicándole la existencia. Alejandro la perseguirá
con todas las herramientas a su alcance, dispuesto a convencerla de su
amor y a ganarse su confianza. Porque los hombres también se
enamoran de las mujeres gorditas.


NAT MÉNDEZ
GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO
Serie Gorditas
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GORDITAS S.A. (próximamente)

Después de casi un año de preparación, el concurso de Gorditas
de Lujo ya está casi a punto y en un par de semanas será el gran
evento. Veintitrés mujeres gorditas competirán por el título de “Gordita
de Lujo”. Susana, la organizadora, ya lo tiene todo listo y Mer, la
diseñadora de la ropa que lucirán las hermosas mujeres, está al borde
del colapso. A apenas unos días del acontecimiento, un anti-gordas
entra en escena amargando el panorama a las atribuladas
organizadoras. Mensajes anónimos llegan a algunas participantes y a
Mer González, la propietaria de Gorditas S.A. la marca nueva de tallas
grandes que además surte a las concursantes y que aprovecha el
“boom” del concurso para promocionarse.
Sin detener el avance de la elección de Gorditas de Lujo, el
detective Pau Marsans, investigará los peligros que rodean a las mises y
a la preciosa y elegante diseñadora de gorditas. En el proceso, el policía
se verá tan interesado en conquistar a la redondita Mer, como en cazar
al “retorcido” y “amenazante” obseso que tiene como objetivo, comerse
a la gordita más sexy.













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GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO GORDITAS DE LUJO
Serie Gorditas
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CAPITULO 1

... ¿nunca habéis tenido de esos días que es
mejor quedarse en casa? Aquellos días en los
que la aplicación de la ley de Murphy se queda
corta...


La actividad bullía en el salón.
“Gorditas a la Carta” hacía otra de sus fiestas-reuniones. Había
unas ochenta personas, quizá algunas más. En realidad era una
celebración, pues una pareja más se iba a dar el “sí quiero” después de
siete meses de noviazgo.
Susana, la ex recepcionista estaba festejando algo más. Hacía dos
días que había sido ascendida. Su cargo oficial era Promotora de
eventos, algo así como encargada de los extras que Gorditas a la Carta
tenía planeado hacer ese año.
Había sido un año intenso.
Suspiró. Se escabulló a los amplios baños. El espejo enorme de la
pared la recibió. Llevaba el pelo, normalmente liso, rizado con bucles
cargados de laca. Se había pasado toda la tarde en la peluquería para
conseguir esos rizos. Pero ahora no le gustaban. Sus ojos, verde musgo,
estaban enmarcados por un maquillaje suave, cortesía de la prima de
Flora.
La sala estaba vacía. Se sentó con cuidado, pues el vestido azul
eléctrico le quedaba algo estrecho y no le apetecía romper las
costuras.
Un sollozo le hizo dar un respingo. Miró hacia los lados y concluyó
que había alguien dentro de uno de los lavabos.
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—¿Hay alguien ahí? —preguntó con su voz dulce y agradable.
Otro sollozo le respondió.
—¿Se encuentra usted bien? —insistió Susana levantándose.
De repente una voz histérica le contestó.
—Se me cayó el vino encima. Mi novio me ha dicho que se ha
cansado de nuestra relación. La golfa de mi mejor amiga, o eso creía yo,
es el motivo por el que me ha dejado. Dice que me falta salsa —hipó—
se me ha corrido el rímel —se quejó lastimeramente— me adelgacé
quince kilos para gustarle más —resopló— y eso que él está como un
tonel —un silencio absoluto durante dos segundos, un sollozo y
continuó— pero a mí no me importaba. Yo también soy gorda —lloró—
me he gastado ochocientos euros en este mierda de vestido y dice que
parezco un salchichón de colores —chilló llorando desconsolada.
—Ejem... —dijo Susana detrás de la puerta— ¿lo conociste en
nuestra Agencia?
—No. Lo conocí en el trabajo. Éramos compañeros. Trabajamos
para Gorditas a la Carta en la campaña de publicidad que hicieron al
comienzo del negocio.
—Aaaaaaaaa, ¿Malena? —reconoció.
—Si —hipó de nuevo— tu voz me suena también ¿Eres Susana?
¿La recepcionista?
—Si —contestó sin explicar su ascenso. No creía que estuviera
para brindar por su promoción— ¿Por qué no sales? Hablaremos más
cómodas.
—Estoy horrible.
—No será para tanto —insistió Susana apartándose de la puerta
mientras oía el “clic” del cerrojo abrirse.
Malena salió con la vista baja. Agarrada a su bolso.
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Patética, fue la palabra que acudió al cerebro de la pelirroja. Sus
ojos verdes se abrieron más ante su visión.
Un vestido, que parecía sacado de un circo, le hizo daño a la vista.
Se preguntó por qué no había reparado en ella antes, pues,
verdaderamente, destacaba de lejos.
La mancha de vino apenas se notaba entre tantas rayas de
colores. Rayas horizontales.
¿Es que nadie le había dicho a esa muchacha que las rayas
horizontales engordaban más? Gimió Susana de disgusto.
El pelo negro, extremado por el corte, estaba engominado y la
hacía parecer una aceituna pinchada en un palo.
La verdad es que estaba para no dejarla salir.
—El vestido me costó ochocientos euros —repitió alzando la vista y
comenzando una acción frenética mientras abría su bolso, y caminaba
hacia el mostrador y las sillas frente al espejo— ¿Tienes cianuro?
¿Arsénico? ¿O cicuta? —La miró— me da igual.
—¿Qué tal un café? —Suspiró Susana— siéntate. Le diré al
camarero que nos traiga algo.
—Sí, mejor. Porque el alcohol me da llorera —la miró sorbiendo
ruidosamente— mi novio y yo —se calló y comenzó la frase de nuevo —
mi ex novio y yo íbamos a venir juntos a esta fiesta. Nos invitó Flora
hace dos semanas. Y cuando hoy vino a recogerme a casa, en vez de
traerme, me devolvió los últimos regalos que le había hecho y me dijo
que se acababa la relación —abrió el bolso afectada y me enseñó una
corbata y un reloj deportivo— me devolvió los regalos.
—Cálmate. Voy a por un café.
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—No quiero calmarme. Quiero morirme. No —levantó el rostro
mientras se acomodaba en un mullido sillón rojo frente al espejo—
quiero matarlo —puso cara de loca descontrolada.
—Tranquilízate —calmó Susana optando por sentarse y sacar el
móvil del diminuto bolso para pedir el café— si el tipo no te merecía,
estás mejor sin él.
—Me dijo que no tengo salsa —se volvió hacia Susana que
resignada marcaba el número del jefe de camareros— yo —gritó— ¡Ja!
Que no tengo salsa.
—Hola Fede, estoy en los servicios de señoras ¿podrías mandar a
alguien con un café y lo mismo de siempre para mí? Gracias.
—Yo también quiero lo mismo de siempre que tomas tú. Suena
bien —sorbió otra vez.
—Trae dos de lo mío y olvida el café —repitió Susana apartando
los rizos y acomodándose frente a la mujer— a ver. Primero respira
hondo y deja de lloriquear. No es para tanto.
—¡Y un huevo! —se enfadó Malena— Que no es para tanto, dice...
—masculló volviéndose hacia el espejo y mirando el rímel que resbalaba
por sus mejillas— Eso lo dices, porque no eres tú quien tiene metida en
el culo una faja de setenta euros que compré una talla inferior a la mía
—lloró desconsolada de nuevo— y ahora se me enrolla hacia arriba y ...
—hipó de nuevo sin poder terminar la frase— ... y para colmo los
tacones me están matando.
—Bien, Malena. Lávate la cara y suénate —miró hacia la puerta
que se abría esperando ver al camarero, pero era una mujer.
—Hola Rebeca —saludó Susana levantándose— tenemos una
crisis. ¿Puedes acompañar a Malena a mi... —se detuvo dudosa— a mi
nuevo despacho?
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Rebeca, la nueva recepcionista, que ocupaba su puesto, una joven
algo clásica y de excelentes modales, y sonrisa cortés, se llevó a la
llorona casi a rastras mientras ésta comenzaba a explicarle su terrible
existencia.
Se quedó sola y respiró hondo. Tenía que conseguir que Malena se
tranquilizara. Y localizar a Flora para que supiera que ella desaparecería
durante un rato.
Cuando iba a salir, la puerta se abrió violentamente, golpeándola y
haciéndola trastabillar hacia atrás. Susana rebotó en el sofá y calló hacia
delante sobre el personaje que había abierto tan desconsideradamente.
Su nariz quedó pegada a un cinturón ancho y muy masculino.
Unas manos como garras sujetaron sus antebrazos y la levantó como si
fuera un trapo para dejarla recta y frente a él.
Susana parpadeó, aturdida, antes de mirar hacia arriba para
encontrar al bruto que la tenía sujeta. Frunció el ceño al ver la cara del
hombre. No lo conocía y, desde luego, no lo había visto en la fiesta.
Pareció que el hombre iba a abrir la boca, para decir algo, cuando
Susana tiró de su brazo para soltarse. Al no conseguirlo, pues él no
cedió su agarre, en un arrebato infantil, le dio una patada en la espinilla.
No acertó de pleno su objetivo. Él apenas se movió y no emitió sonido
de queja alguno.
—¿A qué ha venido eso? —dijo una voz potente y ronca.
—A que está usted en el baño de señoras.
—Sí. Eso parece —miró a su alrededor— De hecho estaba
buscando a mi hermana.
—Y qué tal si me suelta —insistió Susana estirando su brazo.
—¿Para que me dé otra patada? —Su rostro serio se endureció—
es usted un peligro público señorita. Creo que mi hermana no está aquí
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—la soltó y dio un paso atrás, quedándose quieto y mirándola fijamente,
como si la desafiara a darle otro golpe.
—Me gustaría salir —dijo Susana entre dientes y resoplando un
rizo que le caía sobre los ojos— y usted ocupa el lugar de la puerta.
El entrecerró los ojos.
Ella contempló ese hombretón enorme que ocupaba el lugar de la
entrada, por arriba y los lados. Abrió la boca sorprendida de que alguien
pudiera ser tan grande.
Él no se movió. Ella perdió el enfado y los tres vodkas con grosella
se esfumaron de golpe quitándole la valentía.
Susana pestañeó confundida y dio un paso atrás, pequeño pero
muy elocuente.
—Disculpe —dijo el hombre sin moverse de la puerta— no fue mi
intención hacerle daño o asustarla —carraspeó y esperó a que ella lo
mirara de nuevo a la cara.
—Estoy bien —susurró ella incómoda— en el baño no hay nadie —
le comunicó al tiempo que señalaba la puerta para que le diera salida. Él
se apartó rápidamente y le hizo un gesto caballeresco para que ella
pasara.
Susana aguantó un insulto ante el gesto burlón de él y pasó rauda
por su lado. Tres pasos más y resopló.
—¡Menuda noche!
—¡Y qué lo diga! —Contestó la voz del hombre sobre su hombro
haciéndola saltar de la impresión— ¿La asusté? Discúlpeme de nuevo.
Estoy algo perdido en este edificio laberíntico. Usted parece saber muy
bien donde va —aclaró ante los ojos abiertos e incrédulos de Susana
que lo miraban, sin moverse, como si estuviera loco.
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—¿Dónde pretende ir? —contestó Susana muy despacio, como si
de repente recordara su función de recepcionista educada y paciente.
—Ni idea —sonrió de repente de oreja a oreja y le cambió la
cara— le acompaño a donde vaya.
Susana boqueó antes de encontrar las palabras adecuadas para
contestar. El rostro feliz del hombre había cambiado de tal manera,que
no parecía el mismo.
—No va a poder ser. No puede acompañarme —casi se atragantó
cuando él se acercó más. Ella elevó el rostro para mirarlo a los ojos,
intentando poner una expresión enérgica.
—¿Es usted una clienta?
—¿Qué? —logró preguntar ella sin dar crédito a la escena.
—Mi hermana se anotó en la agencia esta semana. Yo no quería
que viniera sola a la fiesta pero el trabajo me retrasó. Acabo de llegar y
la estoy buscando. Me llamo Alejandro Maya —sonrió más si cabe
enseñando una dentadura cuidada y blanca— ¿Dónde hay que
anotarse? ¿O me puede dar su teléfono directamente? —hizo el gesto de
escribir en el aire.
—No —salió de su mutismo Susana abrumada por la información y
confundida por el brillo que veía en los ojos de ese oso enorme— yo
trabajo aquí —tragó con dificultad y dio un paso tentativo hacia el
lado— me están esperando. Disculpe. Seguramente encontrará a su
hermana en el salón.
Y salió escopeteada.
Se metió en una puerta que decía: “acceso empleados“, y miró de
reojo como el tal, Alejandro Maya, se quedaba fuera con cara de oso
cabreado.
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No le extrañaría que se metiera también en la sala de preparación
del -catering, aunque sabía que Rosa lo echaría de su territorio sin
vacilar. Subió por la escalera de servicio y fue directa a su despacho.
—Ahhhhhhhhh —lloraba Malena a grito pelado.
—¡Menuda noche! —repitió antes de entrar.
—Susana. Gracias a Dios que llegas —Rebeca se levantó y corrió a
la salida— aquí la mujer ha sido abandonada por...
—Lo sé —le interrumpió— anda vete, busca a Flora y le explicas.
Debe estar cerca de los teléfonos.
Malena no lloraba. Berreaba. Tenía el pelo de punta de tanto
tocárselo, la gomina no obraba milagros ante el descontrol. El vestido
estaba subido hasta la mitad de sus muslos y los zapatos no estaban a
la vista. Una caja de pañuelos acompañaba a la concertista, que levantó
la vista ante su llegada.
–No quiero irme a casa así —un puchero lastimero la recibió— mi
perro se deprime si lloro y se pone a aullar como un poseso. Me echarán
del edificio.
—Bueno. Lo primero es que te tranquilices —se sentó a su lado.
—Eres muy bonita —gimió Malena— Y tienes tetas —se señaló a
ella misma— yo no tengo. Creo que voy a hacerme una estética y que
me quiten grasa del culo y me lo pongan en las tetas —miró los pechos
de Susana, que lucían escote y rebosaban del vestido— ¿Me dejarías un
sujetador para que el cirujano sepa la medida que quiero?
—Estás divagando.
Tocaron a la puerta.
Un camarero entró con cara de pocos amigos.
—La he buscado por todos los despachos. Me dijeron que estaba
usted en este piso.
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—Lo siento. Con todo el jaleo se me olvidó. Muchas gracias por
encontrarnos —se levantó a recoger los vasos largos.
El muchacho se fue con gesto menos adusto. Malena tomó el vaso
y se lo bebió de un solo trago.
—¿Qué era? —dijo tosiendo y más roja todavía de lo que estaba.
—Vodka con grosella.
—Estaba bueno —dijo casi sin voz y con los ojos abiertos como
platos.
—Sí, seguro ¿mañana trabajas?
—No. Es sábado —hipó y sonrió por primera vez— Ya se me está
pasando.
—Me alegro. Mañana será otro día. Si quieres puedes venir el
lunes y podemos hablar y si lo deseas te anoto y buscamos alguien afín
a ti.
—Uno que me quiera —lloriqueó de nuevo— que me mime —lloró
más fuerte— que me diga lo guapa que estoy.
—Sí —gimió Susana cansada— de esos tenemos packs con oferta.
—¿Estás casada?
—No.
—Yo tampoco —contestó Malena— y mi novio me ha dejado y me
quedaré soltera toda la vida.
—Eso no es tan grave —suavizó Susana.
—Sí, lo es. Mucho. A mí me gusta que me quieran, alguien con
quien comer en la cama. El sexo —dijo abriendo mucho los ojos— me
gusta el sexo. El cerdo de mi novio era un obseso. He aprendido más en
los últimos seis meses que en toda mi vida. Le gustaba todo lo raro y los
aparatos —le sonrió borracha— jajajaj, me he convertido en una
experta.He probado cualquier juguete que se te ocurra . Con él, claro. Y
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el muy cerdo me dice que no tengo salsa. Si hasta hemos probado con
mayonesa, fresa, chocolate....
La gran vomitada que le sobrevino provocó el caos. Malena regó
el vestido de Susana con el vodka recién tomado y lo que no era vodka.
—Creo que voy a vomitar —dijo Malena medio mareada y con la
cara entre las rodillas de Susana.
—Ya lo hiciste —señaló intentando levantarse y separarse de ella
con delicadeza a pesar de las nauseas que tenía.
Fue al baño que había en el despacho y mojó la toalla para ir a
refrescar la cara de Malena.
—Será mejor que te acuestes a dormir la mona en el sofá —la guió
y la ayudó a recostarse.
Fue de nuevo al baño y miró el vestido. Arruinado. La tristeza
inundó su rostro. No es que fuera gran cosa, pero le gustaba. Cerró los
ojos para tranquilizarse y se quitó el vestido con delicadeza y trabajo,
pues la estrechez dificultaba el asunto. En bragas, sujetador y tacones
altos, lavó la prenda y la colgó en una percha sobre la pared. Luego
fue a recoger con papel higiénico las salpicaduras que manchaban el
parquet y el sofá. Suspiró, pensando que debería limpiarse más a
fondo. Las manchas eran mucho más graves de lo que parecía al
principio y el olor era agrio y desagradable. Sacó un pote de colonia del
cajón de su despacho y roció el sofá y todo su alrededor con la colonia
de bebés suave que siempre tenía a mano. Se bañó ella misma en
colonia y, caminó hacia la mesa de su despacho para llamar por teléfono
a Flora para que le trajera algo de vestir, y un equipo de limpieza
urgente. Alguien de abajo del que pudieran prescindir.
Estaba con el aparato en la oreja a punto de marcar, cuando la
puerta se abrió repentinamente.
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Alejandro Maya llenó el espacio de nuevo y se quedó atónito ante
la visión de Susana en bragas y sujetador de encaje verde esmeralda.
La mesa tapaba las piernas y mitad de los muslos de la chica, el resto
de su persona, estaba expuesta a la vista de los ojos de Alex, que
absorbía la fotografía sin disimulo.
Susana se quedó en estado de choque. La boca abierta. El dedo a
punto de marcar.
—¡No me lo puedo creer! —Se oyó decir ella misma al borde de la
histeria.
—Jojojo —contestó Alex Maya incrédulo— Yo tampoco. Parece ser
mi noche de suerte.
—Al contrario que la mía —dijo Susana agachándose tras el
escritorio— lárguese de aquí.
Alex entró, cerró la puerta y se sacó la chaqueta con rapidez. Se
acercó dos pasos pero ella levantó la mano.
—¡Alto ahí! ¡Ni un paso más! —gritó exaltada y roja como la
grana.
—Solo pretendo pasarle mi chaqueta. Así no se sentirá tan
desnuda.
—Gracias por recordármelo —gimoteó— ¡Tíremela! Y dé dos pasos
atrás.
Alex obedeció. Le lanzó la chaqueta y se alejó dos pasos hacia un
lado en vez de hacia atrás, alejándose de la puerta.
Ella se puso la chaqueta estando agachada. Comprobó sorprendida
que la cubría hasta medio muslo y que le iba grande. Se levantó
despacio pero sin moverse de la protección de la mesa.
usana era una mujer gordita. Su sobrepeso era de veinte kilos
según el último test que había hecho en una revista de moda. Midiendo
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un metro sesenta y dos, tampoco se consideraba baja, pero al lado del
oso moreno que la miraba desde el otro lado de la habitación se sintió
pequeña y desaliñada.
Alex observó el cuerpo de Malena desmadejado en el sillón y
pareció entender algo la situación.
—¿Todavía está buscando a su hermana?
—No —contestó él tras un carraspeo— Flora me dijo que podía
subir y usar uno de los teléfonos de cualquier despacho. Y la suerte me
hizo escoger éste —sonrió y abrió los brazos abarcando la estancia.
—No me hace gracia. Será mejor que se vaya —cogió el teléfono
que estaba descolgado y lo colocó en su lugar— llamaré para que
vengan a limpiar y recoger... —se interrumpió no sabiendo muy bien
como explicar la situación— A la señorita le sentó mal la cena y me
vomitó encima. Por eso tuve que quitarme el vestido.
—Sí. Supongo que no suele ir en paños menores por los
despachos —rió él— aunque agradezco que hoy haya hecho una
excepción.
—No bromee —dijo seria— me gustaría verlo en mi lugar.
—Bueno. Eso se puede arreglar. No me gusta llevar ventaja —rió
de nuevo achicando sus ojos castaños— el problema es que si me
igualo, estaremos los dos desnudos para cuando venga el equipo de
limpieza y....
—Por favor. Sr. Maya. Estoy intentando mantener la calma. Llevo
una noche difícil y estoy en ropa interior en mi despacho, con una mujer
borracha y despechada, y un hombre desconocido. Le rogaría que
saliera a buscar otra oficina donde hacer su llamada y me diera la
intimidad necesaria para recuperar algo de mi dignidad. Dejaré su
chaqueta en recepción para que la recoja a partir de mañana.
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Alex deshizo la sonrisa y bajó la mirada con un deje de vergüenza.
Como si se diera cuenta de repente del mal trago que había pasado ella.
—Discúlpeme de nuevo —dijo apenado— parece que es lo único
que hago esta noche. pedir disculpas.
Hizo un gesto con la cabeza y en cuatro zancadas salió del
despacho. Cerró despacio.
Susana se dejó caer en su recién estrenada silla. Respiró hondo
para tranquilizarse, pero lo único que consiguió fue aspirar el aroma del
hombre coloso que acababa de darle un repaso visual a su cuerpo como
si de una aspiradora se tratara.
No se podía creer todo aquello.
—Me parece que es la primera vez en mi vida que estoy en ropa
interior delante de un hombre —dijo afligida— ha sido horrible. Quisiera
ser yo la borracha.
Cogió el teléfono y marcó el número de Flora.



Alex Maya buscó la intimidad de la oficina más próxima. Le
sudaban las manos y la camisa le apretaba el cuello. Amén del pantalón
por lo firme que estaba su inquilino.
Su cerebro, en ese momento, tenía la consistencia de gelatina y
sus ideas también.
Se había portado como un troglodita insensible con esa mujer.
Primero le da un portazo y casi la tira, luego no podía soltarla. Era como
si tuviera pegamento en las manos. Cuanto más intentaba zafarse ella,
más la retenía él. Lo único que quería era acercarse a esos ojos verdes.
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Cuando ella le dio la patada, regresó de su limbo y se dio cuenta de que
no la dejaba moverse.
Le molestó, un poco, el miedo que leyó en los ojos de ella. Estaba
acostumbrado a imponer por su tamaño. Impresionaba a hombres y
mujeres a primera vista, pero su buen humor y su actitud amigable,
enseguida hacían variar la mirada prudente a amistosa.
No había ocurrido con la pelirroja. No podía haberlo hecho peor. Y
para rematar, la encuentra en paños menores teléfono en mano.
Se rió consigo mismo al recordar el cuerpo redondeado de mujer.
Una mujer con curvas generosas y formas femeninas que le hicieron la
boca agua. Era la visión más sexy que había visto en su vida. Su rostro
pecoso y ruborizado, sus bucles rojos sobre la azul chaqueta y sus
manos apretadas sujetando contra si la tela
Ni siquiera sabía su nombre —sonrió para si.
Hacía mucho tiempo que no le impresionaba tanto una mujer. Se
sentía abrumado por el cosquilleo que le recorría la piel al pensar en ella
y desde luego, su reacción física era bastante elocuente.
Acababa de regresar de El cairo. Después de más de un año en un
proyecto para una presa de agua, su contrato había finalizado. Había
acordado su siguiente trabajo para un acueducto en el Sur de Argentina.
Pero eso sería para dentro de tres meses. Ahora estaba de vacaciones. Y
tenía todo el tiempo del mundo para emplearlo en hacerse perdonar por
esa belleza pelirroja. Todo el tiempo del mundo.
Soltó una carcajada solitaria. Cuando le dijo a Flora que
necesitaba hacer una llamada privada de negocios y que precisaba de
intimidad y silencio, ya suponía que le darían acceso a los despachos.
Esa era su intención, para así disponer del permiso de andar por ahí
buscando a la pelirroja sin que pareciera extraña su intrusión.
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No se imaginaba la escena que sorprendió en el despacho de la
susodicha. Encontrarse a una Venus en “casi” todo su esplendor,
agarrada al teléfono, había sido un extra del que había disfrutado sin
planearlo.
Poco se imaginaba el día anterior que venir a recoger a su
hermana a la fiesta supondría una tarea tan agradable. Ojalá se hubiera
dejado convencer para asistir a la celebración desde el inicio.
Se sentó en un sofá muy cómodo y con la sonrisa más tramposa
que tenía, se dedicó a pensar en la pelirroja. Solo unos minutos. Luego,
ya más calmado. Bajaría a buscar a Gloria, a la que había dejado con
Flora.


Malena dormía la mona en poco digna pose y babeando. Su
maquillaje corrido, su pelo revuelto y su vestido arremangado.
Susana la miró con indignación antes de ir a abrir la puerta a Flora
que venía con una de las limpiadoras.
—No preguntes —advirtió ante su interrogante mirada que se
clavó en la chaqueta azul marino que ella llevaba puesta.
—Xisca, cielo —dijo Flora dirigiéndose a la muchacha con
uniforme— Arregla un poco este desastre —se dio la vuelta y miró fijo a
Susana— ¿Dónde está tu ropa?
—En el baño. La llevaré a la tintorería mañana por la mañana. Me
preocupa la alfombra.
—No se preocupe señorita Susana, eso lo arreglo yo en un pis pas
—dijo Xisca paño en mano. Retrocedió para ir a buscar un carrito con
cien utensilios y líquidos varios y lo entró aparatosamente. Casi era más
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grande el carro que ella. Xisca era diminuta, delgada, una flauta
andante, pero un torbellino de acción— ¿Dónde está? —preguntó
refiriéndose a lo que tenía que limpiar.
Susana señaló el sofá. Luego se apartó para dejar a la hormiga
atómica ocuparse de las manchas.
Flora, la nueva directora del centro GORDITAS A LA CARTA,
frunció el ceño y la siguió. Acabaron en un rincón.
—Rebeca me explicó una historia de película —miró el cuerpo de
Malena tirado en el sofá— al parecer le dio plantón hoy. Antes de la
fiesta. Mi manolo quiere ir a buscar a ese energúmeno para darle dos
patadas. A mi Manolo le cae muy bien Malena —dijo resoplando la
morena— y bien ¿me vas a explicar que haces desnuda y con una
chaqueta de hombre sustituyendo tu vestido de fiesta?
—Cuando se vaya Xisca te lo cuento todo. Basta decir que llevo
una noche que mejor procuro olvidar.
Flora dio dos pasos para hablar con Xisca.
Susana, desde su rincón se quedó transpuesta. Se sentó en una
silla y se quitó un zapato respirando de alivio.
Flora. Algo más alta que ella y con su porte andaluz, chispeante y
alegre, le hacía comentarios a Xisca mientras le pasaba un par de potes
de limpieza.
Susana sabía que Manolo estaría impaciente por irse ya.
El marido de Flora tendía a dormirse en el primer sofá que viera
pasadas las doce.
Cuando Xisca se fue, llevándose el vestido y asegurando que ella
tenía la poción mágica para rescatarlo de esas manchas tan
desastrosas, Flora y Susana se quedaron solas, sin contar con el fardo
que roncaba poco elegantemente en el sillón.
NAT MÉNDEZ
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—Estoy que salto —le dijo Flora, casi despertando de su sopor a su
compañera— dime ya.
—No hay mucho que explicar. Malena me vomitó encima. Me quité
el vestido, y cuando te iba a llamar, entró ese tipo enorme sin llamar a
la puerta y me pilló en bragas. Fin de la historia.
—Tienes puesta su chaqueta —observó entrecerrando los ojos
oscuros y vivaces.
—Una galantería —admitió de mala gana— es lo menos que podía
hacer. Casi me tira al suelo en el lavabo de señoras y luego entra sin
llamar a un despacho privado. Dijo que tú le diste permiso para llamar
por teléfono.
—¿Alex? —rió— Buen Dios ,cuéntamelo con más detalle.
—No hay mas que contar, buscaba a su hermana y se coló en el
baño de señoras.
—Pues te comunico que encontró a su hermana. Gloria se apuntó
a nuestra agencia la semana pasada. Son amigos de Carlos. Por lo visto,
Alex ha sido compañero de viaje en alguna ocasión, cuando Carlos era
soltero y ni siquiera conocía a Carolina.
—Vaya, eso empeora la cosa. Amigo de Carlos. Me imagino lo que
le contará al jefe —cambió la voz para imitar una varonil— “por cierto
Carlos, me encontré con una pelirroja gorda en ropa interior en uno de
tus despachos”.
—¿Y qué dijo él cuando te vio? —indagó Flora.
—¡Eureka! —chilló burlona— ¡Eres la vaca mas hermosa que ojos
humanos hayan visto! —Apretó la mandíbula— ¿A ti qué te parece que
dijo? Casi le da un pasmo cuando entró y me vio parada y en ropa
interior.
NAT MÉNDEZ
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—¡Oh! Susana, de verdad a veces eres tan ingenua! Un hombre
es un hombre —le abrió un poco la chaqueta y miró la ropa de encaje
tupido de color verde esmeralda— guauuuuu, y un sujetador de encaje
es un sujetador de encaje. Y están hechos para poner a los hombres a
cien.
—Sí, a cien por hora y en dirección contraria —masculló roja como
la grana y cerrando de nuevo la chaqueta— quería que me tragara la
tierra. Él sonriendo y diciendo no se qué de que era su día de suerte y
yo, con unas bragas casi transparentes y un sujetador que me sube las
tetas al cielo.
—Visto así... —rió Flora— el “wonder Bra” es poco discreto, pero
del todo efectivo, y te hace un escote muy bonito.
—Con el vestido me quedaba bonito, sin el vestido queda
ostentoso.
—A mi Manolo le encanta que me pasee con ropitas de encaje. Se
pone como un toro —rió— hasta brama.
—Ese tipo no es mi marido —se quejó desinflándose— es un
desconocido que me ha visto en bragas —sus ojos brillaron húmedos—
creo que no he pasado tanta vergüenza en toda mi vida. Cuando venga
a recoger la chaqueta no se os ocurra decirle que estoy.
—Venga, no es para tanto. Vas casi cada día al gimnasio y nadas
en la piscina en traje de baño.
—Pero no mientras un tipo de dos metros me mira como si nunca
hubiera visto a una mujer en cueros.
—Eso es que le has gustado. —sonrió tranquilizadora Flora— Voy a
traerte uno de los chandals del gimnasio. Dame la llave de tu taquilla.
—En el cajón de la derecha —susurró recostándose— ¿Qué
hacemos con Malena?
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—Que duerma la mona un rato más. Si se despierta la llevamos a
casa en taxi y sino, como tenemos que volver mañana por la mañana,
ya la despertaremos.
—Bien. Te espero.
Flora salió del despacho. Susana se recostó en el sofá de una
plaza, casi en frente del de Malena. Encogió las piernas pues comenzaba
a tener frío. Estaban a primeros de Abril.
Hacía ya un año y tres meses que “Gorditas a la Carta” abriera sus
puertas.
Elena, la anterior gerente y directora de la agencia, ahora estaba
embarazada de cinco meses.
Hacía casi dos semanas que se había ido con su marido, David, a
Miami, donde se estaban instalando, pues Carlos y Carolina, habían
decidido abrir otra sucursal de GORDITAS A LA CARTA en Florida. David,
aprovechando la ocasión, iba a abrir un gimnasio en la zona, así, los dos
estarían mas que ocupados en la preparación y obertura de sus negocios
y con la llegada de su hijo. El plan era estar unos tres meses buscando
local, aclimatándose y preparándose. Estaban iniciando una nueva vida.
El puesto de Elena, se le había asignado a Flora. La eficiente
secretaria. Una mujer enérgica, casada con Manolo, un policía con el
cual formaba una pareja, sino perfecta, sí curiosa.
Carlos y Carolina, los inversores de la Agencia Gorditas a la Carta,
vivían en México, donde con su bebé, de casi nueve meses,
supervisaban negocios varios. Tenían planeado ir a Miami, un saltito
pequeño en avión desde su Guadalajara, para pasar una temporada con
David y Elena.
Susana, hacía ya más de dos meses que se estaba preparando
para el puesto que, dos días atrás, ocupara. A veces había pensado que
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el trabajo le quedaba grande, pero le entusiasmaba la idea de poder
organizar el evento de “La Gordita mas sexy”. El concurso de “Gorditas
de Lujo”, era una publicidad que pretendía atraer masas.
Susana miró el letrero ubicado sobre su mesa: “somos gorditas y
tenemos razones de peso para gustar a los hombres”, al lado de un
logotipo de un corazón sonrosado con ojos y boca alegre.
Elena y Flora le dieron la fantástica oportunidad de destacar en un
puesto que le encantaba y no iba a decepcionarlas. Ellas sabían que
Susana era tímida, insegura y que su gordura le había supuesto un
complejo grave durante casi toda su vida. El año transcurrido había
barrido superficialmente ese complejo evidente, haciendo que la
insegura Susana pasara a parecer una mujer competente de hoy en
día. Pero bajo el disfraz de ejecutiva triunfadora, estaba esa niña tímida
que jamás había tenido novio por su temor a ser rechazada debido a su
sobrepeso.
Ese año había servido para demostrarle que eran muchísimos los
hombres que las preferían gordas. Habían emparejado más de cien
parejas y estaban en marcha otras tantas.
Susana, hacía menos de seis meses que se había independizado y
se había mudado a un apartamento relativamente cerca de su trabajo.
Sus seis hermanos, tres varones y tres hembras, habían tenido
diversidad de opiniones respecto a su recién adquirida independencia.
Sus padres todavía hablaban del disgusto y el abandono que sentían.
Estaba recuperándose de su sentimiento de culpa, mientras
intentaba encajar su nuevo puesto, y esa noche, era el broche de oro a
tres meses de tensión enorme.
Al día siguiente tenían una reunión con dos profesionales muy
distintos. Un director de escena, que dirigiría a las finalistas de Gorditas
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de Lujo, y un director de Marketing. Éste último era un publicista
privado que había ofrecido sus servicios para que Gorditas a la Carta,
tuviera su propio departamento publicitario, descartando contrataciones
del exterior y abaratando costes, pues eran muchas las veces que
recurrían a campañas propagandísticas para promocionar eventos,
fiestas, excursiones, teatros, bailes y ahora, este concurso.
Susana tenía que hacer las dos entrevistas y dirigir la
conversación. Habían dejado en sus manos las decisiones y de repente
se encontraba saturada.
En menos de una semana tenía que contratar un director de
escena, otro de publicidad, telefonistas, un experto en vestuario de
tallas grandes y comenzar con la búsqueda de un local lo
suficientemente grande para que pudiera haber un desfile y tuviera un
aforo de mínimo trescientas personas.
También tenían que contratar una secretaria particular que se
ocupara de mantener las agendas de Flora y Susana al día. Y programar
las entradas para la fiesta, por rigurosa invitación, y buscar las mujeres
que se prestaran a concursar.
Y mientras, ella estaba sentada en ropa interior con la chaqueta,
de un tipo armario tres puertas, como único cobertor.
Esperaba que el día siguiente trajera mejores augurios. Por lo
menos sin vómitos ni escenas bochornosas.





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CAPÍTULO 2

¿No querías caldo? Toma tres tazas.

Susana llegó poco antes de las nueve al despacho. Vestía su nuevo
traje chaqueta negro, con su blusa blanca. Llevaba tacones.
Últimamente, siempre llevaba tacones. La hacían parecer más
profesional.
El pelo ya estaba liso como tabla. Suelto y abundante, casi hasta la
cintura. No se había maquillado. Solo los labios y un poco de rímel. El
bolso negro era grande y parecía estar a rebosar. Llevaba colgada del
brazo la chaqueta azul de Alex Maya.
Después de dejar a Malena acostada en su propia casa, darle de
comer al perro y sobornarle con unas galletitas para que se callara, se
había vuelto a su casa. Le había dejado una nota para que la llamara.
Cuando despertara, seguro se sentiría fatal.
Saludó a Rebeca, la recepcionista, dejándole la prenda con las
indicaciones pertinentes, e intercambió unas palabras con Rosa, la
encargada del catering que estaba con dos empleados recogiendo cosas
del día anterior. Tres limpiadoras, entre ellas Xisca, estaban trabajando
a destajo para dejarlo todo en orden y en condiciones para el lunes.
Flora ya había llegado y la esperaba en su despacho para hablar con
ella antes de que llegaran sus visitas.
Flora iba de un rosa escandaloso y adornaba su cuello con un foulard
verde botella.
—Bien Susana, en media hora tienes al Sr. Rubio, por lo del concurso.
Y a las doce al Sr. Subirats. Tal como me dijiste he repasado los dossier
y están estupendos. Creo que los dos son muy profesionales. El resto
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corre de tu cuenta. La semana que viene tengo una entrevista con
nuestra futura secretaria. Me gustaría que estuvieras. Así que, mejor
sincronizamos nuestras agendas. Esto es un caos. Apenas tengo un
hueco el lunes a media mañana —bufó— Tendrá que ser una entrevista
corta.
—A esa hora está bien —dijo Susana con su agenda abierta— el
martes tengo que ver a las tres chicas que manda la agencia para cubrir
el teléfono durante la campaña. Y durante toda la semana estaré fuera
mucho tiempo, porque tengo citas con varios modistos y tiendas.
—Cuando tengas atado lo del publicista, tendrás mas ayuda. No te
agobies.
—Me gusta esta propuesta. Es un tipo profesional y entiende mucho
la visión que tenemos en Gorditas a la Carta —aseguró Susana
señalando la carpeta del Sr. Subirats— me cae bien.
—Estupendo, porque con la cantidad de horas que vas a pasar con
él...
—No me lo recuerdes —el doce de diciembre era la fecha del evento—
unos ocho meses para preparar el concurso, encontrar gorditas que
quieran pasearse exhibiéndose ante más de trescientas personas,
flashes y cámaras.
—Sí. Unas gorditas de Lujo —dijo Flora haciendo un gesto altanero.
—Las más sexys —bromeó Susana agitando sus pestañas y poniendo
los labios en forma de beso.
Las dos rieron.
—Hay muchas gorditas que son guapas y sexys —aseveró Flora—
Muchísimas.
—Espero que te oigan y contesten al anuncio que pondremos —
suspiró Susana.
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—Desde luego, sin ellas no hay concurso —dijo levantándose Flora.
Susana se apresuró a irse a su despacho.



Alejandro Maya llegó al edificio de Gorditas a la Carta sabiendo que
no sería fácil hablar con la pelirroja.
Lo primero que tenía que hacer era averiguar su nombre. Gloria no
pudo darle ninguna pista. Aunque supo que si el despacho que ocupaba
la noche anterior era suyo, localizarla sería coser y cantar.
Había dormido como un tronco, despertándose con un solo
pensamiento. Abordar a la pelirroja e invitarla a comer, o a cenar, o a lo
que fuera.
Llevaba meses sin estar con una mujer y eso no era un aliciente a su
paciencia precisamente. Su trabajo, a menudo, lo tenía apartado de
ciudades y centros urbanos.
Como Ingeniero de caminos había estado trabajando en puentes y
otras obras públicas.
Desde que terminara una presa en Colombia, le había cogido el gusto
a trabajar fuera del país. Rowena, su ex novia, le había dejado por un
comerciante de telas de Damasco. Como se movían en la misma
profesión, había sido muy lógica la estrategia de su nuevo amor. Alex la
tenía bastante abandonada por sus viajes, y diez años de noviazgo son
muchos años para seguir esperando. Rowena, era inglesa y se dedicaba
a importar ropa de Asia. La había conocido cuando todavía estaba en el
ejército, donde estudió su carrera de Ingeniero técnico y donde adquirió
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toda la experiencia que después le valdría los suculentos contratos, que
hubieron después.
Para los dos había sido una relación muy cómoda. Los dos viajaban y
los dos se alegraban de verse. Pero el fabricante de telas tenía
demasiado en común con ella. Rowena le había invitado a su boda. Él
estaba entonces en Canadá, así que tuvo la excusa perfecta para
escaquearse. Una cosa era aceptar con dignidad que te dejen y otra
muy distinta pasearse delante del nuevo galán. No era que estuviera
celoso, pero era mejor dejar el círculo cerrado y zanjar esa etapa. La
convivencia había sido agradable, cuando coincidían más de tres meses
juntos claro. Así que no tenía nada en contra de volver a tener una
pareja estable. Al contrario. Ahora reconocía que la falta de formalidad
era uno de los motivos por los cuales Rowena había optado por otro
hombre. Pero en su egoísmo jamás se le había ocurrido pedirle que se
casaran o que formaran una familia. Pensaba que ella estaba tan
dedicada a su carrera como él.
No volvería a cometer el mismo error. La próxima vez que se
enamorara, sería pesado y le declararía su amor a cada rato. Y se
casarían y tendrían hijos. Tres. No. Cuatro.
Era un hombre que aprendía de sus errores. A su edad ya se daba
cuenta de lo importante que es la estabilidad emocional. Alguien que te
quiera, que te espere en casa o a quien esperar.
La pelirroja podía ser una opción interesante. Si conseguía
encontrarla. Miró hacia los lados buscando alguien a quien dirigirse. La
recepcionista lo miró con cara amigable, dándole pie a hablar. Se
aproximó sin dudarlo.
—Buenos días —dudó un poco— verá, le puede sonar extraño, pero es
que busco a una persona que trabaja aquí.
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—Es usted Alejandro Maya —sonrió Rebeca— me dieron instrucciones
de avisar a la señorita cuando llegara.
—¡Estupendo! —se sorprendió agradablemente.
—Tengo una chaqueta que es suya.
—Doblemente estupendo —la tomó y esperó mientras ella hacía una
llamada interna.
En apenas dos minutos, Flora apareció con su vestido rosa y con
andar glamoroso.
—Hola Alex.
—Flora. Buenos días —dijo acercándose a la mujer que conociera el
día anterior cuando su hermana Gloria los presentó. Le dio la mano y la
estrechó enérgicamente.
—Veo que ya tienes tu chaqueta —señaló con mirada pícara.
—Si, ehhhh —se movió algo nervioso— estoy buscando a la señorita
que necesitó mi chaqueta. De hecho, pensé que la recepcionista llamaba
a esa mujer.
—¡Oh! Qué decepción debes sentir al verme a mí —rió Flora con
fingida pena.
—No, de ninguna manera, es solo que...
—Susana dio órdenes de que no la molestaran —le interrumpió
Flora— pero no le vamos a hacer caso. Creo que ayer no os
presentaron.
—¿Susana? ¿La pelirroja? —dijo con el corazón a cien y siguiendo a
Flora hacia las escaleras. Ella se esperó para que fueran al mismo
tiempo.
—Es verdad que eres alto —dijo con una sonrisa de medio lado y
mirándolo de arriba abajo— Susana dijo que eras un oso enorme.
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Lejos de ofenderse, Alex rió. Le gustaba esa Flora. Era directa. Y le
parecía que a ella también le gustaba él. Y lo más importante, le iba a
presentar a la pelirroja. Susana.
Pensó en el nombre de la Venus con cierta impaciencia.
—Soy grande pero inofensivo —aclaró subiendo la escalera con ella.
—Pues Susana no me dio esa impresión.
—La situación fue algo complicada —carraspeó Alex con una sonrisa
de oreja a oreja.
—¿Te refieres a qué la encontraste en ropa interior en su despacho?
—dijo arrastrando las palabras y deteniéndose en medio de las
escaleras, un par de escalones por encima de él, de manera que
quedaron a la misma altura.
—Por eso venía dispuesto a invitarla a comer y así pedirle disculpas
más adecuadamente.
—Te costará más de una comida que te perdone. Pero tú, insiste —
dijo ella continuando con la subida— Susana es la Directora de Eventos.
Ahora mismo ha acabado una reunión muy importante y en un cuarto de
hora tiene otra cita definitivamente valiosa, así que no podemos
extendernos mucho.
Alex la siguió. No entendía muy bien porque Flora le facilitaba la
faena pero iba a aprovechar esa oportunidad.
—Ese es su despacho.
—Lo recuerdo —sonrió lánguidamente él.
Flora tocó en la puerta.
—Adelante.
Flora entró seguida de Alex, chaqueta en mano. Susana estaba de
espaldas, ordenando unas carpetas. Su pelo rojo y lacio moviéndose
enérgicamente.
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—¿Estás preparando la reunión con Subirats?
—Sí. El día esta yendo muy bien y quiero que así continúe —contestó
con su voz suave.
—He traído a alguien que quiere verte.
Esas palabras envararon su cuerpo. Él lo notó y supo, que ella sabía,
que él estaba allí. Se volvió lentamente. Como si estuviera reuniendo
valor para enfrentarlo.
—Hola, me alegro de verla —hubiera podido agregar la palabra
“vestida” a la frase, pero no hizo falta porque igual quedó flotando en el
aire. No tendió la mano, porque estaba seguro que ella no lo tocaría. No
ahora. No sabía por qué pensaba que iba a ser más fácil.
—Oh, Sr. Maya —casi susurró Susana, mientras con una mano
sujetaba un dossier y con la otra se aguantaba al borde de la mesa.
—Alex, ella es Susana Delgado. Nuestra organizadora de eventos.
—Ayer no hubo tiempo de presentarnos —aclaró él sin dejar de
mirarla fijo. Era más guapa de lo que recordara, y sus mejillas eran
igual de rojas. Estaba ruborizada hasta las orejas— fue todo algo
precipitado.
—Sí —contestó recuperando el habla— yo estaba demasiado ocupada
tapándome con su chaqueta.
Él sonrió, al ver que ella trataba de bromear con el asunto, para
quitarle importancia.
—Me gustaría invitarla a comer. Una manera de disculparme por la
situación de ayer.
—No se preocupe, no fue culpa suya —dijo ella moviéndose y dejando
el dossier sobre la mesa. Susana rodeó el mostrador y pasó a su lado
profesional. Sin sentarse, miró a Flora que parecía estar contemplando
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un partido de tenis —fue un desafortunado suceso que escapó de
nuestro control.
—Bueno, yo diría más bien afortunado. Pero supongo que depende
del lado del que se mire —sonrió él halagador.
Flora soltó una carcajada que atajó de inmediato ante la mirada de
Susana.
—Del de mi lado, Sr. Maya. No fue un espectáculo y a mí,
particularmente, me gustaría olvidarlo.
—Lo contrario que a mí —adujo apretando la chaqueta— dudo que
pueda olvidar una de las visiones más hermosas que he visto
últimamente.
Flora tosió al ver el humo salir de las orejas de Susana.
—Me parece que Susana tiene que prepararse para la cita que tiene
en breves minutos.
—No me muevo de aquí hasta que Susana acepte comer conmigo —
se plantó el oso con su traje azul marino, y su cuello de toro pareció
ensancharse ante su pose masculina.
—Me parece que no es buena idea ahora mismo —se precipitó Flora
tomándolo del brazo— acompáñeme. Buena suerte con tu reunión —le
dijo estirando al hombre.
—Un momento —se paró en seco él haciendo trastabillar a Flora— a
riesgo de recibir otra patada en la espinilla —miró a Susana— no puedo
irme sin que sienta que estoy disculpado.
—Ya está disculpado —dijo entre dientes Susana— y ahora será mejor
que se vaya antes de que le dé otra patada en otro sitio más doloroso
que la pierna.
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—Eso es bravuconería —sonrió descarado— lo de ayer no fue una
patada. Yo diría más bien que fue una caricia. No intencionada, pero
supongo que no pudo contenerse estando tan cerca de mí.
—Flora. ¿Te lo llevas tú, o...?
—Ya se va. Venga Toro de Miura —lo arrastró, y esta vez, él se dejó.
Todavía sonreía cuando cerraron la puerta y ella le señaló su
despacho. Él la siguió más divertido que nunca. Se lo estaba pasando
genial. Pese a la furia de Susana, no había podido dejar de provocarla.
Le encantaba como se ponía roja y parecía a punto de estallar.
Le gustaba esa mujer, “caray”. ¡Menuda pelirroja!
—Me parece que no has empezado con buen pie.
Escuchó que decía Flora chasqueando la lengua y dándole paso a que
se sentara.


—¿Te parece? —rió— Es que no he podido evitarlo. Me lo ha
puesto en bandeja.
—Si esa es tu forma de disculparte... deja mucho que desear —se
apenó Flora— Susana es muy sensible y no le va el flirteo banal.
—Pues a mí tampoco, pero con ella me sale natural — dijo el
hombre con una sonrisa de medio lado— es tan fácil sacarla de sus
casillas. Me encanta cuando le sube ese color rosado que colorea todo
su rostro.
—Eres muy diferente a tu hermana —lo instó a que se sentara—
Gloria es muy prudente. Hay que sacarle las palabras con sacacorchos.
—Gloria es tímida. Su altura —dijo refiriéndose a su metro ochenta
y cinco— la ha hecho ser algo diferente. No ha sido fácil para ella que
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casi todos los hombres sean más bajos. Y más en su campo. Una
abogada alta y enérgica que solo habla cuando tiene algo que decir
“acojona” a cualquier hombre poco seguro de si mismo.
—Por eso ha recurrido a nuestra agencia. Para que busquemos el
perfil de un hombre que se ajuste a sus deseos.
—Un príncipe azul de cómo mínimo metro noventa y que no se
mee en los pantalones cuando ella le lance su mirada asesina. Tarea
titánica —rió quedo— Mi hermana es una estupenda profesional, pero le
cuesta relacionarse.
—Ya veo que a ti no.
Alex apoyó los codos en la mesa y habló en tono confidencial.
—¿Si me anoto en la agencia me garantizas que podré salir con
Susana?
—No. Para empezar Susana es una empleada. Para seguir, no se
obliga a nadie. Se pone en contacto con los interesados o se hacen
reuniones en las cuales se invita a gente que pueden tener cosas en
común. Pero puedo hacer algo mejor. Puedo invitarte a cenar a mi casa
e invitar a Susana también.
Alex arrugó el entrecejo.
—¿Por qué me quieres ayudar?
–Pareces interesado y eso significa que insistirás. Me pareces un
hombre que va a por lo que quiere y no se detiene si hay dificultades.
—Y ella me lo va a poner difícil —concluyó con entusiasmo de
reto.
—Ves. A eso me refiero —suspiró— quiero mucho a Susana. Y
como soy una romántica empedernida pienso que eres ideal para ella.
Así que voy a darte la oportunidad. El resto corre de tu cuenta.
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—Es bueno saber que cuento con tu apoyo —se movió en el
asiento— ¿y ella qué opinará?
—No se lo consultaré, naturalmente —dijo con gesto displicente—
solo te hago dos advertencias. Susana no es un ligue de una noche.
—No es lo que busco —le informó apoyándose en el reposa
brazos— si voy a insistir, voy a conseguir. No pierdo mi tiempo para un
revolcón. Me gusta esa mujer. Me mueve algo... no sé qué. Tiene un
fuego que me pone —pareció incómodo unos segundos, como si sintiera
que había hablado demasiado— ya me entiendes.
—Sí —sonrió Flora complacida.
—¿Y la segunda? —indagó Alex con los ojos brillantes de interés.
—Bien. Como habéis empezado la relación al revés, quiero decir
que lo normal es tener citas y luego desnudarse, —hizo un gesto con los
labios estirando la cara, en una mueca dificultosa— vamos... que no te
precipites en llegar al postre. Lo que quiero decir es...
—Ya, te entiendo —dijo serio y enderezándose en el asiento—
Susana es una buena chica. Te voy a decir una cosa. Seguro que te
preocupas por ella, y es normal, pues es tu amiga. Pero no soy un
cernícalo insensible. Ya he notado que no es una mujer con mucha
experiencia. Cuando quiero puedo ser muy delicado y —cuando ella
frunció el ceño mirándolo de arriba abajo el insistió— sí, muy atento y
delicado. No me catalogues por mi metro noventa y dos. Soy grande y
por eso he tenido que esforzarme más en ser suave. Ninguna mujer se
me ha quejado. Créeme —una sonrisa socarrona— los tipos grandes
somos muy sensibles y cariñosos.
—Lo sé. Mi marido es alto y es un osito de peluche de gran
tamaño —sonrió cómplice— es como un niño grande.
—Bien. Entonces, ¿cuándo es la cena?
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—Esta noche. Celebramos el ascenso de Susana. Ha sido oficial
esta semana, así que ya tenía prevista la cena de esta noche. Solo
tengo que añadir un cubierto.
—Te agradezco el empujoncito —dijo levantándose y aceptando
una tarjeta con la dirección de su casa.
—A las ocho. Sé puntual.
—En punto —señaló saliendo raudo.



Alejandro salió contento. Se despidió alegremente de Rebeca y de
las limpiadoras.
Esa noche tenía una cita con la pelirroja. Claro que ella no lo
sabía, pero ese era un detalle sin importancia.
Dejó la chaqueta en su coche y se fue caminando hasta una
floristería enorme. Encargó dos ramos de flores. Uno para su anfitriona
y otro para Susana, ambos con sus correspondientes tarjetas. Los
pasaría a recoger a las siete, así estarían frescos.
De vuelta al coche, se paró en un escaparate donde su reflejo fue
contundente. Su metro noventa y dos era apabullante porque no era un
hombre delgado. Era grande en todos los aspectos. Todo él. Quizá sería
menos amenazante si pesara diez kilos menos, pero siempre había sido
así. No era gordo, pero sus huesos eran grandes, sus pies enormes, su
cuerpo era duro, sin ser excesivamente musculoso. Por su trabajo
caminaba mucho. Y a veces escalaba y tenía que estar en forma para
supervisar personalmente las obras. Le gustaba ponerse el casco y
mezclarse con los obreros. En el trabajo siempre vestía tejanos y
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camisas holgadas. Si tenía que ensuciarse, se ensuciaba. No le tenía
miedo al martillo y prefería ponerse crema en las manos para
suavizarlas, que tenerlas delicadas y sin callos. Su cabello siempre
estaba más largo de lo que le gustaría. No era hombre de peluquería. Su
hermana o su madre se lo cortaban cuando las visitaba. Tenía un
mentón duro, sombreado casi siempre de barba negra y a menudo se
afeitaba dos veces al día. Sobretodo cuando estaba con Rowena que se
quejaba de que pinchaba. Eso fue lo que le hizo adquirir la costumbre de
repetir operación. Su cutis, en ese momento, era como el culito de un
bebé. Suave y oliendo a crema hidratante.
Hasta el día de ayer, tenía en mente el siguiente trabajo y la
oferta a posteriori como Ingeniero técnico de obras públicas en la
Confederación Hidrográfica del Guadiana. El puesto quedaría vacante en
tres años y ya le habían ofrecido sustituir al actual director de
explotación. Pese a que no había contrato alguno, ya había aceptado y
el empleo en Argentina era solo un salto provisional hasta la llegada del
contrato estable y definitivo.
Ahora en vez de pensar en su trabajo, pensaba en una cara
pecosa y sonrojada. Con unos labios rellenos y rosados que tenía
enormes ganas de saborear. Y no digamos esos pechos abundantes que
vio el día anterior, adornados por ese encaje verde que parecía ser el
recipiente casi ideal para ellos. Aunque prefería sujetarlos con sus
manos, sirviéndole de copa. El tirón en la ingle, le avisó que sus
pensamientos no eran los adecuados para tener delante de un
escaparate en plena calle. Sus ojos castaños brillaron ante su reflejo.


NAT MÉNDEZ
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Serie Gorditas
2

—Pues te dije que no quería verlo —dijo Susana por segunda
vez— Casi me da un ataque cuando te vi con él.
—Hubiera sido de mala educación. Su hermana acaba de anotarse.
Tenemos que hacer relaciones públicas. El pobre se sentía mal por lo
ocurrido ayer.
—Si —bufó Susana— parecía muy arrepentido el pobre.
—No fue culpa suya.
—Pero esta mañana fue... descarado.
—Bromeaba para que no te sintieras incómoda.
—Pues logró lo contrario. Me sentí ridícula ayer y volví a sentirme
igual cuando lo vi hoy.
—Le gustas.
—No empieces con tus películas.
—¿Por qué te cuesta tanto reconocer que un hombre se interese
por ti?
—¡Flora, por favor! Que tengo treinta y dos años! He pasado mi
vida sin pena ni gloria respecto a la cuestión de pareja. Ni me miraban.
Entre mi timidez y mi sobrepeso, me he pasado la vida en un rincón.
—Pues ya va siendo hora que dejes ese rincón. He visto este año
que más de un hombre te ha tirado los tejos y tú les has marcado
rápido, zanjando la cuestión antes de empezarla.
—Resignación. No quiero empezar nada que ya sé de antemano
que será un fracaso.
—Eso no es vivir —la miró seria Flora.
—Estoy bien así. A mi edad ya no tengo sueños románticos, ni
espero que me rescaten.
—¿Y nunca has tenido novio?
—Nunca he salido con nadie. Punto.
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—Eso significa que tú... nada de nada... —abrió los ojos algo
sorprendida por la conclusión a la que llegaba.
—Dije que punto. No es un tema del que me guste hablar.
—Oh, Susana, pero eres preciosa —se quejó Flora tristemente.
—Una gorda pelirroja preciosa —rió sin ganas la aludida—
volvamos al tema de Subirats. El lunes vendrá con su equipo. Un
maquetista y dibujante, y un informático. Entre los tres llevarán el
departamento de publicidad. Además actualizaran las páginas web y
será un trabajo menos que nos tocará. Me gustaría que la gestoría
preparara el contrato para ya. Fernando Subirats va a tener que correr
para ponerse al día y prepararlo todo.
—¿Cómo es?
—Un nervio. Alto, delgado, parece que le han dado cuerda. Es un
hervidero de ideas. Muy rubio, casi albino. Su madre era holandesa y él
salió a ella.
—¿Qué edad tiene? —indagó con una ceja arqueada.
—Alrededor de cuarenta. De todos modos el lunes traerá la
documentación para fotocopiar y podrás comprobarlo.
—¿Casado?
—Ni idea. No lleva anillo. Me parece un hombre muy
comprometido con su trabajo. Sé que trabajaba para una empresa
publicitaria muy fuerte y que quería independizarse hace tiempo. Ha
formado su propio equipo y nosotros debemos de ser uno de sus
principales objetivos. Es un buen negociante. Sabe como sacar
porcentajes de todo.
—Obvio. No ha dejado su trabajo anterior para ganar lo mismo.
—Bien. Te dejaré un informe de lo que se ha tratado en la reunión
antes de irme a casa.
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—Acuérdate que nos vemos esta noche en mi casa. Celebramos tu
coronación.
—Llevaré el vino y el resto de los ingredientes de la sangría.
—¡Faltaría más! —exclamó riendo Flora, que tenía esa bebida
como debilidad— Trae el vino, el resto ya tengo en casa.



Alejandro se cortó afeitándose. Maldijo mientras buscaba el agua
oxigenada. Estaba nervioso como un adolescente.
Se miró en el espejo el pelo que se rizaba rebelde en la nuca y se
insultó por no haber aceptado ir a casa de su hermana a que se lo
cortara. Eran ya las seis y media. Bufó pensando que no había tiempo.
Su hermana vivía en la otra punta de la ciudad. A veces pensaba que se
había comprado la casa bien lejos de sus padres a propósito. Aunque de
poco sirvió, pues al jubilarse su padre, juez de profesión, él y su madre
se habían mudado a Alicante, ciudad natal paterna.
Preparó el traje negro, dudando si ir más informal. Pero tras
cambiar de parecer un par de veces acabó quedándose con su primera
elección.
La luz entraba en su cuarto, iluminando una cama enorme, hecha
a medida. Casi a ras del suelo. Las cortinas de color blanco roto,
llegaban hasta la mitad de la pared, con adornos de soles bordados en
los bordes.
Alex se puso los boxers y descartó la camiseta. Su pecho velludo
quedó oculto por la camisa nueva y blanca, el pantalón del traje clásico
era cómodo y le sentaban bien.
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2

Era un hombre a quien le sentaba bien casi cualquier cosa. Tenía
percha. Como le decía su madre.
A regañadientes se puso la corbata, era una de las incomodidades
obligatorias que más detestaba. Las tiraría todas.
A las siete cogió el coche, y se fue a la floristería a recoger los dos
ramos. Se sentó en el coche a escribir las tarjetas y las colocó en sus
correspondientes ramilletes. Buscó la dirección y encontró la planta baja
de Flora en una zona residencial frente a un parque infantil enorme, con
arboledas y aparatos de recreo.
Se pellizcó la nariz. Respiró hondo sintiendo un nudo en el
estómago y se bajó del coche.



Susana se pintó los labios en el espejo del baño de Flora. Su
vestido rosa pálido era suave y ligeramente infantil en sus formas.
Escote cuadrado, guardando sus generosos pechos con una discreción
absurdamente prepotente, y una tela suelta y vaporosa que le llegaba
debajo de las rodillas. Tirantes gruesos y estables se unían en la espalda
con un adorno de un broche negro, y los bajos del vestido, tenían el
mismo dibujo en el mismo color oscuro. El chal azul cielo, la abrigaba
del aire frío de la noche.
Ese vestido se lo había puesto tres veces. En la boda de Elena y
David. En una fiesta de Gorditas a la Carta y ahora, esa noche. Era un
vestido que a pesar de su sencillez, era cálido y daba sensación de
placidez.
Se retiró el cabello suelto y salió del baño tropezándose con Beto.
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—¿Cómo está mi pelirroja bella? —la abrazó delicadamente
besando su coronilla.
—Hola Beto, que alegría verte. Tú eres una de las sorpresas de
esta noche. Me dijo Flora que me tenía tres sorpresas.
—Seguro, la otra está detrás de mí —se apartó para dejarle ver a
Samu, el haitiano que parecía un luchador de sumo. Ancho, alto, gordo
y guapo, con su coleta en lo alto de la cabeza y su vestimenta asiática.
Samu se acercó y le dio un abrazo confortable, haciendo
desaparecer a la mujer entre sus brazos.
—Felicidades Sus —la llamó por el diminutivo que él siempre
usaba.
—Gerente de Eventos —dijo Beto pomposo.
Pasaron al salón con risas y explicándose novedades.
Beto había trabajado en Gorditas a la Carta hasta dos meses
atrás. Y Samu era amigo y futuro socio de David, el marido de Elena, la
anterior Directora de Gorditas a la Carta de Barcelona y futura del
centro por abrir.
Samu se había trasladado a Miami, donde David y él iban a abrir el
gimnasio.
Beto sería el nuevo Relaciones públicas de la nueva sucursal de
Gorditas a la Carta en Miami.
Los dos eran pareja desde casi ocho meses atrás.
Habían regresado de Miami el día anterior y Flora le había
reservado la sorpresa de invitarlos a la celebración de su ascenso.
Faltaba otra sorpresa, que llegó acompañada de Manolo, el
marido de Flora, que fue quien le abrió la puerta.
Susana se quedó con la boca abierta cuando Alex entró en la sala
con dos ramos de flores.
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—Buenas noches —saludó con tono cantarín el recién llegado.
Beto saludó cortés sin moverse y sin retirar el brazo que tenía
sobre los hombros de Susana. Observó que Alejandro miraba ese gesto
y entrecerraba los ojos. Beto sonrió ampliamente ante lo que reconoció
como: “en guardia”.
Flora apareció en ese momento y saludó efusivamente al invitado.
—Oh! Son preciosas —agradeció aceptando un ramo de rosas
amarillas y blancas y, pendiente, de reojo, de la reacción de Susana— y
este otro ramo supongo que será para la homenajeada. Mira que bonitas
Susana.
Ésta se aproximó hasta ellos con cierta reticencia. Alex le tendió el
ramo y ella aceptó el ramo de rosas rojas con una sola rosa de color
rosa en el centro.
—Gracias —logró articular después de la sorpresa.
Las olió para esconder la cara en algún sitio. Su perfume era
embriagador.
Manolo hizo las presentaciones entre los hombres, mientras Flora
y Susana descubrían las tarjetas en los ramos.
Flora leyó la suya: Gracias.
Desde luego se había roto los cuernos pensando —sonrió y se
acercó indiscreta a Susana, leyó por encima de su hombro: “dame una
oportunidad”. Bueno, pensó Flora, en esa había sido más elocuente,
pero no mucho. Susana estaba roja como la grana. Pero en ella eso era
habitual. Se ponía roja por un “buenos días”.
Susana no sabía donde meterse. Siguió a Flora a la cocina
mientras ésta decía no sé que de meterlas en agua. La cuestión era
desaparecer lo antes posible.
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—¿Cómo has podido hacerme esto? —Casi lloró Susana— lo has
invitado a cenar.
—Mujer. Es un hombre guapo que te va detrás y estaba pidiendo
ayuda a gritos. Como sé que no hubieras aceptado su invitación, esa
que te hizo esta tarde y que tan gentilmente rechazaste, pensé que
cuando se te pasara el enfado te gustaría escuchar sus explicaciones de
nuevo. Es muy divertido.
—Me has arruinado la noche.
—No exageres.
—Estoy muy enfadada.
—Solo tienes que hablar con él. Seguirle el juego.
—No sé seguirle el juego —masculló llenando un jarrón que ella le
pasara— no sé las reglas de las citas. No sé como comportarme.
—Sé tu misma.
—Se aburrirá como una ostra.
—Hasta ahora lo has hecho muy bien. Yo no me preocuparía gran
cosa por ese detalle.
—Me gustaría meter la cabeza bajo tierra como los avestruces.
—No es una buena cosa dejar el culo fuera en esta reunión —rió
Flora.


