E D I T O R I A L T R O T T A

L A FAUNA DE L AS FAL ACI AS
L U I S V E G A R E ÑÓN
Las falacias no solo han sido un tema tradicional en la
historia de los estudios sobre la argumentación, sino
que han desempeñado un papel de primer orden en su
renacimiento durante la segunda mitad del siglo XX. Ac-
tualmente siguen representando un estímulo para la de-
tección y análisis de la argumentación falaz, así como
un desafío para la construcción de una teoría lúcida,
comprensiva y crítica de la argumentación.
Este libro trata de responder a estas demandas en
dos planos principales: uno, teórico y crítico; el otro,
histórico y documental. En primer lugar, frente a la
inercia de las nociones y clasificaciones escolares, de-
sarrolla una concepción del discurso falaz que permite
comprender su sutileza y explicar su importancia críti-
ca. Luego, examina a esta luz las principales propues-
tas actuales para marcar sus contribuciones y limita-
ciones propias, aparte de considerarlas no solo en las
perspectivas clásicas sobre la argumentación (lógica,
dialéctica, retórica), sino en la más moderna, socio-
institucional, interesada en la llamada «esfera públi-
ca del discurso». En segundo lugar, y como comple-
mento de estas revisiones y discusiones, avanza unas
líneas maestras de la construcción histórica de la idea
(o las ideas) de falacia, al hilo de diez momentos capi-
tales por su condición fundacional, significación e in-
fluencia y aportando una antología de sus textos más
representativos.
Ilustración de cubierta: Henri Rousseau, El sueño (1910).
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Luis Vega Reñón
Catedrático de Lógica en la Universidad Nacional de
Educación a Distancia (UNED). Director de la revis-
ta digital Revista Iberoamericana de Argumentación.
Ha sido profesor visitante en diversas universidades,
como Cambridge (Reino Unido), UNAM, UAM y Xa-
lapa (México), Nacional de Colombia (Bogotá), Bue-
nos Aires y Córdoba (Argentina), CEAR (Santiago de
Chile) y Universidad de la República (Montevideo). Es
responsable de programas y cursos de argumentación
en estudios de máster y posgrado. Autor de numero-
sos artículos y varios libros sobre historia y teoría de
la argumentación, como La trama de la demostración
(1990), Las artes de la razón (1999), Si de argumen-
tar se trata (
2
2007), y coeditor, en esta misma Edito-
rial, del Compendio de lógica, argumentación y retó-
rica (
2
2012).
9 788498 794533
ISBN 978-84-9879-453-3

La fauna de las falacias






E D I T O R I A L T R O T T A
La fauna de las falacias
Luis Vega Reñón
© Editorial Trotta, S.A., 2013
Ferraz, 55. 28008 Madrid
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© Luis Vega Reñón, 2013
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación públi-
ca o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la
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cesita utilizar algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;
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ISBN (edición digital pdf): 978-84-9879-463-2
COLECCIÓN ESTRUCTURAS Y PROCESOS
Serie Filosofía
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición
del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte
7
ÍNDICE GENERAL
Prefacio ................................................................................................ 11
La fauna de las falacias: una exploración introductoria ........................ 17
Parte I
PROBLEMAS Y PERSPECTIVAS DEL ESTUDIO ACTUAL
DE LAS FALACIAS
1. LOS BUENOS DESEOS .......................................................................... 35
1. El estudio de las falacias: elucidación teórica, investigación em-
pírica ........................................................................................ 35
2. La teoría de las falacias como objeto de deseo ........................... 37
2.1. Los supuestos. El supuesto clave de correlación o «con-
trapartida» ....................................................................... 38
2.2. Las demandas .................................................................. 43
2.3. Las coberturas .................................................................. 49
3. Orientaciones del estudio empírico de las falacias ..................... 52
2. VARIACIONES EN TORNO A LA TEORIZACIÓN DE LAS FALACIAS ................ 59
1. Variaciones históricas ................................................................ 59
2. Variaciones metateóricas: hipótesis acerca de una teoría de las
falacias ...................................................................................... 62
2.1. Hipótesis nulas ................................................................ 63
2.1.1. No hay una teoría de las falacias ni, al parecer, pue-
de haberla .............................................................. 63
2.1.2. Otra modalidad radical .......................................... 66
2.2. Hipótesis mínimas ........................................................... 68
2.2.1. Teorías de la contrapartida .................................... 68
2.2.2. Las propuestas de Walton ....................................... 81
2.2.3. La propuesta de Woods .......................................... 87
8
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
2.3. Hipótesis máximas ........................................................... 93
2.3.1. La propuesta reductiva de Lawrence H. Powers ..... 93
2.3.2. La propuesta unificadora de Polycarp Ikuenobe ..... 94
3. LAS FALACIAS A TRAVÉS DEL ESPEJO DE LA TEORÍA DE LA ARGUMENTA-
CIÓN ............................................................................................... 97
1. Las ideas tradicionales sobre la argumentación falaz .................. 98
1.1. El llamado «tratamiento estándar» ................................... 98
1.2. ¿Hay falacias formales? .................................................... 100
2. Perspectivas actuales I. Las perspectivas clásicas ........................ 103
2.1. La perspectiva lógica ........................................................ 108
2.2. La perspectiva dialéctica .................................................. 111
2.3. La perspectiva retórica ..................................................... 114
3. Perspectivas actuales II. La nueva perspectiva de la «lógica del
discurso civil» ............................................................................ 119
Referencias bibliográficas ...................................................................... 129
Parte II
LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDEA DE FALACIA
Sección 1
PERSPECTIVA HISTÓRICA
1. EL PADRE ARISTÓTELES ....................................................................... 143
1.1. Los orígenes ........................................................................... 144
1.1.1. Tipos y casos en busca de una denominación común .... 146
1.2. El carácter falaz de las refutaciones sofísticas .......................... 148
1.2.1. Conceptos y planteamientos básicos ............................. 149
1.2.2. Explicaciones y clasificaciones ...................................... 151
1.3. Las falacias en la Retórica y en los Primeros Analíticos ............ 155
1.4. Otras contribuciones después de Aristóteles: los estoicos, Ga-
leno, Alejandro ....................................................................... 157
Referencias bibliográficas ................................................................ 160
2. UNA VERSIÓN MEDIEVAL DE LAS FALACIAS .............................................. 162
2.1. El legado griego ...................................................................... 162
2.2. La recepción medieval ............................................................ 164
2.2.1. Contribuciones medievales: el caso de la petición de
principio ....................................................................... 168
2.3. El planteamiento de De fallaciis .............................................. 170
2.4. Contrastes y señales posmedievales ........................................ 172
Referencias bibliográficas ................................................................ 173
9
Í NDI CE GE NE R A L
INTERMEDIO. SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS EN EL TRATO CON FALACIAS ....... 175
1. Los ídolos de Bacon .................................................................. 175
2. Signos de nuevos tiempos ......................................................... 177
Referencias bibliográficas ................................................................ 179
3. LA LÓGICA DE PORT-ROYAL Y SU PROPÓSITO DE FORMAR EL JUICIO ......... 180
3.1. La significación histórica de la Lógica como arte de pensar ..... 180
3.2. La consideración del discurso falaz ......................................... 185
Referencias bibliográficas ................................................................ 188
4. JOHN LOCKE Y LA DISTINGUIDA FAMILIA DE LOS ARGUMENTOS AD ........... 189
4.1. Una concepción gnoseológica de la Lógica .............................. 189
4.2. La familia de los argumentos ad .............................................. 191
Referencias bibliográficas ................................................................ 194
5. EL DESENGAÑO ILUSTRADO DE FEIJOO ................................................... 196
5.0. Una cuestión preliminar .......................................................... 196
5.1. El marco del desengaño .......................................................... 198
5.2. El contexto de la lógica natural ............................................... 200
5.3. Concepción y tratamiento de las falacias ................................. 202
Referencias bibliográficas ................................................................ 204
6. LAS FALACIAS POLÍTICAS SEGÚN JEREMY BENTHAM ................................. 205
6.1. Contexto y texto .................................................................... 205
6.1.1. El «gobierno de la palabra». Hamilton y Bentham ........ 205
6.1.2. Historia del texto ......................................................... 207
6.2. Una idea no tradicional de falacia ........................................... 208
6.3. Cuestiones de interpretación .................................................. 210
Referencias bibliográficas ................................................................ 213
7. LA BENDICIÓN DE LAS FALACIAS LÓGICAS POR EL ARZOBISPO DE DUBLÍN,
RICHARD WHATELY .......................................................................... 215
7.1. La recuperación del punto de vista formal en Lógica .............. 215
7.2. Algunas nociones básicas: argumento, silogismo, falacia ......... 216
7.3. Cuestiones de clasificación ...................................................... 218
Referencias bibliográficas ................................................................ 222
8. ARTHUR SCHOPENHAUER, EL MAESTRO EN ARGUCIAS ............................. 223
8.1. Dialéctica erística o Arte de tener razón: problemas de inter-
pretación ................................................................................ 223
8.2. Un marco filosófico ................................................................ 226
8.3. Hacia un nuevo arte de tener razón ........................................ 227
Referencias bibliográficas ................................................................ 229
10
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
9. LAS FALACIAS EN EL SISTEMA DE LÓGICA DE JOHN STUART MILL ............ 231
9.1. El marco de la filosofía del error y el contexto de la lógica de
la prueba .............................................................................. 231
9.2. La idea de falacia y la clasificación de las falacias .................. 233
9.3. Notas para un balance de la fortuna histórica de la contribu-
ción de Mill .......................................................................... 238
Referencias bibliográficas ................................................................ 239
10. EL PULSO DE LOS PARALOGISMOS EN LA LÓGICA VIVA DE VAZ FERREIRA ... 241
10.1. Una figura paradójica ........................................................... 241
10.1.1. La Lógica viva y el campo de la argumentación ........ 243
10.1.2. La Lógica viva en el terreno de la deliberación ......... 244
10.2. El paralogismo como contribución a la formación de la idea
moderna de falacia ............................................................... 246
10.2.1. Fuentes de inspiración e ideas propias ...................... 246
10.2.2. La significación del concepto de paralogismo ........... 249
10.3. Ideas para tener en cuenta en el campo actual de la argumen-
tación ................................................................................... 253
Referencias bibliográficas ................................................................ 258
Un cuadro histórico de la formación de la idea de falacia ..................... 260
Sección 2
TEXTOS
1. Aristóteles (384-322 a. n. e.) ........................................................ 267
2. ¿Tomás de Aquino? Sobre las falacias (siglo XIII) .......................... 275
3. Antoine Arnauld (1612-1694) y Pierre Nicole (1625-1695) ........ 282
4. John Locke (1632-1704) ............................................................. 294
5. Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Teatro Crítico Universal .... 297
6. Jeremy Bentham (1748-1832) ..................................................... 306
7. Richard Whately (1787-1863) ..................................................... 317
8. Arthur Schopenhauer (1788-1860) ............................................. 326
9. John Stuart Mill (1806-1873) ..................................................... 336
10. Carlos Vaz Ferreira (1872-1958) ................................................. 348
Índice analítico ..................................................................................... 363
11
PREFACIO
Sostengo que combatir la falacia es la raison d’être de la
Lógica.
Sidgwick,
2
1890
En este libro intento una revisión general, es decir, analítica, histórica y
crítica de la cuestión de las falacias, un asunto principal de la teoría de
la argumentación desde su lejana fundación aristotélica hasta nuestros
días. Cierto es que no constituye la razón de ser de la Lógica o, para el
caso, del estudio de la argumentación. Puede hacernos sonreír el énfa-
sis puesto por Sidgwick en su cruzada contra las falacias a finales del si-
glo XIX, aunque formara parte de un programa bienintencionado de orien-
tación práctica de la vieja disciplina. Pero, en cualquier caso, al margen
de esa vindicación algo exaltada, el replanteamiento de las falacias resulta
obligado hoy por varios motivos. Para empezar, en diversos medios re-
lacionados con los estudios sobre el discurso y la argumentación hay un
interés y una preocupación crecientes por los usos y abusos del discur-
so público, no solo debido al auge de las técnicas de comunicación y de
las estrategias de inducir a la gente a hacer o pensar algo, sino también
debido al mejor conocimiento de los problemas que anidan en la trama
cognitiva y discursiva del dar y pedir razón de algo a alguien o ante al-
guien
1
. Por otra parte, el análisis de la argumentación falaz ha tenido
una estrecha relación con el despegue de los estudios de la argumenta-
ción en los años setenta del pasado siglo y aún sigue desempeñando hoy
un papel crucial en la identificación y evaluación de argumentos. Así es-
criben Ralph H. Johnson y J. Anthony Blair, nuestros relatores oficiales
del nacimiento y los primeros pasos de la actual lógica informal: «Dado
el modo como se ha desarrollado la lógica informal en estrecha asocia-
1. Es una vigilancia crítica que también trasluce inquietudes comunes como las que
se cifran en el título indignado de algunos libros contra los sinsentidos que nos rodean,
por ejemplo el de Baggini (2010): ¿Se creen que somos tontos? 100 formas de detectar las
falacias de los políticos, los tertulianos y los medios de comunicación.
12
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
ción con el estudio de la falacia, no es sorprendente que la teoría de la
falacia haya representado la teoría de la evaluación dominante en lógica
informal» (2002: 369)
2
. Y, en fin, ya ha pasado tiempo, más de cuarenta
años, desde la publicación de la obra que iniciara el estudio moderno de
las falacias: Fallacies de Charles L. Hamblin (1970,
2
2004). Ha corri-
do bastante agua bajo los puentes desde entonces y parece haber llegado
el momento de dejar que remansen las corrientes, observar el caudal y
hacer balance. Este libro trata de responder a estas demandas en tres pla-
nos principales. En primer lugar, frente la inercia de las nociones y clasi-
ficaciones escolares, desarrolla una concepción del discurso falaz capaz
de comprender su sutileza y de explicar su importancia crítica. Luego,
examina a esta luz las principales propuestas actuales para marcar sus
contribuciones y limitaciones propias, amén de considerarlas no solo en
las perspectivas clásicas sobre la argumentación (lógica, dialéctica, retóri-
ca), sino en la más moderna, socioinstitucional, interesada en la llamada
«esfera pública del discurso». Por último, como complemento de estas
revisiones y discusiones, avanza unas líneas maestras de la construcción
histórica de nuestra idea (o ideas) de falacia, al hilo de diez documentos
textuales significativos por su condición fundacional o por su carácter
representativo.
Hamblin constataba la ausencia de una teoría de las falacias que mal
podían compensar, de un lado, la existencia de un tratamiento tradicio-
nal, inmune —según él— al curso de la historia, y, de otro lado, la con-
fección de catálogos de muestras escolares y especímenes disecados de
argumentos falaces. En la actualidad, seguimos careciendo de una teoría
cabal de la argumentación falaz, pero creo que nuestra conciencia histó-
rica y crítica se ha vuelto más sabia: por una parte, conocemos ciertos
hitos —nombres y aportaciones— que han venido marcando la construc-
ción de nuestra idea de falacia; por otra parte, sabemos que no hay una
clasificación única y definitiva de los modos y casos en que una argu-
mentación falaz puede llegar a serlo. Así que las falacias tienen historia;
más aún, la suya es una historia interminable. Pues no hay un procedi-
miento efectivo de identificación y, menos aún, de prevención de las fa-
lacias: no todas las falacias llevan en la frente una marca clara o un estigma
indeleble, las hay que se dejan sentir apenas, antes que definir, y siem-
pre estamos expuestos a incurrir en paralogismos, descuidos por incompe-
tencia o inadvertencia, fallos para los que no estamos inmunizados. En
este, como en otros trances, es imperativo aprender de los errores, sean
propios o ajenos. En todo caso, lo que nos encontramos en el discurso
común y en los debates especializados es una prolífica fauna de falacias
2. «Informal logic and the reconfiguration of logic», en Gabbay et al. (eds.) (2002),
esp. pp. 355-356, 369, 374-377.
13
P R E F A CI O
vivas, más o menos francas o encubiertas, algunas rutinarias, otras reci-
divas, pero muchas de ellas nuevas y acuciantes.
Puede haber complicaciones añadidas en función de la manera más li-
bérrima o más restrictiva de hablar de las falacias. En el primer caso, ca-
brían en el saco muy diversos tipos de errores, sesgos e incluso false-
dades o malentendidos; en el segundo, apenas habría sitio para algo más
que los esquemas tradicionales de argumentos falaces e inferencias falli-
das. Luego habrá ocasión de ir haciendo precisiones al respecto. Aho-
ra adelanto que voy a entender por falaz el discurso que pasa, o se quiere
hacer pasar, por una buena argumentación y en esa medida se presta a
error o induce a engaño pues, en realidad, se trata de un falso (pseudo-)
argumento o de una argumentación fallida o fraudulenta. El fraude no
solo consiste en frustrar las expectativas generadas por su expresión en
un marco argumentativo —donde se da por supuesta, sin ir más lejos,
la pretensión de discurrir o discutir con alguien de modo razonable y
tratar así de convencerlo—, sino que además puede responder a una in-
tención o una estrategia deliberadamente engañosas, o a una manipu-
lación de la interacción discursiva. En el fondo representa una quiebra o
un abuso de la confianza discursiva, comunicativa y cognitiva sobre la
que descansan nuestras prácticas argumentativas. De ahí que las falacias
sean un recurso tan socorrido como censurable, una tentación que hemos
de vigilar en aras de la salud y el valor del discurso, sea el nuestro propio,
para cuidarnos de incurrir en paralogismos, o sea el de nuestras conver-
saciones y discusiones con los demás, para guardarnos de los sofismas y
de toda suerte de falacias en general. Así pues, tenemos buenas razones
para evitar las falacias pese a los retos escépticos de este tenor: «¿Por
qué argumentar bien si, para vencer en la discusión o salir del paso, será
siempre más fácil y a veces más eficaz hacerlo mal?». Unas razones tie-
nen que ver con el entendimiento propio y ajeno, y con la comunicación
con los demás. Otras se fundan en la responsabilidad de argumentar bien
e incrementar así nuestras posibilidades de tener creencias verdaderas
y tomar decisiones acertadas, frente a la pereza de hacerlo mal. Cierto
es que ninguna de ellas será determinante en la medida en que no hay
ninguna razón que efectivamente nos obligue a razonar —como tampo-
co la lógica nos obliga a ser lógicos—. Pero, por otro lado, la negativa
radical a razonar nos condenaría al autismo discursivo y, en definitiva,
al silencio para no caer en inconsistencias pragmáticas cuando menos.
La discusión de estas y otras cuestiones asociadas encontrarán su lugar
propio en la Parte I del libro dedicada a considerar los problemas y las
alternativas teóricas y filosóficas que se debaten actualmente acerca de
las falacias.
14
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
El libro está organizado en dos partes, precedidas de una introduc-
ción que quiere ser una invitación y una guía para adentrarse en el mun-
do de las falacias. La Parte I consiste en revisiones y discusiones concep-
tuales, teóricas y filosóficas, en torno a cuestiones como, por ejemplo, la
viabilidad de una teoría normativa o explicativa de las falacias. Su replan-
teamiento crítico y analítico se desarrolla a lo largo de tres capítulos en
cierto modo autocontenidos, y sin embargo, también en cierto modo, con-
céntricos. La Parte II contempla la construcción histórica de la idea de
falacia en dos secciones: la primera sección avanza unos apuntes de con-
textualización de sus caminos y formas de desarrollo; la segunda sección
contiene una selección de diez textos relevantes, bien por su condición
de contribuciones básicas o fundacionales en algún sentido, bien por su
valor sintomático y representativo. Algunos pasajes, en especial de la Par-
te I, han sido discutidos durante estos últimos años, en varios foros y ante
diversos auditorios: en el marco de másteres y simposios en las universi-
dades de Alicante, Valencia, Salamanca, Santiago de Compostela, UNED,
y en el curso de congresos y seminarios en las de Miahuatlán, Morelia y
UNAM (Instituto de Investigaciones Filosóficas), Diego Portales en San-
tiago de Chile, Nacional de Córdoba (Argentina) y Montevideo. Recuer-
do especialmente las conversaciones con Carlos Pereda, Raymundo Mo-
rado, Ariel Campirán y Gabriela Guevara, al otro lado del Atlántico, y
con Manuel Atienza, Eduardo de Bustos, José Miguel Sagüillo, Lilian Ber-
mejo y Paula Olmos, aquí —digamos— en casa. Pero, claro está, aunque
ahora no pueda nombrar a todos los demás interlocutores uno por uno,
he de agradecer su inteligencia y comprensión en todas esas ocasiones, así
como reconocer el apoyo de dos proyectos de investigación financiados
por el Ministerio llamado entonces de Ciencia e Innovación (FFI2008-
00085, ya cumplido, y FFI2011-23125, actualmente en curso).
Supongo que el lector ya habrá podido sospechar que el título del
libro no es gratuito en la medida en que 1) las falacias distan de ser los
animales del discurso disecados que catalogan los manuales al uso, 2) la
teoría de las falacias es un deseo todavía frustrado y 3) el empeño tra-
dicional en su definición y clasificación sigue siendo problemático. Qui-
zás pueda ayudarle a irse haciendo una idea de la jungla de las falacias un
famoso cuadro, El sueño (Le rêve), una fantasía onírica y naíf pintada
por Henri Rousseau en 1910, el año de su muerte. Rousseau nunca había
viajado fuera de Francia. Así que es probable que esta escena selvática,
como otras de tema y trama similares, tuviera una punta de inspiración
en los jardines botánicos parisinos. Él mismo confesaba que al entrar en
un invernadero y ver las plantas exóticas de tierras lejanas, tenía la sen-
sación de adentrarse en un sueño. El cuadro, ahora alojado en el MoMA
de Nueva York, es un cumplido ejemplo de la técnica que aplicaba Rous-
seau a la representación de sus imaginarias junglas. Empezaba pintando
15
P R E F A CI O
los cielos y el fondo e iba añadiendo capas de óleo hasta concluir con la
figuración a veces iluminada y nítida, a veces en penumbra o desvaída,
de los personajes, animales y plantas; podía llegar a usar más de cincuen-
ta tonalidades de verde en estas ensoñaciones selváticas.
En El sueño asistimos a un amplio espectro de matices y figuras que
van desde los seres animados más expuestos hasta los apenas entrevis-
tos cuando parecen fundirse con la espesa jungla del fondo. En primer
plano resalta una mujer desnuda de largas trenzas, recostada en un di-
ván en actitud incierta: como si soñara y observara su sueño. Hay dos
pájaros sobre ella, en la parte alta a la izquierda del cuadro. En segundo
plano y casi confundido con la espesura, se vislumbra por encima y a la
izquierda de la mujer un elefante con la trompa levantada. Por el cen-
tro del cuadro asoman dos leonas. Tras ellas viene un mono con delan-
tal multicolor que toca una especie de flauta. Más atrás y por encima,
contra un raro trozo de cielo, se perfila un pájaro de larga cola. Sobre
él, a su izquierda, apenas se deja ver un mono pequeño colgando de una
rama. En la parte baja, a la derecha del cuadro, zigzaguea una cola de
serpiente. Al fondo y por diversas partes, fundidos con la vegetación,
parece haber otros animales no identificables, quizás monos o pájaros.
(Véase la reproducción de la portada).
Creo que esta es una buena imagen, exótica pero cabal, de la fauna
de las falacias como seres vivos que habitan en la jungla del discurso:
unas falacias se muestran nítidas y flagrantes, otras se hallan medio es-
condidas hasta a veces confundirse con la espesura y las hay, en fin, que
parecen dejarse sentir antes que definir, como ocurría a los llamados en
el siglo XVI «espíritus animales». El cuadro es, en suma, una viva estam-
pa de lo que cabe encontrar en el animado mundo de la argumentación
falaz antes de proceder a su discusión y revisión analítica.
El lector puede hallar otra valiosa pista en un relato de Julio Cortázar
con el curioso título 62. Modelo para armar. En su presentación dice Cor-
tázar que este título puede llevar a creer que las diferentes partes del re-
lato se proponen como piezas permutables, pero a continuación precisa:
Si algunas lo son, el armado a que se alude es de otra naturaleza, sensible ya
en el nivel de la escritura donde recurrencias y desplazamientos buscan li-
berar de toda fijeza causal, pero sobre todo en el nivel del sentido donde la
apertura a una combinatoria es más insistente e imperiosa. La opinión del
lector, su montaje personal de los elementos del relato, serán en cada caso
el libro que ha elegido leer.
Si rebajamos el énfasis de esta declaración y nos aplicamos el cuen-
to al presente libro, las cosas pueden quedar así. El libro, como ya he
adelantado, consta de dos partes relativamente independientes y clara-
mente distintas en el fondo y la forma. El lector es muy dueño tanto de
16
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
su selección, con arreglo a sus propios intereses, como de su orden de
lectura. Uno puede demorarse en la primera, si los intereses que priman
en su caso son más analíticos y conceptuales, teóricos y filosóficos: por
ejemplo, ¿cómo se plantea, discute y trata de conceptualizarse o expli-
carse hoy en día la argumentación falaz? —una cuestión de radical im-
portancia para el renacimiento moderno de los estudios sobre la argu-
mentación y de significación crucial para la construcción de la propia
teoría de la argumentación—. O, por ejemplo, ¿sobre qué supuestos éti-
cos del uso de la razón y en qué bases cognitivas y discursivas se puede
fundar el juego limpio argumentativo? Puede incluso cambiar el orden
de los tres capítulos en la medida en que estos, como ya he indicado, re-
sultan autocontenidos. Pero si la curiosidad histórica es, en principio, lo
que más le mueve, el lector puede centrar su atención en la Parte II, sea
en la selección de textos capitales o contribuciones representativas de la
sección segunda sea en los apuntes de presentación y contextualización
avanzados en la primera sección. Cualquiera de estas opciones es com-
patible con el propósito general que me ha llevado a escribir el libro y
con los objetivos más específicos que han inspirado las dos partes y las
dos secciones señaladas. Solo me queda pedir al lector la complicidad de
su buen ánimo y desearle la mejor suerte en la aventura.
17
LA FAUNA DE LAS FALACIAS:
UNA EXPLORACIÓN INTRODUCTORIA
La filosofía del razonamiento, para ser completa, debe
comprender tanto la teoría del mal razonamiento como
la teoría del bueno.
John Stuart Mill, A System of Logic (1843), V, i, § 1
No tenemos en absoluto una teoría de las falacias en el
sentido en que tenemos teorías del razonamiento o de la
inferencia correcta.
Hamblin (1970, cap. 1)
Buen entendedor. Arte era de artes saber discurrir. Ya no
basta: menester es adivinar, y más en desengaños.
Baltasar Gracián, Oráculo manual (1647), aforismo 25
Trasladada a nuestros términos, la directriz de Stuart Mill establece que
la teoría de la argumentación, para ser completa, debería comprender
tanto la teoría de la mala argumentación como la teoría de la buena. Hoy
conocemos posturas más fuertes en este sentido: hay quienes sostienen
que la teoría de la mala argumentación es un corolario de la teoría de la
buena, en razón de que el mal argumento no es sino aquel que no cum-
ple alguna de las condiciones o viola alguna de las reglas que definen el
bueno. Pues bien, los casos que suelen considerarse más característicos e
instructivos de malos argumentos son precisamente las falacias. Por ejem-
plo, según un exitoso manual de Edward Damer, «una falacia es una vio-
lación de uno de los criterios del buen argumento»
1
. En esta línea es ten-
tador suponer que sería fácil contar con una teoría de las sombras, una
teoría de la argumentación mala o falaz, como contrapartida de una teo-
ría de la luz, una teoría de la argumentación buena o correcta.
Sin embargo, la constatación de Hamblin (1970), en el que se con-
sidera el libro fundacional del estudio moderno de las falacias, viene a
ser un jarro de agua fría: «La verdad es que nadie, en estos días, está es-
1. Damer (
5
2005: 43; cursivas en el original). Así pues, una enumeración de los cri-
terios del buen argumento puede deparar a contraluz una matriz clasificatoria de las fala-
cias, y esta es efectivamente la clave de catalogación que adopta Damer, entre otros mu-
chos autores en este campo.
18
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
pecialmente satisfecho de este rincón de la lógica… No tenemos en ab-
soluto una teoría de las falacias en el sentido en que tenemos teorías del
razonamiento o de la inferencia correcta» (Hamblin, 2004: 11). Esta de-
claración todavía no se ha visto desmentida en la actualidad, así que las
esperanzas de obtener a contraluz de las lógicas sistemáticas del argu-
mento válido una teoría de la falacia parecen fallidas. El punto se agu-
diza si reparamos en que las falacias han sido desde antiguo, desde el
apéndice Sobre las refutaciones sofísticas de los Tópicos de Aristóteles
(siglo IV a. n. e.), los malos argumentos más estudiados. De manera que,
en suma, no deja de ser un hecho curioso, tan llamativo como frustran-
te, que todavía hoy, veinticinco siglos después del inaugural ensayo aris-
totélico, sigamos sin tener una teoría cabal de las falacias.
Lo que siempre hemos tenido han sido clasificaciones, unas mejor
y otras peor fundadas, algunas sin más criterio que una suerte de or-
den alfabético para un listado de denominaciones
2
. Así que llama la
atención no solo la disparidad de claves y criterios de clasificación, sino
más aún el empeño taxonómico mismo, en especial si se recuerda una
lúcida observación de Augustus de Morgan: «No hay una clasificación
de los modos como los hombres pueden caer en el error; y es muy du-
doso que pueda haberla siquiera» (1847: 237; cursivas en el original).
Años después, a principios del siglo XX, un profesor oxoniense de Ló-
gica, Horace W. B. Joseph cerraba el círculo de estas desilusiones de
partida: «La verdad puede tener sus normas, pero el error es infinito
en sus aberraciones y estas no pueden plegarse a ninguna clasificación»
(1906: 569). En nuestros días aún se piensa esto mismo y no solo acer-
ca del error en general sino, en particular, acerca de las argumentacio-
nes: «Ninguna lista de categorías enumerará jamás exhaustivamente to-
dos los modos como puede ir mal una argumentación», sentencia Scott
Jacobs (2002: 122).
Para empezar a saber de qué hablamos, convengamos en llamar fala-
cia a una mala argumentación que, a primera vista al menos, parece razo-
nable o convincente, y en esa medida resulta especiosa. Es una idea har-
2. Véanse, por ejemplo, los socorridos listados del ya citado Damer (
5
2005) o de
Pirie (
3
2003). En español, cf. el convencional de García Damborenea (2000); o los pro-
puestos por Herrera y Torres (
2
2007) o Bordes (2011). En la red, «Fallacy Files» <www.
fallacyfiles.org> presume de una «complete alphabetical list of fallacies» con 175 espe-
címenes, aunque el artículo «Fallacies» de Bradley Dowden en la Internet Encyclopedia
of Philosophy <http://www.iep.utm.edu> suma 205 —30 más que la anterior— bajo la
que llama una «partial list of fallacies»; modestia que parece augurar a las empresas clasi-
ficatorias una tarea de Sísifo: inagotable. Por lo demás, también disponemos de versiones
y actualizaciones on line en español de la famosa Guía de falacias de Stephen Downes,
por ejemplo, en http://filotorre.sinnecesidad.com/falacias.pdf. Cuando me refiera a falacias
concretas, daré por supuestos estos listados sin mayores explicaciones.
19
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
to genérica. Pero, por ahora, nos puede prestar tres buenos servicios: uno,
acotar el campo de referencia de las falacias aquí pertinentes al dejar fuera
las que discurren al margen de un contexto o un propósito argumentati-
vos
3
; dos, hacernos sospechar de ciertos discursos persuasivos; y tres, ad-
vertirnos de las dificultades de encajar esos casos en los casilleros cono-
cidos, en especial cuando envuelven trampas o lazos que se dejan sentir
con más facilidad que identificar y definir. Consideremos la muestra si-
guiente. Se trata de un mensaje publicitario puesto en circulación por la
empresa R. J. Reynolds Tobacco Company en los años 1984-1986, con
la intención de contrarrestar la opinión antitabaco establecida y blanquear
su imagen, al menos ante un público potencial como la gente joven
4
. Di-
rigiéndose a los jóvenes precisamente, la tabacalera recomendaba:
No fumes.
Fumar siempre ha sido un hábito de adultos. E incluso para los adultos, fu-
mar se ha convertido en algo muy controvertido.
Así que, aunque somos una compañía tabacalera, no creemos que sea buena
idea que la gente joven fume.
Pero sabemos que dar este tipo de consejos para los jóvenes puede resultar
a veces contraproducente.
Claro que si te pones a fumar solo para demostrar que eres adulto, estás pro-
bando justamente lo contrario. Porque decidir fumar o no fumar es algo que
deberías hacer cuando no tengas nada que probar.
Piénsalo.
Después de todo, puede que no seas suficientemente adulto para fumar. Pero
eres suficientemente adulto para pensar.
Cabe sospechar que este alarde «reflexivo» nos quiere hacer pasar
gato por liebre, esconde algún truco. Lo difícil aquí, como en la ejecu-
ción de un buen ilusionista, es identificar el truco y explicarlo. Puede
que no se encuentre mencionado entre las variedades tradicionales de
falacias clasificadas en los manuales. También puede suceder que lo no
dicho, la fuente y los objetivos tácitos del mensaje, junto con el tenor del
texto en su conjunto sean los que, en principio, hacen desconfiar de una
3. Me refiero a las que suelen llamarse «falacias» entre psicólogos o entre economis-
tas, como la «falacia de la conjunción» —consistente en la subestimación de la improbabili-
dad conjunta de casos independientes—, o la «falacia del jugador» —que ignora el carácter
aleatorio de tiradas sucesivas—, o la «falacia del coste no recuperable» —que mueve a seguir
invirtiendo en una empresa inviable—. Consisten por lo regular en sesgos e ilusiones cogni-
tivas debidas a precipitación heurística, o a incompetencia o inadvertencia, y en este sentido,
como veremos, podrían considerarse una suerte de paralogismos extraargumentativos.
4. Pueden verse otras muestras de esta campaña publicitaria de Reynolds, y deta-
lles sobre su contexto, en Eemeren et al. (
3
2008: 320-328). El intento de salvar la cara
y de presentar una buena imagen de la compañía ha sido especialmente destacado por
Gamer (2000: 307-314).
20
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
argumentación especiosa, antes que tal o cual punto argumentativo en
concreto. En ese caso, además de la falacia como producto o como texto
argumentativo, vendríamos a considerar la argumentación falaz como
proceso, movimiento o maniobra, dentro de una estrategia de inducción
de creencias, actitudes o disposiciones; y así pasaríamos de un enfoque
atomista de las falacias a un enfoque holista de la argumentación falaz.
¿Se le ocurre algo al avisado lector en cualquiera de esos respectos?
Una pista: reparemos en las relaciones entre lo tácito y lo expreso y,
dentro de este plano, entre lo declarado y lo sugerido. Para este segundo
contraste puede ayudarnos una presentación sucinta de la argumenta-
ción principal del publicista:
a) Fumar siempre ha sido cosa de adultos.
b) Incluso para los adultos se ha vuelto algo controvertido.
c) Así pues, no es buena idea que los jóvenes fumen.
d) En suma, si eres joven, no fumes.
Argumentación que podemos iluminar y reconsiderar a luz de lo que
el mensaje, en su texto y contexto, sugiere. Es decir, en los términos:
1) Las razones a y b son las únicas que se mencionan como razones
por las que los jóvenes no deberían fumar: hacen aconsejable que si eres
joven, no fumes.
2) Ahora bien, no son buenas razones: los consejos de este tipo pue-
den ser a veces contraproducentes.
3) Si solo hay malas razones para no hacer algo, entonces no hay
buenas razones para no hacerlo.
4) Claro está que también puede haber malos motivos para hacerlo,
como el deseo de probar que eres adulto, de modo que piensa sobre la
decisión que vas a tomar al margen de ellos.
5) En cualquier caso, que no te líen: juzga por ti mismo.
No estará de más reparar en que el criterio de edad aducido no es
cronológico e insalvable, sino social —los adultos pueden y tienen el há-
bito de fumar—, y elástico —los jóvenes ya son adultos para pensar—,
de modo que, aparte de ser el único motivo que aparentemente cuen-
ta para no fumar, resulta equívoco. A todo esto se suman dos imágenes
proyectadas por el tono mismo del mensaje: i) la generosa neutralidad
de una empresa tabacalera —que dista de ser, por cierto, una ONG edu-
cativa—
5
; ii) la autonomía del consumidor —al que, por lo demás, se
5. El anuncio es una espléndida muestra de la moderna tendencia publicitaria que
trata de «vender» una buena imagen social o incluso ética de la marca, antes que, o al mar-
gen de, la venta de sus productos.
21
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
le hurtan las razones más serias y determinantes, como la exposición a
un hábito con riesgo de la salud no solo propia, sino ajena, o las deriva-
ciones y complicaciones de distinto tipo (dentarias, pulmonares, etc.), a
la hora de tomar una decisión informada y sensata sobre si fumar o no
fumar—. En consecuencia, estas proyecciones (i)-(ii) no dejan de ser en-
gañosas en sí mismas, ni dejan de contribuir al efecto global especioso
que el anuncio procura. Pues bien, ¿bajo qué etiqueta de los repertorios
usuales de falacias identificamos este anuncio? A la vista de los catálo-
gos tradicionales, no parece que tenga prevista una casilla o cuente con
unas señas de identidad predefinidas. Bien puede tratarse de uno de esos
trances de los que advertía Gracián al buen entendedor: donde las viejas
artes escolásticas no bastan y hay que entrever o «adivinar» el engaño
6
.
Ante casos de este tipo, las labores tradicionales de disección y taxi-
dermia de las falacias acusan varias limitaciones. Unas son más bien di-
dácticas al representar una especie de muestrarios de ejemplos ad hoc,
cada caso en su casilla, sin mayor interés ni mejor uso que el habilitado
para un recinto escolar. Otras resultan más serias como, en particular, es-
tas dos: la insuficiencia crítica y la irrelevancia teórica del procedimiento.
a) La insuficiencia crítica se debe, en principio, a unas complicacio-
nes de la detección de la argumentación falaz para las que el tratamiento
taxonómico de tipos, especies y casos no está preparado. Son complica-
ciones como las nacidas de la existencia en ciertos contextos de usos fa-
laces de unos esquemas argumentativos que bien pueden tener aplicacio-
nes cabales y legítimas en otros contextos; son, por tanto, complicaciones
como las impuestas por la identificación y evaluación contextual de los
diversos usos discursivos de una determinada —se supone— clase de
argumentos. Pero la insuficiencia también se debe, además, a la imposi-
bilidad de fundar sobre esa base una política o una estrategia efectiva-
mente preventivas: los casilleros de falacias son hormas de reconocimien-
to a posteriori, puesto que, en razón de las complicaciones ya sabidas, no
cabe asegurar que todos los argumentos de una determinada forma lógi-
ca, y con independencia de su contexto particular de uso, sean falaces o
no lo sean.
b) La irrelevancia teórica aún es más flagrante. La larga historia de
las variedades y variaciones clasificatorias no nos ha deparado, desde lue-
go, una teoría establecida de la argumentación falaz; pero tampoco nos
ha proporcionado un criterio o un conjunto de criterios taxonómicos
6. Pueden verse otras muestras de distinto tipo y de diverso grado de complejidad,
así como detalles para su análisis y evaluación, en mi ensayo Introducción al estudio de las
falacias (2001) especialmente en el apartado 1, «La resistencia de las falacias a las clasifi-
caciones». Es accesible on line en la Comunidad virtual de Lógica, Argumentación y Re-
tórica, www.innova.uned.es, y en http://e-spacio.uned.es/fez.
22
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
determinantes de una clasificación unitaria y efectiva, ni las recidivas dis-
cusiones al respecto permiten esperar que —por decirlo con el dubitati-
vo acento de Augustus de Morgan— pueda haberla un buen día.
Tras estos primeros escarceos con el tratamiento naturalista, clasi-
ficatorio, de falacias nos encontramos con algunos resultados provisio-
nales de interés. Según parece: 1) No hay una teoría general de la argu-
mentación falaz. 2) Tampoco hay una clasificación única y definitiva
de los modos y casos en que una argumentación falaz puede llegar a
serlo. 3) Más aún, es dudoso que algún día contemos con ella.
Manteniendo la imagen biológica de la fauna de las falacias, podría-
mos decir que en este campo no solo no hay un Darwin —es decir, no
hay algo equivalente a una teoría general—, sino que todavía no ha na-
cido siquiera un Linneo —es decir, tampoco hay una taxonomía estable-
cida—. Más aún: uno se sentiría tentado a añadir que ni se les espera, si
no fuera por la persistencia del afán de clasificación en aras, se supone,
de la formación crítica de los estudiantes o de la pedagogía. Sin embar-
go, todavía hoy Frans van Eemeren, Bart Garssen y Bert Meuffels abren
una panorámica histórica del estudio de las falacias con esta declaración
que parece tener pretensiones tanto de reseña de lo hecho hasta ahora en
este campo como de directriz del trabajo posterior: «El objetivo general
del estudio de las falacias es describir y clasificar las formas de argumen-
tación que deberían considerarse infundadas (unsound) o incorrectas»
(2009: 2). Me temo que esta declaración, entendida como reseña, es par-
cial y, tomada como directriz, resulta problemática. En cualquier caso,
no marcará el objetivo del presente estudio de las falacias, cuyo propó-
sito será más bien de análisis conceptual, revisión teórica y reconstruc-
ción histórica como ya apuntaba en el Prefacio.
Para seguir con esta exploración inicial del terreno y empezar con el
análisis conceptual, bueno será precisar la idea de argumentación falaz
y de falacia. Nuestros usos cotidianos de los términos ‘falaz’ y ‘falacia’
abundan en su significado crítico o peyorativo: insisten en la idea de que
una falacia es algo en lo que se incurre o algo que se comete, sea un en-
gaño o sea algo censurable hecho por alguien con la intención de enga-
ñar. Efectivamente, en los diccionarios acreditados del español actual, el
denominador común de las acepciones de ‘falacia’ y ‘falaz’ es el signifi-
cado de engaño y engañoso
7
. Son calificaciones que pueden aplicarse a
muy diversas cosas: argumentos, actitudes, maniobras y otras varias suer-
7. Cf., por ejemplo, el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia (Es-
pasa, Madrid,
22
2001); el Diccionario de uso del español, de María Moliner (Gredos, Ma-
drid,
2
1998); o el Diccionario del español actual, de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos (Aguilar,
Madrid, 1999). También pueden verse las asociaciones comunes de ‘falacia’ con ‘fraude’
y ‘engaño’ en http://ideasafines.com.ar.
23
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
tes de actividades, tramas y enredos. Aquí vamos a atenernos a las acti-
vidades discursivas: solo estas resultarán falaces. Ahora bien, dentro del
terreno discursivo, la imputación de ‘falaz’ o de ‘falacia’ también puede
aplicarse a diversos actos o productos como asertos (p. ej., «el tópico de
que los españoles son ingobernables es una falacia»), preguntas (p. ej.,
«la cuestión capciosa ‘¿Ha dejado usted de robar?’ es una conocida fala-
cia»), normas (p. ej., «una norma tan tolerante que estableciera que no
hay normas sin excepciones sería falaz») o argumentos (p. ej., «no vale
oponer a quien se declara a favor del suicidio un argumento falaz del
tenor de ‘Si defiendes el suicidio, ¿por qué no te tiras por la ventana?’»).
Por otro lado, en ese vasto campo vienen a cruzarse y solaparse, amén
de conchabarse, falsedades y falacias. Pero unas y otras son errores de
muy distinto tipo: la falsedad tiene que ver con la falta de veracidad, en
un sentido subjetivo, o con la falta de verdad, en un sentido objetivo;
en el primer caso, lo que uno dice no se ajusta a lo que él efectivamen-
te cree; en el segundo caso, lo que uno dice con referencia a algo no se
ajusta a lo que esto efectivamente es. En cambio, el error del discurso
falaz consiste en otra especie de incorrección o engaño que no es propia
de unas meras declaraciones o proposiciones —lugares para la verdad o
la falta de verdad—, sino peculiar de las tramas argumentativas de pro-
posiciones y, en general, de las composiciones discursivas que tratan de
dar cuenta y razón de algo a alguien con el fin de ganar su asentimien-
to —aunque para ello puedan envolver, como ya he sugerido, mentiras
o falsedades—. Así pues, también supondremos que los términos ‘falaz’ o
‘falacia’ se aplican primordialmente a ciertos discursos: a los que son o al
menos pretenden ser argumentos. Por derivación, podremos considerar
falaces otras unidades discursivas (proposiciones, preguntas, etc.) en la
medida en que formen parte sustancial de una argumentación o contri-
buyan a unos propósitos argumentativos.
Recordemos, por ejemplo, una encendida y despiadada soflama que
Francisco Rico —profesor universitario, académico de la Lengua y co-
laborador de El País— dirigió desde la tribuna de opinión del periódico
(11/01/2011) contra la recién aprobada ley antitabaco, a la que tildaba de
«ley contra los fumadores». El artículo terminaba con la apostilla: «PS. En
mi vida he fumado un solo cigarrillo». Esta declaración levantó una nube
de protestas contra la impostura de un Francisco Rico que había sido y
seguía siendo fumador habitual. Pues bien, ¿constituye un remate argu-
mentativo de la diatriba de Rico contra la ley, según entendieron la ma-
yoría de los lectores del artículo? ¿O, más bien, representa una especie
de juego irónico o de guiño para los conocedores de la vida y costum-
bres de Rico, una licencia retórica en suma? En el primer caso, podría ofi-
ciar como una especie de prevención frente al reparo de que sus ataques
a la ley venían dictados por sus intereses de fumador y como una prue-
24
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
ba adicional de la plausibilidad y neutralidad de las críticas vertidas en
el artículo. En el segundo caso, no pasaría de ser una broma quizás poco
afortunada en el marco de una tribuna de opinión de un periódico de
información. En el primer caso, se trataría de una apostilla falaz a la que
cabría acusar de falsedad o engaño en tal sentido. En el segundo caso, se
prestaría más bien a una crítica estilística y a una sanción moral o deon-
tológica. (Por lo demás, dada la ambigüedad quizás deliberada en que se
movía esta nota final de Rico, no es extraño que se viera acusada y juz-
gada en todos estos sentidos). El ejemplo muestra, por otra parte y una
vez más, que no siempre será inequívoca la condición falaz o, siquiera,
argumentativa del caso planteado.
Pero sigamos. Pasándonos de generosos, podríamos reconocer inclu-
so ciertos procedimientos generadores de falacias o ciertas maniobras que
producen unos efectos nocivos similares sobre la interacción discursiva
en un marco argumentativo —así se habla, por ejemplo, de «maniobras
falaces» de distracción o de dilación en una discusión o en un debate par-
lamentario—. Ahora bien, sea como fuere, convengamos en que las fala-
cias tienen lugar de modo distintivo en un contexto argumentativo o con
un propósito argumentativo. En suma, para empezar, vamos a considerar
falaces ciertas argumentaciones o argumentos, incluidos los pseudoargu-
mentos que traten de pasar por argumentos genuinos en un determina-
do contexto discursivo. Y por extensión podrían considerarse falaces asi-
mismo ciertos procedimientos y elementos discursivos en la medida en
que constituyeran o formaran parte de un proceso de argumentación o
pretendieran tener valor o propósito argumentativo, como la apostilla
antes examinada en la interpretación mayoritaria de sus lectores.
En este sentido, también será bueno recordar que nuestro término
falacia proviene del étimo latino fallo, fallere, un verbo con dos acepcio-
nes de especial interés: 1) engañar o inducir a error; 2) fallar, incumplir,
defraudar. Siguiendo ambas líneas de significado, entenderé por falaz el
discurso que pasa, o se quiere hacer pasar, por una buena argumentación
—al menos por mejor de lo que es—, y en esa medida se presta o induce
a error, pues en realidad se trata de un pseudoargumento o de una ar-
gumentación fallida o fraudulenta. El fraude no solo consiste en frustrar
las expectativas generadas por su aparición o uso en un marco argumen-
tativo, de modo que las razones aducidas para asumir la proposición o
la propuesta que se pretende justificar no tienen realmente la fuerza o la
virtud pretendida, sino que además puede responder a una intención o
una estrategia deliberadamente engañosas. En todo caso, representa una
quiebra o un abuso de la confianza discursiva, comunicativa y cognitiva
sobre la que descansan nuestras prácticas argumentativas. A estos rasgos
básicos o primordiales, las falacias conocidas suelen añadir otros carac-
terísticos. Son dignos de mención tres en particular: su empleo extendi-
25
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
do o relativamente frecuente, su atractivo suasorio o su poder de capta-
ción, su uso táctico como recursos capciosos de persuasión o inducción
de creencias y actitudes en el destinatario del discurso.
De todo ello se desprende la ejemplaridad que se atribuye a la de-
tección, catalogación, análisis y resolución crítica de las falacias. Pero,
por otro lado y más allá de estos servicios críticos, la consideración de las
falacias también puede suministrarnos hoy noticias y sugerencias de inte-
rés en la perspectiva de una teoría general de la argumentación. Este pa-
pel de síntoma y de espejo del estado del campo de la argumentación, al
que no suelen prestar atención los libros de falacias, será debidamente
atendido y aprovechado más adelante —véase Parte I, cap. 3—. De mo-
mento, sigamos buscando y precisando algunos conceptos básicos para
continuar avanzando en la exploración del terreno. Hay dos de cierta
solera histórica y mayor relieve analítico: los conceptos de sofisma y de
paralogismo como especies de falacia.
Un sofisma es un ardid o una argucia deliberadamente engañosa, mien-
tras que un paralogismo constituye más bien un error o un fallo involunta-
rio de razonamiento. Hay quienes, en la actualidad, han considerado esta
distinción como una referencia intencional o psicológica, irrelevante a la
hora de examinar un argumento
8
. Pero creo que resulta tan pertinente en
el presente contexto como lo es en un contexto jurídico la existente entre
dolo y culpa, pongamos por caso, entre el asesinato y el homicidio invo-
luntario, a la hora de calificar y juzgar un acto delictivo. En todo caso, es-
pero mostrar en lo que sigue el interés de la distinción y de la interrelación
de sofismas y paralogismos para una posible teoría normativa de la argu-
mentación y, en particular, para la conceptualización de las falacias.
Para empezar con buen pie, conviene advertir que la distinción en-
tre sofismas y paralogismos no debe tomarse como una demarcación neta
y tajante. Hay argumentos en los que no sería fácil determinar si hay
dolo, es decir, sofisma, o hay simple culpa, es decir, paralogismo, y aún
son más frecuentes las situaciones en que los casos de una y otra especie se
entretejen en la trama de un proceso discursivo falaz. Consideremos, por
ejemplo, la argumentación siguiente, esgrimida con la pretensión —quizás
loable— de establecer la necesidad de argumentar:
Que argumentar es una capacidad inherente al ser humano es algo sobre lo
que no hay duda alguna. Es más, si alguien no estuviese totalmente conven-
8. Por ejemplo, Walton (2011: 378) afirma que el ser intencionado o no es algo que
no importa desde el punto de vista del análisis del argumento y de la determinación de su
carácter falaz. Bueno, tal vez no importe mucho en este último caso, pues tanto los sofis-
mas como los paralogismos son falaces; pero es importante para su análisis, evaluación y
juicio, en los planos discursivo, cognitivo y argumentativo, como se verá, sin ir más lejos,
a propósito de la distinción entre sofismas y paralogismos.
26
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
cido de ello, no tendría más remedio que ofrecer razones para, así, poner
en claro que su opinión está bien fundamentada, y tratar, por tanto, de con-
vencer al resto de la validez de su posición; se vería, por tanto, inevitable-
mente condenado a argumentar para justificar y fundamentar su posición.
El ser humano asienta su vida, pues, en su capacidad argumentativa
9
.
El argumento cuenta, en principio, con la ventaja de partir de una
creencia común o, por lo menos, ampliamente difundida en el sentido de
lo que Aristóteles llamaba éndoxon, esto es, algo que estima plausible todo
el mundo o la mayoría de gente o los entendidos, a saber: la creencia en
que argumentar es propio del ser humano. Siendo así, la carga de la prue-
ba podría recaer sobre quien pusiera en cuestión este sentir común. Aho-
ra bien, la tesis de que argumentar es una capacidad inherente y, más aún,
inevitable porque solo puede cuestionarse argumentando, no deja de en-
volver una petición de principio. De entrada, cabe argüir que no consiste
tanto en una capacidad inherente como en una habilidad tal vez distintiva
pero en todo caso adquirida, como el lenguaje, por ejemplo, y seguramen-
te ligada a determinadas prácticas lingüísticas —recordemos los célebres
casos de niños «salvajes» crecidos sin contacto ni comunicación humana,
que luego se ven seriamente limitados, cuando no imposibilitados, en el
ejercicio de sus «capacidades lingüísticas»—. En segundo lugar, tampoco
es cierto que si alguien cuestiona la necesidad de argumentar, se vea «ine-
vitablemente condenado» a hacerlo, a argumentar, para justificar su po-
sición: por un lado, puede adoptar esa posición escéptica sin justificarla;
por otro lado, la necesidad o el compromiso de argumentar solo se vuel-
ven imperiosos una vez que está decidido el jugar a este juego; salvo circu-
laridad, no son autofundantes ni autocomprensivos
10
. En cualquier caso,
para terminar, la aserción final acerca del asentamiento de la vida del ser
humano en su capacidad argumentativa resulta a todas luces una extrapo-
lación tan infundada como desmedida, a pesar del marcador ilativo «pues»
que trata de presentarla como recapitulación y consecuencia. Conforme a
9. García Moriyón et al. (2007: 13). El énfasis tipográfico de negritas y cursivas
pertenece al original.
10. Puede traerse a colación en este punto la crítica paralela de Popper a la pretendida
autofundamentación del racionalismo ingenuo. «La actitud racionalista se caracteriza por
la importancia que le asigna al razonamiento y a la experiencia. Pero no hay ningún razo-
namiento lógico, ni ninguna experiencia que puedan sancionar esta actitud racionalista,
pues solo aquellos que se hallan dispuestos a considerar el razonamiento y la experiencia
y que, por lo tanto, ya han adoptado esta actitud, se dejarán convencer por ella. Es decir,
que debe adoptarse primero una actitud racionalista […] y esa actitud no podrá basarse,
en consecuencia, ni en el razonamiento ni en la experiencia» (Popper, 1957: 413-414). En
suma, el reconocimiento de la argumentación, con los compromisos y las obligaciones co-
rrespondientes, presupone la disposición a argumentar o la adopción de una actitud «pro-
discursiva», antes que a la inversa.
27
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
este análisis, la parte primera, destinada a establecer de modo concluyen-
te la necesidad de argumentar, representa un paralogismo. Es un tipo de
confusión no infrecuente en filosofía, propiciada por el uso y abuso de los
argumentos que se han venido a denominar performativos, es decir: argu-
mentos cuya conclusión no cabe negar sin caer en una contradicción, ni
cabe establecer deductivamente sin caer en una petición de principio; son
argumentos típicamente llamados a sentar tesis trascendentales. En cam-
bio, la segunda parte, que se cierra con una especie de conclusión infun-
dada pese a su aparente cogencia consecutiva y recapitulativa, podría con-
siderarse engañosa o especiosa al tener un aire capcioso y, en esa medida,
representaría un sofisma.
Estas y otras complicaciones del mismo género invitan a concebir el
campo de la argumentación como un terreno común en el que medran
tanto las buenas como las malas hierbas; entre las malas hierbas, figuran
las múltiples variantes de la argumentación falaz que se extienden desde el
yerro más ingenuo debido quizá a incompetencia o inadvertencia, en el
extremo del paralogismo, hasta el engaño urdido subrepticia y delibera-
damente, en el extremo opuesto del sofisma. Aunque muchas variantes
se solapen y la región de la argumentación falaz parezca una especie de
continuo, no se borra la distinción y separación entre ambos extremos,
de modo parecido a como una gama de grises no difumina la distancia
entre lo blanco y lo negro.
Los casos más interesantes de paralogismos son los que tienen lugar
como vicios discursivos o cognitivos que pueden contraerse con la mis-
ma práctica de una pauta de razonamiento fiable en principio. Así, por
ejemplo, confiamos en polarizaciones y oposiciones para introducir cier-
to orden en la conceptualización del mundo
11
o para aprovecharnos de la
eficacia y la economía discursivas de pautas de argumentación como «el
silogismo disyuntivo», aunque nos confundan las falsas contraposiciones o
se nos vaya la mano en unas categorizaciones de falsos opuestos como las
denunciadas por Carlos Vaz Ferreira en su Lógica viva (1910) (véase más
abajo Parte II, Sección 2, Texto 10)
12
. O, por poner otro caso, seguimos
confiando en nuestra inveterada tendencia a generalizar, p. ej., a efectos
de identificación, previsión o prevención, aunque esto no deje de llevarnos
a veces a generalizaciones precipitadas o a categorizaciones indebidas. Un
11. Recordemos el papel sociocultural de ciertos pares de opuestos como izquier-
da/derecha, estudiados hace tiempo por los antropólogos, o en un terreno cognitivo más
concreto, el papel que las tablas de opuestos desempeñaron en unos primeros desarrollos
del pensamiento griego, como la cosmología pitagórica o la teoría tradicional de los ele-
mentos. Puede verse a este respecto Lloyd (1987).
12. Los datos completos de las ediciones citadas de los autores tratados en la Parte II
se hallarán en las respectivas referencias bibliográficas de la Sección 1 como también en
las fuentes indicadas antes de los respectivos textos de la Sección 2.
28
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
ejemplo es la reacción de la paloma que empolla sus huevos cuando ve des-
lizarse hacia el nido a la alargada y zigzagueante Alicia, en el capítulo 5 de
Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. La paloma recela de la
niña que se mueve culebreando entre las hojas de la copa del árbol donde
ha puesto el nido, una niña que tiene el cuello largo y, para colmo, confie-
sa que ha comido huevos… ¡Es una serpiente! De modo que la prudencia
preventiva de la paloma, más bien infundada o irracional, si se quiere, des-
de un punto de vista teórico o cognitivo, parece hasta cierto punto razona-
ble desde otro punto de vista práctico o estratégico
13
. En esta perspectiva
del fallo de funcionamiento o de una mala ejecución de nuestras habi-
lidades discursivas, se explica fácilmente la naturalidad con que podemos
caer en paralogismos, la dificultad de corregirlos e incluso la peculiaridad
de que a veces, aun siendo casos de mal proceder discursivo, nos parezcan
buenos: se trataría de una situación parecida a la de los procedimientos o
los mecanismos familiares que se nos descomponen o, en nuestra torpe-
za, descomponemos, de modo que, concluyendo con palabras del ya men-
cionado Vaz Ferreira, lo que podría haber sido instrumento de la verdad
se convierte en instrumento del error (Lógica viva [1910], 2008, p. 132).
Un mérito de Vaz Ferreira ha sido justamente el haber llamado la atención
sobre los aspectos discursivos, psíquicos y cognitivos de los paralogismos,
tras la idea de falacia de confusión avanzada por el System of Logic de
Stuart Mill (1843) (véanse más abajo los textos 9 y 10 de la Sección 2
de la Parte II y, en la Sección 1 de esa misma Parte, los comentarios históri-
cos al respecto). Este planteamiento ha tenido posteriormente una inespe-
rada confirmación y una notable proyección a través del estudio, a partir
de la década de los años ochenta, de los llamados «heurísticos», recur-
sos eficientes en condiciones acotadas de procesamiento de la información
por limitaciones de tiempo, memoria o competencia específica, que pue-
den prestarse a fallos de presunción o a distorsiones de juicio en casos no
normales o en otros dominios cognitivos
14
.
Con todo, al margen de la significación cognitiva de los paralogis-
mos y según una suposición habitual de la tradición lógica, las falacias
más relevantes son las que tienden al polo de los sofismas efectivos y con
éxito, es decir, las estrategias capciosas que consiguen confundir o enga-
ñar al receptor, sea un interlocutor, un jurado o un auditorio. Han sido,
13. En esta misma línea, investigaciones experimentales sobre el aprendizaje han mos-
trado que ciertos animales tras una mala experiencia con determinados alimentos, descartan
todos los que se ofrecen en análogas circunstancias: drástica medida que si bien les depara
más creencias o prevenciones falsas que verdaderas, puede contribuir a mejorar sus pro-
babilidades de preservación y supervivencia.
14. Ahora, al parecer, casi nadie se acuerda ya de Vaz Ferreira. Las primeras proyec-
ciones de este punto de vista sobre el terreno de las falacias proceden de los años noventa;
cf., p. ej., Jackson (1995).
29
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
al menos, las falacias mejor atendidas y más estudiadas. El secreto de su
importancia radica, en principio, en su interés y su penetración crítica;
se supone, desde luego, que la familiaridad con los sofismas es una exi-
gencia de la formación del pensamiento crítico y de la madurez discursiva,
sea a efectos defensivos, o sea incluso a efectos agresivos, como estratage-
mas para hacer valer nuestra posición ante un adversario o para atraerlo
a nuestra causa. Por otro lado, esta idea del sofisma como argumentación
especiosa nos permite detectar no solo el recurso a argumentos espurios,
sino la manipulación falaz de formas correctas de razonamiento —aná-
logamente a como podemos reconocer el discurso que trata de engañar
incluso con la verdad—. Este punto tiene cierto interés. Permite repa-
rar en que así como puede haber malos argumentos que no son falaces,
también pueden darse argumentos válidos que obran como falacias
15
.
Avanzando un paso más, podemos advertir no solo sus efectos perver-
sos sobre la inducción de creencias o disposiciones, sino su contribución
a minar la confianza básica en los usos del discurso. Este será un pun-
to sustancial a la hora de considerar propuestas como la que se podría
llamar «maquiavelismo preventivo» de A. Schopenhauer (1864) (véase
más abajo el Texto 8 de la Sección 2 de la Parte II).
Pero su importancia también estriba en lo que unos sofismas cumpli-
dos nos revelan acerca de la argumentación en general. En tales casos, la
argumentación falaz se perpetra y desenvuelve en un marco no solo dis-
cursivo sino interactivo, donde la complicidad del receptor resulta esen-
cial para la suerte del argumento: para que alguien engañe, alguien tiene
que ser engañado. La dualidad de sofismas y paralogismos presenta así
una curiosa correlación: el éxito de un sofisma cometido por un emisor
trae aparejada la comisión de un paralogismo por parte de un receptor,
de modo que la complicidad del receptor viene a ser codeterminante de la
suerte del argumento. Más aún, como es difícil que una misma persona se
encuentre al mismo tiempo en ambos extremos del arco de la argumenta-
ción falaz, el sofístico y el paralogístico —pues nadie en sus cabales logrará
engañarse ingenua y subrepticiamente a la vez a sí mismo—
16
, entonces la
15. El reconocimiento de casos de este tipo, bajo la forma de silogismos o refutaciones
deductivas que resultan sofísticos en su contexto de aplicación, se remonta a Aristóteles (Re-
futaciones sofísticas, 169b20-25). También cabe pensar, por poner otro ejemplo, en el uso
de ciertas reglas deductivas clásicas como la que permite derivar una proposición cualquie-
ra de una contradicción («de una contradicción se sigue cualquier cosa»), con el propósito
—así infundado— de establecer una proposición concreta o una conclusión determinada.
16. Aunque uno pueda transitar más o menos clara o confusamente entre los extre-
mos del arco. Así como no se excluye la existencia de múltiples casos intermedios entre
ambos extremos, el sofístico y el paralogístico, tampoco cabe excluir la de otros casos no
infrecuentes en los que uno puede —e incluso a veces quiere— engañarse a sí mismo. Lo
que no puede es hacerlo a la vez con plena deliberación y total inadvertencia: hallarse en
uno y otro extremo al mismo tiempo. Todo esto supone cierta analogía de la idea de sofis-
30
L A F A UNA DE L A S F A L A CI A S
eficacia del sofisma típico comporta la efectividad de la interacción corres-
pondiente entre los diversos agentes involucrados. Dicho de otro modo y
en homenaje a nuestro héroe de la infancia, Robinson Crusoe: Robinson,
náufrago y solitario en la isla, no consumará un sofisma efectivo antes de
Viernes. Pero no tiene por qué ocurrir así en el caso de los paralogismos,
puesto que no todo paralogismo es el resultado de una estrategia delibe-
radamente engañosa, ni para su comisión es necesario contar con la inter-
vención de otro agente distinto del que incurre en la confusión o el fallo
discursivo. En suma: un paralogismo puede ser monológico, cosa de uno
mismo, mientras que un sofisma es más bien dialógico, cosa de dos al me-
nos, y un sofisma solo se cumple efectivamente con la complicidad de un
paralogismo
17
.
Llegados a este punto, creo que podemos avanzar un mapa provisio-
nal para señalar algunos puntos cardinales en el terreno discursivo de la
mala argumentación y de las falacias en general.
a) Casos de mal proceder
a.1) no argumentar —ignorar al interlocutor en la
discusión, no responder, no mantener la con-
versación— cuando es debido.
a.2) argüir —importunar, interferir— cuando no
es pertinente.
a.3) otros tipos de maniobras o movimientos ilíci-
tos, como las de dilación, distracción u oculta-
ción del punto en cuestión.
b) Errores, ilusiones
inferenciales
b) fallos y faltas de razonamiento, entre los que
cabría incluir casos de incoherencia o akrasia
en la argumentación práctica.
c) Comisión de falacias
c.1) inadvertida → paralogismos
c.2) deliberada → sofismas
Por lo demás, ciertos casos o procedimientos concretos de los tipos
(a) y (b) pueden tener o adquirir un carácter falaz y constituir alguna
ma con una concepción clásica de la mentira, de raíz agustiniana, y remite a la discusión
abierta en torno al «autoengaño», punto en el que ahora no puedo detenerme pese a su
interés discursivo y cognitivo. Sobre el curso moderno de esta discusión, puede verse el nú-
mero monográfico de Teorema sobre Autoengaño: problemas conceptuales (XXVI/3 [2007]).
17. Una observación de paso: vengo siguiendo la práctica habitual de referirme in-
distintamente a los agentes discursivos y a los argumentos como incursos en falacias. Sería
más apropiado decir que un agente comete o incurre en una falacia, mientras que su ar-
gumentación contiene o consiste en una falacia. Pero supongo que esa práctica común es
inocua y no representa una confusión mayor añadida.
31
UNA E XP L OR A CI ÓN I NT R ODUCT OR I A
suerte de falacias de acuerdo con su papel discursivo o su propósito ar-
gumentativo en su contexto
18
.
Recapitulemos el terreno recorrido en esta exploración inicial. En el
supuesto de que argumentar es una actividad de dar cuenta y razón de
algo a alguien o ante alguien, con el fin de lograr su comprensión y ganar
su asentimiento
19
, hemos partido de la noción básica o idea general de
que es falaz el discurso que pasa, o se quiere hacer pasar, por una buena
argumentación —al menos por mejor de lo que es—, y en esa medida se
presta o induce a error, pues en realidad se trata de un pseudoargumen-
to o de una argumentación fallida o fraudulenta.
En la perspectiva conceptual adoptada, los rasgos principales de las
falacias vienen a ser, en suma, los tres siguientes:
i) la comisión de una falta o un fraude contra las expectativas o los
supuestos de la comunicación discursiva y de la interacción argumen-
tativa en curso, que desde un punto de vista normativo trae consigo la
anulación y confutación del argumento en cuestión, o su retractación y
reparación, si se quiere mantener la conversación argumentativa;
ii) el hecho de tratarse de una comisión común o relativamente sis-
temática, esto es, de un vicio discursivo y no de una mera falta de virtud
—como si se redujera a un simple fallo o una transgresión ocasional, un
despiste aislado—;
iii) el encubrimiento del vicio o la (falsa) apariencia de virtud, de
modo que una falacia siempre será, inadvertida o deliberadamente, en-
gañosa.
Por añadidura, a estos rasgos primordiales de las falacias los suelen
acompañar, sobre todo en los manuales escolares, otros rasgos secunda-
rios o subsidiarios que han tenido en ocasiones tanta o incluso mayor
difusión que los primeros. Recordemos, en particular, su uso extendido
y su fortuna popular, es decir: el especial atractivo de los recursos falaces;
la ejemplaridad consiguiente de su detección y de su reducción o diso-
lución crítica; el rendimiento práctico de su estudio como recursos sua-
sorios, como estratagemas erísticas o, incluso, como ejercicios de for-
mación y entrenamiento en el dominio de las artes del discurso; y en fin,
su probada eficacia al servicio de estrategias de confrontación y de lucha
dialéctica en la palestra del discurso público.
18. Para un tratamiento más comprensivo y detallado, véase el apartado 2, «Una brú-
jula para orientarse por el terreno», de mi ya citada Introducción al estudio de las falacias,
accesible on line.
19. Sobre esta idea de la argumentación puede verse la entrada «Argumento/Argu-
mentación» en Vega y Olmos (eds.) (
2
2012).


Parte I
PROBLEMAS Y PERSPECTIVAS
DEL ESTUDIO ACTUAL DE LAS FALACIAS
35
1
LOS BUENOS DESEOS
Lo que necesitamos realmente es una teoría de las falacias.
Woods y Walton, 1982: ix
1. EL ESTUDIO DE LAS FALACIAS:
ELUCIDACIÓN TEÓRICA, INVESTIGACIÓN EMPÍRICA
El estudio de las falacias presenta en la actualidad las dos dimensiones
habituales en los estudios sobre el discurso. Consiste, por un lado, en pro-
puestas y elucidaciones de carácter conceptual o teórico; incluye, por otro
lado, ciertas investigaciones empíricas.
En el primer caso conviene recordar el papel motivador de la «teo-
ría» de la falacia al oficiar como la teoría de la evaluación de argumen-
tos dominante en el momento del despegue de la lógica informal —se-
gún refieren los ya citados Johnson y Blair (2002)—. En esta línea, bien
podríamos partir de las dificultades y problemas que plantean la iden-
tificación y la evaluación intuitivas de los argumentos, para reconocer
la importancia de un diagnóstico más eficiente, explicativo y razonado,
sobre la base de conceptos y criterios explícitos. Reparemos en que las
falacias, como las mentiras, no suelen traer señalada en la frente su con-
dición: son engaños sin marca lingüística propia. De modo que un buen
propósito sería ir sustituyendo las intuiciones y juicios iniciales, por ejem-
plo, del tipo: «Hay algo en ese argumento que me huele mal», mediante
instrumentos analíticos y normativos de detección y de sanción crítica
que hagan justicia tanto a nuestras experiencias discursivas como a las
tradiciones reflexivas acerca de estas prácticas. Así, podríamos contar con
indicaciones generales del tipo de «un buen argumento es el que está libre
de falacias y la presencia de una falacia puede considerarse, en principio,
una debilidad o un defecto de un argumento, cuando no un fallo fatal»
u otras por el estilo, que apuntaran en la dirección de un concepto es-
tablecido de falacia. Por desgracia, como siguen comentando Johnson
y Blair tras mencionar el papel motivador del estudio de las falacias y
36
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
hacerse eco de dicha indicación, «el problema con esta intuición es que
hay poco consenso sobre la teoría correcta general de la falacia o sobre
cómo emplear las falacias en calidad de instrumentos para la crítica de
argumentos» (2002: 369). De donde se desprende que, en el terreno teó-
rico, nos vamos a ver ante una multiplicidad de programas, orientacio-
nes y conceptualizaciones alternativas.
La segunda dimensión del estudio de las falacias, su investigación
empírica, se encuentra, desde luego, menos atendida y desarrollada que
la primera. En realidad, los usos de la argumentación falaz y sus aspectos
derivados —p. ej., el empleo involuntario o deliberado de falacias, el re-
conocimiento de tácticas y estrategias falaces, su valoración, su sanción,
etc.—, en grupos experimentales, solo han merecido escasa atención y
un estudio esporádico hasta los años noventa. Y tampoco puede decirse
que, en el curso de la primera década del presente siglo, la situación de
los estudios empíricos de la argumentación falaz haya mejorado espec-
tacularmente. Hoy continúan obrando, en cierta medida al menos, los
motivos y circunstancias que determinaban su escaso interés o su descui-
do en el siglo pasado. En particular, los tres siguientes:
1) El estudio de la argumentación en general, de las falacias en par-
ticular, corre en buena parte a cargo de lógicos y filósofos; son académi-
cos que no suelen caracterizarse por sus ocupaciones o preocupaciones
experimentales, salvo cuando se trata de apelar a experimentos menta-
les con propósitos teóricos o analíticos.
2) No se dispone de un cuerpo convenido y estable de conceptos y
planteamientos teóricos capaces de proporcionar hipótesis de contras-
tación cruciales o interesantes, de modo que la investigación empírica
sigue careciendo de norte o de objetivos definidos y queda más bien al
albur de voluntades o de intereses ocasionales. Sin embargo, algo se ha
mejorado en este sentido a través de la incipiente puesta a prueba de al-
gunos códigos programáticos como la normativa de la discusión prag-
madialéctica (véase, p. ej., Eemeren, Garssen y Meuffels, 2009).
3) Faltan, en fin, criterios reconocidamente efectivos de discrimina-
ción, dentro del campo del discurso común e informal, entre la argu-
mentación correcta o intachable y la argumentación falaz, por contraste
con la tradición escolar de las sedicentes «falacias formales (o lógicas)»
que, al menos, contaba con unos criterios presuntamente eficaces de vali-
dación e invalidación de argumentos. Pero también en este caso hay bue-
nos deseos, aunque nazcan al calor de supuestos problemáticos, como
considerar que un argumento falaz es justamente el correlato negativo
o el envés de un buen argumento, suposición que induce a confundir el
argumento falaz con el mal argumento.
37
L OS B UE NOS DE S E OS
Sin embargo, por otra parte, no han dejado de aparecer nuevas áreas
de estudio cuyos resultados podrían proyectarse sobre ciertos casos de fa-
lacias. Un área que ha cobrado especial relieve es la centrada en la inves-
tigación y explicación de los errores de razonamiento y de juicio que han
venido a ser un campo de prueba de teorías psicológico-cognitivas como
la teoría del proceder dual o de los dos sistemas: 1) el heurístico e intuiti-
vo, de respuesta inmediata, y 2) el analítico y reflexivo, de respuesta me-
diatizada por el procesamiento de información y la memoria y el tiempo
disponibles.
Así pues, con todo y con buena voluntad, se pueden apreciar señales
de un nuevo o un mayor interés en los estudios empíricos de este géne-
ro. Pero antes, como aún parecen ser las motivaciones teóricas las que
llevan la voz cantante en las investigaciones en torno a las falacias, será
conveniente prestarles oído. Consideraremos en primer lugar los estu-
dios de la argumentación falaz que responden directamente a propues-
tas o a intentos de dilucidación teórica de la idea de falacia, de los cri-
terios de identificación y de las normas de evaluación correspondientes.
2. LA TEORÍA DE LAS FALACIAS COMO OBJETO DE DESEO
Como ya he adelantado, en el estado actual de los estudios sobre la argu-
mentación no se puede esperar una teoría cabal y única de las falacias. De
hecho, con lo que nos encontramos es con una variedad de programas y
propuestas concurrentes, dentro de un abanico de orientaciones básicas
que se dejarían contraer a tres líneas principales: a) la línea escolar y tri-
vial de los repertorios que se adecuan a las claves de clasificación tradi-
cionales o proponen ciertas adaptaciones o simplificaciones nuevas, con
el mismo espíritu taxonómico; b) la vía de los estudios sectoriales o in-
dividuales de tipos, familias o ejemplares de falacias que han adquirido
una relevancia singular debido a su popularidad o a su solera histórica;
c) la vía alternativa de los intentos programáticos de sistematización y de
explicación general de la condición falaz de una argumentación, frente a
las opciones anteriores (a) y (b). Desde (c) cabe descalificar los resultados
de (a) y (b) como respuestas parciales y ad hoc a las cuestiones planteadas
por la necesidad de una teoría precisa y comprensiva de las falacias. Es una
acusación característica de quienes proponen una alternativa programá-
tica como la pragmadialéctica y, en efecto, ha sido reiterada por Frans H.
van Eemeren y Peter Houtlosser en diversas ocasiones como uno de los
motivos determinantes de los nuevos pasos que ellos mismos han dado en
esta línea
1
. Pero no debe considerarse simplemente un cargo sesgado o de
1. Véase, p. ej., Eemeren y Houtlosser (2003); Eemeren y Houtlosser (2008); Ee-
meren (2010).
38
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
parte interesada, pues se trata de una denuncia generalizable a la situa-
ción dominante en la medida en que las vías (a) y (b) siguen siendo las
más cómodas y transitadas. No es extraño, entonces, que se extienda la
conciencia de los inconvenientes de la situación actual en este terreno
teórico: las dificultades que cercan no solo la identificación efectiva de
falacias o de usos argumentativos falaces, sino la justificación y explica-
ción de su condición falaz y la congruencia entre los diversos procedi-
mientos de detección y evaluación empleados. Son motivos que antes de
obrar en favor de una opción teórica determinada, mueven a reconocer
la necesidad y la urgencia de teoría.
Por otro lado, al margen de esos puntos críticos y por debajo de las
diversas propuestas y programas, no deja de apreciarse una especie
de pretensión relativamente común o al menos dominante, marcada
por determinados supuestos de la búsqueda de teorías y por algunas
demandas de la teorización en este campo. Como aún no contamos
con una reflexión metateórica y una discusión sistemáticas acerca de un
patrón de ese género, esos supuestos y demandas habrán de explici-
tarse a través de programas particulares o propuestas concretas. Vea-
mos primero los supuestos, en particular, una suposición de correlación
ampliamente extendida y característica, y a continuación las condicio-
nes deseables o demandas que a veces quieren elevarse a la categoría
de requisitos de cualquier teoría que se precie en el campo de la ar-
gumentación.
2.1. Los supuestos. El supuesto clave de correlación o «contrapartida»
Los supuestos sobre el modo de proceder al abordar la construcción de
una teoría de las falacias pueden contemplarse a través del transparente
programa «reduccionista» que ha avanzado Christopher Lumer, 2000. La
reducción propuesta consiste en obtener la teoría de la falacia por deriva-
ción a partir de una teoría positiva de la buena argumentación que pro-
porcione unos criterios precisos para los argumentos válidos y adecuados
en el caso considerado. El orden pertinente será el siguiente:
1) Para empezar, hay que disponer de esa teoría de la buena argu-
mentación cuya función es proveer de criterios exactos y determinantes
de buenos argumentos.
2) El segundo paso consiste en definir la falacia como el argumen-
to que no cumple o no satisface dichos criterios de bondad. Dado que
un buen argumento puede considerarse válido o adecuado para el caso,
una falacia resultará, en consecuencia, un mal argumento de uno u otro
tipo: será una falacia de validez argumentativa si no cumple en ningún
caso las condiciones determinantes del buen argumento; será una fala-
39
L OS B UE NOS DE S E OS
cia de adecuación argumentativa si no las cumple en el presente caso,
aunque sí pueda hacerlo en otras ocasiones. Por ejemplo cabría pensar,
respectivamente, en una falacia de petición de principio, que nunca al-
canza a tener valor de prueba en sus contextos específicos de uso, y en
la variante tu quoque de la falacia ad hominem que puede resultar una
apelación falaz o apropiada según el contexto.
3) El tercer paso constituye más bien una aspiración, de modo que
nos invita a pasar al plano derivado de las demandas que revisten la for-
ma de desiderata: debe procurarse una sistematización y una explica-
ción de las falacias en relación con tales criterios.
4) El cuarto y último paso se añade en atención y por respeto a la tra-
dición histórica del estudio de las falacias. Consiste en definir con preci-
sión y explicar el carácter falaz de todos los tipos tradicionalmente conoci-
dos y analizados de falacias, en la línea de (3), o, si fuera el caso, rechazar
el cargo de falacia y responder a las cuestiones pendientes (Lumer, 2000,
esp. 405-408).
Una peculiaridad adicional de esta propuesta reduccionista de Lu-
mer es su sesgo monológico y textual que le lleva a distinguir entre
la incorrección de un argumento y la incorrección de un debate o un
proceso argumentativo dialógico, y a proponer a este respecto que
i) no toda falacia es un caso de debate incorrecto —como se puede
apreciar, según Lumer, en las falacias que aparecen solas y separadas
en los libros sin formar parte de una discusión—, y ii) la teoría del
debate incorrecto presupone la teoría del argumento incorrecto. De
acuerdo con estos rasgos, la propuesta de Lumer presenta un perfil ló-
gico-epistemológico de la teorización sobre las falacias, perfil que no
es, desde luego, la única representación teórica posible o razonable de
este terreno.
Pero el punto que merece especial atención es el supuesto clave de
correlación o incluso de «contrapartida» que viene a tratar la teoría de las
falacias como una teoría de las sombras a la luz de la teoría de la buena
argumentación. Se trata de un supuesto con una larga historia y con el
sostenido y tácito aprecio de lo que parece ir de suyo o darse por des-
contado. Quizás una temprana declaración franca sea la que aduce el
provocador Petrus Ramus, en sus Animadversiones aristotelicae (1543),
como argumento para excluir el estudio de las falacias en la dialéctica
por resultar innecesario:
¿No debería proceder la descripción cabal de los vicios a partir de la opo-
sición directa de las virtudes de modo que para cualquier tipo de virtud se
diera únicamente un tipo de vicio y a la inversa? Así, en la medida en que
hay dos virtudes generales en la dialéctica, una de Invención y otra de Juicio,
40
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
debería haber dos vicios generales, opuesto y enemigo uno de la Invención
verdadera, el otro del Juicio correcto; y así también se oponen a las virtudes
del discurso sensible los vicios contrarios del engaño, y el argumento capcioso
al verdadero, y la mala disposición de lo inventado a su disposición correcta
y constante» (loc. cit., f. 70; puede verse en Hamblin, 2004: 138).
Ahora bien, este supuesto de cara-y-cruz viene a obrar tanto en unos
planteamientos monológicos o relativamente ingenuos —los de Lumer
y Ramus, que hemos visto— como en otros planteamientos no mono-
lógicos y más sofisticados. De hecho, en nuestros días, el supuesto pre-
senta versiones de dos tipos: unas, a-sistemáticas o sin pretensiones de
articulación sistemática; otras, sistemáticas o con pretensiones en este
sentido. Las primeras suelen partir de unos criterios o condiciones ca-
racterísticos del buen argumento, cuya violación conlleva el cargo de fa-
lacia. Veamos dos muestras.
1) A juicio de Johnson y Blair:
Las premisas de un argumento deben ser aceptables (vs. verdaderas) y pro-
porcionar un apoyo pertinente y suficiente para la conclusión (vs. impli-
carla deductivamente). Una falacia es entonces una violación de uno o más
de estos criterios de aceptabilidad, pertinencia (relevance) y suficiencia
(2002: 370).
Así pues, el criterio ARS (acceptability, relevance, sufficiency) o uno
similar (ARG [acceptability, relevance, good ground]) es el que determi-
na a contraluz el carácter falaz del argumento en cuestión, sin mayores
pretensiones explicativas. Este es, según Johnson y Blair, «el planteamien-
to de la lógica informal de las falacias» (2002: 371).
2) T. Edward Damer desarrolla este planteamiento hasta obtener a
partir de los criterios del buen argumento una plantilla de organización
de las falacias a la que denomina «teoría de las falacias». Los criterios ar-
bitrados son: estructura inferencial correcta, pertinencia, aceptabilidad,
suficiencia y capacidad de réplica.
Una falacia es una violación de uno de los criterios del buen argumento. Cual-
quier argumento que no satisfaga uno o más de los cinco criterios es falaz.
Las falacias surgen, pues, de un fallo estructural del argumento, de la no
pertinencia de una premisa, del carácter inaceptable de una premisa, de la
insuficiencia de la combinación de premisas para sentar la conclusión o
del hecho de no dar una respuesta efectiva a las impugnaciones más serias
de la posición sostenida o de la argumentación en su favor (
5
2005: 43; las
cursivas pertenecen al original).
41
L OS B UE NOS DE S E OS
Pero Damer no deja de observar que una teoría de la falacia, debi-
damente desarrollada es «una clave de la construcción de buenos argu-
mentos. De ahí que una falacia sea mucho más que algo que evitar en
la argumentación» (ibid.). Es una observación de gran interés para con-
siderar, a la inversa, el tratamiento de las falacias como un espejo en el
que podría mirarse el tratamiento de la buena argumentación, y para re-
plantearse en esta línea las posibilidades y limitaciones de un supuesto
de correlación.
Con todo, la plasmación ejemplar de la asunción y el uso del supues-
to de correlación con pretensiones teóricas más precisas y sistemáticas
se encuentra en ciertos pronunciamientos pragmadialécticos sobre las fa-
lacias. Así, tras considerar el precario estado actual de la investigación
teórica de las falacias, Van Eemeren y Houtlosser declaran:
En esta tesitura es bueno observar que a pesar de que entre los teóricos
de la argumentación en general se reconoce que una teoría adecuada de
las falacias presupone una teoría adecuada de la argumentación correcta,
no se reconoce en absoluto por lo general que, además, estas dos teorías
deben estar conectadas de modo que cada falacia tenga, por así decir, su
«contrapartida» correcta. La relación entre la falacia y su contrapartida
debe ser de hecho tal que la razón de la incorrección de la falacia esté
directamente relacionada con la razón de la corrección de su contrapar-
tida (2003: 289).
No estará de más anotar que, en este planteamiento pragmadia-
léctico, el supuesto fuerte de correlación por «contrapartida» preten-
de no solo determinar de manera sistemática las falacias, sino dar ra-
zón de su ilegitimidad por constituir violaciones de una o más reglas
de buena conducta argumentativa y, más en general, por representar
el negativo de una contribución positiva al buen curso y desenlace de
una discusión crítica.
Ahora bien, en cualquier caso, sea en su variante monológica, sea en
sus variantes dialécticas más o menos sistemáticas, el supuesto de corre-
lación ha de afrontar el problema de la distinción entre los argumen-
tos buenos, malos y falaces, punto con el que ya nos habíamos topado a
propósito de los sofismas en nuestra exploración inicial del terreno (véa-
se más arriba la exploración introductoria). Baste reparar, de momento,
en que no todo argumento malo resulta automáticamente falaz —no lo
será si se trata de una mera muestra de incompetencia o de torpeza, sin
mayor trascendencia discursiva o fraudulenta—; ni a la inversa, no toda
argumentación falaz es un compendio de malos argumentos: así como
decir la verdad puede prestarse a tender una trampa o urdir un enga-
ño, así también un argumento lógicamente correcto puede prestarse a
un uso falaz.
42
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Hay, por lo demás, caracterizaciones y análisis de las falacias que
no envuelven esta suposición de una especie de correlación o de con-
trapartida. Una muestra podría ser el planteamiento pragmático desa-
rrollado por Douglas N. Walton entre 1995 y 2009. En 1995, Walton
consideraba que una falacia es una práctica discursiva que se distingue
por estos rasgos básicos: i) consiste en un error o un fallo sujeto a crí-
tica, corrección o refutación; ii) tiene lugar en lo que se supone que
es un argumento; iii) está asociada a un engaño o una ilusión; iv) vio-
la una o más normas del diálogo razonable o se desvía de los procedi-
mientos aceptables en este tipo de diálogo; v) es un caso perteneciente
a un tipo sistemático y subyacente de técnica erróneamente aplicada
de argumentación razonable; vi) constituye una violación seria, fren-
te a un mero error, un despiste o un fallo ocasional de ejecución de
esa técnica. No es preciso que una falacia concreta tenga todos y cada
uno de estos rasgos: por ejemplo —concedía entonces Walton—, la fa-
lacia de pregunta múltiple puede que no se avenga a (ii) en la medida
en que preguntar es un acto de habla bien distinto de argüir o avanzar
un argumento. Sin embargo, todos ellos representan condiciones a las
que habrá de atenerse una teoría satisfactoria de las falacias. Claro que,
como luego observará, también será un punto crítico distinguir entre
los casos o usos falaces y los no falaces de un determinado argumen-
to. Pero es mucho más tarde, en 2009, cuando Walton vuelve sobre el
asunto para proponer una caracterización más amplia y comprensiva
de la noción de falacia de acuerdo con los rasgos siguientes: i*) consiste
en un argumento; ii*) suele ser un caso o una instancia de un esquema
de argumentación revisable o rebatible; iii*) el esquema es razonable,
pero su uso resulta erróneo en algún aspecto o alguna medida; iv*) in-
cumple o no se ajusta al criterio de prueba correspondiente al diálogo
en el que se supone que está tomando parte el agente que argumenta;
v*) pero parece plausiblemente correcto en el contexto dado de diá-
logo; y vi*) cometer este uso viciado o incurrir en él representa un se-
rio obstáculo para alcanzar el objetivo del diálogo en curso
2
. En suma,
cabe entender que un uso falaz consiste en un error o un fallo decisivo
en el empleo de un esquema argumentativo, sea un fallo de orden in-
terno, por incumplir alguna de sus condiciones, sea de orden externo,
por emplear un esquema inapropiado o por emplear de modo inapro-
piado un esquema dado o, en fin, por incurrir en un desplazamiento
del diálogo.
2. Cf. Walton (1995: esp. 237-238) y Walton (2011: 405).
43
L OS B UE NOS DE S E OS
2.2. Las demandas
Podemos seguir el planteamiento pragmadialéctico por ser quizás el
más crítico con las penurias de la situación actual y el más elaborado
en su intento de responder a ellas
3
. A juicio de Van Eemeren y Hout-
losser, tres serían las demandas principales entendidas como requisi-
tos de la teorización en el campo de las falacias, a saber:
1) La efectividad de la detección y determinación de las violacio-
nes o incorrecciones que constituyen pasos o movimientos falaces en
el curso de un debate. Se trata, más bien, de un desiderátum, pues des-
cansa en la existencia de criterios no solo específicos sino efectivamen-
te aplicables que permitan decidir en casos concretos si se ha violado
o no una norma. Ya sabemos que este punto puede resultar arduo y
delicado. La cuestión se complica si, en la línea de considerar no solo
la trama dialéctica sino la urdimbre retórica del debate que la pragma-
dialéctica viene adoptando, nos encontramos con maniobras estraté-
gicas falaces que obligan a matizar la referencia a sus «contrapartidas»
razonables. Entonces habrá que identificar las modalidades relevantes
de maniobras estratégicas que tratan de alcanzar tanto los objetivos crí-
ticos o justificativos de la argumentación como sus objetivos suasorios
(retóricos), mediante la reducción de sus eventuales tensiones. Pero
también habrá que reconocer que cada una de esas modalidades des-
pliega una especie de «continuo» de actuaciones falaces y razonables
que se dejarán identificar con mayor o menor facilidad según discurra
la discusión en su contexto. Todo lo cual, en suma, parece atenuar o
matizar la suposición fuerte de correlación del que el programa prag-
madialéctico quería partir al principio.
2) Alguna capacidad explicativa de la eficacia suasoria o de la in-
advertencia común de los casos falaces. Esta pretensión descansa a su
vez en ciertas presunciones o atribuciones de razonabilidad de los pa-
sos o movimientos argumentativos, al tiempo que ha de afrontar tam-
bién el «continuo» de actuaciones correctas e incorrectas del manio-
brar estratégico empleado.
3) La integración sistemática en una perspectiva teórica que ade-
más procura acogerse a una cobertura filosófica. La integración viene
propiciada por el marco paradigmático de la discusión crítica que dis-
curre con el propósito de resolver una diferencia de opinión de acuer-
do con un procedimiento convenido y normado. La cobertura es la
que puede proporcionar una filosofía falibilista y, en particular, un pro-
3. Véanse los ya citados Eemeren y Houtlosser (2008: esp. 38-40) y Eemeren (2010:
cap. 7, 187-212).
44
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
grama de razonabilidad o «racionalidad» como el propuesto por el ra-
cionalismo crítico popperiano.
No está claro si estas demandas pragmadialécticas han de entender-
se en el sentido fuerte de condiciones o requisitos de una teoría de las fa-
lacias o en el sentido débil de desiderata o aspiraciones de la teorización
al respecto. En el momento actual, al menos, tienen más de lo segun-
do que de lo primero. Pero, al margen de esta cuestión, pueden sugerir
otra proyección y rendir otro servicio. Pueden ser útiles, por ejemplo,
como puntos cardinales para dibujar un mapa de nuestras opciones al
respecto. Veamos.
La primera, digamos (a), ya nos ha permitido apuntar diversas ru-
tas alternativas:
a.1) Monológica (Ramus, 1543; Lumer, 2000).
a.2) Dialógica
2.1) «contrapartida» en versión asistemática (Damer,
5
2005).
2.2) «contrapartida» en versión sistemática (pragmadialéctica).
2.3) sin suposición de «contrapartida» (Walton 1995, 2009).
La segunda, digamos (b), también sugiere una bifurcación de caminos:
b.1) El que adopta una perspectiva más bien descriptiva en aras de una explica-
ción de carácter naturalista de las falacias, consideradas básicamente erro-
res o sesgos cognitivos. Puede admitir diversas variantes como, por ejem-
plo, las propuestas por Woods (2003), Turner (2003), Wenzel y Tindale
(2007) o Walton (2010).
b.2) El que adopta una perspectiva más bien normativa y tiende a servirse de re-
cursos analíticos, aunque también procure alguna suerte de puesta a prueba
empírica de ciertas presunciones y supuestos de procedimiento. En esta lí-
nea, volvemos a encontrarnos con el protagonismo de la pragmadialéctica.
Y, en fin, la tercera, (c), se presta a trazar un esquema sumario y
general de las orientaciones básicas que cabe seguir en torno a la cues-
tión capital de si es viable una teoría de la argumentación falaz. Po-
demos agruparlas según los tres tipos socorridos de hipótesis en otras
disciplinas como las sociales: hipótesis nula, mínima, máxima. Según
la hipótesis nula, no hay ni podría haber una teoría de las falacias si
por falacia se entiende un argumento inválido con apariencia de vali-
dez, puesto que, por contraste con las teorías sistemáticas lógicas so-
bre las formas y las inferencias válidas, no disponemos ni cabe dispo-
ner de una teoría pareja de la invalidez (Massey, 1981). Otra variante
da en considerar que la empresa misma de la teorización normativa
de las falacias sería improcedente (Cummings, 2004). Según una hipó-
45
L OS B UE NOS DE S E OS
tesis mínima, puede haber teorías de la falacia, aunque, de momento,
quizás no las haya en un sentido cabal y sistemático. Hay, al menos,
caminos practicables en tal sentido, bien por vías de carácter norma-
tivo o de carácter pragmático en las líneas ya mencionadas de la prag-
madialéctica y de Walton, bien por vías más naturalistas y descriptivas
como la preconizada por John Woods (1982, 2003). Por último, se- Woods (1982, 2003). Por último, se- (1982, 2003). Por último, se-
gún la hipótesis máxima, podemos disponer de teorías relativamente
fuertes y sistemáticas de las falacias en la medida en que tratan de re-
ducir su variedad a una sola falacia capital o madre de todas las fala-
cias para unificar así su evaluación y su tratamiento. Una candidata a
este papel con cierta fortuna histórica ha sido la falacia de ambigüe-
dad o equivocidad: nos encontramos con una primicia en el tratado
Sobre las falacias debidas al lenguaje de Galeno (siglo II)
4
y luego tiene
alguna aparición esporádica, por ejemplo, en Feijoo (1739) —véase
más abajo las notas históricas de la Parte II, Sección 1—; al fin, alcan-
za a nuestros días con propuestas como la «teoría de la falacia única»
de Powers (1995), aunque la ambigüedad o equivocidad ya no sea la
única que se ofrece como candidata para el papel de falacia paradig-
ma de todas las falacias. Si recapitulamos todo lo anterior, obtenemos
en suma el siguiente esquema de la situación en torno a la existencia
o viabilidad de una teoría de la argumentación falaz:
c.1) Hipótesis nula
1.1) No hay tal teoría ni, al parecer, puede haberla.
1.2) Sería una empresa improcedente.
c.2) Hipótesis mínima
2.1) Teorización viable en la línea de la «contrapar-
tida».
2.2) Por la vía pragmática de los esquemas argumen-
tativos.
2.3) Por una vía explicativa cognitiva naturalista.
c.3) Hipótesis máxima Teorías reductivas o unificadoras de las falacias.
Más adelante, en el capítulo 2, veremos con más detenimiento es-
tas variantes, de modo que el esquema también puede tomarse como un
guion de estudio.
Ahora bien, la significación de la tercera demanda va más allá de este
primer servicio de clasificación de orientaciones básicas en torno a la cues-
4. Aristóteles, en Sobre las refutaciones sofísticas, ya se refería a alguna sugerencia
en este sentido cuando declaraba: «También es evidente que no todas las refutaciones de-
penden de la ambigüedad como algunos dicen» (177b8-10), pero no da más noticias al
respecto.
46
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
tión de la viabilidad de una teoría propiamente dicha de las falacias. Ade-
más apunta a las cuestiones de integración y contempla la existencia posi-
ble —más aún, deseable a juicio de los pragmadialécticos— de una especie
de cobertura o fundamentación filosófica que garantice la idoneidad y la
coherencia de las normas de evaluación de la argumentación falaz. Pero
en este punto prevalecen las referencias alusivas y bienintencionadas, por
ejemplo, en la línea del racionalismo crítico popperiano que suele invocar
Van Eemeren, sobre las propuestas o las elaboraciones concretas. Más aún,
a la hora de concretar, Van Eemeren y sus colaboradores parecen preferir
unos planteamientos metadiscursivos a una cobertura filosófica propia-
mente dicha, de modo que a las reglas de primer orden del código de buen
comportamiento argumentativo vienen a sumarse otras reglas de segundo
y de tercer orden, relativas a la disposición de los agentes discursivos y al
marco de la discusión. Sin embargo, no faltan indicaciones de lo que ca-
bría considerar una «filosofía popperiana» de la argumentación racional
o, mejor dicho, razonable de acuerdo con la orientación pragmadialéctica.
Para empezar, hay una asunción franca del falibilismo característico
de ese racionalismo crítico. Esto puede suponer tanto el descarte de una
suerte de autofundamentación racionalista, como el rechazo de cual-
quier suerte de justificacionismo que pretenda una legitimación absolu-
ta o definitiva. El primero puede responder a los motivos ya declarados
por Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1945) para descartar
el racionalismo acrítico basado en el principio de que debe desecharse
todo supuesto o toda pretensión que no se funden en el razonamiento
(o en la experiencia). El punto estriba en que no hay ningún razona-
miento ni experiencia que pueda sancionar la actitud racionalista mis-
ma, pues solo quienes se hallan dispuestos a tomar en consideración el
razonamiento y la experiencia y que así, por lo tanto, ya han adoptado
dicha actitud, se dejarán convencer por razones, pruebas o evidencias
materiales (Popper, 1957: II, cap. 24, p. 414). El rechazo del justifica- Popper, 1957: II, cap. 24, p. 414). El rechazo del justifica- , 1957: II, cap. 24, p. 414). El rechazo del justifica-
cionismo y de su pretensión de una legitimación absoluta del recurso a
la razón descansa, por su parte, en la consideración de que conducen
en última instancia a alguna variante de un funesto trilema. En su ver-
sión como «trilema de Münchhausen», la pretensión justificacionista se
ve abocada a optar por una de estas alternativas: i) el regreso al infini-
to en busca de razones que justifiquen la apelación a la razón; ii) la cir-
cularidad del proceso de remisión; iii) el corte del proceso en un punto
arbitrario; ninguna de las tres es satisfactoria
5
. La crítica se puede ex-
5. Otras variantes son el «trilema de Freis» con las alternativas: i) regreso al infinito;
ii) dogmatismo o detención dogmática; iii) psicologismo de la evidencia sensorial inme-
diata; y el «trilema de Agripa» con las alternativas: i) regreso al infinito; ii) circularidad;
iii) dogmatismo.
47
L OS B UE NOS DE S E OS
tender a cualquier referencia fundacional trascendental, en el sentido
de pretender que haya razones determinantes de la adopción de una ac-
titud racional o razonable, pretensión que, por lo demás, nos devolve-
ría al caso anterior.
