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ADORNO Theodor Tres Estudios Sobre Hegel

ADORNO Theodor Tres Estudios Sobre Hegel

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original

TheodorWAdorno .

.
1res-estudios
sobreFlegel
taurus
T
-. -- -
TRES ESTUDIOS SOBRE HEGEL
ENSAYISTAS - 61
OTRAS OBRAS DEL AUTOR
pub licadas por
TAURUS EDICIONES
Sociulo¡¡ictl (en co la bo r ación co n Max Hcrkheirner).
l-a i dc% gla como lenguaje.
EN PREPARACION:
Crit icas de la t alÓn literaria.
Dialéctica negativa.
Teor/a estilicd.
Tuminologia filos ófica.
(r
THEODOR W. ADORNO
TRES ESTUDIOS
SOBRE HEGEL
Versió n españo la de
VICTOR SANOUZ DE ZAVAlA
0700787918

Título o rigi na l: Drei Studien zu Hegel
0 1963, SUHRUM P Ver la g, Frankfur t "m Mai n.
(El texto Aspekte der hegeb ch en Philosophic, O 1957,
SUHRKAMP Ve rlag , Frankfurt am Maill.)
Pri mer a edi ci ón: junio de 1%9
Segunda ed ición: ener o de 1974
10 1970, TAURUS EDICIONES, S. A.
Plaza del Ma rq ué s de Sa lama nca, 7. MADRlIl·6
I SBN: 84-306-Hl61-8
Depósito lega l: M. 37.666-1973
PRINTED IN SPAlN
(
Dedicado a
KARL H SINZ HAAG

NOTA LIMINAR
. Al llegar el momento de reeditar los Aspectos de la
filosofia de Hegel, el autor quiso com pletar lal t rabajo
con el opúsculo que había publicado mient ras ta nto
ace rca de la sustancia experiencial hegeliana; pero la
analogía con la sent enci a tres homincs fuclunt colle-
glum, o sed, tr es opúscu los hacen 1111 libro (aunqu e sea
bre ve), le ha movido a pasar más adelan t e. De ahí que,
de acu erdo con un plan largo t iem po abrigado, haya
puesto por escrito ciertas consideraciones sobre los pro-
bl emas de la comprensión de Hegel que proced en del
t raba jo desarrollado en el Semi/tarjo de Filosofía de la
Universi dad, en Fr ancj or t ; desde trace much os afios se
han ocupado allí repetidament e de lIegel Has: Horkhei-
mer y el au tor, y había que referirse a lo encon trado
en la docencia. (En cuant o a la unidad del pensamiento
fi losófico de ambos responsabl es de las int erpretaci o-
nes pro puestas, hemos creí do posible prescindir de in-
dicaciones concretas. ¡
Subrayemos , con 'objeto de evitar desengaños, que
«Skot e ínc s» no pretende algo as í COIllO efect uar el mis-
mo la aclaración pendi ente de los principotes textos he-
gelianos: formulamos, si mplement e, WUH reflexiones de
principio relativas a tal tarea, aconsejando, a lo SWllO,
sobre cómo puede lograr se la com prensiá u, pero sin
que nadie se encuentre dispensado del esfuerzo por
9

concretar en los textos tales reflexiones. No se trata,
pues, de facilitar la lectura, sino de evitar que se mal-
gaste la extraordinaria fatiga que sigue exigiendo  
get. Por lo demás, habría que trasladar a las orienta-
ciones sobre cómo habría de leérselo lo que él recuerda
respecto de la teoría del conocimiento: que solo cabe
tener éxito cuando se consuma una interpretación sin-
gular llevada hasta el fin; pero de es(e modo transgredi-
ríamos los limites de la propedéutica que el autor debe-
ría imponerse. Acaso disculpe-a éste de 'las manifiestas
insuficienéias que lo desazonan el haberse detenido pre-
cisamente donde habría que empezar. .
El conjunto tiene la intención de preparar un con-
cepto modificado de ta dialéctica.
10
ADVERTENCIA
Citamos los escritos de Hegel de acuerdo con la nueva edi-
ción del jubileo, preparada por Hermann Glockner, Stuttgart
[Frommannj, a partir de 1927. [En esta edición española damos
además la referencia, siempre que es pos ible, a la última edí-
cíen critica correspondiente a cada tomo de las «obras com-
pletas» citadas por el autor (ediciones que no sólo son prefe-
r ibles intrí nsecamente, sino por la facilidad de consulta y
adquisición); a lo que añadimos las traducciones castellanas más
aceptables, con tal de que sean versiones directas. ] Empicare-
mos las siguientes abreviaturas:
WW 1. Aufsiit;.e aus dem kr:itischen Journal der Philosophie
(und andere Schriften aus der rensener Zeit) Ledo crtt.
parcial, de G. Lasson: Erste Druckschriiten, Leipzig,
Meiner (ephllosophísche Bíblíotbek», 62), 1928; de ella
se han reimpreso sueltos, en 1962, los opúsculos Ditte-
renz der Fichte'schen und Schelling'schen Systems der
Philosophie, Hamburgo, Meiner (<< Ph. B.», 62a), y Glau-
sen und Wissen, Hamburgo, Meiner (<<Ph. B.», 62b)].
WW 2. Phiinomenologie des Geisles Ledocr ft., de J. Hoffmeister
6.' ed., reimpr.}, Hamburgo, Meiner ( "Ph. B.», 114),
1962; verso cast o de W. Roces: Fenomenología del es-
píritu, México, F.C.E., 1966] .
WW 3. Philosophische Propadeutik Ledo crú. (con otros tra-
ba jos), de Hoffmeister: Nürnberger Schriften, Leipzig,
Meincr, ("Ph. B.», 165), 1938].
WW 4. Wissenschaft der Logik , 1. Tell Ledo cnt., de Lasson
11
WW 11. S ystem der Phiiosophie, I. Teíl.
WW 9. Svet em der Phi l osophi e, I I. TeH.
WW 10. S}'stem der Phílosopníe. III. Teil.
[ En es tos t res volúmenes de la ed ición de Gloc kner
se encierra, aumen tada con muchas ead iclones» pro-
cedentes de apuntes de clase y algo altera da por los
editores póstumos , la última ed ición (1 830 ) de la
Enci clopedia p ublicad a en vida de Hegel, de la cual
existe la ed. crtt. de F. Nicolin y O. Póggeler, E,,·
Zyklopiidi e der phi/osophi schen wíssens cnot ten im
Crundr i sse (1830), 6.' ed., Hambur go, Meíner (_Ph .
B.", 33), 1959; hay ver socasto de la ed. de 1830, trad. por
E. Ovejero y Maury : Enciclopedia de ras cie ncias ti-
Ios óttcas, 3 t, Madrid, V. Suárez, 1917-8.]
(re tmpr.j, Hamb urg o. Mciner , l . I (_ Ph. B._, 56), 1967,
Y lo JI ( _Ph. B._, 51), 1966; verso casto de A. y R. Mon·
dolfo : Ciencia de la lógica, 2 t., Buenos Aires , Hachen e,
tt . 1 Y 11, 1956] .
W\'I/ 16. Vorles rmgen über die Philosophie der Religion, 2 Bd .
WW 17. Vor fesllngen über di e Geschichte der Phílosophie, 1.
Bd. red. crn. de las lecciones introductori as, al cuidado
de lIoff meist er y F. Nicoli n : Einleitllng in di e Ges-
chic hle der Phílo sophie, 3,' ed., Hamburgo, Mcincr
( ePh. B.", 1(6), 1959 (de la que existe ver sión caer . por
E. Terrón ; I ntroducción a la hi stor ia de la í i íosoí ía,
Buenos Air es , AguiJ'lr, 1956); ver so cast . (de WW 11) de
W. Roces ; Lecciones sobre la historio. de la filosoNa,
México, F.e .E., 1955, t. r j.
WW 18. Vorlesullgen über die Gescllichte der Phitosophie, 2, Bd.
t vers. cast. como WW 17, 1. II J.
WW 19. VorleSlln/iell ilber di e Geschichte der Phiíosophie, 3. Bd.
[ verso cast . como WW 17, l. lI J.
ledo crt t ., de
B._, 124 a),
como WW 4, Wissel1schaft der Logik , 2. TeH red. cnt.,
t . JI: versocas t., como WW 4, 1. II].
Grundlinien der Philosophie des Rec hts
Hoffmei st er , lIambu rgo, Mcincr ,( _Ph.
retmp r., 19621.
ww s.
WW 7.
'ww ti. Vork sungen über die Philosophie der Gesch ichte l ed o
cr tr. de las lecc iones introductor ias , al cu idado de
Hoffmeist er : Die Vernunft in der Geschichte, S.' cd .
{r eimpr.), Hamburgc, Meiner (_Ph. B.•, 171 a ), ]966;
verso cast . (de WW 11) de J . Oaos : Lecciones sobre la
f ilosof ía de la historia universal, Madr id, Rev. de
Occ., 2 t., 3.' ed., 1953, y también en Buenos Aires ,
Anaconda, 1946].
WW 12. Vorlesrmgen über die Aesth eti Jc , l . Bd . [verso casto de
és te y los si guien tes tomos (WW 13 y WW 14), por
F. Giner de los Ríos : Estét ica, 2 l., Madrid, V. Su á-
rez, 1908J•
•ww15.   liI/er die Phílo sophie der Rel igiml, 1. Bd.
12 13
AS PECTOS
Una ocasión cronológica como el 125 aniversario de
la muerte de Hegel podria induci r a lo que se lla ma una
apreciación crít ica. Pero es te concepto se ha vuel to in-
sufri ble ( su puesto que, por lo demás, haya servido de
algo en otro t iempo): anunci a, por parte de qui en po-
sea la cuestionable di cha de vivir después y esté obli-
gado por su profesión a ocuparse de aquel so bre el que
haya de hablar, la desvergonzada pretensión de señalar
soberanamente al difunto su puesto y. de es te modo,
colocarse en cierto senti do por enci ma de él; y en la
abominable pregunta de qué significan para el presente
Kant y, ahora, Hegel (ya el llamado renacimiento hege-
liano comenzó hace medio siglo con un lib ro de Bene-
dettc Croee que se compr ometía a desenredar lo vivo
y lo muerto de Hegel) resuena semej ante presunci ón.
No se lanza, en cambio. la pregunta inversa. la de qué
significa el presente ante Hegel: si. po r ejemplo, la ra-
zón a que, tras los tiempos de la suya, la absoluta . nos
figuramos haber llegado no se encu ent ra. en realidad.
sumamente rezagada t ras aqué lla y se ha acomodado
a l mero ente, cuya ca rga la razón hegeliana queda po-
ner en movimiento va lién dose de la que impera en el
ente mismo. Todas las apreciaciones cr ít icas cae n ba jo
el juicio expresado en el pró logo de la Fenomenoíogí a
15
, I
I

del espírit u, juicio que se ap lica a la s que son única-
me nte sobre las cosas , porque no es tán en las cosas;
ante todo, les falta la seriedad y obligatori edad de la
filo sofía de Hegel . dado qu e siguen ejerci tando a su
respecto lo que él. despectivamente-y con todo dere-
cho de serlo-e, llamó un a filosofía de punt o de vista.
Si no se qu iere rebota r de él con. las primeras palabras
que se digan, es preciso. por insuficientemente Que se
haga. comparecer ante la pretensión de verdad de su
filosofía, en luga r de parlot ear meramente de ella des-
de ar ri ba y. por consiguiente, por debaj o de ella .
De igual modo Que otros sistemas especulativos con-
clusos, ap rovecha ta l filosofía la dudosa- ventaja de no
tener que admitir crít ica alguna: t oda la Que se diri ja
a los detalles será parcial. marrará el todo . qu e, de to-
dos modos, la tiene en cue nta; mas, a la inversa, crit i-
car el t odo como todo sería abstract o, «sin mediación»,
y dejaría de lado el motivo fundamental de la filosofía
hegeliana: que no ca be dest ilarl a de ninguna «senten-
cía », de ni ngún principio general, y sólo se acredita
como totalidad, en la concreta comp lexión de todos sus
momen tos. Por lo que únicame nte honra rá a Hegel
qui en, sin dejarse intimidar por el pavor an te la enre-
dosidad poco menos Que mitológica de un proceder crf-
ticc que aquella tot alida d parece volver fal so en todos
los casos , en vez de otorgarl e o denegarle. favorable
o desfavorablemente , mé ritos. persiga el todo tras del
cual él mismo iba.
Difícilmente habrá pen sa miento teoré t ico alguno de
ci er to aliento que. sin haber atesora do en sí la filosofía
hegeliana, pueda hoy hacer justicia a la expe riencia de
la conciencia; y, verdaderamente, no de la concie nci a
sola, sino de la viva y corporal de los homb res. Pero no
se ha de explicar t al cosa con el escuálido apert;u de
que el ideali st a abs oluto se habría conver tido en un rea-
16
lista todavía mayor y, sobre todo, en una persona con
una aguda mira da hist órica: las calas de Hegel en los
contenidos. que osaron llegar hasta la írreconcí tíabítí-
dad de las contradicciones de la sociedad burguesa, no
se pueden separar, como de un gravos o añadido. de la
especu lación (cuyo concep to vulgar no tie ne nada que
ver con el hegeliano ); por el contra rio . la es peculación
fuc lo que las maduró. y pi erden su sustanci a en cuant o
se las concibe como merame nte empíricas. La doctrina
de que lo a priori es ta mb ién a posterior í (doct rina que
en Fichte era programática y que solo con Hegel pasa a
la efecti vidad ) no es ninguna audaz flor retórica, sino
el nervio vita l hegeliano: inspira tanto la critica de la
cmpl rt e testaruda como la del apriorismo est ático.
y donde Hegel dej a hablar al material opera el pensa-
miento de la ident idad de sujeto y objeto en el «cspí-
ri tu ». ident idad originaria que se escinde y se reúne de
nu evo: si no fuese así, el contenido del sist ema, de una
r iqueza tan inagotable, serí a, o mero ap ilamiento de
datos y prc filosófíco. o simplemente dogmáti co y sin
estrictez . Richard Kroner se ha revuelto con razón con-
Ira la ma nera de describir la hist oria del ideal ismo ale-
mán como si fuese un progreso rectil íneo desde Schel-
ling a Hegel : ant es bi en, éste se defen dió del momento
dogmático de la filosofla scheIlinguiana r ecurriendo al
impulso gnoseológico fichtiano e incluso kantiano; así,
la di námica de la Fenomenología del espíritu comienza
siendo gnoseológica , para después, sin duda (como ya
se esboza en la In troducción), hacer salta r las posici o-
nes de una teorí a del conoc imiento aislada-o, en el
lenguaje hegel iano, abst rac ta-o La plenitud de lo con-
cre to, que en Hegel que da interpretada por el pensa-
miento y al cual, a su vez. nu tre, no cor responde tanto,
pues, a su ta lante realista cuanto a su mo do de efectuar
la anamncs¡s, la inmer sión del espíri tu en sí mismo (o,
17
2
con las palabras de Hegel, al ent r ar en sí y re cogerse
en sí del ser). Si, para salvar el contenido material de
la filosofía hegeliana frente a la supuestamente anti-
cuada y arbitraria especulación, quisiéramos planchar
su idealis mo, no nos quedaría entre las manos otr a
cosa que posi tivismo, una sosa his tor ia espiritual; pero
lo que él pensó ti ene incluso un rango enteramente dis-
t int o que el del embutir en t otali dades (ant e la s que las
cienci as part iculares cierran los ojos): su sistema no
es una organi zación de asilo científico, como tampoco
un conglomerado de ob servaciones geniales . Y cuando
se estu dia su obra le parece a uno, en ocasiones, que
el progreso que el esp íritu se imagina hab er efectuado
a pa r tir de la muerte de Hegel y contra él, tanto mer-
ced a una me todología clara como gracias a una empi-
r íe invulnerable, es una peculiar regresión; mientras
que a los filósofos que creen conservar al go de su he-
rencia se les escapa la mayor parle de aquel concreto
contenido sobre el que se puso a prueba antes que nadie
el pensamiento hegeliano.
Acordémonos , por ejempl o, de la teorí a de la forma
[Gestalt] ampliada que con Kohler, pri meramente, se
ha convertido en una espec ie de filosofía. Hegel reco-
noció la preeminenci a del todo con respecto a sus par-
tes, finitas, insufi cient es y contradictorias cua ndo se las
confronta con él; pero ni derivó una metafísica del pri n-
cipio abst racto de la t ot alidad, ni glorificó al t odo en
cuanto tal en nombre de la «bue na forma»: de igual
mo do que no independi zó las partes frente al todo,
como ele mentos suyos , sabía pe rfectamente el crítico
del Romant icismo que el t odo s610 se reali za a través
de las partes, únicamen te a t ravé s de la desgar r adura, de
la distanciac ión , de la reflexi ón ; en resumen, de todo 10
que es anatema para la teoría de la forma. Su t odo
es, en definit iva, solamente el dechado y quintaesencia
18
de los momentos pa rci al es, que en cada ins tante re mi-
ten fuera de sí mi smos y brotan, di sociándo se unos de
otros ; no es nada que estuviese más allá de ellos. A es to
es a lo que apunta la catego rí a de to talidad, qve es
incompatible con toda inclinación armonizadora (por
mucho que el Hegel tardío la haya abr igado subjetiva-
me nte); y su pensamient o crítico ha alcanzado de igual
modo a la constatación de lo desvinculado como al pri n-
cipio de continuidad: en el conjunto complejo no hay
un paso continuo, sino un vue lco; el proceso no trans-
curre por aproximaci6n de los di versos momentos , sino
mediante un salto. Mas si bien la modern a t eoría de la
forma, en la int erp ret ación dada po r Max Scheler, pro-
testa vivamente cont ra el sub jetivismo gno-seológíco
tradicional e interpreta como algo ya determinado y
estruc turado el mat erial sensorial, el estado en que se
dan los fenómenos (que para el conjunto de la tradi-
ción kantiana quedab a descalificado, caótico) , Hegel ha -
bía hecho hi ncapié con toda energía en tal deter mina-
ción del objeto, sin por ello convertir en un ído lo la
certidumbre sensorial (con cuya crítica comienza la Fe-
nomenotogta del espíritu), como tampoco ni nguna in-
tuición int electual : just ament e a t ravés del idealismo
absoluto, que no deja que nada se quede fuera del su-
jet o dilatado hasta 10 infi ni t o, sino qu e mete a la fuerza
todo dent r o del circuito de la in manencia, se resuelve
la oposición entre la conciencia contcridora de for ma
y de sentido y la me ra materia. En Hegel se encuentra
explícitament e toda la crítica post erior del llamado foro
malismc, tanto de la teoría del conocimiento como de
la ética, por más que no por ello-eomo antes que _él
Schelling y ac tualmente la ontología exis tencial-e-sal ta-
se de un bri nco a lo supuestamente concreto: la expan-
sión sin límites que en él encontramos desde el sujeto
al esp íri tu absoluto ti ene como con secuencia que se
19

