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Azorín - Los pueblos

Azorín - Los pueblos

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Los pueblos, libro escrito en 1905 por Azorín, ha sido considerado obra clave en la trayectoria literaria del artista alicantino. Se trata de una rica y sugerente recopilación de textos de diversa naturaleza, tales como artículos, cuadros, cuentos, descripciones de viajes, poemas en prosa, reflexiones y observaciones sobre la vida española, eje esencial de Azorín. Esta obra se ha convertido en un referente donde el autor despliega los temas y el estilo que le han convertido en un clásico. Leerla es sumergirse en las preocupaciones más candentes de Azorín en los comienzos del siglo XX, visitar diversas regiones del país, paladear el dominio de la lengua. La razón de ser de este volumen radica en su pretensión de ayudar a los devotos azorinianos a valorar el hecho de que la mayor parte de los libros de Azorín fueran selecciones de artículos de prensa —claramente diferentes de otros libros con intención novelesca más o menos vaga, como La Voluntad, Antonio Azorín, Doña Inés, Pueblo, María Fontán...—, por más que algunos capítulos de algunas de estas obras se publicaran o pudieran ser publicados como artículos de periódico. (De la Introducción de José María Valverde)

Azorín

LOS PUEBLOS
ENSAYOS SOBRE LA VIDA PROVINCIANA

FB2 Enhancer .

a doña Isabel. almendros.. a flourishing town built on a slope —dice la vieja Guía Murray: un pueblo floreciente construido en una ladera. a don Pedro. a don Fernando. a doña Teresa. a Carntencita.Yo dedico este libro a Lolita. a doña Asunción. a don Francisco. Todos ellos viven en la pequeña y clara ciudad en que hay palmeras. a doña María. a Enriqueta. a don Juan. a Clarita. a Rosarito. a Pepita. a don Luis.. AZORÍN . a doña Magdalena. a Conchita. a don Joaquín. granados y laureles'.

de repente.. ¿Y ustedes?. todos los muebles estarán llenos de cucarachas. y me daría tristeza el tocar. por la calle discurre un hormiguero rumoroso de gente. Se oye en el techo ruido precipitado de tacones finos y menuditos. luego. a saludar a los buenos amigos. ni a Conchita. Y ahora tampoco nos vemos. Y se asoma a la calle y exclama. lentamente. —Estoy en casa de mi hermana —dice don Joaquín—. serias. le acompaña un criado. que está aquí don Joaquín. un rumor de faldas. derechas. —Siéntese usted aquí. ¡Bajad. mirando hacia arriba: —Bajad. aquellos muebles que vieron mi juventud. estrepitoso. que la limpia dos o tres veces al año. Don Joaquín se sienta con cuidado. Lola. sí que no te acuerdas —le dice don Antonio a Lola— . don Joaquín. Me he dicho: «Puesto que ya quizá no pueda tener otra ocasión. de voces.. don Joaquín? —le dice don Antonio—.. ¿tú no te acuerdas que cuando eras pequeñita él te llevaba al jardín? —No.LA FIESTA He aquí como el poeta vuelve viejo a su patria. en la escalera.. que tal vez será la última». Hace veinte años que no se ha abierto. Y. el cielo se va poniendo de un azul pálido. pero yo no lo creo. Mi casa estará hecha un corral. —Pero usted. ¡Hace ya tantos años! —Tú. las tres se hallan en la entrada. para reconocerlos. Lola. no —dice don Joaquín. Virginia me escribe en las cartas. don Joaquín? —pregunta doña Juana. —Sí —contesta don Joaquín— sí. que está aquí don Joaquín! —Estarán en el balcón —dice don Antonio. como ustedes. Además.. Doña Juana se levanta de pronto. desde que yo me fui.. don Joaquín? —le dice doña Juana. grises. ni a Clara. yo soy el que no puedo ver a ustedes. la que apadrinó usted en Madrid? Doña Juana se acerca al hueco de la escalera. —¿Cómo está usted. Sabíamos que había llegado usted esta mañana. Doña Juana ha acercado un sillón. no quiero entrar en ella. don Joaquín. —¿Est—á usted parando en su casa.. —¿Vosotras no conocéis a don Joaquín? —les dice don Antonio. negros.. sonriendo—. Se oye un lejano campaneo.. —¿Qué tal le va a usted.. ella no se acordará. ¿no conocerá a Lola. ¿Cómo se encuentran? ¡Caramba! La verdad es que hace tiempo que no nos veíamos. de risas alocadas. a sentir el pueblo. he querido venir este año. Don Antonio coge de la mano a don Joaquín y lo lleva hasta el sillón. jovial. embaldosado con losetas blancas y negras.. y grita: —¡Clara. Don Joaquín se detiene un momento en el umbral. Concha!. —Clara. Las tres callan. mirando a don Joaquín con sus grandes ojos azules. es decir.. de arañas y de polvo. como una aparición mágica. aparece el ancho zaguán limpio. aprovecharemos ésta. La puerta está abierta de par en par. estallan cohetes en el aire.. Digo. tú tenías dos años cuando él . Y he venido a ver. —De modo —dice don Antonio— que usted se ha acordado este año del pueblo y ha querido venir a ver la fiesta. yo no puedo ver nada.. pero ¡cómo habíamos de sospechar que viniese usted por aquí esta tarde! —¿Y ustedes?.

—Conchita —dice don Joaquín extendiendo sus manos blancas. eres una linda muchacha. —Oye —observa don Antonio—. Las mejillas de Concha se encienden con vivos carmines. Esta semana tendréis que labrar todas las piezas de la Herrada.. —Sí. Y vosotras también lo sois. Conchita —dice don Joaquín—. ¿os vais esta noche.. meted bien las rejas en los cornijales. —Yo sí que me acuerdo de ella —dice don Joaquín—. ¿Cómo eres? ¿Cómo es Conchita? —Es alta y delgada —contesta doña Juana. Don Antonio se levanta de pronto y grita: —¡Rafael! ¡Rafael! Rafael se acerca y entra en el zaguán. o mañana por la mañana? —Esta noche queremos ver los fuegos —contesta Rafael—. claveles y jazmines —contesta Lola. Prosigue a lo lejos el volteo loco y jovial de las campanas. ¿Es verdad que los tiene azules? Lola se pone un poco roja. —¿Qué flores son? —torna a preguntar don Joaquín. —Sí. ya sé que es usted mi padrino. y parpadean las primeras estrellas. don Joaquín —dice Conchita—. —Yo no puedo verte. Lola y Clara. has hecho cuanto puede apetecer para su consuelo un viejo poeta que ha amado las flores y que ya no puede verlas. Lola tenía los ojos azules. Y tendréis también que acabar de recoger toda la almendra que queda. los claveles y los jazmines—. —Ella me pregunta muchas veces por usted —dice doña Juana. —¿Y los ojos? ¿De qué color son los ojos? —Los ojos son entre grises y verdes. los tiene azules —afirma doña Juana. a la Umbría. Conchita. —¿Han traído flores? —pregunta don Joaquín. . —¿Cómo tiene el pelo? —El pelo es rubio y largo. es el mayoral que don Antonio tiene en la Umbría. estallan cohetes. después de la procesión. Es un labriego.. —Ya están aqui las flores —dice Lola. yo soy el que te tuvo en la pila del bautismo hace quince años. —Conchita —dice don Joaquín—. don Joaquín. y yo estoy contento por haberte tenido en mis brazos cuando contabas ocho días.. —Rafael —le pregunta don Antonio—. —Conchita —exclama don Joaquín—. —¿Y Conchita? —preguntó don Joaquín—. ¿Está aquí? —Aquí está delante de usted —contesta don Antonio... sutiles. nos ¡remos mañana. y pasándolas con cuidado sobre las rosas. —¿Y la boca? —La boca es pequeña y con los labios rojos.. se oye una música. don Joaquín. el cielo diáfano se ha tornado obscuro. pero yo no puedo veros a ninguna. —Son las flores que hemos de tirar cuando pase la Virgen —contesta Clara. toque usted —dice Conchita.. Una criada entra llevando en las manos una ancha bandeja llena de flores. —Toque usted. —Son rosas. unas veces parecen grises y otras verdes.se marchó. poniéndole la bandeja delante.

aún están —contesta don Antonio. Y para sí piensa: «Nosotros. —Rafael —le dice don Joaquín—. ti». cantamos sin parar. y morimos olvidados.. taran. no —contesta Rafael con aire confuso. somos como las cigarras: si las calamidades y desgracias de la vida nos dejan. que ya vendrá el invierno y se morirán. Ya vendrá el invierno y se morirán. es el hijo —contesta don Antonio. es decir. rascándose la cabeza. —Es verdad —replica don Joaquín—. la dulzaina hace: «ti. ¿será el hijo del tío Rafael. la vejez. . el mayoral que ustedes tenían antes? —Sí. los poetas.. la procesión se acerca. —Y ¿hay en ellos muchas cigarras? ¿Unas cigarras que cantan mucho? ¿No es cierto? —¡Ya lo creo que cantan! —exclama Rafael—. ¿hay aún delante de la casa aquellos olmos grandes? ¿Están hermosos? ¿Están verdes? —Sí.. luego viene el invierno. Pasan bailando unos enanos.. ¿tú no te acordarás de mí? ¿No te acuerdas de don Joaquín. señor.. Dime. —Eras tú un mozuelo cuando yo iba a la Umbría. desvalidos». verdad? —No. Todo el día se lo pasan cantando. pero yo les digo que las dejen. tirí. Los chicos les tiran piedras para que callen. tan». Resuenan los estallidos de los cohetes. el tambor hace: «tan. cantamos.—Este Rafael —pregunta don Joaquín—..

no era indiscreción el entrar. de las campanadas rítmicas y largas del vetusto reloj. del ruido manso del agua. viejos. tan». Un profundo silencio reina en toda la casa.. Yo le pregunto a este criado: —¿Y don Lorenzo? Él me contesta: —Está durmiendo. Y luego he llamado en la casa del grande hombre: «tan. con la cocina apagada siempre. destacando sobre el cielo limpio. Sarrio está enfermo. sobre una mesa he visto una palmatoria con la vela a medio consumir. Y en el medio. Y flota en el aire y se ve en todos los detalles algo como un profundo abandono. El zaguán se hallaba desierto. torres doradas. ya embargado por esa melancolía indefinible que nos hace presentir las grandes catástrofes.SARRIO Los amigos y admiradores del hombre ilustre quedarán consternados cuando pasen la vista por estas líneas. pero la casa de Sarrio no era de estas casas. ni se percibe el más ligero ruido en la casa. de las torres. ya un poco triste. Él no contesta directamente a mi pregunta. que piensan en mandas. veo salir un criado por la puerta del huerto. Un presentimiento doloroso comienza a entrar en mi espíritu. Yo doy otras recias y sonoras palmadas. diriase que husmean por todos los escondrijos tesoros ocultos. como una honda laxitud. del silencio profundo. —Se levanta a las tres de la madrugada —me dice— y después se vuelve a acostar. el sol iluminaba la ancha plaza. en el fondo aparece la ancha puerta del huerto. «Es extraño»—pienso yo. con las salas cerradas y polvorientas. Yo ya conozco estas casas extrañas. la fuente deja caer sus cuatro caños. ¿Sarrio se levanta a las tres y después se vuelve a acostar? Esto es . sigilosa. de un recelo misterioso.. unas sombras azules. estas casas en que no hay nadie jamás. en que vive uno de esos misántropos de pueblo. Yo me he detenido un instante. como una irremediable desesperanza. del revolar de una golondrina. Pero nadie aparece. en la taza labrada. Sarrio desaparece. llevan en su cara los signos de una preocupación. un vaso vacío —tal vez de algún medicamento— y un rimero de periódicos de la provincia con las fajas intactas. torres viejas. Y entonces. Yo conozco estas casas. con un son rumoroso. la iglesia. Son las once de la mañana. de su único morador. que pasa. ¿No habéis reparado en el aire especial que tienen los criados de estas casas extrañas? Son como hombres que esperan y que temen algo al mismo tiempo. de las ventanas cerradas. frescas. estas sencillas palabras producen en mí una estupefacción profunda. y me siento un momento junto a la mesa. gozando de las sombras azules. estas casas con los muebles rotos. «Es extraño»—torno a pensar. Yo estoy asombrado. al cabo de un breve rato. luminoso. en legados. con el pequeño huerto lleno de plantas silvestres. y columbro por ella el verde claro de los naranjos y el verde obscuro de los granados. los muebles están llenos de polvo. Yo he llegado a media mañana a este pueblecillo sosegado y claro. una o dos sillas tienen el asiento desfondado. —Pero ¿está enfermo? —torno yo a preguntar. Yo entonces hago sonar unas fuertes palmadas y pregunto. y en que de tarde en tarde se oye el chirrido de una puerta y se ve la silueta negra. a uso de pueblo: —¿Quién está aquí? Y nadie sale. Y me levanto. de una displicencia. se levantaba en el fondo. con sus dos achatadas torres de piedra. y que se sienten secretamente exasperados por algo que no llega. que parecen abandonadas. calan en un ángulo de los aleros de las casas y bañaban las puertas. gritando. La puerta estaba entreabierta.

absurdo. Yo vuelvo a experimentar otra decepción vaga.. Es la voz de Sarrio. que hacía sobre el pecho un bombeo gallardo. —¿Y la señorita Lola? —Se casó también. ¿Queréis un detalle que revele mejor toda su lamentable decadencia? Yo he sentido ante él una honda tristeza que ha venido a juntarse a la tristeza ya sentida. don Rafael. avasallador: Pepita tenía hermosas las manos y la voz. lentamente. cuando mi admiración ha pasado un tanto. temeroso. don Luis.inaudito. Pepita tenía hermosas dos cosas que prestan a la mujer un encanto irresistible. indefectiblemente. algunas estimadas amigas mías se escandalizaron. en el mundo. una refulgente camisa planchada. Hay en los pueblos hombres y mujeres. —¿Y la señorita Pepita? —vuelvo yo a preguntar. Y yo oigo estas palabras lleno de una intensa e indescriptible emoción. anodinos. Antes iba pulcramente afeitado: ahora lleva una larga barba intensa. siempre tan atildado. «La Priere des Bardes». Sarrio. don Antonio. una voz doliente que llama al críado. —¿Y la señorita Carmen? —pregunto. anonadado por la tristeza. —Se casó —me contesta el criado. Y deseo saber qué se ha hecho de Pepita. de las manos no recuerdo ahora sentencia ninguna de ningún filósofo. puntiagudos. pero es ya un poco tarde. Antes llevaba una estupenda cadena de plata con una gruesa muletilla. con gesto lento y melancólico. ahora ya no la usa. pero no es necesario acudir a filosofías antiguas o modernas para sentirse subyugado por unos dedos largos. Carmen era menuda y tenía el pelo castaño y los ojos azules. don Alberto. el rimero de los periódicos intactos. don Leandro. Yo siento una tenue desilusión. sedosos. a quienes conocimos en nuestra niñez o en nuestra adolescencia? Tal vez todos han muerto mientras vosotros estabais ausentes. blancos. Lola era alta y tenía el cabello rubio y los dientes menuditos y blancos. ¿Dónde están don Pedro. con sus palabras sencillas.. —Se murió —contesta el criado. el grande hombre aparece en el rellano de la escalera. el vaso vacío. Pepita era la más linda de las tres. Pepita era mi amiga predilecta. apoyado en la barandilla. ¿Cómo los seres que hemos amado tanto pueden desaparecer de este modo tan rápido y brutal? ¿No habrá nada fijo. guarnecidos de simétricas uñas combadas y rosadas. Transcurren unos minutos. aparece claro ante mí. a la muerte de sus amigos. finos. Pepita tocaba en el piano. de Lola y de Pepita. y cuya desaparición os causa tanto pesar como la de un héroe o la de un gran artista. ¿Es él? ¿No es él? Sarrio camina con los píes arrastrando. no usa camisa. una voz apagada. la bujía a medio consumir. a la desaparición de todo lo que constituía el ambiente de su época. Y entonces. Antes llevaba siempre. vulgares. Y de pronto oigo unos pasos sordos en el piso de arriba y percibo una voz ronca. todo el misterio de este ambiente que flota en la casa abandonada. insignificantes. Yo he dicho ya en otra ocasión que un hombre que no lleva camisa nítida y acerada no puede tener talento ni energía: cuando esta proposición se publicó. tal vez alguno de ellos —como este Sarrio— sobrevive a la ruina de su casa. un poco indeciso. Y entonces veis estas existencias . Una mujer no puede persuadirse de que un hombre desprovisto de esta indispensable prenda deje de tener energía y talento. olvidados de sus figuras amables. Ya. Sarrio va bajando. Yo le miro absorto. inconmovible. llegan a convencerse. que os han encantado con su afabilidad. me acuerdo de las tres lindas hijas de mi ilustre amigo: de Carmen. Y pregunto por Lola. De la voz ha dicho un filósofo griego —Zenón— que «es la flor de la belleza». Algunas. descuidada. de nuestros amores y de nuestras predilecciones? Yo miro inconscientemente. ahora trae una camisa blanda. sin embargo. los peldaños de la escalera.

ante una persona que habéis querido—. sí! Azorín. . fría: —¡Ah.. las campanadas del viejo reloj que marca sus horas. acaso esta dolencia ha comenzado por una ligera indisposición. que en los caserones de los pueblos van oscilando durante dos. los parientes.. no podemos librarnos. de la corriente fatal que nos conduce a la anulación definitiva. y nosotros. ¿Qué íbamos a decirnos? No había necesidad de que habláramos nada. Y poco a poco. otro. los gritos de las golondrinas que cruzan raudas por el cielo. Entonces él ha permanecido un momento absorto. las torres achatadas. un silencio denso en el zaguán. Ya la ponderación y el equilibrio se han perdido. es el orden de las comidas. como acontece en las pesadillas. Pero todo es inútil. al cabo de muchos años. ¡Sarrio! —le he gritado. No podíamos decirnos nada. que vamos olvidando. dolorosas. se ponen en práctica tales o cuales medios curativos. Y de nuevo ha caído. nos dejamos llevar. formidable. —¡Sarrio!. sentimos que vamos deslizándonos por un precipicio del que queremos salir y del que.. ¿Comprendéis ahora la tragedia de Sarrio? Cuando ha acabado de bajar la escalera. Yo me he puesto ante él. y son vanos y estériles cuantos esfuerzos hacemos por apartarnos de él. en el abandono de nuestra persona. y he vuelto a oir el susurro del agua. los años han ido pasando. terrible.. Hay instantes en la vida —cuando os halláis. han venido a abrumar el espíritu. que vais a expresar multitud de sentimientos tumultuosos. ha pasado junto a mí sin conocerme. y en que. eterno. entre la vida y la muerte. Y cuando he salido de la casa. es la limpieza de la casa. tres. y al fin ha exclamado con voz opaca.. anonadados. mirándome con sus ojos apagados. luego.. Acaso los amigos. intentan un supremo esfuerzo: se hace un viaje para consultar a un médico famoso. indiferente a los dolores de los hombres. triste y anonadado. Así. la música—.. otro. las energías de la juventud se han perdido. con todo. creciendo.. un día es la indumentaria lo que descuidamos. las catástrofes morales. las calamidades.. hay instantes en la vida en que creéis que vais a decir muchas cosas.. he vuelto a ver en la plaza sosegada las sombras gratas y azules. sin embargo. nuestras diversiones favoritas —la caza. Yo he guardado silencio. los disgustos. los balcones cerrados. otro. os encontráis con que no se os ocurre ni aun la más vulgar de las palabras. ya perdidos. por ejemplo. rítmico. solitarias. el ambiente que nos ha de tragar está ya formado. Y la neurastenia va creciendo.trágicas. después ha abierto la boca como para decir algo que no acertaba a decir. ante el gran hombre. blandos. seis años. en el desorden de la casa.

menuditos. se oyen sones apagados de bocinas lejanas. conde de Cabra se le dará. Yo chillo también como estos chicos.. Nuestras voces se enardecen por momentos. tres chicos. el tren para. después recobran de pronto su luminosidad blancuzca. La vida es fácil. Va a partir el tren. responde con un repiqueteo sonoro. El campo está negro. Y de pronto. rubios o morenos. el chico que llevo sobre mis rodillas me da palmadas en la cara con sus menudas manos carnositas. Y de cuando en cuando. una voz grita furiosa: «¡Yeles. Y cuando más estruendoso es el bullicio. un minuto!». Una vaga ternura satura mi espíritu ante este hombre diminuto que puede ser un héroe de la patria. las carretillas pasan con estruendo de chirridos y golpes. los resoplidos formidables de las máquinas. rubios o morenos.» El estrépito del convoy acompaña nuestra tonada.. posado en mis rodillas. cabecea marcadamente a un lado y a otro. y se aleja con un sordo . sobre mis rodillas tengo a otro diminuto caballero de dos. por el bolsillo de mi gabán asoma formidable una botella. Atrás quedan los millares de salpicaduras áureas que iluminan la gran ciudad. sentado. Va a partir el tren. suben también con ella dos chicos. luego otro. una pequeña dama de tres. muy grave. que viaja rodeado de dos. los grandes focos blancos. entre la baraúnda. con manos diminutas que todo lo piden y todo lo destrozan. vuelven a sonar los silbidos largos o breves de las locomotoras. Yo soy un pequeño burgués. las estrellas fulguran. Los grandes y redondos focos eléctricos parpadean de tarde en tarde.. con melenitas sedosas. todos gritamos. el convoy se pone en movimiento. El coche. muy modoso. la viudita. con su luz fría. Va a partir el tren. está un pequeño señor de cuatro años. con sus mejillas encendidas. Yo paso y repaso la mano por la melena suave del minúsculo señor. y un profundo y doloroso estupor se apodera de mí. persistente. paternal. bajo la ancha cubierta de cristales. y todos. Todos son menuditos. curiosos.. un momento parece que van a apagarse.. conde de Cabra. Yo les cuento a todos historias extraordinarias y río. más cerca. surge una voz que entona una vieja canción infantil. que cultiva un huerto umbrío con parrales y pilares blancos. me siento satisfecho y alegre. De pronto rasga los aires un estridente silbato. una bocanada de aire tibio entra por las ventanillas abiertas. la voz de un vendedor de periódicos canta una dolorida melopea. seis chicos. sobre la línea desnivelada. cuatro chicos. brillan en el infinito las estrellas con titileos misteriosos. grueso. reidores. ni lo que quiero. clamoroso. el vagón rebosa de gente. a mi izquierda. La vida es fácil y dulce. en la lejanía. las estrellas fulguran en la inmensidad negra. redondos. la locomotora resopla. de cuatro. Todos charlamos. tornan a parpadear en silencio. que posee unos pocos libros llenos de polvo.. Los que van a mi derecha y a mi izquierda me preguntan cosas a gritos. en coro disonante y estrepitoso. A mi derecha. resaltan inmóviles los puntos rojos de los faros.LA NOVIA DE CERVANTES I . He de bajar. viajamos en un barco. Yo soy un pequeño burgués que vive en un pueblo de la costa. con sus melenas cortas y sedosas. Retumban.. de seis chicos. jovial. Ya no sé ni adonde voy. con un tintineo vibrante.Suena precipitadamente un timbre lejos. El aire es puro y templado. la viudita se quiere casar con el conde. silencioso. en mi coche sube una señora enlutada. que tiene una gran casa con salas desniveladas y una solana ancha.. sobre el cielo negro. ¿Por qué he bajado? ¿Por qué no he seguido? ¿Cuáles son mis propósitos? ¿Qué voy a hacer yo en esta estación solitaria? El tren se ha puesto otra vez en marcha. cantamos: «La viudita. todos reímos. las estaciones cruzan rápidas.

Un cuclillo canta lejano —«cú-cú». vería. un momento me quedo inmóvil. entonces —torno a preguntar—. un mozo acaba de apagar los faroles. Estoy en Esquivias. dice dentro de mí: «Pequeño burgués. con un gesto hosco y despiadado. aparece una claridad pálida y difusa. tras un terreno. de . con seis chicos rubios o morenos: ahora soy el pequeño filósofo que acepta resignado los designios ocultos e inexorables de las cosas. taberna. en un blanco zaguán sentado en un estrecho banco de pino. la puerta es ancha. entre en arreglos como quien no hace la cosa. enjalbegadas. Más lejos aparece la masa enorme de un edificio anchuroso.. A trechos aparecen los manchones hoscos de los olivos. Sobre un mostrador lucen cacharros y botellas. aunque estuvieran despiertos. con un tabernero. Las calles están desiertas. no sería posible tampoco. encontrar posada entre ellos. ¿se mofan acaso de mi pequeña filosofía? Yo ando y ando. sino de vinos? Yo ya no soy un pequeño burgués con dos. Dejo el velón sobre la mesa: la estancia es de paredes blancas. no puedo quedarme en Yeles. el posadero. No. Y de pronto. «Emilia». Estas aves irónicas y terribles. Yo ando y ando a través de viñedos. «Rosalía». Yo cojo un velón y el mesonero me guia a mi cuarto: está en el piso principal. Llega la canción lejana de una ronda de mozos.. «que es un poco logrero». «Pero ¿habrá carruaje para ir?». ¿Cómo se me ha ocurrido a mí este absurdo enorme de pernoctar en Yeles? Son las nueve. y con un tabernero. lo mejor es que él. Once campanadas suenan cercanas con graves vibraciones. me dirijo por él. Don Andrés el Mayorazgo los tiene mejores. tan». con cuatro. la luna va descendiendo en el cielo sereno.. Yo ando y ando. perdiéndose. Ante mí tengo una gradería de piedra. no hay carruaje a estas horas. La luna va a surgir. pregunto. se llega a él después de pasar por una ancha galería llena de montones de rubia. en la que se asienta una columna: es un antiguo rollo. a las viñas suceden los olivares. en un alto vasar aparecen alineadas jarrinas en cuyas panzas vidriadas pone: «Encarnación».. ¿De qué queréis que se hable en Esquivias. Los cuclillos tocan sus flautas melancólicas. con cuatro. a la vez. absorto. Yo llamo a la puerta: «tan. tras breves explicaciones. ¿Dónde está la posada? ¿Cómo encontrarla? Unos sencillos labriegos trasnochadores —son las diez— hacen la buena obra de guiar a un filósofo. las tapias de los corrales se alejan formando callejuelas angostas. Yo hago que me señalen el camino de Esquivla novia deias. oigo aullar perros. «Pero. insidiosa. Lo indudable es que no debo ir yo en persona a hacer los tratos: Don Andrés el Mayorazgo. sino de vinos? —Don Hilario los tiene buenos. pero tal vez los quiera caros. La luna llena asoma. «Consuelo».fragor por la campiña tenebrosa. «Carmen». pero acaso no quiera venderlos — me dice el posadero—. los anchos colgadizos ensombrecen las puertas.. desde luego —claro está— mi afán de compra y subiría los precios. con seis chicos rubios o morenos. y ¿de qué se ha de hablar en Esquivias. ni soy un pequeño filósofo que sabe mostrar resignación ante el hado fatal: ahora soy un pequeño comisionista en vinos. Y heme aquí. sembrados y olivares. encendido. y contemplo en la lejanía cómo va perdiéndose. en el silencio de la noche. «Petra». en los confines del horizonte. a lo lejos. ¿podré quedarme en Yeles?» No. su faz ancha y amarillenta. del furgón de cola. Ya no soy el pequeño burgués que tiene un huerto con parrales y viaja con dos. otro cuclillo canta más cerca —«cú-cú». todos los vecinos están durmiendo. ¿tú has dicho que la vida es fácil? Pues ahora vas a verlo». Y lentamente. El andén está solitario. Pero yo lo he resuelto muy pronto: un hombre sencillo me comunica que Esquivias dista de aquí una hora. el ojo rojo. Y entonces. La posada es. Las estrellas refulgen. charlando sencillamente —con la sencillez con que lo haría Cervantes en su tiempo— con este mesonero. algo como una vocecilla irónica.. A los sembrados suceden las viñas. Todo está en silencio. rasgados por largos surcos paralelos. Y en este momento yo resuelvo interiormente proseguir mi peregrinación a Esquivias. El camino es estrecho y de hondos relejes: serpentea a través de campos llanos.