Un defensor de una (auto-)fundamentación trascendental, como
Karl-Otto Apel, puede replicar en dos direcciones: una negativa, diri-
gida a probar el absurdo del falibilismo; otra positiva, dirigida a mos-
trar la necesidad de la fundamentación. En el primer caso, denuncia
que una tesis como la falibilista, al enunciar una condición aplicable a
toda proposición, resulta paradójica, pues también se aplica a sí mis-
ma: entonces, si la tesis misma es una proposición falible, no puede es-
tablecer que no pueda haber proposiciones no falibles; y si no se con-
sidera falible, ella misma se desdice. Ahora bien, si la tesis falibilista es
insostenible, la tesis contrapuesta en favor de una fundamentación ha
de ser verdadera (véase Apel, 1985, 1987). En una dirección más po-
sitiva, Apel recurre a un argumento de corte trascendental que trata
de sentar la necesidad de la autofundamentación sobre la base de que
su negación conduciría a su propio desmentido: por ejemplo, nadie
puede cuestionar la argumentación o sus presupuestos constitutivos
sin argumentar, de modo que tal pretensión crítica o escéptica ven-
dría a incurrir en una contradicción performativa que da en cuestionar
y negar lo que justamente está haciendo y presuponiendo
6
. Pero esta
vindicación trascendental y a priori de una autofundamentación de la
argumentación no solo envuelve ciertos supuestos que un escéptico re-
sabiado no asumiría, como el de estar de entrada e inevitablemente
dentro del juego de la argumentación, sino que adolece de ciertas os-
curidades y confusiones, por ejemplo entre el carácter constitutivo o
regulativo de los presupuestos en cuestión. En cualquier caso, como
ya he sugerido, no parece escapar indemne a la crítica popperiana del
racionalismo acrítico.
En lugar de esas apelaciones trascendentales, la pragmadialéctica con-
templa una especie de fundación inmanente de la normatividad en el sen-
tido de que la disposición a argumentar obliga a reconocer la fuerza de
las razones, en el marco de la confrontación, de acuerdo con un principio
6. El modelo canónico de este tipo de argumentos es la vindicación aristotélica del
principio mismo de no contradicción frente a quienes temerariamente pretenden negar-
lo sin renunciar al uso del lenguaje unívoco, inteligible y significativo. Cf., por ejemplo,
Aristóteles, Metafísica, 1006a18-1009a5. Una peculiaridad de este tipo de argumentación
—con el que ya nos hemos encontrado antes— consiste en tratar de probar que si, por un
lado, la deducción de la tesis en cuestión envuelve una petición de principio, por otro lado,
su negación incurre en autocontradicción, de modo que resulta una especie de demostra-
ción indirecta. Pero, desde luego, no todas sus pretendidas aplicaciones tienen la misma
fortuna.
48
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
guía claramente popperiano: la exposición y sujeción de las alegacio-
nes o pretensiones en juego a la confrontación crítica. Otro punto, menos
popperiano pero más acorde con nuestras posibilidades y limitaciones
discursivas en el terreno de la argumentación, es la sustitución de la di-
rectriz maximalista de racionalidad por las desideratas de razonabilidad
y aceptabilidad. Se supone que quien emprende una discusión en térmi-
nos argumentativos, apela de modo implícito a la razonabilidad en un
doble sentido:
1) Se compromete tácitamente a seguir las reglas de juego de la dis-
cusión, tanto a la hora de ofrecer razones como a la hora de responder
a la demanda de razones.
2) Asume tácitamente que el interlocutor también actuará como un
partenaire o como un crítico razonable al evaluar el argumento o consi-
derar las razones aducidas.
Este segundo supuesto envuelve, en principio, la expectativa de la ra-
zonabilidad de la otra parte y, a la luz del primero, la confianza en una
razonabilidad compartida. Pero entonces aún puede tener mayor signi-
ficación al apuntar una disposición a la universalización de las razones:
cualquier participante en, o asistente a, la discusión las reconocería. Cabe
reparar, de paso, en que esta presunción de razonabilidad también con-
tribuye a entender la facilidad con la que solemos incurrir en alguna fa-
lacia y a explicar por qué las falacias suelen pasar inadvertidas.
Por otro lado, la aceptabilidad y la razonabilidad se relacionan en un
plano que se podría considerar práctico o instrumental: una argumen-
tación es aceptable en la medida en que es un medio efectivo de resol-
ver una diferencia de opinión de acuerdo con las reglas de la discusión
y a partir de los procedimientos aceptados por las partes. Las reglas son
razonables en la medida en que son adecuadas para resolver diferencias
de opinión. Según esto, la aceptabilidad referida a la argumentación des-
cansa en la razonabilidad de las reglas, que a su vez remite a su capaci-
dad resolutiva.
[En general,] la razonabilidad de un procedimiento se deriva de sus posibi-
lidades de resolver diferencias de opinión (problem validity), en combina-
ción con su aceptabilidad por parte de los que debaten (conventional vali-
dity). A este respecto, las reglas de discusión y argumentación en una teoría
dialéctica de la argumentación se deben examinar tanto en términos de su
efectividad para la resolución de problemas como en términos de su acep-
tabilidad intersubjetiva (Eemeren y Grootendorst, 2004: 132).
Con todo y a pesar del singular relieve que hoy tiene la pragma-
dialéctica en la empresa de elaborar una teoría comprensiva de la argu-
49
L OS B UE NOS DE S E OS
mentación, no estará de más traer a colación otras muestras de lo que
podría oficiar como cobertura filosófica en este ámbito. Para nuestros
propósitos de ilustración y sugerencia, bastará considerar una cober-
tura específica, como la representada por los presupuestos del discur-
so práctico que han formulado Robert Alexy (1978) y Jürgen Haber-
mas (2008), y otra quizás más genérica, de inspiración varia pero de
elaboración propia, que pretendo fundar en determinadas presuncio-
nes básicas.
2.3. Las coberturas
La propuesta de Habermas (2008), aunque se refiere originariamente al
discurso práctico, no deja de tener proyección sobre un ámbito más am-
plio de la comunicación y la argumentación. Consiste sustancialmente
en un elenco de condiciones básicas del juego de la razón. Estas condi-
ciones que, según el propio Habermas (2008: 101-102), obran como pre-
supuestos tácitos más que como normas constitutivas, dentro de un deter-
minado marco discursivo, son las siguientes:
1) En el nivel lógico-semántico o de los productos discursivos:
1.1) Ningún hablante debe contradecirse.
1.2) Todo hablante que aplique un predicado F a un objeto a, debe estar dis-
puesto a aplicar el predicado F a cualquier otro objeto que coincida con a
en los aspectos pertinentes.
1.3) Una misma expresión no puede ser empleada por distintos hablantes con
significados diversos.
2) En el nivel pragmático o de los procedimientos dialécticos:
2.1) Los hablantes solo pueden afirmar aquello en lo que verdaderamente creen.
2.2) Quien introduce un enunciado o norma que no es objeto de la discusión,
debe dar una razón para ello.
3) En el nivel de los procesos de interacción o retóricos:
3.1) Todo sujeto capaz de lenguaje y acción puede participar en la discusión.
3.2) a) Todos pueden cuestionar cualquier afirmación.
b) Todos pueden introducir una afirmación cualquiera en el discurso.
c) Todos pueden expresar sus posiciones, deseos y necesidades.
3.3) A ningún hablante se le puede impedir el uso de los derechos establecidos
en (3.1) y (3.2) por medios coactivos procedentes del interior o del exte-
rior del discurso.
En esta propuesta pueden verse normas similares o parejas a algu-
nas de las que constituyen el código pragmadialéctico del buen proceder
argumentativo en un debate armado para dirimir de modo razonable
una diferencia de opinión, aunque Habermas, como ya he dicho, ten-
50
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
ga presente, no solo la discusión teórica o el debate crítico sino la argu-
mentación práctica. Pero también cabe observar algunos puntos proble-
máticos propios y específicos. Por ejemplo, la estipulación (2.1) parece
excluir las discusiones exploratorias o la puesta a prueba de hipótesis o
de opciones tentativas, aparte de marcar un énfasis exclusivo sobre las
aserciones y los compromisos expresos. El punto (3.1), a su vez, po-
dría considerarse limitado por (2.2), en la medida en que esta condi-
ción modula la capacidad de participación de cualquier agente: ¿tam-
bién puede intervenir libremente el que se remite a relatos o historias
de vida en calidad de razones de su nueva contribución? Una dificultad
parecida ronda la precisión (b) de (3.2), cuya liberalidad no se aviene
a ciertas constricciones previas como las avanzadas por (1.1), (2.1) y
(2.2). En suma, se trata de algunos problemas de articulación y de je-
rarquización entre los presupuestos, que no se resuelven con su mera
clasificación y distribución en los diversos planos del discurso argumen-
tativo conforme al consabido marco tripartito de productos, procedi-
mientos y procesos.
Otra cobertura más genérica podría ser la inspirada en la concep-
ción de la falacia como un peligro o una amenaza de distorsión o de quie-
bra de ciertas presunciones implícitas básicas, idea que desde un punto
de vista discursivo y cognitivo reviste especial interés. Entendamos por
presunción la acción de dar por buena una afirmación o un procedimien-
to salvo que, o hasta que, se pruebe lo contrario. Las presunciones así
entendidas tienen dos rasgos característicos en un contexto argumenta-
tivo. Por un lado, comportan una distribución de la carga de la prueba,
que en principio corre por cuenta no de quien asume la presunción sino
de quien se opone a ella. Y, por otro lado, tienen un carácter revisable
o rebatible, antes que falsable, es decir: resultan susceptibles de correc-
ción, antes que de refutación o de anulación. Por lo que resta, no estará
de más precisar que las presunciones que voy a explicitar no son mani-
festaciones de una confianza «natural» o primaria, subyacente como un
tejido imprescindible de nuestra interacción discursiva —una confianza
de la que cualquier duda o revisión serían parasitarias—, sino que repre-
sentan una especie de confianza reflexiva que habremos de revisar y res-
taurar si nos hemos visto en la tesitura de cuestionarla
7
.
Pues bien, las presunciones básicas que propongo asumir expresa-
mente son las tres siguientes:
1) Presunción de inteligibilidad: todo agente discursivo pretende en-
tender y darse a entender en una conversación, es decir: toda intervención
7. Acerca de esa confianza primordial y otras confianzas derivadas puede verse Pe-
reda (2009).
51
L OS B UE NOS DE S E OS
en una conversación (acto de habla, gesto, etc.) pretende ser inteligible,
ser congruente con el curso de la conversación. La presunción recoge el
conocido principio de cooperación de Grice (1975): «Si quieres inter-
venir, haz tu contribución según lo exijan, en su momento, la intención
o la dirección de la conversación en curso», y sus máximas derivadas.
Estas máximas también son adoptadas por la pragmadialéctica en cali-
dad de principios de comunicación bajo la fórmula sintética: «Sé claro,
honesto, eficaz y ve al grano».
2) Presunción de fiabilidad: toda información o referencia preten-
de ser fiable y su fuente emisora ser digna de crédito, es decir: la in-
formación y la fuente de información tratan de contribuir al propósito
general y al objetivo específico de la interacción discursiva, por ejem-
plo, a la resolución del problema planteado, a la superación de una di-
ferencia de opinión, a la inducción de una creencia o una disposición,
etcétera.
3) Presunción de razonabilidad: toda acción o movimiento argumen-
tativo pretende ser razonable, es decir: trata de contribuir al plantea-
miento de la cuestión o al desarrollo del debate de acuerdo con las reglas
de juego de la razón pertinentes en su contexto.
Una señal de su carácter básico reside en la incongruencia que trae-
ría consigo el intento de negarlas. Efectivamente, resultaría una incohe-
rencia pragmática que alguien atentara contra la presunción de inteli-
gibilidad alegando: «A propósito de lo que está en discusión, yo digo
que tal y tal, pero no pretendo que nadie entienda lo que quiero de-
cir». Lo mismo cabe pensar de un alegato contra la presunción de fia-
bilidad en los términos: «Te aseguro que es así, pero no me creas». Y,
en fin, qué se podría hacer ante una declaración de intenciones como
esta: «Bien, vamos a discutir en serio el asunto; pero no esperéis que
me atenga a ningún tipo de razones».
En consecuencia, estas presunciones parecen fundar y justificar la
sanción normativa —sea como fallo por corregir, sea como fraude por
denunciar— de las actividades o estrategias discursivas falaces, en la me-
dida en que estas atenten contra, o al menos contravengan, los presu-
puestos del juego de dar y pedir razones en el curso de una confronta-
ción argumentativa.
Pasemos a considerar ahora la otra vertiente de los estudios actuales
que había anunciado al principio, las orientaciones y aportaciones de la
investigación empírica de las falacias argumentativas.
52
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
3. ORIENTACIONES DEL ESTUDIO EMPÍRICO DE LAS FALACIAS
Creo que se pueden reunir bajo el socorrido número de tres las orien-
taciones relevantes:
1) Una tradición de investigaciones psicológicas sobre el razona-
miento, marcada por su orientación cognitiva antes que argumentativa.
Su objeto principal de estudio son, en esta línea, los errores de inferen-
cia, especialmente deductiva, por ejemplo, en el ámbito del razonamien-
to silogístico o, luego, en el del razonamiento lógico-proposicional donde
ciertos usos poco «naturales» como el del conector condicional han dado
lugar a experimentos clásicos
8
. La discusión gira en torno a las fuen-
tes del error y a los elementos condicionantes —como sesgos heurísti-
cos, factores pragmáticos contextuales o ambientales, etc.— de fallos
inferenciales o de un proceder incorrecto a la luz, digamos, de la lógi-
ca estándar, del cálculo de probabilidades o de la teoría de la decisión.
Dentro de esta tradición no cabía esperar, en principio, que las fala-
cias discursivas propiamente dichas merecieran gran atención; de he-
cho, parecen haberse limitado a algún estudio aislado. Es ilustrativo,
por ejemplo, el del propio Wason (1968) que, por lo demás, se mues-
tra más interesado en la disolución crítica de argumentos falaces por
autocontradicción que en su investigación empírica
9
.
Esta tradición ha adquirido en los años noventa y siguientes una
proyección filosófica que le ha dado mayor significación al tocar el pun-
to de la racionalidad discursiva. Así, del reconocimiento y la explica-
ción de «errores» o desviaciones de la norma racional (lógica, probabi-
lística, etc.) se ha pasado a la discusión de la presunción y del concepto
mismo de racionalidad normativa. Entonces cabe discutir si la signifi-
cación de los resultados empíricos acerca de errores o fallos inferen-
ciales, con respecto a la atribución de racionalidad a los agentes expe-
rimentales, viene a ser: o bien a) determinante, de modo que no cabe
tal atribución, o bien b) nula e irrelevante, puesto que la cuestión es
conceptual o analítica, no experimental —la interpretación misma de
una conducta como fallo inferencial descansa en la presunción de su
racionalidad—, o bien c) heurística, en la medida en que remite a una
búsqueda de explicación de tales fallos en el marco de una concepción
razonable y acotada de esa presunción de racionalidad
10
. De ahí tam-
8. Son bien conocidos el experimento de las tarjetas de Wason y sus variantes. Hay
visiones y revisiones panorámicas en Wason y Johnson (eds.) (1968) y Val (comp.) (1977).
9. Amén de mantener la vieja concepción de las «falacias lógicas» como inferencias
deductivas lógicamente inválidas que revisten, sin embargo e inexplicablemente, cierta apa-
riencia de validez. Véase Wason (1968).
10. Véase, p. ej., el informe de Shafir y LeBoeuf (2002).
53
L OS B UE NOS DE S E OS
bién se han derivado resultados de interés en torno a la diferenciación
entre los heurísticos, o atajos cognitivos, y los sesgos o errores sistemá-
ticos inducidos por motivos que suelen considerarse «no racionales» en
la medida en que responden a disposiciones o actitudes (emociones,
intereses, etc.) ajenas al proceso cognitivo y discursivo considerado.
Una consecuencia notable de esta investigación empírica es la corro-
boración de la distinción entre la inducción consciente y deliberada
de errores —correspondiente al sofisma— y la inadvertida —corres-
pondiente al paralogismo—, por una vía independiente que procede
al margen de dichas correspondencias.
En cualquier caso, revisten especial significación los estudios rela-
cionados con la investigación y explicación de los errores cognitivos de
razonamiento, en particular, con determinados sesgos como el de con-
firmación o el de creencia
11
. El primero se revela en la famosa tarea de
la selección de cartas de Wason (1977): disponemos de cuatro cartas
con una letra mayúscula en una cara y un número en la otra, y las co-
locamos sobre la mesa de modo que las caras visibles sean: B, D, 3, 7.
Entonces formulamos el siguiente enunciado referido a las cuatro car-
tas, que puede resultar verdadero o falso: «Si hay una letra D en una
cara de una carta, entonces hay un número 3 en su otra cara». La tarea
que corresponde a los sujetos del experimento es decidir qué cartas
y solo ellas sería necesario volver para comprobar si el enunciado es
verdadero o es falso. La mayor parte de las respuestas seleccionan la
carta cuya cara visible es D o las cartas cuyas caras visibles son D y 3.
Ahora bien, al ser un condicional que únicamente resulta falso en el
caso de una carta que tiene una cara D pero no tiene otra cara 3, las
únicas cartas que se deberían volver serían D y 7. El sesgo se inclina
hacia la confirmación del enunciado y descuida su refutación, a partir
de la cara visible 7
12
.
Pero el segundo sesgo tiene mayor relieve en el presente contexto,
pues se refiere a la evaluación de argumentos formulados en términos
de silogismos. En este caso, la prueba descansa en las diversas corre-
laciones entre la validez o invalidez del argumento y la creencia o des-
creencia en la conclusión. Las tasas de aceptación del silogismo en cues-
tión varían según la correlación: son más «racionales» cuando ambas
calificaciones coinciden (validez y creencia, invalidez y descreencia);
se vuelven más sesgadas cuando las calificaciones entran en conflic-
11. Véase, p. ej., Evans (2004).
12. Véase Wason (1977). Estudios posteriores han mostrado que los sujetos cum-
plen la tarea de comprobación de modo mucho más satisfactorio desde el punto de vista
lógico, cuando el condicional viene motivado por referencia a una situación concreta que
favorece la «elección racional». Cf. Manktelow y Over (1991); Klayman (1995).
54
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
to (validez vs. descreencia y, sobre todo, invalidez vs. creencia). Los
resultados obtenidos a este respecto por Evans (1983) se dejan resu-
mir en la tabla siguiente, que también recoge los silogismos empleados
originalmente:
Argumento / Conclusión Ejemplo Aceptación
Válido Creíble Ningún perro policía es vicioso.
Algunos perros bien entrenados son vi-
ciosos.
Luego,
algunos perros bien entrenados no son
perros policía. 89 %
Válido Increíble Nada que sea nutritivo es caro.
Algunas pastillas de vitaminas son caras.
Luego,
algunas pastillas de vitaminas no son
nutritivas. 56 %
Inválido Creíble Ningún producto adictivo es barato.
Algunos cigarrillos son baratos.
Luego,
algunos productos adictivos no son ci-
garrillos. 71 %
Inválido Increíble Ningún millonario trabaja duro.
Algunas personas ricas trabajan duro.
Luego,
algunos millonarios no son ricos. 10 %
Si entendemos por sesgo un error sistemático, no eventual o circuns-
tancial, el sesgo de creencia típico de la aceptabilidad del caso <silogis-
mo inválido + conclusión creíble> puede deberse bien a ignorar infor-
mación pertinente para «la lógica de la tarea» —por ejemplo, elementos
determinantes de su resolución o realización correcta—, bien a dejarse
influir por otros factores o motivos que no tienen que ver con ella. Por
lo demás, estos resultados no solo son significativos para el estudio de
sesgos de creencia, sino que cobran mayor relieve en el contexto de la in-
vestigación y puesta a prueba de ciertas propuestas explicativas de nues-
tro irregular comportamiento en cuestiones de razonamiento y resolu-
ción de problemas, como la llamada «teoría del proceder dual» o «de los
dos sistemas»: un sistema o modalidad de proceder más bien heurístico y
primario vs. un sistema o modalidad de proceder más bien analítico y re-
55
L OS B UE NOS DE S E OS
flexivo
13
. Más adelante, al considerar los planteamientos de orientación
más descriptiva o explicativa en el tratamiento conceptual de las fala-
cias, volveré sobre esta teoría. Puede que algunas de las características
que atribuye al sistema heurístico, primario e irreflexivo, sean relevan-
tes para explicar casos de paralogismos en los que se incurre por inad-
vertencia. Pero también el otro sistema, el reflexivo, puede ser un pere-
zoso cómplice en el recurso a atajos o verse sorprendido en un caso de
incompetencia específica.
2) Investigaciones orientadas a la discusión de cuestiones particula-
res, inspiradas por lo regular en motivos teóricos. Una ha sido, por ejem-
plo, la planteada por las relaciones tensas y distantes entre la validez nor-
mativa y la eficacia práctica de la argumentación. En este sentido, tienen
interés algunos resultados como los destacados por O’Keefe (2003). Hay
ciertos aspectos de la conducta argumentativa que los teóricos suelen con-
siderar deseables desde el punto de vista normativo, a saber: i) la for-
mulación clara y precisa de lo que se sostiene; ii) la explicitación de las
razones que sirven de apoyo; iii) la consideración y resolución de las ob-
jeciones o contraargumentos previsibles; iv) el examen crítico de los
argumentos aducidos.
Pues bien, la revisión de varios estudios empíricos en el último tercio
del pasado siglo ha llevado a O’Keefe a la constatación de que esas vir-
tudes no son incompatibles con el éxito práctico y la eficacia persuasiva,
antes al contrario parecen contribuir a ellos en la mayoría de los casos. Lo
cual, naturalmente, no excluye la existencia de argumentos intachables
que carecen de efectividad o de eficacia, ni impide, a la inversa, el even-
tual éxito suasorio de una argumentación incorrecta o falaz —recorde-
mos también a este respecto la alta tasa de aceptación de una conclusión
creíble derivada de un silogismo inválido, con la que nos encontrábamos
en el experimento antes citado de Evans (1983)—. Otro aspecto digno de
mención en sentido positivo es el hecho contrastado de que las faltas
de honestidad discursiva en el curso de una discusión suelen ser juzgadas
críticamente por los observadores o por el resto de los participantes (véa-
se Schreier, Groeben y Christmann, 1995). Son noticias que, en conjunto,
ayudan a tener fe o al menos esperanza en el género humano.
3) Investigaciones dirigidas a la confrontación práctica y la contras-
tación empírica de determinados supuestos o programas teóricos, en par-
ticular, la cuestión de si, y hasta qué punto, las normas que siguen o dicen
13. Véase el informe de uno de los avanzados en esta línea de investigación, Evans
(2008), y las acotaciones de Neys (2006). Puede verse una exposición más reciente y com-
prensiva en Kahneman (2012), Primera Parte, «Dos sistemas», pp. 33-143.
56
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
seguir los argumentadores comunes y corrientes en sus discusiones críticas
convienen con, o difieren de, las normas ideadas o propuestas para este
tipo de discusión. Aquí la cuestión es nuestra posible fe en ciertas teorías.
Un estudio relativamente pionero ha sido el de Bowker y Trapp (1992)
acerca de si los argumentadores ordinarios distinguen satisfactoriamente
entre los argumentos sólidos y buenos, y los débiles o malos. Aunque la
investigación no asume de entrada una concepción precisa a ese respec-
to, por ejemplo, un criterio definido de solidez, los resultados discurren
en buena parte en la línea de los criterios habituales en esa época, como
el criterio de Johnson y Blair ARS (acceptability, relevance, suficiency)
o el criterio asociado ARG (acceptability, relevance, good ground), que
hallan así una suerte de confirmación relativa, aunque un tanto vaga y
genérica
14
.
Una investigación empírica mucho más precisa y cuidadosamente
diseñada es la emprendida por Van Eemeren, Garssen y Meuffels (2009)
para poner a prueba el código de las reglas pragmadialécticas de la dis-
cusión razonable. Conviene tener presente que, en esta perspectiva, una
falacia consiste en cualquier infracción o violación de las reglas que su-
ponga un obstáculo o una amenaza para la resolución de la diferencia de
opinión que ha provocado o alimenta la discusión. Más precisamente,
«el término falacia está conectado sistemáticamente con las reglas de la
discusión crítica y se define como un acto de habla que prejuzga o frus-
tra los esfuerzos por resolver una diferencia de opinión» (ibid.: 27). Los
autores también introducen una distinción capital para sus propósitos
de contrastación, la que media entre la validez con respecto al problema
y la validez convencional. La primera se refiere a la contribución nece-
saria y efectiva de las reglas a la resolución de diferencias de opinión so-
bre la base de los méritos o razones alegadas, cuestión que determinar
por medios analíticos o conceptuales, en suma, teóricos. La segunda se
refiere a la aceptación de tales contribuciones por parte de los agentes
implicados en la discusión, y se trata de una cuestión que determinar
por investigación empírica. La validez con respecto al problema y sus
criterios es prioritaria sobre la validez convencional y su proceder efec-
tivo, pues no tendría sentido asumir reglas vacuas o improcedentes. Así
que la investigación empírica de la validez convencional de determina-
das reglas de discusión, como las propuestas por el código normativo de
la pragmadialéctica, supone su validez con respecto al problema. Más
aún: dicho código no solo dirige la investigación, sino que determina su
significado y alcance.
14. Sobre los criterios mencionados, véase la voz «Criterios/Modelo ARG» en Vega
y Olmos (eds.) (
2
2012: 155-157).
57
L OS B UE NOS DE S E OS
Por lo que toca a los resultados, quizás el más relevante sea la com-
probación de que, en términos generales, las intervenciones discursivas
en las que se produce una violación de las reglas no se consideran razo-
nables, mientras que las contribuciones que no las violan se estiman ra-
zonables. Aunque los autores se cuidan de distinguir entre lo razonable
y lo persuasivo o convincente, no deja de ser un resultado análogo a los
de O’Keefe. Hay, sin embargo, algunas cuestiones abiertas que se reco-
nocen pendientes, en particular las que siguen:
a) Cuando se produce una violación o una incorrección, ¿por qué los
argumentadores legos o corrientes juzgan esa contribución poco razona-
ble, y estiman razonable en cambio la contribución correcta? ¿Qué tipo de
normas subyacen en estos juicios de razonabilidad o no razonabilidad
de las distintas intervenciones?
b) ¿Coinciden esas presuntas normas, y siendo así hasta qué punto,
con las arbitradas por el código de discusión pragmadialéctico? Es decir,
¿hasta qué punto la normativa pragmadialéctica —que se supone conva-
lidada con respecto al problema de resolver las diferencias de opinión—
resulta convencionalmente válida? En este caso, los autores sugieren una
respuesta que consideran atractiva, aunque reconocen que no sería muy
satisfactoria empíricamente: las falacias son violaciones de reglas instru-
mentales para la solución razonable de diferencias de opinión, de modo
que la validez a este respecto puede explicar, en parte al menos, el re-
conocimiento inherente a la validez convencional (Eemeren, Garssen y
Meuffels, 2009: 220). Pero este intento de justificación teórica, antes que
explicación propiamente dicha, no deja de tener un aire de petición de
principio o de reiteración de los supuestos de prioridad que han orien-
tado la investigación desde sus inicios.
En un estudio concreto del caso de las falacias ad hominem, Van Ee-
meren, Garssen y Meuffels (2008) parecen dar un paso más en la línea de
la correspondencia entre lo que los sujetos experimentales juzgan razona-
ble y el código pragmadialéctico de discusión, así como en la línea de cier-
to paralelismo entre lo estimado razonable y lo efectivamente persuasivo,
hasta concluir que hay un respaldo fuerte para estas dos tesis:
En general, 1) los argumentadores ordinarios solo consideran persuasivos
unos pasos de la discusión si son razonables, y 2) las concepciones que los
argumentadores ordinarios tienen de la razonabilidad están en gran medida
de acuerdo con las normas teórico-críticas de la pragmadialéctica (195)
15
.
15. La segunda tesis invita a excluir referencias alternativas; en particular, los autores
descartan la explicación de la conducta razonable ante las falacias en términos de cortesía.
58
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
De estas primicias de investigación empírica de las falacias se des-
prenden unas consecuencias ciertamente provisionales pero no carentes
de interés, como las siguientes. En primer lugar, se trata de una investiga-
ción cuya dimensión y significación empíricas parecen teóricamente so-
bredeterminadas, de modo que no tiene la autonomía y el alcance que
parece tener la investigación paralela, en un marco más cognitivo que dis-
cursivo, de las fuentes y las condiciones de error en psicología del razo-
namiento. Por otra parte, son reconfortantes los resultados en torno a
la correspondencia relativa entre las actuaciones correctas o incorrectas
y los juicios comunes de razonabilidad o no razonabilidad, respectiva-
mente, acerca de ellas. Aunque no dejan de parecer luego un tanto sos-
pechosas las confirmaciones que en esta línea suelen recibir los criterios
o las reglas de buena conducta argumentativa que se toman en conside-
ración, como en particular las pragmadialécticas; es una impresión a la
que contribuye, entre otros motivos, la desatención a posibles alternati-
vas explicativas o normativas. Y, en fin, tampoco deja de haber temas de
investigación prometedores y accesibles pero relativamente descuidados,
en particular, los relacionados con la explicación de los errores discursi-
vos y con los factores eventualmente involucrados; precisamente en esta
línea hay señales de un nuevo interés por la correlación entre ciertos ti-
pos de falacias y determinados sesgos inducidos por motivos presunta-
mente «irracionales»
16
.
Entre estos factores generadores de fallos o propiciadores de frau-
des pueden contarse: a) los psicológicos y más bien personales, como las
estrategias de proyección o de autoengaño que procuran aliviar o prote-
ger al sujeto de disonancias cognitivas o desequilibrios emotivos; b) los
psicológicos o más bien «antropológicos», digamos, como los recursos
heurísticos o estereotipados; y c) los socioinstitucionales, como los con-
dicionantes del marco institucional en el que tienen lugar las acciones
e interacciones discursivas. Son, desde luego, personajes familiares en
la investigación psicológica y social. Pero lo que sería preciso estudiar
frontalmente y en detalle es su repercusión en el campo de la argumen-
tación, es decir: lo que haría falta sería tanto considerar su papel en la
producción y reproducción de falacias como explorar la perspectiva ex-
plicativa que su consideración nos abre. Volveremos sobre estas cues-
tiones más adelante, cuando llegue el momento de recordar la tradición
generativa y, en particular, el enfoque naturalista en la aproximación a
la argumentación falaz (véase más abajo, cap. 2, § 2.2.3).
16. Véase el informe de Correia (2011). Por lo demás, la presunción de irracionali-
dad sigue siendo problemática como fuente de discusión entre analistas filósofos e inves-
tigadores experimentales.
59
2
VARIACIONES EN TORNO A LA TEORIZACIÓN
DE LAS FALACIAS
El desarrollo de los medios adecuados para tratar con las
falacias es un componente vital de cualquier teoría nor-
mativa de la argumentación. En mi opinión, el tratamien-
to de las falacias puede verse incluso como la prueba deci-
siva de cualquier teoría de la argumentación: ¿es capaz de
tratar de modo satisfactorio con todas las falacias?
Eemeren, 2010: 187
Según el propio Van Eemeren, un tratamiento teórico debe cumplir dos
condiciones para que pueda considerarse satisfactorio: 1) ser suficiente-
mente comprensivo, en el sentido de no ignorar o, menos aún, excluir
alguna de las variedades notorias y significativas de falacias; 2) no ser un
tratamiento ad hoc. No ser ad hoc, a su vez, quiere decir, por una par-
te, no acomodarse al legado escolar de las falacias tradicionales como si
fueran fósiles naturales que la teoría está obligada a desempolvar, recla-
sificar o glosar, sin mayores expectativas sistemáticas; también significa,
por otra parte, no contentarse con un tratamiento específico para cada
caso, sin preocuparse por una perspectiva teórica unitaria o, siquiera, por
una metodología de análisis congruente. Pero, salvadas estas condiciones,
aún queda mucho espacio libre para varias y diversas aproximaciones a la
construcción de una teoría. De hecho, cualquier observador puede apre-
ciar la existencia tanto de variaciones históricas en la orientación del tra-
tamiento teórico de las falacias como de variaciones filosóficas o meta-
teóricas en torno a la viabilidad de una teoría de la argumentación falaz.
En el capítulo anterior ya tuvimos ocasión de aproximarnos a ellas, pero
su interés y su relieve las hacen merecedoras de mayor atención.
1. VARIACIONES HISTÓRICAS
En la segunda parte, al llegar el momento de esbozar una reconstrucción
histórica de la formación y desarrollo de las ideas sobre las falacias, ve-
remos con detalle algunas de estas variaciones. En principio, cabe reco-
60
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
nocer que disponemos de diversas perspectivas para apreciarlas. Podría-
mos, por ejemplo, seguir el rastro de dos concepciones de las falacias:
unas las ve en tanto fallos o defectos internos del producto examinado,
como el debido al incumplimiento de una condición o un criterio de eva-
luación, desde un punto de vista textual y monológico relativamente afín
al de la lógica formal o informal tradicional; otras, en cambio, las conside-
ra más bien fallos o defectos externos del proceder argumentativo, como
el debido al mal uso de un esquema o a la violación de una norma de
procedimiento, desde un punto de vista contextual y dialógico. No se-
rían, por lo demás, perspectivas absolutamente incompatibles entre sí;
pueden tomarse como complementarias. Pero ahora tiene más interés
otra visión panorámica de mayor alcance y significación, y a ella me voy
a atener. Es la centrada en dos tradiciones u orientaciones principales
que han venido conformando a lo largo de la historia nuestra concep-
ción de las falacias. Para distinguirlas acentuaré uno de sus respectivos
rasgos y llamaré «discursiva» a una, más interesada en la identificación y
evaluación de falacias usuales, y «cognitiva» a la otra, más interesada en
considerar la aparición o producción de errores discursivo-cognitivos y
procurar una explicación al respecto
1
.
En la tradición discursiva, que cabe remontar a las Refutaciones so-
físticas de Aristóteles, se adopta una perspectiva más bien normativa so-
bre la comisión de falacias, entendidas como vicios discursivos censura-
bles que suponen un contexto expresamente argumentativo, y cobran
especial importancia su detección y prevención. En la tradición cognitiva,
donde obran de modo especial otras raíces más modernas como los ído-
los de Francis Bacon, se adopta una perspectiva más descriptiva; las fala-
cias se consideran errores —y fuentes de error— discursivo-cognitivos, y
merecen especial atención su generación y explicación. No son alterna-
tivas estancas ni excluyentes, sino que, por lo regular, marcan tendencias
que se dejan sentir con mayor o menor peso en diversos autores, en un
mismo autor a veces. Así, en Aristóteles, la discursiva tiene más presen-
cia e importancia que la cognitiva, aunque esta también se deje ver en las
referencias a la falta de competencia discursiva de los propios agentes o
a ciertas semejanzas de aspecto para explicar la apariencia de corrección
de los argumentos falaces. Y saltando al otro extremo del arco histórico,
veintitantos siglos después, encontramos que los paralogismos reciben
en Vaz Ferreira un tratamiento combinado, aunque en su Lógica viva pre-
valece la orientación cognitiva, y se presta mayor atención a los modos y
las causas de incurrir en el error, antes que a otras cuestiones más afines
1. Una y otra comparecen bajo las denominaciones de tradición lógico-dialéctica
y tradición naturalista en la entrada de Carlos Pereda «Falacia», en Vega y Olmos (eds.)
(
2
2012: 249-253).
61
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
a la orientación discursiva, como las normas de evaluación y corrección
del discurso o los criterios de discernimiento entre la argumentación fa-
laz y la cabal o correcta.
Ambas orientaciones marcan o acentúan aspectos diversos de la
condición falaz al considerarla en diferentes perspectivas. La orienta-
ción discursiva es una tradición con mayor solera histórica y tiene ma-
yor peso en las contribuciones clásicas al estudio de la argumentación fa-
laz. Está interesada en la identificación y evaluación de las falacias como
actuaciones discursivas ilegítimas —sean productos, procesos o proce-
dimientos—, de modo que la condición falaz consiste no solo en un fa-
llo o una falta de virtud, sino en la violación de una norma o en un vicio
positivo. Así pues, las falacias son objeto no solo de corrección sino de
denuncia, sanción y censura, y su comisión no es en principio una op-
ción razonable. La corrección y la sanción pueden tener además mayor
o menor alcance: en el primer caso, la condición falaz daría al traste sin
remedio con el argumento, mientras que en el segundo caso produciría
un daño reparable. Y, en fin, en esta perspectiva normativa también co-
bra relieve la distinción entre sofismas y paralogismos; no precisamente
como un punto, digamos, «psicológico» de intención o inadvertencia,
sino como una cuestión, digamos, «jurídica» de depuración de respon-
sabilidades en una línea similar a la tendida entre el polo del dolo, que
aquí correspondería al sofisma, y el polo de la culpa, correspondiente
al paralogismo.
La tradición cognitiva, por su parte, se halla interesada en la produc-
ción y explicación de las falacias como errores, fallos o sesgos primordial-
mente cognitivos. En esta orientación, más descriptiva y explicativa que
normativa, son cuestiones relevantes las fuentes de error y las condicio-
nes o los factores generadores de errores, que pueden y suelen tener que
ver con ciertos modos naturales de responder cognitivamente a las de-
mandas del medio. La condición falaz estriba en un proceder viciado o
deficiente que parece estar en orden o aparenta discurrir como es debi-
do. Esta noción de falacia puede ser más genérica que la discursiva. En
todo caso, las falacias son objeto de corrección e incluso de compren-
sión falibilista no solo en el sentido de que con frecuencia nos vemos
abocados a cometer errores y muchas veces los cometemos de buena fe,
sino incluso en el sentido de que a veces es razonable cometerlos
2
. Por lo
demás, esta tradición se ha desarrollado en dos direcciones, una —diga-
mos— naturalista, que se atiene a referencias y explicaciones de carácter
antropológico y psicológico, y la otra socioinstitucional, más pendiente
de marcos ideológicos y matrices prácticas.
2. Cf., p. ej., Vaz Ferreira (2008: 118-119) sobre ciertos usos razonables de la falsa
precisión. Para un planteamiento general y programático puede verse Woods (2005).
62
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Pese a sus tendencias divergentes, nuestras dos tradiciones no cons-
tituyen, como ya he advertido, orientaciones netas y excluyentes, y en
ocasiones pueden concurrir en mayor o menor grado como una suer-
te de variantes tendenciales. Al margen de esta relativa convivencia, no
dejan de compartir desde sus respectivas perspectivas ciertos rasgos que
se suponen característicos del perfil de las falacias. Me limitaré a men-
cionar dos. Por un lado, comparten la idea de la (falsa) apariencia de las
falacias, sea inducida por factores subjetivos u objetivos, sea debida a in-
advertencia o fraude; en todo caso, se trata de un aspecto añadido que
distingue una falacia de un mero fallo, sesgo o error, y que por ello pide
no solo discernimiento, sino alguna suerte de explicación. Por otro lado,
ambas comparten el reconocimiento de cierta normatividad en juego, bien
en sentido débil, bien en sentido fuerte. En su sentido débil, digamos
como normatividad
1
, descansa en la presunción de un saber hacer o de
una competencia discursiva y cognitiva: aplicada a los casos falaces, marca
el proceder de un modo indebido o el no proceder tan bien como se debe-
ría. En su sentido fuerte, como normatividad
2
, aparte de contar con una
presunción similar de la capacidad pertinente de los agentes y con la dis-
posición por su parte a su ejercicio razonable, señala el incumplimiento
o la violación de una norma del discurso y apunta, más allá de un códi-
go específico, una amenaza a ciertas condiciones o supuestos o propó-
sitos del discurso mismo.
2. VARIACIONES METATEÓRICAS:
HIPÓTESIS ACERCA DE UNA TEORÍA DE LAS FALACIAS
Recordemos el cuadro de «hipótesis» avanzadas en torno a la viabilidad
de una teoría de las falacias (véase más arriba cap. 1, § 2.2). Servirá para
armar la exposición de estas variaciones:
1) Hipótesis nulas
1.1) No hay tal teoría ni, al parecer, puede haberla.
1.2) Sería una empresa improcedente.
2) Hipótesis mínimas
2.1) Teorización viable en la línea de la «contrapar-
tida».
2.2) Por la vía pragmática de los esquemas argumen-
tativos.
2.3) Por una vía explicativa cognitiva naturalista.
3) Hipótesis máximas Teorías reductivas o unificadoras de las falacias.
63
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
2.1. Hipótesis nulas
Bajo este epígrafe se agrupan las consideraciones que ponen en cuestión
la viabilidad misma de una teoría de las falacias, en el sentido de que no
cabe contar con una teoría adecuada al respecto, por diversos motivos,
o incluso en el sentido de que la pretensión misma de una teoría cabal
en este terreno resulta improcedente.
2.1.1. No hay una teoría de las falacias ni, al parecer, puede haberla
Un primer motivo de la inviabilidad de una teoría comprensiva y siste-
mática de las falacias es la infinitud de los errores que puede cometer el ser
humano. «El error es infinito en sus aberraciones», sentenciaba un profe-
sor oxoniense de Lógica, Horace H. B. Joseph, a principios del siglo XX.
Esta referencia es un leitmotiv de una tradición académica moderna so-
bre las falacias, anterior y posterior al bueno de Joseph (1906: 569), en
la que se encuentran, por ejemplo, Augustus de Morgan (1847: 237), Mo-
rris R. Cohen y Ernest Nagel (1934: 382) o Scott Jacobs (2002: 122)
3
.
Se supone que esa «mala infinitud» no solo desafía cualquier intento de
catalogación y clasificación, sino que condena cualquier tratamiento sis-
temático de la argumentación falaz a ser incompleto e insatisfactorio.
Pero un motivo de este género no es muy convincente. Por un lado,
hace referencia a errores cognitivos y discursivos en general antes que a
falacias en particular; el caso más aproximado sería el de Jacobs cuando
alude expresamente a «los modos como puede ir mal una argumenta-
ción». Por otro lado, es una objeción contra las pretensiones taxonómi-
cas tradicionales antes que contra unas pretensiones teóricas que bien
pueden contemplar unos determinados tipos o patrones en número fini-
to, en lugar de la mala infinitud de todos los casos lógicamente posibles.
Y, en fin, como hace notar Johnson (1995), se trataría de una cuestión
análoga a la de los errores gramaticales que, con ser también numerosos
y frecuentes, no impiden ni desautorizan la elaboración de una teoría gra-
matical.
Hay motivos más serios. De acuerdo con la idea tradicional de fala-
cia como argumento inválido que aparenta validez, una teoría de la fa-
lacia debería incluir una teoría de la invalidez y una teoría de la (falsa)
apariencia. Pues bien, para empezar, la pretensión de esa teoría de la in-
validez no está justificada. En primer lugar, parece alentar suposiciones
erróneas al calor de una falsa analogía entre la determinación de la va-
3. Pero no faltan precedentes tan lejanos como la referencia de la Logique de Port-
Royal (1662) a la inagotable fecundidad del espíritu humano para alumbrar errores
(Parte III, cap. XX, p. vi).
64
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
lidez y la determinación de la invalidez. Esta es la situación denunciada
por la tesis de asimetría de Massey (1975)
4
. En segundo lugar y como
consecuencia de las peculiaridades lógicas de la invalidación, no cabe
disponer, al menos por el momento, de una teoría adecuada y efectiva a
este respecto; así que, en suma, no podemos contar con una teoría ade-
cuada de las falacias, concluye Massey (1981).
Se puede detallar un poco más esta objeción aparentemente radical
a través de ciertos principios y ciertas suposiciones. Así, nos encontra-
mos con dos principios:
1) Principio de la forma: Todos los argumentos que son instancias
—o casos de aplicación— de formas argumentativas válidas, son argu-
mentos válidos.
Es decir, si un argumento dado, A, es instancia de una forma válida,
A es válido. Pero también vale su conversa: si A es válido, A es instancia
de una forma válida. De modo que, en suma, tenemos una versión fuer-
te de (1) como principio de la forma lógica:
1*) Principio de la forma lógica: un argumento cualquiera, A, es vá-
lido si y solo si A es instancia de una forma argumentativa válida; por
«válida» cabe entender aquí «convalidable en algún sistema lógico dis-
ponible».
2) Principio de la traducción: Las traducciones formales de argumen-
tos válidos son válidas y las de argumentos inválidos son inválidas. Es
decir, sea A
F
la traducción formal de un argumento dado A; entonces,
A
F
es válida o inválida según que A sea válido o inválido.
Ahora, para alentar las expectativas de una teoría de la invalidez, se
añade a estos principios una suposición crítica: la suposición de que el
caso de la invalidez procede como el de validez, de modo que un argu-
mento es inválido si es instancia de una forma inválida —versión débil
paralela al principio (1)—, o es inválido si y solo si es instancia de una
forma inválida —versión fuerte paralela al principio (1*)—.
Sin embargo, no solo el principio (2) de traducción ya es de suyo
discutible, sino que esta suposición adicional de correspondencia entre
validez e invalidez resulta falsa: descansa en una derivación ilegítima del
principio de la forma tanto en su versión fuerte como en su versión dé-
4. Hay precedentes críticos en este sentido. Oliver (1967) ya había denunciado la
falsa analogía que daban en suponer algunos manuales entre un criterio usual C: «el argu-
mento A es válido si es instancia de una forma argumentativa válida», y el pseudoanaloga-
do C': «el argumento A es inválido si es instancia de una forma argumentativa inválida».
Está claro que C' no se sigue de C, contra esa suposición escolar habitual por entonces.
Uso el neologismo «instancia» en el sentido técnico de caso de aplicación de una forma o
un esquema lógicos.
65
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
bil. Baste reparar, sin ir más lejos, en que todos los argumentos que re-
vistan una forma silogística canónica y, por ende, sean reconocidos como
válidos en la lógica aristotélica, serían instancias de formas inválidas en
la lógica de conectores de enunciados estándar
5
. ¿A qué carta nos que-
damos? O, por ejemplo, considérese este remedo de argumento A:
Si algo ha sido creado, todo ha sido creado.
Ahora bien, todo ha sido creado.
Luego, algo ha sido creado.
A puede revestir una forma proposicional, A
FP
, o una forma cuan-
tificacional A
FC
:
A
FP
: ‘P → Q A
FC
: ‘∃x (Cx) → ∀x (Cx)
Q ∀x (Cx)
∴ P’ ∴ ∃x (Cx)’
Forma inválida
6
. Forma válida.
Según el criterio (1*) de validez, A sería un argumento válido con-
forme a su versión de convalidación A
FC
; pero según el criterio para-
lelo de invalidez antes supuesto, A también resultaría inválido bajo la
versión A
FP
.
A juicio de Massey, lo menos que se desprende de tales casos es la
falsedad del supuesto paralelismo. Por el contrario, hay que reconocer
la existencia de una asimetría, a saber:
Para mostrar que un argumento es válido, basta parafrasearlo en una forma
argumentativa demostrablemente válida de algún sistema lógico existente;
para mostrar que un argumento es inválido, es necesario mostrar que no
puede parafrasearse en una forma argumentativa válida de ningún sistema
lógico, real o posible (Massey, 1975: 66; cursivas en el original).
En el presente contexto, la objeción de Massey puede prestarse a
un despliegue como el siguiente: a) Las falacias son, en todo caso, ar-
gumentos inválidos. Entonces, b) para mostrar que un argumento cual-
quiera es una falacia, hemos de mostrar que es un argumento inválido.
Pero c) no hay un método formalmente adecuado para mostrar que un
argumento cualquiera es inválido. Así pues, d) no estamos en condicio-
nes de mostrar que un argumento cualquiera es inválido de un modo
5. Por ejemplo, el silogismo canónico en barbara: «Todo A es B, todo B es C; lue-
go, todo A es C», cobraría en lógica de conectores la forma: «P, Q; luego, R», obviamente
inválida.
6. Se trata de la famosa «falacia lógica de afirmación del consecuente».
66
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
teórica o sistemáticamente adecuado. Luego, e) no hay una teoría ade-
cuada de las falacias.
Este desarrollo crítico ha suscitado a su vez varias réplicas de mayor
o menor gravedad y relevancia. Una, relativamente temprana y en todo
caso contundente, fue la de Govier (1987) que hacía referencia a la re-
lación entre el carácter falaz y la invalidez de los argumentos que da en
suponer Massey en (a) y (b). Ninguno de estos supuestos es aceptable.
La invalidez lógica no es una condición necesaria —ni una condición su-
ficiente— del carácter falaz de un argumento: hay argumentos inválidos
que pueden no ser falaces y argumentos válidos que pueden serlo. Apar-
te de que pensar en los términos de (a) y (b), equivaldría como mínimo a
reducir todos los argumentos, y por derivación las falacias, a deduccio-
nes pretendidas, y así dejar la lógica informal, y por derivación la teoría
de la argumentación falaz o no, prácticamente sin empleo.
Como muestra de otras observaciones críticas de orientación distin-
ta podemos recordar las de Woods (1995) que, por su parte, formula una
contratesis de simetría en los términos: «No hay teoría de la validez o de la
invalidez para los argumentos en lenguaje natural». Esta vuelta de tuerca
descansa en la constatación de que no hay un procedimiento que ase-
gure la efectividad de traducción unívoca desde un lenguaje natural a
un lenguaje lógico formalizado. De ahí que el principio de traducción
que subyace en las empresas de convalidación o invalidación formal no
sea operativo y este fallo condene al fracaso ambas empresas. Por lo de-
más, Woods también asegura que no hay teoría de la invalidez en absolu-
to, ni siquiera informal. Recordemos, por ejemplo, el criterio informal
usual de invalidación de un argumento en razón de que, en su caso, no
se excluye la posibilidad de que las premisas sean verdaderas y la con-
clusión falsa. Pues bien, este criterio dista de constituir una teoría. En
realidad, no es sino el mero reverso de una definición de la consecuen-
cia lógica o de la relación de seguirse lógicamente de —si A es un argu-
mento lógicamente válido, su conclusión se sigue de las premisas en el
sentido de que no es posible que estas sean verdaderas y la conclusión
sea falsa—.
Más adelante, a la hora de considerar una perspectiva tradicional
o «estándar» sobre las falacias en el capítulo siguiente, volveremos a
revisar la relación entre validez formal y validez, con resultados que
vienen a desmentir no solo ciertos supuestos y extrapolaciones como
los planteadas por Massey, sino los principios básicos mismos de ese
planteamiento, como el principio fuerte de la forma y el principio de
la traducción.
67
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
2.1.2. Otra modalidad radical
Según otra modalidad de hipótesis nula, el empeño en perseguir una teo-
ría de la falacia es improcedente. De ser así, nos encontraríamos con di-
ficultades más serias, en apariencia al menos, que las que militaban antes
contra la viabilidad de una teoría cabal y sistemática. Pues en esta pers-
pectiva radical la empresa no solo resultaría inviable, sino que su plantea-
miento mismo estaría lejos de ser razonable o siquiera inteligible. Bien,
esto es lo que en parte se teme y en parte denuncia Cummings (2004).
Las aspiraciones de un teórico de las falacias han de ser, a juicio de
Cummings, similares a las de un investigador científico que busca teorías
completas, objetivas y ciertas sobre el objeto de su investigación. Ahora
bien, mientras que el científico da por supuesta la efectividad de sus re-
cursos racionales, de modo que su empeño es en principio razonable, el
teórico de las falacias no puede contar con ellos en la medida en que
su objeto de examen e investigación es justamente la racionalidad argu-
mentativa misma. Así que habrá de suspender sus propios presupuestos
y renunciar a esa racionalidad que se está poniendo en cuestión, para
confiar en otra suerte de tribunal metafísico y trascendental que vuelve
la empresa, en su conjunto, ininteligible. Este es, por lo demás, el desti-
no al que se verá condenado cualquier filósofo que trate de teorizar so-
bre la racionalidad en general: el de verse enfrentado a cuestiones irre-
solubles, por poner en cuestión los medios racionales de plantearlas y
resolverlas, y abocado a una empresa ininteligible, por tener que apelar
a una instancia irracional.
Dejemos al margen las ideas un tanto peregrinas de Cummings so-
bre algunos propósitos de la investigación científica —los de construir
teorías completas y ciertas, en especial— y sobre la imperiosa replica-
ción de esos ideales de compleción, objetividad y certeza en el estudio
de las falacias. Aquí nos bastará recordar dos puntos críticos. En primer
lugar, es obvio que el examen de unos productos o usos de la argumen-
tación, que discurren en un lenguaje objeto o de primer orden, puede
hacerse en un lenguaje metadiscursivo o de orden superior sin por ello
tener que renunciar en absoluto a la efectividad de los usos de la razón
discursiva: se trata de una capacidad reflexiva y analítica del discurso,
una especie de autocontención que no remite a extrapolaciones metafísi-
cas o a fugas fuera del ámbito de la razón. De modo análogo, cabe exa-
minar y corregir ciertos usos y abusos habituales del español con el pro-
pósito de establecer una gramática de la lengua española que, a su vez,
puede exponerse en un español correcto sin que el gramático crítico y
expositor haya de experimentar ningún calambre mental o lingüístico
por ello. El segundo punto es tan simple como el primero. También es-
triba en deshacer otro equívoco subyacente en el planteamiento de Cum-
68
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
mings: el propósito característico del investigador de la argumentación
falaz no consiste en buscar razones para ser racional, empresa que quizás
interese al filósofo de la racionalidad que no es necesario que nuestro
investigador lleve consigo o dentro de sí mismo. Antes bien, su propó-
sito característico consiste en determinar las condiciones y los casos en
que el discurso es falaz y, si los intereses del investigador son más ge-
nerales y sistemáticos, en elaborar una teoría comprensiva, coherente y
plausible al respecto.
2.2. Hipótesis mínimas
Las hipótesis mínimas nacen del supuesto de que la teoría de las falacias
es una empresa legítima y viable que, por cierto, va siendo hora de llevar
a cabo. Esta disposición tiene mayor interés que la negativa anterior en la
medida en que sus muestras nos hacen saber o, al menos, tratan de darnos
a conocer algunas características relevantes de las falacias en la perspecti-
va de la teorización propuesta. Más aún, puede ocurrir que dicha carac-
terización pretenda ser la derivada de una conceptualización más o me-
nos cabal y sistemática de la buena argumentación o del buen argumento,
así que el empeño en una teoría viable de las falacias formaría parte de
la búsqueda más general de una teoría de la argumentación. Este es justa-
mente el caso de las teorías que proponen entender las falacias como una
suerte de «contrapartida» de la argumentación cabal y correcta, de modo
análogo a como las sombras son contrapartida de la luz. Como veremos,
no será esta la única forma de plantearse o de avanzar una conceptualiza-
ción teórica de la argumentación falaz. Pero dada la significación y el in-
terés de las concepciones que parten de esa presunta correspondencia en-
tre la cara de la buena argumentación y la cruz de la argumentación falaz,
empezaremos por ellas la consideración de las propuestas que apuestan
por la viabilidad de la teorización en este pantanoso terreno.
2.2.1. Teorías de la contrapartida
Una muestra puede ser la representada por dos figuras señeras en la vin-
dicación y en los primeros desarrollos de la moderna Lógica informal,
así como testigos de excepción de esta historia naciente, Ralph John-
son y J. Anthony Blair. Ellos mismos han atestiguado los estrechos lazos
que habían unido esos primeros pasos con el interés por el estudio de
las falacias. El propio Johnson declara que fue el influjo de las falacias
calificadas de «informales» lo que les movió a dar el nombre de «Lógica
informal» —en vez del más convencional por entonces: «Lógica aplica-
da»— a la nueva disciplina anunciada en el primer simposio internacio-
nal de Windsor (Ontario), en junio de 1978.
69
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
Unos años después, en 1987, Johnson comentaba la revitalización
de la teoría de las falacias en la línea de su definición por contrapartida:
(F#) Una falacia es un argumento que viola uno de los criterios/estándares
del buen argumento y que se da en el discurso con la frecuencia suficiente
para merecer ser bautizado (Johnson, 1995: 116).
Esta propuesta descansaba en los siguientes supuestos:
1) La gente comete errores en el razonamiento y la argumentación.
2) Una categoría importante de estos errores puede caracterizarse
como no formal.
3) Los errores no formales pueden identificarse con arreglo a tipos.
4) Tales errores tienen lugar en el razonamiento con la frecuencia su-
ficiente para garantizar la utilidad de que sean catalogados y enlistados.
Pero Johnson y Blair podían ofrecer una versión más explícita de esta
propuesta como la recogida en 1993: «Por falacia entendemos un patrón
de argumentación que viola uno o más de los criterios (pertinencia, sufi-
ciencia, aceptabilidad) que deben satisfacer los buenos argumentos» (48).
Los criterios en cuestión (acceptability, relevance, sufficiency [ARS]/
good ground [ARG]) constituían, quizás, la caracterización más popu-
lar del buen argumento entre finales de los años setenta y principios de
los noventa. La propuesta asumía ahora, además, otra suposición bastante
discutible: el supuesto de que la distinción entre los argumentos buenos o
correctos y los argumentos falaces es neta y exhaustiva; nos vemos una
vez más ante las sombras y la luz, solo que ahora bajo un sol de justicia
a mediodía.
Johnson y Blair no dejaban de añadir una puntualización interesante:
El cargo de falacia no es nada más que un tanteo inicial del argumento. Es
un intento de localizar una debilidad potencial, no la aserción terminante
de que, debido a ese fallo, hay que echar el argumento por la borda. Aun
en el caso de que el cargo de falacia esté justificado, esto no significa que el
fallo del argumento sea irreparable (1993: 51).
En términos de Blair (1995: 333), se trataba de adoptar una visión
de la falacia como un daño reparable (the injury view) en una argu-
mentación —por ejemplo, mediante la incorporación de cláusulas de
cautela o de nuevas pruebas— antes que como un daño fatal o un mal
irreparable (the fatality view) que da al traste con el argumento en su
totalidad y sin remedio. De ahí resulta una perspectiva gradualista y
comprensiva de la gravedad del cargo de falaz imputado en primera
instancia a un argumento.
70
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Pero seguramente el empeño más cabal y deliberado de teorización
en la línea de la contrapartida es, hoy en día, el programa de la autode-
nominada «pragmadialéctica». Para empezar, dejemos que sean dos por-
tavoces tan autorizados como Van Eemeren y Houtlosser quienes decla-
ren este empeño del programa:
… Es bueno observar que aunque los teóricos de la argumentación recono-
cen generalmente que una teoría adecuada de las falacias presupone una teo-
ría adecuada de la argumentación correcta, esto no significa en absoluto el
reconocimiento general de que, además, las dos teorías deberían conectarse
entre sí de modo que cada falacia tuviera, por así decir, su contrapartida co-
rrecta. La relación entre la falacia y su contrapartida debería ser en efecto tal
que la razón de la incorrección de la falacia estuviera directamente relacio-
nada con la razón de la corrección de su contrapartida (2003: 289).
Es decir, la teorización adecuada de los argumentos falaces y la de
sus correlatos legítimos o correctos no solo han de discurrir parejas, sino
que deben compartir una misma base sistemática y explicativa.
Apuntada esta declaración de intenciones y principios, no estará de
más una presentación inicial del programa y de sus pretensiones teóricas.
Para empezar, su propio nombre indica una composición de pragmática
y dialéctica. Por lo que concierne a la primera, consiste en la visión del
discurso argumentativo como un intercambio contextualizado de actos
de habla complejos —formados sobre la base de actos de habla simples
como aserciones, por ejemplo—, que se inspira en parte en la teoría es-
tándar de los actos de habla de Searle pero sobre todo en Grice, singular-
mente en su principio de cooperación y sus máximas de comunicación. El
principio de cooperación, según es bien sabido, regula las contribuciones
al curso de la conversación, de modo que respondan a su dirección y pro-
pósito en cada momento, y se toma como una presunción propiamente
dicha: «En ausencia de pruebas en contra, los oyentes pueden asumir que
el hablante se atiene al principio de Cooperación» (Eemeren y Grooten-
dorst, 1992: 50). Las máximas, dirigidas a los que participan en calidad
de proponente y oponente en una discusión, se dejan concretar en estos
términos: «Sé claro, honesto, eficaz y ve al grano». Por lo que se refiere al
segundo miembro, la dialéctica, consiste en la visión del intercambio dis-
cursivo entre los participantes en la discusión como un intento metódico
de resolver una diferencia de opinión sobre la base de los méritos respec-
tivos de las posiciones encontradas y mediante un procedimiento de con-
frontación regulado. Una discusión de este tipo se considera crítica, oficia
como paradigma del debate razonable y supone un código de buena con-
ducta o de buen proceder argumentativo a este respecto.
Las pretensiones teóricas del programa son, a su vez, de dos tipos:
unas son más bien analíticas, las otras en cambio sistemáticas. Las pri-
71
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
meras tienen que ver con el análisis y la determinación de la calidad
de la actuación discursiva en el curso de un intercambio dialéctico y se
centran en la distinción entre i) normas para dicernir pasos o manio-
bras razonables y no razonables; ii) criterios para decidir cuándo se ha
violado efectivamente una norma; iii) procedimientos para establecer
si un determinado acto de habla argumentativo satisface o no esos crite-
rios de transgresión de una norma. Las segundas componen el núcleo dis-
tintivo del programa en su empeño de teorización de la buena argumen-
tación y las falacias. Consisten sustancialmente en la disposición de tres
elementos capitales de la constitución sistemática del programa, a saber:
i´) La adopción de la discusión crítica como modelo y marco gene-
ral del objetivo característico de resolver de modo razonable y aceptable
una diferencia de opinión.
ii´) La propuesta de un conjunto de normas o reglas de procedimiento
dialéctico, cuyo cumplimiento sanciona la resolución razonable del deba-
te y, en consecuencia, la buena conducta argumentativa en ese contexto.
iii´) La estipulación de una conexión sistemática de las falacias con
dichas reglas: cada transgresión de una regla representa una amenaza,
un obstáculo o un movimiento en falso con respecto a esa pretendida
resolución, así que constituye una falacia. En este supuesto se funda la
pretensión fuerte del programa: la idea de que la razón de la incorrec-
ción de una falacia guarda una relación estrecha y directa con la razón
de la corrección de la regla violada o ignorada.
A estas pretensiones básicas, se añade otra también relevante en la
perspectiva teórica: una pretensión integradora de ciertos aspectos y plan-
teamientos coetáneos en el estudio de la argumentación, como los lógi-
cos y los retóricos, amén de los dialécticos. Así, según una declaración de
finales de los ochenta, atenta a la asociación entonces común de la lógica
con el producto expreso de la argumentación, de la dialéctica con el pro-
cedimiento de intercambio y de la retórica con el proceso de comunica-
ción, «en el planteamiento dialéctico, el planteamiento orientado al pro-
ducto y el orientado al proceso de la argumentación están combinados»
7
.
Más tarde, a partir de los años 1998 y siguientes, el programa procura-
rá integrar en efecto, a través de la idea de maniobra estratégica, cier-
tos aspectos retóricos como el objetivo de persuadir a la otra parte en la
discusión. En esta perspectiva, el objetivo de la argumentación deviene
doble: consiste en 1) resolver de modo razonable y normalizado una di-
7. Véase Eemeren y Grootendorst (1988: 281). Pero, en aquellos años, la integra-
ción de los aspectos y procesos retóricos no pasaba de ser, en el mejor de los casos, un de-
seo que no se había hecho realidad.
72
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
ferencia de opinión en el marco de una discusión crítica, y 2) persuadir
de esa resolución o hacerla aceptable a la otra parte. De este modo a la
razonabilidad dialéctica viene a sumarse la eficacia retórica.
Conociendo estos supuestos no va a constituir ninguna sorpresa la
concepción pragmadialéctica de la argumentación falaz. Se desenvuel-
ve, digamos, en tres planos. En el plano superior, contempla una suerte
de criterio directriz o metacriterio para caracterizarla y sancionarla: una
falacia representa una obstrucción o frustración de la resolución razo-
nable de una diferencia de opinión en el curso de una discusión crítica
8
.
En el segundo plano, se ofrece un criterio general de identificación: una
falacia consiste en la violación de una o más reglas del código de buena
conducta argumentativa en el curso de dicha discusión. Se supone que
el cumplimiento de las reglas facilita el logro del objetivo de la discusión
crítica, tanto como su incumplimiento lo dificulta, y es la codificación ca-
bal de estas reglas la que hace funcional, operativa y discriminatoria, la
directriz superior. «El problema de distinguir entre la argumentación
correcta y la argumentación falaz coincide con el problema de determi-
nar si una regla pragmadialéctica de la discusión ha sido violada» (Eeme-
ren y Houtlosser, 2003b: 397). En el desarrollo ulterior del programa
en términos de maniobras estratégicas, estas violaciones cobrarán la for-
ma de descarríos o descarrilamientos (derailments) que priman la efecti-
vidad suasoria a costa de la razonabilidad: «… las falacias no son movi-
mientos enteramente diferentes en comparación con sus contrapartidas
razonables, sino descarrilamientos o descarríos de estas contrapartidas
razonables» (Eemeren, 2011: 37). Es interesante que esta idea del ma-
niobrar estratégico en el curso del debate, para atender el doble objetivo
de justificación y persuasión, traiga consigo la imagen de una especie de
continuo entre los movimientos razonables y los falaces, y una sensibi-
lidad mayor hacia el contexto de la discusión. Por último, en un tercer
plano más concreto y aplicado, también cabe considerar ciertos criterios
específicos como los derivados de la regulación propia de un determi-
nado marco institucional del discurso público, por ejemplo, el jurídico,
pero también el parlamentario, el médico o el académico, que parecen
orientar las líneas más recientes de la investigación dentro del programa
(véase Eemeren, 2011: 40-42).
La popularidad del programa pragmadialéctico entre los interesados
por la argumentación reside principalmente en su codificación de la buena
conducta o del buen proceder argumentativo en el curso de una discusión
crítica, regulación correspondiente al segundo plano antes señalado. Aun-
8. Ya sabemos que por discusión crítica se entiende la que procede a dirimir la cues-
tión discutida de modo razonable y sobre la base de los méritos propios de las posiciones
concurrentes.
73
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
que no siempre ha tenido una versión única y uniforme
9
, aquí me atendré
a la más conocida: una versión canónica que propone un código de diez
mandamientos de la buena argumentación o, quizás mejor dicho, del buen
argumentador, cuyo incumplimiento determina el cargo de falacia.
Como ya sabemos, este código descansa en un supuesto básico: el
propósito característico de una discusión crítica consiste en la resolu-
ción razonable de la cuestión planteada. De ahí se desprenden dos di-
rectrices primordiales: a) La conducta discursiva de los participantes en
la discusión será cooperativa en tal sentido; lo cual, sin ir más lejos, im-
plica velar por el éxito de la conversación: hacer que las contribuciones
sean oportunas y congruentes con el sentido de la conversación, y regirse
por las máximas asociadas a este principio de cooperación, como las
de ser veraz, ser claro y no decir sino lo pertinente. b) Cada una de las
partes adoptará una disposición razonable hacia el curso y la suerte de la
argumentación, es decir, estará dispuesta a reconocer no solo la fuerza,
sino la debilidad relativa de sus argumentos frente a los argumentos con-
trarios y a renunciar a su posición cuando se vea indefensa ante ellos.
Por otro lado, también se supone que una discusión crítica tiene lu-
gar entre dos partes que actúan como los personajes dialécticos de un
proponente y un oponente, en torno a una tesis o una propuesta en cues-
tión, y que el proceso atraviesa ideal o típicamente por cuatro fases: 1)
fase de apertura en la que se exterioriza o plantea un conflicto; 2) fase de
confrontación en la que se negocia y se acuerda la manera de llevar a cabo
el debate; 3) fase argumentativa, en la que entran en juego las argumen-
taciones y contraargumentaciones en torno a la cuestión debatida; y 4)
fase de clausura y desenlace, durante la cual se considera la forma apro-
piada de concluir la discusión y se conviene en su punto final. La regula-
ción de la interacción dialéctica habrá de tener en cuenta estas fases del
proceso de la discusión.
El código propuesto es, como ya había anunciado, un decálogo.
Acompañaré la formulación de cada una de las diez reglas con la mención
de algunas transgresiones típicas en su caso.
I. Ningún participante debe impedir a otro tomar su propia posición,
positiva o negativa, con respecto a los puntos o tesis en discusión.
Se aplica ante todo a la fase inicial. Las transgresiones de la regla
dan en descartar un posible punto de confrontación —«Mire, de eso no
9. Su primera formulación procedía en términos afirmativos y negativos de debe-
res y obligaciones, véase Eemeren y Grootendorst (1987). Luego fueron ganando espa-
cio las formulaciones negativas, p. ej., en Eemeren y Grootendorst (1992: 208-209), has-
ta llegar a cubrirlo por completo en términos de prohibiciones en Eemeren y Houtlosser
(2004: 190-196). Por lo demás, las reglas no siempre han sido exactamente diez. Véase
Zenker (2007a).
74
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
quiero ni oír hablar»— o al propio interlocutor —«Usted no está en con-
diciones de contradecirme a mí», «Esta es una cuestión demasiado sutil
para sus entendederas»—, o quizás a uno y otro —«Nadie en su sano
juicio me discutirá esto»—.
II. Quien sostenga una tesis, está obligado a defenderla y responder
de ella cuando su interlocutor se lo demande.
Se aplica ante todo a la fase (2) en que se acuerda el procedimien-
to que seguir. También puede violarse de distintos modos, por ejemplo,
eludiendo la carga de la prueba —«Los hechos hablan por sí mismos»,
«Te aseguro que es así, palabra (por mis muertos, etc.)»— o tratando de
endosársela al interlocutor —«Si no me crees, demuéstrame que no ten-
go razón»—.
III. La crítica de una tesis debe versar sobre la tesis realmente soste-
nida por el interlocutor.
Puede aplicarse a todas las fases del proceso y regula el papel del
oponente. Un oponente viola esta norma cuando atribuye al proponente
una tesis ficticia o una propuesta harto simplificada, cuando caricaturi-
za su posición para hacerle decir lo que no dice —«Sé muy bien cuál es
su postura en esta discusión del proyecto de ley. La resumiré en pocas
palabras: usted pretende que los delincuentes entren por una puerta en
el juzgado y salgan tan ricamente por la otra», «Usted dice A, pero dado
que usted es empresario (o sindicalista, o miembro de una ONG, o lo
que se tercie), lo que usted sostiene es B, una tesis inaceptable por ser
claramente interesada»—.
IV. Una tesis solo puede defenderse con argumentos referidos justa-
mente a ella.
Aunque sea una regla especialmente oportuna en la fase tercera o
argumentativa, podría considerarse correlativa de la anterior para el pa-
pel del proponente. Suele transgredirse trayendo a colación razones no
pertinentes o alegaciones que poco o nada tienen que ver con la posi-
ción asumida —«Hay siete planetas porque el cosmos es una composi-
ción perfecta y el siete es la suma de dos números cabales en su géne-
ro, el número par cuatro y el número impar tres»—. También pueden
violarla referencias demasiado genéricas o desviadas del punto en discu-
sión —p. ej., motivaciones del tenor de «Así es, porque así piensa, en el
fondo, todo el mundo», o del tipo de «Todos hemos de aceptar esta ley
de calidad de la enseñanza porque a todos, al margen de nuestras ideas
sobre política educativa, nos preocupa la educación de nuestros hijos»,
cuando se supone que son varias y diversas las alternativas legales acor-
des con esta preocupación—.
75
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
V. Todo interlocutor puede verse obligado a reconocer sus supuestos
o premisas tácitas y las implicaciones implícitas en su posición, debida-
mente explicitadas, así como verse obligado a responder de ellas.
La regla también se aplica especialmente a la fase argumentativa. Un
proponente puede transgredirla negándose a admitir tales supuestos o
implicaciones; un oponente, a su vez, puede violarla por exageración
o por deformación de lo que pretende descubrir y explicitar en la parte
contraria. En el primer caso, el proponente trata de eludir las responsa-
bilidades contraídas o, en particular, la carga de la prueba; en el segundo
caso, el oponente trata de descalificar la tesis en cuestión embarcándola
en compromisos desmesurados o absurdos. Por lo demás, puede ocurrir
que en una discusión acalorada se sucedan las transgresiones de uno y
otro tipo por parte de los contendientes. Sirva de muestra el breve ex-
tracto de un debate retransmitido por la BBC a principios de 1990: los
participantes eran matemáticos y la discusión giraba en torno al alcance
y la significación de las pruebas asistidas por ordenador en matemáticas,
un tema candente no solo por la creciente presencia de los ordenadores
en la resolución de problemas complejos, sino por otras cuestiones aso-
ciadas, como las planteadas por el desarrollo de la inteligencia artificial,
en general, y por el desafío que las nuevas pruebas por ordenador repre-
sentaban para la idea de demostración matemática, en particular, habida
cuenta de la suposición tradicional de que tal demostración consiste en
un proceso cabalmente deductivo, comprensible y controlable por los
miembros de la comunidad matemática. Pero veamos cómo, en ese ex-
tracto, dos participantes en el debate, uno en el papel de proponente (P)
y otro en el de oponente (O), ignoran o violan la regla V. Dejo al lector
el placer de detectar por su cuenta los dos tipos de transgresión.
O: Si admites que todos los resultados de las pruebas asistidas por
ordenador, como «el teorema de los cuatro colores», son teoremas ma-
temáticos genuinos, aceptas implícitamente que hay pruebas matemáti-
cas al margen de la idea clásica de demostración y que, a veces al menos,
el conocimiento matemático discurre como un conocimiento empírico.
P: Bueno, yo no diría tanto. La verdad es que rehúso pronunciarme
sobre cosas como la índole del conocimiento matemático o la idea de
demostración: son cosas de filósofos.
O: Pues yo aún diría más: tu admisión del «teorema de los cuatro
colores» implica que habrás de reconocer que los ordenadores de cierta
potencia, p. ej., de quinta generación, han de ser admitidos como miem-
bros ordinarios de la American Mathematical Society
10
.
10. El resultado de los «cuatro colores» (bastan cuatro colores distintos para dividir
cualquier mapa en regiones, de manera que no haya dos regiones adyacentes, con líneas
76
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
VI. Debe considerarse que una tesis o una posición ha sido defendida
de modo concluyente si su defensa ha consistido en argumentos deriva-
dos de un punto de partida común.
También se aplica ante todo a la fase argumentativa del proceso de la
discusión, aunque luego tenga incidencia sobre su desenlace. Puede verse
violada por ambas partes. Por parte del proponente de una tesis, cuando
da en tomar una suposición que le conviene como si fuera un supuesto
que hubiera compartido desde un principio su oponente —son transgre-
siones típicas las presuposiciones sembradas de equívocos y las peticiones
de principio «Tengo razón en afirmar lo que afirmo porque es la pura ver-
dad»—. Y es violada por parte del oponente cuando pone en duda o des-
miente, como táctica autodefensiva, alguno de los puntos que se habían
convenido o asumido inicialmente —«Sí, en algo así habíamos quedado,
pero es que no me entendiste bien (donde dije digo quería decir Diego)»—.
VII. Debe considerarse que una tesis o una posición ha sido defendi-
da de modo concluyente si su defensa ha consistido en argumentos co-
rrectos o resultantes de la oportuna aplicación de esquemas o pautas de
argumentación comúnmente admitidas.
Es una regla paralela a la anterior, si bien atiende a otro género de con-
venciones o acuerdos que no se refieren tanto a puntos sustantivos como
a formas de procedimiento inferencial y discursivo. Entre sus violaciones
figurarían muchos y variados ejemplares de la fauna tradicional de las fa-
lacias, en particular: a) la familia de las falacias cometidas en nombre de
una pauta inadecuada, o b) la familia de las cometidas mediante la apli-
cación inadecuada de una pauta. Entre las primeras (a) descuellan la que
se ampara en una autoridad dudosa −«La decisión política de desarrollar
los programas de armamento nuclear es acertada porque cuenta con la
bendición del doctor K, todo un nobel de física»— y la que se remite a
unas consecuencias deseables o indeseables —«Eso tiene que ser verdad
(o eso no puede ser verdad) porque contribuye a consolidar (o, respecti-
vamente, a destruir) los sagrados valores de nuestra fe cristiana»—. Entre
las segundas (b) destacan el abuso de la generalización —«Sé muy bien
cómo se las gastan los inmigrantes procedentes de Z: una vez contraté a
uno de allí»—, o el abuso de la analogía —p. ej., el argumento de Platón
(Timeo, 32a-b) según el cual los elementos del universo, al no ser planos
de frontera comunes, que tengan el mismo color) fue establecido en 1976, mediante una
prueba que incluía unos procesos de comprobación de configuraciones posibles que solo
podían verificarse por ordenador. Estos procesos, en algunos tramos, resultaban inaccesi-
bles para el usuario, así que contravenían la cogencia y la posibilidad de un control cons-
ciente y deliberado del proceso discursivo tradicionalmente asociadas a la idea clásica de
demostración. No obstante, la comunidad matemática ha reconocido este resultado como
un teorema establecido, confirmado luego por una prueba más sencilla en 1996.
77
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
sino sólidos, requieren dos medias proporcionales para hallarse en pro-
porción continua; de ahí que el demiurgo colocara el agua y el aire entre el
fuego y la tierra, de modo que el fuego fuera al aire como el aire al agua,
y el aire fuera al agua como el agua a la tierra—.
VIII. Los argumentos (deductivos) utilizados en el curso de la discu-
sión deben ser válidos o convalidables mediante la explicitación de todas
las premisas tácitas codeterminantes de la conclusión.
Esta regla, que también afecta sustancialmente a la fase argumen-
tativa del proceso de la discusión, podría considerarse como una señal
de que la perspectiva dialéctica es capaz de acoger, dentro de su propio
marco, una perspectiva lógica sobre la corrección del argumento como
producto textual. Ahora bien, la explicitación cabal y la convalidación
de los tradicionalmente llamados «entimemas» o argumentos textualmen-
te incompletos, presentan por lo regular más problemas que los previs-
tos tras una lectura rutinaria de su texto expreso. Baste reparar en que
cualquier argumento dado podría ser, en principio, completado y refor-
mulado de modo que resultara trivialmente completo y válido, a través
de su condicionalización: si son ciertas las premisas P
1
, P
2
, …, P
n
, no
es menos cierta la conclusión C. Por otro lado, no estará de más recor-
dar una imagen habitual de la argumentación cuando se piensa en enti-
memas: en el marco de una conversación y en la perspectiva de la inte-
racción discursiva, todo argumento es un iceberg con parte de su masa
oculta y un tanto a merced de la dinámica subyacente en el curso de la
comunicación, de modo que a veces el cumplimiento cabal de esta regla
parecerá un empeño irrealizable. En todo caso, toca uno de los puntos
del análisis de la argumentación más sensibles a los problemas de la in-
terpretación y sus proyecciones cooperativa y caritativa.
IX. El fracaso en la defensa de una tesis debe llevar al proponente a
retractarse de ella y, por el contrario, el éxito en su defensa debe llevar al
oponente a retirar sus dudas acerca de la tesis en cuestión.
La regla se aplica a la fase final del proceso de la discusión y trata
de orientar su posible resolución en un desenlace convenido por las dos
partes enfrentadas. Pero puede prestarse a transgresiones y abusos tan-
to por una parte como por la otra: el proponente puede, por ejemplo,
conferir un valor absoluto a su triunfo relativo sobre las objeciones del
antagonista —«Como, al parecer, ya no te quedan más réplicas, lo que
sostengo es verdad»—; mientras que el oponente puede, en el caso con-
trario, tomar como absolutamente falsa la tesis que el proponente no ha
sabido defender. Son tentaciones peligrosas porque hacen depender la
suerte de una discusión del menos competente y más lerdo de los par-
ticipantes. En el mundo habitual de la argumentación, rara vez visitado
por verdades o falsedades absolutas, por un truismo lógico o por una
78
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
contradicción expresa, cobran suma importancia las virtudes y las habi-
lidades dialécticas de quienes discuten, pues de ellas, en buena medida, de-
penderán el desenlace del debate y la consideración ulterior que la tesis
en cuestión pueda merecer. Es bien sabido que una discusión inteligen-
te puede llevar un asunto bastante más allá de su escasa entidad inicial,
mientras que una discusión torpe u obtusa puede arruinar las expecta-
tivas suscitadas por una gran cuestión. En la historia de la filosofía, la
degeneración de los problemas más radicales o sustanciales suele acha-
carse a los epígonos escolásticos de los maestros del pensamiento. Pero
no hace falta remontarse a la historia de las ideas; hoy bastaría zapear
los debates montados en televisión sobre grandes temas de la actualidad
—cada uno de ellos, por cierto, «el tema (o lo que sea) del siglo»—, para
dar con vivos y variados ejemplos de debates degenerativos.
X. Las proposiciones no deben ser vagas e incomprensibles, ni los
enunciados deben ser confusos o ambiguos, sino ser objeto de la interpre-
tación más precisa posible.
La regla se aplica, desde luego, a todas las fases del proceso y pue-
de verse violada por cualquiera de los participantes en la discusión. En
todo caso, sus violaciones son fuentes harto conocidas de falacias y de
trampas y trapacerías argumentativas, que se aprovechan del amplio mar-
gen de maniobra abierto por los malentendidos, los equívocos, la incierta
oscuridad. Por lo demás, al margen de este contexto dialéctico, la regla
también alcanza a las frases oraculares y a las sentencias de significado tan
profundo que resulta insondable.
Tras haber expuesto las tablas de la ley de la confrontación racional
de acuerdo con la codificación pragmadialéctica estándar, puede tentar-
nos la idea de resumir al modo tradicional estos diez mandamientos del
buen argumentador en dos, a saber:
I*. Guardarás por encima de todo una actitud razonable, cooperativa
con el buen fin de la discusión.
II*. Tratarás las alegaciones de tu contrincante con el respeto debido
a las tuyas propias.
Una ventaja de caer en la tentación es declarar estas dos presunciones
básicas acerca de la disposición razonable de las partes involucradas en
una discusión crítica. Pero el decálogo también parece prestarse a la ex-
posición de una conformación interna que no deja de tener interés desde
el punto de vista de la teoría de la argumentación en general, incluida la
falaz. Creo que se pueden apreciar tres núcleos normativos presididos por
tres directrices capitales, a saber: i) el juego limpio, por el que velarían
ante todo las reglas I, II, V, IX y X; ii) la pertinencia de las alegaciones o
79
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
los argumentos a favor de una posición, conforme a la regla IV, y de las
objeciones o los argumentos en contra, conforme a la regla III; iii) la su-
ficiencia y efectividad de la argumentación en orden a la resolución de
la cuestión o al buen fin del debate, con arreglo a VI, VII, VIII y IX. Y,
en fin, también cabría pensar en una suerte de prioridad relativa de la di-
rectriz (i) sobre las directrices (ii) y (iii), y de la (ii) sobre la (iii), donde el
seguimiento de las segundas supone el de las primeras.
Por lo demás, el decálogo acusa ciertos problemas de interrelación
y alcance de las reglas en los que no nos detendremos aquí
11
porque lo
que ahora más nos interesa del programa es su proyección teórica, su
significación como teoría de la contrapartida. Así pues, anotemos para
terminar algunas de las limitaciones y dificultades del programa en esta
perspectiva. Una limitación interna estriba en su planteamiento algo es-
trecho y restrictivo, a pesar de que luego admita proyecciones más am-
plias hacia una filosofía de la razonabilidad. Entonces, ¿por qué tomar
en principio el concepto de argumentación falaz contra el fondo de un
concepto de buena argumentación en vez de considerarlo contra el fon-
do de un modelo de racionalidad que permitiera construir, en paralelo
o por derivación, tanto uno como otro? Otra limitación reside en la es-
casa atención prestada al poder de persuasión y de engaño de la argu-
mentación falaz. Es cierto que recientemente, en el ya citado Eemeren
(2011), por ejemplo, hay un intento de corrección por referencia a una
presunción de razonabilidad que, en principio, cubriría la actuación de
los participantes hasta que, o salvo que, en un caso dado se mostrara lo
contrario. En principio, diríamos, nadie que esté dispuesto a intervenir
en una discusión crítica de modo razonable, violará sus reglas hasta que
eventualmente resulte lo contrario; y de esta confianza o crédito inicial
pueden beneficiarse todas las intervenciones, incluso las que por inad-
vertencia o inducidas por el fragor del debate empiezan a descarriarse
hasta dar en falacias flagrantes. Creo que es prometedora esta línea de
referencia a las presunciones de confianza y cooperación para entender
la plausibilidad de que parecen gozar algunas maniobras falaces, apar-
te de abrir una sugerente perspectiva sobre las falacias como parásitos
discursivo-cognitivos de cursos de conversación inteligente; pero por aho-
ra no pasa de ser una referencia pendiente de elaboración, sin alcance
explicativo.
Al margen de estas limitaciones, el programa debe afrontar los pro-
blemas típicos de las versiones de la contrapartida. Por ejemplo, ¿cómo
11. Tienen que ver con cuestiones de reducción mutua entre las reglas según sus di-
ferentes codificaciones y más aún con la aspiración del programa a presentar las reglas
como condiciones necesarias del buen curso de una discusión crítica. Cf., por ejemplo, el
examen de Zenker (2007b).
80
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
se distingue la mala argumentación o el proceder incorrecto de la argu-
mentación efectivamente falaz? En otras palabras, ¿cómo se distingue
la falta de virtud del vicio positivo? Creo que es un punto de cierta im-
portancia para cualquier teoría con fuertes pretensiones normativas so-
bre las falacias.
Otra cuestión similar es la planteada por el caso de los falsos argu-
mentos que tratan de pasar o de hacerse valer como argumentos y en
esa medida devienen falacias. En otras palabras, con relación a un dis-
curso o intercambio discursivo con pretensiones argumentativas, ¿cómo
se distinguen las violaciones de reglas o faltas regulativas, que caracteri-
zan un mal argumento, de las deficiencias o defectos constitutivos, que
más bien determinan la inexistencia del pretendido argumento? Y, sub-
siguientemente, ¿qué incidencia tendría esta distinción en la concepción
y el tratamiento de las falacias?
Estas cuestiones, además, nos llevan a una cuestión principal para una
teoría que pretende una conexión sistemática entre la argumentación co-
rrecta, conforme con las reglas, y la falaz. ¿Estas reglas, en su conjunto,
determinan de modo suficiente o de modo necesario la argumentación ca-
bal? ¿Demarcan con nitidez y precisión las luces de la argumentación co-
rrecta de forma que, correlativamente, queden fijadas las sombras de la
argumentación falaz? Para empezar, el programa mismo reconoce que
la codificación canónica es insuficiente para resolver como es debido una
diferencia de opinión. Desde 1995, viene apelando a otras «condiciones
de orden superior, relativas a las actitudes y disposiciones de los que de-
baten y a las circunstancias de la discusión», y solo en conjunción con el
cumplimiento de estas condiciones pragmáticas y socioinstitucionales, la
observancia de las reglas puede constituir una condición suficiente
12
. El
problema consiste entonces en precisar esas condiciones adicionales, de
orden superior, con el fin de que no se conviertan en una suerte de línea
de fuga abierta. Pero, por ahora, solo hay indicaciones genéricas de i) unas
condiciones de segundo orden y ii) otras de tercer orden. Entre las prime-
ras figuran ciertas actitudes y disposiciones hacia la interacción discursiva,
p. ej., del tipo de «todo el que avanza una proposición debe estar dispuesto
a argumentar en su favor y a escuchar la opinión de la otra parte al respec-
to». Las segundas se refieren más bien a circunstancias del marco del deba-
te, p. ej., en la línea de que han de permitir que los participantes no solo
puedan obrar con arreglo a sus disposiciones en el sentido anterior, sino
que sean libres de proponer y defender sus puntos de vista, así como de
cuestionar los adoptados por los demás. En todo caso, el programa supone
que las reglas canónicas o de primer orden constituyen condiciones nece-
sarias, pues cada una de ellas establece una pauta determinante de la con-
12. Véase Eemeren y Grootendorst (1995: 153, esp. n. 7).
81
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
secución del propósito de la discusión crítica —en caso de cumplimiento
de la regla— o del fracaso —en caso de incumplimiento o violación—.
Pero ninguna de estas contribuciones, la positiva y la negativa, son a su vez
objeto de justificación ni se ponen a prueba de manera específica
13
. Según
parece, se consideran evidentes. En suma, la suficiencia y la necesidad de
la regulación propuesta dependen sustancialmente de las suposiciones del
propio programa sobre la naturaleza y la significación paradigmática de la
discusión crítica en el ancho campo de la argumentación.
2.2.2. Las propuestas de Walton
Podría decirse que el canadiense Douglas N. Walton representa, casi por
sí solo, la segunda empresa productora de libros y artículos sobre argu-
mentación, solo superada por la pragmadialéctica en su conjunto. El cam-
po de las falacias ha sido precisamente un terreno en el que ha trabajado
desde un principio y al que nunca ha dejado de volver de cuando en cuan-
do. Le ha dedicado hasta ahora doce libros monográficos, varios artícu-
los y abundan las referencias a este tema en otras publicaciones
14
.
Parece útil y no muy desatinado distinguir tres etapas o momentos del
desarrollo de su investigación y estudio de las falacias. Siguiendo una con-
vención habitual las marcaré con subíndices numéricos, de modo que, en
principio y en términos muy sumarios, nos encontraremos con un Walton
1

interesado en las aplicaciones de la Lógica al análisis de tipos de falacias,
un Walton
2
que adopta unas nuevas bases pragmáticas, quizás a partir del
creciente influjo de la pragmadialéctica, y un Walton
3
que alcanza la ma-
durez de esta orientación con la propuesta de esquemas argumentativos
presuntivos y la consideración de patrones dialógicos de argumentación
rebatible. Veamos.
Walton
1
. Esta fase viene a cubrir los años setenta y ochenta, con mues-
tras como Woods y Walton (1982) o Walton (1987), y recopilaciones
de ensayos y trabajos como Woods y Walton (1989). Se caracteriza por
la elaboración de una especie de lógica y dialéctica de la argumentación
informal como una lógica aplicada a estudios sectoriales, es decir, como
un estudio de estructuras o «formas» lógicas subyacentes en determina-
dos tipos clásicos de falacias. Así, comprende aplicaciones de la lógica
inductiva al análisis de falacias secundum quid o post hoc ergo propter
hoc; o de la lógica del razonamiento plausible al argumentum ad verecun-
diam; o de la lógica de relaciones a la ignorantia elenchi; o de otras va-
rias lógicas (modal, doxástica, epistémica, etc.). Dos problemas de este
13. Como ya hemos visto en el capítulo anterior, lo que el programa ha empezado a
poner a prueba es el reconocimiento y la aceptación de ciertas reglas entre diversos gru-
pos de sujetos experimentales. Véase Eemeren, Garssen y Meuffels (2009).
14. Véase Tindale y Reed (2011: 9).
82
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
planteamiento son: 1) el estatuto algo incierto de las aplicaciones y pro-
yecciones informales del análisis lógico «formal» o estructural; 2) la difi-
cultad de proporcionar coherencia y cohesión teórica a los diversos pro-
cedimientos empleados y los distintos casos examinados. Tal vez por estos
motivos de insatisfacción o quizás por otros más atentos al auge de la
pragmática, lo cierto es que Walton a finales de los años ochenta aban-
dona este programa de análisis y con él a su compañero de viaje, Woods,
más formalista. Una señal de cambio o, al menos, de transición —pon-
gamos, un Walton
1-2
— es su Plausible argument in everyday conversa-
tion, donde empieza a cobrar relieve la determinación contextual y dia-
lógica del carácter falaz de un argumento
15
.
Walton
2
. Se trata de una fase de construcción de una teoría pragmá-
tica de la falacia, cuya muestra más representativa es Walton (1995). La
construcción se asienta en la asunción normativa del consabido principio
de cooperación de Grice y sus máximas conversacionales. A esta luz, una
falacia puede verse como una intervención en el curso de una conversa-
ción que se supone que es un argumento aducido como una contribución
al propósito de la conversación en su línea discursiva, pero que en realidad
interfiere o bloquea dicho propósito. Por otra parte, estas intervenciones
discursivas tienen lugar en el contexto de un diálogo, diálogo que no ha
de limitarse a ser una discusión crítica —según daba en suponer el progra-
ma pragmadialéctico—, sino que puede pertenecer a otros tipos, como la
negociación, la deliberación, la investigación o la simple querella, y puede,
por consiguiente, atenerse a otras regulaciones específicas. En este sentido,
la idea primordial de falacia deja de referirse a la violación de una regla y
remite más bien al desplazamiento ilegítimo, por lo regular subrepticio, de
un tipo de diálogo a otro. Otro aspecto importante del giro pragmático es
el cambio del anterior foco de atención que se centraba en unas presuntas
estructuras subyacentes, lógicas o dialécticas, en favor de un nuevo interés
por los esquemas argumentativos. En esta perspectiva, el análisis de las fa-
lacias se hace cargo de dos tareas principales: i) la identificación de las
falacias como casos o «instancias» de aplicación de determinados patrones
de argumentos o esquemas argumentativos; ii) la detección y correc-
ción de un mal uso o abuso del esquema en cuestión, generalmente debido
a un desplazamiento ilícito de un tipo de diálogo a otro.
La perspectiva pragmática también permite dibujar un perfil relati-
vamente preciso de falacia. Según A pragmatic theory (1995: 237-238),
sus rasgos básicos vienen a ser los siguientes. Una falacia
15. Véase Walton (1992, 1995). Cf. la lúcida reseña de R. J. Johnson en Argumenta-
tion 12/1 (1998), pp. 115-123; pero ya anteriormente había revisado los pasos de Walton
en la nueva dirección Tindale (1997). Revisiones más recientes pueden verse en la parte
II, «Schemes and Fallacies», de Reed y Tindale (eds.) (2011: 101-185).
83
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
1) consiste en un fallo, lapsus o error sujeto a crítica, corrección o
refutación;
2) tiene lugar en lo que se supone que es un argumento;
3) está asociada a un engaño o ilusión;
4) constituye una violación de una o más máximas del diálogo ra-
zonable o se desvía de los procedimientos aceptables en este tipo de
diálogo;
5) es un caso de un tipo fundamental y sistemático de técnica errónea-
mente aplicada de argumentación razonable;
6) es una violación seria, frente a un error, un despiste o un fallo
ocasional.
Tales serían los aspectos que una teoría debería cubrir o, al me-
nos, disponerse a atender para ser una teoría satisfactoria de la fala-
cia. Ahora bien, como reconoce el propio Walton, no todos los casos
conocidos de falacias cumplen todas y cada una de estas condiciones;
por ejemplo, la falacia de presuposición o pregunta múltiple parece
no avenirse a (2) en la medida en que la actividad lingüística de pre-
guntar difiere de la actividad discursiva de argüir o argumentar. Al mar-
gen de estas puntualizaciones —de las que no dejará de hacerse cargo
luego el propio Walton al corregir la condición (2) en el sentido de
incluir no solo argumentos, sino estrategias argumentativas y movi-
mientos en un contexto dialógico—, la teoría pragmática nos propor-
ciona, en fin, una definición congruente de falacia que, a tenor de Wal-
ton (2011), reza:
Una falacia es un argumento, un patrón de argumentación o algo que trata
de ser un argumento, que incumple algún criterio de corrección dentro de
un contexto conversacional pero que, por diversos motivos, tiene una apa-
riencia de corrección en ese contexto y supone un serio obstáculo para la
realización del objetivo del diálogo (380).
Walton
3
. En los últimos años, Walton ha ido desarrollando estas ideas
bajo una reconsideración de los esquemas argumentativos como formas
de argumentación rebatible y sujeta a evaluación por su capacidad de
cumplimiento o de respuesta a las condiciones o cuestiones críticas per-
tinentes específicamente en su caso. Las muestras más cumplidas son el
recién citado ensayo escrito para Synthese (2011) y prepublicado on line
en 2009 sobre el razonamiento rebatible y las falacias informales, y un
artículo publicado en Informal Logic (2010), en torno a la cuestión de
por qué las falacias parecen ser argumentos mejores de lo que son, ar-
tículo que trata de dotar a los esquemas argumentativos de una capaci-
dad no solo analítica sino explicativa.
84
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Consideremos, por ejemplo, el esquema de una argumentación que
discurre sobre la base del dictamen de un experto. En una versión es-
tándar consta de:
— Premisa mayor: E es un experto o una fuente autorizada en el do-
minio D al que pertenece la proposición P.
— Premisa menor: E asegura que la proposición P es verdadera (falsa).
— Conclusión: P es verdadera (falsa).
Este esquema representa un tipo de argumento rebatible que no se
deja reducir o asimilar a una deducción o a una inducción. Más bien
se trata de un argumento que puede sostenerse de modo provisional o
presuntivo cuando no se cuenta con un conocimiento cierto y cabal al
respecto, y mientras no se disponga de pruebas en contra. Pero, en este
sentido, no deja de ser rebatible y está expuesto a unas cuestiones críti-
cas (CC) como las siguientes:
CC
1
) Cuestión de competencia: ¿Hasta qué punto es fiable E como
fuente experta?
CC
2
) Cuestión de dominio: ¿Es efectivamente E un experto en el
dominio D?
CC
3
) Cuestión de dictamen: ¿Lo que asegura E implica P?
CC
4
) Cuestión de crédito: ¿Es E una fuente digna personalmente de
crédito?
CC
5
) Cuestión de consistencia: ¿Es P consistente con lo que afirman
otros expertos?
CC
6
) Cuestión de pruebas: ¿Se funda P en la evidencia disponible?
Dados estos supuestos, el argumento que discurre sobre la base del
dictamen de un experto puede tener usos razonables y usos o abusos fala-
ces. Usos razonables en la medida en que representa un proceder tentati-
vo y rebatible que, de momento al menos, responde satisfactoriamente a
las cuestiones críticas que suscita. Pero, por el contrario, también puede
admitir usos o abusos falaces en la medida en que eluda estas cuestiones
o no las responda del modo debido, sino que se precipite en un vértigo
de autosuficiencia y autoritarismo. Cabe generalizar esta observación en
el sentido de que una de las raíces principales de la argumentación fa-
laz reside en el mal entendimiento o en el mal uso de la premisa mayor,
premisa que debe tomarse como un aserto o una regla no incondicional,
cerrada y categórica, sino abierta a excepciones y pendiente de nueva o
mejor información, de modo que el argumento resulte rebatible
16
y su
16. Sobre esta noción puede verse la entrada «Rebatible, argumento» en Vega y Ol-
mos (eds.) (
2
2012: 511-513).
85
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
proponente, inicialmente comprometido con la conclusión, pueda re-
tractarse de ella llegado el caso.
Claro está que, por otro lado, también hay falacias consistentes en
maniobras que resultan falaces en un diálogo no a causa de una falta
de razonabilidad inherente al argumento, sino debido al modo como
se emplean en una secuencia de movimientos para tratar de impedir al
interlocutor poner en cuestión la tesis asumida o siquiera continuar el diá-
logo. De ahí se desprende la doble dimensión que puede adquirir el
carácter falaz de un argumento: una dimensión más bien inferencial,
por incumplimiento de alguna condición crítica del esquema argumen-
tativo correspondiente, y una dimensión dialéctica, por interferencia
o por bloqueo de la respuesta del interlocutor o de la parte contraria.
El resultado es una nueva definición pragmática de falacia que trata de
ser más comprensiva y precisa que la avanzada en 1995 —véase la de-
finición recogida en Walton (2011: 380), antes citada—. De acuerdo
con la versión revisada, una falacia es: i) un argumento, ii) que con
frecuencia consiste en una aplicación de un esquema argumentativo
rebatible, iii) que es razonable pero que está empleado erróneamen-
te y iv) no se atiene al estándar de prueba correspondiente al diálogo
en que se supone que el argumentador está participando, v) aunque
bien puede parecer correcto, en dicho contexto de diálogo, y vi) su
comisión opone un serio obstáculo a la consecución del objetivo del
diálogo (2011: 405).
Sin embargo, el papel de los esquemas de argumentación rebatible
cobra especial importancia como contribución teórica al estudio de las
falacias si se repara en dos de sus proyecciones, una con pretensiones
analíticas y la otra con pretensiones explicativas, relativamente singula-
res dentro del estado actual de dicho estudio. La primera consiste en la
detección de nuevos tipos de intervenciones o movimientos falaces, que
podrían pasar inadvertidos fuera del contexto dialógico de aplicación de
los esquemas argumentativos. Cabe mencionar en este sentido los tres
siguientes: a) la retractación o anulación ilícita de un compromiso; b)
el blindaje o el encastillamiento frente a la rebatibilidad o la exposición
a las cuestiones críticas correspondientes; c) la reversión ilegítima de la
carga de la prueba, un punto sumamente sensible y complicado del dis-
curso presuntivo, en general, y de las secuencias dialógicas de argumen-
tos presuntivos en particular. La segunda proyección tiene que ver con
la búsqueda de una explicación de las apariencias que dan a las falacias
visos de ser argumentos mejores de lo que son. El camino seguido en
esta búsqueda discurre a través de los procedimientos llamados «heurís-
ticos» en psicología y ciencias cognitivas hasta venir a dar en una espe-
cie de «paraesquemas» falaces asociados a los esquemas argumentativos,
según se muestra y detalla en Walton (2010).