presente f ácticamente, como momento inherente a este
espíritu, no únicamente el sujeto, sino asimismo el ob-
jet o, y reivindicando íntegramente su propio ser; por
lo cual la misma tan admirada riqueza de materiales
de Hegel es función del pens amient o esp eculativo, y él
fue el primero que contribuyó a que éste no siguiese
me ramente hablando sobre los instrumentos del cono-
cimiento, sino que dijese lo esencial acerc a de sus ob-
jetos esenciales (no obstante que no suspendiese jamás
la autorreflexión cr it ica de la conciencia), En la medida
en que cabe hablar de un re ali smo en Hegel, estriba en
el impulso de su ideali smo, no le es het erogéneo; ten-
dencialmente, el idealismo hegeliano se saca fuera de
sí mismo.
En modo alguno cabe despachar como una petulan-
cia del concept o al que se hubiese dado suelta preci-
sa me nte la máxima agudeza idealista de su pensamien-
to, esto es , la construcción del sujeto-objeto. Ya en
Kant lo que constituía la fue nte secreta de en ergía era
la idea de que el mundo dividido en sujeto y obj eto
(en el que, algo así como prisioneros de nuestra propia
constit ución, solo no s las habemos con fenómenos) no
es lo últ imo que hay; a lo cual añade Hegel al go nada '
kantiano: que al captar nosotros conceptualmente el
recinto y límites fij ados a la sub jetividad, al contem-
plar ést a como «mera» 'subjeti vidad, hemos traspuesto
ya sus límites. Y Hegel , que en muchos respectos es un
Kant que se ha encontrado a sí mi smo, se ve llevado
por ello a concluir que, de acuerdo con su propia idea,
el conoci miento-si es que hay semejante cos a-es co-
no cimiento tota l, que todo juicio unilateral alude por
su simple forma a lo abstracto, y qu e no descansará
hasta quedar en suspenso [aufgehoben] * en ello. El
* Tr aducimos siempre auíhcben y autgehob en werden por
20
idea lismo absoluto no desdeña t emerari amente los lí-
mites de la posibilidad del conocimiento, sino que bus-
ca las pa labr as con que decir que en todo conocimiento
que propiamente 10 sea se encuentran ínsitas, sin más,
las indicaciones 'necesarias para ser pagado por la ver-
dad, y que el conocimiento, para serlo y no una simple
duplicación del sujeto, ha de ser más que me ramente
subj etivo, ha de ser una objetividad análoga a la razón
objetiva de Platón (cuya herencia se impregna en Hegel
químicamente con la subjetiva filosofía trascendent al.
Hablando hegelianarnente-y, a la vez, mediante una
interpretación que lo refleja un a vez má s y 10 alt era
centralme nt e- podría decirse que en él la con strucción
del sujeto absoluto hace justi cia a una objetividad irre-
soluble en subjetividad. Paradójicamente, es el idealis-
mo absoluto quien emancipa el método al qu e en la
Introducción de la Fenomenología se le llama el «mero
mi ra r»; y es él sólo el qu e ca pacit a a Hegel para pensar
a par tir de la cosa que sea y para respons abili zarse algo
así como pasivamente de su prop io cont enido, puesto
que, por vir tud del sis tema , se ve llevada a su iden tidad
con el sujeto absoluto; las cosas mismas hablan en una
fi losofía que se hace fuerte en proba r que es una y la
misma cosa con ellas. Por mucho que el Hegel fichtiano
haya subrayado el pensamiento de la «pos ición», del
engendrar po r el espíri tu, y por enteramente activa y
«deja r en suspenso» y «quedar en sus penso», r espect ivamente,
ya que, por una par te , es tas expresiones reflejan bast ante bien
el matiz de ope ración con cosas físicas que poseen estos verbos
alemanes y, por otr a, no es aconsejable r eservarlos para t ra-
ducir otr os verbos de es te idioma (fr ente a lo que sucede con
«super ar », «sublimar s-e-Adorno emplea sublimieren en esta mis-
ma obra-e-o «cancelar). «Suspender. queda así libr e, est o es, al
margen del t érmlno técnico que hemos forjado para corres-
ponder a esta compl eja voz aleman a. (N. del T.)
21
prácticamente qu e haya pensado su concepto de des-
a rrollo , no menos pasivamente , si n embargo, se encue n-
tra a la vez ante lo det erminado: compr enderlo no sig-
nifi ca ot ra cosa qu e obedecer a su propio concepto. En
la fenomenología husserli ana la doct r ina de la recep-
ti vidad espontánea desempeña cierto papel; también
esta doctrina es hegeli ana de punta a cabo, si bien en
él no está limit ada a un ti po determinado de actos de
la conciencia. sino q ue se despli ega por todo s los nive-
les de la subjetividad ta nlo como los de la objetividad:
Hege l se inclina por doqui er ante la esencia propia del
obj et o. por doqui er le es renovadamenre inmedia to,
pero precisamente ta l subor dinación a la disciplina de la
cos a exige el máximo esfuerzo del conce pto; y t r iunfa
en el instante en qu e las intenciones del sujeto se ex t in-
gan en el objeto. La crít ica de Hegel acier ta en el vacío
centro a la estática descomposición de l conocimiento
en suj eto y objet o, qu e a la lógica de la ciencia hoy
acept ada le parece cosa obvia, y a aquella teoría resi-
dual de la verdad según la cual es objetivo lo que reste
una vez que se hayan tachado los lla mados facto res
subjet ivos; y las acierta tanto más mortalmente cua nto
qu e no opone a ellas ninguna irracional un idad de su-
jeto y objeto. sino qu e mantiene los momentos de 10
subj eti vo y lo objetivo, que en cada caso se di stinguen
ent re sí, y, con todo, los concibe como resultado de
una mediación recíproca. Y el darse cuenta de que en
los dominios de las ll amadas ciencias sociales (y donde-
quiera q ue el objet o mismo experi mente la medi ación
del «espíri tus) se logra que los co nocimientos sean fruc-
tíferos no excluyendo el suj eto, sino en virtud de su
supremo empeño. mer ced a todas sus inervaciones y
experiencias. es te caer en la cue nta que se arranca a
viva fuerza, gracias a la re flexión sobre sí, a las ci en-
cias sociales que se re sisten a él, proviene de l co nj unt o
22
del sist ema hegeli ano; in telección que le otorga supe-
r ior idad sobre el ejercicio de la cie nci a que. al mi smo
tiempo que se enfurece contra el sujeto. exper ime nta
un a r egresión al r egist ro precientífico de hechos. datos
fáct icos y opiniones sueltos, o sea, de lo subjetivo más
vano y fortuito. Por muy sin reservas que se entregue
Hegel a la determinación de su objeto, est o es , propia-
mente, a la dinámica obj eti va de la soc iedad, se halla
radica lment e inmune, en vir tud de su concepción de la
relación exis tente entre suj et o y objeto (concepción que
es suficiente en todo co noci miento de hechos), fr ente
a la tentación de aceptar acrít icamente la fachada : no
en vano ha pasado a enco nt rars e en medio mismo de
la lógica la dialéctica de la esencia y el fenómeno ; cosa
de qu e conviene acordarse en una situación en la qu e
los adminis tradores de la dialéctica en su versión ma-
terialista-esa cháchara de pe ns amientos oficia les en el
bl oque orient al- la han degr adado a irreflexiva teor ía
de simple copia ; pues la di aléct ica , una vez limpia del
fermento cr ít ico, se prest a tanto a l dogmatismo como
en otro tiempo lo hi zo la inmedia tez de la intuición
intelectual schelli nguiana, contra la que se enderezó el
fil o de la polémica de Hegel. Est e había hecho j ust icia
a la crí tica de Kant al criticar, a su vez, el dua lismo
kantiano de forma y co ntenido y al arrastrar a una di-
námica las rígidas determinaciones dife renciales de
Ka nt y-de acuerdo con la int erpretación de Hegel-
asimis mo de Fichte, mas sin sacri ficar. por ello. la in-
disolubilidad de los momentos a una cha ta identidad
inmediata; en su idealismo, la razón se convierte en
critica (en un sentido que cri tica reiteradamente a Kant)
al hacerse negat iva , movili zadora de la es tática de los
momentos, que , sin embargo, se conservan como tale s:
la re flexión atraviesa de t al manera todos los polos que
Kant había contrapuesto entre sí (l a for ma y el cante-
23
nido , la na tu ra leza y el espíri tu, la teoría y la praxis, la
libertad y la necesidad, la cos a en sí y el fenó meno)
que ninguna de es tas determinaciones queda parada, a
modo de al go úl timo; y cada una de ellas requiere por
sí mi sma exac tame nte aquel otro momento que en Kant _
se le contraponí a. ..Q.e ahí que en Hegel mediación no
quiera jamás deci r, como se figura esa mala inteli gen-
cia que no ha podido ser má s fat al y que procede de
Kierkegaard, al go intermedio entre unos ext re mos, sino
que acontece a t ravés de los extre mos y en ellos mis-
mo s: .t al es el aspecto ' radical de Hegel, que es incom-
patible con todo moderanti smo. Pues, según él mu es-
tra, lo que la filosofía tradicional espera hacer crista-
lizar en unas ent idades ont ológicas fundamentales no
son ideas colocadas en forma di scret a unas fr ente a
otras, sino que cada una de ellas exige su opuesta, y el
proceso es la relación de todas ent re sí. Mas de esta
forma se altera tan profundament e el sentido de la
ontología que parece ocio so ap licarlo-según querrían
hacer actualmente varios int érp ret es de Hegel-a una
llamada es t ructura fundament al cuya esencia consiste
preci samente en no serl o, en no ser   de
la misma manera que, en el sentido de Kant, no es
posible ningún mundo, ningún constítutum sin las con-
di ciones subjetivas de la razón, de lo constituens, la
autorreflexión hegeli ana del idealismo aña de que tam-
poco ca be ningún constituens, no cabe n ningunas con-
diciones generadoras del espíritu que no hayan sido
abstraídas de sujetos fácti cos y, por lo t anto, en último
tér mino, a su vez, de al go no meramente subjetivo, del
«mundo»; pues, merced a la insistente respuest a que se
le había venido dando, Hegel perdió confianza en el
fatal legado de la metafísica tradicional, en la pregunta
po r un último principio.
Por ello no se puede comparar la dialéct ica (quinta-
24
esencia de la filosofía hegeli ana) a ningún principio
metódi co ni ontológico que la caract erizase de manera
semejante a como lo hacen la do ct rina de las ideas al
Platón intermedio o la mo nadología a Leibni z: di aléc-
tic a no qui ere decir un mero proceder del espíritu me-
diante el cual se sus t ra jese éste a su objeto (ocurre en
él literalmente 10 con trari o, una confr ontaci ón per ma-
nente del objeto con su pro pio concept o), como t ampo-
co una visión en cuyo esquema hubiese que comprimir
la realidad; la di aléctica es tan poco aficionada a la
definición aislada como apt a pa ra encaja r a su vez en
una, cualquier a que sea: es un impertérrito afana rse
por obligar a qu e se empare jen una conciencia de la
ra zón crít ica de sí misma y la experiencia crítica de
los objetos. El concep to científico de verificación es na-
tu ra l de aquel rei no de concep tos rí gidos y sep arados
-c-comc los de t eoría y exper ienc ia- al que Hegel decl a-
ró la guerra; pero si quisi éramos , j ustamente, pedirle
su veri ficación a aquell a doctrina de la dialéct ica, pre-
cisamente t al doctri na, a la que la ignoranci a suele des-
pach ar como camisa de fuerza de los conceptos, se ha
veri ficado en las f ases históricas más rec ientes en una
medida que const ituye un di ct amen sobre la t ent ati va
de ajustarse a la s circunst ancias prescindiendo de la
supuesta arbit rariedad de tal construcción [e spe culati-
va] : Hit ler, de acuerdo con su propia ideología y como
alguacil tolerado de otros intereses más fuertes, salió
dispuesto a extermina r el bolchevismo, mient ra s que
su guerra ha proyectado sobre Europa la gigan tesca
sombra del mundo eslavo, mundo del que Hegel ya de-
cía, lleno de presentimientos, qu e no ha bía entrado aún
en la hi st oria; pe ro lo que le facultó a Hegel para ello
no fue ninguna mirada históric a profética, sino esa
energía construc tiva que penet ra en lo que haya sin
2S
por eso renuncia r a sí mi sma en cuanto razón , cri tica
y concienci a de la posibilidad.
No obstante todo est o, aun cuando la dia léctica hace
patente la imposibili dad de reducir el mun do a un pol o
subj et ivo fijado. y pe rsigue met ódicamente la negación
y producci ón alte rnat ivas de los momentos subjet ivos y
obje tivos , la filosofí a de Hegel, por ser una ñlo soña del
espírit u, se af erró al idealismo; mas sólo la doctrina
(inherent e a tal idealismo) de la iden tidad del sujeto
y el obj eto, la cual, por su pura forma, va a parar siem-
pre a la preeminencia del sujet o, le otorgó aquella fuer-
za de lo total que llevó a cabo el t rabajo negativo, la
flui difi caci ón de los concep tos ai slados, la re flexión de
lo inmedi ato y, luego, el dej ar otra vez en suspenso la
reflexión. En su Historia de la filosof ía se encuent ran
las fonnulaciones más drásticas al res pecto, según las
cuales no solamente es la filosofla fichtiana la perfec-
ción y acabamiento de la kantiana (como el mismo
Fich te había as egurado siempre), sino que llega Hegel
a decir que no hay «fuera de la de ést e y la de Schelli ng
ninguna filosofí a» 1: lo mi smo que Fichte, pret endió
sobrepujar en ideali smo a Kan t disolviendo el momen-
to no propio de la conciencia, el momento dado de la
realidad, en una posición del suj et o infinito. Y, fr ente
al carácter radicalmente quebradizo del sistema kan-
tiano. encareció--e incluso acrece nté-e-la superior con-
secuencia de sus seguidores: no le chocó que las quie-
bras kantianas bosquejasen jus tamente aquel momento
de no ide ntidad que, de acuerdo con su propia mane-
ra de ver las cosas, acompaña inevitablement e a la filo-
sofía de la identidad, sino que, por el cont rario, juzga
a Fichte del sigui ent e modo: «Píchte dejó en suspenso
esta falta, la descuidada inconsecuencia kantiana por
1 Hegel , WW 19, pá g. 611 tv. cast., pá gs. 460-1].
26
la que la totalidad del sistema carece de unidad es.
pecutat íva. .. Su filosoffa es cultivo de la forma en sí
üa razón se sintetiza en sí misma. es síntesis del con.
cepto y la realidad) y. sobre todo. una presentación
más consecuent e de la filosofía kantianas a. El acuerdo
con Fichte llega todavía má s allá: - La filosofía fichtíana
posee la gran ven taja e importa ncia de haber sentado
que la filosofía ti ene que ser una ciencia que proceda
de un solo axioma supremo, del cual se deri ven necesa-
r iamente todas las det ermlrracíones : sil grandeza es la
unidad del principio y el intento de desarrollar a par.
tír de él, en forma científicamente consecuente, todo
dicho, de const ru ir todo el mundos s, Pocas cosas po-
drfan revelar más pregnantemente que estas palabras
la relaci ón de Hegel con el idealismo. llena en sí mi sma
de contradicciones : pues lo que constituye el conteni-
do de la filosofía hegeliana es que no cabe expresar la
verdad (e n Hegel, el sistema) como si fuese semejante
axioma. como un principio originario, sino que sería
la totalidad dinámica de todas las proposiciones que
se engendren unas a otras en virtud de su cont radic-
ción; ahora bien, tal cosa es exactamente lo opuesto al ¡
int ento fichtiano de extraer el mundo de la pura iden-
tidad, del suj eto absoluto. de una posición ori ginaria.
Pese a lo cual , Hegel admite enfá ticamente como válido
el postulado de Fichte del sistema deductivo; sólo que
él otorga a este segundo axioma un peso infinitamente
mayor que el concedido en la propia Teoría de la cien-
cia [de Fichte] : no insist e-en el lenguaj e hegeliano-
en la eforma absoluta•• que Fichte habla asido y que
la realidad debería encerrar en sí. sino que se construye
la realidad mi sma al captar con el pensamiento la con-
, Hegel, WW 19, pá g. 613 Iv. ces t., pág. 462].
• Id., pág. 615 Iv. cast., pág. 464].
21
traposición entre el contenido y la forma y- si se quie-
re-al des plegarse a partir de la for ma misma el con-
tenido opuesto a ella. En la deci sión de no tolerar lí-
mite a lguno y de liquidar todo residuo de determína-
ción di ferenci adora, Hegel dio litera lmente cien vueltas
al idealismo fichtiano; por lo cual precisamente pier-
den los ai slados axiomas de Fieht e su significación de
remate. Hegel sabía perfectamente la insuficiencia de
un axioma abstracto, situado más all á de la dialéctica,
del cual debiera seguirse todo; y lo que se ti ene ya en
Fichte, pero no se desarrolla todavía, lo convierte en
motor del filosofar: la consecuencia qu e procede del
axioma niega éste y, a la vez, quebranta su preeminen
cia absolut a; de ahí que Hegel se viese obligado tanto
la Fenomenol ogía) a empezar partiendo del sujeto
y captar a la vista del au tomovimiento de éste todos
los contenidos conc ret os, como, a la inversa (en la Lo-
gíca), a instituir con el ser el movimiento del pe nsa-
miento. Cuando se la entiende debidamente, la elección
del punto de partida, de Jo que en cada momento sea
lo pri mero , es indiferent e para la filosofía hegeliana:
ésta no rec onoce semejante elemento primero como si
fuese un principio fijo que permaneciese inalt erada-
me nte igual a sí mismo en el avanzar del pensamiento.
ASÍ, pues, Hege l de ja muy a la zaga, de este modo, toda
la metafísica tradicional y el concepto pre-especulativo
del idealismo; pero , con todo, no abandona este últi-
mo: la absoluta estrictez y clausura del curso del pen-
samiento , a la que, con ,Fiehte, aspira (frente a Ka nt),
ha es tat uido ya, por serlo, la prioridad del espíritu, por
mas que en cada nivel t anto el sujeto se determine
en cuanto objeto como, viceversa, éste se de termine en
cuanto sujeto. Mas al atreverse a probar el espíri tu que
observe que todo lo que hay es conmensurable con el
l agos, con las determinaciones intelectuales (por serl o
28
con el espírit u mi smo), éste se erige en algo ontológi-
cemente últ imo, aunque comprenda j untamente la fa la-
cia que en ello yace (la de l a priori abstracto) y se es-
fuerce por alejar esta su propia t esis general. En la
objetividad de la dialéctica hegeli ana, que echa abaj o
todo me ro subjet ivismo, se "encier ra algo de la volun-"
tad del sujeto de saltar sobre la propia sombra: el
sujeto-objeto de Hegel es un sujeto. Lo cual explica
una cont ra dicción que no est á resuelt a, pese a la propia
exigencia hegeliana de consecuencia omnilateral, la de
que la di aléct ica del sujeto-objet o, desprovis ta como
está de todo concepto supremo abstracto, constituya
el todo y, sin embargo, se realice como vida del espí-
ritu absoluto: la qui ntaesencia de lo condicionado se-
ría lo incon di cionado. Y no en último término se apoya
aquí eso que flota en la filosofía hegeliana y que el lo
mismccst é en el ai re, su escándalopermanenÚ;: el-que
el nomb re de su concepto especulati vo supremo, inclu-
so el de _de   sin más califica-
ciones, sea literalmente el nombre de aquello, lo que
está flotando. Pero el escándalo hegeliano no se ha de
atribuir a ninguna falta de claridad ni confusión, sino
que constituye el precio que ha de pagar Hegel por la
cons ecuencia absoluta (la cu al choca con las bar reras
del pensar consecuente sin poder quitarlas de en me-
dio). En lo mal compuesto y achacoso de la dialéctica
hegeliana se encuentra est a su máxima verdad, la de su
imposibilidad-por mucho qu e ella, la teodicea de la
autoconcíencía-c-, carezca de au tocon ciencia de t al cosa.
Mas con ello se ofrece Hegel a la crítica del idealis-
mo, a una crítica inmanent e, como r eclamaba él de
toda crí tica: su crecida le alcanzó a él mismo. Richard
Kroner ha cara cterizado la relación entre Hegel y Fich-
te con palabras que, po r lo demás, en cier to modo con-
vienen ya a est e úl ti mo: «El yo, en cuanto que median-
29
te la reflexión se contraponga a todo lo demás, no se
di st ingue de lo demá s: en cua nto tal corresponde más
bien a lo contrapuesto, a las leyes impuest as, a los con-
tenidos mentales, a los momentos de su actividad»4.
La respuest a del ideali smo alemán a est a intelección
del condici onamiento del yo (adquirida de nuevo traba-
josa mente por la filosofía de la re flexi ón en su perfec-
cionamiento ci entífico moderno) consiste-e-dicho tosca-
mente- en la distinción fichtiana entre indi viduo y
sujeto, y, en definitiva, en la kant iana entre el yo como
sust rato de la psicología empíri ca y el yo pienso tras-
cende ntal: el súj e!º-.!!r:tJ!o~ S   como decía Husserl, un
trozo _del mundo, y, afectado como está él mi smo por
larel arívídad, no bast a para fundamenta rIo absoluto;
Jo cua l supo ne ya que, como »cons tituuun» ka ntiano.
es preciso elucidarlo primeramente mediante la filoso-
fía trascendentalv Frente a esto, el yo pi enso, la pura
identidad (pura en el enfático sentido kantiano), se
toma como algo ind ependiente de toda fact icida d espa-
cioternporal: sólo entonces se de ja resolver sin residuo
en su concepto tod o lo exis tente. Kant, sin embar go, no
llego a efectuar este paso: del mismo modo que, po r
un lado, las formas ca tegoriales de l yo pienso re quie-
ren un conteni do que les corresponda y que no proven-
ga de ellas mismas, pa ra posibilita r la verda d (o sea, el
conocimiento de la naturaleza), por el otro se respeta n
el yo pi ens o mismo y las formas categortates ka nti anas
como una especte de datos; así, pues, en el _para nos-
otros » que Kant emplea una y otra vez sin reflexionar
sobre él, con ens imismada ingenuidad, se reconoce la
referenci a de las formas categorlales prec isamente a lo
exist ente aludido, a saber , a los hombres (referencia no
• Rich ard Kroner : VV.'l K ant bis He.gel. Tüb íogcn, 1924. t . H,
pág. 279.
3D
solamente respecto de su aplicación, sino asimismo en
cuanto a su pr opio origen); y la refl exión kantia na que-
dó interrumpida en este punto, atestiguando la irreduc-
ti bilidad de lo fáct ico al espírit u, el cruce de los diver-
sos momentos. Fichte no llego a decidirse acerca de
eIJo: ~ n z ó sin contemplaciones sobre Ka nt la di sti n-
ción entre el sujeto t rascendenta l y el empí rico, e in-
tentó, po r mor de la irreconcili abilidad de ambos, arran-
car el principio del yo a la facticidad, justifi cando de
esta suerte el ideali smo en aquella ab solu tcz que luego
se convir t ió en el medio en que había de vivir el siste-
ma de Hegel. Así puso en libertad el radicalismo fich-
tiano lo que se a lbergaba en la semioscuridad de la
fenomenología trascendent al. pero. cont ra su voluntad,
también salió a luz el carácter di scuti ble de su propio
sujeto ab soluto: él mi smo dijo de és te que era una
abstracción s (cosa que se han guardado cuidadosísima-
mente de llamarle todos los idealist as tardíos, y, entre
ellos , cier ta mente, los ontólogos). Si n embargo, el _yo
puro » ha de oca sionar aquello de lo cua l se lo abst rae,
que, a su vez, le oca sionará en la medi da en que sin
semejante abstracci ón es simplemente imposib le pen-
sar su propio concep to; pues no cabe independizar
"Cf ., por ejemplo, J. G. Fichte : Erste Einleitull g in die
Wissellschaf tslehre, en WW (reimpresión de la edi ción comp leta
publicada por J. H. Fichte). 1 [§ 3], págs. 425-6, y Zwt?Íte EiJl-
leitung in di e Wisseruchaft sl elrre, loe. cit . [§ 6J, págs. 477-8
(en cuanto a ediciones más recientes, se encuen tran es tos pa-
sajes en las AusgewahIu Werke in sechs Blinden (reimpres ión
de la ed. de F. Medicus, de 1911 ), Darmst ad t , wt ssenscharrü-
che B., 1962, t . l JI , págs. 9-10 Y 61-2, }" en el cómodo volumen
sue lto Brsi e und zweite Ein leitung... . Hambur go, Meiner (.Ph.
B.•, 239). 2." ed., 1967 (que también reprod uce la cd. de Medi-
ces), páas. 12-3 y 63-5; vers ocasto de J . Gaos : Primera y segunda
introducció n a la Teor ía de la Cienc¡,i, Madr id. Rev. de o cc..
1934, págs. 15·7 y 104-6].
31
\
absol utamente el resu ltado de la ab stracción r espect o
de aq uello de lo que se lo haya extraído; como el ab s-
tract o ha de seguir . siendo aplicable a lo subsumido
bajo él. como la vuel t a a trás tiene que ser posible, siem-
pre se conserv ará a la vez en él, en cierto sentido, la
cualidad de aque llo de donde haya sido ab straído, aun-
que sea en una generalidad superi or. Por consigui ente,
si la formación del concepto de sujeto t rascendent al se
sobrepone totalmen te a la conciencia indi vidual. sim-
plement e es paciotempora l, de la que fue obtenido, no
cabe redimir ya tal concepto; de lo cont ra rio, él mi smo,
que ha demolido todos los fetiches, se volverla otro
más. Mas los filósofos especulativos a parti r de Ftcht e
no se di eron cuenta de ta l cosa: Fichte hipostasió el
yo así abs traído, :y Hegel permaneció siempre prisione-
ro suyo en este as pec to; ambos pasaron por alto que
la expres ión yo, ta nt o la pura y t rascendental como la
empírica e inmedi ata, ha de des ignar una conciencia.
Ya Schopenheuer, frente a Kan t , insisti ó en ello, dando
un giro ant ropológico-ma teri alista a su polémi ca: la ra-
zón pura kantiana eno se ha tomados, por 10 menos en
la filosofía moral. «corno una facu lt ad cognoscitiva del
hombre, que es lo único qu e, sin embargo, es, sino que
se la ha hipost asiado, sin autorización alguna para ello
y convirtiéndose en el más pern icioso de los ejemplos
y precedent es (para documentar lo cual puede valer
nuest ro deplorable período filosófico present e ): y ent re-
tant o, es ta formulación de la moral como algo no pa ra
hombres como ta les, sino pa ra todos los seres racion a-
les en cuanto tales, es para Kant una cosa es encial y
noción favorit a ta n establecida que no se cansa de re-
petirla en toda ocasión. Con tra lo cual digo qu e no
estamos autor izados nu nca a formular un género que
nos es té dudo en una ú nica especle , y en cuyo concep-
t o, por conslgulenrc, no se pueda inclui r ab solut amente
32
I
nada que no se haya tomado de es ta y sola especi e (por
la cual lo que se dijese del género habrí a de entenderse
siempre, con todo, como dicho exclusivament e de és ta);
mi ent ras que, en caso de que para formar el género se
hubiese prescindido sin aut orización de algo propio de
tal especie, ta l vez preci samente por ello se habría deja-
do en suspenso la condici ón de posibilidad de las res-
tantes propi edades, hipostasiadas en géne ro »6, Pero
ta mb ién en Hegel-y, ciertamente, no por desaliño lin-
güístico-se loman de la experi encia de sí mi smo de l
sujeto finito las expresiones más enfáticas, como esptrt-
tu y autoconciencia: tampoco pu ede él cortar los hi los
entre el es pírit u ab soluto y la per sona   Si _el:
yo absoluto. fichtiano y hegeliano, en cuanto abs tracción
del   -;-
contenido peculiar de éste que ya no fuese, en defi ni ti--
va, aquello de lo que se lo ha ab straído (o sea, un yo),
que se deshiciese to talmente de la factici dad que acom-
paña a este concepto, ya no ser ía aquel se r del espíritu
cabe si , aquella patria del conocimiento (de la cual úni-
camente, por otra parte, depende la preeminencia de
la subjetividad en los grandes sistemas idealistas): un
yo ya en ningún sentido yo, esto es , que
se pasase sin . hecer referencia alguna_!,__ concienci a _
individuali zada y, por ello, necesariamente, a la persona
es paciot emporal, sería un sinsent ido, que no sólo flo-
taría libremente de acá para allá y ser ta tan indeter-
minabl e como Hegel se lo re prochaba a l concept o opues-
to, al ser , sino que ya no habría man era de apre henderlo
como yo, o sea, como en mediación con respect o a la
concíencía. E! análi sis del sujeto
• Arthur Schopenha uer-: «Pre ischrift über Grundlage der Mo-
ral», Siímaiche Werke, ed. de Paul Dcussen, Munich, 1911, 111,
pá g. 601.
33
,
\
  l m o   ~ r la_irresolubilidad de un mome nto empí rico, no
Idéntíco. , en J o_que las doctr inas del suje to absoluto,
los. sistemas idealistas de la identidad, no osaban reco-
nocc=.t:._c_omo irresoluble. En esta medida, la filosofía de
Hegel es fal sa de acuerdo con la sentencia dicta da por
su propio concepto. Pero entonces, ¿cómo es . con todo,
verdadera?
Para responder a esto es preciso descifrar lo que do-
mina toda la filosof ía hegel íana, sin de jarse detener en
ningún momen to: el espíri tu. No se lo hace contrastar
absolutamente con algo no es piri tual, material. no es
originariamente esfera algun a de objetos pa rti culares
(la de las post eriores ciencias del espíritu): más bien
serí a inconfinado y absoluto, y por ello Hegel , como
heredero de la razón práctica kantiana . lo llama libre.
Mas, de acuerdo con la defini ción de la Enciclopedia,
es «esencialmente activo , producente»1, de igual modo
que ya la razón práctica kantiana se diferenciaba esen-
cial mente de la teórica en que creaba su «objeto", el
acto; y el momento kant iano de la espontaneidad. que
en la unidad sint ética de la apercepción se aúna com-
pletamente con la ident idad cons ti tu tiva (el concepto
de Kant__ de l yo pienso era la fónnula de la indiferenci a
ent re la espontaneidad engendradora y la identidad ló-
gica), se convit;.rte con Hegel en total, totalidad en la
que se hace principio del ser no menos que del pen sar.
Pero como Hegel deja de contraponer el enge ndrar y
el actuar, en cuanto obras meramente subjeti vas . a la
ma teria, y los busca en los objetos concretos, en la rea-
lidad objetiva , se traslada a lo más espeso del secreto
que se oculta t ra s la apercepción sint ética, y alza a ésta
por enci ma de una mera hi póstasis arbitraria del con-
cepto ab stract o; lo cual no es otra cosa qu e el t ra bajo
' Hegel, WW 11). pág. 305.
social. Es to se reconoció por primera vez en los manus-
critos filosóllco-económicos del joven Marx, descubier-
tos en 1932: «La grandeza de la fenomenología hegelía-
na y de su resulta do. la dialéctica, la negatividad como
pri ncipio motor y engendrador, consi ste. .. en que capta
la esencia del trabajo y concibe a los hombres objeti-
vos, verdaderos por ser hombres reales , como resultado
de su propio trabaj o. ' . El momento de universalidad
del act ivo suje to t ra scendental fre nt e al meramente em-
pí ri co, aislado y conti ngente, no es una simple quimera ,
como ta mpoco lo es la validez de las propos¡{¡ones ló-
gicas fr ente al decurs o fáctico de los actos mental es
indivi duales singulares; por el contra ri o, tal uni versali-
dad es la expresión al mismo tiempo exacta y-c-tenic n-
do en cuent a la tesis general ideali sta-oculta a sus
propios ojos de la esencia social del trabajo; untversa-
lidad que se convierte en t ra baj o, en general, sólo en
cua nto éste es algo para otro, algo conmensurable con
otros, en cuanto salida de lo fortuit o del sujeto singu-
lar. Segú n ya decía la Pol íti ca de Ari stótel es , Ia subsís-
tencia de los suje tos depende del t ra bajo de los demás
no menos que depende la socieda d del obrar de los in-
di viduos singul ares; y con la remisión del momento ge-
nerativo de l espíritu a un sujeto absoluto, en luga r de
a la pers ona singular individual que en cada caso t ra-
baje, se define el t rabajo como organizado, social : su
propia «raciona lidad», la ordenación de las funciones.
es una relación social.
La traducción del concepto hegeliano de espí ri tu en
trabajo soc ial desencadena el reproche de socíotogís-
mo, que confundiría la génesis y el efecto de la filoso-
I Kar l Marx.: Die Frílhschriiten, ed. de Siegfri ed Lands hu t,
Stuttgart , 1953, pág. 296 [vers o cast o de F. Rubio Uorente en :
Manuscritos: econom ía y filoso/la, Madrid. Alianza Edit., 1968,
págs. 189·90].
35
ña de Hege l con su contenido. I ndudablement e, era él ,
como Kant, un analis ta trascendental; y podría demos-
trarse hasta en los detalles que, como crítico de éste,
trató de hacer jus ticia a sus intenciones pasando más
allá de la Critica de la raz6n pura, del mismo modo que
ya la Teoría de la ciencia de Fichte había forzado el
concepto kan tiano de lo puro. Las categorías hegelia-
nas, sobre t odo el espírit u, caen en los dominios de
los constituyentes trascendentales, en tanto que la so-
ciedad, la complexión funcional de las personas em-
píricas, sería en Hegel-hablando kantianamente-un
constitutum, un trozo de eso existente que en la gran
Lógica" (en la doctrina de lo absolutament e incon-
dicionado y de la exis tencia como devenida 9), a su
vez, se despliega a partir de lo absoluto , que sería es-
píritu. Por lo tanto, la interpretación del espíritu como
sociedad parece una     ere 1j),)..fJ l É',lfJ<; , incom-
patible con el sentido de la filosofía hegeliana ya sólo
por faltar a la máxima de la crítica inmanente y por
intentar la captura del contenido veritativo de la filoso-
fía hegeliana en algo exterior a ella, en algo que és ta
habría derivado en su propia estructura como cosa con-
dicionada o fijada. Desde luego, la crítica explícita de
Hegel podría hacer patente que no consigue efectuar
semejante deducción: la expresión lingüísti ca existen-
cia, que necesariamente es algo conceptual, queda con-
fundida con lo que designa, con algo no conceptual,
* Como es sabido, suele llamarse «gran lógica» de Hegel a la
publicada por él como libro independiente (Wissenschaft del
Logik: Ciencia de la lógica), frente a las partes que tratan de
ella en su Enzyklopiidie der phi tosophischen Wissenschaft en
(Enciclopedia de las ciencias filosóficas), (N. del T. )
' Hegel, WW 4, págs. 588 ss. red. crít., t. 11, págs. 94 ss.:
v. cast. t . 11, págs. 115 ss.
36
que no habria de refundirse en una ident idad l0 ; y no
debería tolerársele a Hegel .t ínmanenternente, la absolu-
tez del espíri tu (cosa que, al menos, atestigua su propia
filosofía en cuanto que no encuentra lo absoluto en
ningún otro lugar que en la totalidad de la discord ia,
en la unidad con lo otro de uno). Pero, recíprocamente,
la sociedad, por su parte, no es un mero ser ahí exis-
tente, un mero hecho; pues sólo para un pen samiento
rabiosamente antitético, abstracto-en el sentido hege-
liano de la palabra-, sería la relación entre espíritu y
sociedad la lógico-trascendental que hoy entre el cons-
títuens y el constitutum: a la sociedad le incumbe hasta
lo que Hegel reserva al espíritu f rente a todos los mo-
mentos singulares, aislados, de la empirie; momentos
que la sociedad hace aparecer por su propia medi ación,
que se constituyen a través de ella simplemente como
para cualquier idealista sucede con las cosas con res-
pecto al espíritu, y, verdaderamente, antes de todo influ-
jo particular de la sociedad sobre los fenómenos: ésta
se manifiesta en ellos como-para Hegel- lo hace la
esencia. La sociedad es concepto tan esencialmente
como loes __
sujetos que mediante__ surrabajc reproducen .Ia.vída de .;
la es pecie; se convierte el espíritu en obj etivo, en fnde -,
pendiente de _toda de
.. t rabajo
Y.4e los t rabaj ador es; y el principio de la
del trabajo social cambia a la sociedad-en el sentido
burgués modemo-en algo abstracto y máximamente
real: cabalmente lo que Hegel enseña de l concepto en-
fático del concepto. rºr .. uno de los pasos del
  capad: -
taría 1?ara d<:jarla como ta l,   más
»veese, a este respecto, el texto: parte final de «Skoteínos•.
37
/
entre   En cuanto a lo que permit e al dialéctico
Hegel resguardar al concepto de espíri tu de contamina-
ción con el iactum bruturn y, de est e modo, sublimar
y justificar en el espfritu la brutalidad de lo fá ctico,
es cosa secunda ria. La experiencia (inconscie nt e de sí
misma) del trabaj o soci al ab stracto se transfigura pa ra
el suje to que reflexiona sobre ella: el trabajo se con-
vierte para él en su forma de reflexión, en un puro acto
del espíritu. en su productiva unidad. ya que no puede
haber nada fuera de él: pero el factum brutum, que se
desvanece en el concepto total de esp ír itu , regr esa a él
como coacción lógica, a la cual no puede sustraerse lo
particular, como tampoco puede hacerl o el individuo
part icular a la contrainte socjale. Sólo que tal brutali-
dad de la coacción da lugar a una apariencia de recon-
ci liaci ón en la doctrina de la identidad restaurada.
Ya con anterioridad a Hegel, las expresiones me-
diante las cuales se define el espíritu en los sistema s
idealistas como un producir or iginario se t omaron , sin
excepción, de la esfe ra del tra bajo; mientras que no es
posible encontrar otras porque lo que se mi ent a con
sí ntes is t rascendental no puede desp renderse. teniendo
en cuenta su propio senti do, de la relación con el tra-
bajo. la actividad sistemática regulada de la razón hace
virar el trabajo hacia el inter ior; y el peso y la coacción
del dirigido haci a el exterior se t ransmiten como legado
al esfuerzo de reflejar y modelar que hace el conoci-
mien to en torno al «objeto.., además de necesitarse de
nuevo en el progresivo dominio de la natural eza. Ya la
antigua distinción ent re se nsibilidad y razón es indicio
de que és ta, en oposición a lo meramente dado por
aquélla , hace algo así como un obsequio, sin contrapar-
ti da: lo sensori almente dado seri a como los frutos del
campo, en tanto qu e las operaciones de la razón depen-
derían del capric ho, podrí an acontecer o no r ealiza rse .
por ser aquello mediante lo cual los hombres , ante
todo, formarían algo frent e a ellos. La primada del
logos ha sido siempre una par te de Ia moral del tra-
bajo. La manera de comportarse el pensami ento como
tal. indiferente a lo que t enga como contenido, es po-
lémica con la natural eza hecha habitual e interiori zada,
una int ervención. no un mero recibir; por ello, cuando
se habla de pensami ento se hab la conjunta mente de
un material, del cua l el pensamiento se sabe sep arado,
para di sponerlo como hace el trabaj o con su materia
prima. Así, pues, a todo pen sar le está asociado ese mo-
mento de esfuerzo violento (reflejo en las necesidades
vit ales) que caracteriza el t rabaj o: las fatigas y el es-
fuerzo del concepto no son nada me tafórico.
El Hegel de la Fenomenología. para el cual la con-
ciencia del espíritu en cuanto actividad viviente y su
identidad con el sujeto social real eran a lgo menos des-
medrado que para el Hegel tardío, reconoció el espíri tu
espontáneo como trabajo (si no en la teoría, por la
fuerza del lenguaj e) : el camino de la conciencia na tu-
ral ha cia la ident idad del saber absoluto seria también,
por su par te, trabajo; y present a la relaci ón que el es-
,\
piritu mantiene con el estado de cosas siguiendo el mo- ....
delo de un acontecer social , precisamente el de un pro-
ceso de trabajo: saber que hay
espíri tu inmediato, es lo care nt e de_esp íri tu, Ia concien-
cia sensorial ; _.y para convertirse __en   saber,
o sea , para engendrar el elemento de la ciencia que es :;
su mi smo concepto puro, ha de t rabajar a lo largo _de .......
un dil atado caminos 11. Lo cual no es, en modo alguno.
algo figurad o: si el es píri tu ha de ser real, antes ha de
serl o su trabajo. Mas el et ra be]o del concepto. hege-
liano no es un laxo eufemismo de la act ividad del sa-
II Hegel , WW 2, pág. 30 red. alto pág. 26; v, cest., pá¡. 21].
39
bio: Hegel pinta siempre a la vez ésta, en cuanto 610-
sofía-y no grat uitamente-, como eccntemptadora»:
pues aquello en 10 que trabaja el filósofo no será pro-
piamente sino en otorgar la palabra a lo activo en la
cosa mi sma. a lo que, en cuanto trabajo social, tiene
forma objet iva frente a los hombres y, sin embargo,
sigue siendo trabajo de ellos: ..El movimiento por el
que la conci encia inesencial t rat a de alcanzar es te ser
una-leemos en un pa saje posterior de la Fenameno-
logiar-es a su vez triple, de acuerdo con las t ri ples
relaciones que habrá de sostener con su más allá con-
figurado: primeramente como conciencia pura, después
como es encia singular que guarda relaci ones de ape ten-
cia y t rabaj o para con la realidad, y, en tercer lugar,
corno concie ncia de su ser para sfa u,
La interpretación de Hegel ha insistido con razón
en que cada uno de los movimientos principales que en
su filosofí a se distinguen ent re sí seria, a la vez, el t odo;
mas es to vale también, ci ertamente, para el concepto
de t rabajo como rel aciones con la realidad, ya que éso
tas, en cuanto dial éctica del sujeto-objeto. son. en suma,
dial éctica. En cuanto a la vinculación de los concept os
de apetencia y de trabajo, tan central, desliga a este
último de la mera analogía con la abstracta actividad
del espíritu abstracto; pues , en su sent ido íntegro, el
t rabaj o está vincul ado en acto a la apetencia. a la que
niega una vez más : sat isface las necesidades de los
hombres a todos los nivel es, los auxilia en su desam-
paro, Jes reproduce la vida y les inspira resignación
para ello. Incluso en su forma intelectual, el t rabaj o
sigue siendo un brazo que se ha alargado para aportar
subsistencias, el principio de dominio de la naturaleza,
si bien independizado y luego distanciado de si mi smo
11 Hegel, WW 2, pág. 171 [ed. crí t., pág. 162; v. cast., pág. 131].
40
(desde luego. a sabiendas ). Pero el idealismo yerra al
t rocar la totalidad del trabajo en su ser en sí , al subli-
mar su principi o en metañstco, en act us purus del es -
píritu, y al t ra nsfigurar tendencialmente lo creado en
cada caso por los hombres, eso perecedero y limitado
juntamente con el t rabajo mi smo (que es su pena), en
algo ete rno y just o. Si nos est uviese permitido es pecu-
lar sobre la especulación hegeliana, podrí amo s conje-
turar que en la dilatación del es píri tu a totalidad se
encuentra, cabeza abajo, el conocimiento de que el es-
píritu no es ningún principio aislado, ninguna susta n-
cia eutosuñcíente, sino un momento del trabajo social,
el que es tá separado de l corporal. Mas el t rabajo COl'·
poral se ve remitido, necesari amente. a lo que él mismo
no es. a la naturaleza, sin cuyo concepto es tan impo-
sible formar una noción del trabajo (y, en último tér-
mino, de su forma reflexiva. el espíritu ) como lo es
formarlo de ella sin éste: a mbos encuentran a una la
di ferencia y la .   ~ ~ ~ ~ ó n - mut ua. La crit ica-de Marx
al "Programa de Got ha" mi enta t anto más exact amente
cierta sit uación real profundamente hundida en la filo-
seña hegeliana cuanto que no pret endía ser UDa po-
lémica cont ra Hegel; todo ello gir a en torno de la cele-
brada sente ncia según la cual ..el trabajo es la fuente
de toda riqueza y de toda cultura», a la cual opone
Ma rx lo siguiente: _El t rabajo no es la fuente de toda
riqueza: la naturaleza no es menor fuente de valores
de uso (en los que consiste, ciertamente, la riqueza fác-
t ica) que el trabajo, el cual. por su par te, es una fuerza
de la naturaleza, la fuerza humana de trabajo. Tal frase
se encuentra en t odas las cart illas infantiles, y tiene
r azón en la medida en que se sobree nt ienda que el tra-
baj o avanza con los obje tos y medios correspondientes;
pero un programa socialista no ha de permitir seme-
jantes locuciones burguesas, por no hablar de las con-
41
I
[,
diciones únicamente bajo las cuales tiene n se ntido; y
en tanto el hombre desde un pr incipi o se compor te
como dueño para con la natural eza, la fuente primera
de todos los medios y ob jetos de t rabajo, la t rate como
perteneciente a sí, su trabajo será fuente de valores de
uso y, por consiguiente . de ri qu eza. Los bur gueses tie-
nen excelentes razones para at ribuir a su gusto al tra-
bajo una fuerza creadora sobrenatural ; pues justamen-
te del condicionamiento del t rabajo por la natural eza
se sigue que el ser humano que no posea ninguna otra
propiedad má s que su fuerza de trabajo tiene que ser ,
en tod as las circunst ancias sociales y cult urales, esclavo
de los demás hombres, los que se hayan hecho propi e--
t ari os de la s condiciones ob jetivas de trabajo. lJ . De
ahí qu e Hegel no pueda a ni ngún precio asentir a la
separación entre el trab aj o corporal y el intelectual , y
que no descifre el esp íri tu como aspecto ai slado de l
trabaj o, sino que, volátilmente, a la inversa, t enga a
éste por un momento del espíri tu, eligiendo en cier to
modo como máxima la figura retór ica P'!..rs pro toto.
Mas cuando seJ o desprende de lo que no es idént ico a
él mismo. el trabajo se vuelve ideología; y los que dí s-
ponen del trabaj o de los demás le a tribuyen una dig-
nidad en sí, la absolutez y originari edad aludidas , jus-
t ament e porque es sólo algo para ot ros: la met aflsica
del t rabaj o y la apropiación del t rabajo ajeno son com-
plementarias. Est as relaci ones sociales dictan la falacia
a Hegel , el enmascaramiento de l sujeto como sujeto-
objeto, el renegar __ dejo no idé ntico en lo total , por
- "
- - - ~ ·  
» Kar l Man: : ..Krit ik des Got haer Programms e, en Kar l
Man: un d Fri edrich En¡ els : Ausgewahlte Schrilten, St uttgart ,
1953, 11 [al comienzo de la ..Cri tica del programa.. ,-] , pág. 11
[vers o cast., ..Crí tica dcl prollr ama de Gctha», en K. Marx y
F. Engels : Obras escosidCls en dos tomos, Moscú, Ed. en Len-
gua s Bxtr., s . a., t. I1, pág. 10].
42
mu cho qu e en la reflexión de ca da j ui cio pa rt icul ar en-
cuentren su merecido.
Descontando el capit ulo sobre el se ñor y el esclavo,
es asombroso qu e la esenci a de l espírit u productivo
hegelian o sa lte a la vi sta con la mayor fuerza en la doc-
trina de la Fenomenología del espíritu a cerca de ela
r eligión natural», en cuyo tercer escalón adquiere por
primera vez lo espiri tual un contenido religioso como
«prod ucto del trabaj o humano e u: . EI espirit u se ma-
nifiest a aqu í, pues, como el artesano y su obrar, median-
te el cual se produce a sí mi smo como objeto; pero no
ha captado aún su pensamiento. es un t rabajar inst in-
t ivo. como las abejas const ruyen las celdas.. . Los cr is-
tales de las pirámides y los obeliscos ... son los trabaj os
de este ar tesano de la forma ri gurosa. 15. Puesto que
Hegel no contr apone simplemente la idolatría a la rel i-
gión, a modo de estadio t osco o degenerado, sino que
lo define como momento necesari o de la formación del
espírit u religioso y, por ello (en el sentido de la di al éc-
ti ca del sujeto-obj eto de la Fenomenología), del conte-
nido religioso en si y. en último término. de lo abs o-
luto, el t rabajo humano queda asumido, en su forma
materi al cósica, en las determinaciones esenci ales del
es piri tu en cuanto absoluto. Ba staba sólo algo de muY
poca monte-cía rememoración del momento natural
del trabajo, a la vez re sultado de mediación y, sin em-
bargo, indisoluble-para que la dialéctica hegeliana se
hu bi ese llamado a sí misma por su nombre.
Aun cuando. con la separación ent re el t rabaj o cor-
poral y el intelectual , éste, el más leve de los dos, se
reserva los privilegi os (pese a todas las aseveraciones
en cont rario), en el pr oceso intelectual . en esa imagen
"Cf. Kroner," op. cit., 11, págs. 404-5.
" Hegel, WW 2, pág. 531 red. crtt., pág. 486; v. cast., pág. 405].
43
del ac tuar fís ico conseguida por medio de la imagina-
ci ón, reaparece monitoriamente una y otra vez tal se-
paración: el espíritu no puede desenlazarse jamás e n-
terament e de sus relaciones para con la naturaleza que
ha de dominar; pues para dominarla, las obedece, e ín-
cluso su or gull osa soberanía se compra con grandes
fatigas 16, Mas la metafísica del espíri tu, que hace a éste
al go absoluto (por ser la de su propio t rabajo incon s-
ciente), es la afirmaci ón de su cautivida d. el intento
del espíri tu que se hace a sí mismo objeto de reflexi ón
por reínt erpreta r como bendición y justifica r la rrial -
di ci ón a que se pli ega, al difundirla. Tal es. ante t odo,
lo que permite incriminar de ideológica la filosofía he-
geliana: la exégesis, peraltada hasta lo inconmensura-
bl e, de la loa burguesa del trabajo; y los sobri os rasgos
realistas de Hegel encuentran asil o, precisamente , en
es te exalt ado paraje del sist ema ideali st a. lo absoluto
que tan r uidosamente se proclama al fina l de la Peno-
menoíogia: Sin embargo. incluso esta mendaz identifica-
ción de l trabajo con lo absoluto t iene sus razones ati-
nadas: el mundo , en t anto forme un sistema, lo hará
justamente a través de la cerrada universalidad del
trabajo social, el cual es, de hecho, la mediación radi-
ca l; y, de igual modo que lo era entre el hombre y la
naturaleza, lo será dentro del espír it u si, que no
tolera nada fuera y respeta la memoria de lo que hubi e-
se fuera. Así, pu es, no habrá nada en el mundo que
no se le aparezca al hombre excl usivamente a través
del t rabajo social: incluso la pura natural eza, en la
medida en que el t rabaj o carezca de poderío alguno
sobre ell a. qu eda de terminada precisamente por él. si-
quiera sea merced a su nega tiva relación con el traba-
" Cf. Max Horkheimer y Theodor W. Adorno : Dialektik du
AufkUirung, Amst erdam, 1947, pág. 38.
44
jo. Sólo el ser autoconsci ente de tod o esto podría haber
llevado a la dial éctica hegeliana más allá de sí misma;
pero tal autoconci encia ha hecho que se le desvanezca
semejante cosa, p ues de serlo se pronunciarfa ese nom-
bre que la tiene hechizada. Puesto que de nada se sabe
sino de lo que pasa a través de l trabajo, éste se con-
vierte. a tuertas y a derechas. en algo absoluto, de des-
dicha en dicha; y por ello aquel todo que es una parte
ocupa forzosa, inevitabl emente el puesto de Ia verdad
en la ciencia de la conciencia que se revela. pues Ja
absolutizaci ón del trabajo es la de las relaciones de
cjese: u na   libre de trabaj o estaría libre de
      __esto, n\i"ssin permitirse -
saberlo; y__talesJa miseria. toda         .._   el
paso a cuyo través el trabajo se a lza si n más a princi-
pio metafísico no es otro que una eliminación conse-
cuente de ese «material» a qu e todo trabajo se siente
ligado. que le seña la a él mi smo sus límites, que le
recuerda lo inferior y relativiza su soberanía. Con todo
lo cuaJ hace j uegos malabares la teor ía de! conocimien-
to mientras lo dado produzca la il usión de engendrado
por el esp írit u mismo: ha de desvanecerse el hecho de
que también el espíritu se encuentre bajo la coacci ón
del traba jo e inclus o sea tra bajo; y la gran filosofía,
li teralmente, int r oduce de modo subrepti cio el dechado
de la coacción como si fuese la libertad. Pero se verá
desmentida, porque no se puede lograr la r educci ón de
lo existente al espíri tu, y porque-como sabía el mi s-
mo Hegel-es preci so aban dona r la postura gnoseoló-
gica cuan do se la ll eva hasta el fin (mas su verdad con-
sís t e en que nadie es capaz de salir del mundo cons-
tituido a t ravés del trabajo para pasar a otro que fuese
inmediato). Sólo puede ejercerse la cri tica de la iden-
tificación del espíritu con el trabaj o confrontando su
concepto filosófico con lo que propiamente efectúe, no
45
recurriendo a algo positivamente trascendente, del gé-
nero que sea.
El espíritu no ha llevado a cabo semejante cosa. Es
sabido que de,.. en su vigorosa ver-
sión hegeliana (que, ciertamente, no corresponde al con-
cepto de sistema deductivo de las ciencias positivas),
se ha de como un crecer y_ha-
ber. crecido uno dentro de otro todos los momentos
un todo, por virtud de éste; en el que cada
uno de s_e encontraría ínsJ!o. Tal concepto de
sistema implica una identidad de sujeto y objeto des-
plegada hasta encerrar todo en sí, ha sta lo absoluto;
y la verdad del sistema choca con semejante identidad.
(Ahor a bien: ésta, la -reconcili ación .perfecta a través del
espíri tu en medio de un mundo real de antagonismos,
es una mera aseveración, y la anticipación filosófica de
la r econciliación atenta contra la reconciliación real,
pues aparta lo que la contradiga, sea est o lo que sea,
como algo propio de la exist encia corrompida e indigno
de la filosofía. Pero un sistema sin lagunas y una recon-
ciliación llevada a cabo en su perfección no son lo mis-
mo, sino, incluso, lo cont rario: la unidad del sistema
Jpr oviene de un poderío no r cconcñíadoz Así, el mundo
que el sistema hegeliano había concebido se ha acre-
ditado como sistema, en sentido saber: el de
una. sociedad_radicalmente.. socializada)!__   al
cabqde__ ciento veinticinco años, y lo ha hecho sat áni-
camente. (Entre las hazañas más grandiosas de Hegel
se cuenta que extrajese del concept o el carácter siste-
mático de la soci edad mucho antes de que és te pudiese
imponerse en el ámbit o de la propia experiencia hege-
lia na, en Alemani a , que se habí a quedado m uy retrasa-
da en cuanto a desarrollo burgu és.) El mundo que está
trab ado en un todo mediante la «producción», median-
t e el trabajo social confor me a las relaciones de cam-
46
bio, depende en todos sus momentos de las condicio-
nes sociales de la producción y hace realidad así, de
hecho, _del_todo partes;
IQ_que_la _d esesperada impotencia de t odo - iñdividuo
desaforada
de sistema. tlncluso el culto del elaborar, de la produc-
._.,-- - -
ci ón, no es solamente ideología del hombre dominador
de la naturaleza, ilimitadamente acti vo-o automáti-
co-,- : en él queda sedimentado que la relación univer-
sal de cambio, en la que todo cuanto hay es un ser
para ot r o, se halla dominada por quienes disponen
acerca de la producción social; y de es te modo se ve-
nera filosóficamente semejante dominación. Justamente
la producción arrastra consigo el ser para otro, que es
el título legal de la existencia de todas las mercancías;
e incluso el mundo, en el que no hay nada por mor de
sí mismo, es a la vez el mundo del producir desenca-
denado, olvidado de su destino humano. Este olvido de
sí mi sma de la producción, el insaciable y destructivo
principio de expansión de la soci edad de cambio, se
refleja en la metafísica hegeliana: ésta describe-pero
no en perspectivas históricas, sino esenci alment e- lo
que el mundo auténticamente es, sin por ello ponerse
en los ojos una venda con la pregunta por la autentl-
cidu9- ';
La sociedad burguesa es una totalidad antagonísti-
ca: _se mantiene viva únicamente merced a sus antaga.:.
nísmo s, Y. no puede suavizarlos. En la obra hegeliana
de peor reputación por su tendencia re stauradora, su
apología de lo existente y su culto del Estado, la Filoso-
fía del der echo, se for mula tal cosa sin rodeos. Mas
precisamente de la conciencia del carácter antegonís-
ti eo de la totalidad cabe de rivar las exce ntricidades de
Hegel, esos provocadores pasajes responsables de que
varios pensadores importantes del mundo occidental,
47
1
1
como Veblen, Dewey y hasta Santayana, lo pusieran en
el mismo mont ón con el imperi ali smo alemán y con el
fasci smo; por lo cual no ha de bagatelizarse la idolatría
hege liana del Estado, ni tratarla como una mera abe-
rración empírica y una adición si n importancia: su
origen está en haberse percatado de que las contradtc-
cio nes de la sociedad burguesa no pueden suavizarse
por su propio movimiento. St\n decisivos al r especto
pasaj es como éste: «As! sale a luz que, con todo su
exceso de riquezas. la sociedad burguesa no es suficien-
temente r ica (o sea, no posee una cantidad suficiente
de su peculiar caudal ) para poner remedio al exceso
de pobreza y a la fonnación del populacho .. . Merced
a es ta su propia dialéctica, la sociedad burguesa se
verá llevada más al lá de sí (por lo pronto, es ta soc ie-
dad concreta), para buscar fuera de eIJa mi sma , en
otros pueblos que le vayan a la zaga en cuanto a los
recursos de que ella tiene profusión, o, más en general,
en cuanto a industria, e tc., consumidores y, de este
modo, les necesari os medios de vida. 11. El libre juego
de las fuerzas de la sociedad capit al is ta , cuya teorta
económica li beral había aceptado Hegel, de sconoce toda
medicina para el hecho de que con la riqueza social
crezca la pobreza (el epauper tsmos, de acuerdo con la
anticuada terminol ogía de Hegel ), y menos aún podía
imaginarse él un incremento tal de la producción que
el aserto de que la sociedad no es suficientemente rica
en bienes se convierta en una burla. Por lo demá s, invo-
ca desesperadament e al Estado como instancia situada
más allá de tal juego de fuerzas; el parágrafo 249 se
refiere explíci ta mente al pasaje que ha salido inmedia-
tamente antes, el si tuado en la extrema avanzada, y su
comienzo dice así: . EI cuidado po lid aco r ealiza y con-
" Hegel, WW 7, págs. 319-20.
48
~
serva, por lo pronto. lo general que es tá contenido en
la singulari dad de la sociedad burguesa, a modo de or-
den y organización ext erior que sirva de protección y
seguri dad a las masas fre nte a finalidades e inte reses
particulares (puest o qu e consis te en lo general menta-
do ), de l mi smo modo que se cuida, como di rección su-
perior de los intereses (§ 246) que van más all á de tal
soc iedad. ~   ; así, pues, ha de apaciguar lo que por otra
parte no ha bría qu e apaciguar . La filosofía polftica de
Hegel es un golpe de fuerza necesario: golpe de fuerza
porque det iene a la dialéctica en nombre de un prin-
cipio qu e le corres pondía a la propia cr it ica hegeliana
de 10 abst racto, e incluso lo ha ce porqu e- según al
menos da a entende r-no tiene su pues to, en mo do a l-
guno, más allá de l j uego social de fuerzas: «l os inte-
reses sociales particulares, que decl inan en la sociedad
burguesa y se encuentran fuera de lo gene ral del Est a-
do, qu e es en sí y para si, se admini stran por las corpo-
raci ones muni cipales y de los demá s oficios y profes io-
ne s, as í como por sus autoridades, jefes, ad ministra-
dores y ot ros cargos semejantes. Mas en la medida en
que tales asuntos, de que éstos se ocupan, cons t it uyen
por una parle la propi edad privada e intereses de estas
esferas particulares, y, desde este lado, su autoridad
descan sa en la confianza de sus colegas y conci udada-
nos, mientras que, por otra parte , es tos grupos tienen
que queda r subord inados a los superiores intereses del
Estado, para la provisión de tales puestos tendrá lugar,
en general, una mezcla de elección común por los inte-
resados y de rati ficación y disposición superiores» " .
Pero el golpe de fuerza era necesario, ya que, en ot r o
caso, el principio di al éctico se sacaría de lo existente
" Hege l, WW 7. págs. 322-3.
" I d., pág . 3%.
49
,
sobrepasándolo, y de est e modo habría negado la tesis
de la identidad absoluta (que sólo en cuanto realizada
es absoluta: tal es el corazón de la filosofía hegeliana).
En ninguna parte se acerca t anto la filosofía de Hegel
a su propio substrato, la sociedad, como allí donde
desatina a su respecto; mas, en realidad, es esencial-
mente negativa: es una crítica, Hegel, al convertir la
filosofía trascendental de la Crítica de la razón pura
en crítica del ente mismo (justamente en virtud de su
tesis de la identidad de la razón con el ente), va más
allá _de _toda _     L (cuy a,
teodicea constituye su propio progra ma) en su
integridad y coherencia como en su coherencia culpo-
sa , en la que todo lo existente merece perecer. Ahora
bien: la fa lsa pretensión de que el mundo es , sin em-
bargo, bueno, cont iene en sí otra, esta legítima: la de
que habría que ha cer bueno y reconciliar el mundo
re al y fá ctico no merame nte en la idea que se le opone,
sino corporalmente; y si bien, en definitiva, el sistema
hegeli ano pasa a ser un error merced a su propia con-
se cuencia, ello no sent encia tanto a Hegel-según que-
rría la just icia por su propia mano de las ciencias po-
sitivas-cuanto a la r ealidad. El burlón «t anto peor
para los hechos» se moviliza tan aut omát icamente con-
tra Hegel porque dice la sangrienta verdad sobre los
hechos; pues él no los calcó meramente, sino que, gra-
cias a hab erlos engendrado con el pensamiento, los con-
cep t uó y cr-itic ó: su negatividad los hace siempre al go
distinto de lo que simpleme nte son y de lo que sost ie-
nen ser. Mas el principio de l devenir de la re alidad,
.segun el cual ésta es más qu e su positívidad, y que es
el mot or idealista central de Hegel, es al mismo 'tiempo
ant iidealista: es la críti ca de la realidad por el suje to
(de esa realidad que el idealismo hace equivaler a l su-
j et o abs oluto ), a saber : la conciencia de la contra dic-
50
clan que hay en la cosa y, de es te modo, la fuerza de
la teoría, me rced a la cual és ta se vuelve cont ra sí
misma. De modo que si la filosofía hegeliana fraca sa
medida con el cri terio más alt o, el propio, se acredita
a la vez por él: la no identidad de lo antagoníst ico, con
la que choca y que sólo a du ras pena s consi gue doble-
gar completa mente, es la de ese todo qu e no es verdad,
sino fal sedad, oposición abs olu ta a la j usticia; pero
precisame nte esta no identidad adopta en la realidad
la forma de la identidad, el ca rá cter de cla usurador
omnicomp rensivo sobre el qu e no imp eraría ni ngún ter-
cer elemento reconciliado r ; y semejante ciega identidad
es la esencia de la ideología, de la ap ariencia social-
me nte necesari a. Ahora bien: és ta únicamente podría
desvanecerse pasando por la cont ra dicción devenida
absoluta (no merced a mit igarla en lo absoluto), y tal
vez sería así capaz un día de encontrar aq uell a recon-
ciliación que Hegel tuvo que simular- pues se le ocul-
t aba su posibilidad real -o La filosofí a hegeliana quiere
ser negativa en todos sus momentos particulares ; mas
cuando, cont ra su intención, se convierte también en
su conj unto en negativa, rec onoce de esta suer te la
negat ividad de su obj et o; y al sa lir a luz irresistibl e-
mente, al final , la no identidad de sujeto y objeto, al
desvanecerse en la negatividad absoluta, deja atrás lo
que hab ía promet ido y se convier t e en verdaderamente
idéntica a su embrollado objeto; pero la ces ación del
movimiento, lo absoluto, no significa tampoco en és te
otra cosa, en último t érmino, que la vida r econciliada,
la de Jos impulsos satisfechos , que no siente ya priva-
ción al guna y no sabe del trabajo (a l cua l únicamente;
sin embargo, debe la re conciliación ). Por consiguient e, \
la verdad de Hegel no tiene su puesto fue ra del siste-
ma, sino que se adhiere a él tanto como la falsedad,
51
pues és ta no es ot ra que la del sist ema de la sociedad,
qu e forma el sustrat o de su filosofía.
El giro obj eti vo que tomó en Hegel el ideali smo,
as í como la restituci ón de la metaf ísica espec ulati va
(destruida por el crit ici smo), que restauró incluso con-
ceptos como el del ser y qu iso salvar ha sta la prueba
ontológica de la existenci a de Dios, todo ello ha alen-
tad o a recl amar a Hegel para la ontología exis te ncial;
de lo cual el test imonio más conoci do (si bien no el
primero, en modo a lguno) es la interpret ación heidegge-
ri ana de la "Introducción " a la Fenomenología que apa-
rece en las Sendas perdidas. Estas reivindicaciones nos
permiten entera rnos de qu e la ontologia exi st enci al oye
hoy de mala gana que se hab le de su afinidad con el
idealismo t rascendent al , al cual se figura vencer merced
a su pateti smo acerca del ser. Pero mientra s que lo
que act ualmente pa sa con el nombre de pregunta por
el ser hall a un sit io en el sistema hegeliano, como
momen to suyo, és te deniega al ser preci samente esa
absolut ez, ese estar an tepues to a todo pensar y todo
concepto de que espe ra incautarse la más reci ent e re.
surrección de la metafísica : la teorí a hegeli ana del se r,
debido a ha ber definid o és te como un momento reflejo
y crit icado, eseací at mente negativo, de la dialéctica, es
incompat ible con su teo logización con temporánea; y
apenas hay punto en que su filosofía sea más actual
que donde desmonta el concepto de ser. Ya la defini-
ci ón del ser qu e se encuent ra al comienzo de la Feno-
menología dice exactamente lo contrario de lo que hoy
qu iere sugerir tal pal abra: ..La subst anci a viviente es
ad emás el ser, el cual únicamente es en verdad sujeto
(o bi en--cosa que quiere decir lo mismo-el cua l úni-
camente es en verdad real) en la medi da en que sea
el movimiento del ponerse a sí mi smo, o sea, la me-
52
diación del devenir otro que si mismo.. lO; de manera
que la diferencia ent re el se r como sujeto y el que se
es cribe con y griega (en tiempo de Hegel todavía orto-
gráfica, hoy arcaica) afecta a la totalidad. Como es
sabido, y en opos ición a aquel partir de la conciencia
subj et iva, la Lógica de spliega las categorí as de l pensar
mismo en su objetividad. empezando por el concepto
del ser ; es te comienzo, sin emba rgo, no sirve de fun -
dament o a ninguna prima phiíosophia, pues el ser hege-
liano es lo opues to a una ent idad origi naria; y Hegel
no abona al concepto de ser . como una hon ra primi -
tiva, la inmedi atez (la apa rie nci a de que el ser esté
preordenado lógica y genét ica mente a tod a reflexión, a
toda escisión entre suje to y obj eto) , sino que se la li-
quida: es-se lee inmediatamente al comienzo de la
parte de la Lógica que lleva por título la pa lab ra ser-
19_..   21; mas_incluso tal inme:
dl at ez, a la que se aferra la ontología exist encial. se
para Hegel, que calaba a fondo la medi atez
  Cosa inmediata, y en vir tud de su inde-
terminación, en un argumento contra la dignidad del
ser, en su negatividad, simplemente, en motivo para
dar paso el ser a la nad a:
«En su indet erminada __ inmedi atez sólo es igual a sí
mi smo. . . es _la . pura indeterminación _y__cl _pu ro vacío.
No hay nada que intuir en él, si es que puede hablarse
aq ui de intuici ón; o bien es únicament e es a mi sma In-
tuición pura y vacía. Tampoco hay en él nad a de qué
pensar, o bien es tan sólo ese pensar vacío. El ser, lo
Inmedi ato indeterminado, es, de hecho, nada, y ni más
ni menos que nada»22. Semejante vacío, sin embargo,
· WW 2, pág. 23 [ed. crtt., pág. 20; v, cast., págs. 15-6].
" WW 4, pág. 87 Ied. cnt., t . 1, pág. 66; v. cust., t. 1, pág. 10n
n Id., pá gs. 87-8 [ed. erlt ., t . 1, pá gs. 66·7; v. cust., loe. cit.] .
53
no es tanto una cualidad ontológi ca del se r cuanto un a
car encia del pens amiento filosófico que termina en el
ser ; pues «Si exp resamos el ser como predicado de lo
absoluto-esc ri be el Hegel de la madurez en la Bnci-
cíopedia-c, ello nos proporciona su primera definición:
lo absolu to es el ser ; y ésta es la que (en el pensarnien-
to) es enteramente inicial, má s abstracta e insufi cien-
te» 2.1. La última herencia de la intuición hu sserlian a
,
qu e entregaba originar iamente, celebra hayal concepto
de ser como lo arrobado lejos de toda cosificación ,
como la inmediatez absoluta; mas Hegel no sólo lo
ca ló con la mirada como inintuitivo en vir t ud de ta les
indeter mi nación y vacío, sino como un concepto qu e se
olvida de que lo es, y se t apuj a de inmediatez pura:
en ciert o modo, el más cósíco de todos...Con el ser en
cuanto aquello simpl e e inmediato queda olvidado.. .
el recuerdo de que es resultado de una abstracción to-
tal y, ya por ello mi smo, negati vidad abs tracta, nada.. 24,
se dic e en un pasaj e post erior de la Lógica; y en un as
fr ases de es ta obra que se aguzan especí ficamente con-
tra Jacobi puede verse que con lo an t erior, sin embar-
go, no se dramatizaba un elevado lance en qu e j ugasen
pa labras or iginarias, sino que ] 0. crí t ica del ser quiere
deci r, en realidad, critica de todo uso enfát ico de este
concepto: «Con es ta pureza tot almente ab stracta de la
continui dad, es deci r, indeterminaci ón y vaciedad del
imaginar, es indiferente que llamemos a esta abst rae.
ción espacio o bien intuir puro, pensar puro : todo es
lo mi smo, lo qu e el indio denomina Brahma (cuando
ext er iormente inmóvil, e igualmente qui eto en cuanto
a sensación, imaginación, fantasía , deseos, et c., no mira
al WW 8. pago 204 red. crít . de ta Enzyklop(idi e, pág. lllS;
v. cast o de la Ellciclopedia, t . J, pág. 159].
"' \ V\Y 4, pá g. 110 l edo crt t., t . 1, págs . 85-6; v , cast., t. 1,
págs. 128·9}.
54
durant e añ os más que la punta de su nariz '.i dice int e-
ri ormente en sí am, am; am, o bien no dice ab soluta-
ment e nad a) , Y esta sor da y vacía conciencia es, enten-
dida como conciencia, el se r- 25. Hegel oyó la invoca-
ci ón al ser con ri gidez maníaca como fo rmalista ma-
traqueo de UII moli nillo de oraciones, y supo lo que
actualmente ha quedado falseado y perdido, pese a tod a
la par la de lo concret o (pr eci sament e en y po r la magia
de la concreción indeterminada, que carece de todo
contenido salvo su propia aura): que Ia filosofía no
debe buscar su obj eto en los supremos conceptos uni-
versal es, por mor de sus pretendidas ete rnidad y no
ca duci dad, que lu ego se avergüe nzan de su propia con-
cept ualidad universal. Como después de él únicamente
lo ha hecho, en realidad, el Nietzsche de El ocaso de
los ídolos, rechazó la equipa ración del contenido filo-
sófico y de la verdad con las abstracciones supre mas,
y colocó la ver dad precisament e en aquellas determi-
naciones con las cuales la met afí sica t radicion al era
demasiado re finada para mancharse ~   manos ; y el
idealismo se trasciende a sí mismo con Hegel no en
último t érmino con est a intención, que ob ra del modo
má s grandi oso en la trabad a referencia de la s etapas
de la conciencia a las etapas sociohis tóricas en la Feno-
menología del espíritu. Lo que hoy (como invocaci ón
de las palabras or igmarias, como ..saga ..) pretende que
se alza por encima de la dialécti ca , la abs tracci ón, se
convierte just amente así en presa suya , la cual se hin-
cha a ente en y para sí, y se hu nde de es te modo a
totalmente carente de contenido, a t autología , a ser,
que no dice nada sino solame nte , una y otra vez, ser.
A partir de Husserl. los filósofos contemporáneos
del ser se opone n al ideali smo. En ellos se expresa , en
:lO WW 4, pág. 107 red. crn., t . 1, pág. 8.1: v. cast., t. 1, p::\ gs . 125-6) .
55
,
r
realidad , la sit uación ir revocabl e de la conciencia his.
tórica, hasta el punto de que regis tran que a partir de
la mera inmanencia subjetiva, la conci encia. puede des-
pl egarse o seguirse algo que no es; pero han hiposta-
siado así el resultado supremo de la abs tracción subje-
t ivo-con ceptual. el ser , y de est a suer te, sin percatarse
de ello . han quedado cogidos en el idealismo. t anto en
lo qu e se refiere a postura teórica como en su acti t ud
hacia la sociedad. Nada hay que los haga convictos de
ta l cosa más contundent emente que la espec ulación del
archtldealista Hegel : si bien los r est aurad ores de la
on tología se sienten de acuerdo con él, come ya suce-
día leja namente (a saber: en lo que se refiere a la
concepción de conj unt o de la metafísica occidental, a
la que posteríormeme esperan escapar) en el temprano
escrito he idegger iano sobre un a pret endida obra de
Duns Seoto, con Hegel, de hecho. un máximo de idea-
lismo hará que se trascienda la mera subjetividad y
que se rompa el cegador circulo de la inmanencia filo-
sófica. (También en Hegel-por aplicar un a expresión
de Emil Lask a algo más gencral-apunta el ideali smo
por encima de sí mísmo. j Sin embargo, t ras la coinci-
dencia fonna l con el impulso ontológico se esconde n
diferencias cuya sutil eza mira al todo. Así, la idea que
con Hegel propiamcnte se vuelve contra el idcalismo
tradicional no es la de l ser, sino la de la verda d: «Lo
que sostiene la filosofía . en general, es que la forma del
pens ar es la abs oluta, y que la verdad se manifi est a en
ella como es en sí y para sb 26; de manera que el carác-
ter ab soluto del espír itu, contrapuesto a todo lo mera-
mente finit o, sería garante de la absolutez de la ver dad,
que se sus t raer ía a l mer o opi nar. a tod a intención y
todo «hecho de conciencia . subjeti vo: tal es la ci ma
lO WW 8, pá g. 91.
56
de la filosofía de  
relación ent re
predicado del pensar-subjet ivo, sino__que__
porenclmadeeüo, incluso como uneen
y el saber de la verdad no es, __a 2us
de 10 absolut o.jpues a eso tiende su cr-ítica
m-;;- que inconciliadorarnente la subje t ividad del
ser. en.sf en un pasaje ci tado por Kroner se dice que
tal criticismo ha «ot orgado una recta conciencia a la
fal ta de ciencia dc lo eterno y di vino. al asegurar la que
ha de mostrado que no se puede saber nada de es to
úl timo. .. No hay nada que sea mejor recibido por la
superficialidad del saber y del carácter, nada que com-
prenda t an de buen grado como esta doc t ri na de la
carencia de saber , merced a la cual, justamente, dicha
superfici alidad e insipidez se presenta como la met a y
result ado de todo esfuerzo intelectual» v . Se mejante
enfática idea de la verdad da un nt:ntís al subjetivis-
mo, cuya asidua preocupación por si la verd ad es sufi-
cientemente verdade ra termin a en la supresión de la
ver da d mi sma ; pues el cont ení dodeconcícncía que se
despliega__en verdad no _es _meramente ver da d para eL
cognoscente, éste el sujeto trascendcntau,
la _ de la ()bj t:.tivi!l3' d., de_la verdad robust ece la ca-
zón de l sujeto ( le ha de se r posible, y en
tanto los intentos act uales de evas ión del subj eti-
vismo están ligados a la difamación Mas la
idea hegeliana. por ser de1a razón, se diferencia de
la restauración del concepto absoluto de ser en qu e en
sí es debida a una mediación; para Hegel, en efecto,
la ver dad en sí no es el «ser»: precisamen te en éste se
oculta la ab stracción. el modo de compact a rse del su-
jeto que fabri ca nominalísticamente sus conceptos. Con
'I WW 8, pág . 35.
57
todo. en la idea hegeli ana de la verdad se encarece e l
momen to subjet ivo, el de la relat ividad . debido a per-
ca ta rse és te de si mismo: en lo verdadero está conte-
nido el pen samiento en el que. sin embargo, él no bro-
ta. _por lo cual. cuando la reflexión queda excl uida de
lo verdadero y no se la capta como momento positivo
de lo ab soluto, se desconoce a la razón »28. Acaso nada
pueda deci r má s acerca de la esencia del pensamien to
dialéct ico que el que la autoconciencia del momento
subj etivo que hay en la verdad, la reflexión sobre la
r eflexión, haya de ;econcilia rse con la injusti ci a que
la apront adora subjetividad irroga a la verd ad en sí. al
mera mente figurársel a y dar por verdadero lo que no
lo es en absoluto; y si la di aléctica ideali st a se vuelve
contra el idea lismo. ello es porque su propio principio,
que es preci samente la exalt ación de su pretensión idea-
lis t a. es , al mi smo tiempo, anti-idealísta. La dialéctica
es un proceso no menos bajo el aspecto del ser en sí
de la verda d que baj o el de act ividad de la conciencia.
pues el proceso es la verdad misma; cosa que hace
r esaltar Hegel medi ante giros siempre nuevos: «Ie ver-
dad es su movimiento en ella misma, mientras qu e
aquel método--el mat emático-es el conoci miento ex-
teri or a la materia»29; t al movimien to se des liga del
sujeto pen sante. ya que «todo depende de apre hende r
y expresar lo verdadero no como sustancia, sino igua l-
mente como sujeto.. 30. Mas pues to que en todo juicio
aislado la cosa de que se trate se confronta con su
concepto, y puesto que, debido a ello, todo juicio finito
ai slado se desvanece, por fala z. la act ividad subjetiva
de la reflexión t ra slada la verdad más allá de l concepto
" WW 2, pá g. 25 [ed. crtt ., pág. 21; v. cas t., pág . 21].
,. Id., pág. 46 red. crü., pág. 40; v. cast., pág. 33].
.. Id. , pá g. 22 [c d. crtt., pág. 19; v, cast., pág. 15] .
58
tradi ciona l de adec uación del pensamient o al estado de
cosas: la verdad ya no se deja capt ura r como cualidad
de los juicios. En Hegel . ciertamente, verdad quiere
decir, de modo semejante a la definición tradicional,
pero en secreta oposición a ella. «precisamente coinci-
denci a del concepto con su r ealidad.. 31. y consiste een
la coinci dencia del obje to consigo mismo, ... con su
concepto»32; ahora bien: como ni ngún juicio finito al-
canza jamás ta l coinci dencia, el concepto de verdad
queda arrancado a la lógica predicativa y trasladado
por entero a la dial éctica. pues- dice Hegel-habría
..que deja r de lado la opinión según la cual la verdad
tendrí a que ser algo palpable. 33. La cri t ica de la se pa-
ración rígi da de los momentos del j uicio hace que la
verdad, en cuanto ap re hendida como mero resultado,
se t rasfunda en el proceso, y destruye la apari encia de
que la verdad en general pudiera ser un ajustarse la
conciencia a algo singular sit uado frente a ella: «Lo
verdade ro y lo fal so se encue ntran ent re esos pensa-
mi entos det erminados a los que se t iene. inmóviles . por
ent idades propias que se ma nt uvies en, fijas y aisladas.
una allá y otra acullá, sin comunidad con las otras.
Mas es preciso soste ner , por el contrario, que la verdad
no es una moneda acuñada qu e pudiese darse t ermi-
nada. y embolarse de igual modo; ni hay lo fa lso.. .
Saber falsamente algo quiere decir que el saber se
halla en desigualdad con su sustancia; sólo que precio
samente esta desigualdad es. en gene ral , el di stinguir ,
el momento esencial: pues a partir de ta l di stinción
surge su igualdad, y es ta igua ldad devenida es la ver-
dad. Pero no es ella verdad como si la desigualdad se
" WW 10, pág. 17.
" ww 8, pág. 372.
" WW 4, pá g. 46 [ed. cr Jt., t . J, pá g. 31; v, cast., t. 1, pá g. 66] .
59
1
l'
I
expulsase lejos, al modo de la escoria con respecto al
metal, ni tampoco como la herramienta se deja lejos
de la vasija terminada, sino que la desigualdad se en-
cuentra inmediatamente presente en lo verdadero mi s-
mo como ta l en cuanto lo negativo, lo mismoe >. De
es te modo rompe con la doctrina de la verdad como
adaequat ío rei arque cogita tíonis, que el conjunto de
la filosofía moderna re cita devota y repite maquinal-
mente: gracias a la dialéctica, ese proceder del noml-
nalismo consecuente despertado a la conciencia de sí
mismo que somete a prueba con su cosa correspondíen-
te todo concept o y lo convence así de su insufi ciencia,
hace cent ellear una idea platónica de la verdad; pero
no sos t iene tal idea como si tuese inmedi atamente in-
tuitiva, evidente, sino que la espera justamente de
aquella insist encia del laborar del pensamiento que t ra-
di ci onal ment e se detiene en la crítica del platonis mo;
pues también la razón filosófica tiene su ardid. Y la
verdad pasa por sí misma a una idea objetiva, ya irre-
du ctible nominalíst icamente. sólo merced a que la exi-
genci a de verd ad deja t ranquilamente que se proteste
la pretensión de verdad de todo juicio limitado (y, por
ello, fal az), merced a que la adaequatio subjet iva queda
negada gracias a la autorreflexi ón. Así, pues, Hegel in-
te rpreta una y ot ra vez el movimiento en que ha de
consist ir la verdad como «movimiento propio», que es-
taria tan motivado por las circunstancias del juici o
como por la sí ntesis menta l; y que el sujeto no deba
contentarse con el mero ajuste de sus juicios a las cir-
cunstancias obed ece a qu e el juicio no es una simple
actividad subj et iva y a que la verdad, por su pa rte, no
es una mera cualidad de l juici o, sino que en ella se
impone siempre. a la vez, lo que, sin ser ai slab le, no
" WW 2, p ágs. 39-9 red . cnt., págs . 33-4; v, cas t. , pág. 27].
60
cabe retrotraer al sujeto y que las gnoseologías idealis-
tas trad icionales creían poder desat ender como una
mera x. La ver dad se desprende, entonces, de su subje-
tividad: puesto que ningún juicio subj eti vo puede ser
verdadero y, sin embargo, todos tienen que querer
se rlo la verdad t rasciende hasta el en sí. Con todo, en
cuanto eso que pasa as í al otro lado, ni mera mente
..desvelada. ni tampoco meramente «puesta», es tam-
bién incompati ble con lo que pregunta la ontología:
la verdad hegeliana ni está ya en el tiempo, como lo
es taba la nominalista, ni , a la manera ontológica, se
ha lla por enci ma de él, sino que para Hegel el ti empo
es un mo mento de ella mi sma. La verdad, como proce-
. ,
so, es un "atravesar todos los momentos» que se opone
ala «propos ición libre de contradicción» y, en cuanto
tal , posee un núcleo temporal ; cosa que liquida aquella
hi póst asis de la abstracción y del concepto igual a sí
mismo que domina la filosofía tradi cional. Aun cuando
el movimiento hegeliano del concepto ha resucitado en
cierto sent ido el pla tonismo, éste ha quedado a la vez
curado, sin embargo, de su está tica, de su herencia míti-
ca, y ha as umido en sí toda la espontaneidad de la con-
cie nci a liberada. Mas si bien, en último término, Hegel
sigue adhiriéndose, pese a todo, a la t esis de la identidad
y, con ella, a l idealismo, la cr ítica de és te, que desde
hace muc ho se ha vuelto nada costosa y que en otros
t iempos tenfa ante todo que arrancar a viva fuerza el po-
derío incont rastable al ideali smo hegeliano, ha de recor-
darnos preci samente (en una hor a del espírit u de és te
- muy diferentemente a como suce día hace cien años-
es tá encadenado por el conformismo) un momento de
la verdad de aquella tesis de la identidad: si- hablando
kantianamente-e-no hubiera padecido alguno entre el
sujeto y el objeto, si ambos se encont rasen s e p   r   ~ o s
absolut amente opuestos y sin mediación (como quiere
61
el positivismo desatado), no solamente no habría ver-
dad alguna, sino tampoco ninguna razón y ningún pen-
samiento; pues un pensar que hubiese extirpado com-
pletamente su impul so mimético, un tipo de ilustración
que no lleve a cabo la autorreflexión (que forma el
contenido del sis tema hegeliano y mienta la semejanza
entre la cosa y el pensamiento), desembocaría en des-
varío. El pensar absolutamente li mp io de alusiones (en
oposición perfecta a la filosofía de la identidad), aquel
que rechaza toda participación de l sujeto, todo «ama. '
mento», todo antropomorfismo en el objeto, es la con-
ciencia del esquizofrénico; y su ob jetividad t ri un fa en
un narcisismo de lirante. El especulativo concepto hege-
liano salva la mimesis gracias a que el espíri tu para
mi entes en sí mismo: la verdad no es adaequatio, sino
afinidad, y, mer ced a Hegel, est e t ener presente la ra-
zón su esencia mimética sa le a luz con el ideali smo
moribundo en ca lidad de sus derechos humanos.
Es to es lo que pe rmite la obj eción según la cua l
Hegel, el realist a platónico e idealista absoluto, se ha-
brfa entregado con la hipóstasis del espír it u al fetichis-
mo del concepto no menos que hoy se hace en nombre
de l ser. De todos modos , el juicio que insiste en seme-
jante parecido es , a su vez, abstracto: por mucho que
el pensar abstracto y el ser abstracto sean una y la
misma cosa (como se dice en los comienzos de la filo-
sofía occidental en un versículo-por lo demás, contro-
vertido-del poema de Parménides), los papeles desem-
peñados por el concept o ontológico de ser y por el he-
geliano de razón son di stintos, si bien ambas categorías
participan de la dinámica histórica. Teniendo en cuenta
su crí tica del refl exionar finito y limitado, se ha in ten-
tado-incluso por Kroner-encuadrar a Hegel entre los
irracionalistas, y cabe apelar al respecto a algunas de-
claraciones suyas, como la de que la especulación, igual
62
que la fe inmediata, haría frente a la refl exión; pero,
Jo mismo que hace Kant en las t res Críticas, también
él retiene r esueltamente a la razón como algo uno,
como razón, ratio, pensar; e incluso el movimiento que
habr ía de llevar más allá de todas las determinaciones
fi nitas de l pensar es movimiento autocrttíco de éste,
pues el con cepto especulativo no es ni un int ui r m una
«intuición ca tegorial». Cabe dudar de la estrictez de la
t entativa hegeliana de salvación, frente a Kant, de la
prueba ontológica de la existencia de Dios; pero 10 que
le mov ió a ello no fue una vol untad de oscurecimiento
de la razón, sino, por el cont rar io, la utó pica esperanza
de que el bloque constituido por los «límites de la po-
sibilidad de la experi encia » no sería lo último, de qu e,
pese a todo, se sa ldrí a bien (como en la escena fina l de l
Faust o) y de que, con toda su debilidad, su condicio-
namiento y su negatividad, el espíritu se asemejaría a
la verdad y, por ello , valdría para conocerla. Si en otro
tiempo se recalcó, con razón, la de smesura de la doc-
t r ina hegeliana del espíritu absoluto, hoy que todos
(y má s que na die los secretamente idealistas) difaman
al ideali smo se ha ce patent e un saludable correctivo
en la noción del carácter absoluto del espíritu; y lo que
sentencia la paralizante resignación de la conciencia
ac tual es que está siempre di spuesta a reforzar una
vez más con su propi a debilidad la degradación que
se le inflige con el exceso de poderío del ci ego ser exis-
tente [Dasein]: «En la llamada demostración ontoló-
gica de la existencia de Dios se encuentra la mi sma con-
versión de l concepto absoluto en el ser que en la época
moderna hizo sali r a luz la hondura de la idea , pero
que en la contemporánea se ha dado por cosa in con-
cebible; y en virtud de lo cual, puesto que la verdad
63
sólo es la un idad del concepto y del ser existente, se
ha desi stido del conoci miento de la verdad »e.
Aun cua ndo la razón hegeliana se opone a ser me.
rament e subjetiva y negativa, aunque oficia repetida.
mente de portavoz de lo contrapuest o a tal razón sub-
jetiva e incluso encuentra gus tosamente la razón en lo
irraciona l, Hegel -no reduci rá a obediencia al que pro-
teste ha ciendo meramen te qv c le sepa bien , como si
fuese cos a propia, lo heterónomo y ena jenado; ni ta m-
poco me ramente lo ad octrinará sobre que de nada sir-
ve dar coces cont ra el agu ijón; sino que supo rast rea r
ha sta lo más int imo que el dest ino de l hombre en ge-
neral sól o puede rea liza rse a t ravés de aque llo qu e está
ena jenado, sólo algo así como a tra vés de l exceso de
pode r del mundo sobre el sujeto: debe apropiarse los
po deres qu e le son ene migos , en cierto modo int rodu -
cirse en ellos de con trabando. Hegel dio ent rada en la
filos ofía al ardid de la razón para hacer plausible que
la razón ob jetiva, la realización efectiva de la libertad,
sa lga con bien merced a las ciegas e ir raciona les pa-
siones de los ind ividuos hi st óricos; concepción que de-
lata algo del núcleo experiencia! de su pensamiento:
es tá lleno de ardides, y espera que sea suya la victoria
sobre el incontrast able poderio del mundo (hast a el
fondo del cual ca la si n hacerse ilu siones), ya que tal
poderío se vue lve contra él mi smo, hasta t ra nsfor marl o
de un vue lco en otro. En la conversación con Goet he
qu e nos ha transmitido Ec kerman n, en la que se quitó
la .care ta como en muy pocos lugares, defini ó Hegel la
dialéc tica como el es pírit u de con tradicción organiza.
do; con lo cual mi ent a a la vez, y no en último término,
ese tipo de ardid (al go as í como una gr an di osa gra má-
tica parda campesina) que ha aprendido durante ta nto
" WW 7, págs. 387·8.
64
tiempo a agazaparse bajo los podero sos y a ada ptarse
nuevamen te a sus necesidades que puede arrebatarles
el poder de las manos-según divulga la dialéctica del
se ñorío y la servidumbre, en la Fenomenologia-:-, Es
sabido que Hegel, a lo largo de toda su vida, incluso
cuando pretendidamente era el filósofo político prusia-
no, no renunció a lo suabo, y los informes que tenemos
sobre él toman nota una y otra vez. atónitos, de la
asombrosa sencillez en la forma de ser de aquel escr i-
tor excepcionalmente difícil: guardaba imperturbable-
mente fidelidad a su origen, lo cual es condici ón de un
yo robus to y de toda elevación del pensamiento. Cierta-
ment e, ta mbién desempeña en ello un papel un mo-
mento no resuelt o de fa lsa positi vidad; pues fijaba lo
ya dado , dentro de lo cua l se encont raba de una vez
y para siempre, como quien creyese re forz ar su di gni-
dad anunciando con gestos o pa labras que es una pero
sana de procedencia humilde, Pero tal ingenuidad de
quien nada tenía de ingenuo, y a la qu e corresponde
en el sistema la reconst rucción de la inmedia tez a todos
sus niveles , da testimonio, un a vez más , de una astucia
genial, especialme nt e frente al sordamente pérfido re-
proche de artificioso y arcbísut ll qu e desde entonces
se vi ene repitiendo incansablemente con tra todo pen-
sa miento di aléctico; y en la ingenuidad del pensa r que
se halla t an próximo a su objeto como si lo tratase de
tú a tú , salvó-e-dicho con las pal abra s de Horkheimer-
é l, por lo demás, ta n adult o Hegel una par te de su in-
fancia, el valor de tener debilidad, que le inspira a és ta
ingen io para que, pese a todo, acabe por vencer a la
ma yor dureza.
Indu dablemente, también bajo este aspect o la filo-
sofía hegeli ana (acaso más dialéctica de lo que é l mis-
mo se figuraba ) se encuen tra colocada sobre el lilo de
la navaja; pues, por poco que quiera haber «desis tido
65
5
del conocimiento de la verdad», es innegable su ten-
dencia a la resignaci ón: querría justificar lo exist ente
llamán dolo incl uso raciona l, y deshacerse de la refle-
xión que se eriza cont ra semej ante cosa medi ante la
consideración que insist e en lo complicado que es el
mundo y extrae de ello la sabia conclusión de qu e
no es posible transfonnarlo. Si hay un pasaje en qu e se
presente aburguesado Hegel. éste es; no obsranre lo
cual, sería algo subalterno administrar justicia inclu so
a est e respecto, pues lo más discut ible-y también, por
ello, lo más difundi do-de sus doct ri nas, eso de que la
rea lidad seri a raciona l, no era mera mente apologét ico,
sino que la razón se encuent ra en él formando cons te-
lación con la liberta d: la razón y la liberta d serian un
sinsent ido una sin la ot ra . Lo real únicamente puede
se r t enido por racional en cuanto que sea t ransparent e
a [a idea de la libert ad, es to es, a la autodeterminación
real de la humanidad; y quien escamot ee de Hegel esta
here ncia de la Ilust ración, y proclame airadament e que
su lógica propiamen te no tiene na da que ver con la
construcción raciona l del mu ndo, lo fal sea. I ncluso all í
donde. más tarde, defiende lo posit ivo, lo que e n su
j uventud había atacado (esto es . lo que hay), a pela a
la razón, que concibe lo que merament e haya como
algo que es más que el mero haberlo , que lo conci be
bajo el aspecto de la autoconciencia y de la nutolibe-
ración de los hombres; pues Jo mismo que el idealismo
absolut o no puede desp renderse de su origen subjetivo
en la razón del individue singu la r, que se au todefiende
a sf mi sma. ta mpoco puede hacerlo su conce pto de ra-
zón objetiva (ya en la filosofía kantiana de la historia
la aut od efensa pasa de un vuelco, en virtud de su pro-
pio movimiento, a obj et ividad, a «humanida d», a una
socieda d j usta ). Cosa que es lo único que induj o a He.
gel u definir la razón subj etiva (momento necesario del
66
espíri tu absoluto) como lo general al mismo ti empo:
la razón de cada individuo singu lar, por la que comlen-
za el movimiento hegeliano del concepto en la dialéc-
tica de la certeza sensible. es ya siempre potencialmen-
te, aun cuando ella no lo sepa, la razón de la especie.
Todo lo cual es tamb ién verdad con respecto a la, por
10 demás, falaz doctrina del idealismo que coge la con-
ciencia trascendental. que es una ab stracción a partir
de la individualidad, y. pese a que re mite genét ica y
lógicamente a ésta, la instala como algo en sí y sustan-
ci al. El j énico carácter de la filosofía de Hegel se ma-
nifiest a ante todo en la ca tegoría de lo individual; él
comprendió ta n perfectamente como su a ntípoda Scho-_
penhauer el momento de apariencia qu e hayen la indi- _
vidualización, la obstinación con que cada cual se em-
e-n lo que meramente sea, la est rechez y parti cu-
lari smo del interés del individuo; pero, no obst an te
todo ello, no expropi ó a la obje tividad o esencia de su
referencia al individuo y a lo inmed iato: lo gene ral es
siempre. al mismo tiempo, lo particular, y es to, lo ge-
neral. La dialéctica, al despiezar esta relación. hace j us-
tici a al campo social de fuerzas, en el que todo lo in-
di vidu al se encuentra ya de antemano socialmente
preformado, pero en el que nada se realiza sino a través
individuos; y_ las...Eat ego!:!as dJE.....rarticula.r Y
neral, de indi viduo y de soc iedad han de darse por bu!"
nas tan poco como las de suje to y_obje to , _de_igt!al for-
ma que no ha de interpreta rse el proceso ent re
y otra cosa como si aconteciese ent re dos polos inmu-
tables: sólo en la conc reci ón hist órica se t iene que for-
mar la part icipación de ambos momentos, lo que e n
definit ivasen. Si n embargo, aunque en la const rucción
de la filosofía hegeli ana se acentúa con el máximo de
fuerza lo general y, en último término, lo institucional
frente a la caducidad de lo sustancial del individuo, en
67
todo ello ha bla algo más que el acuerdo con el decurso
del mundo, algo más que el módico consuelo acerca de
la caducidad de la existencia de que es precisamente
caduca, y nada más: mientras que la filosofía de Hegel
saca la más acabada consecuencia de l subjetivismo bur-
gués, o sea, concibe propiamente la to talida d de l mun-
do como un producto de trabajo-si se quiere, como
me rcancía-,-, él a cabo al mismo t iempo la más
inci siva crítica de la subjetividad, que excede amplia-
mente a la discriminación fichtiana       e indi-
viduo; pues Hegel, por su parte, desarroll a el no yo,
que en aquél era algo pues to abstractamente, 10 somete
a la dialéctica y lo convierte de modo concreto (esto es ,
no general, sino con la determinaci ón Íntegra de su con-
tenido) en la limit ación del sujeto. Y mient ras que Rei-
ne- sin duda alguna, no el menos entendedor de sus
oyentes-capta preponderantemente en la doctrina he-
geliana un ha cer valer la individualidad, en innumera-
bles estratos de l sistema se encuentra és ta tratada con
verdadero menosprecio; mas ello refleja ' la ambigüedad
de la sociedad burguesa, qu e en Hegel, frent e a la indi-
vidualidad, logra verdaderamente llegar a aut oconcien-
cia : a esta sociedad, el ser humano en cuanto produc-
tor libre de ataduras le parece autónomo, heredero del
legislador divino , virtualmente todopoderoso; pero, al
mismo tiempo, el indivi duo singular (que en ella es, en
verdad, mero agente del proceso social de producción
y cuyas necesidades propias quedan en cier to modo
perfiladas en común a lo largo de tal proceso) resulta
ser, por tanto, algo totalmente impotente y anulado.
Hegel, en contradicción no resuelta con el éntasis hu-
manístico, prescrib ía exp líci ta e implícitamente a los
hombres que se sometieran, en cuanto ejecutores de
un trabajo soc ialmente necesario, a una necesidad
extra ña a ellos; con lo cual encarna tcoréucamente la
68
an tinomia de lo general y lo particular en la sociedad
burguesa; pero al formularla sin contemplaciones la
hace más perspicua de lo que nunca lo había sido, y la
critica incluso al defenderla: puesto que la liber tad ha-
bría de ser la de los individuos singulares reales, des-
precia su apariencia, el individuo, que se porta en me-
dio de la falta general de liber t ad como si f uese ya
libre y general. El saber que la razón únicamente t iene
esperanzas de realizarse, de convertirse en una reali dad
racional, cuando señala el punto de apoyo de l cual ha-
brí a que desquiciar la antiquísima carga del mito, este
saber igual a a la confianza hegeliana de que a la razón
tcor étíca le sería posible ta l cosa; en cuanto a tal carga,
es el mero ente, que se abroquela, en último tér mi no,
en el indi viduo; y el punto de apoyo es su razón toma-
da como la de l ente mismo. La apologética y la resig-
nación hegelianas constituyen la máscara de per sonaj e
burgués que se ha puesto la utopía para no ser reco-
nocida inmedi at ament e y sorprendida, para no perma-
necer en la impotencia.
Es posible que en la postura que toma la filos ofía
de Hegel con respecto a la moral (postura que forma
un momento de la crítica que él efectúa de la categoría
de individualidad) se patenti ce al máximo lo poco que
se agota en el concepto de lo bur gués. Fue él, cier ta-
mente, el primero que, en la Fenomenología, dijo expre-
que la desgarradura entre el yo y el mundo
atraviesa además el mismo yo, . que- dic.ho las Pe-
labras de Kroner 36_se conti núa en el interior de l indi-
viduo y escinde su querer y su obrar de ac uerdo con
objetiva o subjetiva:" tempranament e
supo él que el in di viduo mismo es t anto algo que fun-
ciona socialmente, algo deter minado por la «cosa» (a
l . Kroner, op. cit ., H. pág. 386.
69
r
sa ber : su trab ajo), como una entidad pa ra sí mi sma,
con inclinaci ones, in ter eses y disposiciones especi fica s,
y que es tos dos momentos apuntan diversamente. Mas
por ello, la actuación purament e moral , en la que el
individuo se figur a poseer se to tal y ent eramente a sí
mismo y darse a sí mismo la norma , se vuelve ambi -
gua, UD autoenga ño: y la moderna psicología anal ítica.
a l reconocer que lo que el ser humano singular piensa
de sí mismo es en gran medida aperí encíal. mera era-
cíonalizaci én», ha acompañado a una parte de la es-
peculación hege liana. Hegel derivó el tráns ito de la
autoconci enci a moral pura a la hipocresía ( que luego
se convierte completa mente, con Nietzsche, en el punto
critico de penetración de la filosofía> del momento de
su falsedad objetiva; y si bien, sin duda, hay formula-
ciones qu e hi stóricamente forman un todo con la cri-
tica poskantiana-digamos, schilleri ana-de la rigur osa
ética de Ka nt (así. la que encont ramos en la Fenome-
nología ac erca de l «dur o coraz ón» que r eclama insis-
tentemente la pu reza de l mandamiento del deber), pre-
ludi an ya. a l mi smo tiempo. la doctrina niet zscheana
del resentimien to, de la moral como evenganzae. La
afirmación hegeliana de que no ha y nada moralmente
real no es ningún mero momento de l paso a su doc-
trina de la eticida d objet iva, sino que en ella irrumpe
ya el reconocimiento de que lo moral en mod o algu no
se entiende a si mismo, de que la conciencia moral no
es ni nguna garantía de actuar con justicia y de que la
pura autoinmersión del yo en lo que ha ya qu e hacer
o qu e no hacer se enreda en absurdo s y fa tuidades.
Hegel continúa cierto impulso .de la Il ust ración radi-
cal: no contrapone el bien a la vida empírica a modo
de princip io ab stracto, de idea suficiente en sí mi sma,
sino que 10 vinc ula, de acuerdo con su pr op ia sustan-
cia , a la formación de una totalidad justa-c-preci samen-
70
te a lo que aparece en la Critica de la razón pr áctica
bajo el nombre de humanídad-c-: y de esta suer te tras-
ciende Hegel la separación burguesa ent re el ethos
como algo que, sin duda, obliga incondicionalmente,
per o que es exclusivamente válido para el sujeto, y la
objetividad de la sociedad, que prel endidamente seri a
sólo empírica. Tal es una de las más grandiosa s pers-
pect ivas de la medi ación hegeliana entre el a priori y el
a- posteriori. I nesperada es también la mordacidad de
esta forma de expresarse: • Puesto que la moralidad
es, en gene ral, imperfect a, está fuera de lugar, y sólo
tiene un fundamento ar bi trar io, la desi gnación de un
individuo como inmoral ; por lo cua l el juicio de la
experiencia no t iene otro sentido ni cont eni do que el
de que a algu nos no les debe ca er en suer te la bienaven-
t uranza en sí y para si: o sea, es envidia que adopta
las apari encias de la moralida d; mientras que la razón
por la que otros de berían t ener pa rte en la llamada fe-
licidad es la buena amist ad , que permit e y desea para
ellos y pa ra sí mismo t al gracia, es deci r, tal azars " ,
Ningún mero burgués hubiera hablado así : pues en la
glorifica ción burguesa de lo existent e se encuentra in-
duida siempre, además, la ilusión de que el individuo,
el puro ente para sí, por ser lo que el sujete se mues-
tra necesariamente a sí mismo en lo existente, sería
dueño del bien; ilusión que Hegel ha echado por tier ra.
Su crítica de la soci edad es ir reconciliable con aquella
apología de la soci edad que , para mant enerse en su
propia inj ust icia para con la vida, necesita de la ideolo-
gía moral de l individuo singular y de su desdén por la
felici dad.
Una vez que se mi ra a través del cliché de la bur-
guesldad de Hegel se deja de ceder a la sugesti ón de
" Hegel, WW 2, pág. 479 [ed. crt t ., pág. 440; v. cas t., pág. 3651.
,
71
Schopenhauer (y, luego, de Kierkegaard) , que despa-
charon a su persona como conformista e insignificante,
y no en últ imo lugar extrajeron de ahí el veredicto emí-
tido cont ra su filosofí a. Para honra suya , Hegel no fue
un pensador existencia l (en el sent ido inaugurado por
Kierkegaa rd y hoy pervertido a frase pagada de si mi s-
ma ); y el hecho de que no le siente bien la más recien-
te-y, entre tan to. ya raída-versión del culto de la
per sonalidad no le degr ada a profesor metido en su
docencia. bien sit uado e indiferente a los dolores de
los hombres, tal y como con negros colores le pinta-
ron, con t anto éxito en la posteri dad, Kierkegaa rd y
Schopenhauer ; cosa que sucedió t ra s de que este últ i-
mo hubiese mostra do personalmente frente a Hegel in-
finit amente menos human idad y largueza que el ancia.
no, que le confi rió la habili tación [docente uni veraita-
rla] , pese a que, en una insensata disputa habida en el
coloquio, presumió arrogantement e frent e al filósofo de
sólido y compete nte investigador cientffico-natural. La
crítica hegeliana aventa jó a esa noción de existe ncia
( que pre t ende tener los triunfos cont ra él) mucho an-
tes de que la exis te ncia, el ser humano filosofante y su
autenticidad se ufanasen y. después, incluso se es table-
ciese n académicamente. Como la me ra persona empirt-
ca del que piense se qu eda a trás con respect o a l pode-
río y la obj etividad del pensamient o por él pensado.
cualquiera que sea és te, la pretensión de verdad de un
pensamiento no es su acomodación por copia al que
piense. ni una mí sera repetición de lo qu e simplemente
sea; sino que semejante pretención se acredita en aqueo
110 que excede del encogimiento en el mero est arse ext s-
tiendo ( Dasein ], aquello en lo cual el ser humano aís-
lado, para salir con bien, se desprende de sí mismo;
desprendimento de que dan muest ra los apasionados
ademanes de Hegel, la faz, hundida de tanto pensar, de
72
quien lite ralmente se r educe a cr ue les cenizas. Y su
burguesa insignificancia es el inconmensu rable esfuer-
zo. marcado con la propia imposibilidad, por pensar lo
incondicionado y llevarl o a buen término (imposibili-
da d que la filosofía hegeliana refleja en si co mo decha-
do de la negatividad mi sma); frente a lo cual es suma-
me nte comed ida la apelación a la autenticidad, el ri esgo
y las sit uaciones límite. Si verdaderamente se ti ene ne-
cesidad en la filosofía del sujeto pensant e. tal vez sin
ese elemento que hoy circul a bajo la ma rca de fábrica
de lo exís tenciarí o no es posible lograr ninguna cala en
la objeti vidad de la cosa misma, entonces semejante
moment o no se legi tima allí donde afecta es ta rlo, sino
donde, por virtud de la di sciplina que le impone la
cosa. rompe su autoafirmación y se extingue en ella ;
tal es la vía seguida por Hegel como apenas nad ie la
ha seguido. Pero en el mi smo instant e en que el mo-
mento existencial se sos tiene a si mismo co mo funda-
men to de la verdad, se convierte en me nti ra; y también
reza con ella el odio de Hegel a quienes otorgan el de-
recho de la entera verdad a la inmedia tez de su expe-
ri enci a.
Es incomparabl e la plenitud expe riencial de que en
él se alimenta el pensamiento: experiencia que queda
acuñada en el pensami ento mismo. pero nunca como
mera materia. como «material» o incluso como ejemplo
y comprobación exterior : el pensamiento abst ract o se
re transforma a través de 10 expe rimentado en algo
vivo. y la mera materi a igualmente, merced al impulso
del pensar (como podr ía demostrarse sobre cualquier
frase de la Fenomenologia del espí ritu], Lo que-en la
mayoría de los casos, muy injustamente- se celebra en
los artistas, la sublimación, le fue dado, en realidad ,
a él; pues, verdaderamente, sublimó la vida en dest e-
llos multicolores, en la recapitulación en el espírit u.
73
Mas en modo alguno ha d e imaginarse la sublimación
hegeliana como si fue se una y la mi sma cosa con la
profundización íntima: su doctrina del desprendimien-
to, lo mi smo que la critica de la subjet ividad para sí
y ciega, «fatua » (crítica que lleva a cabo coinci diendo
con Goethe, y que se sale fuera del ideali smo), es cosa
contrapuesta a la profundización ínt ima , de la que in-
cluso su persona apenas muestra hue llas. El ser huma-
no Hegel absor bió dentro de si en el espírit u-como
el sujeto de su doctrina- ambos, el suje to y el obje to:
la vida de su espírit u fu e en si de nuevo toda la vida;
de ahí qu e su retracci ón de la vida no deba confun-
dirse con la ideología de la ab stención del sabi o. En
cuanto espíritu sublimado, la persona resuen a con lo
exte rior, lo vivo y corporal, lo mismo que una gran
música; y la filosofía de Hegel susurra ; como con su
oyent e y crít ico Kierkegaard, podrí a hablarse de u n
cuerpo espirit ua l. Su promet ida , la baronesa Marí a ven
Tucher, le tomó a ma l que añadiese en una carta que
ell a ha bía escr ito a la hermana de Hegel las pa labras :
_Esto te hará ver lo feli z que puedo ser con ella du-
r ant e todo el r es to de mi existencia, y lo feliz que ya
me hace--en la medida en que la felicidad ent re en el
destino de mi vida- haber alcanzado semej ante amo r ,
que jamás pod ía haber espe rado en este m u n d o ~   es-
las privad as pa labras son lodo el anti privado Hegel ;
y el pensamiento qu e al ber gan se reviste posteriormen-
t e en el Zaratrustra con una forma poét ica: _¿Pers igo,
acaso, la felicidad? Yo persi go mi obra . (mas la seque-
dad y sobriedad, casi comerciales, en que con Hegel se
desinfla de todo énfas is 10 supre mo confiere a l pensa-
mi ento una dignidad que és te pierde en cuanto inst ru-
JOKuno Fischer : Hegels Lebe" , Werke und Lchre, Heidelberg,
1901, 1.' parte, pág. 87.
74
menta con trompetas el propio énfasis) . El des tino de
aqu ella vida es taba adherido a] contenido de su filoso-
fía; ninguna se ha abismado más en la riqueza, ningu- -
na se ha mantenido tan imperturbablemen te en medio
de la experiencia, a la que se confió sin reservas; e in-
cluso los hitos de su fracaso est án acuñados por la
verdad mi sma.
75
LA SUSTANCIA EXPERIENCIAL
Acerca de algunos modelos de la experiencia espi-
ritual es preciso ocuparse de cómo ésta motiva objeti-
vamente (no, por ej emplo, biográfica o psicológicamen-
t e) la filosofía hegeliana y con stituye su sustancia veri-
tativa. Mas el concepto de experiencia permanece de
est e modo todavía en el aire: sólo la representación
puede concretarl o. Tal concept o no apunta a ninguna
«exper iencia originaria» fenomenológica, ni tampoco
- como hace la interp retación de Hegel de las Sendas
perdidas heideggerianas-a lo ontológico, a la «pal abra
del ser», al «ser del ente» 1: de acuerdo con la propia
doctrina hegeliana, del avance del pensamiento no ca-
bría destilar nada de semejant es cos as; nunca hubie-
ra admitido su pensamiento la pretensión heideggeriana
de que «el [ . .. ] objeto que en cada caso, en la historia
de su formación, surge ante la conciencia no es na da
que sea verdadero, que sea ente, sino la ver dad de lo
verdadero, el ser del ente, el aparecer de lo aparecí en-
te»2, ni lo hubiese bauti zado nunca, además, con el
nombre de exp eriencia; sino que, para Hegel, lo que
'Mar tin Heidegger: Holzwcge, Frankfurt del Main [Klostcr-
mann], 1950, pág. 166 [versocasto de J. Rovira Arrnengol : Sendas
perdidas, Buenos Aires, Losada, 1960, pág. 151].
, [d., pá g. 170 [v. cast., pág. 155].
77
1/
en ca da ca so se tenga y a que se re fiera la experiencia
es la moviente cont radicci ón de tal verdad absolut a.
Nada se sa be ..qu e no esté en la experíencía » ' . luego
tampoco aquel ser en el que la ontología existenci al
malcoloca el funda mento de lo qu e es y es exper imen-
tado: en Hegel. el ser y el fundamento son edeter rni-
naci ones reflexivas.., ca tegorí as insepa ra bles del sujeto.
como en Ka nt; y la suposición de la exper iencia como
un modo del se r, como algo presubjet ivamente eacon-
t ecídoe o «despejado.. es, simplemente, incompati bl e
con la fonna en qu e Hegel aprehe nde la experi encia
-como ernovlmiento dialéctico que la conci encia efec .
túa en si mi sma. tanto en su saber como en su objet o.
hast a el punto de que el nuevo objeto verdadero brote
ante ella a partir de él .
4