que. cerrados siempre. y la tercera. plañideros. ordenadas por Felipe II. D. como el buen don Alonso. Esquivias cuenta con 250 vecinos. por bajo de este acompañamiento.. vosotros conoceréis sus nombres. aullan los perros. Y estos hijosdalgo se llaman Bivares. con esa indolencia privativa de los perros de pueblo. las mismas campanas. silba un mirlo a lo lejos. Juan. «fué el primero que puso la bandera cuando se ganó la Goleta. todavía inéditas.. pictórica y errante. tan» sonoro y ruidoso. Guevaras. misteriosas.. Salazares. el capitán Pedro Arnalte. Pasa de tarde en tarde. Avalos. cerca. silencioso. y las maderas están también alabeadas y ennegrecidas. el capitán Juan de Salazar.» Esquivias es un viejo plantel de aventureros y soldados. Y me torno a dormir. como uno de los héroes de «La ilustre Fregona». dos calles netamente españolas. el alférez Alonso Mejía. como la madre de la novia de Cervantes. 37 son hijosdalgo de rancia cepa. se levanta en la calle del Rosario. el alférez Diego de Sobarzo. el capitán Barrientos. una mesita de pino está junto a la cama. Ordóñez.. Todo calla. la posada es una antigua casa de ladrillo. Esquivias —dice el Cabildo contestando al Monarca en 1576. el alférez Pero de Mendoza. estas campanas melodiosas. como el padre de la novia de Cervantes. cerca. todo reposa. resopla.cuarterones cuadrados y cuadrilongos. los gorriones pían furiosos. El campo está verde. pero en armas ha habido muchos capitanes y alféreces y gente de valor. Unas palomas ronronean en el piso de arriba y andan con golpes me-nuditos sobre el techo. muestra sus tres balcones viejos. lejos de estas campiñas monótonas y sedientas por las que yo tiendo la vista. todavía la luz del alba no clarea en las rendijas de la puerta y de la ventana. el cielo es de un azul intenso. una vaga somnolencia. y de ahí el nombre que esta posada lleva:«La Torrecilla». Entro en una ancha plaza. «En letras —añaden los del Concejo— no tienen noticia de que haya habido en Esquivias personas señaladas. Consultad las «Relaciones topográficas». «Y asimismo —concluyen en su relación los vecinos— ha habido mucha gente de armas en años pasados en servicio de los reyes. Mejías. Abro la ventana: la luna ilumina suavemente los tejados próximos y la campiña lejana. lejos. nítida. «que murió en Alcalá de Benaraz.Unas campanas me despiertan. a intervalos. furiosos. la gente vegeta mísera en estos caserones destartalados. Tal vez en esta mansión habitaba un hidalgo terrible. Carriazos. Un elevado palomar sobresale en la parte del edificio que forma esquina.. canta. Y luego. todas las madrugadas. y le mataron los moros». el capitán Hernán Mejía. una melodía larga. II . un vetusto caserón. el mismo acompañamiento clamoroso y la misma melopea suave me tornan a despertar. Esquivias es un pueblo de tradición señoril y guerrera. suave. como sobrecogida. como yo ahora. He salido de la estancia a la galería. cerrado. Cervantes oiría entre sueños. Voz medianos. el Ayuntamiento. con su pórtico bajo de columnas dóricas. Ya la luz del nuevo día pinta rayas y puntos vivos en las maderas de las puertas. y al presente los hay en Flandes y con el Sr. una lechuza. y me he detenido en el patio un momento. su suelo es pobre y seco. y . perdida en la llanura. veo una casa blanca. con las maderas despintadas. Tal vez en esta mansión habitaba un hidalgo terrible. sin saber por qué. lejos de estas calles que yo recorro ahora. cruzando el ancho ámbito. los balcones están también cerrados. de sus 2. en busca de la vida libre. uno de esos típicos caserones manchegos. son tres campanas: dos hacen un «tan. ruinosa. esquina a la del Ave María. he bajado luego la angosta escalerilla. Barrosos. temerosa. Quijadas. o huye.. se destaca a una banda. Argandoñas.505 hectáreas de tierra laborable no cuenta ni una sola de regadío. melancólica. ocho años antes del casamiento de Cervantes—. inquietadoras. una pesadez sedante y abrumadora se exhala de las cosas. y entre éstos. en la lejanía. un alto mastín que se detiene un momento. Aún es de noche. cuando he abierto la ventana.. como sabéis. Palacios. a la izquierda. y el emperador Carlos V le dio doscientos y cincuenta ducados por ello».. El día está espléndido.» De aquí eran.

en el suelo. acabo de leer: «Calle de doña Catalina». A lo lejos. de la de San Sebastián a la de la Palma. el que esta dama me haya invitado a trasponer los umbrales. portentosa. brinca. con un evónimos pomposo. Adivino unas manos femeninas suaves y diligentes. Pero una anciana —una de estas ancianas de pueblo. por una ancha escalera que a mano derecha se halla. vestidas de negro. Y entro tranquilamente. yo me quito el sombrero y digo. Acaso —pienso— yo. La casa está avanguardada de un patio con elevadas tapias. es preciso decirlo— de las casas de los pueblos. hay en él una parra y un pozo. ¿Hay nada más ensoñador y sugestivo en una vieja casa que estos anchos corredores desmantelados. los colgadizos enormes de las viejas portadas de los patios avanzan rendidos y desnivelados por los años. la señora vestida de negro me invita a entrar. acaso con el ancho portalón —siempre cerrado— de un patio. Y luego. estaba dispuesto para que una dama silenciosa invitara a entrar en su casa a un filósofo no menos silencioso. aletargado por el hálito caluroso de la primavera naciente. los saludo y departo con ellos con la misma simplicidad y la misma lógica. silenciosos. Todo. Esto es verdaderamente estupendo y terrible. que corre de parte a parte de la fachada. inclinándome: «Perdón. alcobas. silenciosas— surge de lo hondo y se dirige hacia mi. y en que un señor de 1830 os mira. desde la nebulosa. Esta es una salita angosta con un . todo está colocado con esa simetría ingenua. de pronto. Pasamos por puertas pequeñas y grandes puertas de cuarterones. candorosa —pero tiránica. yo estaba examinando esta casa». que se suceden. que penden de las paredes. un desconocido. están colocadas simétricamente unas macetas. Y luego doy la vuelta a la esquina y leo en otro azulejo: «Plazuela de Cervantes». con barandilla de madera labrada. encuadrado en su marco. y que tiene por fondo el campo. es un laberinto de salas. Y entonces me paro ante el portal y trato de examinar esta casa extraordinaria. un forastero. y son de tierra tapiada y de yeso. Las puertas están abiertas y dejan ver los patizuelos empedrados de guijos.luego se pierde a lo lejos por una empinada calleja. De la calle de la Fe paso a la de San Sebastián. con una parra retorcida. Fijaos bien. moviendo voluptuosamente las alas sobre el azul límpido. con una puerta pequeña? ¿Hay nada más sugestivo en una vieja ciudad que una de estas callejas cortas —como la de la Daga — en que no habita nadie. con escenas bíblicas.» Las grandes rejas sobresalen adustas.. los dos espaciosos balcones están de par en par. formada de tapias de corrales. Y en este punto —por uno de esos fenómenos psicológicos que vosotros conocéis muy bien—. cuartos. una bandada de gorriones se abate rápida sobre el suelo. Todo está limpio. el piso está empedrado de menudos cantos. tal vez una loma cubierta de sembrado? Mi contemplación dura un instante: otra vez camino por las callejuelas angostas. si antes me pareció absurdo entrarme en una casa ajena. Un momento me detengo en la callejuela de la Daga. como una nota metálica. Y yo examino dos grandes y negruzcos lienzos. indudablemente. Y entonces. estoy ante la casa del novelista. pasillos. en los recuadros de viva luz que forma el sol. incisiva. Y luego cuando aparecen dos mozos que me parecen cultos y discretos. sin muebles.. Yo voy leyendo los diminutos tejuelos en que con letras chiquitas y azules se indica el nombre de las calles. naturalísimo. un canario canta. «La suerte de las casas que hay en este lugar —dicen los vecinos en 1576— son con sus patios y con alto algunas. ahora me parece lógico. subimos al piso principal. En el fondo se levanta la casa. hay algo en los nombres de estas calles de los pueblos castizos que os atrae y os interesa sin que sepáis por qué. vibra el cacareo sostenido de un gallo. estoy cometiendo una indiscreción enorme al meterme en una casa extraña. voy de un lado para otro. se levanta veloz y se aleja piando. que rasga de pronto la diafanidad del ambiente. me sobresalta. Recorro las callejas y las plazas. encima del sofá. de la de la Palma a la de Caballeros. Y hétenos en un salón de la misma traza y anchura del vestíbulo de abajo. picotea. El sol entra en fúlgidas oleadas. Este es un salón cuadrilongo que tiene una sillería roja. Y uno de ellos. irregulares y pintorescas. tiene dos anchas puertas que dan paso a un vestíbulo. salta.

. cerca del pueblo.» «Por aquí —ha añadido el Mayorazgo con énfasis irónico— he visto yo. Y yo pienso en las palabras que durante estos crepúsculos. Yo contemplo estas paredes rebozadas de cal.corto pasillo que va a dar a una reja. Andrés el Mayorazgo. entre las flores. lances de éstos ocurren todos los días en las casas de pueblo. clavado en una losa. entre el follaje de las macetas. Ya lo he dicho: todo desde la nebulosa estaba dispuesto para que un filósofo pudiera gozar de este minuto de satisfacción íntima en el vestíbulo de la casa en que vivió la novia de un gran hombre. La lejanía está cerrada por una pincelada azul de las montañas. ha de esperar esta joven lindísima. en Catalina Salazar Palacios —la moradora de la casa en 1584. Y yo creo ver por un momento en esta joven esbelta y discreta — ¿quién puede refrenar su fantasía?— a la propia hija de D. sombría. arañadas por el arado. El canario canta.» La noche va llegando: por Poniente. un poco emocionado: es la hija de la casa. a la cual Cervantes se asomaba y veía desde ella la campiña desmesurada y solitaria. La llanura inmensa. la novia de Cervantes. de Albillo y del Espino han sido descepados. gris. monótona. mientras yo me la como. una delgada hebra de agua surte de un largo caño de hierro. en Esquivias. mi experiencia de la vida provinciana —ya lo sabéis— me ha hecho salvar fácilmente el escollo. Y luego otra vez me veo abajo. ante mí. muchas y grandes cosas. que casó a Cervantes— y de D. en el zaguán. palabras vulgares. año del casamiento de Cervantes— y en Rosita Santos Aguado —la moradora en 1904. Y aquí entra el pequeño y tremendo conflicto. Hernando Salazar. sombría. cuando los trigos están altos. a la linda muchacha —la novia de Cervantes. Ya no existen los viñedos que la familia Salazar poseía en estos parajes. bajo el cielo azul. en la puerta. diría el ironista a su amada —palabras simples. La niña permanecía inmóvil. silenciosa. un desconocido insignificante. Predicho estaba que yo había de pasear en compañía del señor cura —digno sucesor del presbítero Pérez. blancas. está silenciosa: aparecen tras una loma las techumbres negruzcas del poblado. yo me levanto. encendida en vivos carmines y con los ojos bajos. se alejan en suaves ondulaciones a un lado y a otro. ¿No era todo ésto un poco violento? ¿No he columbrado yo acaso su rubor cuando ha aparecido por la puerta? He cogido lo menos que podía coger de una de estas anchas pastas domésticas y he trasegado precipitadamente el vino. Mi imaginación identificaba a una y otra. una linda y gentil muchacha. otra bandejita con una copa llena de dorado vino esquivieño. donde tenía sus viñas la amada del novelista. Llegaba el crepúsculo. Las estrellas fulguran como anoche y como en toda la eternidad de las noches. La cortesía de los moradores de esta casa es exquisita: unas palabras han sido pronunciadas en una estancia próxima. para sorber después el vino. . La joven gentilísima que ha aparecido ante mí. palabras más grandes que todas las palabras de sus libros. Y cuando ha llegado el momento de despedirme. durante los breves minutos de charla con esta familia discreta y cortesana. monótona. los majuelos del Herrador. Esta es una alcoba con una puertecilla baja y una mampara de cristales. Y yo pensaba luego. sentado al sol. que vieron transcurrir las horas felices del ironista.. ¿Comprendéis mi emoción? Pero hay algo apremiante y tremendo que no da lugar a que mi imaginación trafague. de pronto. Anchas laderas. una de las figuras más simpáticas del próximo centenario. Si yo cojo —decía— una de estas pastas grandes que se hacen en provincias. he contemplado por última vez. es decir. en estas llanuras melancólicas. aquí dormían Cervantes y su esposa. el cielo se ilumina con suavidades nacaradas. Y he querido ir por la tarde a la fuente de Ombídales. y en la otra. el cielo está azul. a la mismísima novia de Miguel de Cervantes. en dirección hacia mí. veo aparecer. y yo. y va a rebalsarse en dos hondos charcazos. «Este es —ha dicho el señor cura— el paseo de los enamorados. es decir. la fuente nace en una hondonada. trae en una mano una bandejita con pastas. Pero he aquí que un acontecimiento terrible —tal vez también dispuesto desde hace millones y millones de años— va a sobrevenir en mi vida.

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Don Tomás torna a quedarse pensativo. —Entonces se podía vestir —vuelve a decirme él—. —Aquí tiene usted éste —dice. yo creo que fué antes.. ¿usted no sabe en qué año se celebró la reunión de los romeristas en el teatro de la Comedia? —Yo no sé. —Y ¿todos estos sombreros son de usted? —le pregunto yo. ¿Y don Tomás? ¿Ha salido ya? El perro se llega hasta mí. después pregunta: —Azorín. doña Isabel —le digo yo a doña Isabel—. —Todos son míos. éste casi está bien aún. —Buenas tardes. —Le diré a usted-contesta él—. —¿Ve usted este sombrero? —me dice—. Don Tomás permanece un momento pensando. luego lo traía aquí. pero yo estaba buscando uno ancho que debe de estar por aquí. luego va bajando las otras. «Carlín»! —dice doña Isabel. Este lo compré para asistir a la última reunión que celebramos en el frontón de Jai-Alai el año. Azorín? Pase usted. —Si. Este lo llevé yo a la reunión que celebraron los romeristas en el teatro de la Comedia el año. compraba un sombrero. Llegaba a Madrid. aquí tengo yo la historia de mi vida —dice él. Yo estrené entonces una levita que debo . levantándolo a la luz—. —Ya sé que ha sido usted un elegante —torno a decirle yo. con las manos tendidas hacia la parte superior de un armario en que aparecen colocadas ocho o diez sombrereras. —Pero estos son sombreros de copa —le digo yo examinando las sombrereras. éstos son de copa.LOS TOROS Al pintor Zuloaga Cuando yo entro en la casa.. don Tomás —le contesto—.. yo iba a Madrid de tarde en tarde. —¿Recuerda usted. cuándo fué la reunión de Jai-Alai? —No sé. don Tomás —le contesto yo—. no —dice don Tomás—. y cuando tenía que volver al cabo de algunos años. —Este es —dice. un perro se pone a ladrar. —¿Está usted seguro? ¿No fué antes de la otra reunión que tuvimos en la Exposición Universal de Barcelona? Don Tomás. Don Tomás saca de una sombrerera un sombrero de copa. —No. —¡Calla. —Estoy aquí buscando un sombrero -me dice. Don Tomás coge una y la baja. ya había pasado de moda y era preciso comprar otro. ¿por qué se compraba usted cada vez un sombrero? —le pregunto yo. pero tengo idea de que debió de ser allá por 1898. saca otro sombrero de otra sombrerera. me parece que fué en 1900 o en 1899. —Y teniendo sombreros en casa.. mientras pronuncia estas palabras. Azorín. Yo entro en el despacho. enseñándomelo— el sombrero que yo me puse para asistir a esa reunión de Barcelona. pero ahora no hay ningún sastre que corte una levita como aquéllas. gruñendo sordamente. Una voz grita desde el despacho: —¿Es usted. con la cabeza baja. Don Tomás está subido en una silla. Don Tomás ha sacado otro sombrero de otra sombrerera.

. en las sienes de Juanita aparecen unos aladares finos. —Mamá —dice por tercera vez Juanita. —¿Está tronando? —pregunta doña Isabel. —Verá usted —dice Juanita—. Pero un trueno acaba de retumbar. si! —exclama Juanita riendo vivamente. Tomás! —exclama doña Isabel—. Y rápidamente don Tomás abre un ropero y comienza a revolver americanas.. arqueados. tocada con una mantilla blanca y con unos claveles en la mano. Nosotros le hemos preguntado cómo se llevaban los claveles para ir a los toros —dice doña Isabel. de un bronce delicado. Don Tomás se vuelve con una levita colocada en el hombro. nerviosa—. retumba otro trueno pavoroso. suavemente moreno. ya impaciente. se ha detenido. —¿Qué secretaria es esa? —pregunto yo. nerviosa. Todos salimos a la entrada. que sólo se ve de tarde en tarde. lejano. sedosos. Los ojos de Juanita son grandes.. sonrosada. Los labios son carnosuelos. una luz misteriosa. dando en el suelo con su bastón. se pueden usar también blancos. Mira que ya va siendo tarde. —Es la secretaria de «La Última Moda». a quien consultan las suscritoras. gabanes. voy! —grita don Tomás—. chaquets. ¿Os habéis arreglado ya? Lo malo será que el temporal siga esta tarde. de repente. —Sospecho que esta tarde hay también lluvia —dice don Tomás. ¿cómo me pongo los claveles? —La secretaria —dice doña Isabel sonriendo—. —Ya tenemos encima el chaparrón —observa don Tomás. los ilumina. en tanto que la línea de su pecho se mueve con ligeras ondulaciones. mamá. pantalones. —¡Pero. Doña Isabel aparece en la puerta. —¡Voy. apagado. sin embargo.de tener por aquí. La luz comienza a disminuir. rizados. Un pintor de las cosas de España juraría que Juanita no podía ser de otro modo. generalmente. con un rumor de seda y de taconeos rítmicos. —¡Sí. Y se oye un rumor de sedas.. pero. haciendo con los dos colores una linda combinación. un taconeo ligero. rojos. Los pies son pequeños. enseñándole los claveles a doña Isabel. —Mamá —dice Juanita por segunda vez. agudos. la secretaria ha dicho que se pueden llevar en la cabeza y en el pecho. son rojos. Don Tomás se pone precipitadamente un sombrero blanco. pero también pueden prenderse en el pecho. rítmico. los puntos y calados de una media negra de seda dejan transparentar la piel blanca. desaparece y torna a aparecer con un periódico en la mano. una tos fina: Juanita aparece. pálido. . viva. Y rápida. que parece que se enciende vivamente de pronto y de pronto se apaga. con transparencias e irisaciones de bronce.» —¡Estamos enterados! —dice don Tomás. —Mamá —ha dicho Juanita dirigiéndose a doña Isabel. en las mujeres morenas. Juanita tiene un rostro ovalado. tremendo. y ella contesta a lo que le preguntan. con una curva suave sobre los altos y sutiles tacones. negros. como sintiendo reparo en decir lo que iba a decir. Estos claveles. —Y ella —continúa Juanita— contesta lo siguiente: «Los claveles se llevan en la cabeza. que ponen sobre la tez ambarina un trazo de negrura. por azar maravilloso. Y como rasgo final que completa nuestro retrato.

acaba de detenerse ante el portal. —Ramón —le dice don Tomás al criado que lo conduce—. de los pueblos. ¿qué le parece a usted? ¿Nos mojaremos esta tarde? Ramón sonríe y contesta: —Me parece que sí. Brilla un relámpago vivísimo. señor. uno de estos faetones pesados. en la feria. Y comienza a caer una lluvia densa. la gente corre despavorida y abre precipitadamente los paraguas. . un trueno estalla con un ruido seco y formidable. venerables. Un faetón. Allá abajo.Todos callamos consternados y nos asomamos a la puerta para mirar las nubes plomizas que cubren el cielo. cerrada. simpáticos. Ramón.

pero no sé s¡voy a escribir una página subversiva. «Se lo regalaré a don Alonso»—pensaba él metiéndose en el bolsillo el libro—.EL BUEN JUEZ Azorín. de Barcelona. bajo. bien sean de esta provincia manchega. un alto. puesto que es de suma . Después. ocho. ha pasado a la capital de una provincia manchega. entre una escribanía de termómetro y una agenda con las tapas rojas. Don Alonso ha dicho: —¡Hombre. y que estos pasos que acaba de dar el señor grueso para penetrar en la tienda. después de haber visto desde el escaparate polvoriento. muchas gracias! Y ha tomado en sus manos el diminuto volumen. he comprado ésto esta mañana en Ciudad Real para regalárselo a usted. las «Sentencias del presidente Magnaud». de las devotas. ¿quiere usted decir algo de las «Sentencias del presidente Magnaud»? —Marquina. el señor grueso ha sacado su libro y le ha dicho a don Alonso: —Don Alonso. todos han charlado de varias y amenas cosas. Un ejemplar de este volumen. ha de sentir abrirse ante él un mundo desconocido. a la tarde. —¡Caramba!-piensa el señor desconocido—. de los viejos que tosen y hacen sonar sus bastones sobre la acera? No. Este señor mira los cachivaches expuestos en la vitrina y lee los títulos de los libros. leyendo las páginas de este libro. Y luego. o bien de otra cualquiera. aquí ha estado seis. no. con ojuelos chiquitos y una recia cadena de plata que luce en la negrura del chaleco. sonríe con una sonrisa especial. ¿No había nadie en la ciudad que comprase este diminuto libro? ¿Tendría que volver este diminuto libro a Barcelona. terrible. llegado a la fonda. Ante el escaparate acaba de pararse un señor grueso. estos títulos él los ha leído cien veces. pasos de una importancia extraordinaria. diez días. Ello es que la casa editorial Carbonell y Esteva. ¡Caramba!. Cuando el señor grueso e irónico ha salido de la librería. El señor grueso ha cumplido la misma noche de su llegada con este requisito. Porque este señor va a comprar el libro. puesto en el escaparate de una tienda. entre un queso de bola y un señuelo para las codornices. el desfile lento. y luego traspone los umbrales de la librería. por las noches (y también por las mañanas y por las tardes) hay que ir al Casino. son pasos históricos. ese juez tan raro de que hablaba el otro día el periódico! Después que ha pensado tal cosa el señor grueso. de los clérigos. Tenga en cuenta el lector que en la vida no hay nada que no revista una trascendencia incalculable. ha publicado la traducción española de los fallos y veredictos del juez Magnaud. él los ha saludado a todos. única. desde la librería barcelonesa. un extraordinario destino le está reservado a este volumen. Otra vez vuelvo a recordar al lector que considere con detención el gesto de don Alonso al coger el libro. aún llevaba en su cabeza el mismo pensamiento que llevaba al entrar. en el Casino le esperaban los señores que forman la tertulia cotidiana. el sol ardiente de la estepa comenzaba ya a hacer palidecer los caracteres de su título. En todos los pueblos. al fin. I Diré con mucho gusto algo. pero el título de este diminuto libro es la primera vez que entra en su espíritu. El polvo había puesto ya una sutil capa sobre la cubierta de este pequeño volumen. él y la maleta se han marchado en la diligencia hacia un pueblo de la provincia. silencioso. y. y porque este libro ha de ir a parar al despacho de don Alonso. entre la agenda y la escribanía. y porque don Alonso. de las lindas mozas. cuya dirección literaria tiene el poeta Marquina. ha puesto el volumen en la maleta-admirad los destinos de los libros—. Pero no anticipemos los acontecimientos.

enjuto de carnes.. pero debe de ser un pleito fácil de decidir. que había salido del despacho con un periódico en una mano y una bujía en la otra. Un vidente del alma de las cosas hubiera podido observar que ante este libro y los demás que había sobre la mesa. don Alonso ha leído el título: «Novísimas sentencias del presidente Magnaud». y diríase que durante el breve momento que el diminuto volumen ha estado sobre la mesa. que no conocía a Magnaud—. cenceño. pondremos punto a la primera parte de esta nunca oída y pasmosa historia. y que el espíritu de Sancho Panza. y este título tampoco le ha dicho nada a don Alonso. ya vestido y compuesto. ensueños de arbitristas. nuestro juzgador insigne. poesías sentimentales. se ha establecido súbitamente una corriente sorda y formidable de hostilidad. la ley Hipotecaria. porque el buen caballero deja al punto de nuevo sobre la mesilla los papelotes. acaso en el fondo no sentía curiosidad ninguna. volúmenes de revistas jurídicas. con suma detención. se han separado. y se ha metido en su cuarto. tales como «¡Carbón!».. efusivo. no hablará el cronista. «¡El panadero!». lector amigo. el Código penal. Y después que han hablado otro poco. sí-ha replicado don Alonso. —Sí. sí. comentarios a los Códigos. Y ya en él. De las varias emociones que se han ido reflejando en el rostro avellanado del caballero. Don Alonso. son las ocho!» Y aquí. don Alonso alarga la mano. los Procedimientos judiciales. novelas. ha tornado a entrar. cuando don Alonso. ha gritado al pasar por delante de una alcoba: «¡María.. un coloquio entusiasta. ha puesto el libro en la mesa de su despacho. mañana a las ocho!». II Apenas los matinales y ambulantes vendedores de la ciudad manchega comenzaban a lanzar al aire con sus lenguas incansables sus pintorescos gritos. colecciones de sentencias del Tribunal Supremo. sí. en el estante de enfrente hay otros volúmenes que le han enviado un saludo cariñoso. luego de cerrado y colocado con tiento en la adjunta mesilla. el buen caballero —caso extraordinario— ha vuelto a coger el pleito repasado antes ligeramente y con descuido.. he oído hablar mucho de este juez. en cambio. bajó al comedor en busca del cotidiano chocolate. Pero no divaguemos. por miedo de dar excesivas proporciones a este relato. lo atrapa y comienza su lectura. Después. para que llegue a conocimiento de los siglos venideros. se ha entablado entre él y el libro de Cervantes. y lo ha estado estudiando de nuevo. que gritaba: «¡Alonso. y que. Don Alonso. Pero . Son todos historias locas. y este diminuto libro. Pero si una antipatía mutua ha nacido entre estos libros terribles. que ya quebraba el alba cuando don Alonso ha terminado la lectura de este libro maravilloso. mientras iba leyendo el libro. al pequeño volumen. daba sus parabienes al espíritu de su ilustre sucedáneo el juez Magnaud. Nuestro amigo es alto. se titula: «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha». se ha parado ante la mesa y ha cogido de ella un gran cuaderno de pliegos timbrados —que es un pleito que ha de fallar al día siguiente-y el pequeño volumen. cordialísimo. El diminuto volumen está aguardando. entonces coge un momento los anchos folios del pleito y los va hojeando. El gesto de don Alonso ha sido de una vaga curiosidad. su edad frisa en los cincuenta años. inexorables.trascendencia para la historia contemporánea de nuestra patria. Y entre todos estos volúmenes aparece uno que es el que más contento y satisfacción ha experimentado con la llegada del nuevo compañero. Y don Alonso ha comenzado a desnudarse. y este tenue gesto era sólo una deferencia por el presente que se le hacía. Ya está acostado don Alonso. cuando ha llegado a su casa. planes y proyectos de gentes que ansian renovar la paz del planeta. Los demás libros eran-tendré que decirlo-el Código civil. Luego ha subido unas escaleras. Pero sí ha de quedar consignado. hasta que una voz se ha oído en la puerta. fantásticas. Pero el señor grueso que ha traído el libro ha dicho: —Este Magnaud es un juez muy raro que ha hecho en Francia algunas cosas extrañas.

don Alonso no baja hoy como otros días. —No sería malo. es una de esas sonrisas históricas que sólo le es dable contemplar a la humanidad cada dos o tres siglos. —Buenos nos los dé Dios —grita don Juan. ni Lola. y no pueden sospechar que este chocolate. con las que. —Sé franco con nosotras. dínos lo que te sucede. ellas no han visto la trascendencia incalculable de esta sonrisa.. amorosas. tú has dormido mal. Alonso —añade Lola. Detrás de don Alonso. sonriendo de nuevo—. a don Luis. en tanto que don Alonso. ellas son sencillas. destaca un Cristo. Mas. como anonadadas. ingenuas. gallardo. es una sonrisa henchida de una luz desconocida. que es algo observador de los fenómenos naturales y. —Alonso —dice doña María—. Carmencita mueve su rubia y linda cabeza y no sabe qué pensar. un poco escéptico. y le pregunta: —Alonso. observando una moza que pasa con su cesta. en los trances difíciles de la vida. don Juan —le dice don Alonso. sedosas. Y cuando don Alonso ha acabado de sonreír. Lola se pone triste. como desconcertadas por una fuerza misteriosa. —No os preocupéis —les dice. ya está don Alonso sentado ante una mesa en que hay una escribanía de plata y varios rimeros de folios blancos. Pero don Alonso baja la cabeza sobre la jícara con un gesto de profunda meditación. Don Juan está en su puerta con las manos cruzadas sobre el chaleco. que esta mañana están ellas tomando en familia. Don Alonso. y dice: —Parece que has dormido mal. invisible. Don Pedro aparece inmóvil en su acera. magnética. le mira también. Y el buen caballero se levanta y coge el bastón. por lo tanto.. o sea que ha llegado el momento en que el buen caballero va a administrar esta cosa sutilísima. a don Crisanto y a don Mateo. que va mojando pausadamente los dorados picatostes en la aromática mixtura. la cuñada. figurará en los fastos de la humanidad. —Papá —grita Carmencita—. Todo ésto quiere decir —ya se habrá comprendido— que don Alonso se halla ya en funciones. no os preocupéis: no me sucede nada. sale del comedor y aparece luego en la calle. se ha metido en la boca la suculenta torrija que durante un momento ha estaso suspensa en el aire. extraño. Doña María comienza a consternarse. bajo un dosel. el rostro cenceño del buen caballero. que se llama . no sería malo —contesta don Pedro mirando a la mozuela y dando a entender con ésto que con ella no pasaría él mal el día. —Buenos días. Lola y Carmencita permanecen sentadas. Doña María observa en él algo indefinible. don Antonio —le dice también don Alonso. parece que acariciamos a las personas que queremos. a tí te pasa algo. ni doña María. calladas. don Pedro —dice por tercera vez don Alonso. Doña María. casi fantástica. por un efluvio que ellas no aciertan a explicar. —A la noche lo diremos —contesta don Antonio. Don Antonio está más allá. —Buenos días. se detiene un momento. ni Carmencita quedan satisfechas con la sonrisa de don Alonso. Don Alonso levanta la cabeza y las envuelve a las tres en una de esas miradas largas. erguido. a don Leandro. de los cuales no hablaremos por no fatigar al lector—. asimismo. Y ya está don Alonso —después de haber saludado también a don Rafael. Esta sonrisa de don Alonso es maravillosa. en su portal. —Buenos días. Alonso. y afirma en redondo: —Papá. ¿has dormido mal? Lola. mira cariñosamente a las tres mujeres y sonríe. Y Carmencita observa. columbrando una nubecilla que asoma por el horizonte.