86
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Los heurísticos son procedimientos empíricos y más o menos expe-
ditivos de solución de problemas en condiciones subóptimas de proce-
samiento de la información disponible, como las determinadas por la
escasez de tiempo, la complejidad del asunto o la competencia del pro-
pio agente. En un proceder heurístico, la eficiencia prima sobre la calidad
o corrección de la respuesta, de modo que este tipo de atajo o de recurso
puede conducir bien a aciertos, bien a errores o sesgos. A su vez, un pa-
raesquema consiste en una representación de la estructura de un heurís-
tico discursivo como una forma rápida e irreflexiva de inferencia que
salta de modo más o menos inmediato a la conclusión y suele usarse co-
múnmente para tomar decisiones en situaciones precarias e imperiosas.
Por ejemplo, en la línea del esquema argumentativo que discurre sobre la
base de la opinión o del dictamen de un experto, nos encontramos con
el heurístico: «Si es la opinión de un experto, atente a ella»
17
. El paraes-
quema correspondiente discurre así:
X es un experto, X asegura que P
—heurístico (si es la opinión de un experto, atente a ella)—;
así que P es cierto.
El paraesquema sustituye la conexión inferencial plausible y reba-
tible del esquema (si E es un experto y asegura que P, entonces normal-
mente P es verdadera o al menos, en principio, digna de crédito) por el
heurístico, e ignora por añadidura las condiciones críticas pertinentes
tanto en lo que se refiere a las asunciones o supuestos acerca de la cali-
dad y significación del juicio de E como en lo que se refiere a la ausen-
cia de circunstancias que motiven la revisión de esa presunta inferen-
cia (p. ej., el hecho de que E no sea una persona a la que se considere
digna de confianza, o el hecho de que P sea inconsistente con lo que
otros expertos en el mismo dominio aseguran sobre el particular). Se-
gún esto, «cada paraesquema discurre asociado a un esquema de fon-
do como un doble fantasmal. Entra en juego para explicar la relación
entre un argumento razonable que se ajusta al esquema argumentativo
y un argumento del mismo tipo empleado de modo que resulta falaz»
(Walton, 2010: 160-161)
18
.
Esta explicación se pretende conseguir mediante la conexión entre
la noción lógica de esquema y la psicológica o cognitiva de heurístico:
17. Otros heurísticos discursivos eficientes en otros contextos podrían ser: «Si no
hay razón para considerar P falsa, acéptala como verdadera», «Si algo es temible (desea-
ble), evita (haz) lo que lo provoca».
18. Ahora bien, no es preciso que el argumentador tenga el paraesquema en mente.
Se trata de un concepto metódico etic, del observador o analista, no de un concepto emic
o del agente discursivo mismo.
87
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
el paraesquema muestra, por un lado, que el argumento es falaz, pero,
por otro lado y gracias a la mediación del heurístico, ayuda a compren-
der por qué el argumento parece mejor de lo que es en la medida en
que el proceder heurístico es un modo natural e irreflexivo de pensa-
miento eficiente. Un heurístico es un recurso que puede ser sumamente
útil, aunque no constituya la solución óptima, y en ocasiones puede re-
sultar un medio inevitable para salir del apuro; mientras que, por otra
parte, no constituye de suyo un procedimiento falaz o ilegítimo.
Esta propuesta pragmática de Walton
3
, con su mayor complejidad y
poder de sugerencia, supone un considerable avance sobre las anterio-
res de Walton
1
o Walton
2
, pero no deja de tener un flanco abierto a cier-
tos apuntes críticos. Me limitaré a mencionar los tres puntos siguientes.
1) Para empezar, el planteamiento explicativo envuelve algunas li-
mitaciones: solo alcanza a los casos que se prestan a una reconstruc-
ción en términos de esquemas argumentativos, de modo que parecen
quedar fuera ciertas falacias clásicas, como las de ambigüedad, peti-
ción de principio, cuestión múltiple —punto reconocido por el pro-
pio Walton (2010: 175)—.
2) En segundo lugar, está la discutible apelación a unos paraesque-
mas. ¿Por qué hay que postular un doble falaz de un esquema argu-
mentativo en lugar de referirse a un mal uso que pasa o se quiere hacer
pasar por bueno? ¿Por qué dar a la tergiversación o al uso impropio de
un esquema la entidad de un esquema parejo? ¿Se debe a una secreta o
tácita inspiración en los patrones falaces de afirmación del consecuente
o negación del antecedente vs. los paralelos formales del Modus po-
nens o del Modus tollens? Pero en este caso sí habría duplicidad de es-
quemas, inválidos vs. válidos, mientras que en el otro caso no: estamos
ante «un doble fantasmal», confiesa Walton (2010: 160).
3) Y por último, se nota la ausencia de referencias psicológicas o
filosóficas a la racionalidad o la razonabilidad o, al menos, a una base
o cobertura de las referencias a heurísticos y de las explicaciones de
tipo generativo, punto que no se declara ni se examina. Es decir, se
echa en falta alguna suerte de complemento teórico en este sentido,
como el que podría proporcionar una orientación cognitiva natura-
lista, p. ej., en los términos explicativos de la teoría del equipamien-
to de supervivencia racional (rational survival kit) que ahora ha veni-
do a sostener precisamente su antiguo compañero de aventuras, John
Woods (2003). Podría ser interesante esta especie de reencuentro en-
tre ambos pioneros del estudio de las falacias, ya en terrenos propios
o aledaños de la racionalidad práctica, después de la divergencia ini-
cial entre la orientación más bien lógica de Woods y la decididamente
pragmática de Walton.
88
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Pues bien, aprovechemos este nuevo derrotero para explorar a tra-
vés de Woods y siquiera por encima las perspectivas explicativas abiertas
en una orientación cognitiva naturalista sobre las falacias.
2.2.3. La propuesta de Woods como muestra
de una orientación cognitiva naturalista
Recordemos las dos tradiciones históricas apuntadas en el apartado 1
de este mismo capítulo, la tradición discursiva y la cognitiva. En esta se-
gunda, las falacias consisten ante todo en determinados tipos de pro-
ceder que tienden a producir errores cognitivo-discursivos, y demandan
no solo una sanción normativa de tales fallos o deficiencias sino cier-
ta explicación de su producción. Como ya sugería, podemos considerar
una muestra ejemplar de este planteamiento a través de las ideas avan-
zadas por John Woods en contribuciones relativamente recientes de los
años 2003-2005
19
.
Estas ideas se concretan en una propuesta que, para empezar, des-
cansa en tres supuestos:
1) Una falacia es paradigmáticamente una ejecución deficiente o fa-
llida, desde un punto de vista discursivo-normativo, a cargo de un agen-
te provisto de razón.
2) En consecuencia, su consideración remite a un agente que tiene a su
disposición ciertos recursos de acción (agency) razonable, tanto cognitiva
como estratégica, frente a las demandas de una situación. Esta disponi-
bilidad permite una ordenación de tipos de capacidad de acción, entre el
nivel máximo que podrían representar bien un modelo teórico idealizado
de actuación, bien una comunidad institucional, y el nivel mínimo y real
de la disponibilidad limitada e imperfecta, representada por la capaci-
dad de acción práctica de un individuo. Así pues, cabe estimar que la
realización de una determinada tarea cognitiva puede resultar más o me-
nos cumplida o adecuada según el nivel de disposición y de adecuación
correspondiente. De modo que, por un lado, viene a ser una respuesta
satisfactoria con arreglo a los precarios recursos que están a disposición
del individuo en la situación dada, mientras que, por otro, puede no serlo
con arreglo a un estándar de prueba más exigente o a los recursos me-
tódicos e institucionales disponibles para una comunidad profesional o
especializada.
3) En todo caso, cualquier evaluación o consideración normativa se
rige por el principio de que deber implica poder. Por consiguiente, nin-
gún agente cognitivo puede ser censurado por realizar mal una tarea para
19. Véase el ya citado Woods (2003), así como Woods (2004, 2005).
89
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
la que no esté capacitado o no se encuentra en condiciones de hacer bien.
Los errores o fallos producidos en tales condiciones no son falaces. Para
serlo han de tratarse de tareas que i) pueden ejecutarse, y ii) deben hacer-
se bien o mejor que como se han hecho —en atención a diversos paráme-
tros como fines, medios, competencia propia, recursos disponibles, etc.—.
También podemos situar este supuesto en el marco de la idea de compe-
tencia que sugiere Turner (2003). Ser competente para la tarea X es po-
seer las habilidades y destrezas que permiten hacer X; pero esto además
supone detectar y corregir errores de ejecución, repetir y mejorar acier-
tos, aprender en ambos casos de lo hecho por uno mismo y por los de-
más; de modo que ser competente no solo significa saber cómo se hace
algo, sino saber cómo se hace bien, así que envuelve el conocimiento
de ciertos estándares de evaluación y cobra un carácter normativo. Pues
bien, el razonamiento y la argumentación son actividades que se pres-
tan a ejecuciones más o menos afortunadas dentro de nuestro ámbito de
competencia discursiva.
De estos supuestos se desprenden notables consecuencias tanto para
la idea tradicional de falacia, en el sentido de mal proceder discursivo que
parece bueno, como para una concepción moderna más compleja. En el
primer caso, por ejemplo, cabe apreciar la existencia de argumentos que
parecen buenos porque efectivamente lo son con respecto a un determi-
nado nivel de capacidad de acción o de respuesta, pero no son buenos de-
bido a que no cumplen las exigencias de una pauta racional de actuación
teórica o práctica. Ahora bien, tienen más importancia las derivaciones de
los supuestos para una nueva concepción naturalista de las falacias. Algu-
nas de estas derivaciones se pueden concretar en las siguientes:
a) Sobre la noción de falacia. Se trata de una ejecución deficiente o de-
fectuosa, desde el punto de vista discursivo-cognitivo, con la apariencia
de que todo está bien. Dicho en términos más explícitos, consiste en un
error, fallo o sesgo sistemático —no ocasional— o sintomático —típico—,
que parece estar cognitivamente en orden o aparenta proceder discursi-
vamente como es debido. Por otra parte, estos sesgos y fallos constituyen
casos o tipos de casos de ejecución deficiente o defectuosa de habilida-
des racionales que son necesarias para la supervivencia humana (véase
Woods 2004: 15). Por añadidura, en este contexto, conviene distinguir en- 2004: 15). Por añadidura, en este contexto, conviene distinguir en-
tre [a] una dimensión cognitiva, relacionada con las creencias verdaderas
o falsas, que corresponde a la racionalidad teórica y se mueve en el plano
de las virtudes intelectuales, y [b] una dimensión estratégica, que se remi-
te al éxito y la supervivencia, corresponde a la racionalidad prudencial o
práctica, y se mueve en el plano de las virtudes prácticas. Esta distinción
permite, por ejemplo, diferenciar entre los casos falaces de argumentación
que discurren en la línea de la generalización precipitada y otros casos no
90
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
falaces o aceptables estratégicamente que, a través de generalizaciones de
ese tipo, resultan prudentes o preventivos en la práctica
20
.
b) Sobre el tratamiento de las falacias. La consideración tradicional de
dos parámetros de la condición falaz: i) parecer un argumento correcto y
ii) no serlo en realidad, resulta simplista e inadecuada. Hay que tomar en
cuenta otros aspectos como los recogidos en el triplo: <C, R, T>, donde
C es un agente cognitivo y discursivo, R es un conjunto de recursos cog-
nitivos y T es un conjunto de tareas que C ha de ejecutar en tiempo real
y en condiciones determinadas. R incluye como parámetros la informa-
ción, el tiempo y la capacidad computacional disponibles para C en la
situación dada. C, a su vez, es un agente dotado de medios de procesa-
miento de información y con capacidad para tener creencias, hacer infe-
rencias y tomar decisiones, de modo que puede servirse de razonamien-
tos teóricos o prácticos y atender a demandas de racionalidad teórica o
de prudencia y oportunidad estratégicas. Como ya sabemos, los agentes
en cuestión pueden ser individuales o institucionales y las capacidades
respectivas no pueden ser evaluadas con arreglo a un mismo patrón, pues,
por ejemplo, una comunidad científica puede salvar ciertas limitaciones
a las que se ve sujeto un miembro de la comunidad. Por otro lado, los
individuos actúan normalmente con recursos escasos en situaciones de
precariedad, de modo que se ven en la tesitura de servirse de estrate-
gias de compensación como estas: propensión a la generalización precipi-
tada, tendencia a inferencias genéricas, discernimiento de tipos naturales,
razonamiento por defecto, tendencia a una economía de creencias y pre-
sunciones como la proporcionada por la confianza en los demás, saber
hacer o conocimiento práctico inconsciente (véase Woods 2003: 2 ss.).
c) Sobre la explicación de las falacias. Los sesgos o errores que se
prestan a una calificación y sanción como casos de falacias suelen tener
lugar c) dentro de un comportamiento relativamente eficiente y «natu-
ral», o más concretamente ¡) en la utilización de heurísticos o en el re-
curso a otra suerte de «atajos» discursivo-cognitivos como vías de res-
puesta inmediata a las demandas de la situación. Bien conocido es, por
ejemplo, el heurístico de representatividad estudiado por Tversky y Kah-
neman en sus investigaciones en psicología del razonamiento, que han he-
cho popular la figura paradigmática de Linda
21
. Otro heurístico notable
20. Recordemos una vez más los experimentos de aprendizaje de animales que tras
una mala y penosa experiencia con ciertos alimentos de un sabor determinado, rehúyen
todos los que tienen el mismo o parecido sabor. Véase García et al. (1972). Cf. la revisión
y el planteamiento general de Stitch (1985).
21. Linda es una mujer de 31 años, soltera, franca y brillante. Está titulada en Fi-
losofía. Siendo estudiante, se interesó en cuestiones de discriminación y justicia social, y
participó en manifestaciones antinucleares. Supongamos que, con estos antecedentes, su
ocupación probable se mueve en el rango de las siguientes: i) es maestra de escuela elemen-
91
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
es el denominado por Gigerenzer (2000) take the best, digamos: «atente
a lo mejor». Supone una evaluación y un orden de la significación de las
señales o indicaciones disponibles para una conclusión o una decisión
(véase Gigerenzer, 2000). Por ejemplo, estamos navegando en el mar sin
ver tierra y queremos saber si nos encontramos relativamente cerca de la
costa por las señales de que disponemos: pájaros en general, andarríos
o lavanderas en particular, objetos que flotan en el agua, etc. Podemos
considerar que la señal más determinante de la cercanía de la costa es
la presencia de determinados pájaros como los andarríos o lavanderas.
Entonces discurrimos así:
«Si estuviéramos cerca de la costa, veríamos volar andarríos; vemos
efectivamente que vuelan andarríos; así que estamos cerca de la costa».
Inferencia que parte de la afirmación del consecuente y envuelve un es-
quema lógicamente inválido:
<si p, entonces q; efectivamente q; luego, p>.
Pero, en realidad, nuestro razonamiento responde a la pauta heurís-
tica:
<si p, entonces q, r, s; atengámonos a lo mejor o más determinan-
te en este caso, a saber: q; efectivamente se da q; así que es razonable o
plausible que se dé p>.
Se trata de un recurso propio de una racionalidad acotada por facto-
res como las limitaciones psicológicas de procesamiento de la información
(p. ej., tiempo, memoria, competencia), las características del dominio es-
pecífico de aplicación y el ajuste entre el heurístico empleado y estas ca-
racterísticas concretas: los fallos de esta «racionalidad ecológica» pueden
producir errores y dar lugar a razonamientos o previsiones falaces.
Más recientemente, ha empezado a estudiarse la incardinación de
los heurísticos y las respuestas rápidas en estructuras psicológicas. Una
propuesta en este sentido contempla la existencia de dos tipos de proce-
samientos, unos también denominados «heurísticos» frente a otros que
se califican de «analíticos». Los del primer tipo corresponden a respues-
tas de ejecución rápida, determinada por el estímulo dado, irreflexiva o
independiente de sistemas superiores de control —como los basados en
tal; ii) trabaja en una librería y toma clases de yoga; iii) es feminista activa; iv) es trabajadora
social en un psiquiátrico; v) es cajera de banco; vi) es feminista y cajera de banco. El experi-
mento pide a los sujetos un orden de probabilidad relativa para los casos (iii), (v) y (vi). Sus
respuestas priman esta ordenación: 1) feminista activa, 2) feminista y cajera de banco, 3)
cajera de banco, donde (vi) se estima más probable que (v). Experimentos específicos con
(v) y (vi) confirmaron luego tal estimación. Este resultado constituye una flagrante viola-
ción del cálculo de probabilidades, pues la probabilidad de la conjunción <ser feminista
y cajera> se considera mayor que la de uno de sus miembros <ser cajera>. Pero respon-
de de modo natural a la representatividad que, a tenor de la descripción de Linda, tiene
en su caso el ser feminista, frente al ser meramente cajera. Véase Tversky y Kahneman
(1983: 293-315). Cf. la revisión comprensiva de Hertwig y Gigerenzer (1999).
92
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
la reflexión consciente, en ciertas reglas o en el lenguaje discursivo—, o
confiada en estereotipos, mientras que los procesamientos analíticos co-
rresponderían a esos sistemas superiores de control cognitivo y discur-
sivo; véase en particular Evans (2008)
22
.
Siguiendo estas líneas de explicación, podemos encontrarnos con di-
versas caracterizaciones y motivos de la condición falaz de una respuesta
a la demanda planteada, como las siguientes, por ejemplo:
• Respuesta inadecuada o fallida por discurrir al límite o fuera del
ámbito de las competencias (extrapolación a otros dominios) o por verse
afectada por factores motivacionales (intereses, emociones, etc.). Véase
Turner (2003).
• Ejecución inferior a la debida al tener lugar en condiciones preca-
rias y limitadas de información y memoria, capacidad de procesamien-
to, tiempo —segúnWoods (2003)—, en suma: al acusar los costes com-
putacionales de la elaboración de la respuesta.
• Fallo inducido por la primacía de la efciencia sobre la calidad en
un marco de racionalidad ecológica determinado por el ajuste entre,
por un lado, los recursos heurísticos, que habrían de usarse del modo
debido, y por otro lado, los dominios específicos de empleo que supo-
nen conocimiento experto; son condicionantes que revelan el caso de
la racionalidad limitada o acotada, hoy bastante familiar en estudios de
toma de decisiones y en filosofía de la economía.
• Actuación racionalmente defciente, sea debido a unos automatis-
mos propiciados por los procesamientos irreflexivos característicos de
ciertos procesos «heurísticos», sea debido a otras circunstancias de limi-
tación cognitiva o de interferencia emotiva.
Reparemos en que estas respuestas deficientes o fallidas han de con-
tar con otros rasgos añadidos para ser falaces; sin ir más lejos han de
aparentar una corrección o efectividad que no tienen, e inducir por ello
a error de juicio o a confusión.
Por lo demás, el planteamiento cognitivo naturalista no deja de ad-
mitir ciertas proyecciones ulteriores, unas de carácter más bien episte-
mológico o filosófico, otras de carácter complementario sociocultural.
Una muestra de las primeras podría ser la idea lúcida y comprensiva de
falibilismo que propone Woods (2005: 445):
22. Los procesos de uno y otro tipo parecen contar con localizaciones propias en la
corteza cerebral prefrontal (Goel y Dolan [2003], citados en Norman [2009]). Por otra
parte, como ya he sugerido, también es frecuente presentar uno y otro tipo de procesa-
miento como dos sistemas, véanse Neys (2006) y Kahneman (2012).
93
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
El falibilismo no es simplemente el reconocimiento de que unos seres como
nosotros cometemos errores a veces o incluso los cometemos a veces de
buena fe. Es más bien la consideración de que a veces los errores se cometen
de modo razonable.
Por lo que se refiere a la proyección sociocultural complementaria,
podemos caer en la cuenta de que viene propiciada por el entendimiento
de las falacias no sobre el telón de fondo de los buenos argumentos, sino
sobre el telón de fondo de un modelo de racionalidad teórica o práctica.
Ahora bien, estos modelos no dejan de responder a las tradiciones y mar-
cos socioculturales que obran en las comunidades de referencia. Según
esto, la identificación y evaluación de ciertos fallos o sesgos falaces res-
ponde antes a pautas de reconocimiento y sanción comunitarias que a los
dictados de la razón objetiva o abstracta. En general, si consideramos las
falacias como violaciones o como incumplimientos de unas normas de ra-
cionalidad, en un contexto sociocultural determinado, habremos de tomar
en cuenta el modelo o los modelos de racionalidad que obran en dicho
contexto, bien entendido que esta contextualización no implica una rela-
tivización en la que todo vale o cualquier cosa da igual.
2.3. Hipótesis máximas
En este tercer género de hipótesis acerca de la viabilidad de una teoría
de las falacias, voy a atenerme a dos tipos de versiones: uno reductivo
y otro unificador. Como muestra del primer caso contamos con el pro-
grama de reducir las falacias al caso único de la falacia de equivocidad
o ambigüedad, por ejemplo, en la línea seguida por Galeno o Feijoo y,
en nuestros días, por Lawrence H. Powers (1995)
23
. Como muestra del
segundo tipo, con una versión que no trata de reducir sino de unificar
el tratamiento de las falacias por referencia al caso paradigmático de la
petición de principio, avanzada por Polycarp Ikuenobe. No voy a con-
siderar versiones triviales como la que postula una reducción al caso de
non sequitur sobre la suposición tácita o expresa de que toda falacia tie-
ne una estructura deductiva lógica o, cuando menos, implica un error
o un fallo inferencial que invalida el argumento, suposición que a estas
alturas y a todas luces no es de recibo.
2.3.1. La propuesta reductiva de Lawrence H. Powers
Adopta de entrada una perspectiva epistémica: considera que la argu-
mentación es un discurso dirigido a dar razones de una proposición o
23. Los casos de Galeno y Feijoo se tratan más abajo en las notas y textos históricos
de la Parte II.
94
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
justificar un alegato. Además acaricia la idea de que en el argumento falaz
concurren un aspecto negativo, es decir, algún vicio o incapacitación,
y un aspecto positivo, es decir, alguna virtud o capacidad. De una par-
te, una falacia da en el vicio de incumplir algún criterio o condición de
adecuación a sus pretensiones justificativas, o en el de no constituir una
razón auténtica. Mientras que, de otra parte, tiene la virtud de aparentar
lo que no es, una justificación cabal, y con ella la capacidad de inducir
a engaño. En todo caso, Powers propone la que denomina «teoría de la
falacia única» (Powers, 2005: 287), que radica en la ambigüedad. Pero
lo cierto es que la propuesta no envuelve una teoría, sino que más bien
descansa en una concepción de falacia y en algunas aplicaciones selec-
tivas. De acuerdo con esa concepción, una falacia consiste en un fallo
en el proceso de argumentación o en un error en el procedimiento de
prueba, producido por servirse de equívocos o jugar con la ambigüedad.
Gracias a ella, el argumento malo o inválido puede aparentar la calidad
o validez de la que en realidad carece: un argumento clara y descarada-
mente inválido no sería una falacia. Por lo demás, la ambigüedad puede
residir en la estructura gramatical o en los términos léxicos o en ambos
componentes del argumento falaz.
No han faltado, desde luego, críticas a esta «teoría», que el propio
Powers —aunque trata de apoyarla en la autoridad fundacional de las
Refutaciones sofísticas de Aristóteles— califica de «controvertida». Baste
mencionar dos de Ikuenobe para que todo quede en casa de la hipótesis
máxima: 1) A propósito de las falacias, no cabe hablar de ninguna virtud
sino, si acaso, de vicio positivo: el de amenazar y atentar efectivamente
contra el propósito de prueba distintivo de la argumentación. 2) Las fa-
lacias tienen una dimensión primordialmente cognitiva y no pueden re-
ducirse a la dimensión lingüística en que hacen pensar los errores o las
confusiones debidas a la ambigüedad.
2.3.2. La propuesta unificadora de Polycarp Ikuenobe
Como he adelantado, ahora ya no se trata de reducir las falacias a una
falacia única, sino de unificar su tratamiento en atención a un paradig-
ma de prueba falaz como el representado por la petición de principio.
Ikuenobe también asume un planteamiento epistémico en razón de los
propósitos que atribuye a la argumentación, a saber: uno primero y pri-
mordial, el intento de proporcionar una prueba adecuada en orden a
otro, segundo y secundario, la intención de persuadir a alguien de que
acepte determinada proposición (2004: 200). Propone un principio o
una directriz unificadora que se pretende plausible y no reductiva: con-
siderar las falacias como fallos o errores en el método de justificación que
95
V A R I A CI ONE S E N T OR NO A L A T E OR I Z A CI ÓN DE L A S F A L A CI A S
impiden aportar las razones o evidencias pertinentes para satisfacer la de-
manda de una prueba adecuada. Siguiendo esta línea, las falacias vienen
a consistir en dos pasos solidarios: i) aducir una prueba inadecuada; ii)
disfrazarla sistemáticamente como si fuera adecuada o crear la ilusión de
que lo es, mediante el recurso a creencias o proposiciones que necesita-
rían estar probadas o verse reconocidas pero no lo están. Según esto, la
petición de principio constituye la falacia paradigmática para entender
a) las diferentes modalidades de inadecuación de la prueba, p. ej., la de
asumir un supuesto que en realidad no es admitido o se halla en discu-
sión, o la de pasarlo por alto o ignorarlo; b) los diversos modos de dis-
frazar la falsa prueba para hacerla pasar por adecuada y efectiva. Toda
falacia descansa en la asunción ilegítima de algún punto controvertido
como una base de prueba (2004: 204); en consecuencia, toda falacia en-
vuelve alguna suerte de petición de principio. Esta consideración, sos-
tiene Ikuenobe, permitirá unificar de modo relativamente comprensivo
e integrador la pluralidad y diversidad de las falacias sin tratar de re-
ducir a una variante o a una causa única sus efectos deletéreos sobre el
discurso argumentativo.
También en este caso conviene ser breve y contentarse con la men-
ción de un problema: si la posición reductiva de Powers adolecía de pri-
vilegiar una determinada dimensión de la argumentación falaz, su consti-
tución lingüística, la postura unificadora de Ikuenobe no deja de primar
asimismo una perspectiva determinada sobre la argumentación en gene-
ral, la perspectiva epistémica congruente con sus pretensiones de prue-
ba, sin prestar la atención debida a otras perspectivas, dialécticas o retó-
ricas, por ejemplo, más acordes con otros propósitos y usos del discurso
argumentativo. En ambos casos, el precio que pagar por un mayor o más
ambicioso compromiso de sistematización teórica es un recorte de las
perspectivas analíticas sobre el terreno y una limitación de ese mismo
terreno práctico de los usos de la argumentación como acción e interac-
ción discursiva. Pero no parece que nuestros problemas teóricos acer-
ca de las falacias se vayan a solucionar, en absoluto, con estos tipos de
dieta.

97
3
LAS FALACIAS A TRAVÉS DEL ESPEJO
DE LA TEORÍA DE LA ARGUMENTACIÓN
Through the Looking Glass and what Alice found there
Lewis Carroll (1871)
Para empezar, no estará de más recordar tres cosas ya señaladas en pá-
ginas anteriores. La primera es que aún no existe una teoría de la argu-
mentación en el sentido de teoría como cuerpo establecido y sistemá-
tico de conocimientos al respecto; la denominación más bien designa
un campo de estudios, por más señas interdisciplinarios
1
. Las otras dos
tienen que ver con la idea de falacia. Recordemos que nuestro térmi-
no falacia proviene etimológicamente del latino fallo, que cuenta con
dos acepciones principales: 1) engañar o inducir a error; 2) fallar, in-
cumplir, defraudar. Siguiendo ambas líneas de significado, entendemos
por falaz el discurso que pasa, o se quiere hacer pasar, por una buena
argumentación —al menos, por mejor de lo que es—, y en esa medida
se presta o induce a error, pues en realidad se trata de un pseudoargu-
mento o de una argumentación fallida o fraudulenta. El fraude no solo
consiste en frustrar las expectativas generadas en el marco argumenta-
tivo, sino que además puede responder a una intención o una estrate-
gia deliberadamente engañosa. En todo caso, representa una quiebra o
un abuso de la confianza discursiva, comunicativa y cognitiva sobre la
que descansan nuestras prácticas argumentativas. A estos rasgos básicos
o primordiales, las falacias conocidas suelen añadir otros característi-
cos: en particular, su empleo extendido o frecuente, su poder tentador
y su uso táctico como recursos capciosos de persuasión o inducción de
creencias y actitudes en el destinatario del discurso. De todo ello se des-
prende la ejemplaridad que se atribuye a la detección, análisis y reso-
lución crítica de las falacias, así como la urgencia de su comprensión
conceptual y explicación teórica.
1. Véase el panorama trazado en la entrada «Argumentación, teoría de la» en Vega
y Olmos (eds.) (
2
2012: 55-66).
98
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Pero la consideración de las falacias también puede suministrarnos
hoy, más allá de sus servicios y sus demandas específicas, noticias y su-
gerencias de interés en la perspectiva de una teoría general de la argu-
mentación —«el saber que buscamos», cabe decir parafraseando a Aris-
tóteles (Metafísica, 982a4)—. Pues bien, este papel de síntoma y de reflejo
del estado del campo de la argumentación será el que primordialmente
nos interesará aquí para redondear esta parte primera dedicada a la teo-
rización sobre la argumentación falaz.
Dado que el tratamiento estándar o, mejor se diría, escolar sigue más
o menos vigente e impenitente en nuestros días, iniciaré esta revisión
con el examen crítico de alguna de sus presunciones, como la existen-
cia de falacias formales. Aparte de su pervivencia rutinaria, no deja de
ser una tradición digna de consideración en la medida en que ha alen-
tado buena parte de los prejuicios establecidos sobre las falacias. Luego
presentaré un cuadro panorámico del estado actual del campo de la ar-
gumentación sobre la base de una infraestructura pragmática, en parte
sugerida más arriba en el cap. 1, § 2.3, y a la luz de las tres perspectivas
clásicas: lógica, dialéctica y retórica, a la que se ha venido a añadir mo-
dernamente, en especial desde los años ochenta, una cuarta perspecti-
va socioinstitucional. A través de este juego de espejos encontraremos
nuevas luces e indicaciones para reorientar el estudio de las falacias en
la línea de los desarrollos conceptuales y críticos en curso, dentro del
campo de la argumentación.
1. LAS IDEAS TRADICIONALES SOBRE LA ARGUMENTACIÓN FALAZ
1.1. El llamado «tratamiento estándar»
Comencemos recordando una tradición escolar de trato con las falacias
que recibe desde el influyente Hamblin (2004 [1970]) la denominación
de «tratamiento estándar». Según Hamblin se cifra en esta definición:
«Un argumento falaz es un argumento que parece válido pero no lo es»
(2004: 12)
2
. Conforme a esta noción —desprendida, se supone, de la
idea de refutación sofística de Aristóteles
3
—, las falacias tienen tres carac-
terísticas básicas: son 1) argumentos que 2) aparentan ser válidos, pero
2. Puede que este planteamiento no tenga la implantación y la solera que le atribuye
Hamblin. Según Hans V. Hansen la tradición dominante tendería más bien a ver la falacia
como un argumento que, en general, aparenta ser mejor de lo que es (Hansen, 2002).
3. Dice Aristóteles en su presentación de Sobre las refutaciones sofísticas: «Es obvio
que unos silogismos lo son realmente mientras que otros, aunque no lo sean, lo parecen»
(164a22-23). Este parecer sin ser puede deberse a cierta semejanza (164a25) o a una falsa
impresión producto de la inexperiencia (164b29).
99
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
3) no lo son en realidad. Esta caracterización se ha visto descalificada
en varios puntos y por diversos motivos. Las condiciones de validez, por
ejemplo, solo se aplican de modo preciso a la validación lógica —formal
o semántica— de argumentos deductivos, así que el mundo posible de
las falacias resultaría demasiado amplio al acoger cualquier argumento
no convalidable lógicamente —es decir, la mayoría de nuestras argumen-
taciones efectivas en el discurso común—; o, por el contrario, resultaría
demasiado restrictivo al atenerse únicamente a unas apariencias de deduc-
ción. Pero ha sido justamente la remisión a unas falsas apariencias, al
aparentar lo que no es, el punto que ha suscitado más discusión.
Una cuestión que cabría plantearse es la extensión o el alcance pre-
supuestos: podemos pensar no solo en el argumento que pasa por válido
sin serlo, sino en lo que parece ser un argumento pero no lo es. Admi-
tiendo este caso límite incluiríamos entre las falacias los discursos falsa-
mente argumentativos y nos toparíamos con el problema inicial de dis-
cernir las actividades verdaderamente argumentativas de las que no lo
son. Para empezar, las falacias son acciones o interacciones discursivas,
de modo que no toda maniobra que bloquee o eluda la comunicación
en el marco de una discusión será falaz: no es una falacia de evasión de
la carga de prueba el hecho de poner la música a todo volumen y vol-
ver la espalda a quien nos pide que justifiquemos nuestra posición. Pero
hay interacciones discursivas que pueden ser argumentativas o no según
su versión y su uso contextual: asaltar a un viandante con la frase «¡La
bolsa o la vida!» no es una falacia intimidatoria (ad baculum), no es un
argumento, sino lisa y llanamente un asalto o una intimidación; mien-
tras que su versión en los términos: «Si no me da la cartera, le pego un
tiro en la sien. Claro que usted es muy dueño de proceder como quiera.
Pero yo le aconsejaría que eligiera bien. Así que, ¡usted mismo!», podría
considerarse un argumento coercitivo o intimidatorio con visos falaces
de advertencia. No faltan otros casos problemáticos: recordemos, por
ejemplo, las maniobras de distracción y dilación encaminadas a diferir la
adopción de una medida o una resolución parlamentaria que Bentham,
en su ensayo pionero de 1824 (véase más abajo Parte II, Texto 6), in-
cluía entre las falacias políticas; son sustancialmente estratagemas discur-
sivas y desde luego, al margen de su conformidad con el reglamento de
la Cámara, no cabe duda de su incorrección en la perspectiva del buen
curso y buen fin de una deliberación, pero no por ello calificaríamos de
falaz cualquier muestra de filibusterismo político en general. En suma,
el argumentar genuino, frente al que aparenta serlo pero no lo es en rea-
lidad, consiste en el uso discursivo del lenguaje con unas pretensiones
distintivas como las de justificar algo ante alguien o convencer de algo a
alguien o, mejor, ambas cosas a la vez: lograr el asentimiento de alguien
a lo que proponemos por las razones que aducimos al respecto.
100
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
Sin embargo, como ya adelantaba, es la referencia misma al «parecer
lo que no es», a la falsa apariencia, la que ha sido objeto de mayor aten-
ción y discusión. Unos la repudian por suponer una injerencia psicoló-
gica en la idea de argumento falaz; hay quienes la diluyen en el aura so-
ciológica del uso notorio y del eco popular de ciertas pautas falaces de
inferencia o de argumentación; mientras que otros la mantienen con el
fin de explicar el éxito suasorio de las falacias, su capacidad de inducir
a la confusión o al error, o como referencia al contexto y a los destina-
tarios de la argumentación. Pero la apelación a las apariencias no bastaría
para explicar el poder de seducción de la argumentación falaz, pues en
ocasiones sería ese mismo «aparentar lo que no es» lo que precisaría de-
finición y explicación. Quizá por eso algunos se vuelven hacia sus cau-
sas. Hay quienes buscan motivos más bien internos como la semejanza
estructural con pautas de inferencia acreditadas, o la afinidad con ciertos
estereotipos de pensamiento o de razonamiento o, incluso, la capacidad
de generar presunciones infundadas o creencias poco fiables. Hay quie-
nes se atienen en cambio a otros motivos externos de la falsa aparien-
cia, como la simulación o la falsificación deliberada. En todo caso, por
más interno que sea el punto de partida (una estructura lógica, un patrón
epistémico, etc.), el punto de llegada ha de ser una interacción pragmática
en un contexto en el que un discurso con pretensiones argumentativas
pasa, o trata de hacerse pasar ante alguien, por lo que no es.
1.2. ¿Hay falacias formales?
Otro punto discutible e instructivo de la tradición escolar es la distinción
entre falacias formales y materiales. Está ligado en cierto modo al anterior
—entre quienes ven una fuente de confusión falaz en la semejanza con una
estructura lógica o con un patrón de deducción—, y tiene incidencia so-
bre la discusión del papel de la lógica formal en el ámbito de las falacias
en particular y de la argumentación en general. Serían formales las fala-
cias detectables por su propia forma o estructura lógica (p. ej., unos argu-
mentos que pasan por concluyentes pero descansan en una inferencia ile-
gítima o en el uso erróneo de los operadores lógicos). Serían materiales, en
cambio, las diagnosticables por vicios del contenido o la materia tratada,
más allá o al margen de la forma (p. ej., las falacias fundadas en unas pre-
misas falsas o irrelevantes para la conclusión pretendida o las que procu-
ran sacudirse de encima la carga de la prueba de la conclusión en juego).
Puede ser ilustrativo el planteamiento de la que llamaré «escuela de
Buffalo»
4
. Parte de la consideración de dos planos: uno óntico-semán-
4. Procede de John Corcoran y de quienes han estudiado Lógica con él en la Univer-
sidad de Buffalo, Nueva York. Véase Corcoran (1989); Sagüillo (2000); Boger (2003).
101
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
tico, el otro epistémico. En el primero nos encontramos con la idea de
argumento como sistema bipartito compuesto por un conjunto de pro-
posiciones (premisas) y una proposición (conclusión). Un argumento es
válido si media una relación de consecuencia entre sus contenidos se-
mánticos de tal manera que la información dada en la conclusión se ha-
lla contenida en la existente en las premisas; en otro caso, es inválido.
Es un dominio gobernado por el principio fuerte de la forma (lógica):
dos argumentos de la misma forma son ambos válidos o ambos inválidos
(véase más arriba, cap. 2, § 2.1.1).
Asimismo, en el plano epistémico, la idea primera es la de argumenta-
ción como sistema tripartito compuesto por un conjunto de premisas, una
conclusión y una cadena de razonamiento entre ellas. Este plano comporta
—al menos implícitamente— un sujeto que razona y es un dominio regido
por un principio de cogencia (cogency) o de coerción lógico-epistémi-
ca
5
: Dos argumentaciones de la misma forma son cogentes ambas (am-
bas tienen encadenamientos concluyentes) o no es cogente ninguna de
las dos. Otra idea importante en este contexto es la de deducción. Una
deducción es una argumentación cuya cadena de razonamiento muestra
o hace evidente para un sujeto epistémico que la conclusión se sigue ló-
gicamente de las premisas; así pues, el término ‘deducción’ solo se aplica
a éxitos lógico-cognitivos, no a fracasos, y no cabe hablar de una deduc-
ción «fallida» o «errónea», calificativos reservados, por ejemplo, para las
pruebas falaces. El principio pertinente reza: Toda argumentación de la
misma forma que una deducción constituye a su vez una deducción.
La tercera idea relevante en este plano epistémico es la de prueba. Una
prueba es una deducción cuyas premisas se reconocen o asumen como
verdaderas, referencia que introduce en la prueba componentes no for-
males (p. ej., conjeturas, datos o, en suma, proposiciones o contenidos
«materiales»), de donde se deriva un corolario divergente de los prin-
cipios anteriores, el corolario C1: No toda argumentación de la misma
forma que una prueba constituye a su vez una prueba. Una deducción de
la proposición P cuyas premisas consideradas en un principio verdade-
ras han resultado ser al cabo del tiempo falsas, no constituye una prueba
de P. Por ejemplo, una deducción de la tesis «La Tierra está inmóvil» a
partir de premisas como «La Tierra ocupa el centro de la esfera cósmica»
no es una prueba efectiva de la inmovilidad de la Tierra, aunque en tiem-
pos pasara por tal (en razón de que, estando en el centro, la Tierra se
mantiene equidistante de todos los puntos de la superficie esférica).
Por lo que concierne a las falacias, se considera falaz toda argumen-
tación pretendidamente deductiva que discurra a partir de las premisas
5. Una buena ilustración de la idea de cogencia podría ser la expresada por Wittgens-
tein en los términos: «Sigo una demostración y digo: ‘Sí, así tiene que ser’» (1978: § 30, 136).
102
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
de un argumento inválido y, por ende, a través de una cadena de razona-
miento no concluyente. Serán entonces falaces las pruebas que resulten
fallidas al no cumplirse, sin ir más lejos, sus pretensiones deductivas. Así
pues, se supone que la invalidez lógica de un argumento es una condición
suficiente para determinar el carácter falaz de la argumentación corres-
pondiente. Pero no es una condición necesaria en la medida en que pue-
den concurrir otros errores o faltas relativas a los componentes no forma-
les de las pruebas, como la falsedad de alguna de sus premisas —conforme
al ejemplo anterior—. Ahora bien, del corolario C1 se desprende otro
corolario C2: No toda argumentación de la misma forma que una prueba
fallida constituye a su vez una prueba fallida. Así que, a la luz de las con-
sideraciones precedentes, resulta en conclusión el corolario C3: No toda
argumentación de la misma forma que una falacia es una falacia. De don-
de se sigue que la circunstancia o la propiedad de ser falaz no se preserva
a través de la forma lógica y, en consecuencia, se presta a serios equívocos
su calificación o consideración como formal. También cabe decir, en tér-
minos más generales, que si bien la validez se preserva y transmite a través
de la forma lógica a todos los argumentos de esa misma forma, ya no ocu-
rre lo mismo con la invalidez ni, desde luego, con la propiedad informal
de constituir una prueba epistémica, sea efectiva o sea fallida.
Creo que este resultado limita seriamente la suficiencia atribuida a
los criterios formales para la detección de falacias y, en especial, pone en
tela de juicio la referencia misma a unas falacias presuntamente forma-
les. Pero la determinación y la existencia de tales falacias, en el campo de
la argumentación, son más problemáticas aún por otros dos motivos. 1)
Para empezar, no hay una teoría de —o un método efectivo para— la
formalización adecuada de la argumentación común, ni es previsible si
se consideran las interacciones argumentativas en sus propios contextos
discursivos. 2) Para colmo, aun prescindiendo de la pragmática de los
usos y contextos de la argumentación, un mismo texto argumentativo
podría revestir formas distintas en diversos lenguajes o sistemas lógicos.
Sea, por ejemplo, un argumento del tenor de A: «Todo X es Y; y por otro
lado, todo X es Z; luego, algún Z es Y». Pues bien, esta inferencia sería
una deducción formalmente válida en la lógica silogística, como silogis-
mo de la forma darapti, pero también sería una inferencia inválida en la
teoría estándar de la cuantificación
6
.
6. Cuya versión normalizada —digamos, preformalizada— de A podría ser el argu-
mento A*: ‘Si algo es X, entonces es Y (no hay X que no sea Y); y por otro lado, si algo
es X, entonces es Z (no hay X que no sea Z); luego, hay al menos un Z que es Y’, traduc-
ción que a su vez suscitaría la cuestión de si estamos ante un mismo argumento. Para otras
consideraciones adicionales, me remito a la discusión ya abierta en el cap. 2, § 2.1.1, a
propósito de las ideas de Massey y de Woods en torno a la viabilidad de una teoría «están-
dar» de las falacias.
103
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
En fin, ¿no va siendo ya hora de despedirse de las falacias formales?
¿Por qué no reconocer la distinción entre los errores lógicos o fallos in-
ferenciales, similares a los errores aritméticos que uno puede cometer
haciendo cuentas, y las falacias propiamente dichas? Por lo demás, esta
revisión de la tradición escolar sobre las falacias también pone en cues-
tión la significación e incluso la pertinencia directas de la formalización
lógica al uso dentro del terreno interactivo, inestable y pantanoso de la
argumentación falaz. Quédense estos reparos en meros apuntes de pa-
sada porque ahora tiene más interés seguir adelante nuestra exploración
a través de nuestros espejos: ¿cómo se ve y estudia este terreno desde
otros enfoques o perspectivas en curso?
2. PERSPECTIVAS ACTUALES I. LAS PERSPECTIVAS CLÁSICAS
Las últimas décadas del siglo XX nos han legado la reanimación de tres
perspectivas clásicas sobre la argumentación: lógica, dialéctica y retóri-
ca, así como la incorporación de una cuarta más moderna, la socioins-
titucional. Pueden servirnos de referencia no solo por su raigambre his-
tórica en la teoría de la argumentación
7
, sino por el arraigo popular de
ciertas metáforas familiares. Así: el punto de vista lógico estaría repre-
sentado por la metáfora de la construcción de argumentos y nociones
asociadas (solidez, fundamentación, etc.); el dialéctico, por la visión de
la argumentación como un combate, con sus armas, vicisitudes y leyes
de la guerra; el retórico, por la imagen de la presentación o representa-
ción de un caso en un escenario ante un auditorio; el socioinstitucional,
por la imagen leibniziana de una balanza de la razón (trutina rationis)
asociada al paradigma de la deliberación. Desde luego, ninguno de es-
tos enfoques puede considerarse autosuficiente ni exhaustivo, ni siquiera
los tres clásicos lo son en su conjunto; por añadidura tampoco resultan
incompatibles o excluyentes entre sí, sino solidarios, aunque uno pueda
cobrar eventualmente más importancia que otro según la índole del caso
considerado. Por otro lado, su planteamiento como perspectivas puede
prestarse a ciertos problemas y, de hecho, no ha dejado de suscitar al-
guno. Una cuestión latente es, por ejemplo, la de si consisten en meras
perspectivas, es decir, enfoques instrumentales o fenoménicos, o se re-
7. Las tres perspectivas clásicas, nacidas del padre común, Aristóteles, pero sepa-
radas y dispersas en la época moderna, han cobrado nueva vida en nuestros días a princi-
pios de los años ochenta. La cuarta, aunque también cuenta con raíces grecolatinas, espe-
cialmente en la retórica deliberativa del discurso público, procede más bien de Leibniz en
atención a su referencia a la ponderación de las razones en la resolución de casos de juris-
prudencia, y se ha reanimado a finales del pasado siglo gracias a una confluencia de motivos
discursivos, éticos y sociopolíticos, relacionados con la esfera pública.
104
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
miten a dimensiones efectivamente constitutivas de la argumentación.
Aquí no voy a entrar en esta discusión, de modo que me serviré de ellas
como un recurso simplemente expositivo. Las cuestiones no ya latentes
sino efectivamente debatidas se refieren más bien a la caracterización de
dichas perspectivas. Por ejemplo, Kock (2009) sostiene que la retórica
no es una perspectiva, sino un género o un tipo de argumentación que
se distingue por su dominio propio y tiene como paradigma la argumen-
tación práctica acerca de propuestas en ámbitos públicos de discurso.
Puede que este punto de vista haga justicia a una tradición retórica clási-
ca, grecorromana, que tuvo notable vigencia hasta, podríamos decir, Pe-
trus Ramus (véase Adrián, 2008). Pero hoy, precisamente a la luz de los
recientes desarrollos que están teniendo lugar en los estudios sociales,
éticos y políticos de la argumentación en la esfera pública del discurso,
p. ej., en torno a la deliberación pública o colectiva, esa proyección de
la retórica ya no puede considerarse propia y distintiva e induce a per-
der de vista ciertos aspectos básicos de la argumentación colectiva sobre
asuntos de interés común. Otra alternativa más reciente ha sido la pro-
puesta por Blair (2012b): revisa críticamente la correspondencia habi-
tual desde los años ochenta de la lógica con la visión del argumento como
producto, de la dialéctica con la visión de la argumentación como pro-
cedimiento y de la retórica con la visión de la argumentación como
proceso; en su lugar propone considerar la retórica como teoría de los
argumentos presentados en los discursos de un orador a un auditorio,
la dialéctica como teoría de los argumentos empleados y confrontados
en las conversaciones, y la lógica como teoría del buen razonamiento en
cada caso. Pero la revisión crítica de Blair es un tanto simplificadora, su
reducción de la retórica a una suerte de oratoria unidireccional y no in-
teractiva no parece justificada en nuestros días y, en fin, ignora la pers-
pectiva socioinstitucional sobre la argumentación que, a mi juicio, ha ve-
nido a sumarse a las tres perspectivas clásicas.
En lo que sigue adoptaré el planteamiento tradicional de estas pers-
pectivas sin mayores pretensiones que la de facilitar luego la exposición
de las cuestiones que aquí nos interesan, relacionadas con su visión y
tratamiento de las falacias. Así pues, de entrada, esbozaré un cuadro es-
quemático para dar una idea inicial y sumaria de sus papeles y aspec-
tos respectivos. Pero antes, en aras de una concepción integradora de la
«teoría de la argumentación», no estará de más precisar los puntos de
partida. Como ya es sabido, parto de una idea de la argumentación en-
tendida en tanto actividad de dar cuenta y razón de algo a alguien o ante
alguien con el fin de lograr su comprensión y su asentimiento. Puede
discurrir a través de proposiciones, de propuestas y de elementos funcio-
nalmente equivalente, a efectos argumentativos, p. ej., imágenes. El pa-
radigma de proposición es la aserción, la afirmación o negación de que
105
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
algo es el caso; su lugar «natural» es el razonamiento teórico y su pre-
tensión de ajuste en la dirección <lenguaje → mundo> es evaluable en
términos de verdad/falsedad o de mayor/menor plausibilidad. Una pro-
puesta, en cambio, es otro tipo de acto de habla del tenor: «lo indicado
[pertinente, conveniente, debido, obligado] en el presente caso es hacer
[no hacer] Z»; su lugar «natural» es el razonamiento práctico y su direc-
ción de ajuste en la dirección <mundo → lenguaje> es evaluable en tér-
minos de viabilidad/inviabilidad o mayor/menor aceptabilidad, acierto,
oportunidad. Pues bien, proposiciones y propuestas pueden considerar-
se compromisos cuando pasan a actuar dentro del juego argumentativo
de dar y pedir razones o, dicho de otra forma, en el interior de «un es-
pacio de razones»
8
. Un compromiso no es un mero acto de habla, sino
una interacción social entre dos o más agentes que intercambian infor-
mación y se influyen mutuamente al menos en la medida en que crean
determinadas expectativas sobre su comportamiento ulterior en calidad
de agentes discursivos. Esto supone cierta coordinación —presidida por
las presunciones básicas ya conocidas, véase más arriba cap. 1, § 2.3—
en la que el compromiso adquiere un sentido que no se identifica siempre
y necesariamente con las intenciones de los agentes. Este sentido procede
justamente de su inserción en un «espacio de razones» y su contribución
al juego de dar y pedir razón en dicho espacio de expectativas, autoriza-
ciones y responsabilidades entre unos agentes capaces de asumir obligacio-
nes, prohibiciones y habilitaciones para actuar, «jugar», del modo debido y
ser reconocidos y juzgados por ello. Por consiguiente, al caracterizar un
episodio o una situación como argumentación no estamos dando una des-
cripción empírica de algo simplemente dado, sino que lo estamos colo-
cando en el espacio de las razones, de la comprensión y la justificación, y
en el juego de las prohibiciones, habilitaciones y obligaciones contraídas
al respecto. Así, dar razón de una proposición o una propuesta es pro-
ducir otras proposiciones que permitan o habiliten al agente para asu-
mirla, es decir, que justifiquen su asunción y la hagan convincente ante los
demás participantes en el juego; pero esta asunción comporta asimismo
una responsabilidad y unas obligaciones inferenciales ante ellos, amén de
incompatibilidades con otras presunciones o asunciones. En cualquier
caso, el desempeño racional del juego de la argumentación supone la
competencia no solo para hacer algo, sino para hacer lo debido y del
modo debido en su contexto discursivo. De ahí cabe derivar unos prime-
ros criterios para juzgar sobre la condición argumentativa o no de una in-
8. La expresión procede de la tradición de análisis de Wilfrid Sellars y Robert Bran-
dom. Cf., por ejemplo, Sellars (1997); Brandom (2002). La idea de este juego y este «es-
pacio» de razones es más precisa que la noción genérica de «juego de la razón» subyacente en
las pretensiones y presunciones discursivas que ya tuvimos ocasión de ver en el cap. 1, § 2.3.
106
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
tervención y sobre su carácter falaz, incorrecto o especioso, tras admitir
su condición de argumento. No se trataría de un argumento si careciera
de las pretensiones de justificación, comprensión y convicción de la acti-
vidad de argumentar; y resultaría falaz si aparentara o tratara de aparentar
el seguimiento de unas reglas de juego, en realidad incumplidas.
Sobre esta base pragmática, cognitiva y normativa, podemos pasar a
considerar los que hoy suelen considerarse y destacarse como aspectos
discernibles, pero no estancos ni excluyentes sino complementarios, de
la actividad de argumentar.
a) El argumento como producto, consistente en la expresión cabal
o entimemática de un argumento, por ejemplo, en su expresión textual;
objeto característico del análisis lógico, sea formalizado o informal.
b) La argumentación como interacción argumentativa, que a su vez
podría entenderse
b.1) como procedimiento, p. ej., confrontación reglada entre argu-
mentos y contraargumentos, objeto característico de la normalización
dialéctica del debate o de la discusión racional;
b.2) como proceso, p. ej., como una interacción entre personas o
como la acción de una persona sobre otras en directo o en diferido; ob-
jeto característico del punto de vista retórico sobre la inducción suasoria
o disuasoria de creencias o de disposiciones a actuar en el interlocutor
o en el público.
c) La argumentación como fenómeno socioinstitucional que tiene lu-
gar dentro de, o entre, grupos sociales en espacios públicos de discurso,
bajo modalidades diversas como, pongamos por caso, la consulta (po-
lling) pública, la negociación, la deliberación de un jurado o el debate
parlamentario. Objeto característico de estudio de una lógica del discur-
so en la esfera pública o, digamos para abreviar, «lógica civil».
Podemos construir entonces el siguiente cuadro general de enfoques
o perspectivas.
107
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
PERSPECTIVA ASPECTOS DESTACADOS DE LA ARGUMENTACIÓN
LÓGICA
Productos ≈ argumentos textuales.
• Forma básica: < premisas — nexo ilativo — conclusión >
P. ej.: «Todo tiene una causa; luego, hay una causa de todo».
• Determinación de la validez o solidez del argumento por
criterios lógicos o metodológicos.
— Un paradigma: la prueba concluyente.
— Noción de falacia: prueba fallida o fraudulenta.
Una imagen: la argumentación como construcción, el argu-
mento como edificio → solidez, fundamentación…
DIALÉCTICA
Procedimientos ≈ argumentación interactiva y dinámica.
• Normativa del debate (p. ej.: papeles de proponente-opo-
nente) → reglas de primer orden / de orden superior. «No
evasión de la carga de la prueba / simetría interactiva».
• Determinación de las actuaciones correctas o incorrectas
de interacción y confrontación entre los papeles argumen-
tativos con el fin de resolver de modo razonable una dife-
rencia de opinión.
— Un paradigma: la discusión racional.
— Noción de falacia: violación del código.
Una imagen: la argumentación como un combate → leyes
de la guerra, normas de la confrontación (juego limpio…).
RETÓRICA
Procesos ≈ procesos de comunicación y de influjo interper-
sonal con propósitos suasorios o disuasorios.
P. ej.: discursos de Bruto y Marco Antonio ante el cadáver
de César (Shakespeare, Julio César, acto III, escena II).
• Recursos y estrategias de interacción personal.
• Estudio de recursos efectivos y estrategias efcaces para
inducir creencias, acciones o disposiciones.
— Un paradigma: el discurso convincente.
— Falacia: distorsión de la interacción, manipulación.
Una imagen: (re)presentación en un escenario con la pre-
sunta complicidad o implicación del auditorio.
108
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
PERSPECTIVA ASPECTOS DESTACADOS DE LA ARGUMENTACIÓN
SOCIO-
INSTITUCIONAL
Debate público ≈ procesos colectivos de discusión de pro-
puestas y ponderación de alternativas para resolver una
cuestión práctica de interés o dominio público.
P. ej.: debate del jurado en el filme 12 angry men [Doce hom-
bres sin piedad], dirigido por S. Lumet, 1957; cf. 12, dirigi-
do por Nikita Mikhalkov, 2007.
• Regulación en los planos discursivo y procedimental, so-
cioético y sociopolítico, modulada según el marco institu-
cional del debate (p. ej.: elecciones, asamblea o referendo,
parlamento, jurado, ejercicio escolar).
• Consideración y puesta a prueba de procedimientos trans-
parentes, accesibles e incluyentes de interacción simétrica
entre agentes autónomos + variaciones según sea delibera-
ción, negociación, mediación, consulta, etc.
— Un paradigma: la deliberación pública.
— Matriz generadora de falacias, debidas a opacidad o in-
accesibilidad; exclusión; heteronomía o dependencia; asi-
metría de la interacción.
Una imagen: la balanza de la razón.
En lo que sigue, procuraré detallar brevemente alguno de estos pun-
tos característicos de cada uno de los enfoques o perspectivas. El socio-
institucional, debido a su relativa novedad y su creciente importancia,
merecerá mayor espacio.
2.1. La perspectiva lógica
En realidad se trata de un enfoque lógico-epistemológico que conside-
ra los argumentos como productos textuales, como tramas semánticas
de premisas (P) y conclusión (c) con una urdimbre ilativa o, si se quie-
re, como variaciones en torno a un eje esquemático (c, dado que P) del
tenor de: ‘P, luego c’; ‘P, así que probablemente c’; ‘en los supuestos P,
lo obligado (debido, conveniente, oportuno) es c’, etc. Asimismo, adop-
ta como paradigma argumentativo la demostración o, cuando menos, la
prueba en el sentido de argumento en el que unas proposiciones —aser-
ciones o presunciones de conocimiento— P sientan, avalan o justifican
una proposición —aserción o pretensión de conocimiento— c. Es na-
tural, en fin, que a la hora de evaluar los argumentos, apele a unos cri-
terios lógicos o metodológicos de corrección, de solidez o de acredita-
ción epistémica.
109
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
En este contexto, una falacia viene a ser sustancialmente una prueba
o un intento de justificación epistémica fallidos por seguir un procedi-
miento viciado, de modo que se trata de un error o un fallo relativamen-
te sistemático y, por lo regular, encubierto o disimulado al ampararse
en recursos retóricos o emotivos para compensar la carencia o la insu-
ficiencia de medios de persuasión racional. Un modelo arquetípico de fa-
lacia en este sentido epistémico es la petición de principio, el tipo de
argumento que pretende probar, o aparentar la prueba de, la conclusión
en cuestión c* sobre la base de una premisa P* no menos controvertida,
o en todo caso inadecuada —bien porque P* es una aserción equivalente
a c*, bien porque P* presupone a su vez c* o descansa en ella— (Ikue-
nobe, 2004: 189-211). Como ya hemos visto en el cap. 2, § 2.3.2, este
punto, a saber: la falta de una justificación debida o la inadecuación de
la justificación pretendida, quiere ser precisamente un principio unifica-
dor de las falacias por debajo de las variedades que pudieran presentar
los fiascos y los disfraces discursivos.
Ahora bien, más allá o al margen de esta referencia a un presunto
paradigma, el enfoque lógico-epistémico puede presentar variantes muy
diversas. Una relativamente singular y procedente de nuestro medio his-
pano es la ofrecida por Carlos Pereda en su tratamiento del concepto
de falacia desde 1986 hasta hoy
9
. En sustancia, una falacia es un mal ar-
gumento que parece bueno, de modo que las nociones básicas vienen a
ser las de argumentar, ser un buen/mal argumento y parecer lo que no
se es. «Argumentar —a tenor de Pereda (1986: 115)— es una manera de
tratar problemas cuando diferentes creencias entran en desacuerdo»; re-
paremos, de paso, en esta referencia a creencias u objetos epistémicos,
no a creyentes, esto es, sujetos o agentes discursivos y epistémicos. Más
precisamente, la idea de argumentar se elabora a través de las tres con-
diciones de 1) valor, 2) comprensión y 3) verdad. Según esto, «A es un
argumentar sobre las creencias C si A es una acción tal que (1) de plan-
tearse un problema con respecto a C, A podría tratarlo» (1986: 116);
además, «(2) si [en A] las premisas y sus relaciones, y relaciones con la
conclusión respectiva, se constituyen con algún grado de inteligibilidad»
(1986: 117); y, en fin, puesto que las relaciones pertinentes son las de
respaldar, justificar, probar y ofrecer garantías, han de discurrir en tér-
minos de apoyos cognoscitivos, es decir, a través de enunciados o aser-
tos capaces de ser verdaderos o falsos; así pues, «(3) se ofrecen apoyos
cognoscitivos, internos y externos, al enunciado propuesto para tratar el
problema que procura tratar el argumento A» (1986: 118; véase asimis-
mo
2
2012: 250). Estas tres condiciones se suponen constitutivas o nece-
sarias, pero basta su presunción explícita para constituir un argumento.
9. Cf. Pereda (1986; 1996;
2
2012: 249-253).
110
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
A partir de ahí, se vuelven regulativas, pues el grado en que un ar-
gumento sea bueno o malo dependerá de la medida en que se cumplan
o incumplan (cf. 1986: 118;
2
2012: 250). Un argumento es malo cuan-
do no satisface una o varias de esas presunciones (1), (2), (3), esto es:
por falta de valor respecto del problema que se quiere tratar, por falta
de comprensión o por falta de verdad (
2
2012: 250-251). De ahí resulta
una noción precisa de falacia: «El argumento A es una falacia si y solo
si (a) A es un mal argumento, pero (b) A parece un buen argumento»
(1986: 115;
2
2012: 249). En consecuencia, toda falacia es un mal argu-
mento —incluido el caso extremo en que ni siquiera llegue a constituir
un argumento—, pero no todo mal argumento es una falacia; para ser-
lo, precisa además parecer bueno. Este parecer no consiste, por cierto,
en una apreciación o un atributo de un sujeto, sino en una simulación o
una apariencia objetivamente engañosa determinada por la conforma-
ción del propio argumento. Pereda también considera la distinción en-
tre unas faltas directas, relacionadas con el incumplimiento de la condi-
ción (3) de verdad, aunque también incluyen los fallos inferenciales, que
se producen con el argumento en marcha, y unas faltas indirectas, en
cierto modo más básicas, debidas a incumplimientos de las condiciones
(1) de valor o (2) de comprensión. Sobre estos supuestos conjetura que
el parecer un buen argumento responde precisamente a la existencia
de estas faltas indirectas (1986: 127), así que todas las faltas indirec-
tas producen falacias, mientras que solo lo harían algunas faltas directas
(
2
2012: 251). En esta sucinta recensión, podemos ver reflejados algu-
nos rasgos característicos de la perspectiva lógico-epistémica que adop-
ta Pereda. Para empezar, cuenta con una noción relativamente definida
y criteriológica del argumento falaz, conforme a la estipulación analí-
tica de unas condiciones constitutivas y regulativas. En segundo lugar,
se muestra restrictiva al reconocer los argumentos y, en consecuencia,
las falacias: se componen de enunciados o de asertos, y de relaciones de
inferencia lógica y de apoyo epistémico entre ellos, de modo que con-
sisten, al menos primordialmente, en productos textuales de carácter
proposicional. Y por último, se trata de un planteamiento monológico e
impersonal, correspondiente a una teoría de la argumentación sin agen-
tes discursivos y a una epistemología sin sujetos epistémicos.
Las virtudes de este tipo de planteamientos lógico-epistémicos resi-
den en la propuesta de unos criterios finos y precisos para determinar
la calidad del argumento analizado, y en la existencia de modelos con-
trastados para juzgar sobre sus pretensiones de prueba. Las limitaciones
tienen que ver con unos supuestos como los siguientes: 1) la argumen-
tación puede responder a diversos propósitos, pero el fundamental es
probar algo, así que el objetivo primordial de un argumento es probar
o justificar debidamente una proposición —frente a otros secundarios o
111
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
derivados como inducir a alguien a aceptarla—; 2) de ahí que su calidad
sea ante todo epistémica y que las condiciones determinantes de esa ca-
lidad se remitan a una justificación objetiva interna; y en esta línea, 3) el
análisis y la evaluación se atienen a un producto argumentativo autóno-
mo, al texto de una prueba o una demostración, más bien al margen de
los contextos efectivos de uso del argumento y de los marcos de interac-
ción de los agentes discursivos. Las falacias resultan, en fin, tipos fraudu-
lentos de prueba o casos de pruebas disfrazadas y fallidas. En suma, esta
perspectiva lógico-epistémica tiende a primar uno de los propósitos de
la argumentación, el cognitivo o informativo, a tomar la demostración
como arquetipo o modelo argumentativo y se limita a considerar los ar-
gumentos como productos textuales, autónomos y monológicos —hasta
convertir la petición de principio en falacia paradigmática—
10
. Pero en
la argumentación hay más cosas que las que esperan ver los ojos de los
lógicos dados a leer textos de argumentos: hay, por ejemplo, interaccio-
nes dialógicas, discusiones y procedimientos de dar y pedir razones de
lo que alguien sostiene ante algún otro.
2.2. La perspectiva dialéctica
Un enfoque dialéctico se centra en la interacción discursiva, más bien
normalizada, entre unos agentes que desempeñan papeles opuestos y com-
plementarios en el curso de un debate, el de proponente o defensor de
una posición y el de oponente o adversario. De ahí que su paradigma o
modelo argumentativo sea la discusión crítica, y que el aspecto de la ar-
gumentación situado en primer plano sea el curso seguido en la confron-
tación en orden a la consecución del buen fin de la discusión y conforme
a unas determinadas reglas de procedimiento. El propósito principal de
conducir la discusión a buen puerto y la normativa del debate deparan
las condiciones y normas que ha de cumplir la buena argumentación: se
supone que, por contraste, el bloqueo de la resolución racional del con-
flicto o la violación de las reglas de juego definen la mala argumentación
en general o, al menos, son la marca de un proceder perverso o ilícito.
En consecuencia, será falaz la intervención argumentativa que, en el
contexto de la discusión, atente contra las condiciones o las reglas que go-
biernan el buen curso y el buen fin cooperativo de la discusión, de modo
que, por ejemplo, no respete las máximas conversacionales que presiden
el entendimiento mutuo y la fluidez de la comunicación, o viole alguna de
las reglas del código de la discusión crítica.
10. Sin embargo, más allá de estos límites epistémicos o desde una perspectiva más
comprensiva, el estudio de la propia petición de principio puede complicarse y refinarse
bastante, según muestra Walton (2006).
112
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
El mismo Pereda (1994) también ha considerado otro modelo de ar-
gumentación viciada en este sentido que, en principio al menos, parece
discurrir en paralelo a su concepción del argumento falaz. Se trata de la
idea de vértigo argumental, una idea de especial relieve y significación
para el análisis crítico de las argumentaciones y discusiones en filosofía y
en el discurso común. Ahora nos vamos a mover en el marco de unos ci-
clos argumentales que funcionan como ataque o defensa de un enunciado
(1994: 81) y envuelven tanto papeles discursivos, pro/contra, como res-
paldos de aseveraciones que se rigen por unas reglas específicas inferencia-
les, morfológicas y procedimentales. En este contexto, epistemológico una
vez más pero reanimado por la tensión dialéctica del debate, los vértigos
argumentales vienen a ser tendencias viciosas que acompañan a la inevi-
table asunción de un punto de vista y a la consiguiente dirección o sesgo
de la atención. Tienen lugar, en particular, cuando los argumentos se usan
para: a) exagerar de modo ilegítimo el alcance de unas creencias supues-
tamente verdaderas; b) debilitar o desdeñar las creencias opuestas; c) blin-
darse frente a los ataques que provengan de supuestos o puntos de vista
alternativos; y por añadidura, d) la prolongación de la discusión, la re-
afirmación de la propia posición o el blindaje frente a la contraria se suelen
hacer de modo no deliberado o intencionado, sino de manera inconsciente
al calor de la discusión. Por contraposición a estos vicios, Pereda (1994)
recomienda el cultivo de ciertas virtudes epistémicas, como la integridad,
el rigor o la coherencia interna, y la atención a ciertas reglas prudencia-
les, en especial estas cuatro: I) ante perplejidades, conflictos o problemas
de creencias, piensa que tratarlos con argumentos conforma el modelo
para hacer frente a tales dificultades; II) ten cuidado con las palabras;
III) evita los vértigos argumentales; IV) procura que tus argumentos no su-
cumban a las tentaciones extremas de la certeza o la ignorancia, ni a las del
poder o la impotencia (cf. 1994: 1-10). Salta a la vista no solo el cambio
de marco de referencia de estos nuevos vicios cognitivo-dialécticos, sino
incluso su presentación más informal y casi conversacional, menos estipu-
lativa y analítica, que la ofrecida en el caso de las falacias: lo que allí era
dictamen, ahora se vuelve consejo y advertencia.
Pero la propuesta no solo más representativa sino quizás más influ-
yente en esta línea ha sido una bien conocida a estas alturas: la prag-
madialéctica. Como ya sabemos, considera que las falacias son procedi-
mientos de argumentación que contravienen sistemáticamente la finalidad
o las normas de la discusión crítica; pueden definirse más específicamen-
te como actos de habla que sesgan o frustran los esfuerzos dirigidos a re-
solver una diferencia de opinión
11
. Siendo las falacias transgresiones, su
11. La propuesta se remonta a una de las contribuciones fundacionales de la escuela
de Ámsterdam; véase Eemeren y Grootendorst (1992). Luego, a veces, parece atenuarse el
113
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
determinación se confía al código de reglas que vienen a violar. Como
también hemos visto, este código normativo se deja resumir en una suer-
te de decálogo presidido por dos mandamientos básicos de la discusión
crítica y tres directrices del debate racional. Rezan esos mandamien-
tos: i) guardarás por encima de todo una actitud razonable, cooperativa
con el buen fin de la discusión, y ii) tratarás las alegaciones de tu con-
trincante con el respeto debido a las tuyas propias. Las directrices, a su
vez, procuran velar por 1) el juego limpio, 2) la pertinencia de las alega-
ciones cruzadas, y 3) su suficiencia y efectividad en orden a la resolución
de la cuestión o con miras a un buen fin del debate.
Entre sus méritos se cuentan desde poner la interacción discursiva del
juego de dar y pedir razones en primer plano o constituir una propues-
ta sistemática y normativa, hasta reconocer el relieve de procedimientos
ilegítimos un tanto descuidados por la tradición, como la evasión de la
carga de la prueba o el bloqueo de la capacidad de intervención de la otra
parte en la discusión. Mayor virtud es, a mi juicio, la introducción de un
planteamiento de sumo interés en la perspectiva general de una teoría
de la argumentación: la consideración de dos planos a los que ya he he-
cho referencia, a saber, la infraestructura pragmática del discurso y la
estructura regulativa de la interacción dialéctica, en el estudio de la ar-
gumentación. Pero luego da en tratar esta interacción argumentativa en
unos términos más convencionales e institucionales —entre actores de
papeles proponente/oponente— que comunes y efectivos —entre agen-
tes que conversan o se enfrentan cara a cara, entre personas de carne
y hueso—. Por lo demás, acusa ciertos problemas de indeterminación y
tiende a asociar en exceso el cargo de falacia a la idea de mala argumen-
tación, al juzgarla contrapartida de la buena. En este punto puede ser
oportuna la revisión de Walton (1995) cuando añade a la incorrección
o falta de virtud la simulación u otra suerte de vicio como el uso relati-
vamente sistemático de una estratagema engañosa con el propósito de
ganar una ventaja ilícita sobre el contrario, para, sin ir más lejos, distin-
guir entre la falacia y el error casual o la falta de competencia. En suma:
una falacia es una argumentación que incumple alguna de las normas de
procedimiento correcto, en un determinado marco de diálogo o contex-
to de discusión, pero simula o reviste una apariencia de corrección y
énfasis inicial en la argumentación como acto de habla para adoptar un punto de vista más
estratégico y aproximado a nuevas ideas, como la de esquema argumentativo. Aunque la
pragmadialéctica no ha llegado a la pragmática del compromiso, en el sentido antes preci-
sado. Por otro lado, más recientemente Van Eemeren y Houtlosser vienen a definir las fala-
cias como «descarrilamientos» de maniobras estratégicas en aras de la persuasión, cf. Eeme-
ren y Houtlosser (2003). Pero no ha variado la creencia inicial en que toda argumentación
falaz es el correlato viciado o ilegítimo de un proceder argumentativo correcto o legíti-
mo y así remite a la contrapartida correspondiente de argumentar bien o como es debido.
114
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
constituye un serio obstáculo para la realización de los fines propios de
la discusión o del diálogo. De modo que al final volvemos a encontramos
en esta perspectiva dialéctica con el viejo tópico de la apariencia —si
bien bajo un aspecto más activo e incisivo de simulación—, frente a otras
consideraciones pertinentes como la eficacia suasoria e inductora. Será
al tercero de los enfoques mencionados, el de la retórica, al que corres-
ponda la vindicación de estas últimas.
2.3. La perspectiva retórica
Una perspectiva retórica centra la mirada en los procesos de argumenta-
ción que discurren sobre la base de relaciones interpersonales de comu-
nicación y de inducción, y en sus eventuales efectos persuasivos, suaso-
rios o disuasorios
12
. Paradigmática en este sentido podría ser la defensa
de un caso ante un interlocutor, un jurado o un auditorio sobre cuyas
creencias, disposiciones o decisiones acerca del caso en cuestión se pro-
cura influir. De modo que son consideraciones de eficacia y de efectivi-
dad las que priman a la hora de juzgar sobre la argumentación: eficacia y
efectividad que, por una parte, no se siguen necesariamente de las virtu-
des internas lógicas o dialécticas de los argumentos y los procedimientos
empleados
13
, y que, por otra parte, pueden darse sin ellas.
En esta perspectiva cobran relieve ciertos aspectos pragmáticos y con-
textuales descuidados por las perspectivas lógica y dialéctica complemen-
tarias. Por ejemplo, el éthos, el talante y la personalidad del argumenta-
dor o del orador —amén de su «imagen», su «encanto» y su actuación—;
el páthos, la disposición receptiva de los interlocutores o del auditorio;
la oportunidad, kairós, de una intervención con arreglo al marco, la si-
tuación y el momento del discurso. En el presente contexto cabe referir
genéricamente el primero al agente inductor y el segundo, al receptor,
mientras que las referencias en el último caso pueden concretarse en la de-
pendencia que la argumentación tiene con sus marcos determinados
de desenvolvimiento. Por lo que concierne a las falacias en particular,
estos tres parámetros determinan nociones como las siguientes. Del in-
ductor lo que cuenta es ante todo su intención persuasiva. Esta inten-
12. Ni que decir tiene que, a todo lo largo de este libro, vengo hablando de induc-
ción no en el sentido técnico en metodología de la llamada «argumentación o inferencia
inductiva», sino en el sentido usual de pretensión o acción de inducir a alguien a creer o
hacer algo.
13. En este aspecto, la relación entre la justificación o la calidad interna de un argu-
mento y su eficacia o su poder de convicción tiene una contingencia similar a la que los
teóricos de los actos de habla advierten en la relación entre la fuerza ilocutiva de un acto
de habla y su efectividad perlocutiva: no basta pedir a alguien 100 € del modo apropia-
do y que esa persona entienda las razones de nuestra petición, para que efectivamente las
asuma como razones determinantes y, acto seguido, nos preste los 100 €.
115
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
ción persuasiva puede ser recta e ingenua cuando el propio argumenta-
dor incurre en un paralogismo que, inadvertidamente, trata de transmitir
al receptor. Pero si la intención se supone falaz, entonces habrá de ser
dolosa o fraudulenta: el agente es consciente de emplear un recurso cap-
cioso para inducir al receptor a adoptar una creencia o una decisión. Por
parte del receptor, lo que cuenta es ante todo su asunción, su complici-
dad objetiva con el error, la confusión o el engaño inducidos, al margen
de si es más o menos inconsciente de participar en un enredo o de ser
engañado. Según esto, cabría distinguir entre un intento falaz, la «menti-
ra» propuesta o el engaño pretendido por el inductor, y una falacia efec-
tiva, la cumplida con la anuencia del receptor engañado, la mostrada en
la línea de pensamiento o de conducta que este adopta bajo la presión
o la influencia inducida. Solo son falacias propiamente dichas las fala-
cias efectivas: lo que podríamos decir de un intento falaz que no logra
su propósito de persuadir, engañar o confundir, es que se trata de una
falacia fallida. Con ello también se marca y acentúa la cooperación del
receptor en el éxito de una falacia cabal: un discurso no será cabalmente
falaz si no llega a producir sus deletéreos efectos sobre el entendimien-
to, la voluntad o los sentimientos del receptor. Pero, al mismo tiempo,
esta consideración hace relativa la idea de falacia a la competencia discur-
siva del receptor y a unos contextos de uso concretos: habrá falacias frus-
tradas o fallidas, o simplemente inanes, para determinada gente en de-
terminados contextos y que, sin embargo, resultarán cabales y efectivas
para otra gente en esos u otros contextos —cabe suponer que los auto-
res de manuales sobre falacias, por ejemplo, Damer (
5
2005) o Tindale
(2007) no asumen ni sostienen los argumentos que aducen como ejem-
plos, aunque los hayan seleccionado precisamente por su eco popular o
por su presunto éxito—. De donde se desprende que, desde un punto de
vista retórico, puede que no haya formas genéricas de falacias, salvo en
los manuales o en los catálogos, porque distintos usos argumentativos
aparentemente de un mismo tipo, en diversos contextos, conforman y
determinan en realidad distintos argumentos.
Hay otra contribución del punto de vista retórico no menos relevante
tanto con respecto a las falacias usuales y comunes como en relación con
la argumentación más en general. Se trata de una llamada de atención no
ya sobre unos determinados usos sino sobre las estrategias argumentati-
vas. Ateniéndonos al presente caso de las falacias, importa reparar en la
existencia de estrategias y estratagemas falaces. Son falaces, en esta lí-
nea, la estrategia escénica y la estratagema discursiva deliberadamente
capciosas del inductor que logran engañar o enredar al receptor y con-
siguen en definitiva hacer efectivo su propósito suasorio o disuasorio.
A juzgar por nuestros diccionarios, el significado común en español de
los términos ‘falacia’ y ‘falaz’ suele moverse en este sentido, tendente al
116
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
que he sugerido para el empleo discriminatorio de ‘sofisma’
14
. Las estra-
tegias y estratagemas falaces pueden envolver viejos lugares comunes o
estereotipos de nuevo cuño positivamente motivadores, de dominio pú-
blico y eco popular, como los que suelen adoptar o crear las campañas
publicitarias. Pero pueden asimismo obrar como estrategias preventivas
e inhabilitadoras de la capacidad de respuesta lúcida y autónoma del re-
ceptor. Por lo regular, en las estrategias eficaces, suelen no solo buscarse
sino concurrir ambos efectos: el impulsor, a efectos suasorios en favor
de nuestros propósitos, y el inhibitorio a efectos disuasorios en preven-
ción o anulación de la resistencia de los otros. Una estrategia falaz viene
a ser entonces un recurso planeado y deliberado de introducir sesgos,
condiciones, obstáculos o impedimentos al proceso de interrelación dis-
cursiva, entre el inductor y el receptor, a expensas de la simetría que cabría
suponer en una interacción franca entre los agentes involucrados; pero
conlleva además, cuando no resulta fallida, una distorsión de la comuni-
cación y de la interacción equitativa e inteligente entre esos agentes. La
distorsión de la comunicación radica básicamente en la no transparen-
cia discursiva del inductor: en la ocultación o el disfraz de sus intenciones
y en la utilización de recursos argumentativos especiosos. La distorsión
de la interacción estriba en la no reciprocidad o asimetría: el inductor se
erige a sí mismo en autoridad, él sabe bien lo que conviene o se debe ha-
cer en tal situación, y condena al receptor a la condición de sujeto pasivo,
encerrado en un marco de opciones predeterminadas o incapacitado para
asumir sus propias responsabilidades o adoptar sus propias opciones. La
distorsión, por lo que toca al receptor, consiste en su heteronomía: el re-
ceptor viene a quedar al servicio de los fines del inductor, sea en orden a
lo que este pretende hacer creer, sea en orden a lo que pretende decidir o
efectuar. Recordemos esta tríada de distorsiones: opacidad, asimetría, he-
teronomía, relevante por su alcance general y por su impacto perturbador
no solo sobre la argumentación racional, sino sobre la comunicación y la
interacción discursiva inteligente. En todo caso, la finalidad suasoria o di-
suasoria de una estrategia falaz es lograr la adhesión —una respuesta con-
forme o una actitud rendida, o al menos complaciente— de aquellos a los
que se dirige y, en este sentido, no difiere mucho del pleno convencimien-
to que se espera de una buena argumentación: la diferencia estriba en los
medios empleados para este fin y en el grado subsiguiente de lucidez y de
autonomía con que los destinatarios se dejan persuadir o convencer.
14. Por ejemplo, ‘falacia’, según el Diccionario de la Real Academia Española (2001),
significa: 1) el engaño, fraude o mentira con se intenta dañar a alguien; o 2) el hábito de
emplear falsedades en daño ajeno. El Diccionario del español actual de Manuel Seco, Olim-
pia Andrés y Gabino Ramos (1999) la identifica con engaño o mentira. ‘Falaz’, califica a
su vez, lo embustero o falso, según el DRAE, y lo engañoso, falso o mentiroso, según el
Diccionario de uso del español de María Moliner (1998).
117
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
Este último punto invita a una postrera consideración de las relacio-
nes entre la argumentación persuasiva, la manipulación y la seducción,
cuya revisión nos permitirá ahorrarnos malentendidos y, en último tér-
mino, una descalificación tan tópica como infundada de la retórica. El
tópico consiste en pensar que la retórica conlleva una intromisión de
emociones, artificios y figuras literarias en el discurso, una ingerencia
de recursos suasorios, en suma, que lo envuelve en una sombra de irra-
cionalidad y hace que toda argumentación persuasiva se vuelva sospe-
chosa justo en la medida en que se supone eficaz. Pero la eficacia comu-
nicativa y persuasiva no es sino el fruto natural de la calidad retórica:
una buena retórica es una retórica eficiente, así como un buen argumento,
desde una perspectiva retórica, es un argumento efectivamente convin-
cente. Para tener esto claro es importante precisar las nociones involu-
cradas: manipulación, seducción, argumentación persuasiva. Entiendo
por manipulación (discursiva) una interacción comunicativa de A diri-
gida a inducir a B a creer o hacer algo, en la que se dan estas tres condi-
ciones: 1) A persigue con ella un interés propio que puede no coincidir
con los intereses de B —condición de interés propio—. 2) Los intereses
y propósitos de A están ocultos o son inaccesibles para B —condición
de opacidad—. 3) B se ve inducido a responder en el sentido pretendido
sin que medien por su parte ni advertencia, ni consentimiento —condi-
ción de dependencia—. Todas estas condiciones admiten grados y mati-
zaciones. La condición (1) no excluye que el interés de A sea uno de los
presuntos intereses de B, como en el caso del padre que trata de velar
por la salud de su hijo, ni excluye, por el otro lado, que el interés de A
se oponga a los presuntos intereses de B, como en el caso del proxeneta
que trata de ganarse a su víctima en beneficio propio. Por otro lado, las
condiciones (2) y (3) pueden darse de modo más o menos pleno. Cuan-
do ambas se cumplen efectivamente y el interés propio del inductor va
en contra de los intereses del inducido, nos encontramos ante una ma-
nipulación maliciosa o fuerte. La seducción (discursiva), a su vez, pue-
de prescindir de (1) y tener lugar de modo desinteresado o ni siquiera
consciente e intencionado, pero en todo caso obra conforme a (3) y el
seducido resulta dependiente del seductor hasta el punto de que, por lo
regular, ni siquiera tiene la ocasión de considerar reflexivamente su rela-
ción de dependencia: le basta con disfrutar de ella. Y, en fin, una argu-
mentación persuasiva es una interacción con pretensiones de inducción
en la que se da (1) y puede incluso darse de algún modo (2), pero en
ningún caso (3). Como ya sabemos, en la perspectiva retórica importa
considerar junto al propósito justificativo, epistémico y dialéctico, de la
argumentación cabal un propósito suasorio correlativo consistente en
su efectividad pragmática o su eficacia comunicativa. También hemos
visto que la práctica de esta virtud de la argumentación persuasiva su-
118
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
pone cierta complicidad y participación del persuadido. En esta línea,
una argumentación persuasiva resulta razonable en la medida en que no
solo cuenta con buenas razones, sino que además estas razones son asumi-
das o reconocidas por el interlocutor o el destinatario del discurso, de
modo que este se deja llevar por ellas con cierto grado de conocimiento y
de consentimiento. En definitiva, una buena argumentación persuasiva,
siendo ejemplarmente retórica, no descansa en manipulaciones o seduc-
ciones como las que puede envolver una argumentación falaz desde este
punto de vista. Así que, al vernos ante un «argumento retórico», mire-
mos con atención su trama y condición antes de exclamar «¡Falacia!» y
tocar madera.
Por desgracia, no son estas confusiones y prevenciones las únicas que
suelen pesar sobre la retórica discursiva. Y, desde luego, no es ahora el
momento de disolverlas todas. Pero hay un prejuicio especialmente di-
fundido entre lógicos y filósofos referido a la relación entre lógica y retó-
rica o, mejor dicho, a la falta de relación entre una y otra, que algo tiene
que ver con los equívocos precedentes y que ya va siendo hora de des-
terrar. Descansa en el supuesto de una partición del campo del discurso
en el par de opuestos lógica vs. retórica, de acuerdo con el «axioma»:
1) La razón es a la lógica lo que la seducción a la retórica.
De donde se deriva por alternancia o permuta de medios
15
la conclusión:
2) La razón es a la seducción como la lógica a la retórica,
«teorema» que sentencia su exclusión mutua.
Esta partición conlleva una idea sesgada de la retórica que aún se
mantiene como si el tiempo, desde mediados del pasado siglo hasta hoy,
hubiera transcurrido en vano
16
. La verdad es que uno de los legados re-
conocidos de la segunda mitad del siglo XX ha sido la constitución de la
Retórica como una nueva o renovada disciplina dentro del campo de la ar-
gumentación, más allá de la tradición escolar que la reducía a la oratoria
o a un género ornamental literario o estilístico y, por cierto, al margen
de su inclusión entre las malas artes de la comunicación de masas. Esa re-
novada condición discursiva nos permite reivindicarla como una pers-
pectiva ineludible y solidaria de la argumentación falaz.
15. Si a:b:: c:d, entonces a:c:: b:d, según la teoría clásica de proporciones (Euclides,
Elementos, V, 16).
16. Se ha asegurado incluso que «la oposición ‘lógica/retórica’ representa un antago-
nismo cultural fundamental», véase Cattani (2008: 119).
119
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
3. PERSPECTIVAS ACTUALES II.
LA NUEVA PERSPECTIVA DE LA «LÓGICA DEL DISCURSO CIVIL»
Según algunas presentaciones de las perspectivas clásicas: lógica, dialécti-
ca y retórica, las tres en conjunto se suponen suficientes para cubrir con-
juntamente el amplio espectro de la argumentación. También en combina-
ción se bastarían no solo para tratar aspectos tan diversos de la interacción
argumentativa entre agentes discursivos como los que hemos visto, sino
para abordar problemas de otro género no menos relevantes. Un punto
pendiente al que deben responder es, por ejemplo, el problema de la co-
ordinación y articulación de las tres perspectivas mismas, integración que
en teoría al menos parece deseable —frente a prejuicios sobre la partición
del campo del discurso como el antes denunciado a propósito del par ló-
gica vs. retórica—. Otros problemas que aguardan propuestas integrado-
ras son el ya sugerido de las relaciones entre la calidad y la eficacia de un
recurso argumentativo, o la cuestión más general aún de las relaciones en-
tre la normatividad y la efectividad de la argumentación, sea buena, mala
o falaz. Como la buena argumentación, al menos según criterios lógicos y
dialécticos, no implica el éxito o el efecto pretendido, antes al contrario
puede ocurrir que las peores razones y las más engañosas resulten las más
eficaces a la hora de actuar sobre las creencias, decisiones o acciones de un
lector, un interlocutor o un auditorio, ¿por qué argumentar bien en vez de
hacerlo deliberada y subrepticiamente mal, por qué debatir con franqueza
y honestidad en vez de abatir al contrario con sofismas?
Hoy, sin embargo, se están abriendo nuevos horizontes argumenta-
tivos como el del discurso público en determinados ámbitos de carácter
social o institucional, y nos estamos viendo ante nuevos cruces de cami-
nos como los marcados, pongamos, por la negociación o por la delibe-
ración en su calidad de encrucijadas del discurso práctico y del discurso
público. Todo esto apunta hacia un nuevo programa de exploración y
de investigación en teoría de la argumentación que llamaré «lógica del
discurso civil»
17
. Creo que se trata de un terreno discursivo y una pers-
pectiva argumentativa irreductibles a las anteriores en la medida en que
tienen problemas propios, falacias peculiares y no pueden considerarse
una mera prolongación o proyección de las perspectivas clásicas al espa-
17. Empleo ‘civil’ como versión de public en expresiones del tipo de public sphe-
re, public reason, public argument, public deliberation. Me ha sugerido este término una
tradición hispánica que lo aplica al discurrir común, en un marco práctico social, y se re-
monta al siglo XVIII (p. ej., a autores como Benito Jerónimo Feijoo, Andrés Piquer, Grego-
rio Mayans). En francés pueden detectarse, ya un siglo antes, usos en un sentido similar
y en el contexto de las falacias comunes y cotidianas, p. ej., en la Logique de Port-Royal
(1662,
5
1683), Parte III, cap. XVIII: «Des mauvais raisonnements que l’on commet dans la
vie civile & dans les discours ordinaires».
120
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
cio público, de modo análogo a como la racionalidad pública social no
se limita a ser una mera extensión o generalización de la racionalidad
privada o individual, según sabemos hoy por resultados críticos como el
teorema de Arrow o el llamado «dilema discursivo»
18
. En todo caso, su
campo peculiar de referencia, la esfera del discurso público, cuenta hoy
con una identidad propia y con unos rasgos y problemas distintivos. Me
permitiré un excurso a este respecto.
Se supone, de entrada, que el terreno del discurso es un ámbito de in-
teracción lingüística con tres dimensiones básicas: una pragmática, marca-
da en este caso por el uso del lenguaje con propósitos o pretensiones ar-
gumentativas; otra cognitiva, determinada por la comunicación de ideas,
emociones, etc.; y una tercera sociocultural, que remite a la situación y
al contexto de interacción y entendimiento. La marca argumentativa con-
siste en determinados usos expresos e interactivos de la razón, en particu-
lar, en el uso de la argumentación como modo de dar cuenta y razón de
algo a alguien o ante alguien con el fin de justificar nuestras propuestas
y de lograr su adhesión o su asentimiento a lo que proponemos. Por otro
lado, lo público es en principio lo accesible a todos, concerniente a todos
y a disposición de todos —algo de interés y dominio públicos—, dentro
de una comunidad de referencia; descansa en la efectividad, fluidez y
calidad de la comunicación entre sus miembros. Se trata de un construc-
to
19
no solo conceptual, sino histórico y normativo, a la luz de recons-
trucciones como la de la esfera pública burguesa avanzada por Haber-
mas, amén de otras varias contribuciones y revisiones posteriores. Hoy
nos encontramos además con algunas complicaciones añadidas, dos en
especial: 1) la pluralidad de los públicos que suelen concurrir en nues-
tras esferas de interacción comunitaria (concurrencia de grupos y cultu-
ras); 2) la construcción de nuevos espacios públicos telemáticos —p. ej.,
comunidades «virtuales», foros de debate— que pueden determinar cam-
bios del discurrir en público
20
. Hay, en fin, efectos inducidos por el marco
18. Véase, p. ej., Pettit (2001), List (2006).
19. Este carácter de constructo puede reflejarse en los diversos sentidos adquiridos
por el término. Se han destacado tres: 1) lo público como lo común o general, p. ej., en la
expresión «interés (o bien) público» versus «intereses (o bienes) privados»; 2) lo público
como lo manifiesto o expuesto a todos; 3) lo público como lo abierto o a disposición de
todos, p. ej., «plaza pública». Véase Rabotnikof (2011).
20. Uno de estos cambios puede ser el inducido por la aparición, junto o frente a la
tradición de la publicidad presencial, de una nueva publicidad virtual o electrónica como
la propiciada por la comunicación mediada y mediatizada por el ordenador. La publici-
dad presencial supone no solo comunicación corporal e integral, directa, en persona, sino
publicidad en el sentido de estar ante los ojos de los otros, bajo su mirada, según advertía
un antiguo proverbio griego recordado por Aristóteles (Retórica, 1384a34): «La vergüen-
za está en los ojos». En esta línea, la vergüenza: i) trae consigo una conciencia de la expo-
sición y riesgo personales, pudor, autocontención; ii) plantea el actuar en público como
121
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
sociocognitivo del grupo que determinan errores y falacias de carácter es-
pecífico, como los fenómenos bien conocidos de pensamiento grupal, que
tienden a distorsionar o ignorar la evidencia disponible a cada miembro
en favor de la convergencia y la cohesión del grupo, o de polarización
de actitudes y posturas en el curso de discusiones, o siquiera conversa-
ciones, entre grupos
21
.
Pasemos a contemplar ahora un caso ilustrativo de la argumentación
dentro de este ámbito práctico social: en particular, el caso paradigmá-
tico de la deliberación.
Entiendo por deliberación en este contexto una interacción argumen-
tativa entre agentes que tratan, gestionan y ponderan información, op-
ciones y preferencias, en orden a tomar de modo responsable y reflexi-
vo una decisión o resolución práctica sobre un asunto de interés común
y debatible, al menos en principio, mediante los recursos del discurso
público, p. ej., mediante razones comunicables y compartibles más allá
de los dominios personales o puramente profesionales de argumentación.
Supone no solo una interacción dialéctica entre alternativas, sino una
confrontación interpersonal de los proponentes, cuya presencia real
puede propiciar tanto estrategias de poder e influencia, como actitudes
de cautela e incluso inhibición de maniobras descaradamente falaces
22
.
Su éxito descansa, entre otras cosas, en la disposición al entendimiento
mutuo y a la coordinación de las intervenciones —no necesariamente al
consenso— y en la fluidez de la comunicación, p. ej., en la experiencia
de que compartir información ayuda a salvar las limitaciones del conoci-
miento individual. El éxito puede consistir en un resultado satisfactorio
para el colectivo, aunque no sea el mejor o el más satisfactorio para cada
uno de los individuos, de modo de que ese resultado no se obtendría si
cada cual se empeñara en seguir el dictado de su razón práctica personal.
Este ámbito del discurso público o del discurrir en público, aunque sea
motivación para contribuir al curso de la conversación ateniéndose a las convenciones per-
tinentes con el fin de lograr estima y reconocimiento: se trata de una manifestación del
llamado «papel civilizador de la hipocresía»; iii) comporta una asunción de responsabili-
dades, una obligación de responder de las propias opiniones y propuestas, frente a las ob-
jeciones o ante las opiniones y propuestas alternativas.
A esta publicidad presencial se suele contraponer una publicidad electrónica, que su-
pone: i*) una presencia virtual, transcrita y leída en la pantalla del ordenador (no sentida,
ni vista); ii*) un personaje y una actuación o representación, antes que un agente personal
con sus señas reales de identidad —salvo la dirección IP (Internet Protocole) de la interfaz
del dispositivo en red—; y, en suma, iii*) una publicidad desvergonzada (en particular, en
chats). Con todo, las contraposiciones de este tipo deberían considerarse más sintomáti-
cas que categóricas.
21. Sobre el pensamiento grupal, véase Janis (1982). Sobre las polarizaciones, Suns-
tein (2009).
22. Para evitar complicaciones ulteriores, dejo al margen la deliberación virtual por
vía electrónica.
122
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
terreno abonado para ciertos esquemas argumentativos como los llama-
dos «conductivos», conoce diversos tipos de argumentación parejamente
plausibles y rebatibles (defeasible), que discurren sobre bases pragmáticas
y conversacionales de entendimiento y pueden seguir pautas parecidas de
procedimiento; por ejemplo, la compuesta por estas fases o movimien-
tos: 1) planteamiento del asunto y apertura; 2) distribución de infor-
mación; 3) avance de propuestas y contrapropuestas; 4) ajustes y revisio-
nes; 5) adopción de una resolución, y 6) confirmación de la resolución
tomada y cierre
23
. También se presta a estrategias diversas, p. ej., unas más
bien competitivas frente a otras más bien cooperativas donde el oponente
no actúa como un rival sino como una fuente de recursos alternativos o
complementarios (de información, revisión, etcétera).
Pero la deliberación, en el sentido práctico y público relevante aquí,
se distingue por la importancia que cobran ciertos rasgos como los si-
guientes:
i*) El proceso discurre a partir del reconocimiento de una cuestión
de interés público y pendiente de resolución que, por lo regular, incluye
conflictos o alternativas entre dos o más opciones posibles o entre dos
o más partes concurrentes.
ii*) La discusión se teje no solo con proposiciones, sino con propuestas.
iii*) Las propuestas envuelven estimaciones y preferencias que des-
cansan, a su vez, en consideraciones contrapuestas de diverso orden y
de peso relativo que pueden dar lugar a inferencias no ya simplemente
lineales o hiladas dentro de un mismo plano, sino mixtilíneas y pluridi-
mensionales, aunque la confrontación responda a un propósito común
o apunte al mismo objetivo.
iv*) Las propuestas, alegaciones y razones puestas en juego tratan de
inducir al logro consensuado de resultados de interés general.
Los rasgos (i*) y (ii*) determinan la vinculación de la deliberación al
ámbito de la razón práctica. La distinción entre proposiciones y propues-
tas que comporta (ii*) puede ser ilustrativa de la peculiaridad argumenta-
tiva de la deliberación, así que me demoraré un momento en ella, aun-
que ya he apuntado una distinción al respecto al presentar los puntos de
partida de la idea general de argumentación (véase más arriba § 2). Una
propuesta es una unidad discursiva o un acto de habla directivo y comisi-
vo del tenor de «lo indicado [pertinente, conveniente, debido, obligado]
en el presente caso es hacer [no hacer] X». Se refiere a una acción y ex-
presa una actitud hacia ella. Así pues, envuelve tanto ingredientes prácti-
cos como normativos y no se deja reducir a un mero «bueno, hagamos X»
23. Un proceso similar es el considerado por Hitchcock, McBurney y Parsons (2001).
123
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
—aunque a veces, p. ej., en una sesión de brainstorming, se admitan pro-
puestas tentativas—. También puede verse como la conclusión de un ra-
zonamiento práctico en la medida en que el proponente está dispuesto
no solo a asumir lo que propone sino a justificar su propuesta o, llega-
do el caso, a defenderla. Según esto, las propuestas se avienen a su re-
gistro como compromisos objetivables o expresos, antes que a la onto-
logía mental BDI (Belief, Desire, Intention) usual en el tratamiento de
los actos de habla, y están relacionadas con la asunción y distribución de
carga de la prueba. De modo que se prestan a un análisis lógico modal
peculiar, por ejemplo, a una lógica deóntica no monótona o revisable
de las obligaciones condicionales contraídas bajo la forma de compromi-
sos
24
. Lo cual supone varias tareas: unas analíticas, como la exploración
de sistemas de condicionales normativos y la opción entre formalizacio-
nes alternativas; otras dinámicas
25
, como la resolución de los problemas
de la revocabilidad de las normas y la retractabilidad o cancelación de
compromisos; y otras, en fin, dialécticas o interactivas como el delicado
punto de la asunción y distribución de la carga o responsabilidad de la
prueba. Por otro lado, las propuestas no son calificables como verdade-
ras o falsas, sino como aceptables o inaceptables a la luz de diversas con-
sideraciones de justificación, pertinencia, selección o viabilidad como las
antes mencionadas en calidad de preguntas críticas. Esto es importan-
te para distinguir entre las propuestas del discurso práctico y las pro-
posiciones del discurso argumentativo en general. Las proposiciones se
mueven en la dirección de ajuste del lenguaje al mundo, queremos que
nuestras proposiciones se ajusten a la realidad; las propuestas se mueven
en la dirección inversa de ajuste del mundo al lenguaje, queremos que
la realidad se ajuste a nuestras propuestas. De ahí se sigue que, siendo
el mundo uno y común para todos, si lo que uno dice es verdad, es una
proposición verdadera, quienes piensen y digan lo contrario estarán en
un error. En cambio, al ser nuestros planes, fines y valores posiblemente
distintos y distantes entre sí, el hecho de ser plausible y razonable una
propuesta no implica que sean infundadas o irracionales todas las demás
que se opongan a ella; así como los argumentos a favor de una alterna-
tiva no cancelan los que pueda haber en contra de esa misma opción, ni
los que puedan aducirse en favor de otras opciones. En suma, las pro-
puestas hacen de la deliberación una empresa no solo colectiva sino plu-
ral, en la que cuentan tanto los medios y los cálculos del razonamiento
24. Hoy todavía en fase de construcción. Cf., por ejemplo, las sugerencias acerca de
una lógica deóntica de «condicionales derrotables» avanzadas por Alchourrón (2010, ed.
póstuma).