Beto, encantador, como siempre, hizo sentar a Susana en un sillón
y él se sentó en el brazo del mismo mientras le acariciaba el hombro
desnudo, con un dedo, con sedosa parsimonia.
Flora sabía que era un gesto totalmente deliberado. Conocía la
mente de ese hombre hechicero del encanto. Se había dado cuenta del
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interés de Alejandro por Susana y jugaba a ver la reacción de macho de
él.
Flora recordaba que había hecho lo mismo con su amiga Elena y
David. Le gustaba poner las cosas difíciles. Samu sonreía de oreja a
oreja, mientras su pareja interrogaba descarado al tercer invitado
sorpresa.
—Y dices que eres Ingeniero —decía Beto con su cara perfecta y
su expresión interesada— ¿Haces edificios?
—Me especializo en presas. Puentes. Ese tipo de cosas —respondió
Alex sentado desde enfrente e intentando dejar de mirar la mano que
acariciaba el hombro de Susana— acabo de llegar del Cairo. Los últimos
tres años estuve trabajando allí.
—Que interesante —interrumpió Samu— ¿Estás de vacaciones?
—Algo por el estilo. Un descanso de tres meses. En julio, a
finales, me voy a Argentina. Un nuevo compromiso por casi tres años.
—Que lejos —exclamó Flora— ¿Siempre trabajas fuera de España?
—Los últimos años sí. Tengo planes de regresar para establecerme
definitivamente en España al terminar mi contrato en Argentina.
Digamos que es mi última escapada. Para que le ofrezcan a uno puestos
interesantes tiene que hacer currículo.
—Yo pensaba que los puestazos ya estaban todos dados —dijo
Beto con sonrisa irritante.
—Seguramente, por eso tengo que esperar a que mi antecesor se
jubile para acceder a su puesto. Y por eso me voy a la Patagonia.
—Ha hacer tiempo... —razonó Samu— ¿Y planeas quedarte estos
tres meses aquí?
—Bueno —miró la copa que le entregaba Manolo y le dio la gracias
para continuar— espero irme antes para alquilar una casa allí y
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acomodarme antes de incorporarme al trabajo y reunirme con mi
equipo.
—Un trabajo nómada. No estás casado entonces —aventuró Beto.
—No. Pero mi profesión no está reñida con el matrimonio —
aseguró mirando sin querer a Susana, que en ese momento agarraba la
mano de Beto y se la quitaba de encima, acomodándose el chal sobre
los hombros y cubriendo sus pechos.
—Tu copa Susana —interrumpió Manolo pasándole un vaso largo.
—Y hablando de todo —aprovechó Flora para cambiar de tema—
¿Cómo van las cosas por Miami?
Samu se lanzó a explicar como se iban adaptando a la nueva
ciudad. Por gestos, actitud y otros detalles, a Alex le resultó evidente
que Beto y Samu eran pareja. Alejandro reunió toda la información que
pudo de los comentarios que escuchó. Se dio cuenta de que él, era el
intruso en la sala. Los demás todos se conocían y se tenían confianza.
Reparó en un par de sonrisas maravillosas y sinceras de Susana hacia
Samu y Beto. A parte del tirón de envidia momentáneo, una calidez le
anidó en el bajo vientre deseando esa sonrisa para él.
Todavía no había tocado a Susana. Tomó un trago de su martini
seco. Beto la tocaba continuamente con una confianza y familiaridad
espontáneas. Ella le empujaba y le devolvía los toques o los empujones.
Flora trajo una bandeja de canapés, y después de comer uno, a
Susana se le metió una miga por el escote, Beto metió el dedo para
sacarla y ella rió antes de reparar en que era observada por Alex. De
repente se puso roja como la grana y estuvo un rato más callada.
Alejandro se dio cuenta de que era una mujer que necesitaba de
tiempo para coger confianza. Supo que tenía que armarse de paciencia
si quería obtener algún resultado.
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Cuando pasaron al comedor, fue una sorpresa agradable verse
sentado al lado de Susana.
Alejandro vio que los hombres se quitaban la chaqueta y él hizo lo
mismo. Su brazo con camisa, rozó el brazo desnudo de ella y sintió que
saltaban chispas. Un par de roces durante la comida, unos cuantos
movimientos de risa que agitaron su pecho orondo y una mirada algo
más abierta y distendida de ella debido a la sangría, y él estuvo
sexualmente excitado durante toda la cena.
Procuró tocarla lo menos posible, lo que a ella la tranquilizó.
Hablaron con todos los de la mesa, lo que la tranquilizó aún más. No la
monopolizó en absoluto. Entre otras cosas porque se contenía para no
susurrarle alguna cosa atrevida o insinuación sensual. Si quería entrarle
era mejor mantener algo las distancias y parecer el buen chico con el
que ella se sentía cómoda.
Se habló de trabajo. Se contaron chistes. Se felicitó con un pastel
de fresa a Susana y se le cantó: “por ser una chica excelente”.
De forma totalmente natural, Beto, llegó a la conclusión de que
Alejandro era un buen tipo, y lo invitó, junto con toda la tropa, a pasar
el día en el yate que tenían anclado en Sitges. Alejandro aceptó raudo. Y
antes de que se acabara la noche, ya estaba programada la excursión.
—Pues podemos ir en dos coches —dijo Flora— si tú —miró a
Alejandro— recoges a Susana, y Manolo y yo salimos de aquí, mejor.
Nosotros tenemos que regresar más temprano. Los padres de Manolo
nos esperan a cenar.
—Oh, no te preocupes —se precipitó Susana comenzando a
ponerse nerviosa— no tengo problemas en bajar más temprano.
—Está bien así, Susana, cuando quieras regresar, yo te traigo —le
aseguró Alex.
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Susana se calló y miró con cara de pocos amigos a Flora.
—Bueno, familia —se levantó Beto— nosotros ya nos vamos que
son casi la una y tenemos que ir para Sitges ahora.
—¿Queréis quedaros a dormir aquí? —invitó Flora.
—Sí, hombre —secundó Manolo— hay espacio de sobra.
—Gracias pero tenemos que levantarnos temprano para preparar
vuestra llegada —agradeció Samu— intentar llegar pronto y así
saldremos a dar una vuelta con el barco. Hace buen tiempo.
—No podréis bañaros porque está el agua fría todavía, pero es
muy agradable. Llevar chaqueta —rió Beto.
Se fueron mientras Flora se iba a preparar un café para los
presentes.
—Parecen muy buena gente —comenzó la conversación Alejandro
cuando estuvieron solos, pues Manolo había ido a ayudar con las tazas a
su mujer.
—Lo son —contestó con su voz suave y cubriéndose de nuevo con
el chal.
Un breve silencio sobrevino en la sala.
—¿Me has perdonado ya?
—Mejor no me lo recuerdes. Me siento ridícula nada mas pensarlo.
—Por favor, no te sientas incómoda —pidió mirándola casi de
frente en su silla.
—Eso es fácil decirlo. No eras tú el que estaba en bragas —ella
alzó los ojos para mirarlo de frente.
—A riesgo de repetirme y que te enfades, ese es un episodio que
me encantó. Y muy divertido para contar a tus nietos.
Ella sonrió levemente.
—Bien. Olvidémoslo.
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¿Olvidarlo? —Pensó él— Si estaba deseando repetirlo. Pero se
contuvo porque se dio cuenta de que era dar un paso atrás con ella.
—Olvidado —finiquitó mirándola serio y recibiendo su café—
Umh...que bien huele.







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CAPÍTULO 3

Lema de hoy: “una faja no es un milagro
viviente”. Respirar también es importante.

Y le pedí a Dios: por favor, sino me ayudas a
adelgazar, por lo menos engorda a mis amigas.
Gracias. Amén.


Alejandro había quedado en recogerla a las ocho de la mañana.
Eran las siete, y ella estaba luchando con una faja de color blanco
impecable. Quería ponerse un vestido veraniego y si quería lucir algo
más estilizada, la faja era imprescindible.
Aunque incómoda, cumplía su cometido de alisar las formas
rotundas. Eso sí, respirar era una tarea enorme.
Logró ponerse la faja tipo body, que iba desde encima de la rodilla
hasta los pechos. Un cuarto de hora después, se dio cuenta que el
sufrimiento era tan grande, que le arruinaría el día. Tristemente, se
quitó la faja y se resignó a ponerse un pantalón cómodo azul oscuro y
un blusón ancho y naranja de manga media que le llegaba por medio
muslo.
Se calzó unas alpargatas con algo de tacón y una chaqueta de
manga larga por si refrescaba. En el bolso llevaba una gorra deportiva y
unos calcetines.
Se pintó los labios y se puso algo de sombra verde en los
párpados. Recogió su cabello en una coleta no muy alta y se preparó un
café largo y cargado.
El timbre del interfono sonó diez minutos antes de la hora
programada. Ella atendió el telefonillo.
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—Buenos días. Ya bajo.
—Espera, ¿es posible que me invites antes a un café?
—Claro. Sube —le abrió y preparó una taza para servir.
Le abrió sonriente y pestañeó ante sus expresivos ojos
entusiastas. Su estatura la impresionó, como siempre que lo veía bajo el
dintel de una puerta.
—Pasa —invitó y después de cerrar la puerta lo guió a la cocina.
Hubo un instante de confusión en el cual pareció que él iba a saludarla
con un par de besos, pero ella, al moverse tan rápidamente, frustró la
intención— ¿Cómo quieres el café?
—Negro y con mucha azúcar. Es mi batería por la mañana.
—Tendrá que ser azúcar de caña.
—Excelente —se sentó en la silla que le ofreció Susana en la
cocina. Era un cuarto acogedor, no muy grande pero muy bien
aprovechado. La mesa estaba acompañada con dos sillas. La otra la
ocupó ella después de prepararse un segundo café y de poner la
cafetera frente a él por si quería más.
Susana contó las cuatro cucharadas de dulce que casi desbordaron
el café.
—¿Te gusta? —susurró viendo el rostro de placer por el sorbo de
café.
—Me pirra —rió discreto— he probado cientos de tipos de café, en
muchos lugares distintos del mundo. Algún día tienes que tomar el que
hago yo. Soy un experto.
—A mí también me gusta el café. Pero también tomo té.
—Definitivamente yo soy partidario del café en todas sus formas
¿Queda más?
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—Naturalmente —sonrió ante su evidente contento. Le sirvió la
taza que él llenó de azúcar de nuevo.
—Muchas gracias por la inyección de cafeína —se levantó después
de tomarse el líquido de golpe— cuando quieras nos vamos.
Ella observó los tejanos ajustados que vestía y su camiseta blanca
de manga corta por fuera. Llevaba un polo azul sobre los hombros de
forma casual, las mangas de éste descansaban sobre su torso.
Mientras se levantaba y cogía su bolso, las llaves y repasaba que
no se quedara nada descuidado o por hacer, iba pensando en lo natural
que era su conversación. Desde la noche anterior, su comportamiento
era muy relajado. Había pasado de querérsela ligar con insinuaciones
que la sonrojaban, a un trato amigable y casi impersonal.
Sea como fuere, era un terreno mucho más transitable.
El coche de Alejandro era un Toyota todo terreno que parecía
equipado para la guerra. Alto y grande como él. La impulsó por el codo
para subir, ayudándola con gesto casual.
No pararon de hablar durante todo el camino. Hasta llegar a
Castelldefells, la conversación fue ágil y muy fácil de llevar. El trabajo de
él, el trabajo de ella... de aquella manera en que se indaga sobre la otra
persona sin presión y con conversación agradable. Luego, algo cambió.
Después de un comentario chistoso que Susana rió, el lanzó la
primera pregunta personal sin anestesia.
—¿Tienes novio?
La risa de ella se detuvo y fingió asegurarse mejor el cinturón.
—No.
—Es curioso que trabajando en Gorditas a la Carta no tengas
pareja.
—Trabajo allí. Tú lo has dicho.
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—Me encanta vuestro lema —rió repitiéndolo— “Somos gorditas y
tenemos razones de peso para gustar a los hombres”.
—Cosa de Carol y Elena —sonrió cautelosa— ellas iniciaron el
proyecto.
—Carlos me dijo que teníais lleno. Hay mucha demanda.
—Al ser una agencia seria, los clientes que acuden se aseguran
que el trato de ambas partes es de respeto.
—Siempre me he preguntado por qué funcionan las agencias que
facilitan encontrar pareja. Nunca me lo había planteado, y cuando mi
hermana me explicó sus dificultades para relacionarse con personas del
sexo opuesto y su disposición a apuntarse a Gorditas a la Carta, he de
confesar que me chocó.
—Todavía hoy en día la gente tiene desconfianza de este tipo de
servicios. Algunos piensan que son prostíbulos solapados o lugares
donde encontrar a alguien con quien tener una relación sexual
ocasional. Nosotros en los contratos tenemos cláusulas muy concretas.
Proporcionamos soporte logístico para los primeros encuentros. Y he de
decir que el noventa por ciento de los que se apuntan tienen intenciones
limpias y muy claras respecto a lo que desean. Buscan pareja estable.
Alguien a fin.
—Almas gemelas —sonrió con voz cantarina y romántica.
—No te burles —lo riñó.
—No lo hago. Yo soy un hombre muy romántico —puntualizó sin
desviar la mirada del frente— cuanto más mayor me hago, más
romántico soy. Cuando era joven era menos detallista. Los errores me
han enseñado lo importante que es cuidar de la pareja. Y tú —
interrogó— ¿eres romántica?
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—No estoy muy segura —dijo seria— al contrario que tú, con el
tiempo he ido perdiendo ilusión y como nunca he encontrado a alguien
verdaderamente romántico que me demuestre que eso existe, me he
vuelto algo reticente a creer que todavía hay hombres así. Más bien creo
que está en vías de extinción.
—¿Quién diría qué tu trabajo es emparejar a los demás?
—No. No lo es. El mío es un trabajo práctico. Además yo me ocupo
de la parte superficial. Fiestas, concursos, excursiones, clases,
encuentros… digamos que es la parte coloreada. Luego es cuando se
puede perfilar algo interesante.
—¿Tienes una personalidad múltiple o algo así? —bufó Alejandro.
—¿Qué? —pestañeó confundida.
—Pareces un tímido jazmín. Y resulta que eres una mujer que ha
perdido la fe en el amor.
—Nada de eso. Nada más lejos de dar esa impresión —se agitó—
es solo que procuro tomarme mi trabajo sin que sea algo personal.
—¿Por qué?
—Envidia —rió encogiéndose de hombros— supongo.
—Eres de un honesto que golpea —la miró de reojo.
—Bueno. La verdad es que esta es una conversación extraña. No
suelo hablar de este tema de una manera tan profunda. Me limito a
llevar lo mejor que puedo mi trabajo.
—En casa del herrero, cuchillo de palo —comentó él.
—Algo así. La verdad es que soy bastante tímida y la forma más
fácil de encajar en todo esto ha sido verlo desde fuera, sin implicarme.
—Cualquiera diría que estás fuera del mundo.
—A veces pienso que lo estoy —se le escapó la frase sin
pretenderlo.
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—Quizá deberías experimentar eso que vendes a los demás en tus
propias carnes.
—Me parece que se me ha pasado la época de jugar a las citas —
rió queda.
—Dudo que exista una edad para dejar de probar encontrar a tu
media naranja.
—Después de ver tantas mujeres y hombres venir a buscar el
amor, cuesta creer que sea una cosa fácil. Si existiera el amor a primera
vista, todo sería más rápido. No habría necesidad de intermediarios, ni
habría intentonas fallidas. Iríamos directos al grano.
—Pues yo sí creo en la atracción a primera vista. Aunque también
soy de la opinión, de que el amor es algo que llega con el roce.
—Eso es química —adujo ella.
—Química, vibración similar, amor, cariño, paciencia, ganas, todos
son ingredientes necesarios para que una relación funcione.
—Demasiadas cosas para que se den en una sola relación.
—Algunas son espontáneas, otras hay que trabajarlas.
—Jajajaj, —rió Susana admirada a su pesar— deberías trabajar tú
en Gorditas a la Carta. eres como una publicidad andante. Harías que la
gente volviera a creer en el amor.
—Supongo que cualquiera que haya estado enamorado puede
hablar como yo ¿Nunca has estado enamorada de esa manera? ¿Nunca
te ha faltado la respiración al ver al hombre que amas? ¿Nunca te has
sentido lo suficientemente querida como para devolver ese amor
multiplicado?
—Tendrías que cambiar de profesión —dijo medio en broma.
—Me basta con convencerte a ti. Parece que te has perdido una de
las maravillas de la vida.
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—No necesito que me convenzan de nada —atajó seria de
repente— estoy bien como estoy.
—Eso lo veremos —susurró bajo sabiendo que ella lo había oído—
ya hemos llegado ¿Por donde voy?
Ella ignoró cualquier otra cosa que no fuera la última pregunta y le
indicó por donde girar.



Beto y Samu les esperaban en un bar desayunando unas torradas
con tomate y aceite de oliva.
Les invitaron a sentarse y les dijeron que Flora y Manolo se
habían excusado muy de mañana pues los padres de él tenían
problemas y debían llevarlos al hospital. Nada grave.
De repente, se vio ella sola con esos tres hombres. Tragó en seco.
Se sentía cómoda con Beto y Samu. Hacía ya un año que los conocía,
pero el tercero en discordia, y sobretodo después de la conversación
mantenida, era Alejandro. No sabía a que atenerse con él.
El barco era precioso, y Beto y Samu se encargaron de su manejo.
Alejandro se dispuso a ayudar, mientras a ella la sentaron
cómodamente en el banco de madera frente al timón.
Susana disfrutó de la brisa en la cara y cerró los ojos cara al sol,
mientras el aire le golpeaba el rostro. Se alejaban del puerto cuando
Alejandro se sentó frente a ella, y contempló la expresión relajada, casi
de éxtasis de la mujer. Una mujer mucho más complicada de lo que
hubiera querido.
NAT MÉNDEZ
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2

Había llegado a la conclusión de que Susana tenía miedo a amar.
Le gustaba mantener las distancias y se privaba del amor. Descartaba
una noche pasional loca y el luego de “si te he visto no me acuerdo”
porque ella tampoco era de ese tipo que no quiere compromisos y se
conforma con un revolcón. Y él tampoco era así. Nunca lo había sido.
Ciertamente, sí era un romántico. Era protector, usaba su impresionante
físico para darle ese toque de caballero andante a sus gestos y modos.
Lo había aprendido de su padre. Siempre había sido atento con su
madre. Aún ahora, después de cumplir las bodas de Oro, se iluminaban
sus ojos cuando miraba a su esposa.
Tanto Gloria como él, ya con cuarenta años ambos, pues eran
mellizos, no habían encontrado el amor del que gozaban sus padres y
los dos deseaban esa relación con toda su alma.
Susana le gustaba. Había sentido una atracción instantánea hacia
ella y le parecía que merecía la pena explorar las posibilidades al
respecto. Como estaba acostumbrado a la dificultad por su trabajo, no le
era desconocida la sensación de reintentar tantas veces como fuera
necesario. Esa pelirroja le provocaba ganas de sacudirla y eso,
precisamente, iba a hacer. Por lo menos hasta que se movieran sus
cimientos y la viera arder.
Por lo pronto ya sabía que brasas, existían. Su cuerpo había
reaccionado a su esplendorosa visión. Eso ya era un punto a su favor —
sonrió contemplando su piel pecosa y su expresión de deleite— no todas
las mujeres provocaban que su soldado se pusiera firme solamente con
mirarlas. Eso no le ocurría desde que era adolescente y se excitaba
viendo revistas de desnudos.
Susana abrió los ojos y lo pilló mirándola. Se sonrojó vívidamente.
NAT MÉNDEZ
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2

—¿Sábes que eres muy guapa? —dijo él sin dejar de mirarla—
Tienes unas facciones armónicas preciosas. Me recuerdas a esas hadas
de los cuentos.
—Di que sí —intervino Beto entrando en su campo de visión—
tiene unos ojos que recuerdan a las hadas hechiceras. Y unos labios
jugosos... —se acercó moviéndose despacio como si fuera a atacarla— Y
esa nariz de duende —rió cuando ella le pegó un manotazo— y que decir
de las pecas. Contarlas es el sueño de cualquier hombre.
—Desde luego me encantaría contarlas —sonrió socarrón
Alejandro haciendo que Susana no supiera donde mirar ante la
vergüenza de los comentarios de ambos.
—¿Queréis dejar de meteros conmigo? ¿No tenéis algo mejor que
hacer?
—Me encanta meterme contigo. Es tan fácil sulfurarte —contestó
Beto sentándose a su lado y dándole un apretón en los hombros.
—Sí —rió Alex— es como un polvorín. Explota rápido. Supongo
que será el temperamento de las pelirrojas. Siempre pensé que era un
mito, pero ahora veo que no.
—Exploto cuando me provocan —explicó con aire fingidamente
calmado— Y os recuerdo que estamos en alta mar y que tengo ganas
de echaros al agua.
—Somos tres contra una —rió Beto.
—No —habló Samu desde el timón— dos contra dos. Yo estoy de
parte de Sus. Os estáis metiendo con ella. Y ella puede parecer tímida
pero tiene un genio de mil demonios. Así que, dejar de meteros con la
muchacha y ayudar un poco. Como es la única mujer, hay que cuidarla.
Beto, prepara unas copas.
NAT MÉNDEZ
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2

—Son las once de la mañana —frunció el ceño ella— si
empezamos con las copas tan temprano, a la hora de comer estaremos
beodos perdidos.
—De eso se trata —rió Beto levantándose a preparar la bebida.
Alejandro se trasladó al lado de Susana.
—Me da el sol en los ojos —dijo para justificar su traslado,
mientras su pierna rozaba la de ella y su brazo se extendía rozando los
hombros femeninos.
Ella se ajustó sus gafas de sol y como estaba sentada casi de lado,
él se acomodó también así, su rodilla quedó apoyada en el trasero de
ella, que recurrió a toda su fuerza de voluntad para no moverse hacia
delante.
—Esto es vida —dijo Samu respirando hondo— alejados del
mundanal ruido. Golpeando las olas ¿Oléis el mar? Llega hasta el
cerebro.
Susana no lo escuchaba. Solo estaba sintiendo. Tenía su propia
conversación interior. Se imaginaba en bikini, con veinte kilos menos y
una copa de Martini en la mano. Se imaginaba mirando a los ojos a
Alejandro y bajando sus pestañas, invitadora. Se imaginaba que la
miraba con deseo. Se imaginaba en su despacho, con el conjunto de
encaje verde esmeralda sujetando sus carnes, y muerta de vergüenza.
Plof! El sueño cayó de golpe. Beto apareció con dos copas de Martini con
oliva incluida y paragüitas festivo.
Susana medio sonrió. Al menos la bebida encajaba con su
ensoñación.
Alejandro y ella aceptaron sus copas y Beto volvió a bajar a por la
de Samu y la suya.
NAT MÉNDEZ
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2

Susana dio un sorbo y se sintió decadente, mientras saboreaba el
líquido frío por el hielo.
Dos Martinis después, aparecieron delfines que los deleitaron a
todos. Se asomaron por la borda raudos, mientras los veían saltar y
acompañar el barco.
Susana perdió las gafas de sol en el mar. Un gesto desesperado
por cogerlas en vuelo casi la tira a ella también. Alejandro la sujetó por
un brazo y la cintura.
—¡Ey! —La paró atrayéndola hacia si y apoyando la espalda
femenina en su ancho pecho.
—Eran mis favoritas —gimoteó observando el horizonte y
sintiéndose tonta. Mejor no tomaba más martines, pues comenzaba a
portarse ñoña y nada mas le faltaba eso.
Se apoyó de forma natural en su torax. Alex soltó su brazo y se
agarró a la barandilla mientras sostenía contra si el cuerpo femenino con
su mano apoyada debajo del pecho de Susana, que parecía medio ida.
Permanecieron así durante unos minutos largos. Susana no se
había sentido tan bien en toda su vida. La sensación de la mano grande
de Alejandro en su vientre era caliente. Los dedos extendidos abarcaban
todo su estómago, desde la cintura del pantalón hasta el aro del
sujetador. Una languidez se apoderó de ella. Se sintió pequeña,
cómoda. Mujer. Deseaba que esa sensación no se acabara nunca.
Quería apoyar su cabeza en el hombro plácido del hombre, y así lo hizo.
Su total abandono cogió a Alex por sorpresa, que tragó en seco
mientras su cuerpo respondía a la suavidad del de ella. La coleta se
había aflojado y el cabello se salía de su sujeción con la brisa cómplice.
La cabeza de ella yacía sin tensión en la almohada de su tenso hombro,
a la altura de su axila.
NAT MÉNDEZ
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2

Alejandro respiró hondo disfrutando de su cercanía y sintió tan
natural crecer su entrepierna que no le incomodó. La presión del
pantalón le fue agradable y el balanceo del barco contribuyó al roce
placentero, casi mágico. Se estremeció ante un suspiro femenino. Si ella
se había dado cuenta de su erección, no parecía en absoluto molesta.
Era mas que evidente, pero sus cuerpos no estaban en un contacto lo
suficientemente cercano como para que se sintiera descarado o
intencionado el roce.
Alejandro hubiera querido hacer algún comentario sobre las gafas
perdidas, pero tuvo la sensación de que una palabra rompería el mágico
momento, y calló.
El barco giró un poco y Alex abrió las piernas para mantener mejor
el equilibrio. Su entrepierna se contorsionó en un masaje continuo con
la carne de ella y estuvo a punto de soltar un quejido lastimero, pues le
apetecía empujarla contra la barra para que el contacto fuera más vivido
y atrevido. Trastabilló y la soltó cuando ella dio un paso lejos de él,
yéndose a sentar en los bancos de madera. Él se pegó a la baranda y
buscó la brisa marina para que se despejara su calentura. Estaba
sudando. Tenso. Su genitales, tirantes y dolientes.
Sintió salpicaduras del mar y agradeció su frescura. Esa reacción
de adolescente salido no era propia de él. Pese a que hacía meses que
no tenía una relación sexual, era un hombre comedido, disciplinado y
controlado. Salvo en ese momento. Masculló por lo bajo agarrándose a
la barra metálica que lo sostenía. Respiró hondo y procuró pensar en
hielo, frialdad, trabajo o cosas anónimas que lo distrajeron de su deseo
inmediato. Tras diez minutos en soledad, vio a Samu señalando a su
izquierda y miró hacia una cala que se abría delante de ellos
NAT MÉNDEZ
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2

—Podemos hacer allí la paella —anunció el asiático— anclaremos e
iremos en la zodiac.
Susana fue al lavabo antes de desembarcar. Todavía le vibraba el
vientre por la sensación que había experimentado mientras era
abrazada por Alejandro.
“Así que eso era el deseo”, pensó mirando su rostro en el espejo.
Nunca lo había experimentado de forma tan directa. La mano de él en
su camisa, había hecho llegar a su piel un calor abrasador. El pecho de
él había sido tan confortable que se hubiera quedado para siempre.
Sintió el bulto de su erección en uno de los movimientos del barco, pero
al principio no supo definir que era. Cuando ella se lo imaginó, pese a su
exigua experiencia, el corazón comenzó a latirle rápido, y con cada roce,
una oleada de deseo la sobrecogía. El último estremecimiento fue tan
placentero que tuvo miedo de que se notara que estaba disfrutando
descaradamente del roce de su virilidad y optó por desasirse. No dijo
nada porque la voz no le salió, simplemente se apartó y se fue a sentar.
Lo que en realidad le hubiera gustado es darse la vuelta y apretarse
contra él más todavía, pero de frente. Pero eso es algo que jamás
confesaría. Ni medio borracha como estaba. De hecho, ese punto
beodo, era el que la había hecho disfrutar del momento y no salir
corriendo ante el primer indicio de excitación.
Se avergonzaba en ese instante y no sabía con que cara salir del
baño. No estaba segura de si él se había refregado con ella o ella con él,
pero que más daba. El deseo que había despertado en él la embriagaba
¿de verdad había provocado ella ese bulto enorme en él?
¿Así se siente una mujer cuando un hombre le demuestra su
deseo?
NAT MÉNDEZ
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2

Apretó las piernas cruzándolas entre sí y abriendo el grifo se mojó
la cara y luego reparó lo más que pudo la coleta.
Lo mejor era seguir como si nada hubiera pasado. Como si fuera
una mujer de mundo que esto lo viviera cada día. Sin importancia. Sin
que se enterara de que era la primera vez que un hombre reaccionaba
con deseo hacia ella, y, o, fuera ella consciente de ello.
Cuando salió a la superficie, Beto y Alejandro ya estaban en la
playa. Habían hecho varios viajes y finalmente, Samu había llevado a
Beto con más utensilios y volvía a por ella y por unos ingredientes más.
—Pensé que no te encontrabas bien —dijo Samu subiendo a
cubierta.
—Estoy algo acalorada.
—¿Quieres un pareo y te quitas toda esa ropa? Hace calor.
—No —rió rotunda— yo creo que esta semana ya he enseñado
suficiente carne por un año.
—Hay cierto misterio en la forma que os conocisteis —sonrió
Samu— Flora tira chinas con segundas y nadie nos explica nada.
—Poco hay que explicar. Una invitada me vomitó encima, yo fui al
despacho y me quité la ropa para limpiar el vestido. Cuando estaba a
punto de llamar a Flora para que me mandara a alguien de la limpieza,
el entró y me pilló en bragas.
Samu rió brevemente.
—Bueno. Yo te he visto en traje de baño y tienes un desnudo
bonito —arguyó el hombre.
—Samu, no empieces tú también. A nadie le gusta que le pillen
con la guardia baja.
—Es un hombre íntegro. Le gusta bromear y le gustas.
—Ya sabes que yo no estoy por la labor.
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—Mentirosa. A ti también te gusta.
—No lo niego. Pero hay mucho trecho entre admitirlo y aceptar
salir con él.
—Tómate esto como una cita.
—No lo es. Es una simple reunión de amigos.
—A juzgar por como te abrazaba hace un rato yo no confundiría la
amistad con eso.
Susana se ruborizó ¿Es que lo había visto todo el mundo?
—Yo ahora estoy muy dedicada a mi trabajo. Acabo de tener un
ascenso y tengo mucho trabajo por delante.
—Excusas.
Se miraron mutuamente. A ella le brillaron los ojos, de un verde
intenso por la luz solar.
—Míralo a él y mírame a mí—subrayó señalándose.
—Susana, Susana —le acarició la mejilla con suavidad— mira a
Beto, y mírame a mí —repitió el hombretón.
Beto era un dandy bello, guapo a rabiar. Delgado y fibroso.
Presumido, ególatra y guaperas. Samu era igual que un luchador de
sumo. Gordo y fuerte. Musculoso. De rostro confiable y por su
ascendencia asiática, exóticamente atractivo.
—Alejandro es un hombre singular —continuó hablando Samu— lo
suficientemente seguro de si mismo como para saber escoger. Si te tira
los tejos es porque le interesas. Además tiene pinta de ser bueno en la
cama —le guiñó un ojo.
—Ese es otro problema. No tengo mucha experiencia. Y no me veo
capaz de tener un revolcón y que todo quede ahí. Es el primer hombre
que deseo en mi vida y eso me asusta. Apenas lo conozco —resopló—
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2

no entiendo mi propia reacción. Soy una mujer centrada. Lógica. ¿Como
puede ser que me derrita por un tipo que conozco hace tres días?
—Bueno —carraspeó Samu— a veces lo que no pasa en un año,
pasa en un día. No te digo que te sueltes la melena del todo. Se cauta,
pero date una oportunidad. A lo mejor es el hombre adecuado.
—El miedo es una costumbre difícil de erradicar. La hace a una ser
excesivamente cautelosa —miró hacia la playa— por favor, no le
comentes nada a Beto.
—Tranquila, esta conversación queda entre el barco y nosotros.
La ayudó a descender a la pequeña lancha y cogió un par de
bolsas de mimbre con cubiertos y bebida. En menos de cuatro minutos,
llegaban a la orilla.


—No tengo cobertura en el teléfono —se quejó Susana.
—¡Relájate! —la tranquilizó Beto.
—No es normal que Flora se pierda una oportunidad como esta —
señaló la playa y la paella casi hecha.
—Sí. Conociéndola —rió Beto— nos obligará a hacerlo el próximo
domingo de nuevo.
—Y accederás —sonrió Susana guardando el aparato— eso huele
de maravilla.
—¿Qué te apuestas a que Alex y Samu no tardan ni un minuto en
llegar cuando les llegue este olorcito? —Inspiró teatralmente— Es que
hago unas paellas que resucitan a un muerto —exclamó pomposamente.
—Te lo dices tú todo —rió Susana siempre divertida con él.
—Ya sabes que la humildad no es lo mío.
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—Por ahí vienen los dos. Y traen cara de hambre.
Alejandro y Samu llegaron de su paseo con famélica disposición
para dar buena cuenta del arroz. Colocaron unas sombrillas
estratégicamente para que el sol no les arruinara la comida. Hacía calor
y Susana ya tenía las mejillas sonrosadas.
—Este tiempo es de verano. Estamos en Abril y eso de: “en abril
lluvias mil”, brilla por su ausencia —dijo Samu sirviendo unas limonadas
naturales a los presentes— el agua está relativamente caliente. A lo
mejor luego me pego un baño.
—Qué valiente —se burló Beto mirándolo de reojo– veremos si
después de comer, cuando te coja la modorra, piensas igual. Si te dan a
escoger entre siesta y baño, me parece que el agua seguirá sin tu
presencia.
Alex se puso de espaldas al sol y le prestó sus gafas a Susana,
pero se le caían todo el rato, resbalándosele por la nariz. Finalmente
optó por devolvérselas, y se cubrió como pudo con la gorra azul cielo
que llevaba.
Las sillas playeras plegables eran de lona y metal. Bajitas,
coquetas y muy cómodas. Todos estaban descalzos, disfrutando de la
arena en sus pies.
Parecían pachás en la playa solitaria. Los cuatro, con el vino en
cubitera, helado, las tres sombrillas sombreando el pequeño
campamento y riendo y disfrutando de la comida.
Acabando la paella, la silla de Samu se rompió.
Los tres se levantaron para ayudarle. Achispados por el vino, se
rieron ante la visión del asiático tirado en la arena de espaldas y riendo
a carcajada batiente.
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Beto tiró de una mano, Susana de la otra, y Alex cogió sus
piernas.
Samu se resistió estirando de Beto y lanzándolo a la arena a su
lado y atrayendo a Susana hacia él, provocando que cayera sobre su
cuerpo.
Beto se quedó tumbado en la arena, riéndose, Susana sobre el
estómago de Samu, y éste con las piernas abiertas contemplando a
Alejandro que levantaba las manos en gesto de rendición mientras se
reía.
Susana rodó y se tumbó en la arena, caliente y placentera. Alex se
instaló a su lado y todos, en silencio, descansaron durante unos minutos
largos.
De repente Susana se percató de que eso se había convertido en
una siesta. Miró a Samu y vio que dormía. Y hasta roncaba. Todavía con
la silla entre las piernas, despatarrado. Con su voluminoso cuerpo
vestido con pantalones pesqueros y blusa floreada. Su coleta de caballo
en la coronilla impecable. Y un rostro plácido que contagiaba paz.
Un metro más allá, Beto imitaba su languidez.
Susana respiró hondo y miró a su derecha esperando encontrar a
Alejandro dormido como un tronco. Pero éste, sin las gafas de sol, (a
saber donde estaban), la observaba.
—¿Te apetece dar un paseo? —susurró levantando la cabeza—
Samu me enseñó una cala preciosa tras ese pequeño peñasco.
Susana asintió con la cabeza y aceptó su mano para ayudarla a
levantarse.
A unos metros caminados, Alex dijo la primera palabra.
—Me lo estoy pasando muy bien. Hacía tiempo que no me relajaba
tanto. Beto y Samu, me caen genial.
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—Sí ¿Verdad? Son muy divertidos —sonrió con los ojos
entrecerrados por el sol, pese a la gorra deportiva que llevaba puesta.
—Me ha comentado Gloria, que este miércoles está invitada a una
reunión.
—Sí. Hemos organizado un encuentro para unas quince personas.
Varias de ellas nuevos clientes que se anotaron este mes.
—¿Puedo acompañarla? —dijo mirando sus propios pies que se
mojaban con una ola solitaria.
—No es habitual. En esa reunión solo van miembros del club.
Como los llamamos.
—En ese caso tendré que anotarme —contestó resuelto— ¿Puedo
ir mañana a tramitar mi ingreso?
—Sí claro. Pero aún así es un poco justo para que estés en la
reunión del miércoles.
—¿Puedes arreglarlo?
—¿No crees que Gloria y tu os sintáis incómodos?
—A mi no me importa —se encogió de hombros.
—¿Pero, y tu hermana? No quiero causar conflictos familiares. Ni
tampoco me gustaría que ella se cohibiera por tu presencia.
—Hablaré con ella y si no está de acuerdo, no iré ¿vale?
—Sí. Me parece correcto.
—De todos modos, ya te adelanto que dudo que haya ningún
problema.
—¿Os lleváis bien?
—Yo soy el mayor por unos minutos —sonrió socarrón— Y ese es
nuestro único punto en discusión. Porque dice que lo tengo muy creído
por ser el que nació primero.
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—¿Sois gemelos? —se sorprendió Susana alzando la cara y
mirándolo.
—Mellizos. De pequeños éramos inseparables. Empezamos a tener
nuestras propias vidas cuando comenzamos a estudiar cosas diferentes
y como consecuencia nos fuimos a vivir a sitios distintos. De niños nos
intercambiábamos hasta la ropa —rió recordándolo— era de lo más
normal que yo me pusiera sus faldas y ella mis pantalones. Volvíamos
loca a mi madre —Susana también rió imaginándolo— era un juego
divertido, como si intercambiáramos personalidades al vestir como el
otro. Dejamos de hacerlo antes de que sus bragas me fueran pequeñas
y ella usara sujetador. Hubiera sido más complicado usar rellenos.
Susana rió.
—Yo todavía no conozco a Gloria. Mañana tengo una cita con ella,
porque viene a hacer un test de actividades.
—¿Y eso qué es?
—Pues hay algunos clientes que se apuntan a diversas actividades
que tenemos. Clases de cocina, de baile, excursiones, incluso ahora se
está creando un grupo de juegos de mesa.
—Interesante. Es una idea buena para reunir a la gente a fin.
—De eso se trata. Algunos que ya encuentran pareja siguen
frecuentando los grupos porque el ambiente está muy bien y hacen
grandes amigos.
—Entonces la agencia cumple más de una función.
—Procuramos dar opciones. Es demasiado frío ir directamente al
grano. La gente se siente más relajada. Sin presiones, sabiendo que
todas esas actividades le ofrecen la posibilidad de encontrar amigos a
los que les gustan las mismas cosas.
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—Podríamos quedar para cenar esta noche y así me explicas todo
esto mejor —aventuró Alejandro mirándola de reojo.
—La verdad es que estoy algo cansada. Necesito algo de tiempo
para mí—excusó ella— no soy buena compañía cuando estoy estresada
—concluyó.
—Pues yo no me he quejado —levantó las manos en símbolo de
paz— pero lo dejaremos para cuando estés más relajada —desvió su
atención para señalar un montón de rocas— mira, aquí es. Detrás de
esta montaña de piedras está la cala.
La ayudo a subir y mantener el equilibrio. Se pararon a
contemplar la diminuta cala, en la que cabrían tres personas tumbadas.
—Preciosa —dijo asombrada Susana, mientras él pasaba al otro
lado y la ayudaba a bajar sujetándola de la mano.
Se sentaron en la arena, de cara al mar. Escuchando las olas.
Así estuvieron un buen rato, tumbados, simplemente estando.
El sonido de música llegó hasta ellos. Se sentaron saliendo de su
ensoñación y se sonrieron.
—Beto y Samu ya están despiertos —aseguró Susana.



Cuando divisaron las sombrillas, sonaba: “melodía encadenada” y
Beto y Samu estaban bailando.
Susana los había visto bailar más de una vez. Eran una pareja
curiosa y pintoresca. De la misma altura, quizá Samu parecía más alto
por la coleta, se balanceaban abrazados. El faldón del blusón floreado
ondeaba con un viento que un rato antes no existía.
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Beto apoyaba la barbilla en el hombro de su pareja, que hacía lo
propio. Los dos con los ojos cerrados. Pegados.
Susana miró de reojo a Alex, y éste sonrió, le tendió la mano y la
invitó a bailar a su vez.
Ella vaciló. Sin zapatos, parecía un champiñón con sombrero, al
lado de una sombrilla cerrada. Él la estiró del brazo y la atrajo hacia si.
Le colocó la mano en la cintura y, con el otro brazo, enganchó el
femenino juntando sus palmas en el aire a la altura de su pecho.
La arena no permitía muchos movimientos, así que se mecieron de
un pie a otro. Los ojos de ella apenas llegaban a su cuello. Sus cuerpos
no se rozaban.
Ella se dejó llevar por el ritmo que él marcaba. La gorra escondía
sus ojos de la vista de Alejandro. Salvándola de una mirada directa y
puede que incómoda.
Los dos dirigieron sus ojos a la pareja de hombres ajenos a todo lo
que los rodeaba. Samu acarició el cabello de Beto y éste escondió su
rostro en el cuello del asiático.
Resultó un gesto tan amorosamente íntimo que Alejandro dio un
giro algo brusco para desviar su atención de la pareja.
Ella levantó la cabeza y la luz dio de lleno en sus ojos color
esmeralda. Sonreía y pareció que iba a hacer un comentario que murió
en sus labios cuando Alejandro miró su boca como si fuera un postre.
Susana trastabilló y Alex, sin querer, la pisó.
—Disculpa —el hombre apenas susurró sosteniéndola más contra
si—para bailar lento, y más en este suelo, hay que pegarse más —le dijo
con aire burlón— no es una pista de baile muy cómoda.
Ella sintió el muslo masculino entre los suyos. Caliente y muy
ancho.
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2

—Cualquiera diría que estás acostumbrado —señaló ella
intentando sonar natural.
—¿Nunca has hecho una fiesta en la playa? Hogueras. Baile
desmelenado o lento para tener la excusa de abrazarse. Cena fría. Velas
en la arena...
—No. Creo que no —cortó ella con ganas de chillarle que callara
pues su imaginación se comenzaba a desbordar.
—Pues sería estupendo que organizaras una de estas para los
clientes. El ambiente relajado de la playa, palmeras, arena suave,
música pegadiza. Un catering marinero y... —la apretó exageradamente
obligándola a levantar el rostro hacia él— el ambiente está servido.
Unas velitas para inspirar romanticismo —inspiró oliendo su cabello y
acercándose hacia abajo, de manera que ella se inclinó hacia atrás,
pegados sus cuerpos a partir de la cintura y sujeta por el brazo de él
que casi la rodeaba— sería un éxito.
Ella pensó que se caería. Se sujetó a su hombro y giró la cabeza
hacia el suelo.
—¿Y cómo los traemos? —solo pudo decir antes de dar un
respingo ante el pensamiento de que él no aguantaría su peso.
Él leyó la desconfianza en sus ojos. Temía que la soltara.
La levantó lentamente, deliberadamente despacio, apretando su
cintura contra él y sin soltarle la mano. Ella estaba tensa. Cuando
estuvieron de pie, ella quedó a un palmo del suelo. Doblando la rodilla,
la dejó en la arena con lentitud, haciéndola resbalar esos pocos
centímetros a cámara lenta. Se enderezó con su muslo entre los suyos.
Ella pareció moverse en un intento por mantener el equilibrio mientras
todavía era sujetada.
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La mirada de ella lo esquivó y dio un paso atrás. El brazo de él le
permitió el alejamiento. Aunque no mucho.
Alejandro se sentía excitado. Sentía las sienes palpitándole
intensamente. Por segunda vez ese día, estaba evidenciando un deseo
que, por el momento, no parecía tener mucha reciprocidad. Susana
mantenía la mirada baja, aunque el dudaba que estuviera fascinada con
la evidencia de su deseo. Mas bien no debía saber adonde mirar. Le
divirtió el nerviosismo evidente de la mujer. Su lado malvado disfrutaba
del azoro de ella.
De repente, la mujer comenzó a dar patadas a la arena y a chillar
una palabra que al principio no entendió.
—¡Garrapatas! —chillaba mientras se palmeaba, con la gorra, las
piernas expuestas por el dobladillo del pantalón.
Cuando los tres hombres se percataron de lo que decía y el por
qué de su pataleta, se miraron los pies y los tres comenzaron a saltar y
a procurar desprenderse de los viles bichos que habían despertado ante
el calor de la sangre de los turistas.
Susana, después de apartarse de la zona infectada de garrapatas,
se quitó los pantalones y los sacudió. Tremendos escalofríos la recorrían
mientras comprobaba sus piernas, ya descubiertas.
Más tranquila, ya que había estado al borde de la histeria, miró a
su alrededor para contemplar a los tres hombres en puro calzoncillo con
las ropas tiradas por ahí y dándose manotazos por todo el cuerpo.
Rió sin poderlo remediar.
Samu se fue directo al mar. Beto lo siguió, y Alejandro, con sus
boxers estrechos, contempló la risa, casi histérica, de la mujer. Estaba
de pie, sosteniendo sus pantalones contra si.
Por un momento, Alex se sintió como un tonto.
NAT MÉNDEZ
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2

Con las mejillas rojas de furia, vergüenza y unas cuantas cosas
más, comenzó a caminar a grandes zancadas hacia la mujer. Ésta paró
de reír cuando lo vio acercarse completamente decidido y resuelto a...
Todavía no lo había pensado ella, cuando él se la echó al hombro.
Ella chilló, esta vez con verdaderos gritos, mientras su pantalón se
rebozaba en la arena, y él se daba la vuelta y, con pasos rápidos, pero
seguros, se dirigía al agua, donde Samu y Beto resoplaban de asco, frío
y quien sabe más.
Ella le golpeó la espalda, incluso el trasero, donde pudo y alcanzó.
Amenazó, suplicó, pero lo único que consiguió fue una mano descarada
en la parte donde su trasero se convierte en su entrepierna.
Indignada, cerró lo que pudo los muslos, y se quedó helada
cuando sus pies tocaron líquido. Sin previo aviso, aterrizó en el agua.
Estando bajo el líquido salado, y helado, solo podía pensar en una
cosa. Darle una patada a Alejandro. Furiosa, roja como la grana e
intoxicada de improperios, salió a la superficie. Los tres hombres la
miraban. No reían.
—Aquí se morirán —dijo finalmente Beto— no quedará ninguna.
Susana ignoró a Alejandro que frente a ella, y con el agua hasta
casi la cintura, la miraba.
—Estupenda idea —ironizó la mujer— son las seis de la tarde —
siseó entre dientes mientras veía su pantalón medio flotar mientras lo
sujetaba— mi ropa está empapada. Y no tengo nada que ponerme.
—¿Preferías ser devorada por las garrapatas? —sonrió Beto
mirándose dentro del calzón sin disimulo.
—Lo que hay que comprobar es que no se haya enganchado
ninguna —dijo Samu— Será mejor que salgamos y sobre una toalla o
algo nos comprobemos los unos a los otros.
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—Sí. Solo me faltaba eso —bufó Susana poniéndose mas roja
todavía imaginándose la escena.
—O podemos quedarnos aquí un rato —dijo con voz ronca
Alejandro.
Samu y Beto se pusieron a registrarse como monos en busca de
pulgas.
Susana se hundió hasta el cuello bajo el agua. Y nadó, alejándose
un poco, no se le fuera a ocurrir a Alejandro hacer lo mismo que ellos.
Alejandro se quedó como estatua, y, otra vez, más excitado que
un león de feria. Mientras los demás se preocupaban de las garrapatas y
si flotaban o no, él había tenido su mirada fija en la blusa de ella,
pegada a sus pechos que se transparentaban en sus formas con total
impunidad. Sus pezones, tiesos del frío, se alzaban apuntando hacia él.
Se marcaban las tiras del sujetador. Con cada gesto que hacía mientras
hablaba, sus senos se bamboleaban.
Un obseso —pensó compungido— se estaba convirtiendo en un
obseso. Las garrapatas atacando y él pensando en ponerle las manos
encima a esa mujer desvergonzada que se paseaba ante ellos casi
desnuda y marcando teta.
Resopló aliviado cuando ella se alejó nadando. Pese al frío del
agua, tenía el miembro tieso y dolorido.
Estaba cabreado consigo mismo. Después del chapuzón, lo más
probable es que ella estuviera enfadada con él. Por lo visto era su sino.
Por mucho que intentara interludios románticos, acababa
estropeándolo totalmente. Si lograba que ella le diera los buenos días ya
sería mucho. Una cita ya iba a ser impensable, por lo menos por ahora.

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—jajajja, pues tenías que haberte visto la cara. Tú sí que estabas
histérico —reía Beto.
—Lo peor es que en ningún momento me vi ninguna garrapata
encima —se desternillaba Samu— pero ante el grito de: “Garrapata”,
fue como el grito de Jerónimo, despertó en mí, una reacción de
invasión.
—Pues yo te puedo asegurar que tenía los tobillos plagados de
esos bichos —dijo Susana con el ceño fruncido.
—Es que vosotros escogisteis un foco de garrapatas como pista de
baile —se burló Beto.
Los tres hombres tenían toallas alrededor de sus cinturas. Ella
estaba cubierta con un pareo atado sobre los pechos, teniendo mucho
cuidado de que no se abriera. Las ropas, incluida la interior, estaba
secándose, si se podía decir eso a las siete de la tarde y casi
anocheciendo. Habían recogido los bártulos y ya estaban en el velero.
En el camarote, tomando un té caliente, la temperatura estaba bajando
y ella empezaba a tiritar.
—No me lo recuerdes —dijo apenado Alejandro, y miró a Susana
suavemente —olvídate de lo que te dije antes sobre la buena idea que
era traer a la playa a los clientes para hacer una fiesta.
—Si peináis la playa antes para desinfectarla.... —rió Samu.
—Me gustaría olvidar el incidente —se quejó Susana refregándose
los brazos en carne de gallina.
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—Te daría mi toalla —dijo Alex que intentaba suavemente volver a
sacarle una sonrisa, tarea difícil desde hacía una hora— Pero no quiero
ofender tu pudor.
—Por mí no te preocupes. Dame la toalla y tírate al mar —dijo
ceñuda.
—Creo que no te quiere —rió Samu divertido.
Alex sonrió con cierta resignación. Le parecía que su avance del
día había calado en un retroceso abismal en menos de un minuto.
—Siento mucho todo este incidente. De verdad Susana. Ojalá
pudiera borrar las garrapatas de la excursión.
Ella lo miró directamente a los ojos, por primera vez desde que
regresaron al barco.
—No ha sido culpa tuya. Esos bichos estaban allí antes de llegar
nosotros. Pero no me gusta que me traten como un saco de patatas.
—Samu y Beto estaban en el agua y me pareció buena idea —miró
hacia arriba— últimamente parece que no tengo muchas ideas
acertadas.
Beto se levantó y colocándose tras Susana se quitó la toalla y le
cubrió los hombros.
—Me voy arriba a ver si tengo los calzoncillos secos —besó la
coronilla de la mujer y subió raudo las escaleras hacia la cubierta.
Alejandro miró a Susana que se arrebujó en la tela caliente.
Estaba seguro de que no se pondría nada contenta cuando supiera que
su ropa no estaba seca todavía.



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Eran ya más de las diez cuando Alejandro conducía de regreso a
casa. Susana iba apoyada en la ventana. Parecía medio dormida, pero
en realidad él sabía que esquivaba hablar.
Su ropa, naturalmente, estaba húmeda y salada en una bolsa de
plástico en el maletero, al igual que la suya. Puesto que todas las
prendas de vestir que habían llevado habían sido sumergidas, para
evitar supervivientes. Beto había ido a comprar ropa a las tiendas
abiertas para turistas en cuanto llegaron a puerto.
Compró bermudas, largas, para ellos y camisetas playeras, y un
vestido similar a los ibicencos, blanco con bordados, para ella. Ni que
decir tiene que ninguno llevaba la ropa interior. Ella se puso encima el
pareo seco, a modo de chal, para sentirse mas tapada.
No podía decir que las garrapatas le habían arruinado el día, pero
la última parte de la excursión había sido algo caótica. Susana no estaba
enfadada con Beto o Samu, estaba cabreada con él.
Alejandro se arrepentía mil veces de su pronto de tirarla al agua,
había sido más una reacción infantil, que la intención de quitarle las
garrapatas, ya que posiblemente ya no le quedara ninguna en el cuerpo,
después de la exhibición de “muslamen” y la sacudida tipo “twist” que
se había bailado.
No le parecía buena idea insistir en una cena de gratificación,
sobretodo si tenían en cuenta que ni ella llevaba bragas, ni él
calzoncillos.
De regreso a Barcelona, Susana pudo contactar por fin con Flora.
Estaba todavía en el hospital con su suegro que estaba más grave de lo
esperado y parecía que necesitaba una operación a corazón abierto.
Susana decidió pasar por la clínica Quirón, donde estaba el padre
de Manolo. Tenía la intención de ir a casa y coger el coche, pero
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Alejandro se ofreció a llevarla directamente. Claro está que la guisa no
era lo mas adecuada, pero no dejaba de ser una emergencia y sino
tendría que atravesar toda la ciudad de nuevo.
Ella aceptó, casi pensando que él se merecía tener que
acompañarla como castigo por su obligado baño.
Así pues, él con sus bermudas floreadas por encima de las rodillas
y su camiseta con la leyenda: ¿No tienes la tentación de tocarme? Y ella
con su vestido blanco hasta los tobillos, de tirantes gruesos apretando
sus pechos, pues era una talla menor a la suya, y un pareo azul
estampado con delfines, como única chaqueta, subieron en el ascensor
hasta la habitación quinientos nueve.
Flora se levantó en cuanto entraron.
Se abrazaron.
—No era necesario que vinierais. Hace poco que se lo llevaron al
quirófano.
—¿Ya lo están operando? —se sorprendió Susana.
—No se podía esperar.
—Pues sí que era grave la cosa —se preocupó Alejandro— ¿Y tu
marido?
—Está en el bar con su madre. Yo me quedé en el cuarto para
esperaros ¿Y esas ropas tan veraniegas? —los miró de la cabeza a los
pies— muy playeros os veo para una noche de Abril.
—Se mojó nuestra ropa. Toda —puntualizó Susana mirando de
reojo a Alejandro que cambió de pierna inquieto y arqueó una ceja
mirando directamente a Flora.
—Está molesta porque no lleva bragas —se defendió el hombre
viendo la expresión divertida de Flora.
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—Te recuerdo que tu tampoco llevas ropa interior —le devolvió el
comentario con cara de resignación.
—Que Fina —sonrió con una tos seca— la pone nerviosa saber que
no llevo los “gallumbos” puestos ¿Ya sabes? —Le guiñó un ojo cómplice
a Flora— Creo que ya la tengo en el bote.
—Sí, casi —contestó con la atención fija en Flora— en el bote
salvavidas. Casi me ahoga el muy animal.
—Sin faltar. La culpa fue de las garrapatas —contestó serio de faz
pero con los ojos en puro divertimento.
—Lamento interrumpir tan entretenida conversación, creerme que
me encantaría que me explicarais más detalladamente, porque no
lleváis bragas y calzoncillos bajo vuestras ropas, pero ahora no lo
disfrutaría lo suficiente.
—Disculpa Flora, somos unos estúpidos —se avergonzó Susana—
perdona por favor.
—Deja de disculparte —rió al ver el rostro compungido de Alex—
sentaros un ratito para hacerme compañía. Llevo todo el día aquí metida
sin salir.
—¿Quieres que vaya a por una pizza, o lo que sea? —se ofreció el
hombre.
—No. He comido, gracias. Y cenado también. El seguro médico
que tenemos cubre todo. Nos han tratado muy bien. Solo que estoy
cansada.
Conversaron durante un rato. Hasta la llegada de Manolo y su
madre Remedios.
Tiempo después, viendo que no necesitaban nada, los dejaron
descansar ante la promesa de llamar en cuanto supieran algo.
Cerca de las doce, salieron de la clínica.
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Ella bostezó. Él se contagió.
—Para cuando lleguemos a tu casa será la una. Hay que atravesar
la ciudad. Si quieres puedes quedarte a dormir en mi casa —dijo
Alejandro con sincera y desinteresada invitación.
—Gracias, pero mañana no puedo ir a trabajar con esta ropa.
Necesito llegar a casa.
—Bien, pues pongámonos en marcha.
Susana dormitó casi todo el camino. Tardaron menos, pues a esa
hora no había tráfico intenso. Ella se bajó del coche y de golpe se le
ocurrió devolverle la invitación, pues sabía que tenía que volver para
atrás todo lo andado.
—Tengo un cuarto de invitados —dijo apoyándose en la ventanilla
abierta— si no te apetece conducir de vuelta, puedes quedarte.
El la miró fijo, viendo su expresión adormilada. Sabía que era un
convite llano, sin segundas, y que solo hablaba de dormir. Aún así, le
parecía un crimen rechazar una ocasión como esa. Aceptó con la
cabeza.
—Voy a aparcar. Te lo agradezco porque estoy verdaderamente
cansado.
—Lo imagino. Allí tienes un garaje abierto las veinticuatro horas —
le indicó la señal que se veía a la derecha— te espero aquí.
—Mejor sube. Vas a coger frío —dijo amable— yo voy enseguida.
Ella vio alejarse el coche y sintió un escalofrío. De repente se daba
cuenta de que había invitado a Alejandro a pasar la noche en su casa. A
un tipo que apenas conocía y que no llevaba calzoncillos. Bufó corriendo
al portal.
Le dio tiempo a hacer la cama de invitados, antes de que él picara
al timbre de abajo muy discretamente.
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Le abrió la puerta y le llevó al cuarto.
—Solamente tengo un cuarto de baño, así que si quieres darte una
ducha antes de irte a dormir, úsalo ahora, que después iré yo. Mientras,
prepararé un chocolate caliente. La cama está hecha. Hay más mantas
en el armario si tienes frío.
—Gracias, ¿tienes un albornoz que prestarme?
—Lo siento. No. Te puedo dar toallas y este pareo —se lo quitó y
se lo tendió.
–Suficiente para salir del paso. Te lo agradezco porque estoy
rendido.
Ella salió hacia la cocina, él hacia el baño. El agua corrió
exactamente dos minutos. Él salió con la misma camiseta y el pareo
atado a la cintura.
Ella le ofreció la bebida caliente y sonrió para si, recordando que
bajo el pareo estaba desnudo.
—¿De qué te ríes? —indagó él viendo su expresión divertida.
—Estaba pensando, que como estás acostumbrado a intercambiar
tu ropa con la de tu hermana, a lo mejor no te importa que te deje una
de mis bragas —sonrió mas ampliamente mientras se sentaba frente a
él en la mesa de la cocina.
—Estás muy ingeniosa para estar medio dormida. Te aseguro que
con tus bragas no haría lo mismo que lo que hacía con las de mi
hermana —le guiñó un ojo y tomó otro sorbo para no morderse la
lengua pues le apetecía decir lo que haría con sus bragas.
Ella se sonrojó y se levantó de nuevo. Yéndose al fregadero para
entretenerse limpiando un par de cacharros mientras hablaba.
—Mañana me levantaré a las siete. Y, a las y media me iré. Dejaré
café preparado. Cuando te vayas cierra de golpe. Estás en tu casa.
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Se secó las manos y, conteniendo un bostezo al darse la vuelta,
lo miró. Estaba apoyando la espalda en la pared. Sentado de lado, de
manera que el respaldo de la silla lo usaba para poner el brazo. Su
cabeza descansaba hacia atrás, su rostro relajado. Su vaso estaba
vacío. Tenía las piernas cruzadas y el pareo azul cielo le cubría hasta
casi las rodillas. Iba descalzo. Ella lo miró con libertad por primera vez
desde que lo conociera. Era un hombre grande. No podría decirse que
muy guapo, más bien atractivo, con facciones anchas, muy acorde con
su tamaño. La boca grande de labios gruesos y sonrisa fácil. Ojos de
pestañas cortas y tupidas de un negro intenso. A su cuello de toro, le
seguía un torso peludo que ella había visto esa misma tarde. Mirarlo le
gustaba. Sentía un calor placentero. Se podía decir que era un placer
mirarlo. Le pareció que estaba con los ojos cerrados, por eso le
sorprendió que le hablara.
—Será mejor que te vayas a dormir —dijo la voz masculina en un
tono ronco y muy bajo.
Ella dio un respingo y tiró el trapo para salir de la cocina en unos
segundos.
Solo las normas del decoro le habían impedido levantarse y
comérsela a besos.
Mientras lo miraba abiertamente, allí, de pie, sin moverse,
bebiéndole con los ojos, él se iba calentando por segundos.
Ella le había hecho una oferta completamente inocente al invitarlo
a dormir en su casa, pero estuvo tentado a saltarse a la torera su
intención de ir despacio.
Había sentido crecer su miembro, cubierto por su mano, que
descansaba en el pareo, y solo con su fuerza de voluntad no había
soltado un quejido lastimero ante el rostro pecoso y relajado que lo
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observaba a placer. Al tener la cabeza echada hacia atrás, sus ojos
parecían cerrados, pero tenía una visión muy clara de ella, de pie, frente
a él, apenas a un metro y medio de su cuerpo.
Primero había contemplado su trasero, sin bragas, a contraluz,
podía ver totalmente su carne rosada, casi podía ver sus pecas en su
piel. Cuando acabó de fregar y se dio la vuelta, el estuvo a punto de
caerse de la silla. La misma transparencia seguía allí. Frontalmente se
vislumbraba su pubis y sus redondas caderas.
Escuchó el ruido de la ducha. Era ella. Estaría desnuda. Un quejido
lastimero lo sacó de su propio trance ¿sería posible ese deseo loco y
desaforado? Hacía una semana no la conocía. Ni sabía de su existencia y
en esos momentos ardía por ella. Nunca había sentido tan intensamente
el deseo. Pero lo que más le preocupaba era lo que acompañaba esa
lujuria tan intensa.
Se fue al cuarto , sabiendo que no iba a dormir. Vio, de pasada, el
jarrón en el centro del comedor con las flores que le había dado el día
anterior. Ni siquiera se había fijado hasta ese momento. No olió su
perfume. Tenía las fosas nasales ocupadas por otros sentidos mas
agudizados, como por ejemplo el oído. Solo podía ver una cosa en su
mente. Las pecas de la pelirroja, con el cuerpo que las acompañaba.
Se tiró boca arriba en la cama. Su mástil tieso y dolorido. Quiso
contar ovejas, pero solo veía pecas.



