H istoria y verdad

A dam Schaff

enlace grijalbo

HISTORIA Y VERDAD

Hist oria y verdad Ensayo sobre la objet ividad del conocim ient o hist órico

Adam Schaff
Traducción de Ignasi V idal Sanfeliu

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EDITORIAL GRIJALBO, S. A.
B A R C E L O N A- B U E N O SA IR E S- M E X IC O .D . F.

H IST O R IAYV E R D A D Titulo original: G eschichte und W ahrheit © 1971, Europa V erlags-A G 1232 W ien, A ltm annsdorfer 154-156 D.R . © 1982, sobre la versión española por Editorial G rijalbo, S.A . C alzada San B artolo N aucalpan núm . 282 A rgentina Poniente 11230 M iguel H idalgo, M éxico D .F. D ÉC IM O -PRIM ER AED IC IÓ N Este libro nopuede ser reproducido, total oparcialm ente, sin autorización escritadel editor. ISB N968-419-222-3 IM PR ESOE NM ÉX IC O PRIN TED INM E X IC O

índice

AM O D OD EIN TRO D U C C IÓ N
LA S CA U SA SD EL A GRA N REV O LU CIÓ N FRA N CESA SEGÚ N LO S HISTORIA D ORES, 9

2 . P R IM E R AP A R TE

Pr esupuest os met odol ógicos

C apítulo I. L a relación cognoscitiva. E l proceso de conoci! m iento. L averdad, 7 3 I. L o s tres m odelos del proceso de conocim iento, 8 1 II. L averdad cóm o proceso, 1 0 5 5

3 . SEG U N D AP A R TE

E LCO N D IC IO N A M IE N T OS O C IA Ldel C O N O C IM IE N T OH istórico

C apítulo I. D os concepciones de la ciencia de la historia: el positivism o yel presentism o, 1 1 7 C apítulo II. E l carácter de clase del conocim iento histórico, 1 6 5 I. S ociología del conocim iento: el condicionam iento so cial del conocim iento, 1 6 6 II. E lm arxism o yla so cio lo g ía del conocim iento, 1 9 6 C apítulo III. H istoricism o yrelativism o, 2 2 3 4. T E R C E R AP A R TE L AO B JE T IV ID A DD EL AV E R D A DH IS T Ó R IC A C apítulo I. L o s hechos históricos ysu elección, 2 43 C apítulo II. D escripción-E xplicación-V aloración, 2 87 C apítulo III. ¿P or qué reescribim os continuam ente la histo! ria?, 3 2 1 C apítulo IV .L a objetividad de la verdad histórica, 3 3 5 B ibliografía, 3 7 5

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Parodiando la máxima platónica, nosotros inscribi! m os en el frontón de nuestros propileos: “Q ue nadie entre aquí, si no es filósofo; si antes no ha reflexio! nado sobre la naturaleza de la historia y la condición del historiador”
H. J. Mar r ou .

(De la connaissance historique)

1. A M ODO DE INTRODUCCIÓN. LAS CAUSAS DE LA GRAN REVOLUCIÓN FRANCESA SEGÚN LOS HISTORIADORES

Al llegar a una determ inada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas m ateriales de la sociedad entran. en contradicción con las relaciones de producción existentes (. . .). Y se abre asi una ¿poca de revolución social (... ). Ninguna form ación social des! aparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que es capaz de contener, ni jam ás aparecen nuevas y m ás altas relaciones de producción sin que las condiciones m ateriales para su existencia hayan m adurado en el seno de la propia sociedad contigua. Por eso, la humanidad se propone siem pre únicam ente los objetivos que puede alcanzar (... ). Kar l Mar x , Contribución a la crítica de la econom ía política.

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Para que estalle una revolución, es preciso que las clases inferiores sufran un terrible m alestar o una gran opresión. Aunque tam bién es necesario que tengan un principio de fuerza y, por consiguiente, de esperanza. J ea n Ja ur è s , H istoria socialista de la Revolución Francesa.

N ingún historiador discute que la R evolución Francesa de 1789 fue un gran acontecim iento histórico, y nadie om ite este hecho ni sus repercusiones en el m undo al presentar el proceso histórico de la época. Sin em bargo, al plantear los problem as m ás fundam entales, incluso cuando éstos se refieren sólo a la presentación del hecho histórico, surgen las prim eras dificul! tades y diferencias de opinión: así ocurre con el aconteci! m iento que m arca el inicio de la R evolución Francesa, o al querer determ inar si fue una sola o fueron varias las revolu! ciones, y cuál era el carácter de esta o de estas revoluciones, o cóm o situarla o situarlas en el tiem po, etc. En efecto, aun cuando todos los historiadores reconocen unánim em ente el hecho m ism o y su im portancia, cada uno de ellos lo presenta y lo explica a su m anera. S e descubren divergencias esenciales entre los diferentes historiadores, no sólo en la explicación y la interpretación del hecho histórico, sino tam bién en la des! cripción y selección de los elem entos que lo constituyen, es decir en la articulación del proceso histórico, en la diferen! ciación de los hechos particulares que com ponen la totalidad de la im agen histórica del gran acontecim iento que fue la R evolución Francesa de 1789. L os historiadores “en la m edida en que difieren” no tienen la m ism a visión del proceso histórico; dan im ágenes distintas, y a veces contradictorias, del m ism o y único hecho. ¿Por qué? La respuesta a esta cuestión constituye lo esencial de la
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presente obra. N o obstante, puesto que es m ás fácil analizar un problem a y tener una idea m ás clara y concreta de él si se recurre a un caso real, he elegido, com o ejem plo, la R evolu! ción Francesa. Esto se debe a varios m otivos. Prim ero, porque se trata de un hecho histórico realm ente m uy im portante. Segundo, la perspectiva tem poral es suficiente para evitar la alteración de la percepción de los hechos debida a las pasiones. Tercero, el acontecim iento tuvo tal trascendencia que afectó no sólo a sus contem poráneos sino tam bién a las generaciones siguientes; ésta es la causa de la variedad de actitudes respecto a ella de los historiadores que vivieron en épocas distintas. V arias generaciones de historiadores se han interesado por este acontecim iento alejado en el tiem po y a la vez im portante, lo que perm ite com parar las diferentes visiones de un m ism oy único hecho en épocas históricas diversas. Pero al decidir utilizar este ejem plo, debía escoger el aspecto particular que nos interesaba prim ordialm ente. En efecto, la R evolución Francesa constituye un tem a tan extenso y com plejo que no podría caber íntegram ente dentro del m arco de nuestro análisis, tal com o hem os definido su obje! tivo. Por consiguiente, nos lim itarem os al problem a de las causas de la R evolución Francesa, y en particular, de sus causas económ icas. C on un espíritu positivista, se podría preconizar unahistoria estrictam ente descriptiva, factográfica, considerada com o único objetivo; pero este postulado no conseguiría arrastrar a ningún auténtico historiador. N o sólo porque no podría sustraerse enteram ente a la influencia del factor subjetivo, que seguida! m ente tratarem os con am plitud, sino tam bién porque no podría lim itarse a responder a la cuestión de cóm o se des! arrolló tal acontecim iento y cuyo planteam iento correcto debe ser por qué se produjo precisam ente de ese m odo.
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D espués de haber delim itado el cam po de nuestras inves! tigaciones, nos im pondrem os otra restricción, con el único fin de evitar com plicaciones y dificultades inútiles: nos lim ita! rem os a las obras de autores franceses. D e este m odo des! echarem os un factor suplem entario que interviene en la dife! renciación de las actitudes de los historiadores y es im putable a la diversidad de los patrim onios culturales, de los intereses nacionales, etc. A doptarem os el orden cronológico, em pezando natural! m ente por los autores contem poráneos que han descrito la R evolución “en vivo” o poco después de haber tenido lugar. La lectura de sus obras confirm a la opinión de que, contra lo que suele suponerse, la historia m ás difícil de escribir es la historia inm ediata, contem poránea. N o sólo porque es inevi! table una im plicación directa en los hechos, sino tam bién por! que, por paradójico que pueda parecer, es m ás difícil disponer de fuentes m ás o m enos elaboradas, en el m ism om om ento de producirse los acontecim ientos que después. Para la historio! grafía de la época de la R evolución, debem os tener en cuenta un factor negativo suplem entario: en aquel tiem po la histo! riografía no era aún una ciencia cultivada de acuerdo con las reglas que se establecerán ulteriorm ente, a partir de la R estauración. D e los trabajos realizados por los autores contem poráneos de la R evolución se deduce que se sentían sinceram ente com ! prom etidos en la lucha que a la sazón se estaba librando. Uno de los casos por lo m enos, el de B arnave, im presiona por la profundidad de su pensam iento teórico que pone en evidencia a una inteligencia auténticam ente original. D e los innum erables escritos, m em orias, panfletos, etc. de esta época, hem os retenido solam ente algunos títulos, escogidos principalm ente en función de su actitud “a favor” o “en con!
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tra” de la R evolución. Por otra parte, hem os preferido los escritos que, aun cuando no han sido redactados siem pre por historiadores profesionales, por lo m enos intentan presentar dicha época en térm inos históricos y no están destinados úni! cam ente a los fines políticos, com o es el caso de los discursos y escritos de los jefes de los distintos grupos y partidos de la R evolución. Evidentem ente es im posible una delim itación es! tricta y clara. Sin em bargo, lo que nos proponem os es analizar las obras escritas por hom bres que, al relatar la historia de los acontecim ientos, tienen la intención de trasm itir la verdad objetiva y están convencidos de haberla captado realm ente. D esde el punto de vista del conocim iento y de la m etodología, es interesante estudiar, no una m entira deliberada (lo que tam bién es posible, aunque carece de verdadero interés para la ciencia), ni una actitud deliberadam ente tendenciosa, para la cual la descripción de los acontecim ientos sólo es un m edio para alcanzar un objetivo político, sino analizar la deform ación del conocim iento histórico que se produce m ás allá de la conciencia del historiador, a pesar de sus intenciones y aspiraciones. Em pecem os por los adversarios decididos de la R evolución. Entre ellos, en prim er lugar se encuentra el cura B arruel, fanáticam ente hostil a la R evolución, autor de las M ém oires pour servir à l’histoire du Jacobinism e publicadas en 1798 (reeditadas varias veces posteriorm ente). Esta “obra” está con! sagrada a una sola idea, aunque desarrollada con la perse! verancia digna de un m aníaco: la R evolución fue el resultado de un com plot internacional de los jacobinos, cuyos principales protagonistas eran V oltaire, D’A lem bert, D iderot y... el rey Federico II (procedim iento de propaganda utilizado en la historia tanto antes com o después de Barruel). V eam os una m uestra de su “estilo”:

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“H em os visto a los hom bres m ostrarse ciegos a las causas de la R evolución Francesa. A lgunos de ellos intentan persua! dim os de que toda secta revolucionaria y conspiradora, antes de esta revolución, no era m ás que una secta quim érica. Para ellos, todos los m ales de Francia y todos los terrores de Europa se suceden y encadenan por el sim ple concurso de circuns! tancias fortuitas, im posibles de prever (... ). "A poyándonos en los hechos y provistos de pruebas que serán desarrolladas en estas M em orias, em plearem os un len! guaje m uy distinto. D irem os y dem ostrarem os cuanto los pueblos ylosjefes de los pueblos no deben ignorar; les direm os: en esta R evolución Francesa, todo, hasta sus crím enes m ás espantosos, ha sido previsto, m editado, preparado, determ i! nado y decidido; todo ha sido efecto de la m ás profunda perversidad, puesto que todo ha sido preparado, dirigido por hom bres que tenían en sus m anos la tram a de las conspiracio! nes largo tiem po urdidas en sociedades secretas (.. . ) la gran causa de la R evolución, sus grandes fechorías, sus grandes atrocidades (... ) todo ello se encuentra en los com plots urdidos m ucho tiem po antes (... ). ”S i algunos de nuestros lectores deducen de todo esto: es preciso, pues, que la secta de los jacobinos sea aplastada, o bien que la sociedad entera perezca (... ) le contestaré: sí, o el desastre universal o aniquilar la secta.” 1 Evidentem ente se trata de una curiosidad histórica, de un ejem plo de la tensión de las luchas políticas de la época y, por consiguiente, de la violencia de las pasiones. Y este escrito podría arrinconarse entre las pruebas m ateriales del odio ciego de las clases políticas dom inantes a la R evolución, si no
1 A . Barruel, M ém oires pour servir à l’histoire du ]acobinism e, pu! blicadas por P. Fauche, H am burgo, 1803, tom o prim ero, pp. VIII-XIII.

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fuera porque, algunos decenios de años m ás tarde, encontra! m os lo m ism o en un historiador de la R evolución verdadera, que sostiene por añadidura posiciones socialistas. M e refiero a Louis B lanc y a su H istoria de la Revolución F rancesa (1847), cuyo segundo tom o contiene un capítulo, titulado Los revolucionarios m ísticos, consagrado a la influencia de la francm asonería en la R evolución. El autor, desprovisto de odio y en un tono objetivo, intenta dem ostrar que la R evo! lución fue obra de una conspiración preparada por una organización secreta. L ouis B lanc describe detalladam ente el m ecanism o de esta organización, en especial de los “ilum i! nados” dirigidos por W eishaupt, tom ando com o referencia varias fuentes, aun cuando la verdad de ellas sea discutible, especialm ente en el caso de B arruel. La reaparición del problem a de la francm asonería en L ouis B lanc constituye una contribución interesante al problem a de los “hechos históricos”, a la cuestión de saber qué es lo que se acepta com o tal en algunos casos y se rechaza en otros. En el ejem plo que nos ocupa, la explicación m ás plausible sería la siguiente: puesto que la reacción sostenía invariable! m ente la tesis de la conspiración e im putaba toda la respon! sabilidad de la m ism a a la francm asonería, los historiadores liberales consideraron que el papel histórico desem peñado por esta organización carecía de im portancia, sobre todo a partir del m om ento en que em pezaron a subrayar el papel de las clases y la lucha de clases en la R evolución Francesa. A hora bien, si los personajes m ás destacados de la R evolución per! tenecían efectivam ente a la francm asonería, com o tam bién lo afirm aL ouis B lanc, los historiadores liberales no tenían “cien! tíficam ente” derecho a ignorar el papel de esa organización en la génesis y el desarrollo de la R evolución. Por otra parte, si sus investigaciones, de haberlas realizado, hubiesen confir!

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m ado ese hecho, no habrían rebajado en lo m ás m ínim o a la R evolución, ni la habrían reducido a una conspiración; esto tam poco m odificaría en absoluto nuestra opinión decidida! m ente negativa sobre la “obra” de B arruel. Joseph de M aistre viene a com pletar en cierto sentido a B arruel. Su concepción religiosa del m undo, llevada hasta el m isticism o, le conduce en sus C onsidérations sur la F rance (1808) a un singular m odo de concebir las causas de la R evolución, o de m odo m ás exacto, su causa única que es la voluntad de D ios. L os hom bres solam ente son los instru! m entos de la Providencia divina o el azote de D ios. En definitiva, la R evolución conduce a salvar la m onarquía que a partir de entonces se hace m ás poderosa y pura que antes. Solam ente R obespierre podía cum plir la “sucia” tarea de em prender en el exterior las guerras victoriosas que acrecen! taron el prestigio de Francia; sólo él podía dom inar las tendencias centrífugas de la Providencia, reforzando así el Estado. A unque D eM aistre com parte con B arruel su odio a la R evolución, parte de prem isas opuestas: donde B arruel ve una acción concertada de los hom bres, una conspiración, D e M aistre proclam a la vanidad de su voluntad y de sus aspi! raciones, puesto que los hom bres sólo son instrum ento de la Providencia y sus actos, en definitiva, son contrarios a sus intenciones. “...Pero el orden nunca es tan visible, ni la Providencia se hace tan palpable com o cuando la acción superior susti! tuye a la del hom bre y actúa por sí sola: esto es lo que vem os actualm ente. ”L om ás im presionante de la R evolución Francesa es esta fuerza irresistible que doblega todos los obstáculos. Es un torbellino que arrastra, com o a una ligera paja, todo cuanto

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Ia energia hum ana pueda oponerle (... ). Se ha dicho, con m ucha razón, que la R evolución Francesa lleva a los hom bres m ás de lo que los hom bres llevan a ella. Esta observación es de gran exactitud; y, aunque m ás o m enos pueda aplicarse a todas las grandes revoluciones, nunca ha sido tan palpable com o en esta época. ’I ncluso los perversos que parecen dirigir la revolución, sólo participan en ella com o sim ples instrum entos; y en el m om ento m ism o en que pretenden dom inarla, caen de m odo innoble (... ). Han sido arrastrados por los acontecim ientos: su proyecto previo no se habría cum plido.” 2 C om o ya he dicho, los escritos de esta clase apenas nos introducen en el problem a que nos interesa; su único valor consiste en reflejar el clim a de la época. N o ocurre lo m ism o con los testim onios procedentes del ala liberal, a pesar de que no todos ellos puedan pretender el título de obras históricas científicas. En este cam po m e lim itaré a m encionar los tra! bajos de dos personajes característicos de la época de la R evo! lución: Joseph B arnave y la hija de N ecker, M adam e de Staël. Joseph B arnave, partidario de una m onarquía constitu! cional, desem peñó un papel im portante a principios de la R evolución, pero fue decapitado durante el Terror (1793). A la vez que escritor, fue uno de los m ejores oradores de la A sam blea C onstituyente. Sus notas, entre ellas su Introducción a la Revolución Francesa, quedaron inéditas hasta que en 1845 se publicaron a iniciativa de su herm ana. B arnave aparece en la Introducción com o el precursor de los historia! dores de la R evolución. Y com o por otra parte, M arx con2 Joseph de M aistre, C onsidérations sur la France, París, 1821, páginas 5-6.

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sidera que dichos historiadores fueron los prim eros que intro! dujeron en la . ciencia la categoría de clases sociales, resulta que B arnave, al m enos en un cierto sentido, es tam bién pre! cursor del m aterialism o histórico.3A pesar de tratarse de una obra em inente, la Introducción sólo fue apreciada en su justo valor e introducida de algún m odo en la literatura, gracias a Jean Jaurès y a su H istoria Socialista de la Revolución F rancesa.4En efecto, Jaurès cita las ideas de Barnave, repre! sentante de la burguesía del D elfinado, con el fin de probar que el crecim iento del poderío económ ico de la burguesía tuvo com o consecuencia un fortalecim iento de su conciencia ideo! lógica: si París no hubiera correspondido a la llam ada, la provincia habría podido hacer estallar la R evolución.5 La obra de Barnave, político todavía m uy joven en la época en que la escribió, despierta adm iración. C onstituye una introducción al estudio de la R evolución en el pleno sentido del térm ino: no se queda en una sim ple historia de la m ism a, ya que es m ás bien una reflexión sociológica sobre la historia, que perm ite captar y com prender adecuada! m ente los acontecim ientos históricos. Por consiguiente, es un trabajo que colinda con la teoría y la m etodología de la historia y que, por su concepción, viene a ser un precursor del m aterialism o histórico de M arx (Jaurès que es quien opina así, cree en la interpretación económ ica de la historia). B arnave plantea de entrada un postulado m etodológico m uy im portante: que la R evolución Francesa debe ser ana3 En su prólogo a la nueva edición de la Introduction à la Révolution Française, Fernand Rude tam bién sugiere que M arx podría haber conocido dicho escrito y haberse inspirado en él. C f. C ahiers des Annales, ed. A rm and Colin, París, 1960, p. XVIII. 4 Jean Jaurès, H istoire de la Révolution Française, ed. de l'Hum anité, París, 1922, t. I, pp. 119-130. 5 Ibid., p. 130.

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lizada en el.contexto de la evolución de los sistem as europeos de la época, y no com o el producto de acciones fortuitas, sino com o el resultado de una necesidad histórica. “Sería vano pretender hacerse una idea exacta de la gran revolución que acaba de estrem ecer a Francia considerándola aisladam ente, separándola de la historia de los im perios que nos rodean y de los siglos que nos preceden (... ). Solam ente contem plando el m ovim iento general que, desde el feudalism o hasta nuestros días, im pulsa a cam biar de form a sucesivam ente lo s gobiernos europeos, se percibirá claram ente el punto en que nos encontram os y las causas que nos han llevado hasta aquí. "Indudablem ente, las revoluciones de los gobiernos, al igual que todos los fenóm enos de la naturaleza que dependen de las pasiones y de la voluntad del hom bre, no pueden som eterse a leyes fijas y calculadas com o las que se aplican a los m ovi! m ientos de la m ateria inerte; no obstante, entre esta m ultitud de causas cuya influencia com binada origina los aconteci! m ientos políticos, existen algunas que van tan ligadas a la naturaleza de las cosas, cuya acción constante yregular dom ina con tal superioridad sobre la influencia de las causas acci! dentales que, en un cierto espacio de tiem po, consiguen necesariam ente producir su efecto. Son ellas casi siem pre las que cam bian la faz de las naciones, y todos los pequeños acon! tecim ientos quedan incluidos en sus resultados generales; ellas sonlas que preparan las grandes épocas de la historia, m ientras que las causas secundarias, a las que casi siem pre se atribuyen no hacen m ás que determ inarlas.” 6 M ás notables aún, com o precursor de M arx, son las refle6 J. Barnave, Introduction à la Révolution Française, ed. Arm and C olin, París, 1960, p. 1 .

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— dice B arnave pensando claram ente en la burguesía— ,y arruinó, por otra parte, a los grandes terratenientes, aproxi! m ando de este m odo a las clases sociales en el plano de las fortunas. Paralelam ente, la ciencia y la educación las acercan en el plano de las costum bres, a la vez que nutren el espíritu de igualdad entre los hom bres. A estas causas naturales se agrega la influencia del poder real que, con el fin de com batir a la aristocracia, busca apoyo en el pueblo. E ste apoya a la m onarquía en dicha lucha, “pero cuando ha adquirido fuerza suficiente para no contentarse ya con un papel subsidiario, estalla y participa en el gobierno". En consecuencia: “En Francia todo estaba dispuesto para realizarse una revolución dem ocrática, cuando el infortunado rey Luis XVI sube al trono, y la conducta del gobierno la favorece p onderosa! m ente.” 1 0 La segunda causa de la R evolución, en relación con la anterior, fue la debilidad del poder real. En una sociedad en la que la situación de las clases sociales había sido fundam en! talm ente transform ada, sólo un rey con poderosa personalidad hubiera podido salvar a la m onarquía, pero éste no era el caso de L uis XVI. La débil personalidad del rey tuvo por efecto inm ediato una política nefasta contraria a la naciente bur! guesía: en lugar de apoyarse consecuentem ente sobre ella, lo que representaba la única posibilidad de superar la crisis del régim en, el rey la rechaza y favorece a la aristocracia en realidad im potente. “Si existía un m edio para prevenir la explosión del poder popular, éste hubiera sido asociarlo al gobierno, tal com o estaba establecido, y abrir todos los accesos al tercer estado; pero se hizo todo lo contrario: puesto que un gobierno
1 0 Ibid., pp. 51 y 52.

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corrom pido había derribado a la aristocracia, se creyó que un gobierno paternal debía restaurarla. Se convocó de nuevo al parlam ento, se restablecieron todos los privilegios debidos al linaje, se excluyó progresivam ente al tercer estado de la carrera m ilitar y se opusieron las leyes a las costum bres, así com o al curso natural de los acontecim ientos, y se hizo todo lo posible para irritar los celos de una clase y exaltar las pre! tensiones de la otra. El tercer estado se acostum bró a ver en el trono una potencia enem iga que sólo él podía apoyar o derri! bar, se devolvió a la aristocracia aquel entusiasm o que, cuando m ás tarde se le quiso golpear, la llevó a provocar una revolución cuya víctim a fue ella m ism a.” 1 1 La guerra que N orteam érica em prendió contra la m etró! poli inglesa tuvo una influencia considerable sobre el desen! cadenam iento de la R evolución. Esta guerra apoyada por Francia se volvió a su vez contra ella m ism a: contribuyó a popularizar en Francia las ideas de revolución y libertad, propagándolas incluso en el ejército, y acarreó tal increm ento de gastos que originó el derrum bam iento del sistem a finan! ciero y, por consiguiente, la crisis económ ica. B arnave, a pesar de su clarividencia social y de la profun! didad de su reflexión histórica, capta los acontecim ientos en la perspectiva de la burguesía, de la cual se constituye en porta! voz. Y aún cuando percibe y com prende num erosos aspectos del papel desem peñado por dicha clase en la R evolución, no distingue ningún otro problem a ni conflicto social, excepto el enfrentam iento de la burguesía con la aristocracia y la m onarquía. Y , en particular, ignora la im portancia de los res! tantes elem entos que constituyen el “pueblo” (el tercer estado), es decir los cam pesinos y los obreros de las m anufacturas. A hí
1 1 Ibid., p. 53.

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radica posiblem ente su indiferencia por el problem a de la m iseria de estas capas sociales a consecuencia de la crisis general y de las m alas cosechas en particular. La m iseria, en especial entre los cam pesinos, considerada com o una de las causas de la R evolución, problem a que posteriorm ente preocu! pará tanto a los historiadores, escapa, en cam bio, a la atención de quien fue su testigo. N o obstante, esta laguna no dism inuye la im portancia de B arnave com o teórico de la R evolución. D e un m odo m uy superior a B arruel o D eM aistre, supo captar el m ecanism o de la lucha de clases, o sea de la burguesía contra el feuda! lism o. En el terreno de la teoría ha actuado com o un auténtico precursor. Lo que no ha evitado que, com o representante de la burguesía, se hallara sujeto a cierto condicionam iento que explica por qué se m uestra ciego a todo cuanto se encuentra m ás allá de los intereses de la burguesía y m ucho m ás a todo cuanto es contrario a dichos intereses. El caso de B arnave no significa que el m ecanism o de ese condicionam iento de clase se m anifieste siem pre de un m odo absolutam ente restrictivo en la visión histórica. C om o prueba de ello, veam os el m odo com oM adam e de Staël presenta las causas de la R evolución.1 2 M adam e de Staël, hija del célebre N ecker, quiso honrar con su obra la m em oria de su padre. Esta m otivación, psico! lógicam ente m uy com prensible, no le im pidió en absoluto escribir la historia de la R evolución con una sagacidad excep! cional, elevándola, por su análisis de la sociedad, al nivel de los historiadores de la R estauración. Em pecem os con el epígrafe que figura al principio de su
1 2 M m e. de Staël H olstein, C onsidérations sur les principaux événem ents de la Révolution Française, Lieja, 1818, J. A . Latour, t. I.

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obra, característico de la orientación general del pensam iento de M adam e de Staël: “Las revoluciones que acontecen en los grandes Estados no son nunca un efecto del azar ni del capricho de los pue! blos” (M ém oires de Sully, vol. I, p. 133). E ste supuesto lo aplica M adam e de Staël a la R evolución Francesa: ésta ha sido una necesidad y no un efecto del azar.1 3 Las causas deben buscarse en el descontento de todas las clases de la sociedad de la época: aristocracia, clero, pueblo.1 4 Sin em bargo, la causa profunda de la revolución procede del cam bio operado en la situación de la burguesía. Para la hija del gran financiero N ecker, el origen del cre! ciente poderío de la burguesía reside precisam ente en las finanzas. Francia no podía prescindir de los im puestos ni de los créditos, tanto m ás cuanto que las guerras se hacían con ejércitos m ercenarios y no con vasallos. L os parlam entos que concedían los créditos y establecían los nuevos im puestos utili! zaban esta circunstancia, al igual que en Inglaterra, para criticar la adm inistración apoyándose en la opinión pública. E ste hecho tam bién contribuía a aum entar la im portancia de la nueva clase. “Esta nueva potencia adquiría día a día m ayor fuerza, y la nación se liberaba, por decirlo de algún m odo, por sí m ism a. M ientras las clases privilegiadas llevaban una gran existencia por sí solas, se podía gobernar el Estado com o una corte, m anipulando hábilm ente las pasiones o los intereses de algunos individuos; pero, a partir del m om ento en que la segunda clase de la sociedad, la m ás num erosa y la m ás activa de todas, descubrió su im portancia, se hicieron indispensables
1 3 Ibid., pp. 1-2. 1 4 Ibid., pp. 43-44.

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el conocim iento y la adopción de un sistem a de gobierno m ás am plio. "1 5 Pero, según M adam e de Staël, la revolución fue provocada no sólopor la transform ación de la posición social de la nueva clase, sino tam bién por la m iseria del cam pesino que se venía a agregar a la arbitrariedad del poder. En su análisis aparece un nuevo elem ento, que tratarem os m ás extensam ente a continuación: la m iseria del pueblo com o causa de la explo! sión revolucionaria y de su violencia. “L os jóvenes y los extranjeros que no han conocido la Francia anterior a la R evolución y que hoy ven al pueblo enriquecido por la división de las propiedades y la supresión de los diezm os y del régim en feudal, no pueden tener idea de la situación del país, cuando la nación soportaba el peso de todos los privilegios. L os partidarios de la esclavitud, en las colonias, han afirm ado a m enudo que un cam pesino de Fran! cia era m ás desdichado que un negro... (... ). La m iseria aum enta la ignorancia, la ignorancia acrecienta la m iseria; y cuando uno se pregunta por qué el pueblo francés fue tan cruel en la R evolución, la causa sólo se encuentra en la falta de bienestar que conduce a la ausencia de m oralidad.” 1 6 La causa principal y constante de dicha m iseria era el peso de las cargas fiscales: “L os im puestos que han recaído exclusivam ente sobre el pueblo le han reducido a la pobreza sin esperanza. H ace unos cincuenta años, un jurisconsulto francés calificaba al tercer estado, según era costum bre, con la frase: la gente sujeta y pechera a m erced y m isericordia”1 7
1 5 M m e. de Staël, C onsiderations sur les principaux événem ents. .. página 48. 1 6 Ibid., p. 71.

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Se pueden considerar las opiniones de B arruel y D eM aistre por una parte, y las de B arnave y de M adam e de Staël por otra, com o representativas de ciertos grupos contem poráneos de la R evolución que se aplican a desentrañar sus causas: conspiración o voluntad divina para los adversarios de la Re! volución, y consecuencia de las relaciones existentes entre las clases y de la m iseria para los observadores liberales. N o citam os las opiniones de los partidarios radicales de la R evo! lución, particularm ente de los representantes de los jacobinos, debido a que no han dejado escritos que aborden directam ente el problem a de las causas que la prom ovieron; escritos a los cuales, com o ya hem os dicho, nos hem os propuesto lim itam os. L os representantes del ala liberal captan, pues, los orígenes de clase, las causas sociales de la R evolución, m ientras ésta va desarrollándose. El análisis de clase caracteriza a los his! toriadores de la época de la Restauración; es su punto fuerte. L o llevan a cabo tanto Thiers com o Thierry y G uizot. Para ilustrar cóm o se concebían, en aquella época, las causas de la R evolución, tom em os com o ejem plo a Laponneray.1 8 Laponneray es un historiador profesional de la nueva época. Em pieza con una profesión de fe característica: se propone establecer los hechos reales, exentos de las deform a! ciones y prejuicios que lastran a la m ayor parte de los historia! dores. Sus presupuestos teóricos son los siguientes: prim ero, las causas profundas de la R evolución residen en el proceso histó! rico y en el proceso de las ideas;1 9 segundo, las causas con! cretas de la R evolución deben buscarse en las contradicciones existentes entre las clases de la sociedad francesa.
1 7 Ibid., p. 118. 1 8 Laponneray, H istoire de la Révolution Française depuis 1789 jusqu' en 1814, París, 1838, t. I. 1 9 Ibid., pp. 5-6.

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“La nación francesa se dividía en dos clases, una de las cuales era la explotadora y la otra la explotada, o de m odo m ás exacto, la clase explotada que se com ponía del tercer estado y de la m ultitud, form aba por sí sola la nación, ya que la clase explotadora era una m inoría insignificante. L os nobles y los curas estaban en posesión de todos los privilegios, de todas las prerrogativas: disfrutaban de todos los honores, em pleos y dignidades; y sobre el tercer estado y el pueblo recaían la pesada carga de los im puestos y la m ás hum illante servidum bre. “Tal estado de cosas no podía durar m ucho tiem po (... )" 2 0 Laponneray no se lim ita a em plear el concepto de clase social; señala tam bién el conflicto de clases basado concreta! m ente en la explotación. Y a no se identifica, com o en la época anterior, el “pueblo” con el tercer estado; se le sitúa m ás allá de dicho estado, com o “m ultitud”. Laponneray señala que las relaciones entre las clases no siem pre han sido las m ism as. En el pasado, la posición de la nobleza se justificaba por su función: defendía a quienes se le som etían. M ás tarde, los nobles cesaron de asum ir sus obligaciones, m ientras em pezaba a aum entar el papel desem ! peñado por el tercer estado; increm ento que fue favorecido por el poder real. En esta situación nace la filosofía del siglo xviii, que venía a desem peñar un papel considerable en el estrem ecim iento de los fundam entos del orden antiguo. “L as cosas se encontraban en este punto, cuando surgió com o un astro fulgurante en m edio de una profunda noche, la filosofía del siglo xviii, hija de la Reform a religiosa. En! tonces se inició un inm enso trabajo ideológico, no sólo en
2 0 Laponneray, H istoire de la Révolution Française... , p. 6.

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Francia, sino en toda Europa; las inteligencias se inflam aron. El m étodo del libre exam en, que Lutero había utilizado para conm over la Iglesia rom ana hasta sus cim ientos, fue la tem ible arm am ediante la cual la filosofía socavó el carcom ido edificio de las viejas creencias y de los antiguos prejuicios. Todo fue discutido y profundizado; ningún abuso, ningún error fue perdonadopor las severas investigaciones del racionalism o. Una revolución se hizo inevitable; pero no una de esas revoluciones que nos presenta repetidam ente la historia de nuestros catorce siglos de m onarquía, revoluciones superficiales que no hacían m ás que reem plazar una form a por otra ysustituir los antiguos abusos por los nuevos, sino una revolución profunda, radical, igualitaria, que, descendiendo hasta las entrañas de la sociedad, operara su regeneración com pleta.” 2 1 A sí, entre las causas de la R evolución, al conflicto de clases seañade lo que constituye su expresión ideológica: la filosofía de la Ilustración. Esta com probación, que hoy resulta banal, era algo innovador en la época; adem ás, su autor introducía am bos factores en el arsenal de los argum entos em pleados a partir de entonces en cualquier discusión seria sobre las causas de la R evolución Francesa. Atítulo de curiosidad, recordem os lo que V oltaire y R ous! seau afirm aban sobre las perspectivas de la revolución. S us enunciados sirvieron, con toda la razón, a Laponneray para dar testim onio de la profundidad del pensam iento filosófico que preparó la R evolución de 1789. E l 2 de abril de 1764, V oltaire escribía en una de sus cartas: “Todo cuanto contem plo lleva los gérm enes de una revo! lución que inevitablem ente se producirá cuando yo ya no
2 1 Ibid., p. 7

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pueda tener el placer de ser su testigo. Los franceses llegan m uy tarde a todo; pero al fin llegan. La luz se ha ido pro! pagando poco a poco de m odo que va a estallar a la prim era ocasión: yentonces seproducirá un bello alboroto. L os jóvenes están m uy contentos, puesto que podrán ver bien las cosas.” Cuatro años antes, en 1760, J.-J. R ousseau había escrito: “N os aproxim am os a la situación de crisis y al siglo de las revoluciones. C reo im posible que las grandes m onarquías de Europa perduren durante m ucho tiem po; todas brillaron, y todo estado de brillantez se encuentra ya en su declive. M i opinión tiene razones m ás particulares que esta m áxim a, pero no es oportuno decirlas y cada uno las conoce perfecta! m ente.” 2 2 A ntes de pasar a otros historiadores, precisem os que La! ponneray ve la causa directa de la R evolución Francesa en la crisis financiera y económ ica de la época. L as opiniones que hem os reseñado hasta aquí constituyen otros tantos m ateriales interesantes para caracterizar la época, pero desde el punto de vista de la historiografía y a excepción posiblem ente de Laponneray, todo ello es todavía bastante prim itivo. Será necesario esperar la época siguiente — la que sucede a la prim avera de los pueblos—para hallar elem entos cualitativam ente nuevos en la historiografía francesa y ver cóm o se inicia sim ultáneam ente una gran controversia sobre las causas económ icas de la R evolución de 1789; controversia que aún hoy perdura entre los historiadores franceses. M e refiero en particular a dos grandes obras consagradas a la R evolución Francesa que se han convertido en clásicas: la H istoria de la Revolución de Jules M ichelet, com puesta de varios volúm enes, cuya aparición se inició en 1847, es decir
2 2 Ibid. , pp. 7-8.

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la víspera de la prim avera de los pueblos; el Antiguo Régim en y la Revolución, de A lexis de Tocqueville, publicado en 1856, que constituye el principio de un estudio em prendido unos años antes y que la m uerte de su autor dejó inacabado. Jules M ichelet era un apasionado partidario de D anton, tendencia perceptible en las páginas de su obra,2 3 redactada en un estilo m uy literario en com paración con los escritos históricos actuales, y con todo m uy erudito, apoyado en una rica docum entación. Para M ichelet las causas de la R evolución Francesa son m últiples. Una de ellas fue la influencia de la ideología, en particular de las ideas de V oltaire y de R ousseau; influencia m uy am plia, que llegó hasta la corte y la m ism a reina. Todos parecen aspirar a la revolución, pero cada uno duda en em prender una acción concreta de saneam iento de la situa! ción. Y M ichelet observa con hum or: “Todos parecen convertidos, todos quieren la revolución, aunque tam bién es cierto que cada uno la quiere no para sí m ism o, sino para los dem ás. La nobleza la haría gustosa con el clero, el clero con la nobleza. ”Turgot prueba a todos; les pide que digan si quieren enm endarse de verdad. Todos dicen unánim em ente: No... Q ue lo que se deba hacer se haga.” 2 4 Segundo, lo que influyó sobre el desencadenam iento de la R evolución fue el hundim iento financiero del Estado, de m odo m ás exacto su quiebra total tras el saqueo del tesoro realizado por los poderosos a quienes el rey no sabía resistir.2 5 Tercero, la arbitrariedad del poder real, en particular la
2 3 J. M ichelet, H istoire de la Révolution Française, tom o I, B ibliothéque de la Pleiade, París, 1942. 2 4 Ibid., p. 61. 2 5 Ibid., pp. 64-67.

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práctica que consistía en desem barazarse de los “im portunos” encarcelándolos, sin proceso alguno, m erced a cartas selladas (vendidas y puestas en circulación en blanco), soliviantó a la opinión pública contra la m onarquía. A esto se debe que la tom a de la B astilla (según M ichelet, en Francia había treinta bastillas sim ilares, sin contar los conventos que a m e! nudo eran utilizados com o prisiones) se convirtiera en el sím bolo de la R evolución Francesa.2 6 Y por últim o, para M ichelet la causa preem inente de la R evolución fue la m iseria. M ichelet lo afirm a, aunque se lam enta por carecer de fuentes que confirm en su tesis: “S i la paciencia m erece el cielo, este pueblo en los últim os siglos ha superado verdaderam ente todos los m éritos de los santos. Pero ¿cóm o explicarlo?... Las huellas están m uy dispersas. La m iseria es un hecho tan generalizado, la resig! nación para soportarla es una virtud tan com ún entre nosotros, que los historiadores raram ente la hacen notar. A dem ás la historia falla en el siglo xviii... hasta el m ovim iento filosófico el país sigue silencioso......... ”La historia de esta m iseria es difícil de trazar puesto que estas épocas, com o en todas partes, no están m arcadas por las revueltas... no ha habido ninguna revuelta, sólo una Re! volución.” 2 7 M ichelet busca pruebas en apoyo de su tesis en los testi! m onios de los personajes históricos que vivieron durante los dos siglos anteriores a la R evolución; personajes tales com o C olbert, B oisguillebert, el arzobispo de Cam brai, el duque de O rleans, el obispo de C hartres, Fénélon, M adam e de Cháteauroux, etc. L o que le perm ite afirm ar:
2 6 Ibid., pp. 67-76. 2 7 Ibid., p. 46.

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L

“Este m al consiste en que [la sociedad francesa] está organizada, de arriba a abajo, para producir cada vez m enos y pagar cada vez m ás (... ). ”D esde Luis XIV los im puestos indirectos representan una carga tan gravosa que en M aules, en Etam pes y en otras partes, se arrancan todas las viñas. ”El cam pesino ya no tiene m uebles para em bargar, y el fisco requisa el ganado, a falta de otros bienes, y lo exterm ina poco a poco. Y a no hay estiércol. El cultivo de cereales que en el siglo xvii se extendió en cam pos inm ensos, queda res! tringido en el siglo xviii (... ). ”La tierra no sólo produce m enos, sino que tam bién se cultiva m enos. En m uchas regiones ya no vale la pena cul! tivarla... (... ).” 2 8 C om o se puede ver, M ichelet no recoge la tesis de los historiadores de la época de la R estauración sobre las con! tradicciones de clases com o causa determ inante de la R evo! lución Francesa. E ste problem a desaparece de su obra al m ism o tiem po que se esfum a el papel de la burguesía en la abolición del régim en feudal. A otros tiem pos, otras preocu! paciones y necesidades. S e ve precisar, por el contrario, con un relieve m ás acusado y con nuevo desarrollo, el tem a de la m iseria del pueblo considerada com o la causa principal de la R evolución. La publicación de la obra de M ichelet, iniciada en 1847, finalizó en 1853. En esta m ism a época, A lexis de Tocqueville trabajaba en su libro, publicado en 1856, en el que form ula una tesis diam etralm ente opuesta a la conclusión de M ichelet: la R evolución Francesa no tuvo por causa la m iseria, sino por el contrario el desarrollo económ ico del país, desarrollo
2 8 Ibid., pp. 47-49.

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en el que participó y se benefició tam bién el cam pesinado, y la extensión de las libertades políticas. Tocqueville docu! m enta y argum enta con rigor esta tesis que a prim era vista sorprende. El desacuerdo entre M ichelet y Tocqueville es tanto m ás im portante e interesante cuanto que tendrá sus prolongacio! nes: a finales del siglo xix Taine se enfrenta a Jaurès y en el siglo xx Labrousse a Lefebvre y M athiez. Con el tiem po los argum entos cada vez son m ás num erosos y la docum en! tación aportada es cada vez m ayor, pero el problem a no por ello cede y, por tanto, debe tratarse com o en su origen. Tocqueville se opone violentam ente a todos aquellos para quienes la R evolución era solam ente un acontecim iento for! tuito y un deseo de anarquía. E l, por el contrario, dice: “La R evolución no ha sido de ninguna m anera un acontecim iento fortuito. C ierto que ha cogido a todo el m undo desprevenido; sin em bargo, no fue m ás que la culm inación de un largo trabajo; era el final repentino y violento de una obra en la que habían trabajado diez generaciones. Si no hubiera tenido lugar, el viejo edificio social se habría des! m oronado igualm ente, en unas partes m ás pronto, en otras m ás tarde; sólo que habría caído pieza por pieza en lugar de derrum barse todo sim ultáneam ente.” 2 9 La R evolución no sólo no tuvo nada de acontecim iento for! tuito, sino que fue el resultado de un largo proceso que se desarrollaba a una escala que sobrepasaba a Francia, a escala m undial, ydebía conducir a la abolición del feudalism o. “... Esta revolución tuvo por efecto abolir estas institu! ciones políticas que, durante varios siglos, habían reinado de m odo exclusivo en la m ayor parte de los pueblos europeos y
2 9 A . de Tocqueville, L'Ancien Régime et la Révolution, 3a edición, París, 1857, p. 55.

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que corrientem ente se califican con el nom bre de instituciones feudales, para instaurar un orden social y político m ás uni! form e y sim ple, basado en la igualdad de condiciones.”3 0 Puesto que la tendencia antifeudal era general en Europa, se plantea, por tanto, una cuestión: ¿por qué se produjo precisam ente en Francia la m ás potente explosión revolucio! naria? Tocqueville responde a esta cuestión alegando que no debe atribuirse este hecho a una situación m ás desfavorable en Francia que en otras partes, sino por el contrario a una m ejor situación económ ica y política en la cual los residuos del feudalism o se hacían cada vez m ás agobiantes. El razona! m iento de Tocqueville era original y nuevo para su época, y algunas páginas de su libro todavía adm iran por la profun! didad de las ideas que expresa. Em pieza con una tesis general: “Una cosa sorprende a prim era vista: que la R evolución, cuyo objetivo era abolir en todas partes el resto de las insti! tuciones m edievales, no haya estallado en las regiones donde estas instituciones, m ejor conservadas, se m anifestaban al pueblo con m ayor rigor y violencia, sino, por el contrario, donde se com portaban con m ayor benignidad; así pues, su yugo se hizo m ás insoportable allí donde, en realidad, era m enos pesado. "3 1 Tocqueville com para la situación del cam pesino en los pequeños Estados alem anes y en Francia. En A lem ania, el cam pesino sigue todavía sojuzgado y generalm ente glebae adscriptus. En Francia, con algunas excepciones, el cam pesino no sólo es libre desde hace m ucho tiem po, sino que tam bién posee tierras que él extiende sin cesar en detrim ento de la gran propiedad. La revolución no hizo m ás que acelerar un proceso
3 0 Ibid., p. 54. 3 1 Ibid., p. 57.

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que desde hacía largo tiem po se hallaba en m archa. El señor feudal había perdido sus prerrogativas adm inistrativas en favor del poder real; solam ente conservaba sus derechos en el terreno de la justicia aunque cada vez m ás lim itados por el rey. N o obstante, a pesar de todas estas transform aciones, el cam ! pesino todavía estaba sujeto a gravosas cargas en dinero y en especie en beneficio del señor y de la iglesia; cargas que resultaban m ucho m ás pesadas para el cam pesino puesto que le eran im puestas por su propiedad y ya no por el dom inio del señor. Pero en esta m ism a época existían idénticas obliga! ciones feudales en toda Europa, en form am ucho m ás dura. ¿Por qué, pues, se pregunta Tocqueville, ocasionaron una explosión en Francia que, en este respecto, era el país m ás liberal? “¿Por qué los m ism os derechos feudales provocaron en el corazón del pueblo francés un odio tan intenso que llegó a sobrevivir a su objeto m ism o y parecía inextinguible? La causa de este fenóm eno es, por una parte, que el cam pesino francés se había convertido en propietario territorial, y, por otra, que había escapado por com pleto al gobierno de su señor."3 2 En el siglo xviii, el cam pesino francés era m ucho m ás libre que en el pasado ysu situación económ ica era igualm ente m ejor; pero se encontraba socialm ente aislado. Para el señor feudal, para el noble, “estos hom bres ya no eran sus súbditos, aunque tam poco eran todavía sus conciudadanos”.3 3Q uizá en algunos casos individuales, no ocurría lo m ism o, señala Tocqueville, que inm ediatam ente precisa: “m e refiero a las
3 2 A . de Tocqueville, L’Ancien Régime et la Révolution, p. 69. 3 3 Ibid., p. 208. Ibid., p. 209. 4 3

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clases; sólo ellas deben ocupar la historia”.3 4E ste es un punto de vista indiscutiblem ente digno de atención. Los señores abandonaban la tierra cuya explotación ya no les era rentable debido al sistem a fiscal. D e esta m anera, el peso principal de los im puestos recaía sobre el cam pesino quien, por tem or a nuevas im posiciones, no desarrollaba ni el cultivo ni la ganadería. Las cargas que en principio incum bían únicam ente a los cam pesinos eran el servicio m ilitar, la cons! trucción y el m antenim iento de los cam inos, etc. A causa de esto, y a pesar de haber m ejorado su situación, experim entaba de m odo m ás duro el peso del régim en. Tocqueville concluye afirm ando que en la segunda m itad del siglo xviii, se nota en Francia una rápida expansión eco! nóm ica: “...La prosperidad pública se desarrolla con una rapi! dez sin precedentes. Todos los signos lo anuncian: la po! blación aum enta; las riquezas se increm entan con m ayor rapidez aún. La guerra de A m érica no am inora esta expan! sión; el Estado se carga de deudas con ello, pero los particu! lares continúan enriqueciéndose; paulatinam ente se hacen m ás industriosos, m ás em prendedores, m ás inventivos. ”(... ) Si se quiere prestar atención a la diferencia que presentan los tiem pos, se descubrirá que en ninguna de las épocas que siguieron a la R evolución, la prosperidad pública se desarrolló con m ayor rapidez que durante los veinte años que la precedieron.” 3 5 Pero, por otra parte, a m edida que se opera este progreso y se desarrolla la prosperidad, crecen el descontento v el odio hacia las antiguas instituciones. La revolución m adura, en particular en las regiones del país en que el bienestar es m ás
3 5 Ibid., pp. 286-288.

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m anifiesto, “de tal m odo que se diría que a los franceses se les ha hecho m ás insoportable su situación a m edida que ésta m ejoraba”.3 6 ¿Por qué ocurre así? La explicación que da Tocqueville pertenece a las m ás bellas páginas de la politología. “N o siem pre se cae en la revolución cuando se va de m al en peor. L o que ocurre con m ás frecuencia es que un pueblo después de haber soportado las leyes m ás agobiantes sin que! jarse y com o si no las sufriera, las rechaza violentam ente a partir del m om ento en que se aligeran. E l régim en que una revolución destruyó casi vale m ás que el precedente, y la expe! riencia enseña que el m om ento m ás peligroso para un m al gobierno ordinariam ente es aquel en que em pieza a refor! m arse... El m al que se sufre pacientem ente com o inevitable parece insoportable cuando se concibe la idea de sustraerse al m ism o. Todo cuanto entonces se quita de los abusos parece poner m ás en evidencia lo que aún resta y hace el sentim iento m ás acuciante: cierto que el m al ha dism inuido, pero la sen! sibilidad es m ás aguda. El feudalism o con todo su poderío nunca inspiró tanto odio com o en el m om ento en que iba a desaparecer. L as m ás pequeñas arbitrariedades de Luis XVI parecían m ás difíciles de soportar que todo el despotism o de Luis XIV.” 3 7 El razonam iento es profundo y capta, en una visión de conjunto lógicam ente coherente, la tesis de la expansión económ ica de Francia en la segunda m itad del siglo xviii y la tesis del auge, por la m ism a época, de los sentim ientos revolucionarios. A sí, según Tocqueville, si por esta época tenía tendencia a desarrollarse en toda Europa un m ovim iento dirigido contra
3 6 Ibid., p. 291. 3 7 Ibid., pp. 291-292 (pasaje subrayado por A . S.).

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el feudalism o, este m ovim iento era m ucho m ás fuerte en Fran! cia puesto que la rápida expansión económ ica del país y la extensión de las libertades hacían m ás evidentes las trabas y las cargas ligadas a la supervivencia del sistem a feudal. Tocqueville defiende este punto de vista, sin om itir por ello las causas directas de la R evolución Francesa: en prim er lugar, las dificultades financieras del gobierno en relación con un creciente déficit presupuestario. C ierto que el sistem a finan! ciero en esta época no era m ás desastroso que en tiem pos de los predecesores de L uis XVI y el déficit aum entaba debido a las em presas positivas tales com o las obras públicas, la asistencia a los pobres, etc. (Tocqueville silencia los gastos de la guerra de A m érica y las deudas estatales cuyos intereses acabaron absorbiendo m ás de la m itad de los ingresos anua! les); pero, en esta ocasión, el Estado se hallaba al borde de una quiebra que am enazaba los “derechos sagrados” de sus acreedores, en prim er lugar de sus rentistas. C on ello la crisis financiera lanzó a las capas sociales generalm ente m ás con! servadoras a la revolución. “E llo originó que los rentistas, los com erciantes, los indus! triales y otros negociantes u hom bres acaudalados que consti! tuyen ordinariam ente la clase m ás enem iga de las innovaciones políticas, la m ás am iga del gobierno existente, sea cual sea, y la m ás sum isa a las leyes que ella m ism a detesta, en esta ocasión fue la m ás im paciente y decidida en m ateria de reform as. Solicitaba a voces una revolución com pleta en todo el sistem a financiero, sin pensar que al rem over profunda! m ente esta parte del gobierno se iba a hacer caer todo el resto.” 3 8 Tocqueville nos propone, pues, com prender las causas de
3 8 Ibid., pp. 295-296.

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la R evolución Francesa con una óptica m uy distinta e incluso diam etralm ente opuesta a la de M ichelet. Transcurren unos veinte años y la Com una de París m arca el principio de una época nueva en la historia de Francia, y no sólode Francia. Entonces se asiste evidentem ente al resurgim iento del problem a de la gran R evolución Francesa, aunque ahora a través de la perspectiva de la Com una de París. H ippolyte Taine en una im portante obra sobre Los orí! genes de la Francia contem poránea (1875) vuelve a tratar el tem a de la m iseria, en especial de la m iseria de los cam ! pesinos, considerada com o causa de la R evolución. El des! acuerdo entre M ichelet y Tocqueville continúa en otro contexto. El tem a que Taine bosqueja en tonos m uy som bríos es la m iseria, la espantosa m iseria del pueblo, tom ando sus m ate! riales de las m em orias, declaraciones, correspondencia adm i! nistrativa, descripciones, etc. de la época deLuisXIV, Luis XV y Luis XVI. “Exam inad la correspondencia adm inistrativa de los úl! tim os treinta años que precedieron a la R evolución: cien indicios os revelarán un sufrim iento excesivo, a pesar de que no llega a convertirse en furor. Para el hom bre del pueblo, cam pesino, artesano u obrero, que subsiste gracias al trabajo de sus brazos, la vida es visiblem ente precaria; tiene lom ínim o que necesita para no m orir de ham bre, y en m ás de una ocasión, incluso este poco le llega a faltar.” 3 9 Taine adm ite (haciendo referencia a Tocqueville) que el cam pesino se había convertido efectivam ente en propietario territorial, e intenta explicar este hecho sin invalidar por ello
3 9 H . Taine, O rigines de la France contem poraine, París, 1875, Librairie Hachette, t. II, p. 209.

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su teoría sobre la m iseria com o causa de la R evolución, y m ás tarde recoge el razonam iento de Tocqueville según el cual el cam pesino propietario es m ás sensible al peso de los im pues! tos y de las cargas que el cam pesino que trabaja principal! m ente las tierras señoriales. Taine achaca el hecho de que el cam pesinado antes de la R evolución poseyera las dos terceras partes de la tierra, a la ruina de la nobleza y a la abnegación de ios cam pesinos que rescataban la tierra a bajo precio, pero de la que no sacaban nada a pesar de los sacrificios em pleados. D e este m odo Taine salva su tesis de la m iseria com o fenóm eno general y constante, m iseria que levantó a los cam pesinos contra el régim en en el que se habían convertido en propietarios. “Cuando el hom bre es m iserable, se am arga; pero cuando es sim ultáneam ente propietario y m iserable, se am arga m ucho m ás. Se puede resignar a la indigencia, pero no se resigna a la expoliación; y ésta era la situación del cam pesino en 1789; puesto que, durante todo el siglo xviii, había adquirido tierras... "Pero, al adquirir tierras, el pequeño cultivador asum e las cargas correspondientes. M ientras era un sim ple jornalero y sólo disponía de sus brazos, el im puesto solam ente le alcanzaba am edias: ‘donde no hay nada, el rey pierde sus derechos’. A hora, por m ás pobre que sea y se diga, el fisco hace m ella en él de acuerdo con toda la extensión de su nueva pro! piedad. "4 0 El hecho de que yo haya destacado de Taine sólo su teoría sobre la m iseria del pueblo com o la causa de la R evo! lución, no significa en absoluto que este historiador ignorara las restantes causas y aspectos del problem a. Su obra no sólo
4 0 Ibid., pp. 226-230.

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es m uy erudita y está fundada en las fuentes m ás diversas, sino que adem ás se aproxim a al proceso histórico con una perspectiva com pleja (por otra parte m uy discutible). Sin em bargo, por el hecho m ism o de que esta obra es tan rica, debem os lim itam os a propósito al único aspecto que nos interesa com o objeto de nuestra confrontación: las causas económ icas de la R evolución Francesa. D e lo contrario, nos veríam os obligados a entablar una discusión con el autor cuando, al analizar la estructura de la sociedad francesa del siglo xviii, om ite el desarrollo y el papel desem peñado por la burguesía com o clase, o, tam bién, cuando opone la filosofía francesa de las L uces a la ciencia y la depura de sus conte! nidos revolucionarios concretos. Pero esto nos llevaría dem a! siado lejos. Lim itém onos a la única cuestión que nos interesa: ¿cuáles son las causas económ icas de la R evolución Francesa? Taine contesta: la m iseria del pueblo. A l igual que en el caso de M ichelet, esta respuesta suscita una oposición, expresada en esta ocasión por Jean Jaurès en su H istoria socialista de la Revolución F rancesa (1901). La causa de la R evolución no fue la m iseria, contesta Jaurès, sino el fortalecim iento del poderío del tercer estado tras un rápido auge económ ico. Em pecem os por la im portante tesis de que parte Jaurès y que M athiez recogerá a continuación: para que estalle una revolución no es condición suficiente la opresión de las clases que em prenden la lucha, sino que es necesario tam bién que estas clases dispongan de un m ínim o de fuerzas y de m edios. Ytal era precisam ente la situación en la Francia del sigloxviii: “Para que una revolución estalle, es preciso que las clases inferiores sufran un terrible m alestar o una gran opresión, pero tam bién es necesario que tengan un principio de fuerza y, por consiguiente, de esperanza. E ste era exactam ente el estado

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de la sociedad francesa a finales del siglo xviii. La nobleza y el clero, al poseer m ás de la tercera parte de las tierras, estar libres de toda carga y de todo im puesto, arrojar todo el peso fiscal sobre los cam pesinos y sobre la burguesía austera de las ciudades, y al acaparar todos los recursos de un presu! puesto alim entado por los m ás pobres, herían y perjudicaban en grado sum o a la clase cam pesina y a la clase burguesa. ”Pero, al m ism o tiem po existían suficientes pequeñas pro! piedades cam pesinas y, a pesar de los rigores del fisco, había suficientes ahorros ocultos en los cam pos, para que todos los pequeños propietarios rurales tuvieran la esperanza de liberarse algún día e incluso de adquirir los girones de la gran pro! piedad eclesiástica. ”Yla burguesía, exaltada por dos siglos de poderío indus! trial, com ercial y financiero, había penetrado lo suficiente, m ediante sus com pras en el m undo rural, para sentirse en condiciones de enfrentarse a la nobleza y la Iglesia, incluso en el orden agrícola. S e creía con fuerza, por decirlo de algún m odo, para cubrir toda la superficie de la sociedad.” 4 1 A sí, según Jaurès, la causa de la R evolución fue el creci! m iento de la fuerza de la burguesía, que por ello aspiraba a conquistar el poder. L os restantes fenóm enos tales com o el déficit presupuestario y, por consiguiente, la crisis de las finanzas del Estado, podían provocar el estallido de la R evo! lución, pero sus causas eran m ucho m ás profundas, residían en el conflicto entre las clases de la sociedad de la época. Jaurès, al polem izar con Taine a quien critica violenta! m ente por no haber com prendido el papel desem peñado por la burguesía en el m ovim iento revolucionario del siglo xviii, se levanta contra la tesis, según la cual la única razón de los
4 1 Jean Jaurès, H istoire Socialiste de la Révolution Française, ed. de l’Hum anité, París, 1922, t. I, pp. 44-46.

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sentim ientos revolucionarios de la burguesía radicaba en el interés que le inspiraban los trabajos de los filósofos. Jaurès prosigue: “El señor Taine no llega a sospechar siquiera el inm enso desarrollo del interés que im puso a la burguesía su papel revolucionario y que le proporcionó la energía para llevarlo a cabo. ^Razona com o si fuera cierto que las puras teorías filosó! ficas pudieran perturbar y sublevar a todo un pueblo (... ). Este pretendido hom bre ‘realista’ se ha lim itado a leer libros filosóficos. No ha llegado a ver la vida m ism a; ha ignorado el inm enso esfuerzo de producción, de trabajo, de ahorro, de progreso industrial y com ercial que llevó a la burguesía a ser una potencia de prim er orden y la obligó a tom ar la dirección de una sociedad en la que sus intereses ya ocupaban un lugar tan preem inente y podían correr tantos riesgos. A l señor Taine ciertam ente le falta, en exceso, leer a M arx o m editar un poco sobre la obra de A ugustin Thierry.” 4 2 Jaurès no niega el papel revolucionario de la ideología, sino que lo interpreta de m odo m uy distinto a Taine. M ientras que para este últim o la filosofía de la Ilustración tenía un carácter abstracto y buscaba sus fuentes en la A ntigüedad, para Jaurès el origen de su poderío está en el hecho de que constituye un instrum ento de la conciencia de clase de la burguesía. El papel desem peñado por el pensam iento ilus! trado sólo puede ser com prendido en relación estrecha con el auge de la burguesía. “A finales del siglo xviii, dos grandes fuerzas revolucio! narias apasionaron a los espíritus y m ultiplicaron por un coeficiente form idable la intensidad de los acontecim ientos...
4 2 J. Jaurès, H istoire Socialiste de la Révolution Française, ed. cit.

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”Por una parte, la nación francesa se encontraba en su m adurez intelectual. Por otra, la burguesía francesa se encon! traba en la m adurez social (... ). La burguesía francesa había tom ado conciencia de su fuerza, de su riqueza, de su derecho, de sus posibilidades casi ilim itadas de desarrollo: en resum en, la burguesía llegaba a tener conciencia de clase, cuando el pensam iento alcanzaba la conciencia del universo. Estas son las dos fuerzas ardientes, las dos fuentes del fuego de la R evolución. Fue esto lo que la hizo posible y deslum ! brante.” 4 3 E l poderío de la burguesía procedía principalm ente de su actividad industrial, com ercial y financiera, así com o del papel de acreedor del Estado que desem peñaban los rentistas. Y son precisam ente estos rentistas, am enazados por el espec! tro de la quiebra financiera del Estado, los que favorecen la búsqueda de un orden social nuevo capaz de garantizar sus derechos. “Pero el poderío de la burguesía francesa, en 1789, tam bién se debe a la actividad com ercial e industrial”, dice Jaurès.4 4 Y ciertam ente, en un im portante capítulo de su obra (de unas sesenta páginas titulado La vida económ ica), se esfuerza en dem ostrar m ediante docum entos y estadísticas, el enriquecim iento de la burguesía con el com ercio, las finan! zas y la industria. Incluso la guerra con Inglaterra por las colonias am ericanas, que arruinó las finanzas estatales, per! m itió a la burguesía acum ular enorm es fortunas. A sí sucedió en B urdeos, donde hasta la clase obrera de la época elevó su nivel de vida, y no se presentaron conflictos violentos entre la burguesía y el proletariado durante la R evolución.4 5
4 3 Ibid., p. 49. 4 4 Ibid., p. 62. 4 5 Ibid., p. 73.

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Igual ocurrió en M arsella, donde todo el tercer estado se unió contra la nobleza. “La burguesía, apoyada por la fuerza y el entusiasm o popular, avanza hacia la conquista del poder. En M arsella y en Provenza, se puede com probar esta unanim idad apa! sionada del tercer estado, de los burgueses y los obreros, de los ricos y los pobres, en los días turbulentos y radiantes que precedieron a la R evolución, cuando M irabeau, en los Estados de Provenza, se enfrenta a la nobleza que lo excluye. L as floristas abrazan al tribuno y los banqueros lo aclam an. E l m ism o, ai pronunciar su m agnífico discurso en los Estados de Provenza, opone la fuerza y el derecho de los productores a la esterilidad privilegiada de los nobles, señalando con ello tanto a los grandes financieros e industriales com o a los sim ! ples asalariados.” 4 6 En Lyon, por el contrario, la burguesía se había aliado con la aristocracia que se había incorporado a las actividades industriales y, desde el principio de la R evolución, un con! flicto la enfrenta con el proletariado. E stas diferentes situa! ciones políticas se explican por ofrecer L yon distinto nivel de desarrollo industrial y una especie distinta de actividades económ icas con respecto a B urdeos y M arsella. E s interesante destacar que cuando Jaurès defiende la tesis de la prosperidad en vísperas de la R evolución, no plantea el problem a del paro reinante en esa época entre los obreros, ni el del alza del precio del trigo a consecuencia de las m alas cosechas, etc. En el capítulo titulado El proletariado (ibid., págs. 157-169), se lim ita a dem ostrar que la clase obrera de la época no era, ni podía ser todavía, una clase autónom a, puesto que carecía de organizaciones y de
4 6 Ibid., p. 77.

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conciencia de clase. A esta razón probablem ente se debe que Jaurès concentre su atención en la fuerza principal de la R evolución (la burguesía) y sólo considere el problem a de la prosperidad en las ciudades desde la perspectiva de esta clase, aunque tam bién dedica cierta atención al nivel de vida del cam pesinado, que jugó un papel im portante en la Re! volución. Jaurès, de acuerdo con la línea general adoptada, establece de entrada que la agricultura había realizado un gran pro! greso antes de la R evolución. Para calibrar este progreso, se debe com parar la agricultura francesa de 1789 con la exis! tente veinte o treinta años antes, y no con la agricultura inglesa cuyo nivel era indiscutiblem ente superior. “N o puede negarse que entre 1760 y 1789 se produjo un notable progreso agrícola, una extensa renovación de los m étodos, de las construcciones, de las herram ientas... ”Y a sé que Arthur Y oung, en varias partes de su viaje por Francia, señala la insuficiencia del cultivo; y es cierto que la agricultura francesa era m uy inferior a la agricultura inglesa. Pero Arthur Y oung no pudo com parar la situación de la Francia agrícola en 1789 con la situación de la m ism a en 1760. ”A hora bien, algunos testim onios decisivos y algunos he! chos económ icos dem uestran que durante estos 25 años se produjo un notable im pulso en el cultivo intensivo. " 4 7 Jaurès explica este progreso, en prim er lugar por la par! ticipación del capital en la agricultura. Parte im portante del suelo pasa a m anos de la burguesía que está interesada en acabar con el estancam iento de la producción agrícola. Entonces se constituye una clase de ricos colonos que arriendan
4 7 Ibid., p. 209.

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las tierras, aplicando así el principio del beneficio capitalista a la propiedad territorial. D e este m odo, según C alonne, se produce una auténtica revolución en la agricultura francesa, que en 20 años ocasiona un considerable aum ento de las rentas del suelo.4 8 La Sociedad Real de A gricultura, fundada en 1785 en París, se encarga de m odo especial de elevar el nivel de las técnicas agrícolas entre los cam pesinos, etc. Hasta aquí, Jaurès basa sus afirm aciones en una rica docum entación y cita fuentes concretas. Pero, ¿cuál era en esa época la situación del pueblo trabajador del cam po? Jaurès se interesa m enos por este problem a ya que lo considera m ás bien com o una de las consecuencias del progreso del capitalism o en la agricultura: liquidación de las antiguas instituciones de la com unidad aldeana y de las prestaciones en beneficio de los pobres bajo la form a en especial del derecho de pasto libre, concentración de la propiedad territorial gracias a la expropiación en par! ticular — directa oindirecta—de los cam pesinos (sus innum e! rables quejas se encuentran anotadas en los cuadernos de reclam aciones de las distintas provincias, y son agregadas a este expediente por Jaurès).4 9 S i a esto se añade el descontento general, tam bién expre! sado en los cuadernos de reclam aciones de los cam pesinos, que ocasionaba el sistem a notoriam ente injusto de im puestos y censos, en especial la gabela, se com prenderá por qué Jaurès concluye sus observaciones sobre la población rural en estos térm inos: “Un vibrante entusiasm o responde, desde todos los rin! cones de la Francia rural, a los prim eros actos de la R evo! lución. Y la burguesía revolucionaria, tan poderosa por su
4 8 J. Jaurès, H istoire Socialiste de la Révolution Française, p. 211. 4 9 Ib id . p. 248. ,

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fuerza económ ica y la energía de sus ideas, no sólo no será desaprobada por la vasta población cam pesina, sino que acre! centará su cólera, presta a desbordar los lím ites señalados por el tercer estado de las ciudades. "5 0 Pero, en el contexto general de los análisis de Jaurès sobre la agricultura francesa de la segunda m itad del sigloxviii, estas afirm aciones sorprenden, puesto que no son la conclusión lógica de sus análisis que sólo pretenden fijar un hecho: el auge rápido de la agricultura en esta época. C iertam ente, se puede razonar com o Tocqueville y Jaurès: cuanto m ás incom patibles son las supervivencias feudales con las relaciones capitalistas en rápida progresión, m ás provocan la cólera e im pulsan a la acción. E sto es indiscutiblem ente cierto, pero es un poco aproxim ado puesto que no se proporciona ningún dato sobre las causas económ icas concretas del descontento de los cam pesinos trabajadores. O tros historiadores aportarán estos datos á partir de los docum entos de la época, a los cuales nos referirem os m ás tarde. Parece, pues, que Jaurès desarrolló de m odo dem asiado unilateral su tesis m ayor sobre el desarrollo económ ico del país y el auge de la burguesía com o causa fundam ental de la R evolución Francesa. La tesis será recogida por la m ayoría de los grandes historiadores del siglo xx, cuyos puntos de vista tratarem os tom ando com o ejem plo las grandes obras de síntesis de A lbert M athiez y G eorges L efebvre, consagradas a la R evolución Francesa. Pero antes nos detendrem os en el libro de Franz Funck B rentano, El Antiguo Régim en, que estudia con m ayor detalle el problem a del cam pesinado en Francia a finales del siglo xviii, y en particular sus aspectos económ icos. E ste estudio viene a llenar una laguna existente
5 0 Ibid., p. 264.

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en la obra de Jaurès y a la vez constituye una buena intro! ducción a las síntesis de los autores m encionados anterior! m ente. La tesis principal de Brentano es la siguiente: en el si! glo xviii, la agricultura se desarrolla, y la situación económ ica del trabajador del cam po tam bién esbuena; si los historiadores hablan de su m iseria, se debe a que exageran o no han com ! prendido las realidades históricas de las relaciones existentes en dicha época en el cam po. ¡Qué contraste se descubre al com parar lo que dice B rentano con los escritos de M adam e de Staël, M ichelet y Taine, en especial, en los que se com pa! decen de la m iseria del cam pesino! B retano inicia el capítulo dedicado al cam po con un hábil procedim iento polém ico. Para conferir m ás consistencia a su tesis sobre la m iseria que reinaba en Francia en vísperas de la R evolución, Taine había citado a La B ruyère que describía al cam pesino de la época com o un ser al que su m iserable condición reducía a la categoría de un anim al. B rentano recoge las palabras de La B ruyère y cita inm ediatam ente después a otro escritor, Sebastián M ercier, que describe una boda aldeana com o un cuadro idílico.5 1 La intención de esta com paración entre am bas im ágenes tan distintas entre sí es evidente: si se quiere juzgar la realidad, no hay que dejarse influir por las descripciones literarias. B rentano, abandonando, pues, la literatura, recurre a los testim onios de los hom bres que conocen realm ente el m edio rural de la época por haber nacido y vivido durante largo tiem po en él, com oR estif de la B retonne, M arm ontel y M istral (este últim o com o representante del principio del siglo xix), cam pesinos nativos respectivam ente de B orgoña,
5 1 F. Brentano, l ' Ancien Régime, ed. Fayard, París, 1926, pági! nas 393-395.

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L em osín y Provenza.5 2Todos estos testigos “auténticos” coin! ciden en describir un cam po próspero y digno que en nada se parece al cuadro descrito por La B ruyère. La conclusión que B rentano saca de sus estudios es clara: en la segunda m itad del siglo xviii el cam po francés se des! arrolla y prospera. “Fuere cual fuere el razonam iento de Arthur Y oung sobre la agricultura francesa de finales del A ntiguo R égim en, no puede negarse que se benefició del gran im pulso que a m e! diados del siglo xviii arrastró a toda Francia hacia un nuevo futuro m ediante los progresos realizados en todos los ám bitos de la actividad nacional. L os cam pesinos adquieren tierras en todo el país: existe una auténtica pasión por poseer. Las tierras se pagan m ás de lo que valen. ”B ajo la influencia de las asociaciones agrarias... se perfeccionan m uchos m étodos y se im portan m áquinas agrí! colas de Inglaterra; los graneros, que exigen una construcción tan costosa, son reem plazados por los alm iares edificados en los cam pos; proliferan los prados artificiales. Arthur Y oung dice que el cultivo de la alfalfa en Francia es tan notable que sus com patriotas acudían a la escuela de nuestro país para aprenderlo. La introducción del cultivo del m aíz y la cría de gusanos de seda, el cultivo de la patata (... ), los carneros m erinos de raza española, aclimatados..., representan en Francia, a finales del A ntiguo R égim en, unas conquistas de gran im portancia sin parangón en el siglo xix.” 5 3 ¿Significa esto que el cam po estuvo, siem pre y en todas partes, castigado por los conflictos y la m iseria que lanzan a la revuelta? D e ningún m odo. En prim er lugar, el azote de las m alas cosechas (debidas
Ibid., pp. 395-409. 5 3 Ibid., pp. 434-435.
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a un verano dem asiado seco o a un invierno dem asiado rigu! roso) se cernía a m enudo sobre los cam pesinos: 1709, 1740, 1767, 1771, 1775, 1784 y 1789. Las consecuencias de este azote eran tanto m ás catastróficas puesto que un lim itado transporte m arítim o im pedía que se im portasen m ayores can! tidades de trigo y el sistem a de aduanas interiores aislaba prácticam ente a las distintas provincias del país; adem ás, estaba prohibido alm acenar las reservas para prevenir los años difíciles. Por otra parte, la división de las tierras frenaba el pro! greso de la agricultura: el cultivador era dem asiado pobre y tenía un cam po de acción excesivam ente lim itado para m ejorar su explotación. Y por últim o, las tradicionales com unidades aldeanas obstaculizaban las iniciativas individuales. ¿C uáles son, en definitiva, las conclusiones de B rentano? El desarrollo de la agricultura y las condiciones de vida en el cam po eran satisfactorias, concluye este autor basándose espe! cialm ente en docum entos que describen las viviendas, la ropa, la alim entación de los cam pesinos, etc. C iertam ente, aunque en estos m ism os textos tam bién se encontrarán alarm antes relatos sobre la indigencia que reinaba de m odo particular cuando las cosechas eran m alas, B rentano los neutraliza en cierto m odo con testim onios diam etralm ente opuestos. Sin em bargo, hay un problem a que perm anece sin explicar: B ren! tano confiesa que en esta época el cam po fue invadido por una auténtica m ultitud de vagabundos, ladrones ysaqueadores. ¿D e dónde venían? Si se rechaza la hipótesis de la m iseria, ¿cuál era, pues, la causa de esta plaga social? ¿E ste fenóm eno se experim enta solam ente durante los años de m ala cosecha, en especial en 1784 y 1789? Apesar de algunas reservas y puntos de interrogación que se im ponen a la lectura del estudio de Brentano, su tesis prin-

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cipal parece estar bien fundam entada: los veinte años que preceden a la R evolución se sitúan, tanto en el cam po com o en la ciudad, en un periodo no de regresión, sino, por el contrario, de desarrollo, a pesar de que sim ultáneam ente se m anifiestan fenóm enos económ icos negativos. Henri S ée, en un estudio sobre las condiciones económ icas y sociales de Francia en el siglo xviii, llega a conclusiones sem ejantes, pero ofrece com o prueba el hecho de que las revueltas cam pesinas, inexistentes desde hacía largo tiem po, estallaron después del 14 de julio y, sobre todo, después del 4 de agosto de 1789, cuando los cam pesinos exigieron la supre! sión de los diezm os y de los derechos señoriales. G eorges Lefebvre tam bién defiende la tesis del desarrollo de la agricultura francesa. En su estudio sobre el problem a cam pesino durante la R evolución,5 4 habla del carácter autó! nom o de la revolución cam pesina com o resultado de la oposición existente entre los intereses de los cam pesinos y los intereses, no sólo de la aristocracia, sino tam bién de la bur! guesía. Este punto de vista es com partido por Pierre G axottes que agrega un interesante argum ento: las descripciones de la m iseria cam pesina se basan en las apariencias que el cam pesino debía m antener para defenderse del sistem a tributario vi! gente.5 5 Tras esta incursión en los dom inios del problem a cam ! pesino durante la R evolución, volvam os a la discusión m ás general, que en nuestra época llevan a cabo M athiez y Le! febvre por una parte, y Labrousse por la otra. A lbert M athiez se inspira en los puntos de vista de Jaurès: “La R evolución estallará, no en un país exhausto, sino,
5 4 G . Lefebvre, Études sur la Révolution Française, París, 1954. 5 5 P. G axotte, La Révolution Française, ed. Fayard, París, 1962, página 32.

