LUCES DE JUVENTUD -Ensayo sobre Luces de Bohemia de Valle-Inclán.

Esta es una cultura obsesionada con los espectros de la lozanía, con el esplendor magnífico de los cuerpos eternizados en un aura de perfección. Ya consagrada como fetiche mediático o como un mito que nos induce a un régimen farmacológico para conservarla a pesar del efímero tiempo, la juventud es la flor que se escupe amargamente en las consolaciones de la nostalgia. Al menos en esta generación, en esta descarriada bohemia de los productos. Y no la condeno ni la destituyo de su trono errante, porque de ella bebo como la mayoría de las personas que se sujeta a los imperativos de la conservación atemporal del individuo. No obstante, esta no es más que un sueño, una noche empapada de tinieblas, a través de la cual el ímpetu vigoroso de una edad plena se hace auténtica luz. Como dice Bonifaz Nuño: toda juventud es sufrimiento. Pero también locura, embriaguez, personajes delirantes y poesía: resistirse a marchitar el único de los jardines posibles. El retrato esperpéntico de Valle-Inclán en Luces de Bohemia es un canto de nostalgia, un momento lúcido de primavera en un cementerio minado por la vejez y la decrepitud del ánimo. Ante la inminencia de la muerte, ese potencial veneno del olvido, Max Estrella se levanta en pleno regocijo de la vista: ¡volvamos a la eternidad de la bohemia!, huyamos a esa dulce evasión de los sentidos para escapar del pesar que nos orilla a las puertas del suicidio. Comencemos nuestra última travesía, revivamos la dulzura de esos tiempos junto a los amigos, esa canalla con la que nos enredamos hasta la perdición. Y el cuerpo, en conformidad con el thimos que inflama el pecho de ese vagabundo lírico, comienza su última andanza, reventando de alegría ante la muerte. Una vez más se abre la puerta anhelada de la bohemia, pero ya no caben sino fantasmas, recuerdos ausentes por el desmemoriado camino que antaño recorrieron los zapatos de un Rimbaud: a los 17 años no se puede ser formal. Mucho menos cuando se está a un paso de la tumba. No es de extrañarse entonces esa vida caricaturesca, desesperada, la deformación en el espejo: quijotismo disuelto en el fondo del vaso. ¿Acaso no es el mismo anhelo, el mismo deslumbramiento de un Alonso Quijano, el que se lleva a Máximo junto a Hispalis a revivir los últimos delirios de su vida literaria? Porque bajo el nombre de poeta se esconde un magnífico borracho que lo deja ir todo en pos de ese último y dichoso instante en el patíbulo: regresemos a gastarnos los zapatos, a vender la capa, a enrollarnos con la que nos hace ojitos para

no siempre es la risa paradisiaca. reinventar las maneras de soltarse de las ataduras de una maquinaria que la absorbe. Pero la juventud. Y cuando nacen los primeros destellos de sol. luminarias decadentes. contra las viejas tiranías y sus dogmas. Hay un rostro sórdido y militante. La realidad de la miseria se asoma en los rincones de una segunda piel: el abismo de la ciudad. se enfrenta la nueva guardia. de vuelta a brindar por esos momentos grandiosos en que miramos por la ventana el crepúsculo que sobrevive en lo extático de la imaginación de un París que nunca se acaba (otro español). a todas horas. Arde la libido maniaca de quien ya no espera condena. sumergido en la neblina de los tiempos de la fractura onírica: no nos queda más que un sillón viejo para la espalda y cenizas entre las manos para dar abasto al hambre. Y al despertar. . la juventud es el cliché que se nos cae de tarde en tarde como se nos caen las pestañas en el café. Literatura Española VI. Primer reporte de lectura. en nuestros rincones más profundos. ¿qué sobrevive del torbellino incesante de nuestra juventud? Habla entonces la nostalgia de quien se reconoce ciego. asesinato. cerrar despacio los ojos: morirnos. Pleitos. No nos queda más que rendirnos a lo inevitable. revueltas. Porque juventud es desafío de la autoridad. esos muchachos del modernismo armados de navajas preciosistas. detenciones. el dulce momento de los sentidos. Una bohemia que disimula razón entre las máscaras del intelectual. Bermúdez. Luces de Bohemia. Se ahogan los suspiros del romántico en un brindis que se diluye de melancolía. Existe la injusticia y existe la juventud que se le rebela. que sueña con reformar el mundo con el pulso de la batalla y de los versos. Sin embargo. Daniel A. alucinaciones del desvelo vagabundo.emborracharse esa noche a nuestras expensas. Entonces nos llega el amanecer. Así. del humanismo chic.

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