Per o tampoco nos referi mos a obser vaciones aisla-
das empíri cas que en la filosofía de Hegel se elabora-
sen sintéticame nte (la sus tanc ia experiencial de la filo-.
seña hegeli ana no está temát icamente en ella); sino
que lo entend ido toca más bien a lo que él llama, en
la Int roducción a su «Sistema de filosofía » ", la _pos-
tura del pensamiento con respecto a la obj et ividad..,
esto es, la de l suyo propio. Intentaremos traduci r a
una posible expe rienci a ac tual lo que se le abri ó esen-
cialmente. lo que vio en el mundo; si bi en ello má s acá
de las categorí as t radicional es de la filosofía (incluso de
la hegeliana) y de su cri t ica; no entramos a cons iderar
la controversia sobre la pr iori dad hist óri co-espir it ua l
' Hegel, WW 2, pág. 613 [ed. cr tt., pág. 558; v. cas t ., pág. 468J.
• Id., pá g. 78 (cd. crí t., pág. 73; v. cas t., pá g. 581.
• Recu érdese que Hegel no escribió la «obra» titulada SiMe·
ma de fil osofía , sino el compendio Enciclopedia de las cie'lcias
filos óf icas, con cl cual y los apunt es de diversos cursos sobre
temas t ratados en tal «enciclopedia» redactaron los discípulos
el libro a que alude Adorno. (N . del T.)
78
en la biografía de Hegel de los mot ivos teol ógicos o so-
ciopclít icc s, ni nuestro in terés afecta a qu ien. como él,
ha ya Ll egado subj etivamente a esta o aq uella doctri na ,
sino-con espírit u hegeli ano-a la presión de lo objet i-
va mente apareclente que se refl ej ó y templó en su filo-
sofía. También dej aremos de lado lo que ha quedado
codificado como efec to hi st órico suyo, es to es, la con-
ce pci ón del concepto de evolución y su vinculación con
la estática metafísica p r o   ~   n t   de Plat ón. e incluso
de Ari stó teles. así como t odo lo que ha pasado a las
ci encias particulares; por lo tanto, vamos a preguntar
po r lo qu e su filosofía exprese como ta l: qué es lo que
tendrá- y no en último t érmino-e-su substancia que la
hace no agotars e en resultados de ciencia s par ucu-
lares.
Parece que ya es t iempo de plantear un recurso a
ello ; la t radi ción (por lo menos la de l idea lismo alemán
poskantiano, que encontró su for ma má s expresiva en
Hegel) ha quedado descolorida, y la te r mi nologfa, ab-
sor ta y lejanfsima desde muchos puntos de vista. En
conj un to. la acti tud hegeliana se mant iene en di rección
t ransversal al programa de asunción inmediat a de lo
llamado dado como base inconmovib le del concctmlen-
to: programa que. ya desde los dí as de Hegel, se ha
. vuelto ca si obvio no meramente para el posit ivismo.
sino también para sus autént icos enemigos, como Berg-
son y Husserl. Cuanto menos sufran la inmediat ez hu .
mana los omnipresentes mecanismos de mediación del
intercambio. tanto más se apresurará una complaciente
fil osofía a aseverar que posee en lo in medi at o el funda-
mento de las cosas; y este espírit u ha triunfado sobre
la espec ulaci ón, tanto en las ciencias costeas como en
sus adversarios. Pero no se trata de que hayan cambia.
do los est ilos de pensar o las moda s filosóficas (como
aca so imaginen los enfoques este uzante s y ps lcologi-
79
zantes de la hist oria de la filosofía) ; por el contrari o,
el bien cult ural, empujado por una presión y una nece-
sidad: la presión del sentido crítico y la necesidad ya-
cente en la tendencia evolut iva de una sociedad que
cada Vt. "7. ha honra do menos la prognosis hegel iana se-
gún la cual sería espíritu abs oluto, sería racional. Hasta
los pensamientos firmemente acuñados poseen una hi s-
toria de su verdad, y carecen de supervivenci a: no per-
manecen en sí indifere ntes frente a lo que les suceda;
ahora bien : la filosofía de Hegel (y todo pensar dial éc-
tico) se doble ga hoy a la para doja de qu e está anti-
cuada con respecto a la ciencia y, a la vez, es más ac-
tua l que nunca frente a ella ; y el qu e la concienci a
actual de Hegel- no pa se de ser un renacimien to aca-
démico, anticuado hace ya largo tiempo, o que ca pte
una sus t anci a veritativa que se nos de be depende de
que carguemos con tal para doja, y no la tapemos con
una «vuelt a a. o con una sepa ración entre ovejas y ca-
britos en el interior de la filosofía hegeliana. Si no se
qu iere conservar (con ba stante menos que con toda el
alma) Jo qu e se alaba como su sentido de la realidad
yaguar, sin embargo, su filosoffa, no se t iene otra op-
ción que referir incluso los momentos suyos que hoy
nos resultan ext ra ños a las experiencias que encierra
és ta , por muy cerradas que estén bajo siete llaves, y
aunque su verdad se hall e oculta.
De este modo no entregaremos a Hege l al empiris-
mo, sino que seremos fieles a su propia filosofía : man-
tendremos el deside r átum de la crí tica inmanente, que
se cuenta en tre las piezas cen tra les de su método. Pues
la filosofía hegeli ana reivindica encontrarse por enci-
ma de la oposición en tre racionalismo y empirismo, lo
mismo que sobre todas las oposiciones rígidas de la
t radi ción filosófica; rei vindica, por consig uiente, tanto
haberse adueñado del espíri tu en sus experi encias in-
80
ter pre tar ívas del mundo como construir la experi encia
en el movimiento del espíritu . Y para tomarle la pal a-
bra a su filosofía basta, poco menos que sin preocupar-
se por su lugar en la historia de la filosofía, hacerla
que vuelva sobre su núcleo experiencial, que debe ser
una y la misma cosa que su espíritu (él mismo identi-
fica la experiencia con la dialécti ca en un pasaj e-tam-
bién ci tado por Heidegger-de la «I nt roducción. a la
Fenomenología S) . Pero si, frente a esto, se pro testa di-
ciendo que asf se escogen de antemano ca tegorí as y doc-
trinas aisladas, sin ace ptar de una vez un sist ema con-
cl uido (que, sin embargo, según él, sería lo único que
decidiría sobre todo lo ai slado y singular), su propia
intenci ón pone una vez má s a cubierto t al cosa: el sis-
tema no es nada que se excogíte abst ractamente pri-
mero, no es ningún es quema omnícomprenslvo. sino el
cent ro de fuerzas que actúa, latente, en los momentos
singu la res; y ést os , por sí mismos, por su movimiento
y su te ndencia, salen disparados a formar un todo, que
no es nada fuera de sus det erminaciones particu lares.
Por lo demás, desde luego, no hay ninguna garantía de
que la reducción a exper iencias haya de confir mar aque-
lla identidad de los opuestos que en un mi smo punto
for ma el supuesto previo y el result ado del método he-
geliano: tal vez la re ducción pierda la vida ante la pre-
tensi ón de identidad.
No se debe silenciar la dificultad específica del co-
mienzo. En las es cuelas de t radición human a, que lo
emplea n enfát icamente, el concepto de experiencia ha
hecho de l carácter de inmediatez incluso un crit erio, a
saber , de inmediatez al sujeto: con «experi enci a» debe-
t ia llamarse lo que esté inmedi at ament e ahf, dado in-
mediatamente, algo así como puros añ adidos del pen-
' Cf. el text o, págs. 24-25.
81