Cuando Susana se levantó y se vistió en su propio cuarto, rauda y
veloz, Alejandro ya hacía rato que pululaba por la casa inquieto.
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Se deslizó al baño ya oliendo el café recién hecho. Con el cerebro
a cien por hora, hizo sus abluciones matinales y se maquilló
ligeramente. Entró en la cocina pisando fuerte, con una actitud de mujer
ocupada que se tiene que ir a la oficina a arreglar el mundo.
Toda su coraza se cayó cuando lo vio a él en medio de la cocina
con su pareo puesto en la cintura, sin camiseta y con una taza de café.
La había oído salir del baño y la estaba esperando. Cuando ella se
detuvo, él sonrió, dio un paso para poner la taza en la mesa y le dio los
buenos días.
—Buenos días. Qué guapa estás —dijo mirando su vestido azul de
falda estrecha hasta las rodillas y el chaleco a juego.
—Buenos días —se compuso ella mirando su taza de café y
sentándose conteniendo las ganas de seguir mirando su pecho
descubierto— no pensé que te levantaras tan pronto.
—En realidad es que no he dormido muy bien y me levanté hace
rato —se sentó frente a ella y siguió hablando— he encontrado estas
galletas y esta bolsa de magdalenas.
—No gracias, tengo el estómago cerrado. Me tomaré algo en el
trabajo. Supongo que hoy me espera un día laborioso. Dudo que Flora
pueda venir. No sé si llamarla ahora. A lo mejor está durmiendo.
—Lo dudo —miró su reloj— ¿Otro café?
—Sí, está delicioso —se sorprendió ella.
—Ya te dije, que en cuestión de cafés soy un experto.
—Pues no mentías —sonrió aceptando una segunda taza— está
dulce.
—Sí. Es un truco. Lo bato con azúcar antes de servirlo.
—Y huele de maravilla —respiró ella cerrando los ojos.
—¿Qué tal dormiste?
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—Bien —contestó abriendo los ojos y localizándolo sentado frente
a ella— el rato que pude dormir. Si te digo la verdad, me despertaban
asuntos del trabajo que tengo pendientes. Me preocupa como abarcaré
toda la faena, si la supersónica de Flora, falta. Esa mujer es un
terremoto. Hace malabarismos con su tiempo.
—Bueno, tú haz lo que puedas —se encogió de hombros— si
quieres yo estoy de vacaciones y te puedo ayudar.
Ella rió. Y vio por su expresión que hablaba en serio.
—Seguramente me costaría más trabajo explicarte lo que tienes
que hacer que hacerlo yo.
—Puedo archivar, hablar por teléfono —sonrió.
—Se agradece. Te tendré en cuenta —dijo para no ofenderle y en
cierto modo agradecida— me tengo que ir.
—Me pasaré luego. Por tu oficina, quiero decir.
Ella asintió.
—Me tomaría otro café, pero no quiero llegar ya botando al
trabajo.
—Pienso que ya has cargado bastantes pilas. Respira hondo y
relájate.
Ella rió, caminó hacia el comedor seguida por él. Cogió el bolso y
una chaqueta y buscó las llaves del coche en el bolso.
—Cuando te vayas, cierra de golpe por favor —dijo antes de abrir
y mirarlo durante unos segundos.
—¿No hay un beso para el que te preparó el desayuno? —gimió él
con las manos en las caderas, el pareo resbalándose peligrosamente
sobre su vientre.
—Ha sido solo un café —se burló ella sin poder evitar mirarlo de
arriba abajo.
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—Un café que te despertó —él se acercó para abrir más la puerta
y en un visto y no visto, le besó la punta de la nariz— hasta luego
pecosa.
Ella frunció el ceño. No le gustaba que la llamaran pecosa. Toda su
infancia había sido un continuo de pecosa aquí... pecosa allí, pecosa
esto, pecosa lo otro...
No contestó y bajó las escaleras hacia el garaje.
De forma mecánica, condujo hasta el trabajo. No podía dejar de
pensar en ese pecho ancho que le había servido café. Parecía que en su
mente, el monotema era el cuerpo de Alejandro. Estaba desnudo salvo
por el pareo. No era delgado. Era un hombre recio. Ancho, grande. No
tenía un estómago plano y los abdominales marcados. No tenía la
esbeltez de Beto, ni la grandiosidad de Samu. Se podría decir que
estaba macizo.
Susana había mentido como una bellaca. Se había pasado toda la
noche pensando en él. En la forma como la miraba, en la forma en como
la cogió para llevarla al agua, en sus manos rozándola, en su pecho
cubierto de vello rizado y tupido. En el bulto de su sexo contra ella...
Puso el aire acondicionado a tope para refrescarse las ideas ¿qué
le pasaba? Ella no era así. Durante años los hombres le habían sido casi
tan indiferentes, como había sido ella para ellos. De adolescente
siempre era la amiga de la deseada. Los chicos la usaban para acercarse
a la amiga delgada y fashion.
De mayor, dejó de tener amigas que la usaban de parapeto o de
bolla de salvamento. Dejó de salir con amigos que le traían parejas
indeseables con las que, supuestamente, se tenía que conformar pues
no era atractiva físicamente como para buscarse una pareja por su
cuenta. De hecho su adolescencia fue un desastre. Su única relación
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sexual empezó y acabó en menos de un cuarto de hora y jamás volvió a
repetir tan fatal experiencia. A los diecinueve años decidió que estaba
mejor sin correr riesgos innecesarios y sin desilusiones que lo único que
hacían era deprimirla y hacerle perder el tiempo.
A los treinta y un años, cuando empezó a trabajar en Gorditas a la
Carta, pensó que algo podía cambiar, pero se dio cuenta de que no era
fácil reemplazar su actitud evasiva, por una abierta a una nueva
postura. Su comportamiento ya era crónico y un miedo al rechazo, ya
vivido, se había instalado en ella como una costumbre más.
De repente, y después de siglos, un hombre le gustaba, y no
estaba preparada para enfrentarse a una relación. No tenía práctica, no
tenía experiencia y tenía un miedo que cada vez que lo miraba quería
echar a correr.
Con tanto trabajo, la complicación de Flora y la añadidura de sus
recién descubiertos nuevos deseos, su vida iba hacia el caos.




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CAPÍTULO 4


El caos o la amenaza del beso... y no es un
lunes cualquiera.

—No te preocupes Flora, tómate tu tiempo —decía tranquilizadora
Susana, mientras estrujaba un Donet en su mano izquierda— yo me
encargaré de todo. Rebeca me ayudará y, si estás de acuerdo, yo me
ocupo de la secretaria que viene hoy para la entrevista.
—Lamento mucho dejarte sola con todo este trabajo —decía con
voz cansada Flora— si luego puedo me paso...
—Ni se te ocurra. Ocúpate de tus suegros. Además lo más
importante es que la cosa salga bien.
—Tendrá que estar unos días en la unidad de Intensivos. El
médico ha dicho que hay que esperar.
—De veras no te preocupes.
—Te llamaré más tarde.
—Te llamaré yo a la noche, para ponerte al día y ver como está tu
suegro. Procura tranquilizarte.
—Yo estoy más entera. Pero Manolo no lo está pasando bien.
—Tú apóyalo y ocúpate de que coma bien.
—Ja! Para eso no hay que animarlo —se rió Flora.
Se despidieron, se limpió las manos y llamó a Rebeca para que
hiciera pasar a la cita de Flora. Carmen Toledo, una madrileña que
llevaba años afincada en Barcelona. Cuarenta y seis años. Divorciada.
Con experiencia en dirección de departamentos. Parecía una persona
adecuada para organizar las agendas de Susana y Flora.
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Un toque en la puerta la despertó de su lectura del currículo de la
visitante.
—Adelante —alzó la voz y esperó a ver a Carmen.
Entró una mujer con un traje chaqueta. Con aspecto profesional y
rostro amable.
Debía tener una altura aproximada a la de ella. Con cabello
castaño con mechas rubias. Ojos azules algo saltones y sonrisa estirada.
Después de un careo de preguntas y respuestas. Susana llegó a la
conclusión que Carmen le gustaba. Estaba preparada y podía empezar
de inmediato.
Llamó a Rebeca y le dio indicaciones para que le enseñara la
empresa y le dijera donde trabajaría. Carmen se quedó un poco parada
por la rapidez con que fue contratada, pero ciertamente, apremiaba la
ayuda. Estaría en modo prueba ese mes y si ambas partes estaban de
acuerdo, seguirían adelante.
Ya esperaba la segunda visita que era Fernando Subirats con sus
dos socios. El ilustrador y el informático.
—Hola Fernando —saludó levantándose y ofreciendo asiento en la
mesa redonda.
—Hola Susana, ellos son Bernardo, y Jacobo. Mis socios.
Se sentaron a hablar. Concertaron otra reunión para el viernes,
pero antes invitó a los tres a la fiesta del miércoles, para que echaran
un vistazo al tipo de clientes que tenían y como se organizaban los
encuentros.
Saliendo ellos, vio a Malena sentada en los sofás del pasillo.
Parecía un alma en pena. Iba con su caniche enano, que también estaba
sentado en el sofá. El perro vestía un canesú de color rosa con puntillas
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y lucía un lazo fucsia entre los ojos que bizqueaban. Se podría decir que
el caniche tenía mejor aspecto que su dueña.
Subirats pestañeó ante la morenaza con semblante de ángel
moribundo. Su vestido negro, como si fuera de luto, no ayudaba a
favorecer su semblante tétrico y con un maquillaje exagerado, y un
rímel rojo que hacía daño a la vista.
El rubio claro, miró a Susana que alzó los ojos al cielo sin saber
que explicar.
—La ha dejado el novio —dijo bajito antes de que Malena abriera
la boca, cosa que tenía intención de hacer.
—Sí. Se diría que lo está pasando mal —contestó comprensivo
Fernando empujando a Jacobo que se había quedado parado mirando
sin disimulo a la llorosa mujer— nos vamos. Bernardo, venga —lo
arrastró hacia la salida.
Todavía no habían llegado al ascensor, pues parecían tener la
intención de esperarlo para enterarse de la película, cuando ella
comenzó a llorar en un tono bajito y lastimero. Acto seguido, el caniche
entonó unos aullidos terribles.
—ya, ya, ya... —dijo corriendo hacia ellos Susana— Basta. Deja de
llorar que el chucho se pondrá malo de tanto aullar.
—No puedo evitarlo... —lloró Malena alzando la mirada— Dijiste
que viniera el lunes.
—Bueno en realidad dije que me llamarás primero. ¿Y tu trabajo?
—El médico me ha dado la baja por depresión —sorbió
ruidosamente— además no quiero ni verlo. El muy canalla se pasea con
María como si nada —se levantó y caminó dos pasos hacia el despacho
de ella con intenciones de entrar. Se giró y le dijo con aire confidencial—
me ha dicho una de mis compañeras de oficina que mi ex novio —señaló
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mucho la palabra— dice que lo hemos dejado de mutuo acuerdo. ¡Ja! —
Chilló, y sacudió al perro como si fueran maracas— Si voy al curro le
armo un espectáculo que nos echan a los dos. Así que mejor me quedo
en casa —siguió su camino al despacho de Susana mientras esta se
desesperaba— voy a pedir el traslado a otro departamento —dijo ya
entrando y sentándose en el sofá más cercano— será lo mejor.
—Deberías irte de vacaciones por ahí —la siguió Susana cerrando
la puerta— ¿Qué tal las Bahamas?
—Demasiado lejos —inspiró aire— estoy pensando muy
seriamente en hacerle la vida imposible y desde las Bahamas no podría.
—¿No decías qué no querías ni verlo? —dijo confundida Susana
llevándose las manos a la cabeza.
—Lo estoy pensando todavía —se defendió Malena dejando al
perro en el suelo— Atila, pórtate bien y no te hagas pipi en la alfombra.
—¿El perro se llama Atila? —dijo incrédula.
—Es muy fiera cuando quiere —dijo seria Malena— veo que has
limpiado el sofá.
—¿Atila? —Repitió sin creérselo— ¿Cómo puedes llamarlo Atila y
vestirla con tutú rosa y lazo incluido?
—Calla. Es muy sensible —la instó Malena mientras daba
golpecitos en el sofá para que el susodicho se subiera con ella.
—Bueno —respiró ruidosamente Susana— ¿Qué te trae por aquí?
¿Te quieres apuntar a la agencia?
—Sí. Quiero un novio rápido para darle en las narices. Uno de los
tres que salía me iría bien —puntualizó mirándola fijo.
—No son clientes. Trabajan con nosotros.
—Pues quiero uno rapidito.
—Esto no es un Mcdonals, Malena.
NAT MÉNDEZ
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2

—¿Es una agencia no? Un clavo saca otro clavo. Y yo necesito un
novio con urgencia, para que piense que ya lo he sustituido.
–¿Qué tal si te vas a casa, te das una ducha, te quitas el luto, y
regresas mañana y hablamos con calma?
—No puedo perder más tiempo ¿Qué tal si me anotas ahora y me
enseñas un catálogo de hombres disponibles?
–No funcionamos así —dijo despacio con suma paciencia— según
tu perfil, organizamos encuentros con personas afines a ti. Varios.
—Rebeca me ha dicho que este miércoles hay una de esas
reuniones para conocerse. Quiero ir.
—¡Mierda! —masculló por lo bajo rodeando su mesa y dándole la
espalda un momento.
—¡Quiero ir! —Insistió comenzando a llorar otra vez y con Atila
haciéndole coro.
—Esa velada estará más concurrida que las rebajas del Corte
Inglés —se giró para mirarla de frente y callarla con un gesto
contundente— vamos a hacer una cosa. Yo ahora tengo una cita que no
puedo posponer, así que tienes que irte. Baja para que Rebeca te tome
los datos. Yo hablaré con ella para que te incluya en el encuentro del
miércoles. Lo hacemos como excepción. Pero tienes que calmarte.
—Ya estoy calmada —se limpió con un pañuelo que regó más la
pintura, dejando su rostro como un Picasso— te agradezco tu ayuda. Sé
que he sido como un grano en el culo. Y que te he causado muchos
problemas. Lamento haberte vomitado encima. Y gracias por llevarme a
casa. Aunque no recuerdo muy bien la otra noche, se que estuve fatal.
—Olvidemos eso. Ahora ves abajo y Rebeca te atenderá.
—Nos vemos el miércoles.
NAT MÉNDEZ
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2

—Claro —dijo viendo a Atila hacer pipi justo al lado de la puerta—
Atila es macho —dedujo al verlo levantar la pata.
—Naturalmente —defendió Malena— ¿Cómo crees que llame Atila
a una hembra?
Susana alzó los ojos al techo y se tragó el comentario que tenía en
la punta de la lengua sobre la vestimenta rosa del supermacho Atila.
La acompañó a la puerta para asegurarse que se iba. En cuanto
abrió, se topó de golpe con Gloria y Alejandro que venían juntos.
—Lo que faltaba —murmuró para si.
Malena se paró en seco y miró al hombre alto. Le echó un vistazo
de arriba abajo y sonrió coqueta.
—¿No nos conocemos?
—No tengo el gusto —dijo con una sonrisa de medio lado el
hombre trajeado.
—Juraría que lo tengo visto.
—Entrad por favor —dijo rauda Susana haciéndolos pasar—
cuidado con el regalito de Atila. Está en la entrada. Enseguida me ocupo
de que lo limpien.
Gloria miraba algo desconfiada a la mujer de luto pintorreteada y
al caniche chillón. Alejandro, que sin duda recordaba a Malena como la
“casi muerta” del sofá, sonreía sin disimulo y apremiaba a su hermana
para que entrara.
—¡Buen Dios! —resopló Susana en cuanto se deshizo de Malena.
Estaba roja como la grana y algo hiperventilada después del encuentro
con “la abandonada”— Gloria, ¿verdad? –dijo acercándose a la mujer
alta y que no se parecía en nada a su hermano.
NAT MÉNDEZ
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2

—Gloria, esta es Susana. Ya te hablé de ella —presentó Alex— veo
que has tenido otro episodio interesante con la bella durmiente del otro
día.
—Ni me lo recuerdes. Sentaos por favor. Disculpadme un
momento que he de llamar a recepción.
Se sentó en su silla giratoria y marcó el número de Rebeca.
—Hola, soy Susana. ¿Podrías enviar a Xisca, por favor? El
acompañante de Malena ha bautizado el piso. Gracias. Por cierto. Baja
ahora para que la anotes —escuchó lo que dijo Rebeca y volvió a
hablar— ni modo. Tú apúntala. Y dile a todo amén. Está muy
susceptible.
Colgó y sonrió respirando profundamente.
—Hablé con Flora —dijo Alejandro— me dijo que estabas teniendo
una mañana de locura.
—La verdad es que ha ido como la seda —dijo con retintín.
—Sí. Eso parece —sonrió socarrón el hombre.
—Tengo aquí el test para ti, Gloria —en su despacho se sentía
más segura, en su terreno, así que se levantó altiva, ignorando el
comentario de Alex y cogió una carpeta con el nombre de Gloria Maya—
ven, puedes rellenarlo aquí —indicó la mesa redonda algo alejada de la
mesa ofis— estarás más cómoda.
Dejó a Gloria rellenando el cuestionario y regresó a su mesa con
Alejandro.
—¿No sabía que vendrías con tu hermana?
—La llamé para preguntarle si le importaba que me anotara en el
encuentro del miércoles y se entusiasmó al pensar que yo también
planeaba apuntarme en al agencia. Me sugirió ella misma que
viniéramos juntos.
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2

—Qué bien —dijo sentándose y sacando un dossier nuevo para él.
Tocaron a la puerta y Xisca entró con su super fregona. Con una
rapidez y una eficiencia absoluta, eliminó cualquier evidencia de la
pasada de Atila. Se despidió rauda y cerró.
—Este despacho me trae buenos recuerdos —comentó el hombre
mirando el escritorio tras el cual ella estaba sentada.
—Y a mi, verte en él, me recuerda la vergüenza que pasé —
contestó sin mirarlo y abriendo la carpeta— vamos al grano. Necesito tu
Identificación y tengo que hacerte varias preguntas personales.
—Vale —sacó su D.N.I. y se lo tendió— podemos turnarnos, una
pregunta cada uno.
—No, Alejandro —ella levantó la mirada divertida a su pesar—
esto no es un toma y daca. Yo pregunto, tú respondes.
—Lástima. Parecía una oportunidad perfecta para conocernos
mejor, sobretodo después de pasar una noche juntos.
Gloria rió, era evidente que estaba muy pendiente de la
conversación. Su risa se apagó casi de inmediato.
Susana no se molestó en corregirlo. Ya empezaba a verle el juego.
Le gustaban los dobles sentidos y le encantaba provocarla. Así que,
siempre que aguantara, pretendía parecer indiferente a sus pullas,
sobretodo sino encontraba nada original que decir. Pero en esa ocasión
se lo sirvió en bandeja.
—Por cierto —sonrió ladina— no ha sido una noche precisamente
memorable.
—Tienes razón –chasqueó la lengua y le guiñó un ojo— la próxima
vez me esforzaré más.
¿Es qué ese hombre siempre tenía una respuesta en la punta de la
lengua?
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Miró a Gloria que desvió la mirada fingiendo estar muy interesada
en su test.
Durante unos minutos Susana escribió en el ordenador los datos
que constaban en su documentación.
—¿La dirección que figura es la actual? —preguntó de forma
profesional.
—Digamos que es mi punto de referencia. Mantengo ese piso
como centro estratégico. Llevo unos años que solo vengo a España a ver
a la familia y a descansar.
—Sí, recuerdo que me lo explicaste. Este es un detalle a tener en
cuenta. Pues la pareja que encuentres tiene que tener muy presente
que no vives, actualmente, en Barcelona.
—Es mi último trabajo en el extranjero. Eso también lo puedes
anotar.
—Te advierto que la gran mayoría de clientas tienen prisa. No les
gustan los noviazgos largos. Pensar a tres años vista, puede ser un
inconveniente.
—Eso lo solucionaré sobre la marcha. Todavía no he firmado nada
concluyente y puedo estudiar otras ofertas que no me alejen tanto de mi
amorcito.
Ella enarcó las cejas ante su tono algo burlón. Pero continuó el
interrogatorio.
—¿Sabes que la mayoría de las mujeres que se anotan en esta
agencia son gorditas?
–Sí.
Ella esperó algún comentario más, pero al no llegar prosiguió.
—Junto con el contrato, se da un compromiso de respeto hacia las
personas que se te presenten. Puedes leerlo y si estás de acuerdo,
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2

firmas y rellenas el documento con los datos del banco para proceder al
cobro de las cuotas. Hay un pago inicial de apertura y puedes añadir los
extras que quieras. Videos, grabaciones, etc... —respiró y miró de reojo
a Gloria que en ese momento se levantaba— Hay un mínimo de
permanencia de tres meses. Luego, si lo deseas, te puedes dar de baja
y te devolvemos la fianza inicial. Si deseas apuntarte a los cursos,
puedes hacerlo a partir de las dos primeras semanas de la fecha de
inicio del contrato. Aunque tú eres una excepción y entrarás dentro de
las actividades esta misma semana. Y ya que estás aquí y que todo ha
sido algo precipitado, puedes rellenar el test de compatibilidades.
—Respira que te vas a ahogar —le dijo Alejandro.
—Disculpa, si no lo digo todo de corrida me olvido de algo.
Generalmente esto lo hacen las chicas que están en las mesas de la
entrada, las de admisión. Ellas preparan el papeleo, yo suelo conocer a
los clientes la segunda vez que vienen y hacen el test de actividades.
Gloria le señaló una pregunta en la cual tenía una duda. Ella se lo
explicó mientras le pasaba el primer test a Alejandro, que ya rellenaba
el documento del banco.
—¿Y estás preguntas de aquí? —dijo el hombre con sonrisa
torcida, contemplando las cuestiones de compatibilidad. Leyó en voz
alta— ¿Tiene o ha tenido alguna enfermedad venérea? ¿Cuál es su
inclinación sexual? ¿Tiene gustos inusuales en sus prácticas sexuales? —
rió y las miró— ¿Las mujeres también contestan este cuestionario?
—Naturalmente. ¿Cómo te crees que nuestro equipo deduce que
encuentros son más adecuados? —alzó la cabeza de las hojas de Gloria
que, de pie, tenía cara sumamente interesada por su respuesta.
—¿Y no sería mejor mezclarlos? Darles la oportunidad de cambiar.

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—Ese no es nuestro cometido. No cambiamos a la gente. Le
damos oportunidades. Si ellos desean probar otro tipo de vida o
actividades que hasta ahora no le han sido habituales, estupendo. Pero
es una decisión individual.
—La verdad. Encontrar a alguien que le guste lo mismo que a mí,
no es mi objetivo. Prefiero a alguien que me haga vibrar. Que me saque
de mis casillas. Que me saque del aburrimiento. Que consiga que...
—Sí. Alejandro, creo que lo he entendido. Pon una nota al final de
la página, donde pone “observaciones”. Tendremos en cuenta tus
gustos.
—Se agradece. Otra pregunta —apremió antes de que ella volviera
a ceder toda su atención a Gloria— ¿Existe la opción de no contestar? Es
que es muy drástico decir “si” o “no”. Hay algunas que no encajan con
mi forma de ser.
—Puedes dejarlo en blanco —dijo seriamente empezando a ver
que él la estaba provocando deliberadamente.
—Si me gusta una de las mujeres que me presentéis, ¿puedo
invitarla a salir directamente? ¿O tengo que avisar a algún
departamento en particular?
—Puedes hacer lo que te plazca. Y ahora si me lo permites, la cita
era con tu hermana y no he podido atenderla adecuadamente.
—Por mí no padezcas —sonrió comprensiva— estoy aprendiendo
de las preguntas de mi hermanito. Siempre ha sido un preguntón. Hay
cosas que me da vergüenza abarcar y él no tiene ni un pelo de timidez.
—Desde luego, de tímido no tiene nada.
—No es cierto —dijo el aludido— soy tímido, pero lo disimulo por
necesidad.
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—¿De cuando acá? —Bufó su hermana— Naciste desvergonzado y
cada vez lo eres más —miró a Susana, de pie, desde su altura— mi
madre tenía que obligarle a ponerse el traje de baño cuando íbamos a la
playa. Era casi adolescente cuando empezó a hacer caso bajo amenaza
de castigos que ni te cuento —puso los ojos casi en blanco— ¿Tímido tú?
Ja.
—No empecemos hermanita.
—Ahora entiendo porque estabas tan cómodo casi en cueros —
comentó Susana.
—Es mi estado natural —se defendió el hombre sonriente.
—¿Cuando estabas casi desnudo? ¿Me contaste que a quien
pillaste desnuda en este despacho era ella? ¿Cuándo estuviste desnudo
tú? —insistió mirando a su hermano acusadora.
—Por lo visto te cuenta lo que le interesa —añadió Susana feliz de
verlo incómodo— ayer mismo se quedó como Dios lo trajo al mundo. De
hecho estuvo casi todo el día sin calzoncillos.
—Y tú sin bragas —puntualizó Alex triunfante.
—Por tú culpa —acusó Susana queriendo decir la última palabra.
—¿Me he perdido algo? —Se interesó Gloria yendo del rostro de su
hermano al de ella y viceversa— ¿Estáis saliendo?
—No —dijo lacónico él— todavía.
—Olvídate del “todavía” —masculló Susana levantándose— Gloria,
mientras tu hermano acaba de rellenar los folios que le faltan lo
dejaremos solito.
Salió antes de que Alejandro pudiera objetar. Eran casi las dos de
la tarde. La llevó a recepción donde Rebeca y Carmen se preparaban
para irse a comer. Soraya, una de las telefonistas de las tres cabinas de
la entrada, sustituía a Rebeca cada día durante la comida, así pues,
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cuando Soraya llegaba de comer, se iba Rebeca. A las cuatro y media
cuando regresaba Rebeca, Soraya terminaba turno y se iba. Y llegaba el
relevo de la tarde, otras dos telefonistas-encuestadoras.
Enseñó a Gloria la sala de reuniones y el tablón de actividades.
Cuando regresaron Alejandro estaba de pie y esperándolas.
—Os invito a comer —casi ordenó— no quiero excusas. Le prometí
a Flora que te obligaría a cuidarte.
Ante el rostro hermético de ella, Gloria intervino conciliadora, pues
veía claro que su hermano estaba interesado en esa mujer, y además se
estaba divirtiendo.
—Tendrás que comer —le insistió Gloria— además estoy yo para
darle un coscorrón si se pone muy impertinente.
—Vale, dadme un minuto para ir al baño. Ir bajando.
Ellos salieron sin chistar y ella cogió el test de Alejandro para
ponerlo en la carpeta correspondiente, guardó el documento en “word”
con su nombre y con todo ordenado se fue al lavabo.
En el vestíbulo le esperaban los mellizos. De lejos parecían más
hermanos que de cerca. Casi la misma altura, morenos, y las facciones
tenían ese aire familiar. Alejandro estaba sonriendo y mirándola con
cariño. Ella le enderezaba la corbata.
—¿Adonde nos llevas? —dijo llegando hasta ellos— Por favor que
no sea muy lejos, que después tengo que estar aquí a las cuatro y
media.
—¿Qué os parece el thai de aquí al lado? —sugirió ofreciéndoles a
cada una un brazo.
—Excelente elección —dijo Susana complacida.

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2



Durante la comida, Alejandro estuvo encantador. Explicó desde el
punto de vista de una víctima, lo sucedido en la playa con las
garrapatas. Se rieron y, sobre todo Susana, vio el percance con otros
ojos.
Gloria habló de su trabajo de abogada, que absorbía casi todo su
tiempo, y de su intención de asociarse con otros dos abogados para
independizarse en breve. Explicó que se iba a un seminario el viernes
durante una semana y que saltarían entre varias ciudades españolas.
Era una ocasión perfecta para adquirir los contactos que necesitaba para
abrir su despacho propio. Luego la conversación se inclinó hacia la
urgencia de Gloria por encontrar una pareja estable.
—La mayoría de lo hombres que conozco son abogados, jueces,
gestores, o similar. Casi todos los casados llevan años emparejados. Los
solteros no tienen ni tiempo ni ganas de dedicar a otra persona el poco
tiempo de ocio que tienen. Tengo claro que un abogado no me interesa
—dijo rotunda— una de las razones de querer mi propio despacho es
para tener mas libertad con mi tiempo y mis clientes. Me he
especializado en empresas de importación y exportación. El mes que
viene me voy a otro seminario de leyes internacionales. Mi profesión me
exige un reciclaje constante. Eso es algo que mi pareja debe asimilar.
No espero enamorarme locamente, pero sí que me guste —dejó los
cubiertos y pareció pensar unos segundos— no me es fácil encontrar
hombres que no les importe que le mires por encima del hombro. Y lo
digo de forma literal.
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2

—Hay muchos hombres que les gustan las mujeres altas —
puntualizó Alejandro.
—No he conocido a ningún bajito que yo le interesara. A no ser
para un revolcón. Les incomoda que les superes en algo. Yo me muevo
en un círculo muy cerrado, en el cual hay mucha competencia. Y esos
detalles cuentan. Mi altura intimida, dentro y fuera del juzgado —hizo
una mueca.
—Deja de pensar así —invitó Susana— los hombres seguros de si
mismos no se sienten intimidados por una mujer, sea alta, o baja. O
gorda o delgada. Esos son factores que entran dentro de los gustos de
cada uno, pero no condiciones que hagan cohibir el comportamiento de
las parejas. En el año que llevo trabajando aquí he visto parejas tan
dispares que me he dado cuenta que en cuanto a gustos, no hay nada
escrito. Pienso que cuanto más clara tengas la idea de cómo te gusta un
hombre, que es imprescindible que tenga y que quieres descartar, más
fácil será encontrarlo.
—Alto y simpático.
—Por algo se empieza —sonrió Susana y miró a Alex— ¿y tú?
—Ah, no. Yo no pienso desnudar mi corazoncito delante de dos
brujas como vosotras. Estoy hoy muy sensible —puso ojos de carnero
degollado.
En realidad no tenía ganas de tirarle más los tejos a Susana
delante de su hermana, no podía hablar con libertad. La broma estaba
bien para un rato, pero a él, por ese día, se le había acabado la cuerda y
le apetecía descansar su cerebro un rato. Quería preparar su labia para
la siguiente ronda.
Si alguien tenía claras sus ideas respecto a lo que quería en esa
mesa, estaba seguro de que era él. Definitivamente, esa pelirroja
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2

pecosa le había sorbido el seso. Le encantaba esa faceta de profesional.
Ese modo de apariencia directa, eficiente que sobresalía de todos sus
poros. Le hizo sentir un orgullo irracional. Verla fuera de accidentes
varios, imprevistos desastrosos y bailes pasados por agua, le habían
dado otra visión de ella. Y cada vez le gustaba más.
Durante la comida había evitado mirarla. Verla comer, era una
exhibición indecente. Sus labios brillantes del aceite de la ensalada
habían sido uno de los afrodisíacos mas potentes que había probado. Así
que, casi desde el inicio de la comida había optado por bromear y
ocupar su mente en otras cosas que no fuera el ataque frontal de sus
labios. Eso sí, la promesa de comérsela a besos la había anotado la
segunda en su lista mental. La primera era crear la oportunidad para
hacerlo.



Regresó a la oficina sin ganas. Esa tarde la esperaba mas trabajo
y después de reposar durante la comida y el buen rato, le daba enorme
pereza reiniciar la tarea laboral.
Había quedado con Alejandro que al día siguiente vendría para
acabar de rellenar los cuestionarios, pues el de actividades estaba
pendiente.
Lo primero que hizo fue llamar a Flora. Animarla y explicarle que
había contratado a Carmen Toledo. De hecho en ese momento estaba
en la mesa ofis del piso de los despachos presidenciales,
familiarizándose con todo. Rebeca estaba con ella mientras era
substituida por una de las telefonistas.
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Recibió una llamada de Beto, que se ofreció a ayudar en lo que
hiciera falta. Dijo que se pasaría el jueves en la mañana.
Más tarde entrevistó a un par de telefonistas. Una de ellas no
parecía muy interesada en el tema, pero la otra cuajó enseguida. Pasó
recado a Rebeca de que concertará un par de citas al día siguiente con
más candidatas.
Ese día, a las ocho en punto, se fue al gimnasio vecino y después
de hacerse veinte piscinas, se metió en el jacuzzi un buen rato.
A las diez, se fue a casa y durmió como una reina.



Cuando llegó Susana esa mañana, Fernando Subirats y su equipo
ya estaban trabajando. Provisionalmente, ocuparon la sala de audio-
visuales, donde también se tomaban las clases de cocina dos veces por
semana.
La primera cita de la mañana, al igual que la última, fue con
profesionales del mundo de la moda. Necesitaba a alguien que pudiera
proporcionar a las participantes de Gorditas de Lujo, un vestuario acorde
con las necesidades de cada una. Ropa que luciera y aumentara sus
puntos fuertes. La tarea de encontrar a alguien para tal menester era
prioridad absoluta. Esa semana debía quedar zanjada la cuestión, pues
la semana entrante, tenían que empezar a escoger las participantes de
todas las fotos, y solicitudes que recibirían hasta esa semana.
En mayo comenzarían a preparar a las participantes. Se había
estipulado con Lalo Rubio que se harían clases semanales para las
chicas. Un requisito indispensable para poder participar en el desfile que
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2

se editaría en video. Luego las vallas publicitarias atraerían las
votaciones y finalmente se elegiría a la “gordita mas sexy”. Una Gordita
de Lujo que ganaría un premio en metálico y que sería el rostro de cara
a la galería que representaría a Gorditas a la Carta en la nueva
estrategia de publicidad que estaba planeada. Una mujer real. Una
especie de representante de Gorditas a la Carta. En definitiva, una
modelo que saldría en vallas publicitarias, fotos varias y eventos en
distintos lugares para llevar el distintivo de la empresa a una
envergadura mas amplia.
El perfil estaba bastante definido. Mujer gorda, en edad de
merecer, simpática y agradable a la vista. Con don de gentes y soltura
para manejarse en situaciones varias.
En teoría, Flora y Susana tenían la tarea de buscarlas entre las
candidatas. Con las circunstancias actuales, podían cambiar algo los
planes.
La primera cita no fue del todo de su gusto, y Susana se quedó
algo pansida. Era un modista con mucha experiencia, pero estaba
sumamente delgada y la sensación que tuvo Susana era la de una
actitud displicente para con las tallas grandes. Su sugerencia de
agrandar modelos que ya tenía en existencia no le gustó. No era eso lo
que pretendían.
Rebeca vino rauda para informarle que Malena estaba haciendo su
segundo test en el segundo piso.
—Vino mas calmada —contó respirando hondo— lleva un vestido
negro con lunares —puso cara de espanto— y ha vestido a Atila a juego
—se estremeció teatralmente— ¿Es una mujer algo absorbente o es
imaginación mía?

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—En realidad no es ella misma. Está algo histérica. Se siente
sola...
—¿Y quién no? —se quejó la muchacha.
—¿Qué tal Carmen?
—Estupendamente. Ya la tienes en su puesto funcionando.
Todavía a medio trapo, pero es muy espabilada. Pienso que se está
adaptando bien. No le importa hacer horas y siempre está dispuesta a
aprender.
—Coméntale que pagamos las horas extras. Eso la motivará más.
De todos modos en cuanto tenga un momento saldré a ver como le va.
—Me ha dicho que a las doce tienes a Alejandro Maya. Lo tienes
anotado en tu agenda, pero no sé si prefieres que lo atienda yo –sonrió
coqueta— está como un queso.
—Lo atenderé yo. Es un cliente especial.
—¿Especial para ti, o especial para la agencia? —Indagó sonriente.
—No seas cotilla —rió Susana— es amigo de Carlos, el dueño.
—Los he visto en la lista del miércoles. Va a ser una reunión muy
entretenida.
—Ya sabes que si te apetece eres bienvenida.
—Estoy tentada.
—Acuérdate que no hay ninguna ley que prohíba a los empleados
poder participar en las actividades si están fuera de su horario y que
solo se pagan las actividades extras, como clases de cocina, bailes,
etc...
—Lo sé. Pero a veces me da pereza. Lo pensaré. Me voy —se
deslizó hacia la puerta con rapidez— le paso hoy mismo a Carmen tu
agenda y la de Flora. Le he dicho que por ahora tú te ocupas de los
compromisos de Flora y que las llamadas de ella te las pase a ti. De
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todos modos, depende de quien, ya filtro directamente la información
que puedo.
—Muchas gracias Rebeca. Este inesperado incidente del suegro de
Flora nos ha puesto de cabeza abajo. Espero que en breves días se
incorpore, en cuando el padre de Manolo esté fuera de peligro.
Salió a ocupar su puesto. Susana, aprovechando unos momentos
de paz, salió a hablar con Carmen. Parecía algo atareada en su
reconocimiento de papeleos y desempeños, pero ya sabía como se
manejaba su teléfono y se había hecho un chuletario de los nombres
del resto de empleados para recordarlos.
Carmen tenía de esos rostros confiables que invitaban a preguntar
con amabilidad.
Xisca apareció con su fregona mágica y una bolsa de basura en la
mano. Saludó, vació las dos papeleras que había en ese pasillo y se
quedó a charlar con ellas un momento.
Cuando sonó el teléfono y era para Susana, las dejó y se metió en
su despacho para atenderlo.


Alejandro llegó unos minutos antes de las doce. Se encontró de
nuevo con Malena, que entregaba a la recepcionista un dossier ya
completado.
Bajo el brazo, su perro Atila, tenía la lengua afuera y medio
jadeaba, seguramente de calor, pues estaba abrigado como si estuviera
en el polo norte. A Alejandro le dio la impresión de que le iba a dar un
pasmo sino bebía pronto.

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—Buenos días —saludó el hombre mientras era observado por
Malena de arriba abajo, como ya hiciera el día anterior.
—Sí —sonrió la mujer— ahora son mejores. Ya recuerdo de que lo
conozco —lo miró alzando el cuello tanto como pudo— de la fiesta del
viernes. Usted estaba allí.
—Oh, sí, posiblemente nos vimos el viernes —convino Alex con
mirada impaciente hacia Rebeca.
—Sí. De hecho lo recuerdo como en una neblina —dijo con tono
confidencial— estaba algo transpuesta. Mi novio me dejó y bebí más de
la cuenta. Ya sabe, para olvidar. Pero no lo conseguí muy bien. Acabé
fatal —movió la cabeza de un lado a otro como si se despejara— ¿Viene
usted a la reunión de mañana?
—Sí, eso creo —contestó algo reticente.
—Yo también ¿A usted también lo han dejado? —lo miró
comprensiva ante su silencio— Yo no sé si lo superaré algún día —lo
miró con cara de malas pulgas— usted tiene pinta de ser quien deja —
subió el tono de voz— ¿No será usted de esos cabrones que van por
ahí...?
—Disculpen —intervino nerviosa Rebeca— Sr. Maya, Susana le
espera en su despacho.
—Me dejaron a mí —añadió ante el semblante furibundo de Malena
para que se calmara.
—Ah, vale —asintió mirando a Rebeca con el ceño fruncido— hay
cabrones y cabronas —añadió dejando a Atila encima del mostrador.
—Buenos días. Me disculpan, me están esperando —se excusó
Alejandro antes de irse pitando.
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Se oyó un estruendo cuando el lindo perrito tiró las bandejas con
folletos de publicidad que yacían sobre el mostrador. Escuchó a la
mujer reñir a su can con vocabulario infantil.
Alex bufó. Le encantaban los animales... pero había cada dueño....
Subió las escaleras de dos en dos. Se arregló la corbata que, como
siempre, llevaba floja y se paró ante Carmen.
—Puede pasar —dijo amablemente la nueva secretaria.
Dio un leve toque a la puerta y entró. El rostro pecoso de Susana
le saludó con una sonrisa sincera y nerviosa al mismo tiempo. Parecía
menos estresada que el día anterior. Llevaba un pantalón verde oscuro
y una blusa de unos tonos más claros. Le recordó la ropa interior de
color esmeralda que vestía, justo en la misma posición que estaba en
ese momento y lugar, pero días atrás.
Quiso acercarse y darle un par de besos de saludo, pero ella no se
movió de detrás de su despacho. Tenía ya el test preparado sobre la
mesa y un bolígrafo en la mano.
—Buenos días
Dijeron al unísono.
—Acabo de ver a la mujer que te estropeó el vestido —dijo con
palabras amables Alejandro— soltó el perro en la recepción y creo que la
ha liado.
—Está muy deprimida. Cuando se le pase se calmará y no será tan
desastre.
—No te engañes —aseguró el hombre— ella es así. Pero ha de
haber de todo —sonrió condescendiente— eso sí. Te pido
encarecidamente que le digas que no estoy disponible o que no soy su
tipo. Lo que quieras con tal de que no me escoja como su víctima.

NAT MÉNDEZ
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—Está buscando novio, no una víctima —rió encantada Susana
guiándolo hacia la mesa redonda del despacho— no seas tan duro.
—¿Por lo menos puedo escoger, no? —La siguió con sus zancadas
kilométricas alcanzando el lugar casi antes que ella.
—Claro. También te digo que como no se han contrastado tus
gustos con los de otras candidatas, mañana por la noche es posible que
no encuentres mucha gente a fin.
—Yo me llevo bien con todo el mundo y en realidad mañana voy
para acompañar a mi hermana y verte a ti.
—Ya me estás viendo —dejó los papeles sobre la mesa y un
bolígrafo— aquí tienes.
—Ahora lo relleno. Solo una cosa antes de que se me olvide. Te
dejaste tu ropa en mi coche. La lavé, la sequé, y la tengo otra vez en el
coche, pero no sé si quieres que te la suba aquí.
Ella se sonrojó por un momento cuando pensó en la ropa interior
que llevaba el día de la playa. Sencilla y de color amarillo las bragas y
el sujetador de color blanco casi transparente. Ambos dos, de su super
talla. No le gustaba pensar en sus bragas color canario enormes en las
manos de ese hombre.
—Gracias. Cuando bajes puedes dejarlo en recepción. Yo lo
recogeré cuando me vaya.
—¿Te has puesto roja? —rió sentándose y quedando en una
posición menos ventajosa.
—¿Quieres dejarlo ya? —insistió ella sintiendo que le salía humo
por las orejas.
—¿Es qué no sé qué he dicho que te pueda molestar? —comentó
con mirada sincera.
NAT MÉNDEZ
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—Alejandro —dijo ella después de respirar hondo— no sé tú, pero
yo no acostumbro a quedarme desnuda delante de hombres que no
conozco y no me gusta que mi ropa interior ande por ahí en manos
ajenas. Me siento incómoda.
—Te aseguro que no me la probé —intentó bromear al verla tan
sentida.
—¡Faltaría más! —bufó.
—Pero eran unas braguitas muy sexys —sonrió pícaramente.
—Alejandro —dijo con la mandíbula apretada y mirándolo con
beligerancia— la palabra sexy y XXL no combinan. Deja de reírte del
tema porque no me gusta.
—Disiento totalmente. Si te preocupa el tamaño de tus bragas, no
tienes por qué. Si te enseño el tamaño de mis calzoncillos te sentirías
mejor. Son enormes. También necesito una talla con triple x.
Ella se sonrojó más todavía.
—Disculpa pero no me interesa el tamaño de tus atributos.
—Bueno —sonrió ampliamente él— la verdad es que no hablaba de
eso, me refería a la talla. Respecto a mis “atributos” como tú los llamas,
sí que es cierto que necesito refuerzo, pero estar bien dotado no está
mal visto ¿o sí? —rió abiertamente.
Ella ya estaba de color morado. Le señaló el test y se dio la vuelta.
—Estaba bromeando —dijo él cuando ella se batió en retirada—
esto de las medidas es siempre tema de discusión entre hombres y
mujeres. Si a ti no te molesta el tamaño de mis atributos, a mí tampoco
el tamaño de los tuyos.
Ella bufó.
Lo estoy estropeando más todavía. Pensó él.

NAT MÉNDEZ
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—Quiero decir que tú también usas una talla extra grande de
pecho y...
—¡Déjalo! —Lo calló encarándolo desde la mesa de su despacho
después de un giro brusco que casi la marea— Deja de hablar de
atributos y tamaños. No nos conocemos lo suficiente para tener esta
conversación.
—¿Y cuánto tiempo es necesario, según tú, para mantener una
conversación como ésta?
—Veinte años —finalizó ella— haz el puñetero test.
—Uisssssssss —rio él— de acuerdo. Te dejaré las bragas en
recepción. Y si quieres un día te enseño uno de mis calzoncillos y
estaremos en paz.
—¿Es qué siempre quieres quedar en empate? —se dejó caer en la
silla rendida.
—Sí. Contigo siempre necesito un empate —contestó más
suavemente y se intentó concentrar en las preguntas.
La verdad es que había intentado decirle que no le molestaba el
tamaño de sus bragas pero le parecía que, para variar, no lo había
enfocado muy bien. Siempre había sido un hombre ingenioso, pero
desde que la conocía metía siempre la pata. En vez de hacerle ver que
sus bragas no le resultaban ofensivas por su tamaño, le había hablado
del tamaño de su pene —cerró los ojos y se mordió la lengua para no
soltar un gemido lastimero de vergüenza mezclado con rabia.
Teniéndola delante la lujuria lo embargaba y no podía dejar de
hablar de bragas y calzoncillos y lo que había dentro.
¿Cómo iba a conseguir que le tuviera confianza y aceptara una
cita, si lo único que hacía era provocarle casi un infarto a base de
sonrojo?
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El silencio era, sino incómodo, si palpable. Pesaba. Él hizo el test
un poco desconcentrado. Se levantó y se sentó frente a ella,
entregándole el dossier.
—Me ha parecido algo largo.
—Son solo veinte preguntas.
—Pues se me han hecho eternas.
Él tenía el nudo de la corbata flojo de nuevo. Se lo había estado
tocando durante el interrogatorio del test.
—La semana que viene tendremos tu perfil y te haremos llegar
otra invitación más acorde con tus gustos.
—¿Necesitas leerte todo eso para saber mis gustos? Yo te lo puedo
resumir en un segundo —la miró serio— me gustas tú.
—Ya hemos hablado del tema —dijo ella sin mirarlo.
—Sí, y no nos hemos puesto de acuerdo. Pero quiero que quede
claro el por qué estoy aquí.
—¿Para acompañar a tu hermana? ¿Para buscar pareja? —
preguntó ella con la voz mas impersonal que le fue posible.
—No te hagas la tonta —la miró fijo— no te va. Soy un hombre
paciente. Mi madre dice siempre que consigo las cosas por agotamiento.
Cuanto te canses de defender tu ciudadela yo estaré ahí. Mientras, esto
es una excusa como otra cualquiera para tener acceso a tu cercanía.
Ella se quedó totalmente sorprendida de su franqueza. Quería
contestar que la dejara en paz, que no quería saber nada de él, pero
algo en ella, le impedía articular palabra.
—Te dejaré la ropa en recepción —se levantó él.
—No me pienso acostar contigo —balbuceó ella.
—Gracias por advertírmelo —sonrió él— aunque no te lo he pedido
—vio su sonrojo aumentar— por lo general cumplo un poco las normas
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sociales antes de ir a meterme en la cama de una mujer. La verdad es
que entra en mis planes acostarme contigo, pero puedo aguantarme
hasta que cambies de opinión.
—No me gustan las aventuras —dijo ella agarrando el borde de la
mesa para no seguirlo y echarlo de allí antes de que su cerebro siguiera
diciendo estupideces.
—Entonces nos casaremos —contestó encogiéndose de hombros
antes de abrir la puerta e irse, no sin antes guiñarle un ojo y lanzarle un
beso en el aire con descaro.
¡Magnífico! Se dijo el hombre mientras salía. Acababa de
proponerle matrimonio a esa pecosa reticente después de que le dijera
que no pensaba acostarse con él. Empezaba bien la cosa...



Susana sintió que su rostro ardía.
Bajó la cabeza a la mesa y descansó la frente en el escritorio.
—¿Susana, estás tonta o estás tonta? —se preguntó a si misma
mientras se sentía ridículamente estúpida.
Se sintió morir al recordar la conversación ¿De verdad le había
nombrado “sus atributos”? ¿De verdad había pensado en el tamaño de
su miembro mientras él intentaba quitarle importancia al tamaño de sus
bragas?
Sino fuera porque sería algo mas estúpido todavía, dimitiría y se
iría bien lejos donde no entendieran su idioma y así no dijera
estupideces.
NAT MÉNDEZ
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Tenía que calmarse, en breves minutos tenía una cita con
Mercedes González, la estilista.
Respiró varias veces y se tranquilizó. Miró las hojas que tenía en la
carpeta que contenía la información de esa mujer de treinta y nueve
años, modista, estilista, con tienda propia desde hacía más de seis años
y que hacía sus propios modelos desde hacía más de tres. Todavía no se
había hecho un nombre en el mundo de la moda. Y se especializaba en
tallas superiores a la cuarenta y seis.
La mujer llegó puntual. Aparentaba menos edad de la que tenía.
Tirando a rubia, aunque no pudo asegurar que no fuera de pote, de una
altura apenas inferior a la suya, melena tirando a rizada y ojos azul
turquesa. Se podría decir que era una mujer guapa. Sus facciones eran
pequeñas, salvo la boca, que no tenía mucha sincronía con el resto, y
además por su expresión, parecía muy acostumbrada a sonreír. Vestía
una de sus creaciones, un vestido suelto hasta la cintura y estrecho en
la cadera para luego caer hacia las rodillas con naturalidad. Dos clips
sujetaban su cabello claro por encima de las orejas. Llevaba unos
tacones considerables y su elegancia era totalmente visible. El color
negro del vestido, favorecía su piel y sus ojos color mar claro. Tenía un
sobrepeso similar al suyo, aunque quizá usara una talla menos de busto.
Mercedes González, Mer como le dijo que la llamara, era una
excelente vendedora de su producto. Simpática, contagiaba su
entusiasmo y su alegría. Sacó un dossier con sus trabajos y fotos con
mujeres de tallas XXL, que vestían sus modelos. Fue sincera cuando dijo
que necesitaba un contrato de ese tipo para poder dar el empuje que
deseaba a su negocio. Estaba dispuesta trabajar en equipo y a desfilar
ella misma si hacía falta.

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A Susana no le quedaron dudas de que era apropiada para los
planes de Gorditas de Lujo.
Ese día, otro tema quedó zanjado.
No salió a comer. Una ensalada de arroz y una pera fueron el
menú que la sustentó. A las siete, cansada y sin más compromisos, se
fue al gimnasio a hacer unos largos y luego a casa.
Mañana, miércoles, le esperaba un día movidito.



Flora pasó el miércoles por la mañana. En realidad fue un acto de
presencia corto y básicamente para saber como iba todo. Su suegro
parecía prosperar bien y seguramente al día siguiente se incorporaría al
trabajo aunque procuraría salir temprano.
La reunión de esa tarde era a las ocho y media. Contando a
Malena, Gloria y Alejandro y la añadidura de Fernando con sus socios
Bernardo y Jacobo, serían dieciocho invitados.
Generalmente era una especie de aperitivo, con canapés, bebidas
y música suave. Ese día no sería una excepción. Dos camareros
pasearían entre los invitados para provocarles con las delicias que
preparaba, como siempre, Rosa, la encargada del catering. Otro
camarero permanecía tras una larga mesa con las bebidas, dispuesto a
preparar cualquier cóctel por complicado que pareciera.
Flora y Susana hacían de anfitrionas en la hora y cuarto
programada. Luego se despedían y los dejaban a su aire. Los camareros
y un guardia jurado, quedaban en sus respectivos roles.
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2

Esa noche, Susana vestía un vestido color marengo, sin mangas,
con un escote en forma de corazón. De debajo del atrevido escote, caía
la tela sin formas hasta las rodillas, en un suave vuelo. Unos sencillos
pendientes de plata en forma de corazón era la única joya que se puso.
Se maquilló suavemente y se puso los tacones de altura.
No solía usar bolso en este tipo de reuniones si podía evitarlo,
sobretodo si no tenía que usar el móvil.
Se peinó su liso pelo y lo dejó suelto.
Bajó a la sala antes de las ocho. Ya habían llegado casi todos los
invitados. No vio a Gloria y Alejandro, pero si a Malena con Atila. Se
acercó para saludar a varios de los presentes.
—Pueden pasar —invitó mientras uno de los camareros hacía el
gesto para darles paso.
Tras hablar con un par de personas, llegó hasta Malena que
permanecía en un rincón, cerca de las telefonistas, que ya no estaban.
—Buenas noches Malena. Te veo mucho mejor.
—Me he pasado la tarde en un salón de belleza. Me he depilado
hasta en lugares que no sabía que existían. Me he hecho mechas rojas
— se señaló la cabeza— y hasta le han hecho un encrespado a Atila y le
pusieron un mechón de color rojo, mira —le puso el caniche blanco casi
en la cara. Ciertamente lucía una cresta muy visible, que más que roja,
era rosa fuerte y se levantaba sobre su ojo derecho. El perro seguía
bizqueando, aunque era difícil saber si era su expresión o una mueca de
resignación por la facha que llevaba.
—Muy guapo —se convenció Susana acariciando la garganta del
can— así vais a juego. Pero no te parece que es mejor no traerlo a este
tipo de reuniones. Puedes espantar a los hombres.
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—No —dijo con rotunda fuerza— he decidido que quiero un
hombre que me acepte tal como soy. Mi perro y yo somos un pack que
va junto. Si conozco un hombre que es alérgico al pelo de perro,
después será peor. Si me ven con Atila, solo se me acercarán los que les
gusten los animales. De hecho puede ser un reclamo —miró al perro—
ladra Atila. Haz la llamada del amor.
Atila aulló lastimeramente dejando un eco en el salón. Fue uno
solo, pero que se escuchó, se escuchó.
—Sí. Ejem, ha quedado claro. Pero recuerda que has venido a la
reunión antes de que pudiéramos comparar tu perfil. En la próxima
habrá amantes de los animales, en esta la mayoría son aficionados a los
deportes de riesgo o excursionistas, y ese tipo de cosas.
—Estupendo. A Atila y a mi nos encanta ir de paseo por el bosque.
¿Te gusta mi vestido? —Se dio la vuelta para que la mirara por todos
lados— Lo he reciclado. Un retoque aquí, otro allá y, fíjate. Este es el
resultado.
—Es original —solo pudo decir Susana.
Por delante era un vestido de tres piezas, un corsé, un cinturón
ancho y una falda de puntas desiguales. Por detrás era otro cantar.
Como no le cerraba el corsé, lo había atado con cordones de zapatos, el
cinturón anchísimo, tenía pins estratégicamente puesto para disimular la
tela desgastada por el uso y la falda era más corta por detrás que por
delante.
—También he decidido no gastarme más dinero en vestidos de
noche absurdos. Si las tipas esas delgadas se ponen cualquier cosa y
resultan atractivas con tres camisetas de distinto tamaño superpuestas
y un pantalón viejo, ¿por qué yo no?
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—Bueno. Cuestión de gustos. De todos modos, por si te interesa,
pronto podremos contar con una estilista especialista en moda que te
puede orientar en tu nuevo modo de... esto… de vestir.
—Sí —suspiró— una nueva vida. Creo que voy a cambiar de
profesión.
—¿Vas a dejar el trabajo?
—El trabajo me dejará a mí.
Susana la miró confusa pero la cosa quedó ahí. Atila quiso bajarse
y ella aprovechó para disculparse y hablar con Fede, el metre, jefe de
los camareros y un estupendo profesional que ya atendía a los invitados
con soltura.
—Toma —le ofreció en cuando llegó hasta él— lo de siempre
guapa. A ver si te ayuda a aguantar a la del perro. Si quieres le puedo
poner adormidera en su poción.
—No hace falta Fede. No quiero que vayas a la cárcel. Seguro que
se lo pondrá cualquiera de los presentes en cuanto la traten un poco.
Vigila el del traje azul oscuro con un clavel en la solapa, sugiérele
ponche o ponle poco alcohol, es muy nervioso y tiene tendencia al
descontrol. Y la de la chaqueta con flecos es alérgica a las frutas. Ten
cuidado y no le hagas ningún coctel con piña o similar —ese careo lo
tenían siempre en las reuniones o fiestas. Era una manera de evitar
desastres.
—¿Algo más? —Recorrió la sala con la mirada— ¿Ningún ex
alcohólico? Guau, que maravilla de mujer —exclamó mirando a una
joven redondita y con rostro angelical.
—Se llama Muñeca. Es venezolana y está soltera.
—Me gusta —dijo el uniformado metre, un hombre
extremadamente delgado, con rostro infantil y pelo engominado.
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—Dale conversación hasta que se sienta cómoda. Es muy tímida.
Cuídala del león de la Metro que está a las doce. Se cree un Don Juan y
puede ruborizar a cualquiera con sus comentarios.
—Ok —sonrió agitando una coctelera— me pongo en marcha.
Susana se fue con su copa. Le gustaba Fede. Hacía más de cuatro
meses que trabajaba en Gorditas a la Carta. Era Servicial, puntual,
cumplidor, un profesional y le encantaba su trabajo. Había entrado
sustituyendo al anterior encargado y finalmente se había quedado en su
puesto después de que su predecesor se diera de baja permanente por
una enfermedad crónica. Siempre estaba disponible y dispuesto y era
soltero con deseos de solucionar ese tema. Como buen hablador y
pletórico de labia, era perfecto para dar conversación a las mujeres que
se encontraban algo descolocadas.
Atila llegó hasta ella dando brincos.
—¿Dónde está tu dueña cielo? —lo cargó en brazos antes de que
le destrozara las medias.
No vio a Malena, pero en la entrada del salón estaba Gloria y su
hermano. Ella vestía unos pantalones y blusón ancho que la estilizaban.
La parte de arriba con transparencias sugerentes. No llevaba tacones.
Su cabello negro estaba recogido y lucía muy atractiva.
Él estaba impresionante. Con traje chaqueta negro, camisa blanca
y corbata granate. Sobrepasaba casi una cabeza a su hermana y se veía
imponente. La verdad es que eran una pareja impresionante.
En cuanto la vieron se encaminaron a ella.
—Buenas noches —saludó Susana con una sonrisa.
Los dos correspondieron al saludo. Gloria se adelantó para darle
dos besos y como cosa natural, él siguió su ejemplo. Mientras le besaba
la segunda mejilla, Atila apoyó una pata en el bolsillo de la elegante
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chaqueta de Alejandro. Cuando éste se retiro, el bolsillo se descosió y
quedó colgando.
Los tres se quedaron callados mirando el desaguisado.
—Lo siento —se disculpó roja de vergüenza Susana— si vienes a
mi despacho lo acabaremos de descoser. Y mañana me la traes y te lo
arreglaremos.
—No tiene importancia. Quitamos el bolsillo y ya está ¿Tienes unas
tijeras?
—Si, claro. Ven conmigo.
—Yo voy a tomarme un refresco. Aquí os espero.
Susana comenzó a salir del salón hacia las escalinatas para ir a su
despacho
—Atila, perro malo —dijo mientras subía las escaleras— tienes
unas pezuñas que parecen garras —el aludido sacó la lengua para darle
un lametón.
—¿Qué pasó? ¿Lo has adoptado?
—No. La dueña ha desaparecido.
—Mientras no la encontremos en tu despacho... —dijo malicioso.
—Ni lo menciones —caminó el pasillo hacia su oficina y en cuanto
abrió dejó al can suelto— sin pipis Atila ¿Me escuchaste?
Ella fue hasta su mesa y abrió el cajón para sacar una pequeña
tijera de manicura.
El can se subió al sofá y se puso a rascar la tapicería.
—No Atila ¡Quieto! —riñó Susana— Ven Alejandro. Aquí en la luz
—le hizo una seña para que se acercara. Él accedió y se plantó frente a
ella, que concienzuda se dispuso a acabar de desprender el bolsillo.
—¿Te he dicho que estás muy guapa hoy? —dijo a su coronilla.
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—Muchas gracias —hizo una mueca— tu bolsillo está muy arriba,
apóyate en la mesa para que me quede más abajo.
—Pues desde aquí tengo una vista muy buena... no sé... si...