un poco indignado—. —¡Caramba.. un viejo que estudió el año 54 Derecho civil en la Central con don Juan Manuel Montalbán y Herranz. el asombro inaudito que se ha apoderado de todo el pequeño mundo judicial al conocer esta sentencia? ¿Cómo haré yo para que os figuréis la cara que ha puesto don Fructuoso. Paco. Mas. que va a casarse dentro de un mes con la hija de don Luis. apartado de la ciudad. Paco! —dice don Pedro—. entretanto que discurría por los escondidos senderos. ¿Añadiré que don Alonso ha dictado ya sentencia en el pleito que examinaba anoche? ¿Podré pintar la estupefacción.. Pero. de todos modos. el buen caballero ha regresado a su hogar. el abogado más listo de la ciudad manchega.» El buen caballero ha dejado que hablasen todos. según se trate de uno o del otro caso citado. Don Fructuoso y don Joaquín. el silencio es prontamente roto y la charla torna a surgir entusiasta u opaca. sin embargo. Y después de discutir un rato. Paco! —observa con voz meliflua don Juan—. pero al final. ¿De cuál se trata ahora? En realidad. «El verdadero hombre honrado —dice La Rochejoucauld en una de sus máximas— es aquel que no se pica por nada. ¿Necesitaré decir después de ésto qué género de silencio se ha producido en la tertulia a la llegada de don Alonso? ¿Diré que era algo así como un silencio entre irónico y compasivo? ¿Tendré que añadir que luego. Usted saca de quicio la cuestión. la ciudad se iba llenando del asombro y de la extrañeza que la sentencia de por la mañana produjera primeramente entre los leguleyos. o son un homenaje involuntario. veladas. un interés superior que se remonte sobre las personalidades. colectivo. que han perdido el pleito. hombre! —grita don Leopoldo. estos silencios. Usted pretende destruir los fundamentos del orden social. después de comer. ni Lola. Ya conocéis estos silencios que se producen cuando se acerca a un grupo un hombre de quien a la sazón se ocupan todas las lenguas. y el ruido peculiar que ha hecho al contraer los labios don Joaquín. no hay motivo para abominar de don Alonso por la sentencia dictada esta mañana. ni Carmencita han comprendido. en el Casino. Paco. pero en el Casino nadie llega hasta sentirse tan tremendamente indignado. —Es una sentencia rara —dice don Luis. o son una reprobación discreta. —Sin embargo —se atreve a decir Paco. doña María. Paco es una excelente persona. el procurador más antiguo? Por la tarde. —¡Hombre. Está usted hoy verdaderamente terrible. afirman que es un disparate mayúsculo. conviene con éste en que es una sentencia rara la dictada por don Alonso. —No existe precedente ninguno que la justifique —añade don Rodolfo. un breve silencio se ha hecho a la llegada de don Alonso. ha dado su paseo por la huerta. Durante la cena. sobre el derecho individual. han abundado las alusiones discretas. Don Alonso está decidido a ello. Pero los señores graves no le dejan seguir. y éste es el motivo de aquella sonrisa estupenda que ni doña María. un abogado joven que es un poco orador y que ha leído dos o tres discursos de Santa María de Paredes—. Mas por esta vez yo afirmo que esta cosa delicada y formidable va a hacer su aparición en esta sala. para.. y aun llega a afirmar con don Rodolfo que no es posible encontrarle precedentes. a la famosa sentencia? Pero don Alonso no ha perdido su bella y noble tranquilidad. Y al anochecer. doña María no ha podido contenerse y ha dicho: . él sonreía afable y satisfecho. Ya las criadas habían traído a la casa los ruidos y hablillas de la calle. Sin embargo. Lola y Carmencita han guardado silencio. Paco no pretende destruir nada. después. si atendemos a un interés social. en el curso de la conversación.Justicia y que los hombres aseguran que no existe sobre la tierra. por Dios.. —¡Pero. a media tarde.

tan ondulante. Yo no sé si vosotras entenderéis ésto: pero el espíritu de la Justicia es tan sutil. unos moldes chiquitos y modestos en la fábrica de su conciencia. Ahora os veo también alarmadas. la veremos perpetuamente negada por la lucha formidable que todas las criaturas. —No nos ocultes nada. pero con arreglo a mi conciencia. en vez de pasar la noche durmiendo. Sobre la tierra hay dos cosas grandes: la Justicia y la Belleza. la Justicia pura. peces y mamíferos mantienen entre sí. tan divina. anden sus habitantes escandalizados y trastornados. . inmensa. si observamos todos los seres grandes y pequeños que pueblan la tierra. aves. por última vez. la Justicia. algo será cuando murmura la gente. Por ésto. la había pasado trabajando.. papá. limpia de egoísmo. y no sucede otra cosa sino que yo he dictado hoy una sentencia apartándome de la ley. poniendo unos ojos tristes. un buen juez debe fabricar para su uso particular. pero algo les quedaba allá dentro. es una cosa tan rara.—Alonso. que cuando un átomo de ella desciende sobre el mundo. —Papá —ha exclamado Carmencita—. provisionalmente.. y vosotras os habéis llenado de preocupaciones. Alonso —ha tornado a decir Lola. que al cabo de cierto tiempo los moldes que los hombres han fabricado para encerrarlo. La Belleza nos la ofrece espontáneamente la Naturaleza y la vemos también en el ser humano.. Y Carmencita. Y don Alonso ha sonreído. Y don Alonso ha sonreído y ha dicho: —No ha sucedido nada. y no había más sino que yo. Don Alonso ha contestado: —No ha sucedido nada.. anticuados. Lola y Carmencita han tratado de sonreír. Pero doña María ha insistido: —Alonso. cuando me habéis preguntado. Este es el motivo por lo que yo encuentro natural que si hoy ha bajado acaso sobre esta ciudad manchega una partícula de esa Justicia. mientras otros moldes no son fabricados por los legisladores.. tan espléndida. pero ésto no es extraño. es decir. ha suplicado: —Papá. —Ya sé —ha continuado don Alonso—. no nos tengas así. resultan estrechos. No se me oculta que la ciudad está alborotada. mas la Justicia. y entonces.. ya sé que a vosotras os preocupa lo que las gentes van diciendo. con esa sonrisa extraordinaria. las leyes. a lo que yo creía justo en este caso. los hombres se llenan de asombro y se alborotan. ¿qué es eso que dicen por ahí que has hecho? Lola ha insinuado: —Las muchachas nos han contado. Esta mañana. cuéntanos lo que ha sucedido. Doña María. yo me he hecho un poco el interesante. que sólo le es dable contemplar a la humanidad cada dos o tres siglos.

el fuelle sopla y resopla ronco. las herrerías negras. fuertes y rítmicos tintineos entonan sus canciones las herrerías. azules. de don Antonio? ¿Cómo acabó don Pedro? ¿Es verdad que don Jenaro hizo una casa nueva. ¿Qué se ha hecho de don Ramón. caen y tornan a caer sobre él. Se llamaba Julín. Y Julia era una muchacha delgada. Yo la he recordado cuando. allá en una calleja empinada y silenciosa. en tanto que el grueso yunque parece que se ensancha de satisfacción —tal vez de vanidad—. y las herrerías. ni de las casas. no tienen este algo misterioso e indefinible de las piezas forjadas en las viejas edades. revoltoso? No. como ocultos en un lóbrego zaguán. el martilleo cesa. Y los martillos. de las casas que se están construyendo. ¿ésto es una elegía? —Amigo lector. Y de rato en rato. es decir. patriarcal. el viejo yunque. fresca. vivaracho.. de cuando en cuando se oyen las campanas rítmicas y cristalinas de la iglesia. y en que parece que el espíritu humano ha creado una polarización indestructible. estas fallebas. de lo deleznables que son —no os quepa duda de ésto— los trabajos de hierro que vienen de las fábricas. donde ha transcurrido mi infancia. de don Luis. entornadas. con los zaguanes silenciosos. como sobrecogidos. fabricadas en grande. Os diré que éstos son los instantes supremos en que despiertan todos estos oficios seculares. la hija de don . todas las herrerías de la ciudad. alma de la herrería. estos recuerdos serán inevitables. perdurable. Ya bien de mañana. otro día dedicaré unas líneas cordiales a estos otros hombres. que labran la madera. Los martillos van cantando. y murió a los ocho días de mudarse a ella? ¿Le dejó don Rafael la labor de los Tomillares a su sobrina Juanita. venerables. y van cantando alegres su canción milenaria. venerable. con las puertas. comienzan a cantar. si vosotros sentís por ellos una profunda simpatía. en estas palabras no hay para ellos ni el más ligero agravio. de casas bajas. La llama de la fragua surge briosa en el hogar. de los peltreros. estos pasadores. como atemorizados. Si vais a vuestro pueblo después de haber estado lejos de él. también excelentes y afables. y de qué manera comienzan a marchar los pocos y vetustos telares que aún perduran. del mucho o poco trabajo que hay. Y ahora el maestro y yo ya no hablamos de las cosechas. y con qué joviales. no tienen alma. las herrerías calladas durante la noche. cantando con sus sones claros y fuertes. Y si vosotros los amáis. en que él había puesto todas sus ilusiones. tras largo tiempo de ausencia. de don Rafael. esbelta. de los talabarteros. recios. yo me he encaminado por las calles anchas. hasta ahora secreta. entre la multitud rápida y atronadora de los obreros. os engañáis: Julín era Julia.. Ya otro dia apuntaba yo en otra parte algo de ésto. el fuelle va resoplando sonoramente. pocos o muchos años. entonces el maestro y yo hablamos de las cosas del pueblo. Yo pienso que todas estas cerraduras. cómo se abren los talleres de los aperadores. a esta hora. en medio del taller. pensando que sin él no se podia hacer nada en la herrería. ésto es una elegía. Yo tengo predilección por estos hombres que forjan y retuercen el hierro: que mis amigos los carpinteros me dispensen esta confidencia. podéis ver a esta hora. El sol va bañando lentamente las blancas fachadas. espera el rojo hierro que ha de ser martilleado. mecánicamente.UNA ELEGÍA —Señor Azorín. de don Juan. una casa soberbia.. Ahora voy a sentarme en una herrería. en los enormes talleres cosmopolitas. ni de las fábricas.. que todavía en los pueblos se forjan. Y el hierro es sacado de entre las brasas. con unos grandes ojos melancólicos. he vuelto a poner los pies en esta monótona ciudad. de los pueblos. clara y enérgica. hablamos de los amigos que han desaparecido para siempre. ¿Cómo os imagináis vosotros a Julín? ¿Creéis que este nombre varonil es el de algún niño rubio.

divina.. que saben versos de memoria. Y de pronto mis miradas caen sobre una fotografía que me causa viva y honda emoción. tristes? Vosotros acaso no sabréis que en los pueblos es quizá donde las muchachas son aún románticas. ¿Afirmaréis vosotros que en los pueblos hay un hombre más interesante que el fotógrafo? Que no pase jamás por vuestra imaginación tal disparate.. tan enigmáticas de estas muchachas de que antes hablaba.Bartolomé el médico? Y cuando yo pronuncio el nombre de Juanita. es decir. sí! Cuando yo la retraté estaba ya muy enferma. el fuelle hace «fa-fa-fa-fa. don Baltasar está en su puerta. el maestro se queda un momento en suspenso. una irreprimible tristeza invade mi espíritu. por la forma y la actitud de las manos? Yo me acerco al escaparate de mi amigo don Baltasar. suave. que tienen sonrisas inefables. Yo quiero charlar con este hombre sencillo y ver de paso las fotografías que él tiene colocadas en anchos cuadros. sobre todo. soñadores. sus ojos parecen más pensativos y más grandes. qué ambiciones. Yo veo en ellos los retratos de los buenos señores que viven en el pueblo y a quienes no conozco —y ésto acaso me los hace simpáticos— y las caras. Don Baltasar exclama: —¡Ah. que pasan horas enteras inmóviles. Ya estimo también cordialmente a los fotógrafos. sonrisas de una ingenuidad adorable. olvidado de todo. la hija de don Alberto. qué esperanzas. don Baltasar. emocionado. por los pliegues y contracturas de la boca. o en los bailes o paseando por el andén de la estación un día que habéis pasado en el tren y os habéis asomado soñolientos. mi primer cuidado es contemplar los escaparates de los fotógrafos. Don Baltasar me dice: —¿Qué mira usted. cansados de leer un rimero de periódicos que dicen todos lo mismo? Los martillos prosiguen con su canción alegre y fuerte. estas damas. pensativos.» Yo ya no puedo estar sosegado en esta herrería. y me dice: —¡Hombre! ¿No sabe usted que se murió Julín? ¿Se acuerda usted? Julia. Yo sí me acuerdo. Azorín! ¿Tanto bueno por aquí? Don Baltasar es el fotógrafo. con el martillo en una mano y las tenazas en la otra. Ahora voy a entrar un momento en casa de mi amigo don Baltasar. tan diversas. El me dice: —¡Caramba. su cuerpo es más delgado. donde hay niñas tristes que tocan en el piano cosas tristes. otro día les dedicaré también unas líneas cariñosas. su cara es más ovalada y más fina que cuando yo la vi por última vez. blanca... ¿Lo habéis sospechado ya? Es Julín. sus . ¿No os encanta este contraste entre un nombre varonil y una muchacha fina. Yo le digo: —Buenos días. Azorín? Yo le digo: —Miro a Julín. yo siento al oir al maestro una tristeza honda. ¿No habéis visto a estas muchachas en las ferias de los pueblos. y. ¿Qué dicen estos rostros? ¿Qué ideas. juveniles? ¿Se podrá adivinar todo ésto por los ojos. qué desconsuelos hay detrás de todas estas frentes femeninas. Yo la miro absorto. que leen novelas. Yo voy viendo estos señores. con los ojos azules.. la chica de don Alberto. Cuando salgo. Os confesaré que siempre que yo llego a una ciudad desconocida. Julín aparece sentada en un banquillo rústico. estas muchachas..

Y un abanico a medio abrir yace entre los dedos largos y transparentes. Yo camino despacio..brazos caen a lo largo de la falda con un ademán supremo de cansancio y de melancolía. En el zaguán de la casa reina un profundo silencio. unas campanadas lejanas llaman a las últimas misas de la mañana. Los martillos cantan sobre los yunques con sus sones alegres. con un zumbido sonoro.... Yo me despido de mi amigo don Baltasar. . un moscardón revuela en idas y venidas incongruentes. yo digo: «Las cosas bellas debían ser eternas».

—Le he visto a usted pasar desde lejos. plateada. levanta la vista y dice: —¿Usted se aburrirá aquí soberanamente? —No. Don Juan y yo caminamos despacio. don Juan —le contesto—. al fin nos hemos encontrado otra vez en la puerta del Casino. yo estoy aquí muy bien. monotonía indefinible. por más que ese siete de copas. —Entonces pondremos al dos de espadas. don Juan —contesto yo. o el dos de espadas? —Como usted quiera.. don Juan. las monedas tintinean. —Hemos ganado. esa postura del dos de espadas pasa al siete . lanzan a intervalos misteriosos resoplidos. Parece meditar profundamente. Las lechuzas. Esto es fatal.. luego hemos pasado por dos. después hemos torcido a la derecha y hemos atravesado una plaza. la concurrencia de prima noche se ha ido disgregando. Hay algo en la atmósfera que es cansancio. Yo tengo simpatías por ese dos de espadas. por cuatro calles más. ávidos. suavemente las cartas. en la torre de la iglesia. En el Casino. cuatro jugadores mueven ruidosamente las fichas del dominó sobre el mármol. Don Juan se detiene un instante en el portal del Casino. con la cabeza baja. apoyado en su bastón. Yo le doy dos pesetas a don Juan. —Yo creí que ya no vendría usted esta noche. Pero otra vez sale don Juan de sus profundas cavilaciones. Los reflejos verdes de una lámpara caen sobre un grupo de cráneos que se inclinan absortos. tedio. Y entramos. El banquero comienza a echar lenta. Don Juan apunta al dos de espadas. caen unas sombras largas. La luz de la luna. Azorín? —pregunta don Juan. De nuevo don Juan se para un momento en la puerta del salón. a mí me da lo mismo. de los aleros. Yo comienzo a sospechar que hay una secreta afinidad entre las puertas y don Juan. Ya hemos marchado a lo largo de una calle. súbitamente. la lámpara deja caer sus reflejos verdes. —Subamos. Luego. Antoñico. puntiagudas. suave. porque llevaba usted sombrilla. Transcurre un minuto de ansiedad. Después levanta su mirada y dice: —¿Ha estado usted esta tarde en la Fontana? —Sí —le contesto yo. Subimos lentamente por las escaleras que llevan al piso principal. —¿Quiere usted que demos un paseo? —Como usted quiera.UN TRASNOCHADOR —Adiós. —¿Subimos. no tenía seguridad de que fuese usted. con la cabeza baja. una voz grita: «¡Juego!» —Hemos jugado al caballo —me dice don Juan—. Azorín. —He cenado un poco tarde... Luego sale de sus meditaciones. se hace un enorme respiro. medio sumido en la penumbra. ¿Le gusta a usted el siete de copas. baña las fachadas de las casas. y no la lleva ninguna tarde. —¡Juego! —grita de pronto don Juan—. de los balcones. Azorín. todos los ojos miran ansiosos. sobre los blancos muros. —Deme usted dos pesetas. Don Juan se detiene otra vez en la puerta. por tres. apoyado en su bastón. en un ángulo.. Yo tengo fe en ese caballo.. Las lamparillas eléctricas lucen mortecinas.

Una ventana aparece . Azorín. —Don Juan —le digo—.. y la empapelaba de noche. —Le diré a usted —contesta don Juan—. —Vamos donde usted quiera —le digo yo. Don Luis juega a la sota. y una voz lejana canta con una melopea plañidera: «¡Sereno. Azorín? —me dice don Juan—. así que se marchaban todos los socios. dos horas. —Como usted quiera. pero yo creo que debemos intentar el último golpe y marcharnos. He tenido una inspiración. —¡Caramba! —grita estupefacto. caen unas sombras largas. le diré a usted: yo tenía fe en la sota. Ese siete de copas era seguro. la una!» Don Juan y yo caminamos despacio. Y comienza una larga disertación sobre las probabilidades de la sota y las del cuatro de oros. Antoñico. —Muy bien —dice resuelto don Juan—.. esos seis duros de la sota pasan al cuatro de oros. Él se queda un poco asombrado. sin embargo. o en el cuatro de oros? —A mí lo mismo me da —le digo yo. La luz de la luna baña suave. por tres. de las madrugadas invernales? —¿Y qué hace usted. ese cuatro de oros.. don Juan. ¿Puede darse un ser más extraño y más interesante que un trasnochador de pueblo? ¿Qué hacen estos trasnochadores fantásticos durante toda la noche interminable de las ciudades muertas? ¿En qué emplean las horas monótonas.de copas. —Don Juan —le digo yo riendo—.. tenía casi la seguridad de que iba a salir. plateada. ¿usted se acuesta tarde todas las noches? —Yo. el ir y venir febril de las manos sobre el tapete. Sale el siete de copas. reina un profundo silencio en la ciudad dormida. toda la noche? —le pregunto—. El banquero comienza a echar lentamente las cartas. —Hay que jugarlos todos —le digo yo. de los aleros.... pero ese cuatro de oros.. las lechuzas resoplan formidables. cruzamos una plaza.. El mes pasado hice un globo de periódicos. estoy en el Casino. ¿En qué tiene usted más fe: en la sota de bastos. don Juan. luego nos vamos tres o cuatro amigos a alguna casa y hacemos una cena. yo me ofrecí a hacer el trabajo. tres horas? —Azorín —oigo que me dice don Juan—. —¿Vamos a dar un paseo? —me dice al fin.. —Yo creo que esa sota de bastos es de confianza. no puedo acostarme nunca sin ver la luz del día. —Hombre. cuando trataron de empapelar la Biblioteca del Casino.. —¡Juego! —esclama de pronto don Juan—. —¿Cree usted?. y al final. desolado. yo observo las miradas... eternas. Sale la sota.. las anchas calles... Pasamos por dos. los gestos... Aquí. es más.. será difícil encontrar algo en que entretenerse. Azorín —me dice él—.. por cuatro calles. hasta las doce o la una.. pues lo intentaremos.. puntiagudas. no hay que hacer caso. Yo me quedo mirando a don Juan. ¿Cuánto tiempo transcurre así? ¿Una hora. yo me marcho a casa y me entretengo en algo. ese cuatro. tenemos ya seis duros. en el pueblo. de los balcones.. a primera hora de la noche. —¿Ve usted. Don Juan sigue apuntando a estas o a las otras cartas.

—Don Juan. una botella. tres. En los vidrios de la ventana aparece una claridad vaga. dos. cuatro? Un reloj. registra un cajón del aparador y saca el salero.. y hasta la tarde. y lo veo teñirse de carmín. ¿quiere usted que las asemos? La cocina está cerca. Hacemos fuego y asamos las chuletas. Cuando entramos en la casa. —¿Qué estará haciendo Alfredo? —pregunta don Juan—.. me marcho —digo yo. pero no encontramos la sal. un queso. En la puerta. Yo miro al Oriente. Azorín.. de nácar y de oro. ¿Cuántas horas pasan mientras comemos y charlamos? ¿Una.. Y luego grita: ¡Alfredo! ¡Alfredo! Un joven surge en el balcón. a ver cómo marcha la uva —dice Alfredo—. quiero principiar a pisar el jueves. . don Juan —le digo yo. don Juan. —Pues vaya usted con Dios.. don Juan se detiene otra vez un momento. Azorín —me dice enseñándome un plato—. Azorín! Si yo no hubiera tenido la mala idea de mudar la postura. —Aquí hay unas chuletas. Después. —Como usted guste. Nos despedimos. opaca.. uno de esos relojes terrible de las casas de los pueblos. —¿Quiere usted que vayamos a casa a tomar algo? —dice don Juan. —Me he de marchar mañana a las ocho a los Calderones. un salchichón. y pasamos al comedor.iluminada en una casa. La puerta hace un ruido sordo al ser cerrada. —Buenas noches. meditando profundamente. ¿Dónde habéis puesto la sal? Luego vuelve. que aparece encuadrado entre las dos ringlas de las casas.. Don Juan sale y abre una puerta allá en lo hondo de la entrada. De una alacena saca don Juan vasos. —¡Lola! ¡Lola! —grita—. don Juan va encendiendo las lamparillas eléctricas. me dice: —¡Caramba.. —¿Pero tan temprano en casa? —le pregunta don Juan. cantan los gallos a lo lejos. y la compañía —dice. suena cuatro metálicas campanadas.

o León. en los umbrales de la vetusta portalada. Otra aparece. que no poseen aquellas otras suntuosas y anchas. luminosos. espontáneo y poderoso. momentos profundos.UNA CIUDAD Yo quisiera expresar con palabras sencillas todo el encanto que las cosas —un palacio vetusto. que marcha con un tantico de movimiento a un lado y a otro. Esta es la hora de recorrer las callejas y las plazas de las ciudades para nosotros ignoradas. como el Arcipreste de Hita. ¿No os interesan los canónigos? Yo os aseguro que son interesantes: hay entre ellos una variedad grande. tiene encendido el color. como las ciudades del interior. correr por las ferias de los viejos pueblos en compañía de ruidosos estudiantones nocherniegos? Y si lee. como la anterior. alguna vez. nervioso. viéndole andar majestuoso.. le han besuqueado y le han apretujado en sus brazos siendo niño y le han llevado luego a los largos claustros sombríos. que aún hoy. su primer gesto? Tal vez vosotros. agustinos. los árboles poseen tonalidades de color y de lineas que no vemos en otras horas. dejad las guías. insensiblemente. más diáfano. o Sevilla. monótonos. mas en su misma pequeñez y austeridad. En Santander también os encontráis. Esta vieja ciudad cantábrica ofrece también. como Juan Ruiz. tiene un poderoso atractivo. levantaos con el sol. como Fray Diego Murillo o Fray Antonio Arbiol. del seminario? Y van saliendo. las troteras y danzaderas? ¿Le placerá. Es un mozo joven. su primer ímpetu. los altos ventanales dejan caer suaves . simples clérigos— que. ¿En qué estancias hará resonar sus joviales carcajadas? ¿Amará. A esta hora la Naturaleza es otra distinta a la del resto del día. Estamos en Santander. por acaso. Y ocurre que si visitáis Toledo. Y lentamente van asomando los canónigos. corpulento. momentos especiales. hombres con redondos sombreros y capas parduscas.. Y es un hombre recio. Son las ocho de la mañana: si sois artista. sin daros cuenta. sobre el coro. De pronto. ¿De qué pueblo ha salido este mozo? ¿Qué paisajes han visto sus ojos en la infancia? ¿Qué mujeres enlutadas. más tónico. Las tres naves están en estos instantes desiertas. La Catedral de Santander es sencilla y pequeña. se pierde por la puertecilla del coro. escribieron tan sutiles tratados de cosas de la conciencia. un jardín— tienen a ciertas horas. más puro. Tal vez el vagar a la ventura por el laberinto de las calles es el mayor placer del viajero. el pescuezo recio y las cejas pobladas. sigiloso. tal como Gustavo Doré los ha trasladado a sus dibujos. ligero. pronto. el horizonte se descubre con resplandores inusitados. ¿Quién es este canónigo? —os tornáis a preguntar. que anda raudo. su espíritu. y de los ojos grandes. una callejuela. sollozantes.. viejas dobladas y tullidas. en los ratos de aburrimiento. como a Juan Ruiz. Mas ya esta misteriosa figura se ha perdido en el coro. la luz refleja en las paredes con claridades desconocidas. ¿Hacia dónde dirigiremos nuestros pasos? Dejad los planos. llegará un momento en que os hallaréis frente a la Catedral. ¿cuál sería su primera actitud. Y entráis en la Catedral. no preguntéis a nadie. momentos fugaces en que muestra. con franco y sano amor.. entre los grandes analíticos contemporáneos. y el aire que respiramos es más fino.. ante una puerta gótica en que habrá mendigos sentados que gimotean. más vivificador. otra solicita vuestra atención. una larga y sonora melopea resuena bajo las bóvedas. os figuráis tener delante uno de aquellos grandes psicólogos españoles —dominicos. un reloj.. pero vivo. ¿Quién es éste de la cabeza fina. no encuentran superiores. lanza nueve agudas campanadas. como las ciudades levantinas. con las manos sobre el pecho? ¿En qué viejo caserón vive? ¿Qué hace? ¿Cuáles son sus ideas? ¿Qué libros tiene en su estante? En una de las grandes catástrofes morales de la vida. o Burgos. acaso un poco desgarbado. y que. saliendo todos los canónigos y refluyendo hacia el coro. callado. si sois negociante. si queréis hacer una labor intensa. ¿qué es lo que leerá? Y esta figura. pelada. tras breve caminata.

