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FRAY DOMINGO COSENZA - CUANDO ISRAEL ERA NIÑO - HISTORIA DE LA BIBLIA II

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fray Domingo Cosenza OP

Cuando Israel era niño
(Os 11,1)

Historia de la Biblia

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Bajo la sombra del dominio egipcio
a religión de Israel hace una referencia a los antepasados remotos del pueblo al proclamar su fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Esta creencia es la que también Jesús compartió y en la cual se apoyó su predicación sobre el Reino de los Cielos (Mt 8,11) y su esperanza en la resurrección de los muertos (Mt 22,32). Pero, más allá de la vinculación a la persona de sus antepasados, el Dios de Israel llegó a ser reconocido por las sucesivas generaciones de creyentes en referencia a una acción que determinó la historia del pueblo: la liberación de la esclavitud egipcia. En efecto, cuando un israelita ofrecía en las fiestas las primicias de los frutos de la tierra pronunciaba la siguiente profesión de fe: «Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio a YHWH, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. El vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios. El nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel. Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo que tú, YHWH, me diste» (Dt 26,5-10) En un acontecimiento del pasado los israelitas reconocieron la mano poderosa de su Dios, que se mostró más fuerte que el soberano de Egipto. No había sido un logro de ellos superar la esclavitud, sino que había sido YHWH quien los liberó de Egipto, de la Casa de la esclavitud (Ex 20,2). Esa intervención había hecho posible la supervivencia de un pueblo oprimido y, por tanto, en esta certeza se apoyaría en lo sucesivo la existencia de la nación y su propia identidad.

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Extranjeros dominadores en Egipto
La memoria celebrativa del israelita de tiempos posteriores hace referencia a un ancestro «errante que bajó a Egipto y se refugió allí» (Dt 26,5). El ingreso de nómadas en Egipto aparece documentado ya en el relato del fugitivo Sinhué, compuesto a comienzos de la XII dinastía faraónica, tal vez en la época de Sesostris I (1962-1928 aEC). En dicho texto se menciona un dispositivo de defensa llamado los Muros del Príncipe. Edificado por el Faraón Amenemhet I (1991-1962 aEC), habría tenido la finalidad de evitar
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invasiones al territorio egipcio, de un modo semejante a otras construcciones posteriores, como la Gran Muralla en «Atravesé el río en una balsa sin tiChina o el Muro de Adriano en món, gracias a la brisa del viento del Britania. La existencia de este oeste, y pasé al este de la Cantera en Muro estaría manifestando que lo alto de «La Dama de la Montaña las incursiones de extranjeros Roja». Después que me pusé en cano constituían fenómenos espomino hacia el norte, alcancé los «Murádicos. ros del Príncipe», que habían sido Pero el relato de Sinhué suconstruidos para repeler a los Setyu y giere también que los extranjepara aplastar a los Corredores de Areros no siempre llegaron a ser nas. Permanecí agachado en un matorral, temiendo que los centinelas de una amenaza, ya que este miemguardia ese día sobre la muralla pubro de la corte faraónica encondieran verme. Me pusé de nuevo en tró hospitalidad entre unos hamarcha por la noche» bitantes del desierto que lo habían conocido en anteriores viLa historia de Sinuhé. sitas al país del Nilo. A juzgar por su reacción amistosa, estos nómadas debieron haber sido acogidos también de una manera hospitalaria en Egipto. En el mismo sentido apunta la famosa escena pintada en la tumba de Khnem-Hotep, funcionario que también vivió como Sinhué durante la XII dinastía. En ella un grupo de 36 nómadas, compuesto de hombres, mujeres y niños, son representados ingresando pacíficamente en el país con sus animales y con obsequios para el príncipe. El líder del grupo lleva un nombre semita, Ibsha, y ostenta el título de hikau khasut (dominador de un país extranjero). Sin embargo, pocos siglos más tarde los llamados dominadores extranjeros se convertirán en objeto de pésimos re

Un Muro para custodiar la frontera egipcia

Pintura de la tumba de KHNEM-HOTEP, en Beni-Hasam. El nombre de Ibsha, el jefe del clan representado, recuerda al nombre semita del servidor del rey David, «Abisay, hijo de Seruyah» (1 Sa 26,6).

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Los hiksos en Egipto
«Desde Oriente, un pueblo de raza desconocida tuvo la audacia de invadir nuestro país y, sin dificultades ni combates, se apoderó de él a la fuerza. Se apoderaron de los jefes, incendiaron salvajemente las ciudades, arrasaron los templos de los dioses y trataron a los indígenas con la mayor crueldad, degollando a unos, llevándose como esclavos a los niños y a las mujeres de los demás. Al final, llegaron a hacer rey a uno de los suyos llamado Salitis. Este príncipe se estableció en Menfis, imponiendo tributos al país y dejando una guarnición en las plazas más convenientes. Sobre todo fortificó las regiones del este, ya que preveía que los asirios, más poderosos algún día, atacarían el reino por allí. Como hubiera encontrado en el nomo Setroítes una ciudad de una posición muy favorable situada en el brazo Bubástico y llamada Avaris según una antigua tradición teológica, la reconstruyó y la fortificó con murallas sólidas... Al conjunto de esta nación lo llamaban hiksos, es decir reyes pastores». Manetón de Sebennitos, Historia de Egipto.