Ella levantó la mirada y lo vio con los ojos fijos en su escote.
—¡Siéntate! —ordenó.
Él obedeció, sentándose en el escritorio, y abrió las piernas para
que ella pudiera operar el bolsillo situada entre ellas. Se desabrochó la
chaqueta por comodidad.
Mientras quitaba los hilos con cuidado para no dañar la tela,
Susana se dio cuenta de que su posición era más peligrosa de lo que
pretendía.
—¡Estate quieto! —dijo ella nerviosa.
—No me he movido —contestó inmediatamente él.
—Te quedará un poco la marca del bolsillo.
—Olvídate de mi bolsillo y preocúpate de Atila, el rey de los Unos
vuelve a atacar.
Susana miró al perro y casi soltó un grito. Movió las tijeras
peligrosamente y Alejandro sujetó su muñeca con cautela mientras ella
contemplaba al can que tenía entre sus “terribles” fauces, un trozo de
sofá espumoso y suave.
—Oh, no, Atila —chilló dando un paso hacia el perro que saltó con
su trofeo para correr por el despacho dando por sentado que eso era un
divertido juego— ven aquí bestia inmunda. Le va salir caro el sofá a tu
dueña —se paró en medio de la oficina viéndolo correr de un lado a otro
como un poseso.
Alejandro reía quedo.
—Ya se calmará —aseguró divertido— déjalo que disfrute.
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–Creo que me va a dar un ataque de histeria —dijo Susana.
Respiró hondo con dificultad, de repente se le vino el mundo encima ¿es
qué no podía ver a ese hombre sin que hubiera incidentes por medio?
¿Por qué esas cosas le pasaban a ella? Flora ausente, Malena y Atila
haciéndole la vida imposible, la reunión sola, ella en el despacho
acabando de descoser el bolsillo de la chaqueta de Alejandro que debía
costar al menos seiscientos euros solo la chaqueta. Empezaba a creer
que no estaba hecha para manejarse bajo fuerte presión y los
sentimientos recién estrenados por ese hombretón no ayudaban nada—
me parece que me falta aire —logró balbucear.
—Te puedo hacer el boca a boca —sonrió un instante antes de
darse cuenta de la palidez de la mujer. Se acercó raudo y le pasó un
brazo por los hombros para llevarla a sentar al sofá destripado— me
parece que tienes un ataque de ansiedad.
—Te parece bien —intentó respirar hondo— llevo unos días que el
colofón final sería un salto mortal con pirueta doble desde el ventanal.
Por si acaso se me va la olla, no me dejes levantar —susurró dejando
caer la cabeza hacia atrás.
—Me parece que tienes mucha presión estos días —dijo él
poniéndole su mano en la frente y acariciando sus mejillas ahora frías.
El perro se subió al sofá y con total naturalidad se sentó sobre las
piernas femeninas, acomodándose tras un par de vueltas. Ella observó
el descaro del perro mientras Alejandro aguantaba una risa fuerte para
no echar mas leña al fuego.
—Ya está más calmado ¿ves? —La tranquilizó el hombre mientras
la veía ponerse roja y respirar más profundo— Ya estás recuperando el
color.
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—Lo siento. Creo que ha sido un ataque de ansiedad en toda
regla.
—En realidad lo extraño es que no te haya dado antes. Este perro
saca a cualquiera de sus casillas, y la dueña no se queda atrás.
—Siéntate a mi lado y te acabaré de quitar este bolsillo.
Él tomó las tijeras del suelo, donde habían caído cuando ella fue a
perseguir al can, y ocupó el trozo de sofá sano que quedaba al lado de
ella.
En silencio, y con el perro en las faldas, acabó de quitar los hilos
para soltar la tela.
La boca de ella estaba entreabierta, con la atención fija en no
desviar la tijera y hacerle un siete a la hermosa chaqueta. Él sintió
nublar la vista de tanto mirarla. Ella se mojó los labios. La imaginación
desbordante de Alex, lo hizo visualizar el rostro femenino ofreciéndole
sus labios. El dorso de los dedos de ella le rozaba el pecho, mientras
sujetaba la solapa. La excitación por la cercanía aceleró su respiración.
Mientras ella se concentraba en su tarea, él se calentaba. Hubo un
momento en que ella se puso bizca y él rió sensualmente.
—Ya está. Puf! —resopló ella— Si mañana me traes la chaqueta
miraré de encontrar una costurera profesional que te la deje como
nueva.
Él le retiró el cabello de delante y desvió la vista de su escote. No
necesitaba encenderse más. En otras circunstancias la besaría
aprovechando el mullido sofá, pero las circunstancias no eran las más
propias, y menos después del sofocón que se había llevado minutos
antes.
Ella retiró el perro y sacudió los pelos que se habían quedado en
su vestido. Luego fue a la pierna de él para hacer lo mismo, pues los
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pelos blancos parecían formar un “colage” informe. La evidencia de su
erección paralizó la mano que tenía intención de expulsar la pelusa. Se
lo pensó mejor y se levantó, alejándose unos pasos hacia su escritorio
para guardar la tijera.
Para él fue obvió que acababa de darse cuenta de que estaba
excitado.
—¿Qué tal si bajamos y buscamos a la dueña del perro? —dijo ella
con voz casual.
—¿Qué tal si esperamos unos minutos? Relájate para que no te
comas a Malena cuando la veas —sugirió pensando en que necesitaba
ese tiempo para relajar otra parte de su cuerpo. No era elegante
aparecer empinado de su brazo. La gente podía pensar que habían
dejado a medias algún asunto— de hecho, Atila está durmiendo como
un bendito. Sería un error moverlo.
—Podemos dejarlo aquí —contestó ella mirando la entrepierna
masculina sin poderlo evitar y desviando rápido los ojos hacia la puerta.
—Podemos. Pero no tienes ninguna garantía de que no te acabe
de destrozar el resto de mobiliario.
Ella suspiró cansina. Se sacudió nuevamente la falda y se sentó en
su silla.
Atila levantó la cabeza, como si diera por terminada su cabezada y
se agitó antes de ir directo a las piernas de Alejandro. De un saltito, se
colocó en la entrepierna del hombre y se dispuso a dormirse de nuevo.
Alex dio un respingo dispuesto a levantarse. No podía dejar que
los pelos del perro adornaran su imprevista reacción. No sería una
decoración adecuada para el bulto de sus pantalones. Ya se veía
andando por la sala con un plumero entre las piernas avisando de
antemano de su paso.
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Lo bajó con delicadeza y se levantó, sacudiéndose con cuidado. Se
fijó que ella lo miraba directamente a la mano que, suavemente quitaba
los pelos de sus “atributos”.

—Ya sabes que los hombres tenemos dos cerebros —sonrió— el de
arriba procura controlar, pero el de abajo tiene debilidad por ti —viendo
su sonrojo rió intentando quitarle hierro al asunto. Era algo bochornoso
que acabara con una erección cada vez que estaba con ella, y más, que
fuera evidente y que no se sintiera tentada a hacer algo al respecto.
Claro está que ni siquiera habían tenido un careo, ni un beso, solo
conversaciones sugerentes— pero no te preocupes, el de arriba controla
los ataques, así que estás a salvo.
—Es un alivio saberlo —dijo como la grana. Y a ella misma no le
gusto como sonó.
—Mujer —hizo una mueca triste— gracias. No sabía que era tan
desagradable.
—Y no lo eres Alejandro. Disculpa, es que no me siento cómoda
con este tipo de conversaciones y parece que contigo siempre acabamos
hablando de lo mismo.
—Eso debe ser una señal —dijo acercándose a ella.
—Sí, para que cambiemos de tema.
Ella estaba nerviosa. Intentaba parecer calmada, pero sus pechos
subían y bajaban algo agitados, para la intranquilidad de él. Si fuera
otro tipo de mujer, ya estarían en la cama desde el día de la excursión
en velero. Pese a la abstinencia, Alejandro reconocía que estaba
disfrutando de esa especie de tira y afloja. Sabía que de un momento a
otro llegaría su oportunidad y la aprovecharía.
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Se quitó la chaqueta y miró el trabajo de ella. La marca del
bolsillo yacía allí, como un recordatorio de ese momento en que ella lo
descosía mientras él la miraba intensamente.
—¿Estás… —dudó— preparado para bajar?
—Si —sonrió socarrón volviendo a ponerse la chaqueta.
Susana dejó su silla y se acercó a Atila que estaba sentado en el
sofá, muy quieto.
—Ven, vamos a llevarte con tu amita.
Cuando ella lo fue a coger, Atila salió de estampida.
Tanto Alex, como Susana, se quedaron quietos mirando como el
caniche emprendía una loca carrera. Haciendo el circuito de Le-Mans,
corriendo sin rumbo y sin descanso, daba vueltas a la sala esquivando
algún que otro mueble o pasando por encima. A la tercera vuelta
Susana se acercó a Alex.
—¿Puede ser que le hayan dado un chute de algo?
—Pues que yo sepa no conozco ningún caso, pero que este perro
lleva algo más que sangre en las venas no es una idea disparatada. A lo
mejor le ha dado alcohol —contestó él disfrutando como loco.
—Yo me pongo en un lado y tú en otro, el primero que lo coja, que
no lo suelte.
—Ja! Eso se dice rápido.
—Alejandro. Seguro que te será muy fácil interceptar a un perrito
tan pequeñín, mírale —el chucho de pedigrí ya empezaba a jadear y de
vez en cuando se paraba a tomar aliento— ¿O es que le tienes miedo?
—se envalentonó Susana mirando hacia arriba.
—Ese perro lleva el rótulo de “desastre” tatuado en la frente. Es
un peligro ¿Por qué no avisamos a Malena y que se ocupe ella?
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—¿Y dejarlo aquí solo? Te recuerdo que hace un momento me
dijiste lo contrario.
—Eso fue antes de ver que tiene un turbo en el culo —se quejó el
hombre— no sabemos si lo está medicando. A lo mejor es uno de esos
perros traumados. Piensa —bajo la voz fingiendo complicidad— Malena
lo viste como ella. Siempre van a juego. A lo mejor también le da sus
pildoritas. Porque me apuesto la cabeza a que esa mujer toma algo. Las
dos veces que la he visto siempre ha organizado alguna. Este perro,
Atila —nombró recordando— es un calco de su dueña. Líbrenos el cielo
de ambos.
—Bueno, si ya has dejado de quejarte —sonrió ella sincera y
empezando a divertirse— ayúdame a cazarlo y a devolvérselo a Malena,
con un poco de suerte, se lo llevará para calmarlo y tendremos la
reunión en paz.
—Yo no contaría con eso.
—¡Hombre de poca fe! —rió ella yendo a la esquina opuesta del
despacho para poder atrapar al perro.
Los dos, posicionados, esperaron a que el perro fuera hacia ellos.
Atila, que de estrategias sabía un rato, paró de repente. Subido a una
silla, miró hacia un lado y a otro, y ladró. Su ladrido no era nada del
otro mundo, pero fue un ladrido serio, de aquellos que te dicen que te
ven venir. Se sentó y aguardó, controlando a ambos. Alejandro se
cuadró y fue hacia él como flecha. Eso fue el detonante. Atila decidió
que ese juego le gustaba más.
Susana rió. Ver al hombretón perseguir al caniche fue demasiado
para sus nervios, carcajadas descontroladas acompañaban los
resbalones de Alejandro, que en el proceso, rompió el único botón de la
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chaqueta que estaba abrochado y se rasgó el forro. Alejandro se
enderezó y movió los brazos largos como un ave enfurecida.
—Este perro es un kamikaze. Estuve en el ejército y te digo que
Atila ha sido entrenado.
Susana rió más, juntando las piernas porque comenzaba a perder
el control de su vejiga.
Atila se acercó a ella y le dio un lametón.
—¡Atrápalo! —gritó el hombre.
Ella no tenía fuerzas. Se le habían ido todas por la boca de tanta
risa.
—Desisto —tiró la toalla Alejandro quitándose la chaqueta y
mirando los destrozos— ahora sí que está para tirar a la basura.
Susana seguía riendo ya con lagrimones corriéndole por las
mejillas, ya casi llegando a puchero.
Atila ladró de nuevo mirando hacia la puerta que se abrió de forma
sorpresiva.
—¡Mi niño! Te he buscado por todas partes. Pensaba que te habían
secuestrado.
—¡Ni de coña! —bufó Alejandro mesándose el pelo revuelto.
—¿Qué ha pasado? —dijo Malena mirando al hombre en camisa y
con la cara roja y a ella casi sentada en el suelo y con hipos casi
llorosos— ¿Qué le has hecho? —Se dirigió a él, bolso en mano y le
arreó un bolsazo en el hombro mientras gritaba— Ataca Atila, ataca.
El perro comenzó a aullar lastimeramente mientras ella golpeaba a
Alejandro, y de vez en cuando se detenía y daba una vuelta sobre si
mismo, como si quisiera morderse el rabo.
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Alejandro esquivó los porrazos mientras intentaba hacerse
escuchar. Susana se levantó como pudo sin dejar de reírse y fue hacia
ellos tratando de hablar para que Malena parara.
Alejandro se apartó y sujetó las manos de Malena, deteniendo la
bolsa asesina. Pero la mujer le lanzó un rodillazo en la ingle que no dio
de lleno pero si logró que la soltara.

A Susana se le cortó la risa de golpe y se abalanzó para
interponerse entre Malena y Alejandro. Pero Malena estaba
descontrolada. Parecía que se había ensañado con Alejandro y quería
pegarle todo lo que no había podido arrear a su ex novio. Cargó contra
él mientras estaba doblado casi en dos, llegando Susana justo a tiempo
de interceptar el ataque.
—Basta Malena ¿Qué diablos estás haciendo?
—Defenderte —chilló histérica.
—¿De qué? Él no me ha hecho nada.
—Estabas en el suelo llorando y, él parecía... —pestañeó
confundida la morena, todavía bolso en mano por si acaso.
—Me estaba riendo —explicó tranquilizadora sintiendo las manos
de Alex sobre sus caderas por detrás, como si se apoyara para soportar
el dolor.
—Pues no lo parecía —justificó Malena soltándose del agarre de
Susana y retrocediendo— Atila ven con mami.
El caniche saltó a sus brazos y ella se alejó hacia la puerta.
—Cuando queráis hacer cochinadas no llevéis a mi perro como
carabina, es muy sensible para estas cosas —bajó la voz para
cuchichear— es que es virgen.
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Cerró la puerta tras de si. Susana se volvió completamente
compungida.
—¿Estás bien?
—¿Es una pregunta capciosa? —dijo él irguiéndose del todo con
cara de no estar recuperado.
—¿Te ha dado muy fuerte?
—Digámoslo así. Podré tener hijos pero no será esta semana.
—Lo siento mucho —adujo ella realmente apenada— ¿Quieres
hielo para...?
—Jajaj —el rió— te diría que me dieras un masaje, pero supongo
que no querrás.
—¿Lo dices en serio? —dijo incrédula.
—¿A ti qué te parece? —contestó él entre dientes cogiéndose la
entrepierna y buscando sentarse.
—Estás exagerando —bufó ella— ¿Te saldrá un morado o algo así?
—Te lo enseñaría pero prefiero que no los veas ahora, no están en
su mejor momento.
—¿Te llevo al médico?
—No, gracias. Hoy ya me han tocado bastante los cojones.
Ella lo disculpó por el momento que había pasado. Vio que tenía
un arañazo al borde de la boca.
—Te sangra el labio.
—Seguro. Esa tipa llevaba ladrillos en el bolso.
—Lo siento. Se descontroló.
—No había manera de pararla. Cuando la sujeté me arreó una
patada en salva sea la parte —hizo una mueca.
—¿De verdad no te traigo algo? ¿Una copa?
—Sí. La verdad es que me iría bien un coñac o similar.
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—Vuelvo enseguida.
Susana salió del despacho echando una carrera, no vio la sonrisa
de Alejandro.
La verdad es que el golpe no había sido ni mucho menos tan
grande. Ya se le había pasado pero le encantaba verla preocupada por
él. Se relajó en el sofá destripado, las piernas abiertas y la camisa por
fuera. Tenía un aspecto bastante desaliñado. No le extrañaba que
Malena hubiera supuesto que se lo estaban montando. Rió por lo bajo
para que no lo oyeran. La verdad es que la escena era para pensar mal.
Él resoplando, sudando por la persecución y ella tirada en el suelo, con
el vestido bastante levantado y sus pechos agitándose por la risa,
mientras todo su cuerpo denotaba una catarsis.
Había sido divertido, con un poco de suerte, si la hacía sentir
culpable le diría que lo llevara a casa y lo ayudara a acostarse.



—¡Que desastre! —Gemía Malena— cuanto lo siento —repetía ante
la breve explicación de Susana mientras que preparaba un coñac para
Alejandro en el que había sido el despacho de Beto. Malena que la
esperaba fuera de su oficina y la había seguido con su perro faldero, se
deshacía en disculpas— no me digas que lo he castrado. ¡Dios mío! ¡El
padre de tus hijos!
—No es el padre de mis hijos —corrigió.
—Chica, es que cuando vi a esa mole que parecía excitado y a ti,
ahí —hizo el gesto con el brazo señalando el suelo— tirada como si te
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hubieran pegado un meneo indeseado. Bueno, digo yo, que con un tío
como ese es fácil decir a todo que sí, pero como tú eres tan cortita...
—Caray, gracias —la miró con la copa ya llena en la mano.
—Me refiero a que él es un hombre muy... quiero decir... que se le
ve muy... —hizo un gesto seductor con la cara— muy hombre, vamos,
ya me entiendes...
—Déjalo Malena. Olvídalo. Vete a casa.
—No. Si acaba de empezar la noche. He conocido a un tal Jacobo.
Un solete. Muy tímido. Tiene el pelo como mi Atila. Es tan dulce.
—¿El informático? —dijo incrédula.
—Si, trabaja con ordenadores.
—Muy dulce, ¿eh? —concedió Susana cogiendo el teléfono— Pues
vuelve con él un ratito. Yo voy a llamar a Fede a ver como va todo antes
para quedarme tranquila.
Se dio la vuelta para perderla de vista y marcó la extensión donde
se encontraba el metre.
Malena cogió la copa de coñac y con el perro bajo el brazo, cruzó
el pasillo hasta el despacho de Susana. Abrió despacio, soltó al perro
mientras contemplaba al hombre descomunalmente grande en el sofá.
Parecía recuperado. Sus piernas abiertas y relajadas. Malena no pudo
evitar sentir cierta envidia pensando en el bocado que se llevaba la
mosquita muerta de Susana, pero el mundo no siempre está
equilibrado. Respiró hondo y se dispuso a disculparse.
—Hola Alejandro.
El hombre pegó tal salto en el asiento al oir su voz que el sofá
rebotó.
—¿Vienes a rematarme? —medio sonrió.
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—No. Susana me dijo lo que había pasado. Te traigo este coñac en
señal de paz.
—No tendrá cicuta ¿Verdad?
—No —Malena rió tontamente— coñac del bueno.
—¿Y Susana?
—La dejé llamando abajo para comprobar como va todo. Ahora
viene.
—Bien.
—Atila también se quiere disculpar —buscó a su alrededor y lo vio
con un cable en la boca— suelta eso Atila. ¡Caca! ¡Suelta eso!
Los ojos de Alejandro buscaron el extremo del enchufe, pero
desaparecía tras la estantería que se movía peligrosamente pues el
cable hacía de palanca.
El perro esquivó a su dueña pero, finalmente, Malena lo alcanzó.
Alejandro respiró hondo de alivio cuando le quitó el cable de la boca,
pero su consuelo duró poco cuando la misma Malena, le dio un tirón al
cable para apartarlo de las fauces del can, provocando que la estantería
cayera con todo su peso sobre el sofá, el cable siguió su curso
saliéndose de los enganches de la pared y llegando a la lámpara
ventilador que estaba sobre sus cabezas.
Al mismo tiempo que entraba Susana por la puerta, el cable tiraba
del ventilador del techo y caía directamente sobre el torso de Alejandro,
que habiendo esquivado la estantería, y en posición precaria, no vio
venir la lámpara con las aspas.
El caos se hizo en un instante en la habitación. Alejandro, lívido.
Tumbado en el suelo con media lámpara encima. Atila escapó por la
puerta mientras Malena gritaba sin control.
—Lo he matado, lo he matado...
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—No estoy muerto. ¡Cállate ya!
Susana se arrodilló a su lado ayudándole a retirar la lámpara-
ventilador.
El resopló y trató de sentarse. Se volvió a tumbar sudando con un
latigazo de dolor.
—Me parece que ahora si que tendremos que ir al médico.
—¿Qué te pasa? —dijo ella cogiéndole la mano mientras Malena le
sobaba el pecho en busca de heridas.
—Ah —se quejó apartando las manos de la morena— tengo
algunas costillas rotas. Malena, estate quieta, por el amor de Dios.
—Déjale ya Malena. Le haces daño. Voy a llamar a la ambulancia.
—No —abrió los ojos desorbitadamente Alejandro— ni se te ocurra
dejarme solo con ella otra vez. Que telefonee ella.
—Ni que lo hubiera hecho a propósito —resopló ofendida Malena
mientras se levantaba yendo al teléfono.
—¡No entiendo como ha podido pasar esto! —lamentó Susana que
todavía sujetaba la mano de él.
—Sí no fuera porque sé que sería de paranoicos, diría que Malena
y su perro están compinchazos para matarme. Que sincronía. Parecía
todo un juego de esos que cae una ficha y el resto le sigue —rió y tosió.
—¿Te duele?
—Sí, no es nada grave. Serán un par de costillas rotas. Dificulta la
respiración. No pongas esa cara. Solo necesito reposo y cuidados y en
un par de semanas estaré bien.
—La ambulancia viene de camino —dijo Malena colgando y
mirando la escena desastrosa de la oficina— esto ha quedado horrible.
—¿Alguien puede avisar a mi hermana Gloria?
—Voy yo, y de paso busco a Atila, pobrecito, debe estar asustado.
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—Sí. Eso —repitió Alejandro viéndola marchar— pobrecito. Eso es
un lobo disfrazado de cordero. Tenías que haberlo visto. Te digo que
está adiestrado. En un momento tiró del cable y tumbó la estantería que
pude esquivar, pero no vi la lámpara que seguía al cable. Tendré que
llamar a un amigo del ejército para ver si están en nómina —sonrió
intentando que ella cambiara el semblante— anda, ayúdame a levantar.
—No. Puedes ponerte peor.
—No puedo doblarme, pero necesito respirar y así no estoy
cómodo.
—Es mejor que esperemos a los paramédicos.
—Me he roto las costillas dos veces —dijo él— ¿Me ayudas tú o lo
hago solo?
—Cabezota.
Con más facilidad de la que se esperaba logró levantarse y se
sentó, recto, en una silla que ella le acercó. En ese momento llegó
Gloria corriendo y preocupada y se oía el eco de una ambulancia.
En menos de diez minutos, Alejandro se iba con su hermana y los
enfermeros, y Susana daba instrucciones a Fede para que se ocupara de
todo. Fue al baño y salió escopeteada para la clínica.
Llegó veinte minutos después que la ambulancia.
Fue a recepción donde estaba Gloria en espera.
—¿Sabes algo?
—No. Se lo llevaron hace diez minutos. Conociendo a mi hermano
no tardará en salir por esa puerta caminando.
—Me ha dicho que cree que tiene costillas rotas.
—Si lo ha dicho él, será eso. Hace años en unas vacaciones se le
calló un saco de arena encima mientras descargaba un camión y se le
rompieron dos costillas. Estuvo casi un mes convaleciente. Era
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inaguantable. Cuando se encuentra mal es como un crío de ciento diez
kilos.
—Estoy muy preocupada.
—Tu despacho ha quedado para película de terror.
—El seguro cubrirá parte y el resto lo pondremos como mejoras.
Eso no me preocupa.
—Por él no sufras. Es un superviviente nato.
—Eso debe de doler.
—Seguro —sonrió Gloria mirando hacia la puerta.
—¿Te estás riendo?
—Es que de camino me contaba Alejandro lo que había pasado y
no es para menos que reírse. Aunque me va amargar el viaje —miró el
reloj— voy a llamar para ver si estoy a tiempo de anularlo.
—¿Por qué?
—Porque tengo que quedarme a cuidar a mi hermano. Tendrá que
hacer reposo durante unos días y es mejor que no se levante. Hay que
darle de comer, ayudarlo a bañarse.... en fin... no me puedo ir.
—Pero... —carraspeó Susana sintiéndose culpable— yo puedo ir a
verlo una vez al día a ver si necesita algo.
—Gracias Susana pero estará convaleciente. Necesita ayuda
constante.
—¿Tan grave es? —puso cara de horror.
—Un mal movimiento y las costillas se pueden clavar en el
pulmón. Respirar es muy doloroso hasta que se suelden las costillas.
—Pero este viaje es importante para ti.
—También lo es mi hermano —concluyó sacando el teléfono del
bolso.
Ella le detuvo la mano.
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—Espera. Tú crees que si lo llevo a mi casa y lo cuido yo ¿él
aceptaría?
—¿Podrías hacerlo?
—Los días de trabajo, solo los medios días y noches estaría con él,
y el fin de semana entero.
—Si está de acuerdo, estupendo.
—Así tú no pierdes tu seminario y él está cuidado.
—Te gusta, ¿verdad?
Ella se puso roja y pestañeó sin saber que contestar, pues decir
“no” era mentir, pero no quería ser tan sincera con la hermana de él.
—Me siento en cierta medida responsable de lo sucedido.
—Él no te culpará —aseveró Gloria guardando de nuevo el móvil.
—Lo sé.
—Lo que si hará será explotarte. No he visto a nadie dar tantas
órdenes desde la cama sin moverse y con cara de víctima.
—Sabré manejarlo.
—Ja! Eso decía mi madre mientras corría de un lado a otro para
complacerlo.
—Sí que me animas.
—Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión.
—Ya es tarde —susurró viéndolo venir.
Venía en una silla de ruedas guiada por una enfermera que
sonreía contenta mientras le hacía comentarios.
Tenía el torso vendado y la camisa puesta pero abierta totalmente.
El cinturón del pantalón colgaba sin abrochar, aunque la pretina del
pantalón permanecía cerrada.
Hacía cara de cansado y tenía el pelo revuelto, pero sonreía.
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—Necesita reposo absoluto durante unos días. Cero esfuerzos,
nada de levantar pesos —cantaba la enfermera.
—Está de vacaciones, así que no será difícil que se mantenga
ocioso —explicó su hermana.
—Le he dicho que mejor se quede un par de días aquí, podríamos
aliviarle el dolor y vigilarlo, pero no quiere —dijo la enfermera.
—No me gustan los hospitales. Están llenos de enfermos —
masculló él levantando levemente la cara que no estaba muy lejos de la
de Susana y la enfermera.
—Ya le he dado a él las instrucciones. Por lo visto es repetidor —
sonrió la mujer con la bata blanca— esta receta es para el dolor.
Estaría bien que volviera en una semana para hacer otra radiografía.
—¿Cuántas costillas son? —preguntó temerosa Susana.
—Tres —contestó la enfermera— les dejo. No olviden firmar en
recepción y pedir hora para la próxima semana.
—Muchas gracias —dijeron los tres.
Susana y Gloria se miraron antes de que la última empezara a
hablar.
—Iba a cancelar mi seminario...
—No hace falta hermanita —le interrumpió alzando los brazos para
que lo ayudaran a levantarse.
Se colgó de los hombros de las dos y, una vez de pie, caminó
despacio apoyándose un poco en ellas.
—Susana se hará cargo de ti —informó Gloria.
Él se detuvo. Miró a su hermana y luego a Susana que tenía la
cabeza justo debajo de su axila.
Cuando la había visto en la sala junto a su hermana, su corazón
había dado un vuelco. No estaba seguro de encontrarla allí. Sobretodo
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después de cómo se quedaba su despacho. Un calor placentero le había
recorrido el cuerpo y su pensamiento más inmediato era usar sus
costillas rotas para provocar que ella lo visitara. Y ahora había oído
una frase que casi lo hace caer sentado en el suelo de puro gusto.
—¿Qué quieres decir?
—Que para que yo no deje de ir al seminario y me quede
tranquila, Susana se ocupará de cuidarte.
—¿Y cómo...? —Empezó a preguntar pero se entusiasmó tanto que
tosió y ellas se preocuparon.
—Ahora pasaremos por casa para recoger tus cosas y te vas a
casa de Susana. Así te tendrá vigilado. Yo me voy mañana jueves por la
noche. Si se te olvida algo hoy, te lo traigo yo mañana antes de irme —
lo miró fijo, nariz con nariz— prométeme que te portarás bien.
Él estaba sonriendo de oreja a oreja, sin disimulo.
—ainsssssssss, como te quiero hermanita —dijo alargando los
labios para besarle bajo la nariz— me dejas en buenas manos —se giró
cambiando el semblante a uno de pesar, para lucir gloriosamente
dolorido— muchas gracias Susana. Sé que me cuidarás.
—En mi casa tengo mis normas.
—Soy muy obediente.
Siguieron caminando.
—Los días de oficina estaré menos en casa pero ya tienes mi
teléfono.
—Para urgencias.
—Sí, para urgencias.
—¿Y me dejarás ponerme tus bragas? —dijo burlón ganándose un
coscorrón y una disculpa cuando se quejó por las costillas.
—Tu hermano está mal de la azotea —sentenció Susana.
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—Es cosa de familia —contestó Gloria sintiendo el pellizco que le
propinaba su hermano.
—Esperad aquí. Voy a por el coche —dijo alejándose Susana.
Cuando se quedaron solos él se soltó y le dio un tremendo abrazo
a su hermana.
—Mil gracias.
—Oye ¿cuántas costillas dices que te has roto?
—No es para tanto. Pero este pequeño accidente me llega como
anillo al dedo.
—Yo no lo diría así —sonrió Gloria— parece que te tiene
enganchado la pelirroja.
—No lo sabes tu bien. Se me estaban acabando las excusas para
verla. No me acepta ninguna cita —masculló con una mueca.
—Una que se te resiste ¡Eureka!
—¿De cuando acá he sido yo un calavera?
—No. Cierto. Pero cuando una te gusta —chasqueó los dedos—
Rapidito cae a tus pies. Salvo un par de excepciones.
—Pues esta es otra que rompe la regla. Es dura de pelar. Y
necesito tiempo para conocerla y que vea que soy un buen chico.
—Bien. Ya tienes ese tiempo. No lo desperdicies.
—Ni pienso, jajaja.
—Pon cara de enfermito que viene ya con el coche.
—Estoy enfermito —dijo con un puchero fingido.
—Cuentista —rió su hermana moviendo la cabeza.



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CAPÍTULO 5

...¿Dónde está el rey de la casa?
Cuchicuchi....

Llegaron a casa de Susana cerca de las once y media de la noche.
Abrieron la maleta de él y colocó la ropa interior en los cajones de
arriba de la cómoda de la habitación de invitados. Quitó las sábanas y
toallas de los dos siguientes cajones y los colocó en el altillo del armario.
Ordenó camisetas y pantalones de chándal y puso sus utensilios
en el baño a compartir.
—Bien —ella se dio la vuelta para mirarlo de frente— en este
mueble está tu ropa. En el lado derecho del armarito del lavabo están
tus cosas. Te dejo en esta silla —señaló— una toalla grande y dos
pequeñas. La ropa sucia se pone en la cesta del baño. Las sábanas
están limpias, de hecho son las que usaste el otro día —se sonrojó un
poco— todavía no las había cambiado. Ya sabes donde está la cocina y
el lavabo.
Él, sentado en el borde de la cama, la contempló seriamente.
—Te agradezco enormemente que te hayas ofrecido a cuidarme.
Procuraré ser lo menos molesto posible.
—Es lo menos que podía hacer, después de lo ocurrido ¿Tienes
alguna pregunta?
—Sí, hasta que me pueda agachar necesito que me ayudes a
quitarme los zapatos, bueno... —hizo una mueca inocente— de hecho no
puedo hacer el esfuerzo de bajarme los pantalones.
Ella abrió mucho los ojos. Boqueó un par de veces y asintió.
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—Deja que me ponga cómoda. No aguanto más estos tacones. En
cinco minutos, vengo y te ayudo a acostarte.
Ella salió de la habitación cerrando los ojos y maldiciendo por lo
bajo ¿En qué jaleo se había metido? Tendría que ayudarle a vestirse y
desvestirse. Ni que decir de la ducha. Gimió entre deseosa y
preocupada. Se metió en su cuarto y se quitó, rauda, el traje. Se colocó
una camiseta ancha y los pantalones de un chándal negro. En zapatillas
y con el pelo recogido en una coleta, se miró en el espejo.
De repente sonrió a su propia imagen. El asunto tenía su miga,
pero también había unas ventajas adicionales interesantes. Tenía la
excusa de tocarlo sin que hubiera una falsa interpretación. Podía estar
con él y disfrutar su compañía y él estaba demasiado dolorido para
intentar algo con ella. Eso le daba tiempo para probarse a si misma.
Indagar en su deseo por él.
Respiró hondo y, valientemente, se encaminó a la habitación de
invitados.
El la esperaba resignado. Con cara de cansado. Sin decir nada,
ella le ayudó a quitarse la blusa abierta. Los zapatos, calcetines... lo
miró arrodillada ante él.
—Será más fácil si te levantas. Así los pantalones caerán sin
esfuerzo.
—Antes me gustaría ir al baño.
—Claro ¿Necesitas ayuda?
—La puedo sujetar solo, gracias —sonrió bromeando pero en
cierto modo incómodo.
Lo dejó a solas y se fue a la cocina.
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Escuchó el grifo mientras preparaba una tortilla a la francesa.
Abrió un pack de salmón ahumado y sacó tostadas. Cuando escuchó la
puerta corrió hacia allí.
—¿Todo bien?
—He hecho pipí, me he lavado detrás de las orejas y los sobacos.
Solo falta que me arropes mamá —contestó lacónico.
—Ya me dijo tu hermana que eras muy mal enfermo —señaló
ella— así que haré que no te escuché. He preparado una cenita ligera.
Ven.
Él caminó despacio sujetándose las costillas vendadas. Llevaba los
pantalones puestos, pero iba descalzo.
—Te voy a traer unas zapillas nuevas. Las compré para mi
hermano mayor, pero nunca veo el momento de dárselas. Te estarán
algo pequeñas, pero te aislarán del suelo.
—No hay problema, es parquet. No soy una flor delicada Susana.
Cuando necesite tu ayuda te la pediré.
—Por tu mal humor diría que ahora te duele y mucho.
—No estoy dando saltos de alegría — refunfuñó— tomaré algo
sólido para tomarme un calmante y me echaré a dormir.
—Es una excelente idea —dijo ella ofreciéndole asiento.
El cenó despacio. No se acabó lo que ella le había servido y se
tomó la pildorita para irse a dormir.
Ella lo acompañó a la cama. Le desabrochó los pantalones, que
cayeron al suelo, y le ayudó a quitárselo sin mirar otro sitio que sus
tobillos. Luego alzó la sábana para cubrirlo y le deseó buenas noches.
—Cualquier cosa que necesites. Llámame —recordó antes de salir
sin cerrar la puerta.
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Él se quedó acostado. Mirando el techo. Le dolía todo el cuerpo y
eso lo ponía de mal humor inevitablemente. Cuando mas solícita era
ella, más se enfadaba él. De repente, ya no le hacía tanta gracia que
ella le viera en ese estado lastimero. No recordaba que doliera tanto el
asunto. Masculló una sarta de tacos. Le costaba tanto respirar que su
cerebro no podía registrar nada más. Cuando ella le quitó los
pantalones, agradeció lo impersonal de la ayuda. Con la libido por los
suelos, lo único que quería, era dormir.



Susana se despertó a las seis y media de la mañana. Quería
ducharse y atender a su “invitado”. A las siete ya estaba vestida y con el
desayuno preparado. Con el olor del café antecediéndola, fue al cuarto
de Alejandro con tiento, por si acaso estaba dormido.
Lo encontró sentado en la cama, con cara de haber pasado una
pésima noche. Tenía el pelo revuelto y no tenía cara de buenas pulgas.
—No me digas buenos días porque no lo son —se anticipó a su
saludo el hombre— aunque ese café puede ayudar a mejorar mi humor.
Ella se acercó y se sentó en el borde de la cama mientras le daba
la taza de café azucarado como le gustaba a él.
—He intentado hacer la espumita, como a ti te gusta, pero no me
ha salido.
Él sonrió tierno, agradeciendo el gesto.
—No te preocupes, hay que tener un buen juego de muñecas —
tomó un sorbo— umhhhhhhh, se puede mejorar, pero no está nada mal
—tiró la cabeza hacia atrás.
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—Te traeré una bandeja con unos croissants y otra taza de café.
—No tengo mucha hambre —dijo entre dientes apurando el negro
líquido.
—Te lo traeré de todos modos. También pondré el alargo del
teléfono y lo traeré hasta tu mesilla, por si necesitas algo. Yo me iré en
veinte minutos. Si quieres que te ayude a ir al baño...
—Puedo ir solo.
—Por favor. No te enfades. Ya sabes que no puedes hacer
esfuerzos, y levantarte y volverte a sentar puede resultar doloroso. Yo
solo quiero ayudar.
—Si me das un beso, dejo que me ayudes a levantarme para ir a
hacer pipí —dijo tan serio que ella se quedó algo perpleja.
—Escucha grandullón impertinente, te voy a cuidar, a dar de
comer en la boca si es preciso, y por supuesto te ayudaré a ir a hacer
pipí. Pero los chantajes te los guardas para cuando pueda pegarte un
buen empujón sin sentirme culpable.
—Mala mujer.
—Aprovechado —masculló ella con una sonrisa de medio lado.
—¿No te doy pena? —Hizo un mohín.
—Ninguna. Pena me doy yo que tengo que ir a trabajar mientras
tú te quedas a guardar la cama. Te traeré el carrito de la tele. Aquí
tengo antena y te la enchufaré. Se te hará mas corta la mañana.
—Creo que dormiré más que otra cosa.
—Como quieras.
Se levantó. Esa mañana se había hecho una coleta algo más
arriba de la nuca y llevaba unos pendientes de aros de oro. Vestía
pantalón estrecho azul marino y blusa vaporosa de color rosa. Los
tacones eran de aguja y ella sen sentía guerrera ese día.
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Hizo lo del teléfono y también, pese a su comentario, lo de la
televisión. Mientras ella hacía toda la operación, él la contempló
comiendo a dos carrillos casi la bolsa entera de bollos y se sirvió dos
cafés más, añadiendo cuatro cucharadas de azúcar cada vez.
—¿Te ayudo a ir al cuarto de baño? —dijo ella mirando el reloj.
—Con que me ayudes a levantarme está bien —accedió él algo
reticente.
Le retiró la bandeja con el desayuno finito y apartó la sábana. Él
llevaba un pantalón de chándal.
—¿Cuándo te has puesto los pantalones? —se extrañó ella
preocupada.
—Esta madrugada. No me pasearé en calzoncillos en casa de una
señorita —contestó contrito.
—Vaya. Podías haberme avisado. Te los habría puesto yo.
—Eso era precisamente lo que quería evitar —la miró molesto.
—Pues haber como te piensas que te ayudaré a bañarte.
—Con cuidado —atajó— eso seguro. No estoy en condiciones de
mostrar mi mejor estado físico.
—No seas ridículo. A mí no me importan esas cosas. Estás
enfermo.
—Ves. A eso me refiero —dijo alzando la voz.
—No te entiendo —alzó los brazos ella con exasperación.
—Ni falta que hace —dijo él tendiéndole los brazos para que le
ayudara a alzarse.
—Así. Despacito —decía ella pasando el brazo masculino por
encima de sus hombros para que él no hiciera tanto esfuerzo.
Lo acompañó al baño y él entró. Mientras caminara recto y no se
inclinara...
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Ella se adelantó, abrió la tapa del water y lo miró con un sonrojo
circunstancial.
—Te espero fuera —dijo ella.
—No hace falta —remedió él— vete tranquila.
—¿Me llamarás si necesitas algo? —Indagó insegura mirándolo allí,
en medio del baño, desgreñado en pantalón de chándal y con el torso
vendado.
—Sí.
—Bien —carraspeó— vengo como a la una y media, dos.
—Aquí estaré.
Ella cerró la puerta y se fue. No se iba muy tranquila. Su aspecto
desaliñado y su visible malestar no eran teatro. Enfilo para el trabajo
con preocupación. Como si no tuviera suficientes cosas en que pensar.
Susana trasladó su despacho momentáneamente al de al lado.
Xisca y su equipo estuvieron toda la mañana limpiando y dejándolo en
orden para que el lampista pudiera arreglar el problema de la lámpara
que había sido arrancada de cuajo. Ese día, quedaría su oficina lista
para que la reocupara al siguiente.
Nada más llegar al trabajo se encontró a Beto hablando con Lalo
Rubio. El director de escena. Se unió a ellos y en cuanto llegaron
Fernando Subirats, sus socios y Flora, empezaron la reunión. Más tarde
llegó Mer González. Flora quedó encantada con ella. Era totalmente
adecuada para el puesto. Carmen Toledo, también fue del agrado de
Flora.
Rebeca les dio los dossiers que estaban preparados para ese día.

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2

Beto, aceptó ayudar en todo lo que pudiera mientras estuviera en
Barcelona. Aproximadamente un mes más. Beto y Carmen congeniaron
estupendamente. Carmen le seguía sus descaradas bromas con soltura.
Flora, después de enterarse del desastre de la noche anterior,
convino en ir a ver a Alejandro esa noche, antes de volver al hospital
con sus suegros.
A las doce, Flora, después de dos entrevistas a telefonistas, se fue
al hospital un rato.
Malena, apareció a las doce y media, Atila en banda, dispuesta a
ayudar en lo que hiciera falta.
—No he podido dormir en toda la noche. Qué mal me sentía —se
rió desmintiendo lo dicho— lo siento. Cuando recuerdo como lo atizaba y
la patada que le di en los santos cojones.
—Sí. No fuiste muy amable —comentó Susana por lo bajo.
—Quiero compensarle. Me ha dicho Rebeca que está en tu casa —
sonrió maliciosamente— así que, como tú estás muy ocupada, yo le
cuidaré.
—No hace falta —se apresuró a decir Susana.
—Sí que hace falta. Tengo un peso enorme sobre mis hombros.
Casi lo parto en dos. Pobrecito. Tengo que hacer algo. Dame tu
dirección.
—Malena. Está convaleciente. Necesita reposo —le explicó
comprensiva.
—Y yo limpiar mi conciencia —miró a Atila que le dio un lametón
en la barbilla— Atila está muy triste. Sabe que hizo mal. Fue un
accidente, pero provocó un desastre. He de decir que no suele ser tan
malo.
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El perro, llevaba un símbolo “Om” en la coleta del entrecejo. De
las orejas parecían salirle unas cadenas finitas como si simulara unos
pendientes enormes o una corona. En la cola llevaba un fajín de color
burdeos que le daba un aspecto elegante y estrafalario.
Malena iba con tejanos y un jersey malva con motivos celtas. No
iba tan maquillada como las últimas veces que la había visto y su estado
era, en general, bastante normal.
—Puedes quedarte tranquila. Ahora voy a darle de comer.
—Estupendo —se entusiasmó Malena— tú ya estás bastante
estresada. Yo cocinaré para los dos y así os podréis relajar. Que buena
falta que te hace. Llevas un ritmo acelerado que no sé como lo
aguantas. Oh, mira —dijo tierna viendo como Atila le hacía ojitos a
Susana mientras le daba con la pata— te ha cogido cariño.
—Me parece a mí que este perro sabe álgebra —sonrió
acariciándolo sin poderlo evitar— la verdad es que no hace falta que te
molestes.
—Insisto.
—Bien —suspiró encogiéndose de hombros— dame unos minutos y
nos vamos.
Ya cerca de la una, fueron en sus respectivos coches.
Había llamado a Alejandro hacia las diez de la mañana, y él había
contestado rápidamente, asegurándole que todo iba bien.
No lo avisó de la visita, porque a lo mejor huía del apartamento.
La intención de Malena era buena, pero después de lo ocurrido era para
esquivarla.
—Ya estoy aquí y traigo visita.
Alejandro apareció de la puerta de la cocina. Llevaba una camiseta
con el logo: “soy algo más que carne” y con el mismo pantalón de
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2

chándal que se pusiera esa madrugada. Estaba bien peinado y lucía una
sonrisa amplia y alegre. En cuando vio a Malena y a Atila, abrió los ojos
e hizo el símbolo de la cruz con los dedos.
—¡Va de retro! —dijo sin avanzar más— No des un paso más —
miró a Susana— ¿La has traído para que acabe conmigo?
—No seas paranoico —contestó Malena— he venido a disculparme.
—Ya —frunció el ceño y bajó las manos— la última vez que te
disculpaste acabé con tres costillas rotas. Por no mencionar tu ataque
anterior.
—Fue un malentendido —puso cara de súplica— no seas
rencoroso.
—Y no lo soy. Es que te tengo miedo —dijo acercándose a Susana,
que sonreía. La abrazó en un apremiante grito silencioso de ayuda—
protégeme —no la apretó mucho, pero la rodeó con sus brazos— estoy
en tu casa. No quedaría bien que acabara cadáver ¿Cómo se lo
explicarías a la poli?
—Exagerado —lo riñó acariciando su vendaje por debajo de la
camiseta— ¿Cómo estás?
—Muy bien, hasta hace un momento —miró de reojo a Malena.
—Se ha ofrecido a hacernos la comida. Quiere resarcirte por lo
ocurrido.
—Ya la hice yo —contestó Alex soltando a Susana que se iba a
dejar el bolso y que se encaminaba hacia la cocina.
Malena soltó a Atila, que fue directo tras Susana.
—Pues yo he comprado un par de cosas para haceros un plato rico
—torció la boca. Lo preparo en un santiamén. Os chupareis los dedos.
Yo cocino como un ángel.
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Alex vio que Malena se dirigía a la cocina también. Con reticencia,
siguió a las mujeres. Desde la puerta observó como Susana sonreía
encantada ante el braseado de verduras y las fajitas de atún con
bechamel que había preparado. Lo miró con admiración.
—Eres una caja de sorpresas.
—Quería impresionarte.
—Lo has conseguido —sonrió Susana encantada.
—Sí. Yo también estoy muy impresionada —añadió Malena— un
hombre que sabe cocinar —lo miró de arriba abajo— ¿Tienes novia?
—Estoy… —balbuceó espantado— tengo, voy con...
—Está saliendo conmigo —lo salvó Susana.
—Me lo temía. Lo sospeché en cuanto supe que estaba en tu casa.
Y ahora cuando te ha abrazado al llegar... pero debéis tener cuidado —
miró ceñuda a Susana— no se pueden hacer “cositas”, en su estado.
Alex estaba mirando a Susana. Sabía que había dicho que salían
para salvarlo de Malena, pero le gustó como sonó esa afirmación.
Escuchó lo que dijo la mujer sobre los peligros de practicar el sexo en su
estado y sonrió ante el sonrojo de Susana.
Esa mañana se había sentido mejor. Le dolía y a ratos le costaba
respirar, dependiendo de la postura, pero se había propuesto
aprovechar esa semana y conquistarla. Veía muy fácil el acercamiento.
Estaba en su casa, la veía todos los días. Dormían casi puerta con
puerta. Compartían el baño.
¡Dios! —se dijo a si mismo— sino fuera por el pequeño
inconveniente de que no estaba en condiciones de hacer el amor, iría a
por todas. Podía haberse roto la pierna, en vez de las costillas. También
era mala suerte.
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—No te preocupes —sonrió Alejandro entrando en la cocina y
dándole un beso en la coronilla a la pelirroja— Susana es una mujer
muy delicada. Me cuida, me mima, y no me deja hacer “cositas”.
—Oh, por favor —gimió Malena— dejemos de hablar de cochinadas
que desde que me dejó mi novio estoy muy sensible.
—¿Cochinadas? —repitió Susana, aunque no tenía la intención de
que se oyera, pues era un eco en su mente.
—Sí, cariño —contestó Alejandro desde detrás de su oreja— se
refiere a esas “cositas” que hacemos.
Ella no contestó. Ni siquiera sabía como habían acabado hablando
de eso.
—Bueno, dejando aparte ese tema antes de que moje las bragas,
volvamos a la comida —dijo Malena yendo al fregadero.
Susana se puso como la grana sintiendo una vergüenza ajena
nada envidiable. No le molestaban los comentarios, pero sí que
estuviera Alejandro delante. Éste rió y miró a Susana que, a su lado,
cruzaba los ojos y se sulfuraba.
—Tranquila —la consoló en voz baja— esta mujer no tiene
remedio.
—Te he oído —gritó Malena llenando una ensaladera de agua para
ponerla en el piso y que bebiera Atila— soy una mujer moderna. Acabo
de pasar un trauma —respiró estruendosamente— mi novio era un
hombre muy potente. Como mínimo le dábamos al asunto tres veces
por día. El fin de semana podían caer siete polvos. Nos ocupaba un rato
bueno de las veinticuatro horas. Y ahora, de repente, puf... nada de
nada.
—¿No íbamos a dejar el tema? —dijo tristemente Susana bajando
la cabeza.
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–¿Y con quien voy a hablar? —Comenzó a lloriquear— tu eres
hombre Alejandro ¿Cómo puede un tipo darte caña cada día durante
meses y de repente decirte que ama a otra mujer? Dímelo.
—No todos los hombres son así —la consoló acercándose a ella y
obligándola a sentarse en la mesa de la cocina, mientras Susana cogía a
Atila para calmarlo pues ya iba por su tercer aullido— ese no era una
buena persona.
—Me hacía encerrar a Atila en el cuarto de los trastos porque decía
que tenía alergia. Mi perrito se deprimió y comenzó a adelgazar. Lo
quería tanto. Hice todo lo que él quiso. Todo —lloró derrumbando la
cabeza sobre el pecho de Alejandro, que dio un respingo por el golpe
cerca de su esternón.
—Era un capullo.
—Era mi novio —lloró más fuerte.
Alex la calmó como pudo, y ella dejó de berrear para hipar.
Susana se quedó en el dintel de la puerta de la cocina con Atila en
brazos.
—Quizá si no hubieras sido tan complaciente, él te hubiera
valorado más —dijo Susana— dejaste de ser tu misma para ser como él
quería.
—Tienes razón. Pero hacía tanto tiempo que nadie estaba por mí
—sorbió ruidosamente— le gustaban mis comiditas y mis masajes.
Susana resopló.
—Me parece que eras su esclava —dijo Alejandro acariciando su
cabello negro— Una pareja es un igual. Cada uno tiene su rol, pero el
respeto tiene que ser mutuo. Si siempre se sacrifica el mismo, no puede
acabar bien. Cálmate ya, que me estás mojando las vendas.

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—¿Ves? ¿Por qué no encuentro hombres como tú? —levantó la
cara con el rímel corrido hacia el rostro de Alejandro. Éste le palmeaba
la espalda y le tocaba el cabello consolándola— Así, grandote, macho,
tierno, sabes confortar y eres muy sexy —ladeó el cuello y miró a
Susana con Atila en los brazos— ¿De verdad estáis saliendo? —Alex se
apartó ligeramente y carraspeó— ¡Qué suerte tienes!
—Deja de llorar —apremió Susana— Atila sufre tanto como tú.
Míralo —el perro aulló lastimosamente ante su tono, lo que le dio una
ligera pista de que estaba acostumbrado a esos espectáculos. A lo mejor
hasta lo había adiestrado para que aullara al menor signo lastimero.
—Pobrecito mi niño —se fue hacia él y lo cogió de sus brazos
achuchándolo fuertemente.
El perro sacó la lengua y estiró el cuello. Sus ojos saltones miraron
a Susana con resignación y cierto sofoco. Como si de una costumbre se
tratara, Atila lamió varias veces la mejilla de ella y esta sonrió.
—ayyyyy, como me quiere mi niño —gritó entusiasmada.
—¿Comemos ya? —Sugirió Alex— se enfriará la comida.
—De acuerdo. Pero esta noche cocino yo —dijo resuelta Malena
mientras buscaba un plato y unos cubiertos para añadir a la mesa del
comedor que estaba puesta para dos.
Susana miró con resignación al hombre.
—Ves a sentarte —le dijo ella— Yo llevo la comida.
—Te ayudo.
—No. Descansa —sonrió tierna— y entretenla un poco.
—No me dejes mucho rato a solas con ella —la miró suplicante.
Tengo miedo de que me deje embarazado.
—Bruto —rió ella tirándole el trapo de la cocina que vino de
regreso aterrizando en su regazo.
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Desde luego, no era lo que Alejandro había planeado para ese
medio día.
Con el sudor de su frente, había cocinado con ilusión. Quería que
Susana conociera su faceta hogareña. Un hombre que estaba dispuesto
a compartir las tareas del hogar. Que sabía fregar y anticiparse a las
ocasiones.
No quería seducirla, pero sí que le tentaran sus artes culinarias.
Tenía pensado cocinar cada día. Esperarla con todo hecho. Mimarla,
mientras se dejaba mimar.
Claro está que con sorpresas como Malena era bastante difícil la
cosa.
Cuando Susana le dijo que Flora pasaría esa noche a verlo, se le
fue al traste la cena con velitas que planeaba.
Pues si viviendo con ella era tan complicado ¿Cómo lo tendría sin
el acceso privilegiado que le daba estar en su casa?
Malena no era tan mala compañía una vez pasado el ataque
depresivo. Lo malo era que estaba más sola que la una y se había
agarrado a Susana, y por ende a él, como una tabla de salvación.
La comida estuvo deliciosa y las dos alabaron su trabajo.
Él no disfrutó mucho, pues comer no era todavía una tarea
sencilla en su estado.
Esperaba encontrarse mejor al día siguiente.
Cuando se fueron las dos. Después de recoger y fregar. El se
acostó a descansar la cabeza, que le dolía más que las costillas.

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Susana tuvo una tarde de aquellas en las que no hay tiempo ni
para ir al baño. Eran ya las ocho y media cuando tuvo la ocasión de irse.
Flora todavía estaba en su despacho.
—Yo ya me voy —se despidió— ¿Todavía tienes intención de ir a
ver a Alejandro?
—Sí. Hablé con Carlos hoy y le prometí que mañana le diría como
está. Se rió mucho cuando le conté lo que había ocurrido.
—Me lo imagino. Mientras no me despida —sonrió cansina.
—Lejos de eso. Cuando le dije que estaba en tu casa, y por qué,
rió todavía más.
—Estás segura de que son amigos, porque es para mosquearse.
Flora sonrió ladinamente sin contestar.
—Déjame buscar el bolso. Te seguiré con mi coche. Luego me iré
a casa. Esta noche se queda mi suegra con él. Lo sacaron hoy de la
U.V.I. por el momento está bien, pero no puede recibir visitas, salvo las
nuestras. Está cansado pero parece que saldrá de esta.
—Me alegro mucho ¿Y Manolo?
—Pues más tranquilo. Cambió los turnos para poder estar más por
su padre. Los compañeros se han portado muy bien.
Salieron del edificio sintiendo esa brisa fría de Abril en la noche,
casi increíble después de un soleado día.
—¿Qué raro que no haya venido Malena?
—Calla, calla —se santiguó de broma Susana— si ha pensado que
cumplió con la visita del medio día, mejor que mejor. Es una buena
chica, pero es un poema. Aunque le estoy cogiendo cariño al perro.
—La verdad es que se ha de reconocer, que Atila es un rato
espabilado. A ver en que reunión la encajamos.
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2

—Pues estoy en duda. Le preguntaré a Beto que volverá mañana.
—Yo creo que estaría mejor en tratamiento una temporada y
alejada de las relaciones.
—Pues ella está convencida que otro amor le hará olvidar a su ex
novio. Por lo visto tenían una intensa vida sexual.
—Eso no es amor. Es sexo. Hasta necesidad. Pero amor... —negó
con la cabeza— si la ha dejado de un día para otro y ya tenía a una
sustituta... —chasqueó la lengua— El tipo la usó hasta que encontró a
otra.
—Tiene la autoestima por los suelos.
—No es agradable que a una la abandonen. Pero no es el fin del
mundo. Hay que aprender a vivir sin esa dependencia del otro. Hay que
llenar sus horas con actividades. Ya miraremos.
—Ahí está mi coche. Te espero en casa.
Susana llegó unos minutos antes que Flora y como la vio aparcar,
la esperó en el portal.
Subieron juntas, abrió la puerta y... “voilà”, Malena en delantal y
con una bandeja en la mano.
—Hola. Que bien, pondré un plato más. No pensé que tardaras
tanto, tengo la comida en el horno.
—¿Y Alejandro? —se preocupó Susana con cara de pánico.
—En la cocina pelando plátanos. Voy a hacer el postre. Plátano
frito, rebozado con chocolate.
Susana corrió a la cocina y entró. Alejandro estaba sentado en una
silla con Atila en las piernas y, en efecto, pelando plátanos. Parecía
divertirse, pues sonreía.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
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—Deberías verte la cara —le brillaron los ojos de diversión— llegó
como hace una hora. Pensé que eras tú que te habías olvidado las llaves
y la abrí.
—Ha estado ocupada —miró la cocina totalmente recogida con
delicioso olor.
—Hay un pescado en el horno. Me ha cambiado las sábanas. Ha
fregado el lavabo. Cambiado el florero. Y preparado un bacalao con
puerros que huele de maravilla.
—Es un alivio —respiró acercándose a saludar a Atila que le gruñó
cuando intentó acariciarle— ¡Eh! ¿Qué le pasa a este perro? Me ha
enseñado los dientes.
—Se ha erigido como mi guardián —rió Alejandro— ni Malena
puede acercarse.
Flora apareció por la puerta.
—Hola ¿Cómo están esas costillas?
—Hola Flora. Me alegro de verte. Como está tu suegro.
—No tan bien como tú, pero mejorando —se acercó a darle dos
besos pero el perro ladró y gruñó— ¡Caray! El león de la Metro.
—Lo bajaría, pero no se deja.
—Menudo problema —aventuró Flora mirando divertida a Susana.
Malena asomó a la cocina con un mechero en la mano.
—Atila no está acostumbrado a los hombres. El único que entraba
en casa lo trataba indiferente, s ino mal. No le gustaban —suspiró—
pero como Alex lo acarició, le encanta. Yo creo que es algo de hombre a
hombre. Ya me entendéis.
—No mucho —aclaró Flora— ¿Ya has pensado como te lo llevarás
a casa?
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Serie Gorditas
2

—No hay problema. En cuando le enseño chocolate me sigue al fin
del mundo.
—No tengo chocolate, solo en polvo —se asustó Susana.
—Yo llevo en el bolso. Cuando se pone cabezota, y no sabes nunca
cuando va a ser, —explicó Malena— tengo que recurrir al vil chantaje. El
chocolate le pirra.
—¿Y a quién no? —Se mofó el hombre— dejando el octavo plátano
en la bandeja— me parece que no pelaré más. Necesitaría lavarme las
manos ¿Qué tal si usas ese chocolate ahora?
—Ven con mami Atila —invitó sin éxito Malena— ¡Ven con mami,
coño! —se enfadó sin resultado. Se irguió, miró a las dos mujeres que
permanecían alejadas y se sopló el flequillo— Voy a por el chocolate.
Ciertamente, en cuanto oyó el envoltorio del cacao, pegó un bote
y saltó al suelo, buscando, con un movimiento frenético de su cola, el
preciado premio.
Flora y Susana ayudaron a Alex a levantarse y siguió con Flora
hasta el baño, mientras Susana se quedaba en la cocina.
—Se diría que estás en tu casa.
—La añadida me ha fastidiado la tarde, pero estoy bien cuidado y
cómodo.
—Tendréis que cambiar la cerradura —sonrió Flora mientras le
tendía la toalla para que se secara las manos.
—La verdad es que agradezco su preocupación, pero es algo
agobiante.
Regresaron al salón, donde la mesa, exquisitamente puesta, les
esperaba.
—No tenía intención de quedarme a cenar —informó Flora— pero
eso tiene una pinta…
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Serie Gorditas
2

La bandeja de horno, recién puesta sobre la mesa tenía un
aspecto apetitoso. Patatas, puerros, zanahoria y tomates, yacían
acompañando al pescado y rodeándolo con excelente decoración.
Se sentaron a cenar y Malena sirvió. Todo estuvo delicioso.
—Mañana pensaba hacer albóndigas de marisco —explicó Malena.
—No podrá ser —dijo atropelladamente Alejandro— mañana voy al
médico y luego vienen mis padres.
—Puedo cocinar para todos. Tengo todo el tiempo del mundo —
insistió solícita.
—Es que tengo otros planes —explicó con paciencia el hombre—
pensaba presentarles a Susana. Es una situación familiar.
—¿Presentarles a Susana? —Casi se atragantó Flora.
—Sí. Como estamos saliendo desde hace poco —siseó Susana
siguiendo el rollo— ya sabes, conocer a los padres, caerles bien...
—Ya... —carraspeó Flora pillando el tema— Estarías de más
Malena.
—Pues no entiendo por qué. Mientras ellos se entretienen entre si,
yo me ocuparía de sus padres —dijo la aludida sin darse por vencida.
—Te lo agradecemos, pero... —comenzó a decir el hombre.
—Es que no quiero estar sola —se quejó bebiendo de golpe su
copa.
—Ya empezamos —dijo por lo bajo Susana cerrando los ojos e
imaginándose otra vez que ella le vomitaba encima— Malena, escucha.
Deja ese vaso. No puedes ponerte de vino hasta los tuétanos y
vomitarlo después.
—Lo dices porque te bañé la otra noche —se quejó con mohín y
llenando el recipiente de nuevo— el alcohol me alivia. Me hace olvidar.