y en el fondo de la vía. En nuestras viejas urbes españolas no hay nada más típico. simétrico. volved la vista. Y a vuestro espíritu vienen. cosas. Y dentro veis que todo está limpio. negro. A la derecha. vosotros. y algo jovial. y en otras tantas ciudades.. ¿Dónde ir después de haber gozado de esta sensación íntima? El día va avanzando. que habéis visto en otras boticas. dejáis vagar libremente el espíritu. Una grata sensación de íntima y profunda armonía —la armonía de las cosas— os hace permanecer inmóviles un momento. suprema. húmeda. Apenas si transcurre alguien de cuando en cuando. Y pensáis que esta Catedral de Santander. hay una farmacia. con sencillos dibujos pintorescos. Pero todavía una nota final. venid aquí. es corta. sensaciones de niño: figuras de señores ya muertos. cuando la estrecha cinta que se ve en lo alto va palideciendo y cuando comienzan a encenderse las luces de las tiendas. le llamaremos a toda ella la calle Blanca. Ha llegado otro momento supremo. sedantes. cuando la noche vaya avanzando. Y vosotros. que habéis oído leeer allí. por fuerza hemos de condensar y sintetizar las cosas. habéis visto una calle como esta calle. No pone «Farmacia» el rótulo áureo de su dintel. embaldosada. fornido. sumidos en la penumbra. Esta calle se llama del Puente. formada por dos líneas de casas altas y viejas llenas de tiendas y bazares en sus pisos bajos. Los edificios todos. los muros son negruzcos. dejan escapar hacia la angosta vía su espíritu. Y ésta es la nota que a esta hora y en este lugar encontraréis aquí vosotros. las ventanas están abiertas de par en par. es el corredor de una casa. frente a la implacable legión de los barcos que van y vienen despreocupados por el planeta. de la meditación y del dolor. Y bien: vosotros conocéis la calle Blanca. toda la sonoridad de estas calles parece que se intensifica y que redobla.. ya encendidas todas. No es una calle. Y cuando ya este instante en que los comercios muestran su alma vaya pasando. algo expansivo. se difunde en el aire. y que los botes son blancos. pasead cuanto queráis por la calle Blanca. evocadas por el recuerdo. como para recibir la frescura matinal. horas plácidas. en voz alta.. discusiones sobre temas que entonces no comprendíais. La calle Blanca es una calle estrecha. frente a vosotros. cerrando la vista. a la hora del crepúsculo. Saltemos al crepúsculo vespertino. pasadas en la trastienda sombría. a las diez. Las letras rezan castizamente: «Botica». bajáis las escaleras abovedadas y os encontráis en plena calle. Paraos un momento. en medio de tales tráfagos mundanos.. oís los trinos de un canario. ancho. diríase que se han fundido momentáneamente en un mismo pensamiento. desniveles y altibajos de las calles vetustas. ¿Habéis paseado a esta hora. Esta es la hora que . o por Zacatín. otro espectáculo se os va a ofrecer. como una decoración de teatro. en Granada —donde se llama el Zacatín—. simétricas y mundanas vías de las grandes capitales universales. que el piso es de azulejos diminutos. con la redonda y blanca esfera del reloj en lo alto. no oigáis a los modernos y terribles arquitectos que miran con ojos furibundos las pintorescas sinuosidades. mientras en el morterico de mármol va majando un mancebo y remezclando misturas que esparcen por el aire aromas extraños. pero hay a esta hora en ella una sugestión profunda. No envidiéis las anchas. junto al muelle. volved a casa. Cuando volvéis a trasponer la puerta. en los miradores de cristales veis las mecedoras en reposo. Pasead. Si vivís en el Sardinero. como un oasis de la fe.. esto quizá desentonaría un poco. del recogimiento. más consubstancial con la raza y con el medio. paseaos por la calle Blanca. amarillos. o por las Platerías. es. Yo no quiero fatigar vuestra atención con un examen minucioso del horario diurno. por la calle Blanca? La calle Blanca y la de San Francisco son una misma calle. en Santander. rojos. en periódicos. absortos.. Y observáis que no hay nadie en la botica. torcida. las tiendas. A esta hora toda la intimidad. y en Murcia —donde lleva por nombre las Platerías—. Si sois artista. algo que os hace andar como en una atmósfera de bienestar y de novedad. a las nueve. ha de acabar de completar vuestra visión.resplandores azules. más original. contenido durante el día. destaca airoso sobre la escalinata el torreón de la Catedral.

en que de la inercia. pasan a la acción y a la elocuencia. de las luces del gas surge radiante por las ventanas henchidas de vitalidad. Pero las ventanas son más débiles. pavoroso. el faro del Cabo Mayor se enciende con un vivo reflejo. torna a encenderse.podríamos llamar de «las ventanas iluminadas». En el Sardinero. con los múltiples y joviales resplandores. A lo lejos. ha disminuido el nimbo resplandeciente de las ventanas. Es la hora en que las ventanas cobran la plenitud de su vida. Hay durante todas estas horas de prima noche algo como una lucha. elegante y plácida. el faro y el oleaje. El faro del Cabo Mayor prosigue con su parpadeo lento. Y entonces. son volubles. que os sobrecoge. Las horas han ido pasando. como una porfía. una tras otra van desapareciendo. de las ondas que llegan. no podréis gozar de todo el misterio de este espectáculo si no contempláis las ventanas desde la rosca lejanía. que se va gradualmente perdiendo en las alturas. verde. Un profundo silencio. casi apagada. comienza el coloquio —símbolo eterno— entre el faro —que es la fuerza del hombre— y el oleaje inquieto y perdurable —que es la fuerza de la Naturaleza. ronco. y que podría dar tema para un hermoso libro a un poeta que fuese a la vez analizador y fantasista. uniforme. la nota blanca de la espuma que el oleaje levanta. en el grupo formado por los chalets y los hoteles. . frente a frente. durante las primeras horas de la noche el mar se ha ido retirando lentamente.. la negrura se abre inmensa. fulgura tenuemente un relámpago. el estrépito formidable de las olas eternas atruena el aire. son delicadas. ¿Qué dice con su luz en este momento este faro? ¿A qué espíritus perdidos en la inmensidad habla? ¿Qué ojos le miran desde la noche infinita y qué ansiedades y conturbaciones aplaca? Acaso en las tinieblas inmensurables que se abren delante de vosotros divisáis una microscópica lucecilla. Se oye el rumor sonoro. Vuestro corazón se oprime.. va corriéndose poco a poco hacia la derecha. en el misterio de la noche.. el ronco zumbido de las olas prosigue. desgarrador. Alejaos más. Y ya todos los cuadros luminosos han desaparecido. ante la constancia inquebrantable del faro y ante la tozudez indómita de las olas. en la noche negra.. decrece. Ya la claridad pálida. En el horizonte tenebroso.. delante de vosotros. La lucecilla imperceptible aparece. allá a lo lejos. apagándose. En el fondo surge la claridad leve de un relámpago. de la opacidad en que han estado durante el día. Y vosotros recogéis absortos toda esta síntesis profunda de ruidos. una densa obscuridad reina en el mar y en la costa. corred. entre las ventanas. a intervalos. un nimbo de tenue claridad. Mas bajad a la playa. aparece acá y allá. y el otro faro diminuto de la Magdalena. incesante. como con cierta ironía. La playa está desierta.. Y en la ancha zona de arena encharcada veis inmóvil el vivo reflejo luminoso de las distantes ventanas verdes. Y de pronto oís un grito largo. en el confín remoto. Y así van cediendo. largo. desaparece.. todas las ventanas irradian en estos instantes sus claridades. aparece como un microscópico diamante en la negrura. ya solos. caminad hacia adentro. formando en el cielo fosco. destacándose en vivos cuadros de luz.. son inconstantes. inmóvil. del apagamiento. de claridades y de sombras.

agudo. tiene claridades e irisaciones de espejo. todos los días. los museos. a las seis. ya estaba en pie. o muestran. Y el hombre ilustre tornaba a entrar en su despacho y se sentaba ante la mesa. desde su ventana. de caoba pulimentada. rauda. exultante. Fue por estos mismos días estivales. y una negra masa pasaba vertiginosa. «Un carácter —ha dicho Emerson— tiene necesidad de espacio.. Todas las cosas tienen durante el día un breve instante en que irradian su verdadero espíritu. refulge bajo la luz que cae de la alta claraboya y forma en torno a los peldaños un culebreo luminoso. Y luego. del pueblecillo en que el insigne hombre habitaba. al otro lado de los huertos. cuando ya la limpieza se ha terminado. las fábricas. a través del boscaje. estucadas. frente a él. ciudadanos. la campana sigue tocando. croan las ranas en el estanque. los obradores. Aún las fuentes tienen el mismo rumor sonoro de la noche. abren sobre la verdura sus largas solanas con toscas barandillas de madera. los viejos palacios. las iglesias. La hora viva. que hace que desaparezca el color propio del muro vetusto. así los jardines. no conviene juzgarlo cuando está rodeado de muchas personas. Y a una de estas solanas daba el despacho del hombre ilustre. piando voluptuosamente. a media noche. algo como una armonía inefable. todos los elementos de la belleza —la luz. ni por pasajeras vislumbres entrevistas en raras ocasiones». allá en lo alto. Y entonces. y la claridad crepuscular que bañó una sauceda junto a un estanque. una suave . ni entre el apremio de los negocios. sólo ante la Naturaleza. enrojecido por los siglos. y será inútil visitarlas y contemplarlas a otra distinta hora. el aire. desconocida. cuartillas. A media mañana. espaciados. cuando en plena campiña contemplamos un tren que pasa. el grande hombre. el color.. un riachuelo contornea la montaña. y los sones extraños de un piano que parten. La estancia era pequeña: era una salita de estas casas levantinas. con un sordo estrépito. El pueblo comienza a despertar a esta hora. Él se asomaba un momento todas las mañanas. acaso sentía esa repentina e inexplicable opresión de angustia que sentimos nosotros. Y una campana va tocando lenta. de diminutos mosaicos. de las cuencas del río. por una retorcida calleja moruna se columbran los manchones negros de dos o tres devotas con sus sillitas en las manos. El grande hombre vivió allí durante seis u ocho meses. las golondrinas cruzan raudas sobre el cielo de intenso azul. con golpes cristalinos. pruebas. el pavimento. agazapadas entre el peñasco y la arboleda.. La edificación se asienta en las laderas de un montecillo que remata en un peñón ingente. fundiéndose en el ambiente vulgar del resto del tiempo. Y las casas. mientras difuminaba con un trazo fuliginoso el añil radiante. tocando cristalina. los ruidos. coronado por un castillejo morisco. las líneas — forman una síntesis suprema. ancha zona de umbríos huertos destaca en sus orillas. todos los detalles. en un pueblecillo levantino. cartas y telegramas. suave. Acaso a esta hora. todo volvía a quedar en silencio: una golondrina trina. de una ventana iluminada.. En estos momentos precisos. perdiéndose a lo lejos. construidas de maciza piedra. y la penumbra de la estancia abandonada. el pasamanos de la escalera. acaso. un agudo silbido rasgaba de pronto los aires. frotado y refrotado por la aljofifa. las tiendas. los negros cuadros de sus ventanas misteriosas. vueltas de espaldas a los huertos. era esta de los primeros albores matutinos. bordeando el hondo cauce. que parecen cajas sonoras. en el sosiego matinal. las calles.EL GRANDE HOMBRE EN EL PUEBLO ¿Cuándo lo conocí? ¿Dónde lo vi por vez primera? Lo he contado otra vez. cargada de libros. y contemplaba el panorama verde. brillantes. A las seis. que adquiere su máximum en un punto y que poco a poco va disipándose. las puertas y las ventanas se entornan. Las paredes son blancas.

y junto a ellas —tengo vivo el recuerdo— un volumen de la colección de «Mujeres célebres». en el huerto. la vega es un manchón de azul negruzco. Pero el grande hombre apenas come. sus ojos grandes. manoseado. es ahora alargada. o bien escuchando la lectura monótona de los periódicos. un golpazo. anonadado en un dulce sopor. blancas. que él ama tanto. y la nitidez . él las pasa. el hombre ilustre levanta la mano con gesto de cansancio. o simples glosas e injertos de antiguas páginas. va enfundado en una ligera levita negra de alpaca. y el trabajo queda suspendido en redondo. Y ya la hora de la comida es llegada. y sus manos. Hay entre la fronda del arbolado. viejo. doblado. Ya el grande hombre. mezcla de displicencia y de ansiedad con que los enfermos miran lo que les ha proporcionado el placer y les ha aparejado el dolor. Estas horas largas. un cuadro en que aparece bordado en cañamazo un perrico de lanas. los matices y gradaciones del verde han desaparecido. que entolda la portalada de . La bravía luminaria solar inunda la campiña. Yo veo un abultado rimero de cuartillas con la escritura flamante. En un rincón. A mediodía. un secretario va escribiendo rápidamente sus palabras. Su cara. un egregio panteísta no podía pasar los últimos días sosegados de su vivir. apoyado en un alto paraguas. de Taine. sobre una mesa. en lo más recóndito y umbrío del jardín. de cuando en cuando. El grande hombre trabaja desde las seis hasta las doce. finas. del cuello y de la pechera resalta en la nota fosca del traje. y en el silencio y la semiobscuridad. una carcajada resuenan con estruendo. los libros que han sido traídos para el trabajo.. y con tales o cuales párrafos cruzados con gruesas rayas de tinta. desencuadernados. de los herrenes. Ante él desfilan estos manjares primarios y suculentos de la cocina provinciana. pasan por las cosas y atisban las lejanías con miradas en que hay dolor y espanto. un enorme calendario que hace lucir sus negros guarismos en la blancura. aparecen amontonados. flácida. abrasadoras. el largo bigote de plata que cae lacio por la comisura de los labios. El grande hombre aparece vestido sencillamente. o sobre la época prerrevolucionaria: los «Orígenes de la Francia contemporánea». antes redonda. pero el grande hombre tampoco duerme. Y a medida que van pasando las horas.penumbra se extiende por toda la casa. las sombras se alargan. Todo calla. y los verdes. trastocadas en su fraseología. y sus crónicas y sus correspondencias para Europa y América son una misma correspondencia o una misma crónica. las crónicas de TouchardLafosse.. de Tocqueville. Entonces el grande hombre y sus amigos salen del huerto. cuando cae la primera grave campanada de las doce. revueltos. ofrece escaso trabajo original. alcobas. vienen a intervalos ráfagas de aire fresco. obscuros o presados. del arbolado. las estancias —salas. las obras de Blanc. corredores— se ponen a tono. de Lamartine y de Michelet. el de la Virgen. donde las cosas hallan sus síntesis? Pero el grande hombre está ya sentado ante su mesa. un cenador tapizado de enredaderas y pasionarias. allá. El grande hombre camina despacio. y un grito. y una vez recorrido un angosto camino que serpentea entre la verdura pomposa y húmeda de los bancales. y las melodías inesperadas de un piano cantan poderosas. libros todos sobre la Revolución francesa. En las paredes del despacho cuelgan oleografías de Gisbert y Pradilla. entran bajo un anchuroso emparrado. tenues. de los maizales y de las viñas. cansado. acarician con ademán inconsciente. y os arrebatan con desvarios románticos.. llena. van surgiendo y ensamblándose en un inmenso y grato mosaico. con una leve inseguridad en sus movimientos. Aquí se sienta el hombre ilustre. su cabeza está cubierta por un sencillo hongo. y él los contempla con ese aire. ¿Comprendéis cómo. ante él. el surtidor de una fuente susurra y las cigarras cantan con sus chirridos clamorosos. mientras fuera el sol desciende cegador y ardoroso. enfermo. «El antiguo régimen». El grande hombre y sus amigos salen del huerto. vibrantes. sino en esta tierra levantina —Grecia moderna—. Y ya también ha venido la hora de la siesta.. y los arpegios de un pájaro repercuten con matices desconocidos. los estudios de los Goncourt. llevados por el secreto destino de nuestra vida.

se oye el estruendo de un salto de agua. Cerca. y una bandada de palomas se abate y picotea entre la tierra. y os ruegan luego. Un grupo de amigos del pueblo y de admiradores. la comitiva regresa al pueblo. pasó en un pueblecillo levantino. El grande hombre ha pasado por todos estos trances. vanidades o concupiscencias. con su paso inseguro. Y a las once el salón queda desierto y el grande hombre. Pocos meses después. palmoteando. y habla. pero no llegaréis a sentir la completa e inexpresable fusión con la energía universal sino sólo cuando hayáis trafagado mucho por el mundo y os hayáis saciado de sus satisfacciones. o bien les pinta los paisajes de Suiza. de las helenas.. y el agua que discurre con gorgoteos sonoros por ancho azarbe. ¿Diré que la Naturaleza no puede ser sentida en todas las épocas de nuestra vida. Este es el momento en que el hombre insigne. don Fernando— que no eran nada. y en el cielo comienzan a parpadear las primeras estrellas. una melodía de Tosti. o las noches de «la oriental y orgiástica Venecia». Remedios. o acaso al salir de una larga e incierta enfermedad que os ha mostrado abierto ante vuestras miradas el eterno vacío. se retira a su alcoba. Era ésto en el ocaso de su vida. el grande hombre pasa al diminuto salón en que destaca el piano. ni. moría. una sonrisa asoma a sus labios.. desaparece el espanto infantil que los velaba.. Asunción. entre estos provincianos afables —don Juan... tardo. De rato en rato el piano sonsonea una sonata de Beethoven. Pepita.una casa vetusta. este es el momento en que vive enteramente esta vida que se le escapa. sentado bajo el ancho parral. Lola. dentro. Su alma se funde con el alma de la Naturaleza entera. siempre que nosotros queremos? Un poeta o un pintor noveles pueden darnos una sensación intensa de las cosas. Yo tengo vivo el recuerdo de estos días agradables que el hombre ilustre —Emilio Castelar— que lo había sido todo. Y las gallinas revuelan y cacarean en un cercado de cañas. y habla mientras la tarabilla del molino tecletea con sus golpes inacabables. doña María. y luego torna a remontarse y a perderse a lo lejos. y los pájaros que cruzan aleteando presurosos. Clarita.. una sinfonía de Rossini. Y después de la cena. tic-tac». marcha con su eterno «tic-tac. o una de estas muchachas canta. oreado por la brisa fresca del crepúsculo propincuo. .. todas estas muchachas que os dicen sonriendo que ellas no valen nada. Aurelia. Carmen. o los faustos pródigos de París bajo el imperio del tercer Napoleón. o cuando una abrumadora catástrofe moral haya caído sobre vuestro espíritu y lo haya limpiado de deseos. de las romanas. El grande hombre no les cuenta estas cosas: su fantasía exuberante les habla de las gracias y atavíos de las remotas y gráciles egipcias. Y él habla. que les contéis cómo son las conocidas y amigas que tenéis en Madrid. don Fernando. después de sonrojarse un poco. venidos para verle un instante. claros.. Y ya las campanadas del «Ángelus» han sonado. Un tropel de lindas muchachas acaba de entrar: Amparito. Lolita. le rodea. doña Isabel. un nocturno de Chopín. y he aquí cómo sus ojos contemplan ávidos los árboles verdes y las lejanas montañas zarcas. aun teniendo el ánimo propicio a ello. puesto que viven en un pueblo. Angustias. una tarabilla marcha. y de sus ojos grandes.

levantarse. tres. en el fondo. colgada allá en lo alto. más bajo. azul. todas. callado. de paredes desnudas. comida». las alcobas. en una de las hojas pende un blanco cartel con una larga lista manuscrita. Arriba. puntos. suave. fresca. Es el monasterio de Loyola. más bajo. desayuno. repleto de rostros. mezclándose con la blanca neblina que avanza. santos. avanza. todas las piezas se han convertido en oratorios. enarcan a intervalos los brazos y dan sordos golpeteos. Entremos en el monasterio. S. meditación. un pedazo de peña azulina. Allá. siete y media. Nos acercamos a la puerta. H. cruzado y recruzado por sombras calladas. meditación. se escapa un humo tenue. Grandes lienzos de una pintura infantil cubren las paredes. en lo hondo de las verdes gargantas. La casa de San Ignacio ha sido conservada en su exterior. ocho y media. nubes. Y al final. En las puertas.» —dice ante todo a la cabeza. Un patizuelo silencioso y limpio se ha ofrecido a nuestra vista. más bajo.. puntos. cierran el horizonte y se levantan en empinados recuestos.. claveteada con agudos y amplios chatones. las estancias. con redondas manchas obscuras que en su tapiz colocan los manzanos. los pasillos. intacta. sobre sus lustrosas mesillas. doce. entre el verdor obscuro de los castañares. espejea. rezan las letras doradas de una lápida negra: «Casa solar de Loyola». nueve y cuarto. ángeles. nueve y media. rosario o «Vía Crucis». en las cumbres.— «Mañana: cinco y media. La carretera blanca serpentea. examen. Y cruzamos Azpeitia. seis y tres cuartos. por una estrecha calleja. en letras grandes. paseo en silencio. lectura espiritual. la cocina. cinco. seis. ligeras. con zaguanes obscuros.EN LOYOLA LA PIEDRA GRIS La tarde está limpia. capillas. con balcones de anchurosa repisa. Y luego sigue: «Distribución del tiempo durante los santos ejercicios. vírgenes. Y nos detenemos un instante en la «Bustinzuriko plazachoa».. destaca una ringla de nogueras que corre a lo largo de una senda. «Tarde: dos y cuarto. y los alpargateros. tallado. plácida. tres y tres cuartos. junto al camino. lectura espiritual. En los días del invierno vasco. Una rana hace «croá-croá». figuras. D. pero hay otra puertecilla lateral que es la que nosotros hemos traspuesto. aparece una enorme masa grisácea. hasta cubrir las aristas y los picachos de las montañas. claro. a una y otra banda. ¡aidá!» Las montañas. mas dentro. y luego. Una rana hace «croá-croá». con suaves curvas. la silueta de los esbeltos y finos álamos. salimos otra vez al campo. grisácea. examen. Ante la puerta principal se alza una escalinata que conduce a un pórtico de columnas jónicas. el río inmóvil. seis. De trecho en trecho un retablo destaca con su pesadez enorme y recargada. misa. Las calles son estrechas. aparece. soles eucarísticos. resuena a lo lejos el grito de un boyero: «¡aidá!. examen. las . que se difluye poco a poco en el aire. en los techos resalta el vigamento barroco. resaltantes: A. M. y en todas estas espaciosas estancias y claustros largos. se extiende un ancho cuadro de pradería. se oye a intervalos el grito de un boyero: «¡aidá!. «J. ¡aidá!» Y de la techumbre roja de una casita. Estamos frente a la casa en que nació el esforzado guerreador místico. preparación para la confesión. en el fondo. tenebrosa. cuando el horizonte se enfosque y la lluvia caiga perenne. cuyos pasos resonarán sonoramente en las anchas tablas de roble del pavimento. negros. tiempo libre. dorado. se hará un lóbrego ambiente. tiempo libre. formadas de casas con enormes aleros. en cuyo fondo aparece una escalerilla lóbrega. G. sobre el verdor de las montañas. diez y media. tiempo libre». trepada por diminutos cuadros de sombra. puntos de la meditación. ahora en estío en penumbra.. sobre una puerta. de un verde obscuro. siete. las comadres trabajan en sus labores. altares. enérgicas. un festón de espesos matorrales araña el cristal sosegado del río. toda esta mole de sillares grises se tornará negra. siete y cuarto. sacristías. once y tres cuartos. brillante.

oís el crujir de una falda o el tintineo de un rosario. igualmente pesado. La tarde ha ido enfoscándose. Por sus rectos caminos van. vienen las manchas negras de los ejercitantes que en estos días limpian y sahuman sus conciencias en el retiro.. finos. igualmente recargado. indomable. una puerta de cristales acaba de abrirse. Cuando salís veis que una densa neblina vela las cercanas montañas. recogido. entrad en el convento. las pinturas. anchos remansos negros. con la vista en el suelo. ni un rezago lejano del hombre aquí nacido. de uno a otro altar. El campo está en silencio. chata y maciza. Un jesuíta pasa. pavimentados con recias tablas. a lo largo de las paredes. Y penetráis en la diminuta alcoba en que el místico torturado sintió el primer ímpetu de su sino: otro altar. un poco pálidos. juntas las manos. las escaleras lóbregas. en los anchos patios de eminentes muros desnudos. La piedra gris vuelve a saltaros a los ojos en la grande escalera.lámparas titilean mortecinas. con los brazos en cruz. Serán inútiles vuestros esfuerzos imaginativos: no intentéis evocar su figura. a intervalos. los cortinajes. en los salones vastos. en la penumbra de un rincón. Una rana hace «croá-croá». las lamparillas. veis la figura de un jesuíta callado. y el grito de un boyero resuena en el valle callado: «¡aidá! ¡aidá!» . Los grises sillares de la inmensa edificación se han tornado negruzcos y resaltan formidables sobre el verde obscuro del monte. y por ella van surgiendo dos largas filas de novicios.. Ya en esta estancia no queda ni un hálito. Va llegando el crepúsculo. audaz. las hórridas vidrieras de colores han traído un ambiente de piedad y de religiosidad femenina. encorvado. Los retablos. que ora con la cabeza inmóvil sobre el breviario. cubre el paño del fondo. las columnas. delgados. Y volvéis. en los largos claustros de bóvedas rechonchas. Salid de estas capillas y oratorios. a este paraje donde habitara un temperamento férreo. Densos y anchos vellones se van partiendo y desgarrando en los castañares. después de esta visión rápida. un poco inclinados. se columbra en lo alto. las salas anchas. Deteneos un minuto en este patio adornado de un jardincillo.. Las aguas del río forman. encuadrado por los muros altísimos de piedra gris. pasando de una estancia a otra. Os asomáis a una ventana y contempláis el vasto panorama de la huerta conventual. plomizo. allá. blanduzca y anodina. Un pedazo de cielo gris. enfrente. a recorrer los claustros interminables y obscuros.. y seguís pasando. bajo el ramaje corvo. incontrastable.

de nuevo volvemos a ver la gruta. al correr de los años. Caminemos un poco. largo.. de un modernísimo colegio de jesuítas. Avancemos un poco más. Y de cuando en cuando. el gabinete médico. se percibe un olor penetrante de frescas y silvestres hierbas aromáticas. pero en Urberuaga las vertientes se estrechan más. nos vemos en un estrecho corredor lleno de puertas diminutas. estáis en un momento en que gustáis de todas estas cosas tan españolas. Mas vosotros. penetremos en un zaguán estrecho. Tal vez Cestona os produzca la impresión. el gabinete médico. en el silencio. otro salón y otro largo pasillo nos llevan a las salas de pulverizaciones y baños de vapor. Urberuaga es una casa de enfermos. vuestro gusto va a ser plenamente satisfecho. Ya estamos ante la puerta. confortable. Y ya en él. o una tos larga. están desiertas. que acaba en una espaciosidad dividida por tres columnas.. por la llaneza e ingenuidad de la servidumbre. las paredes aparecen enjalbegadas. en el fondo. donde se halla el correo. Aquí hay una puertecilla que da ingreso a la gruta de donde surte un blanco y cristalino hilo de agua vivificante. el pavimento brilla. os dé la idea de un convento modesto de franc¡scanos.EN URBERUAGA LOS OJOS DE AURELIA Cestona es un hotel elegante. ¿Por qué no avanzar por el pasillo? ¿Hay nada más grato que la inspección de una casa desconocida para nosotros? ¿Existe sensación más agradable que la de ir sorprendiendo poco a poco las cosas y los hechos insólitos que ante nuestros ojos surgen de pronto? Este pasillo conduce a otro pasillo. por una concatenación lógica y necesaria. que hace. atravesad un corto salón con un cierre acristalado. sucesivamente. el riachuelo es más ramblizo. descendamos cuatro peldaños. con espejos apaisados y un piano vertical. como yo. Mas esforzaos en ocultarla y dominarla. Porque os percataréis de que el ambiente que respiráis. encalados y de baja techumbre. y algo como un ahogo. mundano. por el prosaísmo castizo de la cocina. de cloruro de éter. por las que será preciso bajar para entrar en un salón anchuroso. un angosto reflejo se pierde allá en la lejanía. ante otras escaleras. Y luego.. en el fondo se abre un pasillo. sino que. bordeado de divanes. destacar la mancha roja de su reverso. no sólo es hondamente provinciano. Torced a la derecha. ¿Estáis satisfechos? ¿Habéis llevado ya a vuestro espíritu ávido una sensación sintética del nuevo medio en que acabáis de hacer irrupción? Todos estos corredores. brillantes. y largos mostradores con baratijas y chucherías. cuando llevéis una hora más en el hotel. de nuevo avanzamos por el pasillo primordial en busca de la escalera que nos conduzca al piso alto. como una leve opresión —ya iniciada por un prejuicio— os sobrecoge cuando llegáis ante su puerta. la administración de correos. pertinaz. seca. silenciosas. La misma posición tienen uno y otro balneario en el fondo de un valle. todos estos rellanos. La construcción total del edificio es un ensamblaje de navadas y pabellones construidos. y después encontramos otra espaciosidad. Y sentís que hay algo en este ambiente de íntima y profundamente provinciano: por el enredijo de salas y pasillos con pisos desnivelados. El cuerpo principal se levanta en una tenue hondonada. el piso es de recias tablas... traspasad los umbrales del balneario. está también saturado de un romanticismo ensoñador y melancólico. ¿Desconoceréis acaso la virtualidad de estas aguas? ¿No sabéis que a estos manantiales . desnudo. todas estas salas. con sus anchos corredores simétricos que parecen salones. con sus estrechos pasillos tortuosos. por la simplicidad del mueblaje. Dentro de un poco. tornamos a descorrer lo andado. acaso Urberuaga. enceradas. Y luego cruzamos por un patizuelo a otro corredor. por los alterones y honduras de las camas. ascended por unas escaleras y os hallaréis al cabo en un ancho rellano. un diminuto salón con divanes y cajones con plantas aparece ante nuestra vista. los castañares son menos amplios. oís una tos breve..

