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Texto: La primera flauta
Autor: Ema Wolf
Fuente: Libro de los prodigios, Norma

La primera flauta

A

l Hirsuto le llevó treinta o cuarenta mil años inventar la flauta, demora comprensible considerando
que vivía en la tundra helada y no entre alegres cañaverales, en cuyo caso el trámite habría sido
considerablemente más breve.

La hizo con el fémur de un oso cavernario joven.
Ocurrió hacia el final del Paleolítico medio. Hasta ese momento no se conocían antecedentes de algo
así, de modo que aquella primera flauta (tenía cuatro agujeros solamente) fue una auténtica sorpresa,
aunque como se verá, de ningún modo una sorpresa repentina. Está claro que al tiempo que inventaba
la flauta, el Hirsuto inventaba también la música, es decir las notas, los silencios, los tonos, el ritmo, la
armonía. De paso también inventaba la primera inquietud artística, cosa que, para un individuo que
todavía no tenía siquiera mentón, es bastante admirable.
La flauta fue el resultado de la perseverancia.
El Hirsuto pudo haber comenzado soplando todos los huesos del oso cavernario hasta descubrir que el
mejor era el fémur. No es descabellada esta hipótesis, pero lamentablemente la cosa no resultó tan
simple.
De acuerdo con teorías más firmes y más recientes, la primera certeza que obtuvo no habría sido en
relación con el tipo de hueso, sino con el oso. Habría comenzado soplando uno por uno los huesos de
todos los animales conocidos de la época: el rinoceronte lanudo, el reno, el caballo salvaje, el mamut, la
cabra montesa, el bisonte, el lobo, hasta llegar al oso. Eso supuso, antes, tener que cazarlos, arrastrarlos
hasta la cueva, pelarlos, descarnarlos, pero aun antes inventar las armas, las trampas, y aun antes, entre
siglos, mientras sufría los incordios de la última glaciación, seleccionar piedras, partirlas, descifrar qué
forma debía darles a las lascas, crear herramientas, en fin, para poder fabricar las armas, las trampas.
Miles de pruebas, miles de animales, miles y miles de piedras, y de huesos, cortando, raspando,
perforando, vaciando, para obtener resultados solamente provisorios y más dudas.
Ensayo, error, nuevo ensayo. Entre una fase y otra pasaban miles de años. Nunca se había visto una
labor de descarte tan formidable ni tan apasionada. Es de imaginar la fatiga, la confusión. Mientras
tanto, iba dejando restos arqueológicos por todas partes. Las penalidades estimularon su inteligencia
(se le agrandó el cerebro) pero lo cierto es que muchas veces su único, pobre aliado fue la casualidad.
Era común verlo agazapado, maza en mano, acechando a las presas delante de un abrigo rocoso, al

Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com

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Texto: La primera flauta
Autor: Ema Wolf
Fuente: Libro de los prodigios, Norma

borde de una garganta por donde corría un río profundo, o junto a los estanques donde los animales
acudían a beber. Días de espera, inmóvil, aterido, escrutando el horizonte para descifrar en las nubes
de polvo el rumbo de las manadas que se desplazaban bajo el cielo lívido, calculando la dirección del
viento para no ser detectado, alimentándose de conejos crudos para sostener el asedio a los animales
grandes y que el humo no lo delatara.
Todo eso, solo para llegar a la conclusión de que si quería obtener una flauta decente tenía que usar
únicamente osos.
Recién mucho después, sí, habría descubierto que entre todos los huesos del oso el que mejor sonaba
era el fémur (¡años soplando costillas inservibles!, ¡años soplando tibias por la punta equivocada!), y más
tarde, quizás, siempre con el mismo método, el mismo afán minucioso, habría llegado a la conclusión
de que era posible usar indistintamente, con los mismos resultados, el fémur de cualquiera de las dos
patas.
En esta etapa de la búsqueda se le presentó la incógnita más sutil: no todos los osos sonaban igual.
¿Pero dónde estaba la diferencia? ¿En el tamaño, el sexo, el color del pelambre, el temperamento del
oso, en su relación familiar? Nuevos ensayos y muchos osos cazados (la caza del oso cavernario
siempre fue particularmente difícil en los períodos de deshielo) le permitieron averiguar que la
diferencia estaba en la edad: si el oso era joven, sonaba más dulce. Y aunque a la hora de cazarlo el
peligro fuera mayor y requiriera de lanzas más fuertes con puntas más afiladas, valía la pena, tanto más
dulce sonaba.
¿Pero cuán joven debía ser el oso? ¿Y hasta qué edad se podía considerar joven a un oso? No lo sabía.
Además, ¿cómo conocer la edad exacta del oso? Eso significó nuevas pruebas, más sudor, más osos,
desechar hoy un oso, mañana otro, siempre a pura intuición, sin un miserable papel donde anotar los
avances, sin contar los zarpazos que recibió provenientes de osos de todas las edades. Solo cuando
consiguió calibrar la edad del oso hasta lograr un fémur en su punto de máxima dulzura, se sintió
realmente satisfecho.
De todo ese esfuerzo quedan como testimonios nada más que huesos pelados y lascas de piedra.
Todavía hoy, músicos de grandes orquestas, dueños de buenos instrumentos hechos con madera de
ébano, siguen afirmando que nunca hubo una flauta como aquella, e incluso que no era necesario que
las flautas desarrollaran más agujeros. El Hirsuto está de acuerdo, se siente satisfecho con su trabajo.
Pero en el fondo de su cueva estrecha sembrada de huesos, atravesada por las cuchillas del viento del
Ártico, mientras sopla su parte de solista, extraña la compañía del piano, del cello…

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Documentos: La música
Autor: Nik

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