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por el contrario, en un país floreciente, en plena expansión. La m iseria que a veces ocasiona m otines, no puede pro! vocar las grandes convulsiones sociales. Estas nacen siem pre del desequilibrio de las clases. ”La burguesía poseía ciertam ente la m ayor parte de la riqueza francesa. Progresaba incesantem ente, m ientras se iban arruinando las clases privilegiadas. Su m ism o crecim iento le hacía experim entar m ás vivam ente las inferioridades legales a que perm anecía condenada.” 5 6 M athiez analiza el conflicto de clases existente entre la burguesía y la aristocracia, e investiga el reflejo ideológico de este conflicto, ya que “la burguesía, que posee el dinero, tam bién se ha apoderado del poder m oral”.5 7 L os escritores y los filósofos que habían tom ado partido por la transform ación del orden social, colocaron su plum a al servicio de la clase ascendente, librando un com bate para despertar la conciencia revolucionaria de las m asas populares. E ste punto de vista recuerda la tesis de Lenin sobre el papel de la intelectualidad que “desde el exterior” aporta la con! ciencia de clase al m ovim iento obrero espontáneo. “La R evolución se había realizado en las m entes m ucho tiem po antes de que se tradujese en hechos, y entre los autores responsables de ella deben colocarse en lugar privilegiado a los m ism os que serán sus prim eras víctim as. ”La R evolución sólo podía venir de arriba. El pueblo trabajador, cuyo lim itado horizonte no superaba su profesión, era incapaz de tom ar la iniciativa y, con m ás razón aún, de asum ir su dirección.” 5 8
5 6 A .M athiez, La Révolution Française, ed. Arm and Colin, París, 1937, t. I, p. 13. 5 7 Ibid. 5 8 Ibid., p. 15.

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Tras haber citado los hechos y las cifras que dan testi! m onio del enriquecim iento de la burguesía y del auge de su poderío, del desarrollo de la industria, del com ercio, de la banca, etc., M athiez concluye: “A través de la burguesía circula una enorm e corriente de negocios. Las cargas de los agentes de cam bio doblan su valor en un año. N ecker ha escrito que Francia poseía cerca de la m itad del num erario existente en Europa. L os com er! ciantes adquieren las tierras de los nobles cargados de deudas. S e hacen construir elegantes villas que decoran los m ejores artistas (... ). L as ciudades se transform an y em bellecen. ”Un signo infalible de que el país se enriquece es que la población aum enta rápidam ente y que el precio de los artícu! los, de las tierras y de las casas experim enta un alza cons! tante (... ). El bienestar se extiende paulatinam ente desde la alta burguesía a la m edia y la baja. Se viste m ejor y se com em ejor que antes. Y , sobre todo, se instruye.” 5 9 La R evolución Francesa no fue, pues, originada por la m iseria, a pesar de que la crisis financiera condujera a la convocatoria de los Estados G enerales y al desencadenam iento de la prim era fase de la R evolución: la revolución nobiliaria. El déficit presupuestario, en el origen de la crisis financiera, era consecuencia del m al funcionam iento del Estado en una sociedad que se encontraba en plena expansión. “D espués el problem a financiero lo dom inó todo. Faltaba dinero para hacer reform as. E l Tesoro se vaciaba cada vez m ás en m edio de la prosperidad general. Solam ente podía llenarse a costa de los privilegiados y con la autorización de los parlam entos poco dispuestos a sacrificar los intereses pri! vados de sus m iem bros en aras del bien público. Cuanto m ás
5 9 Ibid., pp. 12-13.

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se vacilaba, m ás se profundizaba la sim a del déficit y se acentuaban las resistencias.” 6 0 M athiez m enciona la crisis económ ica y el paro subsi! guiente, las cosechas desastrosas de 1788 y el aum ento del precio del pan, pero inserta estos hechos en el contexto prerrevolucionario global: hechos coyunturales que no inva! lidan la tesis general sobre la expansión económ ica del país y sobre su prosperidad relativa. Sin em bargo, debe tenerse en cuenta tanto por su im portancia com o por la polém ica con Labrousse; se im ponen com o com plem ento de infor! m ación y de interpretación. “L a cam paña electoral (en los Estados G enerales) coin! cidió con una grave crisis económ ica. El tratado de com ercio firm ado con Inglaterra en 1786, abrió paso a las m ercancías inglesas, al rebajar los derechos aduanales. L os fabricantes de tejidos tuvieron que reducir su producción. El paro alcanzó en A bbeville a 12,000 obreros, en Lyon a 20,000 y en otras partes a cifras proporcionales. A principios del invierno, que fue m uy riguroso, se hizo necesario organizar talleres de beneficencia en las grandes ciudades, pues, adem ás, el precio del pan aum entaba incesantem ente. La cosecha de 1788 había sido m uy inferior a la norm al. Hubo tal escasez de forraje que los cultivadores se vieron obligados a sacrificar parte de su ganado y dejar las tierras sin cultivar o sem brarlas sin abono alguno. L os m ercados estaban vacíos. El pan era m uy caro, y existía el riesgo de que faltara (... ). En el m es de m arzo, cuando se iniciaron las operaciones electorales, las ‘em ociones populares’ estallaron (... ). El m ovim iento iba dirigido no sólo contra los acaparadores de artículos alim en6 0 A .M athiez, La Révolution Française, ed. cit., pp. 21-22.

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ticios, contra el viejo sistem a tributario, contra los arbitrios ycontra el feudalism o, sino tam bién contra todos aquellos que explotaban al pueblo y vivían de su substancia. Estaba ínti! m am ente relacionado con la agitación política.” 6 1 G eorges Lefebvre en su Revolución F rancesa coincide con el punto de vista de M athiez, aunque sus ideas están m ás m atizadas. Su opinión es m uy clara, en cuanto al problem a que nos interesa: la R evolución no tuvo por causa la m iseria, sino las luchas de clases en relación con un desarrollo económ ico que favorecía el aum ento de poder de las nuevas clases. E l siglo xviii fue el siglo del enriquecim iento de Europa en general y de Francia en particular. “Europa se enriquecía, sobre todo en el oeste; era m uy evidente, aunque se desconocía exactam ente en qué propor! ción. S e dice que en el siglo xviii la renta nacional de Ingla! terra y de Francia había aum entado en una proporción su! perior al doble (... ). La suavización de la vida m aterial y la flexibilidad de las relaciones hum anas ganaban en pro! fundidad, aunque esta ventaja beneficiaba naturalm ente a las clases dom inantes. ”(... ) La artesanía, el com ercio y el cam pesino acom o! dado sacaban algún provecho de este enriquecim iento: así parecía probarlo el consum o creciente de algunos artículos (... ). La atenuación del ham bre y los recursos que ofrecía el progreso de la industria reducían la m ortalidad. ”(... ) El enriquecim iento explica el optim ism o, cuya expresión intelectual fue la idea de progreso, que alentaba a los hom bres de esta época a em prender con confiada au6 1 Ibid., pp. 40-42.

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dacia las reform as que las transform aciones concom itantes de la sociedad y de la m entalidad parecían exigir.” 6 2 El cam pesinado francés tam bién se benefició de la expan! sión económ ica, a pesar de que venía gravado con m ás cargas e im puestos que las restantes clases sociales. En el siglo xviii susituación económ ica y política m ejoró, sobre todo si se com ! para con la suerte de los cam pesinos en los países de Europa central y oriental.6 3 La situación del proletariado, por el contrario, era radi! calm ente distinta. (Lefebvre distingue de m odo claro el pro! letariado en dicha época com o un grupo social privado de conciencia de clase, y estudia por separado sus condiciones de vida.) El proletariado urbano y rural perm anecía al m ar! gen de la sociedad: disperso y desprovisto de los lazos que crean la conciencia de clase, con organizaciones en estado casi em brionario y era objeto de discrim inaciones económ icas. En Francia, entre 1730 y 1789, los salarios habían aum entado un 22% aproxim adam ente, m ientras que el alza de los precios había alcanzado el 60% . Esto significaba una condición cada vez m ás m iserable que em peoraba en los años de m alas cose! chas y paro. “En Francia, 1 /5 de la población se com ponía de indi! gentes, cuyo núm ero aum entaba considerablem ente en cual! quier crisis económ ica. Por otra parte, la insuficiencia de la asistencia era notoria (... ). A sí, la m endicidad reinaba en estado endém ico y en vano se intenta suprim irla m ediante el internam iento. Engendraba el vagabundeo que degene! raba en bandolerism o; adem ás, pululaba la gente errante a la búsqueda de trabajo ylos contrabandistas que suscitaban las
6 2 G eorge Lefebvre, La Révolution Française, Presses U niversitaires de France, París, 1957, pp. 40-41. 6 3 Ibid., pp. 52-55.

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aduanas interiores. Una m ala cosecha y la infalible crisis industrial consiguiente propagaban el m al.. 6 " .4 N uestra tesis general sobre el desarrollo económ ico del país y, en especial, sobre su prosperidad sufre, por consiguiente, una m odificación im portante que afecta a la cantidad, no despreciable, de un 20% de la población francesa. Lefebvre atribuye la R evolución Francesa a varias causas; la prim era reside en los conflictos de clases que estallan entre la m onarquía, la aristocracia y la burguesía. “En la m ayor parte del continente, subsistía el absolutism o m ás o m enos transform ado, y los filósofos elogiaban el ‘des! potism o ilustrado' de los soberanos a quienes creían im pre! sionar con su propaganda. Sin em bargo, sim ultáneam ente la aristocracia reprochaba a la m onarquía que la hubiera som e! tido y la burguesía se irritaba al verse apartada del gobierno, m ientras se acentuaba la rivalidad entre am bas clases. Francia no fue la prim era que arregló este conflicto triangular con una revolución.” 6 5 L os intereses de clase de la aristocracia hacen que a ésta le interese, al igual que a la burguesía, la lim itación del poder real y que, por consiguiente, acoja favorablem ente las reivin! dicaciones de libertad en el ám bito económ ico y político. Estas reivindicaciones convertían a la aristocracia en aliada de la burguesía, pero la negativa que aquella dio a la reivindicación de la igualdad de derechos enfrentó a am bas clases entre sí. En defensa de sus intereses, la burguesía debía reivindicar la igualdad de derechos: la R evolución Francesa difería, por ejem plo, de la R evolución Inglesa en esto. A sí, finalm ente, la revolución iniciada por la nobleza a causa de la crisis finan! ciera se transform ó en revolución burguesa y, en enero de
6 Ibid., pp. 58-59 4 6 5 Ibid., p. 82.

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1789, M allet du Pan pudo escribir: “El debate público ha cam biado de rostro. Y a no se trata, sino de m odo m uy secun! dario, del rey, del despotism o y de la constitución: esto es una guerra entre el tercer estado y los otros dos.” 6 6 Sin em bargo, la causa directa de la explosión revolucio! naria fue la crisis económ ica que había ocasionado un aum ento exorbitante del precio del pan y agravado el paro. Y Le! febvre concluye: “C onviene no engañarse sobre el alcance social del enri! quecim iento engendrado por los progresos de la econom ía; la prosperidad del reino ha sido revelada m edio siglo m ás tarde, de m odo especial por Jaurès, para explicar el poderío creciente de la burguesía y, en este sentido, se objeta razona! dam ente a M ichelet que la R evolución surgió en una sociedad en plena expansión, y en ningún m odo decrépita y abocada a la catástrofe por la parsim onia providencial de la natu! raleza. N o obstante, debe tenerse en cuenta que los beneficios de la explotación colonialista se conseguían sobre todo a través de la reexportación, de m odo que el trabajo nacional no sacaba de ello el provecho que se im agina, y que el alza de larga duración aum entaba los ingresos de los grandes pro! pietarios y de la burguesía sin que los salarios aum entasen proporcionalm ente. C om o se sabe, durante la década que precedió a la R evolución, la producción se desequilibró y debilitó y parece cierto que la existencia de las m asas fue haciéndose paulatinam ente m ás difícil, hasta que finalm ente la carestía las aplastó”6 7 Esta conclusión ya no apoya de m odo total a la tesis de Tocqueville y de Jaurès sobre la prosperidad que reinaba en Francia en vísperas de la R evolución. Aun cuando Lefebvre
6 6 Citado según Lefebvre, ibid., p. 113. 6 7 Ibid., pp. 128-129 (pasaje subrayado por A . S.).

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acepta en principio esta tesis, form ula tales reservas y restric! ciones que le sitúan entre Jaurès y L abrousse. La originalidad de C . E. Labrousse consiste, en prim er lugar, en que analiza las causas de la R evolución partiendo de dos cuestiones económ icas concretas: el m ovim iento de los precios y los ingresos en Francia en el siglo xviii y la crisis económ ica en vísperas de la R evolución.6 8 L os dos estudios de este autor, especialm ente valiosos para la com prensión de la génesis de la R evolución Francesa, son los prim eros que se em prenden con tal am plitud y a la vez con tal deseo de rigor que se convierten de este m odo en un nuevo hecho histórico (en el sentido de hecho cien! tífico). El prim er estudio de Labrousse, dedicado al análisis del m ovim iento de los precios y de las rentas en Francia en el si! glo xviii, fundam enta la actitud crítica del autor contraria a la tesis de una Francia prerrevolucionaria económ icam ente próspera. El autor, al describir la brusca alza de precios de 1785 a 1789 (op. cit., pp. 299, 304, 361-364 y ss.) y su influencia sobre el descenso del nivel de vida de la población (pp. 306, 590-595, 597-604 y ss.), se apoya en una docu! m entación abundante y precisa, en razonam ientos rigurosos y cálculos que nada tienen de aproxim ativos, lo que le perm ite establecer datos tales com o, entre otros, que de 1726 a 1789, los precios habían aum entado un 62% y los salarios m enos de un 26% (pp. 598 y 599). ¿C uáles son las conclusiones que Labrousse deduce de sus ricos m ateriales factográficos que nos sería im posible e inútil
6 8 G .E . Labrousse, Esquisse du mouvement des prix et des revenus en France au XVIIIe. siécle, París, 1932, Librairie D alloz; La crise de l'econom ie française à la fin de l'Ancien Régime et au début de la Révo! lution, Presses Universitaires de France, París, 1944.

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exponer aquí? Su prim era conclusión es que la causa directa de la explosión revolucionaria fue la grave crisis económ ica de 1788-1789 y sus efectos fueron el alza de precios y el paro. “La influencia provocadora de la variación de los precios y los ingresos sobre el desencadenam iento y sobre el ritm o de la R evolución ya ha quedado dem ostrada. La coyuntura económ ica creó, en gran parte, la coyuntura revolucionaria. “... Y a se sabía que 1789 fue un año de pan m uy caro, y que el tratado com ercial de 1786 había provocado un hundim iento de la producción textil yun vasto paro obrero... ”C om o ya hem os observado en varias ocasiones: la explo! sión revolucionaria que se presenta en julio de 1789 en las ciudades y en el cam po coincide no sólo con el año, sino tam bién, de m odo aproxim ado, con el periodo del año en que el precio del trigo alcanza su m áxim o tras el principio de la variación de larga duración, e incluso tras la segunda década del siglo. (... ) Súbita, violenta, general, la crisis agrícola de subproducción estalla en un país afectado ya por una grave crisis industrial, provocada por un hecho sim ple, el tratado de com ercio franco-inglés de 1786. Pero, com o es regla, la crisis agrícola va a reaccionar sobre la actividad industrial ”La caída cíclica de los ingresos del trabajador urbano y rural, acentuada por ser una caída de larga duración, hace que la crisis de 1789 sea una de las m ás terribles del antiguo régim en... ” 6 9 Esta conclusión es la síntesis de los datos relativos a la variación de precios y de rentas en Francia, en víspera de la R evolución. Pero, ¿qué relación puede establecerse entre este fenóm eno y los acontecim ientos políticos?
6 9 C .E . Labrousse, Esquisse du mouvement des prix..., ed. cit., páginas 640-641.

(... ).

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“Las dificultades que se acum ulan para la m onarquía, sur! gidas de la crisis financiera que acentúa precisam ente la crisis económ ica, encuentran en dicho m edio una gran resonancia. La revuelta parisiense se generaliza en julio y en agosto en las ciudades y en el cam po. E s una insurrección del ham bre. El cam pesino incendia los archivos locales y se niega a pagar los derechos señoriales... ¿M otines en los m ercados y tasación del pan? E s el antagonism o existente entre el salario que dis! m inuye hasta el m ínim o y la renta territorial que se eleva al m áxim o. ¿Incendios de las puertas de las ciudades, de las adm inistraciones, de las casas de cam po y pillaje de los alm a! cenes? Esa es la contradicción existente entre el salario que dism inuye y el im puesto de consum o que aum enta. ¿Saqueo de los castillos? Tam bién se debe, por una parte, al antago! nism o del salario que dism inuye, de la renta global m ixta del propietario-consum idor que desciende al m ínim o, y de los derechos feudales, progresivos en este año de pobreza, sobre la tierra pobre, sobre el cultivo pobre y sobre el pobre culti! vador, que entonces alcanzan su valor m áxim o.” 7 0 E ste cuadro sobre las causas de la R evolución difiere del que han esbozado M athiez y L efebvre. A quí la política se reduce a lo económ ico, y éste se inscribe en los térm inos de una profunda crisis. En víspera de la R evolución, los precios no cesan de aum entar; crecen los ingresos de unos m ientras dism inuyen los de los otros; se extiende el paro. Y a no se trata de prosperidad sino, por el contrario, de m iseria para las m asas populares. Labrousse llega a esta conclusión, form ulada claram ente, en su obra siguiente dedicada a la crisis económ ica de finales
7 0 Ibid., pp. 641-652.

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del A ntiguo R égim en. En la introducción m etodológica a esta obra, Labrousse escribe: “Para algunos, la R evolución aparece com o había pre! sentido M ichelet, ycontrariam ente a la tesis de Jaurès recogida por M athiez, com o una revolución de la m iseria. E llo no quiere decir que Jaurès y M athiez nieguen la realidad y la influencia de la m iseria, sino que ésta sólo desem peñó, según ellos, un papel relativam ente reducido y ocasional. E sto sería cierto si la crisis de 1789 correspondiera efectivam ente a lo que aparenta ser al prim er golpe de vista: una sim ple ‘crisis de subsistencia’, desencadenada en 1788 por una granizada, ya la que pondrá fin inm ediatam ente, o casi inm ediatam ente, un tiem po propicio (... ). A sí, la m iseria se convierte en una especie de incidente m eteorológico. Las pérdidas económ icas de 1788-1790 desafortunadam ente son de otra clase. A fectan a toda la econom ía francesa (... ). Yrepresentan la oportu! nidad para la R evolución: la crisis cíclica revolucionaria, sin ninguna duda, y tam bién la regresión prerrevolucionaria, con m ayores dudas, aunque en m ayor grado de lo que Jaurès y M athiez han im aginado. A m bas han actuado profundam ente sobre los acontecim ientos de 1789 y de 1790 (... ). En este sentido, ellas son causas.” 7 1 Labrousse no niega que en el siglo xviii haya existido una rápida expansión de la econom ía francesa en el contexto del alza de precios de los productos agrícolas, aunque precisa que esto sólo ocurrió hasta 1778. En este año se nota una caída de los precios de los productos agrícolas que engendra una crisis cíclica. E l crecim iento dem ográfico agrava las dificul! tades del m ercado de trabajo y el paro se acentúa. D espués llegan las calam idades de 1788. A la crisis cíclica de los años
7 1 C .E . Labrousse, La crise de l'économ ie française. , . ed. cit., página XLII.

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1778-1787 se añade una regresión debida al concurso de diversas circunstancias: en 1786 el tratado com ercial con Inglaterra, las calam idades naturales y, sobre todo, la ban! carrota financiera del Estado a causa de los cuantiosos gastos de la guerra de A m érica. La crisis financiera es una causa directa que la regresión económ ica agrava, ya que se hace im posible poner rem edio al m al. Según Labrousse, en defini! tiva, la m iseria de las m asas populares es el origen de la explosión revolucionaria. G om o hem os visto antes, L abrousse se alinea decididam ente junto a M ichelet y Taine contra su s oponentes, pero sim ultáneam ente form ula reservas que pre! cisan m ás sus puntos de vista y proyectan m ás claridad sobre el m ism o problem a. ¿A nem ia económ ica en el siglo xviii?, se preguntarán al! gunos. La prosperidad de la época es artículo de fe. Q uizás el autor se opondrá. ¿N o es cierto que hace diez años escribió, y recientem ente afirm ó, que reinaba un flujo de prosperidad en todo el siglo xviii y a principios del siglo siguiente? Indu! dablem ente, pero este flujo sube m uy irregularm ente (... ). Tras un reflujo cíclico norm al — que, repitam os, no nos interesa aquí—hacia 1778 se inicia un reflujo anorm al, con dim ensiones intercíclicas, que acaba hacia 1787. Entonces se vuelve a iniciar el m ovim iento de fondo, y persiste, a pesar de las crisis de m uy distinto carácter, hasta los postreros años del siglo, alcanzando a la época consular e im perial durante la cual apresura de nuevo el ritm o.” 7 2 Otra reserva, con la que Labrousse concluye sus reflexiones m etodológicas, es aún m ás significativa: “L os acontecim ientos revolucionarios, las grandes insti! tuciones revolucionarias, nacen, pues, en gran parte, del
7 2 Ibid., p. XXIII.

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retroceso del beneficio y del salario, del m alestar del industrial, del artesano, del colono, del propietario explotador y de la m iseria del obrero, del asalariado. Una coyuntura desfavo! rable reúne en una oposición com ún a la burguesía y al proletariado. En este sentido, la Revolución aparece m ucho m ás de lo que creen Jaurès y Mathiez como una revolución de la m iseria. A unque tam bién se dice que la últim a parte del siglo xviii no lo explica todo y que los últim os años, años de contracción intercíclica o de crisis, no fueron los únicos que influyeron sobre las instituciones. Las dificultades econó! m icas del reinado de Luis XVI, tan sufridas por los contem ! poráneos, adquieren dim ensiones episódicas entre la R egencia y la República. En el fondo el siglo XVIII permanece com o un gran siglo de expansión económ ica, de alza de los ingresos capitalistas, de avance de la riqueza burguesa y del poder burgués En este sentido, prepara la revolución, una revo! lución de la prosperidad. Y se sospecha que un largo periodo de progreso tuvo m ás influencia sobre esta revolución que un periodo de retroceso, relativam ente grave, m ás cercano de los acontecim ientos y, por consiguiente, m ás dinám ico.” 7 3 D e acuerdo con los textos de Labrousse que acabam os de citar, descubrim os cóm o dos tesis que a prim era vista son contradictorias (solam ente en cierto sentido, ya que para que sean realm ente contradictorias, deberíam os estipular que la causa de los acontecim ientos que definim os era “única”, “ex! clusiva”) pueden, por el contrario, ser consideradas com o com plem entarias: la expansión económ ica caracteriza cierta! m ente al siglo xviii en su conjunto, pero el periodo que precede directam ente a la R evolución está m arcado por una crisis y, por consiguiente, por la m iseria. En definitiva, es

,

.

7 3 Ibid., p. X LV III (cursivas de A . S.).

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lógico dar la razón a quienes ven la causa de la R evolución en el desarrollo económ ico y en el fortalecim iento de la posición de clase de la burguesía, al igual que a quienes con! sideran la m iseria com o el im pulso inm ediato de la explosión revolucionaria. Evidentem ente todo depende del m odo com o unos y otros form ulan y desarrollan sus tesis respectivas. En nuestro caso concreto, sin em bargo, la verdad histórica es m ucho m ás com pleja que una sim ple reducción de las causas de la R evolución a la m iseria o a la prosperidad. Por tanto, no debem os sorprendem os si el conocim iento de dichas causas todavía es un proceso inacabado; un proceso en el curso del cual, a través del enfrentam iento entre puntos de vista distintos y opuestos, la verdad histórica progresivam ente se hace m ás com pleja y m ás precisa, a partir de verdades parciales y, por consiguiente, relativas. N o nos proponem os establecer quién tiene razón en esta discusión o en qué m edida y en qué sentido puede darse razón a uno m ás que otro. E ste propósito solam ente incum be a los historiadores. Lo que som etem os a nuestro estudio y refle! xión sólo es el hecho de la diversidad, y de la variabilidad, es decir, de la incom patibilidad de los puntos de vista de los historiadores que potencialm ente disponen de las m ism as fuen! tes y subjetivam ente aspiran a la verdad, nada m ás que a la verdad, e incluso creen haberla descubierto realm ente. D e este m odo, a causa del objetivo establecido, lim itam os nuestro papel a seleccionar algunos autores y a perm itirles que ellos m ism os presenten sus puntos de vista. D ejando aparte las obras escritas durante las prim eras décadas del siglo xix, ya que en esta época es difícil encontrar trabajos sobre la R evolución Francesa que correspondan a las reglas y a los m étodos actuales de historia, vam os a recapitular

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los puntos de vista de los principales historiadores que hem os citado. “El m al reside en que de arriba a abajo [la sociedad fran! cesa], está organizada para producir cada vez m enos y pagar cada vez m ás (... ). ”En la época de Luis XIV los im puestos indirectos pesan ya de tal m odo que en M antes, Etam pes y otras ciudades, se arrancan todas las viñas. ”El cam pesino ya no tiene m uebles para em bargar, el fisco requisa el ganado a falta de otros bienes y lo exterm ina poco a poco. Y a no hay estiércol. E l cultivo de cereales, que estuvo m uy extendido en cam pos inm ensos en el siglo xvii, queda restringido en el xviii... " Jules M ichelet “Am edida que se van operando estos cam bios en la m ente de los gobernantes y de los gobernados, se desarrolla con una rapidez sin precedentes la prosperidad pública. Todos los sig! nos así lo revelan: la población aum enta y las riquezas se acrecientan con m ayor rapidez aún. La guerra de A m érica no dism inuye esta expansión; el Estado se llena de deudas, pero los particulares continúan enriqueciéndose; se hacen m ás in! dustriosos, m ás em prendedores y m ás inventivos. ”(... ) S i se presta atención a las diferencias que presentan los tiem pos, se descubrirá que, en ninguna de las épocas poste! riores a la R evolución, la prosperidad pública creció con tanta rapidez com o en los veinte años que la precedieron.” Alexis de Tocqueville “R epasad las correspondencias adm inistrativas de los treinta años que precedieron a la R evolución: cien indicios revelan

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un m alestar excesivo que no llega a transform arse en cólera. E s evidente que para el hom bre del pueblo, cam pesino, arte! sano u obrero, que subsiste gracias al trabajo de sus brazos, la vida es precaria; apenas tiene lo suficiente para no m orir de ham bre, y en ocasiones incluso este poco le llega a faltar. " H ippolyte Taine “El señor Taine ni siquiera llega a sospechar el inm enso desarrollo del interés que im puso a la burguesía su papel revo! lucionario y le dio energía para desem peñarlo. ”(... ) Este presunto hom bre ‘realista' se lim itó a leer los libros filosóficos. N o vio ni la m ism a vida; ignoró el inm enso esfuerzo de producción, de trabajo, de ahorro y de progreso industrial y com ercial que convirtió a la burguesía en una potencia de prim er orden y la forzó a asum ir la dirección de una sociedad en la que sus intereses ocupaban un lugar tan preem inente y arriesgaban tanto. " Jean Jaurès “La R evolución estallará, no en un país exhausto, sino, por el contrario, en un país floreciente. La m iseria que, a veces, ocasiona m otines, no puede provocar las grandes con! vulsiones sociales. E stas nacen siem pre del desequilibrio de las clases. "La burguesía poseía ciertam ente la m ayor parte de la riqueza francesa. Progresaba incesantem ente, m ientras que las clases privilegiadas se iban arruinando. Su m ism o creci! m iento le hacía experim entar m ás agudam ente las inferiori! dades legales a que perm anecía condenada.” Albert M athiez

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“L os acontecim ientos revolucionarios, las grandes institu! ciones revolucionarias, nacen, pues, en gran parte de la re! gresión que experim enta el beneficio y el salario, del m alestar del industrial, del artesano, del colono, del propietario explo! tador y de la m iseria del obrero, del asalariado. Una coyun! tura desfavorable reunió en una oposición com ún a la bur! guesía y al proletariado. En este sentido, la R evolución se m anifiesta, m ucho m ás de lo que piensan Jaurès y M athiez, com o una revolución de la m iseria.” C . E. Labrousse La com paración de los puntos de vista citados, suficien! tem ente elocuentes para que no precise de com entarios, sugiere en principio una interrogación que constituirá el objeto central de nuestro estudio: ¿es posible la verdad objetiva en la cien! cia de la historia? Evidentem ente, esta cuestión aparentem ente sim ple encu! bre toda una serie de nuevas preguntas. ¿A qué se debe que los puntos de vista de los historiadores difieran entre sí hasta tal punto, incluso en los problem as concretos? ¿Significa quizá que los historiadores, al perseguir objetivos extracientíficos, falsean la verdad intencionadam ente? S i esto no es así, ¿qué significan entonces el conocim iento objetivo y la verdad obje! tiva en la ciencia de la historia? ¿C óm o se consiguen? ¿Por qué distintos historiadores, que parten de fuentes idénticas, trazan descripciones tan diferentes, e incluso contradictorias, del proceso histórico? ¿Estas descripciones distintas constituyen otras tantas verdades objetivas diferentes? Estas son algunas de las cuestiones que van a servirnos de puntos de partida para los análisis que desarrollarem os en la presente obra.

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2. PRIMERA PARTE PRESUPUESTOS M ETODOLÓGICOS

Capít ulo I . LA RELACIÓN COGN OSCITIVA. EL PROCESO DE CONOCIM IENTO. LA VERDAD.

“... Si se expulsa del espíritu a la gran filosofía por la puerta principal, entonces se introducen ostensiblem ente por la puerta trasera los estrechos y localistas prejuicios de clase, que extienden su dom inio, quizá sem iconscientem ente, en la mente del historiador.” Ch a r l es A . Bea r d . (W ritten History as an Act of Faith.)

Según los antiguos, la filosofía tiene su origen en el asom ! bro (thaûm asein) que experim enta el hom bre frente a los m isterios del m undo. La historia, considerada bajo este aspecto (en el sentido de historia rerumgestarum , y no de res gestae),

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constituye una fuente fecunda del pensam iento filosófico, que, por m ás que pretendan los historiadores de orientación posi! tivista, se asocia estrecham ente con la filosofía. Para com probarlo basta citar el ejem plo de las distintas visiones que los historiadores ofrecen de un solo y único acon! tecim iento, según pertenezcan a épocas o generaciones dife! rentes, o, si son contem poráneos, según los distintos sistem as de valores en que se fundan y que son la expresión de los intereses de clases opuestas, de concepciones del m undo diver! gentes, etc. H em os iniciado nuestros análisis con una presen! tación de esta clase de situaciones. Pero se trataba únicam ente deilustrar un problem am uchom ás am plioyprofundo, que, de hecho, afecta a la ciencia de la historia en su conjunto y, lite! ralm ente, a todas las obras de alguna im portancia en este ám bito. Y , desde ahora solam ente nos referirem os a la historia estrictam ente científica, practicada al nivel de la m ás elevada com petencia profesional alcanzada en una época dada, y de ningún m odo a la historia escrita con fines propagandísticos. Y , de inm ediato, im presiona este “asom bro” que fecunda el pensam iento filosófico, ya que en seguida se plantean cues! tiones que sólo se pueden resolver a condición de realizar una reflexión m etateórica, una reflexión filosófica. Pero si los historiadores, a pesar de los m étodos y de las técnicas de investigación perfeccionadas, no sólo juzgan e in! terpretan idénticas cuestiones y acontecim ientos en térm inos diferentes, sino que tam bién seleccionan, perciben y presen! tan de m odo distinto los hechos, ¿puede afirm arse que estos historiadores ejercen sim plem ente una propaganda artera en vez de practicar la ciencia? Pero si no es así, si se adm ite la honestidad subjetiva de los científicos y de sus esfuerzos intelectuales, ¿es lícito que C lío ocupe un asiento entre las m usas de la ciencia? La his!

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toria ¿no debería situarse entre las artes y dejar de aplicarle criterios científicos? Ysi, al final del largo debate em prendido sobre este tem a, nos viéram os inclinados a unim os a los historiadores profe! sionales que se indignan solidariam ente contra tales “insinua! ciones artísticas” y defienden el carácter científico de la historia, ¿es ésta capaz de form ular y trasm itir la verdad objetiva sobre el objeto estudiado? ¿C óm o es posible responder afirm ativam ente cuando se com prueban innegables diferencias entre las visiones propuestas por los historiadores de idénticos acontecim ientos, cuando debem os rendim os ante la evidencia de que casi cada generación tiene que reescribir la historia? Por otra parte, si actualm ente el elem ento subjetivo en el conocim iento histórico es tan evidente que sólopueden negarlo los guardianes del m useo positivista, m ientras los historiadores que han alcanzado el nivel de la ciencia m oderna lo reco! nocen, ¿no invalida esto el postulado de la objetividad del conocim iento científico y, por consiguiente, del carácter cien! tífico de la historia? Estas cuestiones y el “asom bro” teórico que provocan nos han arrojado directam ente en brazos de la filosofía, a pesar de las objeciones y de las prom esas que siguen prodigando los historiadores positivistas, aún hoy num erosos, sobre “la inocencia filosófica” de la ciencia de la historia. E ngels, en su época, había advertido a los representantes de las ciencias naturales que cualquier intento de negar el papel de la filosofía en estas ciencias o incluso el em peño en elim inarla de este ám bito de la investigación, com o quería el positivism o, las hará caer en la peor de las filosofías: una am algam a de m igajas de saber escolar con las opiniones en curso y a la m oda sobre el tem a en dicha época. E s efectiva! m ente im posible elim inar la filosofía de estas ciencias: si se la

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echa por la puerta, vuelve a entrar por la ventana. A fortiori y por las m ás diversas razones, este toque de alerta es igual! m ente válido para los historiadores. L os filósofos que practican la reflexión m etateórica en la ciencia de la historia, se quejan generalm ente de que en su ám bito se hace poco caso a la filosofía. Y estas quejas son m uy com prensibles por su parte, sobre todo desde un punto de vista psicológico. En cam bio, es m ás raro, m ucho m ás raro, que la filosofía sea objeto de preocupación por parte de los historiadores profesionales. Por ello se hacen m ás dignas de aprecio declaraciones com o las que form ula E. H. Carr, em i! nente historiador inglés y teórico de la historia: “La concepción liberal de la historia del siglo xix tenía una estrecha afinidad con la doctrina económ ica del laissezfaite, producto tam bién de una visión del m undo serena y confiada. Que cada cual se preocupe de su propio interés y una m ano invisible velará por la arm onía universal. L os acontecim ientos de la historia dem ostraban por sí m ism os la existencia del hecho suprem o de un progreso benéfico, y al pa! recer infinito, hacia algo de orden m ás elevado. Era aquélla la edad de la inocencia, y los historiadores paseaban por el Jardín del Edén sin un retazo de filosofía con que cubrirse, desnudos y sin avergonzarse, ante el dios de la historia. D esde entonces, hem os conocido el Pecado y hem os experim entado en nosotros la Caída; y los historiadores que en la actualidad pretenden dispensarse de una filosofía de la historia apenas consiguen, vanam ente y sin naturalidad, com om iem bros de una colonia nudista, recrear el Jardín del Edén en sus jardin! cillos de suburbio.” 1
1 E .H . Carr, W hat is H istory?, Londres, 1962, M ac M illan p. 14 (edición española: ¿Qué es la historia?, Seix Barral, B arcelona, 1967, página 27).

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H. J. M arrou, historiador y teórico de la cultura francesa, expresa lo m ism o en otros térm inos m ucho m ás críticos: “E s preciso acabar con estos viejos reflejos e interrum pir el adorm ecim iento en que el positivism o ha m antenido durante m ucho tiem po a los historiadores, al igual que a sus colegas de las ciencias ‘exactas'. N uestro oficio es duro, agobiante bajo el peso de las servidum bres técnicas; a la larga tiende a desarrollar en el práctico una m entalidad de insecto especia! lizado. En vez de ayudarle a reaccionar contra esta deform a! ción profesional, el positivism o le daba al científico una buena conciencia (‘ sólo soy un historiador, de ningún m odo un filósofo...') (... ) H em os de denunciar airados esta m anera de ver las cosas que constituye uno de los m ayores peligros que pesan sobre el futuro de nuestra civilización occidental, am enazada de hundirse en una atroz barbarie técnica. "Parodiando la m áxim a platónica, nosotros escribim os en el frontón de nuestros Propileos: ‘Que nadie entre aquí, si no es filósofo’, si antes no ha reflexionado sobre la naturaleza de la historia y la condición del historiador: la salud de una disciplina científica exige al científico cierta inquietud m eto! dológica, la preocupación por tom ar conciencia del m ecanism o de su com portam iento, y cierto esfuerzo reflexivo sobre los problem as concernientes a la ‘teoría del conocim iento’ que su com portam iento plantea.” 2 Pero indudablem ente es C harles A .B eard, historiador y teórico am ericano, form ado en la escuela del presentism o, quien form ula esta idea del m odo m ás claro. Las palabras que recoge de B enedetto C roce coinciden con la advertencia de E ngels dirigida a los especialistas en ciencias naturales.
2 H . J. M arrou, D e la connaissance historique, París, 1959, ed. Du Seuil, pp. 10-11.

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“Cualquier elección y cualquiera disposición de hechos pertenecientes a un gran sector de la historia, historia local om undial, historia de una raza o de una clase, se halla con! trolada inexorablem ente por un sistem a de referencia en la m ente de quien selecciona o recopila esos hechos. Este sistem a de referencia contiene todo lo que se juzga necesario, posible y deseable. Puede ser am plio, fundarse en las inform aciones de un conocim iento profundo y estar ilustrado por una dila! tada experiencia; aunque tam bién puede ser restringido, estar m al inform ado y m al ilustrado. Puede consistir en una am plia concepción de la historia o en una sim ple com pilación de puntos de vista confusos. Pero en todo caso está inexorable! m ente arraigado en la m ente. R epitam os de acuerdo con C roce: si se expulsa del espíritu a la gran filosofía por la puerta principal, entonces se introducen ostensiblem ente por la puerta trasera los estrechos y localistas prejuicios de clase, que extienden su dom inio, quizá sem iconscientem ente, en la m ente del historiador”3 E stos ejem plos, sacados de la literatura histórica no m ar! xista (la literatura m arxista, fundada en el m aterialism o histórico, presenta un panoram a diferente) bastan para ilus! trar la tesis que nos interesa. C om o ya hem os dicho, los filósofos que practican la reflexión teórica sobre la ciencia de la historia se pronuncian evidentem ente m ás a m enudo sobre esta cuestión. Sin em bargo, por las razones ya indicadas, sus opiniones son m enos representativas, aunque no por ello m enos interesantes. M e lim itaré a citar solam ente una, de Ernest N agel, que nos lleva directam ente al auténtico tem a
3 Ch. A . Beard, “W ritten H istory as an A ct of Faith”, in The Am erican H istorical Review, 1934, vol. XXXIX, p. 227 (cursivas de A . S.).

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de nuestras reflexiones en este libro: la objetividad del cono! cim iento histórico. “L os historiadores profesionales, al igual que los restantes intelectuales, raras veces son conscientes de los conceptos que organizan los m ateriales de que se sirven en su disciplina o de los principios según los cuales los valoran. L os historiadores han escrito m ucho a propósito de las técnicas especializadas de su oficio y de los problem as generales que se plantean en relación con la crítica interior o exterior de los docum entos y testim onios del pasado. N o obstante, cuestiones tan am plias com o la estructura de la explicación histórica, el fundam ento de esta explicación y, en particular, la lógica de los nexos causales en las investigaciones históricas han sido objeto de serias discusiones principalm ente por parte de los filósofos profesionales o de los investigadores capaces de pensar filosó! ficam ente en las restantes disciplinas de las ciencias sociales. Cuando los historiadores se pronuncian sobre problem as de esta clase — en ocasiones a m enudo de un m odo solem ne— repiten habitualm ente las ideas filosóficas que les han sido inculcadas al azar de sus estudios o de sus lecturas, pero casi nunca som etidas a una critica rigurosa a la luz de su propia práctica profesional. En todo caso esta hipótesis perm ite ex! plicar el escepticism o radical, o el ‘relativism o’, profesado por num erosos historiadores contem poráneos en cuanto a las posi! bilidades de un conocim iento objetivo en su disciplina; por otra parte, en sus análisis históricos concretos, no aplican lo que profesan.” 4 En resum en, la situación se presenta com o sigue: la pro! blem ática teórica y m etodológica, que debe distinguirse de las
4 E . Nagel, Relativism and Some Problem s of W orking H istorians, en S. H ook, Philosophy and H istory, N ew Y ork, U. P., 1963, p. 76.

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técnicas de investigación, en el ám bito de la ciencia de la his! toria, ha preocupado principalm ente a los filósofos y m uy raram ente a los historiadores; estos últim os cuando tienen una filiación positivista, ignoran deliberad m a ente esa problem ática. A consecuencia de ello, y a pesar de las opiniones y de los deseos de num erosos historiadores, el trabajo de los filósofos en esta esfera gana considerablem ente en im portancia y en responsabilidad. En efecto, si no se puede excluir la filosofía de la ciencia de la historia, y si, por el contrario, “la teoría precede a la historia",5com o dice Raym ond A ron, con quien yo estoy de acuerdo en este punto a condición de adm itir una interpretación m uy definida de su tesis, y si los historiadores se nutren de las m igajas de las teorías filosóficas en circu! lación, la principal responsabilidad por la confusión teórica que reina entre los historiadores, sobre todo cuando se trata de problem as que se encuentran en el lím ite de la historia y de la filosofía, hay que im putársela a la filosofía. El ejem plo quizá m ás clásico es el problem a de la objetividad del cono! cim iento y de la verdad en la ciencia de la historia, problem a filosófico por excelencia que la teoría del conocim iento tradi! cional ha contribuido a oscurecer. E s indispensable una refle! xión filosófica consciente y crítica para desem brollar y escla! recer la problem ática teórica y m etodológica particularm ente com plicada en la ciencia de la historia. Por consiguiente, nos! otros em pezarem os por esta reflexión.

5 R. A ron, Introduction A la philosophie de l’histoire, G allim ard, París, 1948, p. 93.

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I. Los tres m odelos del proceso de conocim iento E l que los historiadores, al igual que los representantes de otras ciencias, tengan o no conciencia de ello, o el que reco! nozcan o no la función de la filosofía en su disciplina y en sus puntos de vista sobre el proceso del conocim iento y, por consi! guiente, sobre el problem a de la verdad, tiene su origen en la filosofía. M ás aún: ellos están influidos por las ideas filosóficas m ás difundidas y la responsabilidad de ello incum be en prim er lugar a la filosofía. A ctualm ente, el análisis filosófico del proceso de conoci! m iento y de sus productos, que constituye la sustancia de lo que se denom ina la teoría del conocim iento, posee una lite! ratura tan abundante (en filosofía no se produce una “selec! ción natural” de lo que se escribe a causa de su envejeci! m iento) que toda una vida no bastaría a un individuo para leerla toda y profundizar en ella. Por otra parte, puede suponerse razonablem ente que diversas ideas calificadas de “nuevas” ya han sido expresadas, en form am ás o m enos desarrollada, en esta literatura. En tales circunstancias puede procederse de dos m aneras: o procura uno sum ergirse en este m ar de erudición yse expone su saber ante un extenso público, contribuyendo así al decoro del científico aunque sin aportar nada al problem a, a excepción quizá de la pesadez de la exposición y del aburrim iento; o se ignoran las norm as del cerem onial científico y se form ula de m odo sencillo y directo todo cuanto tiene que decirse sobre dicho tem a. Evidente! m ente, en este últim o caso, existe el riesgo de perder no sólo las ventajas del decoro tan im portante todavía en ciertos m edios, sino tam bién la posibilidad de satisfacer las deudas de gratitud científica contraídas con todos aquellos a quienes se les debe alguna aportación intelectual, lo que es m ás lam en-

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table. Puesto que yo opto intencionadam ente por la segunda actitud, em pezaré declarando que los elem entos de cuanto tengo que decir sobre el proceso de conocim iento y sus pro! ductos, y que considero com o un prólogo indispensable a m is exposiciones, han sido dados a conocer reiteradam ente y han sido analizados bajo diversos aspectos en la literatura sobre dicho tem a. D ebido a esta notoriedad, es inútil sobre! cargar esta exposición haciendo gala de erudición y llenándola de citas. La única originalidad que puede pretender el autor reside en la m anera con que disponga en un conjunto los elem entos conocidos y el uso que haga de este conjunto en sus razonam ientos. Em pecem os, pues, por la tradicional triada que aparece en cada análisis del proceso de conocim iento (con la evidente reserva de una term inología diferenciada): sujeto cognoscente, objeto de conocim iento y conocim iento com o producto del proceso cognoscitivo. A quí, deliberadam ente, hacem os abstrac! ción del aspecto psicológico del problem a y, en consecuencia, no nos ocuparem os del acto de conocer, concentrándonos sola! m ente en la problem ática gnoseológica. Por sim ple pedantería, agreguem os que cada uno de lo s térm inos m encionados (“sujeto”, “objeto” y “conocim iento”) representa por sí solo un contenido y una problem ática filo! sófica extrem adam ente com plicada que no desarrollarem os a causa del contexto de nuestros análisis. N os bastará adm itir algunas significaciones intuitivas de estos térm inos suponiendo que son conocidas. D espués por razones fundam entales y no sem ánticas nos referirem os sólo a uno de ellos, al “sujeto cog! noscente”. H ic et nunc, nos interesam os en la tríada del proceso cognoscitivo solam ente desde el punto de vista de la tipología de las relaciones que intervienen entre sus elem entos. Por consiguiente, distingo tres m odelos fundam entales del pro!
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ceso de conocim iento (teóricam ente, com o se verá m ás ade! lante, teniendo en cuenta las com binaciones posibles entre sus elem entos constitutivos, existen m ás de tres). Si, por proceso de conocim iento, entendem os una interac! ción específica entre el sujeto cognoscente y el objeto de conocim iento, que tiene com o resultado los productos m entales que denom inam os conocim iento, la interpretación de esta relación sólo es concebible en el cuadro de algunos m odelos teóricos. Esta tipología no es, de ningún m odo, especulativa, puesto que cada uno de los m odelos ha encontrado su ilus! tración concreta en corrientes filosóficas históricam ente exis! tentes. N uestro prim er m odelo tiene tras sí la concepción m ecanicista de la teoría del reflejo. D e acuerdo con esta concepción, el objeto de conocim iento actúa sobre el aparato perceptivo del sujeto que es un agente pasivo, contem plativo y receptivo; el producto de este proceso (el conocim iento) es un reflejo o copia del objeto, reflejo cuya génesis está en relación con la acción m ecánica del objeto sobre el sujeto. A eso se debe que califiquem os de m ecanicista este m odelo. C om o ya hem os dicho, este m odelo está efectivam ente representado en la historia del pensam iento filosóficoy, a partir de la filosofía, irradia a todos los restantes dom inios del pen! sam iento. En cierto sentido es ya clásico tanto por la frecuencia con que surge com o por su dilatada historia: se rem onta por lom enos a la teoría dem ocritiana de los eidola y subsiste hasta el m oderno sensualism o y el em pirism o trascendente. Tam bién es clásico por el hecho de que está asociado históricam ente a la llam ada definición clásica de la verdad, que proporciona el fundam ento teórico necesario de la tesis según la cual un juicio es verdadero cuando lo que enuncia concuerda con su objeto. Sin la teoría del reflejo, cuya interpretación no debe

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ser necesariam ente m ecanicista y sim plificada, sería im posible defender de m anera consecuente la definición clásica de la verdad. El prim er m odelo supone, pues, que el sujeto es un agente pasivo, contem plativo y receptivo, cuyo papel en la relación cognoscitiva es registrar los estím ulos procedentes del exterior, am odo de espejo en el caso de las percepciones visuales. L as diferencias entre las im ágenes de la realidad percibidas por distintos sujetos cognoscentes se reducen a las diferencias indi! viduales o genéricas del aparato perceptivo. Popper denom ina gráficam ente a esta teoría del proceso cognoscitivo la “teoría de la conciencia-recipiente” (eine K übeltheorie des Bew usstseins).6H istóricam ente se relaciona con las distintas corrientes del pensam iento m aterialista, ya que presupone necesariam ente el reconocim iento de la realidad del objeto de conocim iento y la interpretación sensualista y em pírica de la relación cog! noscitiva. Si bien la concepción m aterialista del m undo ayuda por una parte a los teóricos del conocim iento a captar m ejor y a com prender el elem ento objetivo de la relación cognos! citiva, por la otra oscurece (sin im pedirla en caso alguno) la aprehensión del agente subjetivo, ya que acentúa precisam ente el elem ento objetivo. M arx no hacía m ás que com probar un hecho notorio al escribir en sus Tesis sobre Feuerbach (I), que todo el m aterialism o pasado captaba la realidad bajo la form a de objeto, y no com o actividad hum ana, m ientras que el aspecto activo era desarrollado por el idealism o, aunque de m odo im perfecto por abstracto. Si en el prim er m odelo, pasivo y contem plativo, predom ina el objeto en la relación sujeto-objeto, en el segundo m odelo, idealista y activista, se produce todo lo contrario: el predo6 K. R. Popper, D ie Offene G esellschaft und ihre Feinde, Berna, 1958, t. II, p. 262.

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m inio, o la exclusividad, vuelve al sujeto cognoscente que percibe el objeto de conocim iento com o su producción. Este m odelo se ha concretado en diversas filosofías idealistas subje! tivas y, en estado puro, en el solipsism o. M arx veía la superioridad del idealism o sobre el m ate! rialism o prem arxista en el hecho de que desarrollaba el lado activo en la filosofía y, por consiguiente, en la teoría del conocim iento. Este hecho se hace evidente sobre todo en nues! tro segundo m odelo de la relación cognoscitiva: la atención se concentra en el sujeto al que se atribuye incluso el papel de creador de la realidad. Ciertam ente en este m odelo, en contradicción con la experiencia sensible del hom bre, desapa! rece el objeto de conocim iento, pero el papel del sujeto se destaca m ás. Ello confirm a una vez m ás la tesis psicológica que pretende que el fundam ento teórico del que se parte para proceder a las observaciones y análisis determ ina la fijación de la atención en tal o cual aspecto de la realidad. Un excelente análisis de esta fijación en el sujeto y, por consiguiente, en el factor subjetivo del proceso de conocim iento (lo que caracteriza al segundo m odelo) se encuentra en las reflexiones epistem ológicas de K .M annheim .B ajo una clara influencia de M arx y del m arxism o, M annheim subraya el papel de los dos factores en este fenóm eno: la conm oción del orden social tradicional y de la visión del m undo que le acom paña, así com o la im pugnación del principio de autoridad al que se opone el individuo hum ano y sus experiencias, a finales de la Edad M edia y a com ienzos de los tiem pos m o! dernos.7 Sin em bargo, todo depende de los térm inos en que se conciba e interprete este individuo.8
7 K .M annheim , Ideologie und U topie, Francfort, 1952, p. 1 3 y ss. (Ideología y U topía, Ed. A guilar, M adrid, 1966, pp. 61 y ss.). 8 Ibid., p. 26 y ss. (ed. esp. cit., p. 76 y ss.).

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C on la problem ática del individuo hum ano, que tratare! m os a continuación, penetram os en el ám bito del tercer m odelo que, al principio de la preponderancia de uno de los elem entos de la relación cognoscitiva — del objeto (en el prim er m odelo) o el sujeto (en el segundo m odelo)—opone el principio de su interacción. A quí, de m odo contrario al m odelo m ecanicista del conocim iento para el que el sujeto es un instrum ento que registra pasivam ente el objeto, se atribuye un papel activo al sujeto que a su vez está som etido a condicionam ientos diversos, en particular a determ inism os sociales, que introducen en el conocim iento una visión de la realidad trasm itida social! m ente. Este tercer m odelo tam bién es lo opuesto al m odelo m ecanicista, pero al revés del idealism o subjetivo que escam o! tea en form am ística el objeto de conocim iento, sólo deja en el cam po de batalla el sujeto cognoscente y sus productos m entales. C om o contrapartida propone, en el m arco de una teoría m odificada del reflejo, una relación cognoscitiva en la cual el sujeto y el objeto m antienen su existencia objetiva y real, a la vez que actúan el uno sobre el otro. Esta interacción se produce en el m arco de la práctica social del sujeto que percibe al objetoenypor suactividad. E ste m odelo del proceso de conocim iento, a favor del cual m e pronuncio, se concreta en la teoría del reflejo correctam ente interpretada que des! arrolla la filosofía m arxista. E s evidente que la elección de uno de estos tres m odelos im plica im portantes consecuencias para el conjunto de nuestra actitud científica y en particular para nuestra concepción de la verdad. Hasta aquí, sólo hem os construido una tipología enum erativa. A hora debem os fundam entar la elección llevada a cabo y desarrollar, por consiguiente, las categorías que entran en juego. Sin em bargo, antes de llevar adelante nuestra exposición positiva, deslindem os el terreno explicando, aunque

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sea con brevedad, por qué hem os lim itado nuestro horizonte a ciertos m odelos, rechazando los restantes a lim ine. En prim er lugar, ¿son posibles y existen otros m odelos de relación cognoscitiva? La respuesta es evidentem ente afirm a! tiva. Am odo de ejem plo, podem os citar las distintas variantes del m odelo dualista, en especial el m odelo fundado en la concepción form ulada por L eibnitz de la arm onía preestable! cida, en la concepción del ocasionalism o, etc. ¿Por qué no hem os prestado atención a estos m odelos? Por la sim ple razón de su carácter anticientífico, es decir m ístico, que les quita todo valor heurístico, a la vez que toda capacidad de afectar las m entes de los investigadores contem poráneos. En consecuencia, podem os volver a nuestro auténtico pro! blem a con el análisis y desarrollo del m odelo elegido de la teoría del reflejo interpretado en un sentido activista. En este m odelo la relación cognoscitiva tam bién sigue siendo una relación entre el sujeto y el objeto. Por otra parte estoes la evidencia m ism a: desprovista de uno de sus térm inos, la relación cesa de inm ediato de existir. Para el m aterialista (y la elección del m odelo del proceso de conocim iento va ligada indisolublem ente a la visión del m undo en cuyo con! texto y sobre la base de la cual se realiza esta elección), es indudable que el objeto de conocim iento, fuente exterior de las percepciones sensibles del sujeto cognoscente, existe obje! tivam ente; es decir fuera e independientem ente de cualquier espíritu cognoscente. Solam ente pueden negar la tesis ontoló! gica sobre el m odo de existencia del objeto de conocim iento quienes se han perdido en el callejón sin salida de la especu! lación filosófica, aunque contradicen por otra parte necesa! riam ente con su práctica cotidiana sus puntos de vista teóricos. N o obstante, aun insistiendo en el objeto y sus im plicaciones (con este único fin, he repetido algunas tesis en realidad

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triviales desde el punto de vista del m aterialism o), el parti! dario del tercer m odelo ve en el sujeto al térm ino principal de la relación cognoscitiva. E ste hecho está en relación estrecha con la introducción del factor antropológico en la teoría del conocim iento, que es precisam ente el aspecto del problem a que debem os desarrollar. La concepción del individuo debe anteponerse, puesto que constituye (y se revela) el problem a no sólo de cualquier filosofía del hom bre considerada en sí m ism a, sino tam bién de cualquier análisis en el que el hom bre, com o individuo concreto, activo, desem peñe un papel im portante. Cuando hablam os de la relación cognoscitiva com o rela! ción entre el sujeto cognoscente y el objeto de conocim iento, es evidente que nuestras intenciones dependen en gran m edida (o en su totalidad) del sentido que atribuyam os a la expresión “sujeto cognoscente”. D os son las concepciones que aquí se enfrentan: una individualista y subjetivista, y otra, social y objetivista. En la época m oderna, la prim era concepción se inscribe por su génesis en la convulsión que sufre el antiguo orden económ ico-social y que, en la transición de una form ación a otra, conduce a la disgregación de las relaciones existentes entre el individuo y la sociedad y, por consiguiente, en el nivel de la conciencia, a la incom prensión del papel de la sociedad en el condicionam iento del individuo. A este fenóm eno especial! m ente se refiere Karl M annheim , autor ya m encionado, que acusa de m odo m anifiesto la influencia de M arx no sólo en la cuestión del condicionam iento social de las opiniones y de las actitudes hum anas, sino tam bién de m odo principal (aún cuando la literatura sobre el tem a en general no lo señale) en su concepción del hom bre com o individuo social. A sí, según M annheim , nada hay de fortuito en el hecho de que haya

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surgido una nueva concepción del individuo hum ano, en la que éste se capte en relación con sus determ inaciones sociales, cuando se han hecho sensibles los efectos sociales del orden social individualista, que lim ita con la anarquía.9 D e acuerdo con la concepción individualista y subjetivista, el individuo está aislado de la sociedad y se halla sustraído a su acción; en otras palabra, es captado prescindiendo de la cultura y, por consiguiente, reducido a su existencia bioló! gica que de m odo natural determ ina sus caracteres y pro! piedades. Apesar, pues, de las apariencias, esta concepción no eleva el papel del individuo, del sujeto, en el proceso del conocim iento; sino que por el contrario lo rebaja. Solam ente una concepción de esta clase puede conducir a la construcción del m odelo m ecanicista, pasivo y contem plativo, de la relación cognoscitiva. El individuo hum ano se halla determ inado bioló! gicam ente e introduce esta determ inación en el proceso de conocim iento por el cauce de su aparato perceptivo, el cual
9 “La ficción del individuo aislado y auto-suficiente sirve de base, en diversas form as, a la epistem ología individualista y a la psicología genética (... ). Estas dos teorías han crecido sobre el suelo de un indivi! dualism o teórico exagerado (tal com o se encuentra en la época del Rena! cim iento y del individualism o liberal) que solam ente podría haberse producido en una situación social en que la conexión original entre el individuo y el grupo había sido perdida de vista. Con frecuencia, en situaciones sociales sem ejantes, el observador olvida el papel de la socie! dad en la form ación del individuo, hasta el punto que deriva la m ayoría de sus rasgos, que evidentem ente son sólo posibles com o resultado de una vida com ún y de la interacción entre individuos (... ). N o es un sim ple accidente el que el punto de vista sociológico aparezca al lado de los otros sólo en fecha relativam ente tardía. N i es un azar que la perspectiva que reconcilia las esferas social y la cognoscitiva aparezca en un tiem po en que el m ayor esfuerzo de la hum anidad consiste, una vez m ás, en el intento de contrarrestar la tendencia de una sociedad individualista carente de dirección, que se está deslizando hacia la anarquía, recurriendo a un tipo de orden social m ás orgánico.” K .M annheim . Ideologie und U topie, ed. cit., pp. 26-30 (ed. esp. cit., pp. 76-81).

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no hace m ás que registrar y transform ar los im pulsos proce! dentes del m undo exterior. El error reside, en prim er lugar, en esta singular construc! ción del individuo, y después en la concepción del conoci! m iento com o contem plación y no com o actividad. A sí, estas falsas prem isas no sólo determ inan la construcción del m odelo de la relación cognoscitiva, sino que tam bién prejuzgan la solución del problem a en cuestión, a saber: ¿cóm o se opera el proceso de conocim iento en tanto que relación entre el sujeto y el objeto? E stas dos prem isas falsas frecuentem ente han sido objeto de las críticas procedentes de las m ás diversas posiciones. N o obstante, es M arx quien ha dado en el blanco con prioridad en el tiem po y superioridad por el m odo sistem ático y conse! cuente con que aborda el problem a y fundam enta una nueva concepción. A título de fuente de inform ación sobre las ideas de M arx en estas cuestiones, elijo preferentem ente las Tesis sobre Feuerbach, aún cuando estos tem as están m ás desarro! llados en La Ideología Alem ana y en otras obras suyas. H ago esta elección porque considero que este texto genial, escrito adem ás por su autor (que apenas tenía 27 años) en la form a sucinta de tesis destinadas al análisis crítico de la filosofía de Feuerbach, esboza a grandes rasgos una nueva filosofía revo! lucionaria. Teniendo en cuenta especialm ente su carácter conciso, para com prender y apreciar las Tesis, debe tenerse un profundo conocim iento de la filosofía en general y de la filosofía de M arx en particular. N o son pues de lectura fácil, lo que de ningún m odo dism inuye su gran valor, com o sabe perfectam ente hoy día cualquier filósofo profesional que po! dría señalar, a m odo de ejem plo, la interpretación y la signi! ficación del Tractatus logico-philosophicus de L .W ittgenstein. En su Tesis VI, M arx form ula ideas revolucionarias sobre

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la concepción del individuo en la m edida en que constituyen una crítica profunda de la antropología filosófica de L . Feuer! bach, representativa de la época, y en que ponen al m ism o tiem po los fundam entos de una nueva antropología que hasta nuestros días ha conservado todo su valor y su actualidad, y esto no sólo en el m arco de la filosofía m arxista. Y o he tom ado estas ideas com o fundam ento y punto de partida de m i concepción del individuo; concepción que considero com o m arxista tanto por su génesis, puesto que em ana directam ente de las ideas expuestas expressis verbis por el propio M arx com o por su concordancia con las restantes tesis de la con! cepción m arxista del m undo. Las ideas a que m e refiero son las siguientes: El hom bre es en su realidad el conjunto de las relaciones sociales; si se prescinde de este com ponente social del indivi! duo, solam ente subsisten entre los hom bres los lazos que origina la naturaleza, lo cual es falso. Tal es precisam ente la cuestión que se plantea: ¿el indi! viduo es sólo un ejem plar de su especie biológica, ligado a sus sem ejantes de un m odo puram ente natural, biológico? A esta cuestión la ciencia contem poránea responde negativam ente: ciertam ente el individuo es un ser biológico com o ejem plar de la especie hom o sapiens, pero esto no es suficiente para caracterizarlo, puesto, que, adem ás de los determ inism os bio! lógicos, sufre los determ inism os sociales y por esto precisa! m ente es un ser social. M arx form ula esta verdad de m odo m uy elocuente cuando dice que el hom bre “es el conjunto de las relaciones sociales”. N o pretendo de ninguna m anera subestim ar el condicio! nam iento natural, biológico, del individuo hum ano y de su personalidad, o sea del conjunto de ideas, actitudes y dispo! siciones psíquicas inherentes al individuo real. El hom bre

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participa del m undo anim al, tanto por su aspecto genético com o por su aspecto actual. Por tanto, sería falso negar lo que Feuerbach, por ejem plo, afirm aba ya en su antropología, es decir que el hom bre com o parte de la naturaleza está som etido a sus leyes generales. E ste error sería tanto m ás inadm isible cuanto que nuestros conocim ientos actuales son incom parablem ente m ás am plios sobre los determ inism os bio! lógicos o bioquím icos del individuo; hoy, por ejem plo, se está delim itando cada vez m ás el problem a del código genético gracias a la explicación del papel desem peñado por los ácidos ribonucleicos (A D N y ARN) en el m ecanism o de la herencia y nos aproxim am os peligrosam ente al m om ento en que una intervención bioquím ica perm ita una ingerencia en el ám bito de la personalidad hum ana. D igo “peligrosam ente", porque si se consiguiera descifrar el m isterio del código genético hasta el punto de poderse intervenir prácticam ente en su estruc! tura, el hom bre dispondría en las relaciones interindividuales de un poder en cierto sentido superior, por sus efectos tanto negativos com o positivos, al poder adquirido con el descifra! m iento del m isterio de la energía atóm ica. En todo caso, ningún investigador serio de los problem as del hom bre puede considerar despreciable su aspecto biológico; m uy al contrario, Pero esto no dism inuye en absoluto el valor que se deba atribuir a los condicionam ientos sociales del hom bre. A ún cuando se com prendan en sus justas proporciones las deter! m inaciones naturales del hom bre, cualesquiera que sean nues! tros conocim ientos al respecto, seguirá siendo igualm ente cierto que el hom bre, de una m anera que lo diferencia cuali! tativam ente del resto del m undo anim al, es un ser apto para el proceso de aculturación y es el producto de la evolución de la naturaleza y del desarrollo de la sociedad. M ás todavía: si se le aísla de su contexto cultural, se hace im posible com -

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prender al hom bre incluso bajo el único aspecto de sus deter! m inaciones naturales, puesto que éstas son el resultado de una evolución sobre la cual tam bién ejerce su acción el factor social. Yvolviendo a nuestro ejem plo anterior, el día en que, después de haber descubierto las leyes estructurales del código genético, la hum anidad se fije com o objetivo profundizar tam bién en sus leyes dinám icas, el factor social y cultural intervendrá una vez m ás en el ám bito de la naturaleza. Solam ente a condición de tener presentes todos estos as! pectos del problem a es posible com prender al “hom bre” no com o un ser abstracto, es decir com o un sim ple ejem plar de su especie biológica, sino com o un individuo concreto, o sea teniendo en cuenta su especificidad histórica, social e indivi! dual.1 0Sólo el individuo concreto, captado tanto en su condi! cionam iento biológico com o en su condicionam iento social, es el sujeto concreto de la relación cognoscitiva. C on esto se hace evidente que esa relación no es ni puede ser pasiva; que su sujeto siem pre es activo, y que introduce, y necesaria! m ente debe introducir, algo de sí m ism o en el conocim iento y que, por consiguiente, siem pre es en una acepción deter! m inada de estos térm inos, un proceso subjetivo-objetivo. ¿Q ué es, en efecto, el sujeto en la relación cognoscitiva? C iertam ente no se puede reducir al sim ple aparato perceptivo biológicam ente determ inado que se lim ita a registrar los estí! m ulos externos, aun cuando el sujeto deba poseer necesaria! m ente tal aparato. Lo decisivo es precisam ente lo que diferen! cia al hom bre del anim al ysem anifiesta en su aculturación, en el hecho de que es, a la vez, producto y productor de la
1 0 Ya he tratado m ás extensam ente estos problem as en m í obra Le m arxism e et l’individu (capítulo: “La conception m arxiste de l'individu), Arm and Colin, París, 1968, pp. 61-116. (Ed. esp. M arxismo e individuo humano, Ed. Grijalbo, M éxico, 1967.)

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cultura. N o vam os a establecer aquí lo que perm ite y condi! ciona la capacidad de aculturación del hom bre. A ceptando este proceso dado, nos interesan por el contrario sus efectos en el proceso del conocim iento. El hecho de que el hom bre, el sujeto, sea “el conjunto de sus relaciones sociales”, entraña diversas consecuencias tam bién sensibles en el ám bito del conocim iento. En prim er lugar, la articulación dada del m undo, o sea la m anera de percibirlo, de distinguir en él elem entos determ inados, la diná! m ica de las percepciones, etc., está relacionada con el lenguaje y con el aparato conceptual que recibim os de la sociedad, por m edio de la educación considerada com o la trasm isión de la experiencia social acum ulada en la filogénesis.1 1 En segundo lugar, nuestros juicios están socialm ente condicionados por los sistem as de valores que aceptam os y que poseen todos ellos un carácter de clase; hecho que el m arxism o, seguido por la socio! logía del conocim iento, ha puesto particularm ente de relieve. Sin poder detenem os en todos los factores biológicos y sociales que, en la ontogénesis del individuo, form an su psiquism o, su conciencia y su subconsciente, tales son las principales deter! m inaciones sociales del sujeto cognoscente y de su com porta! m iento; determ inaciones que significan otras tantas direcciones en la investigación cuyos resultados obligan a rechazar defi! nitivam ente el m odelo pasivo, m ecanicista, de la relación cog! noscitiva. El sujeto cognoscente no es un espejo, ni un aparato que registre pasivam ente las sensaciones originadas por el m edio am biente. Por el contrario, es precisam ente el agente que dirige este aparato, que lo orienta y regula, y transform a después los datos que éste le proporciona. A lguien ha escrito
1 1 C f. A . Schaff, Langage et connaissance, París, 1969, A nthropos (capítulos: “Langage et pensée”, “Langage et réalité”). Ed. esp. Len! guaje y conocim iento, Ed. G rijalbo, M éxico, 1967.

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m uy oportunam ente que quienes com paran el conocim iento a la acción de fotografiar la realidad olvidan, entre otras cosas, que la m áquina fotográfica registra lo que el ojo y la m ano del fotógrafo han enfocado, y a esto se debe que una fotografía no sea nunca idéntica a otra. El sujeto cognoscente “fotografía” la realidad con ayuda de un m ecanism o específico producido socialm ente que dirige “el objetivo” de la m áquina. A dem ás, “transform a” las infor! m aciones obtenidas según el com plicado código de las deter! m inaciones sociales que penetran en su psiquism o por m edia! ción del lenguaje en que piensa, por m ediación de su situación de clase y de los intereses de grupo que se relacionan con ella, por m ediación de sus m otivaciones conscientes y sub! conscientes y sobre todo por m ediación de su práctica social sin la cual el conocim iento sería una ficción especulativa. En este preciso m om ento de nuestros análisis, surge a plena luz la segunda idea revolucionaria del m arxism o en la cues! tión del conocim iento y del sujeto cognoscente. Esta idea concierne a la categoría de la praxis en el conocim iento hum ano. En las Tesis citadas anteriorm ente, M arx escribe: “La falla fundam ental de todo el m aterialism o precedente (incluido el de Feuerbach) reside en que sólo capta la cosa (G egenstand), la realidad, lo sensible, bajo la form a del objeto (Objekt) o de la contem plación (Anschauung), no com o actividad hum ana sensorial, com o práctica; no de un m odo subjetivo... ” (Tesis I). “Feuerbach no se da por satisfecho con el pensam iento abstracto y recurre a la contem plación (Anschauung); pero no concibe lo sensorial com o actividad sensorial hum ana prác! tica” (Tesis V). A quí aislam os un fragm ento de la rica problem ática de la

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praxis en M arx tal com o está planteada en sus Tesis sobre Feuerbach, fragm ento que en nuestra perspectiva tiene un valor decisivo. S e trata del papel de la práctica en el proceso de conocim iento, de la im portancia de esta categoría en la concepción del sujeto cognoscente. Hasta aquí hem os intentado establecer el papel activo del sujeto en el conocim iento, refiriéndonos a las determ inaciones sociales del sujeto considerado com o “conjunto de las rela! ciones sociales". N uestra intención era dem ostrar que el objeto no es un aparato registrador pasivo, sino que por lo contrario introduce en el conocim iento un factor subjetivo, ligado a su condicionam iento social. Esta aportación del sujeto explica las diferencias existentes, no sólo en la valoración e interpretación de los hechos, sino tam bién en la percepción (la articulación) y descripción de la realidad; diferencias que caracterizan el conocim iento de sujetos pertenecientes a distintas épocas his! tóricas, o, si son contem poráneos, a distintos m edios (étnicos, sociales, etc.). Sin em bargo, el carácter activo por excelencia del sujeto cognoscente está en relación con el hecho, olvidado en la m ayor parte de los análisis abstractos, de que el cono! cim iento equivale a una actividad. E sto es lo que M arx quería decir cuando reprochaba a Feuerbach que no captara el conocim iento del m undo sensible com o una actividad práctica, o sea com o una actividad que transform a la realidad aprehen! dida; es significativo que M arx definiera este conocim iento com o una actividad “sensorial hum ana práctica” (T esis V). Esta concepción del conocim iento funda el reproche que M arx dirige a todo el m aterialism o pasado que no capta la realidad, el objeto com o actividad concreta hum ana y com o práctica y, por consiguiente, no la aprehende a partir del papel activo del sujeto y, en este sentido, de m odo subjetivo. A m bos elem entos, la definición del individuo hum ano

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com o ser social y la concepción del conocim iento com o acti! vidad concreta, en cuanto práctica, son necesarias para des! cifrar y com prender el tercer m odelo de la relación cognosci! tiva; m odelo ligado íntim am ente a la teoría del reflejo inter! pretada en térm inos activistas, única interpretación coherente con el sistem a de la filosofía m arxista. La teoría del reflejo puede ser interpretada de dos m a! neras: en el espíritu del m odelo m ecanicista de la relación cognoscitiva (el prim ero de nuestra tipología), es decir consi! derando al conocim iento com o un proceso pasivo y contem ! plativo; o en el espíritu del m odelo objetivo-activista (tercer m odelo), es decir considerando al conocim iento com o una actividad concreta práctica. Apesar de las diferencias existentes entre estos dos m odelos de la relación cognoscitiva, am bos se insertan en el m arco de la teoría del reflejo am pliam ente entendida y, evidentem ente interpretada en cada ocasión en otros térm inos. C ontienen efectivam ente elem entos com unes que presuponen conjunta! m ente una concepción del conocim iento opuesta a la im plicada por el segundo m odelo, idealista y activista, y, por tanto, auto! rizan el em pleo de la denom inación com ún de “teoría del reflejo”. ¿C uáles son estos elem entos? U no y otro m odelos reconocen la existencia objetiva del objeto de conocim iento, es decir al m argen e independiente! m ente de cualquier conciencia cognoscente. Esta posición es m aterialista por lo que se refiere a la ontología y realista desde el punto de vista gnoseológico, lo que opone claram ente la teoría del reflejo, en sus distintas versiones, a cualquier con! cepción subjetivista e idealista del proceso de conocim iento. L os adeptos de esta posición adm iten tam bién que el objeto de conocim iento es la fuente exterior de las percepciones sen! sibles sin las cuales el proceso de conocim iento sería im posible.

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Esta tesis es la consecuencia del realism o en gnoseología y del m aterialism o en ontología. A dm iten asim ism o que el proceso de conocim iento cons! tituye una relación particular entre el sujeto y el objeto que existen objetivam ente, una relación, por tanto, que es subjetivo-objetiva. Finalm ente consideran que el objeto es cognoscible y, por consiguiente, contrariam ente a todo agnosticism o, que la “cosa en sí” se convierte en el proceso de conocim iento en una “cosa para nosotros”. A unque nos lim item os a estos cuatro puntos, podem os captar toda la im portancia de los elem entos com unes a las distintas versiones de la teoría del reflejo, que, a pesar de sus diferencias internas, se contrapone solidariam ente al idealism o y al agnosticism o. En particular, los puntos tres y cuatro explican por qué el térm ino “reflejo” ha dado nom bre a una teoría que ha nacido históricam ente en oposición al agnosti! cism o, sobre todo el kantiano, y al idealism o. Estas bases com unes no excluyen las diferencias en la interpretación de la teoría del reflejo; diferencias que existen realm ente en las versiones conocidas de dicha teoría. ¿En qué consisten esas diferencias? La prim era concierne a la concepción del sujeto cognos! cente que, si bien es considerado com o un ser objetivo por todos los representantes de la teoría del reflejo, posee un carácter pasivo yreceptivo para unos yun carácter activo para los otros. A sim ism o, si los unos sólo conciben al sujeto cognoscente desde una perspectiva individualista, los otros lo ven desde una perspectiva social, com o el producto de las determ ina! ciones sociales. D espués, si bien las distintas versiones de la teoría del

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reflejo reconocen que el conocim iento es un proceso subjetivoobjetivo, cada una de ellas puede interpretar de m odo distinto la objetividad del proceso; esta interpretación está estrecha! m ente relacionada no sólo con la concepción del sujeto, sino tam bién con la del conocim iento m ism o, considerado com o un proceso contem plativo y pasivo para los unos y com o un pro! ceso activo y práctico para los otros. Finalm ente, la unanim idad de todos sobre el carácter cog! noscible del objeto de conocim iento no im pide en absoluto concebir el conocim iento bien com o acto único, bien com o un proceso infinito. Tam bién pueden darse concepciones dis! tintas sobre los productos m entales del proceso cognoscitivo, considerados literalm ente por unos com o si fueran copias, reproducciones y, por tanto, im ágenes fieles (según el realism o ingenuo: el objeto es tal com o aparece en el conocim iento sensorial y las propiedades sensibles residen en los objetos) y concebidos por los otros com o representaciones m entales de la realidad (según el realism o crítico: la im agen de la realidad en la m ente no es arbitraria, ya que es la representación de esta realidad y esto se debe a que ella perm ite una acción efectiva, pero no es su copia perfecta, lo que por otra parte explica por qué el conocim iento es un proceso). H em os dicho anteriorm ente que la versión activista de la teoría del reflejo, correspondiente al tercer m odelo de la rela! ción cognoscitiva, es la única coherente con el sistem a de la filosofía m arxista en su conjunto. Y o entiendo esta afirm ación de dos m aneras: prim ero, en un sentido directo, es decir en el sentido de que sólo esta concepción puede ser integrada en el sistem a con las restantes tesis fundam entales de la filosofía m arxista sin contradecir ninguna de ellas; segundo, en el sen! tido de que esta concepción puede ser reconstituida a partir de las tesis respectivas de M arx, Engels y Lenin. Dado que

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el estudio de la teoría m arxista del reflejo rebasa el m arco de nuestras preocupaciones y posibilidades actuales, y com o, por otra parte, algunos de sus elem entos nos serán útiles a conti! nuación, intentaré presentar algunos de sus puntos. Q uiero precisar en esta ocasión que la literatura m arxista tam bién proporciona ejem plos de sim plificación en el espíritu del m o! delo m ecanicista de la relación cognoscitiva. Para un análisis m ás conciso de este problem a realizado a partir de las posi! ciones que personalm ente defiendo, debo rem itir al lector a m is obras anteriores.1 2 Tres elem entos constitutivos de la filosofía m arxista van en el sentido del m odelo activista de la relación cognoscitiva y contra el m odelo m ecanicista. El prim ero es la tesis de M arx sobre el individúo com o “conjunto de las relaciones sociales”. El segundo es la concepción m arxista del conocim iento com o actividad práctica, o com o actividad sensible y concreta. El tercero es la concepción del conocim iento verdadero com oun proceso infinito, que tiende a la verdad absoluta con la acum ulación de verdades relativas. Si se quieren respetar estas tesis de la filosofía m arxista, cada una de las cuales desem peña un papel fundam ental en el sistem a de dicha filosofía, se debe aceptar, por consi! guiente, el m odelo objetivo-activista de la relación cognoscitiva que form a con ellas un todo orgánico. ¿C óm o se plantea actualm ente el problem a de la objeti! vidad del conocim iento?
1 2 C f. A . Schaff, Niektore zagadnienia m arksistowkiej teorii prawdy (“A lgunos problem as de la teoría m arxista de la sociedad”), V arsovia, 1959, pp. 47-65. A . Schaff, Lenguaje y conocim iento, ed. cit. (Capítulo: “Lenguaje y realidad”, y el V ensayo sobre la objetividad del conoci! m iento a la luz de la sociología del conocim iento y del análisis del

lenguaje.)