sa mi ento y, por ello. infalible. Pe ro la filosofía hege-
liana desafia a este concepto de inmedi atez y. con él,
al tan difundido de expe rie ncia: ..Frecuent emente tie-
nen los hombres por super ior a lo inmediato. y se figu-
ra uno como dependient e lo medi ado; mas el concepto
tiene ambas caras: es mediación merced a deja r en
sus penso , e igualmente sucede con la inmediatez»6;
según él. no hay nada ent re el cielo y la t ierra que no
est é «mediado», y que, por lo t anto, no encierre en su
determinaci ón de lo que mera mente sea la reflexión de
su mero estarse ahí existiendo, un momen to espir itual:
«... la mi sma inmediatez está esencialmente mediada s 7.
Si bien la filosofía kan tian a (que Hegel pres upone en
toda polémica) inten tó despoj ar a todo conoci mie nto
válido de tes Iormas del es pír itu , en cuant o cons ti tu-
tivo s suyos, Hegel . para sortear la separaci ón de Kant
entre fonna y conte nido, interpretó todo ente como
algo al mismo tiempo siempre esp iritual; y no es el
más insignificante de sus hall azgos gnoseológicos e l de
que incluso los momen tos en los qu e el conoci miento
se figura poseer lo que para él es último e irreductible
son t amb ién siempre, a su vez, producto s de la abs trac-
ción y, por ello, del «espíritu». Aclaremos simplemente,
al respect o, que. por ejemplo. las llamadas impresio-
nes sensoriales. a las que la antigua te oría del conocí-
mi en to re trotraía todo saber , son. por su parte, meras
construcciones, que no se dan puramente co mo tales
en la conciencia viva; de modo que. por ej emplo. no se
percibe ningún rojo aislado (a partir del cual se com-
pusiera n luego las llamadas síntesis superiores) fuera
de las condicion es del laborator io, preparadas y extra-
ñas al conocimi en to vivo: aquellas supuesta mente ele-
• Hegel , WW 9, pág. 58.
' WW 15, pág. 174.
82
men tales cualidades de la inmediatez se presentan siem-
pre como ya ea tegorialmente prefonnadas, por lo cual
no es posible separa r limpiamente como «capas. los
momentos sensible y categoria l. «La empine no es un
mero observar. oír. sentir. etc.; no es percibi r lo singu-
la r. sino que estriba esencialmente en encontrar espe-
cies. lo general y leyes ; y al hacer que salga todo es to
a luz concuerd a con el fondo del concepto »' , La ci encia
modern a ha dado alcance a est a antipositivist a inte-
lección de Hegel en la medida en que la t eoría de la
forma ha hecho patente que no se da ningún «est o-
se nsible a islado y sin cualificar. sino qu e siempre se
encuent ra ya estruct urado; pero es ta teorí a no ha sacu-
dido la primacía de l dato fác tico. ni la fe en su preemi -
nencia con respecto a los añadidos subjetivos. y ha
armonizado de esta suerte el conocimiento : de igual
manera que para el posit ivismo do dado era inmediato,
para ella es inmediata su uni dad con la forma, es una
especie de cosa en si en medio de la inma nencia de la
concie nci a; y la teoría de la forma concede sólo de
modo acc idental, vali éndose de distinciones como la de
las buenas y ma las formas (que, por su parte, caen den.
tro del concept o ya de antemano sancionado de forma ),
que la forma y el dato-que la antigua epistemología
había distinguido en bruto-e-dejan una vez más de re-
cubrirse sin solución de ,conti nuidad. Mas Hegel se ha-
bía elevado muy por enci ma de todo es to ya en la Feno--
menología del espíritu, al demoler la t esis de la mera
inmediatez como fundamento del conocimiento y echar
abajo el concepto empirista de experiencia (si n glorifi-
car. con todo, lo dado como algo dotad o de sentido).
Es caracter íst ico de su método que haya med ido a la
inmediatez con su propia medida, y que haya mostrado
• WW 19, pág. 283 [v, cnst., pág. 219].
83
que no es tal; la crit ica en principio (no simplemente
de modo atomí stico-mecánico), puesto que lleva ya
siempre en sí mi sma algo distint o de ella, la subj etivi-
dad, sin la cual, en último t érmino, no esta rí a «dada»,
y que no es ya, en cuanto ta l, una obj et ividad: «El
pri ncipio de la experiencia conti ene la precisión, infini-
t amente importante, de que para asumir y dar por bue-
no un contenido tiene que estar cabe él 'el ser humano
mismo; más precisamente, que encuentra dicho cont e-
nido en unidad y aunado con la certeza de sí mismo»9.
Sin embargo, con ello no sacrifica Hegel el concepto de
inmediatez (si así no fuese, su propia idea de la expe-
riencia perdería todo sentido razonabl e): «La inmedia-
tez del saber no solamente no excluye su mediación,
sino que están entre sí tan vin culadas que el saber in.
mediato es incluso producto y r esultado del medi a-
do»JO; as í, pues, es tan dif ícil hablar de la mediación
sin algo inmediato como, a la inversa, enc ont rar a lgo
inmediato que no esté mediado. Pero él no cont rapone
rígi damente por más tiempo ambos momentos: se pro-
ducen y reproducen recíprocamente, se forman de nue-
vo a cada nivel y únicamente en la unidad del todo se
desvanecen, reconci liados. «Mas la misma lógica, y t oda
la filosofía, es ej emplo del hecho de semejante conocer ,
que no avanza ni en una inmediatez ni en una media.
ci ón unilaterales »JI ; sin embargo, de esta forma parece
que el propósito de hacer que la filosofía hegeliana
vuelva sob re las experiencias está juzgado, a su vez, por
el veredicto que ella lan za al encarecer al máximo el
criti cismo kantiano; pues la única experi enci a de que
• WW 8, pág. SO.
IOId., pá¡. 182.
1I Id., pá g. 181.
84
puede tratars e con Hegel y frente a él altera profun-
damente el concepto usual de experiencia.
Donde mayor dificultad ofrece apoderarse de la sus -
t ancia experiencial es allí donde la filosofía hegeliana
se hace a sí misma apartarse de quienes aclaman a la
experi encia como principio. I ndudablemente, como es
sabido, Hegel acentúa con la máxi ma energía el mo-
ment o de no yo que hay en el espíritu; pero impugna r
que haya sido idealista es, sin duda, una prerrogat iva
de las artes interpretativas que siguen la máxima de
hacer hablar por boca de ganso dondequi era que ven
el albur de aprovechar propagandí sticamen te la autc ri-
dad de un gran nombre; artes que t ienen que rebaj ar
a irrelevan cia aque lla frase según la cual la verdad se-
r ía esencialment e sujeto 12 (que, en definiti va, no de ja-
rí a ninguna differentia spe cíi ica que encont rar tras ella
en el sis tema hegeli ano). Más bien habría que buscar
la sustancia experie ncial del propio idealismo de He-
gel, que comparte el ideali smo con el conjunto del mo-
vimiento de los sis temas poskantianos de Alemania , en
especial con Fichte y Schelling. Pero este pe ríodo-aca-
so bajo la tenaz suges ti ón de Dilthey-se constriñe
siempre demasiado es trechamente a la pers pectiva de
los pensadores singul ares y de sus diferencias; en rea-
lidad, en los decenios que van desde la Teoría de la
ciencia hasta la muerte de Hegel, el ide alis mo era un
movimiento no tant o est ri ct amente individuado cuan-
to colecti vo: de acuer do con la terminol ogía hege liana,
un ét er de pensamient os; y és tos ni se ataban con ex-
clusivi dad a un sistema u otro, ni los individuos singu-
lar es los ar ticulaban siempre plenamente. (I ncl uso tras
la desunión de Schelling y Hegel se encuent ran en amo
bes-e-en Las edades del mundo de aquél y en la Feno-
«cr., por ejemplo, WW 8, § 2IJA, págs. 423-4.
85
menologio de éste-formulaci ones y seri es completas
de pensamientos cuyo autor no es más fáci l de Idenu-
fica r que lo era en su j uventud.) Lo cual. por lo de-
más. permit e también deshacerse de varias dificult ades;
pues aquellos escritores no operaban con conceptos ñ -
jades, como cierta filosofía po sterior, que hast a ha ele-
gido como dechado aquella ciericia a la que se resistió
la generación idea list a: en el cli ma de acuerdo col ee-
tivo era posible dar a conocer las propias opiniones
incluso cuando no se había logrado darl es un cuño in-
dividua l exac to y totalment e perspicuo; y acaso j usta-
mente la preocupaci6n por la exac titud haya sido con-
traproducente, ya que al producir la pr opiamente la
lesionaba, pues se sabía uno de acuerdo en punto a
ella . La sustancia exper iencial del idealismo no col ncl-
de sin más , en modo alguno , con sus po siciones gnoseo-
lógico-metafísicas. El énfasis conferido a la palabra «es-
pfrft u e, que acabó por hacerla sospechosa de hybris,
se volvió contra los primeros sfntomas de aque l ti po
de ciencia que a partir de entonces empuña el pode r
incl uso donde su propio objeto debería ser el espíritu;
impul so que puede rasrrea rse hasta en pasajes como
aquel del traba jo sobre La dif erencia [ent re los sis te-
mas filosófi cos de Fichte y de Schelling]: . Sólo en la
medida en que la reflexi6n se re fiera a lo absoluto será
razón, y su acto, un sa ber ; pero en virtud de tal refe-
rirse olvida su obra, quedando sólo la referencia. que
es la única realida d del conocimiento; por consiguiente .
no hay ninguna verdad de la reflexión aisl ada, del pen-
sar puro, sino la de su ani qui lamiento. Mas lo absoluto,
puesto que )0 produce en el filosofar la reflexión para
la conciencia, se convierte merced a ello en una tot a-
lidad objeti va, en un t odo del saber , en una organiza-
ción de conocimientos. En tal orga ni zació n, cada parte
es, a la vez, el todo, ya qu e cons iste en la r efer encia
86
a lo absoluto; mas en cuanto parte que ti ene otras
fuera de ella , es a lgo limitado. que sólo es merced a
las otras; ai slada en su confinamiento es insufi cient e.
y sólo t iene senti do y significado en vi r tud de su uni6n
con el todo. Por lo cual no se puede hablar de concep-
tos aislados y por si. de conocimientos ai slados. como
si fu esen un saber. Cabe que haya un conj unto de co-
nacimientos empíricos ai slados, que, en cuanto sabe r
de la experi encia, muestren su j ust ificaci ón en ésta.
o sea. en la identida d del concepto y el ser, del sujeto
y el objeto; mas preci samente por ello no constituyen
un sa ber científico, ya que ta l j usti ficación reposa en
una identidad limit ada y re lativa, y ni se legiti man
como par tes necesari as de un conj unt o de conocimien-
tos organizados en la conciencia, ni se reconoce en
ellos, medi ante una especulación, la referencia a lo ab-
scl utc» IJ. Hast a el idealismo total de Hegel posee ac-
t ualida d en cuanto crítica del tejemaneje. científico tan
imperant e hoy como ent onces (act ua lidad frent e a otra
cosa , no en sí) : el impulso-tan ciego como siempre-
por ensalzar el espír it u saca fue rzas de la resi stencia
cont ra el saber muer to, contra la conciencia cosificada,
que Hegel, a la vez, di solvi6 y, en su inevitabifidad , sal-
vó fr ente al romantici smo. Así, pues, la experienci a del
idealismo alemán poskan tiano reacciona contra la Iimi-
t ación provinciana, contra el con te nto en la división
del t rabajo dent ro de sec tore s de la vida prefijados de
una vez para siempre y .en el interior del conocimiento
orga nizado; y por ello poseen peso filos ófico escri tos
aparentemente periféricos y prácticos. como el Plan ra-
zonado [para la creación de un establecimiento de en-
señan.;:.a superior] fichtiano y la l ruroduccion a los estll·
dios académicos schellinguiana. El santo y seña de la
" WW 1. págs. 54-5 [ Differ enz .., cd. cit .• págs. 20-1].
87
infinitud, por ejemplo, que a todos ellos les tluía Oc
la pluma con facilidad (a diferencia de Kant), adquiere
color primeramente de cara a lo que para ellos era la
miseria de lo finito, del interés propio endurecido y de
la test aruda minuci a del conocimiento en que aquél se
re fleja; mas a partir de entonces, la parla de la tota-
lidad , privada de su se ntido polémico, es solamente
ideología ami-intelec tual, mientras que en el ama necer
del idealismo la critica de lo particul ar t enía muy otra
digni dad (dado que en la subdesa rrollada Aleman ia no
había llegado a formars e como un todo, en absoluto, la
sociedad burguesa): en la es fera teór ica, el idealismo
significaba percatarse de que la suma de los sabe res
singulares aislados no constituye un todo, y de que lo
mejor del conocimiento, en cuan to potencial humano,
se escapa por entre las mallas de la di visión del t ra-
bajo (el goet hiano eSólc fa lta el lazo esp iritual.. ext rae
y resume sentenci osament e la suma de todo ello) . · En
otro tiempo, el ideali smo fue contra el pasante Wagner
[del Faust o de Goet he ]; mas una vez que lo heredaron
sus igual es, se descubri ó como particula ridad (que He-
gel había visto ya penetrante ment e en Eichte, por lo
menos). En la sociedad tota l la totalidad se convierte
en el mal radical; cosa que, necesitada de una unión
progresiva, resuena en Hegel en su búsqueda de una
reconci liación- pero la totalidad interrumpirá esta t ras
haber alcanzado aquella realidad que Hegel an tici pó
ent usiásticamente en el concepto.
Sin emba rgo, para darse cue nta del motivo de la
crítica de la cie ncia (el de que lo más cercano, lo inme-
di atamen te cierto para el suj eto singular de cada caso,
no es f undamento de la verdad, no es absolutamente
cie rto y seguro, ni «inmediat n») no se necesita en modo
alguno el concepto espe culativo; pues cabe penetrar
en la ca ndencia personal del individuo, cuya comple-
88
xi ón analiza la t eorí a tradicional del conocí mento. y
verla como una apariencia: no sólo debe su portador
a la sociedad la exist enc ia y la reproducción dc la vida,
sino que todo aquello merced a lo cual se constituye
como un ser específicamen te cognoscente (y, por lo tan-
to, tambi én la universalidad lógica , que impera en todo
su pensar ) tiene siempre una esencia social--como en
otro t iempo documentó la escuela durkhcimiana- . El
indivi duo, que en virtud de lo que le haya de estar dado
inmedi at amente se ti ene a sí mi smo por el título legal
de la verd ad. obedece a la cegadora complexión de una
sociedad que necesariamente se desconoce a sí mi sma
COnsiderándose individualista; y lo que cree que es pri-
mero, e irrefutablemente absoluto. está der ivado de
ella , y es secundario, hasta en todos sus datos singu
lares sensibles: cEl individue, ta l y como aparece en
este mundo dc lo coti diano y prosai co, no ... es acti vo
por su propia totalidad, ni por sí mi smo, sino que es
comprensible por lo otros 14. El precio de demencia que
ha de pagar aquella cegadora complexión es que la sa-
lida de la pura inmediatez del ceso que hay ah í.., de
lo supuesta mente más seguro, no alcanza a supera r la
azarosidad de la persona singu la r que en cada caso es
lo que fuese¿ o sea , el solipsismo: que-por decirlo con
la fr ase de Schopenhauer-quizá pueda cura r el solip-
sismo, pero no refutar lo. Mas el pensa r que conci ba
como implícitamente sociales tanto al ser humano sin-
gu lar en cuanto zoon poluikon como las categorí as de
la conciencia subje tiva no se seguirá aferra ndo a un
concepto de experiencia que, aunque sea cont ra su vo-
luntad, hipostasía al individuo: el avance de la expe·
r iencia hast a llegar a conciencia de su inte rdepe nden-
cia con la de todos corrige retroact ivamcnte su inser-
"ww 12, p ág. 207.
89
ción en la meramente individual. La filosofía hegeliana
advirtió tal cosa: su cri t ica de la inmediatez da cuenta
de que aquello a lo que se confía la conciencia ingenua
como inmediato, como lo más cercano a ella , es tan
esca samen te inmedi ato y primero como propiedad de
todos; mas Hegel destruye inclu so la mitología de lo
pri mero : ..Lo qu e es en si, lo inmedia to, abs tracto y
gene ral, lo que todavía no ha progresado, const ituye el
comienzo; lo más concreto y rico es lo t ardío, mi en -
tras que lo primero es lo má s pobre en determínacío-
nese u. Bajo el aspec to de semejante desmit ologizaciÓn
se convie rte la filosofía hegeliana en la f órmula de la
general ob ligación de no ser ingenuo (temprana res -
puest a a una situación del mundo que teje incesante-
mente su prop io velo): ". _. de hecho, el pe nsar es esen-
cialmente la negaci ón de eso qu e estada inmediatamen-
te ante nosotros»1_. Como su anti poda Schopenhauer,
Hegel querría desgarrar el velo, y de ahí su polémica
contra la doctrina kant iana de la incognoscibilidad de
la cosa en si " ; ta l es, sin duda, uno de los moti vos
más hon dos de su filosofía, por más que oculto pa ra
ella misma.
La región del pensar a que así aludi mos se dist in-
gue de Kant y del conjunto del siglo XVII I (como ya
sucedía, por lo' demás, con Fichte ) por virtud de una
nueva necesidad de expresión: el pensamiento mayor
de edad quiere esc r ibir la historia del espíri tu (cosa
que hasta entonces hacía de mod o meramen te incons-
ciente), quiere conver tirs e en eco de las horas que le
hayan tocado; ta l es la dif ere nci a ent re el idealismo
alemán (Hege l especi almen te) y la Il ustración, má s
" WW 17, pág. 69 tv . cast ., págs. 42·3].
" WW 8, pág. 57.
v e r. WW 19, pág. 606 rv. cast., págs. 457-8].
90
bien qu e la que la historia oficial de la filosoffa señala
como ta l : más important e, inclu so, que la autoc rí üca
de la Ilustración, la expresa asunción del sujet o con-
creto y del mundo hist óri co y la di mani zación de l filo-
sofar. La filosofía teóri ca, cuando menos, habia apli-
cado con Kant su ca non a las ci encias positivas, la
comprobación de su validez (o sea, la pregunta sobre
cómo es posible el conocimiento científico) ; mas ahora ,
puest a toda la armadura de la autorreflexión de la teo-
n a de la ciencia, se vuelve, sin embargo, a expresar de
mod o que obligue expresamente lo que se di visa como
central en la realidad, pero que se escapa a t ravés de
la red de las ci encias particula res; y lo que motiva
aquella convers ión del filosof ar hacia el contenido no
es ninguna mayor riqueza de mat eria l, sino el moderno
clima de Hegel (fr ente a Kant e incluso Fichte). Pero
él impulsó la filosofí a a una elaboración intelectual-
mente cons ecuente de las experiencias de la realidad
no gracía s a un inquebrantable pensar en ello sin pa-
rar (ya fuese ingenuo-realist a, ya lo que se suele llamar
vulgarmente una es peculación desenfrenada), sino que,
merced a una autorreflexión crí t ica incluso de la filo-
sofía crítico-ilustrada y del método de la ciencia, llevó
a la filosofía a percata rse de conte nidos esenciales, en
lugar de limit arse a una comprobación propedéutica
de posibilidades epi stemológicas: ejercitado como es-
taba en la ciencia, y con sus medios, t raspasó los con-
fines de una ciencia sólo consigna dora y or denadora,
que aspiraba a aco moda r materiales y había dominado
hasta llegar él (y de nuevo tras él, cuando el pensa-
mient o perdió la inconmensurable tensión de su auto-
rreflexión). Su filosofía es al mismo ti empo de la razón
y antipositiva; se opone a la mera teorí a del conoci-
miento al ha cer patente que las formas que según ella
cons ti tuye n és te dependen del conteni do del conocí-
91
miento tanto como a la inversa: «Pero, en general, no
hay materi a sin forma, ni forma sin materia. La ma-
t eria y la forma se engendran recíproca mente» 11; para
proba r lo cual se sirve a su vez, sin embargo, de una
gnoseología más consecuente. Pues si bien és ta , en cuan-
to doctrina de la azarosidad e Impenet rabilidad del con-
tenido y de la inevitabi lidad de las formas, pone un
foso entre aquél y ésta, él la intensifica hasta la eviden-
cia de algo que a ella no le incumbe extraer: que la
conciencia que traza límites, con ta l t razar trasciende
necesari amen te lo as í limitado-e-para Hegel es canónica
la sentencia goet hiana de que todo lo perfecto en su
género apunta fuera y por encima de su género ( pues
tiene con Gocthe mucho más en común de lo que la
superficial dif erencia entre las doctrinas del protofe-
nómeno y del semoviente absoluto pe rmite sospechar).
Kant hab ía "amarrado. la filosofía a los juicios sin-
téticos a priori: en cierto modo había reunido en ellos
lo que quedó de la antigua metafísi ca tras la crit ica
de la razón. Mas tales juicios es tá n at ravesados por
una profunda contradicción: si f uesen a priori en sen-
tido kantiano estricto, carecerían de t odo cont enido,
serían for ma s en acto, proposiciones puramente lógi-
cas, tautologías, en las que el conocimiento no añadiría
nada nuevo a si mi smo, nada de lo otro; pero si fues en
sintéticos (y, por tanto y en serio, conocimientos, no
una mera autoduplicación del suj eto) precisarían aquel
contenido que Kant queda proscribir de su esfera por
azaroso y meramente empírico. y teniendo en cuenta
la radical fisura entre ellos, se vuelve un enigma có mo
entonces se encuentran, en general, y se aj usta n uno
a otro la forma y el contenido: qué le sucede a aquel
conocimiento, cuya validez, sin embargo, quería Kant
" WW 3, pág. 125.
92
j ustificar. Hegel responde a ello que la fonna y el con-
ten ido están esencialmente mediados el uno por el
ot ro; cosa que quiere decir, sin embargo, que una mera
doctrina formal del conocimiento como la que proyc( ta
la gnoseología se deja en suspenso a sí misma, no es
posible, y que la filosofía, para alcanzar la obligatorie-
dad que acaricia la teoría del conocimiento, ti ene que
hacer saltar ésta; asf, pues, el filosofar que atiende al
contenido queda ocasionado merced justamente a la
autorreflexión del filosofa r formal, que habfa ahuyen-
tado y prohibido el de contenido como meramente dog-
mático. Con este paso al con tenido se obtiene la casa-
ción del divorcio del a priori y la empirie, que se había
con servado en toda al t radición platónico-aristotélica
hasta Kant y sólo con Fichte habia empezado a poner-
se en duda: «Lo empí rico, aprehendi do en su sí ntes is,
es el concepto especulativo . 19; con lo que la filosofía
exige el derecho y acepta el deber de recurri r a los
momentos materiales, que brotan del proceso vital real
de los hombres socializados (y ello en cuanto mamen-
los esenciales. no meramente azarosos). La met afí sica
fal samente resucitada en nu estros días, que censura t al
cosa como un hundirse en la mera fac t icidad y se arro-
ga la protección de l ser del ente frent e a es te últi-
mo, queda en lo deci sivo a la zaga de Hegel, por mucho
que se tome a sí misma como progresada con respecto
al idealismo de és te; pues ese Hegel al que de abst rac-
t o se reprende por su idealismo, frente a la concreción
de las escuelas fenomenológicas, antropológicas y onto-
lógicas, ha int roducido en los pensamient os filosóficos
infini tamente más de lo concreto que t ales tendencias;
pero, ciertamente, no porque el sentido de la realidad
y la visión hist éri ca de su fan tasía especulativa se equi-
"ww 18, pág. 341 [v. cast., pág. 252].
93
librasen , sino en virtud del arranque de su filosofía (y
podría decirse que debido al carácte r experiencial de
la especulación misma). La filosofía-e-exige Hegel-de-
bería esta r ent erada de «que su conte nido es la reali-
da d; y llamamos experiencia a la conci encia más próxí -
roa a ta l cont enido» 1(1; no se quiere dej ar amedrentar,
ni abandona r la esperanza de percatarse de aquel todo
de la r eali dad y de su sus ta nci a que el estableci miento
científico le alt era en nombre de result ados váli dos, in.
vulnerables e inatacables. Hegel vislumbró lo regresivo
y despótico qu e hay en la humildad kantiana, y se re-
beló contra la conocida frase en la que la Ilustración
de Kant se congraci a con el oscurantismo (<<AsÍ, pues,
tendría yo qu e dejar en suspenso el saber, con objeto
de hacer sitio para la fe; y el dogmatismo de la meta-
física, esto es , el prejuicio de avanzar en ella sin crí -
ti ca de la razón pura, es la verdadera fuente de toda
fal ta de fe que combata a la moralidad, que se rá siem-
pre, desde luego, muy dogmática»21); su ant itesis a ella
r eza así : «La oculta esencia del universo no ti ene en
si fuerza alguna que pueda ofrec er resi stencia al de-
nuedo del saber ; tiene que abrirse ante él , poniéndole
ante la vista, para que las goce, sus riquezas y hondu-
ras »22. En seme ja ntes formulaciones se dila ta el precoz
énfas is burgués de Bacon a uno de una humanidad ma.
yor de edad (el de que, con todo, se llegará ); y en este
:lO WW 8, pág. 47.
" Irnrnanuel Kan t: Kríük der reinen í/ ernunj t, «Prólogo de
la segunda edición», ci tado por la edición Insel, s. a., pág. 24
lcorrespondc a la pá g. B XXX; en la versión cas tellana üncom-
pleta ) de M. Carera Morente (Crítica de la razón pura, 2 t . Ma.
drid, V. Su érez, 1928), t . I, pág. 48; en la de B. del Perojo y
J. Revira Annengol (Id. , Buenos Aires, Losada, 1961), t . I,
pág. 139].
:l2 Hegel, WW 8, pág. 36.
94
impulso, frent e a la resignación de la época present e,
se basa la verdadera actualidad de Hegel. Mas el extre-
mo idealista, de acuerdo con cuya medida juzga el He-
gel temprano-e-análogamente a como ha ce HOl derlin-
al espíritu comprometido a ser «útil» y, por elle, des-
leal a sí mismo, posee sus implicaciones materi ali st as
(que se esfuman cuando ta l ideali smo extremo pacta
con 10 que post eriormente se ha llamado realis mo,
cuando el es píri tu se acomoda; si bien, indudablemen-
te, habría que demostrarle con mucha evidencia que
no le cabía reali zars e de ot ro modo que a t ra vés de
una acomodación). Hegel se acerca tanto más al ma-
terialismo social cuanto más lejos lleva el idealismo,
inclus o el gnoseológico, cuanto más se empeña, contra
Kant, en concebir los obje tos a partir de su interiori-
dad; y la confianza del espíritu de que él mi smo seria
el mundo «en sí» no es sólo una aldeana ilusión de
omnipoten cia : se alimenta de la experiencia de que,
en definitiva, no exist e nada fuera de lo producido por
hombres, nada definitivament e independiente del tra-
bajo social (pues la naturaleza aparentemente intacta
por él se define como tal merced al trabajo, y está , de
este modo, mediada por él; conexiones que son pate n-
tes, por ejemplo, en el problema de los llamados espa-
cios no capitalis t as , ya que és tos los necesitan par a
hacer valer el capita l). La pretensión leibnizian a de
construir el mundo a partir de un principio interno,
que Kant había rechazado como met afísica dogmática,
re aparece en Hegel, pues, en forma de su opuesto: el
ente se aproxima al producto del trabajo, sin que, por
lo demás, perezca en él el momento nat ural; pero cuan-
do, al hacer el total, ent ra todo, en definitiva, en el
sujeto en cuanto espíritu absoluto (como suce de con
Hegel ), el idealismo se dej a en suspenso a sí mismo al
hacerlo, dado que no sobrevive ninguna diferencia en
9S
la que cupiese captar al sujeto como algo di stinto, como
sujeto: una vez que, en lo abs oluto, el obj eto es suje-
t o, deja aquél de ser inferior con respecto a ést e. (En
su ápice, la iden tidad se convi erte en agente de lo no
idéntico.) Por inf ranqueablemente que se trazaran en
la filosofía hegeliana las front eras que prohí ben da r ta l
paso en forma man ifiesta, su propia sustancia es , sin
embargo, igual de inevitable ; y el hegelismo de lzquicr-
da no const ituyó un desarrollo his tórico-espiritual por
enci ma y más aJlá de Hegel que 10 malentendi ese y des-
figurase. sino, con fidel idad a la di al éc tica, una parte
de la autoconcie ncia de su filosoffa-parte que ésta te-
nía que denegarse pa ra seguir siendo filosofia.
Por ello es menester no deshacerse ap resuradamen-
te ni siqui era del fermento idealista hegeli ano, como si
fuese una desmesura: éste extrae su fuerza de lo que
el llamado sentido común precientífico percibe en la
ci encia. y sobre lo cual ést a resba la, demasiado satis-
fecha de sí misma. Pues, con objet o de poder operar
con conceptos sobri os y cl aros, de los que se ufana, la
ciencia los estat uye inmóviles, y juzga luego sin tener
en conside ración que la vi da de la cosa mentada po r
el concepto no se agota haci endo que éste quede fijad o.
En cambio, la protesta del espírit u aún no acabado
por la ciencia cont ra las determinaciones conceptuales
practicables y las meras definiciones verbales, así como
la exigencia de no manejar los conceptos como s¡ fue-
sen fichas, sino-e-como lo quiere su nombre---concebir
en ellos lo que propiamente sea la cosa y lo que con-
t enga en sí en cuant o a momentos esenci ales y en modo
alguno mutuamente concordant es, nos ent regan el ca-
non de aquel idealismo hegeliano-al que se ha re-
prendido por di sparatadamente soberano-que quiere
poner en claro enteramente la cosa valiéndos e de su
concepto, ya que cosa y concept o serían, al fin y a la
96
postre, uno y lo mismo. Nunca se a lej a más en la su-
perficie la filosofía hegeliana del concepto predialéctic o
de experiencia que en est e punto: lo que re cae en el
esplri tu le cae en suerte, en lugar de di sponerlo sim-
plemente él , ya que ello, a su vez, no se ria otra cosa
que espírit u. Pero ni siquiera est a antiempírica ci ma
de ta l filosofía apunta al vado: mi enta la diferencia
entre la cosa misma, el objeto del conocimiento, y su
mero vaciado científico, con el que no puede conten-
tarse la ciencia autocrítica: c ólo que, indudablemente,
el conce pto no permite que se salte por enci ma de su
esenci a abs t ract íva y clasi ficatoria, separa dora y arbi-
traria; y Hegel odiaba especialme nte-y con ra zón-
los intent os de hacer tal cosa (sobre todo , de Schelli ng),
pues delataban de qué se trataba princi palmente: del
sue ño de la verdad de la cosa mi sma dándose en una
intuición intelect ual (que no se halla por enci ma del
conc epto, sino bajo él , y que just amente al usurpar su
objetividad re trocede y cae de nuevo a la sub jet ividad
del mero opinar). Apenas hay nad a fr en te a lo cual sea
má s sens ible el pensamiento filosófico qu e fr ente a lo
más próximo a él, 10 que le compromete escondiendo
la diferencia que mira al todo en un matiz inaprecia-
ble; de ahí que Hegel enseñase que es preciso tanto
estat uir en forma fija, more scíensíi íco, los significados
de los conce ptos (de modo que sigan siendo, en gene-
ral, conceptos) como «mover tos .., vari arl os de ac uerdo
con lo que mande el objeto, para no desfigura rlos; y se
espera de la dialéctica que desarrolle es te postulado,
el cual, sin desarrollar, sería meramente pa ra dójico.
Dialéctica no qu iere decir est ar dispuest o a sus t ituir el
significado de un concept o por otro , subre pti cio (a lo
qu e sí se llega en su parodia lo mismo que en su pe-
trificación do gmática ), ni - como se sospe cha de la I ó-
gica hegeliana-a tachar el principio de cont radicción;
97
7
sino que la cont radicción misma, la existe nte entre el
concepto fijado y el mov ido , se vuelve agente del filo-
sofar. Al quedar fijo el concepto y confrontarse su sig-
nificado con lo aprehendido bajo él, en su identidad
con la cosa se muest ra que la forma lógica de la defini-
ción exige a la vez la no identidad, es to es, que el con-
cepto y la cosa no sean uno y lo mi smo; jus ta mente
por ello tiene que variar el concept o que se ma ntenga
fiel a su propio significado; y, siguiendo lo mandado
por ella mi sma, la filosofía que considere el concepto
como algo más elevado que un mero instrumento del
entendimiento tiene que abandona r la definición , que
tiende a parali zarl a allí. Así , pues. el movimi en to del
concepto no es manipulación sofística alguna que  
imp usiera desde el ext erior signi ficados cambiantes .
sino la omnipresente conciencia, vivificadora de todo
genuino conocimiento, de la unidad y. sin embargo,
inevitable diferencia entre el concepto y aquello que
haya de exp resar; y puest o que la filosof ía no desist e
de tal unidad, ha de respo nsabilizarse de esta dif:-
rencia.
No obstante toda la autorreflexión, empero, las ex-
presiones re flexión y filosofía reflexiva, así como sus
sinónimas, tienen fre cu entemente en Hegel un tono es-
ti mati vo; con todo, su crí t ica de la reflexión (en la que
no perdonó ni siquiera a Fichte ) era, a su vez, reflexión,
como se muestra crasamente en aquella escisi ón del
concepto de sujeto que tan drás ticamente les di st ingue
a él y a sus predecesores especulat ivo-idealist as de
Kant. Con es te último, la filosofía había efectuado una
crítica de la razón: se habfa aplicado a la conciencia,
en cua nt o condición del conocimiento, una conciencia
científica en cie r to modo ingenua, un exa men de acuer-
do con las reglas de la lógica (según los uso s lingüí sti-
cos de hoy, de la «fenomenologla»): mas en Hegel pa!¡a
98
a se r temát ica, refl eja , la relación-e-de que no se había
hecho ca rgo Kant-entre ambas, ent re la conci encia fi -

