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EL AMOR DE LOS CISNES SOBREVIVE A LA MUERTE —¡Mira, mira, mamá! ¿Es un príncipe encantado? —gritó el pequeño.

Thorsten aproximándose al embarcadero del estanque, junto al cual nadaba un magnífico cisne que, precisamente en esos momentos, se irguió en el agua y desplegó sus grandes alas de 2,20 metros de envergadura agitándolas un par de veces en el aire. Parsifal, el cisne, nadaba con aire mayestático. Era un magnífico ejemplar de cisne blanco del norte de Europa ( cignus olor), que se aproximó hacia el lugar donde se hallaban madre e hijo y se comió unos trozos de pan que Thorsten le había arrojado al agua. —¡Lástima que sea mudo! —comentó el muchacho. Cuánta razón tenía. De no ser así Parsifal tendría muchas cosas que contar pues acababa de cumplir los cuarenta años de edad. Ya a los pocos días de haber abandonado el huevo, cuando todavía no era más que un insignificante polluelo, Parsifal tuvo que vivir algo espantoso. Eso sucedió cuarenta años antes, en el mes de mayo de 1938 en uno de los lagos de Brandemburgo. El sol cálido resplandecía. En la orilla habla otros dieciocho nidos más de la colonia en pleno periodo de cría, de Los cuales nacieron numerosos polluelos que empezaron a hacer sus primeros intentos natatorios bajo la vigilancia de los padres. Dos lanchas de motor surcaban el lago a toda velocidad atronando el aire con sus motores; pasaron muy cerca de la orilla interrumpiendo el idilio de los cisnes. Presas de pánico, los padres alzaron el vuelo y se alejaron de allí, pero los pequeños, todavía incapaces de volar, hubieron de quedarse en el agua, yendo de un lado para otro, sin saber qué hacer y piando desesperados y presas de terror. Las motoras mataron tan sólo cinco animales. Pero lo auténticamente espantoso sucedió al regreso de los padres. Los cisnes del Norte de Europa se ocupan sólo de sus propias crías. Si un polluelo extraño trata de unirse a su carnada el «patito feo» es casi siempre muerto a picotazos. En el desbarajuste organizado por los botes y el desorden reinante, cuando volvieron los padres muchos de los pequeñuelos no reconocieron a sus verdaderos progenitores y se dirigieron a nidos que no eran los suyos. La trágica consecuencia fue: sesenta pequeños cisnes muertos por haberse equivocado de padres. Entre sus seis hermanos y hermanas Parsifal fue el único superviviente, porque en medio del susto y la confusión supo dar a tiempo con su propio nido y refugiarse en él. A partir de ese momento, sus padres concentraron en él todo el amor que, normalmente, deberían haber repartido entre sus seis hijitos. Antes de que Parsifal alcanzara su cuarto año de vida y pasara a ser un ejemplar sexualmente adulto, se presentaron malos tiempos. Europa se había convertido en escenario de la segunda guerra mundial y los cisnes salvajes comenzaron a sufrir también las consecuencias. Los hombres empezaron a considerarlos como aves de caza y trataron, por todos los medios, de que fueran a parar a su horno o a su cazuela. Contrariamente a la opinión generalizada, sobre la mala calidad de su carne, el cisne es un exquisito bocado. Un ejemplo de lo que la guerra significó para los cisnes que vivían en libertad lo tenemos en el caso de los cisnes de Hamburgo, donde antes de la guerra existían cuatrocientos, de los cuales solamente sobrevivieron tres. Y lo mismo ocurrió en muchas otras partes. En la primavera de 1942, en plena guerra mundial, Parsifal emprendió su primer vuelo en busca de novia, pero no pudo encontrar a otros cisnes por parte alguna, de tal modo habían sido diezmados por el hombre. Y cuando excepcionalmente daba con algunos, se trataba de parejas. Los cisnes una vez que forman pareja se mantienen unidos de por vida y se mantienen siempre fieles; lo que teniendo en cuenta la duración de su vida, que puede ser de hasta sesenta años, resulta de bastante mérito. Defraudado, Parsifal continuó su búsqueda y siguió viajando más y más. Voló sobre las costas del Báltico, y sobre el Vístula, el Weser y el lago Dummer. Finalmente, ya en primavera, alcanzó las orillas del lago Constanza, en la neutral Suiza. En Romanshorn, donde en la actualidad hay una reserva de cisnes salvajes, vivían ya en aquel entonces muchos de ellos. Y fue allí donde, por fin, encontró a su hembra. Un buen conocedor de animales puede apreciar en seguida si una pareja de cisnes vive en pacífica unión, o si se lleva mal y sus broncas son continuas (lo cual en los cisnes no es causa de divorcio), Parsifal y su compañera Elsa eran de los dichosos, y su felicidad se vio aumentada por la bendición de una prole numerosa. Un año tras otro, traían al mundo seis, siete y hasta ocho descendientes. Pero en 1954, Elsa acababa de poner su octavo huevo y estaba comenzando a empollar, cuando, al regresar al nido tras una breve ausencia, advirtió que había desaparecido uno de los huevos. Robado por los seres humanos. Los cisnes no son muy pacientes. Cuando les ocurre algo desagradable se sienten a disgusto y se marchan. Parsifal y Elsa abandonaron las orillas del lago Constanza y se dirigieron al lago de Starnberg. Los hombres hacía tiempo que habían olvidado su pasada guerra y habían redescubierto su amor por los cisnes. En el embarcadero de los barcos de turistas Elsa, Parsifal y sus siete polluelos, todavía muy pequeños, eran alimentados por los turistas que esperaban turno para realizar sus excursiones por el lago. Los pequeños cisnes, con la inconsciencia propia de su edad, no prestaban demasiada atención a los barcos que entraban y salían y sólo se preocupaban de nadar para recoger la comida que les arrojaban. En una ocasión ' Elsa no se dio cuenta de lo peligroso de la situación hasta que fue demasiado tarde. Con las alas extendidas trató de alejar a sus hijos del embarcadero, pero ella misma quedó apresada entre el casco de la embarcación y el muelle y murió aplastada. Lo absurdo del caso es que los pequeñuelos, debido a su pequeño tamaño, escaparon del accidente sin ningún daño corporal. Los entendidos les profetizaron lo peor a los huerfanitos, puesto que entre los cisnes es la hembra la que se ocupa de todas las tareas maternales, mientras que el padre no hace más que garantizar protección a su hembra y su prole. Pero en este caso especia!, los zoólogos se equivocaron. A partir del momento de la muerte de Elsa, Parsifal se convirtió para sus hijos en la más cariñosa y atenta de las «madres» y supo sacar adelante y criar a toda la carnada, hasta que los polluelos se hicieron mayores. Parsifal, sin embargo, no volvió a «casarse» de nuevo. Mientras más feliz fue un cisne en su «matrimonio», más difícil resulta que el cónyuge superviviente vuelva a formar pareja de nuevo. Aquella tragedia ocurrió hace ya veinte años. Y en la actualidad, Parsifal, todavía solo, acude a nadar frecuentemente en las proximidades del mismo embarcadero en el cual un trágico destino le arrebató a. su compañera.

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