cuerdos para la historia de Egipto. Manetón de Sebennitos, autor del siglo III aEC, se habría referido a ellos cuando dio globalmente el nombre de hiksos a los grupos invasores que sometieron el país a partir del siglo XVIII. La dominación de estos pastores del este se prolongó desde 1730 aEC, fecha que los situaría en la época de las migraciones que afectaron a todo el Oriente Medio. ¿Cuál era el lugar de procedencia de estos invasores orientales? Un texto encontrado en 1935 por H. Chevrier en el templo de Karnak, narra el propósito de reconquista por parte del faraón Kamosis, replegado en el sur del país. Para hablar de los ocupantes extranjeros utiliza el mismo vocabulario mediante el cual Sinhué designaba a los habitantes del país adonde había huído: Aamu sedentarios y Setyu seminómadas. Se trata, entonces, de la tierra de Canaán. La historia bíblica de José, que narra su encumbramiento como visir del Faraón (Gn 41,40ss), encajaría bien en este contexto de dominio extranjero, en el que no resulta extraño que un semita alcance un alto puesto en el gobierno de Egipto.
Sello de Apofis, rey hikso de Avaris (1581–1541 aEC).

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Propósito de reconquista egipcia
«Su Majestad habló en el palacio al Consejo de los Grandes que están en su séquito: «Yo estoy informado de lo que es mi poder. Un príncipe está en Avaris, otro en Kush y yo me siento en asociación con un Aamu y un Nubio. Cada uno de ellos posee su parte de este Egipto, repartiendo el país conmigo. Yo no puedo llegar hasta Menfis, las aguas de Egipto. Mira, él (el jefe hikso) tiene Shemun y nadie puede establecerse, al ser despojado por los impuestos de los Setyu. Yo combatiré con él de manera que pueda abrirle el vientre. Mi deseo es salvar a Egipto y derrotar a los asiáticos» Estela de Kamosis.

Pero a pesar de sus deseos, Kamosis no consiguió echar a los hiksos de Egipto. Fue el Faraón Ahmosis quien se apoderó de Avaris, persiguió a los invasores hasta Asia y dio comienzo al Imperio Nuevo. Con la toma de Sharuen (hacia 1550 aEC) el dominio hikso en Egipto llegó a su fin. La reconquista derivó naturalmente en un brote de patriotismo, pero también de xenofobia, que desató la sed de venganza de los egipcios contra los invasores. Quedaría probablemente entre la población de Canaán el recuerdo perpetuo de aquella expulsión de sus ancestros de la tierra de Egipto. Allí puede estar uno Hacha del faraón Ahmosis, que muesde los nucleos de la tradición del Éxodo tra al rey abatiendo a un invasor hikso. (Ex 12,33). A las expediciones punitivas en suelo asiático siguió, bajo Tutmosis III, la conquista sistemática de las plazas fuertes desde donde habían partido los hiksos. Desde el año 1470 Tutmosis realizó una serie de diecisiete expediciones, que inmortalizó en las estelas del templo de Karnak. Una de esas inscripciones cuenta la batalla de Meguido, en la que el faraón tuvo que enfrentarse con una coalición de 300 príncipes. La estela menciona los nombres de 119 ciudades cananeas conquistadas, empezando por Kadesh, que capitaneaba la coalición. En Meguido, el botín fue inmenso, ya que la ciudad era muy rica.
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De este modo no sólo se concretó la formación de un imperio extendido en suelo asiático, sino también se abandonó el aislamiento que había caracterizado al estado faraónico desde su creación 1500 años atrás.
Tutmosis abatiendo a sus enemigos. Debajo se enumera la lista de las ciudades conquistadas, representadas por el nombre escrito en jeroglífico en el cuerpo de los cautivos atados. Relieve del templo de Karnak.

Tutmosis III vence a la coalición de ciudades asiáticas
«El ala sur del ejército de su Majestad estaba sobre una colina al sur del río Quina y el ala norte estaba al norte de Meguido. Su Majestad se encontraba en el centro, mientras que Amón era la protección de su cuerpo en la reyerta y la fuerza de Set estaba en sus miembros. Entonces su Majestad les venció. El miserable enemigo de Kadesh y los príncipes de todos los países extranjeros hasta Naharina reunidos a su aldedor, a saber... los de Huru, los de Kode, sus caballos, sus ejércitos y sus gentes. Ellos huyeron precipitadamente hacia Meguido con los rostros asustados, después de haber abandonado sus caballos, sus carros de oro y plata, para que se les pudiera subir a esta ciudad izándolos por sus vestidos. En efecto, si el ejército de su Majestad no hubiera decidido apoderarse de los bienes del enemigo, el ejército habría tomado Meguido en ese momento».