losófica, cri t icant e, y la criticada , la conocedora inme-
di atamente de objetos; con lo cual la conciencia como
objete , como algo que ha de aprehenderse filosófica-
mente, se convierte en algo finito. limit ado e ins uficien-
te, tal y como ya la hab ía concebido tendenci almente
Kant (el cual, por mor de tal finitud, prohibió redon-
dear exuberantemente la conciencia en mundos inte-
ligibles). La limitaci ón kantiana de la conciencia a ci en-
tíficamente judi catlva, sin más, reaparece con Hegel
como su negatividad. como algo ma lo y que a su vez
hay que crit icar; y a la inversa, aquella conciencia que
penet ra en la finitud de la conci encia. la subjetividad
contemplado ra, que es la que, en definit iva, «pone» al
sujeto cont emplado, justament e por ello ha de ponerse
a sí misma como infi nita y-según la int ención de He-
gel-en una filosofía acaba da ha de most ra rse en su
infinitud, como espíri tu a bsoluto (en el que se desva-
nezca la difere ncia entre sujeto y objet o, por no haber
nada fuera de él) , De todos modos, por cuestionable
que sea es ta pretensión, incluso la reflexión de la refle-
xión, la reduplicación de la conciencia filosófica no es
ningún mero juego de un pensamiento desatado y algo
así como privado de su materia, sino cosa muy certe-
ra ; pues a l acordarse la conciencia, medi ante la autorre-
ñextcn, de lo que le falta de la realidad, de lo que mu-
tila con sus conceptos ordena tori os y arruina con su s
dat os procedentes de la azarosidad de lo cercano, el
pensar cientí fico se topa en Hegel con lo que la ciencia
mecánico-causal dej a que acontezca en cuanto nat ural-
mente imperante en la natura leza En lo cua l no era
Hegel ta n disti nto de Bergson, quien , lo mi smo que él ,
con los medios proporci onad os por un análisis gnaseo-
lógico descubrió la insufici encia de la ciencia miope y
99
cosificadora, su inconveni encia para con lo real (mien-
t ras que la cienci a no refleja gusta de recusar como
me'tafísica la conciencia de semej ante ínconveníenc ía ).
Desde luego, con Ber gson el esp íritu ci entí fico lleva a
cabo la cr it ica de sí mi smo sin preocuparse por la con-
tradicción de semej ante autoc rníca, por lo cual él pudo
ser a la vez gnoseológi co e irracionahsta : su filosofía
no superó la re lación entre ambos aspect os. Mas en lo
que respecta al cien años anterior Hegel : él sabía que
t oda crítica de la conci enci a ccsíficadcr a, fragmenta-
dora y enajenadora que meramente la haga contr ast ar ,
desde fue ra, con otra fuente de conoci mientos perma-
nece impotent e, y que una concepción de la ratio que
brote de ésta tiene que suc umbir de nuevo, sin salva-
ción, a sus pr opios cri teri os; por ello Hegel hizo de Ja
contradi cción misma entre el espíri tu cientifico y la
crítica de la ci encia , que se entreabre en Bergso n, el
motor del filosofar. Sólo mediante la reflexión a punta
el pensar reflexivo fuera y por encima de sí mi smo;
y la contradicción, prohibida por la lógica, se convier te
en órgano del pensar, en la verdad de l l agos.
La crí tica hegeliana de la ciencia, cuyo nombre se
reitera siempre en él enfátic amente, no qui er e re stau-
rar apologét icamente la met afísi ca prekantiana fr ente
al pensar científico, que cada vez le arrebata más obje-
tos y doctri nas, si no que obj et a, fren te a la ciencia ra-
cional , algo racional de punta a cabo: que ella, que se
imagina ser la fuente legal de la verdad, prepara y ade-
reza los objetos, por mor de sus propios concept os oro
denatorios, de su no cont radicción y pract icabilidad
inmanent es. hasta que encajen en las discipli nas insti-
tucional es, «posít ívas• . Y lo que motiva el concepto
hegeliano de cosificación es que la ciencia se cuide me-
nos de la vida de las cosas que de su compati bili dad
con sus propias reglas de j uego; pues lo qu e procede
como si fuese verdad intangible e irreductible es ya
pr odl;lc( o de cierto aprestar, al go secundario y deriva-
do. No es la últ ima tare a de la conciencia filosófica la
de fluidifi car de nuevo lo verti do en la ciencia, merced
al autoconoc imiento de ésta. y retroverterlo en aquello
'de lo cual lo había alejado ella. En cuanto a la propia
objetividad de ésta. es meramente subjeti va, por lo
cual la objeción deHegel cont ra el trabajo sin re flexión
del entendimient o es igualmente razonab le que la co-
rrecci ón que le hace . En él est á ya perfectamente des-
arrollad a la crítica de ese positivista tejemaneje cien-
tífico que hoy se presenta a sí mismo cada vez más en
todo el mundo como la única forma legftima de cono-
cimiento: mucho a ntes de que hubiera llegado t an le-
jos , Hegel lo diagnosticó tal y como hoy se manifiesta
en in nume rables invest igaciones vacías y obt usa s, est o
es, como un idad de la cosificación (o sea, una objetivi-
dad más fa laz, más ext erior a la cesa mi sma y--en el
lenguaje hegeliano-e-más a bstracta ) y de una ingenui-
dad que confunde el vaciado del mundo. los hechos y
los números, con su. por qu é.
Hegel expresó, en el lengua je de la teoría de l cono-
cimi ento y el de la met afí sica especulativa (extrapolado
a partir de aquél), qu e la sociedad cosificada y raciona-
lizada de la época bur guesa. en la que se ha consumado
La razón que se enseñorea de la natu ral eza, podría con-
vertirse en digna de los seres human os, no mediante
una regresión a estadios más antiguos, a nter iores a la
división del t rabaj o y más irracionales, sino aplica ndo-
se a si misma su raciona lidad; dicho con otras paLa-
bras, cuando, sanando de las marcas de la sinrazón. se
perca te de su propi a razón . pero también de las hue-
llas de lo racional que hay en lo irracional. (Mie ntras
tanto, sc ha vuelto patente el aspect o de sinrazón en
las cons ecuencias de la r acionalidad moderna, que ame-
100 101
nazan con una cat ást rofe universal. ) Experienci a hege-
liana a. Ia que el scbopenhauer tano Richard Wagner dio
una fórmula esquilea: la herida cierra sólo con el dar-
do que la hir iese. La concie nci a de Hegel padec ió, como
ninguna conciencia filosófica anter ior, con la distancia-
ción ent re sujeto y objeto, entre la conciencia y la rea-
Iidad; pero su filosofía tuvo fuerzas pa ra no hu ir en
reti rada ante ta l padecimiento. a la quimera de la mera
inmediatez de mundo y sujeto; y no dej ó que la extra-
viase el que la sinrazón de una razón meramente par-
t icular (a saber : la que sirva a unos in tereses puramen-
t e part icula res) se derri ta sólo merced a realizarse la
ve rdad de l todo; cosa que cuenta en favor de su reñe-
xl ón de la reflexión más que los gestos ir racionali st as
a qu e se dejó inducir Hegel de vez en cuando, cuando
t rataba desesperadamente de sa lvar la verd ad de una
sociedad qu e ya se había vuelto falsa. La autorreflexión
hegel iana del sujeto en la conciencia filosófica es , en
verdad, la conciencia crítica de sí misma de la socie-
dad. en el momento de alborear.
El mo tivo de la contradicci ón y, con él, el de una
sociedad que se abalanza sobre el sujeto dura, ajena .
brutalmente (motivo con el que Hegel aventa ja a Ber g-
son, el metafísico del fluir ), pasa . en general, por se r
el pr incipio globa l de su filosofía ; y el mé todo dialéc-
tico lleva su nombre po r razón de él. Pero ello, just a-
mente, fomenta la t raducción a la expe riencia espiri-
tual de que hab la: muy fácilmente mana de él un modo
de cons iderar purament e histórico-filosófico que subs u-
me los niveles de l esp ír itu bajo sumos conceptos ro-
tundos, convir t iéndo los en rúbricas; con lo que se re-
baj a la dialéctica a una concepción elegible del mundo,
como la que la filosofía cr ít ica apor tada po r Hegel ha-
bía herido mortalmente. Asimi smo es inevitable que se
pregun te de dónde saca propiament e Hegel el derecho
102
de. dobl egar al pr incipi o de cont radic ción cualquier
cosa con qu e se t ropiece el pensami ento, y éste mismo:
y en est e punto, sobre tod o, se recelará en él, qu e quería
abando narse al movimi ento de la cosa mi sma y curar
al pensa mi ento de su ar bit rar ieda d. un momento arbi -
t rari o, de dogma tismo antiguo (puest o que, de hecho,
la filosofía especula tiva. a partir de Saloman Mai mon,
recurrió en muchas cosas al raciona lismo prekantiano ).
No ba sta para desvirtuar esta sospecha que Hegel expu·
siese las más tajantes objeciones a l mat raqueante es-
quema de la triplicidad de tesi s, ant ítesis y síntesis
en cuant o meramente met ód ico, ni que en el Prólogo de
la Fenomenología se diga que mientras siga siendo es-
quema y. por tanto, meramente se 10 est ampe desde
fuera a los obje tos es una emar tingala s P que se apren-
de velozmente; y di fícil ment e se contentará tampoco
na die con que principio aislado alguno (ya sea el de la
mediación, el del devenir , el de contradicción o el de
la dialéctica mi sma ) sea en cuanto principio, desligado
de todo y absoluto, llave de la verdad, ni con que ésta
cons ista únicamente en la unión de unos momentos
que broten, di sociándose, cada uno del otro: todo ello
podrían ser meras aseveraciones. La sospecha fr ente a
la dialéc tica (la de que a su vez sea--con palabras de
Hegel-un lema sentado a islada, «abst ra ctamente») se
ve hoy confirmada por la perversión a dogma está tico-
lit eral sufrida en el campo orienta l, bajo la horrible
abreviatura de Diamat [dialek tische Materialismus, ma-
te ri ali smo dialéctico] , por la versión ma terialista de la
dialéctica (del pensar di námico 7:a-c '   deri varla
de la hegeliana: la apelación a sus inau gurado res de gra-
dados a clásicos impide, como siempre, toda considera-
ción atenida a las cosas t ildándola de desviación obje-
v cr. WW 2, págs . 47-8 ledo crt e., págs. 42·3; v. ces t., pág. 35l
103
tivista, y el movimient o hegeliano del concepto queda
congelado en el D íamat en una confes ión de fe. Por el
cont rari o, cada vez t iene más en común con la expc-
riencia motivadora de la dialéctica lo que , largo ti empo
después de Hegel, expresó Niet zsche en la frase: «Nada
se present a en la reali dad que corresponda rigurosa-
mente a la lógica» 24; pero Hegel no lo proclamó sim-
plemente, sino que llegó a ello a parti r de una crí tica
inmanent e de la lógica y de sus formas: demostró qu e
el concepto, el juicio y el raciocinio, instrumentos inevi-
tables para, en general, cerciorarse de un ente, van a
parar en todos los casos a una contradicción con éste,
y que, ateniéndose a una idea enfática de la verdad.
todos los j uicios, conceptos y raciocinios singulares son
fal sos. De este modo, Kant , el enemigo mortal del pen-
sar merament e «rap sód ica», absolutizador de det ermi-
naciones singulares azarosas y ai sladas, se encontró a
sí mi smo en Hegel , su crítico. Es te combate la do ct rina
kantiana de los límites del conocimient o, y, sin embar-
go, la respeta : de ella procede la teoría de la diferencia
entre suj et o y objeto que se manifestaría en toda de-
terminación singular; diferencia que luego se movería
má s allá de sí misma- mirando su propia corrección-
hacia un conocimiento más ajust ado. Por consiguiente,
la justificación del primado de la negación en la filos o-
fía hegeli ana serí a que los límites del conocimiento a
que lleva su autoconsideración crítica no son nada exte-
rior a él, nada a lo cual estuviese condenado de for ma
meramente heterónoma, sino que son inherentes a to-
dos sus momentos. Pues t odo conocimiento-no sólo el
que se avent ura en lo infinito-quiere mentar, ya por
:>l Fricdrich Nietzsche: «Aus del' Zeit der Morgenrüthe und
del' Irolichen Wissenschaft 1880-1882», Gesammelte Werke, edi-
ción Musarion, 1. XI. Mun ích, 1924. pág. 22.
104
la mera forma de la cópula, tod a la verdad, y ninguno
la alcanza; y de ahí que para Hegel los límites kantia-
nos del conocimiento se conviertan en el principio de
su progreso: "Cada cosa es lo que es únicamen te en
sus límites y por ellos ; por lo cual no se deben mirar
los límites como meramente exteriores al ser exi stente,
sino que, antes bien, ellos atraviesan la totalidad de
éste» 25. La universalidad de la negación no es ninguna
panacea met afísica ante la qu e hubieran de abrirse t o-
da s las puert as. sino únicamente la consecuencia de
aquella crit ica del conoci mient o que acabó con las pa-
naceas, desarrollada hasta convert irse en autoconcien-
ci a; con otras palabras, la filosofía hegelian a es en un
sentido emi nente filosofía crít ica, y el exame n a que
some te sus concept os (empezando por el ser ) acumula
siempre en ella, al mismo tiempo. lo que se le puede
obj etar específicamente. De todas las tergiversaciones
de Hegel debidas a la intel ectualidad escasa de molle-
ra, la más indigente es la de que la dialéctica, sin hacer
distinción alguna, tendría que admitir todo o no admi-
ti r nada; pues si con Kant la critica lo es de la razón,
con Hegel. que critica a su vez el divorcio kantiano de
la ra zón y la realidad, la crít ica de aquélla se vuelve,
a la vez, de 10 real: la insufici encia de todas las deter-
minaciones singulares ai sladas es siempre, al mi smo
tiempo, insuficiencia también de la realidad particular
aprehendida por ta les determinaciones. Aun cuando el
siste ma acaba por hacer equivalentes entre sí la razón
y la realidad, el sujeto y el obj eto, la di aléctica, en vil"
tud de la confrontación de cua lquier realidad con su
propio concepto, con su pr opia ra cionalidad, vuelve la
punta polémica contra la sinrazón del mero ser exis-
t ente, de la sit uación natural que se está perennizando:
1$ Hegel. WW 8, pág. 220.
105
la realida d se le desemboza como cons agrada a la muer-
te en cuant o que no sea enteramente racional, mient ras
es té irreconciliada. Y con el concepto de la negación
determinada, con el que aventaja Hegel a aquell a frase
de Nietzsche y a todo írracíona llsmo, no sólo se revuel-
ve contra los con ceptos supremos abstract os (también
contra el de la negación mi sma), sino qu e la negación
interviene al mi smo tiempo en aquella realidad en la
que adquiere por pr imera vez sustancia el concepto que
se cr it ica a sí mismo, en la sociedad: ' entiende que «En
Jo que se re fiere al saber inmediato de Dios, de lo j us to
y lo ét ico», todo ello «estaría enteramente condiciona
do a través de la mediación que se llama desarrollo,
educación y for mación» 26.
La contradicción dialéctica , donde se la ha experi-
mentado es en la sociedad; la pr opia cons t rucción he-
geliana de un a filosofía de la identidad fomenta su cap-
tación tanto a parti r del objeto como del sujet o; y en
tal cont radicción cristaliza, incluso, un concept o de ex-
periencia que apunta fuera y por encima de l idealismo
ab soluto: el de' la totalidad antagonís tica. Lo mismo
que el principio de la mediación universal (frente a la
inmediatez del mero suj eto) se basa en que la objeti-
vidad del proceso soci al antecede a la azarosidad del
suj eto singular hast a en t odas las categorías del pen-
sar , se llega a la concepción met afísica del todo re-
conciliado-de lo qu e es dechado de todas las cont ra-
dicciones- apoyándose en el modelo de la sociedad
escindida y, sin embargo, una (verdaderamente, modelo
de la sociedad); pues Hegel no se da por satisfecho con
el concepto general de una realidad antagonística, por
ejemplo, con la noción de la polaridad or iginar ia del
ser: antes bien, en su salida crí tica de lo más cercano,
" Hegel, WW 8, pág. 173.
106
de la conciencia inmediata del ser humano singular,
lleva a cabo (en la Fenomenología del esp íritu¡ su me-
diación a todo lo lar go del movimiento hi stór ico del
ente-con el que se ve llevado por enci ma y más allá
de toda mera metafísica de l ser-o Mas una vez que se
ha dado suelt a a la ccncretización de la filosofía, no
es po sible interrumpirla excu sán dose con su mendaz
di gnidad: «La pusilani midad del pensamiento abs t rac-
t o cons iste en asustarse, a est ilo monástico, de la pre-
sencia sensorial; y la abstracción moderna es así de
delicadamente distinguida frente al moment o de dicha
presencia» 27. Aquella concreción permite a Hegel im-
pregna r completamente la idea de tot alidad, que prove-
nía del sistema idealista, con la de contradicción: la
teoría lógico-metafísica de la totalidad como dechado
de cont radicci ones dic e-descifra-que la sociedad no
es tá meramente cr uzada y alterada por contradiccio-
nes y despropcrcíonatídadcs. y qu e no se convierte en
totalidad por ser un todo recompuesto, sino en virtud
de sus contradicci ones. La socialización de la sociedad,
su unión a lo que verdad eramente-y vinculado a He-
gel- se par ece más a un sistema que a un organismo,
ha resultado, hasta hoy, del principio de dominación
(e incluso de división), y se continúa t rans miti endo:
la sociedad se ha conservado con vida, se ha continua-
do reproduciendo y ha de sarroll ad o sus fuerzas única-
mente a t ravés de la escis ión en los in tereses, mutua-
mente opuest os, de quienes di sponen y de quienes pro-
ducen; y Hegel preservó la mirada de todo sentimen-
talismo, todo romanticismo y todo es tancamient o del
pensamiento y la realidad en niveles pasados: o bien
la totalidad se encuentra consigo misma reconciliándo-
se (esto es, elimina la propia contradíctoriedad salven-
,., WW 16, pág. 309.
107
tanda sus contradicciones). con lo que dejaría de se r
totalidad. o la antigua fal sedad continúa hasta dar en
ca tás trofe. (El conjunto de la sociedad, en cuanto con-
tradictorio, se saca fuera de sí mísmo.) El princip io
goethi ano-mefistofélico según el cual t odo lo que nace
merece sucumbir dice. en el caso de Hegel, que la ani-
quilación de cada mie mbro individual vendría impues-
ta a la ley del todo por la desmembración misma, por
la particularidad: . EI individuo para si no correspcn-
de a su concepto; y esta limitación de su ser existente
es origen de su finit ud y de su ocaso- A Asf, pues. el
individuo, en cuanto separado, es culpable frente a la
justicia, frente a la paz (que es taría libre de la presión
del todo); mas puest o qu e los seres humanos individua-
les quedan entregados a la limitación, la ne cedad y la
n ~   e r í cuando no ati enden cada uno más que a su
propio provecho, y puest o que una sociedad que sólo
quede unida y viva merced al momento univer sal del
provecho particular se es trella completamente cont ra
la consecue ncia de sus motivos, tod o eJ10 no son ma-
neras metafóricas de hablar dialécticamente correspon-
di entes a en unciados simples sobre la realidad: su for-
mulación no coquetea meramente---como más tarde se
di ce en un famoso pasaje de Marx--con Hegel, sino que
en cierto modo re traduce la filosofía hegeliana a aque-
llo que él había proye ctado en el lenguaje de lo abso-
lut o. Y el que Hegel. medi ante una brusca absolutiza-
ció" de una categoría (la de Estado), intenumpiese en
la Filosofía del derecho semejantes pensamientos, como
si la dialéctica se hor rori zase de sí misma. es t ri ba en
que su experie ncia se cercioró del límite de la socie-
dad burguesa que yace dentro de su propia tendencia.
y en que él, sin embargo, como ideali st a burgués que
,. WW 8, pág. 423.
108
era, se det uvo ante ta l límite, porque no vio más allá
de él ninguna fuerza históri ca real: no pudo domi nar
la cont radicción entre su dialéctica y su experiencia, y
aquel critico para con lo afirma tivo únicamente dis imu-
ló ' tal contradicci ón.
El nervio de la dial éctica en cuanto mé t odo es la
negación determinada, y se basa en la experiencia de
la impot encia de la crítica mi entras se mantenga en lo
gene ral (por ejemplo, mi entras despache a l objeto c rt-
t icado subs umiéndolo desde arriba ba jo un concepto,
como mero representante suyo): sólo es fmctifero el
pe nsamiento crítico que desata la fuerza almacenada
en su prop io objeto, y la desata al mismo tiempo a su
favor (haciéndole encontrarse consigo mismo) y en con-
t ra suya (al recordarle que aún no es él mismo). Hegel
not ó la es teri lidad de todo el llamado t rabajo espir i-
tua l que sabe manej arse en la esfera de lo general sin
ensuciarse con 10 específico. pero no se lamentó de
ella, sino que la volvió crí tico-producti va; pues la di a-
léct ica expresa que el pensami ento filosófico no es tá
en su propia casa donde la tradición lo as entara, donde
ha prosperado demasiado fácilmente, en cierto modo
insati sfecho con la du reza y la resistencia del ente. sino
que propiamente ha comenzado justament e allí don de
ha abi erto a viva fuerza 10 que al pensar tradicional
le parecía opaco, impenetrable. mera individuación.
(A esto se refie re la proposici ón dialéctica de que • . .. lo
real es , simplemente, una identidad de lo universal y
lo particular. 19. ) Sin embargo, este desplazamiento no
hará que la filosofía, en cuanto r esultado de sus es-
fuerzos, involucione a comprobación de un ser existen-
te desvinculado y, al fin y a la postre. otra vez a un
positivismo. Cier tamente, en la divi nización del decha-
" WW 1, pág. 527.
109
do de lo que hay impera secre tament e en Hegel un
impulso positi vist a; pero la fuerza que excluye del co-
noc imiento al indi viduo singular determi nado es sie m-
pre la de la insuficiencia de su mera singularidad: lo
que hay es siempre más que ello mismo; y en la me-
dida en que el todo act úe en el mi crocosmos del indio
viduo singular podrá hablarse con razón de una repo-
sición de Leibniz en Hegel . por decididamente que se
enf re nte éste. por lo demás. con el caráct er abstracto
de la mónada . Por explica r esto valiéndose de una expe-
ri encia esp iritual no refleja: todo el que no qui era en-
volver una cosa con cat egor ías , sino conocer la a ella
mi sma, tendrá , sin duda, que ent regarse premeditada-
mente a ella sin reservas. a l descubierto; pero sólo
logrará tal cosa cuando en él mi smo (en cuanto teor ía)
aguarde ya el potencial para aquel sabe r que se actua-
lizará a l hundi rse en el objeto; y así es como describe
la dialéctica hegeliana, con autoconciencia filosófica, la
vía de todo pensamiento productivo, que no se limite
a cal car o a repeti r (por lo demás, le permanece oculta
a ese mi smo pensamiento; y cas i le gustaria a uno creer,
con Hegel . que le t iene que estar oculta para que pue-
da ser productivo). Pero no es una teoría induci da ni
una de la que hubiera que saca r consecuenci as deduc-
tivamen te. Lo que suele choca r más al lect or ingenuo
de la Fenomenología del espíritu, la impetuosidad de
los rel ámpagos que salt an entre las ideas es peculativas
más elevadas y la experienci a política actua l de la Re-
volución fr a ncesa y de los tiempos napoleónicos, es lo
propiamente dialéctico; pues refiere en cada caso en sí
mismo el concepto universal, y el aconceptu al 'ti .
(como acaso ya hacía Aristóteles con la :t"ptil'n¡     a
opues to, en una especie de explosión permanente que
• Que podrl a traducirse por «esto (que hay aquí )». (N . del T.)
110
se enciende al contact o de los ext remos. El concepto
hegeliano de dialéctica rec ibe j ustament e su tempera-
tura específi ca y se dist ingue de tri vialidades de filo-
sofía de la vida como las de Dilthey merced al brío
del movi miento a través de ext remos : el de sarroll o
como discontinuidad. Pero es ta última brota de la ex-
periencia de la sociedad antagonística . no de un esque-
ma mental meramente inventado: la historia de la edad
del mundo irreconci liada no puede ser una de desarro-
llo armón ico (lo único que ella hace al respecto es
ideol ogía, que niega su carácter a ntagonls tico); y las
cont radicci ones, que constit uye n su verdadera y única
ontología, son al mismo tiempo la ley formal de esa
hist oria que, a su vez. progresa excl usivamente en la
contradicción y con Indecibles dolores. Hegel había di.
cho de ella que era un ara >, de modo que, pese a todo
su optimismo hi st óri co tantísimas veces sacado a la
luz (y a l que Schopenhauer llamó infame) , la fibra de
la filosofía hegeliana-la concie ncia de que todo ente,
al encontrars e a sí mismo, se dej a a la vez en suspenso
y perece-no se encuent ra, en modo alguno, tan lej os
del schopenhaueríano pensamient o del uno como dice
la hi stori a oficial de la filosofía, repitiendo las invecti vas'
de Schopenhauer.
La doctrina hegeliana según la cual sólo como ..ne-
gaci ón det erminadas llega el pensami ento a algo que
convenga con la gravedad de su objeto, se puso, indu-
dablement e, en lugar de disparar sin tardanza por en-
ci ma de él, al servicio del aspecto apologético, de la
justificación del ente: pues el pensamiento que sólo
llega a convertirse en verdad al asumir en teramente en
· cr. WW 11 , pág. 49; ed, cnr. (Di e Vernunf t ...J. pág. 80
(v. cas t., t . I , pág. 64 (ed. de la Rev. de Occ.) . y pág. 6() (ed. de
Anaconda)).
111

sí lo que se le oponga sucumbe siempre, asimismo, a
la tent ación de explicar, justamente por ello, lo mismo
que se le oponga como pensamiento. idea o verdad.
Georg Lukács ha ci tado incl uso recientement e 31 aquel la
teorí a de Hegel no sólo par a dü amar la lit eratura que
se aparte de la r eali dad empíri ca, sino, yendo más allá
de ello, para refrescar de nuevo una de las tesi s hege-
lianas más discutibles, la de la racionalidad de lo real.
De acuerdo con la distinción entre la posibilidad abs-
tract a y la real, sólo seri a propiament e posible lo que
haya llegado a suceder realmente; filosof ía, ésta , que
ma rcha un ida a los bat all ones má s fuer tes, ya que se
apropia la sentenci a dictada por un a reali dad que en-
ti erra bajo sí una y otra vez lo que podría ser de ot ro
modo. Sin embargo, tomar partido precisamente' con
respecto a eso no es hacerlo en virtud de me ros sen-
timientos; pues una ocupación insi stente con Hegel en-
seña que en su filosofl a--como, por lo demás, en toda
que lo sea grande-no se puede escoger lo que a uno
se le acomode y rechazar lo que le sea enfad oso; y es
es ta sombrí a necesidad, no idea l de complet ud alguno,
lo que engendra la seri edad y susrancíalíddd de la pre-
·tensión sistemática de Hegel : su verdad se hinca en
el escándalo, no en lo plausible. De ahí que salvar a
Hegel- y no es re novación. sino mera salvaci ón, lo que
es debido con respecto a él-quiera deci r present arse
a su filosofía allí donde duela más, arrebata rle la ver-
dad allí donde sea manífiesta su falsedad. Citemos lo
que sigue de una ca rta sobre la tardía novela corta de
Thoma s Mann Los engañados. de 1954: «Si no me eq ui-
voco, la figura de Kcn ti ene todos los signos de un
••ef. Gerg Lukács : Wjller den missverstandenell Realismus,
Hamburgo, 1958; y sobre este punto, Thecdor W. Adorno : eEr-
presste Versohnunge, en Noten zur Lit eratur 1/ , Frunkfur t
[Su hrkamp}, 1961 , págs. 152 ss.
112
americano de los últimos años cuarenta o de los cin-
cuenta, y no del decenio siguiente a la primera gue-
rra... Ahora bien : podría deci rse que tal es la legiti ma
libertad de la creación, y que el requisit o de veraci-
dad cronológica no pasa de ser subalterno. incIuso
cuando se trate de acribia en la pintura de seres hu-
manos. Pero dudo que esto posea verdaderamente toda
la fuerza de un argumento que se quiera imponer como
o   ~ i o pues si la obra se t raslada a mil novecientos
veíntl tamos, tras la pri mera guerra, y no t ras la se-
gunda, hay excelentes razones para ello (l a más sólida
es que no podrí amos imaginarn os hoy una existenci a
como la de la señor a van Tümmler ; y en un es trato
más profundo desempeña un papel, sin duda, el empe-
ño por di st anciar lo cercano, por trasponerlo en pa-
sado: en aquel pasado con cuya especial pátina t iene
ta mbién que ver Krull " ). En cualquier caso, sin em-
bargo, semejante t ransposición de fechas conlleva una
especie de compromiso, en forma parecida a como su-
cede con el primer compás de una obra musical. de
cuyo desider átum ya no se desembaraza uno hast a lle-
gar el úJlimo sonido. que p roduce el equilibrio: no me
refiero a un compromiso de fidelidad exteri or al «color
de épocas, sino al de que las imágenes conjuradas por
la obra de arte brillen también como imágenes hi st óri-
cas (compromiso, desde luego. que sólo difícilmente
puede quedar dispensado por motivos es t étt co-ínma-
Dentes de aquel otro, exterior). Asf, pues, supues to que
no me equivoque. se lropieza con la paradój ica sit ua-
ción de que el conjuro de tal es imágenes-o sea, lo
propi amente mágico del objete artístico-se logra tan-
to más perfectamente cua nto más auténticas sean las
• Personaj e cent ral de la novela de Mann que lleva su nom-
bre. (N. del r.)
11l
8
realidades; y casi podría creerse que la penet ración
subjetiva no cont rasta simplemente con el requisito de
realismo, como querrían hacemos creer nuestras for-
mación cultural e historia (requi sito que en cier to sen-
tido resuena a través de toda la oeuvre de Thomas
Mann), sino que se alcanzarla t ant o mejor la espiri tua-
lización , el mundo de la imago, cuanto con mayor pre-
cisión se atuviese uno a lo hi stórico, incluso en los t ipos
humanos. Di por primera vez en estas ext raviadas re-
flexiones con Proust , que en esta región reaccionaba
con la exactitud propia de su idi osincrasia; y con Los
engañados me han importunado de nuevo. En este ins-
tante se me ocurre que mediante esa especie de preci-
sión habría que exp iar algo de l pecado que labora en
toda ficción artística: como si tuviera qu e curarse de
sí mis ma a t ravés de l medio de la fant así a exact as v.
Algo semejante se oc ulta tr as de aquel teorema de He-
gel; ahora bien: en la obra de arte, que se diferencia
de t odo lo meramente exi stente po r virtud de su ley
formal, el cumplimiento de ésta, la pr opi a esenciali-
dad, la «posibilldad» en sentido enfático, depende de
la medida de realidad que lleve en sí, por refund ida
y en variadas configuraciones que lo haga; y también
el pensamiento, que mantiene contra la realidad la po-
sibili dad superada una y otra vez, meramente la retiene
cuando enti ende a la posibilidad, desde el punto de
vista de su realización , como de la realidad: como aque-
llo confonne a lo cual la posibilidad misma, por débil-
mente que sea, extiende sus tentáculos, y no como un
«hubi era sido tan hermosos, cuyo sonido se hace anti-
cipadamente al fracaso.
Ta l es la sus t ancia verttatíva misma de las regiones
.. Theodor W. Adorno: ",Aus einen Brief über die 'Betroeene'
an Thomas Mann-, en Ak.¡;ente, 1955, fascículo J, págs. 284 ss.
114
de la filosofía de Hegel en las que-como en la filosofía
de la hi storia y, especialmente, en el «Prólogos de la
Filosofía del derecho-parece dar razón , resignada o
ta imada mente, a la realidad y se mofa de los reforma-
dores del mundo. Por lo demá s, son los elementos más
reaccionarios de Hegel, en modo alguno los lib eral-pro-
gresivos, los que han preparado el t er reno a la poste-
r ior critica socialista del utop ismo abstracto (para lue-
go, indudablemente, proporciona r una vez más, en la
hi st oria del socialismo, pretext os para re novadas repre-
siones, cuyo ejemplo más drá st ico es la difamación,
actualmente sólita en el ca mpo oriental, de todo pensa-
miento que se eleve sobre la testaru da inmediatez que
all í se persigue bajo el concept o de praxis>. Sólo que no
debería car gársele a Hegel con la culpa cua ndo se mal-
empleen sus motivos pa ra echarle un capote ideol ó-
gico al horror ininterrumpi do; pues la ver dad dialéc-
t ica se expone a semejante malempleo: es de esencia
frági l.
Sin embargo, no debe negarse la falsedad de la j us-
tificación por Hegel del ente, f rente a la cual se rebeló
en su t iempo la izquierda hegeliana y que en el ínterin
ha creci do hasta el absurdo. La doctrina de la raciona-
Iidad de lo real parece oponerse a la expe ri enci a de la
r e ~ l i     ( e incluso a la de su llamada tendencia gene-
ral) más que ninguna otra de sus doctrinas; sin em-
bargo, es una y la misma cosa que el idealismo hege-
liano. Pues una filosofía en la que, como resultado de
su movimiento y del de su conj unto, se disuelva t odo
en el espír itu, y que, por lo tanto, anuncie en lo grande
aquella identidad entre sujeto y objeto cuya no iden-
t idad en lo singular es su inspiradora, semejante filo-
sofía tomará partida apologéticamente por el ente , que,
desde luego, ha de ser uno y lo mismo que el espíritu.
Pero al quedar desmentida por la realidad la tesis de
as
la ra cionali dad de lo real, la concepción de la filosofía
de la iden ti dad se derrumba filosóficamente: de igual
modo que la diferencia entre suj eto y objeto ha st a el
momento no ha quedado allanada en la experiencia de
la realidad, tampoco se la puede borrar en la teoría.
Mas si bien, fr en te a la tensión del esp íritu, que en la
concepción de 10 rea l jamás se muest ra más poderoso
que con Hegel, la hist oria de la filosofía t ra s él se nos
presenta como debilitamiento y resi gnación de la fuer-
za conci piente y constructiva, el proceso que con ello
se ha producido es irreversible; y no deben hacerse los
cargos únicamente a una falta de ali ento espiri tual y
de memoria, ni a una ingenuidad por desdicha resuci-
tada: en é l obra, de mod o perfecta y a ter ra dora me nte
hegeli ano, algo de la lógica de la cosa misma. Con He-
gel se acredita, as í, aquel filosofema según el cual a 10
que sucumbe se le hace su propia j usticia (como pe n-
sador protoburgu és [ ur bürgerlicher] está sujeto a la
protourbana [urbürgerlicher] sent encia de Anaximan-
dro): la razón se vuelve impotente para concebir lo
real no meramente debi do a su propia impotencia, sino
porque lo real no es la razón. El proceso ent re Kant
y Hegel, en el que las argumentaciones contundent es
tenían la últ ima palabra, no ha terminado aún (acaso
porque lo cont unde nte, el supremo poder te de la mi s-
ma estrict ez lógica, es una fa lsedad fr ente a las fisuras
kantianas); en efecto, aunque Hege l merced a su crí-
tica de Kant, amplió grandiosament e la filosofía crític a
por encima del campo formal. a una con ello escamo-
teó, al hacerlo, el momento crítico supremo: la crítica
de la totalidad , de lo infinilo dado como término de
todo; as í, pues, apartó de delant e autocrá ticamente
aquel bloque-irresoluble para la conciencia---cuya ex-
periencia fue la más profunda que tuvo la filosofía tras-
cendental kantian a, bloque gracias a cuyas fisuras se
116
est ipula una concordancia sin fisuras del conocimiento
(que tiene algo de fantasmagorí a mülcaj: y apartó con
el pensamiento la diferencia entre 10 condicionado y lo
absoluto, otorgando a aquello la apariencia de incon-
dicionado (con 10 cual, en definit iva, trató contra todo
derecho a la experiencia de que se aliment aba). Mas
la fuerza cognosci tiva de su filosofía desapa rece junta-
me nte con los dere chos de la experi encia en ella; y la
pretensión de hacer sa ltar lo particular valiéndose de l
todo se convierte en ilegítima, puesto que semejante
todo, a su vez, no es--como lo quiere la famosa fr ase
de la Fenomenotogia-us: verdad (ya que la ac titud afir-
mativa y cierta de si misma con respec to a dic ho todo,
como si lo tuviera uno seguro, es fictici a ).
No es posible suavizar esta critica, pero ni siquiera
ella debería proceder sumariamente con Hegel : hasta
cuando hi ere en el rost ro a la experiencia (incluso la
que motiva su propia filosofía ), sc le oye hablar a clla
en él. Pues, por más que aquel sujeto-objeto hacia el
que se desarrolla su filosofía no sea siste ma alguno del
espíri t u abs oluto reconciliado, el espíritu experiencia
el mundo como siste ma; nombre que acierta con la
inexorable re unión en un todo dc todos los momentos
y actos parciales de la sociedad burguesa, merced. al
princi pio del interc ambio, con más exactitud que otros
más ir racional es, como el de vida, pese a que ést e con-
venga mejor a la irracionalidad del mundo, a su írre-
eonciliabili dad con los intereses racional es de una hu-
manidad consciente de si mi sma. Sólo que la razón de
tal reunión en una t ot alidad es, a su vez, sinrazón, la
totalidad de lo negativo; y «el t odo es lo fal so», no so--
lamente porque la misma tesis de la totalidad es la
falsedad, el principio de dominación infl ado hast a con-
ver t irl o en absoluto: la idea de una positividad que
crea subyugar todo lo que se le oponga gracias a la
117
\
prepotent e coercson del espír itu concipient e des figu ra,
volviéndola de la ot ra ma no. la experiencia de la pre-
potente coe rci ón ínsi ta en todo ente por virtud de su
reunión bajo el Poder. Tal es la verdad que hay en la
fal sedad hegeliana; y la fuerza del todo que ella movi-
liza no es una mera fantasia del espíritu, sino la de
aquel cegador conjunto en el que todo lo singular per-
manece sujeto. Pero la filosofía, al determinar, contra
Hegel, la negatividad del todo, cumple por últ ima vez
el postulado de la negación determina da (que se ria la
posición); y el destello que da a conocer en todos sus
momentos a l todo como lo fal so no es otro que el de
la utopía , la de la verdad total, que tod avía seri a lo
primero a reali zar.
SKOTEINOS'
O CÓMO HABRIA DE LEERSE
Nada tengo sino un susurro.
RUDOLF B ORCH ARDT.
Las resist encias qu e las grandes obras sistemáticas
de Hegel , especia lmente la Ciencia de la lógica, opone n
a la compre nsión son cua litativamente distintas de las
que acompa ñan a ot ros textos ma lfamados. Pues la t ao
rea no consiste simplemente en hacer se con un signi-
ficad o que sin lugar a dudas se encuentre en el texto,
valiéndose de una ate nción exacta a ést e y de cierto
esfue rzo men tal, sino que en muchos pasaj es el sen-
tido mi smo es incier to, y hast a e l momento ni ngún art e
hermenéutica lo ha estableci do incuesn onablemente (si n
lo cua l no existen filología hegeliana ni critica text ua l
suficie nte alguna). Por lo demás, las ti radas de Seho-
penhauer con tra tal supuesto galimatías, con toda su
mezquindad y rencor. y siquiera fuese negativament e,
denotaban (como el nido frente a los nuevos [ e invi si-
bies) vestidos del rey ) una rel ación con la cuesti ón,
ante la que se echaban a un lado el re spet o educado
y el miedo a ponerse en ridfculo. En el terreno de la
gra n filosoffa, Hegel es , ciertament e, el único con el
cua l de vez en cuando no se sabe, ni se puede averiguar
de forma concluyente, de qué se es tá hablando, en de-
finitiva, y con el cual no está garantizada ni siquiera
* Adjet ivo griego que significa <oscuro. tenebr oso, inintcligi-
ble». IN. del T. )
118 119
la posibilidad de se mejante averiguación. Mencionemos
sólo. entre los casos de principio. la di ferencia entre
las categorías de razón o fundamento y de causalidad
que aparece en el libro segundo de la gran Lógica; y
como detalle, veamos un par de proposiciones de l pri-
mer capítulo de es te mismo libro: «El devenir de la
esencia. su movimiento re flejador, es . por lo tanto. el
movimiento de la nada a la nada, Y. por' ello, a sí mis-
ma: el transit o o devenir se deja en sus penso en  
propio t ran sitar. pues lo otro, lo que devi ene en seme-
jante t ránsito. no es el no ser de un ser. sino la na da
de una nada ; y esto, se r la negación de una nada , es
lo que const ituye el ser. El ser existe solamente en
cuanto mov imiento de la nada a la nada. por lo cua l
es la esencia: mas ésta no ti ene en sí tal movimi ento,
sino que es. en cuanto el aparecer absoluto mi smo, la
pura negatividad. que no tiene nada fuera de ella a lo
cual nega r, sino que úni camente niega a su mismo ne-
gat ivo. que sólo existe en est e negar» t. Pero ya en el
Hegel temprano hay algo análogo, incluso en el trabajo
sobre Lo. diferencia... • qu e es sobremanera t ransparen-
te como programa; pues el final de la secci ón sobre las
relaciones entre la especulación y el sentido común
reza asl: _Si bi en al sentido común sólo se le aparece
el lado aniquilador de la especulación, ta l ani quilar no
se le aparece en toda su ext ensión: si pudiera a prehen-
der ésta no tomaria a aquélla por su adversaria. ya que
la es peculación. en su supre ma síntesis de lo cons cie n-
t e y lo inconsciente. exige también la aniquilación de
la conciencia misma. y la razón hunde así su re flejar la
ident idad absoluta . su saber y a si misma en su propio
abismo ; y en tal noche de la mera reflexión y del enten-
'Hegel, WW 4, pág. 493 red. cr tt.. t. 11, págs. 134; v. cast ot . 11,
pág. 22].
120
dimiento razonador , que es el mediodía de la vida. pue-
den encontrarse ambos »1, Sólo la fantasía ingeniosa y
precisa de un participante apasionado en un seminari o
hará que se encienda sin violencia la luz de la última
frase (que rivaliza con la prosa más expuesta de Hñl -
de..Iin, procedente de aquellos mi smos años): la de que
la «noche de la mera reflexión» es la noche para la me ra
reflexión, mientras qu e la vida , a la qu e se vinc ula con
el medi od ía, es la especulación; pues el concepto hege-
liano de és ta no significa otra cosa (una vez despojado
de su revest imiento terminológico) que la vida de nue-
vo, const ruida haci a adentro l ; y a llí se hermanan una
con otra la filosofía especutat íva (i ncl uso la de Scho-
penhauer) y la música. Este lugar se hace inter pre table
conoc iendo el registro completo hegeli ano. en especial
la construcción conceptual del capítulo, pero no pa r-
tiendo únicamente del texto de l párrafo; y a quien se
enca rnice con ést e y luego. desenga ñado, rehúse ocu-
pa rse de Hegel. por ser tan abisal. difícilmente podrá
contesté rsete con mucho más que lo enderezado a lo
universal, de cuya insuficiencia reprochaba Hegel mi s-
mo en aquel t rabajo al entendi miento meramente rene-
jador . Pero no hay que deslizarse por enci ma de los
pasaj es en los que queda en el ai re, indccisamente, de
qu é se trate. sino que hab ri a que derivar su estruct ura
de la sus tancia de la filosofia hegel iana ; pues a ella va
asociado el carácter de eso que es té en el aire. de acuer-
do con la doc trina de que no es posible asir la verdad
en ninguna tes is singu lar, en ningún enunciado posltt-
va limitado. La fonna hegeli ana concuerda con tal inten-
ción: nada puede entende rse aislado. todo únicamente
en conjunto (con el dolor que. una vez más. el conj unto
• WW 1, pág. 60 [Dif f ere'l Z..., ed. cír., pág. 251.
' ef. el texto, pág. 74.
121
(
,
ti ene únicamente e n sus mo mentos si ngulares) ; dupli-
cida d de la dial éct ica que, verdaderamen te , se le escapa
a la expos ición li terari a , ya que ésta es necesariamente
fi nita, en cua nto que denote un ívocamente algo unívo-
co; y po r eso es menester concederle en Hegel tanta
venta ja. ( El hecho de que. por principio. no pueda ha-
ce r efect iva de un golpe la unidad del todo y de sus
pa rt es se convier te en su flaqueza.) Si bien se convence
de su propia inadecuación con respecto a la ñl osoña
hegeliana a toda frase i n   ~ v i   u l de ésta. la forma ex-
presa este hec ho al no ser capaz de captar de modo ple-
namen te adec uado contenido alguno-en caso contra-
rio se verí a libre de la miseria y fali bilidad de los con-
ceptos que di ga su con tenido-; por lo cual la compren-
sión de Hegel se fragmenta en momentos mutuamente
medi ados y que, sin embargo, se contradi cen. Hegel se
resiste a quien no esté familiarizado con su intención
tot al . qu e ha de Infer tr se. ante todo , de su cri t ica de la
fil osofía pasa da y de la de su propia época: ha de te-
nerse presente, por provisionalmente que sea , tras de
qué ande en cada caso, y algo as¡ como desencapotarlo
hacia a trás. Hegel exige objetivamente, y no sólo para
que el lector se habitúe a la cuestión. varias lect uras;
mas. indudabl ement e, si centramos todo en est o, se lo
puede fal sear una vez más: entonces se produce con
facil idad lo que hast a la fecha ha sido más perj udi cia l
para la interpretaci ón, es to es, una conci encia vacía del
sis tema; la cual es incompatible con que fr ente a sus
momentos no se forme ningún sumo concepto abs trac-
to, sino que sólo pasando por sus momentos concretos
se alca nce su verdad.
Hay algo esencial en Hegel mi smo que induce a com-
prenderl e insuficientemente , de un punto sumo haci a
abajo; pues, de acuerdo con su propia doctrina. t odo
paso dial éctico presu pone ya, de hecho. lo que el todo y
122
su resultado ha n de ser (la cons trucció n de l sujeto-
obje to, aq uel mostrar que la ver dad es esencialmente
suje to); y las ca tegor ías del ser ser ían ya en sí lo que
la doc tr ina del concepto, como su en y para sí, acaba
po r descubri r. En el ..Sis tema» (la gran Enciclopedia )
se expresa es to con la máxima franqueza: - La finitud
del fin cons iste en que. en su realizaci ón, el ma teri al
utilizado para ello como medio sólo se le subs ume y se
le adecúa exteriormente. Ahora bien: de hecho. el ob-
jeto en sí es el concepto, y puest o que aquél. como fin.
se realiza en ést e. este últ imo es sólo Ja mani festación
de su propio in t eri or ; y la ob jetividad es . por lo tanto,
algo así como una cáscara bajo la que el concepto ya-
cena oculto. En 10 finito no podemos presenciar ni ver
si verdaderamente se alcanza el fin; en cuanto al cum-
plimiento del fin infinito, únicamente es preci so dejar
en sus penso el engaño de que no se haya cumplido aún:
el bien. el bien absoluto. se cons uma etername nte en
el mundo, y el resultado es que se cumple ya en y para
sí, sin que necesite esperarnos a nosotros. Mas este en-
gaño es aquello en lo cual vivimos y. al mismo t iempo ,
lo único que actú a, en lo que est riba el interés de l mun-
do : en su pr oceso. la idea mi sma se vuelve este enga-
ño. opone otra cosa y su acción consist e en dejar el
engaño en suspenso: la verdad sólo brot a de este error.
y en ello se enc uentra la recon ci liaci ón con el error y
con la finitud . El ser otra cosa o error. en cuanto pues-
to en suspens o, es, a su vez, un momento necesario de
la ver dad, que sólo existe al volverse en su propio re-
sultado » 4. Esto sir ve pa ra con trapear aquel puro ent re-
garse a la cosa y sus momentos al que se confía la
«Intr oducci ón» de la Fenomenol ogía: el compor tamien-
to no será tan concret o como ésta querría, pues los
• Hegel WW 8, § 212, Adición , pág. 422.
123
momentos ai slados sólo llevan más allá y por enci ma
de sí mismos porque se ha meditado de antemano en
la identidad del sujeto y del objeto; y la primacía abs-
tracta del todo quebranta una y otra vez la pertinencia
de los análisis singulares. Sin embargo, la mayoría de
los comenta ri os (incluso el de McTagga rt S) fallan. al
abandona rse a tal primado: t oman la intención por el
hecho y la orie ntación ent re las tendencias directivas
del pensa miento por su recti tud; con lo que sería su-
perflua la ejecución. Hegel mi smo no es tá Ubre, en
modo alguno, de toda culpa por lo que se refiere a tal
insuficiente procede r : sigue .la línea de mínima resis-
tenci a. pues siempre es más fáci l encont ra r el camino
en un pen sar como si fuese sobre un mapa que perse-
guir su acierto en lo llevado a cabo ; así. pues, a veces
"dor mita el mis mo Hegel, se contenta con indicaciones
formales, con tesis de que algo es de tal modo, cuando
lo que habría que hacer sería hacerl o efectivo. Entre
las t areas de una interpreta ción debida. no   la menor
ni la más simple la de separar tales pasaj es de aquellos
otros en los que real mente se haya meditado. Induda-
blemente. comparado con Kant . en Hegel di sminuyen
los elementos es quemát icos; pero es fr ecuente que el
sistema haga marchar el programa de la pura conte m-
plación en un brillante desfile (cosa que era inevitable:
S! no.   todo se hubiera embrollado sin es peranza ).
Ocasionalment e, y para oculta rlo, Hegel se afana con
una pedant eria que le va muy poco a quien juzga des-
pect ivamente sobre definiciones verbales y cosas seme-
jantes; así, en el tránsito de la sociedad burguesa al
Estado, según la Filosofía del Derecho. leemos: «El
concept o de es ta idea existe sólo como espír it u, como
t Cf, J. E. M. McTaggar t: A Commentary on lJegel's Logic,
Cambridge, 1931.
124
sabedor de sí mismo y real. siendo la obje tivació n de
sí mismo, el movimiento a t ravés de la forma de sus
mo mentos. De ahí que sea: A) el espí ritu inmedi ata
o naturalmente ét ico, la familia; esta substancialidad
llega a la pérdida de su unidad. a la desavenencia y al
punto de vista reja üvízant e, con lo que es ; B) la socie-
dad burguesa (un enlace de mi embros en cuanto indi-
víduos singulares aut ónomos, en una gene ralidad, por
ende. formal), la cual, me rced a sus necesidades, alar-
denamíento jurídico como medi o de obtener la seguri -
dad de las personas y de la propi edad y a un orden
exter ior con vistas a sus intereses par ticulares y comu-
nes, que es el Estado exterio r; C) se recoge y re úne en
el fin y la realidad de lo universal subst anci al y de la
vida públi cament e consagrada a ello: en la Constitu-
ción.. ' . (En lo que se refiere al contenido, la configura-
ción del moment o dinámi co-dialéctico y el conservado r-
afirmati vo debería condicionar-y no sólo en la Filoso-
t ía del Derecho--aquel excedente de rí gida universali-
dad que hay en todo lo devini ente y particular tanto
como ella es tá condicionada por él; pues la lógica de
Hege l no es meramente su met afí si ca, sino as imismo su
política.) El ar te de leerle te ndría que señala r cuándo
int roduce a lgo nuevo y con contenido y cuándo sigue
anda ndo una máquina que no quiere serlo y no deber ía
seguir haciéndolo. En todo inst an te habría qu e tener
en cuenta dos máximas aparen tement e incompatibles:
la de una inmers ión minuciosa y la de una distanci a
má s libre; para 10 cual no fa lta ayuda , pues lo que el
sentido común se imagina ser desvar íos es de liviano
momento en Hegel (incluso para aquél ); y a partir de
ello el sentido común puede ap roxima r se a él, con t al
de qu e no se lo impida el odio (qu e, por lo demás, He-
' Hegel, WW 7, § 157, págs. 236-7 red. crtt., p ágs. 148-91 ·
125
gel mi smo diagnosticó en el trabajo sobre La dii eren-
cía... 7 como algo innato en tal sentidol . Asf. hasta los
capit ula s crípticos proporcionan frases-como las que
se encuent ran en la elucidación de la aparie nci a-que
expresan de modo complementa rio que está mentan do
pol émicamente el ide alismo subj eti vo y el Ienomenis-
mo: «la apari en cia» sería «el fenómeno del escepticis-
mo; y t ambi én es el aparecer fenoménico del idealismo
aquella inmediatez q ue no es nada ni cosa alguna. ni,
en general, un se r in diferente que se hallase fuera de
su det erminación y r efer enci a al suj et o.. .• l .
/Q"ui en se re tra iga an te las consideraciones efect úa-
{- das por Hegel sobre su concepción to tal, y sus ti tuya
la transpar encia de lo s ing ular por la det erminación
del valor de pos ici ón del det alle en . el sis te ma. habrá
r enunciado a entender estrictament e, habrá capitulado:
Hegel no t endrí a que ser entend ido es t r ic tamente. Allí
donde se lo rechaza expre samente-ante todo en e l
posit ivismo-apenas se lo abor da hoy; y en luga r de
ej ercer una cr it ica se lo aparta como ca r ente de sen-
t ido (expresión que es una forma más elega nte del ano
ti guo r eproche de la falta de claridad): no valdr ía la
pena de desperd iciar el ti empo en quien no sea capaz
de expresar inequívocamente lo que quier a deci r. Este
concepto de 'claridad, de manera parecida al ansia de
definiciones ver bal es, ha sobrevivido a la filosofía en
la que surgió en otro ti empo, y se ha independizado
de ella; mas ahora se lo retra slada de las ciencias par-
l icular es, que lo conser va n dogmáticament e, a la filo-
sofía, que había hecho reflexión cri t ica sobre él desde
hace la rgo t iempo y q ue, por ell o. no lo complacía sin
cond iciones . En los Principia ( philosophiae] es donde
1 WW 1. págs. S().7 (Diff ere"".... . ed. cit.• pág. 2Z] .
I WW 4. pág. 488 (ed. crít., t . 11. pág. 9; v, cast., t . 11. pág. 17].
126
se tratan más a fondo los cartes ianos conceptos de la
cl ari dad y di stinción (que todavía en Ka nt van empa-
r ejados) : «I nclus o muchí simas perso nas no perciben
en toda su vida nada suficientemente bien pa ra poder
emit ir un j uici o cie r to sobr e ello; pues el conocimiento
t perc ept ío¡ sobr e el que pueda asen tar un juici o cier to
e indubit abl e no só lo se requi er e que sea claro , s ino
también di stinto. Llamo cla ro al q ue le sea presente y
manifies to a un espíri tu atento, de igual manera que
decimos que vemos claramente las cosas que. es ta ndo
presentes alojo que mi ra . lo muevan lo bastant e fuerte
y manifies tamente ; y d isti nto al que, s uponiendo que
sea cla ro. es té tan separado de todos los demás y sea
tan p reci so ( seiu nCla el praeci sa ) que no encierre en
sí nada sino 10 que sea claro» 9. Mas estas [ rases. cuya
fertilidad hi stórica ha sido extrema . no son gnoseolo-
gicamente tan aproblemáticas, en modo algu no, como
querría el senti do común. tanto hoy como entonces :
Descartes las presenta como es t ipulaciones ter minoló-
gicas {eclaram voco ilIam.. . perceptionem-). defmiendo
la claridad y la di s tin ción con el fin de lograr un entc n-
dimi ento; pero queda por resolve r que los conoci mien-
tos como tal es, de acuerdo con su propia índole, sa tis-
• Descart es : Die Prínzipicn der Philasophie, tr. y notas de
Artur Buchenau, Hambur go, 1955; l.' par te, pág. 15 Cedo cr tt. de
la obra original (Principio philosophiae¡ en la edición completa.
preparada por Adam y Tarmcry - Oeuvres de Descartes. 11 vots.,
París, le Cerf, 1897-1909 ( reím pr., 1951), t. VIII. 1905. págs. 21-2;
puede verse la versión francesa ant igua, corregida por el mismo
Descartes y que presenta algunas variant es con r espec to al text o
latino, en la cómoda ed. de A. Bridoux: Descartes:   ~ u v r e el
tet tres, Par ís, GdUimdrd ( _Bibl. de la Pléiadea), 1952. páS. 591;
vera, cas to en la trad. de M. de la Revilla de las Obtds filosófi-
cas de Descartes, Madrid y París, S. a., t. J, pág. 183, Y en la
de J. Izquierdo y Moya de Los principios de la filosu/fa, Ma·
drld, Reus, 1925, pág. 44].
127
fagan o no ambos cri teri os (y ello, ciertamente, en ob-
sequio del mét od o) l0. La doctrina cartesiana se aho r ra
la fenomenologia de los actos cognoscitivos mismos,
como si hubiese qu e manej arlos de igual modo que una
axiomática matemát ica, sin tener en cuenta su est ruc-
tura propia ; pero es te idea l matemático determina am-
bas no r mas metodológicas incluso en cuanto a su con-
tenido; pu es Desearles no sabe explicarlas de otro modo
que mediante una comparación con el mundo sensible
(. sieut ea ciare a nobis vide ri dici mus, quae, oculo
in tuent¡ praescnria, sa tis fortiter et aperte illum mo-
vent a) 11. Ahora bien: no puede darse por bueno el he-
.. Toda historia filosófica de la claridad debería refl exionar
sobre el hecho de que, de acuerdo con su origen, ésta era atri-
buto de la Deidad intuida y de su modo de aparecerse, el aura
luminosa de la mística cristiana y judía; mas con la incesante
secularización se conviert e en algo metodológico, en el modo
de conocimiento exaltado a absoluto; conocimiento al que bas-
tan sus reglas de juego, con independencia de dónde proceda
ese ideal y a dónde vaya, e incluso del contenido: la claridad
es la forma hipostasiada de una conciencia subjetiva suficiente
de alll:o en general. Pero se vuelve un fetiche para la concien-
cia: su adecuación a los objetos les suprime a estos mismos,
finalmente, el sentido trascendente; la filosof!a ha de ser ünjce-
mente, entonces, un -estoraarse por claridades últimas. , y la
palabra . I1ustración. habria de estampillar con su santo y seña
semejante evolución (indudablemente, su depotenciación va unt-
da al hecho de que en el interin se haya extinguido el recuerdo
del modelo de claridad, la luz. Que su patetismo, con todo, si-
gue presuponiendo). El modernismo, paradójico empate de acti-
tud romántica y positivismo, como mirando hacia atrás ha
dado una fórmula del doble carácter de la claridad; pues un
lema de Jacobsen reza asi : . La luz sobre los campos: tal es lo
que queremoe.s Y cuando Husserl maneja los eníveíes de cla-
rtdade, está utilizando involuntariamente una metáfora tomada
del tesoro del templo del modernismo, de la esfera sacra
profana.
uDescartes : Oeuvres red. de Adam y Tannery], t. JII: «Prtn-
cipia philosuphiue». Par ís, 1905; pars prima, págs. 21-2 [es un
128
che de que j us tame nte al t ratar de la clari dad se con-
tente Descartes con una mer a metáf or a (<<s iCUb), que
necesariamente ha de apar tarse de lo qu e ti ene que ex-
plicar y que, por consiguiente. será todo menos clara:
él tuvo que ext raer el ideal de cl aridad de la cer teza
sens ible, a la que alude al hablar del ojo; mas, según
es perfectamente sabido, su subs trato, el mundo sen-
siblc-espacial, es en Descartes idéntico al objeto de la
geomet rí a, desnudo de toda dinámica, cuya insufi cien-
cia quedó madura merced a la doctri na lci bniziana de
un cont inuo infinitesimal desde las nociones oscuras Y
confusa s hast a las cla ras; doct rina que Kan t adop tó
frent e a Descartes: «La claridad no es. como di cen
los lógicos, la conciencia de una represent ación (Var-
st ellzm g) , ya que incluso en diversas representaciones
oscuras ha de hallarse cierto grado de conciencia, que,
sin embargo, no basta para la evocación: pu es carentes
de toda conciencia no podríamos hacer diferencia algu-
na al enlazar representaci ones oscuras, cosa que. con
todo, somos capaces de hacer con Jos rasgos caracte-
rísticos de varios conceptos (como los de j ust ici a y
equidad, y del músico cuando, improvisando, toca si-
multáneamente varías notas); sino que es clara un a
representación cuya conciencia baste para t ener con-
ci encia de su diferencia con ot ras»: así, pues, ca rtesia-
namente sería «dts ünta», sin que, pese a ello, quede
ga rant izada su verdad, como sucedía en el DisCOllrs de
la methoáe. y Kant continúa diciendo : «En caso de
que es to baste para la diferenciación , pero no para la
conciencia de la diferencia, habrá que llamar oscura
a la re presentación. Así, pues, hay infinitos grados de
fragmento de la cita anterior de Descartes, cuya traducción, por
consiguiente, aparece en el texto correspondiente a la nota 9].
129
,
/( '
conciencia, hast a su extinción» 12: a él no se le ocurrió,
como tampoco se le había ocurrido a Leibniz, desva-
lorizar todos esos grados salvo el supremo e ideal; pero
éste es el que maneja el concept o cientifico de conoci-
miento, como si fuese un en sí a nuestra disposición
en todo tiempo y a voluntad, y como si no se hubiese
patentizado como hipóstasis en la era po stcarteslanc.
El ideal de claridad creerá capaz de conocimiento-e-ra-
cionalísticarncnte, en sentido histórico de la palabra-
a lo que aderece su objeto a priori, como si hubiese
de ser estático-matemático; pero la nor ma de claridad
t iene _sQl() en caso_de suponerse que
aquel objeto mismo sea, a su vez, de tal género que le
al sujeto parar mi entes fiJame nte
con la mirada y las figuras geométricas; y al
sostener est o en general se decide de antemano sobre
el objeto, al cual, sin embar go, habría de acomodarse
el conocimiento (si --se entiende -del modo más sencillo
  Así, pues, sólo
puede exigirse cl aridad a __ todo conocimiento de
que se convenga en que las cosas están puras de toda
dinámica-q ue: las s·ust rajese a la mirada unívocamente
atenazadora; mas el desider átum: de claridad se hace
doblemente cuestionable en cuanto se descubre el con-
secuente pensamiento de que aquello sobre lo que filo-
sofa no sólo pa sa por el cognoscente como en un vehícu-
lo, sino que se mueve en sí mismo, y qu e de ese modo
se desprende de la última semejanza con la res ext ensa
cartesiana, con lo extenso espacialmente; y correlativa-
mente con esta intelección se forma la de que tampoco
" Kant : Kritik der reinen Vernunft, ed. de Raimund Schmidt,
2.· ed., Leipzig [Meiner ( <<Ph. B.», 37 a )], 1944 [hay relmpr. en
Hamburgo, a partir de 19571, pág. 398 b [nota; cor responde a
B 415; vers o cast o de Morente, t. 11, pá g. 289; id. de Perojo-
Rovira Anm:ngol, t . 11, pág. 125].
130
el sujeto se está quieto como una cámara colocada so- _
bre un trípode, sino que, en virtud de su referencia a
un objeto que se mueve en sí, también él se mueve
(que es una de las doctrinas centrales de la Fenome-
nología). Frente a est o, el modesto r equis it o de la cla-
ridad y distinción se vuelve cabeza abajo; pues en me-
dio de la dialéctica las categorías t radi cional es no per-
manecen rígidamente intactas, sino que aquélla at ra-
vies a cada una de ell as y transforma su complexión
inter na.
Pes e a lo cual , la praxis de l conocimiento, con la
primitiva di scrím'__naci ón entre claro y no claro, se afe-
rra a un escantillón que solo conviene a un sujeto y un
objeto cosa que hace, ciertamente, llevada
de su diligente celo por el tejemaneje de las ciencias
particulares (dominado por la división del trabajo), que
se proponen sin reflexión sus objetos y es fer as de ellos
y tipifican dogmáticamente la relación que ha de tener
con ellos el conocimiento. La claridad y la dis tinción
tienen como modelo una cósica conciencia de cosas; y
de hecho, Descartes, enteramente dentro del esp ír itu de
su sistema, habla de la cosa de manera ingenuo-realista
en un estudio anterior de l ideal de claridad: «y habien-
do observado que en esto de pienso, luego existo no
hay nada en absoluto que me asegure que digo la ver-
dad, salvo el ver muy claramente qu e para pensar es
menester exi stir, juzgué que podía toma r como regla
general la de que todas las cosas que concebimos muy
cIara y distintamente son verdade ras, si bien hay algu-
nas di ficultades para percatarnos correctamente de cuá-
les son las que concebimos distintamente»». En la
" Descartes : Discours de la méthode, t r. de Lüder Gabe,
Hamburgo. Meiner, 1960; 4.' parte, pág. 55 [ed. de Adam y Tan-
nery, t. VIII, pág. 33; ed. de Bridoux, pág. 14B; vers o cast. : Dis-
curso del mét odo, del que hay varias ediciones ; la mej or es la
131
\
di ficull ad que advierte Descartes (la de percatarnos
correctamente de qué es lo que concebimos CaD dísün-
ción) se ha ce sent ir débilmen te el recuerdo de que en
los actos cognosciti vos de l sujeto los objetos no se so-
met en sin más a tal pretensión; pues de otro modo,
su claridad y dist inción, sus atri butos verítat ívos, no
podrían causar de nuevo difi cult ades. Mas una vez que
se concede que la claridad y la distinción no son me-
ros carac teres del esta do de cosas dado, ni son ellas
mismas ningún dato, no puede segu ir juzgándose acer-
ca de la dignidad de los conocimientos de acuerdo con
lo cl ara y unívoca, dist intamente que se present e ca da
uno de ellos ; y en cuanto la conciencia no se conciba
a sí mi sma como fijada cósicamente, como-por as í
decirlo-fotografiable, se cae necesariament e en con-
tradicción con la ambi ción cartesiana: la concienci a
cos ificada hace que los obje tos se congelen en un en
si, de suer te que se encuentre n disponibles en cuanto
para ot ro (para la ciencia y la praxis). Sin duda, no
cabe desat ender groseramen te al requisito de cla ridad
si es que la filosofía no ha de a la confusión
y destrui r su propia posibilidad: 10 que habría de sal-
var de él es la necesidad de que la expresión acier te
exactamente con la cosa expresada inclu so cu ando ést a
se encuentre en conflicto con el _ de las
cosas dadas claramente. Con lo que también en eso cho-
caria la filosofía con una paradoja: la de expresar cla-
ra mente, no lo difícil, sino lo no claro y no limpiamente
deli mitado de la cosificación, de ta l modo que resulten
dibujados con distinción máxima los momentos que se
le escapen al rayo visual que mira fijamente, o qu e
en general, inaccesibles. Pero esto no es ningún
bilin güe de la Universidad de Puerto Rico (Madrid, Rev. de
Occ., 1954), pág. 33].
132
mero requisito formal , sino una parte de la sus tanci a
t ras de la que va la filosofía: es paradój ico este requí-
sito porque el lenguaje se malp re nde al proceso_de _la
cosificación. En efecto: ya la sola forma de la cópula,
el _es_, sigue de cerca a esa intención de espetar cuya
corrección le incumbiría a la filosofía; y todo lenguaje
filosófico, en cuanto que va cont ra el lenguaje, traza
desde la línea de partida su propia imposibilidad.
habría que contesta r _aJa aplazadora _acti tud la
cual el requis ito de cla ridad no es válido al insta nte ni
para lo ai slado, sino que volvería a su terreno a través
de l todo (como el sist emático Hegel podía aún esperar,
sin, por lo demás, cumplir en teramente su promesa).
Verdaderamente, la filosofía re húye aquel requisi to, si
bien con una negación determi nad a; y ti ene que hacer
ésta cosa suya ín_cluso en la exposición: deci r conc re-
t amente qué es lo que no puede decir, e intentar poner
en claro hasta los confines inmanentes de la claridad.
Es mej or qu e hable de que decepci ona la expecta tiva
de que en cada insta nte diese pleno cumplimien to a
todo concepto y t oda proposición que emplee, a que,
conmocionada por el éxito de las ciencias pa rticula res,