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En prim er lugar definam os lo que entendem os por el adje! tivo “objetivo” que em pleam os para calificar con m ás pre! cisión el térm ino “conocim iento”. B asta consultar cualquier diccionario filosófico para ver hasta qué punto este térm ino es equívoco y con cuántas acep! ciones distintas, e incluso contradictorias, ha sido em pleado por diferentes autores en diversas épocas. La solución que se im pone en esta clase de situaciones es proponer una definición proyectiva que, por una parte respete dentro de lo posible el sentido establecido del térm ino sin excluir dem asiado las intui! ciones corrientes en la literatura sobre el tem a, y que por otra precise bajo su propia responsabilidad la significación de los térm inos em pleados. D e acuerdo con estos im perativos, dis! tingo tres acepciones del térm ino “objetivo” que utilizarem os a continuación. Prim ero, es “objetivo” lo que procede del objeto. En este sentido, se entiende por “objetivo” el conocim iento que refleja (en una acepción determ inada del verbo “reflejar”) en la conciencia cognoscente el objeto que existe fuera e independirectam ente de ésta (de m odo opuesto al conocim iento “sub! jetivo” que crea su objeto). Segundo, es “objetivo” lo que es válido para todos y no sólo para tal o cual individuo. Por consiguiente, es “objetivo” el conocim iento que tiene una validez universal y no sólo individual (de m odo opuesto al conocim iento “subjetivo” en sentido individual). Tercero, es “objetivo” lo que está exento de em otividad y, por consiguiente, de parcialidad (de m odo opuesto a lo “sub! jetivo” en el sentido de “coloreado em otivam ente” y “par! cial”). Tras haber intentado precisar el sentido de los térm inos “objetivo” y “subjetivo” en relación al conocim iento exam i-

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nem os cóm o se presenta el postulado de la objetividad del conocim iento en el contexto de los distintos m odelos de la relación cognoscitiva en general y del m odelo objetivo-activista en particular. En el m arco de cada una de las versiones de la teoría del reflejo (sean los del prim ero ytercer m odelo) puede presen! tarse la cuestión de la objetividad del conocim iento en el prim er sentido del térm ino “objetivo” definido antes. Pero este sentido es el m ás trivial. L o que aquí nos interesa principalm ente es la “objetividad” en el segundo y tercer sentidos del térm ino, bien entendido que sólo considerarem os conocim iento científico el practicado de m anera com petente y con la intención de descubrir la verdad objetiva. ¿Se puede afirm ar la objetividad del conocim iento, que! riendo decir con ello que posee una validez no sólo individual sino tam bién universal, que es em otivam ente incoloro e im ! parcial, cuando se adm ite al m ism o tiem po que el sujeto cognoscente, com o producto de las relaciones sociales, desem ! peña un papel activo en el proceso de conocim iento e introduce siem pre en éste algo que procede específicam ente de él, es decir un elem ento subjetivo? Sí y no. Todo depende del grado de precisión con que em pleem os la expresión “conocim iento objetivo”: sí, si no lo em pleam os en un sentido absoluto; no, si lo concebim os en categorías absolutas. Em pecem os por la objetividad entendida com o la ausencia de parcialidad y de coloración em otiva. S i el papel activo del sujeto no se ha invalidado por tal o cual presupuesto, es evidente que el conocim iento no es em otivam ente incoloro, totalm ente im parcial. ¿En este caso qué significa, pues, la “objetividad”? Equivale al postulado de elim inar al m áxim o el elem ento em otivo y la parcialidad que deform an el cono!

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cim iento verdadero, es decir los elim ina en el proceso cog! noscitivo. La “objetividad", en esta acepción, siem pre está afectada por la subjetividad y nunca puede ser absoluta; es hum ana y, por tanto, relativa (este conocim iento es m ás obje! tivo que este otra). Siem pre constituye un proceso, un devenir. S i se adm ite que el sujeto es activo en el proceso de cono! cim iento y, por tanto, que introduce necesariam ente un factor subjetivo, es evidente que la “objetividad", en el sentido de validez no individual sino universal del conocim iento, no puede significar que esta validez es idéntica para todos; que todas las diferencias entre los sujetos cognoscentes desaparecen y sólo queda la verdad absoluta. Una vez m ás, se trata de cierta tendencia, de cierto proceso, y no de un estado inm u! table. La “objetividad" en esta acepción tam bién es una propiedad relativa (tal conocim iento es m ás aceptado univer! salm ente que aquel otro, lo que no coincide con el criterio de su verdad) y no absoluta. A sí, dado el papel activo del sujeto cognoscente en el proceso cognoscitivo y conform e al segundo y tercer sentidos definidos antes, la “objetividad" sólo es una propiedad rela! tiva del conocim iento: por una parte, sólo puede afirm arse al com parar los productos de los diversos procesos cognosci! tivos; por otra parte, el conocim iento siem pre es un proceso, un devenir, y no un dato fijo y definitivo. El conocim iento científico y sus productos siem pre son, por consiguiente, objetivo-subjetivos: objetivos con respecto al objeto a que se refieren y del cual son el “reflejo" espe! cífico, y por su validez universal relativa y por la elim inación relativa de su coloración em otiva; subjetivos, en un sentido m ás general, debido al papel activo del sujeto cognoscente. H em os establecido ya que el factor subjetivo siem pre se da en el conocim iento, razón por la cual cabe preguntarse por

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su relación con el factor objetivo-social. Puesto que ya he tratado este problem a en otra obra,1 3 aquí m e lim itaré a resum ir las ideas principales. En los térm inos m ás generales, entendem os por factor subjetivo lo que el sujeto cognoscente introduce en el proceso de conocim iento. N uestra concepción difiere del sentido dado tradicionalm ente a la expresión “factor subjetivo”. Efectiva! m ente, no concebim os este factor com o un elem ento cognosci! tivo independiente del objeto, puesto que esta clase de subjeti! vism osolam ente constituye en nuestro criterio, una m era ficción especulativa. N o lo reducim os tam poco a las opiniones indivi! duales, que se oponen a las que tienen una validez universal, puesto que, a excepción de la m entira consciente practicada con fines propagandísticos, la frontera entre estas opiniones es m uy fluida. Lo que nos interesa, por el contrario, es el papel activo del sujeto en el proceso de conocim iento, su influjo sobre dicho proceso y sus productos por m edio de los factores que determ inan el psiquism o y las actitudes del sujeto. E stos factores son sobre todo: la estructura del aparato perceptivo del sujeto; el lenguaje en que éste piensa y que le dota de un aparato conceptual que determ ina una articulación y una percepción dadas de la realidad; los intereses de clase y de grupo que codeterm inan la elección que efectúa el individuo de su sistem a de valores, etc. L o que nosotros denom inam os aquí “factor subjetivo”, puesto que es, m etafóricam ente hablando, la em anación del sujeto en el proceso de conocim iento, no posee un carácter individual y subjetivo com o se adm itía en general en lo s análisis tradicionales, sino que, por el contrario, tiene un carácter objetivo y social. Todas las m ediaciones concretas
1 3 La ya citada, Lenguaje y conocim iento.

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del “factor subjetivo” enum eradas anteriorm ente tienen, en efecto, una génesis y una naturaleza sociales. La cuestión es clara por lo que se refiere al lenguaje que la sociedad nos trasm ite por m edio de la educación. Tam bién lo es respecto a las determ inaciones sociales (étnicas, de clase, de grupo) del psiquism o y de las actitudes del sujeto, sobre todo en el ám bito de los sistem as de valores y de juicios; determ inaciones que constituyen el objeto de las investigaciones de la antro! pología cultural, de la sociología del conocim iento, etc. Pero la cuestión ya no es tan evidente cuando nos referim os a la estructura del aparato perceptivo que indiscutiblem ente ejerce una enorm e influencia sobre el proceso de conocim iento, en su conjunto (a pesar de que las funciones del pensam iento no se agotan en la función de la percepción sensorial) y es m uy individual; no obstante, incluso esta estructura desde la perspectiva de su génesis y de su evolución, tam bién lleva el estigm a de la sociedad hum ana y posee, pues, un carácter objetivo-social. Entonces, ¿por qué calificam os nuestro factor de “subje! tivo”?Porque está unido orgánicam ente al sujeto cognoscente, considerado com o “el conjunto de relaciones sociales”. C ierto es que nuestro “factor subjetivo” concebido en estos tér! m inos es objetivo-social, y no idealista subjetivo. Pero esto es un problem a de concepción e interpretación. N uestros análisis sobre los m odelos de la relación cognos! citiva nos llevan directam ente a los problem as de la verdad y del conocim iento verdadero. //. La verdad com o proceso El problem a de la objetividad de la verdad histórica, que es el que nos interesa, nos obliga a considerar en nuestros

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desarrollos epistem ológicos prelim inares no sólo el m odelo de la relación cognoscitiva, sino tam bién la verdad. A hora bien, nos ocuparem os de ella en el contexto del conocim iento his! tórico, aunque constituye un problem a típicam ente filosófico. D e nuevo se nos hace evidente la precariedad de las razones de la aversión de los historiadores contra la filosofía; la situación de hecho dem uestra que la historia, al igual que las otras ciencias, plantea problem as que son por excelencia filosóficos y que no pueden resolverse honestam ente sin recurrir al patri! m onio de la filosofía. E s im posible elim inar de nuestro lenguaje térm inos tales com o “verdad"; no obstante, basta una breve reflexión sobre este problem a para rendirse a la evidencia de que se trata de un problem a filosófico. Evidentem ente puede tam bién resolverse por sus propios m edios, sin recurrir a la filosofía com o disciplina científica, pero entonces lo que se hace es sólo reem plazar la filosofía, sin que nada cam bie del carácter del problem a y, adem ás, puesto que se ignora el trabajo realizado en un ám bito concreto, existe el riesgo de redescubrir A m érica o, loque esm ás grave aún, decir tonterías. A l analizar el problem a de la verdad, introducirem os algunas definiciones y precisarem os nuestros puntos de vista de m odo que se hagan evidentes las posiciones desde las cuales abordam os este problem a. Con este fin, recordaré brevem ente cuestiones que ya he desarrollado en otra obra m ía,1 4pero en térm inos nuevos que están en relación directa con el pro! blem a de la verdad absoluta y relativa y con el de la verdad total y parcial. Em pecem os con una aclaración: por “verdad" entende! rem os en nuestro texto “juicio verdadero" o “proposición verdadera". R enunciam os a una discusión sobre la verdad
14 Ibid.

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de las norm as y de los juicios de valor y sobre otros tipos de enunciados que no son proposiciones predicativas, y lim ita! rem os claram ente la extensión sem ántica del térm ino “verdad”. En cuanto a la expresión “juicio verdadero”, adoptam os la definición clásica de la verdad: un juicio es verdadero cuando de él se puede decir que lo que enuncia existe en la realidad tal com o lo enuncia. Fácilm ente se ve que la teoría clásica de la verdad hace juego con la teoría del reflejo, o en todo caso que am bas teorías están unidas estrecham ente: si se acepta la posición de la teoría clásica de la verdad, no se puede rechazar la teoría del reflejo y viceversa. M ás aún: am bas posiciones se com plem entan y teóricam ente se im plican una a otra. La definición clásica de la verdad es una de las num erosas definiciones form uladas al respecto. A ún cuando rem ite al sentido com ún, m uchos pensadores la conservan generalm ente en su repertorio, pero prefieren esta o aquella definición espe! cialm ente por las dificultades que contiene. Tenem os para em pezar su dificultad para explicar qué se entiende por “rea! lidad” y por relación entre el juicio y su objeto (para unos adecuación, ypara otros correspondencia, reflejo, conform idad, sem ejanza, reproducción, etc.), no obstante que esta relación es característica de la “verdad”; todo ello es problem ático y da pie a encarnizadas discusiones entre las diversas escuelas filosóficas. A sí pues, no sólo por razones doctrinales, aunque tam bién ellas tienen algo que decir, sino tam bién con el fin de evitar algunas dificultades teóricas, se han llevado a cabo distintos intentos para definir la verdad en térm inos m ás sim ! ples y fáciles de com prender: por ejem plo, com o consenti! m iento universal, coherencia con el sistem a, utilidad práctica, econom ía del pensam iento, etc., es decir de acuerdo con tal o cual criterio aceptado. Sin em bargo, no se puede adm itir
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ninguna de estas definiciones sin rechazar tam bién la teoría del reflejo y todas sus im plicaciones filosóficas. Por otra parte, es fácil com probar que ninguno de estos criterios m encionados (consentim iento universal, coherencia, etc.) garantiza la ver! dad del conocim iento, es decir no fundam enta la certeza de que lo que enunciam os, en virtud de estos criterios, es conform e a lo que es. Por consiguiente, si en una ciencia cualquiera, en par! ticular en la ciencia de la historia, afirm am os que nuestro juicio es verdadero, querem os decir que estam os convencidos (basándonos en pruebas científicas) de que nuestro juicio concuerda con su objeto real. Tal es la posición de la defi! nición clásica de la verdad que cada uno de nosotros acepta casi intuitivam ente en sus actividades. Por tanto, rechazam os las pretensiones de las restantes definiciones de la verdad, sin privam os por ello de utilizar, en nuestra búsqueda de la ver! dad, los criterios que proponen. El consentim iento universal, la coherencia con el sistem a, la utilidad práctica, etc. tienen cierta significación en nuestros análisis y constituyen los argu! m entos que incitan a una reflexión suplem entaria sobre las diferentes proposiciones. Pero sólo incluirem os dichos criterios en este sentido. Pero en esta perspectiva ¿cóm o se presenta el problem a de la objetividad de la verdad? S i nos atenem os a su definición clásica, calificar con m ayor aproxim ación la verdad com o verdad objetiva es un pleo! nasm o. Puesto que no puede existir otra verdad que la verdad objetiva, en el sentido de verdad de un juicio sobre la realidad objetiva, al igual que en el sentido de que la relación cognos! citiva es objetiva en la acepción antes citada (prim er y tercer m odelos de esa relación), lo contrario de la verdad objetiva sería la verdad subjetiva. A hora bien, de acuerdo con la

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definición clásica de la verdad, se da una contradictio in adiecto entre el sustantivo “verdad” y el adjetivo “subjetivo"; considerada com o lo contrario de la “verdad objetiva", la ver! dad subjetiva equivale a falso. D e ello resulta que toda verdad es objetiva y que, por tanto, es inútil añadir el adjetivo “objetiva". Sin em bargo, aunque entrañe un pleonasm o, la expresión “verdad objetiva" puede conservar su valor para subrayar la objetividad de la relación cognoscitiva, tanto m ás cuanto que ya ha sido tradicionalm ente em pleada. Por el contrario, es m ucho m ás com plicado discernir las verdades absolutas y las relativas, y en consecuencia, delim itar las consecuencias que de ello se desprenden para la com pren! sión del proceso de conocim iento. El viejo litigio entre los partidarios de la verdad absoluta y de la verdad relativa afecta a dos objetos distintos, aunque ligados entre sí. El prim ero consiste en saber si un juicio dado (una proposición) es verdadero o falso independientem ente (según los “absolutistas") o en dependencia (según los “rela! tivistas") de las circunstancias, o sea de la persona que lo form ula, del tiem po y del lugar en que es form ulado. El segundo objeto se refiere al carácter total (según los prim eros) oparcial (según los segundos) de las verdades adquiridas. En el caso del prim er objeto del litigio (propio del rela! tivism o tradicional), el partidario de la teoría del reflejo no ve inconveniente alguno en rechazar el punto de vista de los relativistas que se inserta en una clara perspectiva subjetivista, y en dar la razón a los “absolutistas".1 5 ¿Q ué argum entos
1 5 U no de los m ás em inentes representantes de sus puntos de vista fue K azim ierz Tw ardow ski. C f. K . Tw ardow ski, O tak zwanych prawdach w zglednychs en Rozprawy i artykuly filozoficzne (“A propósito de las verdades llam adas relativas”, en Estudios y artículos filosóficos). Lvov, 1927.

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oponen estos últim os a los relativistas que afirm an que un juicio dado es verdadero o falso en función de la persona, del tiem po y del lugar? L es responden con toda razón que sus argum entos se fundan en los m alentendidos que se originan por el uso de térm inos equívocos (tales com o: “yo”, “ahora” y “aquí”) y a las proposiciones elípticas, o sea a los enun! ciados en los que no se precisa la persona, el lugar y el tiem po de la acción (por ejem plo: “las aceitunas son m uy buenas”, “hoy llueve”, “aquí hace calor”). La apariencia de que la verdad del enunciado varía con el objeto, el lugar y el tiem po, es resultado de un m alentendido, puesto que se trata de proposiciones indeterm inadas (elípticas) por los térm inos em ! pleados. B asta rem ediar esta indeterm inación para que desapa! rezcan los m alentendidos. S i se desarrollan las construcciones elípticas determ inando el sujeto, el tiem po y el lugar (“yo encuentro estas aceitunas m uy buenas” en vez de “las aceitu! nas son m uy buenas”; “hoy, tal día, a tal hora, en tal sitio llueve” en vez de “hoy llueve”; “aquí, en tal sitio y en tal m om ento, tengo calor” en vez de “hace calor aquí”) las pro! posiciones que se obtienen son verdaderas o falsas indepen! dientem ente de la persona que las enuncia y del lugar y el instante en que son form uladas. En cuanto al segundo objeto del litigio entre los “abso! lutistas” y los “relativistas”, adeptos respectivam ente de la verdad total y de la verdad parcial, la definición clásica de la verdad y la teoría del reflejo, que son las posiciones de que partim os, nos aconsejan situarnos al lado de los relativistas con tanta firm eza com o antes, al pronunciarnos contra su concep! ción de la relatividad de la verdad. Pero em pecem os por desnudar el problem a del ropaje verbal que m otiva su am bigüedad: la controversia opone ahora a quienes consideran que sólo puede ser verdadero el conocim iento total, com pleto

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y, por tanto, eterno e inm utable, y a quienes consideran que la verdad puede ser, con algunas excepciones, y debe ser parcial, incom pleta y, por tanto, variable en la m edida en que se desarrolla nuestro conocim iento del objeto dado. Pero, en este punto, dos cuestiones atraen nuestra atención. La prim era es la legitim idad del em pleo de las expresiones “verdad absoluta” y “verdad relativa” para am bos objetos del litigio. S i bien el em pleo de los térm inos “absoluto" y “relativo” está justificado cuando la verdad se pone en rela! ción con el sujeto y las circunstancias de tiem po y de lugar, este m ism o em pleo rem ite m ás bien a la tradición, y no a la m ejor, en el caso de la verdad considerada com o total o parcial. En este últim o caso ¿qué dem uestra la referencia a las circunstancias? Solam ente el hecho de que la verdad total es inm utable, y, en consecuencia, eterna, m ientras que la verdad parcial es variable, y, por tanto está ligada a un tiem po deter! m inado. N o obstante, este punto de apoyo es frágil ya que la “relatividad" aquí no significa que la verdad se refiera a un tiem po y a un lugar (en tales circunstancias este juicio es verdadero; en estas otras, es falso), sino que indica solam ente que el conocim iento es acum ulativo, que se desarrolla en el tiem po y que este desarrollo va acom pañado de un cam bio de las verdades form uladas tras este conocim iento. En con! secuencia, con el fin de evitar los m alentendidos verbales y los errores lógicos subsiguientes que de ello se siguen, es m ejor distinguir, tam bién desde el punto de vista term inológico, la verdad absoluta y la relativa por una parte y la verdad, total y la parcial por otra. Segundo, la palabra m ism a “verdad" posee en los dos casos una connotación diferente. En el prim er caso, designa, de acuerdo con nuestra definición previa, todo “juicio ver! dadero" o toda “proposición verdadera”; en el segundo, la

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em pleam os com o form a abreviada de la expresión “conoci! m iento verdadero”. Si bien am bas significaciones están estre! cham ente ligadas, no se recubren. El conocim iento de un objeto no equivale necesariam ente a un juicio único; por el contrario, al reflejar los diversos aspectos y las distintas fases del desarrollo del objeto, se com pone de una serie de juicios y constituye un proceso. Un juicio evidentem ente tam bién puede cam biar, hacerse m ás com pleto, m ás com plejo, lo que siem pre está en función del desarrollo del conocim iento e influye a su vez sobre la form a de este conocim iento. Por consiguiente, un juicio tam bién puede ser un proceso, aunque no necesariam ente (esto se refiere a las verdades parciales absolutas que, por tanto, son inm utables, tales com o: “dos por dos son cuatro” o “Luis XVI fue ejecutado en 1793”). El conocim iento, por el contrario, siem pre es un proceso a causa de la infinitud de la realidad estudiada (en el sentido de cantidad infinita de relaciones de cada objeto con los restantes, y en el sentido del desarrollo infinito de la realidad). Se trata, pues, no sólo de la verdad total y parcial, sino tam bién del punto de vista de su relación con el tiem po, de la verdad que todavía podem os calificar com o absoluta (in! m utable) y relativa (mudadiza), teniendo en cuenta el hecho de que tras de haber lim itado las am biciones del conocim iento, s e llega en algunos casos a un conocim iento exhaustivo y, por consiguiente, inm utable de un aspecto de la realidad. Esto constituye un argum ento suplem entario en favor de la con! servaron de la distinción term inológica propuesta antes. D e todo cuanto hem os dicho (y esto es, probablem ente, el desarrollo m ás im portante) se deduce que el conocim iento es un proceso y que, por consiguiente, la verdad tam bién lo es. Esta conclusión es sum am ente im portante para la elabo! ración de nuestra concepción de la teoría del reflejo. Por otra
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parte, esta conclusión la hem os basado, en gran m edida, en nuestra tesis, según la cual la teoría m arxista del reflejo podía estar construida sobre el m odelo objetivo-activista de la rela! ción cognoscitiva. El objeto del conocim iento es infinito, tanto si se trata del objeto considerado com o la totalidad de la realidad odel objeto captado com o un fragm ento cualquiera o un aspecto de lo real. En efecto, tanto la realidad en su totalidad com o cada uno de sus fragm entos son infinitos en la m edida en que es infinita la cantidad de sus correlaciones y de sus m utaciones en el tiem po. El conocim iento de un objeto infinito debe ser, por tanto, tam bién infinito; debe constituir un proceso infi! nito: el proceso de acum ulación de las verdades parciales. En ypor este proceso, enriquecem os incesantem ente nuestro cono! cim iento tendiendo hacia el lím ite que es el conocim iento com pleto, exhaustivo, total, que, com o el lím ite m atem ático, no puede ser alcanzado en un solo acto cognoscitivo, perm a! neciendo siem pre un devenir infinito, tendiendo hacia... E ngels ha expresado m uy bien esta idea, desarrollando una de las tesis fundam entales de la gnoseología m arxista: “... S i alguna vez llegara la hum anidad al punto de no operar m ás que con verdades eternas, con resultados del pen! sam iento que tuvieran validez soberana y pretensión incondicionada a la verdad, habría llegado con eso al punto en el cual sehabría agotado la infinitud del m undo intelectual según la realidad igual que según la posibilidad; pero con esto se habría realizado el fam osísim om ilagro de la infinitud finita.” 1 6 El conocim iento es, pues, un proceso infinito, pero un proceso que acum ula las verdades parciales que la hum anidad establece en las distintas etapas de su desarrollo histórico:
1 6 F. Engels, Anti-Dühring, Ed. Sociales, París, 1963, p. 120 (Ed. esp.: Editorial Grijalbo, M éxico, 1968, p. 76).

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am pliando, lim itando, superando esas verdades parciales. El conocim iento siem pre se basa en ellas y las adopta com o punto de partida para un nuevo desarrollo. Lo que acabam os de afirm ar sobre el conocim iento tam ! bién es válido para la verdad. La “verdad” equivale, cierta! m ente, a un “juicio verdadero" o a una “proposición verda! dera", pero tam bién significa el “conocim iento verdadero". En este sentido, es un devenir: al acum ular las verdades parciales, el conocim iento acum ula el saber y en un proceso infinito tiende hacia la verdad total, exhaustiva y, en este sentido, absoluta. La tesis sobre el conocim iento y sobre la verdad com o proceso es una tesis general y por ello poco concreta. Para analizar los distintos dom inios de la ciencia (o sea del cono! cim iento) debería procederse a una aplicación concreta de esa tesis general. C on este fin, se com prueba que es necesario establecer cuáles son las verdades parciales de que dispone una ciencia determ inada y exam inar cóm o, a partir de ellas, pro! gresa el proceso de acercam iento a la verdad total y, en este sentido, absoluta. La ilustración de las soluciones extrem as a este respecto son las m atem áticas por un lado y la ciencia de la historia por el otro. A l estudio de este proceso en el dom inio de la ciencia de la historia dedicarem os precisam ente de m odo especial los capítulos siguientes.

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3. SEGUNDA PARTE. EL CONDICIONAM IENTO SOCIAL DEL CONOCIM IENTO HISTÓRICO

Capit ulo I. DOS CONCEPCIONES DE LA CIENCIA DE LA HISTORIA: EL POSITIVISM O Y EL PRESENTISMO.

"Amigo mío, los siglos transcurridos son para nosotros un libro de siete sellos: lo que llam áis espíritu de los tiem pos no es en el fondo m ás que el espíritu de los grandes hom bres en el que los tiem pos se reflejan.” Go e t h e , Fausto.

A hora que vam os a abordar el m eollo del problem a, es decir el conocim iento histórico, em pecem os por com parar las dos m ayores escuelas del pensam iento en este ám bito y que, a pesar de que su origen se rem onta al siglo xix, tam bién pertenecen a nuestra época. Una es el positivism o, que ates!
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tigua que el conocim iento histórico es posible com o reflejo fiel — exento de cualquier factor subjetivo—de los hechos del pasado; la otra es el presentism o, variante actualm ente m ás en boga del relativism o subjetivista, que niega que dicho cono! cim iento sea posible y considera la historia com o una pro! yección del pensam iento y de los intereses presentes sobre el pasado. La personalidad m ás representativa de la tendencia posi! tivista es, en verdad, Leopold von R anke. Sus declaraciones, según las cuales lo que incum be al historiador no es valorar el pasado ni instruir a sus contem poráneos, sino sólo m ostrar las cosas com o realm ente sucedieron —w ie es eigentlich gew esen1 —se han convertido en el lem a de unión de la escuela y todavía siguen siéndolo contra viento y m area para num e! rosos historiadores. Ranke form uló su tesis-program ática en los años 30 del siglo pasado. Tuvo un notable predecesor en la persona de H um boldt y destacados epígonos com o Fustel de C oulanges, A cton y otros. Pero aunque no fue m uy original, ha quedado com o el representante radical del positivism o en historia. ¿En qué prem isas se basa esta orientación? En prim er lugar, presupone que no existe interdependencia alguna entre el sujeto cognoscente, o sea el historiador, y el objeto de conocim iento, o sea la historia com o res gestae. E ste presupuesto sólo es posible a condición de que se acepte que la historia, com o res gestae, no sólo se da objetivam ente, en el

1 “Se ha otorgado a la historia la función de juzgar al pasado y de instruir a los contem poráneos para provecho de los años futuros. Esta obra no se plantea objetivos tan am biciosos: quiere sim plem ente m ostrar cóm o ocurrió esto realmente" . L von Ranke, G . eschichte der rom anischen und germ anischen Völker von 1414 bis 1514, Sãmtliche W erke, Leipzig, 1885, Verlag von Duncker, dritte A uflage, t. XXIII, p. VII.

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sentido ontológico, sino tam bién en una form a acabada com o estructura definida de los hechos accesibles al conocim iento. Presupone después una relación cognoscitiva conform e al m odelo m ecanicista, es decir, se acepta la interpretación pasiva, contem plativa, de la teoría del reflejo. Finalm ente, da por sentado que el historiador com o sujeto cognoscente, es im parcial no sólo en el sentido corriente; es decir, no sólo es capaz de superar diferentes em ociones, fobias opredilecciones al presentar los acontecim ientos históricos, sino tam bién de rechazar y sobrepasar todo condicionam iento social en su percepción de esos acontecim ientos. A l concebir la finalidad de la ciencia de la historia en los térm inos indicados y al basarse en este repertorio de presu! puestos, se construye una concepción de la historia de acuerdo con el espíritu del positivism o clásico: basta reunir una can! tidad suficiente de hechos bien docum entados, para que surja por sí m ism a la ciencia de la historia. La reflexión teórica, filosófica en particular, es inútil, e incluso perjudicial, puesto que introduce un elem ento especulativo en la ciencia positiva. R ecordem os que la época en que Ranke form uló su pro! gram a de historiografía positivista estaba m arcada por una rebeldía general contra la filosofía especulativa (el “fin de la filosofía” era una reivindicación que com partían, a pesar de su oposición al positivism o com o escuela, pensadores com o L . Feuerbach, M arx y Engels), y en particular contra la historiografía “filosófica” (especulativa) y m oralizante. D esde este punto de vista, la historiografía positivista, que ejerció un dom inio casi absoluto por lo m enos durante las tres genera! ciones de historiadores que sucedieron a R anke, constituyó un considerable progreso científico y ocasionó una auténtica revolución en este dom inio de la ciencia en cuanto a sus técnicas de investigación, recopilación de fuentes y su utiliza!
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ción. Pero por otra parte, debido a sus presupuestos teóricos, aceptados im plícita o explícitam ente, que constituían la fi! losofía específica de los historiadores positivistas, enem igos declarados de la filosofía, esta historiografía dio pie a una crítica que, de oposición, se convirtió finalm ente en rebelión abierta contra el positivism o en la ciencia de la historia. Por otra parte los adversarios de Ranke dem ostraron m ás tarde que su historiografía estaba en contradicción con lo que él preconizaba: en efecto este historiador reveló en su obra un com prom iso social y político evidente, contrariam ente a su program a de una historia escrita sin parcialidad ni pasión, sine ira et studio.2Pero esto no es lo m ás im portante, ya que cons! tituiría un argum ento a d hom inen. El origen de los sinsabores de la escuela de R anke residía en sus propios presupuestos que se hicieron indefendibles ante los progresos conseguidos en la teoría del conocim iento y en la m etodología de la ciencia de la historia. U no de los m ás obstinados adversarios de la escuela posi! tivista y partidario del presentism o, el historiador norteam eri! cano C onyers Read, expone la situación y el objeto de la controversia en los siguientes térm inos: “... L os historiadores y sus críticos asisten hace m ucho tiem po a la batalla que libran los que abordan el pasado com o una realidad objetiva, susceptible de ser descrita com o se presenta realm ente si se estudia con atención y desapasiona! dam ente, y los que aprehenden el pasado com o una sim ple proyección de las ideas y los intereses del presente sobre lo s datos acum ulados por la experiencia histórica. L os prim eros conciben el pasado com o algo acabado, com pleto e inm utable; los segundos lo captan com o a través de un cristal coloreado,
2 Cf. Ch. A . Beard, “That N oble Dream ” in The Am erican Histo! rical Review , 1935, vol. XLI, N9 1, pp. 74-87.
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ya la vez trasparente y reflejante, de m odo que no se puede distinguir claram ente la luz que atraviesa el cristal de la luz reflejada."3 Otro representante del presentism o, C harles A .B eard, en un artículo dedicado a la lucha de tendencias contem poráneas en la historiografía, caracteriza la situación en térm inos sim i! lares, calificando la corriente criticada de “historicism o”. “¿Q ué se ha hecho de este historicism o que perm itía a los historiadores im aginarse que se puede conocer la historia tal com o se ha desarrollado realm ente? Esta filosofía (ya que esta corriente era una filosofía aún cuando negara a la filosofía) experim entó un fracaso que le im pidió cualquier reform a. Y hoy ya no puede ser restaurada, al igual que tam poco pueden ser restauradas las ideas y los intereses de 1900. La idea de la historia com o realidad plenam ente reconstituida por el histo! riador que la observa, ha sido calificada con propiedad, de cripto-m etafísica. Ha convertido a la historia en una especie de ídolo cuya form a ym anifestaciones pueden descubrirse gracias a las asiduas investigaciones y a la acum ulación de datos. El ídolo se ha roto y sus fieles ya no pueden pegar sus pedazos. Sim ultáneam ente tam bién se derrum ba el principio de relatividad ilim itada, según el cual pueden existir tantos sis! tem as de referencia com o seres hum anos existen; se ha recono! cido que este principio era incom patible con el saber y ha sido sustituido por el principio de la relatividad lim itada que adm ite relativam ente pocos sistem as de referencia... "4 La “rebelión" antipositivista atacó todas las tesis y todos
3 C . Read, “The Social Responsibilities of the Historian”, in The Am erican H istorical Review, 1950, vol. LV , No 2, p. 280. 4 Ch. A . Beard y A .V agts, “Currents of Thought in H istoriography" in The Am erican H istorical Review, 1937, vol. XLII, No 3, página 481.

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los principios fundam entales de la escuela tradicional, form u! lando sus contraproposiciones: a) en el conocim iento histórico, el sujeto y el objeto cons! tituyen una totalidad orgánica, actuando uno sobre el otro y viceversa; b) la relación cognoscitiva nunca es pasiva, contem pla! tiva, sino activa a causa del sujeto cognoscente; c) el conocim iento y el com prom iso del historiador siem ! pre están condicionados socialm ente: el historiador tiene siem pre un “espíritu de partido”. Esta rebelión adquirió su form am ás virulenta en el seno del presentism o, corriente que esencialm ente fue una oposición al positivism o, sobre todo en B enedetto C roce, su padre espi! ritual. Pero antes de m ostrar el desarrollo de esta corriente, a través del pragm atism o de John D ew ey y las concepciones de C ollingw ood hasta llegar el presentism o norteam ericano de los años 30 y 40, detengám onos en H egel, inesperado precursor de esta escuela. N o se trata de convertir a H egel en un relativista ni en un adepto de la concepción de la historia com o proyección del pensam iento contem poráneo sobre la pantalla del pasado (em ! pleando la m etáfora de Carl B ecker, otro presentista norte! am ericano). H egel, idealista absoluto, se sitúa en el polo opuesto al presentism o. Sin em bargo, en él se encuentran ideas precursoras que m erecen ser destacadas tanto m ás cuanto que ponen en evidencia una vez m ás su genio y aportan adem ás la prueba de una posible inconsecuencia por parte de un pensador de tal envergadura. A sí, pues, yo quisiera presentar algunas ideas de H egel sobre el conocim iento histórico que, por poco ortodoxas que sean respecto a su sistem a, nos intro! ducen en el m eollo de la cuestión.
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En sus Lecciones sobre la filosofía de la historia, H egel condena irrevocablem ente el dogm a, que será tan caro a los positivistas, del conocim iento histórico com o una recepción pasiva y fiel reflejo de los hechos. “Podríam os form ular, por tanto, com o la prim era condi! ción, la de recoger fielm ente lo histórico. Pero son am biguas esas expresiones tan generales com o recoger y fielm ente. El historiógrafo corriente, m edio, que cree y pretende conducirse receptivam ente, entregándose a los m eros datos, no es en rea! lidad pasivo en su pensar. Trae consigo sus categorías y ve a través de ellas lo existente. L o verdadero no se halla en la superficie visible. Singularm ente en lo que debe ser científico, la razón no puede dorm ir y es m enester em plear la reflexión. Q uien m ira racionalm ente el m undo, lo ve racional. A m bas cosas se determ inan m utuam ente. (... ) Pero no es pertinente desarrollar aquí los distintos m odos de la reflexión, puntos de vista y juicio sobre la m era im portancia e insignificancia (que son las categorías m ás próxim as), sobre aquello a que, en el inm enso m aterial existente, concedem os el m ayor peso.” 5 Estas palabras constituyen una auténtica anticipación ge! nial, aún cuando suenen de m odo extraño en boca de un autor que, unas docenas de líneas m ás arriba, recom ienda (com pletam ente de acuerdo con su sistem a) una fe, “... y el pensam iento de que el m undo de la voluntad no está entre! gado al acaso (... ) la verdadera dem ostración se halla m ás bien en el conocim iento de la razón m ism a”.6 Las ideas de H egel sobre el conocim iento histórico son
5 G .W . F. H egel, Leçons sur la philosophie de l’histoire, París, 1967, Librairie Philosophique J. Vrin, p. 23. (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, traducción de José G aos, 1953, pp. 22-24.) 6 Ibid., p. 23. (Ed. esp. cit., p. 21.)
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com entadas de m odo m ás claro aún en otro pasaje de sus Lecciones: “A quí lo esencial es el dato histórico, al cual el trabajador (el historiador — A . S.) aporta su espíritu que difiere del espíritu del contenido. En tal caso, son im portantes sobre todo los principios que el m ism o autor se im pone en cuanto con! cierne al fondo y a los fines de las acciones y de los hechos que describe, o a la m anera com o quiere redactar la historia.” 7 A hora bien, desde un punto de vista m ás concreto, es indis! cutible que las reflexiones de H egel m ás interesantes son sobre la historia pragm ática que, según él, es el presente proyectado sobre el pasado. E ste problem a entraña dos aspec! tos: cóm o el pasado se convierte en presente para el histo! riador, y cóm o el presente se proyecta por consiguiente sobre la visión del pasado. V eam os cóm oH egel form ula el prim er aspecto: “La pragm ática es una especie de historia reflexiva. Cuando prestam os nuestra atención al pasado y nos ocupam os de aquel tiem po lejano, para el espíritu se abre un presente que extrae de su propia actividad com o recom pensa a su esfuerzo... L as reflexiones pragm áticas, por abstractas que sean, se convierten de este m odo en presente y confieren a los relatos del pasado la anim ación de la vida actual.” 8 Lo que m ás im porta en nuestro contexto son las afirm a! ciones de H egel sobre la historia com o presente proyectado sobre el pasado y, en consecuencia, sobre la necesidad de reescribir continuam ente la historia. “A sí, una historia reflexiva es sustituida por otra; lo s m ateriales son accesibles a cualquiera escritor, fácilm ente cada uno puede considerarse idóneo para ordenarlos y elaborarlos, 7 Ibid., pp. 7-8.
8 Ibid., p. 20.
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haciendo valer su espíritu com o el espíritu de las distintas épocas.9 Fatigado de estas historias reflexivas frecuentem ente se ha vuelto a la im agen de un acontecim iento descrito bajo todos sus aspectos. Estas im ágenes ciertam ente poseen algún valor, pero apenas proporcionan algo m ás que m ateriales. N osotros, alem anes, nos contentam os con ellas; pero los fran! ceses se forjan con inteligencia un tiem po presente, y refieren el pasado a las condiciones presentes.” 1 0 C on ello descubrim os esbozadas en H egel las ideas funda! m entales de la futura “rebelión” antipositivista, a saber el factor subjetivo en la historia (der H erren eigner G eist), la his! toria com o proyección del presente sobre el pasado y las razones por las que se reescribe la historia; ideas que con! vierten a H egel en el auténtico precursor, aunque inesperado (repitám oslo) del presentism o. B enedetto C roce conocía perfectam ente la obra de H egel. Y o no conozco sin em bargo de m odo suficiente la historia de la filosofía italiana y de la filosofía de C roce en particular, para poder afirm ar si existe una filiación consciente de ideas entre am bos, aunque no por ello deba excluirse. Sea lo que sea, lo cierto es que lo que en H egel no son m ás que ideas sim plem ente esbozadas sin nexos de coherencia con la tota! lidad de su obra, en C roce constituyen un sistem a coherente de reflexiones idealistas sobre la historia, que hacen de este filósofo el padre espiritualista del presentism o basado por com 9 H egel recoge aquí (las Lecciones em pezaron en 1822) las palabras de G oethe (la primera parte de Fausto fue publicada en 1808): W as ihr den G eist der Zeiten heisst, das ist im Grund der H erren eigner G eistm in dem die Zeiten sich bespiegeln (“Lo que llam áis el espíritu de los tiem pos no es en el fondo m ás que el espíritu de los grandes hom ! bres... ”) 1 0 G .W . F. H egel, Leçons..., ed. cit., p. 21.

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pleto en la tesis que afirm a que la historia es el pensam iento contem poráneo proyectado sobre el pasado. La concepción del m undo, (en el sentido de la W eltans! chauung) de C roce se caracteriza sobre todo por un espiri! tualism o radical y por la negación del m aterialism o. Según la filosofía de C roce, la esfera espiritual se extiende no sólo a las actividades teóricas, sino tam bién a las m ateriales, prác! ticas. Las actividades teóricas pueden ser conceptuales o intui! tivas. Puesto que la ciencia responde a actividades concep! tuales, C roce niega a la historia el estatuto de ciencia. Según él, solam ente hace ciencia quien concibe el caso particular com prendido en un concepto general; en cam bio, hace arte quien presenta lo particular com o tal. Puesto que el fin de la historiografía es presentar lo particular, se aproxim am ás al arte que a la ciencia.1 1 La única diferencia residiría en el hecho de que la historiografía se lim ita a lo que se produce en la realidad, m ientras que el arte está exento de esa lim i! tación y tam bién se ocupa de lo posible. Posteriorm ente C roce m odificará sus puntos de vista sobre el parentesco entre la historia y el arte, aunque m antendrá su tesis fundam ental de la historiografía com o actividad intuitiva. El intuicionism o de C roce es el segundo elem ento im portante al que debe prestarse atención antes de iniciar el análisis de su presen! tism o. Según C roce la intuición pura es la form a fundam ental de la actividad del espíritu: fundam ental porque es indepen! diente de la actividad práctica, m ientras que ésta, por el con! trario, depende de la intuición. La intuición es el fundam ento

1 1 Este punto de vista no es original. Entre los num erosos prede! cesores de B . Croce, citem os a Arthur Schopenhauer que defiende opiniones sem ejantes en El mundo com o voluntad y representación.

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de la existencia, ya que ella crea su objeto. Este objeto lo constituyen los “estados de alm a” fuera de los cuales nada existe. El intuicionism o de C roce lleva su “filosofía del espí! ritu” a sus últim as consecuencias, puesto que elim ina todo cuanto es exterior al psiquism o individual y crea una filosofía del “inm anentism o absoluto”. A partir de entonces, se com ! prende por qué C roce critica a V ico y a H egel haber intro! ducido en la filosofía el transcensus m etafísico y con ello haber oscurecido el hecho de que el hom bre posee una única expe! riencia inm anente, que sólo existe una realidad: el “Espíritu” que es actividad, libertad y “creador eterno de vida”. C roce aplica su intuicionism o a su teoría del juicio his! tórico: el objeto de este juicio es vivido intuitivam ente por el historiador. Pero de esta aplicación de las contradicciones internas resulta que las invenciones m etafísicas m ás sutiles no pueden ser superadas. S i la intuición es la expresión del estado de alm a del historiador y crea su objeto, el historiador eviden! tem ente no puede revivir los hechos del pasado ni entrar en contacto inm ediato con ellos. A ún cuando se considere, com o hace C roce, que el individuo es una partícula de lo “A bsoluto” y que es la “m anifestación y el instrum ento” del “Espíritu U niversal”, habría que adm itir que este “Espíritu” se m ani! fiesta de igual m odo en los distintos “instrum entos”. Pero esto, ni el propio C roce lo afirm a. La teoría de la intuición pura entra, pues, en contradicción con la tesis que dice que la historia es el conocim iento de cuanto se ha producido en el pasado. A l sacar las conclusiones de este conflicto interno de su doctrina, C roce adopta la defensa de la tesis que afirm a que toda historia es contem poránea, o sea la tesis del pre! sentism o. E l presentism o, al igual que el intuicionism o, constituye un desarrollo de la “filosofía del espíritu” y puede ser in!
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cluido en el m ism o contexto. En efecto, la tesis presentista (toda historia es contem poránea) se funda en la tesis de la “filosofía del espíritu” que dice que todo lo que constituye la historia es un producto del espíritu. V am os, pues, a iniciar nuestros análisis con esta últim a afirm ación y los ilustrarem os con algunas citas de B .C roce. C roce rechaza la división de los hechos en hechos históricos y no históricos con los siguientes argum entos: “D ado que un hecho es histórico en tanto es pensado, y ya que nada existe fuera del pensam iento, no puede tener sentido alguno la pregunta: cuáles son los hechos históricos y cuáles los hechos no históricos.”1 2 Para él, toda esta cuestión es un seudoproblem a ya que la selección de hechos y de docum entos por los historiadores es puram ente arbitraria. Sin em bargo, a pesar de esta arbitra! riedad de la elección no debem os engañarnos puesto que la historia, com o el arte, “crea la im agen, la unidad de la im a! gen".1 3D espués C roce m anifiesta el m ayor desprecio por la investigación de datos históricos, actividad digna, según él, de los cronistas, ya que la auténtica historia extrae la verdad de la experiencia interior: “Las antologías de inform ación serán crónicas, notas, m e! m orias, anales, pero no son historias; y aunque se las junte con sentido crítico señalando el origen de cada parte o inves! tigando cuidadosam ente su evidencia, nunca logrará en su propio terreno, por m ucho que lo intente, ir m ás allá de la cita continua de cosas dichas y cosas escritas. Se quedan, para convertirse en verdades que nos convenzan, en el punto m ism o
1 2 B . C roce, Zur Theorie und G eschichte der H istoriographie, Tubinga, 1915, p. 96. (Teoría e historia de la historiografía, Ed. Im án, B uenos A ires, 1953, p. 88.) 1 3 Ibid., p. 98. (Ed. cit. esp., p. 89.)

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en que la historia exige una aseveración de verdad surgida del fondo de nuestra íntim a experiencia.” 1 4 Esta visión radicalm ente subjetivista de la historia subyace al presentism o. Puesto que si todo cuanto existe es un pro! ducto del espíritu, los hechos históricos tam bién lo son. S ólo hay un pasado objetivam ente dado, solam ente hay hechos creados por el espíritu en un presente eternam ente variable. Por consiguiente, toda historia debe ser actual, puesto que es el producto de un espíritu cuya actividad siem pre se sitúa en el presente y que crea su im agen histórica (fuera de la cual no existe historia) bajo la influencia de intereses y m otivos actuales. C roce escribe: “La necesidad práctica en que se basa todo juicio histó! rico confiere a la historia la propiedad de ‘lo actual’, ya que siem pre está en relación, por lejano que sea el pasado a que conciernen los hechos, con una necesidad actual, una situación actual... ” 1 5 Según C roce cada acto espiritual (y en su opinión, la his! toria lo es) contiene todo el pasado y, viceversa, el pasado resucita en el m om ento en que los docum entos evocan y fijan los recuerdos de estados de alm a definidos, que eviden! tem ente sólo pueden m anifestarse en el presente, actualm ente. En ausencia de esta actividad espiritual, los docum entos (m o! num entos, crónicas, excavaciones arqueológicas, etc.) no son m ás que objetos m uertos. En consecuencia, sólo se puede hablar de historia a condición de experim entar en uno m ism o determ inados estados y sentim ientos (por ejem plo, la caridad cristiana, el honor caballeresco, el radicalism o de
1 4 B . Croce, D ie G eschichte als G edanke und ais Tat, Berna, 1944, p. 37. (Ed. esp., La historia com o hazaña de la libertad, F. C . E., 1942, página 8.) 1 5 B . Croce, Zur Theorie..., ed. cit., p. 100.

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los jacobinos, etc.); por tanto, la historia constituye una proyección particular del “yo”, proyección originada por las necesidades actuales que se ha hecho posible gracias a que “el hom bre es un m icrocosm os... en el sentido histórico: un com pendio de la historia universal”.1 6 Toda historia queda constituida al surgir sim ultáneam ente del presente y de la experiencia interior.1 7 Pero C roce no rechaza únicam ente la tesis positivista de la historia com o proceso objetivo y del pasado com o “dato” del cual el historiador construye una im agen fiel, tras haber reunido suficientes hechos, sino que tam bién ataca el pilar de la doctrina positivista, el principio según el cual el histo! riador puede y debe ser totalm ente im parcial, no com pro! m etido yobjetivo, o sea preservar su m ás absoluta neutralidad a despecho de todo condicionam iento social. C roce afirm a todo lo contrario. Según él, el conocim iento histórico siem pre es una respuesta a una necesidad deter! m inada y, en consecuencia, siem pre está com prom etido. S i no fuera así, si no estuviera ligada a la práctica, a la realidad contem poránea del historiador, perdería todo sentido y valor. Lo que equivale a afirm ar que el historiador es y debe ser parcial, com prom etido y debe tener un “espíritu de partido”. E l problem a del “espíritu de partido” del historiador en C roce se relaciona estrecham ente en él con el problem a del juicio histórico. S i escribim os la historia prescindiendo de todo juicio, el resultado obtenido no será una obra histórica, sino una crónica. D esde el m om ento en que juzgam os, la his! toria es necesariam ente parcial, tom a partido y expresa un “espíritu de partido”. D ada la im portancia de este problem a
1 6 B . Croce, D ie G eschichte... , ed. cit., p. 42. (Ed. esp. cit., p. 12.) 1 7 B . Croce, Zur Theorie... , ed. cit., p. 4. (Ed. esp. cit., p. 7.)
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en el contexto de nuestros análisis futuros, vam os a citar in extenso un pasaje del texto de Croce: “A la historiografía de partido, cualquiera que éste sea, se ha opuesto siem pre la idea de una historia fuera de partido, devota únicam ente de la verdad. Enunciado incon! testable, y aun dem asiado obvio..., pero que se confunde y se extravía y se pierde en lo vano y la nada cuando se llega al punto de determ inar cóm o ha de concebirse la historia que no sea expresión de partido. El desdichado raciocinio que conduce a tal extravío y nulidad, sale de la prem isa de que las historias de partido alteran la verdad, porque, en vez de con! tentarse con los hechos tal y com o han acaecido, los juzgan llegando así a la conclusión de que, para no alterarlos y para tener la pura verdad, conviene abstenerse de todo juicio... había que exam inar si los juicios de la historiografía de partido son verdaderos juicios, actos lógicos, y no, m ás bien, m anifestaciones de sentim ientos; y en este exam en se hubiera acabado por ver que, quitándole a la historiografía los juicios, se quita a la historiografía m ism a, m ientras que su opuesta y diversa, la historiografía de partido, o sea la efusión del sen! tim iento revestida de im ágenes sacadas de las cosas del pasado, se queda intacta... ” 1 8 Tales sonlas ideas fundam entales del presentism o croceano; puesto que C roce refiere el conocim iento histórico a un sujeto considerado com o creador de la historia, representa una va! riante del relativism o llevada hasta sus últim as consecuencias. C om o ya hem os leído en C roce, toda historia es historia actual, m ientras que la verdad del conocim iento histórico está en función de la necesidad que engendra este conocim iento. A l poner en relación el conocim iento y su verdad con la
1 8 B .C roce, D ie Geschichte..., ed. cit., p. 275-276. (Ed. esp. cit, páginas 165-166.)

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necesidad, a cuyo interés responde este conocim iento, em pa! rienta el presentism o con el pragm atism o. La interpretación radical del presentism o, tal com o se halla im plícito en C roce, origina consecuencias m uy graves: lleva sobre todo a reconocer que no se puede hablar de una historia, puesto que existe una m ultiplicidad de historias, igual a la cantidad de espíritus que “crean” la historia. Por consiguiente, debem os adm itir que no sólo cada época posee su im agen particular de la historia, así com o cada nación y cada clase social, sino tam bién, prácticam ente, cada historiador e incluso cada individuo pensante. Tam bién debe aceptarse que el único criterio que perm ite juzgar esas historias m últiples y necesa! riam ente diferentes es el grado en que correspondan a las necesidades, a los intereses, a las exigencias... ¿D e qué? La respuesta a esta cuestión sólo se justifica si se reconoce al individuo com o “m edida de todas las cosas”. Estas consecuencias inevitables de la doctrina croceana son catastróficas para la historiografía. E l historiador debería considerar, por ejem plo, auténticos dos relatos y dos interpre! taciones contradictorias de un m ism o acontecim iento histó! rico en la m edida en que responden a sus intereses respec! tivos. En realidad, si el historiador fuera consecuente, incluso debería poner en cuestión que pueda tratarse de un m ism o acontecim iento histórico en diferentes obras, puesto que, de acuerdo con C roce, no hay acontecim ientos objetivos, sino sólo productos del espíritu que evidentem ente son tan distintos com o los m ism os espíritus. La ciencia de la historia, entonces, no dispondría de criterio alguno para distinguir lo verdadero de lo falso e incluso debería rebelarse contra la búsqueda de tal criterio. El subjetivism o radical y el extrem ado relativism o del presentism o de C roce privan a la historia de su estatuto científico, que es precisam ente lo que busca este autor. C ierto
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que ha intentado huir de las consecuencias destructoras de su relativism o refugiándose en la doctrina del Espíritu A bsoluto, pero nada podía hallar en ella fuera de un apéndice ecléctico a su subjetivism o. En efecto, aun cuando consintiéram os en habilitar un “Espíritu A bsoluto" para decidir entre dos juicios históricos contradictorios, cada uno de los cuales sería, no obstante, verdadero en determ inadas condiciones, los efectos serían nulos desde el punto de vista de las perspectivas de la historiografía. Fuera de la esfera del pensam iento en las cate! gorías de los “espíritus absolutos”, la única evidencia es la siguiente: tiene razón quien se pronuncia el últim o. Pero este veredicto desposee a la historia de su cualidad de ciencia. M ás tarde, los partidarios del presentism o tuvieron que tom ar en consideración esta consecuencia, Pero unos la acep! taron tal com o era, m ientras que otros intentaron m oderarla. Entre los prim eros, está R .G .C ollingw ood que contribuyó notablem ente a popularizar la obra de B enedetto C roce en lo s m edios anglosajones. C ollingw ood, filósofo idealista, no se im presionó en absoluto por el extrem ism o de las opiniones de C roce; por el contrario, superó la m edida a su m anera. Según C ollingw ood, toda la historia es historia del pen! sam iento. E l historiador que reconstruye el pensam iento del pasado lo hace, sin em bargo, en el contexto de su propio saber, o sea de m odo crítico.1 9L as actividades cuya historia estudia constituyen para él no un espectáculo que observa, sino una experiencia que debe revivir en su espíritu. E stas experiencias son objetivas, por lo que toca a su conocim iento, en la m ism a m edida en que son tam bién subjetivas com o actividades per!
1 9 R . G Collingw ood, The Idea of H istory, O xford, 1946, pp. 215217-305 y ss. (Idea de la historia, M éxico, F. C . E., 1952, pp. 204, 213 y ss.)

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sonales del historiador.2 0 La im agen histórica es el producto de la im aginación del historiador, y el carácter necesario de esa im agen va ligado a la existencia a priori de la im aginación. A sí, pues, la obra del historiador solam ente difiere de la obra del novelista en cuanto que la im agen creada por el historiador está considerada com o verdadera.2 1 Cuando se han aceptado tales presupuestos ya no se retro! cede ante nada. C ollingw ood pasa directam ente de su m eta! física al presentism o: sólo el presente puede justificar la elección de una im agen dada del pasado. “E l pensar histórico es aquella actividad de la im aginación m ediante la cual nos esforzam os por dar a esta idea innata un contenido detallado, lo cual hacem os em pleando el pre! sente com o testim onio de su propio pasado. Cada presente tiene un pasado que le es propio, y cualquier reconstrucción im aginativa del pasado tiende a reconstruir el pasado de este presente, el presente que se efectúa el acto de im aginación, tal com o se percibe aquí y ahora. (... ) ”Por esa m ism a razón en la historia, com o en todas las cuestiones fundam entales, ninguna conquista es definitiva. El testim onio histórico disponible para resolver cualquier pro! blem a cam bia con cada cam bio de m étodo histórico y con cada variación en la com petencia de los historiadores (... ) Acausa de estos cam bios, que no cesan jam ás, por lentos que puedan parecer a observadores m iopes, cada nueva genera! ción tiene que reescribir la historia a su m anera; cada nuevo historiador, no contento con dar nuevas respuestas a viejas preguntas tiene que revisar las preguntas mismas... " E sto no es un argum ento en favor del escepticism o his! tórico. Se trata sim plem ente del descubrim iento de una se2 0 C ollingw ood, The Idea of History, p. 218. (Ed. esp. cit. p. 213.) 2 1 Ibid., pp. 245-246. (Ed. esp. cit., p. 238.)
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gunda dim ensión, del pensam iento histórico, de la historia de la historia: a saber que el historiador (con el hic et nunc que va dando form a a todas sus pruebas accesibles a la convicción) constituye por sí m ism o una parte del proceso estudiado, en el cual tiene su propio puesto y que puede com prender desde el único punto de vista determ inado por el puesto actualm ente ocupado en este proceso.2 2 A sí vem os que las opiniones de C ollingw ood son efectiva! m ente extrem adas. A unque no aportan nada nuevo al pre! sentism o, las hem os resum ido en las últim as líneas del pasaje citado anteriorm ente. Durante los años 30 y 40, el presentism o tuvo su apogeo en Estados U nidos. E ste apogeo ya lo había presagiado R obinson a principios del siglo al anunciar una “historia nueva”. La im portancia del presentism o norteam ericano se debe, ante todo, al hecho de que fue desarrollado principalm ente por historiadores tan em inentes com oC harles A .B eard. En con! secuencia, se trataba no de especulaciones filosóficas al estilo de las que practicaban C roce y C ollingw ood, sino de pun! tos de vista elaborados por historiadores en contacto directo con sus investigaciones. En un artículo publicado en 1950 titulado “A lgunas ob! servaciones sobre la teoría histórica contem poránea”, C hester M cA rthur D estler estudia la historia del relativism o en la historiografía, principalm ente después de la segunda guerra m undial. D estler, adversario del relativism o y, por consi! guiente, del presentism o, ataca vigorosam ente esta corriente y, sobre todo, pone de relieve su función social. A I describir la situación de la teoría de la historia en los Estados U nidos, escribe:
2 2 Ibid., pp. 247-248. (Ed. esp. cit., pp. 240-241.)

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“... Entre algunos historiadores de este país reina la con! vicción de que las pretensiones científicas y los principios de la escuela de Ranke en Inglaterra y N orteam érica, calificados de ‘ realism o ingenuo’, son incapaces, a la luz de los conoci! m ientos actuales, de servir de fundam ento de los estudios históricos. A dem ás, las últim as luchas en favor de las reform as internas y la crisis internacional en curso han engendrado en algunos de nuestros colegas el deseo de una historia ‘funcional’ que podría contribuir de m odo m ás eficaz a la solución de los problem as contem poráneos.” 2 3 D estler se atiene a las posiciones del liberalism o burgués del que, por otra parte, están im pregnados todos sus trabajos; sin em bargo, ha sabido captar el fondo del problem a político, el objetivo social de la historiografía “funcional”: poner el relativism o al servicio de la burguesía. El relativism o histórico no es en absoluto una invención de la historiografía norte! am ericana, pero introduce en ella un nuevo elem ento: una m anera m ás abierta y clara de plantear el problem a en las condiciones de un recrudecim iento de la lucha de clases, de la lucha de la burguesía en general y de la burguesía norte! am ericana en particular. Cuando se com prenden los com po! nentes sociales del presentism o norteam ericano, se capta con m ayor facilidad la función de los predecesores y de los funda! dores de esta corriente. Las tendencias positivistas poseen una larga tradición en la historiografía norteam ericana. D estler habla de sus fuentes de origen extranjero, de los trabajos de B enedetto C roce y de C ollingw ood en particular,2 4aunque tam bién m enciona auto!
2 3 C h. A .D estler, “Som eO bservations on Contem porary H istorical Theory”, en The Am erican H istorical Review, 1950, No 3, p. 503. 2 4 Citem os tam bién otros trabajos de autores ingleses de inspiración presentista. En 1874, por ejem plo F. H. Bradley (en The Presuppositions

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res norteam ericanos com o J. H .R obinson quien, en su obra The New H istory (N ueva Y ork, 1912), form ula el principio de una historiografía funcional (som etida a las tendencias que preconizaban reform as liberales), proseguida posteriorm ente por H .E .B arnes en su H istory of H istorical W riting (O klahom a, 1937). Sin em bargo, según D estler, el m om ento tras! cendental del relativism o en los E stados U nidos se sitúa después de la segunda G uerra M undial. N o hay nada de fortuito en este hecho, puesto que en esta época precisam ente se experim enta un recrudecim iento de las luchas de clases y adquiere toda su am plitud el papel servil de la ideología. C om o ya hem os dicho, el presentism o norteam ericano procede directam ente de C roce cuyas ideas fueron im plantadas en los Estados U nidos por un filósofo tan influyente com o John D ew ey. E xiste un indiscutible parentesco de ideas entre el presentism o de uno y el pragm atism o del otro. En sus análisis, D ew ey parte del problem a de la selección de sus datos de estudio por parte del historiador. ¿En qué nos basam os para conceder a determ inados juicios sobre el
of Critical History) exponía ideas emparentadas con el presentism o: “El pasado cam bia con el presente, y nunca puede ser de otro m odo, puesto que siem pre está basado en el presente” Collected E ssays, t. I, O xford, 1935, p. 20, citado según M .G .W hite, “The A ttack on the H istorical M ethod” en The Journal of Philosophy, 1954, N o 12, p. 318, nota 7). R .B . Haldane (en M eaning of Truth in H istory, Londres, 1914) afir! m aba que la historia está emparentada con el arte, y negaba por ello el carácter científico de la historiografía. “Una historia fundada sólo sobre m étodos científicos constituía una burla”, escribía Haldane que veía en la actividad del artista el prototipo de la actividad del historiador, ya que éste debía deform ar subjetivam ente la im agen de la realidad (citado istory, EE. UU., 1941, según P. J. Teggart, Theory and Processes of H p. 55). Charles Oman (en O n the W riting of History, Londres, 1939, pp. 7-8) escribe: “. . . La historia no es un asunto puram ente objetivo, es el m odo en que el historiador capta y relaciona una serie determ inada de acontecim ientos. Com o dicen los franceses: ‘il n’y a pas d’histoire - m ais seulem ent des histoires’.”

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pasado m ás crédito que a otros? N uestras conclusiones sobre el pasado, afirm aD ew ey, se fundan solam ente en los juicios relativos a cosas que podem os observar en el presente (docu! m entos, m onum entos, etc.), en juicios que son resultado de una selección realizada en función de necesidades definidas. Por tanto, son relativos con relación al problem a y, al m ism o tiem po, son siem pre el producto de un presente definido.2 5 “Toda construcción histórica es necesariam ente selectiva. Puesto que el pasado no puede ser reproducido in toto y ser objeto de una nueva experiencia, este principio puede parecer dem asiado evidente para m erecer la calificación de im portante. Sin em bargo lo es, ya que su aceptación nos obliga a poner de relieve el hecho de que en la elaboración de la historia todo depende precisam ente del principio en virtud del cual controlam os los hechos y seleccionam os los acontecim ientos. E ste principio decide sobre la im portancia que debe atribuirse a los acontecim ientos pasados, lo que debe aceptarse y lo que debe rechazarse; tam bién decide la disposición que debe darse a los hechos seleccionados. A dem ás, si bien la selección está reconocida com o un hecho prim ario y fundam ental, debem os adm itir que toda historia está necesariam ente es! crita desde el punto de vista del presente y constituye (lo que es inevitable) no sólo la historia del presente, sino tam bién la historia de lo que el presente juzga com o im portante en el presente.”2 6 Por consiguiente, la historia siem pre está en relación con un presente definido que proporciona los principios de la selecciónyasum e la responsabilidad de los “hechos” del pasado (o m ejor dicho de lo que nosotros consideram os com o hechos).
2 5 J. D ew ey, Logic. The Theory of Inquiry, N ueva Y ork, 1949, página 233. 26 Ibid., p. 235.

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En conclusión: cada presente tiene su pasado; cada presente reescribe la historia. “La reflexión m ás sim ple dem uestra que el dato concep! tual aplicado en la escritura de la historia, procede de la época en que nosotros escribim os la historia. N o existen otros m ateriales accesibles para los principios directores y las hipó! tesis aparte de los que sum inistra el presente histórico. Puesto que la cultura cam bia, tam bién cam bian las concepciones dom inantes en la cultura. N ecesariam ente aparecen nuevos puntos de vista, nuevos juicios y nuevos criterios de selección de los datos. La historia se reescribe entonces. L os m ateriales rechazados ulteriorm ente se presentan actualm ente en form a de datos, ya que las nuevas concepciones solucionan los nuevos problem as que necesitan una nueva sustancia fáctica para ser form ulados y verificados. En una época determ inada dom inan en la cultura ciertas concepciones de m odo tan evidente que su aplicación en la construcción de los acontecim ientos del pasado nos parece justificada por los ‘ hechos' hallados en un pasado ya dado. E ste punto de vista invierte la sucesión de las cosas." 2 7 D estler calificaba justam ente esta posición de “presentism o subjetivista y relativista". Pero, concedam os una tregua m om entánea a los teóricos y a los filósofos; pasem os, com o ya habíam os anunciado, a los historiadores profesionales. Entre los num erosos historiadores presentistas, vam os a escoger para hacer un análisis crítico, los puntos de vista de Ch. A . B eard y de C .B ecker que son autoridades en la llam ada “escuela colom biana", al igual que G . Read que representa a la siguiente generación. C harles A . B eard, conocido por sus estudios sobre la
2 7 Ibid., p. 233.

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C onstitución norteam ericana y com o uno de los principales anim adores de la “rebelión antipositivista”, es tanto m ás interesante de analizar puesto que asoció el relativism o a una interpretación económ ica de la historia. N o se contentó con atacar la teoría de la verdad histórica objetiva, sino que eligió abiertam ente a la ciencia de la historia practicada a partir de posiciones de clase y con “espíritu de partido”. E sto es lo que evidencian de m odo claro sus verdaderas arengas contra Ranke y su escuela. C om enzarem os nuestro análisis por ellas, ya que arrojan una viva luz sobre todo el problem a del relativism o en la historiografía norteam ericana contem ! poránea. En 1909, año en que se sitúan los prim eros ataques pre! cisos contra la tesis de Ranke, considerada hasta entonces com o un dogm a, el historiador norteam ericano G eorge B urton A dam s hizo la apología de la escuela de Ranke com o corriente científica por excelencia.2 8Tras haber recordado que ésta había reinado durante cincuenta años sin haber sido im pugnada, A dam s tranquiliza a sus partidarios con el credo siguiente: “toda ciencia que es una auténtica ciencia debe fundarse en hechos probados y com probados”.2 9A sí, tras varias décadas de dom inio, la vieja escuela se pone a la defensiva. C harles B eard la ataca negando el carácter científico de la historia e intentando alcanzar al adversario en su punto m ás sensible: su m ito de “la im parcialidad”. “... El pensam iento histórico contem poráneo rechaza la concepción de lo s científicos de finales del siglo xix y de prin! cipios del siglo xx según la cual es posible escribir la historia
2 8 G . A . A dam s, “H istory and the Philosophy of H istory” en The Am erican H istorical Review, 1909, N o 14, pp. 221-236. 2 9 Ibid., p. 236.

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tal com o se ha desarrollado en realidad, a la m anera com o un ingeniero describe una m áquina determ inada.” 3 0 C on el fin de fundam entar su ataque B eard procede a una vigorosa crítica de L eopold von Ranke, el principal represen! tante de la escuela que com bate, y los partidarios de ésta reaccionan escogiendo a Th. C . Sm ith com o portavoz, quien publica un polém ico artículo en The Am erican H istorical Review (1934, N ° 3, págs. 439-449). B eard responde inm e! diatam ente 3 1llevando su crítica m ucho m ás lejos. B eard dem uestra que Ranke preconizaba el ideal de una ciencia de la historia objetiva, “positiva”, “im parcial”, basada sólo en el estudio de los docum entos, pero que en realidad profesaba un singular panteísm o, concibiendo la historia com o “la revelación de D ios”, com o den G ang G ottes in der W elt (la m archa de D ios por el mundo). Propugnaba “la im par! cialidad” de la historia cuando él m ism o (Ranke) estaba profundam ente im buido de un espíritu de partido. B eard da una serie de pruebas en apoyo de estas afirm aciones suyas: el carácter parcial de la orientación general dada por Ranke a la publicación de la H istorisch-Politische Zeitschrift; su actitud negativa hacia la libertad de prensa después de la R evolución de Julio de 1848; el apoyo que concedió a G ui! llerm o en su lucha contra una constitución dem ocrática; su juicio positivo acerca de los resultados de la guerra de 18701871 com o victoria de la Europa conservadora sobre la R evolución, etc. B eard concluye: “Fingiendo obstinadam ente ignorar los intereses econó! m icos y sociales en la historia, él consigue evitar todo trabajo histórico que perjudicara a los intereses conservadores de la Europa de su época. Ranke m erece que se le califique com o
3 0 Ch. A . Beard “W ritten History... , ed. cit., pp. 220-221. " 3 1 C h. A . Beard, “That N oble Dream ”, ed cit., pp. 74-87.

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uno de los historiadores m ás ‘parciales' que el siglo XIX ha producido.”3 2 La fórm ula de R anke (w ie es eigentlich gew esen) fue inte! grada en la concepción de una historiografía enfocada a sem ejanza de las ciencias naturales, dice B eard, quien rechaza esta concepción, niega el determ inism o, la regularidad de los procesos históricos yla posibilidad de la previsión en la historia. A l presentar B eard, en térm inos vulgarizados, la aplicación de los m étodos de las ciencias naturales a los estudios histó! ricos, consigue una victoria fácil sobre su adversario, tras lo cual proclam a el triunfo de un subjetivism o radical que reduce a nada el carácter científico de la historiografía. Para condenar la asim ilación de los m étodos de la ciencia histórica a los m étodos de las ciencias naturales, B eard recurre a una argum entación de carácter social. Esta asim ilación, afirm a, im plica el neutralism o social (un m arxista diría “el objetivism o”), actitud dictada en determ inada época por las necesidades definidas de las clases dom inantes, aunque m ás tarde las condiciones cam biaron 3 3 provocando, según B eard, una crisis al final de la cual el dogm a del neutralism o fue abandonado y los historiadores reconocieron que la obra his! tórica constituye el reflejo del pensam iento de su autor en condiciones determ inadas. A partir de esta crítica de R anke y de la historiografía positivista, B eard forja su propia concepción de la ciencia de la historia. D istingue la historia com o “realidad pasada” y la historia considerada, de acuerdo con C roce, com o “pen! sam iento contem poráneo sobre el pasado”.3 4 Esta últim a, la historiografía, es la que constituye el objeto de sus análisis.
3 2 Ibid., p. 78 (palabras subrayadas por A . S.) 3 3 C h. A . Beard, “W ritten History...”, ed. cit., p. 221. 3 4 Ibid., p. 219.

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Si bienla historia es la captación del pasado por el pensam iento, siem pre es, según B eard, el producto de una selección: los hechos son escogidos yreunidos por el historiador “de acuerdo con su m odo de pensar”.3 5 ¿A qué conclusiones llega B eard en cuanto al carácter de la historia? A unque se opone form alm ente al relativism o, se inclina de hecho hacia su versión radical, ya que, según él, la historia es un “acto de fe”, y, por tanto, una creación subjetiva del historiador, que depende de la persona de su creador y cam bia con ella. “El historiador que escribe la historia realiza, consciente o inconscientem ente, un acto de fe en lo que concierne al orden y al m ovim iento en la historia, ya que no puede sacar certeza alguna respecto al conocim iento de la realidad a que se dedica... Su fe equivale de hecho a la convicción de que se puede saber algo verdadero sobre el m ovim iento de la historia; pero, esta convicción es una decisión subjetiva y no un descubrim iento objetivo.” 3 6 El subjetivism o de esta profesión de fe y su consecuencia, el relativism o, son evidentes. Criticando el historicism o, en el sentido de la doctrina positivista de Ranke, y acusándolo de objetivism o (en el sentido del neutralism o de clase), B eard propugna abiertam ente una historia en la que reine el espíritu de partido. Pero, a pesar de haber señalado las determ ina! ciones de clase de la doctrina de Ranke, B eard no realiza un análisis sem ejante con relación a sus puntos de vista. L o harán por él sus com pañeros y partidarios.
3 5 Ibid., p. 220. 3 6 Ibid., p. 226. En form am enos radical, las tesis del relativism o son expuestas en la obra de Ch. A . Beard y A lfred V ogts, “Currents of Thought in H istoriography”, ed. cit., pp. 480-483.

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A sí, J. H . Randall Jr., especialista en m etodología de la historia, repite con B eard que la elección de un principio definido de selección constituye un acto de fe.3 7 Esta posición evidentem ente sólo puede llevar al presentism o, tal com o Randall lo expone explícitam ente: “E l presente y el porvenir que actúa sobre el presente son los que crean el pasado y lo convierten en historia. R ecrean el pasado que es la sustancia del presente.” 3 8 La selección llevada a cabo en los m ate! riales del pasado siem pre es relativa, y está en función del presente. El pasado es nuestro pasado, “nuestro pasado no se encuentra en el pasado com o tal, sino en el presente, en nuestro presente”.3 9 A partir de aquí, Randall desarrolla su concep! ción del “relativism o objetivo”, o sea de un relativism o histó! rico que califica de “objetivo”, ya que en su opinión es objetivo lo que está referido a unas condiciones definidas.4 0 Carl B ecker, uno de los principales instigadores de la “re! belión” relativista, fue tam bién partidario de B eard. V am os a analizar sus puntos de vista expuestos en la conferencia que dio en 1931 en una reunión de la A sociación N orteam eri! cana de H istoriadores cuando acababa de ser elegido presi! dente. En esta clase de alocuciones “presidenciales” es tradi! cional exponer la profesión de fe sobre las cuestiones funda! m entales de la ciencia. A l igual que B eard, B ecker identifica la historia con el pensam iento sobre la historia y con la ciencia de la historia. A unque distingue la existencia de dos series: la de los m is3 7 J. H. Randall, Jr., G .H aines, “Controlling A ssum ptions in the Practice of A m erican H istorians”, en Theory and Practice in H istorical Study, Science Research Council B ulletin, 1946, V ol. 54, p. 21. 3 8 J. H. Randall Jr., “On Understanding the History of Philosophy” en The Journal of Philosophy, 1939, N o 17, p. 462. 39 Ibid., p. 467. 40 Ibid., p. 472.

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m os acontecim ientos y la de sus representaciones m entales, “... aunque la serie real de los acontecim ientos sólo existe para nosotros en los térm inos de la serie ideal que se m ani! fiesta en nuestras afirm aciones y que nosotros fijam os en nuestra m em oria. Por esto m e veo obligado a identificar la historia con la ciencia de la historia”.4 1A sí, solam ente subsiste la historia com o im agen subjetiva y el resto no son m ás que frases huecas. Pero si la historia equivale a “la m em oria de las cosas form uladas y realizadas", cada individuo en su vida ordinaria es un historiador. M ás aún: cada individuo es el creador de una historia diferente, de una historia que crea refiriéndola al presente, ya que “él no puede recordar los acontecim ientos pasados sin ligarlos de m odo sutil a sus necesidades o a lo que él desearía hacer... En consecuencia, toda historia viva, com o afirm aC roce, es actual: en la m edida en que la revivim os en la m ente, el pasado... se convierte en una parte integrante y viviente de este m undo de apariencias actualm ente nuestro.” 4 2 Finalm ente, B ecker se pronuncia por el subjetivism o y el relativism o de la historia: “Por todo esto, es evidente que la historia viva, la serie ideal de acontecim ientos que se m anifiesta en nuestras afirm aciones y que nosotros fijam os en nuestra m em oria, no puede ser la m ism a para todos los individuos en una época determ inada o para generaciones diferentes; la razón de este estado de cosas es que la historia se halla estre! cham ente ligada a lo que nosotros hacem os o a lo que tenem os intención de hacer. En consecuencia, la historia no puede ser reducida a una serie estadística com probable o form ulada en térm inos de fórm ulas m atem áticas universalm ente válidas. E s
4 1 C . B ecker, “Everym an his Own Historian” en The Am erican H istorical Review, N o 2, 1932, p. 222. 4 2 Ibid., p. 227.

