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EL NIÑO QUE PINTABA SIRENAS

¿Cómo era ese niño?


Era un niño bajito y un poco rechoncho, de ojos muy vivos, orejas
despegadas y pelo rizado y negro. Se movía muy rápido para sus hechuras.
Se llamaba Gabriel y le encantaban las sirenas. Siempre fue tímido y
andaba al cobijo de su madre.
Era hijo de unos amigos y solía coincidir con él en nuestra ciudad de
veraneo, una ciudad de provincias. Él era el pequeño de la familia, tenía
otro hermano que jugaba con los demás chicos en el parque sin ninguna
dificultad, pero él no jugaba con nadie. Siempre se le veía cerca de su
madre. Ningún verano antes había podido hablar con él y a mi me gustaba
charlar con los niños. Charlar con los niños era algo agradable para mí
porque me gustaba y sabía que a ellos también. Les hacía sentirse
importantes y era una manera de acercamiento y de intercambio de
comunicación entre edades. Que eso era algo difícil a mí no me lo parecía
pero con Gabriel sí.
No atendía a conversaciones ni se acercaba a nadie que no fuera su madre,
su hermano, sus abuelos o su tío Pepe.
Hasta que un verano cuando él debía tener unos 7 años me fijé que llevaba
un juguete en la mano, yo iba como siempre con mis hijos de edades
parecidas y nos encontrábamos como todos los años en el parque fresco de
esa ciudad de provincias. Un verano más. Solíamos coincidir un par de días
como mucho una semana. Me fijé y me extrañó ver que llevaba una sirena
de juguete en la mano y me enterneció. Intenté hablar con él y salió
corriendo y se protegió detrás de su madre.
Aquella imagen me llenó de emociones y ternura. Me encantó comprender
que lo que le ocurría a ese niño es que no vivía realmente en este mundo.
Su mundo era acuático.
Pensé que yo no había coincidido nunca con él en la playa. Empecé
verdaderamente a interesarme y a contentarme con lo que me contaban los
que si podían hablar con él. Empecé a indagar primero con su madre, en el
parque me fue contando cosas del niño y lo hacía con verdadero
entusiasmo. Por otra parte le preguntaba a su tío Pepe o a los abuelos y
también respondían de la misma forma, coincidían en mostrar un alto grado
de interés por lo que era la vida cotidiana del niño Gabriel.
Me fui haciendo una idea más completa de cómo transcurrían los días en la
vida de Gabriel. Me enteré de que jugaba horas y horas en el lavabo con
sus sirenas, porque no era una sino muchas las que tenía el niño, que las
bañaba y sobre todo que las miraba, las movía en el agua como danzando
en un baile acuático que me imagina cinematográfico a modo de Esther
Willians en Escuela de Sirenas, de Encimeras decíamos cuando éramos
chicos.
Pero no era así como él se las imaginaba, al parecer y según me iban
contando los mayores que lo conocían, él se las imaginaba pequeñas,
apoyadas en alguna roca y charlando de sus cosas. Eso debía contarles en
sus charlas. Decía que el agua era azul celeste, que había gaviotas que
volaban y que el sol que las acariciaba junto a una brisa intensa. No había
blancos relucientes con luces de neón, ni grifos abiertos, sólo había una
imagen de ensueño, en la que él les ponía diálogos a las escenas y hablaba
por ellas como si de un mago se tratara.
Resultaba ser que los proveedores de ese mundo de sirenas eran los que
más lo querían, en definitiva su madre, sus abuelos y su tío Pepe. Ya tenían
agotados los cuentos, las películas y sobre todo las figuritas esas
estilizadas, que por abajo tenían forma de pez con colores brillantes y por
arriba figuraban chicas que más parecían de la estética de los años 60 con
sus pelos cardados y sus complementos y brillos.
Me contaba su madre que a veces ocurría que se le olvidaba coger una de
sus sirenas antes de salir de paseo y entonces con una simple cinta del pelo
que le buscaba en el bolso su madre o su abuela reproducía los
movimientos y vaivenes oceánicos de sus queridas sirenas, todo se volvía
intenso, lleno de oleaje y un delfín imaginario dirigía la operación. Él se
encontraba entretenido mientras el mundo de los adultos discurría sin que
él le prestara la menor atención.

