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Ribeyro, el tabaco y la escritura

Ribeyro, el tabaco y la escritura

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Salazar, Jezreel. "Ribeyro, el tabaco y la escritura", en Yagular, año 2, núm. 7, julio-octubre de 2013, pp. 30-32.
Salazar, Jezreel. "Ribeyro, el tabaco y la escritura", en Yagular, año 2, núm. 7, julio-octubre de 2013, pp. 30-32.

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Ribeyro, el tabaco y la escritura

jezreel salazar

rnesto Sábato solía decir que la escritura, más que una profesión, constituía una condena y un martirio de los cuales era imposible jubilarse. La noción de que escribir es un placer, un padecimiento o ambos, posee una larga tradición y se define por la imagen pública que los escritores construyen de sí mismos. Esto es claro a la hora de leer sus ensayos personales o sus entrevistas, sus epistolarios o sus diarios íntimos. En estas formas de literatura que se hayan en los límites entre lo privado y lo público, puede apreciarse de manera más precisa el significado que los creadores le otorgan a su escritura y el tipo de vínculos que tienen con la misma. A lo largo de su magnífico diario, Julio Ramón Ribeyro —uno de los mejores cuentistas latinoamericanos— se presenta como un sujeto con fuertes debilidades físicas y anímicas, alguien colmado de malestares y vicios, cuya “voluntad enferma” le impide aprovechar las múltiples ocasiones de triunfo que le ofrece la vida. Su relación con la escritura, siempre asociada al tabaco y a la carencia, aparece como uno de los pocos vehícuLa noción de que escribir es los que le permiten experimentar de modo agudo intensivo la vida. Se proyecta así como un héroe un placer, un padecimiento e romántico que, a pesar de estar siempre dispuesto o ambos posee una larga a la aventura, se encuentra atrapado dentro de tradición y se define por una épica invertida: sobrevive a las adversidades del mundo gracias a una feroz lucha interior, en la la imagen pública que los que cada tentativa de goce individual trae consigo escritores construyen de sí sufrimientos, culpas y aflicciones. se equivocó Alan Pauls cuando afirmó mismos. que No el gran tema del diario es la enfermedad. Leer el diario de Ribeyro es enfrentarse a la historia clínica de un hombre que se describe de forma continua como alguien malsano, pero cuya lucidez y capacidad estética le permiten, no recuperar la salud (fisiológica y moral), pero sí lidiar con su ausencia: “Todo diario íntimo es un síntoma de debilidad de carácter, debilidad en la que nace y a la que a su vez fortifica. El diario se convierte así en el derivativo de una serie de frustraciones, que por el solo hecho de ser registradas parecen adquirir un signo positivo”. Según Ribeyro, al personaje novelesco que sobrevive en contra de sí mismo lo salva la escritura, pero ésta también lo corroe sin fin.

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Si hay una imagen que muestra esa relación paradójica con la escritura es la del tabaco, que Ribeyro siempre vincula al acto creador. En ciertos momentos, los cigarros aparecen asociados a la desesperación y a la miseria; en otros, constituyen la posibilidad de pensar y atrapar el mundo mediante la palabra escrita. Es como si fumar fuese el mecanismo para pasar del mundo gregario a la autoconciencia estética y el medio privilegiado por el cual la experiencia vital puede volverse creación. Así, el tabaco expresa, una y otra vez, el conflicto interior de Ribeyro; crea el momento y el espacio en que su mirada literaria se produce. Cuando el diarista se pregunta ¿qué es, a final de cuentas, lo que nos permite ser los mismos, en medio de tanto cambio y tanta deriva?, Ribeyro responde que “nuestra vida no es más que la evolución en torno a unos cuantos objetos”. Si el diario otorga salida a sus dilemas existenciales, el cigarro le ofrece una solución a su dificultad de escribir.