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Presencia egipcia en Canaán
Durante casi tres siglos (de 1460 a 1170 aproximadamente), las tierras bíblicas estuvieron sometidas a la dominación directa de ALASHIYA (Chipre) los egipcios. Esa larga dominación tuvo repercusioSumura nes decisivas sobre varios aspectos de la vida política de la región. El control Kumidi Mar Mediterráneo egipcio era ejercido sobre los reyezuelos locales, que CANAAN conservaban su autonoBet-Shean mía como «siervos» o triJope butarios del faraón. Sólo Gaza tres centros de la región Rafia eran sede de gobernadores Silé egipcios: Gaza, Kumidi, y Ruta de Horus Sumura. Había guarnicioEGIPTO nes egipcias también en algunas otras localidades: en Jope y en Bet-Shean. A lo largo del siglo XIII, se produjo una renovada presencia. Se conocen diversas «residencias» egipcias del período comprendido entre el reinado de Seti I y el de Rameses III.

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A B H
La «ruta de Horus» en las representaciones egipcias de Seti I en Karnak. La ruta llega a Sile (1) en el brazo oriental del Delta, a Rafia (2) a la entrada de Canaán, a través de una

C I

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Estas fortalezas se hallan concentradas para vigilar las rutas comerciales: la llamada «ruta de Horus», entre el Delta y Gaza, fortificada por Seti I, y luego las rutas caravaneras transversales que conducían al golfo de Aqaba y a las minas de cobre de Timna, explotadas directamente por Egipto durante todo este período. Conocemos las relaciones mantenidas entre los príncipes cananeos y la corte egipcia a través de la correspondencia que dirigían los vasallos al faraón Amenofis IV (1379-1362). Unas 350 de estas cartas fueron descubiertas en 1887 en Tell el Amarna, sitio de la antigua capital Akhetaton. El faraón les exigía a todos ellos un juramento de sumisión tan breve como absoluto: «No nos rebelaremos nunca [o nunca más] contra Su Majestad», aparte del reconocimiento de su condición inferior, que los predestinaba a la sumisión total. El juramento se concretaba en el suministro anual del tributo, en la obligación de hospedar a los mensajeros y las caravanas egipcias que estuvieran de paso, en la obligación, también, de procurar las mercancías exigidas, e incluso de suministrar princesas para el harén Velando por los intereses de Egipto real, acompañadas de una rica dote. Y se con«He oído las palabras del rey, mi señor y mi Sol, cretaba además en el y aquí estoy, protegiendo a Meguido, ciudad del rey, mi señor, día y noche: de día protejo desde compromiso de «protelos campos con los carros, por la noche protejo ger» la ciudad que les las murallas del rey, mi señor. Pero mira que es había confiado el faraón: fuerte la hostilidad de los habiru en el país». protegerla de los enemigos externos, pero tamCarta (88) de Biridiya de Meguido bién regentarla con efi

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F E D J K L M

serie de fortalezas (A, B, C, D, E, F, G) y de pozos/estanques (H, I, J, K, L, M). El faraón regresa de su campaña en Canaán trayendo prisioneros (izquierda).

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El faraón, luz del mundo
«Al rey, mi señor, mi dios, mi sol: así dice Milkili, tu siervo, el polvo de tus pies. Me he postrado siete veces y siete veces a los pies del rey, mi señor, mi dios, mi sol». De la carta (251) del rey Milkili de Gézer al faraón Amenofis IV.
Los reyes locales se dirigían al faraón llamándolo «dios», y se prosternaban ante él rostro en tierra y de espaldas. Se declaraban a sí mismos «terreno que pisa» y «escabel situado a sus pies». Relieve de la tumba de Horemheb, en Sakara (1345-1318 aEC).

cacia y en disposición de responder a las exigencias de los egipcios. A cambio de todo eso, el faraón concedía la «vida», cuyo monopolio detentaba y de la cual era dispensador benévolo. La «vida» era, en sentido político, el derecho a reinar como vasallo. Pero según la ideología egipcia era algo más preciso y concreto: era un «soplo vital» que salía de la boca del faraón (con su aliento, con sus palabras) en beneficio de quien era admitido a su presencia o era destinatario de sus mensajes. Para los súbditos egipcios, la «vida» era la entrada en un circuito redistributivo, por medio del cual el faraón concedía el alimento necesario para vivir. Pero en muchas ocasiones había que rogarle. El faraón era, en efecto, un dios lejano, que los reyes cananeos encontraban silencioso, incomprensivo y poco fiable. Los reyes estaban entre ellos acostumbrados a un sistema de relaciones políticas basado en la reciprocidad, que no tenía correspondencia en la ideología egipcia. Estaban habituados a ser fieles a su señor, pero esperaban recibir a cambio protección . Por consiguiente, pretendían tener el trono garantizado contra los ataques externos o contra las insurrecciones internas. Estaban acostumbrados a pagar su tributo, pero también a ser ayudados en caso de necesidad. Estaban acostumbrados a responder a los mensajes de su señor, pero esperaban que éste respondiera a su vez a los mensajes que ellos le enviaran. Nada de eso tenía lugar: antes bien, el faraón manifestaba disgusto ante sus constantes solicitudes,
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Súplicas de unos vasallos despreciados
«Desde hace dos años ando escaso de grano, ya no hay grano que comer para nosotros. ¿Qué puedo decir a mis campesinos?... Escuche el rey, mi señor, las palabras de su siervo fiel y mande grano en barcos y haga vivir a su siervo y a su ciudad». Carta (154) de Rib-Addi de Biblos «¡Mira, Turbasu ha sido muerto en la puerta de Sile, y el rey se ha quedado callado/inerte! ¡Mira, a Zimrida (rey) de Laquis lo han herido unos siervos que se han hecho habiru! ¡A Yaptikh-Adda lo han matado en la puerta de Sile, y el rey se ha quedado callado/inerte!» Carta (41) de Abdi-Heba de Jerusalén «Sepa el rey, mi señor, que está sana y salva Biblos, sierva fiel del rey, pero muy fuerte es la hostilidad de los habiru contra mí. ¡No permanezca callado/ inerte el rey, mi señor, respecto a Sumura, que no pase todo al bando de los habiru!» Carta (132) de Rib-Addi de Biblos «No es ya como antes, para las tierras del rey: todos los años las tropas egipcias salían a inspeccionar las tierras, mientras que ahora en la tierra del rey e (incluso) en Sumura vuestra guarnición se ha vuelto habiru, y tú, sin embargo, permaneces callado/inerte. Manda tropas egipcias en gran número, que expulsen al adversario del rey de su tierra, y entonces todas las tierras pasarán al rey. ¡Tú eres un gran rey, no permanezcas callado/inerte respecto a este asunto!» Carta (151) de Rib-Addi de Biblos