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m ás bien una recreación de la im aginación, una propiedad privada que cada uno de nosotros m odela en función de su experiencia personal, adapta a sus necesidades prácticas o afectivas y adorna de acuerdo con su gusto estético. "4 3 Ciertam ente B ecker declara que “esta creación de la im a! ginación" no es enteram ente arbitraria por el hecho de que existan otros individuos y que cada uno pueda “crear a su voluntad un m undo de apariencias" a condición de que sea uno solo. A hora bien aunque no se ven m uy bien los efectos reales de esta restricción que introduce com om áxim o el cri! terio del consentim iento universal sin rem ediar esencialm ente el subjetivism o. Por otra parte, B ecker sólo form ula esta res! tricción a m edia voz. Su auténtico pensam iento es que el historiador en su trabajo tiene derecho a la “libertad creadora del artista" 4 4 y su obra debe surgir necesariam ente de los hechos y de la im aginación a la vez; en resum en, la historia es de todos m odos una producción subjetiva condicionada por el presente específico del historiador.4 5 Carl B ecker es el autor de la fórm ula, al m ism o tiem po, m ás drástica y m ás ilustrativa del presentism o. A un cuando su com ponente no sea original m erece ser citada en su con! texto, el de la constante reinterpretación de la historia. “Cada siglo reinterpreta el pasado de m odo que le sirva para sus propios fines... Por m uchos esfuerzos que hagan para preservar su retroceso, los historiadores no pueden libe! rarse por com pleto de las ideas preconcebidas m ás generales de la época en que viven. Cuando la época es tranquila... están m ás satisfechos del pasado... Pero en los periodos tur! bulentos, cuando la vida parece desbordar sus m arcos ha4 3 Ibid., pp. 227-228. 4 4 Ibid., p. 229. 4 5 Ibid., p. 234,

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bituales, aquellos a los que el presente no satisface están igualm ente descontentos del pasado. En tales periodos... los historiadores tienden a som eter el pasado a un severo exa! m en.. . a pronunciar veredictos..., aprobando o desapro! , bando el pasado a la luz de su actual descontento. El pasado es una especie de pantalla sobre la cual cada generación pro! yecta su visión del porvenir y, m ientras la esperanza viva en el corazón de los hom bres, las 'historias nuevas' se sucede! rán en ella.”4 6 Pasem os ahora a otra “alocución presidencial” pronun! ciada ante la m ism a asociación de historiadores norteam eri! canos, aunque 18 años m ás tarde, en 1949, por C onyers Read sobre el brillante tem a: “D e la responsabilidad social del historiador.” Y a en su tiem po M arx había form ulado la m etáfora de que la anatom ía del hom bre es la clave de la anatom ía del m ono; con ello quería decir que en la etapa superior del desarrollo histórico, cuando em ergen los efectos de deter! m inados fenóm enos pasados, se abren nuevas perspectivas para el conocim iento de las fuerzas m otrices y las tendencias prin! cipales del pasado. L os presentistas tam bién com partían esta opinión. En el artículo citado anteriorm ente, Randall escribe que la percepción de los efectos y, por tanto, de la “signifi! cación” de los acontecim ientos del pasado cam bia con el devenir, con lo que se m anifiesta en el universo actual de los hechos com o el resultado de las posibilidades contenidas en lo s acontecim ientos ya alcanzados. Randall utiliza esta afirm a4 6 G .B ecker, M r. W ells and the New H istory, Everym an His O wn H istorian. Essays on H istory and Politics, N ueva Y ork, 1935, pp. 168-170 (cursivas en el texto de A . S.). C item os otro escrito de B ecker, cronoló! gicam ente m ás antiguo, que tiene gran interés para conocer las caracte! rísticas del presentism o: “Der W andel im geschichtlichen B ew usstsein’’ en D ie Neue Rundschau, 1927, 38, zw eiten Haft, pp. 113-121.

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ción, de la que em ana la necesidad de una im agen dinám ica y no estática de la historia, para fundar el relativism o. D e acuerdo con los relativistas verem os cóm o la evolución posterior de su doctrina ilustra el carácter de sus trabajos anteriores, su papel ysus tendencias. La alocución m encionada de C . Read es m uy significativa desde este punto de vista. Fue pronunciada después de haberse producido num erosos cam bios en la vida social con relación a los años 30 y contiene acentos nuevos que nos perm itirán captar m ejor el contenido y la función social de la doctrina relativista en su desarrollo. C onyers Read no aporta nada nuevo al contenido de esa doctrina. A l igual que B eard y B ecker, considera la historia com o un resurgim iento de las experiencias hum anas pasadas en la m em oria y, por consiguiente, en térm inos puram ente subjetivos.4 7A l igual que sus predecesores, ataca la concepción de la verdad subjetiva considerada com o el principal enem igo. En su opinión, la línea de batalla principal pasa entre lo s defensores de la verdad histórica objetiva y aquellos que “com ! prenden el pasado com o una proyección de las ideas y de lo s intereses del presente sobre los datos acum ulados por la expe! riencia fijada en la m em oria”.4 8Evidentem ente Read tom a el partido de estos últim os, recurriendo al antiguo argum ento de la selección de los m ateriales históricos por el historiador, selección condicionada por los intereses del presente y que transform a la historia escrita en una em anación de las nece! sidades actuales. L os m odelos aplicados y las cuestiones plan! teadas en el pasado cam bian, lo que explica que cada gene! ración deba reescribir la historia.4 9
4 7 G . Read, “The Social R esponsabilities of the Historian”, en The Am erican H istorical Review, 1950, No 2, pp. 275. 4 8 lbid., p. 280. 4 9 Ibid.

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Hasta aquí se trataba de tesis ya conocidas del presentism o subjetivista y relativista. A l respecto Read no es original, com o tam poco lo es cuando acusa de objetivism o, de neutralism o social, a los partidarios de la verdad objetiva; acusación que le perm ite identificar su posición con la de R anke. En cam bio, cuando Read intenta justificar el fundam ento social de su propio punto de vista surgen elem entos nuevos. Read coloca a los historiadores ante su responsabilidad social y les recom ienda una actitud activa en la obra de “la educación para la dem ocracia”. Esta actitud activa im pone precisam ente, en su opinión, la adopción de las posiciones relativistas y presentistas. ¿C óm o argum enta Read este im pe! rativo? C on la presunta defensa de la dem ocracia contra el fascism o y el com unism o. “El siglo pasado, siglo del liberalism o si se prefiere, se caracteriza por una pluralidad de objetivos y valores, así com o por una actitud neutral respecto a los problem as funda! m entales de la vida. Durante este siglo, la neutralidad ha sido llevada tan lejos que hem os dejado de creer... en nuestros objetivos. Engañados por la alternativa que im pusieron M us! solini y Hitler prim ero y Stalin después, si querem os sobrevivir hem os de adoptar una firm e actitud com bativa. El antídoto de una m ala doctrina es una doctrina m ejor y no un intelecto neutralizado. D ebem os afirm ar nuestros propios objetivos, de! finir nuestros ideales y nuestros m odelos y organizar todas las fuerzas de nuestra sociedad para su conservación. La disci! plina es el im perativo fundam ental de cualquier ejército eficaz en su acción, tanto si se trata del ejército que avanza bajo la bandera de las estrellas o bajo la bandera de la hoz y el m ar! tillo. H em os de com batir contra un enem igo cuyo sistem a de valores está intencionadam ente sim plificado con objeto de ob! tener decisiones rápidas. A hora bien, las bom bas atóm icas
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hacen indispensables las decisiones rápidas. Y a no basta la actitud liberal de neutralidad o la concepción im pasiblem ente conductista del desarrollo social. Las respuestas vagas ya no podrán satisfacer nuestras reivindicaciones de garantías posi! tivistas. U na guerra total, tanto si es caliente com o fría, nos com prom ete y obliga a cada uno de nosotros a participar en día. El historiador está tan obligado com o el físico.”5 0 El sentido político de la declaración de Read está excep! cionalm ente explícito yen el contexto norteam ericano es indis! cutible que se trata esencialm ente de una “declaración de guerra” contra el com unism o. El historiador, precisa Read, debe hallar un apoyo a su posición actual en el pasado; si no lo hace, los hom bres “buscarán un apoyo en una alternativa m ás positiva, ya sea de Rom a o de M oscú”.5 1Todo ello plan! tea al historiador la necesidad de adm itir el principio del control social. Y Read prosigue: “E s im portante que acep! tem os y apoyem os ese control: es esencial para salvaguardar nuestro m odo de vida.”5 2 Por otra parte, este control no am enaza la libertad del individuo ni deform a la ciencia. E l historiador puede seguir estudiando todos los fenóm enos, “aun! que debem os dam os cuenta que cuanto sucede en el labora! torio no se presta a ser divulgado en todos los detalles ni en todos los rincones de la calle”.5 3 E s evidente que estos postulados intentan poner la historia al servicio de las clases dom inantes y del orden social que representan: el pasado, la historia, debe m odelarse en función de lo s presentes intereses de estas clases. Tal es principalm ente la razón de que, tanto Read com o los otros presentistas, com !
5 0 Ibid., p. 283 (cursivas de A . S.). 5 1 Ibid., p. 284. 5 2 Ibid. 5 3 Ibid.

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batan precisam ente la historiografía positivista y los ideales de Ranke que en las nuevas condiciones ya no corresponden a los intereses de las clases dom inantes. En el m om ento actual, la historiografía debe rechazar sus apariencias de objetividad y de neutralidad y renunciar a sus apariencias de indiferencia con relación a los problem as de la teoría y de la concepción del m undo. ¿Por qué? El contexto sociopolítico nos lo explica. D estler ilustra este contexto en su análisis citado anterior! m ente de la función social del presentism o en la historiografía. Su crítica está centrada principalm ente en C onyers Read, pero apunta a toda la corriente y la alcanza con sus argum entos acerados y pertinentes. D estler dem uestra el carácter de clase concreto del espíritu de partido propugnado por los partidarios del presentism o, así com o la orientación anticom unista de esta corriente. Esta dem ostración es tanto m ás im portante cuanto que el presentism o es defendido, con la m ayor frecuencia, por hom bres que parten de las posiciones del liberalism o burgués, oscureciendo así la interpretación objetiva del carácter real de su ideología. El presentism o sigue contando con gran audiencia en la historiografía y en la historiografía norteam ericana en particu! lar. Sin em bargo se enfrenta con una oposición en el interior m ism o de la historiografía llam ada liberal y entre sus opo! nentes se cuentan, adem ás de C h. D estler ya citado, hom bres tales com oM .M andelbaum , Arthur O. L ovejoy y C . H. M c Ilw ain.5 4
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5 4 C f. M andelbaum , The Problem of H istorical Knowledge, Nueva Y ork, 1938. A .O . Lovejoy, “Present Standpoints and Past History” en The Journal of Philosophy, 1939, N o 18. C .H .M cllwain, “The historians Part in a Changing W orld” en The American H istorical Review, 1937, No 2.

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Tras esta larga exposición de los puntos de vista de los presentistas, se im pone una síntesis teórica, o sea una confron! tación de los puntos de vista respectivos del positivism o y del presentism o, para em pezar después a form ular los problem as planteados por esa confrontación. H abíam os iniciado este capítulo enum erando lo s presu! puestos teóricos de la escuela positivista de R anke, presupuestos que en general han sido juzgados negativam ente por los representantes del presentism o. He ahí por qué el análisis de las tesis opuestas concretas del positivism o y del presentism o puede ser interesante en la m edida en que perm ite poner de relieve los problem as reales de la historiografía y los elem entos racionales de las soluciones propuestas. Entre los presupuestos teóricos de R anke y su escuela, destacam os en prim er plano la tesis de la independencia total del historiador y del objeto de su conocim iento; el pri! m ero frente al segundo y el segundo frente al prim ero. La historia, com o res gestae, existe objetivam ente no sólo en sentido ontológico, sino tam bién en sentido gnoseológico, com o estructura dada una vez por todas (en su form a ideal) de los hechos históricos accesibles al conocim iento, de los hechos que sólo precisan ser reunidos y ser presentados. A esta tesis, los presentistas oponen un punto de vista subjetivo-relativista. Podem os dejar de lado el aspecto ontoló! gico del problem a, im portante sólo para C roce y C ollingw ood, en tanto que los otros presentistas o bien no le prestan aten! ción o bien están dispuestos a adm itir la existencia objetiva odificar su subje! de los procesos históricos (res gestae) sin m tivism o con respecto a la historia (historia rerum gestarum ). En efecto, en esta últim a cuestión, todos los presentistas adop! tan una posición hom ogénea y opuesta al positivism o. En prim er lugar, todos ellos niegan la tesis de la indepen!
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dencia del sujeto respecto al objeto en el proceso de conoci! m iento histórico. E s decir, rechazan decididam ente el prim ero de nuestros m odelos de la relación cognoscitiva, m odelo en el cual el sujeto cognoscente es pasivo y contem plativo, que es precisam ente lo que sirve de base a la doctrina positivista. Según ellos (y, antes de ellos, Hegel), el sujeto cognoscente es activo: introduce en el conocim iento todos los contenidos intelectuales y afectivos de que está cargada la personalidad. El sujeto y el objeto, com o afirm an expresam ente num erosos presentistas, constituyen una unidad indisoluble en el proceso del conocim iento. En consecuencia, tam bién rechazan la tesis de Ranke y de su escuela sobre la historia considerada com o una estructura ya dada de hechos que con ayuda de docum entos, basta descubrir, reunir y presentar en form a bruta para que la historia brote de ellos (wie es eigentlich gewesen). La his! toria nunca está dada, replican los presentistas. Nunca se puede afirm ar que su estudio haya finalizado, ya que siem pre es una respuesta a las cuestiones y a los problem as que se le plantean al historiador en el m om ento en que efectú a su tra! bajo. Por consiguiente, la historia se encuentra en perpetua variación y la reescribim os constantem ente; no sólo porque descubrim os hechos nuevos, sino tam bién porque cam bia nues! tra óptica sobre lo que es un hecho histórico, es decir sobre lo que es im portante desde el punto de vista del proceso his! tórico. A l desarrollarse nuestro saber sobre el hom bre y la sociedad, com prendem os de otro m odo un m ism o fenóm eno; adem ás, la aparición de los efectos de acontecim ientos pasados en el presente nos ayuda a com prender m ejor los antecedentes, la orientación y el desarrollo, etc. El presentism o rechaza, pues, en su totalidad el m odelo m ecanicista de conocim iento y la interpretación pasiva y con!
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tem plativa de la teoría del reflejo. Q ueda, pues, com o alter! nativa, el segundo o el tercer m odelo, ya sea idealista-subjetivo u objetivo-activista. La elección de uno de ellos depende de las prem isas constitutivas de la concepción del m undo (en el sentido de la W eltanschauung), de los distintos presentistas: C roce y C ollingw ood se pronuncian indiscutiblem ente por el m odelo idealista-subjetivo, en tanto que D ew ey y B eard, con varias reservas, son m ás favorables al m odelo objetivo-activista. La batalla esencial se libra en torno a la tercera tesis de la escuela de R anke, a saber: que el historiador puede y debe ser un observador im parcial, no com prom etido, que se lim ite a describir los hechos, absteniéndose de juzgarlos. Todos los presentistas rechazan estas presunciones com o irreales y con! trarias a la experiencia, a la vida y a sus necesidades. S e declaran en favor de una historia com prom etida y anim ada por el espíritu de partido. La historia es el presente proyectado sobre el pasado, lo que significa que los intereses y las necesidades actuales deter! m inan el cam po y el m odo de visión del historiador: desde la cuestión de saber qué es para él un hecho histórico y el m odo com o lo interpreta y lo juzga hasta la com prensión global del proceso histórico. A sí, se parte del presente, de sus conflictos y de sus com bates, que el historiador, consciente o inconsciente, expresa a la vez que participa. La única historia posible es la historia com prom etida, la historia anim ada por el espíritu de partido, por tanto, parcial, en determ inado sen! tido del térm ino. N o puede ser de otro m odo ni es preciso que lo sea, por la sim ple razón de que la historia no es una crónica ni puede ser reducida a una m era enum eración de hechos; la historia debe juzgar e interpretar, lo que eo ipso supone una tom a de posición, un com prom iso, un espíritu de partido. En consecuencia, si se propugna, com o hace Ranke,
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una historia w ie es eigentlich gew esen, o bien no se sabe de qué sehabla, osim plem ente se disim ula con el fin de conseguir fácilm ente determ inados objetivos sociales (precisam ente lo que los presentistas reprochan a Ranke). En m i opinión, lo s presentistas en su discrepancia con los positivistas tienen razón en todas las cuestiones esenciales que acabam os de exponer de un m odo esquem ático y sum ario. Pero ellos tienen razón aunque sólo sea en sentido negativo, cuando atacan m uy oportunam ente los puntos débiles de la doctrina positivista, cuando indican por qué y dónde ésta se equivoca, si bien tam bién ellos yerran a m enudo en los puntos de vista que presentan en su nom bre. S e trata efectiva! m ente de dos cosas m uy distintas: por una parte, la crítica del positivism o, exacta en su aspecto crítico; por otra, las concepciones invocadas para realizar esta crítica y que pueden no ser necesariam ente justas en las soluciones propuestas. En consecuencia si querem os abordar el problem a de fondo, o sea separar las cuestiones teóricas reales que subyacen al conflicto entre el positivism o y el presentism o en la historiografía, es necesario exponer, aunque sea con brevedad, nuestro juicio sobre el presentism o. N uestro juicio es esencialm ente negativo. Toda apreciación exige un sistem a de referencia y sólo puede realizarse a partir de las posiciones elegidas. S i rechazam os el presentism o, aún cuando suscribim os la orientación de su crítica del positivism o, lo hacem os a partir de posiciones filosóficas determ inadas, ya que lo que rechazam os es precisam ente el fundam ento filosó! fico de esta doctrina. Y a hem os afirm ado y lo repetim os deli! beradam ente: piensen lo que piensen los historiadores de ten! dencia positivista, es im posible prescindir de la filosofía en la reflexión m etateórica sobre la historia. L os principales puntos de litigio del positivism o y el presentism o se refieren a los
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problem as esencialm ente filosóficos. Por consiguiente, deben ser considerados com o tales con pleno conocim iento de causa. En el caso contrario, com o ha previsto E ngels, se filosofa inconscientem ente con el riesgo de practicar la peor de las filosofías, el eclecticism o. L as posiciones filosóficas, desde las que apreciam os el pre! sentism o e im pugnam os sus concepciones sobre la tem ática que hem os estudiado aquí, son las posiciones de la filosofía m arxista. Estas posiciones equivalen en particular, recordé! m oslo, a una ontología m aterialista y a una gnoseología realista. Ellas determ inan nuestro rechazo de las prem isas filosóficas presentistas en dos cuestiones fundam entales, aún cuando existan otros problem as m ás secundarios que no harían m ás que confirm ar nuestro juicio negativo. En prim er lugar, nuestra negación apunta al idealism oy m ás concretam ente al subjetivism o de la doctrina presentista. S e adm iten dos significados del térm ino “historia”: com o proceso histórico objetivo (res gestae) y com o descripción de este proceso, o sea la historiografía (historia rerum gestarum ). Esta distinción se basa en la concepción filosófica, im plícita o explícita, que acepta dos órdenes distintos de cosas: por una parte, la realidad que existe fuera e independientem ente de cualquier espíritu cognoscente; por otra, el pensam iento relativo a dicha realidad. Solam ente en el contexto de esta concepción y de esta distinción se plantean los m últiples problem as de la teoría del conocim iento que, com o ya hem os visto, tam bién son válidos para la teoría de la historia. Lo que caracteriza al presentism o, en todas sus variantes, es que no adm ite o no tiene en cuenta esa distinción: para él, la historia equivale a pensam iento sobre la historia. Por con! siguiente, el proceso histórico objetivo desaparece y solam ente queda el pensam iento. N o el pensam iento sobre este proceso,
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sino el pensam iento que crea historia. Por lo m enos, C roce y C ollingw ood enfocan el problem a en estos térm inos. O tros presentistas, en particular los historiadores norteam ericanos, lim itan el cam po de su visión a la im agen histórica y reducen el problem a al pensam iento sobre el proceso histórico. El pen! sam iento se vuelve soberano en cierto m odo y el problem a de su conform idad (adecuación, correspondencia) con el proceso objetivo; es decir el problem a de la objetividad del conocim iento histórico no retiene su atención. Su interés científico se concentra en el único factor subjetivo que de acuerdo con su concepción está socialm ente condicionado, aunque perm anece exclusivam ente en el ám bito del pensa! m iento. En este contexto, poco im porta que estos historiadores partan o no de principios filosóficos m etafísicos. El efecto es idéntico: el presentism o adopta la posición del subjetivism o filosófico. Sin em bargo, ésta es la posición teórica m ás extraña que un historiador puede adoptar, ya que apenas se puede com prender por qué un hom bre que com parte esas concep! ciones debe tom arse el trabajo de descubrir docum entos histó! ricos, reunirlos, criticarlos, etc., en definitiva ¿por qué debe ser historiador? Esta perplejidad no se refiere a los filósofos especulativos del tipo de C roce, sino a los historiadores osten! siblem ente preocupados por su profesión y que en su m ayoría la ejercen con gran seriedad y eficacia. D e lo cual se deduce que el principio de no-contradicción, según el cual una cosa no puede ser y no ser al m ism o tiem po, dista m ucho de con! firm arse desde el punto de vista psicológico. En segundo lugar, nuestra negación abarca al relativism o inevitablem ente asociado al presentism o. S i se adm ite que los intereses y las necesidades del pre! sente determ inan nuestra visión de la historia de tal m anera que ésta no es m ás que su proyección sobre la pantalla del
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pasado, de acuerdo con la m etáfora de Carl B ecker, se pone en evidencia que la historia debe ser reescrita constantem ente obteniéndose así diferentes historias, e incluso contradictorias que, sin em bargo, son verdaderas. A l escam otear el proceso histórico objetivo al que podríam os referir nuestro conoci! m iento histórico, perdem os de golpe la objetividad del cono! cim iento y la verdad objetiva, y nos extraviam os por los cam inos tortuosos del subjetivism o. En esta aventura la defi! nición clásica de la verdad pierde su carta de ciudadanía y su razón de ser, y lo que subsiste, com om áxim o, es la defi! nición utilitarista contenida en el pragm atism o de Jam es: es verdadero lo que es útil, o sea lo que corresponde a necesi! dades e intereses determ inados. Pero esta definición equivale precisam ente al relativism o, si por él se entiende al punto de vista que hace depender la verdad del juicio del sistem a de referencia: un juicio es verdadero si es referido al sis! tem a de referencia X (al presente X , dirían los presentistas), y es falso referido al sistem aY . Sin em bargo, es fácil com ! probar que este punto de vista equivale a una condena de la ciencia, en todo caso de la ciencia intersubjetiva, que posee un valor universal, de la ciencia considerada com o un cono! cim iento objetivo, parcial, incom pleto, im perfecto, universal! m ente vigente. Por tanto, el relativism o reduce la ciencia de la historia y su posibilidad m ism a a nada, lo que significa la autodestrucción de la teoría que lleva a tales consecuencias. E sto, que es lo que sucede en el caso del presentism o, am enaza a todas las teorías que, al introducir el elem ento subjetivo en el conocim iento concebido com o función de un condicio! nam iento social variable, elim inan el proceso histórico objetivo y el conocim iento objetivo de dicho proceso. El propio presentism o, capaz de descubrir y delim itar lo s m ales que afectan a la historiografía positivista, está aquejado
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de subjetivism o y de relativism o, enferm edad incurable que le conduce a la catástrofe científica. Por otra parte, los conten! dientes se pasan la pelota: los positivistas en su polém ica se aprovechan de las “im perfecciones” del crítico, pero éstas no quitan valor alguno a la crítica form ulada. E s un argum ento ad hom inem significativo. Para el m arxista, tanto el positivism o com o el presentism o son inaceptables en igual m edida, aunque cada uno por ra! zones distintas. Para él, no se trata de saber cuál de estas dos posiciones es m ás errónea o está m ás próxim a a su propios puntos de vista; am bas le son igualm ente extrañas, aunque suscriba los argum entos críticos proporcionados por una contra la otra. Lo im portante para el m arxism o no es calibrar la distancia que le separa de esta o de aquella escuela, sino discernir los problem as teóricos que constituyen la base de la controversia y se precisan en la polém ica entre sus opo! nentes. D ebe hacerlo a su m odo, bajo su propia responsabi! lidad y a su cuenta teórica personal. ¿C uáles son, por tanto, los problem as que se pueden des! tacar al analizar la controversia que enfrenta el positivism o y el presentism o en la historiografía? El prim ero, el esencial, que volverem os a tratar cuando dem os nuestro propio punto de vista, es el problem a del carácter del conocim iento histórico. A quí se enfrentan dos posiciones: por una parte, la concepción positivista que adm ite que el proceso histórico existe objetivam ente y que el cono! cim iento hum ano, si consigue reunir hechos suficientes, da de él un reflejo fiel sin ninguna añadidura subjetiva; por otra, la concepción presentista que, en principio, no tiene en cuenta la existencia del proceso histórico objetivo, pero niega en cam bio que el conocim iento sea su reflejo, considerando el proceso histórico en función de los intereses y las necesi!
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dades actuales. En consecuencia, el presentism o se sitúa en posiciones subjetivistas subrayando con justicia el condiciona! m iento social del sujeto cognoscente. C om om arxistas, ya sa! bem os lo que aceptam os y rechazam os de am bas concepciones. Queda por resolver el problem a teórico consistente en captar en una sola teoría coherente y no contradictoria la tesis de la historia considerada com o un proceso objetivo producido en el pasado y que nosotros estudiam os, así com o la tesis del conocim iento considerado, no com o una contem ! plación pasiva, sino com o un proceso objetivo y activo. En otros térm inos, se trata de traducir el tercer m odelo de la rela! ción cognoscitiva del lenguaje de la abstracción filosófica al lenguaje concreto de los estudios históricos. Este problem a general conlleva una serie de cuestiones particulares de una im portancia teórica considerable. ¿Q ué son los hechos histó! ricos y cuáles son los criterios de selección? ¿E l conocim iento histórico puede lim itarse a la descripción o tam bién debe ex! plicar? ¿Por qué reescribim os continuam ente la historia? En esta perspectiva, ¿cóm o se presenta la cuestión del progreso en el conocim iento histórico? E l segundo gran problem a que se plantea en el contexto de la controversia analizada hasta aquí es el del relativism o. Procede del ám bito de la teoría de la verdad y está estrecha! m ente relacionado con el problem a anterior. ¿N uestros juicios tienen un valor de verdad sólo en el contexto de un sistem a de referencia definido (sujeto, lugar y tiem po), o su verdad es independiente de este sistem a de referencia? En el capítulo anterior hem os intentado contestar a esta cuestión en el plano de una reflexión filosófica abstracta, haciendo una distinción entre el problem a de la verdad relativa, en el sentido de su relación con circunstancias determ inadas, y el problem a del conocim iento total o parcial. A quí, el problem a se nos presenta
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de nuevo bajo la form a concreta del conocim iento histórico. El presentism o constituye, en efecto, un caso particular del relativism o. S i el relativism o consiste en general en considerar la relatividad de la verdad com o la necesidad de relacionar el conocim iento con unas circunstancias determ inadas para po! der calificarlo com o verdadero, el presentism o le da a este enfoque el rango de un principio. Para él, la historia siem pre es una proyección de los intereses y las necesidades presentes sobre el pasado; es decir, siem pre está en función de un presente variable. Por consiguiente, la verdad del conocim iento histórico siem pre está en relación con las circunstancias de espacio y tiem po. La posición del m arxista, al igual que la de todo adver! sario del relativism o, es en este caso extrem adam ente clara: rechazar tanto el relativism o com o el presentism o subjetivista. Pero rechazar las prem isas o las conclusiones filosóficas ligadas a las cuestiones reales que se plantean en un terreno científico no significa negar que la interrogación esté bien fundam en! tada. Una solución falsa no elim ina el problem a com o tal. ¿C uál es, por tanto, el problem a real que subsiste cuando ya se ha rechazado la solución relativista? El presentism o subraya justam ente que el punto de vista del historiador, su m anera de captar el proceso histórico, su elección de los acontecim ientos del pasado que considera im ! portantes y que, por consiguiente, eleva al rango de hechos históricos, etc., dependen de las necesidades y los intereses sociales que en el presente condicionan la m entalidad y las actividades de todos los individuos, incluidos los que estudian el pasado. Esta observación está fundada y la conciencia del estado de hecho de que da cuenta es sum am ente im portante para el historiador así com o para los representantes de otras ciencias sociales. Esta conciencia perm ite captar m ejor el pro161

blem a del progreso en la ciencia de la historia, y com prender m ejor por quê se reescribe continuam ente la historia y por qué el progreso no consiste, com o se im aginaban los positi! vistas, en una sim ple acum ulación de hechos, que en un m o! m ento dado debería alcanzar un saber perfecto, absoluto e inm utable. Pero, de entrada, reaparecen todas las dificultades teóricas que ya habíam os encontrado. N uestro conocim iento y su producto, el saber, dependen no sólo del factor objetivo en la relación cognoscitiva, sino tam bién del factor subjetivo ligado al condicionam iento variable del sujeto cognoscente. E ste factor subjetivo es algo m uy particular, ya que siem pre está en función de condicionam ientos sociales objetivos. Sin em bargo, este problem a es relativam ente fácil de explicar desplazando el análisis del individuo hum ano del plano pura! m ente individual al plano social, colectivo. En cam bio, el problem a de la interpretación de la objetividad del conoci! m iento y de la verdad, enfocado en esta nueva perspectiva, perm anece abierto, tanto m ás cuanto que se trata no sólo de una fórm ula general y de un esquem a de la relación cognos! citiva, sino tam bién de su aplicación concreta en el ám bito del conocim iento histórico. Finalm ente, el últim o gran problem a que surge en el aná! lisis de las dos corrientes en cuestión es el del com prom iso, el del espíritu de partido de la historia y del historiador, en el sen! tido de una tom a de posición definida y m anifiesta, por una de las partes en los conflictos sociales y en las luchas de clases del pasado que la ciencia de la historia estudia. M ientras este problem a se inserta por un lado en la extensa tem ática de la objetividad del conocim iento histórico, perm ite, por otro, aproxim arse a algunos aspectos específicos de éste. A l propugnar una historia descriptiva, exclusivam ente li! m itada a la com probación de los hechos w ie es eigentlich

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gew esen, Ranke proponía com o ideal el historiador capaz de ser im parcial, de elevarse por encim a de los conflictos que estudia, de abstenerse incluso de cualquier juicio al respecto; es decir, el historiador que trata su objeto sine ira et studio. E ste m odo de abordar el problem a yestem odelo de historiador está en función de una concepción determ inada del proceso de conocim iento y de la relación cognoscitiva: según Ranke, el conocim iento es un proceso pasivo y contem plativo, razón por la cual se atribuye el papel de registro pasivo de los acon! tecim ientos al sujeto cognoscente. Ranke presum e, pues, que el sujeto no debe ni puede asum ir un papel activo y, por tanto, com prom etido. E l punto de vista del presentism o es diam etralm ente opues! to, tanto en su concepción del proceso cognoscitivo com o en la posición y el carácter que confiere al sujeto cognoscente. A l preconizar una historia com prom etida, anim ada por un espíritu de partido (en el sentido indicado anteriorm ente) el presentism o define lo que debe ser la historia y lo que debe ser el historiador, haciendo explícitas algunas consecuencias que resultan de toda su doctrina. Si se afirm a que la historia está en función de un presente variable y de sus intereses, se debe adm itir que la actitud del historiador tam bién está en función de las necesidades, los intereses y los conflictos de su tiem po. E l historiador, por consiguiente, esel sujeto de un com ! prom iso de clase, de un com prom iso determ inado por su época, aunque proyectado sobre la pantalla del pasado. ¿En qué consiste finalm ente, desde nuestro punto de vista, el problem a planteado a través de estas dos soluciones opues! tas? En captar en un conjunto coherente el postulado de una historia com prom etida, de una historia de clase, de una his! toria anim ada por un espíritu de partido y por el im perativo de la cientificidad de la historia, ya sea de su tendencia hacia
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la verdad objetiva o en el sentido de una m archa infinita hacia la verdad absoluta. He ahí un problem a sum am ente im portante y apasionante sobre todo para un m arxista, a la luz de sus propias prem isas filosóficas y de sus dificultades teóricas. E l principal interés del análisis de las diferencias entre el presentism o y el positivism o residía para nosotros en la extra! polación de los problem as m ás im portantes que debíam os som eter a estudio. E stos se centran, com o ya hem os visto, en torno al conflicto entre el im perativo de la cientificidad de la historia, de la objetividad del conocim iento histórico yel hecho del papel activo del sujeto cognoscente en el proceso de cono! cim iento histórico y, en particular, en la acción de los condi! cionam ientos sociales sobre la variabilidad de la perspectiva histórica. Las controversias entre el presentism o yel positivism o han esclarecido algo estos problem as, proporcionándonos una aportación teórico-histórica. Estas m ism as cuestiones tam bién son objeto de estudio y de investigación en las disciplinas científicas que, aunque de m odo indirecto, influyen conside! rablem ente en nuestra reflexión m etahistórica. N os referim os, en prim er lugar a la sociología del conocim iento, a la que dedicarem os nuestra atención en el capítulo siguiente.

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Capít ulo II. EL CARÁCTER DE CLASE DEL CONOCIM IENTO HISTÓRICO.

“Adem ás, dista m ucho de que los hechos descritos en la historia sean la pintura exacta de los hechos m ism os tal com o han ocurrido: éstos cam bian de form a en la cabeza del historiador, se am oldan a sus intereses y adquieren el tinte de sus prejuicios. J. J. Ro u sse a u , Em ilio.

Según el presentism o, la historia siem pre está en función de un presente cualquiera: los intereses y las necesidades sociales, tal com o existen.actualm ente, condicionan nuestro enfoque del pasado, la selección de los hechos y, por consi! guiente, la im agen de dicho pasado. A l subjetivism o y al relativism o que pesan sobre el presentism o se añade el reproche de que form ula en térm inos dem asiado generales e im precisos,
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la tesis del condicionam ientosocial de la actitud del historiador. ¿Q ué significa este condicionam iento? ¿C óm o se realiza? ¿D e qué necesidades e intereses se trata? ¿Cuál es el m ecanism o de su funcionam iento? ¿C uáles son las m ediaciones que inter! vienen? H e ahí algunas cuestiones, elegidas al azar, a las que el presentism o no responde. Enfocada desde este ángulo, la sociología del conocim iento tal com o la proponen Karl M ann! heim y su escuela, constituye el com plem ento natural del presentism o, aún cuando esta com plem entariedad no haya sido intencional, ni siquiera señalada por los representantes de las dos corrientes respectivas. I. Sociología del conocim iento: el condicionam iento social del conocim iento. La sociología del conocim iento, que ha hecho “carrera” en estas últim as décadas, está sacada del m arxism o y en particular de su teoría de la infraestructura y de la supraestructura, así com o de su teoría de la ideología. Karl M ann! heim lo reconoce lealm ente aunque este hecho en general se silencia. E ste silencio es un error no sólo por el derecho legí! tim o a la prioridad científica, sino tam bién por la posibilidad de introducir correcciones en algunas tesis m uy criticables de la sociología m annheim iana del conocim iento. Estas tesis, en particular aquellas que han justificado el reproche de rela! tivism o, cam bian de interpretación en el contexto de la doc! trina de que proceden, o sea en el contexto del m arxism o. El paso dado por la sociología m annheim iana del cono! cim iento es m uy sim ple, aunque fecundo y de gran valor heurístico. N o se lim ita a com probar que existen determ inadas
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opiniones sobre ciertos problem as sociales, punto de partida que m uchas tendencias consideran suficiente; sino que plantea tam bién las razones que hacen que estas opiniones surjan preci! sam ente en una form a diferente de otras form as pasadas y actuales. Esta cuestión, que podría parecer trivial, se plantea en relación con la com probación de que se establece una relación, en absoluto trivial, entre las opiniones de los hom ! bres sobre los problem as sociales y sus condiciones sociales. E stas condiciones son responsables de que los hom bres tengan precisam ente tales opiniones en lugar de otras, en virtud de que viven en determ inada época y en determ inadas condi! ciones. La com prensión de esta relación está ligada estrecham ente a la tesis m arxista de la interdependencia entre la infra! estructura y la supraestructura de la sociedad. Si se acepta esta tesis, a saber que un m ovim iento en la infraestructura (o sea, los cam bios en las condiciones m ateriales de la exis! tencia social) tiene com o consecuencia un m ovim iento en la supraestructura (y, sobre todo, cam bios en las ideas de los hom ! bres sobre los problem as sociales), se com prende por qué hem os de interrogam os sobre la génesis de esas ideas, en particular sobre las relaciones sociales que las engendran y sobre las condiciones m ateriales de la existencia social que constituyen su fundam ento. A sí pues, esta interrogación que constituye lo esencial y lo original de la sociología m annheim iana del conocim iento, está m anifiestam ente tom ada del m arxism o, al igual que el interés de esta doctrina por la ideología com o parte específica de la supraestructura. Exam inem os ahora cóm oM annheim ha interpretado y aplicado la teoría m arxista de las relaciones entre la infra!
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estructura y la supraestructura y cóm o ha entendido la teoría de la ideología. A ntes quisiera subrayar que la filiación gené! tica de la sociología del conocim iento con el m arxism o y su deuda intelectual con él son m ucho m ás im portantes de lo que en general se indica y afectan a elem entos fundam entales de la doctrina de M annheim , tales com o su concepción del hom bre y su visión del conocim iento com o proceso. S i no se tiene en cuenta claram ente y en toda su extensión esta filia! ción, es im posible com prender hasta qué punto M annheim se basa conscientem ente en M arx. A l exponer los presupuestos gnoseológicos de nuestros análisis hem os m encionado la concepción de M annheim sobre la génesis y el papel de la ficción individualista en la teoría del conocim iento. M annheim asocia esta ficción a un tipo dado de relaciones sociales, relaciones en las que los lazos originales entre el individuo y el grupo se desintegran. D e la m ism am anera, relaciona la superación de esta ficción con el hundim iento de los cim ientos de la sociedad individualista que ha llegado al lím ite de la anarquía. E l punto de partida del análisis del proceso del conocim iento es, pues, no el indi! viduo autónom o, aislado de la sociedad y opuesto a ella, sino el grupo social en cuyo contexto el individuo actúa, con el cual coopera y que lo determ ina.1 El acento puesto, ante todo, sobre el individuo conside! rado com o un ser autónom o es desplazado para ser puesto sobre el grupo social, con lo cual al considerar al individuo com o un ser social, la sociología del conocim iento da un paso decisivo. En este contexto e inspirado m anifiestam ente por el m arxism o, M annheim puede form ular la tesis subyacente a
1 K. M annheim , Ideologie und U topie, Frankfort, 1952, pp. 26-30 (Ideologia y utopia, Ed. A guilar, M adrid, 1966, pp. 76-81).

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sus desarrollos ulteriores sobre el condicionam iento social del conocim iento hum ano. “... El conocim iento es, desde el com ienzo, un proceso cooperativo de la vida del grupo, en la que cada uno despliega su conocer dentro del m arco de un destino com ún, de una com ún actividad y del triunfo sobre dificultades com unes (en las que, sin em bargo, cada uno tiene una participación dis! tinta). Por consiguiente, los productos del proceso cognos! citivo, al m enos en parte, están ya diferenciados porque no todo aspecto posible del m undo cae dentro del alcance de visión de los m iem bros del grupo, sino solam ente aquellos de los cuales surgen los problem as y dificultades para el grupo. Yaun este m undo com ún (no com partido de la m ism a m anera por grupos externos) aparece de una form a diferente, para los grupos subordinados, dentro del grupo m ayor. Apa! rece diferentem ente, porque los grupos y los estratos subordi! nados en una sociedad funcionalm ente diferenciada tienen un m odo distinto de aproxim ación experim ental a los conte! nidos com unes de los objetos de su m undo.” 2 Otro elem ento que afilia la sociología del conocim iento al m arxism o y sobre el cual quisiera llam ar particularm ente la atención, es la concepción que tiene M annheim del proceso del conocim iento, concepción que tam bién debe su inspira! ción a M arx. Por una parte, subraya M annheim , el conocim iento no es un acto abstracto y teórico, sino que se basa en una actividad colectiva.3Por otra, el conocim iento debe ser entendido com o un proceso, o sea de m anera dinám ica y no estática, tesis m uy im portante para la solución de los problem as planteados por la sociología del conocim iento.
2 Ibid., p. 27. (Ed. esp. cit., pp. 76-81.) 3 Ibid., pp. 28-29. (Ed. esp. cit., p. 78.)

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“... Ha llegado a ser extraordinariam ente dudoso si, en el fluir de la vida, es un problem a intelectual de genuino valor intentar descubrir ideas o principios absolutos, fijos e inm u! tables. Tal vez la tarea intelectual m ás valiosa sea aprender a pensar dinám ica y relacionalm ente en vez de hacerlo está! ticam ente. En nuestro contem poráneo estado de perplejidad social e intelectual, es m uy chocante com probar que aquellas personas que pretenden haber descubierto algo absoluto son corrientem ente las m ism as que tam bién pretenden ser supe! riores a las dem ás. Encontrar, en nuestros días, quienes in! tenten hacer pasar por legítim o al m undo y recom ienden a otros algún rem edio secreto de lo absoluto que ellos pretenden haber descubierto es, sim plem ente, un signo de la perdida y de la necesidad de una certeza intelectual y m oral, sentida por am plios sectores de gentes que son incapaces de aceptar la vida de frente.” 4 Tras esta presentación prelim inar de las filiaciones exis! tentes entre la sociología del conocim iento y el m arxism o, procedam os a exponer los puntos de vista de M annheim sobre los problem as que nos interesan, em pezando por su concep! ción de la ideología a causa del papel que juega en todo el sistem am annheim iano.5 Una de las ideas básicas del m aterialism o histórico es la tesis del condicionam iento social de la conciencia hum ana, problem a al que está dedicada la teoría de la infraestructura y la supraestructura. A l considerar a la ideología com o una parte particularm ente específica de la supraestructura y al
4 Ibid., pp. 77-78. V éase tam bién la traducción fragm entaria de este libro en francés: Idéologie et Utopie, Librairie M arcel Rivière, París, 1956, p. 90. (Ed. esp. cit., p. 1 42.) 5 K. M annheim ,W issenssoziologie, Handwörterbuch der Soziologie, Stuttgart, 1959, pp. 659-680.

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indicar la relación de cada ideología con la situación, las aspi! raciones y los intereses de determ inados grupos sociales, el m arxism o ha proporcionado a M annheim los fundam entos para su teoría de la ideología. Esta filiación es indudable y M annheim es el prim ero en reconocerla, pero al radicalizar las concepciones m arx ianas, M annheim acaba por alejarse de ellas. Partiendo de la prem isa que afirm a que la ideología siem ! pre está socialm ente condicionada, y refleja las aspiraciones y los intereses de un grupo social determ inado, M annheim considera que toda ideología es, por definición, “una falsa conciencia”; es decir que ella da una im agen unilateral, parcial y, por consiguiente, deform ada de la realidad. Pero com o coloca todas las ideologías al m ism o nivel, M annheim acaba cayendo en la tram pa del relativism o, aunque su aná! lisis del concepto de “ideología” sigue siendo viable en m uchos sentidos. En prim er lugar, distingue la concepción particular y la concepción total de la ideología (partikularer und totaler Ideologiebegriff). La concepción particular equivale a las ideas y representaciones de un individuo o de un grupo que disi! m ulan m ás o m enos conscientem ente un hecho cuyo verdadero conocim iento no corresponde a los intereses de este grupo o de este individuo. En la ideología particular existe toda una gam a de posibilidades psicológicas: desde la m entira cons! ciente a la sim ulación instintiva, sem iconsciente del estado real de las cosas, desde el engaño de los otros hasta el engaño de sí m ism o. Esta concepción de la ideología que, según M an! nheim , sólo gradualm ente se ha distinguido de la noción de la m entira pura y sim ple, es particular en varias acepciones del térm ino. Su particularidad se hace de inm ediato evidente cuando se le opone la concepción total de la ideología; habla171

m os de la ideología en este segundo sentido cuando tenem os presentes las características (die Beschaffenheit) de la estruc! tura total del espíritu (de la conciencia) de toda una época o de todo un grupo social, de una clase por ejem plo.6 Estas dos concepciones de la ideología tienen en com ún el hecho de que una y otra suponen la necesidad de tom ar en consideración la situación social del sujeto que ha enunciado una aserción ideológica y de interpretarla en función de esa situación. “E stas dos concepciones de la ideología, dice M ann! heim , hacen de las llam adas “ideas” una función del que las sostiene y de su posición en su m edio social.” 7 L o que distingue a am bas concepciones de la ideología es, en prim er lugar, el hecho de que la concepción particular capta com o “falsa conciencia” sólo una parte de las opiniones del contrario y considera su función en un plano puram ente psicológico, adm itiendo que el nivel cognoscitivo (noológico) es com ún; m ientras que la concepción total de la ideología capta com o “falsa conciencia” la totalidad de la W eltans! chauung del contrario, conjuntam ente con su aparato con! ceptual y categorial y hace del nivel noológico una función de la totalidad. A esta oposición entre las concepciones par! ticular y total de la ideología se añade una nueva distinción entre la form ulación especial ygeneral (speziell und allgem ein) de la concepción de la ideología. N os referim os a la form ula! ción especial cuando hacem os una función de la estructura total del espíritu del adversario; a la segunda form ulación “cuando se tiene el valor de som eter no sólo los puntos de
6 C f. K. M annheim , Ideologie und U topie, op. cit., p. 54; Idéologie et U topie, op. cit., p. 42 (Ed. esp. cit., pp. 108-109); W issenssoziologie.. . op. cit., pp. 57-58. , 7 K .M annheim , Ideologie und U topie, op. cit., p. 54; Idéologie et U topie, op. cit., p. 43. (Ed. esp. cit., p. 108.)

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vista del adversario al análisis, sino todos los puntos de vista, incluso el suyo propio.”8 M annheim no se interesa por la concepción particular de la ideología, sino por su concepción total, a nivel noológico variable que es el plano constitutivo del conocim iento. Y éste es precisam ente el objeto de la sociología del conocim iento que debe ocuparse de las situaciones “dentro de las cuales toda la estructura social, con todas sus m anifestaciones, se presenta necesariam ente bajo aspectos diferentes a los obser! vadores colocados en diversos puntos de esta estructura. Por consiguiente, lo que en todos estos casos origina la “unilateralidad” y la “falsedad” de la afirm ación no es la intención de encubrir, sino “la diversidad inevitable de la estructura del espíritu de sujetos situados en los m ás diversos puntos dentro del espacio histórico-social”.9 Para M annheim el problem am ayor de la sociología del conocim iento es esta posibilidad de la “falsa conciencia” en general, de conciencia falsa en tanto que relacional, en tanto que función de... En cuanto a su principio de una inter! pretación general de la concepción total de la ideología (o sea de una com prensión del plano noológico total de todos los adversarios com o función de.. . ), lo lleva a concluir que todos los puntos de vista son solam ente variables de la “falsa conciencia”. La única crítica que M annheim form ula contra el m arxism o es precisam ente que no haya aplicado su teoría de la ideología a su propia doctrina. D e este m odo (“de noche todos los gatos son pardos”) desaparece toda diferencia entre una ideología científica (según M annheim , en esta últim a expresión existe ciertam ente una contradictio in adiecto) y no
8 K .M annheim , Ideologie und Utopie, op. cit., p. 70; Idéologie et U topie, op. cit., p. 75. (Ed. esp. cit., p. 131.) Subrayado del autor. 9 K .M annheim ,W issenssoziologie..., op. cit., p. 660.

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científica, entre la ideología m arxista y la ideología fascista por ejem plo. El m arxism o no es m ás que uno de los num erosos “puntos de vista”, en realidad iguales, que presenta la historia del pensam iento; por tanto, pierde evidentem ente su posición excepcional y su valor científico. M annheim escribe: “En la etapa actual de nuestra com prensión, difícilm ente se puede evitar esta form ulación general de la total concepción de la ideología, de acuerdo con la cual el pensam iento de todos los partidos, en todos los tiem pos, posee un carácter ideológico. D ifícilm ente existe una posición intelectual par! ticular, y el m arxism o no constituye una excepción a esta regla que no haya cam biado a través de la historia y que, incluso en el presente, no aparezca bajo m uchas form as. Tam! bién el m arxism o ha adoptado m uy diversas apariencias. N o sería dem asiado difícil para un m arxism o reconocer su base social. ”C on el nacim iento de la form ulación general de la total concepción de la ideología, su teoría sim ple se convierte en Sociología del C onocim iento. Lo que en un tiem po fue el arm a (considérese la expresión m arxista: ‘Forjar las arm as intelectuales del proletariado’) intelectual de un partido, se ha transform ado, generalm ente, en un m étodo de investigación de la historia social e intelectual. A l com ienzo, un determ i! nado grupo social descubre la ‘determ inación posicionar (Seinsgebundenheit) de las ideas de sus adversarios. Inm edia! tam ente el reconocim iento de este hecho es elaborado en un principio om nicom prensivo de acuerdo con el cual el pensa! m iento de cada grupo es considerado com o si surgiera de sus condiciones vitales (por m edio del térm ino ‘determ inación posicionai del conocim iento’, estoy intentando diferenciar del concepto ideológico el contenido propagandístico del sociólogo científico’). D e esta m anera, se convierte en tarea de la his-

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toria sociológica del pensam iento analizar, sin consideración a las inclinaciones partidistas, todos los factores, en la actual existente situación, que puedan influir en el pensam iento. Esta historia de las ideas, sociológicam ente orientada, se destina a proporcionar a los hom bres m odernos una visión revisada de todo el proceso histórico."1 0 V olverem os a hablar de nuevo del análisis de esta “form u! lación general de la concepción total de la ideología”, y en particular del problem a del carácter ideológico del m arxism o. A hora nos concentrarem os en las consecuencias gnoseológicas generales de esta doctrina y en particular en el relativism o que se desprende de ello. Según M annheim , todas las opiniones relativas a las reali! dades sociales son ideológicas; cada ideología es una defor! m ación del conocim iento, una “falsa conciencia”. Puesto que cada ideología al m ism o tiem po está en función de una situa! ción social determ inada, com o verdad determ inada es relativa respecto a las condiciones dadas. A sí, existen tantas verdades com o “situaciones sociales”, o sea com o sistem as de condicio! nes de existencia social. Esta concepción equivale al relativism o, y su aplicación a las ciencias sociales en general y a la ciencia de la historia en particular, necesariam ente tiene consecuencias que reducen a cero la ciencia dada. En efecto, si la verdad científica depende del sistem a de referencia, se renuncia a toda posi! bilidad de alcanzar una verdad intersubjetiva objetiva y, por tanto, se destruye el fundam ento del conocim iento científico. A nte esta consecuencia, equivalente a una catástrofe científica, M annheim se defiende y busca sus m edios de defensa preci! sam ente en la sociología del conocim iento y en particular en
1 0 K .M annheim , Ideologie und U topie, op. cit., pp. 70-71; ldéologie et U topie, op. cit., p. 75. (Ed. esp. cit., pp. 131-132.)

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la distinción que hace en el contexto de su sistem a entre relativism o y relacionism o. A l llegar a este punto de nuestra exposición, quisiera hacer una observación de carácter histórico y autocrítico. H ace unos quince años em prendí unos estudios sobre el conocim iento histórico que poco después abandoné durante largo tiem po; en aquel m om ento publiqué al m argen de m is trabajos un artículo dedicado a la sociología del conocim iento de M annheim .1 1A un cuando sigo sosteniendo las tesis esen! ciales de dicho artículo, creo haber sido injusto entonces con el relacionism o tal com o lo presenta M annheim .N o es que yo piense que el relacionism o lo salve del relativism o, talón de A quiles de su teoría, pero contiene una serie de ideas correctas que en aquella ocasión quedaron ahogadas inútil e injustam ente en m i crítica general. En consecuencia ahora em plearé un m étodo de análisis y de crítica m ás sutil. En el m arco del problem a que nos interesa, M annheim form ula dos tesis fundam entales: 1) Su teoría sólo puede ser tachada de relativista si las categorías de la sociología del conocim iento no se hacen ex! tensivas a la teoría del conocim iento, m odernizándola; 2) Sus propios puntos de vista no son relativistas, sino relacionistas, diferencia que en su opinión es fundam ental. En su Ideología y utopía quiere dem ostrar cóm o el des! arrollo concreto de la concepción total de la ideología lleva a la sociología del conocim iento. Subraya asim ism o que al iento extender la concepción de la ideología a todo el pensam hum ano, considerando pues la estructura total del espíritu de

1 1 A . Schaff, “M annheim a ‘sociologia w iedzy’ a zagadnienie obiectyw nosci praw dy” (“La sociología del conocim iento de M annheim y el problem a de la objetividad de la verdad”) en M ysl Filozoficzna, V arso! via, 1956, No 1-2, pp. 116-134.

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los sujetos com o función de condiciones definidas, llegam os a la conclusión de que el “punto de vista" condiciona no sólo un acto cognoscitivo determ inado, sino tam bién el pro! ceso cognoscitivo en general. Por consiguiente, conceptos tales com o “ideología", “falsa conciencia", “realidad", etc. cam bian de sentido. M annheim escribe: “Este punto de vista nos fuerza, en definitiva, a reconocer que nuestros axiom as, nues! tra ontología y nuestra epistem ología han sido profundam ente transform ados." 1 2 S e trata, pues, de transform ar la teoría caduca del cono! cim iento y la concepción de la verdad, introduciendo la pers! pectiva del condicionam iento social del sujeto y del proceso cognoscitivo. Solam ente en el caso contrario, o sea cuando no se tiene en cuenta esta perspectiva, se desem boca en el relativism o. “El relativism o es un producto de la m oderna m anera de proceder histórico-sociológica, que se basa en el reconocim iento de que todo pensar histórico está ligado a la posición con! creta del pensador en la vida (Standorts-gebundenheit) (ten! dencia a interpretar las ideologías com o ideas procedentes de cierto am biente social y cuya validez se U m ita al m ism o tér! m ino em pleado por M ax Scheler). Pero el relativism o com ! bina este conocim iento histórico-social con una vieja teoría del conocim iento, que era todavía inconsciente de la interrelación entre las condiciones de existencia y m odos de pensa! m iento, y que ha m odelado su conocim iento según prototipos estáticos, tales com o el representado por la proposición 2 X 2 —4. E ste viejo tipo de pensam iento, que ha considerado tales ejem plos com o el m ás perfecto m odelo, tuvo que rechazar todas las form as de conocim iento que dependían del punto
1 2 K .M annheim , Ideologie und Utopie, op. cit., pp. 69-70; Idéolo! gie et U topie, op. cit., pp. 73-74. (Ed. esp. cit., p. 130.)

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de vista subjetivo y de la situación social del conocedor, y que eran, por ello, sim plem ente ‘relativas’. Por tanto, el rela! tivism o debe su existencia a la discrepancia entre esa visión intelectual recién lograda del proceso real del pensam iento y una teoría del conocim iento que, sin em bargo, no había to! m ado en cuenta esta nueva visión intelectual." 1 3 Para solucionar este estado de cosas, según M annheim , se debe revisar la teoría ya caduca del conocim iento, tom ando en consideración su carácter históricam ente variable. A dem ás (cf. W issenssoziologie, op. cit. págs. 82-83), M annheim for! m ula el m ism o postulado a favor de la concepción de la verdad, que tam bién varía de acuerdo con las condiciones de la época. El relacionism o propuesto por M annheim consistiría en la existencia de un tipo de aserciones que sólo puedan ser form u! ladas en térm inos absolutos y que deben ser com prendidas a partir de un “punto de vista” que depende de la situación social del individuo que las enuncia.1 4 El determ inism o del conocim iento hum ano por las condiciones sociales lleva nece! sariam ente a la conclusión de que éste tiene una estructura “relacional”. Pero, com o precisa el autor, esto no es relati! vism o: “D e ello no se desprende un relativism o en el sentido de que todo aserto es arbitrario; el relacionism o, tal com o lo entendem os, afirm a por el contrario que cada aserto puede ser form ulado solam ente de m odo relacional; el relacionism o sólo se transform a en relativism o si se le asocia con el antiguo ideal estático de las verdades eternas, desprovistas de toda subjetividad, no perspectivistas, y si se adopta por m edida el ideal de la verdad absoluta”1 5
1 3 Ibid., p. 71; ibid., p. 77. (Ed. esp. cit., pp. 132-133.) 1 4 K. M annheim ,W issenssoziologie.., op. c i t . p. 666. , 1 5 Ibid, p. 674 (cursivas de A . S.).

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En su libro El asalto a la razón (B erlín, 1954, ed. esp., G rijalbo, 1968), G . Lukacs analiza la sociología m annheim iana del conocim iento y rechaza la tentativa de M annheim de escapar al reproche de relativism o con ayuda del relacionism o, considerando éste com o un sim ple procedim iento term inológico. La diferencia entre el relacionism o y el relati! vism o, afirm a Lukács, es análoga a la que Lenin establecía en una carta a G orki, entre un diablo am arillo y un diablo verde. Pues, en definitiva, aparte de las afirm aciones de M annheim , ¿en qué difiere el relacionism o del relativism o si se funda en la negación de la verdad objetiva y en la subjetivización del proceso cognoscitivo? En m i artículo antes citado, m i prim era crítica del rela! cionism om annheim iano seguía idéntica dirección. A hora bien, com o ya he dicho, esta crítica no estaba enteram ente funda! m entada, ya que perdía de vista algunas ideas valiosas de M annheim . Si el relacionism o no salva del relativism o a la concep! ción m annheim iana, no se debe a que exista una identidad entre ellos sino a causa de una am bigüedad en la exposición de sus diferencias y del desarrollo insuficiente del punto de vista relacionista. Por una parte, cuando se afirm a que todo conocim iento es relativo en la m edida en que la verdad depende de la situa! ción del sujeto cognoscente (características individuales, cir! cunstancias de tiem po y lugar), este enunciado no es idéntico al enunciado según el cual ciertos asertos no pueden ser form ulados sin tener en cuenta el condicionam iento social del sujeto. El prim er enunciado es una tesis del relativism o, el segundo, en cam bio, lo es del relacionism o tal com o lo concibe M annheim . Las diferencias son las siguientes: a) El relativism o realiza una m ayor cuantificación (todo

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conocim iento es relativo), m ientras que el relacionism o opera una cuantificación lim itada (ciertos asertos no pueden... ), dejando gran parte del conocim iento (el que no tiene im pli! caciones sociales directas) fuera de su cam po de visión. b) E l relativism o está indisolublem ente asociado al sub! jetivism o y a la negación de una verdad independiente de las circunstancias de tiem po y lugar, así com o de las caracterís! ticas individuales del sujeto. Para el relativism o, se trata de negar la verdad absoluta según unos y objetiva, según otros. En cuanto al relacionism o, equivale sólo a la negación del m odelo pasivo y contem plativo de la relación cognoscitiva y, por consiguiente, a la negación de la verdad absoluta considerada com o una verdad total estática y, por tanto, inm utable. El relacionism o, pues, a diferencia del relativism o, no im plica subjetivism o ni negación de la verdad objetiva; por el contrario, en el m arco del m odelo objetivo-activista de la relación cognoscitiva, puede perfectam ente estar aso! ciado con la doctrina de la verdad objetiva, de la verdad no estáticam ente absoluta, sino dinám icam ente variable. Las diferencias entre el relacionism o y el relativism o, por consiguiente, son de suficiente peso para que se tengan en cuenta y se reconozca que el punto de vista del relacionism o es teóricam ente independiente. Esto es tanto m ás im portante cuanto que el relacionism o se basa en observaciones válidas para el sujeto del conocim iento hum ano (determ inaciones sociales del sujeto y del proceso cognoscitivo, papel activo del sujeto en el conocim iento, el conocim iento y la verdad com o procesos, etc.). La distinción establecida por M annheim , por el contrario, entre el relativism o y el relacionism o (el relati! vism o en el sentido de lo arbitrario de cualquier aserto) es falsa, lo que explica sobre todo por qué no ha conseguido captar el problem a que se ha convertido en el talón de A quiles
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de su doctrina.1 6Por otra parte, tam poco ha logrado desarro! llar de m odo consecuente el punto de vista del relacionism o y tom ar así su distancia respecto del relativism o. M annheim afirm a que el relacionism o se convierte en relativism o cuando se inserta en el contexto de una teoría del conocim iento que, cerrada a la com prensión del papel del fac! tor subjetivo en el proceso del conocim iento, opera con el ideal de las verdades eternas y absolutas, consideradas estática! m ente. C on otras palabras, según M annheim , la acusación de relativism o lanzada contra el relacionism o se basa en un m alentendido o en un error. M annheim tiene razón, pero sólo en cierto sentido, en la m edida en que se procede al análisis del relacionism o partiendo del m odelo m ecanicista,
1 6 E s conveniente detenerse en un intento fallido de crítica de la teoría del condicionam iento social del conocim iento, intento cuya validez queda anulado por un relacionism o a ultranza. El sentido de esta crítica, desarrollada por Ernest Grünw ald (D as Problem der Sociologie des W issens, V iena, 1934) y por M aurice M andelbaum (The Problem of H istorical Knowledge, op. cit.) consiste en acusar a la sociología del cono! cim iento de com eter un círculo vicioso en su razonam iento. Si se enuncia, arguyen estos autores, que el conocim iento está socialm ente condicionado, esto tam bién es cierto para el enunciado sobre el condicionam iento social del conocim iento, lo que invalida el razonam iento. E s interesante destacar que Karl M annheim (D as Problem einer Soziologie des W issens en “A rchiv für Sozialw issenschaft und Sozialpolitik”, t. 53, Tubinga, 1925) era consciente de este peligro, pero su proposición de evitar esta trampa considerando la idea com o la expresión (Ausdruck) de la realidad, cuyo pensam iento es parte integrante, no solucionaba el problem a. Sin em ! bargo, al delim itar consecuentem ente el relacionism o y el relativism o, se consigue elim inar el problem a. En efecto, cuando se enuncia que el conocim iento está socialm ente condicionado, este enunciado no tiene el m ism o significado que el enunciado según el cual la verdad de este conocim iento está en función de las circunstancias variables y depende por ello del sujeto, del tiem po y del lugar. Si calificam os al prim er punto de vista de relacionism o y al segundo de relativism o, es evidente que el segundo no resulta en absoluto del prim ero. A dem ás, el m ism oM annheim lo dice claram ente (ibid., pp. 580-581). El relacionism o enuncia única-

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pasivo y contem plativo, de la relación cognoscitiva: entonces es im posible com prender el papel que desem peña el factor subjetivo en el conocim iento y, por consiguiente, com prender el sentido del relacionism o. N o obstante, en el caso de la sociología del conocim iento, el problem a no se lim ita sólo a un error y a la acusación de relativism o que se hace al rela! cionism o, acusación ilegítim a puesto que se funda en un m alentendido. El problem a es m ás profundo y procede prin! cipalm ente de que M annheim no ha desarrollado de m ejor m odo el punto de vista relacionista y acaba por situarse en las posiciones relativistas.1 7
m ente que el conocim iento no es autónom o, en el sentido de su condi! cionam iento social. Evidentem ente esto se refiere tam bién a la tesis del condicionam iento social del conocim iento. Tanto en el sentido de la géne! sis de la sociología del conocim iento (M annheim ha desarrollado este aspecto del problem a) com o en el del “punto de vista” de dicha teoría. Pero ¿qué resulta de ello? Solam ente el hecho de que nos enfrentam os con una verdad absoluta, en el sentido de una verdad total, exhaustiva; ahora bien, nadie afirm a lo contrario. En cam bio, nosotros nos enfren! tam os a una verdad objetiva, aunque parcial. Por tanto esto no es rela! tivism o, el relativism o que com bate la tesis de la objetividad de la verdad; por consiguiente, el problem a del círculo vicioso aparentem ente tan am enazador ya no se plantea. W erner Stark (The Sociology of Knowledge, Londres, 1958, pp. 194-196) com bate a Grünwald en tér! m inos algo distintos refiriendo su punto de vista del m odo siguiente: si ninguna proposición relativa a la realidad social es una verdad absoluta, la tesis de la sociología del conocim iento debido a que afecta a la rea! lidad social, tam poco lo es: es, por tanto, falsa. La critica de Stark apunta a la proposición m enor del silogism o de Grünwald: la tesis de la sociologia del conocim iento no se refiere a la realidad social, sino a los rasgos inm utables del hom bre com o tal y al m odo com o construye su m undo espiritual. 1 7 La carta dirigida por K. M annheim el 15 de abril de 1946 a Kurt H. W olff respecto a los reproches form ulados contra su teoría durante un sem inario dirigido por este últim o, constituye una contri! bución interesante a la tesis según la cual los sinsabores de la sociología del conocim iento resultan de la insuficiencia con que este autor ha desarrollado sus propias posiciones. “... Si en m i trabajo existen contra-

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En este sentido se pueden form ular algunos reproches a M annheim , sin que por ello se anule la validez de algunas ideas del relacionism o. En prim er lugar, M annheim destruye la coherencia de su sistem a al form ular, al m ism o tiem po que sus tesis relacionistas, la idea de que toda ideología es una “falsa conciencia”. En su teoría de la ideología su razonam iento — recordém oslo— esel siguiente: todaideología está condicionada socialm ente; se encuentra ligada a un “punto de vista” y, en consecuencia, por su perspectiva lim itada, deform a la realidad. Por con! siguiente, todas las ideologías son deform aciones, im ágenes falsas de la realidad, “falsas conciencias”. D e todo ello se deduce que M annheim juzga de m odo negativo el papel del factor subjetivo en el conocim iento; tan negativo que incluso llega a dejar de interesarse por los niveles e incluso por las diferencias de acción de este factor en el caso, por ejem plo, de la ideología científica y de la ideología religiosa. Pero, por otra parte, sabem os que el relacionism o im plica que el factor subjetivo está incluido, “calculado”, com o un com ponente
dicciones e inconsecuencias en m i opinión no se deben a que yo no m e haya dado cuenta, sino a que intento llevar cada tem a a su resultado final, aun cuando esto contradiga otras tesis... Espero que esto sea inteligible y os convenza, por lo m enos a vosotros y a los participantes de vuestro sem inario: si existen contradicciones no se debe a m im iopía, sino a mi deseo de acabar radicalmente con la antigua epistemología, a pesar de que no he logrado hacerlo totalmente. A unque este propósito escapa a las posibilidades de un hom bre solo. Pienso que toda nuestra generación deberá trabajar en ello, ya que es evidente que en cada ám bito hem os superado la idea de que el espíritu del hom bre iguala a la Razón absoluta, abandonando esta idea en beneficio de la teoría que pensam os basada en diferentes sistem as de referencia, cuya elaboración es una de las m ás apasionantes tareas del futuro inmediato... ” Carta publicada por Kurt H. W olff en “The Sociology of K now ledge and Sociological Theory”, en Symposium on Sociological Theory, Evanston, III, ed. Llew ellyn G ross, p. 571.

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necesario del proceso de conocim iento; M annheim llega a reprochar a la teoría tradicional del conocim iento que no lo haya considerado en sus construcciones. A sí pues, según el relacionism o, no debe negarse el papel del factor subje! tivo en la m edida en que es expresión de las determ inaciones sociales del sujeto, debe verificar su existencia y, en conse! cuencia, proceder a determ inadas operaciones intelectuales definidas (sobre las cuales volverem os m ás adelante). S i se desarrolla el relacionism o, no se puede propugnar a la vez la teoría de la ideología com o “falsa conciencia”. Esta con! tradicción confirm a nuestra tesis según la cual M annheim no ha sabido aplicar consecuente y coherentem ente sus propias ideas, desem bocando finalm ente, no en el relacionism o, sino en un auténtico relativism o. Prosiguiendo nuestro razonam iento en la m ism a dirección, nuestro segundo reproche se refiere a la teoría de la verdad de M annheim . El problem a es parcial, com parado con el anterior, pero lo ilustra desde un ángulo particular. M annheim considera caducada la teoría del conocim iento cuya m edida la constituye sobre todo “el ideal de la verdad absoluta”. N o sólo porque no tiene en cuenta el “punto de vista”, sino tam bién debido a su “ideal estático de las verdades eternas”. E l relacionism o debe tom ar en consideración preci! sam ente el carácter parcial de las verdades alcanzadas en un m om ento dado del conocim iento y, por consiguiente, el carác! ter dinám ico y procesual del conocim iento hum ano y de las verdades a que accedo. Pero, de nuevo surge una contradic! ción flagrante entre este postulado del relacionism o por una parte y la teoría de la ideología, es decir la sociología del conocim iento tal com o la ha elaborado M annheim por otra parte. A l pronunciarse contra la verdad absoluta com om edida en el prim er caso, la postula en el segundo. S i bien la
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ideología no representa la verdad total y, por consiguiente, la verdad eterna, absoluta, él la descalifica com o “falsa con! ciencia”. N o adm ite, pues, la categoría de verdad parcial sujeta en consecuencia a cam bio, a una evolución particular. A sí, acepta el principio (contra sus m ism os postulados) según el cual “el ideal de la verdad absoluta es la m edida de la ver! dad”, com etiendo el error fundam ental que consiste en confun! dir la verdad objetiva y la verdad absoluta. E sto es lo que le ha abierto el cam ino al relativism o, a pesar de que su sociología del conocim iento ha postulado el relacionism o. M annheimse da cuenta ostensiblem ente de este resultado: en efecto, aun cuando ha afirm ado que la transform ación de la teoría del conocim iento ya ha resuelto la cuestión del relativism o, sigue buscando el m odo de superarla. Si creyera en la eficacia de su relacionism o, no seguiría buscando. Incluso en el m arco del relacionism o, nada anula la validez de la tesis conform e a la cual ningún aserto com prende el objeto histórico “en sí” (Ansiehsein), y cada aserto, por su carácter ideológico, está en función de la situación social y de los procesos volitivos del historiador. D e este m odo, una nueva term inología no perm ite escapar a los problem as plan! teados por la referencia del conocim iento al sujeto y a las condiciones sociales, así com o por la validez del conocim iento objetivo. M annheim intenta superar esta dificultad con ayuda de la “teoría de las perspectivas”. Puesto que se aborda la realidad a partir de diferentes “puntos de vista”, de distintas perspectivas, la objetividad sólo puede ser alcanzada p or vía indirecta, por la “traducción” y la “síntesis” de estas dife! rentes “visiones en perspectiva”. “D e la m ism am anera que se juzga el valor de un objeto que en realidad... sólo puede ser percibido de una m anera perspectivista, sin separar la im agen del objeto del punto de
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vista (lo que por otra parte sería im posible), sino intentando com prender según la im agen captada desde cierto punto de vista por qué el objeto se presenta de m odo distinto a otro hom bre que tiene otro punto de vista, así logram os la obje! tividad encontrando una fórm ula de ‘traducción' de un punto de vista a otro. E s natural que nos preguntem os cuál es el m ejor entre los diversos puntos de vista. Ypara esto tam bién hay un criterio. C om o en el caso de la perspectiva visual en la que ciertas posiciones tienen la ventaja de revelar los rasgos decisivos del objeto captado, así la preem inencia será para la perspectiva que de m odo evidente ofrezca la com prensión m ás am plia y la m ayor fecundidad para la acción en las m aterias em píricas."18 C om o ocurre en general, la m ultiplicación de argum entos no hace m ás que com plicar la situación. C on la “teoría de las perspectivas” surgen nuevas y graves dificultades. La m ayor preocupación de M annheim es dem ostrar que su concepción no es relativista, que reconoce la objetividad del conocim iento, aunque se trata de una objetividad con! siderada en térm inos distintos de la teoría tradicional del conocim iento. En la solución relacionista, precisa M annheim , “no se trata de renunciar al postulado de la objetividad y a la posibilidad de zanjar discusiones concretas o de profesar el ilusionism o que afirm a que todo es apariencia y nada puede ser decidido; afirm am os sim plem ente que la objetividad y las soluciones solam ente son accesibles de una m anera indirecta”.1 9 Para M annheim esta objetividad se realiza según dos va! riantes. La prim era es actual cuando el plano noológico es com ún. R ecordem os que en los térm inos de la teoría m annheim iana
1 8 K .M annheim ,W issenssoziologie... op. cit., p. 674. 1 9 Ibid.

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de la ideología, la ‘‘estructura del espíritu”, la estructura lógica del pensam iento (Aspekstruktur Denkstil), se form a en un contexto definido de condiciones sociales y de procesos volitivos; el aparato conceptual y categórico así determ inado sirve de m arco a nuestra visión del m undo, que cam bia en función de un cam bio en dicho aparato.2 0A sí, m ientras este! m os inm ersos en el m ism o sistem a (tenem os el m ism o “estilo de pensam iento” com om iem bros que som os, por ejem plo, de una m ism a clase social en una m ism a época histórica), pode! m os llegar a los m ism os resultados y considerar com o erróneos los puntos de vista contrarios a dichos resultados. La segunda variante entra en la liza cuando nos encontra! m os en el m arco de sistem as diferentes y se da un conflicto de “perspectivas”. En tal caso, la “objetividad” solam ente es accesible de m odo indirecto, por m edio de la “traducción” y la “síntesis” de estas perspectivas. Pero, ¿cóm o obtener esta síntesis? M annheim propone superar las oposiciones que puedan existir entre las diferentes perspectivas com prendiendo las si! tuaciones que constituyen la base de estas diferencias. Pero, de acuerdo con la teoría de la ideología, el m ism o que procede a la síntesis posee su propio “estilo de pensam iento” propio, no es un juez im parcial, y tam bién introduce su “punto de vista” deform ador. En consecuencia, al igual que en los restantes sistem as relativistas, deberíam os llegar a una conclusión que reduzca la ciencia a cero, a saber: la razón está de parte del últim o que se pronuncia.
2 0 Es conveniente observar la sem ejanza de la concepción de M ann! heim y el neopositivism o, en particular el convencionalism o radical para el cual la visión del m undo depende del aparato conceptual así com o las teorías del relativism o lingüístico, en particular la teoría del cam po de Jost Trier.

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M annheim propone una solución com plem entaria: zanjar el conflicto existente entre las diversas “perspectivas” con ayuda del criterio de la m ayor fecundidad de un “punto de vista” dado con relación a los m ateriales em píricos. Pero esta solución plantea de inm ediato idénticas dificultades que las proposiciones anteriores; pues, después de todo, el conflicto puede afectar especialm ente al “punto de vista” sobre dicha “fecundidad”, y el árbitro posee su propio “punto de vista” que elim ina la objetividad. Una vez m ás, tiene razón quien se pronuncia el últim o. En esta situación crítica, M annheim se decide a dar un salto m ortal teórico: presupone sim plem ente que la obje! tividad del conocim iento está en m anos de determ inado grupo social debido a la “estructura de su espíritu” y a la situación social que la condiciona. Presupone por tanto que dicho grupo puede alcanzar la verdad histórica objetiva. Esta posibilidad no ha sido dada a todo el m undo, sino solam ente a la intelec! tualidad, capa socialm ente sin ataduras (freischw eibende Intelligenz) y cuya vocación “siem pre es encontrar el punto a partir del cual es posible una orientación general en lo s acontecim ientos”. Este salto m ortal final significa una doble falla para las concepciones de M annheim . En prim er lugar, porque M ann! heim entra en conflicto con su propia teoría al reservar una posición particular a los intelectuales que quedan así excep! tuados del m arco de la tesis general sobre el condicionam iento social de todo conocim iento. En segundo lugar, porque al presuponer la posibilidad de un conocim iento objetivo con relación a una “estructura del espíritu” y, gracias a esto, la posibilidad de una verdad histórica objetiva, M annheim entra en contradicción con la tesis fundam ental de su teoría de la ideología (la ideología
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ts una “falsa conciencia”) e invalida con ello los fundam entos de su sistem a. Finalm ente se descubre que el precio aceptado por M ann! heim en su tentativa de escapar del relativism o equivale a la invalidación de los fundam entos de su propia doctrina. Este resultado justifica la critica de M aurice M andelbaum quien, oponiéndose a todas las form as de relativism o, dice a pro! pósito de M annheim y de su concepción de la “síntesis de las perspectivas” en particular: “... La tentativa [de M annheim ] de sustituir el relacio! nism o por el relativism o por m edio de la sociología del cono! cim iento le lleva a adm itir lo que anteriorm ente negaba: la posibilidad de un conocim iento histórico objetivo. M annheim , al lado de C roce y de D ilthey, proporciona así la prueba de la inutilidad de toda tentativa para evitar las consecuencias del relativism o histórico a partir del m om ento en que se acepta el fundam ento filosófico de este relativism o.” 2 1 Apesar de las críticas que se puedan form ular a las contradicciones internas de la doctrina de M annheim , debe aceptarse que hay m otivo suficiente para retener las fecundas sugerencias que contienen su “teoría de las perspectivas” y su tesis sobre la intelectualidad com o capa social apta, por sus propiedades particulares, para sintetizar esas perspectivas. La prim era sugerencia se encuentra en la m ism a idea de la “síntesis de las perspectivas”. D esprendida de su revesti! m iento m etafórico, esta idea se reduce sim plem ente a esto: a tom ar conciencia del hecho de que el conocim iento, en virtud de las determ inaciones m ás diversas (nivel del saber, interés social, etc.), no es total, absoluto y definitivo, sino, por el contrario, parcial y lim itado, y que incluso deform a
2 1 M .M andelbaum , The Problem of H istorical Knowledge, N ueva Y ork, 1938, p. 82.