lome presta da de ellas una norma ante la cual ha de
caer en bancarrota (pues la filosoffa liene  
de lo n.9.. t iene un pues lo en orden preestableci -
do de pensamientos y obj etos--como se imaginaba la
ingenuidad del de él
si sistema de En la nor-
ma de la claridad se parapet a el antiguo realismo de
copia de la critica del conocimient o, sin preocupa rse
por sus propios efectos: sólo él per mite la creencia de
que, sin dudas e incont rover tiblemente, cabria obtener
una imagen de cua lquier objeto. Si n embargo, la filo-
sofía tiene que reflexionar sobre la objeti vida d, la de-
t erminación y el cumpli miento tant o como sobre el len-
133
gua je y sus relaciones con las cosas; y en tanto se
esfuerce permanentement e por escapar a la cos ifica-
ción de la conciencia y de las cuestiones, no podrá asen-
tir dócilmente a las reglas de juego de la conciencia
cos ificada sin borrarse a sí misma (por poco que, por
lo demás, para no degenerar en balbuceo, ose dej ar
simplemente de t omar en consideración tales reglas ).
La sentencia de Wittgens tein «Acerca de lo que no se
puede hablar es preciso callarse» 14, en la que repercute
el extremo del positivismo con el porte de la autenti-
cidad reverencial-autoritari a, y que ejerce, por ello, una
especie de sugesti ón de masa s intelectual, es t otalmen-
te ant ifilosófica: cabe defini r la filoso fía-si es que es
posible hacerlo de algún mo do-como el esfuerzo por
deci r algo de eso acerca de lo que no se puede hablar ,
por cont ri buir a expresar lo no idéntico, aun cua ndo la
expre sión, sin embargo, siempre identifique. Hegel in-
t ent ó hacerlo; y como jamás puede decírselo inmedia-
tamente, puesto que todo lo inmediato es falaz (y, por
lo tanto, en la expresión necesariamente no es claro), lo
dice en forma mediata inca nsablemente-no en úl timo
término apel a por ello a la totalidad, por problemática
qu e sea-oLa filosofía que, en no mb re de una capci os a
lógica formal matematizada a la que se acostumbra,
reniega a priori de su prop io concepto, se encuentra
con que la razón misma supri me virtualment e lo que
ella quería (a lo cual es constitutivamente inherente la
imposibilida d P0(i la cual Wittgens tein y sus seguido-
res han hecho un tabú de la razón re fere nte a la filo-
soffa).
"Ludwig Wittgenstein: Trac/ atus [ogico-philosophicus, 7: en
Schrifte n, Frankfurt , 1960, pág. 83 [ed. orig., Nueva Yor k/Len-
dres, Humanities Press/Rout ledge (muchas reímpr. a part ir de
1922), págs. 188-9; verso ca st. de E. Tierno Galván, Madr id, Rev.
de Dcc., 1957, pág. 191} .
134
Raras veces se ha trazado teorí a alguna de la c lari-
da d filosófica 15: en vez de ello se emplea su concepto
como si fuese obvio; y con Hegel no se atrevió a hacer-
se temática en ningún lugar : a lo sumo, e contrario,
como donde defiende a Heráclito: «La oscuridad de
esta filosofía reside principalmente en que en ella se
expresa un pensamient o profundo, especulativo; y éste
es siempre difícil y oscuro para el entendimiento (mien-
t ras qu e la matemática carece t otal ment e de dificul-
tad): el concepto, la idea, le es contraria al entendi-
"Ciertamente, quien primero lo hizo fue la especulación me-
tañsica de Alfred North Whit ehead en su libro Adven tures of
Ideas (Nueva Yor k, 1932 [r eediciún en rustica, Cambridge,
C. Univ. Press, 1964}). Sólo podrí a haber clari dad y distinci ón
cuando se suponga al «sujeto» r ígidamente idéntico con el
«cognoscente», y al «obje to» con lo «conocido»: «No topic has
suítere á more from this tendcncv of philosophers /han their
account 01 /he obícct-subiect structure of experíence. In the
ií ret place, this structure has been. identiíied wit ñ the bare
retation. 01 knO'wer to known. Th is su bject is the knowen, t he
obiect is the known. Thus, wíth thís interpreta/ion, the object-
sulriect retat íon is the known-knowcr rdatlan. J/ /hen follows
that the more clearly any íns tunce 01 this reEation s fands out for
discrimi na/ion, file more safel y we can utitize ít ior the interpre-
fa/ion al/he status of experience in the universe 01 things, Hence
Descartes' appea l to clari/y and. assunctness» l eNo ha habido
tema que haya padecido tanto por efecto de esta tendencia de los
filósofos como su versión de la estructura obj eto-subjetiva de la
experiencia. En pri mer lugar, se ha ident ificado tal estructura
con las meras relaciones de cognoscente a conocido: este sujeto
es el cognoscente, el obje to es lo conocido. Así, pues, con esta
interpret ación, las relaciones entre objeto y sujeto son las que
hay entre conoci do y cognoscente; de lo cual se sigue que cuan-
to más claramente se des taque ante la discrimi nación un ejem-
plo cual quiera de tales relaci ones , con tant a mayor seguridad
podremos ut ilizarlo para interpretar la condición de que goce
la experiencia en cI universo de las cosas; y de ahí la ape la-
ción cartesiana a la claridad y distinción» (pág. 225; reed. cír.,
p ág . 177)].
135
\
miente s-e-fren te a lo que sucede con la razón-, «éste
no puede aprehenderlas 16. Las tdeas de Husserl se ocu-
pan de este desidenuum, si bien no conforme a su
letra textual, sino a su sentido: indudablemente , el
concepto que al lí aparece de exactitud 118 de equipa-
rarse con el tradici onal de cl aridad. Husserl lo reserva
para las mu ltiplici dades matemáticas definidas " , y pre-
gunta si se debería o podría cons tituir su propio mé to-
do fenomenológico al modo de una - geomet rta de la
vivencia »1': ..¿Hemos de buscar también aquí un siste-
ma axiomát ico definito y construir sobre él t eorí as de-
ductivas h 19; per o en la r espuest a va má s allá de seme-
jante método: se da cuenta de que no es posibl e juz-
ga r metodológicamente acerca de la posibilidad de ex-
traer teorías deductivas de un sis t ema definito de axio-
mas, sino únicamente basándose en su cont eni do; lo
cual entra en tangencia con la llamad a exact itud en la
formación de conceptos (que, según él, es una condi-
ción de toda teoría de ductiva): és ta no sería, «en modo
alguno, cosa de nue stro lib re albedrío y del arte lógica ,
sino que, en 10 que respecta a los presuntos conceptos
axiomáticos (que, pese a ello, habrán de ser compro-
bables en una intuición di recta ), presupone la exac ti-
tud de las esencias mismas aprehendida s. Mas depende
totalmente de la índole propia del campo de esencias
que sea hasta qué punt o cabrá encontrar en él unas
lO Hegel, WW 17, pág, 348 [v. cesr., pág. 261].
" Cf. Edmund Husserl: I deen w eincr reinen Phiinomcllolo-
rie und phiirwmclWlogi.schen Philosophie [Entes Buch] , Halle,
1922, (§ 72] , pág. 136 red. cnt. en la serie «Husserñana-, t . 111.
La Haya, Nijhoff, 1950, págs. 167-8; vers o casto de Gaos : [d eas
reÚJtillf1S a una f enomenologúl. pur a y una í ítosot ía íenomenoto-
gica, 2.° ed., México, 1962, págs. 162-3J.
" Td., pá g. 133 [ § 72; ed. crn., pág. 165; v. cast ., pá g. 160].
v tc, páa: . 137 [ § 73; ed. crtt., pág. 168; v. cest., pág. 164J .
136
esencias M exactas " y el que sean o no cimentables abo
solutamente todas las esenci as aprehendibles en una
intuición real (y, con ello, asimis mo todos los compo-
nentes escnclales)» 20. En el parágrafo siguient e distin-
gue las ciencias descri ptivas de la s exact as, y juzga así
sobre aquéllas: «La vaguedad de los conceptos , o sea ,
la ci rcunst ancia de que posean esfe ras de aplicaci ón
flu idas, no es una mancha que haya que plantarles en-
ci ma: pues para la esfera cognoscit iva 'a la que sirve n
. son aquél los simplemente inel udi bles, es to es, son los
únicos que en ella es tán justificados. Cuando de lo que
se trata es de dar una expresión concept ual ad ecuada
a unos es tados de cos as intuibl es, y hacerl o en sus ca-
racteres esenciales int uiti vamente dados, ello quiere de-
ci r precisamente que se los tome tal y como se den;
mas no se dan de otro modo que como fluyentes, y las
esencias tipicas únicament e pueden a prehenderse en
ellos mediante una int ui ción esencial que analice inme-
diatamente. La más perfecta geometrí a y su domini o
prác tico más perfecto no pueden servir al investigador
natural descriptivo precisamente para dar expresión (e n
conceptos geométr icos exactos) a lo que él expresa de
fonna tan llana, comprens ible y enteramen te adecuada
con las palabras ganchudo, corvo, lent icul ar , umbelifor-
me, etc.: conceptos sin tac ha , que son esencialmente
( no por casualidad ) inexac tos y, por ello, también no
mat emáticos» l l .   filosóficos se diferen-
cian, pues, de los exac tos por serñuyentes , .en_vir tu!,J.
de la Indole de aque llo sobre lo Es to di c ta.
a la vez, Jos confines de la intelección lograda por
Husser] : se contenta con la di syunción en tre lo fijo y
(disyunción de filosofí a reflexi va), en tanto
20 Husserl ; Ideen zu dller reinen Plliinomcllologie...
"Id., pág.. 138 [§ 74; cd. crtt. , pág. 170; v. ctt., pág. 165}.
137
\
que la di al éctica heseliana define ambas como mediada
__en si cada un a de ellas por la otra; mas lo que se con-
cede al lógi co Husserl-que. por Jo demás, une su voz
al coro de quienes reprende n como a un niño de escue-
la a Hegel por su crí tica del principio de cont ra dic-
ción-es ci ertamente válido para Hegel mismo, el cual .
con mucha mayor energía que Husserl. quería forma r
Jos conceptos de tal modo que en ellos se manifest ara
la vida de la cosa .mí sme, y no siguiendo el abstracto
ideal cognoscit ivo de claridad.   enterame nte
en la cosa, parecía desplegarla sólo a partir de ella y
por mor de ella, escasamente por su propia inspi ración
y por ca usa de los oyentes; no obs ta nte lo cual, surgía
sólo de él, y una preocupación casi paternal po r la cl a-
ridad mitigaba aquella rígida seri edad. que hubiera po-
dido arredrar ante la recepción de t an arduos pensa-
mientes »Z2 .
\ Mientras qu e el requisito de claridad se comp lica
Iingülst icamente, pues el lenguaje no tol era, en reali-
dad, que las palabras mi smas la posean (y también en
es te aspecto converge su ideal con el matemático ), la
claridad Iingüistica, a la vez, hasta tal punto depende
de la actitud del pensar con respecto a la objetividad
que, en general, sólo se puede decir claramente y sin
residuo lo que sea verdadero; pues no sólo pende toda
la t ransparencia de la expresi ón de la relaci ón exis tente
ent re ella y el es tado de cosas que se represente. sino
asi mi smo de que el juicio sea acer tado (o si ést e es in-
fundado o cons t it uye una conclusión errónea, se ob stru-
ye a si mi smo una formulación exacta; y en la medida
en que no posea enteramente la cosa, será vago frent e
a ella): el lenguaje mismo, que no es índice alguno de
'" Vorstudien jiir Leben und Kunst, ed. del Dr. H. G. Hotho,
St ut tgurt y Tübingen, 1835, pág. 386.
138
10 verdadero, si lo es. en cambio, de 10 falso. Pero si
el veredicto de Hegel (de que filosóficament e no es ver-
dadera ninguna proposición ai slada ) conserva su fue r-
za hasta sobre él mi smo. toda frase de este tipo mos-
trada, además, su insuficiencia: podrfa
decirse-aunque. desde luego, si n hacer caso de su pro- k
pi a praxis lingüistica-que la falta de cla ridad qu e in-
cansa blemente se le cens ura no es una mera debilidad,
sino asimismomotor para rectificar la no verdad de lo
particular. que se declara como no claridad de lo sin- I
guiar y ai slado. --J
Lo primero de t odo. un lenguaje filosófico da r ía sa-
t isf acción a la necesidad que insist e en la comprensi-
bilidad, sin confu ndirla_con la El lenguaje.
en cua nto expresi ón de la cuestión. de la cosa que sea,
no se agota en la comunicación, en el transmitir a otros;
per o ta mpoco es simplemente-y eso lo sabía Hegel-
independiente de la comunicación, ya que de otro modo
escaparía a t oda crítica enderezada a sus rel aciones con
la cosa, y se degradaría a pretensión arbit raria: el
guaje como expresión de la cosa y como comunicación
están entret ejidos mutuamente. La facultad de nombrar
la cosa misma se ha formado bajo la coacción de trans-
mitirla, y conserva es ta coacción tan to como . a la in-
versa, no podría comunicar nada que ella mi sma, inde-
pe ndientemente de otras consideraciones. no tuv iese
como intención propia; y semejante dialéctica aconte-
ce en su propio medio. no es an te todo ni ngún pecado
original de un afán social. desdeñador del hombre. que
vigi lara para que no se pensase nada que no fuese co-
municable. Asi, pues. ni el pro ceder lingüístico más ín-
t egro puede apartar el antagonismo del en si y el para
otro; pe ro mientras que en la poesía acaso se imponga
descolla ndo del text o, la filosofla está obligada a englo-
barlo; cosa que se ve dificu lta da por efecto de una
139
hora hi stórica en la que la comunicación di ct ada por
el mercado-es sintomática la sustitución de la teoría
de l lenguaj e por la de la comunicación-pesa'"de tal
modo sobre el lenguaje que éste, para re sisti r a la con-
formi dad de lo que en el positivismo se llama «el len-
guaje ordinario», ti ene forzosamente que derogar la
comunicación-será preferible que sea incomprensible
a que desfigure la cosa mediante una comunicación que
impide comulgar en ella- o fatigas lingüí sticas
teórico..t ropiezan con una frontera que ti enen que
respetar si es que no han de convertirse en sabotaje
de sí misma-s ta nto- a la fidelidad a la
infidelidad: el momento universalidad del lenguaj e,
cual éste seria posible, atenta ineluctablemen-
te contra la plena determinación cósica de lo particu-
lar (a lo cual quiere det erminar ); y su correctivo son
los esfuerzos, por disimulados que sean, en pro de la.
comprensibilidad, que cons tit uye el polo opuesto a la
P.!:ir!l objetividad .la _t ensión
entreambos florece la verdad de la e.l'.pr esión; te nsión
que , sin embargo, no es una sola cosa con la vaga y
brutal orden de cl ar idad (que por 10 regular acaba en
que debe deci rse lo que de t odos modos ya se diga, y
de jar de decirse lo que sea de otra manera y sólo de
otra forma haya de decirse): el precepto de cl ari dad
- de claridad sin int errupci ón, aquí y ahora , inmedia-
ta mente-pide en vano al lenguaj e algo que éste , en
general, no puede conceder en la inmedi atez de su s
palabras y frases, sino únicamente con su configura-
ción, y de un modo bastante fragmentario.
otro proceder: el de que, evitando cuidadosamente las
defi'ñiCioñes._verbales en cuanto meras. es tipulaciones,
configurase los . conceptos con la máxima fidelidad po-
sobre lo que di gan en la lengua: vi rtualmente, en.
cuanto nombres (la reciente fenomenología «material»
140
fue siempre una escuela preparatoria en ta l dirección);
y los esfuerzos del sensorio lingüí stico por logr ar preg-
nancía son a este respecto mucho mayores que los me-
cánicos por sujeta rse a definiciones ya decretadas (por
.mucho que se imagine, quien se de las
propias pal abras se ve aliviado, en lugar de agravado,
haciéndolas r esbalar ante las .cosas ). Con todo, semc-
jante insatisfact orio:
los idiomas empíricos no son nombres puros, sino siem-
pre, as imismo, Béoet *, productos de la conciencia sub-
jeti va y, por su parte, en cuanto tales, semejantes a
definicione s; y quien salt a por encima de es to, al arran-
carlas a la r elatividad de la est ipulación las dej ará a
me rce,d de una segunda relativida d, de un res iduo de
arbitrariedad de lo que cap ellas haya que pensarse
(contra lo cual el lenguaj e filosófico no posee otro re.
medio que el de emplear con discreción las palabras
que habrían de zozobrar si se las usase literalment e
como nombres, de ta l suer te que gracias a su valor
posicional se aminore aquella arbitrariedad). Así, pues,
la
te tensa sobre la palabra singular que ella requiera se
completan: juntas el intermedio compren-
derse mutuamente, esa viscosa capa entre la cosa y la I
comprensión. Y un proceder lingü ísti co correcto podría J?
compararse.. al modoen que apr enc:Ic __ un._emigrante un
es posible que, impacien temente, so-
meti do a presión, opere menos con el diccionario que
lea cuanto le caiga en las manos; numerosas palabras
así pero estarán ro deadas
  .Ealo de indetermi naci ón,
padecerán confus iones cómicas, has.t a que, merced a la
ri queza de combinaciones en qu e hayan aparecido, se
* Instituciones . u ordenaciones. (N. del T.)
141
descifren totalmente (e incluso mejor de lo que per-
mltlrfa el diccionario, en el que ya la elección de sín ó-
nimos ad olece de todas las limitaciones y la indiferen-
ciación Iingüist ica del lexíc égrafo).
Es verosímil que la razón de que los textos de He-
gel sean tan recalcit ra ntes sea, y no en últ imo término,
la de que él, llevado de una confianza excesiva en el
espíri t u objetivo, creyó que se podía pasar sin seme-
jante impacto de lo ext ra ño, que pod ía decir lo inde-
cible de la forma que hablaba. Si n embargo, los ele-
mentos que concu rren en él, sus conceptos, juicios y
raciocinios, no se vuelven incomprensibles: únicamen-
te que apuntan por encima y más allá de sí mismos,
son-ya de acuerdo con su propia idea- tan escasa-
mente cumplibles en cua nto a islados como, por lo de-
más, las piezas int egra nt es del lenguaje extrafilosófico,
que únicamente sabe n de sí mi smas. Bajo es te aspecto,
la tarea de comprender la filosofía, y, en especial, la
hegeliana, sería la de comprender algo que t endría que
se r objet o de un protesto por parte de la solita norma
de claridad; meditar en lo mentado incluso cuando no
quepa re presentars e clare et dist incte lo que implique,
Visto, pues, desde la cienci a, en la mi sma racionalidad
filosófica se encuentra ínsito, como momento suyo, algo
que es irraciona l, y a la filosofía le compete absor ber
tal momento sin por eJlo pactar con el írr acionalísmo:
en cuanto al método dialéctico, es, en suma, el intento
de de spachar tal propuest a al quedar libre del anatema
del pere ntorio instante y desplegarse en una impulsora
estr uct ura intelectual. La experiencia filosófica no puc-
de pre scindir, en el horizonte de la vaguedad más in-
deleb le, de la evidencia ejemplar, del «es to es así»:
t ampoco ha de quedarse parada en tal punto, pero a
quien, en definitiva, no se le encienda súbitamente se-
mejante evidencia en la lect ura de algunos grávido s
142
pa sajes de la Lógica de Hegel, quien no advierta con
lo que ha acertado (aunque sea de manera no perf ec-
tamente articulada ), compre nderá tan poco como el que
se extasie an te Jo mera mente aproximado del sent í-
mie!1
lo
filosófico. Los fan áticos de la claridad querrían
extinguir aquel súbito relampagueo: la filos ofía habri a
de pagar de mo do contante, sin demora, y la part ici-
pación en ella se t asa ría en un ba lance que siga el mo-
de lo de un gas to de trabajo, que ha de tene r su re mu-
neraci ón equivalen te; pero elJa es la pro test a contra el
pr incipio de equivalencia, }' de ahí que no sea burguesa
incluso eo cuanto burguesa. El que la exija equivalen-
tes ( << ¿por qué tendría yo que inter esarme por eso?»)
se engaña rá en cua nto a su elemento vi ta l, el ri tmo de
la cont inuidad y la int ermi tenci a de la experie nci a es-
pi ri tual.
La preci sión de la filosofía en cua nto configuración
de mamenlos es cualitati vamente di stinta de la univo-
cidad de uno cualquiera de ellos incluso en la confígu-
raci ón, ya qu e ésta, a su vez, es más que la quintaesen-
cia de sus momentos y otra cosa que ella ; pues conste-
lación no es sistema: no se a lJana, no asimila todo a
ella, si no que uno proyect a luz sobre el ot ro, y las figu-
ras qu e los momentos singulares forman junt os son
unos signos precisos y determinados y un escrito legi-
ble. Todo es to se encuen t ra en Hegel. cuya manera de
expon er se comporta soberana-indifere ntemente para
con el lenguaje, sin llegar a a rt icularse y, en cualquier
caso, sin haber penetrado apenas en el qu irnísmo de su
propia forma lingüísti ca, a la que, con su confianza en
la reali dad, demasiado simple, le fa lta la agudeza de la
aut oconci encia critica que la dial éctica introdujo en el
len guaj e juntamente con la reflexión de" su necesaria
inadecuaci ón. Esto es fatal, ya que sus formulaciones,
que ni quieren ni pueden ser concluyentes, suenan fr e-
143
cuen tement e, sin embargo, como si así fuesen : el len-
guaje de Hegel posee un ademá n doct rinal, mo tivado
por la pre pondera ncia de la presentación oral sobre el
texto escrito; y la vaguedad. indelebl e en la dialéct ica,
se convier te con él en un defecto, puesto que no mez-
cló con ella ningún contraveneno, mien tra s que, de he-
cho, al ace ntuar y-finalmente-alabar todo ti po de ob-
jetivaci ones, su filosofía, de ord inari o, no es parca en
ellas. Lo que más le hubiese gustado hubier a sido escri -
bi r al modo filosófico t radicional sin recoger en el len-
guaj e la dif erencia con respecto a la t eoría tradicional
(déficit con el que ha de conta r un intérpret e leal); y
habria que hacer con él lo que Hegel descuidaba: dar
Jugar a l máximo posibl e de pregnancia, con objeto de
sacar a luz la estri ctez del movimiento dial écti co que
no se contenta con ~ pregnancte. Ciertament e. a nadi e
menos qu e a Hegel le conviene la, por lo demás, pro-
blemática nor ma de la filologia de hacer que se dest a-
qu e el sentido a que subjetivamente se refiri ese el
autor; pues ~   mét odo, que es indisoluble de la cues-
tión entre mimos, quiere dejar a ést a que se mueva, no
desarrollar consideraciones propias; y de ahí que sus
t extos no hayan adqui ri do forma t ot al ment e (cosa que
seria necesariamente decir que es tuviesen indi vidua-
dos), ya que su medi o espiri tual no es del géne ro que
se hubiera podido esperar como algo obvio al cabo de
los dento cincuenta años transcurridos: dan al otro el
pie para que lo siga. le da n la entrada, casi como en
música. Semejante apriórica comunicación se convierte
luego, en la gra n Lógica, en fermento de un texto no
comunica tivo, y lo vuelve hermético.
La objeción má s difundida contra la sup uesta falta
de claridad de Hege l es la de los equívocos ( incluso la
144
Historia [de la filosof ía) de Oberwcg la rep ite 23. Cier-
tament e, está cuajado de ocasiones para tal objeción:
así, al principi o de la lógica subjetiva leemos: eEs no
menos imposible declarar inmedi atamente cuál sea la
natural eza del concepto que se ntar inmedi atamente el
concepto de cualquier otro obje to... Mas, aun cuando
no solamente haya que consídera r el concepto como
un supues to subjet ivo previo, sino como fundamento
ab soluto. ello no puede serl o, sin emba rgo, más que
con t al de que se haya vuelto fundamento. Lo inme-
diato ab st ract o es, cie rtamente, al go pri mero: pero este
abst ract o es más bien, sin embargo, algo mediado, a
cuyo respecto hay que buscar ante todo un fundamen-
t o, si es qu e hemos de apre hender lo en su verdad. De
ahí qu e es te último tenga que ser. indudablemente, al go
inmedi at o, pero de tal suerte que se haya vuelt o inme-
di ato al dej ar en sus pe nso la mediaci ón» 14; incuestio-
nablemente, las dos veces se emplea de un modo dife-
r ente el concepto de concepto: una, enfá ticamen te,
como ..funda mento absol uto». o sea, obje tivamente, en
el sen tido de la cosa mi sma , que esencialmente seri a
esp íri tu ; pero los conceptos no sólo t endrían que ser
es o, sino, al mismo t iempo, el «supuesto subje tivo pre-
vio», lo cons t r uido, baj o lo cual subs umida el pensar
lo airo que sí. La terminología es desconcer ta nte, ya
qu e incluso en el segundo caso no se emplea--como
era de esperar-el plural, sino el singu lar (sin duda,
porque forma tan por principio parte del concepto he-
geliano del concepto el que sea resultado de una sínte-
sis subjetiva que el que expres e el en sf de la cosa).
A diferencia de lo que sucede con ot ros mu chos equf-
DCt. Fr iedrich Uberweg: Grnndríss der Geschicñte der Phi-
/osophie, I V. refundici ón de T. K. Oester reích, BerlJn, 1923,
pág. 87.
,. Hegel , WW 5. pá g. 5 Ied. crtt., pág. 213; v. cast., pá g. 249].
145
10
vocos hegelianos, la comprensión se facilita merced a
que en el capítulo enel concepto en general. se hacen
temáticas las di ferencias entre ambos conceptos de l
concepto: pero He gel ofrece la justificación de este
equívoco un par de páginas más adelante, donde de s-
aITOlIa la unidad de a mbos conceptos del concepto:
eMe limito aquí a . una observa ci ón que puede servir
para compre nder los conceptos que he desar rollado
y para faci litar el orientarse de nt ro de ellos. El con-
cepto, con tal de que haya creci do hasta un a exist encia
que sea, a su vez, lib re, no es otra cosa que el yo o la
autoconciencia pura. Ciertamente, t engo conceptos , y
esto quiere decir conceptos determinados; pero el yo
es el concepto puro mismo, que en cuanto concep-
to ha llegado a ser exis tente. ..• lS, Así, pues, el conce pto
objet ivo-según, Hegel , el de la cosa misma-que haya
crecido hasta la existenci a, se convier te en ente en si
y, de acuerdo con la tesis general de l sistema hegelia-
no, es simultáneamente , a su vez, subjetividad; en lo
cual coincide finalmente el lado nominali sta de l con-
cepto, en cuant o formado subjet ivamente, con el reatis-
ta , el del concepto como ser en sí (que deberá mos-
trarse como sujeto. como yo, en el curso de las media-
ciones de la lógica mi sma) . Esta est ructura es proto-
Ilpiea del carácter subalt erno de la objeci ón con tra los
equívocos: allí donde Hegel es formalmente culpable
de ellos, se trata , en la mayoría de los casos , de alusio-
ne s con un contenido, para explicar que dos momentos
di stinguidos entre si sean tan diferentes como relativos
a una sola cosa. Pero la ob jeción trascende nte a Hegel
apenas r oza esto: as ient a el pr incipio de identidad de
que los t érminos han de mantenerse fijos en el significa-
do ' que se les haya conferi do deñnítoríamente. Se trata
"Hegel, WW S, pá¡¡; s. 13·4 [ed. crtt., pág. 220; v. cast., pág. 257].
146
de un nominalismo inqu ebrantab le: le s" conceptos no
deben ser sino índices de los rasgos uni tarios de una '
pluralidad; y cuanto más subjetivamente se los ac uñe
tanto menos deberá uno agitarse por ello s como si, por
el cont rar io, se tuviera una revelación de algo-e-que ,
por lo demás, les se r ía exter ior, meramente construí-
do--:. El sentido común raciona liza esto di ciendo que'l \
el desacato de la defini ción destruye el orde n del peno V'
sa r: y el pro testo cont ra tal desacato surte efectos tan
indefectiblemente porque se basa en una concepción
qu e no quiere saber del objeto nada merced a lo cual
cupiera desmentir 10 que le haya endos ado el espíritu
subjeti vo; concepción que se obstina vigorosamente
cont ra la exper ienci a (que quiere dej ar que habl e la
cosa mi sma ), tal vez sospechando que ante aquéll a su
propio concepto de verdad , aparentemente Incorrupr í-
bl e, se verla obligado a confesar su fal acia. El nomina-
lismo per tenece a la roca ur bana primigen ia, y en las
fa ses y naciones más distintas se asocia a la con soli -
dación de la sit uación ciudadana, cuya ambiva lencia la
lleva él hincada ; pues contri buye a libe rar la conciencia
de la auto ridad del concep to (que se habi a establecido
como universalidad previa) al desencantarlo a mera
abreviatura de las particulari dad es descubi er tas por é l.
Pero semejante Ilustración es siempre, al mi smo t iem-
po, lo opuesto a ell a, o sea, una hipóst asis de lo par-
ticular, hasta el punto de que la clase burgue sa estimu-
la al nominali smo a recel ar como de una mera ilusión
de cuanto pudiera es tor bar al ind ividuo ai slado en su
pursuit 01 tiappiness», en la ba tida ir reflexiva e n pos
del propio provecho de ca da cua l; y no debería de ba-
ber nada general, nada que ar ranque a lo particular
las anteojera s, la creenci a de que su azarcsidad es su
"Persecución de la felicidad. ( N . del T.)
147
!
ley. c¿Y el concep to, qué es ? : el ademán expresa siem-
pre, a la vez, qu e el individuo singular tiene qu e ganar
dinero, y que eso es más imp or tante que todo lo demás.
En caso de que el concepto fuese tan aut ónomo que no
se agotase en los pormenores de que se compone, el
burgués principio de individuaci 6n se veda sacudido
hast a lo má s profundo; pero se lo defiende tanto más
mali ciosamente cuanto que él mi smo es una apariencia
(puest o que a través de los int ereses indi viduales se
realiza esa generalidad malvada que t endencialmente
sepulta una vez más bajo sí ta les intereses), apariencia
a la que se aferran convulsivamente, ya que de otro
modo ni podrian conti nuar, incontrovertidos, los cega-
dos, ni creer en la metafísica de su clo que en es te
caso es míos, de la sant idad de la posesi6n, simple-
mente. Bajo este aspecto, la individuali dad es el sujeto
convertido en posesión para si mismo: el nominali smo
anti-ideológico es as imismo, desde el comienzo, ideolo-
gía ; y la lógica de Hegel quería usar de esta dialéctica
valiéndose de sus medi os (que no son transparentes
sobre la sociedad) , con el res iduo ideológico de que
así se le transfiguraría al liberal en algo positivo la ge-
neralidad que impera en el individuo singular y por
encima de él. Sólo un giro ideológico semejante per-
mitió a Hegel neutralizar en dialéctica lógica la di al éc-
tica social de 10 general y lo particular: el concepto,
que en él habría de ser, con todo, la realidad mi sma,
sigue siendo concept o merced a proclamarselc reali-
dad; pero, como sucede en Platón, para Hegel la me-
dida del concepto es la exigencia de la cosa misma, no
la organización defi nitoria del suje to, y por ello sus-
pende la identidad del concepto como criterio de la
verdad; pero ello degrada a mera equivocidad la va-
riación de los significados de los conceptos por mor
de su propia sus tancia.
148
Sin embargo, Hegel no declaro simpleme nte nulo el
principio de iden tidad, sino que lo restringió: a su
modo, lo tuvo simultáneamente en mucho y en nada.
Pues, en definitiva, gracias a ta l principio, es to es , al
compara r la vida de la cosa expresada en el concepto
con el significado anteriormente fijado y al de volver
protestado el an tiguo, por no válido, se cons t ituye el
otro significado. Ahora bien: Hegel pued e ma neja r los
t érminos de la misma manera que el lenguaj e no filo-
s ófico, sin vacilar, lo hace con muchas de sus pa labras
y clases de palab ra s, o sea, ocasiona lmente (si bien en
ellas permanecen constantes muc hos est ratos signi fica-
ti vos, ot ros los reciben del contexto); y el lenguaj e filo-
s6fico se forma sobre el ingenuo en cuanto que, escép-
tico f rente al científico, fluidifica, merced a su trabazón,
la ri gidez de los sistemas de definiciones de és te. En
Hegel , equívocidades ocasionales de es ta índole sobre-
vienen a expresiones tal es como la tan profusamente
empleada de «Inmedía tamcnre-: cuando quiere decir
que la mediación se encuen tra en la cosa mi sma, no
entre varias cosas, apli ca fr ecuentemente «inmediato»
a 10 mediado, de modo que el que una categor ía sea
inmediatamente su opuesta quiere decir algo equiva-
lente a que en sí misma sea también su op uesta (en
lugar de serl o por referencia a algo exte rior a ella).
Así : «Por lo tanto, la relación excluyente es un poner
lo positivo como excluyente de lo ot ro, de modo que
este poner es inmediatamente el poner lo otro que ello,
lo qu e lo excluya. Tal es la absoluta cont radicción de
lo posit ivo, que, sin emba rgo, es inmedi atamente la
absoluta cont radicción de lo nega tivo; y el poner am-
bos es una reflexión. .. _216; según esto, la mediación mi s-
ma es inmediata, dado que lo pues to y med iado no es
,. WW 4, pág. 536 [ed. crn . pág. 220; v. cas t.. pág. 257].
149
\
nada di st in to de lo primario, ya que esto mi smo sería
algo puesto; y de modo semejante, pe ro aún más era-
semente. se dice en una not a: «Es importantísimo ad-
vertir la inme diat a identidad de la forma tal y como
aquí la hemos puesto. incluso sin el movimi ento de la
cosa mi sma, tan lleno de con tenido; identidad que apa-
rece en la cosa según ésta se halla en su comienzo:
así, el pur o ser es inmediat amente la nada... ~   ( el n-
mediatamente e suena aquí a mera paradoj a; pero lo
qu e se mienta es que la nada no es ninguna categoría
que se le añadi era al puro ser desde el exteri or , sino
que éste, en cuanto lo absolutamente indet erminad o,
no es nada en sí mi smo.) Un análisis te rmi nológico de-
tenido del lenguaje hegeliano podría registrar en su in-
tegridad tales equi vocas y, segú n es de presumir, disi-
par los; mas también tendría que ocuparse de palabras
a r tificiales [en alemán], como reflexión (que, siguiendo
una di stinción corriente en el idealismo post kantiano.
abarca el uso finito y limitado del entendimiento y,
al go más genero samente, el conj unto de la acti t ud cien-
tífico-po siti vista), y luego-en las lineas maestras de
la Ciencia de la lógica-, as imismo, de las ..determina-
ciones de la reflexión», o sea, de la reflexión crít ica de
la doctrina de las ca tegorí as objeti vamente primera,
cuasi aristotélica (a la que, a su vez, convencerá más
tarde de apariencialidad y conducirá al concepto enfá-
tico del concepto). O bi en las cquivocidades pueden ser
tales con toda seriedad, pueden ser artificios filosóficos
merced a los cuales quiera realizarse lin güisticamente
la dialéctica del pensa miento: en ocasiones, con una
tendencia algo violenta (y que anticipa a Heidegger )
a independizar el estado de cosas lin güisti co frente al
mentado; aunque. desde luego. con menos insistencia
21 WW 4, págs. 686-7 [ed. crít ., t . n, pág. 153; v. cast., pág. 183].
150
que Hei degger y, po r ello, no tan culpablemente como
él. Ya en la Fenomenología hace Hegel juegos malaba-
res, por ejemplo, con «recor dar »: e, . . Puest o que su
perfeccione-e-la del espí r it u- ..consist e en saber per-
fectamente 10 que es, su subst ancia, est e saber es su
entrar en sí, en el qu e aban dona su ser exis tente y en-
liega su figura al recordar. Con el ent rar en si se hun-
de en la noche de su autoconciencia, pero en ella se
conserva su desaparecido ser existente , y és te-el an te-
rior, per o renacido a partir del saber-ces el nuevo se r
en la existencia, un nuevo mundo y figura espiri tua l;
y en él, t an sin qu e nada le empezca, ha de empezar
des de el principio, en su inmediat ez, y ha de crecer de
nuevo desde él como si todo lo precedente se hubiera
pe rdi do para él y no le hubiese ense ñado nada la expe-
riencia de los espíri tus anteriores. Pero lo re-cordado
se conserva, y es el hondón cordial y, de hecho, la for-
ma super ior de la substancia; por lo tanto, cuando este
espíri tu empieza de nuevo desde el principio su forma-
ción, que pa rece provenir úni camente de si, donde co-
mi enza es , a la vez, a un nivel superi or . 21. La equivo-
cidad funci onal más t ri llada es la de "deja r en sus-
penso»; pero se puede observar esa técnica en casos
más sutiles, en juegos de palab ras ocultos (y perpetra
algunos. en especial, con el concepto de la nada ). Tal es
figu ras del lenguaje no pretenden que se las tome lit e-
ralmente, sino en forma irónica, como t ra vesuras: He-
gel conduce sin pest añear al len guaj e a través del len-
gua je de la vana presunción de un sent ido pagado de
si mi smo : y en tales pasajes la función de l lenguaje no
es apologét ica, sino cri tic a, ya que desautoriza al j uicio
fi nito, que en su particularida d, objetivamente y sin
poder nada en cont ra de ello, se compor ta como si go-
" WW 2, púg . 619 [cd. erH., págs. 563-4; v. cast., pág. 4731.
151
zase de verdad absoluta. La equivocidad quiere demos-
trar con medios lógicos la inadecuación de la lógica
estática para la cosa mediada en sí , que deviene como
ente; y la convers ión de la lógica cont ra sí misma es
la sal dialéctica de tales equívocos. En cuanto a la con-
cepción corriente del equívoco, no ha de aceptársela
como tal, sin el menor reparo. En efecto: el análisis
semántico que los equi vocas di secan es una condición
necesaria-si bien en modo alguno suficiente-para ren-
dir cuent as lingüí sticas de la filosofía; en realidad, quien
no haya separado ya, por ej emplo, los significados in-
manente y-correlativamente-trascendent e del térmí-
no del caso, el significado lógico (el que un examen
se quede o no dentro de los presupuestos del teorema
que le corresponda ), el gnose ológico (si es que el pen-
samiento proviene de la inmanencia de la conciencia.
de la llamada complexión de lo dado en el interior del
sujeto) y el metafísico (acerca de si el conocimiento se
detiene en los confines de la expe ri encia posible) no
puede entenderla. Mas la elección de una misma pala-
bra pa ra distintos l ÉVY¡ no es fort uit a ni siquiera en
la terminología cor ri ente : así, el significado gnoseol ó-
gico y el metafísico penden unidos del t rascendente,
pues lo que gnoseol ógicamente sería ab solutamen te
t rascendente (la cosa en sí kantiana), est o es , lo no
identificable en la llamada corriente de la conciencia,
sería asimismo metafísicamente t rascenden te- si bien
Hegel peralta es ta relación a la t esis de que la lógica
y la metafísica son uno y lo mismo- , Ya en la lógica
predialécti ca los equívocos no encubr en dife rencias ab-
solutas, sino que atestiguan la unidad de lo dif erente;
y su esclarecimiento re quiere ta nto que se caiga en la
cuenta de tal unidad como qu e se marque lo diferen-
cial. La filosofía di aléctica, pues, proporcionó au tocon-
ciencia a un es t ado de cos as que se impone en la t er-
152
minologfa t radicional y su historia , cont ra su propia
voluntad; y de él se alimentan los equívocos de Hegel,
aunque en él se at rofie de cuando en cuando el mo-
mento de la di stinción en benefi cio de una igualdad
indiscriminada.
Pese a tal es negligencias, en los escrit os hegelianos
hay espa rcidas declaraciones super1at ivizadoras acerca
del lenguaj e: «para el espíri tu» sería la «expresión más
perfect a» 29, y aun «el poder supremo entr e los seres
humanos» JO; tampoco la Lógi ca se apar ta al respec t o:
al ocuparse del «elemento de la comunicación», dice
que «en lo general, el agua desempeña la función de
t al medio; en lo espiritual- en cuanto que tenga asien-
to en ello al go análogo a tal relación-hay que consi-
derar de este modo el signo en general y, más especí-
ficamente, el lenguaj e» 31; y de la misma t endencia es
ya la doct rina de la Fenome nología según la cual el
lenguaj e pe rtenece al nivel de la cult ura, en el que «la
singularidad que es para sí de la autoconci encia entra
como tal en la existencia, de sue r te que es para atto»32,
De acuerdo con esto, parece ser que Hegel-cosa ba s-
t ante sorprendente- no admit ió a l lenguaje (al que ha-
bí a as ignado su sitio en el libro tercero de la Lógica)
en la esfera del espíri t u obj etivo, sino que esencialmen-
t e lo consideró como «me dio» o «para otro», como por-
t ador de contenidos subjet ivos de conciencia, en lugar
de como expresión de la idea. (No faltan por nin guna
parte rasgos nominalistas a su siste ma, que se aguza
cont ra la usual dicot omí a, se ve obligado a absorber
hasta lo qu e   es cont ra rio y cuyo t enor está en pugna
,.ww 10, § 411, Nota. pág. 246 [ed. crít. de la Enl.;;kloplidie,
pág. 343; v. casto de la Enciclopedia, t . lII , pág. 79].
lO WW 3, pág. 211.
l' WW 5, págs. 202-3 [ed. crtt., pág. 379; v. cast., pág. 431)].
J2 WW 2, pág. 390 [ed. crtt ., pág. 362; v. cast., pág. 3001.
153
con la infructuosa tentativa de retrotraer simplemente
la crí tica a la autonomía del concepto.) Hegel, en la
medida en que prestaba atención al lenguaje (y es harto
chocant e que aquel contemporáneo de Humboldt se
preocupase por él tan poco), prefería más bien consi-
derarlo como medio de comunicación-dicho con los
conceptos actuale s-que como aquella aparición de la
verdad que el lenguaje, lo mismo que el ar te, debería
haber sido para él ; con lo cual armoniza su aversión
a las formulaciones ar tifici osas e insistentes, y emite
un juicio poco ami stoso sobre el «espiri t ualísimo len-
guaje»   del espíritu enajenado de sí, de la mera cul-
tura. Así han reaccionado siempre los alemanes frente
a Voltaire y Diderot. En Hegel se encuentra ya al ace-
cho el r encor académico frente a una autorreflexión
lingüística que se aleja demasiado de la mediocre com-
pre nsión mutua; y su indiferencia estilfstica nos hace
presente lo fatalment e que está dispuesto, gracias a
la reflexión de la reflexión, a hacer causa común con la
precríticay, a su falta de ingenui-
dad, a corr oborar a los ingenuos en su complacencia;
mas es difícil que deseara una oposición ent re el pen-
samiento y la comprensión mutua, en la que se conden-
sase su propia experi encia lingüística o su falta de ella.
Su praxis lingüística obedece a una noción levemente
arcaica de primacía de la palabra hablada sobre la es-
cri ta, como la que fácilmente abriga quien se apegue
obstinadamente a su dialecto (la tan f recuentemente
reiterada observación-que, en último término, procede
de Horkheimer-de que únicamente entenderá recta-
mente a Hegel quien sepa el suabc no es ningún mero
apercu sobre peculiaridades lingüísticas, sino qu e des-
cribe el ad emán verbal hegeliano mismo ); y él no se
" WW 2, pág. 405 red . 'crí t., pág. 375; v. cas t., pág. 311 ].
154
dio por satisfecho menospreciando la expresión líugüís-
tica, no escribió profesoralmente sin preocuparse por
la expresión (cosa que sólo adquirió carta de natura-
leza en la época de la decadencia de las universidades) ,
sino que, siquiera fues e inconscientemente, elevó a
principio estilístico su escépt ica relación con el lengua-
je, inclinada a desligarse de compromisos. A ello le
obligó cierta aporía: él desconfiaba de la expresión des-
pótica, en cierto modo brutal, y, sin embargo, la es-
peculativa esencia de su propia filosofía, sobremanera
di stanciada del senti do común del lenguaje cotidiano,
lo arrastró a una forma lingüística específica; y su so-
lución fue, a su poco vistosa manera, complet amente
radical: en vez de entregar se él mismo-ya que desde-
ñaba la palabra construida en todos sus detalles-al
lenguaje de la cult ura, a la jerga filosófi ca de todo el
mundo, en cuant o algo ya dado de antemano y parlo-
t eante, desafió paradójicamente el principio de la fije-
za, sin el cual, en general, no existe nada lingüístico.
De igual modo que hoy se habla de antimateria, los
textos hegelianos son antitextos: mientras que el extre-
--. -- - ---
/ mo de ab stracción que los mejores de ellos consiguen
y reclaman involucra una tensión máxima del pensar
que se libera de la inmediatez del suje to que tenga la
experiencia, sus libros, ver daderamente, no son t ales,
sino conferencias recogidas en apuntes , una mera reso-
nancia múltiple, que incluso impresa qui ere segui r si n
comprometerse; y excent ricidades como la de que edi-
ta se sólo la parte má s pequeña de su obra, que la con-
figuración principal-e incluso más circunstanciada-
del conjunto del sistema sólo se encuentre en cuader-
nos de clase de oyentes o bajo la for ma de un borrador
manuscrito, t ales ra sgos son inherentes a su filosofía .
Durant e t oda su vida fue Hegel ari stotélico en querer
reducir t odos los fenómenos a su forma; y así procedió
155
ha sta con lo azaroso de las lecciones universitari as: sus
textos son la idea platónica correspondiente a ellas. En
cuanto a que un pensar de pretensión t an desmesurada
haya desdeñado transmi tirse él mismo en fonna pre-
ci sa y definitiva, únicamente puede exp licarse teniendo
en cuenta su ideal de exposición (l a negación de ésta );
a l mi smo tiempo, en lo encrespado de un di scurso más
habl ado que escri to. incluso el;) las partes más expues-
tas, hay que buscar un correctivo contra aquella hybris
de lo concl usivo y terminante en la obra de Hegel de
la que ya en vida suya hubo quejas (porte que en modo
alguno es propio únicamente de las partes del sistema
que sólo existen en forma de notas mnemotéc nicas y
qu e él no pub licó, o solamente en resumen, sino que,
más bi en. se reforzó manifiesta mente con el correr de
los años) . En ca so de necesidad puede aún conside rarse
la Fenomenotogia como un li bro ; pe ro la gran Lógica
no 10 consiente ya, y su lectura nos recue r da la des-
cripción que hace H. G. Hotho del docente Hegel en
sus t iempos be rlineses: ..Se sentaba abatida y mel ancó-
Iicamente, recogido dentro de sí con la cabeza inclina-
da, y pasaba las hojas, rebuscando en los grandes cua-
dernos en foli o ade lan te y at rás, arri ba y abajo, sin
cesar de hablar; la constante carraspera y las toses
perturbaban la más mínima fluidez del di scurso, todas
las frases se quedaban allí paradas, ai sladas, y las sa-
caba afuera penosamente, fragmentadas y en pleno
desorden; cada palabra y cada sílaba se desprendían
de .mala gana , para luego recibir un énfasis asombro-
samente exage rado en el metálico sonido del abierto
dial ecto sua bo, como si cada una fuese 10 má s impor-
ta nte... Una oratoria que fluya suavemente presupone
qu e se haya acaba do interior y exteriormente con su
obj eto, y la destreza formal per mite deslizarse ver bo-
semente del modo más placenter o entre "semis " y tri-
156
vial idades . Pero él t enía que conjurar los pensamien-
t os más pode ro sos desde los últ imos fundamentos de
las cosas, y si habían de ejercer una influencia viva, te-
nían que engendrarse en él mismo otra vez, en un pre-
sente siempre vivo, por más que durante años los hubie-
ra pensado y reelaborado y volviese a hacerlo siempre
de nuevo s 3L-e1 conferenciante se rebelaba cont ra el
endurecido en sí del lenguaj e, y por ello se rompía la
cabeza contra el suyo propio-c. Un monumento conme-
morativo de esta intención es el comienzo del primer
capít ulo del primer libro de la Lógica, ese ..El ser, el
puro ser, sin ninguna det erminaci ón ulterior»35, anaco-
luto que con astucia igual a la hegeli ana trata de za-
fa rse de la necesidad de que la ..inmediatez índeter mi-
nadas reciba ya a su vez una det erminación- siquiera
revestida con la forma de una frase predica tiva tal
como ..el ser es el concepto más general, sin ninguna
det erminaci ón ulter íor s-c-, con la cual el enunciado se
contradiría a sí mismo; pero si a semejante juego de
'manos opusiéramos que el puro nombre no puede en-
t enderse, en sentido estricto (por no habl ar , en ab so-
luto, de su contradicción, puesto que sólo pueden con-
tradecirse enunciados, y no meros concept os ), él podría
asenti r pícaramente a ello: la objeci ón ha dado motivo
ya para la pri mera antítesis de la pr imera tesis, y de-
clara ella misma, pues , que el ser no es nada . Con se-
mej a nt es sofismas, sin embargo, no sólo hace el tonto
una filosofí a de la identidad que ya en las primeras pa-
labras quiere a t oda costa-aun la más suave de pur o
raída-e-quedarse con la última, pues a l final habría de
tener razón, sino que la protesta de la dial éctica con-
,. Vorstudi en tür Leben und Kun st, ed. ci t., págs. 384-5.
" Hegcl, WW 4, pág. 87 [ed. cr-ít., t. 1, pág. 66; v. cast., t. 1,
pág. 107] .
157
t ra el lenguaje no puede hacerse pública de ningún otro
mod o que en él mi smo; de ahí que siga est ando conde-
nado a una impotent e paradoxia, y que haga de su ne-
ces idad virtud.
La descripción de Hotho ext rae calas que llegan has -
ta el cent ro de la forma lit eraria hegeliana. Esta se
opone ás pe ra mente a la máxima de Nietzsche por la
cua l sólo podría esc ri birse sobre aquello con lo que se
haya acabado, lo que haya uno dejado t ras de si: dado
que la sustanci a de su filosofía es el proceso, quema
expresarse como proceso en stat us nascendi pennane n-
t e, como negación del exponer como si fuese algo coa-
gulado, lo cual sólo correspondería a lo exp uesto en
caso de que est o mi smo estuviese coagulado. Las pu-
blicaciones de Hegel son-e-con una comparación ana-
crónica- más bien films del pensamient o que text os;
pero del mi smo modo que el ojo no adiestrado no pue-
de nunca re tener detall es de una película como de una
imagen fija , así sucede con sus escritos; ahí hay que
buscar lo específicamente prohibitivo que ti enen , y pre-
cisamente en este punto se queda Hegel ret rasado con
respecto a su conten ido di al écti co, que precisaría, en
virtud de la más sencilla consecuencia, una exposició n
antit éti ca co n respecto a él (lingüísticamente, los mo-
men tos singulares tendrían qu e destacarse t an tajan te-
men te, tendrían que expresa rse con ta l responsabili dad,
que el proceso menta l subjetivo y su antojo los aban-
donasen) . Si, por el contrar io, la exposición se as imila
sin resi st encia alguna a la es t ructur a del movimi ento,
el precio que la critica del concepto especul ativo tiene
que pagar a la lógica t radici onal de éste se medirá con
un ra sero dema siado baj o; y Hegel no ha sido justo a l
respect o. Pos iblemente haya de inculparse, en conjun-
to, a fa lta de sensibilidad para la región del lenguaje
(y varias cosas de su es té tica, materialme nte muy cru-
158
da s, suscit an esta sospecha ); pero aca so era tan pro-
fundo el impulso hostil al lenguaje de un pen sar qu e
percibía el límite de cualquier cosa singular determi-
nada como si fue se del lenguaje qu e el est ilista Hegel
sacrificó la preeminencia de la objetivación (preemi-
nencia que, en cuanto al contenido , sostuvo és ta en el
conj unto de su oeuvre) . Asi , pues. quien habi a reñexio-
nado sobre toda re flexión no reflexionó sobre el len-
guaje. sino que en él se movió con una desdicha que
es incompa tible con lo que dijo, ya que sus escrit os
son el intento de asemejarse inmed iat amente en la ex-
posici ón a su sus tancia: su caráct er significati vo re t ro-
cede t ra s de un carácter mimético t ras de una espec ie
de escritura gesticulatoria o de gráfi cos o curvas curio-
sa mente dispareja con las imp onent es pretensiones de
la razón que Hegel heredó de Kant y de la Ilustración.
Aná logamente, los dialect os- hasta el suabo. con su in-
t raducible «ha no » *-son repositorios de gestos, a los
que se desacostumbran los idiomas principales; y el
romanticismo, al que el Hegel maduro trató desdeño-
sarnent e, pero que era el fer mento de su propia cspccu-
laci ón, podía vengars e de él a l apoderarse de su len-
guaje como suyo propio en lo que se refiere a su tono
popular. El estilo de Hegel , que afluye en una abstracta
corri ente, adquiere , de modo semejante a lo que sucede
con los ab st ractos de HOlderlin, una calidad musica l
que le fa lta al-más sobr io-e-del románt ico Schelli ng;
hay ocasiones en que se revela así . por eje mplo, en el
uso de partículas antitéticas, como _pero », pa ra fines
de me ro en lace: «Pues to que en lo absoluto la forma
es sólo la sencilla identidad cons igo, lo ab soluto no
es tá determinado, ya que la de termi nación es una dife-
* Exclamación que generalmente se emit e en circ unstancias
en las que en nuestro idioma podría decirse : . y qué.• (N. del r.)
159
rencia de for ma, que por lo pronto vale como tal. Pero
dad o que a l mismo t iempo contiene, en gen era l, tod a
diferencia y determinación de forma, o bien, ya que
a su vez es la forma y refl exión absoluta, también ha
de aparecer en ello la diferencia del contenido . Pero lo
absoluto mismo es la identidad abs oluta, y ésta es su
det erminaci ón, a l quedar en suspenso en ello toda mul-
tiplicidad de Jos entes en sí y del mundo fenomén ico,
o de la total idad interi or y exterior» lb. Ciertamente, el
estilo de Hegel va en contra del ent endimiento filosófico
acostumbrado; no obstante lo cual, gra cias a sus flaque-
zas, prepara otro: hay que leer a Hegel mi entras, acom-
pañándolas, describe las curva s del movimiento espi ri -
t ual y-por as í dccirlo---acompaña con el oído especu-
lativo a los pensamientos, como si fuesen notas ; y si es
que, en resumen, la filosofía se alfa con el arte (en la
medida en que quisiera salvar dent ro del medio del
concepto la mimesis 17 supri mida por éste), Hegel se
compo r ta al respecto como Alejan dro con el nudo gor-
diana : depo tenci a los conceptos singul ares, los mani-
pula como si fuesen imágenes no imaginativas de lo
que ent iendan; cosa que se deca nta en la frase goethia-
na sobre el absurdo de la filosofía del espiri to absol ut o
(aquello con lo que quiere sobrepasar al concepto la
empuja siempre de nuevo, en los det all es, bajo él). Mas
sólo hace hono r a Hegel el lector que, en lugar de me-
rament e ano ta r en contra suya tan incuestionab les de-
bilida des , se perca ta del impulso que hay en ellas y
compre nde po r qué esto o aquello t iene que ser incom-
prensible, con lo que hast a eso comprende.
Hegel espera del lect or dos cosas (y ello que no le
.. WW 4, páll. 665 [cd . crít., t . 11, págs. 158-9; v. cas t. , t. 11,
págs. 190-1].
" Cf, Max Hcr kheimer y The odoe W. Adorno: Dialek tik der
Auf ktarimg, ed. clt ., págs. 311 55.
160
sienta mal a la misma ese nci a di aléct ica ): debe desli-
zar se, dejarse llevar por la corriente, sin forzar a per-
manencia a lo momentáneo (en otro caso lo altera ría,
pese a su mayor fidelidad y merced a ella ); y por otra
par te, sin embargo, ha de forma rse un proceso de lupa
tempora l intel ect ual, ha de dila ta rse de ta l modo el
l empo de los pasajes nebulosos que és tos no se vapo-
ri cen, sino que se dejen capta r por la vista en cuanto
agita dos. {Di fíci l mente podrán participar jamás ambos
procesos del mismo acto de lectu ra , que ten drá, preci-
sa me nte, que di vidirse en sus elementos opuestos, como
la misma sust ancia [ de lo leído] .) En cierto sent ido, la
for mulación de Marx de que la filosofía pasa a ser
historia 3l caracteriza ya a Hegel : dad o que con él la
filo sofía se convierte en contemplar y describir el mo-
vimiento del concepto, la Penomenoíogia del espiritu
esboza ya virtualmente su hi st oriografia; Hegel intenia
algo a sí como modelar a toda pri sa la exposición de
" • .. La filosofía autónoma p ierde , con la exposición de la
r eali dad, su mínimo existencial; y en su IUIlar ent ra, a 10 sumo,
un conjunto de resul tados untversalístmcs, que cabe abstraer
de la observa ción del desarrollo his tórico de los seTCS huma-
nos. Pcro es tas ;¡. bs tracciones, por sí mismas, di vorc iadas de la
his toria real , carecen enteramente de valor : sólo pueden servtr
para fac Uitar la ordenación del materi al hi stórico y señalar el
orden de s ucesión de sus diversos estratos...• (Marx· Engels : Die
deul sche l deologie, Berl ín, 1953, págs. 23-4 [vers. cas r. : La ideo-
logía alemana, Montevideo, Pueblos Unidos, 1959, págs. :z6.7J) .
Hay una variante t extual más ace nt uada: - sótc sabemos de una
única ciencia, la ciencia de la his t or ia. La historia puede divi-
dirse, mi rada desde dos lados, en historia de la natu ra leza y de
la huma nidad; sin embargo, no hay que divor ciar estos dos
lados: mien tras existan seres humanos, la hi s toria de la natu-
raleza y la de los hombres se condicionarán mutuamente, de
uno a otro Jada » (Deutsche ldeoto gie, en la edic ión MEGA, t . V,
l . secc ión, Ber lín, 1932, pág. 567 [est a var Iant e falta en la
ed. cest . cit ada, qu e suprime el apar ato cr ürcc textuat j ).
161
11
acuerdo con ella, filosofar como si se es cribiera hi sto-
ria y se consiguiera a viva fu erza, merced a l modo de
pensar, la un idad de lo sistemá tico y lo histórico con-
cebida en la dialéctica . Desde es ta pe rspectiva, lo que
de darte le falta a la filosofla hegelia na se ria conse-
cuencia de la dimensión hi st órica qu e se adent ra en
ella: en la exposi ción se oculta la huella de un elemen-
to empírico, inconmens ura ble con el conce pt o; r por
no poder ést e penetrarlo enteramente es tan fantasmal
frente a la norma de cíart é (la cual, originariamente
explici ta, se toma luego prestada , sin acordarse de ello,
del ideal ta nto de toda empiri e como as imismo de sis-
temas históricos opues tos ). Mient ra s que Hegel se ve
arrastrado a la integración del mo mento hi stórico en
el momento lógico, y viceversa, esta tentativa se transo
forma, sin embargo, en crítica de su propio sis tema:
ést e ti ene que hacer declaración de la irreduct ibilidad
concept ual del concepto hi stórico en sí mismo (pues,
pese a todo, según los criteri os lógico-sistemáticos, lo
hist óri co perturba como un de scolorido remi endo ); He-
gel vio es to perfecta men te en la Filosofía del Derecho.
con lo cual desautorizó una de sus intenciones cent ra-
les y optó por la tradicional separación de lo histórico
y lo sistemát ico: . EI observar la aparición y desar rollo
en el tiempo de las disposiciones legales (empe ño pura-
ment e hi stórico), así como el conocimiento de sus con-
secuencias razonabl es, que brota de su comparación
con las relaciones jurídicas preexistentes, tiene su mé-
rito y su apreciación en su propia esfera. pero es aj eno
a toda relaci ón con la consideración filosófica; a sabe r:
en cuant o que el desarrollo a pa rtir de funda mentos
hi stóricos no se confunde con el desarroll o sob re el
concepto, y la explicación y justificación históricas no
pueden ampliarse a la acepción de una justificaci ón vé-
Jida en y por sí. Es ta diferencia, que es impor tantí sima
162
y a la que, cierta mente, hay que atenerse, es a l mismo
ti empo muy es clarecedora; pues cabe most ra r qu e una
di sposición legal esté perfectamente fundada en cíer-
tas ci rc uns tancias y en unas instituciones jurídicas
existentes y sea consecuent e con ellas. siendo en y por
si, no obsta nt e ello, injusta e irrazonable; como sucede
con el conjunt o de disposiciones del derecho privado
romano, que se siguen de modo enteramente cense-
cuente de instituciones ta les como la pa tria pot estad
y el matri monio romanos. Pero, aun siendo las disposi -
ciones lega les asimismo j ustas y razonables. es ent era-
mente una cosa mostra r que sólo pueden verdadera-
mente acontecer merced al concepto y otra exponer lo
hi stóri co de su aparición, las circunstancias, cas os, ne-
cesidades y sucesos que hayan conduci do a es ta tuir las.
A ta l mostración y conocimiento pragmático a parti r
de causas hi stóri cas próximas o remotas se lo llama
fr ecuentemente explicar, o, mejor aún , comprender ;
pues se opina que merced a este mostrar lo históri co
se realiza todo-o, más bien , lo ese ncial de-cuanto es
únicamente menester para compre nder conceptualmen-
te la ley o la institución j uridica; mient ras que , ant es
bien, lo verdaderamente esencial. el concept o de la
cosa, no llega a mentarse siquiera con todo ello_".
En Jo aconceptual que resiste al mo vimiento hege-
liano del concepto. la no ide nt idad se le sobrepone; y
lo que a l final habría de ser la verdad que se sos tiene
fr ente a l sistema de la identidad se convierte en est e
mismo en mancha suya. en lo inexponible. Los lectores
de Hegel han reaccionado siempre alérgi camente con-
tra ello, pues aquel libera l restaurador atenta contra
un tabú burgués: lo presentado debería estar acabado
y concluso, enteramente de acuerdo con lo acosturn-
lO Hegel, WW 7, § 3, Nota, págs. 434 [ed. cr tt., págs. ll-3}.
163
brndc en el intercambio de mercancías, en el que el
cliente insiste en que lo que se le suministre por un
precio to ta l incorpore también el cuanto comp leto de
t rabaj o cuyo equiva lent e pague él ; y si queda algo por
hacer al respecto, se siente def ra udado. ASÍ, pu es, se
le ano ta en cont ra suya, como si no hubiese derrochad o
suficient e sudor. el t rabajo y esfuerzo del concepto, que
la filosoffa de Hegel no espera meramente de st. sino
del lector (en un se ntido que excede cualitativamente
de la recepción con una medida por encima de todo
lo usual ); y el tabú llega hasta alcanzar la no r ma pccu-
liar de la idiosincrasia del mercado según la cual se
bo rre en el producto la huella de lo humano, y sea un
puro en si; de modo que el carácter de fe tiche de la
mercanc ía no es mero vel o, sino imperativo. y se recba-
za con asco el trabaj o cuajado que permit a advert ir
que lo es de hombres: su olor humano del at a a l valor
como re lac i ón entre sujetos en lugar de ser algo ad he rí-
do a las cosa s. según es tá registrado. (La propiedad,
categoría bajo la que subsume la sociedad burguesa
incluso sus bienes intelectuales, no es nada a bsoluto;
ma s si se hace visible ta l cosa, parece que se peca con-
tra lo más sa nto.) Los ci ent íficos montan fáci lmen te en
cólera ante teoremas o pensamientos que no puedan
aún llevarse cons igo, como perfectament e demost ra -
do s; y la desazón a nte ese carácter conceptua l que no
es extrínseco a la filosofía hegeliana se racionaliza lue-
go en la mali gna aseveración de que lo incri minado, a
su vez, no efec tuaría aquello con vistas a lo cual retie-
ne a los ot ro s. Asi sucede en el conocido infor me sobre
Hegel del cancille r de la Universidad de Tübingen Gus-
tav Rümelin, en el que pregunta con barata vena ir ó-
nica: «¿Lo enti endes, pues? ¿Se mueve en ti el con-
cep to, po r sí y sin tu int ervenci ón ? ¿Se cambia s úbi-
t amente en su opues to y brota de ahí la superior uni -
164
dad de los opuestos zs ": .como si se t ra tase de que esa
«cabeza especulativa.. que tan to se Invoca (maravill ada
o despectivamente actuara subjet iva me nte dando ci er-
ta clase de peculiares salt os con objeto de lleva r a cabo
lo que Hegel a tribuye al conce pto mismo; como si la
especulación fuese una facu lt ad esotérica, y no la auto-
medición de la reflexión, hosti lmente hermanada a ella
(como ya ocur ría en Kant con la razón y el ente nd i-
miento). Ciertame nt e, entre los supuestos previos para
leer rectament e a Hegel, el primero es el de deshacerse
de semejantes cost umbres, tan arraigadas. a las que
desmi ente el conteni do de la filosofía hegeliana; y no
sirve de nada t ratar agi tadamen te de zafarse, como el
califa y el gran vis ir que se ac uerdan en vano de la
pal abra nuuabor; pue s el cambio súbi to enseñado por
Hegel de las determinaciones finitas en infinit as ni es
una sit uación fá ctic a de la conciencia subjet iva ni re-
qu iere acto alguno especi al : a lo que alude es a una
crítica filosófica de la filosofía tan racional como es ta
misma; y el único desider átum subjeti vo es el de no
obstinarse. sino--como con Kant y Fichte-darse cuen-
ta de las moti vaciones, sin qu e, po r lo demás, necesi te
acep ta r creyen temente quien sea capaz de ello el mo-
vimient o del concept o como una realidad sui gene ris,
Pero solamente logra remos preserva r de la di vaga-
ción estos desiderata de la lectura de Hegel cuando los
completemos con la insistencia más tenaz en el deta-
lle: ésta pu ede genéticamente ir por delante. y sólo alH
donde fr aca se ca tegóricamente po drá j ust ificarse una
for ma de entra r en relación el lect or dinámica men te
distanciada. Ahora bien: justamen te la falta indiscuti-
s Gustav Rümcli n : Reden und Auf sa1ze, Tübingen, 1875, pági-
nas 48-9, apud Friedrich Ijberwcg: Gnmdriss der Geschichte der
Phit osophi e, ed . cit., pág. 77.
165
da de discriminación entre conceptos y reflexiones, la
fa lta de pla sticidad, induce a la micrología, de suerte
que, en ocas iones, incluso al legendario benévolo lector
de principios del siglo XIX tiene que haberle da do vuel-
las por la cabeza como una rueda de molino: apenas
se hace hi ncapié j amás en la separación entre la apli-
cación de categorías al todo y su significado es pec ífico
y limitado allf mi smo; la idea misma significa. por una
parte, lo absoluto. el sujet o-objeto; mas, por otra par-
te, en cuanto su aparición fenoménica espiri tual ha de
se r, de nuevo, otra cosa que la tota lidad objetiva. Am-
ba s cosas aparecen en la lógica subjetiva: la idea es
allí, reiteradamente, sujeto-obj eto: c. .. únicamente la
idea ab soluta es ser, vida imper ecedera, verdad que
se sabe a sí mi sma y toda la verdad.. 41; o bien: cPero
la idea no sólo t iene el senti do, más gene ral, de ver-
dadero ser, de unidad del concepto y la realidad, sino
el más determínadc de concepto subjetivo y de obje-
t ividad.. 42. En cambio, en ese mismo tercer libro la
di stingue Hegel, por otra parte, de la totalidad objeri-
va : cLa idea se nos ha rncstradc como el concepto li-
berado una vez más de la inmediatez en la que se halla
sumido el objeto, liberado para su subjetividad; con-
cepto que se diferencia de su objetividad, la cual, sin
embargo, es tá igualmente determinada por él, y sólo
t iene su substancialidad en aq uel concepto .. . Mas es
preciso comprender es to más puntualizadamente. El
concept o, al a lcanzar verdadera mente su realidad, es
aquel juicio ab soluto cuyo sujeto, por ser la unidad
negativa que se refiere a sí misma, se distingue de su
objetividad y es el ser en y para sí de ésta, pero que
esencialmente se refiere a ella a través de sí mismo» 43;
"Hegel, WW 5, pá¡ . 328 [ed. crí t., pág. 484; v. cast., pág. 559].
vL á., pá¡j". 240 red. crít., pág. 410; v. ca st., pág. 475].
"Id., pá¡:s.   ledo crtt., pág. 411; v. cast., ¡bid. ]. ,
166
y en forma correlativa: "La determineidad de la idea y
el decurso completo de aquélla han const ituido el ob]e-
to de la ciencia lógica, decurso de l cua l ha surgido in-
cluso la idea absoluta para si; pero ésta se ha mos-
trado, por sí, del siguiente modo: que la de termineidad
no es figura de un contenido, sino forma sin más, y que
la idea. en consecuenci a. es la idea universal sin más.. 44.
Final mente, utiliza ambas cosas en el mi smo contexto
a rgumenta tivo: «En efecto: la idea, al ponerse como
unidad absoluta del concepto puro y de su realidad
(con lo que se recoge en la inmediatez del se r ), se en-
cuentra en cuanto totalidad en esta forma, la natura-
leza. Pero esta det erminación no es un ser devenido
y un tránsit o. lo mismo que, según lo a rriba dicho, el
concepto subj etivo, en su totalidad, se convierte en
objetividad y asimismo la finali dad subje tiva se con-
vierte en vida: la idea pura, en la qu e la determineidad
o rea lidad del concepto se eleva incluso a con cepto, es
más bien libe ración ab soluta, para la cua l ya no hay
ninguna determinación inmediata que no esté igual-
mente puesta y sea concepto; y de ahí qu e en es ta li-
bertad no t enga lugar ningún tránsito, y que el simple
ser (al que se determina la idea) siga siendo perfecta-
mente transparente y sea en su determi nación el con-
cepto que sigue estando cabe sí mismo. Asf. pues , el
tránsit o ha de entenderse más bien de ta l modo que la
idea se ponga en libertad a sí misma, absolutamente
segura de sí y descansando en si-". Lo mismo que la
exist enci a corrompida se exime en Hegel de lo real
que ha de existir raciona lmente, la idea, pese a todo,
pe rmanece inevitabl ement e ta n de la realidad
" WW 5, pág. 329 red. cr Jt., pág. 485; v. cnst., pá¡¡;. 561].
" Id., págs. 352-3 ledocrí t ., pág. 505; v. cast., pág. 583] .
* Separada, ais lada. (N. det T.)
167
como ést a es ta mbién existenci a corrompida; y tales
incond icio nidades se encuentran, cabalmente , esparci-
das por los text os principale s de Hegel. La t are a con-
siste, pues, en la disyunción de lo especifico y lo más
uni ve rsal (lo que no acontece hic et nunc), pues a mbos
se ensamblan en las figuras del lenguaje favoritas de
Hegel . El querfa rechaza r el peligro de huida a lo ge-
neral al contesta r. en un té. a una estética dama qu e
le pregunt ó qué debería pensarse de tal o cua l cosa:
eso mi smo . Pero la pregunta no era ta n insen sata como
parece por la forma de despacharla : la Megera podrfa
haber observado que la concie nci a vacía (o sea. el he-
cho de funcionar en cada caso un párrafo dent ro de un
nexo lógico ) usurpa el puest o del funcionario mismo .
del cual exclus ivamente de pende el que. en genera l, se
llegue a establecer tal nexo; mas lo que habría de pen-
sarse de ello ofrece una pretensión fal sa. dado que
anuncia una mera incomprensión y espera la salva-
ción de explicaciones ilust rativas. que yerran (en cuan-
to ilust rat ivas); en cambio. quiere deci r. con toda razón.
que ha de efec tuarse todo análisis singul ar. y que es
pre ciso conseguir la lect ura de estados de cosas aclara-
dos. en los que se haya acertado y que se estén transfor-
mando ( no me ras cons tantes orientadoras). Asf. el fallo
más fr ecuente de las Int erpre taciones de Hegel es qu e
el análisis no se lleva a cabo acompañando al conte-
nido. sino que ún icamente se parafrasea el t exto; luego
semej ante exégesis ma ntíene principal ment e con la
cuestión una re lación igual a la que, según la agudeza
de Sche ler. existe entre el poste indicador de ruta y la
ruta recorrida. Hegel mi smo no llevó a término mu o
chas veces la efectuación. sino que la sustit uyó po r
perifrásti cas declaraci ones de su propósito; en la Fil o-
sofía del Der echo, por ejemplo, pretende hacerse la
deducción especulativa de la mo na rquía, pero no se
[68
la reali za. por 10 cual su resultado queda inerme fre nte
cualquier objeción : «Este último yo mi smo de la vo-
luntad esta tal es, en esta su abstracción. una s ingula-
ridad simple y, por ello. inmedia ta; con lo cual, en su
mi smo concep to se halla la detcrminación de la natu-
ra lidad ; de ahí que el mona rca quede destinado csen-
cia lme nte a la dignidad de mona rca e n cua nto es te in-
dividuo (abstrayendo de todos los demás conte nidos},
y es te individuo de un modo inmed iatamen te natural,
en vir tud del nacimiento natural. Este t ránsito del con-
cepto de la pura autodeterminación a la inmediatez
del ser y. po r ello. a la na turalidad. es de naturaleza
purament e especulativa. y su conocímíento correspon-
de, por lo tanto. a la filosofía lógica . Por lo demás, es
en conjunto el mismo t rá nsit o--en cuanto se conoce la
naturaleza del querer, en general, y el proceso---de t ra s-
ladar un con tenido de la subjetividad (como finalidad
representada) a la existencia (v. § 8). Pero la for ma
pecu liar de la idea y del trá nsito de que aquí nos ocu-
pamos cons iste en el cambio súbit o e inmediato de la
pura autodeter mi nación del querer (del simple concep-
to mi smo) en un ..este. y ser existente na t ural. sin que
haya medi ación de un conte nido particular-(una fina-
lidad de la acción)-... Adi ción *. Si bien se sost iene
a menudo cont ra los monarcas que gracias a ellos de-
pende de la casualidad cómo le vaya al Estado. pues
el monarca podría estar mal for mado. de sue r te que
acaso no fuese idóneo para asenta rse en su cús pide. y
qu e es absurdo que haya de exi st ir seme jante sit uación
má s que otras más ra zonables, aquí es preci samen te
nula y sin valor la prcsuposición de que dependa de
• Como ya hemos indicado. en las «adlcíones- refundieron
los discípulos apunt es diversos dc clase, en oca siones proceden-
tes de épocas separadas entre sí por decenios. (N. del r .)
169
,
,
la pccuJaridad de l carácter. Pues en una organizaci ón
acabada, se trata sólo de la cúspide de un deci dir for-
mal, y sólo se necesit a como monarca una per sona que
diga ..sí- y ponga el punto sobre la i, ya qu e la cús pide
ha de ser tal que lo impor tante no sea la peculi aridad
del car ácter: y lo que le queda al monarca en esta úl-
tima deci sió n es cosa que recae en la part icu laridad de
la que no cabe que dependa . Ciertamente, puede haber
sit uaciones en las que sólo entre en j uego t al particu-
lari dad. pero entonces el Estado no estará completa-
men te formado. o no bien construido: en una mona r-
q uía bien ordena da. únicamente a la ley le corresponde
el lado objet ivo, al cual el monarca s610 ha de agre-
gar el subjet ivo "yo qu iero" "'. Ahora bien: o este ", yo
quiero» arrastrará cons igo, empero, toda la mala casua-
lidad que Hegel impugna, o el monarca es realmente
una per sona que dice amén, y super flua. Sin embargo,
es tas debili dades encier ran muchas veces las indicacio-
nes deci sivas para compre nderl as; y la fidelidad inma-
nente a la intenci ón exige. en casos mej ores que el
torpemente ideológico de la Fi l osofía del Derecho, que
para entender el texto lo completemos o lo rebasemos.
Por ello no sirve de nada meditar profundamente sobre
formulaciones aisladas crípticas ni entrar en contro-
versias, frecuent emente indiri mibl es, sobre lo que haya
qu erido decir: es preferible dej ar al descubier to la in-
tención; y a par tir de su conocimiento hay que recon s-
trul r los hechos (que Hegel ti ene casi siempre pr esen-
tes, incl uso cuando su propi a for mulación r ebot a so-
br e ellos). Pues más importante que 10 que quisi era él
decir es aquell o sobre 10 que habla: a par tir del pro-
grama hay que r ecstablecer el estado de cos as y el
problema, y luego hay que meditarlo a fondo indcpcn-
.. W\V 7, § 280, con la Adición, pá gs. 387 ss . [ed. crrt., pág. 247l.
170
díentemente. La preeminencia de la obj etividad con
respecto al conj unt o querido de pensami entos, la de
las cir cun st ancias det erminadas que hayan de t enerse
en cuenta , const ituye en la filosofía hegeliana incluso
una inst ancia (r ente a ésta; y cua ndo en el interior de
un párrafo se dibuj e su problema como a lgo delimit ado
y sue lt o (puede sospecharse que el secreto del método
fi losófico es que comprender un problema y haberl o
resuello es propiamente una sola cosa ), quedará asi-
mi smo acl ar ada la intención de Hegel, ya sea que 10
pensado crtpttcamente por él se desvele de por sí, ya
que sus cons ider aciones se articulen mer ced a 10 que
ell as mi smas descuidaran.
La tar ea de sumer girse ponnenorizadamente exige
que se medite sobre la estructura del interior de los
text os hegelianos. Tal estructura no es el usual de sarro-
llo progresivo en línea r ecta de los pensamientos, como
tampoco una sucesión de análisis yux tapuestos en fonna
di screta y sufici entes en sí; e incluso la comparación
con un tej ido-que en ocasiones provoca-es inexacta.
ya que sustrae el momento dinámico (sin embargo, es
ca racterí s tica su fusión con el es tá tico). Los sobrecar-
gados capítulos hegelianos se niegan a hacer dist inción
ent re el anális is de conceptos o «acla raci ón» y la sín-
tesis como avance a al go nuevo, q ue no esté contenido
en el concepto mismo; lo cual perturba la orientación
acerca de dónde se haya detenido uno. «Ya al empe-
zar se interrumpió. luchó un poco, comenz ó de nuevo,
se detuvo otra vez, siguió hablando y pensando; al pa-
recer, la palabra justa se le habfa ido definitivamente,
hast a que, por fin, dio con ella: parecí a normal y era,
sin embar go, inimitablemente apropiada, insólita y,
pese a ello, la única cer ter a. Siempr e parecía que ha-
bfa de seguir 10 más auténtico, y, no obs tante, habfa
pasado complet amente inadvertido nada más haberlo
171
pronunciado. Cuando se capta ba un cl aro significado
de una fras e esperaba uno ansiosamente continuar
avanza ndo; pero en vano: el pensamiento, en lugar de
moverse hacia adelante, giraba incesant emente , con pa-
labras análogas, en tor no al mi smo punto. Pero si la
atención, desfallecida, se desviaba, esparciéndose un
poco, y vol vía repentinamente a la conferencia, sobresal-
tada, al cabo de algunos minutos, se encontraba como
testi go, ar rancada de t odo contexto: pues suave y cir-
cunspec tame nte, avanzando a través de eslabone s inter-
medios apare nteme nte insignific antes, cualquier colma-
do pensamiento se había ci rcuns cri to a un aspecto uni-
lateral, se había escindido en di stinciones y enredado
en contr adicciones, cuya vic tori osa solución era lo úni-
co con fuerza suficiente pa ra obligar a 10 má s reacio
a re unirse, por fin, de nuevo. Y de este modo, reasu-
miendo cuidadosame nte una y otra vez lo primero, para
desarrollar a par ti r de ello, profundamente transforma-
do , lo último (más desavenido y, sin embargo, siempre
más abundantement e reconciliado), se entrelazaba, se
agolpaba y ser penteaba incesantemente hacia adelante
el más asombroso torrente de pensamientos, t an pron-
to desmembrando como resumiendo ampliamente, a
vece s vacilando o ar ra st ra ndo a empellones »47; y, to-
mándose algunas libertades, podría sos tenerse que, t an-
to en el sistema hegeliano mismo como en aquella con-
ferencia, los juicios analíticos y los sint éticos no se
mantienen separados tan estrict amente como según el
ab ecedario de Kant. Así, pues, t ambién en este caso
compone Hegel una reposición-mediada por la subje-
t ividad-del ra cionalismo prekantíano, en especial del
Ieibniziano, cosa que modela la exposición: ésta posee
t endencialmente la forma de un juicio analítico, por
"Vorstudien für Leben und Kunst, ed. cit ., págs. 386-7.
172
po co aficionado qu e fuese Hegel a esta f orma lógica
precisamente y a la identidad abstrac t a del concepto;
pero el movimiento mental, la entrada de lo nuevo,
añade-nada kantianamente-algo al concepto del su-
jeto gramatical: lo nuevo es 10 antiguo, y merced a la
exp licación de los conceptos (o sea, gracias a lo que,
según la lógica y la t eoría del conocimiento tradicio-
nales, efectúan los juicios analíticos) se hace evidente
en el concept o mismo, sin afectar a su extens ión, lo
ot ro y no idéntico a él como implicado por su sent ido.
Hegel da vueltas y vuelt as al concept o hasta que pro-
porcione lo que es má s qu e él (se malogra en cuanto se
empeña en sí mi smo, mi entras que, en cambio, sólo
la catás t rofe de tal empeñarse ocasiona el movimiento
que en sí le vuelve otro); en cuant o al modelo de es ta
estructura men tal, está con stituido por la ma nera de
manejar la proposición idént ica, A ::::: A, que ya se bos-
queja en el trabajo sobre La diferencia. . ., y que luego
se lleva a té rmino enérgicame nte en la Lógica. (La no
identidad de sus miembros forma par te del senti do de
un juicio idéntico puro, ya que en un juicio singular
  ó ~ puede espe cificarse, en general, la igualdad de lo
desigual-a no ser qu e se haya de desatender la pre-
t ensión inmanente de la forma judica ti va, esto es , que
haya algo que sea es to o aquello-.) Numerosas re fle-
xiones hegelianas están organizadas análogame nte, y es
preciso haberse uno puest o en claro antes acerca de su
modo para no sumirse una y otra vez en la conf us ión;
pues, de acuerdo con su mí croest ructura y su forma
literaria, el pensamiento de Hegel era ya lo que Benja-
min ha llamado una di aléctica en estado estaci onario,
comparable a lo que percibe el ojo en las gotas de
agua que empiezan a pulular bajo el microscopio (sólo
que no está delimitado con firmeza objetiva aquello so-
bre 10 qu e cae esa testaruda y exorcizadora mira da ,
173