acuden los enfermos «estéticos», en la verdadera y primitiva acepción de esta palabra? Y ¿cómo podréis negar la intima relación que existe entre el romanticismo y la tez pálida, las ojeras, la delgadez y la infinita desesperanza trágica? Si vosotros amáis esas muchachas románticas de pueblo, tan suaves, tan tristes, tan delicadas, tan fantaseadoras, que gimen, que lagrimean, que pasan súbitamente de una alegría a un desconsuelo, que guardan en el fondo de un cajoncito un retrato desteñido y unas cartas con timbres de un café o de una fonda, que tienen una enredadera, que tocan en el piano «La marcha fúnebre de una muñeca», que leen a Campoamor y a Bécquer en un libro forrado con un periódico, que se miran al espejo de pronto para ver si se han puesto feas, que aguardan tras los visillos, en los días foscos del invierno, el paso de un transeunte desconocido, que tal vez es un galán que puede revolucionar nuestra vida...; si vosotros amáis a estas muchachas, venid a Urberuaga. Yo he conocido estos días a Eulalia, a Juanita, a Lola, a Carmen, a María, a Enriqueta. Y he visto, sobre todo, los ojos anchos, vagos y tristes de Aurelia. —¿Qué hace usted, Aurelia? —le dice un joven con quien la he visto bailando anoche. —Nada —contesta ella—; miro el agua del río... Aurelia está inclinada sobre el antepecho del puente, en una de esas actitudes de absorción, de elegancia y de abandono en que Gavarni colocaba, en la terraza de un jardín o sobre los brazos de un diván, a las finas y pálidas mujeres de 1850. Aurelia mira las aguas mansas del río; pero sus ojos, fijos, absortos, no ven las aguas mansas del río. Su silueta se recorta sobre el cielo pálido del crepúsculo. Esta es la hora en que la carretera ejerce su tiranía sobre el bañista; pero vosotros no cumplís con esta práctica ineludible. Hay detrás del balneario, junto al riachuelo, una extensa avenida de álamos. Hacia allá dirigís vuestros pasos. La tierra está tapizada de fino césped; a un lado se levantan las laderas cubiertas de castañares; a otro se extiende una línea de manzanos bajos, achaparrados, que arquean sus ramas sobre las aguas. Tres, cuatro ringlas de álamos parten esta alameda en anchos caminos. Los troncos de los árboles son finos, rectos, gráciles; el follaje no comienza en ellos sino muy alto, de suerte que vosotros paséis por esta fronda como por entre una sutilísima columnata que sostiene una bóveda verde. Y cuando os habéis cansado de devanear a un lado y a otro, os sentáis en la orilla del río, junto a un ancho remanso. Una multitud de girinos patina, con sus carreras intermitentes, sobre las aguas, extendidas las cuatro patas, ligeros, volubles. Ya avanzan rápidos, ya se detienen, ya dan repentinas y violentas revueltas. Y cada uno de sus movimientos forma un círculo sobre las aguas, que va a mezclarse y trabarse con infinitos otros círculos en un momentáneo y caprichoso arabesco. Pero la noche va llegando. Es preciso que retornéis al balneario. Una campana acaba de tocar con un son persistente. Vosotros volvéis a recorrer los pasillos de la planta baja y ascendéis a los del piso principal. Las luces han sido encendidas, y el largo reflejo de la madera encerada, como una estrecha cinta de azogue, se pierde allá a lo lejos. Un rumor sonoro de voces, algo como un coro susurrante y melódico llega a vuestros oídos: es que en la capilla próxima los bañistas rezan, como todas las tardes, el rosario. Entonces dais un paseo por el corredor, mientras escucháis esta mística salmodia, y vuestros ojos observan por primera vez las viejas y simpáticas campanillas colocadas encima de las puertas, antecesoras venerables de los locos timbres eléctricos. Y ya este nimio detalle acaba de sumiros en un ensueño de lejanías románticas. ¿Qué más os hace falta? Aún os queda algo principalísimo. Después de la cena es preciso bajar un momento al salón. Aquí volvéis a encontrar a Juanita, a Lola, a Carmen, a Enriqueta, a Eulalia, y volvéis a ver los ojos anchos, vagos y tristes de Aurelia, que miran absortos, sin verlo, el paisaje de un abanico. El piano lanza unas notas lentas y sonoras; todas estas muchachas lindas y pálidas, se levantan, salen hasta el medio de la sala,

avanzan, retroceden lentamente, se traban de las manos un instante, se alejan de nuevo haciéndose reverentes cortesías, bailan, en fin, uno de estos sosegados «lanceros» que nuestras madres o nuestras abuelas bailaban con sus anchos trajes llenos de pliegues. Y ya parece que os halláis intensamente saturados de idealidad sentimental; pero la concurrencia pide que cante María, y María protesta riendo alegremente, y luego se pone seria, y después tose un poco, y al fin entona una canción lánguida, melancólica, plañidera... Y os retiráis, llevando en vuestro espíritu algo que no acertáis a definir. Los pasillos están silenciosos. Acaso escucháis una tos lejana, repentina, seca, o larga, pertinaz. Y cuando os acostáis, os dormís pensando en los ojos anchos y soñadores de Aurelia, y creyendo sentir el mayor de los absurdos y la mayor de las ingenuidades: creyendo sentir una vaga sensación de amor.

UN HIDALGO
LAS RAÍCES DE ESPAÑA Es en 1518, en 1519, en 1520, en 1521, o en 1522. Este hidalgo vive en Toledo; el autor desconocido de «El Lazarillo del Tormes» ha contado su vida. La casa es grande, ancha; tiene un zaguán un poco obscuro, empedrado de guijos menuditos; sobre la puerta de la calle hay un enorme escudo de piedra; el balcón es espacioso, con barrotes trabajados a forja; y allá, dentro del edificio, a mano izquierda, después de pasar por una vasta sala que tiene una puertecilla en el fondo, se ve un patizuelo claro, limpio, embaldosado con grandes losas, entre cuyas junturas crece la hierba. Y no hay en toda la casa ni tapices, ni sillas, ni bancos, ni arcas, ni cornucopias, ni cuadros, ni mesas, ni cortinajes. Y no hay tampoco —y ésto es lo grave— ni pucheros, ni cazuelas, ni sartenes, ni platos, ni vasos, ni jarros, ni cuchillos, ni tenedores. Pero este hidalgo vive feliz; en realidad, la vida no es más que la representación que tenemos de ella. En la sala grande que encontramos a la derecha, conforme entramos, aparece un cañizo con una manta; ésta es la cama. En el patio, colocado en uno de sus ángulos, vemos un cántaro lleno de agua: éstas son las provisiones. En la casa reina un profundo silencio; la calle es estrecha, tortuosa. Se percibe el rumor rítmico, imperceptible, tenue, que hacen con sus tornos unas hilanderas de algodón que viven al lado —estos tornos simpáticos que vosotros habréis visto en el cuadro deVelázquez—; de cuando en cuando se oye una canción, tal vez un romance vetusto —como estos que cantan los pelaires de Segovia en la novela «El Donado hablador»—; o bien, de tarde en tarde, rasga el aire el son cristalino de una campana —estas campanas que en Toledo tocan los franciscanos, o los dominicos, o los mercenarios, o los agustinianos, o los capuchinos—; si estas campanadas es por la mañana cuando suenan, entonces nuestro hidalgo se levanta de su alfamar. Son las seis, las seis y media, las siete. En un cabo de la mísera cama están las calzas y el jubón del hidalgo, que a él le han servido de cabecera; él los toma y se los va poniendo; luego coge el sayo, que él zarandea y limpia; después coge la espada. Y ya, a punto de ceñirse el talabarte, la tiene un momento en sus manos, mirándola con amor, contemplándola como se contempla a un ser amado. Esta espada es toda España; esta espada es toda el alma de la raza; esta espada nos enseña la entereza, el valor, la dignidad, el desdén por lo pequeño, la audacia, el sufrimiento silencioso, altanero. Si este hidalgo no tuviera esta espada, ¿comprendéis que pudiera vivir tranquilo, feliz, contento, en una casa sin sillas, sin mesa, sin cacharros y sin pucheros? Y él la mira, la remira, pasa su mano con cariño por la ancha taza, la blande un momento en el aire y le dice a este mozuelo que le sirve de criado y que le está observando atento: «¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese». Y a seguida la coloca a su lado siniestro. Y a seguida toma la capa de sobre el poyo donde él la puso con mucho cuidado la noche antes, después de soplar bien, y se envuelve arrogantemente en ella. «Lázaro —le dice a su criado—, cuida bien de la casa; yo me voy a oir misa.» Y sale por la calle adelante; sus pasos son lentos; su cabeza está erguida altivamente, pero sin insolencia; un cabo de la capa cruza por encima del hombro, y su mano izquierda ha buscado el pomo de la espada y se ha posado en él con voluptuosidad, con satisfacción íntima. Un sordo portazo ha resonado en la calle; estas vecinas hilanderas han dejado sus tornos un instante y se han asomado al balcón. «¡Miren qué gentil va!» —dice una. «¡Trazas tiene de ser galán!» —exclama otra. «¡Buen caballero es!» —añade una tercera. Y todas estas toledanitas menudas, traviesas —estas toledanitas que por estos mismos días precisamente elogiaba por su viveza Brantome en sus «Vies des dames galantes»—; todas estas toledanitas ríen, acaso un poco

Y aquí.. finos aurífices toledanos. y escriben billetes amorosos con citas de Catulo y Ovidio. entonces.locas. Lerma. de los agustinos. de los mercenarios. sin extremosidad molesta. que llevan unos grandes pantuflos. Acaso a esta hora plácida de la mañana salen de la ciudad y pasean por las frondosas huertas estos viejos nobles —don Rodrigo. con un rumor sonoro. sobre el cielo azul. tal vez ornada de una afiligranada sortija de oro trabajada por Alonso Núñez. que se aleja paso a paso. y el ideal. y que sólo dejan ver. ¿No veis en estas risas joviales acaso un símbolo? ¿No veis en estas hilanderas que trabajan en sus tornos durante todo el día y que se chancean de este hidalgo vecino suyo. ocre apagado. o estos galanes con sus anchas golas rizadas. íntegro. una mano blanca. tibio. ¿no os habéis paseado por una sala de vuestra casa silenciosos. intenso. unas anchas tocas. comienza una hora dolorosa. este gesto es el que hace nuestro hidalgo ante unas tapadas que pasean ante la fronda. sin la puntita de afectación francesa. Y acabada la misa. que sueñan con ir a Flandes. Villa-mediana. cuenta sus aventuras. se despliega el panorama adusto. sedosa. discretea. ríe. lento. chapiteles. y que es posible que puedan proporcionaros un diente de un ahorcado o un pedazo de soga. que acaso tienen un rudimento de bigote. de los dominicos. entre la realidad y el espíritu. en esos momentos en que honda contrariedad abruma vuestro espíritu? No sentís ira. Juan de Medina. cargados con el peso de sus campañas gloriosas al lado de doña Isabel y don Fernando. ligero. Y nuestro hidalgo va paseando entre toda esta multitud de amadas y amadores. risueño. titubeantes. a la otra banda del hondo tajo. Hace un tiempo claro. largas campanadas han sonado en la Catedral. ya en todos los comedores de la ciudad se tienden los blancos manteles. en toda su negrura. nuestro hidalgo regresa hacia su caserón. rendido y altivo al mismo tiempo. soñador. ochentonas. este gesto. radiante. no sale de vuestros labios ni un reproche ni un lamento: es una angustia íntima. muros dorados. Vosotros. este gesto es Girón. luego habla con ellas. ¿No habéis visto en cierto lienzo de Velázquez —«La fuente de los Tritones»— la manera con que un galán se inclina ante una dama? Este gesto supremo. gallardo. doce graves. Nuestro hidalgo penetra en una de esas diminutas iglesias toledanas. es preciso ir a casa. en el decurso de esta charla. Tal vez estas damas. discreto. por la calleja arriba. llevadas. tan duradero como el mundo. muros negruzcos. sólo lo ha tenido España. que conocen las virtudes curativas de las hierbas. apretando con leve crispación el puño de su espada. un poco despiadadas con sus risas cristalinas. frente a nosotros. de lino o de damasco. ellas sonríen bajo sus mantos. silenciosas. majestuosamente. pero que no puede comer? ¿No veis el eterno y doloroso contraste. Alba. esta leve inclinación es toda la vieja y legendaria cortesía española. él se aleja. entre los trabajos prosaicos. por el viento. Y va pasando la mañana. son los días del promedio del otoño. elegante. traídas. larga. alega una urgencia inaplazable y se despide. blancas. una conformidad noble con el destino lo . o estas lindas doncellas ocultas en sus mantos anchos. Uceda. del buen hidalgo. sobrio. no sentís indignación. destacan las cúpulas. nuestro amigo siente un momento de vaga angustia. único.. lentamente. mansa. sin el cual tampoco es posible la vida? Pero las campanas de los franciscanos. a lo lejos. a Italia. verde sombrío —los colores del «Greco»— de los extensos cigarrales. a lo largo de los caminos. y a través de los claros del enrejado se columbran las siluetas blancas o negras de las monjas que van y vienen. nada más conveniente que dar un paseo por las afueras. campanarios. suave. de la ciudad. insinúan —ya conocéis la treta— el deseo de una merienda o tal cual refrigerio. sobrio. valiente. los árboles van amarilleando. este gesto. abstraídos de todo. puntiaguda. sobre las mesas. sin los cuales no hay vida. don Lope. Infantado. en este punto. tal vez en el fondo se abre una ancha reja. comienzan a caer las hojas. azul obscuro. de los trinitarios. y son movidas. que van de casa en casa llevando encajes y bujerías. o estas dueñas setentonas. don Gonzalo— que son llevados en sus literas y caminan luego un momento encorvados. Pedro Díez. digno y fiero. maravilloso. de los capuchinos. están llamando a misa. sonríe. miradores altos.

esta noche ya es tarde para salir a comprar mantenimientos. Lázaro no ha comido. viendo que no venías. había en el ceño de nuestro amigo un dejo de fruncimiento. Estando en estos paseos llaman a la puerta. para mi gusto. —Lázaro —torna a decirle afablemente el caballero—. Y después pone su capa con cuidado sobre el poyo —luego de soplar bien—. no quiero que demandes limosna. Esto era en 1518. ¿Es eso uña de vaca? —Uña de vaca es. de pronto. En este mismo siglo. al fin —perdonémosle esta abdicación magna—. al fin. en 1521 o en 1522. Así camina este hidalgo por las estancias y corredores de su casa. Lázaro! —le dice por tercera vez—. su semblante se ha serenado. ¿cómo no has venido a comer? —le dice. desde el acantilado. . en 1520. ésta es una de las raíces de la patria que ya se van secando. una mujer. escribía lo siguiente en el libro de «Las Fundaciones»: «Hay unas personas muy honradas. Entonces Lázaro —que sabe que su señor está en ayunas— le ofrece un pedazo de la vianda. o acaso. acaso platica con unos amigos —aunque él dice que no los tiene. él titubea un poco. él lo cuenta así. podrían creer que pides para mí. Pero Lázaro se sienta en el poyo y se pone a comer. ¿qué cosas habrán pasado por el cerebro de este hombre heroico? Por la tarde torna de nuevo a pasear el caballero por las callejas toledanas. el caballero pasea y le mira. el sufrimiento largo y silencioso bajo serenas apariencias. Otra vez tocan luego las campanitas de los conventos. es Lázaro. gran penetradora de almas —Teresa de Jesús—. Yo te he estado esperando y. acaso. a un trisagio. ahora. Esta es la grandeza española: la simplicidad. la fortaleza. pero ha traído unos mendrugos y una uña de vaca que ha limosneado por la ciudad. mañana será de día y proveeremos nuestra despensa. aunque mueran de hambre.que os embarga. he comido. —Yo te digo —vuelve a decir el buen hidalgo— que no hay mejor bocado en el mundo. en 1519. En este instante de perplejidad. —Lázaro. le dice a Lázaro: —Lázaro. come.. Si antes. sonriendo a su criado—. a un sermón nuestro amigo? Cuando entra en su casa. ¿Va a una novena.. que. recoged este otro rasgo de simpatía—. de regreso. señor-replica Lázaro. lo quieren más que no que lo sientan los de fuera». mira correr en lo profundo las ondas mansas y rojizas del río. —¡Buenas trazas tienes para comer. se desnuda y se acuesta.

sin causar pesadumbre a nadie. y vayamos a lamentarnos y morir entre las desconocidas». él decía que no sentía ansias porque su nombre se perpetuase en el mundo. que parece que aún estoy oyendo: «Esta copa me ha sabido a veneno». escribía él. ¿Usted no ha conocido el Casino viejo? —No. éste es uno de los trances más dolorosos que me han ocurrido en la vida. la muerte vino a tiempo.. —Desapareció hace ya muchos años. Entonces comenzó la alegría. de los labriegos y de los salvajes. no se emborrachaba jamás.. Este filósofo quería morir en una posada. Yo recuerdo que después de la cena. —¿No tenía hijos? —Era soltero. Alejandro era uno de mis mejores amigos. «Yo me consuelo fácilmente de lo que sucederá en el mundo después que yo me marche». Este Montaigne tampoco deseaba ver perpetuada su estirpe. lo que el gustaba era comer bien y mucho... decia él. —¿Cómo murió ese hombre? —Murió como había vivido: sin tristezas ni dolores. —¿Era rico? —Estaba bastante bien. se subió a una mesa y comenzó a pronunciar un discurso con palabras incongruentes. —Ese es otro punto de semejanza con el filósofo que antes he citado. es decir. pero se gastó toda su fortuna divirtiéndose y viajando. ¿Cómo era Alejandro? —Era alto. —¿Le serró usted el cráneo? —Lo hice como médico forense. —No. ¿Dice usted que Alejandro viajaba? —Iba con frecuencia a Madrid. —Alejandro era uno de esos hombres que llevan una alegría absurda por donde van. Cuando murió ya le quedaba muy poco. —¿Por qué dijo eso? —No sé. y Alejandro no estaba con nosotros. la llené de ron y se la ofrecí a Alejandro. «Vivamos y riamos entre nuestras gentes. El la tomó y la tuvo un momento en la mano: luego se la bebió. cuando yo le serré el cráneo. señor. Esta fué la causa de su muerte. Estábamos allí una noche cenando. cuando todos estaban mirándole. —Estaría alcoholizado. con el cuello recio y la cabeza pequeña.. yo cogí una copa. Cuando . de todos aquellos seres que están más cerca de la Naturaleza que nosotros. Estábamos una noche de broma en el Casino viejo.. Pero cuando apartó la copa de los labios hizo una mueca de disgusto y me dijo estas palabras. Y entonces él. —Entre todas las alegrías. El ron no tenia nada. «¿Quién paga? ¿Quién paga?» —iban preguntando los parroquianos.. grueso. cuando trajeron el café. —¿Murió de apoplegía? —Sí.EL IDEAL DE MONTAIGNE —¿Dice usted que era un hombre jovial? —Completamente jovial. tal vez era un presentimiento. señor. allí llegó a ser muy conocido. —Ese era el ideal de otro hombre a quien yo estimo también mucho y que vivió hace tres o cuatro siglos: el filósofo Montaigne. Todos lo echábamos de menos. todos bebimos de él.. Un día entró en un café y mandó decir que todo lo que estaban tomando los concurrentes lo pagaba él. Pero Alejandro no podía faltar: pronto lo vimos asomar por la puerta. la absurda es la más alegre: es la alegría de los niños.

él dijo: «¡Demonio. le serré el cráneo y creí que no llegaba nunca a la masa encefálica. —¿Qué hacían allí? —Charlaban y bebían. me preguntó él. —De modo que. horrorizado. contesté yo. ¿será preciso no tener sesos para ver alegre la vida? —Es posible. cuando él y su mujer cogieron a Alejandro para acostarlo. Los demás tocaban las palmas y cantaban. puso el codo sobre el mármol. Esa noche bailó también.ocurría ésto era la una de la noche. porque me gusta madrugar. «Sí. Ya en la mesa. las pusieron en el suelo y. Al día siguiente el conserje entró en el salón y vio que aún estaba tal como él lo dejara. —¿Y qué hicieron cuando Alejandro comenzó a dormir? —Se marcharon. Conmigo se vinieron también tres o cuatro amigos. ¡No he visto nunca unos huesos tan recios! Dentro no había más que una chispita de cerebro. y él saltaba en medio del corro con su corpachón gordo. se apartó del grupo y fué a sentarse a una mesa. —¿No les extrañó ésto a los demás? —No. Yo le hice la autopsia el mismo día. le dije a Alejandro. cuando asistía a estas francachelas. Alejandro. cogieron a Alejandro para acostarlo. Pero. aparte de que esto de que Alejandro se pusiera a dormir después de una comilona era cosa corriente. dio unos ronquidos.. . así que había ya bailado un gran rato. ya estaba muerto. entonces le tiró de un brazo. «Hasta mañana». pero Alejandro se quedó allí con dos o tres más.. tenía por costumbre bailar al final una danza de su invención. Tenga usted presente que cuando Alejandro acabó de dar los ronquidos de que he hablado antes. Alejandro. y se fueron. apoyó la cabeza en la palma de la mano y cerró los ojos. de ningún modo. cuando cerró los ojos. que la pierna y el brazo estaban rígidos.. de repente. los demás estaban un poco bebidos. «Ya está durmiendo Alejandro» —dijeron todos. Pero Alejandro no se movía. Lo que pasó después yo lo sé porque me lo ha contado muchas veces el conserje. después de comer». que eran los más bullangueros.. —¿La había inventado él? —Podía muy bien haberla inventado: era una serie de saltos y de piruetas estrafalarias.. entre los dos. le tiró de una pierna y vio. Entonces el conserje hizo que su mujer trajera una manta y una almohada. El conserje me ha referido muchas veces que. «¿Vendrás por aquí?». Yo me marché. «¡Don Alejandro! ¡Don Alejandro!» —le gritó. lo que pesa esta noche don Alejandro!..» Así pasó la noche Alejandro.

de la poda. —Y ¿qué íbamos a hacer solos en casa? —observa doña Lola. para que se queme bien. da la vuelta. —Son ellos —dice doña María. son montoncillos blancos.. que las prensas aprietan. las cepas de las viñas. ¿crees que con este tiempo que hace se habrán atrevido a salir de casa? Ha caído durante todo el día una espesa nevada. ondulan. Y después. Y de pronto. en la puerta. hemos hablado sobre un cambio que quiere hacer contigo. ¿ha venido hoy a hablarte Luis? —No. nos sentamos ante la lumbre. creo que el martes comenzaré a cogerla. Yo creí que no vendrías esta noche. y por la noche.. —¿Has estado esta mañana en la Herrada?-le ataja don Juan. Entonces es cuando oímos este breve grito de «buenas noches». haciendo una transición en tono grave: —Oye.. —Sí. «Hombre. acerca una brasa que se había distanciado un poco. de hombre. ¿por qué lo preguntas? —replica don Juan. que tiene las tenazas en la mano. en las manos tenemos las tenazas con que estamos tizoneando. tal vez hemos leído un rato en uno de estos libros llenos de polvo que hay en un estante que nunca se abre. Hemos estado todo el día en nuestros bancales. la inmensa llanura sembradiza que rodea la vieja ciudad. de mujer. que dice: —¡Buenas noches! Y otra voz sonora. Y tras breve silencio pregunta lentamente: . que tornan luego a la otra— de un viandante. —No sé —dice don Juan—. a un grueso tronco de olivera. de la siembra. lamen la negra losa del hogar. nosotros suspendemos nuestra tarea y volvemos la cabeza. en nuestras viñas. se oye una voz clara. fina. está blanca. tal vez por los caminos se ven las hondas huellas de las ruedas de un carro y las pisadas —que cruzan a una parte. doña María. en la fuerza. que también dice: —¡Buenas noches! ¿No habéis reparado nunca en la jovialidad. oyendo hablar en el zaguán. sepultadas en la nieve. —Yo no tengo miedo al frío —dice jovialmente don Pedro. —Le he visto —dice don Pedro— esta mañana en la Herrada. acaso nos hemos aburrido dos horas en el Casino.. en la expansión íntima y profunda de esta pequeña frase? En los pueblos esta pequeña frase tiene un significado que no tiene en ningún otro paraje. Han llamado allá fuera. los olivos son penachos blancos.» Don Juan. hemos hablado del riego. Pepita están sentados ante la chimenea. —Hombre —replica doña María—. recogiéndose la capa y sentándose en una silla. recia. Serán Perico y Lola. he ido a ver qué tal marcha la aceituna. He encontrado a Luis cuando volvía. del majuelo que tiene en la Fontana por el bancal tuyo de los Calderones. tras la cena. él me ha preguntado si a tí te parecería ésto aceptable. lo más que puedo yo hacer es indicárselo a Juan cuando le vea esta noche. en la puerta de la sala.. se inclina sobre el fuego y remueve ligeramente los leños en silencio. —¿Quién será? —dice doña María. si es el tiempo de moler la aceituna.LA VELADA Don Juan. no sé —le he dicho yo—... nos hemos pasado por la almazara y hemos visto cómo chorrea el aceite en los cofines.. —¡Caramba! —exclama don Juan—. las llamas bailan.

inquietas. viendo cómo asciende y se disipa el humo del cigarro. El viento ruge. separa sus manos.. sí —exclama Pepita con esa precipitación y jovialidad con que hablamos cuando vemos pasado un peligro que se cernía sobre nosotros—. las dos cosas serán buenas. allá a lo lejos.—¿Dices que el majuelo de la Fontana por el bancal de los Calderones? —Eso me ha dicho —replica don Pedro. rubia. —Sí. sedosos. mientras a vosotros puede conveniros el cambio. graves. ¿qué dices? ¿Te gusta más el bancal de los Calderones o el majuelo de la Herrada? Pepita es una muchacha delgada. separado de sus labores.. a intervalos. el majuelo de la Fontana. —Sí —dice don Juan—. el golpeteo de una ventana. las perdices están inmóviles. de cuando en cuando. unas campanadas largas. te diré —exclama al cabo don Juan. sí. Tú. él tiene sólo. En las paredes hay dos. se remueven un poco y da unos sonoros picotazos en los recios barrotes de mimbre. no cabe duda de que las han hecho muy bien. La suave y armoniosa curva del pecho de Pepita ondula un poco.. —¡Nada. fuera. Don Pedro.. graves campanadas. dicen que han hecho ya las paces. Las llamas bailan. blancas. ¿a que no sabes a quien he visto esta tarde en la calle de la Abadía? Pepita se sobresalta un poco. por fin. misteriosas. blanca. su cara es finamente. en uno de esos cuartos en los que no se entra casi nunca. Luego. se oye de tarde en tarde.. y por lo que yo he visto. da unas ligeras palmadas y hace otra transición —del tono grave al tono jovial. Se oyen unas largas. de una de estas ventanas locas. Se hace otro largo silencio. cruzadas sobre las rodillas. Las llamas corren tenues. don Pedro. doña Lola y Pepita. alguna abre sus ojuelos redondos. hay unas tenues ojeras azules. que ha acabado de liar un cigarro.. que golpean en las noches de viento en un sobrado. tres lienzos viejos. en sus ojos. anchos. después se detiene un poco. que ha estado esperando a ver lo que decía don Juan. en una cámara. Don Pedro guarda un momento silencio. deliciosos aladares rubios que Pepita tiene sobre las sienes. sobre los recios troncos. más íntimo: —Oye. nada! —replica don Pedro con un aire de importancia cómica—. aquí no podemos dar un paso sin que tú nos digas lo que hemos de hacer. largas. pero ten en cuenta que el majuelo tiene muy buenas cepas. suavemente ovalada. —Hombre. y dice: —Yo no sé. exclama de pronto en un tono más familiar.. y que en nuestra niñez nos han causado un vago espanto. Otra vez suenan a lo lejos. en el viejo reloj de la ciudad. Sí. —No te lo niego —replica don Pedro—. Pepita enarca las cejas sonriendo.. ondulan. unos carmines que hacen que resalte el tono de oro de estos rizados. pues si Rosario estaba enferma . porque al lado de él tenéis las tierras de la Solana. —Eso quiere Luis —dice don Pedro—. Pepita! —exclama—. Pepita tiene sus manos. en una trastera. ribeteados de rojo. que cuchicheaban. ¡Anda!. lo que ha dicho este malicioso y enredador don Pedro no era lo que ella temía. Doña María. pero yo creo que el bancal de los Calderones es mucho mayor que el majuelo de la Fontana. metidas en sus jaulas. —¿Es el bancal de los Calderones? —pregunta doña María. Después dice: —He visto a Rosarito con Antonio. y que ya no puede contenerse. que ya podrán producir bastante este año. grises. —¡Caramba. han callado. azules. Don Juan torna a hurgar el fuego. tal vez aparecen unos vivos carmines en sus mejillas. acaso se complace viendo esta leve y callada angustia de Pepita. negruzcos. patinosos.

de rato en rato. el silbido. que es la voz eterna. de un sereno. que el viento hace oscilar. acaso allá en la remota lejanía se oye la voz plañidera. la voz. en la calle retumban. los picotazos rítmicos de las perdices—..desde que la dejó Antonio. entonces. de todos estos ruidos — los pasos. en los retablos brillan los farolillos. indeciso. imperceptible. de un transeúnte. Y entonces. de las cosas. Estos pasos que oímos de noche.. en la novena de la iglesia vieja. ¿Será ya tarde? El viejo reloj torna a sonar. se pierden a lo lejos. de todo ésto se forma como una síntesis suprema. —Yo —dice doña Lola— los he visto esta tarde a las dos. Fuera. Cuando todos salen a la puerta para despedirse. doña Lola y Pepita charlan. Las calles están obscuras. de la nieve que tapiza la calle. incomprendida. larga. como un coro profundo. de una locomotora. en el silencio. Se hace otro largo silencio. tal vez —si estas viejas ciudades tienen ferrocarril— se percibe también el silbato apagado. tienen un ruido extraño. el crujir de los troncos en la chimenea. sonoros. en la soledad. . Ha llegado la hora de recogerse.. doña María. misterioso. desiertas. el golpeteo de la ventana. y era ella la que quería volver a tener relaciones. Don Pedro tizonea con las tenazas.. los pasos precipitados. Y las dos siluetas de Don Pedro y de done Lola se alejan con un ruido de pasos sonoros. en la negrura de la noche destaca el blanco vago.