En la última ocasión en que recuerdo que coincidí con él, seguía sin jugar
al futbol con su hermano, mis hijos, mi marido y su tío Pepe, pero apareció
sin ninguna sirena en sus manos. En cambio lo encontré risueño y feliz. Se
había sentado en el suelo junto a su tío Pepe y mi marido en una manta que
habíamos echado al suelo. Me fijé que Gabriel les estaba adornando con
primor la cabeza usando hojas del suelo y les estaba preparando un tocado
a cada uno. Les estuve haciendo unas fotos y la escena se me quedó
grabada. Había cariño, risas y complicidad entre los tres.
Me senté con ellos y empecé por comentarle a Gabriel que los estaba
dejando tan guapos que parecían sirenas y él se entusiasmo y me miraba
fijamente a los ojos desde muy cerca y empezó a contarme. Me habló de
sus dibujos del fondo del mar, de los peces de distintos tamaños y formas,
de las rocas y sobre todo de las sirenas de colores. Me decía que se
ondulaban en el fondo del mar y que sus movimientos eran redondos
como el del caparazón de las caracolas. Que todo echaba chispas y brillos,
gesticulaba y se explicaba con entusiasmo, yo me sentía excitada porque
por fin podía hablar con él y me iba metiendo en su mundo, más que
preguntas y respuestas la conversación era fluida y hablábamos en el
mismo lenguaje. Me iba trasmitiendo escenas que yo reproducía en mi
interior en technicolor. Era maravilloso. Cuando acabamos y él se fue al
coche a coger algo, los demás me miraron comprendiendo cómo me sentía
en aquellos momentos, su madre me sonrió y el tío Pepe me comentó que
era muy extraño que hubiera hablado conmigo tanto rato y que ya estaba
iniciada porque hasta ahora ellos habían sido los únicos afortunados en
conocer de cerca el mundo íntimo de Gabriel.
Ya no volví a coincidir con Gabriel, la hermana de nuestro amigo dejó de ir
en verano por aquella ciudad.

Ya hace mucho tiempo de aquellos veranos en los que coincidíamos con


Gabriel, pero hoy todos aquellos recuerdos han venido a mi memoria de
golpe como un tesoro escondido. Lo que ha desencadenado esa situación ha
sido que en el descanso del trabajo del mediodía, estaba con unas
compañeras pensando en a ver donde podíamos ir a comer. Alguna dijo
que le habían hablado de que habían abierto un local nuevo por allí cerca,
que decían que estaba teniendo mucho éxito porque era muy original, por
lo visto, decía que se llamaba La Sirena y que era como un parque
temático.
Cuando oí la palabra sirena, rápidamente les dije que fuéramos a probar.
Cuando entramos en el nuevo local oí una voz que sobresalía de las demás,
gutural y sonora, como de actor de doblaje. Se correspondía con un hombre
joven de pelo rizado negro y ojos muy vivos que llevaba puesto un mandil
blanco sobre unos vaqueros y una camiseta de rayas azules y blancas. Nos
miró y enseguida se dirigió hacia nosotras.
A ver chicas, seáis bienvenidas al mundo de las sirenas, este es el lugar que
necesitáis, el que andabais buscando. Aquí encontraréis buena comida, pero
sobre todo os sentiréis felices por una hora y nos guiñó.
Nos miramos unas a otras a la vez extrañadas y encantadas, la verdad es
que en los alrededores de donde trabajábamos había muchos sitios para
comer, había donde elegir, pero nunca nos habían venido a recibir a la
puerta y mucho menos dado una bienvenida tan espectacular. Nos mostró
una mesa en un rincón y allá que nos dirigimos. Me fui fijando en lo que
nos rodeaba, imágenes en las paredes de fondos marinos, de olas que
chasqueaban al llegar a la orilla, unas grandes y bravas y otras que parecían
terminar en salivillas. En las esquinas del local había esculturas de sirenas
espectaculares por sus proporciones de 90 40 90 con sus grandes melenas
que parecían ondularse por el viento. Noté una música de fondo que me
resultó ondulante y a la vez envolvente, de Miles Davis en Tutú. Era genial.
Los grupos de personas que se encontraban ya comiendo no parecían
preocupados ni atrapados en los problemas de trabajo, se les veía relajados
y alegres. Como si estuvieran de vacaciones. Parecían que estaban
hipnotizados.
El muchacho se acercó a nosotras y empezó su retahíla. A ver os comento,
tengo de primero garbanzos con delicias del mar………..Salí de aquel
hipnotismo cuando de pronto alguien desde la barra dijo Gabriel y él se dio
la vuelta.

9/09/2009
Serpentina Márquez

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