sino al go así como deshilachado por los márgenes). Uno
de los pasajes más famosos del prólogo de la Fenome-
nología dela ta a lgo de tal es tructura del interior : tila
aparición fenomén ica es el nacer y perecer, que. a su
vez, no nace y perece, sino que es en sí. y que co ns ti-
tuye la realidad y el movimiento de la vida de la ver-
dad. Lo verdadero. pues , es el delirio báquico, con el
que ningún miembro deja de embriagarse; y puesto que
cada uno de ellos, "a l apartarse , se descompone igual
de inmedi atament e. es igualmente la quiet ud tra nspa-
rente y simple. Cierta mente. en el tribunal de aquel
movimiento no salen airosas las formas singula res del
espíritu, como ta mpoco los pensamientos det ermina-
dos, pero son moment os tan positivos y necesarios
como negativos y pasaj eros. En el todo del movimiento
aprehendido como quietud, lo que se dist ingue en é l
y da lugar a un ser exis te nte pa rticular se conse rva
como lo que recuerda y cuyo ser es el saber de sí mis-
mo, lo mismo que és te es, igua l de inmed iat amente, el
ser en la exist encia.. 41. Es indudab le que en es te y en
otros lugares análogos de la Lógica queda exceptuado
de la totalidad el es tado estacionario. lo mismo que en
la sentencia goe thiana sobre todo apremio como quie-
tud eterna; pero, de igual modo que sucede con cua l-
quier aspecto del todo, también éste es a la vez en He-
gel aspecto de todo individuo singular, y acaso su
ubicuidad le impidió dar cuenta de él-estaba dema-
siado cerca para ello. y se le ocultó como una pa rte
de la inmediatez írreñextonada . .
Tal es t ructura del interi or posee. sin embargo, una
consecuenci a de gran alcance incl uso pa ra la conexión
.. Hegel, WW 2, págs. 44-5 red. crt t., pág. 39; v. cas t ., pág. 32J.
.. Compárese WW 4, págs. 66s.6 Cedo crtt., t. 11, págs. 159-60;
v, cu., t . 11, pág. 191], con WW S, pág. 212 [ed. crü., pág. 386;
v, cast., págs. 447-8J.
174
tot al : fuerza retroactiva, La difundida idea de la di -
námica del pensar hegeli ano (la de que el movi mi ento
de l concepto no seri a nada más que el progreso de uno
a otro en vir tud de la mediación interna del uno) es,
por lo me nos. unilat eral ; pue s en cuanto que la refle-
xión de cada concepto, unida, por lo regular, a la re-
fl exión de la reflexión, hace saltar el concepto demos -
trando su discrepancia. el movimiento de éste afecta
ta mbién al estadio del que se desprende; con lo que el
progresivo avance es crítica permanente de lo prece-
dente. y semejante movi miento se completa con e l rno-
vimi ento que progresa sinté ticamente. Así, pues, en la
di al éctica de la identidad no sólo llega como forma su-
prema a la identidad de lo no idént ico, al A = B o jui-
cio sinté tico, sino que se reconoce la sustancia propia
de és te como mo mento necesario ya en el juici o analí-
ti co, A = A; y, a la inversa, en la equiparación de lo no
idén tico se conserva la simple identidad formal del
A = A. Como corresponde a ello, la exposición da en
varias ocasiones un salto a trás: lo que de acuerdo con
el simple esquema de la triplicidad seria lo nuevo. se
desemboza como el concepto de partida, iluminado por
otra parte y modificado, de l movimiento singular dia-
léctico de que en cada caso se hable. Documentémoslo,
como algo querido por el mismo Hegel, con la «auto-
det erminación. de la esencia hacia el fundamentos, del
libro segundo de la Lógica: «Dado que a partir de la
determinación, en cuanto lo primero e inmediato, se
avanza hacia el fundamento (por la naturaleza misma
de la determinaci ón, que sucumbe por sí, yéndose al
fondo o fundamento). és te es , por lo pronto, algo de-
t erminado merced a aquello primero. Sólo que este
determinar, por una parte. es. en cuanto dejar en sus-
penso el determinar , la identidad de la esencia- úni-
camente que restaurada, purificada o re velad a-e, la
175
cual es en si la determinación de la reflexión; por otra
parte. en cuant o deter minació n, este movimiento ne-
gador es ante lodo el poner de aquella deter míneidad
de la reflexión que parece ser inmediata , pero que so-
lamente está puest a por la re flexión del fu ndamento
(reflexión que se excluye a si mi sma) y, en con secuen-
cia, como algo pu esto, o dejado en suspenso. Por lo tan-
to, la esencia, al de te rminarse como fundamento, sólo
procede a parti r de sí...• 50. En la lógica subjetiva, por
otra parte, Hegel define (de manera genera l y un poco
formali sta ) el «tercer mi embro. del esquema de tres
compases como el primero, modificado, del movimien-
to singular dia léctic o de que se est é tratando: cEn este
punto de inflexión del método r etrocede sobre sí mis-
mo, a la vez, el curso de l conocer, Esta negatividad es ,
en cuanto contradicción que se deja en suspenso a si
misma, el restableci miento de la primera inmediatez,
de la simple universalidad: pues es inmedi ato lo otro
que lo ot ro , lo negativo de lo negativo, lo positivo, idén-
tico y universal . En el curso completo, esta segunda
inmedi atez es-si es que, en último término, quere-
mos conta r- lo tercero para con lo primario inmediato
y lo mediado; pero tambi én es lo t ercero con respecto
a lo negati vo primario o formal, y con respec to a la
nega tividad absoluta (o lo negativo segundo); mas pu es-
to que aquello primeramente negativo es ya un segun-
do término, lo conta do como terc ero puede contarse
también como cuarto, y podrí amos adop tar, en lu gar
de la fo r ma abs tracta de la triplicidad, una cuadrupli-
ci cl ad: de es t a manera , lo negati vo o difere ncia se cuen-
t a como una dua lida d. - . .. Viéndolo más de cerca: lo
t ercero es lo inmedi ato, pero de jando en sus penso la
'" WW 4, pág. 552 [ed. erít ., t . 11, págs. 63-4; v. ces t., t . n,
pá g. 80].
176
mediaci ón, lo simp le cuando se dej a en sus pens o la di -
ferencia , lo po sitivo si se deja en sus pens o lo negativo,
y el concepto, que se realiza a través del ser otro y al
dej ar en suspenso esta realidad.. . reest abl ece su sim-
ple referencia a sí. De ahi que este resultado sea la
verdad.. . [pero] no es posibl e comprender ... que lo
tercero sea inmediatez y mediación , o la unidad de
ambos. ya que no es un tercer elemento en reposo, sino
j usta mente tal unidad, que se es un movimiento y una
ac tividad medi adores consigo mi smos. - ... Ahora bi en :
es te resultado, en cuanto el todo que ha pa sado a si
e idéntico consigo, se de vuelve a sí mismo la forma
de la inmediatez; con Jo cual él mismo es ahora tal
y como lo hubiera determinado lo que comienza. ... SI.
La música de tipo beet hoven íano. de acuerdo con cuyo
ideal la reposici ón (esto es, el retomo evocador de com-
plejos previamente expuestos) quiere ser resultado de
la ejecución y, por tanto, de la dialéct ica , nos present a
un análogo al respecto, qu e excede de la mera ana logfa ;
pues también la músi ca ricamente organizada ti ene que
o írse multidi mensionalmente, a la vez haci a adelante
y hacia atrás. Tal es lo que requiere su principio de
organiza ción temporal : el tiempo se ha de es t ructura r
merced a la di stinción ent re lo conoc ido y lo no co-
noc ido, entre lo ya pasado y lo nuevo; y el mismo avan-
zar t iene como condición una conciencia que retroceda;
pues para ente rarse de una fr ase completa es preciso
tener a la vista en todo instante, retrospectivamente.
lo que le haya precedido: los pasajes singulares han
de entenderse como consecuenci as suyas, hay que dar-
se cuenta de l sentido de las r epetici ones di screpantes
y es menest er que lo que se vuel va a manifest ar sea
percibido no meramente como correspondencia arqui-
" WW S, págs. 343 ss . le docr ít ., págs. 497·9; v, ces t., pálls. 574-6] .
177
ra
tect ónica, sino como algo llegado a ser en virtud de un
imperativo. Acaso ayude a comprender tanto esta ana-
logia como lo más profu ndo de Hegel el que la ap rehen-
sión de la totalidad como la identidad mediada en sí
po r la no identidad transfiera a lo filosófico una ley for-
mal artística; transferencia que, a su vez, está filosó-
ficamente moti vada. Pues el idealismo absoluto estaba
tan poco dispuesta a tolerar nada ajeno y ext er ior a su
propia ley como la teleologí a dinámica del arte con-
temporáneo, especialmente de la música clásica; y si
bien el Hegel de la madurez proscribió la intuición in-
telec tual schelli nguiana como una ilusión al mismo
ti empo aconceptual y mecánica, la for ma de la filoso-
ña hegeliana se encuentra, en cambio, incomparabl e-
mente más próxima a las obras de arte que la de
Schelli ng, el cual quen a cons t ruir el mundo siguien-
do el modelo de la obra a r tís tica. El arte, en cuanto
que se destaca de la empir ie, requiere constitutivamente
algo ind isoluble, no idé nti co: sólo es arte con lo que,
a su vez, no lo sea; y esto se tran smite al duali smo de
la filosofia de Schelli ng (que éste no liquidó nu nca ),
cuyo concepto de verdad es tá tomado del arte; pero si
és te no es una idea sepa rada de la filosofía, que la guíe
a modo de modelo, si la filosofía como tal quiere lle-
var a cabo lo que en el arte, en cua nto apariencia, no
puede hacerse , la t otalidad filosófica será, j us tamente
por ello, estética, escenario de la apariencia de la iden-
tidad absoluta (escenario que en el arte es inocuo mten-
t ras és te se ponga como apariencia y no como razón
realizada).
Lo mi smo que en las obras de arte reina una t ensión
entre la expresión y la const rucción, así sucede en He-
gel entre el elemento expresivo y el argumentati vo (cosa
de la que, desde luego, sabe más ad ecuada me nte t oda
filosofía que no se contente con una imitación sin re-
178
flexionar del ideal de la ciencia), En Hegel , el elemento
expresivo representa la experiencia: lo que propiamen-
te querría salir a luz, pero que no puede hacerlo-en
cua nto lo exi ja la necesidad-de otro modo que a tra-
vés de un medio conceptual, que primariamente es lo
opuesto a ella. Imperativo de expresión que en modo
alguno lo es (y menos que con nadie, con Hegel) de
visión subjeti va del mundo, sino que él mi smo es tá de-
t ermi nado objetivamente (y esto es aplicable, en toda
fil osofía explíci ta, a la verdad que se manifiesta hi st ó-
ricamente), En la vida ult erior de las obras filosóficas
- el despliegue de su sus ta ncía-c-, lo que expresan se
libera gradualmente de lo que hubieren meramente
pens ado ; pero en la filosofía da señales de vida pri me-
ro que todo, como si fuese su momento subjetivo, [u s-
t amente la objetividad del conte nido cxperíencíal, qu e,
en cuanto hi st oriografía inconsciente, de l es píri tu, ob -
serva cui dadosament e lo que subjetivamente se quisie-
ra decir: y por ello se fortalece precisamente con
aquella act ividad mental que acaba por exti nguirse en
e l contenido experiencial patente. (Las llamadas expe-
riencias filosóficas fundamentales o incluso originarias,
que querrían explicarse inmediatamente como tales sin
desp renderse de sí con vis ta s a la meditación, no pasan
de impotentes inervaciones: la experi encia subjetiva es
sólo la cáscara de la filosófica , que se oculta bajo ell a
y luego la t ira.) Tod a la filosofí a de Hegel es un único
esfuerzo por traducir la experi encia espir it ua l en con-
ceptos; y el incremento de los aparatos mentales, que
t an gustosamente .se le cens ura como mecanismo coac-
t ivo, corresponde proporci on almente al ímpetu de la
exper iencia a la que hay que imponer se. Es posible que
ha st a en la Penornenoíogía creyese Hegel que cabía
descri birla senci llamente; pero la experiencia espi r itual
no pue de expresarse de ningún ot ro mo do que re fleján
179
dose en su mediación: se la piensa act ivamente. En
cuanto a la indiferencia entre es ta experienci a expre-
sada y el medio de los pensamientos, es cosa que no
cabe alcanzar; y lo que de falsedad hay en la filosofía
hegeliana se manifiesta justame nte en que imagina rea-
lizable tal indiferencia merced a un esfuerzo conceptual
sufici ente; de ahí las innumerables gr ietas entre lo ex-
perimentado y el concepto. Hay que leer a Hegel a re-
dropelo también porque lleva a su núcleo experiencia!
toda operación lógica, por formalment e que se presen-
te; y lo que en el lector equivale a tal experiencia es
la imagi nación: en caso de que qui era me ramente con s-
t at ar lo que deba lee rse en un pasaje, o incluso da r
caza a la quimera de descubrir lo que el autor haya
querido deci r, se le volatilizará la sustancia por cuya
cert idumbre filosófica da de   ~ n o todo: nadie puede
sacar de la lectura de Hegel más de lo que él pusiera.
El proceso de la comprensión es la aut ocor rección pro-
gresiva de tal proyección merced a compararl a con lo
que se encuentre escrito; y la cuestión mi sma contiene,
como ley formal, la expectativa de una fantasía pro-
ductiva en el lector , que ti ene que inve nt ar, a partir
de la experiencia propia, lo que haya podido quedar
registrado en punt o a ésta (la comprensión ti ene que
enganchar se justamente en las gr ietas ent re la expe-
ri encia y el concepto). Cuando los conc eptos se autono-
mizan en conjunto de apara tos-y sólo una locura en-
tusiástica podrí a absolver a Hegel de que de vez en
cuando desdeñe su propio canon- hay que restituir-
los a la experiencia espiritual qu e los mo tivara, y ha-
ce rl os tan vivos como ellos quisieran e inevitable mente
no pued en serlo. Por otra parte, en Hegel, la primada
de esta experiencia afe cta incluso a la forma concep-
tual: él, al que se acusa de panlogismo, se an t icipó a
una t endencia qu e sólo cien años después, en la feno-
180
menología de Husserl y de su escuela, se presentó en
una declaración metódica. El proceder de su pensa-
mi ento es paradójico: es cierto que se mantiene extre-
mosamente dentro del medio del concept o (dicho de
acuerdo con la jerarquía ~ la lógica cxtcnsíonal: en
el nivel de abstracción má s alto), pero en sentido pro-
pio no argument a, como si quisiese economizar así los
avías objetivos del pensamiento con respecto a aquell a
experi enci a, que, por lo demás, es espiritual e incluso
pensamiento. El programa del puro conte mplar , de la
introducción a la Fenomenol ogía, posee en las obras
principales mayor peso de 10 que le cree capaz la con-
ciencia filosófica ingenua: puesto que, según su con-
cepción, t odos los fenómeno s están en sí espiritual-
mente mediados (y, en el sentido de la Lógica, entre
sus categorí as se encuentran también los fenóme nos,
eso que se nos aparece dado y en tal medida mediado,
como destella ya en un lugar de la deducci ón kantia-
na 52), no es menes ter el pensar para apre henderl os ,
sino aq uel compo r tamiento para el cual la fenomeno-
» , ... Sólo son re glas para un entendimi ento toda cuya ca-
pacidad cons ista en pensar, esto es, en el manejo, la sí ntesis
de lo múltiple que le está dado ul terior mente en la intuición ,
para llevarlo a la unidad de la eporcepcton: el cual, así , pues, no
conoce absolutamente nada por si, sino que únicamente enlaza
u ordena la materi a para el conoci miento . la in tuición, que le
tiene que es tar dada merced a los objetos. Pero tan imposible
es señalar un fundamento ult er ior de ta peculiari dad de nues-
tro entendimiento de que solamente efect úe a prio ri la unidad
de la apercepcíón por me diación de las categorías, y precisa-
mente merced a tal tipo y número de ell as, como de por qué
poseemos j ustamente es tas funciones par a juzgar, y ninguna
ot r a, o de por qué el tiempo y el esp acio son las úni cas formas
de nuestra posible intuición» (Kant ; Kri tik der reinen v emuntt ,
ed. cit ., págs. 158b-9 b [corresponden a B 145-6: v. cas t o(trad. de
Morcnt e), t. 1, págs. 261-2, y (trad. de Peroj o-Revira Arrnengol)
t . 1, pág. 261].
181
,
logta de un siglo después encont ró el t ér mino de r ecep-
tividad es pontánea; y al sujet o pensante habrá que exi-
mi rlo del pensa r. ya que se encuentra a sí mi smo de
nuevo en el objeto pensado (sólo habrí a qu e saca rlo
de dent ro de és te, y tendrí a que identificarse allf}, I n-
dependientemente de cómo resi sta a la crítica tal intui-
ción, su propio proceder se ri ge por ella ; por lo cual
ún icamente cabe entenderlo cuando no se leen los aná-
lisis singulares como a rgume ntaciones, sino como des-
cri pciones de «Imphcacíones de sent ido " (sólo que no
considera éstas, lo mi smo que la escuela husserliana,
como significados fijos y unidades ideales. invariantes,
sino como dotadas en sí de movimiento). Hegel de scon-
fía profundamente de las argumentaciones, y con ra-
zón; pues aquel dia léc t ico supo primariamente lo que
posteri or men te volvió a descubrir Simrnel : que lo que
se queda en argumentat ivo se expone siempre, por ello,
a la re fu tación ; y de ahí que a Hegel le defraudara ne-
cesariamente la búsqueda de la argume ntación. I ncluso
la pregunta por el por qu é, que el lect or a cuer po lim-
pi o se siente frecuentement e obligado a diri gi r a las
transiciones e inferencias hegeli anas cuando se le figu-
ran abier ta s otras posibilidades que las ventiladas por
él. es inadecuada: la intención global esboza las cons-
tantes orientadoras, pero lo qu e se dic e del fenómeno
se saca de él (o. al menos, así debería ser ); y hay cate-
ga rfas. como la de nexo fundamentante, que no han de
suponerse, sino que cae n dentro de la mi sma di al écti ca
hegeliana de la esenci a. Si la tarea ante la que Hegel
se encuentra no es la de unas marchas forzadas inte-
lect ual es. casi hab ría que llamarl a op uesta a és ta: el
ideal es un pensar no argumentativo. Su filosofía, que,
por ser una de la identi dad suprc mament e distendida,
pide la máxima t ensión del pensamiento. es di al éctica
hasta el punto de moverse en el medio del pe."sami en-
182
to relajado ; y su consumaci ón de pende de que se con-
siga el re lajamiento (en esto se diferencia notablemen-
t e de Kant y de Fichte, como. po r lo demás, también
del intuici onismo, al que a tacó en Schelli ng). Como
tod as las dicotomías está ticas, t ambi én quebra ntó la de
tesis y argumentación; pero no sucede en él que. como
ocurre muchas veces en filosofía, la argume nt ación sea
algo subs idiari o y que cupiese eludir en cuanto se haya
infiltrado la tesis: éstas (de la s que Hegel se bu r ló Ha-
llándol as «sentencí as ») son tan escasas como las argu-
ment aciones; y una cosa es siempre vi rtua lmente la
ot ra: la argumentación. un predicar lo qu e sea una
cosa. y, por lo tanto. tesis; y ésta. una slntesis [udíca-
fiva, o sea, una argumenta ción .
El relajame intc de la concienci a como modo de
compor ta mient o no quiere decir que se rec hacen las
asociaciones, sino abrir el entendimiento a ellas : Hegel
sólo puede leer se asociativamente. Hay que inten tar ad-
mi tir. en efec to. todas las posibilidades de lo mentado,
todas las referencias a otras cosa s que le salt en a uno
a la vista; pues el efecto y funci ón de la fant asía pro-
ductiva no reside en últi mo tér mi no en ello (por lo
menos una parte de la energía sin la que es tan impo-
sible leer como sin relajamient o se emplea rá en sac u-
dir aquella automat izada di sciplina que exige la pura
concent ración en el objeto y que. po r ello. fácilment e
lo marra ). Por lo demás. el pensamiento as ocia tivo tie-
ne en Hegel el [undameruum in re: su concepción de
la verdad como una verd ad que se va haci endo, así
como la absor ción de la emplrie en la vida del concep-
to, pasan por enci ma del divorci o de los sect ores filo-
sóficos de lo sistemá tico y lo hist óri co, pe se a las de-
claraci one s en contrar io de la Filosof ia del Derecho.
Y, como se sabe , el subst rato de su filosofía. el espírí-
tu , no ha de ser un pensamiento subj et ivo y apartado,
183
sino real. con lo que su movimi ento ha de ser la his-
toria real; no obstante lo cual. ni siquiera los últi mos
capítulos de la Fenomenol ogía estrujan brutalmente
una contra la otra, con un ritmo incomparab le, la cie n-
ci a de la experie ncia de la conducta y la de la historia
huma na: ambas esferas osc ilan al entrar en conta cto.
En la Lógica, en cambio, conforme a su temát ica e, in-
dudabl emente, bajo la presi ón de la consolida ción del
último Hegel, la . historia externa queda ab sorbida por
la histori cidad interna de la doctrina de las ca tegorías ;
pero és ta- por lo menos-apenas olvida j amás la hi sto-
ria espirit ua l en sent ido est ricto: cuan do la Lógica se
separa de otras post uras sobre la mi sma cuest ión, remi-
te, sin excepciones , a las tes is de la t radición histórico-
f ilosóf ica (en general, es aconsejable, en los pá rrafos
oscu ros, extrapolar ta les remisiones) . Conviene hacer
refere ncia a textos hegeli anos primerizos, como el tra-
bajo sobre Lo. diferencia. .. o la lógica de J ena; pues
ellos formul an progra má ticamente lo que la Lógica
quer ría rescata r, y se permi ten todavía las indicacio-
nes hi st óri co-filos óficas que más tarde se silenci an en
beneficio del ideal del movimi ento de l concepto. I ndu-
dablemente, también sobre es ta etapa hegeli ana cae
una sombra de ambigüedad, pues, lo mi smo que las
conside raciones sistemá tica s reciben el impulso de las
históricas, és tas se encuentran guiadas por aquéllas:
rara vez acaban en el filosofema al que aludan, y se
orient an más por el interés objetivo que por la llamada
confrontación con unos libro s. Ya en el escr ito sobre
Lo. diferencia. .. , por eje mplo, se duda en ocasiones so-
bre qué va dir igido contra Reinhold, qué contra Fichte
y qué lo esta ba ya cont ra Schelling, CU)'O punto de vis-
ta era lo que oficia lmente defendí a, aunque en su fuero
interno lo tuviese superado; pregunt as qu e serí an reso-
lubl es por la filología hegeli ana, si es que la hubiera;
184
y mi entras tanto, la interpretación históri co-filosófica
habrá de esforzarse por lograr la mi sma liberali dad
qu e la sistemát ica.
Por lo demás , las asociaci ones hi st óricas no son las
únicas que se le adhiere n a Hegel. Men cionemos, al
menos, otra dimensión: la de que su dinámica es a su
vez, una vez más, la existente ent re los elementos di-
námicos y los fijos (cosa que la divor cia ir rcconcilia-
blerncnte de ese fluir de filosofía de la vida en el que,
po rej emplo, se macero el método diltheyano). Habría
que seguir en detalle las consecuencias que ello tiene
sob re la estr uctura. En med io del semoviente concep to
se sos tie ne una invari ancia mucho mayor de la espe ra-
da por quien se imagine el concepto mi smo de di aléc-
tica demasiado adi aléct icamente: la concepc ión de la
identidad en el todo, la del sujeto-objeto, requiere una
teor la categori al tanto como se la niega en detalle; y
pese a toda la ri queza de lo que Marx, con una met á-
fora mu sical, llamó grotes ca melodí a de las rosas 53, el
número de los mo tivos hegelianos es finit o. Una ta rea
urgente, por paradóji ca que sea, es la de es tablecer un
catálogo de los invariantes hegelianos y hacer que sal-
ga a luz su relación con lo dotado de mo vimient o; tarea
que serí a út il para las cues t iones mismas no menos que
como apoyo pedagógico (si bien sólo teni endo concien-
cia integra de la unilaterali dad que, según Hegel , es la
falacia mi sma ). La lectura tiene que hacer, de la nece-
sidad del pert urbador sonsonet e de que Richard wag-
ner, análogamente, se quej ó en lo que se refiere al cla-
sicismo musical , la virtud de la dedicación; así, en los
pasaj es más difíci les, y conociendo los invari ant es que
Hegel en modo a lguno dejó al descubierto, sino que
acaso cont ra su voluntad es tán hincados en su ob ra,
" Marx: Die Fríihschr íit cn, cd. ci t. , pág. 7.
185
será bueno que asociemos (a lo cual se recuest a siem-
pre el examen singu lar) . pues es frecuente que una
comparación del motivo general con el texto partlcu-
lar nos proporcione el sentido: la nada ortodoxa oj ea-
da al todo. sin la cual no se acaba con él, otorga a
Hegel el resgua rdo para que . a su vez, pueda proceder
no ortodoxament e. Mas si bien no cabe pensar en él
-como tampoco en el pensamiento libre. en suma-
faltándole un elemento lúdico. al que se deben las aso-
ciaciones . éstas son meros momentos parciales, y su
polo opues t o es el texto. La segunda et apa de la ded ]-
cací ón seri a, si es que se la ensaya sobre és te: elimí-
nense las asociaciones que se le .resistan, y consérvese
lo que condiga con él y esclarezca los detalles. Pero el
criterio de las asociaciones es, además de esta fer fili-
dad, el de que sean compatibles, no meramente con lo
que allí se encuentre, sino, ant e todo, as imismo con
el conjunt o. Leer a Hegel seria, de acuerdo con esto,
un proceso de experimentación: una vez que se ocu-
rra n las posibles interpretaciones. hacer una propuest a
y contrasta rla con el texto y con lo ya interpretado (el
pensamiento. que necesa riament e se aleja de lo di cho.
t iene que recogerse de nuevo en el lo) . Un pensador
contemporáneo que. pese a su positivismo. se encuen-
tra más cercano a Hegel de lo que lo están sus presun-
tos puntos de vista respect ivos. John Dewey, ha llama-
do experí mentalísmo a su propia filosofía; y al lector
de Hegel le conviene algo de su actitud, pues tal empi-
ri smo de segundo grado sacarí a a la superficie del ni-
vel actual del despli egue hi st óri co de Hegel el momen-
to positivist a lat ente que su propia filosoña, pese a
todas las invectivas contra el pensar r eflexivo intimi-
dado, alb erga en su obsti nada insis tencia sobre lo que
existe. Quien, buscando la quintaesencia del espírit u,
equivoca la medida de la sit uación de las cosas, se plie-
186
ga a és ta mucho más profundamente de Jo que aseve-
ra; y su ideal de reconstrucción no es absolutame nte
distinto de l cienti fico (lo cual es. en tre las contradiccio-
nes de la dial éctica de Hegel que él mi smo no allana.
acaso la de mayores consecuenci as) : provoca el mét o-
do experimental. que. por lo demás. sólo recomendaban
los puros nominalistas-y leerle experimenta ndo signí-
fica med ir lo con su propia medida.
Pero es to quiere decir nada menos que ninguna lee-
tura de Hegel que pretenda hacerl e justicia puede dejar
de criticarlo. Y. en general, es falsa la noción (sacada
de las convenciones pedagógicas y de los prej uicios
autorita rios ) de que la critica se construiría, a modo
de segundo est rat o, sobre la comprens ión: la filosof ía
mi sma se consuma en la permanente di syunción de lo
verdadero y lo fal so; y el comprender es su consuma-
ción conjunta, por lo cual será también siempre una
crítica virtual de lo que haya de comprenderse en cuan-
to al llevarlo hasta el sumo final se obtenga otro juicio
que el que hubiera de comprenderse. (No será nunca
el peor lector quien provea al libro de glosas margl-
nal es despectivas .) Es innecesario negar el pe ligro pe-
dagógico de que los es tudia ntes caigan en parloteos
y decir lindezas. colocándose cómoclo-narcisist icamente
por encima de la cuesti ón; pero eso no tiene nada que
ver con la situaci6n de hecho gnoseológica, y al pro-
fesor le compete poner a cubierto de ello el eentram-
has» del comprender y de la crít ica. y de que degenere
en vacuidad pret enciosa (eentrambos» que en lo que
respecta a Hegel ha de exigirse en especial medida).
Las indicaciones sobre cómo habrfa de leérs elo son ne-
cesariamente inmanentes: qui eren contribuir a la ex-
tracción de la sustancia objetiva de los textos, en lugar
de filosofar sobre su filosoffa desde fuera (no de otro
modo se llega al contacto con las cuestiones) . La obje-
187
l
r
cien de que carece de punto de vista, es moluscoso y
relativista no tiene por qué amedrentar al proceder
inmanente: los pensamientos que t ienen confianza en
la propia objetividad deberían ent regarse al objeto en
el que se sumer jan (aunque sea, a su vez, un pensa-
miento) con un va banque, sin reservas mentales; tal
es la cuot a de riesgo por no ser sis temas. En cambie ,
la cr ít ica trascendente elude de antemano la exper ien-
cia de lo que sea de otro mo do que su propia concien-
cia : es ella, no la inmanente, la que se aferra a ese
punto de vista contra cuya ri gidez y ar bitrariedad se
vuelve igual mente la filosofía; y ya en su mera forma
simpat iza con la autoridad, ant es de que se ha ya expre-
sado siquiera contenido alguno, pues la forma misma
tiene su momento de contenido. El giro «yo, como... »,
del qu e gustan colgarse todas la s tendencias, desde el
Diamat al protestantismo, es sint omático de tal cosa ;
y qui en juzga de lo expuesto (ya sea arte o filosofía )
de acuerdo con supues tos previos que no t engan cur so
en ello se compor ta reaccíon aríament e. aun cuando
jure sobre cons ignas progresivas. Por el cont rari o, la
reivindicación que el movimiento inmanente hegelia no
hace de ser la verdad no es postura alguna; y por ello
llevará más allá de su pura in manencia ( aun cuando
ésta , por su parte, comience también deli mitando un
punto de vista). Quien por tales razones se conf íe a
Hegel se verá conducido al umbral en el que ha de
aclararse su pretensión de verdad: se convertir á en
cr ítico suyo, al seguirlo; pues, bajo el aspecto de la
comprens ión, lo incomprensible de Hegel es la llaga del
pensami ento mismo de la identidad. Su di alé ctica fi -
losofía para en una di aléctica de la cua l ella misma
no puede dar cuenta al guna, y cuya solución sobrepasa
su omn ipotencia (su pr omesa sale bien falazmente).
Mas la verdad de lo irresol ub lemente no idé ntico se
188
manifiesta en el sistema, de acuerdo con su propia ley,
como er ror, como no resuelto en otro sentido (el de
lo no domeñado), como su falsedad; y no puede com-
prenderse nada fals o. De este modo, el sistema ha ce
saltar lo incomprensible: con toda su insistencia en la
negatividad, la di scordia y la no identidad, Hegel, ver-
daderamente, sólo sabe de su dimensión por mor de la
identidad, únicamente como instrumentos de ella. Se
hace fuertement e hincapié en las no identidades, pero
no se las reconoce, justamente por su extrema carga
especulativa: como en un gigantesco sistema de crédi-
t o, cada individuo singular estaría en deuda con otro
(no idéntico), pero el todo, sin embargo, es taría libre
de deudas, idéntico. De esta manera perpetra la dia-
léct ica idealista su razonamiento mendaz: dic e . patéti-
camente «no identidad», y habría de definirla por mor
de ella misma, como lo heterogéneo; pero la dialéctica,
al definirla, se figura estar ya segura acerca de la no
identidad y de la identidad absoluta. Es cierto que lo
no idéntico y desconocido se convierte en idéntico mer-
ced al conocer, y lo no conceptual, en concepto de lo
no idéntico, merced al concebir; pese a ello, lo no idén-
tico mismo no se vue lve concepto en vir tud de tal refle-
xión, sino que sigue siendo su sustancia, di stinta .de
ello: del movimiento lógico del concept o no se puede
pasar a la existencia. Según Hegel , es menester consti-
tutivamente lo no idéntico para que tengan lugar con-
ceptos y la identidad, 10 mismo que, a la inversa, se
requiere el concepto para hacerse con sciente de algo
no conceptual y no idéntico; s,610 que atenta contra su
propio concepto de dialéctica-que habr-ía que def en-
der en contra suya-al no atentar contra él, sino fusio-
narlo en una suprema unidad lib re de contradicción
189
(summum ius summa iniuria ] "; pues, al dejarlo en
suspenso, la reciprocidad involuciona a unilateralidad,
y desde aquélla no cabe tampoco saltar a 10 no idén-
tico: de otro modo, la dialéctica perdería su intelección
de la mediación universal. Pero el momento de no esfu-
mabilidad ínsito en ella no permite hacerl a desapareo
cer (salvo que se ejecute un número münchhauscnia-
no); lo que la contraría es la sustancia veritativa que
antes que nada habria que ganar para ella, y únicarnen-
te se volvería acorde cuando, movida por su propia
consecuencia, abandonase el acuerdo. Hay que enten-
der a Hegel nada menos que por esto.
"Es el clásico aforismo del Derecho romano, que podría tra-
ducirse, acas o, por «La aplicaci ón al máximo del Derecho, lesio-
na al máximo los derechos.» (N. del T.)
190
PROCEDENcrA DE LOS TEXTOS
Los ..Aspectos» proceden del discurso conmemorativo pro-
nunciado por el autor el 14 de noviembre de 1956, en la Unlver-
sidad Libre de Berlín, con ocas ión del 125 aniversario de la
muerte de Hegel. El trabajo preparatorio alcanzó una extensión
excesiva para poderlo dominar en el discurso, de modo que el
autor se vio obligado a elegir para aquella ocasión berlinesa
un comp lejo de motivos-desde luego, centrales-y ocuparse
de otros en una conferencia transmitida por la Radiodifus ión
del t err-itorio de Hesse; sin embargo, como los elementos se
concibieron formando un todo, los ha reunido luego, con cier-
tos complementos esenciales, en un opúsculo.
"El contenido experiencíal» es una versión, as imismo muy
ampliada, de una conferencia oficial del autor en la sesión del
25 de octubre de 1958 de la Heget-Geseílschatt alema na, en
Frankfurt; poco después la repitió, en francés, en la Sor bería.
Este trabaj o se encuentra impres o en el Archiv fiir Philosophie,
1959, tomo 9, fascículo 1-2.
«Skoteínos», escrito durante el invierno de 1962.(i3, no se
había publicado.
Dado que las tres partes complementarias quedaron fijadas
literariamente con cierta independencia unas de otras, determt-
nades motivos aparecen repetida mente; pero siempre bajo una
perspecti va cambiante.
Tengo que dar las gracias de todo corazón a los ayudantes
del Seminario filosófico de Frankfurt, en especial al profesor
Hermann Schweppenhauser, al Dr. Alfred Schmídt, a Werner
Bccker y a Herbert Schnadelbach.
191
,
(1
INDICE
Non. LIMINAR 9
ADVERTENCIA •••" ,. . . . ••• 11
TRES ESTUDIOS SOBRE HEGEL
ASPECTOS .
SUSTANCIA   " .
S k OTEI NOS, o CóMO HA8R!¡\ mi l EIORSC
15
77
11'
Procedencia de los textos 191
193