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la im agen de la realidad; sólo con esta condición pueden ser superadas las lim itaciones que esta tom a de conciencia ha puesto de relieve. A unque se considere que esta superación no es definitiva ni absoluta y que el nuevo nivel alcanzado en el conocim iento gracias a él tam bién será lim itado en su perspectiva y parcial en su extensión, sin em bargo sigue siendo todavía im portante superar las lim itaciones y las defor! m aciones dadas. En realidad, esto es lo único verdaderam ente im portante. Tal es precisam ente la vía (y la única posible) que sigue el progreso de la ciencia y del conocim iento hum ano en general. A l aprender a com batir una enferm edad, la tuberculosis por ejem plo, no se garantiza a los hom bres que no se verán aquejados por otras enferm edades; sin em bargo, se considera com o un triunfo, com o una adquisición, el hecho de poder com batir una enferm edad determ inada y de curar a un enferm o determ inado, viendo en ello un progreso de nuestro saber y un progreso desde el punto de vista de la vida hum ana. A l argum entar que la conciencia de los lím ites del cono! cim iento hum ano y la com prensión de su carácter son el m ejor m edio para superarlos, M annheim confirm a una verdad va! liosa, descubierta ciertam ente antes que él, pero que es útil recordar aquí debido a nuestras futuras adquisiciones sobre las correlaciones y los puntos de contacto existentes entre el factor subjetivo en el conocim iento y el problem a de la obje! tividad del conocim iento. Tanto m ás que M annheim no repite esta “antigua verdad” en térm inos abstractos, sino que la concreta al indicar el portador social potencial de sus ideas. La segunda sugerencia de M annheim que debe retenerse es que la intelectualidad constituye el grupo social m ás idóneo para la función de la autorreflexión social sobre el conoci! m iento. En el m arco del sistem am annheim iano, esta concep!
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ción origina dificultades insuperables, convirtiéndose en un elem ento secundario, pero im portante, de la derrota teórica del autor. N o obstante, ésta es consecuencia del incum pli! m iento del postulado de la coherencia del sistem a que no soporta las contradicciones internas, m ientras que la concep! ción en sí m ism a conserva todo su valor. ¿C uáles son sus ideas principales? A fin de proceder a la “síntesis de las perspectivas”, o sea a tom ar conciencia de los lím ites y de las deform aciones del conocim iento, es necesario cierto nivel de instrucción teórica y de form ación profesional. Si por “intelligentsia” se entiende un grupo social cuya característica principal es poseer un nivel de instrucción y de form ación m ás elevado que la m edia general en la sociedad, ni qué decir tiene que este grupo está “predestinado” a esa función de autorreflexión: es el que está m ejor preparado y, last but not least, parte de sus m iem ! bros ejerce esa función profesionalm ente. Esta idea es indis! cutiblem ente convincente y sensata. D e ella se desprenden dos consecuencias para los aspectos teórico ypráctico del problem a. La prim era es que la tesis general sobre la conciencia de los lím ites y deform aciones del conocim iento, considerada com o el m edio para su superación y, por tanto, para el pro! greso del saber hum ano, está planteado en un contexto social concreto respecto a la realización de dicha autorreflexión. E sto no significa que cada individuo que pertenezca a la “intelligentsia”, o sea el individuo que posee una instrucción form al yuna form ación profesional idóneas, pueda ejercer esta función y que realm ente la ejerza. C reerlo sería utópico, ya que la instrucción y la form ación constituyen una condición necesaria pero en absoluto suficiente. La tesis planteada es m ucho m ás m odesta, aunque no por ello m enos im portante: es m uy probable que si los individuos practican esta autorre191

flexión com prueben que pertenecen a la “intelligentsia", e incluso de m odo exclusivo. En esta situación se puede adm itir, por una parte, que el postulado de la autorreflexión es realista y, por otra, com prenderán m ejor el papel social des! em peñado por la “intelligentsia”. Yésta es la segunda consecuencia de la concepción m annheim iana. A las otras varias características y análisis relativos a la intelectualidad se debe añadir una propiedad cuya for! m ulación puede parecer trivial, pero que no puede despre! ciarse cuando se plantea la cuestión del papel de la “intelligentsia” y de su prestigio social, a saber que constituye la parte de la sociedad que debido a su instrucción form al y a sus capacidades intelectuales, es la m ejor preparada para em prender y desarrollar una reflexión consciente sobre las lim itaciones y las deform aciones del conocim iento hum ano con el fin de superarlas y así hacer avanzar el saber hum ano. Esta función generadora de saber com pite en realidad (o por lo m enos principalm ente) a la parte de los intelectuales que denom inam os la “intelligentsia” creadora. Pero esta parte es la em anación duradera del conjunto de “gente instruida” que constituye la base en cuyo interior se opera la selección de los m ejores individuos adaptados a la realización de esta función, y sin la cual la intelectualidad creadora no podría existir. S e trata, pues, de la “intelligentsia” com o grupo social en su conjunto, de su papel y de su prestigio. E s lam entable com ! probar que estas cuestiones raras veces son com prendidas a una escala social y que son aún m ás raram ente consideradas en la práctica, en la adecuación de las m anifestaciones del prestigio social de la intelectualidad a las funciones que asum e realm ente y , por consiguiente, a sus m éritos sociales. C on el fin de concluir nuestro exam en crítico de la doc!
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trina de M annheim , podem os sistem atizar sus resultados del m odo siguiente: En prim er lugar, el m érito indiscutible de la sociología m annheim iana del conocim iento es haber desarrollado y con! cretado en ciertos aspectos las ideas respectivas de M arx y haber fundado en ellas la opinión difundida, por lo m enos en los m edios científicos com petentes, de que el proceso del conocim iento está condicionado socialm ente, que la form ación de la personalidad del científico (en particular de sus acti! tudes y sus disposiciones), la form ación de los sistem as de valores y su elección en el proceso del conocim iento, sufren la poderosa influencia de las necesidades y de los intereses sociales en general y, en prim er lugar, de las necesidades y de los intereses de clase. Estas ideas son esencialm ente mar! xistas, com oM annheimreconoce abiertam ente. E l único hecho de haber introducido estas ideas en el m edio universitario “oficial”, de haberlas popularizado hasta el punto de que actualm ente son consideradas, en principio, com o una pero! grullada en los círculos m ás am plios del m undo científico, es extrem adam ente im portante y constituye un galardón para la celebridad científica. N i siquiera aquellos que acusan a M annheim de relativism o rechazan la versión m oderna de su tesis referente a la acción de los factores sociales sobre las actitudes y las ideas de los científicos y que antes habría sido considerada com o una herejía. Psicológicam ente aún resulta m ás curioso el fenóm eno por el cual los m ism os que im pugnan violentam ente las tesis de M arx sobre el carácter de clase del conocim iento y de la ideología en particular, hoy defienden con entusiasm o la teoría de M annheim sobre la ideología com o “falsa conciencia”, sus tesis sobre el “punto de vista” social, sobre la relación entre el conocim iento y la situación social considerada sobre todo en su aspecto de clase,
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etcétera. Puesto que M annheim no atenúa en absoluto el pensam iento de M arx, sino que, por el contrario, radicaliza algunas de sus tesis llegando hasta el relativism o, es curioso observar que estos hom bres rechacen firm em ente algunas ideas prim ero y m ás tarde aplaudan entusiasm ados cuando les son condim entadas con fraseología “científica”. Una vez m ás queda com probado que las actitudes y las ideas de los cientí! ficos están sujetas a los m ás diversos determ inism os sociales. En segundo lugar, de m odo contrario al diablo que G oethe define en su Fausto com o una potencia que quiere el m al y hace el bien, M annheim a través de sus concepciones hace lo inverso de lo que se proponía. E sto se refiere a la concep! ción del relacionism o que M annheim propone con el fin de escapar al relativism o y que le lleva a él, su concepción de la “síntesis de perspectivas” com om edio de superación del factor subjetivo y su concepción del papel de la “intelligentsia” en esta superación. Estas concepciones conducen, dentro del con! texto del sistem a de M annheim , a contradicciones internas y provocan el estallido de su sistem a. Sin em bargo, la sociología m annheim iana del conocim iento está saturada de ideas, suge! rencias y proposiciones fecundas y aquellos que en el fuego de la crítica de su relativism o arrojan al proverbial niño con el agua de la bañera, no com prenden los elem entos positivos de sus concepciones o hacen poco caso de ellos para facilitar su crítica (com o yo m ism o he hecho en un m om ento dado) y com eten el error capital de incurrir en una crítica nihilista. Por otra parte, a la vez que desm enuzam os todo lo que el sistem am annheim iano contiene de estim ulante para pensar, es conveniente no suavizar el filo de nuestra crítica al rela! tivism o. El relativism o de M annheimva ligado principalm ente a su concepción de la ideología com o “falsa conciencia” y a su em pleo, en contra de sus propios postulados, de la verdad
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absoluta com om edida de la verdad o de la falsedad de las opiniones sobre las realidades sociales. Puesto que este rela! tivism o entraña el riesgo de volver im potentes a las ciencias sociales en general y a la ciencia de la historia en particular, desencadena todas las peripecias ulteriores de la doctrina de M annheim , ocasionadas principalm ente por todos los procedi! m ientos que éste em plea con el fin de evitar dicho peligro. Sin em bargo, lo m ás im portante para nosotros, lo que constituye el objeto principal de nuestras preocupaciones es el problem a del conocim iento objetivo y de la verdad objetiva en las ciencias sociales en general y en la ciencia de la his! toria en particular. En consecuencia, la sociología m annhei! m iana del conocim iento com pleta el presentism o, com o ya habíam os afirm ado al principio: recogiendo un fragm ento de la problem ática señalada por esta corriente, concreta las cuestiones, saca a la luz sus distintos aspectos sociales y plantea en térm inos nuevos el problem a de la objetividad del cono! cim iento. A ctualm ente, después de nuestros nuevos enfoques del sistem am annheim iano, ya podem os plantearnos nuestro problem a central en estos térm inos: ¿es posible el conoci! m iento objetivo en el cam po de las ciencias sociales en la m edida en que tiene un carácter de clase? Puesto que ya volverem os a referim os a este problem a intentando presentar nuestras soluciones, es im portante no perder de vista las ideas y las soluciones parciales que aporta la sociología del conocim iento. C om o ya hem os com probado, éstas pueden no ajustarse al sistem am annheim iano, hacerlo incoherente, pero esto no les quita autom áticam ente su valor heurístico. En relación con nuestro problem a central, la posibilidad del conocim iento objetivo, se plantean aun dos cuestiones que,

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aunque van incluidas en la interrogación principal, suponen un análisis y una respuesta distintos. ¿Todo condicionam iento social del conocim iento, que tenga com o correlativo un “punto de vista” determ inado, conduce inevitablem ente a la deform ación del conocim iento? ¿Todo condicionam iento social del conocim iento que tiene com o consecuencia el carácter parcial de éste conduce inevi! tablem ente a lo falso (a la falsa conciencia)? C on el fin de responder a estas dos cuestiones y de explicar con la m ayor precisión posible los problem as abordados hasta ahora en este capítulo, debem os llevar a cabo una últim a operación. C om o se sabe, la sociología m annheim iana del conocim iento se inspira en el m arxism o y expone a su m anera las ideas de éste; no obstante m uchos elem entos valiosos en las sugerencias del prim ero deben su origen al segundo. Por consiguiente, debem os regresar al origen, tanto m ás que nuestro proyecto consciente es fundam entar nuestras soluciones en el m arxism o. Por tanto, debem os analizar las tesis de la sociología m annheim iana del conocim iento a partir de las po! siciones del m arxism o. II. El m arxism o y la sociología del conocim iento La sociología contem poránea del conocim iento, tal com o ha sido elaborada sobre todopor M annheim , se refiere explí! citam ente a M arx y al m arxism o. ¿Tam bién sus dificultades relativistas proceden del m arxism o? N uestra respuesta a esta cuestión es, desde el prim er m o! m ento, negativa, pero debem os fundarla dem ostrando las diferencias existentes entre las respectivas tesis del m arxism o y de la sociología m annheim iana. Esta dem ostración es tanto
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m ás interesante y necesaria ya que si nuestra argum entación fuera convincente, señalaríam os el cam ino para que la socio! logía del conocim iento pudiera salir de sus dificultades teóricas, conservando sim ultáneam ente su contenido positivo en la interpretación del proceso cognoscitivo. Cuando afirm ábam os que M annheim se refería al m ar! xism o, se trataba concretam ente del m aterialism o histórico que no tenem os intención de exponer ni interpretar aquí en su conjunto. Solam ente nos interesan algunas tesis de esta teoría en nuestro contexto, y sobre ellas vam os a centrar nues! tra atención. La sociología del conocim iento se refiere directam ente a dos elem entos del m aterialism o histórico: a su teoría de la base y de la supraestructura y a su teoría de la ideología. ¿En qué consisten las sem ejanzas y las diferencias entre am bos sistem as con relación a estos dos elem entos? La teoría del m aterialism o histórico ha sido expuesta por M arx y Engels en una serie de obras escritas, tanto al prin! cipio com o al final de su vida, tanto en escritos de carácter teórico com o en ensayos de aplicación de su doctrina al cam po de la historia en particular. Entre las obras m ás im portantes para nuestros análisis citem os los escritos com unes de M arx y Engels: La ideología alem ana y el M anifiesto com unista; los escritos de M arx: Tesis sobre Feuerbach, la introducción a la C ontribución a la crítica de la econom ía, política y El 18 Brum ario de Luis Bonaparte; los escritos de Engels: el AntiD ühring, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alem ana y cierto núm ero de cartas (a B loch, M ehring, Starkenburg y otros) dedicadas a la problem ática del m aterialism o histórico. M e propongo basar m i exposición y m i análisis de los puntos de vista de M arx y de E ngels principalm ente en estas fuentes.

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La teoría de la base y la supraestructura trata del pro! blem a central de la sociología del conocim iento, es decir la génesis y el desarrollo de las ideas y opiniones hum anas acerca de los hechos sociales en particular. R econociendo la im por! tancia de estas ideas y opiniones y su diversidad y variabilidad en el tiem po, los fundadores del m aterialism o histórico form u! lan una cuestión fundam ental: ¿se trata de un fenóm eno autónom o, de una sim ple filiación de ideas surgidas espon! táneam ente o, por el contrario, de un fenóm eno heterónom o, en el sentido de que la conciencia de los hom bres (conside! rada com o el conjunto de sus ideas y opiniones) es una derivada con relación a otra cosa, con respecto a una cosa que el conocim iento refleja o representa? A esta cuestión fundam ental, M arx y E ngels dan una respuesta tam bién fun! dam ental desde el punto de vista teórico: la conciencia hum ana es heterónom a, es el reflejo de la existencia social de los hom bres. Esta respuesta que hoy parece trivial (para algunos, trivial porque es evidente) después de haber sido form ulada se convierte en objeto de num erosas reflexiones y de gran núm ero de controversias teóricas. N o es la conciencia la que determ ina la existencia social, sino que por el contrario, es la existencia social la que deter! m ina la conciencia, afirm an M arx y E ngels en La ideología alem ana expresando esta idea con un retruécano que sólo es posible en la lengua alem ana: “D as B ew usstsein kan nie etw as anderes sein als das bew usste Sein" (“la conciencia nunca puede ser otra cosa que el ser consciente”). La relación entre la conciencia social y la existencia social, aún cuando no sea en ningún m odo una relación unilateral de causa a efecto (com o precisa E ngels en la correspondencia escrita sobre este tem a al final de su vida), es presentada por los autores de la teoría com o la relación de la supraestructura
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y la base. Esta com paración sólo es una m etáfora, pero im pre! siona a la im aginación hasta el punto de que origina m alen! tendidos teóricos por haber sido com prendida dem asiado al pie de la letra (lo que m otivó las frecuentes intervenciones de Engels en la polém ica consiguiente). La existencia social es por tanto la “base” sobre la cual yen función de la cual (“en últim a instancia”, com o precisará E ngels, teniendo en cuenta las interacciones y las interdepen! dencias entre la base y la supraestructura) se levanta la “su! praestructura”, edificio com plejo construido con las ideas, las opiniones y las representaciones de los hom bres y con las insti! tuciones correspondientes. La “base”, o dicho de otro m odo la “existencia social”, tam bién es una estructura com pleja de objetos y de relaciones interindividuales. Form an parte de esta base las fuerzas productivas, categoría que incluye la técnica (las m áquinas y herram ientas), las m aterias prim as y los hom bres capacitados para la utilización de determ inada téc! nica, y las relaciones de producción que corresponden al nivel alcanzado por las fuerzas productivas. La categoría de rela! ciones de producción com prende todas las relaciones interindi! viduales indispensables para que se pueda producir un proceso real de producción. S e trata, pues, de las m ás diversas rela! ciones, desde las relaciones que contraen los hom bres directa! m ente en el proceso del trabajo hasta las relaciones de propiedad que regulan el derecho de los hom bres a los ins! trum entos de trabajo, a las m aterias prim as y a los productos del trabajo. L as fuerzas productivas y las relaciones de pro! ducción existente en una época determ inada, cuyos ajustes e interacciones desem peñan un papel considerable en el con! junto del m ovim iento y del desarrollo de la sociedad, form an lo que denom inam os la “base social”, la “existencia social” o el “m odo de producción”.
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L os cam bios en la “base” causan (“en últim a instancia”, en y por los procesos de interacción) cam bios en la “supra! estructura”. La teoría que afirm a que la conciencia social (la supraestructura) depende del m odo de producción (base) se concentra en el condicionam iento de la conciencia, considerada com o el reflejo o la representación de la realidad objetiva en la m ente de los hom bres, por esta m ism a realidad y sus trans! form aciones. La conciencia no es totalm ente autógena (en el sentido de que dependa exclusivam ente de la voluntad del sujeto) ni autónom a (en el sentido de una sim ple filiación de ideas). E s un reflejo, pero reflejo en un sentido particular (en la acepción filosófica del térm ino) y no se le niega ni la autonom ía de su desarrollo ni su acción sobre el desarrollo de la base. Y a no se prejuzga tam poco cóm o se produce este reflejo, y cierto núm ero de teóricos m arxistas consideran que se debe tener en cuenta la psicología social com o esfera m e! diata del m ovim iento entre la base y la supraestructura (antes lo hicieron Labriola y Plejanov y actualm ente el freudom arxista Erich From m con su teoría de los “filtros”). Cuando se parte de la teoría de la acción de la base sobre la supraestructura, se adm ite por consiguiente el condiciona! m iento social de la conciencia y de sus m utaciones. Esta tesis general se concreta, con relación a los grupos sociales y a los individuos, en la teoría del carácter de clase de la conciencia y del conocim iento. En efecto, si se reconoce el condiciona! m iento social de la conciencia en virtud de su dependencia de la base, de la existencia social, se adm ite por tanto que la conciencia está sujeta a la acción de las relaciones de pro! ducción que son los elem entos constitutivos de la base. Pero las relaciones de producción y de m odo m ás particular las relaciones de propiedad deciden la división de la sociedad en clases; clases que representan intereses determ inados que
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tam bién actúan sobre las actitudes cognoscitivas de los hom ! bres. A l ser los intereses de las clases sociales diversos e incluso contradictorios, su influjo sobre las actitudes cognoscitivas de los hom bres originan resultados distintos en los productos de su conocim iento. E ste es el fundam ento teórico, tal com o ha sido construido por la teoría m arxista clásica, de la tesis de la sociología m annheim iana sobre el condicionam iento social del conoci! m iento hum ano y sobre los diferentes “puntos de vista”. Sin em bargo, para com prender m ejor el sentido de la teoría mar! xista de la base y de la supraestructura y para apreciar sobre todo su relación con la sociología del conocim iento, es nece! sario detenerse en la teoría m arxista de la ideología. A fin de evitar un m alentendido fundam ental que ha causado m uchas inconsecuencias en el análisis de la ideología en general y de la ideología m arxista en particular, precisem os antes lo que nos proponem os analizar aquí, cuáles son las cuestiones que querem os plantear con relación al concepto “ideología”. En efecto, se puede proponer definir este con! cepto, o elaborar definiciones a partir de las concepciones genética, estructural o funcional de las ideologías,2 2pero tam! bién se puede interrogar sobre el carácter y el valor del conocim iento ideológico, sobre su relación con la verdad obje! tiva. E stos problem as están ciertam ente ligados entre sí, pero no son idénticos; por lo que surge la necesidad de establecer una clara distinción entre la definición de la ideología y el valor del conocim iento ideológico, aún cuando esta respuesta pueda adoptar la form a de una definición. Por ejem plo, el aserto: “la ideología es una falsa conciencia”, es precisa!
2 2 C f. A . Schaff, “La définition fonctionelle de l'idéologie et le problèm e de la fin du siécle de l’idéologie”, en L'Homme et la Société, París, 1967, N o 4, pp. 49-60.

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m ente una respuesta a esta cuestión y no una definición a pesar de que lo aparenta. El problem a de la “falsa conciencia” en la teoría m ar! xista ha sido expuesto y (hasta donde conozco los textos correspondientes) m ejor analizado en el ensayo de Jerzy Szacki titulado “el concepto m arxista de “falsa conciencia”.2 3 N o com parto la tesis principal del autor que afirm a que la “falsa conciencia” no es un concepto gnoseológico, sino ex! clusivam ente sociológico. Esto im plica una interpretación de M arx de acuerdo con las categorías de la sociología del co! nocim iento, una interpretación que considera la “falsa con! ciencia” com o verdad parcial y no com o deform ación. N o obstante, el interés de este ensayo se debe a que el autor ha conseguido aislar algunas características de la concepción de la “falsa conciencia” que en general escapaban al análisis. J. Szacki distingue tres tipos de “ilusiones” que M arx engloba bajo la denom inación com ún de “falsa conciencia”: a) las ilusiones que crean (según un térm ino que M arx tom ó de Fourier) la “tónica” de la época (en M annheim : D enkstil) y se refieren pues al plano noológico de la sociedad en la época dada;2 4 b) las ilusiones que crean (tam bién según M arx) la
2 3 Jerzy Szacki, “M arksistow skie pojecie ‘sw iadom osci falsziw ej’ ” (El concepto m arxista de la ‘falsa conciencia’), en Studia Socjologiczne, V arsovia, 1966, No 2, pp. 7-19. 2 4 “ . La idea ha quedado siem pre en ridículo cuando aparecía divorciada del interés. Por otra parte, es fácil com prender que todo “interés” de m asa que va im poniéndose históricam ente, al aparecer por vez prim era en la escena universal, trasciende am pliam ente, en la idea o la representación, de sus lím ites reales, para confundirse con el interés hum ano en general. Esta ilusión form a lo que Fourier llam a la tónica de cada época histórica.” C. M arx y F. Engels, La Sagrada Fam ilia y otros escritos filosóficos de la prim era época, Editorial G rijalbo, M éxico, 1962, trad. W . Roces, p. 147.

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“falsa conciencia" de la clase y que, por tanto, poseen un significado particular;2 5 c) y las ilusiones que crean la “falsa conciencia" de los ideólogos.2 6 Esta distinción de tres tipos de “ilusiones” se funda en una rica docum entación sacada del conjunto de la obra de M arx y de E ngels, lo que concede im portancia a dicha tipología: sistem atiza la problem ática y a la vez profundiza el análisis dem ostrando especialm ente que la sociología contem poránea del conocim iento está presente en form a im plícita en la obra de M arx de m odo m ás profundo de lo que parece a prim era vista. Pero sigam os con nuestro problem am ás inm ediato: la definición de la ideología en relación con su característica com o “falsa conciencia". En prim er lugar, veam os cuál es la génesis de la “falsa conciencia". L os clásicos del m arxism o la relacionan con la división del trabajo y con la separación de la conciencia de lo concreto histórico, o sea tam bién con la división de la socie!
2 5 “Sobre las diversas form as de propiedad, sobre las condiciones sociales de la existencia, se levanta toda una superestructura de senti! m ientos, ilusiones, m odos de pensar y concepciones de vida diversos y plasm ados de un m odo peculiar. La clase entera los crea y los plasm a derivándolos de sus bases m ateriales y de las relaciones sociales corres! pondientes. El individuo suelto, a quien se los im buye la tradición y la educación podrá creer que son los verdaderos m óviles y el punto de par! tida de su conducta.” K .M arx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en M arx y Engels, Obras escogidas, en 2 tom os, Editorial Progreso, M oscú, 1966, t. I, p. 254. 2 6 “Pero el dem ócrata, com o representa a la pequeña burguesía, es decir, a una clase de transición, en la que los intereses de dos clases se em botan el uno contra el otro, cree estar por encim a del antagonism o de clases en general. Los dem ócratas reconocen que tienen enfrente a una clase privilegiada, pero ellos, con todo el resto de la nación que los circunda, form an el pueblo. Lo que ellos representan es el derecho del pueblo; lo que les interesa es el interés del pueblo.” Ibid., p. 260.

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dad en clases y con la influencia del interés de clase sobre la actitud de los m iem bros de la clase dada.2 7E sto explica por qué la ideología de la clase dom inante en una sociedad clasista (M arx precisa que la ideología de la clase dom inante tam bién es dom inante en la sociedad dada) siem pre es una “falsa conciencia”, una deform ación: porque la situación social per! m ite erigir en absolutos los juicios particulares y una visión particular del m undo a partir de las posiciones de la clase dom inante. El “rem edio” consiste, pues, en desposeer a los juicios generales y a los conceptos hipostasiados. La desm itificación de la “falsa conciencia” es posible por su concreción histórica, por la inserción de la ideología en el contexto con! creto de la sociedad de clases que la ha producido. A l separar los contenidos de clase de la ideología, superam os su condición de “falsa conciencia”.
2 7 “La división del trabajo sólo se convierte en auténtica división a partir del m om ento en que se separan el trabajo físico y el intelectual. D esde este instante, puede ya la conciencia im aginarse realm ente que es algo m ás y algo distinto que la conciencia de la práctica existente, que representa realm ente algo sin representar algo real; desde este ins! tante, se halla la conciencia en condiciones de em anciparse del m undo y entregarse a la creación de la teoría ‘pura*, de la teología ‘pura’, la filosofía y la m oral ‘puras’, etc.” C. M arx y F. Engels, La Ideología Alemana, Ed. Pueblos U nidos, M ontevideo, p. 31. “La ideología es un proceso que se opera por el llam ado pensador conscientem ente en efecto, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas propulsoras que lo m ueven, perm anecen ignoradas para él; de otro m odo, no sería tal proceso ideológico... C om o se trata de un proceso discursivo, deduce su contenido y su form a del pensar puro, sea el suyo propio o el de sus predecesores. Trabaja exclusivam ente con m aterial discursivo, que acepta sin m irarlo, com o creación del pensam iento, sin som eterlo a otro proceso de investigación, sin buscar otra fuente m ás alejada e independiente del pensam iento; para él, esto es la evidencia m ism a, puesto que para él todos los actos, en cuanto les sirva de m ediador el pensam iento, tienen tam bién en éste su fundamento últim o.” F. Engels, “Carta a F. M ehring del 14 de julio de 1893”, en: M arx y Engels, O bras escogidas, ed. esp. cit., t. II, p. 502.

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D e aquí surge el postulado que relaciona la ideología con el interés de clase definido. Este postulado es m oderado, puesto que no se trata (com o se hacía contrariam ente al pensam iento de los clásicos del m arxism o) de hacer corres! ponder a cada idea el interés que la habría originado; se trata de captar las ideologías en su totalidad y de relacionarlas com o totalidades con los intereses y las relaciones sociales que constituyen su base genética. M arx utilizaba la noción de “ideología" en la acepción que se había precisado históricam ente después de D estutt de Tracy, el creador de este térm ino, después de N apoleón y su aversión por los “ideólogos" que identificaba a razonadores abstractos que por añadidura ocasionaban m olestias a las auto! ridades. Esta acepción, por consiguiente, era peyorativa. Para los fundadores del m arxism o, la ideología equivalía a una “falsa conciencia”, a una visión deform ada de la realidad; y recurrían para explicarla a una com paración apropiada: en toda ideología, la realidad social está vista com o en una cám ara oscura, cabeza abajo. A unque cuando em pleaban el térm ino “ideología" siem pre se referían a la ideología de la clase burguesa. M arx y Engels no consideraban su propia teoría (expre! sión de los intereses de clase del proletariado) com o una ideología. M annheim reprocha a M arx que no aplicara por extensión la teoría de la ideología a sus propios puntos de vista yno la desarrollara con el fin de obtener lo que la socio! logía m annheim iana del conocim iento considera com o la for! m ulación general de la ideología total. Pero yo no considero (al contrario que M annheim ) que M arx fuera inconsecuente al ver la falsa conciencia solam ente entre sus adversarios. M arx concebía el problem a en otros térm inos, lo que le evitó las dificultades con que se encontró la sociología m annheim iana.
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H asta el final de su vida, M arx y E ngels consideraron a la ideología com o una “falsa conciencia”; así, ellos no utilizan las expresiones que se han hecho corrientes desde L enin entre los m arxistas tales com o “ideología proletaria” o “ideología científica” (de acuerdo con la acepción m arxiana del térm ino “ideología”, esta últim a expresión contiene una contradictio in adiecto). N o intentaban definir el concepto de “ideología” en un sentido m ás am plio, com parable al que actualm ente se em plea; su única intención era caracterizar el valor cognoscitivo de la “ideología” en el sentido estricto del térm ino, tal com o era entendido en dicha época en que significaba por definición el conocim iento deform ado, alte! rado. En consecuencia, podem os distinguir dos diferencias fun! dam entales en el em pleo del térm ino “ideología”: por una parte tal com o lo em plean M arx y E ngels y por otra, com o lo hacen los teóricos m arxistas contem poráneos. En prim er lugar, tal com o se utiliza actualm ente este térm ino posee una extensión m ucho m ayor; en segundo lugar, hoy planteam os dos cuestiones distintas, una referente a la definición de la ideología y otra sobre su valor cognoscitivo. M arx entiende por “ideología” a “la ideología de clase producida por la burguesía” y en su condicionam iento de clase ve la razón por la que la ideología es y debe ser nece! sariam ente una deform ación, una visión alterada del m undo. N o está justificado ni es útil querer defender el concepto m arxiano de “falsa conciencia”contra la identificación de la ideología con la deform ación del conocim iento. Por el con! trario, M arx siem pre la considera una deform ación y la define com o tal com parando, por ejem plo, la ideología a la im agen obtenida en una cám ara oscura. En cuanto a su propia teoría, M arx nunca la asim ila a la ideología y habría condenado con indignación cualquier tentativa que pretendiera sugerir lo
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contrario. Sin em bargo, hoy nadie duda de que el m arxism o es una ideología; y los m arxistas probablem ente m enos que nadie. E ste hecho basta para probar que los fundadores del m arxism o atribuían al térm ino “ideología” una acepción dife! rente de la que tiene actualm ente. M annheimreprocha a M arx que no extendiera a su propia doctrina la teoría de la ideología concebida com o “falsa conciencia” y, en consecuencia, reem plaza en cierto m odo a M arx y presuponiendo que actúa de acuerdo con el espíritu del sistem am arxiano, puesto que éste afirm a que cada ideo! logía es una “falsa conciencia”, elabora la form ulación general de la concepción total de la ideología. Y justam ente en este punto se produce (contrariam ente a las apariencias) el divor! cio entre M annheim y el pensam iento de M arx. El error concreto de M annheim es haber confundido el enunciado “la ideología es una falsa concciencia” con la definición de la ideo! logía y en haber identificado los contenidos atribuidos por M arx al térm ino “ideología” con los contenidos que actual! m ente significa. S iM arx hubiera identificado efectivam ente la ideología tal com o se entiende actualm ente con la “falsa conciencia” (com o hizo M annheim m ás tarde), no habría podido evitar (com o tam poco pudo evitarlo la sociología m annheim iana) el reproche de relativism o. Pero M arx no hizo esa identifi! cación; por el contrario, rechazó tal generalización, confi! riendo al térm ino “ideología” un sentido m ás estricto. D espués de M arx, Lenin y los restantes m arxistas ya no identifican a la ideología con la “falsa conciencia”. A la ideo! logía burguesa opone la ideología proletaria considerada com o una ideología científica, diferente de las ideologías no científicas tales com o la religión o la ideología fascista. N in! guno de los m arxistas contem poráneos com prom etidos en la
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lucha por el triunfo de la ideología proletaria y que rom pe lanzas en favor de la ideología científica (idéntica para ellos al m arxism o) considera que lo que está en juego es la “falsa conciencia”. Por el contrario, están convencidos de que la ideología m arxista, proletaria, es una superación de la “falsa conciencia” de la ideología burguesa. Sin em bargo, no re! chazan que la ideología m arxista sea tam bién una ideología de clase y, por excelencia, una ideología consciente de clase com o ideología proletaria que es. ¿N o existe en esto una contradicción interna? ¿N o contradicen la doctrina de M arx que defienden oficialm ente? En absoluto. E llos parten de una acepción diferente del térm ino “ideología”, pero no por ello perm anecen m enos leales a la línea de razonam iento del m arxism o. Por una parte, M arx elabora una teoría a partir de sus observaciones sobre el condicionam iento social de las ideas y de las opiniones que los hom bres expresan sobre la sociedad; por otra, desde m uy pronto, ensus escritos de juventud, capta el papel funcional que asum en estas ideas y opiniones en las luchas sociales y form ula especialm ente la tesis que afirm a que las ideas, cuando se apoderan de las m asas, se convierten en una fuerza m aterial. E stos son los dos rasgos funcionales que habrían podido servir de elem entos para una definición funcional de la ideología si M arx hubiera em pleado este con! cepto en sentido am plio y hubiera intentado definirlo. Pero, com o es sabido, M arx no lo hizo y reservó este térm ino para un fenóm eno social determ inado. Sin em bargo, esta circuns! tancia no im plica de ningún m odo que los caracteres funda! m entales de la “ideología” com o, por ejem plo, la relación genética y funcional de ésta con los intereses de una clase determ inada, no puedan ser com unes a la “ideología” tal com oM arx la concibe y tal com o la conciben otros sistem as
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de ideas y de opiniones a los que ellos no aplican esta deno! m inación. Finalm ente, lo que im porta, no es el sentido m ás am plio o m ás estricto que M arx confiere al térm ino “ideo! logía”, sino la m anera com o com prende y caracteriza los fenóm enos que, por lo m enos parcialm ente, clasifica dentro de la extensión de este concepto. ¿Q ué ocurre, por consiguiente, con la definición de la ideología? La afirm ación de que la ideología es una falsa conciencia no define; se lim ita a subrayar sim plem ente el valor cognoscitivo de la ideología (presuponiendo una denotación-extensión exacta de dicho concepto) y, si recuerda una definición, sólo se debe a la am bigüedad de la cópula “es” y a la estructura de la proposición. En todo caso, nada nos im pide construir, en plena conform idad con el espíritu y las elaboraciones del m arxism o, una definición de la ideología, o bien genética (las ideas se form an bajo la influencia de los intereses de una clase social determ inada), o bien funcional (las ideas sirven para la defensa de los intereses de clase), o bien m ixta: genético-funcional. C om o contrapartida, la cues! tión de saber si consideram os o no a la ideología com o una “falsa conciencia” (una deform ación cognoscitiva) depende de la extensión que atribuyam os al nom bre: la ideología en algunos casos es una deform ación y no lo es en otros, a m enos que por definición establezcam os que el térm ino esté reser! vado únicam ente para las deform aciones cognoscitivas. Tom em os, por ejem plo, la definición de la ideología que he propuesto en uno de m is libros: 2 8 por “ideología” yo entiendo los puntos de vista basados en un sistem a de valores
2 8 A . Schaff, Langage et connaissance, op. cit., ver en particular el ensayo sobre el lenguaje y la acción hum ana, p. 279 (Lenguaje y conocim iento. Ed. G rijalbo, M éxico, 1967.)

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y relativos a los problem as planteados por el objetivo deseado del desarrollo social; puntos de vista que determ inan las actitudes de los hom bres, o sea su disposición para adoptar algunos com portam ientos en situaciones determ inadas y su com portam iento efectivo en las cuestiones sociales. Tam bién se puede dar una form ulación genético-funcional a esta defi! nición: yo entiendo por “ideología” las ideas sobre los pro! blem as planteados por el objetivo deseado de desarrollo social, que se form an sobre la base de determ inados intereses de clase y sirven para defenderlos. Finalm ente, a partir de estos m ism os elem entos se pueden realizar diversas com binaciones dando diversas form ulaciones a la definición de ideología. Sin em bargo, en todas estas variantes la definición seguirá estando de acuerdo con las tesis del m aterialism o histórico y no planteará previam ente la tesis que afirm a que la ideología im plica una deform ación cognoscitiva (la “falsa conciencia”). En efecto, si no se pre! supone ex definitione que el térm ino “ideología” designa a las ideas que en virtud de los intereses de clase deform an la im a! gen de la sociedad, nada im pide que las ideologías no sean deform antes, sino adecuadas y científicas, quod est explicandum , aún cuando se adm ita sin reservas el condiciona! m iento de clase de las ideas de los hom bres sobre la realidad social. S i no nos atam os las m anos con la presuposición de que el conocim iento tiene el carácter de reflejo pasivo y que la verdad es absoluta (en el sentido de verdad total y eterna); en otras palabras, si aceptam os el tercer m odelo de la relación cognoscitiva (la concepción activista de la teoría del reflejo) y si consideram os la verdad com o un proceso acum ulativo de verdades parciales, nada nos im pide reconocer que el cono! cim iento socialm ente determ inado es verdadero y com o tal
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adecuado. Es en efecto el reflejo de la realidad, aunque un reflejo siem pre relativo, ya que es parcial, incom pleto y va! riable. Si concebim os la ideología de acuerdo con los intentos de definición propuestos anteriorm ente, o sea en un sentido m ás am plio que la acepción conferida a este concepto por M arx y sus contem poráneos, podem os ocupam os de las ideo! logías auténticas, adecuadas (siem pre con la reserva m ental de que no se trata de la verdad absoluta), y de las ideologías que constituyen deform aciones de clase, que son “falsas con! ciencias". A l partir de esta concepción de la verdad y con este en! foque del problem a de la ideología, se pone en evidencia tam bién que se puede hablar (com o hacen los m arxistas desde Lenin) de ideologías científicas y anticientíficas. Pero si se acepta previam ente la tesis de que la ideología es por definición una “falsa conciencia”, la expresión “ideología científica" con! tiene una contradictio in adiecto. Pero nada nos obliga a aceptar previam ente esta prem isa. S i adoptam os la definición funcional o genético-funcional de ideología, podem os y debe! m os plantearnos la cuestión de determ inar en qué asertos se funda genéticam ente la ideología en cuestión, a partir de qué tesis, opiniones y convicciones se desarrolla. En efecto, enun! ciando de m odo general que la ideología equivale a las ideas sobre los objetivos del desarrollo social, que están condicio! nadas por los intereses de clase y sirven para defenderlos, nada hem os dicho aún sobre la relación que pueda existir entre esas ideas y las teorías científicas. Sin em bargo, es evi! dente que dichas ideas pueden proceder de tesis científicas de las que se sacan conclusiones adecuadas sobre las vías del des! arrollo social, y que los intereses de clase y su defensa pueden coincidir con la ciencia, o sea apoyarse en fundam entos cien! tíficos. Tam bién es evidente, y la historia del pensam iento da
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pruebas suficientes de ello, que las ideas pueden adoptar com o prem isas creencias religiosas o tesis seudocientíficas, tales com o el racism o, y que los intereses de clase y su defensa pueden afiliarse a posiciones incom patibles con la ciencia tales com o una versión cualquiera de m isticism o o de especulación cuya cientificidad sólo es aparente. Y a conocem os m odelos de ideo! logías de esta clase que operan, no por la vía de especulación, sino, aunque parezca im posible, por la vía de la em pirie, de la práctica. Incluso podem os determ inar, analizando estos m odelos, a qué clase se afilia tal o cual ideología; en otras palabras, hacia qué opción im pulsa a una clase social deter! m inada, una situación y unos intereses concretos. En oposición a la sociología m annheim iana del conoci! m iento, el m arxism o distingue el condicionam iento de clase del conocim iento y, por consiguiente, los efectos de este condi! cionam iento en cuanto a la adecuación del conocim iento a la realidad social, en función del carácter de clase y de la relación de sus intereses con las tendencias del desarrollo social. El m arxism o distingue en particular las clases “ascendentes”, revo! lucionarias, y las clases “decadentes”, conservadoras. La ter! m inología es m etafórica, pero el sentido de am bas nociones es claro. Por una parte, hay clases que luchan de acuerdo con sus intereses, por la abolición del orden social establecido que se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo; estas clases son revolucionarias, com o lo es por ejem plo, la clase obrera en el capitalism o. Por otra, están las clases que luchan, conform e a sus intereses, por el m antenim iento del orden social que sirve de fundam ento a su dom inación y a sus privilegios: estas clases son conservadoras y, al presentarse un conflicto grave, serán contrarrevolucionarias, com o ocurre con la burguesía en el sistem a capitalista. L as crisis estructurales, lo s conflictos de clases y las luchas sociales, de acuerdo con la teo!
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ría de M arx, están en relación estrecha con el divorcio y las contradicciones crecientes entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción que tienden al inm ovilism o (con el cual explica M arx que las clases dom inantes actúen a m odo de freno) en el contexto de un m odo de producción deter! m inado; las clases revolucionarias representan las tendencias del desarrollo, m ientras que las clases conservadoras repre! sentan el sistem a condenado a desaparecer y sus intereses entran en contradicción con las tendencias de desarrollo de la sociedad. Esta situación no puede dejar de repercutir sobre las acti! tudes (consideradas com o la disposición de los hom bres a tener un com portam iento determ inado) y la conducta de los individuos de acuerdo con la clase a la que pertenecen. Inconscientem ente en la m ayoría de los casos, aunque en ocasiones de m odo plenam ente consciente, los m iem bros y los partidarios de la clase que está en una situación objetivam ente revolucionaria, cuyos intereses colectivos e individuales coin! ciden con las tendencias de desarrollo de la sociedad, escapan a la acción de los frenos psíquicos que intervienen en la per! cepción cognoscitiva de la realidad social; en cam bio sus intereses contribuyen a una percepción clara de los procesos de desarrollo, de los síntom as de descom posición del orden social y de los signos precursores del orden nuevo cuya llegada esperan. Su com prensión de los procesos sociales y la ideología que sirve de fundam ento teórico a su acción social son el auténtico reflejo, adecuado, de la realidad, ya que no se enfrentan a los obstáculos engendrados por un condiciona! m iento social determ inado. Evidentem ente (y yo espero que el lector perdonará todas estas inútiles reiteraciones dictadas sólo por la prudencia) se trata de un reflejo parcial, de una verdad relativa puesto que es incom pleta: efectivam ente aquí
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nos ocupam os del conocim iento hum ano y de su carácter procesual. G om o contrapartida, los m iem bros y los partidarios de la clase colocada objetivam ente en una situación contrarrevolu! cionaria, a causa del conflicto que opone sus intereses colectivos e individuales a las tendencias objetivas del desarrollo social, sufren la acción de los m ecanism os que frenan su com prensión de la realidad social; su situación social les im pulsa a am pa! rarse en las posiciones conservadoras de una im agen defor! m ada de esta realidad. D em odo inconsciente, se aleja en general del cam po de la visión todo aquello que es contrario a los intereses de clase; y en ocasiones se falsea consciente! m ente la im agen de la realidad y las leyes de su desarrollo. En todo caso, la com prensión de la realidad social a partir del “punto de vista” de la clase conservadora origina un conocim iento conservador y en consecuencia deform ante; la ideología que sirve de fundam ento a la acción social de esta clase es hostil a las transform aciones en curso y, por tanto, va dirigida contra ellas. Esta ideología es una deform ación, una “falsa conciencia”. A sí, a la luz de la teoría m arxista, al m antenerse la tesis del carácter de clase del conocim iento de la realidad social, de ningún m odo no se está condenado a identificar cada ideología con una “falsa conciencia”. En todo caso si hay una condena, solam ente es virtual y el condicionam iento social del conocim iento no basta para su acción, aún cuando sea un hecho indudable; por otro lado, creer que el conoci! m iento puede darse juera de un m edio social, fuera de una clase es una sim ple ficción. El carácter del conocim iento, que siem pre es conocim iento de clase, varía por el contrario, tal com o hem os visto, en función del carácter, de los intereses y del lugar que ocupa la clase en cuestión en la estructura
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social: el conocim iento puede ser adecuado, científico en el sentido de su verdad, cuando su portador es la clase “ascen! dente", revolucionaria; pero tam bién puede ser deform ante, cuando su portador es una clase condenada por el desarrollo social, es decir, conservadora. Este punto de vista no sólo separa al m arxism o de la sociología m annheim iana del conocim iento, sino que tam bién las enfrenta entre sí. Esto ha escapado a la atención y a la com prensión de M annheim , que reprocha al m arxism o que no haya aplicado la teoría de la ideología com o “falsa con! ciencia” a su propia doctrina, y escapa igualm ente a la atención de algunos m arxistas m uy consecuentes que, por este hecho, llegan tam bién al lím ite de la quiebra científica relativista. A guisa de ejem plo, exam inem os el caso del em i! nente historiador m arxista N . Pokrovski. Para Pokrovski toda historiografía es ideología y, por tanto, rechaza incluso la posibilidad de utilizar los m ateriales factográficos reunidos por los autores burgueses. A la cuestión de saber qué es la ideología, Pokrovski contesta: “E s el reflejo de la realidad en la conciencia de los hom bres, a través del prism a de sus intereses en general, y prim ordialm ente de sus intereses de clase. Esto es la ideología. En consecuencia, toda obra histórica es ante todo la prueba de una ideología defi! nida.” Hasta aquí todo es correcto; Pokrovski no hace m ás que form ular en estos térm inos la tesis del carácter de clase de la ideología. D espués, el autor explicita su concepción de la ideología y en especial su valor cognoscitivo. “Todas las ideologías se com ponen de fragm entos de la realidad. N inguna ideología es una construcción com pletam ente ficticia; sin em ! bargo, cada ideología es un espejo deform ador que da no un reflejo auténtico de la realidad, sino algo que no se puede com parar al reflejo de un espejo deform ador. En un espejo
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deform ador se puede reconocer efectivam ente un rostro por ciertos rasgos: presencia o ausencia de barba, bigote, etc. M ientras que en nuestro caso, la realidad puede estar enm as! carada ideológicam ente hasta tal punto que el rubio se verá m oreno, el barbudo im berbe com o un niño, etc.” 2 9 En con! clusión: toda ideología es una “falsa conciencia”, y la ideología m arxista igual que las otras. La verdad científica objetiva no existe pues en las ciencias sociales; hay tantas verdades com o clases, com o épocas históricas, etc. Las ideas de Pokrovski, tom adas de B ogdanov, se asem ejan a las concepciones de M annheim (am bas form uladas aproxim adam ente por la m ism a época). Y lo que es significativo, tam bién se asem ejan a los puntos de vista del presentism o, puesto que Pokrovski sostiene que la historia es la política presente proyectada sobre el pasado. A l defender estas posiciones, Pokrovski no duda en negar definitivam ente la ciencia objetiva de la historia. N o se detiene en el condicionam iento de clase de las ideas del historiador, sino que aporta una tesis m ás radical aún, a saber: que el historiador selecciona los hechos arbitrariam ente y los interpreta de m odo subjetivo en función de su posición de clase. Pokrovski califica de invención burguesa el postu! lado de una ciencia objetiva de la historia: “La dem ocracia burguesa de acuerdo con su sistem a destinado a engañar a las m asas ha elaborado la fórm ula de la ‘ historia objetiva’ que sigue nublando la visión de gran parte de nuestros cam aradas.” 3 0 A hora bien, el problem a que ahora abordam os es preci! sam ente el de saber si, a la luz de la teoría m arxista, es posible el conocim iento objetivo en las ciencias sociales en general

2 9 M .N . Pokrovski, Istoricheskaia naouka i borfa klassov (La ciencia de la historia y la lucha de clases), M oscú, 1933, pp. 10-11. 3 0 Ibid., t. II, p. 394.

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y en la ciencia de la historia en particular. En nuestros anteriores análisis acerca de las relaciones entre el m arxism o y la sociología m annheim iana del conocim iento, hem os inten! tado dem ostrar que, partiendo de ciertas tesis com unes sobre el condicionam iento social del conocim iento hum ano, M ann! heim acaba por adoptar la falsa vía del relativism o, m ientras que la teoría de M arx por el contrario no cae en él. E stos análisis tam bién responden im plícitam ente a la cuestión de saber si es posible el conocim iento objetivo, si la objetividad es conciliable con su carácter de clase, con su “espíritu de partido". Pero esta últim a cuestión todavía exige algún des! arrollo. Previam ente, se im pone una explicación sem ántica con el fin de evitar eventualm ente m alentendidos. Tengo presente las expresiones em pleadas frecuentem ente en el vocabulario m arxista: “carácter de clase" y “espíritu de partido". La pri! m era no plantea problem as especiales: la hem os em pleado en distintas ocasiones y las afirm aciones relacionadas con ella sevuelven transparentes desde el m om ento en que se conoce el sentido de la categoría sociológica de “clase social". En cam ! bio, es conveniente detenerse en el com plem ento del nom bre (“de partido") utilizado en el lenguaje corriente, m arxista y no m arxista, para calificar a sustantivos tales com o “espí! ritu", “conocim iento", “actitud", “posición", etc., y cuyo sen! tido no se puede reducir plenam ente al de los adjetivos califi! cativos “partidario" y “parcial". En nuestro contexto, el com plem ento “de partido" fun! ciona en tres acepciones distintas aunque relacionadas entre sí. S e im pone discernir las diferencias existentes entre sus contenidos con el fin de evitar un error lógico en el razo! nam iento. Q uerem os decir así, en un prim er sentido, que alguien,
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un historiador por ejem plo, adopta una posición “de partido” (los m arxistas no son los únicos que actualm ente se expresan así, tam bién lo hacen, por ejem plo, los presentistas), cuando declara que está al lado de una de las escuelas científicas contendientes. En este sentido, se habla del “partido” de los idealistas o de los m aterialistas en filosofía, del “partido” de los adeptos o los adversarios del historicism o, etc. A dop! tam os una posición com prom etida, una posición “de partido” cuando nos pronunciam os en favor de las tesis de uno de estos “partidos” en la ciencia, cuando nos solidarizam os con sus puntos de vista y com batim os las tesis de sus adversarios. En segundo lugar, la posición o el espíritu “de partido” puede significar que, en el m arco de una disciplina científica, serepresentan los intereses de una clase determ inada. En conse! cuencia, un econom ista por ejem plo que argum enta científi! cam ente la superioridad del socialism o o, por el contrario, del capitalism o, se com prom ete con una clase social y, al defender sus intereses a través de las teorías correspondientes, adopta una posición “de partido” o está anim ado por un espíritu “de partido”. En tercer lugar, hablam os de una posición “de partido” cuando una persona que propugna determ inadas teorías cien! tíficas lo hace de acuerdo con la línea oficial de un partido político. L as tres situaciones que hem os descrito se designan con un m ism o e idéntico térm ino, aunque sea equívoco o aunque las diferencias entre estas situaciones sean m ás im portantes que sus sem ejanzas. D e ahí la eventualidad de una peligrosa confusión científica. Una cosa es en efecto declararse en favor de una teoría científica (prim era acepción); otra es defender con convicción la posición y los intereses de una clase social determ inada (segunda acepción); y otra es som eterse disci!
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plinadam ente a las decisiones de un partido político (tercera acepción). Sin em bargo, aquí no se trata sólo de los distintos significados del térm ino, sino m ás bien de las diferencias en el valor científico de los diversos problem as que se ocultan tras un m ism o significante. E l “espíritu de partido” de la ciencia, en el prim er sentido del térm ino, es algo m uy im portante desde el punto de vista del análisis del conocim iento científico y de sus deter! m inaciones; m ás aún, este espíritu define una actitud correcta y deseable desde el punto de vista de la ciencia y de sus representantes, una actitud com prom etida con uno de lo s “partidos” científicos en presencia. En el segundo sentido de la expresión, el “espíritu de partido” constituye un problem a interesante e im portante desde el punto de vista del análisis de la ciencia a partir del condicionam iento social del cono! cim iento científico; o sea a partir de la sociología del conoci! m iento. En su tercera acepción, por el contrario, el “espíritu de partido” puede interesarnos com o hecho sociológico y psicológico, ya que, com o prueba la experiencia, este espíritu se m anifiesta efectivam ente entre los hom bres de ciencia, aunque deba valorarse negativam ente desde el punto de vista de la ciencia y de su desarrollo. “El prim er deber de quien busca la verdad es avanzar directam ente hacia la verdad, sin m irar a derecha ni a izquierda”; 3 1 estas palabras son del propio M arx. A sí, cuando hablem os de “espíritu de partido” con rela! ción a la ciencia, sin olvidar las tres acepciones m encionadas, nos interesan la prim era y la segunda, y sólo en el sentido de ellas em plearem os esta expresión. D e acuerdo con el m arxism o, quien estudia la sociedad,
3 1 C. M arx, “Rem arques sur la réglem entation de la censure prusienne”, O euvres philosophiques, ed. A .C ostes, París, t. I, p. 126.

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sin exceptuar al historiador, sufre la acción de las determ i! naciones sociales generales, es decir de las determ inaciones ligadas a la época y com unes a todos los hom bres que viven en ella (“la tónica de la época”), y de las determ inaciones particulares, propias de la clase y del grupo social a que el individuo pertenece y que él representa de un m odo u otro. La posición del historiador está som etida a una coloración de clase que le es difícil superar, aún cuando sea consciente de ella. En general no tiene conciencia de ella y considera sus actitudes y actividades com o “puram ente” científicas, o sea determ inadas solam ente por consideraciones científicas. El condicionam iento de clase del conocim iento del inves! tigador im plica su “espíritu de partido”, principalm ente en su segunda acepción, o sea su com prom iso con determ inada clase social; m ientras que el “espíritu de partido” en la pri! m era acepción, en la que el hom bre de ciencia tom a posición en el enfrentam iento entre las escuelas científicas, está en relación indirecta con el condicionam iento de clase y en gran m edida es autónom o. A ceptam os, pues, com o dato el hecho de que el conoci! m iento del individuo que estudia las realidades sociales e históricas, está condicionado por la sociedad en general y por una clase en particular y que tiene un carácter “de partido” en una acepción definida del térm ino. D e inm ediato se plan! tean estas dos cuestiones: ¿no lleva esto al relativism o?, y ¿un conocim iento así condicionado puede ser considerado objetivo? El análisis de las respectivas posiciones de la sociología del conocim iento y del m arxism o aporta m ateriales suficientes para responder a am bas cuestiones. El hecho de reconocer el condicionam iento social del conocim iento no conduce al relativism o, a m enos que se adm ita, al m ism o tiem po, que
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se plantee a la vez com o tesis previa que la verdad absoluta es un patrón de m edida. Si no se adm ite este presupuesto que conduce necesariam ente a la conclusión absurda de que toda la historia de la hum anidad ha consistido en reunir false! dades (lo que nosotros denom inam os verdades parciales o relativas que se convierten en falsas cuando están m edidas con relación a la verdad absoluta), es evidente que el cono! cim iento condicionado socialm ente (lo que es una necesidad en el caso del conocim iento hum ano, y ahora no nos ocu! pam os del conocim iento angélico, según la fórm ula de D ietzgen) da o puede dar por lo m enos, com o resultado una verdad parcial pero objetiva. Esta concepción del problem a, que se desprende de lo s análisis realizados hasta aquí, responde a las dos cuestiones planteadas: El conocim iento científico, aunque está sujeto al condicio! nam iento de clase, es un conocim iento objetivo ysus productos son las verdades parciales objetivas. Este aserto elim ina el reproche de relativism o: la verdad parcial es una verdad objetiva, y es falso adm itir, com o pre! tende el relativism o, que la verdad de una opinión depende del sistem a de referencia, es decir que una opinión es verdadera para unos y no lo es para otros o bien, que es ver! dadera en una época dada y no lo es en otra.

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Capít ulo III. HISTORICISMO Y RELATIVISM O.

... Fundar la teoría del conocim iento sobre el relativism o es condenarse fatalmente bien al escepticism o absoluto, al agnosticism o y a la sofística, bien al subjetivism o. El relativism o, com o base de la teoría del conocim iento, es no sólo el reconocim iento de la relatividad de nuestros conocim ientos, sino tam bién la negación de toda medida o m odelo objetivo, existente independientemente del hom bre, m edida o m odelo al que se acerca nuestro conocim iento relativo. Len in, M aterialism o y em piriocriticism o.

A l entrar en el ám bito del historicism o nos vem os obli! gados a escuchar antes la advertencia lanzada por hom bres com petentes: ¡cuidado con la am bivalencia del térm ino! A sí, H eussi, cuya obra destaca en el periodo de entreguerras, escribe com o conclusión de su análisis sobre la signi! ficación del térm ino “historicism o”:
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“L o que se ha dicho hasta aquí prueba cuán alejados estam os actualm ente de una acepción unívoca de esta noción. La confusión es tal que nadie debería em plearla sin precisar previam ente qué entiende por este térm ino.”1 Por otra parte, en el vocabulario filosófico de Lalande, m ás significativo para los m edios de cultura rom ana, se puede leer tam bién la siguiente advertencia: “D ebe evitarse, al igual que la m ayor parte de los térm inos de esta especie que fácil! m ente engendran discusiones verbales.” 2 B asta consultar otras obras sobre el historicism o para ver hasta qué punto están fundadas esas advertencias.3En efecto, las acepciones del térm ino “historicism o” son m uy diversas y contradictorias. En determ inada época, este térm ino sirvió de llam ada de atención en sentido positivo para unos y negativo para otros. En tales condiciones lo m ejor sería renunciar a dicho térm ino, pero prescindir de él sería difícil o im posible: ha conquistado con tanta firm eza su carta de ciudadanía que no podría ser elim inado sin tener que arriesgarse a utilizar un léxico extraño; adem ás es un térm ino “cóm odo” que designa bien el conjunto de ideas que estam os abordando. Pero, puesto que estas ideas están dispuestas e interpretadas de acuerdo con los m ás diversos sistem as debem os previam ente precisar — com o propugna H eussi— , nuestra acepción del térm ino “historicism o”.
1 K .H eussi, D ie Krisis des H istorism us, Tubinga, 1922, p. 15. 2 A . Lalande, Vocabulaire technique et critique de la philosophie, P.U.F., París, 1956, p. 417. 3 C f. F. M einecke, D ie Entstehung des H istorism us, M unich, 1936; E . Troeltsch, D er H istorism us und seine Problem e, Tubinga, 1922; K .H eussi, D ie Krisis..., op. cit.; D . Lee y R .B eck, The M eaning of “ H istoricism ", en The American H istorical Review, 1954, N o 3; W .H ofer, G eschichtschreibung und W eltanschauung, M unich, 1950.
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Em pecem os no por una definición, sino por una explica! ción histórica, una explicación por oposición que constituye en nuestro caso el m ejor m edio para conseguir la claridad de im agen y la precisión del sentido. C om o subrayan todos los autores de obras sobre el histo! ricism o, esta corriente nació de una im pugnación de las ideas del Siglo de las L uces, de una im pugnación m uy radical. A fectaba, en prim er lugar, a las consecuencias del raciona! lism o de las L uces, com o por ejem plo la idea de la naturaleza inm utable del hom bre y las leyes inm utables de la naturaleza. E l historicism o es, pues, principalm ente una tendencia a abor! dar la naturaleza, la sociedad y el hom bre en constante m ovi! m iento, en perm anente cam bio. Esta oposición entre historicism o y filosofía de las Luces abre la perspectiva correcta en la que debem os considerar lo que se juega cada uno de los que com baten bajo las ban! deras del historicism o, independientem ente de las diferencias que los separan y prescindiendo de los usos aberrantes de este térm ino que no harían m ás que inducirnos al error (especial! m ente en el caso de Popper para quien el “historicism o” es un m étodo que intenta la previsión histórica). Para los protagonistas del historicism o, se trata esencial! m ente de un m odo de abordar la realidad, su dinám ica, su evolución continua: objetos, naturaleza orgánica, ideas, es! tructuras, todo evolucionista con la historia. A unque Troeltsch, por ejem plo, no entiende exactam ente lo m ism o cuando iden! tifica el historicism o con la historización de nuestro saber y de nuestros conocim ientos, o sea cuando reduce el historicism o a la historización del pensam iento, de las ideas, etc., sin em ! bargo, la orientación es la m ism a: introducir el cam bio cons! tante en la im agen del m undo.

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N o obstante, el problem a no sólo consiste en saber cóm o vem os el m undo, sino tam bién en cóm o lo com prendem os y lo explicam os. Si lo captam os en m ovim iento y cam bio (en su devenir), debem os considerar consecuentem ente, lo que existe en la actualidad com o resultado de los cam bios operados en el pasado (por consiguiente, el devenir com o un proceso histó! rico objetivo) y com o punto de partida de los cam bios de lo s que surgirá el porvenir. La explicación genética es la conse! cuencia inevitable del historicism o. La cuestión de saber si los cam bios que la realidad experim enta siem pre y continuam ente constituyen un desarrollo (en el sentido de paso de form as “inferiores" a form as “superiores") es en principio una cues! tión de interpretación; por consiguiente, las soluciones pro! puestas pueden ser las m ás diversas en el m arco del histori! cism o en el sentido m ás am plio del térm ino. Pero, desde el m om ento en que se adm ite la legitim idad de estas observaciones, se plantea un problem a inquietante que exige reflexión y una tom a de posición. S i es cierto que toda la realidad ytodas sus m anifestaciones están en constante m ovim iento, en continuo cam bio, esto tam bién afecta a las ideas de los hom bres, a sus norm as yen particular a sus norm as m orales, etc. A l relacionar las ideas de los hom bres con sus condiciones históricas, el historicism o conduce a la negación de los principios absolutos. ¿N o lleva esto al relativism o, a adm itir que una idea verdadera, en determ inadas condiciones históricas, se vuelve falsa en otras y viceversa? El relativism o am enaza la existencia m ism a de la ciencia, ya que, sin el conocim iento objetivo intersubjetivo, que constituye la ne! gación del relativism o, toda ciencia es im posible. ¿El histori! cism o equivale realm ente, com o afirm an algunos, al rela! tivism o? He ahí el problem a que nos interesa en prim er lugar.
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Renunciam os a analizar aquí la am bivalencia del térm ino “historicism o” a partir de las distintas significaciones que se le da en la literatura. Este análisis ya se ha hecho en reiteradas ocasiones y adem ás no es el problem a central para nosotros. A sí, aún cuando se pueda extrapolar la relación entre histo! ricism o y relativism o a partir de la m ultiplicidad real de las concepciones del problem a, nos bastará una definición proyectiva para la definición m arxista del historicism o. M arx escribe en La ideología alem ana que sólo adm ite una ciencia: la ciencia de la historia que versa tanto sobre la naturaleza com o sobre la sociedad.4M arx sólo expresó esta opinión en su m anuscrito (después borró la frase correspon! diente) que refleja ciertam ente sus posiciones en dicha época. S i se quisiera interpretar esta opinión literalm ente, habría que reconocer que es errónea: la ciencia de la historia de la naturaleza y de la sociedad no es la única válida en la m edida en que el enfoque diacrónico de la realidad se enriquece con el sincrónico; es im portante e interesante para la ciencia descubrir no sólo las leyes dinám icas de la realidad, sino tam bién las leyes coexistenciales, estructurales. A unque en m i opinión no se puede ni se debe interpretar esta opinión com o negación de la validez de las investigaciones distintas de las históricas, sino en el sentido de una acentuación de la im por! tancia particular del enfoque histórico del objeto estudiado, sin invalidar el valor del estudio de ese objeto a partir o por m edio de su estructura. A sí, con esta interpretación m ode! rada, la declaración de M arx adquiere el sentido de una profesión de fe de historicism o. ¿En qué acepción del térm ino? En la que se integra en una totalidad concreta y coherente
4 C . M arx, “L’Idéologie allem ande”, en O euvres philosophiques, ed. cit., t. VI, p. 153. (La ideología alem ana, ed. cit., pp. 19-21.)

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con el conjunto de la filosofía, de la concepción m arxista del m undo. La concepción dialéctica del m undo, tal com o la inauguró la filosofía clásica alem ana y H egel en particular, ejerció una poderosa influencia sobre M arx. Si bien es cierto que M arx le dio una interpretación ontológica y sacó de ella conclu! siones para la acción social y política diam etralm ente opuestas a las de H egel, al adoptar sin am bigüedad las posiciones del m aterialism o contra el idealism o y al pronunciarse en favor de la causa del proletariado contra la burguesía, la filiación de las ideas no es por ello m enos clara. En cuanto a estas ideas, eran la expresión filosófica de la revolución desencadenada en el plano de la concepción del m undo (entendida com o W eltanschauung) por el desarrollo de las ciencias naturales que se produjo a finales del siglo xviii y a principios del siglo xix. La astronom ía, la geología, la física, la biología o la quím ica, todas las ciencias exactas dem ostraban con sus descubrim ientos el carácter dinám ico de la realidad. En las ciencias naturales, la teoría de D arw in sobre la evolución, constituyó el apogeo. En el conocim iento de los fenóm enos sociales, el historicism o de M arx fue el equivalente de la teoría de D arw in por la potencia de sus efectos cognoscitivos. A prim era vista, sobre todo si se aborda la cuestión ex post, con conocim iento de causa, la tesis de que los fenóm enos sociales sonhistóricam ente variables, puede parecer trivial. Pero com o dem uestra la historia del problem a, no siem pre fue así: la Filosofía de las L uces, por ejem plo, predicaba en general la inm utabilidad de las leyes de la naturaleza y de la naturaleza del hom bre. A unque en ocasiones surgían diferentes ideas sobre la naturaleza hum ana, tanto antes com o en el propio Siglo de las Luces (V ico y H elvecio), dom inaba el antihistoricism o. La filosofía clásica alem ana, y en particular la filo!

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sofía hegeliana, cam bió radicalm ente este estado de cosas, aunque su idealism o le confirió un carácter m etafísico deci! didam ente m ístico. En estrecha relación con las corrientes filosóficas dom inantes en dicha época, aunque siguiendo una vía distinta, se desarrollan concepciones que sacan su inspi! ración de la historiografía m ism a, las concepciones positivistas com batidas por H egel y a las que Ranke dio la form ulación m ás acabada y radical, constituyendo una doctrina que es indiscutiblem ente historicista en un sentido particular del tér! m ino. El historicism o de M arx no era, por consiguiente, un fenóm eno aislado, excepcional, ya que existían corrientes aná! logas entre sus contem poráneos. Pero era m uy diferente del que representan los predecesores y los contem poráneos de M arx. ¿C uáles son sus rasgos característicos? El prim ero consiste en una concepción radicalm ente his! toricista de toda la realidad natural y social. La historicidad es esencial a la m ism a realidad, a la m ism a existencia, y no sólo a las representaciones de esa realidad en la conciencia: todo cuanto existe, existe en devenir, com o proceso. El histo! ricism om arxista capta todos los objetos, todos los fenóm enos y todas sus representaciones com o procesos, en su devenir, com o una serie que, desde el nacim iento de una cosa, a través de una sucesión de cam bios, conduce a su desaparición en una form a dada y a su transform ación en otra form a nueva. E lm arxism o form ula una tesis suplem entaria según la cual en el proceso de los cam bios históricos se producen tam bién procesos de desarrollo, entendido éste com o el paso de form as “inferiores” a form as “superiores”. Esta visión dinám ica de la realidad constituye el fundam ento del historicism o, porque todo cuanto existe es captado desde el punto de vista de la historia y es realm ente historia. C iertam ente, este principio, que es el m ás general del his!

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toricism o, es sim plem ente otra expresión de la visión dialéc! tica del m undo. Pero, no perdam os de vista la segunda carac! terística del historicism om arxista: su fundam ento ontológico decididam ente m aterialista. Todo es devenir, proceso, pero este “todo” no es sólo nuestra idea del m undo, nuestra con! cepción de la realidad, sino tam bién el m undo m ism o, la realidad m ism a que es m aterial y existe objetivam ente fuera de toda conciencia e independientem ente de ella. El historicism o entendido así no se lim ita a verificar el carácter dinám ico de la realidad en su conjunto, sino que considera tam bién que el conocim iento de toda cosa o de todo fenóm eno exige que se refiera a su historia, a la explicación genética. E sto no significa que el conocim iento de la realidad verse exclusivam ente sobre su génesis y que se rechace el estudio de la estructura del objeto en sentido estático o que se desprecie este aspecto de la cuestión. L ejos de excluir el es! tudio de la estructura, la historia la considera com o com ple! m ento indispensable de la explicación genética, sin perder nunca de vista la relación entre estos dos m étodos de inves! tigación, entre estos dos m odos de explicación. C onsiderada bajo esta perspectiva, la afirm ación de M arx (sólo existe una ciencia, la ciencia de la historia) puede ser interpretada com o el sim ple postulado de un enfoque genético en el estudio de la realidad. El historicism om arxista supone dos tesis gnoseológicas im portantes: la tesis de la correlación de las cosas y los fenó! m enos en el proceso histórico y la tesis del carácter concreto de la verdad. En nuestros análisis precedentes y en particular en nuestro estudio de la sociología del conocim iento ya nos hem os ocu! pado de la tesis sobre la relación de las ideas y opiniones hum anas con las condiciones sociales históricas, sobre su
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“ligazón" con dichas condiciones (Standortsgebundeheit, en la term inología de M annheim). C onsiderado desde un ángulo historicista, este problem a presenta, no obstante, aspectos nue! vos, puesto que esa “ligazón" tiene lugar en relación con unas condiciones históricas en continuo cam bio. D e ello se des! prende para cada historiador la necesidad de precaverse contra el error de la m odernización o de la arcaización respectiva! m ente en el estudio de los acontecim ientos históricos y, por consiguiente, en la conclusión m etodológicam ente m uy im por! tante sobre el carácter concreto de la verdad. Se trata exacta! m ente de generalizaciones aparentes, hechas a partir de pro! posiciones elípticas, o sea de proposiciones que contienen expresiones indeterm inadas y, por tanto, equívocas. En estos casos, la verdad tiene un carácter abstracto (o sea no consi! dera las condiciones de tiem po y lugar), lo que la transform a en un lugar com ún o, francam ente, en una falsedad. Con! cretar el conocim iento de los procesos históricos es relacionar éstos con las condiciones históricas en que se han desarrollado. Una vez m ás, en térm inos sim ilares aunque no idénticos, se plantea el problem a de saber si, al captar los aconteci! m ientos en su condicionam iento concreto y al considerar la verdad histórica com o una verdad concreta, no nos arriesga! m os a caer en el relativism o. V eam os prim ero de dónde procede esta inquietud. S i toda la realidad es un proceso infinito de cam bio y desarrollo, el conocim iento del m undo por el hom bre tam bién lo es (de acuerdo con la definición de historicism o propuesta antes). Sin em bargo, esto no sólo significa que la im agen cam bia con el objeto que la conciencia hum ana refleja y, por tanto, que el conocim iento siem pre es otro, sino tam bién que éste es cada vez m ás rico, en el sentido en que se habla en m atem áticas de los sistem as “cada vez m ás ricos". S i. por una
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parte, el proceso histórico del desarrollo del conocim iento hu! m ano consiste en que nuestro saber es continuam ente otro, que se enriquece constantem ente, que siem pre sabem os m ás, por otra, consiste especialm ente en el hecho de que los cam bios no son puram ente adicionales, puram ente cuantitativos, sino tam bién cualitativos. La diferencia, por ejem plo, entre la física clásica y la física cuántica no es sim plem ente cuanti! tativa en el plano del conocim iento de las leyes de la natu! raleza; no sólo sabem os m ás, sino tam bién de otro m odo y esto en su sentido calificado (o sea no en el sentido de una sim ple com probación de diferencias, de la “alteridad”, sino en el de una “alteridad” que es resultado de un desarrollo, del paso de form as inferiores a form as superiores). En otras palabras, el conocim iento es un proceso infinito no sólo porque el objeto que refleja el conocim iento (en un sentido particular de este verbo) es una serie infinita de cam bios, sino tam bién porque el objeto del conocim iento es infinito desde el punto de vista de las interacciones y de las correlaciones y, por tanto, de la estructura de las cosas y de los fenóm enos que com ponen lo que denom inam os la “rea! lidad objetiva”. A sí, al partir de las categorías de cam bio y totalidad, desem bocam os en la concepción del conocim iento y , por consiguiente, de la verdad com o proceso así com o en la com prensión del carácter concreto de la verdad. Pero, precisam ente aquí em piezan las dificultades con el relativism o om ás exactam ente pueden em pezar en función del m odo de considerar el problem a. En efecto, si el objeto del conocim iento es infinito (en las dos dim ensiones precisadas antes), el conocim iento de este objeto no puede ser finito, y , por tanto, acabado. A l constituir él tam bién un proceso infinito, está relacionado, por consiguiente, en una de sus
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etapas, con las condiciones de dicha etapa. N o es absoluto. ¿E s, pues, relativo? La respuesta dependerá de lo que se entienda aquí por “relativo”. Exam inem os el problem a desde el ángulo de la problem á! tica clásica a este respecto: la problem ática axiológica. El historicism o se opone a toda teoría que opere con valores absolutos (m orales en particular), juicios absolutos (estéticos en particular) y norm as absolutas (éticas en particular). En todos estos casos de negación, em plea el argum ento de la variabilidad histórica, em píricam ente com probable. En la perspectiva del análisis histórico de la vida de las sociedades hum anas, todos los absolutos (valores, juicios, norm as) dejan de serlo y adquieren necesariam ente form as históricas variables y las m ás diversas. E stas deben relacionarse con las circuns! tancias concretas de tiem po y lugar, con las condiciones his! tóricas concretas, ya que, fuera de este contexto, son ininte! ligibles. ¿Por qué un sistem a de valores dado (de juicios, de norm as) cam bia? ¿Por qué se convierte en esto y no en aquello, etc.? S i bien un valor absoluto (un juicio, una norm a) puede prescindir de un sistem a de referencia, puesto que pre! tende ser un valor universal precisam ente por su inm utabi! lidad, el historicism o, en cuanto a él, se opone a que este absoluto sea captado fuera de un sistem a de referencia, lo considera en su relación con... Y en este sentido es relati! vista. Pero el problem a consiste en el hecho que el relativism o filosófico significa otra cosa; de nuevo, nos encontram os con un térm ino equívoco que puede conducir a errores lógicos. Ciertam ente el relativism o filosófico afirm a que el cono! cim iento no tiene un carácter absoluto y que está histórica! m ente condicionado (lo que el historicism o tam bién admite); pero el relativism o filosófico afirm a adem ás que la verdad
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de los juicios tam bién está históricam ente condicionada (lo que el historicism o no explica; en todo caso, tal aserto no se deduce lógicam ente de sus prem isas).5 A sí, según el relati! vism o filosófico, la verdad de un juicio dado depende de la persona que loem ite, del lugar ydel tiem po; en otras palabras, un juicio verdadero en ciertas circunstancias se convierte en falso en otras, y viceversa. Pero, el historicism o no enuncia ninguna tesis de este tipo, com probable sólo en los juicios elípticos. Por el contrario, condena ex profeso los juicios elíp! ticos y los reem plaza por proposiciones históricam ente con! cretas. Por consiguiente, el historicism o subraya sim plem ente la variabilidad histórica del conocim iento y, por tanto, su carácter necesariam ente parcial en cada etapa de. su des! arrollo, lo que significa no que el m ism o enunciado es verdadero en un caso y falso en otro, sino que siem pre constituye una verdad parcial, m ientras que la verdad abso! luta la concibe exclusivam ente com o el lím ite de un proceso infinito. Si bien el historicism o rechaza la posibilidad de alcanzar la verdad absoluta, com o verdad total, en un acto cognoscitivo, propugna un determ inado relativism o, conside! rado com o un “antiabsolutism o”. Pero los térm inos “relativo” y “absoluto” adquieren aquí un sentido distinto del de antes. Y en esto reside el fondo del problem a: la objetividad de la verdad es una cosa y la totalidad de la verdad es otra. D icho en otras palabras: no deben confundirse la cuestión de la objetividad y la cuestión del carácter absoluto (en el sentido de totalidad e inm utabilidad) de la verdad. La verdad parcial no es absoluta, pero es objetiva. En esta afirm ación radica la solución antirrelativista del problem a del historicism o. A l analizar el relativism o histórico, Raym ond A ron parte
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5 Eduard M ay da argum entos sem ejantes en Am Abgrund des Relativism us, B erlín, 1942, pp. 59, 63, 65 y ss.

de la com probación evidente de la variabilidad histórica de las ideas m orales, filosóficas, religiosas, etc. Según él, el problem a se reduce a saber qué argum entos se em plean para pasar de esta com probación al relativism o. El distingue dos, asociados de una u otra m anera en los sistem as relativistas. El prim ero consiste en reducir las ideas m orales, filosóficas, religiosas, etc. a una realidad social variable; el segundo en rechazar el carácter acum ulativo de las verdades, o sea en rechazar el progreso. En resum en, A ron define el rela! tivism o com o “una filosofía del devenir y no de la evolución”.6 Tal es, esencialm ente, la argum entación del relativism o his! tórico. El segundo argum ento es particularm ente im portante para nosotros, o sea la negación del carácter acum ulativo de las verdades históricas. Sólo con esta condición pueden sacarse conclusiones relativistas de la com probación de la variabilidad histórica de las ideas: esta negación, que es consecuencia de cierto fundam ento m etafísico, im plica que nos encontram os ante una serie de ideas distintas, sin relación alguna entre sí, yno ante un desarrollo, sino ante fenóm enos aislados que sólo son reductibles a las condiciones históricas dadas. El esclare! cim iento de esta extraña fase del pensam iento constituye la m ejor defensa contra el reproche de relativism o o contra la voluntad de recubrir el historicism o con las apariencias del relativism o. S i se quiere que el historicism o concuerde real! m ente con estas apariencias, es decir si se acepta un relati! vism o así definido, habrá que aceptar tam bién la m etafísica que perm ite identificar el carácter absoluto de la verdad con suobjetividad, lo que redundaría en olvidar nuestras reiteradas advertencias. En efecto, al presuponer, explícita o im plícita6 R. A ron, Introduction à la philosophie de l'histoire. Essai sur les lim ites de l'objectivité historique, G allim ard, París, 1968, pp. 369-370.