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2

—No es solución —añadió Flora— la semana que viene tenemos
muchas actividades en Gorditas a la carta, puedes....
Calló cuando Malena apuró otro vaso sin pestañear.
—Me parece que va por el quinto —dijo Alex mirando a las dos
mujeres sobrias.
—Yo conté seis —se temió Susana.
—Vosotros no lo entendéis. Gorditas a la Carta no es suficiente —
miró al techo. Atila, sobre las piernas de Alex levantó la cabeza y miró
fijo a su dueña, como si supiera lo que se avecinaba— me encantó el
lema —suspiró como si recordara— “somos Gorditas y tenemos razones
de peso para gustar a los hombres”. Mientras hacíamos la campaña me
sentía bonita. Y él también estaba entusiasmado. Creo que se dejó
influir por tanta publicidad. Seguramente quiso probar a una gorda. Yo
era más sosa que un guiso sin sal, así que me cogió por banda. Le
encantaba el sexo oral.
Alex se atragantó y tosió mientras Flora reía y Susana intentaba
interrumpir su conversación, pero Malena parecía, medio borracha,
medio ida, y medio melancólica.
—Y también le encantaba hacerlo en sitios raros ¿Lo habéis
probado encima de un carro de estos antiguos? —Sonrió tontamente—
El traqueteo está genial.
—Malena cielo. Que tal si dejas el vino y te acuestas —se apresuró
a levantarse Susana— anda ven —dijo cuando empezó a lloriquear— te
acostaré en mi cama.
—¿Me arroparás? —dijo con pucheros.
—Solo si no lloras —contestó mirando como Alejandro recuperaba
la respiración y Flora le frotaba la nuca.
—Vale —se levantó obediente y desaparecieron del salón.
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Serie Gorditas
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—No hay manera de quitarse a esa mujer de encima —dijo con
voz rasposa el hombre.
—Está pasándolo mal. Sé solidario.
—¡Llévatela tú! —Contestó casi sin voz— Es una esquizofrénica
paranoica compulsiva. Ayer casi me mata. Hoy me fastidia el plan ¿Te
dijo Susana que vino al medio día y se zampó media bandeja de mis
fajitas? —No esperó respuesta y continuó— Además, se pasa el día
hablando de sexo. ¡Por Dios! Estoy convaleciente. Si muevo la cadera es
como si me azotaran con un látigo. Cuando a un hambriento le ponen
un plato de comida delante y no la puede comer se pone de mal humor.
Pues eso me pasa a mí. Cada día con los dientes más largos. Estoy a
punto de babear. Y luego va Malena y parece que solo tiene una cosa en
mente. Sexo, sexo, sexo.
—Parece que los dos tenéis algo en común —sonrió Flora.
—Yo no lo puedo practicar —se quejó el hombre intentando
respirar lo mas hondo posible con cara de pasarlo mal.
—Ella tampoco. Está dolida –rió ante el gesto desesperado que
hizo con la camiseta. El perro saltó y salió de la estancia para curiosear
por donde se había ido su dueña.
—¿Me ayudarías a quitarme estas vendas opresoras? —Pidió Alex
compungido— El médico me dijo que esperara unos días, pero no las
soporto.
—Son para sujetar las costillas.
—Me es igual. Ya las sujeto yo. Por favor —suplicó levantándose.
Flora accedió y lo siguió al baño. El se quitó la camiseta y ella
cortó la venda, que ciertamente, debía ser de lo más incómoda.
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—Ya está —acabó el trabajo Flora y contempló el torso pálido que
pareció respirar con la libertad adquirida— ahora tendrás que tener mas
cuidado.
—Lo tendré. Pero así puedo respirar mejor. Muchas gracias.
—¿Pero qué pasa aquí? —preguntó Susana llegando seguida del
perro.
—Me he quitado las vendas —aclaró innecesariamente Alex con
cara de felicidad.
—Pues ya te las estás poniendo de nuevo.
—¡Ni hablar! —Rechazó— Tú no sabes lo que es llevar esas vendas
todo el día.
—O sí lo sé. Es como una faja y sé lo que es una, te lo aseguro.
—Si tan útiles son ¿Por qué no llevas ninguna? —la provocó.
—¿Y tú que sabes si las uso o no?
—No usas —sonrió ladino— he bailado contigo, te he visto
desnuda...
—¡No me viste desnuda! —bufó Susana.
—Bueno chicos. Haya paz —se puso en medio y llamó la atención
de los dos para que la miraran— me tengo que ir. Lamento no poder
seguir arbitrando el partido, pero tengo un marido que espera que le
prepare su chocolate con galletas.
Susana la siguió al salón.
—No te ayudo a recoger la mesa porque ya me he quedado más
de lo que esperaba.
—No te preocupes, ese es el menor de mis problemas. Tengo a
Malena roncando en mi cama, un perro impertinente y un hombre
enorme que usa mis cuchillas de depilar para afeitarse.
—Te he oído —dijo Alejandro casi detrás de ella.
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—No he dicho ninguna mentira. Eres enorme —lo miró con burla
mientras él se aproximaba.
—Todo en mi es enorme —puntualizó sabiendo que ella se pondría
roja.
Cuando Flora rió, él le guiñó un ojo.
—Bueno, eso es una fanfarronada —Flora cruzó el umbral— todos
los hombres pensáis que nueve centímetros es esto —abrió los brazos,
de hombro a hombro, para señalar el tamaño con las manos.
—Y todas las mujeres pensáis que todos los hombres somos unos
exagerados.
—Menos lobos, caperucita —rió picando el ascensor— ¿Dónde vas
a dormir? —miró a Susana antes de abrir el elevador.
—Ni idea —admitió Susana levantando el brazo para despedirse.
Hasta mañana.
—Interesante —alcanzó a decir Flora antes de que se cerraran las
puertas correderas.
Cerró con llave y se apoyó en la puerta.
—Mi cama está a tu disposición —se señaló las costillas— yo no
me puedo mover. Prácticamente duermo sentado y necesito cuidados.
—Tengo el sofá.
—Vamos —frunció el ceño mirando el sofá de una y dos plazas—
soy una buena almohada y mejor opción que ese incómodo sofá. Y
desde luego, espero que me prefieras a Malena.
—No es cuestión de preferencias. No me siento cómoda durmiendo
contigo.
—Que yo sepa no tienes ninguna prueba de lo que dices. Jamás
hemos dormido juntos ¿En qué te basas para afirmar tal cosa?
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2

—¿También tienes la carrera de abogado? —Se dirigió hacia la
cocina seguida por él y el perro— No necesito ninguna razón.
—¿Qué tal si te das una ducha? Te relajas y luego miramos como
solucionamos el tema.
Ella asintió. Miró la mesa de la cena puesta y con resignación se
fue al baño. Eran ya las once y media cuando salió. El pelo suelto, un
camisón corto de algodón, una bata larga y con cara de cansada. Él la
esperaba en el salón.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
—¿No debería ser yo la que dijera eso? —sonrió cansina la mujer.
Él le acercó un chocolate caliente.
—Creo que te sentará bien.
—Delicioso —dijo lamiéndose el bigote de cacao— ¿Por qué no te
vas a acostar? Ha sido un día largo. Yo dormiré en el sofá —dijo ella
dejando el vaso en la mesa más cercana.
—Ni lo sueñes. Si tu duermes en el salón, yo también. Es
incómodo, y si te emperras en estar incómoda, yo te imitaré y
estaremos incómodos los dos.
—No digas tonterías Alejandro. Ya he tenido bastante en el día de
hoy.
—O compartimos la cama o compartimos el sofá. Escoge.
—Estoy en mi casa, claro que escojo —bufó la mujer.
—Por favor, no te enfades. Yo dormiré mas tranquilo si sé que tú
descansas. Dormir a mi lado no será tan terrible. Que yo sepa no ronco.
Y necesito cuidados. Anoche me levanté solo y fue muy doloroso.
—No me chantajees —riñó bajando las defensas. La verdad es que
era más que apetecible aceptar su oferta y no quería parecer tampoco
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una mojigata ¿Qué mal podía haber? Dormir a su lado. Acurrucarse
junto a él. Después de todo no estaba para grandes juergas.
—Las sábanas están limpias —la cogió de la mano y, lentamente y
sujetándose las costillas con la otra palma, la guió hasta el cuarto.
—Venga, acuéstate —ordenó ella en plan madre.
Él hizo caso, ayudado por ella, se acomodó colocando las
almohadas para quedar algo más alzado. Susana lo tapó y se fue al otro
lado. Alex puso la tele mientras ella se quitaba la bata y la dejaba en
una silla que había en una esquina. La volvió a apagar. Era más
entretenido mirarla a ella. El camisón le llegaba por medio muslo, color
azul cielo y con el dibujo del pájaro loco al frente. Susana fue a la cama
con cierta rapidez. Se sentó y levantó el edredón, blanco y ligero.
Cuando se fue a tumbar, el brazo de él estaba reposando en su
almohada. Ella no protestó. Estaba demasiado cansada para comenzar
una discusión.
No hablaron. Él cerró la luz. Ella cerró los ojos.
Susana se removió incómoda. No estaba acostumbrada a
compartir la cama y menos una que no llegaba a ser doble. La piel de
alex estaba caliente. Se había acostado con los pantalones de chándal,
pero su pecho, al descubierto y sin vendas, era como un horno.
—Ponte cómoda —dijo él en la oscuridad.
Ella respiró hondo y decidió que eso haría. Y sino, que no se lo
hubiera sugerido. Se puso de costado. Elevó una pierna y la descansó
algo más arriba de la rodilla masculina más cercana. Apoyó la mejilla
entre su pecho y su hombro y dobló el brazo para no rozarle las
costillas.
—Ya estoy cómoda —dijo ella en un susurro adormilado— buenas
noches.
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Él no contestó. Tenía dificultades para tragar y respirar. El muslo
desnudo de ella sobre su pierna no era precisamente un somnífero. Sus
costillas estaban dañadas, pero el resto del cuerpo estaba muy sensible,
y su cerebro inferior tenía voluntad propia y no reparaba en que debía
descansar.
Escuchó su respiración acompasada, larga. Apoyó su mano en el
hombro femenino. Era suave. El camisón no tenía mangas, solo un
tirante. El edredón casi la cubría, pero él podía sentir su estómago
presionando su costado. La rodilla de ella se arrimaba peligrosamente a
su entrepierna.
Mientras acariciaba la piel de su brazo, ella descansó su mano en
su pecho desnudo. Suavemente. La impresión de tener su palma sobre
el corazón fue una sensación que lo dejó kao
Se dio cuenta de que se estaba enamorando de esa mujer.
Pestañeó en la oscuridad. Eso era cosa seria.
Todavía no se había recuperado de su recién descubierto
sentimiento, cuando ella movió la cabeza y se rascó la nariz en la piel de
su hombro. Le dieron ganas de reír y una calidez desconocida le llenó el
alma.


Alejandro se despertó cuando sintió una caricia suave e invitadora
sobre su pecho.
Pestañeó para aclarar la vista y sus ojos se adaptaron a la tenue
luz del amanecer que entraba por la ventana con la persiana a media
asta.
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La mano de Susana se cerraba, en un puño, sobre el vello
abundante y rizado de su torso. Su rodilla subió y bajó, rozando
descaradamente su ya despierta erección matutina. El estaba seguro
que Susana estaba dormida o cuando más, despertando de su sueño.
Miró el reloj y vio las seis y diez de la mañana. Había dormido de
un tirón. Volvió la vista al lugar entre sus piernas que formaba una
pirámide cubierta por el edredón fino. De repente algo reptó entre sus
piernas por encima de la colcha.
Supo quien era antes de verlo. Atila asomó, su cabeza blanca y
rizada todavía con su coleta con motivo “Om”, por en medio de su ingle.
Con un descaro bárbaro, se puso a rascar ese bulto que tenía delante,
que no era otra cosa que sus sensibles partes.
Alejandro boqueó con una imprecación poco elegante y se movió
para bajarlo, al tiempo que un dolor en el costado le dejaba sin
respiración. El perro se puso a ladrar al verse tirado al suelo. Susana se
despertó y al ver el rostro de sufrimiento de él se enderezó.
—¿Te hice daño?
—Tú no. El maldito perro —habló afectado por el dolor en las
costillas.
Ella buscó a Atila con la mirada y lo vio dando uno de sus giros
artísticos para morderse la cola.
—Ahora parece inofensivo ¿Qué ha hecho?
Apunto estuvo de explicar la verdad, pero no tenían suficiente
confianza para decirle a Susana que el perro le había rascado los huevos
de buena mañana. Y que al quererlo echar fuera, había hecho un
movimiento que le había dañado las costillas. Así que, mintió.
—Me saltó a las costillas.
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—No lo entiendo. Antes de dormir vi que se colaba y se subía a
los pies de la cama. Ha dormido como un bendito... —miró el reloj de la
mesita— Casi toda la noche —miró al can— nos ha servido de
despertador. Tenía que despertarme en diez minutos. Respira hondo —
dijo mientras, sentada a su lado le retiraba el pelo de la cara.
Alex, mas sentado que tumbado, con el edredón revuelto entre él
y ella, la miraba con cierta diversión.
—Eso intento. Pero no es fácil respirar hondo con las costillas
bailando —respiró apoyándose en el respaldo de la cama.
—¿Te traigo algo?
Él la miró fijo. Tenía el pelo suelto y sus pecas hacían parecer su
rostro pícaro e infantil. Sus ojos estaban despiertos, pero su color era
oscuro y profundo, sus labios estaban entreabiertos y respiraba algo
agitada.
—¿Siempre estás tan guapa por las mañanas? —indagó él,
poniendo uno de los mechones femeninos tras su oreja.
Ella rió. Y pareció relajarse mientras se sentaba para bajarse de la
cama.
—Solo cuando he dormido en una cama estrecha y acompañada
de un perro chinche y un hombre herido.
—¿Y no le das, a este hombre herido, un beso de buenos días? —
probó con una sonrisa esperanzada.
—¿Pero qué jaleo es éste? —Apareció por la puerta Malena con la
ropa arrugada y con los ojos pequeños y el ceño fruncido— son las seis
de la mañana.
—Exacto. Ya me levantaba.
Malena le hizo una carantoña a Atila, que pegó cuatro saltos para
recibirla, y dio la vuelta a la cama para sentarse al lado de ella.
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—¡Hazme sitio! —ordenó pegándole un culetazo e instalándose en
la estrecha litera.
Susana se ladeó de nuevo para darle espacio. Alex pasó un brazo
por su espalda, rodeando su cintura y sujetándola contra si para que
Malena cupiera.
—Malena, me levanto ya —insistió Susana rodeando la cintura de
Alex por delante para apoyarse en el colchón por el otro lado— tengo
prisa.
Susana se mantenía erguida para no rozar el pecho de Alex.
Temerosa de dañarle con su peso.
Malena cambió de postura y se puso en los pies de ambos, de
manera que la pareja pudo sentarse adecuadamente.
—He dormido fatal.
—Pues yo he dormido como una reina —admitió Susana todavía
medio traspuesta— de un tirón.
—Yo también —contestó él con la manaza apoyada en el hombro
femenino y sintiéndose de lo más cómodo con la escena.
Ella los miró de forma extraña. Con una expresión extraviada.
Atila subió a la cama y pegó dos saltos para llamar su atención.
—A Atila le encanta dormir en la cama conmigo. Pero ha pasado la
noche con vosotros. Hacéis una pareja tan bonita —sonrió melancólica—
yo pienso que dormir es más íntimo que hacer el amor. Porque después
de echarte el polvo, a los hombres les gusta largarse. Y cuando se
quedan a dormir —siguió sonriendo— es porque implica más intimidad.
Es una admisión de que no solo desean el placer de una noche. Dormir
abrazados —se abrazó ella misma— acurrucados. Un besito aquí, y
besito allá —lanzó un beso al aire— es tan bonito. —Los miró y se
levantó de golpe— Voy a ponerme en marcha. Mientras tú te duchas —
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le indicó a ella— voy a hacer el desayuno. En un cuarto de hora os
espero en la cocina.
Se fue en un periquete seguida por su perro.
—Yo diría que no tiene muchas ganas de irse —observó Alejandro.
—Eso parece —contestó ella moviéndose despacio para no hacerle
daño— te acompaño al lavabo antes de darme una ducha.
—¿Me puedo afeitar mientras te bañas? —dijo él sonriendo al
pájaro loco de su camisón.
—Ni lo sueñes ¿Quieres hacer pipí? Por qué si no me meto directa
al baño.
—Vale —se resignó divertido— ayúdame a levantarme. El resto lo
puedo hacer yo solito.
Diecisiete minutos después, estaban sentados a la mesa de la
cocina. Había chocolate caliente, café, bollos recién hechos y
mermelada.
—¿De dónde sacaste todo esto? —se extrañó Susana.
—Casi todo lo traje yo, ayer. Los bollos son de esos pre-cocinados.
Un momento en el horno y como si acabaran de salir de la panadería.
—Muchas gracias. Están deliciosos.
—Pues hoy al medio día te tendré un pollo a la cerveza y unas
habitas salteadas que...
—No hace falta —cortó Susana— ya has hecho bastante.
—Ni hablar. No pienso dejarte sola con este marrón. Fue todo
culpa mía. Sino llega a ser por mi perro y por mí, habríais pasado este
fin de semana follando como locos y muy “agustito” —Alejandro se
atragantó con el café y soltó un taco. Esa frase le había encendido una
parte del cerebro poco recomendable a esas horas de la mañana y con
esas compañías.
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—Malena —carraspeó Alejandro— es posible que si no estuvieras
tú, estaríamos en ello. Pero estamos incómodos —dijo el hombre con
una media sonrisa.
Ella pareció pensar y llegar a una conclusión.
—¿De verdad crees qué puedes practicar el sexo en tus
condiciones sin romperte otras tres costillas o perforarte un pulmón?
—Sí —contestó aguantándose la risa Alex— es algo más
complicado y requiere posturas y doble esfuerzo por parte de Susana,
pero yo estoy más que dispuesto. Y Susana ya me tiene ganas. Ya sabes
— prosiguió viendo a Susana elevar los ojos al techo— tres días sin
poder... son muchos días —finalizó serio.
—Vale. Me iré esta tarde. Pero este medio día cocino yo.
Alejandro se resignó. Susana le dio las gracias y se levantó para
irse.
Malena se levantó con ella.
—Haz el favor de despedirte de tu novio —la riñó cuando ella ya
tenía el bolso en la mano— las parejas se rompen antes de casarse por
falta de atención y cariño. No voy a permitir que Alejandro se sienta
abandonado porque tienes mucho trabajo.
Susana pestañeó confundida. El hombre estaba disfrutando de
todo eso como un cosaco. Cuando lo miró, él se encogió de hombros.
—Hasta luego cariño —dijo lánguida y afectada, como si fuera una
obra de teatro exagerada.
—Te veo al medio día, amor —contestó él risueño.
—El besito —promovió Malena con los brazos en jarras— quiero
ver ese besito de despedida de la mujer a su pareja. Ese que le dice:
“espérame desnudo que te haré todo un hombre”. Ese beso que
contiene promesas y el calor del amor. Ese beso...
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Susana se acercó al hombre que estaba pasándolo en grande.
Bajó la cabeza para besarlo en la frente, pero erró y lo beso en la nariz
al alzar él la cara.
Él la retuvo, cara a cara, divertido y viendo que ella también
estaba aguantando la risa.
—Me parece que tienes un concepto del beso que dice Malena algo
equivocado.
—Pues te vas a tener que conformar con esto por el momento —
dulcificó ella soltándose rápidamente.
—Ummm —sonrió él de oreja a oreja— me conformo —la miró a
los ojos y ella vio brillo en ellos— por el momento —repitió su frase.
Susana se fue con el corazón agitado. En el ascensor no podía
pensar con claridad y se llamaba de todo menos guapa por el desliz
verbal. Se lo había puesto en bandeja... “por el momento”.



Alejandro rechazó la oferta de un masaje, la de un baño y la de
compañía. A Malena solo le faltaba sugerir que le quería leer un cuento.
También tuvo que corregir la versión de la llegada de sus padres y
excusar un cambio de planes.
Malena, después de arreglar la casa. Fregar cacharros de la noche
anterior y cocinar, salió a comprar. Regresó con bolsas y se metió de
nuevo en la cocina.
Alejandro vio la tele y descansó. Se encontraba mucho mejor y
deseaba quedarse a solas con su “novia”. Rió. En menos de un día,
habían pasado de ser amigos, a salir juntos, y de dormir juntos, a ser
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2

novios y tenerse que hacer mimitos y arrumacos frente a Malena, para
justificar que no se lanzara a su conquista a capa y espada.
Susana era cariñosa. No se atrevía a ser muy tocona, pero no
esquivaba sus caricias y sus avances.
Malena había resultado una aliada sin saberlo. Con su estancia,
había provocado que Susana, broma sí, broma no, fuera más accesible.
¡Si hasta había dormido con él!
Todavía no la había besado como Dios manda y ya habían dormido
abrazados.
Se rió de si mismo. Quien le iba a decir que teniéndola en la cama
se limitaría a dormir. Y encima decía que había dormido como una reina.
¡Descarada! Pegada a él, con ese camisón infantil y sexy, sin sujetador.
Bragas si llevaba porque las había tocado.
Había sido consciente de su cuerpo, redondo, suave. Sus pechos
llenos descansando en su costado. Su rodilla atrevida refregándose con
él.
Se fue al baño a darse una buena ducha fría.



Susana tuvo la ayuda de Beto durante la mañana. Flora llegó, pero
se instaló en su despacho y apenas la vio.
La oficina de Susana, ya con todo su esplendor restablecido y con
un par de cambios, ya estaba preparada para su regreso.
Esa tarde, Flora, Susana, Carmen, y Mer, quien se había ofrecido
para ayudar en tal menester, iban a comenzar con la selección de las
participantes de Gorditas de lujo.
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Pero todavía le quedaba una comida con Malena y Atila. Y
después se quedaría sola con Alejandro. Un dolor de estómago fugaz la
atravesó. ¿Y ahora qué?
El pánico no cedió en toda la mañana. Al final llegó a la conclusión
de que era más seguro que se quedara Malena. Por un lado era como
una salvaguarda, por el otro, le daría la oportunidad de volver a dormir
con él.
Definitivamente, convencería, suplicaría a Malena que se quedara
un día más


Entró en el piso cerca de la una y media. Estaba feliz por lo
fructífera que había sido la mañana. La mesa puesta le indicó que, tal
como había amenazado Malena, estaba todo dispuesto para el manjar
que había preparado.
La recibió un Atila tan histérico como siempre. Con un par de
ladridos y varios saltos mortales hacia atrás. La coleta de entre los ojos
estaba medio caída y se movía de un lado a otro sin ton ni son.
Malena rió desde la cocina y llamó a Susana.
—Estamos aquí.
Susana dejó el bolso y se cambió de zapatos antes de aparecer
por la cocina.
Olía delicioso. Susana, delantal por delante, removía un guiso sin
descanso.
Alejandro, sentado en la silla, tomaba lo que parecía un cóctel. Lo
levantó como saludo mientras una sonrisa tonta le adornaba la cara.
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—Se está medicando —bramó Susana— no le estarás dando
alcohol...
—Un Martini con su aceituna. El pobre está aburrido. Y yo preparo
unos Martinis que levantan a un muerto.
—Alejandro no necesita que le levanten nada —dijo adelantándose
y quitándole la copa casi llena.
—Di que sí, novia mía. A mÍ se me levanta todo solito.
—Estás borracho —afirmó sorprendida.
—No. Achispado. Es solo que necesitaba que me animaran —la
estiró del brazo para que se sentara sobre sus piernas abiertas. Ella
cayó sobre uno de sus muslos, el otro quedó bajo la mesa. Por no
hacerle dañó en las costillas, se dejó sentar.
—Me parece, que el alcohol lo único que hizo es volverte más
descarado —miró a Malena desde su precaria posición. Notaba la tela
del chándal bajo sus muslos desnudos, pues llevaba un vestido de color
caqui que al sentarse se le había subido por detrás y su trasero estaba
sin anestesia sobre el muslo masculino— ¿Por lo menos le habrás dado
algo sólido?
—Las aceitunas del Martini —obvió la cocinera risueña— va por la
quinta.
—Cinco Martinis! no se te puede dejar solo —dijo bebiéndose ella
el líquido todavía fresquito. Él le quitó la oliva de la copa y con el palillo
se lo llevó a la boca para que ella se la comiera.
—Cuatro. El quinto te lo acabas de beber tú —puntualizó él
sonriente y repiqueteó la pierna en el suelo y ella rebotó.
—Bueno. Vamos a comer que yo tengo el tiempo justo —se
levantó pese a la resistencia de Alejandro a dejarla ir. Él finalmente la
soltó, rozando su cadera de forma descarada.
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—Sentaos a la mesa —ordenó Malena— os he traído unos
regalitos.
Ellos obedecieron. Alejandro caminaba mejor. Más erguido, sin
sujetarse las costillas.
Llevaba un pantalón de chándal rojo y un polo blanco algo
estrecho.
—A media mañana, salió de compras —explicó Alejandro yendo al
comedor— vino cargada como Papá Noel.
El perro los siguió y esperó a que Alex se sentara para
aposentarse entre sus piernas.
Susana tomó asiento frente a él y dejaron la silla presidencial para
Malena.
Esta llegó con dos bolsas.
—Antes de la comida, los regalos.
Los dos callaron y esperaron. Malena sacó una caja enorme.
—Esto es, para vuestros pies. Se llena de agua y masajea los pies
relajando al usuario —rió ante la sorpresa de los dos, sobretodo de
Susana— he pensado que ya que vas muy estresada, te iría bien hacerlo
por la noche antes de acostarte y, él como está quieto mucho tiempo, lo
puede hacer para activar la circulación.
Los dos le dieron las gracias y ella, más contenta que unas
pascuas, continuó, sacando el siguiente regalo.
—Cuchillas de afeitar para hombres —rió Malena— estás usando
las de ella y se destrozará las piernas si usáis las mismas. Esta mañana
busqué en los armarios del baño. No había desodorante para hombre —
sacó un pote de lo dicho— tampoco encontré preservativos —Susana
abrió mucho los ojos— he comprado la talla extra grande — miró al
hombre— he dado por supuesto que todo estaba a proporción y como
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eres enorme —lo miró fijamente— tus pies grandes y tu cuello ancho,
doy por sentado que usas una super.
Alejandro se puso rojo como la grana. Susana no sabía para donde
mirar.
—¿Has registrado mis cosas? —dijo Susana con voz baja y
avergonzada.
—Tenía que saber que te hacía falta. Ni siquiera tienes lubricante,
cuando son tan grandes hay que ir con cuidado por que...
—Malena, guapa —atajó Alejandro— ¿Te importaría dejar de
hablar del tamaño de mi ...
—Polla —acabó ella con soltura— a mí me gusta llamar a las cosas
por su nombre.
—Pene —corrigió— verás, no quisiera ser grosero —prosiguió—
pero me parece que este tema no es de tu incumbencia.
—Te equivocas. Como mujer, si Susana se queda preñada ahora
no podría ser un momento peor. Su carrera es importante. Y una mujer
necesita muchos orgasmos para aguantar tanto estrés.
—Malena. Estoy de acuerdo con Alejandro. Este tema...
—Las “cositas” que hagáis son asunto vuestro. Cierto. Aunque yo
podría enseñaros algunos detalles. Te diré que tu casa parece la de una
monja. Ni un vibrador, ni nada que se le parezca. Ni siquiera hay
tampones... —bufó— solo compresas.
—Malena. Me estás sacando de mis casillas. Te estás tomando
demasiadas libertades. Y si quieres seguir ahí sentada, te pido que dejes
de inmiscuirte en mi vida privada —dijo seria y tan rosada que las pecas
parecían lucecitas.
—Lamento que te hayas enfadado —se disculpó con cara de estar
realmente arrepentida— es que como mi vida es un desastre, pensé que
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podía ayudaros a mejorar la vuestra. Perdonad —se levantó y con
sollozos se fue corriendo al cuarto de Susana encerrándose a cal y
canto.
—Me parece que la hemos hecho llorar —dijo él con voz seria,
pero semblante conteniendo una sonrisa estúpida.
—No se como tratarla. Tiene verdaderamente muy buenas
intenciones, pero cada vez que abre la boca tengo ganas de
estrangularla.
—La verdad es que sus regalos me han gustado —dijo él
aflorándole la sonrisa.
—Alejandro —exclamó ella.
—La verdad es que no se ha equivocado en la talla, y el lubricante
nunca viene mal —rió ante la expresión de horror de ella, mientras
sacaba un pote de casi medio litro de crema para tal menester— sabor
chocolate. Está en todo.
—Quédate con eso tú, yo me quedo con el masajeador de pies —
más roja imposible, su cabello ya se erizaba del sofoco que tenía.
—Nos lo regaló a los dos. Lo justo es que lo usemos juntos —
declaró él, sonriendo socarrón.
Ella se levantó y dio la vuelta a la mesa con un valor que no sabía
de donde salía, se paró frente a él y se inclinó ligeramente para mirarle
a los ojos.
—Escúchame muy bien hombretón. Porque lo diré nada más una
vez —respiró antes de proseguir— a mí nadie me mete una extra
grande. Ni siquiera me cabe un tampón —se enderezó— así que búscate
otra con quien usar esos juguetitos.
—¿Lo dices en serio? —Se extrañó él— ¿Lo que te impone es mi
tamaño?
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Ella pestañeó. Su respuesta medio en broma, medio en serio,
había sido tomada como la verdad, que dicho sea de paso, después de
su única y desastrosa experiencia, era más que cierto.
—¿Es qué siempre tenemos que acabar hablando del tamaño de
tus... partes?
Ella se dio la vuelta y él la siguió a la cocina.
—Yo no empecé —dijo él incómodo— pero me gustaría saber si me
tienes miedo. Me parece que no soy un ogro. Y la verdad —se encogió
de hombros— nunca me he tenido que disculpar por ser alto, fuerte y
viril.
—Oh, cállate. Pareces un anuncio de novela romántica —dijo ella
sacando un vaso del mueble.
—Soy romántico. Me gustaría que tuvieras la suficiente confianza
en mí, para saber que soy delicado y sé usar las herramientas que Dios
me ha dado.
—¡Por Dios! ¡Qué no somos novios! —se dio la vuelta y vio que
casi lo tenía encima.
—Estoy intentado convencerte de que salgamos desde la primera
vez que te vi —le recordó él— me gustas. Y mucho ¿me has escuchado?
Y sé que yo te gusto a ti. Pero te resistes. Lo que me lleva a la
conclusión, de que te impone mi tamaño.
—A ver —respiró y empujó su pecho pues no podía respirar—
¿Piensas qué me gustas y qué no me acuesto contigo por el tamaño de
tu pene?
—Dicho así, suena fatal —masculló él— y espero que no sea una
afirmación cierta, porque no me gustaría tener que cortármela —dijo él
riendo sin poderlo evitar y apartándose antes de que ella lo empujara
tocando sus costillas— no te enfades. Esta conversación es absurda.
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—Ya lo puedes decir —dijo ella procurando entretenerse en ver lo
que había en la cazuela.
—Susana —dijo serio, sin acercarse más de la cuenta— que te
deseo es evidente. No he tratado de ocultar la atracción que tengo por
ti. Pero pretendo que me conozcas, y que cada vez te agrade más.
—Eres muy directo.
—No conozco otra manera de plantear una relación —añadió él
con semblante claro.
—Yo soy algo difícil de tratar —carraspeó nerviosa, pues cada vez
tenía más ganas de colgarse de su cuello— no he tenido buenas
experiencias.
—Me gusta pensar que seré capaz de fabricar experiencias nuevas
y agradables. Dame una oportunidad Susana. De verdad que soy un
buen tipo y vale la pena conocerme. Tengo mucho que ofrecer. Déjame
dártelo.
—Eso suena bien —sonrió indecisa, el pelo cayéndole sobre el
rostro.
—Sabe mejor —se acercó él retirándole el cabello tras la oreja y
acariciándole la mejilla pecosa y ruborizada— iremos al ritmo que tú
marques.
—¿Lo prometes? —dijo ella levantando el rostro hacia él.
—Si me dejas —sujetó su barbilla para enfrentar su mirada— haré
que olvides todo lo anterior. Hasta que solo quedemos tú y yo.
—Presumes mucho tú —intentó sonreír ella— te recuerdo que
tienes tres costillas rotas y apenas te puedes mover.

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—Eso te garantiza que no estoy para muchas acrobacias —le
devolvió la sonrisa— pero tengo unas manos y una boca que funcionan
con propia voluntad, y pueden ayudar a convencerte.
—He de reconocer que eres persuasivo.
—Soy un hombre que sabe lo que quiere.
—Lamento interrumpir —entró Malena seguida del chucho y con
una maleta en la mano.
—¿Te vas? —dijeron al unísono.
—Depende —dijo ella.
—La verdad es que te iba a pedir disculpas —se atrevió Susana—
se que lo hacías con buena intención.
—La mejor —aseguró ella con expresión altiva.
—Pero has de reconocer que te has pasado —dijo Alex apoyado en
el mostrador de la cocina.
—Reconozco que sois unos mojigatos que no admiten
conversaciones mundanas. Procuraré no hablar de temas que puedan
herir vuestros sensibles y frágiles egos. Hablaré del tiempo. De cosas
intrascendentes. Y mientras, os cuidaré. No pienso irme por ahora. Me
necesitáis. Estáis pez.
—¿Cómo qué no te vas? —se irguió Alex haciendo una mueca por
la brusquedad de su movimiento.
—No estáis preparados para vivir juntos. No dejaré que os pase lo
mismo que me pasó a mí. Hay que sembrar bases. Y el sexo no es una
base sólida. Me aseguraré que no te la tiras para luego largarte con
cajas destempladas.
Alex boqueó furioso.
—No estoy dispuesto a aguantar...
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2

Susana lo interrumpió y le instó a inclinarse hacia ella para
hablarle al oído.
—Si quieres que esta noche duerma contigo otra vez, cállate. Por
qué si se va a su casa, yo dormiré en mi cama.
Él se puso recto con algo de dificultad. Callado.
—¿Decías? —enarcó una ceja Malena mientras su maleta se abría
accidentalmente enseñando una vacuidad total.
—Vamos a comer —sugirió Alejandro chasqueando los dedos en
dirección a Atila, que saltó tras él hacia el salón comedor— tengo
hambre.


De regreso al trabajo, Susana iba en un estado de ansiedad
tremendo.
Malena la ponía de los nervios al mismo tiempo que le inspiraba
compasión. Se esforzaba visiblemente por complacerlos, aunque sus
maneras eran algo exasperantes y los ponían en situaciones
embarazosas.
Por otro lado, Alejandro había entrado en su vida como un
vendaval. En cierto modo era verdad que le tenía miedo. Tanto tiempo
acostumbrada a apañárselas sola. A no compartir con una pareja, la
había convertido en alguien que no asumía riesgos en su vida
sentimental.
Se sentía alagada, deseada, observada, y todos los “ada” que
podía recordar. Y le entraba el pánico nada más pensar en tener
intimidad con él. Alejandro tenía pinta de experto, ella era una
ignorante. Técnicamente sabía el funcionamiento, pero la acción era otro
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cantar. Lo que tenía claro era que deseaba que ocurriera tanto como lo
temía.
Cuando llegó a la oficina, Beto se estaba tomando un café con
Rebeca y Flora.
Mer González entraba por la puerta minutos después.
Pasados cuarenta minutos, Carmen, Mer, Flora, Beto, y Susana
estaban sentados en el suelo, cientos de fotos y carpetas a su alrededor.
—Solo hemos escogido ocho —se lamentó Carmen.
—Todavía quedan muchas cartas por revisar —puntualizó Beto—
es más difícil de lo que creía.
—Siempre nos podemos apuntar nosotras —rió Flora.
—Tú no puedes —concluyó Susana— no estás gorda. De hecho,
aquí solo entramos dentro de esta categoría Mer y yo. Carmen y tú
estáis fuera de concurso. Lo siento —rió guasona.
—Yo diría que no es precisamente un honor —hizo una mueca
Mer— no es que me haga mucha gracia entrar dentro de esta categoría.
No me ha traído muchas alegrías mi exceso de peso.
—Tienes un negocio próspero —le recordó Susana— no te habrías
dedicado a las tallas grandes si tú no tuvieras necesidad de usarlas. Es
una suerte para nosotras que alguien se acuerde de que hay mujeres
con una talla de cuarenta y cuatro para arriba.
—Lo sé —sonrió apenada Mer— me refería a que eso no me ha
facilitado la labor. Tuve muchos problemas. Es como decir que las
tallas grandes son la “baja costura” y las tallas mini la “alta costura”.
—¡Gorditas al poder! —chilló Flora— se acabó el esconder los
michelines. Llega Mer González con sus supermodelos para ti, mujer de
curvas. Luce tu cuerpo con elegancia con la ropa de nuestra marca ¿Qué
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os parece? —dijo como llegando del trance Flora— Es un buen eslogan
para poner en la campaña.
—Podemos promocionar tu ropa, al tiempo que vestimos a las
chicas —dijo Susana— ya te hablé de nuestra intención de tener una
asesora para ese tema. Sé que ahora estarás muy ocupada, pero una
vez se acabe todo este jaleo, podemos hacer un par de clases a la
semana, para orientar en estas cuestiones. Muchas mujeres con
sobrepeso no saben vestir. Se ponen batilongos y ropas anchas sin
reparar que eso las hace más grandes.
—Chicas, no nos desviemos del tema —habló Beto— ocho fotos.
Ocho candidatas. Necesitamos un mínimo de quince, un máximo de
veintidós. Tenemos este mes para escogerlas y para firmar los
compromisos. Luego entre Jordi, Mer y el equipo fashion de maquillaje y
peluquería las prepararán para el concurso.
—¿Qué tal si lo dejamos por hoy? —dijo Susana que ya no sabía
como sentarse. Tenía fotos hasta debajo del trasero.
—Sí. Recojamos —accedió Flora.
—Carmen, por favor —dijo levantándose Susana— abre
expediente de las chicas seleccionadas y guarda el resto. Igual tenemos
que volver a hacer un repaso. La semana que viene haremos otra
selección con las nuevas cartas.
Beto, Flora y Susana se fueron al despacho de la directora. Mer se
despidió, volvería al día siguiente para seguir con más detalles.
—¿Cómo está tu suegro? —dijo Beto sentándose en el cómodo
sofá de la oficina de Flora.
—Todavía le quedan unos días en el hospital, pero se está
recuperando. Estamos contentos. Manolo quiere hacer la semana que
viene una cenita para celebrarlo y agradeceros a todos vuestro apoyo.
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—Estupendo. Nos avisas —dijo Beto— y tú —miró a Susana— me
han dicho que tienes a ese tipo grande en tu casa.
—Ni me lo recuerdes. También tengo a Malena.
—¿La llorica volvió, o no se fue? —Rió Flora— ¿cómo es eso?
Susana le explicó un poco como se presentó la cosa.
—Así que ahora tienes a Alex herido, y a la despechada con su
perro. —se asombró Beto.
—Exacto. Ni en casa puedo estar tranquila.
—Bueno, si dices que te hace la comida y te limpia la casa... —dijo
Flora— tampoco será para tanto. Deberías estar contenta.
Susana bufó y los miró, apoyándose en el borde de la mesa.
—Ayer le dio por ir a comprarnos regalitos. Y ¿sabéis que nos
trajo? —Los dos negaron con la cabeza— Un aparato para dar masajes a
los pies —los dos sonrieron satisfechos— maquinillas de afeitar y
desodorante masculino.
—Muy práctico —estuvo de acuerdo Beto— sino tenías te hizo un
tremendo favor.
—Todavía no he terminado la lista —añadió con la mano en alto—
también compró preservativos —se detuvo un momento observando sus
caras que se echaron a reír— tamaño super, pues dedujo que Alejandro
lo tenía todo grande. Y por si fuera poco —rió con ellos que ya se
carcajeaban con ojos agrandados— trajo lubricante, porque dice que es
imprescindible en una relación con talla extra.
—No me lo puedo creer —reía incrédulo Beto.
—Yo sí —seguía divertida Flora— después del espectáculo del otro
día —recordó la cena en casa de Susana. Miró a Beto para explicarle—
se emborrachó y tuvo que acostarla en su cama. Por cierto ¿dónde
dormiste por fin?
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Susana se sonrojó. Y Beto la señaló socarrón.
—Algo me dice que no durmió en el sofá.
—Dormí con Alex, pero él está herido. Así que no os hagáis ideas
equivocadas.
—Lo que tiene mal son las costillas, no el pito —rió Beto.
—No empecéis —suplicó Susana— de verdad que no aguanto más
chistes fáciles al respecto.
—Me parece que me pasaré esta noche a verlo —dijo Beto
sonriente— a Samu le hará bien salir.
—Eso se llama auto invitación —señaló Susana exasperada.
—No cocinas tú. Llama a la terremoto, y dile que ponga dos platos
más.
—Yo también iría —se entristeció Flora— de hecho me duele el
estómago de pensar que voy a perderme tremenda reunión. Estoy que
rabio.
—Tú lo que quieres es divertirte a mi costa —le recordó Susana a
Flora.
—Es que eso es un teatro fantástico —rió la mujer— Malena tiene
un punto...
—Dejemos ese punto de Malena. Voy a avisarla que tenemos
invitados. Seguro que estará encantada. De hecho, si quieres te la
puedes llevar. Perro incluido.
—Y encima el perro también —Beto rió moviendo la cabeza de un
lado a otro.
—¿Dónde lo deja sino?
—Alex, Malena y Atila —rió Beto— ¿Para eso te mudaste a vivir
sola? Tu casa parece la fonda del Sopapo.

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—Y se añaden más —sonrió casi en mueca señalándolo— a las
nueve en mi casa.


Decir que Malena se entusiasmó al decirle que llevaría dos
invitados fue poco. Estaba claro que le encantaba rodearse de gente y
que estaba disfrutando de lo lindo. Escuchó la voz de Alejandro de
fondo, que gritaba algún mensaje que no entendió.
Susana procuró llegar temprano a casa. A las ocho y media abría
la puerta. Casi no reconoce el salón. Del techo colgaban tres cosas
nuevas: un atrapa sueños, que quedaba sobre la mesa, una piedra color
rosa, cerca de la ventana y otra transparente ante la puerta de la
cocina.
El comedor estaba mucho más iluminado. Atila le vino a saludar.
Se puso en dos patas y dio saltitos de alegría. Ella lo acarició mientras
buscaba con la mirada al resto de habitantes de la casa.
El silencio le parecía completamente extraño, sobretodo estando
Malena en ella.
—¿Hay alguien?
Apareció Malena con un dedo en los labios a modo de mutismo. Le
señaló el cuarto de invitados, donde fueron las dos con actitud muda.
Alejandro estaba sentado en un sofá de color oscuro, que
anteriormente estaba en su cuarto y había sido trasladado al del
hombre. A los pies, el aparato de masajes burbujeaba. Olía a menta.
Alex parecía dormido. Sus ojos estaban cerrados y se veía realmente
relajado.

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Se fueron a la cocina.
—Caray, tiene pinta de ser sensacional —dijo Susana.
—Lo es. Lleva media hora kao —rió Malena— Espero que no te
importe que haya trasladado el sofá a vuestro cuarto. Ya que me cediste
tu habitación tan amablemente —Susana alzó los ojos al cielo sin que
ella la viera— quiero que estéis lo más cómodos posible. ¿Hueles? —
Señaló el aire— puse menta en el agua del aparato. Y he cambiado
algunos muebles de sitio. Entiendo un poco de Feng sui. Así fluirán más
las energías. Hoy me siento mucho mejor —se dio la vuelta y fueron a la
cocina— te agradezco infinitamente que me permitas quedarme aquí. No
quiero ser un estorbo, pero ahora quedarme sola me deprime más.
Todas mis amigas están en Vizcaya o Sevilla, de donde soy. Desde que
llegué aquí, he estado trabaja que trabaja y no he tenido tiempo para
asuntos sociales. Por eso cuando encontré a Paco me colgué tanto de él.
Durante casi un año sus amigos fueron mis amigos. Incluida la mala
pécora que me robó a Paco. No me molesté en vivir mi propia vida
porque todo mi tiempo libre lo dedicaba a él, a sus cosas, a su círculo.
—No te merecía Malena. Tú vales demasiado para desperdiciarlo
en un tipo que solo tomaba, y tomaba sin dar nada a cambio.
—Bueno, eso no es del todo cierto —sonrió pícara— me dio el
mejor sexo de mi vida.
—Eso es algo —dejó el bolso y se descalzó— pero no lo es todo.
—Era cuanto tenía —se encogió de hombros.
—¿Qué hiciste de cena? Huele de maravilla.
—Tomates asados rellenos de marisco. Una ensalada de canónigos
y de segundo solomillo a la pimienta. He asado unas patatas y pimientos
para acompañar la carne.
—Has estado ocupada —dijo cansada Susana.
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—Tú también. Me dijo Rebeca que estabais preparando lo de
Gorditas de Lujo. He visto carteles en la sala de Gorditas a la Carta.
—Sí. Es una locura. Estamos en la pre-selección de las chicas.
—¿Crees que yo pudiera ser candidata? —la miró indecisa Malena.
Susana abrió los ojos.
—Pues, a lo mejor es lo que necesitas para subirte el ánimo. Pero
requiere un compromiso muy grande y preparación.
—Yo necesito un cambio. Y más desesperadamente que un
cambio, necesito ocuparme de mí misma. Estoy pasando un bache de
cuidado. El médico me ha dado antidepresivos, pero no me los quiero
tomar. Estoy rayando el histerismo. Todo me parece una montaña. No
soporto estar sola. Me miro en el espejo y veo un saco de patatas. No
me gusta nada de mí, y cada día me compadezco más a mí misma. El
psicólogo me ha dicho que necesito programas de autoestima. Que haga
yoga y me cuide.
—Pues pásate el lunes por Gorditas con una foto de cuerpo entero
y una de cara. Que te las haga un buen profesional. Eres guapa, y tienes
desparpajo. Tienes lo que hace falta.
—Gracias —sonrió y le dio un tremendo abrazo.
En ese momento entró Alejandro.
Iba descalzo y se unió al abrazo desde detrás de Susana,
abarcando también a Malena.
—Sesión de mimitos —dijo al oído de Susana.
Al verse rodeada, por no decir apresada por los brazos de él,
Susana se removió buscando la forma de respirar entre el hombre por
detrás y Malena por delante.
—Ni te muevas —inspiró él todavía en su oído— todavía tengo las
costillas blanditas.
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2

—Será de las pocas cosas que te quedan “blanditas” —se mofó ella
cuando él, se refregó contra su trasero en un despertar leve.
Él se río por lo bajo y se refregó más descaradamente.
—Lamento desilusionarte —rió ahogando la risa en su cabello—
pero es un pote de menta que me dio Malena. Para abrazarte lo he
puesto en el bolsillo del pantalón.
Susana agradeció tener la cara escondida en el hombro de Malena,
pues más roja no se pudo poner.
Malena suspiró y deshizo el abrazo, dejando a Susana
desamparada. Alejandro apretó su cuerpo contra si, riendo su aliento
en la mejilla femenina.
—De todos modos, créeme —dijo en un susurro suave— me alegro
de verte.
—Menos arrumacos pareja. No es bueno para tus costillas —les
riñó Malena.
—Chica. A ti no hay quien te entienda —Alex soltó a Susana
acariciando sus brazos de arriba abajo— nos traes una caja con más
condones de los que gastaría en una semana con la supuesta intención
de que los usemos y ahora nos dices que nada de hacer cositas.
—Es que había una oferta, ya sabes: “compre treinta y le
regalamos diez”. Me pareció que con cuarenta preservativos tendríais
para un rato —sonrió feliz— a mi novio y a mi nos duraban apenas una
semana —de repente se puso triste— ¡Mi novio era un fenómeno! —
Bufó— Tres “kikis” por día como mínimo. Decía que quería salir en el
libro de los records. Lo que le faltaba en tamaño, lo ganaba en
imaginación.
Dejemos los detalles —interrumpió Susana apartándose de
Alejandro ya incómoda— vienen Beto y Samu en unos minutos.
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—Oh —los ojos de Malena brillaron— ¿Alguno para mí?
—Pues... —dudó Susana con cara de horror mientras oía el timbre
de la puerta.
—Aquí llegan —la cogió del brazo Alex mientras la arrastraba hacia
el salón— salvada por la campana.
—¿Son imaginaciones mías o se piensa que le he traído hombres
para ella?
—Deja que Beto se las apañe, parece un hombre muy capaz.
Miraron hacia atrás. Malena estaba parada en la puerta de la
cocina quitándose el delantal y atusándose el pelo.
—¿No crees qué es mejor que le diga que Beto y Samu son
pareja?
—No. Eso sería un golpe terrible —atajó él frente a la puerta—
abre —sonrió sin poderlo evitar— esto no me lo pierdo por nada del
mundo.
—Empiezo a creer que tienes un lado maquiavélico.
Los ojos de él brillaron antes de que ella abriera la puerta.
Samu, entró primero. Vestido con su personal estilo, con un
pantalón indi de color negro y un blusón blanco bordado en los ojales.
Espléndido. Con su coleta en lo alto de la cabeza y su sonrisa feliz.
Abrazó a Susana y le dio un apretón a Alejandro con delicadeza,
recordando su estado.
Detrás le seguía Beto. Alto. Elegante. Con traje oscuro y corbata.
Cabello engominado y su buen afeitado. Oliendo a Calvin Klein Llevaba
una tarta envuelta. Un postre grande y redondo.
Malena estaba parada, con la boca abierta mirando a Samu.
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Susana miró a Malena que se había quedado sin habla al ver al
exótico Samu, y con la excusa de llevar la tarta a la cocina, metió
dentro a Malena que parecía alelada.
—¿Quién es ese ángel? —preguntó con un pestañeo nervioso.
—Samu, ahora te lo presento, pero has de saber...
—No había visto nunca a un hombre con esa aura tan poderosa.
Es magnífico —exclamó con deleite— es un hombre con un magnetismo
apabullante, es atractivo, grande, viste como a mi me gusta, es... se le
ve hombre...
—Malena —quiso interrumpir Susana compungida.
—Oh, ¿crees que le gustaré? —se entusiasmó la morena.
—Seguro, pero has de saber...
—Es guapo, se nota caballeroso, y educado, atractivo...
—Eso ya lo dijiste —interrumpió Susana.
—No me agües la fiesta. Es extraordinario, guapo, atractivo —
repitió mirándola a propósito— exótico.
—¡Y gay! —añadió sin anestesia Susana dejándola con los ojos
desorbitados.
—¿Y para qué diablos me traes a un tipo gay? —casi chilló
mientras Susana intentaba taparle la boca.
—No te he traído a nadie. Son amigos y pareja.
—¡Es una putada! —Se quejó Malena abriendo el postre— Creo
que me voy a poner hasta el culo de dulce hoy. ¡O Dios mío! —Exclamó
al ver el chocolate que recubría la tarta— el mejor sustituto del sexo.
Casi estoy por quedarme en la cocina y empezar con el postre.
—Oh, Malena. Deja ya de compadecerte. No necesitas a un
hombre hoy, necesitas compañía. Todavía estás rabiando por Paco.
Hasta que se te pase.
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—¿Y no crees que ese bombón moreno se prestaría a pasearse
conmigo por el curro? Así, como quien no quiere la cosa... frente al
Paquito, para que le doliera —se golpeó el pecho teatralmente— que
sufriera. Seguro que se arrepentiría de haberme abandonado. Y más, si
ve que lo cambié por ese pedazo de hombre. Que dicho sea de paso,
parece muy macho.
—Lo es. Solo que su gusto no es lo que a ti te conviene ahora —
concluyó Susana sonriendo a Beto que entraba en la cocina.
—¿Interrumpo? Hola Malena.
—Te recuerdo —sonrió la aludida.
—Y yo a ti. Nos hemos visto alguna vez.
—Por Gorditas. Sí.
—Me ha dicho Susana que estás cuidando la fortaleza —hizo un
movimiento circular con las manos— y que cocinas de alucine.
—Sí. Ahora probarás mis guisos. Os quiero ver sentados ya —
contestó sonrosándose halagada.
Beto abrazó a Susana mientras reía con los labios pegados a su
cabello.
—Tiene pinta del hada buena del cuento —le susurro yendo hacia
el salón.
—También puede ser una bruja —aceptó Susana.
Malena trajo un escanciador que le dio a Alejandro. Se detuvo
mientras Susana le presentaba a Samu. Éste, galante, se inclinó y besó
la mano de la mujer. Malena puso los ojos en blanco, hizo una risita
tonta y se fue a la cocina. Susana fue tras ella, no antes de clavarle un
dedo en el brazo a Alex que la miró extrañado.
—Te ayudo a llevar las cosas.

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—Que guapo es —sonrió con aire soñador— tiene unos brazos
enormes y sus dedos parecen espátulas ¿estás segura de que son
pareja? Con lo delicado que es Beto. Un figurín al lado de un hombre
que parece un luchador de sumo.
—Da esa impresión, pero te aseguro que Samu es bastante más
delicado que Beto. Por eso se llevan tan bien, se complementan.
—Me gustan los dos. Pero me pirra el de la coleta.
—Olvídate —advirtió Susana.
—Se puede soñar ¿no? —dijo pringando un dedo en el chocolate y
dándoselo a chupar a Atila que estaba muy silencioso pendiente de
tanto invitado.
—Me parece que tus sueñas demasiado.
Llevaron el primer plato y la ensalada, seguidas por el can que se
aposentó en las piernas de Alejandro.
La cena fue amena. Malena estaba encantada. Excelente
anfitriona, estaba en todo y deleitó el paladar de los presentes.
Susana estuvo vigilando la copa de la mujer. Al parecer, Alejandro
también estaba al pendiente.
Hablaron sobretodo de los viajes de Beto y Samu. Del ascenso y
trabajo de Susana y ya hacia el postre, estando la tarta en medio y los
platos por servir, de los planes de Gorditas de Lujo.
—Pues he hablado antes del tema con Susana y me ha dicho que
lleve un par de fotos y los datos para ver si puedo ser seleccionada para
el concurso.
—¡Estupenda idea! —coreó Alejandro.
—Te puedo hacer las fotos yo —se atrevió Beto— soy bueno con
los enfoques. La fotografía es mi afición.
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—¿Qué no es, tu afición? —Chasqueó la lengua Susana— Todavía
no encuentro nada que no sepas hacer. Siempre me sorprendes.
—Todavía me quedan cosas por aprender —dijo con falsa modestia
el hombre.
—Pues te tomo la palabra —aprovechó Malena.
—Mañana es sábado —intervino Samu ¿por qué no nos vamos en
el barco y le haces las fotos en la playa?
—Pero esta vez sin paella. Podemos llevar platos fríos... —decía
Beto.
—No. Yo llevaré cestas para picnics —dijo entusiasmada Malena—
yo me ocupo de las viandas. Qué ilusión. Hace años que quiero ir en
barco.
—Yo no estoy para viajar mucho —carraspeó Alejandro.
—Tonterías. Necesitas tomar el aire. Te cuidaremos entre todos —
insistió Beto.
—Claro, hombre —lo miró Susana con dulce expresión— ¿no estás
cansado del piso? Yo pensaba sacarte a pasear mañana igualmente. Una
vuelta en barco es ideal.
—Bien. Pero llevemos una lona o algo para el suelo de la playa —
contestó mirándola fijamente.
—Hecho —contestaron Beto y Samu a la vez— esta vez sin
garrapatas.
—¿Garrapatas? —chilló Malena haciendo que el perro lanzara una
triada de ladridos nerviosos.
—Demasiado largo de explicar —la tranquilizó Samu— ni te
preocupes.


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CAPÍTULO 6


¿Me besas, o no me besas? Porque empiezo a
estar impaciente hasta yo.


Cerca de las doce se fueron Samu y Beto.
Habían quedado a las ocho del día siguiente. Les recogería Samu
en su camioneta.
Malena estaba entusiasmada. Susana le dio permiso para coger
ropa de su armario. Unos cuantos vestidos para las fotos.
Entre los tres empezaron a recoger la mesa. Alex caminaba con
seguridad. Cuando se cruzaba con Susana le tiraba un beso o le guiñaba
un ojo. Ella sonreía.
En uno de los viajes, Malena se fue al lavabo seguida de Atila.
Entonces, Alex acorraló a Susana en la cocina con las servilletas en la
mano. Se sentó en la silla y la acomodó de costado en sus piernas.
—¿Te he dicho lo guapa que estás hoy?
—No —rió Susana con las manos en alto y las servilletas
colgando— cuidado con tus costillas.
—Me encanta como hueles —metió la nariz en la parte derecha del
cuello e inspiró— a chocolate. Y canela.
—Acabo de zamparme dos porciones de tarta —rió
relamiéndose— ¿a qué voy a oler sino?
Él la miró serio. Sus ojos fijos en los labios brillantes y en la punta
de su lengua que limpiaba las comisuras de la sonrosada carne.
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—Estás para comerte —dijo quedo Alex.
—Le dijo el ratón al queso —susurró ella con la vista nublada por
su visión.
Durante unos segundos sus rostros estuvieron mesándose.
Respirando el mismo aire. El tragó visiblemente. Ella se volvió a lamer
los labios.
Alejandro emitió un quejido lastimero antes de lanzarse a chupar,
literalmente, la boca de ella. El asalto la tomó por sorpresa. Esperaba
un beso suave, una ligera exploración, y no un ataque en toda regla. En
un primer instante, ella abrió los ojos exageradamente. La lengua
masculina se introdujo en su boca sin advertencia. Una mano de él
estaba en su nuca, sujetándola para que no se moviera, la otra,
apretaba su cintura, apretujando su carne, apenas dando caricias, más
apretando, y soltando seguidamente. La boca de él se abrió y abarcó
toda la de ella. Susana comenzó a reaccionar a la segunda succión de
sus labios. Su boca y alrededores húmedos por la exploración atrevida.
Los ojos ya cerrados. Al sentir de nuevo la lengua masculina buscando
la suya, la hizo aletear en un baile frenético contagiado por el ansia de
él. No estaba muy segura de que hacía. Era la primera vez que la
devoraban de ese modo.
Sus manos estaban alzadas, sosteniendo las servilletas como si
fueran algo que se pudiera romper.
Él respiró ruidosamente y apartó su boca momentáneamente.
—Suelta esos trapos y tócame —ordenó él.
Ella estaba deliciosamente confundida. Soltó las telas de una mano
y llevó su palma al cabello del hombre. La otra mano siguió sujetando
un par de servilletas que no le estorbaron para descansar el brazo en su
hombro.
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Alex frotó su nariz contra la de ella, intentando recuperar el
aliento.
—Se me está clavando la botella de menta otra vez —siseó ella.
Él le chupó la punta de la nariz al tiempo que daba una risotada
apagada.
—Se la devolví hace rato a Malena —contestó sin moverse,
dejando que ella sintiera su erección creciente.
—Me parece que esto, no es bueno para tus costillas —adujo ella
algo nerviosa al sentir la mano de él navegando por su trasero y la
cadera. El vestido era fino y era una barrera muy precaria.
—No estoy pensando en mis costillas ahora.
—Pero yo sí —dijo ella definitiva— no empieces nada que no
puedas terminar.
—¿Lo dices por ti o por mí? —interrogó él.
—No estás para juegos.
El se fijó en su mirada baja y en como estaba envarada sobre él.
No estaba preparada. Eso era evidente. Si ella quería, Alex estaba
dispuesto a complacerla, aunque no recibiera el favor a cambio. Era
tímida y necesitaba soltarse un poco más. Respiró hondo y le acarició la
barbilla.
—Sí. Tienes razón. Todavía no estoy para tirar cohetes —sonrió
levantándole el rostro hacia él— será mejor que te levantes antes de
que venga Malena.
—Malena ya ha venido —dijo entrando en la cocina— ya era hora.
No me montéis estos números —bufó dando a entender que estaba
fuera esperando que acabaran— me pongo mala. Me sube la calentura.
Hasta Atila está sofocado —señaló el perro que jadeaba sentado en un
rincón de la cocina.
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—Pues sí que teníamos público —dijo Alejandro dejando que
Susana se levantara.
—Te he preparado el aparato. Ya está con sus burbujas y todo —
contó Malena, instando a Susana a ir a usar la placentera máquina para
los pies— yo me ocupo de la cocina —luego miró al hombre— Tú. Será
mejor que te des una ducha fría —observó el bulto en sus pantalones—
¡Que desperdicio! —elevó los brazos al cielo mientras Alex se levantaba
derecho al baño, mascullando y seguido de Atila.



Susana estaba sentada en el sofá con los pies dentro del aparato
masajeador. Las burbujas obraban maravillas. Llevaba casi veinte
minutos allí. Parecía relajada. Los ojos cerrados, como ausente, pero su
cerebro era un mercado de bolsa en plena locura. Su cuerpo todavía no
se había calmado de las sensaciones que la habían despertado. Ese
corto episodio con Alex la había movido más que su única relación
sexual. Estaba asustada. No sabía como podía controlar las reacciones
que le provocaba ese hombre. Si un beso casi le derrite el cerebro, ¿qué
haría cuando llegaran a más?
Por lo pronto, sus costillas le impedían grandes proezas, por lo que
su relación estaba limitada. Pero, ¿qué ocurriría cuando él estuviera en
plenas facultades?. Querría hacer el amor con ella. Y debía reconocer
que ella también estaba deseosa. Por ahora solo quería que la abrazase.
Nada más. En sus brazos se sentía segura. La noche anterior había sido
la más placentera de su vida. Se había despertado en un par de
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ocasiones y había disfrutado de su brazo sobre ella, sin presionar. Con
la sola manifestación de su presencia.
Escuchó la puerta del cuarto que se abría. Entrecerró los ojos y lo
vio de refilón. Llevaba unos pantalones de chándal blancos de bolsillos
naranjas. Iba descalzo, una costumbre en él. Su torso estaba desnudo.
Sin vendas ni camisa. El vello le cubría el pecho profusamente.
—Pensaba que te habías quedado dormida.
—Casi. Estoy tan cansada que se me cierran los ojos.
—Se te van a quedar los pies como pasas —sonrió mirándola
sensualmente.
—Es igual. Por mí, como si se derriten. Mañana no tengo que ir a
trabajar.
—Me extrañó que accedieras al día en barco. Generalmente
trabajas los sábados por la mañana.
—Avisé que no iría. Al estar tú, pensaba sacarte a pasear.
—Gracias —sonrió tímidamente— sé que tienes mucho trabajo. No
es el mejor momento para que tengas un extra como yo.
—No ha sido para tanto. Te duchas solito y he contado con la
inestimable ayuda de Malena.
—Jajaja, lo de ducharme solo ha sido una necesidad. Malena se
ofreció muy gentilmente, pero si no podía gozar de tus cuidados bajo el
agua, me las puedo apañar con cuidado y más tiempo ¿por qué no te
vienes a la cama ya? Es tarde.
—He pensado en dormir en el sofá —dijo ella sin mirarlo.
—Cabemos los dos perfectamente en la cama. No es doble, pero
casi. Yo no me puedo mover, y ayer no dormiste tan mal.
Ella sonrió dulcemente.

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—Si, dormí muy bien —admitió— pero tengo miedo de hacerte
daño. Peso mucho y...
—Susana —se acercó y con cuidado se arrodilló a sus pies— Puf.
Me cuesta hasta agacharme —la miró fijo— me gusta abrazarte. Si no
puedo tener nada más por ahora, me conformo con eso, así que no me
niegues un gusto. Ahora tengo pocos. No soy un peligro. Soy como un
niño.
Ella rió. Y lo miró. Aún de rodillas, casi le llegaba a la cara.
—No tienes pinta de niño —subrayó ella con los ojos totalmente
abiertos y sintiendo una mano de él en su pierna.
—Mi hermana siempre me dice que tengo cara de pillo —sonrió de
lado.
—Eso es cierto —ella le retiró un rizo caprichoso de la frente—
vete a acostar. Me cambio y ahora vengo.
l obedeció. Se alzó con trabajo y se dirigió a la cama. Estaba
dolorido. Al final del día era normal. De repente uno notaba los
esfuerzos de más hechos en las horas pasadas. Además se sentía algo
frustrado. Tras un fallido intento de complacerse a si mismo, pues el
solo movimiento de su mano le clavaba pinchos en las costillas, la ducha
fría había aliviado su calentura momentáneamente. Su cabeza entendía
que aliviarse no sería posible hasta como mínimo dos semanas más. Y el
esfuerzo de hacer el amor y empujar en el interior de la suave Susana
se veía todavía más lejano.
Susana regresó unos minutos después con su camisón del pájaro
loco. El cabello suelto. Con sus zapatillas rosas afelpadas.
Al verla, él maldijo mil veces sus costillas que le impedían ir a
buscarla, cogerla en brazos y hacerle el amor hasta que se olvidara de
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su propio nombre. Al mismo tiempo bendijo las mismas costillas que le
permitían estar en ese instante con ella y en una cama.
Ella caminó despacio hasta el lecho. El retiró el edredón y le hizo
espacio.
Había algo distinto a la noche anterior. Los dos estaban mil veces
más conscientes de detalles que un día atrás ignoraban. Ella se
acomodó de la misma forma que el día de ayer. De lado, apoyada
medianamente en su costado sano. Él mismo cogió el brazo femenino,
algo tímido, y lo puso sobre su pecho. Concretamente sobre su corazón.
La pierna de ella, flexionada sobre la rodilla masculina, se mantenía
prudente.
Alex respiró hondo y su pecho se elevó, la mano de ella, que
reposaba lánguidamente, se alzó para atrapar unos rizos de forma
perezosa. Sus uñas pintadas de rosa y bastante largas, se enredaron en
los rulos largos del vello masculino. Dedos y pelo quedaron anudados
cuando él soltó el aire, plenamente consciente de su toque. Susana
suspiró gozosamente. Callados, sin moverse más que para respirar, se
durmieron.