y habitualmente no respondía. Y sobre todo, mostraba un desinterés absoluto por la suerte que pudieran correr personalmente. El único interés del faraón, en cambio, era tener bajo su control el sistema, consciente de que el usurpador del trono de una ciudad le habría sido tan fiel como el reyezuelo derrocado, al que, por consiguiente, no valía la pena defender. Sólo se decidía intervenir en caso de que estuviera realmente en juego la permanencia de la autoridad egipcia en el país. Todos los años un pequeño regimiento egipcio hacía la ronda de los reinos cananeos con el fin de recaudar el tributo y otras mercancías específicamente solicitadas. El regimiento iba precedido de un mensajero que anunciaba su llegada y pedía que se tuviera listo todo lo que debía ser entregado. Dichos mensajes desencadenaban respuestas desesperadas, que denunciaban la imposibilidad en que se hallaban de proteger la ciu
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Una delegación de las ciudades cananeas presenta tributos al Faraón. Tumba de Tutmosis IV (1422-1413 aEC).

dad y solicitaban la protección de su señor. Para eso pedían que las tropas cumplieran su cometido asustando a los enemigos del reyezuelo, presentados como enemigos del faraón. Pero todo se revelaba inútil: las súplicas dirigidas al «dios lejano» quedaban sin respuesta. Y eso suscitaba dudas angustiosas respecto a si el comportamiento con el faraón había sido el correcto o si calumniadores malévolos lo habían criticado ante su señor.

La organización civil cananea
La capital de las ciudades cananeas, rodeada de murallas, estaba centrada en el palacio real, residencia del monarca y de su familia, pero sede también de la administración, de los archivos, almacenes y talleres de artesanos especializados. La población estaba dividida en dos grandes categorías. En la capital estaban los «hombres del rey», que trabajaban para el monarca y recibían de él como recompensa los medios necesarios para su sustento. Por otro lado, en las aldeas, estaba la población «libre» (los «hijos del país»), que contaba con medios de producción propios y proporcionaba al rey una parte de la misma en forma de impuestos. Ambas categorías se diferenciaban por sus características jurídicas, políticas y funcionales. La población libre se componía mayoritariamente de familias que poseían la poca tierra y el poco ganado que les permitía vivir y reproducirse. Pero podían caer también (en caso de malas cosechas) en el préstamo a interés, con la garantía de la propia persona, y en una eventual esclavitud por deudas. Entre los hombres del rey existían diferencias socioeconómicas muy grandes, de acuerdo a una escala que iba de la aristocracia militar de los combatientes en carro (maryannu), el sacerdocio, los escribas y los admi
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Placa de marfil procedente de Meguido (siglo XIII aEC). El príncipe bebe sentado en un trono «sobre querubines» (cf. Sal 99,1), mientras su mujer le ofrece una flor de loto y una toalla. Es asistido por servidores y lo acompaña una tañedora de lira.

nistradores, pasando por los distintos grupos de artesanos, mercaderes y guardias, hasta los siervos encargados del cuidado del palacio o los esclavos agrícolas de las haciendas palatinas. Todos estos eran siervos del rey, pero los modos y la cantidad de sus retribuciones determinaban situaciones muy diferentes. Alrededor del palacio real la clase alta tenía en sus manos el poder económico, estaba emparentada con el rey, dirigía las actividades bélicas y disfrutaba los productos de una artesanía de lujo, ya fueran fabricados en el país o llegados de lejos a través de intercambios comerciales o de regalos entre una corte y otra. Si se tiene en cuenta esta acumulación de bienes, en contraste con la situación más precaria del territorio agrícola, se puede suponer que la vistosa cultura cananea de los siglos XIV-XIII fue fruto de una presión socioeconómica cada vez mayor de las élites palaciegas sobre la población agraria. La falta de una relación equilibrada entre el palacio y su base territorial se haría a la larga insostenible.
La abundante cerámica de producción chipriota y micénica era traída a Canaán en parte como objetos de uso (vajillas finas de mesa) y en parte también como envases de aceites aromatizados y resinas.