25. En el sentido de Benthem (2009), quien, por cierto, asegura que «todavía no hay
buenas lógicas epistémicas dinámicas con dinámica de compromisos» (22, n. 19).
124
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
práctico instrumental como los valores y fines que guían y dan sentido
a la acción. Esta última referencia permite ver que la normatividad en
juego no solo tiene que ver con la lógica deóntica o con la estructura de
los compromisos dentro del proceso deliberativo, sino con otros aspec-
tos sustantivos y éticos del discurso público.
Sigamos. De los rasgos (i*) y (iii*) se desprende que la cuestión o el
conflicto no puede dirimirse mediante una rutina o un algoritmo o mé-
todo efectivo de resolución
26
. Además, conforme a (iii*), la evaluación
del curso y desenlace de una deliberación se remite a consideraciones de
plausibilidad, criterios de ponderación y supuestos de congruencia prácti-
ca, antes que a los criterios usuales de corrección de una línea inferencial
o un esquema argumentativo. En fin, (iv*) indica la orientación hacia
un interés u objetivo común, por encima o aparte de los intereses perso-
nales o privados de los participantes; objetivo no siempre logrado, pues
la suerte del proceso deliberativo es sensible a las estrategias discursivas
adoptadas —p. ej., competitivas vs. cooperativas—, así como a otras con-
diciones y circunstancias relativas al marco y a la conformación social,
comunicativa, etcétera.
Todo esto deja entrever la complejidad de una evaluación o una esti-
mación del curso y del desenlace de un debate que envuelve no solo unas
condiciones precisas para la calidad y el éxito de la deliberación —o al
menos capaces de fundar expectativas razonables en tal sentido—, sino
ciertos indicadores de la efectividad o del cumplimiento de esas expectati-
vas. Entre esas condiciones se cuentan las que facilitan el flujo de la infor-
mación y la participación, y buscan neutralizar unos factores de distorsión
como los que habíamos visto anteriormente en la perspectiva retórica de
las falacias. Son, por ejemplo, exigencias de: a*) publicidad —no simple
transparencia versus opacidad de la fuente de información, sino también
accesibilidad e inteligibilidad de las razones en juego—; b*) igualdad de
las oportunidades de todos los participantes para intervenir en el proce-
so —no solo para escuchar, sino para hacerse oír en el curso de la discu-
sión—; c*) autonomía del proceso —no solo negativa, como exclusión de
coacciones o de injerencias externas, sino positiva, en el sentido de man-
tener abierta la posibilidad de que cualquier participante se vea reflejado
en el curso o en el resultado—. De ahí cabe obtener precisamente algún
indicador del éxito, consistente en la medida en que los participantes re-
conocen que han contribuido a, o influido en, el nudo y el desenlace del
26. Aquí no nos vale la ilusión del joven lógico Leibniz cuando ante una cuestión
debatida invitaba a las partes a sentarse ante un ábaco y decirse una a la otra: «Calcule-
mos», sino la perspicacia del Leibniz maduro jurista cuando recomienda la ponderación
de alternativas y el recurso a una balanza de razones, cuya posesión considera «un arte ma-
yor que la fantástica ciencia de conseguir oro»; véase sus Breves comentarios sobre el juez
de las controversias o Balanza de la razón (ca. 1669-1671), en Dascal (2008: 2, § 60, p. 19).
125
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
proceso, o en la medida en que se sienten reflejados en él de algún modo,
aunque discrepen del curso seguido o de la resolución final.
En consonancia con estos supuestos, serán falaces las maniobras dis-
cursivas torpes o deliberadas que vengan a bloquear la comunicación entre
los agentes deliberativos, a reprimir su participación libre e igualitaria o a
sesgar de cualquier otro modo el curso o el desenlace de la deliberación en
contra del interés común y en favor de intereses «siniestros» —al decir de
Bentham, esto es, intereses de partes o de grupos que miran por sus ven-
tajas y privilegios en perjuicio de los derechos individuales y de los objeti-
vos comunitarios—
27
. Entre tales falacias cabe contar las falacias políticas
denunciadas por el propio Bentham, p. ej.: las que tratan de acallar la dis-
cusión de una medida o postergar indefinidamente su adopción, o las que
tratan de contaminar y confundir a los encargados de concretarla. Hoy
podríamos añadir otras varias, como la de minar con sospechas y suspica-
cias preventivas una resolución por tomar o la de cargar con imputacio-
nes meramente alusivas e inconcretas la resolución tomada. Son falacias
nacidas del trato social y que han crecido y madurado con el desarrollo
del discurso civil, con el planteamiento y la discusión de asuntos comu-
nes de carácter práctico en espacios públicos. Así que no es extraño que
se vuelvan relativamente inmunes a los tratamientos ordinarios como, por
ejemplo, el que Tindale indica tras una presentación inicial y sumaria de la
argumentación falaz en su Fallacies and argument appraisal (2007). Dice
Tindale que «las formas de evitar el razonamiento falaz, sea el hecho por
nosotros o el dirigido a nosotros, se reducen a algún tipo de educación»
(2007: 16); esto es, se supone que son cosa de aprendizaje y de compe-
tencia en las artes del discurso. Pero lo que ponen de manifiesto unas fala-
cias como las sembradas en las deliberaciones o en otras modalidades del
discurso civil es la existencia de condiciones o supuestos determinantes
del ejercicio y de la eficacia real de esas artes aprendidas: en situaciones so-
cioestructurales de opacidad, asimetría o no reciprocidad y heteronomía,
o en situaciones socioculturales de discriminación del acceso, del uso, del
reconocimiento o de la publicidad de unas «buenas razones», no parece
muy efectiva esa terapia didáctica o educativa. Equivaldría a tomar el rá-
bano por las hojas o, en mejores palabras, supondría ignorar los condicio-
nantes sociopolíticos y la normativa ética que, los unos por debajo y la otra
por encima, envuelven y codeterminan el ejercicio de la racionalidad dis-
27. Según Bentham (1990: 202 ss.), es siniestro el interés que hace valer no un de-
recho o un interés privados, sino un interés parcial o de grupo frente al principio funda-
mental de todo buen gobierno, a saber: la mayor felicidad del mayor número. Así pues,
lo opuesto al interés público no son los intereses de los individuos que componen una
sociedad, sino los intereses parciales o particulares de los grupos que siguen vías tor-
tuosas para obtener ventajas ilegítimas o mantener privilegios injustificados. Los intereses
siniestros conscientes y deliberados son la primera causa de las falacias en este marco.
126
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
cursiva, de modo que también han de ser dignos de consideración por par-
te de una teoría lúcida de la argumentación. No en vano, en nuestros días,
nos encontramos con encrucijadas del discurso práctico y del discurso ci-
vil y ante confluencias éticas, políticas y discursivas como las contempla-
das por los programas e ideales de la llamada «democracia deliberativa».
Esta nueva y compleja perspectiva, al mejorar nuestra lucidez, no
solo nos depara nuevas vistas, sino nuevos problemas que vienen a aña-
dirse a los antes visibles en las perspectivas clásicas. Mencionaré dos de
distinto tipo.
1) Un desafío abierto en el estudio tradicional de las falacias, espe-
cialmente a la luz del enfoque retórico, consiste en un maquiavelismo
preventivo como el propuesto por Schopenhauer para salir bien librado
de las malas artes de un antagonista en una discusión. Dice nuestro des-
engañado filósofo: «Si dominasen la fidelidad y la franqueza, sería muy
distinto; pero como su uso no es frecuente, también está permitido dejar
de utilizarlas, o de lo contrario uno se verá mal pagado. Lo mismo ocu-
rre en la discusión; si le doy la razón al adversario mientras parece que la
tiene, será difícil que él lo haga en el caso inverso; más bien procederá per
nefas; por eso tengo yo que hacer lo mismo» (Schopenhauer,
4
2011
28
,
p. 49, nota 3). He aquí un reto insidioso en varios aspectos. Por ejem-
plo, un supuesto del tipo «Piensa mal y acertarás», ¿puede justificar las
malas artes frente al contrario y el recurso a estratagemas falaces? Por
otro lado, la estrategia de recurrir al fraude y al engaño, en suma, a las
falacias, ¿puede utilizarse no ya de modo ocasional sino de forma gene-
ral y sistemática en nuestras interacciones argumentativas? Dejo al lec-
tor la respuesta a esta última pregunta, aunque me permito sugerirle que
sería una cuestión similar a la que plantearían el empleo sistemático del
fraude en nuestros intercambios comerciales, o el uso sistemático de la
mentira en nuestras conversaciones y comunicaciones cotidianas, y así
apunto una pista: son todas ellas estrategias inviables y, más radicalmen-
te, autodestructivas.
Las ideas de Arthur Schopenhauer no dejan de tener un remedo iróni-
co en el terreno político. Antes que él, los satíricos Jonathan Swift y John
Arbuthnot, en el prospecto promocional de un Arte de la mentira política,
ya habían declarado que «la mejor manera de contradecir una mentira es
oponerle otra» (Swift, 2006: 62). Pero este mismo folleto también apun-
ta la peculiar índole de las estrategias falaces en este ámbito del discurso
público al definir la mentira política como «el arte de hacer creer al pueblo
falsedades saludables con miras a un buen fin» (Swift, 2006: 30; subraya-
do en el original). Una cuestión capital en este contexto podría ser enton-
28. Véase más abajo Parte II, Sección 2, Texto 8.
127
L A S F A L A CI A S A T R A V É S DE L E S P E J O DE L A T E OR Í A DE L A A R GUME NT A CI ÓN
ces la planteada como tema de concurso por la Real Academia de Ciencias
de Berlín en 1778: «¿Es útil o conveniente engañar al pueblo, bien indu-
ciéndolo a nuevos errores, o bien manteniendo los existentes?»
29
. Salta a
la vista que una cuestión de este género no puede dirimirse simplemen-
te con los métodos conceptuales y los criterios normativos al uso en los
tratamientos de las falacias tradicionales.
2) El otro problema tiene asimismo una notable relevancia teórica y
crítica, aunque su proyección práctica sea menos notoria. También re-
cuerda en cierto modo una cuestión similar a propósito de las relaciones
entre criterios de calidad y efectividad en el contexto de las perspectivas
clásicas, que hemos visto asomar en apartados anteriores. Pero en la com-
pleja perspectiva democrático-deliberativa el punto adquiere una nueva
tonalidad y un especial relieve. Se trata de los problemas de correlación
y ajuste planteados por la existencia de dos tipos de criterios a la hora de
considerar, juzgar y evaluar una deliberación en el sentido en que la ve-
nimos entendiendo: hay unos criterios epistémico-discursivos 1) relativos
a la calidad interna y al poder de convicción racional de los alegatos,
las consideraciones y las propuestas aducidas; y hay unos criterios
ético-políticos 2) relativos a la conformación del marco social de in-
teracción discursiva. En el caso de (1), nos encontramos en el plano
epistémico-discursivo de las condiciones y directrices relativas a los su-
puestos constitutivos de la argumentación, como la disposición a asumir
las reglas del juego de dar-pedir razón, la disposición a contar con algún
procedimiento de discriminación de mejores/peores razones —aunque
no haya un consenso definido al respecto— y la disposición a recono-
cer el peso o la fuerza de la mejor razón o del mejor argumento frente a
sus oponentes. En cambio, en el caso de (2), nos movemos en el plano
ético-político de las condiciones y directrices democráticas de ejercicio
del discurso, sean procedimentales, como la libertad y la autonomía de
juicio, la simetría o reciprocidad de la interacción —que implica no solo
igualdad sino distribución equitativa de la información y de las oportu-
nidades de intervenir—, y la publicidad o transparencia de las fuentes, o
sean sustantivas, como la referencia a asuntos de interés o de repercu-
sión pública. Pues bien, la cuestión es: ¿Cómo se relacionan ambos pla-
nos? Terminaré con unos apuntes al respecto.
29. Véase la edición de algunas contribuciones a cargo de Javier de Lucas (1991). El
concurso fue convocado bajo los auspicios de Federico II de Prusia, pero a instancias de
Condorcet, con quien ya venía discutiendo sobre el asunto. La Academia dictaminó dos
ganadores ex aequo: el matemático Frédéric de Castillon, con un ensayo en favor de una
respuesta afirmativa —a la que se inclinaba el rey Federico II—, y el jurisconsulto Rudolf
Zacharias Becker, con un ensayo en favor de una respuesta negativa, a la que se inclinaba
el marqués de Condorcet.
128
P R OB L E MA S Y P E R S P E CT I V A S DE L E S T UDI O A CT UA L DE L A S F A L A CI A S
a) El cumplimiento de las condiciones o directrices (2) no parece sufi-
ciente para asegurar el cumplimiento de las condiciones (1) o, en otras
palabras, de una supuesta efectividad de (2) —que no sería poco supo-
ner—, no se seguiría automáticamente la de (1). Ahora bien, en la rela-
ción contrapuesta, ¿el incumplimiento de (1) podría implicar un incumpli-
miento de (2) al menos en el sentido de que toda estrategia falaz supone
o comporta la violación de alguna de las condiciones (2), como la trans-
parencia o la reciprocidad de la interacción discursiva? ¿Arrojaría esto
una nueva luz sobre los supuestos estructurales del ejercicio racional del
discurso público?
b) Asimismo, del cumplimiento de ciertas condiciones y directrices
(1) tampoco se desprende necesariamente el cumplimiento de unos su-
puestos (2). En teoría caben casos de cumplimiento relativo de (1) que
no se atienen a las condiciones (2), como el ideal de la polis platónica
gobernada por unos reyes filósofos que toman, se supone, unas medidas
fundadas en las mejores razones sin respetar la reciprocidad o la auto-
nomía de los súbditos; o como, en general, cualquier forma de despo-
tismo ilustrado.
c) No obstante, pudiera ser que el cumplimiento de (2) tendiera a
favorecer el cumplimiento de (1) en la práctica de la razón y la delibera-
ción públicas; así como el cumplimiento de (1), su adopción e implanta-
ción como forma de uso público de la razón, podría favorecer a su vez la
implantación de las condiciones (2). Pero, a fin de cuentas, ¿no sería esto
una suerte de pensamiento desiderativo o, peor aún, una variante del
desesperado recurso del barón de Münchhausen para salir de la ciénaga
en la que se había hundido tirando hacia arriba de su propia coleta?
Creo, en suma, que aun siendo planos independientes, no dejan de ser
solidarios. Esta consideración nos remite a un nuevo problema de com-
prensión e integración que se añadiría al antes planteado por las tres
perspectivas clásicas sobre la argumentación. Hoy, en fin, es una agenda
teórica y crítica muy cargada la que las falacias nos endosan.
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Canadá), pp. 1-15.


Parte II
LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDEA DE FALACIA
139
Sección 1
PERSPECTIVA HISTÓRICA
Es difícil que haya un tema más recalcitrante o que haya
cambiado tan poco en el curso del tiempo. Después de dos
milenios de estudio activo de la lógica y, en particular, tras
haber superado la mitad del siglo más iconoclasta, el si-
glo XX, todavía nos encontramos con que las falacias se
clasifican, presentan y estudian en buena medida a la ma-
nera antigua.
Hamblin, 2004: 9
Los apuntes que siguen no tratan de ser una historia de la idea de falacia
argumentativa, historia que, por cierto, aún está por hacer. Pero sí quie-
ren abrir una perspectiva panorámica de la formación y desarrollo de los
conceptos de falacia y de argumentación falaz en el pensamiento común-
mente llamado «occidental», a través de ciertas vías y algunos hitos de
constitución. También pretenden, en este mismo sentido, contextualizar
y facilitar la lectura de unos textos que bien se pueden considerar en cier-
tos casos contribuciones decisivas y en otros casos muestras representati-
vas de diversos momentos de ese proceso de desarrollo. Consisten en diez
extractos tomados de muy diversos autores: Aristóteles, Tomás de Aquino
(atribución), Antoine Anauld y Pierre Nicole, John Locke, Benito Jeró-
nimo Feijoo, Jeremy Bentham, Richard Whately, Arthur Schopenhauer,
John Stuart Mill y Carlos Vaz Ferreira, cuyos textos aparecen en este or-
den y en sucesivos apartados individuales en la sección siguiente.
Un propósito derivado de estos apuntes históricos y de los propios
textos es mostrar que la tesis recién citada de Hamblin (2004 [1970]) so-
bre la nula o escasa variación de la idea y el tratamiento de las falacias en
el curso de su larga historia, es una apreciación errónea, resulta una im-
presión falsa. Puede que esta falsa impresión de Hamblin tenga algo que
ver con su caracterización del tratamiento que denomina standard y, más
aún, con su creencia en que dicho tratamiento constituye una tradición
que se remonta, cómo no, a Aristóteles. Aquí no entraré en la discusión
de estos supuestos —por lo demás ya puestos en tela de juicio—
1
. En todo
1. Cf. Hansen (2002). Recuérdese que, según ese presunto tratamiento estándar, una
falacia vendría a ser un argumento «que parece válido, pero no lo es» (Hamblin, 2004: 12).
140
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
caso, lo cierto es que la concepción y el estudio de las falacias, en ge-
neral, y de la argumentación falaz en particular, han conocido notables
cambios en los «dos milenios» que menciona Hamblin. Cambios en la
ampliación y restricción del campo de análisis; cambios en los criterios
de detección, clasificación y evaluación de casos; cambios en el relieve,
en el espacio y, en definitiva, en el reconocimiento concedido a su aná-
lisis mismo dentro de la disciplina de la Lógica. De ahí también se des-
prenden actitudes diversas hacia ellas: por ejemplo, una noción restrin-
gida de falacia lógica puede propiciar la confianza en su determinación
efectiva por contrapartida, como el reverso negativo de una argumenta-
ción cabal, si se entiende que una falacia no es sino la transgresión de al-
guna regla o condición lógica y el número de estas reglas es fijo y deter-
minado —idea que se remonta a los padres de las grandes lógicas griega
y budista (Aristóteles y Dignaga)—; mientras que una noción amplia de
falacia como error o fallo discursivo o cognitivo propicia una desconfian-
za radical en su posible determinación, puesto que las fuentes y las for-
mas del errar humano no dejan de ser prácticamente infinitas.
Cabe incluso considerar que una y otra concepción, la más restringi-
da y la más amplia, tienen cierta relación con dos orientaciones relevan-
tes para el tratamiento de las falacias en el sentido argumentativo que
nos importa: las tradiciones que he calificado como «discursiva» y «cog-
nitiva» al ocuparme anteriormente (Parte I, cap. 2, § 1) de las variacio-
nes históricas en torno a la teorización de las falacias. Recordemos que
ambas orientaciones marcan o acentúan aspectos diversos de la condi-
ción falaz al considerarla en diferentes perspectivas. La orientación dis-
cursiva es una tradición con mayor solera histórica y tiene mayor peso
en las contribuciones clásicas al estudio de la argumentación falaz. Está
interesada en la identificación y evaluación de las falacias como actua-
ciones discursivas ilegítimas —sean productos, procesos o procedimien-
tos—, de modo que la condición falaz consiste no solo en un fallo o una
falta de virtud, sino en la violación de una norma o en un vicio positivo.
Entonces las falacias son objeto no solo de corrección sino de denuncia,
sanción y censura, y su comisión no es en principio una opción razona-
ble, rasgos que parecen determinar una noción relativamente restringi-
da de falacia. La tradición cognitiva, por su parte, se halla interesada en
la producción y explicación de las falacias como errores, fallos o sesgos
primordialmente cognitivos. En esta orientación más descriptiva y expli-
cativa que normativa son cuestiones relevantes las fuentes de error y las
condiciones o los factores generadores de errores, que pueden y suelen
tener que ver con ciertos modos naturales de responder cognitivamente
a las demandas del medio. La condición falaz estriba en un proceder vi-
ciado o deficiente que parece estar en orden o aparenta discurrir como
es debido. Así pues, esta noción de falacia es más comprensiva y puede
141
P E R S P E CT I V A HI S T ÓR I CA
ser más genérica que la noción discursiva. En todo caso, las falacias son
objeto de corrección e incluso de comprensión falibilista no solo en el
sentido de que con frecuencia nos vemos abocados a cometer errores y
muchas veces los cometemos de buena fe, sino incluso en el sentido de
que a veces es razonable cometerlos. Pero recordemos, asimismo, que
a pesar de sus diferencias, estas dos tradiciones no constituyen orienta-
ciones netas y excluyentes, y en ocasiones pueden concurrir en mayor
o menor grado como una suerte de variantes tendenciales. Por lo de-
más, también es sabido que al margen de esta relativa convivencia, no
dejan de compartir desde sus respectivas perspectivas ciertos rasgos que
se suponen característicos del perfil de las falacias. En el lugar antes in-
dicado, el § 1 del capítulo 2, se mencionan dos de estos rasgos compar-
tidos: a) La idea de la (falsa) apariencia de las falacias, sea inducida por
factores subjetivos u objetivos, sea debida a inadvertencia o fraude; en
cualquier caso, se trata de un aspecto añadido que distingue a una fa-
lacia de un mero fallo, sesgo o error, y que por ello demanda no solo
discernimiento, sino alguna suerte de explicación. b) El reconocimiento
de cierta normatividad en juego, bien en sentido débil, bien en sentido
fuerte. En su sentido débil, digamos como normatividad
1
, descansa en
la presunción de un saber hacer o de una competencia discursiva y cog-
nitiva: sanciona el proceder de un modo indebido o el no proceder tan
bien como se debería. En su sentido fuerte, como normatividad
2
, apar-
te de suponer una presunción similar de la capacidad pertinente y una
disposición a su ejercicio razonable, señala el incumplimiento o la vio-
lación de una norma del discurso e incluso, más allá de transgredir un
código específico, puede representar una amenaza a ciertas condiciones
o supuestos o propósitos del discurso mismo.
Por otra parte, aun siendo una impresión falsa la imagen fija de un
tratamiento estándar —al menos fuera de los recintos y usos escolares—,
podemos reconocer no solo confluencias como las indicadas, sino la exis-
tencia de algunos rasgos relativamente comunes o estables en la carac-
terización de las falacias, especialmente el ser i) razones o argumentos
defectuosos, fallidos o incorrectos, pero ii) aparentemente legítimos o
impecables e, incluso, convincentes y, en fin, iii) susceptibles no solo de
descripción y análisis crítico sino de evaluación o sanción normativa. Es
curioso que en estos puntos —en su condición de fallos o fraudes discursi-
vos bajo una falsa apariencia de virtud o de licitud argumentativa y, por
ende, sujetos a corrección o sanción—, también convengan otras con-
cepciones procedentes de las culturas lógicas orientales en cuya conside-
ración no voy a entrar por limitarme, como ya he adelantado, al pensa-
miento occidental. La lógica india, por ejemplo, cuenta con una noción
relativamente precisa de falacia en los términos de hetvabhasa («falacia
de razón» o «razón falaz»). Según el Nyaya-sutra, sistematizado a me-
142
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
diados del siglo II d.n.e., se trata de una razón defectuosa o meramente
aparente, cuyo empleo en un debate es uno de los motivos determinan-
tes no solo de la derrota del infractor sino de su reprensión.
Además de los propósitos —unos más generales o panorámicos y otros
más específicos o de contextualización de los autores y textos seleccio-
nados— que declaraba al principio, los apuntes que siguen también res-
ponden a la intención de que el lector pueda juzgar por sí mismo sobre
la importancia y el peso relativos de las variaciones y las coincidencias
en la formación y el desarrollo de nuestras ideas relacionadas con las fa-
lacias y con la argumentación falaz. En consonancia con este propósito
añadido, esbozo al final de esta Sección un cuadro comprensivo y esque-
mático del desarrollo histórico de la idea de falacia, en el que se resu-
men diversos aspectos de las principales variedades y cambios que han
ido teniendo lugar a ese respecto.
143
1
EL PADRE ARISTÓTELES
Las Refutaciones Sofísticas (RS) de Aristóteles, un apéndice de los Tópi-
cos dedicado a este tipo de contrapruebas fallidas y engañosas, son el tex-
to fundacional del estudio de las falacias. El propio Aristóteles, en el
apartado final del ensayo, afirma su paternidad con respecto al estudio
de la argumentación en general —y de la argumentación falaz, en par-
ticular, dado este contexto—. Por contraste con el arte de la retórica, que
ya contaba con cierta continuidad a partir de sus inicios, en el estudio
del razonamiento Aristóteles declara no haber encontrado ninguna pri-
micia en que apoyarse:
Sobre las cuestiones de retórica ya se había dicho mucho y desde antiguo,
mientras que sobre el razonamiento (perì dè toû syllogídsesthai) no había en
absoluto nada anterior que citar, sino que hemos tenido que empeñarnos y
emplear largo tiempo en investigaciones tentativas (RS, 184a9-184b3).
De ahí que el autor no solo pida comprensión hacia su trabajo, sino
el reconocimiento del mérito que tiene haber sentado unos principios.
Nadie, hasta ahora, ha desmentido la declaración de paternidad en ta-
les términos del viejo Aristóteles, ni le ha negado su reconocimiento
1
.
Pero esto no nos impide rastrear ciertos orígenes anteriores a su funda-
ción del estudio de la argumentación falaz, «sofística», en términos de
entonces.
1. Ni siquiera alguien tan reacio como Federico Enriques: «Aristóteles es tenido por
padre de la lógica; pero solo cabe considerarlo como recopilador y sistematizador de lo
que —en este campo— fue elaborado antes de él, cualquiera que haya sido la contribución
original que pudiera haber aportado al sistema» (Enriques, 1949: 8).
144
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
1.1. LOS ORÍGENES
Hoy, desde luego, no podemos fechar la aparición de la idea primige-
nia de argumento falaz. Pero sí podemos constatar la presencia de dos
supuestos de su detección en la época de los sofistas anteriores a Aris-
tóteles. Estos supuestos son:
1) La distinción entre una argumentación mejor o más fuerte (kreít-
ton) y otra peor o más débil (hétton).
2) La conciencia de la posibilidad del uso ilegítimo del argumento
peor para imponerse al argumento mejor en una causa forense o en un
debate público.
Un testimonio puede verse en las Las nubes (ca. 424 a. n. e.), la co-
media de Aristófanes que ironiza a propósito de Sócrates representa-
do en el papel de sofista. Los sofistas, según el personaje Estrepsíades,
«dicen que enseñan dos clases de discurso: uno mejor (o más fuerte),
cualquiera que sea, y otro peor (o más débil); y aseguran que con el se-
gundo pueden ganar hasta las causas más inicuas» (vv. 112-115); más
adelante, el mismo personaje pide a Sócrates que enseñe a su hijo Fidí-
pides «los dos razonamientos, el fuerte, sea el que fuere, y el débil, que
triunfa sobre el fuerte por medio de lo injusto; enséñale, al menos, el
razonamiento injusto», con el fin de salir indemne de un juicio de deu-
das. «Lo aprenderá de boca de los razonamientos mismos», responde
Sócrates (vv. 882-886). Palabras que dan paso a una puesta en escena
de la disputa entre el discurso o razonamiento justo (díkaios lógos) y
el injusto (ádikos lógos).
Los sofistas se habían interesado por este tipo de debates y habían
desarrollado en especial la confrontación discursiva como forma de
debate público; esto les había valido su caracterización por parte de Pla-
tón como antilogikoí, los que oponen un logos a otro (Sofista, 232b).
Protágoras mismo aseguraba que cualquier asunto se presta a argumen-
tos opuestos y, como muestran los llamados Discursos dobles (Díssoi
lógoi), las contraposiciones de este género consistían en debilitar o re-
batir un argumento dado, A, mediante un contraargumento que el
propio A generaba. Es un proceder crítico cuya variante más fuerte
como «refutación por reducción al absurdo» se suele remontar a Ze-
nón de Elea y los orígenes de la dialéctica, antes y al margen de la
sofística.
La tradición retórica, por su parte, también venía destacando la im-
portancia de la lysis en el sentido de refutación o impugnación, así como
los recursos relacionados con la confrontación discursiva. En la Retóri-
ca a Alejandro, el primer manual que hoy se conserva, tienen un papel
principal las estrategias de amplificación de las alegaciones propias y mi-
nimización de las contrarias, y aparece en escena la argumentación ad
145
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
hominem bajo la forma tu quoque como excusa para aducir en el peor
de los casos
2
.
Estos precedentes sofísticos y retóricos presentan tres característi-
cas notables:
a) El marco dialógico de la confrontación discursiva, que luego ela-
borará Aristóteles en Tópicos VIII, mediante la regulación de los papeles
del proponente, responsable de la tesis puesta en cuestión, y el oponente
que trata de rebatirla o, cuando menos, de hacer que quien responde de
ella caiga en contradicción. No es casual que las primeras falacias estu-
diadas sean argumentos con pretensiones de refutación.
b) El contexto del discurso público, no privado: es decir, la conside-
ración del discurso que tiene lugar en los litigios, en las causas judiciales
o en las deliberaciones políticas. Cabe preguntarse si, en estos contextos,
la conciencia de los discursos fraudulentos y engañosos, esto es, sofismas
en el sentido que ya he precisado en la introducción de este libro, no es
anterior a la de los errores propios, es decir, paralogismos; al menos, el
caso de los sofismas puede parecer más relevante. De hecho, el ensayo
de Cicerón Sobre la invención retórica solo menciona los errores que un
orador puede detectar en su contrincante, los modi reprehensionis, mien-
tras que la Retórica a Herenio cataloga como vitiosa argumentatio tanto
los errores que interesa denunciar en el oponente como los que conviene
evitar en uno mismo —sin que, por cierto, se siga de ahí que el escrito
citado de Cicerón sea anterior a esta Retórica anónima—.
c) La calidad y la fuerza de un argumento parecen relativas a las del
contraargumento correspondiente en la confrontación, pero no deja de
haber algún criterio externo de valoración, como la aprobación de los
jueces o del auditorio, según indican los listados retóricos de errores que
denunciar o evitar. En estos repertorios se mezclan los casos falaces y
los usos lingüísticos inapropiados, y todos ellos se mencionan por inte-
reses y con propósitos prácticos. Su objetivo no es recopilar las direc-
trices e infracciones de la discusión crítica, sino instruir sobre cómo ga-
nar el caso. Para estos efectos, importa mucho saber aprovecharse de los
errores del contrario, en particular, cuando este viola o ignora ciertos
estándares culturalmente establecidos de verosimilitud y razonabilidad.
Otro indicio en la misma línea son las referencias críticas e irónicas de
Aristófanes a las enseñanzas de los sofistas —por no hablar de su cari-
2. Digamos como una réplica del tipo de: «Y tú, qué» o «Nadie está libre de tropezar
en la misma piedra». Véanse las formas de la argumentación ad hominem en mi ya citada
Introducción al estudio de las falacias (2011) accesible on line en la Comunidad virtual de
Lógica, Argumentación y Retórica, www.innova.uned.es, y en el repositorio digital de la
Biblioteca de la UNED, http://e-spacio.uned.es/fez.
146
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
caturización platónica, p. ej., en Eutidemo—
3
. Pero todo esto supone la
existencia tácita de tales normas y su conocimiento público, al menos
por parte del auditorio o del jurado; de lo contrario, la denuncia de las
infracciones no sería eficaz. En último término, son motivos de eficacia
los que presiden la catalogación de errores tanto en su condición de fa-
lacias o malas inferencias, como en su condición de formulaciones tor-
pes o inapropiadas. Ambos aspectos seguirán presentes de algún modo
en los catálogos aristotélicos, no solo en el tratamiento de los entimemas
aparentes del capítulo 2.24 de la Retórica, que constituye la primera dis-
cusión expresa de las falacias dentro de la tradición retórica, sino también
en la clasificación más elaborada de las Refutaciones sofísticas, que inicia
el análisis de las falacias en la tradición lógica.
1.1.1. Tipos y casos en busca de una denominación común
Entre los siglos VI y IV a. n. e., en el largo despertar de nuestra concien-
cia discursiva en Occidente, hay, como hemos visto, prácticas delibera-
das de argucias y argumentos capciosos; también se dan unos primeros
pasos en su detección y denuncia en el curso de una confrontación o
de un debate. Falta, sin embargo, un término y un concepto específico de
falacia. Ya hemos observado que en las referencias y clasificaciones de la
tradición retórica se entremezclan los casos falaces y los usos lingüísti-
cos inapropiados, sin una idea precisa de la argumentación falaz hasta que
Aristóteles apunta el criterio de la (falsa) apariencia de legitimidad cuan-
do habla de «entimemas aparentes». Ahora bien, lo que resulta aún más
llamativo es que la ausencia de un término técnico se haga notar incluso
entre los que están elaborando un nuevo lenguaje para el análisis con-
ceptual y la reflexión filosófica: Platón en primera instancia, pero tam-
bién el propio Aristóteles.
Platón no escatima la exposición de tretas y recursos falaces —y no
solo en los conocidos pasajes de Eutidemo (p. ej., 275d-278b, 283c-
284e, 297e-298e)—; ni, por cierto, se priva de su uso llegado el caso.
Según Robinson (1942), son varios los tipos de falacias considerados por
Platón: entre ellos, el de la pregunta múltiple o la cuestión compleja (p. ej.,
3. En Eutidemo, Sócrates escenifica ante Critón una conversación de los sofistas Euti-
demo y Dionisodoro con el joven Clinias, al que proponen la cuestión: «¿Quiénes son
los que aprenden, los sabios o los ignorantes?», con el fin de mostrar sus habilidades so-
físticas refutando cualquier respuesta mediante el uso equívoco de los términos en juego:
‘aprender’ (manthánein), ‘sabio’ (sophós) e ‘ignorante’ (amathés) (275d-276c). En el mis-
mo diálogo, tras algunas otras perlas, aparece también esta famosa y delirante inferencia
del propio Dionisodoro: dado que Ctesipo posee un perro, un mal perro, por cierto, y este
perro tiene cachorros —desde luego, tan malos como el progenitor—, «entonces, siendo
padre y siendo tuyo, Ctesipo, el perro es tu padre y tú eres el hermano de los cachorros»
(298d-298e).
147
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
Gorgias 466c-d, 503a); el de la falsa analogía (p. ej., Cármides, 165e;
República, I 337c); el de la conversión falaz de una premisa (p. ej., Protá-
goras, 350c-351b) y, en fin, diversos casos de ambigüedad. A juicio de
Robinson, en alguno de estos casos de ambigüedad es donde Platón se
aproxima a un término específico como anfibolous (Crátilo, 437a). Con
todo y con eso, en Platón solo se encuentran referencias genéricas al in-
grediente falaz o capcioso del discurso álogon, erístico y sofístico, un
ingrediente fundido con su contexto y cuyo carácter falaz tampoco se
distingue por lo regular de la falsedad material
4
.
Platón tiene, en suma, cierta conciencia del uso y de la dimensión
falaz, capciosa o especiosa del discurso, aunque no se trate de un conoci-
miento o de un discernimiento cabal y preciso. Por lo demás, no parece
que esos aspectos le merezcan mucha atención en el marco de sus intere-
ses y preocupaciones más sustantivas que lingüísticas. Platón no suele
normalmente examinar, contra lo que será casi norma en Aristóteles, los
usos múltiples y a veces problemáticos del lenguaje discursivo. Salvo en
determinados casos, como en el contexto del Crátilo antes citado en que
discute la imposición de nombres, no parece considerar que la ambigüe-
dad sea una cuestión de especial interés para el filósofo, por contraste con
los usos y abusos de los sofistas.
Con independencia de los intereses críticos y reflexivos de los forja-
dores de un lenguaje técnico filosófico, puede que el uso del verbo paralo-
gídsomai y sus asociados en el sentido de comisión discursiva de un frau-
de o de un engaño, tenga el significado más aproximado a lo que hoy se
entiende comúnmente por falaz, en su amplio espectro de significación.
Hay usos constatados en este sentido en el siglo IV y no solo en Aristó-
teles, sino en otros autores como Esquines. Pero el propio Aristóteles
emplea paralogismo en varias acepciones, a veces para indicar un simple
error de razonamiento (p. ej., RS, 165a17), otras veces para denotar una
refutación solo aparente (p. ej., RS, 164a21) y en ocasiones para referirse
a un argumento falso en general (p. ej., RS, 183a17). Así que, en defini-
tiva, las denominaciones aristotélicas: ‘refutación sofística’, ‘refutación
aparente’, ‘razonamiento erístico’, ‘argumento falso’, vienen a ser las que
más se acercan a unos términos técnicos para denotar una falacia y, en
particular, una deducción espuria o falaz. Pero, desde luego, no alcanzan
a cubrir lo que hoy entendemos específicamente por argumentación falaz,
ni alcanzan a distinguir algunas de sus variedades principales, como las
4. Cf. Robinson (1942), Sprague (1962). Por otra parte, aunque sigue abierto a dis-
cusión el punto de las relaciones posibles entre las concepciones platónica y aristotélica
de este tipo de discurso, creo que la idea platónica de argumento sofístico que se aproxi-
maría más a la idea aristotélica de refutación aparente sería la de refutación que incurre
en falsedad o es pragmáticamente inconsistente.
148
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
polarizaciones del sofisma y el paralogismo. Y por añadidura tampoco
tienen un uso consistente, de modo que no pasan de ser aproximacio-
nes. ‘Argumento falso’ parece ser la denominación más general a la luz
de Tópicos, VIII 12, 162b3-16 —véase este pasaje entre los textos tradu-
cidos más abajo—. ‘Argumento erístico’ y ‘argumento sofístico’ pueden
tomarse como equivalentes, dentro de una tradición de usos cargados
como los de Platón o Aristófanes, a la que no es ajeno Aristóteles, para
indicar el deseo de ganar o de convencer discursivamente a cualquier pre-
cio, incluso mediante argumentos especiosos. Dentro de esa tradición, los
argumentos sofísticos no son meros errores personales, monológicos o
privados, como pudiera serlo un paralogismo. Pero Aristóteles no pare-
ce conceder importancia a esta distinción, pues tanto en el caso de quien
trata de engañar como en el caso de quien es engañado, la fuente del en-
gaño vendría ser la misma: o el engaño proviene del lenguaje empleado
o se debe a confusiones sustantivas, extralingüísticas. La denominación
de ‘argumento (silogismo, refutación) aparente’ podría considerarse, en
fin, la más técnica o, al menos, la más característica de la concepción
aristotélica del discurso falaz
5
.
1.2. EL CARÁCTER FALAZ DE LAS REFUTACIONES SOFÍSTICAS
Aristóteles asume la matriz dialógica de la confrontación, pero esta, en
el marco de Tópicos, pasa a ser una interacción regulada entre dos per-
sonajes dialécticos en torno a una proposición discutible que se pone en
cuestión, por ejemplo: «¿Se puede enseñar la virtud?». Hay dos supues-
tos tácitos que aparecen explicitados en diversos lugares, uno por el pro-
pio Aristóteles, a saber: los contendientes están dispuestos a dirimir el
asunto por la vía de la argumentación, pues nadie discute con alguien
que se niegue a ello; el otro, por sus comentadores como Alejandro de
Afrodisia, a saber: las proposiciones que son objeto de debate son pro-
posiciones plausibles en principio, pues tampoco cabe discutir cuestio-
nes indecidibles del tipo de «¿Es par o es impar el número de las arenas
del mar?». Los personajes son un proponente y un oponente; el primero,
con su afirmación de una de las alternativas (la virtud se puede enseñar/
no se puede enseñar), asume el compromiso de responder a las cuestio-
nes u objeciones del oponente, así que actúa como responsable y respon-
5. Así pues, la hipótesis adoptada por Hans V. Hansen: «Las falacias son errores lógi-
cos y las refutaciones sofísticas son sofísticas porque contienen falacias» (1996: 319; cursivas
en el original), no resulta adecuada en varios sentidos: por un lado, introduce una distinción
más bien moderna y anacrónica entre las falacias, como errores no solo lógicos sino mono-
lógicos, y los argumentos sofísticos, dialógicos; por otro lado, no es cierto que la condición
falaz se deba únicamente a un error lógico, pues también envuelve un aparentar lo que no es.
149
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
diente; el segundo, a su vez, solo puede dar por sentado lo admitido por
su interlocutor para hacer que este incurra en contradicción. El sentido
de la interacción dialéctica en Tópicos no es, en principio, una confron-
tación entre argumentos contrapuestos (díssoi lógoi), ni un debate teó-
rico en busca de una solución doctrinal o acerca de la verdad/falsedad
de una proposición, sino un ejercicio práctico, en el que ambos conten-
dientes dan prueba de sus habilidades, la incisiva del oponente y la de-
fensiva del respondiente. El propósito declarado de los Tópicos consiste,
justamente, en proporcionarnos un método que nos capacite para dis-
currir deductivamente acerca de cualquier cuestión que se plantee, par-
tiendo de unas premisas plausibles y de modo que si sostenemos algo a
ese respecto, no incurramos en ninguna inconsistencia (100a18-21). He
ahí un fino rasgo de la sabiduría aristotélica: lo que importa no es ven-
cer, sino más bien no verse vencido en la confrontación.
Dentro de este marco general, Aristóteles declara los servicios espe-
cíficos del estudio de las refutaciones sofísticas (RS 16, 175a5-17). Dos
se suponen de especial interés para el filósofo:
1) La conciencia de, y la puesta en guardia ante, los problemas re-
lacionados con el uso del lenguaje, p. ej., los generados por términos
equívocos o expresiones ambiguas.
2) La formación y el desarrollo de nuestras habilidades argumenta-
tivas en orden a preservarnos de errores, sean inducidos (p. ej., por un
sofista), sean propios.
Hay un motivo adicional que puede interesar a todo el mundo: el de
ganar reputación o prestigio como persona experta y avisada si se trata
de censurar una argumentación. Responden quizás a esta motivación los
pasajes dedicados a exponer ciertas argucias y estratagemas dialécticas y
retóricas (p. ej., RS 15, 174a16-174b41).
1.2.1. Conceptos y planteamientos básicos
Como ya he sugerido, el tipo de argumentación que Aristóteles consi-
dera es ante todo la deducción a partir de premisas plausibles. Aristóte-
les habla de syllogismós. Se trata de un término técnico, donde los haya,
dentro del lenguaje aristotélico. Pero no deja de tener usos diversos: como
razonamiento en general, como deducción más en particular y, más es-
pecíficamente, como tipo canónico de deducción válida perteneciente al
sistema lógico de los caps. 4-7 del libro I de los Primeros Analíticos. Aquí
tiene el sentido de deducción, un sentido algo peculiar conforme a su
concepción aristotélica como un discurso que parte de unas cuestiones
puestas de tal modo que necesariamente ha de seguirse, a través de lo es-
150
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
tablecido, algo distinto de lo establecido (cf. RS, 165a1-2). Es decir, el silo-
gismo aquí pertinente es una deducción que se atiene a estas condiciones:
i) la conclusión se sigue necesariamente de las premisas aducidas;
ii) la conclusión es una proposición distinta de cualquiera de esas
premisas;
iii) la conclusión se sigue intrínsecamente de ellas.
Según (i), se trata en principio de una deducción válida que descan-
sa en una relación de consecuencia lógica entre las premisas y la conclu-
sión; según (ii), esta relación no es reflexiva —a diferencia de nuestra idea
estándar de consecuencia lógica—; según (iii), comporta una pertinencia
fuerte de las premisas con respecto a la conclusión —por contraste con
nuestra concepción estándar de la consecuencia formal—.
Una refutación (elénchos) es a su vez, en este contexto, un silogismo
conducente a la contradicción de la conclusión en cuestión (RS, 165a3-4),
esto es, una deducción de la proposición contradictoria de la tesis man-
tenida por el interpelado o respondiente en el debate dialéctico. Así pues,
una refutación suma a las anteriores (i)-(iii) la condición:
iv) la conclusión es la proposición contradictoria de la tesis en cuestión.
Por otra parte, a la luz del propósito de los Tópicos (100a17-21) an-
tes citado, cabe entender este cometido refutatorio o contraargumenta-
tivo como la deducción bien de a) una proposición contradictoria de la
tesis sostenida por el respondiente, bien de b) una proposición inconsis-
tente con las premisas asumidas por él —de acuerdo con una variante
aristotélica de la argumentación ad hominem—.
Una refutación sofística es, en fin, una refutación aparente: parece
cumplir las condiciones (i)-(iv) sin hacerlo efectivamente. Por ejemplo,
una petición de principio no cumpliría (ii), así como una falacia de
falsa causa —o de atribución causal en falso— no cumpliría (iii); serían,
pues, deducciones o contrapruebas fallidas; resultarían además sofísticas
si aparentaran o dieran la impresión de lo contrario. Sin embargo, este
tipo de argumentación también puede darse en otros casos, a tenor de:
«Llamo refutación y deducción sofísticas no solo a las que parecen de-
ducción o refutación, pero no lo son, sino también a las que siéndolo,
solo en apariencia son apropiadas para el caso» (RS, 169b20-23); así
puede ocurrir, por ejemplo, si se emplean argumentos no geométricos
en geometría. Recordemos, por añadidura, el caso del razonamiento erís-
tico: según los Tópicos, «un razonamiento erístico es el que parte de co-
sas que parecen plausibles, pero no lo son, y también el que parecien-
do una deducción, sin serlo, parte de cosas plausibles o que lo parecen»
(100b16-18), así que también resulta sofístico. Una refutación sofística
es, en suma, la que aparenta partir de 1) unas proposiciones plausibles
151
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
para concluir 2) deductivamente y 3) del modo pertinente 4) la propo-
sición contradictoria de la tesis puesta en cuestión, pero en realidad falla
en uno o más de estos respectos (1)-(4), de modo que solo es una con-
traprueba aparente.
Estas nociones permiten hacerse una idea relativamente precisa de
la fundación aristotélica del análisis de las falacias. Su contribución se
puede resumir en tres puntos de especial significación en la perspecti-
va de una posible «teoría de la argumentación falaz». Son los puntos si-
guientes:
i) es falaz la argumentación que aparenta ser una prueba o contra-
prueba, pero
ii) en realidad resulta una prueba o contraprueba fallida; más aún,
iii) toda prueba o contraprueba fallida y aparente es el reverso de
una genuina, al menos en el sentido de que cualquier fallo, defecto o in-
cumplimiento de una refutación genuina determina una refutación apa-
rente correspondiente.
El punto (i) avanza una característica distintiva de la concepción aris-
totélica: la falsa apariencia que induce a engaño o a error, característica
que luego tendrá considerable fortuna en el tratamiento tradicional de
las falacias. El punto (ii) preludia un supuesto típico de la perspectiva ló-
gica sobre las falacias, aunque esta perspectiva pueda luego no compartir
el deductivismo aristotélico de origen. El punto (iii) marca, en fin, la tem-
prana aparición de un supuesto que todavía hoy sigue activo —p. ej., en
la orientación pragmadialéctica—: el supuesto de correlación o de con-
trapartida, según el cual una falacia denota una falta de virtud y toda
falacia consiste en una argumentación mala por incumplir o violar al-
gún requisito o norma definitorios de la buena; en consecuencia, la «teo-
ría» de la argumentación falaz vendría a ser justamente la derivada de
la «teoría» de la buena argumentación. Es, con todo y como ya sabemos
(véase Parte I, cap. 1, § 2.1), un supuesto discutible en la medida en que
ignora la eventualidad del uso falaz de buenos argumentos; eventualidad
que, por cierto, no dejó de prever Aristóteles al mencionar entre los ar-
gumentos falsos el caso de las deducciones concluyentes cuyo empleo no
es realmente pertinente en el contexto de referencia, p. ej., cuando se
aducen argumentos solo aparentemente médicos en medicina o pruebas
solo aparentemente geométricas en geometría (Tópicos, 162b7-11).
1.2.2. Explicaciones y clasificaciones
Recordemos los servicios que, según la opinión común, cabe esperar del
estudio de las falacias. Son más bien prácticos en la medida en que tienen
152
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
que ver con la adquisición y la demostración de competencias y habilida-
des argumentativas. Pero uno de ellos, en particular, pendiente de la detec-
ción y del tratamiento de ambigüedades y equívocos, responde a motivos
más teóricos relacionados con los problemas que pueden generar nuestros
usos del lenguaje. Y, en efecto, los intereses que mueven a Aristóteles no
solo son prácticos, instructivos y preventivos, sino analíticos, de detec-
ción, y teóricos o «filosóficos», de explicación. El planteamiento aristoté-
lico envuelve dos planos teóricos: el de la contraprueba fallida, en la línea
del punto (ii) antes señalado, y el de la falsa apariencia de una prueba efec-
tiva, en la línea de (i). Las explicaciones en ambos respectos no están de-
sarrolladas, pero se dejan traslucir en algunas referencias a sus causas. Las
causas de una contraprueba fallida residen bien en las proposiciones (pre-
misas, conclusión no justamente contradictoria), bien en el razonamiento
mismo o bien en la inadecuación contextual de la prueba en su conjunto
(cf. p. ej., Tópicos, 162b3-16; RS, 169b20-22). Remiten a incumplimien-
tos o violaciones de las condiciones de una refutación genuina. Por su par-
te, las causas de la falsa apariencia serán objetivas cuando el error descanse
en cierta semejanza con la contrapartida genuina; o subjetivas cuando el
error se deba a la incompetencia o a la inexperiencia del agente discursivo
que se vea engañado por ella (cf., p. ej., RS, 164a22-164b29).
Son, por otro lado, los propósitos aristotélicos de detección y expli-
cación los que dan sentido a su ensayo de clasificación y reducción de las
contrapruebas aparentes o refutaciones sofísticas. Aristóteles no ofrece
un catálogo al uso, ni un listado arbitrario —p. ej., por orden alfabético—,
como los que luego cundirán en las presentaciones de las falacias. Aparte
de indicar las causas del error, Aristóteles pretende una especie de clasifi-
cación cabal y natural de los tipos falaces de error discursivo en función
de sus fuentes. Y por si fuera poco, no deja de sugerir la ulterior sistema-
tización o reducción de algunos de estos tipos a uno principal. También en
esta línea, Aristóteles marcará el camino de ensayos posteriores, tanto en
la Antigüedad como en tiempos modernos e incluso en nuestros días.
Hay, piensa Aristóteles, dos clases de fuentes del razonamiento erró-
neo. Unas tienen un carácter lingüístico: determinan las falacias que de-
penden esencialmente de nuestro modo de expresión o de la naturaleza
del lenguaje; las otras son de carácter extralingüístico: aquí las falacias
provienen de otros aspectos y referencias del discurso. Entre las prime-
ras (RS, 165b23-30), se cuentan la equivocidad léxica (homonimia), la
ambigüedad proposicional (anfibología), la composición y división de
los elementos de la frase, el acento y la forma de la expresión. La equi-
vocidad y la ambigüedad ya eran viejas conocidas
6
, pero las restantes
6. Un lugar clásico es el pasaje ya mencionado del Eutidemo, 275d-278b, en el que
primero se explota y luego se desenreda la equivocidad de manthánein, que puede signi-
153
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
también resultaban familiares en el uso cotidiano, aparte de ser recur-
sos socorridos —p. ej., en declaraciones oraculares, a efectos retóricos,
etc.—. A estas seis se suman otras siete no determinadas por el lengua-
je (RS, 166b20-27). Estas son: las que tienen que ver con predicaciones
accidentales, esto es, no convertibles, o con atribuciones modales erró-
neas; las atribuciones absolutas, o no absolutas sino referidas a un aspec-
to, un lugar, un momento o una relación con algo; las debidas al desco-
nocimiento de la refutación (ignorantia elenchi) o, más precisamente, al
incumplimiento de las condiciones de una prueba contradictoria efecti-
va de la tesis en cuestión; las relacionadas con la consecuencia —dan en
suponer de modo indebido la simetría o convertibilidad de la relación
de consecuencia, de modo que si un consecuente ¡ se sigue de un ante-
cedente c, entonces c se seguiría a su vez de ¡—; las que dan por sen-
tada la conclusión que se pretende establecer (petitio principii); las que
aducen como causa lo que no es causa; las que funden varias y diversas
cuestiones o preguntas en una sola y así prejuzgan o sesgan la respues-
ta (falacia de la cuestión múltiple). También podían considerarse casos
familiares, al menos en ciertos medios filosóficos, retóricos e intelectua-
les de la Atenas de los siglos V y IV a. n. e. En cualquier caso, estas trece
clases de falacias han constituido su «clasificación natural» en la lógica
escolar durante siglos: han sido las especies dadas o «creadas ab initio»
de la fauna de las falacias.
Por otro lado, como ya he sugerido, Aristóteles no deja de mostrar-
se a veces más sutil o más sensible a los especímenes falaces y nos invita a
reconocer algún otro tipo de refutación sofística en atención a las deduc-
ciones que son concluyentes, pero inadecuadas o improcedentes para el
asunto tratado, aunque aparenten serlo.
Llamo refutación y deducción sofisticas no solo a las que parecen refuta-
ción o deducción y no lo son, sino también a las que aun siéndolo, solo en
apariencia son apropiadas para el caso (RS, 169b21-23 cf. también el ya ci-
tado Tópicos, 162b7-11).
Más aún, conviene considerar una precisión adicional a tenor de la
revisión de la noción de refutación aparente que propone el capítulo 10
de RS: «si se da una refutación aparente, la causa de su falsedad estará en
el razonamiento o en la contradicción (en efecto, debe añadirse el caso
de la contradicción) y a veces en ambos» (171a5-8).
Y entonces, con respecto a la contradicción en particular, habrá que
recordar las precisiones avanzadas en el cap. 5 de RS:
ficar tanto aprender lo que no se sabe como comprender algo aprendido, equivocidad a la
que Aristóteles alude en RS, 165b31-33.
154
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Una refutación es una contradicción de uno y el mismo predicado —no del
nombre, sino de la realidad— y no de un sinónimo, sino del nombre mismo,
a partir de las premisas asumidas y que se sigue necesariamente de ellas (sin
que incluyan el punto originario en cuestión), y se da en el mismo respecto,
relación, modo y tiempo <que la asunción o tesis contradicha> (167a23-27).
Llegados a este punto, será útil volver la vista atrás con el fin de re-
capitular los resultados «teóricos» del análisis aristotélico. En principio,
son criterios determinantes de la refutación sofística los siguientes:
a) aparentar que es un silogismo, sin serlo efectivamente, por algún
fallo o defecto de los tipos (i)-(iii), indicados anteriormente en el apar-
tado § 1.2.1.
b) aparentar que es apropiado para el caso, pero sin serlo por
b.1) no concluir lo contradictorio de lo que se pretende refutar —tipo
(iv), véase § 1.2.1—, o
b.2) aducir razones o consideraciones no pertinentes o ilegítimas en
el caso planteado.
Dicho en términos más explícitos, que además propician el uso de
los criterios a efectos no solo de evaluación sino de detección, una refu-
tación puede ser solo aparente y resultar una contraprueba fallida por
uno o más de los defectos siguientes:
1) no contradice el caso real, sino su denominación;
2) contiene algún sinónimo en vez del término original;
3) las premisas no han sido asumidas por el respondiente;
4) la conclusión contradictoria no se sigue necesariamente de ellas;
5) el punto originario del debate o el «principio» que está en cues-
tión se encuentra entre las premisas asumidas;
6) la prueba no resulta efectivamente contradictoria en el mismo res-
pecto, relación, modo o tiempo.
Algunos de estos fallos determinantes tendrán luego larga vida.
Por ejemplo, (1)-(2) y (6) aparecen en Boecio, (1) y (6) en Ammonio;
y después reaparecen en tratados bizantinos medievales (véase Ham-
blin, 2004: 104-106).
Pero mayor importancia reviste la sugerencia de reducir todas las va-
riantes determinadas por esos criterios y recogidas en las clasificaciones
que derivan de sus fuentes lingüísticas o extralingüísticas, a un defecto
principal, a la ignorantia elenchi o ignorancia de la refutación. Pues, a
juicio de Aristóteles, «todas las variedades incurren en la ignorancia de la
refutación: unas, en función de la expresión, en cuanto que la contradic-
ción, que es lo propio de la refutación, es aparente, y las otras, en función
155
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
de la definición de deducción» (RS 6, 169a18-22); es decir, en función de
los rasgos (i)-(iii) definitorios del silogismo —véase § 1.2.1—. Con todo,
Aristóteles no parece interesado en sentar sobre esta base una teoría re-
ductiva maximalista, en el sentido de las hipótesis teóricas máximas consi-
deradas más arriba en el apartado 2.3 del cap. 2 de la Parte I.
1.3. LAS FALACIAS EN LA RETÓRICA Y EN LOS PRIMEROS ANALÍTICOS
Para hacerse una idea comprensiva de la concepción aristotélica de la
argumentación falaz, no estará de más recordar también algunas obser-
vaciones complementarias en otros escritos, en particular en la Retórica
y en los Primeros Analíticos.
El pasaje más elocuente de la Retórica es el referido a los entimemas
aparentes (II 24, 1400b34-1402a29). Empieza declarando: «Puesto que
puede haber un silogismo y otro que, sin ser tal, lo parezca, forzosamen-
te habrá también un entimema y otro que, sin ser tal, lo parezca, dado
que el entimema es una clase de silogismo» (1400b34-1401a1). El tra-
tamiento paralelo a los criterios y las variantes de la refutación aparente
es el que ahora tienen los lugares comunes de los entimemas de este gé-
nero. Estos lugares, en parte reservorios y en parte generadores de en-
timemas especiosos, son:
1) Los que proceden de la expresión, bien 1.1) al formular como con-
clusión dada lo que aún no se ha concluido, bien 1.2) por equivocidad.
Así como los consistentes en:
2) Afirmar del todo lo que es verdad de las partes o a la inversa.
3) Inclinar hacia la aceptación o el rechazo del argumento por me-
dio de la ampliación o exageración.
4) Usar un signo (indicio) o un único caso como evidencia conclu-
yente.
5) Representar lo accidental como esencial.
6) Partir de la consecuencia (esto es, del consecuente para estable-
cer el antecedente).
7) Tomar o presentar como causa lo que no es causa.
8) Omitir el cuándo y el cómo.
9) Confundir las atribuciones absolutas y relativas.
Los tipos (3) y (4) no se encuentran en RS; (3), en especial, es un
recurso de indudable ascendencia retórica desde la coetánea Retórica
a Alejandro. También es novedosa la argucia de hacer pasar una con-
clusión de contrabando conforme a (1.1). Por otro lado, no figuran
aquí la petición de principio, ni la fusión de varias y diversas cuestiones
156
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
en una. Y, en fin, el caso (7) se describe como una interpretación del
post hoc en calidad de propter hoc, esto es, como el mal entendimien-
to de una mera sucesión temporal bajo la forma de una vinculación o
conexión causal, versión que no aparece en RS —ni, por lo demás, en
los Primeros Analíticos (APr.)—, aunque luego vendrá a ser la preferi-
da por la tradición.
Mientras que la Retórica presenta un tratamiento en cierto modo
paralelo al seguido en RS, los Primeros Analíticos parecen contentarse más
bien con una especie de adaptación sumaria al marco general de la prue-
ba deductiva que tiene lugar en los caps. 16-21 del libro II. No es extraño
que en este contexto adquieran mayor importancia las fuentes extra-
lingüísticas como fuentes de pruebas fallidas. Una muestra instructiva
es, por ejemplo, la siguiente:
Postular y asumir la cuestión originaria es un tipo de fallo en demostrar lo
que se ha planteado
7
. Pero este fallo se da de diversos modos. Pues, en efecto,
se da si uno no ha razonado silogísticamente [«silogizado»] en absoluto, o si ha
partido de premisas menos conocidas o igualmente desconocidas, o si ha de-
ducido lo anterior a partir de lo que es posterior (porque la demostración pro-
cede a partir de lo que es más convincente y prioritario) (APr., 64b28-33).
Según esto, en el contexto programático de la teoría de la demostra-
ción de los Analíticos, se acentúa el tinte epistémico de la falacia como
prueba fallida y se desactiva o al menos se desdibuja su marco dialécti-
co. Como ya sabemos, la petición de principio aún representa hoy una
falacia paradigmática desde un punto de vista lógico epistémico.
Otras falacias identificables, aparte de las que envuelven la supo-
sición o petición del punto en cuestión, son la ignorancia de la refu-
tación —o más bien, en este caso, la ignorancia de las condiciones de
la prueba silogística—, el tratamiento como causa de lo que no lo es
y quizás la suposición de la simetría o convertibilidad de la relación
de consecuencia, que tiene especial relieve en el marco de la demostra-
ción. No faltan, por lo demás, algunas referencias a los errores y las
tácticas discursivas relacionados con el sistema silogístico (véase, p. ej.,
APr., 66a25-66b2).
7. Se trata, naturalmente, de un caso general de petición de principio: «Siempre
que se trata de probar lo que no es evidente de suyo por medio de ello mismo, se pide la
cuestión. Esto puede hacerse postulando directamente lo que se ha de probar; pero tam-
bién cabe recurrir a algunas otras proposiciones probadas por medio del principio en cues-
tión» (APr., 64b2-65a1).
157
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
1.4. OTRAS CONTRIBUCIONES DESPUÉS DE ARISTÓTELES: LOS ESTOICOS,
GALENO, ALEJANDRO
En el estudio de las falacias no parece haber contribuciones reseñables de
los estoicos. Cierto es que la lógica estoica mostró interés no solo por la
argumentación concluyente sino por la no concluyente. Pero sus plan-
teamientos eran de carácter estrictamente lógico y, por ende, textual y mo-
nológico, sin consideraciones dialécticas ni proyecciones retóricas. Desde
luego, no prestan especial atención a la argumentación falaz. No obstan-
te, Mates puede registrar su conocimiento del círculo vicioso (ho diálle-
los trópos) en pretendidas pruebas (1985: 142). Por otro lado, su pre-
sunta catalogación de las falacias como argumentos no concluyentes o
«indefinidos» según Sexto Empírico (p. ej., Contra los matemáticos, VIII,
§§ 429-434), no deja de ser llamativa en ciertos aspectos, como el de
hacer equivalente la condición de argumento falaz a la condición de ar-
gumento malo o defectuoso, y contar entonces como falaces los argu-
mentos con premisas falsas y con premisas superfluas, pero no incluir en
cambio —al menos expresamente— entre ellos la petición de principio.
Es una omisión curiosa, pues la idea más aproximada a una falacia, en-
tre los estoicos, sería la de prueba inválida o fallida
8
. Hay, no obstante,
una definición que Sexto Empírico atribuye a los «dialécticos», es decir,
los lógicos estoicos, en Esbozos pirrónicos: «Un sofisma es un argumento
plausible y dispuesto con engaño para <inducir a> admitir una conclu-
sión que es falsa, o se asemeja a lo falso, o es no evidente o inadmisible
de cualquier otro modo» (II, § 229).
Al margen de su estudio de los argumentos concluyentes y no con-
cluyentes, los estoicos también mantuvieron y transmitieron el interés
de algunas escuelas megáricas en diversas paradojas cognitivas y discursi-
vas —como los casos de Electra, el calvo, el cornudo, el sorites, el men-
tiroso—, que cobraron fama gracias a ellos y a su finura analítica, bajo
la forma de argumentos «irresolubles (áporoi lógoi)», esto es, inacepta-
bles aunque no sea fácil resolver o descartar el absurdo que envuelven
o al que conducen.
Otro punto interesante por su influencia posterior fue la atención
que prestaron a la ambigüedad, dada la relación que asumían entre la
expresión (léxis) y lo expresado (lektón) y la suposición añadida de que
en un argumento la cadena de las aserciones debe corresponderse con
la vinculación de sus significados proposicionales.
Galeno tiene cierto relieve en este contexto. Una contribución digna
de mención es su ensayo Sobre las falacias debidas al lenguaje. Galeno
8. Cf. un intento de convertir estas referencias genéricas en una «teoría» de las fa-
lacias, González Ruiz (1993).
158
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
se mueve en un marco monológico, sin mayor interés por la dialéctica
o la retórica —aunque no falte alguna alusión a los errores del sofista,
p. ej., 3 100 18, 101 5—, y se atiene a las falacias (sophismata) lingüísti-
cas. Los casos que considera principales son los relacionados con la am-
bigüedad. Su idea de la ambigüedad se podría resumir como sigue. Para
empezar, una proposición es ambigua si su uso o su inscripción tiene al
menos dos significados distintos. En términos más precisos: una propo-
sición es ambigua si admite dos o más paráfrasis o implicaciones irredu-
cibles entre sí. Sean a una proposición dada y a
1
, a
2
, dos paráfrasis de a.
Entonces, i) a
1
y a
2
son irreducibles entre sí si ninguna de ellas es a su vez
paráfrasis de la otra; ii) a
1
y a
2
tienen implicaciones irreducibles entre sí
si la conjunción de a
1
con alguna otra proposición p implica la propo-
sición q, mientras que la conjunción de a
2
con esa misma proposición
p no implica q. Por lo demás, a
1
y a
2
no se implican entre sí.
Recordemos, por ejemplo, la respuesta del oráculo de Delfos a la
consulta del rey de Lidia, Creso, sobre la suerte de su plan de campaña:
«Si Creso cruza el Halys, destruirá un imperio». Admite dos paráfrasis:
a
1
) «Si Creso cruza el Halys, destruirá el imperio enemigo» y a
2
) «Si Cre-
so cruza el Halys, destruirá su propio imperio»; está claro que ambas pa-
ráfrasis son mutuamente irreducibles y dan lugar a implicaciones no me-
nos incompatibles, como el infortunado Creso bien pudo comprobar.
Según Galeno, una expresión puede tener uno de estos tipos de am-
bigüedad:
a) actual, consistente en un doble o múltiple significado, sea por
una causa léxica, esto es, por homonimia, sea por una causa sintáctica,
es decir, por anfibología;
b) potencial, doble o múltiple significado debido a su conformación
verbal superficial, esto es, subsanable sin cambios de léxico o de cons-
trucción sintáctica, como los casos de ambigüedad inducidos por pau-
sas o acentuación.
c) aparente, ambigüedad léxica o sintáctica fácilmente reducible. Por
ejemplo, a partir de a): «al ser de día, no es de noche», caben las pará-
frasis sintácticas a
1
): «si es de día, entonces no es noche» y a
2
) «o es de
día o es de noche», lógicamente equivalentes y reducibles entre sí (cf.
Galeno, Eisagogé, 3.5).
Pues bien, sobre estos supuestos, Galeno se propone una sistemati-
zación de las falacias lingüísticas en dos pasos:
1) Toda falacia lingüística se reduce a los casos recogidos en el catá-
logo aristotélico de las falacias derivadas de fuentes lingüísticas (Sobre
las falacias, cap. 2, p. 92 8 ss.). Como ya sabemos, el propio Aristóteles
se había hecho también ilusiones en tal sentido (RS, 165b23-31).
159
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
2) Todos los casos del catálogo aristotélico de las falacias lingüísticas
se reducen a casos de ambigüedad (cap. 3, pp. 102 16-104 6).
Galeno también cree contar con un argumento que obliga a recono-
cer la ambigüedad como falacia o vicio del lenguaje sustancial en justa
correspondencia con su virtud esencial, la de significar. Según esto, el
vicio o falta de virtud del lenguaje consistirá en no significar o en signi-
ficar mal, de modo inadecuado. Ahora bien, como no cabe considerar
lenguaje lo que no significa, el no significar no sería un vicio del lengua-
je propiamente dicho ni produciría un sofisma, ya que nadie podría re-
conocer una expresión no significativa o asumir una proposición inin-
teligible. «Solo nos queda, por tanto, la alternativa de que los sofismas
del lenguaje se producen por no significar bien, y esto ocurre porque el
significado es ambiguo» (cap. 2, p. 96 6-8).
La tesis de la reducción de las falacias lingüísticas a casos de ambi-
güedad no dejará de tener cierta fortuna histórica. Se verá incluso gene-
ralizada en términos de una formulación universal: toda falacia descan-
sa en un equívoco —generalización que, por cierto, ya no podría contar
con la anuencia de Aristóteles (cf. RS, 177b8-10)—. Así, a juicio de Be-
nito Jerónimo Feijoo, «hablando con propiedad, el principio único de
donde viene la falacia al silogismo, o que hace al silogismo falaz, es la
ambigüedad de alguna voz» («Desenredo de sofismas», § 1, 2, en Teatro
Crítico Universal, t. VIII [1739], véase más abajo, Texto 5). Y en nues-
tros días, Lawrence H. Powers (1995) ha sostenido la que llama «teo-
ría de la falacia única», según la cual solo hay en realidad una falacia, la
falacia de equivocidad consistente en manejar la ambigüedad de modo
indebido (véase más arriba, Parte I, cap. 2, § 2.3.1).
Según la tradición escoliasta que pervive en la recepción medieval de
las Refutaciones sofísticas, Alejandro de Afrodisia, un coetáneo de Galeno
algo más joven que él y a su vez distinguido comentador de Aristóte-
les, hizo un planteamiento y una clasificación similar en un comentario
hoy perdido. Pero Sten Ebbesen (1981) ha mostrado que el «Alejandro» o
el «Comentador» citado o referido en los textos medievales de la segunda
mitad del siglo XII y principios del XIII, no es Alejandro de Afrodisia, sino
un autor tal vez inexistente, cuyo supuesto comentario es producto de es-
colios y de versiones como la de Jacobo de Venecia
9
. Donde Galeno habla
de ambigüedad, «Alejandro» se refiere a duplicidad de significado y quizás
a doblez (a partir de dittón, «doble»). Pero su esquematización de las fa-
lacias determinadas por el lenguaje sigue los pasos de Galeno: hay un do-
ble actual, sea equivocidad de términos, sea anfibología de frases; hay un
doble potencial, bien de acento sobre los términos, bien de composición
9. Véase Ebbesen (1981), en particular, vol. I, V.3, pp. 242-244 y V.15, pp. 286-289.
160
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
y división de las frases; hay, en fin, un doble imaginario o aparente, co-
rrespondiente a la forma de expresión. Este último puede ser un punto
relativamente original: se da cuando una expresión con un significado de-
terminado parece tener otro diferente debido a alguna semejanza
10
. Bajo
la versión latina de ‘dittón’ como ‘multiplex’ —de modo que la duplici-
dad deviene multiplicidad—, la clasificación de «Alejandro» alcanzó a te-
ner cierto eco en la lógica y la filosofía del lenguaje medieval.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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and Prior Analytics», en OSSA Conference 1997, Argumentation and Rhe-
toric, cederrón, Mac Master University/Ontario Society for the Study of Ar-
10. Esta referencia es críptica. Por otra parte, los ejemplos traídos a colación —ver-
bos cuya conjugación parece desmentir su significado o nombres cuyo género parece des-
mentir el de los referentes denotados— tampoco ayudan mucho; son los aducidos por Aris-
tóteles para mostrar los equívocos debidos a la forma de expresión (RS, 166b10-19). Hay
detalles del planteamiento y de la clasificación en Hamblin (2004: 97-101), aunque la au-
toría haya de revisarse a la luz de Ebbesen (1981).
11. Las fuentes o ediciones críticas de los textos de referencia se encuentran en sus
lugares respectivos en la sección siguiente de esta Parte II, sección dedicada a recoger (ex-
tractos de) los propios textos.
161
E L P A DR E A R I S T ÓT E L E S
gumentation, Hamilton (ON). Cf. también D. Hitchcock, «Comments on
George Boyer’s ‘Aristotle on fallacious reasoning …’», ibid.
Braert, A. (2007), «The oldest extant rhetorical contributions to the study of fal-
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se 113, pp. 217-239. (Cf. J. Hintikka (1997), «What was Aristotle doing
in his early logic, anyway? A reply to Woods and Hansen»: Synthese 113,
pp. 241-249).
162
2
UNA VERSIÓN MEDIEVAL DE LAS FALACIAS
Como muestra notable del tratamiento medieval, contamos con una pe-
queña monografía Sobre las falacias (De fallaciis) que ofrece una versión de
la materia acorde con la tradición aristotélica de las Refutaciones sofísticas
en el medio escolástico del siglo XIII —se ha datado hacia 1244-1245—.
Ha sido atribuida al propio Tomás de Aquino, aunque su autoría sea dis-
cutible. Sea por este patrocinio, sea por la disposición clara y sintética
del texto, la monografía alcanza a tener cierta fortuna. Viene a sustituir
en algún caso el tratado VII, dedicado a las falacias, de los Tractatus o
Summulae logicales de Pedro Hispano, como testimonia el cambio que
se produce en R. Llull desde su primerizo Compendium logicae Algazelis
(1265-1272), compuesto a partir del manual de Pedro Hispano, hasta su
Logica nova, donde toma pasajes enteros —con erratas incluidas— del
De fallaciis (véase Wyllie y Fidora, 2009). También puede ser una indica-
ción en el mismo sentido su posterior influjo en autores tan lejanos en el
tiempo y el espacio como Alonso de la Vera Cruz ([1554] 1989).
2.1. EL LEGADO GRIEGO
Pero antes de detenernos en esta muestra escolástica, no estará de más
considerar brevemente el problema general de las relaciones del pensa-
miento medieval con sus fuentes clásicas y, en concreto, la cuestión de
su recepción. Pues una cosa es el legado potencial, es decir, todos aque-
llos textos que por vía directa o indirecta eran, en principio, accesibles
a los autores y comentadores escolásticos desde el siglo XII, y otra cosa
bien distinta es su recepción y su asunción efectiva
1
.
1. En otro lugar he dedicado especial atención a esta cuestión en punto a la trans-
misión y recepción de la idea de demostración. Véase Vega Reñón (1999: 29-52).
163
UNA V E R S I ÓN ME DI E V A L DE L A S F A L A CI A S
El legado griego que tiene mayor interés en lo que concierne a las
falacias se podría resumir en estos puntos:
1) Hay dos tradiciones o hijuelas principales: la herencia aristotéli-
ca, con su consideración dialéctica y epistémica de la prueba o contra-
prueba fallida; y la herencia estoica, centrada en el análisis semántico y
monológico del discurso, y en la lógica del argumento defectivo. Ambas
se reciben no solo por el cauce de los canales latinos como Cicerón o
Boecio, sino a través de las «escolásticas» griega y bizantina de los co-
mentadores. La primera tradición está representada sobre todo por la
versión de Boecio del tratado aristotélico: De sophisticis elenchis, que
empieza a tener especial reconocimiento a mediados del siglo XII. La se-
gunda tradición, aunque no deje de hallar eco y resonancia en autores
como Cicerón o Séneca, tiene una efectividad más bien práctica y difu-
sa, por ejemplo, en la jurisprudencia romana.
2) Como ya hemos podido entrever en el apartado 1.4 anterior, son
las falacias dependientes del lenguaje las que cobran especial relieve en-
tre los comentadores y escoliastas. También sabemos, por otro lado, de la
existencia de intentos independientes de sistematización de tipos de am-
bigüedad (Galeno) o de multiplicidad («Alejandro»).
3) No falta además algún apunte crítico sobre la falta de explicación
teórica en Aristóteles. Por ejemplo, según el autor desconocido de unas
Cuestiones sobre las Refutaciones sofísticas del siglo XII:
Dice el comentador [e. d. «Alejandro»] que Aristóteles prestó escasa aten-
ción a la <argumentación> sofística, porque si es preciso tratar cabalmente
de la falacia, primero hay que definirla, en segundo lugar se han de sentar
sus principios, a saber, la causa de la apariencia y de la deficiencia, en tercer
lugar se han de distinguir sus especies y modos, y en cuarto lugar se ha de
mostrar la falacia en sus aplicaciones falaces. También dice el comentador
que el Filósofo [e. d. Aristóteles] puede excusarse de la insuficiencia de su
tratamiento, puesto que argüir de modo sofístico no es una ocupación propia
de filósofos, sino más bien de niños (De Rijk, 1962: I, 192).
Quizás sean unas observaciones de este tipo las que estén en el ori-
gen de las propuestas medievales de explicación causal de las falacias por
referencia a las causas o principios de la (falsa) apariencia y del defecto
o inexistencia correspondientes. También merece atención la considera-
ción de la sofística como una ocupación infantil; puede ser sintomática de
una incipiente trivialización de los casos de falacias en las escuelas.
164
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
2.2. LA RECEPCIÓN MEDIEVAL
La recepción medieval parece moverse en tres direcciones generales
marcadas más bien por la transmisión del legado (a) o más bien por di-
versos intereses autóctonos (b) y (c).
a) La consideración de las falacias en el marco de la discusión sofís-
tica, conforme a la tradición «aristotélica». Aquí nos encontramos con
ciertas nociones básicas sintomáticas como las de fallacia, paralogismus,
sophisma, dentro de una terminología que procede de las traducciones
de Boecio y parece quedar establecida en la segunda mitad del siglo XII,
aunque no deje de presentar algunas variaciones.
b) La relación de las falacias dependientes del lenguaje con la investi-
gación medieval sobre la lógica y la filosofía del lenguaje, p. ej., cuestiones
en torno al significado y la referencia, en especial con la teoría autócto-
na de la suppositio.
c) La relación de las paradojas y los puzles discursivo-cognitivos, de
diverso origen (aristotélico, estoico) con ciertos sofismas (sophismata),
que tienen tanto una dimensión analítica y teórica de dilucidación, como
una dimensión escolar de entrenamiento y puesta a prueba o examen.
En este contexto, ‘sofisma’ no designa un tipo de falacia discursiva, sino
una expresión que pide ser desambiguada mediante el análisis lógico, sea
por motivos de precisión conceptual, sea con fines prácticos o escolares
como poner a prueba la competencia analítica de un examinando.
Ilustraré brevemente cada uno de estos aspectos.
a) Entre las nociones básicas, la idea de paralogismus, por ejemplo,
responde según las Glose in Aristotilis Sophisticos Elencos (De Rijk, 1962:
I, 193 18-23)
2
, a la composición etimológica de ‘logismus’, es decir, ‘si-
logismo’ y ‘para’, tanto en el sentido de ‘iuxta’, ‘lo que está al lado o
cerca, es afín, se parece’, como en el sentido de ‘contra’, ‘lo contrario,
lo opuesto’, de modo que «paralogismo», en suma, significa el discurso
que parece un silogismo pero no lo es. A su vez, sophisma viene a desig-
nar en la Summa Soph. Elenchorum el argumento aparente que en rea-
lidad no es argumento «donde haya argumento, no hay ningún sofisma»
(I, 384 25-26, 32). Fallacia, por su parte, viene a corresponder al ‘elen-
co sofístico’ de la traducción de las Refutaciones sofísticas por parte de
Boecio y remite a los trece tipos de las falacias aristotélicas; incluso la
Summa recién citada recoge el punto de la reducción de las falacias a la
«ignorancia del elenco»: «Se dice que la ignorancia del elenco es el prin-
2. En los textos citados (Glose in Arist. Sophisticos Elencos, Summa Sophisticorum
Elencorum y Fallacie Vindobonenses) sigo la edición de L. M. de Rijk (1962).
165
UNA V E R S I ÓN ME DI E V A L DE L A S F A L A CI A S
cipio y el origen de todas las falacias, cuando se toma en sentido amplio»
(I, 416 16-17); pero, ‘fallacia’ también puede equivaler a ‘paralogismus’
para significar un silogismo aparente. Por otro lado, en el tratado De fa-
llaciis del siglo XIII, ‘fallacia’ funciona asimismo como una denominación
del lugar o tópico sofístico «puesto que es de suyo causa del engaño»
(cap. 4, 88079; véase más abajo, Texto 2). Conviene observar a este res-
pecto que en los lugares sofísticos concurren las dos causas o principios
del argumento sofístico: el principio motor o causa de la apariencia, que
mueve a asentir, y el principio del defecto o causa de la inexistencia
de lo que se aparenta (ibid.). Este planteamiento ya estaba presente en
los Tractatus de Pedro Hispano, donde, por lo demás, también se llama
fallacia tanto el engaño resultante en nosotros como la causa o principio
de ese engaño (VII, § 26).
No dejan de tener interés otros términos o expresiones relaciona-
dos como, en particular, la de ‘disputatio sophistica’. A mediados del si-
glo XII, se denominaba así la discusión o refutación que discurría «a par-
tir de premisas que parecen probables, pero no lo son» (cf. Summa Soph.
Elenchorum, 277 25-26; Fallacie Vindobonenses, 497 5-6); también in-
cluía la deducción o el silogismo aparente, según la Summa (26-27). Más
adelante, la propia Summa introduce unas distinciones significativas a
propósito de las diversas especies de disputatio sofística, a saber: el silo-
gismo aparente (redargutio), el falso, el implausible o paradójico (inopi-
nabile), el solecismo y el parloteo. Así, dice la Summa:
Todas las especies de refutación sofística concluyen lo improcedente (incon-
veniens), aunque no todas concluyen lo falso. Pues hay un improcedente que
es falso y otro que no lo es. Lo improcedente falso es lo que concluyen el silo-
gismo aparente, el falso y el implausible. Lo improcedente que no es ni falso
ni verdadero es lo que concluyen estas dos especies: el solecismo y el discurso
que se ve obligado a repetir lo mismo, esto es, a parlotear» (405 27-23).
‘Improcedente’ (inconveniens) viene a significar en este contexto lo
que resulta contra derecho e inapropiado. En fin, la idea de silogismo
aparente, en el sentido de redargutio, es precisada por el magíster Albe-
rico en las Glose in Arist. Soph. El. como «refutación sofística en la que
infiere lo que no se sigue, pero parece seguirse, preservada la construc-
ción discursiva conforme al arte de la gramática». La primera condición,
la inferencia que envuelve una relación de consecuencia meramente apa-
rente, distingue esta especie sofística de otras como las que conducen a
una conclusión falsa o a una conclusión paradójica; la segunda condi-
ción, de carácter gramatical, la distingue a su vez del solecismo y del par-
loteo (205 27-30); por lo demás, dicha refutación puede discurrir tanto
en el plano lingüístico como en el extralingüístico, según la conocida
clasificación principal de Aristóteles (206 5).
166
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
b) Por lo que concierne a la relación del estudio de las falacias con
cuestiones de lógica y filosofía del lenguaje, tienen especial relieve las
falacias verbales en la versión de «Alejandro», referida a la multiplicidad
actual, potencial o imaginaria. Un punto importante en esta perspectiva es
la vinculación inicial de las falacias con ciertas contribuciones medievales
originales como la teoría de las propiedades de los términos y de la suppo-
sitio. Por ejemplo, el estudio de las falacias debidas al uso o la natura-
leza del lenguaje, en el nuevo marco del análisis gramatical de la función
de los términos en el contexto de la proposición, estimula la discusión y
el desarrollo de las teorías de la significación en la segunda mitad del
siglo XII y, posteriormente, de la teoría de las propiedades de los térmi-
nos (véase De Rijk, 1967: II, I, 491-512). Un caso ilustrativo es el de la
univocatio, univocidad, por contraposición a la identitas, identidad, y a
la equivocatio, equivocidad, nociones de interés para determinar la sig-
nificación y la apelación del término considerado. Así, un término usa-
do en diversos casos para denotar a un mismo individuo, está empleado
idénticamente, p. ej., en la oposición «Sócrates es anterior a Platón» vs.
«Sócrates no es anterior a Platón». Un término usado en diversos casos
para denotar cosas diversas, manteniendo su significado, está empleado
unívocamente, p. ej., en la distinción «Sócrates es (un) hombre (en par-
ticular)» vs. «Sócrates no es (el) hombre (en general)». Un término usado
en diversos casos para denotar cosas diversas sin mantener su significa-
do, está empleado equívocamente, p. ej., en la falsa oposición «el can (el
mamífero) es un animal doméstico» vs. «el can (la constelación) no es un
animal doméstico». Solo en el primer caso, la negación de la proposición
original resulta contradictoria o, dicho de otro modo, la oposición entre
las dos proposiciones citadas es una contradicción («Sócrates es anterior/
no es anterior a Platón»). La univocidad, por su parte, se describe como
el uso que mantiene el significado pero cambia la suposición o la apela-
ción, caso este que incluye las referencias temporales determinadas por
el tiempo verbal (presente, pretérito, futuro).
Por ejemplo, el término ‘hombre’, empleado en sentido unívoco, pue-
de suponer o «estar por»:
1) una categoría gramatical en «hombre es un nombre sustantivo»
—uso del término ‘hombre’ con suposición material—;
2) una categoría lógica en «hombre es una especie» —uso con su-
posición natural—;
3) un tipo determinado de cosas en «el hombre es el rey de la crea-
ción» —uso con suposición simple—;
4) alguien en particular, «este hombre es (fue, será) magistrado» —uso
del término como apelación o con suposición personal—.
167
UNA V E R S I ÓN ME DI E V A L DE L A S F A L A CI A S
Estos casos y otros en el mismo sentido han llevado a considerar que
el estudio de la proposición a la luz de las falacias dependientes del lengua-
je, la equivocidad en especial, y de la nueva teoría gramatical marca el
origen de la lógica terminista en el siglo XII. Posteriormente, entre fina-
les del siglo XII y principios del XIII, se volverán las tornas: será la teoría
del significado y de las propiedades de los términos la que servirá a su
vez para el análisis de los engaños sofísticos.
c) Como ya he sugerido, ‘sophisma’ también se moverá, en especial
en el siglo XIV, en unos contextos de análisis conceptual, de investiga-
ción lingüística y de ejercitación escolar, distintos del tradicional. Allí el
término mismo de ‘sophista’ cobrará un nuevo sentido para designar al
estudiante o al maestro de ‘sophismata’. En estos casos, ‘sofisma’ desig-
na tanto la proposición ambigua que es objeto de estudio como el desa-
rrollo discursivo de su análisis: parte de una hipótesis (casus, señalado
por una cláusula del tipo «supongamos que…»), y discurre deductiva-
mente a través de su prueba (probatio) y contraprueba (improbatio) has-
ta una resolución —luego también puede seguir una réplica a los argu-
mentos opuestos y una determinación final—.
Una muestra puede ser la siguiente:
Pongamos por caso la afirmación «todo Sócrates es menor que Só-
crates».
— Deducción I: «El pie de Sócrates es menor que Sócrates; la cabeza
de Sócrates es menor que Sócrates.., y así sucesivamente por lo que se
refiere a cualquiera de sus partes integrantes. En suma, todas y cada una
de las partes de Sócrates son menores que Sócrates. Por consiguiente,
todo (e. d. aquello que sea) Sócrates es menor que Sócrates».
— Deducción II: «Todo Sócrates es menor que Sócrates. Ahora bien,
todo (e. d. el todo invidualizado) Sócrates es justamente Sócrates. Por lo
tanto, Sócrates es menor que Sócrates, lo cual es absurdo».
En I, el término ‘todo’ está tomado en un sentido distributivo y sin-
categoremático, como referencia pronominal a cualquier parte de Só-
crates. (Probatio).
En II, en cambio, ‘todo’ está tomado en un sentido nominal, catego-
remático, que designa a un individuo en su conjunto, esto es, a Sócrates
mismo. (Improbatio).
Entonces se daría una falacia de equivocidad si de una premisa
con el ‘todo’ empleado en I se tratara de inferir una conclusión con el
‘todo’ presente en II.
Otras aplicaciones analíticas son las de los sophismata llamados phy-
sicalia, como «lo infinito es finito» dicho acerca de la constitución de una
magnitud continua: es una proposición verdadera si ‘infinito’ se toma en
el sentido sincategoremático de que para cualquier magnitud finita dada
168
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
hay otra mayor que ella —descansa en la posibilidad de una serie de in-
crementos infinitamente sucesivos incluso dentro de un intervalo fini-
to—; en cambio, resulta falsa si ‘infinito’ pasa a designar, en un sentido
categoremático, una magnitud mayor que todas las magnitudes finitas.
2.2.1. Contribuciones medievales: el caso de la petición de principio
Las consideraciones anteriores en torno a la recepción medieval escolás-
tica ya muestran su carácter activo y contributivo, no meramente «recep-
tivo». Pero no estará de más apreciar en un caso concreto la importan-
cia y el alcance de sus contribuciones. Bastará tomar como ilustración el
caso de la famosa falacia de petición de principio. Como en otros casos,
no faltan indicaciones aristotélicas de su significación en distintos planos y
sentidos. Pero no dejan de ser méritos de los analistas medievales su de-
sarrollo expreso e, incluso, algún apunte en una dirección que hoy po-
dría estimarse vivamente actual y vinculada a los progresos de la prag-
mática de la argumentación.
Los desarrollos indicados consisten en el tratamiento de la falacia de
petición de principio en tres planos básicos y de acuerdo con tres tipos
de condiciones definitorias:
a) En un plano lógico, la petición de principio consiste en dar por
supuesto en alguna de las premisas del argumento lo que se pretende
concluir. Su análisis se funda en unas condiciones de identidad proposicio-
nal que determinan su carácter de prueba fallida, al descansar en la asun-
ción o presuposición de una premisa lógicamente dependiente —p. ej.,
por implicación o por definición— de la conclusión que se pretende pro-
bar o establecer. Por otra parte, en el capítulo de las contribuciones inte-
resantes se puede anotar una lúcida observación de Pedro Hispano que
remite a nuestra conocida distinción entre la validez deductiva de la pe-
tición y su nulidad demostrativa:
Y se ha de saber que esta falacia no impide el silogismo que infiere, sino
el silogismo que prueba. Pues, de entre los silogismos, uno infiere sola-
mente, mientras que otro tanto infiere como prueba (Tractatus VII, § 148;
cf. 1986: 150).
Si el tratado De fallaciis fuera efectivamente obra de Tomás de Aqui-
no, esta distinción ya estaría establecida a mediados del siglo XIII, pues en
su cap. 15 (véase más abajo Texto 2) se comenta en el sentido de que la
falacia «no peca» contra la fuerza ilativa del argumento, siempre que guar-
de la relación debida entre el antecedente y el consecuente, sino que
«peca» contra su capacidad de prueba al no cumplir la condición de que lo
aducido sea más o mejor conocido que aquello que se pretende probar.
169
UNA V E R S I ÓN ME DI E V A L DE L A S F A L A CI A S
b) En un plano dialéctico, la petición de principio consiste en tratar
de extraer una conclusión de algún supuesto o principio que el contrin-
cante en la discusión no acepta. Las condiciones de identidad son en este
caso dialógicas y se refieren a la adopción de una premisa que resulta
para el interlocutor no menos discutible que la pretendida conclusión.
c) En un plano epistémico, la petición de principio consiste en in-
tentar probar una proposición no sabida o incierta a partir o sobre la
base de alguna otra no menos desconocida o dudosa. Las condiciones
de identidad vienen a ser ahora epistémicas y se refieren a la falta de
evidencia no solo de la conclusión en cuestión, sino de lo que se aduce
como justificación al respecto. En este contexto tampoco falta una ob-
servación que hoy nos puede sonar sorprendentemente familiar y próxi-
ma. Guillermo de Sherwood, tras aclarar que «lo pedido» o supuesto no
es la conclusión, sino el principio, es decir, el punto que ha originado
la cuestión, se remite a la intención del agente de la pretendida demos-
tración:
Así pues, el punto originario de la cuestión es lo que mueve al demostra-
dor como un fin mueve a un agente (efficientem). En consonancia con esto,
no se debería decir que una petición del punto originario de la cuestión se
limita a una inferencia como tal; antes bien, se debería considerar la inten-
ción del demostrador. Mejor aún, se debería decir que <una y la misma in-
ferencia> constituye a veces una petición del punto originario de la cues-
tión y otras no» (Introductiones in logicam, VI, § 324; véase la edición de
N. Kretzmann, William of Sherwood’s Introduction to Logic, University of
Minnesota Press, Mineápolis, 1966: 159).
La consideración de las intenciones y los estados cognitivos de los
participantes en la discusión, con respecto a lo puesto en cuestión, es
hoy uno de los criterios que se estiman determinantes del carácter falaz
o no de este tipo de argumentación en su contexto.
En última instancia, estos análisis tratan de responder a las deman-
das de explicación que algunos lógicos medievales se plantean a raíz de
algunas indicaciones aristotélicas. En particular, las que quieren precisar
las causas de los dos rasgos distintivos de las falacias: su carácter fallido
como argumento o como prueba, y su falsa apariencia de efectividad. En
el caso de la petición de principio, la causa de lo primero, es decir, la
causa de la inexistencia de la pretendida virtud, reside justamente en
la identidad entre lo que se pretende dar por sentado o admitido y lo
que se pretende probar o justificar; la causa de lo segundo, es decir, la
causa del vicio de la falsa apariencia, estriba justamente en la engañosa
o meramente aparente diversidad entre ambos extremos.
170
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
2.3. EL PLANTEAMIENTO DEL DE FALLACIIS
Este pequeño tratado se mueve dentro del cauce central de la tradi-
ción aristotélica. Su terminología es boeciana y adopta la versión de
«Alejandro» de las falacias lingüísticas, en particular, la referencia a la
multiplicidad actual, potencial e imaginaria (véase De fallaciis, ed. cit.,
cap. 5, 88081). Por otra parte, trata de combinar dos planos de con-
sideración: el dialéctico de la discusión ya estandarizada entre un res-
pondiente y un oponente, y el epistémico, de acuerdo con el interés
cognitivo del estudio del razonamiento correcto e incorrecto.
En este último aspecto cabe destacar algunos puntos relevantes. A
tenor del Proemio (cap. 4), el razonamiento incorrecto puede presen-
tar una doble dimensión según que uno a) razone consigo mismo o
b) razone con otro. En el primer caso se trata de una reflexión propia
que incurre en errores involuntarios —de los que se descarta el au-
toengaño deliberado—. En el segundo caso se produce en el curso de
una discusión bajo la forma habitual de una victoria sofística que se
logra por inducción engañosa al error a través de una argumentación
que aparenta discurrir del modo debido; responde a una intención o
a una estrategia deliberada y su éxito alimenta la vanagloria del sofis-
ta. Dos puntos de especial interés en este planteamiento son, por un
lado, su posible aproximación a la distinción, dentro de las falacias,
entre el paralogismo cometido de manera inconsciente e involuntaria
por uno mismo, de modo que puede acontecer en un marco monoló-
gico de discurso, y el sofisma cometido como una forma consciente e
intencionada de tratar de engañar a otro, de modo que ha de produ-
cirse en un marco dialógico
3
; por otro lado, su posible relación con
la teoría clásica, agustiniana, de la mentira y el engaño. Con respecto
a este segundo punto, en la medida en que De fallaciis fuera efecti-
vamente obra de Tomás de Aquino, cabría pensar en su familiaridad
con el tratado agustiniano sobre la mentira, De mendacio. Entonces
también resultaría significativa la perspectiva del Aquinate sobre la re-
lación del engaño con la mentira y sobre sus grados cuando, comen-
tando las Sentencias de Pedro Lombardo, declara: «El engaño (falla-
3. No es una distinción perfectamente clara y de dominio público en la época y en
el contexto escolástico medieval del tratado. Por ejemplo, Guillermo de Sherwood, en sus
Introductiones in Logicam, identifica la disputatio, entendida como medio por el que
una persona puede organizar su pensamiento, con el propio silogismo sobre la base de
que la sustancia de la disputa no es otra cosa que el silogismo, así que este planteamien-
to ignora o no repara en la dualidad de marcos monológico/dialógico (véase la edi-
ción de N. Kretzmann, William of Sherwood’s Introduction to Logic, cit., cap. 6, § 1,
pp. 132-133).
171
UNA V E R S I ÓN ME DI E V A L DE L A S F A L A CI A S
cia), que es complemento de la mentira, puede darse en tres grados»
4
,
a saber: 1) más débil, como engaño correspondiente a una mentira o
falsedad de carácter jocoso, que solo se da en el hablante que bromea
con un oyente; 2) como engaño producido por una mentira «oficio-
sa», que solo se da en la opinión del oyente que malinterpreta al ha-
blante; 3) como engaño debido a una mentira perniciosa que envuel-
ve, por parte del hablante, la intención dolosa de engañar o confundir
al oyente, de modo que implica no solo un grado más fuerte sino una
interacción efectiva más estrecha que los grados anteriores. No estará
de más recordar que, en todo caso, el tratado excluye expresamente
la posibilidad del autoengaño deliberado.
El tratado también avanza unas líneas de sistematización y de ex-
plicación de las falacias habituales dentro de la tradición aristotélica es-
colástica. La clasificación de las falacias responde al legado de las seis
clases lingüísticas y las siete extralingüísticas. Por añadidura, reitera
su pretendida reducción a la ignorancia de la refutación (ignorantia
elenchi), presidida por la noción convenida del elenco como el silogis-
mo de la contradicción. Según esto, toda falacia viene a consistir en
la violación de alguna de las condiciones requeridas por un silogismo
genuino o una contradicción efectiva, de modo que lo argüido falaz-
mente no pasa de ser una refutación aparente. Así nos encontramos
una vez más ante la asunción tácita del supuesto de la determinación
de la argumentación falaz por correlación o por contrapartida —sin
atender en este caso a las precisiones añadidas por Aristóteles en RS
(véase más arriba, Parte II, cap. 1, § 1.2). Por lo que concierne a las
causas de su condición falaz, la causa de la apariencia —o principio
que mueve a su aceptación— es la semejanza aparente de la contradic-
ción defectuosa con la cabal y la causa de la inexistencia —o falta de
validez como argumento o de efectividad como prueba— es la diversi-
dad real entre una y otra.
También tiene cierta solera tradicional el recurso a la infraestructura
discursiva de los tópicos como lugares dialécticos que pasan a ser lugares
sofísticos en la medida en que deparan máximas o ilaciones meramente
aparentes. Una falacia constituye por sí misma un lugar sofístico puesto
que de suyo causa engaño (cap. 4). Pero de nuevo se aprecia cierta limi-
tación o insensibilidad, por contraste con la lucidez aristotélica, cuando
no se considera el caso de las pruebas aparentes que fallan no por falta
4. «Fallacia, quae est mendacii complementum, in tribus gradibus consistere potest»
(Super Sent., lib. 3, d. 38, q. 1, a. 2). Está claro que esta acepción de fallacia como engaño
no coincide exactamente con el uso del término en De fallaciis para designar la argumen-
tación falaz o el razonamiento incorrecto, pues, sin ir más lejos, esa acepción del comenta-
rio a las Sentencias no parece admitir el marco monológico del razonamiento incorrecto
de uno cuando delibera consigo mismo.
172
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
de validez, sino por falta de pertinencia, a pesar de darse en un contex-
to demostrativo.
Igualmente se mantienen los dos criterios básicos para pronunciarse
sobre la condición falaz de una argumentación o un razonamiento: 1)
la ilegitimidad de conducir a un resultado discursiva o cognitivamente
erróneo o inaceptable, en suma, improcedente (inconveniens); 2) la fal-
sa apariencia de discurrir como es debido, condición esta que se declara
necesaria (caps. 4, 14). Así pues, el carácter falaz de un razonamiento o
una argumentación no se reduce a su falta de virtud, como podría ha-
cer pensar una extrapolación precipitada del supuesto de contrapartida,
sino que además conlleva una apariencia engañosa —aunque el enga-
ño pase inadvertido cuando la víctima es uno que razona o arguye con-
sigo mismo—. A estas consideraciones se añade, en fin, la perspectiva
no tanto normativa como explicativa de las causas de uno y otro fac-
tor determinante del carácter falaz de la argumentación: una causa es
la que hace que el argumento sea inefectivo debido a la inexistencia del
nexo conceptual o inferencial pretendido; la otra causa funciona como
un principio motor del asentimiento y es la que le proporciona al argu-
mento la falsa apariencia de tener justamente aquello que le falta para
ser efectivo o correcto.