ESTF. Ll IIRO SIl TER/. II NO DI! nl PRl lol lR ¡:L
O, " 17 00 D I   I E ~ I I R I DE 1973, l/T l u nNDO
PAPEl. Ilf\ TORRM HOSI t:NC II , S. A_,
EN CL OS"S- ORCO YIlN, S. c..
MARJl S-F../: PUr!, 5 .
W",DRIP-29
Dífídlmcmc hanr á pensamiento reor é.
tiro ---ha escrito el propio Adorno---
que, sin ha ber atesorado en si la filoso
ti a hegeliana pueda hoy i",ticia a
la cxpcrk nca (1;;: la conciencia; y verda-
deramente, no de la conciencia sola sino
de la viva y cor por al de los hombres.
Este es uno de los vari os motivos que
él slIbraya naru probar {si es n..cesario
proharlo} 1.1 permanencia cid pensamien-
to hegeliano. Adorno nn ha prele ndid"
con este enfrentamiento con   ni pon ·
rificar en torno a un (il' ISt ,fo dd pasado
ni tr atar de situarl'; en un present e al
que no per«-"".:d<), es decir, po r usar
su.< pab,hras, .. no parlotear meramente
acerc.i de Su fl1osofía, desde arri ba y, por
consiguiente, po r de ba jo de ella.., sino
comparecer ante la pretensión de verdad
de -su Iilosoífa. Ant es que enjuiei.ar. per-
seguir el todo tras el que: 51: eocam-na
el propio En persecución de esta
recogida de la verdad hegelian.1 llega
Adorno a cs rablccce los inva riante'< hin-
cados en Sil obra, 'los pa"<l-
jcs más dilícik'S por su l .... uivocidad.. por
su. rel ativa amhi gü.....la<1 y po r el sUl,l
sent ido de la idea de inrncdia rea.
De este   de relaciones se d<
prende n las estruct uras fundamental
del pensamkOlo he¡:dhtno. raz ón mar'
de la fertilidad <k 5(1 JLtlé<:licó\.
• Theodor \'í/. Adorn o se ha ocupad
JI" Ikgd en t rI" ocasiones: la primee¡
en 1956 con mOLivo <I d ciento vein ticir
en aniversari o de la muer te de l fi!Ó';of(
El discurso preparado para tal ocasión
rebasó sus limites consmuyendo un VCf '
dadero libro que se complel a aquí con
,k", estudios posteriores: ..n <nnlc-nido
experiencial.. y .. Skoteinos...

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