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Una experiencia compartida de liberación
Hacia finales de la Edad del Bronce (siglos XV-XIII), la desarrollada cultura de las ciudades cananeas sufrió una considerable decadencia, que contribuyó a precipitar su ruina social. En ese clima de inestabilidad estallaron frecuentes insurrecciones contra la dominación egipcia, una de las cuales quedó documentada en la famosa Estela de Merneptah del año 1219 (imagen). Junto a las ciudades cananeas de Ascalón, Guézer y Yanoán, participó también un grupo de gente designado como «Israel». El faraón Merneptah logró dominar las insurrecciones, de modo que su sucesor Ramsés III pudo mantener por algún tiempo el control de Canaán. Pero la situación ya no se pudo mantener cuando la invasión de los llamados pueblos del mar arrolló al poderoso imperio hitita y debilitó también la soberanía egipcia sobre Canaán. En el curso de ese proceso de desestabilización política y económica, un buen número de ciudades fueron sistemáticamente destruidas alrededor del año 1200 aEC. Hacia el año 1150 la soberanía egipcia sobre Canaán estaba eclipsada definitivamente. En consecuencia, las ciudades cananeas, con toda su floreciente cultura de otros tiempos, no tuvieron más remedio que tratar

«Los príncipes están postrados diciendo: ¡Paz!. Entre ellos los Nueve Arcos ni uno levanta su cabeza. Tehenu está devastado; Hatti está en paz; Canaán está despojado de toda su maleficencia; Ascalón está deportado; nos apoderamos de Guézer; Yanoán está como si no hubiese existido jamás. Israel está aniquilado y su simiente no saldrá jamás; Haru está viudo ante Egipto».

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En el templo de Medinet-Abú inscripciones de Ramsés III mencionan la confederación de los «pueblos del Mar», formada por los filisteos, los shekelesh, los denyen y los ueshesh. El mismo texto describe un recorrido de la invasión que incluye amplias zonas de Asia Menor: Cilicia (Qode), Anatolia (Arzaua), Chipre (Alashiya) y el Líbano (la tierra de Amurru). Según la crónica, los egipcios les opusieron resistencia por mar y tierra, de modo que chocaron con «un fuego ardiente en las bocas del río, mientras que una empalizada de lanzas les rodeaba en la playa». Imagen: Los invasores arrollan a los libios.

de mantener una precaria subsistencia en las llanuras de la costa, bajo la influencia de los recientes invasores, los filisteos, que habían arribado con los pueblos del mar. Mientras tanto se habían formado en las montañas numerosos asentamientos rurales, al margen de los viejos núcleos urbanos. Los colonos deforestaron las cumbres, abrieron terrazas, cavaron cisternas y, a pesar de sus escasos recursos técnicos, hicieron posible una floreciente cultura agrícola. El desarrollo que experimentaron estos primeros asentamientos de la Edad del Hierro fue, por una parte, una continuación del periodo anterior; pero, por otra parte, dejó la huella de una gran creatividad. No están muy claras las causas de ese proceso de «desurbanización», manifestado tan evidentemente por la arqueología. La investigación ha presentado tres tipos de explicación: la invasión, la infiltración y la revolución. La invasión podría probarse a partir de los vestigios de destrucción que presentan varias ciudades excavadas. Corresponde, asimismo, a la presentación que hace el libro de Josué (1-12) de la sistemática campaña militar de conquista de la tierra. Pero esta teoría no explica por qué las nuevas colonias surgen principalmente en lugares alejados de las ciudades destruidas, que no son ocupadas, sino que permanecen bastante deshabitadas. A favor de la hipótesis de una progresiva infiltración pacífica de grupos nómadas, procedentes del desierto en busca de pastos para sus ganados, está el hecho de que la mayor parte de las nuevas aldeas se encuentran en zonas donde no había llegado la influencia política de los centros urbanos y, en consecuencia, de la dominación egipcia. Sin embargo la teoría no logra explicar dos cuestiones importantes. Primero, ¿por qué los nómadas habrían buscado de repente una vida sedentaria, siendo que ya estaban
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Los primeros asentamientos de la Edad de Hierro se construyeron con forma oval, con una hilera de habitaciones en torno a un amplio patio abierto, armando una especie de cinturón continuo que protegía el patio interior. El descubrimiento de algunos silos, hojas de hoz y piedras de moler es señal de que sus habitantes se dedicaban en parte al cultivo de cereales. En general, este tipo de cercado es similar a los campamentos de beduinos, en los que una hilera de tiendas circundaba un aprisco abierto donde se guardaban de noche los rebaños. Las paredes de piedra fueron sustituyendo a las tiendas portátiles a medida que el trabajo agrícola transformó a los campamentos de pastores en poblados permanentes.