Alejandro despertó acalorado. Retiró un poco el edredón, encendió
la lamparita de noche y miró la hora. Cerca de las cuatro.
Susana respiraba fuertemente y de vez en cuando sonaba un
ronquido. Sonrió, recordándose que tenía que decirle que roncaba. Ella
se removió y alzó la rodilla paseándola arriba y abajo sobre el sexo
masculino que comenzó a hincharse con celeridad, sorprendiéndolo
incluso a él. Al tercer movimiento, Alex sujetó la pierna de ella a la
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altura de la rodilla por la parte interior. La pierna femenina quedó
flexionada, con la rodilla sobre el bajo vientre masculino. El camisón
alzado y mostrando unas bragas rosas y un muslo potente y suave.
Alejandro acarició levemente el muslo que yacía sobre él. Podía
sentir el calor de la entrepierna de ella en la cadera. Creía que saldría
humo de esa intersección de sus cuerpos.
De repente se dio cuenta de que tenía la frente perlada de sudor.
Cerró los ojos y gimió lastimeramente. Un brazo sujetaba la cintura de
ella y descansaba la mano sobre su redonda cadera. La otra palma
estaba abierta en la parte trasera del muslo femenino, sujetándola
contra si.
Alejandro ladeó la cabeza y visionó a la bella durmiente. Se
apoyaba confiadamente en él. Sus pecas no se distinguían. Le embargó
una ternura que no había sentido jamás. Soltó su muslo con la intención
de acariciarle la cara. Al verse libre, la pierna femenina descendió,
acariciando su incipiente erección. El sostuvo una carcajada por su
descuido y fue a buscar de nuevo el muslo para detener su travesura.
Besó la frente de ella con lentitud, casi tentado de chupar su piel para
ver si las pecas se le pegaban a la lengua. En ese instante, decidió que
quería que esa mujer fuera la madre de sus hijos. Si la podía
convencer... claro. Quería una niña pecosa. Respiró hondo satisfecho
por su resolución. Una imagen de él sosteniendo a un bebé sonrosado y
pecoso le asaltó la mente. Sonrió. Siguió con su ensoñación hasta que el
sueño lo venció de nuevo.
La luz quedó prendida.



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Susana se despertó sintiendo una sensual y repetitiva caricia en su
muslo izquierdo. Dedujo enseguida quien era el dueño de esa mano
caliente y persuasiva. Lo primero que notó es que tenía el camisón
levantado hasta encima de la cadera. Todavía medio dormida, sintió
que liberaba su pierna y la quiso retirar lentamente hacia abajo, pero la
mano volvió a sujetarla casi por debajo del trasero, impidiéndole
cualquier movimiento. Sintió un beso lento y tibio en su frente.
Estuvo tentada de abrir los ojos, pero se lo pensó dos veces. Se
sentía demasiado a gusto con esas caricias lentas y prometedoras,
delicadas pero insistentes. La otra mano de él reposaba sobre su cadera,
cerca de su ropa interior, no la movía, pero su dedo pulgar apretaba de
vez en cuando su carne. Ella tuvo ganas de besar su pecho, pero se
contuvo. No estaba preparada para el resultado que tendría ese gesto.
Recordó el beso en la cocina y un calor repentino inundó su
vientre. Cerró más los ojos y sin pretenderlo se volvió a dormir.

—Arriba holgazanes —les despertó sin piedad Malena mientras
entraba como tromba en el cuarto seguida del can— cerrasteis la puerta
y Atila se ha pasado la noche haciendo viajes para ver si le abríais.
Susana se desperezó, estirando las piernas y el tronco, mientras
levantaba la mano que yacía sobre el pecho de él por encima de sus
cabezas. La mano de él se deslizó hacia el trasero femenino, sujetándola
para que no se fuera todavía de la cama.
—¿Qué hora es? —susurró con voz ronca Susana.
—Las siete menos diez —dijo acelerada Malena— si quieres
pegarte una ducha, estupendo, el desayuno está listo.
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Susana asintió mientras levantaba el rostro para ver a Alex, que
despierto, buscaba su mirada.
—Buenos días pecosa —sonrió.
—Te he dicho que no me gusta que me llamen así —se revolvió en
sus brazos para irse. Él la apretó manteniéndola en la cama, pegada a
él.
—A mí me gustan tus pecas —se adelantó Malena sin pudor por
presenciar la escena.
—Ves —rió Alex— ya somos dos ¿eso no te dice nada?
—Sí. Que los dos no sois pecosos —apoyó de nuevo la mano en su
pecho, bajo su garganta y descansó la cara sobre ella— tenemos una
hora para prepararnos. Huele a café —inspiró mientras elevaba su
trasero para salir de la cama.
—Me gustan tus braguitas rosas —dijo atrapando su elástico y
soltándolo a la altura de su cadera. Ella se quejó y su rodilla perdió el
equilibrio, volviendo a la posición de tumbada— dame un beso para
recuperar las fuerzas y levantarme.
—¿Recuperar fuerzas? —indagó Malena ya a los pies de la cama y
mirando a Atila subir al colchón— ¿Cuando las perdiste super macho?
—En mis sueños metiche —respondió sin mirarla— y ahora
déjanos solos para que podamos darnos los buenos días como Dios
manda.
Malena rió mientras se retiraba. Atila quedó sentado en los pies de
la cama.
—Tienes dos minutos antes de que vuelva a entrar —rió Susana.
—Conociéndola, un minuto —la mano derecha de él subió a su
cara para acariciar su cabello, mientras la otra subía de su cadera a su
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nuca acercándola con cierta ansiedad —llevo toda la noche deseando
hacer esto.
Posó sus labios sobre los de ella. Apenas un roce insistente. Siguió
con dos o tres besos castos y tiernos. Ella abrió la boca levemente.
Preguntándose, deseosa, si continuaría con esa pauta o volvería a la
pasión del día anterior en la cocina.
Alex se estaba conteniendo para no repetir el ataque de su
anterior beso. Quería ir despacio, dejar que ella se confiara. No quería
apresurarse. Sabía que su barba le picaba, así que tenía buen cuidado
de no ser brusco con su delicada piel. Susana se alzó un poco para tener
la cabeza mas ladeada. Él gimió. Ella intentó apartarse pensando que le
había hecho daño.
—Tus costillas —se lamentó.
—Cuando me duelan te lo diré —contestó apresando su boca de
forma mucho mas contundente. Besos húmedos, algo más atrevidos
pero sin llegar a convertirse en fuego. Ya estaba bastante quemado él.
Esa mujer lo encendía con una mirada ¡qué peligro!
Un toque brusco en la puerta les interrumpió.
—¿Salís o entro?
—Ya vamos —calmó Alejandro dándole un último pico y
ayudándola a levantarse.



La falda floreada que había escogido Malena no le sentaba muy
bien. La hacía parecerse a una campana. Pero si la falda le sentaba
como un tiro, el top color canario daba horror. Y si todo ello se
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aderezaba con unas sandalias color violeta y una cinta de pelo color
fucsia, ya se vislumbraba el golpe de efecto.
—Malena, cielo —se acercó a abrir la bolsa de deporte que llevaba
llena de ropa— ¿qué más te has traído?
—Dos pantalones, un blusón muy vaporoso. Unas bermudas, dos
tops. Un par de vestidos... y algo mas que no me acuerdo.
—Cielo ¿te has fijado si combinan? —se preocupó Susana mirando
como Alejandro, tras Malena, bizqueaba cómicamente.
—Me gustan los colores vivos —dijo a la defensiva.
—Seguro. Pero son fotos muy importantes. Es mejor que... bueno,
Beto decidirá, sino, siempre puedes ponerte pareos en forma artística.
Atila ladró, llevaba un biquini color rosa a modo de gorro, parecía
una talla de bebé, porque desde luego no era de su dueña.
—¿Eso son bragas? —interrogó divertido Alejandro mientras cogía
con cuidado la bolsa de ropa.
—El sol le sienta mal a Atila. Si le da un golpe de calor le puede
dar un ataque. No encontré ninguna gorra de su tamaño, pero en una
tienda de bebés compré la braguita y le viene muy bien.
—Sí —contestó abriendo la puerta Susana— le favorece mucho.
Vayamos bajando que nos están esperando seguro.
—Luego subo yo con Beto o Samu para recoger las cestas y las
bolsas de comida —dijo Alejandro.
—No. Tú te sientas en el coche que subiré yo —corrigió Susana
que esa mañana estaba encantadora con su camiseta rosa y sus
pantalones de verano verde oscuro elásticos.
—Eres una mandona —se defendió risueño el hombre.
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—Y tú estás convaleciente —le recordó quitándole el peso de la
bolsa de ropa— Y le prometí a tu hermana que te cuidaría y no te
dejaría hacer esfuerzos.
—Ayer hablé con mis padres y con ella —dijo entrando en el
ascensor después de Atila— y estaba muy tranquila. No está en absoluto
preocupada por mí. Parecía más inquieta por ti. Como si temiera que me
hubieras mandado al cuerno.
—Dice que eres exasperante cuando estás enfermo —rió Susana—
ella te conoce más que yo.
—Es un impaciente —intervino Malena— quiere seguir haciendo las
mismas cosas que cuando está sano y se cabrea cuando no puede.
—Eso no es cierto —adujo el interesado— no me he quejado. No
me muevo. No hago esfuerzos...
—Eres inquieto, no paras —interrumpió Malena— te aburre la tele
y no sabes quedarte sentado mucho tiempo.
—Eso es porque me duele si estoy en la misma postura mucho
rato. Ayer fue el primer día que pude respirar profundo sin doblarme en
dos.
Llegaron abajo y vieron la camioneta de Samu aparcada casi
encima de la acera.
Tras los saludos, subieron todos, menos Susana y Beto que fueron
a buscar la comida.
Cuando el hombre vio la cantidad de cosas que había preparado,
se llevó las manos a la cabeza.
—Esto es para un regimiento —sonrió abriendo las dos cestas
para mirar dentro.

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—Estuvo cocinando hasta las tantas —le explicó Susana— y esta
mañana se despertó más temprano que nadie para ultimar.
—Parece buena chica —cogió las dos cestas que pesaban como un
burro.
—Lo es. Pero está pasando un mal momento.
—Tiene suerte de tenerte a ti.
—Estoy empezando a pensar que tengo suerte de poder contar
con ella —admitió Susana cogiendo dos bolsas con una mano y una
bolsa de deporte con la otra— al principio fue todo una calamidad. Pero
después del desastre no ha sido tan malo.
Salieron hacia el ascensor.
—¿Y qué tal con Alejandro? Parece que os gustáis.
—Lo estoy cuidando.
–Y yo me chupo el dedo. ¡Venga, por favor!
—Ya estoy bastante confundida Beto. No tengo ganas de hablar
del asunto.
—A mí me parece que tienes miedo de enamorarte. Pero, chica —
suspiró con una sonrisa de oreja a oreja— es lo más bonito que hay. Te
cambia la vida. Yo no sabía que era eso hasta que conocí a Samu. Me ha
estabilizado. Nos cuidamos mutuamente. Hablamos. Le digo cada día
que lo quiero y él me lo repite. Nos encanta complacernos con los
caprichos que sabemos que nos gustan. No nos importa dónde estamos,
si estamos juntos. De verdad, Susana, no hay nada mejor que amar y
ser correspondido.
—Me estás dando envidia —sonrió con una mueca.
—No me creas ¡Pruébalo! —Aconsejó saliendo del ascensor hacia
el coche— Samu, ayúdame que esto pesa un huevo —dijo alzando la voz
para que lo socorrieran.
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El viaje se hizo corto. Malena acaparó casi toda la conversación
con el tema fotos y comida. El resto fueron intervenciones de los demás
sobre el mismo monotema.
El tiempo amaneció algo nublado pero se abrió al poco de llegar a
Sitges. Mientras Malena, Susana y Alejandro se sentaban en cubierta,
Samu y Beto se ocuparon de sacar el velero a navegar.
Malena estaba entusiasmada y por primera vez, Atila estaba mudo
y quieto. Se notaba que no era un marinero experto. El bizqueo se veía
más acentuado y la braga rosa que tenía encasquetada en la cabeza
ayudaba a desmerecer la imagen de lobo de mar.
En alta mar, la sesión de fotos comenzó. Malena, asistida por
Susana comenzó a disfrazarse, por llamarlo de alguna manera. Beto
disparaba la cámara buscando los mejores enfoques. Al principio,
Malena estaba algo rígida y le salió una timidez que ninguno en el barco
suponía que poseía. Lentamente, comenzó a coger confianza. Y de
repente, comenzó a poner poses sugestivas. Se agarraba al mástil y
levantaba la pierna, soltaba besos al aire como si fuera una diva. Se lo
estaba pasando en grande.
El caniche enano, francamente afectado por estar rodeado de
agua, ni ladraba pese a que Malena reía y todos coreaban sus poses.
Samu al timón, le silbaba. Alejandro le iba indicando poses y Beto
estaba tan concentrado en su faena que más de una vez estuvo a punto
de caerse al agua.
—Levanta más la cadera —le daba instrucciones Alejandro— alza
la cara al sol. Oh. Quítate esas gafas de sol —chasqueó los dedos para
llamar su atención— mira hacia el otro lado. Así, perfecto.
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Durante cerca de dos horas, entre cambiarse, fotos, cambiarse,
poses, fotos, cambiarse y reírse, pasaron la mañana.
A las dos del medio día acabaron de montar el campamento. Tal
como acordaron, una lona fue depositada en la arena, aislándolos por
completo de ésta. En cuatro metros cuadrados, se colocó la mesa
plegable, y las viandas.
Todos estaban hambrientos. Sobretodo después de la intensa
sesión fotográfica. Malena estaba radiante, finalmente se había quedado
vestida con un vaporoso vestido rosa con transparencias en el torso.
Seguía en su papel de modelo y estaba realmente guapa con una
sonrisa totalmente contagiosa.
Atila, ya en tierra firme, volvía a ser el mismo. Ladrido aquí,
aullido allá, carrera loca acullá... cualquier movimiento entre los árboles
de la playa era el inicio de un simulacro de batalla. Agotado, finalmente
se había tendido a los pies de Alex, su paladín, que le daba caprichos
entre bocado y bocado.
Susana, al lado de Alejandro, tenía las mejillas rojas del sol. Sus
ojos se veían verdes y brillantes y estaba disfrutando del día y de la
compañía.
Ya estaban llenos cuando sacaron el postre, pero ninguno iba a
renunciar a la traca final.
—Está riquísimo —dijo Susana probándolo y con un enorme
bigote blanco rodeando sus labios.
Alejandro se le acercó, y cogiéndole la barbilla, chupó con su boca
todo el merengue que la adornaba. Se oyó claramente la succión. Ella
abrió mucho los ojos, y cuando él se apartó, miró a Beto y a Samu que
la contemplaban con una sonrisa enorme.
—Sí —reiteró Alejandro— definitivamente está riquísimo.
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Susana tragó y, callada, volvió a dar otro mordisco. El merengue
le manchó casi hasta la nariz, se relamió el labio superior.
—Creo que voy a repetir —dijo Alejandro que la miraba fijo. Y
antes de que ella escondiera la lengua que arrastraba el merengue de su
labio superior, volvió a atacar su boca. Chupó y lamió. Susana cerró los
ojos y se dejó hacer. Los testigos carraspearon, Malena se llenó la boca
y sorbió nerviosa.
—Te la vas a tragar —dijo por fin la espectadora— pese a la
original forma de catar, te aconsejo que, para mi tranquilidad mental, lo
pruebes directamente de tu plato.
—Estoy de acuerdo —dijo Beto golpeando el cubierto en el plato
para interrumpir el espectáculo— chicos. Alejandro. Come de tu plato,
Caray.
El aludido despegó sus labios de Susana. Lánguidamente.
—¡Guau! —dijo apenas en un susurro ella mientras lo veía
relamerse el merengue que, con el beso, se había pegado a su piel.
—Sí ¡Guau! —repitió Alejandro.
—¡Guau! —Añadió Malena— ¿Puedo añadir en mi ficha de Gorditas
a la Carta, algo como esto?
—Sí, claro —se burló Beto— en las clases de cocina sería un
aliciente este tipo de espectáculos. Cocinas lo suficientemente bien para
que hagan cola.
—No te chotees —se defendió Malena— vosotros no pasáis hambre
de amor. Tú tienes a Samu y Susana a Alejandro. Mira, se están
comiendo con los ojos.
Los aludidos retiraron la mirada y prestaron atención a Malena.
Recomponiéndose del episodio, Alejandro agradeció estar sentado
porque las piernas no le hubieran sostenido. El costado le dolía de
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inclinarse a saborear a Susana, que dicho sea de paso, todavía estaba
en un estado semi catatónico.
Vio la sonrisa de Samu y la correspondió. Beto estaba ocupado
tratando de animar a Malena.
—Encontrarás a tu hombre adecuado. Un poco de paciencia.
—Mientras, Paco se pasea con esa “pedorra” por la oficina. Era mi
mejor amiga. Trabajábamos juntas, desayunábamos juntas, íbamos al
cine juntas —suspiró— nos lo contábamos todo. Ella sabía el cuelgue
que tenía con él.
—Esta claro que no era tu amiga —puntualizó Alejandro.
—Si —admitió Beto— las amigas no se hacen esas faenas.
—En fin. Ella ha ganado —se encogió de hombros.
—No estoy de acuerdo —pareció despertar Susana de su trance—
Has ganado tú. ¿Para qué quieres un mamarracho como ese?
—Era feliz. Tenía su atención. Tenía a alguien por quien ponerme
guapa, arreglarme —su voz cambio socarronamente— y teníamos buen
sexo. Corrijo. Excelente sexo.
—No tenías amor. Era una relación enfermiza —sugirió Beto— un
revolcón no lo es todo.
—¡Y lo dice un hombre! —rió Malena.
—Los hombres también podemos ser seres sensibles. No todos
tenemos como prioridad el sexo —defendió Alejandro.
Malena puso los ojos en blanco e hizo un gesto simulando vomitar.
Luego lo miró y bajó la vista a su semi excitación, en baja, pero
existente. Alejandro se cubrió mejor con la servilleta y se sonrojó.
—¿No me digas? —dijo finalmente Malena.
—Tenemos la capacidad de excitarnos más fácilmente, pero eso no
significa que nos valga todo —explicó Alejandro— Paco se ha portado
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como un cerdo, no tiene justificación. Pero te aseguro que hay muchos
hombres que jamás harían eso.
—Bueno. A decir verdad, hay una etapa en la que vale casi todo —
rió Beto— pero eso se pasa con la edad.
—La cuestión es que Paco esta feliz y con pareja y yo estoy sola.
Soy la comidilla del curro. Estoy temblando de pensar en volver a
trabajar. He pedido traslado, pero tardarán en contestarme y no es
seguro que me lo puedan conceder. Sino es así, casi prefiero largarme
de la agencia. La lástima es que me gusta mucho mi trabajo.
—Ignóralo —apremió Alejandro.
—Trabajamos juntos. Codo con codo.
—Eso ya es más jodido —dijo Beto chasqueando la lengua— ¿te
ayudaría que él creyera que has encontrado a alguien?
Los ojos de Malena brillaron y miró a Susana en un gesto de
entendimiento.
—A mi ego sí, desde luego —concluyó Malena.
—Pues cuanta conmigo para darle en las narices —sonrió Beto.
—Gracias. Lo acepto. Sería estupendo contar con un hombre tan
guapo para darle en las narices.
—Si me necesitas también puedes contar con mi ayuda —se
ofreció Samu.
—Esto se está poniendo interesante —rió Susana.
—Si necesitas a otro para la colección, yo también te puedo servir
— se añadió Alejandro.
—Sí —se carcajeó complacida Malena— tienes razón Susana. Esto
se está poniendo muy interesante.

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Después de comer, Beto insistió en aprovechar la playa y su
paisaje para unas cuantas fotos más. Susana y Malena se pusieron en
ello, mientras Samu, Alejandro y el caniche peludo se fueron a pasear.
Alex se llevó una mano bajo el pecho en un gesto muy elocuente.
—¿Te duele? —Observó Samu— caminar en la arena es algo
forzado. Vamos a sentarnos —señaló un montículo de piedras secas a
pie de orilla.
—Sí. Gracias. Sentarme un rato me irá bien. A veces olvido que no
puedo ir a toda máquina. Me cuesta bajar el ritmo.
Samu ayudó a sentarse a Alejandro y se acomodó a su lado.
—No quisiera ser metiche —comenzó a hablar Samu— pero veo
que la cosa entre tú y Susana prospera y no me gustaría que le hicieran
daño —lo miró y continuó tras una breve pausa ante su gesto serio—
me refiero a que contaste tus planes de irte a trabajar a Argentina.
—Bueno, sí —se sacudió la arena de las manos— mis prioridades
han cambiado —admitió buscando una postura cómoda para no forzar
sus costillas y respirar mejor— durante estos días he tenido mucho
tiempo para pensar —rió quedo— no he hecho otra cosa. El lunes
comenzaré a hacer llamadas para ver como cambio esos planes. Puedo
aceptar otra oferta aquí en España y venir cada fin de semana para ver
a Susana. Lo de Argentina ya no me parece tan atractivo desde que la
conozco.
—No tienes pinta de informal. Pareces un tipo responsable y
concienzudo.
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2

—Lo soy. Tengo toda la intención de convencer a Susana para que
nos demos una oportunidad. De hecho, estoy en ello. Todavía no tengo
mucha colaboración por su parte, pero si admitió que le gusto. No es
una mujer frívola o que le vayan las relaciones esporádicas, así que
asumo que si se lanza conmigo, la cosa es seria.
—Es una gran mujer. Una de las mejores que conozco.
—¿Sabes algo de sus relaciones anteriores? —lo miró con el ceño
fruncido— No te preguntaría una cosa así, pero la noto algo... reacia a la
intimidad. No me atrevo a preguntárselo claramente.
—Pues pienso que la única que te puede contestar es ella. Solo
puedo decirte que es muy prudente y que no le conozco ningún novio.
Claro que solo hace un año que la trato. Es algo esquiva con el tema y
casi todas nuestras conversaciones han sido en el gimnasio que
frecuenta y del cual yo era el encargado. Se siente segura con Beto y
conmigo porque no somos una amenaza. Es tímida, pero tiene coraje.
Una excelente amiga, y muy responsable. Como casi todas las mujeres
gorditas que conozco de este país, no lleva muy bien el sobrepeso. Yo
me he criado en distintos ambientes y en lugares en los cuales es de lo
más natural ser grande o gordo. Yo mismo lo soy y nunca he tenido
problemas por ello, ni me ha acomplejado, pero aquí he visto muchas
perturbaciones causadas por la moda del cuerpo diez.
—La verdad es que nunca me había planteado enamorarme de
una mujer gordita. Tampoco había planeado enamorarme y punto —
sonrió— pero cuando vi a Susana en bragas y sujetador, o sea,
prácticamente desnuda, no pensé en sus kilos de más, de hecho no
pensé —rió— sentí. Es una mujer preciosa y su cuerpo me gusta. He
sido consciente de su peso mucho después de conocerla y ni siquiera
me planteé que eso pudiera ahuyentarme.
NAT MÉNDEZ
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—Explícame eso de que la viste en paños menores —apremió
Samu con expresión de sorpresa.
—Fue un accidente. Malena le había vomitado encima y ella se
quitó la ropa. Cuando entré en su despacho sin avisar la pillé in fraganti.
Se puso tan colorada que pensé que iba a arder en una combustión
espontánea. Me gustó. Fue verla y... —hizo un gesto exagerado con las
manos— algo explotó en mi cerebro. Nos habíamos tropezado en los
lavabos un rato antes. Lo primero que vi fueron sus ojos verdes y miles
de pecas —rió— se me escapó y me puse a buscarla por la fiesta sin
resultado.
—¿Fue la fiesta de la semana pasada?
—Sí. A mí me parece que fue hace un mes. Pero es cierto que
solo fue el miércoles de la semana pasada. Finalmente, Flora me dio
permiso para subir a los despachos en búsqueda de intimidad para una
llamada de negocios. Soy amigo de Carlos, y aproveché eso para que
Flora me diera manga ancha. Mi lógica me decía que ella tenía que estar
en alguna parte del edificio y si en la fiesta no estaba, debía estar en
algún despacho. Para eso necesitaba autorización para moverme. Una
vez conseguido, la encontré a la segunda puerta que abrí —rió de nuevo
más fuerte— no sé quien se sorprendió más. Si ella, o yo al verla cual
Venus.
—Una forma poco habitual de conocer a una mujer.
—Me encantará contársela a nuestros nietos —dijo acariciando la
cabeza de Atila que retozaba entre sus piernas.
—Me gustas. Espero que la convenzas. Ella necesita alguien en
quien apoyarse y confiar.
—Ahhhhhh —advirtió solícito— ese soy yo. No soy grande por
gusto. Y tengo buenos pies. Puede apoyarse cuanto quiera.
NAT MÉNDEZ
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2

—De hombre grande a hombre grande —se acercó Samu en
actitud secreta— cuida a esa cosita y se delicado y paciente con ella —
entrecerró los ojos que se convirtieron en dos rayas oscuras y añadió—
¡y dale caña!
Alex rió coreado por el exótico tailandés. Se habían entendido
perfectamente.



Cuando regresaron, Beto le hacía fotos a Susana. Malena no
estaba a la vista.
Samu y Alex escalaron a la pequeña roca donde estaba Susana y
se sentaron uno a cada lado. Beto descargó varias fotos. Atila se unió al
grupo y finalmente Malena apareció entre los matorrales.
—A ver, grupo —dijo tiempo después Beto— tenemos dos
opciones. O nos quedamos a pasar la noche aquí o nos largamos ahora
mismo. Ya son las cinco y media.
—Por mí nos quedamos —se entusiasmó Malena— hay suficiente
comida. Y mañana no hay que trabajar.
Alejandro miró a Susana. Estaba sentada a su lado y él le tenía
pasado el brazo por encima de los hombros.
—Estamos bien aquí, ¿verdad? —le dijo casi en susurros
Alejandro.
Ella asintió. No hizo falta traducción para Beto, aunque no escuchó
las palabras del hombre.
—Bien, por unanimidad, nos quedamos.
Atila ladró.
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2

Samu fue a buscar tres farolillos al barco y los preparó colgándolos
en ramas secas y posicionándolos en triangulo, dejando el mini
campamento en medio. Oscureció mientras todos estaban en
contemplación de la puesta de sol.
Alejandro, que seguía rodeando con su brazo a Susana, tenía
sobre su muslo izquierdo la mano derecha de ella, y acariciaba con su
mano libre los dedos femeninos.
Ese día había algo en el ambiente que unía sus miradas y sus
manos sin cesar.
Alejandro ya se había despertado esa mañana con planes e
ilusiones muy concretos. Susana se dejaba querer, y eso era bueno.
Pensaba el hombre con optimismo.
Después de cenar, bailaron y bebieron. Total, no había que
conducir. A la noche, Samu regresó a Alex, Susana y Malena al barco.
Les dio mantas y les enseñó los camarotes.
Malena ocupó el más cercano a la entrada. Al otro lado, había dos
camarotes más. Uno individual y otro doble. Puesto que Samu y Beto
tenían intenciones de dormir en la tienda de campaña en la playa, los
dos estaban vacíos.
Alejandro ni siquiera se planteó darle a Susana a escoger. Cuando
Samu se fue, ayudó a Susana a poner forros a las dos almohadas y dejó
que ella pusiera la sábana. Las costillas no estaban para muchos trotes.
El silencio reinó en el barco.
Malena y Atila se habían encerrado en su camarote.
Hacía calor.
Susana fue al lavabo y regresó con una camiseta de Beto de color
melocotón.
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2

Alejandro, había aprovechado esos minutos de ausencia de ella
para quitarse la ropa y quedarse en puros boxers con dibujos de golf.
Había gateado por el colchón, y acostado, la esperaba. Los ojos fijos en
la puerta por donde ella tenía que aparecer.
Susana se sintió tímida de repente. Después de dormir dos noches
con él, no debiera ser así ,se dijo mentalmente con reproche.
—Cogeré la manta —comentó ella abriendo la enorme tela de
suave lana que le sirvió de parapeto para cubrirse las piernas.
Susana se sintió desnuda. En bragas y con una camiseta que
apenas cubría sus bragas rosas con rayas blancas, no estaba muy
segura de cómo meterse en la cama sin exponerse en demasié.
Estiró la manta y saltó al colchón cubriéndose rápidamente.
—¿Tienes frío? —preguntó el hombre con los ojos entrecerrados.
—Un poco —mintió ella— ¿qué tal tus costillas?
—Jajaja —rió él— he tenido que gatear en el colchón cual
ancianito con huesos quebradizos.
—Pobrecito —se burló ella con una risita nerviosa.
—Ha sido un día intenso. No conozco un final mejor que este —
ladeó la cabeza para mirarla, ella pestañeó, más nerviosa de lo que le
gustaría admitir— ven, me he acostumbrado a que te duermas pegada a
mi costado.
—¿Acostumbrado? —Dijo ahogadamente ella sin moverse— si solo
han sido dos noches.
—A lo bueno se acostumbra uno rápido. Ven aquí —insistió—
empiezo a notar que me falta algo.
Ella se arrastró poco elegantemente hasta su lado. Se puso de
costado, y se apoyó en él.
Alex dio un respingo y jadeó.
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2

—¿Te hice daño? —se preocupó ella al ver su rostro desencajado.
—Es el lado malo.
—Lo siento. No me acordaba —se disculpó ella separándose.
—Pasa por encima de mí y ponte al otro lado —la instó él.
Susana se incorporó y, de rodillas, impulsó una pierna sobre el
cuerpo de él. Cuando iba a pasar la otra pierna, las manos masculinas
se posaron sobre ella, en el lugar justo donde la cadera termina y
empieza el muslo.
Las manos masculinas la sujetaron. Las piernas femeninas
abiertas. Su sexo reposando sobre el de él, que despertaba bajo su
peso.
—No te muevas —rogó él, los ojos cerrados y apretando sus
manos sobre el inicio de los muslos femeninos.
Ella se quedó quieta, seria. Su primer pensamiento fue que le
dolía de nuevo y que sus movimientos agravaban la situación. Luego
notó como la cadera de él se elevaba apenas un segundo y volvía a su
sitio.
El abrió los ojos y la contempló. Subió las manos hacia las caderas
de ella por encima de la tela de la ropa interior, y bajo la camiseta. Las
amplias manos se detuvieron, pero los pulgares acariciaron la piel de su
estómago.
Susana abrió mucho los ojos al sentir el roce de los dedos de
Alejandro. Uno de los gruesos dedos se deslizó por el elástico del calzón.
Ella contuvo el aliento. Él, se detuvo. Sacó el dedo del borde de la tela y
volvió a abarcar la cadera femenina. Ella se hundió más sobre él. Sus
sexos quedaron en pleno contacto. El de ella suave y húmedo. El de él,
duro y caliente. Las barreras de las telas no hacían mucho de parapeto.

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El jadeó y movió las caderas de ella sobre su erección. Ella soltó
un gemido lastimero, casi un quejido.
—Será mejor que salgas de aquí arriba antes de que comencemos
a arder. No estaría bien quemar el barco de nuestros anfitriones —quiso
bromear él, mientras la ayudaba a levantar la pierna y pasar al otro
lado.
Ella resopló ruidosamente cuando se acostó a su lado. No estaba
muy segura de que hacer. Deseaba pegarse a él y colocarse como las
dos noches anteriores, pero la luz de la bombilla del camarote, le
mostraba una imagen que no estaba acostumbrada a manejar.
Alejandro, tumbado, con un empinamiento considerable bajo sus
calzoncillos, que ella esperaba que fuera el máximo que creciera,
respirando algo agitado. Una mano sobre sus costillas, como si las
quisiera retener, y el otro brazo sobre sus ojos, cubriéndoselos.
—¿Estás bien? —susurró ella angustiada por su silencio.
—No quisiera sonar soez —contestó con voz ronca— pero ahora
mismo no sé que me duele más, si las costillas o los huevos —se
descubrió la cara y la miró sonriendo ante su cara de preocupación— lo
peor es que el sinónimo de una ducha fría en este barco es un baño en
el mar.
Ella se sentó con las piernas cruzadas y estirando la camiseta para
cubrir su entrepierna.
—Yo no te he provocado. Así que no me hagas sentir culpable —
refunfuñó ella sintiendo un irreconocible picor entre sus ingles.
—Me pones a cien, cariño —sonrió él estirando el brazo para
acariciar su rostro.
—Te haría bien dormir —dijo ella cogiendo su mano y reteniéndola
entre las suyas.
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—Como soy masoquista me haría mejor un beso.
—¿No te parece arriesgado en tus condiciones? —sonrió ella más
tranquila.
—Me vas a besar tú. Yo no tengo que hacer ningún esfuerzo —
estiró hacia si la mano que ella sostenía, atrayéndola hacia él. Ella
desplegó sus piernas, arrodillándose con rapidez y apoyándose, como
pudo, sobre la cama para no dañar sus costillas.
—Eres un imprudente —lo riñó— podría haberme caído sobre ti. Y
no soy un peso pluma que digamos.
El rió y sujetó un hombro femenino con una mano y con la otra
agarró su trasero. Uno de sus glúteos fue abarcado por la palma
masculina en su totalidad. Apretó, obligándola a relajarse contra él. El
cuerpo de Susana quedó sobre el colchón, rozando el de Alex, con los
pechos bajo el cuello del hombre. Casi cara a cara los dos.
—Ahora puedes besarme —comunicó Alejandro hablándole a la
barbilla de ella.
Ella dilató el momento. Más por indecisión que por miedo. Un
apretón en el culo la instó a bajar su boca sobre la de él. Sus labios se
unieron y lo que planeaba ser una exploración dirigida por ella, se
truncó. El tomó el mandó y un sensual baile amenazó con borrar el
mundo.
Se besaron hasta que les dolieron los labios.
Roto el beso, ella apoyó su rostro en el hombro de él. La mano
masculina, todavía seguía en el trasero de ella, pero estaba quieta,
caliente. El la subió por debajo de la camiseta hasta la espalda suave de
ella. La palma de la otra mano se elevó por su costado izquierdo,
levantando la prenda color melocotón, y acariciando con los nudillos el
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2

lateral del pecho de la mujer. Ella bajó el brazo en un acto reflejo y
atrapó la mano de él entre su axila y su brazo.
Susana se dejó caer de espaldas en la cama y él la siguió,
poniéndose del costado sano. Ella fue a protestar, pero él la acalló y
posó su mano sobre el estómago redondeado, al tiempo que alzaba la
camiseta de algodón hacia arriba.
Ella intentó detenerlo por unos segundos, sujetando, la camiseta y
su mano, contra si.
—Esas pecas son mías —dijo él quedo, mientras bajaba el rostro
para besarle varios ejemplares en sus mejillas.
Ella cedió y él reunió la tela sobre los pechos de ella. Alzó la cara y
se deleitó en los dos generosos montículos que se elevaban total y
completamente decorados con miles de pecas. Tantas, que en algunas
partes de sus senos se amontonaban formando una manchita color
rosado, agolpándose unas con otras.
Con sus dedos acarició tiernamente la carne pintada rodeando
exteriormente el pezón, que se irguió pese a no ser tocado. No aguantó
mucho en la delicadeza y su enorme mano abarcó uno de los pechos y
lo amasó, rozando con su pulgar el pezón reaccionario que se alzaba
guerrero exigiendo atención. El reclamo dio resultado, y con un jadeo,
Alejandro se lanzó, la boca abierta y preparada, para chupar esas pecas
con avidez.
Susana cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás mientras él se
deleitaba degustando el menú. Parecía querer probar todas las pecas.
Cuando pareció haberse comido todas las pecas de un pecho, pasó al
otro mientras su mano seguía amasando el abandonado.

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Susana lloriqueó de gusto. Y solo fue consciente del enorme placer
que le proporcionaba la boca y la mano de él.
Alejandro estaba disfrutando. El mudo y doliente palpitar de su
pene, solo era superado por los latigazos que le daban las costillas cada
vez que intentaba respirar en esa posición.
Cansado, y frustrado, se apoyó de frente sobre ella y la cama. El
pecho femenino bajo el masculino. Ella respiraba tan fuerte como él.
Alex sonrió para si, mientras recuperaba algo de control, y
buscando una postura más cómoda, alzó un poco una rodilla y bajó la
mano para atrapar la cadera de la mujer.
—No hemos terminado pecosa —le susurró a la altura de la sien.
Apoyado en ella en casi la mitad superior de su cuerpo, tenía
libertad para explorarla de cintura para abajo sin que ella se moviera.
Mientras volvía a besarla en la boca, metió la mano entre la braga y la
piel de su abdomen. Ella todavía no reaccionó. Apenas lo hizo hasta que
la mano completa del hombre abarcó el sexo femenino.
Él notó perfectamente como ella rebotó en la cama y una sonrisa
socarrona adornó la boca masculina. La besó en breves golpecitos sin
mover la palma de su mano.
—Tranquila. Déjame darte placer.
—Podemos dejarlo aquí —sugirió ella nerviosa— no me importa.
—A mí sí —adujo él moviendo por fin la mano y haciendo que ella
abriera más los ojos— abre las piernas.
—Alejandro... —balbuceó ella— no se si estoy preparada para
esto.
—¿Para tener un orgasmo? —sonrió él.
—No con alguien… con un hombre —susurró ella con los ojos
vidriosos.
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—Pues ya va siendo hora. Además —sonrió más— yo no soy solo
un hombre. Soy tu hombre. Dame ese gusto.
Susana casi se atraganta.
—No estoy acostumbrada —respiró hondo apretando la mano de él
entre sus piernas— puede que te suene un poco mojigata —le temblaron
los labios— a mi edad... pero es que estoy algo desentrenada...
En un arrebato de puro amor, besó sus labios inflamados al tiempo
que empujaba con su rodilla para abrir sus piernas. Ella cedió, y él
masajeó con círculos suaves su sexo, ya húmedo y hambriento. Casi de
inmediato, dejo de usar la palma de su mano para pasar a mover sus
dedos sobre la tierna carne.
La tela de las bragas hacía más incitante si cabe la intrusión de
sus dedos. Su pulgar se deleitó en su brote excitado y sus dedos se
entretuvieron en la entrada de su cueva mojada.
La boca de él exigió su aliento mientras atacaba sin piedad y cada
vez mas rápido entre sus piernas. Ella boqueó y él liberó sus labios para
chupar el inferior, al tiempo que acariciaba a conciencia su sexo
palpitante.
El jadeo femenino y el casi sollozo que atrapó él de su boca, fue el
indicador de que ella llegaba al clímax. Una subida sorpresiva, algo
violenta. Una explosión plena que la dejó laxa.
Él retiró la mano lentamente de su sexo y se llevó los dedos a la
boca para chuparlos con alevosía sin dejar de mirarla a los ojos.
—Sabes tan bien como me imaginaba.
—¡Dios mío! —musitó ella algo aturdida.
—Me alegro que te haya gustado —sonrió él, acariciando con su
mano, todavía húmeda de ella, uno de sus senos descubiertos— yo
también lo he disfrutado.
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2

—¿Ah si? —preguntó ella confusa.
—No hace falta tener un orgasmo para disfrutar —le acarició la
cara, le dio un beso en la frente y otro en la nariz.
—Yo pensaba...
Él se dejó caer de espaldas a la cama y tomó la mano femenina y
la llevó a su torso peludo.
—¿Pensabas? —preguntó con un suspiro largo él.
—Si me enseñas como complacerte... —dijo ella dubitativa.
Él se quedó callado unos segundos. De repente se dio cuenta de la
escasa experiencia de ella.
—¿Eres virgen? —dijo mirándola de costado.
—Técnicamente no —contestó con voz muy baja— lo probé una
vez.
—Como si lo fueras —definió él sonriéndole con travesura y viendo
como ella bajaba su camiseta con cierta vergüenza.
—La práctica no la tengo, pero sé mucha teoría —se defendió ella.
—Estupendo. La puedes poner en práctica conmigo.
—¿Lo quieres?... ¿Ahora?
Él se apretó el bulto de sus boxers y sonrió con pena.
—Ven aquí —dijo resignado y contento, cosa difícil de conseguir
junta— dejaremos descansar mi cuerpo por hoy. No creo que aguantara
ni un movimiento más, por placentero que fuera. Las costillas están
pegándome unas punzadas horribles.
Ella se acurrucó en su costado sano respirando su aroma. Apoyó
su mano en el torso masculino. Él se la tomó y la besó antes de volverla
a poner sobre su corazón y colocar la suya sobre ella.
—Cuando estés bien... —comenzó ella.
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2

—Cuando esté bien —la interrumpió él— no te salvará ni el
ejército. Duérmete mi amor.
Ella sonrió ante esa amenaza. La vio, más bien, como una
promesa.


Ya amanecía cuando Alejandro se despertó. Apagó la luz que se
había quedado encendida, aunque iluminaba bien poco. Tenía ganas de
orinar y con cuidado se desprendió del abrazo de Susana y salió
arrastrándose por el colchón.
Las costillas le dolían. El esfuerzo de la noche anterior le estaba
pasando cuentas.
Se refrescó la cara con el agua corriente, abriendo el grifo apenas
unos segundos. En el barco, el agua del tanque no era para malgastar.
El dolor constante, aunque apagado de las costillas, no le hacía
olvidar el deseo latente e insatisfecho. Ciertamente no estaba en
condiciones de tener unas relaciones sexuales plenas, ni siquiera un
sucedáneo. Se rió de si mismo. Se miró en el espejo. El pelo revuelto y
la cara somnolienta.
Estaba enamorado hasta las trancas y no podía dar rienda suelta a
las ganas que llevaba dentro sin quejarse como un cachorro malherido.
También era mala pata.
Sonrió al espejo con cierta altivez machista y reconocida. Recordó
la explicación de ella de que solo había tenido un amante y además
tonto. Desde luego se iba a ocupar de que las comparaciones fueran
odiosas. Sobretodo para el pobre infeliz que la hizo aborrecer el sexo.
Un toque en la puerta del lavabo lo sacó de sus cavilaciones.
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2

—¿Alex?
Abrió y la vio a ella, con la camiseta melocotón y sus ojos verdes
dilatados.
—Tengo pis —dijo ella cruzando las piernas con urgencia.
Él salió riendo, dejándole paso, no sin antes rozarle los labios con
un beso fugaz.
Se fue al cuarto de nuevo. No tenía ganas de levantarse ya. Con
precaución, se volvió a tumbar y se cubrió con la manta del frío de la
mañana.
Ella volvió brincando y se acurrucó a su lado de una forma tan
natural que Alejandro tuvo una visión fugaz de una vida en común con
ella.
—¿Has dormido bien? —preguntó él acariciando su cabello suave y
liso.
—¿La verdad? —contestó sin mirarle, su cara apoyada en su pecho
velludo— Inquieta.
—¿Por qué? ¿Nunca has dormido en un barco?
—Estos días estoy haciendo muchas cosas que no he hecho nunca
—rió Susana— dormir con un hombre, dormir en un barco, disfrutar con
el sexo...
—Culpa mía —rió él— has de reconocer que son cosas agradables.
—Sí. Y eso me tiene algo asustada —levantó la cara y lo miró a los
ojos— Alejandro —comenzó a decir con una voz ahogada— me falta casi
“un punto” —levantó la mano y señaló con el índice y el pulgar una
medida pequeña— para enamorarme de ti.
La sonrisa de él se amplió.
—Quita el “casi un punto” y estaremos igualados, porque yo ya
estoy enamorado de ti.
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2

Se quedaron mirando a los ojos con una brillante ansiedad. Tanta
claridad tan de mañana era abrumadora.
—Y —trago ella despacio— tú te vas a ir a Argentina ¿dónde me
deja a mí esa situación? No quiero involucrarme más y sufrir. Prefiero
dejarlo aquí.
—Ni me voy a Argentina, ni lo dejamos aquí. Necesito un poco de
tiempo para arreglar lo del trabajo, pero que te quede claro que a partir
de este instante es oficial. Como dice mi madre, estamos noviando.
—¿No es un poco anticuada esa expresión? —rió ella alegremente
tímida escondiendo su nariz en el pecho masculino.
—Sí. En realidad la situación es algo anticuada. Estamos noviando
pero no follando.
—¡Qué bruto eres! —boqueó ella roja como la grana.
—Es la verdad —rió él con expresión compungida— estas costillas
me están matando. Te aseguro que no me faltan ganas. Pero no haría
un buen papel —suspiró, tocándose la piel sensible del costado— pero
así tendrás tiempo de demostrarme lo mucho que me quieres y que no
estás conmigo solo por el sexo —subrayó él con voz afectada— eso sí,
cuando esté en forma, te puedes preparar, que el paquete de condones
que nos regaló Malena, nos va a quedar corto en menos de una semana.
Ella rió ante su fanfarronería y reposó su mano en las costillas de
él acariciando, arriba y abajo, la piel velluda y todavía algo amoratada.
—¿De verdad usas la talla extra grande? —lo miró entre curiosa y
temerosa.
—Puf. Los hombres somos muy susceptibles con esto del tamaño.
Desde que tenemos uso de razón y podemos sostener una regla en las
manos, nos la medimos y nos comparamos con el resto de los machos
que nos rodean.
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2

—¿Y tú salías bien parado? —rió ella.
—Si digo sí, malo —chasqueó la lengua— si digo no, peor. No
quiero que pienses que soy enorme, pero me molestaría que pensaras
que soy de raza chiguagua.
—La verdad —carraspeó ella— no parece poca cosa.
—Veintiún centímetros no es poca cosa —dijo él contemplando su
reacción.
—Es grande —se rió ella envarada— muy grande —añadió
levantando la cabeza.
—Yo soy grande —defendió él— ¿Te imaginas un hombre de mi
tamaño con una pichulina de seis centímetros.
—Es grande —subrayó definitiva y alzándose— el tipo que con el
que estuve no la tenía tan grande y me dolió.
—Normal, era inexperto, como tú. Y además era tu primera
experiencia. Yo soy mayor, con más bagaje y te quiero —se sentó con
cuidado y esfuerzo— verdaderamente, no veo ningún problema.
—Me resulta incómodo hablar de esto, pero siento cierta aprensión
sobre este tema.
—Hasta que pueda manejar mis veintiún centímetros pasará por lo
menos un mes. Para entonces estarás ansiosa —prometió él acercándola
hacia si para besarla.
—Eres un presumido —señaló ella dejándose besar.
—Te prometo que te gustará. Además, cuando nos pongamos
estaremos desesperados y hambrientos —rió él mordisqueando sus
labios—... bueno, yo ya estoy desesperado y hambriento.
—Supongo que eso se contagia —sonrió bajo su boca notando
como él le apretaba una nalga.
—¿Un café chicos? —les interrumpió la voz de Malena.
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2

La mujer estaba en la entrada, que habían dejado abierta cuando
fueron al lavabo. Sostenía una cafetera recién hecha y una sonrisa
dominguera y tranquila.
—Vamos ahora —dijo él entre beso y beso.
—Y para que conste —añadió ella antes de irse y dejando entrar a
Atila, que impaciente se soltó de su ama y se catapultó a la cama para
saludar entusiasmado— esa medida es grande aquí, y en Rusia.
La exclamación de Alejandro no fue elegante. Susana rió y lo
calmó, poniendo una mano sobre los labios masculinos.

Después del primer café, Beto apareció.
—Se huele desde la playa. La brisa nos trajo el olorcito cafetero —
se recreó en una inspiración larga y teatral— vamos todos a la playa y
desayunamos como Dios manda.
La arena todavía estaba húmeda. No eran las nueve de la mañana
y el rocío mojaba las plantas, y olía a mojado y verde.
Susana estaba alegre y risueña, pero su diálogo mental estaba
lejos y ausente. Para empezar estaba hecha un flan.
La delicadeza de Alejandro la tenía derretida y totalmente
convencida. Tentada había estado la noche anterior de ponerse a cuatro
patas y acabar la faena. Pero el pudor, la falta de experiencia y la falta
de iniciativa la habían parado. No tenía confianza, ¡pero por sus muelas
que no le faltaban ganas! No quería parecer excesivamente ansiosa,
pero la verdad era que lo estaba.
Por un lado, un mes de tocamientos y suspiritos rebozados con
besos y amor no le disgustaba en absoluto, por el otro, le palpitaban
lugares del cuerpo que no sabía que existían al pensar en Alejandro.
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2

¿Se estaría volviendo desvergonzada, lujuriosa y libidinosa? Así,
de golpe. Había pasado de ser totalmente apática a querer devorarlo.
Tenía claro que era un efecto que él le causaba. Ella no era así antes.
Eso significaba que estaba enamorada. No podía ser otra cosa que
amor. Más química, más fiebre, más amor.
Definitivamente, entendía eso de que el amor es una enfermedad
incurable.
Eran más de las diez cuando subían al barco para dar un paseo
hasta otra cala.
La complicidad que existía entre Susana y Alejandro se traducía en
miradas, guiños y roces continuos. Ajenos a todo lo demás, gozaban de
mirarse.
—¿Qué tal si me echas una mano con la vela Alejandro?
—Lo siento Beto —contestó el aludido tocándose el costado— pero
me duelen a rabiar.
—¿Qué hiciste anoche machote? —lo amonestó Beto.
—Nada —se apresuró a decir Susana— el balanceo del barco le
resultó incómodo.
—El balanceo del barco, ¿eh? —alzó una ceja Samu desde el
timón.
—¡Qué lástima! —Negó con la cabeza Malena mirando de reojo a
Alejandro—Tanto poderío desperdiciado —chasqueó la lengua mientras
veía el sonrojo de Alex y oía las risas de Beto y Samu.



NAT MÉNDEZ
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A la hora de regresar, Atila desapareció y costó más de media
hora encontrarlo. Malena casi lloraba del disgusto. Finalmente, el
bandido apareció, casi anochecido, con una madera mojada en la boca
repleta de porquería.
Calmado el ambiente, emprendieron el regreso.
Ya eran más de las diez cuando Beto dejó al grupo en casa de
Susana.
Estaban agotados.
Malena dijo que se iría a pasar la noche a su casa. Quería bañar al
petardo de su perro que olía a todo menos a perfume, y prometió ir a
Gorditas al día siguiente.
Susana abrió el grifo para prepararse un baño. Mientras se llenaba
de agua, llamó a Flora para ver como estaba su suegro.
Cuando regresó al baño, se encontró un inquilino dentro de la
caliente y apetecible agua.
—No me lo puedo creer —ladró boquiabierta— fresco. Era mi
baño.
—Puedes bañarte conmigo —invitó con un guiño.
—No cabemos —obvió Susana cogiendo el cepillo de dientes y
comenzando a usarlo.
—Eso lo dirás tú —dijo con tono chistoso— uno para cada lado.
—¿Es qué quieres que se te rompan tres costillas más? Llevas todo
el día con el costado resentido. No puedes hacer excesos. ¿Qué le voy a
decir a tu hermana cuando venga?
—¿Qué has abusado de mí y estoy peor? —sonrió infantilmente.
Ella dejó el cepillo en su cubil y se volteó a mirarlo. Sonrió al
verlo. Casi todo su torso sobresalía del agua. Sus rodillas flexionadas,
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2

parecían dos montañas morenas, peludas y mojadas. La espuma flotaba
pudorosa sobre el agua.
—Deberías verte —soltó una carcajada— Pareces un gigante en un
cubo. Te sobra altura para esa bañera.
Él la miró. Ella estaba cruzada de brazos casi en la puerta, que
abierta, mostraba un albornoz colgante. Ella se había quitado la ropa de
día y vestía un camisón que lucía la cara de piolín, el canario de los
dibujos animados. Él sonrió al pensar que tenía toda la colección de la
warner en sus camisas de dormir.
—Pues puedo estar ridículo, pero ni te imaginas el alivio del agua
caliente. Tiene un efecto calmante maravilloso.
—Tengo un aceite de aloe con árnica que te hará muy bien —dijo
ella moviéndose entusiasmada— de hecho te irían bien unas friegas —
rebuscó en el armario que estaba al lado de la bañera— aquí está —
sacó un pote de casi un litro de aceite. Vertió un chorrito en el agua—
agítalo con la mano —lo invitó cerrando el tapón del envase.
—Echa un poco más —apremió él hundiéndose más en el agua
para sumergir las costillas en su totalidad.
—Cuando salgas te pondré un poco directamente en la piel.
—Gracias —la miró alzando los ojos y con una sonrisa traviesa—
eso seguro que me gusta.
—Eres un provocador —rió ella levantándose.
—Sé benévola —la instó— estoy malito.
—Y tienes un cuento... —ella se detuvo pensativa— ¿sabes? Te iría
bien ir al gimnasio de Carlos. Allí tienen baños calientes con chorros a
presión.
—Los chorros no creo que sean muy apropiados. Sería un maltrato
para mis costillas.
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2

—Un poco de ejercicio en la piscina. Flotar sin esfuerzo —insistió
ella.

—Eso ya me gusta más —sonrió él cerrando los ojos y
descansando la cabeza en el borde de la bañera.
El hombre suspiró. Ella se arrodilló en el suelo y lo miró sin
disimulo. Comenzaba a sentirse cada vez más segura respecto a él. Le
gustaba mirarlo. Sin pensárselo, levantó la mano y la llevó al hueco de
su garganta. Ese lugar que se forma justo donde empieza el torso. Lo
rozó levemente, pero él abrió los ojos de inmediato.
Alex le lanzó una mirada interrogante cuando ella perfiló con el
dedo la parte superior de sus tetillas.
—Tú me tocaste a mí —le explicó ella— justo es que yo pueda
tocarte a ti.
—¿Me has oído quejarme? —sonrió lánguidamente alzándose un
poco para estar más erguido— Es solo que ahora no estoy en
condiciones de hacer lo que me gustaría hacer —alzó un brazo y acarició
su mejilla con el dorso de sus dedos— me gustaría meterte en esta
bañera y probar que es posible hacer el amor en menos de un metro
cuadrado, pero cuando me excito me late el corazón acelerado y golpea
las costillas con una mala leche...
—Cuando salgas —sonrió ella dulcemente— te untaré el aceite, te
sentará bien. Te dejo ahora que disfrutes unos minutos más mientras
voy a preparar una cena ligera.
—Gracias.
Lo dejó en la bañera con expresión triste y cansada. Mientras ella
trajinaba en la cocina, él se preguntaba como conseguiría salir del agua
sin romperse la crisma. Se sentía peor que el día que habían regresado
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2

del hospital. Intentó respirar hondo y una punzada interrumpió su
inhalación. Despotricó.
Con mucho esfuerzo y sudando, consiguió levantarse. Cogió una
toalla y se la enrolló a la cintura. Le quedaba bastante justa, pero
conseguía ser pudorosa. Se mojó la cara con agua corriente del grifo y
se tiró hacia atrás el cabello. Se afeitó rápidamente. Finalmente, se miró
en el espejo y se insultó.
—¡Tan grande y tan tonto!



Susana había preparado un poco de embutido con pan frotado con
tomate.
El se sentó con el albornoz de ella puesto. Le quedaba corto y
cerraba justo. Al sentarse uno de sus muslos quedó expuesto.
—Te he cogido esto —se señaló la prenda de felpa— se que puedo
parecer exagerado, pero me vi incapaz de ponerme los calzoncillos.
—Luego te ayudo yo —le prometió preocupada— a lo mejor sería
buena idea llevarte al hospital.
—No te preocupes. Ayer hice algunas posturas poco favorecedoras
para mis frágiles costillas. Con un poco de descanso, en un par de días
estaré como nuevo.
—Eso dijiste hace un par de días.
Él rió.
—No me riñas. Mañana me quedaré a descansar todo el día. Sin
moverme. Lo prometo.
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Ella se acercó y le cogió la cabeza. Poniéndola sobre sus pechos
generosos, lo abrazó, meciéndolo como un niño. Le acarició el cabello. Él
se dejó hacer, suspiró ruidosamente y se apoyó por completo sobre ella
que lo sujetó mientras le daba besos suaves en la frente y en los ojos
cerrados.
—A veces eres como un niño —le susurró ella sin dejar de besarlo
en las sienes.
—Sigue dándome besitos mamá.
Ella rió queda, pero siguió durante unos minutos más el
tratamiento de mimos. Luego cenaron y antes de ayudarlo a costarse, le
puso los boxers subiéndolos por debajo de la bata de felpa rosa. Él
sonrió ante el esfuerzo de ella de ponérselos sin ofenderlo. Pero omitió
un detalle. Las mujeres se ponen la ropa interior sin tropiezos. Los
hombres deben ahuecarlo al llegar a la pelvis, pues sino se tropiezan
con sus apellidos.
Susana, en su prisa por ponérselos, se encontró que no podía
subirlos por delante sino se los volvía a bajar. Carraspeando y algo
avergonzada por no haber pensado en eso. Bajó el calzón hasta el inicio
del muslo y se lo puso de nuevo estirando el elástico por delante.
Luego le quitó el albornoz y le ayudó a tumbarse ahuecando las
almohadas para que no quedara del todo estirado.
—Me parece que hoy si que dormiré en mi cama.
—No —se apresuró a decir Alejandro estirando el brazo para que
ella se lo cogiera— no podré dormir si te vas.
—Exagerado. Llevas unos cuantos años durmiendo sin mí.
—Ya no. Estando en la misma casa, sabiendo que estás aquí... no
podría dormir.
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Ella claudicó. Le untó un poco de aceite como había prometido y lo
tapó.Él respiró hondo y pareció tranquilo.

Se acostó a su lado, de costado como siempre. Antes de dormirse,
escuchó varias respiraciones profundas. No encontró raro que la mano
masculina se colara bajo el camisón y se posara sobre su nalga por
debajo de la braga.



Se levantó sin necesidad del despertador. Alejandro dormía
plácidamente. Lo tapó más y fue a darse la ducha que la noche anterior
no se había permitido.
Se vistió, desayunó y él no se despertaba. Le daba pena sacarlo
de tan profundo sueño.
Al final se decidió por escribirle una nota y se la dejó en la mesita
de noche, junto con las pastillas que le diera el médico para el dolor.
Sonrió tristemente al espejo del ascensor. Todavía no había
llegado al despacho y ya echaba a faltar su presencia.
Estudió su imagen. Un traje chaqueta gris verdoso realzaba sus
ojos y los tacones la hacían más alta. Poco mas se podía decir de lo
físico, pero los ojos que le devolvían la mirada brillaban de entusiasmo y
amor.


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CAPÍTULO 7


Entiendo porque dicen que el amor es una
enfermedad. Llega como esa tos griposa, la fiebre va
subiendo, te pones mala, y si no se cura bien, se
convierte en algo crónico con lo que tienes que vivir de
por vida. Lo peor es que puede suceder en unos días.
No necesita años para establecerse y fijar su
residencia en ti.


Llegar el lunes a la oficina fue entrar en la vorágine del caos.
La actividad se inició frenética. La mañana fue demasiado corta
para lo que había que hacer. Beto se presentó a última hora con un
álbum de fotos.
Flora entró resoplando en el despacho de Susana.
—Estoy como bomba de relojería —bufó dejándose caer en la silla
giratoria frente a Susana y al lado de Beto que la miró relajado.
—Ese estrés... ese estrés... —sonrió.
—¿Qué es eso? —indagó Flora señalando las fotos.
—Este “finde” estuvimos de paseo en barca y le hicimos fotos a
Malena para el concurso de Gorditas de Lujo —explicó Susana sin
levantar la vista de los documentos que tenía frente a si y señalando y
marcando párrafos.
—Vaya. Y yo haciendo de enfermera —se lamentó Flora— Déjame
echarle un vistazo.
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2

Mientras ojeaba, se maravilló de algunas fotos que
verdaderamente estaban geniales. Alabó al fotógrafo y a la modelo y
cuando llegó a las fotos de Susana en solitario y con el resto del grupo
rió.
—Umh. Veo que Alejandro te tiene bien agarradita ¿qué tal
prospera lo vuestro?
Susana se puso roja como la grana.
—Creo que ya te ha contestado —rió Beto— Bueno chicas, me
tengo que ir. Paso mañana.
Cuando las dejó solas, Flora, no pudo resistir la curiosidad. Pero
antes de que pudiera siquiera abrir la boca, entró Malena en plan diva.
Se había hecho una permanente. Le sentaba muy bien. Su rostro
parecía iluminado. Una diadema enmarcaba su cara delicadamente
maquillada.
Ahí acababa la imagen perfecta.
Vestía un traje a rayas que intercalaba torreones y triángulos de
colores marrón y negro. De dos piezas, era un traje de suave tela pero
horrible decorado. Ancho, no marcaba ninguna curva. Largo, casi le
arrastraba la falda de un anodino espantoso. Desde luego era para
mirársela, pero para mirársela de horror; como pasó en el instante que
Mer entró con Atila bajo el brazo, que iba disfrazado de....
—He encontrado este perro disfrazado de Darth Vader —rió la
diseñadora justo antes de reparar en Malena y dar un chillido corto pero
muy significativo— ¡Buen Dios!
—El perro es mío —dijo Malena sacudiendo su corta melena— Su
peluquero hace maravillas cuando lo llevo.
Atila tenía una corola de tinte negro alrededor de su cara,
contrastando con su rizado blanco e inmaculado. Unas calzas negras que
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lo cubrían desde los cuartos traseros hasta debajo de las patas
delanteras, simulaban el traje del famoso Jedi de la fuerza oscura. En la
espalda, llevaba un dibujo en relieve de una espada láser.
El can, con la lengua colgando y su bizquera habitual, yacía,
resignado, en los brazos de Mer, tan elegante como siempre, que no
dejaba de mirar alternativamente a Malena y a las otra mujeres.
—Mer, te presento a Malena. Es una de las concursantes de
Gorditas de Lujo.
—No la recuerdo de las fotos —dijo con voz algo rasposa.
—Sus fotos las tengo yo —carraspeó Susana— de hecho Malena
tiene intención de prepararse para el concurso a conciencia, así que
necesitará tu consejo para su nueva imagen.
—¡Oh! Encantada —le tendió la mano Mer— yo soy Mer González.
La encargada del vestuario del concurso y... —se detuvo unos segundos
mirándola amablemente— consejera estilista.
—Estupendo. Pues conmigo tienes trabajo —reconoció Malena
sucintamente.
—Es bueno saber que no opondrá resistencia —le susurró Flora a
Susana antes de andar a la salida— me voy a mi despacho que todavía
tengo que hacer un par de llamadas antes de irme.
Atila intentó dar un par de lametadas a Flora cuando pasó por su
lado, pero no alcanzó. Recibió una caricia y siguió jadeando.
—¿Oye Mer, tú crees que podrías hacerle algún conjuntito a mi
Atila? —Aventuró Malena rascando el felpudo negro que adornaba la
melena del perro— Me gustaría que tuviera algún modelo favorecedor.
Este en particular es vistoso —señaló al perro que bizqueó más y tiró la
cabeza hacia atrás— pero es algo tétrico. No me gusta vestirlo de
oscuro.
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—Está disfrazado de un personaje maligno —puntualizó Susana—
no podían ponerle una túnica blanca.
—Oh —se quejó Malena— es que Narcis, mi peluquero canino, dice
que Atila es una fiera cuando lo mete en la bañera. Dice que se porta
fatal, aunque no es para tanto. Viéndolo tan quieto cuesta creerlo,
¿verdad?
—A mí no —rió Susana.
—Se dejó coger sin problemas —añadió Mer acariciando al can—
¿Es normal que bizquee?
—No —respondió rotunda Malena— es solo que, a veces, cuando
mira fijo, se le juntan un poquito —explicó quitándole importancia.
Mer miró a Susana que se encogió de hombros y le hizo un gesto
para que lo dejara estar.
—Bueno —le dijo entregándole a Atila— volveré esta tarde para
hablar contigo.
—De acuerdo Mer. Hablamos más tarde.
Mer se retiró y Malena, perro en brazos avanzó hasta quedar a
ras de la mesa del despacho.
—Bien —dijo resuelta Malena— ¿cuándo nos vamos a casa?
Susana alzó la cabeza y miró más allá de la mujer. En la puerta,
había una maleta en la cual no había reparado antes.