Esta es la causa de que yo deje el salón del balneario y baje a la playa.. Tal vez sale de las ondas una bella dama. Pero yo declaro que no las había visto nunca sino en las fotografías. entonces yo —estad atentos— dejo caer mi pequeño bastón ante ella y me inclino. para nosotros una excepcional importancia. y ella cruza sobre la fina arena despacio. raudo. sobre el tapiz dorado. Allá abajo. sobre las causas finales y sobre el problema del conocimiento. En la playa se ven los lindos pies de las señoras. procurad que la mujer que améis tenga los pies chiquitos. tropeles de bañistas hacen irrupción en el balneario. como es natural. Yo observo todo ésto y torno a sentarme. ¿Por qué. siendo ya hombre. recostadas en los cestos. Yo estoy profundamente triste. Yo doy los diez céntimos. de los hombres y de las cosas. sonríen. La variedad es uno de los encantos de la vida.. frente al mar ancho. encogida. Los pies chiquitos. Cuando he estado un rato inmóvil.. Yo me levanto: un filósofo peripatético no puede estar sentado. pegado al cuerpo el traje. marchan. torno a levantarme. otras figuras negras se remueven. procurad tener siempre variedad en vuestras cosas. son a modo de diminutas hornacinas de mimbre. ¿Iré a experimentar también en este momento otra cruel decepción? Ante mí tengo una de estas . Pero un mozuelo irrespetuoso se me apropincua y me pide diez céntimos. aspirando la fresca brisa. y que claro está que jamás me había aposentado en ellas. que el comer en las estaciones es una triste cosa. tal vez mis pensamientos divagan. siendo yo un devoto de Aristóteles. y he visto. sobre el origen de la vida. los bustos femeninos. mientras suenan los timbres y los silbatos de las locomotoras? Después. desde la infancia. éste es el precio de la silla. Quizá esta espléndida señora por cuyo lado paso. con su malla corta. sobre la otra inmensidad del tiempo y del sucederse inacabable. el lector ya las conoce. son uno de los mayores atractivos de la mujer. en tanto que él. mi espíritu vuela férvido. Y cuando he ido de un lado para otro. emprende una ligera carrera hasta atrapar la choza. en la arena. se forman corros con las sillas.. cuchichean. Estas cestas constituyen para un filósofo de mis dimensiones una novedad sorprendente. arqueados. Hay deseos fútiles en la vida que tienen. henchidos. se charla. con profundo dolor. Son los diez céntimos de la silla. cuando viajaba hacia el colegio. yo experimento vehementes deseos de sentarme en una cesta. fija la vista en las aguas glaucas. calzados con nuevos y elegantes zapatos. quiere dar a entender que no le importa. en bella concordancia. un poco avergonzado. silencioso.. viendo cómo sobre el fondo esmeralda del mar se perfilan. Y otra vez. ¿Os confesaré que yo. Acaso el bañista que surge del piélago terrible es un varón y entonces las gentiles muchachas de la playa le miran. y entre ellas pasan y pasan los bañistas con sus trajes menguados. sobre el tiempo. De cuando en cuando un tranvía llega. he sentido la secreta ansia de comer en la fonda de una estación. se halla muy cerca de mí para que yo pueda realizar mi observación. y entonces un grupo se detiene. frente a esta inmensidad. estoy siempre sentado? Otra vez este muchacho inevitable se me acerca: me pide diez céntimos. desteñida. Yo los voy contemplando todos con la discrección con que un modesto observador de la vida ha de hacer estas cosas.EL PEZ Y EL RELOJ He aquí una pequeña paradoja que dedico al querido humorista Luis Gabaldón. entre el bullicio de los viajeros. con ese gesto —que ya conocéis— de quien. sin embargo. he satisfecho muchas veces mis ilusiones de muchacho. a recogerlo. la mira ansioso. por los espacios infinitos. Entre los grupos de gráciles muchachas yo marcho sinuoso. ondulosos. eterno. Yo le doy los diez céntimos. chorreante.. Y vuelvo a divagar sobre la eternidad. importándole mucho una cosa. Yo me siento en una silla liviana del balneario. Se ríe. ya libre de esta momentánea impureza de la realidad.

. los pescadores vulgares. se ve una mancha blanca. llega a las manos feroces del pescador. Este desconocido me pide diez céntimos: es lo que cuesta el sentarse en la terraza para ver el mar ancho. es un pequeño reloj Waltham. La contemplo un momento de pie: ante mí hay una silla. esta mancha se va agrandando y perfilando. Y éste es el momento terrible. debo de tener cierto aspecto de hombre mundano y distinguido. y luego exclama. finge que escucha un momento en silencio. volviéndose hacia los espectadores. muy breves— este excelente pescador que observo tira del implacable hilillo y saca un pescado blanco. ya contristado. ya puesto en la pendiente de la desesperanza. Los espectadores ríen también. un hombre vestido de blanco se adelanta hacia mí con un diminuto papel verde en la mano. y considero al mismo tiempo que con las piernas extendidas. Tomar el tranvía me parece una idea excelente. de plata. brillantes. cuando en este punto ocurre el acontecimiento más considerable y emocionante de mi veraneo sentimental. De nuevo torno a sentir una extraña emoción. Yo experimento cierto asombro. Pero yo compruebo que estas damas no miran y que. Será preciso marcharse de la playa. Pero ¿por qué entregarse a la melancolía en un balneario rumoroso. que ha acabado de cebar el anzuelo. con escamas de plata. en tanto que el pez brinca en la cesta. y ya voy a retirarme alegre y satisfecho. con el sombrero un poco echado hacia la frente. los pescadores nos enseñan la paciencia: procurad también. lo echa de pronto hacia atrás. al mismo tiempo que traza una línea sinuosa.. Yo miro con discreción a un lado y a otro para ver si soy observado por estas damas elegantes. los mimbres crujen un poco. naturalmente. Los pescadores son seres estimables. Primero allá en lo hondo. Aquí veo unos pescadores. cuando tiene en la mano uno de estos gruesos «panchos» vivos. la vida. el pescador lo desentraba del anzuelo y lo echa en un lóbrego cesto. Yo veo que a intervalos —no. plano como este pez. Yo le doy los diez céntimos. donde las muchachas ríen y sonríen? No. Pero en el mismo instante en que yo estoy contemplando su blanca esfera. Yo lo tomo. decididamente. pero yo le he dicho que se esté aquí un rato con nosotros». sonriente: «Dice que quiere volverse abajo. Este pescador que yo observo. prosaicamente. desde ellas se pueden dominar panoramas extensos y pintorescos. Pero ésto lo hacen así. perdurables. el dar un pequeño paseo junto a los pescadores. en cambio. por fin. con irisaciones áureas en las aletas. prosaica. con el puño del bastón en la boca. ¿será una cadena de decepciones inacabables. Yo los entrego. informe.misteriosas cestas. cuando tiene en la mano uno de estos pescados que él ha cogido tras larga y pacienzuda espera. Y para desvanecer estos funestos desvarios. veo que un desconocido se va acercando a mí. como estas olas que llegan presurosas a morir en la arena? Y esta consideración frivola. ameno. Una inmensa llanura azul se abre ante mi vista. se lo lleva al oído. Yo tengo mi reloj en la mano. comienza a caer en un abatimiento hondo. esto es absurdo. pasear por la costa. vuelvo al salón y luego subo a la terraza. Yo me digo a mí mismo que esto es admirable. para mirar la hora. yo me siento.. ¿Por qué no he de sentarme en esta silla? Yo me siento.. tomar el tranvía. me lleva a otros más hondos y desconsoladores pensamientos. Las terrazas tienen una utilidad innegable. Acaso una vaga desilusión comienza a asomar en mi espíritu. este pescador. El sentarse en una cesta cuesta diez céntimos. Y mi espíritu. por desgracia. luego el pez es arrancado de su elemento y vuela por el aire. si estáis un poco fatigados de vuestras mujeres. con objeto . ligero como este pez. yo llego a Santander y voy caminando por los muelles. brillante como este pez. Las grandes cosas han de ser relatadas con palabras sencillas. emocionado. rápidamente. Y cuando mis ideas vuelan de nuevo por las esferas filosóficas.» El descubrimiento me regocija. Y yo digo a mi vez y para mí mismo: «Este pescador es el mayor ironista de Santander. Yo lo he sacado. ¿Quién es este hombre? ¿Qué quiere? ¿Qué significa este papelillo que me presenta? Este hombre me reclama diez céntimos: son los diez céntimos de la cesta. una tenue y grata satisfacción hace vibrar mis nervios. entre las aguas glaucas.

desciende entre las ondas tenebrosas como un pez libre. en lugar de marcharse a convivir con salmonetes. doy un violento salto. me alejo de este triste paraje. debería hallarse en las aguas. ligero. después de permanecer un rato inmóvil. para evitar que este anzuelo haga presa en mi pequeño sombrero. . que salta y vuelve a saltar en la cesta. y este reloj. trastrocadas por el azar y por el infortunio?». impenetrables causas se ha producido este fenómeno? ¿No es ésto algo así como cuando ponemos nuestras ilusiones en un ideal y luego la realidad triste nos lleva por distintos caminos? ¿No es ésto una imagen de nuestros destinos. jovial. de nuestras ambiciones desarregladas. en vez de estar en tierra firme. Yo estoy profundamente triste. que se ha perdido entre las ondas. de nuestras vidas. de nuestros amores. desenvuelto. y desaparece al fin en lo profundo. y en el mismo instante mi pequeño reloj salta también al agua. suelto y alegre. Y yo. rodaballos. debería reposar en mi bolsillo. ¿Comprendéis mi estupefacción? Yo lo miro absorto: él. panchos y merluzas.de lanzarlo con más fuerza hacia delante. Y yo torno a decirme: «Este pez. Yo. lenguados. ¿Por qué este trastrueque del orden natural de las cosas? ¿En virtud de qué misteriosas. He aquí una pequeña paradoja que dedico al querido humorista Luis Gabaldón.

a Canduela. acaso un pequeño industrial». y vive en una casa soberbia. os regala de cuando en cuando una frase ingeniosa. y decis: «He aqui un hombre perfectamente vulgar. esta dama discreta. Canduela es amigo de todos. he aquí un pobre hombre. y miráis asombrados a Canduela. que de pronto se estrecha y acaba en dos puntas agudas.. Canduela lleva un bigote que parece recortado. a los lados. por casualidad. Y así. Sin Canduela. y volvéis a decir: «He aquí un hombre sencillo. —¡Por Dios. Y vosotros tornáis a decir: «Sin duda. un bigote grueso. como todos. y en ella. Canduela luce una corbata indefinible. Pero os engañáis. tal vez un empleado de un Ministerio. que lo son todo. flexible. la vida en Zaldívar no se concibe. que está hablando con don Bernardo. es decir. Canduela come en silencio. intuitivo. he aquí uno de estos hombres raros. y tienen el arte exquisito de no parecer nada». tiene la cabeza redonda. un poco ingenua. Y oís que dice. estoy muy incomodado con usted. frente a vosotros. lo mismo que el vecino de la derecha. hablando de un conocido: «Sí. de un viajante de comercio. natural. dos largas y angulosas entradas. Y cuando van pasando los días.. un bigote que os recuerda los bigotes de los oficinistas de 1850. y ha viajado por países extraños. y se pasea en coche cuando le place. DON BERNARDO . poco a poco. con más asombro.. ingenioso. en «Lo prohibido». Canduela? —Ha pasado usted esta mañana por el parque y no me ha saludado. terrible. cortés. ejemplar y resumen del verdadero madrileño. gris. veis que este pobre hombre es un madrileño de casta. Pero Canduela se ha puesto a charlar otra vez con don Emilio. Y Canduela sigue comiendo. y el vecino de la izquierda. le mira estupefacta. que todos conocéis. él finge con ellas un ligero enfado cómico por tales o cuales fruslerías. él les tiende la mano en el estribo del coche. Él les pregunta el primero qué tal lo han pasado en la excursión que acaban de realizar. diligente. de aquí pasa a San Sebastián. de San Sebastián pasa a Biarritz. este pobre señor ha viajado alguna vez. os vais enterando de que Canduela —sucesor de un famoso banquero— tiene una fortuna considerable. fina.» Y otra vez volvéis a levantar la vista y a mirar con más sorpresa. un hombre fino. dice: «Yendo yo una vez en el rápido de Bruselas a París.. de un estudiante de Medicina. en «Ángel Guerra»? Canduela se halla sentado a la mesa. Canduela encanta a todas las señoras con su afabilidad sobria y oportuna. correcto y sencillo. lo conocí porque tiene su abono en el Real al lado del mío. de un violinista que toca en un café. negro. cuando habéis hablado ya largamente con Canduela.. La marquesa de Peña-Fuente. De pronto. llano.SILUETAS DE ZALDÍVAR CANDUELA ¿Dónde he conocido yo a Canduela? ¿En alguna novela de Galdós? ¿En «El amigo manso». Canduela. Y vosotros lo miráis un momento. que creéis haber visto mil veces sobre el pecho de un oficial quinto.» Entonces vosotros suspendéis en el aire el tenedor que os lleváis a la boca. —¿Por qué.. sobre las sienes. y el vecino de enfrente. excepcionales. irónico. en un expreso extranjero». un poco desencantado. —Marquesa.. os entera en dos palabras sobre la vida de tal o cual bañista.. Y entonces os recogéis sobre vosotros mismos. Canduela viene todos los años. Y Canduela baja la cabeza sobre el plato y simula un mutismo hosco. en «El doctor Centeno». de alpaca. Canduela! —exclama la marquesa con esa voz un tanto llorosa que vosotros todos también recordaréis. aunáis todas vuestras impresiones. Canduela viste un traje sencillo.

Y Merceditas. llena. don Bernardo. un poco pálida. ¿Cómo no tener derecho a chillar? ¿Cómo no tener derecho a indignarse si transcurren cuatro minutos en inacción forzosa de las mandíbulas? Imaginad un manchón ovalado. —Merceditas.. otra ancha pincelada blanca. como sugestionadas por esta otra aristocracia imperecedera del corazón y de la inteligencia. pobres burgueses. exclama don Bernardo: —¡Ya hace tiempo que no le he visto! —Está muy grueso —replica Canduela. mientras en un ángulo del diván las condesitas lozanas permanecen encogidas. y luego. y cuando creéis que ya el tema de este rápido diálogo ha sido olvidado. nadie sabe más. y tendréis el retrato de don Bernardo. un hombre que os inspira tales o cuales fantasías.. va cantando. mil pintorescos círculos y arabescos. con adornos blancos. cante usted «La Tosca». airosa. vosotros creéis tener ante los ojos una de esas antiguas fotografías que habéis visto en los álbums olvidados o en las salas cerradas desde hace largo tiempo. con la navaja. es decir. y cuando se pone uno de esos trajes —que aman tanto las americanas— un poco fastuosos. solitario. feroz. esbelta.. rojo. ¿sabe usted a quién vi el otro dia en Solares? A Benito. Merceditas es una cubana dulce. pero habrán hecho reformas. —¡Hombre! —exclama con una voz recia don Bernardo. suave. insinuante. viene a Zaldívar desde hace treinta y nueve años. que no poseéis un fragmento de pergamino. MARÍA . trazad en la parte inferior una pincelada blanca. digo que no he visto Solares hace tiempo. Merceditas no tiene.. que no sabéis dónde han vivido ni cómo se han llamado pero que os inspiran una súbita y profunda simpatía. suave. aquella del acto segundo. Y después de comer. que apostrofa a una criada porque el intervalo de plato a plato se le antoja muy largo. pero que en realidad no tiene nada de extraordinario. acaso. según confesión propia.. sería absurdo saber más. veis un tremendo roten. rosados. encendido. Cuando estáis más tranquilos en la mesa oís una gran voz que grita enfurecida: —Pero ¿qué escándalo es éste? Pero ¿es que vais a estar así toda la vida? Se trata de don Bernardo. Y se hace un largo silencio. afectuosa. —Don Bernardo —dice Canduela—. con estrechas rayas blancas. claras. un tenue y lindo mohín de desdén para con vosotros. una de esas fotografías desteñidas. él lo ha cortado en el bosque y ha ido haciendo en su corteza. dulce. perpendicular a ésta.. MERCEDITAS ¿Podré yo olvidar a Merceditas Arechavala? ¿Podía yo hablar de las condesitas lozanas y olvidar a Merceditas Arechavala? Merceditas no es condesa. cantando.. de pie ante el piano. —Debe de ser un edificio nuevo —dice Canduela. azules.Este es el reverso de la medalla. con el pelo negro. que más bien semeja el tronco gigantesco de un árbol. la melodía admirable con voz bajita. No me preguntéis más sobre la vida y dichos de don Bernardo. don Bernardo se aleja por la fronda apoyado en esta pértiga colosal. ¿Os extrañarán estos furores de don Bernardo? ¿Creeréis que el gritar de este modo en la mesa redonda es acaso abusivo? No lo extrañéis. Este es el bastón de don Bernardo. Merceditas es alta.. silenciosas.. con sus ojuelos microscópicos.. Cuando os retiráis de la mesa y vais a coger vuestro sombrero en la percha. poned en él dos diminutos granos de mostaza. —No —observa don Bernardo—. acariciadora. con su barbilla blanca como un fauno. —Es antiguo —contesta don Bernardo—. inteligente. majestuosa. de mujeres que no conocéis. con su cara encendida. Yo no sé más.

Hablo de María Esteban-Collantes. parándoos ante ella. ¿Qué hace María? ¿Escribe? ¿Lee? ¿Qué libro lee María? ¿A quién escribe María? No. Pero María no duerme. María no charla a gritos. A las diez. otras que nacen para solteras impenitentes. ni ama los atavíos llamativos. rascándoos mientras tanto la cabeza: —María. Y pasa el tiempo. por ligero que sea. sonría usted. también confusos. ella no se para.. al cabo de poco. y no prosigue hasta que el error ha sido perfectamente subsanado. ni que escribe una larga carta patética.. sino que sigue. cuando María comete un lapsus. cuando yo subo. a la semana de vuestra boda. —María. Vosotros os casáis con María (no tendréis tanta dicha. apesadumbrados. ella se detiene y torna hacia atrás. día tras día. Otro día. se levanta en silencio. Y María. ha ido ahorrando. un poco perplejos.. en cambio. abre un armario y os presenta una cajita repleta de billetes y de monedas que ella poco a poco. María da un beso al conde —su padre— y se sube a acostarse. Manolita es fina. ¿por qué tiene usted ese gestecillo de tristeza? Y María calla. cuya satisfacción es imposible demorar. de líneas correctas. un día. . sugestionadora. Manolita es la vivaracha y María es la grave. volvéis a decir.. Y entonces. otras que nacen para monjas. Su cuarto está junto al mío. —María —le decís vosotros—. sin mostrar pesadumbre. saltando por encima de todo. —María. nos hace falta comprar tal cosa y no tenemos ahora dinero. sin sonreír. Y vosotros no podéis imaginaros la luz misteriosa. De las dos hermanas —Manolita y María—.. porque no sabe qué contestar. reidora. loquilla. hay deudas que no se pueden pagar por el momento. mañana tendré que estar fuera durante todo el día. Cuando Manolita se sienta a tocar al piano y da una nota falsa. Una hora después. decís. es un supuesto). también temerosos: —María. esta noche no vendré a casa. o al mes. María está más llena. contesta: —Bien. Y María torna a decir. no imaginéis que María lee un libro de versos sentimentales. con naturalidad.. veo una rayita de luz bajo la puerta. que estas sonrisas de mujeres instintivamente melancólicas tienen. Y María sonríe. o a las dos semanas. flexible. existen atenciones. sigue. María no es romántica. con la misma naturalidad encantadora: —Bien. Hay mujeres que nacen para amantes. Vosotros estáis mohínos. Esta es María Esteban-Collantes. María Esteban-Collantes ha nacido para esposa. María nota vuestras angustias. y sus ademanes son más lentos. A simple vista os percataréis de sus temperamentos respectivos. María. ni ríe en estrepitosas carcajadas. cuando el salón está más animado. otras que nacen para esposas. vosotros tenéis vuestros agobios domésticos.

don Ignacio. las inhalaciones. todas estas figuras pálidas. las vaporizaciones. Tal vez don Ignacio lleva en sus labios una vaga sonrisa melancólica. don Pascasio. claro. sino extendido. de cloruro. las pulverizaciones. en la oficina. se mete en el agua diez minutos. Ya en Urberuaga no veis ni un solo niño. don Ignacio. que tosen en largos y profundos carraspeos.SILUETAS DE URBERUAGA LA MASA Don Juan. y el resto del día tiénelo libre para sus tráfagos y devaneos: puede decirse que en Cestona el bañista es un señor que por casualidad. pasean por la carretera y se aventuran a salir a los montes. caminando a lo largo de la carretera o sentados bajo los árboles. caminan de sala en sala en un ambiente de éter. de recelo. opaco. don Julián. beben. enervados. don Alejandro. don José. están sentados a la mesa. don Félix. con los que no se atreve. don Ramón. don Julián. En Cestona. Don Juan. don Andrés. bruscas. mas el dolor en los hepáticos es un dolor discreto. don Julián. en el Ateneo. un ambiente de ansiedad. Y ya no son los diez minutos frivolos y joviales de Cestona: son horas y horas de marcha febril por los pasillos con la toalla liada al cuello. recogidos sobre sí mismos. fuman. don Ramón. las consultas ansiosas y desesperadoras al médico. ¿Son hermanos? ¿Son marido y mujer? Yo no lo sé: yo los veo en todos los momentos juntos. don José. los dos leen un libro en que sus miradas hondas se clavan durante horas. toman las aguas de Cestona. don Alejandro. uno junto a otro. don Félix. El bañista no es un veraneante: es un enfermo.. quizá don Rafael os mira vagamente con ojos apagados. en el teatro. don Tomás. don Rafael. A veces un diálogo rápido es entablado entre los dos. altos. de desesperanza honda y latente pesa sobre vosotros. don José. la toma de agua en bebida. Don Juan. don Tomás. don Rafael. limpio. don Pascasio. inodoro. don Rafael. don Andrés. En Urberuaga. doloroso. don Félix. son como todos los hombres que vosotros tratáis en la calle.. sus actitudes de ansiedad. en la redacción. de sospecha trágica. el veraneante toma rápidamente su baño en un cuarto elegante. ella está intensamente pálida. de vapor escapado de las pulverizaciones. los dos callan. que no parece localizado en agudos y torturadores aguijonazos en una viscera tan sólo. los dos se sientan bajo un árbol en la explanada de la puerta. interminables toses. o en breves. Pero todos ríen. marchan por los pasillos. viste una blusa blanca y una falda azul. En Urberuaga no columbraréis ni uno tan sólo. Y siento en mi espíritu sus largos silencios. LOS DOS Yo veo a los dos a todas horas: él está intensamente pálido. ¿Qué dicen? ¿Qué palabras misteriosas son las . charlan. cóncavas.lleva un traje claro: ella camina despacio. Y es la larga complicación de operaciones enojosas que es preciso realizar y sufrir todos los días: el baño. don Ignacio. ¿Cómo ha de quedar tiempo en Urberuaga para otras cosas? ¿Cómo ha de haber en vuestro espíritu lugar para otra preocupación que no sea esta de la eficacia de las aguas? Y. El camina lento. Y adivino en ellos un convivir monótono. difluido por todo el cuerpo en una sensación vaga de desasosiego y malestar. Los dos son delgados. de preocupación. sus gestos de cansancio. don Andrés. acaso don Ramón tiene una ligera palidez en su rostro. ¿Comprendéis por qué se puede vivir en el hotel de Cestona como en otro cualquiera confortable y mundano hotel? Mas la decoración cambia bruscamente desde Cestona a Urberuaga. enardecidos. puesto el pensamiento en el proceso imperceptible de un hondo mal. En Cestona atruenan con sus trapatiestas y correrías los pasillos desde la mañana hasta la noche. por capricho. es posible que don Pascasio haga un tenue visaje de tristeza ante ciertos manjares. don Pascasio. en el tranvía. don Alejandro. en el Congreso.