2.4. CONTRASTES Y SEÑALES POSMEDIEVALES
Para tener una visión más completa del tratamiento escolástico de las fa-
lacias, no estará de más añadir un apunte sobre su desarrollo posterior
en la época de la llamada «escolástica posmedieval». Aunque este desa-
rrollo responda sustancialmente a la tradición escolar que acabamos de
considerar, no faltan ciertos contrastes y señales de los nuevos tiempos
que merecen atención. Tomaré como fuente de referencia el capítulo so-
bre las falacias del Compendio de lógica de Juan de Santo Tomás, toma-
do de la primera parte de su Ars logica editada inicialmente en la pri-
mera mitad de la década de 1630
5
. Por otra parte, aquí me limitaré a
mencionar tres muestras que no solo ilustran una revisión influyente en
la tradición escolástica posmedieval, sino que apuntan ciertas orienta-
ciones modernas del estudio escolar de las falacias.
La primera consiste en el tratamiento de la reducción de las falacias.
Para empezar, se mantiene la clasificación en los dos géneros aristoté-
licos, el lingüístico y el extralingüístico, pero al mismo tiempo se reco-
gen ciertos elementos de la tradición, tanto de los comentadores como
5. Sigo la edición y traducción española de Mauricio Beuchot: Juan de Santo To-
más (1986), lib. III, cap. xiv, pp. 135-137. También hay, desde luego, autores más apega-
dos a la tradición como el ya citado fray Alonso de la Vera Cruz.
173
UNA V E R S I ÓN ME DI E V A L DE L A S F A L A CI A S
medieval. Así, las falacias lingüísticas o «por parte de la dicción» se re-
ducen a la equivocidad, en la línea ya trazada desde Galeno; mientras que
las extralingüísticas o «por parte de la cosa significada» se remiten a
defectos del silogismo o a violaciones de sus reglas, en suma, a casos de
inferencia deductiva inválida o ilegítima. Pero será esta segunda referen-
cia la que tome la parte del león. Como advierte Juan de Santo Tomás:
«Ha quedado explicado casi todo lo que pertenece a las falacias al tratar
los defectos de los silogismos, pues las falacias son defectos de la con-
secuencia» (1986: § 381, 135). El que avisa no es traidor. En realidad,
todas las falacias vienen a reducirse a este tipo de defectos: unos son co-
munes, como los relativos a la suposición, la ampliación o la restricción,
la apelación, o a las relaciones de oposición, equipolencia, conversión
o exponibilidad; los otros son violaciones de las reglas específicamente
silogísticas.
Este tratamiento es sintomático de la seleccionada como segunda
muestra, a saber: la creciente importancia de la perspectiva lógica for-
mal y de un marco de análisis monológico de la argumentación, frente
a la tradición aristotélico-medieval del marco dialógico, dialéctico, del
estudio de las falacias.
La tercera muestra es coherente con esta reorientación y consiste en
la menguante importancia de la falsa apariencia y de la dimensión in-
tencional y normativa de la crítica de la argumentación falaz. Una indi-
cación a este respecto podría ser la búsqueda de explicación de su carác-
ter sofístico a través de las dos causas tradicionales vistas bajo una nueva
luz: a) La causa de la apariencia sigue siendo el principio motor o el mo-
tivo del asentimiento a lo improcedente, pero en las falacias lingüísti-
cas esta causa se encuentra en la dicción, es decir en la naturaleza o el
uso del lenguaje y al margen de su posible dimensión intencional. b) La
causa del defecto sigue siendo la inexistencia de la característica debida
y constituye la razón de no ser lo que se aparenta. Ahora bien, tanto en
las falacias lingüísticas, como en las extralingüísticas, esta causa se en-
cuentra en las cosas u objetos de referencia, de modo que también pare-
ce pasar a un segundo término la dimensión normativa del discurso falaz.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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174
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
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175
INTERMEDIO.
SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS
EN EL TRATO CON FALACIAS
Antes de seguir adelante con un nuevo texto, me tomaré la licencia de
referirme a una idea que no suele considerarse en este contexto, pero
que merece atención por su papel en la conformación de otra tradición
histórica algo distinta de la tradición más bien discursiva que venimos es-
tudiando. Se trata de la idea baconiana de ídolo y de la tradición más bien
cognitiva y crítica que en cierto modo, podría decirse, despega con esta
idea
1
.
1. LOS ÍDOLOS DE BACON
Para empezar, los ídolos de Bacon son unos personajes familiares en la
historia de la filosofía, pero no dejan de resultar una noción algo con-
fusa. Consisten, por un lado, en predisposiciones al error congénitas o
en disposiciones adquiridas. Envuelven, por otro lado, aberraciones y
representaciones falsas o deformadas de la realidad. E incluso deparan
falsas apariencias, especialmente los que Bacon llama «ídolos de la na-
ción o de la tribu» al venir asociados a la conversión del entendimiento
humano en un falso espejo que deforma y distorsiona la naturaleza de
las cosas reflejadas en él
2
. Pero esto no es todo, pues, según los aforis-
mos 26-37 del Novum Organum de Bacon, también tiene importancia
1. Empleo los calificativos de una y otra tradición, discursiva/cognitiva, en el senti-
do ya declarado y usado anteriormente en la Parte I, especialmente en el § 1 del cap. 2, y
al principio de esta Parte II.
2. La concepción de la mente humana como un espejo generador de falacias y falsas
apariencias tiene gran importancia en la filosofía baconiana. Baste una elocuente muestra:
«Efectivamente, la mente humana dista mucho de ser como un espejo claro y liso en el
que los rayos de las cosas se puedan reflejar según su verdadera incidencia, antes bien vie-
ne a ser como un espejo encantado, lleno de supersticiones e imposturas, si no se la libera
176
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
en el orden discursivo-cognitivo la contraposición de las anticipaciones
de la mente a las interpretaciones de la naturaleza. Las anticipaciones son
modos de entender prematuros y temerarios, así como concepciones o
prenociones racionales transferidas al estudio de la naturaleza, que con-
trastan con la interpretación recta o el conocimiento obtenido por la
vía legítima de la experiencia (afor. 26). Las anticipaciones y su instrumen-
talización dialéctica pueden ser útiles en las disciplinas que solo tratan
con opiniones y máximas y donde se pretende el triunfo del espíritu, no
el de naturaleza (afor. 29). En la ciencia natural, en cambio, se han diri-
gir las inteligencias hacia el estudio de los hechos, sus series y sus órdenes
y, por tanto, se ha de renunciar a esos tópicos y nociones comunes en
favor de la realidad (afor. 36).
Estas referencias apuntan a una doctrina general de Bacon sobre las
falacias que viene a ser el contexto inmediato de los ídolos de la mente.
Hay tres grandes clases de falacias: a) las falacias sofísticas, de las que
bien ha dado cuenta Aristóteles; b) las de interpretación, producidas por
el uso erróneo o confuso de nociones comunes o anticipaciones genéri-
cas que deriva en sofismas; y c) los ídolos, determinantes ante todo de
deformaciones y falsas apariencias.
Según el pasaje más famoso del Novum organum (1620), que pode-
mos acotar como el comprendido entre los aforismos 39 y 68 del libro I,
hay cuatro especies de ídolos que ocupan la mente, a saber: ídolos de la
tribu, de la caverna, del foro y del teatro. Responden sustancialmente a
esta sumaria caracterización:
1) Los de la tribu se deben a la propia naturaleza humana, son con-
génitos al género humano e inherentes al entendimiento como espejo
deformante o como espejo infiel que mezcla su propia constitución con
la de las cosas y las corrompe (afor. I 41).
— No son erradicables, aunque puedan ser reconocidos y quizás neu-
tralizables.
2) Los de la caverna proceden de la naturaleza individual, así como
de la educación y de las circunstancias personales de cada uno (afor. I 42).
— Vienen a ser en parte innatos, en parte adquiridos. Tampoco son
erradicables. Pero sí pueden neutralizarse mediante estudios analíticos y
sintéticos complementarios de la realidad natural (afors. I 57-58).
3) Los del foro nacen con el trato social y vienen inducidos furtiva
o subrepticiamente a través del lenguaje (afor. I 43).
— Son inevitables, pero también se muestran reducibles, aunque
unos con más facilidad que otros: en el primer caso se encuentran los
y pule» (Advancement of Learning [1605], lib. II, xiv.9; cf. El avance del saber, Alianza,
Madrid, 1988, p. 140).
177
I NT E R ME DI O. S I GNOS DE NUE V OS T I E MP OS E N E L T R A T O CON F A L A CI A S
que nombran cosas que no existen, en el segundo, los que confunden o
malentienden lo existente (afor. I 59).
4) Los del teatro obedecen a las doctrinas y sectas filosóficas, así como
al empleo de malos métodos de prueba (afor. I 44).
— Resultan adventicios y eliminables, pero no dejan de sucederse o
de reaparecer continuamente (afors. I 61-67).
Las características apuntadas suscitan la cuestión de determinar el
posible alcance de una expurgación del entendimiento, como la que se
plantea el propio Bacon en la presentación del plan de su Instauratio
Magna (1620). Parece problemática en el caso de los ídolos no erradica-
bles: ¿podría consistir en alguna especie de vigilancia crítica de nuestras
presuntas luces naturales? El caso de los ídolos erradicables resulta en
cambio más tratable: cabe recurrir a la depuración del lenguaje, por un
lado, y, por otro, al examen y la refutación de las doctrinas y los malos
procedimientos filosóficos. Con todo Bacon también parece tener mo-
mentos de optimismo que le hacen pensar en un antídoto efectivo con-
tra los ídolos en general, sin mayores distingos: según el aforismo I 40,
hay ciertamente un «verdadero remedio para destruir y disipar los ído-
los», que consiste en «la formación de nociones y principios mediante la
inducción legítima». Puede que esto le lleve a sugerir, en el mismo afo-
rismo, un paralelismo entre esta corrección metódica de los ídolos y la
crítica lógica de las falacias: «Existe la misma relación entre un tratado de
los ídolos y la interpretación de la naturaleza que entre el tratado de los
sofismas y la dialéctica vulgar».
2. SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS
Pero, a mi juicio, la doctrina de los ídolos que ofuscan o nublan la mente
no solo tiene repercusión en la filosofía del conocimiento empírico y en
la metodología de la ciencia natural. También preludia la posterior crí-
tica ideológica de los prejuicios por parte de John Toland en Inglaterra,
o de Helvetius y el barón de Holbach en Francia —es sintomático que
préjugés sea precisamente el término preferido por Condillac para la tra-
ducir el baconiano idola—. En todo caso, parece plausible la conocida
tesis de Hans Barth que defendía la conversión de la teoría de los ídolos
en la teoría de los prejuicios desarrollada en el siglo XVIII, de acuerdo con
los ideales no solo críticos sino emancipatorios de la Ilustración (véase
Barth, 1951: 29-62). En este sentido, alcanza a tener una proyección so-
bre la crítica de las falacias que va más allá del paralelismo antes suge-
rido por Bacon —en el aforismo I 40—, hasta el punto de que hoy, re-
trospectivamente, podemos considerar la doctrina de los ídolos no solo
178
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
como una de las raíces modernas de la ya consabida tradición cognitiva
en la historia de las falacias, sino como la primicia de una nueva dimen-
sión del estudio del discurso falaz que, en sus inicios, discurre al hilo de
la tradición crítica moderna de los prejuicios y de las ideologías estable-
cidas. Esta anticipación consiste en un giro de la atención hacia los con-
dicionantes psicológicos y socioculturales, «ideológicos», de los sesgos y
errores discursivo-cognitivos, y hacia la perspectiva del discurso común,
antes de constituirse en la llamada «esfera del discurso público», aspec-
tos ambos que hoy se contemplan dentro del marco de la dimensión so-
cioinstitucional del análisis de las falacias.
La tradición crítica de los prejuicios se alimenta, por su parte, de di-
versos motivos, unos iniciales y con marchamo baconiano, otros más
decididos y marcados por el movimiento de la Ilustración. Entre los pri-
meros cabe destacar dos: i) la crítica de la superstición como perversión
de la verdadera religión y como obstáculo para el conocimiento y la in-
terpretación racional de la naturaleza; ii) la denuncia de los intereses so-
ciales del estamento eclesiástico como concausas de la superstición po-
pular. Entre los segundos, resaltan tres: i´) la crítica de los prejuicios
religiosos mismos como una manifestación y forma de fanatismo; ii´) la
extensión de esta crítica ideológica al ámbito del poder social y políti-
co en general como manifestación y forma de despotismo; iii´) la nueva
consideración del conocimiento y del discurso públicos.
El desarrollo de estas líneas de la tradición crítica de los prejuicios
supone una ampliación sustancial de la doctrina original de los ído-
los de Bacon en un doble sentido: una extensión a) al reconocimiento
del ámbito de las ideologías sociales y políticas, más allá del dominio de
la ciencia natural; y b) a la consideración de las relaciones, intereses y
poderes sociales establecidos como causas generadoras e inductoras de
opacidad o encubrimiento, error y confusión, con su correlato de per-
versión no solo cognitiva sino moral. De ahí que vaya mucho más le-
jos de lo que la expurgación de los errores y sesgos del entendimiento
permitía entrever a Bacon. Según la Ilustración, en último término, la
depuración crítica de los prejuicios supone el ejercicio de la libertad de
pensamiento y es fruto de la libre discusión. Expresado del modo sen-
tencioso que conviene a los valores invocados y a la época:
Todo vicio, dicen los filósofos, es un error del espíritu. Los crímenes y los pre-
juicios son hermanos. Las verdades y las virtudes son hermanas. Pero ¿cuá-
les son las matrices de la verdad? La contradicción y la discusión. La libertad
de pensamiento trae consigo los frutos de la verdad (Helvetius, 1989: 276).
179
I NT E R ME DI O. S I GNOS DE NUE V OS T I E MP OS E N E L T R A T O CON F A L A CI A S
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
A. Ediciones
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Helvetius, C. A. (1989 [1772], De l’homme, de ses facultés intellectuelles et de son
éducation, vol. II, Fayard, París.
Rossi, P. (1990), Francis Bacon: de la magia a la ciencia, Alianza, Madrid (esp.
caps. 4-6).
180
3
LA LÓGICA DE PORT-ROYAL Y SU PROPÓSITO
DE FORMAR EL JUICIO
3.1. LA SIGNIFICACIÓN HISTÓRICA DE LA LÓGICA COMO ARTE DE PENSAR
Según reconoce de buen grado el Avis liminar de La logique ou l’Art de
penser de Antoine Arnauld y Pierre Nicole
1
, la obra tuvo un origen casual:
se debió más al azar de una conversación que a motivos académicos. Una
persona —probablemente Arnauld—, no muy entusiasta de los estudios
lógicos, se comprometió a enseñar al joven duque de Chevreuse en cuatro
o cinco días todo cuanto fuera de utilidad en esta disciplina. El manuscrito
original, que seguramente recapitulaba la enseñanza impartida en las Pe-
tites Écoles de Port-Royal, alcanzó tal profusión de copias que los autores
decidieron imprimir el texto para evitar equívocos y errores
2
.
Más allá de esas circunstancias de composición y publicación, esta
Lógica tiene unos objetivos prácticos, epistemológicos y éticos que pue-
den cifrarse en la formación del juicio, puesto que esta ha de ser la ocu-
pación principal del espíritu. Es elocuente a este respecto el «Discurso»
de presentación de la primera edición. Veamos algún fragmento:
1. No es fácil distinguir la contribución de cada uno, en razón de su propia discreción
como hombres piadosos y retraídos de Port-Royal. Si acaso, parece que Nicole se ocupó
de los dos discursos preliminares y que la composición del cuerpo de la obra fue comparti-
da, con mayor peso y autoridad de Arnauld, especialmente en la Parte IV sobre el método.
2. Una vez impreso, el libro ganó aún mayor popularidad y se convirtió en el ma-
nual paradigmático de la lógica «moderna» desde mediados del siglo XVII hasta finales del
siglo XIX. En este periodo llegó a sumar 62 reimpresiones francesas, 13 versiones latinas,
ocho inglesas, una italiana y una española. Ya en vida de los autores había tenido cinco
ediciones (1662, 1664, 1668, 1671 y 1683) y 14 impresiones. El texto que seguiré aquí
corresponde a la 5.ª edición, según la edición crítica de P. Cair y F. Girbal, La logique ou
l’Art de penser, contenant, outre les regles communes, plusieurs observations nouvelles, pro-
pres à former le jugement. Par Antoine Arnauld & Pierre Nicole, PUF, París, 1964. Citaré
esta edición como Logique, indicando, en su caso, parte, capítulo, sección y página, por este
orden.
181
L A L Ó G I C A DE P OR T - R OY A L Y S U P R OP ÓS I T O DE F OR MA R E L J UI CI O
DISCURSO PRIMERO, en el que se hace ver el propósito de esta nueva Lógica
3
.
Nada hay más estimable que el buen sentido y la justedad del espíritu para
discernir lo verdadero de lo falso. Todas las otras cualidades del espíritu
tienen usos limitados; pero la exactitud de la razón tiene una utilidad gene-
ral en todas las partes y en todas las ocupaciones de la vida. No solo es en las
ciencias donde es difícil distinguir la verdad del error, sino en la mayoría de
las cuestiones tratadas por los hombres y de los asuntos en que se ocupan.
Hay casi por doquier diferentes caminos, unos verdaderos y otros falsos, y
es a la razón a la que toca elegir. Los que eligen bien son los que tienen el
espíritu justo
4
; los que toman el mal camino son los que tienen el espíritu
falso. Y esta es la primera y la más importante de las diferencias que cabe
introducir entre las cualidades del espíritu de los hombres.
De modo que nuestra dedicación principal debería ser la de aplicarse a
formar el propio juicio hasta volverlo tan exacto como pudiera llegar a ser-
lo, y es a este fin al que deberían tender la mayoría de nuestros estudios. Nos
servimos de la razón como si fuera un instrumento para adquirir las ciencias
cuando, por el contrario, deberíamos servirnos de las ciencias como instru-
mento para perfeccionar la razón.
<… > Los hombres no han nacido para emplear su tiempo en medir lí-
neas, en examinar las relaciones entre ángulos, en considerar los diversos
movimientos de la materia. Su espíritu es demasiado vasto, su vida demasia-
do corta y su tiempo demasiado precioso para ocuparlos en tan limitadas ta-
reas. Sin embargo, están obligados a ser justos, equitativos y juiciosos en todo
cuanto dicen, en todo cuanto hacen y en todos cuantos asuntos tratan. Y es en
esto en lo que especialmente se deben ejercitar y formar (Logique, pp. 15-16).
Por lo que se refiere a la tradición de la disciplina en particular, los
autores no solo son conscientes de la trascendencia de su propósito, sino
de su novedad:
Parece que los filósofos ordinarios apenas se han ocupado de otra cosa que no
sea dar reglas de los buenos y malos razonamientos. Ahora bien, aunque no se
pueda decir que estas reglas son inútiles, puesto que a veces contribuyen a des-
cubrir los defectos de algún razonamiento embarazoso y a disponer sus pensa-
mientos de un modo más convincente, con todo no debe creerse que la utili-
dad de este servicio llegue además muy lejos, pues la mayor parte de los errores
de los hombres no consiste en dejarse engañar por malas consecuencias, sino
en dejarse arrastrar a falsos juicios de los que se derivan malas consecuen-
cias
5
. Es a esto a lo que apenas han procurado remedio cuantos hasta ahora
3. Primera edición, Savreux, de Launay, Guignart, París, 1662; Logique, pp. 15-26.
4. Según la primera edición de 1662: «justo y razonable».
5. ‘Consecuencia’ mantiene aquí el sentido tradicional de ‘inferencia’, de modo que
una inferencia inválida sería un caso de «mala consecuencia». Esta atribución del error
al juicio, antes que a la deducción o a la inferencia, es uno de los rasgos cartesianos de la
Lógica de Port-Royal. En Descartes era una tesis con una formulación más categórica: el
entendimiento no yerra en la deducción o ilación pura (Regulae II, A.T. X, 365), sino en
el juicio sobre lo que no ha sido suficiente o debidamente advertido (p. ej., Principia Phil.,
182
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
han tratado de lógica. Y es lo que constituye el objeto principal de las nuevas
reflexiones que se encontrarán por doquier en este libro» (Logique, p. 21).
Para otras aclaraciones y precisiones de los propios autores sobre el
sentido de su obra, no estará de más recordar algún fragmento del Dis-
curso de la segunda edición.
DISCURSO SEGUNDO, que contiene la respuesta a las principales objeciones que
se han hecho contra esta Lógica
6
.
No han faltado personas que se han visto sorprendidas por el título de Arte
de pensar y querrían poner en su lugar arte de razonar bien. Pero se les rue-
ga que caigan en la cuenta de que, teniendo la Lógica el propósito de dic-
tar las reglas para todas las acciones del espíritu, tanto para las ideas sim-
ples como para los juicios y los razonamientos, apenas existía otra palabra
que abarcara todas estas acciones diferentes, y pensamiento, ciertamente, las
comprende todas; pues las ideas simples son pensamientos, los juicios son
pensamientos y los razonamientos son pensamientos. Es verdad que podría
haberse titulado arte de pensar bien; pero esta adición expresa no era ne-
cesaria al hallarse suficientemente indicada por el término arte, que por sí
mismo denota un método de realizar bien cualquier cosa, como el propio
Aristóteles ha señalado. <…>
Una objeción bastante más sustancial es la formulada contra la multi-
tud de cosas tomadas de las diversas ciencias que se encuentran en esta Ló-
gica. Como ataca enteramente su propósito y así nos da pie para explicarlo,
es preciso examinarla con más atención. ¿A qué viene, dicen <los objeto-
res>, toda esa mezcolanza de Retórica, Moral, Física, Metafísica, Geometría?
<…> ¿No hubiera sido preferible facilitarnos una lógica simple y desnuda
del todo, en la que las reglas se nos explicasen con ejemplos tomados de los
casos corrientes y molientes en vez de sobrecargarlas con tantas referencias
que las ahogan? Pero los que así razonan, no han prestado suficiente aten-
ción al hecho de que un libro no podría seguramente tener mayor defec-
to que el de no ser leído, puesto que no servirá sino a quienes lo lean. De
modo que todo lo que contribuya a hacer que un libro se lea, contribuirá
también a hacerlo útil. Ahora bien, lo cierto es que si se hubiera seguido su
propuesta y se hubiera compuesto una lógica completamente seca y escueta,
con ejemplos al uso como animal o caballo, por muy metódica y exacta que
hubiese podido ser, no habría venido sino a aumentar el número de tantas
lógicas como llenan el mundo y que nadie lee
7
.
Pars I, art. xxxii, A.T., VIII-1, 17). Por otra parte, es bien sabido que Descartes y los au-
tores de la Lógica no concedían una importancia decisiva a las diferencias entre ideas, jui-
cios y razonamientos, puesto que todas ellas eran pensamientos, modalidades del pensar.
Véase más abajo el primer párrafo del DISCURSO SEGUNDO.
6. Discurso añadido en la segunda edición, Charles Savreux, París, 1668; Logique,
pp. 26-35.
7. En 1606, Bartolomé Keckermann, un profesor de Lógica interesado en su histo-
ria, escribía: «Desde el comienzo del mundo no ha habido nunca un periodo tan proclive
183
L A L Ó G I C A DE P OR T - R OY A L Y S U P R OP ÓS I T O DE F OR MA R E L J UI CI O
Pero no ha sido este el principal objetivo que ha dado lugar a esta mezcla
<de referencias>, a saber: el de atraer lectores haciéndola más amena que
las lógicas usuales. Se ha pretendido, además, seguir la manera más natural
y más provechosa de tratar este Arte, al remediar en la medida de lo posible
un inconveniente que vuelve su estudio prácticamente inútil.
Porque la experiencia muestra que de los miles de jóvenes que estudian
lógica, no llegan a diez los que aún sepan algo de ella seis meses después de
haberla cursado. Pues bien, parece que la verdadera causa de este olvido o
de este descuido tan común reside en que, con ser todas las materias de las
que trata la Lógica sumamente abstractas y alejadas de aplicación alguna,
encima se les añaden ejemplos poco atractivos y de los que no se habla ja-
más en ninguna otra parte. <…>
Además, como esos ejemplos tópicos no dan a entender que esta arte
pueda aplicarse a algún caso de provecho, acostumbran a encerrar la Lógica
dentro de la Lógica, sin extenderla más allá de sí misma, cuando en realidad
es una disciplina que no ha sido creada sino para servir de instrumento a las
demás ciencias. De modo que al no haber visto nunca su verdadera función,
jamás la ponen en uso y gustan de prescindir de ella como si se descargaran
de un conocimiento trivial e inútil.
En consecuencia, se ha estimado que el mejor remedio de este inconve-
niente consistía en no disociar, según se hace de ordinario, la Lógica de las
otras ciencias a las que se halla destinada, sino en ligarla a conocimientos
sólidos a través de ejemplos de modo que se vieran al mismo tiempo las re-
glas y la práctica, con el fin de aprender a juzgar esas ciencias por la Lógica
y de retener la Lógica por medio de esas ciencias.
Así que poco importa que la diversidad <de referencias> amenace con
ahogar los preceptos, puesto que nada puede contribuir más a su buen enten-
dimiento, ni mejor a su retención, que esa misma diversidad, habida cuenta
de que tales preceptos son de suyo demasiado sutiles para dejar huella en
el espíritu si no se los vincula a algo más atractivo y más tangible (Logique,
pp. 26-29).
Estas referencias introducen la Lógica en el mundo coetáneo de los
debates religiosos y filosóficos
8
, las nuevas ideas metodológicas y cientí-
ficas
9
e incluso la tradición retórica ciceroniana, al tiempo que le dan un
aire informal que la aproxima a lo que hoy se conoce y se enseña como
«pensamiento crítico» (Critical Thinking). Todo ello induce a considerar
a la lógica, o en el que se hayan escrito más libros sobre lógica y hayan florecido más los
estudios de lógica que este periodo en que vivimos» (Praecognitorum Logicorum Tractatus
III, Hanoviae, 1606, 109). Y para entonces todavía eran escasos los manuales compuestos
en lenguas vernáculas que luego se prodigarán en el curso del siglo XVII.
8. Por ejemplo, en torno al jansenismo predicado y practicado en Port-Royal. Las
fuentes intelectuales más influyentes sobre Arnauld y Nicole son, en teología y moral, san
Agustín, y en filosofía, Descartes.
9. Bacon y Galileo, por ejemplo, son citados con aprobación, a veces frente a un
anticuado Aristóteles. Pero en este terreno la autoridad más reconocida por Arnauld y Ni-
cole es la de su correligionario Pascal.
184
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
algunas cuestiones relacionadas con el papel y la significación histórica
de esta obra, más allá de su éxito editorial y académico, que podemos
resumir en tres puntos: a) qué representa la Lógica de Port-Royal en su
propio medio; b) cuál puede ser su proyección actual; c) cuáles son sus
principales señas de identidad.
a) Representa el paradigma de la lógica tradicional que asiste al na-
cimiento de la filosofía moderna (Descartes, nueva metodología induc-
tiva), de la nueva sensibilidad moral nacida de los rigores jansenistas y
de la nueva cultura de la conversación (nueva forma de discurso público
en círculos distinguidos, «salones») (véase, p. ej., Caraveri, 2003). Respon-
de a nuevos intereses lógico-epistemológicos, metodológicos y éticos —e
incluso apologéticos—: el diagnóstico y la prevención de errores y ses-
gos cognitivos en el pensamiento y el discurso, con especial atención a
las cuestiones de método en el campo de las ciencias y a las cuestiones
morales y prácticas de la vida civil. Frente a la lógica tradicional de las
escuelas, procura un marco cognitivo de la disciplina en el que vindicar,
en palabras de Descartes, la lógica «que enseña a conducir bien la razón
para descubrir las verdades que se desconocen» (carta-prefacio de 1647
a la versión francesa de sus Principia philosophiae; Descartes, Œuvres et
lettres
10
, p. 565). En el terreno analítico y crítico, prima la falsedad de
juicio en la comisión de errores sobre los fallos o defectos inferenciales
(Discurso I; Parte III, introducción).
b) Según Maurice Finocchiaro, cabe considerarla como precursora
de nuestra lógica informal o teoría de la argumentación o al menos, vista
retrospectivamente, como el antecedente clásico de una tradición cuyo
desarrollo está representado actualmente por ella (1997: 394). Como ya
he adelantado, me parece más pertinente contemplarla en una línea más
afín al Critical Thinking, así como en la perspectiva de la «lógica civil»
o del discurso público. Declaraciones como la siguiente pueden ilustrar
este campo de aplicación de esa suerte de pensamiento crítico:
<La> falsedad de espíritu no solo es causa de los errores que se introducen
en las ciencias, sino de la mayoría de las faltas que se cometen en la vida
civil, querellas injustas, procesos mal fundados, opiniones temerarias, em-
presas mal concertadas. Pocas hay que no tengan su origen en algún error o
fallo de juicio, de modo que no existe defecto alguno en cuya corrección se
deba estar más interesado (Discurso primero; Logique, p. 17).
Por otra parte, abunda en rasgos de informalidad muy próximos a
los constituyentes de ese movimiento crítico, como, por ejemplo, estos:
10. R. Descartes, Œuvres et lettres, ed. de André Bridoux, NRF (La Pléiade), Pa-
rís, 1996.
185
L A L Ó G I C A DE P OR T - R OY A L Y S U P R OP ÓS I T O DE F OR MA R E L J UI CI O
1) los intereses prácticos y formativos; 2) la concreción real y el carácter
multidisciplinario de los ejemplos; 3) la concepción instrumentalista de
la lógica. En suma, para los lógicos de Port-Royal, sobre el análisis y la
regulación formal o expresa del discurso prevalecen la luz natural de
la razón y las observaciones dirigidas a la formación del juicio, es decir:
a la discriminación entre verdad y falsedad, y la prevención del error.
Por ejemplo, en su opinión, conviene evitar el defecto de atenerse a las
reglas más que al buen sentido, o el aire de pedantería que afectan al-
gunos lógicos, y para ello «debemos examinar la solidez de un razona-
miento por la luz natural antes que por las formas» (III, cap. IX; Logi-
que, pp. 204-205).
c) Entre sus señas de identidad merecen destacarse: c.1) el marco
epistemológico de las operaciones del espíritu —recuérdese la noción
de «Lógica» avanzada en la presentación (Logique, p. 37); c.2) la refe-
rencia a la luz natural de la razón; c.3) el nuevo programa formativo,
conceptual y analítico frente a las secuelas escolásticas y a ciertas pre-
tensiones humanistas, dentro del cual se incluye un interés inédito por
las falacias que tienen lugar en el discurso común y en los asuntos prác-
ticos; y, en fin, c.4) una idea ponderada y apreciativa de la Retórica: si,
por un lado, no puede ocultar ni suplantar la falsedad, «solo lo que es
verdadero es bello» (III, cap. XX; Logique, p. 278), por otro lado debe
realzar y hacer atractiva la verdad, en vez de crear aversión hacia ella
por una presentación torpe, y «este es el precepto más importante de la
Retórica, tanto más útil por cuanto sirve para reglar el alma así como
las palabras» (ibid., p. 288).
3.2. LA CONSIDERACIÓN DEL DISCURSO FALAZ
La Logique de Port-Royal representa, como ya he sugerido, la incorpo-
ración de la tradición de las falacias a un nuevo contexto escolar en el
que su análisis adquiere una nueva orientación, como la marcada por
unos intereses cognitivos y prácticos atentos a asuntos comunes, y cobra
un nuevo sentido, como el constituido por la formación del espíritu y la
prevención del error de juicio.
De ahí se derivan algunos otros rasgos característicos. Para empezar,
la Logique adopta una peculiar posición frente a las tradiciones escolares
coetáneas (escolásticas, humanistas). En efecto, se mueve en la perspec-
tiva práctico-cognitiva de la formación del juicio, y del replanteamien-
to del análisis de los errores discursivos tanto en las ciencias, con nue-
vas falacias, como en la conversación sobre temas comunes, con nuevas
consideraciones de carácter dialógico y retórico —frente a los defectos
silogísticos, de carácter monológico, o las reglas convencionales de la
186
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
dialéctica escolar—. Esta opción no deja de tener ciertas repercusiones
de importancia de diverso orden. Mencionaré tres:
a) Un relativo abandono del marco dialéctico de la tradición escolar,
en favor del nuevo marco discursivo-cognitivo presidido por cuestiones
de análisis gnoseológico —aunque no dejen de persistir algunos vestigios
del marco tradicional, cf. p. ej., III, cap. XIX, sec. 1; cap. XX, sec. 7—.
b) Una consideración entreverada de juicios erróneos, malos razo-
namientos y disposiciones o actitudes censurables, que descansa en la
indistinción ya apuntada entre juicios y razonamientos:
No nos hemos detenido a distinguir los falsos juicios de los malos razona-
mientos y hemos indagado indiferentemente las causas de unos y de otros,
tanto porque los falsos juicios son fuentes de los malos razonamientos y los
producen por consecuencia necesaria, como porque, de hecho, hay casi siem-
pre un razonamiento oculto y latente en lo que nos parece un simple juicio,
así como siempre hay algo que sirve de motivo y de principio para este jui-
cio. Por ejemplo, cuando se juzga que un bastón que parece curvado dentro
del agua, es en efecto curvo, este juicio descansa en una proposición general
falsa: lo que parece curvado a nuestros sentidos, es curvo realmente; y en-
vuelve así un razonamiento, aunque no desarrollado» (III, cap. XX; Logique,
pp. 260-261).
c) La consideración de un nuevo terreno discursivo, en especial al
tratar el mal razonamiento en la vida civil y en el discurso ordinario (III,
cap. XX) que, al tener que ver con la conducción de la propia vida, se es-
tima más frecuente y más relevante que el mal razonamiento en la cien-
cia tratado anteriormente (III, cap. XIX). Según Hamblin (2004: 150),
ese capítulo XX se mueve en el nuevo terreno baconiano de las predis-
posiciones. A mi juicio, contribuye en todo caso a la apertura de la pers-
pectiva del discurso público en la historia de la formación de nuestro con-
cepto de falacia.
Todo lo apuntado conduce a un tratamiento original de las falacias
que, para terminar, podríamos cifrar en los seis puntos que siguen:
1) Su consideración descriptiva, analítica y evaluativa informal, que
descansa en la glosa de ejemplos y muestras concretas, frente a:
i) los catálogos tradicionales de tipos y esquemas falaces (con una
actitud además no exenta de cierto escepticismo hacia ellos, cf. más aba-
jo punto 6);
ii) los tratamientos más sistemáticos o canónicos de otras partes de
la Lógica o de la metodología, como, por ejemplo, la sistematización ex-
presa de las reglas del silogismo (III, caps. V-XI), o las pretensiones axio-
187
L A L Ó G I C A DE P OR T - R OY A L Y S U P R OP ÓS I T O DE F OR MA R E L J UI CI O
máticas en cuestiones cognitivas (IV, cap. VII) o, en fin, la regulación me-
todológica (IV, cap. XI).
2) La determinación de las causas principales de los errores de jui-
cio y de razonamiento en los asuntos comunes y prácticos, que se con-
cretan en dos tipos de motivos —unidos y cómplices, pero distinguibles
por su mayor o menor influjo según el caso—, a saber: a) unos interiores
(III, cap. XX, pp. 261-274) consistentes en sesgos subjetivos, que dan lu-
gar a sofismas provocados por el amor propio, el interés y la pasión; b)
otros exteriores (ibid., pp. 274-289), procedentes de fuentes extrasubje-
tivas como las que obran en errores inducidos por la falsa apariencia de
los objetos o por otros factores externos, y producen sofismas debidos
a inducciones falsas, apelaciones o usos indebidos de la autoridad, con-
fusiones entre fondo-forma; pero estos motivos son insuficientes por sí
solos, pues ha de mediar algún sesgo subjetivo —por ejemplo, un juicio
precipitado— para que se produzcan sus especiosos efectos.
3) El tratamiento algo diferenciado entre los sofismas 1-9 del cap. XIX,
propios de materias filosóficas o científicas, donde se consideran argu-
mentos-producto o textos monológicos, y los razonamientos incorrectos
en la vida civil, cap. XX, referidos a asuntos prácticos y a la considera-
ción de la argumentación como proceder dialógico o como proceso re-
tórico en temas comunes de conversación.
4) La identificación de los sofismas con los malos razonamientos en
la línea tradicional de que el mal razonamiento es el complementario del
bueno, de modo que el conocimiento de las reglas del buen razonamien-
to procura el reconocimiento del malo o incorrecto (véase III, cap. XIX,
p. 241). Se trata, una vez más, del socorrido supuesto de correlación o
de contrapartida para la identificación del discurso falaz por contraste
con el correcto o bueno.
5) No hay una definición expresa del concepto de sofisma, sino una
noción algo genérica de los sofismas como faltas notorias en las que se
incurre con mayor frecuencia al razonar, sea en dominios filosóficos o
científicos, sea en asuntos comunes y prácticos de la vida civil (III, cap.
XX, p. 260). Pero también cuentan con algunas otras señales más espe-
cíficas, como la de consistir en errores que revisten importancia en di-
versos dominios cognitivos (III, cap. XIX, p. 242) y la de representar in-
cluso corrupciones del espíritu y del discurso (véase, p. ej., III, cap. XX,
sec. 8, pp. 271-272).
6) Arnauld y Nicole dan muestras, en fin, de un discreto escepticis-
mo sobre la reducción o prevención de tales errores dada la disposición
común de la condición humana, por ejemplo, su «espíritu de contradic-
ción», y la constatación de que «la fertilidad del espíritu para alumbrar
malas razones es inagotable» (III, cap. XX, p. 266).
188
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
A. Ediciones
La Logique ou l’Art de penser, contenant, outre les regles comunes, plusieurs ob-
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Pierre Nicole [
1
1662-
5
1683]. Édition critique par Pierre Clair et François
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1912, 13 vols.], Vrin, París, 1982-1991, 11 vols. (citado como A. T., seguido
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Watson, R. A., «The Port-Royal Logic in the Twentieth Century»: Journal of the
History of Philosophy 51/1 (1967), pp. 55-60.
189
4
JOHN LOCKE Y LA DISTINGUIDA FAMILIA
DE LOS ARGUMENTOS AD
La lógica ha cobrado un aspecto completamente diferente
del que presentaba anteriormente: qué distinta es su forma
en el Ars Cogitandi, Recherches de la vérité, etc., de la que
tenía en Smigletius y en los comentadores de Aristóteles.
Pero a nadie debemos un mayor avance en esta parte de
la filosofía que al incomparable señor Locke.
W. Molyneux, Carta dedicatoria de Dioptrica Nova,
B. Tooke, Londres, 1693, p. 3
1
4.1. UNA CONCEPCIÓN GNOSEOLÓGICA DE LA LÓGICA
El testimonio de Molyneux puede dar una idea de la consideración y del
prestigio que tenía el Essay concerning Human Understanding de Loc-
ke como libro de Lógica, a juicio de sus contemporáneos. Hoy también
podemos convenir en que representa la culminación de la orientación
informal y epistemológica seguida por Port-Royal: una orientación cen-
trada no precisamente en las relaciones formales entre proposiciones,
sino en los poderes de la mente humana y en el desarrollo y mejora de
nuestras facultades cognitivas. El propósito de la Lógica, en esta línea,
es sentar principios para el empleo correcto de esas facultades. El propio
Hume nada a favor de esta corriente de una Lógica gnoseológica
2
: «La
única finalidad de la Lógica es explicar los principios y operaciones de
nuestra facultad de razonar y la naturaleza de nuestras ideas»
3
.
1. Ars cogitandi es la edición de la Lógica de Port-Royal o Arte de pensar en latín:
Logica, sive ars cogitandi, Martyn, Londini, 1677. La Recherche de la vérité es la conocida
obra de N. Malebranche, aparecida entre 1674, vol. I, y 1675, vols. II y III. Martinus Smi-
gletius (Smiglecius) fue autor de un difundido manual de Lógica escolástica posmedieval:
Logica [1618], H. Crypps, Oxford, 1658, 2 vols.
2. Utilizo este añejo término filosófico para distinguir esta forma histórica de la Ló-
gica entendida como disciplina de las facultades intelectuales, frente a la Lógica episté-
mica, especializada en el estudio de las modalidades epistémicas mediante operadores del
tipo de X cree que, conoce que, sabe que.
3. A Treatise of human nature, ed. de L. A. Selby-Bigge, rev. de P. H. Nidditch, Cla-
rendon, Oxford, 1978, Introducción, p. xv.
190
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
La declaración de Hume puede tener para nosotros el valor añadi-
do de apuntar una doble caracterización de esta lógica en nuestros días.
Por un lado, se la denomina «lógica de las ideas» (Yolton, 1955); por otro
lado, se la conoce como «lógica de las facultades» (Buickerood, 1985). En
realidad, no parecen caracterizaciones excluyentes sino más bien comple-
mentarias. Según esto, la Lógica se mueve en un doble plano: en el de
las ideas y en el del razonamiento. En el primer caso, ya está clara su vo-
cación gnoseológica pues idea es, según Locke por ejemplo, un término
empleado para denotar en general «todo lo que sea objeto del entendi-
miento cuando el hombre piensa» (Essay, lib. I, cap. i, § 8, p. 47). Tam-
bién sabemos que, a partir de la gnoseología cartesiana y de la Logique
de Port-Royal, lo que en primera instancia interesa es su constitución
criteriológica como ideas claras y distintas o determinadas. En el segun-
do caso, la atención se centra en los nexos conceptuales e inferenciales
entre las ideas, desarrollados por el razonamiento sobre el supuesto de
la capacidad natural de nuestras facultades para observar y establecer co-
nexiones «naturales», intuitivas e ilativas, entre ellas. Por otro lado, la
lógica de las facultades de Locke se ahorra el paso de Arnauld y Nicole
por los elementos lógico-lingüísticos tradicionales, proposiciones y silo-
gismos, para ir más directamente de las ideas al razonamiento. En cual-
quier caso, ya nos encontramos lejos de las lógicas tradicionales, más o
menos «aristotélicas». Cunde, por ejemplo, la denuncia de los patrones
silogísticos de inferencia por su incapacidad heurística y su improducti-
vidad cognitiva, de modo que solo tendrían un papel expositivo acarto-
nado por su falta de naturalidad y su artificio escolar.
Dentro de este marco, los sofismas no merecen una consideración
específica y vienen a tratarse como casos de absorción o disolución en
errores discursivo-cognitivos (véase, p. ej., Essay, lib. III, cap. x, «Sobre
el abuso de las palabras», §§ 2-7, 14, 17-21, 26-34, donde se consideran
las malas o falsas adscripciones de palabras a ideas). Tampoco hay mues-
tras de interés en las falacias con que otros tratan de engañarnos o no-
sotros tratamos de engañar a otros, sino más bien en los errores con los
que nos engañamos nosotros mismos. Esta es una disposición constante y
peligrosa, en la medida en que somos más indulgentes con nosotros mis-
mos que con los demás. Los tipos de error más notorios se dan: a) en el
plano de las ideas, por ejemplo, al adoptar ideas oscuras o confusas como
base del subsiguiente razonamiento; o b) en el plano del razonamiento,
como fallos o defectos discursivos que, por cierto, no suelen prodigar-
se una vez que contamos con ideas claras y precisas. Este planteamiento
se desarrolla en The Conduct of the Understanding y se contrapone al
proceder que tienden a seguir los «maestros de Lógica» aristotélicos, cu-
yos silogismos pueden operar formalmente de modo válido con cualquier
suerte de contenido material, aceptable o inaceptable. Se trata, en suma,
191
J OHN L OCK E Y L A DI S T I NGUI DA F A MI L I A DE L OS A R GUME NT OS A D
de un planteamiento monológico interesado no ya en la confrontación
dialéctica o en el convencimiento de un oyente o un oponente, sino en
la adquisición propia de conocimiento cierto o probable y en la auto-
preservación de errores, gracias las luces naturales de la razón, tanto in-
tuitivas como inferenciales.
Al margen del tratamiento derivado y genérico que reciben las fala-
cias como errores discursivo-cognitivos, suele considerarse que el desa-
rrollo más amplio y sofisticado del estudio epistemológico del error en el
siglo XVII se encuentra en Recherche de la vérité de Nicolas Malebranche
(1674-1675), que replantea la cuestión en términos no tanto de una «ló-
gica de las ideas» como de una «lógica de las facultades», aunque una y
otra deban conjugarse. Malebranche se atiene a este principio general
de procedimiento metódico: «Tener claro el razonamiento es siempre ne-
cesario para descubrir la verdad sin miedo a equivocarse. De este princi-
pio depende una regla general acerca de nuestros objetos de estudio, a
saber: que debemos razonar solamente sobre cosas de las que tengamos
ideas claras» (Recherche…, VI.I, § ii; cursivas en el original)
4
.
4.2. LA FAMILIA DE LOS ARGUMENTOS AD
Con todo, la presencia de Locke en una historia de la construcción del
concepto de falacia no responde tanto a su tratamiento gnoseológico
de los errores discursivo-cognitivos, como a su presentación de cuatro
miembros distinguidos de la que luego será una famosa familia de ar-
gumentos: la familia de los argumentos ad. Estos argumentos consisten
en un determinado género de apelaciones o remisiones a una instancia
de la que se esperan ciertas funciones o poderes de justificación, acre-
ditación o alguna suerte de apoyo —p. ej., pueden comprender desde
invocaciones del sentir popular o del peso de una tradición hasta apela-
ciones a sentimientos del interlocutor, como la compasión o el miedo—.
Son, como decía, cuatro los tipos de argumentos de este género que con-
sidera Locke en un pasaje breve y relativamente autónomo hacia el final
del cap. xvii «Sobre la razón» del libro IV, dedicado al estudio del conoci-
miento y de la probabilidad. No se trata precisamente de una clasificación
de falacias, sino de procedimientos discursivos para ganarse el asentimien-
to de los otros o acallar sus reservas, así que funcionan en contextos dia-
lógicos. El interés histórico de ese pasaje estriba en ser, digamos, el acta
de bautismo —no de nacimiento— de esta familia como grupo de ale-
4. Véase N. Malebranche, De la recherche de la vérité, en la edición de A. Robinet
de sus Œuvres complètes, Vrin, París, 1960 ss., vols. 1-3. Hay traducción española: Acer-
ca de la investigación de la verdad: donde se trata la naturaleza del espíritu del hombre,
Sígueme, Salamanca, 2009.
192
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
gaciones o apelaciones ad. En este sentido, conviene precisar una vez
más que originariamente no estamos ante unas falacias ad como las re-
cogidas hoy en los catálogos escolares al uso, sino ante unos argumentos
que podrán ser, llegado el caso, empleos falaces de apelaciones ad.
En particular, se deben a Locke las denominaciones de tres de esas
alegaciones o apelaciones: ad verecundiam, ad ignorantiam y ad judicium,
aunque en algún punto vengan a recoger o complementar aspectos ya
reconocidos. En un argumento ad verecundiam apelamos al respeto que
merece la opinión de un autor consagrado o reconocido como autori-
dad en la materia. En un argumento ad ignorantiam exigimos a nuestro
oponente en un debate que admita nuestras pruebas si no dispone de
ninguna otra mejor. En un argumento ad judicium fundamos nuestra
conclusión en pruebas extraídas de unos fundamentos objetivos del co-
nocimiento cierto o probable, al margen de las virtudes, limitaciones o
condiciones propias de los sujetos. Por lo que se refiere al tipo restan-
te, la argumentación ad hominem, el propio Locke declara que es un
nombre en uso. Ahora bien, según es bien sabido, son diversas las mo-
dalidades de argumentos cubiertas por esta denominación y tienen dis-
tintas raíces.
Las dos modalidades básicas de alegación ad hominem en una dis-
cusión consisten en:
a) argüir a partir de las suposiciones o las asunciones propias de nues-
tro interlocutor, es decir: ex concessis —a partir de lo que él mismo nos
ha concedido o reconocido en el curso de la discusión—;
b) argüir por referencia no al asunto en cuestión o a la tesis opuesta,
sino a determinadas características personales o no pertinentes de nues-
tro oponente.
Las raíces de una y otra parecen ser las siguientes (véase Nuchel- Nuchel-
mans, 1996):
a.1) La idea aristotélica de lógos peirastikós, o argumentación que
pone a prueba lo sostenido por quien debe responder de una proposición
(p. ej., Tópicos, 101a30-35; Refutaciones sofísticas, 165b4-6), transmitida
a través de Boecio como disputatio temptativa: se trata de una prueba o
contraprueba de valor relativo, pues depende de los supuestos o asun-
ciones de la parte que sostiene la tesis en cuestión.
a.2) Una noción relacionada es la de demostración o prueba refutado-
ra (demonstrare elenchice), por oposición a la de demostración absoluta
(demonstrare simpliciter). Es el tipo de prueba que Aristóteles aduce en la
Metafísica (IV 4, XI 5) contra los que niegan el principio de no contradic-
ción, puesto que los primeros principios no admiten otra suerte de prue-
ba que la obtenida de los propios supuestos de quienes se empeñan en
193
J OHN L OCK E Y L A DI S T I NGUI DA F A MI L I A DE L OS A R GUME NT OS A D
negar o impugnar su validez: «De tales principios no hay demostración
en sentido absoluto, pero sí la hay como refutación contra este <el que
los niegue>» (Metafísica, XI 5, 1062a2-3). La expresión ad hominem
en este contexto se difundió a través de los Comentarios de Tomás de
Aquino a la Metafísica de Aristóteles. Por ejemplo, Pedro Fonseca, en
sus comentarios de 1615 a esos pasajes, insiste en que un primer princi-
pio solo puede demostrarse ad hominem, mediante la confutación de la
persona que lo niega a partir de sus propias palabras, ex dictis illius. A
lo largo del siglo XVII se extenderá este uso a cualquier asunto debatido
en el sentido de argüir sobre la base de lo asumido por el adversario.
b.1) La distinción aristotélica entre resolver una cuestión por refe-
rencia a lo dicho (pròs tón lógon) o por referencia a la persona (pròs tón
ánthropon), en RS, 178b17. Se trasmite luego en los términos medievales:
solutio ad orationem y solutio ad hominem; esta presenta un carácter
de prueba aparente o falaz en el marco de la contraposición entre argu-
mentar ad rem, con relación al objeto del debate, y argüir ad hominem
como vía de escape o de distracción del punto en cuestión.
b.2) Por otro lado, no falta una tradición de origen retórico que tam-
bién viene a incidir en la diferencia entre ocuparse del asunto planteado
(prágma) y hacer referencias improcedentes a la persona involucrada o
concernida (prósopon).
Cabe recordar, por último, la propuesta de Schopenhauer de intro-
ducir una doble distinción: por un lado, entre argumentación ad rem y
ad hominem, entendida esta segunda en el sentido (a), y por otro lado,
entre argumentación ad hominem, conforme a dicho sentido, y argumen-
tación ad personam, tomada esta expresión en el sentido (b), de modo
que la argumentación ad personam es una estratagema discursiva falaz,
condición que no tiene de suyo la argumentación ad hominem, la ape-
lación a lo que nuestro propio interlocutor ha supuesto o admitido en
el curso de la discusión.
Por lo demás, la familia de argumentos ad siempre ha sido acoge-
dora y abierta, dispuesta a admitir nuevos miembros al margen de sus
inclinaciones virtuosas o falaces. Y la verdad es que pronto da muestras
de esta gentil disposición. Leibniz, en su réplica Nuevos ensayos sobre
el entendimiento humano (1765), ya menciona la posibilidad de añadir
nuevos tipos de apelaciones, también de uso frecuente, a los señalados
por Locke:
… como el que podría denominarse ad vertiginem [vértigo], cuando se ra-
zona así: Si no se admite esta prueba, no disponemos de medios para alcan-
zar la certeza en el punto en cuestión, lo cual resulta absurdo. Este argumento
es conveniente en determinados casos como, por ejemplo, en caso de que
194
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
alguien quisiera negar las verdades primitivas e inmediatas, e. g., que nada
puede ser y no ser al mismo tiempo, o que nosotros mismos existimos, pues
de tener razón, no habría ningún medio de conocer nada (lib. IV, cap. xvii,
§ *19)
5
.
Naturalmente la familia no ha dejado de crecer con el paso del tiempo
y en la actualidad, según el registro que llevan algunos catálogos escola-
res colgados en la red, sus miembros se siguen multiplicando ad nauseam.
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195
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196
5
EL DESENGAÑO ILUSTRADO DE FEIJOO
5.0. UNA CUESTIÓN PRELIMINAR
Según Arturo Ardao, al llegar a Feijoo nos encontramos ante el primer
filósofo de lengua española: «Benito Jerónimo Feijoo resulta ser, en el
siglo XVIII, el fundador de la filosofía de lengua española, comprensiva
de entonces en adelante tanto de la filosofía española como de la filoso-
fía hispanoamericana» (1963: 41) En términos más explícitos: «Aunque
algún escritor menor le anteceda, Feijoo fue el primer pensador espa-
ñol representativo que vierte su filosofía en el idioma nacional, hacien-
do, además, la política expresa de dicho idioma» (ibid.). Cierto es que
el propio Feijoo declara dos razones para escribir sus ensayos críticos
en castellano: 1) «Para escribir en el idioma nativo no se ha menester
más razón que no tener alguna para hacer lo contrario». 2) Siendo su
designio desengañar al público de creencias erróneas, «no sería razón,
cuando puede ser universal el provecho, que no alcanzase a todos el
desengaño» (Teatro Crítico, t. I., Prólogo, pp. lxxx-lxxxi). También cabe
entender esta segunda razón como un buen motivo para emprender una
política cultural en esa línea. Con todo, me temo que el juicio de Ardao
es discutible por no decir arbitrario.
Por lo que a nuestro tema se refiere en el presente contexto, Fei-
joo no fue el primero en tratar de Lógica en lengua vernácula, ni en
vindicar una política del uso del castellano para la instrucción cientí-
fica. De corresponderle a alguien esos méritos, antes contaría Pedro
Simón Abril por sendas primicias de i) una Lógica en castellano con-
cebida como la primera entrega de su programa de Filosofía, Prime-
ra parte de la filosofía llamada la Lógica o parte racional (1587), y ii)
un memorando al rey Felipe II sobre la conveniencia de la enseñan-
za en vulgar, Apuntamientos de cómo se deben reformar las doctrinas
197
E L DE S E NGA ÑO I L US T R A DO DE F E I J OO
(1589)
1
. Aunque puede que se le juzgue autor «menor» y no «represen-
tativo», estimaciones que entonces deberían justificarse.
En cualquier caso, Feijoo no es el primer autor que trata de las fa-
lacias de modo relativamente notable en español. Recordemos una vez
más a nuestro intrépido Simón Abril, Primera parte de la filosofía lla-
mada la Lógica, o parte racional, lib. III, caps. xxxiii, «Qué cosa es dis-
curso engañoso, y cuántas maneras hay de él…» y xxxiv, pp. 297-299
y 299-306
2
, donde puede leerse:
Es, pues, el discurso engañoso aquel que o por falsas proposiciones, o por
mala forma de disposición, pretende engañar al con quien trata, y traerlo a
que confiese algún error, o disparate con que dé que reír a los que los estu-
vieren escuchando (xxxiii, 297).
De esta definición se colige llanamente que hay dos maneras de discursos en-
gañosos: una que, tomando principios falsos por verdaderos, viene en figura
y modo a colegir una cosa falsa, y otra que, viciando la figura o el modo, co-
lige mal lo que pretende (ibid., 297-298).
La primera es realmente discurso y «colige muy bien», la falta no re-
side en la ilación sino en los principios o premisas. La segunda, en cam-
bio, «peca en la disposición o forma del discurso», de modo que solo
merece el nombre de discurso con «este aditamento, discurso engaño-
so» (198). La falta en la ilación puede producirse a su vez de dos mane-
ras: «la una consiste en no tomar bien el término medio, y la otra en no
guardar la disposición del modo y la figura» (298); en el primer caso, el
medio se tomaría por ejemplo en dos sentidos distintos; en el segundo,
se violaría alguna regla silogística (298-299). Por lo demás, los vicios de
tomar mal el medio, como reza el título mismo del cap. xxxiv, «se re-
ducen a trece diferencias, de las cuales las seis consisten en el vocablo, y
las siete en las cosas significadas por él» (299), en la línea de la tradición
aristotélica. Hay, sin embargo, una interesante alusión final a propósito
de la cuestión o pregunta múltiple: dice Simón Abril que conviene dis-
tinguir las cosas para considerar cada una por sí misma y no todas a bul-
to, pues una «sofistería» frecuente de «algunos que proponen negocios
1. La vindicación de la lengua vulgar para los estudios clásicos y para los científi-
cos es un motivo recurrente en P. Simón Abril. Por ejemplo, en su inédita Segunda parte
de la filosofía llamada fisiología o filosofía natural, pueden verse declaraciones del tenor
de: «Todo lo cual con el Divino favor avemos trabajado para el bien i utilidad de nuestra
naçion, i onra i aumento de nuestra lengua Castellana: para que los nuestros puedan en su
misma lengua saber las cosas graves i dinas de entender, no menos que las supieron los
Griegos i los Latinos, i todas las demas naçiones antiguas en las suyas propias» (Biblioteca
Real, Madrid. Ms. II/1158, folio 4v). Y desde luego, Simón Abril no estaba solo en esta
empresa vindicativa, véase García Dini (ed.) (2006).
2. Cito por la edición moderna de 1886, indicando en su caso capítulo y página.
198
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
de república» consiste en proponer lo que quieren que se haga junto y
revuelto con lo que parece ser muy útil, para que determinando hacer
esto se haga también aquello (305).
Por lo demás, también es digno de mención un contemporáneo de
Feijoo, autor de la considerada mejor Lógica del siglo XVIII en España,
también escrita en castellano. Se trata de Andrés Piquer y de su Lógica
moderna o arte de hallar la verdad y perficionar la razón (1747)
3
. En su
Parte II, se dedican dos capítulos a los sofismas, el XI, que trata de los
sofismas en general, y el XII, que se ocupa de los «sofismas que ocasiona
el amor propio» en particular. A juicio de Piquer, un sofisma es «un razo-
namiento que nada concluye, y tiene apariencia superficial de concluir»
(cap. XI, § 201). Partiendo de esta noción, hace un estudio detenido de los
sofismas independientes del lenguaje por su importancia en la Filosofía
natural (§§ 201-213), campo en el que Piquer tiene más interés dado su
ejercicio profesional de la medicina. No falta, sin embargo, la obligada
referencia final a la «equivocación de las voces» (§ 214), determinante
de la existencia de cuatro términos en el silogismo. Pero conviene repa-
rar en que a estos ecos de la tradición escolar, se añade un motivo de la
Lógica de Port-Royal en el cap. XII, el caso de los sofismas debidos al
amor propio: errores de juicio o estimaciones viciadas, propiciadas de
modo casi natural por un amor propio desordenado —aunque Piquer
supone que pueden reformularse en términos silogísticos—.
5.1. EL MARCO DEL DESENGAÑO
El desengaño es un tópico arraigado y fecundo en la cultura española des-
de el Barroco. Allí presentaba dos dimensiones, una más bien psicológica
y emotiva que envolvía un sentimiento de pérdida, una desilusión e in-
cluso alcanzaba a tener cierta proyección moral como pena y escarmien-
to; otra más bien cognitiva, consistente en un caer en la cuenta del error
de apreciación cometido que abre una salida del autoengaño. Su marco
primordial era el topos barroco del gran teatro del mundo, donde la rea-
lidad se presenta y se desenvuelve como representación. En este marco,
cobran especial relieve, por un lado, la parábola y la alegoría en función
de la importancia que tiene saber interpretar, leer o descifrar los signos
y señales de las acciones y las cosas; por otro lado, y en consecuencia,
3. Imprenta de José García, Valencia. La Lógica moderna conoció en 1771 una se-
gunda edición más elaborada y extensa, y aún otra tercera en Madrid: Imprenta de Joa-
quín Ibarra, 1781. Las referencias que siguen son a esta última edición. Según Marceli-
no Menéndez Pelayo, esta Lógica de Piquer «es sin disputa la mejor, la más razonable y
más docta del siglo XVIII» (Historia de las ideas estéticas en España, CSIC, Madrid, 1974,
vol. II, p. 108).
199
E L DE S E NGA ÑO I L US T R A DO DE F E I J OO
el problema de la relación y distinción entre realidad y apariencia, den-
tro de un escenario de (re)presentaciones, espejos, espejismos y exempla o
emblemas. Recordemos la sentencia ya citada de Gracián: «Arte era de
artes saber discurrir; ya no basta: menester es adivinar, y más en desen-
gaños» (Oráculo manual y arte de prudencia, afor. 25). De ahí el papel
crítico que toca al descifrador y al arte práctico de la prudencia, nuestra
guía ante las apariencias y frente a los engaños: «Siempre el desengaño
fue pasto de la prudencia» (ibid., afor. 100).
Ahora bien, con las primicias de la Ilustración se va armando un nue-
vo marco para el desengaño, en el que este pierde sus connotaciones an-
teriores como desilusión o decepción al tiempo que adquiere un sentido
cognitivo más preciso y una proyección más activa y sociocultural. Es
sintomático el propósito declarado del Teatro Crítico Universal, a saber:
liberar al público de «especies perniciosas» y «errores comunes». En el
mismo Prólogo Feijoo asegura:
Tan lexos voy de comunicar especies perniciosas al público que mi designio
en esta Obra es desengañarle de muchas que, por estar admitidas como ver-
daderas, le son perjudiciales; y no sería razón, cuando puede ser universal
el provecho, que no alcanzase a todos el desengaño (t. I [1726], Prólogo,
pp. lxxx-lxxxi)
4
.
Para que no le quepan dudas al lector, también ha aclarado:
Error, como aquí le tomo, no significa otra cosa que una opinión que tengo
por falsa, prescindiendo de si la juzgo o no probable. Ni debaxo del nombre
de errores comunes quiero significar que los que impugno sean transcenden-
tales a todos los hombres. Bástame para darles ese nombre que estén admi-
tidos en el común del Vulgo o tengan entre los Literatos más que ordinario
séquito (ibid., p. lxxx).
En este nuevo marco, Feijoo, no solo se sabe desengañado, sino que
asume consciente y decididamente el arduo papel de «desengañador».
«Inmenso trabajo toman sobre sí los desengañados que en esta materia
se meten a desengañadores» (t. V [1733], Discurso 5.º, § I, 3, p. 103). La
materia en cuestión no es otra que la vasta extensión de los errores debi-
dos a, y mantenidos como, pretendidas «observaciones comunes» (véase
Marichal, 1971). Amén de este propósito crítico, el desengaño ilustrado
se distancia del barroco en otros dos puntos sustanciales: por un lado,
en su dimensión social como desengaño público; por otro lado, en el
sentido positivo y activo del empeño en la liberación del error, del prejui-
cio, de la superstición y de la pasión (véase Álvarez de Miranda, 1992). En
4. Citamos por la tercera edición de 1781.
200
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
suma, desengañar es una labor propia de desengañados que se convier-
ten en desengañadores al tratar de sacar a la gente de los errores comu-
nes, en una tarea de educación e ilustración. Según Álvarez de Miranda
(1992: 575), la lucha contra error común, la opinión falsa y ampliamen-
te extendida, constituye un episodio esencial en la primera fase de la Ilus-
tración en España. Precisamente el lema «desengaño de errores comu-
nes», que define expresamente el objetivo del Teatro Crítico Universal en
su propio título, viene a ser una especie de fórmula consagrada (véase
Álvarez de Miranda, 1992: 574-578).
Pero no estará de más considerar algún punto sensible para apreciar
las posibilidades y los límites de la crítica ilustrada. Uno especialmente
indicado en el presente contexto puede ser el caso de los argumentos de
autoridad o, más en general, el caso de la apelación a la autoridad y del
uso de autoridades. En principio y en situaciones normales de conflicto,
Feijoo da preferencia a la razón frente a la autoridad y, tratándose de
autoridades, a la autoridad acreditada frente a la que simplemente des-
cansa en su antigüedad. Sin embargo, en su concepción de la autoridad,
Feijoo sigue la estela de la hermenéutica teológica de Melchor Cano y
procura combinar la veneración debida a la virtud y la especial compe-
tencia en un dominio determinado, en particular el de la fe (t. VIII, Dis-
curso 4.º, § V 28). A primera vista, parece tratarse de una suerte de sub-
sunción religiosa, católica, de ciertos aspectos del éndoxon aristotélico,
como el ser una opinión plausible al provenir de alguien digno de crédito.
Ahora bien, por un lado, ya se habían abierto otras vías de consideración
de la autoridad como las sugeridas por la Logique de Port-Royal acerca
de los sofismas de autoridad o por Locke sobre la argumentación ad ve-
recundiam. Por otro lado, no deja de apreciarse en la práctica de Fei-
joo una doble vara de medir. Supuesta la libertad de disentir de los santos
en el dominio de las ciencias naturales, donde no parecen tener singular
competencia, Feijoo mantiene la necesidad de guardarles el respeto y la
reverencia debidas bien a su virtud, bien a sus doctrinas teológicas. En
cambio, Avicena y Averroes, cuya autoridad era reconocida en los cur-
sos de Artes, solo merecen en general un trato diametralmente opuesto:
«Yo no sé por dónde merezcan tanta contemplación», protesta Feijoo,
amén de asumir de buen grado el juicio de Luis Vives que ya tildaba sus
doctrinas de «delirios coránicos» (ibid., Corolario 29).
5.2. EL CONTEXTO DE LA LÓGICA NATURAL
Otro factor determinante del sentido que adquiere la crítica de los erro-
res discursivo-cognitivos y de las falacias en este momento de la Ilustra-
ción es el contexto disciplinario de la Lógica, marcado por la reforma
201
E L DE S E NGA ÑO I L US T R A DO DE F E I J OO
moderna de estos estudios a partir de la Lógica de Port-Royal y de otros
manuales que acusan su influencia. Esta reforma se mueve en una doble
dirección, en la línea de una simplificación de la Lógica escolar y en la de
una búsqueda de la utilidad y eficacia de las reglas. Con ello plantea una
disyuntiva entre la disciplina moderna, fundada en las luces naturales de
la razón, y la tradicional, fiada del aparato silogístico, que suele catego-
rizar en los términos: «Lógica natural» vs. «Lógica artificial». Puestas así
las cosas, Feijoo, hombre curioso y culto de su tiempo, no duda en de-
clarar las razones que a su juicio avalan la superioridad de la Lógica na-
tural en el tratamiento de las falacias. Pueden resumirse como sigue:
a) La Lógica natural es más útil y está mejor dispuesta para el descu-
brimiento o la detección de los sofismas (t. VIII, § III 11). Por otro lado:
«Si la Lógica natural no es buena, no sirve la artificial sino para embro-
llar y confundir» (t. VII, Discurso 11.º, § V 19).
b) Las reglas de la Lógica artificial, por su parte, no cubren todos
los sofismas (ibid., § III 8) y además son subsidiarias, representan una
especie de andamio del que se prescinde una vez asentado el edificio del
aprendizaje (ibid., § II 5).
c) En suma: «Digo que para descubrir los trampantojos sofísticos, la
Lógica natural hace mucho más que la artificial» (t. VIII, Discurso 2.º,
§ III 11).
Ahora bien, esto no convierte la tradición escolar artificial en una
disciplina superflua o inútil. Feijoo le reconoce de buen grado cierto senti-
do y rendimiento. Solo que sus servicios consisten no tanto en la detección
de los casos de sofisma como en la determinación y explicación técnica de
los vicios cometidos. De ahí se desprende que los propósitos de Feijoo
irán en consonancia con el moderno contexto reformado: no buscarán
la desaparición de la disciplina escolar, sino la reducción de sus reglas
y la reforma de su enseñanza con el fin de hacerla más útil y eficiente. En
esta línea, por ejemplo, solo serán reglas dignas de memoria las que sean
generales y estén efectivamente en uso (t. VII, Discurso 11.º, §§ II 7,
V 19). También es congruente con este contexto el lugar destacado que
ocupan las falacias entre los abusos cometidos en las disputas verbales
(t. VIII, Discurso 1.º). Piensa Feijoo que unos de los abusos más noto-
rios y, a veces, ridículos que tienen lugar en las disputas verbales o los
debates dialécticos, son los enredos sofísticos. También considera que,
además de su tradicional descalificación tanto discursiva como moral, se
hacen acreedores a mayor censura porque se oponen directamente al ob-
jetivo del debate: «El fin de la disputa es aclarar la verdad, el del sofis-
ma oscurecerla» (ibid., § V 17). Pasemos ya a ocuparnos de la idea que
Feijoo se forma de las falacias.
202
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
5.3. CONCEPCIÓN Y TRATAMIENTO DE LAS FALACIAS
Feijoo entiende por falacia el abuso o vicio discursivo que tiene la apa-
riencia de ser un buen razonamiento o una «buena ilación» (t. VIII, Discur-
so 2.º, § I 2). No se trata de un vicio formal notorio, pues entonces no
podría mantener la apariencia de un buen argumento. Tampoco consiste
en un caso de falsedad patente, defecto que no cabría reducir a una re-
gulación general al depender de la materia tratada (ibid., § I 3-4).
El vicio que reviste especial importancia para Feijoo es la ambigüe-
dad. Así se trasluce a través de una argumentación relativamente explícita
como la siguiente: i) El carácter falaz estriba en la apariencia de ser bue-
na que presenta una ilación que es mala en realidad. ii) Esta apariencia
proviene de la ambigüedad con que se emplea alguno de los tres térmi-
nos que conforman el silogismo. iii) Ambigüedad cuyos efectos deleté-
reos son, a su vez, causas determinantes de la mala ilación. En conse-
cuencia: iv) «el principio único de donde viene la falacia del silogismo,
o que hace al silogismo falaz, es la ambigüedad de alguna voz» (t. VIII,
Discurso 2.º, § I 2).
Esta consideración da al planteamiento de Feijoo el aire de una «teo-
ría de la reducción» de las falacias —tradicionales o aristotélicas— a la
ambigüedad. La teoría se puede desarrollar de modo expreso en estos
términos:
a) Las falacias en cuestión son las recogidas en el catálogo aristoté-
lico de Sobre las Refutaciones. Sofísticas, sin prestar mayor atención a la
distinción tradicional entre las relativas a la expresión y las relativas a lo
expresado: unas y otras se puede reducir a una sola «que es la ambigüe-
dad de la expresión» (ibid., § I 1).
Una prueba de esta tesis podría ser la argumentación anterior que
relaciona la ambigüedad con la apariencia como condición caracterís-
tica de las falacias. Otra prueba adicional es su ejemplificación en la fa-
lacia de accidente, a través del sofisma: «Sócrates es diferente de Coris-
co, Corisco es hombre, luego, Sócrates no es hombre». Si ‘diferente’ se
toma en el sentido de diferencia plena y cabal, la ilación es buena, pero
la primera premisa resulta falsa; si ‘diferente’ se toma en otro sentido
parcial e inesencial, la primera premisa es verdadera pero la ilación es
mala (ibid.)
5
.
5. Mauricio Beuchot y Edgar González (1987) también contemplan una tesis más
fuerte a este respecto: la reducción de toda falacia, sea de la tradición aristotélica o no,
a la ambigüedad. Es una generalización que Feijoo no se plantea; por lo demás, tampoco
recuerda las falacias tratadas por Aristóteles fuera del catálogo citado de las Refutaciones
sofísticas. En su versión más débil, dentro de la limitación a este listado aristotélico tradi-
cional, Beuchot y González convienen en que esas variantes sofísticas son reducibles bien
203
E L DE S E NGA ÑO I L US T R A DO DE F E I J OO
b) Esta reducción puede abrigar ciertas pretensiones explicativas, en
la medida en que la ambigüedad se propone como causa de la apariencia
característica del carácter falaz de un silogismo, al tiempo que los vicios
consiguientes de la ambigüedad, como la existencia de cuatro términos
y la indeterminación de la consecuencia, determinan su invalidez.
c) En todo caso, la reducción facilita una regla general para la de-
tección y solución de las falacias. La regla consiste en observar si entre
los términos que emplea el argumento, hay alguno cuyo significado sea
ambiguo «en orden al intento de la disputa»; observada la ambigüedad
de algún término, se exige al arguyente que precise su significado; preci-
sión que, en fin, hace patente la falacia (ibid., § II 7). Este procedimien-
to también se puede aplicar a todos los casos en que se advierte que no
vale la inferencia, pero no se sabe dónde reside la falacia: si no se aprecia
defecto en la forma a la luz de las reglas silogísticas, entonces alguno de
los términos pecará de ambigüedad. Y a partir de ahí se procede según
la rutina anterior (ibid., § II 9).
La «teoría de la reducción» de las falacias al vicio capital de ambigüe-
dad tiene, según es bien sabido, precedentes tanto lejanos como próxi-
mos a Feijoo. Un precedente lejano es la monografía de Galeno, Sobre
las falacias debidas al lenguaje. Recordemos sus dos pasos reductivos: 1)
toda falacia lingüística se reduce a las recogidas en el catálogo aristotéli-
co de las falacias dependientes del lenguaje; 2) todos estos casos se re-
duce a casos de ambigüedad (véase más arriba, Parte II, cap. 1, § 1.4). Un
precedente próximo se encuentra en la Institutio Logica (1658) de Pie-
rre Gassendi. Gassendi también propone la reducción de todos los «lu-
gares» de los silogismos sofísticos a uno: la ambigüedad. Véase Institu-
tio, Pars III, Canon xxi: «Unus fere Locus ad Syllogismum Sophisticum
ambiguitas est, ex cuius retectione manifestum fit, eum, qui videbatur,
Syllogismum non esse»
6
(1981: 67). Gassendi hace referencia asimismo
al procedimiento general de resolución: detección de la ambigüedad y
distinción pertinente de los significados implicados (ibid.: 69). Incluso
considera los casos del Mus non rodit caseum, que remite a Séneca, y del
Quod non amisisti, habes (ibid.), que recuerda Feijoo (véase más abajo el
Texto 5). Pero, naturalmente, de ahí no se desprende que Feijoo copiara
o siguiera a Gassendi: bien pueden haberse inspirado los dos en una tra-
dición común. De hecho, en la tradición escolástica coetánea, ya estaba
asumida la reducción de las falacias aristotélicas «de dicción», o depen-
a la ambigüedad, bien a la sinonimia —caso únicamente reservado para la falacia de peti-
ción de principio— (véase Beuchot y González, 1993: 65-77, esp. 66 y 69-71).
6. «Uno viene a ser el lugar para formar el silogismo sofístico, la ambigüedad, de
cuya explicitación resulta manifiesto que lo que parecía un silogismo, no lo era» (cursivas
en el original).
204
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
dientes del lenguaje, a la ambigüedad de un término o de una proposi-
ción. Véase, por ejemplo, Juan de Santo Tomás, Artis logicae prima pars
(ca. 1631;
2
1634 en Alcalá), lib. III, cap. xiv, §§ 382-383 (1986: 135).
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205
6
LAS FALACIAS POLÍTICAS SEGÚN JEREMY BENTHAM
Sidney C. Rome, en una reseña tan breve como lúcida (1953) de la edi-
ción revisada del libro sobre las Falacias políticas de Bentham, a cargo de
Harold A. Larrabee (1952), hacía notar que esta obra de Bentham había
conocido una suerte parecida al Sermón de la Montaña: como el Sermón,
estaba llena de los que hoy han devenido tópicos comunes y, sin embargo,
siguen siendo demandas de la educación de cualquier ciudadano que se
precie. Podemos pensar con Rome que se trata de una herencia de la Age
of Reason y de la época de instauración de las primeras repúblicas moder-
nas en Europa y América, cuando algunos entusiastas se empeñaban en
aunar la libertad política con la libertad intelectual y la responsabilidad
moral y discursiva. Una cumplida muestra de este empeño es justamente
el pionero y accidentado ensayo de Bentham sobre las falacias políticas.
Veamos desde más cerca este contexto y la suerte misma del texto.
6.1. CONTEXTO Y TEXTO
6.1.1. El «gobierno de la palabra». Hamilton y Bentham
El interés de Bentham por las falacias políticas se enmarca entre las últimas
décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, un tiempo de maduración de
la autoconciencia del parlamentarismo británico a través de las ideas del
racionalismo ilustrado sobre el debate público. Según un dicho de la épo-
ca, el régimen parlamentario se caracteriza justamente como «el gobierno
de la palabra»
1
. Dos preocupaciones propias del nuevo ámbito de discurso
1. «Parliamentary government is government by talking», frase atribuida por Josef
Redlich a un político inglés según E. García en el «Estudio preliminar» de su edición de Ha-
milton (1996: 23, n.1).
206
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
público son: 1) establecer un ordenamiento jurídico del Parlamento y unas
reglas de procedimiento parlamentario; 2) instruir a los parlamentarios en
las artes del debate, la deliberación y la confrontación sobre asuntos de
interés público. Tácticas parlamentarias de Bentham (1781) trata de res-
ponder a la primera. Lógica parlamentaria de Hamilton (1808) y Falacias
políticas de Bentham (1816, 1824), dos obras de muy distinta orientación,
conformación y fortuna, vienen luego a hacerse cargo de la segunda. Los
apuntes de Hamilton nada tienen que ver con lo que hoy nos diría su
título: componen una serie desordenada y fragmentaria de 554 máximas,
observaciones y consejos para argüir con eficacia y desenvolverse con éxi-
to; quieren servir a unos propósitos prácticos, sin mayores miramientos
teóricos, metodológicos o éticos. En cambio, el estudio de Bentham tiene
aspiraciones críticas y sistemáticas, y se desenvuelve en el marco de un am-
bicioso programa de reforma política y de regeneración ético-discursiva del
debate político. El propio Bentham se encarga de marcar las diferencias:
El libro de Gerard Hamilton es una suerte de escuela donde los medios de
abogar por una buena causa y por una mala causa se presentan con la mis-
ma franqueza y se inculcan con el mismo desvelo por el triunfo. En pocas
palabras, lo que a veces se ha supuesto que pretendía Maquiavelo, no solo
lo pretende Gerard Hamilton, sino que lo hace sin disimulo. <…> Cabe
alegar en defensa de Hamilton que las instrucciones para administrar ve-
nenos pueden ser útiles para quien las lee con la intención opuesta de pre-
venirse mejor contra ellos. Pero en el caso de Hamilton, la manera como
escribe deja poco lugar a dudas sobre si lo que sugiere es para ser aceptado
o rechazado. El objetivo considerado es, lisa y llanamente, hacer que en un
debate parlamentario —o en una asamblea legislativa— prevalezca lo que
uno se propone, sea lo que fuere… ¡Venid a mí quienes queráis salir airosos
y os enseñaré cómo! (The Book of Fallacies/Handbook of political fallacies,
Introducción, § 7; cf. Falacias políticas, 1990: 12 y 14).
Los intereses discursivos, éticos y políticos del análisis crítico de
Bentham son francos y llamativos tanto en su aplicación de juven- son francos y llamativos tanto en su aplicación de juven-
tud a las falacias anárquicas de los revolucionarios franceses, en los
años 1790, como en este estudio de las falacias de los conservadores
británicos, entre 1810 y 1820. De ahí provienen los dos rasgos capita-
les de su tratamiento de las argucias de este género:
i) La consideración de las falacias políticas no solo como formas erró-
neas o especiosas de argüir, sino como intentos de impedir o abortar la
argumentación racional en ámbitos públicos de deliberación, singular-
mente en el discurso parlamentario. En este sentido envuelven tanto pro-
ductos discursivos como procedimientos.
ii) La confianza en que bastaría la exposición cabal de las estratagemas
falaces, intencionadas o no, para anular su poder o neutralizar su eficacia.
207
L A S F A L A CI A S P OL Í T I CA S S E GÚN J E R E MY B E NT HA M
«La sofistería es una hidra cuya fuerza quedaría destruida si se hicieran
visibles todas sus cabezas» (The Book of Fallacies/Handbook of political
fallacies, Introducción, § 4).
Ambos supuestos distinguen el estudio crítico de Bentham y le re-
servan un lugar singular en la historia de las falacias. Un lugar parejo al
que suele merecer en la historia del pensamiento político por supuestos
del tenor de: «El fin o el objetivo que ha de perseguir toda medida po-
lítica, establecida o propuesta, es la mayor felicidad del mayor número
de personas interesadas en ella, durante el mayor tiempo posible» (The
Book of Fallacies/Handbook of political fallacies, cap. IX; cf. Falacias po-
líticas, 1990, Parte 5.ª, cap. VIII, p. 218).
6.1.2. Historia del texto
Según Burns (1993: 689), ya hay indicios manuscritos de un esbozo de lo
que será el Libro de las falacias hacia 1806 o 1807, e incluso de un estado
embrionario anterior. No era el primer estudio dedicado por Bentham a
las falacias políticas. En la última década del siglo precedente ya se había
ocupado de las que llamaba anarchical fallacies, falacias características de
programas democrático-revolucionarios como, en particular, las conteni-
das, a su juicio, en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano proclamada por la Asamblea Nacional Constituyente en
la Revolución francesa. Y hacia 1811, formaban parte del plan original de
publicación de una obra sobre las falacias políticas que incluía el análisis
de la «falacia del predicador de anarquía». Pero unos diez años después, tal
vez por consideraciones de oportunidad política, renunció a publicar este
complemento crítico de las falacias de carácter conservador e inmovilista
denunciadas en The Book of Fallacies. Por otro lado, dado el descuido y
desapego que el propio Bentham suele mostrar hacia sus propios escritos,
no será este el único motivo que contribuya a que la historia de la pu-
blicación de esta obra resulte animada. Cuenta con dos ediciones: a) una
edición de Étienne Dumont (1816), Traité des sophismes politiques, que
en realidad es tanto una traducción como una versión del propio editor,
elaboradas sobre material manuscrito de Bentham; se publica como anexo
a Tactique des assemblées législatives y todavía incluye los análisis críticos
de sophismes anarchiques; b) una edición a cargo de «un amigo», Peregri-
ne Bingham (1824), The Book of Fallacies, más controlada por el autor,
aunque el editor también llega a tomarse algunas libertades.
No han faltado versiones españolas desde el siglo XIX —al margen
de que el utilitarismo de Bentham se haya dejado sentir entre algunos
protagonistas intelectuales de la España moderna—. Las versiones han
seguido por su parte la doble vía de las ediciones de partida, aunque la de
Dumont se ha convertido más bien en una curiosidad histórica a partir
208
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
de los años cincuenta, en particular desde la revisión de Harold A. La-
rrabee (1952): Handbook of political fallacies, que afina y normaliza la
edición de Bingham. El texto fijado por esta revisión de Larrabee es el que
voy a seguir aquí.
6.2. UNA IDEA NO TRADICIONAL DE FALACIA
Bentham parte de una caracterización inicial de falacia en función de su
propósito y de los probables efectos de su empleo, que se cifran en in-
ducir a engaño o a error a cualquier persona a la que se proponga como
argumento (véase Introducción, § 1). Luego ofrecerá una noción algo
más precisa: a su juicio, se denominará falacia cualquier discurso ten-
dente a producir y mantener esos efectos, con intención de engañar o
sin ella. Justamente la pretensión de que se mantengan ciertas prácticas
o instituciones perniciosas es un rasgo distintivo de las falacias frente al
error vulgar, aunque sea el engaño el rasgo tradicionalmente destacado
(Introducción, § 5). También tiene interés la distinción ulterior entre la
intención dolosa o mala fe, la temeridad o intención culpable y la ac-
ción carente de la intención de causar daño aunque lo produzca como
secuela propia, distinción introducida por analogía con el tratamiento
jurídico de los casos de fraude (Parte 5.ª, cap. IX). Se trata, en suma,
de una noción de falacia que discurre al margen de la tradición de los
patrones lógicos, las reglas dialécticas o la referencia común a las falsas
apariencias. Así pues, nos encontramos con un planteamiento ajeno a
la tradición escolar, que más bien se mueve en el marco de un progra-
ma de reforma política y regeneración ético-discursiva. En este sentido
viene a combatir la mala pero común asociación entre el ejercicio de la
política y el discurso falaz, a la que opone una consideración más lúcida
y comprensiva de las causas y fuentes de las falacias. Las falacias que le
importan son, especialmente, las que tienen que ver con la adopción o
el rechazo de alguna medida de gobierno, sea legislativa o administrati-
va, y consisten ante todo en la alegación o vindicación de unos intereses
siniestros, esto es, intereses propios de un individuo o un grupo que son
contrarios a, o resultan incompatibles con, los intereses de la comunidad
a la que el individuo o el grupo pertenecen.
Pero, por otro lado, Bentham no se resiste a la tentación de catalogar
las falacias políticas, aunque también en este punto deja su sello original.
Su criterio primordial no es lógico o metodológico, sino partidista: las fa-
lacias se dividen en las procedentes de los de dentro (fallacies of the ins)
y las procedentes de los de fuera (fallacies of the outs) de las instituciones
de poder. Además las falacias de los instalados en el poder pueden distin-
guirse —según constata Dumont— por la autoridad, el peligro, la dilación
209
L A S F A L A CI A S P OL Í T I CA S S E GÚN J E R E MY B E NT HA M
o la confusión (nombre debido al amigo editor Bingham), referencias que
forman una especie de líneas sucesivas de defensa —podrían recordar la
estrategia de la teoría jurídica de los status o stasis
2
—, frente al discurso
que aboga por cambios o reformas de la situación. Si la autoridad deter-
mina que las cosas son como son, así han de ser. Cuando falla esta invoca-
ción, cabe recurrir al peligro de las consecuencias e imprevistos que con-
lleva lo nuevo. Si ambas apelaciones se muestran ineficaces, tratemos de
retrasar la discusión de las medidas innovadoras o amortiguar su fuerza o
su alcance. ¿Tampoco resultan las tácticas dilatorias? Probemos, en fin, a
crear confusión, de modo que, en último término, no esté claro lo que se
propone, ni se sepa a ciencia cierta qué es lo que está en cuestión. Por lo
demás, Bentham nombra otras muchas falacias fuera de este catálogo prin-
cipal, falacias que hoy son aún más populares y socorridas que en aquellos
días: la falacia del autobombo, que elude cualquier imputación, la falacia
de la sabiduría de los antiguos, la falacia de la identificación («quien me
ataca a mí, ataca a la Nación»), la falacia del fin que justifica los medios, la
falacia de la réplica oportunista («no es cuestión de procedimientos, sino
de personas» o «no es cuestión de personas, sino de procedimientos»), las
falacias de imputación al adversario (con imputaciones de mala intención,
malos motivos, conexiones sospechosas…), etcétera.
Hay, no obstante, una especie de denominador común básico de esta
amplia batería de recursos: consiste en la no pertinencia de las alegacio-
nes y de ahí se derivan otras consecuencias no solo perniciosas para el
ejercicio del discurso público, sino censurables tanto en el caso de quienes
las aducen como en el caso de quienes las aceptan. Ahora bien, en cual-
quier caso, el planteamiento de Bentham parece abocado a enfrentar-
se al problema de distinguir entre las falacias discursivas y otros tipos
de maniobras ilícitas, por ejemplo, cuando se recurre a la interrupción
y dilación del debate o a ciertas estratagemas obstruccionistas o intimi-
datorias. Aunque puede que la concepción comprensiva de Bentham no
vea aquí ningún problema y asuma, llegado el caso, alguna complicidad
entre unas y otras, falacias discursivas y maniobras ilícitas, como la su-
gerida al hilo de la característica común quinta de las falacias, señalada
en la Parte 5.ª, cap. I: «En razón de su no pertinencia, constituyen una
pérdida de tiempo que estorba y retrasa el despacho de los asuntos ne-
cesarios y útiles». También cabe apuntar una raíz común y general de las
falacias: el desequilibrio en las relaciones y en el ejercicio del poder.
Sobre esta base Bentham puede denunciar otras causas y fuentes de-
terminantes de las argumentaciones, apelaciones y maniobras falaces. Re-
2. Considera, por ejemplo, si ha ocurrido el hecho denunciado, cómo se define o
califica, cómo se evalúa y cómo se ha procedido a lo largo del proceso. Véase «Status, teo-
ría de los», en Vega y Olmos (eds.) (
2
2012: 572-573).
210
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
cordemos que nos encontramos ante unas falacias características de pro-
cesos de deliberación y, más en general, ante usos y abusos del discurso
público en un marco institucional como el parlamentario. Así pues, cabe
esperar la influencia efectiva tanto de unas causas sociales e instituciona-
les, p. ej., los intereses opuestos al interés público y al juego limpio de la
confrontación de razones, como de una fuente consistente en la asime-
tría del poder que sesga la contraposición entre mantenimiento y cambio
de la situación dada. Intereses siniestros de los ins y los outs, que militan
contra el mayor bien de la mayoría siendo complementarios unos, en la
medida en que aspiran a sustituirse en el poder, y comunes otros. Repare-
mos un momento en estos últimos. Una causa, en este respecto, es el ejer-
cicio corrupto del poder y la existencia de una opinión pública ante la que
dar razones, como condiciones necesarias del discurso falaz: el primero,
sin la segunda, no precisaría acudir a maniobras falaces, pues no tendría
que dar razones o rendir cuentas; la segunda, sin el primero, no se vería
inducida a caer en los errores y las confusiones derivadas. Por añadidu-
ra, la demanda y la multiplicación de las falacias se ve propiciada bajo la
Constitución británica (Parte 5ª, cap. VIII), que ampara la discusión en
cierto modo libre de los asuntos públicos: sin la existencia de institucio-
nes como el Parlamento y sin la publicidad de los debates, no habría tal
demanda. Pues la falacia es un fraude y el fraude, señala Bentham, es un
gasto inútil cuando todo ha de hacerse por fuerza. De ahí la condición
un tanto ambigua o, al menos ambivalente, de las democracias modernas
que brindan oportunidades parejas para el ejercicio libre del discurso ra-
zonable y del especioso. Y de ahí, en fin, la necesidad de convocar junto
a la libertad política, la responsabilidad moral y discursiva.
6.3. CUESTIONES DE INTERPRETACIÓN
El ensayo de Bentham sobre las falacias políticas no se acomoda fácil-
mente a un género intelectual o literario determinado. Por eso no es ex-
traño que haya sido objeto de diversas ubicaciones y tentativas dispares
de determinar su sentido. En particular, se pueden cifrar en tres las in-
terpretaciones más relevantes. Dejo al lector la oportunidad de pronun-
ciarse sobre la que considere más acertada.
La primera es la avanzada por Jacob H. Burns (1993). Burns repasa
las intervenciones políticas de Bentham marcadas por sus contribuciones
críticas: la dirigida durante los años setenta, en su veintena, contra las fa-
lacias del conservadurismo legal representado por William Blackstone
3
;
3. Véase, por ejemplo, su escrito Comment on the Commentaries (de Blackstone,
1765 ss.), publicado póstumamente en ed. de C. W. Everett, Oxford, 1928, y recogido
211
L A S F A L A CI A S P OL Í T I CA S S E GÚN J E R E MY B E NT HA M
la emprendida veinte años después, en los años noventa, contra las fala-
cias anárquicas de la democracia revolucionaria a la luz de la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Asamblea
Nacional Constituyente francesa (1789), empresa que Bentham tilda no
solo de confusa sino de inviable, salvo que incurra en perversiones socio-
políticas como las sufridas por la propia Francia. En este famoso texto,
Anarchical fallacies, Bentham también aduce, por cierto, un motivo para
descalificar el manifiesto de la Asamblea tan curioso como el siguiente:
Es en Inglaterra, antes que en Francia, donde el descubrimiento de los de-
rechos del hombre debería haberse originado: somos nosotros, los ingleses,
quienes tenemos el mejor derecho para ello. Es en el lenguaje inglés donde
la transición es quizás más natural que en otros muchos, en cualquier caso
más que en el francés (L-18, § 700).
Después de otros veinte o treinta años, cumplidos los setenta, Ben-
tham cambia de nuevo el foco de su atención crítica para dirigirlo con-
tra las falacias del conservadurismo político y con esta disposición escribe
sus notas del libro de las falacias. Así situada, concluye Burns, esta con-
tribución de Bentham viene a ser un arma de confrontación política, de
modo que no responde a ningún interés teórico o analítico, sino que sir-
ve más bien a unos propósitos prácticos y políticos.
Una segunda interpretación del Handbook of political fallacies es
la que propone Marie J. Secor (1989) en su revisión del libro como
una contribución básicamente retórica, incluso a despecho de las in-
tenciones políticas y críticas de su autor. En esta perspectiva, la obra
de Bentham pertenece al género de la retórica deliberativa y no precisa-
mente a la disciplina de la Lógica que venía acogiendo tradicionalmente
la detección y el tratamiento de las falacias. Secor cree contar con varias
y poderosas razones para esta asignación a la Retórica. Para empezar,
Bentham no define la falacia en términos formales como la violación
de un procedimiento silogístico o lógico, en general. Por otra parte, al
centrar su atención en los argumentos empleados en el debate parla-
mentario, está indicando que sus intereses se mueven en la dirección
de la que los retóricos denominan «retórica deliberativa», en la línea de
un discurso que recomienda una acción o una medida que tomar o que
evitar en un contexto político determinado. En tercer lugar, las consi-
deraciones y los recursos de análisis que utiliza Bentham son asimismo
más característicos de la Retórica que de la Lógica. Y, por último, su tra-
tamiento crítico de las falacias también acusa una fuerte ascendencia re-
luego junto con el ensayo crítico A fragment on Government en la ed. de The collected
works of Jeremy Bentham, inicialmente a cargo de J. H. Burns y H. L. A. Hart, Oxford
University Press, Oxford/Nueva York, 1968 ss.
212
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
tórica antes que lógica, pues no consisten en errores de razonamiento,
sino más bien en alegaciones y apelaciones fundadas en convenciones
socioinstitucionales sobre lo que conviene argüir para cambiar o man-
tener una situación dada.
La tercera interpretación en discordia proviene de una relectura
del texto que hace Rob Grootendorst (1997) a la luz del programa de
la pragmadialéctica. Grootendorst reconoce que las falacias políticas
no son falaces desde un punto de vista lógico tradicional, no discurren
como argumentos que parecen válidos pero no lo son. Ahora bien, tam-
poco resultarían falaces desde un punto de vista retórico como el adop-
tado por Perelman, Burke o la propia Secor, en la medida en que fun-
cionan como procedimientos efectivos de persuasión o disuasión. En
realidad, tienen un carácter dialéctico, pues constituyen violaciones de
reglas del debate racional sean de primer orden o de segundo orden.
Una muestra del primer caso son las falacias de autoridad que violan
la regla de pertinencia para la cuestión considerada. Una muestra del
segundo pueden ser las falacias de dilación que bloquean la resolución
efectiva del asunto en cuestión a través de su discusión crítica. En últi-
ma instancia, lo que pretende Bentham es vindicar la crítica pública y
denunciar los abusos y estrategias que impiden nuestro ejercicio del dis-
curso como seres razonables. Un corolario de esta interpretación prag-
madialéctica es que no hay falacias típica o exclusivamente políticas, si
es cierto que a fin de cuentas las actuaciones falaces en este terreno se
limitan a violar el código normativo común del discurso racional como
cualquier otro desmán contra las normas de la discusión crítica. Groo-
tendorst admite, sin embargo, cierta relación especial entre las falacias
y la política en razón del especial papel y la mayor responsabilidad de los
políticos en su uso del discurso público.
Con todo, a mi juicio, creo que las falacias denunciadas por Bentham
tienen una carga retórica deliberativa, en un sentido similar al señalado
por Secor (1989), y una especificidad socioinstitucional que no parecen
verse reconocidas por su reducción pragmadialéctica, un tanto simplis-
ta. En cualquier caso, la consideración expresa de unas alegaciones y es-
trategias falaces antes casi inadvertidas como las políticas
4
, asociadas a la
4. Cierto es que no falta una tradición de la, digamos, mentira política que se re-
montaría a Platón y cuya muestra más llamativa y próxima a Bentham sería el opúsculo sa-
tírico The art of political lying (1712), atribuido a Jonathan Swift, pero escrito por su ami-
go John Arbuthnot. Véase J. Swift, El arte de la mentira política, Sequitur, Madrid, 2006.
La mentira política «es el Arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo en
aras de un buen fin» (p. 31), definición que constituye la divisa de este renacimiento de la
tradición en las nacientes democracias modernas. La originalidad de Bentham reside en
su consideración de argumentaciones y estrategias falaces —no reducibles, por cierto, a
meras mentiras— y en su referencia específica al marco institucional parlamentario.
213
L A S F A L A CI A S P OL Í T I CA S S E GÚN J E R E MY B E NT HA M
emergencia de las democracias parlamentarias, no deja de ser una indica-
ción más de la construcción histórica de nuestra idea de falacia.
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coge una traducción de 1834 a partir de la versión francesa de Dumont
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— Anonymus, «A Supplementary Sheet to Bentham’s Book of fallacies» (Metro-
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— Dalgarno, M. T. [1975], «The contemporary significance of Bentham’s Anar-
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— Twining, W. [1975], «The contemporary significance of Bentham’s Anarchi-
cal fallacies», pp. 700-726.
5. La edición de Larrabee añade como apéndice una referencia a la recensión de
Sidney Smith (Edinburgh Review LXXXIV [agosto de 1825], pp. 367-389), recensión que
incluye el famoso discurso «The Noodle’s Oration», donde se despliegan y ejemplifican
todas las falacias tratadas en el Book of Fallacies. Véase este discurso en las pp. 262-265
de la edición de 1952 a cargo de Larrabee ya citada.
214
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Rome, S. C. (1953), «Bentham’s Handbook of Political Fallacies»: The William
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self»: Philosophy and Rhetoric 22, pp. 83-93.
215
7
LA BENDICIÓN DE LAS FALACIAS LÓGICAS
POR EL ARZOBISPO DE DUBLÍN, RICHARD WHATELY
7.1. LA RECUPERACIÓN DEL PUNTO DE VISTA FORMAL EN LÓGICA
Richard Whately ocupa un lugar especial en la historia de la lógica es-
colar británica. Augustus de Morgan lo distinguió con el título de «res-
taurador del estudio de la lógica en Inglaterra»
1
. De hecho, devolvió a la
lógica tradicional el carácter formal que se había ido diluyendo entre las
manos de los lógicos de «las facultades» o de «las ideas» y, en este sentido,
representa una primicia del nuevo rigor de la lógica moderna. Tienen
relieve en particular:
a) Su concepción de la Lógica como una disciplina abstracta y nor-
mativa, ciencia antes que arte, que discurre estrechamente vinculada al
lenguaje como una «gramática del razonamiento», al margen de las apli-
caciones a la regulación de las facultades cognitivas que le solía atribuir
la «lógica gnoseológica» (véase más arriba, §§ 3.1 y 4.1). A su juicio, esta
«lógica», interesada en la formación del juicio y la depuración del cono-
cimiento, adolece de una confusión similar a la que supondría confundir
la óptica con la oftalmología.
b) Su consideración del silogismo como un esquema inferencial pu-
ramente formal, dispuesto para determinar la validez de cualquier ar-
gumento.
Las dos son, en opinión de James van Evra (1984), contribuciones
efectivas a mejorar la calidad escolar de la lógica británica y a preludiar
la lógica moderna.
1. En su artículo «Logic» para la English Cyclopedia (Londres, 1869). Recogido en
A. de Morgan, On the Syllogism and Other Logical Writings, ed. de P. Heath, Routledge &
Kegan Paul, Londres, 1966, p. 247.
216
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Como muestra del nuevo —o renovador— punto de vista de Whately
puede ser ilustrativa su réplica a los críticos coetáneos de la silogística tra-
dicional que no habían acertado a ver el sentido y alcance de su carácter
abstracto y normativo como disciplina formal:
La Lógica ha sido considerada habitualmente por estos objetores [los crí-
ticos modernos de la tradición aristotélica] como si su cometido consistie-
ra en deparar un método peculiar de razonamiento, en vez de un método de
analizar el proceso mental que debe tener lugar invariablemente en todo ra-
zonamiento correcto. En esa línea, han contrastado el modo común de razo-
nar con la silogística y han destacado con aire de triunfo la habilidad ar-
gumentativa de muchos que no han aprendido nunca este sistema. Error no
menos grueso que el de quien considerase la Gramática como un Lenguaje
peculiar y se pronunciara contra su utilidad sobre la base de que muchos ha-
blan con corrección sin haber estudiado nunca los principios gramaticales.
Pues la Lógica, que es, como si dijéramos, la Gramática del Razonamiento,
no presenta el Silogismo regular como un modo singular de argumentación,
destinado a sustituir cualquier otro modo, sino como la forma a la que todo
razonamiento correcto puede reducirse en última instancia y que, por con-
siguiente, sirve (cuando empleamos la Lógica como un Arte) para el pro-
pósito de poner a prueba la validez de cualquier argumento (Elements of
Logic, Introducción, 14-15; cursivas en el original)
2
.