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m ente, que las verdades históricas no son acum ulativas y no se integran en series evolutivas, se im plica que el conocim iento que no es absoluto no es objetivo. Pero esto es una fal! sedad que, en el caso en cuestión, convierte al conocim iento histórico en un m ito. Por consiguiente, no es el historicism o com o tal el que debe identificarse con el relativism o, sino determ inada interpretación del historicism o, que al basarse en una m etafísica definida, presupone lo que debe dem os! trarse. L os autores condenan en general los intentos de identificar la verdad absoluta con la verdad objetiva; estas condenas se form ulan m ás específicam ente cuando se critica el argum ento que afirm a que las conclusiones relativistas se deducen nece! sariam ente de la tesis del condicionam iento histórico y social del conocim iento hum ano. A título de ejem plo nos de! tendrem os en una crítica de esta especie, particularm ente im presionante por lo m enos en su aspecto destructivo. S e trata de una obra de W . Stark, dedicada a la sociología del conocim iento, cuya argum entación rebasa, sin em bargo, este m arco, ya que aborda tam bién la problem ática del histo! ricism o. Stark plantea en prim er lugar el problem a de la verdad parcial en el conocim iento hum ano para después tom ar sus distancias con respecto al relativism o. “El problem a de la verdad, auténtico problem a epistem o! lógico que plantea la sociología del conocim iento, tal com o nosotros lo entendem os, se produce a causa de que cada sociedad ve, posee y capta un solo aspecto de la realidad objetiva, o sea una parte de la verdad; no obstante, tiene tendencia a considerar esta parte com o si fuese toda la verdad, fuera de la cual todas las restantes concepciones del m undo parecen obligatoriam ente falsas. Toda percepción hu!
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m ana es lim itada; pero ningún ser hum ano quiere aceptar sus lím ites. Todas las estructuras m entales concretas se han form ado a consecuencia de la realización de una posibilidad lim itada entre una potencialidad ilim itada...; y, no obstante, casi siem pre se parte del principio ingenuo de que esta posibilidad convertida actualm ente en realidad, es la única que anteriorm ente ha sido virtual. "Precisam ente a este error pars pro toto, tom ar la parte por el todo, se dedica la sociología del conocim iento en su búsqueda de la verdad.” 7 La sociología del conocim iento, prosigue Stark, al hacer que los hom bres tom en conciencia de este estado de cosas, o sea al dem ostrar y subrayar el carácter parcial de la verdad, conduce a una m odestia y una hum ildad científicam ente fecundas. D e este m odo, la sociología del conocim iento intro! duce una preciosa corrección al peligroso error que consiste en abusar de la verdad. ¿E s esto relativism o? Stark responde negativam ente: el problem a de la verdad parcial no es idén! tico al de la verdad relativa. Toda verdad es absoluta, afirm a Stark, entendiendo por “verdad absoluta” la “verdad objetiva”. En cam bio, del hecho de que la verdad es parcial se des! prende la necesidad de coordinar las verdades parciales y de realizar una síntesis de ellas.8 Este razonam iento coincide con nuestra conclusión: el historicism o sólo desem boca en el relativism o si se identifica el carácter absoluto de la verdad (en el sentido de su tota! lidad) con su objetividad y, por tanto, si se identifica la tesis del carácter parcial de la verdad con la negación de su obje156. 1 5 6 .8 7 W . Stark, The Sociology of Knowledge, Londres, 1958, pp. 155-

Ibid., p. 160.

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tividad. C om o ya lo hem os repetido en distintas ocasiones, esta identificación, em pleada com o prem isa, falsea la valoración del valor teórico-cognoscitivo del historicism o.
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En tres capítulos sucesivos hem os analizado los problem as de la objetividad del conocim iento histórico, tal com o se encuentran im plícita y explícitam ente en el presentism o, en la sociología del conocim iento y en el historicism o. E stos problem as no están rigurosam ente delim itados; por el con! trario, a m enudo se entrecruzan y com portan ciertas tesis y argum entos que se repiten, pues, en definitiva, se trata de diferentes aspectos de un único e idéntico problem a: el papel activo que desem peña el sujeto en el conocim iento de las realidades sociales. E l presentism o acentúa el condicionam iento de las actitu! des del historiador por sus intereses actuales; la sociología del conocim iento am plía esta tem ática y se interesa en general en la influencia del condicionam iento social sobre el “punto de vista” a partir del cual son captadas las realidades; el historicism o, por últim o, introduce el tem a de la variabilidad histórica de las ideas hum anas relativas a estas realidades y consideradas bajo el aspecto de su valor cognoscitivo. Por consiguiente, en todos estos casos se trata del problem a central de la objetividad del conocim iento histórico, pero captado en cada caso desde diferente perspectiva y con un desplazam iento de las acentos. A l analizar las distintas corrientes teóricas consagradas al conocim iento histórico y obtener de este m odo diferentes enfoques y desarrollos de la m ism a problem ática, estam os pre! parados para considerarla a partir de posiciones m etateóricas.
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E sto es lo que nos proponem os llevar a cabo en la últim a parte de esta obra, en la que volverem os a abordar los m ism os tem as, pero com o problem as que constituyen el objeto de desarrollos analíticos orientados hacia la síntesis final.

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4. TERCERA PARTE. LA OBJETIVIDAD DE LA VERDAD HISTÓRICA

Capít ulo I. LOS HECHOS HISTÓRICOS Y SU ELECCIÓN.

No, los hechos no se parecen realm ente en nada a los pescados expuestos en el m ostrador del pescadero. M ás bien se asem ejan a los peces que nadan en el océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del m ar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determ inados desde luego am bos factores por la clase de peces que pretenda atrapar. En general, puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que desea encontrar. E. H. Ca r r . ¿Qué es la historia?

C om o punto de partida de nuestros análisis vam os a tom ar el hecho histórico sobre la objetividad de la verdad histórica, puesto que se acepta generalm ente que las divergencias entre lo s historiadores surgen en el preciso m om ento en que éstos pasan a interpretar los hechos, aún cuando su sistem a de ideas
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(si suponem os un nivel determ inado de conocim iento y de técnica en la investigación) es m ás o m enos parecido. Para quienes profesan esta opinión, es inútil llegar tan lejos com o la escuela de Ranke y postular la lim itación de las tareas del historiador a la exposición exclusiva de los hechos “puros”, sin interpretación ni com entarios; les basta adm itir que al enunciar el térm ino “hecho” con relación a la ciencia de la his! toria, nos expresam os unívocam ente y que, por consiguiente, si alguien establece de m odo com petente un hecho histórico, ya queda establecido para todos los investigadores interesados: el hecho histórico com o producto por una parte y el acto de su elaboración por otra, escapan a la acción del factor subje! tivo en el proceso de conocim iento, factor considerado tanto en el sentido individual com o en el sentido colectivo, social. A nticipándonos en cierto m odo a lo que afirm arem os des! pués, direm os que al rebelam os contra esta posición, nos encontram os en una situación análoga a la del físico que, partiendo de la física cuántica, no puede dejar de reprochar su prim itivism o y su incom petencia científica a aquellos que en la actualidad pretendieran em plear el aparato conceptual de la física new toniana com o único instrum ento de conoci! m iento y de investigación; o bien (este ejem plo será aún m ás elocuente) a la situación del físico que, a partir de los cono! cim ientos actuales de la estructura del átom o, se pronunciase sobre las pretensiones científicas de quienes actualm ente qui! sieran aplicar en sus investigaciones el aparato conceptual de la atom ística de principios del siglo xix, época en la que, al igual que en la A ntigüedad, se consideraba que el átom o era la partícula indivisible de la m ateria. Este punto de vista es ciertam ente prim itivo; defenderlo actualm ente sería hacer gala de incom petencia y de ignorancia, aunque no es pura y sim ! plem ente erróneo. En ciertas condiciones se puede y se debe
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recurrir a la física newtoniana; el m odelo de átom o elaborado por D alton conlleva elem entos de conocim iento viables en cierta m edida y, con respecto a la ciencia contem poránea, no es m ucho m ás “antiguo”, anacrónico, que otros m odelos m ás desarrollados y correctos, com o por ejem plo, el m odelo de Rutherford. Esta situación es precisam ente la consecuen! cia de que el proceso de conocim iento es infinito, o sea que cada verdad parcial alcanzada actualm ente en este proceso no es m ás que parcial y en consecuencia relativa, condenada a “envejecer” y a ser superada por una verdad m ás com pleta. Pero esto no significa (ya hem os hablado de ello m ás exten! sam ente en la prim era parte de este libro) que esta verdad parcial, com o un producto del nivel alcanzado en una época determ inada por la ciencia, no sea una verdad objetiva, y se reduzca pura ysim plem ente a una falsedad. A riesgo de ser calificado de ignorante, en nuestra época ya no es posible defender la tesis según la cual el átom o es una partícula de la m ateria; del m ism om odo que es im posible afirm ar que el hecho histórico es un pequeño cubo que siem ! pre conserva la m ism a form a, idéntica para todo el m undo, y que con gran cantidad de estos cubos se pueden construir diversos m osaicos de acuerdo con el m odo com o se dispongan.1 Pero, repitam os, estas tesis no se reducen a sim ples errores. N uestra tarea es tanto m ás difícil y com plicada cuanto que se trata, por una parte, de oponerse al prim itivism o de las concepciones históricas incapaces de integrarse y de considerar el papel, hoy evidente, del factor subjetivo en el conocim iento y , por otra, de no vaciar al niño del proverbio con el agua
1 Esta com paración y este razonam iento han sido sacados de Luden Febvre en su crítica de la concepción positivista de la “historia historizante”. C f. L. Febvre, C om bats pour l’histoire, Arm and Colin, París, 1965, pp. 114-118.

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del baño, o sea de salvar la teoría del hecho histórico con la verdad objetiva que contiene. Para conseguirlo debem os em pezar por una operación fun! dam ental desde el punto de vista del análisis sem ántico, o sea precisar lo s térm inos em pleados y, en prim er lugar, la expre! sión “hecho histórico”. Carl L .B ecker, en su ensayo sobre el hecho histórico,2en m i opinión uno de los m ás interesantes sobre esta cuestión, introduce el tem a y plantea los problem as de m odo directo y en térm inos m uy coherentes, por lo que vam os a seguir por algún tiem po sus razonam ientos. “Tan pronto com o alguien habla de ‘hechos’ todos nos solidarizam os con él. Este térm ino nos da la im presión de ser algo sólido. Todos sabem os dónde nos hallam os cuando, según la expresión ya consagrada, ‘ vam os a los hechos', al igual que sabem os a dónde vam os cuando, por ejem plo, pasam os a los hechos relativos a la estructura del átom o o al inverosím il m ovim iento del electrón al saltar de una a otra órbita. L os historiadores se sienten seguros cuando se ocupan de los he! chos. H ablam os a m enudo de ‘hechos duros’ y de ‘hechos fríos’, y tam bién frecuentem ente decim os que ‘ no podem os hacer caso om iso de los hechos’ o que es indispensable cons! truir nuestro relato sobre ‘el sólido fundam ento de los hechos'. A fuerza de hablar así, nos parece que los hechos históricos son algo tan sólido y tan sustancial com o la m ateria física (... ), algo que posee una form a y un contorno definidos, com o los ladrillos o los patrones de m edida; hasta el punto de que podem os im aginar fácilm ente cóm o el historiador,
2 C . L. B ecker, “W hat are H istorical Facts?”, en The W estern Political Q uarterly, VIII, 3, septiem bre 1955, pp. 327-340. Citado según H ans M eyerheff (ed.), The Philosophy of H istory in our Time, N ueva Y ork, 1959, pp. 120-137.

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si no está alerta, tropieza con el pasado y se lastim a los pies con los hechos duros. El peligro a que se expone evidente! m ente es su ocupación, ya que a él incum be separar y reunir los hechos para que alguien los utilice. Q uizás él m ism o será quien los utilizará; pero, por si acaso, debe alim entarlos con! venientem ente para que quienquiera que sea, sociólogo o econom ista, pueda tom arlos y utilizarlos fácilm ente en una em presa estructural.”3 Carl B ecker, tras de hacer constar acto seguido que las cosas no son tan sencillas y evidentes com o parecen y que la expresión “hecho histórico” es tan equívoca com o las cate! gorías de “libertad”, “causa”, etc., propone exam inar estas tres cuestiones, con el fin de lograr m ayor claridad: 1) ¿qué es el hecho histórico?; 2) ¿dónde se encuentra?; 3) ¿cuándo se m anifiesta? Em pecem os pues, com o propone C .B ecker, por la cuestión: “¿Q ué es el hecho histórico?” A l abordar el problem a del hecho histórico, recurrim os a analogías del ám bito de las ciencias naturales. La cuestión “¿qué es el hecho?” no es específica de la historia ni de las ciencias sociales en general. Esta cuestión ha surgido m ás bien del cam po de las ciencias naturales, aportando con ella todo el bagaje del papel desem peñado por el factor subjetivo. L os prim eros que la plantearon en térm inos rigurosos fueron los convencionalistas de la escuela francesa, y la orientación B outroux-Poincaré-D uhem -Le R oy fue la m ás representativa. Partiendo del problem a del papel del lenguaje (el aparato conceptual), de la definición y de la teoría en el desarrollo de las ciencias, esos pensadores (y E .L eR oy en particular)
3 Ibid., pp. 120-121.

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acabaron poniendo en cuestión “la autonom ía” y “la sobera! nía” del hecho científico, incluyendo al llam ado hecho “bruto”, es decir al hecho no ligado a ninguna teoría. Sean cuales sean las deform aciones del convencionalism o, sobre todo en la dirección subjetivista, su m érito indiscutible es haber abordado el problem a del papel desem peñado por el aparato conceptual en la construcción de la ciencia y en par! ticular en la percepción y elaboración de los hechos llam ados científicos.4 La ciencia de la historia (por curioso que pueda parecer dada la evidencia y la im portancia de este problem a en su cam po) se encuentra retrasada con respecto a este punto de vista, sobre todo en lo concerniente al papel activo del len! guaje en el estudio de los hechos históricos. Tiene m ucho que aprender asim ism o de la reflexión m etateórica realizada en el ám bito de las ciencias naturales, tanto en sentido positivo com o en el sentido del conocim iento de los obstáculos que deben evitarse en esta vía. Pero volvam os a la cuestión planteada, a la necesidad de precisar qué entendem os por hechos históricos en la ciencia de la historia. Puesto que la cuestión es equívoca y en rea! lidad se descom pone en una serie de cuestiones concretas, la
4 M í libro “Problèm es de la théorie m arxiste de la vérité”, ed. cit., capítulo VI (El convencionalism o), contiene m ás detalles al respecto, así com o una abundante docum entación fáctica que puede servir de base para el análisis de los problem as que se han planteado. En cam bio, ya no conservo el tono agresivo de m i crítica, y m ucho m enos el juicio unilateral que en dicha época m antenía contra el convencionalism oy que hizo desaparecer las interesantes cuestiones que esta corriente plan! teaba, así com o su original contribución al problem a del factor subjetivo en el conocim iento y del papel activo del lenguaje en particular. V éase tam bién m i obra m ás reciente: Lenguaje y conocim iento, ed. cit., ca! pítulo II, “Filosofía: neokantism o, convencionalism o y neopositivism o”.

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respuesta estará en función del sentido que atribuyam os en cada ocasión a la cuestión. Em pecem os estableciendo la denotación de la expresión “hecho histórico”, o sea los fenóm enos históricos que pueden ser designados por este térm ino. A sí, decim os que el paso de C ésar por el R ubicón es un hecho histórico; por tanto, un acontecim iento, algo que sucedió en una ocasión, quizá un hecho histórico (puede serlo, aunque no necesariam ente, ya que los acontecim ientos corrientes que se cifran en m iles de m illones, no son en su inm ensa m ayoría hechos históricos). Por otra parte, ciertos procesos en los que se m anifiestan determ inadas regularidades, tam bién pueden ser hechos his! tóricos: decim os que el debilitam iento del feudalism o en el cam po a consecuencia de las relaciones capitalistas en las ciu! dades es un hecho histórico en la R usia del siglo xix. C iertas instituciones y su papel en la vida social (por ejem plo, la estructura y el funcionam iento de la D ieta en el siglo xviii en Polonia) tam bién son hechos históricos, al igual que los productos m aterializados de ciertos acontecim ientos y procesos (constituciones, leyes) o tam bién los productos de la cultura m aterial y espiritual (m onum entos, tum bas, herram ientas, utensilios, libros, obras de arte, etc.).5 L os elem entos y los aspectos m ás diversos de la historia, en el sentido de res gestae, pueden pues constituir hechos históricos: los acontecim ientos fugaces, los procesos prolon! gados en el tiem po, los procesos cíclicos, así com o los diversos
5 C f. C . B obinska, H istoryk, fakt, m etoda (“El historiador, el hecho, el m étodo”), V arsovia, 1964, pp. 24-25. M arc B loch, “A pologie pour l’histoire ou m étier de l'historien”, París, 1967, C ahiers des Annales, editados por Arm and C olin. Igor Kon, Idealizm Filozoficzny i kryzys burzuazyjnej m ysli historycznej (“E l idealism o filosófico y la crisis del pensam iento histórico burgués”), V arsovia, 1967, p. 316 y sigs.

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productos m ateriales y espirituales de dichos acontecim ientos y procesos. Se ve, pues, que los fenóm enos susceptibles de ser denom inados “hechos históricos", pueden ser num erosos y diversos. En principio, toda m anifestación de la vida social del hom bre puede ser un hecho histórico; puede ser, aunque necesariam ente no lo sea. Establezcam os, pues, una distinción m uy clara entre el acontecim iento que sucedió en el pasado (y que podem os llam ar un “hecho", puesto que se ha pro! ducido realm ente) y el hecho histórico, o sea el acontecim iento que debido a su im portancia para el proceso histórico se ha convertido (o puede convertirse) en objeto de la ciencia de la historia. Por consiguiente, todo hecho histórico es un aconte! cim iento pretérito, algo que ocurrió en el pasado, aunque no siem pre se realiza la inversa; en efecto, todo acontecim iento pretérito no es autom áticam ente un hecho histórico. Esta com probación es m uy im portante, ya que de ella concluim os que la diferencia específica entre lo que es y lo que no es un hecho histórico, no se debe buscar preguntando si se trata de cosas o de acontecim ientos, de fenóm enos en su origen o en su duración, etc., sino captando el objeto dado en un sistem a de referencia, en un contexto determ inado que convierte a una cosa ordinaria en un fenóm eno calificado hasta el punto de ser denom inado un “hecho histórico". A hora podem os intentar form ular una segunda respuesta a la cuestión: “¿Q ué es un hecho histórico?" En esta ocasión lo que nos proponem os al plantear la cuestión es distinguir entre las m últiples y diversas m anifestaciones de la vida social (los hechos) a las que de acuerdo con una definición, tienen derecho a ser designadas “hechos históricos". A sí, pues, no se trata de com probar, com o en el caso anterior, si este térm ino puede atribuirse a las m anifestaciones particulares de la vida y a las categorías específicas de dichas m anifestaciones; puesto
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que se observa que todas las m anifestaciones de la vida están afectadas potencialm ente, se trata de establecer cóm o debe calificarse a una de ellas para que se le asigne el nom bre de hecho histórico que se niega a otras que form an parte del m ism o grupo tipológico. La definición de hecho histórico em pieza generalm ente por la indicación de que se trata de un hecho pretérito. E sto es cierto, pero sem ejante verdad es tan trivial que resulta superflua. C om o siem pre nos referim os a lo ya sucedido, aun! que se trate del instante anterior, es evidente que en este caso hablam os únicam ente de hechos pretéritos: por definición, nada m ás puede entrar en juego. Por tanto, bastará decir que toda m anifestación de la vida de los individuos o de la sociedad (teniendo en cuenta la relación dialéctica entre estos polos aparentes de la oposición, puesto que el individuo siem pre es social y la sociedad se m anifiesta en y por las actividades de los individuos que la com ponen) puede ser un hecho his! tórico. Puede serlo, pero no lo es necesariam ente; por tanto, el problem a consiste precisam ente en saber cuándo se hace realidad esta posibilidad. C ésar, efectivam ente cruzó el R ubicón en el año 49 antes de nuestra era y este acontecim iento es indudablem ente un hecho histórico; pero, antes y después de que lo hiciera C ésar, m iles de personas han cruzado el m ism o río y en ningún m odo consideram os estos hechos com o históricos. ¿Por qué? En este caso, la respuesta es fácil: se trata del contexto en que se da este acontecim iento, de sus relaciones con otros aconte! cim ientos considerados en el encadenam iento de la causalidad o de la finalidad. El paso del Rubicón por C ésar está en relación con el ocaso del Im perio R om ano, de la antigua escla! vitud y con el surgim iento de una nueva form ación social. L os m iles de casos en que los individuos m ás diversos cruzaron
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ese río, en las épocas m ás diversas de la historia, no se insertan en un contexto de ese género ni tuvieron tales im plicaciones; fueron históricam ente insignificantes, no originaron efectos im portantes o no fueron antecedentes de otros acontecim ientos de relieve. En consecuencia, lo que im porta es el contexto en que se inserta el acontecim iento, sus nexos con una totalidad y con el sistem a de referencia con que se relaciona; este últim o elem ento es particularm ente im portante para com prender el carácter relativo de lo que denom inam os el “hecho histórico”. Solam ente la com pleta conciencia de este estado de cosas nos perm ite ver claram ente por qué un acontecim iento único y sus productos m ateriales y espirituales son considerados com o hechos históricam ente insignificantes por unos o históricam ente relevantes por otros. E l historiador que busca, por ejem plo, las fuentes de la historia política de un país, perm anecerá indi! ferente a los testim onios de la cultura y del arte si éstos no están directam ente relacionados con la vida política; esos tes! tim onios carecen para él de significado histórico, pero se convertirán en hechos históricos relevantes (por lo m enos en ciertas condiciones) para aquel que los sitúe en el contexto de la historia cultural de un país o época determ inados, para aquel que los relacione con cierto sistem a de referencia. N uestra com probación es m ás bien trivial, pero im portaba hacerla con el fin de com prender el concepto de “hecho his! tórico” que estam os analizando. E s evidente, pues, que los hechos históricos son las m ani! festaciones de la vida de los individuos y de las sociedades que se seleccionan entre otras pertenecientes a m enudo a la m ism a categoría, por sus nexos de causa a efecto y por su acción en el contexto de totalidades m ayores. C om o criterio de selección funciona aquí la im portancia, la significación del
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acontecim iento dado, del proceso o de sus productos. S e presu! pone un sistem a de referencia en cuyo m arco y en función del cual seoperan la valoración y, por tanto, la selección; tam bién se presupone la existencia de un sujeto que realiza estas operaciones. Pero con el sujeto (condición aquí indispensable) el factor antropológico penetra en el ám bito de los hechos históricos, introduciendo todas las com plejidades im plicadas por el papel activo del sujeto y por el influjo del factor sub! jetivo sobre el proceso de conocim iento. V olverem os a refe! rirnos a este problem a al analizar con m ayor detalle la selec! ción de los hechos históricos. Pero para nuestros objetivos actuales, o sea para una respuesta precisa a la cuestión: “¿qué es el hecho histórico?”, las proposiciones que hem os expuesto bastan. C on relación a esto, recordem os el punto de vista de H enri L évy-B rühl, en virtud de la personalidad de este autor y de las posibilidades polém icas que presenta. O bservem os esta cita suya: “Sólo podrá pretender a la cualidad de hecho histórico el hecho ocurrido efectivam ente, es decir el hecho que haya producido efectos en el pasado. Pero si se considera que un hecho sólo puede producir sus efectos sobre la opinión y por m edio de la opinión, resulta en rigor que el hecho histórico es esencialm ente un hecho social. D ecir que un hecho ha pro! ducido efectos es decir que ha tenido repercusión en un m edio extenso o restringido. La opinión establecida es la que le da su carácter histórico. D esde ese m om ento poco im ! porta la naturaleza del hecho. Poco im porta que sea un hecho aislado o que se repita; que sea particular o general. Cuando una opinión colectiva se ha pronunciado sobre un hecho cualquiera, éste ya pasa al ám bito de la historia. Cuando no
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se da este fenóm eno colectivo, ya no nos encontram os ante un hecho histórico." 6 En este fragm ento se enuncian tres tesis distintas: a) solam ente el hecho que ha producido efectos en el pasado es histórico; b) un hecho social es un hecho histórico, ya que sólo se pueden producir efectos sobre y por m edio de la opinión pública; c) la opinión pública constituye al hecho histórico. Evidentem ente estas tres proposiciones deben considerarse conjuntam ente, form ando parte de cierta totalidad. En el caso contrario, por separado, constituyen sencillam ente una falsedad. D ecir efectivam ente que el criterio de calificación de las m anifestaciones de la vida com o hechos históricos son los efectos que éstos han originado en el pasado, sin una cali! ficación suplem entaria de los efectos es reconocer que cada una de estas m anifestaciones es un hecho histórico, puesto que cada una ha producido algún efecto. D ecir tam bién que un hecho social es un hecho histórico, es conferir la cualidad de hecho histórico a todas las m anifestaciones de la vida, ya que todas ellas son m ás o m enos sociales. Tam bién es fácil rechazar las tesis que afirm an que es histórico un hecho cons! tituido por la opinión: dejando a un lado los restantes repro! ches posibles en que incurre esta tesis, significa una reducción considerable del concepto de “hecho histórico", elim inando por ejem plo de esta categoría los productos m ateriales com o m onum entos, herram ientas, etc. C om o contrapartida, esta concepción se presenta bajo otros aspectos cuando estas tres proposiciones form an un conjunto que se com pleta al estipular
G Henri Lévy-Brühl, “Qu’est-ce que le fait historique”, París, 1926, Revue de Synthèse Philosophique, t. XLII, diciem bre, p. 55.

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que “producir efectos" significa obligatoriam ente “producir efectos en y por m edio de la opinión”. En principio, el punto de vista de Lévy-B rühl sorprende por su m anifiesto idealism o, en un espíritu durkheim iano: los hechos sociales son hechos que participan de la conciencia colectiva. Esta concepción reduce la categoría de hecho his! tórico, elim inando de ella a todo lo m aterial en la esfera de los productos y todo lo inconsciente en la vida social. En cam bio se aproxim a al punto de vista que hem os propuesto anteriorm ente, al aceptar tam bién com o criterio distintivo la significación social del fenóm eno dado de la vida del indi! viduo o de la sociedad, con la reserva de que L évy-B rühl reduce una vez m ás el problem a a los efectos producidos en y por la opinión, m ientras que nosotros, por el contrario, am pliam os el cam po de visión a todos los efectos sociales. A l form ular por tercera vez la cuestión: “¿qué es el hecho histórico?”, intentarem os en esta ocasión responder abordando m ás de cerca el problem a de la estructura del hecho histórico. S e trata de saber si este hecho es “sim ple” o “com plejo” según unos, o “particular” o “general” según otros, o sea “parcial” o “total”. V olvam os al ensayo ya citado de Carl B ecker. “En prim er lugar, ¿qué es el hecho histórico? Tom em os un hecho sencillo, tan sencillo com o los hechos de que se ocupa a m enudo la historia, por ejem plo, en el año 49 antes de nuestra era, C ésar cruzó el R ubicón. E s un hecho cono! cido de todos y m anifiestam ente im portante, puesto que se m enciona en todas las historias del gran C ésar. Pero ¿es tan sencillo com o parece? ¿Tiene el contorno definido y constante que atribuim os corrientem ente a los hechos sim ples? Cuando decim os que C ésar pasó el Rubicón no pensam os que lo pasó solo, sino con todo su ejército. El Rubicón es un río pequeño y no sé cuánto tiem po necesitó C ésar y su ejército para
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cruzarlo; pero este paso seguram ente estuvo acom pañado de gran cantidad de acciones, palabras e ideas por parte de gran núm ero de hom bres. Es decir este hecho está constituido por m il y un ‘hechos' m enores, que com ponen el hecho sim ple y aislado de que C ésar cruzara el Rubicón; y si Jam es Joyce, por ejem plo, hubiera tenido que dar cuenta de él habría necesitado seguram ente un libro de 794 páginas para presentar este único hecho. Tenem os así un hecho sim ple que no es de ningún m odo sim ple. Lo sim ple es la com probación de este hecho; losim ple es la generalización de los m il y un hechos. ”7 Prosiguiendo su razonam iento, el autor subraya que con! sideram os com o hecho histórico el paso del Rubicón por C ésar, en contraste con los m iles de hechos cotidianos de paso de este río, por la única razón de que captam os y com ! prendem os las relaciones de este acontecim iento con otros acontecim ientos y circunstancias: las relaciones de C ésar con Pom peyo, con el Senado y la República; la orden del Senado aC ésar de que renunciara al m ando de los ejércitos en las G alias; la negativa de C ésar a obedecer al Senado y la signi! ficación del paso del R ubicón en su m archa hacia Rom a, etc. Finalm ente B ecker concluye: “C ierto que este hecho sim ple está en relación con ellos [los restantes acontecim ientos de la época. A . S.], y ésta es la única razón de que perm anezca en la m em oria durante dos m il años. Está en relación con otros innum erables hechos, hasta el punto de que sólo puede tener significación si pierde su contorno definido. Puede convertirse en relevante a con! dición de que se integre en la tram a com pleja de las circuns! tancias que han conducido a su realización (... ). ”En consecuencia, se descubre que el sim ple hecho histó!
7 G . L. B ecker, “W hat are historical”... O p. cit., pp. 121-122 (cursivas de A . S.).

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rico no es una cosa sólida y ‘fría’, con un contorno clara! m ente definido y que ejerza una presión que se pueda m edir. Hasta donde podem os conocerlo, sólo es un sím bolo, una sim ! ple afirm ación que constituye la generalización de m il hechos m ás sim ples a los que m om entáneam ente no querem os refe! rim os. Esta generalización no podem os utilizarla haciendo abstracción de la tram am ás extensa de hechos y de genera! lizaciones que sim boliza. Hablando en general, un hecho histórico cuanto m ás sim ple, preciso, definido y fácil de de! m ostrar tanto m enos utilizable, considerado com o una cosa en sí m ism a.” 8 La tesis es explícita: no existen hechos sim ples. Su sim ! plicidad es ilusoria y esta ilusión está originada por la sim plici! dad del enunciado que al generalizar hace abstracción de la com plejidad de la realidad concreta. Pues para com poner esta realidad, en cada uno de sus casos, incluso en el de un hecho aislado, que es aparentem ente el m ás fácil de com pro! bar, deben establecerse innum erables relaciones entre el hecho dado y los restantes acontecim ientos, procesos y productos, en cuyo contexto el hecho en cuestión se m anifiesta y es inteli! gible. La realidad concreta siem pre es una totalidad deter! m inada cuyos elem entos entran en innum erables correlaciones e interacciones. El hecho pretendidam ente sim ple es precisa! m ente un elem ento destacado dentro del contexto de la tota! lidad; la form a del enunciado que le corresponde es sim ple gracias a su carácter abstracto. Sin em bargo, si se relacionara literalm ente el enunciado con el hecho m ism o, éste perdería toda significación y dejaría de ser un hecho histórico. N o existen, pues, hechos sim ples; todos los hechos históricos son m uy com plejos. Lenin sostenía en una ocasión que el electrón
8 Ibid., pp. 122-123.

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es tan infinito com o la m ateria en cuanto a las posibilidades de su estudio y de su análisis. M utatis m utandis, lo m ism o puede decirse de los presuntos hechos sim ples en el ám bito de la ciencia. Este análisis de B ecker y sus conclusiones (después vol! verem os a las que no com partim os) son precisos y profunda! m ente dialécticos. C om o es sabido, una cuestión m al plan! teada puede falsear todo el enfoque del estudio. S i se aíslan ciertos elem entos del contexto de la totalidad y si se considera el carácter abstracto del enunciado com o una prueba de la “sim plicidad” de la realidad a que se refiere el enunciado, la responsabilidad incum be, no a los hechos, sino a los auto! res de las tipologías y de las teorías dadas. Y estim o que esto se debe a que la tipología que divide a los hechos en hechos sim ples y com plejos, o en hechos parciales y totales,9 etc., induce a error. L as fronteras trazadas entre estos hechos son convencionales y están en relación con el carácter del enun! ciado y no con el carácter de la realidad en cuestión. N o es el hecho el que es sim ple, som os nosotros los que estam os interesados en sim plificarlo (para facilitar la descripción, sim ! plificar a propósito la situación haciendo abstracción de los detalles sin im portancia en el contexto dado, etc.). N o es el hecho el que es parcial (y ¿qué ocurre, pues, cuando
9 G .B obinska (op. cit., pp. 22-23), afirm a adem ás que “la ciencia operaba antes con ayuda de los distintos acontecim ientos no contradic! torios en sí", lo que es un m alentendido, ya que un acontecim iento no es ni contradictorio en sí m ism o, ni no contradictorio. W . Kula tam bién considera los “hechos físicos” (nacim iento, m uerte, ejecución, etc.), com o los elem entos m ás sim ples del hecho histórico, contradiciendo ade! m ás su pertinente observación, a saber, que estos hechos físicos sólo se convierten en un hecho histórico por su inserción en una situación social. En consecuencia, la apariencia de “sim plicidad” explota. W . Kula, Rozwazania o historii (“Consideraciones sobre la historia”), V arsovia, 1958, p. 66.

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es “total”?), som os nosotros los que tenem os interés en exponer un solo aspecto del problem a, etc. M uchos autores critican tam bién de este m odo toda tipo! logía de esta especie de los hechos históricos. W anda M oszczenska, por ejem plo, dem uestra que los hechos históricos son estructuras com plejas que no pueden ser reducidas a elem entos sim ples.1 0Stefan Czarnow ski, por otra parte, capta los hechos sociales en su dinám ica, en su variabilidad. “L os hechos sociales se diferencian y se integran. Esto sig! nifica, por una parte, que los hechos ‘integrales' se disocian en el tiem po en una serie de hechos con caracteres particu! lares; por otra, que los hechos que tienen carácteres particula! res sem ejantes, o los caracteres prim arios diferentes y los caracteres secundarios sem ejantes, se reúnen para form ar un todo (.........). ”Esta diferenciación y esta integración son inevitables. Cada hecho, incluso el m ás prim ario, está com puesto. Con! tiene en sí m ism o la posibilidad de actualización de contra! dicciones y de identidades.” 1 1 Esta concepción, aún cuando se trate de hechos “integra! les” (lo que presum e la existencia de hechos “parciales”) nada tiene de una tipología: pone de relieve la dinám ica de los hechos, su tendencia hacia..., la interdependencia y la interferencia de la diferenciación y de la integración. ¿Q ué es lo que, en definitiva, es parcial o integral, sim ple o com plejo? ¿El m ism o hecho histórico o el enunciado relativo al hecho? Este problem a nos lleva directam ente a nuestro
1 0 W .M oszczenska, M etodologii historii zarys Krytyczny (“Ensayo crítico de m etodología de la historia”), V arsovia, 1968, p. 102. 1 1 Stefan Czarnow ski, D efinicja i klasyfikacja faktow spolecznych, (“D efinición y clasificación de los hechos sociales”), D ziela (Obras), t. II, V arsovia, 1956, pp. 231-232.

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cuarto intento de responder a la cuestión: “¿qué es el hecho histórico?” En esta ocasión, la cuestión conlleva el problem a siguiente: ¿el “hecho histórico” designa un “acontecim iento de la historia”, osea un eslabón de la cadena de la res gestae, o equivale a un “enunciado sobre la historia”, o sea un ele! m ento de historiae rerum gestarum , o existe aún una tercera posibilidad? Teóricam ente la expresión “hecho histórico” puede signi! ficar tanto lo uno com o lo otro. Evidentem ente los adeptos del idealism o considerarán que siem pre se trata de un pro! blem a espiritual, m ientras que los propugnadores del m ate! rialism o destacarán el carácter objetivo del hecho histórico (com o elem ento de la res gestae). Esta disensión contiene im portantes im plicaciones teóricas y m etodológicas y m erece por ello nuestra atención. V olvam os al ensayo de B ecker que, en este caso, adopta una posición netam ente idealista con la m ira de fundam entar el presentism o. “¿Q ué es el hecho histórico? ¡L ejos de m i querer definir algo tan ilusorio e inapreciable! Pero, a título provisional, digam os que el historiador puede interesarse por todo cuanto concierne a la vida del hom bre en el pasado, por las acciones y los acontecim ientos, por los sentim ientos m anifestados por los hom bres y por las ideas, verdaderas o falsas que han expresado. M uy bien, el historiador se interesa, pues, por uno de los acontecim ientos de esta clase. Pero no puede ocu! parse directam ente de este acontecim iento, puesto que ya ha desaparecido. D irectam ente, puede ocuparse de un enunciado sobre este acontecim iento. En definitiva, no se ocupa del acontecim iento, sino de un enunciado que afirm a que efec! tivam ente el acontecim iento ha tenido lugar. Cuando pasam os realm ente a los hechos ‘duros', el historiador siem pre se
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ocupa de un enunciado, de la afirm ación del hecho de que algo es cierto. Por tanto, se im pone establecer una distinción capital: entre el acontecim iento efím ero que desaparece y el enunciado que subsiste sobre este acontecim iento. Para todos nuestros fines prácticos, lo que constituye el hecho histórico es este enunciado sobre el acontecim iento. E sto se debe a que el hecho histórico no es un acontecim iento del pasado, sino un sím bolo que nos perm ite reconstituirlo en la im agi! nación. Ciertam ente no se puede decir de un sím bolo que es ‘duro' o ‘frío'. Tam bién es peligroso afirm ar del m ism o que es verdadero o falso. L om ás prudente que se puede decir de un sím bolo es que es m ás o m enos adecuado." 1 2 S i he citado este extenso pasaje se debe a que expone en térm inos excepcionalm ente explícitos la concepción idealista del hecho histórico y proporciona así un contenido concreto a la discusión y a la controversia. E l razonam iento de Carl L .B ecker puede reducirse a los siguientes puntos: a) el hecho histórico es un enunciado relativo a un acontecim iento; b) esto se debe a que el historiador sólo se enfrenta direc! tam ente al enunciado, puesto que el acontecim iento ya ha desaparecido; c) por tanto, el hecho histórico no es el acontecim iento m ism o, sino un sím bolo que perm ite evocar en el espíritu la im agen del acontecim iento; d) por consiguiente, es falso afirm ar de los hechos his! tóricos que son “duros", verdaderos o falsos; teniendo en cuenta que nos referim os a sím bolos, sólo se les puede calificar en función de su adecuación y de su correspondencia.
1 2 C . L. B ecker, “W hat are H istorical”... op. cit., pp. 124-125.

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Los puntos esenciales de este razonam iento son los puntos b) y c), y con ellos vam os a iniciar nuestro análisis. ¿Es correcto afirm ar que, al no poder aprehender direc! tam ente los acontecim ientos del pasado, puesto que ya han pasado, nos enfrentam os directam ente sólo con los enunciados relativos a dichos acontecim ientos o a los juicios sobre dichos acontecim ientos? O bservem os en principio que el problem a atañe aparentem ente sólo a los hechos históricos, aunque en realidad, el m ism o problem a se plantea a propósito de todo conocim iento que no se desarrolla en un m om ento dado de tiem po; en efecto, el “m om ento” siem pre constituye una idea! lización y puesto que nosotros siem pre nos ocupam os de procesos con una extensión tem poral, textualm ente está afec! tado todo nuestro conocim iento. N os encontram os pues en presencia de una profesión de fe francam ente idealista, o con m ás exactitud de idealism o subjetivo. A unque es conveniente apoyar con argum entos exactos lo que es un reproche general, dirigido contra la concepción de B ecker. Em pecem os por el térm ino “directam ente” que B ecker em plea y que de inm ediato parece ser m uy inocente. Cuando decim os que “C ésar pasó el Rubicón en el año 49 antes de nuestra era”, es indiscutiblem ente cierto que no percibim os directam ente a C ésar en el m om ento de cruzar este río y sólo nos lo im aginam os, puesto que este hecho no se produce ante nuestros ojos en el preciso m om ento en que hablam os. Pero nadie pretende lo contrario y si alguien esperara esta clase de experiencia “directa”, “inm ediata”, probablem ente acabaría en un hospital psiquiátrico. A dem ás, esto carece de significado para la objetividad de nuestro cono! cim iento, es decir para saber si lo que decim os corresponde a un acontecim iento realm ente ocurrido. Pero nuestro pro! blem a se refiere precisam ente a esta objetividad del conoci262

m iento y no a la charlatanería verbal acerca del térm ino “directam ente”. Para conceder m ás relieve al objeto de la disputa, aban! donem os m om entáneam ente el hecho histórico evocado en la proposición sobre el paso del Rubicón por C ésar y deten! gám onos en cualquier proposición asertórica de la vida corriente. Tom em os com o ejem plo la proposición: “ayer encontré a Enrique en la calle”; no sólo Enrique y yo pode! m os afirm ar la verdad de esa proposición, sino tam bién varios am igos que estaban presentes, así com o una fotografía tom ada por uno de ellos en el m om ento m ism o del encuentro. Pero, ¡he aquí que llega Carl B ecker con el discurso siguience!: “N o os enfrentáis directam ente con el hecho del encuentro, puesto que el acontecim iento ya ha pasado; sólo estáis en presencia inm ediata de la proposición que afirm a ese encuen! tro; por consiguiente, el hecho no lo constituye vuestro en! cuentroreal, sinola proposición, sím bolodevuestro encuentro. En la vida ordinaria, al escuchar estas palabras, diríam os sim plem ente que nuestro interlocutor divaga y lo m iraríam os com pasivam ente. Pero, al practicar la filosofía o al abordarlo a través de la reflexión m etateórica, las reacciones ordinarias no son adm isibles ni suficientes. N o podem os decir sim ple! m ente que nuestro interlocutor divaga, sino que debem os dar argum entos, dem ostrar por qué y en qué es falso su razona! m iento. A quí residen en gran m edida el arte y la dificultad de practicar la filosofía. La experiencia nos enseña que en el caso de enunciados paradójicos (y el enunciado de nuestro honorable adversario se vuelve m anifiestam ente paradójico al transferirlo del plano distante de la historia al plano fam iliar de la vida ordinaria), la m ejor solución es buscar la causa de los errores del razo! nam iento en un error verbal, ligado generalm ente a la am bi263

güedad de los térm inos. S i se aborda con esta óptica las proposiciones de B ecker que exam inam os, nuestras sospechas deben apuntar especialm ente al térm ino “directam ente”. A sí pues, de acuerdo con B ecker, “nosotros no nos ocupa! m os directam ente del hecho del paso del Rubicón por C ésar, sino por el contrario nos enfrentam os directam ente con una proposición relativa al hecho". A m pliando este razonam iento a los acontecim ientos corrientes, direm os análogam ente: “no nos ocupam os directam ente del hecho del encuentro acaecido ayer entre X e Y , sino que nos ocupam os directam ente de la proposición relativa a ese hecho”. ¿Cuándo B ecker form ula en dos ocasiones de m odo insistente el térm ino sacram ental “directam ente”, cuál es su significado y cuáles son sus con! secuencias filosóficas? El adverbio “directam ente” se asocia a un problem a anti! guo, perfectam ente conocido de los filósofos a los que fre! cuentem ente ha ocasionado dificultades. En determ inada acep! ción de este térm ino, directam ente, o sea inm ediatam ente, no percibim os ni conocem os nada. E sto se refiere, por supuesto, a los acontecim ientos del pasado y a los acontecim ientos, las cosas y los fenóm enos que actualm ente percibim os. Y a que este árbol que percibo en el m ism o instante, existe fuera de m í, objetivam ente (a m enos que profesando el idealism o ra! dical yo quiera negar este hecho), sólo m e es accesible a través de las representaciones sensibles, por tanto, el árbol no m e es dado inm ediatam ente. El carácter inm ediato es m ucho m ás im pensable en los actos cognoscitivos com plicados, en los que sólo se trata de la percepción sensible del objeto estu! diado a través de sus efectos (en el ám bito de la m icrofísica por ejem plo). S i se plantea el problem a en estos térm inos, solam ente nuestras experiencias constituyen datos inm ediatos; por consiguiente, el único punto de vista aceptable y racional

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es el del idealism o inm anente. Todo esto no constituye nada nuevo para quienes conocen la historia del em pirism o y de los callejones sin salida del inm anentism o, sistem a originado pre! cisam ente por esta m anera de pensar. Una vez m ás se pone en evidencia que si se aborda la reflexión filosófica (y toda reflexión m etateórica es una reflexión filosófica), es conve! niente conocer la historia de la filosofía para no caer incons! cientem ente en las tram pas que descubre, particularm ente en la del eclecticism o (la peor de las filosofías según denuncia Engels). Pero volvam os a nuestro térm ino “directam ente” o “in! m ediatam ente” cuyo sentido debería precisarse, puesto que se le da tanta im portancia. B ecker, ciertam ente, no lo precisa y cae en la tram pa de la am bigüedad. En efecto, cuando dice: “el acontecim iento histórico, por ser algo que ya ha pasado, no nos es dado directam ente” , com probación que no se puede dejar de suscribir, aunque lo que ocurre es que conocem os este acontecim iento indirectam ente a través de los datos que, por el contrario, son directos, tales com o las fuentes y los productos m ateriales que eventualm ente han sobrevivido hasta nuestros días. Pero, con gran sorpresa nuestra (ya que C .B ecker es un especialista que conoce el oficio de histo! riador) se nos replica que solam ente nos son dados directam ente los enunciados o los juicios sobre los acontecim ientos, es decir las experiencias, los productos del espíritu. Pero, esto es falso no sólo desde el punto de vista de los hechos (es difícil considerar a la pirám ide de K eops o a un ejem plar de la M agna C harta Libertatum , cuya autenticidad ha sido com ! probada, com o sim ples datos del espíritu), sino tam bién y principalm ente desde el punto de vista form al. N os encon! tram os claram ente ante un desliz lógico ocasionado por la am bigüedad del térm ino “directam ente”, por la confusión de
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las dos acepciones en que puede ser em pleado. Según la pri! m era acepción que hem os em pezado a delim itar desde el ángulo opuesto al del razonam iento de B ecker, planteam os la cuestión; a saber: si percibim os el acontecim iento dado nosotros m ism os, si obtenem os pues las inform aciones al res! pecto al acabar nuestras propias observaciones y no por m edio de otros observadores (o sea de nuestros contem poráneos o de nuestros predecesores que nos han dejado testim onios escritos) o por m edio de sus huellas m ateriales (fuentes, productos, efectos de su acción). D e acuerdo con la segunda acepción del térm ino “directam ente” o sea “inm ediatam ente”, nos planteam os por el contrario el problem a filosófico: “¿qué es lo dado en el conocim iento?”; en realidad zanjam os las dife! rencias existentes entre el m aterialism o (el realism o) y el idealism o inm anente. C om o ya hem os dicho, B ecker em plea el térm ino “directam ente” ensusegunda acepción ylo entiende en el espíritu del idealism o inm anente, lo que no constituye una extravagancia filosófica si se considera que se escriben tratados científicos con el único objeto de dem ostrar que ni las percepciones sensoriales son datos inm ediatos del conoci! m iento. Lo lam entable es que B ecker ha confundido estos dos problem as que, aun cuando están ligados en cierto m odo, son m uy diferentes. D e la com probación trivial de que no podem os ser los testigos oculares de los acontecim ientos pasa! dos, saca la conclusión de que sólo nos son dados directam ente los enunciados relativos a dichos acontecim ientos. Pero, ¿por qué? Lógicam ente aquí nos encontram os ante un m anifiesto non sequitur; es (evidente que las fuentes, los productos m ate! riales de los acontecim ientos pasados, etc., nos son dados directam ente en la prim era acepción del térm ino. S i el filósofoinm anentista lo niega se debe a que no piensa en los hechos históricos sino en la im agen del m undo en general. Pero se
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trata de otra cuestión que no debe m ezclarse con la anterior, si no se quiere correr el riesgo de utilizar para una las con! clusiones de la otra; procedim iento ilegítim o que no justifica el em pleo de un m ism o térm ino equívoco. Pero la cuestión no se lim ita sólo a la am bigüedad de lo s térm inos y a los deslices lógicos. S e trata adem ás de la fetichización de la percepción directa y, por tanto, del conoci! m iento directo (en la prim era de las acepciones precisadas antes). ¿Para el conocim iento histórico (al igual que para cualquier otro conocim iento) im porta que sea el acto de un solo sujeto y que adem ás sea un acto de participación ocular en todos los procesos y acontecim ientos estudiados? D e ningún m odo: un postulado de esta clase sería absurdo y, tom ado al pie de la letra, am enazaría con aniquilar todo el saber hum ano. En cualquier ám bito de la ciencia, nadie está en disposición de percibir y conocerlo todo por sí m ism o a título de testigo ocular. Y puesto que, por definición, la ciencia posee un carácter intersubjetivo, esto sería tan inútil com o im posible. U nas ideas tan extravagantes com o éstas sólo pue! den acudir a la m ente de un filósofo que pertenezca a la insólita categoría de los filósofos que profesan el idealism o subjetivo con una clara tendencia al solipsism o. ¿C óm o responderem os ahora a la cuestión planteada por B ecker: qué debe entenderse por hecho histórico? Un hecho histórico es un elem ento, un fragm ento de las res gestae, o sea un acontecim iento objetivo del pasado (añadim os el térm ino “pasado” por pura pedantería ya que, a m enos de que se trate del porvenir, todos los acontecim ientos de que podam os hablar pertenecen ya de hecho al pasado). El carác! ter directo o indirecto, m ediato o inm ediato, del conocim iento histórico, su grado de exactitud, etc., son problem as de otra clase que no intervienen en la definición de hecho histórico.

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Por otra parte, un enunciado relativo a un acontecim iento histórico puede por sí m ism o convertirse en un hecho histórico, si ha desem peñado un papel histórico, si ha influido en el curso de la historia. En cam bio, la identificación de la cate! goría de “hecho histórico” con el dato de la experiencia m ental que constituye un enunciado sobre un hecho histórico es una opinión errónea, que está en contradicción con el sentido establecido de esta expresión y que resulta de una posición filosófica determ inada, abusivam ente generalizada com o si fuera com únm ente aceptada. Sin em bargo, hay uno de los puntos de vista de B ecker que podem os suscribir, aunque por m otivos com pletam ente distintos a los suyos, a saber que un hecho histórico no puede ser calificado de ver! dadero o falso (esta clasificación solam ente puede aplicarse a los juicios sobre la realidad y no a la realidad m ism a). Tam bién, de acuerdo con B ecker, un hecho histórico no puede ser calificado de “bruto” (“frío”, “duro”, según él), sino por otros m otivos distintos de los que él da (en su opinión, el “hecho histórico” es un sím bolo, aunque no puede afirm ar de los sím bolos si son adecuados o no). A doptando una posición diam etralm ente opuesta a la de C .B ecker, W anda M oszczenska tam bién se detiene en el esta! tuto ontológico del hecho histórico. D istingue, por una parte, el hecho devenido, producido realm ente, considerado com o un elem ento de la realidad histórica equivalente a un sistem a relativam ente distinto, y por otra parte, el hecho histórico, objeto del estudio, considerado com o “un elem ento de esta m ism a realidad histórica, pero abstracto por la idea de una m ayor totalidad de la que realm ente no se podría aislar” (op. cit., pág. 47). Según esta autora, el hecho histórico es el equivalente del hecho devenido, aunque un equivalente defor! m ado en cierta perspectiva. D espués, concluye:
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“L om ejor es considerar el problem a a partir de la exten! sión de am bos conceptos. D esde el punto de vista de la reflexión m etodológica, los hechos históricos son los hechos que la ciencia conoce o conocerá, porque han dejado huellas en lo s vestigios del pasado, es decir en las fuentes histó! ricas (... ). Cada hecho histórico es un hecho devenido; com o contrapartida, una m ínim a parte de lo s hechos deve! nidos son hechos históricos, o sea hechos del pasado histórico de los que sabem os o sabrem os que antiguam ente tuvieron lugar.”1 3 E l punto de vista de W anda M oszczenska contiene diver! sas proposiciones, parte de las cuales adoptam os sin reservas, m ientras consideram os discutibles o com pletam ente inacep! tables las restantes. 1) Cuando la autora afirm a que el hecho histórico siem ! pre constituye una parte de la realidad histórica objetiva, suscribim os esta posición m aterialista, totalm ente opuesta a la concepción idealista del hecho tal com oC .B ecker la expone, por ejem plo. 2) En cam bio, la rígida división e incluso la oposición de los hechos devenidos (elem entos de la realidad histórica) a los hechos históricos (hechos devenidos conocidos de la ciencia), es por lo m enos discutible, por las razones siguientes: a) S i prom ovem os al rango de hecho histórico a todo hecho devenido (o sea a cualquier elem ento de la realidad histórica) que ha dejado una huella (una fuente histórica en el sentido m ás am plio del térm ino, puesto que la autora tam bién incluye la tradición viva), desvalorizam os la cate! goría de hecho histórico, y la privam os de su significación. E l criterio utilizado para separar los hechos históricos de la
1 3 W .M oszczenska. M etodologii... , ed. cit., p. 47.

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gran m asa de acontecim ientos, procesos, productos, etc., sería, no su im portancia particular en el contexto de un cierto sis! tem a de referencia (de acuerdo con nuestro punto de vista desarrollado anteriorm ente), sino el haber dejado una huella. ¿Q ué se desprende de todo esto? Que cada hecho (literal! m ente cada hecho de la realidad) es histórico, puesto que los acontecim ientos de los que ignoram os todo, a falta de huellas, no m erecen evidentem ente ser m encionados: nada podem os decir de ellos. Pero así llegam os al punto de partida: si todos los acontecim ientos pasados son hechos históricos, los hechos históricos que conocem os por la ciencia de la historia deberían tener otra denom inación; por tanto, debería plantearse nue! vam ente la cuestión del criterio de su distinción. b) La rígida división entre hechos devenidos y hechos históricos im pone una conclusión agnóstica: existen efectiva! m ente hechos devenidos que, no habiendo dejado huella al! guna, no sólo no son hechos históricos, sino tam bién se asem ejan a “la cosa en sí” kantiana, incognoscible y a propó! sito de la cual tenem os el derecho de preguntar a los autores de tales opiniones cóm o en general pueden saber que tal “cosa en sí” ha existido si, por definición, les es im posible saber cualquier cosa en ella, a falta de una huella cualquiera. A sí, si bien sus intenciones eran indiscutiblem ente loables (oponer el punto de vista m aterialista al idealism o subjetivo), la autora ha escogido una vía falsa en la ejecución de su proyecto. A l parecer, la solución del problem a que preocupa aW .M oszczenska no debe buscarse en la distinción entre dos categorías de hechos (hechos devenidos y hechos histó! ricos), sino en el análisis del doble aspecto o del doble plano de un único e idéntico hecho histórico que evidentem ente es un elem ento de la realidad objetiva (la única alternativa de recam bio es la especulación idealista), aunque un elem ento
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conocido por los hom bres por una parte, y, a causa de sus relaciones objetivas de causa a efecto con el proceso objetivo, calificado correctam ente por el historiador, por otra. E sto nos lleva al quinto aspecto de la cuestión: “¿qué es el hecho histórico?” C uestión que es com plem entaria con relación a nuestra etapa anterior que intentaba delim itar la estructura del hecho histórico (¿es sim ple o com pleja?), aun! que sim ultáneam ente particular si nos colocam os en la pers! pectiva gnoseológica planteando la cuestión: ¿el hecho his! tórico es “bruto” (no contiene ningún añadido del factor subjetivo) o es el resultado de la actividad del historiador y, por m edio de ella, de una teoría determ inada? C om o ya hem os indicado, el convencionalism o ya había planteado este problem a con relación a las ciencias de la naturaleza, negando la existencia de hechos “brutos” en este ám bito. L os convencionalistas y E. le R oy en particular, se referían al papel activo del lenguaje (del aparato conceptual), de las definiciones y de las teorías en la elaboración del hecho denom inado científico: éste era, pues, para ellos en cierto sentido el final, el resultado, y no el punto de partida. El teórico de la historia concibe el problem a en térm inos sim ilares, aunque el punto de partida concreto de su razona! m iento sea diferente. V olvam os una vez m ás a C .B ecker, puesto que, a pesar de su orientación idealista, sus observaciones sobre la obje! tividad del conocim iento histórico y sobre el hecho histórico en particular son acertadas e interesantes. En el problem a concreto que aquí se destaca, C .B ecker parte de la crítica del ideal positivista de la historia presentada w ie es eigentlich gewesen, de una historia que adm ite la posibilidad de que el historiador no aporta nada al conocim iento, “excepto la placa sensible de su espíritu sobre la cual los hechos objetivos regis!
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trarán su propia significación que no podrá ser puesta en duda” (op. cit., pág. 129). B ecker, oponiéndose a autoridades tales com o Ranke o Fustel de C oulanges, destaca que el historiador es incapaz de agotar todos los hechos realizando una selección y no está en disposición de tratar a fondo un hecho solo, es decir que no puede presentar ningún elem ento de la realidad con todas sus ram ificaciones. Incluso en los lím ites de un hecho histórico, debe proceder a una selección dentro de todo lo que lo com pone. “(... ) En ningún caso, el historiador puede form ular enunciados que afecten a todos los hechos, a todas las acciones, a todas las ideas ya todos los sentim ientos de todas las personas que han intervenido en un acontecim iento dado, considerado en su totalidad. Un historiador seleccionará, pues, por nece! sidad ciertos enunciados acerca del acontecim iento y los reu! nirá de cierta m anera, rechazando los restantes enunciados y los restantes m odos de reunirlos. Un segundo historiador rea! lizará seguram ente otra elección. ¿Por qué? ¿Q ué conduce al historiador a seleccionar a unos enunciados en detrim ento de otros, de entre todos los posibles? El fin que se propone le guía, determ inando de este m odo la significación precisa que de! duce del acontecim iento. El acontecim iento por si solo, lo s hechos por sí m ism os, no dicen nada ni im ponen significación alguna. El historiador es quien habla y le da una signi! ficación.” 1 4 E l problem a de los acontecim ientos históricos, de los he! chos y de su representación m ental en form a de juicios que se apoyan en estos hechos, aquí está correctam ente planteado (de m odo contrario a las tesis precedentes de B ecker según las cuales el hecho no es m ás que un sím bolo mental): el
1 4 C . L. B ecker, op. cit., pp. 130-131 (cursivas de A . S.).

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acontecim iento, el hecho es lo devenido objetivo que, m ediante una cantidad infinita de hilos, está ligado a la realidad de la cual es un fragm ento, una partícula. Para conocer a ésta, o sea el hecho histórico dado, debem os seleccionar en esta cantidad infinita los lazos que nos interesan en el m arco del sistem a de referencia dado (que constituye para el historiador el fin intencional de su estudio). A sí conferim os al hecho his! tórico una significación definida, al constituirle com o hecho científico. Lo im portante para nosotros en este razonam iento es que pone de relieve el papel del historiador com o sujeto cognos! cente. E sto, en definidas cuentas, es trivial después de todo lo que hem os dicho en la prim era parte del libro sobre la relación cognoscitiva y el papel activo del sujeto cognoscente (tercer m odelo). Sin em bargo, cuando se aplica esta fórm ula general en un ám bito preciso del conocim iento y cuando en nuestro caso se le relaciona con el hecho histórico, toda su potencia heurística se m anifiesta de nuevo. D ebem os distinguir cuidadosam ente el “hecho” com o acon! tecim iento histórico objetivo, por una parte, y el “hecho” com o su representación m ental, en el conocim iento, por otra. El hecho histórico objetivo posee un estatuto ontológico deter! m inado, lo que es m uy im portante para la concepción en su conjunto. Pero tam bién posee un estatuto gnoseológico y, en este sentido, no nos interesa com o “cosa en sí”, sino com o “cosa para nosotros”. Siem pre desde este punto de vista nos referim os a los hechos brutos y a los hechos teóricam ente interpretados, elaborados; tam bién desde este punto de vista se im pone no dudar en afirm ar que los “hechos brutos” están tan desprovistos de sentido com o la “cosa en sí” y com o todo agnosticism o radical. Pues una cosa es sostener la tesis onto! lógica de la existencia objetiva del hecho histórico, o sea
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rechazar las pretensiones del subjetivism o que afirm a que este hecho es producto de la conciencia del espíritu cognoscente; y otra es form ular la tesis gnoseológica de la representación, de la im agen de este hecho en la conciencia hum ana. A hora bien, cuando discutim os la posibilidad de presentar “hechos brutos” nos colocam os precisam ente en el plano gnoseológico. Puesto que aquí nos enfrentam os al proceso de conocim iento, a la relación cognoscitiva, el sujeto cognoscente ex definitione interviene con su papel activo en el conocim iento, lo que carga a los “hechos brutos” postulados, o sea a los hechos desprovistos de esta intervención, del error de la contradictio in adiecto. N o existen, pues, “hechos brutos”: no pueden existir por definición. L os hechos con que topa la ciencia y de m odo m ás general el conocim iento, siem pre llevan el sello del sujeto. Em pezando por lo que consideram os com o un hecho, pasando por la constitución de éste sobre la base de la selección de sus com ponentes y por la definición de sus lím ites tem porales, espaciales y sustanciales, y finalizando por su interpretación y su inserción en un conjunto m ás am plio, en todas estas “fases” hay una intervención del sujeto, de sus diversas deter! m inaciones y sobre todo de la teoría en función de la cual el sujeto opera. Extrem ando la prudencia, repitam os que la selección de los m ateriales que constituyen el hecho histórico no es arbi! traria; las correlaciones consideradas, las interacciones, etc., existen objetivam ente; no son el producto ni la invención del historiador. A dem ás una concepción idealista es im posible a partir del estatuto ontológico conferido al hecho histórico con! siderado com o una partícula de la realidad objetiva, com o una partícula de la historia devenida. Lo que el historiador aporta a la constitución del hecho es la selección definida
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que realiza en los m ateriales existentes objetivam ente, entre las correlaciones y las interacciones objetivas, etc. L os criterios en función de los cuales el historiador selecciona sus m ateriales y les atribuye una estructura interna, etc., difieren según la teoría previa a dichas actividades. Yes preciso que una teoría fundam ente estas actividades, a m enos que se adm ita que éstas son fortuitas, en cuyo caso caeríam os en el absurdo. Evidentem ente estas actividades, guiadas por diversas teorías, dan resultados tam bién diversos. A sí, a despecho de los prejuicios positivistas, es falso que se reúnan prim ero los hechos per se, "sin presupuestos” de m odo que se les perm ite “ejercer su elocuencia”, evitando los com entarios del historiador que deform an la realidad. Por el contrario, del análisis del proceso de conocim iento y de las conclusiones sacadas por num erosos teóricos de la historia se deduce que la captación y la form ulación de los hechos son el resultado de la acción de la teoría. La teoría precede al establecim iento de los hechos, a pesar de que se funda en ellos. E. H. Carr, citado ya en varias ocasiones, escribe al res! pecto: “A nte todo, los hechos de la historia nunca nos llegan en estado ‘puro’, ya que ni existen ni pueden existir en una form a pura: siem pre hay una refracción al pasar por la m ente de quien los recoge. D e ahí que, cuando llega a nuestras m anos un libro de historia, nuestro prim er interés debe ir al histo! riador que lo escribió, y no a los datos que contiene.” 1 5 A l igual que Lucien Febvre: “En definitiva, los hechos... ¿A qué llam áis los hechos? ¿Q ué ponéis detrás de este térm ino ‘hecho’? ¿Los hechos pensáis que son dados a la historia com o realidades sustanciales
1 5 E .H . Carr, W hat is History? , ed. cit., pp. 16-17. (Ed. esp. cit., página 30.)

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que el tiem po ha enterrado m ás o m enos profundam ente y que se trata sim plem ente de desenterrar, de lim piar, de pre! sentar agradablem ente a vuestros contem poráneos? O recoged por vuestra cuenta las palabras de B erthelot, exaltando la quím ica después de sus prim eros triunfos: la quím ica, su quí! m ica, la única ciencia entre todas, decía orgullosam ente, que fabrica su objeto. Pero B erthelot se equivocaba. Puesto que todas las ciencias fabrican su objeto.” 1 6 L os teóricos de la historia se plantean cada vez m ás a m enudo la cuestión: ¿C uál es el punto de partida del histo! riador, el llam ado hecho bruto o la teoría? Ypaulatinam ente son m ás num erosos los que escogen la segunda respuesta. Esta es la opinión de O akeshott: “(... ) Se le representa [el historiador] com o a un inves! tigador que parte de los hechos ‘desnudos’, cuando sería m ás prudente afirm ar que nunca procede de esta m anera, ya que este punto de partida es im posible. Em pieza con una inter! pretación que él reinterpreta.” 1 7 Y H. J. M arrou escribe al respecto: “(... ) Lógicam ente el proceso de elaboración de la his! toria se desencadena, no por la existencia de los docum entos, sino por un paso original, la ‘cuestión planteada’, que se inscribe en la elección, la delim itación y la concepción del E s interesante destacar que los teóricos m arxistas de la historia tam bién defienden posiciones análogas. A sí, Igor K on, partiendo de la evolución del concepto de “hecho histórico"
1 6 Luden Febvre, Com bats pour l’histoire, ed. cit., pp. 115-116. 1 7 Citado según Christopher B lake, C an H istory be objective?, en Patrick Gardiner (ed.), Theories of H istory, G lencoe III, 1959, pá! ginas 330-331. 1 8 H . J. M arrou, D e la connaissance historique, ed. cit., p. 61.
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tema." 18

(el paso de hechos particulares a procesos históricos), destaca la relación estrecha existente entre el hecho y la teoría. “L os ‘hechos' com o la oscilación de los precios, la dife! renciación de las clases sociales, la concentración de la pro! piedad territorial, la acum ulación prim itiva, etc. ya no pueden presentarse com o fenóm enos particulares, aislados, que puedan ser descritos sin recurrir a las ‘generalizaciones teóricas’. S e ha puesto en evidencia efectivam ente que la dependencia entre los ‘hechos’ylas ‘generalizaciones’es bilateral (... ). El ‘hecho histórico' se ha convertido en cierto sentido no sólo en la pre! m isa, sino tam bién en el resultado de la investigación.” 1 9 W itold K ula, en su excelente ensayo sobre el hecho histó! rico ysusignificación, dice lom ism o form ulándolo en térm inos m ás tajantes, tras rigurosos razonam ientos. “E l hecho histórico es una construcción científica, ya que, com o hem os dicho, traza las fronteras cronológicas, geográ! ficas y sustanciales de determ inado conjunto de fenóm enos. Yla historia de la historiografía m uestra disensiones científicas originadas por los diferentes trazados de cada una de estas fronteras.” 2 0 “Cada acto de construcción y de selección de los hechos se funda en determ inado conocim iento de la sociedad (o, m ejor dicho, en las representaciones de la sociedad) y de su funcionam iento (... ). La diversidad de criterios em pleados por los historiadores a través de los siglos para construir y seleccionar los hechos, pone en evidencia la vitalidad de las ciencias históricas.” 2 1 Partiendo de la cuestión general: “¿qué es el hecho his! tórico?” y abordándola desde diversos ángulos en función de 1 9 Igor K on, ldealizm... , ed. cit., p. 316 (cursivas de A . S.).
2 0 W . Kula, Rozwazania..., ed. cit., p. 63-64. 2 1 Ibid., pp. 72-73.

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las significaciones que esta cuestión encubre, hem os descubierto hasta aquí cinco tem as posibles de reflexión relacionados con el problem a planteado y se han propuesto y argum entado cinco respuestas. 1) A l plantear la cuestión: “¿qué es el hecho histórico?”, se trataba de establecer prim ero lo que puede ser considerado com o tal; y la respuesta ha sido: un acontecim iento, un proceso, el producto de un acontecim iento o de un proceso en la vida social. 2) V ista la m ultiplicidad de fenóm enos en cuestión, de! bía precisarse en función de qué calificábam os a los “hechos históricos”. R espuesta: el criterio es la significación de los hechos dados para el desarrollo social, lo que siem pre presu! pone un sistem a de referencia. 3) N uestra cuestiónafectaba a la estructura de los hechos históricos y en particular a la legitim idad de la distinción de hechos sim ples y hechos com plejos. 4) La cuestión llevaba al estatuto ontológico del hecho histórico: se trata de un fragm ento de rerum gestarum o bien de un enunciado acerca de él. 5) Por últim o, hem os intentado definir el estatuto gnoseológico del hecho histórico: es “bruto” o bien es el resultado de la intervención de una teoría. El desarrollo y el análisis de estos cinco tem as nos ha perm itido pasar revista a un extenso repertorio de problem as. Pero queda por exam inar una cuestión relacionada con el estatuto gnoseológico del hecho histórico, o de m odo m ás exacto, con la selección de los m ateriales que constituyen el hecho histórico y que sólo hem os destacado de pasada. S e trata del problem a de los hechos que, dentro de la m asa de acontecim ientos, procesos y productos subsiguientes, el his!
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toriador no tom a en consideración ya que no los ha calificado com o hechos históricos. Dada su im portancia, se im pone vol! ver a este problem a para realizar un análisis lo m ás sistem ático posible. E s conveniente hacerlo tanto m ás cuanto que el problem a de la selección de los hechos históricos, considerado en este aspecto, está en estrecha relación con la cuestión tratada antes de la constitución de los hechos por la selección de los m ate! riales históricos adecuados: en efecto, al proceder a esa selec! ción para establecer el hecho histórico dado, o sea al consti! tuirlo en cierto m odo en el plano gnoseológico, seleccionam os sim ultáneam ente los acontecim ientos históricos im portantes (los hechos históricos) dentro de la m asa de los aconteci! m ientos históricam ente indiferentes. Pero la tesis inversa tam! bién es cierta: al realizar la selección de los hechos históricos entre los acontecim ientos históricos, lo que siem pre hacem os basándonos en una teoría o una hipótesis que es nuestro sistem a de referencia, determ inam os al m ism o tiem po la orien! tación de la selección de los m ateriales históricos que consti! tuyen el hecho dado. Si, com o historiadores, nos encontráram os ante el pasado sin concepción alguna, sin ninguna teoría o hipótesis previa (form ulada científicam ente com o generalm ente lo hacen los científicos, o im puesta espontáneam ente por la práctica com o ocurre en la vida corriente), nos veríam os im potentes ante el caos form ado por la m ultitud de acontecim ientos, procesos y productos subsiguientes, cada uno de los cuales por sí solo puede aspirar potencialm ente al papel de hecho histórico. En tal situación, cuando hablam os de un “hecho histórico", nos referim os evidentem ente, no sólo a la objetividad del acon! tecim iento, etc. (en este sentido, cada acontecim iento es un hecho histórico), sino tam bién de un acontecim iento objetivo
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particularm ente calificado en la m edida en que, debido a su incidencia sobre otros acontecim ientos y, por tanto, sobre el curso de la historia, reconocem os su im portancia que le cali! fica com o hecho histórico, o sea com o hecho del que habla la ciencia de la historia. Una vez m ás nos enfrentam os con el carácter com plejo del hecho histórico que, por una parte, desde el punto de vista de su estatuto ontológico, es un frag! m ento de historia devenida de la realidad objetiva, y por otra, desde el punto de vista de su estatuto gnoseológico, es el producto de la interacción específica entre el sujeto y el objeto, com o en los otros casos de la relación cognoscitiva. A ún cuando sigue siendo un sólido elem ento de la realidad objetiva que existe aparte de toda conciencia cognoscente e indepen! dientem ente de ella, el hecho histórico es a la vez un producto específico, un producto sobre cuya génesis la m ente del histo! riador ejerce su acción. Por tanto, es falso creer, com o hacen los positivistas, que los hechos históricos, por ser históricam ente im portantes y significativos, se deducen por sí m ism os de los restantes acon! tecim ientos o procesos históricos, y que el historiador se debe lim itar a registrarlos y a presentarlos, ya que su significación es suficientem ente “elocuente”. Este punto de vista extrem a! dam ente sim plista es insostenible a la luz de los progresos experim entados por la teoría contem poránea del conocim iento. N ingún “acontecim iento” se separa por sí m ism o de los res! tantes, perm anece sencillam ente com o un acontecim iento entre otros. “La im portancia” y “la significación” de un aconte! cim iento es una calificación valorativa que necesita de la existencia del objeto valorado y del sujeto que valora. Esta com probación es evidente para quien com prenda la relación cognoscitiva y el papel que desem peña en ella el factor subje! tivo (en la prim era parte del libro ya hem os hablado exten280

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sam ente de esto y sólo un justificado exceso de prudencia nos obliga a repetir estas tesis). Por consiguiente, nada puede contradecir el m aterialism o gnoseológico en nuestra tesis del hecho histórico considerado com o resultado, com o producto de la teoría. En efecto, el historiador, basándose en una teoría definida, realiza la selección de los acontecim ientos y de los procesos históricos que él eleva a la dignidad de hechos históricos. El prim er hecho notorio es que los historiadores a m enudo están en desacuerdo sobre este punto (es decir, la selección de uno de ellos es m ás o m enos aceptada por los otros), de donde deriva un segundo no m enos notorio que es lo que en ciertas épocas había sido om itido por los histo! riadores de una escuela, ya que era considerado com o un acontecim iento carente de significación histórica, es elevado al rango de hecho histórico en otras épocas o por los histo! riadores de otra escuela. Para desarrollar este tem a, cedam os la palabra al histo! riador E. H . Carr que tiene el m érito de haber dicho lo que se debía decir en tal caso, con un sentido del hum or m uy británico. “Cuando se lee un libro de historia, hay que estar atento a las cojeras. S i no logran descubrir ninguna, o están ciegos, o el historiador no anda. Y es que los hechos no se parecen realm ente en nada a los pescados en el m ostrador del pesca! dero. M ás bien se asem ejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aún a veces inaccesible; y lo que el his! toriador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del m ar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determ inados desde luego am bos factores por la clase de peces que pretenda atrapar. En general puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que busca. H istoriar significa interpretar. Claro que si, volviendo
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a sir G eorge C lark del revés, yo definiese la historia com o ‘un sólido núcleo interpretativo rodeado de la pulpa de los hechos controvertibles’, m i frase resultaría, a no dudarlo, parcial y equívoca; pero con todo m e atrevo a pensar que no lo sería m ás que la frase original.” 2 2 Lucien Febvre com pleta y desarrolla en cierto m odo las declaraciones de E. H . Carr. “Y a estam os hartos de oír cóm o nuestros antepasados repe! tían: ‘El historiador no tiene derecho a escoger los hechos. ¿C on qué derecho? ¿En nom bre de qué principios? E scoger atentando contra la 'realidad’, por tanto, contra la ‘verdad’. Siem pre la m ism a idea; los hechos, pequeños cubos de m osaico, m uy distintos, m uy hom ogéneos y m uy lisos. Un terrem oto disloca el m osaico; los cubos quedan enterrados; desenterrém osles y, sobre todo, cuidem os de no perder nin! guno. R eunám oslos todos. N o escojam os... N uestros m aestros decían todo esto, com o si por el solo azar que destruyó tal vestigio y protegió a tal otro (ahora no tratam os el hecho del hom bre), toda la historia no fuera una elección. Y ¿si no existieran m ás que estos juegos del azar? D e hecho, la historia es una elección. A rbitraria, no. Preconcebida, sí (... ). Pero sin teoría previa, sin teoría preconcebida, no hay trabajo cien! tífico posible. La teoría, construcción del espíritu que responde a nuestra necesidad de com prender, es la experiencia de la ciencia (...). Un historiador que se niega a pensar el hecho hum ano, un historiador que profesa la pura y sim ple sum isión a los hechos, com o si los hechos no fueran producto de su fabricación, com o si no hubieran sido escogidos por él previa! m ente, en la plena acepción del térm ino escogido (y ellos no
2 2 E .H . Carr, W hat is History?, ed. cit., p. 18. (Ed. esp. cit., páginas 31-32.).