Al llegar a casa, las recibió el olor a tortilla de patatas.
Alejandro, vestido con un tejano viejo y una camiseta azul cielo,
salió de la cocina sonriendo de oreja a oreja. Tenía el pelo húmedo,
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recién afeitado y oliendo a jabón de bebés, que era el champú que tenía
Susana en el baño.
—Parece que te sientes mejor —se alegró Susana.
—Buenos días —contestó bajando la cabeza mientras ella se
alzaba de puntillas para alcanzar sus labios. Fue un beso breve —¿Cómo
le ha ido a mi novia esta mañana en el trabajo? —rió llenándose la boca
con esas palabras mientras sus ojos brillaban juguetones.
—¡Está estresada! —contestó Malena por ella con sonrisa rotunda
y soltando a Atila.
—¡Ostias! —dijo Alejandro mirando al perro de esa guisa— ¿qué le
habéis puesto al chucho?
—Por favor, no le llames así que se ofende —riñó Malena— que mi
Atila tiene pedigrí. Es un perro de raza y me lo han solicitado para que
ejerza de semental y haga más Atilitas.
—Sí —bufó Alejandro— es genéticamente perfecto —miró a
Susana y bizqueó sacando la lengua, imitando a Atila en su expresión
más natural.
—Huele estupendo —cambió de tema Susana mientras reía y se
apartaba de Alejandro para dejar el bolso y la chaqueta— has cocinado
¿no quedamos en que hoy ibas a descansar?
—Eso he hecho. Hace una hora me cansé de estar tumbado.
Mientras preparaba la comida me di una ducha y me arreglé para estar
guapo para ti.
—¿Y para mí? —dijo Malena dando la vuelta sobre si misma.
—Cierto. Estás muy guapa Malena. Te has hecho algo en el pelo.
Está rizado.
Malena se ruborizó complacida.
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—¡Qué cielo! Lo has notado —miró a Susana que estaba a punto
de entrar en la cocina— toma nota Susana, es detallista. Eso es de
agradecer en un hombre. Mi Paco solo se fijaba en si estaba o no estaba
—se quedó pensativa— claro que le encantaba que me pusiera ropa
sexy ¿te gusta la ropa sexy Alejandro?
—Cualquier ropa resulta sexy si está en la mujer que te gusta —
respondió guiñándole un ojo a Susana que le tiró un beso antes de
colarse en la cocina.
—Te las sabes todas —lo retó Malena— no me extraña que tengas
a Susana enganchada.
—¡Te he oído! —gritó Susana desde la cocina.
—No he dicho nada malo —se defendió Malena recolocando los
cubiertos en la mesa del todo dispuesta— ¿qué tal tus costillitas Adán?
—Algo resentidas después de la excursión en barco —se las tocó
bajo la camiseta azul— necesitan reposo.
Entraron los dos a la cocina, donde Susana, con la cabeza metida
en la nevera, buscaba y rebuscaba algo que, desde luego, no estaba.
—¿Dónde fueron a parar los rábanos que tenía en el segundo
estante?
—Ainssssss —siseó Malena— los usé para una salsa.
—¿Y los champiñones? —se irguió cerrando la nevera.
—Para otra salsa —evidenció pedante Malena.
—Bien —suspiró sin mirar a nadie— pues estamos sin existencias.
—Esta tarde iré a comprar. Hazme una lista —sugirió Malena
solícita.
—Lo que quieras. Al fin y al cabo cocinas tú —se encogió de
hombros Susana dispuesta a que no la sacara de sus casillas.
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—De acuerdo. Luego pasaremos por tu oficina y vendremos todos
juntos.
—Un momento —le paró— deja de planificar. Hoy pienso darme
una vuelta por el gimnasio y hacer cuatro largos, me estoy quedando
anquilosada.
—Lo secundo —intervino Alejandro— yo no puedo nadar, pero
puedo flotar —la miró a los ojos— dejaré que me sujetes.
—Vale, pareja. Vamos a comer. Vosotros sentaros que yo llevo esa
suculenta tortilla y... —miró la repisa de la cocina en la que solo
reposaba la bandeja redonda con la tortilla de patatas—... y lo que
encuentre por ahí.
—Usé las últimas patatas. Queda un huevo —informó el hombre—
no hay ensalada. Pero en los estantes inferiores hay latas de espárragos
y piña. Pensaba abrirlas.
—Pues eso será. Y estas tostadas para acompañar. No pasaremos
hambre. Iros a la mesa —invito Malena.
Atila exigió atención y su dueña rellenó su recipiente con agua
mientras Alex y Susana salían hacia el comedor.
—¿Qué tal si te acompaño esta tarde a la oficina? —Sugirió
Alejandro.
—Me distraerías —se dejó abrazar rodeando su torso con
cuidado— en la oficina no paro. Querría cuidarte y no estaría por la
labor.
—¿Y lo del gimnasio?
—Eso es buena idea. Veniros a las siete, o siete y media. Yo
procuraré plegar temprano y así podremos echar una carrerita en la
gran piscina olímpica.
—Te dejaré ganar —ladeó la sonrisa.
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—¡Oh¡ ¡Chulo piscinas! Mucho me temo que seré yo la que te deje
ganar. En tu estado tendré que ayudarte a entrar en la piscina —rió
Susana deshaciéndose del abrazo y sacando la silla para que él se
sentara.
—¿Esto no me corresponde a mí? —Señaló el gesto de la silla—
Estoy resultando un caballero poco solícito —le besó la nariz antes de
sentarse.
—Puedes mejorar, pero no lo haces mal. Hacer la comida ha sido
un buen gesto.
—No llegaba la Dama de las Camelias —hizo un gesto con la
cabeza hacia la cocina —y pensé que vendrías hambrienta. Esta tarde
surtiremos tu nevera. Somos un batallón y hemos agotado las
existencias con los “tappers” de la excursión.
Susana se sentó frente a él y sonrió sin saber por qué. De repente
estaba disfrutando de la situación. El ladrido de Atila, que debía estar
exigiendo a su ama algo para comer, la hizo sonreír aún más.



Alejandro respiró profundo. Estaba flotando en su carril. La piscina
estaba bastante concurrida. Escuchaba el chapoteo, y algún que otro
sonido como si fueran ecos lejanos.
Había sido una tarde agitada. Cuando Susana se había ido a
trabajar, Malena recogió todo mientras el reposaba. Luego habían ido a
comprar. Había pagado con una de sus tarjetas de crédito un carro
hasta arriba de comida y otro carro hasta arriba de bebida. Aún se
sorprendió de que tanta cosa costara tan barato, y es que, como le dijo
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2

Malena, ella sabía comprar. El se gastaba el doble y no llenaba ni un
carro. Claro que no tenía mucha idea de economía doméstica.


Les llevaron la compra a casa, pues Alejandro tenía claro que no
iba a hacer de burro de carga. Atila, que se había quedado en el coche,
estaba histérico.
En cuanto Malena colocó la compra, se fueron para la oficina. Allí,
una Susana super, hiper, mega ocupada, ni siquiera pudo salir de su
despacho. Beto, que fue a recoger un dossier, les hizo de anfitrión.
Aprovechó para enseñar las fotos a Malena que estaba encantada y se
olvidó de Atila, que se fue de inspección por los pisos superiores. Al
rato, Flora bajó con Darth Vader bajo el brazo. El lindo perrito tenía la
boca roja y cuando Malena puso el grito en el cielo, Flora la tranquilizó.
—Es tinta de rotulador. Me cogió el estuche y no llegué a tiempo
de quitarle todos los colores. Pero el rojo le queda bien. Está
sanguinario ¿cómo estás Alejandro? —le dio el perro a su dueña y se
alzó para darle dos besos al hombre.
—Muy bien, gracias —contestó desviando la mirada del can que
parecía un Picasso con su aureola negra y los bigotes tintados de rojo—
estas fotos están geniales. Estás hecho un artista Beto.
—Es una de mis aficiones.
—Pues podías dedicarte a ello profesionalmente —añadió el
hombre— ¿Podrías pasarme algunas?
Mientras, Flora consolaba a Malena que reñía al can, que, con la
lengua colgando y roja la miraba suplicante, resignado... y bizco.
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Luego se fueron todos al gimnasio, donde Samu estaba
ejercitando su poderoso cuerpo con pesas. Atila fue endosado a Flora,
que a su vez se lo pasó a Susana en cuanto esta se desocupó.
—Me da miedo dejarlo solo en mi despacho. Pero llevármelo al
gimnasio puede ser peligroso.
—¿Por qué? Sabe nadar —concluyó Flora.
—No permiten animales en el gimnasio —le recordó.
—Pueden hacer una excepción.
—No. No pueden. Malena tendría que haberlo dejado en casa.
—Es como su bebé. Ahora lo lleva a todas partes. Es su muletilla
¿qué tal lleva lo de Paco?
—Igual. Aunque hoy lo nombró y no rompió a llorar.
—Buen síntoma —se alegró Flora— ¿Y tú? Parece que al gigante lo
tienes en el bote.
—No sé quien tiene en el bote a quien —meneó la cabeza— la cosa
es seria. Él me ha dicho que no se irá a Argentina.
—¡Eso es genial! —juntó las manos Flora.
—Estuvimos hablando y le dije que tenía miedo de que se fuera.
Ya sabes —hizo una mueca— para una vez que me enamoro y él se va a
otro continente. Pero él también parece que me quiere y dice que lo
arreglará para quedarse en España —suspiró— lo que no sé, es si será
fácil que encuentre un empleo de lo suyo aquí.
—Si él te ha dicho que lo arreglará, lo arreglará —sonrió
pícaramente y se acercó para preguntar— ¿habéis...? —hizo un gesto
explícito con un dedo, pasándolo por dentro de un círculo formado por el
pulgar y el índice de la otra.
—¡Mira que eres bruta! —se sonrojó Susana— Está convaleciente.
No puede hacer según que cosas.
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—Digo —se exasperó Flora— ¡te habrá besado!
—Sí. Eso sí —admitió Susana mientras Atila la lamía y le dejaba el
mentón mojado.
—Hace poco más de una semana que os conocéis. Es bueno que
os deis un tiempo para acostumbraros y trabajar otras cosas de vuestra
relación.
—Forzosamente —le recordó Susana— pero a mí ya me va bien.
—Estás cagadita de miedo.
—Me esfuerzo por que no se note —suspiró mirándola a los ojos—
el es tan... tan... y yo estoy...
—¡Ya empezamos! —casi se enfadó Flora— Eres una chica sana,
guapa, sexy y ese hombre está enamorado de ti. Así. Tal como eres.
Está claro que no sigue contigo por que seas una ricachona o lo mates a
polvos. Le gustas. Creo que es demasiado inteligente para valorar una
mujer solo por sus medidas. Te mira y parece que te va a comer ¿tú
crees que un hombre como él perdería el tiempo con alguien si no le
interesa de verdad? ¡Vamos! Si te mira y babea.
—Exageras.
—Bueno, en realidad la que babeas eres tu —rió— tienes un par
de buenas tetas. Úsalas, ¡caray!
—Tú eres más lanzada. Yo soy más cortada —explicó para
justificarse— de todos modos no he sido tan atrevida en toda mi vida.
Le estoy cogiendo confianza. Poco a poco.
—Pues espabila. Como lo dejes escapar te rompo la crisma. Anda,
vete al gimnasio y deja a este angelito que duerma la mona de tinta en
tu despacho.
—Se me cargará el sofá. Lo conozco.
—Pues déjalo en el lavabo.
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—Sí —sonrió contenta de haber encontrado una solución— lo
encerraré en el baño. Total solo será una horita.
Atila la miró jadeando, sus ojos marrón oscuro casi se daban la
mano de tan cerca que se veían
Susana puso la toalla del baño en el suelo y dejó al perro sobre
ella para salir rauda después
El silencio la tranquilizó.
—Parece que se ha conformado —dijo extrañada Flora.
—shuuuuuuuu —habló bajito su amiga— que no te oiga.



Eran cerca de las ocho y media cuando Flora y Susana llegaban al
gimnasio. En la sala de máquinas estaba Beto. Les dijo que Malena y
Samu estaban en el jacuzzi y que Alejandro estaba en la sauna.
Susana se puso su traje de baño azul marino y se fue con su toalla
a la piscina. Necesitaba estar un rato sola, hacer unos cuantos largos
antes de ir a buscar al resto y alternar conversación.
En la piscina quedaban tres carriles libres. Después de ocho
pasadas. Se tropezó con un cuerpo que la detuvo cerca del borde.
Levantó la cabeza esperando encontrar a alguien que se había desviado
de su carril, pese a estar señalados, pero se topó con un sonriente
Alejandro.
—Vaya ¿no estabas en la sauna derritiéndote? —saludó
quitándose las pequeñas gafas de agua y colocándolas sobre su gorro de
baño azul eléctrico.
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—Un pajarito me dijo que tú estabas en remojo mientras yo me
asaba. Vine a hacerte compañía —le secó las cejas con sus pulgares—
además, me prometiste que me sujetarías en el agua.
—¿Yo te prometí eso? —sonrió coqueta mostrando su sonrisa
enmarcada por centenares de pecas.
—Algo así. Sí. Antes estuve flotando y me sentí genial. Es una
terapia fantástica esta del “floting”. He oído cosas sobre esos tanques
preparados con agua y sal. Te dejan a oscuras y flotas. Dicen que
generas endorfinas.
—La hormona de la felicidad.
—La verdad es que últimamente genero esas hormonas a todas
horas —rió buscando su boca— nada mas mirarte me siento feliz.
—Dices cosas muy bonitas —tragó en seco y se sujetó a la barra
flotante que tenía a su derecha para no hundirse de gusto.
—Eres mi inspiración —dijo poéticamente, para reír luego con algo
de timidez— la verdad es que me disparas todo tipo de hormonas.
—Ya se te fue el romanticismo —rió Susana apartándose un poco y
mirando alrededor— vamos a la parte menos profunda.
Él la siguió. Nadaron hasta casi la otra punta.
—Venga. Túmbate que yo te sujeto.
Él obedeció. Su cuerpo enorme se puso a su disposición. Ella rió al
ver su traje de baño.
—¿No tenías otro bañador?
—¿No te gustan los ositos? Cuando me conociste decías que yo
era un oso grande.
—Grande y peludo —añadió ella.
—Me puedo afeitar —sonrió flotando mientras ella ponía sus
manos por debajo de su espalda.
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—Ni se te ocurra. Me gustas tal como estás —soltó ella sin pensar.
Alejandro la miró de reojo. Emocionado más de lo que podía decir
por sus palabras.
—Eso lo debería decir yo —la miró profundamente durante unos
segundos, luego sonrió con sinvergüencería— pero yo si prefiero que te
depiles —rió ante su expresión de fingido enfado.
—Como no te calles te voy a hundir para no oírte —amenazó ella—
relájate. Cierra los ojos. Confía. Yo te sujeto.
Él obedeció. Ella volvió a sonreír al mirar sus boxers cortos,
animados con ositos vestidos de distintas profesiones. Parecía más un
calzoncillo que un bañador. Seguramente lo era.
Su sexo se marcaba sin disimulo por la tela mojada. Ella tragó
saliva. Miró esa protuberancia poco discreta con cierta curiosidad y
descaro. El flotaba. Lo miró a los ojos y volvió la vista de nuevo a su
paquete. Recordó la conversación que aludía a las medidas y gimió tanto
de aprensión como de ganas, mientras apretaba las piernas sintiendo un
dolor agudo, una punzada en su bajo vientre.
—¡Mierda! —dijo en voz alta ella.
—Me has desconcentrado —se quejó él abriendo un ojo.
—Pues vuelve a concentrarte —apremió ella sujetando una de sus
piernas que bajaba peligrosamente al fondo.
Él se calló de nuevo y ella caminó desplazando su cuerpo y el de
él. Su piel era suave y velluda. Una de sus manos estaba tras sus
omoplatos y la otra en uno de sus muslos, aunque al girar la posó en
sus glúteos momentáneamente.
Cuando se volvió a hundir, su mano izquierda se metió entre los
muslos masculinos para inmovilizarlo en el agua. Sus dedos estaban
cerca de la entrepierna del hombre. Notó que el respiraba más rápido. Él
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abrió más las piernas y ella intentó asirlo para controlar la flotación de
las dos piernas. Pero él era demasiado largo, demasiado grande,
demasiado.... imposible abarcar tanto cuerpo.
Ocupada en que la mitad inferior de su cuerpo no se hundiera,
reparó tarde en la abultada entrepierna de Alex.
—Se acabó —se incorporó el hombre carraspeando— ya he flotado
bastante. Ahora te toca a ti.
—¿A mí? Yo no necesito flotar.
—Pues flotarás. Por mis huevos que flotarás —dijo entre dientes—
Túmbate. Venga.
—¿Ahora? —Se extrañó ella— ¿no sería mejor que saliéramos ya?
—Pero mujer —la miró. Ella parecía un pollito mojado, con el gorro
puesto y los ojos verdes como faroles devolviéndole una cándida
mirada— ¿no ves como estoy? No puedo salir de la piscina con la
metralleta apuntando a todo el que pase. Tanto toque aquí, y roce allá...
la pobre está muy sensible últimamente.
—Tengo una toalla.
—Ni la toalla puede taparme. Créeme, mejor esperamos a que se
me pase. Túmbate. Es una orden —bajó la cabeza hasta su altura y
sonrió— ahora me toca a mi aprovecharme de tu indefensión y mirarte y
tocarte a voluntad.
—¡Eres un...! —Bufó señalándole con el dedo— Lo que quieres es
aprovecharte de mí.
—Eso ya lo puedo hacer en casa. En nuestra cama. Esta noche.
—Tus tres costillas —le recordó ella.
—Aguafiestas —se irguió él urgiéndola a tumbarse— ahora te toca
a ti ponerte en mis manos.
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Ella dio un respingo cuando él la apremió a tumbarse y flotar
sobre el agua.
Susana sintió el corazón a cien. Estaba tremendamente nerviosa.
Era completamente consciente de que iba a estar estirada, con
solo un bañador como única vestimenta. Una tela mojada y pegada a su
piel, marcando todas sus virtudes y todos sus defectos. La palabra
“michelines” bombardeó en su mente con tal violencia que dejó de flotar
casi antes de acabar de tumbarse.
Roja como la grana miró a todos lados. Tosió y dejó que él le
quitara las gafas de agua, que todavía estaban sobre su cabeza.
—Esto te estorba. No te pongas nerviosa —la tranquilizó— no te
voy a hacer ahogadillas. Confía en mí, como yo lo he hecho en ti.
Ella respiró hondo y contuvo el instinto de re-colocarse los pechos
en el traje de baño.
Sin dificultad, se tumbó en el agua y permitió que él pusiera sus
manos en la parte baja de su espalda y su nuca.
Sentía, más que ver, pues estaba con los ojos cerrados, que él la
estaba contemplando.
Sus pezones empujaban en la suave tela y, se podría decir que,
desde la poca distancia en la que estaban, se podía deducir cada
centímetro que estaba bajo el bañador. Escuchó la respiración acelerada
de Alejandro. Abrió los ojos y se encontró con su mirada fija en su
rostro.
—Te he visto en ropa interior. En camisón. En bañador. Hemos
dormido juntos. Pero todavía no te he visto desnuda. Esto es lo más
cerca que he estado de mirarte a placer —ella tragó en seco y siguió el
recorrido de los ojos del hombre a lo largo de su cuerpo— me gusta
hasta la última peca de ti. Tienes una piel suave, que sugiere un mapa
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escondido. Me siento como Indiana Jones en busca de la peca perdida —
sonrió al mohín de ella— estoy ansioso por encontrar tu tesoro.
—A veces hablas como un príncipe azul —dijo ella con los ojos
semicerrados y con cierta laxitud— otras en cuando abres la boca
pareces un sapo.
Él rió.
—Es que me causas sentimientos contradictorios. A veces me
gustaría ponerte entre algodones y otras comerte a bocados —se
sumergió hasta el cuello y besó la piel de su brazo húmedo— ahora
mismo, una parte de mi está disfrutando de tenerte así, a mi merced,
lánguida y perfecta. La otra parte de mi solo piensa en chuparte las
pecas —alzó los ojos con expresión incrédula— no entiendo la fijación
que tengo con tus pecas. Es como si me fuera la vida en ello. Cada vez
tengo más urgencia por conocerlas todas.
—Pues ni yo las conozco —aventuró notando la mano del hombre
que se paseaba por su espalda.
—Mejor. Así seré el único. Voy a patentarlas.
Ella rió y pestañeó desconcentrada cuando le salpicó una buena
ola de agua provocada por el bañista de la fila de al lado. El la cogió en
brazos, acunándola contra si. Ella dejó de flotar para quedar acurrucada
en su regazo. Al estar en el agua las costillas de Alex no sufrían daño
alguno.
Apenas unos segundos después estaban frente a la escalera para
salir del agua.
Ella estuvo a punto de poner pucheros. ¡Se encontraba tan bien!
—Varias personas nos están mirando —dijo él hablando con la
boca rozando su sien— el tipo que nos salpicó se está poniendo
cachondo a nuestra costa. Tiene una Torre inclinada de Pisa de lo más
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alevosa. Nadie lo ha invitado pero estamos en un sitio público y aunque
no hacemos nada malo la gente tiene tanta imaginación como nosotros.
Sube, cámbiate y te veo en el vestíbulo.
Ella se sonrojó y sin mirar atrás, dejó que él la aupara para subir
por las escaleras. Tomó la toalla lo más rápidamente y se cubrió. Solo
entonces miró a Alex. Apoyado en el borde de la piscina. Justo donde lo
había dejado. Sonreía. Le lanzó un beso.
Ella miró de pasada los otros tres carriles ocupados y buscó la
torre de pisa con disimulo. Un tipo nadaba estilo braza y la miraba
desde la vía contigua a la de ellos. Desvió la vista en cuanto ella lo vio.
Curiosamente, ella no se sintió avergonzada. Se sentía muy bien.



Tal como habían acordado, se reunieron en el vestíbulo.
Susana se había topado con Malena en el vestuario de mujeres.
Sudorosa y con los pelos de punta.
En un periquete se ducharon y vistieron. Alejandro ya las estaba
esperando.
—¿Qué tal le sentó el agua a tus costillas? —se interesó Malena
mirándolo con un rápido pestañeo.
Algo le indicó al hombre, que se había pasado por la piscina
durante la sesión que tuvo con Susana. Chasqueó la lengua y le alzó la
barbilla para alcanzar a darle un beso en la frente. Ella cerró los ojos y
suspiró de gusto.
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—¡Eres mala! —Le dijo guiñándole un ojo y observando a Susana
hablar con Samu en la entrada— Si te portas bien, te presentaré a un
amigo.
—Lo que tu quieres es que os deje la vía libre —casi ronroneó
Malena— ni lo sueñes. Cuando suelden tus costillas, desapareceré como
una estrella fugaz. Mientras, me tendréis como una lapa. Me lo estoy
pasando en grande a tu costa.
—¿Aceptas sobornos? —masculló el hombre.
—Prueba a ver —provocó— soy una facilona. Con un yate como el
que tienen Samu y Beto me conformo.
—¡No apuntas alto ni nada! —resopló risueño.
—Para mi sois una terapia. Un sustitutivo del prozac y del
transilium. Solo un hermano gemelo me haría desistir de daros el
coñazo.
—¿Te vale mi hermana? Somos mellizos.
—Ni hablar. Mis gustos están muy definidos.
Él hizo una mueca desagradable.
—Es que no eres nada flexible. Necesitamos un respiro —señaló a
Susana que seguía inmersa en su charla con Samu.
—No busques una aliada en ella. Jamás me echará de su casa. Le
doy pena —puso un falso puchero— además. Le he cogido cariño y le
estoy muy agradecida. Mi única amiga en esta ciudad me robó el novio.
Así que, hasta que se me pase la tontería, nada más os tengo a
vosotros. La semana que viene tengo que volver al médico. A lo mejor,
me da el alta.
—Rezaré —concluyó con una sonrisa Alejandro.
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—Espero que tengas un buen repertorio —finalizó Malena tirándole
un beso al aire antes de ir hacia Susana— Susanita cielo, ¿dónde dices
que dejaste a mi dulce corderito Atila?



—¡Perro Malo! —reñía Malena mientras cogía a Atila en brazos
antes de que se le ocurriera a alguien darle con un mazo en la cabeza.
—¿Es qué este perro no tiene una idea sana? —vociferó Alejandro
más divertido que enfadado.
El baño parecía una leonera. El papel higiénico estaba destrozado.
Los tres rollos que había. El puesto y los dos de repuesto. El jabón de
las manos estaba volcado en el suelo y mezclado con la toalla que
Susana le había dejado, muy diligentemente, para su reposo.
Un estuche de maquillaje estaba abierto y las pinturas de ojos,
labios, coloretes y demás lapiceros estaban por doquier.
—¡Este perro es un terrorista! —Insistió el hombre con una media
sonrisa— Ya te lo dije yo. Creo que si lo donaras al cuerpo del ejército
podría ganar una guerra por intrusión. Lo cuelan en terreno enemigo y
seguro que se rinden.
—Se sentía solo —justificó la dueña con la mirada algo inquieta,
mientras tapaba la cabeza del can y lo sujetaba con denuedo, pues el
perro parecía tener unas ganas locas de saltar al suelo.
Cuando Susana levantó la toalla y encontró una sorpresa de color
marrón. Malena salió rauda de su campo de visión.
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—Buenooooooo —dijo entre dientes Susana— se ha cagado, se ha
meado. Se ha maquillado. Ha perfumado con el jabón el baño entero...
¿crees que pueda reservarnos alguna sorpresa más?
—Es su manera de protestar por sentirse abandonado —insistió
acunándolo contra si.
El can logró sacar la cabeza y le lanzó un ladrido a Susana. Como
si intentara decirle algo.
—¡Cállate melón! —musitó Malena dándole un coscorrón leve en la
cabeza— Que eres un melón. Me pones en cada compromiso. Por favor
Susana —alzó la voz dirigiéndose a la mujer que estaba con la toalla
meada, cagada y enjabonada, colgando de dos de sus dedos— yo lo
arreglaré mañana. Vendré contigo y me ocuparé de que quede como los
chorros del oro. Déjalo ahora y nos vamos a casa.
—Sí, cariño —estuvo de acuerdo Alejandro— vamos. Anda, suelta
eso —la instó con una mueca de asco.
—Sí. Mejor cierro la puerta y me olvido de lo que hay dentro. Pero
te tomo la palabra Malena. Esto no se lo hago limpiar a las chicas.
Mañana vienes tú, y te encargas.
—Hecho —admitió la aludida escondiendo a la perla de pelo rizado
que insistía en hacerse notar.

Llegando a casa pareció establecerse una rutina. Malena se metió
en la cocina y Susana se cambió y se puso su camisón, de la Warner.
Alejandro se afeitó y se puso una camiseta vieja y un pantalón de
chándal.
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Con una sincronización total, Alex puso la mesa, mientras Susana
preparaba una bandeja con tostadas y un par de salsas para acompañar
la comida.
Malena había hecho pinchitos. Un surtido variado aderezado por
ella misma. Cerca de las once acabaron de cenar.
Mientras las mujeres recogían, Alejandro preparó el “milagroso”
aparatito de los pies.
—¡Tachán! —cantó sonriente cuando Susana entró en el cuarto.
—¡Vaya! —Sonrió tímida— ¿Sabes que me puedo acostumbrar a
que me cuides tanto?
—Me encanta complacerte —hizo una inclinación con la cabeza al
más puro estilo caballeresco— sé que ha sido un día duro.
—Sí —suspiró ella acomodándose en el sofá y colocando los pies
en el agua burbujeante— esto es la gloria.
—¿Podemos hablar mientras te masajean los pies ó prefieres
solamente relajarte?
—Hablemos —lo miró ella algo extrañada— ¿ocurre algo?
—No —sonrió tranquilizador— solo quería decirte que mañana
necesito ir al despacho contigo. Me hace falta un fax y un ordenador.
—Puedes ponerte en el despacho contiguo al mío. Allí hay de
todo, fax, scanner, impresora y ordenador.
—Tengo que hacer algunas llamadas —se quitó la camiseta y se
sentó cuidadoso en la cama para desembarazarse de los pantalones—
como ya te dije, mi plan es provocar una oferta aquí en España. Haré
saber a algunas compañías que estoy interesado. Durante años he
rechazado puestos de trabajo en España. Sé que cuando se enteren de
que estoy interesado, alguno me volverá a querer contratar.
—¿Estás seguro?
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El calzoncillo de patitos y cazadores quedó a la vista cuando él se
levantó para que los pantalones se bajaran solos.
Con poca elegancia, se quitó los pantalones pisándolos con los
pies para evitar agacharse.
—Estoy seguro que quiero pasar más tiempo contigo. Si me voy a
Argentina, habrá un paréntesis de tres años. Por mucho que nos
viéramos un par de veces al año no sería suficiente para conservar la
relación. Si estoy aquí, nos podemos ver cada fin de semana.
Alex caminó hacia ella, se arrodilló en el costado del sofá y se
apoyó en el brazo de éste.
—Esto va en serio ¿verdad? —susurró ella.
—Muy en serio. Nunca he estado mas seguro en toda mi vida de
querer compartirlo todo con una mujer. Te miro y me es fácil imaginar a
pequeños pecosos correteando a nuestro alrededor.
Ella rió.
—¿No vas demasiado rápido? ¿Hijos?
—¿Quieres tener hijos? —indagó él con la barbilla sobre su
antebrazo, y acariciando sus dedos.
—Sí —tragó ella saliva— pero me gustaría casarme antes.
—Yo también me quiero casar —alzó él los ojos de su regazo y la
miró con las pupilas brillantes— contigo.
—¡Vaya! —dijo nerviosa— eso casi sonó como... —se detuvo
dudosa.
—Tómatelo como un adelanto de mis intenciones —acarició su
cara ruborizada y pecosa.
—Todavía no nos conocemos muy bien ¿qué pasa si...?
—Hay parejas —interrumpió él— que no se llegan a conocer en
toda su vida. Nosotros, hemos convivido juntos, dormido juntos, hecho
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desastres juntos —rió— hemos discutido. Hemos tenido circunstancias
difíciles a nuestro alrededor —señaló hacia la pared en referencia a
Malena— y todo ello ha sido superado y ha prevalecido que nos
gustamos. Por encima de todo, estoy enamorado de ti. No busco una
explicación, ni una excusa. Es un hecho.
—Nunca hemos hecho el amor —ladeó la cabeza dejando que el
pelo cubriera sus mejillas ruborizadas.
—Bueno, hemos hecho prácticas —rió viendo como se ruborizaba.
—¿Y si después te aburres de mí? Soy bastante sosa y mi
experiencia es casi nula.
—Entonces aprenderemos juntos —sonrió tranquilizador— y desde
luego no eres nada sosa. A mí me pones a cien.
—¡Exagerado! —rió ella palmeando su brazo.
—Yo nunca exagero —la miró levantándole el mentón— tú sabes
que te deseo. Mucho. Solo estas malditas costillas impiden que te haga
el amor varias veces al día.
—¡Exagerado! —repitió ella sonriente.
—Espera y verás. Por lo pronto, lo único que ves es un elefante
con la trompa levantada y no podemos hacer nada con ella.
Lamentablemente, ni siquiera yo puedo. Estoy decidido a portarme bien
para mejorar lo más rápido posible y poder hacerte el amor como me
apetece tantas veces como te apetezca. Pasarán por lo menos dos
semanas o más antes de que podamos tener una relación completa.
—Yo te querré más dentro de dos semanas —aventuró ella
inclinándose hacia él y besando su entrecejo— te miro y me cuesta
creer que me quieres. Eres tan guapo.
—¿Yo, guapo? Yo soy varonil —se defendió él halagado— soy
atractivo. Pero, ¿guapo?
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—Eres un oso guapísimo. La primera vez que te vi, me pareciste
un armario tres puertas. Enorme. Creído. Uno de estos tipos que
consiguen a todas las mujeres que quieren.
—Pues te equivocaste en eso. Soy un hombre serio. He tenido
novias, pero el trabajo siempre ha sido mi prioridad. Ahora —besó sus
labios delicadamente— mi prioridad eres tú. Tus besos, tenerte junto a
mí —la iba besando con cada afirmación— te miro, y veo mi presente y
mi futuro. No imagino mi vida sin ti.
—Me gusta lo que dices. Me encanta oírte hablar así. Te miro y me
derrites —le acarició el cabello tupido y casi rizado— me gusta tocarte.
Ver que estás ahí —sus labios temblaron tras un beso algo más largo
que los otros— ¿cómo es posible amar a alguien que conoces desde
hace apenas unos días?
—A mí me pasa igual Susana. Te has convertido en mi motor. Amo
todo lo que dices, todo lo que haces. Tus pecas. Tu sonrisa. Tu sabor.
Te amo. Toda tú estás hecha para mí.
—Entonces tú eres mío —aseveró ella.
—Sin duda —afirmó él— vamos a la cama, esta postura me
empieza a resultar incómoda.
Apagó el aparato y ella se levantó. Lo ayudó a ponerse de pie
innecesariamente. El lucía una visible excitación.
Se acostaron. Susana los cubrió con el edredón fino. Ella pestañeó
ante la montaña que parecía gritar atención en medio de la llanura
blanca.
—¿De verdad no puedo hacer nada para aliviarte? —se arriesgó
ella.
—No. Esos movimientos agravan mis costillas. Hazte a la idea de
que mi capitán te presenta sus respetos a la noche y, seguramente, al
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alba. En cuanto me restablezca de mi dolencia, ese soldado te exigirá
soluciones —sonrió y le besó las cejas— hasta entonces, tómalo como
un cumplido.
—¿Y podré jugar con él? —rió maliciosa.
—¡Oh sí! —Contestó apretando el pecho de ella que quedaba a su
alcance— Pero antes de que eso suceda, yo podré jugar contigo —
aseguró acariciando su costado por encima del camisón— pero no será
hoy. Si quiero servir de algo mañana, será mejor que descanse y no
cometa excesos.
—¿Te pongo el ungüento de ayer? —se alzó ella.
—Un poco.
Ella se levantó y bajando el edredón, le untó muy delicadamente.
El apretó los dientes, más de deseo que de dolor, por su roce.
Ella dejó el pote. Se acomodó y se colocaron para dormir.
—Gracias amor —dijo él susurrando a su cabello.
—Me gusta como lo dices —alcanzó a decir antes de cerrar los ojos
y quedarse kao.


Malena se acostó mas tarde de la una de la madrugada.
Bañar a Atila no era una tarea fácil y grata. Pero había pasado de
parecerse a Darth Vader, a Rambo en su combate en el baño de Susana.
El jabón que había tirado, había formado pegotes en sus preciosos rizos
de peluquería, y trocitos de papel higiénico y quien sabe que más, se
pegaban a su cuerpo adornando el blanco inmaculado.
La odisea de luchar con él en la bañera había sido titánica. Por eso
lo llevaba siempre al peluquero. No se veía capaz de mantenerlo dentro
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de la bañera. Atila no ladraba, cuando estaba en un entorno de agua
que lo rodeaba, simplemente mordía, gruñía y se retorcía como si le
fuera la vida en ello. Una salpicadura en la cara era un drama de
Shakespeare, aunque algunos observadores lo pudieran tomar como
una comedia.
Atila, sin su aureola de tinte negro, mojado como un pollo, y
bizqueando, se podría definir como un poema de pena. La buena noticia
era la alegría que venía después cuando disfrutaba con el secador. Se
ponía patas arriba, cerraba los ojitos y la lengua se le caía por el lado.
Su rostro semejaba el placer más grande que pudiera existir. Se
quedaba dormido de puro gusto.
Inflado por el secador, su pelo lo hacia parecer un globo. El rizo
indefinido adornada todo su pequeño cuerpo. Estaba en el séptimo cielo
cuando Malena lo depositó en la cama. Ni se inmutó. Viéndolo así
parecía un bendito.
Malena se acostó, sabiendo que su despertador sería un grito de
Susana cuando viera como había quedado su baño. Así pues, le tocaría
adecentar dos lavabos en el día que se avecinaba.



El martes amaneció con impaciencia generalizada. Tal como suponía
Malena, Susana no se rió precisamente cuando vio el estado de su baño.
Fue bastante incómodo arreglarse. Tres personas y una nube
blanca pululando entre las piernas de todos.
A las ocho menos veinte, conseguían salir del piso. Vestidos,
desayunados y bastante estresados ya de mañana.
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Alejandro parecía divertirse con la situación. Malena se deshacía
en disculpas o echaba la culpa a algún desafortunado incidente,
cualquiera de los que, últimamente, los habían aquejado. Susana
mascullaba por lo bajo. Atila, que parecía una pompa de jabón para un
anuncio de suavizante, jadeaba y miraba alternativamente a sus tres
acompañantes.
La mañana en la oficina transcurrió bastante previsible. Malena se
ocupó de arreglar el desastre. Alejandro se encerró en el despacho que
le prestaron y Susana se dedicó a lo suyo.
Al medio día. Alejandro las invitó a comer en un restaurante,
incluyendo en la invitación a Beto y Flora. Esta última les correspondió
con una cena que se haría en su casa el jueves de esa misma semana.
Por la tarde, la acción volvió a tomar lugar en Gorditas a la Carta.
Susana debía prepara la reunión del día siguiente, miércoles, en el
recinto.
Alex se fue a una revisión de rigor al hospital, acompañado por
Beto.


Cuando llegaron Susana y Malena a casa con Atila, Alex ya estaba
allí.
—Hola chicas —parecía envarado.
—¿Te pasa algo? —se preocupó Susana agilizando el paso hacia él.
—No —negó sonriendo— es solo que me han vuelto a poner la
faja. El médico dice que la lleve un par de días, o que sino me
inmovilizará.
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—Oh —apenada lo abrazó breve y suavemente. En cuando trató
de apartarse de él, Alex la apresó contra sí.
—Tendrás que mimarme más —dijo con tono infantil— me ha
prohibido cualquier esfuerzo. La verdad es que con esta faja es
imposible moverse.
—Si quieres curarte —intervino Malena pasando por su lado y
pellizcándole— intenta no moverte, ni perseguir a tu novia siquiera con
la mirada.
—No me provoques Malena —hizo una sonrisa de medio lado— te
recuerdo que la prenda que llevas en brazos, es el responsable de que la
lámpara me lastimara las costillas.
—Pobrecito. Deberías estarle agradecido —achuchó al can contra
si poniendo la boca en posición de besos repetitivos— a buena hora
estarías en esta casa si no tuvieras las costillas a la “virulé”.
—¡Eso es cierto! —Admitió riendo quedo— Y lo que también es
verdad es que te toca preparar la cena mientras dejo que Susana me
ayude a hacer un par de cosas.
Malena masculló una grosería mientras soltaba a Atila en el suelo.
Que se fue derecho a la cocina tras su dueña. El perro sabía donde
estaba la comida. Sin duda.
Susana acompañó a Alejandro al baño, donde le ayudó a afeitarse,
mientras reían juntos.
Ella le estaba quitando los restos de “gel” de la garganta, cuando
él dejó de reír y se puso serio.
—El sábado por la mañana me voy —ante la sombra que vio en los
ojos de la mujer se apresuró a explicar el resto— tengo una reunión el
lunes a primera hora. Tengo un amigo que vive en Badajoz y se
desplazará para reunirse conmigo. Va a enseñarme el proyecto para el
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cual me voy a presentar a finales de la semana que viene. Si todo va
bien, en unos días volveré y todo estará solucionado.

—¿Cuánto son unos días? —indagó descansando la barbilla en su
pecho mientras apoyaba sus manos en la espalda masculina cubierta
casi por entero por la venda apretada.
—Tengo que empaparme del proyecto, para saber de que hablo
cuando me toque presentarme en la entrevista —respiró hondo con
dificultad— digamos que una semana para prepararme y lo que tarde en
conseguir el trabajo. Se que suena algo ambiguo, pero no puedo
concretar mas.
—¿Dónde es el trabajo?
—Es posible que sea en Galicia, o incluso en Portugal. Existen dos
proyectos a determinar. Los dos comienzan en Junio. La cuestión es
que, ese trabajo, nos permitiría pasar los fines de semana juntos.
—¿Cómo? —Cambió la posición de su rostro, apoyando su frente
donde antes tenía puesta la barbilla— esto es Barcelona. Si te destinan
a Galicia...
—Las aviones son lo ideal en estos casos —sonrió besando su
coronilla— el jueves por la noche o viernes en la mañana, tomaría el
avión, y el domingo noche o lunes temprano, regresaría. Son trabajos
de supervisión. Lo más probable es que me hagan responsable de los
dos proyectos. Esa es mi baza. Estoy acostumbrado a llevar dos o tres
obras a la vez.
—¿Vendrías cada semana? —alzó de nuevo el rostro mientras
pestañeaba para contener las lágrimas que tenían vida propia y
caprichosamente habían escogido delatar sus dudas.
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—Naturalmente. Para mí no es nada extraño. A veces estaba en el
desierto y me iba a la ciudad la mitad de la semana. En trabajo de
campo nos puede tocar mucho movimiento.

—Alguna vez puedo ir yo —aventuró.
—Cuando te den fiesta en el trabajo.
—¿Y cuando se acabe el proyecto?
—De eso nos ocuparemos cuando llegue el momento. A tres años
vista tengo empleo seguro, si quiero, eso está hablado. Pero ahora
somos dos a decidir.
—No sé como voy a aguantar tantos días sin ti —se apartó un
poco y acarició sus brazos fuertes.
—Te llamaré cada día. Varias veces.
—Se me hará eterno —bufó ella.
—No más que a mí.



Durante la cena Alejandro habló sobre el empleo que tenía en
mente. Susana estuvo algo callada, pero Malena fue una fuente
inagotable de preguntas.
Susana ayudó al hombre a acostarse. No era cómodo dormir con
esa venda apretada cual faja. Finalmente tras resoplidos, intentos varios
e incomodidades a dúo, Alex optó por quitarse las vendas. Susana lo
ayudó y, solo entonces, pudo dormir algo.
A la mañana siguiente, Susana lo volvió a vendar siguiendo sus
instrucciones.
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Malena se quedó en casa con el guardián en forma de copito de
nieve. Susana y Alejandro fueron a la oficina. Él se encerró para acabar
de arreglar sus asuntos, y ultimar su viaje, y Susana siguió preparando
la reunión de esa misma noche.
Susana acabó comiendo en la oficina una comida china y Alejandro
desapareció durante más de tres horas.
A las cuatro, Susana se fue a casa un momento para coger ropa y
cambiarse a algo más festivo para el encuentro de esa noche. En ese
momento llamó por teléfono Gloria, la hermana de Alejandro, charlaron
un rato y Susana se dio cuenta de que estaba al tanto de los nuevos
planes de su mellizo. Gloria anunciaba que venía ese mismo fin de
semana y que contaba con incorporarse a las actividades de Gorditas a
la Carta la semana siguiente.
De regreso, ya casi las cinco y media de la tarde, Alejandro la
esperaba en su despacho.
—Hola. Siento haberme ido sin avisar, pero estabas ocupada —se
disculpó abrazándola suavemente y dándole un beso silencioso en los
labios.
—¿Qué tal te han ido las gestiones? Haces cara de cansado.
—Se me olvidaron los calmantes en casa. Acabo de comprarme
más en la farmacia y me tomé uno hace apenas un rato. Estar sentado
en el despacho, no ayuda a que se me alivien —se tocó las costillas.
—Hablé con tu hermana.
—Sí. Lo sé. La llamé yo y me dijo que acaba de conversar contigo.
No podré verla antes de irme.
—Ella llega el mismo viernes noche. Podemos invitarla a cenar y
así...
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—No —interrumpió con mueca contrita— Alvaro Justo me llamó.
Tengo que adelantar mi viaje. Tengo que irme el viernes en la mañana
temprano.
—¿Tan pronto? —se apenó sintiendo que su corazón se aceleraba.
—Es para aprovechar el viernes como laborable. El sábado, los
sitios oficiales están cerrados y debo recoger planos y documentación el
mismo viernes. Sin falta —añadió tomando su rostro y alzándolo hacia
él.
Ella llevaba tacones y su pantalón vaquero, adornado por un
blusón corto y de vistosos colores. Su cabello lacio y suelto se enredó
entre los dedos masculinos.
—Sé que no debería afectarme tanto, que te vas solo unos días,
pero... —casi se atragantó ella.
—Me pasa lo mismo a mí. Es como si me doliera alejarme de ti.
—Parecemos dos niños que no quieren desprenderse de su juguete
—intentó reír ella.
—Somos dos mitades completas. Alejarnos es sentir que nos falta
una pieza —la miró a los ojos— serán pocos días. Antes de que te des
cuenta estaré de regreso.
—Sí. Lo que pasa es que en el fondo tengo miedo. Por fin me
enamoro y temo perderte. Es una tontería. Lo sé.
—No tengas ninguna duda Susana. Volveré —la besó suavemente,
pero el mismo gesto de inclinarse le hizo hacer un gesto de dolor. Ella se
apartó y le acarició el mentón, áspero ya de barba incipiente.
—Estás cansado y ya te has esforzado más de la cuenta hoy.
Regresa ya a casa.
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—Sí. Eso haré. Lamento no acompañarte en la reunión de hoy —
sonrió socarrón— la ultima vez no fue precisamente memorable, aunque
si puedo asegurar que no lo olvidaré nunca.
—Ya hace una semana del desastre —rió ella— me da la sensación
que ha pasado mucho más tiempo.
—Toda una vida —cogió su maletín y se encaminó hacia la
puerta— por cierto, Mer te buscaba.
—Ahora le digo a Carmen que la localice —sonrió ella echándolo
con la mano— vete a casa. Venga. Cuando llegue espero que estés
descansando o me enfadaré.
—Estaré despierto —dijo encogiéndose de hombros antes de
desaparecer.
Cuando se quedó sola, le duró poco la autocompasión, pues Mer
entró en el despacho con un montón de carpetas. Beto iba tras ella y en
unos minutos se unió Flora. Cuando llegó la hora de la reunión de los
miércoles, todo estaba en su sitio. Menos Susana. Su cuerpo estaba en
el edifico, pero su mente pululaba bien lejos.


Cuando llegó, cerca de las once y media. Cenó un plato frío
mientras charlaba con Malena y acariciaba a Atila.
—Me ha contado Alejandro que se va el viernes bien temprano. Lo
puedo llevar yo al aeropuerto porque a las siete tiene que estar allí, y tú
a esa hora estarás a punto de salir a trabajar.
—Gracias, sí. Será mejor. Podría llegar tarde a trabajar, pero temo
hacerle un espectáculo llorón en el aeropuerto.
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—Solo se va unos días —la consoló Malena con expresión triste y
amigable.
—Lo sé. Pero no puedo evitar esa sensación de... que se va. Puf —
los ojos se le llenaron de lágrimas— sé que soy ridícula, pero me duele
aquí —se señaló el corazón— supongo que me he mal acostumbrado a
tenerlo para mí.
—A lo bueno se acostumbra una rápido.
—¿Hace mucho que se fue a dormir? –preguntó yendo al fregadero
a dejar su plato.
—Sí. Está durmiendo como un bebé.
—Necesita descansar. Está algo estresado.
—Tú sí que estás estresada. Relájate.
—Sí. Ya mismo. Por cierto, te he hecho una cita con Mer, el lunes
en la mañana. Por aquello del asesoramiento. Será mejor que empieces
a mejorar tu imagen, de acuerdo a tus nuevos planes.
—Es probable que la semana que viene comience a trabajar.
—¿Te encuentras lo suficientemente bien para hacerlo?
—Más o menos. Hablé hoy con Beto. La semana que viene
podríamos salir los cuatro y llegarnos hasta el local donde suele ir Paco
con la “merluza” de mi ex amiga María. Solo para darle en las narices.
Después de eso creo que estaré preparada para enfrentarlos en la
oficina. Aunque sigo pensando en cambiar de trabajo. No me han
contestado a mi solicitud de traslado, así que deduzco que no tendré
más remedio que irme.
—Tiempo al tiempo. Vamos a ver como van saliendo las cosas.
Has de reconocer que ahora estás mucho mejor.
—Sí. Por fuera. Por dentro estoy dolida. Ahora comienzo a darme
cuenta, que yo lo hacía todo y él se dejaba querer. Era una relación sin
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futuro. Cuando os veo a vosotros juntos, las miradas —sonrió y
pestañeó— cuando os tocáis... esa complicidad preciosa que tenéis. Eso
no lo tenía yo —suspiró— y he decidido que quiero eso ¡y no me
conformaré con menos! —Finalizó contundente— Aunque no lo
encuentre de inmediato. Me lo tomaré con calma. Primero curaré mi
alma. El concurso este de Gorditas de Lujo me mantendrá la mente
ocupada. Hay alguien especial para mí.
—Me gusta oírte hablar así —la abrazó Susana contenta.
Atila asomó su cabeza por entre los cuerpos de las dos mujeres y
gruñó al verse apretado.
Al rato, Susana se fue a acostar. Ese día, el camisón, no era de la
Warner. Era una tela de color blanco roto y con pergaminos dibujados.
El dormía plácidamente. No lo quiso despertar. Se acomodó
suavemente en su costado. Cerró los ojos tras colocar la palma de su
mano en el corazón masculino, sobre la piel velluda, pues las vendas
también habían desaparecido. Se sorprendió al sentir un beso en la
frente.
—¿Estás despierto?
—Te dije que lo estaría —susurró ronco.
—Estabas dormido cuando entré —rió ella quedo.
—No. Fingía dormir. Quería saber si te aprovecharías de mí al
encontrarme indefenso y dormido.
—¡Qué más quisieras! —rió ella acariciando su pecho peludo.
—Cierto. Cierto —contestó apretando su cadera contra él— pero
mejor no quiero pensar en eso. Llevo la abstinencia lo mejor que puedo.
—Duérmete Alejandro.
—Soñaré contigo.
—No hace falta que sueñes. Me tienes aquí —aseguró ella.
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—Lo que sueño, ahora no lo podemos hacer todavía. Más que un
sueño son esbozos de lo que planeo hacerte cuando esté en plenas
facultades —amenazó levantando y soltando la goma de las bragas que
chasqueó al rebotar con su piel.
—Así me gusta —provocó ella— practica mentalmente para
perfeccionar tu técnica.
—No tendrás de que quejarte —sonrió socarrón.
—Estoy segura de ello. Exigiré demostración total —besó el final
de su garganta.
—La tienes garantizada.
Se quedaron callados.
Ella hubiera seguido hablando y lanzándole frases gatillo que
provocaban respuestas que ansiaba, pero sabía que él estaba rendido y
que ese tema le afectaba más de la cuenta.
Escuchó su respiración durmiente y ella se relajó.
¿Qué tenía ese hombre que se sentía la bella durmiente mientras
estaba en su cama?


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CAPÍTULO 8

No es un jueves cualquiera. Ojalá no se acabara
nunca.
Si parece un perro, se mueve como un perro y
huele como un perro. Definitivamente. Es un
perro. No le busques tres pies al gato.


El jueves amaneció nublado. Siendo finales de abril, el tiempo era
cambiante. Las indecisas nubes finalmente claudicaron y comenzaron a
descargar bien temprano.
Alejandro trataba de ponerse la faja–venda, pero no la sabía
apretar. Susana que estaba abriendo el cajón de la cómoda para sacar
ropa interior limpia, pues tenía intención de ducharse antes de ir a
trabajar, se apiadó de él y fue en su ayuda.
—Déjame a mí. Levanta los brazos y estate quieto.
Él obedeció. Con sus “boxers” modernos de seda azul, descalzo y
con el despeinado típico del despertar, lucía un cuadro de macho
desaliñado con unas gotas de timidez y desamparo sexy. Ella pensó que
estaba para comérselo.
Tras intentar cerrarlo, se encontró con que necesitaba asegurarlo
más y no podía hacerlo desde su posición, así pues se subió a la cama y
desde allí afianzó la venda.
—Ya está ¿Podrás vestirte solo?
—Será mejor que pueda. Mañana no contaré con tu ayuda.
—Bien. Te dejo en esta ardua labor y voy a ducharme. Oigo
trajinar a Malena en la cocina, seguro que el desayuno ya está hecho.
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—Iré rápido para hacer el café yo. No tengo ganas de
envenenarme.
—Exagerado. El café es lo único que no domina. Has de reconocer,
que tiene un don para la cocina en general —hizo un mohín mientras
abría la puerta del cuarto para irse.
—Cocina bien. Nadie puede discutir eso, pero su café da pena —se
movió rápido para alcanzarla— déjame sacar el albornoz, antes de que
te encierres en el baño
Susana se cerró a cal y canto en el lavabo. Ya desnuda, la pinza
del pelo puesta para recogerlo y dispuesta a entrar en la ducha abierta
se dio cuenta de que no había toalla.
Se asomó a la puerta y gritó a Malena.
—¿Dónde diablos están las toallas?
—Ahora te llevo una —contestó en letanía la aludida que después
del desastre del baño con Atila había usado todas las toallas limpias y
sucias.
Susana cerró de nuevo y esperó. Tras tres largos minutos, se
metió en la ducha. Iba con el tiempo justo, como era habitual.
Se enjabonó y se aclaró rápidamente. Estaba disfrutando del agua
caliente sobre su espalda, cuando escuchó la puerta cerrarse, y una
mano, del todo masculina, le cedió una toalla doblada, blanca y mullida.
Ella cogió el paño antes incluso de cerrar el agua corriente.
Con el corazón a cien. Cerró el grifo y se llevó la tela a los pechos.
Alejandro no había abierto la cortina. Se había limitado a alargar la
mano.
—¿Estás visible? —dijo su masculina voz.
Ella abrió la toalla y se cubrió lo mejor que pudo.
—Sí.
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La cortina se abrió. Él seguía despeinado. Con el mentón
oscurecido por la barba y con el albornoz rosa puesto.
—Estaba pensando —dijo él tragando saliva— mañana me voy y...
—se calló y la miró como si estuviera sorprendido— estás preciosa —
alargó la mano para acariciar su hombro desnudo y mojado.
—Estoy helada —alcanzó a decir sin aliento y con un agitado
escalofrío.
—Déjame que te abrace.
—¿No te ha prohibido eso el médico? —intentó bromear ella ante
el gesto de él de abrirse el albornoz para que ella se metiera entre la
tela y él.
—El médico me ha prohibido explícitamente el sexo —corroboró
él— Pero puedo besarte, acariciarte y ser tan masoquista con mis
afectos como quiera.
—Bien —dijo ella dejándose abrazar— estoy mojada.
—Estás deliciosamente húmeda —dijo con tono sensual— hueles a
violetas.
—Es el jabón. Se van a mojar las vendas —apremió ella
intentando apartarse.
—Al diablo las vendas —dijo él antes de atrapar su boca
sorprendida con un beso abrasador.
Susana sintió subir su temperatura de inmediato. El escalofrío
desapareció para dar paso a una explosión de placer. La toalla resbaló y
quedó sujeta por los dos cuerpos pegados. Las manos del hombre
pulularon sin barreras por la espalda y el trasero femenino. Acariciando,
amasando, apretando, mientras su boca la devoraba sin piedad. A
Susana le dolían los pechos por el rasposo de las vendas que los
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rozaban. Soltó un quejido de placer por las caricias, y de dolor por la
rugosidad de la tela que maltrataba sus senos.
Él apartó su boca, navegando por su garganta. Su boca parecía un
aspirador, dejando a su paso el mismo calor que humedad.
—¡Déjame verte! —pidió anhelante mientras levantaba la cabeza
para mirarla a los ojos que estaban casi a la misma altura al estar ella
dentro de la bañera todavía.
—¿Qué? —dijo confundida y con la mente nublada por el deseo.
—Quiero verte —la apartó un poco y la toalla cayó. Ella quedó
totalmente expuesta.
Por un momento casi se encoge de frío, al alejarse de él, de
vergüenza, ante la exposición tan cruda.
—No te imaginas cuando deseaba verte. Te he imaginado tantas
veces —su mano fue hacia sus pechos y con las yemas de los dedos hizo
un camino que recorrió su torso, su vientre, hasta detenerse a un lado
de su pubis. Rozó su vientre hacia arriba y se paró en el ombligo
fascinado por el millar de pecas.
—Me parece que disfrutaré averiguando hasta donde se esconden
tus pecas.
Su sonrisa era socarrona pero sus ojos estaban entrecerrados y no
cejaban de fotografiar su cuerpo, mientras el suyo propio, respondía sin
disimulo apretando el calzoncillo y señalándola sin pudor.
—Tengo frío —dijo ella casi despertando de su letargo y
acordándose del pudor abrazándose a si misma.
—Sí. Perdona amor —miró en el suelo la toalla mojada y se quitó
el albornoz para ponérselo a ella. La masajeó con la tela, con vigor,
haciéndola sentir una marioneta por la agitación. La ayudó a salir de la
bañera y la abrazó de nuevo contra él.
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Durante unos minutos largos así permanecieron. Luego como si
sonara un despertador, comenzó una carrera contra reloj para
prepararse.
Alejandro se fue a su casa a recoger cosas que necesitaba. Malena
se quedó de ama de casa y Susana llegó tarde a trabajar.
No era un jueves cualquiera.



La mañana del jueves empezó movida y acabó movidísima.
Susana estaba contenta. Hacia las once de la mañana, recibió un
centro de flores en macetas varias con una tarjeta de Alejandro.
Solamente ponía dos palabras e iba sin firmar, pero quien mas podía ser
con ese texto: “te amo”.
Decidió que lo enmarcaría y lo pondría en su habitación.
Flora y Carmen tuvieron que irse a media mañana a recados
bancarios y gestiones notariales.
Cerca de las doce apareció Malena con Atila. Y esta vez, quien iba
disfrazado no era el can.
Atila lucía cual bola blanca, sin mácula. Solo una correa negra
plagada de brillantes, circonitas para mas señas.
Malena lucía un espectacular traje de lentejuelas.
Entró en el despacho de Susana que en ese momento estaba
acompañada de Mer González.
—¡Ta chan! —entró triunfante.
Susana se levantó aguantando el grito de horror. Mer, casi se cae
tras rebotar en la silla donde estaba sentada. Disimulando una mueca
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de disgusto, Mer miró con disimulo a Susana esperando que ella hablara
primero.
—Esto, Malena cielo, ¿no crees que es muy temprano para un
vestido de noche?
—Sí, desde luego —estuvo de acuerdo ella— pero quería hacer un
homenaje a mi mal gusto. He decidido que hoy es el último día que me
pongo todos estos trajes que me ponía con Paco. Voy a quemar todo mi
vestuario —miró a Mer afectadamente— que bien que estás aquí Mer
¿crees que este vestido tiene algo salvable?
—No —dijo rotunda la diseñadora.
—¿No a secas? ó ¿no sé? —dijo esperanzada Malena.
—No a secas —respondió con una sonrisa amigable— la verdad es
que no había visto un traje tan horrible desde... —recordó un par de
días atrás el traje que llevaba la misma Malena y carraspeó— no te
ofendas Malena. Pero eres una mujer atractiva y deberías señalar esos
maravillosos ojos y ese cuello largo... en fin. Ahora parece que llevas un
saco brillante de color cachumbo.
—Esta mujer es una profesional —le dijo a su perro que salió
corriendo al pasillo— ¡ep!, Atila. Vuelve aquí.
—Por el amor de Dios Malena. No me sueltes al perro en el edificio
que le temo —suplicó Susana ya corriendo por el despacho hacia la
puerta.
—No te preocupes, sé donde ha ido. Ha visto un chucho abajo. Le
gusta hacer amigos.
—Será mejor que vaya a ver. Por favor Mer, te ocupas de Malena
unos minutos, yo voy a buscar al Rey de los Unos.
—Pierde cuidado —la tranquilizó Mer, mientras cogía del brazo a
Malena para guiarla al asiento más cercano.
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La rubia Mercedes, vestida, como siempre, exquisita y de buen
gusto, con el maquillaje justo y su recogido de cabello con estilo, miraba
a la morena de pelo corto, ojos como platos y vestido horrendo.
—Siéntate Malena. Creo que tenemos una cita el lunes —sonrió
con sus labios rosados, perfilados con exactitud— Podemos aprovechar y
empezar ahora ¿te parece?
—No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —sonrió Malena
de oreja a oreja.



Susana bajó las escaleras tras Atila. Tal como dijo su dueña, no
fue difícil encontrarlo. Estaba al lado de un chucho, no se podía llamar
de otra manera, que, mojado como un pollo, se sentaba a la izquierda
de la entrada sin moverse.
No llevaba correa. No era peludo como Atila, que en ese momento
lo olisqueaba ante la impasibilidad del otro perro que con ojos caídos y
lengua colgante, jadeaba.
—¿Y tu dueño? —le preguntó cariñosamente Susana acercándose
de a poco para acariciarlo.
Rebeca se acercó por detrás de ella.
—Hace rato que lo observo. Creo que no es de nadie. Me temo que
ha entrado para protegerse de la lluvia en una de las ocasiones que se
abrió la puerta.
—No lleva correa —observó Susana.
El perro estaba sumamente delgado. De patas medianas y
pequeño tamaño, aproximadamente como Atila. Morro redondo. Orejas
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puntiagudas. Sus costillas patéticamente dibujadas. Ojos saltones.
Definitivamente, un chucho en toda regla, de cuatrocientos madres y
mil padres.
—¿Quieres que llame a la perrera? —dijo la recepcionista con
tristeza.
—No se puede quedar aquí —se lamentó Susana— vamos a ver.
Voy a intentar darle algo de comer. Por favor, llama a Xisca y que me
traiga algo de la cocina, jamón, o pollo, algo similar. Y un cazo con
agua. A ver si me sigue.
Atila, viendo que pretendía llamar al otro perro, se puso a saltar
alrededor de ella. Celoso, empujó al perro desconocido cuando éste hizo
el gesto de seguir a la mujer. Susana riñó a Atila.
—Malo. Déjalo en paz —el chucho se arrugó, y encogió la cola
entre las piernas. Parecía acostumbrado al maltrato y su pinta de
desvalido pudo con ella. Los ojos tristes del perro se midieron con los de
la mujer. Susana, se acercó apartando a Atila y, sin miedo, cogió al
chucho en brazos —adiós a mi blusa limpia. Vamos perrito que te voy a
secar y dar de comer.
Rebeca sonrió mientras cogía el teléfono interior para pedir la
comida. Susana subía las escaleras con el tembloroso can en los brazos
y un Atila de lo mas cabreado saltando a su alrededor.