Esta perspectiva operativa no deja de determinar los conceptos per-
tinentes de argumento, de silogismo o argumento válido, y de falacia o
argumento falaz.
7.2. ALGUNAS NOCIONES BÁSICAS: ARGUMENTO, SILOGISMO, FALACIA
Sobre las nociones de argumento y silogismo demos al propio Whately
la palabra:
Un argumento es una expresión en la que «a partir de algo sentado y acre-
ditado como verdadero (e. d. las Premisas), debe admitirse además que algo
otro (e. d. la Conclusión) es verdadero al seguirse necesariamente (o al re-
sultar) de aquello». Y dado que la Lógica tiene que ver cabalmente con el
uso del lenguaje, se sigue que un silogismo (que es un argumento expuesto
en una forma lógica regular) debe ser «un argumento expresado de manera
que su carácter concluyente quede de manifiesto a través de la mera forma
3

de la expresión», esto es, sin tomar en consideración el significado de los tér-
minos. Por ejemplo, en este silogismo: «Y es X, Z es Y; por consiguiente Z
2. Sigo la séptima edición (B. Fellowes, Londres, 1840).
3. En el texto se lee force; parece tratarse de un errata en lugar de form, pero se
mantuvo en diversas impresiones de los Elements (cf. Evra, 2008: 84, n. 20).
217
L A B E NDI CI ÓN DE L A S F A L A CI A S L ÓGI CA S P OR R I CHA R D WHA T E L Y
es X», la conclusión es inevitable, sea lo que sea aquello por lo que se en-
tiende que están respectivamente los términos X, Y, Z. Y, en última instan-
cia, a esta forma pueden amoldarse todos los argumentos legítimos (Ele-
ments of Logic, Libro II, cap. III, § 1, pp. 81-82; las comillas y las cursivas
se encuentran en el original).
La validez del silogismo citado descansa en la regla o principio del
dictum de omni, de nullo —supuestamente aristotélico—, que puede for-
mularse así: «Todo lo que se predique de un término distribuido
4
, sea
afirmativa o negativamente, puede predicarse de la misma manera de
todo lo contenido bajo él» (ibid., § 2, pp. 82-83). Este principio tiene
además un alcance general al obrar como patrón de convalidación: «Esta
regla puede aplicarse en última instancia a todos los argumentos (y su
validez descansa en última instancia en su conformidad con ella)» (83).
Naturalmente, esto no implica que su aplicación sea inmediata y directa
a todos los tipos de argumentos, como Whately se cuida de remarcar con
cláusulas del tenor de «en última instancia» y con la admisión de reglas
subsidiarias. Pero esta reserva práctica no es óbice para su significación
teórica y su proyección metódica. Por lo que se refiere a su significa-
ción, basta reparar en el especial estatuto del dictum como «PRINCIPIO
UNIVERSAL de razonamiento» (Libro I, § 3, p. 33; el énfasis es del propio
Whately). Por lo que se refiere a su proyección metódica, basta recordar
sus servicios como test de convalidación de los argumentos legítimos y de
invalidación de los argumentos falaces. Pues si todo argumento puede
reducirse al esquema abstracto de su forma silogística, también podrá es-
tablecerse si responde a la regla de convalidación y es efectivamente vá-
lido, o no, y entonces quedará en evidencia su carácter incorrecto o falaz
o, incluso, su condición de argumento aparente que en realidad no es
tal (Libro I, § 4, p. 41). La reducción a forma silogística y la confron-
tación con las reglas o leyes lógicas no es, desde luego, el único recurso
disponible para este cometido de detección y exposición del carácter
no concluyente y falaz de un argumento. Otro recurso más informal y
al alcance de los no versados en lógica, consistiría en aplicar el mismo
proceder inferencial a otro caso con una conclusión palmariamente ab-
surda. Por ejemplo, si se trata del argumento: «Todos los legisladores
sabios adecuan sus leyes al genio de su nación; Solón lo hizo así; luego,
Solón fue un legislador sabio», bastaría mostrar que no es lógicamente
concluyente mediante este caso parejo: «Todos los vegetales crecen; un
animal crece; luego, es un vegetal». Pero, señala Whately, «establecer
4. Un término está distribuido cuando se toma en sentido universal y aplicable a to-
dos los casos que caen bajo él. Suele venir indicado por operadores del tipo de «todo X»,
«cada X», «ningún X», etc. En cambio, los operadores particulares, como «algún X», se-
ñalan lo contrario. (Véase Libro II, cap. II, § 2).
218
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
tales leyes [las leyes o reglas lógicas] y utilizarlas como test es evidente-
mente un modo de proceder más seguro y sumario, así como más filo-
sófico» (Libro I, § 3, p. 31).
Recapitulando lo dicho hasta ahora sobre la regulación formal de
la lógica:
Las reglas con las que ya contamos nos permiten desarrollar los principios
sobre los que procede todo razonamiento, sea cual fuere el tema tratado, y
determinar la validez o el carácter falaz de cualquier argumento en lo que
se refiere a la forma de expresión. Esta constituye por sí sola la provincia de
la Lógica (Libro III, Introducción, p. 167).
El concepto de falacia quiere ser congruente con estos supuestos,
aunque no deja de incorporar algún aspecto que sería difícil calificar de
lógico-formal. Para empezar, en los Elementos de Lógica se sugiere una
doble perspectiva sobre la falacia que Whately no solo no señala, sino
que tampoco da la impresión de advertir: por un lado, nos vemos ante
una actividad de argüir; por otro lado, ante un argumento como pro-
ducto. En el primer caso, contamos con esta definición: «Por falacia
se entiende comúnmente ‘cualquier modo falso de argumentar que pa-
rece reclamar nuestra convicción y ser decisivo para la cuestión plan-
teada, cuando en justicia no lo es’» (Libro III, Introducción, p. 163).
En el segundo caso, se nos ofrece esta otra noción de falacia: «Cual-
quier argumento o aparente argumento que declara ser decisivo para
la cuestión planteada, aunque en realidad no lo es» (Fallacy, en «Index
to the principal technical terms», 448); en este caso, se omiten tanto
la actividad de argumentar en favor de su producto, un argumento,
como el reclamo de nuestra convicción. Hay, por último, otro par de
rasgos de las falacias que resultan independientes de una y otra carac-
terización, pero complementan su perfil y responden con más nitidez
al punto de vista lógico de Whately, en particular, a su noción de ar-
gumento: uno es su carácter básicamente monológico, el otro es su
índole deductiva.
7.3. CUESTIONES DE CLASIFICACIÓN
Como acabo de indicar, el campo de los argumentos falaces se circuns-
cribe a los argumentos deductivos
5
. Esta limitación, al margen de ser
discutible especialmente en su época y en la tradición metodológica
5. Whately, guiado por su criterio formal de convalidación, considera que toda ar-
gumentación inductiva es reducible a la deductiva, véase Libro IV, cap. 1, «On induction»,
pp. 263-265 en particular.
219
L A B E NDI CI ÓN DE L A S F A L A CI A S L ÓGI CA S P OR R I CHA R D WHA T E L Y
británica, tiene el mérito de contar con un criterio claro y primordial
de clasificación. A saber: en toda falacia, la conclusión se sigue o no se
sigue de las premisas. Si la conclusión no se sigue de las premisas, nos
encontramos con las falacias lógicas, que pueden ser de dos tipos: for-
males o semilógicas —casos de ambigüedad—. Las falacias lógicas con-
sisten en errores o fallos con respecto a las reglas silogísticas, sea en un
aspecto puramente formal
6
, sea en aspectos relacionados con el signi-
ficado de los términos como cuando se incurre en un tratamiento equí-
voco del término medio del silogismo. Si la conclusión se sigue de las
premisas, nos encontramos con las falacias no lógicas o materiales que
pueden provenir de alguna premisa errónea o indebidamente asumida
—p. ej., en el caso de una petición de principio o atribución de falsa
causa— o de una conclusión no pertinente —p. ej., por ignorancia del
punto en cuestión—. Sin embargo, Whately también es consciente de
ciertas circunstancias que lastran el ejercicio de este criterio simple y
meridiano de clasificación: así, de entrada y en orden a su efectividad,
no cabe contar con unas reglas cuyo mero conocimiento nos permita
una aplicación mecánica y efectiva a la detección de la argumentación
falaz; y por otra parte, en el plano taxonómico, las clasificaciones de
falacias, en general, no dejan de envolver cierta indeterminación y ar-
bitrariedad, al menos en el sentido de que un argumento falaz determi-
nado puede prestarse a diversas denominaciones o ubicaciones.
Tiene interés reparar en los casos considerados por Whately den-
tro de cada una de las dos clases principales de falacias, lógicas y mate-
riales. Entre las falacias lógicas, se incluyen: dar por falsa la conclusión
porque la premisa es falsa o porque el argumento es incorrecto; infe-
rir la verdad de una premisa en virtud de la verdad de la conclusión;
discurrir de la negación del antecedente a la negación del consecuente
(un caso de proceder ilícito), o de la aserción del consecuente inferir
el establecimiento del antecedente (un caso de medio no distribuido).
Por su parte, son falacias materiales notorias las ya mencionadas: la pe-
tición de principio, la atribución de una falsa causa y la no pertinencia
de la conclusión obtenida. La falacia de petición de principio, calificada
como «falacia de premisa indebida» consiste en «aquellos casos en los
que la premisa o muestra palmariamente ser la misma que la conclu-
sión, o se prueba efectivamente a partir de la conclusión, o es tal que
así podría probarse de modo natural y apropiado» (Libro III, § 13,
p. 226). Ahora bien, en su presentación inicial, Whately no deja de
6. Según Hamblin (2004: 195), fue Whately quien introdujo la distinción expresa
de unas falacias formales a partir de una indicación del Compendium de Aldrich (1691).
De ser así, deberíamos a Whately no solo la bendición de las falacias lógicas sino el bauti-
zo de las formales.
220
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
advertir con su lucidez habitual una relación pragmática de la falacia
con los agentes discursivos y cognitivos involucrados, que podría rela-
tivizarla hasta el punto de que «no es posible marcar con precisión la
distinción entre la falacia en cuestión y un argumento legítimo, pues-
to que lo que puede constituir un razonamiento correcto y legítimo
para una persona, podría ser para otra una ‘petición de la cuestión’ en
la medida en que para una <e. d. para esta segunda> la conclusión
pudiera ser más evidente que las premisas, y para la otra a la inversa»
(III § 3, 177-178). Es un punto que solo en nuestros días ha vuelto a
cobrar atención y relieve. La falacia de atribución de una falsa causa,
non causa pro causa (§ 14), es otro caso de premisa fallida o deficiente.
El fallo reside en no establecer debidamente la existencia de la preten-
dida causa o en no tratarse de una conexión causal en el sentido de-
bido, como cuando se toma un signo por una causa —por ejemplo, se
considera que la disponibilidad y circulación de moneda en un país es
causa de su riqueza, cuando en realidad sería su efecto y, en todo caso,
representaría una señal—. El punto estriba en la distinción entre una
causa y una razón, es decir, entre la conexión causa-efecto y la secuen-
cia premisas-conclusión, contra la tradición lógica escolar que tendía a
ignorarla (véase § 14, 233). Pero a juicio de Whately la falacia no des-
cansa, en última instancia, en un punto lógico o conceptual, sino en la
asunción de una causación falsa o espuria, de modo que se trata de una
falacia material, no de una falacia lógica. La falacia de no pertinencia
de la conclusión viene a corresponder a la tradicional ignoratio elenchi
y consiste, según Whately, en un desplazamiento de la cuestión plan-
teada (§ 16). Valga, por ejemplo, esta muestra de alegación improce-
dente: Se ataca el sistema seguido en una universidad; los objetores se
ven incapaces de mantener la acusación inicial de que las Matemáticas
están actualmente relegadas allí y pasan a alegar que esta universidad
nunca ha tenido reconocimiento por parte de los matemáticos, alegato
«que no solo no establece, sino que echa por tierra su propia aserción
inicial, pues si la universidad nunca ha tenido éxito en esa empresa, esa
no puede ser la causa del declive actual» (ibid., 248). Hay una variante
que se produce no tanto por un cambio de alegato como por una pre-
tendida ampliación de las premisas: «‘Y además’ es una expresión que
se puede oír a menudo por parte de un litigante que pasa a aducir un
nuevo argumento cuando aún no ha establecido, pero tampoco aban-
donado, el aducido en primer lugar» (ibid.).
Junto con estas falacias tradicionales, Whately recoge otros ca-
sos que evidencian su sensibilidad discursiva y su finura de análisis.
Uno sería la llamada falacia de la objeción (§ 17) consistente en «mos-
trar que hay objeciones contra algún plan, teoría o sistema, e inferir de
ahí que habría que rechazarlo; cuando lo que debería haberse probado
221
L A B E NDI CI ÓN DE L A S F A L A CI A S L ÓGI CA S P OR R I CHA R D WHA T E L Y
es que hay más objeciones o más fuertes contra su aceptación que con-
tra su rechazo» (250), que reintroduce en este campo unas conside-
raciones de confrontación y de grado de plausibilidad de propuestas
poco habituales en la tradición escolar. Otro caso notable es la falacia
de establecer o refutar una parte de lo que, respectivamente, se debe-
ría probar o rebatir, para dar por zanjada la cuestión sin más, esto es,
sin hablar del resto, donde también conviene tener en cuenta los ser-
vicios que puede prestar la complicidad de una conclusión tácita en
ese mismo sentido:
Fácilmente se caerá en la cuenta de que nada está menos indicado para el
éxito de la falacia en cuestión que establecer de manera clara, desde un prin-
cipio, la proposición que se pretende probar o la que se debe probar. Es
más conveniente empezar con las premisas e introducir una prolongada ca-
dena discursiva antes de llegar a la conclusión. El oyente descuidado dará
por supuesto que la cadena llevará a la conclusión debida y, en el momento
de llegar al fin, estará dispuesto a dar por sentado que la conclusión sacada es
la debida, mientras su idea del punto en cuestión se ha ido volviendo gra-
dualmente imprecisa. Contribuye mucho a esta falacia la práctica corriente
de dejar que supla la conclusión el oyente, quien, por cierto, se encuentra
así menos preparado para advertir si era eso «lo que había que demostrar»,
que si la conclusión se hubiera formulado con precisión. Se trata, pues, de
una práctica en el mejor de los casos sospechosa, y en general es preferible
evitarla, así como dar y pedir una formulación precisa de la conclusión ob-
jeto de argumentación (§ 19, 256-257).
Un aspecto digno de mención de las falacias de este tipo es el ca-
rácter dialógico que adoptan al envolver la colaboración del «oyente
descuidado» o del que viene a suplir la conclusión. Puede ser un sín-
toma de que ya no estamos solo ante argumentos, sino también ante
prácticas de argumentar.
Este y otros casos falaces, como el desplazamiento del asunto tra-
tado o del punto en cuestión, pueden prestarse a lo que ha denuncia-
do McKerrow (1997: 110) como un problema: el de incluir las estra-
tegias falaces entre las falacias. Así, el desplazamiento de la cuestión
sería un error o fallo propio de una estrategia, no de un razonamiento
o un argumento. Pero, como ya sabemos, la consideración y el trata-
miento de las estrategias falaces parecen ser actualmente una exten-
sión no solo permitida sino obligada en el estudio de la argumenta-
ción falaz.
222
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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ed. de J. M. Robson, Routledge, Londres, 1978, pp. 3-35.
7. La Encyclopaedia Metropolitana fue una ambiciosa obra concebida por Samuel
Taylor Coleridge para proponer perspectivas de progreso que pudieran verse enraizadas
en el pensamiento y las instituciones tradicionales. El retorno de Whately a la lógica aris-
totélica, depurada de sus excrecencias escolásticas y de alguna contaminación escolar mo-
derna, así como situada en su marco coetáneo con ejemplos vivos o de actualidad y un
buen sentido crítico, puede representar una expresión cabal de ese programa.
223
8
ARTHUR SCHOPENHAUER, EL MAESTRO EN ARGUCIAS
Schopenhauer merece un lugar en estos apuntes por un famoso ensa-
yo sobre cerca de cuarenta estratagemas falaces que, por un lado, le ha
acreditado popularmente una reputación parecida a la del héroe homé-
rico Odiseo, ho polyméchanos (el rico en astucias), y que, por otro lado,
lleva la suspicacia erística al extremo del absurdo. Su contribución viene
a ser, entonces, tan perspicaz y sugerente como descreída y problemáti-
ca. Empecemos por algunos problemas en torno al texto mismo.
8.1. DIALÉCTICA ERÍSTICA O ARTE DE TENER RAZÓN:
PROBLEMAS DE INTERPRETACIÓN
Los problemas en torno al sentido del texto arrancan de su propio ori-
gen, así como no faltan cuestiones terminológicas derivadas de su títu-
lo mismo. Para empezar, se trata de un opúsculo perteneciente al lega-
do manuscrito de Schopenhauer, recopilado por Paul Deussen para un
proyecto de edición de sus obras completas, pero luego revisado y edi-
tado por Arthur Hübscher. Redactado hacia 1830-1831, se trata de un
opúsculo no solo inédito en vida del autor, sino en parte descalificado
por él mismo a la luz de lo que declarará más tarde en Parerga y para-
lipómena, al recordar las condiciones iniciales de gestación de su Dia-
léctica erística:
Las argucias, artimañas y embrollos a los que <la gente> se aferra simplemen-
te para tener razón son tan numerosos y variados, pero también tan regular-
mente recurrentes, que en años pasados se convirtieron para mí en una ma-
teria propia de reflexión que se orientó hacia lo puramente formal, una vez
que hube conocido que, por muy distintos que pudieran ser tanto los temas
de discusión como las personas, las argucias y las tretas siempre se repetían
224
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
y eran muy fáciles de reconocer. Eso me llevó a la idea de separar netamente
la mera forma de tales argucias y tretas de su materia, y exhibir algo así como
un exacto preparado anatómico. Así pues, reuní todos los artificios fraudu-
lentos que tan a menudo aparecen en las disputas y expuse claramente cada
uno de ellos en su esencia peculiar, ilustrándolos con ejemplos y dando a cada
uno un nombre; finalmente, añadí los medios que aplicar contra ellos, algo así
como las defensas para esas tretas, de ahí nació una dialéctica erística formal.
<…> Su establecimiento puramente formal sería entonces un complemen-
to de aquella técnica de la razón que, compuesta por la lógica, la retórica y la
dialéctica, se ha expuesto en el capítulo noveno del segundo volumen de mi
obra principal [esto es, El mundo como voluntad y representación] (Parerga y
paralipómena, vol. II, cap. II, § 26, pp. 55-56; cursivas en el original).
Pero este proyecto inicial no solo no contaba con el apoyo exterior de
precedentes o de intentos paralelos, sino que, a fin de cuentas, solo mere-
cerá una especie de extracto o «resumen de lo esencial en toda discusión»
para el propio Schopenhauer. Él mismo confiesa cierto hastío de sus an-
teriores afanes de exploración naturalista:
Sin embargo, en la revisión ahora acometida de aquel trabajo mío anterior,
encuentro que no es ya acorde a mi estado de ánimo hacer un examen deta-
llado y minucioso de los rodeos y artificios de los que se sirve la común na-
turaleza humana para ocultar sus carencias, así que me lo ahorro (ibid., 57).
Por lo demás, el propio título de Dialéctica erística es un resultado
laborioso de análisis crítico, según dan a entender sus notas y referen-
cias al respecto. Y el subtítulo de Arte de tener razón, dentro del senti-
do genérico de tener, también puede dar lugar a ciertas complicaciones
terminológicas si no se observa una distinción capital en este contexto
entre «tener razón» (Recht haben), en sentido objetivo, y «llevar razón»
(Recht behalten) o tenerla en sentido subjetivo
1
, distinción en la que Scho-
penhauer insiste con más contundencia y coherencia conceptual que ver-
bal o terminológica.
Al margen de estos aspectos relacionados con el texto mismo, su in-
terpretación no ha dejado de suscitar cuestiones y variaciones añadidas.
Aquí podemos limitarnos a considerar las disponibles a través de las ver-
siones españolas. La más antigua, por remontarse a la edición de F. Vol-
pi (ed. orig. 1991), sitúa la dialéctica erística en la tradición kantiana y
en franca contraposición a la dialéctica de Hegel. Según Volpi, Kant
ya inicia una reducción de la dialéctica a la erística en la línea de su trata-
miento de la dialéctica como lógica de la apariencia o de la ilusión, por
1. «Llevar razón» en un sentido parejo a «tener o llevar ventaja» (véase el Diccio-
nario del español actual, de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos, «llevar», acepción 9), espe-
cialmente en el curso de una discusión.
225
A R T HUR S CHOP E NHA UE R , E L MA E S T R O E N A R GUCI A S
contraste con la lógica analítica que constituye el organon formal. La ilu-
sión consiste en querer transformar las ideas de la razón en contenidos
objetivos, pretensión que conduce en último término a las antinomias
de la razón. Pero no es este, desde luego, el sentido propio de la dialéc-
tica erística de Schopenhauer.
Garzón (1997), por su parte, se inclina más bien por una contex-
tualización filosófica autónoma. El ensayo representa un estudio de la
naturaleza humana o, al menos, de un aspecto característico del enten-
dimiento humano: su tendencia a recurrir a ciertos mecanismos y sub-
terfugios discursivos para convencer y triunfar en la discusión. Y deja tras-
lucir también otro motivo peculiar: el papel de la voluntad, que cierra sus
puertas a la verdad y se sirve de toda clase de ardides y sofismas mien-
tras se atrinchera detrás de las limitaciones y carencias del entendimien-
to; como el propio Schopenhauer sentencia al declarar la falta de éxito de
quien pretenda aducir razones y demostraciones: «razones y pruebas con-
tra la voluntad son como si un fantasma de sombra golpeara una roca»
(1997: 130-131).
Moreno (ed. orig. 1997), en fin, sin descartar la base antropológica
que sugieren las reiteradas referencias a la malignidad natural humana,
prefiere considerar el opúsculo como un ejercicio de lucidez, una guía
de desenmascaramiento y un compendio de sabiduría práctica, que po-
dría ser producto tanto de las frustraciones vividas por Schopenhauer,
p. ej., en el terreno académico, como de los desengaños leídos, en Gra-
cián, por ejemplo. Pues, en último término, los defectos en cuestión no
son justamente la maldad, la vanidad, la obstinación o la prepotencia del
género humano, sino las malas disposiciones que anidan en cada uno de
nosotros (
4
2011: 32).
No son estas, por cierto, las únicas interpretaciones disponibles. Ca-
bría aventurar incluso la posibilidad de ver cierto tono ligero y cierto
aire irónico en el escrito o, al menos, en algunas advertencias «maquia-
vélicas» como la de esta nota a pie de página:
Maquiavelo escribió al príncipe que aprovechase cada instante de debilidad
de su vecino para atacarle, pues de lo contrario este se aprovecharía a su
vez de los suyos. Si dominasen la fidelidad y la franqueza, sería muy distin-
to; pero como su uso no es frecuente, también está permitido dejar de uti-
lizarlas, o de lo contrario uno se verá mal pagado. Lo mismo ocurre en la
discusión; si le doy la razón al adversario mientras parece que la tiene, será
difícil que él lo haga en el caso inverso; más bien procederá per nefas; por
eso tengo yo que hacer lo mismo. Se dice fácilmente que debe buscarse úni-
camente la verdad, sin el prejuicio del amor a la propia opinión; pero no se
puede anticipar que el otro también lo haga; esta es la causa por la que te-
nemos que abstenernos de pretenderlo (Dialéctica erística, p. 49, n. 3. Véa-
se más abajo, Texto 8, p. 327, nota *).
226
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Pero una interpretación en esa línea menor y retórica, supuestamen-
te caritativa, no se compadecería ni con el tenor del opúsculo en su con-
junto, ni con la revisión posterior en el apartado sobre la controversia
de Parerga y paralipómena (II, cap. II, § 26), ni más en general con el
ideario antropológico y epistemológico de Schopenhauer.
Así pues, en lo que sigue, no estará de más una alusión a este marco
filosófico antes de pasar a la consideración específica del sentido de la
dialéctica erística como arte de tener subjetivamente o llevar razón en
las discusiones habituales.
8.2. UN MARCO FILOSÓFICO
Naturalmente, este no es el lugar ni el momento de esbozar el pensa-
miento filosófico de Schopenhauer. Bastarán algunas indicaciones per-
tinentes para enmarcar las referencias del propio texto tanto de orden,
digamos, antropológico como de orden epistemológico.
Las primeras son las reiteradas alusiones a la maldad natural del
género humano según se manifiesta en la cerrazón y la mala fe usuales
en las controversias. Cuadran con el ideario ético de Schopenhauer
que contempla a cada individuo humano contraído a un carácter in-
nato e inmutable formado por una combinación de egoísmo, malicia y
compasión. El egoísmo, que procura conseguir el bienestar y evitar el
daño propios, es el dominante y más extendido; la malicia, que busca
el daño ajeno, y la compasión, que busca su bienestar, tienen en cam-
bio menos peso y serían excepcionales en estado puro. Ese egoísmo
constitutivo bien puede inspirar la utilización de todo tipo de artes de
autodefensa, tanto en la vida como en el discurso, sin que haga falta
el refuerzo negativo de la parte alícuota de malicia. Pero hay además
otros motivos epistemológicos que también contribuyen a las malas
artes y las argucias en la discusión. Schopenhauer menciona en diver-
sos momentos dos: 1) la incertidumbre derivada del carácter oculto de
la verdad y 2) la debilidad o las limitaciones de nuestro entendimien-
to. De ahí que el interés por preservar y mantener la propia posición,
y llevar razón, tenga que imponerse a la asunción pronta y desintere-
sada de la presunta verdad o a los ideales de objetividad de la razón.
Cundo estos supuestos generales se aplican al caso concreto de la dis-
cusión, no faltan declaraciones problemáticas. Por un lado, Schopen-
hauer no solo insiste en la bruta realidad de la confrontación entre
sujetos que pretenden tener razón o, al menos, pasar por tenerla fren-
te al adversario, sino que además recomienda sesgar la disputa antes
de rendirse a las evidencias de la verdad. Pero, por otro lado, también
parece reconocer que hay debates auténticos y que la verdad debería
227
A R T HUR S CHOP E NHA UE R , E L MA E S T R O E N A R GUCI A S
ser el resultado de la discusión. Bien, no parece fácil conciliar en todo
caso una y otra disposición, tanto la voluntad de hacerse valer por en-
cima del otro como la esperanza de obtener algún fruto objetivo, o
siquiera intersubjetivo, de la discusión —máxime si, según consta en
la presentación de la base de toda dialéctica, la determinación de si se
tiene o no razón objetiva es lo que debe dirimirse por medio de una
discusión propiamente dicha, lo cual nos envuelve en un círculo de
indeterminación—. Como tampoco es fácil, incluso en una discusión
seria, contener las malas inclinaciones y saber cuándo hay que parar
antes de precipitarse por la pendiente de las estratagemas y la mala
fe. No es muy consoladora la recomendación con que Schopenhauer
remata su reconsideración de la controversia en el ya citado apartado
de Parerga y paralipómena: «Que a cada cual le proteja aquí su genio
bueno, a fin de que no tenga que avergonzarse después» (62)
2
. Aho-
ra bien, puede que el propósito de la dialéctica no sea la consolación.
Veamos entonces cuál parece ser su sentido y su finalidad.
8.3. HACIA UN NUEVO ARTE DE TENER RAZÓN
Para empezar, Schopenhauer trata de hacer un hueco para su nuevo
género de dialéctica entre las disciplinas discursivas del legado aristo-
télico. Aquí ha de situarse, de un lado, frente a la lógica que busca la
verdad o procura determinar la convalidación efectiva de lo que se sabe
verdadero; de otro lado, frente a la sofística que busca el engaño o
procura determinar la convalidación aparente de lo que se sabe fal-
so. La dialéctica erística, por su parte, solo busca tener razón, ya sea
en el sentido positivo de llevar razón en lo que uno arguye, ya sea en
el sentido negativo de no caer en inconsistencia ni verse refutado en el
curso de la discusión.
Siendo más específico, Schopenhauer viene a distinguir entre i) la
dialéctica natural o el empeño en llevar razón, propiciado por la incer-
tidumbre de la verdad, por la debilidad del entendimiento y por la in-
clinación torcida de la voluntad, dentro de la supuesta maldad congé-
nita del género humano, es decir, una erística o arte práctica de llevar
razón; y ii) la dialéctica científica, que se caracteriza por desempeñar un
cometido descriptivo y analítico de esa práctica natural, es decir, por
ser una erística o arte disciplinaria de la argumentación o de la discu-
sión. Como él mismo declara:
2. Nuestro autor, buen vendedor de mercancía dudosa, no deja de recordar además
el auxilio que también cabe esperar de la autoeducación propiciada por la comprensión
de su dialéctica erística (ibid.).
228
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Desde nuestro punto de vista, la tarea principal de la dialéctica científica es
formular y analizar las estratagemas desleales utilizadas en la discusión, a
fin de que en los debates verdaderos se las reconozca de inmediato y se las
destruya. De ahí que, en su planteamiento, esta deba asumir que su propó-
sito final va dirigido al hecho de obtener razón, y no al esclarecimiento de
la verdad objetiva.
A pesar de que he buscado a lo largo y ancho, no me resulta conocido
que se haya logrado algo en este sentido; por lo tanto, este es todavía un
campo sin cultivar. Para alcanzar el fin propuesto debería acudirse al ma-
nantial de la experiencia, observando en los debates cotidianos de nuestro
entorno el modo en que uno u otro de los contrincantes utilizó esta o aque-
lla estratagema, y acto seguido, aquellos ardides que aparecen con más fre-
cuencia, reducirlos a sus principios generales para poder formular desde ellos
los stratagemata más usuales, que no solo han de ser útiles después para la
propia ventaja, sino también para impedir que sean usados cuando el adver-
sario pretenda utilizarlos en su provecho (Dialéctica erística, p. 56. Véase
más abajo, Texto 8, p. 331).
De estos propósitos se derivan los servicios que cabe esperar del
arte de tener razón y de su catálogo de estratagemas discursivas. Son,
por una parte, servicios teóricos, como el de sentar «la base de toda
dialéctica» o el marco general del debate o la discusión. Son, en segun-
do lugar, servicios analíticos y críticos, como los que pueden prestar la
formulación y el análisis de las pautas seguidas comúnmente por los
procedimientos usuales de mala fe, a los que pueden acompañar indi-
caciones no tanto de prevención o inmunización frente a ellos como
de detección, tratamiento y desintoxicación. Son, en fin, servicios ins-
trumentales y prácticos, bien en su calidad de reservorio de argucias y
recursos de libre disposición, bien en su calidad de ejercicios discursi-
vos que podrían constituir una suerte de esgrima intelectual dispuesta
para el entrenamiento en la defensa y el ataque. La comparación con
el arte de la esgrima le sirve a Schopenhauer una vez más para libe-
rar la dialéctica erística del compromiso de la lógica con la verdad y
del imperativo de tener objetivamente razón: la dialéctica erística es
como el maestro de esgrima que desempeña su oficio sin reparar en
cuál de los duelistas tiene verdaderamente razón en la porfía que ha
llevado al duelo.
Ahora bien, la propuesta de esta nueva dialéctica erística o arte de
tener razón no parece librarse de algunos problemas abiertos por las
declaraciones schopenhauerianas. Me limitaré a mencionar tres de ma-
yor relieve e importancia:
El primero es el planteado por la suposición de una especie de mal-
dad humana natural o una suerte de indisposición discursiva congénita.
¿Es compatible con los supuestos pragmáticos de nuestra comunicación
lingüística efectiva?
229
A R T HUR S CHOP E NHA UE R , E L MA E S T R O E N A R GUCI A S
El segundo es el planteado por la suspicacia y la presunción de mala
fe generalizadas, tanto en el plano discursivo como en el cognitivo, que
se oponen a la presunción básica de confianza en que descansan, una vez
más, nuestra interacción y entendimiento mutuo
3
.
En el tercero vienen a desembocar las reservas anteriores. Se trata
del problema de la viabilidad de un arte maquiavélico de la argumenta-
ción como programa sistemático y general, más allá de sus posibles ser-
vicios en casos determinados. Recordemos una vez más las palabras de
Schopenhauer:
Si dominasen la fidelidad y la franqueza, sería muy distinto; pero como su uso
no es frecuente, también está permitido dejar de utilizarlas, o de lo contrario
uno se verá mal pagado. Lo mismo ocurre en la discusión; si le doy la razón
al adversario mientras parece que la tiene, será difícil que él lo haga en el caso
inverso; más bien procederá per nefas; por eso tengo yo que hacer lo mismo
(Dialéctica erística, 49, n. 3. Véase más abajo, Texto 8, p. 327 nota *).
Pues bien, por un lado, ¿un supuesto del tipo «piensa mal y acerta-
rás» puede justificar las malas prácticas de la argumentación frente a un
contrario y el uso de tretas o estratagemas falaces? Por otro lado, la es-
trategia de recurrir al bloqueo, al engaño y a las falacias, ¿podría utili-
zarse de modo general y sistemático en nuestra interacción argumentati-
va? Imagínense, por comparación, los deletéreos efectos de una sospecha
y mala fe sistemáticas sobre las transacciones comerciales: ¿sobreviviría
el libre comercio a la generalización de esta especie de paranoia aguda
o desconfianza delirante? Y, en fin, la liberación con respecto a la ver-
dad lógica o epistemológica que postula Schopenhauer con respecto a
su nuevo arte de tener razón, ¿implica también su exención de los com-
promisos éticos, especialmente cuando se trata del uso del discurso co-
mún en asuntos de interés público?
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
A. Ediciones y traducciones
Arthur Schopenhauer, Eristik (ca. 1830-1831), publicación póstuma en J. Frau- Frau-
enstädt (ed.), Aus Schopenhauers handschriftlichem Nachlaß, Leipzig: Brock-
haus, 1864. Recogido en la edición de A. Hübscher, Schopenhauer. Der hand-
schriftliche Nachlaß, Deutscher Taschenbuch Verlag, Múnich, 1985, vol. III,
pp. 666-695.
3. Sobre algunas cuestiones en torno a la presunción de una confianza básica que
da sentido a los fraudes ocasionales y las desconfianzas derivadas, véase C. Pereda, Sobre
la confianza, Herder, Barcelona, 2009. Tampoco estará de más recordar la discusión pre-
sentada más arriba en el § 2.3 del cap. 1, en la Parte I.
230
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Arthur Schopenhauer, Parerga und Paralipomena (1851), vol. II, Paralipomena, ii,
§ 26. En Sämtliche Werke, vol. V, Suhrkamp, Stuttgart/Fráncfort d. M., 1986,
pp. 32-42.
Traducciones
— Fulgencio Egea Abelenda (1921), Algunos opúsculos de Arturo Schopenhauer,
Reus, Madrid, cap. II, «Sobre lógica y dialéctica», pár. 26, pp. 34-41, frag-
mento de Paralipomena (§ 26) sobre la controversia y «la esencia de toda
disputa».
— Luis F. Moreno Claros (
4
2011 [1997]), Dialéctica erística, o el arte de tener
razón, expuesta en 38 estratagemas, Trotta, Madrid.
— Dionisio Garzón (1997), El arte de tener razón expuesto en 38 estratagemas,
Edaf, Madrid.
— Jesús Alborés Rey (2002), El arte de tener razón. Expuesto en 38 estratagemas,
ed. de Franco Volpi (1991), Alianza, Madrid.
B. Literatura secundaria
Schirmacher, W. (1982), «Schopenhauer als Kritiker der Dialektik», en Zeit der
Ernte. Studien zum Stand der Schopenhauer-Forschung. Festschrift für Ar-
thur Hübscher, Fromman/Holzboog, Stuttgart/Bad Cannstatt, pp. 300-324.
Trautmann, F. (1975), «Communication in the philosophy of Arthur Schopen-
hauer»: Southern Communication Journal 40/2, pp. 142-157.
Volpi, F. (2002), «Schopenhauer y la dialéctica» (1991), en A. Schopenhauer, El
arte de tener razón…, Alianza, Madrid, pp. 75-116.
231
9
LAS FALACIAS EN EL SISTEMA DE LÓGICA
DE JOHN STUART MILL
9.1. EL MARCO DE LA FILOSOFÍA DEL ERROR
Y EL CONTEXTO DE LA LÓGICA DE LA PRUEBA
Declara Mill al comienzo del libro II de A System of Logic, al entrar en
materia de razonamiento o inferencia, que el objeto propio de la Lógi-
ca es la prueba (II, cap. i, § 1). Este planteamiento que hoy podría pare-
cernos más bien metodológico, en la medida en que las pruebas incluyen
elementos de observación, generalización y deducción, constituye el con-
texto de su detenido y prolijo estudio de las falacias en el libro V del Sis-
tema de Lógica. Pero este estudio se enmarca a su vez en una «filosofía del
error», según él mismo se encarga de precisar (V, cap. i, § 3, p. 737).
Mill reconoce varios y notables patrocinadores y precedentes de su fi-
losofía del error: el patrocinio más antiguo podría ser el de Sócrates; entre
sus precedentes cuentan la teoría de los ídolos de Bacon —en particular,
los ídolos del teatro representados por la sucesión de las sectas filosófi-
cas—, así como las sugerencias sobre los motivos de los errores comunes
apuntadas por la Lógica de Port-Royal o, en fin, los testimonios más re-
cientes y expresamente citados de Hobbes y Malebranche —véase Rosen
(2006: 126-132)—. Pero esta franqueza intelectual de Mill no debe ocultar
los aspectos originales y característicos de su contribución, en buena parte
relacionados con la importancia de su estudio de las falacias. Un punto
relevante es, por ejemplo, que las pretensiones de la filosofía del error de
Mill no son solo críticas y preventivas de los sesgos, fallos y fracasos cog-
nitivos, según parecía ser la norma, sino explicativas de la naturaleza del
error. Pues la prevención de los errores supone la comprensión y explica-
ción de su producción. Las falacias, por su parte, son casos de error cog-
nitivo en primera instancia, aunque también puedan tener repercusiones
en la conducta individual y en la práctica social. Pero suponen un tipo algo
especial de error: por un lado, no consisten en errores casuales u ocasio-
232
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
nales, sino en vicios metódicos o sistemáticos; por otro lado, provienen de
fuentes intelectuales, en calidad de sesgos o fallos cognitivos, no de fuen-
tes «morales» o actitudinales, como la indiferencia hacia la verdad o las
inclinaciones pasionales, que actuarían a lo sumo como predisposiciones
o como causas indirectas. De ahí que, a juicio de Mill, «si la sofistería del
entendimiento deviniera imposible, la de los sentimientos, al carecer de
instrumento para obrar, quedaría reducida a la impotencia» (V, i, § 3,
p. 739). Otro punto distintivo es el papel no ya externo o inerte, sino in-
terno y activo, de nuestra falibilidad en la búsqueda de conocimiento.
Mill tiene una opinión dividida de la condición humana con respecto
al error: mala, en razón de los sesgos inherentes a la propia naturaleza
humana y de experiencias como la interminable sucesión de prejuicios y
doctrinas infundadas; buena, en atención a una cualidad de la inteligencia
humana que constituye «la fuente de todo cuanto de respetable hay en el
hombre como ser intelectual y moral», a saber: la capacidad de rectificar
los errores (On Liberty, cap. ii, § 7, p. 231). En esta virtud descansa ade-
más el mayor peso (preponderance) de las opiniones racionales y la con-
ducta racional en la historia de la humanidad —salvo que nos encontre-
mos, y siempre hayamos estado, en una situación desesperada— (ibid.).
La corregibilidad supone, desde luego, la libre expresión del pensamien-
to, la confrontación de pareceres y la concurrencia de ideas
1
. En suma,
tiene lugar en la discusión crítica, donde se manifiestan sus virtudes cog-
nitivas; así, si uno rehúye o no puede responder a las objeciones o los
argumentos opuestos a su opinión, carece de base para sostenerla; por
lo demás, la discusión también puede convertirse en una fuente no solo
de comprobación, sino de descubrimiento. Ahora bien, en su desarrollo,
cobran un importante papel la detección y la crítica de los errores consis-
tentes en falacias, debido, por un lado, a la necesidad de disponer de antí-
dotos contra nuestras confusiones y prejuicios, y por otro lado, a la con-
veniencia de poder mantener nuestra posición con el mejor derecho. Así
pues, el estudio de las falacias, aunque no sea una panacea universal del
discurso cognitivo, ni pueda erradicar nuestros sesgos, tanto congénitos
como adquiridos, es un servicial aliado del análisis crítico y puede pro-
piciar el desarrollo de hábitos de prevención y habilidades de detección.
Dentro de este marco de la filosofía del error y de la rectificación,
la concepción de la Lógica en calidad de estudio de la prueba es, como
ya había adelantado, el contexto en el que Mill propone el análisis y la
1. La significación del capítulo II del ensayo de Mill On Liberty (1859) ha sido tra-
dicionalmente muy reconocida y comentada. Puede verse, por ejemplo, la introducción de
A. Izquierdo a la traducción española de G. Cantera: Sobre la libertad, Edaf, Madrid, 2004.
Tampoco faltan apuntes sobre su significación desde el punto de vista argumentativo, cf.,
p. ej., Finocchiaro (2005) y Hansen (2007).
233
L A S F A L A CI A S E N E L S I S T E MA D E L Ó G I C A DE J OHN S T UA R T MI L L
explicación de los errores caracterizados como falacias. Consisten en pre-
tendidas evidencias que no lo son en absoluto o en pruebas aparentemen-
te concluyentes que en realidad no llegan a serlo. Ahora bien, de esta ca-
racterización negativa no cabe extraer criterios efectivos de identificación
o de clasificación —tanto las pretensiones como los errores humanos pue-
den ser infinitos—. Por fortuna, la teoría de la prueba pone de manifiesto
tres elementos básicos del proceso de probar que algo es el caso: la ob-
servación, la generalización y la deducción. Pues bien, cada uno de ellos
permitirá distinguir un tipo o una clase básica de falacias. A ellos se vienen
a sumar otros errores que se dan al margen de las pruebas, las creencias
a priori, con abundantes muestras no solo en prejuicios ordinarios sino
en convicciones filosóficas y científicas; hay, en fin, un cajón de sastre de
falacias de confusión, en el que hallan acomodo algunas falacias tradicio-
nales de especial renombre. Aparte de estas adiciones, cabe anotar algún
que otro punto curioso: por ejemplo, puede que, dentro de la orientación
«empirista» de Mill y de una lógica de la prueba, resulte llamativa la falta
de consideración de los errores, sesgos y falacias experimentales
2
.
Con independencia de estos aspectos, el estudio de las falacias des-
de la perspectiva «lógica» del error en el empleo de las pruebas tiñe el
análisis de Mill de un tinte mentalista y predialéctico, apenas desmen-
tido por los casos discutidos —en contraste con los ensayos críticos de
Mill sobre la libertad, sobre la condición femenina o sobre otros temas
sociales—. En el Sistema de Lógica, una falacia consiste básicamente en
la operación intelectual errónea de admitir o emplear una prueba insu-
ficiente o fallida como prueba. De ahí que el interés principal de Mill se
centre en determinar las condiciones en las que la mente humana se per-
suade a sí misma de que cuenta con una base fundada o suficiente para
una conclusión a la que no ha llegado por ninguno de los procedimien-
tos legítimos de inferencia y que, por lo demás, tampoco ha contrastado
mediante ellos (V, i, § 2, 737).
Pero ya va siendo hora de pasar al interior del terreno milliano de
las falacias.
9.2. LA IDEA DE FALACIA Y LA CLASIFICACIÓN DE LAS FALACIAS
En términos generales, Mill considera que las falacias son errores muy
frecuentes y extendidos, que se cometen de modo natural y resultan di-
2. Es un punto destacado por Hon (1991). Lo atribuye a que la clasificación de Mill
está más pendiente de criterios lógicos discursivos, relacionados con la inferencia, que de
los métodos de experimentación. Se trata, por lo demás, de una actitud tradicional y ge-
neralizada en el estudio de las falacias desde las perspectivas de la lógica y de la teoría de
la argumentación.
234
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
fíciles de corregir e imposibles de erradicar. Ahora bien, las falacias no
son errores de cualquier tipo dentro de este género: no son, para empe-
zar, fallos casuales debidos, por ejemplo, a falta de atención, en la me-
dida en que no implican el uso de un mal método o el mal uso de un
método, sino que resultan del no uso de método. Tampoco son errores
que provengan de motivos o actitudes psicológicos, como disposiciones
pasionales o predisposiciones emotivas (amor propio, etc.), que expli-
carían por qué se ha caído en una falacia, pero no en qué consiste pre-
cisamente la falacia al ser esta una cuestión lógica, no ya psicológica. Por
otro lado, las causas «morales» o motivaciones psicológicas obran indi-
rectamente a través de las intelectuales, no directamente —p. ej., la indi-
ferencia ante la verdad no puede producir, por sí misma, una falsa creen-
cia, aunque induzca a pasar por alto las pruebas y controles apropiados;
la inclinación no es una fuente directa de malos razonamientos, pues «no
podemos creer en una proposición solo porque nos guste, o solo porque
nos aterrorice, creer en ella» (V, i, § 3, 738)—. Así que las falacias se dis-
tinguen de otros errores comunes por ser fallos relativamente metódicos
y sistemáticos, y de otros errores o sesgos inducidos por constituir fallos
cognitivos derivados de fuentes intelectuales —una señal, entre otras, de
que el Sistema de Lógica parece ser menos «psicologista» de lo que nos
contaban algunas historias posfregeanas de la lógica—.
Un poco más adelante, Mill dejará traslucir una idea más precisa de
falacia al exponer el propósito del libro V, dedicado a ellas, en el Siste-
ma de Lógica: se trata del examen de los diversos tipos de a) evidencias
aparentes que no son evidencias en absoluto, y de b) pruebas aparente-
mente concluyentes que en realidad no llegan a serlo (V, i, § 3, 739).
Esta noción no parece muy prometedora para los fines analíticos y
explicativos que se propone Mill (cf., p. ej., ii, § 1, 740). Él mismo reco-
noce «que las cosas que no sirven para probar una conclusión dada, son
a todas luces infinitas, y que esta propiedad negativa, al no ser depen-
diente de ninguna otra positiva, no puede servir de base para una cla-
sificación real» (i, § 3, 739). Tiene importancia este reconocimiento en
la medida en que descarta las socorridas teorías de la correlación o la
contrapartida, del par «cara-y-cruz», para la determinación de las fala-
cias como vicios derivados de la falta de la correspondiente virtud. Pero
esto no implica renunciar a la pretensión de una clasificación bien fun-
dada, como declara Mill:
… las cosas que, no siendo pruebas, se prestan a pasar erróneamente por
tales, son susceptibles de clasificación por referencia a la propiedad posi-
tiva que poseen de aparentar ser pruebas. Podemos organizarlas a nuestra
elección sobre la base de uno de estos dos principios: bien con arreglo a la
causa que las hace parecer pruebas, aunque no lo sean, o bien con arreglo
al tipo particular de prueba que simulan ser (ibid.).
235
L A S F A L A CI A S E N E L S I S T E MA D E L Ó G I C A DE J OHN S T UA R T MI L L
Otra pretensión loable de la clasificación de Mill es su propósito no
solo analítico sino explicativo. A la lógica no le interesa el mero registro
de ciertas especies de error en las pruebas, sino la manera y la causa de
incurrir en tal error. «La cuestión no es investigar qué hechos han sido,
en un tiempo u otro, tomados equivocadamente como pruebas de algu-
nos otros hechos, sino determinar cuál es en los hechos la circunstan-
cia que dio lugar a esta equivocación» (ii, § 1, 740). En principio, cabe
adelantar un diagnóstico genérico, el error radica en una garantía falsa
o infundada de la conjunción entre las evidencias o elementos de juicio
y la conclusión de la pretendida prueba. Es decir:
Las falsas conclusiones, tanto como las conclusiones justas, tienen una rela-
ción invariable con una fórmula general explícita o implícitamente enten-
dida. Cuando de un hecho inferimos algún otro que en realidad no se sigue
de él, estamos admitiendo o, siendo consecuentes, deberíamos admitir una
proposición general infundada con respecto a la conjunción entre ambos
fenómenos (ii, § 1, 741)
3
.
Veamos cómo se cumplen en los tipos concretos de falacias identi-
ficados por Mill estas pretensiones y propósitos. Su clasificación recoge
cinco clases. Tres de ellas tienen una clara constitución inferencial, de
modo que se avienen al diagnóstico general y a la condición de ser una
pretendida, pero solo aparente, prueba. Son las falacias inductivas, co-
metidas en la observación o en la generalización, y las deductivas, repre-
sentadas paradigmáticamente por los razonamientos que violan la regu-
lación del silogismo. Pero el caso de las otras dos es menos claro, y no
tanto el de las falacias de confusión, dado su carácter harto comprensi-
vo y heterogéneo, como el de las falacias de simple inspección o a priori,
que no parecen envolver de suyo inferencias o pruebas.
Empecemos considerando esta última clase, la de las falacias de sim-
ple inspección o a priori, por ser la primera que Mill enumera. En ella
se tomaría la relación de conexión o incompatibilidad entre dos cosas
como una verdad autoevidente, que nos consta por sí misma a priori, sin
necesidad de prueba, o de modo que su simple inspección basta para crear
una presunción en su favor que nos exime de mayores o mejores prue-
bas. Por lo regular, dan en predeterminar la índole o el curso de la reali-
dad de acuerdo con el orden o el curso del propio pensamiento. Abundan
las muestras no solo entre los tópicos comunes —p. ej., «nombra al diablo
y asomará» (iii, § 2, 748)—, sino entre los supuestos de la filosofía y de la
ciencia. Así, una suposición que obra tácitamente en buena parte de los
3. Las declaraciones de este tipo hacen recordar el famoso esquema argumentativo
básico de Toulmin (1958): datos, conclusión y garante inferencial (data, claim, warrant),
salvadas las distancias y diferencias. Cf. Hansen (1997: 129-130).
236
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
errores existentes en el mundo es la siguiente: «el orden de la Naturaleza
debe ser el mismo que el orden de nuestras ideas» (iii, § 3, 751). En ella
descansan dogmas como: «dos cosas que no podemos pensar la una sin
la otra deben coexistir»; asimismo, en la línea cartesiana, lo que puede
ser concebido clara y distintamente debe ser verdad y debe existir si su
idea comprende la existencia (ibid., 750), «las cosas que no pueden ser
pensadas juntas no pueden coexistir» o en otra variante, «todo lo que es
inconcebible no existe» (ibid., 751). Otro caso: «lo que puede ser pen-
sado aparte, existe aparte» (ibid., § 4, 757), plasmado, por ejemplo, en
la existencia de abstracciones o ideas, por un lado, y de casos particulares
o instancias concretas, por otro. La suposición también alimenta refle-
jos como el de la doctrina de los contrarios en antítesis naturales. Otras
muestras populares incluirían la imposibilidad de que exista gente en las
antípodas o de que una causa obre donde no está (versus la gravitación
o la acción a distancia, ibid., 754), o el supuesto de que lo semejante es
producto de lo semejante. El punto crítico no es su falsedad o su refe-
rencia vacua, sino su autosuficiencia dogmática, es decir, la exclusión de
justificación e incluso de puesta en discusión o puesta a prueba, de modo
que resultan creencias infundadas. En este sentido, Mill se muestra más
lúcido que sus posibles fuentes, como un ya lejano Bacon.
Conforme al orden de exposición de Mill, las falacias que siguen a
continuación son las que tienen carácter inferencial y discurren de ma-
nera metódica, con pretensiones fallidas de pruebas. El fallo o el error
puede darse en cualquiera de los procedimientos que componen el pro-
ceso completo de probar que algo es el caso: la observación y la gene-
ralización, como procedimientos inductivos, y el razonamiento, como
proceder deductivo. De ahí resultan, en correspondencia, tres clases
de pruebas aparentes y erróneas: a) Los sesgos de observación, cuya cau-
sa principal es el influjo de opiniones preconcebidas sobre la considera-
ción selectiva o arbitraria de los datos, p. ej., de modo que se resaltan
los favorables y se ignoran o desestiman los adversos. b) Los errores de
generalización, que a su vez pueden provenir de una concepción falsa
del método inductivo o de la incomprensión del proceder empírico y
pueden dar lugar, por ejemplo, a atribuciones causales infundadas o a
analogías falsas o improcedentes. Y en fin, c) los sofismas deductivos de-
rivados de incumplimientos de las reglas silogísticas o de otras formas
de non sequitur, en suma, argumentos lógicamente inválidos a pesar de
sus pretensiones o apariencias de poder concluyente. Son los que más se
ajustarían a la tradición y, en particular, Mill remite a Whately para su
detección y tratamiento silogísticos, pero los que menos cabría esperar de
sus ideas sobre la inferencia real y sobre el papel de inferencia aparen-
te que correspondería a la deducción clásica. En todo caso, el detenido
análisis y denuncia de las falacias inductivas, de (a) observación y (b) ge-
237
L A S F A L A CI A S E N E L S I S T E MA D E L Ó G I C A DE J OHN S T UA R T MI L L
neralización, es el que suele considerarse la contribución más original y
significativa del estudio de Mill, aunque algunas de ellas también se en-
cuentren en la tradición crítica de inspiración empirista. En el caso (b)
se incluyen las reducciones —p.ej., de todo fenómeno a un principio ex-
plicativo—, la confusión entre regularidades empíricas y leyes causales
—amén de inferencias ilegítimas del tipo «post hoc, ergo propter hoc»—,
y analogías sesgadas. Una muestra interesante es la máxima de sentido
común «lo que nunca ha sido, nunca será», pues parece dar cobertura a
derivaciones ideológicas, como la asunción de que los negros no pueden
ser tan civilizados como los blancos porque de hecho nunca lo han sido,
o la presunción de que las mujeres son inferiores a los hombres porque
de hecho siempre lo han sido (v, § 4, 788).
En el último tipo de falacias examinado por Mill, bajo el nombre pres-
tado de «falacias de confusión»
4
, vienen a coincidir especímenes varios y
diversos, entre los que figuran las falacias de más rancio abolengo: ambi-
güedad, petición de principio, ignorancia de la cuestión. Las muestras que
allí se encuentran también son las que cabría esperar: en su mayor parte,
falacias discursivas de filósofos. La fuente del error de las falacias de esta
clase, en su conjunto, «reside no tanto en una falsa apreciación del valor
probativo de la prueba dada, como en la concepción vaga, indetermi-
nada y flotante de lo que es una prueba» (vii, § 1, 809). Pero su noción
misma también incluye cierta indeterminación. Por una parte, Mill había
avanzado que «casi todas las falacias cabrían en rigor dentro de nuestra
quinta clase, las falacias de Confusión» (ii, § 3, 745). Claro está que este
reconocimiento no implicaba una suerte de reducción de todas las falacias
a una clase única o principal
5
, sino que más bien ilustraba, en su contex-
to, la relativa arbitrariedad que puede darse en la atribución de un caso
concreto a una determinada clase en exclusiva frente a otra, aunque la dis-
tinción entre las diversas clases no deje de tener sentido y utilidad
6
. Por
4. Mill, al parecer, tomó este nombre del estudio de la clasificación de las falacias
políticas de Bentham, más precisamente de la adoptada en su versión francesa inicial a car-
go de Étienne Dumont (1816). No es, por cierto, el único préstamo notorio del Libro de
las falacias políticas de Bentham del que se sirve Mill. Otro será, p. ej, la idea de considerar
no solo peticiones de principios argumentativas, sino «apelativas» que también prejuzgan y
dan por supuesto el punto en cuestión, como —en la política británica de la época— el uso
del peyorativo «innovación» (innovation) para designar lo nuevo pero deplorable, frente
al meliorativo «perfeccionamiento o adelanto» (improvement) que designa, en cambio, lo
nuevo y deseable (vii, § 2, 823).
5. Recordemos el apunte aristotélico de la reducción de todas las refutaciones sofís-
ticas a la ignoratio elenchi, o las propuestas tradicionales (p. ej., desde Galeno hasta, ponga-
mos, Feijoo) de reducción a la ambigüedad, ambas incluidas, como ya sabemos, entre las
falacias de confusión.
6. Mill se hace eco expresamente de las observaciones de Whately, Elements of Lo-
gic, III, § 1, 171-172.
238
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
otra parte, ahora también viene a reconocer que «toda falacia de confu-
sión, una vez esclarecida, llegará a ser (y es casi superfluo el repetirlo)
una falacia de algún otro tipo» (vii, § 2, 826). Esta declaración no des-
miente la anterior, pero sí podría introducir en la categoría de las fala-
cias de confusión, junto con la impresión de cajón de sastre, un aire de
casillero provisional dentro de su generalidad. Más tarde, será su seguidor,
Alexander Bain, el que acentúe estos rasgos de provisionalidad y gene-
ralidad que hacen que esta clase resulte indefinida e indefinible, pues,
a su juicio, «nadie puede prever los laberintos, las incoherencias, las per-
plejidades y los enredos posibles para el entendimiento humano» (1879:
vol. II, 376). Ahora bien, la historia continúa: esta indeterminación, que
viciaba la categoría a los ojos de Bain —y a los de cualquier taxónomo
coetáneo que se preciara de serlo—, se convertirá en una virtud que la
vuelve especialmente interesante para un especialista posterior en para-
logismos, Carlos Vaz Ferreira (véase el capítulo siguiente).
9.3. NOTAS PARA UN BALANCE DE LA FORTUNA HISTÓRICA
DE LA CONTRIBUCIÓN DE MILL
La reputación y difusión que tuvo pronto el Sistema de Lógica de Mill
—baste recordar sus varias reediciones en vida del autor— y, más en par-
ticular, algunos influjos concretos como la inspiración que parecen en-
contrar los paralogismos de Vaz Ferreira en las falacias de confusión, pue-
den hacer pensar en una fortuna histórica considerable de las ideas de
Mill sobre las falacias. En realidad no fue así.
Para empezar, el libro V sobre las falacias tuvo escaso eco y reconoci-
miento, frente a los de otros temas y libros del Sistema de Lógica, como
la discusión de las cuestiones relacionadas con los nombres (libro I), la
inferencia (libro II), la inducción (libro III) o la lógica de las ciencias «mo-
rales», esto es, humanas y sociales (libro VI). El propio Mill no le reco-
nocía a veces la entidad de libro sino más bien la de capítulo.
Por otra parte, tampoco se produjo ninguna contribución singular-
mente notable y menos aún decisiva dentro de la tradición de la Lógi-
ca de las facultades y de la «escuela de la experiencia», como el propio
Mill prefería decir frente a la llamada «escuela (o secta) empirista». Se
mantuvo durante algún tiempo y en determinados círculos su perspecti-
va mentalista, con intereses no solo analíticos sino explicativos y, en cierto
modo, preventivos de las falacias cognitivas. Pero apenas se supo sacar
partido de la novedad más sustancial de este planteamiento: la catego-
ría sistemática de los errores y falacias relacionados con las inferencias
inductivas. Puede que a esto contribuyeran tres factores de diversa im-
portancia: a) El hecho ya apuntado de que el propio Mill, aun llamando
239
L A S F A L A CI A S E N E L S I S T E MA D E L Ó G I C A DE J OHN S T UA R T MI L L
la atención sobre la inferencia empírica, no considerara los errores de
experimentación, ni otros sesgos de recolección y tratamiento de datos.
b) El rumbo que tomará la discusión en torno a la inducción a partir
de intervenciones como la de William Whewell (1840), Filosofía de las
ciencias inductivas fundada en su historia. c) La especialización ulterior
de la metodología de los errores y sesgos (experimentales, métricos, es-
tadísticos, etc.) dentro de las diversas ciencias empíricas.
Pero los motivos más decisivos, en la medida en que afectarán no
solo a la suerte del libro V sobre las falacias sino a la del propio Sistema
de Lógica en su conjunto, serán, por una parte, los cambios producidos
en la lógica británica de la segunda mitad del siglo XIX —inducidos no
solo por la aparición y desarrollo del álgebra de la lógica, sino por even-
tuales intereses hacia las paradojas (p. ej., en la línea de Lewis Carroll)
o hacia la lógica práctica (p. ej., en la línea de Alfred Sidgwick)—; y se-
rán, por otra parte, los nuevos problemas y planteamientos que marcan
la orientación de la filosofía y la teoría de la lógica desde principios del
siglo XX —por ejemplo, en las líneas husserliana o posfregeana—.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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se atiene a la versión francesa de Louis Peisse, Système de Logique déducti-
ve et inductive, (Librairie Philosophique de Ladrange, París, 1866, también
a partir de la 6.ª edic. inglesa), con el añadido ocasional de algún descuido
propio. (Hay una reimp. de esta versión francesa: Pierre Mardaga éditeur,
Lieja/Bruselas, 1988).
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334.
241
10
EL PULSO DE LOS PARALOGISMOS
EN LA LÓGICA VIVA DE VAZ FERREIRA
10.1. UNA FIGURA PARADÓJICA
La figura de Vaz Ferreira, vista a la luz de la Historia de la Lógica, pre-
senta un perfil algo paradójico. Su nombre no figura en ninguna Historia
de la Lógica, sea formal o informal. Sin embargo, su Lógica viva (1910)
es la muestra más lúcida y sugerente de lo que cabe entender por «ló-
gica civil» en la cultura hispana, una tradición Guadiana de apariciones
y desapariciones que se remonta al siglo XVI
1
. Más aún, su visión y tra-
tamiento de los paralogismos representa una contribución singular en
el proceso histórico de formación de nuestra concepción de las falacias
—aunque, por cierto, no hallara eco ni reconocimiento en su momen-
to—. Como colofón, mostraré que además no deja de apuntar algunas
ideas dignas de consideración en nuestros días.
Vayamos por partes. Para empezar, es notoria la invisibilidad de Vaz
Ferreira en la historia de la lógica. Con esto no me refiero a la invisibili-
dad genérica más o menos habitual de la mayoría de los filósofos que es-
criben en español tanto en su feudo cultural propio como en los extraños.
Me refiero, en primer lugar, a su falta de reconocimiento en el dominio
específico de la lógica. Sirva de muestra José Ferrater Mora: en el término
«Lógica» de su Diccionario de Filosofía, ninguna de las diversas lógicas
formales, informales o filosóficas, entre las que se cuentan lógicas vitales y
concretas, acoge a Vaz o su Lógica viva; ítem más, en la monografía de Fe-
1. Llamo «lógica civil» a una tradición del análisis lógico informal que se ocupa con
cuestiones más bien prácticas y de interés común, discurre en el lenguaje autóctono de la
comunidad de referencia y tiene un curso extraescolar o extracurricular, con apariciones
esporádicas. En nuestra cultura hispana se puede seguir su entrecortado curso desde Pe-
dro Simón Abril (1587) hasta Vaz Ferreira o Recaséns Siches en el siglo XX, pasando por
otros autores como Gracián, Mayans, Piquer, Feijoo o Balmes.
242
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
rrater (1957), Qué es la lógica, su nombre solo aparece como sujeto en un
ejemplo de enunciado de identidad: «Vaz Ferreira es igual al más conocido
filósofo uruguayo»
2
. Me refiero, en segundo lugar, a su falta de incidencia
efectiva o de repercusión en el curso histórico de la lógica: la obra de Vaz
discurre al margen no solo de los espectaculares avances coetáneos de la
lógica formal, sino de las sugerencias esporádicas que afloran en la lógi-
ca práctica o informal (p. ej., en la línea de Alfred Sidgwick y su Fallacies
[1884,
2
1890]). En este contexto, la Lógica viva se mantiene aislada como
un libro curioso, antes que como una contribución académica.
No han faltado intentos de explicación de la invisibilidad y del ais-
lamiento de la lógica vazferreiriana. Por ejemplo, Jorge Liberati achaca
su falta de continuidad en su propio medio académico al desvío de sus
principios e intereses por parte de las generaciones siguientes, un tanto in-
sensibles a la investigación sobre el lenguaje e inclinadas a otra suerte de
estudios, p. ej., sociales (1980: 85). Puede que otro factor de disconti-
nuidad haya sido el estilo analítico del propio Vaz, poco transferible en
la medida en que su sensibilidad y finura ante el discurso común parecen
irreducibles a cualquier rutina metódica. Lo cierto es que, según dejaba
entrever el ejemplo antes citado de enunciado de identidad que aducía
Ferrater, esta falta de eco en lógica contrasta con la resonancia de Vaz Fe-
rreira en la filosofía uruguaya y con su influencia en la cultura latinoame-
ricana, hasta el punto de ser considerado —junto con Rodó— un «for-
mador de generaciones» en ambos sentidos, el filosófico y el cultural
3
.
En todo caso, quizás al hilo de esta vindicación filosófica y, desde
luego, en la estela del moderno despegue y desarrollo de los estudios so-
bre la argumentación, la Lógica viva de Vaz parece haber cobrado nueva
vida. Podría tratarse, a primera vista, de una suerte de recuperación re-
trospectiva, de un «reinar después de morir» como suele decirse en caste-
llano en honor de Inés de Castro, reina consorte de Pedro I de Portugal a
título póstumo. No es un recurso insólito en historiografía de la Lógica:
2. Véase J. Ferrater Mora, Qué es la lógica, Columba, Buenos Aires, 1957,
3
1965,
p. 14. Las referencias al Diccionario de Filosofía se hacen a la edición póstuma actualiza-
da: Ariel, Barcelona, 1994, 4 vols.
3. Es un contraste que acusa, sin ir más lejos, el Diccionario de Filosofía de José Fe-
rrater Mora: baste comparar el trato que recibe en las voces «Lógica» —nulo— y «Vaz Ferrei-
ra, Carlos» —encomiástico—. Según Jorge Liberati (2005), tras inaugurar Vaz hacia 1910
con su Lógica viva una nueva forma de hacer filosofía, un puñado de profesores, filóso-
fos y pensadores, discípulos o seguidores de la generación siguiente, se sintió fuertemente
atraído por el fervor de una nueva lógica naciente. Pero es una idea sumamente genérica
la de esa nueva «lógica». Más bien se trata de una orientación filosófica hacia, y una vin-
dicación de, la experiencia integral y lo concreto, presentes en Eduardo Dieste, Luis Gil
Salguero, Juan Pedro Massera o Carlos Benvenuto, hasta alcanzar en parte la «lógica de
la inteligencia» de Arturo Ardao. A su vez, la influencia cultural de Vaz se hizo sentir, por
ejemplo, a través del semanario Marcha (1939) y se mantuvo durante la primera época de
los Cuadernos de Marcha (1967-1974).
243
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
así, se ha querido recuperar a un Leibniz inédito como padre fundador
de la lógica simbólica moderna o, luego, a Bolzano como precursor de
Tarski en virtud de su concepto de deducibilidad (Ableitbarkeit)
4
. Pues
bien, veamos cómo funciona este recurso de recuperación a propósito
de Vaz Ferreira. Creo que hay dos casos de retroproyección especialmen-
te notables: uno nos remite a la lógica informal, el razonamiento crítico o
el estudio de la argumentación en general; el otro, en particular, a cier-
tas cuestiones que se resisten a una resolución única y terminante, y que
han de ser objeto de ponderación y deliberación.
10.1.1. La Lógica viva y el campo de la argumentación
Varios lectores de la Lógica viva en nuestros días han visto en ella un pre-
ludio de diversas ramas actuales del estudio de la argumentación: «el pen-
samiento crítico» (Piacenza, 1989), la «lógica de la argumentación» y
la «lógica informal» (Andreoli, 1996), la «lógica de la inteligencia» o la
«teoría de la argumentación» (Ardao, 2000). Se supone que con estas ra-
mas comparte al menos tres aspectos dignos de atención:
a) la referencia al lenguaje común y a casos concretos en distintos ám-
bitos del discurso público (académico, político, cotidiano) como campo
de aplicación del análisis;
b) el carácter lógico informal de este análisis y de sus medios reflexi-
vos y ponderativos de detección y evaluación de confusiones, errores y
malentendidos («paralogismos»);
c) los propósitos educativos, no solo críticos sino terapéuticos de
esta empresa que, a su vez, ha sido calificada como «analítica del error»
(Arias, 1948: 104), «semiótica del error» (Liberati, 1980: 10) y «tera-
péutica del lenguaje» (Andreoli, 1993).
No estará de más recordar lo que decía Vaz a este respecto en una
conferencia pedagógica (1915). Allí distinguía claramente entre la lógi-
ca formal abstracta o teórica, por un lado, la lógica aplicada o metodo-
logía, por otro. Y añadía:
… el vacío de la enseñanza práctica de la lógica, una lógica para la vida, una
lógica sacada de la realidad y utilizable para la realidad. <…> Pienso que
la dirección sería parecida a la que yo he procurado seguir en un modesto
ensayo: tratar de estudiar, pero en la realidad viviente, en las discusiones
de los hombres, en las conversaciones, en resumen, en la realidad de la vida
práctica, las causas más frecuentes del error y las formas que el error toma
habitualmente en la vida (citado en Ardao, 2000: 60-61).
4. Véase, p. ej., J. Danek, Les projets de Leibniz et de Bolzano, deux sources de la
logique contemporaine, Presses de l’Université de Laval, Quebec, 1975.
244
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Según Vaz, las tres lógicas serían disciplinas necesarias y complemen-
tarias, de modo que el reconocimiento de la tercera no llevaría en abso-
luto a la exclusión de las otras dos, en particular de la primera (la lógica
formal), valiosa tanto por la verdad que encierra como por los servicios
que prestan su precisión y el ejercicio de sus reglas.
Por lo demás, no solo este interés por las conversaciones y las cues-
tiones de la vida práctica es una marca del ensayo emprendido en la Ló-
gica viva. Otro sello de su originalidad es su orientación y su sentido al
partir de la psicología y proyectarse hacia una ética del entendimiento: de
ahí procede la preocupación primordial del autor por la detección, la de-
nuncia y la disolución de nuestras habituales confusiones.
10.1.2. La Lógica viva en el terreno de la deliberación
Dentro del marco general recién esbozado, hay una anticipación particu-
lar que hoy está mereciendo singular atención: se trata de un combinado
de argumentación práctica y deliberación pública que Núñez (2008) deno-
mina «lógica de las discusiones». Puede que esta denominación obedezca
al capítulo de la Lógica viva que Vaz titula «La lógica y la psicología de las
discusiones, etc.». Pero, a mi juicio, su lugar propio es el capítulo dedicado
a discernir entre las cuestiones explicativas y las normativas
5
.
Las cuestiones normativas presentan, para empezar, ciertos rasgos
distintivos (Vaz Ferreira 2008b: 87-89, y apéndice, 96 ss.):
i) consisten en problemas prácticos de acción o de seguimiento de
un ideal, es decir, se trata de hacer lo preferible, lo indicado o lo debi-
do en el caso dado;
ii) carecen de solución perfecta o, cuando menos, de una solución
única y forzosa;
iii) su discusión baraja alternativas que son objeto de comparación y
confrontación mediante un examen y evaluación de sus respectivas venta-
jas e inconvenientes, valores que, por cierto, no se dejan reducir a cuan-
tificación o, en general, a una métrica exacta;
iv) la preferencia por una opción puede acusar el peso no solo de
esas razones, sino de ciertos motivos subjetivos, amén de responder a
diferencias de temperamento.
5. Cf. Núñez (2008). «La lógica y la psicología de las discusiones» se ocupa de la di-
ferencia entre el componente lógico y el efecto o impacto psicológico, no siempre acordes
en la argumentación, véase Vaz Ferreira (2008b: 152 ss.), mientras que «Cuestiones expli-
cativas y cuestiones normativas» (ibid.: 87-106) no solo procura distinguir unas de otras
—p. ej., en razón de que las primeras se prestan a procedimientos metódicos o estanda-
rizados y a una solución única, pero no así las segundas—, sino que confía el tratamiento
de las normativas a una suerte de deliberación reflexiva y ponderativa, especialmente re-
levante en el presente contexto.
245
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
Más tarde, Ardao (1961: 47) añadirá como rasgo (v) la pluralidad
de fundamentos de elección igualmente legítimos.
Su tratamiento discursivo envuelve, en segundo lugar, tres fases prin-
cipales: 1) la investigación y determinación de todas las soluciones u op-
ciones posibles; 2) el estudio y la valoración de las ventajas y los incon-
venientes de cada una de ellas; 3) la elección efectiva, en función de las
condiciones y circunstancias concurrentes de acuerdo con los rasgos (ii),
(iii) y (iv) antes señalados.
Por último, este proceso no es inmune a confusiones y paralogismos
típicos. Uno de alcance general reside en confundir la elección pondera-
da, propia y peculiar de estas cuestiones normativas, con la solución per-
fecta, única o cabal, que demandan las cuestiones explicativas. Otros son
más bien específicos de cada una de las fases. Así, en la fase 1), podemos
incurrir en la ignorancia o la omisión de posibles alternativas, o en falsas
o forzadas oposiciones; en la 2), podemos descartar una alternativa sim-
plemente por presentar algún inconveniente, o negar o atenuar los con-
tras de la opción preferida o los pros de las opciones opuestas a ella; en
la 3), podemos tratar esa opción preferida como si fuese efectivamente la
solución obligada o la única pertinente, o apelar a una pseudométrica de
la cuantificación o de la falsa precisión para fijarla y establecerla.
El creciente auge de la deliberación pública a partir de los años ochen-
ta puede invitarnos a ver retrospectivamente en estas indicaciones una
aproximación original y sustantiva. Ahora bien, para llegar a los progra-
mas contemporáneos sobre esta «esfera del discurso público», faltarían
unos pocos —si bien decisivos— pasos. A saber:
a) Tratar un asunto de interés y de dominio públicos —condición
que de hecho cumplen varios ejemplos tratados en la Lógica viva como
el divorcio, la adscripción a un partido político, las formas de gobierno,
etc. (cf. 2008b: 98-106)—.
b) Habérselas con una pluralidad no solo de alternativas, sino de
posibles aspectos o dimensiones de la cuestión, así como ponderar ex-
presamente los méritos respectivos de las opciones en juego
6
, de acuer-
do con ciertas normas lógicas, institucionales y éticas, establecidas o al
menos convenidas.
c) Considerar no solo proposiciones o aserciones teóricas e imperati-
vos o directivas prácticas derivadas, sino más específicamente propuestas.
6. Punto que ha propiciado incluso algún ensayo en la dirección de una métrica de la
ponderación, sin mucha fortuna por el momento (cf., p. ej., R. Alexy, «La fórmula del peso»,
adenda a su Teoría de la argumentación jurídica, CEPC, Madrid,
2
2007, pp. 349-374). Lo
cierto es que aún nos movemos dentro del campo metafórico de la «balanza de la razón»
(trutina rationis), abierto y explorado inicialmente por Leibniz, y donde conviene cuidarse
de lo que Vaz llamaba «falsas precisiones».
246
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
En cualquier caso, a pesar de su interés y poder de sugerencia, la
significación histórica de la Lógica viva no estriba precisamente en es-
tas retroproyecciones, un tanto genéricas y aproximativas, sino además
y sobre todo, en una contribución específica a nuestra idea moderna de
falacia: su visión y tratamiento de los paralogismos.
10.2. EL PARALOGISMO COMO CONTRIBUCIÓN A LA FORMACIÓN
DE LA IDEA MODERNA DE FALACIA
Con el fin de situar en la historia efectiva del tema de las falacias la con-
tribución de Vaz, traigamos una vez más a colación aquí dos tradicio-
nes principales que han venido conformando nuestra concepción de
falacia: la discursiva y la cognitiva. En la tradición discursiva, que cabe
remontar al ensayo Sobre las refutaciones sofísticas de Aristóteles, se
adopta una perspectiva más bien analítica y normativa sobre la comi-
sión de falacias; las falacias se entienden como vicios discursivos cen-
surables, de modo que suponen un contexto expresamente argumen-
tativo; y cobran especial importancia su detección y prevención. En
la tradición cognitiva, donde también cuentan raíces más modernas
como los ídolos de Francis Bacon, se adopta una perspectiva más des-
criptiva, las falacias se consideran errores —y fuentes de error— cogni-
tivos, antes que discursivos, y merecen especial atención su generación
y explicación. Como ya sabemos, estas dos tradiciones no representan
alternativas de suyo incompatibles ni excluyentes, sino que, por lo re-
gular, marcan tendencias que se dejan sentir con mayor o menor peso
en diversos autores. Así, los paralogismos reciben en Vaz un tratamien-
to combinado, aunque en la Lógica viva prevalece la segunda orienta-
ción y se presta mayor atención a ciertos aspectos naturalistas, como
los modos y las causas de incurrir en el error, que a otros tradicional-
mente analíticos, como unas normas de evaluación y corrección de la
argumentación o unos criterios de discernimiento.
Pero no son precisamente estos los puntos que mejor determinan la
significación histórica de la idea de paralogismo, sino otros relacionados
con la originalidad y la singularidad de esta contribución en su momento.
10.2.1. Fuentes de inspiración e ideas propias
Desde Arias, si no antes, es un lugar común referirse a una triple fuen-
te de inspiración de las ideas de Vaz: el empirismo y el psicologismo proce-
dentes de Mill, el pragmatismo de James y la corriente de la conciencia
viva desvelada por Bergson (Arias 1948: 99 ss., 105-106). A estas fuen-
tes cabría sumar el trato con otros autores como Nietzsche, por ejem-
247
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
plo, pero creo que su influencia no es tan palpable en la Lógica viva.
También podemos considerar que la recepción crítica de Mill y la orien-
tación autónoma de Vaz a partir de las falacias de confusión del libro V
de System of Logic marcan de modo especial la noción de paralogismo.
Para empezar, la Lógica viva se mueve en el marco cognitivo milliano
de una filosofía del error: no en vano sus comentadores suelen hablar a
este respecto de una «analítica del error» (Arias 1948: 104), una «semió-
tica del error» (Liberati, 1980: 10) o, en suma, una «filosofía del error»
(Claps, 1950: 12). Arias se muestra más explícito: la Lógica viva viene a
ser «una psico-lógica que tiende a mostrar en distintos campos (las dis-
cusiones cotidianas, la educación y la ciencia principalmente) las raíces
del error. Su intención es normativa, pedagógica, y está orientada por
una concepción empirista y psicologista que tiene su antecedente más
directo en Stuart Mill» (1948: 105). Pero es el propio Vaz quien declara
la clave de esta recepción de Mill y de su reorientación posterior.
En el detenido tratamiento de las falacias que cubre el libro V de
System of Logic, Mill había introducido una clase inédita y algo indetermi-
nada, con cierto aire de cajón de sastre: las falacias de confusión, es de-
cir, errores discursivos cometidos por un pensamiento confuso e indistinto
como el que incurre inadvertidamente en ambigüedad, petición de prin-
cipio o ignorancia de la cuestión —fallos que, una vez advertidos, pueden
parecer sorprendentes «en un espíritu sano»—
7
. Vaz recoge esta propues-
ta, pero ya en «Un paralogismo de actualidad» (1908) hace notar que no
constituyen en realidad una clase de falacias, sino un modo de caer en
ellas, sea cual sea su clase.
De manera que habrá diversos modos psicológicos de caer en las falacias:
sin razonar o casi sin razonar <…>; razonando muy confusamente, menos
confusamente, y así por grados hasta el caso en verdad menos común del
mal raciocinio distintamente concebido (Vaz Ferreira 2008a: 34).
Por lo demás, su comisión no revelaría solo incompetencia, poca in-
teligencia o falta de instrucción, pues tales paralogismos también pueden
darse de forma «incipiente, indecisa, subdiscursiva» en mentes preparadas
(ibid.: 35). Estas observaciones llevan a reconocer diversos modos de incu-
rrir en usos —o de hallarse en estados— paralogísticos, en particular: a) un
modo explícitamente discursivo; b) un modo confuso pero explicitable; c)
un modo confuso e irreducible al discurso expreso o, al decir de Vaz, «sub-
discursivo» o «prediscursivo», que sería el más común y característico
8
.
7. Véase J. S. Mill, A System of Logic, Ratiocinative and Inductive… [1843], V, On
Fallacies. En Collected Works, vol. VIII**, ed. de J. M. Robson, Routledge, Londres 1974,
cap. II, §§ 2-3, pp. 742-745.
8. Véase Palladino (1962: esp. 170, 173).
248
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Esta revisión obedece a una profunda convicción formulable en es-
tos términos: «lo que expresamos es una mínima parte de lo que pen-
samos y lo que pensamos es una mínima parte de lo que psiqueamos [es
decir, de lo que vivimos intelectual, sensitiva y afectivamente]»
9
. De este
supuesto se desprende un par de ideas básicas de la «psico-lógica» de Vaz:
i) ni los esquemas verbales, ni menos aún los patrones lógicos, pueden
imponerse y ahormar los procesos psicológicos; ii) hay una actividad psí-
quica fluida pre- o subdiscursiva ignorada o desatendida por la lógica
tradicional. Ambas ideas se oponen a la pretensión clásica del análisis ló-
gico de atenerse al razonamiento expreso (2008b: 190), que es, por cier-
to, una directriz congruente con la concepción tradicional de los sofis-
mas como falacias clara y distintamente concebidas (ibid.: 34-35, 46).
Frente a esta idea de sofisma, los paralogismos que a Vaz Ferreira le im-
porta detectar y examinar vienen a ser procesos por los que caemos —o
nos encontramos— en estados de neblina que tiñen, velan o enturbian
nuestra mente, «nos impiden ver y pensar con justeza» (ibid.: 144)
10
.
La singularidad de este planteamiento de los paralogismos sube de
punto si se tiene en cuenta que, según todos los visos, responde a una
evolución de su propio pensamiento en torno a dos supuestos críticos co-
nexos: a) la esquematización ejercida por el lenguaje sobre el pensamiento
y por el pensamiento mismo sobre la fluidez mental psíquica; y en conse-
cuencia, b) la inadecuación del pensamiento para representar la realidad
mental y, más aún, la inadecuación del lenguaje tanto con respecto al pen-
samiento y el discurrir mental —tema recurrente en 1910— como con
respecto a la realidad —tema ya presente en 1908—
11
. La inadecuación
lingüística, según 1908, se debe a la naturaleza misma del lenguaje y, en
particular, al esquematismo impuesto por el uso insoslayable de unos tér-
minos como los generales. Esta disposición esquematizadora no solo cons-
tituye una limitación, sino que puede ser una fuente de errores y confu-
siones, por ejemplo, entre el lenguaje y la realidad cuando proyectamos
sobre las cosas mismas presuntas contradicciones generadas por los usos
lingüísticos. Pero la actitud de Vaz ante el lenguaje no se limitará a ser
tan simple y unívoca. Por un lado, en su Curso expositivo de Psicolo-
9. Esta formulación se encuentra en Claps (1979: xxii).
10. En ocasiones, Vaz lamenta verse obligado a esta suerte de expresiones metafó-
ricas para dar cuenta de los fenómenos confusos e innominados aludidos: «Me desespera
tener que usar estas metáforas < ‘teñir’, ‘velar’, ‘enturbiar’, etc.>: el lector querrá inter-
pretarlas de acuerdo con la buena psicología» (2008a: 35). Cf. también una acotación en
análogo sentido a propósito de lo que, en otro contexto, denomina «instinto lógico» o
«buen sentido hiperlógico» (2008b: 193, n. 1).
11. Según Ardao (1996: 14-15), esta evolución en torno al esquematismo y la inade-
cuación lingüística y cognitiva arranca de 1903. Con todo, las relaciones entre el plano
lingüístico y el plano conceptual no dejaron de ser un tanto imprecisas, por contraste con
las planteadas entre ambos planos y el de la realidad.
249
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
gía elemental (1897) encarece los servicios del lenguaje como medio de
clasificación —los términos generales recogen clasificaciones elaboradas
por nuestros antecesores—, y como vía de análisis —pues la necesidad
de expresar nuestras ideas las aclara y define en nuestro espíritu—; am-
bos tipos de servicios bastan para comprender la utilidad inapreciable
del lenguaje. Por otro lado, en (1908) y (1910) como ya sabemos, hace
constar su inadecuación por naturaleza —principalmente debida al es-
quematismo de los términos generales— no solo para la representación
de la realidad, sino con respecto al pensamiento y el discurrir mental.
De ahí se desprenden unas limitaciones del análisis lógico tradicional que
conviene recordar, en especial esta: «Los hechos fundamentales olvida-
dos por la lógica clásica eran dos: el carácter fluctuante, vago y apenum-
brado de las connotaciones de los términos, y la no adecuación comple-
ta del lenguaje para expresar la realidad» (2008b: 189)
12
.
O, peor aún, podemos encontrarnos con un vivero de errores y con-
fusiones entre todos estos planos. Pero esto no será todo si, dando un
paso más allá para situarnos en un plano reflexivo superior, reparamos
en que la verdadera misión de las palabras es depararnos esquemas para
pensar (2008b: 187), y en el servicio que esta función puede rendir en
determinados dominios restringidos, p. ej., en matemáticas. Por último,
Vaz no deja de señalar las expectativas de una nueva época en nuestros
tratos con el lenguaje, pues con el afinamiento de nuestro sentido crí-
tico si, de una parte, aprendemos a usar mejor el lenguaje (2008a: 44),
de otra parte, también estamos aprendiendo a independizarnos de las
palabras (2008b: 36).
10.2.2. La significación del concepto de paralogismo
Más allá de estas consideraciones sobre la singularidad del estudio de los
paralogismos, a la luz de sus antecedentes y de su marco conceptual en Vaz
Ferreira, la idea misma de paralogismo representa, siquiera virtualmente,
una aportación original y sustantiva en un doble sentido: tanto i) a la iden-
tificación y tratamiento de una determinada variedad de falacias, como
ii) a la compleja formación de nuestra idea moderna de falacia
13
. En el pri-
12. No son estos los únicos reproches que podría merecer la lógica tradicional a jui-
cio de Vaz: cabría añadir su inadaptación y falta de respuesta ante las exigencias de unos
usos discursivos concretos y prácticos y, por añadidura, su ocultación o suplantación de
los complejos procesos que envuelven por lo regular las discusiones, como el modo de pre-
sentarse la cuestión, los planos mentales en que sitúan los interlocutores o la ponderación
pertinente de los grados de resolución razonable que admite.
13. Hablo de representación siquiera virtual, es decir: de lo que podría haber repre-
sentado, para reiterar el hecho de que esa aportación fue ignorada en su momento y hoy
se mantiene aún en una especie de limbo.
250
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
mer caso, recordemos la nueva perspectiva de los modos graduales de con-
fusión más o menos inadvertida que componen la mayor parte de los pa-
ralogismos según Vaz, frente a la constitución expresa y la taxonomía fija
de las falacias tradicionales; así como también podemos reparar, en par-
ticular, en ciertas modalidades de paralogismos dentro de esa perspectiva
—p. ej., la falsa oposición o la falsa precisión—, que al publicarse la Lógica
viva no se encontraban ni eran previsibles en los catálogos escolares. Para
apreciar, en el segundo caso, la significación de la idea de paralogismo
en el contexto de la formación de nuestra idea moderna de falacia, ha-
gamos un breve recordatorio de sus características principales.
a) Un paralogismo consiste, para empezar, en un error cognitivo-
discursivo, que no es simplemente casual u ocasional, sino que represen-
ta un sesgo frecuente y por añadidura sintomático de una disposición o
un proceder generadores típicos de errores.
Una versión moderna de esta concepción podría ser la propuesta por
Fogelin y Duggan, cuando dicen que usamos el término «falacia» para cri-
ticar «cualquier procedimiento general empleado en la fijación de creen-
cias que tiene una tendencia inaceptablemente alta a generar creencias
falsas o infundadas con respecto a ese procedimiento de fijar creencias»
(1987: 257).
b) Los paralogismos constituyen además falacias de confusión en el
sentido declarado en Vaz «Un paralogismo de actualidad» (véase 2008a:
34-35): es decir, se dan en realidad como casos y modos de comisión,
más o menos inadvertida, no como clases netas o especies naturales, se-
gún daba en suponer la lógica tradicional. De ahí proceden sus pecu-
liares problemas de detección y de diagnóstico, hasta el punto de que a
veces se hacen sentir «instintivamente» antes que dejarse definir como
razonamientos expresos (véase el capítulo «Valor y uso del razonamien-
to» de Lógica viva, 2008b: 190-193, en especial). Puede haber, sin em-
bargo, ciertos indicadores morfológicos, por ejemplo, el uso de términos
como «no…, sino…» para llevar una contraposición entre alternativas al
extremo de su exclusión mutua en contextos en los que dichas alterna-
tivas resultan complementarias o tienen lugar no de modo absoluto sino
gradual (véase Liberati, 1980: 24 ss.). Por otra parte, el análisis de casos y
de modos de comisión efectiva de paralogismos también puede eviden-
ciar ciertas modalidades o formas típicas de cometerlos: la falsa oposi-
ción, el pensar por sistemas antes que por ideas que tener en cuenta, la
cuantificación indebida o la falsa precisión, las confusiones de planos
(lingüístico-real) o de cuestiones (de palabras y de hechos, normativas y
explicativas), las falacias verbo-ideológicas.
c) Por lo que se refiere a la explicación o etiología de los paralogismos,
Vaz considera dos tipos de generadores: unos son a su juicio más básicos
251
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
y cabría calificarlos de «naturales» en la medida en que se derivan de la
naturaleza misma del lenguaje; los otros tienen que ver más bien con las
disposiciones o actitudes propias de quien los comete. En el primer caso,
nos encontramos con la generalidad y el esquematismo consabidos del len-
guaje referencial. En el segundo caso, nos encontramos con malos hábitos
cognitivos o con actitudes indebidas de autoafirmación, obstinación, etc.
d) El tratamiento de estos errores es delicado y complejo. En princi-
pio, no hay un procedimiento efectivo de inmunización frente a ellos
—pueden darse inopinadamente en personas competentes y razonables—.
En su lugar, cabe recurrir a medidas reflexivas y prudenciales, en parti-
cular dos: 1) prestar atención a los modos como se suele caer en para-
logismos, y 2) adoptar en consecuencia las debidas cautelas para preve-
nirlos y, en la medida de lo posible, evitarlos. Por otro lado, para estos
efectos de tratamiento, no hemos de limitarnos a los recursos lógicos
del razonamiento expreso; también habrá que contar con otros recur-
sos «instintivos» y ciertas habilidades coadyuvantes ganadas con la expe-
riencia discursiva, como un «instinto empírico» o un «instinto lógico» o
el «buen sentido hiper-lógico» (véase 2008b: 190-193 en especial)
14
.
A pesar de las dificultades de detección y prevención de los paralogis-
mos, su estudio no deja de tener un propósito crítico y terapéutico, el de
salir al paso y deshacer confusiones habituales en la práctica común del
discurso. El objetivo terapéutico ha sido destacado por diversos comen-
tadores de los textos lógicos de Vaz Ferreira, por ejemplo, por Andreoli:
[El mencionado objetivo] se vincula con el análisis de las confusiones ver-
bales y equivocaciones en cuanto a la naturaleza de los problemas, produ-
cidas ya sea por interferencias provenientes de hábitos intelectuales, como
por distorsiones generadas por actitudes y expectativas que tienden a au-
toverificarse y, más profundamente aún, por la inadecuación del lenguaje
14. El razonamiento es útil cuando concurren ciertas condiciones: 1) que los que razo-
nan o discuten se encuentren en el mismo plano; 2) que su espíritu no esté unilateralizado,
ni prevenido intelectual o afectivamente por sistemas; y 3) que se razone y discuta para averi-
guar la verdad, no para triunfar. Pero aun supuestas estas condiciones, «no hay que creer que
el raciocinio, tal como estamos acostumbrados a ejercitarlo, sea todo y sea siempre bastante»
(2008b: 191). Hay un buen sentido hiperlógico que ayuda a resolver cuestiones de grados
(ibid.: 147) y a controlar y completar el raciocinio (ibid.: 192). Así pues, «cuando hemos vis-
to y pesado por el raciocinio las razones en pro y las razones en contra que hay en casi todos
los casos, cuando hemos hecho toda la lógica (la buena lógica) posible, cuando las cuestiones
se vuelven de grados, llega un momento en que una especie de instinto —lo que yo llamo el
buen instinto hiper-lógico— es el que resuelve los casos concretos. Y sería bueno que la ló-
gica no privara a los hombres de esta forma superior de buen sentido» (ibid.: 147). Se trata-
ría de «una especie de instinto que sale de la experiencia general, que es como un resumen y
concentración de la experiencia y que nos indica más o menos, que nos hace sentir aproxi-
madamente cuál debe ser aquel grado más justo» (ibid.: 193). Vaz, según es bien sabido, no
se sentía muy feliz con expresiones como «instinto empírico» o «instinto hiper-lógico».
252
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
tanto respecto al pensamiento que quiere expresar como en relación con la
complejidad a la que pretende referir (1993: 10-11).
Ardao, a su vez, sostiene que buena parte de la Lógica viva puede
remitirse a una teoría del malentendido. Las dos fuentes de las falacias
y los paralogismos son el ejercicio equivocado o la malograda expresión
del pensamiento propio, de donde se derivan los malentendidos del no
entendimiento o de la no comprensión del pensamiento ajeno, bien por
fallos de emisión, bien por deficiencias de recepción (1996: 32-33; las
cursivas se encuentran en el original).
En todo caso, por decirlo en unos términos tomados del análisis mo-
derno de las falacias, Vaz parece inclinarse hacia una teoría del daño repa-
rable (injury theory), objeto, por otra parte, de estimación y tratamiento
gradual, antes que hacia una teoría del error incorregible y fatal (fata-
lity theory) que da completamente al traste con el argumento
15
. Por lo
demás, Vaz también sabe reconocer en determinadas usos y contextos
paralogísticos ciertos aspectos posiblemente estimulantes (p. ej., en la
falsa oposición, 2008b: 67-70), o razonables (p. ej., en la falsa preci-
sión, 2008b: 118-119), de modo que los efectos o las secuelas de las
disposiciones o procedimientos matrices de paralogismos también pue-
den resultar no solo negativos sino positivos, aunque en el balance final
tiendan a prevalecer y sean más graves los negativos hasta el punto de
requerir una atención especial y un tratamiento crítico.
Recapitulando esta caracterización de los paralogismos, podemos des-
tacar los tres aspectos siguientes. En primer lugar, dada su condición
psico-lógica concreta, consisten en procesos, estados o disposiciones nor-
malmente detectables y evaluables por sus síntomas, efectos o secuelas,
incluso en el caso de darse en un nivel pre- o subdiscursivo y hacerse
sentir antes que amoldarse a nuestros esquemas verbales, a nuestros pa-
trones lógicos o, en general, a sus trasuntos escolares. En segundo lu-
gar, constituyen —o inducen a— confusiones, sesgos o distorsiones en
las que se incurre con facilidad y con menor, mayor o a menudo total
inadvertencia. Se hallan muy extendidos en el discurso común y en al-
gunos especializados (como el político o el filosófico), y son difíciles de
prevenir, aunque algunos puedan parecer pueriles tras ser detectados.
Por último, desde un punto vista cognitivo-discursivo, son no solo erro-
res, sino fuentes de error con serias repercusiones tanto en el orden del
pensamiento —donde pueden llevar a la ofuscación y la falta de entendi-
miento— como en el terreno de la acción —donde pueden llevar a la inac-
15. Véase J. A. Blair, «The place of teaching informal fallacies», en H. H. Hansen y
R. C. Pinto (eds.), Fallacies. Classical and contemporary readings, The Pennsylvania State
University Press, University Park (PA), 1995, p. 333 en particular.
253
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
tividad—. En esta perspectiva no representan fallos ocasionales o errores
esporádicos, sino tendencias o hábitos constitutivos de vicios.
Con todo, no sería cabal la imagen de la contribución, siquiera vir-
tual, de la idea vazferreiriana de paralogismo a la concepción histórica de
las falacias sin contemplar asimismo a esta luz sus limitaciones y sus de-
ficiencias. También podemos contraerlas a tres muestras especialmente
significativas:
1.) La ausencia de una infraestructura pragmática, que malamente
podrían compensar las referencias psicológicas a procesos mentales, dis-
cursivos o subdiscursivos
16
.
2) La adopción, tal vez inconsciente e ingenua, de un punto de vis-
ta monológico que induce a considerar productos verbales o textuales
antes que procedimientos o procesos de interacción argumentativa. No
faltan alusiones a situaciones dialógicas, p. ej., a la dinámica de la dis-
cusión y a la diferencia entre la constitución o el carácter del mensaje y
su recepción o impacto psicológico. Pero, incluso en estos casos, el foco
de atención crítica se dirige a la confrontación entre individuos y a la ge-
neración de malentendidos, antes que a una efectiva interacción discur-
siva. Puede ser sintomática en este sentido la ignorancia de la dinámica
interactiva existente entre los sofismas, fraudes deliberados, y los para-
logismos, fallos o errores inadvertidos.
3) El papel confiado al talento analítico y al olfato crítico personal,
que se hace tanto más llamativo cuanto más se hace notar la falta de una
teoría propiamente dicha de la detección, prevención y disolución de los
paralogismos. Pero esas referencias psico-lógicas, por lo demás impre-
cisas, ¿podrían considerarse un sucedáneo aceptable de los medios con-
ceptuales y metódicos que demanda el estudio de las falacias o, al me-
nos, un recurso eficiente mientras vamos cubriendo nuestras carencias
teóricas y analíticas? Es evidente que no. Menos aún si Vaz se considera
condenado —y de paso nos condena— a esquematismos o a penumbras.
A la luz de lo que hoy vamos sabiendo sobre sesgos y heurísticos, es evi-
dente que Vaz también resulta víctima de una pobre psicología.
10.3. IDEAS PARA TENER EN CUENTA EN EL CAMPO ACTUAL
DE LA ARGUMENTACIÓN
Para terminar y como colofón de esta revisión de la contribución de Vaz al
concepto moderno de falacia, propongo trasladar sus ideas sobre los para-
16. La situación aún es peor si se repara en el carácter especulativo de la «psicología
bergsoniana» de Vaz, muy alejada de los actuales desarrollos en psicología de la mente y
en ciencias cognitivas.
254
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
logismos desde su lugar psico-lógico de origen hasta el campo actual de la
argumentación para considerar sus posibles sugerencias o «ideas para te-
ner en cuenta» en este terreno. No faltarán, por cierto, proyecciones sobre
otros campos vecinos o, en parte, solapados —p. ej., zonas de la filosofía
de la lógica o de la psicología cognitiva— que no podré considerar aquí.
De entrada, el planteamiento de Vaz propicia una visión de la argu-
mentación como una suerte de iceberg discursivo, cuya parte oculta o
«sub-discursiva» es mucho mayor que la porción visible, el argumento
explícito. Pero esta imagen, como ya he apuntado, nos conduce hoy a la
pragmática de las relaciones entre lo implícito y lo explícito antes que a
la psicología supuestamente pre-lingüística o sub-lingüística de la Lógica
viva. El trasfondo marino del iceberg de la argumentación no son preci-
samente las corrientes de la vida mental, sino más bien el tejido lingüís-
tico de la comunicación y la conversación entre los agentes discursivos
—donde el diálogo o la deliberación de uno consigo mismo, lejos de ser
el caso paradigmático, solo es un caso derivado y límite, punto que qui-
zás el propio Vaz habría asumido a pesar de su monologismo ingenuo—.
Así pues, el traslado propuesto también lleva a modificar lo que se en-
tiende por paralogismo o por falacia en general: ya no consistirá en una
disposición o un estado del espíritu, o en un modo de pensar —y menos
aún de psiquear—, sino en una actividad discursiva que tiene lugar en un
contexto y con un propósito argumentativos (para dar cuenta y razón
de algo a alguien, o para inducirle a creer o hacer determinadas cosas,
por ejemplo). Todo lo cual supone, en fin, contar no solo con las dimen-
siones «pluriagenciales» —si se me permite la expresión para hablar de
varios y diversos interlocutores o agentes— e interactivas del discurso
argumentativo, sino con las perspectivas pertinentes para su visión y re-
conocimiento, p. ej., la dialéctica o la retórica, más allá de los aspectos
lógicos y psicológicos en los que se detiene Vaz Ferreira
17
.