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pueden no ser escogidos por él) es un auxiliar técnico. Que puede ser excelente. Pero no es un historiador." 2 3 Estas frases m erecen ser citadas, puesto que sus autores, para algunos historiadores calificados, practican la reflexión m etateórica conscientes de sus im plicaciones. Q uae est m utatio rerum , uno estaría tentado a exclam ar en nom bre de los historiadores positivistas. Pero no se puede negar la razón a los innovadores. C om om áxim o uno quisiera añadir a sus palabras algunos toques de atención ante los posibles riesgos existentes al sobrepasar ciertos lím ites en la dirección que indican. Pero estono invalida la legitim idad de lo que afirm an. Efectivam ente la cuestión se reduce al siguiente dilem a indiscutiblem ente objetivo: en el curso de la vida de la hum a! nidad surgen acontecim ientos y procesos en cantidad infinita que con sus productos podrían constituir otros tantos hechos históricos; adem ás, entre ellos se establecen relaciones de inter! dependencia y de interacción tam bién en dim ensiones innu! m erables. ¿Por qué estos acontecim ientos, procesos, productos, etcétera, sóloson prom ovidos en cantidad ínfim a a la dignidad de hechos históricos? La respuesta que se im pone espontáneam ente es que se trata precisam ente de hechos im portantes que han desem pe! ñado un papel determ inado en el desarrollo de la sociedad. D e acuerdo. Pero ¿cóm o lo sabem os? D espués de todo, estos hechos no llevan signos distintivos o especiales. Por otra parte, los historiadores divergen en este punto y sus divergencias a veces sonconsiderables, en especial cuando pertenecen a épocas distintas. La “elevación” de hechos hasta entonces oscuros al rango de hechos históricos y el “rebajam iento” de hechos considerados anteriorm ente com o im portantes al nivel de he!
2 3 L. Febvre, Com bats pour l’histoire, ed. cit., pp. 116-117.

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chos ordinarios, desprovistos de valor histórico, refuerza nues! tro escepticism o. En consecuencia, ¿quién decide pues la im portancia histó! rica que se debe atribuir a los hechos? Evidentem ente el hom bre que estudia el proceso histórico: el historiador. Pero este acto nunca es la expresión de la arbitrariedad individual, del puro subjetivism o y de la buena voluntad del individuo. Puesto que nuestro historiador es un “producto” social,2 4 ha sido form ado tam bién en el espíritu de una teoría de la que es a la vez su exponente. La selección de los hechos está pues en función del contexto histórico del historiador, de la teoría que él aplica que, al m ism o tiem po, es un hecho social. Y es precisam ente en este sentido que la teoría precede a los hechos. La interpretación es, pues, la que eleva los hechos ordi! narios al rango de los hechos históricos o derriba a éstos de su pedestal. ¿A rbitrariam ente?, nos preguntam os con Lucien Febvre. N o, evidentem ente. En prim er lugar, porque los acon! tecim ientos, los procesos, etc., tienen un carácter objetivo: no son el producto del espíritu del historiador. En segundo lugar, porque el historiador m ism o tiene las m anos atadas por la teoría que profesa: es m ás el ejecutor de sus directivas que su propio dueño. En tercer lugar, por últim o, porque está socialm ente condicionado por los intereses de su época, los de la clase a que pertenece, etc. Sin em bargo, a pesar de este correctivo social im portante, el historiador introduce
2 4 En las diversas críticas que se han hecho a m is trabajos antro! pológicos, se m e ha reprochado frecuentem ente el em pleo del térm ino “producto” com o si se tratara ni m ás ni m enos de una grosería. A dm ito que esta palabra pertenece a la jerga m arxista, pero “cuadra” perfec! tam ente con lo que quiero expresar y no consigo hallar otro. Para quien conoce el m arxism o, es evidente que no se trata del em pleo vulgarizado o sim plificado de este térm ino; por consiguiente, todo el problem a es ficticio.

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indiscutiblem ente el factor subjetivo en el conocim iento his! tórico. Puesto que estas ideas podrían parecer arriesgadas, repitam os una vez m ás que no constituyen en absoluto un atentado al m aterialism o ni a la teoría del reflejo (evidente! m ente, interpretada de m odo correcto). En cam bio concuer! dan con la teoría contem poránea del conocim iento y con los resultados de ciencias particulares tales com o la lingüística, la psicología, la sociología del conocim iento, etc., que con sus investigaciones concretas am plían los horizontes de nuestro saber sobre el hom bre y sobre el proceso del conocim iento. A sí, el historiador es quien procede a la selección, aunque este acto no sea arbitrario. Selecciona los m ateriales que com ponen el contenido del hecho que constituye; selecciona los hechos históricos dentro de la m asa de hechos ordinarios de la vida. Esto es así porque se puede afirm ar que no hay hechos “brutos”; los llam ados hechos “brutos” tam bién son el producto de una elaboración teórica y adem ás su “prom o! ción” a la categoría de hechos históricos no constituye un punto de partida, sino un resultado. Incluso cuando nos encon! tram os ante una proposición tan trivial com o ésta: “la batalla de G rünw ald tuvo lugar en 1410” (lo que es verdadero o falso en función de la adecuación o no del juicio a la rea! lidad), la aceptación de este hecho com o hecho histórico resulta de la adopción de un sistem a de referencia definido (la historia política) y de una teoría definida. A sí ocurre siem pre, incluso cuando ciertos hechos (el de la batalla de G rünw ald, por ejem plo) son aceptados com o hechos históricos por todos los sistem as teóricos; incluso los hechos históricos ad! quiridos m ás sim ples no son hechos “brutos”, o sea hechos históricos “en sí”, sin que una selección adecuada haya ope! rado sobre la base de una reflexión teórica definida. Tras todo esto que se acaba de afirm ar, podem os concluir
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este capítulo con estas palabras tan elocuentes de E. H . Carr: “El historiador y los hechos de la historia son m utuam ente necesarios. Sin sus hechos, el historiador carece de raíces y es estéril; y los hechos, sin el historiador, están m uertos y faltos de sentido. M i prim era contestación a la pregunta de qué es la historia, será pues la siguiente: un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado.” 2 5

2 5 E .H . Carr, W hat is H istory?, ed. cit., p. 24. (Ed. esp. cit., página 39.)

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Capít ulo II. DESCRIPCIÓN-EXPLICACIÓN-VALORACIÓN.

"Vosotros recopiláis los hechos. Para esto acudis a los archivos, alm acenes de hechos. Basta agacharse para cosecharlos. En cestas llenas. Los echáis sobre vuestra m esa. H acéis lo que hacen los niños cuando juegan divertidos con los 'cubos' reconstruyendo la figura que se ha trazado para ellos... La torre está construida ya, ya se ha hecho historia. ¿Qué m ás queréis? Nada. Solamente: ¿saber por qué? ¿Para qué hacer historia? Y ¿qué es la historia? Luc ien Febvr e , C om bats pour l’histoire.

C on estas palabras Lucien Febvre concluye uno de sus polém icos ensayos dirigidos contra la concepción de la historia factográfica, o sea de La historia historizante. L as cuestiones que plantea son de vital im portancia: ¿la historia com o ciencia se lim ita o puede lim itarse a una “sim ple” presentación de los hechos, a su “sim ple” descripción? D e lo contrario, ¿en qué puede y debe ocuparse?, y en definitiva, ¿qué es?
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En nuestros análisis anteriores hem os respondido im plíci! tam ente con la negativa a la prim era cuestión. N o, la historia no es ni puede ser una “sim ple” descripción, y el postulado de una ciencia que presenta a la historia devenida w ie es eigentlich gewesen, tal com o la interpretan sus autores es una ficción científicam ente nociva. En prim er lugar, porque el historiador no puede escapar al papel activo que le incum be com o sujeto cognoscente en la relación cognoscitiva que es el conocim iento histórico; y porque no puede evitar intro! ducir el factor subjetivo en el conocim iento que siem pre (en cierto m odo por definición) es “parcial”, “partidario", en la m edida en que las perspectivas cognoscitivas del historiador están condicionadas por las relaciones y los intereses sociales de su época y de su m edio (para no hablar del condiciona! m iento de estas perspectivas por su estructura psicosom ática). En segundo lugar, porque el hecho histórico, categoría fundam ental del postulado de la historia puram ente descrip! tiva, de la “historia historizante”, introduce en el conocim iento el com plicado sistem a de las incidencias del factor subjetivo: lejos de garantizar la objetividad “pura” del conocim iento, su “depuración” por la exclusión de toda subjetividad (com o suponían erróneam ente los fundadores de la corriente positi! vista en el pensam iento histórico) el hecho histórico com o categoría científica introduce por el contrario el factor sub! jetivo en los fundam entos m ism os de la historiografía, con todo lo que conlleva de com plejo en el plano gnoseológico. En el capítulo anterior hem os debatido esta últim a cues! tión con m ayor detalle. Sin em bargo, puesto que nuestra intención es elaborar una respuesta sintética a la cuestión de la objetividad del conocim iento histórico, debem os extender nuestro análisis a todos los aspectos de la acción del factor
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subjetivo en este conocim iento. Efectivam ente, el problem a no se reduce sólo al hecho histórico y a su selección: los histo! riadores no sólo describen los hechos, tam bién los explican y valoran. Por consiguiente, todavía nos quedan por exam inar dos cuestiones: la explicación y la apreciación (reem plaza! rem os este últim o térm ino, clásicam ente com plem entario de la descripción y de la explicación, por el térm ino “valoración” que designa m ejor la acción de em itir juicios de valor, o por el neologism o “judicación”, de em pleo m ás cóm odo debido a algunos de sus derivados). La problem ática que abordam os al plantear la cuestión, a saber si la ciencia de la historia puede lim itarse a una “sim ple” descripción, responde tradicionalm ente al litigio so! bre el carácter ideográfico o nom otético de esta ciencia. Pero este litigio no entra en el dom inio de nuestras preocupaciones actuales.1Prim ero porque aquí nos concentram os en la acción del factor subjetivo sobre el conocim iento histórico; después, porque la tendencia a defender un ide ografism o radical es cada vez m ás rara entre los historiadores. Optan m ás bien por un nom otetism om oderado, enunciando que el historiador puede referirse a las leyes del desarrollo histórico, aunque la form ulación de estas leyes no sea una tarea específica de la ciencia de la historia. Por consiguiente, podem os pasar inm ediatam ente a los problem as de la explicación y de la valoración en la ciencia de la historia. D esde el punto de vista m etodológico y teórico, estos dos problem as son im portantes y com plicados. C onviene pues prim ero precisar que no los som eterem os a un análisis com ! plejo y de detalle; tal análisis conduciría a una auténtica
1 Ya he expuesto este problem a en Obiektywny charakter praw historii (“Carácter objetivo de las leyes históricas”), V arsovia, 1957.

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m onografía de cada problem a. En el caso del prim er pro! blem a, sería preciso referirse a una teoría m ás extensa de la explicación en la ciencia en general, lo que representaría la necesidad de analizar la cuestión de las leyes científicas en general y de las leyes históricas en particular. En el caso del segundo problem a, sería preciso referirse inevitablem ente a una axiología en el am plio sentido del térm ino, o sea a una teoría de los valores, y aplicarla concretam ente a la valoración en la ciencia de la historia. Cada uno de estos tem as podría constituir perfectam ente el objeto de un estudio m onográfico, y es evidente que bastaría tratarlos m ás extensam ente para provocar el estallido de toda construcción racional de nuestros análisis actuales. Por consiguiente, debem os lim itam os a *un m om ento del problem a: el papel del factor subjetivo con rela! ción a la explicación y a la valoración en la ciencia de la historia; nuestro objetivo es adquirir m ás saber en la acción del factor subjetivo en el conocim iento, objetivo lim itado pero im portante para nuestra síntesis definitiva. V olvam os al pasaje citado de Lucien Febvre. La ciencia de la historia no consiste sólo, según él, en recoger los hechos para form ar una im agen, sino tam bién en explicar el por! qué de estos hechos. Este saber por qué precisam ente es el que constituye la historia com o ciencia. A l suscribir esta interrogación, oponem os la historia a la crónica. E ste problem am uy antiguo ya fue desarrollado espe! cialm ente por B enedetto C roce, aunque dentro del contexto de su m etafísica espiritualista que invalida su concepción y la hace para nosotros inutilizable. Sin em bargo, la oposición de la historia a la crónica conlleva fecundas ideas que per! m iten com prender m ejor y separar m ás claram ente el sentido de la historia corno ciencia y el papel que en ella desem peña
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la explicación. Por consiguiente, recurram os a otra fuente, m ás neutra, para el análisis del problem a. Y o propongo un pasaje de la introducción de M orton W hite a un coloquio sobre los problem as de la filosofía y de la historia. “La crónica de un objeto cualquiera es, en cierto m odo, una conjunción de enunciados em píricos no explicativos que m encionan expresam ente a este objeto y dan cuenta de las cosas que le atañen, que han sido verdaderas en diversos m om entos. Por enunciado explicativo yo entiendo un enun! ciado en el cual dos proposiciones relativas a los hechos no están unidas por la conjunción ‘porque'. El postulado en vir! tud del cual los enunciados em pleados en la crónica no deben ser explicativos, resulta de la fidelidad a la idea de que la crónica no hace m ás que relacionar los ‘hechos’ en el estricto sentido del térm ino.2D em odo contrario a la crónica, la his! toria explica los fenóm enos de que habla. A sí, la explicación está contenida por definición en la noción de historia. E l historiador, a diferencia del cronista, no busca solam ente saber lo que ocurrió, tam bién quiere saber por qué.” 3 Esta distinción entre la crónica y la historia, en m i opi! nión, está fundada y es im portante: dilucida el papel de la explicación en la ciencia de la historia. ¿Saber por qué? Saber el porqué de los hechos y el cóm o de este saber, es precisam ente aquello en lo que consiste la explicación. Pero inm ediatam ente surgen las dificultades; en nuestro caso concreto, las dificultades en relación con el papel del factor subjetivo: basadas en un m ism o com plejo de hechos, las explicaciones pueden diferir y efectivam ente difie!
2 M .W hite, “Philosophy and H istory”, en Philosophy and History, Nueva Y ork, 1963, ed. Sidney H ook, p. 5. 3 Ibid., p. 6.

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ren com o lo prueba la experiencia. Inm ediatam ente se des! cubre la im portancia que adquieren las diferencias entre las distintas escuelas y los diferentes sistem as teóricos en la cien! cia de la historia: directa o indirectam ente son el origen de que los historiadores, a pesar de disponer del m ism o saber factual, com prendan, valoren y expliquen los hechos en tér! m inos diversos, e incluso contradictorios. Raym ond A ron escribe al respecto: . ". Toda interpretación es una reconstrucción (...). Según el objetivo que busca, el historiador establece entre los elem entos lazos diferentes, em plea otros conceptos: pero, este objetivo se lo ha asignado él m ism o. (...) La pluralidad de las interpretaciones es evidente cuando se considera el trabajo del historiador. Y a que surgen tantas interpretaciones com o sistem as existen, es decir, en térm inos vagos concep! ciones psicológicas y lógicas originales. M ucho m ás aún, se puede decir que la teoría precede a la historia, si por teoría se entiende a la vez la determ inación de cierto sistem a y el valor atribuido a cierto tipo de interpretación.” 4 A sí, al partir de una sum a de hechos generalm ente adm i! tidos por los historiadores, puesto que están tom ados de fuentes seguras (el térm ino “fuente” está em pleado en sentido am ! plio), la m anera de captar y de presentar el proceso histórico difiere según los historiadores. N o sólo porque los hechos que seleccionan y consideran im portantes, históricos, difieren de un historiador a otro, sirio tam bién porque los historiadores establecen entre esos hechos relaciones diferentes y las expli! can cada uno de ellos de m odo distinto. Y a que antes hem os afirm ado que la explicación entra, ex definitione, en la noción de la historia (si distinguim os la
4 R .A ron, Introduction à la philosophie de l’histoire, ed. cit., p. 111.

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historia de la crónica), se im pone definir m ejor lo que enten! dem os por “explicación". Y a hem os precisadoal principio que, por no poderlo hacer, no queríam os entrar en el análisis detallado de los problem as de la explicación y de la valoración en la historia. Sin em ! bargo, hem os de indicar com om ínim o el saber que juzgam os indispensable para abordar el aspecto de la cuestión que nos interesa. L os diferentes autores que se interesan por el problem a de la explicación en la ciencia, lo consideran con relación a la ciencia de la historia em pezando en general por la tipología de los m odos existentes de explicación y por el análisis de cada uno de estos m odos. R .B . Braithw aithe, a quien yo considero una autoridad en la m ateria, distingue la explicación causal y la explicación finalista. Si bien en am bos casos, la cuestión planteada es idéntica: “¿por qué?”, las respuestas respectivas difieren por su form a y por sus contenidos: “a causa de X”, en el prim er caso, y, “a fin de que X”, en el segundo.5 Si, de acuerdo con la intención de Braithw aithe, conside! ram os que la cuestión de la causa del fenóm eno que se ha de explicar afecta a los acontecim ientos anteriores o sim ultáneos a este fenóm eno, y si estos acontecim ientos, en condiciones constantes no especificadas de m odo especial, bastan para determ inar (de acuerdo con tal o cual ley de la causalidad) este fenóm eno, en principio debem os estipular la reserva que el autor hace y que es de gran im portancia para el aspecto del problem a que nos ocupa. V eam os esta reserva citada tex! tualm ente: “Cuando se plantea la cuestión ‘¿por qué?’ no se espera
5 R. B . Braithwaithe, Scientific Explanation, Cam bridge, 1953, página 320.

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una respuesta que contenga la enum eración detallada de todos los acontecim ientos cuya sum a form a la causa total, o sea el conjunto de acontecim ientos que colectivam ente deter! m ina los acontecim ientos explicados; corrientem ente, se espera solam ente la causa parcial que m ás interesa a quien plantea la pregunta (probablem ente éste desea entender lo que toda! vía ignora). Uno de los objetivos de la explicación integral sería definir la causa total; en este sentido, al igual que en la m ayor parte de los sentidos de esta expresión, la ‘explicación integral' no sería única, ya que el m ism o acontecim iento puede tener diversas causas tota les. ”6 V olverem os de nuevo a esta form ulación dentro del con! texto de nuestras reflexiones generales sobre el papel del factor subjetivoen la explicación histórica. D em om ento destaquem os que B raithw aithe introduce el factor subjetivo (el que m ás interesa a quien plantea la cuestión) com o elem ento orgánico de su análisis. Por otra parte, adem ás del hecho de que no es integral, la explicación causal se com plica tanto m ás cuanto que la investigación puede ser considerada con condiciones suficien! tes (en el sentido m ás fuerte) o solam ente con las condiciones necesarias (sentido m ás débil). A unque frecuentem ente la pregunta “¿por qué?” afecta a los dos aspectos del problem a: sobre las condiciones suficientes y sobre la especificación de las condiciones necesarias del acontecim iento dado. El segundo tipo de explicación (tam bién según B raithw ai! the), es la explicación finalista. En este caso, a la pregunta “¿por qué?”, contestam os indicando el fin con relación al cual el acontecim iento que se ha de explicar constituye un m edio de realización. Un ejem plo de la explicación finalista que el
6 Ibid. p. , 320 (cursivas de A . S.).

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autor considera enteram ente satisfactorio desde el punto de vista científico es la respuesta a la cuestión: “¿Por qué este verano te quedas en casa?” y que indica con qué fin, con qué objetivo se ha adoptado la decisión de perm anecer en casa: “con el fin de term inar un libro que debo enviar a m i editor a principios de otoño”.7 V am os a citar una últim a form ulación de este autor que arroja determ inada luz sobre nuestro problem a. “Esta explicación consiste en com probar el objetivo que se quiere alcanzar: describe una acción com o una acción orientada hacia un fin definido, com o una 'acción finali! zada’ ..., el térm ino ‘orientada’ se em plea de m odo que im plica la dirección, aunque no quien la confiere.”8 En este últim o caso, el autor desea elim inar de m odo m anifiesto el factor subjetivo. ¿L o consigue? ¿S e puede reco! nocer efectivam ente la existencia de una acción finalizada sin aceptar el sujeto que establece el fin señalado? E xisten, no obstante, otras tipologías. A sí H em pel, el autor de un excelente ensayo, m odelo en cierto m odo por su precisión en la expresión de pensam iento, solam ente acepta un tipo de explicación, la explicación causal que siem pre consiste en la subsunción de un acontecim iento concreto bajo una ley gene! ral. La definición clásica de la explicación según H em pel es la siguiente: “La explicación del acontecim iento particular E, en un tiem po y lugar definidos, consiste generalm ente en indicar las causas o los factores determ inantes de E . La proposición según la cual un conjunto de acontecim ientos, digam os C1, C2,... Cn, ha causado el acontecim iento que se ha de explicar, se reduce a la tesis que, de acuerdo con ciertas leyes generales,
7 Ibid., pp. 322-323. 8 Ibid., p. 323 (cursivas de A. S.).

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el conjunto de los acontecim ientos C1, C2,... C n tiene por consecuente un acontecim iento del tipo E. A sí, la explicación científica del acontecim iento en cuestión se com pone de: 1) un conjunto de proposiciones que afirm an la existen! cia de los acontecim ientos C1, C2,... Cn en un lugar y tiem po definidos; 2) un conjuntode hipótesis universales que im plican que: a) las tesis de am bos grupos están suficientem ente com ! probadas por la experiencia, b) la proposición que enuncia la existencia del aconte! cim iento E puede deducirse lógicam ente de estos dos grupos de tesis.” 9 Este punto de vista y su form ulación no tienen nada de originales. Y a en la escuela neopositivista a que H em pel per! tenecía, Karl Popper (Logik der Forschung) había presentado m ucho antes que él una fórm ula análoga de la explicación científica y, en la m ism a época que H em pel, otro teórico de la historia, Patrick G ardiner, escribe en su conclusión un razonam iento casi idéntico: " ... un acontecim iento es expli! cado cuando se le coloca bajo una generalización o ley”.1 0 Por otra parte, lo que m ás nos interesa, particularm ente en H em pel, tan categórico en su definición de la explicación (que según él, siem pre presupone la existencia de leyes gene! rales) son las conclusiones que saca de su análisis de la práctica de la historiografía. O bserva en principio que ésta
9 C . G . H em pel, “The Function of G eneral Law s in H istory”, en H . Feigl y W . Sellan (ed.), Readings in Philosophical Analysis, N ueva Y ork, 1949, pp. 459-460. 1 0 P. Gardiner, The Nature of Historical Explanation, O xford, 1952, p. 1 . (“La naturaleza de la explicación histórica", M éxico, UNAM , 1961, p. 12.)

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no respeta siem pre los rigores de la explicación, en los casos en que las leyes generales (las hipótesis) no han sido form uladas expresam ente, porque atañen a la psicología individual y parecen triviales, com o ocurre en los casos (los m ás intere! santes desde nuestro punto de vista) en que las leyes no pueden ser form uladas con precisión debido a su carácter estadístico y, por tanto, a su carácter puram ente probabilista, con relación a los diferentes acontecim ientos. D espués H em ! pel concluye: “En la historia gran núm ero de explicaciones adm iten el análisis siguiente: si las explicaciones fueran form uladas ínte! gra y explícitam ente, estipularían condiciones previas e hipó! tesis probabilísticas tales que el acontecim iento explicado sería m uy probable. Sin em bargo, aunque las explicaciones en la historia estén construidas com o explicaciones ‘causales’ o ‘probabilistas’ sigue siendo cierto que en la m ayoría de los casos las condiciones previas y sobre todo las hipótesis universales im plicadas no están claram ente indicadas y no pueden ser reem plazadas de m odo unívoco.” 1 1 D e este m odo, destaquem os, la im precisión del punto de partida (las condiciones previas al igual que las hipótesis adoptadas) que determ ina el carácter probabilista de la expli! cación, no es fortuita ni elim inable. Por tanto, nuevam ente se plantea con toda su am plitud el problem a de las diversas explicaciones posibles y de la elección de una de ellas. ¿Por qué escogem os esta explicación con preferencia a aquélla? ¿En qué basam os nuestra elección? Este aspecto del problem a lo subraya aún m ás Ernest N agel. E ste tam bién afirm a que la explicación histórica de las acciones hum anas es probabilista, puesto que las gene1 1 C .G .H em pel, op. cit., p. 465.

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ralizaciones relativas a las conductas hum anas y que form an parte de los presupuestos de esta explicación, poseen un carác! ter estadístico.1 2 Pero E. N agel, al analizar esta tesis va m ás lejos: “L as dos propiedades que explican en parte el asunto en que la explicación en la historia es probabilista, son las pre! m isas incom pletas, en el caso en que se aplican m odelos de razonam iento deductivo, y la form ulación de las condiciones m ás necesarias que suficientes de los acontecim ientos.” 1 3 La “probabilidad” en la historia, prosigue N agel, siem pre conlleva un elem ento subjetivo im posible de elim inar, puesto que a partir de los m ism os datos previstos y de las m ism as hipótesis, individuos distintos atribuirán grados diversos de probabilidad a los m ism os acontecim ientos. Con el fin de elim inar en las m ejores condiciones el ele! m ento de subjetividad en la explicación, N agel propone una concepción corregida de la probabilidad, denom inada “pro! babilidad personalista”.1 4Lo que zanja la cuestión es la deci! sión del individuo que, partiendo de datos previos definidos, tiende a atribuir probabilidades m ayores o m enores a esta o aquella posibilidad en com paración con las restantes. D e hecho no se elim ina al elem ento subjetivo de la explicación, sólo se m odifica la form a del enunciado. H em pel, por el carácter parcial y, por tanto, probabilista de la explicación histórica destacado por la m ayor parte de autores, se ve llevado a afirm ar que en realidad no se trata de una explicación sensu stricto, sino sim plem ente de un “esbozo de explicación” (explanation sketch). “Por consiguiente, en la m ayor parte de los casos lo que
1 2 E. N agel, The Structure of Science, Nueva Y ork, 1961, p. 558. 1 3 Ibid., p. 561 1 4 Ibid., p . 561 y ss.

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proporcionan los análisis explicativos de los acontecim ientos históricos no es una explicación en uno de los sentidos tratados antes, sino algo que se podría llam ar un esbozo de explicación. Este esbozo equivale a la indicación m ás o m enos im precisa de las leyes y de las condiciones previas de las que se piensa que se refieren a la cosa considerada y que exigen ser ‘com ! pletadas' para que el esbozo pueda convertirse en una expli! cación integralm ente constituida.” 1 5 H em pel defiende el carácter em pírico de estos “esbozos de explicación” (que se pueden com probar en el proceso de su concreción progresiva; de m odo opuesto a los “sin sentido” concebidos en el espíritu del neopositivism o com o proposi! ciones desprovistas de sentido em pírico) que contienen según él, las directrices de su concreción, aunque con sus proposi! ciones no rem edia en absoluto la situación en la que el sujeto cognoscente asum e su papel activo com pletando el esquem a de explicación con los contenidos concretos. En el origen de todas estas dificultades engendradas por el factor subjetivo en la explicación se encuentra, no obstante, un problem am ás general del cual son conscientes num erosos autores. Este problem a, esencialm ente filosófico, es m uy cono! cidoen el contexto de la reflexión filosófica sobre la causalidad. Cuando decim os que un acontecim iento es la causa de otro (por ejem plo, una piedra que se lanza es la causa de un cristal roto), siem pre realizam os la elección de un aconteci! m iento entre otros que llam am os las condiciones del aconte! cim iento en cuestión. Para que una piedra lanzada rom pa un cristal deben producirse otros num erosos acontecim ientos (los antecedentes) anteriores o sim ultáneos con relación al acon! tecim iento que denom inam os el efecto (el consecuente): es
1 5 C . H. H em pel. op. cit., p. 465.

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preciso que la Tierra gire alrededor de su órbita, que exista un cam po determ inado de gravedad, que el cristal sea de cierta consistencia, etc. N o negam os la existencia de todos estos antecedentes, pero los consideram os m ás bien las condi! ciones del acontecim iento y no los suponem os tácitam ente; en cam bio, lo que nos interesa es el acontecim iento que inm e! diatam ente ha producido el efecto, o sea la causa real sin la cual el efectono habría tenidolugar. Se trata, en consecuencia, de la condición necesaria del acontecim iento, y no de su condición suficiente. L os filósofos saben perfectam ente todas las dificultades y cuestiones que surgen de inm ediato: qué antecedente puede ser considerado com o la condición nece! saria; cóm o agotar la condición suficiente; la relatividad de la elección de la causa del acontecim iento entre el conjunto de las condiciones, bajo la perspectiva de “la im portancia” de esta causa, etc. En nuestro contexto, el m ás interesante de los problem as m encionados es el últim o, que ha incitado a los adeptos del “condicionalism o” a renunciar en general al concepto de “causa” en favor de las condiciones iguales y equivalentes del acontecim iento. A l indicar algunos de los problem as planteados por la causalidad, no tenem os intención de abordarlos ni de expo! ner toda su sutil term inología, ni de zanjar tan antiguo litigio en el espíritu de uno de los num erosos partidos científicos contendientes. Pero hay algo que no podríam os om itir en este contexto, a saber: que siem pre llevam os a cabo una elección cuando separam os las causas de los acontecim ientos estudiados; la llevam os a cabo debido a cierto sistem a de referencia y fundándonos en un sistem a de valores que determ ina el “valor” m ás o m enos grande de los acontecim ientos entre los cuales escogem os. Todavía hay otra circunstancia que debem os tom ar en
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consideración. Para ilustrar el problem a de la causalidad, hem os recurrido a un ejem plo sum am ente sim ple: una piedra lanzada contra un cristal. La historia ignora situaciones tan triviales o, por lo m enos, no se interesa por esta especie de casos. Cada “hecho histórico” es una “condensación” de corre! laciones yde interacciones presentes y pasadas; en cierto m odo tam bién es un “conglom erado” de acontecim ientos en cuya constitución el historiador desem peña una parte activa. Incluso el hecho histórico llam ado sim ple es com plejo y tiene gran cantidad de relaciones con el conjunto de la rea! lidad social, actual y pretérita. Para indicar sus causas y sus leyes, siem pre debe realizarse una elección, em pezando por el aspecto del problem a que se quiere estudiar, por el sistem a de referencia en que se sitúa el hecho histórico. La explicación histórica nunca es íntegra: si bien H em pel propone un “esbozo de explicación” que debe concretarse indefinidam ente, G ibson quiere subsanar la dificultad refi! riendo la explicación solam ente a los factores escogidos entre todos los factores que constituyen conjuntam ente la condición suficiente del acontecim iento.1 6 Pero ¿según qué principio, entre la infinidad de acontecim ientos y de relaciones anteriores o contem poráneas al acontecim iento estudiado, se escoge a los factores que se consideran com o las causas explicativas de este acontecim iento? ¿Cuál es el criterio de su im portancia? G ibson contesta que este criterio lo constituyen los efectos engen! drados por los factores dados.1 7 Pero el problem a consiste precisam ente en establecer cuáles son los factores que han producido los efectos que consideram os particularm ente im ! portantes. E s inútil dem ostrar que un círculo vicioso invalida este razonam iento.
1 6 G .G ibson, The Logic of Social Inquiry, Londres, 1960, p. 187. 1 7 Ibid., p. 191.

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Ernest N agel es m ucho m ás prudente en este problem a; no propone respuesta alguna, se lim ita a indicar los diversos puntos de interrogación y las dificultades.1 8 Tras haber dis! tinguido los factores endógenos (que proceden de la com pe! tencia del historiador) de los factores exógenos (que no la suponen), N agel centra su atención en los prim eros, sin negar por ello que los factores biológicos o geográficos, por ejem plo, pueden desem peñar un papel considerable en el curso de los acontecim ientos históricos. Sin em bargo, incluso esta lim itación deliberada del cam po de interés no descarta todas las com ! plicaciones ni aporta respuesta alguna a la cuestión: ¿qué significa ser “im portante” respecto a los acontecim ientos his! tóricos? Aún cuando se suprim a la am bigüedad, el problem a no se soluciona. En la explicación histórica de A .M .M aciver encontram os un punto de vista interesante sobre el factor subjetivo. E ste autor sostiene que cada historia generaliza, pero hay diversos niveles de generalización que van desde la descripción indi! vidual a las interpretaciones m uy generales de la historia. La confusión de estos niveles origina errores en el razonam iento y ociosas discusiones verbales. Igual sucede con la explicación histórica: hay diversos tipos de explicación histórica, adap! tados a los diversos niveles de generalización. Pero precisa! m ente por esta razón, aparece el factor subjetivo, a conse! cuencia de la elección por parte del historiador del nivel de generalización en que quiere estudiar el fenóm eno dado. “En la explicación histórica en todos sus niveles, excepto en el nivel puram ente individual, se ignora todo cuanto es insignificante. Esto puede parecer subjetivo, pero de hecho
1 8 E .N agel, Relativism and som e Problem s of W orking H istorians, en S .H ook (ed.). Philosophy and History, N ueva Y ork, 1963, pp. 90-91.

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nada tiene de subjetivo a no ser la subjetividad del m otivo que dicta la elección del nivel definido.” 1 9 La explicación histórica, considerada com o una explica! ción causal, tiene todavía un aspecto interesante desde nuestro punto de vista. D eliberadam ente hacem os abstracción del litigio relativo a las diferencias existentes entre la explicación en la historia y la explicación en las ciencias de la naturaleza; litigio que está relacionado con el estatuto de estas diferentes esferas del saber. Por otra parte, aceptam os la tesis que afirm a que la historia estudia los acontecim ientos concretos recha! zando categóricam ente la tesis radical de la escuela de R anke sobre la historia lim itada a la presentación de “hechos brutos”. Por consiguiente, si la historia tiene com o objeto explicar los acontecim ientos históricos (de lo contrario, no sería historia), debe referirse a las m ás diversas leyes que en los variados ám bitos de la realidad establecen las regularidades en la vida de los individuos y de las sociedades. Con esta única condición puede practicarse la explicación causal de los acontecim ientos dados recurriendo a los acontecim ientos pasados y presentes. Pero el historiador tam bién practica otra form a de reflexión y de razonam iento em parentada con la explicación. Si cono! ciendo el estado previo y las leyes que rigen el desarrollo de un sector dado de la realidad, podem os prever los aconte! cim ientos que se van a presentar, tam bién podem os proceder a la inversa: basándonos en este m ism o saber y partiendo del estado actual, podem os deducir lo que ha sido el pasado. La literatura anglosajona para designar a esta operación ha adoptado el térm ino de retrodiction (introducido por G .R yle)
1 9 A .M .M aciver, “The Character of H istorical Explanation”, en A .M .M aciver, W . H. W alsh, M .G insberg, Aristotelian Society, Lon! dres, 1947, Supplem entary volum e XXI, p. 42.

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que constituye el correlativo de prediction (previsión). V ea! m os lo que escribe W . H. W alsh al respecto: “Se ha dicho que aunque ciertam ente no es incum bencia de los historiadores predecir el futuro, sí lo es en alto grado ‘retrodecir’ el pasado: establecer sobre la base de pruebas presentes, cóm o debió ser el pasado. Y se afirm a que la con! ducta del historiador al ‘retrodecir’ es exactam ente paralela a la del científico cuando predice, ya que en cada caso el razonam iento avanza desde la conjunción de prem isas par! ticulares (que el caso ahora es esto y lo otro) con verdades generales, en el caso de la ciencia leyes de la naturaleza, en el de la historia leyes que gobiernan la conducta hum ana en situaciones de tal o cual tipo.” 2 0 Se trata, por tanto, en cierto m odo de un tipo de razo! nam iento por recurrencia que ocupa un lugar de elección en el arsenal científico que sirve al historiador para form ular sus hipótesis sobre los acontecim ientos estudiados, de una especie de previsión recurrente proyectada hacia atrás sobre la his! toria: partiendo de hechos conocidos y de ciertas leyes gene! rales, se procede desde los efectos hasta las causas posibles de los acontecim ientos dados. La situación es análoga a la del astrónom o cuyos cálculos le llevan a concluir que en tal o cual lugar del espacio debe haber un cuerpo celeste de tal m agnitud; esta indicación heurística le perm ite em prender investigaciones sistem áticas concretas que si dan resultados com prueban la hipótesis. El historiador igualm ente obtiene gracias a esta retrodicción o previsión proyectada hacia atrás (retrodiction), una hipótesis fecunda para su investigación sobre los vestigios m ateriales de las antiguas culturas, institu2 0 W .H .W alsh, An Introduction to Philosophy of History, Lon! dres, 1951, p. 41. (Introducción a la filosofía de la historia, Ed. Siglo XXI, M éxico, p. 43.)

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ciones, fundam entos económ icos de ciertas costum bres, etc. A título de ilustración de esta operación y de su validez, podríam os citar varios ejem plos procedentes de la historia de la historiografía. El papel activo del historiador surge una vez m ás: en las form ulaciones de las hipótesis relativas al pasado, en las inves! tigaciones, en la verificación, etc. Es evidente que los resulta! dos dependen en gran m edida de la personalidad del histo! riador, de su erudición, de su form ación teórica y filosófica, de sus convicciones personales determ inadas por su situación per! sonal, etc. Este nuevoelem entoequivale a una nueva dificultad en nuestras investigaciones de los contenidos de la tesis sobre la objetividad de la verdad histórica. A ntes de concluir esta parte de nuestros análisis, conviene indicar que algunos autores no pretenden recurrir a la expli! cación causal, sino a la explicación genética, subrayando que el problem a consiste en explicar los fenóm enos por su historia. Sin em bargo, precisan que no se trata de una sim ple sucesión de acontecim ientos, sino de series de causas y efectos; por tanto, practican en realidad la explicación causal, conscientes de que al separar las condiciones necesarias de los aconteci! m ientos, sin sus condiciones suficientes, su explicación es probabilista (Ernest N agel, por ejem plo). En el contexto de la explicación causal, principal objeto denuestra exposición, hem os intentado distinguir nuevos aspec! tos del papel del factor subjetivo con el fin de com pletar nuestra reflexión sobre la objetividad del conocim iento histó! rico. Pero, com o vam os a dem ostrar, la explicación causal siem pre va acom pañada en la historia de la explicación fina! lista, cuyoanálisis dará nuevas perspectivas a nuestro problem a. V olvam os a la tipología de Braithw aithe que distingue la explicación causal de la explicación finalista o teleológica.

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Explicar un acontecim iento equivale a responder a la pre! gunta: ¿por qué este o aquel hecho se ha producido? S e puede responder a esta pregunta o bien indicando las causas que han producido o han contribuido a la producción del acon! tecim iento, de acuerdo con cierta ley, o bien indicando el objetivo que los hom bres se proponían alcanzar por m edio de acciones definidas. En el prim er caso, la cuestión “¿por qué?”, equivale pues a “¿por qué razón?, y en el segundo, equivale a “¿con qué objeto?, ¿con qué fin?” E s evidente que la explicación finalista y, por consiguiente, la pregunta “¿con qué fin?” son únicam ente válidas cuando nos encontram os ante una acción consciente y sus efectos, es decir cuando se trata de explicar las acciones de los individuos que se plantean intencionalm ente objetivos definidos a los que adaptan los m edios para su realización. Precisam ente por este m otivo el teleologism o considerado com o una corriente filosófica que extiende la explicación finalista a todos los acon! tecim ientos y fenóm enos, incluida la naturaleza, debe im plicar la existencia de un ser sobrenatural cuya acción consciente y finalizada engendra todo cuanto se produce. A dm itir esta posición representa aceptar sus prem isas religiosas y — en el plano filosófico—el espiritualism o. La negación del teleologism o com o principio universal de explicación de los acontecim ientos de la realidad, negación que constituye el hecho prioritario de todas las variantes del m ate! rialism o, no significa de ningún m odo que en cada caso se rechace la legitim idad de la explicación finalista. Por el con! trario, cuando nos encontram os ante acciones finalizadas, orde! nadas a un objetivo, por tanto, propias de seres pensantes que buscan conscientem ente la realización de objetivos definidos, la explicación finalista no sólo es adm isible, sino tam bién en

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ciertos casos necesaria si realm ente se quiere com prender qué ha ocurrido. Tom em os com o ejem plo un hecho cuya im portancia his! tórica es indiscutible e indiscutida: en 1917, Lenin acom pa! ñado de sus colaboradores, cruza A lem ania y regresa a R usia. Este hecho no es un hecho ordinario, aunque se haga abstracción de los efectos del regreso de Lenin en el encade! nam iento histórico que llevó a la R evolución R usa. D igam os que el historiador no puede lim itarse a com probar este hecho, a registrarlo, sino que debe explicarlo, o sea responder a la cuestión “¿por qué?". Esta pregunta tiene dos explicaciones posibles, pero ¿la m ás viable es la explicación causal o la explicación finalista? En general, el historiador intenta recurrir a estos dos m odos de explicación, y tiene razón; pero, en nuestro caso concreto, la explicación finalista aventaja a la explicación causal. La prim era no sólo es legítim a, sino tam ! bién necesaria para com prender los acontecim ientos. Su efecto puede dam os la dem ostración de las relaciones de causa a efecto, form ando un encadenam iento de acontecim ientos al final de los cuales se encuentra el hecho concreto: el regreso de Lenin a R usia, si nos explicam os el objetivo que Lenin pretendía alcanzar de este m odo, o sea si conocem os las m oti! vaciones de su com portam iento. Cuando nos enfrentam os a una acción consciente delibe! rada, ordenada a un fin, para explicarla (o sea para responder a la pregunta “¿por qué?”) debem os referirnos a las m oti! vaciones de los hom bres y a lo s objetivos que se habían fijado. Solam ente esta referencia perm ite com prender y valorar las acciones hum anas (lo que es im portante para el historiador). Esta posibilidad y esta necesidad de acudir a la explicación finalista, sin incurrir en el peligro de caer en el m isticism oy el espiritualism o (inevitables, por el contrario, si se considera al
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teleologism o com o el m odo universal de explicación aplicable a todos los acontecim ientos de la realidad), originan una de las principales diferencias entre las ciencias sociales y las cien! cias de la naturaleza. En efecto, dondequiera que nuestros estudios tengan por objeto el hom bre socialm ente activo (el hom o sapiens constituye la única especie biológica de la que sabem os que actúa conscientem ente, es decir que tiende cons! cientem ente a la realización de los objetivos previam ente fija! dos, tanto en la vida individual com o en la vida social), debem os recurrir a la explicación finalista de sus acciones pues de otro m odo no podríam os com prenderlas. La com prensión es el efecto evidente de la explicación finalista, puesto que reconstituyendo sobre todo los m otivos de una acción, perm ite com prender la m ism a acción.2 1D igo “sobre todo” para des! tacar que no descartam os el papel de otros factores, entre ellos el determ inism o causal de las actitudes y de los com porta! m ientos; pero, repito, es im posible prescindir de la explicación finalista en la historia, m ientras que en las ciencias de la naturaleza (incluidos los estudios sobre el hom bre com o orga! nism o biológico) esta explicación no sólo es supérflua, sino tam bién absurda. E ste rasgo específico de las ciencias sociales (en las que englobam os a todas las ciencias de la sociedad y del hom bre) tiene, no obstante, nuevas im plicaciones. C iertam ente, es im ! posible com prender los acontecim ientos que responden a accio! nes conscientes yfinalizadas de los hom bres sin una explicación finalista, pero tam bién a la inversa, es im posible aportar una
2 1 En su ensayo sobre la com prehensión histórica y la com prehensi! bilidad de un acontecim iento histórico, L eszek K olakow ski tam bién aborda este problem a, aunque bajo otra perspectiva y, por consiguiente, conci! biéndolo en otros térm inos. L. K olakow ski, Kultura i fetysze (“Cultura y fetiches”), V arsovia, 1967, p. 222.

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explicación finalista sin com prender estas acciones (o sea sin la reconstitución de las m otivaciones y los objetivos de los agentes). En efecto, ¿cóm o podría responderse a la pregunta: “con qué fin tal persona ha actuado de tal m anera, si no se com prendieran los m otivos de su acción?” C on esta pers! pectiva captam os el pensam iento racional contenido en la concepción de la “ciencia com prensiva”, interpretada, sin em bargo, en térm inos diferentes con relación a la tradición legada por D ilthey y M ax W eber. Esta concepción, liberada efectivam ente de toda añadidura y reducida a su parte m ás im portante, contribuye a poner de m anifiesto la especificidad de las ciencias sociales en virtud de su objeto: el estudio de las acciones hum anas finalizadas (que, nota bene, siguen siendo finalizadas y conscientes aún cuando la conciencia sea falsa, aun cuando el agente no sea consciente de las causas verdaderas y profundas de sus acciones). E s im portante captar el papel de la “com prensión”, con! cebida de este m odo, para la explicación finalista en la esfera de las ciencias sociales en general y de la historia en particular. ¿Existe un m étodo m ás objetivo y, por tanto, m enos falible en su intersubjetividad? ¿N o se debería preferir que se recu! rriera a las fuentes: a los discursos, a las m em orias, a los trabajos históricos escritos por los políticos directam ente com ! prom etidos en el acontecim iento, que explicaran los m otivos y los propósitos de sus acciones, etc.? N uestra respuesta es negativa. El estudio de las fuentes es ciertam ente indispensable en la reflexión histórica, pero no exim e al historiador de la necesidad de com prender, por tanto, de la em patia, de la ten! tativa de reconstituir los m otivos y las conductas finalizadas de los hom bres. Por el contrario, el estudio de las fuentes convierte a la com prensión en una operación necesaria; incluso diríam os que la im plica. En efecto, ¿qué nos dicen las fuentes
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históricas m ás personales? En el m ejor de los casos relatan lo que los autores de estas m em orias, cartas, discursos, etc., pensaban de sí m ism os y de los acontecim ientos, y en el peor de los casos, narran lo que deseaban que los otros piensen de ellos y de los acontecim ientos. Siem pre se cae, en consecuencia, en la ideología en el sentido m annheim iano de este térm ino: desde la idea falsa que se tiene de sí m ism o hasta la inten! ción deliberada de engañar a los otros. M arx ha escrito en alguna parte que ni los individuos ni los grupos sociales debían juzgarse por lo que piensan y dicen de sí m ism os. A dem ás, cada historiador tiene el deber de ser escéptico y de com parar las fuentes biográficas relativas a un m ism o acontecim iento o a una m ism a época y procedentes de representantes de las diversas partes en presencia. Por regla general, estas fuentes divergen, o sea se contradicen, no sólo en la valoración sino tam bién en la descripción de los hechos, traicionando de este m odo el com prom iso y el espíritu de partido de las personas que participan en los acontecim ientos controvertidos o viven en épocas conflictivas, incluso cuando estas personas se proponen ser objetivas. A dem ás, solam ente cuando se trata de fuentes autobiográficas de un personaje histórico im porta saber si se está en presencia de m entiras deliberadas o de una autom istificación. (En el plano psico! lógico este últim o caso es el m ás probable, ya que si los “culpables” de estas m istificaciones no estuvieran realm ente convencidos de la legitim idad de las opiniones que expresan, especialm ente por el hecho de que es el bien de la hum anidad o por lo m enos de su nación que exige precisam ente tal o cual conducta, tal o cual acción, serian incapaces de hacer gala del entusiasm o necesario para arrastrar a grupos enteros o a las m asas, e incluso alcanzar el grado de fanatism o que perm ite llevar a cabo los actos francam ente crim inales.) A quí
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el historiador desem peña en cierto m odo el papel de un árbitro y en su condición de m etateórico practica la reflexión crítica sobre las fuentes autobiográficas y sobre las restantes fuentes, reflexión que no puede dejar de ser m etacrítica puesto que el propio historiador es “víctim a" de la parcialidad y del “espíritu de partido’’. ¿C óm o puede procede r entonces? Las técnicas de valoración crítica de las fuentes y de sus inform aciones son m últiples: fijación de su origen y autenti! cidad, com paración de las inform aciones y su com probación basándose en los datos conocidos y verificados, o de otras afir! m aciones de las m ism as personas, etc. Sin em bargo, todas esas técnicas ym anipulaciones profesionales se basan en el principio generalm ente im plícito de que el historiador com prende los acontecim ientos estudiados; es decir, que es capaz de recons! tituir las m otivaciones y las acciones finalizadas de los indi! viduos o de los grupos sociales que tienen los m ism os ideales, intereses, objetivos, etc., que es capaz de reconstituirlos (y en consecuencia de hacerlos objeto de una experiencia interior específica), sea cual sea la opinión que tenga de estos m otivos, ideales u objetivos. Lo m ejor será ilustrar la significación de esta tesis con un ejem plo sacado de lo que hoy todavía no es m ás que una ficción, pero que m añana quizá sea... En resum en, supon! gam os que descubrim os en otros planetas seres pensantes cuya estructura psicosom ática es totalm ente distinta de la nuestra y que, por consiguiente, han desarrollado una cultura com ! pletam ente distinta. El historiador “terrícola”, desprovisto de la clave que le perm ite “traducir” el lenguaje de su cultura a la nuestra, aunque dispusiera de una m ontaña de los m ás diversos m ateriales sobre el pasado de esta cultura, se vería com pletam ente im potente, pues sería incapaz de com prender las m otivaciones y los fines de las conductas de dichos seres,
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aun cuando tuviera las pruebas de que éstos actúan de m odo consciente y adecuado a un fin. Afalta de esta com unidad de destinos biológicos que autom áticam ente crea los planos de contacto, incluso entre las culturas m ás lejanas de nuestro planeta, los “lenguajes” de eventuales culturas de otros plane! tas y de nuestra cultura estarían cerrados unos a otros, o sea carecerían de algún elem ento com ún (de acuerdo con la idea form ulada por K .A jdukiew icz referente a los lenguajes inte! grales y cerrados). Sería im posible com unicarse y, por tanto, com prenderse, y el historiador “terrícola” debería renunciar e inclinarse ante la total ineficacia de sus m edios, incluso de los m ás perfeccionados. A sí, sin com prender las acciones de los hom bres es im posible explicar la historia; en otras pala! bras: la com prensión esuna parte constitutiva de la explicación histórica. E ste hecho es irrefutable, pero coloca en una situación m ás peligrosa todavía a la objetividad del conocim iento histórico: introduce en ella una nueva “porción” de subjetividad. En efecto, la com prensión siem pre constituye una relación subjetivo-objetiva que afecta a todo cuanto ya se ha dicho sobre la relación cognoscitiva y sobre el papel del factor subjetivo en esta relación en particular. C om o acto, sin el cual no hay resultado alguno, la com prensión siem pre va ligada a un sujeto definido para quien ella constituye una experiencia vivida; en nuestro caso concreto: al historiador. E ste sujeto que intenta explicar y, por tanto, com prender los aconteci! m ientos es el historiador. El percibe determ inados hechos, los com prende y explica en función de su saber y su talento, de las determ inaciones sociales de la época en que vive, de su nación, de la clase de que form a parte, del grupo profesional a que se integra, etc. Toda obra histórica lleva el sello de la individualidad del historiador, de su concepción de la historia,
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de su visión del proceso histórico, de su com prensión de los hom bres y de sus actos. Si esta m arca es insignificante y trivial ello se debe a que el historiador es m ediocre. A hora bien, esto que es inevitable no conduce a la negación de la objetividad del conocim iento histórico; im plica la conciencia de los lím ites de dicha objetividad y de su superación en un proceso de constante perfeccionam iento de nuestro saber. La participación de la com prensión en la explicación his! tórica representa un peligro real de deform ación del conoci! m iento cuando el factor subjetivo supera esta esfera necesaria del papel activo del sujeto en la relación cognoscitiva. Para explicitar nuestro pensam iento, citem os el error de la m oder! nización en la explicación del pasado, o sea la explicación de los acontecim ientos anticuados, desligados de su contexto par! ticular, com o si fueran parte integrante del contexto contem ! poráneo del historiador (por ejem plo, la com prensión y explicación de los acontecim ientos de la Edad M edia con las categorías de nación e ideología nacional contem poránea, cuando ni una ni otra existían en dicha época). L a arcaización es un error análogo: así, se m ete por la fuerza a la historia m edieval o m oderna en el lecho de Procusto construido, por ejem plo, con las relaciones sociales propias de la A ntigüedad y concebido a m enudo con un espíritu presentista, sub specie de la política contem poránea proyectada sobre el pasado. E stos dos casos constituyen dos deform aciones cognoscitivas indiscutibles cuyo origen reside en el factor subjetivo. La solu! ción es única: puesto que es im posible “desem barazarse” del factor subjetivo sin “liquidar” al m ism o tiem po el conoci! m iento y la com prensión de los hechos, se im pone tom ar conciencia de los peligros que representa ese factor y, con! trolando los resultados del conocim iento, intentar evitarlos y superarlos en el proceso de perfeccionam iento del saber.
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N os queda todavía por considerar el problem a de la valoración en la ciencia de la historia. L os representantes de la historia llam ada objetiva, o sea de la corriente positivista de la escuela de R anke, plantean com o un im perativo la elim inación de los juicios de valor de la ciencia de la historia. E ste postulado, com probable o no, es la consecuencia lógica de los presupuestos y del m odelo de ciencia de la historia que propone dicha escuela: si la historia debe ser puram ente descriptiva, presentar únicam ente los hechos w ie es eigentlich gewesen, sin ninguna añadidura de carácter subjetivo, todo juicio de valor esinadm isible puesto que introduce inevitablem ente un elem ento subjetivo en la im agen de la realidad. Estaría fuera de lugar aquí desarrollar nuestros puntos de vista sobre la teoría o la filosofía de los valores, ya que sola! m ente nos interesa lo que hace el teórico que practica una reflexión judicativa, y esto desde el punto de vista de las im plicaciones subjetivas de dicho acto. Por tanto, sin entrar en detalles, en el litigio sobre la esencia de los valores en particular, debe precisarse que todo hom bre que valora los acontecim ientos o las conductas hum anas lo hace a partir del sistem a de valores que consciente o espontáneam ente ha aceptado y que le procura los m odelos y las m edidas (los patrones) necesarios para esta valoración. Por otra parte, sea cual sea la génesis que atribuyam os al sistem a de valores social o individual, su aplicación concreta siem pre es individual, ya que son individuales la elección del sistem a dado y todas las adiciones y variantes que siem pre surgen en el acto judicativo. Precisam ente en estas operaciones el factor subjetivo se m ani! fiesta con m ayor fuerza que en el conocim iento propiam ente dicho. La concepción de los valores absolutos y, por tanto, inm utables es un intento de escapar a la influencia del factor
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subjetivo en el proceso de valoración y al peligro de rela! tivism o que im plica (la estim ación de que una cosa es buena om ala, noble o vil, bella o fea, etc., siem pre es el hecho de un sujeto; punto de vista que yo adm ito con reservas im portantes relativas sobre todo a los juicios m orales). Pero esta concepción es inaceptable: prim ero, porque sólo puede desarrollarse total! m ente sobre la base de una ontología en la que los valores son entes ideales reales (platonism o), de una ontología neta! m ente idealista, es decir francam ente m ística; después, porque incluso esta concepción “absolutista” de la esencia de los valores no descarta las dificultades engendradas por la apli! cación individual de los valores. A sí pues, el problem a del factor subjetivo queda sin solución. Se com prende, por esta razón, por qué los historiadores positivistas se pronuncian con! tra toda operaciónjudicativa en la ciencia de la historia, contra los juicios de valor. Pero ¿su postulado es realizable? N uestra respuesta negativa a esta cuestión se basa en varios argum entos. A l plantear com o principio la necesidad de elim inar los juicios de valor de la ciencia de la historia, los positivistas om iten un hecho m uy im portante, a saber, que el historiador no espera haber reunido sus m ateriales fácticos “brutos”, exentos de toda añadidura subjetiva, para proceder a las operaciones judicativas; por el contrario, éstas subyacen a los m ateriales (o sea los hechos históricos) y por un doble m otivo. D e nuestros análisis anteriores resulta que el hecho histó! rico no es un “cubo” sem ejante a la “cosa en sí”, inm utable, siem pre la m ism a, sea quien sea quien la utilice; es un frag! m ento específico de la realidad y a la vez un conglom erado de las m últiples relaciones del acontecim iento dado con otros. Pero ¿cuáles son las relaciones que entrarán en juego cons!
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tituyendo lo que denom inam os un hecho histórico? E sto depende de la realidad objetiva por una parte y del sujeto cognoscente que escoge por otra. El hecho histórico, consi! derado por Ranke com o el átom om ás sencillo en la construc! ción de la ciencia de la historia, es en realidad una estructura com pleja en la que el factor subjetivo desem peña un papel evidente, principalm ente por m edio de la valoración, de la judicación. En efecto, cuando el historiador selecciona (evi! dentem ente en una sustancia relacional objetiva), cuando constituye el hecho histórico com o producto objetivo-subjetivo, sem ejante en eso a cualquier otro producto del proceso del conocim iento, procede valorando. Solam ente los criterios de valoración, que proporciona determ inado sistem a de valores, perm iten proceder conscientem ente a una selección; pero en el trabajo del historiador, solam ente cuenta una selección consciente y no fortuita. C on ello se revela que la valoración, con todo cuanto im plica de subjetivo, no es una operación practicada por el historiador únicam ente sobre la base de los hechos (aun cuando esto tam bién se produzca, com o ya verem os después): la valoración ya está contenida en los hechos m ism os. Y si ocurre así, si los hechos son en cierto m odo el producto del historiador, cuando éste se veda a sí m ism o apreciar y valorar los acontecim ientos y las conductas hum anas, cuando se im pone exponer sólo los hechos, él no hace m ás que ilusionarse en cuanto a la eficacia de su "auto! defensa”. La valoración se introduce en el trabajo del historiador de la m ano de un segundo vehículo que tam bién evita los diques levantados sobre el postulado de la descripción de los hechos “brutos” sin ningún añadido. ¿C uáles son efecti! vam ente los hechos que el historiador relata? S i se identifica, ex definitione, el hecho histórico con todo acontecim iento
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pretérito, el núm ero de hechos se hace entonces infinito ynadie está en disposición de trazar un balance exhaustivo de los m ism os. En cam bio, si por hecho histórico entendem os un acontecim iento particularm ente im portante desde el punto de vista de un sistem a de referencia definido, y en estos térm inos es com o lo conciben los historiadores, entonces identificarem os el hecho histórico con un acontecim iento seleccionado en función de ciertos criterios. Esto significa que al establecer los hechos históricos que intervienen en su exposición del proceso histórico, el historiador valora los acontecim ientos del pasado con el fin de poder llevar a cabo la selección requerida. En definitiva, la valoración (valuation en inglés) a m e! nudo es el agente que constituye el hecho histórico solam ente por la com prensión judicativa de este hecho. E so es lo que quiere decir W .H .D ray cuando habla de los hechos históricos value constituted (constituidos por la valoración, por el acto judicativo), o sea hechos tales com o las persecuciones religiosas durante la G uerra de los Treinta A ños, las atrocidades com e! tidas por los soldados de la época, y que no se pueden ni valorar ni juzgar, ya que contienen este juicio de valor en sí m ism os, en su m ism a form ulación. W . H. D ray concluye al respecto: “Para los objetivistas, los hechos y los valores siem pre son claram ente distintos. Pero si debem os denom inar ‘hechos’ a las persecuciones y a las atrocidades (y los historiadores general! m ente tienden a hacerlo) es fácil com prender por qué se considera que el acto de juzgar (valuation) está contenido lógicam ente en el objeto del historiador.” 2 2 La últim a cuestión que se plantea se refiere al acto de
2 2 W illiam H .D ray, Philosophy of H istory, Prentice-H all, Englew ood-C liffs, 1964, p. 25.

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juzgar en el trabajo del historiador, considerado com o parte integrante de su narración del proceso histórico. Esta cuestión no es tan evidente com o en el caso de la explicación histórica, que es la condición necesaria de la ciencia de la historia. E s decir, a excepción de la valoración que, com o ya hem os de! m ostrado, es inherente a los hechos, ¿puede el historiador abstenerse de em itir juicios de valor sobre los acontecim ientos históricos? E l historiador al desplegar los esfuerzos y m edios precisos, puede conseguir disim ular su actitud valorativa y, por tanto, su com prom iso y su espíritu de partido, bajo una m áscara de fórm ulas aparentem ente neutras con relación a los valores. R anke es una prueba de ello. Pero una m áscara por m ás perfecta que sea puede arrancarse; y esto es lo que hicieron los críticos presentistas citados antes con R anke. En efecto, la valoración no se m anifiesta necesariam ente en form a de pro! posiciones judicativas desarrolladas correctam ente, en form a de juicios de valor explícitos. En la m ayoría de los casos, la valoración es im plícita: se realiza a través de la com prensión y selección de los hechos, a través sobre todo de los diversos m odos de ilustrar los acontecim ientos “relatados” sin que los juicios de valor se form ulen explícitam ente. En todo caso, podem os afirm ar con toda certeza que los valores ylos juicios invaden la obra del historiador im pulsados por los m ás diversos vectores que a m enudo escapan al control del historiador y a su conciencia. S e trata de un hecho inevi! table y necesario del que es preciso darse cuenta para poder controlar conscientem ente sus efectos, evitando así el extre! m ism o que conduce a las deform aciones del conocim iento. A hora intentem os recapitular brevem ente los resultados de los análisis de este capítulo. L a ciencia de la historia consiste no sólo en la descripción
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de hechos, sino tam bién en su explicación, com prensión y valoración. Las operaciones explicativas yjudicativas, m ás que las descriptivas, sirven de vehículo al factor subjetivo en el conocim iento histórico. R especto a la explicación histórica y sus dos m odos, hem os precisado los puntos siguientes: — En la explicación causal, nos lim itam os a una parte de los antecedentes de un hecho; nuestra explicación no es íntegra, y la elección del fragm ento de la cadena causal estudiado está dictada por aquello en que se interesa quien plantea la pregunta “¿por qué?” —S i concebim os la explicación causal com o una subsunción a una ley general, entonces, a causa de la im precisión de las prem isas de la explicación histórica (las condiciones previas y la hipótesis planteadas), posee necesariam ente un carácter probabilista; lo que perm ite diversas explicaciones de un único hecho y nos coloca ante la situación de elegir una de ellas. — La explicación causal siem pre es incom pleta, por lo que se la puede considerar com o un sim ple “esbozo de expli! cación” que el historiador debe “desarrollar”, lo que los dis! tintos autores pueden hacer cada uno a su m odo. — La explicación causal puede practicarse a diversos ni! veles de generalización; la elección de estos niveles es subjetiva puesto que va ligada a los intereses y a las necesidades de la investigación em prendida por el historiador. — La explicación finalista es necesaria en la ciencia de la historia, puesto que ésta se interesa en las acciones hum anas conscientes y adecuadas a un fin, a un objetivo. —C on el fin de reconstituir los objetivos que han m oti! vado las acciones hum anas estudiadas, debem os com prender las m otivaciones de los hom bres com prom etidos en la acción. La com prensión, relación subjetivo-objetiva, presupone un
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papel particularm ente activo del sujeto y en consecuencia conlleva una fuerte “dosis” de subjetividad. Por lo que se refiere a la valoración (la apreciación, el enjuiciam iento) en la ciencia de la historia, hem os com pro! bado que era im posible elim inarla: los juicios de valor, tanto si son expresados explícitam ente com o contenidos im plícita! m ente, surgen en los hechos m ism os cuya constitución cog! noscitiva exige la selección de los m ateriales que la com ponen; en la selección de los hechos que el autor considera com o históricam ente im portantes en el contexto del sistem a de refe! rencia dado; en la concepción y en la ilustración de los hechos. N uestra conclusión principal, y m ás general, es que la explicación, la com prensión y la valoración constituyen nuevas m ediaciones por las cuales el factor subjetivo seintroduce en el conocim iento histórico; factor cuyo papel y grado de inci! dencia se acrecientan a m edida que avanzam os en nuestras reflexiones sobre la objetividad de la verdad histórica, pero que al m ism o tiem po delim itam os cada vez m ás, al descubrir progresivam ente sus m últiples facetas.

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Capít ulo III. ¿POR QUÉ REESCRIBIMOS CONTINUAM ENTE LA HISTORIA?

“ En nuestros dias, no existe duda alguna de que la historia del m undo debe ser reescrita de vez en cuando. Esta necesidad no surge, sin em bargo, del hecho de que se descubran entretanto num erosos acontecim ientos hasta entonces desconocidos, sino de que se han originado nuevas opiniones, debido a que el com pa! ñero tiem po que va transcurriendo llega a unos puntos de vista desde donde puede dirigir una nueva m irada hacia el pasado... Go e t h e , G eschichte der Farbenlehre. ...La anatom ía del hom bre es la clave de la anatom ía del m ono. En las especies anim ales inferiores, no se pueden com prender los signos anunciadores de una forma superior hasta que se conoce la forma superior m ism a. C. Ma r x, Introducción a la Crítica de la econom ía política.

E. H. Carr em pieza su obra ¿Qué es la historia? citando dos opiniones sobre el conocim iento histórico, que constan en dos ediciones sucesivas, a pesar de que fueron publicadas
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con sesenta años de diferencia, de la gran síntesis histórica elaborada por un equipo de científicos de C am bridge. E stas opiniones son particularm ente sintom áticas, y puesto que re! presentan una perfecta introducción al tem a que nos interesa en este capítulo, vam os a em pezarlo a la m anera de E. H. Carr. En 1896, el em inente historiador británico A cton en su inform e a los síndicos de la Cam bridge U niversity Press seña! laba los objetivos de la C am bridge M odern H istory: “E s ésta una oportunidad sin precedentes de reunir, en la form am ás útil para los m ás, el acervo de conocim ientos que el sigloxix nos está legando. M ediante una inteligente división del trabajo seríam os capaces de hacerlo y de poner al al! cance de cualquiera el últim o docum ento y las conclusiones m ás elaboradas de la investigación internacional. ”N o podem os, en esta generación, form ular una historia definitiva; pero sí podem os elim inar la historia convencional, ym ostrar a qué punto hem os llegado en el trayecto que va de ésta a aquélla, ahora que toda la inform ación es asequible, y que todo problem a es susceptible de solución. "1 Sesenta años m ás tarde, en una introducción a la segunda edición de la obra en cuestión, G eorge C lark com enta la declaración optim ista de A cton sobre el valor cognoscitivo de la historia: “L os historiadores de una generación posterior no esperan cosa sem ejante. D e su trabajo, esperan que sea superado una y otra vez. C onsideran que el conocim iento del pasado ha llegado a nosotros por m ediación de una o m ás m entes hu1 “The Cam bridge M odern History”: Its O rigin. Autorship and Production”, 1907, pp. 10-12. Citado según E. H. Carr, ¿Qué es la his! toria?, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1965, p. 1 ,

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m anas, ha sido ‘ elaborado' por éstas, y que no puede, por tanto, consistir en átom os elem entales e im personales que nada pueden alterar... La exploración no parece tener lím ites y hay investigadores im pacientes que se refugian en el escep! ticism o, o cuando m enos en la doctrina de que, puesto que todo juicio histórico im plica personas y puntos de vista, todos son igualm ente válidos y no hay verdad histórica ‘objetiva’.” 2 El cam bio de actitud es sorprendente: la fe positivista en el poder acum ulativo del saber histórico que puede acceder al estatuto de ciencia fundada y acabada de m odo definitivo, cede su sitio a la convicción de que el conocim iento histórico es un proceso infinito y de que debido al papel activo que desem peña en él el espíritu hum ano, el trabajo del historiador debe ser renovado constantem ente. E ste cam bio, cuyas razo! nes y contexto ya hem os determ inado antes, viene a esclarecer un nuevo aspecto del problem a aquí estudiado: ¿por qué la concepción del proceso histórico cam bia continuam ente?, ¿por qué los historiadores reescriben continuam ente la historia? E ste hecho es indiscutible y podría ponerse en evidencia m ediante una historia de la historiografía de cualquier acon! tecim iento histórico im portante. A quí hacem os abstracción de las diferencias en la visión de la realidad histórica, en la concepción y explicación del proceso histórico, que son el resultado del condicionam iento social de las ideas del histo! riador. M ás allá de estas diferencias sociales, nacionales, etc. (y a pesar de su existencia) surge efectivam ente algo que es com ún a las obras de una época con relación a las de otras épocas; algo que, a pesar de las diferencias, las une en el m arco de determ inada visión de la historia, de un estilo de su
2 Citado según Carr, ibid., p.2.

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concepción particular en cada época. Y esto es precisam ente lo que nos interesa: “por qué cada generación (o casi) posee (y, según algunos, debe poseer) su propia visión del proceso histórico? ¿Cuál es la causa de este hecho y a qué se debe? En el siglo xx este problem a ha fascinado a m uchos teóricos de la historia que com prendían el hecho indiscutible de la variabilidad de la visión del proceso histórico en el contexto m ás am plio de las diversas determ inaciones del cono! cim iento histórico. L as diferentes opiniones expresadas al respecto pueden reducirse a dos concepciones tipológicas que difieren por la explicación que dan de este fenóm eno: 1 ) la reinterpretación de la historia está en función de las necesidades variables del presente; 2) la reinterpretación de la historia está en función de los efectos de los acontecim ientos del pasado que surgen en el presente. C om o se puede ver, estas dos explicaciones del fenóm eno en cuestión no son exclusivas; por el contrario, a m enudo son propuestas sim ultáneam ente com o elem entos explicativos com ! plem entarios. L as consideram os por separado, con el fin de facilitar el análisis de un fenóm eno com plejo y de exponer de m odo m ás claro los resultados así obtenidos. La prim era explicación de la reinterpretación constante de la historia está en relación con las posiciones del presentism o y está argum entada principalm ente por los representantes de esa corriente. C om o ya hem os com probado, el presentism o a ultranza lleva a la negación de la verdad histórica objetiva y , por consiguiente, a la negación de la historia com o ciencia. Sin em bargo, el núcleo racional del presentism o, es decir su tesis genético-psicológica sobre las relaciones entre las actitudes
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y los juicios del historiador por una parte, y las condiciones sociales de su época y las necesidades que engendran por otra, no es una tesis subjetivista ni origina consecuencias negativas desde el punto de vista del carácter científico de la historia. A hora bien, incluso tom ando com o base esta interpretación m oderada del presentism o uno se ve inducido a concluir que es necesario reinterpretar continuam ente la historia. Y a que si las actitudes y las ideas de los historiadores están en función de las condiciones y las necesidades actuales de la vida social, un cam bio entales condiciones ynecesidades necesariam ente va seguido de un cam bio en las actitudes y las opiniones de los historiadores, por tanto, en los productos de sus actividades científicas (en la ciencia de la historia). Si, com o afirm am eta! fóricam ente C harles A .B ecker, el pasado es una pantalla sobre la que el presente proyecta su visión del pasado,3la historia no sólo es funcional, sino tam bién necesariam ente variable. Entretanto intentem os analizar esta tesis planteando al! gunas cuestiones com plem entarias. A sí, en principio veam os en qué consiste el m ecanism o de estaproyección de los intereses del m om ento presente sobre la pantalla del pasado. Esta proyección se realiza por m edio de una selección adecuada de los hechos históricos, o sea de una selección variable puesto que está en función de los intereses presentes. John D ew ey, que puede ser considerado al respecto com o un autor particularm ente representativo, subraya que toda construcción histórica es selectiva y que en ella todo depende de los criterios de selección; y concluye afirm ando que la historia se escribe necesariam ente a partir de las posiciones del presente, ya que él es quien decide lo que se considera
3 G . L. B ecker, “M r. W ells and the new H istory”, ed. cit., pá! ginas 169-170.

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im portante y, por consiguiente, nos proporciona los criterios de selección.4D e esto a argum entar la reinterpretación cons! tante de la historia sólo existe un paso fácil de dar: “Para la elaboración de los principios y las hipótesis no hay otros m ateriales accesibles que los que nos procura la contem poraneidad histórica. Cuando la cultura cam bia, tam ! bién cam bian las concepciones dom inantes en la cultura dada. Entonces surgen necesariam ente nuevos puntos de vista que sirven para la aprehensión; la apreciación está en la dispo! sición de los datos. En dicho m om ento, se reescribe la his! toria.” 5 Según esta concepción, la historia está en función de los intereses del presente o, com o escribe M .N . Pokrovski, es la política actual proyectada sobre el pasado. C item os una variante de esta concepción, o sea la opinión que dice que la visión del pasado está en función de los objetivos que asig! nem os al porvenir,6 lo que no cam bia en absoluto el fondo del problem a, puesto que la visión del porvenir, al igual que la visión del pasado, está en función del presente. Si, com o ya hem os planteado, rechazam os el extrem ism o del presentism o, nos tenem os que enfrentar con una tesis cuya legitim idad deberem os aceptar: nosotros reescribim os conti! nuam ente la historia, porque los criterios de valoración de los acontecim ientos pasados varían con el tiem po y, por consi! guiente, la percepción y selección de los hechos históricos cam bian para m odificar la m ism a im agen de la historia. D ebe observarse que sean cuales fueren los térm inos en que form ule esta tesis y los argum entos que la funden, es com partida por
4 J. D ew ey, Logic, The Theory of Inquiry, ed. cit., p. 235. 5 Ibid., p. 233. 6 E .H . Carr, W hat is H istory?, ed. cit., p. 118. (Qué es la histo! ria?, ed. esp. cit., p. 167.)

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diferentes historiadores y teóricos en ningún m odo em paren! tados con el presentism o, es decir incluso la aceptan partidarios de una concepción del m undo com pletam ente opuesta: así M .N . Pokrovski, partiendo de la tesis m arxista del condi! cionam iento de clase de las ideas sociales, ve en la historia una proyección de la política presente; K .R . Popper, aunque afiliado al neopositivism o, plantea la reinterpretación de la historia para cada nueva generación com o una obligación dic! tada por las nuevas necesidades;7 W itold Kula habla de la trasposición del patrim onio del pasado al lenguaje contem ! poráneo en cada época; la cultura se enriquece en la m edida en que consigue descifrar nuevas páginas del pasado.8 L os térm inos y los argum entos varían en cada caso, pero la idea es la m ism a: la variabilidad de la im agen histórica está en función de la variabilidad de los criterios de selección de los m ateriales históricos. La segunda cuestión que se im pone en este contexto se refiere al aspecto psicológico del proceso de reinterpretación de la historia: ¿cuándo los historiadores se ven inducidos a form ular nuevosjuicios ya forjar una nueva concepción de la historia? La tesis de C .L .B ecker parece una respuesta convincente y sensata: los periodos de estabilidad, propicios al sentim iento de satisfacción del presente, tam bién favo! recen el consenso social en lo que se refiere a la im agen tradicional del pasado; en cam bio, en los periodos de crisis y de oposición, cuando se quiebra dicha estabilidad, los hom bres descontentos del presente tienden tam bién a estar descontentos del pasado; entonces la historia se ve som etida a
7 K .R . Popper, D ie offene G essellschaft und ihre Feinde, Berna, 1958, t. II, p. 332. 8 W . Kula, Rozwazania o historii, ed. cit., pp. 104-105.

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una reinterpretación en la perspectiva de los problem as y de las dificultades del presente.9 Pasem os al segundo m odo de explicación y de argum en! tación de la reinterpretación constante de la historia: la visión de la historia varía a causa del constante surgim iento de efectos nuevos de los acontecim ientos pasados. El punto de vista de C arlos M arx sobre este problem a, actualm ente considerado clásico, se condensa en el aforism o: “la anatom ía del hom bre es la clave de la anatom ía del m ono”. M arx desarrolla este punto de vista en el contexto de su análisis de las categorías económ icas. M arx arguye: puesto que la sociedad burguesa es la organización histórica m ás desarrollada y m ás variada de la producción, las cate! gorías que perm iten com prender su estructura perm itencom ! prender a la vez la estructura de las form as sociales desapa! recidas. ¿Por qué? Porque sólo la etapa superior del desarrollo de un fragm ento dado de la realidad, al revelar los efectos de los acontecim ientos pasados, perm ite com prender y valorar de m odo correcto dichos acontecim ientos.1 0 Para com prender m ejor este punto de vista, tom em os un hecho de la vida cotidiana. G uando nos encontram os en un valle encajado entre dos m ontañas o colinas, solam ente divi! sam os las proxim idades m ás inm ediatas, m ientras que los ele! m entos que están alejados de este lugar y su conjunto en un todo escapan a nuestra m irada. B asta ascender a la cum bre de un m onte para que el paisaje cam bie, revelándonos aspectos del valle hasta ahora desconocidos e invisibles. Cuanto m ás alta sea la cum bre, m ás se ensanchará nuestro horizonte ym ejor captarem os el conjunto.
9 C . L. B ecker, op. cit., p. 170. 1 0 Cf. C. M arx, C ontribución a la critica de la econom ía política, Introducción (ed. esp. cit.).