integrados en la sociedad civil a través del comercio de su ganado? La segunda cuestión es la plena continuidad —probada por la arqueología— entre la cultura material de las colonias respecto a la tradición anterior. Esto hace suponer que estos primeros colonos no constituían una nueva inmigración, sino que formaban parte desde hacía muchísimo tiempo de la población campesina de Canaán. Por este motivo despertó interés la teoría de la «revolución», que se inclina a explicar el origen de esa nueva sociedad, no a partir de grupos venidos del exterior, sino como un conflicto que estalló en el propio seno de la sociedad cananea. Según ese modelo, ciertos grupos de marginados sociales (los llamados habiru en las cartas de el-Amarna), en unión con los campesinos y los pastores asalariados, se levantaron contra la aristocracia dominante de las ciudades y crearon por su cuenta una sociedad tribal igualitaria, al margen de la estructura feudal. Pero también este modelo encuentra algunas dificultades. Ante todo, la convicción con que las posteriores generaciones israelitas afirman que son, como otros pueblos de la región, hijos de inmigrantes: «¿No hice yo subir a Israel del país de Egipto, como a los filisteos de Kaftor y a los arameos de Quir?» (Am 9,7; cf. Gn 12,lss.; Jos 24). Por otro lado, la excavación de los nuevos asentamientos muestra que éstos no estaban fortificados, lo que resulta extraño en un contexto de luchas violentas. Teniendo en cuenta todo lo anterior, se podría suponer que, al clima de inseguridad política, se sumó principalmente la quiebra económica de las ciudades de finales de la Edad del Bronce. Eso fue lo que impulsó a la masa de asalariados -campesinos, pastores y marginales (habiru)- a buscar una alternativa a la situación que había desembocado prácticamente en la miseria. Así, habrían tratado de liberarse del cerco de influencia de la ciudad,
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La residencia típica de la fase madura de los nuevos asentamientos es la casa de pilares con cuatro aposentos: uno a lo ancho, dispuesto al fondo, probablemente provisto de un segundo piso para dormir, y tres aposentos paralelos a lo largo (de los cuales el del medio se halla al descubierto), separados por dos series de pilares y dedicados a zona de trabajo. La casa tiene entre unos cuarenta y ochenta metros cuadrados, suficiente para albergar a unas cinco o siete personas, que es la típica familia nuclear (padre, madre, dos o tres hijos solteros, uno o dos siervos).

creando una nueva base económica de vida, mediante una explotación agrícola de las regiones montañosas. En este contexto algunos nómadas habrían participado también en ese cambio social. La fuerte recesión del comercio que se produjo por entonces privó a los caravaneros de su principal fuente de ingreso, de modo que sehabrían visto en la necesidad de dedicarse plenamente a las tareas agrícolas. Así se explica también por qué muchos de los nuevos asentamientos se remontan a una cultura nómada, mientras que otros son claramente de carácter agrícola. Esa población de campesinos y pastores habría sido la que constituyó el núcleo del sistema de las doce tribus de «Israel». Precisamente en ese proceso social de superación irrumpiría con toda fuerza un grupo emigrado desde Egipto. Con unas tradiciones religiosas de liberación, colaboró sustancialmente en estimular ese proceso y a instaurar un nuevo orden social, que aseguró a los pobladores de la montaña una vida plenamente libre durante más de un siglo.

Los esclavos hebreos
Sobre la composición y condiciones vida de ese grupo emigrado desde Egipto, la tradición israelita conservó una serie de indicios muy significativos. Por ejemplo su falta de homogeneidad étnica. Los relatos del Éxodo mencionan a «una muchedumbre abigarrada» (Ex 12,38) y a «la chusma que se había mezclado con el pueblo» (Num 11,4). También se relata que los egipcios explotaron al grupo como mano de obra en la construcción de las «ciudades granero Pitón y Ramsés» (Ex 1,11), probablemente parte de la residencia que los faraones de la XIX Dinastía construyeron en el delta del Nilo a mediados del siglo XIII.
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Mano de obra habiru
«Distribuye raciones a los hombres de la cuadrilla y a los habiru que transportan la piedra para el gran pilono de Ramsés Meri-Amón» Papiro Leyde 348
ESCLAVOS fabricando ladrillos. Tumba de Rekhmire.

La fe israelita recuerda que el antepasado común de la nación fue «un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante» (Dt 2,5), lo que suele relacionarse con los nómadas que, empujados por la carestía, buscaban refugio en el delta del Nilo, como atestigua una conocida carta de un oficial de fronteras hacia el 1200 aEC (Papiro Anastasi VI). Allí se menciona a los shosu (beduinos), que buscaban agua y pastos para su ganado. Sin embargo la tradición bíblica no menciona costumbres nomádicas en el grupo del éxodo. Al contrario, lo muestran perfectamente asentado, habitando en casas y no en tiendas (Ex 12,13). Aún más, al dejar el país, sufre las condiciones de vida del desierto, extraña las comodidades de la ciudad (Num 11,5) y necesita la ayuda de un verdadero nómada madianita: «Por favor, no nos dejes; tú conoces los sitios donde acampar en el desierto; tú serás nuestros ojos» (Num 10,31). Por otro lado Moisés lleva un nombre egipcio (con la misma raíz que Tut-Mosis o Ra-Msés) y es considerado por los nómadas madianitas como «un egipcio» (Ex 2,19). Este hecho indicaría que el grupo se hallaba totalmente adaptado al sistema de vida de Egipto.

