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Eran los años 60, el edificio que Matute tenía destinado a cobijar el Ayuntamiento,

estaba pegado a la iglesia, al lado de la puerta principal de la misma (quizás en tiempos


pudo ser la casa del cura o del sacristán), quién sabe.

Se trataba, bueno, se trata, que todavía hoy está en pié y sirve de vivienda a la “Tere”,
de una edificación sencilla de dos plantas: en la baja tenía un cuartito pequeño destinado
a la oficina de La Hermandad de Labradores equivalente al los actuales sindicatos de
agricultura, pero en aquella época en la que todavía éramos chiquillos, era donde
nuestros padres, todos agricultores por supuesto, pagaban los “cupones” para en su día
poder cobrar un pensión de jubilación por régimen agrario. Allí siempre estaba Piti,
gran secretario.

En el piso de arriba, a la izquierda estaba la Oficina del Ayuntamiento, regentada por


sucesivos secretarios, Don Pío en su día, luego Don Hilario, que tocaba el acordeón y
nos daba clase de solfeo en la escuela, do re mi fa sol...que leíamos plano, sin ninguna
entonación. Y en la parte derecha una gran dependencia donde se instaló la primera
televisión que hubo en Matute, en otros pueblos esta habitación de denominaba
“teleclub”, en el nuestro, La Tele.

La Tele estaba gobernada por la Cipri, ama y señora de la sala, siempre sentada bien
cerquita de la única estufa (el resto teníamos los abrigos puestos). Con un ojo en la tele
y otro en los telespectadores, no perdía de vista ni a la una ni a los otros, sobre todo a
los otros, que nos tenía sin rechistar mirando la tele, sentados en esas sillas de tijera, tan
duras e incomodas. Si no te estabas quieta, cosa que sucedía a menudo porque no
aguantábamos tanto tiempo sentadas, te solía caer un magistral pellizco, como solo la
Cipri sabía darlos.

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En las tardes del domingo, veíamos Bonanza, el Virginiano, La Caravana.... casi todo
eran películas del Oeste Americano.

Bonanza comenzaba con un mapa en llamas, desde él aparecían los Carwait, esa gran
estirpe, montados en sus caballos y recorriendo Kansas dando tiros y persiguiendo a los
malos cuando en ese momento clave, apunto de capturarlos, la Cipri nos mandaba al
Rosario, -¡Si quieres como si no quieres!-, que nos sentaba peor que los tiros que
pegaban los Adans, Joss o Joe.

Y tanto Oeste Americano, conocíamos al dedillo lugares como Wisconsin, Virginia,


Nevada, Kansas y Colorado que ni localizábamos en el mapa… Eran lugares comunes
de nuestra infancia de los que solo sabíamos el nombre y que existía un saloon, un
banco, una oficina del “cheriff”… y que todos los trayectos se hacían a caballo y
ferrocarril. Claro, como iban a caballo pensábamos que estos lugares estaban cerca unos
de otros, pobres caballos pienso ahora contemplando el mapa americano.

Y de repente crecemos, y nuestros chicos hacen masters, en Estados Unidos, en los


lugares de nuestra infancia y allá les preguntan de donde llegan, y dicen: - I from
Matute-, y son los americanos los que se asombran de esa Iglesia tan antigua, de aquella
casa del siglo XI y pienso que grande es el mundo y que pequeño Wisconsin.

Mari Jose