Por otra parte, en nuestro marco argumentativo actual, las referencias
a los paralogismos como errores o fuentes de error en el sentido de usos o
disposiciones concretas, frente a la idea tradicional de unas clases o patro-
nes generales de falacias, suscitan un punto delicado. Sea C un contexto
discursivo dado: ¿cabe distinguir entre el empleo falaz de un argumento
en C y el empleo de un argumento falaz en C? Una consecuencia de la dis-
tinción sería admitir, en el primer caso, la posibilidad de un uso falaz o pa-
ralogístico de un buen argumento, posibilidad no contemplada por quien
se atenga únicamente al segundo caso. Vaz, a tenor de sus observaciones
17. Es sintomático que en las ocasiones en que advierte la incidencia de las mane-
ras de presentar opiniones, planteamientos, ejemplos o argumentos, solamente se refiera
a sus efectos psicológicos por contraste con los lógicos, sin contemplar su condición re-
tórica —quizás bajo el influjo de una vieja idea de la retórica como mera oratoria—; cf.,
p. ej., 2008b: 110-111, 152-158, 178, 198-199.
255
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
críticas al planteamiento de las falacias de confusión por parte de Stuart
Mill y de su insistencia en los modos concretos de incurrir en usos o esta-
dos paralogísticos, apoyaría no solo esta distinción, sino la prioridad del
primer caso sobre el segundo. Una postura más radical, favorecida por la
visión de la argumentación desde el punto de vista de la retórica, lleva a
reducir el segundo caso al primero al sostener que los distintos usos de
un mismo (patrón de) argumento conforman y determinan en realidad
distintos argumentos en sus contextos de empleo. Pero, sin dar este paso
reductor, también cabe reconocer la posibilidad de casos prácticamente
indistinguibles o inciertos entre ambos extremos.
Supongamos, en todo caso, que nos encontramos no solo con usos
falaces concretos sino también con esquemas o falacias típicas reconoci-
bles. ¿Cabría pensar en estas clases o tipos reconocidos de falacias como
si fueran cristalizaciones de prácticas discursivas relativamente comunes
y arraigadas, antes de pasar a su registro escolar en los catálogos o los
manuales? Esta sugerencia casaría perfectamente con algunos rasgos de
los paralogismos vazferreirianos: su comisión fácil y frecuente, por lo
regular inadvertida; su arraigo y la dificultad de erradicarlos; su natu-
ralidad, en suma.
Creo que además la idea podría rendir importantes servicios al es-
tudio teórico de la argumentación falaz. Dos, en especial. Por un lado,
podría contribuir a explicar el atractivo y la capacidad de confusión o
el poder de engaño que normalmente se atribuye a este género de dis-
curso. Por otro lado, podría abrir una interesante perspectiva analítica
en el tema de las falacias, dentro de la tradición cognitiva naturalista.
Los dos servicios descansan en un mismo supuesto básico: la considera-
ción de los paralogismos como casos o modos de mal funcionamiento
de unas habilidades discursivas en las que solemos confiar. Un mal fun-
cionamiento que, a la luz de la distinción convencional entre paralogis-
mos —fallos inadvertidos— y sofismas —fraudes deliberados—, puede
ser más bien endógeno y «espontáneo», como el fallo producido en el
discurso monológico del propio agente, o más bien exógeno e induci-
do como el error o la confusión producidos en el receptor por el éxito
de una estrategia sofística del emisor del discurso. Ahora bien, en todo
caso, ese mal funcionamiento no es un fallo ocasional, sino que repre-
senta una tendencia con una inversión de signo: un modo de proceder
que en ciertos contextos y con ciertos usos podría tener ciertas virtudes
estimulantes, en otros ámbitos de aplicación y con otros usos constitu-
ye un vicio. Según esto, los paralogismos o las falacias en general, lejos
de reducirse a meras disfunciones, constituyen confusiones habituales y
errores de cierta trascendencia, amén de ser censurables como prácticas
incorrectas; son vicios, hábitos o disposiciones perniciosas que piden
corrección. Por vicioso o viciado en este contexto podemos entender un
256
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
procedimiento discursivo que, sin necesidad de ser deliberadamente
perverso, conduce normalmente a la adopción o al mantenimiento de
creencias injustificadas, o de actitudes infundadas o de resoluciones
no razonables, según el asunto en cuestión. Tal sería el caso general de
los paralogismos, mientras que algunos sofismas o estrategias falaces, en
particular, supondrían un modo de proceder deliberadamente induc-
tor, perverso y engañoso, que por lo demás supondría ciertas relaciones
de interacción entre agentes discursivos. Pero, aquí, el punto crítico no
radica simplemente en si estos modos falaces de proceder violan alguna
pauta, regla o condición del buen argumentar o del argüir como es de-
bido, según parece obligado en algunos tratamientos normativos de las
falacias —pues aun concediendo que toda práctica falaz sea una mala
práctica argumentativa, no se sigue que toda mala argumentación sea
una falacia—. El punto más bien estriba en que esos procedimientos vi-
ciosos o viciados dan al traste con la calidad de la argumentación o de
la confrontación, sesgan la interacción y obstruyen o deterioran su cur-
so y su desenlace, en el marco discursivo dado.
Recordemos, en fin, otro rasgo distintivo del tratamiento vazferreiria-
no de los paralogismos para aprovechar la que aquí habrá de ser una últi-
ma idea que tomar en cuenta. Se trata del cuidado y la lucidez de Vaz a la
hora de ponderar tanto algunas virtudes como los claros vicios que pueden
anidar en las actitudes determinantes de paralogismos: así, no olvida el va-
lor y el poder estimulante de la contraposición, la precisión o el pensar por
sistemas, al menos bajo ciertas formas y en ciertos contextos, aunque lue-
go se echen a perder y sus perniciosas secuelas arrojen un saldo negativo.
Vaz, en esta línea, da a entender que sus usos viciosos o viciados provienen
de alguna suerte de extrapolación, arrogancia o exceso que convierte un
procedimiento prometedor en un sesgo ruinoso. Y esto puede ocurrir, por
cierto, tanto con las buenas ideas como con las buenas observaciones
18
. La
cuestión que entonces podría sugerir el discernimiento mostrado por Vaz
en punto a las virtudes y vicios de los modos de proceder que dan en pa-
ralogismos, vendría a ser esta: Cómo es que ciertos procedimientos habi-
tuales posiblemente fiables y estimulantes, virtuosos, degeneran o se vician
en ese mismo sentido discursivo y cognitivo.
18. Por ejemplo, en la doctrina sistemáticamente naturista, «una idea excelente, como
es la de seguir hasta cierto punto, hasta cierto grado, según los casos, las indicaciones na-
turales, ha sido echada a perder, y, en vez de ser ella un instrumento de verdad, se nos ha
convertido en un instrumento de error; nos ha servido, por ejemplo, para destruir o para
inhibir la acción de otras muchas verdades» (2008b: 131-132). O a propósito de una po-
sición higienista que llevara a sostener una teoría de la vacuna permanente por infección
continua con microbios, «una observación buena, excelente para haber hecho de ella un
uso moderado y razonable, la hemos echado a perder y la hemos convertido en una causa
de error, y de error funesto» (2008b: 133).
257
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
No faltan en el entorno actual del estudio de las falacias indicaciones
que pueden ayudarnos a situar esta cuestión en un marco teórico más bá-
sico y comprensivo. Nuestras habilidades, como agentes discursivos, for-
man parte de nuestras habilidades racionales como agentes, necesarias
para nuestra supervivencia y nuestra calidad humana de vida. Estas habi-
lidades tienen dos dimensiones o ámbitos de desempeño relevantes en el
presente contexto: una cognitiva, relacionada con la información y su tra-
tamiento, que viene a corresponder a la racionalidad teórica; otra estra-
tégica, relacionada con el éxito de planes o proyectos y, en general, con
nuestras actuaciones e interacciones con el entorno, que viene a corres-
ponder a la racionalidad prudencial o práctica. Como agentes discursi-
vos en una y otra dimensión, contamos con ciertos recursos, en especial
información, tiempo y capacidad de procesamiento, de los que dispone-
mos en mayor o menor grado —pero siempre limitado—. Por ejemplo, si
se trata de acometer y llevar a buen término empresas científicas o tecno-
lógicas de cierta envergadura, una comunidad o una institución estable-
cida dispone de esos recursos en mayor grado que cualquiera de sus indi-
viduos. En todo caso, siempre dispondremos de ellos en grado limitado y
habremos de actuar con información incompleta, falta de tiempo y difi-
cultades de procesamiento —como las experimentadas, en el terreno es-
pecíficamente discursivo, con condicionales, negaciones y cuantificaciones
incrustadas, modalidades iteradas, probabilidades compuestas, etc.—. Así
que nos veremos abocados, en el marco de una economía de recursos pre-
carios, a situaciones de riesgo donde habremos de confiar en ciertas habili-
dades comprobadas en la ejecución de tareas, aunque nunca tengamos por
lo regular el éxito asegurado. Confiaremos, por ejemplo, en polarizacio-
nes y oposiciones para introducir cierto orden en la conceptualización del
mundo o para aprovecharnos de la eficacia y la economía discursivas de
pautas de argumentación como el «silogismo disyuntivo», aunque a veces
nos confundan las falsas contraposiciones o se nos vaya la mano en cate-
gorizaciones de falsos opuestos, extrapolaciones y, como Vaz diría, «tras-
cendentalizaciones» erróneas. O, por poner otro caso, seguiremos con-
fiando en nuestra inveterada tendencia a generalizar, p. ej., a efectos de
identificación, previsión o prevención, aunque esto no deje de llevarnos a
veces a generalizaciones precipitadas, a actitudes inadecuadas o a creen-
cias indebidas
19
. Mantendremos ciertas presunciones incluso aunque las
cosas vengan a complicarse cuando nos movamos entre diversos contex-
19. John Woods ha insistido en este caso y en el de la estimación de probabilidades
conjuntas. También propone reinterpretar las falacias tradicionales en este marco del fun-
cionamiento precario y la actuación fallida de nuestras habilidades en la ejecución de ta-
reas cognitivas. Véase J. Woods, The death of argument. Fallacies in agent-based reasoning,
Kluwer, Dordrecht, esp. pp. 8-15 y 351 ss.
258
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
tos discursivos o cuando, por ejemplo, entremos en conflicto entre lo que
no es razonable desde un punto de vista, pongamos el teórico o cogniti-
vo, pero sería razonable desde otro punto de vista, pongamos el práctico
o estratégico
20
. En esta perspectiva del fallo de funcionamiento o de una
mala ejecución de nuestras habilidades discursivas, se explica fácilmente
la naturalidad con que podemos caer en paralogismos, la dificultad de co-
rregirlos e incluso la peculiaridad de que a veces, aun siendo casos de mal
proceder discursivo, nos parezcan buenos: se trataría de una situación pa-
recida a la de los procedimientos o los mecanismos familiares que se nos
descomponen o, en nuestra torpeza, descomponemos, de modo que, en
palabras de Vaz, echamos a perder una idea excelente y lo que podría ha-
ber sido instrumento de la verdad se convierte en instrumento del error
(2008b: 132). El problema es que, por lo regular y salvo en dominios res-
tringidos de aplicación de algoritmos elementales y métodos efectivos, no
disponemos ni de criterios a priori de prevención de deslices o descuidos,
ni de pautas capaces de garantizar el éxito. Por lo tanto, hemos de apren-
der de nuestros errores, así como de nuestros aciertos o, mejor dicho,
hemos de aprender de nuestros errores en el marco de nuestros aciertos,
porque de lo contrario puede que no sobrevivamos el tiempo suficiente
para seguir aprendiendo.
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deo, 1910; Losada, Buenos Aires,
4
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de actualidad» y «Trascendentalizaciones matemáticas ilegítimas y falacias
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de Derecho/Universidad de la República, Montevideo.
Andreoli, M. (comp.) (1996), Ensayos sobre Carlos Vaz Ferreira, FHCE/Univer-
sidad de la República, Montevideo.
20. Cf. los estudios citados en el cap. 2, § 2.2.3, de la Parte I, o los resultados cono-
cidos en otros ámbitos de la teoría de la decisión en ciencias sociales que muestran que a
veces no es inteligente empeñarse en ser estrictamente racional.
259
E L P UL S O DE L OS P A R A L OGI S MOS E N L A L Ó G I C A V I V A DE V A Z F E R R E I R A
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260
UN CUADRO HISTÓRICO DE LA FORMACIÓN
DE LA IDEA DE FALACIA
Como anunciaba al principio de estas notas de contextualización histó-
rica, uno de sus propósitos consistía en mostrar que la tesis de Hamblin
(1970) sobre la nula o escasa variación de la idea y el tratamiento de las
falacias, en el curso de su larga historia, es una apreciación errónea, una
impresión falsa. De hecho, hemos visto que la concepción y el estudio de
las falacias, en general, y de la argumentación falaz en particular, han co-
nocido notables cambios en los «dos milenios» que menciona Hamblin.
Cambios en la ampliación y restricción del campo de análisis; cambios
en los criterios de detección, clasificación y evaluación de casos; cam-
bios en el relieve, en el espacio y, en definitiva, en el reconocimiento con-
cedido a su análisis mismo dentro de la disciplina de la Lógica.
He intentado recoger y resumir en un cuadro sinóptico de desarro-
llo histórico algunas muestras e indicaciones bajo varios epígrafes: rasgos
más acusados de la idea de falacia en cuestión; clases de falacias distin-
guidas; explicaciones de la comisión de falacias; perspectivas en las que
se consideran y, por último, las fuentes correspondientes en cada caso se-
ñalado. Aunque las referencias son sumamente sintéticas y abreviadas,
con el fin de presentar una panorámica general relativamente maneja-
ble, he procurado atenerme a las notas de contextualización y a los pro-
pios textos que el lector puede encontrar en la segunda sección de esta
Parte II
1
.
Sin embargo, no conviene que los árboles nos hagan perder de vis-
ta el bosque. Así que, en principio, será oportuno recordar que a pesar
1. Las dos únicas referencias a la literatura historiográfica son las conocidas:
Ch. L. Hamblin, Fallacies, Methuen, Londres, 1970; Vale, Newport News (VA), 2004,
y H. V. Hansen, «The straw thing of fallacy theory: The standard definition of ‘fallacy’»:
Argumentation 16 (2002), pp. 133-155.
261
UN CUA DR O HI S T ÓR I CO DE L A F OR MA CI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
de los cambios, no han faltado tradiciones dominantes como las que he
llamado discursiva y cognitiva en el cap. 2, § 1, de la Parte I, —al mar-
gen de las inercias escolares—, ni deja de haber ciertos rasgos comunes
o coincidentes que dan un perfil característico a la argumentación falaz.
Entre esos rasgos básicos de las falacias descuellan los tres que siguen:
i) ser alegaciones, razones o argumentos defectuosos, fallidos o in-
correctos;
ii) pero aparentemente legítimos o impecables e incluso convincentes;
iii) y en fin, susceptibles no solo de descripción y análisis crítico, sino
de evaluación o sanción normativa.
262
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265
Sección 2
TEXTOS
La siguiente antología reúne diez textos especialmente relevantes en el
estudio histórico de la argumentación falaz, bien por su importancia fun-
dacional, bien por su carácter representativo, bien por su influencia es-
colar —disyunción por cierto no exclusiva—.
Los textos seleccionados son:
1. Pasajes fundacionales de Aristóteles (384-322 a. n. e.), tomados en
especial de su ensayo Sobre las refutaciones sofísticas.
2. Primeros capítulos de un opúsculo que podría considerarse repre-
sentativo del tratamiento escolástico medieval, Sobre las falacias, atribui-
do a Tomás de Aquino (1225-1274).
3. Extractos del manual más influyente en la lógica tradicional aso-
ciada al despegue de la filosofía moderna, La Lógica o Arte de pensar
(1662,
5
1683) de los señores de Port-Royal Antoine Arnauld (1612-1694)
y Pierre Nicole (1625-1695).
4. Un apartado del Ensayo sobre el entendimiento humano (1690)
de J. Locke (1632-1704) que, por su brevedad y su carácter autoconte-
nido, se recoge íntegro: son cuatro parágrafos que han venido a significar
la presentación en sociedad de la famosa familia de los argumentos ad…
—no siempre falaces, desde luego—.
5. Fragmentos de ensayos de Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) in-
cluidos en los tomos VII (1736) y VIII (1739) de su Teatro Crítico Universal.
6. Extractos del Libro de las falacias (1824, ed. de P. Bingham) de
Jeremy Bentham (1748-1832), quizás más conocido por el título de Fa-
lacias políticas.
7. Apartados básicos del libro III, «De la falacias», de los influyentes
Elementos de Lógica (1826,
7
1840) de Richard Whately (1787-1863),
más un fragmento notable de sus Elementos de Retórica (1828).
266
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
8. Pasajes programáticos de la Erística, el arte de tener razón expues-
to en 38 estratagemas (1864, publicación póstuma) de Arthur Schopen-
hauer (1788-1860).
9. Fragmentos sustanciales del libro V, «Sobre las falacias», del Sis-
tema de Lógica [1843] de John Stuart Mill (1806-1873).
10. Extractos de la Lógica viva (1910,
4
1945) de Carlos Vaz Ferreira
(1872-1958).
Estos textos son, a mi juicio, unos puntos cardinales de referencia
de la historia de las ideas sobre las falacias, una historia que he esbozado
precisamente al hilo de ellos en el primer bloque de esta Parte II, como
el lector que haya llegado hasta aquí ha podido comprobar. Ahora van
solos, sin glosas ni comentarios en la esperanza de que, más allá de esas
primeras noticias históricas, los propios textos sepan cuidarse y expli-
carse, hablar por sí mismos. De ahí que, a veces, los textos incluyan no
solo referencias al tema de las falacias, como es de esperar, sino extrac-
tos que contextualizan el planteamiento o declaran el pensamiento, la
filosofía, digamos, de los autores. Por lo demás, solo habrá, según obli-
gue la ocasión o el caso, alguna breve nota aclaratoria o alguna referen-
cia adicional por mi parte.
Soy responsable de la selección y de las traducciones. Las versiones
están hechas sobre la base de las fuentes indicadas en cada caso.
En adelante, en el cuerpo de los textos, me serviré de las siguien-
tes convenciones tipográficas: usaré los paréntesis angulares ‘< >’ para
indicar pasajes omitidos en la traducción y para explicitar expresiones
elididas en el original; los corchetes ‘[ ]’ para acotar mis propias inter-
polaciones, por lo regular, las páginas del original y a veces variantes ter-
minológicas; las comillas latinas ‘« »’ para enmarcar citas; y, en fin, el
asterisco ‘*’ para señalar una nota a pie de página del autor del texto,
si la hubiera, y así diferenciarla de las mías, que irán numeradas de la
forma habitual.
267
1. ARISTÓTELES (384-322 a. n. e.)
Fuente
Topica et Sophistici Elenchi, ed. de W. D. Ross, Oxford University Press, Oxford,
1958; reimp. con correcciones 1963, 1970.
A. Contexto silogístico del estudio de la refutación
Es completamente absurdo discutir acerca de la refutación [elenchós] sin
haberlo hecho primero acerca del silogismo [syllogismós], puesto que
una refutación es un silogismo; del mismo modo que es preciso tratar
de la deducción [syllogismós] antes que de la falsa refutación, pues tal
tipo de refutación es una deducción aparente de la contradicción. Por
tanto, si se da una refutación aparente, la causa <del fallo> residirá bien
en el razonamiento [syllogismós], bien en la contradicción (debe aña-
dirse, en efecto, el caso de la contradicción), y a veces en los dos (Refu-
taciones sofísticas, 10, 171a1-8). <…> Si <la refutación> no falla en
ninguno de los dos respectos, es una verdadera prueba [alethès syllogis-
mós] (ibid., 171a11-12)
1
.
B. Marco general
Tópicos I, 1
[100a18] El propósito de este estudio es hallar un método con el que
podamos construir silogismos sobre cualquier problema que se propon-
1. Este párrafo es importante no solo porque explicita las relaciones entre la deduc-
ción y la refutación, sino porque muestra la variedad de sentidos en que cabe entender el
término syllogismós dentro del Organon aristotélico. Esquemáticamente podemos pensar
en las siguientes acepciones según el contexto:
i) Silogismo
0
= razonamiento, en general. ii) Silogismo
1a
= deducción concluyente,
prueba deductiva; silogismo
1b
= deducción a efectos refutatorios en una confrontación
dialéctica, bien como deducción de una proposición contradictoria de la tesis en cuestión,
mantenida por el proponente, bien como deducción de una proposición inconsistente con
alguna otra anteriormente asumida por este mismo proponente, en suma: una contraprue-
ba deductiva. iii) Silogismo
2
= modo o esquema del sistema silogístico.
Los dos primeros casos, especialmente el segundo, tanto en la vertiente probatoria
como más aún en la refutatoria, son los pertinentes en los Tópicos y en su apéndice Sobre
las refutaciones sofísticas. Mientras que el lugar propio del tercer caso, el uso de silogismo
en su sentido aristotélico más técnico y característico, son los Primeros Analíticos.
268
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
ga a partir de premisas plausibles y gracias al cual, si nosotros mismos
sostenemos algo, no digamos nada que sea inconsistente. Así pues, hay
que declarar primero qué es un silogismo y cuáles son sus diferentes va-
riedades para que pueda entenderse qué es el silogismo dialéctico, pues
esto es lo que buscamos en el presente estudio.
[100a25] Un silogismo es un discurso en el que, sentadas ciertas co-
sas, se da necesariamente a la vez, a través de lo establecido, algo dis-
tinto de lo establecido. Es una demostración cuando el silogismo parte
de cosas verdaderas y primordiales o de cosas cuyo conocimiento se ha
obtenido a través de cosas verdaderas y primordiales. Es dialéctico, en
cambio, el silogismo construido a partir de cosas plausibles. Ahora bien,
son verdaderas y primordiales las cosas que son dignas de crédito no por
otras sino por sí mismas (pues tratándose de los principios del conoci-
miento no hay que inquirir el porqué, sino que cada principio ha de ser
digno de crédito en sí mismo). Por otra parte, son cosas plausibles las
que así se lo parecen a todos o a la mayoría o a los sabios y, entre estos,
a todos o a la mayoría o a los más conocidos y reputados. Y un silogismo
erístico es el que parte de cosas que parecen plausibles pero no lo son,
o también el que aparentando ser un silogismo (sin serlo) parte de cosas
plausibles o que parecen plausibles. <…> Digamos, pues, que el primer
caso de los silogismos erísticos mencionados es efectivamente un silo-
gismo, mientras que el otro es erístico pero no es un silogismo, porque
parece proceder como un silogismo pero no lo hace en realidad.
[101a5] Además de todos los silogismos mencionados están los pa-
ralogismos que parten de lo que es propio de una ciencia específica, como
los que podemos encontrar en la geometría o en ciencias emparentadas
con ella. Este tipo, en efecto, parece diferir de los silogismos menciona-
dos, pues quien traza figuras falsas no discurre a partir de cosas verda-
deras y primordiales, ni de cosas plausibles <…>, sino que construye
el silogismo a partir de premisas que, aun siendo características de una
ciencia, no son verdaderas. Así, por ejemplo, construye el paralogismo
bien trazando de forma incorrecta los semicírculos, bien tirando ciertas
líneas como no debe hacerse.
Tópicos VIII, 12
[162b3] Un argumento se llama falso de cuatro modos. De un primer
modo cuando parece concluir sin ser concluyente, y recibe el nombre
de silogismo erístico. De otro modo cuando concluye, pero no con res-
pecto a lo que se había propuesto (lo cual ocurre sobre todo en los ar-
gumentos que llevan a lo imposible). O bien concluye con respecto a lo
que se había propuesto, pero no según el método apropiado (esto es,
cuando parece ser un argumento médico sin ser médico, o geométrico
sin ser geométrico, o dialéctico sin ser dialéctico), tanto si lo que se si-
269
A R I S T ÓT E L E S
gue es falso como si es verdadero. Y de otro modo, si concluye median-
te falsedades. La conclusión de tal argumento será a veces falsa y a veces
verdadera, pues una falsedad siempre se concluye mediante falsedades,
mientras que una verdad puede concluirse incluso de premisas no ver-
daderas, como ya se había dicho anteriormente
2
.
C. Las refutaciones sofísticas
Sobre las refutaciones sofísticas
1
[164a20] Tratemos acerca de las refutaciones sofísticas, refutaciones apa-
rentes que son en realidad pseudosilogismos
3
. Empecemos por las pri-
meras en su orden natural.
Es evidente que unos silogismos lo son realmente mientras que otros,
aunque no lo son, lo parecen. En efecto, tal como se da en otros casos
debido a cierta semejanza entre lo genuino y lo fraudulento, así pasa
en los argumentos. Pues también <entre los seres humanos> unos es-
tán en buenas condiciones físicas, mientras que otros lo aparentan in-
flándose y ataviándose como hacen los pueblos tribales <a las vícti-
mas para el sacrificio>, y unos son hermosos a causa de su belleza,
mientras que otros aparentan serlo con adornos. Lo mismo ocurre en
las cosas inanimadas; pues también entre estas, unas son auténticamen-
te de plata o de oro, mientras que otras no lo son pero parecen serlo
a nuestros sentidos, p. ej., cosas hechas de litargirio y de casiterita pa-
recen de plata, y otras de pátina dorada parecen de oro. Del mismo
modo, hay a veces un silogismo o una refutación <genuinos>, mien-
tras que otras veces no hay tal cosa, pero la inexperiencia hace que lo
parezca; pues la gente inexperta ve las cosas como <si mirara> des-
de lejos.
2. En Tópicos, VIII 11, 162a10. Cf. también Primeros Analíticos, II 2. Según esto,
la falsedad de los argumentos puede darse de cuatro modos o entenderse en cuatro sen-
tidos: 1) como (pseudo-)silogismo erístico (100b23-25) o sofístico (Refutaciones sofís-
ticas 2, 165b7-8). 2) Como deducción efectiva, pero con una conclusión no pertinente
para el punto en cuestión; según Aristóteles, se da con frecuencia en los intentos de refutar
una proposición por la reducción a lo imposible de alguna otra proposición, es decir, en
casos de lo que se llamaría ignorantia elenchi (ignorancia del punto en cuestión). 3) Como
deducción efectiva, pero a partir de premisas improcedentes o inadecuadas. 4) Como ar-
gumento válido, pero no sólido —esto es, con alguna premisa falsa—: en el argumento
lógicamente válido, de las verdades solo se sigue otra verdad, mientras que una falsedad
solo se sigue de falsedades (de alguna falsedad en las premisas).
3. Adopto aquí «pseudosilogismo» como versión del término «paralogismo» que Aris-
tóteles, según hemos visto, ya empleaba en otro sentido más específico en Tópicos (101a5-6),
cf. supra, B. Seguiré esta versión genérica en todo este contexto.
270
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
El silogismo parte efectivamente de unas cuestiones puestas de modo
que necesariamente ha de seguirse, a través de lo establecido, algo dis-
tinto de lo establecido; una refutación es a su vez un silogismo que
deduce la contradicción de la conclusión <que se trata de refutar>.
Ahora bien, las hay que no hacen esto, sino que lo aparentan en fun-
ción de muchas causas y, entre estas, la más natural y prolífica es la que
obra a través de los nombres. Como en una discusión no es posible adu-
cir de forma presencial las cosas mismas de que se trata, sino que em-
pleamos los nombres como símbolos en lugar de ellas, creemos que lo
que sucede con los nombres, sucede también con las cosas, tal como les
ocurre con los guijarros de cálculo a los que cuentan. Pero no hay tal
semejanza: los nombres, así como el conjunto de las expresiones, son
limitados en número, mientras que las cosas son numéricamente infi-
nitas. Es, pues, inevitable que una misma expresión y un mismo nom-
bre signifiquen varias cosas. Por tanto, al igual que en el caso anterior,
los que no son hábiles para manejar los guijarros de cálculo, son en-
gañados por los que saben hacerlo, de la misma manera, en el caso de
los argumentos, los que no están familiarizados con el poder de los
nombres, incurren en pseudosilogismos, tanto en sus propias discu-
siones como si escuchan a otros. Por este motivo, pues, y por los que
luego se dirán, hay <argumentos> que aparentan ser silogismos y re-
futaciones pero no lo son en realidad. Ahora bien, como para algunos
aparentar que son sabios es de más provecho que serlo sin parecerlo
(pues la sofística es lo que aparenta ser sabiduría pero no lo es, y el
sofista es uno que se lucra por medio de lo que aparenta ser sabiduría
pero no lo es), está claro que, para ellos, también es esencial aparentar
que desempeñan la tarea de un sabio antes que hacerlo sin que parezca
así. Y por limitarnos a un punto de contraste, la tarea del que sabe es,
en todo caso, evitar los sofismas acerca de lo que sabe y ser capaz de
poner en evidencia al que los comete. Lo cual consiste, de un lado, en
la capacidad de dar razones y, del otro, en la de asegurarse al recibir-
las. Así pues, los que quieran ser sofistas se verán obligados a buscar
argumentos del género indicado; les será efectivamente de provecho,
porque una facultad de este tipo le hará a un hombre parecer sabio, y
este es el objetivo que vienen a proponerse.
Es evidente, en suma, que existe tal género de argumentos y que te-
ner esta facultad es lo que pretenden los que llamamos sofistas. Pero di-
gamos ya cuántas son las especies de argumentos sofísticos, de cuántos
elementos consta esa facultad, cuántas vienen a ser las partes de este es-
tudio, y las demás cosas que integran esta técnica.
271
A R I S T ÓT E L E S
2
[165a36] En la discusión se dan cuatro géneros de argumentos: didác-
ticos, dialécticos, críticos
4
y erísticos. Son didácticos los que prueban
a partir de los principios propios de cada materia y no a partir de las
opiniones del que responde (puesto que es preciso que el discípulo se
convenza); son dialécticos los que deducen la contradictoria <de una
tesis dada> a partir de premisas plausibles; son argumentos críticos
los construidos a partir de premisas plausibles para el que responde y
que se ve obligado a saber cualquiera que presuma de tener un conoci-
miento al respecto —el modo de proceder ya se ha precisado en otros
textos [cf. Tópicos, VIII 5]—; son erísticos los que discurren deducti-
vamente o parecen discurrir así a partir de cosas que parecen plausi-
bles, pero no lo son. De los argumentos demostrativos se ha tratado
en los Analíticos
5
; de los argumentos dialécticos y de los críticos, en
otros lugares [en los Tópicos, I-VIII]; de los contenciosos y erísticos
hablemos ahora.
3
[165b12] En primer lugar, hay que considerar cuántos objetivos se pro-
ponen los que contienden y aspiran a vencer <al otro>. Estos objeti-
vos son cinco: la refutación, la falsedad, la paradoja, el solecismo
6
y, el
quinto, hacer que el adversario parlotee en vano —esto es, obligarle a
que repita lo mismo varias veces— <…>.
4
[165b23] Los procedimientos de refutar son dos: unos, dependen del
lenguaje, mientras que otros proceden con independencia del lengua-
je. Los que producen una <falsa> apariencia dependiendo del lenguaje
son, por su parte, seis: la equivocidad, la ambigüedad, la composición,
la división, la acentuación y la forma de expresión. Cabe asegurarse de
esto tanto por inducción como por deducción —y puede que mediante
4. Peirastikoi, esto es, argumentos que ponen a prueba las presunciones o habilida-
des del contrincante para someterlas a examen crítico, o que simplemente sirven de en-
sayo y ejercicio. El término «críticos» puede recordarnos una línea actual de trabajo en
argumentación, como la del llamado Critical Thinking, que se orienta a la formación de
habilidades discursivas mediante la puesta a prueba y la ejercitación.
5. Los argumentos demostrativos son los calificados antes como didácticos. A la luz
de la cronología de los escritos del Órganon, esta referencia a los Analíticos se considera
una interpolación posterior.
6. Es decir, se trata de hacer que el otro contendiente incurra en una contradicción,
en una falsedad, en una paradoja —opinión que contraviene otras opiniones plausibles
(éndoxa) o el sentir común— o en una incorrección gramatical, respectivamente.
272
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
otras pruebas también— de que esas son todas la maneras como podría-
mos significar lo que no es una misma cosa con los mismos nombres o
expresiones. <…>
Así pues, las refutaciones <aparentes> dependientes del lenguaje son
de esos tipos. Por su parte, los pseudosilogismos que se dan con inde-
pendencia del lenguaje son de siete tipos: están, primero, los que depen-
den del accidente; segundo, las atribuciones absolutas o las no absolutas
sino referidas a un aspecto, un lugar, un momento o una relación con
algo; tercero, los debidos al desconocimiento de la refutación; cuarto,
los que dependen de la consecuencia; quinto, los debidos a dar por sen-
tada la conclusión que inicialmente se pretendía deducir; sexto, poner
como causa lo que no es causa; y séptimo, convertir varias cuestiones
en una
7
.
6
[169a19-22] Todas las refutaciones aparentes caen, en suma, bajo el des-
conocimiento de la refutación: unas en virtud del lenguaje en cuanto que
la contradicción, que es lo propio de la refutación, resulta <solo> apa-
rente; y las otras en razón de la definición del silogismo [esto es, por no
cumplir sus condiciones definitorias].
8
[169b20] Llamo refutaciones y silogismos sofísticos no solo a los que pare-
cen ser un silogismo o una refutación y no lo son, sino también a aque-
llos que, aun siéndolo, solo son apropiados en apariencia para el pun-
to en cuestión. Tales son los <argumentos> que no refutan ni prueban
que <los adversarios> son ignorantes respecto de la naturaleza del pun-
to en discusión, que era justamente lo que correspondía a la técnica de
poner a prueba. Ahora bien, esta técnica es una parte de la dialéctica; y
esta puede deducir una conclusión falsa debido a la ignorancia del que
7. Algunas de estas alusiones pueden resultar crípticas por ser demasiado sumarias.
En los dos primeros casos, se trata de modo indebido una identificación, una predicación o
una atribución modal —p. ej., considerando convertibles o transitivas unas predicaciones
que no lo son—, o una referencia o respecto. En el tercero, se da una ignorantia elenchi: se
procede a contradecir un punto que no está en cuestión. En el cuarto caso se da en suponer
la simetría o convertibilidad de la relación de consecuencia, de modo que si el consecuen-
te B se siguiera del antecedente A, entonces A también se seguiría de B. El quinto viene a
incurrir en una petitio principii. El sexto es el conocido por la tradición como non causa
pro causa, donde «causa» significa razón, así pues, consiste en aducir algo no pertinente
como si fuera una razón determinante; en cambio, en la Retórica, pasa a ser equivalente a
la confusión entre la relación de sucesión y la de causalidad, p. ej., como B se da después
de A, la causa de B es A (Rhet., 1401b31-34). El séptimo, en fin, es un caso de pregunta o
cuestión múltiple o también, a veces, de presuposición indebida.
273
A R I S T ÓT E L E S
responde. Pero las refutaciones sofísticas, aunque deduzcan la contra-
dictoria de la tesis, no ponen de manifiesto si <el adversario> ignora
la cuestión; y <los sofistas>, en efecto, enredan con tales argumentos
incluso al que sabe.
Que <las refutaciones sofísticas> las conocemos por el mismo pro-
cedimiento, es evidente: pues, en efecto, cuantas veces les parece a los
oyentes que la conclusión se deduce a partir de las cuestiones plantea-
das, otras tantas le parecerá así también al que responde [esto es, al pro-
ponente o responsable de la tesis en cuestión], de modo que los razo-
namientos falsos se darán por esas cuestiones, bien sea por todas o por
alguna: pues lo que uno cree haber concedido sin haber sido cuestio-
nado, lo sostendría también si fuera cuestionado. Solo que a veces hay
casos en los que, al preguntar sobre lo que aún falta, se ponen de mani-
fiesto los errores, por ejemplo, en las <refutaciones aparentes> depen-
dientes del lenguaje y en los solecismos. Luego, si los pseudosilogismos
de la contradicción responden a la apariencia de refutar, es evidente que
las deducciones de conclusiones falsas se deberán a tantos elementos cuan-
tos concurran en las refutaciones aparentes. Ahora bien, la refutación
aparente está en función de los elementos constitutivos de la genuina
refutación, pues cada uno de estos que falle dará lugar a una refutación
meramente aparente. <…> Y de este modo tendremos todas las causas
de las que surgen los pseudosilogismos: pues no lo serán en virtud de
más causas, sino que todos lo serán en virtud de las mencionadas.
34
[183b16] Está claro que todo lo que nos habíamos propuesto se ha cum-
plido cabalmente; sin embargo, no debemos olvidarnos del sentido del
presente estudio. En todo descubrimiento hay, en efecto, resultados re-
cibidos que, tras su primera elaboración, han conocido avances parcia-
les y paulatinos por parte de aquellos que se han hecho cargo de ellos;
hay, por contra, descubrimientos originales que, por lo común, tienen
inicialmente un desarrollo pequeño, pero de mayor utilidad que los pro-
gresos ulteriores a partir de ese inicio; porque el principio es sin duda,
como suele decirse, lo más importante de todo. De ahí que sea también
lo más difícil. Pues cuanto mayor es el potencial de una cosa, tanto me-
nor es su tamaño y más difícil es que se deje ver. Ahora bien, una vez
hallado el principio, más fácil resulta desarrollarlo y añadir lo que falta.
Como así ha ocurrido en el caso de la retórica y en el de prácticamen-
te todas las demás artes. Efectivamente, los que hallaron los principios
de la retórica, la hicieron progresar muy poco en su conjunto, mientras
que los autores actualmente consagrados, recogiendo la herencia de una
especie de tradición que la había hecho avanzar paulatinamente, la han
274
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
llevado a su punto actual de perfección. Así, Tisias inmediatamente a con-
tinuación de los precursores, Trasímaco después de Tisias, Teodoro tras
él y luego muchos otros han hecho múltiples contribuciones; por eso
no es extraño que el arte <de la retórica> cuente con esa riqueza. En
cambio, por lo que concierne al presente estudio, no es que una parte
estuviera previamente elaborada y otra parte no, sino que no había nada
en absoluto. Pues la formación impartida por los instructores a sueldo
acerca de los argumentos erísticos venía a ser semejante a la labor de
Gorgias: unos daban para aprender de memoria procedimientos retó-
ricos, mientras que otros daban procedimientos de puesta en cuestión,
que, en opinión de los unos y de los otros, acostumbraban a seguir los
discursos respectivos. De modo que la enseñanza impartida a sus discí-
pulos era expeditiva, pero asistemática. Así, al dar no la técnica, sino lo
que se deriva de la técnica, creían estar educando; como si uno declarara
que iba a transmitir el conocimiento de cómo evitar el daño en los pies,
pero no enseñara ni la técnica del oficio <de prevenirlo>, ni los medios
de procurarse el calzado adecuado, sino que ofreciera un surtido varia-
do de zapatos de todas clases: este no dejaría de prestar un servicio
útil, pero no transmitiría un conocimiento técnico. Pues bien, sobre las
cuestiones de retórica ya se había dicho mucho y desde antiguo, mien-
tras que sobre el razonamiento no había en absoluto nada anterior que
citar, sino que hemos tenido que empeñarnos y emplear largo tiempo
en investigaciones tentativas
8
. Y si, tras su consideración, os parece que,
aun teniendo en cuenta las condiciones de partida, nuestro método es
adecuado en comparación con los de aquellos otros estudios que se han
desarrollado en el curso de una tradición, entonces a todos vosotros o
a quienes hayáis seguido nuestras lecciones no os restará sino mostrar
vuestra comprensión hacia sus lagunas y un profundo reconocimiento
por sus hallazgos.
8. Las Historias de la Lógica suelen citar esta declaración como el acta de la funda-
ción de la Lógica a cargo del propio Aristóteles. Así parece ser si la Lógica se incluye en lo
que hoy llamaríamos «Teoría de la argumentación», pues a este ámbito discursivo general
es justamente al que se refiere la investigación que vindica Aristóteles en el presente texto.
275
2. ¿TOMÁS DE AQUINO? SOBRE LAS FALACIAS (siglo XIII)
Fuentes
De fallaciis, opúsculo de atribución dudosa a Tomás de Aquino (1225-1274).
Corpus Thomisticum, Opera philosophica, ed. de R. Spiazzi, Marietti, Turín, 1954;
transcripción en cederrón de R. Busa, Editel, Milán, 1992.
Sobre las falacias
Proemio
Hay un doble modo de razonar: correcto e incorrecto
[88071] Como la lógica es la ciencia racional, inventada además para
el razonamiento, y razonar puede hacerse de modo correcto e incorrec-
to, uno y otro modo reclaman la atención del lógico con el fin de llegar
mediante el razonamiento correcto al conocimiento verdadero de las co-
sas y evitar el error de la falsedad eludiendo el razonamiento incorrec-
to. Ambos modos de razonar competen a una persona [uni homini], tanto
en relación consigo misma como en relación con otra persona. Pues uno
puede razonar correcta o incorrectamente tanto al reflexionar él mismo,
como al conversar con otro. Ahora bien, el razonamiento incorrecto en
la reflexión propia solo se produce de forma involuntaria, porque nadie
trata de engañarse a sí mismo. Pero el razonamiento incorrecto dirigi-
do al otro procede a veces con toda intención por parte del que razo-
na, por ejemplo, cuando uno pretende poner a prueba al otro o ganar
para sí la gloria de la victoria. El razonamiento dirigido a uno mismo
solamente puede llamarse silogismo o alguna otra especie de argumen-
tación. En cambio, el dirigido a otro no es meramente un silogismo o
una argumentación, sino una discusión [disputatio], pues discurre en-
tre dos personas, a saber, una que se opone y otra que responde <del
asunto en cuestión y a las objeciones del oponente>. Y, por tanto, a la
hora de ocuparse de los falsos razonamientos, hay que tratar primero
de la discusión.
276
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
Capítulo 1
Sobre la discusión conforme a su género
[88073] La discusión es el acto silogístico de una persona dirigido a otra
para mostrar algo que ha sido propuesto. Al decir acto se señala el géne-
ro de la discusión y al calificarlo de silogístico se indica el instrumento
del debate, el silogismo, bajo el cual se hallan comprendidas todas las
demás especies de argumentación como lo imperfecto bajo lo perfecto;
así <el acto de> la discusión se distingue de los actos corporales, como
correr o comer, y de los actos voluntarios, como amar y odiar. Pues ca-
lificarlo como silogismo muestra que se trata de un acto de la razón y
decir de una persona a otra indica los dos papeles, el de oponente y el de
respondiente, entre los que discurre la discusión; punto que también se
añade para diferenciarla del razonamiento propio de quien razona con-
sigo mismo. Así mismo, al mencionar la finalidad de mostrar lo propues-
to, se indica el efecto de la discusión, o su término o su fin próximo, y
por esto la discusión se distingue de los silogismos ejemplares que no se
aducen para poner de manifiesto algo que ha sido propuesto sino para
ejemplificar una forma silogística.
Capítulo 2
Sobre las cuatro especies de la discusión
[88075] Cuatro son las especies de la discusión, a saber: la doctrinal,
la dialéctica, la tentativa y la sofística, que por otro nombre también se
llama litigiosa. Doctrinal o demostrativa es la dispuesta para la ciencia,
procede de los principios primeros, verdaderos, conocidos de suyo y pro-
pios de aquella ciencia de la que trata la discusión, y tiene lugar entre el
que enseña y el que aprende. La discusión dialéctica parte, a su vez, de co-
sas probables y tiene por objeto una opinión o una propuesta. Por lo de-
más se llama probable lo que les parece a todos o a muchos o a los sabios
y, entre estos, a todos o a los principales y más conocidos. La discusión
tentativa es la dirigida a poner a prueba algo a través de lo que asume el
respondiente
1
. La sofística a su vez está orientada a la gloria de aparentar
ser sabio: de ahí que se llame sofística, algo así como sabiduría aparen-
te. Y discurre a partir de lo que aparenta ser verdadero o probable, pero
no lo es, o bien, hablando en términos absolutos [simpliciter], mediante
la asunción de proposiciones falsas que parecen verdaderas o arguyendo
en virtud de proposiciones falsas. Las argumentaciones lógicas discurren
1. Los calificativos ‘probable’ y ‘tentativa’ proceden de la versión de Boecio (pro-
babilis, temptativa) de los originales aristotélicos éndoxos y peirastikós, respectivamente.
Véase su traducción de las Refutaciones sofísticas en la ed. citada de B. G. Dod (1975),
Aristoteles latinus, VI 1-3.
277
¿ T OMÁ S DE A QUI NO? S O B R E L A S F A L A C I A S
en virtud de proposiciones verdaderas, de las que depende todo el va-
lor de la argumentación, como este argumento: «Sócrates es hombre;
luego, Sócrates es animal» discurre en virtud de esta proposición: «De
todo cuanto se predique la especie, también <se predica> el género»,
que es en términos absolutos verdadera. A la manera de los sofistas se
arguye así: «Sócrates es animal; luego, es hombre», que discurre en vir-
tud de esta proposición falsa: «De todo cuanto se predique el género,
también la especie».
Capítulo 3
Sobre la discusión sofística
[88077] Dejando a un lado las demás modalidades de discusión, aho-
ra nos interesa la que tiene que ver con la sofística. Como ya se ha dicho,
la sofística busca la gloria queriendo parecer sabia. Trata de conseguir-
lo mediante una victoria aparente sobre el adversario con el que discute,
cosa que efectivamente se produce cuando le lleva a <admitir> algo im-
procedente [inconveniens]. El término de la discusión sofística es algo
improcedente adonde el sofista procura conducir al respondiente, y re-
cibe el nombre de meta, esto es, fin o término. Así pues, conviene con-
siderar dos cosas: primero, las metas de este tipo; segundo, los modos de
argumentar con los que los sofistas procuran conducir al respondiente.
Las metas son cinco: la refutación [redargutio], lo falso, lo implausible
[inopinabile], el solecismo y la vana palabrería [nugatio]
2
. La refutación
consiste en la admisión de lo previamente negado o en la negación de
lo previamente admitido, obtenidas en virtud de la argumentación [vi
argumentationis]. Por ejemplo, si el que responde negara comer carne
cruda, se argüiría de modo sofístico en contra así: «Comiste lo que com-
praste; carne cruda compraste; luego, carne cruda comiste». Si en virtud
de una argumentación de este tipo, el respondiente concede lo que antes
había negado, queda refutado. Y tal modo de argumentar se llama elen-
co si el silogismo es bueno; o se llama elenco aparente si parece ser un
silogismo o una contradicción, pero no lo es. Pues, en efecto, el elenco
es el silogismo de la contradicción. Ahora bien, si uno niega lo admitido
2. La terminología empleada (inconveniens; redargutio, inopinabile, soloecismus, nu-
gatio), también procedente de la traducción de Boecio de las Refutaciones sofísticas, se ha-
bía asentado en la segunda mitad del siglo XII. A mediados de este siglo, la Summa sophis-
ticorum elenchorum ya distinguía dos tipos de conclusión improcedente (inconveniens), la
consistente en lo falso bajo las formas de una refutación, una falsedad o algo implausible, y
la que no remitía a lo falso ni a lo verdadero, sino que consistía en un solecismo o en pala-
brería (véase la edición de L. M. de Rijk, Logica Modernorum, Van Gorcum, Assen, 1962,
vol. I, p. 405). Por lo demás, puede que conviniera rescatar el antiguo e inusual término
de confutación como versión específica de redargutio en este contexto, en vez del genéri-
co refutación.
278
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
o admite lo negado, pero no lo hace en el curso de la misma discusión, ni
en virtud del argumento, sino por propia voluntad, entonces no se trata
de una refutación. A su vez, lo falso, en el sentido en que se toma aquí,
es lo manifiestamente falso o la admisión de algo manifestamente falso
que el respondiente se ve obligado a asumir en virtud de la argumentación
sofística; por ejemplo, esto: «Todo can puede ladrar; una constelación ce-
leste es can; luego, una constelación celeste puede ladrar»
3
. Lo implau-
sible es aquello que va contra la opinión de todos o contra la opinión
de muchos, aunque sin ser falso. Difiere de lo falso porque todo lo falso
es implausible, pero no vale a la inversa, pues algo que vaya contra la
opinión común sin ser falso resultará, no obstante, implausible, como
que una estrella sea mayor que la Tierra, o que un rey poderoso y feliz
sea mísero, infeliz y desgraciado, si se ve vencido. <Conclusión> a la
que alguien puede llevar de modo sofístico así: «Aquel a quien le ocurre
verse vencido por otro, es infeliz, porque el que se ve vencido es infe-
liz; ahora bien, al rey le ha ocurrido verse vencido por el enemigo; lue-
go, es infeliz». El solecismo es un vicio cometido contra las reglas de la
gramática en la conformación de las partes de la oración, como ‘varón
blanca’ o ‘los hombres corre’, a lo cual puede alguien verse conducido
de modo sofístico así: «Tú sabes esto, esto es piedra; luego, tú sabes pie-
dra», algo que según la gramática no se dice
4
. La vana palabrería es la
repetición inútil de la misma cosa en la misma parte <de la oración>,
como ‘el hombre hombre corre’. Digo en la misma parte porque si se pu-
siera lo mismo en el sujeto y en el predicado no habría palabrería vana,
como en «este hombre es un hombre». Y se califica de inútil la repetición
puesto que si se repitiera lo mismo para dar énfasis a la expresión, como
al decir «Dios, Dios mío, atiéndeme», no sería vana palabrería. <Expre-
sión improcedente> a la que alguien puede verse conducido de modo
sofístico así: «Esta nariz es una nariz chata, ahora bien, <decir> chata es
lo mismo que <decir> nariz chata; luego, esta nariz es una nariz nariz
chata». Conviene saber que lo improcedente afecta a diversas ciencias.
Pues, en efecto, la refutación atenta contra la metafísica, a la que concier-
ne la consideración de este primer principio: las cosas contradictorias
3. ‘Can’ (Canis) era el nombre de una constelación celeste casi tan popular en esta
sección de los tratados lógicos, como pudiera serlo en los tratados de Astronomía. Otros
personajes habituales de la lógica medieval de las falacias fueron no solo el inevitable Sócra-
tes sino el Corisco, con el que más tarde nos vamos a encontrar (véase más abajo, cap. 4),
y que no en vano había sido introducido por el propio Aristóteles.
4. En el original latino está mucho más clara la impropiedad de la construcción gra-
matical de este remedo de argumento. Dice: «Tu scis hoc; hoc autem est lapis. Ergo tu scis
lapis», donde el segundo lapis (piedra) tendría que ser lapidem, en acusativo como corres-
ponde a su condición de objeto directo del verbo scis (sabes) —exigencia gramatical que,
por lo demás, destruiría la apariencia de identidad del predicado de la segunda premisa y
de la conclusión—.
279
¿ T OMÁ S DE A QUI NO? S O B R E L A S F A L A C I A S
no son verdaderas a la vez. Lo falso, a su vez, contra la ciencia natural que
considera la realidad sensible, donde la verdad y la falsedad son manifies-
tas, y de modo similar contra la matemática, en la que reside la máxima
certeza. Lo implausible, en cambio, va contra la dialéctica que discurre a
partir de lo más probable según la opinión de todo el mundo, o de mucha
gente o de los sabios. El solecismo atenta contra la gramática. La pala-
brería va contra la retórica, a la que corresponde hablar con elegancia.
Y de este modo, como el sofista lleva al que responde a lo improcedente
en cada ciencia, parece ser sabio en todo.
Capítulo 4
De las falacias conforme a su género
[88079] Ahora nos quedan por ver los modos de argumentar con los
que el sofista pretende conducir al que responde a las <asunciones> im-
procedentes de que hemos hablado. Se debe saber que tal como la ar-
gumentación dialéctica obtiene su solidez de un lugar verdadero, así la
argumentación aparente obtiene su aparente solidez de un lugar aparente.
El lugar que garantiza la solidez de la argumentación dialéctica es la re-
lación ilativa de la proposición inferente a la inferida, <relación> que
se llama máxima, o diferencia de la máxima, como en los casos del gé-
nero, la especie, el todo y la parte, de cuyas relaciones ilativas proviene
la verdad de la proposición máxima sobre la que se asienta la verdad
del argumento dialéctico. Así, por ejemplo, de la relación ilativa de la
especie al género se toma esta máxima: «De todo aquello de lo que se
predica la especie, también <se predica> el género», de la que se for-
ma este argumento: «Sócrates es hombre; luego, Sócrates es animal». Y
de modo parecido, el lugar sofístico consiste en una relación de la pro-
posición inferente a la inferida de donde se toma una proposición falsa,
pero que aparenta ser verdadera, con arreglo a la cual discurre el argu-
mento sofístico, como cuando se dice: «Conozco al que viene, Corisco
viene; luego, conozco a Corisco». Aquí se discurre del accidente al suje-
to, es decir: del que viene a Corisco, en virtud de esta máxima: «Lo que
es verdad del accidente, también <lo es> del sujeto»; máxima que en
realidad resulta falsa a causa de la disparidad entre el accidente y el su-
jeto, aunque parezca verdadera en virtud de su coincidencia. Así pues,
dos <principios> concurren en el lugar sofístico citado. Uno es la causa
de la apariencia, lo que hace que el argumento parezca bueno, también
llamado principio motor porque mueve a asentir al argumento sofísti-
co; y en el argumento anterior consiste en la asociación del accidente al
sujeto. El otro es el principio del defecto porque produce la falta de ne-
cesidad en el argumento, también llamado causa de la inexistencia, que
en el argumento anterior consiste en la disparidad entre el accidente y
280
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
el sujeto. Por estos dos <motivos> se produce la caída humana en el en-
gaño, debido a que una cosa aparenta ser algo y no lo es. De ahí que el
lugar sofístíco se llame por otro nombre falacia puesto que es de suyo
causa del engaño, aunque uno no se engañe efectivamente a sí mismo,
salvo cuando no se da cuenta. Además, tal como los lugares dialécticos
se distinguen según las diversas relaciones ilativas de las que resulta la
solidez del argumento y de las que proceden los argumentos mismos,
así los lugares sofísticos o falacias se distinguen con arreglo a los prin-
cipios motores de los que proviene la aparente solidez de los argumen-
tos sofísticos. Esto ocurre de dos modos. Uno tiene lugar a partir de las
palabras, cuando dada la unidad de la palabra se cree en la unidad de la
realidad por ella significada; por ejemplo, las cosas que se significan con
el nombre ‘can’ parecen ser una porque este nombre, ‘can’, es uno. El
otro tiene lugar a partir de las cosas: dado que algunas cosas convienen
entre sí en algún respecto, parecen ser absolutamente una, como antes
se había dicho a propósito del accidente y el sujeto.
Capítulo 14
Acerca de la falacia por ignorancia de la refutación (ignorantia elenchi)
[88099] <…> Como el silogismo y la contradicción forman parte del
concepto de refutación
5
, todo lo que contravenga la definición del silo-
gismo y de la contradicción, contraviene la definición de la refutación.
Y por eso, como en cualquier falacia, el fallo es debido a la omisión
de algún elemento definitorio del silogismo o de la contradicción, toda
falacia se reduce a la ignorancia de la refutación como a un principio
general. Pero como, por otra parte, en la definición de la refutación se
hace constar la contradicción en calidad de diferencia específicamente
constitutiva, es la omisión de las condiciones requeridas por la contra-
dicción la que constituye especialmente la ignorancia de la refutación
como una falacia especial. Ahora bien, como no puede haber haber fala-
cia si falta la apariencia, para que la falacia se remita a la contradicción
es preciso que se dé una contradicción aparente y con ello que algo falte
a la verdad de la contradicción.
Capítulo 15
Acerca de la falacia de petición de principio
[88101] <…> Se ha de saber que esta falacia no peca contra la fuerza
ilativa de la argumentación, puesto que, dadas las premisas, la conclu-
sión se sigue correctamente al observarse la relación debida del antece-
5. Refutación corresponde a elenco. Recordemos que, según declaraba el capítulo 3
[88077] en la presentación de esta noción, «el elenco es el silogismo de la contradicción».
281
¿ T OMÁ S DE A QUI NO? S O B R E L A S F A L A C I A S
dente al consecuente [inferentis ad illatum]. Pero peca contra la capaci-
dad de prueba del argumento, puesto que lo aducido como prueba debe
ser más manifiesto <que lo que se pretende probar>, condición que aquí
no se cumple. Así pues, aquí el fallo no estriba en que la conclusión no
se siga de las premisas, dado que las inferencias antes citadas
6
discurren
con arreglo a los lugares dialécticos, sino que reside en que se pide la
admisión de la misma proposición <en cuestión> como si fuera <otra
proposición> distinta. De ahí que si en los precitados modos de argu-
mentar se asumen las premisas por ser mejor conocidas y no en calidad
de suposiciones, el argumento no será sofístico sino dialéctico.
6. Citadas anteriormente como ejemplos de los cinco modos en que puede darse la
falacia: 1) mediante la suposición de una definición; 2) mediante la suposición del caso uni-
versal para probar el particular; 3) mediante la suposición de cada caso particular para
probar el universal; 4) mediante la suposición del caso en sentido dividido para probar-
lo en sentido compuesto; 5) mediante la suposición del caso correlativo. Veamos una
muestra del primer modo y otra del quinto y último. Conforme al modo (1), se trata de pro-
bar que un hombre corre; para estos efectos, se pide suponer que un animal racional mortal
corre y, asumido este supuesto —que, al envolver precisamente la definición de hombre, sería
lo que hay que probar—, se arguye así: «Un animal racional mortal corre; luego, un hombre
corre». Conforme al modo (5), para probar que Sócrates es padre de Platón se aduce este ar-
gumento: «Platón es hijo de Sócrates; por consiguiente, Sócrates es padre de Platón».
282
3. ANTOINE ARNAULD (1612-1694)
Y PIERRE NICOLE (1625-1695)
Fuente
La logique ou l‘Art de penser, contenant, outre les regles comunes, plusieurs obser-
vations nouvelles, propres à former le jugement [1662,
5
1683], par Antoine
Arnauld & Pierre Nicole, ed. crítica de P. Clair y F. Girbal, PUF, París, 1965 (las
referencias de página son a esta edición).
A. Contexto
Lógica o Arte de pensar que contiene, además de las reglas comunes, va-
rias observaciones nuevas apropiadas para la formación del juicio, título
significativo en un doble sentido: i) la adscripción a la tradición escolar
de la Lógica regulativa no ya de la razón sino, más en general, de las ope-
raciones del pensamiento, y ii) la aportación de nuevas consideraciones
dirigidas a la formación del juicio, pues esta es justamente la ocupación
principal y distintiva del espíritu humano, como ya declaraba el Discur-
so de la primera edición (1662) que daba a conocer el propósito de la
obra (véanse más arriba las Notas históricas, 3; también p. 15). Veamos
la propia presentación de la disciplina:
La Lógica es el arte de conducir bien la razón en el conocimiento
de las cosas, tanto para instruirse uno mismo como para instruir a otros.
Este arte consiste en las reflexiones que los hombres han hecho so-
bre las cuatro operaciones principales de su espíritu: concebir, juzgar,
razonar y ordenar.
<…> Todo esto se realiza de modo natural y a veces mejor por par-
te de aquellos que no saben ninguna de las reglas de la Lógica que por
parte de quienes las han aprendido. Así que este arte no consiste en ha-
llar la forma de realizar estas operaciones, puesto que la naturaleza mis-
ma nos la proporciona al dotarnos de razón, sino en unas reflexiones sobre
lo que la naturaleza nos hace hacer, que sirven para tres cosas:
La primera es asegurarnos de que usamos bien la razón <…>.
La segunda es descubrir y explicar más fácilmente el error o el defecto
que pueda darse en las operaciones del espíritu <…>.
283
A NT OI NE A R NA UL D Y P I E R R E NI COL E
La tercera es hacernos conocer mejor la naturaleza de nuestro espíri-
tu mediante las reflexiones que realizamos sobre sus acciones (pp. 37-38).
El estudio de los sofismas responde primordialmente al segundo ob-
jetivo. Pues bien, al consistir en razonamientos, su estudio corresponde
a la parte III del tratado.
B. Textos
Parte III, <Que trata> Del razonamiento (pp. 177-178).
Esta parte que ahora vamos a tratar y que incluye las reglas del razona-
miento, está considerada la más importante de la Lógica y es casi la única
que se expone con cierto cuidado. Pero cabe dudar si es también tan útil
como se supone. La mayor parte de los errores de los hombres, como ya
hemos dicho en otro sitio, proviene de razonar sobre la base de falsos
principios, mucho más que de razonar mal a partir de unos principios
1
.
Parte III, cap. xix, pp. 241-259.
De las diversas maneras de razonar mal que se llaman sofismas
Aunque si se conocen las reglas de los buenos razonamientos, no es di-
fícil reconocer los que son malos, sin embargo, como los ejemplos que
hay que evitar suelen llamar más la atención que los ejemplos que hay
que seguir, no será inútil presentar las principales fuentes de los malos
razonamientos, llamados sofismas o paralogismos
2
porque esto contri-
buirá a evitarlos con más facilidad aún.
Los reduciré a siete u ocho al ser algunos tan burdos que no merece
la pena mencionarlos.
1. Probar algo distinto de lo que está en cuestión.
Este sofisma es llamado por Aristóteles ignoratio elenchi, es decir, igno-
rancia de lo que uno debe probar contra su adversario. Es un vicio muy
común en las controversias humanas. Se discute acaloradamente y, a me-
nudo, los interlocutores no se entienden entre sí. La pasión o la mala fe
hacen que uno atribuya a su adversario lo que este dista de sentir, a fin de
1. Nicole ya había avanzado en el Discurso Primero (1662) esta tesis característica
de la nueva orientación informal, aunque luego la Logique no deje de ocuparse de los so-
fismas tradicionales.
2. No parece que Arnauld y Nicole estén interesados en distinguir entre sofismas y
paralogismos como luego será habitual en la tradición escolar francesa, donde los primeros
son argucias deliberadamente capciosas o engañosas, mientras que los segundos consisten
en errores involuntarios; véanse, p. ej., las voces sophisme y paralogisme en A. Lalande,
Vocabulaire technique et critique de la philosophie, F. Alcan, París, 1926; PUF,
20
2006.
284
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
combatirle con mayor ventaja, o le impute consecuencias que imagina
que pueden seguirse de su doctrina, aunque él las desapruebe y niegue
como propias
3
. Todo esto puede referirse a esta primera especie de sofis-
ma que un hombre sincero y de bien debe evitar a toda costa. <…>
2. Suponer verdadero lo que está en cuestión
Es lo que Aristóteles llama petición de principio, y resulta totalmente con-
trario al verdadero proceder de la razón, pues en todo razonamiento lo
que sirve de prueba debe ser más claro y más conocido que lo que se
quiere probar.
Galileo le acusa, sin embargo, y con justicia, de haber incurrido él
mismo en tal defecto al pretender probar que la Tierra está en el centro
del mundo por este argumento:
La naturaleza de las cosas pesadas es tender al centro del universo y
la de las cosas ligeras es alejarse de él.
Ahora bien, la experiencia nos hace ver que las cosas pesadas tienden
al centro de la Tierra y que las cosas ligeras se alejan de él.
Luego, el centro de la Tierra es el mismo que el centro del universo.
Está claro que en la premisa mayor de este argumento hay una ma-
nifiesta petición de principio. Pues bien vemos que las cosas pesadas tien-
den al centro de la Tierra; pero ¿cómo sabía Aristóteles que tienden al
centro del universo sin dar por supuesto que el centro de la tierra es el
mismo que el centro del universo? Es justamente la conclusión que se
pretendía probar por este argumento. <…>
También cabe relacionar con este tipo de sofisma la prueba cuya con-
clusión se obtiene de un principio diferente del punto que está puesto en
cuestión, pero del que se sabe que no es menos problemático para aquel
con quien se discute. <…>
Finalmente, pueden remitirse a este sofisma todos los razonamien-
tos en los que se prueba una cosa que no se conoce por otra que es tan-
to o más desconocida, o una cosa incierta por otra que es tanto o más
incierta.
3. Tomar por causa lo que no es causa
Este sofisma se llama non causa pro causa. Es muy frecuente entre los
hombres y se incurre en él de muchas maneras. Una, por el simple des-
conocimiento de las verdaderas causas de las cosas. Así, los filósofos
han atribuido mil efectos diversos al horror al vacío, del que se ha pro-
3. Tanto la deformación de la opinión del contrario como la atribución de con-
secuencias imaginarias e inaceptables a sus tesis, son sesgos no aristotélicos que parecen
preludiar la falacia de caricaturización que suele denominarse «falacia del pelele (o mu-
ñeco de paja)».
285
A NT OI NE A R NA UL D Y P I E R R E NI COL E
bado en nuestro tiempo y por experimentos muy ingeniosos que no
tiene otra causa que el peso del aire, según puede verse en el excelen-
te tratado de Pascal que acaba de aparecer
4
. Esos mismos filósofos en-
señan por lo común que los vasos llenos de agua se rompen al helarse
porque el agua congelada se comprime y así deja un vacío que la natu-
raleza no puede soportar. Sin embargo, se ha llegado a reconocer que
no se rompen sino porque, al contrario, el agua helada ocupa más es-
pacio que antes de congelarse, y esta es también la causa de que el hie-
lo flote en el agua.
A este mismo sofisma cabe remitir los casos en que se aducen causas
remotas y que nada prueban para demostrar o bien cosas de suyo bas-
tante claras, o bien cosas falsas o al menos dudosas. <…>
La otra causa que hace caer a los hombres en este sofisma es la ne-
cia vanidad que nos lleva a avergonzarnos de reconocer nuestra igno-
rancia. Pues a esto se debe que prefiramos inventarnos causas imagina-
rias de las cosas de las que se nos pide razón, antes que confesar que no
sabemos la causa. Y la manera como evitamos la confesión de nuestra
ignorancia es bastante divertida. Cuando observamos un efecto cuya
causa nos es desconocida, nos imaginamos haberla descubierto una vez
que hemos unido a ese efecto una palabra general del tipo de virtud o
facultad que no forma en nuestro espíritu ninguna otra idea nueva, a
no ser la de que el efecto tiene alguna causa, cosa que ya sabíamos an-
tes de haber dado con tal palabra. Nadie ignora, por ejemplo, que las
arterias laten, que el hierro cuando está próximo a un imán va a unirse
a él, que la hoja de sen es purgante y que la adormidera produce sueño.
Los que no presumen de saber y no tienen por vergonzosa la ignoran-
cia, confiesan francamente que están al tanto de esos efectos, pero no
conocen sus causas. Mientras que los sabios que enrojecerían de hacer
tal confesión, se las arreglan de otra manera y abrigan la pretensión de
haber descubierto la verdadera causa de esos efectos, a saber, que hay
en las arterias una virtud pulsátil, en el imán una virtud magnética, en la
hoja de sen una virtud purgativa y en la adormidera una virtud dor-
mitiva. <…> Y aún hay otras palabras que sirven para volver sabios a
los hombres con poco esfuerzo, como simpatía, antipatía, cualidades
ocultas
5
. <…>
4. Las Experiences nouvelles touchant le vide fueron publicadas por Pascal en oc-
tubre de 1647 (Pierre Margat, París). Sin embargo, el texto parece referirse a su Traité
de l’équilibre des liqueurs et de la pesanteur de la masse de l’air, compuesto por la misma
época pero editado el año siguiente de su muerte por Florin Périer en 1663 (Deprez, Pa-
rís). Véase B. Pascal, Œuvres complètes, Seuil, París, 1963, pp. 194-263.
5. Las referencias a «virtudes» y «facultades» (o «potencias»), y a «simpatías/ anti-
patías», «cualidades cultas», etc., eran cargos comunes contra ciertas pretensiones escolás-
ticas de explicación causal en filosofía natural.
286
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
También se debe incluir en este tipo de sofisma este error común del
espíritu humano: post hoc, ergo propter hoc. Algo ha acontecido a conti-
nuación de tal cosa, luego es preciso que tal cosa sea su causa. <…>
4. Enumeración incompleta
Apenas hay otro defecto del razonamiento en el que las personas dies-
tras incurran con más facilidad que el de realizar enumeraciones incom-
pletas, y no considerar suficientemente todas las formas como algo pue-
de ser o puede llegar a darse. Esto les hace concluir temerariamente o
bien que algo no es, porque no es de cierta forma aunque pueda ser
de otra, o bien que es justamente de tal forma, aunque pueda ser de al-
guna otra que no han tomado en cuenta
6
. <…>
5. Juzgar acerca de una cosa por algo que solo le conviene de modo
accidental
Este sofisma tiene el nombre escolar de fallacia accidentis. Se incurre en
él cuando se saca una conclusión absoluta, simple y sin restricciones, de
lo que solo es verdad por accidente. Es lo que hace tanta gente que se
despacha a gusto contra el antimonio porque, mal aplicado, produce efec-
tos nocivos. O lo que hacen quienes endosan a la elocuencia todos los
malos efectos que genera su abuso, o a la medicina los errores de algu-
nos médicos ignorantes. <…>
También se incurre a menudo en esta mala forma de razonar cuando
se toman las meras ocasiones por verdaderas causas
7
. <…>
6. Pasar del sentido dividido al sentido compuesto, o del sentido compues-
to al sentido dividido
Uno de estos sofismas se llama fallacia compositionis; el otro, fallacia
divisionis. Se comprenderán mejor mediante ejemplos.
Jesucristo dice en el Evangelio hablando de sus milagros: los ciegos
ven, los cojos andan, los sordos oyen. Esto solo puede ser verdad si se
entienden estas cosas por separado y no de modo conjunto, es decir, en
un sentido dividido y no en un sentido compuesto. Pues los ciegos no
ven mientras están ciegos y los sordos no oyen mientras están sordos.
Pero los que habían sido ciegos y han dejado de serlo, ahora ven; y lo
mismo respecto de los sordos. <…>
6. Se trata de una falacia inédita en el catálogo tradicional escolar. Consiste en una
disyunción no exhaustiva, en la que no se consideran todas las opciones pertinentes para
descartar o para sentar un caso determinado. Vaz Ferreira mucho más tarde, en las prime-
ras décadas del siglo XX, también será muy sensible a este «paralogismo».
7. No es fácil ver en qué difieren tanto este caso, como el anterior, de los errores
correspondientes al sofisma 3, que da en tomar o proponer como causa de algo lo que no
es su causa.
287
A NT OI NE A R NA UL D Y P I E R R E NI COL E
Hay, por el contrario, proposiciones que solo son verdaderas en un
sentido opuesto a este que es el dividido. Como, por ejemplo, cuando
san Pablo dice que los maldicientes, los fornicadores, los avaros no en-
trarán en el reino de los cielos. Pues esto no quiere decir que no se sal-
vará ninguno de los que hayan tenido estos vicios, sino que solamente
aquellos que sigan ligados a esos vicios y no los abandonen para conver-
tirse a Dios, no tendrán parte en el reino del cielo.
Salta a la vista que no se puede pasar de uno de estos sentidos al otro
sin cometer un sofisma
8
. <…>
7. Pasar de lo que es verdad en cierto respecto a lo que es verdad sin más
Es lo que recibe el nombre escolar de a dicto secundum quid ad dictum
simpliciter. He aquí algún ejemplo. Los epicúreos probaban incluso que
los dioses debían tener forma humana porque no hay ninguna otra más
bella y todo lo que es bello debe darse en Dios. Era razonar muy mal.
Pues la forma humana no es belleza en un sentido absoluto, sino solo
con respecto al cuerpo. Y así, al ser una perfección en cierto respecto,
pero no una perfección sin más, no se sigue que deba darse en Dios por-
que todas las perfecciones se den en Dios, puesto que solo las perfeccio-
nes absolutas o sin más, es decir, las que no envuelven ninguna imper-
fección, son las que se dan necesariamente en Dios.
8. Abusar de la ambigüedad de las palabras, lo que cabe hacer de diversas
maneras
Pueden incluirse en este tipo de sofisma todos los silogismos que están
viciados porque tienen cuatro términos, bien porque el término medio
está tomado particularmente en las dos premisas, bien porque se toma
en un sentido en la primera y en otro sentido en la segunda, o bien, en
fin, porque los términos de la conclusión no tienen el mismo sentido en la
conclusión y en las premisas. Pues no reservamos la calificación de am-
biguas solo para las palabras que son palmariamente equívocas, algo que
no induce a error casi nunca, sino que por ambigüedad entendemos todo
aquello que puede hacer cambiar el significado de una palabra, sobre
todo cuando los hombres no reparan fácilmente en este cambio al to-
mar por una y la misma cosa las diversas cosas que está significando un
mismo sonido. Sobre este punto se puede ver lo dicho al final de la pri-
mera parte, donde también se habló del remedio que se debe aplicar a
8. Un sofisma de ambigüedad al menos, si el paso consiste en tomar un sentido por
otro en un mismo contexto discursivo (véase más abajo, sofisma 8). Por otra parte, si el
paso es inferencial, también sería un sofisma tanto inferir de una premisa en sentido dividi-
do una conclusión en sentido compuesto como inferir de una premisa en sentido compuesto
una conclusión en sentido dividido —caso no mencionado en la 1.ª edición de 1662, pero
incluido en la 5.ª edición de 1683—.
288
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
la confusión de las palabras ambiguas mediante definiciones tan precisas
que nadie pueda verse engañado
9
.
Así que me contentaré con aducir algún ejemplo de este tipo de am-
bigüedad que a veces induce a error a personas competentes. Como la
que se encuentra en las palabras que significan un todo que cabe tomar
o colectivamente, referido a todas sus partes en conjunto, o distributi-
vamente, referido a cada una de ellas. Por medio de esta distinción hay
que resolver este sofisma de los estoicos que daban en concluir que el
mundo era un animal dotado de razón: Lo que tiene uso de razón es me-
jor que aquello que no lo tiene en absoluto. Ahora bien, no hay nada,
decían ellos, que sea mejor que el mundo. Luego, el mundo tiene uso de
razón. La premisa menor de este argumento es falsa, porque atribuye al
mundo lo que no conviene sino a Dios, un ser tal que nada puede con-
cebirse más perfecto ni mejor
10
. Pero, limitando el caso a las criaturas,
aunque se pudiera decir que nada hay mejor que el mundo tomado co-
lectivamente como la universalidad de todos los seres creados por Dios,
todo lo que cabe concluir es, a lo sumo, que el mundo está dotado de
uso de razón por lo que se refiere a algunos de sus componentes, como
los ángeles y los hombres, pero no que el todo en su conjunto sea un
animal dotado de uso de razón.
De igual modo razonaría mal quien dijera: El hombre piensa. Ahora
bien, el hombre está compuesto de cuerpo y alma. Luego, el cuerpo y el
alma piensan. Pues para atribuir el pensamiento al hombre entero, bas-
ta con que piense según una de sus partes integrantes, sin que de ahí se
siga en modo alguno que piense según la otra.
9. Sacar una conclusión general de una inducción deficiente
Se habla de inducción cuando la investigación de muchos casos particu-
lares nos lleva al conocimiento de una verdad general. Así, cuando se ha
comprobado en bastantes mares que allí el agua es salada, y en bastan-
9. Cf., por ejemplo, el capítulo xii de la parte I, en el que los autores introducen
además la distinción entre la definición nominal, reclamada por Pascal para la geometría,
y la definición real (ed. cit., pp. 86 ss.). Los autores no parecen atender a la demarcación
tradicional entre falacias lingüísticas y extralingüísticas, de modo que la ambigüedad po-
dría darse en ambos casos. Más adelante, en el cap. xi de la parte IV, que presenta una re-
ducción del método de las ciencias a ocho reglas principales, Arnauld formula dos reglas
correspondientes a las definiciones; no dejar los términos oscuros o equívocos sin definir
y no emplear en las definiciones otros términos que los perfectamente conocidos o ya ex-
plicados (ibid., p. 334).
10. Noción aducida por san Anselmo en el Proslogion (compuesto en Bec hacia 1078)
para derivar de ella la necesidad de reconocer la existencia de Dios, conforme al llamado
más tarde «argumento ontológico»; también fue empleada en un sentido similar por Des-
cartes. Aquí no tiene, naturalmente, esas pretensiones y obra solo como una noción esta-
blecida o común en el medio cultural de la Logique.
289
A NT OI NE A R NA UL D Y P I E R R E NI COL E
tes ríos que el agua es allí dulce, se concluye con carácter general que el
agua del mar es salada, y la de los ríos, dulce. Las diversas pruebas rea-
lizadas de que el oro no disminuye con el fuego, han hecho juzgar que
esto es verdad de cualquier oro. Y como no se ha encontrado un pueblo
que no hable, se considera muy cierto que los hombres hablan, es decir,
se sirven de sonidos para significar sus pensamientos. <…>
En todo caso y con la reserva de otro lugar para tratar esta materia,
baste decir aquí que las inducciones deficientes, es decir, las que no son
completas, suelen hacer caer en el error
11
. Me contentaré con ofrecer
un ejemplo notable.
Todos los filósofos habían aceptado hasta nuestros días como ver-
dad indudable que, estando una jeringa obstruida, era imposible tirar
del pistón sin reventarla, y que por medio de bombas aspirantes se podía
hacer subir el agua hasta la altura que se quisiera. Y lo que hacía creerlo
con tal firmeza era que se suponía haberlo verificado por una inducción
bien asentada tras haber hecho una infinidad de experimentos. Pero tan-
to lo uno como lo otro ha resultado falso. Pues nuevos experimentos
han puesto de manifiesto que cabe tirar del pistón de una jeringa, por
muy obstruida que esté, siempre que se emplee una fuerza igual al peso
de una columna de agua de más de treinta pies de altura y del grosor de
la jeringa; así como han hecho ver que, por medio de una bomba aspi-
rante, no se podría elevar el agua más allá de los 32 o 33 pies
12
.
Parte III, cap. xx, pp. 260-289.
De los malos razonamientos que se cometen en la vida civil
y en los discursos ordinarios
13
Hasta aquí hemos visto algunos ejemplos de las faltas más comunes que
se cometen al razonar en materias científicas. Ahora bien, como el prin-
cipal empleo de la razón no se da en este tipo de temas que tienen poco
11. Error que, al igual que el caso 4 de «enumeración imperfecta», no venía recogido
en los catálogos escolares de falacias. Hoy, bajo la denominación corriente de «generaliza-
ción precipitada», ha venido a ser una de las falacias más conocidas y tratadas —e incluso,
en ciertos contextos, discutidas—.
12. Fue, al parecer, una observación que intrigó a los fontaneros de Florencia en 1643
y luego sirvió como unos de los puntos de partida para los estudios y experimentos de
Torricelli y de Pascal. Pueden verse al respecto el tratado de Pascal sobre el vacío, antes
mencionado (nota 4), y su carta a Périer del 15 de noviembre de 1647 (en la ed. citada de
sus Œuvres complètes, pp. 221-222).
13. Este capítulo es uno de los lugares que acusan el desarrollo que ha tenido lugar
desde la 1.ª edición (1662) hasta la 5.ª (1683). En la primera, se trataba del cap. xviii; su
redacción tenía un aire más suelto y moralizante, con abundantes consideraciones particula-
res y psicológicas. En la última, aunque los cambios ya se inician en la 2.ª edición de 1664,
el tratamiento es más general y metódico e, incluso, un tanto sistemático, por ejemplo, a
partir de la distinción entre causas de error internas y externas.
290
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
que ver con la conducta en la vida diaria y en los que incluso es menos
peligroso equivocarse, sería sin duda mucho más útil considerar en ge-
neral qué es lo que induce a los hombres a los falsos juicios que se forman
acerca de cualquier materia; principalmente en cuestión de costumbres y
en otros asuntos que son importantes en la vida civil y que constituyen
un tema común de sus conversaciones. Pero dado que esta tarea exigi-
ría un tratado aparte que abarcara casi toda la Moral, nos contentaremos
con señalar aquí, de modo general, alguna de las causas de esos falsos
juicios que tan comunes son entre los hombres.
No nos hemos detenido a distinguir los falsos juicios de los malos ra-
zonamientos y hemos indagado indiferentemente las causas de unos y de
otros, tanto porque los falsos juicios son fuentes de los malos razona-
mientos y los producen por consecuencia necesaria, como porque, de
hecho, hay casi siempre un razonamiento oculto y latente en lo que nos
parece un simple juicio, así como siempre hay algo que sirve de moti-
vo y de principio para este juicio. Por ejemplo, cuando se juzga que un
bastón que parece curvado dentro del agua, es en efecto curvo, este jui-
cio descansa en una proposición general falsa: lo que parece curvado a
nuestros sentidos, es curvo realmente; y envuelve así un razonamiento,
aunque no desarrollado. Por lo tanto, considerando en general las cau-
sas de nuestros errores, parece que pueden reducirse a dos principales:
una interior, consistente en el desorden de la voluntad que perturba y
trastorna el juicio; la otra exterior, referida a los objetos sobre los que
juzgamos y que inducen a engaño a nuestro espíritu por falsas aparien-
cias
14
. Y si bien estas causas casi siempre actúan unidas, hay, no obstante,
algunos errores en los que una pesa más que la otra, motivo por el cual
nos ocuparemos de ellas por separado.
Sobre los sofismas debidos al amor propio, el interés o la pasión
1. Si se examina con atención lo que por lo común ata a los hombres a
una opinión antes que a otra, se hallará que no es la penetración de la
verdad y la fuerza de las razones, sino más bien algún lazo del amor pro-
pio, del interés o de la pasión. Tales son los pesos que inclinan la balanza
y nos llevan a decidir en la mayor parte de nuestros casos de duda; eso es
lo que da el mayor impulso a nuestros juicios y lo que a ellos nos aferra
más fuertemente. Juzgamos acerca de las cosas no por lo que ellas son
14. Esta distinción puede ser un precedente de la propuesta por John Stuart Mill en-
tre las fuentes morales e intelectuales del error (Sistema de Lógica, lib. V, cap. 1, § 3; ed.
cit., pp. 737-738 en especial), aunque su influjo y su peso relativos difieran de los que la
Logique reconoce a los motivos internos y externos. Según Mill, las morales solo obran de
modo indirecto, como predisposiciones, y consisten principalmente en la indiferencia a la
verdad y en inclinaciones sesgadas; las intelectuales obran de modo directo y determinan-
te para dar lugar a pruebas aparentes pero infundadas o fallidas.
291
A NT OI NE A R NA UL D Y P I E R R E NI COL E
en sí mismas; sino por lo que son con respecto a nosotros, y hacemos de
la verdad y de la utilidad una misma cosa. <…>
Sobre los falsos razonamientos que surgen de los objetos mismos
Ya se ha señalado que las causas interiores de nuestros errores no deberían
separarse de aquellas otras derivadas de los objetos, que pueden llamarse
exteriores, dado que las falsas apariencias de los objetos no serían capa-
ces de hacernos caer en el error si la voluntad no impulsara al espíritu
a formarse un juicio precipitado cuando aún no tiene luces suficientes
al respecto.
Pero como la voluntad no puede ejercer ese dominio sobre el enten-
dimiento cuando se trata de cosas completamente evidentes, salta a la
vista que la oscuridad de los objetos contribuye en buena medida a nues-
tros errores. Así como, por cierto, se dan con frecuencia casos en los que
apenas se deja notar la pasión que lleva a un mal razonamiento. De ahí
que sea útil considerar por separado las ilusiones que surgen principal-
mente de las cosas mismas. <…>
4. Las falsas inducciones por las que se derivan proposiciones gene-
rales a partir de ciertas experiencias particulares, son una de las fuentes
más comunes de los falsos razonamientos de los hombres. No hacen fal-
ta más que tres o cuatro ejemplos para formar una máxima o un lugar
común del que servirse en calidad de principio para determinar todos
los casos
15
. <…>
6. Pero no hay razonamientos falsos más frecuentes entre los hom-
bres que aquellos en los que se incurre, bien al juzgar temerariamente
acerca de la verdad de algo sobre la base de una autoridad insuficien-
te para garantizarla, bien al decidir sobre el fondo de un asunto por la
forma. Daremos al primer caso el nombre de sofisma de la autoridad, al
segundo, el de sofisma de la forma.
Para comprender hasta qué punto son comunes, basta con reparar en
que la mayoría de los hombres no se deciden a adoptar una opinión
en vez de otra por razones sólidas y esenciales que les harían conocer
la verdad, sino por ciertas marcas exteriores y ajenas que se correspon-
den mejor, o que ellos estiman que se corresponden mejor, con la verdad
que con la falsedad.
La razón es que la verdad interior de las cosas se halla con frecuencia
oculta y que los espíritus de los hombres son por lo común débiles y obtu-
sos, y están llenos de neblinas y falsas claridades, mientras que las mar-
15. Vienen a ser un trasunto de las inducciones deficientes o generalizaciones preci-
pitadas cometidas en el campo científico —véase el caso 9 del cap. xix, más arriba—.
292
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
cas exteriores son, por el contrario, meridianas y palpables. Así pues,
como los hombres se inclinan de buen grado hacia lo que les resulta más
fácil, se colocan casi siempre del lado desde el que aprecian las marcas ex-
teriores que disciernen con facilidad.
Pueden reducirse a dos principales: la autoridad de quien propone
la cosa y la forma como está propuesta. Estas dos vías de persuasión son
tan poderosas que arrastran a casi todo el mundo. <…>
Aquí no vamos a abordar la empresa de establecer las reglas y los
límites precisos de la deferencia que se debe a la autoridad en las cosas
humanas, sino que se trata simplemente de señalar algunas faltas de bul-
to que se cometen en tales asuntos
16
.
A menudo solo se toma en cuenta el número de testimonios sin re-
parar en si este número hace que sea más probable que se haya dado con
la verdad. Esto no es razonable. Pues, como un autor de nuestro tiem-
po ha señalado con buen criterio, en los asuntos difíciles y en los que se
impone que cada uno dé con la verdad por sí mismo, es más verosímil
que la halle uno solo que no el que sea descubierta por muchos. Así que
no es una buena relación de consecuencia la siguiente: Esta opinión es la
que sigue el mayor número de filósofos; luego, es la más verdadera.
Es frecuente dejarse persuadir por ciertas cualidades que no guardan
relación alguna con la verdad de las cosas de las que se trata. Hay así una
multitud de personas que creen sin mayor discernimiento a los que tienen
más edad y más experiencia en aquellas cosas que justamente no depen-
den de la edad ni de la experiencia, sino de las luces del espíritu. <…>
7. Cierto es que si hay errores disculpables son aquellos en los que
incurrimos al condescender con el sentir de quienes estimamos que son
gentes de bien. Pero hay una ilusión bastante absurda de suyo y que, sin
embargo, es muy común: la de creer que alguien dice verdad porque es de
noble cuna, es rico u ostenta una alta dignidad. <…> Pero esta ilusión
es mucho más fuerte aún en los Grandes mismos, que no han tenido el cui-
dado de corregir la impresión que su fortuna les produce de modo natu-
ral en su espíritu, que la que pudiera darse en sus inferiores. Pocos hay que
16. Según Hamblin, estamos asistiendo a la primera aparición de la falacia ad bacu-
lum bajo el rótulo de sofisma de autoridad (2004: 156-157), e incluso a cierta forma mo-
derna de argumentación ad hominem (157). Según Hansen y Pinto, aunque este tratamien-
to de la autoridad difiera del que se daría a la argumentación ad verecundiam, no deja de
envolver alusiones a la fuerza y a la popularidad. De modo que, a su juicio, aun sin cata-
logar ni identificar las falacias correspondientes como miembros de la ilustre familia ad,
«cabe sostener que es la Lógica de Port-Royal la que constituye el locus classicus del género
de las falacias ad, no el Ensayo de Locke» (1995: 12). Desde luego, es un estatuto que no se
le suele reconocer; y, en cualquier caso, las alusiones y observaciones de Arnauld y Nicole
se parecen más a una especie de pool germinal que a una fuente o un lugar preciso de na-
cimiento.
293
A NT OI NE A R NA UL D Y P I E R R E NI COL E
no hagan razón de su condición o de sus riquezas, y que no mantengan
que sus opiniones deben prevalecer sobre las de quienes están por debajo
de ellos. No pueden tolerar que gentes a las que miran con desprecio pre-
tendan tener tanta capacidad de juicio y tanta razón como ellos; y esto es
lo que les vuelve tan impacientes ante la menor contradicción. <…>
8. Hay algo que es aún más engañoso en los errores que provienen
de las formas. Pues, de modo natural, nos inclinamos a creer que una
persona tiene razón cuando habla con gracia, con facilidad, con grave-
dad, con moderación y con dulzura; así como a creer, por el contrario,
que alguien está equivocado cuando se expresa de forma desagradable, o
da muestras de arrebato, acritud o presunción en sus palabras y acciones.
Sin embargo, si solo se juzga sobre el fondo de las cosas por estas
formas externas y sensibles, es imposible que uno no se equivoque con
frecuencia. <…>
Pero así como es razonable estar en guardia para no concluir que
una cosa es verdadera o falsa porque ha sido propuesta de tal o cual ma-
nera, también es justo que quienes deseen persuadir a los demás de una
verdad que han llegado a conocer, se afanen en revestirla de las formas
que mejor le vengan para ser aceptada, y en evitar las formas odiosas que
solo son capaces de alejar a los hombres de ella.
Si se toman en serio y honran la verdad, no deben deshonrarla cu-
briéndola con las marcas de la falsedad y la mentira; y si la aman since-
ramente, no deben atraer sobre ella el odio y la aversión de los hombres
por la forma abstrusa de proponerla. Este es el precepto más importan-
te de la Retórica, tanto más útil por cuanto sirve para reglar el alma y
las palabras. Pues aun siendo dos cosas bien diferentes, equivocarse en
el fondo y equivocarse en las formas, con todo, las faltas en cuestión
de formas son a menudo mayores y más considerables que los errores de
fondo.
294
4. JOHN LOCKE (1632-1704)
Fuente
J. Locke, An Essay concerning Human Understanding [1690], ed. de P. H. Nidditch,
Clarendon Press, Oxford, 1975,
8
1991 (las referencias de página son a esta
edición).
A. Contexto
El Essay de Locke se ha considerado no solo exponente, sino promo-
tor de la nueva lógica «de las ideas» (Yolton, 1955) o «de las facultades»
(Buickerood, 1985), que ya había empezado a difundirse en el continen-
te bajo la influencia de Descartes. Se trata de una lógica que no está in-
teresada en las relaciones formales entre proposiciones —ni siquiera en
la distinción entre forma y contenido a este respecto—. Está interesada
en los constituyentes cognitivos de la mente humana, primordialmente
las ideas, en el estudio y mejora de nuestras facultades dirigidas al cono-
cimiento o a la opinión fundada, y en la prevención del error. Así pues,
esta nueva lógica no consiste ni en la lógica formal de la tradición anti-
gua y medieval, ni en la lógica psicológica de las leyes de la razón que lue-
go contemplará el siglo XIX, sino en una suerte de lógica epistemológica
que acompaña los primeros pasos de la ciencia y metodología modernas.
El contexto inmediato del texto seleccionado es un capítulo dedi-
cado a la discusión de la facultad y los usos de la Razón, donde los pá-
rrafos 19-22 representan una digresión dedicada a un tema de reflexión
autocontenido. A pesar de que a la lógica de las ideas o de las faculta-
des le importan mucho más los errores cognitivos en general que las fa-
lacias discursivas en particular, esta digresión de Locke no deja de tener
cierta importancia. Pero se trata de una importancia histórica, antes que
teórica o analítica: es el acta de bautismo —no de nacimiento— de lo que
podríamos llamar la «familia ad», una familia tan fecunda como rancia y
prominente en el reino de las falacias.
295
J OHN L OCK E
B. Texto
Libro IV, cap. xvii, §§ 19-22, pp. 685-687.
§ 19. Antes de abandonar este asunto, puede que valga la pena reflexio-
nar un poco sobre cuatro tipos de argumentos que los hombres [686]
emplean comúnmente en sus razonamientos con los demás para vencer
su resistencia a dar su asentimiento o, al menos, para imponerse a ellos
hasta reducir al silencio su oposición.
Primero. El primero consiste en aducir las opiniones de aquellos hom-
bres que por su cultura, eminencia, poder o alguna otra causa se han
hecho un nombre y han asentado su reputación en la estimación común
con alguna suerte de autoridad. Cuando alguien tiene reconocida una
dignidad de algún tipo, se considera una falta de modestia por parte de
los otros privarle de algún modo de ella, y poner en tela de juicio la au-
toridad de que está investido. Suele censurarse, como muestra de orgu-
llo desmedido, que uno no suscriba fácilmente lo que han determinado
los autores consagrados y ha sido asumido con respeto y sumisión por los
demás; y se tiene por insolencia que un hombre formule y mantenga su
propia opinión en contra del caudal legado por la Antigüedad, o que la
ponga en el platillo de la balanza frente a la de un instruido doctor o
algún autor consagrado. Quien basa sus tesis en tales autoridades, cree
que con ello debe sacar adelante su causa y está presto a tildar de des-
vergonzado a cualquiera que ose contradecirlas. Este es el que creo que
cabe llamar argumentum ad verecundiam
1
.
§ 20. Segundo. Otro procedimiento del que los hombres se valen co-
múnmente para apremiar a otros, y para obligarles a doblegar su juicio
y admitir la opinión objeto de debate, consiste en exigir al adversario
que admita lo que ellos aducen como prueba o que indique otra mejor.
Y llamo a esto argumentum ad ignorantiam
2
.
§ 21. Tercero. Un tercer procedimiento es presionar a un hombre
con las consecuencias derivadas de sus propios principios o sus conce-
1. ‘Verecundia’ significa modestia, discreción o respeto. Este tipo de argumento ape-
la a la actitud de reconocimiento que debe inspirar, se supone, una autoridad legítima o
acreditada. No se trata del sofisma de autoridad considerado en la Lógica de Port-Royal,
P. III, cap. xx (véase más arriba), en el que se aducen autoridades aparentes o no pertinentes.
2. Aunque la denominación también parece ser original de Locke, la exigencia de
una contraprueba o un contraargumento mejor como recurso para defender la causa pro-
pia ya era familiar en la tradición retórica. En todo caso, plantea una de las cuestiones
relativas a la carga o responsabilidad de la prueba, un asunto de importancia en la argu-
mentación retórica y jurídica, pero ignorado por la tradición lógica.
296
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
siones previas. Esto es lo que ya se conoce por el nombre de argumen-
tum ad hominem
3
.
§ 22. Cuarto. El cuarto es el empleo de pruebas extraídas de cual-
quiera de los fundamentos del conocimiento o de la probabilidad. Lo lla-
mo argumentum ad judicium. Este es el único de los cuatro que com-
porta una verdadera instrucción y nos hace avanzar en el camino del
conocimiento. Puesto que: 1) No argumenta que la opinión de otro hom-
bre esté en lo cierto solo porque yo no la contradiga debido al respeto
que le tengo o en virtud de cualquier otra consideración que no sea mi
propia convicción. 2) No prueba que otro hombre siga el camino co-
rrecto, ni que yo deba tomarlo con él solo porque yo no sepa [687] de
otro mejor. 3) Ni se sigue que otro hombre esté en el camino correcto
porque me haya mostrado que yo estoy en el equivocado. Puede que
yo sea modesto y por eso no me oponga a dejarme persuadir por otro;
puede que yo sea un ignorante, incapaz de aducir algo mejor; puede que
yo esté en un error y que el otro me muestre que es así. Motivos que,
quizás, puedan inclinarme a aceptar la verdad, pero no me sirven para
asumirla. Esta asunción debe provenir de las pruebas, de los argumentos
y de la luz que surge de la naturaleza de las cosas mismas, y no de mi ver-
güenza, ignorancia o error
4
.
3. Locke se está haciendo eco de una denominación usual en el siglo XVII para los
argumentos que también se llamaban ex concessis en la tradición escolar. Hoy, sin embar-
go, es otro el tipo de argumentos en que primero se piensa bajo la denominación de ar-
gumentación ad hominem: el de los que se refieren a las circunstancias personales de quien
sostiene una tesis o debate un asunto, en vez de referirse a la tesis o al asunto en cuestión.
A diferencia de los considerados por Locke, los argumentos que descansan en esta refe-
rencia extemporánea —que también se dice ad personam— suelen constituir un recurso
discursivo no solo no pertinente sino falaz.
4. Al igual que la argumentación ad hominem se ha relacionado con la dialéctica
de Aristóteles, este tipo de argumentación ad judicium se ha querido relacionar con sus
pruebas demostrativas o didácticas, que discurren a partir de los debidos principios (cf.
Hamblin 2004: 161). Sin embargo, conviene reparar en la distinción lockeana entre el co-
nocimiento —siempre cierto y en este sentido semejante al saber demostrado— y la proba-
bilidad, de modo que la argumentación ad judicium cubre un espectro bastante más am-
plio de pruebas que el limitado a las pruebas apodícticas de Aristóteles.
297
5. BENITO JERÓNIMO FEIJOO (1676-1764).
TEATRO CRÍTICO UNIVERSAL
A. Una reforma de la disciplina de la Lógica
Fuente
* Tomo VII (1736). Nueva impresión: ed. de A. Ortega, a costa de la Real Com-
pañía de Impresores y Libreros, Joaquín Ibarra, Madrid, 1778.
Discurso undécimo: «De lo que conviene quitar en las Súmulas
1
»,
pp. 288-298.
[Extractos]
§ II 5. Pero acaso a los principiantes serán necesarias las reglas expre-
sadas
2
, aunque después se hayan de olvidar o no tengan uso; del modo
que los andamios son precisos para formar el edificio, y después se de-
rriban, porque él se sostiene por sí mismo sin ese auxilio. Digo que en
parte convengo en ello, como aquellos preceptos se den muy sucinta-
mente: pues en ellos se aprenden las voces facultativas propias para ex-
presar las buenas o malas condiciones de los argumentos. Estoy persua-
dido a que todo hombre de buena razón, al momento que sobre materia
que tiene estudiada, se le propone un silogismo vicioso, sin atención a
regla alguna, y aun sin memoria y estudio de ella, conoce que es defec-
tuoso; esto es, que la ilación no es buena, y aún dará alguna explicación
del vicio que tiene aunque no con voces propias y facultativas. <…>
¿Quién al oír aquel vulgar sofisma: Mus est vox monosyllaba, sed vox
monosyllaba non manducat caseum; ergo mus non manducat caseum
3
,
1. «Súmulas», esto es, tratadillos o compendios, se llamaban los manuales de la Ló-
gica escolástica que se impartía en el curso de Artes, una enseñanza preparatoria en las
Escuelas menores para el estudio en las Facultades o Escuelas mayores (Derecho, Medici-
na, Teología). Solían ser versiones elementales y menguadas de los tratados medievales de
Lógica escolástica, en las que buena parte de este legado ya se había trivializado en rosa-
rios de reglas, o simplemente había desaparecido.
2. Reglas de modalidades, apelaciones, conversiones, equivalencias.
3. En adaptación del latín al español: Ratón es una palabra bisílaba, pero una pa-
labra bisílaba no come queso; luego, un ratón no come queso.
298
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
no conocerá que es un modo de argüir defectuosísimo, y se reirá de el
que lo propone? Pero no sabrá decir que el vicio que tiene es la varia-
ción de suposición
4
.
6. Y si se mira bien, se hallará que ningún Escolástico, sea princi-
piante o no, toma en disputa las reglas Sumulísticas como medio para
examinar si algún silogismo es vicioso o no. La prueba es clara, porque
para eso sería menester detenerse en el examen de cada silogismo una o
dos horas; pues todo ese tiempo sería menester para ir repasando men-
talmente todas las reglas y contemplando si en la aplicación falta, o no,
la observancia de cada una. Lo más, pues, que pueden servir las reglas
al Escolástico, es para dar razón del vicio del silogismo, cuando el Ar-
guyente se la pide. <…>
7. Pero ni aun esta utilidad se logra, sino en una mínima parte. Ra-
rísimo es el Escolástico que tiene presente todas las reglas. A este rarí-
simo no se le da espacio para reflexionar lo que es menester para ver a
qué regla se falta en el silogismo; conque ya por falta de tiempo, ya por
falta de memoria, solo a unas poquísimas reglas generales se recurre en
la disputa: pongo por caso si se varió la apelación, si se varió la suposi-
ción, si se infiere la consecuencia de dos proposiciones negativas, si se
deduce de dos particulares, si hay algún término en el consiguiente que
no aparezca en las premisas, etc.
5
. Luego convendría instruir solo en es-
tas reglas generales que son las que han de tener en uso y no descender
a tanta menudencia, cuya enseñanza consume mucho tiempo y después
no es de servicio.