—Es una perra. Está famélica y es la cosa más fea que he visto en
mi vida —dijo Malena acariciándola al tiempo que la perra devoraba el
plato de pollo picado que le había traído Xisca.

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—Esta rota la pobre —estuvo de acuerdo la misma Xisca— me
recuerda a mí cuando llegué del pueblo. Sin na de na. Con una mano
adelante y otra atrás —hizo el gesto— tenía hambre la jodía. Creo que
no tiene amo. No es tan guapa como Atila, pero es buena.
—A Atila no le gusta la competencia —rió Malena viendo la
reacción de su perro— es raro que se haya calmado tan rápido.
Atila estaba sentado en el regazo de Susana, la lengua colgando
mientras jadeaba bizqueando sin quitar ojo a la chucha nueva.
—A lo mejor es lo que necesita Atila para no ser tan trasto.
Compañía —dijo Susana con intención solapada.
—Te estoy leyendo la mente —rió Malena— te recuerdo que estoy
viviendo en tu casa.
—Temporalmente —corrigió Susana.
—Mañana la llevaré al veterinario. Parece un saco flaco de pulgas
—añadió acariciándola de nuevo.
—¿Qué tal si lo haces esta tarde? —Se levantó Susana— tengo
que terminar mi reunión con Mer y quiero ir a comer a casa.
—De acuerdo. Me voy a casa con los perros. Hago la comida y esta
tarde voy al veterinario. A lo mejor tiene chip.
—Ni en sueños —se burló Xisca antes de salir con un gesto de
despedida.
—Oye ¿Crees que es un perro? —Preguntó Malena— Lo digo
porque me recuerda a esos gatos desnudos que...
—No Malena. Es una perra. Delgaducha y pelada, pero una perra.
—Si tú lo dices —dijo con gesto de extrañeza volviendo a mirar a
la perra que se relamía y buscaba un sitio para hacer sus necesidades.

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—oh, oh! —Señaló Susana— será mejor que te la lleves ya antes
de que me ensucie el despacho.
—Me voy, me voy.



Cuando Susana llegó a la casa reinaba el caos. Los perros no se
veían pero se oían. Uno ladraba y el otro aullaba... dentro de la bañera.
—Pero, ¿qué ha pasado aquí? preguntó Susana entrando al baño y
viendo a Malena, arrodillada, y a los dos perros dentro de la bañera
tintada de marrón y todo ello sazonado con un desagradable perfume.
—La “santa perra” tuvo diarrea en el coche. Atila se rebozó en tan
grato regalo y llevo rato intentando eliminar el olor.
—La comida le debió sentar mal —dijo frunciendo la nariz ante el
tufo— seguramente tenía la barriguita vacía. Déjame que me quite los
pantalones y te ayudo ¿dónde está Alejandro?
—Ni idea —contestó huyendo de las salpicaduras— no estaba en
casa cuando llegué.
Susana se quitó la ropa, se puso un camisón que tenía para lavar
y se arrodilló junto a Malena.
—Sabes que después tendremos que ducharnos nosotras,
¿verdad? —rió Susana sujetando a la chucha que intentaba lamerle los
brazos.
—Por supuesto. “Tate” quieto Atila. ¡Por Dios! Dos baños en dos
días. Está traumado —rió la mujer usando el agua de la ducha para
enjuagar a su perro, que todavía tenía un color poco recomendable.
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Rato después, los perros limpios y ellas hechas unas fachas
mientras recogían el desastre del baño, llamó por teléfono Alex. Susana
le contó en lo que estaban y dijo que iba para allá con “pizzas”.
Se ducharon las dos con rapidez, primero Susana y luego Malena.
Para cuando llegó Alejandro con la comida, todo parecía normalizado.
Comieron algo acelerados entres risas con la anécdota de la perra
y compañía. La perra, que era fea como el demonio, pero lista como casi
todos los chuchos callejeros que se buscan la vida, encandiló con sus
ojos saltones y tristones al recién llegado, casi desbancando en afecto al
perro de pedigrí. Fue cómico observar los esfuerzos de Atila por llamar
la atención, aunque estaba ronco y afónico después de la ópera del
baño.
Susana se fue a trabajar rauda y acelerada, no sin antes quedar
para encontrarse esa noche, pues tenían la cena en casa de Flora.
Malena decidió esperar a hacer la digestión antes de limpiar el
coche e irse al veterinario.
Susana llegó resoplando al trabajo. Rebeca estaba atendiendo a
una mujer de grandes dimensiones sin ser excesivas. Vestía de sport y
le daba la espalda.
—¿Y no puede ser ahora? —preguntaba la interesada.
—Pues ahora las dos señoritas que se ocupan de las inscripciones
están ocupadas. Si desea esperar un rato le atenderán encantadas.
Susana se paró en recepción y recogió la carpeta que estaba en la
bandeja que le correspondía. Miró a la mujer. Una rubia que evidenciaba
tinte por todos los poros. El bigote la delataba. Sino las cejas de un
negro azulado, y las raíces que chillaban que las arroparan.
—Es que tengo mucha prisa.
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—Si quiere usted venir después de acabar su horario de trabajo,
podemos esperarle —dijo solícita Rebeca.
—No. Me refiero que tengo prisa por inscribirme. Me ha costado
mucho decidirme y si me voy, temo que no tenga valor para volver.
Susana le hizo una seña a Rebeca indicando que se ocupaba ella.
—Atiendo yo a la señorita —dijo dulcemente la pelirroja para
presentarse después y guiarla a su despacho.
Mer que llegaba a recepción en ese momento, se apoyó en la
mesa de Rebeca.
—¿Eso que vislumbré era un bigote? —indagó con cara de haber
visto a un extraterrestre.
—Sí. Un mostacho de lo más hermoso —admitió Rebeca— un buen
motivo para tener problemas a la hora de encontrar pareja —chasqueó
la lengua.
—La chica no es fea —la vio alejarse por las escaleras— solo le
falta un poco de confianza y aligerar unos cuantos pelos —dijo benévola
Mer.
—Si en el resto del cuerpo tiene la mitad de vello que en la cara,
vas a necesitar mucha cera.
—Cada vez me gusta más este trabajo —rió Mer— piensa en lo
agradable que es ayudar a pasar a mujeres, de patitos feos, a cisnes. La
mayoría no saben lo hermosas que son. Yo era peor que ella —dijo
bajando la voz con sorna.
—No me lo creo —dijo incrédula Rebeca.
—Créetelo —cerró los ojos un instante como si se visualizara en el
pasado— cejijunta. Miope. Tímida. Con el puro convencimiento de que
era un adefesio. Su bigote, al lado del mío, ni se notaba.

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—¿Tienes fotos? —rió Rebeca.
—Ni hablar. Las destruí todas. No necesito recordarme cuando era
una ruina. Me costó años quitarme la costumbre de que no valía la pena
arreglarme o cuidarme porque no tenía remedio.
—¡Pero si eres preciosa! —Abrió los ojos Rebeca muy sorprendida
de lo que le contaba— ¡Mírate!
—Lo sé. Parezco otra —respiró hondo y sonrió con su boca
perfectamente pintada— y por eso pienso que puedo ayudar a otras
mujeres a encontrar la guapa que llevan dentro. Se ha convertido en un
reto —se envaró— por mis ovarios que transformo a esa oruga en
mariposa —miró a Rebeca— coméntale a Susana que le dé cita conmigo.
Se marchó con sus cortas zancadas y su traje chaqueta de negro
impoluto.


A las ocho, Malena y Alejandro, recogieron a Susana.
El hombre dejó a Malena aparcada en doble fila y subió a buscar a
Susana.
Vio el envío del centro de plantas en la mesa redonda de
reuniones al entrar al despacho.
—Veo que has puesto las flores en un lugar preferencial —rió
complacido.
—Ya te dije este medio día que las dejaría aquí en la oficina —
contestó levantándose y yendo a darle un beso que comenzó lánguido y
siguió más íntimo de lo planeado.
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Alex le sujeto la nuca y la barbilla para acceder mejor a su boca.
Ella palpó la venda apretada bajo la camisa del traje chaqueta clásico.
Se quejó de un pequeño mordisco que él le dio en el labio inferior.
—Lo siento —se disculpó el hombre finalizando el beso— estoy
algo nervioso.
—Lo sé —suspiró dejándose abrazar ella— te vas mañana.
—Me gustaría empaquetarte y meterte en la maleta —dijo él
acunando su cuerpo.
—Vamos a dejar el tema porque sino me pondré llorona. Llevo
todo el día procurando no pensar en ello.
—¿Qué tal si pones tus pensamientos en que mi entrevista es un
éxito y que vuelvo en unos días con la noticia?
—Hecho —dijo retirándose de sus brazos y yendo a coger su
bolso.


Flora se había ido dos horas antes de la oficina para ocuparse de
recibirlos con una cena excelente. Esa noche era en realidad su vuelta a
la normalidad como pareja, pues los últimos días habían estado muy
pendientes de los padres de Manolo y habían parado poco en casa.
Beto y Samu venían por su cuenta, así que allí se juntaron todos.
Malena había hecho un postre y Alex llevaba una caja de cava
para ese postre supuestamente exquisito.
Beto y Samu se ocuparon de la bebida, que como ya era
costumbre desde el año anterior, era sangría preparada en casa.
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Manolo los recibió con el delantal puesto. Con su generosa sonrisa
y su pelo pincho de eterno engominado. Su panza estaba algo más
pronunciada que semanas atrás.
Beto, el más bello entre los bellos, rezumaba elegancia por los
cuatro costados. Malena lo miró muy de cerca para asegurarse que
llevaba la raya de los ojos pintada.
Samu, en su estilo habitual, con su pantalón tailandés y su
camiseta, en esa ocasión tipo guayabera, adornaba su coleta con una
flor blanca que hizo pestañear a Malena.
Malena, vestía un traje pantalón robado del armario de su casera.
Y seguro que era robado, pues fue sin el consentimiento de Susana, que
no dijo nada pero la miró muy fijo cuando la vio de cuerpo entero. Por lo
menos estaba discreta, aunque el traje le estaba algo estrecho de
caderas y el escote, al no llenarlo tanto como la dueña, se ahuecaba
poco discretamente.
Alejandro lucía su traje chaqueta de batalla. Con su corbata, que
seguro desaparecería en un rato más, y su cabello estaba bien peinado
pese a los rizos revolucionados.
En realidad esa noche era más que una simple cena. Era su cena
de despedida. O por lo menos ella no podía dejar de pensarlo así.
Alejandro estuvo animado y bromeaba. Ella estaba algo ausente, con
cierto gusto amargo pese a la comida deliciosa.
Finalmente, desistió de atender todo lo que se decía en la mesa y
se dedicó a hablar con Malena sobre la perra y su visita al veterinario.
Cerca de las doce, tras postre, cava y charla intrascendente,
comenzaron las despedidas. Solo entonces, Alex aprovechó para
comunicar que se iba unos días. El silencio que se hizo en la sala fue
elocuente, pero Malena rompió el hielo.
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—Es cuestión laboral. No se puede vivir siempre de vacaciones —
rió quitándole hierro al asunto.
Mientras Flora se llevaba a una esquina a Susana, y Beto y Samu
hablaban con Alex en la otra, Malena se fugó al servicio.
—¿Cómo no me dijiste que se iba? —preguntó gesticulando Flora.
—En realidad fue todo muy rápido. Se va a una entrevista para ver
si puede trabajar en España.
—Eso es bueno —se tranquilizó la mujer— pero se diría que no
estás muy contenta.
—Inquieta. Es inevitable. Tenemos una relación de lo más extraña
—sonrió cansada— hablaremos mañana.
—Sí, claro —le dio un abrazo.
En cuanto salió Malena del baño, se fueron todos tras las
despedidas de rigor.
En casa les esperaban los dos perros detrás de la puerta.
Silenciosos. Sospechosamente silenciosos.
Sorprendentemente, el piso estaba sin desastre alguno. Solo un
cojín yacía en el suelo, como si lo hubieran usado de colchón.
A la orden de Malena, los dos perros la siguieron a la cocina.
Susana estaba rendida. Triste y no tenía muchas ganas de hablar.
Se puso el primer camisón que encontró, uno naranja con un
“naranjito” deportivo del año de la patata...
Miró con la vista nublada como Alex se desvestía y le ayudó a
quitarse la venda apretada.
Ya eran la una de la noche. Se oía a Malena trajinar en la cocina.
Susana abrió la cama para que él se acostara primero.
Alex la miró, quieto, de pie junto al sofá que estaba a los pies de
la cama. Llevaba sus boxers de color azul.
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—Me gustaría hacerte el amor para que me recordaras impaciente
por repetir —dijo él con su voz ronca y varonil— pero sería patético
escucharme quejarme con cada movimiento sensual que hiciera. —rió
complacido por su sonrisa— Pero me gustaría que hoy durmiéramos
desnudos. Quiero sentirte. Recordar tu piel contra mi piel, sin barreras.
Ella tragó saliva.
—¿Eso no será peor? No es conveniente tentar al diablo —se
apenó ella.
—Solo abrazarte. Quizá acariciarte —se acercó hasta ella y la
empujó hasta que se topó con el dorso de las rodillas con la cama—
puede que no esté para una demostración de macho ibérico, pero me
apetece estar con la mujer que amo entre mis brazos sin esas braguitas
pacatas y estos calzoncillos impidiendo que sienta cada una de tus
pecas.
—¿No te gustan mis bragas? —rió ella cayendo al colchón.
—Me gustan más tus pecas.
—Tienes verdadera fijación con mis pecas —fingió molestarse.
—No lo sabes tú bien ¿me ayudas a quitarme el calzoncillo?
Ella miró hacia arriba y vio su expresión de disfrute. Sabía que él
era del todo consciente de donde estaba situado su sexo, todavía
cubierto por la tela y a unos centímetros de la cara femenina.
—¿Sabes que eres un descarado?
—Desde luego —hizo un movimiento pélvico insinuante— pretendo
que se te quede grabado en la memoria mi cuerpo serrano —rió
guiñándole un ojo— si no ves lo que te pierdes, corro el riesgo de que te
robe algún desaprensivo durante mi ausencia.
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—No —rió ella— eso no ocurrirá. Pero si me enseñas tu trofeo y
me asusto, cuando regreses, tendrás que perseguirme con más
insistencia —coqueteó ella.
—Esto no asusta. Gusta —dijo él tomando la mano de ella— verás
que es inofensiva. Por lo menos hoy —rió él con algo de pena— está
preparada pero no puede disparar, porque las costillas acompañarían el
tiro.
Ella lo miró, mientras él acompañaba su mano hasta la creciente
erección. Respiró nerviosa disfrutando de su respuesta y viendo la
expresión de él ante su caricia.
Alex apartó su mano, y ella continuó frotando solo un instante,
hasta que él, confiado, cerró los ojos y elevó el cuello con un gemido
placentero. Casi de inmediato, ella tomó la cinturilla del boxer y lo bajó
de golpe. Su sexo saltó bamboleándose.
Él se sorprendió del gesto repentino y bajó el rostro para
contemplar la mirada atenta de ella.
—Es más bonito de lo que me imaginaba —susurró ella tomándolo
en la mano, y dirigiéndolo hacia su boca como si fuera un micrófono.
Habló— hola guapo —besó la punta circuncidada y elevó los ojos para
ver la reacción masculina.
Alex contuvo la respiración y miró, algo sorprendido, el siguiente
acercamiento de ella, que se llevó su miembro duro y ansioso a la
mejilla, y lo acarició con ella.
Dio un respingo, seguido de un quejido por el movimiento, que
provocó un latigazo en sus costillas.
—Buen Dios, cariño. Reserva eso para cuando regrese porque no
podré aguantar otra caricia igual.
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Susana lo soltó. Y vio su expresión triste. Se arrastró por el
colchón hacia su lado mientras lo veía deshacerse del calzoncillo con los
pies. Mientras Alex se acostaba, ella se quitó el camisón, y se deslizaba
las bragas hacia abajo cuando él, tumbado ya, acariciaba su espalda
desnuda.
—Hace fresco —dijo ella dándose la vuelta hacia él y alcanzando el
edredón para cubrirlos— me gustaría prescindir de la manta y mirarte
hasta empaparme de ti, pero hace frío.
—Empaparme de ti —repitió él como eco— me gusta como suena.
A mí me gustaría también empaparte, aunque de forma menos poética
—escuchó la risa femenina.
—Eso ya lo conseguiste —susurró ella pegándose a él y elevando
su rodilla hacia su cadera.
Él sujetó el dorso de su rodilla y posicionó su pierna sobre su sexo
excitado, mientras su otra mano buscaba, bajando desde la espalda
femenina, el hueco entre sus muslos y se mojaba de su rocío.
Masajeó unos segundos su entrada húmeda, y desistió cuando él
mismo se hizo daño al empujarla hacia él.
Se rieron los dos.
—¿Te he dicho hoy que te amo? —le preguntó mirándola a los
ojos.
—Sí —contestó ella— lo escribiste. Y me encantó. Me gusta oírtelo
decir.
—Pues, te amo —repitió.
—Y yo te amo a ti —lo besó en la comisura de los labios— mañana
Malena te llevará al aeropuerto a las seis. Te tienes que levantar en
cuatro horas.
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—Apagaría la luz —dijo con los ojos entrecerrados— pero prefiero
dormirme mirándote.
—Que romántico eres —suspiró ella.
—En realidad preferiría dormirme empalmándote contra el
colchón, pero eso lo dejo para mi regreso —rió él.
—¡Oh! Es que no puedes contenerte y dejarlo en el comentario
romántico —coreó su risa.
—No sería yo. Si no lo digo, reviento.
—Me gustas así de fino –besó suavemente sus labios alzándose
sobre su rostro y apoyándose en su pecho firme— y así de bestia —
continuó con un lametón en plan leona para puntualizar su comentario—
los dos eres tú —sonrió y se arrellanó en su costado como gatita
ronroneante.
Él la apretó contra si y respiró su aroma ¿se podía respirar el
amor? Pensó mientras le entraba el sueño.



Alejandro durmió hasta pasadas las cuatro de la madrugada. A
partir de ese momento se limitó a escuchar la respiración de Susana y a
sentir la piel suave de su cadera bajo su palma. Quieto, sin moverse.
La puerta de la habitación chirrió al abrirse, dando paso a la nueva
inquilina que asomó con una lentitud y cuidado propio de alguien que
sabe que está haciendo algo ilícito. La luz de la lamparita de noche
iluminaba sus pasos silenciosos y forzados.
De repente miró los ojos del hombre y pestañeó con sus globos
saltones. Se detuvo, a la espera de que la echara. Pero cuando no
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ocurrió, siguió su avance hasta detenerse encima de las zapatillas
caseras y mullidas de Susana. Dio un par de vueltas a su alrededor y se
acostó sobre ellas dando un enorme suspiro.
Alejandro sonrió y apagó la luz, disponiéndose a disfrutar de ese
ratito hasta que sonara el despertador o Malena viniera a darle un
toque.


Durante media hora la casa tuvo un ritmo frenético. Tenía la
maleta hecha. Solo puso un par de cosas de última hora y se afeitó
antes de vestirse, algo refunfuñón porque Susana le obligó a ponerse la
venda. Estaba seguro de que se la quitaría nada mas llegar al
aeropuerto, era imposible ir sentado en el avión como si tuviera una
vara metida en el culo.
Los dos perros le hicieron fiestas de despedida y tras un beso
largo y prometedor de Susana se fue con Malena de chófer.
Susana se quedó con una sensación de horrible soledad que tardó
en desaparecer.
Se fue a la oficina después de dar un paseo a los perros y se
zambulló en el trabajo con verdadera saña.
Cuando llamó Alejandro, unas horas después para decir que había
llegado y hablaron durante un rato, se tranquilizó y comenzó a cambiar
el semblante. Flora fue a charlar y eso mejoró con mucho ese día.
Pese a las invitaciones de Flora y Beto para sacarla y entretenerla,
prefirió quedarse en casa. Sabía que Malena la esperaba con los dos
canes. Una noche de mujeres, algo tristes, aunque por distintas
circunstancias, y una cena plagada de pecados, la esperaba.
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Ese primer fin de semana sin él fue particularmente largo.
Alejandro la llamaba dos o tres veces por día. Aunque se
estableció la llamada fija por la noche, cuando él llegaba de trabajar.
Susana procuraba preguntarle sobre su trabajo y no rallar en
sentimentalismos. Él le hablaba con optimismo y le decía lo mucho que
la echaba de menos.
El domingo no fue un día festivo para Alex. Trabajó con denuedo
con la ayuda de su amigo Álvaro para estar preparado para su
entrevista inicial, el lunes.
La compañía de Malena y los dos chuchos fue clave para que no se
hundiera en esas primeras horas sin él.
¿Cómo se puede echar de menos a alguien con tanta fuerza? Más
si cabe con el poco tiempo que llevaban de relación.
Todos los miedos habidos y por haber, regresaron a Susana con
retorcidas mañas, para hacer florecer todas y cada un de sus
inseguridades. La distancia no era buena para el inicio de un noviazgo
que había sido tan accidentado.
El lunes, Malena fue al médico y le dio el alta. El martes tenía que
ir a trabajar y no estaba medianamente preparada para regresar a sus
obligaciones laborales y, por consiguiente, a volver a ver a Paco y su ex
amiga. Así que, en un improvisado y patético intento de preparar un
terreno más a su favor, Malena pidió a Beto, Samu y a Susana, que
fueran esa noche del lunes al local donde, con seguridad, estarían Paco
y María.
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Malena no se pudo vestir mas “matahari”. De negro, en plan viuda
dolida. Con un sombrerito ladeado. Con escote escandaloso,
pronunciado y descocado. Tacones de aguja que amenazaban bajarla de
las alturas y una actitud soberanamente soberbia que no ayudaría
mucho al encuentro visual o verbal.
Entró del brazo de Samu, Susana y Beto en la retaguardia.
—Está ahí —susurró Malena ladeando la boca y mirando fijamente
hacia una mesa no muy lejana donde su ex novio, su nueva conquista y
un hombre maduro, tomaban sus jarras de cerveza tamaño “king size”.
—Disimula —le contestó Samu arrastrándola hacia el lado
contrario para evitar que se dirigiera directa a la mesa en cuestión.
Se sentaron a tres metros de su objetivo. Malena, sin disimulo,
clavaba su mirada asesina en su ex.
—Has venido a exhibirte —le recordó Beto— no a buscar pelea.
Deja de mirarlo con esa expresión de buldog. Vamos a pedir una
cerveza y luego, que ya estés más tranquila, te das el paseo del brazo
de Samu por su mesa y lo saludas como quien no quiere la cosa.
—Bien —adjudicó demasiado rápido Malena desviando sus pupilas
de Paco y compañía.
—Me parece que María te ha visto —observó Susana— y se lo está
comentando a Paco.
—Con un poco de suerte vienen ellos a saludar y nos lo ahorramos
nosotros —esperanzó Samu.
—Paco no vendrá. Es de los que no contesta al teléfono y cruza la
calle cuando te ve venir. Todo con tal de no enfrentarme. Y María se
siente justificadamente culpable. Me evita.
Vino la camarera y pidieron los cuatro.
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Malena se tomó de golpe su cubata. Susana dio un respingo,
acordándose de la primera vez que la vio apurar así su bebida y el
desastre que siguió.
—Vamos —se levantó Malena con decisión— nunca reuniré el valor
suficiente por más alcohol que me tome. Así que prefiero hacerlo cuanto
antes.
Samu se levantó y le ofreció su brazo. Parecía que iban al
matadero.
Susana estaba por levantarse, pero Beto la detuvo.
Los dos se detuvieron frente a la mesa de Paco. Ya los esperaban.
Desde su ubicación, Susana y Beto no escuchaban la conversación, pero
pareció ir todo sobre ruedas. Apenas cruzaron dos frases,
aparentemente corteses, y los dos, bien agarrados del brazo se dieron la
vuelta para volver sobre sus pasos. En un microsegundo, Malena se dio
la vuelta y tomó la jarra de cerveza de Paco y se la derramó sobre la
cabeza.
El tiempo pareció detenerse. Samu abrió mucho los ojos y miró a
Malena, que sonreía satisfecha.
María reaccionó haciendo lo propio con su bebida, que acabó
duchando a Malena y a Samu. Al tiempo que un furioso Paco se
levantaba con el puño en alza. Samu paró con su mano abierta el golpe
que iba dirigido a Malena, y lo empujó a su asiento. Para entonces
Susana y Beto ya estaban corriendo para detener lo que fuera hacer a
continuación Malena.
Todo sucedió rápidamente. Beto llegó hasta Samu y le miró con
actitud de calma. Susana tiró de Malena, al tiempo que María
despotricaba y empujaba a Paco con malos modos.
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Paco se levantó de nuevo y lanzó un manotazo sin mucho tino,
golpeando el costado de la cara de Susana que trastabilló y calló sobre
la mesa de al lado. El ruido de vasos quebrándose y palabras
malsonantes fue solo el comienzo de una pelea que acabó antes de
llegar a mayores, cuando Samu levantó a Paco por encima de él,
sujetándolo de la camisa y el cuello.
Malena y un hombre de otra de las mesas ayudó a levantarse a
Susana que sentía arder la mejilla derecha.
Todos se giraron al escuchar el ruido de Paco al caer de vuelta a
su silla.
—Te cuidarás mucho de levantarle la mano a Malena, o faltarle al
respeto. Me tiene a mí para protegerla. Y si la molestas, te encontraré.
Vamos cariño —Samu se volvió hacia Malena y alargó el brazo.
Beto rodeó los hombros de Susana y siguió a Samu y Malena, que
caminaba muy digna.
En aire frío de la noche despejó el ambiente.
—Ha salido todo estupendamente —respiró satisfecha Malena.
—Será para ti —Susana se tocó la cara roja del golpe.
—No parece un golpe fuerte —revisó Beto el rostro de la mujer.
—Siento que me saldrá un morado.
—Podía haber sido mucho peor —se quejó Samu— ¿por qué le
tiraste la cerveza encima? Iba todo como la seda. Saludaste, le
preguntaste que tal estaba, Maria te dijo que se alegraba de ver que
tenías pareja…
—Sí, —rió Malena— y hasta puso cara de envidia.
—Quiero irme a casa. Estoy cansada. Ha sido un día muy largo.
—Sí. Tienes razón. Disculpa mi entusiasmo —sonrió Malena— me
siento tan bien.
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—¡Dios mío, pero que cara traes! ¿Qué te ha pasado? —Flora se
acercó.
—Ayer me llevé un regalito que iba para Malena.
—¿Por qué siempre que hay accidentes, Malena está por medio?
—Es su sino.
—Tienes un bonito morado bajo el ojo.
—Le pasaré factura a Malena de los litros de maquillaje que tendré
que usar esta semana. —Chasqueó la lengua y señaló su despacho—
Mejor llama a Mer para la reunión. Hoy es de esos días que quiero
acabar pronto.
—¿Y eso? —indagó siguiéndola con pasos rápidos.
—Malena se muda a su piso hoy. Con los dos perros. Dice que
tiene que prepara mejor su vuelta al trabajo. Hoy ha sido su primer día.
—¿No es un cambio muy radical?
—Cualquiera la entiende —arqueó una ceja entrando a su
despacho—, ayer cuando regresó de nuestra salida, comenzó a hacer
una lista de cosas que tenía que hacer. Hablaba sola. En definitiva y
para no aburrirte, —se dejó caer en su silla después de quitarse la
chaqueta ligera— ha decidido cambiar de vida, de estilo, de táctica y se
vuelve a sus dominios.
—Miedo me da —se sentó Flora con aspecto de espanto.
—Dice que quiere ponerse en manos de Mer y prepararse para el
concurso.
—¿Y se lleva a la chucha también?
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—Sí, y tanto. Reina, como la llama, es su más ferviente
admiradora y además domina a Atila que es un gusto. Parece que Atila
ha encontrado su talón de Aquiles. Reina actúa como un calmante para
la fiera de Atila. Así los puede dejar en casa solos, sin que destrocen
nada.
—Al menos ha salido algo bueno de todo esto. ¿Y cómo llevas lo
de Alex?
—Mal. Hoy ya van cuatro días y me parece que hace un mes que
se fue.
No me puedo concentrar y me siento al borde del llanto a todas
horas.
—Quizá, no es el mejor momento de que se vaya Malena de tu
casa
—Para nada. He recuperado mi casa. Necesito estar sola. Me ha
hecho mucho bien este fin de semana tenerla allí, pero es muy
absorbente. Yo no estoy para complacer a nadie en estos días, más bien
para que me consientan a mí.
—Voy a llamar a Mer, en diez minutos estamos aquí para
comenzar.
—Estupendo. El tiempo que necesito para un café y ponerme las
pilas.


—¿Y ya estás sola? —dijo incrédulo Alejandro— Pensé que tendrías
que llamar a la policía para sacarla de allí.
—No te rías —coreó sin poderlo evitar— tendrías que verla ahora.
Vino al despacho con el coche cargado de ropa que llevaba a Caritas. Y
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se fue a comprar acompañada por Mer para adquirir lo imprescindible.
Cuando volvió era otra.
—Me alegro. Puede que el cambio le venga bien.
—¿Y tú, como va por ahí?
—Muy bien. Mañana me pasaré el día en avión. Sí no te llamo, no
te preocupes. Lo haré en cuanto llegue al día siguiente.
—¿Y tus costillas?
—Mejor. Aunque me molesta, me pongo la faja durante el día. La
verdad es que estoy portándome muy bien ahora para poder portarme
mal después —ella imaginó su sonrisa por el tono de voz— ya no
necesito tomar nada para el dolor.
—¿Ya duermes y comes bien?
—Duermo poco, pero como bien. —Hubo un silencio en el que
escuchó como tragaba ruidosamente— Te echo de menos.
—Me gusta que me eches de menos. A mí me resulta muy difícil
esta distancia. No sé si lo llevo muy bien.
—Será solo un par de semanas más como mucho —consoló
afectado.
—Sí, ya me lo has dicho, pero se hace largo.
—Sé que recién comenzamos a salir y que una ausencia en estos
momentos es difícil de llevar, pero es solo un paréntesis para lograr
una estabilidad que nos permita continuar nuestra relación. No te
imaginas las veces que sueño despierto con nuestra noche en el barco.
Ella rió quedo, una mezcla de risa y sollozo contenido.
—Yo también pienso en la noche del barco —susurró casi sin voz.
—Sueño con lo que voy a hacer cuando te vea y no me duelan
estas malditas costillas.
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—Pues yo sueño contigo cada noche, me abrazo a la almohada y
finjo que eres tú.
—Umh, —gimió Alejandro— no me digas eso que no podré dormir.
Ella rió, esta vez más animada. La conversación se acabo unos
minutos después entre envíos de besos y promesas.
A Susana le daba la sensación de que esas llamadas eran como la
inyección que necesitaba para el día siguiente.






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CAPíTULO 9


“Amar en la distancia sublima o aborrece. Y da
una ansiedad, que ni el chocolate aplaca. Ni
siquiera el mejor chocolate belga.”

Alejandro, sentado en el cómodo asiento de la avioneta particular,
miró sin ver por la ventana. Tenía una carpeta cerrada y tres portafolios
de documentos sobre ella. El ordenador estaba abierto y una tabla de
Excel se extendía en toda la pantalla. En una hora escasa llegarían a
Turquía. Allí se reuniría con el sr. Fraile, conductor del proyecto, y con
uno de los dos jefazos de la empresa: “Molinos y Quevedo”,
concretamente, Bernardo Molinos. Con él sería la reunión definitiva. La
que le llevaría a sellar el contrato que buscaba.
Estaba más impaciente que nervioso por llegar. Todo obedecía a
su intención de cubrir un par de años, máxime tres, hasta que llegara el
momento en el que pudiera entrar en posesión de su puesto en Ciudad
Real. No era una cuestión económica, pues podía prescindir de trabajar
hasta más de tres años, pero en esa profesión era importante estar al
día y no dejar pasar mucho entre proyecto y proyecto. Cuestión de
currículo y seguridad. La competitividad es algo a lo que no deseaba
enfrentarse y conservar el estatus ganado requería esa constancia de
cara a fuera.
Estaba pasándolo mal. Había sido una semana que le había
parecido eterna. Sentía un distanciamiento difícil de paliar a través de
un teléfono. La intimidad se desvanece cuando no hay referencia y,
aunque el hilo comunicador hace que se sea más sincero en algunas
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cuestiones, se omiten otras de igual importancia que no se pueden
compartir.
Compartir el lecho, el roce, un beso, es imposible de sustituir por
un “te amo” telefónico. Es un pobre substituto. Un consuelo que
desconsuela.
Turquía, Estambul, Portugal y las Islas Madeira, iban a ser su
destino inmediato de los próximos días. Se mareaba de la actividad, y
tenía que hacer un tremendo esfuerzo para no pensar en donde deseaba
realmente estar.
Estaba cambiando todos sus planes para poder crear una nueva
vida. Una vida con Susana. Por primera vez en su vida, entendía la frase
que a veces le decía su padre cuando se refería al modo en que conoció
a su madre, y lo que hizo después: conocer a una mujer te puede
cambiar la vida.
Se rió pensando en el día en que conoció a Susana. La imagen de
ella en ropa interior tras la mesa de su oficina perduraría en sus
recuerdos para siempre.



Volvía a ser lunes por la mañana y Susana llamó a la hermana de
Alejandro.
Durante el fin de semana no había podido contactar con él.
Suponía que estaba en algún lugar sin cobertura o viajando, tal como le
contó, pero aún así, estaba nerviosa.
El martes pudo hablar con él pero ya era tarde. Se cortaba todo el
rato y apenas pudieron hablar.
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El miércoles al medio día quedó para comer con Gloria, la
hermana de Alex y está le dio las llaves de la casa de él. Quedaron que
ella iría el fin de semana para airearla un poco y limpiar. En realidad,
Susana misma se ofreció. Le apetecía ir a su casa. Mirar sus cosas.
Tocar sus muebles, respirar su colonia. Sería como sentirse más cerca
de él.
El jueves tampoco pudieron hablar, él le dejó un recado con
Carmen, la secretaria, porque ella estaba reunida con Lalo Rubio, el
director de escena del futuro concurso.
El sábado estaba cansada. Su agenda plagada de tachones y con
diez citas para la semana siguiente.
El domingo cerca del medio día fue a casa de Alejandro. Era un
ático de cien metros cuadrados y doscientos de terraza. Dos enormes
aloes en sendos maceteros de gran tamaño, marcaban las dos esquinas
de la terraza, mitad cubierta. Un balancín floreado y con dosel se
balanceaba al mínimo toque.
Un jazmín que salía de un pequeño terraplén en el suelo, subía por
la pared izquierda de la terraza. Se notaba que Gloria y quien quiera que
había sido contratando para el mantenimiento y cuidado de la casa, lo
había hecho bien.
Regó. Abrió las ventanas para dar la bienvenida al primaveral
mayo y encendió la tele mientras barría y pasaba el plumero por la
librería llena de libros de consulta, arquitectura, arqueología, incluso de
medicina.
Miró todas las habitaciones y finalmente se recostó en el sofá.
Bajó el volumen de la tele y se acurrucó, bajándose la falda del vestido
para tapar sus pies, que encogió para que quedaran cubiertos.

NAT MÉNDEZ
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2

Se quedó dormida y cuando despertó ya eran más de las ocho de
la noche. Por un momento se sobresaltó. Ya estaba oscuro. Hacía frío
pues las ventanas seguían abiertas.
Se levantó, cerró todo y ya cogía el bolso para irse cuando se lo
repensó.
Abrió la despensa y vio una lata de espárragos, otra de atún y
tostadas.
—Me quedo a dormir —decidió.
Cenó, se hizo un baño de espuma de casi media hora y luego se
acostó en la gran cama de Alejandro.
Las sábanas eran de seda color crema. Olían a él. Dejó el vestido
extendido en la silla del dormitorio y la ropa interior colgada del
respaldo. Y se regodeó de su idea lujuriosa de yacer completamente
desnuda en la cama de él.
Se durmió abrazada a una de las almohadas.



Alejandro bajó del taxi con decisión, pero con aspecto cansino.
Tan pronto como firmó el pre-contrato de su nuevo trabajo,
comenzó a hacer las maletas y comprar el pasaje de vuelta.
La cosa se había complicado y el sábado tuvo que asistir a una
ceremonial reunión de inauguración en Portugal. Pero en cuanto se pudo
librar, compró el billete de vuelta a Barcelona. El miércoles tenía que
regresar por tres días, pero el lunes y el martes eran suyos.
Había tomado tres aviones para estar allí. No podía esperar a que
ninguno directo le trajera. Eran la una de la madrugada. Necesitaba
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2

dormir unas horas, y ducharse, para presentarse de sorpresa en el
despacho de Susana.
Sonrió al imaginar su cara. La invitaría a comer y luego la llenaría
de besos hasta el empalago. Y luego la volvería a besar.
Y a la noche, la ataría a la cama hasta que tuviera que irse a
trabajar.
Entró en la casa que estaba completamente a oscuras. Dejó la
maleta en el pasillo y fue directo a la cocina. Bebió un vaso de agua,
mientras contemplaba un plato, un vaso y unos cubiertos recién
fregados y puestos a escurrir. Le extrañó, pero no le dio demasiada
importancia.
Se empezó a desnudar en el comedor y tiró la ropa sucia al suelo
del baño.
Ni siquiera se duchó. Lo haría por la mañana. Ahora lo que
deseaba era dormir. Apagó la luz y entró directo a su habitación. Fue
derecho a la mesita de noche y encendió la lamparita.
Rebotó sorprendido al ver el cabello pelirrojo sobre las sabanas
claras.
Se quedó de pie, con la piel de gallina, contemplando a Susana en
su cama. Por la cabeza le pasaron cien ideas, a cual mas descabellada.
Ella también estaba desnuda, podía ver parte de su espalda y una
de sus piernas. La única duda era que podía usar bragas, pero, con la
boca seca, dedujo que no era así.
Ni se preguntó que hacía ella allí. Era su regalo de bienvenida.
Casi soltó una carcajada. Le quería dar una sorpresa al día siguiente y
se encontró con la sorpresa el mismo.
Respiró hondo. Las circunstancias habían cambiado desde la
última vez que la tenía desnuda en sus brazos. Ahora él estaba bien.
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Sus costillas habían soldado perfectamente y aunque no podía hacer
grandes proezas, estaba más que dispuesto y capacitado para una
relación plena y apasionada. Se acuclilló al borde de la cama. Se acercó
para oler su piel. Olía a su jabón. Había usado su bañera. Toda ella,
blanca y pecosa rezumaba perfume a Legrain.
Y él olía a caballo desbocado y recién llegado al establo. Se
levantó raudo y volvió a apagar la luz.
Volvió al baño y se metió en la ducha. Se lavó como cuando era
niño y su madre le obligaba a bañarse cuando el no quería. Enjabonando
con rapidez las partes pudientes y aclarándose a la velocidad del rayo.
Por lo menos no arrugaría la nariz cuando se acostara a su lado.
Regresó con la piel helada, pues ni se había molestado en modular el
agua y su secado fue supersónico. Se quedó alelado. ¿Qué hacer? La
despertaba o se metía en la cama sin advertirla. ¿Y si se asustaba?
Tanta improvisación podía causarle un susto de muerte.
Estuvo unos minutos decidiendo como despertarla. Encendió de
nuevo la lámpara de la mesita mas alejada de ella. Se acostó en el lado
que había dejado libre, con la cara de frente a ella. La almohada dividía
ambos cuerpos. Miró el reloj de la mesita. La una y media de la
madrugada.
Sintió un dolor en el estómago que definió como miedo. Miedo a
despertarla. ¿Cómo reaccionaría?
Con cuidado tomó la almohada y la estiró para quitarla de en
medio. El brazo y la pierna femenina que estaban sobre el blanco cojín,
se deslizaron con suavidad al colchón.
Apoyó su cabeza en su brazo izquierdo y posó su mano libre en el
hombro pecoso. Ella no se movió. Retiró su cabello y acarició su mejilla
suave. De repente ella movió sus párpados y acabó abriendo sus ojos.
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Medio adormila le sonrió. Una sonrisa que provocó una aceleración del
corazón masculino.
—Estaba soñando contigo —susurró ella con voz ronca.
—Pues ya no hace falta que sigas soñándome. Estoy aquí —se
acercó buscando su calor y pretendiendo abrazarla.
Susana fue consciente de que Alejandro estaba realmente ahí
cuando la cama se movió ante el avance de él para acercarse a ella.
Pegó un salto, sentándose de golpe en la cama mientras trataba de
sujetar la sabana de seda contra su pecho.
—¿Qué diablos haces aquí? —chilló con tono histérico y
apartándose de él como si fuera un extraño.
—¡Sorpresa! —intentó él tranquilizarla al darse cuenta de que
había estado medio dormida al verle, y recién se daba cuenta de que
había llegado de improviso.
Se quedó mirándolo. Por su cara pasaron expresiones de
incredulidad, susto, extrañeza, enfado e infinito amor.
—¿Por qué no me avisaste? —dijo haciendo casi un puchero.
—Planeaba darte una sorpresa mañana por la mañana. Es de
madrugada y no podía ir a tu casa a despertarte. Así que ha sido una
maravilla encontrarte aquí, en mi casa.
—Gloria me dio…
Alejandro le puso un dedo sobre los labios para callarla.
—Me encanta que estés aquí. Lo considero un regalo de
bienvenida. Ahora necesito abrazarte. Ven aquí —dijo atrayéndola hacia
él.
Ella no se resistió. El cuerpo de Susana estaba caliente, el de él,
frío. Se estremecieron los dos con violencia.
—Mañana tengo que trabajar —balbuceó Susana.
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—Solo quiero besarte —unió la acción a la palabra y tomó sus
labios con suavidad. Ella le abrió los suyos. Se sentía lánguida, todavía
con el sopor del sueño.
Alejandro aumentó la presión. Quería ir despacio, incluso portarse
como un caballero y, después de unas caricias, dejarla dormir. Pero
cuando empezó a besarla fue como si encendieran una mecha. Solo
podía pensar en las veces que había imaginado que la tenía en su cama.
El beso se profundizó hasta que pareció un león devorando a su
presa. Su boca parecía enorme y se tragaba sus labios, su lengua. Toda
la cara femenina estaba húmeda de sus recorridos. Su cuello palpitaba
bajo su boca. Susana se dejó tumbar de espaldas ante la presión de él
por abordarla. Sus pechos quedaron expuestos y a su alcance. Sin dejar
de besarla, acarició las costillas femeninas y los lados de sus senos.
Los gemidos de Susana fueron música para sus oídos. Los brazos
femeninos acariciaron su nuca y espalda, bajando hacia su trasero.
Paseó una mano por una de sus nalgas.
—Estás desnudo.
—Como Dios me trajo al mundo —confirmó él mientras su
atención bajaba a los globos de sus senos.
—No te esperaba —añadió ella al tiempo que él atacaba con su
boca uno de sus pezones.
Él no contestó. Se concentró en bañar, con su saliva caliente, la
piel sedosa de ella, que se arqueó, al tiempo que suspiros sorprendidos
y ansiosos, se colaban entre ellos.
Susana apretó sus glúteos y él se acercó más a ella. Su erección
frotándose con el muslo femenino. La pierna de Alex se abrió camino
entre las de ella. Lentamente. La mano que amasaba sus pechos,
abandonó la tarea, dejando su boca que seguía empapando su piel, y
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bajó hacia su vientre y cadera. Acarició sus generosas curvas,
amasando la carne con algo de brusquedad, rodeando la cintura y
apretándola hacia él, llegando a su trasero y haciendo que ella se
curvara hacia arriba ante su toque.
Los dos gemían y suspiraban.
La mano grande de Alejandro, descendió hasta la entrepierna de
ella. Ella estaba abierta, mojada y deseosa. Se apretaba contra él con
cierta actitud frenética. Con más entusiasmo que experiencia. Sus
caricias eran vacilantes. Demasiado suaves. Pero a él le encantaba cada
avance que ella hacía, cada toque que le daba. Estaba demasiado
pendiente de ella para preocuparse de él. Ya tendrían tiempo de
aprender el uno del otro. De compartir lo que más les gustaba y para
mejorar en sus coordinaciones. Ahora solo quería saborearla. Oírla
gemir más fuerte. Quería que estuviera ansiosa por recibirlo y por
experimentar más.
Acarició con suavidad, pero con insistencia su interior. La
respuesta inmediata de ella casi lo hace explotar. El roce continuo de su
miembro contra la piel de ella era ya por sí una tortura.
La boca de Alex regresó a la boca de ella, mientras imitaba con su
lengua, los embates de sus dedos, intentando llevar un ritmo con sus
gemidos.
De repente, aumentó el ritmo de las caricias y presionó con
círculos rápidos su botón de placer. Ella gimoteó. Hasta pareció sollozar
en algunos instantes. Intentó decir algo, pero él la besó tras la oreja, al
mismo tiempo que aceleraba el ritmo de su mano.
El orgasmo de ella fue acompañado de un grito corto y ronco. El
esperó a que ella acabara para seguir acariciándola alrededor de la zona
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genital. Apenas rozando de nuevo su centro femenino, que estaba muy
sensible. Volvió a besar su boca solo un instante.
—Hace quince minutos estaba dormida echándote en falta —logró
decir ella con la voz entrecortada.
—Hace unas horas estaba en un avión pensando en lo mucho que
te amo —respondió mientras se ocupaba de besar sus párpados y su
nariz— y ahora estoy aquí. A punto de entrar en ti.
El silencio de ella lo alertó. La sentía preparada, pero no quería
errar. Regresó a besar sus pechos y repasó su cadera y sus muslos con
suavidad, de arriba a bajo y viceversa.
Ella no protestaba. Acariciaba las costillas como si estuviera
dándole un masaje.
—¿No te duelen? —preguntó nerviosa.
—Apenas —contestó algo apenado al notar su miedo— no tenía
planeado encontrarte aquí. Me apetece mucho que hagamos el amor,
pero si prefieres esperar lo entenderé.
Ella pareció vacilar. Se miraron a los ojos, fijamente. A Susana le
temblaron los labios y pestañeó nerviosa.
—Sí que quiero. Pero estoy algo asustada.
—No tenemos prisa —sonrió él— tú decides.
Le dio un beso suave en los labios. Ella sonrió bajo esa delicada
caricia. Su amor era tan grande, que lo sentía en todos sus poros. Se
sentía querida y mimada, y deseaba mostrarle que ella también podía
ser apasionada y sexy.
—Sigamos pues —dijo ella bajo sus labios— esta noche, después
de estas dos semanas tan largas, te tengo por fin aquí y quiero
aprovechar cada minuto.
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Volvió a besarla, profundizando cada vez más. Pronto estaba de
nuevo excitada y correspondía sin recelo. Bajó su boca, a la par que su
cuerpo, mientras besaba los senos, las costillas y el vientre de la mujer.
Ella se retorcía lánguidamente ante sus besos y caricias. Cuando llegó a
su pubis, lo tomó por asalto sin resistencia. Ella se arqueó cuando la
boca de él saboreó sus jugos. Trabajó en su entrada con avidez, con
algo de prisa mal disimulada. Cuando ella estaba en un estado febril de
deseo, se enderezó y se colocó sobre ella apoyándose en sus codos.
Solo entonces ella se dio cuenta de que estaba a punto de penetrarla.
En apenas unos segundos se estaba introduciendo en ella. Ella boqueó,
asombrada de cómo apenas empezando ya se sentía llena, pero se
arqueó hacia arriba para recibirlo y alzó sus muslos para rodear las
caderas masculinas. Tenía miedo, sentía dolor y placer al mismo tiempo,
pero lo quería dentro de ella.
Él dio un grito salvaje cuando se introdujo en ella al segundo
empujón. Sudaba. Se quedó quieto cuando escuchó un pequeño sollozo
de Susana, que lejos de enfriarlo lo calentó más. Resopló. Pero ella alzó
su cuello buscando su boca y eso lo derrumbó por completo, dejándose
llevar y hundiéndose una y otra vez en ella. La cabalgó, primero con
lentitud y luego con cierta violencia. Pero Susana le siguió el ritmo con
una prontitud que lo dejó “kao”. Antes de que él alcanzara el orgasmo,
ella se derritió con una orquesta de grititos y gemidos que solo
aceleraron su explosión. Se sintió lanzado en catapulta. Literalmente,
vio las estrellas antes de derrumbarse con todo su peso sobre ella.
Debieron pasar un par de minutos, antes de que se acordara de
tomar aire, y se percatara de que la estaba ahogando con su peso.
—Lo siento amor —dijo tratando de moverse a un lado pero
sintiendo que parecía un saco de patatas— no me quedan fuerzas.
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Ella lo ayudó y quedaron los dos mirando el techo y recuperándose
del asalto.
—Me encantaría hablar y ser el hombre sensible que mis padres
me enseñaron a ser —dijo Alejandro con un hilo de voz— pero la verdad
es que me cuesta hasta mover los labios.
Ella rió.
—Duérmete mi príncipe azul. Mañana tendremos todo el tiempo
del mundo.
—Te amo.
—Y yo a ti —contestó ella mientras lo tapaba y se deslizaba al
lavabo.
A solas, se miró en el espejo del baño. Desnuda. Todavía con las
marcas del amor en su cuerpo. En ese instante, se sintió la mujer más
bella del mundo. Sonrió a su propia imagen.
“Lo que hace el amor”…



Alejandro se despertó cerca de las seis de la mañana. Todavía
estaba oscuro. Sonrió tontamente recordando la noche anterior. La
cabeza de Susana descansaba entre su hombro y su pecho. Su brazo
sobre su corazón. La lamparita de noche todavía estaba encendida. En
breve sonaría el despertador. Besó la coronilla de la mujer y sin
proponérselo, volvió a caer en un sueño leve. Se volvió a despertar
escuchando el sonido de la ducha.
Se levantó raudo y fue derecho al baño. Susana estaba bajo la
ducha, abrió la mampara.
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—Buenos días —rió ante el saltito que dio ella ante su aparición. El
cabello le chorreaba y apenas se dio la vuelta, dándole la espalda con
cierto remilgo.
—Dame cinco minutos y te dejo la ducha libre.
—Cabemos los dos —dijo introduciéndose y rodeando su cintura
con un brazo y acariciando uno de sus senos con la otra.
Por un momento ella se quedó tiesa. Alejandro dedujo que estaba
pensándose sin enfadarse y echarlo, o darle cancha. Esos segundos de
vacilación le dieron la ventaja a él, que succionó su cuello mientras
acariciaba su vientre y sus senos.
Ella se quiso dar la vuelta, pero él no la dejó y siguió sus caricias
desde esa posición. Ella empujó su cabeza hacia atrás, topando con su
pecho.
Notó su sexo duro, tensarse por encima de su trasero.
—¿Ya te despiertas con la pistola cargada? —rió ella intentando
alcanzar alguna parte de su cuerpo para devolverle caricias.
—Sí —rió guturalmente mientras le mordisqueaba la oreja.
Ella dio un respingo ante el suave ataque de él a su sexo mojado.
Apartó la mano demasiado pronto para su gusto y la dejó deseosa. Le
dio la vuelta y la apoyó contra la pared de la ducha. Él ya estaba
empapado y el agua le corría por los hombros como una cascada. La
levantó por la cintura hasta alcanzar su boca. Le dio el primer beso de la
mañana. Ella levantó una pierna para acariciar el muslo masculino,
ocasión que aprovechó él para retenerla en alto y alzarla un poco más.
Mientras la besaba febrilmente, mantenía alzado su muslo hasta la
cadera de él. Notó su sexo frotándose contra su obertura, calentándola
más si cabe. Él entró en ella sin ayudarse con la mano. Susana soltó un
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gritito de sorpresa y se dejó caer hacia abajo, ahondando la
penetración.
Apenas en unos empujones, Susana explotó. Fue algo tan rápido
que boqueó aferrándose a sus hombros y estrechando convulsivamente
los músculos que lo apretaron a él, provocando un rápido orgasmo en el
hombre.
Alejandro soltó su pierna y ella resbaló hacia abajo despacio,
haciendo que él saliera de ella en el proceso.
—No hemos ido muy deprisa —dijo ella abrazándolo por la cintura
y apoyando su cabeza en el pecho velludo de él.
—Eso me pareció. Pero creo que ninguno tiene queja alguna —
sonrió apretándola contra él.
—En absoluto —aseguró ella mientras bajaba la mano y agarraba
su miembro con aire posesivo y juguetón.
Lo sintió endurecerse en su mano y alzó la mirada hacia él.
—¿Quieres un segundo asalto? —invitó él buscando su boca entre
roce y roce.
—Me alegro que tengas pilas para rato, pero en una hora tengo
que estar en el despacho —hizo un mohín caprichoso— pero me lo pido
para el mediodía.
—Soy todo tuyo —respondió tomando sus manos y enlazándolas—
ahora y siempre. A la mañana, tarde y noche.
—Te amo Alejandro —lo besó con un roce suave, casi casto.
Él le respondió con frenesí. Levantándola del suelo de la ducha y
abrazándola con un beso carnal y abrasador.
Ese era un idioma que Susana no conocía, pero aprendía pronto.
De tener aprensión a sus generosas medidas, había pasado a ser una
ansiosa consumidora.
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Diez minutos después estaban vestidos y de camino al coche.
Habían optado por desayunar cerca del despacho de Susana. Ella tenía
ropa de emergencia en su despacho, así que no hacía falta pasar por su
casa.
Susana sonrió mientras él conducía hacia el trabajo. Tenía ganas
de ver la cara de Flora cuando la viera aparecer con Alejandro. Su
Alejandro.


Desayunaron en una cafetería cercana a “Gorditas a la carta”.
Flora ya estaba en recepción cuando llegaron los dos.
—¡Alejandro! ¡Qué agradable sorpresa! —se abrazaron y acto
seguido Flora miró a Susana.
—Se presentó de sorpresa anoche —explicó Susana mientras Alex
hacía manitas con ella— se va el miércoles.
—Pero vuelvo el viernes, sábado a más tardar —aseguró con una
sonrisa enorme.
—Entonces fue todo bien —suspiró aliviada Flora— me alegro. Pero
ahora tengo que robarte a tu novia porque tiene una reunión de
negocios en quince minutos y todavía tendrá que cambiarse de ropa.
—Vuelvo a la una a recogerte —puntualizó Alex.
—Que sea a la una y media —lo retó Flora— y después la regresas
a las cuatro y media como tarde.
—Sí, capitán —besó rápidamente a Susana y alzó el brazo
mientras se iba.
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—Venga, mientras te pones una ropa adecuada al día de hoy, te
voy a hacer el tercer grado —amenazó Flora mientras la arrastraba
hacia las escaleras— y quita esa cara de tonta antes de la reunión.
—Me parece que eso sí que no podré hacerlo —siguió con la cara
de felicidad y la mirada brillante— me encanta esta cara.
—Eso me temía —rió complacida Flora.



Flora se las apañó para llamar a Samu y decirle que Alex estaba
allí por un par de días. Beto y él aparecieron por Gorditas a media
mañana
Mer y Malena tenían una cita a las doce y fue inevitable que Flora
les contara de la llegada de Alex.
Como consecuencia, cuando llegó Alex, algo más tarde de la una
del medio día, Flora, Beto, Samu, y Malena, lo estaban esperando.
Pese a sus planes de irse a comer a casa solos, Alex y Susana,
acabaron comiendo con toda la tropa en el restaurante thai cercano.
Aun así, disfrutaron de lo lindo de la improvisación.
Susana se preguntó si se podía ser más feliz, cada vez que
Alejandro la miraba, sonreía y se llevaba su mano a la boca para besarla
con amor.
Flora quiso organizar una cena de bienvenida para Alejandro. Pero
Alex se escaqueó galantemente, asegurando que ya tenía planes.
Volvieron al trabajo y Alex prometió recogerla a las ocho de la
noche.
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Beto y Samu merodearon por la tarde por el despacho de Susana
cual mariposas curiosas. Malena tuvo que irse para atender a sus dos
fieras perrunas.
Flora acabó contagiándose de la “cara de tonta” que criticaba en
Susana. Y es que todo se pega…



Alejandro la llamó por teléfono desde el coche.
—No me pienso bajar. No vaya a ser que me enganchen para otra
comida. Baja en cuanto estés. Te espero en la esquina.
Susana se despidió a las ocho en punto y voló rauda hacia la
salida.
El todo terreno de Alejandro la esperaba.
Fueron riendo todo el camino hasta la casa de él.
—Hoy necesitaré pasar por casa. No tengo más mudas —aclaró
Susana.
—Podemos ir después de cenar.
Susana, pese a las risas, notó algo extraño en el ambiente.
Alejandro estaba misterioso.
—Lamento la encerrona de este mediodía —se disculpó ella.
—La verdad es que tenía una comida planeada en casa —explicó
contrito— había comprado comida hecha y preparado una velada
romántica.
—Oh! Lo siento —Susana sintió de veras haberse perdido esa
ocasión.
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—No pasa nada. La velada será más romántica por la noche. Y no
tienes que volver a trabajar.
En efecto, había preparado todo un espectáculo. Se maravilló
Susana cuando entró en la casa.
Había varios ramos de flores por toda la casa. Velas y velones
iluminando, tenuemente, el salón comedor. La mesa estaba dispuesta,
con un centro de hojas frescas y piñas de adorno. Una botella de cava
dentro de una cubitera les esperaba.
—Te has esmerado.
—Sé que ayer fue todo tan improvisado que no quiero que te
lleves una impresión equivocada.
—Ayer fue perfecto —contestó mientras le acariciaba la mandíbula
ya sombreada por la barba— y esta mañana también.
—Eres fácil de complacer —rió con cierto deje nervioso, que la hizo
alzar una ceja.
—No te confíes —soltó una risita coqueta y entró para mirarlo todo
con calma—. Muchas gracias por ponerlo todo tan bonito.
—Lo que tenía preparado al mediodía lo puse en la nevera. Lo
podemos comer otro día. Para esta noche preparé marisco frío con
salsas y regado con cava bien helado.
—¡umh! Tú sí que sabes —halagó hambrienta.
Le apartó la silla para que se sentara. Ella dobló su falda para
acomodarse. Él se situó al lado de ella.
Alejandro llenó sendas copas de cava, tras descorcharla sin mucha
ceremonia.
—¿Estás nervioso? ¿Pasa algo? —se preocupó ella.
—Sí. Estoy nervioso —admitió haciendo que ella se alarmara más.
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Ella se puso seria. Su rostro alegre desapareció en un instante tras
mirar la expresión desamparada de él.
—¿Qué ocurre? —indagó dejando la copa en la mesa.
—No pongas esa cara. Nada malo. Es solo que he sido
tremendamente descuidado desde que llegué —admitió. Ella lo miró
interrogante y él continuó— no usé protección ninguna en las dos
ocasiones en las que hicimos el amor —levantó la mano para que le
dejara hablar— no es que me preocupe que nos quedemos embarazados
ahora, pero como es algo que no teníamos planeado, no quisiera que te
enfadaras si ha ocurrido.
—Yo tampoco me acordé de ese detalle hasta después. No es
precisamente muy buen momento con el concurso en ciernes, pero no
me molestaría en absoluto.
—He de decir que esta mañana pasé por la farmacia y cargué con
preservativos suficientes para una eternidad.
—Hombre precavido vale por dos.
—De veras, no tenía previsto verte hasta esta mañana. Fue una
sorpresa tan grande encontrarte aquí anoche —movió la cara
incrédulo— tanto soñarte y, por fin, te tenía allí. En mi cama.
—Tuviste suerte, estuve a punto de volver a mi casa. Pero me
tentó dormir en tu cama.
—Soy un hombre tremendamente afortunado —admitió mirándola
embelesado— lo que me recuerda la otra parte importante que deseaba
decirte esta noche.
Seguía serio. Le alcanzó de nuevo la copa de cava y brindó por los
dos.
—Me tienes en ascuas —sonrió algo incómoda Susana.
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—Cómo voy a estar yendo y viniendo durante un tiempo. Me
gustaría dejar las cosas muy bien atadas aquí. —tomó un sorbo y señaló
la copa de Susana— Deseo que nos comprometamos.
Un silencio se hizo en el salón. Él se inclinó hacia delante,
apoyando el codo en la mesa para quedar a un palmo del rostro de ella.
Le tomó la mano con la que ella agarraba la copa y la llevó a los labios
femeninos. Ella bebió sin dejar de mirarle.
—No está saliendo como lo planeaba —continuó— se supone que
tendrías que mirar la copa, para poder ver lo que hay dentro de ella.
Susana con el corazón a cien y sin poder pronunciar palabra miró
el interior de la copa. Dentro, en el fondo, todavía cubierto con cava, se
encontraba un anillo con un diamante. Sin poder despegar la vista del
aro, apuró el líquido y vació su contenido en la palma de su mano.
—Es un anillo de compromiso —explicó él, innecesariamente— lo
compré en Turquía —lo tomó de la palma de su mano y se lo puso. Le
quedaba algo ancho. Ella todavía no había abierto la boca. Estaba roja,
con taquicardia y sentía que le salía humo de las orejas— No quería que
te quedara pequeño, pero se puede arreglar. Tengo un amigo joyero
que en unos días te lo ajustará a tu medida —el silencio de ella lo puso
más nervioso— di algo Susana, o me va a dar un infarto.
—Me encanta —logró pronunciar con la voz tan ronca que no
parecía la de ella.
—¿Eres consciente de lo que representa? —insistió viéndola tan
atolondrada— Te estoy pidiendo que te cases conmigo. En unos meses.
En cuanto esté más relajado por lo del trabajo. Mientras, esto hace
oficial nuestro noviazgo. Para que quede clara la cosa.
—Queda clara. Muy clara —dijo ella comenzando una sonrisa
feliz— estamos comprometidos.
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Él se acercó a besar sus labios sabrosos.
—Novia mía, —dijo separando sus labios y sirviendo más cava—
me temo que para la semana que viene voy a querer conocer a tu
familia. Y el siguiente fin de semana iremos a ver a mis padres. Que
seguro querrán preparar una fiesta de compromiso. Son muy
tradicionales.
—Tendremos que decírselo a Gloria —pestañeó nerviosa, con algo
de timidez ante los eventos que se aproximaban.
—Ya lo sabe —sonrió ladino— ¿Quien te crees qué me ayudó a
preparar este salón?
—Tendré que darle las gracias —rió alegre.
—Será mañana. Hoy tengo otros planes. ¿Qué prefieres hacer
primero? ¿Cenar o estrenar los condones?
—Jajaja, las dos opciones me tientan.
—Que decepción, yo pensaba que escogerías saborear mi cuerpo
primero —hizo un puchero cómico mientras se levantaba y la arrastraba
hacia él— te propongo que hagamos uno rapidito y luego cenamos y
vamos a por uno más largo.
Ella rió, contenta por la sugerencia. Subió los brazos hacia su
cuello, quedando colgada de él.
—¿El “rapidito” podría ser en la ducha ? —sonrió atrevidamente
mientras se refregaba contra él.
—Tú mandas amor —de forma repentina la cogió en brazos y
enfiló para el baño— a la ducha.
Las risas reverberaron en toda la casa, solo se dejaron de oír
cuando comenzó a correr el agua corriente.


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Serie Gorditas
2

F I N













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