Nómadas refugiados en Egipto
«Otra satisfacción para mi señor: nosotros hemos terminado de hacer pasar a las tribus de los Shosu de Edom por la fortaleza de Merenptahhotep-her-Maat, Vida, Salud, Fuerza, que está en Cheku, hasta los estanques de Pitom de Merenptah-hotep-her-Maat, que están en Cheku, con el fin de mantenerlos con vida y mantener vivos sus rebaños, según el placer del Faraón, Vida, Salud, Fuerza, el sol perfecto de todo el país, en el año 8». Papiro Anastasi VI.

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El grupo pudo estar constituido por prisioneros de guerra de diferente origen étnico. Los relieves de Karnak muestran al faraón regresando de sus campañas en Canaán trayendo prisioneros. En ese contexto, se podría considerar si el grupo del éxodo pertenecería al estrato de los marginados sociales, que en las cartas de el-Amarna son mencionados repetidamente como habiru, y que merodeaban en bandas, sembrando inseguridad por los caminos del Medio Oriente. La presencia de estas gentes en los campos de trabajo forzado se menciona en algunas fuentes egipcias de la época de Ramsés II (Papiro Leyde 348). Por eso cuando YHWH es presentado a los egipcios como «dios de los hebreos» (Ex 3,18; 5,3; 7,16), es probable que se esté recordando la originaria pertenencia del grupo del éxodo a la clase de los habiru.

Liberación como vivencia clave de orden religioso
El libro del Éxodo cuenta de diversas maneras cómo ese grupo de trabajadores extranjeros, sumido en una denigrante opresión servil, pudo llegar a tener su propio caudillo y emprender una acción común de liberación. Obligado a huir al desierto, fuera del alcance del poder egipcio, Moisés es acogido por un sacerdote madianita (Éx 2,15-22) y entra en conocimiento del dios YHWH. En virtud de un oráculo del dios, vuelve a su gente en el momento oportuno (Éx 4,19) y logra movilizar a los trabajadores para una acción común de huida (Éx 14,5). Un destacamento de carros de guerra egipcios, que sale en persecución de los fugitivos, se atasca en las ciénagas del «mar de los juncos». Finalmente, el acontecimiento es celebrado por el grupo como un triunfo de su dios sobre los egipcios: «Cantad a YHWH pues se cubrió de gloria, arrojando en el mar caballo y carro» (Ex 15,21). La narración —probablemente de la época exílica [s. VI aEC]— subraya
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el maravilloso poder divino sobre la potencia bélica enemiga. YHWH no sólo «sepulta a los egipcios en medio del mar» (Ex 14,27), sino que es aclamado como «guerrero» (Ex 15,3). De este modo, los transmisores de la tradición proyectaron a esta vivencia inicial de liberación sus posteriores experiencias de protección de YHWH contra los enemigos que fue encontrando en la tierra de Canaán. Cabe destacar que el grupo del éxodo adquiere el conocimiento de su dios YHWH en el contexto de su experiencia de liberación por medio de Moisés (Ex 3,l5; 6,2). Se puede suponer que anteriormente ellos poseían sus propios dioses familiares, porque YHWH se presenta a Moisés como «el Dios de tu padre» (Ex 3,6). Pero con la liberación de Egipto surge la vinculación particular con el dios YHWH. Así lo recordaba el profeta Oseas cinco siglos más tarde: «Yo soy YHWH, tu Dios, desde el país de Egipto. No conoces otro Dios fuera de mí, ni hay más salvador que yo» (Os 13,4). Pues bien, ¿quién era YHWH?, ¿cuál era su origen? Según la tradición bíblica, Moisés vivió su encuentro decisivo con ese dios en las montañas desérticas al sur de Canaán, es decir, lejos del país de Egipto y de lo que posteriormente habría de ser la tierra de Israel (Ex 3,1-6). A eso hay que añadir otra tradición, según la cual Elías habría emprendido un viaje para encontrarse con YHWH en el monte Horeb (1 Re 19), que estaría a cuarenta días de camino al sur de Beersheba. Incluso se designa a YHWH como «el que viene del Sinaí» (Jue 5,5; Sal 68,18). Todo parece indicar que la localización y el culto a YHWH ya estaban afincados en una lejana región montañosa antes de que la divinidad se convirtiera en Dios de Israel.
«Cuando saliste de Seír, YHWH, cuando avanzaste por los campos de Edom, tembló la tierra, gotearon los cielos, las nubes en agua se fundieron. Los montes se licuaron delante de YHWH, el del Sinaí» (Jue 5,4-5) «el Señor ha venido del Sinaí al santuario» (Sal 68,18). «Ha venido YHWH del Sinaí. Para ellos desde Seír se ha levantado, ha iluminado desde el monte Parán» (Dt 33,2).
Temán

EDOM - Seír

SINAÍ
Horeb

MA DIA N

EGIPTO

Parán

CANAAN

«Viene Dios de Temán, el Santo, del monte Parán» (Hab 3,3).