4. Según la teoría de la suposición legada por la tradición del análisis lógico esco-
lástico medieval, el término mus (ratón) se usa en la primera premisa con una suposición
material en la medida en que esta palabra se denota a sí misma como término, pero pasa
a tener en la conclusión una suposición formal al denotar el objeto que significa o el roe-
dor al que se refiere. Este cambio incurre en ambigüedad y viola la regla que prohíbe a un
silogismo contar con más de tres términos (véase t. VIII, Discurso 2.º, § I 2, infra).
5. La apelación es otra propiedad de los términos considerada por la teoría de la su-
posición; difiere de esta en que la apelación siempre se refiere a una cosa existente, mien-
tras que la suposición puede no solo significar sino referirse a algo inexistente; por ejemplo,
el término ‘Anticristo’, según Pedro Hispano (Tractatus, X, 1), tiene significado y suposi-
ción, pero no apelación. Una variación de apelación podría ser la que cambia la referencia
de un término común como ‘hombre’ cuando pasa de referirse al hombre como especie
existente, p. ej., en «el hombre es un animal racional», a referirse a los hombres particula-
res, p. ej., en «el hombre es un lobo para el hombre». Como muestra de variación de supo-
sición, recuérdese el ejemplo anterior (véase nota 4, supra). Por otro lado, según las reglas
silogísticas, no cabe obtener una consecuencia válida ni a partir de dos premisas negativas,
ni a partir de dos premisas particulares: en el primer caso, porque no hay un término co-
mún de comparación y, en el segundo caso, porque el término medio no está tomado en
sentido universal o distribuido; así pues, en ambos casos, la relación entre el sujeto y el
predicado de la posible conclusión queda indeterminada. Por último, la presencia de un
nuevo término en la conclusión, además de los empleados en las premisas (mayor, medio
y menor), violaría la regla de que el silogismo no puede tener más de tres términos.
299
B E NI T O J E R ÓNI MO F E I J OO. T E A T R O C R Í T I C O U N I V E R S A L
§ III 8 Confieso que si se pudiesen dar reglas para desenredar todo
género de sofismas, sería utilísimo aprenderlas y conservarlas presentes en
la memoria aunque fuese a costa de mucho estudio. Pero el mal es que to-
das las que dan los que con más prolijidad escriben las Súmulas no alcan-
zan a manifestar ni aun la centésima parte de las trampas de que se puede
usar en la disputa. Aquellos antiguos dialécticos Crisipo, Euclides de Me-
gara y Eubúlides inventaron varios sofismas cuyo desenredo no se ha lo-
grado con todas las reglas sumulísticas prolijamente estampadas en tantos
libros. Tales son aquellos de la invención de Eubúlides a quienes él, con
alusión a la materia de que trataban, dio los nombres de el Mentiroso, el
Engañador, la Electra, el Sorites, el Velado, el Cornuto, el Calvo
6
.
11. El ingenio humano siempre fue más fértil en cavilaciones para
oscurecer la verdad que en discursos para descubrirla.
§ V 19. No por eso concluyo que las Súmulas sean inútiles, sino
que la utilidad que se puede sacar de ellas se logrará con los poquísimos
preceptos generales, que se reducen a dos pliegos. Con ellos y con una
buena Lógica natural, se puede cualquiera andar arguyendo por todo el
mundo. Y si la Lógica natural no es buena, no sirve la artificial sino para
embrollar y confundir.
B. Abusos dialécticos y sofismas. Una propuesta
de reducción a la ambigüedad
Fuente
Tomo VIII (1739). Nueva impresión: ed. de P. Marí, a cargo de la Real Compa-
ñía de Impresores y Libreros, Joaquín Ibarra, Madrid, 1779.
Discurso primero: «Abusos de las disputas verbales», pp. 1-12.
§ I 1. He oído y leído mil veces (mas ¿quién no lo ha oído y leído?) que
el fin, si no tal, primario de las disputas escolásticas es la indagación de
la verdad. Convengo en que para eso se instituyeron las disputas; mas
no es ese por lo común el blanco a que se mira en ellas. Dirélo con vo-
ces escolásticas. Ese es el fin de la obra; mas no del operante. O todos, o
casi todos, los que van al Aula o a impugnar o a defender, llevan hecho
6. Hoy algunos de ellos se considerarían más bien paradojas, como sin ir más lejos
el caso del mentiroso: «Un hombre profiere esta <proposición> Yo miento. En la cual se
infiere que si dice la verdad, miente, porque eso es lo que afirma en la proposición; y del
mismo modo se infiere que si miente, dice verdad» (§ III 10, p. 293). En cambio, sería un
sofisma el Cornuto, véase Discurso 2.º, § II 10, infra.
300
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
propósito firme de no ceder jamás al contrario, por buenas razones que
alegue. Esto se proponen y esto ejecutan.
5. Mas por lo que mira a aclarar la verdad en los asuntos que se con-
trovierten en las Escuelas, es verosímil que esta se estará siempre escon-
dida en el pozo de Demócrito
7
. Bien lejos de ponerse los conatos que se
jactan para descubrirla, yo me contentaría con que no se pusiesen para
oscurecerla. <…> No de todos lo profesores me quejo; pero sí de mu-
chos que en vez de iluminar la aula con la luz de la verdad, parece que
no piensan sino en echar polvo en los ojos de los que asisten en ella. A
cinco clases podemos reducir a estos, porque no en todos reinan los mis-
mos vicios, aunque hay algunos que incurren en todos los abusos que
vamos a tratar.
[Primer abuso, el de los que disputan «con demasiado ardor» (§ II, 6
[p. 3]).
Segundo abuso, «herirse los disputantes con dicterios» (§ III, 10 [5]).
Tercer abuso, «la falta de explicación por lo que se refiere al significa-
do de los términos empleados, de modo que ambas partes, ‘arguyente’ y
‘sustentante’, pueden estar diciendo lo mismo sin enterarse» (§ IV, 14 [7])].
§ V 16. El cuarto abuso es argüir sofísticamente. Los Sofistas ha-
cen un papel tan odioso en las Aulas como en los Tribunales los trampo-
sos. Entre los antiguos Sabios eran tenidos por los truhanes de la escue-
la. Luciano los llamó Monos de los Filósofos. Y yo les doy el nombre de
Titereteros <sic> de las Aulas. Una y otra
8
son artes de ilusiones y tram-
pantojos. Platón (in Euthydemo) dice que la aplicación de los Sofistas es
un estudio vilísimo y ridículos los que se ejercitan en él. Poco antes había
dicho (sentencia digna de Patón) que es cosa más vergonzosa concluir a
otro con sofismas, que ser concluido de otro con ellos. En las guerras de
Minerva, como en las de Marte, menos deslucido sale el que es vencido
peleando sin engaño, que el que vence usando de alevosía. <…>
17. Es el Sofisma derechamente opuesto al intento de la disputa. El
fin de la disputa es aclarar la verdad; el del Sofisma, oscurecerla <…>.
18. Estoy bien con la máxima, que han practicado algunos, de no
dar a los Sofismas otra respuesta que la de un gracejo irrisorio. Un So-
fista le probaba a Diógenes que no era hombre, con este argumento: Lo
que yo soy, no lo eres tú; yo soy hombre; luego, tú no eres hombre. Res-
pondióle Diógenes: Empieza el silogismo por mí, y sacarás una conclu-
sión verdadera. Motejo agudo; porque para empezar por Diógenes el
7. La sentencia que Diógenes Laercio atribuye a Demócrito: «En realidad, nada sa-
bemos. La verdad yace en lo profundo» (Vidas de los filósofos…, IX, § 72), cobró fama en
la posteridad bajo la versión: «La verdad yace en (el fondo de) un pozo».
8. La empleada en las Aulas y la empleada en los Tribunales.
301
B E NI T O J E R ÓNI MO F E I J OO. T E A T R O C R Í T I C O U N I V E R S A L
silogismo, era preciso que el Sofista lo formase así: Lo que tú eres, no lo
soy yo; tú eres hombre; luego, yo no soy hombre. <…>
19. Son los sofismas unos nudos, como el gordiano, mejores para
cortados que para desatados. Desátalos el estudio, córtalos el desprecio.
Aquello es más difícil, esto más útil; porque los sofistas, viendo que se
trabaja en deshacer sus enredos, haciendo gala de la dificultad que en
ello se encuentra, toman más aire para proseguir en ellos, y al contra-
rio, cesarían en ese fútil ejercicio, corridos de ver que no se les daba otra
respuesta que la irrisión.
20. Esto se debe limitar a los sofismas que evidentemente son tales.
De esta clase son todos aquellos argumentos que intentan probar una
cosa evidentemente falsa <…>.
21. Mas como en las aulas rara o ninguna vez se proponen sofismas
contra verdades evidentes, y aunque se propusiesen, siempre quedaría
desairado el que respondiendo solo con el desprecio, tácitamente con-
fesase su inhabilidad para desatar el nudo, en el discurso siguiente
9
dare-
mos una instrucción general para disolver todos, o la mayor parte de
los sofismas.
§ VI 22. El quinto y último abuso, o defecto, que hallamos en las
disputas verbales, es la establecida precisión de conceder, o negar, todas
las proposiciones de que consta el argumento. Este defecto (si lo es) es
general, pues todos lo practican así. <…> Ocurren muchas veces en el
argumento proposiciones de cuya verdad o falsedad no hace concepto
determinado el que defiende. Parece ser contra razón que entonces con-
ceda, ni niegue. ¿Por qué ha de conceder lo que ignora si es verdadero, o
negar lo que no sabe si es falso? ¿Pues qué expediente tomará? No decir
concedo ni niego, sino dudo. Esto manda la santa ley de la veracidad.
Discurso segundo, «Desenredo de sofismas», pp. 13-30.
§ I 1. Aristóteles, en el Libro primero de los Elenchos
10
, señaló trece
principios de la falacia de los argumentos sofísticos, o trece capítulos por
donde los silogismos pueden ser falaces. De estos trece capítulos, los seis
constituyó en dicción, y los siete en la cosa expresada por la dicción.
Pero bien mirado, todos los que señaló Aristóteles, tanto los primeros
como los segundos, se pueden reducir a uno solo, que es la ambigüedad
de la expresión. <…>
2. Hablando, pues, con propiedad, el principio único de donde vie-
ne la falacia del silogismo, o que hace al silogismo falaz, es la ambigüe-
9. Véase más abajo Discurso segundo, «Desenredo de sofismas».
10. De sophisticis elenchis, es decir, Sobre las refutaciones sofísticas.
302
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
dad de alguna voz. La razón es, porque la falacia del silogismo consiste,
según el mismo Aristóteles, en la apariencia que tiene de ser buena la
ilación, siendo mala en la realidad, y esta apariencia solo puede venir de
la ambigüedad de alguno de los tres términos de que consta el silogismo,
el cual, tomándose en diferentes partes del silogismo en diverso sentido,
falta la identidad de las extremidades con el medio; por consiguiente,
no puede ser buena la ilación.
3. De aquí infiero, lo primero, que no es silogismo falaz o sofístico
aquel donde la ilación ciertamente es mala por faltarse notoriamente a la
forma; como este: El hombre es animal; el asno es animal; luego, el hom-
bre es asno. La razón es porque aquí falta enteramente la apariencia de ser
la raciocinación buena. Infiero, lo segundo, que tampoco es propiamente
argumento sofístico aquel que no por defecto de la forma, sino por algu-
na proposición falsa, infiere un consiguiente notoriamente falso. <…>
6. Estos argumentos [las aporías de Zenón de Elea en torno al mo-
vimiento] y otros semejantes, cuya dificultad no pende de las voces de
que usan, sino del principio que toman, aunque infieran un consiguiente
evidentemente falso, como el que infería Zenón, no son comprendidos,
como dije, en la clase de los argumentos sofísticos; porque la falacia no
está en la forma, sino en la materia. Por cuya razón tampoco para disol-
verlos se pueden dar reglas generales. Cada uno tiene su especial dificul-
tad, que no se puede evacuar sino mediante la penetración del principio
en que se funda, y materia que toca.
§ II 7. Volviendo, pues, a los silogismos o argumentos propiamen-
te sofísticos, digo, que así como la falacia de todos se puede reducir a un
principio solo, que es la ambigüedad de las voces, también a una regla
única se puede reducir la solución de todos ellos, que es observar si en-
tre las voces de que usa el argumento, hay alguna cuya significación sea
ambigua en orden al intento de la disputa. Digo en orden al intento de
la disputa, porque hablando absolutamente apenas hay voz en cuya sig-
nificación no quepa alguna ambigüedad. Observada la ambigüedad de
la voz, se le debe precisar al arguyente a que determine su significación;
lo cual hecho, se verá patente la falacia. <…>
9. La regla, pues, que en esto cabe es una y única. Cualquiera de me-
diana razón, al proponerle un argumento falaz, a la simple inspección de
él, y antes de advertir en qué está la falacia, conoce que el consiguien-
te no se infiere en realidad de las premisas. Advertido esto, si se ve que
según el sonido de las voces no hay defecto en la forma, es cierto que al-
guna de ellas es de significación ambigua; lo cual reconocido, como las
voces son pocas, a brevísimo examen se descubrirá cuál es la que adole-
ce de este defecto; en cuyo caso se le debe precisar al que arguye a que
determine la significación.
303
B E NI T O J E R ÓNI MO F E I J OO. T E A T R O C R Í T I C O U N I V E R S A L
10. Pongo dos ejemplos en dos sofismas vulgarísimos y antiquísimos.
Sea el primero aquel pueril silogismo: Mus est vox monosyllaba; sed vox
monosyllaba non rodit caseum; ergo mus non rodit caseum
11
. Cualquiera,
a la simple vista del silogismo, comprende que el consiguiente no se in-
fiere y, juntamente, que atento solo el sonido de las voces, el argumento
guarda la debida forma. De aquí infiere que hay en él alguna voz ambigua,
y al momento hallará que la ambigüedad está en la voz mus, la cual en la
<premisa> mayor supone por sí misma y en la <premisa> menor por el
animal significado por ella. Sea el segundo el que por su materia llamaron
los antiguos «cornuto»: Quod non amisisti, habes; sed non amisisti cor-
nua; ergo, cornua habes
12
. Con el mismo método se hallará fácilmente que
la ambigüedad está en el non amisisti [no has perdido]. No haber perdido
se dice con propiedad de lo que se ha poseído, pero abusivamente de lo
que nunca se poseyó. Así, con estos términos: proprie loquendo, impropie
loquendo [hablando con propiedad, no hablando con propiedad], se puede
distinguir mayor y menor. Más: no perder una cosa es conservarla, o en sí
misma o en equivalencia suya. Sustitúyase en el silogismo el verbo conser-
var a no perder, y saldrá la menor evidentemente falsa.
§ III 11. Digo que para descubrir los trampantojos sofísticos, la
Lógica natural hace mucho más que la artificial. Un buen entendimiento
con mediana reflexión, sin atender a regla alguna más que a la general
que hemos señalado, conoce luego si en el argumento se usa de alguna
voz con ambigüedad: si su significación es o equívoca, u oscura, o im-
propia, etc., y descubierto esto, está descifrado el enigma.
C. Apéndice sobre la referencia a autoridades
Discurso cuarto: «Argumentos de autoridad», pp. 41-53.
§ II 4. No solo nace la gloria de los hombres grandes cuando muere
la vida; pero cuanto más se alejan de la vida, tanto más crece su gloria.
Puede decirse con alguna verdad, que no solo cuando mueren empiezan
11. Adaptación en español: Ratón es una palabra bisílaba; pero una palabra bisílaba
no roe queso; luego, un ratón no roe queso. Se trata del ejemplo escolar ya aducido en el
t. VII, Discurso undécimo, § II 5, con la variante manducat («come», véase nota 3, supra),
en lugar de rodit.
12. Lo que no has perdido, lo tienes; no has perdido los cuernos; luego, tienes cuer-
nos. También es un caso escolar y recurrente en estos Discursos de Feijoo. Descansa en el
supuesto de dirigirse a alguien que nunca ha tenido cuernos, con el propósito de inducir-
le a considerarse cornudo o, por lo menos, no poder responder a esta imputación. De ahí
la pertinencia de la observación final: si se adopta la versión «lo que conservas, lo tienes;
conservas los cuernos; luego, tienes cuernos», la premisa menor, es decir, «conservas los
cuernos», resulta obviamente falsa a la luz del supuesto.
304
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
a ser elogiados; sino que son más elogiados, cuanto más muertos <…>;
y <sus escritos> como los vinos, si no se pierden enteramente, son más
apreciados cuanto más añejos.
5. Este mayor aprecio no tiene fundamento alguno razonable. La
senectud de los hombres puede hacerlos hombres más sabios; pero no a
los Escritos la senectud de los mismos. <…>
6. Es, pues, conforme a la razón que a la doctrina de los hombres
grandes que florecieron en los siglos anteriores a nosotros, concedamos
toda aquella diferencia que merecen como grandes; pero acordándonos
siempre de que fueron hombres. La antigüedad no los ha deificado. Pu-
dieron errar algo, como hombres, cuando escribieron; y si dejaron tal
o cual yerro cuando salieron de esta vida, es cierto que no lo enmenda-
ron después.
§ III 7. ¿Qué persuade todo lo dicho, sino que en las disputas debe
preferirse la razón a la autoridad? Aun la misma autoridad concede la pre-
ferencia a la razón. <…>
10. La <veneración> que merecen los Santos Doctores, la explicó
con exactitud el Ilustrísimo Cano en su famosa obra De Locis Theologicis,
lib. 7, cap. 1
13
, donde después de distinguir tres clases de cuestiones o
materias: la primera, de las que tocan a la fe; la segunda, de las teoló-
gicas pero inconexas con los dogmas revelados; la tercera, de las que
pertenecen a las ciencias naturales, en seis conclusiones va señalando el
grado de autoridad que tienen los Santos Doctores con respecto al grado
de autoridad de los Santos Doctores, ya unidos, ya divididos, respectiva-
mente, a cada una de estas clases. Las conclusiones son como siguen.
11. Primera. Sanctorum auctoritas, sive paucorum, sive plurium, cum
ad eas facultates affertur, quae naturali lumine continentur, certa argumen-
ta non suppeditat; sed tantum pollet, quantum ratio naturae consentanea
persuaserit. [La autoridad de los santos, sean pocos o muchos, no propor-
ciona argumentos ciertos cuando se refiere al campo de aplicación de las
facultades comprendidas por la luz natural; sino que vale tanto cuanto sea
el valor de convicción de la razón natural acorde con ella].
12. Segunda: Unius, aut duorum Sanctorum auctoritas, etiam in his
quae ad Sacras litteras & doctrinam Fidei pertinent probabile quidem ar-
gumentum subministrare potest; firmum vero non potest. Ita despicere,
& pro nihilo habere, imprudentis erit. Suspicere & habere por certo, erit
13. Melchor Cano (1509-1560). En su innovador tratado De locis theologicis libri
duodecim (Salamanca, 1563), se propone trasladar a la teología el método que Aristóteles
habría expuesto en los Tópicos sobre la base de unos lugares comunes considerados sedes
y señales de argumentos (lib. 1, cap. 3). Las conclusiones citadas por Feijoo se encuentran
en el capítulo 3 —no en el capítulo 1— del libro 7. Por otro lado, se citan en latín sin tra-
ducción: ahora Feijoo parece suponer que sus lectores son bilingües.
305
B E NI T O J E R ÓNI MO F E I J OO. T E A T R O C R Í T I C O U N I V E R S A L
omnino imprudentis. [La autoridad de uno o dos santos, en lo que con-
cierne a la sagrada escritura y a la doctrina de la fe, puede suministrar
un argumento probable, desde luego, pero no un argumento firme. Así
que menospreciarla y tenerla en nada, será imprudente. Venerarla y te-
nerla por cierta también será por lo general imprudente].
13. Tercera. Plurium Sanctorum auctoritas, reliquis licet paucioribus
reclamantibus, firma argumenta Theologo sufficere, & praestare non va-
let. [La autoridad de muchos santos, aun siendo menos el resto de los
que se oponen, no tiene el poder suficiente para proporcionar y garan-
tizar al teólogo argumentos firmes].
14. Cuarta. Omnium etiam Sanctorum auctoritas in eo genere quaes-
tionum, quas ad Fidem diximus minime pertinere, fidem quidem proba-
bilem facit; certam tamen non facit. [La autoridad de todos los santos,
en aquel género de cuestiones de las que dijimos que tocan mínimamen-
te a la fe, depara una creencia sin duda probable, pero no cierta].
15. Quinta. In expositionem Sacrarum Litterarum communis om-
nium Sanctorum veterum intelligentia certissimum argumentum Theo-
logo praestat ad Theologicas assertiones corroborandas. [La interpreta-
ción común de todos los santos antiguos referida a la exposición de la
sagrada escritura garantiza al teólogo un argumento certísimo para la con-
firmación de aserciones teológicas]
14
.
16. Sexta. Sancti simul omnes in Fidei dogmate errare non possunt.
[En un dogma de fe no pueden equivocarse a la vez todos los santos]
15
.
14. Según parece, Cano mostraba más respeto por la sanción de la Antigüedad que
Feijoo.
15. La posición crítica de Feijoo y estas «conclusiones» de Cano cobran interés en la
perspectiva histórica de los argumentos de autoridad, desde la idea aristotélica de plau-
sibilidad como opinión digna de crédito, en la medida en que responde al parecer de to-
dos o de la mayoría, o de los sabios acreditados, hasta la idea actual del crédito que me-
rece el dictamen técnico de un experto en su dominio de competencia. Por ejemplo, léase
«santo» como «persona acreditada o experta en el dominio de la fe». Recordemos, en esa
perspectiva histórica, las ideas expresadas por la Lógica de Port-Royal sobre el sofisma de
autoridad, por Locke sobre los argumentos ad verecundiam y, en fin, por Bentham sobre
el recurso falaz a la autoridad en política, ideas que abren otras líneas de consideración y
desarrollo de la autoridad.
306
6. JEREMY BENTHAM (1748-1832)
Fuente
The Book of Fallacies, ed. de P. Bingham, Londres, 1824. Ed. rev. de H. A. Larra-
bee, Handbook of political fallacies, Baltimore, 1952/Nueva York 1962, 1971.
El libro de las falacias
Introducción [pp. 3-16]
[3] Sección 1. Qué es una falacia
Con el nombre de falacia se suele designar cualquier argumento emplea-
do o tema sugerido con el propósito o la probabilidad de inducir a en-
gaño, o de hacer que adopte una opinión errónea cualquier persona a
cuya consideración se proponga el argumento.
<…>
[5] Sección 3. Relación entre falacias y errores vulgares
Error —vulgar error en latín— es el nombre que se da a una opinión que,
teniéndose por falsa, se considera únicamente en sí misma y no por las
consecuencias de cualquier clase que puedan derivarse de ella. Se llama
vulgar por referencia a las personas que la sustentan, tanto por su gran
número como por su bajo nivel de respetabilidad o inteligencia. La de-
nominación de falacia se aplica a cualquier tipo de discurso tendente,
con o sin intención, a provocar la adopción de una opinión errónea o,
por mediación de alguna otra opinión errónea [6] ya sustentada, a hacer
incurrir o perseverar en una determinada línea de actuación perniciosa.
Así, es un error vulgar creer que las personas que vivieron en los prime-
ros tiempos o en el pasado eran, por haber vivido en esos tiempos, más
sabias o mejores que las que han vivido después o en tiempos moder-
nos; pero utilizar ese error con la pretensión de hacer que se manten-
gan unas prácticas o instituciones perniciosas, es una falacia.
La mayoría de los que originariamente emplearon el término falacia
consideraban el engaño no como una mera consecuencia más o menos
probable de tales argumentos, sino como la consecuencia efectivamente
perseguida al menos por algunos de quienes los esgrimían. Elenchoi so-
phiston, argumentos propios de los sofistas, es el nombre dado por Aris-
307
J E R E MY B E NT HA M
tóteles a los trece argumentos que algunos de sus comentaristas latinos
llamaron fallaciae (de fallere, engañar), de donde viene el término ac-
tual falacia. Argumentos que Aristóteles juzgaba, sin lugar a duda, ins-
trumentos de engaño, pues siempre que los menciona, la intención de
engañar consta expresamente o se da por supuesta.
Sección 4. Falacias políticas
La presente obra se limita al examen y la explicación de solo una clase
de falacias: las relativas a la adopción o el rechazo de alguna medida de
gobierno, sea legislativa, sea administrativa <…>.
Bajo el título de Tratado sobre las falacias políticas, esta obra tendrá
la naturaleza y el efecto propios de un manual sobre el arte de gober-
nar, y serán su finalidad práctica y su objetivo la introducción de aque-
llas características del buen gobierno que todavía nos faltan, así como
su perpetuación por medio de la razón, único instrumento idóneo para
producir un efecto útil.
Dos son los modos como puede emplearse en este empeño el ins-
trumento de la razón. El primero y más directo consiste en mostrar po-
sitivamente, en relación con cualquier medida [7] propuesta, por qué
vías cabe alcanzar el fin que se dice perseguir y cuáles serían las conse-
cuencias. El segundo y menos directo consiste en poner de manifiesto
la falta de pertinencia de los argumentos engañosos que pueden apar-
tar a los hombres de la senda de la razón, para así prevenir y destruir su
fuerza persuasiva.
<…> Un trabajo anterior tenía por objeto producir buenos argu-
mentos
1
; el presente tiene como propósito exponer los malos, revelar
su verdadera naturaleza y destruir así su fuerza perniciosa. La Sofistería
es una hidra cuya fuerza quedaría destruida si se hicieran visibles todas
sus cabezas. En esta obra se han buscado con diligencia y se han puesto en
evidencia las principales y más activas entre ellas.
Sección 5. Clasificación de las falacias
Tantos son los medios de persuasión que este libro mostrará como fala-
cias, que resulta de todo punto indispensable una guía de clasificación
para que el entendimiento pueda hacerse una idea cabal de esta ma-
teria. Para construir tal clasificación con perfecta precisión lógica sería
preciso disponer de más [8] tiempo del que el autor o el editor
2
pueden
dedicar a la tarea. Pero al ser preferible una clasificación imperfecta a la
ausencia de clasificación, el autor ensayó varios principios de división
1. Bentham alude a su Traité de la législation civile et penale, publicado originaria-
mente en francés por cuenta de E. Dumont (París, 1802); hay traducción española de 1821,
reimpresa en edición a cargo de M. Rodríguez Gil en Editora Nacional, Madrid, 1981.
2. El autor es Bentham, el editor es Peregrine Bingham.
308
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
en categorías. Uno fue el de la situación de los que profieren las falacias,
especialmente en un cuerpo legislativo como un parlamento: habría así
falacias de los de dentro [the Ins]; falacias de los de fuera [the Outs] y fa-
lacias de una y otra parte [Either-side Fallacies]
3
. Un principio de sub-
división hacía referencia a la facultad a la que se aplica la falacia en los
sujetos sobre los que actúa: falacias de los afectos, falacias del juicio; y
falacias de la imaginación.
A cada uno de los grupos de falacias delimitados mediante este prin-
cipio se le atribuyó una locución latina que expresara la facultad o afecto
a que se apela, no por pedantería, sino para resaltar, marcar y dejar cla-
ro su concepto. Así, tenemos argumentos dirigidos: 1) Ad verecundiam (al
respeto o la modestia); 2) Ad superstitionem (a la superstición); 3) Ad ami-
citiam (a la amistad); 4) Ad metum (al miedo); 5) Ad odium (al odio); 6) Ad
invidentiam (a la envidia); 7) Ad quietem (a la inacción); 8) Ad socor-
diam (a la indolencia); 9) Ad superbiam (a la soberbia); 10) Ad judicium (al
juicio), y 11) Ad imaginationem (a la imaginación). John Locke ha emplea-
do del mismo modo expresiones latinas para distinguir cuatro clases de
argumentos: Ad verecundiam, Ad ignorantiam, Ad hominem, Ad judicium.
M. Dumont, que publicó hace pocos años una traducción o más bien
una versión de una parte considerable del presente trabajo, dividió las
falacias en tres clases de acuerdo con el objetivo particular para el que
cada una de ellas parecía inmediatamente aplicable. Suponía que unas
estaban destinadas a eliminar toda discusión; otras, a postergarla; y otras,
en fin, a causar perplejidad cuando la discusión no pudiera eludirse. Lla-
mó a las primeras falacias de autoridad; a las segundas, falacias de dila-
ción; y a las últimas, falacias de confusión, al tiempo que añadía al nom-
bre de cada una la locución latina que indicaba la facultad o el afecto al
que apelaba principalmente.
[9] El presente editor ha preferido la disposición de Dumont a la
seguida por el autor <…>. Además del objeto inmediato de cada clase
de falacias, ha tomado en consideración la materia de cada una, con el
fin de agrupar todas las falacias que se asemejan por su materia bajo una
misma categoría. Las categorías se han dispuesto por el orden en que
3. Los neologismos de Bentham, the Ins y the Outs, vienen a sustituir denomina-
ciones anteriores como Court party y Country party, respectivamente. Ins o Court Party
son los partidarios del Gobierno. Las falacias cometidas por los de dentro tienden a eter-
nizar su posición, mientras que los de fuera tratan de derrocarlos y sustituirlos mediante
descalificaciones, por ejemplo. Este juego de poder hace a unos y a otros perseguir sus
propios intereses en detrimento de los públicos e incurrir además en falacias comunes.
Pero las partes también han de tener en cuenta en sus cálculos políticos otro aspecto de
la situación: las buenas medidas pueden beneficiar a todos, vengan de donde vinieren, así
como su bloqueo o dilación puede perjudicar a todos, se hallen dentro o fuera. Cf. Par-
te V, cap. VIII, «De cómo el estado de los intereses crea la demanda de falacias»; en Fala-
cias políticas, pp. 218-221.
309
J E R E MY B E NT HA M
puede esperarse que recurran a ellas, según demande el caso, los enemi-
gos de toda mejora.
En primer lugar, las falacias de autoridad, incluidas las alegaciones
personales encomiásticas [laudatory personalities], cuya materia es la au-
toridad en sus diversas formas y cuyo objetivo inmediato consiste en re-
primir, bajo el peso de tal autoridad, todo ejercicio de la facultad de
razonamiento.
En segundo lugar, las falacias de peligro, incluidas las alegaciones per-
sonales denigratorias [vituperative personalities], cuya materia es la suge-
rencia de un peligro bajo diversas formas y cuyo objeto consiste en re-
primir totalmente, al conjuro de ese peligro, la discusión de la medida
propuesta.
En tercer lugar, las falacias de dilación, cuya materia es la afirmación
de razones para la dilación bajo diversas formas y cuyo objeto consiste
en postergar la discusión con el propósito de eludirla por completo.
En cuarto lugar, las falacias de confusión, cuya materia se compone
principalmente de generalidades vagas e indefinidas y cuyo objeto estri-
ba, una vez que la discusión ya no puede evitarse, en causar tal confu-
sión en las mentes de los oyentes que les impida formarse un juicio cabal
del asunto tratado
4
. <…>
Parte Primera. Falacias de autoridad
Capítulo I. Naturaleza de la autoridad [pp. 17-42]
[17] El primer camino seguido por los adversarios de cualquier medida
propuesta en orden a procurar la mayor felicidad del mayor número de
personas ha sido comúnmente el de intentar reprimir por completo el
ejercicio de la facultad de razonamiento, mediante la invocación del ca-
rácter concluyente de una autoridad, en sus distintas formas, con res-
pecto a las medidas propuestas. <…>
Sección 1. Análisis de la autoridad
<…>
[19] La siguiente es una escala de los grados probables de fuerza legíti-
mamente persuasiva atribuibles a supuestas expresiones de autoridad:
4. En estos grupos se pueden incluir algunas de las variedades antes mencionadas.
Por ejemplo, entre las falacias de autoridad se cuenta la alegación ad verecundiam; entre
las de peligro, la apelación ad metum; entre las de dilación, las apelaciones ad quietem y
ad socordiam. El grupo cuarto, el de las falacias de confusión, recoge además otras fa-
lacias más escolares y tradicionales, como las propiciadas por abusos lingüísticos o las que
descansan en una suerte de petición de principio o en una falsa imputación causal (en to-
mar por causa lo que no es causa).
310
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
1. Autoridad derivada del estatuto profesional, considerada el nivel
superior de la escala.
2. Autoridad derivada del poder, pues cuanto mayor sea la cantidad
de poder de cualquier clase que un hombre tiene, más se aproxima la au-
toridad de su opinión a la del experto por lo que se refiere a la facilidad
de obtener los medios conducentes a una opinión correcta.
3. Autoridad derivada de la opulencia, pues siendo la opulencia un
instrumento de poder, parece que tiene que figurar a continuación de
este en la escala de la facilidad para obtener los medios que aseguren
una opinión correcta.
4. Autoridad derivada de la reputación, tomada en el sentido de repu-
tación general y no de reputación específica y relacionada, pues la co-
rrespondiente a esta última es una especie de autoridad que podría si-
tuarse al nivel de la del estatuto profesional.
Únicamente la primera de estas cuatro clases de autoridad compren-
de tanto los motivos como los medios. En la medida en que cuenta con
los motivos que conducen a la información correcta
5
, el experto cuenta
también con los medios; pues debe a la fuerza de sus motivos la posesión
de todos los medios que ha adquirido. Y de que tenga los motivos, se sigue
que tenga los medios. Pero en los otros tres casos, sean cuales fueren los
medios que la situación de un hombre le permite alcanzar, no se sigue
que posea los motivos para hacer uso de ellos.
Por el contrario, en la medida en que una persona asciende en la es-
cala del poder sobre el nivel común, en esa misma medida aumenta la
posibilidad de que caiga por debajo de ese nivel en cuanto se refiere a
los motivos para el esfuerzo. <…>
[25] Sección 2. En qué casos es falaz la apelación a la autoridad
La apelación a la autoridad puede denunciarse como falaz cuando, en el
curso de un debate sobre una cuestión que puede ser comprendida por
los participantes y con respecto a la cual también resultarían, por tanto,
comprensibles los argumentos más estrechamente ligados a su discusión,
se prefiere, no obstante, recurrir a la autoridad o una argumentación no
pertinente, en lugar de atenerse a los argumentos pertinentes a los que
cabría recurrir.
El uso más falaz de la autoridad se da cuando los que intervienen en
una discusión pueden formarse un juicio correcto sobre la base de los
oportunos argumentos y, en lugar de presentarse estos argumentos, se
5. Entre los motivos que llevan a un hombre a aplicarse a recoger información co-
rrecta en el ejercicio de la profesión en que es experto, Bentham menciona la esperanza
de ganarse la vida o el miedo de no ganársela, y supone que tales motivos valen para cual-
quier ocupación que pueda rendir un beneficio.
311
J E R E MY B E NT HA M
trae a colación la opinión, verdadera o supuesta, de una persona cuya
profesión u otra situación particular envuelven un interés opuesto al in-
terés público
6
. <…>
Capítulo II. La sabiduría de los antepasados o argumento chino. Ad ve-
recundiam [pp. 43-51]
[43] Exposición
Este argumento consiste en establecer una supuesta incompatibilidad en-
tre cierta medida que se propone y las opiniones de quienes, en tiempos
pretéritos, habitaban en el país de los que debaten la medida; opiniones
extraídas de las palabras expresas de algún autor de aquella época o de
las leyes e instituciones entonces vigentes. <…>
Explicación
Esta falacia proporciona un llamativo ejemplo de cómo un mismo inte-
lecto puede albergar opiniones contradictoras entre sí, gracias al influjo
conciliador de la costumbre, esto es, del prejuicio. Pues, en efecto, esta
falacia, tan frecuente en el campo del Derecho, se halla en oposición di-
recta con un principio universalmente admitido en todos los demás ám-
bitos del saber humano como fundamento de todo conocimiento útil y
de toda conducta racional.
«La experiencia es la madre del saber» es una máxima transmitida al
presente y prometida al futuro por la sabiduría de los tiempos pasados.
«¡No!», alega [44] esta falacia, «la verdadera madre de la sabiduría no
es la experiencia, sino la inexperiencia».
Un absurdo tan manifiesto se refuta por sí mismo. <…>
La propia expresión que significa la parte del tiempo a la que se refie-
re la falacia, encierra una proposición falsa y engañosa que, al correr de
boca en boca de todos, acaba por tomarse como cierta. Los que el len-
guaje vulgar llama viejos tiempos, cualquiera que sea el periodo al que
se aplique la falacia, deberían calificarse de jóvenes o tempranos. Entre
individuos coetáneos y en igual situación, el más viejo posee, como tal,
más experiencia que el más joven. Pero entre generaciones lo cierto es lo
contrario. Aun si, conforme a la norma del lenguaje vulgar, llamáramos
vieja a la generación precedente, esta no podría tener, como tal, más ex-
periencia que la siguiente. En lo que se refiere a los materiales o las fuen-
tes del saber que obtenemos por los sentidos, ambas se hallan en pie de
igualdad; pero respecto de los materiales y las fuentes que se transmiten
6. En un apéndice a este capítulo, Bentham presenta a los hombres de leyes y a los
hombres de Iglesia como personas especialmente expuestas a pronunciamientos y abusos
falaces, en contra del interés público y en aras de sus propios intereses siniestros —sobre
este concepto véase más abajo Parte V, cap. II—.
312
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
por mediación del hombre, la generación posterior cuenta con una in-
dudable ventaja. Denominando vieja o mayor a la generación anterior se
incurre en una desfiguración tan burda y una falsedad tan incontestable
como si llamáramos viejo al niño que está en la cuna.
[45] Así pues, ¿en qué consiste la sabiduría de los tiempos llama-
dos viejos? ¿Es la sabiduría de las canas? No. Es la sabiduría de las
cunas*. <…>
Parte Segunda. Falacias de peligro
Capítulo I. Alegaciones personales denigratorias. Ad odium [pp. 83-94]
[83] A esta clase pertenece un grupo de falacias tan estrechamente rela-
cionadas entre sí que, para empezar, bien podemos enumerarlas y hacer
algunas observaciones sobre ellas en conjunto. <…> Las falacias perte-
necientes a este grupo pueden denominarse como sigue: 1) imputación
de malos propósitos; 2) imputación de mala condición; 3) imputación de
malos motivos; 4) imputación de inconsecuencia; 5) imputación de rela-
ciones sospechosas (noscitur ex sociis); 6) imputación fundada en llevar
el mismo nombre (noscitur ex cognominibus).
Todas estas falacias revelan la intención común de desviar la aten-
ción de la medida al hombre, de modo que la imperfección de una
propuesta se desprende de la maldad de quien la apoya, mientras que
la excelencia de una propuesta se desprende de la maldad de quien se
opone. <…>
[84] Explicación
Son varias las consideraciones que vienen a probar la futilidad de
esta clase de falacias, y la ligereza de quienes las dan por buenas (por no
hablar de la poca honradez de quienes las emplean). Está, de entrada, la
característica general de no pertinencia que comparten esta y las demás
falacias. Viene luego su completa falta de poder concluyente, incapaci-
dad igualmente manifiesta de aplicarse la falacia tanto a la peor como a
la mejor medida imaginable. <…>
Parte Quinta. Causas de las falacias
Capítulo I. Características comunes a todas las falacias expuestas
[pp. 227-228]
* Nadie negará que en épocas precedentes ha habido hombres eminentes que se
han distinguido por su humanidad y genio. A ellos debemos todos los avances hechos en
el curso de la mejora humana. Pero al no poder desarrollar sus talentos sino al compás del
desarrollo de los conocimientos de su época y al no poder obrar sino en las circunstancias
entonces existentes, es absurdo confiarse a su autoridad en una época y en unas circuns-
tancias distintas por completo.
313
J E R E MY B E NT HA M
[227] Los distintos argumentos que hemos denominado falacias com-
parten las características siguientes:
1. Cualquiera que sea la medida en cuestión, no son pertinentes para
decidir al respecto.
2. Su empleo abona la presunción de que se carece de argumentos
de peso o incluso de argumento alguno en absoluto.
3. No son necesarios para ningún buen propósito.
4. No solo pueden emplearse todos ellos para malos propósitos, sino
que en efecto suelen ser emplearse así, es decir, para obstaculizar o im-
pedir la adopción de medidas dirigidas a hacer desaparecer los abusos y
las imperfecciones existentes en la estructura y la práctica del gobierno.
5. Debido a su falta de pertinencia, constituyen una pérdida de tiem-
po que obstaculiza y retrasa el despacho de los asuntos útiles y necesarios.
6. Su condición de no pertinentes para el caso, así como la desho-
nestidad y flaqueza que revelan, los hacen ser tan irritantes que destem-
plan el ánimo y pueden incluso conducir a derramamientos de sangre.
7. Por parte de quienes los emplean, revelan falta de honradez o debi-
lidad intelectual, o cierto desprecio de la inteligencia de aquellos a cu-
yas mentes se dirigen.
8. Por parte de quienes les prestan atención, revelan debilidad inte-
lectual; en fin, por lo que se refiere a aquellos que pretenden darles cré-
dito y los usan a su vez, prueban su falta de sinceridad.
La conclusión práctica es que cuanto más pueda evitarse el empleo
y la aceptación de estas falacias, más vigor cobrará el entendimiento pú-
blico, más quedará su moral purificada y mejor llegará a ser la práctica
del gobierno.
Capítulo II. Primera causa del empleo de estas falacias: el interés sinies-
tro
7
consciente de sí mismo [pp. 229-234]
[229] Las causas del empleo de las falacias pueden enumerarse así:
7. Según Bentham es «interés siniestro» (sinister interest) el que hace valer una pre-
tensión parcial o de grupo frente al principio fundamental de todo buen gobierno, a saber:
la mayor felicidad del mayor número. El gobernante debe actuar en interés común de los
gobernados. El interés común surge de la suma de los intereses de los miembros de la so-
ciedad, de modo que lo opuesto al interés público no son los individuos —ni sus derechos
privados—, sino los intereses particulares, parciales o de grupo, que abren o siguen una
vía tortuosa para obtener ventajas ilegítimas o privilegios injustificados y constituyen por
ello intereses siniestros que es preciso combatir y neutralizar. El gobernante debe articular
sabiamente lo público y lo privado, tomando en cuenta la opinión pública, erigida, me-
diante una especie de ficción útil, en «tribunal de la opinión pública». Cf., no obstante, la
complicada relación entre el interés público y el interés privado que Bentham apunta en
este mismo capítulo. Según Schofield (2006: 5), la noción de interés siniestro, elaborada
entre los años 1804 y 1809, marca la diferencia entre el Bentham ilustrado del siglo XVIII
y el Bentham radical del siglo XIX.
314
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
1. El interés siniestro, del tipo «consciente de sí mismo».
2. El prejuicio engendrado por el interés.
3. El prejuicio engendrado por la autoridad.
4. La defensa propia o conciencia de la necesidad de defenderse fren-
te a las falacias opuestas.
En cuanto a la primera de estas causas, el interés siniestro que es cons-
ciente de sí mismo, hay que decir que todo hombre público está sujeto
a la influencias de dos intereses distintos: el público y el privado. Su in-
terés público lo constituye la parte que le toca en la felicidad y bienestar
de la comunidad en su conjunto. Su interés privado está formado por la
parte que tiene en el bienestar de alguna porción de la comunidad, más
reducida que su porción más numerosa. La porción más pequeña posi-
ble del bienestar público que constituye el interés privado de un hombre
es la que forma su propio interés personal o individual.
Estos dos intereses, el público y el privado, casi siempre son no solo
distintos, sino contrarios; hasta el punto de que si alguno de ellos hubie-
ra de perseguirse de modo exclusivo, sería a costa del sacrificio del otro.
<...> [230] Si se considera toda la duración de la vida humana, no ha
existido ni puede existir hombre que, pudiendo sacrificar el interés pú-
blico al suyo personal, no lo haga. Lo más que puede hacer el hombre
más celoso del interés público (o lo que viene a ser otra manera de decir
lo mismo, el más virtuoso) es procurar que el interés público (incluida
la parte que en él le corresponde) coincida con sus intereses personales
con la mayor frecuencia que sea posible. <…>
Capítulo IX. Diferentes papeles que pueden desempeñarse en relación
con las falacias [pp. 253-256]
[253] Con los argumentos falaces pasa lo mismo que con la falsa mone-
da: es preciso el concurso de personas distintas, en diferentes papeles,
para ponerlos en circulación. Para poner en circulación un chelín falso
han de juntarse el que lo acuña, el que lo emplea y el que acepta. Y estos
mismos papeles distintos se pueden desempeñar para poner en circula-
ción un argumento falaz.
Pero en el caso del argumento falso, el que lo acuña tenderá tam-
bién a usarlo. Mientras que serán muchos más quienes lo usen sin ha-
berlo acuñado. También hay que considerar los diversos estados menta-
les que la ley distingue en la autoría de un fraude: 1) conciencia dolosa
o mala fides; 2) temeridad o, a veces, culpa; y 3) acción no culposa o
actus carente de la intención de dañar aunque produzca como resulta-
do un daño.
Ya se trate de argumentos o de chelines, el dolo consiste en la con-
ciencia de la falsa condición de lo que se transmite como bueno. <…>
315
J E R E MY B E NT HA M
[254] De las tres operaciones tan estrechamente conectadas (acu-
ñación, empleo, aceptación), es obvio que las dos primeras pueden ir
acompañadas de intención dolosa. En cuanto a la aceptación, para dic-
taminar a ese respecto, debe distinguirse entre sus modalidades interna
y externa. Cuando la opinión, por falsa que sea, es efectivamente tenida
por cierta por la persona a la que ha sido propuesta, su aceptación puede
calificarse de interna. En cambio, cuando son los demás quienes del dis-
curso o de la conducta o de otros signos dados por una persona con-
cluyen que esta ha aceptado en su fuero interno una opinión, podemos
hablar de aceptación externa.
En el orden natural de las cosas, estas dos especies de verificación
aparecen juntas: la externa sigue a la [255] interna como una consecuen-
cia natural. Sin embargo, una y otra pueden producirse de forma inde-
pendiente. Aunque reconociera la fuerza de un argumento, puedo afec-
tar no haberla reconocido; y aunque no me hiciera ninguna impresión,
puedo dar a entender que sí me la ha hecho, fuerte o ligera según me
convenga. Es obvio que la aceptación interna no puede producirse con
conciencia dolosa; pero esta puede dictar, y así ocurre de hecho, la acep-
tación externa siempre que esta última no venga acompañada de una
aceptación interna.
Hasta aquí hemos expuesto una distinción nítida entre la intención
dolosa y la temeridad; ahora bien, en el curso de un examen más deteni-
do, aparecería una suerte de estado intermedio entre ambas. Es ahí donde
el poder de persuasión de un argumento admite diversos grados, como
cuando un argumento que tiene cierto predicamento sobre la mente de
quien lo emplea, es propuesto por él como si su peso fuera muy superior.
<…>
Capítulo X. Utilidad de la exposición precedente [pp. 257-259]
[257] Bien cabría preguntarse: ¿Qué utilidad práctica tienen estas dis-
quisiciones sobre los estados y las características mentales de quienes em-
plean estos instrumentos de engaño? Su exposición sirve para oponer
el freno de la razón al uso de esas armas tan ponzoñosas. Así como al
hacerse la virtud de la sinceridad objeto de amor y veneración, resultará
aborrecido el vicio opuesto, cuanto más extendido esté y más profundo
sea el conocimiento público de la insinceridad de quien emplea este géne-
ro de argumentos, tanto mayor será la fuerza de los motivos que obliguen
a abstenerse de emplearlos.
Supongamos que la tendencia engañosa y perniciosa de tales argu-
mentos y, en consecuencia, la doblez de quienes recurren a ellos, que-
daran claramente impresas en las mentes de los hombres; supongamos
también que la virtud en forma de sinceridad fuera objeto de respeto
316
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
público general, y el vicio contrario fuera objeto de aversión y despre-
cio; entonces, la práctica de este tipo de impudicia se haría tan infre-
cuente como la de aquellas otras indecencias que logra reprimir la au-
toridad moral.
Si el objeto de esta obra consistiera en probar la naturaleza engañosa y
el nulo valor de estos argumentos, la exposición de la catadura intelec-
tual de las personas que los emplean no podría aceptarse como prueba.
Por llamativa que resulte su falta de probidad, los argumentos valen lo
que valen, ni más ni menos. Pues presentar como prueba de la falsedad
de un argumento la inmoralidad de quien se sirve de él, es un procedi-
miento que, en este libro, hemos contado entre las falacias.
Pero creemos haber sentado debidamente la impropiedad y la noci-
vidad de estas falacias sobre otras bases, [258] bases ahora inobjetables.
Por ello también hemos de procurarnos los medios más eficaces para con-
seguir un fin tan deseable como el de desterrar por completo el uso de es-
tas ponzoñosas armas. Sin embargo, el simple hecho de mostrar una argu-
mentación deshonesta no constituye su única ni su principal perversidad.
Es, más bien, en su aceptación como argumentos concluyentes o de peso,
donde radica su mayor, singular y fundamental perversidad. Al objetivo
de conseguir que uno se avergüence de quedar en evidencia con tales ar-
gumentos, hay que añadir el objetivo ulterior de que se sienta vergüenza
de su aceptación, siempre que se sepa que se les dispensa cualquier otra
acogida que no sea el desprecio y la aversión.
Porque si la práctica de la insinceridad es algo de lo que habría que
avergonzarse, no es menos vergonzoso alentarla o tolerarla. <…>
Como la tendencia a las falacias que nos ocupan es realmente perni-
ciosa, todo el que contribuya a desterrarlas por medios lícitos e irrecusa-
bles habrá prestado sin duda un buen servicio a su país y a la humanidad.
[259] <…> El momento en que esos instrumentos engañosos hayan
quedado por completo al descubierto, de modo que ya sean inservibles
para inducir a engaño, marcará un hito en la historia de la civilización.
317
7. RICHARD WHATELY (1787-1863)
Fuente
Elements of Logic (1826), B. Fellowes, Londres,
7
1840.
Elementos de Lógica
A. Idea de Lógica
Introducción [pp. 1-20].
[1] La Lógica, en la acepción más extensa que este nombre pueda tener
con propiedad, puede considerarse como la Ciencia, y también como el
Arte, del razonamiento. Investiga los principios sobre los que discurre la
argumentación y proporciona reglas para preservar la mente del error en
sus deducciones. Su cometido más apropiado es, sin embargo, el de fundar
el análisis del proceder de la mente en el razonamiento y, en esta perspec-
tiva, constituye en sentido estricto una Ciencia, como ya he dicho. Mien-
tras que considerada con respecto a las reglas prácticas antes mencionadas,
puede ser llamada Arte de razonar. Esta distinción <…> ha sido pasada
por alto o no señalada con claridad por la mayoría de los autores que han
tratado la materia. La Lógica ha sido contemplada simplemente como un
Arte por muchos, y su pretensión de ocupar un lugar entre las Ciencias se
ha visto incluso negada expresamente por algunos. <…>
[14] La Lógica ha sido considerada habitualmente por estos objetores
[críticos modernos de la tradición aristotélica] como si su cometido consis-
tiera en deparar un método peculiar de razonamiento
1
, en vez de un mé-
todo de analizar el proceso mental que debe tener lugar invariablemente
en todo razonamiento correcto. En esa línea, han contrastado el modo
1. Whately podía estar pensando en Locke, entre otros. Recordemos el famoso pa-
saje de su An Essay concerning Human Understanding (1690): «Si el silogismo se considera
el único instrumento propio de la razón y medio de conocimiento, se seguirá que, antes de
Aristóteles, no hubo ningún hombre que conociera o pudiera conocer algo por medio de la
razón, y que desde la invención del silogismo tampoco llega a uno de diez mil que lo haga.
Pero Dios no ha sido tan mezquino con los hombres como para limitarse a hacerlos cria-
turas bípedas y dejar a Aristóteles la tarea de hacerlos racionales» (IV, cap. xvii, § 4; ed.
de P. H. Nidditch [1975], p. 671).
318
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
común de razonar con la silogística y han destacado con aire de triunfo
la habilidad argumentativa de muchos que no han aprendido nunca este
sistema. Error no menos grueso que el de quien considerase la Gramáti-
ca como un Lenguaje peculiar y se pronunciara contra su utilidad sobre la
base de que muchos hablan con corrección sin haber estudiado nunca los
principios gramaticales. Pues la Lógica, que es, como si dijéramos, la Gra-
mática del Razonamiento, no presenta el Silogismo regular como un modo
singular de argumentación, destinado a sustituir cualquier [15] otro modo,
sino como la forma a la que todo razonamiento correcto puede reducirse
en última instancia y que, por consiguiente, sirve (cuando empleamos la
Lógica como un Arte) para el propósito de poner a prueba la validez de
cualquier argumento <…>.
También ha habido protestas de que la Lógica deja sin tratar las difi-
cultades mayores, amén de aquellas que son la fuente de los principales
errores en el razonamiento, a saber, la ambigüedad o indistinción de los
términos, y las dudas en relación con los grados de evidencia de diver-
sas proposiciones. Objeción que no se verá desmontada por ningún in-
tento, como el de Watts
2
, de establecer «reglas para formar ideas claras»
y para «guiar el juicio», sino por la réplica de que no ha de censurarse
ningún arte por no enseñar más que lo que cabe dentro de su provin-
cia, ni desde luego más de lo que pueda enseñar cualquier arte conce-
bible. [16] Un sistema de conocimiento universal de tal alcance que nos
instruyera en el significado o los significados cabales de todo término, y
en la verdad o falsedad —condición cierta o incierta— de toda propo-
sición, de modo que viniera a reemplazar todos los demás estudios, es
lo menos filosófico que cabría esperar o siquiera imaginar. Y encontrar
un defecto en la Lógica por no realizar esa tarea es como poner reparos
a la ciencia de la óptica por no dar vista a los ciegos; o como quejarse
de unas lentes porque no prestan ningún servicio a quien no ha apren-
dido nunca a leer.
En realidad, las dificultades y los errores antes aludidos no se dan en
el proceso mismo de Razonamiento (que es él único ámbito apropiado
de la Lógica), sino en la materia sobre la que versa. Este proceso habrá
discurrido de modo correcto si se ha atenido a las reglas lógicas, que ex-
cluyen la posibilidad de que se deslice algún error entre los principios
de que partimos en la argumentación y la conclusión que deducimos de
ellos. Pero a pesar de todo, esta conclusión puede ser falsa si los princi-
pios de partida lo son. Del mismo modo que la habilidad aritmética no
asegurará el resultado correcto de un cálculo a menos que sean correc-
2. Isaac Watts (1674-1748), un autor muy popular por su composición de himnos,
también publicó un manual de cierto éxito: Logick, Or The Right Use of Reason, John Clark,
Londres, 1725, al que se refiere críticamente Whately en este y otros pasajes de los Elements.
319
R I CHA R D WHA T E L Y
tos los datos con los que calculamos; pero nadie menosprecia por este
motivo la Aritmética. [17] Pues bien, los reparos contra la Lógica no
descansan en un fundamento mejor. <…>
B. Idea de falacia
Libro III. De las falacias [pp. 163-260].
Introducción
Por falacia se entiende comúnmente «cualquier modo falso de argumen-
tar que parece reclamar nuestra convicción y ser decisivo para la cues-
tión planteada, cuando en justicia no lo es»
3
. Teniendo en cuenta que la
fácil detección y la clara exposición de las falacias resultan ambas más
importantes y también más difíciles de lo que muchos piensan, propongo
adoptar una perspectiva lógica sobre el asunto; esto es, distribuir las di-
ferentes falacias en las categorías más convenientes y hacer un análisis
científico del procedimiento que tiene lugar en cada una.
Después de todo, por cierto, en la detección práctica de cada falacia
individual, es mucho lo que ha de depender de la agudeza tanto natural
como adquirida. No cabe dar reglas cuyo mero aprendizaje nos capacite
para aplicarlas con celeridad y certeza mecánicas. Aun así, veremos que
la adopción de una visión general correcta del tema de las falacias y la
familiarización con las [164] discusiones científicas sobre el particular
tenderán, sobre todo, a generar ese hábito mental como la mejor dispo-
sición para la práctica.
Se trata, desde luego, del mismo caso que se da con respecto a la Ló-
gica en general. Rara vez, en la práctica cotidiana, se formula uno a sí mis-
mo su propio razonamiento o el de otros en los términos cabales de un si-
logismo en Barbara. Pero la familiaridad con los principios lógicos tiende
considerablemente (como bien saben los que han tratado realmente con
ellos) a engendrar hábitos de razonamiento claro y bien fundado.
Pero sería ajeno a mis presentes propósitos investigar a fondo el modo
como ciertos estudios operan en la producción remota de determinados
efectos sobre la mente; baste sentar el hecho de que los hábitos del aná-
lisis científico (además de la belleza y dignidad intrínsecas de tales es-
3. Es interesante reparar en la noción de falacia que aparece en el «Índice de los
principales términos técnicos», recogido al final de los Elementos de Lógica. Allí Whately
define la falacia como «cualquier argumento o aparente argumento que declara ser decisi-
vo para la cuestión planteada, aunque en realidad no lo es» (p. 448). Whately ha pasado
de la perspectiva de la argumentación como actividad, en el cuerpo del texto, a la pers-
pectiva del argumento como producto, en el índice final, según parece, sin advertencia.
En todo caso, no es una distinción que Whately sugiera o tenga en cuenta. Por otro lado,
esta noción del índice de términos también omite el reclamo de la convicción.
320
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
tudios) reportan ventajas prácticas. Así pues, propongo discutir el tema
de las falacias sobre la base de unos principios lógicos, y posiblemente
esté de más disculparse por ello después de lo dicho anteriormente en
defensa, en general, de la Lógica. <…>
[167] Las reglas con las que ya contamos
4
nos permiten desarrollar
los principios sobre los que procede todo razonamiento, sea cual fuere
el tema tratado, y determinar la validez o el carácter falaz de cualquier
argumento en lo que se refiere a la forma de expresión. Esta constituye
por sí sola la provincia de la Lógica.
Pero es evidente que, a pesar de todo, seguimos expuestos a vernos
engañados o perplejos en [168] la argumentación debido a la asunción de
premisas falsas o dudosas, o por el uso de términos ambiguos o confusos.
En consecuencia, muchos autores de tratados de Lógica, queriendo que
sus sistemas aparecieran tan perfectos como fuera posible, se han pro-
puesto dar reglas para «conseguir ideas claras» y para «guiar el juicio». E
imaginándose o dando por cierto el éxito en esta empresa, han dado a la
Lógica la denominación coherente de «Arte de usar la razón». Y lo sería
en verdad, y estaría muy cerca de reemplazar todos los demás estudios, si
pudiera determinar por sí misma el significado de todo término y la ver-
dad o falsedad de toda proposición, tal como efectivamente puede hacerlo
respecto de la validez de todo argumento. <…>
El desprecio justamente debido a tales pretensiones ha recaído injusta-
mente sobre la propia Ciencia <…> Y esos autores de tratados de Lógica
[169] se han visto censurados no —como debiera haber sido— por hacer
tales declaraciones de intenciones, sino por no cumplirlas. En especial, se
ha objetado que las reglas de la Lógica nos siguen dejando inermes en el
punto más importante y difícil de un curso de razonamiento, a saber, en
la determinación del sentido de los términos empleados y en la elimina-
ción de su ambigüedad. <…> (E)s una queja harto injustificada, en la me-
dida en que no hay, ni posiblemente pueda haber, un sistema de ese género,
destinado a disipar efectivamente la ambigüedad de los términos. Ahora
bien, no es pequeña ventaja que las reglas de la Lógica, aun sin poder pre-
cisar y eliminar por sí solas la ambigüedad de cualquier término, sí seña-
len, no obstante, cuál es el término que hay que examinar en el argumento
al dirigir nuestra atención al término medio como aquel sobre cuya ambi-
güedad es más probable que se construya una falacia. <…>
4. En especial, las expuestas en el libro II de estos Elementos de Lógica, donde Whate-
ly se hace cargo de la tradición silogística en términos lógicamente depurados y relativa- se hace cargo de la tradición silogística en términos lógicamente depurados y relativa-
mente formales. La regla básica y primordial es el dictum tradicional de omni y de nullo,
entendido sobre la base de la teoría de la distribución. En Elementos de Lógica tiene va-
rias formulaciones. La que podría considerar más precisa es: «Todo lo que se predique de un
término distribuido, sea afirmativa o negativamente, puede predicarse de la misma manera
de todo lo contenido bajo él» (lib. II, cap. III, § 2, pp. 82-83).
321
R I CHA R D WHA T E L Y
§ 2
La conclusión, en toda falacia, o se sigue o no se sigue de las premisas.
[173] Si la conclusión no se sigue de las premisas, es obvio que el fallo
está en el razonamiento y solo en él. Por esta razón hablamos de falacias
lógicas, al consistir propiamente en violaciones de las reglas de razona-
miento que compete establecer a la Lógica.
Sin embargo, una clase de ellas son puramente lógicas por cuanto la
mera forma de la expresión manifiesta su carácter falaz, sin referencia
alguna al significado de los términos. A esta clase pertenecen las falacias
por: 1) término medio no distribuido; 2) proceder ilícito; 3) ambas pre-
misas negativas, o conclusión afirmativa a partir de una premisa negati-
va, y a la inversa; a las que cabe añadir 4) las que tienen ostensiblemente
(es decir, expresos) más de tres términos.
Las de la otra clase pueden calificarse con más propiedad como semi-
lógicas, a saber: todos los casos de término medio ambiguo, salvo el de su
no distribución, pues aunque en tales casos no se siga la conclusión y aun-
que las reglas de la Lógica muestren que así es, con todo, tan pronto como
se establezca la ambigüedad del termino medio, el descubrimiento y la de-
terminación de esta ambigüedad exigen atender al sentido del término y
tener conocimiento de la materia en cuestión. Así pues, aquí, [174] la Ló-
gica «no nos enseña cómo encontrar la falacia, sino solo dónde buscarla»,
y sobre la base de qué principios sentenciarla. <…>
§ 3
Las de la clase restante (es decir, aquellas en las que la conclusión se si-
gue de las premisas) pueden llamarse falacias materiales o no lógicas.
[176] Son de dos tipos*: 1) cuando las premisas son tales que no debe-
rían haberse asumido; 2) cuando la conclusión no es la requerida, sino
otra no pertinente. Esta falacia es llamada comúnmente ignoratio elenchi,
dado que el argumento que uno aduce no es el elenchus (esto es, la de-
mostración de la contradictoria) de la aserción de su oponente, que es
lo que debería ser, sino que demuestra, en cambio, alguna otra propo-
sición que se le parece. De ahí que, al definir la Lógica qué es la con-
tradicción, algunos pueden preferir agruparla con las falacias lógicas,
en la medida en que parece venir a caer bajo la jurisdicción de este arte.
Sin embargo, quizás sea mejor atenerse a la división originalmente pro-
puesta, tanto en razón de su claridad como también en consideración
a que pocos se sentirían inclinados a imputar a la falacia en cuestión el
cargo de no ser concluyente y resultar, en consecuencia, un razonamien-
* Pues está claro que el fallo, si hay alguno, debe darse, 1) en las premisas, o 2) en
la conclusión, o 3) en la conexión entre unas y otra.
322
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
to ilógico. Por lo demás, suponer en todos los casos un oponente y una
contradicción tiene visos de ser un planteamiento artificial y tortuoso
<…>. [177] El otro tipo de falacias por razón de la materia compren-
derá (hasta donde el lenguaje vago y oscuro de los autores de Lógica nos
permite conjeturar) la falacia de non causa pro causa y la de petitio prin-
cipii. La primera de ellas se subdivide luego en a non vera pro vera y a
non tali pro tali; esta última significaría según parece argüir a partir de
un caso no parejo como si lo fuera; lo cual es, en lenguaje lógico, contar
con una premisa suprimida que es falsa, pues en ella es donde se asume
el paralelismo. Y la fórmula non vera pro vera significará de modo pare-
cido que la premisa suprimida es falsa. Así pues, en lenguaje llano, esta
falacia viene a consistir ni más menos que en la falsedad (o en la asun-
ción ilegítima) de una premisa.
El tipo restante, la petitio principii (petición de principio), tiene lu-
gar cuando una premisa, sea verdadera o sea falsa, es claramente equi-
valente a la conclusión o depende de ella para su propia admisión. Hay
que reparar, no obstante, en que las premisas deben implicar virtual-
mente la conclusión en todo razonamiento correcto. De manera que
no es posible fijar con precisión la diferencia entre [178] la falacia en
cuestión y un argumento legítimo, pues lo que para una persona po-
dría constituir una petición de principio, bien puede ser para otra un
razonamiento correcto y legítimo, en la medida en que a uno la con-
clusión le puede resultar más evidente que la premisa en cuestión, mien-
tras que al otro le ocurre lo contrario. La forma más plausible de esta
falacia es la argumentación en círculo, y cuanto mayor sea el círculo,
más difícil será detectarla.
§ 4
No hay falacia que no pueda incluirse de modo apropiado en alguna
de las categorías anteriores. Las que se ven enumeradas por separado
y distinguidas frente a estas en los tratados lógicos son en realidad va-
riedades suyas y, por ende, se recogen con más propiedad en las subdi-
visiones correspondientes. Como en el esquema adjunto [véase la pági-
na siguiente].
5
[180] § 5
Me propongo ofrecer algunos detalles más acerca de cada una de las
falacias que han sido enumeradas y distinguidas. Pero antes de pro-
ceder a esto, será conveniente avanzar dos observaciones de carácter
general: 1) sobre la importancia, y 2) sobre la dificultad de detectar y
describir las falacias.
5.
323
R I CHA R D WHA T E L Y
[179]
FALACIAS LÓGICAS
(esto es, cuando la falta se da estrictamente en el proceso mismo de razonar:
la conclusión no se sigue de las premisas)
Puramente lógicas (§ 7)
(esto es, cuando el carácter falaz
es manifiesto en la mera forma de expresión)
Medio no distribuido, proceder ilícito, etc.
Semilógicas
(ambigüedad del sentido del término medio)
[§ 12]
Accidente
↓ ↓

En el contexto En sí mismo

↓ ↓
Accidentalmente Por conexión entre los diversos
sentidos: semejanza, analogía,
causa y efecto, etc.
↓ ↓
[§ 11]
Composición y División
FALACIAS NO LÓGICAS O MATERIALES
(esto es, cuando la conclusión se sigue de las premisas)
↓ ↓
Premisa indebidamente asumida Conclusión no pertinente
(ignoratio elenchi)
↓ ↓
[§ 13]
Petitio principii
Premisa dependiente
de la conclusión
[§ 14]
Premisa falsa o infundada
↓ ↓
Círculo Asunción
de una proposición que no es justamente
la misma que la cuestión planteada, pero la
implica indebidamente
↓ ↓ ↓
[§ 17]
Objeciones
[§ 16]
Desplazamiento de cuestión
[§ 15]
Términos complejos
y generales
[§ 15]
Apelación a pasiones:
ad hominem,
ad verecundiam, etc.

A algo no pertinente
en absoluto
↓ ↓
De premisa a premisa
alternativamente
5
5. Aquí he presentado por separado, una a continuación de la otra, las dos ramas
principales, las falacias lógicas y las falacias no lógicas o materiales, que aparecen agrupa-
das conjuntamente, en un solo esquema arbóreo, en la p. 179 de Elements of Logic.


324
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
1. Al parecer, la mayoría de las personas dan por sentado que una fa-
lacia es temible solamente en calidad de arma dispuesta y manejada por un
sofista hábil. O si conceden que alguien, con intenciones honestas, puede
incurrir en una falacia de manera inconsciente, en el calor de la discusión,
todavía suponen que donde no hay disputa, no hay motivos para temer
la argumentación falaz. Ahora bien, incluso en el razonamiento que po-
dríamos llamar solitario, hay mucho peligro de deslizarse y caer sin darse
cuenta en alguna falacia, donde uno puede engañarse hasta el punto de ac-
tuar sobre la base de la conclusión así obtenida. Por razonamiento solitario
entiendo el caso en el que uno no está buscando argumentos para zanjar
la cuestión debatida, sino que está ocupado en extraer del conocimiento
previamente disponible alguna inferencia útil. <…>
[187] § 6
La segunda observación es que si bien el razonamiento correcto siempre
resulta tanto más prestamente admitido cuanto más claramente se perci-
be como tal, el razonamiento falaz, por el contrario, aun viéndose recha-
zado nada más ser detectado, tendrá mayores probabilidades de obtener
aceptación cuanto más oscurecido y desfigurado se presente por el estilo
tortuoso y la complejidad de su expresión. Es así el que mejor se presta
al desliz accidental de un razonador descuidado, o a la propuesta deli-
berada del sofista. Tampoco quiere el sofista que se adviertan su oscuri-
dad y su complejidad; antes bien, procura que la expresión aparezca tan
clara y simple como sea posible, cuando en realidad es la red más enma-
rañada que puede urdir.
Así pues, mientras que es usual expresar nuestro razonamiento por
medio de elipsis, de modo que se sobreentienda una premisa (o incluso dos
o tres pasos enteros en el curso de una argumentación), sobreentendido
que puede suplirse fácilmente al ser perfectamente obvio, el sofista supri-
me de modo paralelo lo que no es obvio, sino que constituye en realidad
la parte más débil del argumento; y no se ahorra ninguna otra estratage-
ma para desviar nuestra atención del lugar en el que reside la falacia (su
arte se asemeja mucho al del prestidigitador). De ahí la inseguridad, an-
tes mencionada, con respecto a qué clase habría que adscribir una falacia
individual concreta. Y de ahí que la dificultad de detectar y exponer una
falacia sea mucho mayor que la de comprender y desarrollar un proceso
de argumentación correcto. Lo mismo ocurre en la detección y captura de
un delincuente a pesar de sus artes de ocultación y disfraz; cuando ha sido
apresado y llevado a juicio, y se presentan al tribunal todas las pruebas del
delito, su condena y castigo no tienen mayor dificultad. Este es justamente
el caso de las falacias que se aducen a título de ejemplos en los tratados de
Lógica: ya han sido efectivamente detectadas y han recibido una formu-
325
R I CHA R D WHA T E L Y
lación tersa y cabal, de modo que solo hay que hacerlas comparecer para,
digamos, recibir la sentencia.
Elementos de Retórica (1828)
Parte I, cap. III, § 2.
De acuerdo con el uso más correcto del término, una «presunción» en fa-
vor de una suposición cualquiera quiere decir, no un predominio de la
probabilidad en su favor (como a veces se ha pensado erróneamente), sino
una ocupación previa del terreno de discusión, de modo que implica que
la suposición debe mantenerse en pie hasta que se aduzca una razón sufi-
ciente en contra; en pocas palabras, que la carga de la prueba recae sobre
el que la discuta.
Así, es un principio legal bien conocido que todo hombre (incluido el
preso llevado a juicio) ha de presumirse inocente hasta que su culpa que-
de establecida. Esto no significa, por cierto, que hemos de dar por sentado
que es inocente; porque si este fuera el caso, tendría derecho a una libe-
ración inmediata. Ni significa que, de antemano, es más probable que no
que sea inocente; o que la mayoría de los que se ven llevados a juicio lo
es efectivamente. Solo significa, obviamente, que la «carga de la prueba»
corresponde a los acusadores —así que el acusado no es el llamado a de-
mostrar su inocencia, ni ha de ser tratado como un delincuente mientras
no la demuestre; sino que son ellos quienes han de formular los cargos
contra él, y si él puede rebatirlos, queda absuelto—. <…> Si uno tiene la
«presunción» de su parte y puede rebatir todos los argumentos que se for-
mulan en contra de su posición, ha logrado, por el momento al menos, la
victoria. Pero si abandona esta posición y permite que se pase por alto
la presunción, con lo que de hecho está renunciando, quizás, a uno de sus
más fuertes argumentos, puede dar la impresión de estarse empleando en
un débil ataque en lugar de hacer una triunfante defensa
6
.
6. He añadido este pasaje de los Elementos de Retórica por dos razones: a) Una nota
de Whately, en el contexto de la consideración de la falacia ad hominem (Elements of Logic,
§ 15, p. 245), dice: «El argumentum ad hominem tendrá a menudo el efecto de despla-
zar de modo no ilegítimo la carga de la prueba y hacer que corresponda al adversario», y
remite justamente a este pasaje de los Elementos de Retórica (Parte I, cap. iii, § 2). Parece
pensar en casos de incoherencia atinentes a la cuestión debatida, a tenor del ejemplo: si
un cazador de zorros es acusado de barbarie, puede cambiar las tornas replicando: ¿Y por
qué usted se alimenta de carne de inocentes ovejas? b) La segunda razón es la importancia
del concepto inicialmente jurídico de presunción, en cierto modo complementario de la
noción dialéctica de plausibilidad. Durante un tiempo se creyó que este apartado repre-
sentaba su introducción expresa en teoría de la argumentación, pero hoy es sabido que
precisamente hay precedentes en contextos jurídicos.
326
8. ARTHUR SCHOPENHAUER (1788-1860)
Fuentes
Eristik, publicación póstuma en J. Frauenstädt (ed.), Aus Schopenhauers hand-
schriftlichem Nachlaß, Brockhaus, Leipzig, 1864. (Legado manuscrito de Scho- Scho-
penhauer). Escrito en torno a 1830-1831.
En la ed. de A. Hübscher, Schopenhauer. Der handschriftliche Nachlaß, DTV, Mú-
nich, 1985; vol. III, pp. 666-695.
Parerga und Paralipomena (1851), vol. II, Paralipomena, ii, § 26. En Sämtliche Wer-
ke, vol. V, Suhrkamp, Stuttgart/Fráncfort d. M., 1986, pp. 32-42.
Erística, el arte de tener razón expuesto en 38 estratagemas
La dialéctica erística* es el arte de discutir, y discutir de tal modo que
uno siempre lleve razón, es decir, per fas et nefas [por medios tanto lí-
citos, como ilícitos]. Uno puede, por cierto, tener razón objetiva en la
cuestión misma debatida y, sin embargo, carecer de ella ante los ojos de
los presentes e incluso a veces ante sus propios ojos. Así ocurre cuando,
por ejemplo, el adversario rebate mi prueba y esto se considera una re-
futación de la tesis misma, para la que, sin embargo, bien puede haber
otras pruebas; en tal caso, como es natural, la relación se invierte para
el adversario: parece llevar razón aunque objetivamente no la tenga. Por
consiguiente, la verdad objetiva de una proposición y su validez confor-
me a la aprobación de los contendientes y oyentes son dos cosas distin-
tas. (De esto último trata la dialéctica).
* ‘Erística’ no es sino una expresión más dura para decir lo mismo. Aristóteles, se-
gún Diógenes Laercio, V 28, emparejó la retórica y la dialéctica, cuyo objetivo es la per-
suasión, t ¬.-c||, así como la analítica y la filosofía, cuyo fin es la verdad. <…> Aris-
tóteles distingue: 1) la lógica o analítica, como la teoría o disciplina para la obtención de
silogismos verdaderos o apodícticos; 2) la dialéctica o disciplina para la obtención de si-
logismos que se tienen por verdaderos, que generalmente pasan por tales, .|oçc, proba-
bilia (Tópicos, I 1-12). Silogismos con respecto a los cuales no está demostrado que sean
falsos, pero tampoco que sean verdaderos (en sí y por sí mismos), silogismos en los que
tampoco es esto lo que importa. ¿Y qué es esto sino el arte de llevar razón, con indepen-
dencia de que, en el fondo, se tenga o no? Así pues, consiste en el arte de conseguir una
apariencia de verdad sin preocuparse del fondo del asunto. <… >
327
A R T HUR S CHOP E NHA UE R
¿A qué se debe esto? A la maldad natural del género humano. Si esta
maldad no existiera, si fuéramos honestos por naturaleza, intentaríamos
que la verdad saliera a la luz en todo debate, sin preocuparnos en abso-
luto de que se adaptara a la opinión primera que hubiéramos sostenido
o a la opinión del otro; esto sería indiferente o, en cualquier caso, muy
secundario. Pero ahora es lo principal. La vanidad innata, especialmente
susceptible en punto a nuestra capacidad intelectual, se niega a aceptar
que aquello que habíamos sostenido al principio resulte falso y sea, en
cambio, cierto lo propuesto por el adversario. En este caso, todo lo que
uno tendría que hacer sería esforzarse por juzgar correctamente, y para
ello debería pensar primero y hablar después. Pero a la vanidad innata
la mayoría de los seres humanos suman la locuacidad y una congénita
mala fe. Hablan antes de pensar y luego, cuando se dan cuenta de que
su afirmación es falsa y no tienen razón, deben aparentar que es al revés.
El interés por la verdad que en la mayoría de los casos bien pudo haber
sido el único motivo para sostener la tesis supuestamente verdadera, se
rinde ahora del todo al interés por la vanidad: lo verdadero debe parecer
falso y lo falso verdadero.
Sin embargo, incluso esa mala fe, la obstinación en mantener una
tesis que a nosotros mismos ya nos parece falsa, aún tiene una excusa.
Con frecuencia, al principio de la discusión, estamos firmemente con-
vencidos de la verdad de nuestra tesis; pero ahora la argumentación del
adversario parece desbaratarla; si de inmediato nos damos por vencidos,
no es raro que descubramos luego que, con todo, éramos nosotros quie-
nes teníamos razón: el argumento salvador no se nos ocurrió a tiempo.
De donde colegimos la máxima de oponernos a la argumentación del
adversario, aun cuando parezca correcta y convincente, en la creencia
de que esa corrección no es sino aparente y que, en el curso de la dis-
cusión, ya se nos ocurrirá otro argumento para rebatirla o para estable-
cer de algún otro modo la verdad de nuestra posición. De ahí que nos
vemos casi obligados a actuar con mala fe en las disputas o, al menos,
fácilmente tentados a hacerlo. Así se amparan mutuamente la debilidad
de nuestro entendimiento y la inclinación torcida de nuestra voluntad.
Este es el motivo de que, generalmente, el que entable una discusión no
se bata por la verdad, sino por su propia tesis como pro ara et focis [por
el altar y el hogar] y per fas et nefas, dado que, según se ha mostrado,
no cabe hacer otra cosa.
Así pues, por regla general, no hay quien no quiera imponer su te-
sis aunque, de momento, llegue incluso a parecerle falsa o dudosa*. Los
* Maquiavelo prescribe al príncipe que aproveche todo momento de debilidad de
su vecino para atacarle, pues de lo contrario este sería a su vez quien se aprovechara de los
suyos propios. Si reinaran la lealtad y la buena fe, el caso sería muy distinto; pero como
328
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
medios para lograrlo son, en buena medida, los que a cada uno le depa-
ren su propia maldad y su astucia; esto se aprende en la experiencia coti-
diana de la discusión. En efecto, así como todo el mundo tiene su propia
dialéctica natural, también cuenta con su propia lógica natural. Si bien
aquella no le guiará con tanta seguridad, ni mucho menos, como esta.
No es fácil que alguien piense o infiera en contra de las leyes lógicas: los
juicios falsos son frecuentes, pero sumamente raros los silogismos fal-
sos. Por lo común una persona no da muestras de carecer de lógica na-
tural; sí, en cambio, de falta de dialéctica. Esta última es un don natural
desigualmente repartido (en lo que se asemeja a la capacidad de juicio,
mientras que la razón está distribuida de forma más homogénea). Es fre-
cuente, por cierto, dejarse confundir y confutar por una argumentación
aparente en un punto en que se tiene razón, o justamente a la inversa;
y el que sale vencedor de una discusión tiene muchas veces que agra-
decérselo no tanto al acierto de su juicio al formular su tesis, como a la
astucia y habilidad con que supo defenderla. Aquí, al igual que en todos
los casos, lo innato es lo mejor*. Sin embargo, el ejercicio y la reflexión
sobre las artimañas con las que cabe derribar al adversario, o sobre las
que este suele utilizar por su parte, contribuyen mucho a convertirse en
un maestro del arte. Así pues, aunque la lógica quizás no tenga de he-
cho utilidad práctica, sí puede ser útil la dialéctica. Creo que también
Aristóteles concibió su lógica (analítica) básicamente como fundamento
y preparación de la dialéctica, y que esta vino a ser para él lo principal.
La lógica se ocupa de la mera forma de las proposiciones; la dialéctica,
de su contenido o materia. De ahí que la consideración de la forma, en
cuanto universal, debiera preceder a la consideración del contenido,
en cuanto particular.
Aristóteles no define el objeto de la dialéctica tan estrictamente como
yo lo he hecho. Cierto es que le asigna como objeto principal la discu-
sión, pero también al mismo tiempo el descubrimiento de la verdad (Tó-
picos, I, 12). <…> Desde luego, es consciente de la distinción y sepa-
ración entre la verdad objetiva de una tesis y el hecho de hacerla valer o
de obtener su aprobación, pero no las diferencia con la nitidez suficien-
no podemos confiar en su práctica, uno tampoco puede practicarlas, pues no se vería re-
compensado. Lo mismo ocurre en la discusión: si le doy la razón al adversario tan pronto
como parezca tenerla, es difícil que él haga lo propio cuando se vuelvan las tornas; más
bien actuará per nefas; por consiguiente, yo tengo que hacer lo mismo. Es fácil decir que
se debe buscar únicamente la verdad, sin prejuicios en favor de la propia tesis; pero como
no cabe anticipar que el otro lo haga, tampoco nosotros debemos hacerlo. Además, si tan
pronto como me parezca que el otro tiene razón, renuncio a una tesis que inicialmente
había considerado verdadera, puede ocurrir que renuncie a la verdad y asuma el error, in-
ducido por una impresión momentánea.
* Doctrina sed vim promovet insitam (Si bien la educación desarrolla la fuerza in-
nata) (Horacio, Carmina, IV, 4 33).
329
A R T HUR S CHOP E NHA UE R
te para confiar esto último únicamente a la dialéctica*. Sus reglas para
alcanzar este último propósito se hallan entremezcladas con las corres-
pondientes al primero. De ahí que me parezca que Aristóteles no supo
rematar airosamente su tarea en este caso. <…>
Para definir con nitidez la dialéctica, es preciso considerarla única-
mente como el arte de llevar razón (sin preocuparse en absoluto de la
verdad objetiva, que es asunto de la lógica), cosa que será, desde luego,
tanto más fácil cuando efectivamente se tenga razón en la cuestión mis-
ma de que se trata. Pero la dialéctica, como tal, debe enseñar únicamen-
te el modo de defenderse frente a ataques de todo tipo, especialmente
contra los que proceden con mala fe, y el modo como uno mismo pue-
de atacar lo que el otro afirma sin caer en contradicción y, sobre todo,
sin verse refutado. Hay que distinguir claramente el descubrimiento de
la verdad objetiva del arte de hacer valer como ciertas las tesis propias:
lo primero es objeto de una ¬¡c,µct..c (ocupación) completamente dis-
tinta, es obra de la facultad del juicio, de la reflexión, de la experiencia,
* Por otra parte, en el libro sobre las Refutaciones sofísticas, Aristóteles se ocu-
pa en exceso de separar la dialéctica de la sofística y la erística: allí se supone que la dis-
tinción debe estribar en que los silogismos dialécticos son verdaderos tanto en la forma
como en el contenido, mientras que los erísticos o sofísticos (que solo se distinguen por
sus propósitos respectivos: el de los primeros —erísticos—, hacerse con la razón, y el de
los segundos —sofísticos— conseguir con ello reconocimiento y, a través de este, dinero)
son falsos. Pero saber si las proposiciones son verdaderas o no, respecto de su contenido,
es algo siempre demasiado incierto para extraer de ahí un criterio de determinación; y son
menos que nadie los que discuten quienes pueden tener plena seguridad, pues incluso el
resultado de la discusión solo ofrece un indicio incierto al respecto. Por consiguiente, en
la dialéctica de Aristóteles debemos incluir la sofística, la erística y la peirástica, y definirla
como el arte de llevar razón al discutir; para lo que, desde luego, el mejor medio es tener
efectivamente razón en la cuestión debatida. Sin embargo, dado el sentir de la gente, esto
no es suficiente y, por otra parte, dada la debilidad de su entendimiento, tampoco es abso-
lutamente necesario. Hay, pues, una serie de estrategias que, al ser independientes del he-
cho objetivo de que se tenga razón, también se prestan a utilizarse cuando objetivamente
no se tiene; aunque si este es el caso, tampoco es algo que pueda saberse casi nunca con
absoluta certeza.
Mi punto de vista, pues, es que hay que distinguir la dialéctica de la lógica más es-
trictamente que Aristóteles; esto es, dejar a la lógica la verdad objetiva, en la medida en
que esta sea formal, y limitar la dialéctica al arte de llevar razón. Por otro lado, no cabe
separar de esta la sofística y la erística, como hacía Aristóteles, ya que esa diferencia se re-
mite a una verdad material objetiva sobre la que no podemos estar seguros de antemano,
sino más bien preguntarnos con Poncio Pilato: «¿Qué es la verdad?». Pues «veritas est in
puteo (.| ¡u-. µ c·µ-..c [la verdad está en lo profundo])», según el dicho de Demócrito
(Diógenes Laercio, IX, 72). Es fácil proclamar que, cuando se discute, no se debe tener
otro fin que el de poner de manifiesto la verdad; pero el hecho es que no se sabe dónde
está, y uno se ve inducido a error tanto por los argumentos del contrario como por lo ar-
gumentos propios. Por lo demás, re intellecta, in verbis simus faciles [entendido el asunto,
expresémonos con claridad]; y puesto que, en general, se acostumbra a tomar el nombre
dialéctica como sinónimo de lógica, deseamos dar a nuestra disciplina la denominación
de dialéctica erística.
330
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
y no existe un arte específico al respecto; lo segundo es, en cambio, ob-
jeto de la dialéctica. Se la ha definido como lógica de la apariencia: esto
es falso; pues, de ser así, solo serviría para la defensa de tesis falsas. Pero
incluso cuando uno tiene de su parte la razón, necesita la dialéctica para
defenderla. Además hay que conocer las estratagemas de mala fe para sa-
ber afrontarlas y hasta para, llegado el caso, saber emplearlas y atacar al
adversario con sus propias armas. Por lo tanto, en la dialéctica hay dejar
a un lado la verdad o considerarla como algo accidental, y preocupar-
se únicamente de cómo defender las tesis propias y cómo rebatir las del
otro. Y con respecto a las reglas del arte, no se debe tener en cuenta la
verdad objetiva porque en la mayoría de los casos se desconoce su para-
dero. Con frecuencia ni uno mismo sabe si tiene efectivamente razón o
no, a veces cree tenerla y se equivoca, otras veces son ambas partes las que
lo creen puesto que veritas est in puteo (.| ¡u-. µ c·µ-..c [la verdad
está en lo profundo], Demócrito). Al surgir la discusión, por regla gene-
ral, cada una de las partes cree tener la razón de su lado; durante su trans-
curso, ambas partes empiezan a dudar; es a su desenlace al que correspon-
de determinar y confirmar la verdad. Pero la dialéctica no tiene que entrar
en esto, del mismo modo que el maestro de esgrima tampoco repara en a
quién le asistía realmente la razón en la porfía que ha conducido al due-
lo. Atacar y parar, eso es lo que cuenta, al igual que en la dialéctica, que
es una esgrima intelectual. Solo así entendida puede establecerse como
una disciplina por derecho propio, pues si nos propusiéramos la determi-
nación de la pura verdad objetiva, nos encontraríamos dentro de la sim-
ple lógica; y si, por el contrario, nos propusiéramos la imposición de tesis
falsas, nos moveríamos dentro de la mera sofística. Y en ambos casos se
daría por supuesto que ya sabríamos qué es lo objetivamente verdadero o
falso, punto sobre el que rara vez se tiene certeza de antemano. El verda-
dero concepto de la dialéctica es, por consiguiente, el formulado: esgrima
intelectual para llevar razón en las discusiones. <…>
Así pues, en este sentido, la dialéctica debe consistir simplemente en
una recapitulación y una exposición, bajo la forma de un sistema y un
conjunto de reglas, de aquellas técnicas dadas por la naturaleza, de las
que se sirve la mayoría de la gente para llevar razón aun cuando advier-
ta, en el curso de la discusión, que la razón no está de su parte. De ahí
que sería absurdo que en la dialéctica científica se tuviera en cuenta la
verdad objetiva y su elucidación, pues esto no acontece nunca en aquella
otra dialéctica natural y originaria, cuyo propósito no es otro que tener
razón. La tarea principal de la dialéctica científica, en el sentido en que
nosotros la entendemos, es la de exponer y analizar las estratagemas de
la mala fe en la discusión, para reconocerlas y anularlas de inmediato en
los debates reales. Por eso, en su exposición, debe asumir que su finali-
dad es el hecho de tener razón, no la verdad objetiva.
331
A R T HUR S CHOP E NHA UE R
Hasta donde yo sé y pese a haber buscado por doquier, nada se ha
progresado en esta línea. Así que se trata de un terreno virgen. Para lo-
grar nuestro propósito, habría que acudir a la experiencia, observar cómo
una u otra parte emplea esta o aquella treta en los debates que se dan
con frecuencia en nuestro entorno, y reducir a principios generales las
estratagemas más usuales bajo diversas formas, que luego podrían ser-
vir no solo para emplearlas en propia ventaja, sino para neutralizarlas
cuando sea el adversario quien las utilice.
Lo que sigue debe considerarse un primer intento.
La base de toda dialéctica
En primer lugar hay que considerar lo esencial de toda discusión, qué es
lo que realmente ocurre en ella.
El adversario (o nosotros mismos, para el caso es igual) ha plantea-
do una tesis. Para refutarla hay dos modos y dos vías.
1. Los modos: a) ad rem [con referencia al objeto de discusión], b)
ad hominem o ex concessis [con referencia a las concesiones previas de
aquel con quien se discute]. Es decir, o mostramos que la tesis no con-
cuerda con la naturaleza de las cosas, con la verdad objetiva absoluta, o
mostramos que no concuerda con otras afirmaciones o concesiones del
adversario, esto es, con la verdad subjetiva; esto último no es más que
una prueba relativa y no afecta al punto de la verdad objetiva.
2. Las vías: a) refutación directa, b) indirecta. La directa ataca la tesis
en sus fundamentos; la indirecta en sus consecuencias. La directa muestra
que la tesis no es verdadera; la indirecta, que no puede ser verdadera.
a) En orden a una refutación directa podemos proceder de dos ma-
neras. O mostramos que los principios de la afirmación en cuestión son
falsos (nego maiorem, minorem [niego la premisa mayor, la menor]), o
admitimos los principios, pero mostramos que la afirmación no se sigue
de ellos (nego consequentiam) y atacamos así la consecuencia, la forma de
la conclusión.
b) En orden a una refutación indirecta utilizamos la apagogé o el
contraejemplo [instancia]
1
.
c) Apagogé: tomamos la tesis del adversario como si fuese verdade-
ra y luego mostramos lo que se sigue de ella si la empleamos como pre-
misa de un silogismo en combinación con cualquier otra proposición
1. Según el DRAE (
22
2001), el término ‘instancia’ aún conserva el significado de su
antiguo uso escolar, el de impugnación mediante un caso concreto en un contexto argu-
mentativo. Todas las versiones españolas que he visto mantienen dicho término aquí como
si fuera una expresión técnica. Pero hoy está completamente fuera de uso en este sentido
y parece preferible su correspondiente actual: ‘contraejemplo’.
332
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
reconocida como cierta; a continuación deducimos del silogismo una con-
clusión manifiestamente falsa, bien porque contradice la naturaleza de
las cosas, bien porque contradice las demás afirmaciones del adversario,
es decir, falsa ad rem o ad hominem (Sócrates en Hipias mayor y otros
lugares). Por consiguiente, la tesis también es falsa, puesto que de premi-
sas verdaderas solo pueden seguirse conclusiones verdaderas, aunque
de premisas falsas no siempre se sigan conclusiones falsas. (Si contra-
dice abiertamente una verdad incuestionable, hemos reducido ad absur-
dum al adversario).
¡) El contraejemplo (.|ctcc.,, exemplum in contrarium). Refuta-
ción de la tesis general mediante la indicación directa de casos particu-
lares comprendidos en esa afirmación que la desmienten; de modo que
la tesis misma tiene que ser falsa.
Este es el armazón básico, el esqueleto de toda discusión; tenemos,
pues, su osteología. A esto se reduce en el fondo todo discutir. Aunque pue-
de darse de modo efectivo o solo en apariencia, con razones auténticas o
espurias, y como en este punto no podemos pronunciarnos con seguri-
dad, los debates resultan tan largos y obstinados. Tampoco podemos se-
parar lo real de lo aparente, puesto que ni siquiera los propios conten-
dientes lo saben de antemano. Así que pasaré a exponer las estratagemas
sin tener en cuenta si objetivamente se tiene o no razón, dado que ni si-
quiera uno mismo puede saberlo con certeza y debe dilucidarse a través
del debate. Por lo demás, en toda discusión y en toda argumentación,
en general, es preciso que los contendientes estén de acuerdo en algún
punto de partida sobre cuya base, como si se tratara de un principio, po-
damos debatir el asunto en cuestión: contra negantem principia non est
disputandum [no cabe discutir con quien niega los principios].
Sobre la controversia
Fuente
Parerga y paralipómena II, Paralipomena, cap. ii, § 26. En Sämtliche Werke, ed.
de W. Freiherr von Löhneysen, Suhrkamp, Stuttgart/Fráncfort d. M., 1986, vol. V,
pp. 32-42.
[32] La controversia, la discusión sobre un asunto teórico, puede resul-
tar muy fructífera, sin duda, para las dos partes implicadas, ya que sirve
para rectificar o para confirmar lo que una y otra pensaban, amén de dar
lugar a que surjan ideas nuevas. [33] Es un roce o colisión de dos cabezas
que con frecuencia produce chispas. Pero también se asemeja al choque
de dos cuerpos en el que el más débil se lleva la peor parte, mientras que
el más fuerte sale ileso y lo proclama con sones de victoria. Teniendo
333
A R T HUR S CHOP E NHA UE R
esto en cuenta, es necesario que ambos contrincantes se aproximen, al
menos en cierta medida, tanto en conocimientos como en ingenio y ha-
bilidad, para hallarse de este modo en igualdad de condiciones. Si a uno
de los dos le faltan los primeros [conocimientos], no estará a la debida
altura, así que no podrá entender los argumentos del otro; es como si
en el combate estuviera fuera de juego. Si le falta lo segundo [ingenio y
habilidad], la indignación que le provoque esa carencia le llevará paso a
paso a recurrir a toda clase de engaños, enredos e intrigas en la discusión
y, si se ve puesto en evidencia, terminará por ponerse grosero. <…>
[34] Las astucias, ardides y bajezas a las que se recurre con el pro-
pósito de llevar razón son tantos y tan variados, y se repiten con tan re-
gularidad, que en años anteriores constituyeron para mí materia de re-
flexión. Se limitaba esta a sus aspectos puramente formales, tras haber
advertido que aun siendo tan dispares los temas en discusión, así como
las personas implicadas, se reiteraban una y otra vez en el curso de las
discusiones las mismas astucias y los mismos ardides, lo cual los hacía
fácilmente identificables. Esto me condujo entonces a la idea de separar en
tales estratagemas lo puramente formal de lo material, para de esta mane-
ra, como si de un [35] limpio preparado anatómico se tratara, observarlas
con detalle. Por eso reuní las tretas más utilizadas en la discusión y asig-
né a cada una lo propio de su esencia, las ilustré con ejemplos y distinguí
cada caso con un nombre particular. Además, finalmente, añadí los me-
dios preventivos, es decir, las paradas correspondientes a cada ataque. De
ahí surgió toda una dialéctica erística formal. Las argucias o estratage-
mas ocupaban en ella, en calidad de figuras dialéctico-erísticas, un lugar
semejante al que ocupan en lógica las figuras silogísticas, y en retórica,
las figuras retóricas, con las que tienen en común el ser en buena medi-
da innatas, dado que su práctica precede a la teoría, de modo que para
usarlas no es preciso haberlas aprendido con anterioridad. Este plantea-
miento puramente formal sería un complemento de aquella técnica de
la razón que consiste en la lógica, la dialéctica y la retórica, cuya expo-
sición se encuentra en el capítulo noveno del tomo segundo de mi obra
capital
2
. <…>
[Presentación del armazón básico o esqueleto de toda discusión, con-
sistente en reiterar su exposición de La base de toda dialéctica, véase más
arriba, pp. 331-332].
2. Se refiere a El mundo como voluntad y representación, vol. II, Complementos al
libro I, 2.ª parte, cap. 9. Cf. la edición de Roberto R. Aramayo, FCE/Círculo de Lectores,
Madrid, 2003, pp. 106-110.
334
L A CONS T R UCCI ÓN DE L A I DE A DE F A L A CI A
[38] Toda forma de ataque en la discusión puede reducirse a la del
procedimiento aquí presentado: tales ataques son a la dialéctica lo que
a la esgrima son [39] las estocadas regulares. Las artimañas o stratage-
mata que he reunido serían comparables a su vez a las fintas y, en fin,
los ataques personales a lo que los maestros académicos de esgrima lla-
man golpes bajos. Como prueba y ejemplo de las estratagemas reunidas,
sirvan las siguientes.
Ampliación. La tesis del adversario se interpreta en un sentido más
amplio del que él pretendía o incluso del que había expresado, para lue-
go refutarla con facilidad bajo esta interpretación. <…>
Uso abusivo de la implicación. A la tesis del adversario se le añade,
a menudo tácitamente, una segunda tesis emparentada con la primera a
través del sujeto o del predicado. De ambas, tomadas como premisas, se
extrae una conclusión falsa y casi siempre inaceptable, que se atribuye
al adversario. <…>
Diversión. Si durante [40] la discusión se advierte que la contro-
versia sigue un curso desfavorable y el adversario lleva las de ganar, se
procura evitar el resultado a tiempo mediante una mutatio controver-
siae, es decir, desviando la discusión del asunto principal y, en caso de
apuro, saltando directamente a otra proposición. Luego se intenta atri-
buir esta al adversario para combatirla en lugar de la tesis principal y
convertirla así en el objeto del debate, de modo que el adversario tenga
que abandonar la partida a medio ganar para emplearse en una nueva
defensa. <…>
[41] De tales estratagemas reuní y expuse cerca de cuarenta. Pero
el examen de todos estos subterfugios que junto con la obstinación, la
vanidad y la mala fe, se alían con la cortedad y la incapacidad humanas,
ahora me resulta repugnante. Por lo demás me bastan esas muestras para
tomar en serio las razones antes aludidas y evitar la discusión con ese
tipo de gente que es el que más abunda. Siempre se puede intentar ayu-
dar a la inteligencia del otro con argumentos, pero en cuanto su contra-
argumentación dé pruebas de terquedad, conviene dejar la cuestión de
inmediato, pues poco ha de faltar para que acuda al engaño, y lo que en
teoría es un sofisma, en la práctica es una vejación. Las estratagemas de
las que hablo son todavía más indignas que los sofismas, pues en ellas la
voluntad se pone la máscara de la inteligencia para representar su pa-
pel, algo siempre abominable. Pocas cosas despiertan tanta indignación
como advertir que alguien no tiene intención de comprender. Quien no
admite que prevalezcan las buenas razones del contrario denota padecer
de una inteligencia débil o de una inteligencia sometida al dominio de la
propia voluntad, es decir, indirectamente debilitada; de modo que solo
hay que enzarzarse con alguien así cuando la naturaleza de la profesión
o la imposición del deber lo hagan necesario.
335
A R T HUR S CHOP E NHA UE R
No obstante, he de admitir, para reconocerles su parte de razón a
los engaños mencionados, que muchas veces puede que actuemos apre-
suradamente al renunciar a nuestra opinión ante un argumento certero
del adversario. <…> [42] Cabe incluso que la prueba con que defen-
díamos nuestra tesis fuera efectivamente falsa y que, sin embargo, haya
otra correcta para acreditarla. Ante una impresión de este género, hay
gentes honestas y amantes de la verdad que no se rinden fácilmente y de
inmediato a un argumento, sino que intentan seguir defendiendo su cau-
sa, aunque la argumentación contraria las haga dudar. En esto se ase-
mejan al comandante de un ejército que procura mantener un poco más
de tiempo una posición que sabe insostenible, con la esperanza de que
lleguen refuerzos. Confían en que mientras se defienden con malos ar-
gumentos, se les irán ocurriendo otros buenos, o en que acabarán por
advertir la falsedad del argumento del adversario. De ahí que esta ilu-
sión obligue casi necesariamente a pequeños engaños en la discusión,
puesto que, de momento, uno no está luchando por la verdad sino por
su tesis. Lo cual es, por otra parte, consecuencia de la incertidumbre de
la verdad y de la deficiencia del entendimiento humano. Pero también
e