.. resoplidos de locomotoras. ha erguido su busto y habla vivamente con ella. con el abanico apoyado en la boca. veréis —y este es su encanto originalísimo— que en ella el tipo de la maja castiza se entremezcla y confunde con el tipo novísimo de la mujer bilbaína. al llegar aquí preguntaréis: pero ¿existe en realidad un tipo de mujer bilbaína? ¿No es ésto una ficción? ¿No es ésto tal vez una galantería? No. ella. grita. —María. y se retira del balcón. trotes de caballos.. blancos. su gesto. con botas .. el ambiente era fresco. un poco inclinadas hacia delante. nudosas. más desenfadado. iban y venían. a la derecha. con botas brilladoras. El cielo estaba gris.que salen de sus labios? Él. con botas negras.. y era su madre. Porque María no tiene más claveles o —y esto es lo más seguro— no quiere desprenderse de aquéllos que le quedan. Y entonces ella se levanta y marcha. El bañista pasa: es un viejo reidor.» Y bien. no. abatido. y la leyenda dice: «Perdone por Dios. MARÍA María es la nota jovial del balneario. pone los codos sobre los muslos y apoya la cabeza entre las manos. ¿me da usted un clavel? María arranca un clavel y lo arroja a la calle. Hace pocas tardes yo contemplaba. esbelta. mientras él.. más grácil. No. fuertes. ella replica con la misma viveza. ¿me da usted un clavel? María arranca un clavel y lo arroja a la calle. se entrecruzaban coches.. flexibles. corrían. esta maja es María. con botas irreprochables. un poco rígidas. entre el estrépito. Él. lector. desenvuelta.. guarda un momento de silencio y torna luego a dirigirle la palabra a ella. Pasaban. he citado este «capricho» porque es acaso aquel en que el maestro ha puesto un tipo de mujer más esbelto. fina. con un mechón negro sobre la frente. rosa.. —María. la fronda de los árboles del paseo ponía su telón claro. de levantarse. tal vez con los pies un tantico grandes. vuelve hacia ella su cara con gesto de desdén. automóviles. ¿me da usted un clavel? Y María ríe. ligera. su manera de andar. de atravesar un salón. azules.. de donde torna al cabo de un momento. frente al puente. no quiero decir yo que María sea despiadada. elegante. camiones. un denso humacho negro se elevaba ante la arcada —hierro y cristal— de la estación de La Robla. —María. protesta jovial y ruidosa. El bañista pasa: es un señor de barba ancha con una gorra de visera caída. serpenteantes? Yo tengo ante los ojos uno de estos «Caprichos»: es una maja de pie. ¿me da usted un clavel? María arranca un clavel y lo arroja a la calle. implacable. si examináis sus ademanes. mas si la observáis de cerca.. recostado en la mecedora. —María. desde el pórtico de un café. chirridos de «troleys». Detrás de ella una mendiga se ha acercado a requerir su caridad. de mostacho gris retorcido. a la izquierda. cruzaban. encaminadas hacia el puente o de regreso del puente. pero calzadas todas. Y por el centro de la ancha vía.. tranvías. con la mantilla que llega hasta los ojos. Y vosotros. las bilbainitas con sus tocados estivales. no. ondulantes. de sentarse. a prima tarde. gritos de conductores. más elegante. Y María es un tipo parejo a éste. hacia la casa. con el sombrero echado atrás. al desgaire. ¿Habéis ojeado los «Caprichos» del maestro Goya? ¿Recordáis aquellas figuras femeninas esbeltas. allá en Bilbao. feroz. con el peinado bajo. todas —y este es un detalle indefectible—. Se oían silbatos agudos. El bañista pasa: es un joven con ancho jipijapa y rojas botas lucientes. el desfile ligero e incesante de las lindas mujeres.

todo lo olvidaréis ante su belleza fuerte y severa. y los dos giran y giran rápidos por el salón.. cierta placidez.. las características de la mujer bilbaína. no seguida. María marcha también con el busto un poco inclinado.. cierto sosiego en que se trasluce tal vez desencanto infinito. Y he aquí ya expuestas a la ligera.. . medio arrebozada la cara. notaréis en ella —crecida y educada en una época de enriquecimiento precipitado— un tenue matiz de ostentación y de ingenuidad en su atavío. mientras camina. Entonces creéis ver esta maja de Goya de que os he hablado. ¿me hace usted el honor de este vals?» Y María se levanta. Por la noche. tras la cena. y sus brazos caen sueltos a lo largo del cuerpo. no rauda. nudosa. si pertenece a las clases altas. María canta un zortzico al piano. o baila valses y rigodones. Por la mañana. María se pone sobre la blusa blanca una mantilla. El joven marqués de Pestagua. y así. al regreso de misa. mientras se levanta. o bien esas otras manolas de la ermita de San Antonio que el maestro ha pintado sobre un barandal recostadas. Y como María es viuda. ante sus ademanes decididos. en dos palabras. ante el ímpetu y el imperio de su persona. no con un paso uniforme y simétrico... que concuerda en maravillosa sincronía con el ademán y con el tipo.. resbaladizas. se asoma al balcón de los claveles. cierta majestad.elegantes. María es también fuerte. acaso. sobre las tablas lustrosas. «María. mientras baila.. se inclina ante ella con rígido movimiento de «gentleman». mientras se sienta. derecho. y tiene una barbilla suave que se repliega con un encanto extraordinario sobre el enhiesto cuello planchado. juntos los pies. María anda asimismo —característica acaso la más notoria de la mujer bilbaína—. veis en ella. Mas. sino con una serie armónica de rápidos e intermitentes avances. bien pronto.

pálido. del interior de España. piezas de sembradura amarillentas. rompiendo a trechos la austeridad del azul negro. una luz sutil. velada ante la bruma. bordeado de arbustos que se inclinan sobre sus aguas. tablares de habas. Ya nos acercamos al término del viaje. después volvemos a contemplar otro camino que se pierde allá en los montes. solitarias. frente a este pueblo que un mozo de estación con voz lenta. gallarda. Ya la mañana ha ido avanzando. haciendo resaltar toda la gama de los verdes. acaba de llamar Lora del Río? Asomaos a la ventanilla del coche. grisáceo. por lo alto del caserío. y se perfila pina. aparece la silueta de una torre. ¿No veis aquí . corre una línea de piteras grisáceas. ya el cielo no se extiende sobre nosotros uniforme. plomizo. con sus aguas terrosas. aparecen cuadrilongos manchones de un verde claro. plácido. Luego vemos de nuevo el río en otra sinuosidad callada. cuajados de florecillas rojas. Nos detenemos de pronto ante una estación rumorosa. aérea. les pueblecillos con sus torres sutiles. cuadros de olivos cenicientos. al romper el día. de una dulzura imponderable. ahora unos inmensos trigos aparecen y desaparecen rápidos. confortador. se levanta. destacan las casas blancas del poblado. Y ante él van pasando y perfilándose durante unos momentos los cortijos blancos. abrumadoras. cae sobre el campo. gualdas. llano. Nuestras miradas descubren otro pueblo: es Cantillana.LA ANDALUCÍA TRÁGICA I EN SEVILLA ¿No os habéis despertado una mañana. poco a poco va perdiéndose. caminos que se alejan serpenteando en amplios recodos. apenas si las fachadas diminutas refulgen blanquecinas. corre veloz. Y en sus laderas. dulce. las ringleras de álamos apartados. por el que los toros caminan lentos y levantan un instante sus cabezas al paso del convoy. un amplio telón de un azul sombrío. más tarde viene por centésima vez otro ancho prado. más arriba se extiende un inmenso ámbito de un verde claro. Son las primeras horas del día. El tren sigue corriendo. en primer término. el paisaje es suave. Y vemos extensas praderías verdes. ahora surge un huertecillo con una vieja añora rodeado de frutales en flor. por entre los claros del ramaje asoman las casas blancas del poblado. paralela a la vía. la torre de una iglesia. negruzco. más arriba destaca una línea de álamos. torna a aparecer en lontananza otro poblado por entre los espacios del ramaje. El cielo. es Brenes. y emergen acá y allá. plañidera. ¿Qué hay en este paisaje que os invita a soñar un momento y trae a vuestro espíritu un encanto y una sugestión honda? ¿Es el pueblo que se columbra a lo lejos bañado por esta luz difusa de la mañana? ¿Son las paredes blancas que irradian iluminadas por el sol que ahora nace? ¿Es este hálito profundo de sosiego que en este punto respiramos? Pero la voz plañidera de antes ha vuelto a resonar en los andenes. la serranía adusta. desde el obscuro hasta el presado. Abajo. cansados. El tren corre. el horizonte es de un color violeta nacarado. ya las lejanías no irradian inaccesibles. sedante. hosca. de florecillas gualdas. Ya no estamos en las estepas yermas. de un añil intenso. El tren corre vertiginoso. Y sobre este fondo difuso. Y en el fondo. opaca. unas palmeras. enervados. pone su fondo zarco.. de florecillas azules. aterciopelado. limitando el paisaje. llenos aún los ojos del austero paisaje de la Mancha. y más lejos aún. claro. desesperante. imperceptible. melódica.. tended vuestras miradas por la campiña. unas ramas curvadas. bermejas. Ahora aparece un pedazo de río que hace un corvo y hondo meandro. grises. después de una noche de tren. suave. se muestra rasgado en la lejanía por largas y paralelas fajas blancas. el tren torna a ponerse en marcha. esfumándose a lo lejos el pueblo. los anchurosos rodales de alcacel tierno. cierra la vista una neblina tenue. Allá en la linea del horizonte.

en tal cual viejo mesón. un tropel de mozos. pintorescos de la tierra sevillana? ¿No observáis ya estos gestos. por las que desborda un raudal de verdura. os conducen rápidos. yendo y viniendo. Estamos en Sevilla. tan privativos de estos hombres? ¿No archiváis. por las afueras de la ciudad. dicen las voces. El tranvía corta vías angostas. de vida desenvuelta e intensa. destaca la simbólica madeja. en un mercado. desde Tolosa al Guadalete». El tren acaba de detenerse. rítmicas las sevillanas con flores rojas o amarillas en la cabeza. tendidos a lo largo del cuerpo. estas mecedoras y este piano y en saltar sobre el primer tranvía que pasa por la puerta. por encima de una espesa arboleda. corre a lo largo de anchas avenidas con árboles. Mas vosotros sabéis que estos hoteles son iguales en todas las latitudes. retumban los golpazos de las portezuelas. estos movimientos tan peculiares. ¿No son estos mozos que platican en estos corros los célebres y terribles giferos sevillanos de que nos habla Cervantes en «Los perros de Mandes»? Y después. en las fachadas de vetustos casones. tan sonoros de Manara. a una fonda que tiene un blanco y limpio patio en el centro y en que hay unas mecedoras y un piano. Las calles son estrechas. y tornamos a internarnos en las callejas serpenteantes. Veis los patios nítidos y callados de las casas a través de cancelas y vidrieras. entre unos cipreses negros. surgiendo limpia. gesticula a lo largo de los andenes. Y estos empecatados mozos y caleseros no os entienden. leéis en los esquinazos de torcidas callejas estos nombres tan nobles. —¿Y Salú? —le grita al cobrador una mujer desde la acera. mas vosotros no tardáis en dejar este patio. vosotros tenéis ansia de conocer cuanto antes. limpias. que se os lanza y que os coge desde los pies a la cabeza? ¿Y este encorvamiento de espaldas y de hombros que se hace después de haber apurado una copa? La gente va. Y ya comienzan a desfilar los almacenes. de voluptuosidad. cruza plazas. que lleva colgada sobre el hombro la bolsa con una elegancia principesca. . de Rodríguez Zapata. cruzamos frente a la puerta de San Bernardo. con cierto aire de resignación suprema y mundana? ¿Y el desgaire y gallardía con que un labriego o un obrero llevan la chaquetilla al hombro? ¿Y esta mirada. de zarandear los brazos. a dos pasos de aquí se columbra el matadero. parece que hay en ellas una ráfaga de alegría. Hemos pasado junto a la catedral. los vendedores lanzan sus salmodias interminables y melancólicas. a las cuales el poeta Musset quería dar unas terribles serenatas «que hiciesen rabiar a todos los alcaldes. un viejo hace subir y bajar por largas cañas unas figurillas de cartón. estos ademanes. —¡Hoy tá mehó! —contesta a la pregunta con una voz sonora. bordeamos las viejas dentelleadas murallas.ya. esta mirada de una profunda y súbita comprensión. viene. El cobrador es un sevillano menudito. sonoras. Cuando salís de la estación. con elegancia? ¿Y esta suerte de permanecer arrimados a una pared o a un árbol. silba la locomotora. A faire damner les alcaldes de Tolose au Guadaleté. pasan raudas. «¡Manué! ¡Rafaé! ¡Migué!». de Andueza. atrás queda la cuadrada y gentil Giralda. para vuestros recuerdos. Y así. rítmicamente. esbelta. las fábricas. esta manera de comenzar a andar. frivolos. Y entonces la distante silueta de la torre gallarda va rápidamente destacándose con más fuerza. cuando se camina de prisa. tal vez se han acabado ya los mesones y paradores clásicos en Sevilla. airoso. un turbión de nombres de hoteles entra en vuestros oídos. Esto os place. creciendo. mirando de cuando en cuando las puntas de los pies? ¿Y este modo. os coge el equipaje. sin chabacanismo. los tipos castizos. a todas estas netas sevillanas. de maleteros. en los andenes. empedradas. maravilloso cielo violeta. grita. sin duda. en los balcones cuelgan ringlas de macetas. en este o en el otro castizo parador. lentamente. de intérpretes. sobre el fondo de un delicado. los talleres que rodean a las grandes ciudades. el tren se pone en marcha.

II EN LEBRIJA Ya estoy en Lebrija. pensad también en estos increíbles pajareros que hacen maravillas estupendas con sus pájaros. mi vieja y raída capa de hidalgo. loco. cegador. Las casas son blancas. Yo no quiero engañar al lector. caía el sol ardoroso. Y vamos caminando por un ancho camino polvoriento bordeado por dos ringlas de áloes. lejos de las quimeras y los ensueños hórridos de los pueblos del Norte. señoriles. «Lo que a mí me ocurre —decía Montaigne— es toda mi física y toda mi metafísica. todos los balcones se hallan de par en par. vuelve la cabeza. ni un periodista ilustre. se va acercando la hora de dejar a Sevilla. no zeñó. una modalidad de una elegancia insuperable? Las ideas se suceden rápidamente. estas rejas anchas. rítmica y enérgica a la par. pensad en estos barberos enciclopédicos que vemos al pasar frente a sus barberías. irónico y ligero? ¿No es esta misma ligereza. Benito López Cano. todas las casas están abiertas. Mas nuestro paseo ha terminado. Él se detiene un poco. grácil. Y así. un viejo caserón con su escudo enjalbegado de cal nítida. estas rejas soberbias. dos reales. Aquí queda nuestra ilusión de un momento por todas estas sevillanas que'cami-nan airosas por las callejas con la flor escarlata en sus cabellos de ébano. se grita con largas voces melodiosas. Y las rejas. desde la estación se veía el pueblo a lo lejos. —¿Cómo se llama usted? —le he preguntado yo a este mozuelo. de voluptuosidad. —¿Hay muchas fondas en Lebrija. la vida se desliza en pleno sol. Y yo he replicado. Hay otros moradores en tierras andaluzas para quienes la vida es angustiosa. mate. estas rejas nobles.1. suave. además. Y los sembrados. mustios. Ya comenzamos a caminar por las calles de Lebrija. Este lebrijanito. El cielo era de un azul pálido. abre anchos los ojos y contesta: —¡Ca!.. ha traído desde la estación. yo no soy un sociólogo. de todos tamaños y colores. sobre la campiña. tocan los organillos. nacen las actitudes gallardas. tostado por el sol. jovial. sobre los hombros. entre las viviendas modernas. Esa es la Andalucía trágica que ha venido por lo pronto a buscar el cronista.. yo soy un hombre vulgar a quien no le acontece nada. estas vetustas rejas de Lebrija.¿No veis en este hombre un filósofo auténtico? ¿No os agradaría tener una amena conversación con este sevillano? Mas todavía existen otros seres más filosóficos en Sevilla. gorjean los canarios.» Yo ni aun estas palabras del maestro puedo hacer mías. en este medio de enervación. livianos trajes ceñidos cubren los cuerpos. que ondulan sobre las lomas y se extienden por la llanada entre cuadros grises de olivos. casi agostados. ni un diligente repórter. Benito? —le pregunto yo a mi flamante amigo. Surge a trechos. no hay má que una. con unos ojos vivarachos. una torre fina. los músculos juegan libremente en un aire sutil y templado. descalzo. ¿No hay en el ambiente de esta ciudad algo como un sentido de la vida absurdo. Ya me encuentro en Lebrija. y un descuido y una despreocupación aristocrática nos hacen pasar agradablemente entre las cosas. los mozos marcan sobre las aceras cadenciosos pases de vals. anchas. de dos pisos las puertas y los balcones aparecen cerrados. se camina arriba y abajo por las callejas. A las once el tren ha llegado a Lebrija. —Pues bien. amarillean acá y allá. —Benito López Cano —ha contestado él. . yo le doy a usted las gracias y. casi secos. resaltaba por encima de las blancas fachadas y de los tejados negruzcos. Y es preciso ir a esta única fonda.

sobre todo. resignada. Yo he pasado por un zaguán largo y estrecho. En lo alto. puesta sobre la frente. claro. Y Consolación me hace pasar al comedor. Yo vuelvo a llamar dando unas recias palmadas. Y en el centro. implacablemente diáfano. —Benito —le digo yo a mi guía—. ni un ruido. en efecto. un cuarto. de Prim. con sonoros aleteos. que se para un instante. de Méndez Núñez. el pavimento es de losetas rojas. negros. Esta moza es. hay en un costado de la plaza unas sombras anchas y gratas. sobre un pedestal de granito. —Perdone usted. gallarda. así. un busto en bronce de Lebrija destaca con su cara rapada y sus guedejas. como en un soplo. La fonda está en un recodo de la ancha plaza. da una vuelta rápida y elegante que hace que su vestido revuele un poco y aparezca un pie breve. y una flor roja. ligero. sentados con gestos de tedio. El sol reverbera fulgurante en las blancas paredes. En las paredes penden unos paisajes rudimentarios. ingenuos. he llegado a un patizuelo blanco. con unos ojos anchos. En los ángulos del patio aparecen macetas de evónimus y aligustres. que cuando sirve a la mesa. —No. si no temiera yo ser impertinente. grasiento. Consolación —la digo yo. entre sus troncos surge el follaje obscuro de los naranjos. unas palmeras doblan en ella sus ramas inmóviles. Consolación. la comida transcurre rápidamente. y en ellas. oigo de pronto un taconeo rítmico. Y Consolación no parece. —¡A la paz de Dios! —grito yo cuando pongo los pies en el zaguán. y. chillones. os mira con su mirada atenta y torna a proseguir en su marcha indolente. Yo repito con voz más recia: —¿No hay nadie aquí? —¡Consolación. agudo. por las calles espaciosas cruza un labriego con su ancho sombrero blanco. y mientras tanto miro a Consolación. sosegado. ni una canción. enarcado sobre un tacón enhiesto. ¿dónde para esa fonda? —¡Yaetamo! —dice él. por el cielo pálido. treinta labriegos con los sombreros caídos sobre las frentes. Ya sospecháis que aludo a la ida . Consolación —le digo yo sonriendo—. Consolación! —se oye gritar allá en una pieza remota. unas palomas. cuando os quita un plato de delante para llevárselo.sobresalen todas sobre la acera un gran espacio y forman como diminutas estancias cerradas con cristales interiormente. volvería a decir que Consolación anda con una gallardía. Yo voy comiendo. tal vez sin rumbo. en el piso de arriba. Es muy bonita Consolación. una campana deja caer unas vibraciones cristalinas. Y así llegamos a la plaza. Nadie contesta. con una gracia extraordinaria. limpio.. por fin. Y de que he despachado las viandas. he venido a ver si había cuarto en esta fonda. luego he visto una puerta recia y me he aventurado a atravesarla. señalando una casa. pienso que es necesario hacer lo que mil veces he hecho en los pueblos y haré otras tantas veces. no he almorzado todavía. de cuando en cuando. reposan quince.. hay asimismo una lámina de las que se reparten a los suscriptores de «La educación política» con efigies de Serrano. donde un gato ceniciento duerme al sol y un canario trina voluptuoso. melancólica. una barandilla pintada de verde corre por lo alto. una moza alta. encendida. hay también un retrato de Castelar encuadrado en uno de sus discursos de las Cortes Constituyentes. sin duda. brillantes. pasan lentas. largas. y veo luego ante mí. Y no se oye en todo el pueblo ni un grito. —¿Ha almorzado usted ya? —me pregunta la moza. el aire es caliginoso. ¿Por qué no he de contar yo estas cosas pequeñas? En la fonda hay. Todo está en silencio. en el umbral de una puerta. de estupor. de Espartero y de López Domínguez.

¿Qué sucederá dentro de ocho. casi todos ellos encontraban trabajo en los viñedos cercanos de Jerez. —Juan —torno yo a decirle—. entró a saco en una tienda de comestibles.» Desde el 18 de Febrero los propietarios están facilitando medios de vida a los labriegos. tienen su pejugar. sencillamente. Todos estos obreros de Lebrija. una claror verde y suave se difluye por la vetusta estancia y deja en una vaga penumbra a las dos camillas —tan agradables— y los dos viejos sofás negros. mas todos. son las dos de la tarde. Es un salón espacioso y cuadrado de una vieja casa solariega. no hay d'aqui. la crisis se va acentuando de día en día. que sus mujeres y sus hijos tienen hambre. —Juan. Los otros no cuentan más que con el producto de su trabajo. ¿Por qué oficinas será preciso andar para .000. La sequía asoladora que reina ha destruido los sembrados. los labriegos siguen sentados. ¿no viene nadie a este Casino? —pregunto yo. Una columna de piedra sostiene el techo. El Casino está en la plaza. «Es un dolor —me dicen los propietarios— ver cómo estos buenos trabajadores entran en nuestras casas y nos dicen que no pueden comer. allá. tiene. dice: —Má. me llamo Juan. Yo estoy sólo en el Casino. el Ayuntamiento reparte entre ellos lo que se recauda en consumos. aprieta los labios y. De estos 3. hace pocos días tuve que ir a un pueblo de la provincia a ver a un amigo. —¿No se llama usted Antonio? —le pregunto yo al mozo del Casino. la paciencia se va acabando. «Hace pocos días —me decía en Sevilla un prestigioso periodista—. pero es preciso no olvidar que estamos en España. una estera limpia se extiende por el piso. de diez. Y no hay nadie en este Casino. Pero estos recursos van agotándose. cuando se cierran las persianas. Pero Jerez atraviesa por honda crisis. hoy se lograría aplacar la crisis con la construcción de la carretera a Trebujena. en la sombra ancha y grata. al cabo. Y al decir ésto hace ante la boca con su mano derecha un movimiento.000 almas. unos y otros. Los señores no salen de sus casas: no ponen sus plantas en la calle.. un medio de conjurar por lo pronto el conflicto. con sus sombreros sobre la frente. de veinte días? ¿No hay acaso ninguna solución por el momento? Hay.500 son pequeños terratenientes. no viene nadie —contesta Juan. las viñas están devastadas por la filoxera. silenciosa. la plaza permanece desierta. unos 1. —No. hambre. La carretera está ya concedida.» La muchedumbre campesina no es mala. —No —dice él—. no vienen ninguno —dice él con el mismo aire melancólico. ¿cómo marcha este pueblo? Juan da un hondo suspiro. inmóviles. hay en ella unos 3. señó. mú má. mas la orden para que comiencen las obras no acaba de llegar..000 jornaleros. el año pasado. enarca la ceja. no he visto nunca un Casino de pueblo con un mayor ambiente de familiaridad. los jornaleros de Lebrija no salen ya de este término. tristemente. están ya en igual situación angustiosa. inactivos. cabizbajos. —Pero ¿y los socios? ¿Y los señores del pueblo? —digo yo. exasperada. Existía antes para estos braceros un recurso. lector. y me aseguró que hacía dos meses que no salía a la calle. de sosiego. hace pocas noches la muchedumbre. de gutapercha —tan simpáticos—.al Casino. con que quiere indicar el acto de comer. en circunstancias análogas a éstas —pero menos apremiantes— encontraron trabajo en las obras del camino vecinal a Montellano. no puede dar trabajo. ¿Cómo van a salir del tremendo conflicto que se avecina propietarios y labriegos? Lebrija es una población de 14. lo que a cada labriego toca apenas si puede hacerle tolerable la vida.. Todos están parados. —Los señores. de intimidad.. la luz entra a raudales por cuatro anchos balcones. tienen su borrica.

tornan a levantarse. con los sombreros puestos sobre los muslos. —¿Cuántas libras tiene la arroba de aquí? —La arroba de aquí tiene 25 libras. —Una panilla —dice Pedro— es la centésima parte de una arroba. livianas. tienen hijos. —Vamos a ver —digo yo. de ese modo es imposible continuar. Ustedes necesitan un jornal. entristecidos. los que llenáis las Cámaras y los ministerios. yo deseo que ustedes me digan lo que piensan con franqueza sobre esta situación. Ginés y Antonio.. elocuentes— se ha vuelto hacia mí. que se encuentra a mi izquierda—. Manuel.. por las calles de Lebrija. —¿Una telera de pan? —pregunto yo—. por centésima vez las calles. vivos. los trabajadores de Lebrija estamos repartidos entre los propietarios. ¿De qué manera se gobiernan en sus casas en este trance? Pedro ha callado otro breve momento. oyen los lamentos de sus mujeres y de sus hijos. vosotros. los demás son Juan. se sientan en la plaza anonadados. ya lo ve usted. —Además —añade Pedro—.. de blanco lienzo. mano a mano. estos buenos labriegos caminan lentos. —¿Cuánto es una panilla? —torno a preguntar yo. dirigiéndome a Pedro. Estamos todos reunidos en torno de una mesa anchurosa. con los ojos hundidos. todos se hallan sentados con posturas un poco rígidas. el director de tal ramo. frente a frente.. ¿Qué es una telera? —Una telera —dice Manuel— son tres libras.. —Perfectamente —digo yo—. ustedes tienen mujer. dispuestos a charlar con espacio. una telera de pan. Con estos 60 céntimos ya supondrá usted que no podemos pasar. Todos van vestidos con sus chaquetillas ceñidas. nos dan media panilla de aceite y un poco de vinagre.lograr tal orden? ¿Qué cúmulo de firmas habrá que conseguir? ¿Qué gruesos y terribles cartapacios será necesario abrir y cerrar? ¿Cuántos y cuántos ordenanzas galoneados tendrán que ir arriba y abajo por los sombríos pasillos de los ministerios? ¿Qué conferencias tendrán que celebrar el jefe de este negociado. Pedro considera con rápida mirada a los demás. —Lo he visto —replico yo—. hoscos. He aquí las dos Españas. entran en su casa. perfectamente.. el oficial tercero de esta oficina y el oficial segundo de la otra? En tanto. exasperados. —Sí —observo yo—. ha dado una vuelta entre sus manos a su chapeo. en el Casino. . —Hoy —ha replicado— no tenemos jornal. que los que viven en las fábricas y en los campos vean en vosotros la causa de sus dolores. Vamos a ver. metidos en un cuarto cerrado. vuelven a salir. enardecidos. y eso es lo que comemos. y ha dicho: —Esto. Y Pedro —un viejo de ojos claros. estos propietarios dan diariamente a cada jornalero 60 céntimos. III LOS OBREROS DE LEBRIJA En el artículo anterior hemos tratado de bosquejar el fondo. lo estoy viendo. ahora vamos a apuntar las figuras. con estos 60 céntimos compramos pan. no puede etar peor. todos tienen las caras tostadas. pero yo quiero que me digan cómo viven en la presente situación. No hagáis. lo cocemos en agua. pero con tres reales. ¿Qué jornal ganan ustedes en tiempos normales en Lebrija? —En tiempos normales —replica Pepe Luis— ganamos tres reales y una telera de pan. Pepe Luis. escuálidas. media panilla de aceite y un poco de vinagre creo que no se puede vivir. sutiles. flácidas. tornan a recorrer.

un vasillo. nos afeitamos nosotros mismos. —¡Esa es la familia que tengo precisamente! —exclama Pedro. las botas despedazadas.—Y tenga usted en cuenta —añade Pedro— que no tenemos este jornal durante todo el año. Yo veo las chaquetillas ligeras. me parecen muy bien tres kilos. ¿Qué gastan ustedes en ropa? —Ya lo está usté viendo. Pedro. —¿Patatas? —Patatas le pondremos 10 céntimos. Pepe Luis. que cuesta 36 céntimos. no. —Entonces —digo—. Pongamos por la casa 15 céntimos diarios. Manuel. de cá tré mese. —¿Carne? Pedro se detuvo un momento. Los pantalones raídos. ¿cuántas? —Un kilo. ¿quieren ustedes que hagamos la cuenta por la menuda de lo que ustedes necesitan para comer? Todos sonríen un poco. —Pues pasemos al alquiler de la casa —digo yo. —Carne —dice al fin lentamente Pedro—. de ningún modo. supongamos que la familia de usted. Pedro. lo va uté a vé! —gritan Juan. —¿Vino? Se hace un nuevo silencio y surgen nuevas sonrisas. astrosas. Ginés. se compone de usted. morenito pa no exagéralo! —observa Pepe Luis. Ginés y Antonio sonríen. carne. —Vino —dice Pepe Luis—. Usted. ¿Cuánto pan necesita usted todos los días? —Necesitaré tres kilos. —En ese caso —replico yo—. Juan. —Pongamos —dice Pedro— 30 céntimos diarios. Manuel. Pepe Luis. —¡Y ha de ser morenito. —¿Y tabaco? —De tabaco. —¡Ea. Pepe Luis. agujereados. —¿Está ya todo? ¿No queda el gasto de la barbería y el de la limpieza de la ropa? —Por la barbería no pondremos nada. —Tres kilos los contaremos a 36 céntimos el kilo. ¿le parece a usté que destinemos 5 céntimos para jabón y que añadamos otros 10 para leña con que guisar? . 10 céntimos. ¿cuánto? —Dos panillas. ¿cuánto creen ustedes que debe ser el jornal mínimo diario? Pedro. Manuel y Antonio. —No. no tenemos que imaginar nada. —Veamos ahora la ropa. de su mujer y de tres chicos. Antonio. los sombreros grasientos. Ginés. no la probamos. o sea un real. Pedro. 16 y 18 reales mensuales —prosigue Pedro—. —¡Vamos allá! —exclama Pedro. —Aceite. muy afortunado puede considerarse el que de los doce meses trabaja seis. —Habichuelas. —Los alquileres suben a 14. necesita pan. Juan. —Ante todo —digo yo—. —¿Cuánto quiere usted que pongamos para la ropa? —vuelvo yo a preguntar. ¿Le parece a usted mucho? Yo me apresuro a protestar. En cuanto al lavado de la ropa.