La tentación del fracaso. Diario personal
(fragmentos) julio ramón ribeyro

9 septiembre 1950 Debería escribir otra vez, pero ¿a qué hora?, ¿qué cosa? No tengo tiempo. Nada se me ocurre. ¡Ah, lindo ocio inspirador y malsano! Echado en mi cama veía condensarse en el humo de mi cigarrillo a mis personajes y en el silencio de la siesta los oía dialogar. Ahora también fumo, pero fumo sin poesía, mientras redacto demandas o reviso expedientes. ¿Es esto fumar acaso? 12 octubre 1953 La primera lluvia de otoño me sorprende en mi hotel, muy de mañana, sin un franco en el bolsillo y el estómago vacío hace veinte horas. Nuevamente la imprevisión, la aventura, me han puesto en este estado, pues la apreciable canti-

dad de dinero que recibo por la beca debía ponerme al abrigo de toda carencia… Contento a pesar de todo. Tengo cigarrillos holandeses. Mientras pueda fumar no siento esta miseria a la que deliberadamente me encamino. 1 febrero 1956 Dieciocho grados bajo cero marca el termómetro. Imposible andar por la calle. La ciudad bloqueada por la nieve. He decidido no salir de mi cuarto en todo este mes. Viviré al lado de la estufa; en bata, fumando, maldiciendo, escribiendo mi novela —voy en el capítulo xiv— y estudiando alemán. Soy un hombre afortunado, después de todo, ¿para qué lamentarme?

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29 abril 1957 Con los últimos veinte francos que me quedaban he comprado cigarrillos. Tanto peor, y como escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar, seguiré escribiendo la historia de Panchito y de su padre, que anda por buena vía. Mi Manual de Fotografía duerme sobre la mesa. Perduran las malas costumbres literarias. 6 abril 1958 Escribir no es un acto continuo. Generalmente va acompañado de largos intervalos de distracción durante los cuales se hacen dibujitos al margen del papel, se enciende un cigarrillo, se mira por la ventana, se piensa en cosas que no tienen nada que ver con la literatura. 7 abril 1958 Biológicamente, escribir me daña: fumo demasiado, muchas veces bebo, se me entumecen los dedos, me arden los músculos del cuello, y siento todos los síntomas de una tortura. Pero todo esto va acompañado paralelamente de un gozo tan singular que podría hablarse casi de un caso de masoquismo si es que no fuera más justo invocar el ejemplo de los místicos que se disciplinan. Lejos de mí sin embargo darle al acto de escribir un carácter sacro o religioso. Pero sí sostengo que escribir es una inmolación consciente y razonada que el escritor — el verdadero— hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga. ¿Qué es escribir si no inventar un autor a la medida de nuestro gusto? septiembre 1966 El hombre que se sienta a las seis de la tarde ante la máquina de escribir, en esta casa, no es sino el saldo, el excremento del que, a las diez de la mañana, estuvo en la oficina. Fresco, despejado, todos los días entrego para poder vivir

las siete mejores horas de mi vida. Durante ese tiempo uso y abuso de mi inteligencia, pulverizo mi resistencia física, me fumo el paquete de cigarrillos que luego en casa me hace falta y que ya no podré consumir ni soportar. De este modo el que trabaja aquí es un hombre marginal, una subpersona mía, una sombra agotada, casi un pordiosero de las letras… Más aún cuando llego con un lenguaje romo, con un vocabulario decapitado, automatizado para la chatura y la banalidad, casi incapaz de combinar palabras puesto que en la Agencia toda combinación de este tipo es un error profesional. 9 enero 1973 Como siempre, me hago traer un carnet al hospital con la intención de escribir, pero termino por no hacerlo. Para escribir yo necesito mi marco habitual —cigarrillos, vino, un sillón cómodo, a veces música, una ventana a la calle. De otro modo me es imposible hacerlo. Se diría que las ideas no brotan de mí espontáneamente, por una operación subterránea de mi espíritu, sino que son extraídas de mi contorno por un fenómeno de ósmosis. 21 marzo 1973 Entre mi conciencia y la realidad ha surgido una pantalla que me aleja de los objetos, y los petrifica y los enfría. Y esta pantalla no puede ser otra que mi cuerpo enfermo, convaleciente, sometido a un régimen que ha alterado sus costumbres y sus hábitos, al punto que podría hablar de muda o de castración psicológica. Privado de cigarrillo, de alcohol, de condimentos, vivo en una especie de letargia, que me impide un contacto intenso y lúcido con el mundo. Esos estimulantes eran mi manera de insertarme en él. Su carencia me aparta de la vida o más bien me da de ésta una imagen que yo no reconozco.

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