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Evidentem ente esto solam ente es una com paración, pero ayuda a com prender estos problem as. B asta reem plazar los parám etros espaciales por parám etros tem porales. Cuanto m ás alejados en el tiem po estem os de un acontecim iento dado, nuestra percepción de éste se extiende y se profundiza, com o en el caso de un paisaje visto desde una cum bre cada vez m ás elevada. ¿Por qué? Porque en la historia siem pre nos enfren! tam os con procesos, con el devenir, y es m uy difícil (si es que no im posible), prever por anticipado no sólo los detalles, sino tam bién la orientación general de los acontecim ientos. El aforism o de H egel sobre M inerva sim bolizando el pensa! m iento elevado y su lechuza que levanta el vuelo en el crepúsculo, viene aquí m uy a propósito. Cuando em ergen los efectos es cuando pueden valorarse los acontecim ientos que los han causado. Pero esta valoración no es una operación estática, es un proceso. M ientras un proceso tiene lugar, los efectos de los acontecim ientos aparecen continuam ente, sin fin; y la historia es precisam ente un proceso de esta clase. L os efectos nuevam ente surgidos obligan a contem plar de nuevo a los acontecim ientos, a captarlos de otro m odo, a situarlos de m odo diferente en el contexto de la totalidad. M uy a m enudo lo que inicialm ente se subestim a, e incluso se ignora, se revela históricam ente im portante, y viceversa. En conse! cuencia, el cuadro de la totalidad ve transform arse su “com ! posición". Yesto se debe precisam ente a que vem os m ejor la historia con la perspectiva del tiem po, cuando los efectos de los acontecim ientos se han revelado y perm iten em itir juicios m ás íntegros ym ás profundos; y a que lom ás difícil es escribir la historia reciente, la historia contem poránea en particular: debido no sólo a la dificultad de ser objetivo, o sea de con! siderar los acontecim ientos sine ira et studio, aun cuando esto tenga su im portancia, sino tam bién a la dificultad de com !
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prender el sentido de los acontecim ientos contem poráneos. En efecto, estos acontecim ientos todavía no han revelado sus efec! tos; los acontecim ientos históricos poseen la significación que sus efectos les confieren cuando em ergen en la realidad. E ste punto de vista, acorde con el principio del histori! cism o, es com partido por los representantes de diversas corrien! tes históricas. Y a conocem os la opinión de M arx al respecto. A hora citem os a los autores que form ulan las opiniones m ás divergentes sobre la teoría de la historia. Sidney H ook escribe: .. La historia se reescribe cuando em " ergen nuevas perspectivas que nos perm iten com prender la significación de determ inados acontecim ientos del pasado que habían es! capado a la atención de los contem poráneos. E stos aconteci! m ientos seinsertan en los m odelos de continuidad que incluyen a los acontecim ientos que constituían el porvenir para aquellos que vivían en el pasado... D el m ism om odo, nuestros des! cendientes com prenderán m ejor nuestra época que nosotros m ism os, ya que ellos estarán en situación de ver las conse! cuencias de los acontecim ientos que ignoram os actualm ente y que constituyen las prem isas de im portantes tendencias que llevarán sus frutos cuando ya no existam os.” 1 1 Este punto de vista está form ulado dentro del espíritu de la tradición clásica: solam ente los efectos futuros de los acon! tecim ientos presentes y la realización del porvenir perm iten com prender el pasado; pero los efectos nuevos, el porvenir nuevo, trazan una nueva im agen del pasado. M . J. D hont tiene una concepción sem ejante del problem a, aunque lo aborda y form ula de m odo distinto: “... El historiador nunca ve los hechos com o los contem 1 1 S .H ook, “Objectivity and Reconstruction in H istory", en S .H ook (ed.), Philosophy and H istory, Nueva Y ork, 1963, p. 256.

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poráneos los han visto. L os ve desarrollarse com o un profeta infalible: lo que en efecto separa com pletam ente al historiador de cualquier categoría de contem poráneos de los hechos que relata es que este historiador siem pre conoce el porvenir. E llo le im pide totalm ente ver los acontecim ientos con los ojos de un contem poráneo... D e esta observación se deduce que el historiador siem pre escribe la historia en función del punto final de la evolución. En consecuencia se verá obligado a considerar im portantes los acontecim ientos que constituyen la tram a del desarrollo que lleva al resultado; acontecim ientos que, en la m ayoría de casos, no afectaron en absoluto a lo s contem poráneos.” 1 2 K arl H eussi expresa idéntica idea en el contexto del sur! gim iento, en el proceso histórico, de relaciones nuevas de lo s acontecim ientos dados con otros. C om o conclusión, escribe: “Las grandezas pasadas que no consideram os quizá com o particularm ente im portantes, pueden producir, en un tiem po que para nosotros es el futuro, y en circunstancias definidas, efectos im portantes. En consecuencia, el pasado no es algo fijo, petrificado, sino algo vivo, que cam bia y se desarrolla incesantem ente.” 1 3 Sin em bargo, en los trabajos de J. H . Randall es donde esta idea seencuentra m ás desarrollada.1 4J. H . Randall escoge los juicios em itidos sobre la prim era Guerra M undial para ilustrar esta tesis de la variabilidad de la im agen histórica en relación con la em ergencia de efectos nuevos de los aconte! cim ientos pretéritos, y llega a esta conclusión:
1 2 J. Dhont, “Histoire et reconstitution du passé”, en Ch. Parelm an (ed.), Raisonnement et démarches de l'historien, B ruselas, 1963, páginas 87-88. 1 3 K .H eussi, Die Krisis des Historismus, ed. cit., p. 69. 1 4 C f. J. H . Randall Jr., “On Understanding the H istory of Philo! sophy”, en The Journal of Philosophy, 1939, N o 17.

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“L os nuevos efectos de los acontecim ientos pasados cam ! bian la significación del pasado, la significación de lo que sucedió. L os acontecim ientos, que anteriorm ente fueron igno! rados ya que no parecían constituir antecedentes funda! m entales de cualquier hecho consecutivo, actualm ente son considerados com o em inentem ente significativos; y otros acon! tecim ientos, que parecían constituir antecedentes fundam enta! les, caen en el olvido com o sim ples detalles. En consecuencia, por la naturaleza de las cosas, el devenir no puede ser com prendido plenam ente por quienes son sus actores. E stos no pueden com prender la ‘significación' o los efectos de lo que hacen, porque no pueden prevenir el porvenir. N osotros com prendem os este devenir sólo en el m om ento en que cons! tituye una parte de nuestro propio pasado; y si sigue produ! ciendo sus efectos, nuestros hijos lo captarán en térm inos distintos que nosotros. En consecuencia, el historiador, com o decía H egel, se asem eja efectivam ente a la lechuza de M inerva que no levanta su vuelo hasta que se presentan las som bras de la noche... La historia devenida sólo se puede com ! prender a la luz de todos sus efectos com probados y aceptados. La ‘significación’ de todo hecho histórico consiste en la sig! nificación que todavía posee, en su acción, en los efectos que resultan de él.” 1 5 Por tanto, dos factores concurren a la reinterpretación constante de la historia: la aparición en el proceso histórico de los efectos de los acontecim ientos pasados, lo que constituye la “significación” de estos últim os; el cam bio de los criterios de la selección de los hechos históricos a consecuencia de un
1 5 J. H. Randall Jr. y G .H aines, “Controlling A ssum ptions in the Practice of A m erican H istorians”, en Theory and Practice in Historical Study: A report of the Committee on Historiography, Social Science Research Council, B ulletin 54, 1946.

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nuevo condicionam iento de las actitudes y de las opiniones de los historiadores. A m bos factores van ligados al presente, que es el futuro en relación a los acontecim ientos pasados. Tal es el elem ento racional de la concepción del presentism o. Pero, ¿esta variabilidad de la im agen del pasado (que, recordando las palabras de H eussi, no se capta com o algo fijo, petrificado, sino com o algo vivo y cam biante) no niega la objetividad del conocim iento histórico, la posibilidad de alcanzar la verdad objetiva en y por m edio de este conoci! m iento? En absoluto, si no com etem os el error, que analizam os posteriorm ente, que consiste en identificar el carácter objetivo de la verdad con su carácter absoluto. Las verdades parciales, fragm entarias, no son falsedades; son verdades objetivas aun! que incom pletas. Si la historia, en el sentido de historia rerum gestarum , nunca está acabada, si está sujeta a constantes reinterpretaciones, de ello se desprende únicam ente que es un proceso, yno una im agen acabada, definitiva, o una verdad absoluta. Cuando se com prende el conocim iento histórico com o proceso y superación, y las verdades históricas com o verdades aditivas, acum ulativas, se com prende la razón de esta constante reinterpretación de la historia, de la variabilidad de la im agen histórica; variabilidad que en vez de negar la objetividad de la verdad histórica, por el contrario la confirm a.

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Capít ulo IV, LA OBJETIVIDAD DE LA VERDAD HISTÓRICA.

“ El historiador vulgar y m ediocre que cree y pretende que su actitud es puramente receptiva, que se som ete a lo que le es dado, en ningún momento es pasivo en su pensam iento, ya que aporta sus categorias y contem pla los hechos a través de éstas... G. W. F. Hegel , Lecciones sobre la filosofía de la historia. El poeta crea su mundo arbitrariam ente, de acuerdo con su idea, porque puede presentarlo de m anera perfecta y acabada; el his! toriador está atado, ya que debe construir su mundo de m odo que se adapten a él todos los fragm entos que la historia nos propor! ciona. En consecuencia, nunca podrá crear una obra perfecta; ella m ostrará siem pre las huellas visibles del esfuerzo en la inves! tigación, selección y com posición. G oethes G espräche, G esprach mit H. Luden.

En la prim era parte de esta obra, consagrada a los pre! supuestos gnoseológicos de nuestros análisis de la verdad his! tórica, hem os distinguido tres acepciones del adjetivo “obje!
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tivo” em pleado para calificar el conocim iento. R ecordem os estas tres acepciones: 1) E s “objetivo” lo que procede del objeto, o sea cuanto existe fuera e independientem ente de la conciencia cognos! cente; por tanto, es “objetivo” el conocim iento que refleja, en una acepción particular del térm ino, este objeto; 2) es “objetivo” lo que es cognoscitivam ente válido para todos los individuos; 3) es “objetivo” lo que está exento de afectividad y, en consecuencia, de parcialidad. El adjetivo “subjetivo” designa respectivam ente: 1) lo que procede del sujeto; 2) lo que no posee un valor cognoscitivo universal; 3) lo que está coloreado em ocionalm ente y es, en conse! cuencia, parcial. Em pecem os por la prim era acepción del térm ino “obje! tivo”. El conocim iento es objetivo, com o hem os dicho, cuando procede del objeto, cuando constituye su reflejo específico. Para un m aterialista, esta tesis es trivial; pero las com plica! ciones em piezan a m anifestarse y a m ultiplicarse, incluso para un m aterialista o quizá sobre todo para un m aterialista (pues para el idealism o subjetivista el problem a no se plantea), cuando se considera el papel del sujeto cognoscente o, en otras palabras, el papel del factor subjetivo en el conocim iento. A l presentar nuestros presupuestos gnoseológicos, hem os indicado el riesgo que existía de una interpretación m eca! nicista del proceso de conocim iento, o sea del caso en que se concibiera el prim er térm ino de la relación sujeto-objeto com o un elem ento pasivo. Y en efecto, a lo largo de nuestro
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análisis de las determ inaciones del conocim iento histórico, hem os podido ver hasta qué punto tal concepción era errónea. El sujeto desem peña en el conocim iento histórico un papel activo, y la objetividad de este conocim iento siem pre contiene una dosis de subjetividad. D e lo contrario, este conocim iento sería ahum ano o sobrehum ano. Apesar de lo que sugiere el calificativo em pleado, el cono! cim iento objetivo siem pre com porta contenido$ que es im po! sible reducir al sim ple objeto, pero que están ligados a la calidad del sujeto dado, determ inado históricam ente (de m odo m ás concreto, socialm ente). Si se concibe de m odo adecuado el proceso de conocim iento, la últim a com probación cae bajo el sentido com ún, aunque en la perspectiva de esta con! cepción no hay lugar para “tem er” el papel del sujeto, ni para obstinarse en elim inarlo artificialm ente. Por otra parte, ¿cóm o puede ser elim inado si no puede haber conocim iento sin sujeto cognoscente?; éste debe necesariam ente estar im pli! cado en el proceso de conocim iento. El auténtico problem a consiste en com prender su papel, ya que sólo con esta condi! ción puede reaccionar eficazm ente contra las deform aciones potenciales y disciplinar en cierto m odo el factor subjetivo en el conocim iento. S ólo este objetivo es real en nuestra inves! tigación del conocim iento que calificam os de objetivo. C om o observa con justeza H. M . Lynd en su ensayo sobre la obje! tividad del conocim iento histórico, cuanto m ejor sepam os precisar lo que el sujeto aporta al conocim iento del objeto, con m ás precisión sabrem os lo que es este objeto en realidad. “Cuanto m ás conscientes seam os del orden que im pera en nuestro m étodo de observación, estarem os en m ejor disposi! ción para presentar claram ente todo orden existente en el m undo exterior. La precisión que buscam os sólo es accesible

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a condición de tomar conciencia del papel del observador entendido com o elem ento del proceso de observación: no abstrayendo a este observador sino incluyéndolo en el cálculo Incluso en física debe tenerse en consideración que la cosa que se m ide está alterada por el instrum ento de m edición, y viceversa. En la vía que lleva a la objetividad no existe obs! táculo m ayor que la confusión de la subjetividad' con el hecho de tomar en cuenta la posición del observador.”1 Paul R icoeur desarrolla y concreta esta idea en su libro His toire et vérité. Tras haber analizado las form as principales del factor subjetivo en el conocim iento histórico (juicios de valor en relación con la selección de los m ateriales históricos, explicación causal y jerarquización de los varios tipos de las causas históricas, im aginación histórica y factor hum ano com o objeto de la historia), Paul Ricoeur form ula la tesis de que el historiador constituye una parte de la historia. ¿Significa esto invalidar la objetividad de la verdad histórica? D e ningún m odo. La llam ada objetividad pura es una ficción; el factor subjetivo está introducido en el conocim iento histórico por el m ism o hecho de la existencia del sujeto cognoscente. C om o contrapartida, hay dos subjetividades: la “buena", o sea la que procede de la esencia del conocim iento com o relación subjetivo-objetiva y del papel activo del sujeto en el proceso cognoscitivo; la “m ala", o sea la subjetividad que deform a el conocim iento debido a factores tales com o el interés, la parcia! lidad, etc. La “objetividad" es la diferencia entre la buena y la m ala subjetividad, y no la elim inación total de la sub! jetividad. “... En principio la objetividad se nos presentaba com o

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1 H .M . Lynd, “The Nature of H istorical O bjectivity”, en The Jour! nal of Philosophy, enero 1950, N o 2, p. 35 (cursivas de A . S.).
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la intención científica de la historia; ahora señala la diferencia entre una buena y una m ala subjetividad del historiador; la definición de la objetividad de ‘ lógica' se ha convertido en ‘ética’.” 2 Esta concepción tan sim ple y a la vez tan profunda nos conduce a nuestro problem a principal: ¿cóm o se puede al! canzar la objetividad del conocim iento histórico superando la “m ala” subjetividad? A nte todo se trata aquí de la objetividad en la segunda y tercera acepciones propuestas antes: la objetividad en el sen! tido de im parcialidad y validez universal de los juicios. Em pecem os recordando una verdad trivial, aunque no siem pre se tiene plena conciencia de ella: la identificación de la objetividad del conocim iento con la im parcialidad total, con la hom ogeneidad absoluta de los juicios de valor em itidos sobre el proceso histórico, es un m alentendido. C oncedam os m om entáneam ente la palabra a uno de los clásicos de la histo! riografía polaca, M ichal B obrzynski. “¿Q ué es la im parcialidad del historiador de que tanto se habla? ”N unca se puede exigir del historiador la im parcialidad en el sentido estricto del térm ino. Sólo el hecho histórico que el historiador estudia puede ser im parcial. Pero el histo! riador, si quiere valorar este hecho, debe tom ar posición... La posición del historiador puede y debe ser científica, puede ser elevada, incluso cada vez m ás, pero siem pre será una posición, un punto de vista. Su sucesor, que se situará en una posición aún m ás elevada, tendrá un horizonte m ás am ! plio, em itirá un juicio m ás im parcial y m ás fundado, pero, a su vez, encontrará a alguien que le sobrepasará. El histo!
2 P . Ricoeur, H istoire et Vérité, Éditions du Seuil, p. 34.
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riador que tendiera a lo im posible, es decir que deseara ser absolutam ente im parcial y no adoptara posición alguna, se parecería al hom bre que vaga por un bosque, golpea los árboles, los toca, huele su arom a, contem pla los troncos y las raíces, pero no consigue captar una cosa, el bosque m ism o. ”Lo que denom inam os la im parcialidad del historiador, en el sentido positivo y favorable del térm ino, lo constituyen sólo los esfuerzos que despliega para guardar sus distancias, en sus juicios, con respecto a fines ajenos a la verdad histórica, extraños a su convicción científica... Esta obligación es la m ás penosa... A sí, lo que hem os definido com o la im par! cialidad del historiador es únicam ente su tentativa sincera, coronada con m ayor o m enor éxito. Un saber profundo, un buen m étodo de estudio y un trabajo perseverante ayudan al historiador en esa tentativa, pero su éxito nunca será com ! pleto, porque el historiador es siem pre un hom bre.” 3 V olviendo a Paul R icoeur, hay pues dos subjetividades: una, la que está ligada naturalm ente al papel activo del sujeto en el conocim iento y por ello no puede ser elim inada por com pleto, aunque sus efectos puedan ser superados en el proceso infinito del perfeccionam iento del conocim iento; otra, la subjetividad que procede de fuentes extracientíficas, tales com o el interés personal, la anim osidad hacia una per! sona, los prejuicios contra ciertos grupos hum anos, nacionales, étnicos o sociales por ejem plo. A unque estos dos tipos de subjetividad no estén rigurosam ente delim itados y se interpenetren, sin em bargo, es posible y necesario distinguir la subjetividad extracientífica, “m ala”, que responde en cierto
3 M .B obrzynski, “W im ie praw dy historyeznej”, en M . H. Serejski “L os historiadores a propósito de la historia”), V arsovia, 1963, t. I, páginas 190-191.

(ed.), Historycy o historii (“En nombre de la verdad histórica”, en

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m odo a la vida cotidiana, exigiendo — de acuerdo con P. Ri! coeur— , que el historiador aborde los acontecim ientos histó! ricossine iraet studio. E ste postulado es claro ysim ple, aunque su realización no sea en ningún m odo fácil y se reduzca en la práctica a un proceso. Pero lo m ás com plicado es el problem a de la subjetividad llam ada “buena”, o sea la que por su natu! raleza está ligada al papel activo del sujeto en el conocim iento. El historiador (sujeto cognoscente) es un hom bre com o cualquier otro y no puede librarse de sus características hu! m anas: no está en disposición de pensar sin las categorías de un lenguaje dado, posee una personalidad condicionada social! m ente en el m arco de una realidad histórica concreta, per! tenece a una nación, a una clase, a un m edio, a un grupo profesionales, etc., con todas las consecuencias que todo esto im plica en el plano de los estereotipos que acepta (en general inconscientem ente), de la cultura de la que es a la vez crea! ción y creador, etc. S i a esto se agregan los factores biológicos y psicosom áticos que constituyen un poderoso agente de dife! renciación individual, obtendrem os una gran cantidad de parám etros que poseen una estructura com plicada cuya resul! tante define al individuo com o sujeto en el proceso de cono! cim iento. Es evidente que así obtenem os una especificidad individual y la especificidad de ciertas clases de individuos que, adem ás de las diferencias individuales, poseen ciertos rasgos com unes que pueden ser extrapolados com o rasgos colec! tivos. Si la objetividad del conocim iento significara la exclusión de todas las propiedades individuales de la personalidad hu! m ana, si la im parcialidad consistiera en em itir juicios de valor renunciando al propio punto de vista y al sistem a de valores aceptado, si la validez de los juicios universales consistiera en la elim inación de todas las diferencias individuales y colec! tivas, la objetividad sería pura y sim plem ente una ficción, ya

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que supondría que el hom bre es un ser sobrehum ano o ahum ano. Pero la objetividad del conocim iento histórico, en el sen! tido de su im parcialidad y, por tanto, de su validez universal, no se reduce, com o quisiera B obrzynski, a los esfuerzos del historiador para “guardar sus distancias con respecto a fines ajenos a la verdad histórica y extraños a su convicción cien! tífica”. E ste escepticism o es excesivo y se explica por el estado de la teoría del conocim iento en la época en que esta opinión fue form ulada. En nuestros días, sabem os que el factor sub! jetivo en el conocim iento del historiador no se puede reducir a fines extracientíficos: es inherente al conocim iento cientí! fico m ism o, a sus m últiples determ inaciones sociales. El autén! tico problem a, por lo m enos el m ás interesante, consiste precisam ente en estudiar las condiciones y los m edios que perm iten superar esta form a de subjetividad; superación que sólo puede ser un proceso. El trabajo del historiador, com o dice H . Pirenne,4es a la vez una síntesis y una hipótesis: una síntesis en la m edida en que el historiador tiende a reconstituir la totalidad de la im agen a partir del conocim iento de los hechos particulares; una hipótesis en la m edida en que las relaciones establecidas nunca son absolutam ente evidentes ni com probables. Sería m ás exacto afirm ar que la producción del historiador es una síntesis hipotética, ya que los dos aspectos de su trabajo (la síntesis y la hipótesis), sólo pueden ser distinguidos por la abstracción; en realidad, constituyen una unidad. D estacar el carácter hipotético de los resultados del trabajo del histo!
4 H . Pirenne, “W hat are Historians trying to do?”, en H ans M eyerhoff (ed.), The Philosophy of History in O ur Time, Nueva Y ork, 1959, pp. 87-100.
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riador es com prender en otros térm inos el papel que desem ! peña el factor subjetivo en este trabajo. Pirenne atribuye el carácter hipotético de las relaciones establecidas entre lo s hechos a diversas causas, aunque todas ellas expresan la influencia del factor subjetivo sobre el cono! cim iento histórico: los fundam entos teóricos, el conocim iento de la realidad social y de sus leyes, la im aginación creadora, la com prensión de las conductas hum anas, etc. E sto es lo que hace que cada historiador capte a su m odo idénticos m ateriales históricos. En estas condiciones ¿es posible superar la influencia del factor subjetivo? La respuesta es afirm ativa, si se tiene en cuenta el carácter acum ulativo del saber que se enriquece acum ulando verdades parciales. “Cada autor esclarece un elem ento, pone de relieve algunos rasgos, considera ciertos aspectos. Cuanto m ás num erosas son estas contribuciones, esos inform es, m ás se libera la realidad infinita de sus velos. Todos esos inform es son incom pletos, im perfectos, pero contribuyen al progreso del conocim iento.” 5 La solución consiste, pues, en pasar del conocim iento indi! vidual al conocim iento considerado com o un proceso social. E l conocim iento individual siem pre está lim itado y gravado por el influjo del factor subjetivo; verdad parcial que no puede ser m ás que relativa. En cam bio, el conocim iento con! siderado a escala de la hum anidad, concebido com o un m ovi! m iento infinito que consiste en superar los lím ites de las verdades relativas m ediante la form ulación de verdades m ás com pletas, es un proceso tendiente hacia el conocim iento ínte! gro. Esta “receta” indica cóm o dom inar el factor subjetivo en un proceso infinito de perfeccionam iento social del saber ycoincide con las tesis desarrolladas por E ngels sobre la verdad
5

Ibid., p. 98.

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relativa y absoluta en el Anti-D ühring. El m ism o tem a se encuentra en K . R. Popper que tam bién subraya la necesidad de situarse al nivel de lo social para solucionar el problem a de la objetividad del conocim iento: esta objetividad puede ga! rantizarse con la colaboración de num erosos científicos (la objetividad del conocim iento equivale a la intersubjetividad del m étodo científico) y por una crítica científica consecuente que perm ita el progreso constante del conocim iento.6 A sí pues, se puede superar la acción deform adora del fac! tor subjetivo en y por el proceso social del progreso de la ciencia, en y por la acum ulación de verdades parciales. Esto no significa, sin em bargo, que sea im posible superar los lím ites del conocim iento individual: la ontogénesis científica del científico singular puede tam bién ser considerada com o un proceso. M annheim en su sociología del conocim iento se ha interesado precisam ente en este problem a. La acción del sujeto sobre el conocim iento es inevitable: elim inar el sujeto de la relación cognoscitiva es suprim irla. A partir de esto la conclusión es evidente: si bien la ten! dencia a la objetividad del conocim iento no puede consistir en la elim inación del factor subjetivo, debe ser realizada por y en la superación del factor subjetivo, de sus m anifestaciones concretas y de las deform aciones que introduce; superación que constituye necesariam ente un proceso infinito. D e aquí procede el descontento de quienes desearían un resultado que tuviera el valor de una verdad absoluta, sin tener en cuenta que ésta sólo es accesible bajo la form a de un m ovim iento infinito hacia...; de aquí procede, por otra parte, el opti! m ism o de quienes, al considerar el progreso del saber hum ano com o una acum ulación de verdades parciales, ven una nueva
6 K. R . Popper, D ie offene Gesellschaft..., ed. cit., t. II, p. 267.
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etapa de este progreso en cada superación de uno de los lím ites del conocim iento. El único m edio de dom inar la acción defor! m adora del factor subjetivo es tom ar conciencia de su natu! raleza y de su acción. Cuanto m ás conozcam os los contenidos y las m odalidades de la intervención del sujeto en el cono! cim iento, m ejor conocerem os cuantitativa y cualitativam ente las propiedades del objeto. N uestra situación es análoga a la del físico que, al conocer las interferencias entre el objeto físico que se va a m edir, y el instrum ento de m edición, puede introducir las correcciones que se im ponen, elim inando o reduciendo los errores al m ínim o. Este es en esencia el fondo de la concepción de M annheim sobre la “traducción y la síntesis de las perspectivas”. D e la m ism am anera que al conocer las reglas de la perspectiva geom étrica (espacial) se puede colocar la im agen en otra perspectiva, y contem plar el objeto desde otro punto de vista, aun cuando actúa siem pre desde cierta perspectiva y desde cierto punto de vista, y, al m ultiplicar esas perspectivas y esos puntos de vista, se puede obtener una visión m ás com ! pleta, m ás global, del objeto, así tam bién podem os hacer pro! gresar nuestro saber en otros dom inios. Evidentem ente es indispensable conocer lo que rige las perspectivas y las m oda! lidades de su “traducción”, del paso de un punto de vista que nos descubre un aspecto, una visión del objeto, otro punto de vista desde el cual verem os otro aspecto, etc. E ste conocim iento de las “perspectivas”, de las “fórm ulas de su traducción y de su síntesis”, necesariam ente objetivo, se basa en nuestro caso concreto en el conocim iento de las propiedades del sujeto cognoscente, de las m odalidades con que realiza el acto del conocim iento yde lo que aporta a este acto ya sus operaciones cognoscitivas; en otras palabras, es indispensable conocer el instrum ento (el agente) del conocim iento, sus parám etros
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y las m odalidades de su acción sobre el objeto estudiado. S i bien la tarea es relativam ente fácil en el caso de un instru! m ento utilizado en física, es m ucho m ás com plicada y labo! riosa cuando se trata de “m edir” la incidencia del aparato perceptivo del hom bre en la im agen del objeto percibido, en la perspectiva de la percepción; es infinitam ente m ás com ! plicada y m ás delicada aún cuando se trata de dar cuenta del papel activo del sujeto cognoscente, de la influencia del factor llam ado subjetivo sobre el conocim iento de la realidad social variable. S i la tarea es tan difícil y com pleja, hasta el punto de parecer im posible, es ante todo porque la cantidad de pará! m etros es m ucho m ayor que en el caso de las m edidas físicas o en el de la sim ple percepción visual; adem ás, el objeto estudiado cam bia durante el proceso del conocim iento. Esta es la razón de que sea im posible en este ám bito codificar las reglas para la “traducción” y la síntesis de las “perspectivas”; es im posible fijar previam ente las m odalidades de superación de las distintas m anifestaciones de la deform ación cognoscitiva, engendradas por la acción del factor subjetivo. En efecto, se desconoce por anticipado cuáles serán estos factores y sus acciones en las condiciones dadas; por tanto, es im posible preverlos a fin de poder sobrepasarlos. Solam ente podem os form ular la tesis general que dice que ante todo hay que tom ar conciencia de la situación generadora de deform aciones y descubrir el factor que la determ ina. A partir de esta tesis general, es posible construir una doctrina m etodológica correcta sobre el com portam iento cognoscitivo que se debe adoptar para poner rem edio a estas dificultades. E ste es el fin que quería alcanzar M annheim con su doctrina de “la traducción y la síntesis de las perspectivas” y con su teoría de la intelli! gentsia com o grupo vector de una función cognoscitiva par346

ticular. Estas proposiciones constituyen uno de los principales m éritos teóricos de M annheim ,m érito indiscutible a pesar de las debilidades y de los errores de su sociología que se descu! bren ulteriorm ente. La directriz: “Tom ad conciencia del factor subjetivo que introducís en el conocim iento y del peligro de deform ación cognoscitiva que esto significa” puede parecer ingenua; pero ¿es quizás una m entira piadosa? En efecto, ¿cóm o puede per! cibir uno m ism o sus propios lím ites cognoscitivos y superarlos a continuación, ya que a consecuencia de las determ inaciones sociales los puntos de vista elegidos parecen “naturales”? Sin em bargo, esta ingenuidad sólo es aparente, puesto que dicha directriz, al igual que algunas otras tesis de la sociología m annheim iana del conocim iento, poseen un valor gnoseológico y epistem ológico apreciable; su realización no es una sim ple m entira piadosa abocada por adelantado al fracaso, ya que esta directriz em ana del conocim iento de algunas regularidades del proceso cognoscitivo. La intervención de factores deform adores en el conoci! m iento, es un hecho del que los filósofos han tom ado con! ciencia desde hace largo tiem po: B acon ya la form uló teóri! cam ente en su concepción de los “ídolos”. El m érito del m arxism o en este ám bito consiste principalm ente en haber destacado las im plicaciones teórico-gnoseológicas de este pro! blem a en su teoría de la infraestructura y de la supraestructura y en su teoría de la ideología. La sociología contem poránea del conocim iento se sitúa en este m arco de ideas que desarrolla y concreta. Y precisam ente el hecho teórico consistente en aceptar que el condicionam iento social del conocim iento hu! m ano y la acción deform adora del factor subjetivo son regu! laridades, y no fenóm enos fortuitos, constituye el punto de partida de las operaciones que constantem ente intentan su-

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perar las form as concretas sucesivas en que se m anifiestan los lím ites y las deform aciones del conocim iento. A quí el punto de partida no es el aspecto individual, sino, por el contrario, el aspectosocial del proceso del conocim iento. La aparente ingenuidad de las directrices de la sociología del conocim iento puede convertirse precisam ente en una realidad cuando se sitúa erróneam ente este problem a a nivel estricta! m ente individual. En este caso efectivam ente estam os autori! zados a plantear la cuestión: “¿cóm o se puede tom ar con! ciencia de la acción del factor subjetivo, puesto que esta acción, contexto del condicionam iento social del conocim iento individual, es tal que en la experiencia interior es vivida com o un factor objetivo?” El sujeto cognoscente, socialm ente condicionado y por! tador del factor subjetivo en el conocim iento, no es un átom o aislado sem ejante a la “m ónada sin ventanas” de L eibnitz, herm ético a toda acción exterior. Por el contrario, está deter! m inado por sum edio yla ciencia contem poránea en la m edida, evidentem ente, en que está suficientem ente instruido. Y pre! cisam ente por este canal penetran tam bién del m odo m ás natural en la conciencia del sujeto cognoscente las inform a! ciones sobre el factor subjetivo en el conocim iento y su papel deform ador. A esto se debe que digam os que la sociología del conocim iento ha realizado una auténtica revolución en el ám bito teórico-gnoseológico. La sum a de conocim ientos, m erced a la cual el hom bre contem poráneo considera com o evidentes m uchos descubri! m ientos e invenciones revolucionarias, es una adquisición no individual sinosocial. Esta tesis afecta tam bién a la conciencia cada vez m ás generalizada de que nuestro conocim iento está som etido a los m ás diversos determ inism os que, si bien no im plican la deform ación absoluta del conocim iento, suponen

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por lo m enos su carácter unilateral, parcial, lim itado, y por tanto el hecho de que las verdades alcanzadas en este cono! cim iento no son totales y definitivas o absolutas (a excepción de un sector relativam ente restringido del conocim iento en el que las verdades parciales absolutas son accesibles), sino lim itadas, parciales, relativas (incluyendo las verdades parcia! les absolutas cuando se las considera en un contexto m ás am plio). L os efectos psicológicos de este “m etasaber” son considerables: desconfianza ante las pretensiones, sea cual sea su autor, de alcanzar un conocim iento absoluto “pura! m ente” objetivo; tendencia a analizar este conocim iento para descubrir sus lím ites; m ayor tolerancia con las opiniones di! vergentes que no deben identificarse con la voluntad a renun! ciar a la defensa de las posiciones propias, sino con la “buena fe”, es decir con la voluntad de aceptar las verdades relativas contenidas en los puntos de vista del adversario. Todo ello constituye precisam ente el “bagaje” intelectual del hom bre contem poráneo y de la intelligentsia en particular, “bagaje” destinado a las operaciones que intentan superar el factor subjetivo y que perm ite tener cierto optim ism o en cuanto a los resultados obtenidos. Evidentem ente esta superación nunca será absoluta: siem pre apunta a una m anifestación concreta del factor subjetivo, a una lim itación concreta del conoci! m iento, y no a la acción en general del factor subjetivo, o al conjunto de parcialidades y lím ites del conocim iento. Esta superación de la acción deform adora del factor sub! jetivo es un proceso social, por dos m otivos: prim ero, porque la tom a de conciencia del sujeto cognoscente del carácter lim itado y socialm ente condicionado de su conocim iento es de origen social, ya que la conciencia teórica de este estado de cosas es aportada “desde el exterior” com o saber socialm ente constituido que el sujeto asim ila en y por la educación, la

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instrucción; segundo, porque el proceso en cuestión, la supe! ración de la acción del factor subjetivo, es social en la m edida en que im plica la cooperación de los científicos, y de la crítica científica en especial. Este últim o problem a no se lim ita, sin em bargo, al sim ple hecho de que alguien (el crítico) perciba y supere los lím ites y las deform aciones de las opiniones de la persona criticada; aún cuando este hecho sea el m ás fre! cuente. Pero lo que m ás nos interesa aquí es la autocrítica, la autorreflexión sobre los lím ites de su propio conocim iento, la aptitud a superar por sí m ism o la acción deform adora del factor subjetivo. E ste problem a, particularm ente im portante para la búsqueda de la objetividad del conocim iento, cons! tituye el objeto precisam ente de la teoría de la “traducción y de la síntesis de las perspectivas”, de las directrices respec! tivas de la sociología m annheim iana del conocim iento. E l sujeto cognoscente, el historiador en nuestro caso, está pues som etido a las m ás diversas determ inaciones sociales en función de las cuales introduce en el conocim iento los m ás diversos elem entos de subjetividad: prejuicios, com prom iso, predilecciones y fobias, que caracterizan su actitud cognosci! tiva. Pero su conocim iento está en función de otros factores tam bién determ inados socialm ente, tales com o: su visión de la realidad social, ligada a la teoría y al sistem a de valores que ha aceptado; su m odo de articulación de la realidad, articulación que le induce a construir a partir de fragm entos lo s hechos significantes en el sistem a de referencia dado; su tendencia a esta o aquella selección de los hechos históricos, o sea de los hechos considerados im portantes desde el punto de vista del proceso histórico, etc. E l sujeto no puede librarse de esta propiedad objetiva que es el condicionam iento so! cial del conocim iento; no puede evitarla sim plem ente porque es un hom bre y la personalidad hum ana solam ente puede
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desarrollarse en sociedad, por diversas m ediaciones sociales, la m ás im portante de las cuales es la educación. Pero si bien no puede librarse de esta propiedad, inherente en cierto m odo a su “esencia", el sujeto cognoscente puede tom ar conciencia de ella, com prender que es indisociable de todo conocim iento. N o sólo puede hacerlo, sino que en ciertas condiciones, cuando el saber respectivo ha sido adquirido y generalizado social! m ente, debe hacerlo a riesgo de ver descalificado el nivel de su reflexión científica. El científico (el intelectual) puede ser y en general es perm eable a las fobias, a los prejuicios, a los m odelos de inter! pretación y de valoración de los hechos y de los hom bres, característicos de su época, de su clase, de su grupo social, de su m edio profesional, etc. Todos estos factores m odelan esen! cialm ente su concepción del m undo, sus actitudes, sus opiniones en m ateria de problem as sociales, lo que im pregna, por consi! guiente, su visión del proceso histórico, la m anera com o construye y selecciona los hechos históricos, para no hablar ya de su interpretación cuando pasa a las síntesis históricas. E stos son los contenidos concretos que se ocultan bajo la criptonim ia del “factor subjetivo en el conocim iento histórico". A ceptam os pues que la intervención de este factor en el conocim iento histórico es ineluctable, aunque sus form as sean m uy variadas. Pero ¿pesa un fatum irrem ediablem ente sobre el historiador que ha estado condicionado por estas y aquellas determ inaciones sociales? La personalidad del historiador una vez form ada, ¿es necesariam ente inm utable, estática, fija para siem pre? La lim itación de sus opiniones, resultado del factor subjetivo dado que sufre, ¿puede ser sobrepasado sólo por la crítica científica form ulada exclusivam ente por otros pensa! dores, sobre todo por aquellos que representan puntos de vista distintos, determ inados por otros condicionam ientos so351

ciales, tales com o un cam bio de las condiciones generales de la época o de los intereses divergentes de clase? Todas estas cuestiones son retóricas, y la respuesta eviden! tem ente es negativa. Por experiencia sabem os que el hom bre es un ser flexible, apto para transform arse, adaptarse y evolu! cionar conscientem ente. Susuperioridad sobre el m undo anim al consiste especialm ente en esta capacidad. Por experiencia sabem os que los puntos de vista teóricos son m aleables, m odificables, y que los pensadores a m enudo son capaces no sólo de aportar “retoques” m ás o m enos im portantes a sus opinio! nes, lo que es com pletam ente norm al (en función del saber yde la experiencia acum ulados con la edad), sino tam bién de m odificarlos en profundidad, de llevar a cabo una crítica científica que pueda conducirlos a abandonar las opiniones profesadas anteriorm ente. Uno de los potentes m otores de la autocrítica científica, que debería caracterizar perm anente! m ente la obra del científico y constituir la garantía de su V italidad, es la conciencia del condicionam iento social y de las lim itaciones subjetivas del conocim iento; conciencia que, siendo en principio sensible bajo su form a teórica general, conduce después a poner en cuestión su propia obra, a una re! flexión m ás sistem ática sobre el condicionam iento social de sus propias posiciones, sobre los lím ites ylas eventuales deform acio! nes de sus propios puntos de vista bajo el efecto del factor sub! jetivo. Evidentem ente, esto no es una panacea, y esta con! ciencia teórica, este m etasaber en el ám bito de la sociología del conocim iento no garantiza en absoluto que la acción del factor subjetivo será superada hasta el final. Sería dem asiado fácil: bastaría entonces im partir las enseñanzas de la socio! logía del conocim iento entre los científicos para que reinara en la ciencia la verdad objetiva “pura”, que por otra parte sabem os que es im posible. N o se trata pues de hacer m ilagros,

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sino de obtener efectos reales en el progreso del saber, lo que encuentra su expresión en el postulado del progreso de la obje! tividad del conocim iento. E ste progreso no es sólo posible, sino que es efectivo en la práctica científica, en una práctica secundada por la autorreflexión m etodológica que estim ula y alim enta la sociología del conocim iento. En consecuencia con respecto a los científicos en general y al historiador en par! ticular, se puede form ular el postulado realista de una bús! queda de la objetividad del conocim iento, en el sentido de un proceso que intenta superar las influencias lim itativas, cons! trictivas y deform adoras del factor subjetivo. A este postulado le dam os una doble interpretación: la prim era, m ás “prim i! tiva”, consiste en considerar la exigencia de escribir la historia sine ira et studio com o una llam ada a hacer caso om iso de las anim osidades y de los intereses extracientíficos que contra! rrestan la verdad histórica; la segunda, m ás sutil y com pleja, se lim ita a solicitar al historiador que proceda a una autorre! flexión sobre el condicionam iento social de sus puntos de vista, com om edio para superar las influencias lim itativas y defor! m adoras del factor subjetivo. Pero, ¿cóm o se puede conciliar esta exigencia de superar las influencias del factor subjetivo en el proceso social del conocim iento con el principio de una tom a consciente de posición de clase en el estudio de los fenóm enos sociales? Esto se sim plifica cuando el postulado de la superación de la acción del factor subjetivo va acom pañada solam ente de la tesis del condicionam iento de clase del conocim iento de los fenóm enos sociales. El condicionam iento de clase del conoci! m iento es efectivam ente una de las m anifestaciones del factor subjetivo, y precisam ente porque se da este condicionam iento se puede postular la superación de la acción de dicho factor en nuestra m archa hacia grados superiores del conocim iento
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objetivo. La situación se com plica m ucho m ás cuando al m ism o tiem po se postula la superación del factor subjetivo en el proceso infinito de la progresión del saber por una parte, y se plantea, por otra, el principio de tom ar posiciones de clase en el estudio de los fenóm enos sociales, es decir la exi! gencia consciente de dejar al factor subjetivo que se m ani! fieste plenam ente. ¿En esta posición teórica de los m arxistas (ya que son precisam ente ellos quienes reconocen esas dos necesidades), no existe una contradicción? En m i opinión, la contradicción es sólo aparente: procede de la form a insufi! cientem ente concreta y precisa del enunciado sobre la nece! sidad de tom ar conscientem ente posiciones de clase en el estudio de las realidades sociales. E s indiscutible que el progreso experim entado en la esfera del conocim iento, progreso que tam bién podem os presentar com o un increm ento de la objetividad del conocim iento, está en función de la superación de los factores que lim itan esta objetividad, originando la unilateralidad o la parcialidad del conocim iento, e incluso su deform ación. D ebe aceptarse que el conocim iento objetivo sólo puede ser una am algam a de lo que es objetivo y de lo que es subjetivo, dado que el cono! cim iento siem pre es el acto de un sujeto; pero tam bién se debe adm itir que el progreso en el conocim iento y la evolu! ción del saber adquirido gracias a él solam ente son posibles si se superan las form as concretas, en cada ocasión distintas, del factor subjetivo. El condicionam iento de clase del cono! cim iento obedece a la m ism a regla: las form as concretas de deform ación, de parcialidad y de lim itación del conocim iento que ese condicionam iento engendra, deben ser superadas en el proceso de progresión del saber, si no se quiere correr el riesgo del estancam iento y la petrificación. Tal es el punto de partida de nuestros análisis y tal debe
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ser si no nos querem os ver forzados a enunciar, cayendo en contradicción con los fundam entos de la gnoseología m arxista, que todo conocim iento, incluido el conocim iento condicionado por los intereses de clase del proletariado, es un conocim iento perfecto, es una verdad absoluta. Pero si es así ¿qué significa el principio de adoptar posiciones de clase en el estudio de los fenóm enos sociales, de m ostrar un espíritu de partido?; ¿cóm o conciliar este principio con la lucha en favor de la objetividad del conocim iento? Subrayem os en prim er lugar que nos enfrentam os con un enunciado elíptico, o sea una proposición que no contiene todas las definiciones y los parám etros necesarios, originando eventuales m alentendidos debido a su form ulación aparente! m ente universal y supratem poral. En efecto, veam os com o está form ulada esta directriz: “Si desean acceder en sus estudios a la verdad objetiva, adopten conscientem ente posi! ciones de clase y un espíritu de partido de acuerdo con los intereses del proletariado." ¿Qué significa? ¿Q ué querem os decir y qué no querem os decir con ello? Prim ero, enunciam os una directriz que no es universal, ni supratem poral, sino concretam ente histórica, aunque estono se estipule expressis verbis. N uestro razonam iento es el si! guiente: cada conocim iento está socialm ente condicionado; en una sociedad de clases, el conocim iento se halla sujeto necesariam ente a un condicionam iento de clase. E s ilusorio esperar evitar el condicionam iento social, ya que el sujeto cognoscente es un producto social (en una acepción deter! m inada del térm ino “producto”); por consiguiente, en una sociedad de clases, este sujeto es un “producto” som etido a los condicionam ientos de clase. En tal situación, la única solución es la elección entre los condicionam ientos de clase posibles, y no la tentativa de evitarlos en general. D esde el
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punto de vista de la objetividad del conocim iento (en su única concepción real o sea com o objetividad relativa y no absoluta), la solución óptim a es adoptar las posiciones deter! m inadas por los intereses de clase del proletariado, de la clase revolucionaria. El condicionam iento por los intereses de la clase revolucionaria no conduce a las deform aciones conser! vadoras; subtiende, por el contrario, una actitud abierta al progreso social y al cam bio. Tras este razonam iento reducido necesariam ente a lo esencial, vem os que nuestra directriz está ligada concretam ente a una situación social histórica, a la sociedad de clases de tipo capitalista. S e trata, pues, de una directriz que tiene en cuenta el grado de verdad del cono! cim iento condicionado por las posiciones de una u otra clase; por tanto, resulta del principio de que la verdad es relativa y no absoluta. Segundo, la directriz que recom ienda la adopción de las posiciones de clase del proletariado, consideradas com o posi! ciones cognoscitivam ente óptim as en la situación social dada, no im plica en absoluto que se juzgue al conocim iento así conseguido com o perfecto, íntegro, y la verdad que contiene com o absoluta, pues sabem os que ocurre de otro m odo. Aun! que ella constituye el m ayor triunfo del espíritu hum ano en las condiciones dadas (nos referim os al m odelo y no a la realización que en general se aleja considerablem ente de ello), el conocim iento som etido al condicionam iento de clase y evidentem ente im pregnado por el factor subjetivo sólo es una verdad relativa que, cuando el conocim iento se alza a un nivel superior, debe ser superada. A sí, con relación al conocim iento condicionado por los intereses de las otras clases, las posi! ciones de clase del proletariado garantizan en cierto m odo la superioridad en el conocim iento em prendido a partir de ellas y con su perspectiva; pero este conocim iento nunca será per!
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fecto, ni su verdad será absoluta. D e ahí surge la necesidad de tender continuam ente hacia un conocim iento m ás íntegro, m ás rico y, en consecuencia, superior. N o existe, pues, contradicción alguna entre las directrices m encionadas antes. En este caso, ¿por qué parecían contra! dictorias?, ¿de dónde proviene el m alentendido? Procede prin! cipalm ente del hecho de que som os inducidos al error por una form ulación que sitúa en el m ism o plano y asocia directam ente una directriz auténticam ente universal ysupratem poral por una parte, y una directriz concretam ente histórica, relativa a un tipo definido de relaciones sociales por otra. Por una parte, el postulado de perfeccionar el conocim iento, de avanzar hacia una objetividad óptim a por y en la superación del factor sub! jetivo, equivale efectivam ente a una dirección universal, supra! tem poral: el conocim iento es un proceso infinito en el curso del cual se pueden superar sus lím ites concretos, aparecidos en un m om ento dado, pero no pueden superarse todos sus lím ites, ya que eso significaría el térm ino final de algo que por esencia es infinito. Por otra parte, la recom endación de que se adopten las posiciones de clase del proletariado es una directriz concretam ente histórica que va ligada a un sistem a dado de relaciones sociales. La form ulación general de esta segunda directriz y su asociación directa con la prim era direc! triz universal sobre el condicionam iento fundam ental del pro! greso del conocim iento en todas las situaciones sociales; estos son los m otivos que nos dieron la falsa im presión de encon! trarnos ante dos directrices igualm ente universales y supratem porales, lo que sugiere una contradicción. Cuando decim os a un científico: “Si dentro de las condi! ciones del capitalism o queréis acceder al conocim iento objetivo, cuando estudiéis realidades sociales, debéis adoptar consciente! m ente las posiciones de clase del proletariado”, no afirm am os

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en ningún m odo que esta vía lleve a la verdad absoluta; sólo pretendem os decir que las posiciones m encionadas constituyen un m ejor punto de partida y una m ejor perspectiva en la búsqueda de la verdad objetiva, relativa pero óptim am ente íntegra, óptim am ente com pleta con relación a un nivel dado de desarrollo del saber hum ano. N o concedem os a este cientí! fico garantía alguna; sólo le indicam os las posibilidades de éxito, le garantizam os que puede acceder así a la verdad no absoluta sino relativa. Y esto se debe a que no le sugerim os que considere el conocim iento adquirido com o un ideal, com o el conocim iento perfecto; precisam os que se trata únicam ente de un peldaño en el desarrollo del saber, peldaño tras el cual deberá subirse otro gracias a la conciencia de la necesidad de hacer este cam ino de lím ite a lím ite. Cuando Lenin, en su polém ica con Struve, elogia el espí! ritu de clase y de partido en el conocim iento histórico, pre! cisando que el m aterialista que adopta las posiciones de una clasedefinida realiza con m ás plenitud el objetivism o del cono! cim iento que el “objetivista”, en ningún m odo está en con! tradicción con la directriz que busca en la ciencia la verdad objetiva ya que la superación de los lím ites constituye un obstáculo para esta objetividad cuyos lím ites están en relación con el condicionam iento de clase de las perspectivas cognos! citivas. A pesar de las apariencias, Lenin no identifica “el espíritu de partido” de las posiciones adoptadas (lo que él recom ienda) con la objetividad del conocim iento. D ice sim plem ente (com o se desprende del contexto) que la posición “de partido” que tom a en consideración la estructura de clase de la sociedad desem boca en una verdad objetiva de orden superior (suponiendo que siem pre se trata de ver! dades relativas, diferentes desde el punto de vista del grado de adecuación de la representación con relación a la realidad

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representada), com parada con la posición que ignora esta estructura ysu acción, con lo que aspira por ello a la cualidad de conocim iento “objetivista”. A quí se entrem ezclan dos cuestiones que debem os distin! guir. Una es de carácter verbal, term inológica, y debe ser explicada para evitar eventuales m alentendidos. ¿Por qué Lenin em plea ante Struve el nom bre de “objetivista” en sen! tido peyorativo m ientras que considera la objetividad del conocim iento com o algo positivo, afirm ando que los m ate! rialistas aplican precisam ente el objetivism om ejor que los otros? El m alentendido tiene su origen en que Lenin no utiliza el térm ino “objetivista” con relación a aquellos que realizan realm ente el objetivism o cognoscitivo, sino con respecto a aquellos que aspiran a la objetividad desde el m om ento en que rehúsan el principio del condicionam iento de clase del conocim iento. En realidad, al hacer abstracción de la estruc! tura de clase de la sociedad, estos últim os introducen el sub! jetivism o en el conocim iento, falsean la objetividad del cono! cim iento. A sí, el sentido peyorativo en que Lenin em plea el térm ino “objetivista”, no significa que censure la tendencia a la objetividad del conocim iento (por el contrario, la aprue! ba); esta sutileza peyorativa significa en realidad que Lenin condena la tentativa de cam uflar el subjetivism o cognoscitivo de clase tras las frases huecas sobre la verdad objetiva que se pretende defender excluyendo al factor subjetivo que va ligado a la estructura objetiva de la sociedad. El m alentendido es tanto m ás com prensible cuanto que en el texto de Lenin los térm inos “objetivista” y “objetivism o” están asim ilados, cuando en realidad funcionan con significados m uy diferentes, a pesar de su origen etim ológico com ún. Tras haber precisado el aspecto etim ológico de los enun! ciados de Lenin, pasem os a su sustancia. Lenin, con ocasión

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de la critica de Struve, establece una distinción entre el punto de vista del m arxista y el punto de vista de un objetivista del tipo de Struve. El objetivista se lim ita a com probar el proceso histórico dado y su necesidad, con el riesgo de desvirtuarse y caer en una pobre apología de los hechos com ! probados. C om o contrapartida, el m arxista estudia concreta! m ente la form ación dada y las fuerzas sociales en presencia; no com prueba sólo las “tendencias históricas invencibles”, sino “las clases definidas que determ inan el contenido del régim en”. Y Lenin concluye: “Por otra parte, el m aterialism o presupone el partidism o, por decirlo así, im poniendo siem pre el deber de defender franca y abiertam ente el punto de vista de un grupo social concreto siem pre que se enjuicie un acontecim iento.” 7 A sí, por una parte, no existe oposición alguna entre la directriz del espíritu de partido y la directriz de la búsqueda de la objetividad de la verdad; por otra, sólo puede em itirse un juicio negativo contra los “objetivistas”, o sea contra quienes pretenden que la negación del carácter de clase del conocim iento contribuye a su objetividad. Y a hem os expuesto una de las razones de este juicio negativo: tras el cam uflaje de las palabras sobre la objetividad del conocim iento que se supone sería alterada si se aceptara su condicionam iento de clase, se disim ula en realidad un subjetivism o cognoscitivo que niega dogm áticam ente las realidades sociales y deform a el conocim iento de los fenóm enos sociales. En este juicio negativo hay tam bién contenida otra idea que m erece ser analizada. C om o ya se sabe, la objetividad del conocim iento se realiza
7 V . I. Lenin, “Contenido económ ico del populism o y su crítica en el libro del señor Struve”, en O bras com pletas, tom o I, Editorial Car! tago, B uenos A ires, 1958, p. 420.

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en el proceso de superación de sus lím ites que van ligados a la acción del factor subjetivo en sus form as y m anifesta! ciones m ás diversas. Uno de los m edios de esta superación es la autorreflexión que perm ite al investigador tom ar con! ciencia de las form as del factor subjetivo que actúan en el caso concreto y posteriorm ente superar su influencia. En con! secuencia, la diferencia entre el pensador que com prende la influencia de la estructura de clase de la sociedad sobre el conocim iento y el “objetivista” que, negando estas reali! dades, no puede com prender el m ecanism o de su funciona! m iento, es considerable. El prim ero es evidentem ente m ás apto que el “objetivista” para tom ar conciencia de su situación cognoscitiva y superarla. El prim ero no sólo conoce m ejor la realidad social (y, en consecuencia, “su objetivism o es m ás profundo y com pleto”), sino que tam bién tiene m ejores posi! bilidades de proseguir desarrollando su saber. En definitiva, la teoría m arxista no sólo no im plica con! tradicciones entre la directriz del perfeccionam iento de la objetividad del conocim iento yla directriz a adoptar en las po! siciones de clase, un espíritu de partido, sino tam bién el m ar! xista al fijarse la verdad objetiva com o fin, lo realiza a través de la superación de sus lím ites cognoscitivos, incluidos los lím ites que están ligados al punto de vista de clase que adopta. Por paradójico que pueda parecer a prim era vista, la directriz de adoptar posiciones de clase en sus trabajos, en vez de per! turbarle, le ayuda. En todo caso, para el investigador m arxista la dom inante, su objetivofinal, sigue siendo la verdad objetiva, y el resto sólo constituye el m edio que sirve para alcanzar este fin. C om o escribe M arx: “¿El prim er deber de quienquiera que busca la verdad no es cierto que es avanzar directam ente hacia la verdad, sin
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m irar ni a derecha ni a izquierda? ¿Es que quizá olvido decir la m ism a cosa cuando debo olvidarm e aún m enos decirla en las form as deseadas? La verdad es tan poco discreta com o la luz. A dem ás ¿con quién lo sería? ¿C onsigo m ism a? Verum index sui et falsi. (La verdad es su propio criterio, y el criterio de lofalso. Spinoza.) Por tanto, ¿con el error?”8 La verdad alcanzada en el conocim iento histórico es una verdad objetiva. Todo nuestro razonam iento hasta aquí in! tenta, dem ostrarlo. El subjetivism o especula sobre esta relati! vidad, confundiendo el problem a de la verdad objetiva con el de la verdad absoluta. Y a hem os hablado de ello al prin! cipio de este libro, pero esta cuestión tiene tal im portancia que se im pone volver a tratarla en este nuevo contexto. Em pecem os con una tesis general: la concepción de la verdad relativa objetiva presentada en nuestra exposición di! fiere y, en cierto sentido, se opone a la concepción de la rela! tividad objetiva que defienden los partidarios del presentism o en la m etodología de la historia. Para ver en qué consiste esta concepción de la relatividad objetiva, concedam os la palabra a J. H. Randall, uno de sus principales partidarios: “El historiador debe llevar a cabo una elección. Entre la infinita variedad de referencias que descubren los aconteci! m ientos pasados, debe escoger a las que son im portantes o fundam entales para su historia particular. Si esta elección no debe fundarse únicam ente sobre cuanto le parece im portante; si no debe ser “subjetiva” ni “arbitraria”, es preciso que tenga un “núcleo” objetivo en cualquier tarea, en lo que el histo! riador considera com o im puesto a los hom bres, com o algo que
8 G .M arx, “Rem arques sur la récente règlem entation de la censure prusienne”, op. cit., pp. 125-126. Citado según la traducción corregida de M olitor en la edición: C .M arx, Textes (1842-1847), Spartacus, París, 1970, p. 10.
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debe ser realizado. La historia de cuanto es im portante y sig! nificativo para esta cosa... será entonces perfectam ente “objetiva", en la m edida en que la sim ple relación de “hechos” escogidos arbitrariam ente no habría podido ser objetiva. E ste es el “relativism o objetivo” característico del saber histórico, al igual que de todos los tipos de saber. El saber es “objetivo” solam ente en un contexto definido: siem pre es el conocim iento de la estructura y de las relaciones esenciales dentro de este contexto.” 9 Prosiguiendo este razonam iento, Randall concluye con una fórm ula particularm ente explícita: “La objetividad” siem pre significa ser objetivo para algo, al igual que la “necesi! dad” significa ser necesario para algo. La “objetividad” no puede existir sin una relación con un objetivo cualquiera. . . 1 " 0 A nalicem os los puntos de vista de Randall con el fin de separar lo que le distingue de la concepción de la verdad rela! tiva objetiva. Randall parte de la constatación del espíritu de partido del historiador que, al proceder a la selección de los m ateriales históricos y a los juicios respectivos, está condicio! nado por los intereses de su época, etc. Esto sin em bargo, no ejerce una influencia negativa sobre la objetividad del cono! cim iento, por el contrario, constituye la garantía de esta obje! tividad: “... Solam ente adoptando una posición definida, por lo m enos intelectualm ente, podem os esperar com prender o escribir ‘objetivam ente' la historia de lo que sea. "1 1¿Por qué ocurre así? ¿Q ué significa, según Randall, la “objetividad" así obtenida? El presentism o, cuyos argum entos ya conocem os, responde
9 J. H. Randall Jr., “Nature and Historical Experience”, op. cit p. 60. V éase tam bién: “Understanding the H istory”. . op. cit., p. 472. 1 0 Ibid., p. 61 (cursivas de A . S.). 1 1 Ibid., p. 472.

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a la prim era pregunta. El historiador debe seleccionar los ma! teriales históricos; es preciso, por tanto, que valore su im por! tancia. Se supone pues que existe un sistem a de referencia con relación al cual el criterio dado de la im portancia es viable. E ste sistem a de referencia es un objetivo determ inado, una tarea que el historiador plantea com o un deber social. Cuando este deber organiza el trabajo del historiador, se elim ina el riesgo de arbitrariedad y subjetivism o en la elección de m a! teriales, el trabajo del historiador se convierte en objetivo. S e trata de un relativism o que garantiza la objetividad de los estudios históricos refiriéndolos a un fin de investigación escogido; de ahí procede su denom inación: el relativism o objetivo. Y ¿qué significa, según Randall, la “objetividad”?. D e acuerdo con los textos citados, se ve que él atribuye a esta expresión un sentido particular. Randall interpreta la obje! tividad del conocim iento en el espíritu de un relativism o radical. “El conocim iento es objetivo sólo para un contexto determ inado”, dice Randall. A sí, todo depende del punto de vista escogido o del sistem a de referencia: el m ism o conoci! m iento será objetivo en un caso y no lo será en otro. La objetividad no puede existir sin relación a un objetivo, explica Randall, em pleando un juego de palabras tam bién posible en inglés: la relación de objetivity a objective. A sí, la obje! tividad significa “la adaptación a un objetivo determ inado”. D espués de aceptar esta acepción del térm ino “objetividad”, Randall puede afirm ar que sólo se puede escribir “objetiva! m ente” la historia con la condición de adoptar una posición “parcial”, de asum ir un espíritu de partido. Cuando el sentido que confiere a los térm inos respectivos queda claro, desapa! recen las apariencias paradójicas. ¿C uáles son las convergencias y las diferencias entre esta
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concepción del “relativism o objetivo” y nuestra concepción de la verdad relativa objetiva en el conocim iento histórico? Em pecem os por las convergencias. A m bas concepciones abor! dan el problem a de la verdad en la historia bajo el aspecto de su carácter relativo o absoluto; am bas adm iten que las verdades históricas son relativas. Pero, si bien am bas concepciones aceptan la relatividad de la verdad histórica, cada una de ellas capta este problem a desde una perspectiva diferente y, por consiguiente, lo des! arrolla de m odo distinto. D e acuerdo con nuestra concepción de la verdad relativa objetiva, el problem a consiste en com parar la verdad histó! rica, considerada com o una verdad parcial, incom pleta y, en consecuencia, relativa, con el conocim iento ideal que propor! ciona un saber total, exhaustivo y, por consiguiente, absoluto sobre el objeto. A l afirm ar que el conocim iento histórico siem ! pre aporta verdades relativas y sólo el proceso infinito del conocim iento tiende hacia la verdad absoluta com o lim es, se adopta com o punto de partida la tesis de que la verdad his! tórica, aún cuando sea relativa, siem pre es una verdad objetiva en la m edida en que refleja yrepresenta la realidad objetiva. La concepción de la relatividad objetiva com prende el problem a bajo otro aspecto y sin partir de la tesis expuesta antes. La calificación de la verdad, es decir el problem a de si nos encontram os ante una verdad parcial o total, exhaus! tiva, no le interesa; intenta establecer si nuestro conocim iento está referido a un fin u objetivo; si se sitúa en el m arco de un sistem a de referencia, en cuyo caso es relativa, o si es inde! pendiente de todo sistem a de referencia, de todo objetivo, en cuyo caso es absoluta. La cuestión es im portante, aunque en ciertos casos es trivial. A sí, cuando se plantea por un parti! dario del presentism o o por un partidario de una teoría cual!

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quiera del condicionam iento social del conocim iento histórico, la cuestión es retórica: en este caso, la verdad histórica es evidentem ente relativa, puesto que el conocim iento histórico depende siem pre de ciertos condicionam ientos y, por consi! guiente, está en relación con ciertos objetivos. Randall carga en esta tesis evidente todo el bagaje del presentism o, pero ello no m odifica la validez de la tesis previa sobre la relati! vidad del conocim iento histórico (en el sentido de su relación con.. . ), ni la legitim idad de la conclusión, paradójica en su form ulación, según la cual solam ente tal conocim iento relativo puede ser objetivo: en efecto, cuando se ha aceptado un sistem a de referencia y se ha fijado un objetivo de búsqueda, autom áticam ente se obtiene un criterio de selección dé los m ateriales históricos, selección que ya no puede ser arbitraria, subjetivista, sino que es objetiva debido al sistem a de refe! rencia dado. Tal es la idea de Randall cuando, en el pasaje citado, escribe: “la objetividad no puede existir sin estar en relación con un objetivo definido”. Esto es indiscutiblem ente cierto y se podría deducir a partir de la negación del carácter absoluto del conocim iento histórico. H asta ahora hem os expuesto, adem ás de las convergencias, las diferencias entre la concepción de la verdad relativa obje! tiva yla concepción de la relatividad objetiva, y de m odo m ás particular en cuanto afecta a la historia. Sin em bargo, estas diferencias resultaban de la diversidad de cuestiones plan! teadas en dirección al problem a y no oponían estas dos con! cepciones, perm itiendo considerar sus resultados com o com ! plem entarios. Pero entre am bas concepciones existen otras divergencias que debem os analizar m ás concretam ente. Y a hem os dicho que el punto de partida, el principio en cierto m odo de la concepción de la verdad relativa objetiva en el conocim iento histórico es la tesis según la cual la verdad
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relativa, al igual que la verdad absoluta, es objetiva: el pro! blem a de la objetividad de la verdad y el problem a del carácter absoluto de la verdad son dos diferentes, aunque están relacionados. E s evidente que este punto de partida tiene un fundam ento filosófico correcto y que él es su consecuencia: este fundam ento es la filosofía m aterialista, según la cual el auténtico conocim iento es el reflejo (en una acepción par! ticular de este térm ino) de la realidad objetiva. La teoría de la verdad relativa objetiva posee, pues, claras im plicaciones que proceden de la W eltanschauung y está relacionada con la posición m aterialista en la teoría del conocim iento. ¿Q ué ocurre con este punto de vista de la teoría de la relatividad objetiva? Esta teoría silencia esas cuestiones, y no porque las con! sidere evidentes, com o lo prueba el contexto, sino porque defiende las posiciones del idealism o. La teoría de la rela! tividad objetiva insiste sobre la argum entación del relativism o cognoscitivo; cuando em plea el térm ino “objetivo” se refiere exclusivam ente a la adecuación de la selecciónde los m ateriales históricos desde el punto de vista del fin del estudio; “obje! tivo”, en este caso, significa “adaptado a las necesidades dadas” y, en consecuencia, “no arbitrario”. El problem a de la relación del conocim iento con la realidad no ha sido planteado en absoluto. Y ello no se debe al azar: el presen! tism o, con pleno conocim iento de causa, se refería a B enedetto C roce y, por consiguiente, estaba bajo la influencia de su idealism o. Se pone en evidencia que am bas teorías tienen ciertam ente un punto de contacto, que difieren esencialm ente por su con! cepción respectiva de la objetividad. La teoría de la verdad relativa objetiva concibe la objetividad com o la aceptación de existencia objetiva de la realidad que el conocim iento refleja;

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la teoría de la relatividad objetiva concibe la objetividad com o una “adaptación a las necesidades dadas”, com o “la adaptación al objetivo o fin dado”, haciendo abstracción del problem a de la relación entre el conocim iento y la realidad. C uando hem os com parado estas dos teorías de la relati! vidad del conocim iento histórico, nuestra intención principal no era proceder a un estudio com parativo o a un análisis sem ántico de ciertas expresiones, sino exponer un problem a concreto e im portante dentro de nuestro contexto: al intro! ducir el factor subjetivo en el análisis del conocim iento his! tórico, al abordar este análisis concediendo un lugar preem i! nente al factor antropológico, la obligación del m arxista es oponerse al subjetivism o tradicionalm ente ligado a la especu! lación sobre el factor subjetivo, y defender inequívocam ente la tesis de la objetividad del conocim iento y de la verdad. Por “obligación” entiendo las consecuencias que resultan de las posiciones adoptadas en filosofía, o sea las posiciones m ate! rialistas; esta obligación se extiende tam bién a la conciencia de los peligros corridos en la em presa aquí intentada y que consistía en “enriquecer” la teoría de la verdad objetiva gracias a la com prensión del papel activo del sujeto en el conocim iento, con ayuda de elem entos tales que perm iten com prender m ejor el proceso real del conocim iento, m atizar y profundizar esta com prensión. Sin em bargo, en ningún caso nuestro “deber” es hacer concesiones a nuestros adversarios idealistas que usan frecuentem ente el argum ento del papel activo del sujeto en el conocim iento para negar su objetividad. Evidentem ente, la solución del litigio depende en últim a ins! tancia de las posiciones filosóficas generales que adopta el investigador dado; en este caso concreto, la teoría precede claram ente a la historia. Cuando estas posiciones filosóficas previas son decididam ente divergentes en cierto m om ento
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solam ente se puede com probar las divergencias de opinión; pero esto tiene tam bién su im portancia para la conciencia teórica y, com o tal, constituye un paso indispensable hacia un eventual progreso en este ám bito. Para cerrar todos estos razonam ientos, replanteem os la cuestión con que hem os em pezado la presente obra: ¿m ienten los historiadores, cuando pese a disponer de los m ism os m ate! riales históricos accesibles en una época dada, escriben historias distintas? ¿Proporcionan la prueba de la no cientificidad de la historia, cuando, al final de un cam bio de condiciones de la época, y no sólo a continuación de un enriquecim iento de los m ateriales fácticos, reescriben la historia y, por añadi! dura, la hacen reinterpretándola en otros térm inos? A l finalizar nuestros análisis, la respuesta negativa a estas dos cuestiones está fundada: la hem os apoyado con todas nuestras exposiciones dedicadas al condicionam iento social del conocim iento histórico, al papel asum ido en este cono! cim iento por la actividad del sujeto, a los aspectos particulares de la objetividad del conocim iento que hem os abordado desde diversas perspectivas. A hora debem os añadir algunas obser! vaciones de carácter m ás general. El problem a, sorprendente en apariencia, de la variabi! lidad de la visión histórica en los historiadores que viven en la m ism a época y, con m ayor razón, pertenecientes a épocas diferentes en realidad es un problem a trivial: la apariencia de com plejidad teórica ha surgido del falso punto de partida aceptado en el razonam iento. El punto de vista general, considerado en realidad com o un axiom a, es que el historiador em pieza por los hechos y son precisam ente ellos (los hechos históricos) el objeto de su estudio y de su conocim iento; el térm ino “hecho” designa aquí un acontecim iento concreto del pasado. A hora bien, es

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falso que el historiador inicie su em presa científica con los hechos; tam bién es falso que los hechos constituyan el objeto de su em presa, el objeto sobre el cual ejerce su estudio y su conocim iento. E stos errores son secuelas de la fe positivista en un m odelo de la historia escrita w ie es eigentlich gew esen, a partir de un m osaico de hechos constituidos que el histo! riador se lim ita a reunir y exponer. En esta falsa prem isa se encuentra la clave que perm ite descifrar el problem a que estudiam os. En su trabajo, el historiador no parte de los hechos, sino de los m ateriales históricos, de las fuentes, en el m ás am plio sentido del térm ino, con cuya ayuda construye lo que deno! m inam os los hechos históricos. L os construye en la m edida, en que selecciona los m ateriales disponibles en función de un determ inado criterio de valor y en la m edida en que los articula confiriéndoles la form a de acontecim ientos históricos. A sí, a pesar de las apariencias y de las convicciones difun! didas, los hechos no son un punto de partida, sino un punto culm inante, un resultado. Por consiguiente, nada hay de sor! prendente en que los m ism os m ateriales, sem ejantes en esto a una m ateria prim a, a una sustancia bruta, sirvan para construcciones diferentes. Y aquí es donde intervienen toda la gam a de las m anifestaciones del factor subjetivo: desde el factor efectivo del sujeto sobre la sociedad hasta las m ás diversas determ inaciones sociales. La cosa se com plica aún m ás cuando se considera que el estudio y el conocim iento histórico sólo pueden tener por objeto, no los hechos particulares captados por separado, sino los procesos históricos captados en su totalidad. Lo que deno! m inam os un “hecho”, en el sentido de acontecim iento his! tórico concreto, es el producto de una abstracción especulati! va: un fragm ento de la realidad histórica es aislado, desligado

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de sus m últiples correlaciones e interdependencias con el proceso histórico. Cuando un historiador afirm a que parte de tales hechos, su afirm ación no es ilusoria; incluso aunque lo piense subjetivam ente, com o buen historiador procede de otro m odo. En efecto, el estudio y el conocim iento histórico siem pre tienen por objeto un proceso histórico en su totalidad, aunque captem os este objeto a través del estudio de los frag! m entos de esta totalidad. N uestro caso es una sim ple ilustración de un problem am ás am plio, el de la relación entre la tota! lidad y la parte: la parte puede ser com prendida solam ente en el m arco de la totalidad y ésta es accesible al conocim iento sólo por m edio de sus partes. Cuanto m ás com petente es un historiador, m ejor puede llevar a cabo esta tarea; cuanto m ás consciente es el historiador de las im plicaciones m etodológicas de la relación existente entre la totalidad y la parte, m ás fácil es para él la realización de esa tarea. Tal estado de cosas im plica, no obstante, im portantes consecuencias en la práctica m ism a de la historiografía. Si el objeto del conocim iento histórico efectivo es el proceso histó! rico en su totalidad y si este proceso es el punto de partida de los estudios del historiador, aunque no siem pre sea plena! m ente consciente de ello, la variabilidad de la visión histórica es entonces una necesidad. C on respecto a una totalidad, variable por añadidura, que sólo puede ser com prendida por y en sus fragm entos, a través de sus partes, aún cuando seam os conscientes de la necesidad de disponer estos frag! m entos en el cuadro de la totalidad del proceso, el resultado obtenido siem pre será im perfecto, puesto que siem pre es par! cial. El conocim iento tom a necesariam ente el carácter de un proceso infinito que, perfeccionando nuestro saber al avanzar, a partir de diversas aproxim aciones a la realidad captada bajo sus diferentes aspectos y acum ulando las verdades parciales,
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desem boca no sólo en una sim ple adición de conocim iento, en cam bios cuantitativos de nuestro saber, sino tam bién en transform aciones cualitativas de nuestra visión de la historia. A unque los historiadores perciban de m odo diferente la im agen de la historia, cuando disponen de m ateriales y de fuentes idénticas y aunque esta percepción se diferencie a m edida que estos m ateriales se van enriqueciendo y evolu! ciona la aptitud de los historiadores para plantear cuestiones y descubrir los problem as disim ulados tras estos m ateriales, el fenóm enoes norm al ycom prensible si se com prende el proceso de conocim iento en los térm inos adecuados. ¿M ienten ios historiadores? Esto puede suceder cuando buscan objetivos extracientíficos y ven en la historia un ins! trum ento de realización de las necesidades prácticas actuales. Son num erosos los casos en que así ocurre, pero a pesar de su im portancia social y política este problem a carece de interés. En cam bio, los casos en que la variabilidad de la visión histó! rica va a la par con la honestidad científica y con una inves! tigación com petente de la verdad histórica son teóricam ente interesantes. En consecuencia, los historiadores no m ienten, aunque pronuncien discursos diferentes, o en ocasiones con! tradictorios. Este fenóm eno es sim plem ente el resultado de la especificidad del conocim iento que siem pre tiende hacia la ver! dad absoluta, pero esta tendencia sólo la cum ple en y por el proceso infinito de la acum ulación de verdades relativas. ¿E s esto quizás una prueba de la inferioridad del conoci! m iento histórico con relación a las m atem áticas por ejem plo? Esta cuestión plantea un problem a de inm ediato que, desde hace siglos, es objeto de controversia: el valor de las ciencias sociales y de las ciencias hum anas con respecto a las cien! cias de la naturaleza. La respuesta a esta cuestión im plica unos contenidos m ás ricos de lo que da a entender su trivial
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form ulación: todo cuanto hem os dicho sobre el conocim iento histórico y sobre la verdad histórica; todas nuestras conclu! siones llenas de escepticism o sólo prueban que nos enfren! tam os a un tipo de conocim iento diferente que en el caso de las ciencias de la naturaleza. Y todos los intentos de negar el valor de las ciencias sociales tales com o son; todos los intentos de “reform arlas” confiriéndoles la form a de las ciencias deduc! tivas, com o prueba la experiencia, están condenadas al fracaso, y su único efecto es causar num erosos daños a las ciencias así “perfeccionadas”. En cuanto a las pretensiones de “superio! ridad” de tal o cual esfera de estudios y de los m étodos em pleados en ella, todo depende del sistem a de referencia, de los objetivos fijados, de los criterios de valoración aplicados, etcétera. En todo caso, no hay respuestas ni juicios unívocos al respecto. A l suponer un sistem a de referencia, objetivos de investigación y criterios definidos, el conocim iento histórico puede ser “superior”, puesto que es m ás com plejo y está ligado a la vida de la sociedad. Pero no se trata de esto: querer establecer una especie de “em ulación”, sería no sólo hacer gala de falta de seriedad, sino tam bién confirm ar que las com unidades científicas en ocasiones sufren com plejos. L o que im porta, por el contrario, es afirm ar y reafirm ar que el conocim iento es distinto, específico; postular sobre todo que este conocim iento sea adquirido de m odo com petente, es decir con entera conciencia de su especificidad.

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Esta obra se term inó de im prim ir en septiem bre de 19 82 en los talleres de Edim ex, S .A ., calle 3 # 9, San B artolo N aucalpan, Edo. de M éxico. La edición consta de 3,000 ejem plares m ás sobrantes para reposición.

Historia y verdad
¿Es posible la verdad objetiva en el conocimiento histórico? Esta cuestión aparentemente simple encubre toda una serie de preguntas: ¿Por qué difieren las visiones de los historiadores de un mismo hecho o proceso histórico? ¿Significa acaso que se fal! sea la verdad intencionalmente? Si no es así, ¿qué significan en! tonces el conocimiento histórico objetivo y la verdad objetiva en la historia? ¿Cómo se consiguen o por qué no siempre se alcan! zan? ¿A qué se debe que distintos historiadores, que utilizan fuentes idénticas, ofrezcan descripciones diferentes, e incluso contradictorias del proceso histórico? ¿Todas estas descrip! ciones son igualmente verdaderas? Partiendo, a título de ejemplo, de un hecho concreto — la Gran Revolución Francesa—y examinando las visiones diversas de sus principales historiadores, el eminente filósofo marxista pola! co Adam Schaff responde a estas preguntas que, en definitiva, constituyen la cuestión medular de la objetividad del conoci! miento histórico.

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