Y éste no es un caso extraordinario. aun cuando esos terrenos incultos se expropiaran y repartieran. Manuel. ¿qué iban ustedes a hacer con ellos?¿No necesitarían ustedes medios para comenzar a cultivarlos? —No se nos oculta —contesta Antonio—. 9 reales y 24 céntimos. este jornalero la cultiva con todo esmero. que. que ha permanecido callado durante toda la conferencia.—Está bien —agrego yo—. están calculados todos los gastos con bastante modestia. las subarriendan a los pequeños terratenientes. Ustedes han pensado muchas veces sobre él: ¿qué creen ustedes que debemos hacer? Pedro. el crédito directo no existe. nosotros sabemos que el Estado no puede acometer esta reforma sin fomentar a la par el crédito agrícola. —En Lebrija —ha dicho Antonio— existen grandes extensiones de terrenos incultos. Pepe. Antonio es uno de estos hombres tímidos. pacientes. lo que va de diferencia entre lo que yo entrego y lo que él entrega es lo que yo creo que se me cobra a mí injustamente. —Pedro. yo pago por ella 31 pesetas y 25 céntimos. Y bien: si ustedes ganan 3 reales de jornal y necesitan tirando por lo bajo. Juan. la limpia con cuidado. a estos hombres que pasan inadvertidos por la vida. Antonio —le digo yo—. Las obras de la carretera que todos esperamos no harán sino aplacar esta angustia presente. y entonces. . que callan. Hoy. que el labriego ha trabajado durante unos años para mejorar unas tierras. ellos hacen las cosas grandes. cuando menos lo esperamos. Yo quiero que temáis y respetéis a estos hombres que a vosotros os parecen insignificantes y opacos. ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo vamos a resolver este conflicto? ¿Qué ideas son las de ustedes? Yo agradecería que ustedes me hablaran con entera confianza. Yo. —Pero. encogidos. Faltan cajas y Bancos que suministren a bajo precio dinero al labrador. el problema tornará a resurgir. ellos son tremendos. Antonio ha callado un instante. Antonio —les digo a mis amigos—: las cuentas que acabamos de echar no pueden ser tachadas de escandalosas. fiado en sólo la persona de éste. se yerguen en actitudes bravias y tienen en sus palabras y en sus obras una audacia y un ímpetu estupendos. Pepe Luis. lo más grave —y fíjese usted bien en ello— es que cuando se rotura una dehesa y es arrendada a un jornalero una parcela. Y así. como a un compañero. ha levantado la cabeza y ha comenzado a hablar. vamos ahora a sumar. Y la suma arroja un total de 2 pesetas 49 céntimos. Antonio. cuando se halla en este estado. Manuel y Pepe Luis se han mirado en silencio. he de advertir a usted que ya en Lebrija se va generalizando este sistema. y que los propietarios van arrendando sus tierras a unos pocos acaparadores. pero estos arrendamientos no sirven sino para enriquecer a los intermediarios. esos terrenos son los que creemos nosotros que el Estado debe expropiar a sus propietarios y vendérnoslos a nosotros a largos plazos. y que cuando esta mejora se ha realizado resulta que sólo sirve para que el dueño de la tierra se enriquezca. el dueño se la quita al jornalero para arrendarla en un precio mayor a otro solicitante. por ejemplo. para tomar 25 pesetas es preciso que tenga por lo menos bienes por valor de 500 el que ha firmado. no hay ni un propietario que facilite un duro a un jornalero.. y que de pronto. Ginés. Y no es ésto lo más grave de todo. La persona a quien yo entrego esta cantidad no es el dueño de la tierra. apocados. ellos guían e inspiran a las muchedumbres en las revoluciones. en Lebrija. esta persona a su vez tiene arrendado este pedazo y entrega por él al verdadero propietario tan sólo 11 pesetas. la hace producir lo más posible. Juan. a su vez.. el trabajador necesita que le abone una persona de capital. que conllevan todo resignado. Ginés. por ejemplo. Hoy hay en el pueblo pequeñas parcelas de tierra arrendadas a los labriegos. Y después hay que contar con que la tasa del préstamo asciende. llevo una fanega de tierra arrendada. ¿Tenían reparo en exponer su escondido criterio ante un desconocido? Y de pronto este Antonio. es decir.

va viéndolos. don Luis ha venido a buscarme. estas viejecitas que juntan sus manos sarmentosas y suspiran «¡Vigen de Came! ¡Vigen de Came!». en su marcha rápida. El Gobierno no conoce otro medio de solucionar la cuestión social. —Y esto que ustedes me dicen a mí ahora —resumo yo—. en que resonaban nuestros pasos. y con eso creen haber cumplido su misión ante la sociedad los ministros. Y yo he visto estos rostros flácidos. Y entonces comenzamos a andar por las calles anchas del pueblo. más exaltado: —Cuando nosotros pedimos ésto. empedrado. encogidas en un rincón. de buena fe. don Luis da unos fuertes resoplidos. Yo oigo atentamente cuanto me dice Antonio. jamás. febril. con voz más queda. ¡El médico! Seis u ocho puertas se abren en torno de todo el patio. ya están cansados los labriegos. de reflexión a los hombres que nos gobiernan. ¿No conocéis a don Luis? ¿No conocéis a este hombre tan inteligente. y que es preciso gastar también los 25 céntimos del documento. los comerciantes. por todas las demás puertas han ido saliendo los moradores de la casa. cuando hemos salido de esta casa. se nos mandan cuarenta o cincuenta guardias civiles. a través de las calles del pueblo. y que hay que pagar al corredor y convidarlo. delgado. rápido. —¡Gente! —ha gritado don Luis—. Y después. como acobardadas. Don Luis. afectuoso. ya en la calle. espaciosas rejas verdes. no se contesta a ellos. está un poco pálido. Ya están cansados los buenos labriegos de Lebrija. ¿Qué va a venir después de este cansancio? ¿No es ésta una interrogación formidable? IV LOS SOSTENES DE LA PATRIA Esta mañana. anda un poco encorvado. cuando nosotros solicitamos un permiso para celebrar una reunión. imperativa. pasa la mano por la barbilla a un niño. pintoresca. distendidos. tan discreto. a un 25 por 100. más vehemente. Y hemos penetrado en un patizuelo blanco. más tranquila: —Nosotros estamos ya cansados. No se escuchan nuestros razonamientos. Luego nos internamos en las calles de los barrios obreros. se nos enseñan los cañones de los fusiles. Y Antonio. Y luego. jamás. Y estas mozas escuálidas. se pasa la mano por la frente. ¿estamos ya? —Estamos ya. estas viejecitas andaluzas que no comen nada jamás. Y estas viejecitas. acartonadas. que poco a poco va apagándose. da a un mozo una palmada sobre el hombro. atusa ligeramente su tupé y comienza a hablar con voz regia. tose de rato en rato un poco. Ya estamos cansados los que movemos la pluma para pedir un poco de sinceridad. los industriales de toda España. exangües. tan afable? Don Luis es alto. mil veces! —gritan todos. sus compañeros asienten a sus palabras. tan bueno. señor don Luis. tan abnegado. apagándose. levantamos la cortina que pende ante una de ellas. el buen doctor se quita su . Y cuando se detiene en un corro de convecinos. cenceño. avellanadas. se lleva la mano al pecho y suspira con un leve suspiro. negrosos de los labriegos. hasta que don Luis calla de pronto. sale de otro. los obreros. ¿lo han pedido ustedes alguna vez en público? —¡Mil veces. Y en este punto. —Señor Azorín. examinándolos a todos: entra en un cuchitril. tal vez con una flor mustia entre el cabello crespo. ya están cansados los labriegos de toda Andalucía. afanosa. a las ocho. las saledizas.como regla general. de amor. sobresalen en las aceras.

ponga usted este . En 1899 ocurrieron aquí 461 fallecimientos. —Señor Azorín —me dice don Luis—. es que de este modo es imposible vivir. va presto de una parte a otra. leche. en este discretísimo don Luis que os hace pensar en un esfuerzo que fracasa. lo cierto. son pobres: necesitan carne. invadiéndolo todo: las ciudades. las aldeas.. —Yo no sé —prosigue el buen doctor— qué solución tendrá a la larga este problema. Hemos salido en nuestro paseo a las afueras de la ciudad. —Señor doctor —le digo yo—. ¡El médico! Y otra vez vemos las caras angustiadas. extendiéndose. fatalmente. amarillento a trechos. que exclaman: «Vigen de Came! ¡Vigen de Came!» Don Luis parece que entre esta gente. En 1902 el horror sube de punto.sombrero. se pasa la mano por la frente. Y en 1903 mueren 384. yo estoy enfermo. en este pueblo donde yo ejerzo. Y ya hemos puesto nuestras plantas en otro patio blanco y empedrado. y contemplamos las viejecitas acurrucadas en un rincón. ¿Ve usted la ironía aterradora que hay en recomendar estas cosas a quien no dispone ni aun para comprar pan del más negro? Y esto ha de repetirse todos los dias en todas las casas forzosamente. puesto que de 431 fallecimientos 60 son tísicos y 219 de miseria fisiológica. su palabra se torna lenta y opaca. yo ya no puedo más. Mas a poco. ésta es la realidad. entre 450 muertos. su charla es ligera. Y después. que yo me veo obligado a contemplar todos los días. durante un breve momento. obscurecidos. sin embargo. y oímos los plañidos sordos del dolor. los campos. Y sobre este dolor. ahora quiero especificar un poco más. todos estos enfermos que hemos visto. En 1901 las cifras son de 355. No se come. En 1900. —¡Gente! —grita don Luis—. Y la miseria va creciendo. decaídos en un ambiente que no es el suyo? —Don Luis —grito yo—. la falta de nutrición trae la anemia. ¿Qué hay en este excelente. es decir. entre los que se cuentan 55 tuberculosos y 133 de las demás enfermedades dichas. da esperanzas. esto es terrible. enorme: diríase que trata de iluminarse a sí mismo. se la lleva después al pecho y da un hondo suspiro. ¿Sabe usted de éstos cuántos corresponden a la tuberculosis? Cuarenta y seis. ante nosotros se extiende una llanura sembradiza de un color verde mustio. un vapor que recorre el Guadalquivir pone sus sutiles manchones negros sobre el cielo radiante. —Señor Azorín —me dice el doctor—.. —Señor doctor —le digo yo a don Luis—. por escasa o malsana alimentación. toda su energía cae súbitamente. tras una breve pausa: —Todos estos hombres. 38 y 82. No vivimos: morimos. esto es verdaderamente terrible. esto es un verdadero espanto. caldo. señor Azorín. Yo no puedo continuar haciendo por más tiempo este esfuerzo que hago cada vez que entro en una de estas casas. Le he dado a usted el promedio de la mortalidad en este pueblo. otra vez fuera. —Amigo Azorín —me dice él mirándome con sus anchos ojos entristecidos—. en Sevilla rebasa esta cifra. a más de 161 causados por enfermedades del aparato disgestivo. hace un esfuerzo supremo. en un medio tal de muerte y de ruina. sonríe. y 164 de las demás enfermedades citadas. 44 son tuberculosos. apagado. trágicas y percibimos las respiraciones fatigosas. En Madrid la mortalidad es del 34 por 100. son tuberculosos: éste es el mal de Andalucía. amable. Casi todos los enfermos que acabamos de ver. la anemia acarrea la tisis. esto no puede ser. que no llega a su máximum? ¿Qué hay en este hombre que os recuerda esas vidas que han debido tener otros más anchos y luminosos destinos y que viven. lo innegable.. en la línea del horizonte. en Lebrija. sus ojos se apagan.. pasa del 40 por 100.

este odio. lento. larga. cenceño. No hay tregua ni piedad en esta lucha. no quieren saber nada de los trabajadores. es sencillo. —Es la verdad escueta. la inanición. y que se aleja.. V ARCOS Y SU FILÓSOFO ¿Qué es lo que más cautiva vuestra sensibilidad de artistas: los llanos uniformes o los montes abruptos? ¿Cuáles son los pueblos que más os placen: los extendidos en la llanada clara o los alzados en los picachos de las montañas? Arcos de la Frontera es uno de estos postreros pueblos: imaginad la meseta plana. Esta no es una demagogia razonada. de los estragos que la tuberculosis hace entre los labriegos. Y en estos pueblos yo oigo lamentarse también todos los dias. literaria: es un nihilismo instintivo. Y los labriegos de estas regiones. Yo no he contestado nada al buen doctor. es sumiso. de una montaña. Los señores viven hoscamente metidos en sus casas.. que lame la piedra amarillenta. Una honda diferencia separa a unos y a otros: el patrono rebaja y escatima en el jornal cuanto puede. yo conozco detalle por detalle sus claros y rientes pueblos de Levante. fundamentales.. como huyendo de un espanto. no tienen trato ni comunicación con ellos. Después ha dicho. colocad al pie de esta muralla un río callado. se ha alejado rápidamente. de aguas terrosas. natural. estas dos ideas son las siguientes: primera. que constituyen a la hora presente toda su psicología.. señor doctor. entre el obrero y el patrono. Las mozas. y hace éste con la mayor desgana. Enormes extensiones permanecen incultas. un poco echado hacia delante. consideramos. hecha su obra destructora. de una angustia invisibles. como un nuirallón eminente.antagonismo. melancólicos. creciendo. consumidos. que. tendiéndome la mano: —Y éste es el corolario desconsolador de nuestra charla: España es una nación agrícola. Las tierras son cultivadas someramente. angosta. la poca o mucha consistencia de nuestro pueblo está en los campos. las abandonaron asimismo las amas que amamantaban a los niños de los señores. hambrientos. de momento en momento más enconada. pero en su cerebro se han metido dos ideas únicas. va creciendo. Y es un nihilismo que fomenta el desvío de los señores. haced que uno y otro flanco del monte se hallen rectamente cortados a pico. cuando la huelga famosa de Lebrija. el obrero dilata cuanto puede los descansos en el trabajo. tosiendo. alto. El doctor ha tornado a mirarme un momento fijamente con sus ojos ensoñadores. entre terreros y lomas verdes. más terrible. segunda. todas las esperanzas que pudiéramos alimentar sobre una reconstrucción próxima de España.. insidiosamente. instigadas y amenazadas por los novios. dando grandes zancadas. desaparecen. «el amo es el enemigo». será completamente inútil. el desamparo del Estado. que sube. —Doctor: cuando tocan de cerca estas realidades. «las leyes se hacen para los ricos». exasperados. todos los sirvientes de la ciudad se pusieron de parte de los huelguistas. No busque usted más. que baja. libresca. en tanto que los brazos están parados. Yo no he nacido en esta tierra. sostenes de la patria. Este obrero andaluz es bueno. En 1903. —Es increíble lo que usted me cuenta. las abandonaron también estas criadas viejas que llevan a nuestro lado quince o veinte años. poned sobre ella casitas blancas y vetustos caserones negruzcos. señor Azorín. Y el odio de estos labriegos acorralados. que ondula. cada día más poderoso. entre todas las regiones españolas. que la va socavando poco a poco. espontáneo. a los compañeros de usted. por la campiña adelante en pronunciados serpenteos. ornado de gavanzos en flor y de mantos de matricarias .. son diezmados por la tuberculosis. afanoso. la muerte lenta y angustiosa que la tuberculosis trae a estos cuerpos exangües. como las más florecientes las del Mediodía y las de Levante. abandonaron las casas.

forma una ancha herradura. en el estrecho patio sombrío. los preteles que penden en su chiquita tienda. que se quiebran súbitamente en ángulos rectos. el cielo azul se muestra. manchada por las plantas bravias. en el centro. ha aparecido un largo muro. el Guadalete trágico. vuelve a alejarse. dominadas por un picacho soberbio. Y vosotros proseguís en vuestro paseo: las callejuelas se enredan en una maraña inextricable. en lo alto. en primer término. El ruido de los pasos de un transeúnte resuena de tarde en tarde suavemente. El poblado comienza ya en la ladera suave de una colina. una nobleza. de estbs alfayates morunos. en él. Nos hallamos sobre un elevado tajo de doscientos. ya bajan a lo hondo en cuestas por las que podéis rodar rápidamente a cada paso. una majestad extraordinarias se exhalan del vasto panorama. pasan tal vez las horas. Sobre la cumbre de la montaña la muchedumbre de casitas moriscas se apretuja y hacina en una larga línea de cuatro o más kilómetros.. pavimentadas de guijos relucientes. Pasáis ante el obscuro zaguán de una casa solariega: por la puerta entreabierta. bajo nuestras miradas. no os estremezcáis. las ortigas y las higueras silvestres extienden su follaje. más tarde baja otra vez. van dando vueltas y más vueltas en el aire. Y cuando hayáis imaginado todo ésto. Y es preciso continuar en nuestra marcha para escudriñar la ciudad toda. de estos peltreros. Asomaos a uno de ellos: dejad reposar sobre el pretil vuestro cuerpo cansado: un panorama como no lo habréis visto jamás se descubre ante vuestros ojos. dentro. él. Ahora. al pasar. infausto. de estos talabarteros? En Arcos. como una estrecha cinta. penumbroso. desde un remanso de la corriente. se acerca hasta lamer la roca. Al cabo de la calle. al pie de la muralla. de un violeta suave. o acaso un gallo vigilante lanza al aire su canto.. un molino nos envía el rumor incesante de su presa. de estos carpinteros. A nuestra espalda. tranquilo y cauteloso. Y. que os ha visto contemplar un momento las enjalmas. bajo vuestros pies. vosotros. que se retuercen. Y hay en lo alto. Y él —¿cómo podéis dudarlo de un andaluz?— os va contando toda su vida. se extiende un breve trecho por el llano y llega hasta morir en la falda de otro altozano.. resbaladizos. Flota en el aire un vago olor a azahar. al par que camináis por calles y por plazas. No hay en esta serranía pueblo más pintoresco. En las quiebras y salientes de las rocas. allá en lo hondo. a vuestra mano izquierda. los ataharres. tal vez tintinea una herrería. de trescientos metros de altura.. Y abajo. con sus sones joviales. no busquéis entre vuestros recuerdos ninguna remembranza. por la que el agua se desparrama en borbotones de blanca espuma. Un sosiego. Tal vez vuestros pasos os conduzcan allá al final de una calleja serpenteante. veis un rodal de prado verde o un pedazo de río que espejea al sol. ¿No os encantan a vosotros — como al cronista— los viejos y venerables oficios de los pueblos? ¿No he hablado mil veces. a largos intervalos. vosotros no conocéis a este hombre. los gavilanes y los buitres con sus plumajes pardos. Estáis ante la casa del hombre más eminente de Arcos. ya suben a lo alto. os detenéis ante una puertecilla. en un recodo. las jáquimas. entonces tendréis una pálida imagen de lo que es Arcos. la campiña verde se pierde en lontananza en suaves ondulaciones. limita el horizonte una línea azul de montañas. sin embargo. unas callejuelas angostas. de estos herreros. casi esfumado en el cielo. entre las dos filas de casas de la vía. solitaria. insensibles. vense abiertos anchos portillos. a la izquierda está el pretil que corre sobre el tajo. en lo más viejo y castizo de la ciudad. después baja a lo hondo.gualdas. Y pasan los minutos rápidos. año por . y he de hablar otras tantas. vais registrando con vuestra vista los interiores de tiendas y talleres. luego comienza a subir en pendiente escarpada por la alta montaña. hoscas. en las altas callejas. un naranjo destaca su follaje esmaltado de doradas esferas. millares y millares de olivos cenicientos marcan en el gayo tapiz sus copas rotundas. os invita a pasar. coronada por blancas casas. a la derecha recomienza otra vez la peña.

con el afecto con que hablaríais a un viejo conocido—. El continúa: —Nosotro. mas posee una larga y sutil aguja con la que va cosiendo los albardones. dando suspiros. con una boca ancha y expresiva. . muncho. Y os disponéis a desandar la maraña de callejuelas enredadas. y lo asotaso que no están dando son lo consumo. Tío Joaquinito. él no pudre vidrios como Spinoza. El no sale de su taller. cerraduras sin llaves. suspira y resume: —Pero Nuetro Zeñó Jesucrito tomó pronto la angariya y se fué ar Sielo. pésimo. él ve pasar arriba. él tiene en su tiendecilla hierros viejos. con sus aleteos blandos. malos están los tiempos. infausto. día por día. levantándose de rato en rato para ir a una camareja contigua. los gavilanes pardos giran y giran en el aire. pésimo. trébedes. 1905. ¿Sospecháis acaso que este hombre ilustre se llama sencilla y afectuosamente el tío Joaquinito? El tío Joaquinito es bajo. llaves sin cerraduras. que palpita en el editorial de un gran periódico. encantados con su charla. tras de pasarse el pulgar y el índice por la comisura de los labios: —Usté es un hombre de rasón. Abril.. —Tío Joaquinito —le decís vosotros.. er lansaso é er cuarto trimestre. yo he nasío en er jariná de un molino. El tío Joaquinito da unos golpes sobre la albarda. y dice: —Pésimo.. Y después el tío Joaquinito da otros ligeros golpes sobre la albarda. Y luego.. trampas para los pájaros. He aquí —decís para vosotros— el pensamiento de toda España.. relojes descompuestos. hora por hora.año. irónica. pasar abajo a todos los vecinos. trágico2. ¿Sabe usté en qué nos paresemo nosotro a Nuetro Zeñó Jesucrito? Vosotros os quedáis mirando un poco atónitos al gran filósofo. y nosotro etamo aquí sufriendo a lo Gobierno que no asotan. pistolones mohosos. lentos. gordo. Lo tré clavo son lo tré trimestre de la contribusió. de donde torna exhalando un hálito de vino. él es un filósofo. Yo he corrió muncho. y una nariz redonda. lentamente. en el discurso pronunciado en el «meeting» y en las palabras de un talabartero filósofo perdido en una serranía abrupta. lo epañole. y por eso tengo la cabesa branca.. la corona de epina é la sédula persona. se desliza callado allá en lo hondo. etamo pasando la Pasió como Nuetro Zeñó Jesucrito. Un momento tornáis a asomaros por el boquete de la muralla: el río.

—¡Hombre! —exclama Rafael—. Rafael también se sube a otra silla y revuelve libros grandes y chicos. Se llamaba.. Sí.. don Andrés. y luego bajo: Azorín.. qué libros son los que publicó este escritor? —pregunta don Pascual. ha leído en el tejuelo: La Bruyere. creo que sí. yo recuerdo haber visto aquí algunas veces ese libro. sonríe.. se para un momento en el centro del despacho. Años atrás andaba por aquí un libro de él. Rafael. cansado de pensar—. un escritor que vivió aquí hace muchos años. . mira a Rafael. ¿Conque publicaba libros? Entonces era un escritor de consideración. —¿Azorín? ¿Azorín? —pregunta don Andrés. Y da tres o cuatro golpecitos más en el suelo con el bastón. Don Pascual se sube a una silla y va registrando los volúmenes del estante. esto era un pseudónimo. —¿Era de aquí ese escritor? —pregunta Rafael. sí. el nombre era otro. —No recuerdo —dice al fin. él me decía que había hablado con él muchas veces en el jardín del Casino viejo.EPÍLOGO EN 1960 —¿Qué quiere decir esto de «Azorín?» Rafael ha cogido un libro del estante. se queda pensativo. pero no lo consigue. —Y ¿dice usted que se llamaba Azorín? —No.. —¡Hola. que no ha oído hablar sino muy vagamente de este personaje—.. ¿no fué autor dramático? —No —contesta don Pascual—. —Pero ¿vivía aquí siempre? —pregunta Rafael. da unos golpecitos con el bastón en el suelo. tratando de sacar de los escondrijos de su cerebro el nombre de este escritor.. y este libro vino a parar aquí... sí —afirma don Andrés—. don Andrés! —dice Rafael. sí. Pero ese Azorín. «Les caracteres». con el tiempo.. —¿Dice usted libros? —replica don Andrés—. yo aseguraría que fué novelista. señor. —Sí. —Es extraño —dice—. pero se lo he oído contar a los viejos. pero este nombre es el que usaba siempre en sus escritos. que yo le vi leer algunas veces a mi padre. —Es —dice don Pascual— un escritor que hubo aquí hace cincuenta o sesenta años. Yo no le conocí. mira a don Pascual. De pronto entra don Andrés. Sí. Don Pascual permanece silencioso. ¿De modo que en este pueblo hemos tenido un escritor? —Yo creo que tenía antes por aquí uno de los libros que publicó —dice don Pascual. sí. absorto. un momento. pero debe de haberse perdido. que es un poco aficionado a la literatura. —No sé —contesta don Pascual—. y dice: —¡Bravo! ¡Bravo! Hoy están ustedes entregados a la literatura. este libro debió de ser de él. y se ha vuelto hacia don Pascual para preguntarle qué significa esta palabra. Su padre de usted decía que él había conocido a Azorín. —¿Usted recuerda. —Estábamos buscando un libro de aquel escritor que hubo aquí que se llamaba Azorín —añade don Pascual. se desharía. —Y ¿cómo lo tiene usted? —Probablemente él tendría alguna biblioteca que. —Mi padre era de su misma edad —dice don Pascual—.

orden! —exclama don Fulgencio. —No es eso lo que yo le oí a don Frutos. Don Fulgencio entra.—No —contesta don Pascual—. pero él pasaba largas temporadas en Madrid y solía venir al pueblo los veranos. señor —contesta don Pascual—. Don Frutos decía que él vivió en la calle de la Fuente. publicó un libro de versos. durante esta breve discusión. Rafael. ha continuado buscando el libro en los estantes. Y se guarda un libro en el bolsillo. estábamos aquí diciendo si este Azorín era novelista o autor dramático. en la casa que hoy es de don Leandro. para desquitarse de este modo de sus pesquisas infructuosas. —Si. no —afirma con la misma convicción de antes don Fulgencio—. que no quiere disgustar a don Pascual ni ponerse mal con don Fulgencio. en la casa que hace esquina a la del Espejo. Yo tengo entendido que Azorín estuvo en algunos periódicos de Madrid y que. yo respeto las opiniones de ustedes. ¿se refieren ustedes a un escritor que hubo en este pueblo que se llamaba así? —Sí. pero creo que el libro que yo he visto años atrás era de prosa. donde hoy vive don Bartolomé. yo lo he tenido muchas veces en mis manos. —¡Orden... y que en definitiva no ha visto nunca la obra de Azorín—. —No. su familia sí vivía aquí. no llega a ponerle en este trance. .. este señor es capaz de hacer un esfuerzo y recitar una poesía de Azorín. no —contesta don Pascual—. —¿No lo encuentra usted? —le pregunta don Pascual. pero don Pascual. ¡Hombre! Yo tengo un cierto recuerdo de que era prosa. ¡Si estaré yo seguro de que eran versos.. cuando llegué a aprenderme algunos de memoria! Si le aprietan un poco a don Fulgencio. que le respeta. —¡Orden. de versos —afirma con una profunda convicción don Fulgencio.. que yo me acuerdo muy bien de lo que he visto —se atreve a decir don Pascual. asegurándose las gafas sobre la nariz—. —Entonces. pero al mismo tiempo recuerdo también haber oído recitar algo de Azorín así como versos. dónde vivió Azorín? —le pregunta don Pascual. él vivía en la calle de los Huertos.. —¿Dice usted de versos? —pregunta Rafael que ha escrito algunas poesías en un semanario de la provincia. dolido de que se pongan en duda sus palabras—. Ese libro es de versos. Conviene no confundir a este escritor que se firmaba así con otro que hubo años después y que escribió algunas obras para el teatro. —¡Caramba! —exclama don Fulgencio—. ¿ese libro de versos será el que andamos buscando aqui? —Perdón —dice sonriendo don Pascual—. —¡Caramba! —exclama don Fulgencio. señor. Don Pascual se contenta con volverse hacia don Andrés y preguntarle: —Y ¿usted qué opina? ¿Recuerda usted si era de versos o de prosa el libro de Azorín? —¡Hombre! —exclama don Andrés. señor. —¿Usted sabe. —Mire usted. don Fulgencio. orden! —torna a repetir don Fulgencio—. Ante todo. No —contesta Rafael—. no. don Fulgencio. que le trató también mucho —replica don Andrés—. —No. el médico. además. Les veo a ustedes discutiendo terriblemente. —Yo tengo idea —observa don Andrés— de que vivía en la calle de la Fuente. pero me voy a llevar éste. Un reloj suena las cuatro.

Y todos salen.—¿Dónde vamos esta tarde? —dice don Fulgencio—. notes . ¿A la Solana o al huerto del Herrador? —Iremos al huerto y veremos cómo marchan los membrillos —contesta don Andrés.

. —(Nota de Azorín. con esto. ¡Eh. Advierto a usted que. Azorín. . 2. Sr. Azorín: otra vez en este capítulo lo de trágico e infausto aplicado al Guadalete. Sr. escrito en 1905! Fíjese usted. —(Nota de Azorín en 1914).. cuidado. en 1914).Notas a pie de página 1.

Table of Contents LA FIESTA SARRIO LA NOVIA DE CERVANTES LOS TOROS EL BUEN JUEZ UNA ELEGÍA UN TRASNOCHADOR UNA CIUDAD EL GRANDE HOMBRE EN EL PUEBLO EN LOYOLA EN URBERUAGA UN HIDALGO EL IDEAL DE MONTAIGNE LA VELADA EL PEZ Y EL RELOJ SILUETAS DE ZALDÍVAR SILUETAS DE URBERUAGA LA ANDALUCÍA TRÁGICA EPÍLOGO EN 1960 Notas a pie de página .

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