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En ese mismo sentido van también las indicaciones sobre la estrecha vinculación de Moisés con los madianitas, cuyo territorio estaba situado al este del golfo de Áqaba, cerca de la mencionada región. A raíz de su huida de Egipto, Moisés se habría casado con una mujer madianita, cuyo padre era un sacerdote local (Ex 2,16; 3,1; 18,1). Aunque no se dice expresamente que Jetró fuera sacerdote de YHWH, el hecho de que él invite a los israelitas a ofrecer un sacrificio a YHWH en la montaña sagrada (Ex 18,12) permite suponer que los madianitas ya adoraban a YHWH, antes de que el grupo del éxodo se encontrara con ellos. Es probable que Moisés entrara en conocimiento de ese dios por mediación de su suegro, antes de recibir el oráculo que le enviaba a Egipto como liberador. Lo importante es que YHWH era un dios extranjero, procedente de una región desértica que carecía de estructura política, un dios venerado sólo por tribus nómadas que se movían en plena libertad. Así, YHWH era lo más opuesto a un símbolo del poder organizado y, en cuanto tal, era capaz de convertirse fácilmente para Moisés y su grupo en símbolo de liberación.

La vinculación incondicional con YHWH
En su liberación de la esclavitud, el grupo de Moisés había experimentado el poder de YHWH en una circunstancia histórica concreta. Pero al llegar a la montaña de Dios se va a ver confrontado con la potencia divina en su realidad permanente. En ese monte, cuya gigantesca mole transmite por sí sola una sensación de majestad, YHWH sale al encuentro de ese grupo de fugitivos impresionado por la experiencia de su liberación y se le manifiesta personalmente. A la experiencia histórica de Dios se añade la vivencia de su cercanía en el culto. Sólo en esa cercanía la relación con Dios, fundada en una acción salvadora, se puede transformar en una unión definitiva. Según una rama de la tradición, la manifestación de YHWH fundamenta el culto que la comunidad mantendrá más tarde en su templo nacional. En el monte santo Moisés y los setenta ancianos celebran un banquete sacrificial en la inmediata presencia de Dios (Ex 24,1.9-11). Según otra rama de la tradición, la teofanía tiene como fin transmitir los mandamientos y las leyes. Eso explica que en la narración del Sinaí se hayan introducido infinidad de mandatos y códigos legales de las más diversas épocas: el Decálogo (Ex 20,1-17), el «Código de la alianza» (Ex 20,22 - 23,19), el llamado «Decálogo cúltico» (Ex 34,11-26), el «Código de santidad» (Lv 17-26), y diferentes tipos de leyes sacerdotales. Finalmente, la tradición posterior sobre los sucesos del Sinaí quería servir de fundamento a la Alianza entre YHWH e Israel. Probablemente en aquella época primitiva la «alianza» aún no consistía en una institución
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teológica y jurídicamente estructurada, sino sólo en esa peculiar relación personal entre YHWH y la comunidad, nacida de la experiencia de liberación y ratificada por la teofanía en contexto litúrgico. Pero ya entonces el compromiso con Dios estimulaba la integración del grupo; aún sin la proclamación explícita de los mandatos, comprendía ya las normas fundamentales de comportamiento en el interior del grupo; y sobre todo impulsaba a no desfallecer, a pesar de todas las dificultades que sembraban el camino hacia la libertad completa. Había que mantener a toda costa una fidelidad inquebrantable a YHWH, el Dios de la liberación.

YHWH, el Dios de Israel
La integración del grupo de recién llegados de Egipto con los campesinos de los nuevos asentamientos en Canaán pudo haber acontecido sin mayores dificultades. Una coincidencia de intereses unía a los que habían sufrido la esclavitud de Egipto con los que habían vivido marginados en la sociedad cananea. Ambos se habían liberado de la sujeción, y ambos buscaban una forma de sociedad que les permitiera vivir libres y sin cargas. Que la Estela de Merneptah diga: «Israel está baldío, y no tiene descendencia», puede suponer que el intento de procurarse una existencia nueva mediante la colonización de las tierras altas de Canaán parecía fracasar y dependía de nuevas oleadas de población. En esa situación, la llegada de un nuevo grupo, como el del éxodo, habría sido acogido con el mayor entusiasmo ya que auguraba un futuro prometedor. Lo mismo cabría decir del aspecto religioso. El dios «El», que hasta entonces había servido a los campesinos y pastores cananeos como símbolo de su liberación, estaba indisolublemente vinculado al ámbito de los dioses de las ciudades. Por eso no parecía el más adecuado para ser un símbolo de una sociedad igualitaria, tan diferente del sistema sostenido por esas ciudades. En cambio «YHWH», el dios procedente de los desiertos del sur, que había dado muestras de su divinidad liberando de la esclavitud de un imperio a un grupo de oprimidos, que se había vinculado exclusivamente a los más marginados de la sociedad, ése sí que era capaz de garantizar la libertad recién conquistada. Por consiguiente, se puede pensar que YHWH fue inmediatamente aceptado por las tribus ya residentes en Canaán como la fuerza que daba solidez a sus aspiraciones sociales y religiosas. Así «YHWH» se fusionó con «El» y se convirtió en el Dios de Israel, como se dice ya en el libro de los Jueces (Jue 5,3.5). En torno a «YHWH», un Dios ajeno al panteón siro-cananeo, y que las tribus podían reclamar como en exclusiva, se consumó la independencia del grupo frente al exterior y se consolidó su unidad interna.
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